Gotas de Sangre: Crímenes y Criminales

Luis Bonafoux Quintero


Cuento



Twitter Facebook Google+


Índice

Esperando a la viuda
De Caza
El Chato, absuelto
— I — La prensa
— II —
— III —
Beaujean
Examen mental de todos
La Cabeza de Eyraud y el Alma de Gabriela Bompard
La Obsesión del baúl
París—Extremadura
La Poda
¡El Honor de los apaches!
Hagámonos apaches
Nueva Sociedad
La Criminología y el millonario asesino
Descuartizamientos mujeriegos
Amor arriero
¿Una Inglesa estrangulada?… ¡No puede el baile continuar!
Crimen envidiado
Héroes de presidio
La Cecilia y la Gabriela
El amor…
«Record» inadmisible
Angelita
Por una madre
Navajazos y navajeros
La Cabeza parlante
Crímenes al peso
El Whisky, asesino
Presión millonaria
Lo Trágico y lo Cómico
La Muleta del ajenjo
Las Manos sangrientas…
¡Cómo está la sociedad!
¿Se la cortan?…
El Indulto de Soleilland
La Araña y la Mosca
Tragedias a 5 céntimos
Histéricas pasadas por agua
Genios y plagiarios sangrientos
El Ojo fascinador
El Saco de los vicios
¡Viva la Juana!…
La Ogresa y la Ogrilla
¿Adónde va?…
El doctor Zoquete
Todos cerdos
La horrorosa Linda
La horrorosa Linda
La Nochebuena de Teresita
Comedianta
Tragedia de artista
Locos de remate
El Orden de cosas
Diálogo mundano
Un ex Prefecto
Porquerías doradas
Un bravo hombre
Refuerzo por retaguardia
Compadrazgo médico
Criadas complicadas
Sociedad desorejada
Por estar así
Canallada extranjera
Trenes asesinos
La Guillotina por diversión
¡Cómo nos divertimos!…

Esperando a la viuda

Hace tiempo que la ausencia de «la Viuda», como se llama aquí a la guillotina, preocupa a los parisienses. Como su hermana «La Marsellesa» —calificada de «chant vieux jeu», aunque todavía entusiasma en Lisboa,— la guillotina ha venido muy a menos. Ya tiene poco del carácter que tuvo en 1792, cuando la instalaron en la plaza de la Greve, y la manipuló el verdadero Samson, tal vez ascendiente del almirante famoso. Y ya no tiene ni pizca del carácter que ostentó en la plaza de la Revolución…

Pero, a pesar de todo, la guillotina sigue siendo una atracción parisiense, como «la Morgue» y otros establecimientos siniestros, que son lo que las verrugas en un rostro bonito y acicalado, y constituyen un contraste sugestivo para ojos turbios y espíritus marchitos.

Hace tiempo que echamos de menos la canibalesca orgía que precede al acto de descabezar a un reo: el transporte de la guillotina al lugar de los suplicios, la instalación y prueba de la misma, el ir y venir del verdugo, con su séquito de ayudantes en la faena de matar; el desbordamiento de figuras atroces que corren hacia el triángulo siniestro, la exhibición, en balcones y ventanas, de mujeres, desencajadas y pálidas, que se vuelven todas ojos ansiosos de mirar, mientras, detrás de ellas, los amantes las hacen cosquillas en las nucas rubias, y luego, la lúgubre aparición del reo, sus muecas de espanto, sus sobresaltos y desfallecimientos, el acto de echarle en la báscula, amarrado como un salchichón; el ruido seco del tajo al bajar vertiginosamente y el chorro de sangre, saludado por horribles bocas que exhalan, como de una alcantarilla, toda la podredumbre social…

Y es cosa convenida que así, o sin guillotina, no podemos seguir. Derruído el emplazamiento que tuvo en la Roquette, que fue su última estación de parada, no se le ha designado otro, tal vez porque los gobiernos pretendan ganar tiempo para que el pueblo olvide a «la Viuda»; pero el pueblo no la puede olvidar, y la crónica la recuerda periódicamente, consignando que estamos sin guillotina y que no descabezamos a reos de muerte porque no tenemos sitio a propósito para descabezarlos.

Así fue que ayer hubo manifestaciones de verdadero entusiasmo en el antiguo emplazamiento del «Rastro» parisiense que se llamó «el Temple». Salida de no se sabe dónde, apareció allí, según refieren los periódicos, una guillotina. Verla y entusiasmarse aquel tenebroso barrio fue todo uno.

Contemplábanla casi con amor, y pasábanle las manos, como acariciándola, las comadres, y una turba de apaches, con sus correspondientes apachas, ellos y ellas provistos de antorchas resinosas, bailaron alrededor del triángulo un monstruoso «cakewalk», que hubiese enrojecido las caras, aunque son negras, a los súbditos de la ex—Reina Ranavalo.

Explicada la equivocación, y habiendo cargado unos guardias con la máquina del doctor Guillotin, los espectadores, decepcionados, gritaban:

«Rendez—moi ma potence de bois»

«Rendez—moi ma potence»!…

Variante de:

«Rendez—moi mon cochon»!…

Y una tristeza profunda invadió el ambiente. Porque hay que dar al espíritu, como al cuerpo, lo que es suyo, y sin «sangrar» a alguien no se puede vivir a gusto…

De Caza

El movimiento de veraneantes se va agotando en las noticias de los periódicos. Quedan, sin embargo, por montes y vallados, en castillos y palacios campestres, gentes selectas, por el abolengo y la fortuna, que dedican sus ocios al deporte de la caza. La Prensa narra las fiestas que dan los privilegiados del otoño, que fueron también los privilegiados del verano y serán asimismo los privilegiados del invierno… Y publica extensas listas de Príncipes y aristócratas y de sus comitivas principescas y aristocráticas en las sangrientas fiestas de la caza.

Hay, sin embargo, un personaje que tiene un séquito mucho más numeroso que las comitivas de los Príncipes y aristócratas cazadores. No habita castillo ni palacio. No envía a la sección de noticias de la Prensa listas de nombres altisonantes y de trajes suntuosos. No busca el reclamo, ni siquiera la publicidad; antes bien, pide alrededor de él silencio y olvido. Pero el público le sigue, espiando sus salidas, sus menores movimientos; la Prensa habla diariamente de él, y, en todo París, no hay, en estos días, personalidad más popular que la suya ni que más hondamente preocupe a la opinión pública.

Ese personaje es el verdugo Deibler. ¡También él prepara una cacería, una fiestecilla sangrienta!… ¡También él tiene comitiva, ojeadores, instrumentos de muerte!… ¡Y convidados a la fiesta!.. Sólo que no se apresta a cazar un jabalí, sino a cazar un Soleilland.

El verdugo de París no es el personaje astroso y repugnante que antaño cobró 48 libras por cocer un malhechor en aceite hirviendo, 28 libras por desollar un hombre, 10 libras por cortar una lengua, unas orejas o una nariz, y muy poca cosa por dar tortura.

El verdugo de París es un funcionario como otro cualquiera, respetado y respetable, que tiene familia, vecindad, amistades, una casita propia, en cuyo balcón toma el sol fumando una pipa, un café conocido, donde hace carambolas después de tomar el aperitivo. Viste levita cerrada, como la de Thiers, gasta chistera, como un magistrado, y distribuye apretones de manos en su barrio.

El día de una ejecución pública, la mujer le llama diligentemente, si él se ha quedado dormido, como la mujer del cazador llama a éste para que vaya al campo.

Las noches anteriores ha habido tertulia en la casa, y al amor de la lumbre, en el hogar honesto, se han recordado, entre buenos amigos y vecinos, incidentes de otras ejecuciones, y el día de la faena, pasada ésta, hay en la casa una comida de amigos, y de sobremesa describe el verdugo la instalación de la guillotina, el acto de recibir al reo, su última toilette, su actitud al marchar hacia el suplicio, cómo le echó en la báscula y el ruido que hizo el tajo al caer sobre el cogote, que replegó el espanto.

Los comensales, interesadísimos, están como pegados a sus asientos, y la velada se prolongaría demasiado si la mujer del verdugo, más excitada y amorosa que de ordinario, no le recordase, con insistencia y entre ternuras, que ya es hora de acostarse a procrear como Dios manda…

El Chato, absuelto

— I — La prensa

Hay tema para llenar un volumen con las opiniones de toda la prensa, absolutamente de todos los periódicos, «sin distinción de matices políticos», con motivo del inesperado fallo que recayó ayer, a última hora de la noche, sobre el crimen, no del niño de El Escorial, como dicen algunos periódicos hablando en guirigay, sino de los miserables que sacrificaron al niño Pedrín.

Con lo más oliente de las conclusiones formo un ramillete de sueltos que dedico a quien corresponda.

«La tristeza que se nota en los semblantes de las mujeres al conocer el fallo —observa El Tiempo— contrasta con la alegría del Chato y de Crisanto, que ESPERABAN que la sentencia, en la parte que a ellos afecta, FUERA MENOS FAVORABLE.»

«El Chato —dice La Correspondencia— oyó la petición fiscal con alegría. El Chato se sonreía… »

«Los reos —dice La Época, y con especialidad el Chato, se mostraban muy satisfechos.»

De El Liberal:

«Los procesados aparecen satisfechos y muy animados. Hablan de proyectos para el porvenir. Están, en fin, muy contentos. Las procesadas están tan contentas como si las hubieran puesto en la calle. Sin duda esperaban un fallo terrible. El Chato dice que como veía próximo que le iban a apretar el gaznate, está satisfecho. Las Chatas, muy decidoras, echan cuentas sobre cuál será el establecimiento penitenciario a donde les corresponde ir a cumplir su condena. Crisanto dice: El Jurado no ha podido dar mejor veredicto. Yo se lo agradezco mucho. La declaración que di primero es VERDAD, pero me retracté para librar del palo a mi cuñado.»

«El Chato —habla El País— sonríe satisfecho. Los procesados están contentísimos. Crisanto ha dicho a su procurador que, puesto que ya había habido veredicto, no tenía inconveniente en afirmar que su primera declaración, acusando al Chato, es COMPLETAMENTE EXACTA, y que si, en el acto del juicio, se ha retractado, ha sido porque le dijeron que de este modo salvaba a su cuñado de la horca. Hemos preguntado al Chato si le agradaba el veredicto, y ha contestado balbuciente de alegría, que le ha GUSTADO MUCHÍSIMO, y si le dejaran BAILARÍA. Repugna el cinismo de estas gentes.»

Del reporter de El Imparcial:

«Mientras se dicta sentencia, los procesados muestran mucha alegría, lo cual es prueba evidente de su culpabilidad, pues de ser inocentes habría de parecerles la pena terrible y dura.

Las Chatas echan cálculos en alta voz sobre cuándo cumplirán la condena.

El Chato también está contentísimo. «Me importa poco —dice— acabar la vida en el presidio.»

Crisanto exclama: «Tanto hablar de conciencia, y mi retractación la hice para salvar del palo a Julián.»

La opinión de El Imparcial:

«Seguramente causará impresión penosa, aun entre las gentes más dadas a la misericordia, un fallo que no llega en su severidad a donde los criminales con su fiereza. Si no había prueba bastante contra El Chato y Crisanto, se les debió absolver; si había pruebas, debió imponérseles el más duro castigo.

Respetamos las decisiones de los tribunales y no podemos pedir para nadie la pena de muerte; pero, respondiendo a la conciencia pública, hemos de decir que después de este veredicto va a ser preciso borrar la palabra «asesinato» del Código, y declarar que nunca más debe experimentar el pueblo español el horror que produce el patíbulo.»

Del New York Herald, escrito a los pocos días de perpetrarse el inaudito crimen:

«En España se juzgará al Chato ante los tribunales. En los Estados Unidos se le ejecutaría en la prisión.»

— II —

«Pocos crímenes como éste —ha dicho La Época— han indignado tanto el sentimiento público.»

Él odia el delito y compadece al delincuente no es aplicable al autor del crimen cometido en El Escorial. Después de conocer el resultado, hay que seguir odiando el delito y odiando al delincuente. No seré yo quien afirme que tal resultado, tristísimo sobre toda ponderación, que afecta hondamente a las conciencias honradas, es un síntoma más del «actual estado de cosas… » ni seré yo quien diga que a la institución del jurado en España le falta mucho que estudiar y hacer para ponerse al nivel de la misma institución en otras naciones del mundo. Prefiero creer, y digo, que la liberación del Chato y familia es obra exclusiva de los «brillantísimos informes» y de las «notabilísimas defensas» del Sr. Cuevas, cuya oratoria forense no tiene en verdad, a juicio de quienes la oyeron, nada que envidiar a la oratoria sagrada de su señor hermano fray Cuevas, que goza de tanto valimiento en el monasterio de El Escorial.

A pesar de todo, permítame el letrado señor Cuevas que no asocie mi humilde voz al coro de voces que cantan su triunfo. Perdóneme el letrado Sr. Cuevas que le ofrezca, por la victoria que consiguiera, el testimonio de mi más sincero y profundo pésame…

Sea porque sintiera compasión hacia el Chato, o sea, como ha referido un periódico, porque el Sr. Cuevas deseaba aquilatar sus méritos en el arte que hizo célebre a Aparici y Guijarro, el referido letrado merece ciertamente los plácemes de aquellas personas felices que creen a pie juntillas que los jurisconsultos han venido al mundo nada más que a perorar elocuentemente en favor de tal o cual causa, sea cual fuere. Es cuestión de temperamento; y yo, que también soy letrado —aunque me está mal el decirlo,— no hubiera podido articular una sola palabra en defensa del Chato, aunque me hubiese ido en ello la vida.

No se me ocurre, ciertamente, que los letrados tengan obligación de imitar a Petrarca en retirarse del foro, diciendo que la abogacía es el arte de urdir mentiras, como se retiró, por idéntica causa, otro abogado, el sabio naturalista D. Augusto Linares; pero se me ocurre recordar que el defensor del energúmeno Troppmann, cuyos crímenes resultan insignificantes comparados con el horror del Chato, no se atrevió a graduarle de inocente, ni menos a decir que vocearía su inocencia mientras tuviese un soplo de vida, sino que abogó por él con una frase de humorismo trágico, alegando que Troppmann era el genio del crimen y que todos tenían obligación de inclinarse ante un genio…

Vaillant no fue un Chato, sino un político exaltado, un fanático delirante; y el crimen de Vaillant no fue secuestrar a un pobre niño de tres años, ni atropellarlo sádica y brutalmente, ni saltarle los ojos, ni estrangularle poco a poco como el gato al ratón… , sino herir en la cabeza a varias personas con los clavos de una bomba.

Pues Vaillant, con ser Vaillant, tardó mucho en conseguir un letrado que quisiera defenderle. La mayoría se excusaba con decir que la bomba de la Cámara era un atentado contra la sociedad francesa.

¡El crimen del Chato, Sr. Cuevas, fue un atentado contra la Humanidad!

— III —

Y ese criminal ha sido absuelto, siendo así que el hecho de no matarlo equivale al hecho de absolverlo.

El presidio es un pueblo encantador para hombres de tal índole. El Chato se quejaba de hambre. Allí no la pasará. Echaba de menos una buena cama. En el presidio la tendrá. ¡Y tendría un niño, si alguno se asomara a su mazmorra!…

En presidio, el Chato vivirá del grillete, que es su renta. Estará allí entre los suyos, como en familia… Los presidiarios harán pinitos por verlo, y él penetrará en sus dominios satisfecho, sonreído… ¡Es muy posible que un poeta de Ceuta, si los hay allí, que sí debe haberlos, le dedique una égloga virgiliana!…

El Chato es joven; puede vivir mucho todavía; pueden cobijarle indultos; puede salir de presidio en tiempo no lejano: y puesto que habló de proyectos para el porvenir —según ha dicho El Liberal,— creo que el estar bien con el Chato ¡conviene a los ciudadanos honrados!…

¡Quién sabe si este facineroso llegará a presidente del Consejo de ministros!…

¡Quién asegura que no tengamos que pedirle un empleo, tal vez una merced!…

Gran triunfo, Sr. Cuevas. Pero yo, sin poderlo remediar, recuerdo al niño Pedrín. Se le secuestra cuando va, en busca de sus hermanitos, al convento de El Escorial; se le tiene más de un mes, día por día, sumergido en un desván, bajo una temperatura de cero grados, con las manos y los pies maniatados, como un carnero, alimentándole de leche a todo pasto, haciéndole sufrir varias veces al día, según la primera declaración de Crisanto —declaración que es exacta, como lo confirmó él mismo después del veredicto— los más horrendos atropellos, «anormalidades monstruosas», según el informe de los médicos que reconocieron el cadáver…

De aquel desván, en donde duerme también el Chato, sale de vez en cuando, por un agujero, la cabeza del niño, y surgen ayes de dolor que, al decir de una de las Chatas, semejan balidos de cordero, y van a perderse sin eco compasivo entre rugidos y risotadas lúbricas de una familia de meretrices y sodomitas; y del mismo desván baja algunas veces el Chato a pedir aceite…

Luego, se estrangula al niño, después de sacarle los ojos, y en la banasta de un burro se le lleva a un risco inaccesible, para que duerma a la intemperie, picoteado por los cuervos…

¿Por qué se ha cumplido en la tierra el tormentoso infortunio de ese niño de tres años?… ¿Qué Dios es ese que consiente tamañas iniquidades?…

¡Pobre niño Pedrín, con tu corona de espinas sobre el campo yermo!… Si has oído desde allá arriba lo que se ha dicho acá abajo, ¡cuánto no habrá sufrido tu almita al oír insultar a tus padres, y decir que las Chatas estaban encargadas de cuidarte y asearte… de las inmundicias del Chato!… ¡Pobre niño Pedrín, abandonado en el campo, con tus manitas a la espalda, como sufriendo el horrible boca abajo a que fue condenada antaño la raza etíope; con tus faldas levantadas, como si quisiesen denunciar tu escarnio y tu vergüenza!…

Gran triunfo de abogado, señor Cuevas, gran triunfo ha sido, sin duda, el librar de la muerte al verdugo del niño Pedrín. Pero yo tengo la convicción de que usted, en cuanto hombre, se preguntará alguna vez, como me pregunto yo, si no es reo de no haber contribuído a realizar la recomendación del New—York Herald…

Beaujean

Beaujean. Veinte años. Pequeño de estatura, raquítico de complexión. Todo un insignificante si no llevara la muerte en los ojos, cenagosos como el fondo de un remanso, surcados por estrías sanguinolentas.

—¿La profesión de usted? —preguntó el presidente. Y el acusado, con tranquilidad: —¿Mi profesión?… ¡Souteneur!

Merodeando en Batignolles y Clichy, vivía de mujeres, del juego, del robo, y de dar de vez en cuando una puñaladita. Vivía bien, de valiente, comiendo con buen apetito y durmiendo a pierna suelta. La Silher, moza de rompe y rasga, tenía un rencor, una estalactita de la envidia que le manaba del corazón. El rencor era la Dolbeau, a quien quería matar… Pero para matar a la Dolbeau necesitaba la Silher un verdugo barato, y Beaujean lo fue por gusto, por matar… el tiempo, tal vez por vocación, o «¡por hacer un servicio», como dijo él repetidas veces en la vista de ayer.

La destrozaron. Y Beaujean, que observó, al ser detenido por la policía, dos días después del asesinato, que tenía una mancha de sangre en un puño de la camisa, quiso borrar la huella dándola un lengüetazo.

Levantándose tranquilamente el acusado, dijo con voz serena: —La noche era horrible. El camino, sombrío y solitario. La Silher llevaba en la mano un pañuelo para amordazar a la Dolbeau. Varias veces, durante el trayecto, le hice señas de que era necesario amordazarla para que no gritara. Pero la Silher no hacía nada, permaneciendo inactiva, «como una tonta», con el pañuelo en la mano. Entonces salté bruscamente sobre la Dolbeau para hacerle presa en la garganta. Se volvió y me quitó la acción; pero le metí los dedos en la boca para retorcerle la lengua e impedir que gritara. Luchó y me los mordió. Conseguí al fin agarrársela y retorcérsela.

Con la otra mano le apreté la garganta y la eché a tierra. Me puse de rodillas en su tripa, y mientras la amordazaba la Silher, yo la estrangulé con las dos manos. Sus ojos moribundos se revolvieron con espanto. Continué apretándole la garganta unos cinco minutos más. La Dolbeau saltaba toda… Cuando cesaron las convulsiones, cesé yo de apretar.

Sin embargo… , como movía un poco los músculos del cuello, la di, para rematarla, una gran patada en la cara. Quise luego echar el cuerpo en el cementerio. Pesaba mucho, y la tapia era alta. La Silher cogió los pies de la muerta; yo cogí la cabeza. ¡A la una! ¡A las dos!… La echamos al aire y el cuerpo quedó colgando del muro. Conseguí, con mucho trabajo, hacer que rodase por la tapia hasta caer al otro lado del campo. Cuando me lavé las manos, sucias de la labor, sonaban las tres de la madrugada en el reloj de la Prefectura de Saint—Ouen.

Y el acusado se sentó, con la misma tranquilidad con que se puso en pie, mirando con sus ojos de mochuelo, turbios y fosforescentes, el espanto que se reflejaba en la lividez del auditorio.

«Lo único que siento —añadió, a guisa de postdata— es que, al volver a casa de la Silher, ella se acostó en el suelo; yo en la cama. No dormimos juntos.» La fisonomía del público habíase alargado desmesuradamente. ¡Todos parecíamos ocarinas! Y luego, al salir;

—¿Qué le ha parecido a usted ese cafre?

—¡Un hombre en bruto! Lástima que le hayan condenado a muerte, porque merecía exhibirse en Chicago.

El presidente Carnot negó el indulto a Beaujean y lo otorgó a la Silher, porque en este país hay marcadísima repugnancia a guillotinar mujeres; y Beaujean subió al patíbulo alardeando de un valor inconmensurable, con el valor de los héroes que sucumben en los campos de batalla y con el de los mártires que mueren por la buena causa. Le vi en el tribunal, en la prisión, en marcha para el patíbulo, en la báscula… ; y puedo decir que en ningún tiempo perdió su inaudita serenidad.

—Mañana, mañana, me matan —dijo la víspera de la ejecución.— Voy a jugar baraja y deseo que no me distraigan.

Despertado a las cuatro de la madrugada para hacerle la lúgubre «toilette», dijo tranquilamente: —No hay que recomendarme que tenga valor. Yo aseguro que no me faltará.

Y habló alegremente con el sacerdote, con los guardianes de la prisión, con el mismo verdugo. — ¿No me conoces? —le preguntó.— ¿No recuerdas que cuando guillotinaste a Kaps, yo te grité desde la plaza de la Roquette: «¡Viejo cojitranco!» y tú me respondiste: «Cuida tu piel si no quieres caer un día entre mis manos.»

Al acercarse a la guillotina observó:

—Pero yo no veo la cuchilla. ¿Dónde diablos está?

Y cuando acertó a verla: —¡Ah… ! ¡Héla ahí! Ya conocía yo de vista esta máquina. ¡Y ahora vamos a vernos las caras!

El verdugo Deibler estaba estupefacto. Beaujean le dijo momentos antes de morir:

—Y bien, «mi viejo», decid que todo va a concluir para mí dentro de dos segundos… !

Dió un abrazo al sacerdote; y sereno, regocijado, sin perder nada de su buen color, puso el cuello en la fatal media luna. Un copioso chorro de sangre brotó al separarse la cabeza del cuerpo, y un perro, que fue llevado por un oficial del ejército, acudió presuroso a olfatear el cesto que había recogido la ensangrentada cabeza.

Beaujean tenía veintidós años… —Mi único sentimiento al morir —dijo— es que la Silher, que me ofreció ser mía si la ayudaba a matar a la Dobleau, no quiso luego cumplir su promesa. Yo creo que mi «trabajo» valía la pena de que hubiéramos dormido juntos…

La Silher, que hizo matar a la Dobleau porque vivía maritalmente con el marido de ésta, no tuvo el menor recuerdo para el hombre que llevó a la guillotina, Y ¡detalle monstruoso! ahora se trata de casar a la Silher con el viudo Dobleau, para que éste pueda acompañarla a Nueva Caledonia.

—Es cierto —ha dicho Dobleau— que la Silher mató a mi mujer; pero «la pobre chica» lo hizo porque me ama, y yo deseo reparar, en la medida de lo posible, el mal que he hecho…

Examen mental de todos

Por fin y según parece, hoy saldremos del cadáver de Syveton, terminando el señor juez por declarar que sí hubo suicidio, cosa que saltaba a la vista de un ciego.

Puede decirse que el señor juez ha trabajado involuntariamente por el doctor Barnay, por el portero Jondreau y por el psíquico Cesare Lombroso.

El doctor Barnay, que era un ilustrísimo desconocido, aprovechó la conyuntura para darle varios golpes a su retrato en cada periódico parisiense. El lector no podía echarse a la cara ninguno de ellos sin tropezar incontinenti con la vera efigie del doctor Barnay con su cabeza de calabaza, y sus barbas de chivo en reposo.

El portero Jondreau también ha salido en retrato como catorce veces en cada periódico, y ahora una empresa teatral le ha ofrecido cincuenta mil francos por actuar de don Juan en un teatro contando sus amoríos porteriles con su ama y la Margot…

Cuanto al psíquico Cesare Lombroso, su gloria estaba algo extinguida en París desde que se le probó que era un plagiario de Crepieux—Jamin.

La exageración de Lombroso, con motivo del asunto Syveton, en esta Prensa, paréceme más lamentable que sus plagios en la Grafología, porque el juicio que ha expresado sobre la mentalidad de madama Ménard es más propio de un charlatán que de un sabio como él, que sí lo es, a pesar de sus plagios.

En efecto: declara Lombroso que «no son suficientes los documentos que tiene para juzgar la cuestión, porque hay que desconfiar de las fotografías vulgares», y a renglón seguido dice «que madama Ménard, por sus retratos, tiene los caracteres que ha expuesto él en su libro La Mujer Criminal, aliándose al precoz erotismo».

Y, como si no le pareciera bastante clara la acusación, añade el Maestro:

«Con la Mujer criminal acuérdanse perfectamente los versos y la prosa de la joven Ménard, precozmente y mórbidamente erótica.»

Lo que no se acuerda de ningún modo es este fallo psíquico con la declaración de que las fotografías vulgares no son documentos suficientes para formar juicio.

Siendo esto así, ¿por qué lo formó Cesare Lombroso? ¿Qué prisa le corría? ¿Le iba en ello su fama de sabio? ¿Necesitaba, para comer, cobrar su artículo?…

¡Aviadas estaríamos las celebridades europeas si los psíquicos nos juzgasen por las fotografías! En algunas mías, que no sé de dónde las hubieron ciertos periódicos, parezco una especie de Aldige, y maldita la gracia que le haría a mí familia que Lombroso, juzgándome por esos retratos, dijera de mí:

«Este caballero tiene todos los caracteres de Ménesclou, el asesino que atropelló brutalmente a la chiquilla Deu, de cuatro años, la degolló, la descuartizó en 39 pedazos, después de dormir con el cadáver metido en la paja de su jergón; y cuando la policía arrestó al miserable, todavía guardaba éste, en los bolsillos de su chaqueta, dos sangrientos muñones correspondientes a las manecitas de la pobre niña. No tengo documentos suficientes para decir que el Sr. Bonafoux es quien mató con el muñeco de Aldige a las víctimas enterradas en su huerto; pero por las trazas del retrato publicado en tal periódico tiene todos los caracteres que he expuesto en mi libro El Hombre Criminal.»

Líbrenos Dios de sabios que a lo mejor le desacreditan a uno psíquicamente. Mucho más comedido que Lombroso, el doctor Garnier, al pedirle opinión sobre el carácter de madama Ménard, limitóse a aconsejar que se la someta a un examen mental —y cuenta que el doctor Garnier no conoce a madama Ménard por los retratos exclusivamente sino que la ha visto en persona.

Tal vez le haya parecido la Ménard una Merlac a una Morel, cuyos históricos histerismos hicieron tanto daño; pero se guarda muy mucho de expresar juicio sin someterla a examen mental.

Una magistratura a remolque de unos cuantos periódicos voceras, que por intereses de partido dieron en gritar: ¡A la asesina!; un público dedicado a tragar diariamente relatos tan fantásticos como malsanos; un portero, buscado, celebrado y adulado por terribles aventuras, que arrastra el ala a lo largo de los bulevares; una atropellaplatos que se sirve de la Prensa como bocina para enterar al portero de que sigue muriéndose por sus pedazos, y un sabio que falla psíquicamente lo que ni estudió ni vio, son manifestaciones de la más completa falta de seriedad.

Si madama Ménard, según el doctor Garnier, necesita un examen mental, no menos necesitados de examen mental están los autores de aquellas manifestaciones.

La Cabeza de Eyraud y el Alma de Gabriela Bompard

Los periódicos noticiaron que Gabriela Bompard, de regreso de New York, había sido colocada de cajera en un café concierto. ¿Cuál? Como preguntando se llega a Roma, preguntando llegué al café concierto, el mismo donde la española Magdalena González, querida del asesino Anestay, se estrenó como cantadora, que duró lo que las rosas, al día siguiente de guillotinarlo el verdugo Deibler.

Café concierto inmundo. Un tablado tosco y polvoriento; unos artistas de la legua; una multitud grasienta y alcohólica; y allá en el fondo dos mujeres en el mostrador del establecimiento; rubia, llamativa y pizpireta la una; trigueña, vulgar y friona la otra; aquélla con aire de cocota cínica; ésta con trazas de maritornes taimada.

Un amigo, que me acompañó en esta excursión, empezó a estudiar de lejos, desde las sillas que ocupábamos a distancia del mostrador, los gestos de la rubia, que indudablemente era la lúgubre querida de Eyraud.

—Fíjese usted, me decía, en la crispadura de esa boca. Parece que va a morder…

—Sí. El sobresalto de los ojos me parece peor que la crispadura de la boca. Relampaguea en ellos una inquietud de conciencia culpable…

En aquel momento, la rubia, que estaba cosiendo, tomó las tijeras para dárselas a un viejo que bebía una copa en el mostrador, y, en sus gestos alocados, hizo como ademán de pincharlo.

—Creí que lo iba a atravesar… ¡La fuerza de la costumbre!…

Para ver de cerca a la alimaña rubia resolvimos tomar unas copas en el mismo mostrador. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa, y nuestra plancha de psicólogos, al enterarnos de que Gabriela Bompard no era la rubia descocada, sino la trigueña ensimismada y fría! Sí, esa mujer de rostro vulgar e inexpresivo, con trazas de criada vestida en domingo, esa mujer anodina, silenciosa y taimada, esa era la legítima Gabriela Bompard; y su compañera, una tal Flonfon, ni mató a Gouffé ni es capaz de matar una mosca.

De cerca, observándola cuidadosamente, pronto se echa de ver en ella la huella del crimen, lo cual prueba que la psicología, a distancia, y en un cafetín mal alumbrado, se presta a terribles equivocaciones. Aunque joven aún, bien que envejecida por su vida airada, por las emociones que ha tenido, y por la larga prisión que pasó, hay en su fisonomía un no sé qué de siniestramente viejo. La sonrisa de su boca, sin labios, absolutamente sin labios, es un forzado pliegue, glacial, desdeñoso y malo, pliegue que resbala por la barba y se pierde en una contracción, que es una mueca. Sus ojos, atorerados, bonitos cuando miran con candor de paloma sobresaltada, tienen de vez en cuando una dureza fija, de la que brotan, como de pedernal herido, chispas de recóndito incendio. Su nariz, pronunciada y afilada, parece que husmea. Anchas y profundas arrugas cruzan su frente, hormiguean alrededor de sus sienes, culebrean por sus mejillas y se arremolinan en surcos donde parece que ríe la desesperación de vivir. Toda su cara, con ser guapa, es un espanto. Y su cuerpo es pequeñito, y sus manos son finas y suaves, y sus pies son minúsculos…

Habla mal de todos y de todo, incluso de Jacques Dhur, que tanto la ha servido… Está descontenta de todos y de todo, incluso del café concierto, único establecimiento que le dio el pan de cada día… Habla horrores de Eyraud, que por ella perdió la cabeza… En su obsesión de justificarse, de hacer papel de víctima, de inconsciente que por sugestión hizo lo que la mandaron —aunque todo su ser denota una energía muy grande, aunque a despecho de su disimulo hay un instante en que su alma dura se le asoma a los ojos,— Gabriela Bompard, en sus recuerdos, todas las noches, saca del cesto de la guillotina la exangüe cabeza de Eyraud, la abofetea con injurias y la pasea como una vergüenza.

