Hadyi Murad

León Tolstói


Novela


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Hadyi Murad
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Volvía yo a casa a campo traviesa. Iba mediado el verano. Se había dado remate a la cosecha del heno y empezaba la siega del centeno.

Esa estación del año ofrece una deliciosa profusión de flores silvestres: trébol rojo, blanco, rosado, aromático, tupido; margaritas arrogantes de un blanco lechoso, con su botón amarillo claro, de ésas de “me quieres no me quieres”, de olor picante a fruta pasada; colza amarilla con olor a miel; altas campanillas blancas o color lila, semejantes a tulipanes; arvejas rampantes; bonitas escabrosas, amarillas, rojas, de color rosa y malva; llantén de pelusa levemente rosada y levemente aromática; acianos que, tiernos aún, lucen su azul intenso a la luz del sol, pero que al anochecer o cuando envejecen se tornan más pálidos y encarnados; y la delicada flor de la cuscuta, que se marchita tan pronto como se abre.

Había cogido un gran ramo de estas flores y ya volvía a casa cuando vi en una zanja, en plena eflorescencia, un magnífico cardo color frambuesa de los que por aquí llaman «tártaros», que los segadores esquivan con cuidado, y cuando por descuido cortan uno lo arrojan entre la hierba para no pincharse las manos. A mí se me ocurrió coger ese cardo y ponerlo en medio de mi ramo. Bajé a la zanja y, tras ahuyentar un abejorro que se había colado en una de las flores y allí dormía dulce y pacíficamente, me dispuse a coger la flor. Pero aquello resultó muy difícil. No sólo el tallo pinchaba por todas partes —incluso a través del pañuelo con que me había envuelto la mano —,sino que era tan sumamente duro que tuve que bregar con él casi cinco minutos, arrancándole las fibras una a una. Cuando por fin logré mi propósito, el tallo estaba enteramente deshecho y la flor misma no me parecía ahora tan fresca ni tan hermosa. Por añadidura, era demasiado ordinaria y vulgar para emparejar con los otros colores delicados del ramo. Lamentando haber destruido sin provecho una flor que había sido hermosa en su propio lugar, la tiré. « ¡Pero qué energía, qué potencia vital! —me dije, recordando el esfuerzo que me había costado arrancarla —. ¡Cómo se defendía y cuán cara ha vendido su vida!»

El camino que conducía a la casa pasaba por un terreno en barbecho recién arado. Yo caminaba lentamente sobre el polvo negro. Ese campo labrado pertenecía a un rico propietario. Era tan vasto que a ambos lados del camino o en el cerro enfrente de mí sólo se veían los surcos idénticos de la tierra labrada. La labor había sido excelente: no se veía por ninguna parte una brizna de hierba o una planta. Todo era tierra negra. « ¡Qué criatura tan devastadora y cruel es el hombre! ¡Cuántos seres vivos, cuántas plantas destruye para mantener su propia vida!» —pensé, buscando involuntariamente a mí alrededor alguna cosa viva en medio de ese campo negro y muerto. Frente a mí, a la derecha del camino, vi lo que parecía ser un pequeño arbusto. Cuando me acerqué noté que era la misma especie de cardo «tártaro cuya flor había arrancado en vano y tirado luego.

La mata del cardo se componía de tres ramas. Una estaba tronchada, con un muñón que semejaba un brazo mutilado. Las otras dos tenían, cada una, una flor, antes roja, pero ahora ennegrecida. Un tallo estaba roto, y de su punta pendía una flor sucia. La otra, aunque sucia de tierra negra, estaba todavía erguida. Era evidente que por encima de la planta había pasado la rueda de un carro, pero que el cardo había vuelto a levantarse y se mantenía erecto, aunque torcido. Era como si le hubiesen desgajado del cuerpo un miembro, abierto las entrañas, arrancado un brazo, vaciado un ojo. Y, sin embargo, se mantenía tieso, sin rendirse al hombre que había destruido a sus congéneres en torno suyo.

« ¡Qué energía! — pensé —. El hombre ha vencido todo, destruido millones de plantas, pero ésta no se rinde.»

Y me acordé de una antigua aventura del Cáucaso que yo mismo presencié en parte, que en parte me contaron testigos oculares y en parte también imaginé. Esa aventura, tal como la han ido hilvanando mi memoria y mi imaginación es la que sigue.

1

Aquello ocurrió a fines de 1851. En un anochecer frío de noviembre, Hadyi Murad llegó al aoul de Mahket, aldea hostil de Chechnya, cuyo ambiente despedía olor a lo que los indígenas llaman kixyak, combustible mezcla de paja y estiércol.

Acababa de terminar el forzado canto del muecín, en el claro aire montañero impregnado de humo de kizyak, por encima del mugido de las vacas y el balido las ovejas dispersas entre las cabañas del aoul —apretujadas unas con otras como celdillas de un panal —, se oía claramente los sonidos guturales de hombres que discutían y las voces de mujeres y niños junto a la fuente abajo.

Este Hadyi Murad era un naib de Shamil, famoso por sus hazañas. De ordinario nunca cabalgaba sin bandera, e iba acompañado siempre de varias decenas de murids que caracoleaban en torno suyo. Fugitivo ahora, encapuchado y envuelto en una burka bajo la cual asomaba una carabina, y con sólo un murid como acompañante, marchaba cuidando en lo posible de no darse a conocer, escudriñando con sus sagaces ojos negros las caras de los habitantes que encontraba en el camino.

Al entrar en el aoul, Hadyi Murad salió de la calle que conducía a la plaza y, torciendo a la izquierda, entró por una callejuela. Al llegar a la segunda saklya de ésta, cavada en un flanco del cerro, detuvo el caballo y miró a su alrededor. Bajo el cobertizo de la entrada no había nadie, pero sobre el techo, tras la chimenea recién enlucida de arcilla, yacía un hombre cubierto de una pelliza. Hadyi Murad tocó con la punta de su látigo al hombre tumbado en el techo y chascó la lengua. De debajo de la pelliza surgió un anciano. Llevaba puestos un gorro de dormir y un viejo y grasiento beshmet. Los ojos del anciano, desprovistos de pestañas, estaban enrojecidos y húmedos. Parpadeó para despegarlos. Hadyi Murad pronunció el consabido Selaam. Aleikum! y se destapó la cara.

—Aleikum selaam! —respondió el viejo, sonriendo con su boca desdentada al reconocer a Hadyi Murad; y enderezándose sobre sus flacas piernas se dispuso a meter los pies en unas pantuflas con tacón de madera que estaban junto a la chimenea. Una vez que se las hubo puesto, metió sin prisa los brazos en las mangas de su arrugada pelliza y bajó a reculones la escalerilla apoyada en el techo. Y mientras se vestía y bajaba, el viejo no cesaba de menear la cabeza sobre el cuello enjuto, arrugado, tostado por el sol, y de balbucear algo con su boca desdentada. Al llegar al suelo, en señal de bienvenida, cogió la brida y el estribo derecho del caballo de Hadyi Murad, pero el murid ágil y fuerte de éste había saltado rápidamente de su montura y, apartando al viejo, le reemplazó en la tarea.

Hadyi Murad echó pie a tierra y, cojeando ligeramente, entró bajo el cobertizo. A su encuentro salió a la puerta un muchacho de unos quince años que con ojos brillantes, negros como la endrina, miró asombrado a los recién llegados.

—Ve corriendo a la mezquita y llama a tu padre —le ordenó el viejo. Y, pasando delante de Hadyi Murad, le abrió la puerta frágil de la saklya, que chirrió un tanto. Al mismo tiempo que Hadyi Murad, salió por una puerta interior una mujer pequeña, delgada, de edad madura, con beshmet rojo sobre camisa amarilla y zaragüelles azules. Traía unos cojines.

—¡Que tu llegada nos sea propicia! —dijo, y casi doblándose en una reverencia, empezó a colocar los cojines contra la pared delantera para que se sentara el huésped

—¡Que tus hijos gocen de buena salud! —contestó Hadyi Murad, quitándose la burka, la carabina y el sable y entregando todo ello al viejo.

Éste, cuidadosamente, colgó de una escarpia la carabina y el sable junto a las armas del dueño de la casa, que colgaban entre dos grandes calderos que brillaban en la pared recién enlucida y blanqueada.

Hadyi Murad se ajustó la pistola a la espalda y, arropándose en su abrigo circasiano, tomó asiento. El viejo se sentó frente a él, sobre los talones desnudos, cerró los ojos y levantó las manos con las palmas hacia arriba. Hadyi Murad hizo lo propio. Luego los dos recitaron una plegaria, se pasaron las manos por el rostro y las juntaron en la punta de la barba.

—¿Ne habar? —preguntó Hadyi Murad al viejo (o sea, « ¿hay alguna novedad?»).

—Habar iok (o sea, «no hay novedad alguna») —respondió el viejo, mirando a Hadyi Murad, no en la cara, sino en el pecho, con sus ojos enrojecidos y sin pestañas—. Yo vivo en el colmenar y sólo he venido hoya visitar a mi hijo... Él sabe.

Hadyi Murad comprendió que el viejo no quería decir lo que sabía y lo que él, Hadyi Murad, necesitaba saber; así, pues, sacudió levemente la cabeza y no hizo más preguntas.

—En lo que hay de nuevo no hay nada bueno —agregó, sin embargo, el viejo—. La única noticia es que las liebres están buscando los medios de ahuyentar a las águilas. Y las águilas lo destruyen todo, primero esto, luego lo de más allá. La semana pasada esos perros de rusos pegaron fuego al heno del aoul de Michit... ¡Permita Alah que revienten! —añadió ronca y furiosamente.

Entró el murid de Hadyi Murad, apoyando suavemente sus fuertes piernas sobre el suelo apisonado. Se quitó, al igual que Hadyi Murad, la capa, la carabina y el sable y colgó todo ello en la misma escarpia de que pendían las armas de su señor, quedándose sólo con el puñal y la pistola.

—¿Quién es? —preguntó el viejo a Hadyi Murad, señalando al recién llegado.

—Mi murid Se llama Eldar —dijo Hadyi Murad.

—Bien —dijo el viejo, indicando a Eldar un lugar en el fieltro aliado de Hadyi Murad.

Eldar se sentó cruzando las piernas y, sin decir palabra, clavó sus hermosos ojos de carnero en el rostro del viejo que contaba cómo la semana anterior sus muchachos habían capturado a dos soldados, habían matado a uno de ellos y enviado el otro a Shamil en Veleno. Hadyi Murad escuchaba distraído, mirando la puerta y prestando oído a los ruidos de fuera. Bajo el cobertizo, delante de la vivienda, se oyeron pasos, chirrió la puerta y entró el dueño de la casa.

Ese dueño era Sado, un cuarentón de barba corta, nariz larga y ojos negros, aunque no tan brillantes como los de su hijo, el chico de quince años que había ido en su busca, quien ahora entró con su padre y se sentó junto a la puerta. Sado se quitó al entrar las sandalias de madera, empujó su viejo y raído gorro de piel hacia la nuca (que por no haber sido afeitada en mucho tiempo comenzaba a cubrirse de pelos largos) y fue a sentarse sobre los talones frente a Hadyi Murad.

Al igual que el viejo, Sado cerró los ojos, levantó las manos con las palmas hacia arriba, recitó una plegaria, se pasó las manos por la cara y sólo entonces empezó a hablar. Dijo que se había recibido orden de Shamil de capturar a Hadyi Murad vivo o muerto; que los mensajeros de Shamil se habían marchado de allí sólo la víspera, y que como la gente temía desobedecer a Shamil había que andarse con cuidado.

—En mi casa —dijo Sado—, mientras yo viva, nadie hará nada contra mi amigo. ¿Pero y fuera de ella? Habrá que pensarlo.

Hadyi Murad escuchaba atentamente, aprobando con la cabeza. Y cuando Sado acabó, dijo:

—Bien. Ahora hay que enviar a los rusos a un hombre con una carta. Mi murid irá, pero necesitará un guía.

—Enviaré a mi hermano Bata —dijo Sado—. Llama a Bata —agregó, volviéndose a su hijo.

El muchacho, como movido por resorte, saltó sobre sus piernas ágiles y, a todo correr, salió de la saklya agitando los brazos. Unos diez minutos después volvió acompañado de un chechén musculoso, pernicorto, ennegrecido por el sol, vestido con chaqueta circasiana amarilla, raída, de mangas deshilachadas, y polainas negras arrugadas. Hadyi Murad cambió saludos con el recién llegado y al momento, sin perder palabras inútilmente, dijo:

—¿Puedes conducir a mi murtd a los rusos?

—Sí puedo —respondió Bata rápida y alegremente—. Todo se puede. Menos yo, no hay otro chechén que pueda pasar. Otro prometería ir, pero no haría nada. Yo sí puedo.

—Bien —dijo Hadyi Murad—. Por tu trabajo recibirás tres piezas —añadió, mostrando tres dedos.

Bata indicó con un movimiento de cabeza que había comprendido, pero agregó que no lo hacía por el dinero, sino por el honor de servir a Hadyi Murad. Todo el mundo, en las montañas, conocía a Hadyi Murad y sus victorias sobre esos cerdos de rusos.

—Bien —dijo Hadyi Murad—. Una cuerda debe ser larga; un discurso debe ser corto.

—Bueno, me callo —dijo Bata.

—Donde el río Argun hace un recodo, enfrente del escarpe, hay un claro en el bosque con dos almiares. ¿Lo conoces?

—Sí.

—Allí me esperan cuatro caballistas —dijo Hadyi Murad.

—¡Aia! —aprobó Bata con la cabeza.

—Pregunta por Khan Magoma. Él sabe qué hacer y qué decir. ¿Puedes tú llevarle al comandante ruso, el príncipe Vorontsov?

—Lo llevaré.

—Llevarle y traerle. ¿Puedes? —Sí puedo. .

—Le llevas y le traes al bosque. Allí estaré yo.

—Haré todo eso —dijo Bata, levantándose; y poniéndose las manos en el pecho, salió.

—También hace falta mandar a un hombre a Gehi —dijo Hadyi Murad al dueño de la casa cuando salió Bata—. Mira lo que en Gehi hay que hacer —empezó a decir, llevándose la mano a las cartucheras de su abrigo circasiano; pero al momento dejó caer la mano y se calló, viendo que dos mujeres entraban en la saklya.

Una de ellas era la esposa de Sado, la misma mujer flaca de edad madura que le había colocado los cojines. La otra era una muchacha muy joven en pantalones rojos y beshmet verde, con velo hecho de monedas de plata que le cubría todo el pecho. Un rublo de plata colgaba de la punta de su trenza de pelo negro, no larga, pero sí gruesa y apretada, que le caía por la espalda entre las enjutas paletillas. Los mismos ojos negros como la endrina que tenían su padre y su hermano brillaban en su rostro juvenil que se esforzaba por parecer severo. No miró a los visitantes, pero era evidente que sentía su presencia.

La mujer de Sado traía una mesita baja y redonda con té, tortitas en mantequilla, queso, galletas y miel. La hija traía una palangana, un jarro y una toalla.

Tanto Sado como Hadyi Murad permanecieron callados mientras las mujeres, que iban y venían en sus babuchas rojas sin hacer ruido, disponían ante los visitantes lo que habían traído. Eldar, con sus ojos carneriles fijos en sus piernas cruzadas, permaneció inmóvil como una estatua durante todo el tiempo que las mujeres estuvieron en la habitación. Sólo cuando hubieron salido y se: hubo extinguido por completo el rumor de sus pasos al otro lado de la puerta, Eldar dio un suspiro de desahogo, y Hadyi Murad destapó uno de los orificios de la cartuchera, extrajo la bala y tomó de debajo de ella un pequeño rollo de papel.

—Para dársela a mi hijo —dijo, mostrando la nota.

—¿Ya dónde va la respuesta?

—A ti, Y tú me la remites.

—Así se hará —dijo Sado, metiendo el papelito en un orificio de su propia cartuchera. Luego, cogiendo el jarro con ambas manos, lo acercó a la palangana de Hadyi Murad. Éste remangó las mangas de su beshmet sobre los brazos musculosos, blancos por encima de la muñeca, y puso las manos bajo el chorro de agua fría y transparente que le vertía Sado. Después de secarse las manos en la tosca y limpia toalla, se acercó a la mesita. Eldar hizo lo propio. Mientras los visitantes comían, Sado, sentado frente a ellos, les dio las gracias repetidas veces por la visita. El muchacho, sentado junto a la puerta, no apartaba sus ojos negros y brillantes de Hadyi Murad, sonriendo como para confirmar con su sonrisa las palabras de su padre.

A pesar de no haber probado bocado en más de veinticuatro horas, Hadyi Murad comió sólo un poco de pan y queso; y sacando un cuchillito de debajo de su puñal, tomó con él un poco de miel y la untó en el pan.

—Nuestra miel es buena. Este año, más que otros, abunda mucho y es buena dijo el viejo, visiblemente satisfecho de que Hadyi Murad probara su miel.

—Gracias —dijo Hadyi Murad, apartándose de la mesa. Eldar hubiera querido comer más, pero siguiendo el ejemplo de su jefe se apartó también de la mesa y presentó a Hadyi Murad la palangana y el jarro.

Sado sabía que, al recibir a Hadyi Murad, arriesgaba su propia vida, ya que después de la riña entre Hadyi Murad y Shamil éste había amonestado a todos los habitantes de Chechnya que no recibieran a aquél so pena de muerte. Sabía que en cualquier momento los habitantes del aoul podían enterarse de su presencia en su casa y exigir que fuera entregado. Pero esto no sólo no le arredraba, sino que le regocijaba. Sado consideraba deber suyo proteger a ¡Un huésped, aunque ello le costase la vida, y se sentía feliz! orgulloso de comportarse como era debido.

—Mientras tú estés en mi casa y mi cabeza siga en mis hombros, nadie te hará nada —repitió a Hadyi Murad.

Hadyi Murad le miró en los ojos brillantes y, comprendiendo que decía la verdad, dijo en tono un tanto solemne:

—Que te sea gozosa la vida. Sado, en silencio, se llevó las manos al pecho en señal de gratitud por esas buenas palabras.

Sado cerró las persianas y puso unas ramas secas en la chimenea. Luego, de un humor singularmente alegre y animado, salió de la habitación y pasó a la parte de la casa en que vivía toda su familia. Las mujeres no dormían todavía y hablaban de los visitantes peligrosos que pasaban la noche bajo su techo.

2

Esa misma noche, en el fuerte avanzado de Vozdviyhensk, a quince verstas del aoul en que pernoctaba Hadyi Murat, un suboficial y tres soldados salieron del fuerte por la puerta Chahgirinskaya. Los soldados, como todos los que servían en el Cáucaso en esa época, iban vestidos de pelliza corta, gorro alto de piel de oveja y botas grandes que les llegaban por encima de las rodillas. Al hombro llevaban sus capas fuertemente enrolladas. Con los fusiles también al hombro, recorrieron primero unos quinientos pasos por el camino, luego se desviaron de él una veintena de pasos más, hollando las hojas secas, e hicieron alto junto a un sicómoro quebrado del que hasta en la oscuridad se distinguía el tronco negro. Allí, de ordinario, se situaba el puesto de escucha.

Las brillantes estrellas, que parecían ir corriendo sobre las copas de los árboles mientras los soldados marchaban por el bosque, se detuvieron ahora, centelleando entre las ramas desnudas.

—Menos mal que está todo seco —dijo el suboficial Panov, poniendo en el suelo con estrépito su largo fusil con bayoneta y apoyándolo en el tronco de un árbol. Los tres soldados hicieron lo mismo.

—En fin, que la he perdido —gruñó Panov irritado—. O me olvidé de traerla o se me ha caído en el camino.

—¿Qué es lo que buscas? —preguntó uno de los soldados con voz vigorosa y alegre.

—Mi pipa. El demonio sabe dónde se habrá metido. —¿Tienes el tubo? —preguntó la misma voz vigorosa. —¿El tubo? Aquí está.

—¿Y si lo clavaras en el suelo?

—¡Vaya idea!

—Eso se arregla en un instante.

Estaba prohibido fumar en el puesto de escucha, pero éste apenas podía considerarse como tal. Era más bien una avanzada que se había situado en ese lugar para que los montañeses no pudieran acercar a escondidas un cañón y disparar sobre el fuerte como ya lo habían hecho antes. Así pues, Panov no juzgó necesario privarse de fumar y aceptó la propuesta del alegre soldado. Éste sacó una navajita del bolsillo e hizo un hoyo en el suelo; luego alisó el interior, ajustó en él el tubo de la pipa e introdujo, prensándolo, el tabaco. La pipa quedó hecha. Se encendió un fósforo, que durante varios segundos iluminó los pómulos salientes del soldado tumbado boca abajo, silbó un poco el tubo y Panov olió el agradable aroma del tabaco de munición.

—¿Qué, listo ya? —y que lo digas.

—¡Qué tipo es este Avdeyev! ¡Qué bien se las arregla! ¿Y ahora?

Avdeyev rodó un poco de lado, y, echando humo por la boca, dejó el sitio a Panov.

Panov dio unas chupadas, y después los soldados se pusieron a charlar.

—Parece que el capitán ha metido otra vez las manos en la caja —dijo un soldado con voz cansina—. Claro, habrá perdido en el juego.

—Devolverá el dinero —dijo Panov.

—¡Por supuesto! Es un buen oficial—apoyó Avdeyev. —Buen oficial, buen oficial —agregó sombríamente el que había empezado la conversación—. A mi modo de ver, la compañía debiera hablar con él y decirle: «Si has cogido ese dinero, dinos cuánto, y cuándo lo vas a devolver.»

—Será lo que decida la compañía —comentó Panov, apartándose de la pipa.

—¡Pues claro! «La comunidad es un hombre fuerte» —afirmó Avdeyev, citando una conocida máxima.

—Pero habrá que comprar avena y remendar las botas para la primavera. Hace falta dinero para ello, y si él lo ha cogido... —insistió el descontento.

—Digo que será lo que decida la compañía —repitió Panov—. No es la primera vez. Lo coge y lo devuelve.

En aquel tiempo, en el Cáucaso, cada compañía escogía a sus propios individuos para administrarse. Recibía del Tesoro 6 rublos 50 kopeks por hombre y se aprovisionaba a sí misma: plantaba sus coles, preparaba su heno, tenía sus propios carros y se enorgullecía de sus bien nutridos caballos. El dinero de la compañía se guardaba en una caja cuya llave quedaba en manos del capitán; y a menudo sucedía que éste sacaba dinero de la caja en calidad de préstamo. Esto era lo que acababa de ocurrir, y de ello hablaban los soldados. El soldado sombrío, Nikitin, quería pedir cuentas al capitán, pero Panov y Avdeyev juzgaban que no era necesario.

Después de Panov, Nikitin fumó a su vez; luego extendió la capa en el suelo y se sentó, apoyándose en el tronco del árbol. Los soldados guardaron silencio. Sólo se oía el viento que pasaba por encima de sus cabezas, sacudiendo las copas de los árboles. De pronto, tras ese incesante y sordo arrullo, se oyó el aullido, el chillido, el gañido, el sollozo y la risa de los chacales.

—¡Vaya jaleo que arman esas malditas bestias! —comentó Avdeyev.

—Se burlan de ti porque tienes la cara de través —dijo la voz aguda del cuarto soldado, que era ucraniano.

De nuevo todo quedó en silencio: sólo el viento mecía la cima de los árboles, cubriendo y descubriendo alternativamente las estrellas.

—Vamos a ver, Antonych —preguntó de pronto el jocoso Avdeyev a Panov—. ¿Te aburres tú a veces?

—¡Vaya pregunta! —contestó Panov a regañadientes.

—Pues yo hay veces que me aburro tanto, tanto, que me parece que no sé qué hacer de mi cuerpo.

—¡Vaya, hombre! —dijo Panov.

—Aquella vez que me bebí el dinero que tenía fue por aburrimiento. Nada, que aquello se me vino encima. Y me dije: ¡Hala, a emborracharse!

—Sí, pero a veces, después, con la borrachera es peor. —También me ha pasado eso. Pero ¿qué se le va a hacer?

—Y tú, ¿por qué te aburres?

—¿Yo? Porque echo de menos mi casa.

—¿Es que la vuestra era casa rica?

—No, ricos no éramos, pero teníamos un buen pasar. Vivíamos bien.

Y Avdeyev empezó a contar lo que ya había contado muchas veces a Panov.

—Pues mira, entré de voluntario en lugar de mi hermano —dijo Avdeyev—. Él tenía cinco hijos y yo acababa de casarme. Mi madre me lo pidió. Y yo pensé: « ¿Por qué no? Quizá se acuerden y me lo agradezcan.» Fui a ver al amo. El nuestro es bueno, y me dijo: «Eres buen chico. Anda, ve.» y por eso fui en vez de mi hermano.

—Pues sí; eso estuvo bien.

—¿Pero querrás creer, Antonych, que ahora me aburro? Sobre todo porque me digo: « ¿Por qué fuiste tú en lugar de tu hermano? Ahora es él el que disfruta y tú el que lo pasas mal.» Y cuanto más cavilo, peor me siento. ¡Perra suerte, de seguro!

Avdeyev calló.

—¿Qué? ¿Volvemos a fumar? —preguntó tras breve pausa.

—¿Por qué no? Prepara eso.

Pero los soldados no tuvieron tiempo para ponerse a fumar. Apenas se levantó Avdeyev para colocar de nuevo el tubo de la pipa, cuando a través del susurro del viento se oyeron pasos en el camino. Panov cogió el fusil y empujó a Nikitin con el pie. Nikitin se levantó y recogió su capote. También se levantó Bondarenko.

—Pues sí, chicos, he tenido uno de esos sueños...

—Chsss... —dijo Avdeyev, y los soldados callaron para poder escuchar. Se acercaban pasos ligeros, pero no de botas. Cada vez más claramente se percibía en la oscuridad el chasquido de hojas secas y ramas rotas. Luego se oyeron los sonidos guturales de la lengua chechena. Los soldados no sólo los oían ahora, sino que vieron dos sombras que atravesaban un calvero entre los árboles. Una era más alta que la otra. Cuando las sombras llegaron a la altura de los soldados, Panov, fusil en mano, salió al camino junto con sus dos camaradas.

—¿Quién va? —gritó.

—Mí, chechén bueno —dijo el más bajo, que era Bata—. Fusil iok, sable iok —agregó mostrándose—. Príncipe queremos.

El más alto, sin decir palabra, se mantenía callado junto a su compañero; tampoco llevaba armas.

—Eso significa que es mensajero y quiere ver al coronel —explicó Panov a sus camaradas.

—Príncipe Vorontsov necesario... asunto grande —decía Bata.

—Bueno, bueno. Te llevaremos allá —dijo Panov—. Oye —agregó, volviéndose a Avdeyev—, tú y Bondarenko los lleváis, los entregáis al oficial de guardia y volvéis aquí. Y ¡mucho ojo! Tened cuidado de que vayan delante de vosotros, que éstos de las cabezas rapadas son muy astutos.

—¿Y qué me dices de esto? —preguntó Avdeyev, haciendo con el fusil y la bayoneta el gesto de pinchar a alguien—. Se lo clavo y se desinfla.

—¿Y de qué va a servir después si le pinchas? —dijo Bondarenko —.Bueno, en marcha.

Cuando cesó el ruido de los pasos de los soldados y los mensajeros, Panov y Nikitin volvieron a su puesto.

—¿Y qué demonios los trae aquí de noche? —preguntó Nikitin.

—Por lo visto algo necesario —contestó Panov—. Empieza a hacer fresco —agregó; y, desenrollando el capote, se envolvió en él y se sentó contra el árbol.

Un par de horas después volvieron Avdeyev y Bondarenko.

—¿Qué? ¿Los entregasteis? —preguntó Panov.

—Sí. En casa del coronel nadie estaba durmiendo todavía. Los llevamos directamente a él. ¡Qué tipos tan estupendos son estos cabezas rapadas! ¡Y no hemos charlado, que digamos!

—¡Tú, por supuesto, habrás charlado de lo lindo! —dijo Nikitin en tono descontento.

—Pues sí, son igualitos a los rusos. Uno está casado. « ¿Mujer? —pregunto—. Mujer —contesta—. ¿Hijos? —Hijos—. ¿Muchos? —Dos —contesta—» En fin, una buena charla. Son buenos chicos.

—¡Vaya si son buenos! —exclamó Nikitin—. Si tropiezas a solas con uno te saca el mondongo.

—No tardará mucho en ser de día —dijo Panov.

—Sí, ya empiezan a apagarse las estrellas —asintió Avdeyev, sentándose.

Y los soldados volvieron a guardar silencio.

3

Hacía ya buen rato que no había luz en las ventanas de los pabellones y otros edificios militares, pero las de una de las mejores casas de la fortaleza seguían todas iluminadas. Esa casa estaba ocupada por el príncipe Semron Mihailovich Vorontsov, coronel del regimiento de Kurin y ayudante de campo imperial, hijo del comandante en jefe. Vorontsov residía allí con su esposa Marya Vasilyevna, famosa beldad de Petersburgo, y vivía en ese pequeño fuerte del Cáucaso con un lujo que allí nadie había conocido hasta entonces. A Vorontsov, y en particular a su esposa, les parecía, no obstante, que allí vivía no sólo modestamente, sino con muchas privaciones; en tanto que para los caucasianos ese lujo era asombroso y extraordinario.

Ahora, a medianoche, en el gran salón alfombrado y con las cortinas corridas, los dueños de la casa y sus invitados jugaban a las cartas sentados a una mesa de juego alumbrada por cuatro bujías. Uno de los jugadores— era el propio coronel Vorontsov, largo de cara y rubio de pelo, vestido de uniforme con las insignias y cordones de ayudante de campo. Su compañero de juego era un licenciado de la universidad de Petersburgo, joven desgreñado y sombrío que la princesa había contratado poco antes como tutor del hijo que había tenido de su primer marido. Contra ellos jugaban dos oficiales: uno, ancho de cara y colorado de mejillas, era el capitán Poltoratski, trasladado de la Guardia; el otro, con una expresión fría en el agraciado rostro, era el ayudante del coronel y se tenía muy tieso en su asiento. La princesa Marya Vasilyevna, mujer hermosa y de complexión fuerte, ojos grandes y cejas negras, estaba sentada junto a Poltoratski, mirándole las cartas y rozándole las piernas con su crinolina. Y en sus palabras, sus miradas, su sonrisa, en todos los movimientos de su cuerpo y en su perfume había algo que hacía a Poltoratski olvidarse de todo, salvo de la proximidad de esa mujer. Por ello cometía un error tras otro en el juego, irritando cada vez más a su compañero.

—¡Pero esto es imposible! ¡Vuelve usted a desperdiciar un as! —exclamó el ayudante, sonrojándose al ver que Poltoratski echaba un as.

Poltoratski, como si acabara de despertar, volvió sus ojos negros y bondadosos, muy apartados entre sí, al furioso ayudante.

—¡Hombre, perdónele! —dijo Marya Vasilyevna sonriendo—. Ya ve usted. ¿No se lo decía yo? —agregó volviéndose a Poltoratski.

—¡Pero si eso no es en absoluto lo que usted me dijo! —replicó Poltoratski sonriendo a su vez.

—¿De veras? —dijo ella devolviéndole la sonrisa. Y esa sonrisa emocionó y alborozó tanto a Poltoratski que enrojeció de gusto. Y recogiendo las cartas empezó a barajarlas.

—No le toca a usted barajar —dijo severamente el ayudante, quien con su mano blanca ensortijada empezó a repartir las cartas como si quisiera desprenderse de ellas cuanto antes.

El ayuda de cámara del príncipe entró en el salón y anunció que el oficial de guardia deseaba hablarle.

—Perdonen, señores —dijo Vorontsov, hablando en ruso con acento inglés—. ¿Quieres tú ocupar mi puesto, Marie?

—¿Están ustedes conformes? —preguntó la princesa levantando al instante y sin esfuerzo su elevado talle, haciendo crujir la seda de su vestido y sonriendo con la sonrisa radiante de una mujer feliz.

—Yo estoy siempre conforme con todo —contestó el ayudante, muy satisfecho de tener ahora por contrincante a la princesa, que no sabía en absoluto jugar. Poltoratski se contentó con abrir los brazos sonriendo.

Terminaba la partida cuando regresó el príncipe al salón. Volvía animado y muy alegre.

—¿Saben ustedes lo que propongo?

—A ver.

—Que bebamos champaña.

—Yo estoy siempre listo para eso —dijo Poltoratski.

—¿Por qué no? Será muy agradable —dijo el ayudante.

—¡Vasili, tráenoslo! —ordenó el príncipe.

—¿Para qué te han llamado? —preguntó Marya Vasilyevna.

—Era el oficial de guardia con otro individuo. —¿Quién? ¿Qué? —preguntó al momento Marya Vasilyevna.

—No puedo decido —respondió Vorontsov encogiéndose de hombros.

—¿Que no puedes decido? —repitió Marya Vasilyevna—. Ya lo veremos.

Trajeron el champaña. Cada uno de los invitados bebió una copa; y habiendo terminado el juego y hecho las cuentas empezaron a despedirse.

—¿Es su compañía la que tiene que ir al bosque mañana? —preguntó el príncipe a Poltoratski.

—Sí, la mía. ¿Por qué?

—Entonces nos veremos mañana —respondió el príncipe sonriendo ligeramente.

—Me alegro mucho —dijo Poltoratski, quien pensando sólo en que iba a estrechar seguidamente la larga mano blanca de Marya Vasilyevna, no entendía cabalmente lo que le decía Vorontsov.

Marya Vasilyevna, como siempre, no sólo estrechó, sino que sacudió con fuerza la mano de Poltoratski. Y recordándole una vez más el error que había cometido al deshacerse de los oros que le habían tocado en suerte, le miró con una sonrisa que al capitán le pareció encantadora, acariciante y significativa.

Poltoratski tomó el camino de su casa en un estado de ánimo que sólo logran comprender aquellos hombres que, como él, se crían y educan en sociedad y, tras varios meses de vida militar solitaria, se encuentran de nuevo con una mujer de su antigua condición social, sobre todo si esa mujer se parece a la princesa Vorontsova.

Al llegar a la casita en que vivía con un camarada empujó la puerta de entrada, pero la encontró cerrada con picaporte. Llamó, pero la puerta siguió sin abrirse. Enfadado, se puso a repiquetear en la puerta con el pie y el sable. Tras la puerta se oyeron pasos y Vavilo, su siervo doméstico, desenganchó el picaporte.

—¿A qué viene cerrar la puerta con picaporte, idiota?

