Bribón

Leónidas Andréiev


Cuento


Índice

I
II
III
IV
V

I

No pertenecı́a a nadie. No tenı́a nombre y nadie podı́a decir dónde pasaba el largo invierno ni de qué se alimentaba. Cuando querı́a aproximarse a las casas otros perros hambrientos como él, pero orgullosos de pertenecer a aquellas casas, le expulsaban sin piedad. Cuando empujado por el hambre o por la necesidad instintiva de encontrarse entre seres vivientes hacı́a su aparición en la calle, los chicos le tiraban palos y piedras y las personas mayores le perseguı́an con gritos de maldad y silbidos terribles. Presa de terror corrı́a de un lado para otro, tropezaba contra las vallas y contra los hombres; por fin llegaba al extremo de la aldea y se escondı́a en un jardı́n desierto, en un rincón que él sólo conocı́a. Allı́ lamı́a con su lengua las heridas recibidas, y su miedo, su desconfianza de los hombres iba en aumento constante.

Una sola vez le habı́an demostrado piedad. Era un aldeano borracho que acababa de abandonar la taberna. Amaba y perdonaba a todo el mundo y balbuceaba algo de las personas de buen corazón.

Se apiadó de la suerte del pobre perro, sobre el cual había caído su mirada por casualidad.

—¡Chucho! —le llamó, aplicándole el nombre que se da a todos los perros—. ¡Ven acá, chucho; no tengas miedo!

El perro tenı́a muchas ganas de acercarse, daba señales de cariño con su cola, pero no se atrevía.

—¡Ven acá, ea, tonto! ¡A fe mía que no te haré daño!

Pero en tanto que el perro, vacilante y acelerando el balanceo de su cola, se acercaba a pasitos cortos, el humor del borracho cambió súbitamente. Recordó todo el mal que le habı́an hecho las personas de bien y sintió disgusto y cólera. Y cuando el perro se prosternó ante él sobre el lomo le dio un fuerte puntapié en las costillas.

—¡Largo de aquí, cochino animal!

El perro lanzó un aullido provocado más bien por la sorpresa y por la decepción que por el dolor. El campesino, tambaleándose, se fue a su casa; allí pegó cruelmente y por largo rato a su mujer e hizo pedazos la toquilla nueva que le habı́a regalado la semana pasada.

Desde aquel dı́a el perro desconfiaba de los hombres que manifestaban deseos de acariciarle, y con el rabo entre piernas huı́a a todo correr. A veces hasta intentaba morder y habı́a que echarle a palos o a pedradas.

Durante el último invierno se instaló bajo la terraza de una casa de campo desierta que no tenı́a guarda, y él mismo se convirtió en guarda voluntario: por la noche se ponı́a delante de la casa y ladraba con todas sus fuerzas. Luego se echaba bajo la terraza y gruñı́a furiosamente, pero en este gruñido se notaba satisfacción y orgullo de sí mismo.

La noche de invierno era terriblemente larga. Las negras ventanas de la casa desierta miraban tristemente al jardı́n inmóvil cubierto de nieve y de hielo. A veces una lucecita azul se reflejaba en las ventanas: era una estrella descendente o un rayo de Luna que caían sobre los cristales.

II

Cuando llegó la primavera la casa desierta se lleno de repente de ruidos, de crujir de pies. Unos hombres llevaron pesados muebles. Una muchedumbre de inquilinos: hombres, mujeres y niños habı́a venido de la ciudad vecina para pasar allı́ el verano. Embriagados de aire, de calor y de sol gritaban, cantaban, reían.

Con quien primero hizo conocimiento el perro fue con una hermosa muchacha vestida con traje de colegiala. Habı́a venido a ver el jardı́n. Llena de impaciencia y de alegrı́a, con el deseo de besar ávidamente todo lo que veı́a a su alrededor, admiró un instante el cielo azul, las ramas rojizas de los cerezos y se echó sobre la hierba, vuelta la cara al sol ardiente. Después saltó nuevamente sobre sus piernas, y abrazándose a sı́ misma, besando el aire primaveral, gritó extasiada:

—¡Dios mío, qué bello es esto!