«Hay un público que vive del terror, del escalofrío de horror, del placer que le inspira el tener miedo», ha dicho le Cri de Paris.

Por eso Gabriela Bompard, que es muy sabia, da, de vez en cuando, un toquecito a sus muertos.

Le hablaba yo de una amiga suya que acaba de casarse, toda vestida de blanco…

—Cuando yo me case, observó Gabriela, me vestiré toda de «rojo»…

—Usted se conserva muy bien… ¿No ha tenido usted hijos?

—No… Pero he parido un chico «rojo»…

Y hablando de Eyraud:

—Ya sé, ya, que decía que no le importaba el morir, a condición de estar conmigo cinco minutos… ¿Para amarme, cree usted? ¡Para hacerme lo que al otro! (Y con sus manos felinas hizo el gesto de la estrangulación).

Porque Eyraud no existe. Si resucitase, para ir al mostrador del café concierto, Gabriela, que es del último que llega, hablaría horrores del pobre Gouffé…

La Obsesión del baúl

Reunidos en trío erótico un pájaro de cuenta, llamado Cesbron; un doctor inglés, llamado Hebert, y una mala pécora, llamada Justina Pesnel, venían dedicándose a dar timos, con el gancho del matrimonio, a personas que querían casarse.

Un incidente produjo la intervención de la policía en los tejemanejes del trío, y la policía, en registros que hizo en deshabitada villa que aquellos individuos alquilaron en lugar apartadísimo y solitario, encontró un hacha, varias cadenas, una pala, un pico, un martillo, una sierra y un baúl negro y vacío.

¡Ah, ese baúl!… La policía dedujo en seguida que las herramientas fueron compradas por Cesbron y su parienta para matar al doctor Hebert, que tiene buenos cuartos, y enterrarlo metido en un baúl negro y vacío, y como ya parece averiguado que el baúl se destinaba a ropa y las herramientas iban a servir al mismísimo doctor Hebert, que fue quien las compró, para hacer una palizada, la rechifla de París debe de haberse oído en la Puerta del Sol.

Va para veinte años que Eyraud y Gabriela Bompard, juntando el pringue de sus almas torvas como juntaron el pringue de sus cuerpos sádicos, idearon la siniestra aventura de levantar un patíbulo en la habitación de un piso, ejecutar allí mismo una víctima y meterla en un baúl…

Los periódicos europeos no hablaron de otra cosa en más de un año, y de aquella a esta fecha se han escrito muchos volúmenes sobre el asesinato de Gouffé por Eyraud y Gabriela Bompard.

Pero no pasan años por este crimen, cuya espeluznante trama sigue inalterable en la retina de París. Otras aventureras trataron de imitar a Gabriela: Mary Rogers, en los Estados Unidos: la Klein en Viena y hasta un hombre, Devreux, en uno de los alrededores de Londres. El nombre de Gabriela Bompard aparece periódicamente en las principales publicaciones de Francia y el extranjero, y en estos días «Le Matin» la exhibe en folletín escrito por Jaume, ex—inspector principal de policía, y en escenas como esta, que yo he oído de los labios de Gabriela y que deja muy atrás cuanto puede idear la fantasía más lúgubre:

C'était après le crime, à Lyon, à l'hôtel de Toulouse. La malle, où I'huissier se décomposa avec bruit, est dans un coin de la chambre 6, près du lit. Eyraud et Gabrielle se déshabillent. Une détonation retentit, dans la malle sanglante.

—Tiens, fait Eyraud, c'est lui qui se vide!

Et au lit, il donne à Gabrielle une séance amoureuse d'une frénésie extraordinaire. Il interrompt ses caresses pour «engueuler» le cadavre de Gouffé.

—Salaud! lui dit—il, en montrant le poing, tu ne peux plus l'embrasser, hein? Eh bien! moi, je l'embrasse! Ah! ah! viens—y donc! Mais tu ne viendras pas! il lui faut d'autres hommes que toi, à Gabrielle!

No hay más que una Gabriela, como no hay más que un baúl—tumba, y la policía, sacudiendo la obsesión del baúl sangriento, debe dejarse de ver Gabrielas en todas partes.

Porque ya no se puede salir de viaje con un baúl negro sin excitar la curiosidad pública y sin que la policía frunza el ceño, preguntándose: —¿Cargará ése con un cadáver?…

París—Extremadura

Ya saben ustedes que en París vivimos de milagro. En barrios populosos como Menilmontant y Belleville, en bulevares tan concurridos como el de Richard—Lenoir, en pueblos tan importantes como Clichy—Levallois y Asnières, no es posible salir después de las doce de la noche sin tropezarse con la partida de los Encaveurs, o con la de los Sornis, o con la de los Amandiers, o con la de los Coeurs percés, o con la de los Ceintures—Bleues, o, en fin, con la de los ¡¡¡Apaches!!!

Componen estas partidas amenos jóvenes de diecisiete a veinte años, que matan por gusto, y que, después de matarle a usted, le dejan de recuerdo, y como marca de fábrica, un chirlo en la nariz, o un ojo tuerto, o una oreja cortada, que luego le regalan a la novia. En el barrio de Menilmontant, después de las doce de la noche, según han referido al prefecto Monsieur Cochefert, sólo se oyen gritos de terror, voces de ¡Socorro! ¡Que me matan! ¡Al asesino! La vecindad, que generalmente es pobre, se divierte; abre la ventana y ve, a través de las sombras de la noche, que la partida de los apaches, por ejemplo, se dispone a cortarle el pescuezo a un transeúnte, después de haberle asestado en la barriga un cabezazo que le echó a rodar en el arroyo.

—¡On va le saigner! exclamó la vecindad, desde su ventana, cuando vio a un caballero apache coger del pelo a un tal Gabriel y colocarle la cabeza en la acera.

¡Le van a sangrar! Y, en efecto, otro señor apache le cortó el cuello, de un solo tajo, a la vista del respetable público.

Este género de suerte ha llegado a ser tan general, que cuando una mujer quiere deshacerse de su marido, lo arregla con decirle:

—¿Por qué no vas esta noche a dar una vuelta por Ménilmontant?

En varios barrios la familia espera al jefe vigilando la calle desde la ventana y preparada a gritar: — ¡Al asesino! ¡Socorro! Y cuando el jefe cuenta que no le han dado más que un cabezazo al pasar, todo el mundo respira y exclama a coro:

—¡Parece mentira el progreso que se nota en nuestras costumbres!…

Por fortuna, para sacar de un apuro a las costumbres estamos los españoles. Como han telegrafiado de Céret que andan por allí cuatro españoles desvalijando a los viajeros, la Prensa parisiense insinúa que estamos en París como en Extremadura.

Es una preciosa ventaja para los españoles, porque nos respetan. Anoche, al volver a casa, como vi en la vía férrea un grupo que, si no era de apaches, merecía serlo, me apresuré a vocear:

—¡Español y de Extremadura!

A lo cual contestó el que parecía hacer de jefe:

—¡Pase el compañero!

La Poda

—¿No es usted, por casualidad, el estrangulador de la niña Angela Chèze?

—Desgraciadamente, no —responde el transeúnte.

—Y en el asesinato de madama Dreyfus, ¿no ha tenido usted arte ni parte? —le preguntan a otro transeúnte.

—Me han confundido con «el joven rubio» a quien se supone autor de esta muerte; pero M. Cochefert ha desechado esta pista.

—¿Ha tomado usted alguna vez ajenjo con Leca?

—No, que recuerde.

—Le toca usted algo a Manda?

—No es verdad que seamos parientes.

—¿Y a la Casco de Oro, le ha tocado usted alguna cosa?…

—A la Casco de Oro… le diré a usted…

Tales son los diálogos que se oyen diariamente en las calles de París.

Se bromea. Al encontrarse dos amigos se saludan así:

—¡Hola, Leca… !

—¿Que tal, Manda?…

Como alguien enteró a la Policía de que se supuso en tiempos que yo era el autor del célebre coup de toreador que mató a la Bigot, me han visitado dos gendarmes, a ver si resultaba ser el joven rubio que cultivaba no sé qué relaciones con madama Dreyfus, de edad provecta.

Y así vivimos. No pudiendo ser habidos los asesinos, la Policía no tiene más remedio que detener a las personas que no presentan cartel de estranguladoras.

Esto le pasó al joven Roberto L., detenido por dos guardias cuando iba con su respetable familia a oir un sermón cuaresmal del padre Ollivier.

—¿Por qué me prenden? —preguntaba él, todo desolado.

—Porque se supone que es usted el novio asesino de la anciana Dreyfus.

—¿Pero en qué me lo han conocido ustedes?

—En que es usted joven y rubio.

Deshecho el error, la Policía le puso en libertad —dice Le Matin— avec force excuses. Con todas las excusas que se quiera; pero el hombre pasó la noche en claro, de pensar que le llevaban a la guillotina. Después, la cosa varió de aspecto, porque desde entonces anda por ahí recogiendo ovaciones.

—¡Qué joven! —exclaman, rezumidas, las vecinas. Decían que era él quien había asfixiado a madama Dreyfus.

¡Ah, esa madama! Los periódicos publican su retrato, que la representa como una vaca recién ordeñada; su calle, su tienda, su dormitorio, su cadáver, toda la lira, y al asesino se le va formando una leyenda. ¡Lo que yo siento no haber matado a madama Dreyfus!…

Marcel Prevost, muy fino, ha pedido perdón a España por tener que decirle que necesita «europeizarse».

¡Marcel Prevost coincidiendo con Silvela, resulta la madama Dreyfus del joven rubio!… Sí. Cuando un literato coincide con Silvela es que ha pasado a mejor vida…

La Tribuna italiana, sin pedir perdón, ha dicho, analizando el crimen de Brierre, que debe uno preguntarse si es solamente un acto de degeneración individual o si no constituye una nueva prueba de que hay algo de maleado en el organismo moral de esta sociedad.

Me aterra la idea de que vengan dos gendarmes a decirme:

—Queda usted detenido.

—¿Por lo del hombre cortado en pedazos?

—No. ¡Por psicólogo!

Porque, como observa acertadamente Millot, así como la Monarquía inglesa da lecciones a la República francesa, recogiendo a los revolucionarios rusos, italianos, alemanes y españoles que la República expulsa, la Monarquía belga da lecciones a la misma República, recogiendo los Avariés, de M. Brieux, expulsados por la censura de la República francesa.

Dejemos, pues, comentarios a La Tribuna y lucubraciones que podrían conducirme al empalamiento; pero consignemos hechos que están, como quien dice, en la memoria del mundo.

Todos los años, por este tiempo, empieza un horrible calvario de niños y niñas. Padres y madres que martirizan a sus hijos hasta que los dejan sin vida; hombres sádicos que atropellan odiosamente niños y niñas, y luego los estrangulan. Ayer mismo se descubrió que un jardinero ha cometido con los chicos y las chicas de una escuela atropellos que no pueden contarse a nuestro público. Y recordemos a Brierre.

Reos, como el homicida de María Lademet, salen de la prisión de Fresnes alegando que reinciden en el crimen porque están requetebién en dicha cárcel. Otros, como el bello chulapón asesino Martín, ni siquiera entran en Fresnes, porque los Jurados les absuelven con aplausos de sus damas.

Los presidiarios de las colonias francesas tienen para ellos y sus hijos atenciones y cuidados que envidiarían los honrados proletarios de Europa, según ha referido un escritor de Le Journal.

Y la Casco de Oro, con toilette principesca, entregándose —según Le Matin— a amorosas efusiones con Manda en el gabinete del juez instructor de la causa.

Creo que La Tribuna lleva razón en decir, como Hamlet, que hay algo podrido en Dinamarca. —Pero es que en otros países pasa otro tanto. Por ejemplo, en Alemania, no hace mucho que personas respetabilísimas atropellaron niñas de un colegio.

—Pues eso quiere decir que en todas partes huele, y no a ámbar, y que se hace necesaria una poda general…

¡El Honor de los apaches!

Como complemento del telegrama que te dirigí, lector querido, y más querido aún si eres lectora, enterándote de las barbaridades que los titulados apaches hicieron en los bulevares el martes de Carnaval, puedes, si gustas, leer los artículos que todos los periódicos de París dedican hoy a dichos bandoleros y sus recientes proezas, tales como arrancar pendientes de orejas femeninas, hendidas por el tirón, y arrancarle los bigotes a monsieur Benjamín Fallois, cajero de una imprenta.

Como mucho antes de hoy he tenido el disgusto de presentarte en varios Paríses los novísimos paladines de la Tabla redonda con inclinación al tablado de la guillotina, debo recordar que mis narraciones parecieron exageradas. Aun no hace mucho que cierta dama, comentando una crónica mía sobre los apaches de Bois—Colombes, me dijo:

—¡Qué cosas inventa usted!

—Yo no he inventado nada, ni siquiera la pólvora —le contesté.— Lo que hago es narrar exactamente lo que ocurre, y como la verdad monda y lironda siempre fue atroz, lo que digo resulta invención.

Y anoche mismo contábame el Sr. Cubas que una dama de Jerez, recién llegada a París con una carta para mí, «no se atrevía a presentármela porque ese hombre, a juzgar por lo que escribe —dijo la señora,— debe ser un Marat».

Dice usted, por ejemplo, de los apaches, lo que dirán luego, al cabo de los años mil, los periódicos de París, y hay lectores que, en vez de ponerse en guardia para que los apaches no les arranquen los pelos —que es lo menos que pueden arrancarles,— piensan que es usted un Marat capaz de mandar a la guillotina una dama que le presentó una carta de recomendación; y al pensarlo así son injustos hasta con Marat, que era muy buena persona, según lo atestiguan con documentos Luis Blanc y otros historiadores de la Revolución francesa.

Los congéneres de los apaches en la Habana son los ñáñigos; pero las autoridades allí les tuvieron siempre a distancia, excepción hecha de alguno que otro que se armó caballero en la acera del Louvre.

¿Por qué, pues, los apaches triunfan y reinan, no sólo en los barrios excéntricos, sino también en los bulevares céntricos de París?

La culpa la tiene el Gobierno —dice Rochefort en su artículo de hoy. ¡Pícaro Gobierno!…

No es el Gobierno quien tiene la culpa del apachismo boulevardier; tiénenla los periódicos, que, con raras excepciones, no dejan pasar día sin que sus reporters—embajadores cerca de los apaches dediquen, con mal disimulado entusiasmo, extensos y pintorescos relatos a los amoríos de los apaches, a las aventuras y correrías de los apaches, a los homicidios y asesinatos de los apaches, a las valentías de los apaches, hasta a los duelos(!!) entre apaches; y la Casco de Oro, Laca y Manda, como personajes de los Dumas, de los Ponson du Terrail, de los Fernández y González, han escalado, en hombros del reportaje, la notoriedad y la heroicidad, sugestionando de paso, y malamente, la imaginación del vulgo, y creyéndose ya con derecho a todo.

Hoy mismo, casi todos los periódicos parisienses narran y comentan extensamente «el duelo habido entre Jorge Tierez, apache, y Trucharelli, también apache, apodado el Bicot de Montparno», ya difunto, gracias a Dios, de un tiro que le dio el tal Tierez, que es lástima no quedase también en el terreno del honor.

Del honor, sí; puesto que, según refiere Le Matin, Tierez, después de contar al juez instructor de la causa que se le sigue «que Casco de Oro le regaló dos sortijas y que ella se las compró luego por 50 francos» exclamó, con referencia a su lance de honor con el Bicot de Montparno:

—¡Soy asesino; pero no ladrón! J'ai mon honneur, moi aussi!

Es asesino, pero con honor; porque el honor ha venido tan a menos, en la opinión de ciertas gentuzas, que se le hace consistir en tener, o aparentar, bravura para arrancar unos pendientes y unos bigotes de cajero.

En ese honor sui generis, y en esos apaches que pretenden cobrar el barato, debió pensar Juan—Jacobo Rousseau cuando escribió:

«La más extravagante y bárbara de cuantas opiniones se han apoderado del espíritu humano es que un hombre no es torpe, pillo, calumniador, sino, por el contrario, cortés, honrado, veraz, siempre que sepa batirse; que la mentira se torna verdad; que el robo se hace legítimo, la perfidia honesta, la infidelidad loable, con tal que todo esto se mantenga con una espada en la mano. Los hombres prontos a provocar son, por lo general, malvados que, por miedo a que se les muestre abiertamente el desprecio que inspiran, se esfuerzan por encubrir con algunos lances de honor la infamia de su vida entera.»

De buena escapó, con morir, Juan—Jacobo Rousseau; porque, de vivir hoy, esta misma tarde recibiría la visita de le Miroir du Sébasto y de le Rempart de la Courtille, distinguidos maitres chanteurs, que, muy tirados de levitones monumentales y de charoladas botas, que se les ven desde muy lejos, irían, como padrinos, a pedirle una retractación, o una reparación por las armas, en nombre del asesino, pero honrado, Tierez.

Y la consecuencia de un duelo con esos tercios no es una vacuna de las que hacen reír a la galería, sino una cuchillada de las que llevan al cementerio.

No es lo peor que los apaches se apoderen de los bulevares, sino que se apoderen también del sentido moral, si no se pone pronto y enérgico correctivo a la leyenda forjada con las aventuras de esos facinerosos; porque, de seguir así las cosas, no habrá más que dos carreras viables: Apaches para los caballeros; Casco de Oro, para las damas…

Hagámonos apaches

El saqueo de las villas y casas de los alrededores de París ha llegado a ser un número del programa del veraneo parisiense. Mientras está usted en su villa o casa, el temor de ser saqueado, y degollado por añadidura, puede pasarse.

Todo se reduce a que usted, antes de meterse en la cama, dé una vuelta por el jardín, escudriñando sus últimos rincones y las ramas de los árboles, registre todas y cada una de las habitaciones, empezando por la bodega y concluyendo en el granero; eche todas las llaves, corra todos los cerrojos, ponga todas las palancas afianzadoras de las puertas, suelte el perro y coloque un revólver de gran calibre a la cabecera de la cama.

Después de haber tomado dichas precauciones, hace usted examen de conciencia, arrepintiéndose de lo malo que haya practicado en el curso del día; se despide lo más afectuosamente posible de la parienta —por si no vuelven a verse en otra—, y se duerme con la esperanza de que tal vez no le saqueen ni lo asesinen aquella noche. Procura usted que su sueño sea ligero, para poder atender al menor ruido, cuidando de no confundir el paso de un tren, que imprime trepidaciones a los muebles, con el paso de un asesino, y a las cuatro de la mañana, cuando canta el mirlo, puede usted reposar, con relativa tranquilidad, su amarillenta cara en el almohadón.

Y así van tirando los vecinos de los alrededores de París. Pero cuando llega la canícula, y el vecino emprende una excursión veraniega, la situación varía de aspecto. Antes de marchar, toma todas las precauciones que exige el caso, blindando la vivienda como para resistir a un sitio heroico y largo y recomendando a la vecindad que haga el favor de echar un vistazo.

Trabajo inútil, porque en cuanto vuelve usted la espalda aparecen unos cuantos correligionarios del apachismo, «la Pantera de Montmartre», «el Jaguar de Menilmontant», «la Ballena de la Villette», y estos animales, armados de una pince—monseigneur, que es un colosal taladro, de llaves ganzúas, de revólveres y puñales, se entregan a la labor de desvalijar concienzudamente la casa de usted. En ella no ha pasado nada, al parecer; pero cuando usted vuelve de la excursión, se encuentra sin sillas, sin vajilla, sin catre y hasta sin aves, que se las llevaron del gallinero después de torcerlas el pescuezo y meterlas en un saco.

En la primera plana de casi todos los periódicos parisienses, sobre un grabado que representa una villa, puede usted leer hoy:

Saqueo trágico en Asnières. —Un muerto. —Un herido.

Ello fue que, estando de excursión con su familia el Sr. Ziberer, unos distinguidos apaches, que responden a los nombres de «el Conejo de Montmartre», «el Cristo» y «el Tiburón de Courbevoie» resolvieron hacerle una visita y una limpieza general. Sorprendidos de milagro por una ronda de tres guindillas, entablóse entre éstos y los visitantes una presentación a tiro limpio, resultando muerto «el Cristo» y mal herido «el Conejo de Montmartre», y al entrar los agentes en la casa, toparon con el Sr. Ziberer, que, de improviso regresó la noche antes, y, un tanto cabreado, dijo a los de la autoridad;

—¿Qué pasa?… ¿Por qué me despiertan?…

No pasaba más sino que sin la maravillosa intervención de la ronda mandan los apaches al Sr. Ziberer adonde se fue Padilla.

Esta sangrienta batalla, que duró desde las dos de la madrugada hasta que cantó el mirlo, libróse en una de las más céntricas y populosas calles de Asnières, sin que se diesen por aludidos los vecinos. Todos estarían despiertos, metidos entre sábanas y sin atreverse a respirar, esperando de un momento a otro que asomase la degollada cabeza del señor Ziberer.

Y así como los vecinos no protestan, ni siquiera por instinto de conservación, los periódicos, al reseñar el trágico suceso, no hacen comentario alguno, y es que el saqueo y el degüello a domicilio han llegado a ser un hecho corriente, naturalísimo, en la capital del mundo civilizado.

Para dormir tranquilo es de absoluta necesidad hacerse apache…

Nueva Sociedad

La prensa de Lyon publicó hace pocos días el reglamento de los apaches. No satisfechos estos caballeros de industria con campar por sus respetos en barrios céntricos de las grandes capitales de Francia, se han constituido en sociedad, debidamente legalizada, con presidente, tesorero y secretario, y han publicado sus Estatutos. A juicio de ellos, el robo y el asesinato son «un trabajo» como otro cualquiera, y las fechorías que llevan a cabo hacían necesario que formasen uno a modo de «trust» respetable. Hay en esta sociedad, que se titula «Sociedad amistosa de los Caballeros del cuchillo», miembros honorarios, como un tal «Luis el Luchador». Los apaches que murieron ejerciendo de tales continúan figurando nominalmente en la sociedad. Entre ellos está nuestro conocido «Fanfán de la Courtille». Hay también oradores de tanda, como Schwartz (alias) ¡«Maldita sea mi suerte»!, y Depouteau, que por poco se llama Diputado.

La sociedad, previsora, atiende en sus Estatutos a todas las contingencias que puedan presentarse. Ejemplo:

«Cuando un apache se haga «volar», mientras «trabaja», deberá ser socorrido por la sociedad». Y hay que trabajar con limpieza.

«Todo «trabajo» hecho por un apache debe ser hecho limpiamente.»

Otro Estatuto notable es el que concede al apache que tenga un trabajo «exagerado» el derecho de reunir en sesión a los socios y exponer en discurso dirigido al presidente, las dificultades con que tropieza. El presidente, debidamente informado, nombrará un grupo de societarios capaces de estudiar el caso y dictaminar sobre el mismo. Es una intervención parecida a la del Congreso de La Haya para solucionar conflictos internacionales.

Como toda sociedad, también la de los apaches tiene quiebras, y su Estatuto dice que todo apache que no se conforme con lo prescrito en el reglamento, será excluido de la sociedad, «sin perjuicio de los golpes que podrá «tomar», según los casos», y otro Estatuto, más fuerte que el anterior, dispone que el apache que no cumpla con el «trabajo» de que se hizo cargo sea inmediatamente «vaciado». Prueba de ello es que entre los socios figura un tal «Bibi», «muerto a golpes de disciplina.»

Como se ve, el oficio de apache no deja de tener peligros, siendo así que el apache, no sólo está expuesto a los tiros que le descerrajan la policía y los transeúntes atropellados por los societarios del apachismo, sino también a que los mismos compañeros de él lo «vacíen» de un sorbo, como si fuese un huevo pasado por agua.

Fracasadas casi todas las sociedades de hombres honrados, es muy posible que la de los apaches, constituídos reglamentariamente en «trust», como personas que se respetan, tenga mucho éxito y gran estabilidad…

La Criminología y el millonario asesino

Aunque no forma parte del Jurado que fallará el proceso de Harry Thaw, millonario, asesino de White, millonario también, Lombroso ha creído que tenía el deber de fallar sobre la mentalidad del reo, quien, a juicio del demasiado famoso criminalista italiano, es un degenerado, un epiléptico moral, irresponsable casi… , y la crónica parisiense, por las plumas de los Faguet, Harduin y otros cronistas, se burla lindamente de Lombroso y sus teorías.

No soy de los que pueden ser tildados de parcialidad en favor de Lombroso. Sus importantes y numerosos plagios —probados hasta la saciedad por la crítica francesa— le hicieron desmerecer mucho, en mi concepto, porque nada me repugna tanto, en Ciencias y Letras, como un grajo. Sus ridículas apreciaciones sobre el asunto Syveton, fallando del carácter de los personajes que intervinieron en él, con arreglo a lo que dedujo de la contemplación de unas fotografías de los mismos, me parecieron labor charlatanesca, completamente falta de seriedad científica. Más tarde, su acto de sorprender y tergiversar una conversación de la admirable viuda de Zola, lanzándola malamente a la publicidad para hacer ruido y cobrar un artículo lleno de falsedades en desdoro de Zola y su señora, me pareció sumamente reprensible. Y desde entonces no le puedo ver.

Pero esta antipatía no quita que en el caso actual me parezcan injustas las críticas de los Harduin, Faguet, etc., y, muy acertado el juicio de Lombroso, no por lo que respecta a Harry Thaw —cuya mentalidad me importa menos que un comino—, sino por la apreciación de que los hombres que gastan grandes energías y se elevan sobre el nivel del vulgo empobrecen la prole, que cae en decadencia moral o en imbecilidad intelectual.

La conducta de la inmensa mayoría de los descendientes de los principales personajes de Europa en el siglo XIX prueba el tino de la doctrina de Lombroso en este punto. De sabios nacieron acémilas; de genios literarios, congrios; de guerreros, pusilánimes; de acaparadores, derrochadores; de grandes caracteres, grandes caquéxicos morales. El hijo de Napoleón I era un insignificante. Ningún hijo de Bismarck se atrevió con las botas del Canciller de hierro. Víctor Hugo murió sin sucesión intelectual.

Menos mal esas proles, que las hay de Príncipes de mucho fuste y de enaltecidas familias, como la de Broglie y la de Morny, que echan a rodar, en tablados de feria, las glorias del buen nombre que heredaron…

Lo que tenían que haber hecho los Faguet y Harduin era investigar si Lombroso demostraría por un Thaw sin una peseta la misma solicitud científica que demuestra por un Thaw con muchos millones.

Bien que el cuco académico Faguet, que no da puntadita sin hilo, y el laxativo psicólogo Harduin, que heredó del bonachón Sarcey la maestría en bailar la danza del vientre, tampoco se ocuparían de Lombroso y de lo que dice en este caso, si el criminalista italiano dictaminase sobre la mentalidad de un quidam asesino en vez de dictaminar sobre la criminalidad de un millonario criminal…

Descuartizamientos mujeriegos

Si alguna vez, lector, tropiezas en tus paseos veraniegos por París con un transeúnte que quiere entregarte un paquete, diciéndote: «Hágame usted el favor de guardarme esto un momento, que en seguida vuelvo», no lo tomes por nada del mundo, porque, si no es un feto, es la cabeza de una mujer descuartizada; y si, curioso de cuadros a lo Eugenio Sue, te asomas a la puerta Saint—Ouen, a la barrera Clichy, al solitario espacio comprendido entre el final del bulevar Malesherbes y el comienzo de Asnières, o a otra puerta de las siniestras de París, y ves un paquete en el suelo, por nada del mundo te acerques a examinarlo, porque tropezarán tus dedos con el mondongo de una meretriz destripada.

Por curiosa, se expuso a morir de un susto la persona que en la puerta Clignancourt se acercó a examinar un misterioso paquete, que no contenía turrón de Jijona, sino las siguientes prendas de andar por el mundo:

Una cabeza; un tronco, al cual le faltaban los miembros superiores e inferiores; una pierna y un pie. Privada de la nariz y del maxilar inferior, y con las órbitas vacías, la cabeza, casi enteramente carbonizada, estaba separada del tronco. Algunos pelos castaños adheridos todavía al cráneo. La pierna había sido cortada por cima de la rodilla, y el fémur había sido aserrado. La extremidad del pie aparecía carbonizada. El otro pie, cortado a la altura del tobillo, estaba desnudo. Pendía del tronco un refajo gris, rayado de blanco y retenido por un cordón alrededor del corpiño. Anchas manchas de sangre aparecían aquí y allá sobre estas prendas. Los brazos, completamente quemados, eran dos informes muñones. Del vientre, también quemado, salían secas las entrañas.

—Hágame usted el favor de decirme qué hace usted con semejante paquete, si tiene la desgracia de cogerlo.

Y la ciudadana a quien lo pregunté —una chulapona que con otras de Clignancourt comentaba el sucedido— me respondió sonriente:

—Pues con dejarlo en su sitio, santas pascuas.

Quiero decir con esto que también yo he estado en la puerta Clignancourt para poder decir: Yo lo vi. Excuso decir a usted, que me conoce, que estuve allí cuando el día estaba más claro y era más numerosa la distinguida concurrencia de candidatos al asesinato y de meretrices fósiles que, no habiendo tenido suerte pour s'acheter une conduite, como dicen las que recabaron fondos para retirarse a buen vivir, casándose no pocas, si tienen dote, continúan, entre las cincuenta y las sesenta primaveras, ejerciendo de cocotas de las fortificaciones.

Si fuesen cosa corriente en Madrid, como lo son en París, los asesinatos refinados, perversos, artísticamente siniestros, esos que se llaman en el moderno lenguaje asesinatos sádicos, valdría decir que hay en Madrid muchas puertas absolutamente iguales, por las costumbres y el pelaje de los vecinos, a las puertas de París. Huelen éstas, entre otras cosas, a aceite. La concurrencia, estropajosa y desgreñada, come churros, bebe aguardiente de Bretaña, se jalea, se guitarrea y se casca las liendres a la luna por falta de sol. Mire usted de la puerta de Toledo, por ejemplo, hacia el puente del mismo nombre, y hágase cuenta que está usted en la puerta Clignancourt, aunque sin paquetes, que es lo que da color a las puertas parisienses. Aldije es un frustrado de la puerta Clignancourt o del puente de Asnieres… Sólo que Peñaflor, entre naranjos y limoneros, no tiene el chic siniestro de los citados parajes parisienses.

En algunos periódicos españoles he leído que el descuartizamiento de la misteriosa mujer de Clignancourt ha producido emoción y espanto en París. No hagan ustedes caso. Aquí nadie se espanta de nada.

Además, este descuartizamiento no tiene novedad. En 1891 fue descuartizada una mujer, cuyo asesino permanece aún en las sombras de las misteriosas puertas. Otro tanto ocurre con el que cortó en pedazos, hace pocos años, un chico. Prevost descuartizó a su querida —¡algunos hombres tienen un modo de querer!… — Aline Blondin. Lebiez y Barré hicieron morcilla a una lechera. Billoir hizo unos callos con su parienta. Desmarchaliez mató a la suya y, presintiendo al Francés, la enterró en su propio huerto, al lado de una conejera, cuyos conejos engordaron atrozmente.

¿Y quién no recuerda a la mujer cortada en pedazos y hallada en paquetes dispersos en la calle Botzaris? Por entonces llegué a esta ciudad tan luminosa, y todo emocionado y espantado a consecuencia de tal hallazgo, enviaba crónica sobre crónica a El Liberal, hablando de los paquetes. También yo creía que todo el mundo estaba emocionado y espantado, y la emoción y el espanto eran nulos; tanto, que algunos guasones, echaban paquetes, que la Policía tomaba por los restos que le faltaban al cadáver, y el médico forense, después de examinarlos en la Morgue, exclamaba:

—¡Son de ternera!…

Los descuartizamientos mujeriegos son cosa tan natural para los que vivimos en París, que cuando uno pasa tiempo sin paquete, la verdad, parece que le falta algo…

Amor arriero

El amor en París se titula una caricatura del chispeante y regocijado Abel Faivre. En el andén de una estación, frente a un tren que va a salir y a una de cuyas ventanillas se asoma la plácida fisonomía de un viajero que bonachonamente contempla el espectáculo, dos enamorados se comen a besos.

—Vamos, dése usted prisa, que el tren va a salir —le dice el empleado al joven.

Y éste, sin soltar los brazos de su amada, le contesta cínicamente:

—¡Pero si nosotros no vamos de viaje!… Venimos a las estaciones para besarnos…

El besuqueo en público está en todo su apogeo, ocasionando escenas que no son para descritas en nuestra Prensa. Al principio de presenciarlo, los extranjeros se asombran y a veces se molestan; pero, luego, se van haciendo a la perspectiva de hombres y mujeres enzarzados como cerezas.