—¿Pero cómo era posible, señor...?

—Borracho otra vez. Ahora verás cómo te enseño si «era posible»...

Y estuvo a punto de pegarle, pero cambió de parecer.

—¡Bueno, vete al infierno! Enciende una bujía.

—En seguida. Vavilo, en efecto, estaba borracho. Había bebido por haber ido a felicitar al sargento furriel en el día del santo de éste. De vuelta en su casa empezó a comparar su vida con la de Ivan Matveich, el sargento furriel. Ivan Matveich tenía algún dinero, estaba casado y esperaba que lo licenciaran al cabo de un año, Vavilo, por su parte, había entrado de muchacho a servir, había pasado ya de los cuarenta, no estaba casado y vivía en campaña con el tarambana de su amo. Éste era una buena persona y apenas le pegaba, pero ¿qué clase de vida era ésa? «Prometió que me daría la libertad a su regreso del Cáucaso. ¿Pero a dónde voy yo con mi libertad? ¡Perra vida!» —pensaba Vavilo. Había tenido tanto sueño que había cerrado la puerta con picaporte para que nadie entrara a robar, y después se había quedado dormido.

Poltoratski entró en el cuarto que compartía con su camarada Tihonov.

—¿Qué? ¿Has perdido? —preguntó Tihonov, despertándose.

—No, señor. He ganado diecisiete rublos y nos hemos bebido una botella de Cliquot.

—¿Y has mirado a Marya Vasilyevna?

—Y he mirado a Marya Vasilyevna —repitió Poltoratski.

—Habrá que levantarse pronto —dijo Tihonov—. Salimos a las seis.

—Vavilo —gritó Poltoratski—. ¡Pon cuidado en despertarme sin falta mañana a las cinco!

—¿Cómo voy a despertarle si me contesta usted a puñetazos?

—Te digo que me despiertes. ¿Me oyes?

—Le oigo.

Vavilo salió, llevándose las botas y la ropa de su amo.

Poltoratski se acostó, se fumó sonriendo un cigarrillo y apagó la bujía. En la oscuridad veía ante sí el rostro sonriente de Marya Vasilyevna.

Los Vorontsov no se acostaron en seguida. Cuando se fueron los invitados, Marya Vasilyevna se acercó a su marido y enfrentándose con él dijo severamente:

—Bueno, vamos a ver. Me vas a decir de qué se trata —dijo ella en francés.

—Pero querida mía... —respondió él en la misma lengua.

—Nada de «querida mía». Era un mensajero, ¿verdad?

—Aun suponiendo que lo sea, no te lo puedo decir.

—¿Que no puedes? Entonces soy yo quien te lo dirá.

—¿Tú?

—Hadyi Murad, ¡a que sí! —dijo la princesa, que unos días antes había oído hablar de gestiones con Hadyi Murad y suponía que éste había venido en persona.

Vorontsov no pudo negarlo, pero engañó a su mujer diciendo que no había visto a Hadyi Murad, sino sólo a un mensajero de éste. Y explicó que Hadyi Murad vendría a verle al día siguiente en el lugar designado para el corte de la leña.

En la vida monótona del fuerte ese acontecimiento colmó de gozo a los jóvenes Vorontsov —marido y mujer—. Hablando de la alegría con que el padre del príncipe recibiría la noticia, se acostaron después de las dos de la madrugada.

4

Después de las tres noches que sin pegar ojo había pasado huyendo de los murids que Shamil había lanzado tras él, Hadyi Murad se quedó dormido tan pronto como Sado salió de la cabaña dándole las buenas noches. Dormía sin desnudarse, apoyado en un brazo, con el codo hundido en los rojos cojines de plumas que el dueño de la casa le había dispuesto. No lejos de él, junto a la pared, dormía Eldar. Éste yacía boca arriba, con sus miembros fuertes y juveniles en cruz, tanto así que su pecho vigoroso, con las cartucheras negras sobre la cherkeska blanca, estaba más alto que su cabeza azulada y recién afeitada, caída hacia atrás fuera del cojín. El labio superior, en el que apenas apuntaba una sombra de bozo, sobresalía un poco del inferior, como sucede en los niños. Los labios se abrían y cerraban alternativamente, como si estuviera bebiendo a pequeños sorbos. Al igual que Hadyi Murad, dormía enteramente vestido, con la pistola y el puñal en la cintura. La leña se había consumido en la chimenea de la cabaña y la lamparilla apenas brillaba en su nicho.

En medio de la noche chirrió la puerta del cuarto. Hadyi Murad se levantó al instante y cogió la pistola. Sado entró, pisando suavemente sobre el suelo de tierra.

—¿Qué hay? —preguntó Hadyi Murad, como si no hubiese dormido.

—Hay que pensar —respondió Sado, sentándose a la turca delante de él—. Una mujer te ha visto pasar desde su tejado. Se lo ha dicho a su marido y ahora todo el aoul lo sabe. Una vecina acaba de decir a mi mujer que los ancianos se han reunido en la mezquita y quieren detenerte.

—Tengo que irme —dijo Hadyi Murad.

—Los caballos están listos —dijo Sado, saliendo a toda prisa de la cabaña.

—Eldar —susurró Hadyi Murad, y Eldar, al oír su nombre y, sobre todo, la voz de su amo, se levantó de un salto enderezándose el gorro. Hadyi Murad tomó sus armas y se puso la capa. Eldar hizo lo mismo. Y ambos, en silencio, salieron de la cabaña al cobertizo. El muchacho de los ojos negros trajo los caballos. Al ruido de los cascos sobre la tierra apisonada de la calle asomó una cabeza por la puerta de una cabaña vecina y, con mucho traqueteo de zuecos, un hombre subió corriendo la cuesta hacia la mezquita..

No había luna, pero brillaban las estrellas en el cielo negro, y en la oscuridad se distinguía el perfil de los tejados de las cabañas. Descollando sobre otros edificios se veía el de la mezquita con su minarete en la parte alta de la aldea. De la mezquita llegaba el rumor de voces.

Hadyi Murad, asiendo rápidamente la carabina, puso el pie en el angosto estribo y, silenciosa y ágilmente, saltó inclinándose sobre el alto cojín de la silla.

—¡Dios os lo pague! dijo, volviéndose hacia su anfitrión, mientras instintivamente buscaba el otro estribo con el pie derecho y tocaba ligeramente con el látigo al muchacho que le tenía sujeto el caballo para que le soltara. El muchacho se apartó, y el caballo, como si hubiese sabido por sí mismo lo que había que hacer, arrancó a paso vivo por la callejuela hacia la calle principal. Eldar cabalgaba detrás de él. Sado, en su pelliza, haciendo gestos con los brazos, iba tras ellos casi corriendo, pasando de un lado a otro de la callejuela. A la salida, en la encrucijada, surgió primero una sombra que se movía y luego otra.

—¡Alto! ¿Quién va? ¡Deteneos! —gritó una voz, y varios hombres obstruyeron el camino.

En lugar de detenerse, Hadyi Murad sacó la pistola del cinto y, acelerando el paso de su caballo, lo lanzó directamente contra esos hombres. Ellos se apartaron, y Hadyi Murad, sin mirar atrás, bajó la cuesta a paso de ambladura. Eldar le siguió a buen trote. Tras ellos sonaron dos disparos y dos balas pasaron silbando sin alcanzar a ninguno de los dos. Hadyi Murad continuó su camino al mismo compás. Unos trescientos pasos más adelante detuvo el caballo, que jadeaba un tanto, y aguzó el oído. Delante y por debajo de él zumbaba un torrente. Detrás, en el aoul, cantaban los gallos, respondiéndose unos a otros. Por encima de esos sonidos oía tras sí el galopar de caballos y voces de hombres que se acercaban. Hadyi Murad arreó a su caballo y continuó su marcha a paso regular.

Los que le perseguían venían al galope y pronto le alcanzaron. Eran unos veinte caballistas, vecinos del aoul que habían decidido detenerle o, al menos, hacer como si quisieran detenerle a fin de justificarse a los ojos de Shamil. Cuando se acercaron lo bastante para ser vistos en la oscuridad, Hadyi Murad se detuvo, soltó las riendas, y con un movimiento habitual de la mano izquierda, desabrochó la funda de su carabina y la sacó con la mano derecha. Eldar hizo lo mismo.

—¿Qué pasa? —gritó Hadyi Murad—. ¿Es que queréis prenderme? ¡Pues, hala, prendedme! —y levantó la carabina. Las gentes del aoul se detuvieron.

Hadyi Murad, con la carabina en la mano, empezó a bajar la cuesta de la cañada. Los caballistas, sin acercarse, iban tras él. Cuando Hadyi Murad hubo pasado al otro lado de la cañada, sus perseguidores le dijeron a gritos que escuchara lo que querían decide. En respuesta, Hadyi Murad disparó y puso su caballo al galope. Cuando lo detuvo, ya no oyó tras sí ni el ruido de la persecución ni el canto de los gallos; ahora bien, se oían más claramente en el bosque el rumor del agua y, de vez en cuando, el canto sollozante del búho. El negro muro del bosque estaba ya muy cerca. Era el bosque en el que le esperaban sus murids. Al llegar al lindero, Hadyi Murad hizo alto, infló cuanto pudo los pulmones, silbó y se puso a escuchar. Un minuto después se oyó un silbido semejante. Hadyi Murad se apartó del camino y se internó en la espesura. Al cabo de cien pasos vislumbró por entre los troncos de los árboles una hoguera, sombras de hombres sentados alrededor de ella y un caballo trabado, con la silla puesta, alumbrado a medias por las llamas.

Uno de los que estaban sentados junto al fuego se puso al momento de pie y se acercó a Hadyi Murad, asiendo la brida y el estribo de la montura. Era el avaro Hanefi, a quien Hadyi Murad llamaba hermano y a quien tenía como administrador.

—Apagad el fuego —dijo Hadyi Murad, deslizándose del caballo. Los hombres empezaron a esparcir la hoguera y a pisar los tizones para extinguidos.

—¿Ha estado aquí Bata? —preguntó Hadyi Murad, acercándose a una capa extendida en el suelo.

—Estuvo, pero hace mucho que se fue con Khan Magoma.

—¿Por qué camino se fueron?

—Por ése —contestó Hanen, apuntando al lado opuesto a aquél por el que había venido Hadyi Murad.

—Bueno —dijo Hadyi Murad. Y quitándose la carabina empezó a cargarla—. Hay que tener cuidado. Han venido persiguiéndome —dijo, volviéndose al hombre que apagaba el fuego.

Éste era el checheno Gamzalo. Gamzalo fue a donde estaba la capa, cogió una carabina que en su funda estaba encima de ella y, sin decir palabra, se dirigió al borde del calvero por donde había venido Hadyi Murad. Eldar se bajó de su caballo, tomó el de Hadyi Murad y, levantándoles mucho la cabeza los ató a sendos árboles; luego, al igual que Gamzalo, se dirigió al extremo opuesto del calvero con la carabina al hombro. El fuego estaba apagado, el bosque no parecía tan negro como antes y en el cielo, aunque débilmente, brillaban las estrellas.

Hadyi Murad echó un vistazo a las estrellas, a las Pléyades, que habían llegado ya al cenit, por lo que coligió que la medianoche estaba ya lejos y que desde hacía largo rato había pasado la hora de la oración nocturna. Pidió a Hanen el jarro que éste llevaba siempre en su bolsa, se puso la capa y fue al arroyo.

Después de descalzarse y hacer sus abluciones, Hadyi Murad puso los pies desnudos sobre la capa, se sentó a la turca y, tapándose los oídos con los dedos y cerrando los ojos, se volvió hacia el este y recitó las oraciones acostumbradas.

Terminadas éstas, volvió al sitio en que estaban sus alforjas, se sentó en la capa y, apoyando los brazos en las rodillas, se sumió en sus cavilaciones.

Hadyi Murad creía siempre en su buena suerte. Cuando iniciaba alguna empresa estaba seguro por anticipado de que le saldría bien, y todo le salía bien. Y ello había sido así en el curso entero de su agitada vida de guerrero, con contadas excepciones; y así esperaba que también fuera esta vez. Se imaginaba que, con el ejército que le daría Vorontsov, atacaría a Shamil, le haría prisionero y se vengaría de él; que el zar de Rusia le recompensaría y que, de ese modo, volvería a adueñarse, no sólo de la Avaria, sino de toda la Chechnya, que se le sometería. Con estos pensamientos no se dio cuenta de que estaba dormido.

Vio en sueños cómo él y sus muchachos cantaban y gritaban « ¡Aquí está Hadyi Murad!», cómo caía sobre Shamil, hacía prisioneros a él y a sus mujeres y oía el llanto y los sollozos de éstas. Se despertó. La canción «Lya illaha» y el grito «Aquí está Hadyi Murad», así como el llanto de las mujeres de Shamil eran aullidos, sollozos y risotadas de los chacales que le habían despertado. Hadyi Murad levantó la cabeza, miró el cielo que ya clareaba en oriente por entre los troncos de los árboles y preguntó por Khan Magoma a uno de los murids sentado a pocos pasos de él. Al saber que Khan Magoma aún no había vuelto, Hadyi Murad dejó caer la cabeza y volvió a adormecerse.

Le despertó la voz gozosa de Khan Magoma que volvía con Bata de su misión. Khan Magoma se sentó al momento junto a Hadyi Murad y empezó a referirle su encuentro con los soldados que le habían conducido al mismísimo príncipe, su coloquio con éste, la alegría del príncipe y la promesa de reunirse con ellos a la mañana siguiente en el lugar donde los rusos iban a cortar leña, detrás de Michik, en el calvero Shalinski. Bata interrumpía el relato de su compañero para inyectar en él sus propios detalles.

Hadyi Murad pidió que le repitieran exactamente las palabras con que Vorontsov había respondido a su propuesta de pasarse a los rusos. Khan Magoma y Bata, al unísono, dijeron que el príncipe había prometido recibir a Hadyi Murad como su propio invitado y hacer que quedase contento. Hadyi Murad quiso enterarse de la ruta, y cuando Khan Magoma le aseguró que la conocía bien y que le llevaría directamente allá, Hadyi Murad tomó dinero y dio a Bata los tres rublos que le había prometido. A sus muchachos les mandó que sacaran de sus alforjas sus armas incrustadas de oro y su gorro alto con turbante, y que se lavaran para presentarse ante los rusos con buena facha. Mientras limpiaban las armas, la silla, los arneses y los caballos, palidecieron las estrellas, se hizo plenamente de día y se levantó la brisa ligera que sirve de nuncio a la aurora.

5

Por la mañana temprano, cuando aún estaba oscuro, salieron por la puerta Chahgirinskaya dos compañías al mando de Poltoratski, las cuales, provistas de hachas, fueron a unas diez verstas del fuerte; llegadas allí, apostaron como medida de protección una línea de tiradores y cuando fue de día empezaron a cortar leña. A eso de las ocho, la niebla, mezclada con el humo aromático de las ramas secas que ardían crepitando en las hogueras, comenzó a disiparse, y los leñadores —que hasta entonces no habían visto nada a seis pasos y sólo se oían unos a otros pudieron distinguir las fogatas y el camino que, obstruido por troncos de árboles, atravesaba el bosque. El sol asomaba a veces como tina mancha clara en la niebla y a veces se escondía. En el calvero, a alguna distancia del camino, estaban sentados en unos tambores Poltoratski y su teniente Tihonov, además de dos oficiales de la tercera compañía y un ex oficial de Guardias, el barón Freze, degradado por duelo y antiguo camarada de Poltoratski en el Cuerpo de Pajes. Esparcidos por el suelo alrededor de los tambores había papeles que habían sido envoltura de fiambres, amén de colillas de cigarros y botellas vacías. Los oficiales habían tomado un refrigerio acompañado de vodka y ahora bebían cerveza negra. Un soldado—tambor descorchaba la octava botella. Poltoratski, no obstante haber dormido apenas, se hallaba en el estado de agilidad mental e irresponsable buen humor que siempre mostraba ante sus soldados y camaradas dondequiera que pudiese correr algún peligro.

Los oficiales charlaban animadamente acerca de la última noticia: la muerte del general Sleptsov. Ninguno de ellos veía en esa muerte el supremo momento de la vida, o sea, su acabamiento y el retorno a su origen. Sólo veían el arrojo de un valiente oficial que, sable en mano, se había lanzado contra los montañeses y luchado encarnizadamente con ellos. Todos los presentes, y en especial los que habían participado en batallas de esa índole, sabían, o podían saber, que en una guerra como la de entonces en el Cáucaso —mejor dicho, en una guerra cualquiera o en cualquier parte no se luchaba cuerpo a cuerpo sable en mano, como de ordinario se supone y se describe; y que si se utiliza el sable o la bayoneta es para aniquilar a los que huyen. Sin embargo, todos ellos aceptaban la fábula del cuerpo a cuerpo y derivaban de ella un orgullo apacible y gozoso; y, sentados en los tambores, unos en postura de héroes, otros por el contrario en actitud sumamente modesta, fumaban, bebían, bromeaban, sin preocuparse de la muerte que, como en el caso de Sleptsov, podía sobrevenirle a cualquiera de ellos en el momento menos pensado. Y, en efecto, como para confirmar su espera de algún acontecimiento, en medio de su coloquio se oyó a la izquierda del camino el agradable sonido, seco y agudo, de un tiro de carabina, y una bala cruzó el aire brumoso silbando alegremente y fue a hundirse en un árbol. La voz bronca de unos fusiles contestó al disparo enemigo.

—¡Aja! —gritó regocijado Poltoratski—. ¡Están hostilizando a la línea! Bueno, amigo Kostya —agregó, volviéndose a Freze—. Aquí tienes tu oportunidad. Vuelve a tu compañía. Vamos a disfrutar de una batalla deliciosa. ¡Un espectáculo de primera!

El degradado barón se levantó de un salto y a paso ligero se encaminó a la zona de humareda en que estaba su compañía. Trajeron a Poltoratski su pequeño Kabarda rucio, se instaló en la silla, agrupó a su compañía y la puso en marcha hacia donde habían sonado los disparos. La línea se hallaba en el lindero del bosque, a lo largo de una barranca desnuda de vegetación; el viento soplaba hacia el bosque y se veían claramente las dos vertientes de la barranca.

Cuando Poltoratski llegó a la línea el sol salía de la niebla, y al lado opuesto de la barranca, al borde de un bosquecillo que estaba a unos doscientos pasos, distinguió a unos caballistas. Eran los chechenos que habían perseguido a Hadyi Murad y querían ver cómo éste se entregaba a los rusos. Uno de ellos había disparado contra la línea, y desde ésta algunos soldados habían respondido. Los chechenos se habían retirado y había cesado el tiroteo. Pero cuando Poltoratski llegó con su compañía mandó disparar, y apenas hubo dado la voz de mando cuando por toda la línea se oyó un estallido vivo, jubiloso e ininterrumpido de fusiles, acompañado de bocanadas de humo que se disipaban graciosamente. Los soldados, regocijados por esta distracción, se apresuraban a cargar y disparar racha tras racha. Los chechenos, por lo visto, se envalentonaron y, avanzando al galope, dispararon uno tras otro varias veces contra los rusos. Uno de sus disparos hirió a un soldado. Éste era el mismo Avdeyev que había salido en patrulla. Cuando sus camaradas se acercaron a él lo encontraron boca abajo, asiéndose el vientre con ambas manos y oscilando acompasadamente de un lado para otro.

—Yo había empezado a cargar el fusil cuando oí « ¡chic!» —dijo el soldado que formaba pareja con el herido—. Miro y veo que éste había dejado caer su fusil.

Avdeyev pertenecía a la compañía de Poltoratski. Al f ver agruparse a los soldados, Poltoratski se acercó a ellos.

—¿Qué pasa, chico? ¿Te han dado? ¿Dónde?

Avdeyev no contestó.

Yo había empezado a cargar mi fusil, mi capitán —repitió el camarada de Avdeyev cuando oí « ¡chic!». Miro y veo que había dejado caer su fusil.

—Te, te —dijo Poltoratski, chascando la lengua—. ¿Te duele, Avdeyev?

—¿Que si me duele? No, pero ahora no puedo andar... Quisiera un traguito, mi capitán.

Encontraron el vodka, mejor dicho, el brebaje que beben los soldados en el Cáucaso, y Panov, frunciendo el ceño, lo trajo a Avdeyev en un cacharro. Avdeyev empezó a beber, pero en seguida lo rechazó.

—Mi alma se revuelve contra eso... Bébetelo tú.

Panov apuró el contenido. Avdeyev trató una vez más de incorporarse y volvió a caer. Extendieron un capote en el suelo y lo acostaron.

—Mi capitán, viene el coronel —anunció el ayudante a Poltoratski.

—Bien. Ocúpate de él —dijo Poltoratski. Y haciendo un molinete con su látigo fue rápidamente al encuentro de Vorontsov.

Éste venía montado en un joven alazán inglés de pura sangre. Estaba acompañado de su edecán, de un cosaco y de un intérprete chechén.

—¿Qué pasa por aquí? —preguntó a Poltoratski.

—Que una guerrilla enemiga ha atacado a la línea —respondió Poltoratski.

—¡Vaya, vaya! Y son ustedes los que han comenzado. —No he sido yo, príncipe —contestó Poltoratski sonriendo—. Son ellos los que han venido por su cuenta.

—He oído decir que un soldado ha resultado herido. —Sí. Una lástima. Es un buen soldado.

—¿Grave?

—Por lo visto, sí. En el vientre.

—Y yo, ¿sabe usted a dónde voy?

—No lo sé.

—¿Ni tampoco lo adivina?

—Tampoco.

—Hadyi Murad se pasa a nuestro lado. Estará ahí en seguida.

—¡Imposible!

—Ayer vino un mensajero suyo —dijo Vorontsov, conteniendo con dificultad una sonrisa de gozo—. Estará esperándome ya en el calvero Shalin. Así pues, extienda usted la línea de tiradores hasta allí y después venga a reunirse conmigo.

—A sus órdenes —dijo Poltoratski llevándose la mano al gorro y volviendo a su compañía. Él mismo extendió la línea hacia la derecha y ordenó a su ayudante que hiciese lo propio hacia la izquierda. Mientras tanto unos soldados llevaron al herido al fuerte.

Poltoratski volvía para reunirse con Vorontsov cuando vio tras sí a unos caballistas que querían alcanzarle. Se detuvo y los esperó.

Al frente de ellos, en un caballo de blanda crin, venía un hombre de aspecto imponente vestido de cherkeska blanca, con un turbante sobre su gorro de piel y armas con incrustaciones de oro. Este hombre era Hadyi Murad. Se acercó a Poltoratski y le dijo algo en lengua tártara. Poltoratski arqueó las cejas, abrió los brazos en señal de que no comprendía nada y sonrió. Hadyi Murad contestó a la sonrisa con otra, y esa sonrisa impresionó a Poltoratski por su candor infantil— Éste no esperaba ver al terrible montañés con tal aspecto. Esperaba ver a un hombre sombrío, áspero, extraño, y el que tenía delante era un hombre sencillísimo que sonreía con una sonrisa tan buena que no parecía un extraño, sino un antiguo conocido. En él se notaba sólo un rasgo especial: tenía los ojos muy separados uno de otro, que fijaba atenta y serenamente, con sagacidad, en los ojos de los demás.

La escolta de Hadyi Murad se componía de cuatro hombres. Entre ellos estaba ese Khan Magoma que la noche antes había venido a encontrar—e con Vorontsov. Era un sujeto carirredondo, colorado de tez, de ojos negros brillantes y sin párpados, que parecía rebosar de vida. Había también otro hombre, rechoncho, velludo, de cejas protuberantes: era el tavlin Hanefi, administrador de toda la hacienda de Hadyi Murad. Conducía por la brida un caballo cargado de alforjas enteramente repletas. Pero en la escolta había otros dos individuos que se distinguían de modo particular: uno era joven, enjuto de talle como una mujer pero ancho de hombros, de incipiente barba rubia, guapo y con ojos de carnero: era Eldar; y el otro, tuerto, sin párpados ni pestañas, de corta barba rojiza, con una cicatriz que le cruzaba la nariz y todo el rostro: el chechén Gamzalo.

Poltoratski señaló a Hadyi Murad a Vorontsov, que se acercaba por el camino. Hadyi Murad fue hacia él, y al llegar cerca se llevó la mano al pecho, dijo algo en tártaro y se detuvo. El intérprete chechén tradujo:

—Me pongo —dice— en manos del zar ruso. Quiero —dice— servirle. Hace ya tiempo que quería hacerlo —dice—, pero Shamil no me soltaba.

Vorontsov escuchó al intérprete y alargó a Hadyi Murad la mano enguantada en piel. Hadyi Murad miró la mano, aguardó un segundo, pero luego la apretó con fuerza y dijo algo más, mirando alternativamente al intérprete y a Vorontsov.

—Dice que no quería entregarse a nadie sino a ti, porque tú eres hijo del Sirdar. A ti te estima mucho.

Vorontsov inclinó la cabeza en señal de gratitud. Hadyi Murad dijo algo más, señalando a su escolta.

—Dice que éstos son sus murids, y que servirán a los rusos como le sirven a él mismo.

Vorontsov los miró y también inclinó la cabeza. El alegre Khan Magoma, el de los ojos negros sin párpados, hizo un gesto parecido de cabeza y dijo por lo visto algo divertido a Vorontsov, porque el avaro velludo descubrió al sonreír su blanca dentadura. Pero el pelirrojo Gamzalo sólo dirigió a Vorontsov una mirada fugaz de su único ojo y la volvió de nuevo a las orejas de su caballo.

Cuando Vorontsov y Hadyi Murad, acompañados de la escolta, tomaron el camino del fuerte, los soldados, tras el relevo de la línea y reunidos en grupo, comenzaron sus comentarios:

—¡A cuánta gente no habrá matado ese maldito! ¡Pero espera y verás los obsequios que ahora le harán! —dijo uno.

—¡Y que lo digas! Ha sido la mano derecha de Shamil. Ahora puede ser que...

—En todo caso, hay que reconocer que tiene buena facha... ¡Un verdadero dyzgzt!

—Y ese pelirrojo, el del ojo de través...

—Una mierda, de seguro.

Todos habían notado al pelirrojo en particular.

De los soldados que cortaban leña, los más cercanos vinieron corriendo a mirar. Un oficial les lanzó un grito, pero Vorontsov lo detuvo.

—¡Déjalos que miren a su viejo enemigo! ¿Tú sabes quién es?

—No, Excelencia.

—Hadyi Murad. ¿Has oído hablar de él?

—¡Cómo no, Excelencia! Le hemos arreado de lo lindo muchas veces.

—¡Y bien que nos lo ha devuelto!

—Exactamente, Excelencia —respondió el soldado, gozoso de haber tenido ocasión de hablar con su jefe.

Hadyi Murad comprendió que se hablaba de él, y una sonrisa alegre brillaba en sus ojos. Vorontsov volvió al fuerte en excelente estado de ánimo.

6

Vorontsov estaba satisfecho de haber sido él, precisamente él, quien había conseguido atraer y recibir al principal enemigo de Rusia, el más poderoso después de Shamil. Sólo había un detalle desagradable: el comandante en jefe de las tropas de Vozdviyhensk era el general Meller—Zakomelski y, de hecho, lo correcto hubiera sido que el asunto de Hadyi Murad se resolviera por mediación: de éste. Sin embargo, Vorontsov lo había gestionado todo por sí mismo, sin dar cuenta al general, lo cual podía acarrear consecuencias enojosas. Y esa posibilidad enturbiaba un tanto su satisfacción.

Al acercarse a su residencia, Vorontsov confió a su edecán los murids de Hadyi Murad y él mismo condujo a éste a su casa.

La princesa Marya Vasilyevna, vestida con esmero, sonriente y en compañía de su hijo, guapo muchacho de dieciséis años y pelo rizado, recibió en el salón a Hadyi Murad; y éste, poniéndose las manos sobre el pecho, dijo con cierta solemnidad por medio del intérprete que le acompañaba que se consideraba kunak del príncipe, puesto que éste le había recibido en su casa, y que toda la familia del kunak le era tan sagrada como el kunak mismo. Tanto el aspecto como los modales de Hadyi Murad agradaron a Marya Vasilyevna. El hecho de que aquél se hubiera turbado y ruborizado cuando ella le alargó su larga mano blanca también fue de su agrado. Le invitó a sentarse, le preguntó si bebía café y se lo hizo servir, pero Hadyi Murad rehusó tomarlo cuando se lo sirvieron. Él entendía un poco el ruso, pero no podía hablarlo; y cuando no comprendía se sonreía, sonrisa que agradaba a Marya Vasilyevna como había agradado a Poltoratski. El muchacho de los rizos y ojos vivos, a quien su madre llamaba Bulka, de pie junto a ésta, no apartaba la vista de Hadyi Murad, de quien había oído decir que era un guerrero sin par.

Dejando a Hadyi Murad con su mujer, Vorontsov pasó a la oficina del regimiento para informar a sus superiores de la acción de Hadyi Murad. Después de redactar un despacho al general Kozlovski, comandante del ala izquierda en Grozny, y de escribir una carta a su propio padre, Vorontsov se apresuró a volver a su casa, temiendo el descontento de su esposa por haberla dejado sola con un hombre extraño y terrible, con quien convenía comportarse de modo que no se ofendiera, pero sin tratarle con demasiada afabilidad. Ahora bien, su inquietud fue innecesaria. Hadyi Murad estaba sentado en su sillón, con Bulka, hijastro de Vorontsov, sobre las rodillas; y con la cabeza inclinada escuchaba atentamente lo que le decía el intérprete traduciendo las palabras de la risueña Marya Vasilyevna. Ésta le decía que si regalaba a cada kunak lo que ese kunak elogiaba, pronto se quedaría tan desnudo como Adán...

A la entrada del príncipe, Hadyi Murad levantó de sus rodillas al sorprendido e irritado Bulka y se levantó, trocando al momento la expresión festiva de su rostro en otra grave y severa. Sólo tomó asiento cuando lo hizo Vorontsov. Continuando la conversación, dijo a Marya Vasilyevna que era ley de su pueblo dar a un kunak todo aquello que a éste le gustase.

—Hijo tuyo... kunak —dijo en ruso, acariciando el pelo rizado de Bulka, que se había vuelto a sentar en sus rodillas.

—Tu bandolero es encantador —dijo en francés Marya Vasilyevna a su marido—. Bulka admiró su puñal y él se lo ha regalado.

Bulka mostró el puñal a su padre.

—Es un objeto valioso —comentó la madre en francés. —Habrá que encontrar ocasión de hacerle un regalo

—dijo Vorontsov en la misma lengua.

Hadyi Murad, sentado, bajó los ojos y acariciando la cabeza del muchacho dijo:

—Dyzgít, dyigit.

—Precioso puñal, precioso —comentó Vorontsov, sacando a medias el afilado y puntiagudo puñal, que tenía una estría en mitad de la hoja—. Dale las gracias —dijo al intérprete—. Y pregúntale en qué puedo servirle.

El intérprete tradujo y Hadyi Murad respondió al momento que él no necesitaba nada, pero sí pedía que le llevaran ahora a un lugar donde pudiera recitar sus oraciones. Vorontsov llamó al mayordomo y le ordenó que cumpliera el deseo de Hadyi Murad.

Tan pronto como Hadyi Murad quedó solo en el aposento que se le había destinado, su rostro cambió de aspecto: desapareció la expresión medio festiva y medio solemne y fue reemplazada por otra de preocupación.

El recibimiento de que le había hecho objeto Vorontsov había sido mucho mejor de lo que había esperado. Pero cuanto mejor había sido ese recibimiento, tanta menor confianza tenía Hadyi Murad en Vorontsov y sus oficiales. Lo temía todo: que lo prendiesen, lo cargasen de cadenas y lo enviasen a Siberia, o que 'sencillamente lo matasen. Así pues, debería estar sobre aviso.

Preguntó a Eldar, que entró a vede, dónde habían metido a los murids, dónde estaban los caballos y si a sus hombres les habían quitado las armas.

Eldar contestó que los caballos se hallaban en la cuadra del príncipe, los hombres estaban en un pajar con sus armas y el intérprete les estaba obsequiando con comida y té.

Perplejo, Hadyi Murad sacudió la cabeza y, desnudándose, se entregó a su oración. Una vez que la hubo acabado, pidió su puñal de plata y, ya vestido y fajado, se sentó en una otomana a esperar lo que ocurriese.

A las cinco le llamaron para que fuese a comer con el príncipe.

En la comida Hadyi Murad no comió nada, salvo pilau, que tomó del mismo lugar del plato de donde se había servido Marya Vasilyevna.

—Teme que le envenenemos —dijo Marya Vasilyevna a su marido—. Se ha servido del mismo sitio que yo. Y seguidamente se volvió a Hadyi Murad, preguntándole por medio del intérprete cuándo volvería a orar. Hadyi Murad levantó cinco dedos y apuntó al sol.

—Por lo visto, pronto.

Vorontsov sacó su reloj y apretó el muelle. El reloj dio las cuatro y cuarto. Hadyi Murad, evidentemente sorprendido por el sonido, pidió que se repitiera y miró el reloj.

—Ahí tienes la ocasión. Dale el reloj —dijo Marya Vasilyevna en francés.

Vorontsov ofreció al momento el reloj a Hadyi Murad. Éste se llevó la mano al pecho y tomó el reloj. Apretó el muelle varias veces, escuchó y movió la cabeza en señal de aprobación.

Después de la comida anunciaron al príncipe que había llegado un ayudante de Meller—Zakomelski. El ayudante notificó al príncipe que el general, enterado de la llegada de Hadyi Murad, estaba muy descontento de que no se le hubiese dado cuenta de ello y exigía que se le enviase al instante. Vorontsov dijo que inmediatamente se cumpliría la orden del general y, habiéndoselo dicho por medio del intérprete a Hadyi Murad, rogó a éste que fuese con él a ver a Meller.

Al enterarse Marya Vasilyevna de por qué había venido el ayudante comprendió al momento que entre su marido y el general podía surgir algún roce desagradable y, a pesar de las objeciones de su marido, se dispuso a ir con él y Hadyi Murad a casa del general.

—Harías bien en quedarte. Éste es asunto mío, no tuyo —dijo Vorontsov en francés.

—No puedes impedirme que vaya a ver a la esposa del general —objetó ella en la misma lengua.

—Podrías ir en otra ocasión. —Quiero ir ahora.

No había nada que hacer. Vorontsov consintió y fueron los tres.

Cuando entraron en casa de Meller, éste, con sombría compostura, condujo a Marya Vasilyevna a donde estaba su esposa y ordenó a su ayudante que acompañase a Hadyi Murad a la antecámara y no le dejase salir.

