Los Hombres que Están de Más

Antón Chéjov


Cuento



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Son las siete de la tarde. Un día caluroso del mes de junio. Del apeadero de Hilkobo, una multitud de personas que han llegado en el tren encaminase a la estación veraniega. Casi todos los viajeros son padres de familia, cargados de paquetes, carpetas y sombrereras. Todos tienen el aspecto cansado, hambriento y aburrido, como si para ellos no resplandeciera el sol y no creciera la hierba.

Entre los demás anda también Davel Ivanovitch Zaikin, miembro del Tribunal del distrito, hombre alto y delgado, provisto de un abrigo barato y de una gorra desteñida.

—¿Vuelve usted todos los días a su casa? —le pregunta un veraneante, que viste pantalón rojo.

—No; mi mujer y mi hijo viven aquí, y yo vengo solamente dos veces a la semana —le contesta Zaikin con acento lúgubre—. Mis ocupaciones me impiden venir todos los días y, además, el viaje me resulta caro.

—Tiene usted razón; es muy caro —suspira el de los pantalones rojos—. No puede uno venir de la ciudad a pie, hace falta un coche; el billete cuesta cuarenta y dos céntimos...; en el camino compra uno el periódico, toma una copita... Todo son gastos pequeños, cosa de nada, pero al final del verano suben a unos doscientos rublos. Es verdad que la Naturaleza cuesta más; no lo dudo,... los idilios y el resto, pero con nuestro sueldo de empleados, cada céntimo tiene su valor. Gasta uno sin hacer caso de algunos céntimos y luego no duerme en toda la noche... Sí... Yo, señor mío, aunque no tengo el gusto de conocer su nombre y apellido, puedo decirle que percibo un sueldo de dos mil rublos al año, tengo categoría de consejero y, a pesar de esto, no puedo fumar otro tabaco que el de segunda calidad, y no me sobra un rublo para comprarme una botella de agua de Vichy, que me receta el médico contra los cálculos de la vejiga.

—En efecto; todo está mal —dice Zaikin después de una pequeña meditación—. ¿Quiere saber usted mi opinión? El veraneo ha sido inventado por las mujeres y el diablo. Al diablo le guiaba su maldad y a las mujeres su ligereza. ¡Usted comprenderá que esto no es una vida! ¡Esto es un presidio! Hace calor, está uno sofocado, respira con dificultad y, no obstante, tiene que zarandearse como un alma en pena y carecer casi de albergue. Allá en la ciudad no quedan ni muebles ni servidumbre... Todo se lo llevaron al campo... Hay que alimentarse pésimamente. Imposible tomar el té, porque no se encuentra quien encienda el samovar. Yo no me lavo. Vengo aquí, al seno de la Naturaleza, y me cabe el gusto de andar a pie con este calor... ¡Una porquería! ¿Está usted casado?

—Sí... Tengo tres hijos... —responde el del pantalón rojo.

—¡Abominable!... Es asombroso. Parece increíble que aun estemos vivos.

Al fin, los veraneantes llegan hasta la aldea. Zaikin se despide del de los pantalones rojos y entra en su casa, donde reina un silencio mortal. Se oye solamente el zumbido de las moscas y de los mosquitos. Delante de las ventanas cuelgan visillos de tul, ante los cuales se ven macetas con flores marchitas. En las paredes, de madera, al lado de las oleografías, dormitan las moscas. En la antesala, en la cocina, en el comedor no hay alma viviente.

En la habitación, que sirve al mismo tiempo de sala y de recibidor, Zaikin encuentra a su hijo Petia, chicuelo de seis años.

Petia está muy absorto en su trabajo. Recorta la sota de un naipe, avanza el labio inferior y sopla.

—¿Eres tú, papá? —le dice sin volver la cabeza—. ¡Buenos días!

—¡Buenos días!... ¿Dónde está tu madre?

—¿Mamá? Ha ido con Olga Cirilovna a un ensayo. Habrá representación pasado mañana. Me llevarán a mí también... ¿Y tú, irás?

—Hum... ¿No sabes cuándo volverá tu madre?

—Dijo que volvería al ser de noche.

—Y Natalia, ¿dónde está?

—Mamá se la llevó para que le ayudara a vestirse en los entreactos, y Alculina se fue a buscar setas al bosque. Papá, ¿por qué cuando los mosquitos pican, el vientre se les pone encarnado?

—No sé... Porque chupan la sangre. ¿De modo que no hay nadie en casa?

—Nadie. Yo sólo estoy en casa.

Zaikin se sienta en una butaca y mira como atontado por la ventana. Transcurren algunos momentos.

—¿Quién nos servirá la comida? —pregunta.

