Huellas Literarias

Luis Bonafoux Quintero


Cuento


Índice

Huellas Literarias
Hojas secas
Corzuelo incapaz…
La última jaqueca
Del arte de hacerse genio
El entierro
Neurosis de mentecatos
No corre prisa…
Literaturitis crónica
Very volado
El escombro
I
II
III
La perrera de Deibler
I
II
III
La patria agradecida
Cuadros americanos
Al saco con él
Cavia, ¿es Voltaire?
Mosaico
Hosannas
Después del drama
I
II
III
IV
Se equivocó
Lacrimario
II
III
Historietas de Pons
Doña Berta, Cuervo, Superchería
Maupassant
I
II
Barbieridad… académica
La conquista
Primavera de versos
Vírgenes y santos
La velada de la Plume
De López y otros excesos
Mariposas de locos
Juergas anarquistas
Heredia
Las delicias de Capua
Paisaje
Los matones
A través de París
Ravachol
Alcaldada pintoresca
Renán
Corridas en Francia
El señor Marqués
Interview con Norton
Los barbos — Se nos mueren sin remedio
Don José
Exploraciones
Rescriptos
La moda
Edouard Drumont
El centenario
Guasa viva
Crónica
La tierra gallega
Doctoras y políticas
La guillotina
Revista regia
El gran García
La llegada
Perspectivas
I
II
La nochebuena en el mar
Yo y el plagiario Clarín
I
II
IV
V

A Don Nicolás Estévanez

Mi amigo:

¿Quiere usted hacerme el favor de aceptar la dedicatoria de este libro?

No lo dedico al publicista, ni al político, ni al soldado; dedícolo al hombre sincero y justo. Porque no me admiran los publicistas notables, ni los políticos consecuentes, ni los veteranos de la patria. Lo que me admira es encontrar un hombre cabalmente honrado, y usted lo es. Y como cada uno expresa la admiración según puede, yo se la expreso a usted dedicándole, a falta de cosa mejor, este libro, cuyo mayor defecto consiste en decir la verdad.

Yo no la puedo evitar, aunque me cuesta muchas amarguras, innumerables trabajos, todo un porvenir tronchado, toda una vida pública cortada en su principio… Rebuscando en las páginas de mis libros la causa de los motines que me dispensaron alguna vez pueblos benéficos, de las persecuciones que no me han dejado vivir en paz, de todo el horror de injurias y calumnias que ha vomitado la prensa contra mí, deduzco que la verdad de mis libros tiene la culpa de todo.

Pienso seguir diciéndola en los sucesivos, porque el decirla es más fuerte que yo, aunque deseo librarme de palos y pedradas. Un estacazo no es un argumento pero noto con espanto que son muchas las gentes que quieren argumentarme en esa forma. Una estadística curiosa que he elaborado arroja los siguientes datos:

Injurias que me han dirigido. 2.564.325
Calumnias. 3.237.411
Palos recibidos a través del Atlántico. 613.508
Bofetadas a igual distancia. 131.625

Total de horrores 6.546.869

No sé cómo me queda vida para contarlo. Porque de regreso a sus lares, cuando vienen por casualidad esos marqueses de Morés inéditos, me mutilan.

—Yo, afirma uno, encontré a Bonafoux en una valle de Londres, y, sin decirle oste ni moste, me fui a él y ¡zas! le abrí de un palo la cabeza.

—Pues yo, asegura otro, le vi por casualidad en el boulevard de los Italianos y de una trompada le eché fuera las muelas.

—Conmigo, observa un tercero en discordia, ocurrió algo mejor. Estaba yo almorzando en Fornos cuando oí decir: «ahí va Bonafoux»; con el bocado en la boca salí detrás de él, lo alcancé en la Puerta del Sol, le salté un ojo de un palo y como él no tenía la menor gana de volver por otro, salió de estampía en un ríper.

Yo celebro este simbolismo en el palo porque gracias a él no estoy en presidio… Pero, aunque sea simbólicamente, estoy todo apabullado.

A un señor que me ofrece venir a pegarme, le suplico hoy, en carta finísima, que me diga con anticipación cuándo viene, para… marcharme el día antes a otra población de Europa. Porque no quiero morir de coz de borrico, ni de estocada de pícaro. Que maten —como ha dicho Fray Gerundio —a quien puedan, o a quien se deje.

—Tiene usted razón, observará alguno de los lectores; pero a morir despampanado se expone usted por decir la verdad. Aparte de que la verdad implica mortificación para aquél a quien se dice, y a usted no le gustará mortificar al próximo.

—Sí, señor, me gusta muchísimo. Es para mí un género de sport. Soy, pues, el sportsman de la mortificación.

No suelo ver, por falta de tiempo, y por sobra de aburrimiento, la prensa española y americana. Obligado a leer diariamente una veintena de periódicos parisienses, donde todo el campo no es orégano literario, claro que estoy harto de leer periódicos, y que no puedo ni quiero dedicarme a otros, máxime si son inferiores a los de París. Pero amigos míos que no están en igual caso pueden leer y leen las cosas de España e islas adyacentes y me hacen el flaco servicio de contármelas, singularmente si me atacan.

En este pueblo, donde hay tanto bueno de que hablar, me detiene a lo mejor un citoyen de los que están «retirados a París», como se dice en el idioma de la factoría, aunque debería decirse, con más propiedad, que están retirados de todas partes, y me dice con la mayor reserva:

—Tengo que dar a usted una noticia.

—¿La caída de Clemenceau? ¿Algo de la Triplíce?

—No, de eso no estoy enterado. Lo que tenía que decir a usted es que D. Ciriaco, que habrá usted oído nombrar, «porque está en muy buena posición», publicó contra usted un comunicado.

—¡Hombre! Y… ¿por qué?…

—Porque dijo usted «no se qué cosa» de la academia francesa.

—Pero ese señor, que comunica, ¿pertenece a la Academia Francesa?

—Él vive en Arecibo, «en muy buena posición».

—Pues dele usted expresiones, que yo estoy de prisa.

A los pocos días, otro citoyen.

—¡Bonafoux! ¡Bonafoux!… Oiga usted… tengo que darle una noticia…

—¿Del viaje de Zola a Londres para presidir el congreso de periodistas? ¿Algo relativo acaso al monumento en honor de Tourguéneff?

—¡No juegue, compae! ¡Bien dicen allá que se hace usted el extranjero! Lo que tengo yo que decir a usted es que D. Ruperto ha publicado un comunicado terrible contra usted.

—¡Qué me cuenta usted! ¿Y quién es don Ruperto? ¿Y qué le he hecho yo a D. Ruperto?

—Que dijo usted que D. Ciriaco está a la muerte.

—Pues yo no inventé esa muerte. A mí me dieron la noticia, como acaban de darme la de la gravedad de Carnot, y la transmití cumpliendo con mi deber de corresponsal de periódico. Maldito el interés que tengo en que muera D. Ciriaco. Por mí, que viva mil años… (Así penará más). «Por lo demás», todos los hombres, por muy Ciriacos que sean, se enferman y mueren…

—Pero es que D. Ruperto le pone a usted como un trapo. Dice que está usted aquí «de bohemio».

—Y él está allí de burro; y en paz.

¡Ay, D. Nicolás amigo! Ya sabe usted que el peor de los males es tratar con… Ciriacos y Rupertos, y la mayor parte de mis libros han tratado de eso. ¡Qué equivocación la mía!… ¡Que tontería!…

En fin, para no cansar más, ahí va este tomo, en el que figuran poquísimos Rupertos y Ciriacos. ¿A que no sabe usted, D. Nicolás, cuándo imaginé la dicha de dedicarlo a usted?

La noche del motín estudiantil del Barrio latino. Encontré a usted en el boulevard, me encontró usted a mí, y sin darnos cuenta empezamos a recorrer calles y plazas. ¿Nos amotinábamos nosotros sin saberlo? ¿Respondía aquella carrera loca al motín que tiene cada cual en su armario?… No lo sé. Lo que si sé es que aquella noche me olía usted fuertemente a pólvora.

Le saludo. Le abrazo además.

LUIS BONAFOUX.

París, septiembre 1893.

NOTA. —Rebaje usted de este libro, en cuanto a dedicatoria, el opúsculo Yo y el plagiario Clarín, que pertenece, todo entero a Clarín. Reproduzco aquí el folleto, no sólo porque se agotó completamente la edición, hace años, sino también porque vienen a avisarme de la imprenta, cuando estoy con el pie en el estribo del tren, que faltan algunas páginas que llenar; y como no es cosa de ponerme a escribirlas, puesto, que me voy mañana, ni de pedir a Madrid un cajón de artículos, que guardo como en conserva, prefiero reproducir el folleto (con lo cual doy otro disgusto a Clarín) y colocar ocho artículos de viejo, es decir, publicados en otros libros míos.

¡Qué hacer, D. Nicolás! No se puede repicar campanas y andar en procesiones, y lo peor es que exige el milagro esta vida dura…

B.

Hojas secas

Van apagándose los ecos de las playas, de las montañas, de las estaciones balnearias, de las casas rústicas en donde durmieron la siesta veraniega, entre ruido de hojas y rumor de pájaros, tantas parisienses hermosas y elegantes.

El otoño empieza ingratamente para los artistas y literatos. En pos de Renan y Wilder, Crémieux y Tennyson.

Varios amigos de Héctor Crémieux dicen que el escritor estaba enfermo de tristeza desde que murió su esposa; y otros amigos afirman que la separación de su hija, que lo dejó para casarse, fue la determinante del suicidio.

Lo cierto es que «el espiritual colaborador de Offembach», autor de Geneviève de Brabant, Jolle Parfumeuse, etc., se sentó en un sillón y disparose, él sabría por qué, tres tiros de revólver. No dijo nada, ni escribió nada con motivo de su suicidio. Ha muerto sin dar explicaciones, a pesar de lo cual no faltará quien las dé por él, después de tener una interview con el cadáver.» ¿Se mataría —pregunta un periódico— por haber perdido fuertes sumas de dinero en la catástrofe de Dépols el Comptes conrants?» Lo ignoro, aunque Bartrina ha dicho que el que pierde a su padre llora afligido, y el que pierde dinero se pega un tiro.

«¿Se mataría —pregunta otro periódico —porque le molestaran las pequeñas miserias de la vida? ¿Pudo tal vez la melancolía tornarse en desesperación? ¿Obedeció a un rapto de locura? ¿A un dolor físico?»

¡No lo sé! ¡El muerto no me ha dicho nada todavía!

Antes de suicidarse el Sr. Crémieux pidió y bebió un vaso de agua azucarada. Eso fue todo lo que hizo: ¡apurar un poco de azúcar para endulzar la muerte! Se sentó luego, para estar cómodo (supongo yo), montó su revólver, y ¡pin! ¡pan! ¡pun! se dio tres tiros a falta de uno, seguros y a la cabeza, sin avisar a nadie y sin dejar papeles escritos, demostrando al morir, como verdadero artista, un desprecio inmenso por la notoriedad.

«Mirad: en medio del bosque, sobre la rama, la plegada hoja brota del botón a los halagos de acariciadora brisa, tórnase, sin requerir cuidados, larga y verde, bañada por el sol del medio día, nutrida por el rocío al amoroso alumbrar de la luna; más tarde, amarillenta y abatida, baja flotando a través del aire… Mirad: endulzada por la lumbre del verano la jugosa manzana, harto madura, desgájase en la noche silenciosa del Otoño; y la flor que abrió sus pétalos se marchita y muere sin trabajo alguno, sólidamente arraigada al suelo fértil. ¡Cuán dulce mientras nos orea una brisa tibia, apoyados en lecho de amaranto, con los párpados medio cerrados, bajo la sagrada bóveda de un cielo mate; ¡cuán dulce el seguir a lo largo el brillante río que se arrastra perezosamente cuando baja de las colinas teñidas de púrpura; oír repercutir el eco, de caverna en caverna, a través de las espesas viñas en entrelazadas, y rodar las aguas por entre trenzadas guirnaldas del divino acanto; ¡oír y ver solamente un vago centelleo en la lejanía, no escuchar más que suaves rumores, dormitar en paz bajo los pinos!… »

¡Duerma en paz el dulce poeta bajo los húmedos pinares de su tierra nebulosa, y pueda en buen hora, libre ya del carácter oficial que le arrancó las odas a la muerte de Wellington y al matrimonio del príncipe de Gales, oír a gusto el ruido de las hojas secas al caer sobre el campo donde reposarán los despojos de su cuerpo!

Taine juzga con una frase el corazón del poeta:

—«Podíase, en seguida de leer sus versos, oír la reposada voz del patriarca de la familia, que reza la oración de la tarde ante los suyos arrodillados.»

Como John Veast, y al revés de los más de nuestros vates, Tennyson era un poeta que olía muy bien, a flor del campo.

¡Víctor Wilder, Crémieux, Renán… y Tennyson, el gran poeta!… Otoño ingrato. Ha tejido guirnaldas fúnebres sobre las casas de los escritores que se ausentaron en busca de reposo y que fueron sorprendidos por un airazo de invierno anticipado que les arrancó su corona de hojas secas… Los hombres tristes, como los pueblos tristes, pasan pronto y sin provecho propio.

París varía. Su cielo va tomando el color gris, sucio, de panza de asno; lluvias monótonas y torrenciales caen incesantemente sobre la amarillenta hojarasca que amontonó el aire; y los árboles, temblando de húmedos, se ponen en cueros con poquísima vergüenza. En la avenida de los Campos Elíseos forma el contraste un castaño, que ha florecido nuevamente en un cementerio de árboles.

Pero París no se inmuta ante la muerte de la Naturaleza. La ciudad toda es un estallido de aplausos y carcajadas; una orgiástica alegría de vivir.

En esta estación, más que en ninguna otra, cuando caen las hojas secas y los artistas marchitos, París es un encanto.

Y, sin poderlo remediar, pienso en la aldea. Sus casas son pequeñas y se desparraman al azar; sus bosques son extensos y sombríos; y del uno al otro confín de la comarca, por el monte y la llanura, corre rastreando la hermosa ráfaga del aislamiento y el olvido… ¡Sin poderlo remediar, pienso en la aldea!

Ella sufre las impertinencias del veraneo, y, al igual de la hormiga de la fábula, guarda las economías que hizo trabajando y sufriendo en el buen tiempo.

Ahora, cuando el aire del Norte hiela la hoja del árbol y extiende sobre la tierra el ancho sudario del invierno; cuando los pobres, acurrucados en marmóreo banco de plazuela, contemplan con envidia la caída de la hoja y la caída de la nieve, con buenas ganas de desaparecer envueltos en ellas, la aldea se divierte y canta.

Sus vecinos hacen de día, entre sorbo y trago de lo tinto, la labor del campo, y al ensombrecerse la tarde por el trabajo, animados por el frío, tranquilos de espíritu, sin pasiones ni concupiscencias se restituyen al hogar, y al amor de la lumbre, cenan con apetito «cualquier cosa», que les sabe a gloria, durmiéndose en seguida y sin asomos de que se les enturbie el sueño, porque no tienen noticia de los trenes, ni de las diligencias, ni del telégrafo, ni del correo; porque pensó en ellos Campoamor cuando dijo:

¡Cuán feliz es el que oye eternamente
El mismo ruido de la misma fuente!…

Corzuelo incapaz…

La declaración de incapaz que lanzó sobre sí mismo el Sr. D. Andrés Corzuelo fue una corazonada sumamente importante. Dicho estimable señor ha declarado, con ingenuidad que envidiaría Mariscal, que «él no tiene capacidad para decir todo lo que se le ocurre». Es inmensa la declaración. Aprendan del Sr. Corzuelo una porción de periodistas tan incapaces como él dice que es, aunque menos ingenuos.

El acto de D. Andrés y su incapacidad merecen la más sincera felicitación. Porque si el Sr. Corzuelo tuviera capacidad para decir todo lo que se le ocurre, y si todo lo que se le ocurre es como lo que ha dicho en el artículo Declaración, sería cosa de emigrar…

Para decir que Calrín es «una gran personalidad literaria», que sus libros «viven y vivirán mientras haya literatura», que esos mismos libros «se encuadernan y guardan en una biblioteca para avalorarla»; que leyó la novela Su único hijo, y que, después de leerla «lo único que se le ocurrió» fue volver a leerla, y que después de leerla por tercera vez no se dio por vencido y «tampoco se le ocurrió dejarla de la mano», y sigue con ella por ahí, dando lata… ; para decir que él, D. Andrés, es «de los seres privilegiados porque encuentra en las novelas del Sr. Alas más atractivos que otros lectores»; que el Sr. Alas «es crítico en la cátedra, en la conversación, en las epístolas familiares», por donde resultaría, si eso fuera cierto, un crítico insufrible a domicilio; que Emma Valcárcel es «un maravilloso ejemplar hecho por Dios con sujeción al modelo presentado por Clarín», de lo cual se deduce que Clarín es el arquitecto del verbo divino, y que Balzac «prestó su maravilloso pincel al Sr. Alas», y que éste es superior a Galdós, a Pereda, a Larra, y «un escritor sin límites», el más eximio de Lisboa y del ayuntamiento de Oviedo; para decir eso, y ganarse la buena voluntad del Sr. Alas, y algún bombito «de paso», ¿necesitaba el Sr. Corzuelo llamarme víbora?… ¿La parecería bien a ese señor que yo le llamara, por ejemplo, rinoceronte literario? ¿o se figura que, por el hecho de gastar frac en las solemnes recepciones del teatro Martín, puede atropellar a los que no tenernos smockning?… Yo creo que el Sr. Corzuelo comprenderá, aunque incapaz, que se ha excedido a sí mismo, a no ser que se propusiera hacerme decir pestes del libraco Su único hijo, pestes que no quiero decir, porque no he venido al mundo con la misión de apalear diariamente a Clarín. Sobre que sería vulgar, cursi, y además molesto para el público, que yo me ocupara uno y otro día en tirar chinitas a D. Fulano, llámese Clarín o Juan Lanas. El periodista no escribe o no debe escribir exclusivamente para sus pasiones y resentimientos… Escribe o debe escribir para el público, y al público madrileño le apesta ya la polémica literaria que sostuvieron hace años el Sr. de Clarín y el Sr. de Aramis. Hay que tener mundo, salir de Covadonga y demás cuevas o sótanos porteriles, viajar mucho, y enterarse… de que nequid nimis.

Yo he dicho ya, a propósito del Sr. Alas, todo lo que tenía que decir. No me parece ahora tan mal escritor como me pareció antaño, por la sencilla razón de que me parece peor, y no sé cómo Lasanta, que tiene buen gusto literario y hace como editor verdaderas maravillas, edita las cosas de Clarín… a no ser que Clarín se las regale y le dé además dinero; pero esto no es probable, porque, según me contó Malagarriga (que no me dejará mentir aunque está en Buenos Aires), Clarín «es muy capaz de matarse con Dios por una peseta». Sea de ello lo que fuere, no participo de la opinión de los que afirman que el Sr. Alas no puede hacer cosa de provecho. Es muy joven todavía. Dicen sus biógrafos que cifra con los cuarenta; —y algunos genios se han destapado más tarde. Tal vez se destape el Sr. Alas si se ocupa en la Muñeira, según avisa en su último «Palique»; porque yo he creído siempre que el Sr. Alas es un soplagaitas literario.

Por lo demás, los elogios que el Sr. Corzuelo dispensa, en estilo cursi y ramplón, a su adorado tormento literario, están en su puesto, porque… ya lo dice él: «sirva mi opinión de acicate a los compradores».

Por mí… que se acicaten. Pero ¿hacía falta, para acicatarlos, emprenderla conmigo, que no la he emprendido con usted, ni con el Sr. Alas, ni tampoco con Su único hijo nuestro señor, que fue concebido por obra y gracia de Minghetti, y nació de santa Emma Valcárcel, y padeció bajo el poder de Poncio Corzuelo?…

Sea usted capaz de ponerse en razón. Deje al Sr. Alas esos tiquis miquis, que —no crea usted— me divierten. Figúrese usted que llegué de América, y que tan pronto como salté a tierra tropecé con un vendedor del Madrid Cómico, y que compré un número (porque soy capaz del mayor sacrificio por mi buen amigo Sinesio), y que oí a Clarín preguntando a sus lectores: —¿Qué ha sido de Bonafoux? Poco faltó para que yo le telegrafiara: —Aquí estoy, compadre… Acabo de desembarcar… ¡Deje usted que descanse un poco!…

La pregunta resultaba oportuna, y… me hizo gracia. Pero el Sr. Corzuelo no es gracioso (crea a un servidor), ni siquiera oportuno.

En fin, yo diría muchas cosas al Sr. Corzuelo. Pero sería crueldad de víbora. Porque ¿qué va usted a decir a un señor que tiene la nobleza de declararse incapaz?…

Menos mal, después de todo, el Sr. Corzuelo, amigo y admirador consecuente del Sr. Alas… Lo peor son otros caballeros que, después de ser vapuleados y escarnecidos por él, le dedican sendos elogios, pidiéndole compasión por amor de Dios, y haciendo con respecto a dicho señor el oficio del animalito que figura en la caricatura de Muriedas.

La última jaqueca

Es triste… ; se anuncia un acontecimiento que me hace prorrumpir en lágrimas y sollozos: la aparición de una novela de Pérez Galdós. Yo, que no deseo el menor de los daños a mi mayor enemigo, pido a Dios, hace ya tiempo, la muerte de Galdós ¡Qué pena tan grande! Pero el Sr. Pérez Galdós tiene el deber de morirse en seguida, aunque sea suicidándose con una limonada purgante de ácido fénico, para que vivan a gusto los Episodios nacionales, Doña Perfecta, Gloria y Marianela… quitando a ésta lo que haya que quitar.

Literariamente, como novelista, Pérez Galdós es un asesinado por Zola. Las últimas novelas del insigne isleño, novelas que tienen todos los defectos y ninguna de las virtudes del maestro, son insoportables. Pero hay algo muy grave en esas obras: hipnotizado por Zola, víctima de la incurable dolencia que podría llamarse obsesión del genio, Pérez Galdós ha perdido la originalidad de su temperamento y es actualmente un sectario más del autor de los Rougon…

Hay algo más grave todavía… En esa inaguantable serie de tipos que hablan el mismo lenguaje rufianesco, Pérez Galdós incurre frecuentemente en plagios de los libros del genio; las descripciones están copiadas del natural… de Zola; los caracteres son de extranjis. La Leré, sin ir más lejos, que allá en su alcoba resulta hembra antes que santa, y a quien atormenta la morbidez de su hermoso seno, etcétera, etcétera es la Paulina, virgen, que se contempla mujer antes que mártir, y comprende, en La Alegría de vivir, que nació para ser fecundada…

¡Qué diferencia, sin embargo, en el modo de dibujar y sostener los caracteres! Zola, en La Alegría de vivir, es, como siempre, genio. Galdós, en Ángel Guerra, apenas se llama Pérez…

Consuélese D. Benito: el curita de Los Pazos de Ulloa es, al revés, el protagonista de El Vientre de París, y así sucesivamente.

Interrogado Zola acerca de los novelistas españoles, contestó que no los conocía. Conoce y admira, según dijo, a monsieur, Oller; pero Oller es catalán; y de los que van diariamente a esperar en la Rambla «el correo de España», que es el de Castilla…

No, no hay novelistas, si se exceptúa al Padre Coloma, cuyas Pequeñeces, con procedimientos naturalistas, pero sin plagios, es la mejor novela española.

La Pardo… la señora Pardo Bazán tiene buenas dotes, pero no ha hecho, ni hará probablemente, una novela cumplida; Palacio Valdés, que es a mi juicio el más notable de los escritores jóvenes todavía, con mucha ternura del corazón y con mucho humorismo del carácter, tiene en sus obras capítulos bellísimos, brillantes, a veces tiernos, con frecuencia chistosos; pero no es aún, a despecho de tan excepcionales condiciones, lo que tiene derecho y obligación de ser como novelista; Pereda, el amanerado Pereda, es, como novelista, insoportable; Alarcón ha muerto, y no haya miedo de que resucite, a pesar de El sombrero de tres picos, que es una joya, pero no una novela.

A los demás novelistas les irán enterrando poco a poco; y a Galdós el primero, porque no muere de muerte natural, sino violentamente y a mano airada de Zola.

Cumpliendo la postrera voluntad de un pensador ilustre, Salmerón echó en la fosa el último libro que había escrito aquel, amigo suyo. «Ésta —dijo —es la obra que estaba escribiendo… »

Si yo tuviera la autoridad del Sr. Salmerón, y si el Sr. Pérez Galdós estuviera, como debía estar, en el depósito de cadáveres… , enterraría con él su anunciada novela, sin leerla, diciendo a los espectadores: —Esta es la última jaqueca que el Sr. Pérez Galdós pensaba dar a sus lectores…

Del arte de hacerse genio

Como principio quieren las cosas, también el genio tiene que empezar de algún modo, y empieza generalmente en verso, sonoro y huero, ajustado a la poesía de forma, de puro artificio, no a la verdadera poesía que, según Musset, está en el alma como el ruiseñor en el ramaje… Tirada de versos en uno de los periódicos anodinos, y en seguida un bombo de una de las innumerables clases que se estilan.

Por ejemplo (de puño y letra del genio):

«El joven y ya distinguido poeta don Fulano, autor de la preciosa poesía que publicó ayer El Cencerro, ha tenido la inmensa desgracia de perder a su señora madre, doña Josefa, modelo de virtudes y fiel esposa de D. Juan Nepomuceno, del mismo apellido del poeta, a quien enviamos nuestro más sentido pésame.»

Cuando el genio se nota crecido pone a pienso un crítico cualquiera, un crítico eunuco y convencido de que no puede crear nada. El genio no sabe andar solo. Orador, novelista, dramaturgo, o lo que sea, necesita indispensablemente, a guisa de bastón, un crítico para los estrenos. Con él se levanta, con él se pasea y con él se acuesta… Frente a frente se acarician.

—¡Qué grandilocuente tu artículo de ayer, Rafael!

—¡No hay crítico como tú, Baltasar!

—¡Mucho te quiero, Rafael!

—¡Más yo a ti, querido Baltasar!

Separados, el crítico dice del articulista que es un animal, y el articulista dice del crítico que es un imbécil.

Con diligencia verdaderamente maternal, el genio prepara el canastillo de sus obras.

En los días anteriores y posteriores al acto de dar a luz no descansa el crítico adjunto en la tarea de colocar sueltos en honor del genio. Se le hinchan los pies, se le revientan los sabañones, se vuelve tonto (es decir, más que es), porque el genio es una especie de buzón sin fondo que traga sin cesar sueltos y artículos. Baltasar hace más: coloca al azar y con astucia una porción de embustes.

«Ese Rafael, ¡qué suerte tiene! Mil daretes anticipados le dieron ayer por su libro.»

«¡Qué suerte tiene Rafael! Moya, Suárez Figueroa y Mellado andan por ahí, locos, pidiéndole artículos.»

«¿No sabéis lo de anoche?… Que Rafael fue El Imparcial, y Gasset le rogó que escribiera algo, y Rafael contestó que sí, y Gasset dijo tocando el timbre: —Que se detenga la confección del periódico. El Sr. Rafael va a escribir una cosa.»

No satisfecho con la labor de su crítico, que viene a ser una dame de compagnie, el genio da a diestro y siniestro sablazos bibliográficos.

¿Sabe que X, por ejemplo, es de Extremadura? Pues le envía de regalo unos chorizos del cagalar (que así se llaman), con una carta suplicándole el panegírico correspondiente. Prepara al crítico de Covadonga como quien prepara un toro viejo para que no embista, pasándole las manos por el lomo, levantándole el rabo, besándole allí…

Asedia a los directores de los periódicos.

—¿Cuándo va usted a decir algo de mi libro?… Baltasar hará el artículo sin firma, porque ya ha firmado cuatro, si no tiene usted tiempo…

—¡Que no se olvide usted de mi libro!… Está en el café; ve entrar a un redactor de tijera, macilento, arestinoso, con mataduras de puro flaco (como que ya no sabría llevarle a la boca un pedazo de carne) y le llama cariñosamente:

—¡Oye, crítico incivil! Bebe una copita con nosotros… ¿De qué la quieres?

(El redactor no bebería; se comería un buey o un genio, pero pide modestamente un cognac… con media tostada).

Ya sabes que he publicado una obra. Es una colección de mis mejores trabajos… Los hay serios, festivos, naturalistas, románticos, para todos los gustos. Pero oye, pide otra tostada. ¿Que no? Vamos, hombre, ¡si sabremos lo que es hambre! (Al mozo: —Otra tostada para el caballero). Pues sí, he publicado una obra, y necesito que me la menees un poco…

Otras veces no es un redactor de media tostada, sino un amigo independiente de carácter, un ogro literario.

—Nada me has dicho de mi libro.

—¡Como que no lo he leído!

—Te recomiendo este artículo (saca el volumen), que es de tu género. Tiene mucha gracia; verás…

(Durante la lectura, el amigo se hace cosquillas en los sobacos y en la barriga, sin conseguir reírse.)

Por encima de los puentes colgantes que tiende de uno a otro periódico, adulando a tal crítico que le inspira recelo, y subvencionando con media tostada a tal otro que se ha puesto en venta, el genio pasa un día, un mes, un año a gatas por las redacciones, con la nariz pegada a los faldones de los directores, y consigue al fin, a fuerza de bombos y vilipendios, sonar como genio… en provincias, porque en Madrid estamos en el secreto.

Recuerdo todavía los disgustos que pasé en la Coruña por convencer a sus buenos vecinos de que no era genio un señor don Héctor que estuvo allí fletando barquitos para telegrafiar a Madrid que salían todos los botes de la bahía a recibirle como si fuera un Nelson. Mucha elocuencia me hicieron gastar aquellas regatas literarias, que tenían algo de sorprendentes.

En Madrid —sépanlo los incautos provincianos— no hay más que un genio, que vale por dos, como cada mujer chilena: Castelar, genio de la palabra (y también de la pluma), que vivirá como los Mirabeau, Burke, Pitt, etcétera; y más que ellos.

Todo lo demás… miseria y compañía.

El entierro

Después de copiosa lluvia, el sol iluminó de improviso la carrera mortuoria, y apareció, brillante de luz y de colores, la bajada a la fosa…

Detrás del carro fúnebre, que iba entre flores, coronas y banderas, la carroza del rey; en pos de la carroza real, los carruajes de los ministros; en seguida, rodando, aceleradamente, innumerables coches de lujo con toda la grandeza de España; y, por último, un pueblo desidioso que encontraba en el muerto motivo para holgar…

—Mira, un entierro de algún gordo —dijo un pobre diablo que corría con la lengua fuera.

Me asomé al balcón de mi casa, que es, por su proximidad a San Isidro, la antesala del cementerio… Miré. El muerto iba bien, entre flores, coronas y banderas, seguido de todas las grandezas de España, iluminado por el sol…

—¡Qué séquito tan flamante! Ah, sí, ha muerto el más justo de los hombres, o el más insigne de los artistas, o el más grande de los sabios; tal vez el más bravo y aguerrido de los soldados de la patria!…

—Ha muerto —oí que decían —el general Dabán…

Lo conducía la Guardia civil.

Neurosis de mentecatos

Indudablemente es un infierno el mundo de las letras… La fiebre artística, para el que la sienta (como la siente doña Emilia Pardo, según nos cuenta en alguno de sus libros); las dificultades para crear algo que encaje en las corrientes del movimiento literario, «en este momento histórico»; las asperezas, nunca dominadas, del idioma en que se escribe; las envidias y rencores de los estimables compañeros… ¡Y luego la lucha para editar el libro, y las bofetadas con el librero que lo toma a ocho reales arroba!… Sí, es un infierno de tremendas injusticias y monstruosas infamias…

Por serio y para defenderse de él, se habrá formado quizá esa sociedad de bombos mutuos que nos pone en ridículo ante las razas superiores. ¡Todos somos grandes!… ¡Todos eximios!… ¡Todos guapos!…

Si el periódico no saliera de casa, menos mal. Lo peor es que pasa la frontera y ya se enteran en el extranjero de que «pululan» aquí los genios desconocidos. De mí sé decir que, por la parte que pueda corresponderme en esta merienda de genios, me siento ruborizado.

Lo cierto es que no se puede con «los chicos de la prensa» y que nos ponemos de bombos que no hay por donde cogernos.

«… Mi querido amigo y compañero el egregio poeta D. Fulano… » (que ha escrito por junto cuatro necedades líricas).

A lo que contesta el interesado:

«… Mi ilustre amigo el eminente crítico D. Zutano, gloria de España y envidia del extranjero… »

Hay quien se excede a sí mismo en el bombito, y hablando de su compadre le llama Shakespeare, o Hugo… cualquier cosa; —¡y sea usted genio de veras para que lo confundan así!

Otros caballeros de la sociedad hacen más que todo eso. Dicen con la mayor frescura que D. Fulano es superior a Balzac, o a Flaubert; o que ha entroncado con Zola, o que lo que escribe lo firmaría con honra el mismo Homero. Recuerdo haber leído que el siglo XIX tiene una trinidad en quien creer: Dios, un señor D. Héctor y Víctor Hugo!

Es un consuelo. Porque si nosotros no decimos y creemos tales cosas… ¿quién sería capaz de imaginarlas?

Un Menéndez Pelayo suena de Pascuas a Ramos un Eduardo Benot, se muere a pedazos en el olvido; un Palacio Valdés, que es uno de los pocos humoristas de España, recaba en el extranjero, por sus maravillosas semblanzas de poetas y oradores, lo que no consiguió en su patria… Pero nosotros, «los chicos», llamamos diariamente la atención de Madrid y provincias. En algunos pueblos están consternados. Dicen que esta cosecha de talentos es… el fin del mundo. Y se comprende; porque si yo digo de usted que es el Napoleón de la novela, y me contesta usted que soy el Livingstone de las frases inexploradas, se conmueve la aldea y se perturban nuestras familias respectivas.

Entre los males innumerables que acarrean esas y otras hipérboles parecidas, no es el menor que todo, el mundo quiera «meterse» y «se meta» a emborronador de papeles públicos. Cualquier niño se dispara con un artículo en guirigay, esperando fundadamente que le llamen «correcto», «clásico», o le titulen «el moderno manco de Lepanto».

Otros imbéciles se dedican a oradores perpetuos…

… «El distrito, es claro, quiere hacerme diputado. Pero lo que yo he dicho ya, lo que yo digo ahora, lo que yo repetiré una y mil veces en todas las ocasiones, prósperas o adversas, de mi accidentada vida, es ¡señores!… »

Y le suelta a usted, en plena cara, un surtidor de saliva. ¡Porque no es posible hablar tanta tontería sin escupir la lengua!

Unos y otros se escuchan cuando hablan y también cuando escriben. Se aplauden ellos mismos; se ríen de sus chistes, y dedicados exclusivamente a ejercer de genios, acaban con sus familias, con sus amigos, con sus conocidos, con todo el mundo, en fin. Al divisarlos hay que correr, huir al monte, refugiarse en el primer escondrijo que se encuentra, aunque sea una columna mingitoria.

Los ditirambos de rigor no se paran en literaturas, y alcanzan también al físico de los genios.

—Tu nariz es de crítico…

—Tus ojos expresan cierta melancolía que se refleja en todo lo que escribes…

Tu sonrisa es volteriana…

(¡Ay!)

Se imita en todo (menos en ser modesto), a los verdaderos genios. Sé de un ciudadano que toma por lo serio el parecido que, según le han dicho, tiene con el autor de Childe Harold, y cojea de lo lindo. Otro «se quiere parecer» a Daudet… en las melenas y en tamaño perro que lleva a todas partes. Madrid resulta una Corte de los milagros… literarios.

Es cosa de risa. Pero estos genios a domicilio mueren prematuramente, ¡como genios!…

Dedicados a esos juegos florales, comiendo cocido y fumando cigarrillos del estanco, esos genios que tienen el deber, según ellos, de vivir al desgaire, revientan a lo mejor. Una mielitis… Una anemia cerebral… Debilidad nerviosa… ¡Neurosis!

Creen que están locos… y se equivocan. Están mentecatos. ¡Es la neurosis de la mentecatez!

Si yo tuviera amigos y mimbres, publicaría una Correspondencia al revés para fundar la Sociedad de palos mutuos.

«… Mi querido amigo D. Fulano de Tal, uno de nuestros primeros bárbaros en ripios… »

A lo que contestaría D. Fulano:

«… Mi cariñoso amigo D. Luis Bonafoux, esa bestia salvaje de la prosa… »

Y así sucesivamente.

El lector inteligente quitaría de los palos lo que hubiera que quitar. Y el vulgo, la masa de lectores, no se llamaría a engaño, creyendo que todos somos genios.

Creería probablemente que todos juntos no valemos un pito; y puede que no se equivocara…

No corre prisa…

Por eso, porque no corre prisa, porque somos un pueblo de guitarristas y cantaores, no hay invento que pueda con nosotros.

¿El telégrafo? Pone usted un telegrama ahora, once de la mañana, avisando a su familia, la cual está en Pradanos, que sale usted esta tarde 11: efectivamente sale usted y no choca con ningún tren, ni descarrila usted, ni nada, y llega a Pradanos mañana a las diez de la misma (salvo retraso).

Dos horas después se presenta un señor peatón con un parte… Es el telegrama de usted, por el cual pagó una peseta, y otra peseta tendrá usted que dar al señor peatón, quien para justificar la demora, dirá tranquilamente: «Me figuraba yo que no corría prisa.»

Tampoco hay prisa en los trenes del ferrocarril.

—¡Venta de Bañooos! ¡Ochenta y dos minutos de parada y fonda!…

Es cómodo. Usted puede bajar del tren, visitar el pueblo, afeitarse, bailar un tango con el ama del cura, y todavía le sobra tiempo.

«Pero… ¿qué prisa tiene usted?»

No, «no corre prisa».

Espera usted hoy una carta avisándole la muerte de toda su familia en Consuegra, culpa de los adobes y adoquines. Sabe usted que la carta salió ayer, que debe llegar hoy, pero no llega.» «¡A qué tantas prisas!»

«Lo mismo da hoy que mañana.»

Y por eso sale usted de la Puerta del Sol en el tranvía de la calle de Fuencarral y llega a Chamberí mañana a las once de la misma. ¡Venta de Bañooos! ¡Cinco días de parada y fonda!

Y el tranvía no puede ir con mayor velocidad. Lo primero, porque se estropea el ganado y… ¡nada más respetable que una mula! Lo segundo, porque el tranvía tiene que detenerse a cada paso para que suban tales o cuales personas, que le han hecho señas de que pare, y echan su parrafito antes de subir, y van a alcanzarlo sin prisas, con la tranquilidad del mundo, y ya con el pie en el estribo se despiden afectuosamente, dándose las manos y expresiones a casa.

Además, el tranvía no puede atropellará los buenos vecinos que están en el arroyo, formando grupos pintorescos, con los brazos en jarras (por no estorbar al transeúnte), y con las colillas pegadas a los labios… Y luego, que no conviene viajar velozmente, porque se expone el viajero a un choque o cosa así, y en fin, que no hay prisas.

Aquí está contento todo el mundo con su suerte. Si se lo lleva a usted el Amarguillo, «no hay que apresurarse»: si llega usted a su casa con nueve horas de retraso (y sin fonda), «¿qué más da?;» si se encuentra usted detenido de buenas a primeras en Las Matas y no tiene que llevarse a la boca, pues se embute usted un pedazo del chorizo de un viajero que lo divide en cachitos con una navaja de cortar callos, o sale usted de caza, «porque hay tiempo», y vuelve al apeadero con un gato muerto, y si no hay cama donde echarse, se lía usted en la manta sobre un banco de pintado pino… «¡y andando!» En habiendo alegría, aunque no haya pan.

Y quédense para mañana los negocios de hoy, y vengan atropellos y lluevan calamidades, en la seguridad de que nadie protestará, «porque somos sufridos, pero mu sufridos»; y nuestro ejército no es como el inglés que necesita comer y beber bien. Nosotros, con el general No importa, con unas judiítas y en alpargatas y con trajes de percal, peleamos un mes seguido».

Un pueblo así, sin prisas (en el siglo de los yankees), dejando para mañana lo que puede y debe hacer hoy, merece un diluvio sin arca de Noé (para que no queden animales de ninguna especie), un diluvio que lo arrase todo, absolutamente todo, y que transforme la comarca en inmenso lago sobre el cual floten guitarras y panderetas…

Literaturitis crónica

Vivimos de milagro. Como todos, cual más, cual menos, estamos locos de remate, o camino de Leganés, no hay que asombrarse de que abunden los médicos que, olvidando la seriedad del sacerdocio, se dedican a dramaturgos en copias, o en prosa vil, o lo que es peor, a periodistas al día.

Esto es muy grave, porque no se puede tener confianza en un doctor que mientras examina la lengua de usted ajusta una redondilla para el Madrid Cómico, fragua un drama para la Princesa, o habla a usted del arrepentimiento y la desesperación de Espronceda…

Yo me explico por eso la mortalidad de Madrid, y me extraña que todavía quede un vecino para contarlo. Médicos perfumados que gastan cestitas de raso azul para pesar criaturas, y dirigen coplas al firmamento azul… ¡El enfermo muere irremisiblemente!

De esto y de otras cosas tiene la culpa Zola. Yo creo que el autor de los Rougon es en la literatura del siglo una especie de Jesucristo, y que para reverenciarlo como se merece debemos levantar en honor suyo templos, capillas ardientes, en donde nos prosternemos humildemente todos los días, invocando las bondades de su corazón, grande y triste. Pero creo también que no debemos ni podemos imitarle. Zola es… Zola y no va más.

Siendo, como es, un hipnotizador, porque su genio deslumbra y ciega, ha hecho sin querer muchísimo daño en España; y si puede asegurarse que es rara la novela española que no contiene una reminiscencia o un calco, cuando no un plagio, de alguna obra del gran maestro de todos puede asegurarse también que no hay novela española sin su correspondiente curso de medicina… Todo porque Zola estudia en los Rougon las enfermedades de una familia.

Puesto que los novelistas no pueden hacer obras sin emplear en ellas términos terapéuticos, o como se llamen, los médicos, no queriendo ser menos, se dedican a recetar en prosa poética.

En lo más grave de una operación quirúrgica, cuando le han abierto a usted en canal, el cirujano interrumpe la operación y declama ante ustedes, estupefactos, una oda al Manzanares. —¡Debe de ser espantoso el sufrimiento de un hombre a quien se acaba de hacer, por ejemplo, el lavado de las tripas, y se le obliga a oír versos de un cirujano!

La medicina, desde del tiempo de Hipócrates (si Hipócrates no es una broma de mal género), no inspira confianza al enfermo.

Con solo leer que cada uno de los medicamentos sirve para cincuenta cosas y casos, le tiemblan las carnes al más despreocupado. Se mete usted en cama porque experimenta tales o cuales síntomas, precursores de la viruela, pero abre usted por distraerse un tratado de embarazos, y se convence usted de que está en estado interesante. Resulta que todas las enfermedades se parecen, y que, exceptuando alguna que otra, los médicos aciertan por casualidad. Es algo así como un pleno en la ruleta de la vida.

Y si tenía fundamento la desconfianza del enfermo cuando los médicos no se metían en dibujos —porque Hipócrates era muy serio, según me han dicho— claro está que esa desconfianza está más justificada ahora que los Galenos son conferencistas, poetas, dramaturgos, novelistas, etcétera, etcétera. Así andan, y yo he visto en África a un doctor que ejerció de dramaturgo en Madrid, haciendo pitillos turcos para ganarse el pan de cada día.

Más, mucho más que a la peste teme el público a los comunicados de los facultativos. Es un horror de comunicantes. Por fortuna, el cólera se ha ido de aquí, con los comunicados respectivos, y ya no oímos hablar de bacilus vírgulas y demás historias que nos volvían locos.

La literatura médicofarmacéutica, que hizo ministro a Fabié, ha llegado ya a provincias. ¿Que D. Fulano, cirujano o albéitar del pueblo, destroza un cliente? Pues no se contenta con eso, sino que publica un folleto para referirnos la historia clínica y las alternativas del operado.

Día primero. —Verificada la operación cesárea, continúa el enfermo como si tal cosa. Se le pone una inyección, y se le dan dos tazas de caldo, porque no quiso una.

Día segundo. —Se presenta, como es natural, la fiebre; pero no es cosa de cuidado (para el operador). Otras dos tazas de caldo y a sudar.

Día tercero. —¡Admirable! ¡Prodigioso! El enfermo ha cantado una petenera y oído las primeras estrofas de mi canto a Meolasa…

Día cuarto. —Muerte. No se explica (¡no se ha de explicar después de oír el canto a Nicolasa!) La casa estaba bien desinfectada. Se ha cumplido estrictamente el procedimiento indicado por Trelat. No se explica cómo ha sido, pero el enfermo ha muerto.

Y para contarnos eso… ¡un folleto!

Es horrible. Además, esos señores deberían comprender que no estamos en el caso de entender lo que escriben. Quieren, según dicen, divulgar la ciencia… ajena, siendo así que casi todo lo que nos cuentan está tomado o timado de obras extranjeras, como está tornado de la Neurosis escrita por Leven un bonito artículo que acabo de leer… Por lo general, no se entiende lo que dicen. Recuerdo, a propósito de esto, que un médico definía la linfa Koch, diciendo que era:

«Una solución en glicerina de una ptomaína o alcaloide orgánica agregado por el bacilo de la tuberculosis en un caldo de cultura.»

Las ptomaínas eran o son más sencillas todavía. Las ptomaínas:

«Tienen la propiedad de hacer los campos de cultura, en que están impropios para la vida de las bacterias.»

No podía estar más claro. Pero yo, lo digo sinceramente, no entendí jota de la explicación. Y tampoco entendí que hubiera un enfermo capaz de permitir que le inyectasen una definición así, de ptomaína con tuberculosis, en una taza de caldo de campos cultivados con bacterias impropias.

¡Ese sí que era caldo gordo!

Very volado

Monsieur Very, dueño del restaurant de su nombre, acaba de ser volado en París.

La explosión de la bomba repercute en el viejo continente, ruinoso por el tiempo, podrido por el egoísmo, amenazando derrumbarse por sí sólo en forma de cascotes espontáneos…

Cinco heridos graves; algunas señoras contusas; Very, moribundo, con las piernas rotas; su mujer, como la Carlota de Maximiliano, convulsa y loca; gritos de hombres, ayes de niños; el restaurant convertido en escombro sobre el que aletea tristemente el ave negra de la Anarquía… ; y Lhérot, el descubridor de Ravachol, proscripto de la vida, caminante al azar con paso tardo de res herida, llevando en su juvenil cabeza la cruel nevada de las injusticias sociales, huirá a través de París perseguido por la sombra de Ravachol. ¡Ah! Si Lachaud pudo llamar a Troppmann «genio del crimen», y pedir que el vulgo se inclinara ante la obra siniestra de aquel asesino, puede asimismo graduarse de genios de la destrucción a esos hombres ignorados y obscuros, verdaderos mineros de la revolución, para los cuales diríase que fue hecha la volteriana frase con que fustigó un pensador la trágica iniciativa de Marat,: —¡Grande es el reino de Nada; reinemos en ella!…

París tiembla de miedo; tiembla por su vida, por sus hermosas habitaciones, por la belleza de sus monumentos, por el sibaritismo de sus placeres de insaciable Mesalina. No tiembla ciertamente por Very moribundo.

Y, sin embargo, París ha volado a Very. No han sido, no, los anarquistas, ni los compinches de Ravachol. Es una víctima de la indiferencia y el egoísmo…

El buen Very, conduciéndose como un yankee, como un ciudadano del porvenir, linchó moralmente a Ravachol. Gracias a Very librose París de la diabólica acción de aquel energúmeno de la anarquía, engendro híbrido con corazón de fiera y labios pintarrajeados de mujer liviana. En los Estados Unidos se habría premiado inmediatamente la salvadora iniciativa de aquel vecino digno; en todo caso no se le habría expuesto a la venganza de los perseguidos.

Pero Paris es la capital del egoísmo europeo. Very fue visitado por curiosidad como si fuera el mono con plumas en el rabo, que llama actualmente la atención en el Museo Británico. Después… nada; un Very más, un tonto, un intruso, un entrometido que se había tomado el trabajo de salvar a una sociedad que se ríe de todo…

Hay algo más horrible; Very, abandonado y medroso, va de puerta en puerta, como el Valjean de Víctor Hugo, pidiendo hospitalidad.

Quiere vender el restaurant y no puede; quiere traspasarlo, y tampoco puede; quiere, en fin, alejarse de allí, expatriarse de París, abandonar cuanto ama y admira, pero el gobierno no puede atenderlo con la premura que requiere el caso; hay que formar expediente, como en España, y tramitar el miedo justificado de aquel hombre. Los caseros, al verle, cierran las puertas de sus casas. Se evita su compañía por peligrosa; se le deja en el arroyo y a merced de las bombas anarquistas. Es un réprobo que inspira más desconfianza que Ravachol… Porque Ravachol tiene el valor del siniestro, y Very es un Orozco de la burguesía. —¡Ecce Homo!…

Y el pobre Nazareno, cargado con la cruz del odio anarquista, haciendo el paso del Calvario en la moderna Roma, —que espera entre risas y bromas la llegada de los bárbaros del Norte— sin hogar, sin restaurant, sin gobierno que lo proteja, —viendo que se le niega el agua y el fuego, cae al fin, perseguido por la sombra de Ravachol, destrozado por la metralla, para purgar el crimen de haber dado una prueba de valor moral en una sociedad cobardemente egoísta.

Con arreglo al sentido jurídico hay derecho para perseguir al autor del atentado contra Very. Con arreglo a la conciencia racional no hay un solo parisiense que tenga derecho a castigar al criminal. Very, puede decir: —Todos en mí pusisteis vuestras manos.

El escombro

¡Siempre él!
Se guillotinó a Ravachol…
¡Él no se movió!
Descubriose a los autores del atentado…
¡El no se movió!
Se pintarrajeó la fachada del edificio…
¡Él no se movió!
Está ahí por toda la eternidad…
¡Él no se moverá!…

I

Sin embargo, se mueve. De diariamente los cien pasos de ordenanza, para volver a darlos otro día con rigidez de autómata, siempre igual.

—Ya estoy harto de contemplar el mismo horizonte… Ya no se justifica mi presencia en este sitio… ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?

—¡Hasta… siempre! Harás guardia «hoy como ayer, mañana como hoy», todos los años. Eres la sombra del miedo, del miedo que hace temblar de risa la joroba de Meunier. No importa que haya caído Francis; falla el otro, el gordo, que tal vez se nos escape. Porque Francis es una persona —con familia, a mayor abundamiento de calamidades—, y Meunier no es una persona, es un rencor. No tiene familia, ni amigos, ni afectos; no tiene más que su joroba. ¡Y con una joroba sola se puede ir a todas partes!…

II

Le he visto varias veces. La primera fue el 31 de mayo, pocas horas después de llegar yo a París. El restaurant me recordó el colmado de Morán, poco más o menos; sólo que la calle de Peligros no es, ciertamente, el boulevard Magenta. La catástrofe estaba fresca todavía. Para ver el fondo del escombro hacía falta mirar por entre las rendijas de las tablas que tapaban la entrada del restaurant, semejante a una boca desdentada. En medio de una negrura de pólvora quemada aparecían grietas inmensas, calvicies del techo, hierros rotos y retorcidos como por mano de un genio infernal y todo poderoso. Desde el banco que está frente al restaurant, a pocos pasos de la entrada, yo veía al guardia hablando mucho con la dueña de la joyería que está pared por medio; señora joven aún, muy pálida, con la palidez propia de quien no se ha repuesto de un gran susto; y veía también el escombro… el cual no hablaba nada y lo decía todo.

Cuando quise recordar, había caído la tarde. La señora estaba dentro del establecimiento con su cara de muerta pegada al cristal del escaparate, y el guardia, inmóvil en la acera, miraba fijamente un punto de la calle. Aquel punto deforme avanzaba poco a poco. No era precisamente un punto; más bien parecía una coma bailando la Carmañola. Primero aparecieron unas varitas negras, que eran lápices; en seguida unos brazos; después todo el cuerpo convulso de un hombrecillo raído y desmedrado, que llevaba colgante de los hombros una caja sujeta con correas. El hombrecillo, que se detenía a cada paso, temblando como un azogado, para secarse el sudor que lo brotaba a chorros, como si cargara con un fardo muy pesado —que no era sólo el de la vida, sino el de la vida herida por la ataxia locomotrix—, gruñó mejor que dijo: ¡tengo sed!… El guardia, inmóvil, seguía mirándole. En aquel momento apareció la señora pálida llevando en la mano un vaso de agua clara y hermosa…

III

Muchas veces encontré en mi camino al hombrecillo de los lápices, saltimbanquis, según le llaman en el boulevard, y ni una sola dejé de recordar la impresión que me produjo aquel cuadro. No sé… , pero juraría haber visto que el escombro, agrandándose terriblemente, llenaba todo el boulevard de grietas inmensas, de hierros rotos y retorcidos en el infierno de la existencia; que aquel escombro reflejaba en todo París la silueta de unos lápices y una caja colgando de un despojo vivo que daba saltos como un fantoche a quien le tiran de un cordelito, y que de aquel montón deforme surgía el grito ¡tengo sed! oído por mí la primera vez que contemplé la ruina del restaurant Very…

La perrera de Deibler

I

La ejecución de la pena capital varía según las latitudes. En Persia es muy sencilla. El reo se arrodilla, los ayudantes del verdugo le atan las piernas, y el verdugo, que llega a paso de lobo, es decir, cautelosamente, agarra de la nariz al reo, le echa atrás la cabeza, como si fuera a hacerle la barba, y le abre la carótida con un corta plumas, tan afilado, que puede cortar un pelo en el aire.

En Teheran hay treinta verdugos. Son amigos del soberano del país; le acompañan a comer; juegan con él partidas de billar; le dan a todas horas la conversación; casi, casi, no se separan de su majestad, que es la cabeza de aquellos brazos. Sin verdugos no habría soberano en Persia. Son, pues, unas personas decentes, dignas, respetables…

II

En Bombay el verdugo es superior a su especie; es un elefante amaestrado, persona decente también. El animalito caza con la trompa al reo de muerte, y empieza por darle unas pataditas, pero con mucho cuidado, para no estropearle antes de tiempo; luego le arranca los brazos; en seguida le hunde las costillas, y, cuando le avisan que ya es hora de rematarle, le pone las patas en el pecho, bailándose una jota, y le hace añicos.

El elefante es una personalidad influyente en el gobierno de la India. No forma parte de la tertulia del gobernador, porque no habla. Pero merecía hablar…

III

París no es Teheran, ni Bombay. Cuando el verdugo, señor Deibler, nos cuenta que es «un funcionario», y que el acto de ejecutar a un hombre es «el despacho de un asunto», nos revuelve atrozmente el espíritu. En vano ha pretendido el señor de París graduarse de alto empleado con derecho a vivir la vida tranquila de un buen burgués, al amor de la familia y de la lumbre del hogar. París protesta contra la vecindad de su señor. Y cuenta que su figura no es siniestra per sé. Su cara es plácida; su color es bueno: sus manos son pequeñas, finas, blancas, a lo Pi y Margall; su continente todo es respetuoso, respetable e inofensivo al parecer. Agua mansa.

Pero no importa. Nadie quiere tener de vecino a un señor que ha «despachado el asunto» de ciento y tantas cabezas, y que está dispuesto a seguir fríamente despachando. Sus manos, aunque blancas, ofenden y repugnan cuando estrechan amistosamente. El gobierno, sabedor de esa repugnancia del pueblo, ha resuelto dar a Deibler una habitación en las antiguas caballerizas de Napoleón III, y ya se dice que el verdugo podrá tener la guillotina y los ayudantes del suplicio en aquel local, tan espacioso, que pudieron en él correr caballos.

En tan buena compañía, y en una cuadra de Napoleón III, podrá vivir dignamente el Sr. Deibler, aunque exclame alguna vez que otra, recordando a su colega de Bombay: —¡Quién fuera elefante!

La patria agradecida

«¿Es posible que no entienda vuestra merced lo de hacer aguas menores y mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello.»

(Don Quijote, cap. 48)

Cada país tiene su especialidad. En Holanda se fabrica la mejor ginebra; en España el mejor patriotismo.

Patriotismo cómodo que vive de la leyenda. Fuimos heroicos en Zaragoza con la señora Agustina, y en Bailén con Arturo de Welesley. Seguimos heroicos por tradición, porque nos queda el olor de la señora Agustina.

Decimos: —¡Cualquier día entraban en Madrid los cuatro hulanos que entraron en Nancy!…

—Los cuatro, aquellos cuatro, precisamente, no parece fácil. ¡Ya habrán muerto!

—Aquellos cuatro u otros. Les damos con la puerta de San Vicente en las narices.

—Pero es que detrás de los cuatro hulanos estaba Federico Carlos con cien mil guerreros y cien mil bombas.

—No importa… Empezamos por comernos los cuatro hulanos; luego… luego veríamos: lo probable sería que nos comiéramos al príncipe Federico Carlos con sus cien mil soldados. Y aunque así no fuera… ¡Aquí no discurrimos ante el peligro! ¡Somos patriotas!

El patriotismo consiste en hacer una patria grande, inteligente, culta, digna y respetada… El patriotismo se demuestra dando espontáneamente el dinero ahorrado en el hogar para que los hulanos evacuen a Verdun… El patriotismo sabe honrar la memoria de los héroes… El patriotismo por excelencia se llama Inglaterra…

Ved en Londres a Wéllington, a Nelson… ; en Hayde Park a Byron —guerrero de las letras del siglo— saludado reverentemente… Ved a Napoleón en su Tumba de París, a Voltaire en su barriada… Columnas que se destacan orgullosas sobre las viviendas de los míseros mortales; lujo oriental; austero recogimiento de los espectadores, parecido al del alma creyente que eleva a Dios una plegaria sentida…

Mirad los monumentos que tiene Madrid. Pero antes… tapaos las narices y andad en zancos. ¿Queréis ver de cerca a don Cristóbal? ¡Cuidado! No os aproximéis mucho… Hay allí, alrededor del monumento, toda una corona fecal.

Espartero es… una columna mingitoria; las renombradas puertas de San Vicente y de Alcalá parecen, por lo que tienen a sus alrededores, puertas abiertas de inmundos retretes… ; el monumento erigido en el Prado a la memoria de los héroes del Dos de Mayo es un picadero de bacantes de a peseta… , Cervantes sigue ejerciendo en la plaza de las Cortes el oficio de alcahuete… ; el monasterio del Escorial es una pared de obscenos letreros…

—Pero, Sr. Bonafoux ¡esas atrocidades no deben escribirse!…

—Pero, señores míos, peor que escribirlas, denunciándolas a la vergüenza, es hacerlas sin decoro uno y otro día al amparo de los guardias de orden público. Pues qué ¡señores! (discurso), ¿se es genio para vivir así, en forma de cantaor flamenco, con flecos y adornos caprichosos que huelen y no a ámbar? ¿No resulta ridículo que tropiecen ustedes, si quieren saludar respetuosamente a los reyes de la plaza de Oriente, con las innumerables cacas que bordan a diario aquellas pobres estatuas?…

—¡Qué porquería, señor Bonafoux!