—Por favor —dijo a Vorontsov, abriendo la puerta de su despacho y haciendo pasar al príncipe delante de él.

Dentro del despacho se plantó delante del príncipe y sin invitarle a sentarse dijo:

—Yo soy aquí el comandante en jefe y, por lo tanto, toda negociación con el enemigo es de mi incumbencia. ¿Por qué no me dio usted cuenta de la rendición de Hadyi Murad?

—Vino a verme un mensajero para comunicarme el deseo de Hadyi Murad de rendirse a mí —respondió Vorontsov, quien, pálido de agitación, esperaba una grosería del furioso general seguida de su propia explosión de ira.

—Le pregunto que por qué no me informó.

—Tenía la intención de hacerlo, barón, pero...

—Para usted no soy barón, sino Vuestra Excelencia.

Y de pronto estalló la irritación del barón, largo tiempo reprimida. Dio suelta a todo lo que le contrariaba desde tiempo atrás.

—No sirvo a mi soberano desde hace veintisiete años para que gente que entró ayer en el servicio y se aprovecha de sus lazos de parentesco se meta ante mis propias narices en lo que no le importa.

—¡Ruego a Vuestra Excelencia que no diga lo que es injusto! —le interrumpió Vorontsov.

—Digo la verdad, y no permito... —contestó el general en tono aún más sulfurado.

En ese momento, con susurro de faldas, entró Marya Vasilyevna y tras ella una señora pequeña y modesta, la esposa de Meller—Zakomelski.

—Bueno, basta, barón. Simón no ha querido disgustar a usted —comenzó diciendo.

—Yo, princesa, no digo tal cosa...

—Pero, bueno, mejor será dejar eso. Ya sabe usted que una paz mala es mejor que una buena querella. ¿Pero qué es lo que digo? —y rompió a reír.

Y el irascible general se rindió a la sonrisa encantadora de la bella dama, a la vez que una sonrisa se dibujaba bajo su bigote.

—Confieso que he cometido un error —dijo Vorontsov—, pero...

—Bueno, y yo me he acalorado —contestó Meller, alargando la mano al príncipe.

Se hicieron las paces y quedó decidido que, por el momento, Hadyi Murad permanecería en casa de Me1ler y más tarde sería enviado al comandante del ala izquierda.

Aunque Hadyi Murad, sentado en la antecámara, no comprendía lo que se decía, sí comprendía lo que necesitaba comprender: que discutían acerca de él, y que su deserción de Shamil era asunto de enorme importancia para los rusos, por lo que él podría, si no lo deportaban o mataban, exigir mucho de ellos. Comprendió, por añadidura, que Meller—Zakomelski, aunque comandante en jefe, no tenía tanto ascendiente como Vorontsov, no obstante ser éste su subordinado; que Vorontsov era un personaje importante y Meller—Zakomelski no lo era. Así pues, cuando Meller—Zakomelski le hizo venir y comenzó a interrogarle, Hadyi Murad se mostró orgulloso y solemne. Dijo que había venido de las montañas para servir al zar blanco y que daría cuenta de todo ello únicamente a su Sardat; o sea, al comandante en jefe, príncipe Vorontsov, en Tiflis.

7

Transportaron al herido Avdeyev a la sala general del hospital, instalado en una casita de madera a la salida del fuerte, y le colocaron en un catre vacante de campaña. En la sala había cuatro enfermos: uno que luchaba con el tifus; otro, pálido, con calentura y ojeras, que padecía de paludismo, estaba a la espera de otro ataque y bostezaba continuamente; los otros dos habían resultado heridos en una incursión inesperada tres semanas antes: uno, que estaba de pie, alcanzado en un puño, y otro, sentado en su catre, en el hombro. Todos, salvo el que padecía de tifus, rodearon al recién llegado e hicieron preguntas a los que le habían traído.

—Hay días que disparan al voleo y no pasa nada, pero en esta ocasión han tirado sólo cinco o seis veces, y ya veis —dijo uno de los camilleros.

—A quien le toca, le toca.

—¡Ay! —gimió Avdeyev, a pesar de querer contenerse, cuando le pusieron en el catre. Una vez en él, frunció el ceño y no volvió a gemir, pero movía los pies sin cesar. Se tapaba la herida con las manos y miraba fijamente delante de sí.

Vino el médico y ordenó que diesen la vuelta al herido para ver si la bala había salido por detrás.

—¿Y esto qué es? —preguntó el médico, apuntando a unas grandes cicatrices blancas que se cruzaban en la espalda y las nalgas.

—Eso es antiguo, mi capitán —respondió, gimiendo, Avdeyev.

Se le dio de nuevo la vuelta y el médico estuvo largo rato reconociéndole el vientre con una sonda. Logró localizar la bala, pero no pudo extraerla. Seguidamente le curó la herida, la vendó y cubrió con un emplasto y se fue. Mientras le sondaban y curaban la herida, Avdeyev estuvo rígido, con los labios apretados y los ojos cerrados. Cuando se marchó el médico, abrió los ojos y miró asombrado en torno suyo. Dirigió la mirada a los enfermos y el enfermero, pero no parecía verlos, sino mirar otra cosa, algo que le causaba asombro.

Llegaron sus camaradas Panov y Seryogin. Avdeyev, siempre acostado boca arriba, seguía mirando asombrado delante de sí. Durante un buen rato no pudo reconocer a sus camaradas a pesar de estar mirándolos fijamente.

—Tú, Pyotr, ¿quieres que se mande recado a tu casa? —preguntó Panov.

Avdeyev no respondió, aunque clavaba la mirada en la cara de Panov.

—Te pregunto si quieres mandar algún recado a casa —repitió Panov, tocándole la mano grande y huesuda. Estaba fría.

Avdeyev pareció volver en su acuerdo. —¡Ah...Panov!

—Sí, ya ves que he venido. ¿No quieres mandar recado a tu casa? Seryogin escribiría.

—Seryogin —dijo Avdeyev, volviendo los ojos con dificultad a Seryogin—. ¿Tú escribirás? Bueno, diles: «Vuestro hijo, vuestro Petrusha, ha dado orden de que viváis largo tiempo. Envidiaba a su hermano.» Ya te lo dije hace poco. «Pero ahora estoy contento. Dios quiera que él viva en paz. Yo estoy contento.» Escríbeles eso.

Dicho esto, guardó silencio largo rato, con los ojos fijos en Panov.

—y tu pipa, ¿la has encontrado? —preguntó de pronto. Panov sacudió la cabeza sin contestar.

—Tu pipa, tu pipa, te pregunto", ¿la has encontrado?

—Estaba en mi bolsa.

—¡Ah, ya! Bueno, ahora dadme un cirio porque voy a morir pronto —dijo Avdeyev.

En ese momento entró Poltoratski a enterarse de cómo estaba el soldado.

—¿Qué, muchacho? ¿La cosa no va bien? —preguntó. Avdeyev cerró los ojos y negó con la cabeza. Su rostro, de pómulos salientes, estaba pálido y grave. No respondió. Sólo repitió, volviéndose a Panov:

—Dame un cirio, que voy a morir.

Le pusieron el cirio en la mano, pero ésta no se cerraba, por lo que tuvieron que ponérselo entre los dedos y tenerlo sujeto. Poltoratski salió, y cinco minutos después el enfermero aplicó el oído al corazón de Avdeyev y dijo que había muerto.

En el despacho enviado a Tiflis estaba descrita la muerte de Avdeyev del siguiente modo:

«El 23 de noviembre dos compañías del regimiento de Kurin salieron del fuerte para ir a cortar leña. En mitad de la jornada una banda de montañeses atacó de pronto a los leñadores. La línea de tiradores comenzó a replegarse, y la segunda compañía atacó a la bayoneta y derrotó a los montañeses. En esta acción dos soldados resultaron levemente heridos y uno muerto. Los montañeses han sufrido cerca de cien bajas, entre muertos y heridos.»

8

El mismo día en que moría Petrusha Avdeyev en el hospital de Vozdviyhensk, su anciano padre, la mujer de su hermano mayor —en sustitución del cual había entrado en filas y la hija de éste, ya crecida y casi en edad de casarse, trillaban avena en la frígida era. Había nevado copiosamente la víspera y, llegada la mañana, había caído una fuerte helada. El viejo estaba despierto desde el tercer canto del gallo y, habiendo visto por el cristal cubierto de escarcha la clara luz de la luna, había bajado de la estufa, se había calzado y puesto la pelliza y el gorro y había ido a la era. Después de trabajar allí un par de horas, volvió a la cabaña y despertó a su hijo y a las mujeres. Cuando la nuera y la muchacha llegaron a la era, ésta estaba ya limpia: había una pala de madera clavada en la nieve blanca aún esponjosa junto a unos escobones con las ramas para arriba, y las gavillas de avena estaban hacinadas en dos filas, espiga contra espiga, en larga fila sobre el suelo limpio. Cada uno cogió un mayal y todos empezaron a majar acompasadamente, de tres en tres golpes. El viejo golpeaba con mucha fuerza, rompiendo la paja; la muchacha venía tras él golpeando mesuradamente la parvada, y la nuera daba la vuelta a las gavillas.

Desapareció la luna y empezó a clarear el día. Habían terminado ya la primera tanda cuando el hijo mayor, Akim, en pelliza corta y gorro, se acercó a los que trabajaban.

—¡Tú sí que te lo tomas con calma! —le gritó el padre, dejando de golpear y apoyándose en el mayal.

—Tenía que atender a los caballos.

—¡Atender a los caballos! —dijo el padre remedándole—. La vieja cuidará de eso. Tú coge un mayal. Te estás poniendo demasiado gordo. ¡Borrachín!

—¿Eres tú el que me pagas la bebida? —gruñó el hijo. —¿Qué? —dijo el padre, frunciendo el ceño y blandiendo el mayal con aire de amenaza.

El hijo, sin decir palabra, cogió el mayal y la faena se reanudó, esta vez a cuatro golpes: trap, ta—pa—tap, trap, tapa—tap... ¡Trap! —el pesado mayal del viejo pegaba fuerte después de los otros tres.

—¡Mirad ese pescuezo! ¡Igual que el del amo! ¡Y a mí de puro flaco se me escurren los pantalones! —agregó el viejo, reteniendo esta vez su golpe y contentándose, para no perder el compás, con voltear el mayal en el aire.

Terminaron la primera tanda y las mujeres empezaron a recoger la paja con rastrillos.

—¡Qué tontería hizo Petrusha en ir en tu lugar! ¡En la mili te hubieran quitado esos humos, y él, aquí, valía cinco como tú!

—¡Bueno, ya basta! —dijo la nuera, dejando a un lado las ataduras que ya no servían.

—Sí, tengo que daros de comer a seis, sin que me compense siquiera el trabajo de uno solo. Petrusha trabajaba por dos, y no...

Por el sendero que conducía al corral venía la vieja. Traía bien apretadas las franjas de lana que le rodeaban las piernas. Sus abarcas nuevas de corteza abrían un surco en la nieve. Los hombres amontonaban el grano antes de aventarlo, en tanto que la nuera y la muchacha barrían.

—Ha venido el delegado —anunció la vieja y ha dicho que todos tenemos que acarrear ladrillos a casa del amo. He preparado el almuerzo. ¡Hala, vamos!

—Bueno. ¡Apareja el gris, y andando! —ordenó el viejo a Akim—. ¡Y no vayas a meterme en líos, como el otro día! ¡Acuérdate de Petrusha!

—Cuando él estaba aquí, era a él a quien regañabas —gruñó Akim a su padre—. Y ahora que lo está, soy yo el que las paga.

—Te dan lo que mereces —dijo la madre, furiosa a su vez—. Note puedes comparar con Petrusha.

—Bueno, ya está bien —.—contestó el hijo. —Sí, está bien. Te has bebido el dinero de la harina y ahora dices que está bien.

—Siempre andamos con el mismo cuento —dijo la nuera. Todos dejaron los mayales y volvieron a la cabaña.

Las disputas entre padre e hijo habían comenzado hacía mucho tiempo, casi desde la partida de Pyotr. Ya entonces el viejo tenía la impresión de haber perdido en el cambio. Cierto era que, legalmente —y el padre bien lo comprendía el que no tenía hijos debía reemplazar al que los tenía. Akim tenía cuatro y Pyotr ninguno, pero en cuanto a trabajo Pyotr era como su padre: hábil, listo, vigoroso, resistente y, sobre todo, hacendoso. Nunca estaba ocioso. Si pasaba junto a alguien que estaba trabajando, nunca dejaba —al igual que su padre de echarle una mano: o le segaba un par de hileras, o le cargaba una carreta, o le cortaba un árbol o le hacía leña. El viejo lo lamentaba, pero no había nada que hacer. Irse de soldado era como morir. El soldado venía a ser algo así como una rama desgajada, y de nada servía acordarse de él y angustiarse. Sólo de vez en cuando, para avergonzar al hijo mayor, el viejo, como ese día, recordaba al otro. La madre a menudo se acordaba del hijo menor, y hacía mucho tiempo, más de un año, que pedía al viejo que enviase algún dinero a Petrusha. Pero el viejo se hacía el sordo.

Los Avdeyev no eran pobres. El viejo tenía algún dinerillo escondido en un calcetín, pero por nada del mundo lo hubiera tocado. Ahora, cuando le oyó referirse al hijo menor, la vieja decidió pedirle de nuevo que, tras la venta de la avena, le enviase siquiera un mísero rublo. Y así lo hizo. Al quedarse sola con el marido, después que los jóvenes salieron al trabajo, le convenció de que del dinero de la avena mandase un rublo a Petrusha. Así pues, cuando del grano aventado se hubieron vaciado unas cincuenta fanegas en unas lonas extendidas sobre tres trineos, cuidadosamente cerradas con pinzas de madera, entregó al viejo una carta que había dictado al sacristán y el viejo prometió incluir en ella un rublo y enviarla a su destino.

Vestido de pelliza nueva y caftán, con las piernas bien abrigadas en polainas de lana, el viejo tomó la carta, la metió en la bolsa y, encomendándose a Dios, se sentó en el trineo delantero y fue al pueblo. Su nieto se encargó del último trineo. En el pueblo el viejo pidió al portero que le leyera la carta y escuchó la lectura con expresión atenta y aprobatoria.

En la carta la madre de Petrusha, en primer lugar, daba a éste su bendición, y en segundo le mandaba saludos de todos y le notificaba la muerte de su padrino, y, para terminar, le decía que Aksinya (la mujer de Pyotr) «no había querido vivir con ellos y se había ido a trabajar como criada; y, según decían, vivía bien y honestamente». Luego le hablaba del regalito, del rublo, y por último venía lo que, palabra por palabra, la infeliz vieja había dictado de su propia cosecha con lágrimas en los ojos: «Y, además, hijito mío, mi muy querido Petrusha, estoy perdiendo mis pobres ojos del tormento de pensar en ti. Mi sol, querido mío, ¿por qué me has abandonado?» En ese punto la vieja rompió a llorar y dijo:

—Eso es todo. Ahí termina la carta, pero a Petrusha no le fue dado conocer la noticia de que su mujer había salido de la casa, ni recibir el rublo ni las últimas palabras de su madre. La carta y el dinero fueron devueltos con la noticia de que Petrusha había muerto en la guerra, «en defensa del Zar, la Patria y la Fe Ortodoxa». Eso fue lo que escribió el secretario militar.

Al recibir esa noticia la vieja lloró un buen rato, mientras hubo tiempo para ello, y luego volvió a su trabajo. El domingo siguiente fue a la iglesia y repartió trozos de pan bendito entre «las buenas gentes en memoria de Pyotr, servidor de Dios».

Aksinya también lloró al enterarse de la muerte de su «marido bien amado», con quien «había vivido sólo un mísero año». Lloraba por su marido y por toda su vida deshecha. En sus lamentos recordaba «los rizos rubios de Pyotr Mihailovich y su cariño, y la vida penosa que tendría en adelante con su huérfano Vanka», y reprochaba amargamente a Petrusha «por haberse compadecido de su hermano, y no de ella, la pobre, que tendría que irse a vivir con otros».

Pero en el fondo de su alma Aksinya se alegraba de la muerte de Pyotr. Estaba embarazada de nuevo, esta vez del dependiente de comercio con quien vivía. Y ahora nadie podía insultarla y el dependiente podría casarse con ella, como así se lo decía cuando quería hacerle el amor.

9

Mihail Semyonovich Vorontsov, hijo del embajador ruso en Inglaterra, donde se había educado, había tenido una formación cultural europea, excepcional por aquel entonces entre los altos funcionarios de su país. Era hombre ambicioso, blando y bondadoso con sus subordinados a la vez que fino y cortés con sus superiores. No comprendía la vida sin el poder y la obediencia. Había alcanzado la cumbre del escalafón y recibido las más altas condecoraciones; y se juzgaba diestro estratega, incluso vencedor de Napoleón en Krasnoye. En 1851 tenía ya más de setenta años, pero era hombre aún lozano, se movía con vigor y, sobre todo, tenía toda la agilidad de un intelecto sutil y agradable ocupado en mantener su poder y consolidar y ampliar su popularidad. Poseía grandes riquezas —las suyas y las de su esposa, la condesa Branitskaya —, percibía enormes emolumentos como gobernador y destinaba la mayor parte de sus bienes a la construcción de un palacio y jardines en la costa sur de Crimea.

En el anochecer del 7 de diciembre de 1852 llegó ante su palacio de Tiflis la troika de un correo. Un oficial fatigado, negro de polvo, portador de parte del general Kozlovski de la noticia de la sumisión de Hadyi Murad a los rusos, pasó ante los centinelas y, desentumeciendo las piernas subió la larga escalinata del palacio del gobernador. Eran las seis y Vorontsov iba a sentarse a la mesa cuando le anunciaron la llegada del correo. Vorontsov recibió a éste sin demora, por lo que llegó un poco tarde a la comida. Cuando entró en el salón, sus invitados, una treintena de ellos, sentados en torno a la princesa Yelizaveta Ksaverevna o agrupados junto a las ventanas, se levantaron y se volvieron hacia él. Vorontsov llevaba su acostumbrada guerrera negra sin charreteras, con sólo unas sencillas hombreras, y la cruz blanca al cuello. Su cara de zorro recién afeitada sonreía complacida y entornaba los ojos para mirar a los circunstantes.

Entró en el salón con paso ligero y silencioso, se disculpó ante las damas por haberse retrasado, saludó a los caballeros y fue a ofrecer su brazo a la princesa Manana Orbelyani, belleza georgiana de tipo oriental, cuarentona, alta y bien entrada en carnes, para pasar al comedor. La princesa Yelizaveta Ksaverevna dio su brazo a un general recién llegado, de pelo rojizo y bigotes enhiestos. El príncipe georgiano dio su brazo a la condesa Choiseul, amiga de la princesa. El doctor Andreyevski, los edecanes y demás invitados, algunos con señoras, otros sin ellas, siguieron a las tres parejas. Los lacayos, en libreas, medias y zapatos, apartaron y luego acercaron las sillas, y el maítre d'hótel sirvió solemnemente una sopa humeante de una sopera de plata.

Vorontsov tomó asiento en medio de la larga mesa. Frente a él se sentaron la princesa y el general; a su derecha la bella Orbelyani, y a su izquierda la hija de ésta, una morena alta y colorada de tez, quien, adornada de joyas vistosas, no cesaba de sonreír.

—Excelentes, querida mía —respondió en francés a su i mujer, que le preguntaba qué noticias había traído el correo—. Simón ha tenido buena suerte.

Y empezó a contar, de modo que todos los comensales le oyesen, la noticia emocionante —que para él no era nueva del todo, ya que las negociaciones se remontaban a tiempo atrás de que Hadyi Murad, el conocido y valeroso lugarteniente de Shamil, se pasaba a los rusos y a la mañana siguiente debía llegar a Tiflis.

Todos los comensales, incluso los jóvenes, los edecanes y los funcionarios sentados a los extremos de la mesa, que hasta entonces habían estado riendo discretamente entre sí, callaron y se pusieron a escuchar.

—¿Y usted, general, ha visto ya a ese Hadyi Murad? —preguntó la princesa a su vecino, el general de pelo rojizo y erguidos bigotes, cuando el príncipe cesó de hablar.

—Más de una vez, princesa. Y el general contó cómo en 1843 Hadyi Murad, después de la toma de Gergebel, había atacado a un destacamento del general Pahlen y dado muerte, casi ante sus propios ojos, al coronel Zolotuhin.

Vorontsov escuchaba con amable sonrisa, evidentemente satisfecho de que el general entrase en la conversación. Pero de pronto apareció en su rostro una expresión distraída y molesta.

Ya disparado, el general empezó a relatar cómo en otra ocasión había tropezado con Hadyi Murad.

—Si Vuestra Excelencia se sirve recordarlo —dijo el general fue él quien preparó la emboscada que atacó al destacamento de socorro en la operación «galleta».

—¿Dónde? —preguntó de nuevo Vorontsov, entornando los ojos.

Se trataba de lo siguiente: lo que el bravo general llamaba «la emboscada que atacó al destacamento de socorro» había sido la infausta expedición de Dargo, en la que todo un destacamento, con el príncipe Vorontsov a la cabeza, habría sido aniquilado de no haber llegado en su ayuda tropas de refuerzo. Todos sabían que la campaña entera de Dargo, bajo el mando de Vorontsov, en la que los rusos tuvieron muchos muertos y heridos y perdieron algunos cañones, había sido un lance vergonzoso; por lo tanto, si alguien aludía a esa campaña en presencia de Vorontsov era sólo en el sentido en que éste la había descrito en su despacho al zar, a saber: «una hazaña brillante del ejército ruso». Ahora bien, la palabra «socorro» denotaba claramente que no había sido una hazaña brillante, sino un error que había costado muchas vidas. Todos los presentes lo entendieron, pero unos fingieron no comprender el sentido de las palabras del general y otros, atemorizados, esperaban lo que vendría después. Algunos, sonriendo, cambiaron miradas. El único que no se percató de nada fue el general de pelo rojizo y bigotes enhiestos, quien impulsado por su propio relato respondió tranquilamente:

—El asunto del socorro, Excelencia. Y una vez enfrascado en su tema predilecto, el general relató punto por punto cómo «ese Hadyi Murad cortó el destacamento en dos, con tal destreza que si él no hubiera llegado en socorro de los rusos —parecía repetir con especial deleite la palabra «socorro»ninguno se habría escapado, porque...».

El general no llegó al final de su relato porque Manana Orbelyani, entendiendo de qué se trataba, le interrumpió para preguntarle acerca de su instalación en Tiflis. El general, estupefacto, miró a todos los que estaban a la mesa y a su propio edecán, quien a un extremo de ella clavaba en él los ojos fija y significativamente. Al momento comprendió. Sin responder a la princesa, frunció el ceño, guardó silencio y empezó a tragar a toda prisa, sin masticar, lo que tenía en el plato, manjares delicados cuyo aspecto y sabor le resultaron de pronto extraños.

La embarazosa situación quedó despejada con la intervención del príncipe georgiano, hombre muy estúpido, pero cortesano singularmente fino y adulador, que estaba sentado al otro lado de la princesa Vorontsova. Como si no se hubiese dado cuenta de nada, comenzó a contar en voz alta cómo Hadyi Murad había raptado a la viuda de Ahmet—Khan de Mehtuli.

—Entró de noche en el poblado, se apoderó de lo que quería y huyó con toda su banda.

—¿Y por qué quería precisamente a esa viuda? —preguntó la princesa.

—Porque había sido enemigo del marido de ella, a quien había perseguido mientras vivía sin lograr dar con él. Así pues, se vengó en la viuda.

La princesa tradujo eso al francés a su antigua amiga, la condesa Choiseul, que estaba sentada junto al príncipe georgiano.

—Quelle horreur! —exclamó la condesa, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza.

—¡Oh, no! —dijo Vorontsov sonriendo—. Me han dicho que trató a su prisionera con respeto caballeresco y luego la puso en libertad.

—Sí, contra rescate.

—Por supuesto, pero en todo caso se portó noblemente. Estas palabras del príncipe dieron el tono a cuanto se dijo después sobre Hadyi Murad. Los cortesanos se dieron cuenta de que cuanto más ensalzaban la importancia de éste, más agradable le resultaba aquello al príncipe Vorontsov.

—¡Asombrosa la audacia de ese hombre! ¡Es un sujeto extraordinario!

—¡Vaya si lo es! En 1849, en pleno día, entró a la fuerza en Temir—Khan—Shura y saqueó las tiendas.

Un armenio, sentado al extremo de la mesa, que había estado a la sazón en Temir—Khan—Shura, facilitó detalles de esa hazaña de Hadyi Murad.

En general, durante toda la comida no se habló más que de Hadyi Murad. Todos, a cada cual más, alabaron su valentía, su inteligencia, su magnanimidad. Alguien contó que había mandado pasar por las armas a veintiséis prisioneros. Pero incluso eso sólo provocó el comentario habitual:

—¡Qué se le va a hacer! ¡La guerra es la guerra!

—Es un gran hombre.

—Si hubiese nacido en Europa, habría sido quizá un nuevo Napoleón —apuntó el estúpido príncipe georgiano, que tenía el don de la adulación. Sabía que toda alusión a Napoleón, por cuya derrota Vorontsov llevaba al cuello la cruz blanca, sería agradable a éste.

—Bueno, si no Napoleón, al menos un brioso general de caballería..., sí —dijo Vorontsov.

—Si no Napoleón, entonces su general Murat. —y también se llama Murad.

—Hadyi Murad se ha rendido y el fin de Shamil está a la vista —comentó alguien.

—Se tiene la impresión de que ahora (ese «ahora» quería decir «bajo el mando de Vorontsov») no podrán ya resistir —dijo otro.

—Todo eso gracias a usted —dijo Manana Orbelyani.

El príncipe Vorontsov trató de moderar las olas de adulación que empezaban a sumergirle. Pero aquello era de su agrado y, en la mejor disposición de ánimo, se levantó de la mesa y condujo a su dama al salón.

Después de la comida, cuando se servía el café en el salón, el príncipe se mostró especialmente amable con todos y, acercándose al general de los bigotes rojizos y enhiestos, se esforzó por mostrarle que no había notado su falta de tacto.

Tras haber hecho la ronda de todos sus invitados, el príncipe se sentó a una partida de cartas. Jugaba sólo a un juego antiguo, parecido al rentoy. Sus compañeros de juego eran el príncipe georgiano, un general armenio a quien el ayuda de cámara del príncipe había enseñado ese juego y, por último, como cuarto participante conocido por su influencia, el doctor Andreyevski.

Colocando a su lado la tabaquera de oro con el retrato de Alejandro I, Vorontsov abrió una baraja nueva satinada e iba a repartir las cartas cuando entró el ayuda de cámara, el italiano Giovanni, con una carta en una bandeja de plata.

—Otro correo, Vuestra Excelencia. Vorontsov dejó las cartas en la mesa y, excusándose, rompió el sello y empezó a leer.

La carta era de su hijo, que le informaba de la sumisión de Hadyi Murad y de su altercado con Meller—Zakomelski.

La princesa se acercó a preguntar qué le decía su hijo. —Lo de siempre. Ha tenido alguna desavenencia con el comandante de la zona. Simón no ha tenido razón —contestó él en francés, y agregó en inglés: Pero todo está bien si termina bien. Y alargó la carta a su mujer. Y, volviéndose a sus compañeros de juego que aguardaban respetuosamente, les rogó que escogieran sus cartas.

Cuando se repartió la primera mano, Vorontsov hizo lo que siempre hacía cuando se hallaba de muy buen humor: con su mano vieja, blanca y arrugada, tomó un polvo de rapé francés, se lo llevó a la nariz y lo aspiró.

10

Cuando al día siguiente Hadyi Murad se presentó en casa de Vorontsov, la antecámara del príncipe rebosaba de gente. Allí estaba el general de la víspera con sus bigotes enhiestos, su uniforme de gala y sus condecoraciones, que venía a despedirse; allí estaba también un coronel amenazado de consejo de guerra por malversación en el aprovisionamiento de su regimiento; allí estaba el armenio rico, protegido del doctor Andreyevski, que había recibido la concesión del vodka y ahora trataba de obtener la renovación del contrato; allí estaba, de luto riguroso, la viuda de un oficial muerto en acción de guerra, que había venido a solicitar una pensión o que el Estado, al menos, tomase a su cargo el cuidado de sus hijos; allí estaba un príncipe georgiano arruinado, en un espléndido traje regional, que pretendía la adjudicación de una finca eclesiástica confiscada; allí estaba un oficial con un gran rollo de papel en el que figuraba un nuevo proyecto para la conquista del Cáucaso; y allí estaba un khan que había venido sólo para poder decir en casa que había visto al príncipe.

Todos aguardaban su turno y eran introducidos sucesivamente en el despacho del príncipe por un joven edecán rubio y apuesto.

Cuando entró Hadyi Murad en la antecámara con paso resuelto y cojeando, todos los ojos se volvieron para mirarle, y él oyó su nombre pronunciado en voz baja en varias partes de la sala.

Hadyi Murad venía vestido con una larga cherkeska blanca sobre un beshmet pardo con fino galón de plata en el cuello. Llevaba polainas negras y botas blandas que se ajustaban a sus pies como si fueran guantes. En la cabeza afeitada llevaba un gorro de piel con turbante, el mismo turbante que, por denuncia de Ahmet—Khan, había sido causa de su detención por el general Klügenau y de su adhesión a Shamil. Hadyi Murad caminaba de prisa por el suelo de parquet de la antecámara, con un ligero balanceo de su talle alto y enjuto porque tenía una pierna más corta que otra. Sus ojos, muy separados uno de otro, miraban tranquilamente delante de sí y parecían no ver a nadie.

El apuesto ayudante saludó a Hadyi Murad y le invitó a sentarse mientras anunciaba su presencia al príncipe. Pero Hadyi Murad se negó a hacerlo; y con la mano apoyada en el puñal, y avanzando una pierna, siguió de pie, mirando desdeñosamente a los circunstantes.

El intérprete, príncipe Tarhanov, se acercó a Hadyi Murad y entabló conversación con él. Hadyi Murad le respondía bruscamente, a regañadientes. Del despacho salió un príncipe — kumyk, que había venido a quejarse de un oficial de la policía. Tras él, el edecán llamó a Hadyi Murad, le condujo a la puerta del despacho y le hizo pasar.

Vorontsov recibió a Hadyi Murad de pie, junto a su mesa. Su viejo rostro pálido de general en jefe no estaba tan sonriente como la víspera, sino más bien severo y solemne.

Al entrar en el amplio aposento con su mesa enorme y grandes ventanas con celosías verdes, Hadyi Murad puso sus manos pequeñas y bronceadas en el lugar de su pecho en que se cruzaba la pechera de su cherkeska blanca y, sin apresurarse, clara y respetuosamente, dijo en dialecto kumyk con los ojos bajos:

—Me pongo bajo la poderosa protección del gran zar y de la vuestra. Prometo sinceramente servir al zar blanco hasta la última gota de mi sangre y espero ser útil en la guerra con Shamil, enemigo mío y vuestro.

Vorontsov escuchó al intérprete y luego miró a Hadyi Murad; y Hadyi Murad, a su vez, le miró cara a cara.

Las miradas de estos dos hombres se cruzaron y se dijeron mucho de lo que no podía expresarse ni con palabras ni con lo que decía el intérprete. Directamente, sin palabras, se dijeron toda la verdad: los ojos de Vorontsov decían que no creía una sola sílaba de lo que decía Hadyi Murad, que sabía que éste era enemigo de todo lo ruso y seguiría siéndolo siempre, y que ahora se sometía sólo porque no podía hacer otra cosa. Hadyi Murad lo comprendía así y, no obstante, juraba fidelidad. Por su parte, los ojos de Hadyi Murad decían que ese viejo debería pensar en la muerte y no en la guerra, pero que, aunque viejo, era taimado y no había que fiarse de él. Vorontsov se daba cuenta de ello y, sin embargo, decía a Hadyi Murad lo que juzgaba necesario para el buen éxito de la guerra.

—Dile —dijo Vorontsov al intérprete (solía tutear a los oficiales jóvenes) que nuestro soberano es tan clemente como poderoso y que probablemente, a petición mía, le perdonará y le tomará a su servicio. ¿Has traducido eso? —preguntó, mirando a Hadyi Murad—. Hasta que reciba una respuesta favorable a mi petición, dile que me comprometo a acogerle y hacerle agradable su estancia entre nosotros.

Una vez más Hadyi Murad apretó las manos contra su pecho y empezó a hablar animadamente.

Decía, según tradujo el intérprete, que en una ocasión anterior, cuando gobernaba Avaria en 1839, había servido a los rusos fielmente. Y no los habría traicionado jamás si no hubiera sido porque su enemigo Ahmet—Khan, que quería perderle, le había calumniado ante el general Klügenau.

—Lo sé, lo sé —dijo Vorontsov (aunque si lo sabía, lo había olvidado hacía largo tiempo)—. Lo sé —dijo, sentándose y señalando a Hadyi Murad un diván junto a la pared. Pero Hadyi Murad no se sentó y alzó los recios hombros en señal de que no quería tomar asiento en presencia de personaje tan importante.

—Tanto Ahmet—Khan como Shamil son enemigos míos —prosiguió, volviéndose al intérprete—. Di al príncipe que Ahmet—Khan ha muerto y ya no puedo vengarme de él, pero Shamil está vivo y no moriré sin saldar cuentas con él —dijo, frunciendo las cejas y apretando con fuerza las mandíbulas.

—Sí, sí —asintió tranquilamente Vorontsov—. ¿Cómo quiere saldar cuentas con Shamil? —dijo al intérprete—. Dile que puede sentarse.

Una vez más Hadyi Murad rehusó la invitación a sentarse, y a la pregunta que se le había hecho respondió que se había pasado a los rusos para ayudarles a aniquilar a Shamil.

—Bueno, bueno —dijo Vorontsov—. ¿Qué es precisamente lo que se propone hacer? ¡Siéntese, siéntese!

Hadyi Murad se sentó y dijo que si se le enviase con tropas a la línea Lezgina garantizaba que todo el Daghestan se sublevaría y que Shamil no podría resistir.

—Está bien. Es posible —dijo Vorontsov—. Lo pensaré. El intérprete transmitió a Hadyi Murad las palabras de Vorontsov. Hadyi Murad reflexionó.

