Los Siete Ahorcados

Leónidas Andréiev


Novela corta


Índice

Capítulo I. ¡A la una, precisamente, excelencia!
Capítulo II. La pena de la horca
Capítulo III. ¡No tienen que ahorcarme!
Capítulo IV. Somos de Orel
Capítulo V. ¡Bésalo y calla!
Capítulo VI. Las horas pasan
Capítulo VII. La muerte no existe
Capítulo VIII. Existe la muerte, pero también la vida
Capítulo IX. Horrible soledad
Capítulo X. Las columnas se derrumban
Capítulo XI. Camino de la muerte
Capítulo XII. La llegada

Capítulo I. ¡A la una, precisamente, excelencia!

El ministro era un tipo extraordinariamente obeso y propenso a los ataques apopléticos, por lo cual, y para prevenir los peligros de una emoción fuerte, hubieron de emplearse toda clase de precauciones para comunicarle que se iba a atentar contra su vida. Al ver que recibía la noticia con serenidad y hasta sonriente, se le comunicaron los detalles. El crimen se cometería a la siguiente mañana, cuando la víctima se encaminase al Consejo. La policía había descubierto el complot por una delación, y vigilaba noche y día a los conjurados, quienes serían detenidos a la una, hora en que, armados de bombas y pistolas, esperarían al ministro.

— Pero —exclamó éste, sorprendido—, ¿cómo diablos sabían ellos la hora a que yo he de acudir al Consejo, cuando yo mismo la ignoraba hace tres días?

El jefe de la guardia se encogió de hombros.

— Pues ellos, Excelencia, sabían que será a la una, precisamente.

Parecióle bien a Su Excelencia el diligente celo de la policía; luego hizo un gesto de duda, frunció el ceño, y sus labios, carnosos y encendidos, se contrajeron en una mueca que pretendía ser una sonrisa; sin abandonarla, se despidió de los agentes, y para que éstos trabajasen con mayor libertad y desembarazo, decidió pasar la noche fuera de su casa, en otra casa amiga, donde le brindaban hospitalidad. También su esposa y sus hijos fuéronse lejos de aquella mansión en que acechaba el peligro y en donde al día siguiente habían de reunirse los conjurados.

Mientras ardían las lámparas en la morada ajena y los amigos saludaban y sonreían, el ministro experimentaba cierta excitación agradable, como si le hubieran dado ya o le fuesen a otorgar un galardón inesperado.

Mas luego aquellas habitaciones quedaron obscuras y solitarias. Al través de los cristales, el alumbrado público fingía luminosas y movedizas manchas en los muros y en los techos de aquellos vastos aposentos, hundidos ahora en el silencio más completo.

Solo ya en la ajena alcoba, sintióse el personaje asaltado de súbitos temores.

Padecía de accesos nefríticos, y así, cuando algo le impresionaba hondamente, reflejábase esta impresión en rostro, piernas y brazos, que se cubrían de edemas y se hinchaban, con lo que cada vez se ponía más gordo y fofo. Con angustia de enfermo, empezó a notar cómo su rostro se iba abotagando más y más, y comenzó a preocuparle obstinadamente el trágico fin que le anunciaran. Sucesivamente fueron desfilando por su memoria los últimos atentados que contra ilustres personajes se habían cometido; evocó la trágica visión de sus cuerpos despedazados por las bombas, los trozos de masa encefálica que salpicaban pavimento y paredes, así como los dientes arrancados de las deshechas mandíbulas. Influído por tales recuerdos, parecióle que su cuerpo, tendido en el lecho, no era ya suyo, y creyó sentir la tremenda fuerza de la explosión; experimentó la sensación de que sus brazos se desprendían del tronco, y los dientes se caían, y se le pulverizaba el cerebro, y pies y piernas se le paralizaban, y agarrotábansele los dedos, hasta adquirir rigidez cadavérica. Se agitó en el lecho, suspiró fuertemente y tosió para cerciorarse de que no estaba muerto; el frufrutante rumor de la sedeña colcha y el crujido del sommier aliviaron su acongojado ánimo; mas para acabar de tranquilizarse y alejar de sí toda idea de muerte, exclamó en alta voz, que rasgó el silencio nocturno:

— ¡Bravo, muchachos! ¡Muy bien, muy bien!

Quería dirigirse a sus polizontes y a sus soldados, a todos los que, al hacerle aquella confidencia y advertirle tan oportunamente el proyectado crimen, salváranle la vida. Sin embargo, aun cuando aprobaba la acción de la policía y trataba con sonrisa forzada de expresar el desprecio por el fracaso de sus torpes enemigos, no creía poder salvarse, ni que la muerte no le sobreviniese súbita y rápidamente. La muerte con que los conjurados le amenazaban se erguía ante él y se apoderaba de su pensamiento y paralizaba sus intenciones, como si estuviese agazapada allí, en un rincón de la alcoba, y dispuesta a no moverse de allí en tanto que los criminales no fuesen detenidos y desarmados y encarcelados tras seguras rejas y fuertes cerrojos. Recordó las palabras del policía:

— ¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

Esta frase le perseguía, le obsesionaba, como un estribillo repetido en todos los tonos: jocoso y burlón unas veces, fiero otras, frío y monótono en ocasiones. Dijérase que una mano misteriosa había instalado en la alcoba multitud de altavoces que, sucesiva e incansablemente, anunciaban con mecánica estupidez:

— ¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

De pronto, aquella hora del día siguiente separóse, como arrancada del indistinto conjunto de las otras, y aquel fragmento de tiempo, que apenas era sino un mudo avance de la manecilla en la esfera del áureo reloj, cobró un gesto de amenaza, de aciago presagio; con ágil brinco separóse del círculo, comenzó a vivir por sí misma y se irguió como altísimo y sombrío poste que partía en dos la vida. Era como si se hubiesen borrado todas las demás horas y únicamente aquélla se alzase con insolente gesto, como si ella tuviese derecho a una existencia especial.

Encaróse con ella el ministro, y ¿Qué quieres?, le preguntó con cólera.

El coro de altavoces continuaba:

— ¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

Y el poste negro se inclinaba en irónica reverencia.

El ministro no podía conciliar el sueño; apretó los dientes, incorporóse en el lecho y sepultó el hinchado rostro entre las manos.

Con igual intensidad que si los estuviese viviendo, imaginó los momentos de la siguiente mañana. ¡Cómo, a no haber sabido lo que se preparaba, se hubiese levantado al igual que todos los días! ¡Cómo hubiera tomado café, ignorante y despreocupado! ¡Cómo, en fin, se hubiera vestido en su tocador, sin que ni su ayuda de cámara ni el criado que le sirvió el desayuno comprendieran lo inútil que es servir el desayuno y ayudar a poner el gabán a quien a los pocos momentos ha de desaparecer, con el gabán que cubre su cuerpo y el café que dentro de su estómago llevaba, despedazado por una explosión! ...

Separó del rostro las manos y lanzó un ¡ay! en voz alta.

Luego buscó a tientas la llave de la luz y la encendió. Después se levantó y se puso a dar paseos, descalzo, por la alfombra de aquella alcoba que no era la suya. Tropezaron sus ojos con otra llave, y encendió la lámpara a que correspondía. Y dió la nueva luz tan jubilosa animación a la habitación, que del ministerial terror, aun no desaparecido del todo, apenas quedaba otra señal que las revueltas ropas del lecho, cuya colcha yacía por el suelo.

Con la barba despeinada por los bruscos movimientos, desorbitados los ojos y la respiración jadeante, el ministro, que se hallaba en ropas menores, parecía un anciano agitado por el insomnio. Obsesionábale siempre la idea de la muerte que le preparaban, y junto a este pensamiento borrábase el fausto de que estaba rodeado. Con todo, hacíasele difícil creer que aquel cuerpo suyo, tan presente y tangible, pudiera ser devorado por el fuego y sus miembros despedazados por la explosión.

Sentóse, rendido, en una butaca, y apoyó la barba en la mano. Luego fijó en el techo los extraviados ojos.

Y comprendió que allí mismo, en aquella habitación, estaba la causa de sus terrores, allí se hallaba el origen de su susto y de su agitación. ¡Y él, quieto allí, en aquel rincón, no se marchaba, no podía marcharse!

¡Imbéciles! —pensó, haciendo un mohín despectivo.

— ¡Imbéciles! —repitió luego en alta voz.

Y para que pudiesen oírlo aquellos a quienes se dirigía la invectiva, volvióse hacia la puerta. Eran los mismos mozos que poco antes elogiara y el propio agente que con tanta diligencia le había prevenido contra el atentado que se fraguaba.

Es natural —se dijo— que tenga miedo ahora que me lo han contado. Pero si no lo supiera, habría tomado tranquilamente el café. ¿Es que yo tengo miedo a la muerte? ¡Bah! Los riñones me hacen sufrir mucho, y, después de todo, algún día he de morir. ¡Algún día! Mas como no sé cuál, no lo temo. Y esos idiotas me salen ahora con que va a ser mañana, a la una, precisamente a la una, Excelencia, y los muy estúpidos creen que me han hecho un favor, y lo que han conseguido es traerme aquí la muerte, que está aquí, que no quiere irse de aquí. No puede irse, porque está dentro de mí. No es tan terrible la muerte como el saber cuándo se va a morir. La vida sería imposible si se conociese con exactitud la hora de la muerte. ¡Y los muy imbéciles me lo avisan y me dicen: Mañana a la una, precisamente a la una, Excelencia!

Animóse súbitamente, como si alguien, le hubiese anunciado que era inmortal, que no moriría nunca, nunca. Parecióle recobrar todas sus facultades intelectuales, todo su vigor físico, su superioridad, en fin, sobre aquella reata de imbéciles que con tan necia osadía querían revelar el futuro. Y pensó que el mejor don que puede alcanzar un hombre anciano y achacoso es la ignorancia.

¡Bendita ignorancia ésta de la hora del fin, que ningún ser vivo, hombre o bestia, puede adivinar! Poco antes había estado el ministro enfermo; desahuciáronle los médicos y le invitaron a dictar sus últimas disposiciones. Él no les había hecho caso, y, en efecto, al poco tiempo estaba como si tal cosa, sano y libre de las amenazas de los facultativos.

En cierta ocasión, en su juventud, acosado por la vida, pensó abandonarla; tenía ya escrita la consabida carta, cargado el revólver y hasta designada la hora fatal; pero al sonar ésta se volvió atrás. Es que siempre, en el supremo instante, puede ocurrir algo, puede presentarse alguna circunstancia imprevista. Y así, nadie, ni aun el que ha determinado su propia muerte, puede decir cuándo va a morir. ¡Y aquellos amables burros venían a decirle: A la una, precisamente a la una, Excelencia! Y no obstante estar ya, cuando le llegó el aviso, conjurado el peligro y la muerte evitada, el solo anuncio de la hora empavoreció su ánimo. Tal vez le matasen cualquier día, pero ya no sería mañana, y como no sería mañana, podía echarse a dormir con la tranquilidad del justo que ha conquistado ya la inmortalidad. ¡Qué estúpidos aquéllos y cuán ajenos estaban de pensar qué terrible secreto habían violado, qué hondos abismos habían abierto al anunciar con su enfadosa amabilidad:

¡A la una, precisamente a la una, Excelencia!

Una voz, la voz del silencio, dijo:

No, señor ministro; no será a la una; no se sabe cuándo será.

— ¡Eh! ¿Quién habla ahí? ¿Qué dices?

Nada —prosiguió la voz del silencio—. Nada.

— Sí, algo decías.

No, nada de importancia. Digo que mañana a la una ...

Sintió el ministro el corazón atenazado por la angustia; no dormiría, no, aquella noche; no gozaría de sosiego ni de alegría en tanto que no transcurriese y se perdiese en el pasado aquella hora fatal, que aún se agazapaba en un rincón y lo obscurecía con su sombra ...

Ya no temía a los asesinos de mañana. Habían sido apresados por la turbamulta de fieles que le rodeaban y defendían su vida.

Pero sobre él pesaba la amenaza de algo imprevisto e ineluctable: tal vez la apoplejía, el corazón que se rompía, la aorta que, henchida de sangre, saltaba en mil pedazos, como un tubo que no puede resistir la presión del agua, como un guante que estalla por hinchazón de la mano que lo calza ...

Advertía que su corto y grueso cuello de apoplético estaba insensible, y contemplaba despavorido sus dedos rígidos y amoratados, en los que ya se presentara el edema.

Y si antes, en las tinieblas, habíase agitado para convencerse a sí mismo de que no estaba muerto, ahora, bajo aquella luz de fría blancura, no podía ni extender el brazo para coger un cigarro u oprimir el botón del timbre. Sus nervios estaban tensos y rígidos como alambres. Apenas podía respirar.

De repente, un sonido agudo y vibrante, el repiqueteo de un timbre eléctrico, rasgó desde el techo el silencio y la obscuridad de la noche, taladró las capas de polvo, atravesó las telas de araña: Su Excelencia llamaba.

Encendiéronse todas las lámparas de la casa, y empezaron los criados a correr de un lado para otro.

Oíase una voz grave y entrecortada. Alguien fue al teléfono para avisar al médico: el ministro se había puesto muy malo. Fue preciso prevenir a su esposa para que acudiese al lado del enfermo.

Capítulo II. La pena de la horca

Las cosas ocurrieron según las había previsto la policía. Cuatro terroristas, bien pertrechados de armas y explosivos, entre los que se hallaba una mujer, fueron detenidos cuando aguardaban al ministro, a la misma entrada de su casa. También prendieron, en su propio domicilio, a la dueña del local en que los conjurados celebraban sus reuniones, y allí, asimismo, se encontró dinamita en abundancia, bombas y armas diversas.

Todos los detenidos eran jóvenes: el de más edad tenía veintiocho años; el de menos, una mujer, diecinueve. El juicio se celebró en el mismo lugar donde fueron encarcelados, y la vista fue brevísima y a puerta cerrada, como de costumbre al tratarse de tales delitos.

Cuando comparecieron ante sus jueces, mostráronse los cinco serenos, pero serios y pensativos. Tal era el desprecio que hacia aquellas gentes sentían, que ni siquiera se les ocurrió fingir alegría o alardear de valor. Hubo preguntas a las que ninguno quiso contestar; otras veces, sus respuestas eran lacónicas y sencillas, como si, en vez de hallarse ante un tribunal que había de decidir su suerte, estuviesen proporcionando datos a una oficina de estadística. Tres de ellos, dos hombres y una mujer, dieron sus verdaderos nombres, otros dos se negaron, permaneciendo desconocidos para los jueces. Si algo lograba despertar en algún modo su curiosidad, amortiguada y casi extinta, como suele ocurrir a los enfermos muy graves o a las personas obsesionadas por una idea fija, no era, ciertamente, lo que decían los jueces, sino lo que acontecía en la sala. Dirigían en torno furtivas miradas, cazaban al vuelo alguna frase que les interesaba, y en seguida volvían a caer en su pensativo mutismo.

El que se hallaba más cerca de los jueces era un tal Serguéi Golovin, oficial del ejército e hijo de un coronel retirado. Era un muchacho fuerte como un roble, rubio y muy joven. Ni las privaciones de la prisión ni la amenaza de una muerte próxima habían sido parte a empalidecer sus encendidas mejillas ni amortiguar el juvenil brillo de sus ojos, en que aun se reflejaba una expresión de candorosa felicidad. Miraba el paisaje a través de una ventana, y a cada momento se pasaba la mano por la incipiente barba, que, sin duda por serlo, le causaba desazón en el rostro.

Eran los últimos días de invierno, cuando un sol rubio y cálido, mensajero de la ya muy próxima primavera, suele atravesar los remolinos de nieve y hender los cendales de bruma; acaso la visita del astro durase tan sólo un día, tal vez una hora no más, pero su luminosidad radiante bastaba para que los gorriones se volviesen locos de alegría y las gentes se emborrachasen de júbilo.

Por la ventana —que aun conservaba, como reliquias del último verano, una capa de polvo y cortinas de telarañas— vislumbrábase el cielo, hermoso y límpido como muy pocas veces se viera; tal vez, al mirarlo en los primeros instantes, los ojos, empañados aún por las nieblas invernales, no advirtiesen toda su inmaculada pureza; pero a medida que lo contemplaban se les aparecía más terso y más azul.

Miraba Serguéi Golovin el cielo, siempre rascándose la barba, entornaba voluptuosamente los ojos, que largas pestañas embellecían, y volvía luego a sumirse en sus pensamientos. Una vez hizo una especie de castañeta con los dedos, y su rostro se dilató con expresión de gozo; pero de pronto miró en torno suyo y el júbilo se le extinguió, como se apaga un fósforo que se pisa. Se puso pálido como un muerto. Sin embargo, la alegría de la vida y el sol de primavera vencieron una vez más, y al poco tiempo el juvenil e ingenuo rostro elevábase nuevamente hacia el cielo.

Pero no estaba solo en su admiración: también lo contemplaba la muchacha que no había querido dar su nombre, y que se llamaba Musia. Era aun más joven que Golovin, pero su precoz seriedad y la profunda mirada de sus ojos negros hacíanle aparentar más años. Que éstos eran muy pocos se veía, con todo, en la graciosa morbidez de su cuello, en las finas y transparentes manos, en algo, en fin, inefable y fragante. Estaba muy pálida, pero no era la suya la palidez de la muerte, sino la transparente blancura que una intensa llama interior da a muchos rostros hasta hacerles tomar apariencia de porcelana.

Sin moverse apenas en su silla, sólo alguna que otra vez se miraba el dedo del corazón de la mano derecha, donde una sortija que poco antes le quitaran había dejado visible señal. Serena, indiferente a cuanto la rodeaba, miraba al cielo, único vestigio de pura belleza que en el sórdido conjunto de aquella sala se ofrecía a sus ojos.

Los jueces sentían compasión por Serguéi Golovin, pero en cambio odiaban a Musia.

Había otro personaje, que, según propia declaración, se llamaba Verner, y que permanecía inmóvil, con las manos en las rodillas. Contemplaba el sucio entarimado, y nadie hubiera podido decir si su pensamiento estaba allí o si, desasiéndose de cuanto le rodeaba, habíase ausentado de aquel lugar. Tratábase de un hombre de mediana estatura. Su rostro, de singular hermosura y nobleza, era tan blanco y pálido, que recordaba las noches de luna a orillas del mar. Parecía reunir a una fuerza extraordinaria una fría seguridad en sí mismo. Contestaba breve y cortésmente a las preguntas que se le hacían; pero aun entonces había en él no sé qué de peligrosa superioridad, que se advertía hasta en sus más ligeros movimientos. Se envolvía en el capote que usan los carcelarios, pero esta prenda parecía despegársele del cuerpo. Cuando fue detenido se le encontró únicamente un revólver, en tanto que a sus compañeros se les halló un verdadero arsenal de armas y materias explosivas. Los jueces, sin embargo, le suponían el jefe de los conspiradores y, a pesar suyo, le manifestaban alguna deferencia.

Muy próximo a él hallábase un individuo de aspecto cadavérico, llamado Vasili Kashirin, que luchaba denodadamente por ocultar el terror que le dominaba. Desde la hora de la mañana en que los habían conducido ante el tribunal, el descompasado ritmo de su corazón amenazaba con ahogarle; tenía la frente bañada en sudor y helados los pies y las manos. Pudo, con sobrehumano esfuerzo, evitar que los miembros le temblasen y hacer que su voz pareciese firme y segura, así como serena su mirada. No veía lo que le rodeaba, y las palabras y las frases que allí se pronunciaban, llegaban a él como a través de la niebla, casi apagadas por espesas y acolchadas paredes; para replicar a las preguntas que se le hacían había de poner toda su voluntad en despertar de aquella especie de ensueño entre nieblas. Luego no volvía a acordarse de preguntas ni respuestas y volvía a sumirse en sus meditaciones y a empeñarse en su lucha interior. La muerte parecía rondarle ya, y esta circunstancia desviaba de su rostro las miradas del tribunal. Lo mismo podía ser joven que viejo: tan difícil era calcular su edad como si se tratase de un cadáver que comienza a descomponerse. Sus documentos, sin embargo, atestiguaban que tenía veintitrés años. Verner le daba de vez en cuando una palmadita en las rodillas, y él le replicaba:

— No es nada.

