Los Hermanos Plantagenet

Manuel Fernández y González


Novela


Índice

I. LOS HERMANOS DE LA NIEBLA
II. EL HERMANO DEL VERDUGO
III. PRINCIPIOS DE AVENTURA
IV. DE LO QUE ENCONTRÓ DIK CUANDO MENOS LO ESPERABA
V. LADY ESTER
VI. UNA TRAICIÓN INVOLUNTARIA
VII. UN MOTÍN-UN FLORÍN POR UNA CABEZA
VIII. UN INSTRUMENTO ROTO
IX. UNA SORPRESA
X. MEDIDAS PREVENTIVAS
XI. PRINCIPIOS DE REVELACIÓN
XII. EL REY SE VENDE
XIII. AGIAB
XIV. EL VERDUGO DE LA TORRE
XV. EL PRÍNCIPE JUAN
XVI. EL CONDE DE SALISBURY
XVII. LA SALA DEL TORMENTO
XVIII. EN QUE EL REY ENCUENTRA OTROS DOS HERMANOS
EPÍLOGO. EL ASESINATO

I. LOS HERMANOS DE LA NIEBLA

EL día 15 de noviembre de 1194, á la hora en que el sol se ocultaba tras los remotos confines del condado de Middlesex, tiñendo con reflejos amarillentos los girones en que se rompía al Occidente el ancho pabellón de nubes que encapotaba el cielo, una galera de altos mástiles y agudas velas navegaba lentamente, ayudada por los remos de cien galeotes, subiendo con dificultad la corriente del Támesis, á dos leguas de distancia de Londres.

Sobre el alcázar de popa de esta galera, recostado en un mástil en que apenas ondulaba al débil impulso de una pesada brisa sudeste un pendón rojo, cuyas plegaduras no permitían conocer los detalles del blasón que dejaba notarse de una manera confusa sobre él; apoyado en este mástil, repetimos se veía un hombre de figura atlética, con la mirada fija en la distante ciudad.

Rodeábanle otros tres hombres, pero á cierta distancia, sin duda por respeto, que miraban al mismo punto que el primero, con una expresión marcada de impaciencia.

Y esta impaciencia era muy natural; la galera adelantaba con tanta lentitud, que á primera vista hubiérasela podido creer anclada, á no ser por el continuo y monótono ruido que producían azotando el agua los remos de los galeotes.

Suponiendo que nuestros lectores se impacientarán si llamamos mucho tiempo su atención sobre el perezoso bastimento, lanzaremos nuestro relato á todo vagor, pasaremos como un meteoro entre las áridas y solitarias riberas de los condados de Surrey y Middlesex, cuyos límites naturales entre sí señala el Támesis, y sólo nos detendremos en una ensenada de la isla de los Perros.

Una vez allí, deberemos tomar tierra y observar. El islote que hoy se denomina de los Perros, era en la época á que nos referimos, un terreno largo y extrecho, levantado sobre el río á gran distancia de entrambas márgenes. Coronábalo un espeso bosque de árboles que la mano del hombre no había cultivado; y ninguna senda nacía en sus riberas que atestiguase el paso de la planta humana. Nadie había pensado en ponerle nombre, ó al menos nosotros lo ignoramos. Sea como quiera, desde él se veía perfectamente á Londres tendido á su altura, y levantando sobre la margen izquierda el recinto torreado de la ciudad y la villa, y sobre la derecha las feas casas de madera del arrabal Sowttwark. Nada de notable se veía en éste, mientras por el contrario, dominando los muros de la ciudad y de la villa, se destacaba sobre el doble fondo de los campos y del celaje la confusa aglomeración de torres de la Torre de Londres, entre las cuales como un pino entre retamas se alzaba la de White-tower (Torre blanca) construida por Guillermo el Conquistador: más allá en el centro de la ciudad, aparecía la gótica torre de la iglesia de San Pablo, destruida más adelante por un incendio en 1666, y reconstruida en 1675 por el ilustre arquitecto sir Cristóval Wren; últimamente, las agujas de la abadía de Westminster, las cúpulas de Whitehall y de San James, y las menos notables de la iglesia de San Miguel en Cornhill, y las de San Bride y San Duntan, se levantan sobre la extensa silueta de Londres.

La niebla que acompaña los crepúsculos de invierno en Inglaterra, había ya cubierto la tarde en que empieza la acción de nuestro drama, las copas de los álamos más elevados del islote, y descendía lentamente de un celaje encapotado, presagiando una noche oscurísima, que se acercaba sensiblemente. Bien pronto al crepúsculo sucedió una claridad dudosa, débil, que desapareció en fin; la niebla envolvió á Londres, púsose húmeda y fría sobre la tierra, y unióse al fin más densa y más glacial sobre la corriente del río. Nada se vió entonces. Parecía que el caos tornaba á pesar sobre la creación.

Pero en medio de este caos se elevaba un rumor lejano, perdido, confuso; rumor extraño, difícil de analizar; era el álito de Londres que bebía en sus tabernas, que bailaba en sus salones, que se agitaba en sus plazas, que rompía la tierra de sus cementerios; era Londres oprimido por la rapiña y las horcas de un obispo canciller; Londres monopolizado por sus lores, Londres diezmado á la par por el hambre y por la peste, y que sin embargo, se embriagaba, danzaba, murmuraba y enterraba; aquel rumor era el gemido de un gigante enfermo.

Esto por la parte de Londres; en los campos y en el Támesis el más profundo silencio, y sin embargo, si algunos momentos después que la niebla se había enseñoreado de la noche, alguno que, colocado sobre cualquiera de las márgenes del islote, hubiese poseído un oído exquisito, hubiera notado un rumor imperceptible en las aguas, comparable en su origen al sonido ténue de una hoja movida por una brisa sutilísima, más sensible después, y semejante al que produce un cuerpo que agita el agua sin azotarla; rumor pausado, uniforme y continuo que hubiera anunciado á un marino la proximidad de un pequeño buque impulsado por remos; después hubiera sentido un choque débil, un estremecimiento pasajero, y después de un salto, las pisadas de un hombre sobre la maleza.

Y en efecto, así sucedió. Una barca pequeña, según podía juzgarse por el valor del ruido que producía su proa cortando el agua á impulso de dos remos hasta llegar al islote, arribó á su orilla, y de ella saltó una sombra, después de haber amarrado el batel á la maleza que se dejaba lamer de la corriente, tendiéndose á lo largo de ella cual si fuese una gigante y extraña cabellera; aquel sér, que merced á la niebla hubiera podido pasar por sombra, á no ser por el áspero ruido que producía en el ramaje al atravesarlo, revelando de aquel modo una existencia corpórea; se alejó hacia el centro del islote, y muy pronto dominó de una manera absoluta el silencio turbado un momento por su pasajera aparición.

Muy pronto se percibió en el río otro rumor semejante al anterior; otra lancha chocó de proa en la ribera del islote, á poca distancia de la primera; como ella fué amarrada á la maleza, y otra sombra saltó en tierra y adelantó, alejándose en la misma dirección que la anterior.

Y una tras otra atracaron sucesivamente al islote otras cuatro lanchas; una tras otra se perdieron por el mismo camino otras cuatro sombras.

La ribera sujetaba seis lanchas, seis sombras habían penetrado en el islote.

Inútil hubiera sido esperar otra aparición; pero si á nuestros lectores no place tal cantinela en un sitio húmedo por la doble influencia del río y de la niebla, sigamos, si es que no temen aventurarse, en la misma dirección de los seis personajes de las lanchas.

A poco que andemos, nos encontraremos en el centro del islote; pero ya que somos dueños del tiempo y del espacio, precedamos algunos momentos al primer espectro (si se nos permite llamar así á un sér que la oscuridad permite apenas entrever de una manera informe), al primer espectro, repetimos, que en tal noche y á tal hora visitaba el solitario islote del Támesis.

En el centro de la alameda que le cubría, en medio de un claro, se notaba una mole informe también, pero que demostraba ser una habitación de hombres, puesto que por las rendijas de una puerta mal cerrada, se veía luz en el interior.

Entremos, tomemos posesión de ella, y observemos.

Era una cabaña cuadrada, construída con ramas de árboles, cuyos intersticios estaban cubiertos con tierra amasada, y protegida por un techo de ramas y cañas, en cuyo centro había una claraboya circular, que, atendido un hogar formado con piedras y perpendicularmente situado bajo ella, servía, según probabilidades atendibles, para dar salida al humo en algunos casos, y entrada á la lluvia en otros: en torno de este hogar, sobre un suelo húmedo y resbaladizo; se veían seis piedras, destinadas sin duda á servir de asiento á seis personas. Esta cabaña no tenía otras aberturas para dar paso al aire y la luz que la claraboya que hemos descrito, y una estrecha puerta, al través de cuyas rendijas hemos hecho notar al lector el reflejo de una luz.

El aspecto de esta cabaña era desconsolador, por su rígida rusticidad, por su absoluta carencia de todo objeto propio para cubrir las necesidades más fútiles de la vida, si se exceptúan algunos haces de ramajes arrojados en un ángulo y algunas astillas de tea.

Por lo demás, prescindiendo de un hombre que, sentado sobre una de las piedras se veía al resplandor de una tea encendida, clavada en el suelo y próxima á consumirse, las cenizas esparcidas sobre el hogar y la densa capa de hollín que cubría las paredes y el techo, mostraban que aquella incómoda vivienda era habitada.

El hombre que hemos dicho se veía sentado sobre una de las piedras, era un joven como de veintidós años; su semblante, sin ser hermoso, poseía esas líneas atrevidas y vigorosas que constituyen la majestad de la antigua estatua romana; sus miembros robustos, musculosos, participaban á un tiempo de la fuerza del gladiator y de la agilidad del montañés: y todo este conjunto, tostado por el aire y por el sol, tenía algo de selvático, algo que hacía semejarse á este hombre al hombre de la naturaleza, cuando éste no conocía otro albergue que le protegiese del rigor de las estaciones, más que el ramaje de los bosques ó las estalactitas de una caverna.

Descendiendo á los detalles de este sér, la misma robustez, la misma energía que se notaba en su conjunto, se daba á conocer en cada una de sus partes: larga, espesa y negrísima cabellera; frente espaciosa; cejas negras, también anchas y dilatadas; ojos pardos, grandes y de mirada fija y sombría; nariz recta, de vigoroso perfil y órganos un tanto si se quiere exagerados; boca dotada en su desdén de cierta expresión de fuerza, en su sonrisa de una despreciadora insolencia; barba completa, negra y de medianas dimensiones; cuello corto, grueso y nervioso como el del toro; por lo demás, estatura de atleta.

El traje de este hombre era lo más estricto que darse puede: consistía en una especie de gabán que dejaba desnudos los brazos, las piernas y gran parte del pecho; este gabán era de una tela de lana fuerte y tupida, listada á cuadros por anchas líneas de colores que un tiempo debieron ser rojos y negros, pero á quienes había hecho desmerecer en gran manera la influencia del sol y de la lluvia. Este saco, que era lo único que le hacía no aparecer enteramente desnudo, estaba sujeto á su cintura con una tira de cuero, de que pendía un largo y ancho cuchillo corvo, con empuñadura de asta de ciervo y cubierto con una vaina de piel sin curtir; un tahalí de mismo cuero sujetaba á su espalda una especie de aljaba donde se veían algunos venablos, y últimamente, una ballesta arrojada en el suelo, completaba el armamento de este extraño personaje.

A más de las particularidades que hemos descrito, otras accidentales y casi del momento, le hubieran hecho notable á los ojos del más indiferente; su cabellera estaba impregnada de agua, así como su gabán, haciendo presumir que poco tiempo antes acababa de tomar un baño, indudablemente forzado, puesto que en sus brazos y en sus piernas se veían señales sangrientas, tales como las que pueden producir una caída desgraciada ó el golpe de un látigo.

Por lo tanto, no es de extrañar que nuestro héroe mostrase en su mirada un disgusto sombrío que le hacía aparecer fija y feroz, ni la frecuencia con que fruncía su entrecejo y mordía impaciente su labio inferior.

Aquel hombre era sin duda un fugitivo, porque al ruido producido por una ráfaga de viento sobre la techumbre de la cabaña, ó al mecer el ramaje de la cercana alameda, miraba con la expresión vaga de inquietud que marca el terror, á la puerta entreabierta; y perdido el rumor que le había alarmado, volvía á su inmovilidad y á su sombría expresión de disgusto.

Pero una de las veces en que su cabeza se elevó, como la de un ciervo perseguido que escucha á lo lejos los ladridos de los perros, no permaneció inerte como las veces anteriores; púsose en pie de un salto, levantó del suelo la ballesta, armó en ella un venablo, y después de pisar la tea que casi tocaba á su fin, desapareció por la puerta, dejando la cabaña envuelta en la más densa oscuridad.

Con una exquisita finura de oído, peculiar á los cazadores montañeses, había escuchado el leve rumor de unas pisadas en dirección á la cabaña, cuya puerta rechinó un momento después, empujada por alguno que penetró en el interior.