—Di al Sardar —agregó— que mi familia está en manos de mi enemigo; y mientras estén en las montañas estoy paralizado y no puedo servir. Shamil matará a mi mujer, matará a mi madre, matará a mis hijos si voy abiertamente contra él. Que el príncipe rescate a mi familia, que la cambie por los prisioneros que tiene y entonces o moriré o destruiré a Shamil.

—Bien, bien —dijo Vorontsov—. Pensaremos en eso. Ahora que vaya a ver al jefe de Estado Mayor y le explique punto por punto su situación, sus intenciones y sus deseos.

Y con ello terminó la primera entrevista de Hadyi Murad con Vorontsov.

Ese mismo día, al anochecer, en el nuevo teatro decorado al estilo oriental, se representó una ópera italiana. Vorontsov estaba en su palco, y en el patio de butacas apareció la figura impresionante del cojo Hadyi Murad en turbante. Entró con Loris—Melikov, edecán de Vorontsov que había sido designado para acompañarle. Se sentaron en la primera fila. Hadyi Murad asistió al primer acto con dignidad oriental, musulmana, no sólo sin manifestar asombro alguno, sino con evidente indiferencia. Luego se levantó y, mirando tranquilamente a los espectadores, salió, atrayendo la atención de todos.

El día siguiente era lunes, día en que los Vorontsov recibían. La gran sala resplandecía de luces y, oculta en el jardín de invierno, tocaba la música. Mujeres jóvenes y no tan jóvenes, en lujosos vestidos que dejaban al descubierto el cuello, los brazos y el pecho, giraban en brazos de hombres en brillantes uniformes. En el ambigú, abundantemente provisto, lacayos en librea roja, medias y zapatos servían champaña y ofrecían golosinas a las señoras. La esposa del Sardar, también medio desnuda no obstante sus años más que maduros, circulaba entre los invitados sonriendo afablemente; por mediación del intérprete dijo algunas palabras amables a Hadyi Murad, quien contemplaba a los allí congregados con la misma indiferencia que la víspera en el teatro. Después de la señora de la casa se acercaron a Hadyi Murad otras damas muy descotadas y todas ellas, sin recato alguno, se plantaron delante de él y, sonriendo, le hicieron la misma pregunta: ¿le gustaba lo que estaba viendo? El propio Vorontsov, adornado de sus charreteras y cordones de oro, con la cruz blanca al cuello y la banda que le cruzaba el pecho, se acercó a él y le hizo la misma pregunta, evidentemente seguro, como todos los otros, de que a Hadyi Murad no podía menos de gustarle lo que veía. Hadyi Murad contestó a Vorontsov lo que había contestado a los demás: que entre su propia gente no había nada semejante, sin decir si le parecía bien o mal que no lo hubiese.

En el baile, Hadyi Murad intentó hablar con Vorontsov del caso de su familia, pero Vorontsov fingió no haber oído sus palabras y se alejó. Loris—Melikov, sin embargo, dijo más tarde a Hadyi Murad que aquél no era lugar oportuno para hablar de tales asuntos.

Cuando dieron las once y Hadyi Murad confirmó la hora en el reloj que le habían regalado los Vorontsov, preguntó a Loris—Melikov si podía marcharse. Loris—Melikov le dijo que sí, pero que mejor sería quedarse. No obstante, Hadyi Murad no se quedó y volvió a su alojamiento en el faetón que se había puesto a su disposición.

11

A los cinco días de llegar a Tiflis Hadyi Murad fue a verle Loris—Melikov, edecán del gobernador, de parte del comandante en jefe.

—Mi cabeza y mis brazos se complacen en servir al Sardar —dijo Hadyi Murad con su habitual expresión diplomática, inclinando la cabeza y llevándose ambas manos al pecho—. Ordena lo que gustes —agregó, mirando afablemente en los ojos a Loris—Melikov.

Loris—Melikov se sentó en una butaca junto a la mesa. Hadyi Murad se dejó caer en una otomana frente a él y, apoyando los brazos en las rodillas, bajó la cabeza y escuchó atentamente lo que le decía Loris—Melikov. Éste, que hablaba muy bien el tártaro, dijo que el príncipe, aunque conocía bien el pasado de Hadyi Murad, deseaba saber de labios de este mismo la historia de su vida.

—Tú cuéntamela (en tártaro no se usa el «usted») —dijo Loris—Melikov—, yo tomaré notas, luego la traduciré al ruso y el príncipe la enviará al emperador.

Hadyi Murad permaneció callado algún tiempo (no solamente nunca interrumpía a nadie, sino que siempre esperaba un poco para ver si su interlocutor añadía algo más), luego levantó la cabeza, se echó el gorro hacia atrás y sonrió con esa risa infantil suya, tan singular, con la que había cautivado a Marya Vasilyevna.

—Eso es posible —dijo, evidentemente halagado de que su historia fuese leída por el emperador.

—Cuéntamelo todo desde el principio —dijo Loris—Melikov, sacándose del bolsillo un cuaderno.

—Eso es posible; lo que pasa es que hay mucho, muchísimo, que contar. Ha habido muchos incidentes en mi vida —contestó Hadyi Murad.

—Si no basta con un día, lo seguirás contando otro —dijo Loris—Melikov.

—¿Empezando desde el principio? —Sí, desde el mismísimo principio. Dónde naciste y dónde te criaste.

Hadyi Murad bajó la cabeza y permaneció así un buen rato, luego cogió una caña que estaba en el suelo junto a la otomana, sacó de debajo de su puñal una navaja de acero con mango de marfil e incrustaciones de oro, afilada como si fuera de afeitar, y se puso a mondar la caña al tiempo que empezaba su relato.

—Escribe: nací en Tselmés, un aoul «del tamaño de una cabeza de asno», como decimos en la montaña. No lejos de nosotros, a un par de tiros de cañón, estaba Hunzah, donde vivían los khanes; y nuestra familia tenía estrechas relaciones con ellos. Mi madre, cuando nació mi hermano mayor Osman, había amamantado al mayor de los khanes, Abununtsal—Khan. Luego amamantó al segundo de los khanes, Umma—Khan, y lo crió; pero Ahmet, mi segundo hermano, murió y cuando yo nací y la khansha dio a luz a Bulach—Khan, mi madre no quiso volver allá como ama de leche. Mi padre le ordenó que fuera, pero ella rehusó, diciendo: «Volvería a matar a mi propio hijo, y por eso no voy.» Entonces mi padre, que era hombre colérico, le dio una puñalada y la habría matado si otros no lo hubieran impedido.

Los khanes eran tres: Abununtsal—Khan, hermano de leche de mi hermano Osman; Umma—Khan, a quien yo llamaba hermano mío, y Bulach—Khan, el menor, a quien Shamil arrojó desde lo alto de un precipicio. Pero de eso ya hablaré después...

Tenía quince años cuando los murids empezaron a aparecer en los aouls. Daban golpes en las piedras con sables de madera y gritaban: « ¡Musulmanes! ¡Ghazavat!». Todos los chechenos se habían puesto de parte de los murids, y los avaros también empezaron a unirse a ellos. Yo vivía entonces en el palacio. Era como un hermano de los khanes: hacía lo que quería y era rico. Tenía caballos, armas, dinero. Vivía a mi gusto, sin pensar en nada; y así seguí viviendo hasta que mataron a Kazi—Mulla, el Imam, y le reemplazó Hamzad. Hamzad envió un mensaje a los khanes diciéndoles que si no se unían al Ghazavat destruiría Hunzah. Aquello daba que pensar. Los khanes temían a los rusos y no se atrevían a unirse a la guerra santa. La khansha me envió con su segundo hijo, Umma—Khan, a Tiflis a pedir ayuda contra Hamzad al general en jefe ruso, que era el barón Rosen. No nos recibió, ni a mí ni a Umma—Khan. Mandó decir que nos ayudaría, pero no hizo nada. Lo único fue que sus oficiales empezaron a visitamos en donde estábamos y a jugar a las cartas con Umma—Khan. Le hicieron beber vino, le llevaron a malos sitios, y perdió en el juego todo lo que tenía. Era fuerte, de cuerpo como un toro y valiente como un león, pero su cabeza era blanda como el agua. Habría perdido hasta sus últimos caballos y armas si yo no me lo hubiera llevado de allí. Después de Tiflis cambié de ideas y comencé a aconsejar a los khanes jóvenes y a la khansha que se unieran al Ghazavat.

—¿Por qué cambiaste de ideas? —preguntó Loris—Melikov—. ¿No te gustaron los rusos?

Hadyi Murad guardó silencio un momento.

—No, no me gustaron —dijo sobriamente, cerrando los ojos—. Además, había otra razón por la que quería unirme a la guerra santa.

—¿Qué razón fue ésa?

—Al pie de Tselmés un khan y yo tropezamos con tres murids. Dos de ellos huyeron y yo maté al tercero de un pistoletazo. Cuando me acerqué a él para quitarle las armas, estaba todavía vivo. Me miró. «Me has matado —dijo—. Bien. Pero eres musulmán, joven y fuerte. Participa en Ghazavat. Dios lo quiere.»

—¿Y así lo hiciste? —No, pero empecé a pensar —dijo Hadyi Murad, y continuó su relato—. Cuando Hamzad se acercó a Hunzah, le enviamos a los ancianos para decirle que estábamos dispuestos a aceptar el Ghazavat, pero que tendría que mandarnos a un hombre sabio para que nos explicase cómo hacerlo. Hamzad dio órdenes de que les afeitasen el bigote, les perforasen las ventanas de la nariz y les colgasen tortas de ésta, y de ese modo les hizo volver a Hunzah. Los ancianos dijeron que Hamzad estaba dispuesto a mandarnos a un shetkh para que nos enseñase lo que era el Ghazavat, pero a condición de que la khansha le enviase a su hijo menor como rehén. La khansha, confiada, envió a Bulach—Khan a Hamzad, quien le recibió bien y le mandó regresar para que trajera a sus hermanos mayores. Mandó decir que quería servir a los khanes como —u propio padre había servido al padre de ellos. La khansha era una mujer débil, tonta y presuntuosa, como lo son todas las mujeres cuando se dejan llevar sólo de su voluntad. Temía enviar a los otros dos hijos y envió sólo a Umma—Khan. Yo fui con él. Salieron a nuestro encuentro unos murids que cantaban, disparaban al aire y caracoleaban a nuestro alrededor. Al llegar nosotros, Hamzad salió de su tienda, se acercó al estribo de Umma—Khan y le reconoció como amo y señor. Y dijo: «Nunca he hecho daño alguno a vuestra casa y no quiero hacerlo. Os pido sólo que no me matéis y que no me impidáis ganar gente para el Ghazavat. Y yo os serviré con todas mis tropas, como mi padre sirvió a vuestro padre. Dejadme vivir en vuestra casa. Os ayudaré con mis consejos y vosotros podréis hacer lo que queráis.»

Umma—Khan era torpe de palabra. No sabía qué decir y guardó silencio. Entonces hablé yo: si así estaban las cosas, entonces Hamzad no tenía más que venir a Hunzah. El khan y su madre le recibirían con respeto. Pero no me dejaron terminar, y entonces, por primera vez, tuve un tropiezo con Shamil, que estaba allí, junto al Imam.

—No es a ti a quien se pregunta, sino al khan —me dijo.

Callé, y Hamzad acompañó a Umma—Khan a la tienda. Más tarde Hamzad me llamó y me mandó ir a Hunzah con sus emisarios. Fui allá. Trataron de convencer a la khansha de que enviara también a su hijo mayor a Hamlado Yo me di cuenta de la traición y dije a la khansha que no lo hiciera. Pero las mujeres tienen tanto seso en la cabeza como tiene pelos un huevo. Ella, confiada, le ordenó que fuera. Abununtsal no quería ir. Entonces dijo ella: «Por lo visto, tienes miedo.» Sabía, como sabe una abeja, dónde hace más daño la picadura. Abununtsal se sulfuró, no volvió a hablar con ella y mandó ensillar su caballo. Yo fui con él. Hamzad nos recibió mejor todavía que a Umma—Khan. Él mismo vino a nuestro encuentro a dos tiros de fusil, en el valle. Tras él sus caballistas, con banderolas, venían cantando, disparando al aire y caracoleando. Cuando llegamos al campamento, Hamzad condujo al khan a su tienda. Yo me quedé con los caballos.

Estaba en la cuesta cuando empecé a oír disparos en la tienda de Hamzad. Fui corriendo allá. Umma—Khan yacía boca abajo en un charco de sangre, pero Abununtsal luchaba con los murids. Tenía desgajada, y le colgaba, la mitad de la cara. Se la sujetaba con una mano, y con la otra daba de puñaladas a quienquiera que se le acercaba. . Ante mis ojos dio en tierra con el hermano de Hamzad y ya se lanzaba contra otro cuando los murids dispararon y cayó.

Hadyi Murad hizo alto en su relato. Su rostro bronceado por el sol se enrojeció violentamente y sus ojos se inyectaron de sangre.

—Quedé sobrecogido de espanto y huí de allí. —¡Vamos, vamos! —dijo Loris—Melikov—. Yo creía que tú no tenías miedo de nada.

—Más tarde nunca lo he tenido. Desde entonces me he acordado siempre de esa vergüenza, y cuando me acuerdo, ya no tengo miedo de nada.

12

—Pero basta, que es la hora de mis oraciones —dijo Hadyi Murad. Sacó de un bolsillo interior de su cherkeska el reloj de Vorontsov, apretó cuidadosamente el resorte, inclinó y ladeó la cabeza y, reteniendo la sonrisa infantil, escuchó. El reloj sonó doce veces y luego dio el cuarto.

—Regalo de mi kunak Vorontsov —dijo sonriendo—. Es un hombre de bien.

—Sí, lo es —confirmó Loris—Melikov—. Y el reloj es de primera calidad. Así pues, ve a tus oraciones y yo te espero.

—Yakshi, muy bien —dijo Hadyi Murad y fue a su dormitorio.

Al quedarse solo, Loris—Melikov escribió en su cuaderno lo que le había contado Hadyi Murad, luego fumó un cigarrillo y empezó a pasear por la habitación. Al llegar a la puerta opuesta a la del dormitorio oyó voces animadas que hablaban de algo rápidamente en tártaro. Adivinando que eran los murids de Hadyi Murad, abrió la puerta y entró donde estaban.

En el aposento se respiraba el ácido olor a cuero característico de los montañeses. En el suelo, junto a la ventana, sentado en una burko, estaba el tuerto pelirrojo Gamzalo, en un beshmet desgarrado y sucio, remendando una brida. Estaba diciendo algo acaloradamente en su voz ronca, pero al entrar Loris—Melikov se calló al instante y, sin hacerle el menor caso, prosiguió su trabajo. Frente a él, de pie, estaba el alegre Khan—Magoma, el de los ojos negros chispeantes y sin pestañas, quien sin cesar repetía lo mismo enseñando sus dientes blancos. El guapo Eldar, con las mangas remangadas sobre sus fuertes brazos, frotaba las correas de una silla de montar colgada de un clavo. Hanefi, el administrador y trabajador principal, no estaba en la habitación, sino en la cocina, preparando la comida.

—¿De qué estabais discutiendo? —preguntó Loris—Melikov a Khan—Magoma, saludándole.

—Siempre está alabando a Shamil —respondió Khan—Magoma, dando la mano a Loris—. Dice que Shamil es un gran hombre: sabio, santo y estupendo jinete.

—¿Cómo es que se ha separado de él y sigue alabándole?

—Pues sí. Se ha separado de él y sigue alabándole —dijo Khan—Magoma, con ojos brillantes y enseñando los dientes.

—Y tú, ¿crees tú que es un santo? —preguntó Loris—Melikov.

—Si no fuera un santo, el pueblo no le escucharía —contestó al momento Gamzalo.

—Shamil no es un santo, pero Mansur sí lo fue —dijo Khan—Magoma—. Ése sí que fue un verdadero santo. Cuando era Imam, el pueblo era totalmente diferente. Iba por los aouls y las gentes salían a besarle el borde de la cherkeska, a confesarle los pecados y a jurar que no volverían a hacer nada malo. Los ancianos dicen que todos vivían como santos entonces: no fumaban, no bebían, no olvidaban las oraciones, se perdonaban mutuamente las ofensas, incluso cuando había habido derramamiento de sangre. En esos tiempos, si por acaso alguien encontraba dinero o cualquier objeto, hacía un bulto con él y lo ataba a una estaca al borde del camino. Entonces daba Dios al pueblo buena fortuna en todo, y no como ahora —dijo Khan—Magoma.

—y ahora tampoco se fuma ni se bebe en la montaña — dijo Gamzalo.

—Tu Shamil es un amor —dijo Khan—Magoma, haciendo un guiño a Loris—Melikov. (Lamoroi era un apelativo desdeñoso que se aplicaba a los montañeses.)

—Decir lamoroi es decir montañés. Es en las montañas donde viven las águilas —replicó Gamzalo.

—¡Bien, muchacho! Así se contesta —dijo Khan—Magoma, alegre por la atinada respuesta de su rival.

Al ver la pitillera de plata en la mano de Loris—Melikov, le pidió un cigarrillo... Y cuando éste dijo que a ellos les estaba prohibido fumar; hizo un guiño, movió la cabeza en dirección al dormitorio de Hadyi Murad y dijo que sí podían fumar con tal que no les viesen. Y en seguida se puso a hacerlo, sin tragarse el humo y redondeando chuscamente los labios para expulsarlo.

—Eso está mal —dijo severamente Gamzalo saliendo de la habitación. Khan—Magoma también guiñó el ojo tras él y, mientras fumaba, preguntó a Loris—Melikov dónde se podría comprar a buen precio un beshmet de seda y un gorro de piel blanco.

—¿Cómo? ¿Tanto dinero tienes?

—Sí, habrá bastante —respondió Khan—Magoma, guiñando el ojo de nuevo.

—Pregúntale de dónde ha sacado el dinero —dijo Eldar, volviendo su agraciado rostro a Loris—Melikov con una sonrisa.

—Lo he ganado en el juego —afirmó Khan—Magoma. Y explicó que la noche antes, paseando por Tiflis, tropezó con un grupo de individuos, ordenanzas rusos y armenios que estaban jugando a cara y cruz. La banca era considerable: tres monedas de oro y mucha plata. Khan—Magoma entendió en seguida el juego y, haciendo sonar la calderilla que llevaba en el bolsillo, entró en el grupo y dijo que se jugaba el resto.

—¿Cómo que el resto? ¿Tenías bastante? —preguntó Loris—Melikov.

—Todo lo que tenía eran doce kopeks —dijo Khan—Magoma, guiñando un ojo—. ¿Y si hubieras perdido?

—Mira esto.

Khan—Magoma apuntó a su pistola.

—¿Qué? ¿La habrías dado?

—¿Darla? Habría salido corriendo y habría matado a quien hubiera querido cogerme. Eso es todo.

—O sea, que ganaste.

—¡Aja! Arramblé con todo y salí por pies.

Loris—Melikov comprendía perfectamente a Khan—Magoma y Eldar. Khan—Magoma era ligero de cascos, un jaranero que no sabía qué hacer con su exuberancia vital y que, siempre alegre y despreocupado, se jugaba tanto la vida propia como la ajena; ese juego le había llevado ahora a unirse a los rusos y bien podía al día siguiente volverle al lado de Shamil. Eldar era también fácil de comprender: hombre tranquilo, fuerte y resuelto, entregado por entero a su amo. El único a quien Loris—Melikov no comprendía era al pelirrojo Gamzalo. Loris—Melikov veía que ese hombre no sólo era devoto de Shamil, sino que además sentía por todo lo ruso una aversión irresistible, desprecio, asco y odio; así pues, Loris—Melikov no podía explicarse por qué se había pasado a los rusos. Se le ocurrió —opinión compartida por algunos altos jefes que la sumisión de Hadyi Murad y su declarada hostilidad hacia Shamil eran un truco: que había venido únicamente para descubrir los puntos débiles de los rusos y, una vez que se hubiera escapado a la montaña, dirigir sus fuerzas contra esos puntos débiles. Y Gamzalo, en toda su persona, confirmaba esa suposición. «Los otros y el propio Hadyi Murad —pensaba Loris—Melikov saben disimular sus intenciones, pero a éste le traiciona su propio aborrecimiento.»

Loris—Melikov trató de conversar con él. Le preguntó si se aburría allí. Pero él, sin dejar de trabajar, mirando oblicuamente a Loris—Melikov con su único ojo, gruñó con voz abrupta y destemplada:

—No, no me aburro.

Y respondió del mismo modo a todas las demás preguntas.

Mientras Loris—Melikov estaba en el aposento de los murids de Hadyi Murad, entró en el cuarto de éstos el avaro Hanefi, velludo de rostro y cuello y musculoso de pecho. Éste no era un razonador, sino un trabajador serio, siempre absorto en su labor sin meterse en lucubraciones, y, al igual que Eldar, enteramente entregado a su amo.

Cuando entró en busca de arroz, Loris—Melikov le detuvo para preguntarle de dónde era y si llevaba mucho tiempo al servicio de Hadyi Murad.

—Cinco años —contestó Hanefi—. Soy del mismo aoul que él. Mi padre mató a un tío suyo y ellos quisieron matarme a mí —prosiguió, mirando desde debajo de sus pobladas cejas, tranquila y fijamente, a Loris—Melikov—. Entonces yo les pedí que me acogieran como hermano.

—¿Yeso qué quiere decir: acoger como hermano?

—Que durante dos meses no me afeité la cabeza ni me corté las uñas y fui en busca de ellos. Ellos me llevaron a su madre Patimat. Ella me dio el pecho y me convertí en hermano de Hadyi Murad.

En el aposento contiguo se oyó la voz de Hadyi Murad. Eldar reconoció al instante la llamada de su amo, se enjugó las manos y a grandes pasos se dirigió a la sala.

—Pregunta por ti —dijo al volver.

Y dando otro cigarrillo al alegre Khan—Magoma, Loris—Melikov fue a reunirse con Hadyi Murad.

13

Cuando Loris—Melikov entró en la sala, Hadyi Murad fue a su encuentro con cara de alegría.

—¿Qué? ¿Seguimos? —dijo, sentándose en la otomana.

—Sí, por supuesto —respondió Loris—Melikov—. He ido a ver a tus hombres y he hablado con ellos. Uno de ellos parece ser un juerguista —agregó Loris—Melikov.

—Sí, Khan—Magoma. Un tarambana —dijo Hadyi Murad.

—Hay otro, joven y apuesto, que me ha gustado.

—¡Ah, Eldar! Es un mozo duro como el hierro. Y tras una pausa:

—¿Sigo mi relato, pues?

—Sí, sí.

—Ya te he contado que mataron a los khanes. Pues bien, los mataron y Hamzad entró en Hunzah y se instaló en el palacio de ellos —comenzó Hadyi Murad—. Quedaba la khansha. Hamzad la hizo venir y ella le increpó por lo que había hecho. Él hizo una seña a su murid Aselder y éste la acometió por detrás y la mató.

—¿Pero por qué matarla a ella? —preguntó Loris—Melikov.

—¿Qué otra cosa cabía hacer? Lo que se empieza hay que acabarlo. Era menester aniquilar a toda la casta. Y eso fue lo que hicieron. Shamil mató al pequeño, arrojándolo por un precipicio. Toda la Avaria se sometió a Hamzad, y sólo mi hermano y yo no quisimos hacerlo. Necesitábamos su sangre en pago de la de los khanes. Fingimos sometemos, pero sólo pensábamos en cómo vengamos. Pedimos consejo al abuelo y decidimos aguardar el momento en que Hamzad saliera del palacio para matarlo por sorpresa. Alguien sospechó lo que tramábamos, se lo sopló a Hamzad y éste mandó venir al abuelo y le dijo: «Ándate con cuidado. Si es verdad que tus nietos están maquinando algo contra mí os colgaré a los tres de la misma viga. Estoy haciendo la obra de Dios y nada puede impedírmelo. Ve y acuérdate de lo que te digo.» El abuelo volvió a casa y nos lo contó. Entonces decidimos no esperar más y hacer lo que había que hacer el primer día de fiesta en la mezquita. Nuestros camaradas se negaron a ayudamos. Sólo quedábamos mi hermano y yo. Cogimos cada uno dos pistolas, nos pusimos las capas y fuimos a la mezquita. Hamzad entró con treinta murids, todos ellos con los sables desnudos. Al lado de Hamzad iba Aselder, su mundo predilecto, el mismo que había cortado la cabeza a la khansha. Al vemos, dijo a gritos que nos quitáramos las burkas y se acercó a mí. Yo tenía el puñal en la mano, le maté y arremetí contra Hamzad. Pero mi hermano Osman ya había disparado contra él. Hamzad, todavía vivo, se lanzó sobre mi hermano blandiendo el puñal, pero yo acabé con él de un tiro en la cabeza. Los murids eran treinta, nosotros éramos dos. Mataron a mi hermano Osman, pero yo me zafé de ellos, salté por una ventana y me escapé. Cuando todo el pueblo se enteró de la muerte de Hamzad, se sublevó, los murids huyeron y a los que no huyeron los mataron.

Hadyi Murad hizo alto en su relato y respiró profundamente.

—Eso resultó bien —continuó diciendo—, pero más tarde todo se echó a perder. Shamil ocupó el puesto de Hamzad. Me mandó recado de que fuera con él contra los rusos, y me amenazaba, si me negaba a hacerlo, con arrasar Hunzah y matarme. Yo le dije que no iría con él y que no le dejaría entrar en mi terreno.

—¿Por qué no te fuiste con él? —preguntó Loris—Melikov.

Hadyi Murad frunció el entrecejo y no contestó al momento.

—Porque era imposible. Shamil tenía sobre sí la sangre de mi hermano Osman y la de Abununtsal—Khan. No me fui con él. El general Rosen me envió el nombramiento de oficial y me hizo comandante de Avaria. Todo habría resultado bien si Rosen no nos hubiese dado al principio como gobernador de Avaria al khan de Kazikumyh, Mahomet—Mirza, y más tarde a Ahmet—Khan. Este último me detestaba. Había pedido para su hijo en matrimonio a la hija de la khansha, Saltanet, pero no se la dieron, y él creyó que yo tenía la culpa de ello. Me odiaba y mandó a sus secuaces a matarme, pero me escapé. Entonces me calumnió ante el general Klügenau, diciendo que yo prohibía a los avaros suministrar leña a los soldados. Más todavía: le dijo que yo había empezado a usar turbante —este mismo que llevo ahora, agregó Hadyi Murad, mostrando el que llevaba en el gorro—, lo que, según él, significaba que me había sometido a Shamil. El general no lo creyó y no mandó detenerme, pero cuando se marchó a Tiflis, Ahmet—Khan empezó a obrar por cuenta propia: con un grupo de soldados se apoderó de mí, me cargó de cadenas y me ató a un cañón. Seis días con sus noches pasé de ese modo. El séptimo día me quitaron las cadenas para llevarme escoltado a Temir—Khan—Shura; eran cuarenta soldados con los fusiles cargados. Llevaba las manos atadas y los soldados tenían orden de matarme si intentaba escapar. Yo lo sabía. Cuando llegamos cerca de Moksoh la vereda se hizo muy angosta y a la derecha había un barranco de unos trescientos pies de profundidad. Yo me escurrí a la derecha del soldado, al borde del precipicio. El soldado quiso detenerme, pero yo salté al abismo arrastrándole conmigo. El soldado murió, pero, como puedes ver, yo quedé vivo. Tenía rotas las costillas, la cabeza, los brazos, las piernas, en fin, el cuerpo entero. Quise moverme a rastras, pero no podía. La cabeza me daba vueltas y quedé amodorrado. Me desperté empapado de sangre. Un pastor me vio, llamó a la gente y me llevaron a un aoul. Sané de las costillas y la cabeza, también de las piernas, pero una de ellas quedó más corta que la otra.

Y Hadyi Murad estiró la pierna coja.

—Pero me sirve, y con eso basta —dijo—. La gente se enteró de lo que había pasado y empezó a venir a verme. Cuando me curé fui a Tselmés. Los avaros volvieron a llamarme para que los gobernara —agregó Hadyi Murad con orgullo reposado y firme—. Y yo acepté.

Hadyi Murad se levantó de un brinco, sacó una cartera de un bolso de cuero, extrajo de ella dos cartas amarillentas y se las alargó a Loris—Melikov. Las cartas eran del general Klügenau. Loris—Melikov las leyó. La primera decía lo siguiente:

« ¡Cadete Hadyi Murad! Estabas a mi servicio, quedé contento de ti y te consideraba hombre de bien. Hace poco, Ahmet—Khan me dijo que eres un traidor, que llevas turbante, mantienes contacto con Shamil e incitas al pueblo a desobedecer a las autoridades rusas. Ordené que te detuvieran para que comparecieses ante mí. Tú te has fugado. No sé si tienes razón o no, porque no sé si eres o no culpable. Ahora escucha: Si tienes la conciencia limpia con respecto al Gran Zar, si no eres culpable de nada, preséntate ante mí. No temas a nadie, soy tu protector. El khan no te hará nada; está bajo mi mando y no tienes nada que temer.»

Más adelante, Klügenau escribía que siempre había sido fiel a su palabra, que era justo, y exhortaba de nuevo a Hadyi Murad a comparecer ante él.

Cuando Loris—Melikov hubo concluido la lectura de la primera carta, Hadyi Murad sacó la segunda, pero, sin dársela de momento a Loris—Melikov, contó cómo había respondido a la primera.

—Le escribí que llevaba turbante, no por Shamil, sino por la salvación de mi alma; que no quería ni podía pasarme a Shamil porque éste había hecho matar a mi padre, a mis hermanos y a otros parientes míos, pero que no me pasaría a los rusos porque me habían ultrajado. (En Hunzah, cuando me tenían atado, un canalla se había defecado en mí, y no podía unirme a vosotros hasta que no matase a ese hombre.) Y sobre todo porque temía al embustero de Ahmet—Khan. Entonces el general me mandó esta otra carta —dijo Hadyi Murad, dando a Loris—Melikov el segundo papel amarillento.

«Has contestado a mi carta. Gracias. En ella dices que no temes volver, pero que te lo impide la afrenta de que te ha hecho víctima un giaour. Ahora bien, yo te aseguro que la ley rusa es justa y que con tus propios ojos verás el castigo de quien se ha atrevido a ofenderte. Ya he ordenado una investigación. Escucha, Hadyi Murad. Tengo derecho a estar descontento de ti porque no tienes confianza en mí ni en mi veracidad, pero te perdono porque conozco el carácter desconfiado de los montañeses en general. Si tienes la conciencia limpia, si de veras te pones el turbante sólo para la salvación de tu alma, tienes razón y puedes mirar directamente a las autoridades rusas y a mí en particular; y te aseguro que quien te deshonró será castigado, que tus bienes te serán restituidos, y que verás y conocerás lo que significa la ley rusa; tanto más cuanto que los rusos ven las cosas de otro modo. En su opinión, tú no vales menos porque un bribón te haya ultrajado. Yo mismo he dado permiso a los chimrints para llevar turbante y considero sus acciones como es debido; así pues, como ya te he dicho, no tienes nada que temer. Ven a verme con el hombre que ahora te envío. Me es fiel, no está al servicio de tus enemigos, sino que es un hombre que goza de miramiento particular por parte del gobierno.»

Seguidamente Klügenau invitaba de nuevo a Hadyi Murad a pasarse a los rusos.

—No confié en lo que decía la carta —comentó Hadyi Murad cuando Loris—Melikov hubo concluido de leerla y no fui a ver a Klügenau. Para mí lo más importante era vengarme de Ahmet—Khan, cosa que no podía hacer por medio de los rusos. Por esos mismos días Ahmet—Khan cercó a Tselmés con el fin de capturarme y matarme. Yo tenía demasiada poca gente conmigo y no podía librarme de él. Y he aquí que justamente entonces vino a verme un emisario de Shamil con una carta. Me prometía su ayuda para deshacerme de Ahmet—Khan y matarle y darme el gobierno de toda la Avaria. Lo pensé mucho y me pasé a Shamil. y desde entonces no he cesado de luchar contra los rusos.

En ese punto Hadyi Murad contó todas sus hazañas de guerra. Eran muy numerosas y Loris—Melikov las conocía en parte. Todas sus expediciones, todos sus asaltos causaban asombro por la insólita rapidez de las maniobras y la audacia de las embestidas, siempre coronadas por el éxito.

—Nunca ha habido amistad entre Shamil y yo —dijo Hadyi Murad en conclusión—, pero me teme y me necesita. Ahora verás lo que pasó. Me preguntaron quién sería Imam después de Shamil, y yo respondí que lo sería aquel cuyo sable cortase mejor. Se lo dijeron a Shamil y decidió deshacerse de mí. Me envió a Tabasaran. Fui allí y me apoderé de mil ovejas y trescientos caballos. Pero él dijo que yo no había hecho lo que debía, me destituyó del cargo de Naib y me ordenó que le enviase todo el dinero. Le entregué mil monedas de oro. Él envió a sus murids y me despojó de todas mis posesiones. Ordenó que fuera a verle; yo sabía que quería matarme y no fui. Mandó gente para prenderme. Me escapé y me pasé a Vorontsov. Pero no pude llevarme a mi familia. Mi madre, mi mujer y mi hijo están en su poder. Di al Sardar que mientras mi familia esté allí, no puedo hacer nada.

—Se lo diré —dijo Loris—Melikov. —Ocúpate de ello, no escatimes esfuerzo. Lo que es mío es también tuyo, pero encarece mi caso al príncipe. Me encuentro atado y el cabo de la cuerda está en manos de Shamil.

Con esas palabras terminó Hadyi Murad el relato que de su vida hizo a Loris—Melikov.

14

El 20 de diciembre Vorontsov escribió la carta siguiente al ministro de la Guerra Chemyshov. La carta estaba en francés:

«No le escribí por el último correo, mi querido Príncipe, porque deseaba ante todo decidir qué íbamos a hacer con Hadyi Murad, y porque durante dos o tres días no anduve muy bien de salud. En mi última carta le di cuenta de su llegada aquí. Llegó a Tiflis el 8. Al día siguiente le conocí, y durante ocho o nueve días he hablado a diario con él; he venido pensando en lo que podría hacer por nosotros en el futuro y, especialmente, en lo que nosotros deberíamos hacer por él ahora, ya que está sumamente preocupado por la suerte de su familia y dice con toda muestra de sinceridad que mientras su familia siga en manos de Shamil está paralizado y será incapaz de servimos y demostrar su gratitud por la amabilidad con que le hemos acogido y el perdón que le hemos brindado. La falta de noticias respecto de los seres que le son queridos provoca en él un estado febril, y las personas que he designado para que aquí vivan con él me aseguran que no duerme de noche, apenas come, reza sin cesar y sólo pide permiso para pasear a caballo con varios cosaco s, única diversión que le es posible y ejercicio indispensable para quien está desde hace largo tiempo habituado a ello. Todos los días viene a verme para saber si tengo alguna noticia de su familia, y me ruega que reúna en nuestros diversos frentes a todos los prisioneros que están en nuestro poder para proponer a Shamil un canje, al que él, por propia cuenta, añadirá algún dinero. Hay gente que se lo facilitaría para tal fin. Me repite continuamente: "Salve a mi familia y déme luego la posibilidad de servir a ustedes (con preferencia en la línea Lezgin, según su opinión), y si en el plazo de un mes no les presto grandes servicios, castíguenme como mejor les parezca."