—¡Qué hipocresía, ¡oh señores! (discurso) ver diariamente eso, olerlo, pisarlo, y repetir al otro día, sin protestar siquiera por patriotismo!…

—Pero, Sr. Bonafoux, usted no escarmienta. Le han apedreado a usted, le han desterrado, le han dedicado pasquines. Convénzase usted de que no se le puede ver ni en pintura. ¡Tendrá usted que ir borrando pueblos del mapa!… Esa labor, por lo demás, es estéril. ¡Decir verdades! ¡qué tontería! Hay que vivir con todos… ¿Pretende usted acaso redimirnos del atraso, del encanallamiento y de las cascarrias en que vivimos a gusto?

—¡Dios me libre! El mejor día tomo un barco, y… ahí queda eso: toda la farsa política y literaria, toda la farsa social de gentes que se saludan y se odian cordialmente… Entretanto, permitidme, ¡oh, señores! (nuevo discurso), tomar nota, como Stanley, de los perfumes que exhalan los bajos de los héroes.

Veamos. No, olamos. Aquí huele; debe haber héroes por aquí; internémonos. París ha elevado suntuosos monumentos al vencedor de Jena —un carnicero con uniforme de emperador.— Madrid ha dedicado un recuerdo a Daóiz y Velarde, genios de la libertad, cuyo martirologio festejamos oyendo misas en el Prado…

Nada descubro… ¡Oh, sí! ved los héroes; ved el monumento. ¡Qué risa! Algunos albañiles le lavan la cara para que su fealdad no espante a las gentes.

En el centro de desaliñada plazuela se levanta un arco pequeño, rechoncho, de ladrillos en cueros, salpicado de lodo, injuriado por el tiempo. Colgado del arco, a manera de candil en cocina de pobre, se divisa una especie de escudo, tosco, deforme, de madera pintarrajeada de verde y amarillo, con una inscripción que dice «—A los héroes del Dos de Mayo, Daóiz y Velarde». —¡Qué contraste con el Panteón que ha hecho Francia, agradecida, a sus grandes hombres! —El escudo, o lo que sea, está rodeado de una guirnalda marchita que semeja peluca de cómico, y el arco cobijado de tejas, al igual de las casas, para que si llueve no se mojen ni se constipen los héroes… Eso parece puerta de presidio, sarcasmo mudo de ladrillos. ¡Ay! confortadme!… No quiero ser héroe en esta heroica corte. Me levantarían un arco de cartón cobijado por un paraguas de a peseta que me preservara de la lluvia y de la nieve.

Y Gravina y Churruca, ¿dónde están que no los veo? ¿Dónde Méndez Núñez? ¿Y el Heine español que se llamó Bécquer, y el Byron de Castilla que se llamó Larra?… ¡Se salvaron de la boñiga patriótica!

Ahora, no hace aún diez minutos, he visto a un caballero, decente al parecer, orinándose en don Álvaro de Bazán.

¡Es el botafumeiro de la patria agradecida!

Cuadros americanos

Le conocía, hace ya mucho tiempo, sin tratarle y sin haber leído su libro titulado Cuadros americanos. Manuel Llorente Vázquez no pertenece como persona al surtido ordinario. No es que trate de singularizarse; es sencillamente que, dentro de las hechuras vulgares de la humana especie, Llorente se destaca sin querer y sin pensar en ello. Con esto sólo ya tiene bastante para ser conocido, y ya tiene también bastante desgracia para pasear por el mundo…

Pero lo peor para Llorente no es eso, sino que su exterior responde perfectamente a su interior; esto es, a lo que lleva en el espíritu, y de ahí que viva o tenga que vivir desentonando en la general sinfonía de imbéciles y esclavos…

Si Llorente hubiera sabido curvarse y disimular su independencia de carácter, y si alardeando del patriotismo que demostró, como ningún otro diplomático español, en las importantes misiones que le fueron confiadas, hubiera acudido a la prensa en solicitud de tal cual bombito al uso, tendría envidiable nombradía. Porque nadie, absolutamente nadie como él sostuvo la dignidad de la bandera de la legación en pueblos canibalescos donde el odio a España diríase que lo recoge el niño en el materno seno y que lo aspira el hombre en la viciada atmósfera.

Hay más: cuando ocurrió el incidente del Virginius y el gobierno español apareció medroso y acongojado por las amenazas de Sycles, —porque en la república española no hubo Saint—Justs, ni Robespierres, y no fue otra cosa que la síntesis de la cobardía y de la envidia de un pueblo podrido,— Llorente hizo un Alentorandum y prestó al gobierno (exponiéndose a que se los robaran) las documentos originales que salvaron a la patria de la gran vergüenza que exigía el embajador de los yankees… Pero esto, ¿qué ha de saberse, ni tampoco estimarse, aquí donde sólo repercute el chismorreo oratorio de políticos vividores y los anuncios descocados de Barnums literarios? Para medrar ¡qué digo para medrar! para obtener justicia, es preciso ser un poco sin vergüenza; —y Llorente perdió la juventud de su vida peleando en América por el decoro propio y por el decoro de España… para que los enemigos de ésta le atacaran a mansalva en el corazón mismo de la patria bizarramente defendida.

España perdió por ignorante sus colonias americanas —todo un imperio— y esa ignorancia supina en materia de Indias se ha hecho tradicional como el cocido, La Correspondencia, las bellotas y los Pérez y Gómez. La inmensa mayoría del público cree que Cuba y Tabí—Tabí son… «la misma Habana». Labra, que es cuco, suelta un ¡problema ultramarino! que aplasta al banco azul, y por eso goza fama de ser una especie de Arca de Noé flotando en el diluvio del indicado problema, que no es tal problema. Los diputados antillanos se dedican, con muy contadas excepciones, a hacer el oso, o los osos. Unos se van de juerga a cazar liebres; otros son hurones que no salen de sus casas, en donde pasan el tiempo contando cuentos de allá, con las zapatillas de flores bordadas a realce, y florecidas además, expuestas sobre la mesa de noche; otros se hallan ocupadísimos en la labor de encontrar hospedajes más baratos; otros… ¡Grandes burros parlamentarios! ¿por qué no estudiáis, para que no os sorprendan los Yltis y Virginius, en vez de fumar tanta breva y charlar tanta necedad en corrillos y cafés?

Sí, debe ser triste, el volver a la patria que fue defendida en lejanas y peligrosas tierras, y hallar por toda recompensa… un gabinete del filibusterismo establecido en el ministerio de Estado.

Sugiéreme estas y otras consideraciones, cuya exposición no sería pertinente, la lectura del libro Cuadros americanos, notable, notabilísimo libro, que es además, por los múltiples y variados asuntos de que trata, algo así como la casa museo de su autor, el cual ha reunido allí, distribuyéndolas con exquisito gusto de verdadero artista, curiosas reliquias y bellezas sin cuento, traídas unas y otras de parajes tan remotos como Chimborazo y California, Japón y Suecia.

Hay en esta obra extraño encanto que invade las páginas más prosaicas; y así cuando su autor esgrime la sátira como cuando narra episodios de viaje o historia ignorado período de la vida política que podríamos llamar lacústica… en América, experimenta el lector singular regocijo que no es para gustado una vez sola. A ratos olvida el Sr. Llorente que el público lo está viendo, o si lo recuerda no hace caso, y sintiéndose artista, nada más que artista, abre su espíritu a la contemplación de las maravillas que exhibe aquella naturaleza lindamente salvaje; —y a ratos también se oculta el Sr. Llorente, como si el espíritu le pidiera sombra y pudiera escaparse del libro por la misma escalerilla que allá en su casa le aísla del ruido en apartada celda…

Precede a los Cuadros americanos un prólogo del Sr. D. Luis Vidart, en el cual demuestra este escritor absoluta ignorancia del medio hispano en que viven pasionalmente las repúblicas del Sur americano. Tal vez crea el Sr. Vidart que son exageradas las apreciaciones, perfectamente exactas, de un libro que debió titularse Guía de los españoles en América, y que merece ser leído y estudiado con detenimiento, en España. Así no ocurriría que D. Juan Valera, con ser quien es, escriba tamaños desatinos como los que escribió en sus Cartas americanas… ¿Los escribió «para que sirvieran de acicate a los compradores?» Entonces no he dicho nada, porque cada cartaginés es muy dueño de especular con su mercancía. ¿Los escribió de buena fe el Sr. Valera? Pues sepa su eminencia que esas Cartas americanas son, a vuelta de algunos elogios merecidos, bombos de La Correspondencia a poetas ñáñigos y a prosistas macheteros… del idioma.

Y es lástima que esos mismos prosistas y poetas digan luego en América: —¡Qué pendejo el tal Valera!…

Al saco con él

La nota periodística de la semana pertenece a La Correspondencia, que sale remozada, o ella al menos lo cree así, como vieja princesa que escribiera diciendo: «Mon pinson égaré… Ma petite Fleur de Nice… etcétera.»

Las Dos cartas… , a saber, la del excelentísimo señor marqués de Santa Ana y la del excelentísimo Sr. D. Andrés Mellado —que si no va para marqués merece ir— son divinas…

El marqués empieza por participar a sus lectores que quiere consagrarse… ¿obispo? Es más modesto en sus aspiraciones. Quiere «consagrarse al desarrollo de planes que cree de inmensa utilidad para el servicio de Dios.» Hay que reconocer que ese Dios que lee La Correspondencia ha venido, literariamente, muy a menos, y que si se habla español en el cielo (cosa que dudo mucho), se propone el marqués que no lo entienda ni Dios.

Pensando en Él, se dirige a D. Andrés Mellado y le dice en confianza:

«Ofrezco a usted, a usted (bis), tan hábil periodista y cuyos sentimientos son idénticos a los míos la dirección de La Correspondencia de España.»

Mellado=Marqués.

Razones del marqués para designar a Mellado.

«Porque, como yo, es usted amigo del catolicismo, de la monarquía y de la libertad; como yo, ha respetado usted siempre la intención del gobernante y la honra personal del ciudadano; como yo, ha mirado usted, sobre todo, por la felicidad de la patria y de sus semejantes… »

¡Los semejantes de esta patria que, según Cánovas, es una especie de socco!… El Sr. Mellado resulta escribiendo peor que el marqués.

«Con reconocimiento profundo o íntima satisfacción acepto.»

¡No había de aceptar ese dulce!…

«Siempre vivirá grabado en mi corazón.» (¡Qué cursilería!)

«Deploro que mis méritos no correspondan a la benevolencia amistosa con que usted los honra».

Deplora… no tiene méritos… y tal; pero… acepta el duce.

Hay un motivo para aceptarlo:

«Iguales son los sentimientos de usted y los míos en la veneración a la fe de nuestros padres… »

¿De cuáles padres, mi buen señor? ¿Y cree el Sr. Mellado que basta con venerar la fe de los papás para dirigir bien un periódico?

Otro motivo:

«Iguales son los sentimientos de usted y los míos en el culto ferviente a las libertades, vida y alma (pero ¡qué cursi!) de los pueblos varoniles, y en el respeto amoroso a la institución que con los prestigios de la historia mejor los garantiza… » ¿A quiénes? ¿a nuestros padres, a los sentimientos de ustedes dos, o a quién?

«Dios (¡ay qué Dios!) dé a usted vida para verlo y a nosotros ayuda».

Bueno, que se la dé; para que no escriba cosas de este jaez:

«Así las autoridades y las corporaciones como el artista, el letrado, el comité político, la junta benéfico, el mero particular… »

¿Qué mero particular es ese? ¿Será un nuevo mero, una especie de congrio, D. Andrés, o un particular convertido en mero?

Tiene razón La Correspondencia en decir que presenta innovaciones.

No es floja la que anuncia el Sr. Mellado:

«El lector de La Correspondencia de España podrá tener cada mañana y cada noche noticia de todo cuanto importante digan al mismo tiempo los periódicas populares de Europa, y aun algunas veces adelantarlos».

Si que es morrocotuda la innovación de que un periódico que se publica en Madrid pueda adelantar, tomándolo de otros periódicos de Europa, lo que no hayan publicado cuando lo adelante La Correspondencia.

Pero más morrocotudo es que el Sr. Mellado, que ha escrito mucho y bueno en El Imparcial, y que tiene como periodista un talento envidiable, escriba en guirigay… por no haber desinfectado la casa.

Pero el Sr. Mellado y el señor marqués pueden y deben consolarse. Otra persona acaba de decir, no como mero particular, sino como presidente de Congreso, mayores desatinos.

El Sr. Pidal ha pronunciado un discurso horrible para celebrará D. Álvaro de Bazán.

«Porque con ser tantos y tan grandes los héroes que esmaltan los anales patrios… »

«De España, señora, casi circundada de mares, como nave anclada en el Pirineo».

«Cuya misión providencial fue salvar la civilización, hija de la cruz, de la barbarie y del fatalismo orientales, de la media luna». Por donde la civilización es hija de un Sr. La Cruz (mero particular probablemente), y de la barbarie, y del fatalismo, y de la media luna, y… de las siete… musas. ¡Qué escándalo!

«A V. M. toca ahora el honor de dar al aire y a la luz la figura imponente del guerrero».

El cual, aunque es de bronce, se conmovió al oír el discurso, que es un verdadero parto de los montes; y se conmovió más cuando oyó decir a un aficionado a las cosas de doña Emilia: —Diga usted, guardia, ¿le tocará algo este guerrero a la PArdo Bazán?

¡Qué tristeza tan grande invadirá «la figura imponente (que no levanta tres cuartas de la plaza de la Villa) del guerrero» al oír en el aire los disparates de esos presidentes, periodistas y marqueses!…

¡Qué tristeza la suya al abrir los ojos a la luz y encontrar una patria tan atrasada, casi casi, como la que dejó, sin ninguna de las acendradas virtudes que la encumbraron merecidamente sobre los demás pueblos de Europa, y en la cual se exalta a la categoría de genio cualquier mamacallos con cuatro soldados y un cabo; —y ver luego la ruina que todo lo prostituye y el desaliento que todo lo mata; la farsa moderna extendiéndose como una lepra sobre el carácter de Castilla… toda la porquería que vemos y palpamos a diario sin morir de asco… ¡qué pena tan grande!

Yo creo que de temblar de rabia aparece D. Álvaro, en la estatua, con las piernas un tanto torcidas; y, creo también que si pudiese hablar, como el Comendador de Zorrilla, pediría por Dios que lo metieran otra vez en el saco…

Cavia, ¿es Voltaire?

Pues si Voltaire es el talento más vasto de la Humanidad, como dijo fundadamente Revilla, Cavia no puede ser Voltaire aunque lo diga el antropólogo Salillas y lo jure el antropófago fray Blanco. Por cierto que Salillas dijo también, con mucha gracia… antropológica, que Cavia es pálido y transparente como Voltaire. También yo soy pálido, aunque verdoso a días, como Sagasta y Anastay; y en cuanto a transparente… que se quiten donde esté yo los visillos y guipures.

¿Qué es Voltaire como literato? El autor de la Henriada y el autor de Candide, que es la más notable de todas las novelas satíricas que se han escrito, como que hirió de muerte, al herir a Rousseau, un mundo de filosofías.

¿Qué es Voltaire como pensador? Casi nada: el precursor de la revolución francesa…

Pues si Cavia no ha escrito más que el libro Azotes y el Salpicón que tengo a la vista, y no ha promovido más revolución que la Madrugada de algunos vecinos curiosos que se levantaron a las once de la mañana por gusto de contemplar las llamas del Museo de Pintura, ¿cómo ha de ser Voltaire, ni genio parecido, mi amigo Mariano de Cavia?

Semejantes bombos—Audet, que quieren hacer de Cavia el escritor de la pluma lisa, estropean al que los tolera. Todavía estoy furioso, aunque no lo he dicho a nadie, porque sentí, al leer el disparatado paralelo, que unos herejes… de las letras entraban riendo y haciendo mofa en el sagrado templo que elevé desde muy niño a ese Dios del pensamiento humano, Souverain de la idea, que no perecerá en los Germinales de la vida, y que sin ternuras ni melancolías me ha hecho llorar mucho sobre las ruinas de cuanto creí y amé en la infancia…

¡Fino amigo mío! ¿por qué no demandó usted de calumnia al Sr. Salillas? ¿Por qué no pagó usted al fraile Blanco una celda en Leganés?

Muchos de los elogios desmesurados y bufos que se dedican a Cavia los inspiró su muerte ficticia. ¡Qué de bombos a la prematura tumba!… ¡Qué de necrologías anticipadas cuando circuló el rumor de que estaba Cavia «con un pie en la sepultura!» «¡Pobre chico!… » «¡Tan aragonés, y ya tan desgraciado!» Se lloraba a lágrima viva, porque somos sensibles, y los más de los amigos del enfermo deseaban vivamente que muriera cuanto antes, por la vacante que dejaría en El Liberal, y luego… porque el chico prometía. Cuando lo vi resucitado, en la Puerta del Sol, no pude menos de decirle con la sinceridad que me ha dejado sin un solo amigo: —Pero, hombre, ¿por qué no se ha muerto usted? Fue una decepción. Yo, en su caso, me hago el difunto;— ¡y crea Mariano de Cavia que si se hubiera muerto de veras, yo habría sido uno de los pocos en derramar una lágrima del corazón sobre su tumba inmerecida!…

¡Ojalá hubiera muerto entonces! Porque yo no tendría ahora que decirle francamente que prefiero el Cavia periodista al Cavia escritor; el Cavia que vive horas en el espíritu de los lectores de Madrid al Cavia que pretende vivir años en Salpicón. Los artículos de mi amigo son, más y mejor que artículos, vuelaplumas de El Liberal. Coleccionados esos artículos pierden su picor, como las ortigas encerradas en la casa.

Se ha dicho que Cavia es cronista, «el primer cronista de España», y al leerlo no he podido tenerme de risa. ¡No he de reírme de que haya quien crea o quien diga que dentro de la manera de Cavia, cuyo estilo es siempre enjuto, espartoso y amazacotado a veces, sin ternuras del alma y sin floreos de la imaginación, cabe a sus anchas la crónica moderna —vaporosa y sentimental, pintoresca y risueña con la picardía que tiene en los labios la mujer de quince años— crónica que sólo tiene en España un representante, Fernanflor, si se exceptúa a Fray Gerundio que, a su modo y adelantándose su tiempo, es hasta cierto punto un cronista moderno.

El cervantesco estilo de Cavia es el mayor de sus defectos literarios. Admiro a Cervantes. Me apesta Perede, porque sí, porque si salgo de paseo con la capa terciada a lo Sánchez de León, la espada al cinto y un chapeo con plumas de gallo, me pongo en ridículo ante las naciones extranjeras; y Pereda, a pesar de su talento, es acervantado, o agarbanzado, perteneciente a la tradicional cocina literaria del cocido frío, y por el maldito garbanzo no vivirá, cuando muera, ni siquiera en Polanco… —Otra cosa, como estilista, es la Pardo Bazán, que ha sabido bautizar con agua del Sena el buen vino de Castilla.

Síntesis: Mariano de Cavia es periodista (nada más por ahora que periodista con tendencias a escritor) agudo de ingenio, ilustrado y culto, malicioso siempre, jamás festivo si no escribe revistas taurinas. Es además buen discípulo del único genio literario que tiene España en el siglo XIX, y si no podrá en absoluto hacer artículos como La Nochebuena del verdaderamente malogrado Fígaro, puede hacerlos y los hará si quiere tan buenos como El Castellano Viejo, las cartas de Andrés Niporesas, etcétera.

Es, indudable que El Liberal debe algo a los talentos de Cavia. Pero ¡cuánto más no debe Cavia a la circulación de El Liberal!…

No se fije mayormente mi distinguido compañero en lo que no le guste de estas manifestaciones informadas por una sinceridad inusitada, que no he podido ni querido evitar, porque no me decido a comer en trulla jamón en dulce, aunque está de moda entre críticos.

Tal vez por esto parecen agrios estos folletines; puesto que todo es según el sabor del jamón que se merienda.

Mosaico

La crítica —suponiendo que haya crítica en Madrid— no se cuida poco ni mucho del movimiento literario de provincias. Los libros provincianos, o de los provincianos, tienen en las redacciones madrileñas el mismo destino que los periódicos de allende el mar: sin leerlos, sin hojearlos, sin abrirlos, con faja y todo, van a parar bonitamente al cesto de los papeles inútiles…

Si el provinciano quiere que su nombre suene aquí, tendrá que hacer la maleta, tomar el tren, presentarse en la ilustre Corte con algunas cartas de recomendación, y mejor aún con algunos billetes del Banco que gastar en comidas, cafés y… puros, aunque sean viles tagarninas. Esto es lo positivo.

Los bombos se consiguen en tal caso con pasmosa rapidez. El gacetillero no leerá el libro, pero sabrá de lo que trata por el mismo autor, y le aplicará la consabida crítica (una especie de canon, pauta, molde o como se quiera), de frases hechas, lugares comunes, elogios hueros, y a veces ni eso siquiera, porque vive muy ocupado, no puede ni quiere molestarse, y sale del paso o atolladero diciendo al autor: «hágame usted tres o cuatro cuartillas, y tráigamelas para publicarlas. ¡Ah!… dese usted todos los bombos que quiera, no sea corto de genio… »

Si el aludido no es un sinvergüenza hará la maleta, tomará el tren, y se volverá al terruño sin criticas, sin billetes del Banco, y… sin viles tagarninas.

El escritor andaluz D. José Nogales y Nogales, no está al tanto de lo que ocurre en el caserón destartalado y viejo; como que no vive en este medio ambiente. El Sr. Nogales se ha limitado a remitir su opúsculo Mosaico, sin prólogo, sin monos, sin recomendaciones, y muy modestamente editado.

Agradézcame, pues, el Sr. Nogales —aunque no le agrade, que no le agradará, tal cual reparo que pondré luego a su libro— el desinterés con que le trato, y tengo por bien averiguado que no abundan los casos como éste.

La lectura de la primera parte Artículos, del Mosaico, me ha hecho formar de su autor buen concepto literario. Son trabajos a lo Michelet y Flammarión, en Francia, y a lo Arístides Rojas en América —como los titulados El álamo y el agua, La partícula de alcohol «que arrulla y mata», etc.— trabajos científicos, embellecidos por la poesía, con verdadero derroche de primores de la imaginación. En España no tiene cultivadores este género literario. Algo y aun algos ha hecho el ilustre Benot; algo también Echegaray, no sé si en El Imparcial, creo que sí, y nadie más.

El Sr. Nogales tiene excelentes condiciones para brillar en dicho género, que es más difícil de lo que parece, porque no es pura retórica todo lo que en él reluce; y se necesita talento, mucho talento, para servir ciencia, y hacer que la traguen a gusto estómagos profanos, rebozándola con el dulce de la poesía.

Otros artículos, como La siega, pletórica de esplendorosas descripciones, recuerdan las filigranas de estilo que tuvo Ortega Munilla en sus buenos tiempos… ; y en general están bien sentidos y parlados, no faltando en alguno de ellos un pensamiento hermoso, como aquél que recomienda, en la fantástica Danza de las llamas, que se endurezca la pupila para no llorar mucho… ¿Ha sufrido y llorado el Sr. Nogales? Sí, se le ve… Su espíritu, harto candoroso, no ha revoloteado impunemente sobre el estercolero de la vida.

No me parecen bien otros trabajos del Sr. Nogales. Bella es, de un romanticismo a lo Bécauer y Castello Branco, la tercera carta A una mujer; pero fea, muy fea, aunque se haya publicado, según reza una advertencia, «el viernes santo del presente año de 1890», La Idea cristiana, cuyo principio es una serie de preguntas y repreguntas a lo catecismo. Las tradiciones de la sierra no me encantan, y hay entre ellas una Julianita que recuerda demasiado un artículo del autor de las Rimas… Los demás desmerecen mucho de los primeros que figuran en la colección. Pero casi todos se dejan leer, y ya esto es bastante.

No creo que M. Livron presintiera al Sr. Nogales cuando dijo que había poetas líricos en prosa, por ejemplo, Castelar, ruiseñor de la Historia; pero el Sr. Nogales es uno de esos poetas, escritor de prosa poética, y algunas veces salva el terrible escollo de los ópalos, nácares, rosas, púrpuras, franjas blancas y demás quisicosas de bisutería barata y cursi…

Hosannas

Un periódico de allende apareció con tamaña orla, el 8 del mes pasado, para celebrar el aniversario de la creación de un Instituto y cantar «hosannas y aleluyas» por la derrota de los jesuitas… en Navalcarnero, como si dijéramos. ¡No más jesuitas! ¡Hemos acabado con ellos!

El poder de los jesuitas —entiéndalo ese periódico— es realmente asombroso, no tanto como creía Eugenio Süe, quien, como ha dicho Michelet, hizo del jesuita un tipo sobrenatural, pero sí lo bastante para que la Compañía, organizada mejor que otra alguna, no perezca… en Navalcarnero. Roma la temió siempre; prestole acatamiento la Inquisición española, y el jesuitismo promovió buena parte de los transcendentales disturbios del mundo europeo. En el fondo de todas luchas se encuentra siempre a Rodín…

La política de los jesuitas se basa en la doctrina del libre albedrío. «De vosotros depende vuestra salvación y condenación eternas; pero si os engañáis, ahí está el infierno. Para guiaros, aquí estamos nosotros». El jansenismo tendió a la ruina de esa doctrina y de la Compañía que la predica, y lo que no pudo conseguir Richelieu, a pesar de su genio, lo alcanzó el jesuitismo: la muerte de la secta de Jansenio y Saint—Cyran.

Uno de los más tenaces adversarios de la Compañía, Pascal, profetizó su caída: «Vuestra ruina será semejante a la de una alta muralla que se derrumba de improviso, y a la de un vaso de arcilla que se rompe, que se aplasta en todas sus partes por un esfuerzo tan poderoso y universal que no quedará de él un casco con que sacar un poco de agua o llevar un poco de fuego, porque habéis afligido el corazón del justo».

Pascal se engañaba. Se engañó también Voltaire al creer que su sátira había herido de muerte a los jesuitas. La Compañía vive y vivirá, porque es utópica la idea concebida por Fourier de suprimir el dolor, y porque el combate diario es elemento indispensable para el progresivo perfeccionamiento de la humanidad.

Sin embargo… Lo que no pudo hacer el jansenismo, ni Pascal, ni Voltaire, pretende conseguirlo un periodiquín ultramarino cantando hosannas y aleluyas en el guícharo.

«Ved una gota de agua pura y cristalina. Ved cómo cae lentamente, y cae y sigue cayendo sobre, la más dura piedra. Observad lo que pasa».

Soy todo ojos.

«La piedra resiste orgullosamente; parece reírse con desdén.»

Piedras… de allá tienen que ser las que se ríen con desdén «del líquido átomo».

—Es sensible que la Guardia civil no compontee al autor de este hosanna.

«Mas, (coma con mucha gracia), la gota cae, (bis) cae (triplicado) y sigue cayendo (¡admirable, amigo mío, admirable!) sobre aquélla».

«La piedra, siempre mojada por la gota (¿por cuála?), diríase que echa de ver que flaquea su fortaleza».

«La gota no cede. (¡Es militar esa flota!) Continúa la lucha. La piedra cede un día (¡por fin!). La gota de agua continúa su propósito inquebrantable hasta que penetra en el cuerpo de aquélla».

¡Qué inmoralidad!

«La perseverancia de la fuerza, activa, firme, segura y nunca apartada de su objeto… »

No lo entiendo. Me recuerda a Salmerón. «He explicado mi conferencia va términos claros y sencillos para el atento, difíciles y obscuros para el distraído en las relaciones, el presumido y el empedernido». No sabría decir si yo era presumido, o si estaba empedernido, o distraído en las relaciones con la novia que usaba entonces. Pero recuerdo que no entendí la conferencia clara y sencilla para el atento; y eso mismo me ocurre ahora con la perseverancia de la fuerza activa, firme y segura y única apartada de su objeto. Vamos, que no nací para filósofo.

«Todas las madres pónganse de pie… »

Eso sí lo entiendo, y por mí que se pongan.

«Todas las madres pónganse de pie con coronas en la diestra y palabras de bendición y de júbilo en los labios. La instrucción laica, civil y provincial rechaza el principio de que el hombre sea perinde ac cadaver, SINO QUE prepara y deja libre su actividad».

Si los redactores de ese periódico hubieran estudiado con los jesuitas, no escribirían semejantes sinos ques disparatados.

«Este siglo es de atrevida ciencia».

Diga usted que sí; como que ya no hay clases, y cualquier… aleluya se mete a periodista.

«¡Viva la libertad para todos!»

Eso; ¡viva la Pepa!

«Cantemos un hosanna.»

Dos hosannas dirá usted, porque ya hemos cantado uno morrocotudo. ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Mal tiro te dé la Guardia civil!

«Cantemos aleluya».

¿A que nos resulta tenor de zarzuela el caballero que escribe esos cantos?

«Aleluya, sí, aleluya. Cantemos aleluya, y que salgan las vírgenes».

Sí, señor, sí, que salgan, y que nos las traigan los redactores del Intransigente las esperamos pluma en ristre como la gota a la piedra.

El artículo con orla ha sido un acontecimiento. Clarinetes y tiples recorrían las calles del pueblo; una comparsa de negros catedráticos, candidatos a las plazas del Instituto, bailaba el seis chorreao; grandes cocktailes de huevo y ginebra; y una turba de autonomistas vitoreando a Labra y cantando el

«Aniseto Mangallú,
eso no lo sabes tú…
¡con tu cara balajú
paresida a Bonafú!

Después del drama

I

Los capitanes generales de Filipinas han hecho cosas extraordinarias. Convencidos todos de que tenían al deber de dejar algo a su paso, ninguno se olvidó de ejercer las facultades omnímodas.

El general Clavería, que estuvo allá en 1848, no podía prescindir de hacer alguna cosa extraordinaria. El general supo que la mayor parte de los indígenas se llamaban «del Espíritu Santo», «de María Santísima», «de San Juan Bautista», etcétera, y como deseaba dejar algo que justificase su paso por «aquellas apartadas regiones», declaró que los indígenas no tenían derecho a ser homónimos de los santos.

—¿Cómo? ¿Llamarse San Juan Nepomuceno un igorrote, un tártaro, un malayo, un japonés, un guinea, quizás un chino? ¡No en mis días —exclamó el general— que no he de ser yo quien tolere tamaño atentado al almanaque!

Los indígenas contestaron, después de rascarse la cabeza:

—Serenísimo señor, castila excelso, dueño y árbitro de cielos y tierra, sabed que no es nuestra la culpa. Frailes fueron quienes bautizaron, con tales motes, a nuestros infelices mayores. En cuanto a nosotros, ¡oh gran Señor! si nos llaman «de la Cruz» o «de los Santos», bien está; y si nos llaman miaumiau, como a los gatos, o pí—pí, como a las gallinas, bien está también.

Los gobernadores de provincias obedecieron la orden del general —orden que no fue, por fortuna, la de matar igorrotes— y no quedó a poco andar uno solo de los indígenas santos.

Juan Luna San Pedro, natural de Ilocos —perteneciente a la isla de Luzón— y de abolengo indígena, se llama, por sus predecesores, San Pedro, y se llama también Luna por la innovación de los apellidos en colonias donde sólo dos cosas se conservan inalterables: las facultades omnímodas y las sotanas de los frailes.

Fue su padre un comerciante inteligente y laborioso de la provincia de Ilocos. Con algunos bienes de fortuna, adquiridos en la permuta, usual allí, que consiste en dar mercaderías de Europa a cambio de productos agrícolas, como tabaco y añil, trabajados maravillosamente por las tribus nómadas, el padre de Luna resolvió salir de aquellos montes y trasladarse a Manila para educar sus hijos —artistas todos por temperamento— que bien lo merecían por sus eximias condiciones de inteligencia y carácter. A los quince años murió uno de ellos, cuando empezaba a ser, como músico, una notabilidad. El menor, que estudiaba química en París, ha escrito algo, si no recuerdo mal, en la prensa de Madrid. A Juan le dedicó su padre al pilotaje, como si presintiera el buen señor que necesitaba el hijo hacerse desde niño al manejo del timón en la gran borrasca de la vida. En la escuela municipal de Manila, dirigida por jesuitas, y reservada de antiguo a españoles y criollos que descendían de españoles, pudo Juan Luna, indígena, hacer los estudios de primera y segunda enseñanza, merced a la humanitaria cuanto acertada reforma de un inspector de las escuelas municipales.

Luna no nació para piloto. Pero su talento pudo más que las antipatías que le inspirara la carrera de marino. Estudió y sobresalió. Ilocano de buena cepa, a macha martillo, perteneciente a una raza de viajeros infatigables que relegan al olvido, por correr a la aventura, los afectos y regalos de la paterna casa, saturado del aire de independencia primitiva y selvática, que venía de la cordillera de Ilocos, y que era el vaho de tribus indomables de igorrotes y tingnianes, Luna vislumbró en la náutica, un porvenir y una esperanza: el mar… , el mar con sus inacabables horizontes; y al mar salió, por primera vez, en el bergantín Villa de Rivadavia, mandado por el capitán D. Manuel de Camús. En los ratos que tenía de ocio, sobre la toldilla, o a proa del buque, Luna pintaba —porque sí; porque le salía de adentro y lo tenía en la masa de la sangre— una puesta del sol, una ola bravucona, una nube que corría sobre el azul del cielo y se espumaba en el camino, siempre buscado, de la lejana patria; y al volver a Manila faltábale tiempo para llegar al estudio de otro pintor, indígena como él, Guerrero de apellido. Buenos amigos de éste y de aquél, fomentaron la idea de traerle a Europa con una pensión, idea que llevaron a buen término, aunque el Sr. Sáenz, enviado de Madrid, para dirigir la Academia oficial de pintura, opinó que el chico no prometía mucho ni poco, y aconsejole caritativamente que no abandonara el timón del bergantín por empuñar los pinceles del Spoliarium. El pintor incipiente saboreó esta amargura, que, unida a las que dejara en su espíritu la ingrata contienda política que duró del setenta y uno al setenta y tres ahondando desigualdades funestas y rencores ponzoñosos entre peninsulares e insulares, contribuyó sobremanera a la formación de su carácter, fosco, huraño, receloso, como si el pobre paria de Ilocos temiera a cada paso, sin fundamento por cierto, que le gritaran en Madrid: ¡Today, troglodita! Tales y tan fuertes eran sus prejuicios y preocupaciones, aumentados por singular contraste fisonómico. Pequeño de estatura, desmedrado, enfermizo; de ojos vivos, pómulos salientes, color achocolatado, labios bembudos; el polo negro, abundoso y desmayado; la cara lampiña y obscura; laborioso, decidor, y con cierto empaque, o coramvobis, en la apostura: tal es, físicamente, Juan Luna: un verdadero antípoda. Oriundo de una raza proscripta de la civilización, llevando en la figura el estigma de esa misma raza, [ Luna, superior a su pueblo, a su raza, a su tiempo, pasó agriado y entristecido los años primeros de la vida. Traído al mundo como fiera cazada a lazo, iniciado en la civilización, domiciliado en parajes hospitalarios, donde no se juzga al hombre por el color de la piel, Luna no pudo, sin embargo, alcanzar el bienestar que se le ofrecía, porque recordaba constantemente su raza proscripta y humillada, su pobre pueblo olvidado de Dios y de los hombres entre las mallas de una Naturaleza abrupta. La agrura y el entristecimiento que constituyen la característica del hombre, se destacan en todos los cuadros que pintó, fiel reflejo de su alma. No sabía ni podía pintar otra cosa: el dolor; pero no el dolor suave y resignado, que vaga melancólicamente, salido de un alma sin esperanza en las cosas de la tierra, sino el dolor agudo y airado, símbolo de un espíritu que protesta contra las injusticias cometidas. Carnes que tiemblan de espanto, miembros contraídos horriblemente, todo un naturalismo brutal con horizontes rojos de sangre…

A París vino a morir: vino a casarse; no a lo europeo, a lo ilocano. El hogar en Ilocos es un culto perenne a los ascendientes. La casa se asemeja a un país regido monárquicamente. El padre es el rey; la madre es la reina: reyes autoritarios, de origen divino. Lo que disponen ellos no se discute; se acata, se cumple, porque es la ley, aunque lo preceptuado sea injusto. —Dura lex, sed lex. —¡Mal haya el hijo que dé una voz más alta que otra!. Es un horror, un sacrilegio, el mayor de todos. Las relaciones entre los cónyuges son vigiladas asidua y severamente: el castigo sigue a la infracción. No suele el esposo dar muerte; a la esposa traidora; pero se reúne al punto el consejo de familia, formado por los más ancianos de la tribu, y declara el divorcio absoluto. La mujer perjura se restituye, con nota infamante, al primitivo hogar, o sea al hogar de sus padres; el hombre engañado venga sus celos en el hombre que prostituyó el vinculo conyugal. Y esta legislación matrimonial se conserva incólume, santificada de tribu en tribu y de pueblo en pueblo por la bendición de los abuelos, que son las sibilas de la jurisprudencia indígena.

Todo es así, patriarcal, inalterable, entre aquellas gentes, despreciadoras de lo que se llama aquí civilización, progreso, libertad. Si alguien hostiga a la tribu, la tribu no se queja, ni menos protesta: ¡se va!… Abandona la residencia, emprende la marcha a otro terruño, a un paraje más solitario, rompiéndola el carabao, símbolo de la extraña resignación, reconcentrada y triste, que fluye allí del cielo y brota de la tierra, resignación que diríase desprendida blandamente de las hojas de los árboles y de las alas de los pájaros; los cuales aparecen borrosos y fijos, como si colgaran del vacío, al cruzar aquella atmósfera letárgica, dulce, serena.

II

La familia Pardo es muy conocida y estimada en Filipinas. Fue su fundador allí D. Julián Pardo, teniente del ejército, furioso legitimista, que alardeaba de ser bachiller en filosofía y teología, político batallador, mal quisto por sus ideas retrógradas, que, le ganaron la enemiga de los liberales del Archipiélago. Tuvo dos hijos, más expansivos y demócratas que él, aunque educados en el medio ambiente de un colegio de frailes dominicos. El primogénito, D. Félix Pardo de Tavera, consejero de administración, contrajo matrimonio con una criolla, y tuvo de ella tres hijos: Trinidad, Félix y Paz. Murió joven, y la viuda y los huérfanos hallaron amparo en D. Joaquín Pardo, quien, complicado poco después en lo que llamó insurrección de Cavite el general Izquierdo, y condenado a presidio, estuvo dos años en las islas Marianas, y luego, mediante indulto, en Hong Kong y en París, a donde trajo toda la familia de su hermano.

Doña Paz, la que fue luego esposa de Luna, tenía entonces catorce años y una educación incompleta. Yo no sabría decir si era, como mujer, bonita o fea. Lo primero, porque la conocí en la Morgue, con el cráneo levantado por el escalpelo de un cirujano; lo segundo, porque la idea de la belleza es, como todo, absolutamente relativa, y unos ojos japoneses, que pueden parecerme feos, a mí que no estoy acostumbrado a verlos, pueden parecer y son positivamente hermosos en el Japón. Doña Paz tenía, a juicio de las personas que la trataron, la mimosa languidez de la mujer del trópico, languidez que tenía, por fuerza que ser algo así como gancho para el hombre que la sedujo, el cual, residente en las «apartadas regiones», sentía en París la nostalgia de aquellas mujeres desmayadas, de ojos melancólicos, aunque brillantes, húmedos siempre…

No cabe duda de que la señorita doña Paz Pardo se enamoró de Luna. Amó en su novio el talento victorioso, y, dotada de acendrado patriotismo, amó también en él las desgracias de una raza proscripta y humillada. Sólo así se explica que una criolla, educada allende y aquende en el orgullo de la superioridad del color, se casara con un indígena… Por parte de Luna fue extravío, espejismo de artista. Como no se puede vivir con el corazón a la intemperie, Luna necesitaba amar, y amó. Cuando pensó en casarse quiso hacerlo consigo mismo, y quizás no habría pensado en ello si no hubiera descubierto algo de su mundo en la mujer amada; unos o dos japoneses que al mirarse en ellos podía el artista sin ventura hacerse la ilusión de que se asomaba, desde París, a la raza proscripta, al pueblo olvidado. Con su presa del amor soñó en formar un mundo aparte, un bosque primitivo y misterioso, en un escondrijo de la villa Dupont, entre cañas de bambú y pájaros de la Oceanía, donde pudiera, en las tardes de verano y en la hermosa soledad de «dos en compañía», creer que, llegaba de lejos el hálito extraño de la atmósfera, bochornosa y sugestiva, de su patria ignorada. Al casarse no pensó más que en sí mismo, en su amor, sin discurrir sobre el amor ajeno; sin atreverse a analizar si se habían enamorado de él por sus virtudes de hombre y sus excelencias de artista, o si tal amor era pasajero, tornadizo, un a modo de enamoramiento que brotó de la apoteosis del Spoliarium…

Ello fue que se engañaron ambos, queriéndose sinceramente, y que se efectuó la boda, apadrinada por Edmond Planchut (colaborador de Le Temps) en representación de la familia Pardo, y por el marqués de Riera en representación de la familia Luna.

Los recién casados salieron en seguida para Venecia, a mecer en góndola los primeros y seguramente los últimos sueños de una unión desigual, anacrónica, imposible… Importa consignar que, si bien no protestó enérgicamente, no vio con buenos ojos aquel enlace la señora doña Juliana Gorricho, madre de doña Paz, la cual doña Juliana fue en su hogar la encarnación de la Perfecta Casada descripta por fray Luis de León. No era bachillera; pero tenía intuición muy grande, y merced a ella comprendió al punto que era dificilísima, quizá imposible, la alianza indisoluble de dos personas tan diferentes por raza. Por temperamento, por educación, por inteligencia. El mayor elogio de la excelente señora lo hizo, entre lágrimas y sollozos, el mismo Luna, en la celda de Mazas. No era su suegra, era su madre, porque reemplazaba en todo y por todo a la que dejó en Filipinas; madre cariñosa que adoraba a los hijos de Luna, que entregaba a éste el producto de la renta que la correspondía, que estaba a su lado y de su parte cuando surgía entre él y Paz una quisquilla doméstica. Luna, artista de corazón, lloró antes que nadie el infortunio de la buena señora, cuyo único crimen en la tierra consistió en ser débil por el amor a su familia.

Algo, y aun algos, influyó en el cariño que doña Juliana sentía por Luna, la amistad verdaderamente fraternal que le dispensaba un hijo de ella, D. Trinidad Pardo de Tavera. La colonia filipina recuerda haber oído decir muchas veces a la señora viuda de Pardo: «Para Trinidad, no hay más que Luna. Le quería. Es más, le admiraba. Médico sobresaliente, Filólogo notable, autor de algunos libros y folletos que le han valido en recompensa varias distinciones, como la encomienda de Carlos III y la cruz de Isabel la Católica, es claro que el doctor Pardo estaba en condiciones de sospechar apreciar lo que valía en Luna; el cual no era, desde mucho tiempo antes de casarse, un desconocido para él, siendo así que cercanos parientes de la esposa del doctor Pardo, por cierto madrileños, fueron decididos amigos y protectores del padre del pintor. Pero más aún que Trinidad Pardo, holgaba su hermano Félix con la amistad del artista, porque artista también, cuyas obras en escultura han sido premiadas en las Exposiciones universales de París, Barcelona y Madrid, gustaba de dialogar con Luna, en cuya compañía, y, hasta muy pocos días antes del suceso de la villa Dupont, estuvo en su residencia veraniega de Bereksur—Mer.

III

¿Creyó Luna, cuando su noviazgo con doña Paz Pardo, que ésta era una heredera rica?… ¿Creyó doña Paz, cuando era novia de Luna, que los cuadros de éste producían anualmente una renta considerable?… Lo cierto es que Luna se encontró con una mujer mimada, caprichosa, que frecuentaba los salones, los teatros, los bailes, la vida, en fin, del gran mundo, y que gastaba en un mes lo que no podía él ganar en un año. En vez de hacerla a semejanza suya, en vez de subirla a la buhardilla del artista, hizo Luna lo que hacen la mayor parte de los maridos, complacer a la esposa en llevar la misma vida de ella; y así fue que abandonó su modesto estudio del boulevard Arago, y más tarde el estudio del boulevard Pereire, porque eran muchas escaleras para una señora de buen tono, por instalarse como el mundo manda, en casa espaciosa y bien decorada, donde pudieran entrar sin mengua encopetadas gentes, cuya presencia le hacía poner la misma cara que habría puesto si le hubieran dicho que le iban a dar cuatro tiros. La venta del Spoliarium, la de la Batalla de Lepanto, y la de otro cuadro con destino a Filipinas, produjeron unos doce mil duros, desaparecidos bien pronto en el vértigo de aquella casa desquiciada. No, aquello no bastaba. Entonces se entabló una lucha, reservada al principio, franca después, entre la esposa y el artista, con motivo del género de pintura que debía cultivar. Hacía falta ganar mucho, y para ganar mucho era de rigor que el artista hiciera cuadros de dimensiones reducidas, que encajaran en saloncillos y gabinetes, y que tuvieran temas bonitos. Doña Paz le dijo un día, haciendo un mohín gracioso: —«Oye: ¿por qué no pintas alegorías poéticas, cuadros de costumbres, cosas agradables, y no esos monos que dan miedo a todo el mundo? ¿No comprendes que no hay quien se atreva a comprar eso?»

¡Momento psicológico, muy hermoso, para tomar la maleta y salir a la calle en señal de divorcio absoluto!… El artista había muerto en el corazón de la mujer, y, como Luna no era más que artista, el hombre había muerto también… No era doña Paz la Cristina de Claudio Lantier, tan satisfecha con que el pintor viviera en un tejado, entre el amor a ella y el amor a su pintura… No pedía doña Paz amor del alma, gloria de artista. Era mujer, nada más. Sus ojos, a los que se asomaba el artista pensando en la soledad de su alma, reflejaban a menudo los colorines de los salones, el brillo del boulevard, el vértigo de París, porque su dueña pertenecía a una raza más libre y refinada que la raza del hombre, a quien se unió. Doña Paz quería trajes vistosos, alhajas ricas, excursiones veraniegas, recepciones a domicilio, canto y música; y en aras del dios de la moda, que tiene la cabeza vacía y el corazón de trapo, sacrificaba, sin darse cuenta de ello, la paleta y los pinceles del artista. Y el artista, débil de carácter, empezó a pintar lo que no pensaba ni sentía; un Himeneo, unas florecillas, unas necedades. Las faldas de doña Paz se le habían subido a la paleta. Sus amigos y conocidos se contentaban con mover la cabeza en señal de disgusto. Aquel Claudio no tenía un Sandoz. Luna era español; era, pues, envidiado y odiado por la mayoría de sus amigos.

Dos acontecimientos conmovieron profundamente el hogar de Luna; la muerte de su padre, por quien tenía un cariño que rayaba en adoración; la muerte de su hija, una pequeñuela que era su orgullo, porque reflejaba en la fisonomía todos los caracteres de la raza ilocana, y una escarcha de inmensa tristeza cayó sobre el corazón del desventurado artista.

IV

La vida de los esposos Luna siguió transcurriendo, prosaica, monótona, cuando no brutalmente airada. Ya se destacaba pocas veces a lo largo de los escaparates parisienses aquella pareja extraña; alta y seca, la mujer, como un maniquí en cuya cabeza hubieran puestos dos ojos japoneses; pequeño y raquítico él, como un liliputiense, con su color obscuro, negruzco casi. De pie, inmóvil, en el campo, el contraste de los dos cónyuges habría atemorizado a los pajaritos que fueran a picotear las hortalizas y las flores. De pie, en el hogar, entre cóleras y lágrimas, aquel contraste ponía espanto en el ánimo de los contertulios. Era contraste físico, intelectual, moral; ¡un contraste inmenso e inaguantable! Porque no se puede armonizar el ruido, con el silencio, ni la alegría con la pena de vivir; porque no se puede batir palmas ni cantar couplets en la alcoba de un moribundo…

Por entonces surgió el decisivo viaje a Mont Dore. El niño estaba malito; la madre se quejaba de debilidad; Luna no podía acompañarles. Trabajaba…

Cuando la señora regresó, estaba muy cambiada. Sacudió los lutos de su suegro y de su hija; se vistió mejor y dedicó más tiempo a su toilette. Luna supo, con gran sorpresa, que la señora se pintaba, y es de suponer que no creyera que se pintaba para él. Estallaron los celos, y con los celos la serie de calamidades que son su consecuencia lógica. Por si él no sospechaba bastante, ella se encargó de descorrer velos, presentándole a un señor citado por ella en sus cartas a él. Luego vino el anónimo, es decir, el trueno gordo de aquella tempestad sorda, y empezó a enterarse de que al arrebatarle el amor de su vida, le llevaban todo su mundo, ¡aquellas gratas vistas al pueblo olvidado de Dios y de los hombres!…

La casa fue desde entonces un infierno. ¿Se vestía la señora? Luna la desnudaba, arrancándole a puñados el traje. ¿Se pintaba? Él la decía: «Ven que te pinte», y con el pincel del Spoliarium la ponía perdida. Sale a hurtadillas una tarde, y Luna detrás. Sube ella al interior de un ómnibus; Luna trepa, como un mono, por la baranda y gana el imperial del coche. Cuando ella baja, él baja también, sin ser visto. Doña Paz entra en una casa, sube una escalera, y Luna, siguiéndola, como la sombra al cuerpo, entra en la misma casa y sube de un tirón toda la escalera. Pero allí no está doña Paz. Se ha apagado como un fuego fatuo; y cuando el pobre loco baja del Calvario, sin ocurrírsele que su mujer pudo haber entrado en uno de los pisos de la casa, se encuentra al seductor… Huye de allí, desesperado y corrido, pero tiene sed de venganza, quiere matar a aquel hombre si no declara que jamás galanteó a doña Paz; y él, es claro, lo declaró, en seguida, ¡porque los seductores son muy caballeros!…

Y luego, en el hogar, ¡qué escena! ¡Qué agonía! gritos, imprecaciones, ayes, golpes del martillo sobre el yunque, y de vez en cuando, entrecortada, la misma frase, la frase terrible: —«Oye, mira, si no te mato aquí, te mataré en Vigo».

¡Matar! ¡Se lo pedía el cuerpo con tanta necesidad! Pero en semejantes estados pasionales, que no pueden razonarse, ni siquiera discutirse, Luna creyó que había acertado con una solución: Vigo, un rincón apartado en donde pudiera enterrar sus hojas secas de artista y sus tristezas insolubles de hombre.

La suegra vivía aterrada. Por telégrafo llamó a sus hijos, y entre estos y ella acordaron pedir consejo a un antiguo amigo de la familia, unido a los Pardo por las pesadumbres del presidio a donde les arrojara la represalia de Cavite, abogado de mucha valía y hombre experto en toda suerte de achaques morales; y así fue como vino a París, llamado también por telégrafo, mi compañero en El Liberal, D. Antonio Regidor Jurado, quien, sin tiempo para despedirse del consulado, ni de la embajada, en cuyos centros ejerce de consejero legal, llegó a la villa Dupont, ignorando aún que se habían de plantear las condiciones de un divorcio, y poco faltó, para que dejara la vida al penetrar en aquel nido, que tenía la muerte en el corazón.

El hecho ocurrió el 22 de septiembre. Los señores D. Trinidad Pardo, D. Félix Pardo y D. Antonio Regidor, que llega el último porque no encontró aquéllos en su casa, son recibidos por Luna, cuyo espíritu estaba, al parecer, sosegado. Los Sres. Pardo salen poco después para enterar al Sr. Regidor, en un café cercano, del curso de los sucesos, y del divorcio que se proponían entablar privadamente, para atajar, a juicio de ellos, mayores desastres. Luna, después de despedirles cortésmente, busca a su esposa y a su suegra. Ninguna responde. Están arriba, en el piso último, en la sala de baño. Luna llama inútilmente.

—¡Si no abrís, tiro la puerta!

—¡Pues no abrimos! —contesta, sobresaltada, la señora suegra. —Llame usted, si quiere, a la policía.

Luna baja, y vuelve a subir, armado de un revólver. Las señoras piden socorro, sacando las cabezas por la ventana. En aquel momento aparecen a la entrada del jardín los Sres. Pardo, con el Sr. Regidor, porque todos oyeron voces demandando auxilio. Luna les ve, dirige hacia ellos el cañón del revólver, apunta fríamente, a lo indio colérico. Félix Pardo cae herido en el pecho. Luna sigue subiendo, llega nuevamente a la sala de baño, echa abajo la puerta, y siempre frío, con la frialdad hiriente del indio que se venga, mata a la suegra inocente y tiende moribunda a la esposa culpable.

Fue una descarga largo tiempo reprimida. Al salir el agresor, entre el humo de los disparos, la sangre, de las víctimas y los gritos de la vecindad, acertó a ver, acurrucado en un rincón de la misma sala, pálido, convulso, enteco, como petrificado por el terror, a su pobre hijo, que había presenciado la escena sangrienta. Fuese a él, levantole en brazos, diole un beso; y luego, asomándose a la ventana, empezó a llorar francamente, sin miedo, en plena intemperie, su enorme infortunio y su gran vergüenza…

Son los hechos. La señora Pardo y la señora Luna han muerto; el artista Luna San Pedro, matador de su esposa y de su suegra, acusado de dos asesinatos y de una tentativa de asesinato, ha muerto para sí mismo; el niño Luna no sobrevivirá indudablemente a tamaña orfandad. ¡Sólo el seductor sigue vivo, saludable, allá en América, donde no sentirá la nostalgia de las mujeres desmayadas, de ojos melancólicos, aunque brillantes, húmedos siempre!…

Se equivocó

La noticia no causó mayor sensación en el país de los descuidos. ¡Pero la joven y hermosa muchacha que estaba en vísperas de casarse, contrajo matrimonio con la muerte en un rincón del abyecto depósito de cadáveres!

El médico le recetó una limonada purgante, y el farmacéutico le sirvió igual dosis de ácido fénico.

No tiene nada de particular: una equivocación. No fue a las altas horas de la noche, sino a las primeras horas del día; se veía bien y la receta estaba claramente escrita. Pero, en fin, cualquiera se equivoca. —¡Sólo que las equivocaciones pueden costar la vida a una mujer hermosa y enamorada!…

En Madrid cualquiera se equivoca. El cartero entregará a usted una carta que era para el vecino, o viceversa, porque al subir al piso de usted se arrancó por peteneras, y «el hombre», distraído, se equivocó sin querer, el hortera de ultramarinos servirá bacalao en vez de jamón que se le pidió, por que estaba timándose con una criada y… «¡qué le vamos a hacer!» se equivocó; el barbero le desollará vivo, porque está atento a todo (menos a la barba del afeitado), y si no mira a la calle, con la herramienta en alto, tendrá que saludar y despedir a todos y cada uno de los parroquianos. —¡Buenos días, D. Patricio! —¡Vaya usted con Dios, D. Ángel! —Siéntese usted, D. Cosme. —¡Diez minutos… va en seguida, D. Pedro!;— y se equivoca de sitio y da a usted un tajo en una oreja. —El médico recetará estricnina por quinina; el farmacéutico propinará limonada purgante de ácido fénico; y el sepulturero, meterá al muerto en un tranvía o en un café, en vez de echarlo al hoyo. Nada, los cigarrillos, las buenas mozas que pasan al desgaire, el olé, el chachipé, y sobre todo la comezón de charlar como cotorras. La verdad es (dicen para excusar su equivocación) que no puede uno estar en todo.

Ya usted al estanco para certificar unos paquetes de periódicos dirigidos a América.

—Sírvase usted pesarlos.

—¿Gusta usted?

—Gracias.

—¿Buen tiempo se nos ha metido, eh?

—Sírvase usted pesarlos…

—¿Son para la Habana? ¡Menuda vuelta van a dar! Allá me tocó ir cuando caí quinto; pero un señor que tal vez conozca usted, porque es muy sonao, don Pantaleón Rodríguez se empeñó en que no había de ir, y… aquí me tiene usted.

—Sírvase usted pesarlos… ¿Cuánto?

—No se qué decir a usted, porque como no hay costumbre de mandar tan lejos los papeles, pues no estoy bien enterao. (Enciende con tranquilidad musulmánica una colilla apestosa y lee un papelucho mugriento.) Aquí marca dos céntimos; pero… vaya usted a saber. Estas son tarifas viejas. Las nuevas… pues va ya para seis meses que las estoy esperando. Ya sabe usted que en Correos son mu liosos.

Por lo general, el hombre, cualquiera que sea su oficio, tiene en Madrid un modus operandi, la parienta, es decir, la mujer, que se transforma, por voluntad de su señor y dueño, en burra de carga, o en burra de leche. —Ella se lo tiene todo tan apañaíto!… De pie, en el despacho, con la cara lavada y el moño alto, comercia por él, mientras él duerme hasta las dos de la tarde, o vive en el café voceando que Romero es el mejor orador del mundo —porque le dio una credencial— y Cavestany el mejor dramaturgo del mundo —porque le convidó a butaca la noche de un estreno— y la infantería la mejor del mundo, porque sí, y… de Madrid al cielo.

¿Hace falta un préstamo? Que lo pida la mujer. ¿Necesita hablar al casero para que prorrogue el pago del alquiler o rebaje el precio del mismo? Que vaya la parienta. ¿Le conviene suplicar al ministro? Anda tú, mujer, y dile… —Las pobres mujeres deben hacer heroicos esfuerzos de virtud por no arremangarse las faldas para que los ministros firmen en ellas las credenciales de los maridos.

Sí, es una porquería horrible. Por fortuna para la patria, no es todo el pueblo español ese de ¡Me equivoqué! ¡Se me olvidó! ¡No corre prisa! ¿Usted gusta? ¡Buen provechito le haga! pueblo de insignes gandules que, envueltos en la indecorosa y antidiluviana capa, defecan impúdicamente en la vía pública y con la misma impudicia se cascan las liendres al sol…

Lacrimario

Albert Millaud se fue, y no hay que esperar su vuelta a la redacción de El Fígaro, ni al teatro, ni al boulevard. Es de sentir por los que le leíamos con gusto y admiración; es de alegrarse por Millaud, que, enfermo de cuerpo y entristecido de espíritu, estaba demás en París. ¿Qué hacía por ahí Albert Millaud? Sin salud, sin fe y sin entusiasmo por nada ni por nadie, la vida del hombre es sencillamente la de una bestia enferma y cansada; y un Millaud no puede, aunque quiera, hacer vida de bestia.

Albert Millaud se acostumbraba poco a poco a la muerte. Su cuarto de la calle Nouvelle tenía tristezas de tumba. Del techo, de las paredes, de todas las partes de la habitación, caía ese frío extraño que nos sorprende al acercarnos a una fosa abandonada; y es que el espíritu de Millaud no habitaba allí. Hacía ya mucho tiempo que le echaron por muerto; sólo que, galvanizado en el boulevard, corría a esconder sus espasmos en la antigua fosa…

II

Muchas veces, en la calle, pasan cerca de mí, reflejadas en las fisonomías, grandes lástimas y sufrimientos morales.