El choque de un acero sobre un pedernal se dejó oir instantáneamente, y algunas chispas lívidas irradiaron entre la oscuridad en el sitio de la cabaña donde se hallaba el recién venido; poco después dos teas ardían esparciendo en torno su opaca claridad y exhalando un humo compacto y resinoso.

Entonces se vió á su reflejo un hombre como de treinta y cinco años, vestido severamente de negro, y cubierta la cabeza con un gorro del mismo color, que sujetaba las guedejas de una cabellera gris, larga y espesa, que servía, por decirlo así, de marco á una cabeza en que un frenólogo hubiera hallado las protuberancias que distinguen á un pensador. Este hombre era de mediana estatura; vestía el traje de los abogados de aquella época, y, aunque arma impropia de su estado, ostentaba en su cintura, sujeto con un ceñidor de piel curtida, un puñal que casi llegaba á las dimensiones de espada. A pesar de lo solitario del sitio, un antifaz cubría el rostro de este hombre desde el nacimiento de la frente hasta la parte media de la nariz.

Hemos dicho que en un ángulo de la cabaña había algunos haces de ramaje, y ahora, á fuer de minuciosos descritores, diremos que parte de ellos fué trasladada al hogar, y que inmediatamente la luz de una hoguera hizo inútil, envolviéndola en su resplandor, la de las teas.

En este momento otro hombre entró, arrojó en torno una mirada inquisidora, y al reparar en el del antifaz, preguntó en voz gutural y marcada al que entraba, que no adelantó un solo paso:

—¿Qué hora es?

—La del sufrimiento, contestó el preguntado.

—¿Qué hora esperas? repuso el otro.

—La de la justicia.

—¿Quién eres?

—Hermano de mi hermana.

—¿Quién es tu hermana?

—La niebla.

—¿Tienes hermanos?

—Sí, los hermanos de la niebla.

—Bien venido seas, hermano.

Y aquellos dos hombres acortaron la distancia que les separaba, y se estrecharon las manos. Después el recienvenido fué á sentarse en la segunda piedra de la derecha del fondo.

Este nuevo personaje llevaba también antifaz; era robusto y joven, á juzgar por la energía de su mirada, que dejaba verse al través de las averturas del cuero negro que le enmascaraba; su traje era el de los cortadores de Londres; coleto y calzones de paño rojo, gorro de baqueta, medias azules y zapatos ferrados. Llevaba á la cintura, y en la misma forma que el de lo negro, un cuchillo ancho y afilado, cuyo principal destino era sin duda, atendida su forma, desollar reses. El más profundo silencio reinó durante un momento, antes de que se presentase otro nuevo interlocutor, que, como el del coleto colorado, se detuvo á la puerta.

—¿Qué hora es? le preguntó desde su asiento el hombre del traje negro.

—La del sufrimiento, contestó el interrogado.

—¿Qué hora esperas?

Una contestación igual á la que diera el cortador á esta pregunta salió de los labios de este tercer hombre, y las sucesivas fueron semejantes á aquéllas en un todo. Aquel diálogo era sin duda una seña.

Después de haber saludado y estrechado las manos á los dos amigos, este hombre fué á sentarse en la tercera piedra de la derecha. Su traje era el de los estudiantes de Londres de entonces: un bonete de bayeta negra, y una hopalanda á manera de toga de la misma tela; llevaba un antifaz como los otros, y, á juzgar por su talante, debía ser muy joven.

Otro hombre apareció inmediatamente; fué interrogado del mismo modo que los anteriores, y después de un saludo igual tomó asiento en la cuarta piedra.

Este hombre parecía anciano; vestía un traje y una capa de paño pardo; llevaba antifaz, y cubría sus cabellos un sombrero gris de ala ancha.

Un quinto interlocutor se dejó ver de la misma manera que los precedentes: fué asimismo interrogado, saludó y fué á sentarse en la quinta piedra.

Su traje era de ante, á que el tiempo había dado un color oscuro; su rostro estaba cubierto con un antifaz; su edad podría suponerse entre treinta y cuarenta años, atendida su mirada y el estado de su cabellera. La única arma de este hombre era un bastón ferrado, que, aunque de gran peso, manejaba como si fuera una caña.

Otro hombre, en fin, se dejó ver. Contestó como los anteriores á las preguntas que se le hicieron; pero su voz era mucho más sombría que la que antes que ella habían resonado en la cabaña; saludó á cierta distancia, y sin tender la mano á ninguno de los cinco hombres, fué á sentarse en la última piedra.

Su traje y su antifaz eran enteramente colorados; llevaba la cabeza descubierta, una cuerda del grueso de un dedo, lustrosa y usada, daba muchas vueltas á la cintura, y un largo espadón de á dos manos, de punta roma y encerrado en una vaina de acero blanco, pesaba sobre su espalda sujeta por un ancho tahalí con hebilla de hierro.

Las seis piedras estaban ocupadas; la luz de la hoguera reflejaba en seis hombres de trajes y edades diferentes, alumbrando un conjunto como no soñó la atrevida imaginación de Teniers en sus cuadros más originales.

El hombre que había ocupado la primer piedra, el que había interrogado á los otros cinco, se levantó entonces, y dirigiéndose al último, le preguntó:

—¿Sabes dónde estás?

—Sí, en el tribunal de justicia de los hermanos de la niebla.

—¿Quién te ha traído?

—Una lancha.

—¿Cómo te llamas?

—Entre vosotros, hermano de la niebla.

—¿Y entre los hombres?

—El verdugo de la prevostía de Londres.

Un estremecimiento involuntario se dejó oir en cada uno de los otros cinco, y el rumor de algunas frases inarticuladas se percibió momentáneamente.

—¡Silencio! exclamó el primer hombre; ¿y con qué objeto te has unido á nosotros?

—Con el de vengarme.

—¿De quién?

—De los hombres.

—Los hombres no pueden insultarte, tu posición te aisla; sobre tu traje colorado no es posible una mancha.

—No vengo representando mi presente; es una consecuencia de mi pasado; vengo por mi pasado.

—Déjanos ver tu rostro.

El verdugo se arrancó el antifaz; un semblante lívido, enflaquecido, en cuyas profundas órbitas brillaban unos ojos de mirada implacable, en que el sufrimiento ó el remordimiento habían impreso arrugas prematuras, se ofreció sucesivamente á cada una de las miradas de los cinco; semblante marcado por una sonrisa glacial que respondía por un corazón desgarrado por terribles penas.

—¿Cómo te han ofendido los hombres?

—Está en el corazón, contestó el verdugo; mi historia es un secreto que no me pertenece; mi historia os diría mi nombre; yo no tengo ya nombre, debo olvidarlo.

El verdugo sentóse de nuevo y guardó silencio.

—¿Y tú, quién eres? preguntó el que había interrogado al verdugo al quinto hombre.

—Hermano de la niebla; me llamo Tom Flavi, y soy uno de los llaveros de la torre de Londres.

Diciendo esto, se arrancó el antifaz y dejó ver un rostro franco y valiente, en que brillaba cierta expresión de entusiasmo.

El verdugo y el llavero se miraron como personas conocidas, pero de un modo particular.

—Y tú, ¿cómo te llamas? dijo el interrogante al cuarto personaje.

Púsose de pie y contestó:

—Aquí, hermano de la niebla; en la plaza del mercado, Jorge Rak, mercader de paños y lienzos.

Arrancóse el antifaz, y el verdugo vió en el semblante de este hombre, venerable ya por su ancianidad, otro antiguo conocido.

Sentóse Jorge Rak, y el presidente de aquella extraña asamblea se dirigió al tercer hombre.

—¿Quién eres, y cómo te llamas?

—Hermano de la niebla aquí, estudiante de teología en la Universidad; mi nombre es Williams Caridemus.

Descubrióse y dejó ver un semblante alegre á pesar de la gravedad de que quería revestirlo; un semblante picaresco y atrevido, con la bulliciosa sonrisa del estudiante vivaracho, que sólo cuenta dieciocho años. Sentóse y llegó el turno de ser interrogado en la misma forma al segundo hombre, que respondió:

—Soy hermano de la niebla, cortador de la muy noble carnicería de la buena y leal ciudad de Londres (el carnicero recalcó estas últimas palabras), y me llamo John Asta-de-buey; tras esto sentóse; despojóse del antifaz, y dejó ver un rostro orlado de larga cabellera, barba negra y revuelta, cejas descomunales, ojos atrevidos, nariz ancha y roma, y boca de estremada magnitud.

Sólo nos falta conocer la fisonomía, el nombre y la condición del presidente, que á su vez despojóse del antifaz, y dejó descubierto un semblante noble, majestuoso y dulce á la par, de color blanco mate, en que se marcaba un temperamento nervioso, de ojos grandes y lánguidos, de mirada fija y escudriñadora.

—Yo soy como vosotros, hermano de la niebla, abogado, y mi nombre Adam Wast.

Sentóse, y después de un momento de silencio, dijo:

—Todos nos conocemos, y nuestro conocimiento data de la misma fecha. Hace dos años nos reuníamos todos los días...

—En la Torre de Londres, en el patio de los calabozos, observó el estudiante interrumpiendo á Adam Wast.

—Cabalmente, en el patio de los calabozos, eso, es. Aquella era una época terrible. La Inglaterra tenía un trono sin rey, y un canciller regente sin corazón; las vidas, las honras y las haciendas eran patrimonio del obispo de Eli, y estaban á merced de los miserables sicarios que le rodeaban y aún le rodean; mi casa fué allanada, y mi persona reducida á prisión, porque invoqué ley en favor de un hombre ultrajado por el obispo.

—Y yo, por haber roto la cabeza á un arquero del canciller obispo, que pretendía vivir á mi costa robándome carne, observó John Asta-de-buey.

—Y yo, por haber defendido teológicamente, que el obispo de Eli era un diablo con sotana, añadió el estudiante de teología.

—Y yo, por haberme negado á satisfacer un doble derecho sobre mis géneros á los comisionados de los Aldermen, balbuceó el anciano Jorge Rak.

—Se nos había detenido injustamente, éramos inocentes, y nos unimos por simpatías; la Torre de Londres era para nosotros un libro en que leíamos, de una manera clara, infamias y desafueros que generalmente quedan consignados como un misterio en las páginas de piedra de aquel gigante maldito, y que no pueden concebir los que no han pasado sus poternas, que pocas veces se abren para dar salida á vivos; desde lo sombrío de nuestros calabozos meditamos sobre el destino de Inglaterra, y le vimos oscuro, tenebroso, sin que una lejana esperanza pudiese consolarnos. Vimos un trono abandonado por un rey guerreador, que no sabiendo engrandecer su país, hacerle libre y fuerte, y por consecuencia feliz, llevaba su espada á una empresa fanática, al lado de los fanáticos cruzados, perturbadores de un país para el cual eran un azote de Dios, vimos un hermano traidor, revolucionando la Normandía para arrancar una corona á su hermano; vimos un obispo convertido en ladrón y verdugo del pueblo, ídolo degradado, temido por una nobleza degradada, y vimos en fin un pueblo abandonado, insultado, azotado, robado y asesinado por el rey, por la nobleza, por el obispo, por los aldermens y por los soldados. Vimos un pueblo cobarde, murmurando en secreto, doblegándose y arrojándose á los pies de sus señores á la luz del sol.

—El pueblo no es cobarde, gritó el estudiante levantándose con energía, lo que falta al pueblo es conocer sus derechos; hágansele saber, y tendrá fuerza, una vez con fuerza, hará al rey cumplir con su deber, arrollará á su paso los que le insultan, y hará pedazos á los que le roben.

—Y bien, prosiguió Adam Wast, la verdad de esos principios te la he concedido yo cuando éramos compañeros de prisión; ¿pero dónde están los hombres capaces de ponerse al frente de ese pueblo dividido en bandos encarnizados; de ese pueblo sin abnegación y sin virtudes; de ese pueblo envilecido y viciado por el ejemplo de los que le venden? Y si los hay, ¿dónde están esos hombres capaces de jugar la cabeza por ese mónstruo ingrato que llama deber á los sacrificios, y que los olvida cuando no le sirven? ¿Dónde están esos hombres capaces de hacer lo que dicen, si es que son capaces de decir lo que sienten?

—Aquí, contestó el estudiante: ¡Yo! Que se me dé dinero, y respondo, para el toque de cubre-fuego de esta noche, de dos mil estudiantes.

—¡Dinero! ¡Dinero! Necesitáis comprar al pueblo, pagarle soldada para que sostenga sus fueros; necesitáis pagarle á peso de oro su cabeza para que la defienda; bien lo sabía, y no lo he olvidado. ¡He ahí oro!

Y Adam Wast arrojó al suelo un pesado bolsón de cuero.

—Si hay oro, yo respondo de los cortadores de Londres, dijo John Asta-de-buey.

—Y yo de los mendigos y los vendedores de la plaza del Mercado, añadió Jorge Rak.

—¿Y tú no ofreces nada?, preguntó Adam Wast á Tom Flavi.

—Respondo de todo. Daré suelta á los presos de la Torre, y os entregaré las armas depositadas en ella.

—Ya ves que todos contribuyen, dijo Adam Wast dirigiéndose al verdugo; sepamos lo que tú harás.