Algunas veces experimentaba irresistible deseo de gritar, de aullar, como un animal desesperado; cuando esto le ocurría, pasaba un rato cruel. Arrimábase silenciosamente a Verner, y éste le decía, sin mirarle:

— Paciencia, Vasia. Pronto dejaremos de sufrir.

La quinta terrorista, Tania Kovalchuk, preocupada e inquieta, miraba a sus compañeros con expresión maternal y solicita. Y parecía, en efecto, madre de todos ellos, pese a su extremada juventud y a la lozanía de sus mejillas, tan encendidas como las de Serguéi Golovin; pero sus ojos tenían una expresión de ternura inefable, de infinito amor.

Apenas si se dignaba mirar al tribunal. Estaba pendiente de las declaraciones de los demás, preocupada de que no les temblase la voz, de que no tuviesen miedo.

A Vasili, Tania ni siquiera se atrevía a mirarlo. A Musia y a Verner los contemplaba con mezcla de orgullo y respeto, y su rostro adquiría entonces expresión de patética gravedad. En cambio, cuando miraba a Serguéi sonreía y se decía:

— ¡Eleva tus ojos al cielo, amigo mío! Pero ¿qué va a ser de Vasia? ¡Ay, Señor, Señor! ¿Qué podría hacer por él? ¿Decirle algo? Acaso fuera peor. A lo mejor se echa a llorar.

Así como las nubes viajeras se reflejan a la hora del crepúsculo en las serenas aguas de un lago, del mismo modo en aquel semblante todo bondad se reflejaban todos los sentimientos, todas las ideas, aun las más leves, aun las más fugaces, de los cuatro amigos de Tania. Ni siquiera se le ocurría pensar que también ella estaba acusada, que asimismo habían de juzgarla y que igualmente la ahorcarían. No le preocupaba gran cosa. En su domicilio fue precisamente donde habían sido hallados las armas y los explosivos, y, aunque parezca raro, ella misma fue quien recibió a tiros a la policía e hirió a un agente en la cabeza.

A las ocho de la noche terminó la sesión. Musia y Serguéi seguían mirando al cielo, que poco a poco iba obscureciéndose. No tenía ese tinte rosado, esa luminosidad sonriente, de los atardeceres estivales; habíase tornado de repente hosco y ceñudo, nuboso y lóbrego, como cielo de invierno. Golovin lanzó un suspiro y miró de nuevo a través de la ventana. Mas ya nada se veía; era noche cerrada, una noche negra y helada. Entonces, el joven, sin dejar de acariciarse la incipiente barba, volvió los ojos, curiosos como los de un niño, hacia los jueces, y los fijó luego en los guardias que estaban allí custodiándolos, rígidos, con sus fusiles prevenidos. Miró, finalmente, a Tania y sus labios insinuaron una sonrisa. También Musia apartó la mirada del cielo cuando éste se obscureció, y la fijó en una telaraña. Así permaneció durante la lectura de la sentencia.

Cuando se hubo cumplido este requisito, los defensores de los condenados se despidieron de éstos, que no quisieron mirar los ojos, entre avergonzados y tristes, de los abogados. Al salir cambiaron algunas palabras.

— No es nada, Vasia —dijo Verner—; todo acabará pronto.

— Sí, amigo, todo —replicó Kashirin, sereno, casi alegre.

Había perdido su aspecto cadavérico, y su semblante se había coloreado levemente.

— ¡Ah, diablos! ¡Al fin han conseguido hacernos ahorcar! —exclamó el candoroso Golovin.

— ¡Bah! —contestó Verner— Eso estaba descontado.

Tania quiso consolarlos, y les dijo:

— Mañana se ratificará la sentencia y nos encerrarán a todos juntos, y ya no nos separaremos hasta la hora de morir.

Musia callaba. Al fin echó a andar con decisión.

Capítulo III. ¡No tienen que ahorcarme!

Por el mismo tribunal que sentenció a los terroristas había sido condenado dos semanas antes un tal Iván Yanson a la última pena.

Prestaba sus servicios este hombre como peón en casa de un rico labrador, y era uno de tantos jornaleros, sin nada que le distinguiese de los demás. Era estonio, de Vesenberg, y había pasado su vida de hacienda en hacienda, pero acercándose cada vez más a Petrogrado. Apenas conocia el ruso, y como quiera que en casa de Lásarev —que así se apellidaba su amo— no había ningún otro estonio, Yanson pasó los dos años que estuvo en aquella casa casi sin hablar.

Yanson, por lo demás, no era muy parlanchín. Tan callado con los animales como con los hombres, nada decía a los caballos cuando los llevaba al abrevadero ni cuando los enjaezaba y enganchaba; cuando algún jaco se desmandaba, la emprendía con él a latigazos, con cruel ensañamiento, pero sin proferir palabra. Si tenía algunas copas de más, golpeaba a los animales con tal furia, que el restallar del látigo llegaba hasta la misma casa. Su amo le castigaba a menudo por su brutalidad, pero, en vista de que todo era inútil, le dejó por imposible.

El estonio se emborrachaba todos los meses invariablemente, y algunos más de una vez, sobre todo cuando llevaba a su amo a la estación. Luego que éste bajaba del trineo, Yanson se alejaba como cosa de medio kilómetro, y allí, junto a la carretera, enterrados en la nieve el vehículo y el caballo, esperaba, medio dormido, que el tren se marchase. Entonces volvía a todo correr a la estación y echaba unos tragos en la cantina; al poco tiempo estaba como una cuba.

Regresaba a la finca a galope tendido, golpeando sin piedad al caballo. El pobre animal daba desesperados botes, y el trineo chocaba con los postes del telégrafo; Yanson, entre tanto, sin cuidarse de más, cantaba y gritaba algo a voz en cuello en su idioma, y no era raro que se cayese del pescante. A veces, en vez de cantar, apretaba los labios con sorda cólera y avanzaba con vertiginosa rapidez, que ni en las curvas ni revueltas del camino moderaba. Parecía no ver siquiera a los viandantes. Cómo no atropellaba a ninguno, cómo no se mataba él mismo, es lo que no se explicaba nadie.

Muchas veces estuvo su amo a punto de despedirle, como habían hecho ya otros muchos. Pero como trabajaba barato y, después de todo, sus compañeros no eran mucho mejores, permaneció dos años en casa de Lásarev, sin que ningún suceso notable viniese a turbar el monótono curso de su vida. Tan sólo cierto día recibió una carta escrita en su idioma; pero como él no sabía leer, y allí nadie conocía el estonio, la rompió, la tiró a la basura y se quedó tan fresco.

En una ocasión quiso cortejar a la cocinera, mas ésta le desdeñó y se mofó de su pequeña estatura, su cara pecosa y sus ojos verdes y apagados. Yanson, sin apurarse por el mal éxito de su pretensión, no volvió a ocuparse de la cocinera.

Como queda dicho, apenas hablaba; pero, en cambio, siempre parecía a estar escuchando algo. Escuchaba los rumores del campo, al que los montones de estiércol, enterrados bajo la nieve, daban apariencia de cementerio; el zumbido de los hilos del telégrafo; las conversaciones de la gente; hasta el aire azul parecia decirle algo. ¿Qué? Esto sólo él lo sabía.

Un día que se hablaba de crímenes y robos, supo que en uno de los pueblos inmediatos unos desconocidos habían saqueado una finca, asesinando al dueño y a su mujer, e incendiando la casa.

Este suceso llevó el pánico a la granja donde Yansort servía. Soltáronse los perros, incluso durante el día, y el dueño no se separaba de su escopeta. A Yanson le dió otra muy parecida, aunque un poco más vieja y de un cañón; pero el estonio hizo un gesto negativo y rechazó el arma. El labrador, que no acertaba a explicarse la causa de la negativa, le reprendió agriamente, pero Yanson confiaba más en su cuchillo finlandés que en aquel chisme mohoso.

— A lo mejor me mato yo mismo —decía, fijando en su amo los turbios y apagados ojos.

— ¡Qué idiota eres, Iván! ¡Vaya usted a vivir con esta gente!

Y he aquí que aquel mismo Iván Yanson, que no confiaba en la escopeta, una noche de invierno en que. por haber ido el otro cochero a la estación, se quedó en casa, cometió, como quien no hace nada, un asesinato, con los aditamentos de robo e intento de violación. Lo había hecho de una manera extraordinariamente sencilla: encerró a la criada en la cocina; luego, fingiéndose rendido por el sueño y andando como quien no puede tenerse en pie, se acercó sigilosamente a su amo y le hundió el cuchillo en la espalda. La víctima cayó sin lanzar un ¡ay!; su mujer ... enloquecida por el terror, empezó a pedir socorro, y Yanson, rechinando los dientes y esgrimiendo el cuchillo, registró muebles y cajones y se apoderó de cuanto dinero halló en ellos. Después de esto miró a su ama como si la hubiese visto por primera vez, y se arrojó sobre ella con propósito de violarla. Mas se le cayó el cuchillo, y como la señora era más fuerte que el estonio, éste no logró su intento, y, lo que es más, a poco muere estrangulado. En aquel momento el labrador se agitó en el suelo; la cocinera empezó a gritar y a derribar la puerta, y el criminal huyó. No tardaron, sin embargo, en detenerle; queriendo añadir al asesinato el incendio, se dirigió a la cuadra, y allí le hallaron, cuando trataba de llevar a cabo su propósito encendiendo las cerillas que llevaba.

Pocos días después el amo murió de la infección a la sangre y Yanson fue condenado a muerte. Pequeño, delgaducho, con su cara llena de pecas y sus ojos turbios y apagados, mostró al comparecer ante sus jueces tal indiferencia, que no parecía comprender la importancia de su delito. Miraba a la sala con curiosidad y se pellizcaba las narices con sus rudos y achatados dedos. Sólo los que le habían visto los domingos en la iglesia protestante podían notar que estaba un poco mejor vestido. Llevaba al cuello una bufanda de un rojo sucio; habíase humedecido los cabellos, que así parecían más obscuros y brillantes a trechos, en tanto que en otros se mostraban ralos y rígidos, como espigas que han sobrevivido a una tormenta.

Cuando Yanson conoció la sentencia que le condenaba a morir ahorcado se estremeció, se encendieron sus mejillas y se puso a anudar y desanudar la bufanda, que, al parecer, le sofocaba. Luego empezó a agitar los brazos, y dirigiéndose a uno de los magistrados, que no era el que había leído el fallo, señaló a éste con el dedo y dijo:

Esa dice que me ahorquen.

— ¿Quién es ésa? —preguntó con severo tono el presidente del tribunal, que había leído la sentencia.

Apenas si los jueces podían disimular su sonrisa; para lograrlo mejor, escondían los rostros tras los papelotes de la causa. Yanson extendió un dedo rígido hacia el presidente y replicó malhumorado y mirándole de reojo:

— ¡Tú!

— ¿Yo?

Volvió Yanson a mirar al otro magistrado, que no hablaba, y en el que el estonio creía ver un amigo, por suponer que no había tenido arte ni parte en la sentencia, y de nuevo dijo:

Esa dice que me ahorquen, y a mí no tienen que ahorcarme.

El presidente ordenó:

— Llévense al acusado fuera de la sala.

Antes de que se cumpliera la orden, Yanson tuvo tiempo de repetir con tono persuasivo:

— ¡No tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen!

Al verle tan grotesco, con un dedo extendido, su diminuta carucha contraída, a la que inútilmente trataba de dar una expresión conmovedora, uno de los guardias que le custodiaban no pudo por menos de decirle, aun faltando a la consigna:

— ¡Mira que eres imbécil, compañero!

Yanson repetía insistentemente:

— ¡No tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen!

— ¡Quiá, hombre, qué te van a ahorcar! Y encima te darán un jamón.

El otro guardia ordenó, enojado:

— ¡Ea, basta de charla! —y añadió en voz baja—: ¡Bandido! ¡Salvaje! Ahí tienes lo que has conseguido con matar a tu amo.

Su compañero, más compasivo, dijo:

— Aun puede que le indulten.

— ¿Qué estás ahí diciendo? ¡Indultar a este asesino! Bueno, ya hemos hablado más de la cuenta.

Yanson había callado. Volvieron a encerrarle en el mismo calabozo que durante un mes ocupara, y al que ya se había ido acostumbrando, como a todo se acostumbraba, lo mismo a las palizas que al vodka y a los áridos campos nevados. Hasta se alegró cuando vió nuevamente los barrotes de la reja, la cama, y su contento subió de punto cuando le dieron de comer, pues estaba aún en ayunas. Le había impresionado desagradablemente lo ocurrido en el tribunal, pero no sabía ni podía pensar en ello. Ni siquiera era capaz de imaginar lo que pudiera ser la pena de horca.

Había en la cárcel otros condenados a la última pena, y, por consiguiente, era el suyo un caso como otro cualquiera, sin importancia alguna. Sus carceleros le hablaban tranquilamente, como si no fuese a morir pronto o como si fuese a morir de mentirijillas.

Al enterarse de la sentencia el inspector le dijo:

— ¿Qué es eso, amigo? ¿Conque al palo, eh?

— ¿Cuándo me van a ahorcar? —preguntó Yanson, receloso.

El inspector permaneció unos instantes pensativo.

— Tendrás que esperar un poco. No pretenderás que por ti solo vayamos a molestarnos. Hay que esperar a que haya número.

— Bueno, pero ¿cuánto tiempo tardarán?

No le habían molestado en lo más mínimo las despectivas palabras del inspector, o acaso había creído que eran el pretexto que se daba para aplazar la ejecución e indultarle luego, y alegrábale ver cómo el minuto terrible y fatal, en que no podía pensar sin estremecerse de horror, íbase alejando, hasta parecer remoto, inverosímil.

El inspector, que era un viejo gruñón, replicó enojado:

— ¡Cuándo, cuándo ...! ¡Vaya una pregunta! ¡No es como ahorcar a un perro en una cuadra! Pero eres tan bruto, que puede que eso te pareciera preferible.

— ¡No quiero que me ahorquen! —dijo Yanson con mimo infantil—. Eso han dicho, pero ¡yo no quiero!

Y, acaso por primera vez en su vida, rompió a reír, con una risa estúpida, de una alegría absurda. Parecía el graznido de un pato: ¡Cuá—cuá! ¡Cuá—cuá!

El otro le miró sorprendido y luego frunció el ceño; le parecía que aquella risa era una ofensa cruel para la cárcel, que amenguaba la ejemplaridad del castigo, y que a los mismos carceleros les desprestigiaba en algún modo, y por un momento, aquel hombre, que se había pasado la vida en la cárcel, cuyo reglamento celular consideraba tan preciso e infalible como las leyes de la naturaleza, creyó hallarse en un manicomio, y que él mismo se había vuelto loco.

— ¡Qué bruto! —dijo, escupiendo—. ¿De qué diablos te ríes? ¿Te has creído que estamos en una taberna?

— ¡No quiero que me ahorquen! ¡Cuá—cuá! ¡Cuá—cuá! —continuaba Yanson, riendo siempre.

— ¡Es el diablo en persona! —exclamó el vigilante, y en poco estuvo que hiciese la señal de la cruz.

No era precisamente al diablo a quien más se parecía aquel hombrecillo de cara minúscula y ajada; pero su risa de ganso sí tenía algo de diabólica, pues profanaba la santidad y la solidez de la cárcel.

Parecía que, de continuar riéndose un poco más, aquellas carcajadas acabarían por derrumbar muros y rejas, y él mismo tendría que poner en libertad a los presos y decides: ¡Ea, señores, márchense adonde quieran, a paseo o a su casa! ¡Satanás!

Yanson había dejado ya de reírse, y hacia extraños guiños.

¡Qué tipo! —pensó el vigilante, y luego de lanzade una mirada amenazadora se alejó de allí.

Durante el resto de la tarde, Yanson estuvo muy tranquilo, hasta jovial, sin cesar de repetir: ¡No tienen que ahorcarme, no quiero que me ahorquen!, con lo que se persuadía a sí mismo de que, con pronunciar tales palabras, no era preciso más.

Ya apenas se acordaba de su crimen, y si algo lamentaba, era no haber podido violar a su ama. Pero bien pronto ni de esto se volvió a acordar.

No pasaba mañana sin que preguntase al vigilante que cuándo lo iban a ahorcar, a lo que el funcionario le contestaba:

— ¡Tiempo habrá! ¡No tengas prisa, condenado! —y se marchaba en cuanto le era posible, antes de que Yanson empezase a reírse.

Viendo que los días se sucedían iguales unos a otros, Yanson llegó a creer que la ejecución no se verificaría nunca. Casi olvidado ya del tribunal, pasábase las horas muertas tumbado en la tarima y soñando con los campos cubiertos de nieve y salpicados de montoncitos de estiércol, con la cantina del ferrocarril y con otras cosas que le parecían remotas y gratas. En la cárcel le daban bien de comer, y en poco tiempo había engordado bastante. Parecía un personaje.

— Si ahora me viese mi ama, sí que se enamoraría de mí —se dijo un día—. Estoy tan gordo como su marido.

Sus únicos deseos eran beber vodka y montar a caballo.

La detención de los terroristas se supo muy pronto en la cárcel. Aquel día, cuando Yanson le hizo su pregunta de costumbre, el inspector le respondió:

— Ahora, pronto.

Miróle tranquila y solemnemente, y repitió:

— Ahora sí que va a ser pronto. Al cabo de una semana, según creo.

Yanson palideció; parecía como dormido, tan turbia era la mirada de sus ojos vidriosos.

— ¿Estás bromeando? —preguntó.

— Tanto que lo esperabas y ahora no lo crees. No estamos aquí para bromas. Sois vosotros a quienes os gustan las chanzas, nosotros no tenemos tiempo para ello —dijo el inspector con dignidad, y se alejó.

Al anochecer del mismo día, Yanson ya aparecía más delgado. Su piel, alisada durante el último tiempo, se contrajo nuevamente en numerosas arruguitas. Tenía los ojos completamente adormecidos y sus movimientos tornáronse lentos y pesados, como si cada inclinación de la cabeza, cada movimiento de los dedos, cada paso que daba, fuera una empresa difícil y complicada que hubiera de meditarse antes de ser efectuada. Por la noche se acostó en su camilla, pero no cerró los ojos, y así permanecieron abiertos hasta la mañana siguiente.

— ¡Aja! —dijo el inspector con satisfacción, al verle el día siguiente—. Ahora comprendes que no estás en una taberna, amigo.

Sintiendo un gran placer, como el sabio a quien hubiese resultado bien por segunda vez el experimento, examinó al condenado de pies a cabeza: ahora todo iría como era debido. Satanás quedaba avergonzado y se restablecía la santidad de la cárcel y de la ejecución. Preguntó a Yanson con indulgencia y hasta con compasión:

— ¿Querrás ver a alguien o no?

— ¿Para qué ver?

— Para despedirte. De tu madre, por ejemplo, o de tu hermana.

— Que no me ahorquen —dijo Yanson en voz baja, mirando al inspector de reojo—. No quiero que me ahorquen.

El inspector se limitó a mirarle y se alejó nuevamente.

Por la tarde Yanson se tranquilizó. El día no se distinguía en nada de los demás, como siempre brillaba el sol en el cielo invernal, familiarmente sonaban los pasos y las conversaciones en el pasillo, y como todos los días llegaba el olor agrio de col, y Yanson dejó de creer en la ejecución.

Pero por la noche de nuevo el terror se apoderó de él. Antes la noche no significaba para él más que la obscuridad, un espacio de tiempo tenebroso, durante el cual había que dormir; pero ahora sentía su significado misterioso y amenazador. Para no creer en la muerte tenía que ver y percibir en su alrededor lo familiar: pasos en el pasillo, voces, luz, olor de coles; pero ahora, por la noche, todo era extraordinario y aquel silencio Y aquellas tinieblas ya por sí mismas eran trasuntos de la muerte.