Una noticia inesperada y leída al azar en un periódico, una perspectiva dolorosa, como la del amor burlón o la de la amistad ingrata que pasan de largo, éstas y otras muchas cosas pueden herir y hieren al transeúnte; el cual no se atreve, porque no le vea «la gente,» a dejar correr el llanto que le pide el cuerpo, y se da prisa en ganar la casa, el cuarto, el nicho donde desahogarlo sin excitar molestias ni risas; y siempre que veo esto, el andar corriendo para ocultar una pena callejera, me choca el hecho de que los Municipios, tan atentos a dar salida a las exigencias físicas de la naturaleza, en honor de las cuales elevan columnas y kioscos, no dispensen la menor atención a las exigencias del espíritu doliente, que merecía, por los menos, lacrimarios donde se pudiera llorar con franqueza.

Un kiosco así, con sus celdas, llegaría a ser, además, la mejor cátedra de psicología y un centro de gran instrucción, en donde haríamos amistad con los Millauds que le visitaran a diario. De este modo, cuando dos amigos apesadumbrados se encontraran en la calle con buenas ganas de contarse las cuitas respectivas, no se dirían como ahora y «vamos al café y hablaremos», sino: «vamos a llorar al lacrimario», y, sacando cada cual su pena, porque «tristeza española no llora sola», dejarían correr el llanto.

III

En su último artículo, referente a la entrada de Renán en el Pantheon, Millaud sentíase interrumpido por el campanillazo de un muerto que llegaba.

El mismo que iba todas las noches a la calle Nouvelle. Pero esta vez equivocó las señas y siguió derecho al cementerio. Yo le felicito.

Historietas de Pons

La primera vez que le vi me figuré que era un orangután que paseaba tranquilamente por la calle, porque la cara de Pons es de mono afligido; esto es, de mono a quien ha pasado una desgracia muy grande; la desgracia quizá de nacer y vivir…

Pons no es ciertamente un caso de felicidad, sino un caso de infortunio inmerecido, a pesar del cual no debe nada a nadie… no sé si al sastre… tal vez a la patrona… Lo que aseguro terminantemente es que nadie puso los hombros para que subiera Pons la penosa cuesta del arte. Con los huesos muy duros, como decía de sí mismo el Sandoz de L'oeuvre, Pons, aunque no tan viejo como Sandoz, ha luchado y vencido. Eso es, en pocas líneas, el panegírico del autor de Historietas.

Hace ya algunos años que llegó a Madrid en situación… que no diré, porque podría pecar de indiscreto. Fernanflor le inició en la vida artística. Con ingenio para escribir, y con ingenio para pintar, dotado de excepcionales condiciones para hacer a pluma y a pelo, Pons se sentía inclinado al periodismo; es decir, se sentía inclinado al viaducto… Consultó «el caso» con el autor de Cuentos rápidos. Le enseñó detenidamente, a guisa de viajante que desdobla un muestrario, una colección de artículos y una colección de dibujos… ; y Fernanflor, que tiene, entre otros méritos sobresalientes, buena vista y probada mundología, le aconsejó sin vacilar que se dedicara al dibujo y con especialidad al género caricaturesco.

Fernanflor fue, pues, artísticamente, padrino de Pons en la iglesia de los monos. Fijándose en la cara del catecúmeno, ¿querría Fernández Flórez hacer una sátira?… ¿Encontraría acaso cierta conjunción entre la fisonomía del apadrinado y sus monos del porvenir?… No lo sé; pero es probado que el consejo estuvo en su punto, y que Pons lo aprovechó inteligentemente; tanto, que hoy figura con justicia como el mejor de los dibujantes y caricaturistas de Madrid, y como dibujante, ilustrando obras que edita Lasanta con verdadero primor, me resulta más que como caricaturista en el periódico y en las mismas Historietas.

¿Hay caricatura en España?… De otro modo ¿se presta España a la caricatura? Más, mucho más que cualquier otra nación de Europa. Vivimos… en caricatura. Usos y costumbres, letras y artes, ciencias, el modo de vestir, hasta el modo de andar, todo, absolutamente todo, es triste remedo, parodia ridícula. Vamos perdiendo en absoluto el carácter nacional, típico. Adoro en Andalucía —a pesar de la gracia andaluza— porque es una provincia genuinamente española, sin desperdicio. Cádiz, Sevilla, Málaga, Granada y Córdoba, sobre todo Córdoba y Granada; aquello es árabe, o sea español neto, sin mezcla alguna de extranjerismo; los monumentos, las calles, la manera, en fin, de cada población; y luego los toldos con las casitas blancas, y los claveles encarnados en el pecho y en la cabeza de la mujer morena o rubia, de ojos grandes, luminosos y tristes, que cubren de melancolía el alma de quien los mira…

Pero en Madrid, que es en resumen una copia (muy mala) de París, podría y debería ensañarse el lápiz del caricaturista, regocijando a veces con el ridículo, despreciando otras con la burla, siempre original en la risa y en la mueca.

No sucede así, sin embargo, y el dibujante español suele ser también remedo del dibujante francés. Para tener asuntos, motivos, va a París, es decir, no va a ninguna parte, estudia el mono parisién y… se inspira. ¡Cosa fácil y triste! ¿No basta con plagiar dramas, novelas, comedias, géneros de sport, géneros… de vestir, etcétera? ¿No son suficientes los vertidos del francés? ¿No es ridículo atribuir a Cánovas, que es un monstruo de talento y de ingenio, una hermosa frase, a propósito del amor propio de Castelar, que dijo Julio Claretie en la novela El Renegado sin referirse a Castelar y sin acordarse siquiera del santo de su nombre? Pues de eso vivimos; como grajos.

Los países serios, como Inglaterra y Alemania, son por excelencia, y por ley del contraste, los más caricaturistas. Ya puede decir Pons que no es un Oberlander ni un Busch; no los hay en España. El humor del lápiz corre parejas con el humor de la pluma…

Pons, aunque original, se resiente de la costumbre de imitar; costumbre que no es suya, sino del país donde vive y trabaja. ¿Falta cerebro o sobra holgazanería? Creo que nos pasamos de Adanes. Lo difícil es pensar por cuenta propia, idear algo que sea nuevo; ¡y debe de ser tan cómodo para el artista que le den hecho el trabajo! Los Fagerolles abundan tanto como escasean los Claudios…

Sí, Pons también imita a veces. Su Robo en despoblado, por ejemplo, es realmente un robo, aunque con circunstancias atenuantes, no eximentes, porque ya dijo Hugo que el plagiario merece bien cuando mata lo plagiado, y el paisaje caricaturesco de Pons no hace olvidar que el asunto está visto en caricatura y también en cuadritos franceses.

Pons no tiene necesidad de inspirarse en París. Su ingenio es grande; asombrosa la fecundidad de su lápiz; inagotable el chiste de su propia inspiración; cualidades todas que se destacan enérgicamente en algunos trabajos del libro Historietas.

… Y ya ve Pons, a quien yo aprecio con toda sinceridad, porque después de tratado no tiene nada de orangután y tiene mucho de persona decente y distinguida, que no hay motivo para llamarme, en la dedicatoria de su chispeante libro, castigo que nos han enviado nuestras Antillas para que purguemos, nuestras culpas.

¡Si yo, por más que digan, soy todo corazón!…

Doña Berta, Cuervo, Superchería

Tiene usted la culpa, amigo Sánchez Pérez. Porque dijo usted en este mismo periódico que el señor Alas es el novelista de más enjundia; —¿de gallina?— y como lo dijo usted a propósito de Doña Berta, Cuervo y Superchería, leí el libro con el buen deseo de rectificar el error de creer que no es novelista el Sr. Alas. Y ¡ay de mí! que en el error sigo.

No voy a dedicarme a la caza de gazapos retóricos, porque creo, con un ilustrado y distinguido publicista, que Planche, Brunetiere y Lemaitre son necios cuando ejercen de dómines. Para gazapos hablaría de otros folletos del Sr. Alas, singularmente Museum, que lo es de disparates y fruslerías… subjetivas. Abundan también en Doña Berta, Cuervo y Superchería, pero no seré yo quien los mueva.

El primer defecto del citado libro está en que el autor da gatos por novelas. Doña Berta, Cuervo y Superchería, no son novelas cortas ni largas; son tres cuentos que pudieron servir, a imitación de lo que hacen para formar dos volúmenes algunos autores extranjeros… traducidos, de apéndice o de propina a una novela verdad.

De estos cuentos, el menos malo, a mi juicio, es Cuervo, aunque se le haya preferido por hablar de Doña Berta; y el peor me parece Superchería, entre otras razones, porque es muy cursi y vulgar, y está muy visto y contado…

Doña Berta es tonta de puro inverosímil. Ya he dicho que el Sr. Alas pretende, a pesar de sus humos de naturalista, que las cosas sean como se le antoja a él, no como son en realidad; por eso Doña Berta, sorda como una tapia, tan sorda que no oye el tranvía cuando la atropelló en la calle de Fuencarral, percibe claramente el ruido que produce en una maleza el paso de un hombre; y por eso mismo, la buena señora, que perdió el honor sin saber por qué, inconscientemente, a lo María—Pichón en Pot—Bouille… , y a quien no ocurrió en muchos años la idea de salir por el mundo en busca del hijo que le robaron, resuelve de buenas a primeras vender todos sus bienes para venir a Madrid en persecución del retrato de su hijo, que no está en casa de Otero, ni en la fotografía de Debas, sino en manos de un millonario de la Habana, que le compró en miles de duros… (¡un indiano!… ¡y de la Habana!… ¡qué estudio del medio ambiente!); y sale la señora con un gato, para que la guíe y acompañe en la corte, dejando el Aren, aquel Aren que es un recorte del Paraíso en La caída del Padre Muret, o que al menos lo recuerda, como huele a El vientre de París la cocina de la casa mortuoria, en la aldea, visitada por Cuervo al olor del difunto y de los guisos, y como recuerda también la maledicencia de Nicolás Serrano cuando escribe de literatura y filosofía, la maledicencia del escéptico en Candide, cuando Cándido inspecciona la biblioteca…

Y diga usted, Sr. Alas: ¿Qué señoras americanas son esas que, según nos cuenta usted, hablan así: dise uté, etá bien, etá bien, pué sí, señó, ya etá? ¿No habrá tomado usted por señoras americanas a algunas negras que estén invernando en Oviedo?

Sabe D. Leopoldo Alas que no me remuerde la conciencia de haberle dispensado un elogio, un solo elogio, ni antes ni después. Podrán haberle ensalzado grandemente, y lo han hecho, (con sentimiento mío), escritores como Emilio Bobadilla, víctima de un engaño transatlántico; Antonio Cortón y otros que son hoy enemigos de él. Yo, no. Yo he dicho siempre horrores del Sr. Alas, y pienso seguir. Si voy de viaje en un barco, reúno en meeting a los pasajeros para despellejar literariamente al señor Alas; si viajo en ferrocarril, me detengo en cada estación para decir y demostrar que el Sr. Alas es un escritor muy malo. «¡Ataquines! ¡Un minuto!» Ya estoy yo bajando del coche, y si no encuentro paletos en el andén, digo al jefe de estación: «¿Conoce usted a D. Leopoldo Alas? Es detestable como escritor, créame usted», y en seguida al coche, hasta la próxima estación.

—No es obsesión, es convencimiento, amor al arte y a la independencia, desprecio a la tiranía literaria de Oviedo, ejercida en Madrid sobre una república de escritores degradados, que se humillan ante el espanta pájaros o ridículo monarca de cartón que les hace el bu desde la Cueva; tiranía como la que suelen ejercer en América, a lo Rosas y Francia, una cuadrilla de dictadorcillos sin otro mérito que su audaz bandolerismo para aclamarse presidentes de la república. El Sr. Alas no es un crítico; es un salteador de dramaturgos y poetas infelices.

Sin embargo, «hoy sale, hoy» un aplauso mío muy sincero; porque el Sr. Alas está muy triste. Hay en todo el libro un dejo amargo y tristón, no de los que exhalan los escritores efectistas, que tienen la petulancia de que se crea que están tristes porque lo dicen ellos, sino a la manera del ¿qué le vamos a hacer? de D. Antonio, el cual no se siente bastante fuerte, por lo mismo de tener talentos excepcionales, para resolver el problema de la vida nacional…

La baja… artística del Sr. Alas, entristece su espíritu. Harto comprende él que es un Claudio Lantier sin genio. No concibe las gigantescas creaciones que concebía el cerebro de Claudio; la creación artística del señor Alas es poca cosa, ¡y no puede, sin embargo, con ella!

Prueba entre mil: Doña Berta, resuelta a conquistar el retrato de su capitán, apura el último sacrificio y la última vergüenza confesando su secreto, su falta, para ablandarle al indiano el corazón. La escena, descrita por un Maupassant, y sin ir tan lejos, por Palacio Valdés, hubiera sido patética, dramática, hermosísima, entre lágrimas de la viejecilla que no había tenido aún el consuelo de llamar hijo a quien lo era, ni de llorarlo públicamente, sin miedo. La misma escena, descrita por el Sr. Alas, es anodina, raquítica, fría, superficial; y el señor Alas, que conoce el flaco de su paleta, pasa sobre la escena como si pasara sobre ascuas, mientras se detiene, hasta ser molesto y pesado, en el lío de los capitanes (mi capitán, su capitán, tu capitán; ¡una declinación de capitanes!), desde que sale el pintor, como si lo vomitara la tierra, a hablar de arte a una vieja ignorante y sorda, en florido paisaje de melodrama del teatro Martín…

Comprende el Sr. Alas que deja huecos, trata de llenarlos, sin conseguirlo, porque son la fosa sin fondo de su espíritu pequeño, y apela al mal gusto de las explicaciones y comentarios. Un Julio Burel hubiera hecho de Doña Berta un prodigio de arte, porque Burel es artista de corazón.

No se desanime el Sr. Alas. ¡No esté tan triste! Doña Berta, Cuervo, Superchería, son agradables cuentos de Oviedo, a lo Juan Bobo y Bertoldo, excelentes para pasar las largas veladas del invierno en familia, cerca de la camilla olorosa a espliego.

El Sr. Alas adora en esos cuentos, según declara en la dedicatoria al Sr. Tuero. Tiene derecho. Ellos regocijarán el hogar y liarán las delicias de los escolares en vacaciones…

Ya ve ese… Juan de Lis, periodista de Denia (es decir, de ninguna parte), que no se le regatean aplausos a Clarín, cuando los merece, como no se le regatearían a él si no fuera un solemne majadero, y además, un trápala de aldea, un diplomático baturro, un Maquiavelo de lugar…

Escribe el caballero:

«Cuando más confiados estamos, cuando nuestro gozo es mayor, ¡zas!, aparece Bonafoux en la ESPAÑA Y AMÉRICA, u otra revista por el estilo, y ya está armado el belén.»

¡Claro! ¡Como que mía es la culpa de todos los belenes que se arman allende y aquende el Atlántico! Tendré que tomar por casa una hoya, en el mar… Pero ¿qué belén es ese de que habla usted? ¿O los ve porque vive en Belén, digo, en Denia?

«Hablando serio; Bonafoux apache, a pesar de sus bromas, es una rica joya que el Nuevo Mundo ha tenido la bondad de regalarnos.»

«Él ha descubierto que el maestro Clarín ha plagiado a Flaubert.»

«Que Pardo Bazán ha robado un cementerio a Zola.»

«Que Taboada es poco menos que un payaso.»

Hablando en serio: ¿cuándo y dónde he dicho yo que es un payaso mi amigo Luis Taboada? Porque no hay tal cosa en ninguno de mis seis libros que tengo a la vista.

«Como si el Gobierno del curro Cánovas no fuera bastante, han principiado nuestros fogosos críticos su campaña.»

«Bonafoux la ha iniciado —aunque iniciar sea galicismo— en ESPAÑA Y AMÉRICA, revista o cosa así, que se publica para dar salida a unas cuantas obras invendibles.»

Aparte del calificativo de curro aplicado al señor Cánovas como si fuera un vecino de Denia, tiene mucha el calificativo de invendibles que propina el Sr. Lis a obras de Veuillot, Croisset, Lesage, etc., a quienes no debe conocer porque no nacieron en Denia. ¡Invendible la monumental Historia del movimiento republicano de Emilio Castelar! Es un colmo del desparpajo en provincias.

Que usted me llame crítico apache no me importa, aunque le advierto que tengo tanto de apache como usted de periodista (¿en Denia? ¡qué risa!), y que soy mas caucásico que usted, porque desciendo de franceses, y usted desciende de la morisma berrenda, y es degenerado, sin abluciones, como si lo viera. Lo que sí me importa, e importará a Clarín, es que me escriba usted al margen del mismo número del periódico donde le atiza un bombo servil, lo siguiente, que está a la disposición del público en las oficinas de ESPAÑA Y AMÉRICA:

«Sr. D. Luis Bonafoux: Usted que se jacta de descubrir crímenes literarios, ¿por qué no ha descubierto la burda imitación que Clarín ha hecho en su Camachología (Sermón perdido) de la «Premática contra los poetas güeros», de Quevedo? Además, no eche usted en saco roto que D. Leopoldito, el que acusa a Pardo Bazán de exhibirse, se ha exhibido lamentablemente en las Vírgenes locas. A la legua se conoce que aquel capítulo lo escribió momentos después de leer las obras de Guhl y Koner, y ¡claro! resultó un erudito de primera.

¿Y por qué no se lo cuenta usted, en vez de decirle que tiene un talento arcifinio? ¿Se figuraba usted que era yo un perro de presa a quien se podía azuzar desde Denia? El juego de atacarme y, atacar por tabla a Clarín, o viceversa, ya está visto.

Quede convicto el Sr. Lis de ser un… Lila de Mandas, o Duque de Tetuán en Denia.

Lo que siente él, por supuesto, es no ser un Hernán Cortés y degollar apaches. ¡De qué buena gana resucitaría la Historia y haría conmigo lo que, según cuenta Voltaire, hicieron los progenitores del Sr. Juan con los indios, chunchos o no chunchos!

Me duele el salir… con estas salidas. Pero no es cosa tampoco de que un periodista cualquiera de Denia llame apaches a los americanos españoles.

¡Cuanto más hermoso no es decir, como dice Llorente Vázquez, que en América no hubo vencedores ni vencidos, españoles y americanos, sino todos españoles, defensores los unos del principio realista, defensores los otros del principio republicano! Pero, ¡qué tontería después de todo, hablar de estas cosas a un Juan de Lis—Viñas que se propuso seguramente que le nombrara yo en Madrid y en ESPAÑA Y AMÉRICA!…

Maupassant

Maupassant

París, 5 (10 H. 30).

La situación del célebre escritor Guy de Maupassant, en el manicomio, es desesperada. Ha sido preciso ponerle camisa de fuerza. R. Blasco.
(De la Correspondencia.)

I

En medio de la prosa de La Correspondencia, revuelto con un elogio a la señora viuda de Cunill (que obtuvo el premio gordo en el último sorteo) y humillado por la proximidad de otro ditirambo en honor del Sr. Linares Rivas, aparece, sin comentario alguno, el fin trágico de un hombre superior, que no fue ministro de Fomento, ni fabricante de chocolates, ni agraciado con la lotería de Navidad…

Haciéndose oír a despecho del humano tráfico, y a través de las polvorientas nubes que levanta a su paso la caravana mercantil, en el mundo de la disnea del espíritu… , resulta molesto el hombre que pordiosea el pan de la poesía, llamando a las puertas de la vida, cuyo dintel no es ciertamente enramada primorosa sobre la cual revoloteen enjambres de pájaros que saluden la aparición del artista…

El escritor francés Guy de Maupassant, autor de la maravillosa página titulada Pedro y Juan, ha disparado contra sí mismo seis tiros de revólver y se ha herido en el cuello con una navaja de afeitar. —Me alegro. Se va sin haber tenido yo el honor de hablarle. Le he visto en la calle, de lejos, como a Zola, porque jamás me atreví a tutear al genio… —¿Le habría hablado usted en París?— me dijo alguien. —¡Ca!… no, señor. Estuve todo un día en la acera de su casa, haciendo el oso a Zola, por ver su cabeza, con la misma unción monárquica de algunos vecinos de Madrid cuando pasan las instituciones…

II

«En el próximo mes de septiembre se pondrá a la venta el mobiliario de la casa que ocupaba Guy de Maupassant, en la calle Boceador. —Se venderá también el célebre yate Bel—Ami del insigne novelista.»

¡El yate que sirvió a Maupassant para expatriarse de la vida!… Vivía viajando, En el mar, arrinconado bajo la toldilla de su yate, recibiendo, para no asfixiarse con emanaciones de imbéciles y esclavos, bocanadas de aire libre y sano que le enviaba el mar, misericordioso y grande. Guy de Maupassant está loco… ; lo estuvo siempre, porque cuando se piensa y se siente tanto como ha pensado y sentido él, se vive en plena fiebre de locura, y la camisa de fuerza es el único traje para salir a la calle.

¡Pensar mucho y hondo, amar como amó Cristo, sentirse herido todas los días y a todas horas, en las creencias y en las esperanzas, en las ideas y en los sentimientos, y pasear como un sonámbulo por las afueras del mundo, oyendo desde lejos rebuznos. y relinchos del ganado humano!… Devuelto a la tierra, al fango de la existencia, ocupa el lugar que le corresponde: en el manicomio, con camisa de fuerza, abofeteado y herido, manando sangre como un Cristo en el Calvario de las letras que piensan y sienten. ¡Ah, le han matado!

París llora el prematuro fin de uno de sus escritores más predilectos; Maupassant era un gran talento, no por ser naturalista, puesto que no le hacía falta documentarse para brillar en la novela contemporánea. Téngole por el más eximio de los discípulos de Zola… y no me atrevo a decir que puede a veces más que el maestro. Tiene tanta ternura como él, y sabe a su igual desparramarla con arte, ternura exquisita del alma, que no han visto ni sentido, porque no pueden, a través de las abominaciones de La Terre, los lectores fríos de nacimiento; y si su corazón no es mas grande que el de Zola, ni más brillante su paleta de paisajista, suele aventajarle en la manera de hacer, que se parece a la de Flaubert. Es menos cansado en las descripciones, y por lo tanto, más sobrio y pulcro. Bien que Zola no es solamente el jefe de una cátedra de análisis, anatomía y disección a pluma, con monstruosas exageraciones, merced a las cuales acaba de decir Lombroso que Ninon de Lenclos es la única mujer que no ha mentido; Zola es, además, o lleva a cuestas, un mundo de injusticias y persecuciones sufridas con paciencia evangélica.

Es un Cristo… que se venga. No escribe en el cielo, a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; escribe en el Sinaí —¡Cómo Rochefort escribe en el infierno, ardiendo en vida!…

¡Lucidos han llegado… ! Maupassant que ya no tiene pluma que esgrimir, es un gallo de Morón. La cara de Zola es un surco por donde ha corrido largo tiempo la tristeza de la vida.

¡Todavía no le deja en paz la traílla de envidiosos que le royeron tanto los zancajos!… ¡Todavía le mandan anónimos y le ofrecen estacazos!… Gracias a que él puede esperar tranquilo a la puerta de su cabaña de Medan, como un viejo mastín que se limita a fruncir las cejas cuando pasa ladrando al rededor suyo una jauría de perrillos falderos.

… ¡Qué bien hubiera descripto Maupassant la peregrinación de la niñita rubia con ojos azules, encontrada ayer en la calle Montparnasse vagando al azar, con el trágico equipo de las abandonadas, y dando por toda contestación: «Mamá está allá… abajo… muy abajo!… »

¡Con qué delicadeza no hubiera comentado la carta de la suicida Margarita C.: «Abandonada por mis padres y por mi amante, traicionada con él por la amiga que me inspiraba más confianza, no quiero vivir más, ¡bastante he vivido ya!… Que no se busque más lejos la causa de mi muerte.»

Mejor que Zola lo habría comentado Maupassant; porque Zola no hubiera podido eximirse de «buscar más lejos la causa del suicidio», llevándose de una dentellada la piel de muchos perrillos falderos…

Barbieridad… académica

Bien sabe Dios que admiro sinceramente a Menéndez Pelayo y que creo que puede decirse de él, con más justicia, lo mismo que dijo alguien refiriéndose a Moreno Nieto: «Ese hombre modesto, como verdadero sabio, rodeado de respetos, que en las calles, en el Ateneo, en todas las corporaciones científicas ve descubrirse a su paso cabezas que tendrían a menos bajarse ante otros encumbramientos que el de la ciencia; ese depósito humano de todos los conocimientos, que ha leído cuanto se ha impreso, y sabe cuanto ha leído, y habla de cuanto sabe… »

Así como Castelar dijo gráficamente, ponderando a España, que ha llegado a cansar a la historia con sus hechos, así puede decirse que Menéndez Pelayo ha llegado a cansar a las letras con sus estudios e investigaciones.

Pero los genios se equivocan, como cada hijo de vecino, y Menéndez Pelayo se ha equivocado, en mi humildísima opinión, al elogiar el tango del Sr. Barbieri en la Academia Española.

Tengo por muy sincero el discurso del ilustre catedrático de la Universidad Central, porque no es de suponer que haya querido hacer sátiras con motivo de académica fiesta, de las que se llaman, no sé por qué, solemnidades… Sería horrible que el Sr. Menéndez Pelayo hubiera pensado que Barbieri tiene perfecto derecho a entrar en la Academia fustigada por mi amigo Antonio de Valbuena… En una Academia de Catalinas y Commeleranes, bien podría entrar el autor de las copias de Perico el Ciego, o Julio Ruiz en calidad de estilista; porque una Academia así está pidiendo a voces que la pongan en música.

El Sr. Barbieri va a la Academia en clase de afinador del idioma. Pero al Sr. Barbieri, ¿quién le afina? Porque este músico no pasa de ser un zarzuelero, muy bueno, muy popular, pero zarzuelero. Me dicen que toca además el clarinete. Pero no creo que el hecho (digno de respeto) de tocar el clarinete, sea motivo suficiente para entrar en la Academia de la lengua española. Si lo es, hagamos o hagan ustedes académico a Juan Breva, que es más popular… y toca a maravilla la guitarra.

Se explicaría, ya que no se comprendería, que entrara en la Academia de la lengua un Wagner, un Beethoven, un Mendelssohn, un Meyerbeer. Pero no se comprendería ni se explicaría que nombraran académico al autor de la música de Cariño, el mejor café es el de Puerto Rico.

Con razón dijo fray Gerundio que España es el país de los viceversas; porque al demonio se le ocurre meter un músico en la Academia, a no ser que se pensara que hacía falta ese músico para tantos danzantes, o que todo se puede hacer impunemente en un país donde hay ministros de Marina que se marean al entrar en un barco, premios gordos con acompañamiento de marcha real y cartas que van a Montevideo por ir a Mondoñedo.

En fin, allá el Sr. Barbieri. Pero si es cierto que ha tomado por lo serio el papel de melodizar al lenguaje espartoso y amazacotado de los académicos, es cosa de tenerle mucha lástima, y de aconsejarle que deje el clarinete y empuñe el violón para acompañar dignamente a sus colegas.

¡Qué dirá Zola, tan combatido en su propósito de entrar en la Academia Francesa, —a pesar de que su trabajo de escritor es como el descubrimiento de un mundo literario,— qué dirá cuando sepa que, si hubiera tenido la suerte de nacer en España, podría entrar en la Academia con sólo tocar el clarinete por casualidad!… ¡Qué pensará de esa murga académica el autor de los Episodios nacionales, de Doña Perfecta y Gloria!…

En cuanto al Sr. Menéndez Pelayo… ¡qué sé yo! Tal vez haya recordado, al saludar la introducción del Sr. Barbieri, que la música amansa los animales…

La conquista

A FERNANFLOR.

En Alceda.

Mi amigo: Usted acaba de decirlo, hablando con el Director de El Liberal: «Se complace usted viéndose como perdido en un pliegue de la inmensa Naturaleza»; y no se puede hacer, en menos palabras, la crítica de la conquista moderna.

Sin embargo, Francia lo recuerda con júbilo y para que le sirva de escarmiento en Dahomey…

Los Achantis estaban consternados. ¿Qué era aquello que se les iba encima? Siete mil quinientos soldados de todos colores, con blusas de dril y sombreros de jipijapa, un botiquín con mucha quinina y una porción de filtros para depurar el agua; víveres en abundancia, catres y hamacas para transportar heridos, trescientas mujeres, todo lo que exige la vida europea… ¿qué significaba aquella arca de Noé? ¿qué era aquello? El general Wolseley, con sus tropas, que se dedicaba a civilizar en nombre de Inglaterra.

En efecto: «En menos de un mes fueron arrasados los Achantis y arruinada Coumassie», capital de aquellos barbarotes.

Se explica. ¿Quién escapa con vida de semejante nublado? «La tranquilidad, observa un periódico, no ha vuelto a turbarse en aquel país.» Se comprende también. Lo inexplicable es que quedaran Achantis para contarlo.

Los yankees no niegan la raza. Están tranquilizando a los Iroquois. Un telegrama anuncia que en Homestead les sacan tiras de pellejo y les cuelgan de los dedos pulgares.

Es un modo de civilizar como otro cualquiera. Sabe Inglaterra que en Patagonia, por ejemplo, hay unos vecinos sin civilizar. ¡Qué lástima!… ¡No se les puede dejar así!… ¡Hay que salvarles de la barbarie!…

Un Wolseley se entera, mapa en mano: paraje caluroso (supongamos), plaga de mosquitos, plaga de fiebres palúdicas. ¡Bien! Se encarga un traje vaporoso y especial, de conquistador inglés, se prepara un botiquín con mucha quinina, y un inventor que nunca falta, pone a disposición de las tropas unas escafandras que evitan las picaduras de los insectos. Ya está. ¡En marcha!…

Los de Patagonia no sospechan el disparatado honor de semejante visita… De pronto, al ver al Wolseley en traje de civilizar, paradisiaco casi, le toman por un pariente forastero, que salió a buscar fortuna y regresa dado de polvos y vestido de mono sabio.

—¿Son ustedes de acá?

—Somos de allá. Ingleses… Venimos a civilizarles.

—Gracias; estamos a gusto así… Somos una tribu de Adanes y Evas que vivimos sobre los árboles, sin meternos con nadie.

—No importa. Hay que civilizarse…

(¡Bum! ¡Bum!… Cañonazo limpio.)

Ya no queda un patagón… ¡Ya no zumba un mosquito!… ¡Ya está civilizada la tribu!… El Wolseley puede poner un telegrama: «Patagones estar muy tranquilos.» Pero si un patagón, en uso del derecho de defensa, se come al Wolseley, entonces, ¡qué indignación, qué protestas, qué palabrotas de los lores!… Les he visto en Waterloo place coger, como quien dice, el cielo con las manos, porque no se sabía de Gordon; y, créame usted, amigo Fernanflor, he visto, en cambio, la felicidad de unos salvajes de las márgenes del Orinoco, que pasaban la vida arriba de las palmas, y conversando a su modo con los extranjeros, sobre quiénes disparaban, para festejarlos, tamaños cocos de agua dulce. ¿No es la civilización una verdadera desgracia para mademoiselle S'Nabou, princesita negra como la pez? Ya cuenta el Gaulois que un transeúnte la llamó «perro negro», y ella, que debe ser de rompe y rasga, fue y le llamó «cerdo blanco». ¿Qué se consigue con ser todo un Bismarck para que salga, cuando menos se piense, un emperador apedreándole con esta pregunta: ¿Wollen sie vielleicht mir meinen, kewchenzettel diktiren?

¿De qué sirve haber sido un Dantón, para que se olvide en 1892 todo lo que hizo en 1792, por aquello de que «honramos el recuerdo de los grandes hombres —según he leído… creo que en un almanaque— celebrando banquetes, porque ellos pensaron por nosotros y nosotros comemos por ellos». ¡Bien haya el opulento Vanderbilt, que está levantando sobre la playa una montaña que le guarde «en un pliegue de la inmensa Naturaleza!»

Eso quisieran los Achantis, los Iroquois, etcétera que les dejaran como cosa perdida entre las breñas de sus selvas. El hombre que siente y piensa no puede sustraerse, por muy culto que sea, al deseo imperioso de olvidarse de sí mismo y que lo olviden, en un rincón de la montaña, singularmente cuando se esponja la tierra y se enmarañan los parajes de una Naturaleza atormentada.

Beso las flores de la de Alceda, a quien conozco de vista, y la saludo con envidia en nombre del asfalto del boulevard que orilla «las tristes márgenes del Sena».

Primavera de versos

Ni árboles cargados de frutos, ni plantas exuberantes de savia, ni campos bien olientes a fresca hierba, ni azules horizontes del mar, por cuya orilla corrió mi infancia como una pilluela de la playa…

Del invierno al verano, un paso. Dentro de la villa, nubes polvorientas, sequedad febril, calor agónico; en los alrededores, el horror de la llanura, escueta, sucia, destacando en la lejanía, por entre andrajos del terruño, el bostezo de un perro aburrido y el tardo paso de un carretero holgazán… A falta de naturaleza primaveral, donde sumergir el cuerpo como en baño aromoso, bueno y confortable es sumergir el espíritu en primavera de versos.

Estos versos, que forman un ramo de flores Efímeras, aunque vivirán siempre, son un bonito regalo que hace Méjico a su madre España por mano de uno de sus representantes en la legación, el Sr. Icaza.

Dime esa frase que el amor inspira;
Me engañas, ya lo sé: pero ¿qué importa?
¡Si es tan bella y tan dulce la mentira!
Miente y hazme feliz… la vida es corta,

El Sr. Icaza, poeta en Méjico, en España y en todas partes, siente «la tristeza resignada de un cielo gris tranquilo.» Delicado y tierno, sin sentimentalismos mentidos y cursis, como lo es en Los dos sueños y en Estancias; filósofo tristón en Gladiatorie, Fantasmas y en suavísimos Paisajes con la nota gris que pintó entre lágrimas la paleta de Casimiro Sainz; puede el Sr. Icaza decir con razón, que su musa tiene «lo inmenso y lo distante:» —la inmensidad de ternuras de un gran corazón aplastado por la prosa, y la distancia infinita, eterna, jamás salvada, entre la poesía y el ideal.

Hablando de Andrés Bello, recuerdo haber dicho que los versos de su musa deben ser leídos durante las noches templadas y melancólicas, en Sevilla a las márgenes del Guadalquivir, o en Caracas a orillas del Guáire, al olor de los jazmines que se marchitan, porque se mueren de envidia, en el seno de una muchacha fresca y rubia.

Los versos de Icaza, más bonitos y sentidos que los de Bello, merecen también leerse al arrullo no entendido de las calladas noches, entre aromas de flores que huelan a gloria, y aromas de mujeres que siempre huelen mejor que las flores.

Les oí por primera vez en el Vivero. Arriba, ramajes que colgó el estío; abajo, tierra húmeda y caliente; sobre el musgo del campo, desgranándose, un collar de cabecitas rubias y morenas…

Siesta deliciosa. El poeta no cantaba en el ramaje, como canta el pájaro; cantaba en la mano las hermosas estrofas que lleva en el corazón.

Vírgenes y santos

Nos acercamos al momento contemplativo, de recogimiento absoluto y santo, después de las juergas corridas por Carnaval.

No podemos decir: «Pésanos, Señor, de haberos ofendido… no lo volveremos a hacer más», porque sí volveremos por Carnaval del año próximo. Es el tejer y destejer constante de la vida. Si no hubiera pecados, no habría tampoco actos de contrición y penitencia; perdería su carrera el confesor de almas y perdería su oficio el obrero que hace confesonarios.

Los santos y las vírgenes, que viven retirados en sus respectivos templos, se preparan, o los preparan, para salir a dar una vueltecita. Algunas señoras piadosas y ricas regalan prendas de vestir a las venerandas imágenes. Es una costumbre tradicional, digna del mayor respeto. Los extranjeros, singularmente los ingleses, vienen en bandadas a gozar de nuestras procesiones, y después de verlas nos inspeccionan con cierto asombro.

Somos una especialidad en procesiones. Las de Sevilla pasarán seguramente a la posteridad, como ha pasado a la historia, aunque por distinto motivo, la procesión que en andas de unos caballeros tozudos de Tarazona fue a incrustarse en una pared, porque no tenía salida el callejón donde se metió, y, como Tarazona no recula, resolvieron, primero que repasar lo andado, dejar los sesos y también los yesos de las santas imágenes.

No es de ahora, es de todos los tiempos y de todos los países el uso de pasear las creencias y los ídolos como si fuesen leche de burra. Budha resulta en la india una madrileña callejera, porque se le encuentra en todas partes; Marat, que no tenía pizca de santo, pero sí de ídolo, fue paseado, al salir de la Convención, y después de haberse despedido victoriosamente, en hombros de sus secuaces, con el pañuelo, que le daba trazas de tarazonense, anudado en la cabeza; un caballero de Barcelona acaba de pasear a su ídolo, un asno, que iba en carruaje de lujo tirado briosamente por el caballero, toreros y políticos, rivalizando con la dignificación del jumento en la Rambla, han sido paseados en coche por hombres con vocación a engancharse.

La mayoría del público no admite que sean abstractas las ideas y las creencias. Hace falta exteriorizarlas, darlas forma tangible; que se vea, que se palpe…

Las procesiones están, pues, consagradas por el uso y por la necesidad de que el público pueda ver y palpar lo que cree y venera.

Me parece bien. Lo que no sé yo si estará medianamente bien es que se atienda tan poco a lo que podría llamarse mise en scène de las vírgenes y santos. Si los hombres y las mujeres se lavan y se arreglan antes de exhibirse en calles y paseos, es natural que las imágenes hagan, lo mismo, o que lo hagan por ellas los que tienen a su cargo el divino vestuario.

He observado con sentimiento que algunas imágenes presentan, consideradas materialmente, un aspecto lamentable. No es decoroso que se las vista con ropas que han usado, aunque poco, personas de carne y hueso. Por ejemplo: no me parecería respetuoso que pusieran a san José unos pantalones de Sagasta, ni a la Virgen de la Paloma un traje de la princesa Ratazzi.

Tampoco es decente, a mi juicio, que los señores encargados de llevar por ahí a las imágenes hablen en voz alta y saquen las cabezas levantando los paños que cubren el andamiaje; por que el público los ve, oye al apuntador, y pierde buena parte de la ilusión… mística.

He aquí un caso práctico. La Virgen del Pilar de Zaragoza es, de cuantas vírgenes hay en España, la que tiene más campanillas. Según reza una imagen de Nuestra Señora del Pilar, se ganan 9.020 días de indulgencia al dar la hora, y 8.120 días fuera de la hora, diciendo: ALABADA SEA LA HORA EN QUE NUESTRA SEÑORA VINO EN CARNE MORTAL A ZARAGOZA.

Consta, pues, que Nuestra Señora fue en carne mortal a Zaragoza, y como no se sabe que se haya ido de allí, claro está que le debemos toda clase de consideraciones, no ya las que se relacionan con el espíritu, sino también las que merece la carne mortal.

Sin embargo, la plaza del Pilar está pidiendo un toldo y un burlete. El aire del Moncayo, que azota al templo, es irreverente; y el Municipio tiene el deber de oponerse a la irreverencia de los vientos. ¡No se encontraría un concejal que pusiera a su señora a los vientos del Moncayo; y los concejales obligan a sufrir esos chifletes a la que es señora de todos…

Pase que los vecinos desafíen y sufran el rigor de los temporales.

Pero… hay que salvar las vírgenes y los santos.

La velada de la Plume

Ya ha nevado desde que se efectuó, y todavía no he hecho bien la digestión. Una comida con Zola, Mallarmé, Copée, Claretie, Scholl, no es para digerida en pocas horas.

La comida, aunque de cinco francos el cubierto, tenía que ser buena. En el Café du Paláis se come bien por poco dinero, se come muy bien cuando lo visitan los redactores de La Plume, que es el periódico más literario de París; y se come admirablemente si los Zola, Mallarmé y Copée honran la presidencia de la mesa. No digo yo cinco francos, también cinco mil podían darse a gusto por comer a manteles con aquellos señores, y en compañía de la bohemia literaria y artística del barrio latino, presidida por Verlaine. Y luego… que yo no pagué nada, porque buenos amigos de El Liberal, se ofendieron de que quisiera pagar su cronista parisiense, con lo cual, aunque parezca lo contrario, me quitaron de encima un peso…

Nada más pintoresco que las veladas de La Plume, donde cada tipo merece que le lleven a un museo de antigüedades. Caras pálidas y marchitas prematuramente, melenas prehistóricas, trajes inverosímiles; y una charla original, chispeante, que tiene el picor de la mostaza inglesa, y que implica un abandono absoluto de las cosas prácticas del mundo. Todos convienen en que han equivocado la vida, pero ninguno se arrepiente.

—Después de todo —me decía un poeta— más vale ir al hospital, que venir de Panamá…

Como en París hay clases, y nadie se atrevería a tutear al genio, no hubo necesidad de llamar al orden cuando entró Zola; un Zola que yo no conocía. En estos tiempos de reclame panamanesca, es muy difícil que los grandes hombres se escapen de la amistad de una porción de gentes advenedizas y embusteras, que ni siquiera les han visto. Son innumerables los que afirman seriamente que llaman Emilio a Castelar y le tutean «en el seno de la confianza»; y son también innumerables los que aseguran en Madrid que cuando estuvieron en París tomaron café y jugaron a la brisca con Zola. De mí sé decir, y lo digo sinceramente, que ni le había visto, aunque he venido a París una treintena de veces, ni me había atrevido a verle, porque, como buen católico, sé que debe uno prepararse muy bien para recibir al Señor…

Por las descripciones a pluma y de palabra, Zola era para mí un burgués, de apariencia tranquila y reposada. A juzgar por los retratos, hechos, indudablemente, en un momento muy psicológico de Zola, acaso en el momento de pensar con mucha pena que es insigne necedad el dejarse retratar, teníale yo por cansado, afligido, esquivo, o, como le llamara irreverentemente Sarcey, en periódico tan respetuoso como Le Temps, «un cerdo triste».

Nada de eso. Zola, que está muy joven, parece, por la viveza del carácter, un chiquillo, menos aún, un rabo de lagartija. No sé de nadie que sea tan nervioso, gestero, decidor y parlanchín; y a muchos devotos de San Vito les he visto bailar menos que a Zola. No le he mirado de prisa y corriendo; le he mirado despacio y con lentes, y, aunque a honesta distancia, estuve, con el buen fin de sacarle la fotografía, timándome con él desde las seis de la tarde hasta las once de la noche. No es esto, lectores, un alarde de tutear al genio, sino de poder decir, parodiando al poeta: Hoy le he visto, le he visto y me ha mirado… La fisonomía de Zola es un milagro, porque, a pesar de su fealdad y ordinariez, resulta simpática y sugestiva, gracias a su fuerte expresión de vivacidad y energía, con ligeros intervalos de ensimismamiento triste, que se asoma furtivamente a sus ojos, de un mirar distraído y vago cuando se figuran que nadie los ve.

Y yo, que no le quitaba de encima los míos, vi la mirada de Zola posarse con cierta tristeza, no exenta de repugnancia, en la abollada calva de Verlaine. A la manera de un moscardón impertinente, cruzábala de un lado a otro, tropezando en las sinuosidades deteniéndose como cansada en las hondonadas de tan singular cabeza, en forma de cono, semejante a la cresta del Cotopaxi, más parecida acaso a la proa abollada de un buque náufrago.

Trajeado de harapos, con enorme bufanda al cuello y sombrero ancho sepultado hasta las cejas, adormecido por el alcohol y cojeando por el reuma, —el gran poeta— último monarca de una bohemia muerta amparado en sus cabeceos por la mano de un amigo, entró el último, con más orgullo que el primero, en el salón donde el fulgor de las luces y de las pupilas reflejó a su paso así como la apoteosis de un Apolo borracho de gloria y de ajenjo. No habló palabra, ni probó bocado, ¡ni siquiera bebió! Frente a Zola, y en medio de lo más eximio de la literatura, roncó la comida.

Cuando terminó el banquete, con unas palabras, sobrias y brillantes, del autor de Vers et Prose, y se marcharon los «maestros», y los escritores menudos empezaron la causerie literaria, con canto y música, entre versos sonoros, vahos de ponches humos de pipas y responsos al crítico Sarcey, puesto, en órgano, vi otra vez a Verlaine, en un rincón, con el sombrero metido hasta los ojos, durmiendo también la causerie; y el profundo sueño del poeta moribundo me pareció un despertar hermoso y elocuente.

Luces mortecinas de una mañana vergonzante se colaron por entre las rendijas de las maderas. Ya en la puerta, sorprendido por una tempestad de nieve, se rejuveneció de repente la cara embrutecida de Verlaine, como si una aurora boreal hubiera iluminado su piel de sapo hidrópico. Por en medio del arroyo marchaba tranquilamente un carro fúnebre, sobre cuya caja puso la nevada un cucurucho de Pierrot, y a la izquierda de la casa, pegado a la esquina del café, un vendedor de periódicos, firme como un centinela, dormía de pie, teniendo en la mano derecha un número de La Cocarde; y encima del epígrafe (Los escándalos de Panamá) en letras como puños, sobre la negrura del escándalo, deshacíase lentamente un copo de nieve.

De López y otros excesos

Don Luis López Ballesteros es amigo mío; sí, señor. De palabra, en las mesas de Fornos y en un portal de la calle de Peligros, y por escrito en La Opinión, de Pérez Vento, el Sr. López ha tenido la bondad y la benevolencia (que yo no sabré agradecerle nunca) de dedicarme grandes elogios.

Es más, el mismo Sr. López me dispensó el honor de entregarme, para que le pusiera prólogo, un libro manuscrito. Con él fui a Puerto Rico (1889 —expedición 8 de la serie) y volví; con él fui a la Habana (1890) y volví también. Cuatro travesías de Atlántico con un libro manuscrito del Sr. López. No lo prologué, con mucho sentimiento, por que no tuve tiempo; ni lo leí, con el mismo sentimiento, porque tampoco tuve tiempo. Pero no le dejé en el camarote, como hubiera hecho cualquier literato… despreocupado de los que creen que el talento obliga a hacer canalladas, ni lo tiré al agua. Le di cuatro vueltecitas por el Atlántico, como si fuera reliquia colombina para el Centenario, y lo devolví sano y salvo, aunque un poco amarillento por el orín del trópico…

Podría, pues, establecerse una cuenta corriente.

DEBE
Luis Bonafoux a D. Luis López Ballesteros Bombos en café y portales: 1.000.000.
Don Luis López Ballesteros a Luis Bonafoux Travesías de Atlántico con un manuscrito: 4.

No quiero aumentar las deudas con el Sr. López. Hay en La Correspondencia de España un señor que firma L. B. ciertas revistas bibliográficas, críticas teatrales, etcétera.

Me dicen que L. B. es D. Luis López Ballesteros; y me parece imposible, porque no puedo creer que no tenga el valor de su López.

Pero si no es otro López, si es el mismo Ballesteros, creo que podrá hacerme el favor de firmar como Dios manda, no vaya a creer algún lector cándido que me dedico a propinar los estupendos bombos que atiza, en uso de un derecho perfecto, mi estimable amigo D. Luis López.

No es cosa de imitar a los ciudadanos que acuden frecuentemente a los periódicos en demanda de la publicación de sueltos por este tenor:

«D. Fulano de Tal, dueño de la acreditada tahona de la calle de Tudescos, no es el Fulano de Tal que robó anoche una bacalada en la misma calle.»

«A petición de D. Zutano hacemos constar que no le toca nada D. Zutano, presunto asesino del mozo de cuerda Toribio Ramos.»

Tampoco tendría derecho para imitar a esos señores que se curan en salud.

Mi nombre es pequeñín. Por eso mismo de ser humilde, podría fácilmente confundirse, y tengo el deber de declinar el honor de que se me confunda con un redactor de La Correspondencia de España.

El Sr. Ballesteros comprenderá y estimará mi discreción y mi rubor.

Otro Luis; mi amigo Luis París, un… anarquista frustrado. ¡Bonitos tiempos aquellos en que me felicitaba públicamente por haber sido el primero en protestar contra el pontificado de Clarín y me escribía cartas dinamiteras, y entendía conmigo que la sociedad literaria estaba muy necesitada de explosivos que derrumbaran los carcomidos cascotes!…

Mientras fui a América y volví de allí (siempre con el libro manuscrito del Sr. López) se derrumbó sin explosivos ¡ay! mi amigo Luis París. Lo siento, pero ya no puedo llorar: ¡he llorado tanto sobre los cascotes de mis amigos!

Acaso porque es propio de sabios el mudar de acuerdo, o tal vez por exigencias brutales de la… prosa, Luis París ha entrado por el aro de la sociedad de bombos, tirando a toda prisa, como medroso y avergonzado, las bombas que podían comprometerle. Hizo antaño media docena de pinitos, y, como la inmensa mayoría de los caracteres al uso, cambió su incipiente ravacholismo por un plato del día. Hoy es uno de los periodistas más ramplones y hueros de España y Ultramar. Como disolvente, no es siquiera un Debach; resulta un anarquista con tacos de papel y pólvora en salvas. ¡Pobre Luis París! ¡Yo que le estimo tanto!

Tanto, que tengo todavía fe en que no se malogre (ji, ji), aunque se roza demasiado con los bomberos de la villa y… dime con quién andas y te diré quién eres.

Digo esto con motivo de la sorpresa que me produjo la firma de Luis París debajo de un espantoso ditirambo (no sentido) en honor de la calamidad novelesca que se titula Doña Berta, Cuervo, Superchería. Clarín, reirá, indudablemente.

«Leit—motive» (idea madre)… , «reemplisoge novelesco» (¿idea padre?)… , «coeficiente de pérdidas»… , «reverie»… , «incoherencia con intentos satíricos»… , «alardes de psicólogo»… , «instrumentación a posteriori»… ¡Dios ayude al instrumentado Clarín! Señores, ¡me han cambiado a Luis París! ¡Eso es… un negro catedrático con intentos de instrumentación a posteriori!

Cuervo merece elogios de Luis París, porque es, a su juicio, «un puñetazo»; que es como aconsejar a Clarín, que se dedique a hacer puñetazos.

No para ahí el leit—motive de Luis París. Metido a Barbieri de Clarín, dice que éste, cuando escribió el libro, pensaba en una sinfonía; y con tan plausible motivo, nos da una murga de «notas impresionistas» y «ascensiones hacia las regiones serenas en donde el ambiente es más luminoso», asegurando de paso que todo «suena» en el cuento… con bombo y platillos.

Tampoco se detiene ahí la instrumentación a posteriori o por detrás. Deja Luis París su papel de coristo y se mete… a comadrón.

Veamos cómo opera.

«Superchería resulta algo incondensado. Es un caso que reclama la atención del perito antes de calificarlo como aborto o como parto prematuro.»

Esa falta al buen Clarín: que le metan el fórceps.

No ejerza Luis París de Ravachol de la prensa si no le llama Dios por ese camino, o si ha discurrido que es, en punto a letras, el camino que va al cementerio madrileño. Pero no ejerza tampoco de Ciuti de Clarín, ni escriba en el cursi y disparatado estilo de un periodista congrio de la ronda secreta.

—Que es una frase morrocotuda a lo reemplisage instrumentado.

Discurro así con Luis París porque se puede. No es él de los pobrecitos habladores que se diputan genios en sus casas y se enfadan si hay quien les saque del error. París ha vivido algunos años en el Verbo de la Humanidad, y allí no se vive impunemente. Él sabe además que es de suyo poquita cosa y admite observaciones.

Nada de enfadarse. ¿Le pongo un reparo (con la intención más amistosa, por supuesto, y con muchísima tristeza)? Pues como si tal cosa. Donde quiera que me encuentra me saluda cariñosamente. «¿Qué tal, querido Luis?» Siempre fino.

¡Quién sabe! ¡Quién sabe si «evoca, como él diría, una nota impresionista, un recuerdo vago de la bohemia literaria»; y viendo al hermano de siempre, aunque amigo por temporadas, sin reemplisages ni instrumentaciones, dice en silencio cuando no pueden oírle los bomberos: «¡Tiene razón!»

Es un bonito leit—motive… wagnerista.

A la señora doña Emilia Pardo de Quiroga le ocurre lo que a los oradores socialistas, y es que maltrata a los periodistas que le hacen el favor de circularla por ahí y les llama imprudentes y entrometidos.

A lo que observa, para justificarse, La Correspondencia de España:

«La noche de la segunda representación de Realidad permaneció doña Emilia durante los cinco actos en el cuarto de Mariquita Guerrero, donde también se encontraban el autor de la obra, un insigne dramaturgo, y claro está que también uno de los noticieros imprudentes y entrometidos.

»El Sr. Echegaray suscitó la conversación, preguntando:

»—¿Y usted, doña Emilia, cuándo se decide a escribir algo para el teatro?

»La señora Pardo Bazán: Confieso a usted que me inspiran gran temor las tablas; sin embargo, quizá haga un arreglo para la próxima temporada teatral.

»D. José Echegaray: ¿Un arreglo? Eso sería imperdonable en usted. Pluma tan bien cortada sólo en algo original puede emplearse.

»La señora Pardo Bazán: No digo qué no. Es más, me siento tentada de poner manos a la obra. Desde luego puedo decir a usted que hace tiempo tengo la idea de escribir una comedia; pero será una comedia de costumbres campesinas, algo por el estilo de Goldoni; creo que se ha explotado poco la vida del campo en nuestra escena.»

La señora por el estilo de Goldoni puede tener la seguridad de que en El Resumen no hemos sido los de la noticia. Porque no creemos que sea capaz de hacer un drama bueno, ni mediano.

De un arreglo sí la creemos tentada para la próxima temporada; y aun para esta misma.

Algunos literatos me han interviewado acerca del asunto Pardo—Bazán—Unión—Amorós y Compañía, y les he dicho que la señora de Quiroga ha quedado, a mi juicio, muy mal; y no lo creo solamente porque lleva la razón en el pleito el Sr. Amorós, sino por la ocurrencia de declarar doña Emilia que «tomaba» de otro escritor el asunto de su cuento propio, y que retaba a que se averiguase de dónde lo timaba, digo tornaba; con todo lo cual quiso excusarse del plagio. ¡No, señora de Quiroga! Figúrese usted que le robo cinco duros al Sr. Amorós, que me sorprende usted, y que salgo diciendo por ahí: —¡Bueno! Pero ahora voy a robar unas alhajas, y reto a que se averigüe de cuál escaparate las «tomé.» Y ya vería la señora que me llevaban a la cárcel.

No se desanimen los escritores que no tengan mollera para artículos propios. M. de Bernoff, escritor mediocre, ha conseguido la popularidad recorriendo a pie nueve mil kilómetros. Lo que no pudo obtener con las manos, lo consiguió con los pies, y todo es conseguir. No es un escritor pero es un carrerista.

Cuando la señora Pardo no esté de vena como escritora, haga a pie unos viajecillos de Madrid a Coruña, y vice versa. ¡Todo es escribir!

Mariposas de locos

¡La casualidad y la bayoneta! eso es lo que dirige los destinos de los pueblos —ha dicho el príncipe de Bismarck, contestando a un admirador suyo, que le llamó genio sobrenatural.

—¿Genio sobrenatural yo? ¡Bah! Cuando se declaró la guerra, el pueblo gritaba contra mí: ¡An den pfahl! (¡Colgadle!) Después, victorioso, gritaba el mismo pueblo: ¡Hoch Bismarck! (¡Viva Bismarck!) No hay genios sobrenaturales. El mío consiste en saber aprovechar la casualidad y la bayoneta.

Cada cual es loco a su manera. «¿Dónde están mis ideas?», pregunta Guy de Maupassant. «¿Alguien de ustedes las ha visto por ahí?» Y se refiere que las busca en los rincones de la casa, sobre las mesas, en armarios, como si sus ideas fueran cosa material y prosaica. Cuando cree que las ha encontrado se rejuvenece todo. Son mariposas, o se figura él que eso son, cuáles blancas, cuáles azules algunas con alas de púrpura, y no falta nunca la mariposa negra que posa el vuelo sobre la seca corona del poeta loco…

Heine, ¿era un loco? En una de las cartas que escribió a su amigo Alejandro Weill, expresó el deseo de ver flotar en las provincias del Rhin la bandera de Francia. La emperatriz de Austria, gran devota de Heine tiene esas cartas, que cedió Weil al archiduque Rodolfo, y éste a su madre la emperatriz. ¿Por qué no las ha publicado aún la inteligente dama? Porque, según se dice, la publicación no sería grata a la Tríplice. ¡Pero una carta de Heine vale mucho más que la Tríplice!

El barón Embden, sobrino del poeta, publicará en breve ciento veintidós cartas escritas por él a su hermana Carlota, en la que pensaba diariamente, según decía, veinte y cinco horas.

Tú y yo —la dice en una de las cartas— somos los únicos cuerdos de la humanidad; todos los demás están locos. Ni el champagne, ni el teatro, ni la vanidad halagada, ni las miradas de una mujer bonita, nada me satisface tanto como un rato de charla contigo. Te quiero más que todos los dulces, sin excluir la tarta de limones. Sé que Dios quiere que todo el mundo te bese las manos. Creo en eso. Es mi única religión.

¿Era un loco? Lo parecía, porque no encajaba en los moldes de la vida. Era un ciudadano descarrilado, y por serlo, la leyenda trazó con negros colores el perfil del escritor que, a juicio de los críticos y psicólogos de ahora, era «afectuoso, leal, dispuesto siempre a sacrificarse por sus deberes». También él, como Maupassant, veía mariposas, y se torturaba sin motivo, temiendo en vida que después de muerto, quedara sin recursos y sin consejo la mujer amada, su esposa, a quien llamaba «honesta, buena, sin malicia».

Mariposas. Hermosos fuegos fatuos de un cerebro loco…

Pero Bismarck ¿con qué sueña? ¿Cuáles son las mariposas de su locura? Nouvelles de Hambourg, su órgano en la prensa, declara paladinamente que el excanciller falseó en 1.810 el famoso telegrama del rey de Prusia, que hizo inevitable la guerra, «pero endosando a Francia la iniciativa y la responsabilidad».

¡Ah, pícaro! La prensa de París desata sus cóleras llamándole «gran criminal», y el Times dice de la confesión del príncipe, que entraña la más grave responsabilidad de cuantas adquiriera en los dos últimos años.

Bismarck, sediento de represalias, loco por las grandezas, roído por la impotencia, hace ya lo que el asesino que mató por exhibirse: confiesa las muertes. No es un canciller de hierro; es sencillamente un gran diablo en un delirio monstruoso. Porque él no verá mariposas blancas y azules; verá sapos, culebras, ciempiés, cocodrilos, toda clase de bichos horrendos y asquerosos, en marcha hacia el campo de desolación, en cuyo centro se yergue la pirámide de cráneos, y sobre el más alto de ellos, el casco de acero del canciller—buitre.