—Cortar la cabeza al obispo de Eli, contestó con acento feroz el verdugo.

—Para eso basto yo, hermano, exclamó haciendo un mohín de desprecio John Asta-de-buey.

—¿Y no podrás hacerte una falanje respetable de los bandidos y los ladrones con quienes te reunes después del cubre-fuego, contra los edictos del obispo, en cierta taberna de Sowttwark?

Un vivo carmín tiñó las mejillas del verdugo.

—Sí, dijo al fin dominándose; ¿para cuándo?

—Para esta noche, después del toque de cubre-fuego.

—Y bien, observó el viejo Jorge Rak, ¿qué podemos esperar como resultado de la reunión de esa gente?

—Una asonada.

—¿Y cuál será el resultado de esa asonada? apoyó tímidamente Tom Flavi.

—Tienes miedo, ¡voto á...! ¡El resultado! ¿Quién puede decir con seguridad: mañana la peste habrá dejado de afligirnos, el obispo y los aldermens estarán ahorcados, y azotados los archeros con sus propios talabartes? ¡Cuerpo de Cristo! ¿quién podrá decir si mañana alguno de nosotros será ahorcado?

Un estremecimiento involuntario é imperceptible, agitó los miembros de Jorge Rak.

—En ese caso, dijo el estudiante, tenemos la ventaja de ser amigos del verdugo.

—Y en fin, hermanos, añadió levantándose Adam Wast, la muerte nos amaga de una manera indudable. El hambre es la muerte; la peste es la muerte, la tiranía y las infamias del obispo son la muerte. ¿Qué esperanza nos halaga que no haya de sostenerse por nosotros? ¿A quién demandar ayuda, que sea fuerte y quiera dispensárnosla? Cuando el pueblo siente los triples azotes de la tiranía, el hambre y la peste, debe repeler los dos primeros con la fuerza, y hacerse digno, defendiendo sus fueros naturales, de que Dios le alivie del tercero. Adelante pues, nos ha desafiado y debemos recoger el guante.

Luego, tomando del suelo la bolsa y sacando de ella un puñado de florines.

—Toma, dijo al mercader, creo que con esto tendrás bastante para los vendedores del mercado.

Jorge Rak tomó el dinero y lo guardó en su escarcela.

—Y tú, añadió dirigiéndose al estudiante, vé si alcanza esto para las exigencias de los tuyos.

Williams Caridemus había puesto al alcance de la mano de Adam Wast su bonete de bayeta para recibir el oro; pero la retiró diciendo:

—Sepamos antes de donde proviene ese dinero, y hasta qué punto nos compromete su adquisición.

—Es muy justo. La adquisición de este oro á nada nos compromete.

—¡A nada! prorrumpieron con extrañeza los cinco hombres.

—A nada á que no nos hayamos comprometido voluntariamente. Este dinero nos lo ha dado un hombre que se dice amigo del pueblo, pero que no es más que enemigo del enemigo del pueblo. Este hombre ha llegado á mí y me ha dicho: «Adam, el pueblo ruje descontento porque sufre; el pueblo no puede hacer más que rugir, porque le falta fuerza; el dinero es la fuerza: toma;» y me dió esa bolsa: si se necesita aún más, mis arcas están llenas.

—¿Y quién es ese hombre que tiene sus arcas llenas, cuando el pueblo no tiene pan? interpeló ásperamente John Asta-de-buey.

—Saul, el hebreo, contestó Adam Wast.

—¡La sombra de lady Ester! murmuró el estudiante.

—¡El hombre que insulta la miseria pública, ostentando una servidumbre y un aparato casi regio para rivalizar dignamente con el obispo! añadió con acento feroz el cortador.

—¡Un hebreo que se atreve á salir en público en caballos de Arabía, rodeado de esclavos etiopes cubiertos de oro!, observó el mercader; ¡un judío que se presenta en público asido del brazo de Juan-sin-tierra!

—¿Es decir, que la salud común, exclamó exasperado el estudiante en un rapto de entusiasmo que, á tener lugar en nuestros días se hubiera llamado patriótico; es decir, que la salud común brota de la misma sentina que la opresión y el insulto? ¿Es decir que debemos dar gracias á Dios porque ha concedido á lady Ester una hermosura capaz de enloquecer á un sacerdote cristiano y á un sibarita hebreo? Una empresa justa no ha menester ser ayudada por un recurso maldito; no debíais haber aceptado ese oro, Adam Wast.

—Piensas como un niño, Williams, contestó el apostrofado; cuando se juega el destino de los pueblos, no debe repararse en si el arma que les ha de hacer fuertes viene de manos de un enemigo. Todos los medios son buenos si dan por resultado un triunfo.

Esta opinión, aunque basada en principios poco rígidos, convenció al estudiante, que presentó de nuevo su bonete y recibió en él el oro maldito.

Después que Adam Wast hubo repartido en partes iguales á los cinco todo el dinero de su bolsa, después de haberles hecho repetir el número de hombres conque contaba cada uno de ellos, añadió levantándose:

—Nada tenemos que hacer aquí; tú, John, ve á reunir tus cortadores en Curhilt; tú, Jorge, busca tus vendedores del mercado; busca á tus estudiantes, Williams; prepara las llaves y las armas de la torre, Tom Flavi; y tú ejecutor de la ley, preséntate entre los bandidos de Sowttwark; al sonar la primera campanada del cubre-fuego, en la pradera de Whitehall.

Los seis hombres abandonaron sus puestos y se dirigieron á la puerta; antes de que llegasen á ella, se abrió y dió paso á un séptimo personaje.

II. EL HERMANO DEL VERDUGO

EL hombre que de una manera tan intempestiva se presentaba á los hermanos de la niebla, adelantó un paso; extendió hacia ellos el brazo derecho armado con un venablo, en el mismo ademán imperioso que debe preceder á veces á las órdenes de un rey; y su voz firme y sonora pronunció en un tono que en nada amenguaba lo exigente de su ademán, la palabra:

—¡Aguardad!

Aquel hombre era el mismo que antes de la llegada de los seis hermanos, como debe recordarse, había abandonado la cabaña de una manera brusca.

La intimación de la orden que detenía á aquella asamblea, cuya misión en aquel punto había terminado, produjo durante un momento en ella una sensación de asombro; después, pasado éste, Adam Wast, conteniendo á sus compañeros que se adelantaban hacia el desconocido, le dijo:

—¿Y quién eres tú, y con qué derecho te presentas mandándonos detener?

—¿Quién soy yo? contestó ferozmente el interrogado. ¿Quién soy yo? Un hombre que como vosotros está ofendido; un hombre que como vosotros quiere vengarse.

—Y bien, nada tenemos que ver en eso, contestó John Asta-de-buey; lo que nos importa, sí, es sellar tu boca para que no revele lo que tus oídos han escuchado; elige entre todos nosotros, esceptuando al que por su edad no debes aceptar como contrario, y señaló á Jorge Rak, uno con quien batirte en un empeño á muerte.

El cortador pidió con una mirada á sus compañeros su opinión acerca del reto que acababa de lanzar en nombre de todos al intruso, y los cuatro cuya edad les permitía empeñar un lance de tal especie, mostraron harto claro, con una significativa inclinación de cabeza, la aprobación de la propuesta, que el del venablo rechazó, contestando:

—Os he elegido como cómplices, y no os acepto como enemigos.

—¡Como cómplices! exclamó el estudiante adelantando un paso, al par que los demás, excepto Jorge Rak ¡como cómplices!

—Sí, porque lo que estáis meditando, bien considerado, es el proyecto de un crimen. No malgastemos el tiempo en disputas inútiles ¿me aceptáis como un igual entre vosotros? ¡Si ó no!

—Antes, respondió Adam Wast conteniendo de nuevo con una mirada á los suyos, la prudencia aconsejaba reducirte al menos á un estado que no te permitiese revelar el secreto que has sorprendido por acaso tal vez, tal vez llenando un servicio pagado; pero has añadido un motivo más para que cada uno de nosotros procure matarte: nos has ofendido.

—Si te he ofendido, repuso con sarcasmo el desconocido, porque te he dicho, Adam Wast, que proyectabas un crimen. ¿Queréis saber cuáles son mis razones? pues bien, escuchad: tú Adam, oscuro abogado, ambicioso y egoísta; tú, poseído del demonio del orgullo; tú, que has leído en la biblioteca de San Servan antiguos pergaminos; tú, que has estudiado la historia de las revoluciones de los pueblos, quieres hacerte de la miseria pública un escalón para elevarte de tu nada; has soñado, después de haber envidiado la fortuna de los tribunos romanos, que lograron por un medio semejante ser cónsules ó césares, has soñado, te digo, hacerte tribuno del pueblo inglés; has saludado con placer los tres azotes de ese pueblo, el obispo, el hambre y la peste, como poderosos aliados de la lucha de tu miseria; has procurado presentarte doquier como un santo, tú, que eres un demonio; como un mártir, tú que eres un verdugo. ¡Silencio digo!, añadió haciéndose atrás y armando su ballesta, con un gesto terrible de amenaza; he querido que aguardéis, y aguardaréis; he querido que me escuchéis, y me escucharéis.

Aquel hombre dispuesto á todo, aquel hombre mandando á otros seis hombres, acabó por dominarlos merced á su valor, á su audacia y á su fuerza de voluntad.

—Y tú, niño aun, añadió dirigiéndose al estudiante; tú que aun obedeces al influjo de los recuerdos de tu infancia, ¿quieres saber por qué te hallas comprometido en una empresa en que juegas tu cabeza llena de locos deseos, de ambiciones informes sin objeto fijo, de pensamientos necios como tu imprudencia? pues bien; es porque el demonio del orgullo se ha apoderado de tí; porque deseas crecer en estatura para que los necios te admiren; porque eres demasiado imbécil para creer en tu inutilidad; pobre instrumento que romperá el viento de la revolución como el huracán quiebra una caña. Sí: tú puedes servir de emisario, de espía, de alborotador; puedes servir de una manera admirable, porque cogido en el lazo, morirás sin nombrar tus cómplices; porque has soñado en esa gloria miserable que consiste en que el pueblo diga cuando marches á la horca: «ese es un mártir, ha muerto defendiendo nuestros fueros.» Créeme, Williams, busca tu gloria en los libros; podrás llegar á ser un teólogo insufrible; pero en el terreno que pisas, sólo puedes aspirar á ser un remedo de mártir.

El estudiante miró fijamente al que acababa de darle tan amistoso consejo, y contestó:

—Si yo me sublevo contra el poder que nos oprime, es porque ansío la paz y el orden que debe preceder á la propagación de la ciencia; no puede haber paz donde hay hambre, ergo...

—Y bien, ya véis que os conozco, prosiguió el montero desatendiendo el razonamiento del estudiante; os conozco como vosotros conocéis que cuanto os he dicho es exacto. Ahora bien; cualquiera que sea el motivo que me impulsa á presentarme á vosotros como un aliado, ¿admitís mi alianza?

—Sepamos el valor de tu ofensa, contestó reprimiéndose Adam Wast, para juzgar hasta qué punto puede interesarte el éxito de nuestra empresa.

—¡Mi ofensa! contestó el montero, cuyo rostro se cubrió de una sombría expresión de odio; ¡mi ofensa! Yo, después de ser lo que he sido, me transformé en montero, los hombres habían quemado mi corazón, le habían desgarrado; en cada uno veía un enemigo, y no quise sufrir su vista; entonces pensé en las selvas, en su inmensa soledad, con su sombroso pabellón de verdura, con sus libres arroyos, sus profundas grutas y sus cuadrúpedos y montaraces habitantes; pensé en el aislamiento; hice retroceder mi imaginación hasta el hombre de la naturaleza, sentenciado, es verdad, á sostener su vida á costa de un trabajo asíduo y terrible; pero libre como el aire que respira, como los arroyuelos que se precipitan á su antojo, como los pájaros que anidan entre el follaje de los árboles. Salí de Londres sin volver la cabeza para mirar á la ciudad maldita, y anduve todo el día vestido como véis y armado con esta misma ballesta; al declinar la tarde me hallé en el centro enmarañado y solitario de Middlesex Wood; hacía mucho tiempo que había dejado atrás los senderos de los gamos, y había llegado allí pisando yerba que tal vez era hollada por primera vez; me hice una choza de ramas al lado de un manantial, y me dije cuando la ví bastante capaz á darme abrigo: «hé aquí mi alcázar; seré el rey de la selva; si alguna vez los hombres penetran en mis dominios, pasarán de largo con sus brillantes cabalgatas de caza ó sus humildes harapos de mendigo; si alguna vez el bandido me pide un sitio en mi hogar, un lecho de pieles y un pedazo de carne, se lo daré ¡por San Huberto! El bandido es en cierto modo un montero de fieras humanas. La caza es libre, y el gamo y el jabalí darán su carne á mi hambre; la fatiga me hará robusto; el tiempo amenguará mis dolores, y viviré tranquilo.» Ya véis, dijo el montero después de una pequeña pausa, que yo había renunciado el amor de mis hermanos, sus leyes y su protección. Y viví algún tiempo tranquilo, si no feliz; resignado, si no satisfecho. Algunos hombres que sin duda pensaban como yo, se me unieron y al cabo llegué á ser un rey con vasallos, que dominaba á cien corazones valientes, á cien brazos capaces de cortar con un venablo la carrera al gamo más corredor. Pero mis hermanos de los pueblos repararon en sus hermanos de los bosques, y no quisieron permitir continuásemos ejerciendo una profesión tan penosa; nos enviaron algunos archeros para hacernos entender que Middlesex Wood había sido declarado coto real por el obispo canciller; que si queríamos continuar persiguiendo al gamo de las selvas, libre como el aire, y como el aire propiedad de todos, era necesario que pagásemos un crecido tributo, ó someternos por el contrario á ser cazados á la vez y colgados de una encina por los prebostes de los archeros. Nos negamos á satisfacer el tributo, y fuimos declarados caza real. Entonces nos dijimos: «¿á qué luchar? Dindem-Wood es libre; vámonos á Dindem-Wood.» Pero apenas penetramos en su espesura, nuevos archeros se encargaron de hacernos saber que las selvas y las praderas de Inglaterra que no pertenecían á señores de vasallos, pertenecían al rey; en Inglaterra no existía un palmo de tierra que no perteneciese á un coto real ó señorial. Entonces nos dijimos: «la lucha es precisa; luchemos: consideremos á los archeros del obispo y á los monteros de los señores como caza libre; ballesta contra ballesta, y horca por horca.»