Dicho esto se puso a dar vueltas vertiginosas alrededor de sı́ misma. En el mismo instante el perro, que sin hacer ruido se habı́a acercado a la muchacha, asió furiosamente el extremo de su vestido, lo sacudió y, siempre sin hacer ruido, echo a correr por los espesos setos de frambuesa.

—¡Un perro malo! —gritó la muchacha huyendo.

Se oyeron aún largo rato sus gritos de espanto:

—¡Mamá! ¡Niños, no vayáis al jardı́n! ¡Hay un perro grandísimo y muy malo!

Cuando cayó la noche el perro se acercó sin hacer ruido a la casa dormida y se echó bajo la terraza.

Allı́ olı́a a hombres. Por las ventanas abiertas se oı́a una respiración. Dormı́a, nada habı́a que temer de ellos; y el perro hacı́a guardia celosamente con un ojo abierto, estirando al menor ruido su cabeza con dos ojos que brillaban como chispas en la noche negra. La noche primaveral estaba llena de ruidos inquietantes: algo se movı́a en la hierba muy cerca del perro. Una rama se meneaba bajo el peso de un pájaro dormido. Por el camino, aplastando la arena, pasaban unas carretas. A su alrededor, en el aire inmóvil, se expandía el fuerte olor del heno fresco.

Las personas que se habı́an instalado en la casa eran muy buenas. El estar ahora lejos de la ciudad respirando el aire del campo, viendo los colores vivos de la primavera los hacı́a más buenas aún. El sol, al penetrar en ellos con su calor, salı́a convertido en risas y cariño para todos los seres vivientes.

Primeramente quisieron echar de allı́ al perro que los habı́a asustado tanto, y hasta matarle de un tiro de revólver si no se iba por su voluntad; pero pronto se habituaron a oı́r sus ladridos en la noche, y a veces, por la mañana, se preguntaban:

—¿Dónde está ese Bribón?

Este era ya su nombre. A veces veı́an de dı́a al perro entre los setos; pero él corrı́a con desconfianza, huyendo de una mano que le echaba pan, como si en vez de pan fuera una piedra.

Poco a poco se acostumbraron a Bribón. Los hombres le llamaban «nuestro perro» y se reı́an de su carácter salvaje y de su miedo, que no tenı́a ninguna razón de ser. Cada dı́a Bribón disminuı́a un poco la distancia que le habı́a separado de los hombres. Comenzó a reconocerlos, a distinguirlos unos de otros y se adaptó a sus hábitos. Media hora antes de que se sentaran a la mesa se ponı́a de guardia cerca de la casa esperando que se le echara algo de comer y meneando la cola. La colegiala Lelia le perdonó la injuria y le introdujo en el cı́rculo de aquellas felices gentes que disfrutaban del descanso.

—¡Briboncito, ven aquı́! —llamaba al perro—. ¡No tengas miedo, chiquitı́n mı́o, ven! ¡Pero ven, ea!

¿Quieres azúcar? ¡Voy a dártela! ¡Vaya, ven!

Pero el perro no se atrevı́a: tenı́a miedo. Y con precauciones infinitas, pronunciando las palabras más dulces posibles en una bella muchacha de voz melodiosa, Lelia se acercaba al perro con miedo de que la mordiera.

—¡Que te quiero, Briboncito, que te quiero mucho!

Tienes una naricita bonita y ojos muy expresivos.

Haces mal en desconfiar de mí, Briboncito.

Las cejas de Lelia se levantaron. También ella tenı́a una naricita bonita y ojos tan expresivos que el sol habı́a hecho muy bien en cubrir de cálidos besos todo su rostro, joven, resplandeciente, de una belleza ingenua.

Y Bribón, por segunda vez en su vida, se echó sobre el lomo y cerró los ojos, no estando cierto de si le iban a acariciar o a pegar. Pero le acariciaron. Una manito cálida tocó ligeramente su cabeza y luego se puso a acariciar valerosamente todo su cuerpo.

—¡Mamá, niños, mirad, estoy acariciando a Bribón! — gritó Lelia.