No contentas ellas con esa manifestación pública y ruidosa, que va voceando que tienen quien las quiera, destacan fieramente verdugones en los ojos. Los hay negros, verdes, azulosos, amarillos, de todos colores, y a medida que el verdugón cambia de color, las ojeras de la mujer van pareciendo un arco iris. Los golpes en los ojos son muy buscados, porque implican afecto y estimación, y la mujer agraciada con ellos, lejos de disimularlos, los exhibe como una bandera victoriosa.

Los gachós que se dedican a este boxeo amoroso están mejor que quieren. Las hembras se los disputan. Ayer mismo, Julia Laumort y Ernestina Bigot disputaron a navajazo limpio la conquista de Andrés Goroy.

—La que le pueda a la otra —dijo él— me tiene a su disposición.

Ambas fueron al hospital con sus correspondientes chirlos, mientras él, en la terraza de un cafetín, se consagró a aperitivos, que pagaron ellas, naturalmente, y exclamó:

—Las dos se han portado bien. ¡Con las dos me quedo!

Camila Dousot, discutiendo con su amante, Eugenio Roth, le puso un mote feo. Inmediatamente Roth, de un bocado, la arrancó la nariz. Pero un amigo de Roth que había presenciado la escena, recogió el pedazo de nariz y se fue con él al hospital, donde se lo soldaron a la víctima con equidad y aseo.

Y la crónica de los Tribunales nos cuenta hoy que Roth ha sido condenado a una pena insignificante, porque la Camila le perdonó. Hizo más: mandarle dinero, desde el hospital, para que se comprase un traje.

—Quiero —le escribía— que estés majo cuando vuelva a verte.

Una exclamación naturalísima, que le da tono a una mujer es:

—¡Cómo me ha puesto la cara!…

Alguna, cuando nota que el verdugón va desapareciendo, le busca camorra al amante para que le empalme otro verdugón. Y dice:

—Dando bofetás es un encanto.

Los amantes establecen entre sí una camaradería especialísima. Recientemente, un obrero le birló la parienta a otro obrero, íntimo amigo de él. Con ella, agarradita por la cintura, iba el seductor cuando el burlado los encontró, y, mientras aquél se puso a honesta distancia, el agraviado la dejó seca de un tiro.

—Venga esa mano —le dijo el Tenorio—. Eres un hombre digno, y has hecho requetebién en enfriarla. Porque era mala persona y muy libre en sus movimientos. De ti decía que solamente te lavabas los pies el 14 de Julio, para celebrar la toma de la Bastilla, y que no se podía estar a tu lado, por mor del olor que echaban.

Y, muy orondos y reconciliados, se fueron a tomar unas copas.

Escenas muy parisienses, dicen estos periódicos; pero me figuro que en todas partes cuecen habas y escuecen verdugones, y que en todas hay mujeres que cultivan el amor arriero, teniendo por símbolo de afecto la vara de fresno.

¿Una Inglesa estrangulada?… ¡No puede el baile continuar!

Una joven institutriz, inglesa, miss Cary, ha sido estrangulada en un sendero que conduce al vecino Nanterre. Las inglesas santifican el reposo dominical con excursiones pedestres al través de los bosques.

Pero meterse en un bosque de París es mucho peor que meterse en Sierra Morena. Los agentes de policía, ocupados en otras persecuciones, no tienen tiempo que dedicar a los bosques, donde fructifican como hongos los apaches de todas castas y en todas sus manifestaciones. Los hay amenos, en el sentido de que no matan siempre por robar, sino también por pasar el rato. El otro día, en el bosque de Vincennes, un apache, salido de una maleza, se acercó a un transeúnte pidiéndole lumbre, y mientras el transeúnte le alargaba el cigarrillo, el apache le cortó en un santiamén las dos orejas, convirtiéndolo en perro pachón. A otro paseante pacífico le cortaron, aunque no se le veía, la coleta.

A las inglesas se les dice caritativamente:

—No se extravíen ustedes en estos bosques, porque aquí no están ustedes en Londres, y los bosques de París son guaridas de ladrones, asesinos y bromistas que por divertirse, les cortarán a ustedes las orejas.

Miss Cary, como otras de su nacionalidad, no hizo caso, y atravesando un bosque, la apretaron el gaznate.

Como estas aventuras siniestras son de todos los días, nadie les hace caso. Figúrese el lector que esa miss fuera española. Su trágico fin hubiese ocupado tres líneas en la sección de noticias. Y si la miss fuera de Puerto Rico, su muerte sería un paso de risa en una nouvelle à la main.

Pero la Cary, esa del gaznate apretado, es de marca inglesa, y como los ingleses tienen cónsul en todas partes, y en todas partes hay que respetarlos, las autoridades y la Prensa, movidas por la embajada británica, andan a zancadas por esos bosques en busca del malhechor, y no hay periódico que diariamente no dedique un par de columnas al asunto.

Hoy Le Matin nos da una noticia verdaderamente consoladora para los que habitamos, después de recibir la Extremaunción, esto que se llama la banlieue de París, y que es un presidio suelto y sin policía; la cual, si alguna vez asoma la nariz, es para oler la casa de algún vecino honrado porque Dérouléde le puso un telegrama de gracias o porque Reclus le habló de geografía.

«El asesinato de miss Cary —dice Le Matin— ha tenido por objeto limpiar de apaches una parte de la banlieue de París.»

Precioso resultado. Los apaches limpiados de esa parte de la banlieue se habrán ido a otra parte de la misma banlieue. Porque con ellos pasa lo que con el polvo: lo quita usted del armario y se va a la mesa, lo sacude usted de la mesa y se pega a las sillas. Total, pata. La policía limpió de apaches los barrios de Menilmontant y la Villette, y los apaches se trasladaron a Asnieres, donde siguen para servir a usted, cortándole las orejas a poco que se descuide.

Los reaccionarios, maestros en el arte de arrimar el ascua a la sardina propia, ya quieren sacar partido del cadáver de miss Cary, y Le Gaulois, solemne y campanudo, advierte en largo artículo dedicado al asesinato:

«El horrible y misterioso crimen de Nanterre es probablemente un crimen vulgar, que nada tiene de misterioso. Como en todos los turbados momentos de la historia, singularmente en tiempos de la Revolución y del Directorio, hay ahora, lo mismo en los caminos que en las calles, un considerable número de malhechores.»

Yo siempre creí que Loubet y Combes se traen algo con los apaches, y que tan pronto suban al poder el honorable Arthur Meyer, director de Le Gaulois, y sus colaboradores, no habrá apaches desocupados.

Pero —¡hélas!— como hay República para rato, no va a haber más remedio que naturalizarse inglés, siquiera para que la policía deje de la mano a políticos y escritores, y dedique algún tiempo a los asesinos, ladrones y sádicos que, según confesión de los franceses, han hecho inhabitable París y sus alrededores.

Crimen envidiado

Cronistas parisienses envidian la actualidad italiana, «el crimen de Bolonia», con sus revelaciones sensacionales:

«Los italianos son verdaderamente dichosos —dice un cronista—, siendo así que tienen el asunto sensacional, el hermoso crimen, bien completo, con detalles horrorizadores, amores incestuosos, esperanza de revelaciones más sorprendentes todavía. Todo entre gentes del gran mundo: el conde, la condesa, el anciano padre de ésta, sabio ilustre, un abogado, un médico. El drama del Ambigú, el drama clásico, que descorre el velo, para los espectadores del gallinero, de las infamias de la alta sociedad, con sus vicios, sus costumbres, mostrándoles que la riqueza no hace la felicidad y que la sangre puede salpicar los áureos artesonados.»

La condesa Linda, como la llaman unos, la nueva Mesalina, como la llaman otros, había alquilado, en la misma casa donde vivía con su marido, un piso, en cuyas habitaciones se entregaba a prácticas, dicen los telegramas, «que exceden en horror a todo lo imaginado hasta ahora»; y esta mujer, que deja muy atrás en refinamientos y perversidades al marqués de Sade, escondía sus infames lujurias, a despecho de lo que revela la fascinadora pasión de sus ojos, bajo un exterior frío, honesto, severo, que dijérase encarnaba todas las virtudes de la perfecta casada. Y entre esta santa aristócrata, su hermano y amante, una de las queridas de éste y el sabio doctor Roldi —quien se vistió y los vistió con blusas clínicas para evitar el escándalo de la sangre vertida— mataron al conde, suprimiendo el estorbo de los amores criminales y de una herencia de 300.000 duros.

He aquí, en resumen, el bello crimen que envidian los cronistas parisienses. Los que escribimos para España, bien al contrario de envidiarlo, debemos estar muy satisfechos de que no sean aristócratas nuestros los autores de tamaño horror.

En primer lugar, es cosa convenida tácitamente entre nosotros que tales infamias y porquerías son de la exclusiva pertenencia del «pueblo bajo», de la ralea, de la canalla; y, en segundo lugar, aunque un francés, como el novelista Talon, nos descorriese el velo del suceso, y aunque resolviéramos romper el silencio, que seguramente habríamos acordado, como cumpliendo una consigna dada a la chita callando, pasaríamos grandes apuros y terribles trances para contar «la cosa», no a la italiana —¡eso nunca!—, o sea con todos sus pelos y señales, ni menos a la francesa —¡jamás, jamás!—, o sea con refinamientos de cancán, sino con el natural embozo de los hombres que aun gastamos capa, de expresivo simbolismo en el verbo.

Cuanto a la condesa Teodolinda Bonmartini, suponiendo que hubiese entre nosotros quien fuera osado a denigrar un aristócrata, cuyas carnes son más blancas que las de Cecilia Aznar, de la cual todos estamos enamorados, tendríamos que pasar las de Caín para nombrarla.

O no la nombraríamos. O la llamaríamos «una alta dama» o la señora X., de quien se dice, sin que nosotros hagamos otra cosa que acoger un rumor, que nos parece infundado, naturalmente, que cultivaba no sabemos qué extrañas amistades con uno de sus parientes, el Sr. X., muy conocido y justamente estimado en los círculos aristocráticos, y en compañía del cual no sabríamos decir si mató, en un momento de ofuscación, al difunto, o si el difunto los mató a ellos. Excusamos decir cuánto celebraremos que no se confirme un rumor que, lo repetimos, nos parece infundado por tratarse de personas respetabilísimas, a una de las cuales se la ha indicado últimamente para ocupar un alto puesto.»

Como yo me he quedado calvo de tanto cavilar en decir y no decir las cosas corrientes en el mundo civilizado, y como estas cavilaciones suelen producirme furores de hiena y deseos de arrasamientos, excuso decir a ustedes que no envidio la tragedia italiana.

Héroes de presidio

Desde que Léger y su compañero, mártir como él, volvieron del país del olvido, por haber reconocido la sociedad que se equivocó al condenarles a trabajos forzados en Cayena, se nota un movimiento de presidiarios muy semejante al de los veraneantes a principios del veraneo. Al paso que van, no dudo que habrá que establecer trenes botijos para presidiarios reconocidos inocentes, después de haber pasado un cuarto de siglo trabajando bajo un sol que no alumbra, sino quema, y entre escorpiones y otras alimañas, incluyendo en ellas al gobernador del presidio.

Ayer recibió París al presidiario Danvel con tantas ovaciones como al Zar de Rusia. Hoy se está esclareciendo el proceso de Voisin para ovacionar a este infeliz soldado, víctima, ante todo, del monstruoso egoísmo de su madre. Y esta mañana, telegrafiaron de Vicence que tres hermanos Urbani, condenados a muerte en 1888, pena que se les conmutó por la de trabajos forzados, eran inocentes del asesinato que les imputaron. Como dos de dichos hermanos murieron de malos tratos en el presidio de Brindisi, es claro que no se les puede ovacionar. De la emoción que reina en el país se dice que es muy grande, como siempre en parecidos casos, con la cual no se resucita a los muertos por error judicial, pero se tranquilizan los remordimientos recordando que aquellos hombres a quienes quiso lynchar la multitud por foragidos eran unas bellísimas personas, a quienes ovacionaría la misma multitud si pudiese resucitarlos.

Si la pena de muerte no estuviese completamente desacreditada por su absoluta falta de ejemplaridad, cuando no por servir de morboso estimulante del asesinato, lo estaría por la frecuencia con que corta cabezas inocentes. Espectáculo inexplicable en un París y capital de una República, el de un verdugo paseándose en automóvil y unos magistrados buscando sitio para colocar una guillotina, que nadie quiere ver en su barrio. Pero como la guillotina y el verdugo son una costumbre pública, la guillotina y el verdugo subsistirán a través de los siglos, aunque la condenan los filósofos y moralistas, la repugna el público y la hacen más odiosa aún los frecuentes errores judiciales.

Creo que deben durar ambas ignominias, no por los razonamientos que aducen sus defensores, bien contados ya, sino porque, no habiendo héroes que aclamar, los presidiarios van sirviendo para desahogo del entusiasmo público.

Gran tropel de gentes en una estación. Buen golpe de militares con sables desenvainados. Estruendosos vivas. Un hombre de pie en un carruaje recogiendo flores y ovaciones.

—¿Qué pasa aquí? ¿Es el general Mercier, que vuelve victorioso de la tierra alemana?

—No, no. Es un pobrecito presidiario que fue condenado a muerte por un error judicial…

La Cecilia y la Gabriela

El enchironamiento de la Cecilia Aznar, que celebro mucho y muy de veras, porque, no satisfecha con planchar al señor Pastor, ni con dar guerra a toda España, había empezado a darla a través del Pirineo, como si París no nos propinase Cecilias a todo pasto, coincide con la petición de indulto de la Gabriela Bompard, cuyo infeliz hermano le ha escrito al ministro de la Justicia: «Mi padre murió de pesar, a consecuencia del crimen que cometió mi hermana, dejándome solo, cuando no tenía más de diez y siete años, sin otro porvenir que el tener que soportar en silencio la vergüenza de un nombre manchado.»

Almas gemelas, Cecilia y Gabriela, convulsionarias ambas, ambas embusteras, con todos los caracteres de la histerya mayor, la Gabriela resulta superior a la Cecilia por fina, aventurera y valerosa o inconsciente dentro del crimen.

Buena diferencia entre la fuga de la Gabriela, en toilette rosa, riendo como una loca mientras ayudaba a bajar de una casa de París el baúl que contenía el cadáver de Gouffé, riendo como una loca mientras ayudó nuevamente a bajar de un hotel de Lyon el siniestro baúl y corriendo luego en busca de aventuras a Nueva York, y la prosaica fuga de la Cecilia, cuyas aventuras se reducen a haber ido a comer longaniza a Puigcerdá!

Sí. La ocurrencia de la Cecilia Aznar, dejándose capturar asnalmente en Puigcerdá, es una verdadera decepción para los románticos del crimen, y un mentís a los que decían que nos modernizábamos, siquiera criminalmente.

Explicaríanse ellos que la hubiesen capturado en las estepas rusas o en las pampas americanas; pero… ¡en Puigcerdá! ¡Qué horror de prosa! Y es que el público tiene la idea de que a los excelentes pueblos de la industrial Cataluña, a Puigcerdá, a Vich, etc., no es posible ir a digerir un asesinato, sino a digerir un embutido.

¡Qué diferencia, por otra parte, en el modo de matar Gabriela, acariciando amorosamente a Gouffé, comiéndosele a besos, mientras Eyraud, siniestro y frío, le pasó al cuello un lazo corredizo; y el modo de matar Cecilia, planchando al Sr. Pastor, como si hubiese sido un calcetín!

Pero hay más: Gabriela no pretendió mixtificar ni atenuar el móvil de su crimen. Cecilia, sí. Ella mató, cierto; pero «por defender su honor»; ¿en dónde?, allí donde hacía reír a Espronceda, y que en ella estaba al alcance de todas las fortunas.

Esa salida de… honor cochambroso que ha tenido la Cecilia es un caso como el siguiente, que narra El Mundo, de la Habana:

«En el hospital número 1 se presentó ayer la parda Dolores Hernández, la cual fue curada de una extensa herida en el brazo izquierdo, de pronóstico menos grave. Según afirma la lesionada, se produjo la herida en el brazo al pisar casualmente un clavo.»

Ese clavo es el honor de la Cecilia, la cual si no mereciera ir a la guillotina por asesina, lo merecería por cursi.

¡Haber matado por su honor, y, además, dejarse coger en Puigcerdá!

Puede resultar cierto que a la Bompard, cuando salga de la cárcel, le ofrezcan villas y castillos; pero la Aznar, si saliese de presidio, ya se contentaría con tres pesetas.

Y, aun así y todo, tendría que volver a Puigcerdá en busca de embutidos.

El amor…

El amor en París, el amor pintado a brochazos por Goron, ex—prefecto de la policía francesa: amoríos de meretrices y chulapones asesinos, de degeneradas aristócratas y horteras de almacenes, de señoras burguesas a caza de transeúnte, de viejos sádicos y niñas incipientes, el amor monstruoso de los Eyraud, el amor inmundo de los Kat, el amor unisexual de las Siller, el perfumado amor de los palacios y el pringoso amor de las bohardillas, toda la lira del amor parisien, vibrando y culebreando sin cortapisas en el folletín de un periódico que lee todo el mundo. Y París podría exclamar si quisiera: —¡Ay Goron, cómo me has puesto!…

Una sola vez he visto a Goron, y le vi en el apogeo de su fama de policía a lo Javert, cuando se refería de sus ojos de lince que escudriñaban las entrañas de cualquier criminal, por negras y profundas que fuesen; y en verdad que me pareció, por lo que toca al físico, tan pequeñín como anodino.

Como escritor, es uno de tantos franceses artistas en saber narrar, noveladores por temperamento, que tienen el arte de amenizar los hechos más prosaicos de la vida. Su obra es interesante, y se la arrebatan lectores y lectoras, así la princesa altiva como la que pesca en ruin barca del Sena.

Pero en la obra de Goron, a juzgar por los folletones que van publicados, hay una trampa, que importa señalar, y que consiste en dar por amorosos ciertos procesos que no tienen que ver con el amor en París, o que, caso de tenerlo, se refieren muy por incidente al amor mismo. Claro que en todos los hechos de la vida hay que buscar la mujer, porque siendo ésta mucho mejó que er comé, según se decía en una parodia de Don Juan Tenorio, no hay guisado de liebre sin liebre. Pero las narraciones de Goron estarían mucho más en punto de caramelo si haciendo él caso omiso de historias e historietas que sólo per accidens se relacionan, cuando se relacionan, con el amor, hubiérase limitado a discurrir sobre las que per se refieren el amor, como elemento esencialísimo de las mismas, en cuyo caso no se halla ni con mucho el crimen de Eyraud y Gabriela Bompard.

De paso en París para Southompton, a cuyo puerto fuí a embarcarme, no recuerdo con qué fin, aunque no llevaba ningún muerto en el equipaje, presencié la profundísima impresión que se apoderó de París por la siniestra novedad de que un asesino hubiese metido un cadáver en un baúl. Rehecho éste con los pedazos del mismo, encontrados en un campo de los alrededores de Lyon, fue imitado por orden de Goron; el baúl imitado se expuso en la Morgue, a donde fue procesionalmente, a ver si lo reconocía, todo París, y yo mismo, aunque enemigo de tales espectáculos, entré en el anfiteatro, a empujones por entre una muralla de carne humana, para llevarme el gran susto, porque el baúl se daba un aire de familia a otro que yo había visto en casa de uno de mis parientes.

Por entonces se admiraba el «valor» de Eyraud y de Gabriela, y esas admiraciones malsanas han renacido en el pintoresco relato que Goron hace de aquel crimen, cuya esencia no fue el amor, como tampoco fue el amor la causa determinante del crimen de Anastay, aunque Goron lo incluye en los crímenes por amor.

Sobre este último crimen puedo precisar más que sobre el crimen de Eyraud y Gabriela Bompard, porque quiso la casualidad que yo conociera y tratara a Magdalena González, querida de Anastay, a la que fuí presentado por mi amigo Arzubialde, hallándonos reunidos en el despacho telegráfico del Grand Hôtel.

—¿Ve usted esa mujer? Puede serle útil para una crónica. Es Magdalena González, exquerida de Anastay. ¿Quiere usted que se la presente?

—Y al asesino también, si usted quiere —le contesté.

Un rato de charla en el café de la Paix, y Arzubialde se marchó «para que yo confesara a Magdalena.» La confesé y… la absolví.

Con los interesantísimos detalles que me dio Magdalena hice una crónica para un popular periódico de Madrid, el cual no la publicó, porque mientras un Goron abre las más recónditas alcobas en el folletón de un periódico tan popular como el Journal, el escritor español que hubiera deseado escribir del crimen de Anastay, habría tenido que hacerlo en estos términos:

«Corre o no corre el rumor de que se ha cometido o no se ha cometido en París un crimen, que acaso no lo resulte, perpetrado por un tal Anastay, de quien se asegura, sin que nosotros nos hagamos responsables de la noticia, que tiene relaciones non sanctas con una compatriota nuestra que se llama, según se dice, Magdalena González, o no Magdalena González».

En dicha crónica referí que ni Magdalena González había estado enamorada de Anastay, ni Anastay de Magdalena, habiendo servido ésta de ocasión para que el asesino desarrollase las cualidades que su cerebro enfermo guardaba en estado embrionario.

Aparte del indicado reparo, que me parece muy justo, el Amor en París es, por más de un concepto, obra notable, que revela talento literario en el autor, como también que si es cierto, según dijo un poeta, que duerme un cerdo en el corazón de cada hombre, no es menos verdad, en la generalidad de los casos, como lo prueba el creciente interés demostrado por el público, que duerme un Eyraud en el cerebro de cada hombre y una Gabriela en el corazón de cada mujer…

Yo hablaba anoche con una rubia que iba al baile de la Ópera, rubia idealmente rubia, belleza de nieve y aurora, carita de biscuit, campo de lilial blancura iluminada por el grisáceo fulgor de los ojos, que son como los de Wanda de Boncza; aprisionadas las turbadoras formas en raso azul pálido, guarnecido de lentejuelas de plata, con ramo de violetas haciendo zig—zag sobre el corazón; como perlas de moda, las que se descubrían por entre los rojos labios; como corona de oro, la cabellera rubia… Y hablando de cosas indiferentes, la seráfica criatura, que parece un angelito, me dijo de pronto:

—¡Pero qué interesante Gabriela Bompard!…

Y me despedí cortésmente, porque no me seduce la idea de que me lleven a Lyon metido en un baúl.

«Record» inadmisible

Después de la muerte del niño Borone, pelado vivo por una enfermera del hospital Trousseau, y de la muerte de la señorita Devant, ocasionada por una lavativa de cloruro de zinc que otra enfermera le puso por echarla una de miel, parecía que íbamos a entrar en una era de tranquilidad domiciliaria garantizada por las escuadras de Toulon. Pero la tentativa de asesinato perpetrado en la persona de la señorita Kolb, cortesana de oficio, ha venido a turbar la paz pública.

Si Eduardo Smith, que así declaró llamarse el asesino, fuera tan práctico como dice la Prensa, hubiera dejado su tentativa para otra ocasión. Con ser compatriota de los acaparadores de Fashoda, ya tiene bastante un hombre para que París desee que le lleven a la guillotina.

Por otra parte, París, que adora a sus cortesanas, se enfada con cualquiera que las maltrata. Si quien las maltrata es extranjero, el enfado se transforma en furor. Y si el extranjero es inglés, todo el mundo quiere cortarle la cabeza.

En el caso de ahora hay otra circunstancia agravante para el asesino: la señorita Kolb es una cortesana coronada por el éxito. Tiene renta y más de un millón de francos en alhajas. Tiene carruaje propio, caballos, automóvil. La casa que habita en París, asombrosa por la riqueza de sus tapices, es de «un lujo inaudito», según cuentan los que la visitaron. En el campo, cerca de París, tiene un nido para pasar el verano. Sus relaciones son «con gente muy seria»: magistrados, senadores, banqueros, un general… Ha conseguido casar a su hija con un señor dignísimo. En fin, que dan ganas de meterse uno a cocotte.

Una cortesana de tanto fuste y recámara es, naturalmente, una gran señora, sumamente respetable. La vecindad la venera. El comercio está encantado con ella. París la mima, porque es una fuente de riqueza pública.

El compatriota de Kitchener, si bien no quiso matar, sino «aturdir», a su víctima, según declaración que hizo, confirmada por la misma escena del crimen, está irremisiblemente perdido. A su calidad de inglés ha añadido una insolencia de lenguaje inusitada en los ladrones y asesinos franceses, que son muy finos.

«Basta de conversación —ha dicho.— En Inglaterra, cuando se sorprende a un asesino con las manos en la masa, se le ahorca. ¡Haced como en Inglaterra! Llevadme a la guillotina. Pero basta ya de discursos.» Y más insolente aún ha parecido su negativa a aceptar defensor que no esté nombrado por la Embajada inglesa…

Antipático en todo a París, lo es hasta en el procedimiento homicida de que se valió para «aturdir» a la cortesana. Tapándose la cara con denso velo, como si fuese la dame voilée enviada de Londres por Esterhazy, trató primero de aturdirla a golpes con una especie de calcetín lleno de arena. Después, con una bola de acero envuelta en una corteza de mandarina, que llevaba sujeta al codo con una goma.(¡Decididamente, la tomó por una vaca!… ) Y cuando la Policía entró a perseguirle, estaba en el tocador curándose tranquilamente una herida que se hizo él mismo.

«Estos instrumentos —dice, escandalizada, la Prensa— no se habían usado en París.» Empleados por un asesino inglés, puede que lo imiten los asesinos franceses; y ahora que la Prensa patriota ha levantado una cruzada contra las telas homspum, los Box Driving Coat, los Kersey y el color «ostra», importado últimamente de Londres, molesta que venga un inglés a ensayar asesinatos dando cogotazos con bolas sujetas con elásticos al codo. Es un record que no admite el chauvinisme.

Cada país tiene sus costumbres. El que quiera matar en París debe sujetarse al canon establecido: cortar en pedazos a la víctima y repartirla por los portales de la vecindad…

Angelita

Tarde aprovechada la de ayer. Los aficionados a dramas pasionales, noticias sensacionales, acontecimientos trágicos y cosas raras, no perdieron los 15 céntimos de la lectura de Le Temps. Entre la luz del cielo, que empieza a clarear, y la luz eléctrica, los parroquianos de las terrazas de los cafés aparecían con la nariz pegada al texto del periódico.

Bien pudo decirse ayer que había sucesos y lectura para todos los gustos. Informaciones sobre el crimen del misterioso Smith, que se enfada cuando le dicen que no es inglés y pasea orgullosamente su nacionalidad, como si fuese honroso para Inglaterra que uno de sus súbditos intentase asesinar a cogotazos con una bola de acero; el horrible relato del martirio que Brulings dio a su hija, de cinco meses, abofeteándola «porque a las criaturas hay que corregirlas desde que nacen», escatimándole la manutención «porque él no quería mantener un ogro», metiéndole en la boca corteza de pan mojado, echándole una jarra de agua fría a la cabeza y terminando por rompérsela con la misma jarra; la historia de los amoríos de la señora Frieedda Englander, esposa divorciada del subdirector de la Agencia Reuter en Londres, con el comerciante Ernst, que la mató y se suicidó; la estupenda noticia de que el yanqui Tesla, inventor de un disco mágico de ocho pies de diámetro, teniendo en el centro un electrodo de 7 pulgadas se compromete, ampliando su aparato, a turbar el equilibrio magnético del planeta terrestre y a sacudir el planeta Marte; otra noticia de origen americano, la adoptación del Luger para el ejército, revólver que dispara 116 tiros por minuto; el telegrama que da cuenta de la huelga de los médicos de Leipzig, los cuales, a consecuencia del funcionamiento de las «Cajas de enfermos», no cobran más que dos perras chicas por visita; en fin, para que de todo hubiera en la viña de Le Temps, apareció un español herido y corriendo por la escalera de un hotel de la calle Richard—Lenoir.

Hay que reconocer que los tenorios que España envía a París no dejan muy bien puesto el pabellón. Por lo menos, no pueden alardear de afortunados.

No hace aún mucho tiempo que conté la tragedia del pintor español que suicidóse por una meretriz, a quien dio por muerta de un tiro, lo que no impidió que a la noche siguiente hiciera ella ronda en la plaza Clichy, vigilada por su chulapón, y ayer le tocó la china a otro artista español, escultor y catalán, que también vivía con una meretriz…

Claro que sobre gustos no hay nada escrito; pero verdad es que no resulta muy decoroso que muchos de nuestros violinistas, pintores, escultores y poetas, aparezcan del brazo de una meretriz en la Prensa de Europa. En la Metrópoli de los amores fáciles, en una ciudad poblada de tantas costureras, sombrereras, confiteras, obreras, en fin, que no piden más sino que las ayuden un poquito, «porque es costumbre en París», según dijo recientemente una de ellas al Jurado; en la villa de las Mimís y de las Pompón, bonitillas, elegantes en su pobreza, instruidas, espirituales y tan alegres, es realmente extraordinario que españoles en general, y el artista español en particular, tengan decidida vocación a echarse novia en la clase de las más infelices mujeres, encanalladas hasta la coronilla, a quienes espera el chulo —un chulo de un género desconocido en España, porque es asesino— para recoger las sobras del pot—au—feu y las pesetas del español… Narrando este caso de tenoritis, dice la información:

«La amorosa pareja se veía turbada por las escapatorias de la mujer; pero el español y la cortesana vivían en bastante buena inteligencia.»

No sólo por eso era héroe el artista, sino también porque el temperamento suicida de la mujer con quien estaba le tenía con el alma en vilo.

En efecto, Angeles Lefevre le hablaba constantemente de suicidarse. Le decía:

«Mira; me voy a tirar por la ventana.»

O bien:

«¿A que me tomo este tazón de vitriolo?»

Un nido así debía de ser un encanto. El artista estaba en el caso de decir a su cónyuge morganática:

«Pues mira, hija, vete a otra parte a darte el jicarazo. Porque no estoy subvencionado por la Funeraria.»

Pero la decía, bonachón:

«¡Qué cosas tienes, Angelita!»

Y la Angelita no se limitó a quitarse de en medio, sino que quiso llevársele a él por delante, no por amor, por sport macabro, probablemente. Ya que voy a matarme —se decía ella—, también escabecharé de paso a este buen hidalgo que está roncando como un bendito a mi vera.

El artista, «despertado a tiros», sintiendo «dolor de cabeza» (¡como que su Angelita le había metido dos balas!), salió de estampía, en situación lamentable, «bajando la escalera en camisa, pidiendo socorro y entrando como una tromba en el cuarto de un amigo suyo». Y hoy ha salido, también en camisa, a pasearse por la Prensa de París. ¡Una notoriedad en faldetas! ¡Una verdadera escultura! Y un ecce homo…

No. A mí no me digan que esas tenoriadas tienen gracia y tal. A lo sumo, tienen una gracia que hace llorar…

Y esos señores tenorios de Barcelona (que es bona en París si la bolsa sona), no tienen siquiera la disculpa de haber tropezado con una Dama de las Camelias o con una Manon Lescaut. No van a redimir cautivas. Sus amantes, con escapatorias, no son Magdalenas arrepentidas. Son meretrices por toda la vida, porque nacieron para serlo; meretrices que dan de comer a un souteneur a cuenta de lo que las da un hidalgo.

Y cuenta que esto es lo mejor que puede pensarse de D. Juan Tenorio en el asfalto parisiense…

Por una madre

Para Eusebio Blasco, donde se halle

Distinguido compañero y finado:

El hecho de que usted haya pasado a mejor vida, que, cualquiera que sea, tiene que ser mejor que la de cronista en España, no puede impedir que me cartee con usted.

Para mí sigue usted, por su ingenio, tan vivo como antes —y esto no lo digo por su fallecimiento; puesto que en libros y periódicos reconocí y aplaudí ese ingenio en vida de usted,— y como solía usted, con no escasa fortuna, echar peticiones a altos Poderes —con quienes ni me he carteado ni me cartearé en mis días,— me ocurre que puede usted hacerme el favor de trasladarles lo que pienso en este momento patibulario de ovaciones a la Gabriela Fenayrou y a la Gabriela Bompard.

Nadie mejor que usted, que vivió tantos años en París, puede recordar los crímenes cometidos por las dos Gabrielas. Pero, por si acaso, voy a refrescar con dos datos la memoria de usted.