No me cambiaba por él, aunque me diera el oro del mundo; porque, en fin, puedo dormir sin temor de que venga un cadáver a darme una serenata.

Juergas anarquistas

Los anarquistas «reciben» o tienen sus soirees los domingos. Estas explosiones de los grandes pirotécnicos ocurren generalmente en el local de una taberna de la calle de la Gaité; local espacioso, pero húmedo y sombrío. El vaho que exhalan las bazofias, el humo pestífero de las pipas, y las blasfemias que cruzan la sala, forman una atmósfera bochornosa y malsana.

Bajé algunos escalones y me interné en la cueva.

—¿Es usted un triqueur? —me preguntó una especie de portero.

—¿Viene usted a discutir?

—No discuto nunca; vengo a oír, ver y callar. Soy un periodista extranjero; el representante de EL LIBERAL en París.

Entré. Paseábanse a lo largo del salón unos señores con gabanes y sombreros de copa. Estos musiús —pensé yo— serán los llamados triqueur, los que vienen a discutir con los energúmenos; son, pues, unos musiús bien pendejos.

Nada de eso. Aquellos señores enchisterados eran los mismísimos anarquistas. Yo, que había ido de americana y hongo, no pude menos de exclamar:

¡Diablo! ¡Si parezco más anarquista que ellos!

—¿Es usted un compagnon? —me preguntó uno.

—No, señor. No tengo compañeros en ninguna parte.

—Entonces será usted un solitario…

—Ni tampoco solitaria. Soy un tipo. No vengo de anarquista, ni de triqueur; vengo porque me da la gana, puesto que esta es la casa de la anarquía.

—Pero usted, ¿quién es?

—Ya lo he dicho al entrar; un periodista de Madrid.

—¡Hein! También allá hay buenos compagnons, partidarios de la propaganda por los hechos. Monsieur Errrrnesto Alvarés…

—¡Calle usted! Ernesto Álvarez es incapaz de bombardear una mosca. Las marmitas se usan allí para cocer el puchero, o para hacer un bacalao a la vizcaína. ¿Compagnons? Búsquenlos ustedes en otra parte.

—¡Oh!… aquí nos sobran, y de buena calidad. Vea usted: un Kropotkine, príncipe; un Reclus, sabio; un Morés, marqués; una Uzés, duquesa. La vizcondesa de Tredern lleva a sus salones la flor y nata del anarquismo. En sus perfumadas tarjetas no falta jamás este aviso: «Habrá anarquistas», ni esta nota: «Se bailará a la dinamita».

Pasó una hora, luego otra. Los anarquistas seguían, a lo largo de la sala, fumando en pipa.

—¡Valientes triqueurs! —exclamó un señor.— Se les invita a discutir, y no viene ninguno… ¡de miedo!

Me fijé un poco en aquel señor, que gastaba ropa negra.

—¿No le conoce usted? Es el padre de Anastay; un gran anarquista.

Me pareció un loco; un señor que no es ciertamente anarquista, ni tiene tipo de eso, a quien obligara un dolor insensato a echarse en un abismo.

La sala quedose poco a poco a obscuras; el humo de las pipas se espesaba; la atmósfera olía a chamusquina, y de repente, sin decir palabra, los manifestantes se dispersaron uno a uno.

Al salir me dijo el portero:

—No ha podido efectuarse la sesión proyectada para justificar el suceso de la calle Bons Enfants. Los burgueses no han venido… Y usted, ¿dónde vive?

—Ahí, en la tarjeta, lo verá usted.

Leyó. Y luego:

—Ande usted con ojo. En el número 34 de esa calle, casi en frente de la casa de usted, vive un magistrado que está muy comprometido, porque ha hecho mucho daño a los anarquistas. Toda la casa está cerrada. Dos guardias la vigilan día y noche.

—No me había fijado.

—Pues fíjese usted, y múdese… por si acaso…

—Gracias.

Para bromitas —ya que hay quienes se entretienen en poner bombas inofensivas de diversos colores y, lo que es peor, de olores que no son de ámbar,— para bromitas, la que le han gastado al anarquista Paint.

Salió de la sauterie familiale, o como si dijéramos, de la voladura casera, dando vivas a la marmita y cantando el famoso

Dynamitons! Dynamitons!
Ton lon ton taine ton ton!
Dynamitons! Dynamitons
Ton ton ton ton!

y se detuvo en una esquina de la calle Flandre para leer mejor el título del pasquín distribuido en la sauterie, el cual título es, o está

DEDICADO A LAS TRES VAGAS

ROTSCHILD, CARNOT, LEÓN XIII

¡A MUERTE!

cuando acertó el buen Paint a ver el desfile de un entierro, y… ¡ton ton ton! se descubrió respetuosamente al pasar el cadáver en un carro con una espléndida corona que tenía este letrero:

¡¡¡A MI MARIDO!!!

Detrás del féretro, la viuda llorando a lágrima viva. ¡Pobre mujer! exclamó Paint y… ¡dynamitons! ¡dynamitons! se fijó en ella. Pero de pronto rugió como Satán.

—¡Vive Dios, si es mi mujer! La indina entierra a su marido: luego yo estoy muerto…

Paint interrumpe la ceremonia, detiene a la viuda y la interpela a gritos: —Oye tú, Nicolasa: ¿me he muerto yo, por casualidad?

Intervienen los guardias, suplican los amigos, se restablece el orden; sigue el muerto con su corona de marido y con su viuda llorosa, y el anarquista Paint se marcha cantando bajito:

¡Dynamitons! ¡Dynamitons!

Porque no tenía derecho a otra cosa. La viudita era, o es, su mujer; pero le dejó, hace años, por el muerto —que entonces coleaba;— y como Paint se conformó con su suerte…

¡Ton ton ton!

Los Paints de Berlín tampoco lo han hecho mal. La sauterie fue a lo grande, en los salones de la Cocordia adornados con tupidas alfombras, alumbrados con luces eléctricas que destacaban el oro de las molduras y los lienzos de las paredes. Cuatrocientos cincuenta anarquistas casados llevaron bondadosamente a sus respectivas esposas. El grito general de los anarquistas solteros tenía por fuerza que ser: ¡Vivan las marmitas!… Se teorizó un poco; se discutió otro poco; y en seguida a bailar la Carmañola como se baila en el Soudan…

Las esposas gritaban:

¡Vivan los cartuchos!

Los anarquistas solteros:

¡Olé las marmitas!

y de los cuatrocientos cincuenta anarquistas casados, salieron cuatrocientos cuarenta y ocho cantando bajito:

¡Ton ton ton!

Hoy como ayer, mañana como hoy,

¡y siempre igual!

¡Oh, gran poeta! Merecías vivir eternamente aunque no hubieras expresado más que el dolor de esas dos líneas.

Heredia

Yo no me perdonaría que EL LIBERAL no dijera nada del poeta cubano, gloria de España, D. José M. de Heredia, cuando toda la prensa parisiense dedica lo mejor de sus columnas, con las firmas de Bourget, France, Lemaitre, etcétera, a divulgar los primores del libro Les Trophées.

¡Qué pocos españoles habrá —exclamaba sentenciosamente un crítico— que conozcan al novelista Kloklotoff! Ninguno, pensé yo, pero tú… tampoco le conoces; y dudo, además, de que exista Kloklotoff.

¡Qué pocos españoles habrá —podría exclamar yo— que «estén en condiciones» de apreciar los méritos de Les Trophées! Pero es el caso que yo tampoco puedo apreciarlos todos; y esto, no sólo porque mi francés se da un aire al de todos los españoles, sino porque Heredia versifica, a juicio de estos académicos, en un francés atildado, purísimo, de lo que no se escribe, y cada uno de sus sonetos, de forma esencialmente elíptica, es un mundo de pensamientos. Produce muy poco, pero inmejorable, y, por lo tanto, no está el fruto para saboreado por todos los paladares. Brevemente, Heredia es un delicado, que no escribe, sino cincela. Es claro que no puede ser y que no será nunca popular. Un libro mediano —ha dicho Flaubert— suele alcanzar el éxito, y una obra de arte suele pasar inadvertida.

En un país donde los literatos cobran quinientos, seiscientos y hasta mil francos por artículo, merced a los cuales francos pueden vivir y viven todos como verdaderos príncipes, no es posible meterse de rondón en sus casas. Heredia es, además, rico por la suya, y está relacionado, por circunstancias de familia, con las encopetadas del París aristócrata. Buenos amigos míos, que lo son también de Heredia, me dispensaron el honor de pedir, en mi nombre, una entrevista con el poeta.

Fue el sábado, día de recepción en su casa. Oíase, al llegar a la puerta, el bullicioso regocijo de los contertulios, y el Sr. Heredia iba recibiéndolos con la desenvoltura del caballero para quien es cosa corriente una recepción. Más bien alto que bajo, las espaldas en cuadro, la cabeza fuerte, el color tostado del marino, denunciando todo su continente un hombre sólido, duro, pareciome el poeta un capitán de un navío de guerra. Habla mucho y de prisa; no habla sólo con la lengua, sino también con los ojos, con los lentes, con las manos, con todo él, que es un manojo de nervios en un cuerpo de atleta.

Supliqué al Sr. Heredia que me dispensara a solas un momento de atención. Llevome a un gran salón, con un mirador hermoso, desde donde se ven unos árboles, luego otros, todo un bosque de follaje que circunda su casa de la calle Balzac. Hablamos.

—Estoy a su disposición —me dijo.— Yo agradezco mucho a EL LIBERAL y a usted, que se hayan acordado de mí. Esto me satisface, porque mi familia es española y mi tierra es Cuba.

—Esta visita, señor Heredia, es sencillamente el cumplimiento de un deber de patriotismo y el testimonio de una admiración sentida. EL LIBERAL tiene curiosidades por la vida de usted…

—Y yo siento no poder dar de ella ningún rasgo extraordinario, de los muchos que pueblan la vida de los poetas. La mía no tiene nada de raro. Soy sencillamente un trabajador.

—Mucho habrá trabajado usted para conseguir un conocimiento tan perfecto de un idioma extranjero.

—Mucho, muchísimo; pero debo advertir a usted que mi idioma es el francés. Yo tenía ocho años de edad cuando vine de Cuba.

—¿Y no ha vuelto usted?

—Sí, señor; a los diecisiete años volví a la Habana, en cuya Universidad estudié un curso nada más, regresando en seguida a París. Mis profesores de la Habana decían buenas cosas de mis facultades intelectuales, pero me propinaron unas notas muy malas.

Yo estudiaba poco las asignaturas y asistía muy poco a cátedra, prefiriendo leer a Calderón y Lope en el patio de San Francisco. Desde que volví a París no he hecho otra cosa que estudiar a fondo el francés antiguo y moderno, y con componentes de uno y otro, depurándolos, cristalizándolos, he conseguido escribir en mis versos un francés que es esencia pura, un francés que parece raro, porque tiene algo de la armonía imitativa del castellano. Esto representa un trabajo terrible: treinta años de lima. El triunfo de mi esfuerzo es tan grande, que me permite escribir tal o cual episodio, de tal o cual época, en el mismo francés que se usaba entonces. Puedo recorrer todo el idioma, con arreglo a sus vicisitudes, y lo he demostrado en algunos libros en prosa.

(El señor Heredia habla sin pedantería, sin afectación, como el niño que cuenta su gozo, porque consiguió un juguete con el cual se había encaprichado).

—Es claro que usted era conocido mucho antes de publicar el libro que campa hoy en la prensa de París.

—Sí, señor; pero no por mis versos, que no suelen salir de los salones de los literatos. Yo era muy conocido y estimado entre los sabios de Francia porque… ¿por qué, dirá usted? Pues por haber encontrado la etimología de la palabra haricot. Los sabios estaban y están todavía entusiasmados conmigo. En cuanto a mis versos, les sabían de memoria, antes de publicar mi libro, compañeros míos de colegio, como Copée y Bourget…

—Yo no querría ofender a usted… Sus versos, a lo que entiendo, están muy trabajados.

—¡Oh, sí, mucho, muchísimo! Algunos los he hecho con facilidad… , relativa.

Pero, por lo general, cada uno de mis sonetos me cuesta tres o cuatro meses de trabajo diario; todo por cuidar la forma y querer expresar muchas ideas en muy pocas palabras.

—Lo he observado. Un soneto de usted puesto en prosa es un tomo.

—Indudablemente.

—El verso qué refiere que, el César destronadlo, vio en el fondo de los ojos de Cleopatra un mar inmenso, por donde iban dispersas las galeras fugitivas, es toda una historia. Me explico la dificultad de urdir tales primores…

—Yo no creo que los poetas puedan ser fáciles, cuando son buenos; porque lo bueno, en todos los órdenes de la vida, cuesta caro.

—Abundo en la opinión de usted, Sr. Heredia; y recuerdo que Tennyson, a quien elogiaba grandemente un cortesano la facilidad de cuatro versos de una de sus poesías, le contestó con cierto dejo de amargura: «¡Ay, amigo mío; si supiera usted que esos cuatro versos que le parecen a usted tan fáciles me han costado media docena de tabacos habanos!»

—Que a hora por tabaco, representan seis horas de trabajo. ¡Acaso me habrían costado a mí seis días!

Al despedirme del ilustre émulo de Leconte de Lisie, y distinguidísimo caballero, pedile algunos precedentes de su raza española.

—Elías Zerolo —me dijo— los refiere en su prólogo a las poesías de mi primo y homónimo José María Heredia, cantor del Niágara. Mi antecesor, por línea paterna, se llamó D. Pedro de Heredia, adelantado de Indias, fundador de Cartagena de Indias…

—Conozco el prólogo de Zerolo, y conozco la prosapia de usted. Son ustedes una familia privilegiada. Diríase que vive en todos ustedes la frase que dedicó al otro Heredia D. Antonio Cánovas del Castillo: «gran poder del entendimiento, inclinado al filosofismo tanto cómo a la poesía.»

… Una voz anunció: ¡Zola!

Y, entre Heredia y Zola, salí encorvado, de rodillas mentalmente, como si hubiera entrado Dios a decir a la Musa:

—Bendito sea el fruto de tu vientre…

Las delicias de Capua

Lo único que puede consolarnos de la temperatura groenlandesa que ha transformado el asfalto del boulevard en un vidrio mugriento, es que cuando termine el frío, allá por marzo, tendrán los vecinos de París, si no mienten los más acreditados médicos de Alemania y Francia, un colerazo que dejará pequeñito al del año pasado. Así, el que quiera vivir con el alma en un hilo, que se venga aquí.

El cólera, los barbos corrompidos, Panamá, una temperatura constante de diez grados bajo cero, bombas de dinamita, y… un viajecillo a la frontera.

Bien que esta última ganga, es un «reservado» de periodistas y corresponsales extranjeros.

¡Dichoso Panamá; lo que nos va costando!

Figúrese usted, lector, que es corresponsal extranjero. Pues verá usted la que le espera.

Empieza usted por desayunarse con la lectura de una docena de periódicos, cada uno de los cuales dice lo que mejor le parece, y desmiente en la segunda plana lo que dijo en la primera. En la hipótesis (poco probable) de que se libre usted de una congestión cerebral, sale usted a la calle con la cabeza como un bombo, y, se echa usted por ahí «a maniobrar en lo insondable». Sabe usted que habrá un escándalo en el Senado, y que es muy posible que en el Congreso un señor diputado dé unas bofetadas a otro señor diputado. Sabe usted, además, que el juez Franqueville tomará declaraciones, que han de ser muy graves, y que la vista del proceso será interesantísima. Le cuentan a usted que se han efectuado otras prisiones, cuya exactitud necesita usted confirmar en la Prefectura, y cuando usted piensa en si acudirá primero a éste o a otro siniestro, se entera de que en la calle tal se encontró una bomba, que no se sabe si contiene dinamita o si es peor menealla…

Usted, a horcajadas en París, lo ve todo, lo huele todo. Sale usted del Senado, terminada la grita correspondiente, y llega al Congreso en el instante mismo en que Rouvier levanta el airado puño para atizarle a Bernis, y usted sale otra vez disparado con dirección al Palacio de Justicia. Se oye poco, se ve menos. Activos corresponsales de pie los unos sobre las espaldas de los otros, forman, en lo recóndito de un pasillo, una especie de racimo, urja escalera de carne. El que está más alto oye y cuenta. Sí, llegan rumores… Lesseps dice horrores a Baihaut; Blondin y Cottu gritan como energúmenos… ¡Grave, muy grave!… Pero no hay que detenerse. Hay que ir a la vista del proceso, a la Puefectura, a la calle en donde se encontró la bomba, a Mazas, ¡a la guillotina!; y cuando regresa usted a su casa, con la lengua fuera, le aguardan otra docenita de periódicos, con diez ediciones de cada uno…

En fin, ya telegrafió usted. La una de la madrugada. Toma usted el camino de su casa, pisando hielos, sube usted a un quinto piso, y… poco después ronca usted tranquilamente.

Pero a las ocho en punto de la mañana le despiertan unos grandes golpes en la puerta, y usted, medio dormido, cree que está en discusión parlamentaria con Rouvier. Despierto ya del todo, piensa usted que debe ser muy tarde, y que la persona que llama es la portera con la correspondiente jarra de leche. En zapatillas, embozado en la manta, sale usted. Los golpes arrecian, abre usted la puerta, y en vez de la portera tropieza usted al comisario Clement, con dos gendarmes, que le echan mano al pescuezo.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Porque es usted partidario de la Triple Alianza.

—¿Yo? Si dijera usted del triple anis, ¡puede! Pero ¡de la Triple Alianza! A mí, ¿qué me importa eso?

—No hay caso. Usted transmitió noticias que dio el Sr. Sikirrikliqui.

—¿Sikirrikliqui?¡Si no le he oído nombrar nunca! Ea, basta ya de bromas…

¡Bromas! En el primer tren, que resulta ser de mercancías, sale usted facturado en el furgón, y no para hasta la frontera.

Desde allí, si no tiene usted dinero sigue a pie el viaje a su pueblo; y allá en España excomulgan a usted los periódicos, diciendo: —¿Pa qué se metió?…

¡Todo por la Tríplice y Sikirrikliqui!

Paisaje

Acabábamos de comer en La Pesca Milagrosa, así llamada porque los peces, cautivos en balsas, salen coleando del río para entrar en la sartén. Desde la espaciosa galería, de par en par abierta, por entre hojas de vid y macetas de flores, veíanse aún los islotes que recorta el Sena, las siluetas, borrosas ya, del pintoresco caserío de Meudon; y de trecho en trecho, entre el tupido follaje de tal casa campestre, suspendida como un nido, o de tal restaurant con entrada en forma de embudo, vestido de ramajes, brillaba una luz alumbrando la caída de la tarde en el fondo del río.

Me levanté para despedirme de mi compañero de mesa.

—¿Cómo? ¿Tan pronto?

—Sí: porque hay mucho camino hasta la estación de Lyón. Voy a ver a Dodds, que llegará a las diez y cincuenta y siete minutos.

—Pues ¡hala! También voy yo.

Y salimos pitando en un vaporcillo fanfarrón, cuyos borbotones de espuma amenazaban con tragarse los islotes, el caserío, el paisaje todo con sus verdes lomas de campo fresco e independiente…

Como murmullo de monstruosa ola abortada por cataclismo geológico, llegaba a Marsella, extendiéndose por los boulevards, el ruido de la fama del vencedor de Dahomey.

La pasión política, que todo lo analiza y diseca, murmuró que el triunfo se atestiguaría mejor que con el escabel, traído como botín de guerra, del tosco trono de Belianzin, con el mismo Behanzin, que hubiera sido capturado para exhibirlo en jaula como otro Toussain Louverture; y que no valía la pena de haber vertido tanta sangre, y gastado veinte millones de francos, para recoger, en suma, como trofeos de la victoria, unos bastones con dioses pintarrajeados, un mono, y una negrita que da miedo con su vaporosa bata de seda azul.

Pero la inmensa mayoría del público aclamaba al vencedor, y el vencedor estaba allí, resquebrajado el semblante, enrojecidos los ojos, con la fisonomía tristona que se adquiere en la letárgica tierra de Dahomey, bajo la sombra pérfida que proyectan los árboles, de entre los cuales surge, produciendo escalofríos, el azarante sit sit del pájaro invisible, al pie de los pantanos, orillados con siniestras sonrisas de socarrones reptiles, que con lágrimas en los ojos y con los colmillos de fuera, esperan riendo la hora de matar…

—¡Viva el general Dodds!

—¡Viva el VENCEDOR!

—¡Vivaaaa!…

Salido de todos los labios vibró en el anchuroso andén, ganó las afueras de la estación extendiéndose por todas las calles vecinas; en tanto que el victorioso caudillo era arrebatado triunfalmente por la multitud clamorosa.

Vimos entonces una cosa singular, que no estaba en el programa. Vimos una señora, de porte humilde, con un sombrerillo de paja ordinaria, ir de un lado a otro, desorientada, confusa, medrosa, preguntando a voces ¿Dónde, dónde se ha ido?… exclamando otras: ¡Dodds!¡Dodds!

La ovación se lo había robado. Por verle y abrazarle antes que nadie, hizo un penoso viaje a Marsella. Llegó, y la encerraron en la Prefectura, como si hubiera cometido un delito, como si el gran vencedor pudiera ser para ella otra cosa que su hombre; y allí tuvo que esperar pacientemente el desfile del mundo oficial, las ceremonias de ordenanza, el interminable vocerío de los vivas; allí, en un rincón, modesta y sola, ella que había pensado en él, durante la ausencia, por todos aquellos desconocidos que le aclamaban, y que en aquel momento hubiera dado a su general por su cadete de antaño, cuya posesión no le disputaba nadie y que no soñaba con más gloria que con la gloria de amarla, en el balcón, en la calle, en misa, en todas partes, al amor de la lumbre en invierno y a través de los campos floridos durante las breves tardes de la primavera amorosa. Y aquí, en París, cuando no había tenido tiempo de decirle nada, se lo quitaban también, porque ella no era mujer de mundo, sino aldeana que venía del campo a vitorearlo en silencio, con su sombrerillo de paja —¡y esa prensa parisiense, tan galante, que no suplicaba, sin embargo, que se lo dejaran a solas un momento!…

De Le Temps:

«En el ministerio de Marina se efectuará mañana, en honor del general Dodds, un almuerzo de catorce cubiertos. La señora de Dodds, muy fatigada, no asistirá.»

—¿Sabe usted lo que pienso —observó mi amigo.— ¡Que más feliz que de generala estaba de coronela esa señora!

—Pues ¡esa es la gloria! No vayamos a Dahomey, amigo mío; no capturemos a Behanzín, ni cojamos monos, ni negritas con batas azules. Bebamos buen vino Borgoña y merendemos pescadillas en La Pesca Milagrosa!…

Los matones

Alejandro, empleado en LA DISCUSIÓN, es un mulato inteligente, discreto y leal. Vive de su trabajo honrado, cumple con su familia y con la sociedad, y procura identificarse moralmente con el periódico que le da el pan de cada día. Sin embargo, no es popular. Porque no ha apaleado a su padre, ni ha mancillado su hogar, ni ha muerto a nadie en un duelito. Pero, a pesar de estas deficiencias, se le quiere y se le estima.

Alejandro, amigo de los redactores de LA DISCUSIÓN, nos entera cariñosamente de los elogios y de las censuras que se nos dirigen.

Cada vez que un periódico de la Habana me dispensa el honor de aplaudirme en cuanto literato, me lo cuenta Alejandro con cara de Pascua. Pero nunca como ayer retozó en sus labios la alegría del triunfo.

—¡Por fin!… ¡ya tiene usted lo que le faltaba! ¡una ristra de insultos!…

—¿Es posible, Alejandro? ¿Quién me los hace?

—Un periódico que, en estos mismos días, —porque usted acaba de llegar de Madrid— le ha dirigido saludos y plácemes.

—No lo entiendo. ¿Será tal vez algún acreedor mío no presentido —como diría Fernández y González— que quiera sacarme el dinero?…

—El artículo no está firmado. Yo he tornado nota de los motes. Oiga usted.

«Maton (¿yo? ¡si no he asesinado a nadie!) ¡explotador! (¿de minas?) ¡perdonavidas literario! (ahí duele); tránsfuga de los intereses africanos (¡cielos! ¿seré caníbal a lo Jamerson?) enemigo de la humanidad (ese debe ser título venezolano, así como Gran Demócrata, Ilustre Americano etcétera); farsante sempiterno y vil gusano de fétida alcantarilla (o linfa Kock sempiterna de alcantarilla fétida de vil gusano… ¡pero qué tontos hizo Dios a los señores que escriben eso!) Jugador (de primera a los bolos); satírico fullero (¿qué más bombo? ¿o se toma el fullero por las hojas?), especie de podredumbre de hospital (otro titulito venezolano); antillano renegado (leyendo eso reniega cualquiera de todas las Américas); víbora, desdeñoso, puerco, mala persona, basura del arroyo (¡Dios me asista!) mono, Luigi Vampa (¡guardias, a esos!), escarabajo (¡barajo, no tanto escarbar, no tanto!)»

—Basta, Alejandro amigo, eso es una letanía sin ora pro nobis.

—¡Pero si no he acabado todavía!

—¿Qué dices, insensato?

—Le llaman a usted negrero.

—¡Yo, con negros!¡Así me lo hiciera bueno el periódico!

—También…

—¿Hay más rosario todavía?

—Sí, señor. Dicen que fue usted «Luis el republicano» y más tarde…

—¡Luis XVI! ¡y me guillotinaron!

—No, señor, no: Luis el cubano.

—Lo cual quiere decir que los cubanos no pueden ser republicanos, y que los republicanos no pueden ser cubanos. La cosa tiene gracia.

—Y también (¡socorro!) le dicen a usted hambriento.

—Pues mira tú, eso sí que tiene chiste. Porque si soy pobre, mal puedo ser explotador etcétera, etcétera. En esto de los negocios, la verdad es que tengo tan poco pesqui, que no se me ha ocurrido siquiera fundar un periódico dedicado al pillaje de honras, vidas y haciendas.

¡Y eso es un gran negocio!

—Usted: lo echa todo a bromas.

—No que no. Si yo mereciera esos hermosos calificativos, ¿tenía más, para ganar la vida, que echarme a García de los caminos, o a emborronador, sin sindéresis, de algún papel de mal vivir?

Yo soy quien soy, querido Alejandro. ¿He de enfadarme por que se le ocurra a Fulano, o a Zutano, calificarme de escarabajo? ¡Así lo fuera, para ocultarme y no ver las infamias humanas!…

Poco después de haber celebrado con Alejandro la anterior interview, y saboreado un coktail, medité seriamente.

Es indudable —me decía yo— que no he venido al mundo con el propósito de ejercer de homicida. No entra en mi carrera ni en mis sentimientos a la aspiración de ser matasiete. El matonismo alcohólico, cuyo origen se pierde en la penumbra de la edad del mamouth, resulta, en este momento de las luces, soberanamente ridículo. Un matón con el verdor de los epilépticos en el rostro, duro el entrecejo, fiera la mirada; con la tizona chorreando sangre en la mano derecha y llevando en la izquierda la cabeza del muerto… «he aquí la cabeza de don Sisebuto, a quien maté: ¡recordadlo!» (Recordad en cambio a Girardin llorando sobre el cadáver de Carrell.) Un caballero así sería risible. En Inglaterra le pondrían a buen recaudo en una casa de Orates. En España le matarían a palos los vecinos, y las autoridades harían la vista gorda!

Javier de Burgos lo ha dicho: los valientes y el buen vino duran poco. Los mismos valientes de oficio y beneficio tienen su jindama correspondiente, y se juntan para no estar solos y porque Dios los cría.

En el pueblo hay dos valientes… El uno soy yo con tantos muertos (y cuenta los nudos de una cuerda). —El otro es usted, ¡compadre! (y cuenta los nudos de la cuerda respectiva).

Pues bien: yo no tengo cuerdas de cráneos; tengo una pluma. —El calificativo de matón, (aunque sea literario), me encocora, porque el matón —ha dicho Víctor Hugo— es una variedad del asesino.

El mundo de los matones de oficio no es el mundo de los periodistas; es el de los ratas y chulos de plantilla. No conocen a la sociedad. La sociedad no les conoce tampoco. Si se acercan a ella, la sociedad llama en su auxilio a la Guardia Civil, o a la pareja de orden público; y las autoridades, cuyo primer deber es velar por la vida y la honra del ciudadano, se ponen de parte y al lado del hombre digno que se halló en la triste necesidad de repeler brutalmente el atentado de una partida de facinerosos.

No; yo no soy de esa calaña, y lo digo con pesadumbre, convencido como estoy de que en este planeta podrido viste y atemoriza el hombre que tuvo la desventura de matar a otro. —Vázquez Varela fue popular entre los ñáñigos cuando se le tuvo por parricida. Hoy, absuelto libremente, apenas se llama Pepe.

En el mundo del periodismo, al cual pertenezco con honra, he tenido, merced a rozamientos políticos y literarios, alguno que otro disturbio de índole personal. Recuerdo a este propósito que el 6 de septiembre de 1884 publicó El Progreso, que era entonces el periódico de más circulación de la villa y corte, un acta suscrita por dos amigos míos dando por terminada una gestión que les encomendé; y copio del acta, un párrafo final… «En vista de lo cual, los abajo firmados dan por terminadas sus gestiones para llevar a cabo el lance de honor que exigió nuestro representado, Sr. Bonafoux, y en cumplimiento de nuestro cometido libramos esta acta en Madrid a 3 de septiembre de 1884.»

Y yo celebré sinceramente dicho resultado; puesto que con aquel acto no pretendí ejercer de matón, ni tampoco exhibirme vana y criminalmente, sino producirme como hombre digno que se halla en el estrecho de pedir reparación a quien, por ser caballero, y tener honor que guardar, está en condiciones de entenderse con otro caballero.

No he pretendido imponerme a nadie, y, caso de pretenderlo, procuraría hacerlo por la fuerza de la inteligencia.

He ahí, en síntesis, la historia de mi pasado, que es garantía de mi porvenir; y a mis difamadores gratuitos les recuerdo estas palabras de Lanjuinais: «Aunque amontonéis ofensas sobre ofensas, calumnias sobre calumnias, y os montéis sobre todas ellas, nunca llegaréis a ser tan grandes como mi desprecio.»

Y oye, Alejandro, tráeme otro cocktail.

Habana —Enero 1891

A través de París

—¿Tiene usted bastante con medio litro?

—Sí; y ahora voy a hacer fuegos artificiales.

Y la señora Schloegel salió de la tienda de ultramarinos con una botella de petróleo.

La señora Schloegel es una mujer de pelo en pecho —insolente, atrabiliaria, brutal— todo lo contrario de su marido, que era un bendito, «carne de cañón» (en el cual hacía presa todos los días la irascible compañera); tan papanatas de suyo, que hizo a su madre esta confesión: «Anoche quiso matarme mi mujer. La sorprendí en el momento de incendiarme la cama. La he perdonado, porque me ha dicho que no lo volverá a hacer.»

Segura de que no había de pasarle nada, la mujer Schloegel era una hiena que se cebaba en el despojo de un marido que no tenía voluntad propia.

Acababan de comer, y, como de costumbre, la señora Schloegel propinó a su esposo el consabido postre de insultos y arañazos. El buen hombre resolvió acallar la tempestad metiéndose en la cama… Estaba en camisa cuando su mujer le echó encima el petróleo de la botella y lo incendió aplicándole el candil de la cocina. Luego se fue tranquilamente a su cuarto, dejando al esposo entre llamas, ardiendo en vida. No podía escapar porque el cerrojo estaba echado; pero en medio de su agonía acertó a descorrerlo y salió a la escalera.

Los vecinos vieron entonces un espectáculo tan extraño como horrible. Un hombre envuelto en llamas, con la cara incendiada y los ojos saltados, corría escalera abajo como un loco de atar, prorrumpiendo en alaridos de muerte.

Al día siguiente murió, en el Hospital Saint—Denis, el desventurado Schloegel; pero pudo decir señalando a su mujer:

—Ella me quemó… Ella me mata.

La condenaron a trabajos forzados por toda la vida, porque hizo admirablemente el papel de embustera.

Pérfida como la onda, ha dicho Shakespeare.¡Schloegel como la onda!, podría decirse.

Si es cierto, según afirma un escritor italiano, que no es Lombroso (y vaya la salvedad, por si se sospechare que tengo el propósito de dedicarme a las latas psicológicas), si es realmente exacto que la mujer se defiende victoriosamente con las lágrimas, las uñas, los síncopes y la lengua, hay que graduar de doctora a la señora Schloegel. No la tomó un síncope, porque es de pasta fiera; pero ¡qué modo de esgrimir la lengua!… ¡qué uñazas las que sacó contra los testigos que hicieron declaraciones que no la convenían!…

—¡Y qué manera de derramar lágrimas por el difunto!… No eran ojos los suyos, sino mangas de riego. El tribunal estuvo a punto de perecer inundado. La concurrencia cree que la señora Schloegel está acéfala, porque no se la ve la cabeza. Parece una serpiente que duerme…

La señora ha improvisado con un pañuelo una especie de toquilla, del fondo de la cual arranca un jipío que parte los corazones.

—¿Cantará malagueñas? —pregunta un espectador, español.

El presidente, que no es de mantequilla de Soria, ordena y manda que la quiten el trapo a la acusada. Ya se la ve; fea como un demonio y repulsiva además.

—No es cierto que yo matara a mi pobre marido. ¡Yo le quería tanto!

—Vuestro marido os acusó.

—¡Ah! ¡Mi pobre marido! Si la borrachera que tomó le hizo acusarme, yo le perdono de todo corazón. En mi gran desgracia ¡ay de mí! no guardo rencor. ¡Soy misericordiosa!…

Vuestra suegra os acusa también.

Yo la respeto… , porque respeto el dolor de la madre del único hombre que he amado. (Lágrimas y jipío.) Creedme: soy honrada. Yo adoraba a mi marido como a las niñas de mis ojos (sic). Yo estaba muy enamorada de él…

Madame Schloegel dejó en el tribunal y en el auditorio una penosísima impresión de asco. Porque hay algo más terrible que quemar vivo a un marido:¡llorarle y… perdonarle!

Hay un señor conde que se ha propuesto mejorar el tipo del enamorado platónico, que describió Guy de Maupasant en un cuento. El señor conde se ha enamorado de la reina Natalia, más que por su palmito, por los pesares de su existencia. Es un idilio a regia distancia.

Fue en Fontainebleau donde el señor conde vio «por vez primera» a la reina, muy pálida, muy melancólica, de blanco vestida. El señor conde —habla Le Matin— «tuvo quizás una corazonada, como las de los héroes de otros tiempos, y juró en aquel mismo instante provocar en Servia un movimiento popular que restituyera la reina al trono de sus mayores.» —¡Una reina tan bonita y desgraciada, vestida de blanco!…

Desgraciadamente, ya D. Quijote se fue de Grecia, y el señor conde, que no tiene pelo de tonto —según asegura el indicado periódico— varió de acuerdo para dedicarse a amar en silencio a la dama de sus pensamientos…

De regreso de un largo viaje, «que hizo con el objeto de que le olvidaran todos.» —yo inclusive, aunque no tenía la menor noticia de la aventura— el señor conde ha renunciado honores, placeres, fortuna, amigos, todo lo que constituyó antaño su hermosa existencia, y vive a la orilla del río, como una rana. Es sensible, porque París es muy húmedo, y podría el señor conde atrapar un reuma. Pero él vive a gusto así, en un modestísimo alojamiento, que ha transformado en museo, Retratos de Natalia, periódicos que hablan de Natalia, biografías de Natalia, libros escritos por Natalia, y otra porción de objetos cuya enumeración sería larga y fastidiosa. El señor conde los ha rotulado, y provisto de un catálogo los enseña a las personas que van a visitarle.

Hay algo más peligroso todavía. El señor conde «está escribiendo la historia de sus secretos e infructuosos amores».

«Ha terminado ya —añade Le Matin— dos volúmenes que se publicarán algún día.»

Sentiré no saber cuándo, para escaparme por algún tiempo de París. Porque si puede pasar una columna de amores infructuosos y secretos, lo que es dos volúmenes sobre el mismo tema, y quizás en verso, no me cogen a mí de bobo.

No es que me queje de que «todo esté mal», como decía un personaje de Voltaire, porque mejor es describir los amores infructuosos y secretos de un señor pálido con una reina pálida también y trajeada de blanco, que disertar sobre si conviene o no conviene a los gendarmes el uso de altas polainas en vez de los brodequines que gastan ahora «en mengua de su prestigio»: que así lo dice el Événement, como si el prestigio de una autoridad pudiera estar en los pies.

¡Oh, la gloria!… Aurélien Scholl participa a sus compañeros en la prensa que descubrió en Vichy un descendiente del autor de Hamlet. Es verdad que la vida es un infierno para la mayoría de los literatos; pero los descendientes del genio recaban las mercedes que no le fueron otorgadas en vida. Un descendiente de Shakespeare tenía derecho a ser un emperador, un czar, algo estupendo; pero es mucho menos que todo eso el indígena descubierto, y no sé si civilizado, por Aurélien Scholl. William Shakespeare, que así se llama, es un camarero de uno de los hoteles de Vichy. Será curioso el oír a un barbarote de los muchos cargados de dinero que van a aquel sitio balneario ¡Oye, Schakespeare, límpiame las botas!…

Cuando acaba de salir de Spezzia para New—York el monumento que costea, para la capital de la gran República, la colonia italiana del Norte americano, ganosa de ensalzar ¡Colón, discútese en París si fue o no fue Don Cristóbal el primero en estrenar los vírgenes bosques de «América inocente… »

No por nada —ya lo dicen los periódicos— no ciertamente con intención de rebajar a gloria de Colón, ni la gloria de España; pero… «consta que si el marino de Palos fue el primero en avisar oficialmente la existencia de un nuevo continente, no fue el primer europeo que le visitó.»

¿Es posible? ¡Sí, señor, es posible! La «virgen del mundo» había tenido relaciones con otros caballeros que no eran D. Cristóbal, muchos siglos antes de que él la declarara su atrevido pensamiento.

—¿Y cómo se ha sabido eso?

—¡Ah, mi amigo! Cosas de los sabios. Napoleón Ney descubrió en Boston un esqueleto con una espada. Era un esqueleto de cierta edad, muy bien conservado. Napoléon Ney le vio la dentadura… El esqueleto era de un caballero que se había paseado por allí un siglo antes del descubrimiento de Colón. Luego, el señor Napoleón estudió el esqueleto y la espada. Ambos chirimbolos pertenecían indudablemente a un caballero normando de los que fueron a la costa de Massachussets y «celebraron» con los indígenas algunas interviews…

Hizo más el sabio. Descubrió una tumba con la siguiente inscripción:

«Aquí yace Syasi, la rubia de la Islanda occidental, viuda de Koldr.»

En la tumba «había tres dientes», que fueron estudiados. Napoleón Ney falló que eran de la esposa de Koldr, y que Koldr había sido un jefe normando (tal vez el mismo del esqueleto con la espada en ristre).

Así las cosas, dice un periódico: «La gloria de marino genovés no pierde nada con restablecer la verdad de los hechos, a saber, que en esto, como en otras cosas, los franceses fueron los primeros.»

Lo que es a admirador de Francia habrá pocos que me ganen, cosa que no es de agradecer, porque Francia merece la admiración de Europa; pero no puedo aplaudir la labor del sabio que quiere escatimar gloria al genio que supo «ensanchar la cárcel de la tierra y alargar la cadena… »

¡Y todo por haberse encontrado un esqueleto, que sabe Dios si será de un mamouth, con una espada que tal vez sea un colmillo de Koldr!…

Querer entrar en la Academia es majadería, o, por lo menos, debilidad. Pero cuando un hombre se llama Zola, tiene derecho a ser majadero. El genio es débil.

Este gran Zola, misántropo empedernido, despreciador de las humanas pompas, ¿qué se propone con ser colega de Freycinet? ¿Estudiar «el medio ambiente»? ¿Hacer lo que Galdós cuando quiso y consiguió rivalizar con los diputados de la mayoría? Sería triste, ciertamente, porque no vale la pena.

El cerebro más fuerte de Francia, como literato, ha sido derrotado otra vez en el hipódromo académico. Otra espera. Por ahora no podrá Zola almorzar con el presidente de la República, ni vestirse de saltamontes. Mentira parece que un Zola, todo un Zola, esté tan preocupado con la idea de tener, como los personajes de un sainete madrileño, un par de botitas de raso verde.

No estaban para él. Se las pone, por ahora, el vencedor, Ernest Lavisse, que ha escrito los Orígenes de la monarquía prusiana, Estudios sobre la historia de Prusia, Tres emperadores de Alemania, Fundación de la Universidad de Berlín, Juventud del gran Federico, etc. No es una historia de los Rougon; pero, en fin, es una aleluya de Federicos, interesante quizás.

No puedo asegurarlo. Me ocurre con las obras de Lavisse lo que a Lavisse con las obras de su antecesor, Jurien de la Gravière. M. Lavisse confiesa que ha leído muy poco de M. de la Gravière; pero, promete que se dará prisa en leer todo lo que ha escrito. No me atrevo a prometer lo mismo respecto de las obras de M. Lavisse. Creo de él, sin embargo, lo que él cree de M. de la Gravière, aunque no lo ha estudiado: que sus libros están escritos «en una lengua sencilla y precisa».

El nuevo académico ha hecho otro elogio del académico difunto. «Sobre todo, este hombre hizo muy buena vida, una vida admirable.»

Es como si se elogiara a Lavisse por la sentimental escena de familia que hubo con motivo de la elección académica.

Al volver a su casa, con derecho a vestirse de verde, Ernest Lavisse se entregó a las más gratas expansiones:

Il embrasse sa femme, souriant, fort calme en apparence.

Y dos señoritas saliéronle al encuentro gritando:

—«¡Bravo, tío»

Quiero más a Baudelaire que a Zola, porque se despreciaba más a sí mismo. Por eso, es decir, por el melancólico desdén que le inspiraba el éxito literario, sin excluir al de su propia personalidad, es más simpático que Balzac cuando quería competir como gran hombre con Napoleón, Cuvier y O'Connell, y alardeaba de llevar en su cabeza toda la sociedad en que vivió. Baudelaire no se excluía al mofarse y abominar de todo: empezaba por él mismo. ¡Gran talento! Comprendía que era un componente de la mentecatería universal, una nota más de la gran chirigota del género humano. Tomar a broma a los demás y tomarse en serio a sí mismo, es sencillamente tonto.

Aunque no fuera más que por haberse burlado en vida de que le levantaran después de muerto una estatua, merecía Baudelaire la que se le erigirá en honor de sus obras y en homenaje al temperamento del escritor «inquieto, revoltoso, independiente, de un humorismo que tenía algo de anárquico». Después de todo, nadie como él saboreó lo que ha llamado Jules Vallés la vida injusta…

Por supuesto, que si Baudelaire se enterara del horror que van a hacer con él, si supiera que le amenaza una estatua, pediría, para «amenizar el acto», que le pusieran en grupo con Juana Duval, su Laura de carbón de piedra, su Venus negra, más que un tito, traída por él del Indostán, sin sospechar que le perseguiría y ridiculizaría graznando amores en París. ¡Oh divorcio eterno del espíritu y la materia! ¡Baudelaire, el gran Baudelaire, viviendo maritalmente con una etíope burrísima y nauseabunda, que tenía mataduras como una yegua arestinosa!

Diré a ustedes: como gustarme, no me gusta el Maître d'armes, estrenado anoche en la Porte Saint—Martin, original de Jules Mary y Georges Grisier, en cinco actos y nueve cuadros. El crítico de Le Journal dice que la obra es un melodrama (un dramón de Novedades) que se salva porque…

Ahora se lo diré a ustedes. El Maître d'armes, con música, sería algo así como… un Anillo de hierro…

Ha gustado mucho, muchísimo, porque el público se asemeja en el teatro a las mujeres de rompe y rasga a todas partes. Si va V. a las Ventas de merienda con una chula y de postre le da usted con un canto de la Eneida, se expondrá usted a quedarse sin chula, o a que ésta le tome el pelo. Pero si hace usted el Rata primero, y se da tres pataítas, o se las da a ella, todo irá bien. El mayor enemigo del público será aquel autor que le haga pensar más. El público aplaudió y seguirá aplaudiendo las escenas del bautismo de la barca salvavidas, la tempestad con sus correspondientes truenos y relámpagos, la oración por los náufragos, los duelos caballerescos y el acto de Catalina cuando dice a su prometido esposo: «Hay en mi vida una gran vergüenza que no puedo compartir con un hombre honrado como lo es usted… ¡Soy madre!»

El público, emocionado, saca los pañuelos, porque empieza el llanto, y luego, al salir a la calle, va diciendo a unos y otros: —Voilà du bon thêatre.

¡Voilá! Sí, es interesante, conmovedor, un dramón pasional, de capa y espada, romántico; sí, no hay duda, es posible divertirse con tales escenas son morales, agradables, etcétera.

El gendarme Bozzi, sentenciado a sufrir la pena de ocho años de trabajos forzados, no es un gendarme de melodrama a lo Maître d'armes, pero muy interesante en la clase de tropa. Bozzi se casó por segunda vez, en vida de su primera esposa, con una señora Lamary, a quien despojó de 15.000 francos y una porción de alhajas, porque —habla Bozzi— «cuando un hombre y una mujer están enamorados, la bolsa es común».

De la bigamia se disculpa también el distinguido e ilustrado Bozzi. «Culpa de la sangre, señor presidente. No lo puedo remediar, amo a todas las mujeres; y madame Lamary me entusiasmó al delirio.»

En aquel instante mismo se presenta la primera, mujer de Bozzi, y éste rectifica en seguida su ardorosa declaración: —«… Sí, me entusiasmó, pero no tanto como tú, ángel mío, como tú (dirigiéndose a ella), querida esposa, única mujer a quien quise, y quiero de veras. ¡No me mires así, inolvidable Paca, que me recuerdas las dulces expansiones de nuestro idilio!…

A un gendarme así no se le debe echar a presidio se le debe mandar a Cuba con un buen empleo.

Algunos discursos hechos, algunas coronas de flores de trapo, media docena de poesías vulgares y varios comercios iluminados en Batignolles; a eso se redujo la fiesta, «pobre fiesta sin entusiasmo y sin ruido», por el Centenario del 10 de Agosto y la glorificación de Dantón, ¿han oído ustedes bien? ¡Dantón! aquel ciudadano que hizo por este mismo tiempo, hace un siglo, tantos y tan valiosos beneficios a la patria y la libertad, y que recomendó al morir que enseñaran su cabeza al pueblo, «porque valía la pena.»

Pocas naciones saben, tan bien como Francia, honrar la memoria de los muertos insignes. Dígalo, sino, la tumba de Napoleón, el Panteón de los grandes hombres, etcétera. París guarda, como oro en paño, las más insignificantes reliquias de los políticos que trabajaron por el exaltamiento de la República, así como también las de todos los ciudadanos que se distinguieron por algún concepto. No es una ciudad; es un museo histórico.

¿Cómo se explica, pues, esa falta de entusiasmo ante la estatua de Dantón? Porque están calientes, a mi juicio, las cenizas de la fiera… Es peligrosa aún la beatificación política de revolucionarios, como Dantón, que fueron temperamentos pasionalísimos en la historia de la Humanidad. Hizo falta que se excedieran, es cierto, pero pecaron por carta de más, y dan miedo todavía.

Allá, por la montaña de Santander, fue muerto un oso, de gran tamaño, por un cazador famoso en aquellos montes; y, como no había de echárselo a cuestas, llamó, para que lo arrastraran, a unos mozos del pueblo más próximo al sitio de la cacería. El oso, patas arriba, hacía una facha atroz; una bala certera habíale atravesado el corazón. Llegan los mozos, se cercioran de que está bien muerto, y le echan mano… ¡Y miren ustedes por dónde se le ocurre el animalito soltar un… bufido! Escaparon los aldeanos, perdiendo el derrière—train, como almas que lleva el diablo, y no hubo modo de conseguirlos. El oso estaría muerto; ¡pero bufaba!

—Dantón bufa todavía.

Ravachol

«La región comprendida entre Roanne y Saint—Etienne —dice Varennes— no puede menos de estar poblada de anarquistas. La Naturaleza despierta repentinamente en el viajero una idea de desorden revolucionario… ; tranquila hasta allí, aparece de pronto provocativa, atormentada, casi feroz. El horizonte no se destaca suavemente. Las agudas crestas de las montañas la encierran en un enorme hervidero de la tierra, sacudida por los volcanes. El paisaje es sombrío, casi negro, como la bandera de la miseria. Se ausculta allí una vida penosa, dura, llena de sufrimientos; y se explican los odios terribles… »

Aquella naturaleza engendró a Ravachol.

¡Ravachol! ¿Era un mito, un Souveraine de la dinamita parisiense? Durante el bombardeo sordo de las casas de París, la prensa decía diariamente: «Monsieur Gorón cree que el autor es Ravachol. «¿Y qué importancia tenía que fuera o no Ravachol? Lo que importaba e importa averiguar es si cada uno de los anarquistas es un Ravachol en el duelo a muerte entre obreros y burgueses. Lo que importaba menos, en el combate que riñeron aristócratas y burgueses a fines del pasado siglo, era Maral, aquel neurópata que fue una necesidad trágica. Se le tuvo por fantasma durante mucho tiempo. La presencia real y efectiva de aquel «ciudadano» asombró a las distinguidas personas que le vieron en un sarao del general Dumouriez. ¿Conque era cierto que vivía un energúmeno de carne y hueso que se llamaba Marat? Pues… a suprimirlo, siguiendo el sistema del médico que suprimió la sábana del enfermo para cortarle la calentura. Pero la calentura no estaba en la sábana, ni la fiebre revolucionaria estaba exclusivamente en El Amigo del Pueblo, cuya sangre no enmoheció, por cierto, el tajo de la guillotina.

Saint—Étienne 10 de Julio. —El Sr. Deibler entró en el hotel y comió con sus ayudantes en una sala reservada. La comida ha durado largo tiempo…

Montbrison 10 de Julio (11 noche). —Animación muy grande en los cafés. Se canta, se baila y se discute a voces…

Ravachol al jefe de la guardia. —«Decid al ábate que no quiero recibirle. No me sirven sus exhortaciones. Ya le he dicho que no creo en nada. ¡Que me deje, pues, tranquilo!»

Ravachol al mismo jefe. «Lo único que siento es no haber podido escribir largamente a mis compañeros. Pero ellos saben que muero por la buena causa y que no he demostrado ninguna debilidad. Se verá ahora cómo muere un anarquista.»

Como una serpiente pisoteada. La gran figura del anarquismo no era un hombre; era una fiera. Con cien mil Ravacholes podría un nuevo Napoleón pasearse victoriosamente por toda Europa.

El cura palidece; Deibler, todo emocionado, está más blanco que un papel; los ayudantes tiemblan; la multitud contiene la respiración… ; del fondo del furgón, que avanza poco a poco, surge un cantar cancanesco, un cantar de Saint—Etienne, con nueva letra, que es una blasfemia contra Dios. La multitud prorrumpe en murmullos Ahí está, y viene cantando…

Aparece en la ventanilla del coche la cabeza brutalmente osada y altiva del formidable dinamitero.

La boca no ha podido ser tapada, y sigue cantando. El canto no es la Marsellesa de los Girondinos; es un cantar explosivo, cuyas notas han sido escritas con odio en el pentágrama de la anarquía. El inventor de una bomba de muerte es también inventor de un canto blasfemo. Aquello es horrible, pero se oye con recogimiento místico. Es la última canción de un Jesucristo explosivo.

Ravachol, fuera del furgón, quiere hablar.

—Ciudadanos… (Un redoble de tambores le corta la palabra.)

—¡Ciudadanos!…

Imposible. No hay modo de hacerse oír. Entonces se vuelve un energúmeno aquel hombre «aprisionado como un salchichón».

—¡Pero yo tengo algo que decir!… y contesta con una blasfemia a un nuevo redoble de tambores.

Hay que echarle en la báscula. Pero Ravachol lucha contra Deibler y sus ayudantes.

Aplastada por el número cae la cabeza bajo el tajo de la guillotina, que corta, al herirla de muerte, la última sílaba de un viva a la Revolte…

Se creyó que concluía, muerto Ravachol, la fiebre anarquista. Había, pues, que cogerlo; hacía falta suprimirlo. Deciarose urgente la discusión del dictamen de la Comisión de la Cámara francesa, que impone la pena de muerte al que deposite materias explosivas en la vía pública o en el interior de los edificios; y quedose para otro día la discusión de los medios conducentes a suavizar las condiciones del duelo a muerte entre los que tienen lleno el vientre y los que lo tienen vacío; entre los que viven cortando el cupón y los que agonizan sin derecho al trabajo, es decir, a vivir… Y el funeral de Ravachol fue… el desastre de la calle Bons Enfants…

El Hôtel Carnavalet ha adquirido, por un precio muy subido, la mesa del restaurant Very donde comía Ravachol y en la cual grabose su retrato. Si Ravachol hubiera dinamitado en nombre de la iglesia, en vez de dinamitar en nombre de la anarquía, claro está que la mesa, transformada al andar del tiempo en santuario o altar milagroso, veríase de continuo cubierta de preces y monedas, y los retratos de Ravachol y demás compañeros tendrían unas aureolitas y estas inscripciones a guisa de señas para el año cristiano:

San Ravachol, dinamitero y mártir. —San Meunier, jorobado y mártir. —Santa Bricou, virgen y mártir.

Porque la cuestión es acertar, esto es, no adelantarse ni atrasarse, y caso de tener que optar por uno de los dos extremos, echarse atrás mejor que adelante morir en el circo romano por el Dios que negó Renán, en vez de morir en la plaza de la Roquette por el Dios Krapotkine!…

No soy anarquista, porque no soy nada, por la sencilla razón de que entiendo que no vale la pena; pero creo firmemente que va a llover mucha dinamita. Prefiero el nihilismo ruso que mataba frente a frente a los czares y poderosos, al nihilismo francés que vuela por equivocación a los pobres de la tierra. Pero, de un modo o de otro, ¡va a llover mucha dinamita! Y después del diluvio de fuego, no habrá un Schouppe que escriba estas quejas que encierran un dolor insolente:

«He sufrido mucho, he luchado demasiado contra la selva virgen, contra las aguas, contra la crueldad de los animales y sobre todo contra la crueldad de los hombres, y tengo el corazón encallecido en las miserias, en las tristezas pasadas, en luchas horribles de las que no se tiene idea en el mundo parisiense… »

Y es que para muchos desheredados a lo Schouppe, París no es más que una Morgue, la odiosa gruta en donde se petrifican con estalactitas de sangre y lágrimas los negros infortunios.

«Algo nuevo se prepara —ha dicho Aurélien Scholl; —se siente, se ve. No hace mucho calificábame yo de generoso cuando daba de limosna un cuarto. Hoy, cuando le entrego dos reales o una peseta a un mendigo, me avergüenzo de darle tan poco a cuenta de lo que le debo.»

Se siente, sí, la proximidad de algo nuevo, y se vislumbran, al través de la negrura del statu quo, los primeros relámpagos de una atmósfera social que está a punto de dar un estallido… Una sombra de muerte corre por el boulevard, empañando la alegría de vivir, y el bienestar de los hombres ricos y las mujeres livianas se perturba al anunciarse un nuevo complot, o un periódico acusador, cuyos vendedores, no sé si escogidos adrede, llevan marcada en sus fisonomías la mueca del patíbulo. Ya no se gusta la dicha como cosa conquistada y propia; se la roe en secreto, de prisa y corriendo, como si fuera producto del crimen. No se respira libremente; no se vive en paz. Los guardianes del orden público son despedidos por los caseros; al «ejecutor de la justicia» le ponen los trastos en la calle; cuando una persona va a alquilar el piso de una casa en donde vive un representante de la ley, la portera cree que tiene la obligación de avisarle que vive allí un señor peligroso; el pueblo se revuelve frenético, como fiera castigada largo tiempo, y, si se le censura tal o cual atentado, se encoge de hombros, contesta una insolencia brutal, o dice, enseñando el cuerpo de Jerónimo Guerin, muerto de hambre en un rincón de la calle des Écoles: «Somos los vengadores de esta gran infamia». Al robo se le llama «expropiación»; al asesinato premeditado se le bautiza con el nombre de «procedimiento por los hechos»; sobre la báscula se alardea, con fatalismo oriental, de morir resignado y contento; argúyese que los atentados se inspiran en las obras de los Dostoievsky, Tolstoi, Krapotkine, Zola, y que las bombas de la dinamita se han encendido en las columnas de la prensa periódica: adviértese, con la arrogante severidad de un Catón, que no ha de quedar piedra sobre piedra de la sociedad moderna, y los dinamiteros vocean en los tribunales que están dispuestos a perder la vida antes que consentir en levantarse para hablar a los magistrados, porque el estar de pie delante de un magistrado sentado, es una conculcación de la soñada igualdad.

¡Bueno va! Ravachol sigue vivo. Es, para sus discípulos, una cabeza parlante. Murió.¡Pero hay muertos que resucitan!

Por fortuna para España, se está allí libre de explosiones y Ravacholes. No hacen falta, porque la sociedad se cae a pedazos. Los cascotes de las calles del Carmen y Carrera de San Jerónimo y los hundimientos de los pueblos, son símbolos elocuentes.

Alcaldada pintoresca

¡No hay coches! La exclamación se parecía a la de ¡Sálvase quien pueda! Se gritaba, se injuriaba, se blasfemaba, se oían bofetadas, rodaban de los estribos cestos mujeres, y más que el principio de un viaje diríase que era el asalto por los beduinos de un tren blindado.

—¡No fue floja la bofetada que le han dado a ése!

—¡Ande usted, no ha sido flojo tampoco el puntapié con que le han respondido!

Los empleados ríen… La máquina hace maniobras… Un energúmeno grita: ¡Al tren! ¡Al tren! Los viajeros continúan riñendo en el gallinero. ¡Ni hay bastantes asientos! El interventor trata de acomodarlos «a ver, a ver, arreglarse lo mejor que puedan».

—¡Eh, caballero! ¡se ha sentado usted sobre la cesta de mis huevos!

—¡Aquí no se coge más! —vocea un viajero cerrando violentamente la portezuela del coche.

—Pues mi dinero es tan bueno como el de usted ¡tío sarnoso!

Y el conductor: «A ver, a ver, arreglarse lo mejor que puedan».

Con aire de perdonavidas cruza el andén un hombre cuya principal prenda de vestir es una chaqueta negra ribeteada de oro… No lleva corbata, pero sí bastón, hermosa vara que ni de encargo para medirle las costillas.

¡No hay asientos! Pero el hombre exige el suyo, no a la empresa, sino a un viajero que estaba a la sazón con el pie en el estribo.

—¡Se baja usted de grado o por fuerza!¡Lo mando yo!

—¿Usted? Y ¿quién es usted? ¡Vaya usted mucho con Dios!

—Que se baje usted a las buenas, o baja usted de cabeza…

—¡Mire usted que le voy a dar la bofetá del siglo!