Y a medida que pasaba la noche, más terror experimentaba. Con ingenuidad de salvaje o de niño, que todo lo creen posible, Yanson sentía deseos de gritar al sol: ¡brilla! Pero no había fuerza capaz de detener las negras horas de la noche, que se arrastraban lentamente. Y aquella imposibilidad, que por primera vez se presentaba al débil cerebro de Yanson, le llenó de terror; aun no atreviéndose a sentirla claramente, reconocía ya lo inevitable de la muerte cercana y su pie entumecido diríase que pisara el primer escalón del patíbulo.

Durante el día se tranquilizó de nuevo, pero la noche fue nuevamente espantosa; y así continuó hasta que llegó una noche en la que reconoció que la muerte era inevitable y que llegaría al cabo de tres días, al amanecer.

Nunca había pensado en lo que era la muerte, ni tenía ésta para él imagen alguna. Mas ahora la sentía claramente, había percibido su entrada en la celda, en donde le buscaba para arrebatarle. Y huyendo de ella, comenzó a correr por la celda. Pero era tan pequeña que sus rincones no parecían ángulos agudos, sino obtusos, que le empujaban hacia el centro. No había nada detrás de lo cual poder esconderse y la puerta estaba cerrada. Varias veces se echó con el cuerpo contra las paredes y la puerta, produciendo un ruido sordo y vado. Después tropezó con algo y cayó de bruces. Y aquí en el suelo, tocando con el rostro el asfalto negro y sucio, sintió que la muerte le atrapaba y empezó a gritar presa de terror, hasta que acudió gente. Aun cuando le hubieron levantado del suelo y le echaron en la cabeza agua fría, no se decidía a abrir los ojos, fuertemente cerrados. Entreabría uno, veía un rincón alumbrado, o la bota del guardián y de nuevo empezaba a gritar.

Por fin el agua fría hizo su efecto y además contribuyeron a calmarlo unos golpes en la cabeza, suministrados a guisa de remedio por el inspector. Y aquella sensación de la vida ahuyentó la muerte. Yanson abrió los ojos, y el resto de la noche la pasó profundamente dormido, aunque con el cerebro turbado.

Estaba tumbado en la camilla, de espaldas, con la boca abierta, roncando con estrépito. Por entre los párpados entornados blanqueaban los ojos sin pupila.

Desde entonces todo, el día, la noche, los pasos, las voces, el olor a coles, constituía para él un horror continuo y le llenaba de asombro. Su débil pensamiento no era capaz de asociar aquellas ideas tan monstruosamente contradictorias: el día familiar y claro, el gusto y el olor de las coles, y que al cabo de dos días él iba a morir. No pensaba en nada, no contaba las horas, sino permanecía en un mudo terror ante aquella contradicción que desgarró su cerebro en dos partes.

Volvióse pálido, pero su aspecto era tranquilo. Sólo que no comía nada y dejó de dormir. Toda la noche permanecía sentado en su taburete con las piernas cruzadas bajo el asiento, o paseaba furtivamente por el calabozo. Tenía siempre la boca medio abierta, como en un asombro continuo, y, antes de tomar cualquier objeto, lo contemplaba con aire estúpido durante mucho tiempo y luego lo asía en la mano con desconfianza.

Cuando llegó a este estado, los inspectores y los soldados dejaron de preocuparse por él. Aquel estado era natural en los condenados a muerte, y se asemejaba, según aseveración del inspector, a pesar de que éste nunca le había experimentado, al que suele presentar el animal en el matadero, después que le dan con él mazo en la frente.

— Ahora ya está ensordecido y no sentirá nada, ni aun la muerte misma —decía, examinándole con la mirada de hombre experto—. Iván, ¿oyes? ¿Eh, Iván?

— Que no me ahorquen —replicó Yanson con la voz monótona, sin ninguna expresión, y de nuevo dejó caer su mandíbula inferior.

— Si no hubieras matado, no te ahorcarían —díjole el inspector mayor con tono reprobatorio, hombre joven todavía, pero de aspecto serio y con el pecho cubierto de medallas—. ¿Cómo puedes pretender que no te ahorquen, después de haber matado a tu semejante?

— ¡Qué astuto!, ¡quiere matar impunemente! —agregó otro.

— No quiero que me ahorquen —dijo Yanson.

— Quieras o no quieras, lo mismo da —expuso el mayor con indiferencia—. Mejor que hablar tonterías, tendrías que disponer tus cosas. Supongo que tendrás algo.

— Nada tiene. Una camisa, un par de calzones y una gorra de piel. ¡El muy elegante!

Así transcurrió el tiempo hasta el jueves. A las doce de la noche de este día entraron varias personas en el calabozo de Yanson, y un señor con charreteras le dijo:

— Prepárese ... Hay que marchar.

Yanson, moviéndose lenta y dificultosamente, vistió todo lo que tenia, y encima puso la bufanda roja y sucia. Mirando como Yanson se preparaba, el señor con las charreteras dijo a otro señor que estaba junto a él:

— ¡Qué calor hace hoy! Ya llegó la primavera.

Los ojillos de Yanson se le cerraban, movíase con tal lentitud y se encontraba tan adormilado que el inspector le gritó:

— ¡Vamos, más de prisa! Parece que estás durmiendo.

De repente Yanson se detuvo.

— ¡No quiero! —dijo con su voz monótona de siempre.

Le tomaron de los brazos y él se dejó conducir sumisamente. Afuera le envolvió el aire fresco primaveral y sintió que se le humedecía la nariz. A pesar de la noche la nieve seguía derritiéndose y se oían caer sobre la acera las alegres gotas. Mientras los guardias subían al coche obscuro, sin ningún farol, agachándose y haciendo sonar sus sables, Yanson se pasaba el dedo por debajo de la nariz mojada y arreglaba la bufanda, que habia atado mal.

Capítulo IV. Somos de Orel

Ante el mismo tribunal de guerra que había sentenciado a Yanson compareció, y también fue condenado a la horca, un aldeano de la gobernación de Orel, distrito de Eletsk, llamado Mijaíl Golubets, conocido por el apodo de Mishka, el Gitano. Sus últimos crímenes, absolutamente probados, habían sido un robo a mano armada y asesinato de tres hombres. Pero aunque su pasado se perdía en la obscuridad, existían vagos indicios de que había tomado parte en toda una serie de homicidios y robos. Presentíase tras él un rastro de borracheras y de sangre. Con plena franqueza, con absoluta sinceridad, llamábase a sí mismo bandido, y se mofaba irónicamente de la otra casta de ladrones, los urbanos, que por moda se adulaban, calificándose de expropiadores. Del último crimen, en que hubiera sido inútil el negar, había hecho el relato voluntaria y detalladamente; en cambio, a las preguntas sobre su pasado sólo había respondido, enseñando los dientes, con esta frase:

— ¡Buscad el viento en el campo!

Al verse estrechado por los jueces, el Gitano había adoptado un aire digno y serio, contestando:

— Todos los de Orel somos hombres despiertos, —y había añadido, grave y juiciosamente—: Los de Orel y Kroma son los primeros ladrones. Los de Karachev y Livni lo son más, y más todavía los de Eletsk, porque los de Eletsk son los padres de todos. ¿Para qué, pues, seguir hablando?

Mijaíl había merecido el apodo de el Gitano por su aspecto exterior y también por sus mañas excepcionales de ladrón. Era muy moreno, flaco; tenía manchas amarillentas en sus pómulos abultados de tártaro y revolvía los ojos de un modo extraño, como un caballo. Su mirar era rápido, pero penetrante e inquisitivo. Las cosas en que ponía la vista parecia como si perdiesen algo de su tamaño, como si le entregasen una parte de sí mismas y adoptasen otra forma. El cigarrillo en que posase la mirada sería difícil que lo cogiese nadie, como si ya lo hubiese consumido otra boca. Bebía el agua en cantidades enormes, y la movilidad de su temperamento le hacia aparecer tan pronto reconcentrado como expansivo, a manera de un haz de chispas.

A todas las preguntas del tribunal había contestado en forma categórica, firme y hasta como con satisfacción:

— ¡Es cierto!

A veces recalcaba:

— ¡Es ci—er—to! y de un modo inesperado, cuando los señores del tribunal empezaron a tratar de otro asunto, habíase levantado de un salto y rogado al presidente:

— ¿Me permite usted dar un silbido?

— ¿Para qué? —inquirió aquél con asombro.

— Como dicen los testigos que yo hacia señales a mis compañeros, pensé que les interesará a ustedes saber cómo lo había hecho.

El presidente, algo perplejo, se lo permitió. Entonces, el Gitano metió en la boca dos dedos de cada mano, revolvió los ojos como una fiera y rasgó el aire inerte de la sala con un silbido, un silbido verdaderamente salvaje, de esos que a veces aturden a los caballos y les hacen caer sobre las patas traseras. En aquel penetrante sonido, ni humano ni de fiera, había de todo: la angustia mortal del que perece asesinado, la alegría salvaje del asesino, la amenazadora advertencia, la llamada a rebato, la obscuridad de las noches lluviosas de otoño y la soledad imponente de la llanura.

El presidente dijo algo, hizo después una señal con la mano y el Gitano calló sumiso. Y como un artista que acabase de cantar con éxito un aria difícil, pero siempre aplaudida, sentóse, secó en el capote los dedos mojados y miró con petulancia a los concurrentes.

— ¡Vaya un bandido! —dijo uno de los magistrados, rascándose una oreja.

Pero su vecino, que tenía barba ancha a la rusa, y ojos de tártaro como los de el Gitano, contempló pensativamente al bandido, sonrió y exclamó:

— En realidad, no deja de ser interesante.

Y con el corazón tranquilo, sin compasión y sin el menor remordimiento, los jueces condenaron a muerte al criminal.

— ¡Es justo! —dijo éste cuando hubieron terminado de leer la sentencia—. ¡Una horca en campo raso! ¡Pues es lo que merezco!

Y volviéndose hacia un soldado del convoy añadió, por bravuconería:

— ¡Bueno, vamos, atontado! ¡Y ten cuidado con el fusil! ¡A ver si te lo quito!

El soldado le miró severamente, lanzó una ojeada a su compañero y examinó el gatillo del arma. El otro hizo lo mismo. Y todo el camino hasta la cárcel parecióles a ambos, absortos ante la actitud del condenado, que no iban a pie, sino que volaban.

Hasta la ejecución, Mishka el Gitano, lo mismo que Yanson, tuvo que estar diecisiete días en la cárcel. Y aquellos diecisiete días pasaron para él volando, como uno solo, alentando un pensamiento inextinguible: el de la fuga, el de la libertad y la vida. Las paredes que le cercaban, las rejas, la ventana mortal, por donde no se veía absolutamente nada, redoblaban la inquietud, siempre violenta, de su pensamiento, y se lo abrasaban como carbones encendidos abrasarían una tabla. Por su mente pasaban cual torbellinos imágenes claras, aunque imperfectas, que se encaminaban todas a un fin: la fuga, la libertad, la vida. Con las ventanas de la nariz dilatadas, venteaba horas enteras el aire, que le parecía oler a cáñamo y a incendio, o recorría de un lado a otro el calabozo, tentando las paredes, dando en ellas golpecitos con los dedos, atravesando con la mirada el techo o aserrando mentalmente las rejas. Con su agitación turbulenta atormentaba al soldado que le vigilaba por la mirilla, y que más de una vez, desesperado, le amenazó con pegarle un tiro. El Gitano le contestó con una sarta de burlas y groserías, y el asunto terminó con bien sólo porque la disputa se fue convirtiendo en un diálogo vulgar e inofensivo, de muyik, con motivo del que habría resultado absurdo e imposible disparar el fusil.

De noche dormía profundamente, con una inmovilidad en que, no obstante, latía la vida, a la manera de un resorte temporalmente inactivo. Pero al levantarse se ponía en seguida a recorrer la habitación, a imaginar nuevos planes de evasión, a palpar las paredes ansiosamente. Tenía siempre las manos secas y calientes, pero alguna vez se le enfriaba de súbito el corazón, como si le metieran dentro del pecho un pedazo de hielo que hiciese temblar su cuerpo. En tales instantes se acentuaba el color moreno de su tez, tomando un matiz azulado de hierro fundido. Había adquirido una costumbre extraña: como si hubiese comido una cosa demasiado dulce, insoportablemente dulce, chasqueaba continuamente la lengua contra los dientes con una especie de silbido. No terminaba las palabras, porque sus pensamientos fluían con tal rapidez, que la lengua no acertaba a servirlos.

En una ocasión vino de día a su calabozo, en compañia de un soldado, el inspector mayor, y al mirar el suelo cubierto de saliva, dijo malhumorado:

— ¡Cómo has ensuciado esto! ...

El Gitano le replicó con rapidez:

— Tú, en cambio, cara de perro, has ensuciado toda la tierra y no te digo nada. ¿A qué has venido aquí?

El inspector, con la misma rudeza, le dijo que había una plaza vacante de verdugo, y le propuso desempeñarla. El Gitano se echó a reír a carcajadas, enseñando sus dientes:

— ¿Conque ho hay aspirantes? ¡Pues sí que es gracioso! ¡Que manden, que manden ahorcar ahora! ¡Ja, ja! Tienen todo: tienen un pescuezo y tienen una cuerda, pero se fastidian, que no tienen quien ahorque. ¡Realmente, es gracioso!

— Quedarás vivo si aceptas.

— ¡Hombre, claro! ¡Después de muerto no iba a ahorcar!

— Bueno, ¿en qué quedamos? ¿Aceptas el cargo o no lo aceptas?

— ¿Y cómo ahorcan ustedes? ¿Será ocultamente, en silencio, o en público?

— Sí, con música —replicó groseramente el inspector.

— ¡Qué tonto eres! Claro que se necesitará música. Algo así —y se puso a cantar una cosa alegre.

— Estás loco, amigo —dijo el inspector—. Bueno, ¿qué decides? Habla con formalidad.

El Gitano volvió a enseñar los dientes, exclamando:

— ¡No te precipites! ¡Vuelve otro día y hablaremos!

Y en el caos de imágenes vivas, pero incompletas, que abrumaba al Gitano con su vértigo loco, hilose lugar otra nueva: ¡Qué bien estaría él de verdugo, con blusa roja! Sin que faltara detalle, se representó la plaza, llena de gente; el patíbulo, asomando en alto, y él, con su blusa roja, paseando por la plataforma con el hacha en la mano diestra. El sol lo iluminaba todo y centelleaba en el arma, y era el cuadro tan alegre y animado, que el mismo condenado, a quien iban a decapitar, sonreía también. Detrás del público se veían los carros y los caballos de los muyik que habían acudido de las aldeas, y más allá, el campo, verde y dilatado.

Pensando todo esto, chasqueó los labios, pasó por ellos la lengua y escupió.

Pero de improviso, como si le hubieran encasquetado el gorro de piel hasta la boca, obscureci6sele todo; sintió un nudo en la garganta, y el corazón se le convirtió en un pedazo de hielo, que heló todo su cuerpo.

Dos veces más volvió a pasar el inspector por su calabozo, y las dos le dijo el Gitano, enseñando los dientes:

— ¡Qué impaciente eres! Vuelve más tarde.

Por fin, un día, al pasar por delante del calabozo, el inspector le gritó por la mirilla:

— ¡Has perdido tu oportunidad! ¡Ya está cubierta la plaza!

— ¡Bueno, vete al diablo y ahórcate! —replicó malhumorado el Gitano, y dejó de pensar en ser verdugo.

A medida que se aproximaba el día de la ejecución, el tumulto de sus fragmentadas visiones se le hizo atrozmente insoportable. Habría querido detenerse, hincar los pies y pararse; pero un torrente circular le arrastraba y giraba en torno suyo. Tornóse inquieto su sueño; asaltábanle pesadillas horrendas, todavía más agobiadoramente impetuosas que sus pensamientos diurnos. Ya no era aquello un torrente, sino una caída sin fin desde una montaña también sin fin, un vuelo vertiginoso por el mundo entero. Cuando estaba libre usaba sólo un bigote bastante elegante; pero en la cárcel le había salido una barba corta, negra y de pelos tiesos, que le daba aspecto de loco. A veces conseguía apartar todo pensamiento y daba vueltas por el calabozo sin ton ni son; empero, aun en aquellos momentos, seguía palpando las paredes como si buscase salida. Y siempre bebía agua en cantidades enormes.

Cierto día, al anochecer, cuando encendieron la luz, el bandido se puso a gatas en medio del calabozo y empezó a aullar como un lobo, con voz trémula. Tenía en aquel instante una gravedad particular, y aullaba como si estuviese haciendo una cosa importante e imprescindible. Llenaba el pecho de aire, lo dejaba salir lentamente, con un sonido prolongado y vibrante, cerrando al propio tiempo los ojos, escuchando con atención.

El temblor de la voz parecía hecho adrede, como todo aquel grito de fiera, lleno de indescriptible horror y tristeza, en cada una de cuyas notas percibíase un cuidado especial de artista concienzudo.

De pronto dejó de aullar, permanecio callado unos cuantos segundos, sin abandonar la postura, y quedito con la cara pegada al suelo, profirió:

— ¡Hermanitos míos, queridos! ... ¡Hermanitos, tened compasión! ... ¡Hermanitos! ... ¡Queridos! ...

Y como si esperase la respuesta, dicha una frase, se quedaba escuchando.

Luego se levantó de un salto, y durante una hora entera estuvo vomitando insultos:

— ¡Tales y cuales! ... —gritaba, revolviendo los ojos, inyectados en sangre—. ¡Si queréis ahorcarme, hacedlo de una vez! ¡Hijos de ...!

El soldado, blanco como la cera, llorando de angustia y de horror, le apuntaba con el fusil por la ventanilla y le gritaba desesperadamente:

— ¡Te voy a pegar un tiro, como hay Dios! ¡Te voy a dejar seco!

Pero no se atrevía a disparar. Contra los condenados a muerte, a no ser que se rebelasen, nunca se disparaba. El Gitano rechinaba los dientes, blasfemaba y lanzaba escupitajos. Su cerebro humano colocado en la divisoria entre la vida y la muerte se descomponía y desmenuzaba como una partícula seca de barro al soplo del viento.

Cuando aparecieron por la noche en la celda para llevárselo al patíbulo, el Gitano se animó, como si le invadiese un torrente nuevo de vida, asomó a su boca la saliva espumajosa incontenida y sus ojos chispearon con la luz salvaje de otras veces. Mientras se vestía preguntó a uno de los carceleros:

— ¿Quién me va a ahorcar? ¿El nuevo? A lo mejor no sabrá hacerlo todavía.

— De eso no tienes que preocuparte tú —contestó secamente el funcionario.

— ¿Cómo no? Es a mí a quien van a despachar, y no a ti.

— ¡Bueno, a callar!

— ¿A callar? ¡Vaya cara! Pero, hombre, ¡si vas a reventar! ...

— ¡A callar he dicho!

— ¡Bien, hombre; no te incomodes!

Lanzó una carcajada; mas de pronto empezaron a flaquearle las piernas ... Sin embargo, al salir al patio, haciendo un gesto de irónica solemnidad, pudo gritar todavía:

— ¡El coche del señor conde!

Capítulo V. ¡Bésalo y calla!

La sentencia de los cinco terroristas fue notificada en forma definitiva y confirmada el mismo día. A los condenados no se les dijo cuándo se les iba a ejecutar; pero no ignoraban que, como se hacía de ordinario, serían colgados la misma noche o, lo más tarde, a la siguiente, y cuando al otro día, es decir, el jueves, les autorizaron para recibir la visita de sus padres, comprendieron, sin quedarles duda. que la ejecución habría de verificarse el viernes al amanecer.

Tania Kovalchuk no tenía parientes próximos, y los que le quedaban vivían en un remoto lugar de la Pequeña Rusia, y ni siquiera tenían noticia de lo que ocurría; a Musia y a Verner, como desconocidos que eran, ni se les suponían parientes, y solamente Serguéi Golovin y Vasili Kashirin eran los que habían de recibir la visita de despedida de sus padres. Los dos pensaban con terror y tristeza en tal entrevista, pero no se decidieron a negar a los ancianos padres las últimas palabras y los últimos besos.