—Comprendo, observó Adam Wast; habéis perdido en la lucha.

—¿Y cómo sostenerla? contestó el montero. Cuando apareció el peligro, los cobardes retrocedieron y dejaron reducido el número de mis monteros á una mitad; la otra mitad ha sido dispersada, ahorcada en parte, y en parte desarmada y azotada. ¡Ira de Dios, ingleses! ¡mi rostro está ensangrentado! ¡el talabarte de un mercenario ha macerado el rostro de un inglés!

—¿Y quién te ha traído aquí?

—La casualidad: perseguido por los archeros, rodeado por todas partes, me ví entre mis verdugos y el Támesis: no debí dudar en la elección, y me arrojé al agua; algunas flechas pasaron junto á mí sin tocarme; la niebla me protegió, y tomé tierra en este islote, bien á punto por cierto para escucharos y saber que, como yo, había ingleses ofendidos, ingleses que querían vengarse.

Había tal fuerza de persuasión en el acento del montero, que Adam Wast desarrugó el entrecejo y le tendió la mano.

—Y bien, dijo, te creo y por mi parte acepto tu alianza. ¿Qué decís hermanos?

—Que sí.

—Bien.

—Le aceptamos, contestaron á un tiempo los preguntados, el cortador y el verdugo.

—¿Cómo te llamas? dijo Adam Wast.

—Dik, contestó el montero.

—No le conocemos, observó el cortador; puede ser un espía.

—¿Que no me conocéis? repuso con extrañeza Dik: ¿necesitáis que un hijo de mi madre os responda de mí? añadió dirigiéndose al verdugo y asiéndole una mano; pues bien, hermano mío, asegura á estos hombres que no tenemos sangre de traidores.

—¡Su hermano! exclamaron con el acento de la admiración algunas voces.

—Sí; mi hermano es el verdugo de la Torre de Londres.

El verdugo se arrojó en los brazos de Dik, y ocultó el rostro sobre su pecho; algunos sollozos sofocados fueron el único ruido que turbó el silencio general.

—Y bien, amigos míos, dijo Dik, íd á vuestros puestos, que yo acompañaré á mi hermano y me veréis junto á él al toque de cubre-fuego.

Y con el mismo ademán imperioso conque al aparecer entre los cinco hombres les mandó aguardar, dijo señalando á la puerta:

—Partid.

Los cinco hombres salieron; cuando el montero y el verdugo quedaron solos, el último levantó su semblante bañado en lágrimas de conmoción, y dijo:

—¡Oh! ¡gracias! ¡gracias! ¡no has renegado de mí, hermano mío!

—¡Renegar de tí! ¡porque eres verdugo! ¡Oh! has hecho bien; has elegido mejor caza que yo, y te envidio. Vamos.

El verdugo y el montero salieron de la cabaña asidos de las manos.

III. PRINCIPIOS DE AVENTURA

POCO después los dos hermanos saltaban en tierra en la orilla opuesta; entregaron la barca á sus dueños, subieron á lo largo de la ribera, pasaron el puente London-Bridge, y atravesando las estrechas y sombrías callejuelas del Cuartel de la Torre, se detuvieron, subieron al collado que lleva el nombre de ésta, é hicieron alto cabalmente junto á una horca de hierro, fija sobre un terraplén de mampostería, á cuya esplanada se ascendía por una pendiente escalera.

El verdugo se acercó al terraplén, abrió una puerta colocada en uno de sus costados, y que la oscuridad no dejaba percibir; entraron los dos hombres, y el verdugo volvió á cerrar.

Habían penetrado en un pequeño espacio húmedo y negro por el continuo contacto del humo, á que sin duda daba mala salida un estrecho respiradero practicado en uno de los costados.

Los muebles que se veían en esta extraña vivienda, eran dos banquillos de madera, un lecho de paja cubierto por una vieja capa colorada, un hacha y algunos dogales: todo este conjunto miserable estaba alumbrado por una lámpara de barro, encendida delante de un tosquísimo grabado representando una Virgen, pegado en el muro en un ángulo de aquella especie de caverna, sobre el miserable lecho.

Dik miró con extrañeza los objetos que le rodeaban; sentóse en un banquillo, y apoyando su rostro ensangrentado en la mano derecha, y el brazo de ésta sobre su rodilla, fijó en el pavimento empolvado su mirada sombría y pensativa.

El verdugo permanecía de pie frente á él, mirándole de una manera tenaz; la expresión de indiferencia feroz de su rostro había desaparecido, y su boca estaba fruncida por una sonrisa de amor y de amargura. Una madre hubiera mirado del mismo modo á un hijo desgraciado, vuelto á su vista después de una larga ausencia.

—¡Qué mudado estás, Ricardo! dijo al fin el verdugo; yo no hubiera podido reconocerte.

—Muy mudado, Godofredo, ¿es verdad? añadió el montero levantándose; ¿crees tú que no me conocerán en Londres?

—¡Oh! no; no eres tú ya el Ricardo de otro tiempo, alegre y confiado, de tez blanca, cabellos blondos, y talle esbelto encerrado en un justillo de seda; tampoco á mí me conocen; una prisión en la Torre cuando el corazón está desgarrado por desgracias tan sombrías como las nuestras, sería capaz de desfigurar al hombre más fuerte.

—¡Con qué has estado preso, pobre Godofredo!

—Preso no; retirado á una prisión voluntaria, mi profesión de verdugo empezó por su situación más elevada. Cuando murió James Church, ejecutor del rey, corta cabezas de altos traidores, los heraldos de la prebostía llamaron á son de clarín á los que quisiesen sucederle, yo me presenté enmascarado; creí tener contendientes, pero nadie se presentó á disputar la plaza que en mi desesperación había elegido; los hombres somos unos miserables locos, que no tocamos más que extremos. Yo había querido ser un ángel salvador de la humanidad; había sacrificado generosamente mis afecciones en favor de los hombres, y sólo encontré ingratos y malvados; había soñado en el amor de la mujer, y no encontré más que infamias y traiciones. Un sueño desvanecido influye de una manera terrible en organizaciones como la mía; yo, que antes de conocerle amaba al hombre conocido le aborrecí; yo que amándole había querido ser para él un ángel salvador, aborreciéndole quise ser su azote, su demonio, y me hice verdugo.

—¡Oh! hiciste bien, muy bien,—murmuró sordamente Dik, devorando á largos pasos la estrecha vivienda del verdugo como un tigre encerrado en una jaula.

—Cuando me presenté en la conserjería de la Torre, prosiguió el verdugo, me dieron esta espada, y me hicieron bajar á los calabozos, en uno de ellos había un tajo, junto al tajo el cadáver de un preso, muerto tal vez de desesperación. Cortar la cabeza á aquel cadáver era mi prueba; ¡oh! aquel momento fué terrible, mi espada dividió el tronco de un solo golpe, y se clavó rechinando en el tajo. Nada me dijeron; ni me preguntaron mi nombre, ni mi procedencia; me dieron este vestido colorado, una bolsa llena de monedas de cobre, y un aposento en la Torre; dos años estuve sin salir de ella; en dos años el calabozo donde hice mi prueba, me ha visto cortar muchas cabezas nobles; durante ese tiempo, la vista de la sangre desencajó mi mirada; mis mejillas enflaquecieron y se tornaron lívidas como las de un cadáver; el horror erizó mis cabellos, y cuando un día arrojé una mirada sobre mi faz, reproducida en lo acicalado del escudo de un archero, no me reconocí; Godofredo había desaparecido, sólo quedaba el verdugo.

Un silencio sombrío sucedió á esta exposición; Godofredo se dejó caer desplomado sobre un banquillo, y Dik siguió su paseo circular con paso más fuerte y apresurado. De repente se detuvo y fijó su terrible mirada en su hermano.

—Tengo hambre, le dijo.

El verdugo se estremeció como la madre indigente á quien su hijo pide un pedazo de pan.

—¡No he comido en tres días!

Godofredo se conmovió, una lágrima ardiente y sola asomó á sus áridos párpados.

—¡Tres días! murmuró, hace también tres días que consumí mis últimas patatas. ¡Oh! ¡tiene hambre, y su hermano no le puede dar un pedazo de pan!

Dik volvió á su silencioso paseo; el verdugo se dió un golpe en la frente lanzando una exclamación, como quien encuentra un recurso en una situación desesperada.

—¡Oh! me había olvidado, dijo; hubo un tiempo en que teníamos trajes de seda bordados de oro, y yo debo conservar uno de esos trajes.

Levantóse y retiró el lecho, debajo del cual había un saco de cuero.

Godofredo al verlo dió un grito de alegría como quien encuentra un objeto que busca á la ventura. Abrió el saco, y lo primero que brilló á la luz de la lámpara, fué una espada.

—¡Arma de caballero! murmuró con indiferencia Dik tomando la espada. Buen temple, añadió blandiéndola con una soltura que probaba no era la primera vez que su mano empuñaba un arma de tal género. Después, con la curiosidad de un inteligente, arrojó una mirada sobre la hoja y la empuñadura.

Sus ojos se animaron, su boca se entreabrió en un movimiento de sorpresa; devoraba más bien que miraba un escudo cincelado en una chapa de oro entre los gavilanes. El escudo estaba coronado por una diadema real, y en él, sobre una faja azul, se veía un león rapante.

—¿Quién te ha dado esta espada? preguntó con ansiedad á Godofredo.

—Es un despojo del patíbulo, contestó fríamente Godofredo.

Dik se estremeció, soltó la espada como hubiera podido soltar un hierro candente, y siguió en su solitario paseo circular.

—Mira, dijo Godofredo mostrándole un traje de una tela verde semejante al terciopelo, pesadamente bordada de oro, es un hermoso traje que yo vestía cuando hice mi prueba de corta-cabezas; le he conservado, lo mismo que esta espada, porque cada uno de estos objetos me recuerda una historia. Antes de venderlos me hubiera dejado morir; ¡pero tú tienes hambre!

—No, no; ni este traje ni esta espada se venderán, contestó con firmeza Dik; ve si tienes otro recurso. Si no le hay, sufriré el hambre.

—No, no, exclamó Godofredo, es necesario que yo busque un pedazo de pan; ¡Dios mío! ¡pero ah! estoy loco; de todo me olvido; tengo en esta bolsa los cien florines que me dió para los bandidos de Sowttwark Adam Wast. De estos cien florines bien podré tomar uno para tí; ¿no es verdad, Dik?

—Haz lo que quieras, contestó pensativo.

Godofredo descorrió los cerrojos de la puerta, y la abrió.

—Aguarda, le dijo Dik, ¿dónde habita Adam Wast?

Godofredo llevó á su hermano al respiradero, y le dijo señalándole una pequeña casa contigua á la horca.

—¿Ves allí una ventana iluminada por el reflejo de una luz?

—Sí.

—Allí vive Adam Wast.

—¿Y quién vela ahora en ella? ¿él?

—No, su mujer.

—¿Sabes como se llama su mujer?

—Sí; Ketti.

—¿Y esa mujer tiene madre? insistió con voz profunda Dik.

—No; la loca Ketti murió hace un año, contestó maquinalmente Godofredo, y salió.

IV. DE LO QUE ENCONTRÓ DIK CUANDO MENOS LO ESPERABA

DIK permaneció en el respiradero con la mirada fija en la ventana vecina, donde brillaba el reflejo de la luz. Mucho debía interesarle, puesto que inmóvil, atento, reconcentraba en ella toda su atención, cual si pretendiese penetrar al través de sus paredes lo que acontecía en su interior.