He aquí, según Le Matin, la actitud de Gabriela Fenayrou en el asesinato de su amante Aubert: «Fenayrou sale para Chatou en el tren de las siete y treinta y dos, mientras Gabriela, respondiendo a inexplicable sentimiento, espera la hora de la cita rezando en la iglesia de Saint—Louis—d'Antin.

Cuando Aubert y Gabriela llegan a la villa, todo está silencioso y en tinieblas. Ella abre la puerta.

—¡Oh! ¡Oh! —exclama él.— Aquí huele bien; pero todo es misterioso… Tú sabes, Gabriela, que no me gustan las aventuras.

—¡Entra! —dijo ella, impaciente, empujándole hacia el vestíbulo.

Entró, y Fenayrou, oculto en las tinieblas, con un martillo en la mano, se tiró a el, asestándole el primer martillazo. Aubert cayó, casi aplastado; pero siendo muy vigoroso, pudo levantarse y trabar una lucha con su agresor, mientras Gabriela huía al jardín. Luchando cuerpo a cuerpo, los dos hombres voltean varias veces el salón. La obscuridad es profunda. El martillo, ciego, pega en el vacío.

—¡Gabriela! ¡A mí! ¡Luz! —grita el asesino.

Acude Gabriela: va a la chimenea; enciende una vela. Fenayrou, extenuado, parece que no alienta.

—¡Miserable! ¡Miserable! —grita ella, dirigiéndose a Aubert.— ¡No faltaba más sino que matases ahora a mi marido!

Agarrándole por los hombros, le echa atrás, mientras el martillo de Fenayrou cae sobre él por última vez.»

De Eyraud, en la Audiencia:

«A eso de las ocho y media, Gouffé llama a la puerta. Gabriela Bompard le abre.

—¡Hola! —dijo él, entrando.— Muy mono tu nidillo.

—Sí —repuso ella.— Aquí me divierto. Mi amante lo ignora. Por lo demás, estoy reñida con él. Me aburre con sus historias de deudas.

Y, poco a poco, lleva a Gouffé al sofá. Gouffé empieza a acariciarla, a desabrocharla. Coge entre sus dedos la cuerda blanca y azul que lleva ella enroscada alrededor del talle.

—Es bonita —observa él.

—¿Verdad? —responde riendo Gabriela.

Y se la pasa alrededor del cuello.

—¡Qué bonita corbata te resulta!…

—Ya está —pensé yo, viendo lo que había hecho Gabriela, y salí de mi escondite para saltarle a la garganta a Gouffé. Pero vi que estaba muerto. Gabriela lo había estrangulado.

Al volver de registrar infructuosamente la oficina de Gouffé, Gabriela y yo enganchamos el cadáver a la polea para poder deslizarle con más facilidad en el saco. Yo lo colgué. El cadáver pesaba demasiado. Gouffé volvió a caer al suelo.

—Me parece —advirtió Gabriela— que no está muerto. Juraría que le he visto abrir los ojos.

Entonces volvimos a colgarlo. (Sensación).

Deslizó a Gouffé en el saco de tela que hizo Gabriela y lo echó al fondo del baúl. Y Gabriela quedó allí, con el cadáver, mientras yo fui a dormir al hotel.»

Pocas aventuras tan siniestras como la de Gabriela Fenayrou, urdiendo uno y otro día cartas amorosas para atraer a Aubert a la emboscada que le preparó. Ninguna aventura tan siniestra como la de Gabriela Bompard, cosiendo uno y otro día el saco de tela que había de servir de sudario a Gouffé. Y estas dos mujeres han paseado ayer tarde por los bulevares de París festejando el Grand Prix…

Nuestra Fenayrou y nuestra Bompard es la Cecilia Aznar. Atrasados y toscos en todo, nuestras criminales matan con planchas, al tuntún, sin preparar emboscadas, ni escribir cartas sutiles, ni coser sacos de tela, ni dormir amorosamente a la vera de un cadáver encerrado en un baúl, ni viajar con el cadáver llevándolo de equipaje.

No creo, amigo Blasco, que la labor patibularia de la Cecilia tenga punto de comparanza con la labor patibularia de las Gabrielas, aunque no se admita ninguna de las circunstancias que la Cecilia alegó en su defensa.

—Ha salvado a la Bompard —dije yo, comentando su suerte— la proverbial cortesía de los franceses. La guillotina no es ya instrumento tosco y brutal en manos de hombres soeces y sanguinarios. Es atributo de ley en poder de hombres cultos e inteligentes, pulimentado y embellecido en su forma, invisible la cuchilla, que no ha querido salir al encuentro de una cabeza femenina. Ha salvado a la Bompard la cortesía de la guillotina moderna.

Siquiera por una vez, y con una mujer española, el garrote podía ser cortés… Es una indicación sin pretensiones y sin miras interesadas. No soy de los que están enamorados de la Cecilia Aznar. No la conozco, y seguramente no la conoceré. No podría yo, además, tener un coloquio voluptuoso con una moza que puede plancharme, como no lo tendría tampoco con la Gabriela Bompard, porque la idea de que me metan en un saco de tela me estremece. Mi valor, harto probado en los campos de batalla, no llega a tanto. Yo no aceptaría nada de la Cecilia, ni siquiera la plancha para hacerme un alfiler de corbata.

Lo que hay es esto: que al saber yo que andan por ahí las dos Gabrielas; que la casualidad puede dar lugar a que me siente a su vera en el café, en el restaurant, en el teatro o en cualquier otro sitio público; que si despido mi casa puede ocurrir que entren a verla las dos Gabrielas y hablen con los míos sobre precio y condiciones, y que estoy obligado a llamarlas señoras y a ser circunspecto y respetuoso con ellas, pienso que podríamos hacer algo por otra delincuente, inmensamente menos culpable, no para que salga a zarandearse por la Puerta del Sol, aprovechando los efectos de una publicidad lúgubre, sino para que no arroje la ennegrecida lengua a los curiosos malsanos del campo de Guardias.

En ningún país del mundo tiene la mujer menos consideraciones que en España. Ya que imitamos a París en tantas cosas, generalmente nocivas, imitémoslo en salvar de la afrenta y el dolor del patíbulo a una mujer que es española y madre.

Pídalo usted, amigo Blasco. Yo no me atrevo a pedirlo, porque temo que la agarroten dos veces; una por ella y la otra por mí…

Navajazos y navajeros

La sangrienta aventura que ha corrido nuestro compatriota Ivón —que no sé cómo siendo español pudieron ponerle semejante nombre en la pila bautismal, ni cómo ha podido seguir llamándose así durante veinticinco o treinta años— probará una vez más a los incautos mancebos que París no es Madrid y que la place d'ltalie no es la puerta del Sol.

Como no hay gentes que se den peor fama que los españoles, resulta que nosotros mismos hemos circulado en París la burda especie de que por un quítame allá estas pajas empalmamos la navaja y le tiramos un viaje al mismísimo lucero del alba, y París cree —o creía, porque ya se va convenciendo de lo contrario— que somos unos matadores atroces. Luego viene un Ivón a darse un paseo por los bulevares, se corre hasta la place d'Italie, los apaches le dan quince navajazos y la policía se lo lleva al hospital para que le hagan la operación de la laparotomía. En una semana, en una sola, París da más navajazos que toda España, a pesar de lo cual continuamos con la fama de navajeros.

Los Ivones recién llegados se exponen a morir porque no hacen caso de las advertencias de los periodistas españoles que residen en París. Cuando llegué, hace diez años, a esta villa —luminosa, exceptuando parajes como la place d'Italie, que está como la boca de un lobo,— y di con el saco de mi ropa y con el saco de mis huesos en el bulevar Montparnase, porque está cerca de la oficina que por entonces tenía M. Garnier, alguien me advirtió que era muy expuesto trasnochar en la Avenida del Maine, en la avenida de Orleáns y en otras calles contiguas a dicho bulevar. Acepté de mala gana la idea de tropezarme de noche a los apaches, después de haber sufrido de dio al editor Garnier, y una vez, hablando con otro amigo mío, Constantino Román, y con otro que no he de nombrar, por lo que luego se verá, pasó a la vera nuestra una rubia, muy rubia y muy chula. El amigo que he nombrado se puso en movimiento, arrastrándonos a Román y a mí, en persecución de la rubia, que yo hubiera abandonado de buena gana, no sólo porque seguramente era una rubia más, sino también porque iba metiéndose en callejas tan laberínticas como obscuras; y así llegamos a la calle de Vanves, hizo alto la rubia, desapareció como por escotillón en la planta baja de una taberna, y momentos después salieron de allí una docena de bandoleros con casquetas altas y blusas azules…

¡Y, naturalmente, nos interpelaron! Contestéles algo, no más que por dejar bien la negra honrilla, y acto continuo emprendimos una retirada práctica, con método y no exenta de decoro y desenfado. Desgraciadamente, hubo una víctima que lamentar. Al salir de la calle, sin prisas, para que no se dijera, pero con un canguelo horroroso, Román y yo notamos la ausencia de nuestro compañero. El infeliz se había detenido en el lugar de siniestro, de palique, y pidiendo no sé qué explicaciones a los apaches, quienes, tratándole con singular desdén, se limitaron a darle unos coscorrones horrorosos con unas bolas de hueso. Para despedirlo largáronle, además, un puntapié, y el hombre nos dijo a Román y a mí:

—Esos tipos, con tanta fama, no valen na. Si les doy yo, con la fuerza que tengo, los puntapiés que me han dado a mí, ¡los hago polvo!…

No, no somos tan asesinos ni tan terribles como cuenta la fama, y prueba de ello es que el desgraciado Ivón, sin un arma cualquiera para defenderse, se arriesgó a pasar, a hora avanzada de la noche, la peligrosa plaza de Italia.

Por supuesto que igual resultado habría tenido aunque hubiese llevado a cuestas una armería. Porque los otros, asesinos de condición, y por tanto cobardes, eran, como de costumbre, ciento y la madre. Los italianos, que son muy previsores, van en patrulla por esos sitios, y con ellos no hay caso… Porque ninguno necesita hacer picadillo a la víctima como los apaches a Ivón. El italiano no da más que una puñalada. Y basta…

La Cabeza parlante

Desde que M. Goron dejó de ser prefecto de la policía de París, se ha convertido en pitonisa, cuyos oráculos son muy celebrados por algunos periódicos para quienes el exprefecto que dejó escapar a Eyraud y Gabriela Bompard hasta San Francisco de California —de donde no hubieran vuelto a París sin los amoríos de Gabriela con Garangé y sin los delatores celos de Eyraud— es el «non plus ultra» de una competencia y habilidad que a Gabriela Bompard, en conversaciones conmigo, la ha hecho reír con toda la barriga.

Cada vez que ocurre en París un acontecimiento relacionado con la gestión de la policía, dichos periódicos piden parecer sobre el mismo a M. Goron, quien no se hace de rogar en darlo para que se exteriorice en letras de molde…

Así, ahora, con motivo de las siniestras aventuras de los apaches de la «banlieue» de las cuales hablé recientemente, M. Goron, solemne, ha dicho:

«El aumento de la criminalidad en Francia se debe a que se aplica poco la pena de muerte, de la cual soy partidario acérrimo.»

Precisamente hay pocos países donde se aplique más, al extremo de que después de residir largo tiempo en París, máxime si se reside en sitios donde merodean apaches, siéntese uno atraído a la guillotina y espera recibir de un momento a otro la noticia de que va a ser decapitado.

Como si la magistratura hubiera querido complacer a M. Goron, ayer mismo fue guillotinado en la cercana Orleáns un tal Languille, culpable de asesinato.

Y ahora va usted a ver cómo se ha realizado la ejemplaridad tan ensalzada por M. Goron, de la pena de muerte.

Cuando las autoridades, a las tres de la madrugada, le fueron a participar a Languille la grata noticia de su descabezamiento, estaba el reo jugando a la brisca, y, al verlos venir, les dijo:

—Entren ustedes, caballeros. Ya me figuraba yo que vendrían hoy, y para no hacerles esperar, me levanté tempranito y me vestí. Estoy, pues, a sus órdenes.

—¿No tiene usted miedo? —le preguntó un magistrado.

—¿Miedo?… . «De qué?… » Yo no tengo miedo a nadie ni a nada.

Está tranquilo, sereno, espantosamente calmoso. Se viste minuciosamente y sin el menor apresuramiento.

—A la disposición de ustedes, vuelvo a decir.

Un ayudante del verdugo quiere acompañarle.

—No se moleste —le dice, muy fino.— «Conozco el camino.» Ya sé donde me espera el verdugo… A éste:

—Estoy a tus órdenes.

Y a los acompañantes:

—¡Qué pálidos están ustedes!… ¿Qué les pasa?… ¿Tienen miedo?…

Luego le dan una copa de cognac y, saboreando el líquido, aprovecha la ocasión para echar un «toast» a lo Kaiser:

—¡A la salud de ustedes, señores!… La sociedad…

La multitud le interrumpe el discurso gritando, como M. Goron:

—¡A muerte!… ¡A muerte!…

Y Languille, volviéndose despreciativamente:

—¡Montón de aldeanos piojosos, bah!

Deibler, hijo, lo descabeza. El doctor Beauvien coge la ensangrentada cabeza, y por dos veces le grita al oído:

—¡Languille!… ¡Languille!…

Y por dos veces se abren los ojos de la cabeza muerta y miran alrededor suyo…

El público se dispersa exclamando, a pesar suyo:

—«¡Era un valiente!»

Y esta mañana, al leer los precedentes pormenores, recogidos y relatados por la Prensa, temblaban de emoción y entusiasmo muchas mujeres, cuyos corpiños escotados, que dejan al desnudo sonrosadas nucas, parecen indicar que el verdugo las ha hecho la última «toilette», que precede a la subida al triángulo de la guillotina!

Crímenes al peso

Está demasiado reciente, para que necesite recordarse, el martirologio del niño Luis Feystag. Todavía se le ve sacar del bolsillo de su raída chaqueta los dientes que su verdugo, Eugenio Guerin, le hizo saltar a bofetadas. Aun se le ve, famélico y sediento, en la mesa de un restaurant rechazar por orden los platos y las bebidas que le brindaba el camarero que servía la mesa a Eugenio Guerin, y todos le recuerdan escribiendo por orden a su «buen papá», dándole gracias por los malos tratos que le hacía sufrir y ofreciéndole defenderle con su cuerpecito, lleno de horribles llagas, si alguien le atacaba en la calle. «Yo me pondré delante —escribía el niño— para recibir los golpes.»

Por todo ello, Eugenio Guerin ha sido condenado a ocho meses de prisión. ¿Nada más? ¡Nada más!

El doctor Garnier, dictaminando sobre el caso, dijo en la Audiencia:

«Los actos que se censuran a Guerin fueron cometidos bajo el imperio, no de una impresión patológica, sino de una cólera vengativa en un hombre de carácter excepcionalmente susceptible, excitable, despótico y violento, con un fondo de cosas raras que le transforman en un anormal, en un desequilibrado.»

Milagro que no lo absolvieron… ; y cuando salga, dentro de ocho meses, si no antes, de la cárcel, no rezará con él eso que se llama estigma social, porque… «angelitos al cielo», y el que martiriza y mata a un niño no comete un crimen execrable ante la actual sociedad. Ese mismo Guerin estuvo anteriormente en prisión por haber martirizado otro niño, y la sociedad no sólo no lo estigmatizó, sino que le confió la guarda y custodia de otros angelitos.

El paradójico Óscar Whilde, condenado a una pena terrible, a dos años de hard labour, no encontró, al salir de presidio, una tierra piadosa donde pudiera vivir sin que le escupiesen al rostro el desprecio público; y cuando resolvió marcharse de todas, y se fue de un tiro de revólver, los amigos misericordiosos que tuvieron el valor de querer acompañarle al cementerio salieron de estampía por una bocacalle, dejando solo al muerto, porque la vecindad los veía y cuchicheaba…

Sin embargo, Óscar Whilde pudo, con perfecto derecho, decir a la sociedad:

—Yo, señora, he cometido una falta, un delito o un crimen, como usted quiera llamar a lo que he hecho. Usted, ejerciendo su potestad por conducto de un Tribunal ad hoc, me condenó al máximum de pena; me afeitaron la cabeza, me obligaron a destrozarme las manos haciendo cáñamo y a tirar de una noria. ¡Toda mi poesía fue a parar a una alcantarilla! Perdí el honor y también la fortuna. Pero ahora, extinguida mi pena, expiada mi culpa, yo debo ser una persona como otra cualquiera, porque no se puede imponer dos penas por un mismo delito. La única diferencia que existe entre la multitud y yo es que yo soy un gran poeta y la multitud se compone, generalmente, de grandes burros.

Gabriela Bompard, juzgada y condenada, pasó catorce años en prisión. Hubiera estado allí más tiempo si su ejemplar conducta no hubiera conmovido al presidente de la República. Al volver a la libertad y a París, la sentenciada de hace quince años deseaba un trabajo cualquiera, una ocupación, en cuyo desempeño pudiera seguir la conducta que observó en Clermont, un pan en el olvido de sí misma y de su historia… Pero la sociedad la dice:

—¡Ah, no! Para tener trabajo y pan necesitas hacer de pequeño monstruo; que se te vea en sitio muy visible, y que recuerdes lo pasado con frases ad hoc para excitar curiosidades malsanas; someterte, en fin, a un suplicio mil veces peor que la prisión donde purgastes tu crimen.

Y los mismos que iban a verla se lo callaban, una vez satisfecho el deseo de atisbarla de lejos, y salían a hurtadillas del establecimiento, como si hubiesen cometido un crimen.

—Es el estigma social —arguye el vulgo.

¿Pero dónde está ese estigma para los Guerin, martirizadores, uno y otro día, de indefensas criaturitas?

Es que en nuestra sociedad, positivista, pesa mucho más —como que tiene más carne y más hueso— un alguacil gordo, como Gouffé, que un niño flaco, como Luis Feystag. Los crímenes, como todo, se juzgan al peso…

El Whisky, asesino

A los alcoholes, como a todo, es aplicable el vulgar dicho de que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Los médicos franceses y las Sociedades de temperancia han declarado guerra al ajenjo, achacándole toda clase de crímenes, locuras y enfermedades. Para dichos médicos y Sociedades el ajenjo tiene la culpa de todo lo malo que ocurre en Francia, y cuando hablan del veneno alcohólico se refieren siempre al ajenjo, haciendo abstracción de todas las demás bebidas que gasta el público.

No voy a poner cátedra en defensa del ajenjo. No lo bebo, no por virtud del espíritu, sino por repugnancia del paladar. El ajenjo es una especie de pintura, y a mí no me ha dado todavía por pintarme las tripas. Recién llegado a París, oí decir que el ajenjo tenía la virtud de producir ensueños y transportes. Alfredo Vicenti es testigo de que yo, en aquella época de mi agradable vida, tenía muchas ganas de transportarme; tantas, que de buenas a primeras me transporté de la Redacción de El Globo al bulevar de Montparnase, y ya en París hubiera querido transportarme a Madrid, volver a ver la Redacción de El Globo, con una ventana a la calle, por donde solía pasar una mujer muy guapa, que tenía aficiones literarias; enterarme de cómo iba la campaña que por entonces hicimos contra un señor Ceballos, o Caballos, no recuerdo bien, que hacía de representante de la Sociedad titulada de Padres de familia, y ver a Vicenti en su sitial, como Carlomagno en su trono, por lo tieso y correcto, aunque tristón y archiaburrido.

Por eso bebí ajenjo; pero el resultado fue negativo, y en vez de transportarme a Madrid me transporté a un lugar del cual no quisiera acordarme, bien que por fuerza lo recuerdo diariamente…

Quedé plenamente convencido de que el menjurje denominado ajenjo es una de las muchas porquerías que beben los franceses, maestros en el comer y doctrinos en el beber. Pero poco a poco me fuí convenciendo de que, como el ajenjo, todas las bebidas son porquerías para el estómago y engañifas para el espíritu, y que el whisky, cuya popularidad es grande en Inglaterra y Estados Unidos, donde tiene predicamento de inofensivo, es uno de los alcoholes que más perniciosamente influyen en el carácter, dándole al hombre algo así como una segunda naturaleza, de la que difícilmente puede desprenderse.

El caso del asesino Goold lo prueba. Cogidos él y su fullera mujer con las manos en la masa de la Emma Lewey, y arrestados en la cárcel de Marsella, la mujer pide con insistencia que le den whisky a su marido, y el marido, según dicen de Marsella, «no tiene más obsesión que el whisky y pide a grandes voces que le den whisky».

Sin whisky, el malo de Goold no es nadie, no tiene valor para defenderse, ni siquiera para hablar, y de fijo no lo habría tenido para contribuir a la siniestra obra de matar a una mujer y descuartizarla en un baño. Y la esposa de Goold, que conoce a éste, que sabe que sin whisky en el cuerpo es un deprimido, incapaz de matar una mosca, y muy capaz, por débil, de cantar lo del asesinato y descuartizamiento, no tiene más que una preocupación: que le den whisky, mucho whisky, que le revista de la segunda naturaleza que precisa para tenérselas tiesas ante la acusación.

El fermento del whisky —que ya circula a chorros en las terrazas parisienses— es tan nocivo al cerebro del hombre como el fermento del ajenjo. Sólo que el whisky, al menos en París, resulta caro y no está al alcance de los 15 céntimos que paga el proletariado por envenenarse con una copita de ajenjo.

No discurro como moralista, sino como catador impertérrito e impermeable. Ángela Barco y otros escritores han dicho que mi bebida favorita es el whisky. En punto a bebidas no tengo favorita… Sí he bebido mucho whisky; pero también mucha ginebra, que no es para despreciada, y otros aguarrases, no por ostentación ni por curdería, siendo así que nadie me ha visto calamocano, gracias a que todos los venenos alcohólicos se disuelven en el que llevo dentro del cuerpo…

Y, precisamente, porque he podido ejercer de espectador de curdas, tengo el convencimiento de que si alguna vez pudieran estar los intereses morales sobre los intereses materiales de un pueblo, la supresión del alcohol, de todas las bebidas alcohólicas, abriría una era de bondad y perfeccionamiento en el corazón humano…

Presión millonaria

No sé si son diez o doce las semanas que ha durado en Nueva York el proceso Thaw, todavía pendiente de sentencia a la hora en que escribo al HERALDO.

«Cada uno de los doce jurados cobra dos duros diarios; cada uno de los seis court—attendants, tres duros, y otro tanto cada uno de los seis detectives al servicio de la acusación; cada uno de los expertos científicos cobra cien duros diarios, y como son seis los expertos de la acusación, representan un gasto de unos cuarenta mil duros; cien mil duros cobrará el abogado defensor, cualquiera que sea el resultado del proceso, y si la sentencia fuere absolutoria, el mismo letrado cobraría doscientos mil duros; el abogado adjunto cobrará veinte mil duros; el secretario de éste, diez mil, y cinco mil cada uno de los otros tres abogados; los once expertos citados por la defensa cobrarán cincuenta mil duros.»

Este gigantesco proceso, por cuya audiencia han desfilado personajes, damiselas, chismorreos altos y bajos, cancanes y ofrendas millonarias, parece una asamblea de diputados, con sesiones eternas, lateras, inaguantables, y con presiones llegadas de no se sabe dónde para embrollar el asunto y retardar el desenlace.

¿Quién era White? Un millonario. ¿Quién es Thaw? Otro millonario. En la tierra clásica de los millones de duros la muerte de un White y el proceso de un Thaw no debieran haber hecho tanto ruido.

Sin embargo, la requisitoria contiene una apreciación que debe retenerse.

«Pensad, señores jurados, que si Thaw fuera un obrero de nuestros barrios bajos, en vez de ser un millonario de Pittsburg; si la Evelyn fuese una corista cualquiera y White un jornalero, vosotros juzgaríais un crimen vulgar de los que narra la Prensa en cuatro líneas de la sección de noticias.»

Yo no sé de nada más triste para una República, para la República modelo, que esa apreciación del acusador público en el proceso Thaw. Vosotros, señores jurados, estáis juzgando un crimen extraordinario, que revuelve cielos y tierra y parece inacabable como asunto judicial, porque el muerto era millonario y el vivo es millonario. Si los interesados fueran obreros, tal crimen sería vulgarísimo y el proceso hubiera durado dos o tres días.

Eso no tendría nada de particular en la Rusia de los grandes duques. En la tierra de los puritanos y de Washington es un escándalo vergonzoso. ¡Allá también la fuerza de los millones perturba y coarta la fuerza del derecho!

Por eso, sin duda, los libérrimos e igualitarios ingleses sonríen irónicamente cuando les hablan de las grandezas de sus hijos norteamericanos…

Lo Trágico y lo Cómico

Las audiencias del proceso Waddington—Balmaceda parece que manan lágrimas y sangre. Pocas veces, a juicio de los veteranos del foro, ha habido en un proceso incidentes tan extraños y desgarradores. La declaración de la señora Waddington es un acto trágico; la actitud del joven procesado, que rompió en sollozos al mirarle su madre con inmensa ternura, es una pena muy grande.

Y luego la escena, la terrible escena de ayer. Ochenta y cuatro cartas amorosas, leídas por el abogado de la familia Balmaceda; ochenta y cuatro cartas de «la mujer de fuego», como llamábase a sí misma en una de dichas misivas la señorita Waddington; cartas frenéticas, desnudas, locas de lubricidad; cartas que, según telegrafían de Bruselas periodistas parisienses, jamás las hubo tan quemantes, tan encendidas, tan pródigas en detalles íntimos.

El procesado quiere detener al abogado en su lectura horrible… Extiende hacia él un puño airado; le llama cobarde, canalla: luego, palidece, sus párpados se agitan y cae desvanecido, mientras todo el auditorio, en pie, increpa al letrado y le conjura a suspender la divulgación de tan atroces desnudeces…

Reflejadas, aunque a medias, en la Prensa, el público del domingo, público tranquilo, las contempla con curiosidad de desocupado.

Pero yo no tengo ganas de distraerme con el dolor ajeno, con las tristezas de una criatura pasional. Yo tengo ganas de reír, porque es domingo. Y leyendo incidentes del proceso, que interesa al público de París tanto como al público de Bruselas, tropiezo con este diálogo:

El Sr. Waddington (después de narrar sus desdichas de padre burlado). —Permítame usted que no entre en detalles. Pero mi mujer me hizo declaraciones que pusiéronme en estado lamentable. Mi indignación era tal, que yo hubiera matado a Balmaceda.

El presidente (sentencioso). —¡Hablar de matar! ¡usted, que tomó parte en la Conferencia de La Haya!.

Hay, pues, en el mundo, un señor que cree que las conferencias de La Haya y la carabina de Ambrosio no son una misma cosa, y que cuando un hombre ha tomado parte en una de esas conferencias, no puede tener ganas de matar a nadie. Quien tal piensa es un señor belga, gordito, mantecoso, apacible, que cuando no preside, entre bostezos, una audiencia, bebe tranquilamente cerveza rubia. Todo, pues, queda explicado.

El señor Waddington pudo contestarle:

—Las conferencias de La Haya se organizaron para tratar de resolver asuntos internacionales —ninguno de los cuales ha resuelto,— no para resolver asuntos de índole privada. Y, si usted cree que tales conferencias deben suprimir del corazón todo propósito homicida, cuénteselo usted a Nicolás II quien, después de organizar la primera Conferencia de la paz, sembró de cadáveres la Manchuria, lo cual es bastante más que haber tenido ganas de matar a un Balmaceda.

Pero el pobre señor Waddington, atento a la tragedia de su vida, mal podía hacer distingos del género cómico…

La Muleta del ajenjo

El bandido Pradines, cuya posada de Langon se conoce en Burdeos con el nombre de Posada sangrienta, por los numerosos asesinatos que cometieron en ella Pradines, su mujer Lucía y unos cuantos forajidos de la misma catadura, ha tratado de excusarse con una frase divina.

—Yo soy el mejor de los hombres —ha dicho al juez— cuando estoy en ayunas; pero si tengo una copa de más, me convierto en un demonio. ¡Maldito ajenjo!… Mire usted, señor juez; yo no comprendo que en un país civilizado no se prohíba el ajenjo, que es la llaga de las poblaciones.

El juez que entiende en el proceso de Juana Weber —por fin arrestada— ha oído decir que la ogresa bebía ajenjo y cuando se ajenjaba no tenía más remedio que asfixiar una criatura.

Casi todos los criminales dicen lo mismo:

—Yo, señor juez, soy un cordero; pero en tomando unos ajenjos me convierto en una pantera de Java, y veo rojo. ¡Maldito ajenjo!… ¿No podrá usted influir en que se prohíba? El ajenjo es una llaga social, créame usted, señor juez…

Pero el matador de la señora Enoque ha declarado, con sinceridad extraordinaria:

—J'avais pris trois absinthes avant de «faire mon coup», pour être sûr d'avoir «du coeur au ventre.»

Necesitado de hacerse malas tripas para matar a la señora Enoque, el miserable, que, conociéndose a sí mismo, sabía que estando sereno no se atrevía a matar una mosca, bebió tres ajenjos.

¿Por qué tres, y no dos o cuatro?… Muy sencillo: porque la legión de criminales natos que emplean el ajenjo para fabricarse «un corazón en el vientre» saben de antemano las dosis que necesitan. No sólo los crímenes, sino también las aventuras y heroísmos, están sujetos a dosis de ajenjo. Hay orador que necesita templarse con cuatro ajenjos; periodista a quien el artículo no le sale si no va regando con dos ajenjos las cuartillas; tenorio que precisa enardecerse con tres copitas; camorrista que lleva al terreno las armas juntamente con una cantimplora de lo verde; jugador que necesita cinco ajenjos para tener ánimo en el tapete; etc. Todos han estudiado las dosis que les hacen falta.

Con cuatro ajenjos, decía uno de ellos, no tengo bastante. Seis son mucho. Con cinco no llego a emborracharme y adquiero el brío necesario. Mi dosis es cinco, ni uno más ni uno menos.

¡Cuántos crímenes evitaría la prohibición del ajenjo! Cierto. Pero… ¡cuántas grandezas también!… Son legión los hombres públicos para quienes una botella de ajenjo es una muleta imprescindible. Sin ella no irían a ninguna parte. Y con ella van a todas partes, la cárcel inclusive…

Las Manos sangrientas…

Como mujer es ordinaria y sucia. Tiene la mirada vaga, en éxtasis; los pómulos, excesivamente pronunciados, y los labios, muy gruesos y tumbones, imprimen a la fisonomía un aspecto bestial. Frisa en la cincuentena.

Tal es la señora Dognon, acusada por el señor Dognon, mutilador y matador de su propio hijo, de monstruoso incesto… Este es uno de los casos en que la conciencia pública desea que una acusación no tenga ningún fundamento. Las gentes se dicen: «No debe de ser cierto… No, no puede ser… » Y el espíritu se deleita en la negativa.

Creamos, pues, que no; que la denuncia de Dognon es aberración de alcohólico, cuya imaginación, enferma, ha acumulado sobre la mujer de él inenarrables perversidades de sexo demente.

Aun así y todo, la señora Dognon resulta una mujer cualquiera, sin ningún atractivo físico ni moral. Ayer, desconocida, vegetaba en una guardilla. Hoy, después de la infamante acusación que se ha lanzado a su cabeza cana, es otra cosa.

«Con motivo del abominable crimen —dicen los periódicos— el señor Rieux, comisario de policía, recibe todos los días numerosas cartas de hombres que quieren casarse con la señora Dognon».

Es la repetición del caso de la señora Weber, llamada la «ogresa». Desde que la acusaron de haber estrangulado criaturas para saciar torpes apetitos de lujuria sádica, empezó a recibir cartas pidiéndole la mano —estranguladora— y uno de los aspirantes, deseando vivir maritalmente con ella, la condujo a su propia casa, en donde, agradecida, le estranguló a su hijo.

Es, a la inversa, la repetición del caso de las damas «exquisitas» que en plena audiencia mandaron cartitas amorosas a Soleilland —cuyo hermano, dicho sea de paso, ganoso de presenciar la muerte de él, pregunta diariamente cuándo le ejecutan…

¿Qué «fiebre caliente» se ha extendido por París? ¿Qué microbio lúgubre anida en los cerebros? ¿Qué atracción de imán tienen las manos sangrientas y los ojos que vieron la última mueca de la muerte en el atormentado semblante de una víctima?… Si los Dognon, los Soleilland y las Weber están muy enfermos, mucho más lo están sus admiradoras y admiradores; los hombres que anhelan tener en sus brazos a estranguladoras e incestuosas; las mujeres que sueñan con ser acariciadas por manos llenas de sangre de violaciones e infanticidios.