Serguéi Golovin era el que más sufría ante la idea de la próxima entrevista. Quería mucho a su padre y a su madre; hacía poco que los había visto, y le estremecía la idea de lo que iba a pasar.

La misma ejecución, con toda su monstruosidad, aparecia en su cerebro trastornado como algo menos terrible que aquellos minutos cortos y absurdos, que parecían estar fuera del tiempo y hasta de la vida misma. ¿Cómo iba a mirarlos? ¿Qué iba a decirles? Su cerebro renunciaba a comprenderlo. Lo más sencillo y natural, que sería cogerles las manos, besárselas y decirles: ¡Adiós, padres!, le parecía absurdo y horrible en su monstruosa, inhumana y estúpida falsedad.

Después de dictada la sentencia, no volvieron a colocar juntos a los condenados, como suponía Tania Kovalchuk, sino que pusieron a cada uno en un calabozo distinto, y toda la mañana, hasta las once, hora en que llegaron los padres, Serguéi Golovin anduvo paseando frenéticamente por la celda, pellizcándose la barbilla, encogido lastimeramente y murmurando palabras ininteligibles. De cuando en cuando se detenía bruscamente, llenaba el pecho de aire y lo exhalaba como un nadador que hubiese estado demasiado tiempo debajo del agua.

Pero era tan robusto y tan lleno de vida y juventud, que hasta en aquellos momentos de cruel sufrimiento la sangre le bullía debajo de la piel y enrojecía sus mejillas. Sus ojos azules tenían un fulgor inocente.

La entrevista transcurrió mejor de lo que Serguéi esperaba. El primero que penetró en la habitación destinada a las visitas fue su padre, el coronel retirado Nikolái Serguéevich Golovin, todo blanco, el rostro, la barba, los cabellos y las manos, como una estatua de nieve vestida con ropas humanas. Traía su guerrera vieja, pero cuidadosamente limpia y oliendo a bencina, con las charreteras nuevas, colocadas en sentido transversal, a diferencia de los militares en servicio activo. Entró erguido y con paso firme, tendió la mano blanca y huesuda y profirió en voz alta:

— Hola, Serguéi.

Detrás de él entró, con una extraña sonrisa, la madre, que también le estrechó la mano y repitió en alta voz:

— Buenas tardes, Sereyenka.

Después le besó en los labios y se sentó callada, sin gesticular, ni gritar, ni llorar. No hizo nada de aquello tan terrible que esperaba Serguéi, sino que se contentó con darle el beso y sentarse, y hasta arregló con las manos temblorosas su falda de seda negra.

Serguéi ignoraba que toda la noche anterior, encerrado en su despacho, el coronel, concentrando todas sus fuerzas, había estado imaginando los trámites de aquella escena. Tenemos que evitar a nuestro hijo el amargarle los últimos momentos; antes al contrario, debemos aliviárselos, decidió el coronel, pesando y midiendo escrupulosamente cada una de las frases que había posibilidad de emplear en la entrevista del día siguiente. Pero de cuando en cuando se embarullaba, olvidaba lo que había preparado y lloraba amargamente en el rincón de su diván de hule. Llegada la mañana, explicó a su mujer la actitud que habría de observar en la entrevista.

— ¡Lo principal es que lo beses y calles! —le dijo—. Después puedes hablarle, pero al besarIo no profieras una palabra. No le hables en seguida de besarIo, ¿comprendes?, porque te expones a decir lo que no debas.

— Comprendo, Nikolái Serguéevich —contestó la madre, llorando.

— ¡No llores! ¡Dios te libre de ello, porque si lloras vas a matarle!

— ¿Y por qué estás llorando tú?

— ¿Quién no llorará con vosotros? Pero tú, tú no tienes que llorar, ¿estamos?

— Está bien, Nikolái Serguéevich.

En el coche quiso volver a repetir sus instrucciones, pero se halló con que ya las había olvidado. Y así, los dos viejos fueron callados, encogidos, absortos en sus pensamientos.

La ciudad bullía alegremente; era la semana que precede a la cuaresma, y todas las calles se encontraban llenas de gente y de ruido.

Llegaron, por fin, a la sala de visita. El coronel se puso en pie, en actitud de espera, colocando la mano derecha sobre el pecho, en la abertura de la guerrera. Serguéi permaneció un momento sentado, con el rostro arrugado de su madre muy próximo al suyo, y en seguida se levantó de un salto.

— Siéntate, Sereyenka —rogóle la madre.

— Siéntate, Serguéi —confirmó el padre.

Quedaron un instante silenciosos. La madre sonreía extrañamente.

— Hemos hecho todo lo imaginable para salvarte, Sereyenka.

— Es en vano, madre ...

El coronel dijo con resolución:

— Debíamos preocupamos, Serguéi, para que no pensases que tus padres te habían abandonado.

Quedaron de nuevo silenciosos.

Sentían miedo de hablar, como si cada palabra que pronunciasen fuera a perder su sentido y a significar una cosa: la muerte. Serguéi miró la guerrera de su padre, aun oliente a bencina, y pensó: Ahora no tiene asistente; entonces, él mismo la ha limpiado. ¿Cómo no observaba yo antes que era él quien la limpiaba? Sin duda, lo hacía por la mañana. Y de repente preguntó:

— ¿Y cómo está mi hermana? ¿Está bien?

— Nínochka no sabe nada —contestó precipitadamente la madre.

Pero el coronel, con acento severo, interrumpió diciendo:

— ¿Para qué mentir? La chica lo ha leído ya en los periódicos. Serguéi debe saber que todos ... los suyos ..., que todos nosotros ... en este momento ...

No pudo proseguir, y se detuvo. El rostro de la madre se contrajo súbitamente, se arrugó y se agitó en medio de un llanto convulsivo. Sus ojos apagados le saltaban de las órbitas; la respiración se hizo más entrecortada y más ruidosa.

— Ser ... Ser ... Ser ... Serg ... —repetía sin mover los labios— Ser ...

— ¡Madre! ¡Mamaíta!

El coronel dió un paso adelante, y todo convulso, terrible en su lividez mortal, haciendo esfuerzos desesperados para conservar un resto de serenidad, dijo a su mujer:

— ¡Calla! ¡No lo atormentes! ¡No lo atormentes! ¡No lo atormentes, porque va a morir! ¡No lo atormentes!

Aterrada, la madre calló. Pero él, apretando todavía sus puños contra el pecho para contener su agitación, insistía:

— ¡No lo atormentes!

Dió después un paso atrás, escondió su diestra temblorosa bajo la guerrera, y con una expresión de forzada tranquilidad preguntó moviendo con dificultad sus labios descoloridos:

— ¿Cuándo?

— Mañana por la mañana —contestó Serguéi, con los labios igualmente exangües.

La madre tenía los ojos bajos y se mordía los labios, como si no oyera nada. Y en tal actitud dejó casi caer estas sencillas y extrañas palabras:

— Nínochka nos ha dado para ti un beso, Sereyenka.

— Devuélveselo de mi parte —contestó éste.

— Los Jvostov también ... también te mandan recuerdos suyos.

— ¿Qué Jvostov? ¡Ah, si!

El coronel interrumpió diciendo:

— Bueno, vámonos. Levántate, madre. Tenemos que irnos.

Entre los dos hombres la ayudaron a ponerse de pie. Apenas si podía sostenerse.

— ¡Despídete! —ordenó el coronel—. ¡Dale la bendición!

Cumplió todo lo que le mandaron. Abrazó a su hijo, hizo sobre su frente la señal de la cruz ... Pero después de un beso breve empezó a mover la cabeza negativamente, repitiendo como enajenada:

— ¡No, esto no puede ser! ¡No, no es posible! ¡No, no! ¿Qué va a ser de mí? ¡No, no es posible!

— ¡Adiós, Serguéi! —dijo el padre.

Se estrecharon las manos y se dieron un beso fuerte, rápido.

— Tú ... —empezó a decir Serguéi.

—¿Qué ...? —preguntó casi sin aliento el padre.

— ¡No, no es posible! ¡No, no! ¿Qué será de mí? —insistía la madre, meneando siempre la cabeza. Se sentó otra vez, y un temblor profundo recorrió su cuerpo.

— Tú ... —empezó de nuevo Serguéi.

Mas de pronto se contrajo su rostro e hizo pucheros como un niño; sus ojos se llenaron de lágrimas, y vió a través de ellas la cara exangüe de su padre, cuya mirada velaba también el llanto.

— Tú, padre, eres persona noble ...

— ¿Qué dices? ¿Qué dices? —dijo el coronel casi asustado.

Y en el mismo instante, como si se derrumbase, dejó caer la cabeza sobre el pecho de su hijo. En otro tiempo había sido más alto que éste, pero ahora aparecía empequeñecido, y su cabeza, seca y enmarañada, no llegaba más que hasta el pecho de Serguéi. Ambos besaban ávidamente: el uno, los cabellos blancos del padre; el otro, el capote del hijo preso.

— ¿Y yo? —exclamó de repente una voz desgarrada.

Miraron: era que la madre se había puesto en pie, y con la cabeza echada hacia atrás los miraba iracunda.

— ¿Y yo? —repitió con acento de loca moviendo la cabeza—. Vosotros, hombres, os besáis; pero ¿y yo?

— ¡Mamaíta! —exclamó Serguéi lanzándose hacia ella.

Y entonces ocurrió lo que no se puede describir con palabras, y que por tanto mejor es callar ...

Las últimas palabras del coronel fueron éstas:

— Te bendigo, a la hora de la muerte, Serguéi. Muere valientemente, como corresponde a un oficial.

Y se fueron. Hacía un momento se encontraban aquí de pie conversando, y ya no están.

De vuelta al calabozo, Serguéi se echó en su camastro con el rostro hacia la pared, para ocultarlo de los soldados, y estuvo llorando largo rato. Mas, al fin, cansado de llorar, quedó sumido en un sueño profundo.


A ver a Vasili acudió solamente su madre. El padre, comerciante rico, no había querido hacerlo. Al entrar en la sala de visitas le encontró la anciana paseando arriba y abajo y temblando de frío, no obstante el calor que hacía. Su conversación fue corta y angustiosa.

— ¿Para qué ha venido usted, madre? Va usted a atormentarse a sí misma y a mí también.

— ¿Por qué has hecho eso, hijo mío? ¿Por qué? ¡Señor!

La anciana comenzó a llorar, enjugándose las lágrimas con las puntas de su pañuelo negro de lana.

Vasili, según costumbre que tanto él como sus hermanos tenían de responder con gritos a la eterna incomprensión de su madre, se detuvo, y, tiritando, empezó a decir furioso:

— ¡Vaya! ¡Ya lo sabía yo ...! ¡No lo comprende usted, madre! ¡No comprende usted nada, nada!

— ¡Bueno, bueno, hijo mío! ¿Tienes frío?

— Sí, tengo frío —contestó Vasili brevemente, y de nuevo se puso a pasear por la sala, mirando de reojo a su madre.

— Has cogido frío, si ...

— ¡Madre, por Dios! ¿Qué significa el frío cuando ...?

E hizo un signo significativo y desesperado con la mano.

La anciana quiso decirle: Tu padre se preocupa tan poco de esto, que el lunes mandó que le hiciesen ese plato que le gusta. Pero, asustada, empezó a balbucear:

— Ya le dije: mira que es tu hijo; ve a despedirte de él. Pero se entercó en que no; ya sabes, como es así ...

— ¡Que se vaya al infierno! ¡Ese no es un padre! ¡Toda su vida ha sido un canalla, y sigue siéndolo!

— ¡Hijo mío! ¡Dices eso de tu padre! —y la anciana se irguió con aire de reproche.

— ¡De mi padre!

— ¡Sí, de tu padre, del que te dió el ser!

— ¡Qué padre ha sido para mí!

Todo aquello era absurdo. La muerte acechaba cerca de aquel lugar, y su proximidad daba carácter de mayor desvarío a la escena, en la cual crujían las palabras como las cáscaras de las nueces bajo los pies. Llorando casi de angustia ante aquella incomprensión, que durante toda la vida habíale separado de los suyos, y que ahora, en vísperas de la ejecución, volvía a asomar su faz estúpida e inexpresiva, Vasili gritó:

— Pero ¿no comprende usted que me van a ahorcar? ¡A ahorcar! ¿Lo comprende usted? ¡A ahorcar!

— Si no te hubieras tú metido con nadie, no te ... —gritó la madre.

— ¡Señor! ¿Es posible esto? ¿Es posible, ni aun entre fieras? ¿Soy hijo de usted o no lo soy?

Echóse a llorar y se sentó en un rincón. En otro, la anciana se puso a llorar también. Incapaces de fundir sus almas, ni por un instante, en un sentimiento común de amor para hacer frente al horror de la muerte que se acercaba, lloraban ambos con lágrimas de soledad, con lágrimas que no aliviaban el corazón. La madre prosiguió:

— ¡Preguntas si soy o no soy tu madre, y lo preguntas cuando en cuatro días mi pelo se ha vuelto blanco y he envejecido como si hubiesen pasado años!

— Bueno, madre ... Bueno. Perdóneme. Ya es la hora. Tiene usted que marcharse ... Dé usted un beso a mis hermanos.

— ¿Es que no soy tu madre? ¿Es que no ves mi pena?

Al fin se fue. Salió sin ver por dónde iba, vertiendo amargas lágrimas, que se enjugaba con las puntas de su pañuelo. Cuanto más se alejaba de la cárcel, más ardiente era su llanto. Volvióse de nuevo hacia la prisión, se alejó otra vez y acabó por perderse estúpidamente en aquella ciudad donde había nacido, donde había crecido y donde había envejecido. Se metió por un jardín desierto en el que había unos árboles viejos y carcomidos y se sentó en un banco húmedo por la nieve derretida. De pronto, comprendió claramente: ¡Mañana, mañana mismo lo iban a ahorcar!

Levantóse de un salto y quiso correr, pero se le fue la cabeza y cayó.

El sendero helado estaba resbaladizo, y la pobre no conseguía levántarse; se volvía a un lado y a otro, se erguía apoyándose sobre los codos y las rodillas y tornaba a caer de costado. El pañuelo negro se le fue de la cabeza, dejando al descubierto sobre la nuca una calva entre los cabellos de un blanco sucio. Perdió la noción de lo que le pasaba y donde se encontraba: creyó hallarse en una boda; la boda de su hijo; que había bebido vino y que se había emborrachado.

— ¡No puedo! ¡Como hay Dios que no puedo! —decía la anciana meneando la cabeza y arrastrándose sobre la tierra helada. Y seguían escanciándole vino sin interrupción.

Empezaban a oprimirle el corazón las risas de la embriaguez; la insistencia de las invitaciones, el baile vertiginoso de los convidados, en tanto que seguían echándole más vino. No hacían otra cosa sino darle vino, mucho vino ...

Capítulo VI. Las horas pasan

La fortaleza donde estaban presos los terroristas tenía una torre con un reloj antiguo. Cada hora, cada media hora, cada cuarto de hora, sonaban lentas, dolorosas, prolongadas y tristes unas campanadas que se desvanecían en la altura, como un lejano y lastimero clamor de aves de paso. De día, aquella música extraña y desolada se perdía en el bullicio de la ciudad, en la calle amplia y atestada de gente que pasaba por delante del edificio. Tintineaban los tranvías, golpeaban el suelo los cascos de los caballos, los automóviles hacían sonar a distancia sus bocinas; llegaban para la maslienitsa (Semana previa a la cuaresma. Nota de Chantal López y Omar Cortés), desde los pueblos vecinos, los aldeanos con sus carretas, y las campanillas en las colleras de sus caballejos llenaban de rumor el aire, en donde flotaban las conversaciones, pletóricas de bulla y alegría.

A todos estos ruidos se unía el del deshielo de la primavera temprana, que hinchaba los arroyos, en cuyas aguas turbias apenas lograba reflejarse la imagen negra de los árboles de la orilla. Desde el mar llegaba a intervalos, en amplias oleadas húmedas, el soplo del viento tibio, que llevaba unidos, en un vuelo hacia la lejanía, las partículas de frescura y el vaho primaveral. Por la noche quedaba la calle desierta en silencio, iluminada por la luz de los grandes focos eléctricos, y entonces, la inmensa fortaleza de paredes lisas, en las que no brillaba una sola luz, se perdía en la quietud y en la obscuridad, destacando su inmovilidad en la eterna animación de la ciudad bulliciosa. Entonces se oían las campanadas de las horas, y, ajena a las cosas terrestres, surgía lenta y dolorosamente su melodía extraña, para desvanecerse luego en lo alto. Más tarde volvían a surgir, plañideras y humildes; se deshacían en el viento y repetían su tañido, cayendo desde ignorada altura, como grandes gotas cristalinas en la copa de metal de las horas y de los minutos, o volando clamorosas como las aves emigrantes.

A los calabozos en que se haIlaban solitarios los reos llegaba siempre aquel mismo tañido. A través del tejado, a través de los muros de ciclópeas piedras, penetraba, conmoviendo el silencio, desaparecía sin ser notado y de nuevo volvía a presentarse en la misma forma imprevista. A veces los presos lo olvidaban, y no paraban en él la atención; a veces lo aguardaban con íntima desesperanza, viviendo entre unas campanadas y otras, no confiando en el silencio. Aquella prisión, destinada únicamente a los grandes criminales, tenía un reglamento especial, tan severo, cruel y duro como las aristas de los muros de la fortaleza misma, y si en la crueldad puede haber nobleza, ésta consistía en el bienhechor silencio, hondo, denso y solemne, en el cual se perdía todo desconocido rumor.

En aqueIla quietud solemne, tan sólo interrumpida por los doloridos sones de los minutos que transcurrían, cinco personas, dos mujeres y tres hombres, separados de todo lo viviente, esperaban la llegada de la noche, seguida del amanecer y la ejecución, preparándose cada una para ella a su modo.

Capítulo VII. La muerte no existe

Así como durante toda su vida Tania Kovalchuk había pensado sólo en los demás y nunca en sí misma, también ahora se atormentaba y angustiaba sólo por los otros. La muerte se le aparecía, en cuanto es posible imaginarIa, como algo doloroso para Serguéi Golovin, para Musia y para los demás; mas para ella, como si fuese algo con lo que no tuviese nada que ver.

Y para desquitarse de la obligada entereza de que había hecho gala en el juicio, lloraba horas enteras, como saben llorar las mujeres que han sufrido muchas desgracias, o las jóvenes muy compasivas y de buen corazón. El suponer que a Serguéi podía faltarle el tabaco y que quizá Verner se viera privado de su té bien cargado, como de costumbre, y por añadidura el pensar que iban a morir, la atormentaba tal vez no menos que la idea de la ejecución. Esta era algo inevitable en que no valía la pena de pensar; pero que pudiera faltarle tabaco a un hombre que iba a ser ajusticiado era una idea realmente insufrible. Recordando y repasando las íntimas menudencias de la vida común, el terror la hacía desvanecerse, particularmente al imaginarse la entrevista de Serguéi con sus padres. Por Musia sentía una pena especial. Hacía ya tiempo venía pareciéndole que Musia amaba a Verner, y aunque esto no era verdad, Tania forjaba para entrambos sueños magníficos y luminosos. Cuando aún se hallaba libre, llevaba Musia un anillo de plata con la figura de un cráneo y un fémur, rodeados por una corona de espinas; con frecuencia había mirado Tania Kovalchuk aquel anillo como un símbolo, y había rogado a Musia, unas veces en broma y otras en serio, que se lo diese.

— No, Taniechka, no te lo doy. Pronto tendrás tú otro en el dedo.

Por alguna razón pensaban de ella a su vez sus compañeros que iba a casarse pronto, lo cual la ofendía. Ella no quería marido. Y recordando tales conversaciones, sostenidas medio en broma con Musia, y pensando que ésta iba a ser ejecutada, se sentía ahogar por las lágrimas, llena de maternal ternura. Cada vez que sonaba la hora levantaba el rostro inundado de llanto y escuchaba. ¿Cómo recibirían los pobrecitos en sus calabozos aquel insistente y desolador llamamiento de la muerte?