Cuando los niños corrieron alborotados, agitados y confiados como gotas de mercurio, Bribón esperaba con angustia; sabı́a bien que si le pegaban no tendrı́a ya fuerza para morder porque le habı́an despojado de su maldad irreconciliable. Y cuando todos comenzaron a acariciarle temblaba su cuerpo, y las caricias a que no estaba habituado le hacı́an casi tanto daño como le hubieran hecho los golpes.

III

Bribón estaba satisfecho con toda su alma de perro.

Tenı́a un nombre, al oı́r el cual corrı́a a todo correr desde los setos. Pertenecı́a a hombres y podı́a servirlos. ¿No era esto bastante para hacer feliz a un perro?

Acostumbrado a la moderación, gracias a sus años de vida vagabunda, y llena de miserias, comı́a muy poco; pero aun ası́ pronto estuvo desconocido; su pelo largo, que antes le caı́a sobre el cuerpo en sucios mechones, llenos de barro en el vientre, estaba ahora limpio, negro y liso como el terciopelo.

Y cuando se ponı́a delante de la casa examinando gravemente la calle con la mirada a nadie se le ocurría hacerle rabiar o tirarle una piedra.

Pero él no tenı́a aquel orgullo y aquel aire independiente más que cuando se encontraba solo.

El fuego de las caricias no habı́a conseguido aún evaporar completamente el miedo de su corazón, y cerca de los hombres no se sentı́a a gusto y esperaba que le pegaran. Durante mucho tiempo toda caricia fue para él una sorpresa, un milagro que no podı́a comprender. El mismo no sabı́a hacer caricias. Otros perros, para expresar sus sentimientos, sabı́an ponerse de pie sobre las patas traseras, restregarse en las piernas de los hombres, hasta sonreír; pero él no sabía.

Lo único que sabı́a era echarse sobre el lomo, cerrar los ojos y lanzar gemidos pequeños. Pero esto era demasiado poco e insuficiente para expresar su entusiasmo, su reconocimiento y su amor. Al fin tuvo una inspiración: imitando quizá a otros perros comenzó a saltar pesadamente, a dar vueltas alrededor de sı́ mismo, y su cuerpo, siempre tan alerta e inmóvil, se hizo pesado, torpe y chusco.

—¡Mamá , niños! ¡Mirad: Briboncito está jugando! — gritó Lelia, y ahogándose de risa decía:

—¡Otra vez, Briboncito! ¡Sigue! ¡Eso es, ası́!... Todos acudieron corriendo y se retorcı́an de risa mientras Bribón daba vueltas como una peonza, caı́a y sus ojos conservaban la expresión implorante. Los niños, para provocar aquellos risibles movimientos, le acariciaban como antes se le pegaba para provocar su miedo. Algunos de los niños, y aún de los mayores, le gritaba incesantemente:

—¡Bribón! ¡Briboncito! ¡Juega otro poco, anda!

Y él jugaba con gran alegría de los espectadores que reı́an ruidosamente. Estaban muy contentos con él y se quejaban solamente de que Bribón no quisiera hacer valer sus talentos ante las otras personas que acudı́an a la casa: cuando veı́a venir a alguien que no era de la familia corrı́a al jardı́n o se escondı́a bajo la terraza.

Poco a poco se fue acostumbrando a no preocuparse del alimento; estaba cierto de que a la hora precisa la cocinera le darı́a de comer, y permanecı́a esperando en su sitio, bajo la terraza.

Ahora él mismo buscaba las caricias. Se habı́a puesto un poco pesado, no le gustaba hacer viajes largos, y cuando los niños le invitaban a acompañarlos al bosque movı́a diplomáticamente la cola y desaparecı́a sin que lo notaran. Pero por la noche llenaba concienzudamente sus deberes de guardián y ladraba furiosamente.

IV

Pronto llegó el otoño. Lloraba el cielo con lluvias frecuentes. Las casas de campo iban quedando desiertas, como extinguidas por la lluvia y el viento.

—¿Qué hacer de Bribón? —preguntó pensativa Lelia.

Estaba sentada, teniendo enlazadas con sus manos las rodillas, y miraba tristemente por la ventana, por la que corrı́an las gotas de la lluvia que acababa de comenzar.