No es lo más triste para una sociedad el desfile de tantos Dognon, de tantos Soleilland, de tantas Weber, llevando a cuestas el fardo de sus víctimas, sino el otro desfile, el de admiradores que brindan amorosa protección a la mujer que estranguló un niño, entre espasmos de lujuria lúgubre, y de admiradoras que echan flores y besos a quien lleva, como trofeo de victoria, el ensangrentado corazón de una chicuela mártir…

¡Cómo está la sociedad!

¡Soleilland!…

No, no tema el lector que, añadiendo nuevas consideraciones a las que expuse cuando el cadáver de la niña Marta, violada y estrangulada se encontró entre piltrafas de reses en una estación, vuelva a escarbar con la pluma el repugnante crimen de Soleilland, cuyos émulos aumentan diariamente así en París como en provincias.

Mi propósito hoy es otro, y se ha de reducir a transcribir, de dos de los principales periódicos parisienses, la mentalidad del público femenino en el proceso de Soleilland, para que se vea «cómo está la sociedad».

De Le Matin:

«Asisten pocos hombres. Pero ¡cuántas mujeres bonitas y cuántas toilettes frescas! Allí están todas, las célebres y las sencillas, y algunas actrices que estaban veraneando vinieron a París nada más que a ver a Soleilland. Hay algo así como un sacrilegio en la proximidad de los pretenciosos perifollos de esas damas a los pobres trapitos ensangrentados de Marta, expuestos en una mesa como piezas de convicción.»

«El procesado es objeto de todas las curiosidades femeninas. Helo ahí, en plena luz. El monstruo, el sátiro, es muy joven, bien formado, de cara que inspiraría simpatía si no se recordase su crimen, de rasgos regulares, casi bellos, con la nariz recta, la boca bonitamente dibujada bajo el arco de juvenil bigote rubio, la cabellera bien puesta, el peinado correcto, elegante casi. Hasta su singular estrabismo, la divergencia crómica de sus ojos, verde el uno, negro el otro, añade algo al singular encanto del personaje. En el público femenino, encantado y decepcionado a un tiempo mismo, hay un murmullo de asombro y un escalofrío chocante.»

«A veces, durante la audiencia, se destaca el grado de resistencia que ha alcanzado en nuestra sociedad moderna el antiguo pudor tradicional del sexo opuesto al nuestro. Las damas de la concurrencia no se han cubierto siquiera con la hipocresía del abanico. No se pensó en que la vista pudiese ser a puerta cerrada. ¡Y eso que se dijeron cosas de mucha punta! Pero no molestaron al público femenino, quien se limitó a subrayar con risas, apenas discretas, las enormidades que oía. Sólo los hombres mostraban cierto embarazo y bajaban discretamente los ojos, temiendo encontrar las miradas de las mujeres.»

De Le Journal:

«Estaban allí señoras de magistrados, señoras de altos funcionarios, señoritas, actrices: la señora Pierrat, de la Comedia Francesa; Margarita Caron, del Vaudevillle; Magdalena Carlier, del Odeon: Addey, absuelta en el asunto Merlou; las señoritas Ritter, Ivonne, Maellec, Milo d'Arcylle, Lucienne Guett, Ivonne Deroy, etc.»

Como el letrado defensor hablara de la locura de Soleilland, el abogado general hizo una frase que produjo una explosión de risas:

¡Aquí —dijo— todos somos locos!… »

… Recordémoslo:

Sólo los hombres mostraban cierto embarazo y bajaban discretamente los ojos, temiendo encontrar las miradas de las mujeres.

Inconvenientes de dedicarse los hombres a ir al mercado, aderezar la ensalada y sacudir el polvo con los zorros, mientras las mujeres, pletóricas de iniciativa y de energía, trabajan los negocios públicos.

Al paso que van, serán ellas quienes digan:

—¡A Berlín!… ¡A Berlín!

De «indecentes exhibiciones judiciales» califica Le Gaulois, con todo de ser tan comedido de lenguaje, los espectáculos que el público —que siendo él mismo sádico pide castigo para el sadismo— ha dado en la vista de procesos como el de la Merelli y el de Soleilland, y en todos los periódicos, que al fin y al cabo se acuerdan del deber profesional, el lector halla las mismas frases de censura acre: «sadismo especial», «falta de pudor», «ausencia de vergüenza», etc.

El citado Le Gaulois dice:

«Todos los periodistas consagrados allí sentimos enrojecer nuestras frentes de hombres al ver que mujeres jóvenes oían entre sonrisas y como encantadas tantas ignominias… »

Le Matin, metido ahora a moralista —después de haber publicado las memorias del padre Delarue, las de su concubina, las de María Audo y toda clase de memorias sádicas—, más severo que Le Gaulois, dice:

«Sea lícito indignarse ante tanto cinismo, ante tal ausencia de veraecundia en seres cuyos ojos tienen reflejos de inocencia. ¡Quién dirá el horror de este contraste: miradas candorosas… y cuando silba la palabra escabrosa, las bocas perversas torciéndose por un rictus de vicio!»

Y el mismo periódico habla de «promiscuidades sospechosas» en la Audiencia, de faldas a horcajadas en la balaustrada, descubriendo espumosos bajos, de «sugestivos arremangos que provocan risas», de «pugilatos entre damas que tienen repentinas rivalidades».

Rivalidades de amor. ¿Por quién? ¡Tal vez por Soleilland!…

¡Y luego la horrible escena de la mujer de Soleilland, cuando, después de haberse leído la sentencia de muerte, le llamó miserable boñiga, quiso matarle con sus propias manos, y con ellas a poco estrangula, en plena audiencia, a la infeliz criatura que tuvo de sus amores con el monstruo!

¡Ah, señores periodistas!… Eso no data de ayer, eso data de larga fecha. Las admiradoras de Soleilland son renuevos de las admiradoras de Prado, cuya piel sirvió para hacer guantes de refinadas cocotas; de las admiradoras de Pranzini, cuya magnitud viril fue exaltada en todos los bulevares, y los admiradores de la Merelli son renuevos de los que hicieron una formidable ovación a Gabriela Bompard cuando fue llevada de París a Lyon para que reconociese los restos de Gouffé…

Y ese «rictus de vicio», ese «sadismo especial», ha salido de los periódicos y de los libros parisienses. La crítica, que censuró injusta y neciamente las sanas crudezas de los Zola y Mirbeau, tuvo halagos para los refinados desmayos de los Lorrain y Mendés, y de eso que se llama con deleite «literatura refinada, perversa», perturbadora de mentalidades fofas, nacieron los baroncitos de Aldesward y las «flores de lujo», como las llama Le Matin, que dejan venenosos perfumes en las audiencias de las Merelli y de los Soleilland. ¿Con qué derecho las fustigan los mismos que recomiendan la lectura del libro Du Mariage, que, sobre ser tonto, implica la prostitución de la mujer, otorgándola de soltera toda la clase de licencias, y sentando la doctrina de que los hijos que tuviera en libérrimos ayuntamientos deberían ser considerados por el marido, cuando, harta de amores, se casase, como hijos de un primer matrimonio?

Estas literaturas no se detienen ya en Francia, y pasan las fronteras. Ayer mismo, en la vista del proceso de Karl Hau, tan admirado sádicamente por las alemanas de Calsruhe, se leyó una carta de su señora, que se suicidó por celos de su hermana Olga, en la que es de notarse esta frase:

«Olga nos provee de libros franceses de un carácter demasiado lascivo. Ella tiene gustos perversos… »

Las Olgas de todas partes brotan de esa literatura, como brotan de los pudrideros algunas flores, bonitas por fuera…

¿Se la cortan?…

Es el rompecabezas del día en «la ciudad del buen gusto y de las finas maneras»:

—¿Se la cortan?…

Amigos y conocidos que se tropiezan en la calle se preguntan, después de cambiar un saludo:

—¿Cree usted que se la cortan?…

Hay apuestas con motivo de si se la cortan, y también disputas y riñas por si no se la cortan.

—¡Que sí se la cortan!

—¡Que no se la cortan!

—¡Si lo sabré yo!

—Usted, ¿qué ha de saber, si es más bruto que un arado?

Y en la ciudad del buen tono y de las finas maneras la controversia se interrumpe con una bofetá de cuello vuelto.

Es que la cuestión intriga y excita. No se trata de una coleta, sino de una cabeza, la cabeza de Soleilland.

—¿Pero se ha abolido la pena de muerte en Francia?

—No, señor.

—Entonces, ¿qué duda cabe de que se la cortan?

—¡Pues yo le digo a usted que no se la cortan!

No se ha abolido la pena de muerte; pero es como si se hubiese abolido, porque el presidente de la República, el Gobierno y los partidos que lo sostienen son refractarios a la aplicación de dicha pena, que hace años no se aplica en París, ni siquiera a monstruos como el parricida Briere.

La guillotina fue expulsada de la plaza de la Roquette, y hasta ahora los vecinos de otros barrios no quieren recibirla.

Pero el crimen de Soleilland y Soleilland mismo han producido tal indignación en la conciencia pública, que la guillotina está en todo París, simbolizada en un juguete barato, que es una maquinilla —de venta en los bulevares— con un tajo y un cesto, en donde cae la cabeza de Soleilland. La musa callejera canta la ejecución de Soleilland y la multitud aplaude la copla.

Resulta, pues, que este monstruo de monstruos está atravesado entre las piadosas intenciones del presidente de la República y la voluntad, claramente expresada, del pueblo.

Otra cosa hay, muy francesa. El debate sobre si se la cortan o no se la cortan ha hecho saber al público pagano que en el presupuesto continúan figurando los gastos inherentes al verdugo Deibler, a sus acólitos y a todo lo que necesita una ejecución pública, y contribuyentes hay que creen que debe aprovecharse esta ocasión para justificar dichos gastos. Puesto que pagamos por ello, dicen, hay que cortar de vez en cuando una cabeza… por no despilfarrar el dinero… Otra excisión: si las madrazas están porque se la corten a Soleilland, las mujeres refinadas, finas, «exquisitas», las de la casta de esas que en la vista del proceso trataron de hacer llegar a manos de Soleilland declaraciones de amor tan obsceno que, según confesión de la Prensa, «ruborizarían a un carabinero», de ninguna manera quieren que se la corten, y la idea de que se la corten las encalabrina el sexo.

—¡Por Dios, que no se la corten! ¡Pobre, pobre chico! —exclaman ellas poniendo los ojos en blanco y rechinando entre los dientes el rictus del sadismo.

Tal es la preocupación del París de las terrazas, que suda tinta, mientras aperitivea entre husmos de mujeres andariegas.

¿Se la cortan?… ¿No se la cortan?…

Por mí que se la corten; pero maldito lo que se conseguirá con ello, porque el amor lúgubre, entre estertores agónicos y sangre de criaturas infelices, no es enfermedad de Soleilland, sino epidemia que se ha extendido a toda Francia.

El Indulto de Soleilland

Le Petit Journal, que en clase de periódico es de lo más conservador dentro de la República, publica el siguiente telegrama de Roma.

«Giovanni Passamante, que en 1878 atentó contra la vida del Rey de Italia, y que, habiendo enloquecido en presidio, está, desde 1889, en la casa de locos criminales de Monelupo, se halla próximo a morir. Veintinueve años de detención han transformado a este hombre, que no tiene más que cincuenta y siete, en un anciano débil y casi incapaz de moverse. El frustrado regicida perdió el juicio, y en su espíritu turbado sólo queda un recuerdo del acto que le valió su condena. Passamante murmura frecuentemente: ¡Qué gran borrico el policía que vino a mi proceso! Cuando sufre crisis de sofocación pide ver el Sol… »

Al leer este telegrama pienso que para todo, hasta para ser asesino y ladrón, hay que tener suerte. La Prensa recuerda, no sin amargura, que Vaillant, aunque no mató a nadie, murió en la guillotina, y que Soleilland —¡a quien por fin no se la cortan!— va a pasar una temporada en Cayena, en castigo a su perversidad de haber hecho toda clase de horrores con una niña.

Pero lo ocurrido con Vaillant fue culpa de su destino. ¡Hubiera esperado a que estuviese en la presidencia de la República un político como Fallières, completamente hostil a la pena de muerte, y a que formasen gobierno unos ministros, como los Clemenceau, que hubieran adoptado un proyecto de ley contra la referida pena!

Como Soleilland, asesino, Gallay, ladrón, estuvo oportuno en cuanto a la época de cometer su delito. Los tiempos son piadosos para los delincuentes en Francia. Condenado a siete años de trabajos forzados por los robos que hizo en una casa bancaria, para darse el pisto de hacer con la Merelli una excursión trasatlántica en yate, Gallay tuvo que ir a Guyana.

«Su vida allí —dice un periódico— fue de las más dulces. Considerado como prisionero de importancia, no fue sometido a ninguna de las duras faenas del presidio. Su ocupación consistía en cerrar las puertas de las celdas de los condenados.»

—¡Bribones! —exclamaría él al encerrarlos.— Esperad que os ponga a buen recaudo, por asesinos y ladronazos.

Sin embargo, el pobrecillo sufría demasiado para un barbilindo que gastaba monóculo. Compadecido el buen señor Fallières, cogió la misma pluma con que había indultado a Soleilland y conmutó en siete años de reclusión la pena de siete años de trabajos forzados que le fue impuesta, y con arreglo a ley, Gallay, cuando haya cumplido la mitad de la pena —de la pena de cerrar las puertas de las celdas—, recabará la libertad provisional.

Y volverá a caer en los brazos de la Merelli, que está más guapa que antes y con muchísima reputación de artista y tal. La sentencia condenatoria le ha venido de perilla, porque habiendo muerto en un hospital, de tristeza y asco, la mujer de Gallay, se le ha quitado a éste un estorbo para fletar, con dinero ajeno, otro yate.

De modo que aquí los verdaderamente castigados son:

La señora de Gallay, que fue ejecutada moralmente por Gallay y la Merelli, y los hijos de Gallay, que están en la miseria y en el oprobio.

La pequeña Marta que fue ejecutada materialmente por Soleilland, después de haber sido pasto de su bestialidad sádica.

Y los padres de la Marta, que, después de haberla perdido de modo tan trágico, reciben anónimos de apaches, que les dicen:

—Vosotros sois quienes merecéis ir a la guillotina, en lugar de Soleilland.

Eso.

¡Y Passamante, después de veintinueve años de presidio por haber hecho un gesto regicida, pidiendo un rayo de sol!…

La manifestación de mujeres —en su mayoría madres— contra el presidente de la República por haber conmutado la pena capital a Soleilland es una ironía del destino del señor Fallières. Excelente persona, probo ciudadano, intachable político, sentimental y humanitario por añadidura, el señor Fallières, dechado de integridad, no podía esperar nada desagradable de la Prensa ni del público. Sin embargo, la Prensa le asaetea con denuestos, y el público, en su parte más dolorosa, en el corazón de las madres, le maldice. La presidencia de la República tenía reservado al señor Fallières el más amargo trance de su vida.

Repugnaba a sus sentimientos de hombre la aplicación de la pena de muerte. Repugnaba también a su conciencia de político que en toda su vida predicó la abolición de la pena capital. Consecuente con sus sentimientos y con su conciencia, el señor Fallières venía conmutando, con sujeción al derecho de gracia que le concede la ley, todas las penas capitales, y nadie le censuraba su piedad.

Pero entre el señor Fallières y el público se atascó un monstruo que con perversidades y refinamientos inauditos —que no narró la Prensa porque no podía narrarlos— violó, asesinó y profanó después de muerta a una niña infeliz, hija de jornaleros. Las obreras hicieron causa común con la madre de la víctima, por piedad hacia ella y también por conveniencia propia, siendo así que las violaciones y los asesinatos de niñas a quienes sus padres, ocupados en la diaria labor, olvidan en el hogar y en el arroyo, no dejan sosegar el corazón materno, y del corazón de París salió un clamor de muerte contra el solapado y sangriento verdugo de la niña Marta.

El señor Fallières creyó que no debía responder a ese clamor, como el señor Carnot creyó que no debía responder al clamor que le pidió gracia para Vaillant, y así como de la mayoría, decepcionada, surgió entonces el puñal de Caserio, de esa misma mayoría surge ahora la protesta de las madres marchando hacia el Eliseo con el corazón en la mano…

Al conmutar la pena de muerte que el jurado impuso a Soleilland, el señor Fallières ha cumplido con sus sentimientos y con su conciencia; pero ha olvidado los sentimientos y la conciencia del pueblo que le hizo Presidente. Don Alfonso XIII no es un Monarca electivo, sino hereditario, y sin embargo el Rey atendió al clamor popular que le pedía el indulto de Pardina.

El señor Fallières se ha equivocado, a mi juicio, y su error se lo señala un periódico reaccionario con esta consideración, que me parece tan razonable como justa:

«El señor Fallières es adversario de la pena de muerte. Entendido. Le Temps nos advierte con este motivo que el jefe del Estado no podía olvidar las teorías del senador y del diputado. Pero si el senador y el diputado son libres de apreciar la ley y de reclamar una modificación, el presidente de la República no tiene la misma libertad, sino que debe aplicar la ley, independientemente de su juicio personal sobre la misma. La pena de muerte está vigente en el Código Penal, y si la Constitución reserva al jefe del Estado el derecho de gracia, se entiende que no ha de usar arbitrariamente de él. Para salvar la cabeza de un reo de muerte es de rigor que el presidente inquiera qué circunstancias atenuantes pueden justificar una conmutación de pena, y es también de necesidad que el presidente se inspire en la equidad, y no en sus propios sentimientos».

A esta consideración, legal, hay que añadir la del voto público, que debe pesar mucho en el fallo de un presidente electivo. El señor Fallières tiene, pues, en contra de su decisión, el mandato de una ley que no ha sido abrogada por el Parlamento, y que era de ineludible aplicación en el caso, único por lo monstruoso, de Soleilland, y el mandato de la opinión pública, que le pedía la aplicación de la ley.

No se atrevió el sentimentalismo del señor Fallières con el espectro de un cadáver desfilando por la sosegada estancia del Eliseo, e involuntariamente tiene que presenciar el pavoroso desfile de miles de mujeres, angustiadas y llorosas, cuyo número va aumentando de calle en calle porque llevan un banderín de enganche. ¡De enganche en el corazón!…

La Araña y la Mosca

El capitán von Goeben, amante de la señora von Schoenebeck y asesino de su marido, por sugestión de ella, declaró antes de suicidarse en la cárcel a un redactor del Lokal Anzeiger:

—Esa mujer, que ejercía en mí una especie de sugestión, era mi ídolo. Sin la menor resistencia interior, sin el más mínimo remordimiento, cometí por ella el más grande de los crímenes. Pero hay más todavía: me sentía dichoso de haberlo cometido por ella. La amaba con locura, a pesar de lo que me había referido de su vida frívola y liviana. No niego que el ardiente deseo de poseerla yo sólo fue el esencial motivo de mi acto. Por ella hubiera yo abandonado mi patria, mi madre, mis amigos, todo, todo, con la sonrisa en los labios…

Conocido es el drama. La Nochebuena última, el capitán fue arrastrado por su querida hacia el árbol de Noel, y allí le hizo jurar que mataría a su marido, «De esta noche —le dijo— no debe pasar… » Y el capitán, procediendo como un asesino vulgar, entró por la ventana de la habitación del esposo, y, al despertarse éste con el ruido, le mató de un tiro de revólver.

La Sñra. Schoenebeck, cuyo marido la dejaba hacer cuanto la venía en gana, y que por no perturbarla ni siquiera residía en el mismo piso que ella, se dio trazas para convencer a su amante de que era una desgraciada mártir, a prueba de vejámenes, y el amante, transformándose en caballero andante, salió por su dama, que era de él al mismo tiempo que de otros.

Este drama, en que una hembra dislocada y perversa aprovecha a un enamorado ciego para quitarse un estorbo de encima, es repetición del reciente drama veneciano, en que un pobre diablo, instigado por la rusa Tsarnowska, mata a un conde, suponiéndole rival, mientras ella se revuelca de gusto con un chulapo… Es también, bajo otro prisma siniestro, la tragedia de Langon, en que la Lucía, deseosa de satisfacer caprichos pecuniarios, arma con el asesinato al malvado bruto Branchery. Y con la bordelesa y la rusa tiene no pocas semejanzas de histerismo la yanqui Glacia, causante de la muerte de Carkins a mano airada de Roy, idiota de amor por ella, de quien dejan suponer los últimos telegramas de Nueva—York que tenía relaciones anormales con su propio hermano, Carkins, y que las tuvo en París con el difunto Sha de Persia, aunque ella declara que éstas fueron puramente artísticas, como si aquel animal hubiera podido tener relaciones artísticas con nadie, si no se entiende por arte las curiosidades malsanas que la historia le atribuye.

En los citados casos, como en otros análogos, el amante es instrumento y ludibrio de un histerismo traidor, que, a solas y en la sombra, se ríe del sujeto sugestionado; y es que, así como los sátiros a lo Soleilland necesitan para amar el dolor sangriento, la agonía y la muerte del ser amado, las histéricas como la Sra. Schoenebeck, necesitan para amar la intriga sexual, la muerte de un papanatas, la deshonra de otro papanatas y saborear lascivias con un advenedizo, mientras allá afuera matan y se matan por ellas.

Son arañas de amor, que tejen sus telas en alcobas monstruosas, donde van cayendo, como moscas, amantes enfermos de lujuria, que cuando se notan enredados en las patas de ellas y miran hacia arriba, se asombran de tener de cielo, al que todo lo sacrificaron, una mancha viscosa y peluda, que mana podredumbre y sangre…

Tragedias a 5 céntimos

Los aficionados a emociones fuertes, a sensaciones terribles, a las nuevas corridas del moderno circo que se llama Audiencia de procesos criminales, no han perdido los 5 céntimos que les costó la hoja volandera con la historia de la sangrienta posada de Langon, que por más de un concepto recuerda al fatídico huerto de el Francés.

Esa Lucía, cuya boca, cínica y canalla, ha resultado ser cementerio de amantes momentáneos; esa Lucía perversa y viciosa de nacimiento, que de niña cometió el pecado de bestialidad en cuadras y corrales, y de moza actuó de prostituta en todas partes; esa Lucía que tiene la lujuria siniestra, y pagaba con besos locos al hombre que mató por satisfacer sus concupiscencias de mala pécora, enferma de lugubreces eróticas; ese Branchery, Hércules de feria, chulapo por temperamento, asesino por vocación, que alió monstruosamente sus músculos al histerismo de ella en el altar del matrimonio, para explotar a mansalva amores pasajeros; ese Parrot, inconscientemente ameno al oír su sentencia de muerte, como inconscientemente ameno estuvo ayudando a matar; ese Gasol, que se prestaba a actuar de sepulturero de asesinados, y ese mudo Lacampagne, que mimó en la Audiencia la escena del asesinato de Mouget y con un gesto solemne puso a Dios por testigo de que eran ciertas las revelaciones que hizo sobre las tragedias de Langon…

Por 5 céntimos un pedazo de vida sexual y asesina es de balde para un aficionado a historias de sexualismo perverso; pero para los que reflexionan y lloran sobre las miserias humanas, sobre el fatal destino de la existencia, esos 5 céntimos son una ruina.

Porque tragedias como esa son de aquellas que obscurecen la mente y enturbian el corazón, quitándoles las ganas de vivir…

Histéricas pasadas por agua

Entre llamar la atención de París por costumbres pintorescas, más o menos exageradas por escritores franceses, y llamarla por costumbres escandalosas, que tratan de imponerse a fuerza de oro, es preferible lo primero. La España de La Habanera, de Raoul Laparra, es inmensamente más simpática que los Estados Unidos, de la Sñra. Gracia Calla.

No me preocupa el averiguar si el francés Paul Roy tiene razón contra la Sñra. Gracia Calla, o si la Sñra. Gracia Calla tiene razón contra Paul Roy en el drama de familia que terminó con la muerte del hermano de ella, en una cocina, matadero de pollos, patos y otros animales.

De la declaración de la Sñra. Gracia Calla merece desgajarse el motivo de la querella: —El día del drama —ha dicho ella,— mi marido y yo volvíamos de un paseo en automóvil y nos disponíamos a volver a salir para un concierto. En vez de ponerme sombrero me puse mantilla. Mi marido me advirtió que debía ponerme sombrero. Discutimos. Intervino mi hermano en mi favor. La verdadera escena estalló cuando declaré terminantemente que no me quitaría la mantilla. Mi marido, volviéndose hacia mi hermano, le dijo: «Usted tiene la culpa.» Como la discusión se iba agriando, mi hermano y yo salimos del gabinete y pasamos a la cocina. Mi marido nos siguió, con un revólver en la mano.

¡Cuánta distinción y seriedad en una dama que arma un escandalazo por si se pone o no sombrero, y que para discutir el punto se cuela en la cocina!… Prescindiendo de las culinarias costumbres de esa señora, lo que importa a la psicología de la yanqui en París es que de ciento que vienen en busca de marido, noventa terminan el casorio con un escándalo público o con una demanda de divorcio. Diríase que esas señoras tienen la idea de que los parisienses son como los calcetines, que se pueden cambiar a gusto del consumidor. A sus compatriotas, o no los consideran con bastante distinción para matrimoniar con ellas, o no los consideran pacientes para aguantarles sus majaderías, y pasando el charco, vienen a Paris en busca de marido, a cuyos candidatos, tronados en su mayoría, les dejan patidifusos con manifestaciones pecuniarias del peor gusto, que, desgraciadamente, se va infiltrando en la sociedad francesa.

Los parisienses que van por lana al mercado matrimonial de las yanquis salen trasquilados, porque las señoras, una vez casadas, o se dedican, como la Clara Ward, a matrimoniar más que un gallo, o le echan, como la Goold, la llave a la caja de dinero, y el marido, a poco andar, se encuentra de patitas en la calle, después de haber dado su nombre, que era cuanto deseaba ella para tapar su mercancía de carnes averiadas de Chicago.

Roídas por afán de notoriedad, y estrepitosas de suyo, le echan la escandalosa al lucero del alba, arman líos horrorosos, llaman a Dios de tú y no pasa mes sin que los papeles tengan que ocuparse de las aventuras de una yanqui de rompe y rasga.

Claro que en la República de la Unión abundan mujeres discretas y modosas, que viven consagradas a trabajos intelectuales y a labores del hogar. Pero esas no salen a cazar marido. Las que vienen a París son, por lo general, histéricas pasadas por agua, que, después de hacerse notorias por algún escándalo, se marchan dejando aquí el pus del rascacuerismo.

Genios y plagiarios sangrientos

Los Gold, inglés el marido, francesa la mujer, que mataron y descuartizaron en su propia casa de Monte—Carlo a la sueca Emma Liwey, no deben de estar enterados de lo que sus respectivos países acordaron sobre la penetración pacífica; puesto que su modo de penetrar en la referida Emma, que no pudo hacerse la sueca aunque lo era de nacimiento, fue de lo más atroz que se ha visto en materia de penetraciones con puñal y sierra; tanto, que aunque ellos fueron ricos, y aun presumen de distinguidos, no cabe duda de que por vocación imperiosa nacieron para carniceros.

Hacer a una criatura 10 contusiones en la cabeza, cuyos ojos, por la fuerza de los golpes, parecen salidos de las órbitas; darla 14 puñaladas; arrastrarla a un baño y vaciarle las tripas, rellenando en seguida el vientre con tapones de tela; cortarla las piernas y la cabeza; meter el tronco del cuerpo en un baúl, las piernas y la cabeza en un saco de mano, y salir con semejante equipaje de un piso donde saltan a la vista coágulos negruzcos, esponjas embebidas de sangre, sesos y pelos, un puñal con la punta torcida, un martillo, una sierra y un revólver, es como haber puesto una carnicería a domicilio.

Ninguna precaución tomaron los Gold para restañar las secreciones de la víctima hecha pedazos en un baúl y en un saco, y los pedazos fueron destilando sangre en el tren que los condujo a Marsella y luego en la aduana. Como todavía no está de moda el viajar con un baúl dentro del cual sangra un busto y con un saco de mano dentro del cual sangran unas piernas y una cabeza, era de cajón —de cajón fúnebre— que los Gold no pudiesen competir con Borghése en ir de París a Pekín con semejantes piltrafas sin llamar la atención de aduaneros y mozos de cuerda obligados a cargarlas.

Imprevisores y estúpidos, los Gold no merecen que la Prensa parisiense les compare con la pareja Eyraud—Gabriela Bompard; y es que, como me ha dicho a mí mismo la astuta cómplice del asesinato de Gouffé, los periodistas franceses hablan de ella sin conocerla. El buen Gouffé, ahorcado en un periquete, sin decir ¡ay!, fue embaulado con aseo, sin dejar rastro de muerte.

Todo cuanto se ha hecho después en este sentido es plagio del crimen de Eyraud y Gabriela, y, como plagio, malo e imperfecto.

Así, los Gold no habían previsto el caso de que les hicieran abrir el baúl en la Aduana, y cuando les requirieron para abrirlo, palidecieron, se turbaron y no acertaron con el medio de salir del atolladero, que era de sangre.

En cambio, Gabriela Bompard, que, muy vestida con traje rosa y canturreando couplets, bajó de su cuarto detrás del baúl que llevaba el cadáver de Gouffé, a quien veló sola toda la noche anterior, tenía previsto y estudiado el caso de que se lo hicieran abrir en la aduana de Lyon.

—… Y si les hubiesen mandado abrir el baúl, ¿qué hubiera usted hecho? —la pregunté, creyendo yo que la ponía en gran aprieto.

—Muy sencillo —me contestó ella con la tranquilidad del mundo.— Hubiera dicho que había olvidado la llave, y hubiera ido a buscarla… para no volver.

Los Gold, pegados a la pared de la Aduana, no tuvieron ninguna salida, limitándose a dejar abrir el baúl y a contemplar ellos mismos, estupefactos y con ojos despavoridos, lo que traían dentro.

Eyraud y Gabriela Bompard —sacados a cuento por estos periódicos cada vez que sale a viajar un baúl sangriento,— fueron dos genios del crimen. Y no dejaron cría.

Lo único original que han hecho los Gold fue pagarle a la Liwey un viaje de verano, sin piernas y sin cabeza.

El Ojo fascinador

Señor D. Fausto Echevarría

Monte—Carlo.

Permítome llamarle Fausto Echevarría porque supongo que así es como se llama usted, aunque unos periódicos de París le llaman Ètcheverria, otros Scheweria, y otros, en fin, monsieur Fausto.

El nombre no hace a la cosa. Lo importante para usted es que se entere de lo que le dicen, a fin de que lo rectifique, en bien de su propio nombre de usted y del de los españoles en el Extranjero.

Con razón o sin ella, se supuso que usted podía dar luz en el tenebroso asesinato y descuartizamiento de la señora Emma Liwey, «digna de todo respeto», según han informado a L'Écho de Paris, y varios representantes de periódicos hablaron con usted.

El de Le Journal refirió que usted le había dicho que era el beguin o capricho de la mencionada dama. El de Le Matin puso en boca de usted la siguiente declaración:

«La primera vez que yo vi a la víctima fue en el Casino, adonde ella iba con frecuencia Yo había notado que ella me miraba con insistencia y buscaba ocasión de hablarme. Una tarde se me hizo presentar, y desde entonces hubo intimidad entre nosotros. El martes de la trágica semana vino a verme para enterarse de la salud de mi tía. Al día siguiente, pasé la tarde con ella y un amigo. La señora Liwey estaba muy contenta y bebió champagne con nosotros. a la una de la noche tuvo el capricho de que la acompañase en coche hasta la frontera italiana. Muy de madrugada volvimos de dicha excursión, y como Emma Liwey estaba fatigadísima y no quería volver a su hotel a una hora tan matinal, me pidió que la dejase dormir en casa. Consentí.»

Después de esta declaración de usted, queda bastante mal parada la reputación de la señora Liwey, quien, si digna de todo respeto —según L'Écho de Paris,— se timaba con usted, andaba a caza de usted, tenía capricho por usted, se iba de noche con usted hasta la frontera italiana, y muy de madrugada pedía a usted la dejase dormir en su propia casa.

La rectificación de usted, Sr. D. Fausto Echevarría, es tanto más de desear, por usted mismo, cuanto que el citado periódico Le Matin, después de hacer hablar al amo del colmado Frontières, en donde estuvo usted con Emma Liwey, dice:

«Las noticias que el posadero nos dio de Fausto Echevarría no son de las más favorables para él, aunque no le cree capaz de haber asesinado a Emma Liwey, a quien hacía el amor, según el posadero, porque Fausto, sin una perra chica, tenía imperiosas necesidades de dinero.»