Yo le he contestado que todo eso me parece muy justo, y que hay entre nosotros mucha gente que no tendría confianza en él si sus familiares permaneciesen en la montaña y no con nosotros en calidad de rehenes; que yo haré todo lo posible para congregar a los prisioneros en nuestros frentes, y que no teniendo derecho, de acuerdo con nuestros reglamentos, a darle dinero para el rescate de los suyos, además del que él mismo pueda agenciarse, quizá yo podría, sin embargo, encontrar otros medios de ayudarle. Después de esto le dije cándidamente que, a mi modo de ver, Shamil de ningún modo le devolvería a su familia; que quizá declarase abiertamente que sí lo haría, prometiéndole un perdón completo y la restitución de sus anteriores prerrogativas, y amenazándole, en caso de no hacerlo, con matar a su madre, a su esposa y a sus seis hijos. Le pedí que me dijera con franqueza qué haría si recibiera semejante propuesta de Shamil. Hadyi Murad alzó los ojos y los brazos al cielo y me respondió que todo estaba en manos de Dios, pero que nunca se sometería a su enemigo porque estaba plenamente seguro de que Shamil no le perdonaría y no tardaría en matarle. En cuanto a la aniquilación de su familia, no creía que Shamil obraría tan ligeramente: en primer lugar, para no hacer de él un enemigo aún más audaz y peligroso; y en segundo, porque en Daghestan había muchas personas, y aun muy influyentes, que disuadirían a Shamil de ello. Finalmente me repitió varias veces que, cualquiera que fuese la voluntad de Dios en cuanto al futuro, de momento sólo le preocupaba el rescate de su familia; que en nombre de Dios me rogaba que le ayudase permitiéndole volver a la zona de Chechenya donde, por mediación y con el beneplácito, de nuestras autoridades podría establecer contacto con su familia, obtener noticias continuas de su verdadera situación y pensar en el modo de ponerla en libertad. Dice que muchas personas, e incluso algunos cabecillas de esa región hostil, están más o menos ligadas a él y que entre toda esa población —la sometida a los rusos o la que permanece neutral le sería fácil, con nuestra ayuda, establecer relaciones muy útiles a los propósitos que persigue noche y día, el logro de los cuales le devolvería la calma y le brindaría la posibilidad de obrar en provecho nuestro y merecer nuestra confianza. Pide que se le envíe de nuevo a Grozny con un convoy de veinte o treinta cosacos valientes que le protegieran a él y nos garantizaran a nosotros la rectitud de sus intenciones.

Comprenderá usted, mi querido Príncipe, que todo esto me tiene perplejo, ya que, haga lo que haga, pesa sobre mí una gran responsabilidad. Sería imprudente en sumo grado fiarse plenamente de él; pero si quisiéramos privarle de todo medio de fuga tendríamos que encerrarle, lo que en mi opinión sería injusto e impolítico. Medida semejante, que rápidamente se difundiría por todo el Daghestan, nos perjudicaría mucho, disuadiendo a aquellos —y son muchos que más o menos abiertamente están dispuestos a enfrentarse con Shamil y que, por lo tanto, se interesan en cómo tratamos al más valiente y audaz servidor del Imam, que se ha visto obligado a entregarse a nosotros. Tan pronto como tratásemos a Hadyi Murad como prisionero, se perdería todo el efecto benéfico de su rompimiento con Shamil.

Así pues, creo haber obrado como no tenía más remedio que obrar, consciente, sin embargo, de que se me podría acusar de haber cometido un grave error si a Hadyi Murad se le ocurriera fugarse de nuevo. En el servicio, y sobre todo en situaciones tan complicadas como ésta, es difícil, por no decir imposible, seguir un camino enteramente recto sin riesgo de equivocarse y sin aceptar responsabilidades; pero una vez escogido el camino que parece recto, hay que seguir por él, pase lo que pase.

Le ruego, mi querido Príncipe, que someta esto a la consideración de Su Majestad el Emperador, y quedaré contento si nuestro Augusto Soberano tiene a bien aprobar mi conducta. Todo lo que arriba dejo consignado se lo he manifestado también por escrito a los generales Zavalovski y Kozlovski, para un contacto inmediato de Kozlóvski con Hadyi Murad. A este último le he advertido que, sin permiso del general Kozlovski, no puede hacer nada ni puede desplazarse a ninguna parte. Le he explicado que en todo caso sería mejor para nosotros que saliera con nuestro convoy, porque de lo contrario Shamil hará correr la voz de que le tenemos encerrado; pero en tal caso le he hecho prometer que no irá a Vozdviyhensk, porque mi hijo, a quien al principio se rindió y a quien considera como su kunak (amigo), no manda en ese lugar, de lo que podrían resultar erróneas interpretaciones. Por otra parte, Vozdviyhensk está demasiado cerca de lugares enemigos muy populosos, mientras que para las relaciones que desea establecer con sus fieles, Grozny es de todo punto preferible.

Además de veinte cosacos escogidos que, según su propio requerimiento, no se apartarán un paso de él, le he enviado al capitán de caballería Loris—Melikov, oficial valioso, distinguido y muy inteligente, que habla tártaro, conoce bien a Hadyi Murad y en quien éste, al parecer, tiene también plena confianza. Por otra parte, durante los diez días que Hadyi Murad ha pasado aquí, ha vivido en la misma casa que el teniente coronel príncipe Tarhanov, comandante del distrito de Shushin, que se encuentra aquí por motivos de servicio; es hombre de grandísimo mérito en quien tengo entera confianza. También él se ha ganado la de Hadyi Murad, y es sólo por su mediación, ya que habla admirablemente el tártaro, por lo que hemos podido analizar los asuntos más delicados y confidenciales.

He hablado con Tarhanov del caso de Hadyi Murad y él está de pleno acuerdo conmigo en que, o bien había que hacer lo que yo he hecho, o bien había que encarcelar a Hadyi Murad y vigilarle de acuerdo con las medidas más severas —porque si se le trata sin consideración será difícil custodiarle—, o bien alejarle por completo del país. Pero estas dos últimas medidas no sólo anularían la ventaja que supone para nosotros la querella entre Hadyi Murad y Shamil, sino que pondrían fin irremediablemente a toda expansión del descontento y a la posibilidad de un alzamiento de los montañeses contra el poder de Shamil. El príncipe Tarhanov me ha dicho que él no duda de la buena fe de Hadyi Murad y que éste está convencido de que Shamil no le perdonará nunca y le matará, a pesar de la promesa de perdón. Lo único que puede preocupar a Tarhanov en sus relaciones con Hadyi Murad es el fuerte apego de éste a su religión; y no oculta que Shamil puede influir sobre él en ese particular. Pero, como ya digo más arriba, nunca convencerá a Hadyi Murad de que no lo matará, bien en seguida o bien algún tiempo después de su regreso.

He aquí, querido Príncipe, todo lo que quería decirle sobre este episodio en los asuntos de aquí.»

15

Este informe fue enviado de Tiflis el 24 de diciembre. La víspera de Año Nuevo de 1852, un correo, tras reventar una docena de caballos y fustigar hasta hacerles sangre a una docena de cocheros, lo entregó al príncipe Chernyshov, a la sazón ministro de la Guerra. y el 1 de enero de 1852 Chernyshov, entre otros asuntos, presentó al emperador Nicolás ese despacho de Vorontsov.

Chernyshov no estimaba a Vorontsov por varios motivos: por el respeto general de que éste gozaba; por sus enormes riquezas; por ser Vorontsov un noble de vieja estirpe mientras que él, Chernyshov, era sólo un parvenu; y, principalmente, por el favor especial que le dispensaba el emperador. Por ello, Chernyshov aprovechaba cuantas ocasiones se le ofrecían para desacreditar a Vorontsov. En su último informe sobre la situación en el Cáucaso Chernyshov había conseguido provocar el descontento de Nicolás contra Vorontsov porque, por negligencia del alto mando, los montañeses habían aniquilado casi por completo a un pequeño destacamento de cosacos. Ahora se proponía presentar con matiz desfavorable las disposiciones de Vorontsov con respecto a Hadyi Murad. Quería persuadir al emperador de que Vorontsov propendía siempre a proteger a los indígenas, más aún, sentía debilidad por ellos en perjuicio de los rusos; de que dejando a Hadyi Murad en el Cáucaso había obrado de modo imprudente; de que con toda probabilidad Hadyi Murad se había pasado a los rusos con el único propósito de estudiar sus medidas de defensa; y de que, por consiguiente, lo mejor sería desterrarle al centro de Rusia y no servirse de él hasta que su familia estuviera en nuestro poder y fuera posible confiar en su sinceridad.

Pero Chernyshov fracasó en ese plan, y sólo porque en esa mañana del 1 de enero Nicolás estaba de un mal humor muy particular. Sólo por llevar la contraria, el emperador no habría aceptado propuesta alguna de nadie, fuese quien fuese, y menos aún de Chernyshov, a quien sólo toleraba por considerarle de momento irreemplazable. Pero, conociendo los esfuerzos de éste durante el proceso de los decembristas por destruir a Zahar Chernyshov y apoderarse de sus bienes, le tenía por un grandísimo granuja. Así pues, gracias al mal humor de Nicolás, Hadyi Murad permaneció en el Cáucaso y no hubo cambio en su suerte, como sí podría haberlo habido si Chernyshov hubiera presentado su informe en otra ocasión.

Eran las nueve y media cuando, en una niebla de 200 bajo cero, el gordo y barbudo cochero de Chernyshov, tocado de un bicornio de terciopelo azul celeste y sentado en el pescante de un pequeño trineo semejante a los de Nicolás, llegó ante la escalera pequeña del Palacio de Invierno e hizo con la cabeza un saludo amistoso a su amigo, el cochero del príncipe Dolgoruki, que hacía rato había traído allí a su amo y le aguardaba cerca de la entrada del palacio, con las bridas sujetas bajo las anchas y felpudas posaderas y frotándose las manos ateridas.

Chernyshov vestía capa de uniforme con grueso cuello de castor gris y sombrero de tres picos con plumas de gallo. Desembarazándose de su manta de piel de oso, sacó cuidadosamente del trineo sus pies entumecidos desprovistos de chanclos (se ufanaba de no usarlos nunca) y, con gallardía y mucho repiqueteo de espuelas, llegó pisando la alfombra a la puerta que le abría respetuosamente el portero. Cuando en la antecámara hubo depositado su capa en los brazos del viejo lacayo que al momento había acudido, Chernyshov se acercó a un espejo y desprendió cuidadosamente el sombrero de su peluca rizada. Mirándose en el espejo; comprobó con gesto habitual de sus vetustas manos que las patillas y el tupé estaban bien, ajustó como era debido su cruz, sus cordones y sus gruesas charreteras con monograma, y luego, con el paso débil de sus seniles piernas que se movían con esfuerzo, empezó a subir por la cómoda y alfombrada escalera.

Chernyshov pasó junto a los ayudas de cámara que, en uniforme de gala, estaban junto a la puerta y le saludaron servilmente, y entró en la sala de espera. El oficial de guardia, un edecán recién elevado a ese cargo, resplandeciente en su nuevo uniforme, sus charreteras, sus cordones y su rostro colorado aún fresco, con sus negros bigotes y sus patillas peinadas hacia los ojos como las de Nicolás, le saludó respetuosamente. El príncipe Vasili Dolgoruki, colega suyo en el ministerio de la Guerra, cuyo rostro inexpresivo y aburrido estaba adornado con las mismas patillas y los mismos bigotes que el de Nicolás, se levantó para ir al encuentro de Chernyshov y saludarle.

—¿El emperador? —preguntó Chernyshov en francés, volviéndose al edecán e indicando con los ojos la puerta del gabinete.

—Su Majestad acaba de volver —respondió el edecán en la misma lengua y oyendo con satisfacción evidente el sonido de su propia voz. Y pisando con suavidad, a paso tan leve que de llevar un vaso de agua en la cabeza no habría derramado una gota, se acercó a la puerta que se abrió sin ruido, revelando en toda su persona la más profunda veneración al lugar en que iba a introducirse.

Dolgoruki, mientras tanto, abrió su cartera para comprobar los papeles que en ella llevaba. Chernyshov, con el ceño fruncido, iba y venía por la sala, estirando las piernas y tratando de recordar lo que tenía que decir al emperador. Estaba cerca de la puerta del gabinete cuando ésta se abrió de nuevo y por ella salió el edecán, aún más resplandeciente y respetuoso que momentos antes. Con un gesto invitó al ministro y su colega a presentarse ante el emperador.

Hacía largo tiempo que el Palacio de Invierno había sido reconstruido después del incendio de Moscú, pero Nicolás seguía viviendo en el piso superior. El gabinete en que recibía los informes de sus ministros y altos funcionarios era un aposento muy alto de techo con cuatro grandes ventanas. Un retrato de cuerpo entero del emperador Alejandro I colgaba en la pared principal. Entre las ventanas había dos escritorios. A lo largo de los muros unas cuantas sillas. En medio de la habitación una enorme mesa de escribir, y ante ella el sillón de Nicolás y algunas sillas para los visitantes.

Nicolás, en frac negro con sólo cordones en los hombros, pero sin charreteras, estaba sentado a la mesa. Levantó su cuerpo enorme y fuertemente encorsetado para disimular el abdomen prominente, y, sin moverse, dirigió su mirada mortecina a los que entraban. Su largo rostro blanco, de enorme frente huidiza, con patillas muy lisas que se unían cucamente con el peluquín que le cubría la calvicie, se mostraba ese día particularmente frío e inmóvil. Los ojos, siempre turbios, lo estaban más que de ordinario, los labios muy apretados bajo el bigote retorcido, las fofas mejillas recién afeitadas apoyadas en el cuello alto, las patillas que dejaba crecer en forma de salchichas de igual tamaño, el mentón sostenido por el cuello... todo ello daba a su fisonomía una expresión de descontento e incluso de ira. El motivo de ese estado de ánimo era la fatiga, y esa fatiga provenía de que la víspera había asistido a un baile de máscaras. Allí, mientras paseaba como de costumbre tocado de su casco de la Guardia Montada adornado de un pájaro, en medio de un público que se congregaba en torno suyo y se apartaba respetuosamente para dejar paso a su enorme y petulante figura, había vuelto a encontrar a una máscara que, en un baile anterior, había despertado su senil sensibilidad por la blancura de su cutis, la belleza de su cuerpo y su tierna voz, pero que se le había escapado, no sin antes prometerle que le volvería a ver en el baile siguiente. En el de la víspera, ella se le había acercado, y él no la había dejado escapar. La había conducido a un palco especialmente habilitado para poder quedarse a solas con su dama. Llegado a la puerta del palco sin decir palabra, Nicolás había buscado con los ojos al acomodador, pero éste no estaba allí. Nicolás frunció el ceño y empujó, él mismo, la puerta del palco, haciendo pasar a la dama delante de él.

—Ahí hay alguien —dijo en francés la máscara, deteniéndose. En efecto, el palco estaba ocupado. En el sofá de terciopelo, muy pegados unos a otros, había un oficial de ulanos y una joven muy bonita de pelo rubio rizado, en dominó, que se había quitado el antifaz. Al ver a Nicolás furioso, estirado hasta su máxima estatura, la rubia se puso apresuradamente el antifaz, en tanto que el oficial de ulanos, petrificado de espanto, miraba a Nicolás con ojos aturdidos sin levantarse del sofá.

Aun acostumbrado como estaba Nicolás al terror que inspiraba en la gente, ese terror le era siempre agradable, y a veces le divertía desconcertar a personas dominadas por ese terror pronunciando como contraste algunas palabras amables. Así ocurrió en esta ocasión.

—Bueno, hermano, tú eres más joven que yo —dijo al oficial, que estaba alelado de espanto—. Ahora puedes dejarme el sitio.

El oficial se levantó de un salto y, palideciendo y sonrojándose alternativamente, salió encogido del palco a la zaga de su máscara. Nicolás quedó solo con su bella acompañante.

La máscara resultó ser una bonita e inocente muchacha de veinte años, hija de una institutriz sueca. Contó a Nicolás que ya desde su infancia se había enamorado de él por sus retratos; que le adoraba y había decidido captar su atención a toda costa. Y he aquí que lo había conseguido. Y, según dijo, no deseaba otra cosa en este mundo. Nicolás hizo que la llevaran al lugar habitual de sus citas amorosas y pasó más de una hora con ella.

Cuando esa noche regresó a su habitación, se acostó en la cama angosta y dura de que tanto se preciaba y se cubrió con la manta escocesa que consideraba (y así lo decía) tan famosa como el sombrero de Napoleón, pero no pudo dormirse durante largo rato. O bien recordaba el rostro blanco de la muchacha, asustado al par que extasiado, o bien los hombros rozagantes y potentes de Nelidova, su favorita a la sazón, y comparaba a la una con la otra. No se le ocurría que estaba mal en un hombre casado entregarse al libertinaje; y se hubiera asombrado de que alguien juzgase reprobable su conducta. Pero no obstante estar seguro de haber obrado como era debido, le quedaba un resabio desagradable, y para sofocarlo se puso a pensar en lo que siempre era remedio en tales casos: en lo gran hombre que era.

A despecho de haberse dormido tarde, se levantó como de costumbre a las ocho, hizo sus abluciones habituales, se frotó con hielo el enorme y bien cebado cuerpo, se encomendó a Dios sin atribuir sentido alguno a las oraciones que desde su infancia había recitado (la Salve, el Credo y el Padrenuestro), y por un corto pasillo salió al muelle en gorra y abrigo.

En el muelle tropezó con un alumno en uniforme y sombrero de la Facultad de Derecho, individuo de estatura tan enorme como la suya propia. Al ver el uniforme de esa facultad, que a él no le agradaba por su espíritu de independencia, Nicolás frunció el entrecejo, pero su desagrado se endulzó al ver la aventajada talla del estudiante, su porte intachable y el saludo que le hizo con el codo levantado y muy tenso.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Polosatov, Vuestra Majestad Imperial.

—Eres buen mozo. .

El estudiante seguía tieso, con la mano en el sombrero. Nicolás se detuvo.

—¿Quieres entrar en el ejército?

—No, Vuestra Majestad Imperial.

—¡Imbécil! —y Nicolás se alejó y empezó a pronunciar en voz alta las primeras palabras que le vinieron al magín: «Kopervein, Koperveim», nombre de la muchacha de la víspera, que repitió varias veces—. «¡Mal asunto, mal asunto!» No pensaba en lo que decía, pero sí aliviaba su malestar oyéndose hablar. «A ver, ¿qué sería de Rusia sin mí? —se decía, sintiendo que su descontento volvía de nuevo—. Más aún, ¿qué serían sin mí no sólo Rusia, sino Europa?» Y pensó en su cuñado, el rey de Prusia, en la debilidad y estupidez de éste, y sacudió la cabeza.

Cuando regresaba a la escalinata del palacio vio el coche de Yelena Pavlovna, que se detenía con su lacayo rojo ante la entrada Saltykov. Yelena Pavlovna era para él la personificación de esos individuos mentecatos que discurrían no sólo de ciencias o de poesía, sino también de gobierno, figurándose que son capaces de gobernarse a sí mismos mejor que él, Nicolás, los gobernaba. Éste sabía que, por mucho que trataba de aplastar a tales personas, éstas se las arreglaban para volver a levantarse. y se acordó de su hermano, Mihail Petrovich, muerto recientemente. Un sentimiento de tristeza y enojo se adueñó de él. Sombrío y cejijunto comenzó una vez más a articular las primeras palabras que le vinieron al caletre; y sólo cesó de hacerlo cuando entró en el palacio. Pasó a su aposento, se alisó ante el espejo las patillas y el tupé, se retorció el mostacho, y fue directamente al gabinete en que recibía los informes.

Recibió primero a Chernyshov, quien por la cara y sobre todo por los ojos de Nicolás comprendió al momento que ese día el zar estaba de singular mal humor; y sabedor de la aventura de la víspera, entendió el porqué de ello. Nicolás saludó a Chernyshov con frialdad y le invitó a tomar asiento, clavando en él sus ojos cansados.

El primer asunto del informe de Chernyshov tenía que ver con desfalcos de los funcionarios de intendencia; seguidamente se pasó a los movimientos de tropas en la frontera de Prusia; luego a los galardones para unas cuantas personas que no habían figurado en la primera lista para el Año Nuevo; más tarde a la comunicación de Vorontsov sobre la sumisión de Hadyi Murad; y, finalmente, al caso desagradable de un estudiante de medicina que había atentado contra la vida de un profesor.

Nicolás, en silencio, contraídos los labios, alisaba con sus grandes manos blancas, en las que había sólo un anillo de oro en el dedo anular, las hojas de papel y escuchaba el informe sobre los desfalcos, sin apartar los ojos de la frente y el tupé de Chernyshov.

Nicolás estaba convencido de que todo el mundo robaba. Sabía que ahora era indispensable castigar a los funcionarios de intendencia, y decidió hacer de todos ellos simples soldados; pero sabía también que ello no impediría que los que viniesen a reemplazarlos hicieran exactamente lo mismo. Lo característico de los funcionarios era robar, su deber como zar consistía en castigarlos, y por fastidioso que tal deber le pareciese cumplía cabalmente con él.

—Es obvio que en Rusia no hay más que un hombre honrado —dijo.

Chernyshov comprendió al momento que ese único hombre honrado en Rusia era el propio Nicolás y sonrió aquiescente.

—Es muy probable, Vuestra Majestad —dijo. —Déjame eso. Lo resolveré después —dijo Nicolás, tornando el papel y poniéndolo en el lado izquierdo de la mesa.

Seguidamente Chernyshov dio su informe sobre los honores y los movimientos de las tropas. Nicolás examinó la lista, tachó algunos nombres y luego, breve y resueltamente, ordenó el envío de dos divisiones a la frontera de Prusia.

Nicolás no podía perdonar al rey de Prusia la constitución que, a raíz de 1848, había dado a sus súbditos, por lo que, aun testimoniando en cartas y palabras a su yerno los sentimientos más amistosos, estimaba necesario, en todo caso, desplegar tropas en la frontera prusiana. Esas tropas podían asimismo ser necesarias si se producían disturbios populares en Prusia (Nicolás veía por odas partes amenazas de revolución), empleándolas en defensa del trono de su cuñado, al igual que había defendido a Austria contra los húngaros. Esas tropas en la frontera eran también oportunas para dar mayor peso y significado a los consejos que dirigía al rey de Prusia.

«Sí, ¿qué sería de Rusia sin mí» —volvió a pensar.

—¿Hay algo más? —preguntó.

—Ha llegado un correo del Cáucaso —respondió Chernyshov, quien le informó de lo que había escrito Vorontsov a propósito de la sumisión de Hadyi Murad.

—¡Vaya, vaya! —contestó Nicolás—. Es un buen principio.

—Es evidente que el plan concebido por Vuestra Majestad empieza a dar fruto —dijo Chernyshov.

Este elogio de su talento estratégico era especialmente agradable a Nicolás porque, aunque se ufanaba de él, en el fondo de su ser reconocía que no lo tenía. Y ahora quiso oír alabanzas más detalladas.

—¿Cómo lo entiendes tú?

—Yo entiendo que si se hubiese seguido el plan de vuestra Majestad, o sea, avanzar poco a poco, aunque era lentamente, talando bosques y destruyendo provisiones, el Cáucaso se habría sometido hace tiempo. Yo atribuyo la sumisión de Hadyi Murad únicamente a esa crítica. Ha comprendido que era imposible seguir resistiendo.

—Es verdad —dijo Nicolás.

Lo cierto era que el plan de avanzar lentamente por el territorio enemigo, recurriendo a la tala de bosques y destrucción de víveres, era el de Yermolov y Velyaminov, enteramente opuesto al plan de Nicolás. Según el de te último, había que apoderarse de golpe de la residencia de Shamil y arrasar ese nido de bandoleros, y con tal fin se había preparado en 1845 la expedición de Dargo que había costado tantas vidas. Sin embargo, Nicolás también se atribuía a sí mismo el plan de avance lento, con la tala metódica de bosques y destrucción de provisiones. Cabría pensar que, para creer tal cosa, debería disimular que había apoyado la campaña de 1845, enteramente contraria a ese plan. Pero no lo disimulaba, y se enorgullecía del plan de la expedición de 1845 a la vez que del plan de avance lento, a pesar de que ambos planes se contradecían. Pero la adulación de su séquito —continua, patente y contraria a la evidencia le llevó al extremo de no ver sus contradicciones, de no cotejar sus actos y palabras con la realidad, con la lógica, y ni siquiera con el sentido común; y estaba plenamente convencido de que todas sus disposiciones, tan insensatas, injustas y opuestas entre sí, resultaban sensatas, justas y equilibradas sólo porque eran suyas.

Tal fue ahora su decisión en el caso del estudiante de medicina, que Chernyshov le presentó después del informe sobre el Cáucaso.

Ese caso era el siguiente: un joven que había sido suspendido dos veces en un examen se presentó por tercera vez, y cuando el profesor no le aprobó, el estudiante, morbosamente nervioso, viendo en ello una injusticia, cogió de la mesa un cortaplumas y en un arrebato de furia se lanzó sobre el profesor y le causó algunas heridas insignificantes.

—¿Su nombre?

—Byhezovski.

—¿Polaco?

—De origen polaco y católico. Nicolás frunció el ceño. Había hecho mucho daño a los polacos. Para justificado le era preciso persuadirse de que todos los polacos eran unos bribones. y así los juzgaba Nicolás y los odiaba en la medida del daño que les había hecho.

—Espera un momento —dijo, cerrando los ojos y bajando la cabeza.

Chernyshov sabía, por habérselo oído decir a Nicolás varias veces, que cuando necesitaba decidir alguna cuestión importante, sólo necesitaba ensimismarse unos instantes, y que entonces, como si se sintiese inspirado, la mejor solución se presentaba por sí misma, como si una voz interior le dijera lo que convenía hacer. Ahora pensaba en cómo satisfacer la inquina contra los polacos que resurgía con el caso de este estudiante, y la voz interior le sugirió la siguiente decisión: Merece la pena de muerte. Gracias a Dios, la pena de muerte ya no existe entre nosotros, y no seré yo quIen vuelva a imponerla. Que pase doce veces entre mil hombres. Nicolás. Y lo firmó con su enorme rúbrica.

Nicolás sabía que un vapuleo de doce mil varas significaba no sólo una muerte cierta y atroz, sino una crueldad inútil, porque con cinco mil bastaba para matar al hombre más fuerte. Pero le agradaba ser despiadadamente cruel y pensar que entre nosotros ya no existía la pena de muerte.

Cuando hubo escrito su decisión acerca del estudiante, se la pasó a Chernyshov.

—Aquí está —dijo—. Léela. Chernyshov la leyó y, en señal de cortés asombro ante la sabiduría de tal decisión, inclinó la cabeza.

—y que lleven a todos los estudiantes a la plaza para que presencien el castigo —agregó Nicolás.

«Eso les será útil. Extirparé el espíritu revolucionario. Lo arrancaré de raíz.»

—Perfectamente —dijo Chernyshov; y tras un momento de silencio volvió al tema del Cáucaso—. ¿Y ahora qué se debe escribir a Mihail Semyonbvich?

—Que se ajuste estrictamente a mi plan: arrasar viviendas, destruir víveres en Chechenya y hostilizar al enemigo con golpes de mano —contestó Nicolás.

—¿Y en cuanto a Hadyi Murad? —preguntó Chernyshov.

—¡Pero si Vorontsov me escribe que quiere hacer uso de él en el Cáucaso!

—¿No es eso demasiado arriesgado? —dijo Chernyshov, evitando la mirada de Nicolás—. Me temo que Mihail Semyonovich sea demasiado confiado.

—¿Y tú qué opinas? —preguntó Nicolás con sequedad, notando el esfuerzo de Chernyshov para presentar, dándoles un matiz desfavorable, las medidas adoptadas por Vorontsov.

—Yo creería que sería más seguro conducirle a Rusia.

—Tú creerías eso —dijo Nicolás irónicamente—. Pero yo no lo creo, y estoy de acuerdo con Vorontsov. Escríbeselo así.

—Por supuesto —dijo Chernyshov, levantándose y !despidiéndose.

Dolgoruki, quien durante el tiempo que duró el informe no dijo más que unas cuantas palabras en respuesta a las preguntas de Nicolás sobre los movimientos de tropas, se despidió también.

Después de Chernyshov le tocó el turno al general—gobernador de las provincias del Oeste, Bibikov, que venía a despedirse para reintegrarse a su puesto. Nicolás aprobó las medidas adoptadas por Bibikov contra los campesinos que se habían sublevado por no querer convertirse a la ortodoxia, y le ordenó que todos ellos fueran juzgados por un consejo de guerra. Esto significaba condenarlos de antemano a pasar por baquetas. Mandó asimismo incorporar al ejército como soldado raso a un periodista que había publicado un reportaje sobre la transferencia de varios miles de siervos del Estado a miembros de la familia imperial.

—Hago esto porque lo estimo necesario —dijo— y no permito que se ponga a discusión.

Bibikov comprendía la crueldad de las disposiciones relativas a los uniatas y la injusticia de transformar siervos del Estado, o sea, los únicos libres entonces, en siervos adscritos a la familia imperial. Pero le era imposible objetar. No estar de acuerdo con las disposiciones de Nicolás equivaldría para Bibikov a renunciar a la brillante posición de que disfrutaba, que le había costado cuarenta años conseguir. Y por ello, inclinando la cabeza entrecana en señal de obediencia, indicó que estaba dispuesto a cumplir con el mandato cruel, insensato y fraudulento de Su Majestad.

Después de despedir a Bibikov, Nicolás, consciente de haber cumplido con su deber, se desperezó, miró el reloj y fue a vestirse para salir. Se puso un uniforme con charreteras, condecoraciones y banda, luego pasó a la sala de recepción donde le esperaban impacientes más de cien personas, los hombres de uniforme, las mujeres en vestidos escotados, todos ellos en los lugares correspondientes a su rango.

Con su mirada mortecina, pecho abombado y abdomen ceñido, que rebasaba del corsé por arriba y por abajo, se acercó a los que le esperaban, y consciente de que todas las miradas estaban vueltas hacia él con timorata servilidad, adoptó un porte aún más solemne. Cuando sus ojos descubrían un rostro conocido, recordaba «fulano... fulano...», se detenía y decía algunas palabras en francés o en ruso, y luego escuchaba lo que se le decía, mirando al interlocutor fría y vagamente.

Cuando hubo recibido la pleitesía de los cortesanos, Nicolás pasó a la iglesia.

Al igual que la gente de este mundo, Dios, por mediación de sus ministros, recibió y alabó a Nicolás, quien aceptó ese tributo como algo que le era debido aunque fuera fastidioso. Todo eso era como debía ser, porque de él dependían el bienestar y la felicidad del mundo entero. Y aunque aquello le cansaba, no negaba al mundo su participación. Cuando al final de la misa el espléndido y bien peinado diácono entonó el «Muchos años» y el coro recogió estas palabras con melodiosas voces, Nicolás, mirando en tomo suyo, alcanzó a ver a Nelidova, que estaba de pie junto a una ventana; se fijó en sus bien formados hombros y resolvió en su favor la comparación con la muchacha de la víspera.

Después de la misa fue a ver a la emperatriz y pasó algunos minutos en familia bromeando con su mujer y sus hijos. Luego, atravesando el Hermitage, entró en el despacho del ministro de la Corte, Volkonski, y le confió el encargo, entre otras cosas, de crear de su peculio personal una pensión para la madre de la muchacha de la víspera. y de allí fue a dar su paseo habitual.

Ese día la comida tuvo lugar en la sala pompeyana. Además de los hijos menores, Nikolai y Mihail, estaban invitados el barón Lieven, el conde Ryevuski, Dolgoruki, el embajador de Prusia y el edecán del rey de Prusia. Mientras aguardaban la llegada de la emperatriz y el emperador, se entabló una conversación interesante entre el embajador de Prusia y el barón Lieven sobre las últimas noticias, harto alarmantes, recibidas de Polonia.

—La Polonia y el Cáucaso son las dos llagas de Rusia —dijo Lieven en francés—. Necesitamos unos 100.000 hombres en cada uno de esos países.

El embajador fingió quedar sorprendido de tal comentario.

—Usted dice que Polonia... —empezó a decir el embajador.

—¡Oh, sí! Fue un golpe maestro de Mettemich el estorbo...

En ese momento entró la emperatriz con su cabeza temblona y su sonrisa glacial y tras ella Nicolás. A la mesa Nicolás habló de la sumisión de Hadyi Murad. Agregó que ahora la guerra del Cáucaso debería terminar pronto, ya que había dispuesto el acoso de los montañeses mediante la tala de los bosques y la instalación de fortines.

El embajador cambió una rápida mirada con el edecán prusiano. Esa misma mañana habían hablado de la lamentable debilidad de Nicolás de considerarse como un gran estratega. E hizo gran elogio de ese plan, que demostraba una vez más las admirables prendas militares de Nicolás.

Después de la comida Nicolás fue al ballet en el que desfilaron centenares de mujeres casi desnudas. Una de ellas le agradó en particular. Mandó llamar al maestro del ballet, le dio las gracias y ordenó que se le diera una sortija con brillantes.

Al día siguiente, al despachar con Chernyshov, Nicolás confirmó sus instrucciones a Vorontsov, a saber, que ahora que Hadyi Murad se había sometido, era preciso incrementar la presión contra la Chechenya y encerrarla en un cordón de tropas.

Chernyshov escribió en ese sentido a Vorontsov. y otro correo, reventando más caballos y fustigando las caras de más cocheros, partió para Tiflis.

16

En cumplimiento de lo dispuesto por Nicolás, se intentó seguidamente, en enero de 1852, un golpe de mano en Chechenya.