—¿Qué postura es esa, Lelia? Siéntate como es debido —dijo la madre, y añadió —: En cuanto a Bribón tendremos que dejarlo aquí.

—¡Pobrecito!

—¡Qué se va a hacer! En la ciudad no tenemos patio y no se puede tener al perro en las habitaciones.

—¡Pobrecito! —repitió Lelia a punto de llorar.

Sus cejas negras se levantaron como las alas de una golondrina que va a echar, a volar.

Mamá dijo:

—Nuestros amigos los Dogayev me han prometido hace mucho tiempo un perrito precioso que sabe hacer una porción de juegos, mientras que Bribón no sabe nada.

—¡Pobrecito! —repitió Lelia, pero renunció a la idea de llorar.

De nuevo llegaron hombres desconocidos y llenaron de ruidos numerosos la casa. Se hablaba muy poco y no se reı́a en absoluto. Asustado de aquellos hombres, presintiendo alguna desgracia, Bribón huyó a la extremidad del jardı́n, y desde allı́, a través de los setos, miraba fijamente lo que pasaba sobre la terraza y junto a la casa.

—¿Estás aquı́, mi pobre Bribón? — dijo Lelia acercándose a él.

Estaba vestida de viaje, con el vestido obscuro que él habı́a desgarrado por un extremo, y con una blusa negra.

—¡Ven conmigo!

Llegaron al camino. La lluvia tan pronto cesaba como volvı́a a empezar y todo el espacio entre la tierra ennegrecida y el cielo estaba lleno de nubes lotantes. Desde abajo se veı́a bien hasta qué punto eran esas nubes pesadas e impenetrables a la luz por el agua de que estaban henchidas. El pobre Sol debı́a aburrirse mucho detrás de aquel espeso muro.

A la izquierda del camino se extendı́a un campo negro. En el horizonte, que parecı́a tocarse, se veı́an grupos aislados de árboles y breñas. A poca distancia habı́a una taberna cubierta con un techo de hierro. Cerca de la taberna un grupo de hombres hacía rabiar al idiota del pueblo.

—¡Dadme un copec! —pedía con voz lastimera.

—¿Y no quieres partir leña? —le respondı́an burlándose de él.

Se enfadaba y los otros se reían sin gana.

Un rayo de sol atravesó las nubes; era un rayo amarillo y anémico como si el sol estuviera gravemente enfermo. Todo lo envolvı́a la tristeza de otoño.

—¡Esto es aburrido, mi pobre Bribón! —dijo Lelia, y sin mirar atrás volvió sobre sus pasos.Hasta que estuvo en la estación no se acordó de que no se había despedido de Bribón.

V

Bribón corrió mucho tiempo en busca de la gente, llegó hasta la estación y sucio y mojado volvió a la casa desierta. Allı́ hizo un nuevo juego que no pudo ver nadie: subió por primera vez a la terraza, y enderezándose sobre sus patas traseras miró la casa por la puerta de cristales y aun la arañó con su pata. Pero la casa estaba vacía y nadie le respondió.

Caı́a una fuerte lluvia. Las tinieblas de otoño descendı́an sobre la tierra. Llenaron rápidamente la casa desierta, saliendo sin ruido de la maleza y cayendo con la lluvia del cielo sombrı́o. En la terraza, de donde se había quitado el toldo, lo que la hacı́a más vasta y extrañamente vacı́a, la luz se resistió algún tiempo en su lucha contra las tinieblas, iluminando las huellas de los pies sucios; pero pronto la luz cedió.

Llegó la noche.

Y cuando ya no quedaba duda de que todo estaba negro y desierto, el perro lanzó un largo gemido quejumbroso. En el ruido monótono y melancólico de la lluvia añadió una nota lúgubre y desesperada, que penetró en las tinieblas y se extendió por el campo negro y desnudo.

El perro aullaba metódicamente, con insistencia, con la tranquilidad de la desesperación. Quien le hubiera oı́do habrı́a podido creer que era la negra noche misma quien lloraba la luz extinguida y habrı́a sentido un profundo deseo de estar al calor, cerca del fuego, teniendo estrechamente abrazada contra su corazón a una mujer amada.

El perro seguía ladrando.


Publicado el 12 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
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