Tampoco queda usted, Sñr. Echevarría, muy bien parado que digamos: sin una perra chica y rondando el dinero de Emma Liwey, que no era amante de usted, ni usted capricho de ella; puesto que ya advierte el posadero que usted la hacía el amor.

Balmaceda se hizo antipático a la opinión pública porque voceó desnudeces de la señorita Wadington. El procesado abate Larquemin ha producido profunda repugnancia por querer disculparse con exhibir flaquezas de su amante. Usted, Sñr. D. Fausto Echevarría, está en el mismo caso.

Y como no es creíble que haya usted querido hacerse un reclamo de ojo fascinante, o de mentecato que presume de cautivar corazones con sólo mirar los ojos de las mujeres, se impone la necesidad de que usted rectifique, aunque sólo sea para impedir que se diga que ha contribuído usted al descuartizamiento que los Goold hicieron con Emma Liwey; que algo peor que destripar una mujer viva, es deshonrarla de muerta.

El Saco de los vicios

Vere Goold y su parienta tienen el triste privilegio de haber vencido, como asesinos, el tiempo y la distancia. La historia del asesinato y descuartizamiento de Emma Levin, como la historia de la propia vida aventurera de esta pareja misteriosa, resurge ante el Tribunal Superior de Mónaco con el mismo vigor con que apareció este verano en las columnas de la Prensa europea. La atención pública no ha decaído un punto, porque pocas veces se juntaron, en la comisión de un crimen, dos seres de tan extraña catadura.

El Vere Goold de Mónaco es el mismo Vere Goold de Marsella. Por él no han pasado los siglos que comporta el crimen en la conciencia del criminal. Es el mismo hombre, o el mismo inglés imperturbable, que lleva las cuentas del crimen con la tranquilidad con que llevaría las cuentas de una casa comercial; el mismo ente singularísimo que pedía a gritos que le diesen whisky; que descuartizó a su víctima para repartir económicamente los pedazos del cadáver, y evitar el exceso de equipaje que el cadáver entero hubiera producido en el baúl, y cuando el presidente del Tribunal le preguntó si era cierto que al dirigirse a Marsella, por indicación de su mujer, dijo él que allí podrían comer una buena sopa de pescado, Vere Goold, siempre impertérrito, contestó:

—Sí. Me gusta muchísimo la sopa de pescado…

La mujer, Violeta Goold, que tiene de cardo inmensamente más que de violeta, es la misma Furia del averno, en cuyo viscoso fondo desapareció la personalidad del papanatas de su marido. Con sólo echarle la vista encima ha vuelto ella a recobrar todo el imperio que tenían sus faldas viriles sobre los pantalones femeninos de él. Vere Goold, contradiciéndose a sí mismo, borrando anteriores declaraciones, reclama para él solo toda la culpabilidad y responsabilidad del crimen.

Sugestión, se dice, caso de hipnotismo. Pero las gentes avizoradas en la sugestión hipnótica, no se la explican en este caso.

«Vere Goold —dice el enviado de Le Fígaro a la vista del proceso— tiembla al verla. ¿Cómo pudo idear atenacearle? ¿De qué procede su imperio? Su belleza no puede haber hecho de él un esclavo. ¡Qué fea es! ¡Oh, Venus! ¿pertenece a tu sexo? Su cara es horrible. Tiene en la fisonomía algo de mona y de loba. Su boca es inmensa. Sus mandíbulas avanzan, como si fuesen a morder, y, a falta de cosa mejor, machacan rabiosamente las palabras.»

Es un aborto de la Naturaleza. Parece un homosexual muy viejo, hinchado, con la cara hecha a puñetazos, llena de desniveles y bochuchos en una claridad clorótica. Parece el enano monstruo que Zuloaga pintó para espanto y admiración de los museos de Europa. Parece la encarnación de una tiranía malvada al través de unos crespones negros. Porque viste luto riguroso, tal vez por su propia víctima.

Sugestión, caso de hipnotismo… Pero no se comprende, dicen los entendidos en la materia. ¿Cómo pudo lograr esta mujer, a pesar de su horror, semejante dominio sobre su hombre?

A pesar de su horror, no. Por el mismo horror, tal vez. Esa violeta de estercolero recuerda otras violetas que salen al paso del transeúnte, en los carrefours parisienses, ofreciéndoseles como pequeños monstruos.

—¡Ah, ven, ven!… Yo soy un pequeño monstruo…

Y así como el transeúnte va a la monstruosidad, el inglés anormal iría a la guillotina satisfecho si lograse sacar a salvo del naufragio de sangre de Emma Levin el saco de sus vicios…

Un telegrama de Monte—Carlo contiene la sentencia del Tribunal que juzgó el crimen de Vere Goold y de Violeta Girodin. a él se le condena a trabajos forzados por toda la vida. a ella se le condena a muerte, debiendo cortársele la cabeza en una plaza pública de Mónaco.

Pero el caso es que no hay quien se la corte. En aquel riente rincón de sol y de «hagan juego» se conocen todos los oficios menos el oficio de verdugo. Allí no se había previsto el caso de que unos extranjeros cometiesen un asesinato y metiesen a la víctima, después de descuartizada, en un baúl y en un saco de mano. Sin embargo, como la pena de muerte existe en el principado, está dispuesto que si alguna vez la justicia de Mónaco necesita un verdugo, se lo alquilará Francia.

Pero como la República de Fallières no aplica la pena capital, considerándola como asesinato colectivo, no parece lógico que alquile el verdugo y la guillotina para que haga en el Extranjero lo que la República considera una infamia y una porquería en su propia casa. Además de esto, en Francia, cuando se aplicaba la pena de muerte, las mujeres no iban a la guillotina. Si ésta respetó a mujeres extranjeras que cometieron asesinatos en Francia, es absolutamente imposible que vaya a matar una francesa en Mónaco. De manera que aunque el Príncipe de Mónaco no conmutase la pena impuesta a Violeta Girodin, esta violeta de alcantarilla salvaría su cabeza de sapo, porque Francia no habría de alquilar su verdugo y su guillotina para matar una mujer que, por añadidura, es francesa de nacimiento.

Es triste que, como advierte un periódico, la única mujer decapitada en el asunto de Mónaco sea la infeliz Emma Lewin. Pero para todo hay que tener suerte en este mundo, y Violeta Girodin es un ejemplar de fortuna ciega, Sus mocedades fueron de rompe y rasga. Fea y repulsiva, tuvo muchos amantes; más tarde encontró marido, y, habiéndose divorciado de él, en seguida tropezó con otro; ganó pronto en empresas industriales cantidades que difícilmente se ganan en años de trabajo inteligente y tenaz, y, a pesar de su pecaminoso pasado, gozaba fama, así en Londres como en Mónaco, de dama honesta y digna. Es el tipo de la mujer fatal a quien aprovecha, no sólo cuanto hace ella misma, sino también cuanto se hace en contra de ella. Es un caso de fortuna ciega e irritante. Aunque sólo fuese por esto, merecería la muerte.

En la última audiencia de este proceso emocionante, se distinguió una señora que, indignada contra las pérfidas y canallescas declaraciones de Violeta Girodin, las coreaba burlona y despreciativamente, y al salir de la audiencia, dicha dama resbaló en una escalera, y cayendo de una altura de quince escalones se encuentra moribunda.

Si el verdugo Deibler fuera a Mónaco, acaso se enamoraría de Violeta, prefiriendo raptarla a guillotinarla, y la guillotina, en vez de desgajar un tajo, desgajaría una corona de rosas como homenaje a la asesina y descuartizadora de Emma Lewin…

¡Viva la Juana!…

El caso de Juana Weber y las consecuencias de este caso es de lo más típico que se conoce. Es toda una mentalidad, todo un tratado de Psicología.

Se acusó a Juana Weber de haber causado la muerte de varios niños, tres de ellos sobrinos de la acusada, asfixiándolos, no se sabe cómo… Sólo sabíase que Juana Weber se las arregló de modo que, en el momento preciso, se ausentaron de la casa los que la habitaban, alejándolos ella misma con fútiles pretextos, y cuando volvieron a ella, horas después, vieron a Juana a la cabecera de la cama, con la mano izquierda debajo del delantal y con la derecha crispada sobre el corazón de la criatura muerta… Entonces se habló de crimen, de locura, de erotomanía lúgubre, de perversidades orgánicas, de todo un poco. Pero la procesada fue absuelta porque los médicos forenses, como sabios, no se pusieron de acuerdo.

La más elemental de las precauciones aconsejaba a todo padre de familia alejarse de semejante mujer, sobre cuyo proceso vagaba una sombra, pavorosa, de duda. Pero no fue así, sino todo lo contrario, y Juana Weber, solicitada por varios padres de familia, salió de la prisión para entrar en el domicilio de un hortelano de Chambon, padre de dos chicas y un chico.

Enferma el chico, hallándose a su cuidado Juana Weber; aleja ésta, con fútiles pretextos, a la familia, y cuando la familia vuelve a la casa, ve a Juana a la cabecera de la cama, con la mano izquierda debajo del delantal y con la derecha crispada sobre el corazón de la criatura, que acababa de morir.

Los periódicos se apoderan del hecho, denunciándolo; los médicos del villorrio opinan que la criatura murió violentamente; los médicos forenses de París, sin pronunciarse de modo decisivo, entienden que el niño pudo morir de resultas de una presión lenta y continua sobre el tórax, y el dedo del villorrio, haciendo de dedo de Dios, señala y acusa a Juana Weber.

La más elemental de las precauciones aconseja a toda familia el apartamiento de una mujer tan misteriosa y sospechada. Pues no, señor.

«Todos los días —dice Le Matin— Juana Weber recibe cartas que la solicitan con insistencia, y que reclaman ahora, como reclamaron antes, su presencia en otros hogares. De Charleroi recibió últimamente un telegrama en dicho sentido.»

Es decir, pues, que si no se vuelve a procesar, por falta de indicios en tan nebuloso asunto, a la acusada, ésta servirá en otras casas y se la volverá a encontrar a la cabecera de una cama, con la mano izquierda debajo del delantal y con la derecha crispada sobre el corazón de una criatura muerta…

¡Qué mentalidad tan estupenda!… ¡Qué extraordinaria lección de moral!… Vagan por ahí legiones de mujeres sin trabajo, que se darían con un canto en los pechos por encontrar ocupación y pan. Para ellas están cerradas las puertas de los hogares. Para Juana Weber están abiertas de par en par. Se la escribe, se la telegrafía, se la pide con insistencia, se la ruega…

—A ver, Juana, haga usted el favor de venir de prisa… a asfixiarme un chico…

Juana ha dicho que el hortelano de Chambon, enamorado de ella, que es un montón de carne soez, con unos ojos a lo Soleilland, la hizo proposiciones enfermizas. Ahora compiten con el hortelano otros padres de familia.

—Venga usted, Juana, a cuidar mi prole…

Y si Juana probara, como dos y dos son cuatro, que antes fue y ahora es, completamente inocente, una víctima del azar, probablemente moriría de hambre por falta de trabajo.

… Yo me he preguntado muchas veces si hay apaches porque no se puede acabar con ellos o si no se acaba con ellos porque hay un apache en el fondo de la sociedad que les persigue…

La Ogresa y la Ogrilla

Pasan ya de una docena los hallazgos de niños asesinados por la alemana Ida Schnell, de catorce años, descabellándoles con una larga aguja de sombrero. Como la vida es un dolor desde que se nace hasta que se muere, y la infancia no sabe disimularlo, los niños confiados al cuidado de Ida Schnell lloriqueaban y gritaban, como todos los chicos. Ida Schnell ha dado por excusa de sus infanticidios que no podía sufrir los gritos de la chiquillería. Se le encalabrinaban los nervios. Y para que los niños callasen pronto y radicalmente, les metía una aguja en la nuca. Los heridos tenían convulsiones. No murieron todos en el acto. El niño de la señora Oppenheimer sobrevivió al primer agujazo. Cuando la madre, que trabaja en el campo, volvió a casa, encontró a Ida, muy tranquila, jugando con el perro frente a la puerta.

—¿Por qué no estás con el chico? —la preguntó.

—Porque se está muriendo… Tal vez haya muerto ya…

No murió aquel día. El niño mejoraba, y su madre, ya tranquila, volvió a sus faenas agrícolas. Al regresar de ellas, de noche, la criatura agonizaba. Esta vez la aguja fue certera.

Ida Schnell velaba sus muertos. Luego ayudaba ella misma a llevarles al cementerio y cobraba la propina que habitualmente se da en Baviera por tal servicio, y la mozuela, con buenas recomendaciones de sus amos, buscaba otra casa donde hubiera niños.

Porque iba a ellos fatalmente, como si entre ella y las criaturas hubiese una atracción de imán. «Sus amos, —dicen de Berlín— la estimaban mucho, porque ante ellos hacía fiestas y caricias a las criaturas, pareciendo desbordante la afección que les tenía».

Casualidad curiosísima. Cuarenta y ocho horas antes de llegar de Munich y Berlín el relato de los infanticidios de Ida Schnell, Le Matin empezó a publicar, con rimbombante epígrafe, un a modo de alegato en favor de la siniestra ogresa Juana Weber, actualmente en la cárcel. Para estimar el alcance de dicho alegato hay que saber que el defensor de Juana Weber es el célebre criminalista Henry Robert, y que Henry Robert —de quien Gabriela Bompard ha hecho, en su Manuscrito, apreciaciones que la prensa de París no ha publicado— es el letrado defensor de Le Matin cada vez que este periódico tiene algún asunto judicial.

El del alegato se hallaba precisamente en el punto y hora de explicar a su modo, cómo Juana Weber, inocente, arrastrada por la fatalidad, iba a servir a casas donde había niños que morían entre convulsiones, cuando telegrafiaron de Munich y Berlín cómo la fatalidad conducía a Ida Schnell a casas donde había niños que también morían entre convulsiones. Cuando Juana entró en el hogar de Sylvain Ravouget, quien la recogió después de haber sido absuelta de la primera acusación, se dijo a sí misma, según refiere el autor del alegato.

—Aquí hay niños… Puedo estar tranquila…

Sylvain Ravouget la dio por cama la del chico de él, y ella cuenta que al acostarse gustó el tibio calor que se desprendía de la criatura.

Poco tiempo después, moría entre convulsiones, como los otros…

Como Juana Weber, Ida Schnell sentíase atraída por el oficio de niñera y distinguíase por las caricias que hacía a los chicos cuando la observaban sus padres; como las criaturas al cuidado de Juana Weber, las criaturas al cuidado de Ida Schnell enfermaban misteriosamente y misteriosamente morían, cuando la niñera estaba sola con ellos. De los de Juana Weber sólo quedaba como trazas de la muerte la señal de una presión en el cuello y en el corazón. De los de Ida Schnell sólo quedaba, como trazas de la muerte, un pinchazo, imperceptible casi, en la nuca. Juana Weber, al decir de cuantos la han conocido íntimamente, es una viciosa de un género especial. Ida Schnell es una mocita enfermiza, escuchimizada, que se dio a conocer entre sus compañeras como una viciosilla de voluptuosidad lúgubre.

La alemanita es, moralmente, una cría de la francesa. Y así como a Juana Weber le sobran protectores a lo Ravouget, a Ida Schnell no habrían de faltarle admiradores si la absolviesen por irresponsable. Porque el amor siniestro está de moda…

¿Adónde va?…

Otra vez Juana Weber, la mujer fatal, en cuyos brazos murieron varias criaturas, acusada últimamente de haber estrangulado al niño Bavouzet para satisfacer lubricidades de enferma, ha sido puesta en libertad.

Los médicos del pueblo donde falleció el niño hicieron la autopsia del cadáver y declararon que aquél había muerto por estrangulación. Los médicos forenses de París, que mucho más tarde reconocieron los despojos, no afirmaron rotundamente que no se hubiesen ejercido violencias; pero sí afirmaron categóricamente que la criatura sucumbió a consecuencia de una fiebre tífica, y en este proceso, como en el anterior, la divergencia de los médicos expertos fue benéfica a los intereses de la acusada.

Por otra parte, la acusada ha tenido dos grandes defensores: el criminalista Robert ante la justicia, y el periódico Le Matin ante el público, y los médicos del pueblo, el juez del pueblo y el vecindario del pueblo, todos convencidos de la culpabilidad de la procesada, fueron derrotados por el gran criminalista, con la cooperación del gran periódico.

Bien está. Pero ahora, ¿adónde va Juana Weber con su pequeño cementerio de niños? Será obra de la fatalidad; pero hay en esta historia fatídica un hecho innegable: en los brazos de Juana Weber murieron misteriosamente varias criaturas. Y ahora, ¿adónde va Juana Weber con sus brazos?… El rústico Bavouzet, apiadado, la acogió en su pobre hogar cuando una disparidad de pareceres científicos y un estado de duda la absolvieron, y poco después el niño de Bavouzet, estando a solas con ella, murió.

¡Fatalidad!… ¡Desgracia!… Concedido… Pero ya son muchas las fatalidades y desgracias de Juana Weber. ¿Adónde va ahora con esos brazos tan desgraciados y fatales?

El Sñr. Bonjean, que se ha hecho cargo de rectificar el lúgubre pasado de Juana Weber, ha dicho que la llevará a una de las casas, que dirige él, de dolor o de arrepentimiento…

De suponer y de desear es que, en dicha casa, no haya criaturas, y que si las hay no se confíen a los cuidados de Juana Weber.

Porque como niñera es una completa calamidad.

El doctor Zoquete

Si la ogresa Juana Weber, de quien tantas veces he hablado en este sitio, no fuese analfabeta, podría suponérsela tocada de la monomanía de hacer hablar de ella a los papeles.

Absuelta una vez más de la acusación de haber estrangulado una criatura, hija del aldeano Bavouzet, quién le hizo el disparatado servicio de recogerla en su propia casa, Juana Weber, mostrándose confusa y arrepentida de liviandades que no podía negar, aceptó el asilo que le propuso su bienhechor, el exmagistrado Bonjean; pero poco después huyó de él, dejándole con tres palmos de narices. Volvió el buen señor a recogerla; volvió ella a escaparse, y después de servir en dos casas de familias con niños, que de milagro no han muerto estrangulados, vino a correrla a París, donde la prendieron unos guardias que cazaban prostitutas. Y ahora dice el bendito ex magistrado que no hay forma de meter en cintura a la ogresa y que todo lo que queda que hacer es meterla en un manicomio, «para evitar que cometa un crimen».

Pero… ¿no los cometió antes?… Ella misma, al ser aprehendida anoche, declaró que sí es verdad que estranguló a una de sus sobrinitas; pero esta confesión se ha achacado a locura mental. De nada sirvió, cuando la Juana fue procesada por esta misteriosa muerte, a la que siguieron otras no menos misteriosas, la declaración del padre y del vecindario de la víctima. Entonces, el doctor Socquet, médico forense, contradiciendo el dictamen de otros galenos, opinó que las criaturas habían muerto de enfermedad, y más tarde, el mismo Dr. Socquet, contradiciendo el dictamen del médico del pueblo donde falleció el niño de Bavouzet, opinó que la criatura había fallecido de muerte natural.

El Dr. Socquet, que se tiene por sabio, no podía equivocarse, ni antes ni después; pero puesto que hoy se reconoce que la ogresa está loca, ¿qué de extraño tendría que como tal loca hubiese cometido los crímenes por los que fue procesada dos veces?

El Dr. Socquet será todo lo lógico que quiera en no querer equivocarse; pero en las consecuencias que sacó sobre la mentalidad de una loca, el Dr. Socquet está quedando como un zoquete.

Todos cerdos

Cuando se publicó La Terre, se alborotaron el campo francés, la villa luminosa y la crítica parisiense, que es menos luminosa que la villa, la cual no es tan luminosa como reza la fama.

La Terre era una abominación. Los personajes de la Terre eran falsos. La Terre era una monstruosa calumnia contra el carácter y las costumbres de los aldeanos franceses. Aquella rústica parturienta, que cuidaba del parto de una vaca más que de su propio alumbramiento, era mentira. Aquel rústico marido, que prefería el ternero a su propio hijo, era mentira.

¡Ah, la vida pura de las aldeas, sepultadas bajo techumbre de nieve en invierno y bajo ramajes de arboleda en estío!… ¡Ah, la honradez del aldeano, la virtud de la aldeana, la austeridad del hogar, al amor del añoso tronco que chisporrotea en invierno, o bajo verde floresta do anidan los pajaritos en verano!… ¡Ah, el idilio del campo francés!…

Decididamente, Zola era un cochon, un «cerdo triste». Lo voceaba la crítica luminosa. Lo repetía la villa luminosa. Y la especie circulaba en todo el mundo luminoso. ¿Zola? Un cerdo triste. ¡Ah, le cochon!

Un señor boulevardier, de los que no creen ni en su madre, y a quienes importan un bledo todas las terres del planeta, hace pocos días estuvo a punto de batirse en duelo con un parroquiano de un «gran bar», que tímidamente hizo unas observaciones en defensa de la verdad de La Terre.

Cuando pasó, sin novedad, el conato de lance, yo le dije al boulevardier:

—No tengo la menor gana de que usted me atraviese de parte a parte; pero permítame decirle, sin ánimo de ofender a usted ni a su familia, que desde que vivo en Francia, y en el campo, vengo notando que las descripciones de La Terre no son tan exageradas como usted dice…

—¡Qué duda cabe! —exclamó él.— No sólo no son exageradas, sino que son la verdad, la pura verdad. Pero las verdades no deben decirse en voz alta… ¡Este buen señor Zola es tonto! Él cree que descubre horrores que todo el mundo ha descubierto, y que se saben y se cuentan y comentan en voz baja. El crimen de Zola, crimen de lesa patria, sí, señor, consiste en hablar alto…

Por lo demás —siguió diciendo el boulevardier, mientras apuraba el tercer ajenjo de la noche—, vea usted lo que hoy mismo dice Le Fígaro (leyendo):

«En previsión de su libertad, que cree próxima, Brierre se ocupa del cultivo de su campo y de los cuidados que deben darse a su caballo, a sus dos vacas y a su cerdo, sobre todo a éste, hermoso animal, cuya manutención le preocupa. Ayer le escribió a su amigo Sanger: «Gracias a usted, espero encontrar bien cuidada mi hacienda.»

Ya lo ve usted, observó, para terminar, el boulevardier. Cinco hijos de Brierre murieron machacados. Los muros de su casa conservan todavía partículas de sesos. El crimen fue horrible; la escena debió ser espantosa, «delirante»… Y bien: ni una sola vez se ha acordado Brierre de sus pobres hijos, ni una sola vez ha pedido que les lleven, en nombre suyo, un ramito de violetas… ¿Quiere decir esto que Brierre es el autor de tan nefando infanticidio? No, por eso no. Lo que quiere decir es que Brierre, positivo, como buen aldeano, no se ocupa de lo que no existe, sino de lo que colea: y lo que colea no son sus hijos, sino las vacas, el caballo, el cerdo… ¡Son su familia!… Desengáñese usted, señor mío: casi todos, cual más, cual menos, somos cerdos… Yo mismo soy un petit cochon… Pero así como yo, si alguien me llamase cochon, le mandaría inmediatamente los padrinos, considerándome insultado por haberme dicho lo que realmente soy, la sociedad tiene el más perfecto derecho a negar el agua y el fuego a quien la llama por su nombre, exhibiendo sus vicios y defectos. ¡Como que siendo nosotros, con raras excepciones, una rosca de cochons, todos tenemos que defender la solidaridad de la rosca!… Vea usted: no hay un solo francés que aplauda que el Zar castigue con latigazos de knut a los rusos que le piden un poco de libertad. Pero como el interés nacional está antes que todo, nosotros, nacionalistas, insultaremos a los pensadores que hablen en el anunciado mitin de protesta contra las medidas represivas del pensamiento ruso. Yo seré uno de los que allí llamarán cochon a Zola, aunque creo que el cochon es «el otro»… Pero no lo diga usted, porque tendrá que batirse conmigo.

Y siempre sonriendo, apuró el ajenjo número 4…

La horrorosa Linda

Cada pueblo tiene su affaire. Madrid ha tenido, entre otros, el crimen de la calle de Fuencarral; París, el proceso Dreyfus y los Humbert; Bolonia, el crimen de la Linda Bonmartini. Por el crimen de la calle de Fuencarral riñeron grandes batallas los periódicos principales de España. Por Dreyfus, y aun por los Humbert, las han reñido los principales periódicos de Francia. No menos terribles son las que libró la Prensa italiana por el crimen de la Linda Bonmartini. El proceso Dreyfus dividió a Francia en nacionalistas y revolucionarios. El proceso de la Linda ha reverdecido añejos odios de clericales y anticlericales. Y así como la Higinia Balaguer ocupó la atención de la Prensa europea, y Dreyfus y los Humbert tomaron carta de naturaleza en todas las grandes capitales de Europa, la Linda Bonmartini, que va a aparecer ante los tribunales, es el tema preferente de las conversaciones de París.

¡La Linda! Si no es por ironía, no entiendo por qué llaman así a la condesa Bonmartini. Las descripciones y los retratos que se hacen de ella la represantan pequeñita, flaca, casi seca, con equívoca sonrisa, que es una mueca de sus siniestros labios, delgados como cinta de papel, y sacudida por perturbaciones nerviosas. Toda la atracción de esta mujer histérica, casi loca, está en los ojos; ojos negros, profundos, en cuyas pupilas se reflejan con volcánicas llamaradas, extrañas e intensas pasiones; ojos trágicos, en cuya lumbre se consumió la vida del conde Bonmartini.

Engañado por ella en la misma casa de él, en habitación contigua a la en que dormía, la Linda, amante del doctor Sacchi, y de la cual se ha referido que también tenía relaciones con su propio hermano, y que cultivaba otras de índole especialisima, no estaba satisfecha y tenía la idea fija de suprimirlo. El hecho de que esta diabólica mujer tramase una verdadera conjura contra su marido, en la cual logró meter a su hermano Tulio, a Rosina Bonetti, querida de éste; al aventurero Pío Noldi, y hasta cierto punto al doctor Sacchi, sería lo más trágico de este sangriento asunto, si no lo fuese más el acto de matar a la víctima, desnudos, para no salpicarse de sangre, todos los conjurados, incluyendo a la misma Linda, quien pidió, con lágrimas en los ojos, que la llevasen, «porque ella también quería tomar parte en la partida», y no podría decirse si es más trágico aún el hecho de que quien denunció a la Linda y a Tullio fue su propio padre, el docto e íntegro catedrático Murri, el cual, cayendo en los brazos del juez, le dijo entre sollozos:

—¡Justicia, sí, justicia!… Pero dejadme llorar, porque en este momento no tengo mi bella alma espartana. ¡Linda! ¡Tullio! ¡Mi hija y mi hijo, asesinos!

Aunque cultivando otro género, el histerismo de la flaca Linda Bonmartini tiene muchos puntos de contacto con el histerismo de la gorda Teresa Humbert; la mentira, el infundio, la intriga, la incoherencia en los relatos, la contradicción en la confesiones, la resistencia opuesta a decir la verdad, arrancada poco a poco y a pedazos, como se arranca un feto con un fórceps, y el decir hoy una cosa, estableciéndola como la verdad del hecho, para desmentirla al día siguiente y volver a afirmarla al otro día, son iguales en ambos casos.

Pero Teresa Humbert es mucho más fuerte que Linda Bonmartini, porque la Teresa es un cerebro y la Linda es un sexo. A ésta, hasta ahora, no se le ha ocurrido decir, en su propia defensa, sino que el conde Bonmartini era un estúpido.

Sí lo sería, puesto que casó con tal sabandija. Pero si el ser estúpido un marido eximiese de toda responsabilidad a la mujer que lo asesinase, casi no se verían más que viudas por las calles, diciendo a quien quisiera oírlas:

—¡Lo asesiné, sí, señor. ¡El pobre era tan estúpido!…

La horrorosa Linda

Cada pueblo tiene su affaire. Madrid ha tenido, entre otros, el crimen de la calle de Fuencarral; París, el proceso Dreyfus y los Humbert; Bolonia, el crimen de la Linda Bonmartini. Por el crimen de la calle de Fuencarral riñeron grandes batallas los periódicos principales de España. Por Dreyfus, y aun por los Humbert, las han reñido los principales periódicos de Francia. No menos terribles son las que libró la Prensa italiana por el crimen de la Linda Bonmartini. El proceso Dreyfus dividió a Francia en nacionalistas y revolucionarios. El proceso de la Linda ha reverdecido añejos odios de clericales y anticlericales. Y así como la Higinia Balaguer ocupó la atención de la Prensa europea, y Dreyfus y los Humbert tomaron carta de naturaleza en todas las grandes capitales de Europa, la Linda Bonmartini, que va a aparecer ante los tribunales, es el tema preferente de las conversaciones de París.

¡La Linda! Si no es por ironía, no entiendo por qué llaman así a la condesa Bonmartini. Las descripciones y los retratos que se hacen de ella la represantan pequeñita, flaca, casi seca, con equívoca sonrisa, que es una mueca de sus siniestros labios, delgados como cinta de papel, y sacudida por perturbaciones nerviosas. Toda la atracción de esta mujer histérica, casi loca, está en los ojos; ojos negros, profundos, en cuyas pupilas se reflejan con volcánicas llamaradas, extrañas e intensas pasiones; ojos trágicos, en cuya lumbre se consumió la vida del conde Bonmartini.

Engañado por ella en la misma casa de él, en habitación contigua a la en que dormía, la Linda, amante del doctor Sacchi, y de la cual se ha referido que también tenía relaciones con su propio hermano, y que cultivaba otras de índole especialisima, no estaba satisfecha y tenía la idea fija de suprimirlo. El hecho de que esta diabólica mujer tramase una verdadera conjura contra su marido, en la cual logró meter a su hermano Tulio, a Rosina Bonetti, querida de éste; al aventurero Pío Noldi, y hasta cierto punto al doctor Sacchi, sería lo más trágico de este sangriento asunto, si no lo fuese más el acto de matar a la víctima, desnudos, para no salpicarse de sangre, todos los conjurados, incluyendo a la misma Linda, quien pidió, con lágrimas en los ojos, que la llevasen, «porque ella también quería tomar parte en la partida», y no podría decirse si es más trágico aún el hecho de que quien denunció a la Linda y a Tullio fue su propio padre, el docto e íntegro catedrático Murri, el cual, cayendo en los brazos del juez, le dijo entre sollozos:

—¡Justicia, sí, justicia!… Pero dejadme llorar, porque en este momento no tengo mi bella alma espartana. ¡Linda! ¡Tullio! ¡Mi hija y mi hijo, asesinos!

Aunque cultivando otro género, el histerismo de la flaca Linda Bonmartini tiene muchos puntos de contacto con el histerismo de la gorda Teresa Humbert; la mentira, el infundio, la intriga, la incoherencia en los relatos, la contradicción en la confesiones, la resistencia opuesta a decir la verdad, arrancada poco a poco y a pedazos, como se arranca un feto con un fórceps, y el decir hoy una cosa, estableciéndola como la verdad del hecho, para desmentirla al día siguiente y volver a afirmarla al otro día, son iguales en ambos casos.

Pero Teresa Humbert es mucho más fuerte que Linda Bonmartini, porque la Teresa es un cerebro y la Linda es un sexo. A ésta, hasta ahora, no se le ha ocurrido decir, en su propia defensa, sino que el conde Bonmartini era un estúpido.

Sí lo sería, puesto que casó con tal sabandija. Pero si el ser estúpido un marido eximiese de toda responsabilidad a la mujer que lo asesinase, casi no se verían más que viudas por las calles, diciendo a quien quisiera oírlas:

—¡Lo asesiné, sí, señor. ¡El pobre era tan estúpido!…

La Nochebuena de Teresita

¡Nochebuena!… ¡Nochebuena!… ¡Noche triste!… ¡Noche triste!… Y esta Nochebuena tal vez sea, aunque sin voluntad de los parisienses, más grata al corazón de Cristo. Porque Cristo era triste y sobrio…

Noel es, por esencia, la fiesta de la infancia congregada alrededor del arbolito de Nochebuena, lleno de dulces y juguetes.