Sin embargo, Musia, en el fondo, era feliz.

Cruzadas las manos atrás, vestida con el blusón de la cárcel, que le venía grande y le daba un aire varonil, como de adolescente que llevase ropa ajena, caminaba por su calabozo, con paso igual y sin cansarse. Como las mangas del blusón le estaban largas, las había levantado, dejando salir por sus amplias aberturas sus finos brazos flacos, casi infantiles, semejantes a tallos de flores que surgieran de un tiesto tosco y sucio. La dureza de la tela rozaba ásperamente su cuello blanco, y de cuando en cuando, con un movimiento de ambas manos, lo aislaba del blusón y palpábase el sitio en que la piel se había enrojecido e irritado.

Musia paseaba, y se disculpaba con rubor y emoción de verse ella, jovencita insignificante, que había hecho tan poco y tan fuera de lo heroico, sometida a la misma muerte hermosa y dignificante que habían sufrido antes que ella tantos verdaderos héroes y mártires. Con inconmovible fe en la bondad humana, en la conciencia y en el amor, imaginaba cómo iba a emocionarse la gente por su causa y a sentir por ella pena y compasión, y eso le producía vergüenza. Le parecía que al morir en el patíbulo cometía una enorme mixtificación.

Ya en la última entrevista con su defensor habíale pedido que le proporcionase un veneno; pero en el acto había renunciado a la idea, por temor a que los demás pensasen que obraba así por ostentación o por miedo, y que en lugar de morir de manera modesta e inadvertida pretendía que el ruido fuese todavía mayor. Y había añadido, presurosa:

— No, no es necesario.

Ahora sólo deseaba una cosa: explicar a las gentes, demostrarles que no era una heroína, que el morir no era una cosa extraordinaria y que no había por qué compadecerla ni preocuparse de ella. Explicarles bien que no tenía la culpa de que, siendo tan joven e insignificante, le diesen aquella muerte e hiciesen a su alrededor tanto estrépito.

Como si en realidad se la acusase, Musia buscaba algo que magnificase su sacrificio y le diese verdadera importancia, y pensaba para sí:

Claro está que soy todavía joven y podría vivir aún mucho tiempo. Pero ...

Y como la luz de un cirio que se desvanece ante el resplandor del sol naciente, su juventud y su vida le parecían obscuras y sin brillo ante la aureola grande y refulgente que iba a rodear su humilde cabeza. No había disculpa.

Mas, ¿acaso podían justificarlo aquello especial que lleva siempre en su espíritu, su amor infinito, su inclinación sin reservas a la acción y la despreocupación ilimitada respecto de su propia persona? En realidad, ella no tenía la culpa de que no la hubieran dejado hacer lo que deseaba y podía; la habían matado en el pórtico del templo, al pie del ara del sacrificio.

Pero si es cierto que el valor de una persona se aprecia no por lo que haya hecho, sino por lo que quiso hacer, entonces ... entonces ella merecía la corona del martirio.

¿Es posible? —pensaba confusa—. ¿Soy de veras digna de que me lloren y compadezcan, tan pequeña e insignificante como soy?

Y una indecible alegría se apoderó de ella. Ya no dudaba: había sido admitida y entraba con justicia en la fila de los iluminados que desde hace siglos van derechos al cielo por medio de la pira, el tormento y el suplicio. ¡Mundo luminoso de paz y venturosa dicha! Le pareció que se alejaba de la tierra y se acercaba al desconocido sol de la verdad y de la vida y se evaporaba y tornaba etérea a su luz.

Y ¿esto es la muerte? ¿Qué muerte es ésta? —pensaba Musia en éxtasis.

Si se hubieran juntado en su calabazo todos los sabios, todos los filósofos y todos los verdugos del mundo y hubiesen desplegado ante ella libros, escalpelos, hachas y nudos corredizos y tratado de demostrar que existe la muerte, que el hombre perece y puede ser privado de la vida, y que no hay inmortalidad, sólo hubieran conseguido llenarla de admiración. ¿Cómo puede no existir la inmortalidad, cuando ella misma era ya inmortal? ¿De qué inmortalidad y de qué muerte podía hablarse, cuando ella misma se sentía ya muerta e inmortal, viva en la muerte, como viva se había sentido en la vida?

Y si le hubiesen traído al calabozo, llenándolo de hedor, un sarcófago que contuviera su propio cuerpo putrefacto y le hubieran dicho:

— ¡Mira, ésa eres tú!

Habríalo ella contemplado y respondido:

— ¡No, ésa no soy yo!

Y si hubiesen tratado de convencerla, asustándola con el siniestro aspecto de la descomposición, de que aquélla era ella —¡ella!—, Musia habría contestado con una sonrisa:

— No; ustedes creen que ésa soy yo, pero ésa no soy yo. Yo soy ésta con quien ustedes hablan. ¿Cómo, pues, puedo ser la otra?

— Pero morirás y lo serás.

— No, yo no moriré.

— Te matarán. Aquí está el patíbulo.

— Me ejecutarán, pero yo no moriré. ¿Cómo puedo morir, cuando ahora mismo soy ya inmortal?

Y los sabios, los filósofos y los verdugos habrían retrocedido, diciendo temblorosos:

— No se atreva nadie venir a este lugar. Este lugar es sagrado.

¿En qué más pensaba Musia? En muchas cosas —porque el hilo de la vida no se rompía para ella con la muerte, sino que seguía desarrollándose tranquila y regularmente—. Pensaba en los camaradas, en aquellos que desde lejos sufrirían con angustia y dolor por su ejecución, y en los cercanos que junto con ella irían a la horca. Le asombraba que Vasili se hubiese atemorizado tanto, él, que siempre había sido valiente, y que hasta había bromeado con la muerte. El mismo martes por la mañana, cuando todos se habían colgado de los cinturones las bombas que dentro de unas horas debían estallar y matarlos a ellos mismos, a Tania Kovalchuk le habían empezado a temblar las manos, y había sido menester alejarla un poco; en cambio, Vasili había bromeado y reído, moviéndose con tan poca precaución, que Verner le había dicho en tono severo:

— No hay que tomarse confianzas con la muerte.

¿Por qué, pues, habíase asustado ahora? Pero de tal modo era extraño tal pavor al alma de Musia, que inmediatamente dejó de pensar en él y de pretender averiguar su origen. De pronto le entraron unos desesperados deseos de ver a Serguéi Golovin y de chancear con él. Y aun más sentía deseos de ver a Verner y hacerle creer algo. Se imaginaba a Verner caminando al lado de ella con su paso firme y seguro, y le decía en su imaginación:

No, Verner, querido, todo esto no tiene importancia; no importa si habías logrado o no matar a N. N. Eres inteligente, pero actúas como si estuvieses jugando al ajedrez: tomar una y otra figura y la partida está ganada. Aquí lo que importa es que nosotros mismos estamos dispuestos a morir. ¿Entiendes? ¿Qué es lo que piensan esos señores? Que no hay nada más horrible que la muerte. Ellos mismos han inventado la muerte y ahora la temen y tratan de atemorizarnos. Yo quisiera que sucediese así: salir sola al encuentro de un ejército y empezar a disparar sobre los soldados con un revólver. No importa que yo sea sola y haya miles de soldados; no importa que no mate a nadie. Mejor aun que haya miles de soldados. Cuando miles matan a uno, ese uno vence. Esta es la verdad, Verner.

Pero veía tan claramente que él se daba cuenta de ello, que no quería seguir convenciéndole. Además, Verner sin duda ya habría comprendido.

Su pensamiento no deseaba insistir en el mismo tema, tal un ave audaz que vuela en espacios infinitos, para la cual es accesible todo el horizonte y todo el cielo acariciador y tierno. Sonaban las horas. Las ideas se confundían en una armonía lejana y las imágenes fugitivas se convertian en una música. Musia imaginó entonces que viajaba en una noche plácida por un sendero amplio, oyendo repicar las campanillas de las colleras de los caballos, mecida suavemente por los resortes del coche. Todas sus preocupaciones habían desaparecido, y su cuerpo fatigado se había como disuelto en la obscuridad; el pensamiento creaba apaciblemente imágenes luminosas, con cuyos colores y con cuya serenidad se embriagaba. Recordó Musia a tres compañeros ahorcados no hacía mucho, cuyos rostros aparecían iluminados, alegres y próximos, más próximos que en la vida, y esta visión la confortaba, como la de la casa de los amigos donde sabe uno que ha de ser recibido a la tarde con risueña amabilidad.

Sintiéndose fatigada de tanto andar, Musia se tendió en su camastro y continuó soñando con los ojos abiertos. Sonaban las horas continuamente, conmoviendo el hondo silencio de la noche, y ella reflexionaba:

¿Es, acaso, esto la muerte? ¡Dios mío, qué hermosa es! ¿O será esto la vida? No sé, no sé. Miraré y escucharé.

Hacía tiempo, desde los primeros días de su encierro, su oído venía experimentando alucinaciones. Muy músico por naturaleza, y afinado más todavía por el silencio, sorprendía los rumores más leves de la vida, el caminar de los centinelas por el rastrillo, la maquinaria del reloj, el gemido del viento sobre el tejado de cinc, el chirrido de un farol que se balanceaba, todo lo cual, al fundirse, componía un poema musical vago, pero completo. Pareciéndole morbosas, alarmaban a Musia al principio aquellas alucinaciones; mas comprendiendo después que se hallaba completamente sana y que no había en ello nada de enfermizo, logró tranquilizarse.

Pero he aquí que de pronto oyó con toda claridad y precisión los ecos de una banda militar. Abrió los ojos, asombrada, levantó la cabeza y pensó resignada, volviéndolos a cerrar:

Todavía entra por la ventana la noche y sigue sonando el reloj. ¡Todavía!

Y en cuanto cerró los párpados volvió a resonar la música. Oye claramente cómo marchan los soldados, dando la vuelta a la esquina del edificio. Es un regimiento entero que pasa por debajo de su reja. Los pies golpean ritmicamente sobre la tierra helada: ,Un, dos! ¡Un, dos! Hasta se oye el crujir de alguna bota y el resbalar y afianzarse en el suelo de algunos pies. La música se acerca, tocando una marcha brillante y animada completamente desconocida. Por lo visto, hay alguna fiesta en la fortaleza.

La banda debe encontrarse ya debajo de la ventana, y llena todo el calabozo con sus sonidos marciales, llenos de cadencia y armonía. Una trompeta grande desafina estridente y pierde el compás, tan pronto adelantándose como retrasándose. Musia, imaginando ver todo apurado al soldadito que la toca, sonríe.

El regimiento se aleja por fin, y el ruido de los pasos se desvanece: ¡Un, dos! ¡Un, dos! De lejos, la música parece todavía más bonita y alegre. Aún se oye una o dos veces la estridente desafinación de la trompeta, que sigue perdiendo el compás, y al fin todo se extingue. Vuelven a sonar en la torre, lentas y dolorosas, las horas, que perturban el silencio.

¡Se han ido! —piensa Musia con cierto pesar, lamentando no oír ya aquellos sonidos tan graciosos y alegres. También lo siente por aquellos soldaditos que tocan afanosamente las metálicas trompetas y por los que llevan las botas crujientes, todos distintos, muy distintos de aquellos otros contra quienes deseaba disparar su revólver.

¡Que vuelvan! —suplica lastimera. Y aparecen nuevas imágenes, que se inclinan sobre ella y la envuelven en una nube transparente y la elevan a lo alto, allí donde vuelan las aves de paso y donde gritan a derecha y a izquierda, voceando, como heraldos, y llaman, anuncian, van y vuelven en su vuelo, batiendo sus anchas alas. La obscuridad las sostiene, lo mismo que las sostiene la luz, y en sus pechos inflados, que hienden el aire, se refleja el resplandor azulado de la ciudad iluminada. El corazón de Musia continúa palpitando cada vez con mayor igualdad, y su respiración se hace más tranquila y silenciosa. Se ha quedado dormida. Su rostro está cansado y pálido, rodea sus ojos un círculo obscuro, sus manos finas y delgadas de virgen blanquean sobre la ropa y en sus labios florece una sonrisa. Cuando mañana salga el sol, aquel rostro delicadamente humano se habrá desfigurado con una mueca que no tendrá nada de humana; habrá invadido el cerebro una sangre espesa y habrán salido de sus órbitas los ojos vidriosos; pero hoy está Musia tranquilamente dormida en plena inmortalidad.

Prosigue entre tanto la vida de la fortaleza, sorda y atenta, ciega y vigilante como una eterna alarma. Se oyen pasos. Se oyen cuchicheos. Hacia un extremo golpea el suelo un fusil. Parece haberse oído un grito. Quizá no ha gritado nadie; quizá haya sido una fantasía creada por el silencio.

Sigilosamente se abre la mirilla de la puerta y aparece en la negra abertura un sombrío rostro bigotudo. Durante largo rato sus ojos se clavan admirados en el rostro de Musia, y luego desaparece silenciosamente.

Suenan las campanas del reloj, lentas y dolorosas. Dijérase que las horas ascienden cansadas, en la noche, por una alta montaña, con movimiento cada vez más penoso, resbalando, retrocediendo y volviendo a trepar cada vez más trabajosamente hacia la cumbre tenebrosa.

Óyense pasos. Óyese cuchichear. Ya han enganchado los caballos al coche lúgubre que no tiene farol.

Capítulo VIII. Existe la muerte, pero también la vida

Jamás había pensado Serguéi Golovin en la muerte sino como en una cosa secundaria y completamente extraña a él. Era fuerte, joven y sano, y hallábase dotado de aquella alegría de vivir, serena y luminosa, en virtud de la cual todos los malos pensamientos o los sentimientos enfermizos se desvanecen sin dejar huella en el organismo. De igual modo que cicatrizaban en seguida todas las heridas y rasguños de su cuerpo, así los dolores que hieren el alma desaparecían de la suya inmediatamente. Sus ocupaciones y diversiones: la fotografía, la bicicleta o la preparación de un atentado terrorista, todo lo hacía con la misma tranquilidad y alegre seriedad; todo en la vida era alegre, todo era importante y todo era preciso hacerlo bien.

Y, en efecto, todo le salía bíen. Gobernaba admirablemente una embarcación a la vela, tiraba de un modo notable con el revólver, era tan fiel en la amistad como en el amor y tenía una confianza fanática en la palabra de honor. Los suyos se burlaban de él y decían que si un espía convicto y confeso le diese palabra de honor de no ser tal espía, Serguéi lo creería y le tendería la mano cordialmente. Sólo tenía un defecto: estaba convencido de que cantaba muy bien, cuando en realidad carecía de oído, desafinaba y su voz era desagradable hasta cuando cantaba las mismas estrofas revolucionarias. Cuando se reían de él por ese motivo, se incomodaba.

— O sois todos unos burros, o lo soy yo —decía, muy serio y ofendido.

Y con la misma seriedad, después de pensarlo un rato, respondíanle sus compañeros:

— El burro lo eres tú; se te conoce en la voz.

Y por ese defecto, como acontece a menudo entre las personas buenas, se le quería quizá más que por sus méritos.

Pensaba tan poco en la muerte y era tan poco lo que la temía, que la mañana fatal, antes de salir de casa de Tania Kovalchuk, él había sido el único que había desayunado con apetito, como de costumbre: había bebido dos vasos de té con leche y se había comido un panecillo entero de cinco kopeikas. Después, mirando con pena el pan intacto de Verner, había dicho:

— ¿Por qué no comes, tú? Come, hombre, que hay que acopiar fuerza.

— No tengo ganas.

— Bueno, me lo comeré yo. ¿Te parece?

— ¡Qué apetito tienes, Serguéi!

En lugar de responder, se puso a cantar con voz sorda e inarmónica, sin tragar el bocado:

Los torbellinos hostiles
que soplan contra nosotros
...

Cuando los detuvieron se entristeció un poco; el plan no estaba bien combinado y les había resultado mal; pero entonces pensó: Ahora hay otra cosa que es preciso hacer bien: morir. Y tornóse alegre y tranquilo. Ya desde la mañana siguiente púsose a hacer gimnasia por el método extraordinariamente racional de un tal Müller, alemán, que le atraía mucho. Completamente desnudo, y con asombro del centinela, realizaba minuciosamente los dieciocho ejercicios en que consistía el sistema. El que el centinela lo contemplase y, según creía, lo admirase, le agradaba como propagandista del sistema de Müller, y aunque sabía que no había de recibir respuesta, decía siempre a los ojos que desde la mirilla lo contemplaban alarmados:

— Esto es muy bueno, amigo; fortifica. Debíais emplear este procedimiento vosotros en el cuartel —añadía con voz persuasiva y amable, para no asustar al soldado, sin sospechar que éste lo tomaba por loco.

El miedo a la muerte empezó a manifestarse en él de una manera gradual y como por choques sucesivos: parecíale que alguien, con todas sus fuerzas, le daba por debajo puñetazos en el corazón. Era más bien dolor que miedo. Después, la sensación desaparecía, y algunas horas más tarde surgía de nuevo, haciéndose cada vez más intensa y duradera, para adquirir al fin los confusos rasgos del miedo.

¿Acaso tengo miedo? —se preguntó Serguéi, admirado— ¡Tonterías!

No era él quien tenía miedo; era su cuerpo joven, recio y vigoroso, al que no lograban engañar ni la gimnasia del alemán Müller ni las abluciones frías. Y cuanto más fuerte y más fresco quedaba después del agua, más agudo e insoportable se le hacía el sentimiento de temor. Precisamente en aquellos instantes en que, cuando se hallaba en libertad, percibía los impulsos de la alegría de vivir y de la fuerza, por la mañana, después del sueño profundo y del ejercicio físico, presentábasele ahora aquel miedo agudo y extraño. Notándolo, pensó:

Haces una tontería, amigo Serguéi. Para que muera con menos dificultad, lo que necesitas es debilitar tu cuerpo, no fortalecerlo. ¡Eres un tonto!

Y abandonó la gimnasia y las abluciones, para explicarlo cual al soldado, y justificarse, gritóle:

— No te fijes en que he abandonado el método y vayas a creer por eso que deja de ser bueno. Lo que hay es que para los que van a ser ahorcados no vale; pero para todos los demás es magnífico.

Y, efectivamente, empezó como a sentirse mejor. También probó a comer menos, para debilitarse más; sin embargo, la falta de aire puro y de ejercicio no lograban quitarle el apetito, que seguía siendo muy grande, y no pudiendo resistir, comía todo cuanto le traían. Entonces comenzó a proceder de otro modo: antes de ponerse a comer vertía la mitad del rancho en el cubo, lo cual fue de gran eficacia, porque de pronto se sintió invadido por la somnolencia y el embotamiento de la debilidad.

— ¡Ya te enseñaré! —decía, dirigiéndose a su cuerpo, a tiempo que pasaba con tristeza la mano sobre sus músculos blandos y flojos.

Pronto, no obstante, se acostumbró el cuerpo a aquel régimen, y volvió a aparecer el miedo a la muerte, aunque no bajo una forma tan aguda, sino como una vaga sensación de náusea, todavía más penosa.

— Esto se debe a que la cosa se va prolongando mucho —pensó Serguéi—. ¡Si pudiera dormirme todo este tiempo hasta la ejecución!

Y trató de dormir lo más posible. Al principio le dió buen resultado, pero luego, sea porque dormía demasiado o por otra causa, sobrevino el insomnio, y con él las obsesiones e ideas fijas y el pesar de perder la vida.

— ¿Acaso le tengo miedo? —pensaba, aludiendo a la muerte—. No. Lo que lamento es dejar la vida, que por mucho que digan los pesimistas, es algo maravilloso. ¿Qué diría, si le ahorcasen, un pesimista? En realidad, siento mucho perder la vida. Me ha crecido tanto la barba, que parece no que me ha ido creciendo, sino que ha brotado instantáneamente.