—¡Que venga un delegado del Gobierno!…

Lo arregló el interventor; pero ya en el coche, dijo atrocidades de los madrileños, que campaban allí por sus respetos, y se armó la gorda.

—Yo, aunque no tengo destrucción, sé el reglamento de los ferrocarriles.

A lo que contestó una chula:

—¡Tío animal! ¡Usted no sabe dónde tiene la mano derecha!

—¡Que venga un delegado del Gobierno!

El interventor arregló la tempestad.

Pero el hombre ribeteado de oro insultó poco después a otro viajero porque ocupaba un sitio con la manta, y a un señor cura que había puesto el quitasol en un banco, y a una morena guapísima que se había quitado la chambra «sin decoro»… como decía el caballero del ribete.

Y todos se preguntaban: —¿quién será este tío?

La morena de la chambra sin decoro, que me conocía de Madrid, y que me había visto en el tren, se fue a mi coche y me sacó la fuerza mientras gritaba:

—Aquí está este señor que sacará a usted a la vergüenza en los papeles.

—¡Que venga un delegado del Gobierno!…

El tren llegó a Cabezón. El secretario de la alcaldía esperaba en el andén. Además paseaban por la carretera del lugar, en demostración de júbilo, las mejores mozas del pueblo celebrando una boda…

Entonces sonó una silba horrorosa para despedir al hombre de la chaqueta negra con ribetes de oro, el cual tuvo que sufrir también una lluvia de mendrugos, huesos de pollo, cortezas de peras y melocotones. Un viajero, más entusiasta que los otros, le tiró a la cabeza una cocinilla económica.

El agredido se mantenía firme en la estación, lívido, desencajado, con cierto tinte verdoso que le asemejaba a un frasco de pepinillos.

El secretario (visiblemente conmovido). —¿Sabéis lo que habéis hecho? ¡Insensatos! ¡Es la primera autoridad del pueblo; es el alcalde!…

La morena (sin decoro). —Alcalde y de Cabezón tenía que ser el tío…

El tren, como si tal cosa, salió silbando…

Renán

No ha sido entierro; ha sido resurrección. El gobierno, la diplomacia, el ejército, las Academias, las Universidades, la prensa, todo el París de la inteligencia, representado por sabios que se exhiben de rara en raro; carros con coronas monumentales, bosques de flores y espigas, interminable hilera de carruajes, silencio y recogimiento del pueblo, y en medio de la procesión, cubierta con paños negros, la figura de Renán apacible, sonriente.

La iglesia de la Magdalena no cerró su ancha verja, y los parisienses se acomodaron bien presto en las espaciosas gradas del templo. De allí vengo; y allí estuve cuatro horas, esperando el entierro y viéndolo luego, a pie firme, y casi helado por un gris que me recordó el aire sutil del Guadarrama.

Una beata que se azoró, al salir del templo, ante tamaña explosión del racionalismo, preguntome toda compungida:

—¿Qué procesión es?… ¿Qué santo se celebra?

—¡San Renán, señora! Es la procesión de los que piensan.

Declaro lealmente que no son de mi agrado las disquisiciones religiosas. Si quitamos a Renán la belleza literaria y la cultura de pensamiento, será un Tchau—Tchau, el autor de la Muerte o la religión del Diablo, que es la de Cristo, a juicio de aquel escritor chino. Por otra parte, me parece Renán, como racionalista, un… atrasado.

Declaro igualmente que no me enamora el temperamento de Renán, que fue la antítesis de Voltaire, digan lo que quieran los que le comparan con él; esto es, un racionalista manso, suaviter in modo, y en este punto, juzgándole con arreglo a la apacible crítica religiosa, me parece inferior a Strauss… Apunto estas ideas para que no se me tache de poco entusiasta de Renán filósofo, o, mejor aún, de Renán incrédulo, del Renán que, con todo su escepticismo, inspirábame ganas de decirle que ocultaba, debajo de la capa raída por la polilla filosófica, un buen cura… Y no digo más, porque el escritor y filósofo para quien «no ha tenido el mundo de las letras, después de la desaparición de Víctor Hugo, una pérdida más grande», continúa siendo para los acaparadores de la rutina religiosa lo que para el clero de Nápoles; el cual, cuando supo la noticia de que había llegado Renán a dicha ciudad, dispuso oraciones permanentes y rogativas en todos los templos, y que se tocara a vuelo las campanas «para echar al demonio del cuerpo del antecristo Renán», del pensador en cuya tumba se grabará por todo epitafio, y en cumplimiento de su voluntad postrera, estas solas palabras:

AMÓ LA VERDAD.

En el entierro no hubo discursos que lamentar… Es un consuelo para el muerto, si se entera. Cuando yo pensaba en ser grande hombre (hace ya mucho tiempo) preocupábame la idea de que me acompañaran, si moría en Puerto Rico, una porción de amigos con sombreros de paja, y que un orador fúnebre, de los que merecen alquilar sus servicios en la isla, me soltara un discurso; porque si hacen eso conmigo, o contra mí, ¡yo me salgo de la caja!

En la cuestión, a la orden del día, de si merecen o no merecen los restos de Renán ir al Panteón de los grandes hombres, me permito votar con Charles Laurent. Si han de llevarse allí, hágase para él y sus compañeros de filosofía y letras «un Panteón de segunda clase.»

Renán era un gran filósofo, aunque le precedió Hegel, como Becquer era un gran poeta, aunque tuvo de precursor a Heine. Pero los grandes filósofos y literatos no son de la madera de los grandes hombres en honor de los que se erigiera el Panteón.

Un periódico pide, en el delirio del entusiasmo, que lleven a la tumba de Napoleón los restos de Renán. ¡Qué atrocidad!

Renán, que era un filósofo pacifico, quitado de ruidos, doméstico en fin, se hallaría muy mal a la vera de aquel insigne energúmeno. Sería una crueldad obligarle a encerrarse con él en una misma habitación. Renán tendría mucho miedo, porque Napoleón fue de los hombres que, según una célebre frase de Fray Gerundio, «nacieron y estudiaron para matar»; y cuentan los Inválidos domiciliados en las cercanías del Panteón, que oyen allá dentro, a ciertas horas de la noche, un a modo de ruido de arrastre de cañones, y es que en la imaginación de los soldados de la patria, rudos y sencillos, hase guardado impresa la leyenda de aquel extraordinario neurópata que pasó la vida en un soplo… de metralla, arrastrándola desde las Tullerías hasta Berlín y Moscou; el cual «capitán del siglo», que no dejó más que escombros y rencores, paréceme un malhechor chasqueado de los que no encuentran un solo ochavo del pingüe tesoro con que soñaron cuando resolvieron robar y matar mucho… —¡Oh! ¡Los Napoleones, Cortés, Pizarros, Alejandros, Moltkes, los Césares todos, bonita canalla!

Pero, ya que la guerra es innata y perdurable en la humana especie, entiende Laurent que el primer hueco del Panteón debe llenarse con los restos del grande hombre que vengue los ultrajes inferidos a Francia; y yo me atrevo a añadir que no harán falta entonces proyectos de ley, que no habrá una sola voz que proteste, y si la hubiera… ¡las puertas del Panteón se abrirían por sí solas!

Se impondrá, eso sí, una medida preventiva: poner bajo llave a Napoleón primero… ¡para que no salga de noche a pelear con el otro!…

Puesto que Roma guarda en el Monte Pincio los bustos de una porción de italianos sobresalientes, y Londres conserva en la abadía de Westminster a Darwin, Livingstone, Dickens y otros ingleses ilustres en ciencias y artes, pide un cronista que lleven al Panteón no solo a Renán, sino también a Arago, Ampere, Lamartine, Balzac, Cuvier, Dupuytren, Berlioz, Hérold, Bizet, Gericault, Corot, Musset, Dumas, Gautier y… Luis Bonafoux. Sí, ¡que me lleven a mí! El cronista no lo dice, pero debería decirlo, por si falta gente, aunque yo he renunciado generosamente a la gloria. Porque la gloria en resumen, qué es? ¿Dormir al lado de Napoleón? Pues, francamente, no vale la pena.

Mucha gente se me antoja esa que quiere encerrar el cronista. De hacer lo que indica, habría que agrandar el Panteón; y, aun así y todo, los ciudadanos distinguidos llegarían a las bohardillas.

Corridas en Francia

Señores y señoras de extrangis que no seáis aficionados a las corridas de toros más o menos vacas nerviosas, con caballos o caballerías de servir en delantales de cuero, ¿tenéis más que no asistir a las corridas?… No parecerá tan atroz la salvajada, ni tan repugnante el espectáculo, cuando se ve, de regreso de las corridas, a muchas parisienses que exhiben, como si fueran reliquias, moñas y banderillas.

No soy yo de los que creen, con la «inmensa mayoría» del público, que el número uno de los articulistas al día es en París Aurélien Scholl. Buena pluma es indudablemente; pero, lector, en París hay más, y aunque no soy quién para meterme a dar patentes de cronistas literarios, tengo a Scholl por inferior a Mirbeau… y a otros que, con tanto mosto de ingenio como Aurélien Scholl, no han tenido en sitio tan céntrico una tienda para exponer el vino… Por eso mismo de ser Aurélien Scholl un cronista excelente, no está bien que se le vaya la pluma al cielo en parrafitos de este jaez: —«Los españoles son bravos, fieros, de una lealtad a toda prueba, de una generosidad sin límites; pero (¡estos peros son los que revientan!) es preciso reconocer que la raza española es en la historia la raza más sanguinaria e inhumana. Por donde quiera que pasó un español corrió a torrentes la sangre y se hizo costumbre el ejercicio del tormento. Pizarro y Hernán Cortés en América, el duque de Alba en Flandes, la Inquisición en la Metrópoli, por todas partes el fuego, el hierro, el patíbulo, los miembros triturados, los hombres quemados vivos… »

¡Colocarnos tamaña avenga con la piadosa intención de evitar las corridas de vacas histéricas con caballerías nodrizas!

Es demasiado; y lo peor es que el caballero Scholl no nos cuenta nada nuevo. ¿Horrores de Pizarro y Cortés? Iguales los ha contado Heine con más gracia y causticidad, por supuesto. —¿Diabluras del duque de Alba en Flandes? Mayores han sido descriptas admirablemente por un crítico español, notable, —notabilísimo— Pompeyo Gener.

Pues bien; yo, que soy un mosquito literario comparado con esos señores, todo un cronista cínife, digo que semejantes censuras son tontas, son cursis, son grotescas. Además, son injustas. Porque en todas partes se cuecen personas; los grandes genios que se llaman César, Alejandro, Napoléon, Moltke, son unos carniceros con lujosos uniformes; y es tan crecida la plaga de bandoleros distinguidos, que se ha dado el caso de que un sabio francés, gran controversista de Lombroso, no haya podido cotejar cien criminales con cien hombres honrados, porque no pudo reunir el centenar de estos últimos.

Invoquemos, con el Sr. Fabre, a la virgen Juana de Arco (aunque no está en el calendario volteriano) ¡Virgen purísima, Estrella matutina, libra a Francia del «espectáculo nacional», límpiala de Caras Anchas y demás toreros, para que cesen las crónicas taurinas de los Scholl y Vervoort!…

Después de todo, Cara Ancha pagó una pesetilla por matar un bicho. ¡Veremos lo que paga el marqués de Morés por matar una persona!

Se recordará —o podría recordarse— que el cronista Vervoort publicó un artículo terrible contra la incipiente afición francesa al «espectáculo nacional» en España; y, aunque parezca mentira, le contestaron los vecinos de Mont—de—Marsan… dando corridas «a la moda española», es decir, con caballos destripados y toros de muerte.

La protesta fue horrorosa. El presidente de la Sociedad protectora de bestias domesticadas, reclamó, en nombre de la ley Grammont, que se suprimiera tamaña iniquidad, y el señor prefecto des Landes escribió una epístola que no tenía fin. Allá, en el pueblo, reñían las opiniones de los principales personajes.

El alcalde: —«Se aplicará rigurosamente la ley Grammont, pero entiendo que se aplicará esta vez en su grado mínimo; porque los toreros han hecho maravillas y son encantadores… »

Lacroix, presidente del Sindicato de las corridas: —«Es un espectáculo popular, que forma parte integrante de las costumbres de nuestro país. Es, además, un espectáculo útil. ¡Dejádnoslo! Es menos inhumano que el tiro de pichón, las carreras de caballos, etcétera.»

El prefecto des Landes: —«Prohibí que entraran en la plaza los caballos que no estuvieran protegidos con delantales de cuero, y a pesar de la prohibición, temiendo yo que pudiese morir alguno, no asistí oficialmente al espectáculo, rompiendo así con la tradicional costumbre de ir a la plaza vestido de gran uniforme, escoltado por bomberos en trajes de lujo y precedido de bandas de músicas. El pueblo sintió mucho mi resolución. Asistí como particular a la corrida de toros, y pasé por la pena de ver reventados algunos caballos, a pesar de sus delantales de cuero. La pretensión de impedir la corridas es un sueño. Son una costumbre del pueblo.»

Jumel, diputado por Landes: —«Si se quiere prohibir las corridas 'a la moda de España', el pueblo se pondrá muy furioso. Habrá que lamentar muchas desgracias. Más vale que mueran reventados algunos caballos, que no algunos hombres; porque, lo repito, habrá la gran revolución.¡Dejadnos en paz con nuestras corridas! Cada pueblo tiene, sus costumbres… »

Y en Suavia —añadiría Heine— es donde mejor se hacen las morcillas.

Cuenta un cronista que un caballero español le dijo, a propósito del espectáculo taurino, la siguiente frase: —«Os faltó, en vuestra resistencia contra los alemanes, el estar habituados a las corridas de toros. El pueblo español debe a ellas su victoria sobre Napoleón.»

Este recuerdo, que es de mucho mérito y de muchísima oportunidad, constituye una defensa habilísima… El cronista ha sabido herir la fibra sensible; porque en París se odia mucho a los toros, pero se odia más a los alemanes, y a trueque de vencerlos se haría torera toda la población.

Lo triste del caso es que, según cuenta el mismo cronista, no son toros, sino vacas bravas, los bichos de Mont—de—Marsan; y no vale la pena de discurrir y protestar tanto por unas corridas de vacas con caballos que gastan delantales de cuero, como si fueran criadas de servir, o curtidores de oficio.

Después de todo, los bichos hacen de las suyas, a pesar de los Scholl y Vervoort, y dan corridas espontáneas.

La de Ocourt ha sido estupenda. La población «en masa» puso los pies en polvorosa así que vio salir el bicho, o la bicha, puesto que pertenecía al sexo débil. Una vaca brava, que fue mordida por un perro hidrófobo, entró tranquilamente, al parecer, en la «culta» villa; pero se creció de pronto y lo primero que hizo fue entrar en la prefectura, por la escalera, como si fuera el prefecto en persona. Naturalmente, el prefecto, que contaba con todo menos con semejante visita, se vio obligado a tomar medidas extraordinarias, es decir, a descolgarse por la ventana como un acróbata de primera calidad. A la grita de los gendarmes, protestando contra tamaña profanación, salió la vaca escalera abajo y se codeó con unos cuantos transeúntes que se dieron por muertos echándose al suelo. El pánico fue indescriptible. Hubo un cierrapuertas general, y de lo alto de las casas se arrojaron contra la vaca pucheros de agua hirviendo, escobas y zorros. El animalito, cada vez más furioso, embistió a unos danzantes que volvían de un baile dominguero cantando el

Ta—ra—ra—boum de ay
Ta—ra—ra—boum de ay,

y de milagro no mató a ninguno. A las cinco de la tarde toda paz era Ocourt. El bicho había establecido sus reales en la plaza de la villa, inaugurando —en plena República— el reinado de la vaca regente. ¿Qué hacer? El prefecto, que suele tener ideas, recordó que vivía en un rincón del pueblo un zapatero español, llegado recientemente, y le ordenó y mandó que escabechara al bicho.

La decoración varió entonces como por arte de encantamiento. En los balcones y ventanas exhibiéronse las mozas crúas del pueblo, gritando ¡Jole! ¡Jole! y el prefecto, con todos sus adláteres, tomó asiento en el palco presidencial, ¿sea en el balcón de la prefectura, y soltó un brindis.

El zapatero, que no sabe el idioma, deseando entenderse con la vaca la llamaba ¡Vaquí! ¡Vaquí! y lesna en ristre se fue a ella y la despachó de un mete y saca, como de zapatero de viejo.

Palmas, joles, joles, y

Ta—ra—ra —boum de ay!

Un periódico parisiense anuncia que Lagartijo ha sacrificado su coleta —la cual ¡atención! le bajaba de la nuca por toda la espalda— en aras de la salud pública, para que Dios se apiade de España, en donde «reina un cólera atroz».

Sería de sentir que Lagartijo hubiera sacrificado tan hermosa mata de pelo, porque el maestro puede ser útil a míster Gladstone si le ataca otra vaca en Hawarden. El telégrafo habrá anunciado a ustedes que el ilustre estadista estuvo a punto de morir del revolcón. Pero la culpa no fue de la vaca, sino de Mr. Gladstone, que «después de admirarla,» le hizo señas con un bastón.

Vamos, que quiso torear, y le ocurrió lo que le ocurriría a Lagartijo si se arrancara con un discurso sobre el home rule…

El señor Marqués

Tenía treinta y cuatro años de edad; madre y hermana que le adoraban y que han marcado con lágrimas el camino del entierro; brillantísimo porvenir en el ejército, que le enseñaba orgullosamente como diciendo: «Este es uno». Merecía morir por la revanche, luchando en pro de la gran aspiración nacional, a la cabeza de sus soldados en la frontera alemana; —y atravesado con arte por la espada de un duelista en estrecha sala de la Grande—Jatte, duerme el sueño de los que, como el periodista Massas, en 1882, y el pintor Dupuis, en 1888, se sacrificaron en aras de los humanos respetos de un público hipócrita…

La lucha duró escasamente tres segundos. El joven Mayer era muy valeroso; pero no se había batido y no conocía el manejo de la espada de combate. Se tiró a fondo… «Gracias a mi práctica en el terreno —escribe hoy el marqués de Morés— descubrí la táctica de mi adversario. Seguro de la estocada que iba a darle, yo le tiré, sin extenderme, un golpe, cuyas consecuencias han sido fatales… Lo declaro muy alto: contemplé a Mayer y moderé el ímpetu de mi espada. Al sentir que había penetrado el hierro lo detuve inmediatamente. Si no lo hubiera hecho, habría pasado de parte a parte al capitán Mayer. Yo siento mucho esta desgracia.»

Se moría. En el abatimiento de su semblante, en la tristeza de sus ojos, en el acento de su voz que caía como una arista rota, comprendí al punto —dice uno de los testigos— que la vida huía de aquel hombre que fue mi compañero.

El marqués de Morés se acercó al moribundo… te estrechó la mano… «Capitán, yo espero que eso no será cosa de cuidado.»

La espada, que le había atravesado el pulmón se detuvo en la columna vertebral… La detuvo el marqués, puesto que, no olvidarlo, él no quiso atravesar de parte a parte… Fue acto de caridad y prueba de culto a las buenas formas; porque, en Fin, una espada no debe ser un asador, ni un caballero merece ser tratado como un cochinillo.

El marqués de Morés ha luchado… Estuvo trabajando en América. La labor no era propia de su elevada alcurnia, ni de su afición a las armas de la andante caballería. Todo un príncipe Krapotkine es cochero en Moscou. Todo un príncipe Soltikoff es carnicero en Petersburgo. Las princesas Galitzin y Dolgourouki cantan y bailan en conciertos públicos. El señor marqués de Morés se dedicó en Chicago al comercio de la carne de buey. Vencido por los comerciantes de aquella plaza, el señor marqués fue a la India; de la India pasó a Tonkín, y de regreso en Europa, derrotado y maltrecho, el señor marqués, que injuriaba y provocaba diariamente medio mundo, en artículos y folletos como el titulado Rotschild, Ravachol et C.ª, deplora hoy, según dice, la desgracia de haber matado al capitán Mayer, introduciéndole veinticinco centímetros de una de las espadas, de más de 100 gramos de peso, que usaba en sus ejercicios de la sala de armas…

Comprendo la pesadumbre del señor marqués. El capitán Mayer no tuvo parte en la infracción que cometiera el Sr. Cremicux—Foa; el capitán Mayer tenía imposibilitado el brazo derecho; el capitán Mayer dijo, presintiendo su fin, horas antes del duelo: «Esto terminará mal para mí… lo sé… » Comprendo la tristeza del señor marqués. ¡Me explico que palideciera cuando le dijo el presidente: El desgraciado capitán dejó caer la espada! Usted se le acercó mientras le sostenían; le tendió usted la mano, y el moribundo se la estrechó lealmente. (Sensación.)

Y después, el mismo presidente «El ministerio público dirá que usted quería el cadáver de un judío.»

¡Qué lástima, pensaría el señor marqués —cuya sincera pesadumbre soy el primero en reconocer— qué lástima que no hubiera podido, yo permanecer en Chicago dedicado al negocio de la carne de buey! Porque si aquel oficio no era propio de infanzones de pro, no resulta menos triste el oficio de matador de judíos.

Si no fueran nobles los sentimientos del señor marqués, el señor marqués podría estar satisfecho. Los más de los periódicos de hoy le describen físicamente: alto, fornido, «todo un buen mozo que lleva con cierta truhanería un bigote sedoso» La Libre Parole ha hecho más por el busto del señor marqués: le ha grabado en la primera plana. Muy parecido —observan los que le conocen— aunque un poco poetizado.

Algunas demi mondaines sonríen al ver el retrato, y exclaman cuchicheando: «—¡Su cabeza es hermosa… !» Si el señor marqués no estuviera quitado de ruidos, podría hacer algunas conquistas. Pero después de matar a un hombre, y de vender carne de buey en Chicago, el señor marqués no estará para nada.

Hay que tener lástima al señor marqués. Su apoteosis es fúnebre. Su paseo triunfal va a parar al cementerio, llevando en ristre un ensangrentado espadón de la Edad Media… ¡Pobre!… ¡Pobre!…

Ante la conciencia racional, el muerto no es Mayer, el muerto es el señor marqués… ¡Paz a sus restos!

Interview con Norton

En esta transformación de la tragedia más terrible a la comedia más baja y repugnante —como ha dicho lord Rosebery —o en este petit roman, según ha llamado sir Thomas Lister a la aventura política que acaba de correr la Cámara francesa, se le asigna un papel trágico—cómico al negro Alfredo Norton.

No he venido al mundo con la noble misión de defender hotentotes: pero, acostumbrado a ver en todas partes que el negro paga los vidrios rotos, no puedo menos de decir que Alfredo Norton no me parece tan fiero como lo pintan.

Como negro, es subido de color. La prensa no le ha descripto físicamente, porque… ¡vaya usted a describir un negro! Es un ejemplar, como otro cualquiera, como todos los negros, cuya cara no refleja emoción alguna. La edad no podría averiguarla el mismo Vargas, aunque anda por «aquellas apartadas regiones».

Cuando llegué a la casa número 89, de la calle Reuilly, domicilio de Norton, éste echaba la siesta en la hamaca.

Se sorprendió satisfactoriamente al oír que yo también soy de allá. Es muy posible que se hiciera la ilusión de que tengo algo de hotentote.

En seguida me dijo:

—Siéntese, y tome café.

¡Ah, diablo!… Recordé el tradicional bojío, donde se puede tomar impunemente el café prieto, sorbo a sorbo, sin oír hablar de Clemenceau, ni de nadie, sumergido el espíritu en el gran letargo de la Naturaleza.

Es un negro catedrático, es decir, inteligente e ilustrado. Habla mucho, bien, y en varios idiomas. Fuerza será confesar, si resulta falsificador, que es más listo que los diputados franceses, puesto que, en tal caso, les engañó como si fuesen chinos… Pero Norton dijo anoche al juez Athalin:

—¡Miradme frente a frente, y decid si tengo yo cara de falsificador!

No tenía cara de nada. Su fisonomía es una mancha.

—¿Hace mucho tiempo que vive usted en París?

—No. Primero estuve en Marsella. Fui allí… cuanto hay que ser, desde tocador de güiro y vendedor de bateas de durse de coco, hasta fundador de una casa de comercio, que trabajó con escasa fortuna, y que quebró al fin, por lo cual intervino la justicia y como hacía falta meter alguno en la cárcel…

—Le metieron a usted.

—Sí, señor; porque «ellos son brancos y se entienden». ¡Ay mi Dios, quién fuera branco, aunque fuera Clemenceau!… En aquel lance perdí el dinero y la libertad. Luego vine a Paris, de agente de negocios; me casé…

—¿Contra quién?

—Ahí la tiene usted…

Buena francesa; blanca, rubia. A la vera de Norton, parecía un ramo de azahar sobre el cual trepara una cucaracha.

—Y usted, compadre Norton, ¿podría hacerme el favor de decirme qué pinta en las cuestiones internacionales con Egipto, Inglaterra, Servia, el principado de Mónaco, el Polo Norte, etcétera.

—Pinto, y no pinto. Fui yo quien dio los documentos; no por vengarme de Inglaterra, ni por armar camorra, sino porque se me habló de comprármelos, y yo los vendí…

—Como si fuera el durse de coco de una batea.

—Exacto.

—Pero esos papeles, ¿no son mojados?

—Le diré a usted. Secos y buenos los di yo. Si alguien los mojó, ¿los maleó, porque convino a su obra de destrucción política, ¿qué tiene que hacer en eso el negro Norton? Yo no puedo ni tengo que decir otra cosa, y no la diría aunque me tumbaran la cabeza. Negro soy, pero decente, mucho más que algunos bruncos que quieren tornarme la pasa.

Hablamos de otra cosa. Norton cantó, con acompañamiento de güiro, un tango sentimental, y leyó una poesía —escrita de su puño y letra,— alusión sangrienta, según me dijo, a Clemenceau y Derouléde, la cual poesía, traducida, empieza así:

Pájaro malo
y José Cabulla,
en días pasados
tuvieron bulla;
si tú no sabes
por lo que fue,
no te lo digo
ni sé por qué.
Pero es lo cierto
que ellos bullaron,
porque en Marsella
me lo contaron…
y todo fue
por la mujer
que el perro Funo
quiso… coger.

Al despedirme, me dijo cortésmente

—Cuando quiera, venga a sentarse y a tomar café.

Y pensaba yo en reincidir, pero supe que le habían metido en la cárcel.

¡Porque el caso era meter a alguien!…

No es para negros el reinado de París. Rochefort burlose de Heredia, exministro, diciendo todos los días: —Siempre que paso por la Bastilla, y veo la estatua del negro con un reloj en la barriga, no puedo menos de recordar al Sr. Heredia…

Y refiriéndose al mismo Heredia, no hace muchos días, dijo La Libre Parole: —Continúa siendo negro…

El único a la altura de la situación, es Chocolat (natural de Cárdenas), que hizo el rey en el Noveau Cirque, con un manto parecido a una casulla, y una corona que se le balanceaba, en la cabeza.

Fuimos en comisión, algunos amigos, a vitorear al monarca. En aquel momento bajaba una escalera.

—¡Viva Chocolat!

—¡Viva su majestad!

—¡Olé, el rey!

Y él, mirándonos tristemente:

—¡Mejó etaba yo en Cuba, cará!…

Los barbos — Se nos mueren sin remedio

El Sr. Jousset de Bellesme, director del acuario del Trocadero, nos da hoy los buenos días con una noticia horrorosa: ¡Les llegó la hora a los barbos!

Las mujeres de Abisinia pasan las noches en vela, según refiere, un corresponsal del Temps, vestidas con sudarios y dando gritos horribles cuando muere un colérico. No se puede dormir en el pueblo.

Ni en las riberas del Sena. Los pescadores, inconsolables, lloran sobre los difuntos. ¡Pobres barbos! ¡tan jóvenes y ya tan desgraciados! En los albores de la vida, cuando prometen mucho bueno y son legítima esperanza de los gastrónomos, bajan los barbos a la tumba, prematura e inmerecida. —Como bajar, no bajan; se dejan llevar, con el vientre al aire, por la corriente del Sena.

¿De qué y por qué mueren? Ya lo dice el señor Bellesme: porque les entran microbios, como si los barbos fueran personas. Es un microbio miserable y contrahecho —algo así como un Meunier— pero más malo que la peste. En cuanto acierta a ver un barbo se va derecho a él y ¡zas! se le cuela en «les humides régions». Claro que el pez se defiende, zambulléndose, pero el microbio, aunque es terrestre, se zambulle también, porque puede, como Dios, vivir en todas partes.

La microbitis produce en este caso una especie de viruela. Da pena de ver a los barbos con las caras afeadas por pústulas y manchas. Diríase, a primera vista, que están pasando el sarampión; pero observados de cerca y con detenimiento, luego se advierte que el microbio va de veras, y que no hay tal varicela, sino una manifestación de tumores «como los que tienen las personas atacadas por la peste».

Para que sea completa la semejanza, no hay remedio que valga a los barbos, como no lo tienen tampoco los más de los enfermos de la especie humana. Aquellos peces están, pues, «llamados a desaparecer», pero hay muchos en el Loire y en Holanda, según leo, para suplir la falta de los del Sena. Así como, dicen algunos indianos, que «no se puede comer sin aguacate, afirman ciertos gastrónomos que no se puede comer sin barbos.»

Y están desolados; porque ha dicho el Sr. Bellesme que hay que abstenerse de comerlos. La verdad es que va llegando la hora de la antropofagia. En cuanto asomó este año el cólera morbo, asomó también el correspondiente bando «facultativo»: ¡No comáis legumbres! ¡Cuidado con beber agua!… Una eminencia, Pasteur, aconseja que no se tome helados… El director del acuario del Trocadero prohíbe los barbos… Dios dijo «Amaos los unos a los otros»; y el médico concluirá por decir: Comeos los unos a los otros; porque de no hacerlo así perecemos como barbos.

O como generales de las Repúblicas del Sur americano, cuya eterna crisis anárquica es muy comentada en París, puesto que a ninguna nación le agrada que encarcelen a su cónsul y representante, como han encarcelado en Carúpano al vicecónsul de Francia, según telegramas del New York Herald. Los franceses andan locos pidiendo informes a los naturales de aquellas «dilatadas» regiones; pero ellos mismos no pueden darlos, siendo así que no saben más que nosotros: que si la «autocracia» triunfará; que si están en puerta los godos; que no son godos, sino amarillos; que el partido visigodo, o azul turquí, será quien tome «las riendas» del poder, y que llueven generales y candidatos a la presidencia de países que, por no tener ya qué comer, ni barbos del Sena.

—¡Hace falta allí un sargento! —grita La Liberté.

¡Qué error! Eso es lo que sobra allí…

—La disputa, —dicen los de la tierra —está entre Darío y el Chingo…

—Pero, ¿quién es el Chingo?

—¡Un general, hombre!

En Bolivia es muy grande la excitación, porque, como dice la prensa, «Pacheco se opone a Bautista «—¡Señores! ¡Que se derrame tanta sangre, y se arruinen comarcas ferocísimas, y se haga imposible la vida del hombre civilizado, todo por una disputa entre un Sr. Pacheco y un Sr. San Juan Bautista!

Si Colón y Vespucio resucitaran, se morían del susto.

A no ser que se hicieran generales o barbos en lucha con Bautista y Pacheco.

Don José

Sin llegar a decir de las costumbres en España lo que dice el exministro Estévanez en un folleto de publicación reciente, puede y debe decirse que ni hay en España costumbres periodísticas, y, si las hay, no son ciertamente las mejores.

Así como en las casas de huéspedes de Madrid no falta nunca un señor —que generalmente se llama D. José —presidente vitalicio de la mesa, con derecho a calarse el felpudo gorro mientras están descubiertos los demás comensales, fiscal de cuanto ocurre en la casa, y sin cuyo voto nadie se atreve a mover un cubierto del aparador, así en las redacciones de nuestros periódicos jamás falta el indispensable D. José, que lo mismo sirve para un barrido que para un fregado —aunque en realidad no sirve de nada— y que puede decir con justicia: —¡El periódico soy yo!…

Este D. José, que, convencido de su nulidad, quiere, él solito, campar en la publicación, es el que declara a la chita callando, embozado hasta los ojos en la prehistórica capa, la guerra del silencio, género de guerra que, por pequeño, está mandado recoger en todas partes.

Sin semejante guerra a la sordina no hubiera tenido yo que presentar en Madrid al literato y sabio español E. Zerolo, erudito de tomo y lomo, perteneciente a la Sociedad geográfica de París y a la real Sociedad belga de geografía. Es claro que conocen y estiman a Zerolo un Menéndez Pelayo y un Eduardo Benot; pero es claro también que esos y otros señores no constituyen, con todo de valer tanto, la publicidad, la circulación de un escritor español que vive, hace ya muchos años, en el extranjero.

¿No publica libros Zerolo? Sí los publica. ¿No los remite a las redacciones de los periódicos de Madrid? Sí los remite. Pero… allí está D. José, que no permite que se elogie, ni siquiera se cite, a quien vale más que él. Sólo así se explica que periódicos de gran circulación, que tocan a rebato la campana del bombo con llamar distinguidos, ilustrados y eminentes a unos Fulanos que son sencillamente unos viveurs literarios, no digan palabra de un Zerolo, de quien ha dicho Elíseo Reclus: «El Sr. Zerolo me ha enseñado muchas cosas.» Sí que sabe muchas cosas E. Zerolo; pero… no ha sabido dar un bombo a D. José.

Zerolo tiene otro inconveniente, Zerolo es, como verdadero sabio, retraído y modesto. No alterna. Como no tomó ningún cheque de Panamá, trabaja sin tregua desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, Y después de comer, en vez de ir al Grand Café, a chismorrear de las cosas de España, o al Café Madrid, a ver alguna que otra andaluza trasnochada, Zerolo se encierra en su casita del boulevard Montparnasse, y dedica varias horas a los trabajos científicos y literarios. Es lástima. Porque sería más conocido si cultivara menos a Shakespeare y cultivara algo a Chequespeare; bien que no habría podido, en tal caso, hacer folletos tan notables como el titulado La lengua, la academia y los académicos, ni prólogos como el que ha puesto a las poesías líricas de Heredia. Este prólogo, que no se conoce en España, es un verdadero libro, lo mejor y más completo que se ha escrito acerca del poeta cubano.

Hay en París un mundo de españoles de mérito, ignorados en la patria, porque no van al Ateneo, ni comen cocido, ni se cascan liendres en la Puerta del Sol; españoles que viven, según la frase de Pasteur, en la paz de las bibliotecas y laboratorios.

Su único crimen… ya he dicho en qué consiste. No conocen a D. José, y, si le conocen, no quieren adularle.

Exploraciones

Los negritos que llegaron a París en un cajón, facturados como mercancías, alcanzaron gran notoriedad; pero puede más que ellos la señorita S'Nabou, otra negrita de buen ver, princesa ella, que ha venido con Mr. Mizon, explorador francés.

Los periódicos están locos con esta negrita interesante. La dedican artículos de fondo, crónicas, sueltos, columnas enteras. ¡Diríase que viene de matar en duelo a Mr. Mizon!

¿Qué ha hecho, pues, esta insigne negrita para distinguirse así de las demás, oriundas de las Antillas francesas, que pasean el boulevard sin que nadie les haga caso, con los morros fruncidos, como si hubieran comido caimito, por el frío que experimentan en una temperatura de 28 grados sobre 0?

Lo primero que hizo mademoiselle fue… nacer princesa. Su papá es el rey, o punto menos, de una ciudad que se llama Igbobé. La negrita no es Iboba, sin embargo; quería correr una juerga en París y se agarró al primer viajero en aquellas «apartadas regiones».

El cual resultó ser un Sr. Mizon, atrevido explorador y buena persona. ¿Cómo había de negar la blanca mano a la virgen nubia de trece años de edad que, según dicen los periódicos, es bonita (aunque negra) y princesa además? Aceptó, pues, el atrevido pensamiento. Un explorador inglés habría hecho valer su influencia en la corte de Igbobé para copiar del natural una escena canibalesca, o de antropofagia. Pero el Sr. Mizon, como buen parisiense, tomó la negrita por lo serio. ¿Demoiselle y princesa, aunque bituminosa? Hay que inclinarse…

Pero la exploración no era tan fácil como parecía a primera vista. Hacía falta tramitarla, formar expediente, reunir en pleno el Consejo municipal, ante el cual comparecieron la doncella y el caballero.

—¿Es cierto —dice el rey dirigiéndose a su hija— que quieres fugarte con este explorador?

—Sí, papá. (Llanto.)

—Grave caso… ¿Qué opina Mi consejo?

—Vuestra majestad puede permitirlo —observa el Consejo municipal.— Si el señor blanco resultara un Tenorio, la princesa no perdería mayor cosa. Recordad, excelso soberano, que habéis consentido en vuestros dilatados dominios la práctica de la poligamia.

—¡Visto! —exclama el rey; y hablando con monsieur Mizon:— ¿Quiere usted llevarse a la princesa? Si lo consiente vuestra majestad…

—Por consentido; pero a condición de que me la devuelva usted, cuando regrese, en su mismo ser y estado.

La princesa. —¡Ay qué gusto, papá!

El rey (a sus lacayos): —¡Negros indignos, arreglad las maletas de los regios viajeros!

No respondo, a título de cronista veraz, de que fueran precisamente esos los términos del diálogo, pero me los figuro; porque también estuve en África, aunque no exploro. De lo que sí doy fe es de que la negrita está, como dice la prensa de hoy, en train de devenir une célébrité parisienne. A falta de princesas blancas, buenas son negritas.

Vestida elegantemente, con la indispensable blusa rusa que le está a maravilla —porque no tiene rival el regazo de la mujer de África— y aplaudida por inteligente, graciosa, encantadora, distinguida, etcétera, etcétera, mademoiselle «hará su camino» y el Sr. Mizon está fresco, quiero decir, que con razón afirman los periódicos que tiene une grosse responsabilité. Tanta; ¡tendría que ver que el caballero regresara a Igbobé con media docena de mulatitos!

En cuanto a que mademoiselle es bonita, que me perdone la crónica parisiense. A mí me ha parecido una negrita bembúa, «como otras muchas que a la par se ignoran… »

Dahomey es una tumba anónima, y París ve con disgusto esa tumba. Buena parte de la prensa protesta contra esa campaña; la pluma volteriana no se atreve a decir que aquellos indígenas son unos monos sin rabos, que se fueron al monte por no pagar contribución; el lápiz no dibuja fácilmente al gran Dodds, fiera la mirada, agarrando del cuello a un negrito en cueros, que es Behanzin con sombrero de jipijapa. Porque son muchos los soldados que van a Dahomey; pero son pocos los que pueden contarlo, y los hay, entre los que regresan, que se mueren aquí del susto de haber estado en aquellas tierras.

De ellas ha vuelto el general Dodds en traje de vainqueur; y… la república, salida de madre, se tima bonitamente con el general.

¿Por qué? Porque los pueblos, como las mujeres livianas, necesitan y piden quien les siente la mano, y si Dodds no lo hace, como no lo hizo Boulanger, será sencillamente porque no quiere.

En tiempos de revuelta española, dijo alguien a D. Nicolás Estévanez: —Hace falta aquí un dictador. ¿Quiere usted serlo?

—No; porque soy sinceramente republicano.

¿Contestaría lo mismo el general Dodds? Pienso que no; y aunque me equivocara, que sí puedo equivocarme, porque no soy León XIII, no sería menos cierto que Francia pide un Dodds con mucha necesidad, y que París, la gran cocotte, se peina hace tiempo para Dodds, aunque éste no llega a la talla de un Martínez Campos de Dahomey. Ese frenesí popular no prueba más que una cosa: que Francia suspira por el verdadero vencedor que la vengue de los pasados ultrajes…

No es decir que Dodds sea tonto; pero, por Dios, no es para tanto.

Está la prensa asustada con «los recuerdos de la dura campaña».

Los cuales son, según ha dicho Le Matin, «unos bastones con dioses de Dahomey esculpidos artísticamente».

Y advierte con énfasis el mismo periódico; «… y un soldado de infantería trae entre los brazos un mono».

No, que había de traerlo entre las narices.

Ya es labor el traer un mono de Dahomey, pero un mono no prueba la rudeza de una campaña, o yo estoy loco.

Después de todo, los bastones y los monos podrían pasar; pero…

«… el soldado Appercé —añade Le Matin,— enseñaba con el dedo (dispensando el modo de enseñar) la ciudad de Marsella a una joven negrita, regalo de nuestro aliado, el rey Toffa, al general Dodds.»

Esa, la negrita regalada de propina, esa sí que no cuela.

La cual negrita «tiene catorce años, se llamaba Vomí Tando, pero el general la bautizó con el poético nombre de Mamí.»

¿Ma… qué? ¡Me escamo! ¿Y por qué ha de ser Mamí más poético que Vomí?

Mamí, Vomí Tando, o como quiera llamársela, «estaba (sigue Le Matin) en cueros, cuando iba a embarcarse; pero las religiosas le hicieron una bata de seda azul, flotante, que le está muy bien. «Sí, lo que es el azul, máxime si es flotante, se combina bien con el negro.

¡Oh prensa parisiense! ¡Oh negrita desgraciada! Ya están acabando con ella. Al verla en Marsella, preguntaron las señoras:

—¿Pica?… ¿Pica?…

Yo no lo sé; lo que sí sé es que el general Dodds, volviendo de allá como un explorador, me ha quitado la ilusión. Porque ahora, siempre que tenga que hablar del general, me acordaré primero de la negrita…

Las exploraciones más o menos pacíficas, terminan, por fuerza, con la adquisición de una negrita, obligado gaje del oficio de explorador. Cuando estuve, —no en calidad de explorador, sino a título de persona,— a ver al Sultán de Tánger (o a que el Sultán de Tánger me viera a mí) recuerdo que me dijo aquel salvaje:

—Le regalo a usted esta negrita. ¡Llévesela usted!

A lo que contesté, después de examinarla al microscopio, sumamente indignado.

—¡Guarde usted eso, Sultán!

Rescriptos

Son rescriptos de origen divino. Por el primero se hace saber al gobierno de Alsacia—Lorena, para que el gobierno entere a los vasallos, malandrines y demás follones, que se revocan las maniobras en Lorena, «porque el emperador, animado de sentimientos paternales por su pueblo, quiere evitar que afluya a un solo punto la multitud patriótica, con riesgo de la salud del pueblo». La cual orden, desbrozada del estilo pérfido en que se explican los señores de origen divino, quiere decir que el emperador tiene miedo al microbio, como lo prueba el hecho de haber ordenado la desinfección de la vajilla imperial, que fue enviada, para el servicio de S. M., al Casino militar de Metz.

Segundo rescripto. En cumplimiento de órdenes terminantes del emperador —participa la Norddeutsche— el gran mariscal de la corte ha dispuesto que esté en pie de día y de noche la segunda batería de artilleros de la guardia imperial, pronta a anunciar, con las salvas de ordenanza, el nacimiento del séptimo hijo de su majestad. Un aparato telegráfico, en comunicación con el cuarto de la parturienta, transmitirá al coronel de la guardia, en el instante mismo del suceso, la noticia de haber alumbrado la emperatriz. El primer cañonazo coincidirá con el primer grito que dé la criatura.

¡Qué precisión! ¡Qué disciplina! ¡Eso es lo que se llama llevar las grandes maniobras imperiales a la alcoba nupcial!…

Nuevos imperios, nuevos tratados de obstetricia imperial a la emperatriz se la obliga a parir a cañonazo limpio. ¡Pobre señora! ¡Amenazada de ver partir a su primogénito con rumbo a las regiones polares, y de ver al último de sus chiquitines atacado de alferecía a causa de un bombardeo prematuro!

Decididamente, la civilización está en mantillas.

Y el emperador Guillermo está chiflado. A mí no me digan. Si a uno de ustedes, lectores, se le ocurriera la idea de enviar al polo un hijo chiquitín, cañonear a otro hijo, recién nacido, con un Krupli colocado frente a la habitación en donde pare la mamá, a mí no me digan, le llevaban a usted al manicomio de Leganés los vecinos del barrio.

Lo grave de esa monomanía militar es que expresa un sentido contrario al que informó la guerra de Alemania contra el emperador Napoleón, no contra Francia. «La victoria de Sedan —dice el periódico Vorwoerts, órgano de una bandería socialista de Alemania —fue el término natural de la espantosa y fratricida guerra que hizo presa en dos de las más grandes y cultas naciones de Europa, y era de esperar, después de la caída del imperio francés, una era de felicidad para los pueblos. Los acontecimientos tomaron un rumbo distinto. No guían al gobierno alemán la libertad y la paz; le guía la fuerza. Prisionero Napoleón y derrocado el imperio, continuó el combate. Su fin oculto era la conquista de Alsacia Lorena. La guerra contra el emperador se transformó en guerra contra el pueblo francés.

«De Sedán a París duró la lucha dos veces más que de la frontera a Sedán. La victoria que se obtuvo en aquel espantoso matadero no fue símbolo de paz para Alemania y el mundo, sino constante peligro de guerra. El Moloch del militarismo tomó formas gigantescas. De manera que Sedán inauguró para nosotros, los alemanes, no un período de bienestar, sino de esclavitud; excepciones humillantes, exclusivismos odiosos, empobrecimientos, tiranías, explotaciones y corrupciones. Sedán produjo a Bismarck. Para limpiar la basura de ese escombro, hace falta una generación. Celebren otros el aniversario de Sedán. Nosotros, alemanes también, no lo festejamos… »

Un inmenso aplauso de la prensa de París ha saludado las declaraciones del Vorwoerts. Son humanas, patrióticas y justas. Sobre la cúpula del edificio que levantara el rey Guillermo, no flota, no, la hermosa bandera que corona la cima de aquellas obras que tuvieron acabamiento sin llanto y sin sangre. En lo alto del moderno imperio alemán se vislumbra una bandera de muerte.

Es un error —he dicho en otra ocasión— confundir a los alemanes con el país de idólatras fundado en el siglo XII por los cruzados del Orden Tentónico. Los prusianos no son verdaderamente alemanes, ni querrían serlo, si no les conviniera. Mientras Alemania se enorgullece con Leibnitz, Hegel, Kant, Krause, Goethe, Meyerbeer, Schiller, etc., soldados vencedores en los campos de la ciencia y el arte, Prusia se entusiasma con los vencedores en Lowositz, Rosbach y Kunersdorf, con el obligado acompañamiento de gigantones que creó el rey Sargento; y en tanto que Alemania enseña con orgullo las heridas que le infirió en el pensamiento la Revolución francesa, Prusia venga agravios en nombre de los gigantones derrotados en Friedland y Jena, uncidos, con Federico Guillermo de arriero, al carro triunfal de un Bonaparte, y escoltados por hermosas rubias que humedecieron a Berlín con el Champagne del espíritu francés, que les infiltraron los borrachos de la guardia imperial… Y luego, a guisa de represalias, tropas prusianas son las que, de resultas de las conferencias de Pilnitz, se internan en Francia; tropas prusianas las que deciden el gran duelo de Waterloo; tropas prusianas las que pasan debajo del Arco del Triunfo, tropezando el letrero ¡Casa de fieras! con que marcara irónicamente a los invasores el peregrino ingenio parisiense. Desde el Rhin hasta la capital de Prusia, en la superficie de las aguas del río y sobre las colinas más altas, rastreante por las llanuras, en toda la tierra germana, se destaca ensangrentada y rígida la silueta del centinela prusiano, mientras beben los buenos alemanes vino espumoso y cerveza de Baviera.

No me extraña, pues, la protesta del periódico Vorwoerts. Porque no se alza sobre los muros de Sedán el trovador tudesco que canta a paz. Se alza Bismarck con su armadura férrea, y su enorme casco de punta acerada, mirando fieramente hacia París.

La moda

Mientras llega el cólera vuelve a discutirse la eficacia de las inyecciones del doctor Haffine. El doctor dice que está seguro del resultado, porque ha hecho experimentos en cochinillos de la India. Pero un cochinillo, aunque sea de la India, no es generalmente una persona. La primera ejecución por la electricidad se creyó que sería instantánea, porque en Nueva York se había hecho el experimento en una vaca. Pero un hombre no es generalmente una vaca, y el reo pasó la pena negra antes de pasar a «mejor vida». Sin embargo, según Haffine, todo es cochinillo. Puede que lleve razón.

Como no es cosa de pasarse la vida filosofando sobre las inyecciones, el público acudió a divertirse en el salón de pinturas, cuya mayoría es un verdadero paso de risa. Claro que no falta algún que otro cuadro, como el de Robey de mérito excepcional, revelador, y una docena de pinturas excelentes; pero dada la barbaridad numérica de los cuadros expuestos, resulta que la Exposición no merece bien del arte. El público, por supuesto se divierte atrozmente, porque lo que menos le preocupa es el arte, y lo que le absorbe por completo es el lujo de los trajes femeninos y masculinos.

En una correría por una población remota, observé cierta noche, en la plaza de la villa, que unos señores, sentados en un banco debajo de frondoso árbol, prorrumpían en gritos y alaridos semejantes a los de los animales. Cuál de ellos imitaba al carnero, cuál otro al perro; éste bufaba como un toro, y aquél, después de darse unas palmaditas en el pecho, remedando el aleteo del gallo, exhalaba un agudo quiquiri—qui; y todos, eso sí, muy serios, graves y circunspectos.

Es claro que yo supuse que tal escena era cosa desusada, tal vez una broma, acaso un rapto del cura; y como conviene, al llegar a una población que no se conoce, enterarse de la clase y condición de las bestias y personas con quienes se ha de vivir en forzoso trato, reincidí en el paseo nocturno, y cuantas veces pasé por la plaza oí los mismos ladridos y rebuznos, iguales bufidos y quiquiriquís. Esa menagerie suelta —observé al dueño del hotel en que yo paraba,— será cosa accidental, con motivo de alguna fiesta, y compuesta, sin duda, por personas de baja estofa.

—No tal, me contestó tranquilamente. Todas son personas principales, lo mejorcito del pueblo. Mire usted: el que hace el borrico es un abogado, que fue dos veces diputado a Cortes; el que ladra como un perro rabioso no se dejaría ahorcar por un millón de duros; y el gallo es nada menos que el señor cura.

Creo desde entonces que son muchas las personas inferiores a las bestias; muchas más las que tienden irresistiblemente a rivalizar con los animales; y si, me quedara aún alguna duda, bastaría a disipármela la nueva moda del año 30, reformada.

La inclinación natural, intuitiva, de imitar a las bestias, ha adquirido todo su desarrollo con el gabán de pieles, que es el desideratum de las personas de viso; tanto, que algunas tienen como punto de partida de tal o cual hecho, al hacer tal o cual relato, la adquisición de dicha prenda.

He oído decir:

«Cuando murió mi madre, que fue por el mismo, tiempo que me compré el gabán de pieles, tuve que ir al pueblo para arreglar unos asuntillos.»

O bien:

«Eso pasó… dirá a usted, eso pasó en marzo… ¿En marzo? No, a principios de abril, porque recuerdo que fue para entonces que me compré el gabán de pieles.»

Si el gabán es bueno, y por lo tanto costoso, la metamorfosis animal no es tan grande; pero si el gabán es de poco más o menos, o de medio pelo, quien le lleva puede tener la satisfacción de que le confundan fácilmente con un búfalo, cuando no con un perro.

En este invierno, excepcionalmente cruo, apenas se distinguen las personas de las bestias. Hay que ver los vecinos pobres de los barrios extremos de París; hay que verles pasar de prisa y corriendo, cubiertos con pieles enteras de ciervos, corderos, perros de Terranova, deteniéndose a veces, en medio de un polvillo de ventisca, para que les acaricie la lengua de fuego de un brasero al aire libre. Pero no hay que ir a los boulevards exteriores; en pleno gran boulevard de la Magdalena encontré anoche a una señora, respetabilísima y distinguida, muy amiga mía, que me pareció de lejos una vaca.

Y es que, como dice el doctor Haffine, todo es cochinillo…

En Madrid están sumamente preocupados con las boas erizadas que les llevan de París a las señoras madrileñas, y que le dan un susto a cualquiera. Al volver de una esquina se encuentra usted una mujer pequeña, fea y sumergida en una de esas boas con plumas de gallos o rabos de monos, y lo menos que se figura usted es que se le viene encima un perro de lanas extraordinario o un salvaje de las Pampas.

Nos civilizamos. Las comidas de nuestros principales restaurants parecen perfumes; las salsas saben a cosmético; los panecillos tienen forma de confites. Hay trajes femeninos tan vaporosos y pintarrajeados que semejan ropajes de guacamayos; batas de plumas de colibrí; abrigos de zorra… ; y los españoles a la moda parecen cochinillos de la India en actitud de recibir las inyecciones Haffine.

Pero lo más gentil y bien élevé en París, sépanlo las madrileñas, es llevar, a guisa de pulsera, un lagarto, de goma; lagarto símbolo de los que gastaban algunas viejas cocottes de la novela Sapho… ¡y da mucho gusto el ver a las damas meneando el lagarto!

Nadie teme al otro lagarto, vencedor en Lowositz, Roshach, Kunersdorf, Sadowa, Gravelotte, París… lagarto monstruoso, con casco de hulano y botas de montar, que pasó escupiendo baba por debajo del Arco de Triunfo…

Edouard Drumont

Los voceadores de la prensa lo gritan a mandíbula desquijarada mañana y tarde: —¡La Libre Parole, par Edouard Drumont! enseñando al mismo tiempo la primera plana donde se ha marcado con lápiz azul el artículo de Edouard Drumont.

No hay en París periódico más voceado que La Libre Parole. No hay nombre que suene más, de uno a otro confín de la ciudad, que el de Edouard Drumont. La Libre Parole es una bandera de exterminio. Edouard Drumont es un nombre de guerra.

Polemista ardiente, procaz, intencionado, astuto, tenaz —tenaz sobre todo— defensor antaño de los judíos, paladín novísimo de una especie de «guerra santa» contra la raza israelita, su fisonomía política es odiosa, porque sí, porque fue siempre ingrato, en el escenario político, el papel de resucitador de añejas instituciones y adormecidos rencores. Perseguir y matar judíos, como si fueran pájaros a pedradas, ¿en nombre de quién? ¡del Dios que les hizo execrables por recibir de sus manos la persecución y la muerte!… La grita de los judíos continuó como si tal cosa después de la crucifixión del Nazareno; el vocerío de La Libre Parole no se detuvo ante la fosa de Mayer… Al saber la noticia lloró Drumont como un hombre. Al día siguiente de la muerte volvió a gritar como un Pilatos.

Muy atrevido. Muy hábil. Se defiende hoy de haber difamado, «por dar a su artículo un toque de esprit.» Con el pretexto de que las prendas de los reyes son reliquias que no deben estar en manos de un Rothschild, defiende otro día, de un modo indirecto, el saqueo de los judíos. Hace hoy la semblanza de Voltaire con decir que fue un gran bribón «a quien no se puede negar cierto ingenio», y se atreve en seguida a defender la Inquisición, «que aseguró la grandeza y la independencia de España.» No se recata para decir que la Inquisición es el programa de su partido. «Si subimos, estableceremos un tribunal, que será exclusivamente laico, pero se asemejará mucho a la Inquisición española.»

¿En París y a fines del siglo? Drumont comprende que la frase amedrenta a los hombres civilizados. Pero… «sucederá con esta palabra —dice el polemista— lo mismo que con el calzado nuevo: hace daño al principio de llevarse, pero pronto se acostumbra uno a él.»

Increíble. ¡a la manera de Deibler, que se pasea por Valence, Montbrison, Caen, etcétera, con una guillotina ensangrentada, Drumont aspira a pasearse por París con un tribunal de la Inquisición!…

Cada uno de los artículos del batallador periodista tiene un pensamiento, una frase, una palabra, una chispa, en fin, que hiere y conmueve a sus adversarios. Cierran todos contra él y forman un nublado tempestuoso, que rompe furiosamente en sátiras e invectivas sobre la redacción de La Libre Parole. Cuando la tormenta se deshace y pasa, Drumont vuelve a sacar las uñas. Acaso le envanezca y fortifique la misma hostilidad de sus contrincantes; porque si no tuviera mucho talento, no concitaría tamañas explosiones de aceradas diatribas, algunas de las cuales tienen la agrura de la injusticia y la ponzoña de la calumnia. Si no tenéis enemigos —decía Ventura de la Vega— es prueba de que no servís para nada.

Los imbéciles pasan por el mundo como los topos por el campo.

Personalmente, Edouard Drumont es repulsivo. Su fisonomía hirsuta, grotesca y enmarañada, parece una careta, amasada con todos los defectos físicos de la raza israelita, con dos grandes cristales que tapan unos ojos de serpiente afligida.

Pero, en fin, el hombre y el periodista, mientras más feo más hermoso.

El centenario

En fin, con decir que presenciaron el desfile de los dos cortejos históricos un millón ochocientas mil personas, puede formarse idea, aunque aproximada, de lo que fue la fiesta de ayer. Cien mil espectadores había en la plaza de la Concordia. La multitud, que lo invadía todo, respetó el dolor de la estatua de Estrasburgo. No hizo falta que nadie la defendiera, porque ningún francés fue osado a profanar la inviolabilidad de aquel símbolo de un fragmento de la patria sangrienta. Sola, aislada, entre crespones y coronas fúnebres, contrastaba la estatua en aquella orgía de audaces regocijos. La multitud alardeó de circunspecta y respetuosa. No quiso manifestarse hostil a la Libre Parole, aunque este periódico protestó contra la celebración de la fiesta; no quisa tampoco responder al meeting proyectado en Saint—Ouen por los anarquistas. Derrochó, eso sí, el humor que le distingue tanto, a costa de las tres mil personas que formaron las comparsas: rió mucho cuando Voltaire y Rousseau fueron llamados a ocupar los asientos respectivos, y al oír decir a Montesquieu que llevaba zapatos Carlos IX porque le dolían mucho los callos. Un granuja hizo al autor del Espíritu de las leyes muecas horribles, que no lograron sacarle de su seriedad. Una chulilla, que también las hay en París, dijo al ver a Lafayette ¡Si se parece a mi suegro!

Un entusiasta por la Rosina del Barbero de Sevilla —la cual Rosina era una española de primera caliá— le gritó al paso: —¡Te comía!… Y la lindísima rubia Celestina Girard, que llevaba la palma en la cima del carro de la Concordia y de la Paz, recibió una ovación de besos a honesta distancia.

No hubo más, y los atentados del monstruo, como llaman los monárquicos a la plebe, se limitaron a protestas contra una señora aristocrática y perfumada (hasta cierto punto), que colocada detrás de una reja insultaba a los que la quitaban la perspectiva. —¡Bien estás enjaulada! —respondían los aludidos. ¡Hidrófoba! ¡Anda que te den morcilla!…

Los más sedientos de fiesta revolucionaria se dispersaron al caer de la tarde, entre los acordes de la Marsellesa, que iban poco a poco apagándose muriendo después de haber despertado y enardecido el gigantesco organismo de la metrópoli republicana.