«Ce que je demande, c'est qu'en passant ce soir tu mettes dans mes sabots un petit peu de pain», dice la plegaria del niño pobre a Noel…

¿Cuál será la plegaria de la pequeñita Teresa Prieux, víctima de las torturas de Enrique Péemans? Amante y explotador de María Prieux, hermano mayor de Teresa, distraía sus ocios, mientras aguardaba el dinero recogido por María del fango de la calle, martirizando a Teresa. La golpeaba horriblemente, la mordía, la colgaba del pelo, le quemaba con la punta del cigarro. Una vez la obligó a sentarse, desnuda, en ceniza caliente…

Teresa Prieux es otra compañera mártir de Lucía Guyon, Juana y Germana Deblander, Gabrielilla y tantas otras. Juana y Germana Deblander fueron arrojadas a un foso de las fortificaciones y machacadas con piedras.

«Las dos pequeñas —declaró el asesino, padre de ellas— quedáronse dormidas al pie de las fortificaciones. De repente me resolví, y cogiendo a Germana por la pierna y el brazo derechos, la eché al foso. No gritó. Pero despertada de súbito, fijó en mí sus grandes ojos, abiertos por el espanto. Hice lo mismo con Juana. Luego oí. Nada. Ningún ruido subió del fondo… »

El asesino de Gabrielilla, Sauthon, que no tuvo tiempo para violarla, declaró tranquilamente:

«La noche era muy negra. Gabrielilla tuvo miedo de mí cuando me acerqué a ella. Después de hacerla comprender que no la quería mal, la di diez céntimos para que me siguiera a una hondonada del camino, allí donde están los pajares. Aceptó; pero pidiéndome que no la detuviera mucho porque la esperaba su madre.

Bajamos hacia los pajares. Un cuarto de hora después oí gritos que venían de la avenida Henri Corvol. Una mujer voceaba: ¡Gabrielilla!… ¡Gabrielilla!… ¿Dónde estás?… Al oir la voz de su madre quiso la niña huir. La retuve en mis brazos… Gritó. La tapé la boca con la boina. Como seguía agitándose la dije: «Aguarda, chiquilla, que te impida cantar,» y cogiéndola por la garganta, la arrastré hacia el Sena. Las personas que buscaban con luces a la niña se habían acercado a nosotros y tuve miedo. Al llegar al canal, Gabrielilla no se movía. Entonces pensé que la había apretado demasiado la garganta, y la eché al agua… Mientras que la madre husmeaba alrededor de los pajares, me escondí tras un montón de arena. Los acompañantes de la madre fueron hacia la orilla del canal, para mirar el agua… Yo fuí a acostarme más lejos. Cuando se marcharon todos, entré en una caldera vieja de una máquina ferroviaria, en la que había puesto unos montones de paja, y allí, como en buena cama, dormí de un tirón hasta las siete de la mañana.»

Al oír este siniestro relato, en la audiencia, la madre de Gabrielilla se abalanzó al asesino, gritando:

—¡Dejádmele!… ¡Dejádme que le juzgue!… ¡Quiero arrancarle los ojos!…

Renovando el suplicio de Tántalo, Desjardins acercaba a la boca de su hijo sin dejárselo beber, un vaso de agua; y la madre le enseñaba un cartucho de bombones cuando el chico tenía un hambre devoradora… Maltratado atrozmente, privado de comida y bebida, el chico rompía a llorar; y entonces, temerosos de que se alarmase la vecindad, los padres le obligaban a cantar en el balcón; —y cuentan los vecinos que había sollozos en el fondo del triste cantar…

Los niños sacrificados por sus padres son un terrorífico folletín que se saborea con fruición; pero sin el piadoso sentimiento y sin el reflexivo dolor que tenemos los que sabemos lo que es sufrir, cuando recordamos a la pobre niñita que, echada por su padre al fondo de un pozo seco, vivió allí varios días, con las piernecillas rotas, viendo con espanto el ir y venir de unas ratas enormes que se acercaban a ella, y el cauteloso andar de una culebra que se arrastraba entre los hierbajos; y con mayor espanto aún, cuando alzaba la vista para implorar misericordia al cielo sordo, la espeluznante negrura de viscosa y velluda araña, moviéndose en el fondo de su red, que tapaba la boca del pozo…

Dumas ha dicho:

«El hombre que pone voluntariamente —y siempre es con voluntad— una criatura en el mundo, sin asegurarle los medios materiales, sociales y morales de vivir, sin reconocerse responsable de todos los daños consiguientes, es un malhechor que merece ser clasificado entre los ladrones y los asesinos.»

¿Qué diría Dumas de los verdugos de niñas como Teresa Prieux?

Noel le dio de aguinaldo el que vecinos misericordiosos llamaran la atención de la policía, en víspera de Nochebuena, sobre los aullidos y sollozos de la niña, y la policía entró en la casa cuando Péemans, después de quemarla con el cigarro que fumaba, tapó las llagas con motas de algodón empapado en vinagre. Tenía 40 grados de fiebre.

La llevaron al hospital, la metieron en una camita limpia y blanca, la pusieron en la cabecera una ramita de gui, de la planta, eternamente verde, que atrae la dicha, del gui de los Druidas, misterioso y bendito, y no se ha vuelto a saber de ella sino que delira, delira…

Tal vez le diga a Noel:

«Ce que je demande, c'est qu'en passant ce soir tu mettes dans mes sabots un petit peu de pain… »

Comedianta

La Giriat, que tuve el horror de presentar a ustedes, puede, en clase de garza, mucho más que Waldeck y Combes en clase de cabras elocuentes, como les llamó Clemenceau, y que el mismo Clemenceau, en clase de perro de Terranova, salvador de una de dichas cabras. El público mira con más ansiedad hacia el dormitorio de la asesinada Fougère que hacia el Senado del derrotado Waldeck, y como el periodista no tiene que contentarse a sí mismo, sino contentar preferentemente al público, resuelvo dejar las cabras y el Terranova del Senado para charlar con ustedes de la garza de Aix—les—Bains.

¡Es mucha garza! Hábil, felina, pasmosa por su sangre fría, desconcertó al juez instructor en la terrible escena de la reconstitución del crimen. Se hizo atar, gritando: «¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Los asesinos me apretaron más la noche del crimen!». Y cuando estuvo atada como un salchichón, probó, que podía, apoyándose en la cabeza, ganar la ventana y pedir socorro, como lo pidió a raíz del asesinato. Las autoridades no encontraban un botón eléctrico que servía a la Fougère para llamar a su servidumbre. La Giriat, lista como una perdiz, subió a la cama de su difunta amiga y encontró el botón eléctrico, «no sin haber manchado con la suela de sus botitos las blancas fundas de las almohadas que empleó ella misma para asfixiarla». Y luego, sentada a la vera del juez instructor, se fue enterando del estado en que se hallaban los trajes y demás efectos de su «pobre amiga».

—¡Ah! —exclamó.— Con tanta humedad como hay en esta casa cerrada, van a florecerse esas prendas de mi amiga, y es lástima que se pierdan. ¡Si pudiéramos arreglar un poco la habitación!…

La escena de la confrontación de la Giriat con su confidenta Blanca de Valmont y con su cómplice Enrique Bassot es un mundo de sensaciones morbosas.

«El 6 de octubre —cuenta Blanca de Valmont— almorcé copiosamente con la Giriat en un restaurant de la avenida de Clichy. La Giriat lucía un sombrero muy bonito, guarnecido de una hermosa pluma, que era de la Fougère. Animándose la Giriat, me confesó que la noche del crimen había acompañado a la Fougère al Gran Casino de Aix—les—Bains. a la una de la mañana volvieron a la villa Solms. La Giriat, que hacía de amiga más que de criada de la Fougère, la ayudó a desnudarse.

«Al ir a asesinarla, después de haberla dejado en la cama, la Fougère, muy nerviosa, quiso defenderse y arañar al hombre que acompañaba a la Giriat.

¿La Fougère sufrió mucho?, la pregunté.

«—Un cuarto de hora largo, me contestó. Tenía el cuero duro. ¡Ah, penco! Se había puesto de rodillas, pidiendo perdón. ¡Que me lo roben todo, decía; pero que no me maten!… No la hicimos caso. Cuando la vi muerta me hice atar por mi hombre, para representar la comedia.»

La Giriat oye la acusación de Blanca de Valmont y, extendiendo un brazo, exclama:

—¡Juro por Cristo que todo cuanto ha dicho esa mujer es falso!…

Luego increpa a Bassot, le injuria, le escarnece, le patea con la palabra, le acusa; pero Bassot, que conoce a su hembra, la mira en el blanco de los ojos, y la dice suavemente:

—Comedianta…

¡Comedianta! Sí; comedianta consumada en el difícil arte de la perfidia y el disimulo. Hay en el apóstrofe de Bassot, surgido mimosamente de los labios, pero con convicción íntima, plena, inmensa, una requisitoria más vigorosa que la acusación que hará el fiscal. Comedianta… Bassot sabe lo que dice, porque compartió su vida de mentiras, de intrigas, de infundios, de embusteras caricias en revolcaduras sobre fango, y como está en el secreto, y la conoce en las más íntimas entretelas, y sabe de cuánto es capaz esa mujer, no le pidió el cuerpo enfurecerse cuando ella le injuriaba y denunciaba, sino que le pidió decirle retozonamente: Comedianta, como si esta palabra fuese una palmadita afectuosa de las que la daba en embusteros ratos de amor… con una pantera de Java…

Tragedia de artista

Ya que esta Prensa ha «descorrido el velo» de la velada dama que diariamente iba de visita vespertina al estudio del pintor Syndon, lícito sea a los cronistas españoles discurrir, sin alarmar con difamaciones el honesto sentido de nuestro morigerado público, sobre las consecuencias de los amoríos de dicho artista con la señora de David, el cual no era el de la Biblia, sino un marido que, tras de engañado, fue revolvereado por el amante de su mujer.

Cuentan las crónicas que al ir unos periodistas, ganosos de información, al estudio de Syndon, encontraron en el jardín al escultor Chartier dando zancadas, sumamente abstraído y sin dignarse contestarles ni mirarles la cara cuando le hicieron las primeras preguntas. Y después, obligado a responder algo, en vez de ocuparse del crimen, habló del talento de su amigo, enseñó sus últimos cuadros y siempre ensimismado, nuevamente emprendió el interrumpido paseo a zancadas por el jardín.

Esta actitud del escultor es el complemento de la actitud del pintor. En la tragedia David—Syndon, que es de una vulgaridad cotidiana, el gesto del artista, medio loco, matando porque no le dejaban ver a la dueña de sus pensamientos, es lo único interesante para el observador.

Y es también una gran lección para las damas mundanas de vida ligera y de amoríos veraniegos. Los de la señora David hubiesen tenido un desenlace natural y cotidiano si Syndon no fuera artista. En el caso de éste, un hombre de mundo, seguramente harto de recibir las visitas de la velada dama, habría acogido con mil amores, y como un favor, la terminación de los de madama David, y después de darle las gracias al marido, hubiera buscado otra madama.

Syndon no lo entendía así. Desequilibrado, como buen artista; puesto que artistas en equilibrio no los hay más que en los circos ecuestres, y viviendo por y para su arte, exclusivamente, con la continuada tensión nerviosa que enloquece el espíritu y arruina la materia, la aparición de madama David en el estudio del pintor fue el complemento del arte de éste, algo indispensable a la mise en scene del estudio, y la quiso con todo el salvajismo con que un artista quiere a su obra. Era su gran lienzo, su cuadro maestro. Si un hombre cualquiera hubiese pretendido arrebatarle el cuadro que le premiaron en la Exposición de pinturas, Syndon le hubiera perseguido a tiros por el jardín de su estudio. Eso mismo hizo con el hombre que, con perfecto derecho, pretendió arrebatarle su obra amorosa.

Las señoras mundanas que mudan de amor como de camisa aprenderán que no es lo mismo cultivarlo con un comerciante equilibrado, que cultivarlo con un artista, cuyas pasiones casi siempre piden una camisa de fuerza…

Locos de remate

Por fin tenemos un drama que no es «bien parisiense», sino bien ruso, o bien yanqui, o bien ruso—yanqui, y, por tanto, envuelto en las nieblas del misterio novelesco, que tanto gusto da a los lectores de folletines.

Actores: un joven ruso, M. Rydzewsky, y una joven americana, la señora Ellen Gore, divorciada de su esposo. Cantante el joven, cantante la joven, llegados ambos a París a cultivar el dúo del amor, que estaba indicado para estas dos almas cantantes.

Muy distinguido por su casa el ruso: hijo de una dama de la Corte y de un general que asaltó una fortaleza; sobrino de un político que asaltó una cartera de ministro; antiguo paje en el cuerpo de pajes de Petersburgo, de grandes duquesas y de la misma Emperatriz de todas las Rusias, y, en fin, oficial del regimiento de Preobrajensky, cuyo coronel es el mismísimo Zar, nada menos.

En suma, un personaje que se dedicó al canto porque, según parece, en Rusia todos los personajes cantan un poco, y después de asaltar una fortaleza, cubriéndose de gloria y de cicatrices, se dedica uno a cantar La Traviata.

álzate la bata, etc., etc

¡Qué tiempos aquellos en que yo también cantaba estas cosas, sin haber asaltado ninguna fortaleza!…

De la americana Gore no dicen los datos recogidos hasta hoy que fuese paje o paja de Mac—Kinley, ni que descendiera de algún asaltador de fortalezas; pero se sabe que era persona de mucha distinción por su casa y personalmente.

A París vino recomendada a mi amigo el inteligente artista Vicente Toledo, que se salvó de buenas o de que el celoso ruso lo «suicidase». Precisamente el día de la defunción de la señora Gore, que según ha dicho Toledo a L'Eclair, «era encantadora (Vicentito… ), admirable (¡Vicentito!… ) y trabajaba con ardor (¡¡¡Vicentito!!!)», dicha señora le había citado para que la acompañase al teatro.

La ha acompañado a la Morgue, que no es lo mismo. Armado de sus butacas la estaba esperando, tomando café, cuando apareció la casta diva muerta en la cama del Sñr. Rydzewsky.

¿Qué había ocurrido? Ni el mismo Vargas lo averigua. ¿Fué homicidio por imprudencia?… ¿Suicidio?… ¿Fué otra cosa, que no me atrevo a decir de un ruso visitado por las notabilidades rusas de París y defendido por la Prensa, que no pierde ocasión de rendir homenaje a la alianza francorrusa?

Misterio aparte, no hay motivo para que estos periódicos se muestren sorprendidos de tal desenlace entre dos personas de tanta alcurnia.

Ruso él, yanqui ella, artistas ambos, ambos locos de remate.

Pero admiremos, ¡oh cielos!, las extrañas conjunciones de los seres. Salir de Petersburgo un caballero y de San Francisco de California una dama a cantar en París el dúo de La Traviata, interrumpido, ¡ay!, por un tiro de revólver. 

El Orden de cosas

El «matador de mujeres» Vidal, condenado a la pena capital, no irá a la guillotina, porque unos médicos han dicho de él que es «un degenerado con insensibilidad física y moral». Le pincharon con agujas, y se estuvo quietecito. Le hicieron cosquillas con una pluma en la planta de los pies, y no dio señales de risa. Comía como un bobo, dormía como una marmota y no pensaba en los crímenes que cometió. La Ciencia dio, pues, un informe favorable a la insensibilidad física y moral del asesino. De su degeneración no cabe duda, puesto que mató varias mujeres.

Si mata usted una persona sola, la Ciencia falla que está cuerdo y en disposición de subir al patíbulo; pero si mata usted media docena de personas, la misma Ciencia falla que está loco y que, después de darse una vueltecita por Cayena, podrá volver a los bulevares de París.

La Gabriela Bompard, que también es una degenerada e insensible a las cosquillas cuando se las buscan en la planta de los pies, saldrá dentro de dos años a pasearse por dichos bulevares y tener citas en el mismo café donde la esperaba el buen Gouffet. Unos años después saldrá también el «agraciado» Vidal, y si Dios los junta, después de haberlos criado, van a sacar una cría que ya ya.

Buena parte del público, que se dedica a canonizar asesinos y dignificar ladrones, aplaude la gracia de Vidal. a su novia, que es una atropellaplatos usada, se le han presentado en Niza varios aspirantes a su pringosa mano, y Vidal recibe diariamente ilustradas tarjetas de señoritas que desean preguntarle en el momento psicológico:

—Di, ¿cómo las mataste… ?

Si la Cecilia Aznar tiene la suerte de la Gabriela Bompard, lo mejor que podrá hacer, cuando la suelten, es venir a París, donde es muy conocida y respetada, no sólo por haber planchado al Sr. Pastor, sino también porque Marcel Hutin, de L'Écho de Paris, publicó las frases que hizo ella en la cárcel cuando estaba allí la sacra familia de los Humbert.

—Se les debe perdonar, porque han robado elegantemente —decía la Cecilia, tal vez pensando que a ella también la deben perdonar, porque mató elegantemente… por lo nuevo, siendo así que a nadie se le había ocurrido estirar un hombre con una plancha.

Puesta Cecilia en posesión de los bienes del Sr. Pastor, cuya memoria debe ser estigmatizada, y votada la candidatura de Teresa Humbert como miembro de la Academia, en sustitución del Sr. Cotarelo, se habrá entrado en el orden de cosas.

En el orden de cosas de las gentes que se entusiasman con las fechorías del «sádico» de Bourg—la—Reine, que se disputaron a gritos y empellones las prendas de la familia Humbert, el mobiliario de Boulaine y las entradas para asistir a las bodas de Leca con «la Pantera del Trono», y que sienten «la desgracia» de Syndon, envidian «la suerte» de Giron, devoran por entregas la amorosa historia de la señora de Pistolkars, y no tienen palabra de lástima para las víctimas de estos degenerados, sin cosquillas.

En el orden de cosas, en fin, que condujo a Sedán y a Santiago y nos lleva de cabeza a la cola de Europa.

Diálogo mundano

—Estoy aterrada, amiga mía.

¿Has leído el telegrama de Epinal que publica el «Journal»?

¡Es atroz! Ya no está una segura en ninguna parte ¡Esa señorita, Luisa Claudel, de cuarenta y un años, terriblemente violada en pleno paseo, por un facineroso que surgió de una floresta!

—Terrible. Y dicen que desde anteayer el paseo está muy concurrido por señoritas que pasaron de los cuarenta.

—Madama Galtié… Pero ¿por qué se le ataca? Su perversidad felina en el crimen es encantadora. ¿No has leído la declaración de uno de los muchachos de los pensamientos de ella?

Le había llamado para que la ayudase a poner los sobres de las esquelas de defunción de su hermano, a quien envenenara ella misma. La escena pasó en una habitación próxima a la en que estaba el muerto, cuya lívida fisonomía, entre cirios, se alcanzaba a ver por la puerta entreabierta.

«Yo trabajaba al lado de madama Galtié —ha dicho el joven,— cuando ella se acercó a mí, besándome largamente. Sus besos me helaron de espanto».

—¡Habráse visto tontillo! Un novato en el conocimiento de salsas amorosas. Y él es de París y ella de un poblachón.

—Es que en París, como en Madrid, casi todo lo sensacional y «chic» es de provincias.

—El otoño se presenta mal para nuestro sexo, «ma chère». Madama Fougère asfixiada en Aix—les—Bains. Otra «fille», la Baduel, asesinada a navajazos.

—Cosas de rascacueros, según se dice. Nuestros compatriotas no gastan esos modos.

—Sin embargo, ese diputado de fuste que ayer dio un escandalazo en la estación de San Lázaro, apaleando a su ex—querida, no es extranjero.

—Cierto. Pero fijate en que ella hizo al diputado la más terrible de las ofensas.

—No caigo.

—¿Pues no sabes que le pidió dinero? ¡Si fuera él un extranjero! ¡Pero pedirle eso a un parisién!

—Sí que es abuso. Y él se vengó empezando por no quitarse el sombrero mientras la hablaba. Ella misma, que ya está «intervievada» y resulta interesantísima, lo ha dicho: «Yo le hice notar la incorrección en que incurría con tener puesto el sombrero mientras hablábamos en la calle».

—Es que llovía a chuzos, y él es calvo y catarroso.

—No le hace. Cuando un parisién habla con una mujer, aunque haya vivido con ella catorce años, tiene que estar todo el tiempo con el sombrero en la mano, aunque la conversación tenga lugar en Saint—Pierre y el Pelé vomite lava.

—En fin, esto va a ser un nuevo asunto político. Se anuncia una interpelación.

—Como que, lo mismo por parte de él que por parte de ella, es asunto de «coffre—fort… »

Como no soy ministerial en Francia ni en otra parte, es claro que no tengo interés en defender el «caso» del diputado de la mayoría M. Merlou, cuyas relaciones, harto vulgares, en la sociedad parisiense y en todas las sociedades del mundo, con madama Addey, no merecían, por ningún concepto, salir del dominio privado de dichas personas. Un caballero que se permite el lujo de tener amante, y una amante que, despechada porque el caballero la dejó, con o sin motivo, le da el consabido escandalito, no puede ser una novedad, aunque el caballero sea diputado ministerial, o «blocard», como se dice ahora.

Pero obsérvese de paso con qué facilidad se transforman ciertas gentes en cuchillo de un Merlou, aunque hayan hecho o estén dispuestas a hacer lo mismo que él. Es decir, lo mismo, no; porque M. Merlou, después de sufragar durante varios años todos los gastos de madama Addey mientras fue querida de él, le pasaba, a título de retiro, 500 francos al mes.

«Poussé par son bon coeur» dicen los periódicos, y en verdad que ni cinco perras chicas merecía una madama que se coló furtivamente en el domicilio del ex amante para enterar a su familia de las relaciones que tenía con él.

—Yo soy la querida de su padre de usted, dijo a la hija de éste, chica de quince años.

Madama Addey, que, como hembra, debe pertenecer al surtido ordinario de las que se vengan de quien les hace el bien posible, es también de esas mujeres que involuntariamente hacen daño a las de su clase, porque los Merlou tienen que decirse lógicamente:

—Si por ser bueno me dan un disgusto, por ser malo me darán una satisfacción. Por lo menos, ahorraré 500 francos al mes.

Y dirán a sus antiguas amantes:

—Si quieres comer, hija mía, come alpiste.

Como todo tiene reverso, la Julia Guillermo lo es de madama Addey. En este caso era ella quien pasaba una «pensión»… «Le» mantenía, y, además, «le» arrullaba la comida, cantándole «couplets», recogidos de todas partes mientras iba vendiendo amores por él, y, una noche, después de cantarle mucho, para arrullarle el sueño, él la mató, poniéndola como «Inri», una rosa de trapo entre los labios, mudos para siempre.

La mató porque sí; porque era demasiado buena para él; porque necesitaba vengarse del bien que le hacía; porque las almas débiles inspiran ganas de matarlas…

¿Quién no recuerda el amoroso rapto de la señorita Le Play por el doctor Marcille? La señorita, toda vaporosa y de blanco vestida, cayendo en los brazos del doctor, quien, en compañía de dos amigos, la raptó vertiginosamente en automóvil. Luego, los amigos llevando el automóvil, mientras la señorita y el doctor se amaban en las más humildes posadas del tránsito. Y madama Bob—Walter, confidenta de estos amoríos, teniendo sensacionales interviús, algunas de las que, según se murmuró entonces, le valieron bonitos billetes de mil francos.

Fué un idilio. El público lo disculpó todo, el automóvil inclusive, por la pasión de los jóvenes enamorados. Además, el doctor Marcille iba con buen fin; puesto que su automóvil paró en la Vicaría.

Y he aquí que desde hace días corre insistentemente por París el rumor de que la señorita y el doctor van a divorciarse. ¡Adiós idilio! ¡Adiós recuerdos de amoríos, consumados en humildes ventorros del camino! ¡Adiós automóvil de una pasión demasiado violenta y precoz!

Y es de notar la ansiedad con que el público aguarda detalles de la desavenencia. conyugal, de los dimes y diretes entre enamorados que juráronse fidelidad eterna, de la ruptura final con todos sus cancanes y con todas sus acritudes, de un escándalo, en fin, muy parisién…

Los amigos que antaño llevaron el automóvil han desaparecido; madama Bob—Walter, que antes cobró por contar amoríos ahora cobra también por contar disgustos; el automóvil, polvoriento y derruido, está arrinconado en una cochera, y del hermoso y poético idilio no queda ya ni el olor en los humildes ventorros del camino.

¡Haberse querido tanto; haber echado nombre, reputación, pudores de sexo a la hoguera de un idilio: haberse comido los labios en las silenciosas horas de un amor insaciable, para salir luego con dos puñales envenenados a clavárselos en el corazón ante una vocinglera multitud de circo!

Muy triste. Aún más idiota que triste.

Un ex Prefecto

A pesar de la riqueza de Monnier, y de las altas influencias que se pusieron en juego para salvarle, el tribunal le condena a 15 meses de prisión. ¡Los detritus no le sirvieron de circunstancia eximente de responsabilidad criminal!…

¡Harto condenado estaba!

«Para salvarle a usted, le dijeron, tiene que hacer el papel de un perfecto imbécil; de un hombre que ni ve, ni huele ni entiende;» y el procesado lo hizo con extraordinaria propiedad y con inaudita resignación evangélica.

En efecto: por muchas ganas de salvarse que tuviese el interesado, es de suponer que pasó las de Caín al oír que le decían públicamente:

«No sólo es usted un perfecto idiota, sino que es además, un perfecto lechón, que en su vida se ha lavado. No sólo no ve usted tres sobre un borrico, sino que, además, no tiene narices, como lo prueba el que le pareciesen excelentes unos detritus que le dieron por fresas azucaradas. Su misma señora ha declarado que no distingue usted una chuleta sana de una chuleta putrefacta. ¡Es usted tan imbécil como cerdo, señor de Monnier!»

Otro que este sacristán habría pedido, por no oir más, que le llevasen a la guillotina.

La señora de Monnier también es un caso raro. No creo que se encuentre otra mujer capaz de cargar con un Monnier, a pesar de sus riquezas; y no porque Monnier es un imbécil, pues son muchas las mujeres que piden a Santa—Rita un marido aunque sea un animal, sino por no… . matrimoniar con tamaño papamoscas, que ni ve, ni huele, ni ná… .

Pero como esta dama es una avarona, puede que estuviese a gusto con un marido a quien alimentaba a tan poca costa: ¡con chuletas putrefactas y detritus de ella misma!

Este proceso es lo más cómico de este año y siglo: un señor, que se deja llamar cegato, inodoro, imbécil y gorrino; una señora que confirma que su marido es un gorrino, un imbécil, un cegato y un inodoro; y unas clases privilegiadas que desearon que saliese absuelto por inodoro cegato, imbécil y gorrino un hombre a quien dieron el alto cargo de subprefecto, y que, como tal subprefecto, las gobernó… .

Porquerías doradas

El proceso de los señoritingos d'Adelsward y Warren está dando golpe.

La única novedad, a mi juicio, que presenta este proceso es que los procesados, por su cultura, por su erudición, por sus gestos «ultrachics» y hasta por su bien prendida indumentaria, no son unos «Rafael y Baltasar» corrientes en el mercado de los «invertidos». En este caso, la porquería no sólo se ha dado en píldoras, sino en píldoras doradas, y el público las traga sin hacer aspavientos.

Albert de Warren no ha inspirado, ni con mucho, la benevolencia que inspira Jacques de Adelsward, porque carece de la inteligencia sugestiva que adorna a su compañero. La palabra de Albert de Warren es premiosa y vulgar. a veces resulta tonto de la cabeza, como cuando dijo que había querido ser periodista porque oyó decir que el periodismo es carrera de mucho porvenir, y que habiendo entrado en un periódico, el director de éste le dedicó a poner fajas. Acepté —añadió Warren—, considerando que este trabajo era el primer escalón de la carrera.»

D'Adelsward es otra cosa. Este baroncito, tan peripuesto, bien oliente y poético, que pide violetas para sus rubios cabellos y a quien le han hecho una delicada operación quirúrgica por detrás, se ha revelado orador y no tendría nada de extraño que saliese de la Audiencia para entrar en la Cámara. Defiéndese a lo lord Douglas, con textos de Teócrito, Virgilio, Platón, Baudelaire, Huysmans, Verlaine y otros. Pero lord Douglas se defendió con la pluma en la «Revue Blanche», y d'Adelsward se defiende con la palabra ante un público intelectual y selecto, aunque numeroso.

Y esa palabra es elocuente, brillante a ratos aterciopelada, a ratos irisada, siempre sugestiva, con mariposeos intelectuales y timbres cristalinos. Como triunfador artístico es excepcional, siendo así que no hay mayor triunfo que hacer comer fango, porque se le envuelve en papel dorado, y beber agua corrompida, porque se le escancia en cáliz de cristal veneciano. Oyéndole, se comprende la sugestión que ejercía en su tertulia de púberes, con blancos velos y guirnaldas de rosas, cuando invocaba a Adonis y celebraba con pomposo rito la Juventud y la Muerte.

Y esas mismas cualidades intelectuales de un mozo para quien los médicos forenses invocan la atenuación del desequilibrio atávico, debieran inclinar el ánimo del Tribunal a la inexorabilidad en el fallo castigador. Porque este «invertido» no es vulgar, sino excepcional, que no sólo se ha prostituido a sí mismo, sino que ha prostituido también, con basura envuelta en páginas virgilianas y verlainianas, a infelices niños que tenían la majestad de la inconsciencia.

Sería muy sensible que se aceptase en nuestras costumbres jurídicas lo que es corriente en nuestras costumbres políticas, sentándose la jurisprudencia de que todo está permitido cuando lo abonan una palabra elocuente y un bolsón con cuarenta mil francos de renta… .

Un bravo hombre

A pesar de las comparaciones establecidas por algunos periódicos parisienses que, a falta de novedades en este período agónico de la Exposición, adornan desmesuradamente el asesinato de Agustina Durand, muerta por un desconocido en la casa de amor que ella tenía, tal crimen no debe compararse a los asesinatos de María Jouin, Luisa Lamier y Josefina Bigot. No es un caso de sadismo. Es un vulgar asesinato, cuyo único móvil fue el robo. En los asesinatos de María Jouin, Luisa Lamier y Josefina Bigot hubo otra clase de perversidades. En lo que sí hay absoluta paridad es en el ideal, llamémosle así, que perseguían aquellas jóvenes víctimas. El pelaje es el mismo. La casta es igual. Como las Jouin, Lamier y Bigot, la Durand pertenecía al género trés parisien que yo describí en estos términos.

«Trabajaban a su modo. Llevaban escrupulosamente sus respectivas contabilidades, anotando los ingresos y los egresos y haciendo balances de fin de año. Por lo demás, honradas muchachas, según declaración de porteras y vecinos. No daban escándalo, eran atentas con todo el mundo, no se excedían en gastos, pagaban puntualmente sus inquilinatos, y… «eran respetadas en la vecindad». Cada una de ellas tenía una libreta en la Caja de Ahorros. Amasaban ahí centenares de francos, y habiéndolo calculado todo, tenían la seguridad de poder retirarse en tal o cual parte con el botín del amor, a vivir tranquilamente de las economías que acumularon en muchos años de trabajo. Y todas ellas pensaban en la casita campestre, en el interesado provinciano que santificara con el matrimonio una vida de largos años de prostitución, en el respeto del villorrio, y en el cortés saludo del alcalde, que deja la acera «á madama Tal, cocotte retirada».

En el caso concreto de Agustina Durand, lo que más sorprende es que, persiguiendo el ideal de tener renta, no vivió sólo como cortesana, sino ayunando como un Pappus. En efecto, si son exactas las informaciones de la autoridad que instruye esta causa, Agustina Durand hacía años que tomaba por todo alimento «arenques y ensalada». Cornely ha dicho que en Francia todo el mundo tiene renta. Agustina Durand no quería ser la excepción de esta regla general; y para acaparar la renta cuanto antes, ayudaba la prostitución con el arenque. ¡Pasar la primavera de la vida comiendo ensaladas como una canaria, y tragando arenques ahumados y otros embutidos peores, para vivir de renta en la vejez! Considerado desde el punto de vista del negocio es… la cebada al rabo.

Otro aspecto psicológico de este crimen es la conducta de la familia de la interfecta. ¡Respetable familia de provincias! Gente digna, repugnábanle los tejemanejes de Agustina. Gente acomodada, —uno de los hermanos es director de una fábrica en Corbeil,— no la sacaron del arenque ni de lo otro. Gente práctica, ha descorrido el velo del incógnito tan pronto como se averiguó que la Durand tenía buenos billetes de mil; y aunque antes no quería saber de la indigna que la deshonraba, ahora quiere llamarse a la parte, habiendo venido a París a reclamar el fruto del trabajo con que Agustina deshonró a su parentela.