Alzó tristemente la cabeza y exhaló unos suspiros hondos y prolongados. Hízose luego un silencio, volvió a suspirar como antes, repitióse el silencio y otra vez su respiración se tornó angustiosa y lenta.

Lo mismo le había ocurrido antes del juicio y antes de la despedida con sus padres. Cuando despertóse en el calabozo, con la clara conciencia de que con la vida se concluía todo y de que tenía delante de sí tan sólo muy pocas horas de espera para caer en el vacío de la muerte, experimentó una impresión extraña. Parecióle como si lo hubiesen desnudado, y lo hubiesen hecho de un modo raro; no sólo le habían quitado la ropa, sino que le habían privado del sol, del aire, del ruido, de la luz, de la acción y de la palabra. No era todavía la muerte, pero ya no era la vida, sino algo nuevo, extraño, incomprensible, o del todo carente de sentido o lleno de un sentido tan profundo, misterioso y fuera de lo humano, que no era posible comprenderlo.

— ¡Uf, diablo! —díjose penosamente extrañado, Serguéi—. Pero ¿qué me ocurre? Y ¿dónde estoy? Y ... ¿qué soy yo?

Examinóse de arriba abajo con toda atención e interés, empezando por sus grandes botas de preso y concluyendo por fijar los ojos en el vientre, sobre el que se abullonaba el capote. Dió unos paseos por la celda con los brazos separados y sin dejar de mirarse, como haría una mujer que se probara una falda demasiado larga. Quiso volver la cabeza, y al hacerlo se dió cuenta de que lo que le parecía espantoso era que él mismo, Serguéi Golovin, bien pronto no existiría ya.

Todo se le hizo extraño.

Probó a andar por el calabozo, y le pareda extraño el andar. Probó a sentarse, y le pareció extraño estar sentado. Trató de beber agua, y le pareció extraño beber, tragar, sostener el jarrito en la mano, ver que los dedos le temblaban, y acometido de pronto de un golpe de tos, pensó:

¡Qué cosa tan rara: toso! Pero ¿qué es lo que me pasa? ¿Me vuelvo loco? —pensó estremeciéndose— ¡No me faltaba otra cosa!

Se pasó la mano por la frente, y también aquello le pareció extraño. Entonces detúvose en una postura inmóvil, durante horas enteras, apagado el pensamiento, conteniendo con esfuerzo la respiración y evitando todo movimiento, porque el menor pensamiento y el más insignificante gesto parecíanle una locura. El tiempo desapareció para él, como si se hubiese convertido en espacio transparente y sin aire, en una playa inmensa, en la cual estuviese todo: la tierra, la vida y la gente, y todo pudiese abarcarlo de una sola mirada, todo, hasta el mismo fin, hasta el enigmático abismo de la muerte. Su tormento no consistía en ver la muerte, sino en ver la muerte y la vida al mismo tiempo. Una mano sacrílega había descorrido la cortina que por toda la eternidad venía ocultando el misterio de la vida y de la muerte, que habían dejado de ser un misterio, aunque no por eso resultaran más comprensibles que la verdad escrita en una lengua desconocida. No había ideas en su cerebro humano, ni palabras en su lengua humana que pudieran abarcar lo visto, pues las palabras Estoy aterrado que sonaban en su interior acudían sólo porque no había otras, ni existía, ni podía existir idea adecuada a aquella nueva situación extrahumana. Así ocurriría con un hombre que, colocado en los limites de la razón, de la conciencia y de los sentidos, viese de repente al propio Dios, lo viese y no lo comprendiese, aun sabiendo que se llamaba Dios, atormentado por la tremenda angustia de tan inaudita incomprensión.

— ¡Esto es cosa de Müller! —exclamó de pronto con tono de íntima persuasión, meneando la cabeza. Y con esta inesperada facilidad de transición tan propia del espíritu humano, lanzó una alegre y cordial carcajada—. ¡Ah, Müller! ¡Ah, mi querido Müller! ¡Ah, simpático alemán! ¡Efectivamente, tenías razón, amigo mío! ¡Yo, en cambio, soy un burro!

Dió unos paseos rápidos por el calabozo, y con enorme estupefacción del centinela, que lo estaba observando por la mirilla, se desnudó precipitadamente e hizo los dieciocho ejercicios con exagerada minuciosidad, encogiendo y estirando su cuerpo joven y enjuto, agachándose, aspirando y espirando el aire, poniéndose de puntillas y moviendo brazos y piernas. Después de cada ejercicio decía con placer:

— ¡Esto va bien! ¡Esto es lo que hacía falta, amigo Müller! Sus mejillas se tiñeron de rosa, resbalaron por su cuerpo gotitás calientes de sudor, experimentó una sensación agradable y su corazón latió con vigor y regularidad.

— La cuestión es, Müller —razonó Serguéi, abombando el pecho de tal modo que las costillas se dibujaron claramente bajo la piel fina y tirante—; la cuestión es, Müller, que hay, además, un décimonono ejercicio: colgarse por el cuello en una posición fija. Ese ejercicio se llama la ejecución. ¿Comprendes, Müller? Se coge a un hombre vivo, diremos a Serguéi Golovin, se le ata como un muñeco y se le cuelga por el pescuezo, hasta que venga la muerte. Es una cosa estúpida, Müller, pero ¿qué se le va a hacer? Hay que resignarse.

E inclinándose sobre el costado derecho repitió:

— Hay que resignarse, amigo Müller.

Capítulo IX. Horrible soledad

Bajo el mismo sonido del reloj, separado de Serguéi y de Musia por unas cuantas celdas vacías, pero tan aisladas como si él solo hubiera existido en el mundo, el desdichado Vasili Kashirin terminaba su vida en la mayor angustia y en el mayor horror.

Empapado en sudor, con la camisa pegada al cuerpo, despeinados los cabellos, en otro tiempo rizosos, paseaba por la celda tembloroso y desesperado, como persona que sufre un insoportable dolor de muelas. Se sentaba un instante, volvía de nuevo a correr, apoyaba con fuerza la frente contra la pared, se paraba e inquiría con los ojos a uno y otro lado, como si buscase un remedio. Había cambiado tanto, como si su rostro anterior, fresco y juvenil, hubiese desaparecido no se sabe dónde para dejar el puesto a otro nuevo, horrible, salido de las tinieblas.

El miedo se apoderó de él de golpe, como dueño único y poderoso. Todavía, por la mañana, cuando iba a encontrar la muerte, bromeaba y no la temía; pero al anochecer, en el aislamiento del calabozo, le acometió una ola de terrible pavor. Mientras había ido por su voluntad al peligro y a la muerte, mientras la había tenido en sus propias manos, aunque le pareciese atroz, habíase sentido, sin embargo, alegre y ligero, al amparo de un sentimiento de libertad sin límites y asido a la afirmación audaz y firme de su voluntad intrépida. Con el cuerpo teñido por una máquina infernal, él mismo se había transformado en algo de la misma sustancia, en dueño de la razón cruel de la dinamita y de su poder fulgurante y mortal. Y yendo por la calle entre las gentes agitadas, preocupadas con sus negocios, que se libraban ágilmente de los coches y tranvías, parecíale venir de otro mundo desconocido, donde nada se sabía de la muerte ni del miedo.

Pero súbitamente sobrevino un cambio brutal. Ya no va adonde quiere, sino que le obligan a entrar en una jaula de piedra y le encierran con llave como un objeto inanimado. Ya no puede elegir libremente la vida o la muerte, como las demás gentes, sino que, infalible e inevitablemente, le van a matar. Él, que por un instante fue la encarnación de la voluntad, de la vida y de la fuerza, se transforma en la imagen lamentable de la impotencia, en animal al que le espera el matadero, en un objeto insensible al que puede moverse de un lado a otro, quemarlo o romperlo. Sean cuales fueren las palabras que pronunciase, ya no le escucharían, y si se pusiese a gritar, le taparían la boca con una mordaza. Si intentase resistir, forcejear, tirarse al suelo, le levantarían, le atarian, y de este modo le llevarían al patíbulo. Y ese trabajo maquinal, que ejecutarían hombres como él, da a éstos el aspecto nuevo, extraordinario y terrorífico de autómatas que le cogen a uno, le cuelgan y le tiran de los pies, cortan después la cuerda, meten el cadáver en un ataúd, se lo llevan y lo entierran.

Desde el primer día que entró en la cárcel, la gente y la vida habíanse convertido para él en un mundo inconcebible de horror, poblado de muñecos mecánicos. Enloquecido casi por el terror, trataba de representarse que aquella gente que no podía hablar y parecía muda, tenía, sin embargo, lengua, y trataba de recordar sus discursos, el sentido de las palabras que usaban en sus relaciones, y no lo lograba. Abrían la boca, sonaba una cosa, después se separaban, moviendo las piernas, y se acababa todo.

Así hubiera sentido la criatura que, hallándose sola en casa, viese que todos los objetos se animaban de repente, se movían, adquirían sobre él un poder sin límites y de pronto empezaban a formarle juicio el armario, la silla, la mesa de escritorio y el diván. Hubiese comenzado a gritar, a suplicar, a pedir auxilio, mientras aquellas cosas hablaban algo entre ellas en su lenguaje y después ordenaban que lo colgasen.

Para Vasili Kashirin, todo acabó por adquirir un aspecto jocoso: el calabozo, la puerta con su mirilla, el sonido del reloj, la fortaleza esmeradamente construida y especialmente aquel muñeco mecánico que tenía un fusil y que hacía resonar sus pisadas en el corredor, a semejanza de todos aquellos otros que, con cara de susto, le contemplaban por la mirilla y le entregaban silenciosos la comida. Lo que él experimentaba no era el espanto de la muerte; la muerte, más bien la deseaba: con lo que tenia de misteriosa e mconcebible, era más comprensible que aquel mundo tan fantásticamente revuelto. Por encima de todo, la muerte parecía evaporarse en aquel cónclave absurdo de fantasmas y muñecos, perder su enorme sentido misterioso y convertirse en algo mecánico, y sólo por eso horrible: llegar, cogerle a uno, IIevárselo, colgarlo y tirarle de las piernas. Después, cortar la cuerda, meterlo en un ataúd y enterrarlo.

Y asi desaparecía un hombre de este mundo.

Ante el tribunal, la proximidad de los compañeros habia hecho reaccionar a Kashirin, que otra vez había vuelto, por unos instantes, a ver a las gentes como seres vivos; allí estaban unos individuos sentados, juzgándole y hablando en una lengua humana, escuchando y como si comprendiesen. Pero luego, durante la visita de su madre, con el terror de un hombre que empieza a perder la razón y lo comprende, había tenido la impresión clara de que aquella anciana, con su pañuelo negro, era sencillamente una muñeca mecánica artificial de la misma clase que las que dicen pa—pá, ma—má, pero mejor hecha. Había tratado de hablar con ella, y, estremecido, había pensado:

¡Señor! Pero ¡si es una muñeca! ¡Una muñeca que representa a una madre! ¡Y aquella otra muñeca que está allí, es de soldado, y allá, en casa, está la muñeca padre! ¡Y yo soy la muñeca Vasili Kashirin!

Hasta le pareció oír por allí cerca el chirrido del mecanismo, el crujir de las ruedas sin engrasar. Cuando la madre se echó a llorar, por un momento fulguró algo humano en su figura; pero a las primeras palabras, el destello de vida se desvaneció, y le pareció ver que por los ojos de la muñeca salía agua.

Más tarde, en el calabozo, cuando su espanto llegó al límite máximo, Vasili Kashirin había intentado rezar. De todo lo que con carácter religioso había rodeado su infancia en la casa de comercio de su padre, quedábale sólo un recuerdo amargo e irritante, y ninguna fe. Sin embargo, ciertas palabras que había oído, quizá en los albores de su vida, habían persistido en su mente para siempre, nimbadas de una suave poesía. Aquellas palabras eran: Consuelo de todos los afligidos.

A veces, en los instantes dolorosos, sin rezar, y aun sin perfecta conciencia de lo que hacía, solía murmurar para sus adentros: Consuelo de todos los afligidos, y entonces se sentía más aliviado y con deseos de acercarse a alguien que le recibiera cariñoso, para quejarse, diciendo dulcemente:

—¡Nuestra vida! ... Pero ¿esto es vida? Di, amada mía, ¿acaso es esto vida?

A nadie, ni siquiera a sus compañeros íntimos, había hablado nunca de su Consuelo de todos los afligidos, y hasta parecía no saber nada de ello; tan profundamente lo ocultaba en su alma. Sólo alguna vez, y no con mucha frecuencia, lo recordaba con particular precaución.

Ahora, cuando el miedo al impenetrable misterio se presentaba ante él, envolviéndole y cubriéndole como cubre el agua las plantas de la ribera durante la crecida, quería rezar. Quiso ponerse de rodillas; pero le dió vergüenza delante de los soldados, y cruzando las manos sobre el pecho murmuraba bajito: ¡Consuelo de todos los afligidos!, repitiendo con ansiedad y en tono humilde: ¡Consuelo de todos los afligidos, ven a mí y sostén a Vaska Kashirin!

Hacía muchos años, cuando todavía estaba en el primer curso de la Universidad y ya empezaba a divertirse, antes de trabar amistad con Verner y de ingresar en el partido, acostumbraba a llamarse a sí mismo, por broma y jactancia, Vaska Kashirin, y ahora, sin saber por qué, le dieron ganas de volverse a llamar así. Pero habían sonado como muertas las palabras. ¡Consuelo de todos los afligidos!

Se agitó ligeramente, porque le pareció que a lo lejos estaba una imagen suave y triste que se apagaba dulcemente sin haber iluminado por completo su agonía. El reloj de la torre seguía andando. El soldado que estaba en el corredor dió un golpe seco, acaso con el fusil o con el sable, y se oyeron luego unos cuantos bostezos.

¡Consuelo de todos los afligidos! ¿Por qué callas? ¿Por qué no quieres decir nada a Vaska Kashirin?

Sonrió dulcemente y aguardó. Pero así en su alma como en su derredor reinaba el vacío. Y no volvió aquella imagen dulce y triste. Vino a su mente la visión inútil y atormentadora de unas velas de cera encendidas, del pope revestido con la capa, del icono pintado en la pared, y vió a su padre que, encorvándose y enderezándose, oraba y espiaba a Vaska para saber si también oraba o se distraía. Y Vasili sintió mayor angustia que antes de haber rezado.

La escena se borró. Su conciencia pareció apagarse como una hoguera de esparcidos tizones; helábase como el cadáver de un hombre que acaba de morir y cuyo corazón está caliente todavía cuando ya están frios los pies y las manos. Una vez más volvió a encenderse su pensamiento, para decirle que él, Vasili Kashirin, podía volverse loco en su celda, experimentar tormentos indescriptibles, llegar hasta tal punto de dolor y sufrimiento como nunca un ser vivo los hubiese experimentado; que podía golpear su cabeza contra la pared, sacarse los ojos con los dedos, gemir y gritar lo que le pareciese y asegurar con lágrimas que no podía soportar nada más. Y, sin embargo, todo seria en vano.

Aquel anonadamiento llegó para su cuerpo tembloroso, abatido, inundado de frío sudor. Pero le faltaba todavía un momento de horror terrible. Fue cuando vió entrar gente en su celda. Ni siquiera se le ocurrió que aquello significaba la hora de ir a la ejecución; sencillamente, al ver gentes extrañas, se asustó como un niño a quien sorprenden cometiendo una acción vituperable.

— ¡No lo haré más! ¡No lo haré más! —murmuraron bajito sus labios muertos, y retrocedió silenciosamente hacia adentro, como en su infancia, cuando su padre le levantaba la mano.

— Es preciso ir.

Hablaron, anduvieron alrededor de él, le dieron algo. Cerró los ojos, se tambaleó y empezó a prepararse trabajosamente. De pronto empezó a recobrar la conciencia de sus actos, y pidió un cigarrillo a un funcionario. Éste le alargó amablemente la petaca de plata con un dibujo en una de las tapas.

Capítulo X. Las columnas se derrumban

El desconocido, a quien llamaban Verner, era un hombre cansado de la vida y de la lucha. En otro tiempo habia amado con pasión la vida, la literatura, el teatro y la sociedad. Dotado de admirable memoria y de gran fuerza de voluntad, habia aprendido a la perfección varias lenguas europeas, y podia pasar fácilmente por alemán, por francés o por inglés. El alemán lo hablaba con acento bávaro, pero podia, si queria, hablar como un verdadero berlinés. Le gustaba vestir bien; tenia excelentes modales, y era el único de todos los compañeros que se atrevia a concurrir a los bailes y veladas del gran mundo, sin miedo a ser descubierto.

Pero hacía tiempo ya que, sin que lo notasen sus compañeros, en el fondo de su alma crecía un vago menosprecio por los hombres, y habia también en ella un tedio y una desesperación casi mortal. Como por naturaleza era matemático antes que poeta, no conocía ni inspiración ni éxito, y había instantes en que se sentía como un loco que buscase la cuadratura del círculo en charcos de sangre humana. El enemigo con quien luchaba a diario no podía infundirle respeto; era sólo una red espesa de imbecilidades, traiciones y mentiras, repugnantes mentiras y sucios escupitajos. Lo último que parecía haber destruído en él el deseo de vivir era la muerte de un delator, cometida por él de orden de su partido. Lo había matado serenamente, pero al ver aquel rostro humano, de expresión traicionera, mas ya tranquilo y sereno por la muerte, dejó de estimarse a sí mismo y a su obra. No porque le entrasen remordimientos, sino sencillamente porque empezó a considerarse a sí mismo como la cosa menos interesante y más despreciable del mundo. Pero al partido no lo dejó, a fuer de hombre de voluntad como era, y aparentemente continuó siendo el mismo, si bien en sus ojos quedó desde entonces algo frío y severo.

Poseía también una rara cualidad: así como hay gentes que no conocen el dolor de cabeza, ignoraba él lo que era el miedo, y cuando los demás lo sentían, no lo censuraba ni lamentaba, sino lo tomaba en cuenta, como si se tratase de una enfermedad muy extendida que, sin embargo, no le hubiese atacado a él nunca. Sus compañeros, especialmente Vasili Kashirin, le inspiraban compasión; pero era una compasión fría y casi oficial, como la que experimentarán, probablemente, también algunos jueces.

Verner comprendía que la ejecución no era sencillamente la muerte, sino algo más; pero, en todo caso, había decidido recibirla tranquilamente, como algo de poca importancia; vivir hasta el fin, como si nada hubiese ocurrido ni hubiese de ocurrir. Sólo así le era dable manifestar su enorme desprecio por el castigo y conservar la última e intangible libertad de su espíritu. Durante el juicio, y esto ni siquiera lo hubieran creído sus compañeros, conocedores como eran de su frío y altivo valor, no había pensado ni en la muerte ni en la vida; reconcentrado, con profunda y tranquila atención, había estado jugando mentalmente una partida de ajedrez. Excelente jugador de ajedrez, desde el primer día de su encierro había comenzado dicha partida, y la continuaba sin interrupción. La sentencia que lo condenaba a morir en la horca no había logrado mover ninguna pieza en el invisible tablero.

Ni siquiera le detenía el considerar que probablemente no habría de terminar la partida, y la mañana del último día que le quedaba por vivir sobre la tierra la había reanudado, corrigiendo una jugada de la víspera que le había salido mal. Con las manos apretadas sobre las rodillas, estuvo sentado largo rato; después se irguió y se puso a pasear cavilando. Su manera de andar era muy particular: inclinaba hacia adelante la parte superior del cuerpo y pisaba fuerte y recio en el suelo con los talones, de modo que, aun estando la tierra seca, sus pasos dejaban visible y profunda huella. Al mismo tiempo que paseaba, silbaba un aria italiana de estilo sencillo y ligero que le ayudaba a reflexionar.

La jugada, sin saber por qué, le había salido mal. Con la impresión desagradable de que había cometido alguna falta grosera y de bulto, se volvió varias veces atrás y repitió el juego casi desde el comienzo. No encontró el error; sin embargo, lejos de desvanecerse en su ánimo la impresión de haberlo cometido, permanecía en él más arraigada y molesta. De pronto le acometió un pensamiento inesperado y ofensivo: ¿No consistiría el error en que, con el juego de ajedrez, lo que quería era hurtar su atención a la idea del suplicio, y defenderse así contra el horror a la muerte inevitable, según se dice, a todo condenado?