El destacamento que lo intentó estaba compuesto de cuatro batallones de infantería, dos escuadrones de cosacos y ocho cañones. La columna avanzaba por el camino, a ambos lados del cual, en cadena ininterrumpida, subiendo y bajando por las laderas de las cañadas, iban los fagers en botas grandes, pellizas y gorros altos, con los fusiles al hombro y las cartucheras cruzadas. Como siempre que marchaba por territorio hostil, el destacamento hacía el menor ruido posible. Sólo de vez en cuando se oía el traqueteo de los cañones en las cunetas, o un caballo de artillería, que no comprendía la orden de silencio, resoplaba o relinchaba; o bien, la voz ronca y reprimida de un suboficial irritado denostaba a sus hombres porque la cadena se alargaba más de lo debido, o bien porque marchaba demasiado cerca o demasiado lejos de la columna. Sólo una vez se turbó el silencio, cuando dos, cabras monteses, ambas de vientre y cuartos traseros blancos y de lomo gris, junto con un macho de cuernecillos vueltos hacia atrás, saltaron de un escondrijo espinoso entre la fila y la columna. Los bonitos animales, atemorizados, dando grandes brincos con las patas delanteras replegadas bajo el vientre, se acercaron tanto a la columna que algunos soldados, riendo y gritando, echaron a correr tras ellas para hincar les las bayonetas; pero las cabras dieron media vuelta, atravesaron la fila de Jägers y, al igual que pájaros, salieron disparadas hacia la montaña, perseguidas por algunos soldados a caballo y los perros del destacamento.

Era todavía invierno, pero el sol comenzaba a remontarse y ya iba alto a mediodía cuando el destacamento, que había salido muy temprano, había recorrido ya una decena de verstas. Calentaba ya tanto que el calor empezó a ser demasiado molesto; sus rayos eran tan deslumbrantes que su reflejo en el acero de las bayonetas y en el bronce de los cañones —donde tenía el aspecto de pequeños soles hacía daño a los ojos.

Detrás quedaba el arroyo rápido y límpido que el destacamento acababa de atravesar; delante veíanse campos cultivados y praderas ondulantes; más adelante todavía, montañas negras y misteriosas cubiertas de bosque; al otro lado de esas montañas negras, peñascos que las rebasaban; y allá en todo lo alto, sobre el horizonte, las nieves perpetuas, perpetuamente espléndidas, perpetuamente cambiantes, jugando con la luz como si fueran diamantes.

A la cabeza de la quinta compañía, en gorro alto y guerrera negra, con el sable colgando al costado, marchaba Butler, oficial alto y apuesto, recién trasladado de la Guardia. Tenía una viva sensación de alegría vital a la vez que de peligro mortal, amén del deseo de verse en acción y la conciencia de ser parte de un enorme «todo» regido por una sola voluntad. Era la segunda vez que Butler participaba en un ataque; y pensaba con alegría que pronto empezarían a disparar sobre él y que no sólo no agacharía la cabeza bajo las balas, sino que no haría caso del silbido de éstas, sino que, como la vez anterior, levantaría aún más la cabeza y con ojos sonrientes miraría a sus camaradas y a los soldados y hablaría en tono indiferente de cosas sin importancia.

La columna se desvió del camino, entró por otro carril poco frecuentado entre campos de maíz en rastrojo, y ya se acercaba al bosque cuando de pronto, sin saberse de dónde, llegó una bala que con silbido siniestro se hundió en el suelo en medio de los carros, en un campo de maíz al lado del camino.

—Ya empieza la cosa —dijo Butler con sonrisa alegre al camarada que iba a su lado.

Y, efectivamente, un instante después de la bala apareció en la orilla del bosque un nutrido tropel de caballistas chechenes con sus gallardetes. En medio del grupo veíase un gran estandarte verde, y un viejo sargento de la compañía, muy largo de vista, dijo al miope Butler que aquél debía de ser el propio Shamil. El grupo bajó la pendiente y apareció en lo alto de la colina más cercana a la derecha, de la que a su vez empezó a bajar. Un general pequeño, en guerrera de abrigo negra y gorro de piel alto y grande terminado en punta blanca, se acercó a Butler en su montura y le ordenó que hiciese frente a la caballería enemiga. Butler se apresuró a dirigir a su compañía en la dirección indicada, pero aún no había tenido tiempo de llegar a la barranca cuando oyó tras de sí, uno tras otro, dos disparos de cañón. Se volvió para mirar: dos nubecillas de humo azul se levantaban por encima de dos cañones y se deslizaban a lo largo de la cañada. La tropa enemiga, que por lo visto no esperaba encontrar artillería, retrocedió. La compañía de Butler empezó a disparar sobre los montañeses corriendo tras ellos, y toda la cañada quedó cubierta por el humo de la pólvora. Sólo en lo alto de la cañada se veía a los montañeses retirarse rápidamente haciendo fuego sobre las casacas que les perseguían. El destacamento continuó su marcha tras ellos y en la vertiente de la segunda barranca descubrió un aoul.

Butler, a paso de carga con su compañía, entró tras los casacas en el aoul. En él no quedaba un solo habitante. Los soldados tenían órdenes de pegar fuego al trigo, al heno e incluso a las saklyas. Un humo acre se extendía por todo el aoul y en medio de él escudriñaban los soldados, apoderándose en las saklyas de cuanto en ellas encontraban, y en particular atrapando y matando a tiros a las gallinas que no pudieron llevarse los montañeses. Los oficiales se sentaron lejos del humo, almorzaron y bebieron. El sargento les trajo sobre un tablero unos cuantos panales de miel. Los chechenes no daban señales de vida. Poco después de mediodía se dio la orden de retirada. Las compañías se alinearon en columna a la salida del aoul y a Butler le tocó ir en la retaguardia. Apenas se puso en marcha la columna cuando aparecieron los chechenes y, a la zaga del destacamento, lo fue acompañando a tiros.

Cuando el destacamento salió a campo abierto los montañeses hicieron alto. En la compañía de Butler no había ningún herido, por lo que en el regreso estaba de talante alegre y animoso.

Cuando el destacamento volvió a vadear el riachuelo que había atravesado esa mañana y se alargó por los campos de maíz y las praderas, los mejores cantantes de cada compañía se adelantaron y empezaron las canciones. No hacía viento, el aire era fresco, puro y tan transparente que las alturas nevadas que distaban de allí un centenar de verstas parecían muy próximas. Y cuando los cantantes callaron, se oyó el ritmo mesurado de los pasos y el traqueteo de los cañones como si ambos fueran la nota clave en que comenzaba y terminaba la canción. La canción de la quinta compañía, o sea, la de cazadores de Butler, había sido compuesta por un joven cadete en loor del regimiento y se cantaba según un motivo de danza con el estribillo:

Los Jägers, los Jägers
son diferentes,
¡no hay nadie como ellos!

Butler cabalgaba al lado de su superior inmediato, el comandante Petrov, con el cual vivía, y no cesaba de felicitarse por haber dejado la Guardia y decidido venir al Cáucaso. El motivo principal de su salida de la Guardia habían sido sus pérdidas de juego en Petersburgo, hasta el extremo de haberse quedado sin un kopek. Temía no tener arrestos bastantes para dejar de jugar si permanecía en la Guardia, aunque ya nada tenía que perder. Todo eso había concluido ahora. Ésta era otra vida, hermosa, jovial. Ya se había olvidado de su ruina y de sus deudas impagadas. El Cáucaso, la guerra, los soldados, los oficiales, el valeroso comandante Petrov, borracho y bondadoso, todo ello se le antojaba tan delicioso que a veces le parecía increíble. Así pues, gozaba de no estar en Petersburgo, en aquellas salas llenas de humo, sobando naipes y apostando, odiando al banquero y padeciendo de un insufrible dolor de cabeza, sino aquí, en este país de maravilla, en medio de intrépidos caucasianos.

Los Jägers, los Jägers
son diferentes,
¡no hay nadie como ellos!

Cantaban sus hombres. Con paso alegre su caballo marchaba a ese compás. Trezorka, el perro gris peludo de la compañía de Butler, corría como un jefe delante de ella, con el rabo en curva y aire preocupado. Butler sentíase animoso, tranquilo y alegre. La guerra se le representaba sólo como la amenaza de un peligro, como la posibilidad de la muerte, lo cual se traducía en condecoraciones y en el respeto de sus camaradas de aquí y de sus amigos de Rusia. El otro aspecto de la guerra, a saber, la muerte, las heridas de los soldados, de los oficiales, de los montañeses, por extraño que sea decirlo, no hallaba cobijo en su imaginación. Más aún, inconscientemente, para mantener incólume su imagen poética de la guerra, nunca miraba a los muertos y los heridos. Así sucedió también ahora. Teníamos tres muertos y doce heridos. Pasó junto a un cadáver que yacía boca arriba, y sólo miró de reojo la posición un poco extraña de la mano color de cera, una mancha de rojo oscuro en la cabeza y no quiso ver más. Los montañeses eran para él sólo unos diestros caballistas de los cuales era preciso defenderse.

—En fin, ya ve usted, amigo —dijo el comandante en un intervalo entre dos canciones—. Esto no es lo que hacen ustedes en Petersburgo: ¡alineación izquierda!, ¡alineación derecha! Aquí se ha trabajado bien, y ahora a casa. Mashurka nos traerá una empanada, con una buena sopa de coles. Eso es vivir, ¿no le parece? ¡A ver, muchachos! «Cuando apunta el alba...» —mandó que se cantara su canción favorita.

El comandante vivía maritalmente con la hija del enfermero, a quien al principio se llamó Mashka y luego Marya Dmitrievna. Era una mujer rubia, pecosa y guapa, de unos treinta años y sin hijos. Cualquiera que hubiera sido su pasado, en el presente era la compañera fiel del comandante, a quien cuidaba como una nodriza, de lo que aquél andaba necesitado porque a menudo bebía I hasta perder el conocimiento.

Cuando llegaron al fuerte, todo sucedió como el comandante había previsto. Marya Dmitrievna les sirvió una abundante y suculenta comida, no sólo a ellos sino también a otros dos oficiales del destacamento a quienes Petrov había invitado. El comandante comió y bebió tanto que no pudo hablar más y tuvo que ir a acostarse. Butler, cansado también, pero contento y algo achispado con el vino del país, fue a su cuarto y apenas tuvo tiempo de desnudarse cuando, con la palma de la mano bajo la hermosa cabeza rizada, se hundió en un letargo profundo y sin sueños.

17

El aoul arrasado en el golpe de mano era precisamente; aquél en que Hadyi Murad había pasado la noche antes; de entregarse a los rusos.

Sado, en cuya casa se había alojado Hadyi Murad, había huido a las montañas con su familia al acercarse el destacamento ruso. Cuando volvió al aoul encontró des, trozada su saklya, hundida la techumbre, quemadas la puerta y las pilastras de la pequeña galería y ensuciado el interior. Su hijo, el guapo muchacho de ojos relucientes que miraba entusiasmado a Hadyi Murad, había sido llevado muerto a la mezquita, a lomos de un caballo y cubierto de una burka. Había recibido un bayonetazo en la espalda. La mujer venerable que había servido a Hadyi Murad durante la visita de éste se hallaba de pie allí, junto a su hijo. Con la camisa desgarrada, que dejaba ver sus viejos senos fláccidos, y el cabello en desorden, se arañaba el rostro hasta hacerse sangre y aullaba sin cesar. Sado, provisto de pala y pico, salió con sus parientes para cavar la fosa para su hijo. El viejo abuelo estaba sentado junto a la pared de la saklya derruida, alisando una vara con un cuchillo y mirando ante sí con ojos vacíos. Acababa de volver de su colmenar. Dos almiares de heno que allí se hallaban habían sido incendiados; los albaricoqueros y cerezos que el anciano había plantado y cultivado habían sido talados y arrojados al fuego; y lo peor era que habían quemado todas las colmenas con sus abejas. Los aullidos de las mujeres se oían por todas las casas y en la plaza, a donde habían llevado dos cadáveres más. Los niños pequeños lloraban a coro con sus madres. Mugía también el ganado hambriento, al que nada se le podía dar. Los niños de más edad no jugaban, sino que miraban a las personas mayores con ojos espantados.

El pozo había sido enfangado, evidentemente de propósito, por lo que era imposible sacar agua de él. También había sido ensuciada la mezquita, que el mullah limpiaba con sus discípulos.

Los ancianos se habían reunido en la plaza y, sentados en cuclillas, juzgaban su situación. Nadie hablaba de odio a los rusos. Lo que sentían los chechenes, chicos y grandes, era algo más fuerte que el odio. No era odio, sino asco, repulsión, perplejidad, ante esos perros de rusos y su estúpida crueldad, y el deseo de exterminarlos como se exterminan las ratas, las arañas venenosas y los lobos, un sentimiento, en fin, tan natural como el instinto de conservación.

Los habitantes tenían que optar entre dos vías de acción: a) permanecer donde estaban y reconstruir con ímprobo trabajo todo lo que con tanto esfuerzo habían construido y tan fácil y estúpidamente había sido arrasado, esperando que en cualquier momento pudiera repetirse la devastación; o b) a despecho de los preceptos de su religión y de su desprecio y aversión a los rusos, someterse a éstos.

Los ancianos oraron y decidieron por unanimidad enviar mensajeros a Shamil pidiéndole ayuda; y seguidamente pusieron manos a la obra de reconstruir lo destruido.

18

Al día siguiente del golpe de mano, cuando ya iba algo avanzada la mañana, salió Butler a la calle por la puerta trasera con el propósito de dar una vuelta y disfrutar del fresco antes del té matutino, que de ordinario tomaba en compañía de Petrov. El sol había salido ya de detrás de las montañas, y era molesto a los ojos mirar las chozas blancas del lado derecho de la calle iluminadas por él. Por el contrario, como siempre, daba gusto y sosiego mirar a la izquierda, a las montañas negras cubiertas de bosques, que parecían acercarse y alejarse, y más allá de ellas la cadena de cumbres nevadas color mate que, como siempre, pretendían hacerse pasar por nubes.

Butler contemplaba esas alturas, respiraba a pleno pulmón y estaba contento de vivir, y de vivir precisamente en ese mundo admirable. Estaba asimismo contento de haberse portado tan bien el día antes, durante el avance y sobre todo durante el repliegue, en que la acción había estado bastante movida. Y se regocijaba también al recordar que la víspera, al regreso de la expedición, Masha, o Marya Dmitrievna, la concubina de Petrov, los había agasajado con una comida y se había mostrado sencilla y dulce con todos. Pero, a su parecer, había estado especialmente amable con él. Marya Dmitrievna, con su gruesa trenza, sus anchos hombros, su alta pechuga y una sonrisa que brillaba en su rostro bondadoso cubierto de pecas, atraía involuntariamente a Butler, soltero, joven y robusto, y él tenía la impresión de que ella también le deseaba. Pero consideraba que ir más lejos hubiera sido hacer una fea jugarreta a un camarada bueno y confiado, por lo que trataba a Marya Dmitrievna sencilla y respetuosamente, de lo cual se congratulaba. Ahora pensaba en ello.

Pero a distraerle de sus pensamientos vino el ruido brusco de los cascos de unos caballos que delante de él se aproximaban por el camino polvoriento, como una pequeña tropa al galope. Alzó la cabeza y vio al final de la calle un grupo de caballistas que se acercaban al paso. Delante de una veintena de cosacos venían dos hombres: uno en cherkeska blanca y gorro alto de piel con turbante; y otro, oficial del ejército ruso, de pelo negro y nariz aguileña, en cherkeska azul, con gran profusión de plata en su atavío y sus armas. El jinete del turbante montaba un hermoso alazán de cabeza pequeña y ojos hermosos; el oficial, un caballo alto de Karabah de una elegancia un tanto rebuscada. Butler, perito en caballos, apreció al momento el vigor ardoroso del primer caballo y se detuvo para averiguar quién era esa gente. El oficial se volvió a Butler:

—¿Ésta es casa comandante? —preguntó, revelando en el habla incorrecta y el acento su origen extranjero y apuntando con la fusta a la casa de Ivan Matveyevich.

—La misma —dijo Butler—. ¿Y ése quién es? —preguntó, acercándose al oficial e indicando con los ojos al hombre del turbante.

—Es Hadyi Murad. Viene aquí. Vivirá aquí, en casa comandante —dijo el oficial.

Butler sabía quién era Hadyi Murad y había oído hablar de su defección a los rusos, pero por supuesto no esperaba verle aquí, en ese pequeño fuerte.

Hadyi Murad le miraba cordialmente.

—Buenos días, kotkildy —dijo Butler, que había aprendido ese saludo tártaro.

—Saubul —respondió Hadyi Murad, con un movimiento de cabeza. Se acercó a Butler y le alargó la mano. Su látigo colgaba de dos de sus dedos.

—¿Comandante?

—No. El comandante está ahí. Voy a llamarle —dijo Butler al oficial. Subió los escalones y llamó a la puerta.

Pero la puerta de la «entrada principal», como la llamaba Marya Dmitrievna, estaba cerrada. Butler volvió a llamar, pero al no recibir contestación, fue, rodeando el edificio, a la entrada trasera. Llamó a gritos a su ordenanza sin recibir respuesta y, no encontrando a ninguno de los dos ordenanzas, entró en la cocina. Marya Dmitrievna, toda ella colorada, con un pañuelo a la cabeza y las mangas remangadas en los brazos blancos y rollizos, cortaba masa prensada en trozos pequeños para hacer empanadillas.

—¿Dónde se han metido los ordenanzas? —preguntó Butler.

—Se han ido a beber —respondió Marya Dmitrievna—. ¿Para qué los quiere usted?

—Para abrir la puerta. Delante de la casa hay toda una pandilla de montañeses. Ha llegado Hadyi Murad.

—Ya estamos de broma otra vez —dijo Marya Dmitrievna sonriendo.

—No es broma. Es verdad. Están delante de la entrada.

—¿De veras? —dijo Marya Dmitrievna.

—¿Por qué iba a mentirle? Vaya y mire; están a la entrada.

—¡Pues vaya sorpresa! —exclamó Marya Dmitrievna, bajándose las mangas y palpando las horquillas que le sostenían la gruesa trenza—. Bueno, iré a despertar a Ivan Matveyevich —agregó.

—No. Yo mismo voy. Y tú, Bondarenko, ve a abrir la puerta —dijo Butler.

—Bueno, muy bien —dijo Marya Dmitrievna, volviendo a su faena.

Al enterarse de la llegada de Hadyi Murad, Ivan Matveyevich, que ya había oído decir que aquél estaba en Grozny, no se sorprendió en lo más mínimo. Se incorporó en la cama, lió un cigarrillo, lo encendió y empezó a vestirse, carraspeando ruidosamente y rezongando contra sus superiores por haberle enviado a «ese demonio». Cuando se hubo vestido, pidió su «medicina» al ordenanza. Y éste, sabiendo que esa medicina se llamaba vodka, se la trajo.

—No hay nada peor que mezclar las cosas —gruñó, bebiendo el vodka y mascando un trozo de pan negro—. Ayer estuve bebiendo vino y ahora me duele la cabeza. Bueno, ya estoy listo. —Terminó lo que estaba haciendo y salió a la sala, a donde Butler había conducido ya a Hadyi Murad y al oficial que le acompañaba.

El oficial entregó a Ivan Matveyevich una orden del comandante del ala izquierda de recibir a Hadyi Murad, autorizando a éste para ponerse en contacto con los montañeses por medio de mensajeros, pero sin dejarle de ningún modo salir del fuerte excepto con una escolta de cosacos.

Ivan Matveyevich leyó el documento, miró fijamente a Hadyi Murad y volvió los ojos al papel. Varias veces repitió ese ir y venir de la mirada. Por fin clavó los ojos en Hadyi Murad y dijo:

—Yakshi; Bek, jakshi (Está bien, señor, está bien). Se quedará aquí. Dile que se me ordena no dejarle salir. Y lo que se ordena es sagrado. ¿Y dónde vamos a ponerle? ¿Tú qué crees, Butler? ¿En la oficina?

Butler no tuvo tiempo de contestar cuando Marya Dmitrievna, que había llegado de la cocina y estaba de pie junto a la puerta, se volvió a Ivan Matveyevich:

—¿Por qué en la oficina? Póngale aquí. Le daremos el cuarto de huéspedes y la despensa. Al menos le tendremos a la vista —dijo. y mirando a Hadyi Murad y encontrando los ojos de éste, desvió los suyos al momento.

—¡Pues sí! Yo pienso que Marya Dmitrievna tiene razón —dijo Butler.

—Bueno, bueno, vete, que éste no es asunto de mujeres —dijo Ivan Matveyevich frunciendo el ceño.

Durante toda la conversación Hadyi Murad había estado sentado, con la mano en el mango del puñal, y una sonrisa desdeñosa en los labios. Dijo que a él le daba lo mismo vivir en este u otro sitio. Lo único que quería, y le había concedido el Sardar, era comunicarse con los montañeses, y por eso deseaba que se les permitiera venir a verle. Ivan Matveyevich dijo que así se haría y pidió a Butler que se ocupara de los recién llegados mientras les traían de comer y les preparaban las habitaciones. Él, por su parte, iría a la oficina a escribir los documentos necesarios y dar las órdenes pertinentes.

Las relaciones de Hadyi Murad con sus nuevos conocidos se definieron en seguida con toda precisión. Hacia Ivan Matveyevich sintió aversión y desprecio desde el primer momento y le trató siempre con altivez. Marya Dmitrievna, que le preparaba y le traía la comida, le gustaba muy especialmente. Le agradaba su sencillez, como asimismo la belleza singular de una raza que le era extraña; por otra parte, se dejó subyugar por la inclinación que ella misma sentía por él. Procuraba no mirarla, no hablarle, pero sus ojos se iban involuntariamente tras ella — y seguían sus movimientos.

Por Butler sintió amistad desde el primer momento, hablaba larga y gustosamente con él, le hacía preguntas sobre su vida, le contaba la suya propia, le comunicaba las noticias que le traían los emisarios acerca de la situación de su familia, e incluso le pedía consejo sobre lo que debía hacer.

Las nuevas que le traían los mensajeros no eran buenas. Durante los cuatro días que pasó en el fuerte sólo dos veces vinieron a verle y las noticias que le trajeron en ambas ocasiones fueron malas.

19

Poco después de pasarse Hadyi Murad a los rusos, su familia había sido conducida al aoul de Vedeno, donde estaba custodiada en espera de la decisión de Shamil. Las mujeres —su vieja madre Patimat y sus dos esposas y sus cinco hijos pequeños vivían vigilados en la saklya del oficial Ibrahim Rashid; en tanto que el hijo de Hadyi Murad, joven de dieciocho años llamado Yusuf, estaba en un calabozo, o mejor dicho, en un agujero de más de siete pies de profundidad junto con cuatro criminales que, al igual que él, aguardaban que se decidiera su suerte.

La decisión se demoraba porque Shamil estaba ausente, en campaña contra los rusos.

E16 de enero de 1852 volvió a Vedeno después de su combate con los rusos, en el que, en opinión de éstos, había sido derrotado y puesto en fuga; ahora bien, según su propia opinión y la de sus murids, había salido victorioso y rechazado a los rusos. En esa batalla, cosa que le ocurría muy raras veces, él mismo había hecho disparos de carabina; y, sable en mano, estaba a punto de lanzarse con su caballo sobre los rusos si sus murids no le hubiesen retenido. Dos de ellos habían sido muertos al lado mismo de su jefe.

Iba mediado el día cuando Shamil llegó a su residencia rodeado de un grupo de murids que caracoleaban en torno suyo disparando carabinas y pistolas y cantando sin cesar Lya illyah il Allah!

Todos los habitantes del aoul de Vedeno estaban en la calle y las azoteas para recibir a su señor; y también en señal de entusiasmo disparaban fusiles y pistolas. Shamil cabalgaba en un blanco corcel árabe que tiraba gozosamente de la brida al acercarse a la casa. Las guarniciones del caballo eran de lo más sencillo, sin adornos de oro o plata: sólo una brida de cuero rojo de esmerada elaboración, con una fina ranura en medio, grandes estribos de metal, y un telliz rojo que despuntaba debajo de la silla. El Imam llevaba una pelliza recubierta de paño color canela con vueltas de piel en el cuello y las mangas; y una correa negra de la que colgaba un puñal le apretaba el talle largo y enjuto. Llevaba la cabeza cubierta de un gorro alto de copa plana y borla negra, rodeado de un turbante blanco cuyo extremo le colgaba sobre la nuca. Tenía los pies cubiertos de botas verdes y las piernas embutidas en polainas negras adornadas de un sencillo galón.

De ordinario el Imam no llevaba nada llamativo, ni de oro ni de plata, y su figura alta, estirada y fuerte, sencillamente ataviada, rodeada de murids cuyos vestidos y armas mostraban adornos de oro y plata, provocaba cabalmente esa impresión de magnificencia que deseaba y sabía producir en la gente. Mantenía inmutable, como si fuese de piedra, el rostro pálido, con su fina orla de barba rojiza y sus ojos pequeños siempre entornados. Al pasar por el aoul sintió clavados en él millares de ojos, pero los suyos no miraron a una de las mujeres y los hijos de Hadyi Murad, junto con todos los ocupantes de la saklya, salieron a la galería para ver la entrada del Imam. Sólo Patimat, la vieja madre de Hadyi Murad, no se movió de su sitio, sino que permaneció sentada en el suelo de la saklya, con los largos brazos rodeando las flacas rodillas, y miraba, guiñando los ojos negros y ardientes, las ramas que se extinguían en la chimenea. Al igual que su hijo, había odiado siempre a Shamil, ahora más que nunca, y no quería verle.

Tampoco el hijo de Hadyi Murad vio la solemne entrada de Shamil. Desde su agujero negro y fétido sólo oía el ruido de los disparos y las canciones, y sufría como sufren los mozos rebosantes de vida que se ven privados de libertad. Sentado en su hediondo calabozo, viendo sólo a aquellos mismos infelices sucios y agotados que, encerrados allí con él, se odiaban mutuamente, envidiaba ahora con pasión a los que, disfrutando del aire, de la luz, de la libertad, caracoleaban en ese momento sobre caballos fogosos alrededor de su señor, disparaban al aire y cantaban a coro Lya illyah il Allah!

Habiendo atravesado el aoul Shamil entró en un vasto patio que lindaba con otro interior en el que se hallaba el serrallo. Dos lesguines armados vinieron a su encuentro a la entrada del patio grande, que estaba abierta. Ese patio estaba lleno de gente. Unos habían venido de lejos para atender a sus negocios; otros venían a solicitar algo; y a otros los había convocado el propio Shamil para servir de jueces y deliberar en el consejo. Al entrar Shamil, todos los que se hallaban en el patio se pusieron de pie y saludaron respetuosamente al Imam llevándose las manos al pecho. Algunos se pusieron de rodillas y permanecieron así durante todo el tiempo que tardó en cruzar el patio, desde las puertas exteriores a las interiores. Aunque entre quienes esperaban a Shamil reconoció éste muchos rostros que le eran desagradables y a muchos pedigüeños impertinentes que mucho le fastidiaban, pasó por delante de ellos, sin embargo, con la misma cara inmutable y pétrea; y ya en el patio interior bajó del caballo junto a la galería de su habitación, a la izquierda de la entrada.

La campaña había sido penosa, no sólo física, sino también espiritualmente, porque, a pesar de proclamarla como victoriosa, Shamil sabía que no lo había sido, ya que muchos aouls chechenes habían sido incendiados y destruidos, y que los chechenes, gente mudadiza y frívola, comenzaban a vacilar; más todavía, algunos de ellos, los más próximos a los rusos, estaban ya dispuestos a someterse a éstos. Todo eso era lamentable, y contra ello había que proceder. Pero en ese momento Shamil no quería hacer nada ni pensar en nada. Sólo quería una cosa: descansar y disfrutar de las caricias de su esposa favorita, Aminet, morena kistinka de dieciocho años, de ojos negros y piernas ágiles.

Pero no sólo no podía pensar ahora en ver a Aminet, que estaba allí mismo, tras una empalizada que separaba en el patio interior la parte reservada a las mujeres de la destinada a los hombres (Shamil estaba seguro de que incluso ahora, cuando se bajaba del caballo, Aminet, junto con otras mujeres, le miraba por una grieta en la valla), sino que tampoco podía ir a verla o acostarse en unos cojines para descansar de sus fatigas. Ante todo era necesario hacer las abluciones de mediodía, a despecho de no sentir el menor deseo de ello, pero cuya omisión hubiera sido imposible en su condición de caudillo religioso, sin contar que tales abluciones le eran tan indispensables como el pan de cada día. Así pues, las hizo y recitó su oración. Terminada ésta, llamó a los que le esperaban.

—El primero que entró fue su suegro y maestro Dyemal—Eddin, un anciano alto y venerable, de pelo entrecano, barba blanca como la nieve y tez colorada. Después de encomendarse a Dios, preguntó a Shamil acerca de los incidentes de la campaña y le contó lo que había ocurrido en las montañas durante su ausencia.

Entre los acontecimientos de diversa especie —muertes por venganza, robos de ganado, acusaciones por inobservancia del Tarikat, haber fumado, haber bebido vino—, Dyemal—Eddin le hizo saber que Hadyi Murad había enviado a gente para ayudar a su familia a pasarse a los rusos, pero que el plan había sido descubierto y la familia trasladada a Vedeno, donde quedaba vigilada en espera de la decisión del Imam, En la sala vecina estaban reunidos los ancianos que habían de juzgar todos estos casos, y Dyemal—Eddin aconsejó a Shamil que despachara en seguida con ellos porque llevaban ya tres días esperándole.

Después de comer lo que le trajo Zaidet, una morena de nariz en punta y rostro desagradable por la que no sentía afecto, pero que era la más antigua de sus mujeres, Shamil pasó a una sala contigua.

Seis hombres componían su consejo, ancianos todos ellos de barbas blancas, grises, rojizas, en turbantes o sin turbantes, gorros altos, en cherkeskas y beshmets nuevos, con cinturones de cuero bien provistos de puñales. Todos se levantaron para saludarle. Shamilles llevaba a todos la cabeza. Todos ellos, al igual que él, levantaron las manos con las palmas hacia arriba y, cerrando los ojos, recitaron una oración, terminada la cual se pasaron las manos por el rostro bajándolas hasta la punta de la barba y juntándolas allí. Hecho eso se sentaron todos, Shamil en medio, en el cojín más alto, y comenzaron a examinar los asuntos pendientes.

Los acusados de delitos eran juzgados según el Shariat: dos individuos fueron condenados por robo a que se les cortasen las manos; otro, por asesinato, a ser decapitado; y tres fueron indultados. Seguidamente se pasó al asunto principal: las medidas que debían adoptarse para impedir que los chechenes se pasasen a los rusos. Para lograrlo Dyemal—Eddin había redactado la proclama siguiente:

«Os deseo paz eterna con Dios Todopoderoso. He sabido que los rusos os halagan y os invitan a someteros. No los creáis y no os sometáis; tened paciencia. Si no sois recompensados en esta vida, recibiréis la recompensa en la venidera. Recordad lo que pasó cuando intentaron quitaros las armas. Si Dios no os lo hubiese hecho comprender entonces, en 1840, seríais ahora soldados, tendríais bayonetas en vez de puñales, y vuestras mujeres irían sin pantalones y serían ultrajadas. Juzgad el futuro por el pasado. Más vale morir luchando con los rusos que vivir con los infieles. Tened paciencia, que yo iré a vosotros con el Corán y la espada y os daré la victoria sobre los rusos. Ahora os prohíbo terminantemente, no sólo que intentéis someteros a los rusos, sino que ni siquiera penséis en ello.»

Shamil aprobó la amonestación, la firmó y acordó difundirla.

Después de estos asuntos se pasó a examinar el caso de. Hadyi Murad. Era muy importante para Shamil. Aunque sin querer reconocerlo, sabía que si Hadyi Murad hubiese estado allí, con su destreza, su audacia y su valentía, no hubiera ocurrido lo que ahora estaba ocurriendo en Chechenya. Lo mejor habría sido reconciliarse con Hadyi Murad y volver a servirse de él. Si eso fuese imposible, impedirle al menos que ayudase a los rusos. y por ello era preciso en cualquier caso hacerle volver y, una vez que hubiera vuelto, matarle. El modo de hacerlo sería enviar a Tiflis a un hombre que le matase allí, o atraerle y acabar con él aquí. Había sólo un instrumento para ello: su familia, y sobre todo su hijo, a quien —Shamil lo sabía— Hadyi Murad amaba con pasión. Por consiguiente, era preciso obrar utilizando al hijo.

Cuando los consejeros acabaron de considerar el caso, Shamil cerró los ojos y guardó silencio. Los consejeros sabían lo que eso significaba: que escuchaba ahora la voz del Profeta que le hablaba y le señalaba lo que había que hacer. Después de un silencio solemne de cinco minutos, Shamil abrió los ojos, que entornó más que de costumbre, y dijo:

—Que me traigan al hijo de Hadyi Murad.

—Está aquí.

Y, en efecto, Yusuf, hijo de Hadyi Murad, flaco, pálido, harapiento y maloliente, pero a pesar de ello hermoso de cuerpo y semblante, con los mismos ojos negros y ardientes que la vieja Patimat, estaba ya en la puerta del patio exterior esperando que le llamasen.

Yusuf no compartía los sentimientos de su padre con respecto a Shamil. Ignoraba todo lo pasado, o si lo conocía, no lo había vivido, no comprendía por qué su padre estaba tan enemistado con Shamil. Deseaba sólo una cosa: continuar la vida fácil y despreocupada que, como hijo de un Naib, había llevado en Hunzah, y le parecía absolutamente innecesario enemistarse con Shamil. En oposición a su padre y contradiciéndole, era un gran admirador de Shamil y, como la mayoría de los montañeses, le rendía un culto incondicional. Y ahora, con un singular sentimiento de trémula piedad hacia el Imam, entró en la sala; y habiéndose detenido en la puerta, se encontró con la mirada insistente y los ojos entornados de Shamil. Esperó unos instantes, luego se acercó a Shamil y le besó la mano grande de largos dedos blancos.

—¿Tú eres el hijo de Hadyi Murad?

—Sí, Imam.

—¿Sabes lo que ha hecho? —Lo sé, Imam, y lo lamento.

—¿Sabes escribir?

—Me preparaba para ser mullah.

—Entonces escribe a tu padre y dile que le perdonaré si vuelve ahora a la Fiesta de Bairam y todo será como antes; pero que si no vuelve y se queda con los rusos... —Shamil tuvo un gesto amenazante entregaré a tu abuela y a tu madre a la gente de los aouls y a ti te cortaré la cabeza.