Un momento después se separó del respiradero. Su mirada recorrió el estrecho recinto del sótano, y vió en la oscuridad de uno de sus lóbregos ángulos, un cántaro. Fué á él, lavóse el rostro y las manos de la sangre que los manchaba, y arrojando su gabán de montero, se vistió el traje de seda y oro que su hermano había dejado abandonado sobre su lecho de paja. Cuando estuvo completamente vestido, se ciñó la espada, y apareció un caballero gentil, si bien atezado, de manos membrudas, cosa en aquella época muy común entre los caballeros de mayor alcurnia, cortesanos con poca frecuencia, hombres de armas y caza siempre. Sirviéronle sus manos de peine, y sobre su larga cabellera se ciñó un gorro compañero del traje.

Era éste una túnica talar de anchos pliegues y mangas perdidas, sujeta por un cinturón del mismo género, del que pendía la espada; debajo de esta especie de sobrevesta se veía un jubón de manga estrecha ciñendo los brazos, y un pantalón de seda encarnado aparecía en la extremidad de las piernas, ceñidas en su principio hasta el tobillo por unos botines de gamuza. El deslumbre del traje que vestía Dik, desdecía de una manera enérgica del aspecto del sótano de la horca.

El joven se colocó de nuevo en el respiradero, y fijó su mirada en la ventana de la casa vecina. Un silencio profundo reinaba en la plaza del Mercado, silencio interrumpido á veces por el chirrido de alguna carreta que acompañaba algún hombre con paso lento y forzado, ó por los pasos acompasados de alguna ronda de archeros. Los archeros se apartaban cuidadosamente de la carreta, porque su carga eran cadáveres apestados. Después de estos ruidos transitorios, el silencio volvía á invadir la desierta plaza.

Una voz que cantaba dentro de la casa en que Dik fijaba su mirada, vino á interrumpir de nuevo el silencio; era una voz dulce, simpática, melancólica; cantaba una balada de triste y lánguida armonía, cuya traducción hubiera podido ser:

«¡Londres! ¡Londres! ¡ciudad coronada! tú no eres tan hermosa como las aldeas de mi país; no eres tan hermosa, orgullosa ciudad de Londres.»

«Las almenas de tus torres están envueltas por la niebla; las cabañas de mi país se recortan sobre un cielo azul, velado por blancas nubecillas.»

«¡Londres! ¡Londres! tú eres sombrío como un cementerio; mi valle es alegre como un jardín.»

«¡Londres! ¡Londres! ¡ciudad coronada! tú no eres tan hermosa como las aldeas de mi país.»

La voz calló, y el oído de Dik devoró hambriento sus últimas vibraciones. Hacía algún tiempo que había cesado el canto, y aún le parecía escucharlo.

Un momento después la luz desapareció de la ventana, é inmediatamente la puerta colocada bajo ella se abrió, y salieron dos mujeres. La una llevaba un lío en la mano, y era joven; la otra una lámpara de hierro, y era vieja. La vieja cerró; la joven se deslizó por la solitaria plaza, y pasó muy cerca del respiradero donde observaba Dik, que escuchó el crujido de un traje y el són de unas ligeras pisadas.

De un salto se puso Dik fuera del subterráneo, y empezó á seguir á la mujer.

La oscuridad era densísima, nada se veía á algunos pasos de distancia, y el leve rumor de los pasos de la mujer era lo único que servía á Dik para no perder la pista.

La joven atravesó la plaza, se deslizó por el cuartel del Temple y se dirigió á San James, sin duda reparó en que la seguían, puesto que se detuvo á la entrada del cuartel, residencia de la alta nobleza. Dik adelantó, y se detuvo junto á ella.

—¿Quién eres? preguntó la niña con una voz argentina.

—¡Quién soy yo!... ¿qué te importa? contestó trabajosamente Dik, mientras su sangre circulaba con una rapidez terrible. ¿Dónde vas, Ketti?

Un grito débil, involuntario, salió de los labios de la joven, y Ricardo la sintió asida de su cuello, sintió los latidos del seno de aquella mujer; la oyó decir con acento indescribible:

—¡Dik!...

La joven no dijo más, dobló su cabeza sobre el pecho del joven, y empezó á llorar entre sollozos.

—Aparta, la dijo Dik separándola dulcemente; no es en mis brazos donde debo recibirte. Me has hecho traición.

—No, no, me engañaron, contestó la joven llorando; ¡te creí muerto!...

—Es decir...

—Que estoy casada.

—Bien, dijo Dik; es necesario que nos alejemos de aquí. Podría encontrarnos una ronda. Necesitamos hablar despacio, y es preciso que me conduzcas á cualquier parte. Yo no conozco á nadie en Londres. ¿A dónde vas?

—Al palacio de lady Ester...

—¡Lady Ester!... exclamó con extrañeza Dik: ¿qué tienes tú de común con lady Ester?

—Coso sus trajes, y le llevo uno para el baile que da esta noche Juan-sin-tierra á los nobles de Whitehall.

—Y bien...

—Ven conmigo, la diré que eres mi Dik; todo lo sabe, porque es buena, y la he contado mis penas. Ella, que es fuerte y poderosa, nos protegerá, Dik.

La joven se asió del brazo de Dik, que se dejó conducir. Al doblar la esquina próxima, un vivo resplandor se dejó ver adelantando hacia ellos. El primer movimiento de entrambos fué mirarse, sin pensar en inquirir la causa de aquel resplandor: la joven era hermosísima, y en sus ojos, grandes y melancólicos, se pintó una expresión de asombro al ver el magnífico traje de Dik, deslumbrante al resplandor que cada vez se acercaba más.

—¡Ah! ¡Dik, dijo con tristeza Ketti, eres un gran señor!

—Silencio, dijo Dik.

El resplandor se había detenido; le producían dos hachones conducidos por archeros que precedían á dos trompeteros y un heraldo á caballo. Dik y Ketti se ocultaron en el dintel de una casa, y observaron; los trompeteros hicieron sonar tres veces las trompetas, y el heraldo gritó con voz sonora:

—Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: El muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dinden-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés, noble ó pechero, que presente su cabeza. ¡Salud al rey!

—Y bien, dijo Dik para sí, la cabeza de un montero está harto pagada: pero vale más la de un caballero.

—¡Pobre hombre! exclamó Ketti conmovida, sin sospechar que asía del brazo á aquel á quien acababan de pregonar.

El heraldo y su comitiva adelantaron pasando junto á Dik. Los archeros se apartaron con respeto al ver el rico atavío del joven, y siguieron adelante acompañados de algunos curiosos.

Bien pronto volvió la oscuridad, interrumpida un momento por aquel incidente. Nuestros dos jóvenes siguieron su camino.

—Decíamos que era traidor, dijo un hombre que á la sazón pasaba con otros, y cuya voz era igual en un todo á la de John Asta-de-buey; ¡pobre muchacho! ¡le acaban de pregonar!

—Nunca pensé que lo fuera, contestó una voz que hizo estremecer á Ketti de un modo que se hizo notable á Dik.

Era la voz de Adam Wast.

Aquellos hombres se perdieron por una estrecha y larga travesía en dirección á Whitehall.

Dik y Ketti tomaron otra calle en dirección opuesta.

—¿Cuándo llegamos? preguntó Dik á la joven.

Doblaban entonces el guardacantón de otra calle, y en el centro de ella se veía el reflejo de las luces de un zaguán; era la única casa en la calle que se veía iluminada. Ketti la hizo notar á Dik y le dijo:

—Es allí.

Llegaron. El atrio, por decirlo así, estaba alumbrado por una lámpara en que una estopa anegada en aceite producía una gran llama, á cuyo resplandor se veían monteros, pajes y palafreneros, con el blasón de su dueño al pecho, y agrupados alrededor de una gran chimenea, bebiendo, riendo y murmurando. Un esclavo etíope estaba á guisa de centinela apoyado en el dintel de la puerta. La joven pasó sin dificultad delante de aquel cancerbero, que se interpuso al paso de Dik despojándose de la gorra y preguntándole en mal inglés, aunque con respeto:

—¿A dónde va monseñor?

—Conduce á ese caballero á la sala de armas, contestó Ketti, que se había detenido previendo aquella dificultad.

El negro tomó la lámpara, y Dik pasó siguiéndole junto á aquella turba de hombres de armas, monteros y palafreneros, que se levantaron descubriéndose en señal de respeto, y atravesó el zaguán, mientras Ketti se perdía por la entrada de una estrecha escalera.

El esclavo hizo pasar al joven un largo patio de altos arcos góticos, subir una escalera, atravesar un largo y descubierto corredor; y abriendo una puerta, dijo señalando el interior á Dik:

—He ahí la sala de armas, monseñor.

El negro se inclinó y se alejó. Dik entró y cerró.

Se hallaba en un gran salón, alumbrado por una sola lámpara colocada sobre una mesa en el centro de él; la dudosa claridad que irradiaba á pocos pasos de distancia, se quebraba débil y medrosa en caprichosos reflejos sobre la acicalada superficie de arneses, lorigas, espadas, hachas de armas y mazas de hierro, que componían las numerosas manoplas colgadas irregularmente entre los góticos calados de los muros; las ojivas recargadas de grandes florones, estaban confundidas en la oscuridad, y sobre el embaldosado de mármol resonaban produciendo un eco sonoro los pasos de Dik, que pasaba y repasaba junto á aquellos brillantes trofeos, sin que le debiesen una sola mirada, sin que le arrancasen á su profunda meditación.

Pero al pasar junto á una pequeña puerta, se detuvo levantando su cabeza como si despertase de un letargo; había oído pronunciar su nombre á una voz de mujer, cuyo eco vino á herir en sus recuerdos lejanos: hablaba con Ketti.

Es necesario creer en las apariciones; oyó que decía aquella voz: Ve por él, Ketti: veamos si aún no ha desaparecido.

Una sonrisa ruidosa y alegre terminó aquella observación, á la que siguió un ligero altercado.

—¿No oís que necesito franco el paso? dijo una voz junto á Dik, al mismo tiempo que una mano tocaba á la puerta.

Volvióse el joven y vió junto á sí un hombre que retrocedió al ver el semblante de Dik, que hasta entonces había estado de frente á la puerta, y que retrocedió también.

—¡Ah! ¿sois vos, Agiab? Gracias á Dios que os encuentro, dijo Dik.

El nombrado Agiab tartamudeó algunas frases.

—No, ahora mismo no; añadió Dik dando una intención á estas palabras. Por lo que veo, sois un gran señor, y los grandes señores es difícil que se pierdan en Londres.

Dicho esto, se apartó adelantando á lo largo de la sala; el otro hombre le miró profundamente y llamó con la mano á la puerta, que se abrió como obedeciendo á un resorte. Una joven apareció tras ella con una lámpara en la mano: el que llamó pretendió entrar.

—Es imposible, señor Saul, dijo la joven interponiéndose; la señora se está ataviando para el festín de Whitehall, y es imposible verla. Luego añadió, arrojando una mirada á la sala y viendo á Dik que observaba esta escena.

—¡Eh! caballero, el que habéis venido con Ketti la costurera: mi señora lady Ester desea que paséis á su cámara.

La maliciosa muchacha miró á Saul ó Agiab con un mohín picaresco, y después de haber dejado pasar á Dik, que se adelantó, cerró la puerta dejando plantado al otro, y corrió los dobles cerrojos dando salida á una insolente carcajada.

Dik alzó un tapiz separado de la puerta por el grueso del muro, y se halló en un pequeño retrete alhajado con todo el gusto de aquella época.

V. LADY ESTER

ANTES de adelantar, Dik abarcó en una mirada el cuadro que procuraremos presentar á nuestros lectores. Era un saloncito octógono, de techumbre baja y ensamblada, de paredes cubiertas de cuero pintado y dorado, en que reflejaba la luz de dos lámparas de plata; la una estaba suspendida de la asambladura; la otra, colocada sobre una mesa de roble, recargada de grotescas y pesadas molduras; una caja de hierro abierta ostentando ricas joyas, brillaba sobre la mesa; algunos sillones, también de roble, de alto respaldo coronado por un blasón entre follajes dorados, circuían el retrete, y multitud de pieles de oso hacían el oficio de alfombra. Aquella estancia sólo tenía dos puertas; una era aquella por donde penetró Dik, otra pequeña también estaba colocada frente á ésta, y entre las dos figuraba una alta ventana ojival, perfectamente cerrada por tableros de roble, también blasonados.

Sentada en uno de los dos sillones junto á la mesa había una mujer joven, como de veinticinco años; una esclava negra, sentada sobre las rodillas frente á ella, estaba casi oculta por una placa de acero bruñido en el que se reflejaba como en un espejo la joven del sillón; dos jóvenes casi niñas, alegres y risueñas, estaban apoderadas de su profusa cabellera negra; otra, la misma que introdujo á Dik, sentada sobre la alfombra se ocupaba en calzarla una especie de coturno, y últimamente Ketti, de pie, pálida y sombría, estaba tras el sillón con un traje terciado en el brazo.

Dik había sido introducido en lo que ahora llamaríamos el tocador de una dama; en el sagrado recinto donde sólo penetraban en aquella época los amantes favorecidos y los bufones.