— ¡No! ¿Para qué? —se contestó fríamente, cerrando el invisible tablero.

Y con la misma reconcentrada atención que había puesto en el juego, como si estuviese sufriendo un severo examen, se esforzó por darse cuenta de lo terrible y lo desesperado de su situación; miró detenidamente la celda, procurando que nada escapase a su observación; calculó las horas que le faltaban para la ejecución y se complació en componer con bastante semejanza y precisión el cuadro del suplicio, después de lo cual se encogió de hombros.

— ¡Bueno! —exclamó, como si contestase a la pregunta de alguien—. ¡Eso es todo! ¿En dónde está el temor?

Efectivamente, no existía el temor. Y no sólo no existía, sino que hasta parecía surgir algo opuesto a él: un sentimiento vago, pero intenso, de audaz alegría, hasta el punto de que aquel error que todavía continuaba sin aclararse acabó por no provocar en él fastidio ni irritación, sino que le habló de algo bueno e inesperado, como si habiendo dado por muerto a un íntimo amigo, este amigo se le hubiese aparecido vivo, ileso y sonriente.

Verner se encogió nuevamente de hombros y se tomó el pulso: el ritmo del corazón era frecuente, pero recio e igual, y tenía una especial fuerza sonora. Otra vez volvió a examinar atentamente, como el novato que ingresa en la cárcel, los muros, los cerrojos, la silla, atornillada al suelo, y pensó:

¿Por qué me siento tan alegre y tan libre? Sí, tan libre. Pienso en el suplicio de mañana, y me patece como si no existiese. Miro a las paredes, y tampoco me parece que existen. Mi sensación de libertad es tal, como si en lugar de encontrarme en la cárcel acabase de salir de otra cárcel en la cual hubiese estado toda mi vida. ¿Qué es esto?

Empezaron a temblarle las manos, fenómeno hasta entonces desconocido para Verner. Su pensamiento palpitó con más furia. Parecía como si unas lenguas de fuego inflamadas en su cerebro quisieran salirse de él y alumbrar la lejanía, todavía envuelta en las sombras de la noche. Al fin consiguieron salir e iluminaron el horizonte como una imprevista aurora.

Desvanecióse el vago cansancio que había invadido a Verner durante los últimos años; desprendióse de su corazón la serpiente muerta y fría que en él llevaba; surgió, en fin, su juventud triunfante ante la proximidad de la muerte. Más aun: con esa admirable claridad que a veces suele iluminar el espíritu y elevarlo a las más altas cumbres de la percepción, Verner vió de pronto el panorama completo de la vida y la muerte, y se asombró de la grandeza del inusitado espectáculo. Parecióle caminar por la cresta de montañas altísimas que formaban un sendero estrecho, como el filo de un cuchillo, viendo a un lado la vida y al otro la muerte, como dos mares profundos y resplandecientes, que se confundían en el horizonte ilimitado.

— ¿Qué es esto? ¡Qué divino espectáculo es éste! —exclamó pausadamente, levantándose con los ojos fijos, como si se hallase en presencia del Ser Supremo. Y haciendo desaparecer los muros, el espacio y el tiempo con su mirada, contempló allá en lo profundo la vida que iba a perder.

Ni siquiera intentó, como en otras ocasiones, reducir a palabras lo que veía; además, tampoco las había adecuadas en el lenguaje humano, todavía tan pobre e inexpresivo. Todo lo pequeño, deleznable y ruin que solía encontrarse al contemplar los rostros humanos, había desaparecido completamente, así como una persona, elevándose en un globo, ve desvanecerse la suciedad y el fango de las calles angostas de la ciudad y halla que todo lo feo y repugnante se trueca en hermoso.

Con un movimiento inconsciente se acercó Verner a la mesa y apoyó en ella la mano derecha. Soberbio e imperioso por naturaleza, nunca, sin embargo, había adoptado una postura de mayor orgullo ni más autoritaria, rígido el busto, erguida la cabeza; porque nunca se había sentido tan libre y poderoso como allí, en aquella cárcel, separado del suplicio y de la muerte sólo por unas cuantas horas.

Con nuevo aspecto volvieron a aparecerse ante su mirada iluminada, dotados de un encanto y un atractivo desconocidos, los seres humanos. Elevándose sobre los tiempos, vió claramente cuán joven era la humanidad, y cómo todavía ayer aullaba en los bosques cual una fiera; y lo que siempre le había parecido en las gentes terrible, imperdonable y repugnante, se tornaba de pronto atrayente, como es atrayente en el niño la audacia torpe, el balbuceo deshilvanado en que pone una chispa la inteligencia, sus desaciertos, sus equivocaciones ridículas y sus golpes crueles.

— ¡Queridos míos! —exclamó Verner con una sonrisa inesperada, perdiendo de pronto toda su anterior actitud imponente, convirtiéndose otra vez en el preso a quien agobia el encierro y atormenta la inquisitiva mirada que le observa detrás de la puerta. Por un fenómeno extraño, olvidó casi de repente todo cuanto acababa de ver con tanta claridad, siendo todavía más extraño el que ni siquiera intentase volver a recordarlo.

Sentóse, sin que su cuerpo adquiriese la tiesa actitud que le aa habitual, y con una sonrisa desusada, impropia de él por lo débil y tierna, se detuvo a contemplar las paredes y las rejas. Y ocurrió algo más raro todavía, algo que nunca le había sucedido: de pronto se echó a llorar.

— ¡Mis queridos compañeros! —murmuró, vertiendo amargas lágrimas—. ¡Pobres amigos míos!

¿Por qué misteriosa senda había pasado desde el sentimiento de altanería y de independencia salvaje, ilimitada, hasta aquella compasión tierna y ardiente? Ni lo sabía ni quería pensar en ella. ¿Es que le daban lástima sus amigos, o tras sus lágrimas había otro sentimiento aun más alto y apasionado? Su corazón, renaciendo florido, no lo sabía. Continuaba llorando y exclamando:

— ¡Queridos amigos míos! ¡Mis buenos compañeros!

Nadie, en aquel hombre que lloraba copiosamente y que sonreía a través de sus lágrimas, hubiera reconocido al impasible y altivo Verner: ni sus jueces, ni sus compañeros, ni él mismo.

Capítulo XI. Camino de la muerte

Antes de meterlos en los coches habían juntado a los cinco condenados en una sala de vastas proporciones y muy fría, donde les permitieron hablar entre sí.

Tania Kovalchuk fue la única que aprovechó la autorización en seguida. Los demás, sin proferir una palabra, se apretaron fuertemente las manos, frías como el hielo en unos, y ardientes como el fuego en otros; y callados, formaron un extraño grupo, en que cada cual procuraba no mirar a los demás. Acaso temían que sus ojos revelasen la crisis que acababan de pasar.

No pudieron, con todo, evitar que una o dos veces se cruzasen sus miradas, y acabaron por tranquilizarse y hasta sonreír. Ninguno se alteró lo más mínimo, o, por lo menos, a ninguno se le notó alteración. Hablaban y se movían de un modo singular, como autómatas. A veces se les atragantaban las palabras, o las repetían, o dejaban truncada una frase, creyendo que la habían dicho entera. Miraban las cosas sin verlas, como miopes que de repente pierden los lentes. A veces volvían bruscamente la cabeza, como si alguien los llamase; pero lo hacían sin siquiera darse cuenta. Musia y Tania tenían las mejillas y las orejas ardiendo; Serguéi, que al principio se hallaba algo pálido, recobró su aspecto normal.

El que más atraía la atención de todos era Vasili. Aun allí había en él algo extraordinario e inquietante. Verner, muy emocionado, murmuró al oído de Musia:

— ¿Acaso él, Musía, acaso él...? Habrá que hablarle.

Vasili, que tenía los ojos fijos en Verner, los bajó al suelo.

— ¿Qué hay, Vasia? ¿Qué te ocurre? Pronto acabará todo, hombre; no te apures. Hay que tomado con filosofía, ¡qué diablo!

No replicó Vasili por el momento, mas al cabo de algunos segundos repuso con voz tan sorda y remota que, más que humana, parecía de ultratumba:

— No es nada. Estoy tranquilo.

Y a poco repitió:

— Estoy tranquilo.

Verner, muy satisfecho, exclamó:

— ¡Bien, chico, bien! ¡Así me gusta!

Pero tropezó con la mirada de Vasili, que parecía hundida en honda contemplación interior, y se preguntó con angustia:

— ¿Dónde está? ¿Desde dónde me mira?

Y exclamó con ternura:

— Vasia, ¡cuánto te quiero!

— También yo a ti —replicó Vasili trabajosamente.

De pronto, Musia tomó la mano de Verner, y con un gesto de admiración casi teatral dijo:

— ¿Qué te ocurre, Verner? ¡Tú, que nunca has dicho a nadie que le quieres! ¿Por qué estás tan radiante y tan amable?

Con tono y ademán teatrales asimismo contestó Verner, apretando la mano a Musia:

— Sí, a todos os quiero. No se lo digas a nadie, porque me da vergüenza; pero os quiero mucho.

Encontráronse sus miradas, y eran tan radiantes, que todo en torno suyo parecía obscurecerse, como junto al fulgor del relámpago todo se hunde en tinieblas.

— ¿Sí? —preguntó Musia— ¿De veras, Verner?

— Sí, Musia, si. De veras.

Luego, Verner, con los ojos aún brillantes, trémulo de emoción, se dirigió a Serguéi Golovin.

— ¡Serguéi! —llamó.

Pero quien le contestó fue Tania Kovalchuk. En pleno éxtasis, casi llorando de orgullo maternal, díjole, al tiempo que tiraba de un brazo de Serguéi:

— Pero ¿tú ves esto, Verner? Yo, atormentándome por él, llorando por su causa, y él entretenido en hacer gimnasia.

— ¿Sistema Müller?

Serguéi frunció el ceño y replicó, algo azorado:

— No sé de qué te ríes, Verner. Tengo la seguridad de que ...

Sin dejarle acabar, rompieron todos a reír. Poco a poco, cobrando ánimos y fuerzas en la mutua comunicación, volvieron a ser lo de siempre. Tanto, que ellos mismos creían no haber cambiado nunca.

De pronto, Verner dejó de reir y dijo gravemente:

— Tienes razón, Serguéi; tienes razón de sobra.

— ¡Ah! ¿Comprendes? —replicó Golovin, satisfecho—. Claro está que nosotros ...

Tampoco esta vez pudo terminar la frase, pues en aquel momento fueron a buscarlos para conducirlos a los coches; tan amables fueron con ellos, que les permitieron ir por parejas. En general, los empleados de la cárcel solían tratarlos con mucha benevolencia, alguna vez exagerada; acaso fuese para probar que, a pesar de todo, tenían sentimientos humanitarios; quizá para demostrar que en aquello no tenían ellos arte ni parte y que sólo obedecían a una necesidad inexcusable. Todos estaban muy pálidos.

— Musia, tú con Vasili —ordenó Verner, señalando a éste, que permanecía inmóvil.

— Muy bien —asintió Musia—. ¿Y tú?

— ¿Yo? Ya veremos. Tú, con Vasili; Tania, con Serguéi ... Bueno, yo iré solo; ya sabes que yo puedo ir solo.

El aire tibio y húmedo del patio les acarició el rostro y les penetró suavemente, con lo que sus ideas se hicieron más claras.

Las gotas del deshielo que de los canalones se desprendían, chocaban sonoramente en las baldosas. De vez en cuando, alguna más gruesa que las demás se destacaba del conjunto, como la voz de un divo en un concertante; mas luego volvía la cantilena a su tono uniforme.

Las luces eléctricas expandían un halo sobre la ciudad e iluminaban tenuemente los tejados de la fortaleza.

Del pecho de Serguéi Golovin se escapó un hondo suspiro.

— ¡Ah! —exclamó; y como si sintiese derrochar aquel aire tan puro, contuvo luego la respiración.

— ¡Qué noche más hermosa! —dijo Verner—. ¿Hace mucho que reina tan buen tiempo?

— Ayer y hoy nada más —le contestaron los guardianes con amable solicitud—. Hasta ayer ha hecho mucho frío.

Fueron llegando uno tras otro, silenciosos y siniestros, los fatales carruajes, en cada uno de los cuales subieron dos condenados. Luego iniciaron la marcha, y en la obscuridad de la noche dirigiéronse hacia el farol que se balanceaba ante la poterna. Escoltaban a cada coche varios jinetes, cuyas siluetas grises iban y venían sobre los caballos, que con sus herraduras arrancaban chispas al empedrado y resbalaban alguna vez sobre la nieve.

Cuando Verner se inclinaba para entrar en el coche díjole el centinela:

— Aquí hay otro que va con ustedes.

— ¿Dónde? ¿Dónde está? ¡Ah, ya le veo! ¿Quién es?

El guardián no contestó. En un obscuro ángulo del carruaje veíase, en efecto, a un hombre menudo, que aun lo parecía más por lo agazapado que estaba. Al sentarse, Verner le tropezó una rodilla.

— Usted dispense, amigo —se disculpó.

El otro no dijo nada. Únicamente cuando partió el coche preguntó con trémula voz y en mal ruso:

— ¿Quién es usted?

— Me llamo Verner, y he sido condenado a la horca por haber atentado contra la vida de un ministro. ¿Y usted?

— Yo me llamo Yanson. Pero a mí no hay que ahorcarme.

Faltábales apenas un par de horas para franquear la puerta del misterio indescifrable, y, con todo, aun en los más nimios y vulgares detalles la vida seguía siendo la vida.

— Y ¿tú qué es lo que has hecho, amigo Yanson?

— ¿Yo? Acuchillar a mi amo y robarle los cuartos.

A juzgar por la voz, Yanson estaba medio dormido. En las tinieblas tropezó Verner con su mano fláccida y se la estrechó. Yanson la retiró lentamente.

— ¿Tienes miedo? —le preguntó Verner.

— ¡Yo no quiero que me ahorquen!

Callaron los dos, y Verner volvió a oprimir fuertemente entre sus febriles manos las del asesino. Esta vez Yanson permaneció inmóvil.

Apenas podían respirar en el estrecho carruaje, que olía a estiércol, a paño húmedo, a cuero mojado.

Frente a Verner iba un joven soldado, que echaba sobre él su cálido aliento, unas vaharadas impregnadas de olor a ajos y a tabaco. El aire penetraba tan sólo por algunas rendijas, y era como un mensaje de la primavera, que la hacía sentir con mayor intensidad aun que en el exterior. El coche andaba tan pronto hacia la derecha, como hacia la izquierda; dijérase que se entretenía en retroceder y girar alrededor del mismo punto horas enteras. A través de las tupidas cortinillas vislumbrábase al principio el azulado fulgor de los focos eléctricos, pero al cabo de algún rato de camino quedó todo a obscuras, por donde pudieron los viajeros adivinar que se hallaban en las míseras y desiertas callejas de los arrabales, y muy próximos, pues, a la estación del ferrocarril S... En alguna brusca revuelta, la rodilla de Verner tropezaba familiarmente con la del guardia, y era difícil creer en la proximidad de la ejecución.

— ¿A dónde nos conducen? —preguntó Yanson, mareado por el traqueteo del coche y cansado de aquella obscuridad.

Verner volvió a estrecharle fuertemente la mano. Hubiera querido hablar las palabras más afables, más afectuosas, para dedrselas a aquel hombrecillo soñoliento, a quien quería ya más que a nadie en el mundo.

— Ven acá, amigo mío; ahí debes de estar incómodo.

Al cabo de unos instantes de silencio repuso Yanson:

— Gracias, voy bien aquí. ¿De modo que también a ti te van a ahorcar?

— Sí, hombre, ¡también! —contestó Verner con tono jovial y con gesto y ademán tan despreocupados como si estuviesen hablando de una broma trivial que quisiesen darle unos amigos amables y terriblemente divertidos.

— ¿Eres casado? —preguntó Yanson.

— ¿Casado yo? ¡Ca, hombre! Soltero del todo.

— También yo.

Poco después el coche se detuvo.

— ¡Ya estamos! —exclamó Verner, y saltó a tierra con curiosidad no exenta de extraña alegría.

Yanson se apeó tras él. Estaba silencioso, y su paso era lento y torpe. Al bajar asióse a la falleba de la portezuela y luego a la portezuela misma; siguió luego agarrándose a cuanto podía. Uno de los guardias le iba apartando suavemente.

La estación estaba obscura y desierta. Debido a la hora avanzada ya no se esperaba ningún tren de pasajeros, y para el que debía llevar a esos viajeros no se necesitaban luces ni estrépitos.

De pronto un profundo tedio envolvió a Verner; tedio, sí, no miedo ni impaciencia; tedio, un tedio inmenso, abrumador; de buena gana hubiera huído para escapar de él o se hubiera echado, cerrando los ojos con fuerza. También Yanson se desperezó y bostezó varias veces.

— ¡Si fuésemos más de prisa! —exclamó Vemer.

Yanson se estremeció de pies a cabeza.

Cruzaron los reos, custodiados por los soldados, el solitario andén, y subieron a los vagones, que macilentas lámparas iluminaban apenas. Verner se acercó a Serguéi Golovin; éste, indicando con la mano extendida un lugar próximo, pronunció varias palabras, entre las que la única que se oyó distintamente fue farol; las demás se perdieron en un largo bostezo.

— ¿Qué estás ahí diciendo? —preguntó Verner, bostezando asimismo.

— Digo que el farol echa mucho tufo.

Miró Verner, y vió que, en efecto, la luz echaba tufo, y el cristal estaba casi negro.

— Es verdad —replicó.

Luego pensó: ¡Bah! ¿Qué me importa que el farol eche tufo o deje de echarlo, si ... ? Serguéi, sin duda, pensó algo parecido, pues miró a Verner y luego le volvió la espalda. Ya no bostezaban.

Dirigiéronse a pie hasta los vagones; tan sólo a Yanson hubo que sostenerle. Al principio puso rígidas las piernas y permaneció con los pies pegados al andén, como si clavase las suelas en los tablones del andén; luego dobló las rodillas, y los soldados hubieron de cogerle por debajo de los brazos. Marchaba arrastrando los pies y haciendo resonar las botas, como si estuviese borracho. A costa de mucho trabajo pudieron meterle en su departamento.

Kashirin imitaba al andar los movimientos de sus compañeros. Pero al llegar junto al vagón, un soldado tuvo que cogerle por el codo para que no se cayese. Vasili se echó a temblar, y rechazando la mano del guardián lanzó un grito agudo:

— ¡Ay!

— ¿Qué te pasa, Vasia? —preguntó Verner, precipitándose hacia él.

Vasili no contestó, pero seguía temblando como un azogado. El soldado, confuso y pesaroso, explicó:

— Quería sostenerle, pero ...

Verner intentó entonces cogerle de la mano, y le dijo:

— Vamos, Vasia, ven acá. Yo te sostendré.

Pero también a él lo rechazó Vasili, y volvió a gritar con más fuerza:

— ¡Ay! ¡Ay!

— Calla, tonto. Soy yo, Verner.

— Sí, ya lo sé. No me toques. ¡Iré solo!

Siempre temblando, subió solo, en efecto, al coche y se sentó. Verner se acercó a Musia y le preguntó, señalando a Vasili:

— ¿Qué tal?

— Mal —repuso la joven—. Va ya muerto.

Y añadi6 con extraño tono:

— Dime, Verner, ¿existe en verdad la muerte?

— No lo sé, Musia, no lo sé. Pero yo creo que no —contestó Verner grave y pensativo.

— Así creo yo también. Pero ¿y Vasili? ¡Oh, cuánto he sufrido junto a él, en el coche! Entonces sí que me parecía ir con un muerto.

— ¡Que sé yo, Musia! Tal vez la muerte exista para unos y no para otros; pero en tal caso, ya no podrá afirmarse que existe en absoluto. Para mí, por ejemplo, ha existido, pero ahora ya no existe.