—Hoy no han hecho comida. Mamá pensó que tú no vendrías y dispuso que no se guisara. Ella comerá con Olga Cirilovna después del ensayo.

—Muchas gracias. Y tú, ¿qué has comido?

—Tomé leche. Me compraron seis céntimos de leche. Papá, ¿por qué chupan la sangre los mosquitos?

Zaikin siente una pesadez que le encoge el hígado y lo aprieta. Experimenta tal amargura y tal ofensa que quisiera saltar, tirar algo al suelo, gritar, reñir. Pero recordando que los médicos le prohibieron toda agitación hace un esfuerzo, y para calmarse se levanta silbando un aire de Los Hugonotes.

—Papá; ¿tú sabes...? —insiste Petia.

—¡Déjame en paz con tus tonterías! —responde Zaikin enfadado—. Me fastidias. Tienes seis años y eres siempre tan sandio como cuando tenías tres. ¡Eres un chiquillo tonto y mal criado! ¿Por qué estropeas los naipes? ¿Cómo te atreves a estropearlos?

—¡Estos naipes no son tuyos! Es Natalia la que me los dio —replica Petia sin levantar la vista.

—¡Mientes! ¡Mientes, mal muchacho! —exclama Zaikin—. Tú mientes siempre. ¡Hay que darte una paliza, gaznápiro! ¡Te arrancaré las orejas!

Petia salta, alarga el cuello y mira fijamente la cara purpúrea e irritada de su padre.

Sus grandes ojos están muy abiertos, luego se llenan de lágrimas y su boca se tuerce.

—¿Por qué me riñes? —chilla con voz aguda—. ¿Por qué me fastidias? ¡Estúpido! No hago nada malo, no soy travieso, obedezco lo que me ordenan y tú todavía gritas. Di, ¿por qué me riñes?

El niño habla con tanta convicción y llora tan amargamente que Zaikin se avergüenza.

—Tiene razón —piensa—; le busco las cosquillas. ¡Basta!... ¡Basta! —le dice golpeándole en el hombro—. Anda, Petia, yo tengo la culpa; dispénsame. Tú eres un buen chico y te quiero mucho.

Petia se enjuga los ojos con la manga, vuelve a sentarse en su sitio y, con un suspiro, reanuda su tarea de recortar la sota. Zaikin se marcha a su gabinete, extiéndese en el sofá y, colocándose las manos debajo de la cabeza, se pone a reflexionar. Las lágrimas del niño calmaron sus nervios, y el hígado alivióse también. Pero el hambre y el cansancio le acosan.

—¡Papá! —dice Petia detrás de la puerta—. ¿Quieres ver mi colección de insectos?

—Sí, tráela.

Petia entra y enseña a su padre una larga cajita verde. Zaikin oye de lejos un zumbido desesperado y el rascar de las patitas sobre las paredes de la caja.

Al levantar la tapadera ve una multitud de mariposas, escarabajos, grillos y moscas clavadas en el fondo con alfileres. Todos, a excepción de dos o tres mariposas, están vivos y se mueven.

—El grillo vive aun —dice con asombro Petia—; ayer lo cogimos y hasta ahora no se ha muerto.

—¿Quién te enseñó a clavarlos así? —le interroga Zaikin.

—Olga Cirilovna.

—Si la clavasen a ella misma así, ¿qué tal le parecería? —añade Zaikin con repugnancia—. ¡Llévatelos! ¡Es vergonzoso martirizar así a los animales! ¡Dios mío, qué mal criado está! —piensa cuando Petia desaparece.

Povel Matreievitch olvida su cansancio y hambre y no piensa sino en el porvenir de su hijo. Entretanto, la luz del día va extinguiéndose poco a poco...; óyese cómo los veraneantes tornan de los baños por grupos.

Alguien se para delante de la ventana abierta del comedor y grita: « ¿Desea usted setas?» Al cabo de un rato, no habiendo recibido contestación, adviértese el rumor de pies descalzos que se alejan... Por fin, cuando la obscuridad es casi completa y por la ventana entra el fresco de la noche, la puerta se abre ruidosamente y se oyen pasos apresurados, voces y risas...

—¡Mamá! —exclama Petia.

Zaikin mira desde su gabinete y ve a su mujer. Nodejda Steparovna está como siempre, sonrosada, rebosando salud... Acompáñala Olga Cirilovna —una rubia seca, con la cara cubierta de pecas— y dos caballeros desconocidos: uno joven, largo, con cabellos rojos rizados y la nuez muy saliente; el otro, bajito, rechoncho, con la cara afeitada.