El cuerpo diplomático no asistió al Panteón; y las embajadas, exceptuando las de Inglaterra e Italia, se abstuvieron de iluminar sus casas. La española se significó con dejar a obscuras los dos mecheros de gas que alumbran de ordinario las puertas cocheras. Hay que dispensar a la embajada, porque está haciendo economías de petroleo y velas de sebo; pero el señor duque de Mandas que, como diplomático, no tiene otro prestigio que perder, está en el caso de conservar el prestigio de los faroles… y no puede salir de su casa diciendo al criado: apaga y vámonos.

La monárquica Inglaterra iluminó brillantemente su residencia en París. Ha cumplido una vez más su añeja teoría de respetarse a sí misma y respetar a los demás. Pall Mall Gazette dice a este propósito: —«Felicitamos a Francia porque tiene hoy, después de tantas dificultades, el gobierno republicano más serio que ha habido en Europa. Nosotros, los ingleses, no hemos hecho todavía la justicia que merece al pueblo francés, por el valor extraordinario con que ha sacudido los desastres de 1870 y 71 y por la energía con que ha rehabilitado la nación. Esta es la página más gloriosa de la historia contemporánea.»

Se significaron igualmente por la abstención la aristocracia del faubourg Saint—Germain y el clero, que ha conculcado la ley con el hecho de no poner banderas ni iluminaciones para celebrar una fiesta nacional; ese clero que recibe severas censuras del cardenal Richard, porque «pululan» los sacerdotes que ahorcan los hábitos por casarse con las feligresas, como lo han hecho el vicario de Saint—Ferdinand des Ternes, el de una importante parroquia parisiense, y el vicario de Saint—Maur, el cual se casó ha poco con una muchacha tan guapa como rica, marchándose a veranear al hotel que tiene ella en Varenne, aunque protestó la parroquia toda y el cardenal Richard quiso atajarles escribiéndole a él: «Mi querido niño… venid a verme… hablaremos.»

Marchaban, con arreglo al orden establecido, un pelotón de la guardia republicana; escolta de agentes; dragones del tiempo de Luis XV; carro de los Precursores de la Revolución, (Voltaire, Rousseau, Diderot, madame Goffrin y demás personajes), tirado por doce caballos con gualdrapas encarnadas; carro de la Marsellesa, símbolo de la Gloria que corona el busto de Rouget de Lisle, entre palmas, banderas y flores; Voluntarios de la República, que lucen tricornios de plumas rojas; Caballería de Valiny, con uniformes verdes y dormanes amarillos; carro de Chant du depart, monumento extraordinario, con la Victoria enseñando a los soldados el camino del triunfo, mientras el pueblo cantó las estrofas del himno de Chenier; seguía el Triunfo de la República, carro en forma de nave, en la que se embarcó un mundo; y, por último, cerrando la marcha el carro de la Concordia y de la Paz, que llevaba una representación de todas las clases sociales. ¡Procesión indescriptible! Al detenerse en las plazas de la Concordia, ópera y República, entre estruendo de armas y cantares bélicos, rodeada de un millón ochocientas mil personas que aplaudían y vitoreaban la República, me pareció que Voltaire y Rousseau se daban, sin que lo notara el público, un gran apretón de manos.

No quiero hacer el Loubet, ni el Challemel Lacour, ni el Floquet, ninguno de los cuales acertó en su discurso con la nota que sintetizara esa sinfonía wagneriana de un gran pueblo que avienta con orgullo las cenizas del pasado. Para describir la pluma el vértigo de ayer no hay más que un escritor en Europa: Zola. Y para describirlo de palabra no hay tampoco más que un orador en Europa: Castelar. La fiesta del Centenario habría sido completa si Castelar hubiera hablado en el Panteón y Zola hubiera escrito en la plaza de la Concordia.

Guasa viva

Desde el Capitolio —permitidme una cita a lo Fernández Villaverde— hasta la roca Tarpeya, no hay más que un paso; desde la prefectura parisiense hasta la casa anarquista de Fitzroy street, no hay, más que otro paso, y la policía tiene el deber de no ponerse en ridículo…

La prensa inglesa protesta contra los atentados de la policía parisiense en Londres. Inglaterra es un país libre, el único verdaderamente libre de Europa; y el abuso, aunque proceda de la autoridad, tiene en seguida la merecida censura. Inglaterra ha dicho que los agentes franceses no tienen maneurs porque han cometido, con la circunstancia agravante de no venir a cuento, una porción de arbitrariedades, castigadas por la ley inglesa, aunque se declarara autor de ellas el príncipe de Gales.

Ignoro si se querellará el Sr. Delebecque, dueño de la fonda que fue allanada por los representantes de la policía parisiense. Este es el aspecto grave de la cuestión; pero resulta más grave aún en la Metrópoli de los can—canes, el ridículo en que se ha puesto esa misma policía.

Llega a Londres, pide que la acompañen Melville y sus agentes, y todos juntos, formados en batalla, se dirigen a la calle Fitzroy, fieras las miradas, mirando de hito en hito la fotografía de la joroba de Meunier. El sitio dura desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde.

—Hay que sacudir estas moscas —dice Delebecque,— y se dirige a hablar con los agentes. De todos los balcones, de todas las ventanas, de las buhardillas inclusive, surgen como por encanto cabezas de anarquistas que hacen muecas burlonas y enseñan palmos de lenguas. La policía está muy azorada. Los vecinos gritan al verla: —«¡Son los carabineros de Offembach!», y saludando al agente Houllier: —¡Adiós tú, Troptard!

Gallaud, redactor del periódico En—dehors, toca en un organillo la marcha triunfal de Houllier.

—¿Qué es esto? —pregunta el obsequiado.

—Una murga —responde Delebecque— que se da a ustedes por espiar a mis huéspedes y comprometer la reputación de mi establecimiento.

—¡Que bailen! —grita una mujer que se parece a Luisa Michel.

Entonces se acerca respetuosamente un caballero anarquista, que responde por Charveson. Se acaricia las patillas, tose, escupe, y por fin se arranca.

—Señores… Esperábamos la honra que nos proporciona vuestra visita. Teníamos noticia de ella y os habríamos aguardado en la estación si nos lo hubieran permitido nuestras habituales ocupaciones pirotécnicas. ¡Ah, señores! Es sensible (para vosotros) que Francis y Meunier abandonaran esta casa cuando llegabais a Calais. Podéis, sin embargo, buscarlos, aunque deben estar lejos si han corrido bien. De Meunier puedo afirmar que está camino del país de los Mormones… ¡Qué sentimiento!

Una mujer. —¿Se marearon ustedes mucho en el canal?…

Otra Señora. —¿Están buenas las familias de ustedes?…

El Sr. Delebecque, propietario, comprende que hay que poner punto final a aquella broma de mal género. Invita a los agentes «Registren ustedes todo lo registrable.»

Charveson vuelve a usar de la palabra: —Yo os acompañaré. Permitidme el honor de ser vuestro cicerone… Mirad: este es el cuarto que ocupó Francis… Ese otro estuvo habitado por Meunier. Lo reconoceréis fácilmente en el hoyo que dejó en la cama la joroba de aquel compañero… ¡ah, señores! En el cuarto de Francis hay unas botazas muy viejas; en el de Meunier, unos calcetines intransitables. Los anarquistas han dejado algo: ¡el olor!

La expedición policiaca evacuó a la voz de mando la fortaleza de Tottenham Court Road; el periodista Gallaud empuñó nuevamente el manubrio del organillo y volvió a oírse en la calle la marcha triunfal de Houllier…

Un madrileño zorrillista, que se preparaba a bailar la marcha por lo flamenco con una miss de circunstancias, dijo a los amoscados agentes:

—No ofenderse, musiús; son todos muy caballeros; pero guasa viva.

Crónica

París, la gran bacante, bañada en Champagne y coronada de rosas, ha llevado de la mano a sus lindas hijas, las demi—mondaines, a manejar airosamente el trapo de sus toilettes del Grand Prix sobre el musgo de los prados que verdean en la inmensa explanada.

Pero el Grand Prix pasó como una ráfaga de la alegría, porque París se sorbe los sucesos como el mar los granos de arena.

Cuando hice diariamente, durante medio año, una crónica para El Liberal, me decían los amigos: —No sabemos cómo se las arregla usted. ¡Ya usted a dejar los sesos en las cuartillas!

Y yo les declaraba, sin pizca de vanidad, que tal labor no suponía para mí mayor trabajo, porque raro fue el día que no me dio París asunto para una crónica.

Es una ciudad enferma, la gran neurótica del siglo, y de los enfermos no falta nunca algo que contar. De niño solía pasarme las tardes subido a un árbol del Cojobal de Guayama. Un gran silencio lo invadía todo; y yo, con curiosidad infantil, me preguntaba, sobre la copa del árbol, mirando las techumbres de la villa: —¿Cuándo querrá Dios que pase algo en este pueblo?

Todo varía, todo cansa; y siempre que requerido por el suceso diario, que nunca falta, salgo a la calle, —mal humorado a veces, enfermo otras, invadido hoy por la tristeza de un infortunio,— preguntome al pisar el asfalto del boulevard: —¿Cuándo querrá Dios que no pase nada en este pueblo?

La extraordinaria calma del asesino de la muchacha alegre de la gare Saint—Lazare, nos tiene encantados.

¡Aquella tranquilidad para dar un pase a la portera, después de dar en la habitación de la muchacha un metisaca tan brillante!… ¡Aquel salir pausado por el patio sin hacer caso de los vecinos!…

Sería una lástima —decía anoche una cocotte respetable— que prendieran y guillotinaran a un joven así, tan elegante y pálido… Y si lo pillan, y hacen, la barbaridad de matarlo, encargaré un sombrero adornado con plumas del bigote del pobre joven, y unos guantes de su cutis…

Decididamente es una gran persona. En estas postrimerías del siglo, no hay como ser canalla en alguna de sus muchas manifestaciones.

El público pide sangre y exterminio. Desea, en el circo taurino, que el toro mate al torero y que el leopardo devore al domador de las fieras que se exhiben en el anfiteatro. Resulta tan hermoso el poder decir luego ¡yo lo vi!…

No lo olvido, aunque han pasado ya muchos años. Un hombre, armado con un hacha, penetró en el escenario del circo de Rivas. El portero trató de impedirle la entrada y fue muerto de un hachazo. «Venid a mí, gritaba el hombre del hacha, yo soy el vengador de la sociedad y os partiré la cabeza.» Aquel energúmeno estaba loco… No hacía falta decirlo, porque sólo un loco de remate, puede sentar plaza de vengador de esta sociedad…

Un piquete de la policía lo mató en nombre del orden.

Este incidente arremolinó frente al teatro a todo el Madrid elegante… y momentos después se precipitó en sus localidades un público de mujeres distinguidas y de caballeros atildados.

En el suelo había dos cadáveres; una charca de sangre, aún caliente, a la entrada del teatro; y miembros ensangrentados aparecían aquí y allá sobre la tierra húmeda… Entretanto, el público aplaudía la marcha húngara de Towalskv. Estaba emocionado y contento. Le divertía que un hombre loco hubiera matado a un hombre cuerdo, y le divertía más que muchos hombres cuerdos hubieran matado a un hombre loco.

Pues bien; oyendo los elogios que se dedican «al elegante joven» que degolló a la alegre muchacha, no puedo menos de exclamar con envidia: ¡Quién fuera él!… Porque si no es usted asesino, tendrá por fuerza que ser asesinado; —¡y debe de ser tan interesante, además, eso de dar un tajo a una señora!

Siento mucho el no tener vocación a la carrera, porque es la que alcanza todas las simpatías del romanticismo moderno. Desearla, por lo menos, poder transformarme modestamente en serpiente… Sarah Bernhardt se desmayó en Nueva York al saber que se habían muerto tres víboras de su colección, y cuando volvió en sí gozaba con acariciar la piel de aquellas Bonafouxes, como las llamaría El Globo…

Me fastidia que el Sr. Carnot haya suspendido su proyectado viaje a Bretaña, para hacer el cual habíanle preparado el célebre wagón—salón de Napoleón III, inmenso y suntuoso carruaje guarnecido de cobre dorado y con forros de terciopelo verde. Yo lamento la demora, a el aplazamiento, porque soy de los invitados, entre los corresponsales extranjeros a acompañar a Su Majestad, digo, al señor presidente, en su viaje a tierra de bretones, y ya estaba yo entusiasmado con la idea de ir, a lo Napoleón, en un coche así, de terciopelo y oro, para lo cual pensaba estrenar una pava o sombrero de Panamá (sin cheque) que me regaló un señor de Puerto—Rico.

Porque el caso es distraerse, y aquí no pasa nada como no sea la noticia de que Baïhaut se trata a cuerpo de rey y que en el registro de la cárcel está calificado de «buen sujeto», o, como si dijéramos, todo un caballero. Yo estoy avergonzado de que no me dieran un cheque y resuelto a robarme el primer istmo que se me presente; todo para vivir bien y ser persona decente.

Con el criterio de las calificaciones en el registro de la cárcel, no extrañaría que hicieran caballero de la legión de honor al señor marido cuya joven y monísima esposa se fugó con un monsieur Tender y doce mil francos además. Después de haber gastado el dinero del marido, y de haber cumplido con su esposa los deberes de la luna de miel, el Sr. Tender, procediendo como un caballero, restituyó la bonita muchacha al domicilio conyugal.

Ignoro si el esposo le diría: —Merci, monsieur.

El conflicto con Siam me tiene sumamente preocupado. Si la cuestión no fuera con Francia, me inspirarían lástima los siameses. Porque son chiquirritines, amarillentos, de un mirar contra el gobierno. No creen en un Dios; pero creen en un elefante. Comen arroz con palito, beben té, fuman mucho y se pasean tranquilamente, frente al palacio real, en una gran plaza que se parece, a la Puerta del Sol. ¡Excelentes sujetos!

Es claro que pagan caros los vidrios rotos; pero ¿qué se le va a hacer? ¡Si no comieran tanto arroz con palito!… ¡Si no pasearan tanto por la Puerta del Sol de su tierra!…

Es la eterna historia de la lucha entre los fuertes y los débiles. Francia es humanitaria, tanto como la que más de las naciones, o, según lord Dufferin, mucho más que todas; pero Francia no puede sustraerse a las tendencias de la especie humana, que vive en guerra perpetua. Son graciosísimos los pensadores que se quejan de que Darwin hiciera descender al hombre del mono. ¡Si son los monos quienes debieron demandar de injuria y calumnia a Darwin! Porque los monos, como los más de los animales, no se atacan los unos a los otros.

Además: Francia tiene, según advierten estos periódicos, una misión civilizadora en Siam. ¡Voilá! No es posible contrarrestar la vocación de civilizar. Por civilizar hemos llevado a los annamitas el tablado de la guillotina cuyo tajo funcionó ya sobre el cuello de un indígena asesino. Lo mejor del caso, es que se dice aquí, con la mayor seriedad, que aquellos bárbaros están «encantados» con la herramienta. ¡Que rapidez y qué limpieza en la ejecución! ¡Y qué asombro el de los salvajes! Les parece mentira que no sean ellos los autores de un aparato así. Lo contemplan cariñosamente, y dicen con tristeza no exenta de envidia: —¡Cosas de París!… Son el demonio esos extranjeros…

El reo estuvo muy bien; tanto, que echó un discurso: «He matado, luego merezco que me maten. Me entrego a la justicia de los hombres… » Y salió tranquilamente con dirección al tablado. Diríase que sus ojos —advierte un periódico— buscaban con fruición el mortal cuchillo.

La cosa no era para menos; y yo creo que los bárbaros concluirán por echar instancias pidiendo por Dios que les lleven guillotinas y que los maten enseguida.

No le da tan fuerte al judío Wolf Buschoff, que ha querido sustraerse a la acción de la policía después de degollar «en honor de Dios», un niñito de cinco años que vivía en Cléves (provincia rhinana). Es cómodo el hacer méritos para con la Providencia, dando tajos en un cuello ajeno.

El mundo al revés. Los annamitas ejercen de europeos guillotinando en las plazas públicas, y los europeos ejercen de annamitas inmolando criaturas en honor de Dios. —¡Bien reiría Voltaire si resucitara!

Si España es el país de las anomalías, París es la capital. Las más vulgares preocupaciones, aun en materia religiosa, tienen aquí un arraigo muy grande. Martes y treces son días y fechas nefastos. Derramar un salero, es un horror; equivocar las prendas al vestirse, es seguro indicio de una desgracia espantosa. Algunos vecinos de la place Vendome no salen de sus casas sin hablar un rato con la estatua de Napoleón I. He visto a uno de ellos echándole un discurso con el sombrero en la mano derecha, cuyo brazo se alargaba y recogía como el de un diestro cuando brinda el toro.

—¿Qué hace este señor? —pregunté a un guardia.

—Saluda. Es un aficionado a las glorias de Francia.

A otro caballero le sorprendí hablando con el frontispicio de la iglesia de la Magdalena…

—¿Estará malo, verdad?

—No, señor. Es una persona muy razonable, que pertenece a la secta de los fieles que no salen de casa sin echar un párrafo con la primera iglesia que encuentran.

Estupendo. Aquí donde se enseñó el ateísmo por principios, se enseña actualmente la superstición como en las márgenes del Orinoco. Los literatos, con ser quien son, no están exentos de la epidemia. A Lemaitre, según cuenta la crónica, no le sale la crítica si no se estira los bigotes. La preocupación de Bornier es más terrible; Bornier no puede escribir si no se pasa por la cabeza una rasqueta. Goncourt abre tamaña boca y mueve las mandíbulas, cuando escribe, como si estuviera tragando. Zola grita lo que da a luz y el suplicio de Datidet es horrible; tiene que «sonreírse maliciosamente mientras trabaja», aunque esté escribiendo una tontería.

Se asegura que un sabio alemán ha descubierto que las heridas que recibe un hombre al salir del baño son menos graves que las mismas heridas recibidas por él sin haberse bañado. No crea el lector que esta afirmación es un anuncio de los baños del Niágara: es sencillamente una preocupación más… para los franceses. Hace falta —advierte un periódico— que las tropas se bañen antes de empezar las batallas.

Por mí, que se ahoguen, pero me parece ridículo que un general diga al adversario: —No podemos empezar todavía, compadre, porque mis soldados están en el baño. Y que Mr. Fédée hubiera contestado al anarquista «que le puso el puño sobre la nariz»: —Déjelo usted para luego; perdone usted… , no me he hecho aún la toilette.

(Es seguro que el pueblo del Dos de Mayo recabó la independencia sin remojarla en el Manzanares, porque

«de los cuarenta para arriba
no te mojes la barriga»).

¡Qué decir, en fin, de los periódicos que auguran al emperador alemán grandes desastres, porque encalló al ser botado al agua el nuevo buque Hohenzollern!…

Leyendo tales necedades puede uno hacerse la ilusión de que está en la India bajo la divinidad de Budha.

Y nada más de París, porque el cólera me tiene sin cuidado después de decirme el Sr. Monod que no hay tal cólera aunque se muere la gente.

Salí de la entrevista tan complacido como consolado. Pero de noche, dormido profundamente, tuve una pesadilla odiosa. Soñé que soplaba sobre París un airazo seco, viento del desierto, que empujaba enormes nubes de polvo, las que se deshacían sobre la ciudad en caprichosa lluvia de insectos microscópicos, cuáles amarillos, cuáles verdes, todos contrahechos en forma de ancla. La plaga se extendía poco a poco, ganaba mi barrio, mi calle, la escalera de mi casa, la puerta de mi cuarto… Quise gritar, y no pude. Uno de aquellos insectos se me había atravesada en la garganta. Quise cobrar ánimos, me acerqué a un barrilito de ron, que gasto para beber por casa, y allí, como saliendo de la boca, estaba un microbio, seco, petrificado, a la manera del odio en el corazón del rencoroso, mirándome de hito en hito, y moviendo su colilla de color de cuero con forma de ancla…

¡Ah! Olvidaba un acontecimiento importante. En la calle Montmartre descubrí a un Sr. Bonafoux.

Me enteré por la portera y mi alegría subió de punto. Era una adquisición, un sastre. ¡Dios me depara este pariente! pensaba yo al subirla escalera. Pero mi decepción fue grande. El Sr. Bonafoux, de la rue Montmartre, me participó que no había tal parentesco; que no tenía noticia de mi familia, ni de mí tampoco. Era otro Bonafoux.

—Pero, en fin, si usted quisiera hacerme una levita a plazos, hasta que pase «la crisis que estamos atravesando… »

No hubo caso. Aquel francés no puede ser pariente mío. Tiene el corazón de roca.

De Madrid me escriben que el cadete Rodríguez será indultado, pero… «a su tiempo». Ya dice el gobierno, por medio de La Correspondencia, que no se puede pretender que se declaren ineficaces las sentencias de los tribunales más altos. «Más altos», tribunales más altos, ¡qué tontería! Los tribunales más altos pueden equivocarse, y se equivocan frecuentemente, porque se componen de hombres con todas las miserias, defectos e ignorancias propias de la humana especie. ¿Infalibilidad? la del Papa, para quien la crea. Aquí, es decir, en el cementerio del Padre Lachaise, está Lesourque, en severo mausoleo, con un letrero que, dice —«Víctima del más grande de los errores humanos.» Sus señas personales coincidían con las del asesino del mayoral de una diligencia, en Lyón, y un tribunal alto, muy alto, condenó a muerte al buen Lesourque, ¡y Lesourque fue guillotinado delante del verdadero asesino!… ¡Qué lucha ésta más horrible contra la tradición, contra la frase hecha, contra lo vulgar y rutinario! «La inmensa mayoría de los hombres —ha dicho Larra— parecen cortados por un mismo patrón, ordinario a la rústica.» —Declarar infalible a un señor que tal vez esté chocheando, o con disentería crónica, o molesto porque la criada no le dijo que sí… ¡Ah! Dios eterno ¡qué peste humana!

Como novedad ha habido en Madrid un chubasco fuerte, con acompañamiento de media docena de truenitos, de los que llaman allí tempestad o ciclón… ¡cosa de risa!

Sin embargo se sacó el Cristo.

Es bestial en el siglo de Franklin la siguiente noticia de La Correspondencia:

«En muchas casas se encendieron velas para conjurar los efectos de la tempestad.»

Eso… ¡en Madrid!

Estamos, pues, como en Guayama cuando yo, de niño, me ponía una falda de seda de mamá, para que no me partiera un rayo.

Y está Madrid lo mismo que el año 1631. Entonces, y en la plaza mayor, hubo un incendio terrible; y en vez de sacar agua para apagarlo, los madrileños sacaron… los Santos sacramentos de las parroquias de Santa Cruz, San Miguel y San Ginés, y una porción de vírgenes, como la de los Remedios y la de la Novena, y se decía misa en los balcones, donde colocaron ad hoc los altares necesarios, y el fuego duró tres días y seguiría aún si hubiera habido entonces más casas que quemar.

Otra novedad celeste es que en Madrid se vive pensando en la salud de León XIII, que ya no tiene facha de persona. Es una arista, un suspiro, una sombra intangible. Todavía come: sopas, legumbres y pescado. Tiene mucho miedo a las corrientes de aire, y cuando sale de una habitación a otra le llevan enfundado, en una especie de calcetín de lana, dentro de una silla de manos herméticamente cerrada. El hombre, a pesar de ser Papa, y de tener de asistente al Espíritu Santo, se cuida, sí, señor, se cuida.

En fin, que por España no pasan siglos ni revoluciones. Seguimos comiendo garbanzos, durmiendo, en cuevas que se llaman silos y se inundan todos los años para que perezcan unos centenares de brutos; encendemos velas para evitar los rayos y contribuimos al dinero de San Pedro, no se nos muera ¡el pobre!

La tierra gallega

La primera estación de Galicia, saliendo de Madrid camino de la Coruña, lleva el nombre del pueblecito que se llama Quereño. Un gallegote, rojizo y espaldado, la vocea con acento cariñoso: —¡Quereño!… ¡Quereño!… No parece sino que quiere advertirte, lector, que ya te están queriendo los de allí; que te querrán muchísimo en aquella tierra amorosa, bajo aquel cielo tristón: que te llevarás la gran vida arrullado por el mimoso dejo de las reales hembras gallegas…

¡Quereño!… ¡Quereño!… A partir de aquel pueblecito vas penetrando sin darte cuenta en el reinado del follaje. Como tibia oleada de primaveral verdura, el follaje se extiende mansamente por toda la tierra gallega, invade cariñoso el llano, escala intrépido la cumbre, baja lánguido y voluptuoso en forma de guirnalda que oculta las rinconadas del camino y adorna las riberas del arroyo, y aún le queda tela para vestir de gala el rústico muro de montaraz caserío…

Nada turba la perspectiva de aquella soledad como no sea la inesperada aparición de tal cual aldea, que hay que mirar con lentes, porque temerosa de las irrupciones de la civilización fue a esconderse en el fondo del valle, y vive allí tan tranquila e inexpugnable, entre muralla de flores, bayonetas de árboles y fosos del río. Nada altera la uniformidad de aquel color verde que viste a los campos, como no sea la roja falda de alguna campesina que mira con asombrados ojos, por entre las horquillas de un palo, la marcha rápida del tren. Todo allí es soñador, hermoso, joven. Juventud en la aldea, juventud en la villa, juventud arriba y abajo…

¡Quién fuera poeta para cantar la juventud de la naturaleza en el recóndito y umbroso hondo del valle gallego!

Pensaba yo si obraría con prudencia empuñando la zampoña y el tamboril o si, más acorde con mi cáscara amarga, bajaría con una címbara a los campos, cuando pasó un túnel el tren, y vi salir de entre las sombras del túnel una hilera de luces, que flotaban, al parecer, sobre un inmenso charco de agua.

Le conocí en el olor: saludé con cariño a mi viejo amigo, el mar, y di respetuosamente las buenas noches a la Coruña. Eran las once en punto.

Galicia es lo mejor de España, o yo estoy atrozmente engallegado.

Para buena parte de las gentes madrileñas, todo gallego tiene por fuerza que ser aguador; toda gallega tiene sin remedio que ser Maritornes de seno monumental y caderas aplastadas en forma de batea, como si hubiesen sufrido una despampanadura. Allí —dicen las tales gentes— no se habla, sino se ladra un dialecto que echa pa atrás al más resignado oyente; y son las criaturas roñosas de cuerpo y roñosas de espíritu, a tal punto, que huyen del agua como gatos escaldados, y se matan por un ochavo padres e hijos. ¡Un embuste, una calumnia indigna!

Yo no atestigo con muertos. Ahí está, que no me dejará mentir, el ilustrado director del Diario de Avisos, de la Coruña. Ahí está también Emilio Bobadilla. Ante aquel bazar de mujeres —que las hay para todos los gustos, desde la moza garrida envuelta en ropaje carnal, fuerte y triunfante, hasta la mujer delicada, esbelta, soñadora, con pies de criolla y manos de rusa,— halagado por el trato de los gallegos, trato sencillo sin ser sandio, franco sin ser grosero, culto sin ser cortesano, solía decirme queriendo hiperbolizar el autor de Los Reflejos: —¡Esto es Cuba, compadre!

Con Fray Candil hacía yo excursiones a Pasaje. Iba cada cual en su correspondiente burro (dicho sea sin ofender), que trotaba desaforadamente por la pintoresca carretera. En Pasaje nos aguardaban Luis y Enrique Carnicero, tan conocidos de los periodistas madrileños. Son dos buenos amigos dignos de estudio. Aquél, sintiendo la nostalgia del terruño, tuvo la buena idea de sofocar sus aspiraciones científicas para enterrarse vivo en una aldea, Monelos, de la cual es médico; Enrique tomó también el buen acuerdo de dejar el birrete y la toga por unos bancos de ostras en Pasaje. Viven felices. Enterados del movimiento científico y literario de España, habiendo leído el último libro y el último artículo que hiciera ruido en la corte, Luis y Enrique Carnicero se desviven por cambiar impresiones con los periodistas madrileños. Allí, a orillas de la bahía, bajo primorosa techumbre de hojas de parra, viendo la entrada y salida de los barcos, y el aparecer y desaparecer de los trenes, los buenos hermanos Luis y Enrique Carnicero discurren con sus amigos alrededor de rústica meseta, en la cual ha comido mariscos, como si tal cosa, D. Emilio Castelar, y los comieron también, entre otros periodistas, el director de Las Dominicales y el eminente lobo de la prensa caribe, Escobar Laredo.

Apuradas algunas botellas de vinillo especial para ostras, se entabla amistosamente la conversación. Alguna vez se le va el santo al cielo al médico, que antaño galleó mucho y hogaño no olvida del todo sus pugilatos de ateneísta; mas vuelve en sí muy luego, y, despidiéndose cariñosamente, emprende la vuelta a Monelos apoyado en su grueso bastón de aldeano. Todavía se le alcanza a ver allá sobre la verdosa loma, mientras Enrique, quitándose el traje de calle para vestirse la blusa y calzarse los zuecos, sale a visitar en el banco a sus queridas ostras bajo los iris de tornasoladas aguas que se enturbian de raro en raro cuando las separara al pasar el escarabideas y negruzcas patas de algún cangrejo.

Entonces, en punto de las siete de la tarde, el escritor cubano y yo nos alejábamos de aquel regocijado sitio que viene a ser lo que La Chorrera en la Habana y Las Ventas en Madrid, y nos restituíamos al hotel Iberia.

El sol se había marchado ya con viento fresco. Una niebla transparente, a manera de finísimo encaje, envolvía poco a poco a la ciudad y le daba apariencias de hermosa gallega ataviada con mantilla blanca. El azul del mar convidaba a escudriñar la lejanía… —¡Sí, allá, muy lejos, en otro mundo, entre espirales de rabiosa espuma, y dormida a la sombra de los palmares por el suave aleteo de las gaviotas y el quejumbroso canto de los guajiros; allá, muy lejos, perdida acaso para siempre entre las brumas de la naturaleza y las brumas de la ausencia, está la patria pequeña, la patria querida, tanto más querida cuanto más injusta!… Pero la niebla, como avalancha de celajes, va ocultando también el horizonte. La Coruña, la hermosa gallega, se ha transformado en mora tapándose la cara. Todavía se le ve uno de los ojos, brillante e intenso, que es la farola. Los botes de la bahía, semejantes a carapachos de tortugas, se hunden apresuradamente en la sombra, que avanza siempre… A ratos aparecen aún, como clavados en el cielo, los palos de un buque y ennegrece la niebla con un chorro de humo una bocanada de vapor. La humedad cala los huesos, y de esa y de otras humedades gallegas brota ¡ay!, el bacillus de la tuberculosis. Apretamos el paso de nuestras cabalgaduras, reventándolas a palo limpio, y llegamos a la Coruña vitoreados por el rebuzno de un asno, el silbido de una locomotora y el adormecedor murmullo de una gaita: ¡Toda una marcha de Wagner!

Doctoras y políticas

Las faldas están sobre el tapete… Ningún varón ilustre como Castelar, o sencillamente varón como Cañete, puede ser espectador dormido del tumulto mujeriego. La mujer ha sido declarada soberana en Finlandia. Se dan ya doctoras… La Tribuna aplaude el doctorado de las enaguas y dice además que la mujer ha de dedicarse al sentimiento y a la delicadeza… Será todo lo sentimental y delicado que quiera Labra el amputar una pierna o el pedir la muerte en garrote vil, pero no veo yo ese sentimiento ni esa delicadeza. Obra delicada y sentimental es asistir a los enfermos; pero no hacen falta doctoras donde sobran hermanas de la Caridad. Y para velar por la infancia en el Hospital de Niños está el director, que cuida de los pequeñuelos tan bien como las madres.

Opongámonos a la irrupción femenina, y meditemos tranquilamente.

Adoro en la andaluza que ama al hombre sobre todas las ciencias y se ocupa sólo en mirar por la reja del balcón, sin saber que puede dedicarse al estudio de la noción filosófica del delito.

Adoro en la valenciana que tiñe con sus labios y perfuma con su aliento las flores del jardín, sin recordar que puede ascender en globo como su compatriota el distinguido escritor y eminente aeronauta D. Rafael Comenge.

Adoro en la madrileña que durante la misa piensa en Dios y mucho más en un modesto empleado en la administración de Correos, y sin pensar en Trousseau, sale gozosa del templo por que la Virgen le dijo que se casará pronto y no sospecha la rebaja del novio.

Adoro, en fin (basta ya de adoraciones), en mi rubia, que no sabe de los autonomistas ni me pregunta por El Español.

Me enamora la Perfecta Casada… No le compraría dulces a ninguna doctora, a no ser monina, que si lo fuere, sí se los compraría.

Pero meditemos seriamente. Proudhón afirmaba, después de hacer la autopsia a madame Stael, Rolland, Sand, Gautier, Coignet, y demás madamas, la inferioridad moral e intelectual de la mujer.

Daniel Stern (otra madama) dijo en sus Bosquejos morales que el genio femenino, aun en sus más brillantes manifestaciones, no alcanzó las cimas del pensamiento. Madame Necker de Saussure anatematizó a su sexo.

Jorge Sand escribió: «La mujer es imbécil por naturaleza». Hegel y Goethe incluyeron la inteligencia de la mujer en el número de las vegetativas.

Estos juicios son, exagerados; sobre todo el de Jorge Sand, el cual, o la cual, hacía pinitos de hombre, a despecho de Musset, rebajando a sus correligionarias para probar que no hay peor cuña que la de la misma mujer.

Sé de muchas mujeres que, sin saber de las peritonitis, son prodigios de talento e instrucción. —Al gorila no se le ha ocurrido nunca proclamarse superior a su esposa.— Una mujer puede tener tanto talento como el más talentoso de los hombres. Pero una cosa es tenerlo, y otra emplearlo en doctorarse.

No es culpa de las mujeres el desenfreno doctoral; es culpa de los filósofos. Dumas, por ejemplo, quiere que las señoras tiren vitriolo a la cara de sus amantes y que sean electores. Dumas quiere hacer de la humanidad un almacén de Schropp y un gallinero al aire libre. El ideal de la mujer cristiana no es ciertamente el del autor de Las mujeres que matan y las mujeres que votan.

El Jurado francés que absolvió a todas las vitrioleras, cuando sólo madame Tilly podía alegar circunstancias atenuantes, nada más que atenuantes, resucitó la época del Terror, dando, además, grande impulso a la revolución faldera. Los franceses salían a la calle con careta o bozal y, aun así y todo, eran vitriolados. La parisiense inocente y cándida se presentaba ante el tribunal con el chiquitín al hombro, y decía: ¡No lo volveré a hacer más!

Los espectadores acariciaban al bebé; el Jurado, llorando de ternura, absolvía a la joven seducida, y al padre de la criatura se le quedaba la cara como un torrezno.

La mujer política es un monstruo. Luisa Michel, pidiendo la cabeza del tirano (léase Gambetta), me parece una gallina preparándose a fusilar a un elefante.

La hermosa joven húngara que en las elecciones para diputados a Cortes corrompió (así decía el periódico) a un elector, dándole un beso a cambio de un voto por el novelista Yokai, es una vendedora de La Correspondencia sin Correspondencia.

Proudhón admira a María Antonieta muriendo con dignidad de buena esposa y buena madre, y trina contra madame Roland porque en el patíbulo invocó a la libertad, y no a Roland, el cual se disponía a morir heroicamente como un Catón, de un mete y saca.

No es que yo crea que todas las mujeres tienen el deber de dedicarse a hacer chocolate, como D.ª Mariquita. Fuera pecado de herejía exigirle esa industria a Emilia Pardo Bazán. Quien nace para hacer chocolate, quien para tomarlo.

Pero tengo por artículo de fe que con la revolución femenina que se desarrolla en nuestros días, peligran las más altas instituciones.

La institución de la familia está amenazada de muerte. Es un hecho que el estudio aniquila física, moral e intelectualmente. Si los hombres se aniquilan, y las mujeres se aniquilan, y todos nos aniquilamos, está perdida la sociedad, o por lo menos, la cría. (Llamo la atención del Sr. Ministro de Fomento, y continúo meditando seriamente.)

El birrete y la toga en el sexo débil son prendas procedentes de empeño. Me gusta más una mujer de muchas campanillas que una mujer de muchas borlas. Y una española transformada en Camacho me parecería una calamidad para el país.

Prefiero la mujer casera a la mujer pública… Entiendo que las mujeres deben estarse en casa, no precisamente zurciendo descosidos, pero sí adorando a Dios, a sus maridos respectivos, y cuidando de los chiquitines, si tienen chiquitines, o disponiéndose a tenerlos.

Creo que por muchas glorias que tenga una mujer, ninguna gloria tan buena como la de hacer una criatura o media docena de criaturas.

Una mujer sabia de veras es menos casadera que una poetisa. No comprendo al marido cunando al niño mientras su esposa echa… consonantes o se marcha a Filipinas con el propósito de observar el tifón. La ciencia pide eunucos y vírgenes… Es el seguro de incendios de la castidad… El arte, lo que se llama arte, pide idealidades, nubes, rocíos, percalinas… cosas que no están al alcance de todas las fortuitas. Las sabias y poetisas tienen derecho a dar partos científicos y literarios. Pueden parir problemas de geometría y pequeños poemas. Pero nada más. Ya sé yo que pasan de ahí. Ellas no se lo pierden; pero sí sus maridos, la vecindad y el orden público.

Síntesis científica y filosófica: En esta cuestión de faldas, lo repito, estoy por las de mi rubia.

La guillotina

¡Cuántas veces, invadido por la nostalgia de la playa, he salido de Madrid en persecución del mar que me hacía dar tumbos, cuando no me pegaba a la arena, en los regocijados días de la infancia!

Yo también fui poeta cuando cogía cangrejos de mar, allá en mi playa; y aun hoy mismo, de regreso del país de las mentiras, suelo echar una poesía al aire —poesía que no publico, para que no digan;— amasada con rocío del campo y lágrimas de mujer.

La poesía que no me entra por el corazón no me resulta poesía, aunque esté rimada a maravilla y exornada con vistosa hojarasca de galas retóricas. El Idilio de Núñez de Arce me sabe mejor que todas las demás producciones del egregio valisoletano; y Bécquer, el infortunado enfermo del corazón, me parece, con su desmadejado aspecto de trovador antiguo y sus insolubles tristezas ante el paisaje de la vida, prosaica e ingrata, el más hermoso de los poetas españoles del siglo XIX, aunque Núñez de Arce, desde el Himalaya de su musa triunfal, haya dicho del pobre poeta que sus versos son suspirillos germánicos y vuelos de gallina. Me explico y siento perfectamente que Zola —ese gran corazón destrozado por la prosa humana— prefiera los versos de Alfred de Musset a los versos de Victor Hugo, por que el poeta de la Confesión de un hijo del Siglo hace el milagro, según dice él, de despertar la juventud del ilustre expatriado de la vida, y la juventud le habla desde la tumba llamándole cariñosamente…

Sugiéreme esta reminiscencia la lectura de una súplica melancólica y sincera que baja desde los hielos de Rusia, con arpegios de musa castellana, pidiendo la vida de Gabriela Bompard. Es un canto deleitoso y férvido a la par, entonado por una poetisa española que recuerda con envidia la bohardilla madrileña en que vivió, cuando ve, desde su casa de Moscow, el eterno encaje de la nieve bordando la ropa del árbol y obstruyendo el rumoroso curso del arroyo…

Y la gran embustera, como llamaría Charcot a Gabriela, ha logrado escapar con vida; pero no en alas de la musa castellana, ni tampoco a caballo en la escuela de Nancy, aunque sus manifestaciones basten a determinar lo que se llama el proteo morboso.

La Bompard —dice Salillas en El Liberal— «tiene la preocupación de su personalidad que la mueve a apetecer el escándalo. Le basta un indicio para formar una historia; no la detiene ni la contradicción, ni la inverosimilitud; miente con osadía, con ánimo; no admite controversia, ni censura; lo que le importa es que la mentira circule, tome cuerpo, perturbe, trastorne y haga daño. Él 'calumnia que algo queda', parece el pensamiento de un delincuente histérico. Son cosas averiguadas que hay naturalezas que producen crímenes y que no se puede pedir peras al olmo.»

Lo que no hubieran alcanzado todas las poesías acumuladas en el Parnaso, ni toda la ciencia encerrada en el cerebro de la escuela de Nancy, lo ha conseguido fácilmente la proverbial cortesía de los franceses.

La civilización no había salido aún a la plaza pública y se asesinaba en nombre de la libertad. La Convención francesa, manchada de odios, se entretenía en montar la guillotina en el fondo de un subterráneo, y mientras Luis XVI merendaba melocotones en la Asamblea, Marat afilaba el tajo. Aquel tajo inconsciente no respetó la debilidad de María Antonieta ni la hermosura de madame Dubarry. Pero en París —dígase lo que se quiera— se impone la cortesía; y la guillotina, con ser quien es, se ha dulcificado moral y materialmente. Ya no es un instrumento tosco y brutal en manos de hombres soeces y sanguinarios. Es un atributo de la ley, en poder de hombres cultos e inteligentes, pulimentado y embellecido en su forma, con un botón de rosa ocultando la media luna del tajo; —y el botón de rosa no ha querido abrirse para recibir la cabeza ensangrentada de una mujer.

Ha salvado a la Bompard la cortesía de la guillotina moderna: todo el París que descolgó de una bohardilla el cadáver de una infeliz mujer y lo acompañó triunfalmente el cementerio, porque era el de la viuda de Enrique Heine, del ruiseñor alemán que, según la frase de un escritor, hizo nido en la peluca de Voltaire.

Revista regia

Su majestad la Reina salió de su cuidado. Ahora empieza el cuidado para la nación, que tendrá que pagar cinco mil y tanto duros diarios. Ya tiene el niño para ama.

Once días de vida tiene S. M. el Rey Alfonso, León, Fernando María, Santiago, Isidro, Pascual, etcétera, y ya le debe el país medio millón. ¡Angelito! Acaba de entrar en pañales, y tiene lo que no pudieron recabar muchos abuelos trabajando toda su vida.

Fijándose en el entusiasmo con motivo del bautizo del nene, no puede negarse que Madrid es muy monárquico.

La razón es muy sencilla: Madrid se divierte. El espectáculo de la República hace poca gracia; maldito el chiste que tiene Salmerón, paseando a pie por las calles y aforrado en un gabán de tricot parduzco.

En cambio, la Monarquía da risa y ocasión a que se esparzan los buenos vecinos de la villa y corte.

¿Que va el Rey a la salve? Escolta de caballeros con guantes amarillos, y, de señoras que enseñan los bajos…

¿Que vuelve el Rey de la salve? Otra escolta de vecinos en actitud de pasear.

¿Que le han disparado un tiro al Rey? Estupefacción y carreras hacia Palacio.

¿Que le van a quitar la vida a Otero? Emoción y carreras al Campo de Guardias.

¿Que parió la Reina? Perspectivas de fiestas, achuchones por ver al recién nacido, y comentarios sobre si La Correspondencia dijo que el regio vástago venía de cabeza o salía de pie, —¡y no se meta usted, señora, en honduras tan peliagudas!

Movimiento popular, carreritas… ¿Qué pasa? La carroza real camino de la casa de un Grande, el de Híjar, para llevarle el traje y las ropas interiores que usó S. M. el día de Reyes.

—Pero usted que tanto critica —me decía una señora,— ¡asiste a las ceremonias regias!

—Señora —le contesté— yo no voy a ver al Rey.

—Entonces, ¿a qué?

—Señora, yo voy a que el Rey me vea a mí.

Madrid se divierte con la Monarquía. Lo que dicen las chicas: ¿a qué está una?

Entre tanto continúan escribiendo los republicanos ¡Viva la República! en letras gordas, con lo cual se figuran los tontos que están al cabo de la calle.

Los carlistas, más prácticos, tratan de irse al monte. Esos no se andan por las ramas.

El bautizo sacó a la calle una porción de toilettes mujeriegas. Señoras vestidas de negro con pechuga blanca. Señoras vestidas de encaje negro por cuyos agujeros se ve una prenda de raso blanco que a primera vista parece enagua. Señoras vestidas de riguroso luto con la delantera del muslo en blanco. ¡Muy bien!

En virtud de esos incentivos o aperitivos, no estaría mal que se modificara un poco el traje masculino: el pantalón, por lo menos, debe llevarse a lo zuavo.

Fue notable también la toilette de la nodriza.

La chaqueta era de terciopelo negro con galones y botonadura de oro.

Chambra de batista primorosamente bordada y encajada; quiero decir, con riquísimos encajes.

Luciendo de gemelos, en el cuello y en las mangas, monedas de a cinco duros.

El delantal de faya negra bordada de oro.

Zapatos de charol, medias de charol, digo, de seda; hebillas de oro fino y lazos de terciopelo grana.

Pendientes de coral en las orejas, collar de perlas en el pescuezo, y en las trenzas mucho oro y mucha grana. ¡Quién tuviera trenzas, quién pudiera dar de chupar al Rey!

Antes de trajearla así, por supuesto, le dieron un baño de lejía con tusa y jabón: quedó como nueva, y luego, con golpes de grana y oro, una princesa del monte.

«El Rey —dice La Correspondencia, y esto es estupendo —rompió en llanto las dos veces que el cardenal Payá le aproximó la sal a los labios.»

Ni más ni menos que un niño cualquiera ¡mire usted qué Dios!

La misma Correspondencia nos cuenta que «llamó la atención el magnífico collar, de tres vueltas, de perlas, del tamaño de Avellanas (con a mayúscula, ¿por qué, señora?) que lucía la infanta doña Isabel, así como su diadema y broches de perlas enormes y gruesos brillantes.»

Una señora así, con esas Avellanas, tenía que hacer un rasgo, e hizo dos, si no miente La Correspondencia: desempeñó el mobiliario y las ropas de un cesante, y estiró la vida, durante algunos meses, a un pobre albañil que no tenía trabajo.

«En esta clase de obras —dice La Correspondencia— es en las que emplea con frecuencia sus haberes la familia real de España.»

Ya, ya; no se arruinará con esas dádivas, que parecen de familia de Puerto Rico.

La Exposición de Horticultura fue brillante y perfumada, según he leído en los papeles.

Yo no fui, ni falta. En cumplimiento de un penoso deber, iba camino del Buen Retiro con mi correspondiente billetito de invitación, que tiene forma de medalla perruna. Se le endosé a un compañero, al cual tuve la suerte de encontrar en el mismo camino, y me quedé a la entrada, confundido modestamente con la canalla, quiero decir, con la gente que no tenía dos pesetas para entrar. Naturalmente, presencié, el desfile. Primero salieron tres señoras que parecían acabadas de salir de la fábrica de pastillas de chocolate de Matías López; en seguida, unos cuantos caballeros, al parecer: hubo una pausa en el desfile de figuras, y un guardia empezó a gritar:

—¡Abran paso!

—¡Que va a salir un ministro! —me dijo un caballero sin dos pesetas para entrar.

—¡Que viene un ministro!

Pero no era ministro; era nada menos que la infanta con un ramo de flores, y seguida de su marido y de su cortejo de duquesas y marquesas. ¡Lo que me gusta a mí codearme con las duquesas! En cuanto se me antoja que una señora es duquesa, ya me tienen ustedes ideando el modo de tropezarme con ella. Me hago el que no ve tres sobre un borrico, tropiezo con cualquier animal o transeúnte, y ¡zas!, me doy, un testarazo con la duquesa. Suele levantarme y preguntarme el marido:

—¿Le ha hecho a usted daño?

—No, señor —le respondo.— Y a su duquesa de usted, ¿se lo he hecho yo?

A lo mejor resulta que no es duquesa, y hago una plancha soberana.

Duquesas y marquesas legítimas eran las que seguían a la infanta. ¡Bonito espectáculo! Entre dos lilas de canalla o pueblo se destacaba gentil y perfumado, hasta cierto punto, el ramillete aristocrático. La Eulalia, que es una de nuestras primeras infantas, saludaba con mucho v'lan —una especie de chic, vamos,— y las duquesas y marquesas se inclinaban, quebrándose por la cintura, hasta ponerse casi de rodillas. —¡Abran paso! —gritaba el guardia.— Y allá, cerca del estribo del carruaje de la real casa, aparecía, sin sombrero, la blanquísima cabeza del ilustre poeta cortesano… Viole la infanta al subir al coche, y díjole con timbre de voz bonita y natural: «Adiós, Campoamor». Fue el mejor saludo de la tarde. La aristocracia de la sangre y la aristocracia del talento se daban los buenos días cara a cara, y la cabecita rubia de la infanta, tan erguida y orgullosa cuando saludó a los grandes, se inclinó modestamente, como la flor al halago del jardinero, ante la canosa cabeza del poeta que ha cultivado el jardín de la musa regia. (No estoy muy a gusto con esa frase por lo fino, que acabo de hacer; pero tampoco lo estoy del desfile de la concurrencia.) No estaba la reina, y todo el mundo sabe que yo estoy enamorado de la reina. Las cosas que me pasan a mí no le pasan a nadie. ¡Mire usted que haberme enamorado de la reina! Pero eso no se puede remediar. «No, no has venido al mundo a nada bueno —me decía mi mamá una vez que me pilló desplumando vivo a un pollo,— porque si das guerra ahora, mucha más diste antes de nacer, que a poco me cuestas la vida. «Y tan desahogada como se quedaría la buena señora cuando me dio a luz.

El gran García

No sé si Manuel García, o don Manuel (le daremos don por si acaso), es cuestión literaria o cuestión política. Lo que si sé es que la Habana tiene a Manuel García sentado en la boca del estómago.

No puede ser de otra manera… Manuel García por aquí, Manuel García por allá, pregonada la cabeza (?) de Manuel García… ; —¡y toda una capital ilustrada y digna ocupándose y preocupándose con un García!…

Yo no creí en la existencia de los Juanillones, Melgares y demás Bizcos. Yo no creo tampoco en la existencia de Manuel García. Había de secuestrarme, y secuestrado y todo, yo le diría: —Usted se engaña, caballero; usted no es Manuel García; tal vez sea usted una persona decente del pueblo.

Pasa con este facineroso (dicho sea sin ofender) lo mismo que con Hipócrates. A una suma de ciencia se la llamó Hipócrates; a una suma de bandolerismo se le llama… García. De todos modos, parece mentira que don Manuel sea ese buen señor que he visto retratado en varios periódicos. ¡Una persona tan simpática, tan decente, con ojos de indígena a medio degollar y con tipo de vecino documentado! La verdad, no me resulta. En materia de asesinos, más o menos legales, soy una autoridad: ¡he tenido tantos amigos!

Se murmura con extrañeza que Manuel García gasta bandoleras. Pero si don Manuel robó antes caballos, según cuentan sus biógrafos, y secuestra ahora personas (que todo es robar); si es, en fin, bandolero de nacimiento y oficio, parece natural que gaste bandoleras.

Sin embargo, no hay que fiarse mucho de las prendas de vestir de los hombres célebres. Recuerdo que cuando Maceo llegó a Madrid, los periódicos inventariaron así el equipaje del cabecilla:

Un alfiler.

Cuatro pares de zarcillos grandes.

Dos ídem chicos.

Dos ídem de doguillos.

Dos guardapelos.

Una pulsera.

Cinco anillos.

Se inventaba, pues, un equipo de cocotte fanée; se hacían travesuras de ingenio con los baúles de un hombre célebre.

Manuel García es una escrófula. Cuando los organismos están anémicos (y necesitados de hierro) brotan espontáneamente esas manifestaciones… cutáneas, no una, muchas, en distintas partes y siempre anónimas. Manuel García es, por lo menos, un grano en la nariz… Y es también una preocupación. Si no hubiera Dios —decía Voltaire— convendría inventarlo. Hay que inventar asimismo algún bandido, más o menos García, para distraer el tedio de la existencia que discurre bajo una atmósfera asfixiante, entre la calma de mares dormilones y las dulzuras de la jalea de guayaba.

La imaginación, que todo lo agiganta, ha hecho de Manuel García un Aquiles con los pies en la manigua y la cabeza en las nubes. Si usted, lector, le nombra y le censura en la Habana, observará bien presto que le dirige una mirada feroz el caballero que se sienta a la vera de usted; y usted, todo azorado, se preguntará, callando ¿Le tocará algo a Manuel García este señor que me mira tanto?…

La popularidad de García es enorme, aplastante, tentadora… Un sabio como Linares, el naturalista santanderino, vive a solas en su gabinete de estudio, enamorado de los bichos, estudiando y enfrascando sin cesar. A este sabio, con un talentazo que no le coge en la cabeza, le conocerán mil personas y le reconocerán otra mil… ; —y morirá de viejo sin conseguir la popularidad que alcanzaron a tan poca costa, machete en ristre, los Manueles Garcías!…

Hay, en el fondo del bandolerismo, algo muy triste: el soldado. Recordad a Julio, el soldadito de Ploglof, con sus azules ojos que miraban al cielo blanquecino, buscando la patria perdida en el horizonte infinito y tropezando con una puñalada en mitad del cuello: ¡recordad al soldadito!…

El que escapa con vida vuelve anémico, histérico, herido por el clima, quebrantado por la manigua, atrofiado, tonto… , ¡loco! En Cádiz y Santander le aguardan los timadores para darle un paquete de velas a cambio del paquete de centenes que reunió, sabe Dios con cuántos sacrificios, pensando en la madre anciana y desvalida… —Es la recompensa que la patria da al soldado.

Una noticia sonorosa recorrió hace meses, con estremecimientos de sorpresa, las columnas de la prensa habanera. ¡La esposa de Manuel García hallada y detenida! Y aquella prensa publicó interesantísimos relatos, en cuyo fondo latía el acendrado afecto de la prisionera por su esposo acosado y herido. Recuerdo que un dibujo la representaba con cara dura y afilada como una navaja de afeitar, y con un tabaco en la mano derecha. Me parecía mentira que tal retrato fuera la vera efigie de la señora. Tal vez, pensaba yo, sea un humorismo del Pons que la dibujó, o el mismo Manuel García dándonos una broma de carnaval. Decíase que Rosario —a quien trato con tanta franqueza porque así la trataba todo el mundo,— rivalizando a su modo con Mucio Scévola, se quemaría la mano derecha antes que revelar uno sólo de los secretos del titulado Rey de los Campos. Hubiera sido una chamusquina o determinación sensible, entre otras razones, porque la señora tendría que llevarse a la boca con la mano izquierda la breva que tenía en el dibujo. Por fortuna, no había ni podía haber caso. La señora de García era un botín apreciable; pero, como botín de señora, no quitaba ni ponía fuerza a los aprestos para dar acabamiento al bandolerismo. Doña Rosario, prisionera, era una adquisición, pero nada más. Porque el capitán general de Cuba no podía hacer con la señora de García lo que haría éste con la esposa de un general…

En la época del Terror Rojo, cuando Père Duchesne y Rougiff manchaban de virulenta baba las glorias de la Revolución, y los maratistas pedían, en el harapo sangriento que se tituló por ironía de lenguaje L'Ami du Peuple, que se reformara el país cortando ochenta mil cabezas, una mujer muy bella y discreta —si no miente un episodio narrado por Louis Blanc— trató, en el Pont Neuf, de recabar la vida de su padre, a cambio de inmolar su doncellez en las odiosas manos del Amigo del Pueblo. «Venid mañana» dijo Marat; y aquel insigne neurópata, que se había calado el gorro del patriota mereciendo llevar el capuchón del presidiario, entregó la orden de libertar al anciano y rechazó el rescate ofrecido por la doncella; —y, como si temiera arrepentirse de su buena obra, atravesó corriendo el puente, mientras el Sena, rojo de sangre, murmuraba a sus pies…

La llegada

Si el notable periodista Escobar Laredo no me hubiera dicho en el Ateneo, días antes de salir yo de Madrid, «va usted, señor, a la capital del choteo», me lo habría figurado con sólo oír que al señor obispo le tocaban un danzón, que es cuanto cabe tocarle a un príncipe de la Iglesia católica, apostólica y romana. Sin embargo, le tocaron también música de Niña Pancha y… sabe Dios lo que le habrían tocado si el señor Santander y Frutos, hablando como un libro, no hubiera impuesto silencio, y hurtado además el cuerpo a los entusiasmos de una apoteosis marítima y bailable.

El capitán del vapor Alfonso XIII. estaba en sus glorias y gritaba sin cesar, con voz de lobo marino: «¡Paso al señor obispo!»; y entretanto, unos señores monaguillos agitaban, a bordo de un remolcador, pañuelos y sotanas, y unos señores vecinos se cayeron del susto al agua.

Yo supongo que el discreto prelado estará muy triste…

Porque aquello parecía, más y mejor que la entrada de un obispo en su diócesis, la entrada de Felipe Ducazcal en los bufos. Y, Dios me perdone; pero yo me siento también muy afligido.

Disuelta la irrupción de las tres mil personas que nos dispensaron el disparatado honor de invadir el vapor Alfonso XIII, impidiéndonos el desembarque, sin fijarse en que lo que necesitábamos los viajeros no eran saludos precisamente, sino perder de vista al barco, entramos en la Habana a las ocho de la noche, entre estampidos de cañón, con los cuales supuse que se celebraba mi llegada…

Poco después cesaron los estampidos, pero aun se percibía algo así como descargas de fusilería, y entonces sospeché que estaban fusilando en el Parque a los monaguillos del remolcador. Pero aquellos tiritos eran inofensivos, y entretenimiento de aficionados al tiro de pistola y carabina.

Un extranjero me preguntó todo medroso: —¿Hay guerra en la ciudad?

Yo no sabía qué contestarle… cuando leí este suelto: «Entre nosotros son militares hasta las piedras y el temperamento belicoso forma parte de nuestra naturaleza.»

—Caballero —dije al señor que me había interrogado,— ya lo oye usted: ¡somos muy belicosos!…

¡La Habana!… Me la figuraba de otro modo que es cuando por primera vez vine a ella. ¡La Habana!… Sí, la soñé vestida de blanco al igual de la ciudad andaluza cantada por Byron, esbelta y hermosa como Friné, vaporosa y soñolienta a semejanza de población oriental; reclinada en hamaca «hecha con plumas de colibrí», entre gasas y flores de azahar y perfumes de naranjos y limoneros… Por entonces —hace ya cinco años— tenía yo una miajita de fantasía, y viajaba, sin darme tregua ni reposo, en persecución de la ciudad de la esperanza… Luego me he convencido de que todo los pueblos se parecen, y de que lleva razón el poeta de las hipocondrías: —Un cielo gris, un horizonte eterno, y… ¡andar!… ¡andar!

Entrar en la Habana es como entrar en Pamplona… La Habana es, pues, una plaza fuerte (hasta ciertos Dándalos y Duilios; quiero decir, hasta ciertos puntos), cuya perspectiva deja en el ánimo impresión muy penosa. Es, además, destartalada y fea; o dicho sea con más exactitud, afeada por carromatos y comercios. La bodega ha matado a la Habana. El trabajo es siempre honroso (salvo la opinión de un filósofo que decía: ¡que trabajen los bueyes!); pero hay que embellecer el comercio, que es la vida… No recordéis a París, ni a Viena, ni siquiera a Bruselas, porque sería cursi y pedantesco. Pero recordad a Madrid, a Barcelona, a Sevilla. Los comerciantes trabajan allí por ganar dinero, claro está, pero lo gastan también en presentar decorosamente sus mercancías. El comercio de la Habana es antiestético feo, desaliñado, polvoriento, intransitable para una dama parisiense.