Musia, que estaba muy pálida, sintió que sus mejillas se encendían.

— ¿Qué dices, Verner? ¿Que ha existido la muerte para ti?

— Sí, Y para ti también. Pero ahora ya no.

A la puerta del vagón se oyó un ruido: era Mishka el Gitano, que entró dando fuertes pisadas, resoplando y escupiendo. Luego miró en torno y se detuvo de pronto.

— ¡Guardias! —gritó, dirigiéndose al soldado, que le miraba con enojo—. Aquí no hay sitio. Yo, si no voy cómodo, no voy. Para eso, que me cuelguen del farol. ¡Hijos de tal, vaya un coche indecente! ¡Esto no es coche, es una pocilga!

Bajó la cabeza y estiró el pescuezo. Entre la maraña de cabeza y barbas brillaban los ojos negros con expresión de locura.

— ¡Heme aquí, señores! —exclamó—. ¡Buenas noches!

Acercóse a Verner, le tocó un brazo y, guiñándole un ojo, llevóse con brusco movimiento la mano al cuello.

— ¿Con que a usted también, eh?

— También a mí —contestó Verner sonriendo.

— ¿A todos?

— ¡A todos!

— ¡Ah, muy bien! —exclamó, mostrando sus blancos dientes y paseando en derredor una mirada, que detuvo especialmente en Musia y Yanson. Con un nuevo guiño, preguntó a Verner:

— ¿Por aquello del ministro?

— Si, por aquello. Y tú, ¿qué has hecho?

— ¿Yo? No pico tan alto. No soy más que un simple bandido. ¡Eh, amigo! Córrete un poco; como comprenderás, no os quito sitio por gusto. En el otro mundo lo habrá para todos.

Volvió a mirar con recelo a sus compañeros, que le miraban graves, silenciosos y aun con cierta compasión. Enseñó de nuevo los dientes y dió a Verner unos golpecitos en la rodilla.

— Así es, señor. Como dice la canción:

Verdes encinas del bosque,
cesad en vuestro rumor
...

— ¿Por qué me llamas señor —preguntó Verner—, si dentro de nada estaremos los dos iguales?

— Verdaderamente —dijo el otro con visible satisfacción—. ¡Valiente señor estarás tú, cuando van a ahorcarte conmigo!

Y señalando al nuevo centinela prosiguió:

— ¡Ese sí que es un señor de veras! En cambio ése ... Indicó con la vista a Vasili, y continuó:

— ¡Qué, señor! ¿Tenemos miedo?

— ¡No! —repuso, moviendo trabajosamente la lengua.

— ¿Que no, eh? No te dé vergüenza decirlo, hombre. ¡Ni que fueras un perro, para que movieses el rabito cuando te llevan al palo!

Miraba a todas partes, escupía a cada momento.

— ¿Y ése? —preguntó, por Yanson— ¿También viene con nosotros?

Yanson, hecho un ovillo en un rincón del coche, se agitó un momento, pero no contestó. Verner lo hizo por él.

— Ese dió de cuchilladas a su amo.

— ¡Dios mío! —exclamó el Gitano, sorprendido—. Pero ¿es que semejante tipo tiene derecho a acuchillar a nadie?

Desde hada ya un rato, el Gitano miraba a Musia de reojo; al cabo se volvió hacia ella y la contempló fija y francamente.

— ¡Señorita! —dijo—. Pero ¡si es una niña! Y tiene buen color, y se ríe. ¡Mira, se ríe de veras! —agregó, clavando sus dedos con ganas en una rodilla de Verner—. ¡Mírala, mírala!

Musia sonreía, en efecto. Un poco avergonzada, clavó su mirada en los ojos salvajes y llameantes que la contemplaban.

Todos callaban.

El tren saltaba sobre los carriles con estrépito de ruedas, hierros y cristales. El pito de la locomotora hendió el aire, como si el maquinista quisiera prevenir a alguien de algún peligro. Y era absurda la idea de que para colgar de un palo a otros infelices fuera preciso emplear tan escrupulosas precauciones, tan prolijos preparativos, y que el hecho más cruel que puede realizarse en la tierra se consumase luego con la mayor sencillez, como si fuese la cosa más natural.

Los vagones corrían, corrían. Quienes los ocupaban viajaban como todo el mundo viaja, en las mismas actitudes que se ven todos los días. Luego pararían como siempre:

— ¡Cinco minutos de parada!

Y alli aparecería la muerte, la eternidad, el gran misterio ...

Capítulo XII. La llegada

Corría el tren, corría sin descanso.

Por aquellos mismos carriles se iba a una casa de campo en la que durante algunos años había vivido Serguéi Golovin con sus padres. El joven hubiera podido imaginar que volvía en el último tren, por habérsele hecho tarde, entretenido con unos amigos.

— Ya falta poco —dijo, abriendo los ojos y volviéndolos hacia la ventanilla.

Nadie le contestó, nadie se movió siquiera. El Gitano seguía escupiendo y mirando todo como si quisiera tocarlo con los ojos.

— Tengo frío —dijo Vasili Kashirin, moviendo con tanta dificultad los helados labios, que lo que en realidad dijo fue:

Teno fío.

Tania se volvió presurosa hacia él y le alargó su pañuelo.

— Ten —le dijo—; abrígate el cuello.

—El cuello? —preguntó Serguéi con sobresalto, y se asustó de la pregunta.

Aunque todos tuvieron el mismo pensamiento, tal vez por ello mismo ninguno pareció oír; parecía que nadie había dicho nada, o que todos habían dicho lo mismo.

— Póntelo, Vasili; póntelo, que te abrigará —le aconsejó Verner.

Y volviéndose a Yanson:

— Y tú, querido, ¿no tienes frío? —le preguntó.

Musia dijo:

— Lo que quizá quiera es fumar. ¿Quieres fumar, verdad? Pues dilo; tenemos tabaco.

— Sí, sí, quiero.

— Tú, Serguéi, dale un cigarrillo —indicó Verner satisfecho.

Pero Serguéi se había adelantado ya a ofrecérselo. Y todos se pusieron a observar, cual si se tratase de algo extraordinario, cómo Yanson cogía el cigarrillo, cómo ardía la cerilla y cómo de la boca del fumador salía el humo azulado.

Hizo Yanson un gesto de satisfacción y dijo:

— Gracias. Está muy bueno este tabaco.

— ¡Qué cosa más rara! —dijo Serguéi.

— ¿Raro? ¿El qué? —preguntó Verner.

— El cigarrillo.

Sostenía nerviosamente el cigarrillo entre los dedos y lo miraba con admiración. Todos contemplaban aquel tubito, de cuyo extremo surgia una cinta azulada que se agitaba y se deshacía en otras muchas. Al fin, el cigarrillo se apagó.

— Se ha apagado —exclamó Tania.

— Si, se ha apagado.

Verner frunció el ceño, y mirando con inquietud a Yanson, cuya mano colgaba exánime, exclamó:

— ¡Demonio!

— ¡Eh, señor! —dijole a esta sazón el Gitano en voz baja, acercándosele y revolviendo los ojos con la fiera expresión en él habitual—. Y ¿si atacásemos a los soldados? ¿Quiere que probemos?

— No —le repuso Verner, en el mismo tono—. Hay que apurar el trago.

— Pero ya que hemos de morir, muramos luchando. Por lo menos, seria más divertido. ¿No te parece? Así sentiríamos menos cómo nos mataban a nosotros.

— No, no; de ningún modo —repitió Verner.

Y volviéndose a Yanson le preguntó:

— Y tú, amigo mío, ¿por qué no fumas?

El rostro de Yanson se contrajo dolorosamente, como si alguien hubiese tirado al mismo tiempo de los hilos que ponían en movimiento sus arrugas. Y con voz tan extraña que parecía fingida comenzó a llorar:

— ¡No quiero fumar! ¡No hay que ahorcarme! ¡Ah, ah ...!

Todos le rodearon solícitos. Tania, llorando también, le acarició una mano y le arregló la gorra, al tiempo que le decía:

— ¡Pobrecito mío! ¡No llores, no llores!

Los vagones moderaron su marcha. Todos, excepto Yanson y Kashirin, se pusieron en pie; pero en seguida volvieron a sentarse.

— ¡Ya hemos llegado! —dijo Serguéi.

Todos respiraban con tanta dificultad como si se hubiese hecho el vacío en el coche. El corazón dilatado atravesaba la garganta, brincaba de espanto, gritaba enloquecido, con su voz de sangre. Tenían los ojos fijos en el trepidante suelo; el girar de las ruedas era cada vez más lento. Luego, después de una brusca sacudida, cesaron al fin de moverse.

Paró el tren.

Y entonces comenzó para todos aquellos desgraciados un sueño, una verdadera existencia irreal, inconsciente, como ajena. El ser corpóreo cedía su puesto al inmaterial, y éste era el que se movía y hablaba sin voz y padecía sin dolor. En sueños salieron del vagón, por parejas, y aspiraron voluptuosamente el aire primaveral. En sueños, inerte y atontado, resistióse Yanson, siendo arrastrado silenciosamente fuera del vagón y arrojado a tierra desde el estribo.

— ¿Vamos a pie? —preguntó uno de los reos casi con alegría.

— Estamos cerca —contestó otro en el mismo tono.

A través del bosque echó a andar un cortejo sombrío y silencioso. El aire era fresco y fragante. De vez en cuando, algún caminante resbalaba en la nieve y se agarraba instintivamente a los cuerpos de sus compañeros. A su lado, chapoteando en el lodo, jadeantes, caminaban los soldados de la escolta.

Se oyó una voz colérica:

— ¡Podían haber arreglado el camino!

Y otra voz contestó, como excusándose:

— Ya lo han arreglado. Pero estamos en época de deshielo, y no puede evitarse el barro.

Y cada cual pensó que, en efecto, no era posible dejar mejor el camino.

A veces el pensamiento se apagaba por completo, y únicamente persistía sensible el olfato, al que impresionaban los olores finos y penetrantes del bosque, la fraganda del aire, la humedad de la nieve ... Otras lo percibían todo con gran claridad: el bosque, la noche, el camino y, sobre todo, la idea de que pronto los iban a ahorcar. De vez en cuando surgía el rumor de los diálogos y los cuchicheos.

— Van a dar las cuatro.

— Ya decía yo que habíamos salido muy temprano.

— No amanece antes de las cinco.

— Sí; tendremos que esperar.

Llegaron a un descampado, donde se detuvieron. Entre los árboles, que la descarnada mano del invierno desnudara, movianse silenciosamente dos farolillos. Aquél era el punto en que se alzaba el patíbulo.

— Se me ha perdido un chanclo —dijo de pronto Serguéi.

— ¿Qué dices? —le preguntó Verner.

— Que he perdido un chanclo. Tengo frío.

— ¿Y Vasili? ¿Dónde está?

— No lo sé. ¡Ah! Ahí le tienes.

En efecto, Vasili, silencioso y sombrío, se hallaba junto a ellos.

— ¿Dónde está Musia?

— Aquí estoy. ¿Eres tú, Verner?

Miráronse unos a otros, sin atreverse a alzar los ojos hacia el lugar donde se movían, en terrible silencio, las lucecitas. A la izquierda se abrían en el bosque algunos claros, que se prolongaban hasta una llanura iluminada y blanquecina, de la que llegaba un viento húmedo.

— ¡El mar! —dijo Serguéi Golovin aspirando voluptuosamente el aire—. ¡El mar!

Musia contestó con la canción:

Mi amor, inmenso cual el mar ...

— ¿Qué estás ahí diciendo, Musia?

Mi amor, inmenso cual el mar, no pueden encerrar las riberas de la vida.

Mi amor, inmenso cual el mar ... —repitió Serguéi, marcando con el gesto el ritmo del verso.

Mi amor inmenso cual el mar ... —repitió asimismo Verner. Pero, de súbito, se interrumpió, y dijo asombrado:

— Pero, Musia, ¡qué joven eres aún!

De pronto, Verner sintió en su oído la voz suplicante y anhelante del Gitano:

— ¡Señor, señor! Dígame: ¿qué es eso que se ve entre los árboles? Allí, allí donde se mueven los farolitos. ¡Oh! Es la horca, ¿no?

Miróle Verner, y le vió lívido, desencajado, con las angustias de la agonía.

— Llegó la hora de decirnos adiós —dijo Tania.

— Espera un poco —replicó Verner—. Aún tienen que leer la sentencia. Y Yanson, ¿dónde está?

Yanson estaba tumbado en la nieve, y junto a él había alguien que le atendía. El aire se llenó súbitamente de olor a éter.

Alguien preguntó con impaciencia:

— ¿Qué sucede, doctor? ¿Pasará pronto?

— No es nada. Un desmayo nada más. Frotadle las orejas con nieve. ¡Ajajá! Ya vuelve en sí. Ya pueden leer eso.

A la luz de la linterna se vió el papel, sostenido por una mano sin guante y agitada por un visible temblor. También la voz que luego habló temblaba:

— Señores, puesto que conocen ustedes la sentencia, quizá fuera preferible no leerla. ¿Qué les parece?

Verner respondió en nombre de todos:

—Que no se lea.

En el acto se apagó la linterna. No aceptaron tampoco los auxilios del sacerdote, cuya silueta alta y sombría se alejó rápidamente y se perdió en la espesura.

Despuntaba el día. Sobre la nieve, cada vez más blanca, destacábase con mayor intensidad la obscura mancha de la gente, y el bosque parecía aun más triste y árido.

— Señores, pónganse de dos en dos; pueden formar las parejas como gusten, pero les ruego que se den la mayor prisa posible.

Yanson estaba ya en pie, sostenido por dos soldados. Verner dijo, señalándole:

— Yo iré con él. Tú, Serguéi, con Vasili. Id delante.

— Bien.

— Musia, ¿quieres que vayamos juntas? —preguntó Tania—. Démonos un beso.

Abrazáronse con rapidez. El Gitano apretó la boca con tal fuerza, que le rechinaron los dientes. Yanson, que apenas podía tenerse, entreabría la suya; ni siquiera parecía darse cuenta de lo que en torno suyo pasaba. Cuando ya Serguéi y Vasili habían avanzado algunos pasos, éste se detuvo bruscamente y dijo con clara y vibrante voz, que, sin embargo, a sus compañeros les pareció desconocida:

— ¡Adiós, amigos míos!

— ¡Adiós! —respondieron los demás.

Se fueron, y todo quedó en silencio. Los farolillos que entre los árboles se movían quedaron quietos. No se oía ni un grito, ni un rumor.

Uno de los del grupo exclamó con desesperado acento:

— ¡Ay, Dios mío!

Era el Gitano, que agitaba los brazos como un poseído y gritaba:

— ¡Ya veo la horca! Pero, ¿voy a ir yo solo? ¡Yo quiero que me acompañen! Señor, ¿será posible? ...

Con las manos convulsas se aferró a Verner e imploró:

— ¡Señor, mi querido señor! ¿Quieres que vaya contigo? No me niegues ese favor ...

Verner, a quien aquella escena hacía sufrir intensamente, repuso:

— No puedo; voy con ése.

— ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¡Solo ...! ¡Solo ...!

Musia avanzó hacia el desventurado y le dijo:

— Ven conmigo.

Retrocedió el Gitano, asombrado, perplejo, vacilante. Sus ojos giraban en sus órbitas, con más rapidez que nunca, como espantados de lo que veían.

— ¿Contigo?

— Sí.

— ¡Tú! ¡Tan jovencita, tan niña! Pero di: ¿no tienes miedo? Porque en ese caso, iré yo solo.

— No, no tengo miedo.

El Gitano contrajo de nuevo la boca y luego enseñó los dientes.

— Pero ¡tú, tú! ¿No te repugna mi compañía? ¿No sabes que soy un bandido? ¿De veras no te doy asco? Si te lo doy, dímelo. Te juro que no me enfadaré.

Musia calló. Su rostro parecía más pálido y enigmático a la lívida luz del alba. De súbito acercóse al Gitano, le rodeó el cuello con un brazo y le dió un fuerte beso en los labios. Entonces él le puso ambas manos en los hombros, la apartó un poco de sí, la sacudió luego y la besó apasionadamente en los labios, en la nariz, en los ojos.

— ¡Ea! ¡Vamos!

De repente, el soldado que se hallaba más próximo a ellos abrió los brazos y dejó caer el fusil. Pero en vez de bajarse a cogerlo permaneció unos momentos inmóvil, dió rápidamente media vuelta y echó a correr bosque adentro, sobre la nieve que aún no había hollado nadie.

Otro soldado le gritó, asustado:

— ¡Eh, tú! ¿A dónde vas? ¡Alto!

El soldado, sin responder, continuó su marcha. Al cabo agitó nuevamente los brazos, y como si hubiera tropezado con alguien, cayó de bruces y así quedó.

— ¡Eh, tú, soldadito! —gritó el Gitano severamente—. Coge tu fusil, si no quieres que lo coja yo. Hay que cumplir la ordenanza.

Volvieron los farolillos a moverse. Habíales llegado el turno a Verner y a Yanson.

— ¡Adiós, señor! —exclamó el Gitano—. Ya nos encontraremos en el otro mundo. Cuando me veas, no mires para otro lado. Y como tendré mucho calor, no me niegues agua cuando tenga sed.

— ¡Adiós! —repuso Verner.

— ¡No tienen que ahorcarme! ¡No quiero que me ahorquen! —decía Yanson, medio desmayado.

Verner le cogió de la mano, y así pudo el infeliz avanzar algunos pasos. Luego se detuvo y se desplomó sobre la nieve. Le levantaron y se lo llevaron, mientras él se defendía en vano; ya no gritaba: acaso se le había olvidado que tenía voz.

Otra vez quedaron inmóviles las amarillentas lucecitas.

— Entonces, he de ir sola, Musia. Tantos años viviendo juntas, y ahora ... —exclamó tristemente Tania Kovalchuk.

— ¡Tania, Tania de mi alma!

Ambas mujeres se abrazaron, pero el Gitano se interpuso entre ellas y asió a Musia violentamente de un brazo, como si temiese que se la fuesen a arrebatar.

— ¡Ah, señorita! —gritó—. Tú, que tienes un alma pura, puedes ir sola. Pero yo no. ¿A dónde vas, asesino?, me dirían. Pero con ésta, su inocencia me amparará. ¿No lo comprendes?

— Sí, sí. Lo comprendo. Id juntos. Otro abrazo, Musia.

Esta vez no se opuso el Gitano.

— Abrazaos, abrazaos —dijo—. Eso está bien. Hay que despedirse como Dios manda.

Musia y el Gitano echaron a andar. La muchacha avanzaba despacio, con precaución, e instintivamente se recogía la falda. Su compañero, sosteniéndola vigorosamente por un brazo y tanteando el terreno con el pie, la conducía a la muerte.

Las lucecitas volvieron a quedar inmóviles. En derredor de Tania Kovalchuk no había nadie, no se oía nada; ni siquiera hablaban los soldados, cuyas grises siluetas surgían débilmente iluminadas por la indecisa luz del amanecer.

Dió Tania un hondo suspiro y dijo:

— Me he quedado sola. Ha muerto Serguéi, ha muerto Verner, ha muerto Vasia ... Me han dejado sola. Ya lo veis, soldaditos, ¡estoy sola! ¡Sola ...!

El sol se elevaba sobre el mar. Los cadáveres fueron metidos en cajas. En seguida se los llevaron de allí. Con los cuellos alargados y los ojos fuera de las órbitas; las azuladas lenguas, colgando como monstruosas flores de un mundo de pesadilla, surgían entre la espuma sanguinolenta de los labios, recorrían nuevamente aquellos cuerpos el camino que poco antes anduvieron vivos.

La nieve seguía tan blanca, el aire seguía tan aromoso, tan fresco, tan puro. Sobre la blancura de la nieve se destacaba, en fúnebre contraste, la nota negra del chanclo que perdiera Serguéi.

De este modo saludaban los hombres al sol naciente.


Publicado el 31 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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