—Natalia, ¡encienda el samovar! —grita Nodejda Steparovna—. Parece que Povel Matreievitch ha llegado. Pablo, ¿dónde estás? ¡Buenos días, Pablo! —grita de nuevo. Entra corriendo en el gabinete—. ¿Has venido? ¡Me alegro mucho! Tengo conmigo dos de nuestros artistas aficionados... Ven, te voy a presentar. Aquél, el más alto, es Koromislof; tiene una voz magnífica; y el otro, el bajito, es un tal Smerkolof, un verdadero artista; declama que es una maravilla. ¡Ah, qué cansada estoy! Fui al ensayo... Todo está perfecto... Representaremos El huésped con el trombón y Ella le espera... Pasado mañana tendrá lugar el espectáculo.

—¿Para qué los has traído? —pregunta Zaikin.

—¡Era indispensable, lorito! Después del té hemos de repetir los papeles y cantar alguna que otra cosa. Tendremos que cantar un dúo con Koromislof... ¡No faltaría más sino que lo olvidara!

Di a Natalia que traiga aguardiente, sardinas, queso y algo más. Seguramente se quedarán a cenar... ¡Qué cansada estoy!

—¡Cáspita!... El caso es que no tengo dinero.

—¡Imposible, lorito! ¡Qué vergüenza! ¡No me hagas ruborizar!

Media hora más tarde Natalia sale a comprar aguardiente y entremeses. Zaikin, después de haber tomado el té y comido un pan entero, se va al dormitorio y se acuesta. Nodejda Steparovna, con risas y algazaras, empieza a ensayar sus papeles. Povel Matreievitch escucha largo rato la lectura gangosa de Koromislof y las exclamaciones patéticas de Smerkolof. A la lectura sigue una conversación larga, interrumpida a cada momento por la risa chillona de Olga Cirilovna. Smerkolof, aprovechando su fama de actor, explica con aplomo los papeles. Luego se oye el dúo, y más tarde, el ruido de vajilla... Zaikin, medio dormido, oye cómo tratan de convencer a Smerkolof para que declame La pecadora, y después de hacerse rogar mucho, consiente, y declama golpeándose en el pecho, llorando y riendo a la vez... Zaikin se acurruca y esconde la cabeza bajo las sábanas para no oír.

—Tienen ustedes que andar lejos para volver a su casa —observa Nodejda Steparovna—. ¿Por qué no pernoctarían aquí? Koromislof dormirá en el sofá y usted, Smerkolof, en la cama de Petia... A Petia le pondríamos en el gabinete de mi marido... ¿Verdad? ¡Quédense ustedes!

Cuando el reloj da las dos todo queda silencioso... La puerta del dormitorio se abre y aparece Nodejda Steparovna.

—¡Pablo! ¿Duermes? —dice en voz baja.

—No. ¿Qué quieres?

—Ves, querido mío; acuéstate en el sofá, en tu gabinete; en tu cama se acostará Olga Cirilovna. La hubiera puesto a ella en el gabinete; pero tiene miedo de dormir sola. ¡Anda, levántate!

Zaikin se incorpora, vístese la bata, y cogiendo su almohada se dirige hacia su gabinete... Al llegar a tientas hasta el sofá enciendo un fósforo y ve que en el diván está Petia. El niño no duerme, y fija sus grandes ojos en el fósforo.

—Papá, ¿por qué los mosquitos no duermen de noche?

—Porque..., porque... —murmura Zaikin— porque nosotros, tú y yo, estamos aquí de más...; no tenemos ni donde dormir.

—Papá, ¿y por qué Olga Cirilovna tiene pecas en la cara?

—¡Déjame; me fastidias!

Zaikin reflexiona un poco, y luego se viste y sale a la calle a tomar el fresco... Mira el cielo gris de la madrugada, contempla las nubes inmóviles, oye el grito perezoso del rascón, y empieza a imaginarse lo bien que estará cuando vuelva a la ciudad, y, terminadas sus tareas en el Tribunal, se eche a dormir en su casa solitaria...

De repente, al volver de una esquina, aparece una figura humana.

«Seguramente el guardián», piensa Zaikin.

Pero, al fijarse, reconoce al veraneante del pantalón rojo.

—¿Cómo no duerme usted? —le pregunta.

—No puedo —suspira el del pantalón rojo—. Disfruto de la Naturaleza... Tenemos huéspedes; en el tren de la noche ha llegado mi suegra..., y con ella mis sobrinas..., jóvenes muy agraciadas. Estoy muy satisfecho..., muy contento..., a pesar de... de que hay mucha humedad... ¿Y usted también, disfruta de la Naturaleza?

—Sí... —balbucea Zaikin —. Yo también disfruto de la Naturaleza... ¿No conoce usted, aquí, en la vecindad, algún restaurante o tabernita?

El de los pantalones rojos levanta los ojos hacia el cielo y quédase reflexionando.


Publicado el 20 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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