Ni un solo músculo se alteró en la cara de Yusuf. Inclinó la cabeza en señal de que había comprendido las palabras de Shamil.

—Escribe esa carta y entrégasela a mi mensajero. Shamil calló y estuvo mirando largo rato a Yusuf. —Escribe que me da lástima de ti y no te mataré, pero que te sacaré los ojos como hago con todos los traidores. Ahora vete.

Yusuf había parecido tranquilo en presencia de Shamil, pero cuando le sacaron de la sala se arrojó sobre el guardián que iba con él, le arrancó el puñal de la vaina y quiso clavárselo a sí mismo, pero le sujetaron las manos, se las ataron y le condujeron al calabozo.

Al anochecer de ese mismo día, después de la oración, Shamil se puso una pelliza blanca, pasó al otro lado de la empalizada donde vivían sus esposas y se dirigió al aposento de Aminet. Pero ella no se hallaba en él. Estaba en el de una de las esposas más viejas. Entonces Shamil, procurando pasar inadvertido, decidió esperarla oculto tras la puerta. Pero Aminet estaba enfadada con Shamil porque éste había dado un retazo de seda a Zaidet y no a ella. Ella le había visto entrar en su aposento y de propósito decidió no volver a él. Pasó largo rato en la puerta del cuarto de Zaidet y, con risa ahogada, contemplaba la figura blanca de Shamil que o bien entraba en su habitación o bien salía de ella. Habiéndola aguardado en vano, Shamil volvió a su morada. Era ya la hora de la oración de medianoche.

20

Hadyi Murad pasó ocho días en el fuerte, en casa de Ivan Matveyevich. A pesar de que Marya Dmitrievna reñía con el velludo Hanefi (Hadyi Murad se había hecho acompañar sólo de Hanefi y Eldar) e incluso una vez le había echado de la cocina —por lo que él estuvo a punto de matarla—, era evidente que ella abrigaba sentimientos muy especiales de estimación y simpatía por Hadyi Murad. Ahora ya no era ella quien le servía las comidas, habiendo dejado esa tarea a Eldar, pero aprovechaba toda ocasión de verle y complacerle. También mostraba vivo interés en las negociaciones acerca de su familia, sabía cuántas mujeres tenía, cuántos hijos y de qué edad, y tras cada visita de los emisarios preguntaba a quien podía cómo iban las negociaciones.

Durante esa semana Butler entabló amistad con Hadyi Murad. De vez en cuando éste venía a verle en su habitación o Butler le visitaba en la suya. Unas veces conversaban por medio de un intérprete, otras recurrían a sus propios medios, o sea, a gestos y, sobre todo, a sonrisas.

Era evidente que Hadyi Murad sentía afecto por Butler, lo que se echaba de ver en la actitud de Eldar hacia éste. Cuando Butler entraba en la habitación de Hadyi Murad, Eldar le recibía con expresión de gozo, mostrando su brillante dentadura, y se apresuraba a prepararle un asiento de cojines y le retiraba el sable si lo llevaba puesto.

Butler llegó también a conocer al velludo Hanefi, a quien Hadyi Murad llamaba hermano, y a reunirse con él. Hanefi sabía muchas canciones de la montaña y las cantaba bien. Hadyi Murad, para complacer a Butler, hacía venir a Hanefi y le pedía que cantara, indicando las canciones que le parecían más bellas. Hanefi tenía voz alta de tenor y cantaba con claridad y expresividad insólitas. Una de sus canciones gustaba especialmente a Hadyi Murad y había impresionado a Butler por su estribillo solemne y melancólico. Butler pidió al intérprete que le tradujera lo que significaba y tomó nota de ello. El tema de esa canción era cabalmente la vendetta que en el pasado había dividido a Hanefi y Hadyi Murad. ¡ Helo aquí: .

—¡Se secará la tierra sobre mi sepultura y tú me olvidarás, madre mía! Crecerá la hierba de las tumbas en el cementerio, la hierba ahogará tu pena, anciano padre mío. Las lágrimas se secarán en los ojos de mi hermana. La congoja huirá de su corazón.

»Pero tú, mi hermano mayor, tú no me olvidarás antes de vengar mi muerte. Tú tampoco me olvidarás, mi hermano segundo, antes de yacer a mi lado.

Tú, bala, quemas y llevas contigo la muerte, pero ¿no has sido mi esclava fiel? Tú, tierra negra, me cubrirás, pero ¿no te he aplastado yo con el casco de mi caballo? Tú, muerte, eres fría, pero yo he sido tu amo y señor. La tierra se tragará mi cuerpo, pero el cielo recogerá mi alma.»

Hadyi Murad escuchaba siempre esa canción con los ojos cerrados, y cuando terminaba en una nota larga y menguante decía siempre en ruso:

—Buena canción, canción inteligente.

La poesía de la vida peculiar e indómita de la montaña se adueñó aún más de Butler con el contacto que tuvo con Hadyi Murad y sus murzds. Se compró un beshmet, una cherkeska, unas polainas, y le pareció que él también era montañés y vivía la misma vida que ellos.

El día de la partida de Hadyi Murad, Ivan Matveyevich reunió a unos cuantos oficiales para despedirle. Unos estaban sentados a la mesa en que Marya Dmitrievna servía el té y otros a otra mesa en que había vodka, vino y entremeses, cuando Hadyi Murad, en atavío de camino, entró armado en el aposento, cojeando con paso silencioso y ligero.

Todos se pusieron de pie y uno tras otro le estrecharon la mano. Ivan Matveyevich le invitó a sentarse en el canapé, pero él, agradeciéndoselo, tomó asiento en una silla junto a la ventana. El silencio que se hizo después de su entrada no le turbó en lo más mínimo. Observó atentamente todas las caras y detuvo la mirada indiferente en la mesa en que estaban el samovar y los entremeses. Petrokovski, un oficial vivo de genio que veía a Hadyi Murad por primera vez, le preguntó por medio del intérprete si le había gustado Tiflis.

—Aja —contestó.

—Dice que sí —respondió el intérprete.

—¿Qué es lo que le ha gustado?

Hadyi Murad dijo algo en respuesta.

—Lo que más le ha gustado es el teatro.

¿Y le gustó el baile en casa del general en jefe?

Hadyi Murad frunció el entrecejo.

—Cada país tiene sus costumbres. En el nuestro las mujeres no se visten así —contestó, mirando a Marya Dmitrievna.

—¿Qué? ¿Que el baile no le gustó?

—En nuestro país hay un proverbio que reza así —dijo al intérprete—: «El perro ha dado carne al asno j y el asno ha dado heno al perro. Los dos se han quedado sin comer» —y sonrió—. Cada país ama sus costumbres.

La conversación no pasó de ahí. Algunos de los oficiales bebieron té y otros tomaron entremeses. Hadyi Murad tomó el vaso de té que se le ofrecía y lo puso delante de sí.

—¿Quiere crema? ¿Un panecillo? —dijo Marya Dmitrievna ofreciéndole ambas cosas.

Hadyi Murad bajó la cabeza.

—Bueno, pues entonces adiós —dijo Butler tocándole la rodilla—. ¿Cuándo nos volveremos a ver?

—Adiós, adiós —dijo Hadyi Murad en ruso, sonriendo—. Kunak bulur. Estoy fuerte kunak tuyo. Es hora. Vamos —dijo, sacudiendo la cabeza para indicar así la dirección por donde habían de irse.

En la puerta de la habitación apareció Eldar con algo grande y blanco en el hombro y un sable en la mano. Hadyi Murad le hizo una señal, y Eldar se le acercó a grandes pasos para darle el capote blanco y el sable. Hadyi Murad se levantó, tomó el capote, lo sujetó bajo el brazo y se lo dio a Marya Dmitrievna, a la vez que decía algo al intérprete. Éste tradujo:

—Dice que has dicho que te gustaba el capote. Tómalo.

—¿A qué viene eso? —preguntó Marya Dmitrievna sonrojada.

—Es preciso. Es la costumbre —dijo Hadyi Murad.

—Bueno, gracias —contestó Marya Dmitrievna tomando el capote que se le ofrecía—. Dios quiera que salve a su hijo. Ulan yakshi —agregó—. Tradúzcale que deseo que salve a su familia.

Hadyi Murad miró a Marya Dmitrievna y movió la cabeza en señal de aprobación. Seguidamente tomó el sable de manos de Eldar y se lo dio a Ivan Matveyevich. Ivan Matveyevich tomó el sable y dijo al intérprete:

—Dile que tome mi caballo castaño. No tengo otra cosa que darle.

Hadyi Murad hizo un gesto con la mano por delante de la cara para indicar que no necesitaba nada y que no tomaría el caballo. Luego, apuntando a las montañas y a su corazón, salió. Todos le siguieron. Los oficiales que permanecieron en la habitación sacaron el sable de la vaina, examinaron la hoja y concluyeron que se trataba de un auténtico gurda. Butler salió con Hadyi Murad a la puerta de la casa. Pero allí se produjo un incidente que nadie esperaba y que pudo haber costado la vida a Hadyi Murad de no haber sido por su presencia de ánimo, su decisión y su agilidad.

Los habitantes del aoul kumyk de Tash—Kichu, que sentían grandísimo respeto por Hadyi Murad y habían venido varias veces al fuerte con el único fin de ver al ilustre naib, aunque sólo fuera de lejos y por un instante, le habían enviado emisarios tres días antes de su partida para invitarle a venir el viernes a su mezquita. Ahora bien, al enterarse de ello los príncipes kumyks que vivían en Tash—Kichu y odiaban a Hadyi Murad, con quien mantenían un compromiso de venganza, hicieron saber al pueblo que no le permitirían entrar en la mezquita. El pueblo protestó, de lo que resultó una riña entre el pueblo y los partidarios de los príncipes. Las autoridades rusas apaciguaron a los montañeses y mandaron decir a Hadyi Murad que no fuera a la mezquita. Hadyi Murad no fue, y todos creyeron que con ello el conflicto quedaba resuelto.

Pero en el instante mismo en que Hadyi Murad salía a la puerta de la casa donde los caballos le esperaban para la partida, llegó a caballo también el príncipe kumyk Arslan Khan, bien conocido de Butler e Ivan Matveyevich.

Al ver a Hadyi Murad, el príncipe sacó su pistola del cinturón y le apuntó. Pero no tuvo tiempo de disparar, porque Hadyi Murad, a pesar de su cojera, había saltado ya como un gato del escalón de entrada para arrojarse sobre él. Arslan Khan disparó, pero erró el tiro. Hadyi Murad se llegó a él, asió con una mano la brida del caballo, sacó su puñal con la otra y gritó algo en tártaro.

Butler y Eldar se acercaron de un salto a los contendientes y les sujetaron los brazos. Al oír el disparo, Ivan Matveyevich también salió de la casa.

—¿Pero qué demonios es eso, Arslan? ¿Cómo te atreves a intentar en mi casa tamaña villanía? —dijo al enterarse de lo ocurrido—. Eso no está nada bien, viejo. En el campo sí, cara a cara, pero en mi casa no se trama un asesinato.

Arslan Khan, hombrecillo de bigotes negros, se bajó del caballo pálido y trémulo, dirigió a Hadyi Murad una mirada maligna y entró con Ivan Matveyevich en la casa. . Hadyi Murad volvió a sus caballos, respirando hondamente y sonriendo.

—¿Por qué ha querido matarte? —le preguntó Butler por medio del intérprete.

—Dice que es una ley que rige entre ellos —contestó el intérprete, traduciendo las palabras de Hadyi Murad—. Arslan debe vengarse en él de la sangre de un pariente suyo. Por eso ha querido matarle.

—¿Y si le persigue y le alcanza en el camino? —preguntó Butler.

Hadyi Murad sonrió.

—Pues bien, si me mata es porque Alá así lo quiere. Bueno, adiós —volvió a decir en ruso. Y cogiendo al caballo de la crin paseó la mirada por todos los que le acompañaban y encontró con ternura la de Marya Dmitrievna.

—Adiós, señora —dijo volviéndose a ella—. Gracias.

—Dios quiera... Dios quiera que salve a su familia —repitió Marya Dmitrievna.

Él no comprendió las palabras, pero sí la simpatía que sugerían y le dirigió una inclinación de cabeza.

—¡Cuidado con olvidar a tu kunak! —dijo Butler.

—Dile que soy su amigo fiel, que nunca le olvidaré —respondió por mediación del intérprete. Y a pesar de , su pierna coja, apenas puso el pie en el estribo saltó rápido y ágil sobre la alta silla, enderezó el sable, palpó las pistolas con ademán habitual, y con el orgulloso aspecto guerrero propio de un montañés a caballo se alejó de la casa de Ivan Matveyevich. Hanefi y Eldar también montaron en sus caballos y, despidiéndose amistosamente de los dueños de la casa y los oficiales, salieron al trote en pos de su amo.

Como siempre, empezaron los comentarios acerca del l que acababa de partir.

—¡Muchacho valiente!

—Ya habréis visto cómo se tiró sobre Arslan Khan. ¡Como un lobo ¡Hasta cambió de cara!

Y ya veréis como nos Juega una mala pasada. ¡Seguro que es un bribón! —dijo Petrokovski.

—¡Dios quiera que haya más bribones como ése entre los rusos! —intervino de pronto Marya Dmitrievna malhumorada—. Ha estado una semana con nosotros, y no hemos visto en él nada que no sea bueno —agregó— Afable, inteligente, justo.

—¿En qué ha conocido usted todo eso?

—Pues en que lo he conocido.

—Bien se ve que estás chalada por él —dijo Ivan Matveyevich entrando.

—¿Bueno, y qué? ¿Eso os molesta? Sólo digo que no está bien criticar a alguien cuando es buena persona. Es un tártaro, pero es un hombre de bien.

—Hace usted bien en defenderle. ¡Bravo, Marya Dmitrievna —dijo Butler.

21

La vida en los fuertes avanzados del frente chechén continuó como antes. Hubo más tarde dos alarmas que obligaron a salir a las compañías y a galopar a cosacos y milicianos, pero en ambas ocasiones no se pudo detener a los montañeses porque emprendieron la fuga. Un día, en Vozdviyhensk, se apoderaron de ocho caballos en el abrevadero y mataron al cosaco que los custodiaba. No había habido golpes de mano desde aquel último en que había sido destruido el aoul. Lo único que se esperaba era una expedición importante en la Gran Chechenya tras el nombramiento del nuevo comandante del ala izquierda, príncipe Baryatinski.

El príncipe Baryatinski, amigo del heredero de la corona, había sido previamente comandante en jefe del regimiento de Kabarda. Inmediatamente después de su nombramiento como comandante de toda el ala izquierda y de su llegada a Grozny, organizó un destacamento con el fin de llevar a cabo el plan del emperador que Chernyshov había comunicado a Vorontsov. El destacamento organizado en Vozdviyhensk salió del fuerte para tomar posiciones a retaguardia del regimiento de Kurin, donde las tropas estaban acampadas y dedicadas a la tala del bosque.

El joven Vorontsov vivía en una magnífica tienda de lona, y su mujer, Marya Vasilyevna, venía a visitarle en el campamento y a menudo pasaba la noche allí. Para nadie eran un secreto las relaciones de Baryatinski con Marya Vasilyevna, por lo que los oficiales que no eran del séquito aristocrático y los soldados hablaban de ella en términos groseros, ya que su presencia en el campamento les obligaba a montar emboscadas nocturnas. Los montañeses tenían la costumbre de acercar cañones y disparar contra el campamento, pero como la mayor parte de los disparos no llegaban a su destino no se tomaban de ordinario medidas contra ellos; pero para impedir que los montañeses acercaran sus cañones y asustaran de ese modo a Marya Vasilyevna se montaban emboscadas nocturnas. Salir todas las noches a montarlas para que no se asustase una señora era ofensivo y repugnante, y tanto los soldados como los oficiales que no pertenecían a la alta sociedad renegaban duramente de Marya Vasilyevna.

Con permiso de su puesto en el fuerte vino también Butler al campamento para ver a sus condiscípulos del Cuerpo de Pajes y a otros camaradas que estaban de ser vicio en el regimiento de Kurin en calidad de ayudantes de campo u oficiales de Estado Mayor. Desde el momento mismo de su llegada todo le fue a pedir de boca. Se alojó en la tienda de Poltoratski, donde encontró a muchos de sus amigos que le recibieron regocijados. También fue a ver a Vorontsov, a quien conocía un poco por haber servido con él algún tiempo en el mismo regimiento. Vorontsov le recibió con gran amabilidad, le presentó al príncipe Baryatinski y le invitó a una comida de despedida que iba a ofrecer en honor del previo comandante del ala izquierda, general Kozlovski.

La comida fue excelente. Fueron acondicionadas y puestas en fila seis tiendas, a lo largo de todas las cuales se extendía la mesa provista de cubiertos y botellas. Todo ello traía a la memoria la vida de la Guardia en Petersburgo. Los comensales se sentaron a la mesa a las dos. En medio se encontraban, de un lado, Kozlovski, del otro, Baryatinski. A la derecha de aquél, estaba V 0rontsov; a la izquierda, su esposa. A ambos lados de la larga mesa estaban los oficiales de los regimientos de Kabarda y Kurin. Butler estaba sentado al lado de Poltoratski, ambos charlando y bebiendo alegremente con sus compañeros de mesa. Cuando se llegó al asado, los ordenanzas empezaron a llenar las copas de champaña. Poltoratski, con genuina ansiedad compasiva, dijo a Butler:

—Nuestro «cómo» va a hacer el ridículo.

—¿Por qué?

—Porque tendrá que pronunciar un discurso. y ése no es su punto fuerte.

—Pues, chico, eso no es lo mismo que capturar una trinchera bajo las balas. Además, está aliado de una señora y de personajes de la corte. De veras que da pena mirarle —dijeron entre sí los oficiales.

Y he aquí que llegó el momento solemne. Baryatinski se puso de pie y, levantando su copa, dirigió unas breves palabras a Kozlovski. Cuando hubo terminado, Kozlovski —que tenía el vicio de usar como muletilla el adverbio «cómo» —se levantó a su vez y con voz bastante firme comenzó:

—En cumplimiento de la augusta voluntad de Su Majestad me marcho de aquí, me separo de vosotros, señores oficiales. Pero consideradme siempre como uno de vosotros... Vosotros conocéis bien... cómo es verdad que un soldado solo no hace un ejército. Por consiguiente, cómo en mi carreta he sido galardonado... cómo he recibido grandes larguezas de Su Majestad el emperador... cómo de toda mi situación... cómo también mi buen nombre... cómo todo, absolutamente todo... cómo... —aquí le tembló la voz cómo estoy en deuda con vosotros, sólo con vosotros, mis amigos queridos. —Y su rostro lleno de arrugas se arrugó aún más; se le escapó un sollozo y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Cómo de todo corazón os ofrezco mi más sincera y cordial gratitud...

Kozlovski no pudo continuar y empezó a abrazar a los oficiales que a él se acercaban. Todos estaban emocionados. La princesa se cubrió la cara con el pañuelo. El príncipe Semyon Mihailovich, con los labios contraídos, parpadeaba visiblemente. A muchos de los oficiales se les saltaban las lágrimas. Butler, que apenas conocía a Kozlovski, tampoco pudo retenerlas. Todo aquello le agradaba sobremanera. Seguidamente comenzaron los brindis a Baryatinski, a Vorontsov, a los oficiales, a los soldados. y los oficiales abandonaron la mesa ebrios de vino y del entusiasmo militar a que tan propensos eran.

El tiempo era espléndido: soleado y plácido; y el aire era fresco y reconfortante. Por todas partes chisporroteaban las hogueras y sonaban las canciones. Diríase que todo el mundo estaba de fiesta. Butler, feliz y enternecido, fue a la tienda de Poltoratski. Allí estaban reunidos varios oficiales. Se había dispuesto una mesa de juego y un ayudante de campo abrió la banca con cien rublos. Dos veces Butler salió de la tienda, apretando en su mano la bolsa que llevaba en el bolsillo del pantalón; al cabo, sin poder contenerse más, y a pesar de la palabra que se había dado a sí mismo y había dado a su hermano, empezó a apostar...

Antes de que pasase una hora, Butler, con cara congestionada y sudorosa y uniforme manchado de tiza, estaba sentado con ambos codos en la mesa, anotando en tarjetas con la punta doblada las cifras de sus apuestas. Había perdido tanto que tenía miedo de contar lo que podía deber. Por lo demás, no tenía por qué contarlo, sabiendo que, aun juntando todo el sueldo que podría cobrar por anticipado y el valor de su caballo, no podría pagar todo lo que debía al desconocido ayudante de campo. Habría seguido jugando, pero el ayudante, con rostro severo, puso en la mesa las cartas que tenía en sus manos blancas y limpias y empezó a sumar las cifras apuntadas con tiza por Butler. Butler, confuso, se excusó de no poder pagar de momento todo lo que había perdido, y dijo que lo mandaría desde su casa. Y al decirlo notó que todos le tenían lástima y que todos, incluso Poltoratski, evitaban su mirada. Ésa fue su última velada en el campamento. Más le hubiese valido no jugar y haber ido a visitar a los Vorontsov, donde estaba invitado. «Todo habría salido bien» —pensaba, y ahora, no sólo no había salido bien, sino que había salido horriblemente.

Después de despedirse de sus camaradas y conocidos, volvió a casa y tan pronto como llegó se acostó y durmió dieciocho horas de un tirón, como les ocurre de ordinario a los que pierden en el juego. Marya Dmitrievna, cuando él le pidió medio rublo para dar una propina al cosaco que le había acompañado, así como por la cara sombría con que llegó y las respuestas breves con que contestaba, comprendió que había perdido y censuró acaloradamente a Ivan Matveyevich por haberle concedido el permiso.

El día siguiente Butler se despertó un poco después de mediodía y, al recordar su situación, quiso sumirse de nuevo en el olvido de que acababa de salir, pero le fue imposible. Era necesario tomar medidas para pagar los cuatrocientos setenta rubios que aún debía al desconocido. Una de tales medidas fue escribir una carta a su hermano confesando sus pecados e implorándole que le enviase por última vez quinientos rublos a cuenta del molino que les quedaba como propiedad indivisa. Luego escribió a una pariente tacaña pidiéndole que le prestase esos mismos quinientos rublos al interés que ella fijase. Finalmente, fue a ver a Ivan Matveyevich y, sabiendo que éste —o mejor dicho, que Marya Dmitrievna tenía dinero, le dio un préstamo de quinientos rublos.

—Te los daría —dijo Ivan Matveyevich—, te los daría n seguida, pero Mashka no querrá. Estas condenadas mujeres son muy agarradas; sólo el demonio las entiende, pero tendrás que salir del atolladero de algún modo. ¡Maldita sea! ¿No tendrá algo ese animal de cantinero?

Pero del cantinero no cabía esperar préstamo alguno. Así pues, la salvación de Butler dependía sólo de su hermano o de su avara pariente.

22

No habiendo logrado su propósito en Chechnya. Hadyi Murad volvió a Tiflis, y todos los días iba a ver a Vorontsov, en cuya casa era recibido, y le rogaba que reuniera a los prisioneros montañeses y los canjeara por su familia. Decía una vez más que sin ello estaba atado de manos y no podía, como bien quisiera, servir a los rusos y destruir a Shamil. Vorontsov prometía vagamente hacer lo que pudiera, pero daba largas al caso, diciendo que lo resolvería cuando llegase a Tiflis el general Argutinski, con quien quería consultarlo. Entonces Hadyi Murad empezó a pedirle que le permitiera instalarse algún tiempo en Nuha, pueblo pequeño de Transcaucasia, donde sospechaba que le sería más fácil entablar negociaciones acerca de su familia con Shamil y algunas personas que le eran allegadas. Por añadidura, en Nuha, pueblo mahometano, había una mezquita en la que de modo más conveniente podría recitar las oraciones exigidas por la ley mahometana. Vorontsov escribió a Petersburgo acerca de este asunto y, mientras tanto, concedió sin más el permiso solicitado.

Para Vorontsov, para las autoridades de Petersburgo, así como para la mayoría de los rusos que conocían la historia de Hadyi Murad, esa historia era sólo un incidente favorable en la guerra del Cáucaso, o bien un suceso interesante. Para Hadyi Murad, sin embargo, sobre todo últimamente, era un terrible cambio de rumbo en su vida. Había huido de las montañas, en parte para salvar el pellejo, en parte por odio a Shamil, y aunque su fuga había sido dificultosa, había conseguido su propósito. Al principio había gozado de su éxito y, en efecto, tramaba planes de ataque a Shamil. Pero ocurrió que el rescate de su familia, que él había creído fácil de obtener, resultó más difícil de lo que había supuesto. Shamil se había apoderado de su familia y la tenía prisionera, amenazando con entregar a las mujeres a diversos aouls y con matar o cegar a su hijo. Ahora Hadyi Murad iba a Nuha para intentar, con ayuda de sus partidarios en Daghestan, arrancar a su familia de manos de Shamil por maña o por fuerza. El último emisario que recibió en Nuha le hizo saber que unos avaros que le eran fieles fraguaban un plan para apoderarse de su familia y pasarse a los rusos. Ahora bien, los que estaban dispuestos a hacer tal cosa eran pocos y habían decidido no dar el golpe en Vedeno, donde la familia estaba recluida, sino esperar a que ésta fuese trasladada a otro sitio. Prometieron —que entonces atacarían el convoy. Hadyi Murad mandó decir a sus amigos que daría tres mil rublos por el rescate de su familia.

En Nuha, Hadyi Murad se instaló en una casita de cinco piezas, no lejos de la mezquita y del palacio del khan. En esa misma casa vivían los oficiales encargados de su custodia, el intérprete y su servidumbre. Hadyi Murad pasaba su vida esperando la llegada de los emisarios que venían de las montañas y dando por los alrededores los paseos a caballo que le eran permitidos.

Al regresar de uno de estos paseos el 8 de abril, Hadyi Murad se enteró de que durante su ausencia, había llegado de Tiflis un funcionario. A pesar de su deseo de enterarse de las noticias que podía traer, Hadyi Murad entró en su dormitorio y recitó la oración de mediodía antes de pasar a la habitación en que le esperaban el funcionario y el comisario que le acompañaba. Seguidamente pasó a otro aposento que servía de sala y salón de recepción. El funcionario venido de Tiflis, el rechoncho consejero Kirillov, expresó a Hadyi Murad el deseo de Vorontsov de que volviese a Tiflis el día 12 para entrevistarse con Argutinski.

—Yakshi —dijo Hadyi Murad airado.

El funcionario Kirillov no había sido de su agrado.

—¿Has traído dinero?

—Sí —dijo Kirillov.

—Por dos semanas ahora —dijo Hadyi Murad, mostrando primero diez dedos y luego cuatro—. Dámelo.

—En seguida —dijo el funcionario, sacando una bolsa de su saco de viaje—. ¿Y para qué necesita el dinero? —preguntó en ruso al comisario, suponiendo que Hadyi Murad no lo comprendía. Pero Hadyi Murad sí lo comprendía y miró encolerizado a Kirillov. Después que hubo tomado el dinero, Kirillov, que deseaba charlar con Hadyi Murad para tener algo que contar al príncipe V 0rontsov, le preguntó por medio del intérprete si se aburría en Nuha. Hadyi Murad lanzó de reojo una mirada desdeñosa al hombrecillo gordo, en traje de paisano y sin armas, y no contestó nada. El intérprete repitió la pregunta.

—Dile que no quiero hablar con él. ¡Que me dé el dinero!

Y habiendo dicho eso, Hadyi Murad volvió a sentarse a la mesa para prepararse a contar su dinero.

Kirillov sacó monedas de oro y las distribuyó en siete rimeros de diez que empujó hacia Hadyi Murad (éste recibía cinco monedas de oro por día). Hadyi Murad recogió el oro en la manga de su cherkeska, se levantó, de improviso dio al consejero una fuerte palmada en el hombro y salió de la sala. El consejero se levantó de un salto y ordenó al intérprete que dijera que tenía graduación de coronel y que Hadyi Murad no tenía derecho a permitirse tales libertades con él. El comisario dijo lo mismo. Pero Hadyi Murad, sólo con un movimiento de cabeza, indicó que lo sabía y abandonó la habitación.

—¿Qué se puede hacer con él? —preguntó el comisario—. ¡Le clavaría a uno un puñal, eso es todo! Con estos demonios de nada sirve discutir. Ya veo que empieza a exasperarse.

Al anochecer llegaron de las montañas dos espías cubiertos hasta los ojos en sus capuchas. El comisario los condujo a la habitación de Hadyi Murad. Uno de ellos era un tavlin regordete y moreno de tez, el otro un viejo flaco. Las noticias que trajeron no eran nada buenas para Hadyi Murad. Los amigos de éste que se habían encargado de rescatar a su familia se negaban rotundamente a hacerlo ahora, temiendo a Shamil, que amenazaba con los peores castigos a quien ayudase a Hadyi Murad. Después de oír a los espías, Hadyi Murad apoyó los codos en las rodillas cruzadas y, con la cabeza inclinada bajo su gorro, guardó silencio largo rato. Hadyi Murad estaba reflexionando, y reflexionando resueltamente. Sabía que reflexionaba por última vez y necesitaba tomar una decisión. Alzó la cabeza, tomó dos monedas de oro, dio una a cada uno de los espías y dijo:

—Marchaos. —¿Cuál será la respuesta? —La respuesta será la que Dios quiera. Marchaos. Los espías se levantaron y salieron. Hadyi Murad continuó sentado en la alfombra con los codos en las rodillas. Así permaneció largo rato, pensando.

« ¿Qué hacer? ¿Dar crédito a Shamil y volver a él? Es un zorro viejo y me engañaría. Y aunque no me engañase, someterme a él me será imposible. Me sería imposible porque ahora, después de mi convivencia con los rusos, no tendría confianza en mí.»

Y recordó la fábula tavlina del halcón que, atrapado, había vivido entre los hombres y luego había vuelto a las montañas con sus congéneres. Había vuelto, sí, pero con grilletes en las patas de los que pendían cascabeles, y los halcones lo rechazaron. «Vuélvete —le dijeron a donde te han puesto esos cascabeles de plata. Nosotros no tenemos ni cascabeles ni grilletes.» El halcón no quería abandonar su patria y se quedó. Pero los otros halcones no quisieron que se quedase y lo mataron a picotazos.

«Así, a picotazos, me matarán a mí» —pensaba Hadyi Murad.

« ¿Quedarme aquí? ¿Someter el Cáucaso al zar ruso, alcanzar la gloria, los honores, la riqueza? Es posible —pensaba, recordando su entrevista con Vorontsov y las palabras halagadoras del viejo príncipe—. Pero tengo que decidirme a toda prisa, porque de lo contrario Shamil exterminará a mi familia.»

Esa noche la pasó Hadyi Murad en vela, pensando.

23

La decisión fue tomada en medio de la noche. Concluyó que era preciso huir a las montañas y, con los avaros afectos a su causa, atacar Vedeno y morir allí o rescatar a su familia. Lo que no decidió fue si volvería con su familia a los rusos o huiría a Hunzah para luchar allí con Shamil. Lo único que sabía era que ahora era indispensable escapar de los rusos e internarse en las montañas. Y seguidamente se dispuso a poner manos a la obra. Sacó de debajo del cojín su beshmet negro forrado de guata y pasó a la habitación en que estaban su secuaces. Éstos vivían al otro lado del zaguán. Tan pronto como salió al zaguán, cuya puerta exterior estaba abierta a la noche de luna, sintió el frescor del rocío nocturno y oyó el silbar y trinar de varios ruiseñores en el jardín de la casa.

Hadyi Murad cruzó el zaguán y entró en el aposento de sus secuaces. En éste no había luz; sólo estaba alumbrado por el fulgor de la luna que, en su cuarto creciente, entraba por la ventana. La mesa y las dos sillas habían sido colocadas a un lado y los cuatro murids estaban acostados en el suelo sobre alfombras y burkas. Hanefi dormía fuera con los caballos. Gamzalo, al oír chirriar la puerta, se incorporó, se volvió hacia Hadyi Murad y, reconociéndole, volvió a acostarse. Eldar, por su parte, acostado junto a él, se levantó de un salto, se puso el beshmet y aguardó a que se le dieran órdenes. Kurban y Khan—Magoma dormían. Hadyi Murad puso su beshmet en la mesa, y algo duro sonó en la madera. Eran las monedas de oro cosidas en él.

—Cose también éstas —dijo Hadyi Murad, dando a Eldar las que había recibido la víspera. Eldar las tomó, fue a un sitio iluminado por la luna, sacó un cortaplumas de debajo del puñal y se puso a descoser el doblez del beshmet.

Gamzalo se incorporó y se sentó con las piernas cruzadas.

—Y tú, Gamzalo, manda a los muchachos que dispongan los fusiles y las pistolas y que preparen las cargas. Mañana vamos lejos.

—Hay pólvora y hay balas. Todo estará listo —dijo Gamzalo con un rugido ininteligible. Sabía por qué Hadyi Murad mandaba cargar los fusiles. Desde el principio, y cada día más, deseaba únicamente una cosa: matar, apuñalar al mayor número posible de esos perros de rusos y huir a las montañas. Y ahora, al ver que eso mismo era lo que quería Hadyi Murad, estaba contento.

Cuando Hadyi Murad salió, Gamzalo despertó a sus camaradas y los cuatro pasaron la noche entera comprobando carabinas, pistolas, pertrechos y piedras de chispa. Cambiaron las que estaban gastadas, pusieron pólvora fresca en las cazoletas, cargaron las cartucheras de proyectiles, taponando con balas envueltas en trapos untados de aceite paquetes de pólvora cuidadosamente medida para cada carga, afilaron los sables y puñales y los engrasaron con sebo.

Al filo del alba Hadyi Murad volvió al zaguán buscando agua para sus abluciones. El canto de los ruiseñores, al romper el día, era más fuerte y frecuente que la noche antes. De la habitación de los murids llegaba el chirriar y raspar uniforme de hierro contra piedra cuando se afilaban los puñales. Hadyi Murad sacó agua de una cubeta, y se acercaba ya a su puerta cuando oyó en el cuarto de los murids, además del ruido de la afiladura, la voz fina de Hanefi que cantaba una canción que le era conocida. Hadyi Murad se detuvo y se puso a escuchar.