Ce brave homme, observan los periódicos, refiriéndose a un hermano de la víctima, a fait comprendre qu'il venait surtout pour la succession.

¡Que no se figure nadie que el hermano ha venido a llorar sobre el destripado cadáver expuesto en la Morgue, ni recordando el ingrato destino de su hermana, ni la dieta de arenque a que se había sometido ella mientras se embutía él bistecazos en provincias! No. «Él ha venido sobre todo por la herencia.» Por eso es un brave homme en nuestros tiempos; y cuando vuelva al pueblo con los 17.000 francos de la meretriz, el pueblo le hará una ovación.

Refuerzo por retaguardia

El infecto proceso de Berlín ha producido en la Prensa y en el público de casi todas las capitales europeas profundísimo efecto, exteriorizado en comentarios amargos y tristes, que reflejan sorpresa y decepción. Por tratarse de alemanes, del ejército alemán, de hombres guerreros que dejaron un rastro de sangre y lágrimas en la tierra francesa, parecía natural y lógico que París, siempre dispuesto a reír de cuitas, no sólo ajenas, sino también propias, aprovechase una ocasión tan propicia a la chacota y el escarnio. Pero no es así, al menos hasta hoy.

¿Tan inusitada circunspección responde a respeto a un enemigo formidable o a cortesía tributada a un adversario en desgracia? Ni a lo uno ni a lo otro, a mi juicio. La agonía y muerte de Bismarck fueron comentadas con una rechifla en los bulevares.

Lo que hay, como explicación del caso actual, es que París es una ciudad muy vieja en escándalos de todos calibres, una anciana que ha visto muchas cosas, que sabe de todo y que no se asusta de nada…

Si el proceso de Berlín entrañase una traición de oficiales alemanes contra el Ejército, por ejemplo, una venta de secretos de guerra, París, comentando la traición, sacaría consecuencias y provecho; pero de lo que se trata es de un proceso de malas costumbres, y necesariamente tiene que dejarlo indiferente. De las malas costumbres de la camarilla del Kaiser, el acusador Harden deriva muy graves consecuencias para la política imperial; pero la mentalidad de París no es, en este punto, la del periodista alemán, porque París entiende que nada tiene que ver aquello con las témporas del año.

Basta leer las descripciones que frecuentemente hace Drumont de la actual sociedad para convencerse del desbarajuste que existe en punto a moral. Basta recordar los estudios que Fouquier hizo del matrimonio moderno para convencerse de que las sucias escenas que hubo entre el conde de Moltke y su esposa divorciada, la señora von Elbe, ni son nuevas ni tienen importancia en el bulevar. Basta recordar que París le abrió los brazos a Óscar Wilde, cuando Londres lo echó de su seno; que los procesos de costumbres se sustancian aquí entre risas y bromas, precursoras de fallos absolutorios en su mayoría, y siempre indulgentes; que los crímenes contra la infancia tienen castigos irrisorios y ridículos; que los Soleilland son admirados y solicitados hasta en las Audiencias, y las Juana Weber tienen protección y amparo… ; basta recordar esto, no más, para convencerse de que en el medio ambiente de los baroncitos de Aldelwards y de las Merelli, la mentalidad del Kaiser, en el proceso de Berlín, no resulta…

Hay una tendencia general, que tiene puntos y ribetes de artística y literaria, a considerar la moral como manifestación vulgarísima y cursi que afea y denigra a quien la cumple. Matar padres, violentar ancianas, estuprar y estrangular niñas, abandonar la mujer después de estafarla y mancillarla, expulsar la prole después de martirizarla y encanallarla, ser sádico con niños, traidor a la amistad, fullero en los negocios, simoníaco, prevaricador, y manos puercas en todo y por todo, y andar como traviata desabrochada, con la perfidia en el corazón, el ajenjo en el cerebro, la impudicia en los labios y en las manos la llave ganzúa del chulapo cómplice, son manifestaciones de esprit fort —¡byronianas!—, y quien pueda alardear de alguna de ellas recabará bien pronto el lauro de la Fama por genial.

El proceso de Berlín resulta, pues, en este orden invertido, un aliciente y un acicate. Los geniales de París, los exquisitos, los superhombres, están muy satisfechos de sumar a sus fuerzas en bandidaje y crápula los nombres de un Moltke y de un príncipe de Eldinburg, como tributarios del talento, de la fantasía, de la despreocupación y del copurchic.

Y el escándalo de Berlín es otra invasión alemana de un nuevo género, neutro, porque no viene, a tambor batiente y con bayoneta en ristre, a dar disgustos, sino a recibir.

Es, pues, un refuerzo por retaguardia.

La absolución de Harden ha vuelto locos a los reaccionarios de la Prensa parisiense. Napoleonistas y orleanistas llegan, en su delirio, hasta querer rasgar el manto imperial del Kaiser. Éste, a juicio de ellos «ha dejado abrir una brecha en el edificio del Imperio y por ella se colarán los revolucionarios.» Lo prudente hubiera sido dejar impunes las brechas que la «camarilla» del Kaiser abría en el cuerpo de granaderos con blancos calzoncitos y botas altas de amazona…

Otra cosa atroz para dichos reaccionarios es que los jurados que formaron tribunal para juzgar los más altos nombres de la aristocracia y del ejército son un carnicero y un lechero. ¿Adónde —preguntan los napoleonistas y orleanistas,— adónde se va a parar en Alemania? ¡Todo un Moltke juzgado y condenado por un lechero!

Sólo por Moltke protestan, porque éste ha pagado por todos. «Las acusaciones de Harden contra el general conde de Moltke —dice la sentencia— han sido suficientemente probadas por los testigos». ¡Ah! ¿por qué se querelló Moltke? ¿quién le sugirió la idea loca de querellarse?

Pues, sencillamente, el Kaiser. Él, Moltke, no se hubiera querellado en su vida, porque harto sabía que donde las dan las toman. Pero el Kaiser, que no es rana y, por no serlo, dista mucho de creer que un proceso contra unos cuantos puede desprestigiar la masa del ejército, exigió una limpieza a fondo, y como a él mismo se la exigiese el Kronprintz, asqueado de oír porquerías en el Casino militar, y el Kaiser recordase lo que él hizo, siendo Kronprintz, con su señor padre, no había escapatoria posible.

Harden, discípulo de Bismarck, sombra suya, es un gran alemán, un gran patriota, y el conde de Moltke es un símbolo de degeneración… ¿Qué mal hay en ello para la patria alemana? ¿En qué puede perjudicarla? La perjudicaría la impunidad si la camarilla orgiástica hubiese continuado informando el criterio del Kaiser sobre la política de Europa.

Pasarán para Alemania, virilizándola, estos momentos difíciles, y sólo quedarán como recuerdo algunas frases jocosas.

Un periódico berlinés refiere que de la guardia de Postdam se dice:

—La guardia se rinde, pero no muere.

Y el Taglebatt dice que un oficial del cuarto regimiento de granaderos de Koenisberg ha sido condenado a siete meses de prisión «por tratos contrarios a los reglamentos en la persona de sus subordinados»; lo cual es un delicado modo de señalar.

Bueno, ¿y qué? Nada de eso vale nada contra el ejército alemán.

El único perdidoso en este caso es el general conde de Moltke, porque hasta ayer las gentes se descubrían respetuosamente al oír decir:

—Ahí va un Moltke…

Y ahora se envuelven en la capa y echan a correr cuando les dicen:

—¡Que viene Moltke!…

Compadrazgo médico

Pero este horror de Juana Weber no puede quedar así. La opinión pública reclama el castigo que merecen esos galenos expertos, ese doctor Thoinot, sobre todo, a cuyos informes se debe que la criminal anduviese suelta, cavando fosas de niños. De ayer a hoy se ha escrito mucho sobre este lamentable asunto. Voy a recoger, por competente e imparcial, una opinión, la del famoso cirujano Doyen:

—En 1905 fue llevado, moribundo, al hospital, un niño que tenía en el cuello una huella, muy significativa, que motivó la inmediata arrestación de Juana Weber. Entonces, y por primera vez, el doctor Thoinot declaró que el niño no había muerto por estrangulación; el fiscal se inclinó ante esta declaración y Juana Weber fue absuelta.

… Haciendo caso omiso de otros hechos me ocuparé del que conozco particularmente: el crimen de Châteauroux, el asesinato del niño Bavouzet, por el cual Juana Weber benefició una vez más de una escandalosa absolución.

Jamás vaciló mi espíritu en la apreciación de este asunto. Por mi mano pasaron todos los informes, y nunca puse en duda la culpabilidad de Juana Weber. Los dictámenes de los doctores Bruneau y Audiat —de Châteauroux— demostraban de irrefutable modo que Bavouzet había sido estrangulado. Cuando el doctor Audiat vino a quejárseme de haber sido maltratado, sin poder defenderse, en una sesión de la Sociedad de Medicina legal, yo le dije textualmente:

«Desprecie usted todo eso. Yo estoy firmemente convencido de que esta mujer, a quien quieren poner en libertad, reanudará su lúgubre tarea.»

¿Que cómo se explica que los tres últimos expertos declarasen también contra el asesinato? Porque eran expertos oficiales, cuya única preocupación era salvar a un colega y amigo de las consecuencias de un error grave. Los jueces estaban seguros de la culpabilidad de Juana Weber. fue el médico forense quien, dictaminando que la criatura no había sido estrangulada, recabó las absoluciones sucesivas, y provocó, en favor de la culpable, una ridícula campaña de sensiblería, que sería profundamente cómica si no hubiese costado la vida a otros seres inocentes.

¡Ah, esos médicos expertos! No son esas victimas las primeras que han hecho…

La responsabilidad de dichas lumbreras de la Ciencia resulta, pues, más grave que se creyó al principio. No faltaron a la verdad por ignorancia a secas, sino también por compadrazgo, por espíritu de clase, salvando a un compañero indocto y haragán que, según la querella judicial entablada ayer por un padre cuyas cuatro hijas perecieron a manos de Juana Weber, ni siquiera se tomó la molestia de desnudar uno de los muertos para reconocerlo debidamente.

Por compadrazgo, por espíritu de clase tuvimos el affaire Dreyfus ¡Un Consejo de guerra no podía equivocarse!… Por compadrazgo, por espíritu de clase, tenemos el affaire Weber. ¡Un Consejo de expertos tampoco podía equivocarse! Aquel error produjo la muerte de algunos hombres y la ruina de muchos más. Este error ha producido la muerte de seis niños.

Y es muy curioso el hecho de que en un Estado que no cree en Dios, se cree en la infalibilidad de un general Mercier o de un doctor Thoinot…

Criadas complicadas

No podía pasar mucho tiempo sin que Juana Weber sacase cría, y ahí está la familia Eohee que lo puede decir. Su criadita, Josefina Pelou, venía consagrándose a la original tarea de meterle alfileres a una niña de dos años, que sus padres le confiaron para que la cuidase, y a la que convirtió en acerico. Unas veces le metía alfileres por la boca y otras veces por… donde le cogían.

—¿Los ha echado todos? —le preguntó la madre, acongojada, cuando la criatura había devuelto diez.

—Si todavía le queda alguno en la tripa —le contestó la criada,— ya lo verá usted.

Y la madre, con tal respuesta, debió quedar tranquila, si no encantada.

El titulado servicio doméstico, que en París no sirve para nada, absolutamente, ha llegado a ser una ganga… para las mujeres del servicio. Cincuenta francos de soldada, por término medio, bien comidas, bien bebidas, bien ardidas, nada que hacer, si no son comisiones a tiendas donde soban a cualquiera, las noches libres, los domingos y fiestas de guardar ídem de lienzo, los 5 centimitos del franco partido, y luego la sisa y después la mar para «mademoiselle», que de todo se ofende y a toda labor hace ascos y desde que se levanta hasta que se acuesta, caso de no dormir fuera y volver a las tantas del día siguiente, está encorsetada, prendida con mil alfileres y yendo y viniendo a su cuarto a darse polvos y alguna inyección, porque es muy limpia, aunque la casa sin barrer.

Pero ahora se ha complicado el servicio doméstico con que los Renard y Courtois, a cuyo cuidado confió usted vida y hacienda, se levantan a media noche, se ponen como sus madres les parieron, entran a paso de lobo en el cuarto de usted, que duerme como un bendito, y a cuchilladas le ponen lo mismo que una carne mechada. Luego se lavan de sangre de usted en su propio tocador, sacan los levitones y los chisterómetros y, con aire muy compungido, asisten a su entierro, exclamando:

—¡Pobre señor!… ¡Tan bueno, tan noble, tan generoso!…

Otras veces el servicio doméstico se complica con que la criada le pone a su niña de usted unos supositorios que le arden el pelo, porque se componen de alfileres, con cabezas de vidrio y tamañas como tachuelas, y luego, la chica, para salir de los alfileres, se retuerce como una anguila y pone el grito en el cielo, lo cual le da mucho gusto a la niñera.

Otras veces, en fin, se acuesta usted tranquilamente, como el Sr. Barré, de Niza, y la criada le hace picadillo y luego se disculpa con que usted se estaba lavando los pies y le dio gana de suicidarse, tal vez fatigado de no acabar de lavárselos.

En Madrid están ustedes en la gloria. Salvo algún caso a lo Cecilia Aznar —que a mi amigo Claudio Frollo, por lo que nos ha contado, le hizo tilín por su temperamento amoroso, cuando la vio en la cárcel, aunque dudo mucho que quisiera tomarla de criada para que le planchase—, las maritornes desequilibradas se contentan, como Obdulia Martínez Benítez, con envenenar con fósforos cuarenta gallinas del corral. Son criadas en la infancia del crimen, candidatas a Juana Weber y a Josefina Pelou, criminales en germen o en canuto, asesinas sin desasnar.

Bien que tampoco tienen los incentivos que algunos articulistas parisienses procuran a estas criadas. Refiriéndose al caso de Josefina Pelou, el doctor Coutand ha dicho:

—Estoy persuadido de que Juana Weber tiene imitadoras y de que sus crímenes obsesionan a no pocos cerebros débiles y destornillados.

¡No ha de tener imitadoras con artículos como el que el doctor Pascal dedicó en Le Journal al análisis del diabólico gou que había experimentado la ogresa!

Ahora sólo falta que ese Pascal, u otro doctor cualquiera, pinte a lo vivo el gou que tendría Josefina Pelou en darle a una niña lavativas de alfileres con cabezas de vidrio, y verá usted que cualquier día se descubre que otra criada le daba al crío biberones de aguarrás.

Sociedad desorejada

Con escama de algunos incrédulos, que creen que la Luna es de pan de horno y París un dechado de finuras, he llamado la atención del lector sobre la tendencia general en los malhechores franceses de cortarle, y a veces mascarle, la oreja al prójimo. Sabido es que, discurriendo sobre la procreación de la especie, el doctor Pinard ha dicho que «actualmente se procrea en Francia lo mismo que se procreaba en la edad de piedra», y que a esto se debe el que las generaciones son raquíticas y garabatosas moral y materialmente. Puede que a dicha circunstancia se deba igualmente la referida tendencia a desorejar al prójimo, porque estemos haciendo, sin notarlo, la vida lacústica que hicieron los primeros animales.

El examen de estas consideraciones podría llevarme muy lejos; pero como mi único fin trascendental, en este caso, es llevar esta carta al correo, me voy derecho a la oreja.

Anteayer precisamente noté, en rápida conversación con el lector a propósito de la envenenadora Juana Gilbert, que ya no se envenena por pasión exclusivamente, sino también por gusto. Lo mismo se debe decir del desorejamiento. Hasta hace poco tiempo se desorejaban los amantes celosos y los hombres reñidores. El desorejamiento de Montpellier viene a probar que también se desoreja por gusto.

El hecho de autos refiere que dos oficiales suecos, tenientes de la Guardia del Rey de Suecia, que estaban en Montpellier «perfeccionándose en la instrucción francesa», salieron de paseo y fueron acometidos por dos energúmenos que les mordieron cruelmente las orejas. Los lóbulos respectivos, desprendiéndose, cayeron al suelo, de donde fueron recogidos por los oficiales con la esperanza de que se los pegasen; pero el cirujano que los curó en el hospital adonde fueron conducidos teme que los lóbulos no se peguen; en cuyo caso los oficiales de la Guardia Real de Suecia volverán a su país con todo el aspecto de dos fieros mastines, como prueba de haberse «perfeccionado en la instrucción francesa.»

Si los agresores conociesen a los agredidos pudiera creerse que les habían operado para que no se hicieran los suecos o los sordos; pero consta que ni tenían con ellos ningún motivo de resentimiento, ni les conocían, ni esperaban tropezárselos, con notorio detrimento de los consabidos lóbulos. Los desorejaron, pues, por afición.

¡Qué no habrán escrito los cronistas parisienses contra la costumbre torera de cortarle la oreja al toro y contra la costumbre congolesa de merendarse al extranjero! Pero ya no hay más remedio que reconocer que por mucho que valga un toro, y por honda que sea la simpatía que inspire a los cronistas parisienses, dos oficiales suecos valen lo menos dos miuras, y que si es repugnante el espectáculo de un congolés comiéndose, en el desierto, una chuleta de un alemán o belga, no es menos repugnante el espectáculo de dos franceses que en la poblada y culta Montpellier mascan las orejas de dos suecos.

Vivir expuesto a comprar un queso espolvoreado con arsénico es una broma, y no salir de paseo sin correr el riesgo de regresar sin orejas o de tener que meterse los lóbulos en el bolsillo con ánimo de que un cirujano los remiende y trate de pegarlos al pabellón de la oreja, es otra broma considerable.

Pero más pesada es todavía la broma de que, si continúan tales operaciones quirúrgicas, se convierta la población en una sociedad de desorejados y desorejadas.

Por estar así

Entre Lemoine, que salió de la cárcel, y Rochette, que tiene vistas a la calle, metieron en chirona a Juana Gilbert. Es lo que tiene París, que los sucesos duran poco en el cartel. Como cine, no hay otro en Europa.

Juana Gilbert, perteneciente al ramo de envenenadoras por vocación, está hoy en candelero… fúnebre, acusada de haber envenenado, entre otras personas de la familia de ella, a su padre, su madre y no se sabe si a su abuelo también.

El veneno que le servía para operar radicalmente a sus víctimas era siempre el mismo: arsénico. La forma de suministrarlo era lo único que variaba. Lo suministra en tortas, en quesos, en uvas, etc., y su repostería no fallaba ninguna víctima. Si alguna se hacía la remolona en comer, por ejemplo, el queso que la destinaba, al punto la decía:

—Cómalo usted… ¡Es más rico… !

Envenenaba por codicia y por afición. La idea de heredar al pariente a quien dio bolilla la daba gusto en la bolsa. La idea de matar sordamente, de llorar al difunto que sin la intervención de ella estaría vivo, y de acompañarle al cementerio con una corona de perlas, la hacía cosquillas en el sexo. Como su tocaya Juana Weber, Juana Gilbert tenía lúgubre la lujuria.

Y a esta mujer, borracha, ladrona, envenenadora y marchosa, por añadidura; a esta mujer con toda la barba, ya empiezan algunos médicos a disculparla, considerándola enferma. Estos galenos, que siguen de lombrosistas a pesar de la corrida en pelo que le dieron al fisiólogo italiano, han dicho a un periódico:

«Ciertas mujeres, en épocas fatales, pierden toda conciencia y se convierten, por irresistible empuje de sus desarreglados sentidos, en ladronas, y a veces en envenenadoras.»

No diré que no; pero ni tales alifafes orgánicos resucitan a las víctimas, ni parece probable que el hijo de la última mujer envenenada por Juana Gilbert se consuele con la idea de que la envenenadora no podía pasar, por hallarse en días fatales, de envenenarla como a una rata.

De tales pécoras no se libra siquiera el público que las ignora, porque se divierten distribuyendo arsénico a grandes distancias y a gentes que no conocen. Mal estábamos de alimentos, por lo microbiosos, según los doctores; pero ahora no va a ser posible el comer tranquilamente ni tartas ni queso, ni siquiera uvas, porque nadie sabe si proceden de una mujer que, estando indispuesta, le dio el histérico por espolvorear los alimentos con arsénico.

Y el hombre, que andaba de cabeza porque la mujer, estando así, le daba cada sofión y a veces con el zorro de limpiar los polvos, de hoy más tiene que guisarse lo que come si no quiere despertar vomitando la cena como una embarazada y con retortijones de tripas que sólo se calman en el cementerio.

Canallada extranjera

No sé qué tanto de culpa corresponderá a los yanquis Sargent por los malos tratos que dieron, en su domicilio de Asnières, a niños que adoptó por suyos dicho matrimonio estéril. No es de suponer que Sargent y su mujer se dedicasen al tráfico de criaturas, por cuanto que ella tiene, si no exageran los periódicos, 25.000 libras de renta anual; de modo que si no los recogían para vicios monstruosos como los de Juana Weber, Soleilland y Julio César —según historias romanas,— no se entiende que, presumiendo de filántropos, adoptasen niños para darles carreras de baqueta y pisarles los dedos de los pies hasta que se los reventaban.

Asnières, etimológicamente, viene de asne, que se pronuncia ane —burro, dispensando el modo de señalar,— porque en otro tiempo no había más que asnos en este paraje. Ahora hay, además, yanquis atormentadores de niños.

Muy lejos de mi ánimo la idea de atenuar, ni siquiera por achaque de locura, los actos de los Sargent. Son, sin embargo, frecuentes en París, y algunos parecen plagio de monstruosidades sádicas que he narrado en estas columnas. No causaron entonces, quizás por nacionales, la indignación pública que, merecidamente, produce ahora esa canallada extranjera, con 25.000 libras de renta anual…

Otra novedad es que la denunciadora de los Sargent es una de sus criadas, la Srta. Cachelièvre. —La señora —ha dicho— obligaba a la niña María Ana, mientras la pegaba, a cantar, a declamar aires ingleses o franceses, y la pobrecilla ocultaba así sus dolorosos sollozos. Con frecuencia oía yo, a través de la puerta, el ruido de los golpes y la gentil voz de la niña, y no podía explicarme esa extraña mescolanza de dolor y alegría. Cuando tuve la explicación por boca de la misma niña, me indigné y hubiese hecho añicos la cara de esa mujer.

Tanta indignación me sorprendió, y como el periódico publicaba, al mismo tiempo, el retrato de la indignada, lo miré con curiosidad profunda.

¡Qué risa!… Cachelièvre, que, a pesar de su origen etimológico, no ocultaba liebre, pero sí encerraba gato, aparecía hecha un brazo de mar, con falda negra, guanteándole los misteriosos encantos; corpiño blanco, de seda, y entre el corpiño y la falda un ramo de flores: ¡traje de criada siglo XX, de las que tocan el piano y hacen gorgoritos mientras la señora rasca las cazuelas!

¡Qué risa! a esa Cachelièvre me la he tropezado muchas veces en el camino de la estación, y siempre me parecía cualquier cosa… ¡menos redentora de criaturas!

En ello estaba pensando cuando los periódicos de esta mañana me sirvieron la siguiente escena de un careo entre el ama y la maritornes con bouquet de violetas en semejante sitio:

—¡Usted pegaba a los niños! —gritó la señorita Cachelièvre.

—¡Embustera! ¡Mujer horrible! —exclamó la señora Sargent.

—¡Quien miente es usted, malvada! ¿Tiene usted la osadía de negar?

—Cierto —replicó vehementemente la señora Sargent— que yo las he dado algunas bofetadas, cuando lo merecían, para corregirlas; pero usted, que me acusa, usted sí que pegaba cruelmente a las pobrecillas.

—Porque usted me lo mandaba.

—¿Pegaba usted a las criaturas? —preguntó, interviniendo, el juez.

—Sí; pero, lo repito, las pegaba cuando me lo mandaba la señora.

Tanto peor, porque ni siquiera puede alegar la excusa de haber respondido a una pasión monstruosa. La Cachelièvre maltrataba por orden, ejercía de verdugo. Ella, que empezó diciendo que hubiera hecho añicos la cara de la Sargent, ha terminado por confesar que a quien le hacía añicos la cara era a la niña. Y porque se lo mandaba la señora… ¡Como si en los oficios que justificaban el sueldo estuviese comprendido la tortura a la infancia! ¡Cuarenta francos al mes por barrer las habitaciones, hacer las camas, pasear el perro y martirizar los rorros de la casa!

Los Sargent son unos canallas; pero la Cachelièvre no lo es menos, y en el mismo caso de ella están muchas de las personas indignadas contra los Sargent en una sociedad donde, por lo general, un niño merece menos que un perro.

Trenes asesinos

Si al buen Sr. Leuthreau, tratante en bestias, le hubiesen asesinado en los Balkanes, el hecho sería naturalísimo. Pero morir a martillazos en un tren de París a Auxerre es para escamar a todos los viajeros ferroviarios. Otros asesinatos en trenes se cometieron antes del referido; pero nadie pudo enterarse hasta que el cadáver llegó a la estación donde moría el tren. El caso actual es muy distinto. El Sr. Leuthreau viajaba en coche de segunda, unido a otros coches por corredores bien alumbrados, y el asesino no tomó siquiera la precaución de tapar la lámpara del coche, como tampoco la de cerrar la portezuela que comunicaba con el corredor, desde el cual le vieron perfectamente otros viajeros.

Uno de ellos, el Sr. Cadet, que presa de insomnio, entró en el corredor y salió de él varias veces, vió distintamente al Sr. Leuthreau, echado en los cojines y teniendo enfrente a su asesino. Más tarde, recogido el Sr. Cadet en su coche, vecino del que ocupaba el señor Leuthreau, oyó gritos sofocados y estertores de agonía, y cuenta el mismo Sr. Cadet que, suponiendo que el viajero se había puesto malo, pensó ofrecerle una copa de aguardiente, del que llevaba consigo, habiendo desistido de la idea porque inmediatamente después de los estertores hubo un silencio sepulcral!

El Sr. Cadet pudo suponer asimismo que el cesar los estertores era consecuencia de haber pasado el viajero a mejor vida que la que se lleva en trenes con vistas al asesinato; pero prefirió pensar que al viajero se le había quitado el dolor, que él supuso de tripas, y que, en realidad, era de los coscorrones que le habían dado en la cabeza con un martillo.

Como se ve, la audacia de los asesinos modernistas raya en lo inverosímil. Ya no trabajan en la obscuridad, a la chita callando y en despoblado, sino con luz eléctrica, en coches con las puertas abiertas y frente a pasillos donde otros viajeros charlan y fuman.

Ahí tiene usted una de las razones por las que yo he desistido de viajar. La idea de que mi compañero de viaje me esté acechando, con un martillo en ristre, para hacerme papilla los sesos en cuanto pegue el ojo, la verdad, no me gusta, y que le tomen a uno la cabeza de tachuela para andar con ella a martillazos constituye un género de muerte poco decoroso.

Los asesinatos en coches ferroviarios empiezan ya a ahuyentar el sueño de los párpados más cansados. Raros son los viajeros que se atreven a dormitar en un rincón de un coche, y siendo así que la velada se impone como medida de seguridad individual, las Compañías ferrocarrileras tendrán que establecer, para los viajes nocturnos, salones de baile y juego, donde los viajeros pacífico, pasen la noche, mientras los que pensaron asesinarles les esperen, sentados, en los coches, con sus respectivos martillos.

La Guillotina por diversión

Parece que la cuestión de la pena de muerte está «llamada» a durar hasta la consumación de los siglos, que no tardan poco en consumirse. Siempre se discutió el pro y el contra de dicha pena; pero nunca tanto, al menos en París, como ahora, pudiéndose preguntar, con la gangosa voz de los camelots:

—¿Quién no tiene su argumento sobre la pena de muerte?…

Repetirlos, como se repiten actualmente en la Cámara y en la Prensa de París, es la cosa más aburrida del mundo, sobre todo si se considera que las vísperas de esta canícula van resultando sicilianas.

Hay que admirar la vocación del hombre a darse malos ratos, que precipitan el fin de la existencia. Ya que los diputados necesitan justificar el cobro de 15.000 francos de honorarios, debieran dedicarse en verano a torneos oratorios que fuesen amenos, y puesto que los periodistas necesitan llenar sus periódicos, debieran echar mano de asuntos ligeros. Los discursos y los articulos en esta estación debieran estar de acuerdo con los driles y las legumbres.

Y ahora se me ocurre la idea de que si París se preocupa tanto de la pena de muerte es porque se considera festiva y comercial.

Una noche de guillotina es una fiesta para los noctámbulos y la única noche en que todo el mundo sabe donde puede meterse. Hacia las tres de la madrugada son contadísimos los establecimientos públicos que no están cerrados, mientras los alrededores de la guillotina siempre están abiertos a todo el que quiere trasnochar y divertirse. Los balcones contiguos al emplazamiento de la guillotina se alquilan a buen precio por caballeros distinguidos y damas elegantes, que comen y beben alegremente mientras llega el reo, ante el cual suelen propinarse caricias de las llamadas perversas, que dan satisfacción a lúgubres lujurias; en el arroyo, la plebe de machos y hembras, en escandaloso apelmazamiento, relinchan y rebuznan de gusto, después de apiporrarse en los cabarets y tabernas de la vecindad, y hasta el mismo reo, cuando se acerca al tajo, parece que participa de la juerga general.

Es una noche propicia a las expansiones del espíritu y a los regodeos del cuerpo, y que «hace marchar el pequeño comercio».

No veo, pues, la razón de suprimirla. París, que ha venido a menos en punto a atracciones públicas, no debe prescindir de sus noches sangrientas, clásica y típicamente trágicas, noches hermosas de guillotina, a cuyo acerado fulgor se bebe, se come, se canta y se ama con espasmos delirantes.

Es un aspecto siniestro, sumamente sugestivo, de la metrópoli de la sugestiones. Hay que conservarlo por respeto y amor al arte canalla.

Y he ahí una idea original que no ha tenido ningún diputado ni periodista, al menos que yo sepa; un nuevo argumento en la debatida cuestión de la pena de muerte. ¡La guillotina por diversión! Es una idea maravillosa, que me tiene encantado y fiero…

¡Cómo nos divertimos!…

Hoy, domingo —y con sol— enormes muchedumbres acuden de todo París al callejón Ronsin. Van a oler… Es todo lo que pueden permitirse, porque la villa Steinheil es un cementerio, no sólo por los muertos que ha habido en ella, sino también por la superviviente Marta, que parece un alma en pena…

Pero allí mismo, en un cafetín del callejón, frente a la villa siniestra, se exhiben dos actores improvisados:

El lacayo Couillard y el mozo de cuadra Wolf, acusados por la viuda y puestos en libertad, celebran su triunfo. El lacayo, de pie en una mesa, canta La Marsellesa —esa pobre Marsellesa, que ya sirve de tapadera a toda clase de cosas— coreándola unos cientos de admiradores (¡!) de él, y el mozo de cuadra, regocijándose a su modo, se atraca de carnero.

—Ayer —se dice, admirándole— se comió él solo, de una sentada, un chivo.

Al oírlo las gentes se enternecen y exclaman, compadeciéndole:

—¡Buen muchacho, bah! Jamás ha hecho daño a nadie. Su única aspiración es zampar chivos.

Y se recuerda que una empresa cinematográfica le ha dado unas pesetillas por prestarse a reconstituir su arrestación.

Couillard, entusiasmado por la popularidad y las copas, canta, después de La Marsellesa, las coplas que recorren los bulevares con el título de:

Enfin! Elle est à Saint—Lazare!!, uno de cuyos estribillos dice:

Et chacun se dit:
Quel est ce bandit,
Criminel infàme?
Nul n'en saura rien…
Est—un homme, ou bien
Plutòt une femme?
Qui done accuser?
Vouloir trop causer
Serait téméraire…
Personne ne sait…
Jusqu'á présent, c'est
Un mystère!

Y mientras 4.000 personas esperan en los alrededores de la prisión de la Steinheil la salida de su hija, para hacer manifestaciones contra la madre, y la infeliz criatura tiene que salir a escondidas, no por la puerta principal, sino por la puerta de las Muertas, «por la que se escapan de la vida y del dolor —advierte le Matin— las desgraciadas prostitutas presas a quienes la muerte libera… »

La última noticia dominical es que se ha ordenado la exhumación de los cadáveres de Steinheil y su suegra, para que se analicen las vísceras en el Laboratorio de Toxicología, y la busca de unos bocales, extraviados desde Junio, que contenían el estómago y los intestinos de las víctimas; y el rompecabezas del día ha dejado de ser; —¿Quién ha puesto la perla?… y es: —¿Quién tiene los intestinos?

… ¡Cómo nos divertimos en París!


Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
Leído 1 vez.