Dik pasó alternativamente su mirada de Ketti á lady Ester, hermosuras brillantes que fijaban á un tiempo sobre él su mirada de una manera particular. En la de Ketti había amor y celos, en la de lady Ester una viva expresión de admiración, semejante á la que causa la vista de una persona conocida tras una larga ausencia.

Dik miraba del mismo modo á lady Ester, pero con una expresión de alegría que lastimaba de una manera profunda á Ketti.

—¿Con que sois vos, amigo mío? dijo al fin lady Ester dirigiéndose al joven, que no había adelantado un paso; acerca un sillón Ketti; ponlo aquí, más cerca aún; sentaos, Ricardo, sentaos; me alegro de haberos hallado, olvidadizo caballero; tengo mucho que deciros, mucho de qué quejarme. Dejadnos solos, añadió dirigiéndose á su servidumbre.

La esclava y las doncellas salieron, arrojando á hurtadillas una maliciosa mirada á Dik. Ketti, muda y silenciosa, parecía clavada junto al sillón que el joven había ocupado. Fué necesario para que saliese, que lady Ester repitiese su orden.

Ketti salió; los dos jóvenes quedaron solos.

Ester miraba á Dik de una manera avara; Dik devoraba la vigorosa hermosura de la joven, abandonada en el sillón con su largo cabello formando un marco negrísimo alrededor de su semblante encantador, y perdiéndose destrenzado sobre un cuello admirable y unos hombros de la más mórbida redondez; una sonrisa fascinadora entreabría su boca voluptuosa, que callaba, dejando hablar á dos ojos negros, lánguidos, enloquecedores.

Lady Ester era entonces la personificación del espíritu tentador.

—Y bien, caballero: ¿dónde habéis estado cuatro años? ¿Sabéis que tengo mucho que quejarme de vos? Casi casi os había creído muerto.

—Y bien, Ester, has recurrido á los vivos y has hecho bien, ¡por la cruz roja! Un Obispo que da festines y un judío que se arruina, son más raros, más preciosos que un matamoros que se ennegrece al sol y al aire de la Siria.

—Y añadid á eso, que vuelve y se enamora... porque creo que tenéis amores con una de mis criadas.

—Es verdad; necesitaba curarme del amor de una mujer hermosa, y recurrí á otra mujer hermosa.

—¡Curarte, Ricardo! ¿y por qué?

—Veamos, Ester, contestó Dik colocándose, ó mejor dicho, abandonándose en la posición más cómoda; recordemos nuestro pasado; pero ante todo, haz que me traigan algo; no he comido en tres días.

Lady Ester saltó de su sillón al oir esta demanda, que demostraba existía la más lata confianza entre ella y Dik. Cruzó sobre su pecho un ancho ropón forrado de armiño, y corrió á la puerta por donde había desaparecido su servidumbre.

—¡Ola! dijo.

La negra que hemos visto sosteniendo el espejo se presentó; lady Ester la dijo algunas palabras en voz baja, y fué á sentarse junto á Dik.

—¡Tres días! murmuró fijando en él una extraña mirada. ¿De dónde venís, caballero? Contadme eso, me tenéis impaciente.

—Sepamos antes en la posición respectiva en que nos hallamos colocados, contestó Dik; hace cuatro años, cuando yo partí para la Tierra Santa era un joven caballero de tez blanca, cuerpo gallardo y cabellos blondos; me hallaba sobre el puente de una galera real, al lado de un rey que departía conmigo como con un hijo, á la vista del pueblo de Londres, que cubría ambas riberas del Támesis; me había despedido de una mujer joven y hermosa que me amaba, y aquella mujer, asomada á las almenas de White-Tower, se despedía de mí la postrera vez agitando un lenzuelo al lado de una reina que saludaba también al rey, y tal vez á mí; era yo entonces lo que se llama un favorito halagado por la fortuna, un hermoso joven, un bizarro caballero, que podía escoger para su amor la más noble, la más hermosa de las mujeres de los Tres Reinos, sin temor de ser desdeñado, á pesar de que su origen era dudoso, y la nobleza de su raza empezaba en él mismo.

En este momento las dos jóvenes que hemos visto peinando á lady Ester entraron precedidas de la esclava, conduciendo una pequeña mesa en que traían un pedazo de jabalí, un jarro de oro lleno de vino y una copa riquísima. Las jóvenes salieron; la esclava permaneció, y escanció el vino. Dik comió.

—Si queréis que prosiga, dijo un momento después Dik, haced que quedemos solos.

—Es sorda y muda, contestó lady Ester refiriéndose á la esclava.

—En ese caso, prosigo. La galera partió, la torre desapareció; desapareció, en fin, Inglaterra. El joven caballero fué cruzado; se batió como un león, porque amaba como un loco. Era pobre y sin nombre, y llegó á ser marqués de Tiro.

—¡Cómo! exclamó lady Ester; ¿pues qué se ha hecho de Conrado?

—Murió en Jerusalén, asesinado por el Viejo de la montaña. Es una historia de guerra que nada nos interesa.

—¿Y Ricardo?

—¡Pues! Ricardo me hizo donación del marquesado; un marquesado que no era más que un nombre; pero un nombre era mucho para lord Salisbury.

Lady Ester nubló el rostro al oir este nombre.

—Me olvidaba, Ester; ese nombre debe entristecerte. Ignoraba que tu padre había...

Dik se detuvo.

—¿Muerto?... exclamó lady Ester, fijando en Dik una mirada indagadora.

—O desaparecido, contestó Dik sin vacilar, de la manera más natural.

Lady Ester siguió escuchando pensativa.

—Decía que el joven tenía un título sin estados, y quiso tenerlos. Estaba empeñado en una guerra de conquista, y no creyó imposible encontrar un tesoro en Siria para comprar un condado en Inglaterra. Pero la suerte le fué fatal. Firmáronse las treguas de Tolemaida, y después de fiestas y torneos inútiles, se embarcó el cruzado con el rey en San Juan de Acre, casi lo mismo que había desembarcado los años antes; es decir, pobre y enamorado, con un título de marqués de Tiro, un nombre de guerra, un arnés de combate y algunos florines en la escarcela. Es decir, el nuevo marqués era un aventurero, sin más bienes que su espada y el favor de un rey tan pobre como él.

Dik había dejado de comer; lady Ester hizo una seña á la esclava, y los dos jóvenes quedaron solos.

—Ahora bien; el rey y el favorito pasaban horas enteras, el uno hablando de su Berenguela y de su Inglaterra, el otro de su Ester. Ambos temían haber sido olvidados y vendidos, y ambos tenían razón. La Inglaterra ha renegado de Ricardo Plantagenet; Ester no llama ya su amante, su hermano, á Ricardo Espada-larga.

—¡Ricardo!

—Antes me llamabas Dik; me decías: yo te amo. Ahora me dices Ricardo; me tratas como un extraño...

—Y te recibo en mi retrete, Dik...

—Es que al entrar en ese retrete, pude ver á alguno que pretendía entrar también, contestó Dik con voz profunda.

—¡Saul! ¡Bah! ¿y cómo quieres que pase las horas de fastidio que me acosan hace cuatro años? ¿No puede una mujer tener un juguete sin que se lo arrojen á la cara? Eres injusto, Dik.

—Y no bastándote un judío por juguete, eliges otro en un Obispo; es cosa extraña.

—¿Y si no fuese un juguete? observó con acento sombrío lady Ester.

—¿Luego no me han engañado?

—¿Crees que puede decirse á una mujer: «tu padre ha desaparecido, no se sabe si vive ó si ha muerto,» cuando esta mujer es la hija del conde de Salisbury, primer justiciero de Inglaterra, vasallo leal que sostenía los derechos del rey contra el Obispo y Juan-sin-tierra, sin que esta mujer piense en vengarse, sin que acoja llena de placer el amor del que cree asesino de su padre?

—¡Ester!

—¿Sin que, oyéndose llamar hermosa, traiga sobre la cabeza del asesino una venganza cualquiera; aunque sea por medio de un loco celoso?

—Es decir...

—Que te amo, Dik; que no te he olvidado un solo día; que he rogado á Dios por tu vida, si vivías; por tu descanso, si habías muerto; que no amo á nadie más que á tí, ni pertenezco á otro que á tí, por más que las apariencias me condenen.

Y Ester fijó en el joven la mirada de sus hermosos ojos negros, intensa, fija, en que estaban pintadas la esperanza y la duda; mirada suplicante, apasionada, fascinadora, que hizo estremecerse de amor á Dik. El hombre desesperado empezaba de nuevo á amar la vida; con su amor renació su ambición; vió pasar delante de su mente cien fantasmas tentadores; la riqueza con sus alcázares opulentos, la nobleza con su orgullo, la voluptuosidad velada por nubes de perfumes; pasaron junto á él brillantes cabalgatas, pendones blasonados por cuarteles de oro, hombres de armas, esclavos servidores; junto á él estaba la mujer que le enloquecía, hermosa como la Venus púdica, incitadora como la Venus del Ticiano; estaba allí, con la cabellera destrenzada, sus ojos mirando á sus ojos, la hermosa boca entreabierta y los hombros desnudos; pero á veces, detrás de aquella mujer pasaban dos sombras de aspecto sombrío, dos sombras que fijaban en ella una mirada de amor, que despertaba los celos y la cólera en el alma de Dik.

—Y bien, dijo dominado por sus sospechas; ¿si me amas, á qué alentar el amor de esos hombres?

—Oye, Dik, le dijo Ester acercando aún más su sillón, y abandonándose en una posición descuidada sobre uno de los brazos del de Dik; yo había escuchado á esos hombres, porque los necesitaba; yo había creído deber hacerlo, porque era mujer, y mis armas eran sólo el amor; pero ahora que te tengo á tí, tan valiente, tan generoso; tú, á quien amo y á quien he elegido para hacerte dueño de todo el amor de mi alma, tú me vengarás, ¿no es verdad?

Dik fijó una mirada recelosa en la mirada de Ester; sólo vió en ella amor, súplica, esperanza.

Dik acabó de enloquecer.

—Sí, te vengaré, la dijo; pero es necesario que nos separemos; yo sufriré mucho junto á tí.

—Separarnos, ¿y por qué? ¿Cuando tras una larga ausencia vuelvo á encontrarte; cuando te he ofrecido mi amor; cuando te ofrezco mi nombre, mi fortuna, mi alma, separarnos? No, Dik, no quiero estar sola; no quiero tener el corazón seco entre esa turba de miserables cortesanos que me rodea, y me acosa y me fastidia; quiero tener á mi lado un hombre que me ame, que me defienda. ¡Somos tan débiles las mujeres!

—¡Oh! ¡Ester! exclamó Dik; ¡me estás volviendo loco!

—Mira, Ricardo mío, contestó la joven asiendo una mano de Dik: yo conozco á un monje de San Bridge que es un santo: era el confesor de mi padre. Yo soy libre, rica, y te amo. ¿Por qué no unirnos?

Aquella manifestación inesperada sobrecogió á Dik; la desgracia le había hecho formar un concepto poco favorable de las mujeres. Creía que cuando éstas llegan á cierta edad no obran más que por cálculo. Ester era hermosísima, noble, como parienta cercana de la reina Berenguela, rica como un judío usurero. El, según han podido entrever nuestros lectores, era un hombre de origen desconocido, pobre, reducido á vivir á costa de su espada ó de su ballesta. Por más que cuatro años antes Ester le hubiese amado con la misma pasión que á su vuelta había demostrado, temió ser un instrumento, una víctima destinada á cubrir algunos amores vergonzosos ó alguna miserable intriga de corte. Recordó las frases poco respetuosas que respecto á lady Ester se habían permitido los hermanos de la niebla, y dudó, pero por sólo un momento; volvieron á pasar por su mente sus esperanzas y sus locos deseos, y aunque, como antes, se levantaron tras aquella ilusión óptica las sombras de Saul y del Obispo, dijo para sí:

—¡Qué diablo! yo he amado á esta mujer con locura, y nunca la he olvidado de una manera absoluta; la he encontrado más hermosa, más resplandeciente en encantos, y conozco que ha vuelto mi amor con todo su frenesí; es verdad que su reputación es ambigua, pero yo soy á propósito para hacerla marchar por un camino. Con ella tengo un nombre, riquezas, poder; sin ella... sin ella me veré precisado á ahorcarme un día cualquiera, ó á exponerme á que me ahorquen. Mis temores no pasan de ser sospechas; nada sé, y por consiguiente, ya que Dios ó el diablo me presentan la ocasión, asirémosla por los cabellos. En todo caso, lugar me queda para ahorcarme.

En tanto que Dik formulaba este filósofo razonamiento, pretendiendo engañarse á sí mismo, Ester decía para sí:

—Es hermoso, valiente y joven. Me ama; es pobre, y todo me lo deberá; el Obispo y Saul son unos miserables á quienes nunca podría amar; cualquiera de esos rancios barones ó lores me pedirían sin vacilar mi mano, si yo les lanzase una mirada de amor; pero me sepultarían después en uno de sus horribles castillejos, colocados como un nido en la punta de una roca. Por otra parte, ninguno de ellos se atrevería á medirse con el Obispo. Saul... en verdad es hermoso, rico, respetado por su riqueza, me ama con locura... pero es un hebreo á quien no puedo unirme, y luego, le aborrezco, es muy bajo, muy miserable. Ricardo, Ricardo; ¡á él sí que le amo!