La Habana del porvenir, esto es, la Habana nueva, es relativamente bella y elegante. El confort habanero es superior al madrileño y al barcelonés. Se come y se bebe y se arde en la Habana mucho mejor que en Madrid y Barcelona. Hay menos limpieza en plazas y calles; pero hay más baños y se rinde más culto a la hidroterapia.

No hace muchos días que El Resumen se quejaba del abandono de Madrid. Pero lo que no dijo el señor médico, colaborador de El Resumen que sacó a la vergüenza pública las cascarrias de las Ventas, es que en algunos pueblos, los menos por fortuna, no hay lavabos, ni aljofainas, ni siquiera agua. Lo que tampoco dijo el señor médico es que los vecinos de esos pueblos salen de mañanita, acompañados de las respectivas vacas, a… abonar el campo, y que en aquellos retretes a la intemperie no brilla nunca la blancura de una hoja de papel.

Priva en dichos pueblos la ruidosa costumbre de sonarse las narices con los dedos, y la más ruidosa aún de exhalar públicamente regüeidos y otras flatulencias de mayor sonoridad, y suele ser tan paradisiaca la cultura de los vecinos, que las mujeres se arremangan el pudor en la vía férrea, frente a frente de vagones atestados de viajeros.

Recuerdo a este propósito, que D. Hermenegildo Giner de los Ríos dijo en un periódico que no era posible asomarse a la barandilla del teatro Real sin sentir cierto olorcillo que subía de los palcos y butacas; y recuerdo también que yo aconsejé al Sr. Giner que no fuera al Paraíso; o que, caso de ir, no se asomara a la barandilla, porque nadie le mandaba darse ese mal rato.

—O vaya usted —añadía yo— a oler… óperas.

Yo no digo que las oigo. Si me preguntan:

—¿Qué le pareció a usted La Carmen?

Contesto en seguida:

—Una guarra, amigo mío. ¡Olía tan mal

No, en esos pueblos no hay mucha curiosidad. Son innumerables los vecinos que hacen de perros en las paredes de los edificios. En algunas casas de huéspedes lavan las lechugas en el barreño de los pies. En otras casas ponen a refrescar las aves, ya desplumadas, sobre la tapadera del retrete ¡y hay quien dice que así huelen mejor!

No es del sexo débil la culpa del tufo; es del sexo pelado, porque las mujeres son monas que imitan a sus monos. Sé de un señor que lava a sus novias tan pronto como le dan el ansiado sí…

Algunas protestan:

—¡Ay, que me voy a constipar!…

Pero él, como si no; las zambulle después de frotarlas con estropajo y jabón. Ya se le han muerto seis suicidadas por la hidroterapia.

Yo no creo lo que decía Shocking, revistero del Fígaro, que todas las mujeres deben emular a la parisiense en lo de pasar el día metidas en agua de Lubin. Pero sí creo que deben lavarse una vez al día, o más si estuvieren en peligro de subir al «colchón del matrimonio», como ha dicho pintorescamente un vate americano.

Después de todo, la verdad es que, en punto a narices no hay nada escrito. Sé de un señor que cuando ve a la parienta camino de los baños, se desazona y le dice con fatigas:

—No seas gorrina, mujer. Qui bene olet, male olet.

Es que le gusta así, en su propio jugo, como si fuera ostra, y le resulta bien oliente el tufillo conyugal. Eso mismo parecerá a muchos señores, o no tienen narices y no huelen, o respeten el tufo como si fuera tradicional…

Lo cierto es que los pueblos latinos (exceptuando Francia) no brillan por la limpieza; y sería sensible, ya que hemos perdido en el extranjero la fama de conquistadores, que pasáramos a la posteridad por atufados. ¡Sería muy sensible!…

Sin querer, y proponiéndome hablar de las espantosas camisetas que se exhiben en las calles de la Habana, me he ido por los cerros del Guadarrama; y es que no hay camiseta sin causa, ni colonia sin metrópoli…

Perspectivas

I

Me da miedo de sólo recordar que a seguida de haber enterrado aquella fastuosa ilusión de mi vida (no sabe el lector cuál fue, ni tampoco le importa… ), luego de haberla visto alejarse tan despacio, entre miradas del asombro y plácemes del odio, tuviera yo ánimos para llegar al tren y a la venturosa tierra de la alegría, y que olvidando las penas de mi alma, que por ser tantas y tan grandes ya no cogen ni las quieren en ninguna parte, echara flores y requiebros al buen palmito de una rubia —que lo es hasta dejarlo de sobra aquella niña gaditana; y no por otra cosa sino porque cuando quiere el artista humano, a semejanza del artífice divino, hacer algo que tenga gracia y finura, le da luego ese color, y sin duda por eso son rubios los ángeles de las iglesias, rubia la manzanilla y rubia también la mujer que me dio una puñalada en mitad del corazón… —No sé si he dicho un disparate. —Quiero decir que me encontró en Sevilla durante la procesión llamada del Silencio… Eran muchos los hombres envueltos en capuchones negros, y llevando largos cirios en las enlutadas manos. No hay duda, la procesión se mantenía a una grande altura de silencio… De repente salió de unos labios femeninos la palabra ¡atrevido! y poco después sonó de modo estridente un grito de perra. Ignoro la causa eficiente de aquellas manifestaciones; tan sólo recuerdo que un gendarme de los que iban en la procesión increpó a un caballero, y que otro gendarme pegó un puntapié a una pareja perruna…

Este tristísimo suceso ocurría a las dos de la madrugada. Más tarde dejaba yo la tierra del sol… Había presenciado algunos incidentes estupendos; vecinos de la Macarena que proclamaba a voces la superioridad de su Virgen sobre todas las demás; otra Virgen (de mampostería) que necesitaba el canasto de la compra, según los ajos, cebollas y demás verduras que llevaba (dibujadas) en lujoso manto; la Verónica, la Magdalena y otras señoras arrepentidas, a quienes representaban al natural sevillanas que movían voluptuosamente las caderas; una turba de monaguillos que cantaban peteneras a las Vírgenes; por último, un Cristo que fue obligado por los hombres que le conducían, a saludar humildemente a una persona muy gorda que se había repantigado, como una marrana, en asiento de pedrerías.

Durante aquel saludo monstruoso me pareció que asomaba una lágrima (¡quizá de perdón!) a los ojos del Cristo y que bailaban flamenco los faldones de la mesa en que iba el Hijo de Dios.

Salí de allí sumamente asustado… Figuróseme aquel ceremonial una burla grande de la santa religión de nuestros padres, y meditando a solas en el fondo de un vagón, paré abatido y triste hasta que me hizo sonreír de júbilo la sin par ciudad de Cádiz que surgía de las sombras blanca y sonrosada, como de las negruras del pensamiento y del corazón roído por la ingratitud surge siempre la esperanza…

¡Y cómo he llorado por Cádiz, hace ya muchos años, a bordo del buque que me llevaba a la ingrata tierra americana, viendo desaparecer en medio de estalactitas de vapor de agua las blanquecinas cúspides de la ciudad engendrada entre sonrisas de Dios e inmortalizada entre blasfemias de Byron, y creyendo percibir aún desde tan lejos el ruidoso regocijo de la «Velada de los Ángeles» y el embustero llanto de unos ojos claros!… No quiera Dios ponerme nunca en el estrecho de escoger entre vivir eternamente en el cielo, a la diestra de Santa Teresa, o vivir eternamente en Cádiz con una gaditana de circunstancias.

Una inglesa mareada me despertó con el ruido que hizo al vomitar. —Mire usted. —me dijo,— ya estamos en Inglaterra; mire usted a Gibraltar… —Alcé los ojos y vi, primero, unas peñas abruptas, y luego innumerables agujeros, por los que se asoman negras bocas de enormes cañones. Eso es Gibraltar: una batería insolente.

Antes de penetrar en la fortaleza, es de rigor hacerse con la entrada general:

Ya podía entrar yo en el negro abismo de cañones ingleses.

Gibraltar se parecería a Saint—Thomas si tuviese más vegetación y menos baterías. La calle Real es muy parecida a la que divide a la población danesa. No es Gibraltar un sitio ameno para recreo de viajeros; es una fortaleza dispuesta siempre al combate. Cinco mil soldados que en son de marcha, o en busca de sus elegantes y cómodos casinos, atraviesan diariamente las calles y hacen curiosos simulacros de batallas durante las tardes de los sábados; lujo de baterías que miran a España y grandes pirámides de balas: eso es todo.

El viajero se aburre extraordinariamente en aquel sitio. Debo a una feliz casualidad el haber pasado allí algunos días placenteros. Fue una carambola de la suerte…

El Sr. Lequich, que tiene de español el rumbo caballeresco y de inglés la exquisita circunspección, echaba por la ventana su elegante y confortable Royal Hotel para obsequiar a otro caballero cumplidísimo, el Sr. Brunetti, quien, acompañado de su guapísima señora, hacia tan agradable excursión; y siendo yo muy amigo de los esposos Brunetti, que lo son de Lequich, dispensome éste toda su amistad, y con su amistad la de su apreciable familia, y con el conocimiento de ésta, el de un inteligente compañero en la prensa, el director del Mons Talpense, y todos a una diéronme pruebas de afecto, que no son para olvidadas, y de tener mi nombre en alguna estima, como si valiera algo; de modo y manera que debo a Lequich y a Brunetti una porción de finezas que recordaré siempre en las andanzas de mi vida.

Muy preciosa es la Alameda de Gibraltar. Los ingleses han plantado allí multitud de árboles y flores, pero sin olvidar los cañones… Varios hay en el mismo centro del paseo, y al final de éste se halla colocado uno de 100 toneladas. La casa—habitación de este monstruo, cuya maquinaria es complicadísima, ha costado 75.000 libras esterlinas nada más.

Es inverosímil, a no verlo, el trabajo de fortificación que han hecho los ingleses en la peña española, tan indefensa y desamparada cuando tremolaba en ella nuestra gloriosa bandera, jamás vencida. La Naturaleza hizo inaccesible aquella peña, y los ingleses han colaborado mucho y bien en la obra de la Naturaleza. Perforado prodigiosamente todo el monte, pueden maniobrar los artilleros sin temor a la artillería enemiga, porque disparan desde sus respectivos túneles… Esto no) será muy valeroso, pero sí muy práctico. La lengüeta de tierra que une a Gibraltar con España está convenientemente minada para hacerla saltar en caso de peligro, con la cual quedaría el Peñón transformado en isla. No hay un solo recodo del terreno sin su correspondiente cañón en emboscada. Calcúlase en 2'883 el número de los que tiene la plaza, que está siempre preparada… ¿contra quién? No haya miedo que la ataquemos. Ceuta está indefensa; estaríalo asimismo Algeciras si no la fortificara la bravura de sus habitantes, los cuales son generalmente bandidos sueltos. En Algeciras (valga la disgresión) no se piensa más que en robar a los viajeros. Cuando fuimos arrastrados a la Aduana, bajo una lluvia de tempestad, sentimos pena por nuestra bandera, jamás deshonrada por el extranjero. ¡Qué vergüenza! Ibamos a Gibraltar, no a Algeciras, y sin embargo se nos prohibió el trasbordo, para que pagáramos torres y montones de pesetas por hacer la travesía en desvencijados botes. Los más de los boteros, policías y empleados públicos tienen tan feroz aspecto, tan canallescos modos, y son, además, tan pringosos, que yo hube de pensar si se habría escapado de Ceuta para robar en Algeciras esa partida de Juanillones que fue llevada hace poco al célebre presidio. No he visto en mi vida atropellos semejantes, como no recuerde los que se cometen en cierta parte de América, en las islas Barbadas, donde unos negros se negaban a restituirnos al vapor inglés en el cual habíamos satisfecho anteriormente nuestros pasajes hasta Inglaterra, nada menos, algunos viajeros que tuvimos la mala ocurrencia de ir a tierra a ver las basuras de aquella población; —y menos mal que, con amenazar mucho y pagar más, conseguimos que se nos condujera en una barcaza que rebosaba de barriles, tasajos y gallos vivos, alguno de los cuales, por cierto, nos picaron las piernas.— Pero nada más irritante que el espectáculo de unos forajidos, como los de Algeciras, arremetiendo contra un puñado de viajeros que con las ropas caladas por la lluvia, mareados, los más, y necesitados todos del descanso, llegan a una playa de la patria española… ¡A ser detenidos y robados miserablemente!

Esto ocurre ¡oh mengua! frente a Gibraltar; esto ocurre ¡oh desdicha! frente a la bandera inglesa… Al esmero de la Gran Bretaña correspondemos con la incuria. No pasa mes sin que perdamos una parte del territorio. La línea es una irrisión… Nuestros centinelas tienen garitas de piedra y yeso; las de los ingleses son de madera, fáciles de ser trasladadas, y las trasladan frecuentemente camino de España los rapaces hijos de Albión. Hoy un metro, mañana dos, y así sucesivamente. Es el trabajo de la marea que se sorbe cada día algunos granos de arena de la tierra firme; ¡ay!… en aquella porción de nuestro territorio tan sólo es firme el carácter de los ingleses… ¡ellos son el oleaje del mar potente, y nosotros los granos de arena de la indefensa y medrosa playa!… ¡oh cielos! ¡oh Dios de bondad! ¡oh Santiago a caballo! ¿Dónde están los descendientes de los Palafox y de los Álvarez?

A propósito de los cuales Palafox y Álvarez, he leído algo publicado recientemente por el Sr. Alarcón, a quien se le antoja vergüenza y abominación que los españoles desembarquemos en Gibraltar para ver las singularidades de la plaza, y muy santo y bueno permanecer a bordo diez días, como permaneció, según dice, el notable académico… ¡Ay! lleva razón el insigne escritor; que así recobraremos lo perdido en el naufragio de nuestras grandezas: ¡durmiendo la siesta a bordo!… —Tanto como puede satisfacer el orgullo patriótico del Sr. Alarcón, satisfaría el mío propio la reconquista de aquella fortaleza; pero me satisface también el carnero inglés con patatas, y no sé yo que por no comerlo ni hablar con las inglesas, que son muy barbianas (mejorando lo presente), ganemos la plaza.— Buena sátira del Sr. Alarcón a nuestros aristócratas a la inglesa, a los aficionados al sport, a los intérpretes españoles que se vengan de lo de Gibraltar robando a los viajeros ingleses!…

Si el autor de los Viajes por España no hubiera emulado la inercia y el fatalismo del moro con permanecer diez días a bordo, habría hecho con viva frase un paralelo entre Gibraltar y Algeciras, y con esta comparanza, si no nos sacara de nuestra postración, que ha llegado a ser una endemia moral, sacaríamos cuando menos, los colores a la cara, y sabría a mayor abundamiento, que es errónea la afirmación de que podemos tornar a bala aquella plaza, que tampoco podemos tomar por hambre, porque —aparte de que no se debe mentar la cuerda en casa del ahorcado, y mal puede sitiar por hambre quien no tiene que comer— hay en Gibraltar provisiones, que se renuevan mensualmente, para siete años de sitio. —Menos mal el Sr. Alarcón; que lo peor es que no faltan militares españoles que se resisten a visitar la fortaleza (bien al contrario de lo que hacen militares italianos, franceses y alemanes), y con tal procedimiento no se forma un plan de ataque para el porvenir…

Entre tanto los ingleses no se descuidan en estudiarnos, ni en defender la plaza, que les consume diariamente la suma de 15.000 duros, ni en aumentar sus baterías.

Por lo extravagante, es de notar la Batería de las Monas. En una concavidad de la roca viven lujosamente muchos de esos animalitos. Allí se da el dátil, que no se cría en ninguna otra parte de la Península.

Para los ingleses es un crimen horrible, no tan sólo maltratar, si que también hostigar de alguna suerte a las monas del peñón: —tal vez las guarden para engullírselas cuando les sitiemos por hambre!…

Los periódicos dan cuenta de los menores incidentes que ocurren a estas monas:

«Anoche ha experimentado los primeros síntomas de alumbramiento la mona Fitz.»

«Se encuentra enfermo de alguna gravedad Mr. Burke, su ilustre padre.»

«Acompañado de algunos amigos, y aprovechando el día de hoy, ha salido a tomar el sol el respetable mono español, señor García.»

«Al fin ha parido sin novedad la interesante Miss Cauthlye. Así lo hemos oído asegurar en algunos círculos políticos.»

«Se han fugado de la casa paterna tres monas andaluzas, en compañía de sus respetivos monos. Este suceso ha causado general indignación en los comunes (Cámara parlamentaria).»

«El eminente orador Sánchez, tan conocido en la cueva, nos ruega hagamos constar que no es pariente del Sánchez de Algeciras, tintador de oficio.»

Esas monas deben estar satisfechas… ¡Se las trata con el mismo respeto que a las instituciones!…

II

Celebrábase el Soco en Tánger cuando llegué a África. Moros harapientos y sucios extendíanse por la tortuosa calle que desemboca en las afueras de la población. Frutos del país, telas moriscas, dulces que parecen menjunjes de botica, caballos y yeguas y también esclavos, todo de venta y todo en montón. En casitas pobrísimas; tendidos en actitudes melancólicas sobre amarillentas esteras, con las manos sobre los libros que dictó Mahoma, y con las luengas barbas blancas reposando sobre el blanco ropaje, están los moros escribanos que sancionan los contratos.

He presenciado la venta de una agraciada mulata, que tendría apenas catorce años… un oficial francés la compró en 42 duros, después de examinarle cuidadosamente la boca, los pies, y… otras partes del cuerpo, según es costumbre en aquel mercado. En demostración de gratitud besaba la madre, que fue la vendedora, la mano del comprador, y reía mucho un hermano de la doncella vendida… No hay proporción en las ventas, puesto que un esclavo suele costar menos que un jaique.

Para estudiar las costumbres del pueblo árabe, es preciso ir a Tánger. En lo que se llama África francesa han perdido considerablemente esas costumbres. La entrada en las mezquitas y en todos los sitios donde se realizan ceremonias religiosas, está prohibida a los cristianos; mas no faltan en esos mismos actos algunas manifestaciones de carácter público. He visto una secta de fanáticos dirigirse en procesión a la casa del Gobernador, el cual desciende de Mahoma… Iban polvorientos, sudorosos y chorreando sangre de las heridas que se inferían ellos mismos mientras efectuaban el desfile.

El bautismo es otra ceremonia curiosísima. No tiene un cristiano el derecho de presenciar el acto de la circuncisión, que en esto consiste el ingreso en la religión mahometana; pero puede ver la cabalgata: un niño crecidito ya, sobre las rodillas de un moro caballero en mulo. Precédelos una música especial, que tiene algo del zumbido del cigarrón y mucho del chirrido de nuestros rabeles.

El matrimonio es ceremonia más curiosa todavía. La cabalgata tiene mucha semejanza con la descrita anteriormente. Sobre un mulo, un cajón cubierto con blanco lienzo, y dentro del cajón la novia, guardando, una postura que, cuando menos, es poco digna (va, en cuclillas). Acompáñala el novio, que lleva la derecha y monta un soberbio caballo. Llegados a la casa se practica la prueba de la virginidad. Si resulta ésta, lo anuncia el novio a los espectadores que esperan de puertas afuera. Difícilmente se aclimatarían en nuestras costumbres semejantes pruebas.

No tenemos idea cabal, ni aun aproximada, de los celos morunos. La casada, que habita en casa sin balcón ni ventanas, sale a la calle tan sólo los viernes, en traje inexpugnable… No es posible vislumbrar las líneas del cuerpo ni tampoco los contornos… Para los moros, las mujeres europeas, con sus ceñidos y transparentes ropajes, van sencillamente desnudas… Imposible de averiguar es, sin embargo, qué tiene más incentivo, y por tanto, más exposición: si el desnudo de las cristianas o el tapadillo de las moras.

Diez y siete tiene el sheriff en un serrallo, que está en las afueras de Tánger. Las mujeres europeas pueden entrar en ese tabernáculo faldero; no así los hombres, que tuvimos que permanecer en el delicioso jardín de naranjas, en tanto que ellas visitaban a las moras para contarnos luego que son agraciadas, que hablan muchísimo, y que permanecen sentadas en muelles cojines… Muchas son las dádivas que tiene el sheriff. Con frecuencia cruza las calles una multitud de moros que disparan espingardas, y bailan alrededor de una ternera; ese regalo. En recompensa pueden besar las apestosas ropas del descendiente de Mahoma.

Una escuela de moros tiene mucho que ver. El maestro, arrebujado en su traje blanco, tan sólo tiene visible la bronceada cara que contrasta con los blancos pliegues del turbante. Formando corro cerca del dómine, que permanece sentado en el suelo; se balancean incesantemente Y recitan con monotonía una turba de chicuelos que permanecen también sentados y semejan con sus trajes blancos figuritas de algodón en rama. El local de estas escuelas es tan reducido, que apenas tiene las dimensiones de una alcoba. Mucha obscuridad y muy mal olor. No se explica que puedan vivir seres humanos en tan lóbregos y hediondos agujeros.

Entre las muchas singularidades del moro, está su modo de sentarse. Adopta en verdad actitudes inverosímiles. Nadie sabe dónde se guarda las piernas; pero sí que puede sentarse en la punta de una aguja.

En uno de los tenduchos de Tánger he visto un moro arrellenado en un espacio inverosímil por lo reducido, y contemplando impasiblemente cómo se adherían a la manteca que rebosaba de una lata multitud de pelos sacudidos de una toalla por un oficial de una peluquería española vecina del tenducho.

Tánger, que pudiera ser una ciudad bonita, por lo extraña y puramente árabe, es horrible a causa del lastimoso abandono en que vive el moro.

Sobre las raídas cabezas morenas se pasean sosegadamente grandes piojos blancos. Si a un moro le brota una pústula, le brotarán dos docenas. Los hay que son pústulas ambulantes. La medicina está allí completamente de más. Sin embargo, mi amigo el Sr. Cenarro, ilustrado médico de la Legación de España en Tánger, afirma que va cediendo entre los moros más principales la preocupación de confiar a Alah el remedio de los males del cuerpo… Sea porque Alah no parece, o porque Cenarro cura a muchos enfermos, ya se avienen los moros a llamar al médico español y le miran con cierto respeto religioso. De los moros pobres muchos son los que no tienen hogar y viven en medio del arroyo. Es muy frecuente el verlos cociendo raíces y legumbres en cazuelas colocadas sobre estercoleros, o durmiendo sobre la basura el sueño de los justos…

El extranjero que va de excursión nocturna, y, ve a la luz del farol, que por fuerza ha de llevar consigo, puesto que no hay alumbrado en la ciudad, ni tienen nombres las calles, las negras o amarillentas piernas de moros que duermen a la intemperie, suele imaginar que aquella población está agostada por la peste. —Peste debiera haber, sin duda; pero la lluvia arrastra las inmundicias y el viento de Levante barre los miasmas.

Enclavado en aquella piojosa población está el Hotel Continental, elegante, limpísimo y cómodo refugio de los extranjeros. Nos aburríamos, sin embargo, de mirar desde el balcón el azul del mar, emprendíamos excursiones a la Farola y a Tetuán. Estos pequeños viajes, que son muy divertidos, se hacen en mulos y también en camellos. La naturaleza del país africano es la naturaleza americana; las mismas ráfagas de aire violentísimo: la propia exuberante vegetación; grandes ríos que hay que salvar sin puentes; flores y frutos, y palmas y cañas de bambú por todas partes.

Teníamos otro grato esparcimiento: el café moruno. Está situado en la planta baja de un desvencijado casucho. Mucha concurrencia de moros sentados en el suelo y con los pies descalzos. A la entrada del establecimiento van dejando las zapatillas, y cuando se retiran a sus casas, recoge cada moro su correspondiente par sin equivocarse jamás, aunque todas son del mismo color. El decorado del local se reduce a varios frascos de colores. A un extremo del establecimiento se colocan los moros que cantan y hacen sonar una estridente y monótona música. Los extranjeros tenemos nuestros asientos en un banco. Un moro, el dueño del café, va sirviendo el líquido en una taza: mitad café muy bueno y mitad borra muy espesa. Aquel café produce sueño; algunas bocanadas de opio en pipa, la melancolía de los concurrentes y el zumbido de las guzlas, causan el malestar de un sueño obligado, y no hay europeo que no salga de allí tambaleándose y creyendo que son media docena de luces la mortecina del farol que le guía por aquel laberinto de callejas en forma de herradura.

El moro es tan obsequioso como cumplido, y admite en su casa al extranjero siempre que esté resuelto a tomar cuando menos tres tazas de té verde, que le servirá con mucha distinción. En esto se parecen mucho moros y aragoneses. ¡Ay de usted, lector, si desaíra una de las tres tazas de ordenanza!

Seguramente está en África el porvenir de nuestra patria. Hay que echar de allí a los ingleses, que se han pegado al Peñón como las ostras al banco… La influencia británica en Tánger no puede ser más evidente. De los ministros extranjeros uno sabe el árabe: el ministro inglés. Los demás no estudian el idioma. Pero en cambio, el ministro italiano goza merecida fama de doblar un duro con los dedos de la mano: es, pues, hombre de fuerza bruta…

Los ingleses han llevado a Tánger una batería de cánones y, algunos oficiales de artillería… para enseñar a los pobres moros que no se atreven a hacer disparos, o los hacen malamente, poniendo más cantidad de pólvora o menos de la que hace falta.

Por último, el sheriff quiso de amor profundo… la agraciada fue una inglesa. Esta miss se avino a ser propiedad del moro, siempre que éste celebrara con la Legación británica un contrato que había de atarle de pies y manos. El contrato se hizo, la inglesa fue al serrallo… ¡Pero qué influencia no tendrá sobre el sheriff para haber conseguido abandonar el serrallo y vivir en casa aparte, con una esclava, pudiendo salir sola a paseo y montar a caballo vestida a la inglesa!

¡Oh sí!… Nuestro porvenir está en África. Este pueblo moro, tan desgraciado hoy, y sin embargo, tan firme en su credo, fue el pueblo artístico por excelencia.

No hay que verle recostado en la basura de Tánger, vestido de andrajos, mísero y envilecido, aunque guardando incólume el depósito de su fe y el depósito de sus costumbres; hay que recordarle reclinado melancólicamente sobre doradas plumas en los jardines de la prestigiosa Alhambra, nido amoroso de inacabables tristezas, bajo los artesonados techos del Alcázar de Sevilla, a lo largo de las naves de ese portento artístico que se llama Mezquita de Córdoba, en el anchuroso patio de la casa de Pilatos, con la mente fija en Alah y en las mujeres durante las sosegadas horas del reposo, y viendo elevarse en espirales de azuladas ondas el enervante opio caer al suelo mansamente, y como medrosas de enturbiar el silencio, las temblorosas gotas del surtidor de agua.

¡Oh, sí!… Esos moros acostados siempre en la húmeda tierra, son hermanos de los jornaleros que se tienden en las calles de Madrid; esas moras que se tapan el rostro, son hermanas de las andaluzas que, para salir de paseo, en Véger, sólo se dejan ver uno de los ojos; la guzla es la guitarra; el baile flamenco es el mismo baile de las moras y hebreas que danzan a hurtadillas delante de los cristianos… la petenera y la malagueña con sus ondulaciones sensuales y sus gritos de selva, son los cantares que oye el extranjero en el café moruno. Tenemos el mismo orgullo de raza, el mismo fanatismo de religión, el mismo valor personal, los mismos piojos; y si en la estación de verano los moros se lavan los pies en los estanques de las mezquitas, nosotros nos lavamos también, pasado el día de la Virgen del Carmen, en barreños destinados a escarolas y lechugas!… ¡Oh sí!… Nosotros salvaremos a ese gran pueblo en la desgracia, porque somos generosos y nobles y valientes, y ya empezamos a ser serios.

Y discurriendo así de regreso a España, vi sobre la superficie de las aguas algunas cabezas de toros, las cuales se balanceaban graciosamente en el mar. Admirábame que tales fieras hubieran ido a nado hasta semejante sitio, cuando me dijo un camarero del vapor:

—Esas cabezas no están vivas; sirven aquí de boyas para indicar los bajos y arrecifes. Es que nos aproximamos al puerto.

Efectivamente llegábamos a la tierra del salero, de los hombres valientes y de las muchachas bonitas; en una palabra, a Málaga, allí donde el muelle es sucio y feo, y las calles también son sucias y feas… ¡pero con muchísima grasia!…

Tánger. —1884

La nochebuena en el mar

Un mar rebelde, que hacía visos de bilis colérica, oponíase con tenacidad ciega a la marcha del Tamaulipas. Grandes pirámides de olas le alzaban en vilo y le ponían perdido de agua. Crujía la madera y chirriaba el hierro dando tumbos sobre las verdosas aguas que alzaban sus ondas alrededor del barco, y se encrespaban y crecían en borbotones de espuma para escupírselos a la cara, tan pronto como se deprimían y acurrucaban humildemente, a guisa de piel de chacal que se dispone a recibir la presa, para atraerla a los remansos aterciopelados y dormidos en apariencia… La casa flotante continuaba gimiendo, como si se la abriese en canal, y llorando lágrimas salobres. Aquello era igual a viajar dentro de un trueno… Pero el Tamaulipas resistía como si tal cosa, con valor y majeza, aquel manteamiento terrible.

—¿Cuántas millas? —se preguntaba.

—Trescientas cincuenta trescientas sesenta y dos… largas de talle.

El pasaje reía… ¡Le tomábamos el pelo al Atlántico!…

A Bertha, un pimpollo de seis años de edad, la sorprendimos con el dedo pulgar de la mano derecha sobre la nariz y con el dedo pulgar de la mano izquierda sobre el meñique de la derecha.

—¿Qué haces, chica?

—Nada, me burlo del mar. ¡El mar! qué mamarracho! ¡y qué tío! Nos dejó sin platos, sin copas, sin misa. El capellán estaba mareado. ¡Este buen señor cura que nos da el triste espectáculo de caerse con el altar en plena misa!

La epilepsia del monstruo duró una semana. Ya no era esperada la llegada del buen tiempo.

Pero de pronto cambió la decoración.

Recuerdo perfectamente el alborear de aquella mañana dulce y templada como la primera caricia de una madre… Cuando desperté estaba mi manta de invierno a los pies de la litera y me culebreaba a lo largo del cuerpo una línea de sudor; —¡parecía una lágrima!..— Pasar de las nieblas de Madrid a las transparencias del cielo habanero; acostarse colgando en la percha un ulster forrado de franela y levantarse para sacar de la maleta una chaquetilla de alpaca —todo esto así, de buenas a primeras, de la noche a la mañana— tiene realmente impresiones de baño ruso.

La toldilla tenía cara de Pascua. Claro, se acercaba Nochebuena, y, además, habían salido de la cámara —por primera vez en todo el viaje— unas niñas cubanas con trenzas de color rubio melancólico y andares de paloma. El Tamaulipas se deslizaba suavemente sobre manso mar de azul intenso; azul, sin mancha de nube, estaba el cielo; y a babor y estribor, a popa y proa, pulverizaba y abrillantaba el sol aquel tono fuerte y mimoso a la vez. Todo era azul arriba y abajo. La vela blanca de un buque navegando a los lejos, se destacaba en el horizonte como ala de cisne en lago de añil puro.

Estábamos ya al tocar de la tierra habanera. Diríase que se sentían, y puede que las echara el deseo, templadas ráfagas de aire caliente; ecos melancólicos de quejumbrosos cantares; fuertes aromas… y, a la luz de la imaginación distinguíase sobre las verdes lomas cubanas los cogollos de palmera suspendiendo el fruto…

Mi amigo Colmenero, contador del Tamaulipas, me interrumpió guiñando los ojos: —Para esta noche, besugo y castañas, como en Madrid.

¡Este pobre Colmenero pensando en Madrid! Recordé los rabeles, las zambombas y las chulas (las chulas sobre todo), y, como Lamartine ante el féretro de su ideal, lloré en silencio largo rato…

La cámara del Tamaulipas es ciertamente de las más hermosas y lujosas: —lujo inglés, fuerte y severo.— Esta cámara se vistió de uniforme por Nochebuena; alfombras y portiers y adornos de gala, alumbrado todo por cuarenta y ocho luces eléctricas; —una noche de gran fiesta en los Jardines del Buen Retiro.

Marcos Guisasola, excelente maître d'hôtel, que dio de comer mucho y bueno al Rey D. Amadeo, había preparado una cena suculenta, elegante y bien remojada… —quiero decir con lo del remojo, que se escanció mucho vino de cinco clases distintas. —¡Qué turcas en alta mar!

No había más que pedir, ni cabía más ya. Había chillado mucho el corcho de las botellas, y hormigueaba el líquido en las pupilas de los bebedores con llamaradas rojas y negras…

Y a seguida de la cena, concierto al aire libre en la toldilla. Allí se alzaba en forma de columna una barricada inexpugnable. Cajas de turrón, barriles de aceitunas, sacos de cacahuets —toda una Plaza Mayor,— y allá en la cúspide, botellas del Rhin que enseñaban el azogue de sus cuellos. Las cajas estaban unidas por sartas de dátiles, engarzados como eslabones de oro, a la rubia espiga, y húmedas de las filtraciones de las granadas con sus cortezas abiertas por la hinchazón del fruto, que lloraba lágrimas de sangre y parecía decir: «Sacadme de esta prisión que me marchita y muero».

Un aire cálido y levantisco echaba a la cara de las mujeres los bajos de sus vestidos cuando subían por la peligrosa escala, e hinchaba las velas del buque, en cuyo palo mayor se despepitaba cantando un pajarraco.

La noche, que había estado hasta entonces como boca de lobo, empezó a clarear… Del fondo de una nube muy negra brotaron, como por encanto, chispas luminosas. Era de ver cómo se deshacía la negrura de la noche en pedazos jaspeados de rojo y blanco; y después, de entre aquellas luces artificiales de última hora, salió, muy maja y lustrosa, como la cabeza de un calvo, una luna que ya la quisieran en Sevilla para las noches de verbena y que sirvió lindamente de lámpara colgante…

Volvió a predominar el color azul arriba y abajo azul era el vacío del cielo con una claraboya por donde se asomaba una figura grotesca de monte bosquejado a medias —apunte o mancha del paisajista divino,— y el casco del Tamaulipas tenía reflejos azulados al dejar en pos chorros fosforescentes de añil puro, cuyos ruidos apagaban el eco de las guarachas y camagüeyanas que se cantaba aún sobre la toldilla del barco…

—Pero, chico, ¡qué pesadilla más horrorosa la tuya! —me dijo mi compañero de camarote al despertar del día siguiente.— Dabas unas voces… «¡que me las traigan!» «¡que me las traigan!» ¿qué querías que te trajeran?

—Las chulas, hombre, las chulas. Una Nochebuena sin chulas… ¡qué tontería y qué escándalo!

Y, como Lamartine ante el féretro de su ideal, volví a llorar en silencio largo rato.

En el mar. —Diciembre 1885.

Yo y el plagiario Clarín

I

PERSONALIDADES

A Clarín.

En la Cueva de Covadonga.

EGREGIO:

Ante todo… No hay para qué hablar de las injurias que pretende usted inferirme en su folleto. Por Novo y Colson, como si no las hubiera escrito usted…

Habla usted de los que «tienen por enfermedad el prurito literario, y que, creyendo imitarlo que ni siquiera son capaces de comprender, insultan y calumnian y llaman a eso sátira y crítica; y confundiendo lastimosamente las especies, censuran al escritor, no por sus literaturas, sino por vicios, pecados y hasta delitos reales o supuestos, pero siempre extraños a la materia artística»; y a seguida incurre usted en el feo vicio que censura. No vale que presuma de habilidoso con decir que lo exigen mis literaturas; que a nadie convencerá usted, por mucho que esfuerce el meollo, de que Las vengadoras, Nieves, La carne rubia, Los inseparables, Tric—Trac, y tantos otros artículos míos, están cosidos al cuello de mi gabán.

Lo que hay es que usted precisaba agarrarse al forro de mis gabanes para dar amenidad a su prosa ramplona, sicotuda y pespunteada con recortes de periódico boulevardier, ni más ni menos que necesitó meter la nariz en los faldones de D. Antonio para juzgarle en el folleto Cánovas y su tiempo.

Fáciles de hacer son, en verdad, las ocurrencias (¿?) de usted (¿?) por eso, porque no se fundan en hechos reales, sino en invenciones suyas.

Que llevo levantado el cuello del gabán, aunque haga buen tiempo… Y resulta que, ni cuello levantado, ni tan siquiera gabán, llevo yo en los más de los crudos días de invierno; y eso porque no me da la gana, a veces, y otras, porque no le da la gana al prestamista. (En fin, señores, que con un tipo como este Clarín, no se puede tener nada callado.)

Que me río de Castelar; y a usted, ¿qué le importa?

Si que me he reído, en El Motín, de Castelar político, porque es una irrisión. Pero de Castelar genio, digan ustedes que no es verdad lo que dice ése. En su vida le ha elogiado ni le elogiará tanto como este cura. ¿Qué se proponía Clarín; malquistarme con D. Emilio? ¿No comprende que Castelar es harto inviolable, como tal genio, para preocuparse de lo que digamos de él? Por mucho que usted le arrastre sus Alas, ya sabemos todos con qué fin (un distrito ¿eh?, no hará caso)

Una salvedad ante todo, ¡SEÑOR!…

No crea usted que con el título «Yo y el plagiario Clarín», incurro adrede en grave descortesía. «Yo y mi criado» —decía Fígaro.— «Por esta vez sacrifico la urbanidad a la verdad. Francamente, si yo no valiera más que mi criado, no me serviría él a mí». Como usted es uno de los siete sabios de Covadonga, doy por bien averiguado que tiene al dedillo aquella ocurrencia de Larra, y me apresuro a —declarar que voy antes que usted, en el título del folleto, porque así lo exige el orden cronológico. Fui yo primero en pegar; y el que da primero, da dos veces…

Yo no sospechaba que había sido su pesadilla durante tantos años, según confiesa paladinamente, ni que tenía la desgracia de inspirarle «una suprema antipatía», ni mucho menos que «me ponía y sigo poniéndome en la boca de su estómago». ¡Presentimiento!… .

Es el caso —y va de historia— que un inglés y un yankee divertían su ocios dándose con la badila en los nudillos. Ocurrió que el inglés puso casa, con muebles ajenos, pero con tantísima prosopopeya, que creyó llegado la sazón de hacer mala sangre al yankee, que la tenía mitad pus, mitad bilis; y aguijado por tan piadosa invención, fue enseñándole, pieza por pieza, objeto por objeto, cuanto bueno y rico atesoraba en su envidia. Pero… nada, el yankee… como si tal cosa ante las maravillas que le mostraba su adversario. Aburrido y desesperanzado éste, le llevó maquinalmente al retrete de la casa, y como al abrir la puerta del mismo percibiera el yankee un retrato de Washington, que colgaba en aquel sitio para escarnio del héroe americano, interrumpió al Cicerone para decirle con viveza: —Amigo, ¡esta sí que es una pieza confortable!…

—¿Por qué? —preguntó muy sorprendido el inglés.

Porque en viendo a Washington —respondió el otro— no hay inglés, por duro que sea, que no se sienta flojo…

Claro que, comparado conmigo, está más alto que la torre Eiffel, aquél que fue «el primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el amor de sus conciudadanos»; pero, no por chiquito, dejo de ser, y en verdad que lo siento, el causante de esa enfermedad (¡uf!) de estómago (tape, tape) que padece usted, porque me tiene sentado en la boca del mismo.

Dispensando la conversación, que no es la más propia para tenida antes de sentarse a la mesa, dice usted, evocando recuerdos del tiempo viejo, que yo «le escribí una carta muy fina (es que soy muy fino con todo el mundo), invitándole a comer conmigo y con mi tío, que era embajador de una república americana.»

Diré a usted. Es posible que el marqués de Rojas: —¡cosas de mi tío!—le dispensara el honor de invitarle a comer, no como a tal Sr. Alas, ni como a tal egregio Clarín, sino como a uno de tantos periodistas, en su buen deseo de reunir los elementos todos de la prensa madrileña para celebrar un acto de política internacional, que eso fue el banquete, como lo prueba el siguiente articulo que publicó Eusebio Blasco en El Liberal:

«EL BANQUETE DE ANOCHE»

»Lo dije y lo repito: el banquete tenía especialísimo carácter. Era el lazo de unión entre Venezuela y España, una vez más demostrado merced a la cariñosa iniciativa del Sr. Rojas, diplomático, literato, periodista, hermano nuestro en las musas, entusiasta admirador de España, que anoche, por los labios de españoles ilustres, respondió a su saludo.

»Un menú espléndido servido por Lhardy, sin rival para estos casos: siete platos fuertes, helado exquisito, vinos de primera. La mesa, en forma de herradura, con setenta cubiertos para otros tantos comensales del ilustre anfitrión americano.

»A la derecha de éste, el Sr. Castelar; a la izquierda el Sr. Cánovas; a uno y otro lado, la representación de todas las manifestaciones de la inteligencia, la cátedra, la tribuna, el libro, el teatro, la crítica, la poesía, la prensa. Junto al venerable Mesonero Romanos, el revolucionario Echegaray; en frente Menéndez Pelayo, Isidoro Fernández Flórez; próximos, Alarcón y Sánchez Pérez, Molins y Correa, Gañete y Miguel Moya, Escobar y Labra, Moreno Nieto y Grilo, Bremón y Mencheta, Velarde y Bonafoux, Gutiérrez Abascal y el Dr. Wecker, el Marqués de Cayo el Rey y Teodoro Guerrero; no sé si recordaré tantos nombres: Mellado, Palacio, Diestro, Asmodeo, Cárdenas, Millán y Caro, Navarrete (José), Guillaume, Benot, Armas, Valdés, Tauló, Pérez Anguita, Figuera, Gayangos, Ochoa, Ortega Munilla, Bona, Parlés y Mora, Vizcarrondo, Edelman, Güell y Mercader, Romea… El cónsul de Venezuela en Madrid, Sr. Barrié y Agüero, un banquero y gentleman español tan querido de todos, en frente de aquella trinidad de Rojas, Castelar y Cánovas.

»Llega la hora de los brindis; habla primero el Sr. Rojas, que, con elocuente y discretísimo discurso, saluda a todos los literatos españoles en nombre de Venezuela. Sigue un tiroteo de cumplidos entre los Sres. Cánovas y Castelar, sobre cuál ha de hablar primero; piérdese tiempo en esto y el Sr. Alarcón se adelanta apresurándose a contestar al saludo del ilustre venezolano: con esto obliga a los dos oradores citados a nuevos melindres; por fin, el Sr. Cánovas le dice a su amigo: —Habla, tú y procura agitar el vino para que nos guste a todos.

»Se levanta al fin Castelar y hace uno de sus más bellos discursos, lleno de esa conmovedora poesía que convence a todos. Habla de la patria con tal elocuencia, que subyuga. Le contesta Cánovas con un discurso no menos elocuente, lleno de grandilocuentes frases que arrancan tantos aplausos como las del primero.

»El Sr. Moreno Nieto, con su proverbial facundia, canta las glorias de América; D. Manuel Cañete, correctísimamente, consagra un recuerdo al gran Bello; lee el Marqués de Molins unos hermosos versos del poeta americano Sánchez Pesquera; sigue el Sr. Escobar con delicadas frases; habla luego otra persona de quien yo no debo acordarme, y habiendo aludido al respetabilísimo Mesonero Romanos, se levanta éste, pareciendo a todos la voz de la generación pasada dirigiéndose a la generación presente. Manifestación cariñosa de todos los concurrentes, en atronadora salva de aplausos, al anciano escritor de nuestras costumbres. Termina los brindis con uno lleno de sentido práctico y de intención política el Sr. Rodríguez Correa, cubano de nacimiento, español en el poder, periodista de toda la vida, a quien todos aplauden como se merecen sus patrióticas frases.

»En resumen: la fiesta de anoche es un verdadero milagro; setenta españoles, unidos en fraternal expansión como representantes de algo que está por encima de las luchas políticas, de las deleznables ambiciones humanas, o, lo que es lo mismo, el arte, la literatura, la crítica, la elocuencia, la poesía. Hermosa misión realizada por el Sr. Rojas, a quien la España literaria saludó anoche como a hermano querido.

BLASCO.»

En cuanto a que yo invité a usted en una carta muy fina, no lo recuerdo, y también lo dudo. No hago memoria de haberle invitado en mi vida, no digo yo a comer, pero ni tampoco a agua. ¡Bueno soy yo para dar de comer! Sobre que lo único que puedo dar, y no siempre, son los buenos días.

Pero quiero suponer que estaba loco, o que me había dado la manía por invitar a comer, como a usted por plagiar al Padre Eterno. Y bien: ¿qué mal habría en ello? ¡Al diablo no se le ocurre vengarse de un hombre por que no aceptó un cubierto de veinte duros!… ¿Qué no hubiera hecho si se traga usted los veinte duros del cubierto?

Lo que recuerdo muy bien es que cumplió usted como un caballero —y no vale que quiera graduarse de ordinario— porque fue personalmente a dar gracias al anfitrión. Por cierto que allí estaba yo, y a partir de aquel día me dispensó usted durante mucho tiempo El Alto Honor de saludarme en la calle cuando nos tropezábamos por casualidad.

—¡Adiós, Bonafoux—Quintero! —decía usted quitándose humildemente el sombrero hasta los pies.

Y yo me reía, porque, compadre, ¡qué feísimo es usted!…

No sé si por reírme, o porque no lo ofrecí un paraguas (véase Literatura de Bonafoux), dejó de dispensarme Aquel Alto Honor. Estoy muy flaco desde entonces…

¡Que mis críticas —dice usted— son una venganza personal! Mire usted: lo consiento yo que me llame «literato malicioso y atrevido», «malévolo», «mala fe», etcétera, y le consiento también que diga que soy un «escritor maleante que ando (¡!) encendiendo, por los rincones más intransitables de la prensa callejera, pajuelas de azufre (claro que si son pajuelas, son de azufre) escandaloso y pestilente»; pero lo de vengativo no pasa.

Onit—Selec, periodista habanero de mucho mérito, tuvo la ocurrencia de decir, en La Voz de Cuba, con motivo de mis Mosquetazos: «Athos, representaba la caballerosidad y la nobleza; Porthos, la fuerza bruta; Aramis, la astucia y la inteligencia. Athos era capaz de olvidar una ofensa; Porthos, de perdonarla; Aramis, no: el que se la hacía se la pagaba. Pues bien: el Aramis de hoy es el Aramis de entonces. Los que le han ofendido, tardarán más o menos tiempo, pero al fin se la pagarán.»

Aquella especie, que era un rasgo de humorismo, seguramente, y nada más que eso, cundió entre los que no me conocen ni me tratan, y por ser usted plagiario, hasta cuando no quiere ni se lo propone, no es el primero ni el segundo de mis enemigos en presentarme al público como una Catalina de Médicis macho; ¡a mí, que soy todo perdón y olvido!…

En mi alma, señor Clarín, no prende el pus del rencor, y si prende, no se encona jamás. Ya verá usted que, cuando menos lo espere, se acuerda de mí por algún beneficio. ¡Vamos, valor, amigo mío! ¿Quiere usted —en prueba de que no le tengo inquina— que traiga para la familia un poco de sirop de piña, en alguno de los viajes que hago a América? ¿O prefiere usted, para los niños, la jalea de guayaba?… Pero… ¡no vaya usted a creer que le ofrezco dulces para ponerles veneno!…

Usted me confunde en eso de las venganzas. ¿Cree usted que soy como aquel crítico que elogió en cartas privadas al Sr. Cañete, por alcanzar una colaboración en La Ilustración Española y Americana, y luego, porque Cañete no le sirvió, o no pudo servirle, se desvive por atacarle públicamente?… ¿O me confunde usted con aquel otro crítico que mortificó malamente a un poeta aragonés, con ocasión de haber publicado éste un tomo de poesías, y que más tarde, habiéndose trasladado a la capital de Aragón, y enterado de que el poeta era una influencia en Zaragoza, aplaudió a rabiar una poesía (de las que contenía el tomo precisamente) leída por su autor en un círculo literario, y cruzó además el salón para saludar personalmente al poeta, que le miró de arriba abajo con el más absoluto y profundo desprecio?…

¡Ah, Sr. Clarín! Usted saca consecuencias y venganzas de hechos que no existen, o que existen sólo en la mollera de usted, y se mete en el vedado de la conciencia con una argumentación que es puramente, hipotética; mientras que lo que digo y afirmo yo son hechos reales y susceptibles de prueba por medio de documentos fehacientes que pongo a disposición del público.

Y ya que supone usted, sin pruebas ni motivos, que cuajé mis críticas en tan estrecho molde de venganza personal, ¿no me será lícito, a mi vez, suponer, con pruebas y motivos, que la «suprema antipatía» que, según declara usted mismo, sentía por mí, sin razón alguna que la abonara —como no fuese la de que mi señor tío tuvo el atrevimiento de dispensarle un honor— es originaria de no haber sido yo, en ningún tiempo, alabardero de usted ni voceador de sus obras?

Abro al azar mi libro Mosquetazos de Aramis, y hallo las siguientes líneas en la crítica Le Maître de forges: «No sé qué dirán, ni me importa, esos críticos de fama para quienes son de oro todas las novedades parisienses. Pero digo y repito, aunque se enojen esos señores tan nombrados… en la calle de la Montera, que nuestro teatro de ahora vale más que el teatro francés.»

Vuelvo a abrir el tomo, y encuentro estas líneas en la crítica Las Vengadoras: «No ha sido flojo el vocerío levantado por algunos críticos —revisteros traducidos del francés y muy parecidos a ellos, con la diferencia de que gastan navaja. —Quién excomulga a Sellés en nombre del romanticismo; quién le fustiga en nombre del naturalismo. Seguramente no le quitan el sueño esas opiniones críticas, que no están informadas del buen gusto en punto al arte; —y do lo están, porque dadas las condiciones del siglo, es preciso, para estar a la moda en estética, no estancarse en Madrid, ni tampoco en Getafe (o, como si dijéramos, en Oviedo); es preciso viajar mucho, ver otros horizontes y sentir en el rostro otros ambientes literarios.»

Y apenas tienen cola esos distingos. Mosquetazos se publicó en 1885, y ya entonces hacía bastante tiempo —acaso tanto como tiene de fecha la «suprema antipatía» de Clarín —que se publicaron esas críticas en el periódico El Español.

¿Y no podré suponer también que esa «suprema antipatía» creció como la espuma, porque el ingenioso escritor Francisco Durante se expresó en estos términos, hablando de mi libro, en El Pensamiento Español de la Habana: «Clarín, el eminente crítico asturiano, no tiene las peregrinas agudezas de Aramis, y con esto está dicho todo. El humorismo de Bonafoux es más espontáneo que el humorismo de Alas. El desenfado de Mosquetazos de Aramis es superior al desenfado de Sermón perdido.»

PUNTO Y APARTE

«Una tarde, en la última primavera —decía usted— se me presentó en mi rincón de Asturias un joven escritor americano, el Sr. Barreal, el cual me traía de parte de Bonafoux un libro, que conservo, titulado Mosquetazos de Aramis, con una dedicatoria de manu auctor, la cual decía: Al autor de La Regenta. En prueba de simpatía, Aramis.»

En primer lugar, el Sr. Barreal no es escritor americano. De Oviedo es: allí nació, y fue accidentalmente a América habiendo tenido ocasión de tratarme en la Habana, y estuve allí a su lado en trances muy duros para él, e intervine más tarde, desde Madrid, en un penosísimo incidente que tuvo con mi discreto amigo el comerciante de aquella plaza señor Serrano Gómez, del cual conservo todas las cartas y documentos que se sirvió remitirme con tal motivo…

En segundo lugar, mal pudo el Sr. Barreal entregar a usted libros míos, ni nada, en la última primavera, estando como estaba entonces en Manila, sirviendo en el ejército; —cosa fácil de ser comprobada en el Ministerio de la Guerra.

En el verano del 86 fue el Sr. Barreal a Oviedo, de paso para embarcarse con rumbo hacia allá, quiero decir, hacia Filipinas, y desde Asturias me escribía diariamente la relación de su vida…

En una de dichas cartas hay un párrafo referente a usted. Por cierto que me chocó en Barreal, porque ya sabe él del desprecio que tengo por la mayoría de las gentes, y que soy poco propenso a adquirir amigos, convencido como me hallo de que me sobran mucho más de la mitad de los que tengo, con ser tan pocos. Concluía el Sr. Barreal preguntándome si había enviado a usted mis libros, Ultramarinos y Mosquetazos, a raíz de su publicación; y contesté la verdad, que si los remití a usted, como a todos los periodistas en activo servicio.

A los pocos días vino otra carta del Sr. Barreal, y como la conservo, al igual de todas las que he recibido en el curso de mi vida (porque soy una urraca para mi casa), ofrezco públicamente remitirla a Madrid; y puesto que tiene usted amigos, Cavia, Palacio Valdés, Menéndez Pelayo, Pérez Galdós, Sánchez Pérez y otros, que me honran también con su amistad, ruégueles que cotejen con alguna carta que tenga usted de Barreal, o que le pida ahora, letra y firma de dicho señor.

Todo esto es atroz, ya lo sé; pero, como usted tiene tanto de chismoso como poco de crítico, ha querido exhibir trapos, creyendo que me asusta, sin saber que yo voy a todas partes y que, aun a riesgo de faltar al público, soy muy capaz de sacar, a usted y a los suyos a la vergüenza pública, en la Puerta del Sol.

Ahora bien: el párrafo de la carta en cuestión, escrita el cinco de Junio de mil ochocientos ochenta y seis, dice así, textualmente:

«Estuve hablando con Clarín cerca de una hora. Tiene las mejores noticias de usted y me dijo que no había recibido ninguno de sus dos libros, pues de ser así, le hubiera contestado inmediatamente. Entonces yo le ofrecí el que usted me dio y declaró que no lo aceptaba, porque en vista de lo que yo le había dicho pensaba escribir a usted dándole las gracias y manifestándole lo mismo que yo digo. Por de pronto me recomienda haga presentes a usted sus recuerdos, pues él cree —así dijo— que le ha conocido en compañía de un diplomático, su tío quizás, que en cierta ocasión lo invitó a un banquete o comida. ¿Usted recuerda algo? —Y no acepto el libro —me dijo— porque usted no tendrá nada más que ese ejemplar, y además, porque YO QUIERO QUE ÉL ME LO DEDIQUE.»

A semejante invitación contesté volviendo a remitir el libro a usted, directamente a usted, y bajo faja certificada, por cierto, para que no pudiera decir que se había perdido también; y puesto que me pedía usted una dedicatoria, puse… la menor cantidad posible: «Al autor de La Regenta… En prueba de simpatía, Aramis.»

¡La dedicatoria! ¿Qué demonios quería usted que le pusiera en la dedicatoria? «Al eminente… » O bien: «Al egregio». ¡Vaya usted mucho con Dios

«Al autor de La Regenta». Usted es el autor (quitando lo que haya que quitar) de ese adefesio, y La Regenta era entonces y seguirá siendo hasta que salga la Esperaindeo (pero ¡qué catedrático es usted para poner motes!), Esperaindeo, la única obra de usted… in partibus. Claro que tenía que referirme a ella, y claro también que, caso de creer que la tal Regenta merecía un duro, hubiera puesto en la dedicatoria «al buen autor» o siquiera «al distinguido… »

Pero sigamos:

«En prueba de simpatía.»

Simpatía, ¿por quién? ¿Por La Regenta?…

¿Por ese penco?… Simpatía por usted, que tiene cara de buenazo, con el color «bueno» que decía Fígaro. Usted quiere hacer el diablo, un Han de Islandia, con unas entrañas más negras que la pez, y unos cuernos de media vara, y unos ojos que echan llamas… Pero no hay tal. Usted, que tiene ángel, es un pobre diablo de la cabeza a los pies, y no se come a nadie.

Recibió usted mi libraco; pero no lo leyó, según dice, ni ha leído ninguna de mis obras; sólo algunos articulejos que, de niño, publiqué en El Solfeo. Entonces, si no ha leído usted mis libros, ¿cómo sabe que tengo o dejo de tener ingenio? ¡Como no me lo haya conocido en el forro de los gabanes! ¡O como no crea usted que puede tomarle el pelo al público, al extremo de decir: «¿Ven ustedes ese caballero que me tiene medio loco a palos pues no tiene tanto así de ingenio. Yo no he leído sus libros. Pero aseguro que no tiene ingenio, porque sí, porque es mi enemigo. Y basta que yo diga que no lo tiene, y… cuidadito con contradecirme!»

¡EGREGIO!…

Ahí tiene usted contestada, punto por punto, la parte personal de su folleto; nada de hacer lo que usted, que trata de desfigurar los argumentos del adversario, y que se desentiende de ellos cuando no se los traga. Y cuenta que es mucho el sacrificio que hago con contestarle. Usted vive en Oviedo (¡fastidiarse!), es decir, usted no vive; yo vivo en París. París empequeñece los objetos quita la vista; Oviedo agranda la visión óptica y apabulla el cerebro, dándole esa obtusidad de cuerno que tan bien pinta usted, porque lo siente; usted necesita matar el tiempo cazando moscas, como Calígula, o como el Quintanar de su Regenta; yo necesito el tiempo para divertirme. Estoy aburrido de todo, principiando por usted y siguiendo por mí mismo. Ahora me voy al Edén a ver… Regentas (¡rabie usted, envidioso!).

Pero antes tengo que decirle una cosa.

Si usted quiere, podemos seguir folleteándonos, usted desde Oviedo, yo desde París, y continuar enviando folletitos a Madrid y dando lata a los madrileños… Si en lugar de folletos literarios, más o menos personales, quiere usted un escándalo gordo, pero muy gordo, en donde salgan todos nuestros parientes y amigos —¡qué bien!— adelante con los faroles. Yo no soy como usted, que empieza diciendo que no quiere nombrarme, y me endosa luego… cincuenta páginas de nutrida lectura; que dice que no insulta, y echa sapos por la pluma. Yo nombro y mortifico, y muerdo, según los casos y las ocasiones.

Decía Salustio —perdone usted que cite un poco, aunque no soy catedrático— decía Salustio en su Conjuración de Catilina, que «ningún hombre puede hacerse temer de muchos, sin tener que temer de muchos»; y yo entiendo a lo que me expongo con hacerme de enemigos.

¿Quiere usted guerra? Venga guerra. ¡Pero nada de salir luego echándose un velo a la cara para pedirme misericordia en nombre «de la cena de sus hijos!»

Hasta mañana, y que usted se alivie. —Aramis.

II

HISTORIA RETROSPECTIVA

A principios de Abril del año 1881 —atención, es toda una historia— publiqué en El Español los artículos «Novelista tontos» (primero, D. Leopoldo Alas, alias Clarín) y «Clarín folletista».

Bramó D. Leopoldo; pero, colérico y todo, resolvió, en sus altos designios, que no me contestaría en los días de su vida. Ese Real decreto de S. M. la Reina madre de la crítica española me afligió profundamente.