La canción relataba cómo un dyzgit, Hamzad, con sus hombres, había robado a los rusos una tropilla de caballos blancos, y cómo luego un príncipe ruso le había perseguido hasta el otro lado del Terek y le había puesto cerco con un ejército tan numeroso como un bosque. Seguidamente la canción contaba cómo Hamzad había degollado a los caballos, se había atrincherado tras la sangrienta barricada y había luchado con los rusos mientras le quedaban balas en los fusiles, puñales en la cintura y sangre en las venas.. Pero antes de morir, Hamzad vio unos pájaros volando por el cielo y les gritó: ¡Oh!, pájaros emigrantes, volad a nuestras casas y decid a nuestras hermanas, a nuestras madres y a las muchachas blancas que todos hemos muerto por Ghavazat. ¡Decidles que nuestros cuerpos no yacerán en tumbas, sino que lobos hambrientos esparcirán y roerán nuestros huesos y que los cuervos negros nos arrancarán los ojos!

De esa manera terminaba la canción y a esas últimas palabras cantadas en tono melancólico vino a unirse la voz vigorosa del alegre Khan—Magoma para gritar apenas entonada la última nota: Lya—il—lyaha—il' Allah, con un grito agudo a continuación. Luego todo volvió a quedar en silencio, salvo el chasquear y silbar de los ruiseñores en el jardín y de cuando en cuando, detrás de la puerta, el sonido del hierro deslizándose rápido por la piedra de afilar.

Tan absorto estaba Hadyi Murad que no se apercibió de que había inclinado su vasija y el agua empezaba a derramarse. Sacudió la cabeza y entró en su habitación. Después de acabar con sus abluciones matinales examinó sus armas y se sentó en la cama. No había nada más que hacer. Para partir hacía falta el permiso del comisario; ahora bien, todavía no era de día y el comisario estaba durmiendo aún.

La canción de Hanefi le trajo a la memoria otra canción que había compuesto su madre. Esta otra canción relataba algo que realmente había ocurrido poco después de nacer él. Hela aquí:

«Tu puñal de acero de damasco ha desgarrado mi pecho blanco, pero yo he puesto a mi pequeño sol, a mi niño, sobre la herida, lo he bañado con mi sangre ardiente, y la herida se ha curado sin hierbas ni raíces. Como no he tenido miedo a la muerte, mi niño, mi dyigit, tampoco lo tendrá.»

Las palabras de esta canción estaban dirigidas al padre de Hadyi Murad. Su sentido era el siguiente: Cuando su madre dio a luz, la khansha había traído también al mundo a su segundo hijo, Umma—Khan y había pedido como nodriza a la madre de Hadyi Murad, que había criado a su hijo mayor Abununtsal. Pero Patimat no había querido abandonar a su hijo y dijo que no iría. El padre de Hadyi Murad se enfureció y ordenó que lo hiciese. Cuando ella se negó de nuevo, le había dado una puñalada y la habría matado si no le hubieran arrebatado el puñal. Así pues, ella no había abandonado a su hijo y lo había amamantado; éste era el tema sobre el que había compuesto la canción.

Hadyi Murad recordaba a su madre: cuando ella le acostaba a su lado, bajo la pelliza, en la terraza de la casa, le cantaba esa misma canción y él le pedía que le mostrase el lugar en el costado donde estaba la cicatriz de la herida. Veía ante sí a su madre, no con la piel arrugada, el pelo blanco y resquicios entre los dientes, como la había visto la última vez, sino joven, hermosa y tan fuerte que, cuando él tenía ya cinco años y pesaba bastante, pasaba la montaña llevándole a la espalda en una cesta para ir a ver a su abuelo, y recordaba asimismo a su abuelo, el orfebre, con sus arrugas y barba blanca, cuando trabajaba la plata con manos de venas prominentes y obligaba a su nieto a recitar las oraciones. Recordaba la fuente al pie de la colina, a donde él, asido a los pantalones de su madre, iba por agua. Recordaba el perro flaco que le lamía la cara; y, sobre todo, el olor y el regusto del humo y la leche agria cuando su madre iba con él al pajar donde ordeñaba a las vacas y cocía la leche. Recordaba el primer día en que su madre le había afeitado la cabeza y la sorpresa que se había llevado cuando vio, reflejada en la sartén de cobre de fondo brillante, su cabecita redonda de tinte azulado.

Y el recordarse a sí mismo como niño pequeño le llevó a recordar a su hijo querido, Yusuf, a quien él mismo le había afeitado la cabeza por primera vez. Ahora ese Yusuf era un guapo mozo, un intrépido dyigit. Recordaba a su hijo tal como lo había visto la última vez. Fue el día en que había salido de Tselmes. Su hijo le había traído el caballo y le había pedido permiso para acompañarle. Estaba vestido y armado debidamente y traía a su propio caballo por la brida. El rostro colorado, joven y hermoso de Yusuf y su figura alta y esbelta (era más alto que su padre) respiraba audacia, juventud y alegría de vivir. La anchura de los hombros, a pesar de su juventud, las sólidas caderas y el talle largo y delgado, los brazos largos y vigorosos, la fuerza, destreza y rapidez de todos sus movimientos habían regocijado siempre a Hadyi Murad, quien admiraba a su hijo.

—Mejor es que te quedes. Tú eres el único que estará ahora en casa. Cuida a tu madre y a tu abuela.

Y Hadyi Murad recordaba la expresión varonil y orgullosa con la que Yusuf, encendido el rostro de satisfacción, dijo que mientras estuviera vivo, nadie se atrevería a tocar a su madre y a su abuela. Sin embargo, Yusuf había montado en su caballo y acompañado al padre hasta el arroyo. De allí se había vuelto, y desde entonces Hadyi Murad no había visto ni a su mujer, ni a su madre ni a su hijo.

¡Y era a ese hijo a quien Shamil quería sacarle los ojos! De lo que harían con su esposa ni siquiera quería pensar.

Tales reflexiones trastornaron tanto a Hadyi Murad que ya no pudo seguir sentado. Se levantó de un salto y, cojeando, corrió a la puerta, la abrió y llamó a Eldar. Aún no había salido el sol, pero ya clareaba bastante. Los ruiseñores seguían cantando.

—Ve a decir al comisario que quiero salir de paseo y ensilla los caballos —dijo.

24

El único consuelo de Butler durante este tiempo fue la exaltación de la guerra, a la que se entregaba no sólo durante las horas del servicio, sino también en su vida privada. Vestido en su cherkeska circasiana, caracoleaba con su caballo y dos veces había salido en emboscada con Bogdanovich, aunque en ninguna de las dos descubrieron ni mataron a nadie. Este arrojo y esta amistad con Bogdanovich, famoso por su valentía, le parecían a Butler agradables e importantes. Pagó la deuda con dinero que le había prestado un judío a un interés exorbitante, o sea, que sólo había diferido sus dificultades sin conseguir resolverlas. Procuraba no pensar en su situación y buscar el olvido, no sólo en la poesía de la guerra, sino también en el vino. Cada día bebía más, y día tras día se fue debilitando moralmente. Ya no hacía el papel del casto José en su relación con Marya Dmitrievna; al contrario, la cortejaba con creciente desfachatez, pero con gran sorpresa suya tropezó con una categórica repulsa que le avergonzó en sumo grado.

A fines de abril llegó al fuerte un destacamento que Baryatinski destinaba a una nueva expedición por toda la Chechnya considerada inexpugnable. En él figuraban dos compañías del regimiento de Kabarda que, según la costumbre del Cáucaso, fueron recibidas como invitadas por las del regimiento de Kurin de guarnición allí. Los soldados se desparramaron por las casernas y fueron agasajados no sólo con la comida, consistente en gachas de alforfón y carne de vaca, sino también con vodka, mientras que los oficiales se alojaron con sus colegas del Kurin. Según costumbre en tales ocasiones, los residentes sirvieron de anfitriones a los recién llegados. La recepción terminó en una juerga, en la que actuaron los cantantes del regimiento, e Ivan Matveyevich, borracho perdido y ya no colorado, sino pálido de cara, a caballo en una silla, sacó el sable, dando mandobles a enemigos imaginarios, jurando, riendo, o bien abrazaba a éste o bailaba con aquél al compás de su canción favorita:

Shamil se ha rebelado
en estos últimos años.
¡Trai, rai, ratatai!
En estos últimos años.

Butler estaba también allí, tratando de encontrar aun en eso la poesía de la guerra, pero en el fondo de su alma tenía lástima de Ivan Matveyevich, a quien era imposible frenar. Y, sintiendo que el alcohol se le subía a la cabeza, salió de allí sin hacer ruido y se fue a casa. La luna llena iluminaba las casitas blancas y las piedras del camino. La claridad era tanta que en el sendero se podía distinguir el más pequeño guijarro, la menor brizna de paja. Al llegar a casa, Butler encontró a Marya Dmitrievna, con un chal que le cubría la cabeza y los hombros. Después de la repulsa que de ella había recibido, Butler, un tanto abochornado, evitaba encontrarse con ella. Ahora, no obstante, a la luz de la luna y bajo los efectos del vino, Butler se alegró del encuentro y quiso de nuevo congraciarse con ella.

—¿A dónde va usted?

—En busca de mi viejo —contestó ella amigablemente. Aunque rechazaba sincera y resueltamente los galanteos de Butler, le desagradaba que últimamente él le hubiese dado esquinazo.

—¿Para qué ir a buscarle? Ya volverá por su cuenta.

—¿Cree usted?

—Y si no vuelve, lo traerán.

—Eso es cabalmente lo que no estaría bien —dijo Marya Dmitrievna—. ¿Usted cree que no debo ir?

—No, no vaya. Mejor es que volvamos a casa.

Marya Dmitrievna dio media vuelta y volvió con él. El brillo de la luna era tal que alrededor de las sombras de sus cabezas parecía deslizarse un nimbo a lo largo del camino. Butler miraba ese nimbo y pensaba en decir a la joven que le gustaba tanto como antes, pero no sabía cómo empezar. Ella aguardaba lo que él iba a decir. De ese modo caminaban en silencio hasta cerca de la casa cuando de detrás de una esquina aparecieron de pronto unos caballistas. Eran un oficial y su escolta.

—¿Quién podrá ser? —dijo Marya Dmitrievna, apartándose a un lado. La luna estaba detrás del que llegaba, por lo que Marya Dmitrievna sólo le reconoció cuando estuvo casi junto a ella y Butler. Era Kamenev, un oficial que había servido anteriormente con Ivan Matveyevich, y a quien, por consiguiente, Marya Dmitrievna conocía.

—¿Es usted, Pyotr Nikolayevich? —le preguntó Marya Dmitrievna.

—El mismo —respondió Kamenev—. ¡Ah, Butler! ¿Qué tal? ¿No se ha acostado todavía? ¿Paseando con Marya Dmitrievna? ¡Cuidado con Ivan Matveyevich, que le puede dar un susto! ¿Dónde está él?

—Pues ahí... Escuche —dijo Marya Dmitrievna apuntando hacia el lugar de donde venía el ruido de un timbal y canciones—. Están de juerga.,

—¿Es el regimiento de aquí el que está de juerga?

—No. Ha llegado otro de HasavYurt y están entreteniendo a los oficiales.

—¡Ah, qué bien! Llego a tiempo. Al comandante sólo tengo que verle un instante.

—¿Qué pasa? ¿Alguna novedad? —preguntó Butler. —No es gran cosa.

—¿Buena o mala noticia?

—Depende... Para nosotros buena, para otros mala —dijo Kamenev rompiendo a reír.

En ese momento los paseantes y Kamenev llegaron a la puerta de Ivan Matveyevich.

—¡Chihirev! —gritó Kamenev a un cosaco—. Ven acá.

Un cosaco se separó de los otros y se acercó. Vestía el uniforme ordinario de los cosacos del Don, con botas altas y capote, y llevaba alforjas detrás de la silla.

—Anda, saca ese bulto —dijo Kamenev, bajándose del caballo.

El cosaco también se bajó del suyo y cogió un saco de las alforjas. Kamenev lo tomó y metió la mano en él.

—¿Qué? ¿Les enseño a ustedes la novedad? ¿No tendrá usted miedo? —preguntó volviéndose a Marya Dmitrievna.

—¿Miedo de qué? —dijo ella.

—Aquí está —dijo Kamenev, sacando una cabeza de hombre y exponiéndola a la luz de la luna—. ¿La reconocen ustedes?

Era una cabeza afeitada, de frente salediza, barba corta y bigote, con un ojo abierto y otro cerrado a medias, el cráneo afeitado hundido y sangre negra coagulada en la nariz. El cuello estaba envuelto en una toalla empapada de sangre. A pesar de las muchas heridas de la cabeza, los labios azules tenían una expresión bondadosa e infantil.

Marya Dmitrievna miró y, sin decir palabra, se volvió en redondo y entró de prisa en la casa.

Butler no podía apartar los ojos de la terrible cabeza. Era la del mismo Hadyi Murad con quien sólo poco tiempo antes pasaba sus veladas en amistoso coloquio.

—¿Cómo? ¿Quién lo ha matado? ¿Dónde? —preguntó.

—Quiso escaparse, pero lo cogieron —respondió Kamenev.

Devolvió la cabeza al cosaco y entró en la casa con Butler.

—Y ha muerto como un valiente —agregó Kamenev.

—¿Pero cómo ha ocurrido eso?

—Espere un poco. Pronto vendrá Ivan Matveyevich y lo contaré todo punto por punto. Para eso me envían aquí. Lo llevo a todos los fuertes y aouls y lo enseño en ellos.

Se mandó a buscar a Ivan Matveyevich. Llegó borracho, con otros dos oficiales tan bebidos como él, y empezó a abrazar a Kamenev.

—Es a usted a quien vengo a ver —dijo Kamenev—. He traído la cabeza de Hadyi Murad.

—¡Mientes! ¿Le han matado?

—Sí. Quiso escapar.

—Ya decía yo que nos jugaría una mala pasada. ¿Dónde está? La cabeza, digo. Enséñamela.

Llamaron al cosaco, que trajo el saco con la cabeza. La sacaron e Ivan Matveyevich, con sus ojos de borracho, la estuvo contemplando largo rato.

—En todo caso, era un sujeto excelente —dijo—. Dejadme que le bese.

—Sí, es verdad. Era una cabeza valiente —comentó uno de los oficiales.

Cuando todos hubieron mirado la cabeza, volvieron a dársela al cosaco. Este la metió en el saco, procurando que tocara el suelo lo más levemente posible.

—¿Y tú, Kamenev, qué explicas cuando la enseñas? —dijo un oficial.

—No. Dámela que la bese. El me regaló un sable —gritó Ivan Matveyevich.

Butler salió a la puerta de entrada. Marya Dmitrievna estaba sentada en el segundo escalón. Volvió la cabeza para mirar a Butler y al momento la volvió del otro lado con expresión airada.

—¿Qué le pasa, Marya Dmitrievna? —preguntó Butler. —Que todos ustedes son unos asesinos. Yo no puedo aguantar eso —respondió ella levantándose.

—Eso le puede ocurrir a cualquiera —comentó Butler, sin saber qué decir—. Así es la guerra.

—¡La guerra! —gritó Marya Dmitrievna—. ¿Qué guerra? Son ustedes unos asesinos; eso es todo. A un cuerpo muerto hay que enterrarlo, y lo que ahí están haciendo ustedes es bromear. Verdaderos asesinos —repitió, bajando los escalones y entrando en la casa por la puerta trasera.

Butler volvió a la sala y rogó a Kamenev que contara detalladamente lo sucedido.

Y Kamenev lo contó.

He aquí lo que había pasado.

25

Hadyi Murad había recibido permiso para pasear a caballo por los alrededores de la ciudad, pero siempre con una escolta de cosacos. En Nuha había medio centenar de éstos, de los que una decena estaban al servicio de los oficiales; de modo que si, de acuerdo con las órdenes recibidas, diez de los restantes salían con Hadyi Murad, esos mismos hubieran tenido que salir cada dos días. Por lo tanto, después de haber escogido a diez para salir el primer día, se decidió que en el futuro sólo saldrían cinco; y a Hadyi Murad se le pidió que no llevase consigo a todos sus murids. Pero el 25 de abril salió con los cinco. En el momento en que Hadyi Murad montaba en su caballo, el comandante notó que los cinco se aprestaban a salir con él y le dijo que eso no estaba permitido, pero Hadyi Murad fingió no haberle oído, arreó a su caballo y el comandante no insistió. Al mando de los cosacos estaba un suboficial, Nazarov, galardonado con la Cruz de San Jorge por su valentía, joven sano, de pelo castaño y tez rosada. Era el mayor de una familia pobre de la secta de Viejos Creyentes, huérfano de padre, y mantenía a su anciana madre, a tres hermanas y dos hermanos.

—¡Ten cuidado, Nazarov, no le dejes que se aleje de ti! —gritó el comandante.

—Bien, Vuestra Nobleza —respondió Nazarov y, alzándose sobre los estribos, ajustó la carabina a su espalda y puso su hermoso y robusto alazán al trote. Cuatro cosacos le seguían: Ferapontov, alto y delgado, ladrón y saqueador como el que más (él había sido quien había vendido la pólvora a Gamzalo); Ignatov, campesino robusto que se jactaba de su fuerza y que, pasada ya su juventud, se acercaba al retiro; Mishkin, chico débil de quien todos se reían; y Petrakov, joven, rubio, hijo único muy consentido de su madre, siempre afectuoso y jovial.

Había habido niebla toda la mañana, pero a la hora del desayuno el tiempo había mejorado y el sol brillaba sobre el naciente follaje, la hierba virgen y tierna, el trigo en trance de retoñar y las ondas del río impetuoso visible apenas a la izquierda del camino.

Hadyi Murad iba despacio, seguido de sus murids y los cosacos a cierta distancia. Salieron al paso, siguiendo el camino y alejándose del fuerte. Encontraron a mujeres que llevaban cestas en la cabeza, soldados que guiaban carretas, carromatos chirriantes tirados por búfalos. Al cabo de dos verstas, Hadyi Murad aguijó a su caballo blanco de Kabarda, que arrancó con tal presteza que los murids y los cosacos se vieron obligados a poner sus monturas aun trote rápido para no quedarse atrás.

—¡Ah, vaya buen caballo que tiene! —dijo Ferapontov—. Si aún fuera enemigo nuestro, yo bien que lo desmontaría.

—Sí, muchacho. Trescientos rublos daban en Tiflis por ese caballo.

—Pero yo lo adelantaré con el mío —dijo Nazarov.

—¿Adelantarlo? ¡Ca, hombre!

Hadyi Murad seguía acelerando el paso.

—¡Eh, kunak, que no debes hacer eso! ¡Más despacio! —gritó Nazarov, alcanzando a Hadyi Murad.

Éste se volvió para mirar y, sin decir nada, siguió cabalgando al mismo paso.

—¡Ojo, que éstos están tramando algo! ¡Los muy bandidos! —dijo Ignatov—. Ya ves a qué paso van.

De ese modo cubrieron una versta en dirección a la montaña.

—¡Te digo que eso está prohibido! —gritó de nuevo Nazarov.

Hadyi Murad no contestó ni se volvió, sino que aceleró la andadura del caballo y pasó al galope.

—¡Farsante! ¡No te escaparás! —gritó Nazarov, herido en lo vivo.

Dio un latigazo a su brioso alazán y, alzándose en los estribos e inclinándose hacia delante en la silla, salió a brida suelta en persecución de Hadyi Murad.

El cielo estaba tan límpido, el aire tan fresco, las fuerzas de la vida jugaban tan gozosamente en el alma de Nazarov cuando él y su soberbio y brioso caballo se fundieron en una unidad que no se le ocurrió la posibilidad de un percance infausto, triste o terrible. Se alegraba de que con cada paso ganaba terreno a Hadyi Murad y se acercaba a éste. Hadyi Murad comprendió por el galope del gran caballo del cosaco que se le acercaba y que pronto lo alcanzaría. Cogió su pistola con la mano derecha y, con la izquierda, frenó ligeramente a su montura excitada de oír el galope tras sí.

—¡Te digo que está prohibido! —gritó Nazarov casi al nivel de Hadyi Murad, alargando la mano para coger la brida del caballo de éste.

Pero antes de lograrlo sonó un disparo. ! —¿Pero qué haces? —gritó Nazarov, llevándose las manos al pecho—. ¡A ellos, muchachos! —exclamó, tambaleándose y cayendo sobre el arzón de la silla.

Pero los montañeses aprestaron sus armas antes que los cosacos, dispararon contra ellos sus pistolas y los atacaron con los sables. Nazarov colgaba del cuello de su caballo aterrado que daba vueltas alrededor de sus camaradas. El caballo de Ignatov cayó, aplastándole la pierna, y dos de los montañeses, sin desmontar, desenvainaron los sables y le acuchillaron la cabeza y los brazos. Petrakov estaba a punto de socorrer a su compañero cuando le alcanzaron dos disparos, uno en la espalda y otro en el costado, y rodó del caballo como un fardo.

Mishkin dio media vuelta con su caballo y partió volando hacia el fuerte. Hanefi y Khan—Magoma se lanzaron tras él, pero había tomado la delantera y los montañeses no pudieron darle alcance. Cuando vieron que no podían alcanzarle volvieron a los otros. Gamzalo, quitándole el puñal a Ignatov y después de acuchillar a éste, degolló también a Nazarov y lo arrojó de su caballo. Khan—Magoma quitó a los muertos los sacos de cartuchos. Hanefi quiso llevarse el caballo de Nazarov, pero Hadyi Murad le gritó que lo dejara y se lanzó camino adelante. Sus murids galopaban tras él, ahuyentando al caballo de Petrakov que corría tras ellos. Estaban ya a unas tres verstas de Nuha en unos arrozales cuando un disparo desde la torre del fuerte fue la señal de alarma.

Petrakov yacía boca arriba, con el vientre abierto, y el rostro juvenil vuelto hacia el cielo, y mientras moría jadeaba como un pez fuera del agua.

—¡Ay, Dios mío! ¡Por todos los santos! ¿Qué es lo que han hecho? —gritó el comandante del fuerte, llevándose las manos a la cabeza al enterarse de la fuga de Hadyi Murad—. ¡Me han arruinado! ¡Le han dejado escapar esos bribones! —gritaba oyendo el relato de Mishkin.

La alarma fue general, y no sólo se enviaron tras los fugitivos a todos los cosacos disponibles, sino también a todos los milicianos que pudieron hallarse en los aouls sometidos a los rusos. Se ofreció una gratificación de mil rublos a quien trajese a Hadyi Murad vivo o muerto, y dos horas después de que éste y sus camaradas se escaparon de los cosacos, más de doscientos hombres a caballo cabalgaban tras el oficial encargado de encontrar y capturar a los fugitivos.

Después de cubrir algunas verstas por el camino, Hadyi Murad refrenó su caballo que, empapado de sudor, se había vuelto de blanco en gris, y se detuvo. A la derecha del camino veíanse las casas y el minarete del aoul Belardyik; a la izquierda había sembrados y en el fondo un río. A pesar de que el camino que llevaba a las montañas estaba a la derecha, Hadyi Murad torció en dirección opuesta, hacia la izquierda, calculando que sus perseguidores seguirían por la derecha. Él, por su parte, saliéndose del camino, atravesaría el Alazán y volvería al camino por el otro lado, donde nadie le esperaría, seguiría por él hasta el bosque y por allí, cruzando de nuevo el río, podría adentrarse en las montañas. Habiéndolo decidido así, torció a la izquierda. Pero resultó imposible llegar hasta el río. El arrozal que; necesitaba atravesar acababa de ser inundado, como siempre sucede en la primavera, y se había convertido en una ciénaga en la que los caballos se hundían hasta por encima de las cuartillas. Hadyi Murad y sus murids buscaron por la derecha, por la izquierda, esperando 1 encontrar un lugar más seco, pero el campo en que habían entrado estaba saturado de agua por todas partes. Los caballos sacaban los cascos del espeso cieno con un ruido semejante al de un corcho al salir de la botella y, al cabo de unos pasos, se paraban jadeantes.

Así estuvieron trajinando tan largo rato que empezó a anochecer sin que hubieran podido llegar al río. A la izquierda había una especie de islote cubierto de arbustos, y Hadyi Murad decidió entrar en él y permanecer allí hasta la noche para que descansaran los caballos agotados. Una vez entre los arbustos, Hadyi Murad y sus murids bajaron de los caballos, los trabaron y los dejaron pacer, mientras los hombres comían el pan y el queso que habían llevado consigo. La luna nueva que les había alumbrado al principio se puso tras las montañas y la noche resultó oscura. Los ruiseñores eran muy abundantes en esa comarca, y había dos de ellos en esos arbustos. A causa del ruido que Hadyi Murad y sus acompañantes hicieron al entrar en el islote, los ruiseñores permanecieron callados, pero cuando los hombres guardaron silencio los pájaros empezaron a cantar de nuevo, respondiéndose uno a otro. Hadyi Murad, atento a los ruidos de la noche, los escuchaba a su pesar.

Y sus trinos le recordaron la canción sobre Hamzad que había oído la noche antes cuando había salido en busca de agua. Ahora podía encontrarse en cualquier momento en la misma situación que Hamzad. Estuvo pensando en que así sería, y de pronto su espíritu se tornó grave. Extendió su burka en el suelo e hizo sus abluciones; y apenas las hubo concluido cuando oyó un ruido que se acercaba a los arbustos. Era el chapoteo en el cenagal de una multitud de cascos de caballos. Khan—Magoma, que era agudo de vista, corrió a uno de los bordes del islote y, mirando a través de la oscuridad, vio las siluetas negras de caballos y hombres a pie que se acercaban. Hanefi vio un tropel semejante al otro lado. Era Karganov, el comandante militar del distrito, que venía con sus milicianos.

«Pues bien, habrá que luchar como Hamzad» —se dijo Hadyi Murad.

Tan pronto como se dio la señal de alarma, Karganov se había lanzado en persecución de Hadyi Murad con un centenar de milicianos y cosaco s, pero no había podido encontrar en ninguna parte a los fugitivos ni sus huellas. Karganov, desalentado, se volvía ya al fuerte cuando al anochecer tropezó con un viejo del país, a quien preguntó si había visto a seis caballistas. El viejo contestó que sí, que había visto a seis caballistas chapoteando en un arrozal y después los había visto meterse entre unos arbustos donde él había estado cogiendo leña. Karganov, llevando consigo al viejo, volvió por donde había venido y, al ver los caballos trabados, se convenció de que Hadyi Murad estaba allí. Durante la noche puso cerco al islote, esperando que llegara la mañana para capturar a Hadyi Murad vivo o muerto.

Dándose cuenta de que estaba cercado, Hadyi Murad descubrió en medio de los arbustos un antiguo foso y decidió instalarse en él y resistir mientras tuviera fuerza y municiones. Dijo esto a sus camaradas y les ordenó que levantaran un parapeto delante del foso. Y sus hombres comenzaron al momento a cortar ramas, a cavar la tierra con los puñales y preparar una trinchera. Hadyi Murad trabajaba con ellos.

Tan pronto como empezó a clarear, el comandante de la milicia se acercó al islote y gritó:

—¡Eh, Hadyi Murad! ¡Ríndete! ¡Nosotros somos muchos y vosotros pocos!

En respuesta salió un poco de humo del foso, sonó un disparo y una bala hirió al caballo de un miliciano. El caballo se tambaleó y cayó. Al momento las carabinas de los milicianos, agazapados al borde del islote, comenzaron a disparar a su vez, pero sus balas, silbando y zumbando, cortaban hojas y ramas y se clavaban en el parapeto, sin tocar a los hombres que estaban detrás de él. Únicamente el caballo de Gamzalo, que estaba algo apartado de los demás, fue alcanzado. No cayó, pero rompió las trabas y se lanzó hacia los otros caballos, apretándose contra ellos y enrojeciendo con su sangre la hierba tierna. Hadyi Murad y sus hombres disparaban sólo cuando avanzaba alguno de los milicianos y raras veces erraban el tiro. Tres milicianos resultaron heridos y los demás no sólo no se atrevían a lanzarse al ataque, sino que iban alejándose poco a poco de los fugitivos, disparando sólo desde lejos y al buen tuntún.

De ese modo transcurrió más de una hora. El sol se habla levantado hasta media mitad de los árboles, y Hadyi Murad pensaba ya en saltar sobre su caballo e intentar llegar hasta el río cuando volvieron a oírse gritos de un nuevo y gran destacamento que se acercaba. Eran Hadyi—Aga, de Mehtuli, y sus hombres, doscientos en total. Hadyi—Aga había sido en otro tiempo kunak de Hadyi Murad y vivido con él en las montañas, pero más tarde se había pasado a los rusos. Con él estaba Ahmet—Khan, hijo de un enemigo de Hadyi Murad. Al igual que Karganov, Hadyi—Aga comenzó a gritar a Hadyi Murad que se rindiera, pero al igual que la primera vez Hadyi Murad contestó con un disparo.

—¡A los sables, muchachos! —gritó Hadyi—Aga, empuñando el suyo. Y se oyeron centenares de voces de hombres que se lanzaban rugiendo a los arbustos. Los milicianos entraron corriendo en la maleza, pero de detrás del parapeto se oyeron, uno tras otro, varios disparos. Tres hombres cayeron. Los atacantes se detuvieron y, apostados a la orilla del islote, empezaron también a disparar. Disparaban a la vez que iban acercándose poco a poco al foso, corriendo de detrás de un arbusto a otro. Algunos lograban saltarlo, otros caían bajo las balas de Hadyi Murad y sus secuaces. Hadyi Murad no fallaba nunca el tiro; Gamzalo tampoco disparaba en vano, y lanzaba un aullido de alegría cada vez que daba en el blanco. Khan Magoma estaba sentado al borde del foso cantando Lya il—lyaha i'l Allah y disparaba sin apresurarse, pero raras veces con éxito. A Eldar todo el cuerpo le temblaba de lo impaciente que estaba por lanzarse sobre los enemigos puñal en mano; tiraba a menudo y a la buena de Dios, volviéndose continuamente para mirar a Hadyi Murad y sacando la cabeza por encima del parapeto. El velludo Hanefi, con las mangas remangadas, hacía también allí su oficio de criado. Cargaba los fusiles que le pasaban Hadyi Murad y Khan—Magoma, empujando cuidadosamente con una baqueta de hierro las balas envueltas en trapos grasientos y sacando de su bolsa pólvora seca para llenar las cazoletas. Khan—Magoma no se agazapaba como los otros en el foso, sino que corría desde allí a los caballos para hacerlos pasar a lugares menos peligrosos, y chillando constantemente disparaba sin apoyar el fusil en nada. Fue el primero en resultar herido. La bala le perforó el cuello, y cayó sentado escupiendo sangre y lanzando juramentos. Luego le tocó a Hadyi Murad: una bala le atravesó el hombro. Arrancó algodón del forro de su beshmee, taponó la herida con él y siguió disparando.

—¡Ataquemos a sablazos! —dijo Eldar por tercera vez, y se levantó para mirar por encima del parapeto, pronto a lanzarse contra el enemigo; pero en ese mismo instante le alcanzó una bala, se tambaleó y cayó de espaldas sobre la pierna de Hadyi Murad. Hadyi Murad le miró. Los hermosos ojos de carnero estaban clavados fija y seria": mente en su amo y señor. La boca, con el prominente labio superior igual al de los niños, se crispaba sin abrirse. Hadyi Murad sacó la pierna de debajo de él y continuó disparando.. Hanefi se inclinó sobre el cuerpo y a toda prisa empezó a sacar de la cherkeska las municiones aún no utilizadas. Mientras tanto, Khan—Magoma seguía cantando, cargando su fusil y disparando. Los enemigos, saltando de matorral en matorral, entre gritos y hurras, se iban acercando cada vez más. Otra bala dio a Hadyi Murad en el costado izquierdo. Se tumbó en el foso y una vez más arrancó del beshmet un trozo de algodón y tapó la herida. La del costado era mortal y él comprendió que iba a morir. Recuerdos e imágenes pasaron por su imaginación a una insólita rapidez. Ora veía ante sí al vigoroso Abununtsal—Khan cuando, sosteniéndose la mejilla desgarrada y colgante, se lanzaba puñal en mano sobre el enemigo; ora veía al viejo Vorontsov, débil, exangüe, con su rostro astuto y pálido y oía su voz dulzona; ora veía a su hijo Yusuf o a su mujer Sofíat, o la cara pálida, la barba pelirroja y los ojos entornados de su enemigo Shamil.

Todos estos recuerdos pasaban por su imaginación sin provocar en él sentimiento alguno de compasión, odio o deseo de ningún género. Todo ello le parecía trivial en comparación con lo que estaba a punto de comenzar y comenzaba ya para él. Y, no obstante, su cuerpo robusto continuaba lo que había empezado. Aunando las fuerzas que le quedaban, se levantó dentro del foso, disparó la pistola contra un hombre que venía corriendo hacia él y acertó. El hombre cayó. Seguidamente salió por completo del foso y, cojeando pesadamente, se fue derecho al enemigo puñal en mano. Sonaron varios disparos, y él vaciló y cayó. Varios milicianos, con gritos de triunfo, se lanzaron sobre su cuerpo yaciente. Pero lo que les había parecido un cadáver comenzó de pronto a moverse. Primero se levantó la cabeza afeitada y sangrienta, desprovista de turbante; luego fue el tronco y, agarrándose a un árbol, Hadyi Murad se incorporó por completo. Su aspecto era tan terrible que los que corrían hacia él se detuvieron. Pero de pronto tembló todo él, se desprendió del árbol y cayó boca abajo, como un cardo segado, y ya no volvió a moverse.

No se movía, pero aún sentía. Cuando Hadyi—Aga, que fue el primero en llegar a él, le dio una fuerte puñalada en la cabeza, le pareció a Hadyi Murad que alguien le golpeaba con un martillo, y no comprendía quién lo hacía o por qué. Ése fue su último contacto consciente con su cuerpo. Ahora ya no sentía nada, y sus enemigos pateaban y daban tajos a una cosa que no tenía nada que ver con él. Hadyi—Aga le puso el pie en la espalda y, con dos sablazos, le cortó la cabeza; luego, con cuidado de no mancharse las botas de sangre, la echó a rodar con el pie. Una sangre roja salió de las arterias del cuello, y una sangre negra salió de la cabeza y empapó la hierba.

Karganov, Hadyi—Aga, Ahmet—Khan y todos los milicianos, como cazadores en torno a la presa muerta, rodearon los cadáveres de Hadyi Murad y sus murzds (los de Hanefi, Khan Magoma y Gamzalo fueron atados), y entre el humo de la pólvora que se cernía sobre los matorrales charlaban alegremente celebrando su victoria.

Los ruiseñores, que habían callado durante el tiroteo, empezaron de nuevo a cantar; primero uno solo muy cerca, luego otros un poco más lejos.

Fue esta muerte la que recordé cuando vi el cardo abatido en medio del sembrado.


Publicado el 5 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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