Dik y Ester filosofaban casi del mismo modo; cuando hubieron acabado de reflexionar, se miraron casi al mismo tiempo. Ella esperaba una respuesta, él formulaba el medio de dar su consentimiento, cubriendo lo mejor posible las apariencias.

—Ester, dijo él estrechando entre las suyas la hermosa mano que la joven le tenía abandonada; tu amor me enloquece, me llena de orgullo; pero soy harto desgraciado para atreverme á aceptarte por esposa.

—¡Cómo!

—Sí; acaso no sabes mi historia. Yo no tengo nombre, ni padres, ni pasado, ni porvenir; un día al amanecer expusieron dos niños gemelos en el átrio de la abadía de Westminster. El rey era entonces príncipe, y volvía de una ronda amorosa. Pasó por el átrio y oyó nuestros gemidos, porque éramos mi hermano y yo los niños expuestos. Ricardo Corazón-de-León, aunque siempre feroz, guarda instintos generosos tras el aspecto terrible que le distingue; nos tomó bajo la capa y nos llevó á White-Tower, residencia real de su padre Enrique II. Mientras vivió, Enrique el joven, su hijo primogénito, Ricardo y Juan eran unos hijos respetuosos que amaban á su padre: Ricardo llamó á sus hermanos y les presentó su hallazgo; los tres príncipes fueron á la cámara real, y el buen Enrique II adoptó á los pobres huérfanos y les señaló una corta pensión. Nos trataron como hijos de caballero y nos dieron patentes de nobleza como hijos adoptivos de rey. Crecimos sin salir de la morada real; tú, Ester, eras dama de la princesa Berenguela; las galerías de Whitehall oyeron nuestra primera declaración de amor y nuestro juramento de pertenecernos exclusivamente. Después Ricardo fué rey y Berenguela su esposa. Un año adelante acompañaba yo al rey y me cruzaba en Mesina el mismo día que Ricardo, Felipe Augusto, Godofredo de Bullón y Guido de Lusiñán. Cuatro años más, y nos vió volver el mismo mar que nos vió ir. Todos volvíamos con honra; pero todos también, reyes y vasallos volvíamos pobres. Hasta ahora, Ester, mi suerte no había empeorado; pero estaba escrito que yo no debía volver á Londres como salí. Una tormenta nos arrojó sobre las costas de Venecia; nuestra nave quedó rota en los escollos, y yo me salvé á nado; no sé lo que fué de Ricardo, de Godofredo ni de Lusiñán. Atravesé mendigando el Estado veneciano, la Suiza, parte de la Alemania, y volví á Londres hace dos años en una miserable barca de pescadores. Creí que mi casa era aún la casa de mis reyes, y pasé las puertas de Whitehall. Juan-sin-tierra me desconoció, y el Obispo, apoderado del trono, me llamó loco y me mandó dar de palos; creí que tal vez me habría desfigurado, y busqué uno por uno mis amigos, que me reconocieron para insultarme...

—¿Y no viniste á mí...?

—¡Oh! ¡no! preferí la duda; quise creer que tú me amabas aún, y no me atreví á ser tal vez desconocido por tí.

—¡Ricardo!

—Eso hubiera sido para mí la última desgracia, y la evité.

—¿Y has venido esta noche después de cuatro años?

Ricardo se sonrió de una manera sombría.

—¡Ester! la dijo, cuando hace dos años entré en Londres, mi traje era un miserable traje de montañés, y mis armas un puñal. Ahora tengo una noble y buena espada y un traje de brocado. Este traje podrá ayudar mejor tus recuerdos.

—¡Oh! ¡qué injusto eres, Dik!

—Y sin embargo, te he pedido un pedazo de pan para mi hambre.

—Pues bien; yo no quiero que sufras, quiero partir contigo mi amor y mi porvenir; ¿te atreverás á rehusarlos cuando yo te los ofrezco?

—No; pero medita, Ester, que estos dos años he sido un bandido.

—Te habían insultado.

—Que mi cabeza está puesta en precio á son de clarín.

Ester palideció; en aquel momento, como si la casualidad hubiese querido unirse á esta escena, oyéronse muy cerca pisadas de caballos que cesaron debajo de la ventana del retrete; sonaron tres veces trompetas y una voz robusta gritó:

—Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: el muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dindem-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros, y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés noble ó pechero que presente su cabeza. ¡Salud al rey!»

Ester abrió la ventana; no era ya un corto número de curiosos el que seguía el pregón; era una muchedumbre sombría y silenciosa, que precedía y seguía, llenando la calle en toda su extensión, á los archeros y al heraldo.

—¡Ah! ¡Dik, Dik mío! dijo Ester cerrando la ventana; ¡oh! es necesario hacer pedazos á ese miserable. ¡Es un asesino!

Entonces Dik recordó una circunstancia que tenía casi olvidada, su hermano le había dicho al entregarle la espada, que aquella arma era un despojo del patíbulo. Entre sus gabilanes había un blasón; aquel blasón estaba reproducido en la placa de la cadena que Adam Wast había entregado al verdugo. Aquella cadena había pertenecido un tiempo á Dik, y Adam Wast no podía poseerla por otro medio que por Ketti, á quien el joven la había confiado. Un embrión de ideas surgió en la mente del joven, y tras ellas presintió una historia terrible que tal vez era la suya.

—Ester, dijo Dik á impulsos de estos pensamientos, ¿conoces esta espada?

Ester miró la espada que le presentaba, dió un grito y exclamó aterrada:

—La espada de combate de Enrique II.

—¡Oh! gritó Dik; ¡era del rey Enrique II esta espada!

—Sí, la entregó á mi padre con un terrible secreto; secreto que jamás reveló á nadie y cuya existencia sólo sé porque algunas veces me decía:

—Ester, esta espada es la reliquia de un mártir; esta espada guarda un secreto, y la desnudará sólo quien deba vengar al rey. Ruega á Dios, Ester, que nos devuelva á alguna persona á quien amamos.

Dik se estremeció, después se levantó con energía y dijo:

—Es necesario que nos separemos, Ester; la Providencia ha puesto esta espada entre mis manos, y debo saber si son ellas esas manos vengadoras.

—¡Oh! ¡tal vez! ¡tal vez! Ahora recuerdo sí, que mi padre te nombraba algunas veces... ¡oh! no te detengo, vé... pero vé también al festín de Whitehall; te espero, quiero que me acompañes.

Dik fué á la puerta por donde había entrado Ketti, y la llamó; la joven apareció en el umbral pálida y agitada. Lady Ester, que había olvidado los amores de Ketti y Dik, desde el momento que vió á la joven se inmutó.

—Esta mujer, dijo Dik á Ester notando su palidez y leyendo en ella un pensamiento, es un medio que nos puede servir de mucho, y es necesario que nada sospeche; y luego añadió alto: Vamos, Ketti, he hablado á tu señora, y me ha ofrecido su protección.

El semblante de Ketti se animó, arrojóse á los pies de lady Ester y besó la orla de su vestido. Ester tuvo lástima de tanto amor.

—Vamos, dijo Dik á Ketti, es necesario que salgamos de aquí.

Dik y Ketti atravesaron el umbral de la puerta por donde habían entrado, y al pasar por la sala de armas vieron esperando aún en ella al hebreo Saul.

VI. UNA TRAICIÓN INVOLUNTARIA

DIK arrastraba tras sí á Ketti, y bien pronto salieron del cuartel de San James. Atravesaron á Westminster, á Walter-Streed, y deslizándose junto á los muros de la Torre, pasaron el puente de Londres y se perdieron á través del arrabal Sowttwark.

Ketti no sabía adonde la llevaban, pero iba contenta porque iba con Dik; ni una sola vez recordó su casita de la plaza del Mercado.

Al cabo Dik se detuvo en un oscuro callejón al fin del arrabal y llamó á una puerta; la casa estaba sumida en el mayor silencio; nadie contestó, pero el joven creyó escuchar pasos leves en el interior.

—Abre, Robín, con una legión de diablos, gritó; soy yo, Dik.

Un momento después se abrió la puerta, y apareció tras ella un jayán alumbrándose con una tea.

—¡Ah! ¿sois vos, capitán? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto, que es difícil conoceros con ese ropón de señor... adelante... siento no poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi último vino, que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me quedaba le he vendido por un florín al hombre colorado.

Dik se estremeció; así era como nombraba el populacho al verdugo. Su hermano había buscado pan para él, y él se había olvidado de su hermano. Casi se avergonzó.

—¿Hay alguien?

—Entre nosotros, capitán, el sótano está lleno. Si no fuese porque están cien escalones bajo tierra los oiríais. Con ellos está el hombre colorado, que volvió furioso después de haberse llevado mi pan. Más de una vez os he oído nombrar, y os esperan según creo. Pero por San Dustan os aconsejo que no bajéis con esta paloma, añadió señalando á Ketti, pudiera tener un mal encuentro.

Ketti se inmutó, y se cubrió apresuradamente con su velo.

—Silencio, dijo Dik, ¿está abajo Adam Wast?

—Sí.

—Pues bien, llévanos á otro aposento cualquiera.

Robín cerró la puerta y les precedió á través de una escalera, diciendo para sí:

—Cáspita no es la ocasión más oportuna para burlar maridos, cuando es necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robín abrió una puerta desvencijada, y los jóvenes entraron en un miserable aposento á teja vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tenía algo de extraño.

Robín, que sin duda era algo hablador, se encargó, sin consultar la oportunidad del momento, de referir á Dik una historia que sin duda había narrado un millón de veces á sus huéspedes, porque es de advertir, que aquella casa era una especie de taberna-mesón, donde la gente perdida, las rameras y los estudiantes solían pasar las noches al abrigo de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la cárcel del condado de Surrey, ó en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los encontraban vagando después del cubre-fuego. Robín, pues, hizo notar á Dik una cama de encina cubierta por un mal gergón y cerrada por unas cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

—¿Véis todo eso, capitán? añadió tras su indicación; en esos muebles se ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto morir á un rey.

Dik dispuesto á despedir de una manera brusca á Robín, pareció interesarse en su cuento, y dijo con interés:

—¡Diablo! ¿y qué rey era ese?

—¿Qué rey? Confúndame Dios, capitán Dik, si no me habéis hecho una pregunta que me embaraza, porque yo no debo engañaros: cuando yo era montero y vos mi capitán me habéis salvado la vida.

—Pero ese rey, repuso Dik impaciente.

—Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra, equivalía lo que ahora en España el de Wamba), y he desfigurado una historia que pasó hace sólo once años.

—Luego ese rey era...

—¡Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levantó del sillón en que se había dejado caer, y repitió con sorpresa:

—¡Cómo! aquí en este miserable desván ha muerto...

—Sí, hermosa niña, el padre del rey. Pero tened presente, capitán Dik, que yo á nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compañera los primeros que entráis en este cuarto, que no sean un monje y yo.

—¿Y á qué viene aquí ese monje? preguntó con interés Dik.

—A rogar á Dios por el alma del rey muerto, y por la salvación del rey vivo.

—¿Luego conocía á Enrique II?

—Era su confesor.

—¿Y cómo se llama ese monje, á qué monasterio pertenece?

—¡Llámase!... lo ignoro; ¿su rostro?... jamás le he visto. Un día le seguí y le ví entrar en la ciudad en el monasterio de San Bridge.

Dik escuchaba con la mayor atención; cada palabra de Robín despertaba en él un nuevo interés. Robín conoció que era escuchado, tal vez con más atención que nunca, y sentándose sobre la cama calló un momento como preparándose para un largo relato; Dik creyó oportuno sentarse, y se colocó en uno de los sillones. Ketti, que sólo pensaba en su amor, maldijo en su interior al importuno hablador y se sentó también.

—Vosotros, hijos míos, seríais niños aún, dijo Robín dándose toda la importancia satisfecha del hombre que es escuchado con atención por primera vez; sí, muy niños, cuando acontecieron los terribles trastornos del año ochenta y tres; yo era más joven, y pasaba mejor la vida... Karl... mi buena Karl...

Dik se agitó en su sillón con impaciencia.

—Es necesario que os refiera esto, continuó Robín notando el movimiento de Dik; es el principio de la historia. Karl, pues, era una buena muchacha de las montañas de Escocia, que bailaba como una hada y cantaba como un bardo. Yo tocaba el laud y ella bailaba; los tarines llovían en mi gorra, y estábamos perfectamente; pero llegó un tiempo en que el pan estuvo escaso y en que los tributos crecieron. No gobernaba entonces el Obispo, pero lord Macclair, favorito del rey, era un soberbio sanguijuela. El populacho ya no nos arrojaba más que algunos miserables pedazos de pan; los tarines cesaron, y al fin nuestro canto y nuestro baile eran inútiles; entonces nos dijimos: pongamos una taberna y unámonos á alguno, porque no somos bastante ricos para traficar solos...