«¡Qué más quisiera él!» —exclamaba señalándome pudorosamente en el Madrid Cómico —«¡qué más quisiera él!»

No, no merecía mi personita los honores de una tan alta contestación. Además, yo le resultaba «antipático» (adiós, Tú), «con mucha mala fe» y con cuanto mato echó Dios al mundo. ¡Todo por haberme atrevido con D. Leopoldo I el Simpático!…

Pasábase la vida el bueno de Fermín tragando maroma, cuando he aquí que, por haberlo consultado con la almohada quizá, decretó, como sabio que es, volver sobre su acuerdo y asustarnos con decir campanudamente en La Monarquía:

«Mi desdén quede para quien me acusa de plagiario escribiendo lo siguiente: «En El Diablo en Semana Santa (véase Solos de Clarín) copia D. Leopoldo una bellísima página de Zola en Pot—Bouille»; y Solos de Clarín se publicó en 1881, y Pot—Bouille en 1882.»

A lo que contesté yo, en el periódico El Pueblo:

«¡Tate, tate, folloncico! Ya sabemos que Pot—Bouille se publicó en 1882. Sabemos más —¡si presumirá ése de ser el único sabio de Grecia!— Sabemos que se publicó en abril de 1882. Pero mucho tiempo antes se publicó en el folletín del Gil Blas, y muchísimo tiempo antes había dado a conocer algunos capítulos la prensa de París. Ahora, si el gran Zola ha plagiado a Clarín… , entonces no digo nada además, con ese solo de clarinete o chirimía (que dijo Manuel del Palacio), ¿se contesta una acusación de innumerables plagios? ¿Que usted no quiere contestar?… ¡Pues no conteste usted! o conteste en el Juzgado francés, que allí le seguirán causa por esos robos literarios y otros que irán saliendo. Por ahora, conste que está usted procesado en el Juzgado de mi distrito; y yo, Juez en esta causa, no me digno discutir con el reo.»

Y D. Leopoldo… bufando en el Madrid Cómico, pero inofensivo como un borrego, aunque sea buena comparación. Con repetir que era mucha mi mala fe, y que me haría un retrato tan notable que al verlo, dijera el público: «Ese es», pero sin nombrarme el fotógrafo, ya estaba despachado.

«¡Ése, ése está huío!… » me dijo, señalando a Oviedo, uno de los más populares revisteros…

Yo no tenía nada que hacer y me ocupaba en dar «coba» a D. Leopoldo. He ahí el origen de nuestro «rozamiento literario».

—Vamos a ver —me decía, con mis cuartillas en la mano y los pelos de punta, el director de La Regencia —vamos a ver, Bonafoux, ¿qué motivo hay para que en la revista de teatros ataque usted hoy a este señor?

—Ninguno —le respondía yo. —Es que me divierte.

Y, la verdad sea dicha, también divertía a Ruiz Jiménez. ¡Poquito que se ha reído él de D. Leopoldo!

«El hombre se tira de los pelos» —me escribía desde Oviedo un espía;—«esta mañana, en cátedra, la emprendió a bocados con los chicos.»

Y yo, corriendo con el cuento a casa de mis amigos. «Me escriben —les decía— que S. M. la Reina madre de la crítica está atacada del furor uterino, digo, teutónico, que diría Bismarck.»

Cierta noche —lo recuerdo como si estuviera viéndolo —cierta noche se me apareció en sueños un número de Los Sucesos. El grabado representaba a D. Leopoldo colgando del badajo de una campana de la catedral de Oviedo. ¡Que horror!… La cabezota, circundada de blondos cabellos, pendía de un hilo negruzco, que semejaba el pescuezo de un pájaro frito. Tenía dobladas las piernas y el cuerpo todo con las trazas de un perrito sentado.

Debajo del grabado aparecía este letrero en tinta china:

ESPANTOSO SUICIDIO EN OVIEDO

Y luego venía la explicación. Graves disgustos literarios movieron al suicida a tomar «la funesta resolución» de ahorcarse… con un número de La Regencia.

En sueños daba yo brincos lo mismo que un saltamontes, y decía, al igual de Macbeth: «¡Cómo te asemejas a D. Leopoldo!… Apártate de mí… Tu corona quema mis ojos… ¿Por qué tal espectáculo, malditos sucesos?… ¡Espantosa visión!… Ahora lo comprendo todo… D. Leopoldo, pálido por la muerte, me dice sonriéndose que son de su raza esas testas coronadas… »

Y en sueños también oía a Macduff, esto es, al editor de Clarín, el cual Manuel decía a grito pelado: «¡Ni en los mismos infiernos hay un ser más perverso que Bonafoux!… »

La pesadilla era más fuerte que yo. En vano trataba de sacudirla. «¡Lejos de mí esta horrible mancha… —exclamaba como lady Macbeth. —¡Qué triste está el infierno!… ¿Por qué no se lavan nunca mis manos?… Todavía siento el olor a crítico cabrío… Todos los aromas de Oviedo no bastarían a quitarme de esta gran mano mía el olor de la sangre!… »

Volví en mí; pero el sueño huyó de mis ojos, camino de Oviedo, siguiendo de cerca a la cabezota que colgaba del hilo negruzco y que tenía todas las trazas de un espantajo del campo…

Desde aquella noche juré dejar en paz y gloria a ti mísero ahorcado; pero a lo mejor tira el diablo de la manta, y el diablo fue la prensa en esta ocasión.

«Poco importa a Bonafoux —decía Gil Blas— el renombre de algunos escritores. ¿Se publica un libro malo? Pues aunque sea debido al más laureado poeta ¿al más correcto prosista, le tritura en el mortero de su crítica. ¿Se publica un folleto con humos de bien escrito? Pues aunque sea del mismísimo don Leopoldo, le analiza escrupulosamente y no le deja defecto alguno grave en el tintero.»

La Jeringa, entre otros periódicos, ponía a don Leopoldo estas lavativas de malva:

«Y vaya por la verdad. En el libro Literatura de Bonafoux se dicen unas cosas que ponen los pelos de punta: que si D. Leopoldo Alas (Clarín) es un Juanillón literario; que si La Regenta, tiene algo que ver con Mme. Bovary; que si D. Leopoldo es un folletista muy malo… en fin, que con esto y con otras cosas muy buenas que tiene el libro, vale muchísimo más que las tres pesetas que cuesta.»

Soliviantado D. Leopoldo, va y la emprende conmigo, poniéndome de «embustero» en El Madrid Cómico. ¡Embustero yo, que soy una Biblia de carne y hueso! Me ofendió mucho semejante expresión proferida por tan augustos labios; pero, recordando que Martínez Campos la había usado en su pintoresco lenguaje parlamentario, me consolé pensando que D. Leopoldo plagiaba también a Martínez.

—¡Me he propuesto que hable D. Leopoldo —decía yo a mis amigos —y no hay más, habla—, revienta.

—Te equivocas —me respondió alguien;— Clarín es muy cuco y no habla así lo empaten.

Y, entre sí y no, quedó apostada una cena, que me pagarán cuando regrese a Madrid.

Comprometido vi, no sólo en mi conciencia, sino también en mi estómago, volví a las andadas, y habiéndome dado propicia ocasión una defensa que hizo, a favor del «egregio», mi cariñoso amigo el escritor Sánchez Pérez, publiqué en La Regenta los artículos que reproduzco a continuación:

«MÁS PLAGIO DE DON LEOPOLDO

»AL SEÑOR SÁNCHEZ PÉREZ

»Amigo y maestro:

»… Quedamos, pues, en que son más criticas agresivas, personalísimas, apasionadas, llenas de crudeza de estilo, tal vez respirando encono, y por consiguiente injustas.»

»Cállome los elogios que se ha servido dispensarme, y —créalo usted— no tendría reparo que oponerá lo que dice a propósito de mis críticas, si no tuviera para mí que la opinión suya en este punto obedece, más que a otra cosa, a nobilísimo deseo de salir a la defensa del autor (plagios aparte) de La Regenta —esa histérica cursi de Vetusta.

»Pero tratándose de un escritor que ha conculcado todos los respetos y traspasado todos los límites, de un escritor que publicó en el periódico La Unión, por usted dirigido, un artículo en colaboración de Quevedo, artículo que expresaba la más atroz de las injurias personales contra un popularísimo poeta… tratándose de eso, perdóneme usted, mi querido y respetable amigo, que no me parezca justiciera la defensa de delitos ajenos, fundada en faltas mías. Porque si usted, que se erige en juez de este proceso, cree que tiene el deber de mandarme a la Cárcel Modelo, tiénelo también, procediendo en justicia, de condenar a mi adversario a la pena de muerte en garrote vil.

«Exhibiera usted mis estados pasionales (si estado pasional es el denunciará un plagiario), exhibiéralos usted para censurarme, sin que la censura estuviese ligada a la defensa de un reo de mayores desaguisados, y no sería yo quien dijera a usted palabra más alta que otra. Porque aparte de creer que lleva usted razón en cuanto me critica, que tengo por desventura tales defectos y que es mayor desventura mía el no poderlos enmendar, téngole a usted, literaria y personalmente, tantísimo respeto, que no me permitiría protestar siquiera aunque me pusiera como dijesen dueñas. Puede acaso que influya también el agradecimiento que tengo a usted; agradecimiento que se conserva tan fresco en ese lugar de mi espíritu que se ha salvado de la quema, que aun no habiendo dicho en su notabilísima crítica que conoce «hace bastantes años», recordaría yo que fue usted quien publicó —en El Solfeo, por cierto— el primer artículo que hice para la prensa de Madrid, y que no satisfecho con eso, tuvo la bondad de animarme, dirigiéndome una carta tan cariñosa como benévola, que conservo todavía entre los honrosos recuerdos de mi adolescencia. —¡Figúrese usted si había de olvidar su hermoso proceder, yo que he vivido luego con las manos en la miseria humana!…

»Fuera parte de lo que apuntado dejo, estoy para mí que la defensa que hace usted de D. Leopoldo es, de cuantas tiene recibidas él, la más sangrienta de las burlas literarias. Porque con decir usted que mis críticas le recuerdan las de cierto novelista enemigo del Quijote y las de cierto crítico enemigo del Hamlet, no parece sino que quiere decir que D. Leopoldo es un Quijote o un Hamlet, y que vale tanto como Cervantes y Shakespeare. ¡Nequid nimis! amigo mío, y perdone usted que un mozo, y mozo que se huelga llamándose discípulo suyo, tenga que llamarle al orden con un latinajo.

»¿Cuáles son las aventuras de ese astur extraordinario? ¿Eso es una PERSONALIDAD, un Byron de Cangas de Tineo, un Quijote, un Hamlet? Si creo a ratos que está en lo cierto D. Leopoldo cuando dice, plagiando a Cánovas, que España es un país muerto, que su decadencia es tan grande como evidente en todo y por todo, es precisamente fijándome en la importancia que da usted a un escritor que ni inventó la pólvora, ni hizo cosa de provecho para las letras patrias.

»Como poeta, es el más chirle del planeta habitado; como novelista el más pesado de España —¡y cuidado si son pesados los más de los novelistas españoles!— como crítico, un Planche traducido por Pina, un Plancha, en fin. No tiene nada personal, nada suyo, absolutamente nada. A veces es plagiario, a veces imitador; siempre emborronadar de papeles, con alguna ocurrencia, de raro en raro, pero sin color, sin estilo, sin nada y cursi, con irresistible vocación a cursi.

»Por lo demás, un escritor que está tan contento con su suerte y con Oviedo, que no ha salido de España (que es como no haber venido al mundo), que está tan orondo con sus paliques y su cargo de Concejal y su afición a D. Emilio, ¿me quiere usted decir que un tipo así tiene carne de las personalidades que se destacan y distinguen y dejan huella cuando pasan por entre los simples mortales?

»Advierta usted que yo no me admiraría en ningún caso, más que fuese un geniazo ese señor; porque, en punto a admiraciones, creo con La Rochefoucauld, que ninguna cosa debería causar tanta admiración como el admirarse… De tejas abajo no hay cosa que me admire, como no sea la justicia… y de aquí que no haya tenido ocasión de admirarme todavía; y de tejas arriba… pues, le diré a usted, yo no me meto en celajes, ni me importan tampoco.

»Y siendo esto así, ¡hágame usted el favor de decirme si es merecedor de que me asombre un literato que, bien al contrario de tener cosa que suspenda el ánimo, tiene muchísimo de vulgar y liliputiense bajo cualquier aspecto que se le mire! Puesto que se remoza y se infla y se regodea tanto si algún buen amigo o pariente suyo le compara con Larra, ¿por qué no le aconseja usted —usted que es tan bueno— que se dé un tiro? Fígaro se suicidó a los veintisiete años, después de haber escrito lo que no escribirá en su vida D. Leopoldo. Éste, según dice, va para viejo… ¡Ya va siendo hora de hacer algún rasgo de genio!… Y puesto que está en su mano el imitarle en eso ya que no en otras cosas, a competir con el genio, a darse tiritos, que no hay tiempo que perder…

»Con esto, y con la venia de usted, amigo Sánchez Pérez, hago punto hasta mañana, que continuaré denunciando plagios de D. Leopoldo, para que vea el público que no tengo nada de embustero, y para que vea usted con cuánta verdad dijo que soy sincero y agresivo, amigo de la lucha y puntilloso como un antiguo castellano».

»Hasta mañana.»

PERIQUÍN Y PIPA

«Desde la publicación de mis artículos Novelistas tontos y Clarín folletista, ha llovido. Han pasado muchos días, años para mí Sr. D. Leopoldo. Sé que para ir al correo, a por los papeles de Madrid, ha dado más carreritas que Bargosi. Yo calculo que ya ha penado bastante. —'Esa mala persona —dirá a Palacio Valdés— no vuelve a ocuparse de mí. ¡Tranquilicémonos!'

»Pues ahora empiezo a ocuparme de usted.

»Yo soy así… Y tanto más gozo cuanto que sé también (tengo espías en Oviedo) que D. Leopoldo está furioso. Está el hombre como una fiera, pero sin irse derecho al bulto, contestando sin querer, reincidiendo en defenderse… sin defenderse, sacudiéndose los plumazos, en salva sea la parte, sin conseguir hacerlos saltar de la carne. Porque no se atreve, no, lo que es conmigo no se atreve. Discute dimes y diretes con los Corias, con los Rentz, que no manejan bien el percal. Conmigo no discute en los días de su vida, aunque mis críticas contra él (que se muere de ganas de que le salgan contrincantes… si son flojos, sobre todo, o si le dan tela para 'paliquear') andan en lenguas de la prensa, forman todo, un proceso, y ya vienen hablando los periódicos de que D. Leopoldo ha plagiado a Flaubert.

»Pues también ha plagiado a Fernanflor.

»Lector, ¿conoce usted a Periquín? Periquín es un granujilla con ojos de cielo y corazón de oro, que se escapó corriendo del espíritu de Fernanflor.

«Periquín vivía con Roque, un ciego, borracho además, que le propinaba todas las noches un tremendo palizón. Muere repentinamente el ciego, y repentinamente se encuentra en la calle el lazarillo.

»Aterido de frío en el quicio del portal del palacio de la Condesa de Berrocal, hermosa rubia de treinta y cinco años, viendo sombras y nieve, fue recogido de orden de la Condesa por un lacayo de la casa. Porque aquella noche era Nochebuena.

»—¿Cómo te llamas? —le preguntó Isabelita preciosa niña de cinco a seis años, hija de la Condesa.

»—¡Periquín!…

»Periquín se queda con tamaña boca contemplando los lujos del palacio.

»Está invitado a cenar; pero tiene un hambre que no ve, no puede esperar y empieza a engullir dulces.

»Isabelita se enamora del pobre y se niega a entrar en el salón si no lleva de galán a Periquín. La Condesa vacila, pero concluye por ceder; Isabelita y Periquín, la aristócrata y el mendigo, la seda y el harapo, entran en el salón seguidos de la institutriz, madame Courtois, que la llama ma petite.

»Periquín se hace cruces. No entiende francés o Periquín comió y bebió —dice Fernanflor— como si no hubiera comido nunca, o como si no hubiera de volver a comer y a beber en toda su vida.

»Estaba en sus glorias. Ya se hablaba de casarle con Isabelita (pura broma); y sería Conde, y tendría caballos, carrozas, ríos de oro.

»Pero… las pasiones sobre todo. Periquín, algo chispo, riñe por su dama. Confusión en la escena. Periquín quiere fugarse y logra esconderse: pero le atrapa monsieur Courtois, y de un puntapié le pone en la calle.

»Por chispo se llevan luego al pobre niño a un puesto de borrachos.

»He ahí la síntesis del cuento, que tiene descripciones de mucho color, filigranas de ingenio, pensamientos hondos, corte elegante… invadido todo por una sombra de melancolía, sombra 'triste, sola, desamparada', como Periquín, que constituye el fondo de los cuadros del pintor de ¡Mientras haya rosas!…

»Lector, ¿conoce usted a Pipá? Pipá es un pillastrón descarado, que se escapó corriendo del espíritu de D. Leopoldo, después de haber pasado por el espíritu de Fernanflor, desvalijando al pobre Periquín. Pipá es un Rata de doce años.

»Vivía con su padre (más o menos putativo), un borracho, que le propinaba tremendas palizas, por lo cual prefería el chico vivir en el arroyo.

»Contemplando su cama de nieve, resuelve una noche vestirse de máscara; y dicho y hecho. Aterido de frío y ganoso de aventuras, pasa por los alrededores del palacio de la Marquesa de Híjar, hermosa mujer de treinta años, y es recogido, de orden de la Marquesa, por un lacayo de la casa. Porque si aquella noche está de nieve, como la Nochebuena de Periquín, es también noche de solemnidad. Se celebra el Carnaval.

»¿Cómo te llamas? —le pregunta Irene, preciosa niña de cuatro años, hija de la Marquesa.

»—¡Moo! —contesta Pipá. (No hubiera estado bien que contestara: ¡Periquín disfrazado!)

»Pipá se queda con tamaña boca contemplando los lujos del palacio. El pillastre está invitado a cenar; pero tiene un hambre que no ve, no puede esperar y empieza a engullir dulces.

»Como la Condesa de Berrocal, la Marquesa de Híjar da un baile.

»Irene se enamora de Pipá, y quiere que sea su galán en el baile. Quiere también que la vea vestir; pero esto parece improper a la institutriz. ¡Improper! Pipá se hace cruces. No entiende inglés.

»Y seguidos de Julia, entraron en el salón de baile Irene y Pipá, la aristócrata y el mendigo, la seda y el harapo.

»Y en seguida…

»Había terminado la fiesta. ¿Por qué la termina sin describirla el autor? Por no seguir plagiando, supongo yo.

»Sin embargo, sigue la danza.

»Pipá tragó cuando pudo. Hizo provisiones allá para el invierno, dice Clarín.

»Estaba en sus glorias. Ya se hablaba de casarle con Irene (pura broma), y sería un poderoso caballero, un rey…

»Pero… las pasiones sobre todo. Pipá, algo chispo, se fuga también, sólo que sabe ganar la puerta de la calle, y va a dar con su cuerpo a un puesto de borrachos.

»He ahí la síntesis del cuento Pipá, que es un Periquín echado a perder, un Periquín de máscara: cuento plagado de filosofías impertinentes, hecho sin ingenio, sin chiste, sin estilo y reventando de forte, con un finchamiento asturiano que dejaría pequeñito a un portugués.

»Eso sí, después de plagiado, apaleado Fernanflor. Este habla de un camarín en su cuento. Don Leopoldo habla también de un camarín en su (¿?) cuento; pero añadiendo, como diría Echegaray o cualquier imitador suyo:

»—¡Habráse visto!…

»Periquín se publicó el 24 de diciembre de 1873. (Véase El Imparcial de ese día.) El libro, Pipá se publicó en 1886. Su (¿?) autor pone al final del cuento, 'Oviedo, 1879.' Aun así y todo, tiene cuatro años menos que el cuento de Fernanflor.

»Pipá, plagio de Periquín; Aquiles Zurita, plagio de Carlos Bovary; en La Regenta, capítulos plagiados de Flaubert; en Solos, plagios a Zola.

»Y en cuanto a Zola, no he dicho aún todo lo que tengo que decir. ¡Agárrese bien, amigo, que algún día hemos de hablar de lo que publicó usted con motivo del naturalismo!… ¿Pues qué se había usté figurao? ¿Que se pasaría la vida cobrando el barato y ejerciendo de matón literario? ¡Ca, hombre, ca! Pasen por esas horcas caudinas las vítimas que hiciera usted, gentecilla bobalicona que, con más miedo que vergüenza, pregona por ahí que es usted el satírico del siglo —porque en España vivimos de creer que tenemos el mejor orador del mundo, el mejor dramaturgo del mundo y todo lo mejor del mundo e insultamos diariamente a los franceses, sin los cuales no tendríamos más que toros, sol y cocido— gentecilla bobalicona, iba diciendo, y además ignorantona, que habla de las atroces sátiras de usted; sátiras que serían vistas por Larra con ojos de Micromegas, y que harían bostezar a Voltaire; sátiras con las cuales jugaría Rochefort como un tigre con un nido de hormigas… Pero Nos, Nos no pasamos por las horcas caudinas de usted, y no vale amenazar con sátiras atroces, porque no falta aquí su mijita de bilis y su manojito de nervios, créame usted; ni con peleas descocadas, porque cuando no hemos vivido en el puente de Segovia o en el barrio de la Alegría, pues vivimos en Chamberí, con que 'ni que decir tiene' si estamos acostumbrados a broncas; ni vale tampoco amenazar con hacer retratitos, porque aquí también gastamos fotografía; y, en fin, caballero, para no cansar más, que si usted salió de la cueva de Covadonga, de allí donde salió el oso que se comió a Favila, yo dato del golfo mejicano… y que nos conocemos, compadre, como si nos hubiéramos parido mutuamente.

»Yo no le tengo mala voluntad, por Dios que no. Si me pidiera usted cinco duros prestados, con seguridad… no se los daba. Ayer olvidé decir al Sr. Sánchez Pérez —que le llama a usted insigne, pero no se fíe usted: ¡es tan bromista Sánchez Pérez, así a lo manso! —que jamás tuvo usted conmigo cuestión alguna, ni personal, ni tan siquiera literaria. No, no puedo quejarme de usted. La verdad es que siempre me respetó mucho. ¿Que por qué le critico siendo eso así? Por distraerme. Estoy muy triste, amigo mío: ¡si usted supiera!…

»Quiero suponer que es usted un gigante, el gigante chino de la crítica española, y yo un enano. Y bien: le critico con el mismo derecho que ejercitó usted cuando criticó al Sr. Cánovas, a quien, por muy poco que se le concediera, y hay que concederle que es un verdadero gigante… (por desgracia para la libertad) habría que decirle que vale como mil arrobas de veces más que usted.

»Le critico además porque quiero oponerme a que siga usted haciéndose perjuicios con eso de los plagios. Qué necesidad hay de que plagie usted a Zola Flaubert, a Fernanflor? ¿Qué necesidad hay de que me plagie usted, ¡a mí, que soy tan chiquitín!

»Pues también me ha plagiado usted. Un plagio chiquito, claro está, pero no quiero pasar por él.

»—¡Guardias!… ¡Guardias!… ¡A ése!

»Prueba al canto.

»El periódico El Español (de tan funesta recordación, ¡figúrese usted que decían de él que era negrero y lo peor era que decían verdad!) en su número 32, año I, del 6 de enero de 1883, publicó un folletín mío, titulado Don Manuel Fernández Juncos. En dicho folletín, que reproduje en el libro Mosquetazos de Aramis (Véanse mis Mosquetazos por tres pesetas nada más), libro publicado en 1885, hay un párrafo que dice:

'He creído siempre que el cuerpo humano es un disparate atroz. ¿Para qué sirve el ombligo?'

»En el libro Nueva Campaña (título que es un a modo de plagio del título de un libro de Zola) Nueva Campaña (1887), que contiene la campaña (?) de 1885—1886, según su autor, hay un artículo, Las Revoluciones, en que dice D. Leopoldo:

»Son restos que dejó la herencia de órganos que 'no tienen aplicación actualmente. ¿Para qué sirve el ombligo?'

»Que para qué sirve el ombligo que saqué yo en 1883? ¡Pues para que no me lo coja usted! Digo, me parece.»

El Sr. Sánchez Pérez hizo… cuanto cabía que hiciera un buen amigo; y D. Leopoldo no podía exigirle mayor prueba de compasiva amistad.

Pero como no llevaba razón Sánchez Pérez, no pudo su talento encontrar más escapatoria que ésta: Ni hay, ni hubo jamás, ni habrá nunca plagios, ni plagiarios, ni cosa que se le parezca.

Si es broma de Sánchez Pérez (¡pero qué bromista es usted, D. Antonio!) por burlarse a su modo del defendido, digna es del gran criminalista Lachaud… Pero si no es broma esa opinión yo, respetándola por ser de Sánchez Pérez, no puedo aceptarla de ningún modo. (Perdone el maestro.)

Quiere él, enmendando la plana al diccionario, que «al que se apropia escritos que no son suyos no se le llame ladrón»; y si, como parece, se funda en ello para decir que no hay plagiarios, y borrar de camino el derecho de mi acusación, paso yo porque se sustituyan los voquibles, si no se oponen los interesados, bien que protestando del modo de señalar a D. Leopoldo —¡este Sánchez Pérez es feroz!— puesto que no parece puesto en razón que se llame, ladrones ¡Y los plagiarios, cuando se ha dulcificado la calificación para los verdaderos ladrones, acaso por lo que abundan, y se les llama modestamente con el nombre de irregularizadores. Sánchez Pérez: busquemos un término medio y digamos de su amigo que es uno de nuestros primeros irregularizadores literarios…

Otra ocurrencia acabó de exacerbar el ánimo de su Real Majestad, decidiéndole a contestarme; y fue que, con motivo de algo publicado recientemente a propósito de él, dijo al autor de la quisicosa el distinguido poeta conocido corresponsal de El Correo de Valencia:

«Usted no debe meterse en esas profundidades, y debió dejar su tarea para manos más picardeadas, como, por ejemplo, las de ese perillán de Bonafoux! ¡Ve usted qué pícaro es Bonafoux! Hay unos hombres imposibles. Sí, Bonafoux ha estudiado mucho, escribe muy bien y tiene intención, por eso ha puesto a Clarín como chupa de dómine con sólo dos artículos publicados en La Regencia, demostrando que Clarín ha plagiado a Flaubert, a Zola y a Fernanflor. Cuando se trate de folletos contra D. Leopoldo Alas, deje usted que talle un literato como Bonafoux; lea usted lo que él escriba, y en vez de estudiar los folletos y majaderías de D. Leopoldo Alas, estudie usted a los autores a quienes él plagia. Lea usted un libro titulado Literatura de Bonafoux.»

Señores ¡valiente lío! ¡Y pensar que se trataba únicamente de ganar o perder la apuesta de una cenita servida por Cirilo!…

III

PRELUDIO

Ni el menjurje Calypta, cuando estuvo en predicamento; ni los libros de D. Ricardo Sepúlveda, que no tienen nada de ingeniosos, por mucho que los anuncie él y por más bombos que les den algunos periodistas —¡señores, ni que el papá de Ricardito hubiera comprado a cada uno de ustedes «un par de botitas de raso verde!»;— ni el mismísimo general Boulanger fue tan voceado como el folleto de D. Leopoldo. Pero el folleto no parecía, allí, en casa de Fe, estaba en galeradas, muerto de risa. E iban las galeradas de Madrid a Oviedo, y volvían de Oviedo a Madrid, y repetíanse los viajes de ida y vuelta, y a todo esto Clarín escribiendo: «¡Chitón! ¡silencio! ¡que nadie lea el folleto!»; el cual venía a ser un secreto de Estado, algo así como un documento bismarckiano. Pero, no, era… un paso de risa.

Ni Cánovas paseando su yo altanero por los camarines de Palacio; ni León XIII exhibiendo el abanico de avestruz en la silla gestatoria, y, a los atónitos ojos de la Emilia Pardo —esa nodriza del naturalismo… español, o sea vergonzante;— ni nadie, en fin, bajo la capa del cielo, se exhibió tanto como D. Leopoldo encaramado en el desvencijado rocín de su folleto.

Pero… , lo dicho, el folleto no parecía. Estaba entumecido y pidiendo una mosquita de Milán. Se la apliqué por conducto de La Revista Cómica, y, por fin, después de un parto de diez meses —el parto de la burra— y de invertir dos en reclamos, salió a luz el folleto, con todas las medrosas perspectivas de la impotencia, con todas las sombrías claridades del remanso, y serpenteando como manga de cohetes disparados a última hora por el buque náufrago para avisar que se va a pique y que está muy menesteroso de inmediato auxilio.

… Yo no sé por dónde empezar a reírme del folleto del Sr. Alas, que todo él, de la cabeza a los pies, es cosa de risa. El plagio vive tan metido en el espíritu de este paliquero insigne, que le ha formado callo en la conciencia y constituye en él una segunda naturaleza. —Ni para defenderse contra el pobrecito Aramis, que le acusa de plagiario, pierde el rimbombante Clarín sus malas mañas.

Así, le dije que no tenía ingenio, y se le ocurre contestar que no tengo ingenio; le dije que le conocía como si le hubiera parido, y contesta que me conoce como si me hubiese dado a luz; le llamé novelista tonto, y se venga llamándome también tonto; le advertí que en el Juzgado francés le seguían causa por robo literario, y me advierte que me demandará si continúo llamándole plagiario (¡plá—giá—rió! ¡¡pláa—giáa—rióo!! ¡¡¡pláaa—giáaa—rióoo!!!) y que tendré que abonarle, por injuria, 1.250 pesetas (¡de ganas!); díjele, en fin, y probele, además, que plagió una ocurrencia de uno de mis artículos, y quiere vengarse diciendo que yo, en El Solfeo, «conseguía parecerme a él en la poca aprensión con que abordaba algunas materias difíciles».

¡Valientes materias difíciles abordaba usted en El Solfeo; envidiar a Revilla!

Pues ¿y las materias difíciles que abordaba yo «con poca aprensión?» Los conservadores en el otro mundo (artículo político), Romero Robledo ante la esclavitud (artículo político), Un cuadro (artículo político), Delirio ministerial (artículo político)… ¡terribles abordajes de materias difíciles!

De El Solfeo salí sin pelos en la cara, una criatura, peor, un insecto, a padecer motines en América, y habiendo regresado, a poco andar, redacté en Madrid un periódico que atacó a mis enemigos, riñó con los vates sinsontiles, echó abajo una audiencia con aplauso de la prensa madrileña, crucificó caciques y… dio alguna guerra; me parece.

Eso fue lo que hizo DON LUIS, que fue no hacer nada, por que el periódico estaba dedicado a la Habana, que es la capital de las Américas en la misma Manila, como creerá usted; pero lo que él escribió allí, mantenido está por él.

Y usted, DON JUAN, ¿qué hizo? Escandalizar un poco en la villa del oso, injuriar a infelices, glosar del francés para que comulgasen con ruedas de molino los buenos batuecos, apropiarse las campanas de Zola y tener, en suma, el fin trágico de que habló Victor Hugo. ¡Lucido abordaje!

Usted, caballero, tiene una manía que le lleva derecho al sepulcro: la manía de ser en España (y no sé si también en el extranjero) el H satírico, con privilegio exclusivo de invención. Usted mismo se guisa las sátiras, y usted mismo se las come. Ya en el artículo Estilo fácil (publicado en el Madrid Cómico) asomó usted la oreja, declarando indirectamente que era el único satírico de este mundo y de Lisboa, y echándole la llave a la sátira española…

¿Qué quiere usted, lector, satirizar al prójimo? Pues tiene que sacar permiso de D. Leopoldo. ¿Qué se propone ejercer de crítico? Fuerza es que consiga venia de D. Alas. ¿Que le da el naipe por escribir a la pata la llana? Consentimiento previo de Clarín. ¿Que está reventando de ganas de soltar un chiste? No lo suelte sin que lo huela antes el Czar de todas las gracias. D. Leopoldo (¡y no va más señores!) es en España el único satírico, chistoso, crítico, liso y llano; —¡y nadie pase sin hablar al portero!

Y lo mejor del cuento es que no sólo no es el único satírico español D. Leopoldo, sino que no es tan siquiera satírico español. Usted cultiva, a la manera francesa, el género satírico y festivo. Su estilo es detestable traducción de periodiquines del boulevard, porque el castellano no se presta a los caricanes de la sátira francesa. ¿Quiere usted un satírico a la manera española, español neto, de una costilla de Quevedo? Ahí le tiene usted: Valbuena. Pero usted es traductor; muy malo, porque no sabe francés. Ya sé que se figura que lo sabe, pero no es lo mismo figurárselo que saberlo, y si viene usted a París y da en la flor de chapurrear francés de Covadonga, digo a usted que lo encierran en el Depot.

Eso es Clarín ameno; que cuando presume de formal, ¡Dios nos ampare! Su estilo es extracto de apuntes, mal tomados al oído en cátedra del eminente filósofo Sr. Salmerón. Fundándose en lo que escribe D. Leopoldo, o en lo que pensó escribir, puede jactarse de lo que se jactaba Hegel, después de exponer su doctrina, y decir lo mismo que él: «No hay más que un hombre que me haya comprendido… ! ¡y ni aun ese me ha comprendido!» Por eso dice que no soy capaz de entender lo que él escribe. ¡Qué he de ser! ¡Qué he de entender yo, ni nadie, esa jerga enrevesada, con consonantes o asonantes, según le sopla la musa —esa musa que fue echada del Parnaso a puntapiés en el trasero!— Pero no le tocaba a usted el decirme que no lo entendía. ¡Ingrato! ¡Decirme eso, a mí, que soy el único lector que tiene usted en España!

¡Pobre Sr. Alas! Quiso colarse en Paphos, y le echaron a rodar por las escaleras; pretendió subir a la cátedra del Ateneo, y ¡ay qué cosas! le tomó un desmayo, y hubo aquello de hacerle aspirar un pomito de sales y desabrocharle el corsé; trató de sentar plaza de novelista, y resulta escribiendo de corrido lo que costó a Flaubert días y noches enteras de trabajo neurósico para extraire une phrase de sa langue; alardeó de crítico egregio, y no es sino correvedile, a propósito del cual puede decirse, parodiando una frase de Jésus—Christ, el de La Terre, de Zola: —¡Le critiqueur Clarin ne vaut pas un pet!…

¡Pobre señor Alas!… Quizá haya tenido usted, como Mirabeau, alguna Sofía… inspirada, artista, humana, cachonda… que tratara de levantarle el genio; pero ¡ay! que en el boudoir de la diosa del arte es usted un pobre eunuco que no toca pito ni flauta.

Seré yo todo lo Mielvacque que quiera usted, y acaso sea verdad que «conviene tenerme lejos», como dice sin conseguir agraviarme; pero el caso es que voy tirando, y cuando los achares de la vida me dejen sacar a la calle en gran toilette esa Pitusa a quien no ha visto usted más arriba de los vuelos de las enaguas, podrá resultar y resultará seguramente una hembra muy mala, pero todavía me la plagia usted para sacarla del brazo los días de fiesta.

¡Quítese usted de eso, y retírese a buen vivir, abuelo! Como el Cándido de Voltaire, y puesto que la tiene, según dice, labre usted su huerta, para que pueda comer azamboas en dulce y alfónsigos. Usted tiene hogar, familia, patria… ama usted y es amado… ¡qué mayor dicha, ni qué mayor gloria artística, amigo mío!

IV

ANTE EL TRIBUNAL DE HONOR…

PRESIDENTE. —Acusado… ¡Levante usted esa frente coronada de inmarcesible plagio! Acusado: ¿cómo se llama usted?

ACUSADO. —¡Móo!

PRESIDENTE. —¿Qué es eso de ¡Móo!

ACUSADO. —Que me llamo Pipá, miento, Periquín, digo, Clarín.

PRESIDENTE. —¿De dónde es usted?

ACUSADO. —De Oviedo, aunque me esté mal el decirlo.

PRESIDENTE. —¿Soltero o casado?

ACUSADO. —Casado y con familia.

PRESIDENTE. —¿Su oficio?

ACUSADO. —Negro catedrático.

PRESIDENTE. —¿Cómo negro? ¿no decía usted que es de Asturias?

ACUSADO. —Quiero decir que me paso la vida citando escritores y libros que no he leído.

PRESIDENTE. —Y esas citas, ¿de dónde las saca usted?

ACUSADO. —De Larousse…

PRESIDENTE. —Al grano. ¿Cuántas páginas tiene su defensa Mis plagios?

ACUSADO. —Cincuenta.

PRESIDENTE. —De las cincuenta, ¿cuántas dedica usted a chismorrear del Sr. Bonafoux?

ACUSADO. —Veinte.

PRESIDENTE. —De las treinta que sobran, ¿cuántas emplea usted en defenderse de la acusación?

ACUSADO. —Veinticuatro.

PRESIDENTE. —De las veinticuatro, ¿cuántas hablan del plagio en general?

ACUSADO. —Media docena.

PRESIDENTE. —Descontando, de las diez y ocho que sobran, las que destina usted a «paliquear» con el Sr. Bonafoux y a la reproducción de originales de Flaubert y plagios de usted, ¿cuántas páginas, en suma, constituyen su defensa?

ACUSADO. —Unas ocho páginas

PRESIDENTE. —Basta. Tiene la palabra el Sr. Fiscal.

DISCURSO DEL MINISTERIO FISCAL

SEÑORES:

No esperéis que pronuncie un largo discurso. En los anteriores que hice sobre los temas «Novelistas tontos», «Clarín folletista», «Más plagios de D. Leopoldo», «Periquín y Pipá», etcétera, etcétera, dejé convicto al acusado de ser pirata en los mares de la literatura, plagiario empedernido, con circunstancias agravantes de responsabilidad criminal, tales como ensañamiento, premeditación y alevosía. Convicto el acusado, se limitará mi discurso de hoy a probar que está también confeso y a pedir que se le aplique la pena señalada en el Código.

Como se trata de dos señoras (hasta cierto punto) Madame Bovary y La Regenta, les daremos la preferencia.

Pero detengámonos, ante todo, a admirar el tupé del reo cuando dice, con la mayor frescura y tratando de inclinar a favor suyo el mínimo del digno e ilustrado Tribunal, «que él condenaría a latigazos a cuantos copian o imitan muy de cerca literatura ajena», como si fuera lícito, señores, nombrar la soga en casa del ahorcado, o como si fuera posible que la emprendiera él a azotes consigo mismo; y admiremos también su audacia cuando pretende tener compañeros en Searron, Racine, Groto, Machiavelli, Sardou, Virgilio, y, lo que es más descocado todavía, en el gran Shakespeare. Con la digresión, perfectamente extemporánea, que hace el acusado, se propone decir al Tribunal: —¿Lo ven ustedes? No estoy tan solo en esto de los plagios. Estos señorones hicieron lo que yo.

Mucho habría que decir con tal motivo; pero basta y sobra recordar que esos señores eran genios y que no se sabe que lo fuese el procesado en ninguna época de su vida.

Que (como alega él) las Brujas, de Shakespeare, salieran escapadas de una tragedia de Giraldi, y que el Mercader de Venecia recuerde algo de la Arrenopia del trágico italiano; que (como dicen algunos críticos) tomara Shakespeare de los Menoechmi, de Plauto, el argumento de La comedia de las equivocaciones; el Como gustáis del Gamelyn, de Chaucer, y que el mismísimo Hamlet maldiga en alguna parte —acaso en el Saxo—Graminaticus— antes que en el cerebro de Shakespeare… pendejadas son que a nada conducen, y erudición trasnochada que nada prueba en contra de aquel monarca de los dramaturgos (con reinado propio), el cual, como ha dicho bien Samuel Johnson, «no tuvo a quien imitar y fue imitado», y cuya gloria artística se conserva tan entera sobre las tempestades y naufragios que ocasiona el tiempo, que aun hoy mismo pretende Donnely, emulando a Walpole y otros, atribuir al ilustre Bacón las obras del teatro shakesperiano.

Pero detengámonos nuevamente a admirar el tupé del acusado.

«Bonafoux —dice él— asegura que cierta novela mía titulada La Regenta, es plagio de Madame Bovary, y para ello se funda en que Madame Bovary va una noche a un teatro con su marido y allí se encuentra con su amante, y no pasa en el teatro nada de particular; y en La Regenta también va la protagonista al teatro, y allí está un señor que la quiere decir que la adora, pero que todavía no se lo ha dicho. Tenemos, como prueba de plagio, un teatro: teatro en Madame Bovary, teatro en La Regenta. Un marido: marido en Madame Bovary, marido en La Regenta; una esposa (ídem, ídem, íd.); un amante en Madame Bovary, un pretendiente inconfeso en La Regenta. Ese es el plagio.»

Señores: eso es parte del plagio, no todo el plagio que señalé en mi discurso «Novelistas tontos». El plagio está, más que en eso, en la esencia y finalidad del asunto, y esa semejanza de esencia y finalidad entre la protagonista de La Regenta y la protagonista de Madame Bovary, cuando están en el teatro viendo D. Juan y Lucía, constituye la gravedad del plagio. En el estado pasional, de ambas protagonistas, estado que es el mismo en una y otra, vi yo y señalé el plagio más y mejor que en la semejanza de accidentes; porque el ladrón de ideas es más ladrón que el que roba frases, siendo así que éstas son del dominio público, y aquéllas no.

En Madame Bovary no es insignificante, aunque lo diga el acusado, el episodio de la escena del teatro; es, bien al contrario, de tanta trascendencia, que pone al desnudo el alma de la protagonista; y en La Regenta es igual, por el procedimiento y por la tendencia, la escena del teatro, con en solo distingo: que en Madame Bovary es obra de arte lo que en La Regenta es remiendo de zapatero de viejo.

«En Madame Bovary —dice el acusado— la representación de Lucía Poco o nada importa a la protagonista (¿poco? luego importa algo), y apenas se habla de ella (¿apenas? luego se habla algo).»

La Regenta —decía yo en mi citado discurso asistiendo con Quintanar (el marido) y D. Álvaro (el amante) a la representación del Don Juan Tenorio, todo ese capítulo, es un calco de un capítulo de Madame Bovary. Se conoce que le gustó a D. Leopoldo la escena de Emma, asistiendo con Bovary (el marido) y León (el amante) a la representación de Lucía; y como él, D. Leopoldo, no quiere ser menos que Flaubert, calcó la escena y… a vivir. Compare el lector las dos situaciones Y VEA LO QUE PASA EN EL ALMA DE LA REGENTA Y LO QUE PASA EN EL ALMA DE MADAME BOVARY.

Señores: nada he de decir, porque no sería digno del ministerio fiscal ensañarse en el acusado, de las excusas que da éste, por ejemplo, que «había prometido a Zorrilla que iba a señalar su gran admiración a Don Juan Tenorio», y la denosísima de que la idea no la tomó de Flaubert, sino de un Sr. Aramburu (¡ahora resulta que plagia también al óptico Aramburu!), y aquella otra, de candidez paradisiaca, que consiste en decir que «cuando escribió el capítulo del teatro no pensaba en Madame Bovary.»

Nada diré tampoco, porqué me hallo revestido de toda la benevolencia compatible con mi sagrado ministerio, del escandaloso elogio que se propina cuando, queriendo probar que no es plagiado, se funda en que algunos periódicos franceses «se han dignado hablar de La Regenta con elogios absurdos por lo inmerecidos.»No sería floja la cuenta… que les traería. Esos periódicos que hayan hablado de La Regenta dispensándole «elogios absurdos», le dispensarían censuras, no tan absurdas, por un bonito billete de cien francos.

Señores: no nos cansemos de admirar el tupé del acusado.

Oigámosle: «Aquiles Zurita, según Bonafoux, es Carlos Bovary. ¿Saben ustedes por qué son idénticos? Por lo siguiente: Aquiles Zurita, alumno del doctorado de Filosofía y Letras en Madrid, se presenta en una cátedra de Historia de la Filosofía, y el profesor le pregunta cómo se llama. El nombre de Aquiles hace reír y alborotar a los estudiantes, que celebran el chiste del catedrático a costa de Zurita, y se permiten disparar contra su humilde condiscípulo bolitas de papel. Carlos Bovary, que POR LO DEMÁS no se parece en nada a Zurita (luego se parece, digo yo, en lo que no es lo demás, o sea en lo otro), entra en un aula de latín en no recuerdo qué poblachón normando; el dómine le pregunta su nombre, y el pollancón palurdo, descompuesto, lleno de vergüenza (como Zurita, en fin), balbucea de mala manera, sin que se le entiendan las sílabas de su nombre y apellido; el profesor castiga a toda la clase porque ríe y alborota, y al recién venido le castiga también por su falta de desparpajo. Y ¡oh colmo del plagio! También los condiscípulos de Bovary saben que uno de los modos de divertirse a costa del prójimo en clase es disparar bolitas de papel.»

Refresquemos la memoria del procesado reproduciendo algo de lo que dijimos en el discurso acerca de Zurita.

En Pipá «novela corta», que así la llama su autor, colección de paparruchas, digo yo, que será todo lo corta que usted quiera, pero me costó diez y seis reales, hay, entre otros calcos, un Aquiles Zurita que es la mismísima persona de Carlos Bovary cuando entra por primera vez en cátedra. Si el profesor de Bovary le pregunta el santo de su nombre, el profesor de Zurita le pregunta también el santo de su nombre; si tartamudeando y temblando contesta Bovary que se llama ¡Carlos Bovary! «temblando como la hoja en el Árbol «contesta Zurita que se llama ¡Aquiles Zurita!, y si al oír el nombre los condiscípulos de éste sueltan «una carcajada general», al oír el nombre los condiscípulos de aquél sueltan otra «carcajada general». Hay en las dos aulas el mismo clamoreo, las mismas risas, el mismísimo estrépito; y si los compañeros de Bovary, se burlan de él tirándole «bolitas de papel», los compañeros de Zurita se burlan también de él tirándole «bolitas de papel.» Síntesis: un grosero plagio de una escena cómica de las mejorcitas de Flaubert. Don Leopoldo no será novelista, no que no, pero es imposible negar que es una hormiguita para su casa, una especie de Rata Primero del naturalismo.

Ahora bien, señores: el acusado no niega, sino confiesa clara y terminantemente, que hay en las dos aulas, con ocasión de presentarse Carlos Bovary y Aquiles Zurita, el mismo motivo de hilaridad y el propio desorden con acompañamiento de bolitas de papel; y no niega tampoco, sino que confiesa clara y terminantemente, que tal escena cómica se produce en ambas cátedras porque así el profesor de Bovary como el profesor de Zurita les preguntan sus nombres respectivos, y ellos los dicen «temblando como la hoja en el árbol.» Pues si esto no es plagio, que venga Dios y lo vea.

Pero ¡qué! —dice el acusado— «si Flaubert me inspiró a mí, ¿no pudo inspirarle a él, o a los dos, Quevedo, en el capítulo V de El Gran Tacaño?»

Ni es igual en tal caso el elemento cómico, ni hay parecido en las situaciones, ni se trata ahora de procesar a Flaubert, sino de ajusticiar al acusado, que por lo demás, es posible que se inspirara también en El Gran Tacaño, porque le creo muy capaz de tomar la Biblia.

Otra candidez, del género memo, es decir que tomó la escena de lo que vio y de lo que añadió imaginando (¡lo que es estar de imaginaria!) y componiendo.» (Pruébelo el acusado.)

Pero… sentémonos otra vez a contemplar el tupé de este plagiario reincidente.

«El profesor de mi cuento —dice con un desgaire que es lo que hay que ver— existió también, y el chiste, o lo que sea, de «lo que es conocimiento en Valencia», ES RIGOROSAMENTE HISTÓRICO.»

¡Digo! ¡Para que se fíe el Tribunal de este sujeto! Ahora se descuelga con que los chistes que daba por suyos, no son suyos, sino rigorosamente históricos, o, como si dijéramos, más viejos que un palmar.

Señores: llamo la atención del Tribunal sobre ese descaro, que no tiene precedentes en la historia de los grandes plagiarios. ¡Pretender refutar que lo es, presentando plagios rigorosamente históricos!…

Ítem más: recomiendo al Tribunal la declaración final del acusado:

«Carlos Bovary, per se, no se parece absolutamente en nada, en toda la novela, a Zurita; per accidens se parece, lo poquísimo que se parezca, en lo que ustedes han visto.»

¿Conque se parece poquísimo per accidens? Luego se parece.

¿Y qué diré, señores, qué diré de las excusas que da el Alas por haber plagiado, en Pipá, el Periquín de Fernanflor? Aquí no cabía regatear una sola línea del plagio, porque el ladrón (como diría Sánchez Pérez) metió la mano hasta el hombro. Metido en un callejón sin salida, se entretiene en zaherir con reticencias al primero de los cronistas españoles, al donosísimo Fernanflor, y luego dice… cualquier cosa, por hacer que se defiende.

«Pipá está tomado del natural; vivió y murió en Oviedo; fue tal como yo lo pinto.»

Pruébelo el acusado.

No se le ocurre más prueba que decir: «Yo no he leído a Periquín… » Pero esta prueba pertenece al número de las que necesitan otra prueba, que el Alas no ha leído a Periquín.» ¿Cómo he de probar yo que no lo he leído? —dice él.— Por aquí tampoco hay argumento ni probanza.» Claro que no.

Convencido del plagio, se declara en fuga, echando por los cerros de Covadonga, y, como mal de muchos, consuelo de Clarines, pretende otro absurdo: que el primoroso escritor Palacio Valdés le acompañe en lo de plagiar a Fernanflor; de modo y manera que no pareciéndole bastante abuso el haber inspirado también La Regenta en la novela Marta y María, intenta uncir a la coyunda de sus plagios al más notable de los humoristas españoles.

Sin embargo, es mucho tranvía de plagios, está atascado con él, y, de grado o por fuerza, tiene al fin que declarase plagiario confesándolo rotundamente.

«¿Quiere usted que haya copiado el Periquín? PUES SEA, BUENO. ¡Después de todo, la cosa tiene gracia!»

Sí que la tendrá para el acusado, que es una especie de Diógenes en su Cueva; pero para los demás, para el público, no tiene pizca de vergüenza literaria.

Señores: yo podría ahora recordar el aforismo jurídico: «A confesión de parte, relevación de pruebas», si no las hubiera dado anticipadamente. El reo ¡miradle! —está confeso, tan confeso, que no es osado a defenderse de haberle cogido al Sr. Bonafoux el ombligo que sacó en 1883. ¡Qué no hará un hombre que se atreve a plagiar un ombligo; el ombligo del Sr. Bonafoux, que está en los huesos!

¡Señores! Para castigar cumplidamente, a este sujeto, habría que inventar un género de muerte que compendiase los tormentos todos que se conocen, y que se aplicara por mano de Miguel de Escalada, en calidad de verdugo inquisitorial.

Pero teniendo en cuenta que el acusado padece la enfermedad que se conoce en Medicina con el nombre de «chifladura de grandezas», que está loco de vanidad y de impotencia, me permito recomendar al Tribunal que sea misericordioso, todo lo misericordioso que consienta la ley —¡sí, perdón para el enemigo, como decía Heine, pero después de ahorcado!— y atemperándome a la clemencia que aconsejo, pido sólo que se le apliquen las siguientes penas:

1.ª Banderilleo público, con banderillas de fuego, en el puente de Vallecas el día de San Isidro.

2.ª Larga mano de componte aplicada por el general Palacios.

3.ª Insaculación con un grajo (el de la fábula), don Manuel Cañete (para que le saque los ojos) y la Pardo Bazán además, y que así dispuesto se le arroje al Canal el día del entierro de la sardina.

He dicho.

PRESIDENTE. —Acusado… ¡levante usted esa frente coronada de inmarcesible plagio! Acusado: puede usted retirarse. (Aparte.) Que el coronel teniente coronel de la Guardia civil D. Matías de Padilla, custodie al reo hasta la Cárcel Modelo, y que mande que le pongan allí un capuchón especial, de algodón en rama, para que no pueda horadarlo su corona de plagio inmarcesible.

V

DE PARÍS A OVIEDO

París, 20 de Abril de 1888

48, rue Caumartin, 48.

Sr. D. Leopoldo Alas:

La guerra declarada entre usted y yo era guerra a muerte. Usted hacía de Francia, como si dijéramos: yo, de Prusia. Por la «suprema antipatía» que inspiraba a usted, antipatía que dio el resultado de la candidatura Ole—Ole—Sin—Narices, me tenía sentado sobre la boca de su estómago, y, por cambiar de postura, fui yo y ametrallé Metz (La Regenta), arrasé Sedán (Pipá), sitié la personalidad de usted, y vengo haciendo en su baluarte literario lo que obraban en los Campos Elíseos los prusianos que salían diariamente desde Versalles. Usted perdió la batalla; con la batalla, perdió la Alsacia—Lorena, o sea su fama de matón literario, y si no voy a ponerme la diadema imperial en las Tullerias de Oviedo, es sencillamente porque no tengo dinero para el viaje. Ahora quiere usted y pide paz. Vaya por la paz. Pero, ojo con que Boulanger, o sea la vanidad de usted, le mueva a hacer pinitos guerreros; porque entonces arrasaré toda su casa, dejándole reducido al condado de París, que sería la novela Esperaindeo, y eso porque no la ha publicado, ni la tiene escrita aún, aunque la anuncia.

Y puesto que me llama usted «escritor inca», y se pone en fuga, le recuerdo que mis ascendientes —unos salvajes, indios chunchos— tenían la costumbre de cortar la cabellera al vencido, con unas tijeras de esquilar. En cuanto regrese a España, voy a Oviedo…

Me invita usted a nombrar un tribunal que falle el pleito literario que sostenemos; y así, como de paso, sin advertir que la gente de Madrid es más larga que usted cree, cita a casi todos los escritores españoles, y trata, con piropos y palmas, de granjearse por adelantado la voluntad de los jueces. —¡Como si los literatos de España estuvieran tan medianos de honor y de conciencia!…

Usted, que suele ponerse moños de incorruptible, es el más asiduo colaborador de la sociedad de bombos mutuos.

Necesitó que El Liberal le elogiara, o, cuando menos, que se acordara del santo de su nombre, y aprovechó la enfermedad de uno de los redactores de aquel periódico para arrancarse con un cante hondo y ponderativo. Porque daba usted por muerto a Cavia, y porque le convenía además para sus fines particulares en El Liberal, que reprodujo la necrología de usted y le llamó «distinguido literato», que era lo que usted quería demostrar. Afortunado estuvo usted en aquel lance, porque de allí a poco resucitó Cavia —que, cuando no murió de resultas de aquel panegírico, no muere ya de cornada de burro— y le faltó tiempo para pagarle en moneda de buena circulación, hablando largamente de usted en un plato del día.

Necesitó usted, además, que El Imparcial le elogiara, o que recordara a San Leopoldo, y como no podía usted dar por muerto a Eduardo del Palacio, echó a vuelo las campañas, sin motivo alguno, anunciando que aquel escritor había inventado la pólvora… para que la gastara luego en salvas de bombos a usted dirigidos. —Y, valga el paréntesis, admiremos la inclinación de usted a ser juzgado por Sobaquillo y Sentimientos!

Tal es la táctica de usted para cosechar aplausos y no crea que son cavilaciones malévolas como dice usted en alguna parte de su folleto.

Ahora dice usted que es su deseo que nos sometamos a la opinión de un tribunal de escritores, y, en prueba de que no siente semejantes ganas, empieza por inhabilitarme, que sí me inhabilita, para nombrar el tribunal, en el hecho de citar, con sus correspondientes bombos, una serie inacabable de escritores, poniéndome en el estrecho de elegir, con mengua de los que no elija. Y no es lo peor eso de usted, sino que se llame andana, siendo el que necesita, y desea vindicarse y correspondiéndole de derecho el nombramiento del tribunal.

Por lo demás, cuando yo formo opinión, no hay tribunales ni jurados, por buenos que sean, para rectificarla; y no por tozudo, sino porque siendo, como soy, aunque no ejerzo, demócrata de verdad, no hay cosa que me irrite más que la tiranía del número. Jesucristo (no el de La Terre) tenía razón contra todos los que le condenaron a muerte.

Pero, en fin, por mí no quede, y vaya por el tribunal de honor literario, si usted lo nombra, y avíseme cuándo quiere que salga con los bártulos o textos correspondientes a sostener el derecho de mi acusación. —Mis maletas están prontas.

Lo más anómalo del caso es que dice usted en la página 41 de su folleto:

«Debo advertirle ahora que no tome lo dicho por principio de polémica. No discuto con usted. Diga de mí lo que quiera. NO REPLICO.»

Y añade usted que estoy atentando contra «la cena de sus hijos.»

Sr. Alas: Yo me había propuesto atentar contra la paternidad literaria de usted, probándole que es putativa. Pero no me pasó por las mientes la idea de atentar contra su prole física. Eso de que al acusar de plagiario al papá, trabajo contra la cena de los hijos, es una escena de sobremesa que puede mucho más que mis convencimientos literarios. —¡También yo, Sr. Alas, quiero mucho a los niños que no tienen pan!… —No había, pues, de quitarlo de la boca de los suyos, porque aunque tenga usted el prurito de imitar a los genios, no sería yo quien le aconsejara que emulase a Juan Jacobo…

¡Pobrecitos los chicos! ¡Dejarles que vivan! Tal vez resulten listos los de usted, por lo mismo de haberlo sido Henry Ireland… Quizá resulten literatos, por lo mismo que no lo fueron los hijos de Víctor Hugo… Y aunque no fuesen lo uno ni lo otro, tienen bastante con ser niños para tocar el corazón del hombre honrado…

Cesen, pues, las hostilidades, y reciba gracias por su sentido recuerdo. ¡Qué de reflexiones tristes y amargas no sugiere la idea del daño que hacemos sin proponérnoslo! Usted ignora seguramente que amargó, sin querer, los tristes días de aquel sublime loco que se llamó Revilla; que trabajó inconscientemente por quitar a D. Peregrín García Cadena el sueldo que ganaba como crítico; que atentó, sin pretenderlo, contra la cena de los hijos de muchos escritores; ¡oh, Sr. Alas! usted ignora que sus interesados, gratuitos y extemporáneos ataques contra la obra de un joven dramaturgo, tal vez dejen sin pan y sin lumbre, en el próximo invierno, a una buena madre que está enferma y desvalida… Gracias, muchas gracias, amigo mío, por el recuerdo de sus hijos; ¡deles usted en mi nombre un beso de paz!…

Público:

Declaro espontánea y solemnemente que el señor D. Leopoldo Alas (Clarín) no ha plagiado a Flaubert, ni a Zola, ni a Fernanflor, ni a nadie de los que figuran en el infierno de las letras, y que si dije antes lo contrario, fue por error, o llevado acaso por malévolas cavilaciones.

Declaro asimismo, espontánea y solemnemente, que tengo al escritor D. Leopoldo Alas por muy digno y merecedor de recibir tus favores.

Y firmo en París a 20 de abril de 1888.

LUIS BONAFOUX.


Publicado el 15 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
Leído 0 veces.