—Pero el rey...

—Paciencia, capitán, paciencia. Conocíamos á otra bailarina escocesa, y le propusimos que se uniera á nosotros.

«Acepto, nos dijo; necesito una casa donde vivir sin ser notada, y estaremos juntos si vosotros aceptáis mis condiciones. Soy amante de un gran señor, y habréis de tolerar que frecuente la casa.» Ya véis, capitán, que eran algo duras las condiciones; pero ella deshizo de tal modo nuestros reparos, que aceptamos y tomamos esta casa. Ya hace de esto dieciséis años. Todas las noches, después del toque de cubre-fuego, un hombre embozado en una larga capa, por el postigo que da á otra calle, entraba en esta habitación por esa puerta; y Robín señaló una puerta pequeña inmediata al lecho, subiendo una escalera escusada. Algún tiempo después nuestra amiga tuvo una niña. Pasaron algunos años, y al fin llegó el ochenta y tres. Fué un año terrible; el pueblo, agobiado por el hambre y los tributos, se rebelaba cada día contra el rey, y Londres era un eterno campo de batalla; Enrique el joven, Ricardo y Juan-sin-tierra, hijos de Enrique II, alentaban el fuego, y al fin se declararon en abierta rebelión contra su padre, insurreccionaron el Poitú y la Normandía, y se presentaron á las puertas de la ciudad al frente de un ejército. El rey se encerró en White-Tower; pero los normandos asaltaron la torre indefensa, porque no había un solo inglés al lado del rey, más que lord Macclair y el conde de Salisbury. Entretanto los normandos robaban á Londres, los hijos traidores partían el trono de su padre, y el infeliz viejo, perseguido por su primogénito Enrique el joven, pasaba á la carrera acompañado de sus dos últimos servidores, el puente de London Bridge, y entraba en Sowttwark. A pesar del odio que profesaba el pueblo al rey, los habitantes del condado de Surrey no se atrevieron á secundar la infamia á que habían ayudado los del condado de Middlesex; se apiñaron á la salida del puente, dejaron pasar al rey y rechazaron á Enrique el joven. Fué un horrible combate; los de Sowttwark cortaron la madera del puente, y Enrique y algunos normandos cayeron al río. La cólera de Dios cayó sobre el hijo maldito; las aguas se cerraron sobre él, y sólo se abrieron para arrojar su cadáver en la isla de los Perros.

Robín calló un momento como para observar el efecto que había producido en sus oyentes lo pomposo de su último período.

—Parte de lo que has dicho lo saben todos, dijo con impaciencia Dik; lo que no es tan claro es lo que pasó por el rey antes de que su cadáver fuese depositado en Westminster.

—Cabalmente ese es el secreto, contestó Robín con cierto misterio. Al ver á los más pacíficos vecinos armados con partesanas, palos y picas, corriendo hacia London-Bridge, cerré mi puerta, y corrí á encerrarme con Karl, en lo más profundo del sótano. Nuestra compañera estuvo en este aposento, asomada tenazmente á la ventana, á pesar de haberla nosotros invitado á ponerse en lugar más seguro. Desde el fondo del sótano oíamos los gritos de los combatientes de London Bridge, que duraron hasta la noche. Luego sucedió un profundo silencio. Me aventuré á subir, y nada oí: subí aún más, siempre el mismo silencio. Atrevíme á llegar á esa puerta para llamar á nuestra amiga, y miré por las rendijas. ¿Sabéis lo que ví? añadió Robín deteniéndose como para dar un tinte solemne á su pregunta.

Dik se encogió de hombros.

—Pues bien, ¡ví al rey!

—¡Al rey! exclamaron á un tiempo Dik y Ketti.

—Sí, á Enrique II herido en esa cama, atravesado el pecho de un flechazo, y espirante; junto á él estaban lord Salisbury sosteniéndole, y la bailarina arrodillada en ese reclinatorio. Yo también escuchaba conteniendo mi respiración; pero nada oí, hasta el momento que el rey gritó incorporándose de repente:

—¡Perdonarlos! ¡perdonarlos cuando ellos me han asesinado! ¡no! ¡no! ¡Maldito sea mi hijo Enrique! ¡Maldito sea mi hijo Ricardo! ¡maldito sea mi hijo Juan!

—No los maldigáis, señor, contestó el conde; tal vez alguno de ellos está ahora en presencia de Dios.

—¡Dios mío! exclamó el rey, ¿ha muerto Ricardo?

—Señor, no, observó lord Salisbury; es de presumir que no.

—Me engañáis, milord; me engañáis.

—Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, señor, perdonad al menos á vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de Sowttwark.

El rey dió un grito y cayó desmayado. Pocos momentos después volvió en sí, y dijo con voz débil á lord Salisbury:

—Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabéis mi voluntad acerca de ella, y mis proyectos hacia ellos; tú, pobre mujer, á quien yo recogí de las calles de Londres, que has sido mi último amor, acércate y no llores; toma, y la dió un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole con sus hermanos; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo. Después cayó sobre el lecho, y un momento después murió.

Robín había callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el lecho.

—Esa es la historia, dijo Robín; una historia muy triste en verdad, que á nadie he contado hasta ahora.

—Pero aquella mujer... observó Dik.

—¿Qué mujer?

—La bailarina.

—Se volvió loca, huyó y no la he vuelto á ver.

—¿Y cómo se llamaba?

Iba Robín á contestar, cuando se abrió la puerta que comunicaba con la escalera escusada que hemos indicado, y apareció una sombra en su dintel.

—Silencio, dijo una voz profunda, tras la capucha de un manto negro, demasiado habéis dicho; y me place saber que un secreto de Estado está en vuestro poder, maese Robín. Será necesario poneros á recaudo, según creo. Caballero, cualquiera que seáis, en nombre del rey, íd á avisar á los guardias de la Torre.

Dik, á quien este extraño personaje se había dirigido, no se movió; pero Robín, creyéndose perdido, quiso huir. El hombre negro le detuvo por un brazo con la fuerza de unas tenazas.

—¡Socorro! ¡socorro! gritó Robín con todas sus fuerzas.

Una mano del hombre que le sujetaba tapó su boca, pero ya era tarde; oyéronse precipitados pasos de algunos hombres por la escalera, la puerta se abrió, y entró Adam Wast; tras él venían los otros cinco hermanos de la niebla.

La fatalidad hizo que Ketti fuese el primer objeto que se presentó á la vista de Adam Wast. Verla y arrojarse á ella puñal en mano, fué obra de un momento. Dik se interpuso, y arrojó al furioso marido en tierra de una puñada.

En menos tiempo del que empleamos en describirlo, la estancia se tornó en un campo de batalla; el hombre del manto abrió rápidamente la puerta de escape, y dió salida á Ketti, que cayó desmayada en el primer tramo de la escalera; Adam Wast se levantó furioso y embistió á aquella puerta; la espada de Enrique II lució fuera de la vaina junto al lecho de muerte del mismo Enrique II, empuñada por Dik; el hombre del manto continuaba asiendo á Robín, que gritaba como un desesperado, mientras los hermanos de la niebla, escepto el verdugo, acometían en círculo á Dik.

Justo era su renombre de Espada-larga; de una estocada tendió á John Asta-de-buey, mientras Williams Caridemus caía por otro lado, abierta la cabeza de una cuchillada; sólo quedaban tres contendientes: Adam Wast, Jorge Rak y Tom Flavi. Dik se había retirado á un ángulo, y desde allí mantenía en un ancho círculo á sus adversarios. Tom Flavi esgrimía de una manera terrible su bastón; Jorge Rak, inesperto y viejo, se arrojó en un momento en que creyó poder herir á Dik, y se atravesó en su espada; Adam Wast luchaba como un león.

Oyéronse entonces precipitados pasos por la escalera principal, y Dik, creyendo era acometido por nuevos enemigos, se tendió en una estocada, y Tom Flavi cayó para no volverse á levantar más. La puerta se abrió, y llenóse el aposento de alabarderos del rey, ó mejor dicho, del obispo canciller; Adam Wast fué cogido por la espalda, y sujeto. Dik bajó la espada, no viendo enemigos á quienes herir.

—¿Qué es esto? preguntó á Dik el aldermen que mandaba la tropa.

—¿Qué puede ser sino una tentativa de asesinato, cuando véis á un caballero defendiéndose de cinco jayanes?

Adam Wast arrojó una profunda mirada sobre Dik.

El aldermen miró en derredor y vió cuatro cadáveres. Dik buscó á su hermano inútilmente; había desaparecido.

El interrogado habló algunas palabras en voz baja al aldermen; éste se despojó respetuosamente de la gorra, y dijo á los alabarderos.

—Esos hombres á la Torre.

Robín y Adam Wast salieron, el uno dando gritos espantosos, el otro callado y sombrío, entre la mitad de los alabarderos; el aldermen, cuando hubieron salido, preguntó al hombre del ropón:

—¿Os acompaño, monseñor?

Monseñor indicó al aldermen la puerta de salida; este saludó y desapareció.

—Mañana en san Bridge, al ponerse el sol, junto al atrio, dijo el hombre negro á Dik, y desapareció por la puerta escusada.

Dik permaneció un momento pensativo, mirando los cuatro cadáveres.

—¡Bah! debía suceder así; la canalla siempre pierde.

Después tomó la tea, recorrió la casa buscando á Ketti, y no la encontró. Luego salió de la casa y se dirigió lentamente á la de lady Ester. Cuando pasaba sus umbrales, la campana de la Torre vibró, irradiando entre el silencio, los sonidos del toque de cubre-fuego.

VII. UN MOTÍN-UN FLORÍN POR UNA CABEZA

AL otro extremo de la calle, en una de cuyas tabernas acababan de tener lugar los acontecimientos anteriores, oculto tras un guardacantón estaba un hombre.

Era Godofredo, que como hemos dicho había desaparecido durante la lucha; estaba con el oído atento y la vista fija en aquella casa, de donde había huido no queriendo defender á su hermano en una causa que creía injusta, ni pudiendo tomar parte contra él en favor de los hermanos de la niebla.

Al ruido del combate, el populacho había abandonado en tropel los sótanos de la taberna, creyéndola invadida por archeros del Obispo; pero vagaban á poca distancia, siempre prontos á huir más lejos.

El ruido que surgía de las ventanas de la taberna era atronador; muebles que rodaban, chirridos de acero contra acero, juramentos y gemidos; una ronda que pasaba entró, como hemos dicho, llamada por aquel alarmante rumor; á su entrada sucedió el más profundo silencio.

Poco después, parte de la ronda salía llevando presos á Adam Wast y á Robín. El primero andaba siempre silencioso; el segundo, que no esperaba le aconteciese nada grato en la Torre, se hacía el reacio, dando grandes gritos y obligando á los alabarderos á comunicarle cierto deseo de andar con el regatón de las partesanas. Pero como sus gritos se sucedieron sin intermisión, el populacho supo á ciencia fija que Adam Wast le acompañaba á un calabozo de la Torre.

Hay momentos en que las turbas están predispuestas al motín de una manera formidable, y aquél, por desgracia, fué uno de ellos. Corrieron como frenéticos, si bien evitando ponerse al alcance de las armas de los alabarderos y dando gritos, de los cuales, los más pacíficos, atentaban á la cabeza del Obispo y de la reina regente.

En un momento el arrabal Sowttwark se insurreccionó, y el genio de los motines extendió sus alas sangrientas sobre las turbas; los más atrevidos penetraron en la taberna abandonada y la recorrieron; al llegar al aposento donde había tenido lugar la catástrofe, un aullido de indignación salió de todas las bocas; los que no podían ver bien, atropellaron á los delanteros; la muchedumbre cargó sobre la desvencijada escalera de madera, que no pudiendo tolerar aquel peso inusitado, se desplomó.

No era necesario tanto para que el alboroto llegase á todo su incremento: los parientes de los que perecieron ó se estropearon en la caída, pusieron el grito en el cielo y atribuyeron la culpa de las recientes desgracias á los gobernantes, que habían asesinado á los cuatro hermanos de la niebla. Los que se hallaban en el aposento tomaron en hombros los cadáveres ensangrentados, y hallando la comunicación de la otra escalera salieron á la calle; y para que nada faltase á lo terrible de esta escena, una tea perdida de las manos de uno de los derrumbados, prendió en el tablazón del suelo, y muy pronto la luz del incendio brotó sobre la vieja techumbre de pizarra, invadió las casas vecinas y se levantó gigante y roja sobre Sowttwark.

Difícil hubiera sido entonces querer contener el motín; las turbas corrieron llevando en hombros los cadáveres ensangrentados, y se lanzaron á London-Bridge; los archeros que lo guardaban cerraron la poterna de las torres que en aquel tiempo defendían el puente, pero en vano; las piedras y los proyectiles de todo género, lanzados contra ella por la furiosa multitud, la forzaron, y los archeros corrieron á cerrar la del otro extremo, que fué forzada también. La turba penetró en el cuartel de la Torre, y llenó la plaza de Tames-Streed.

Estacionóse allí, invadiendo la parte superior de Tower-Hill, tendiéndose á lo largo de Lombar-Streed, Fenchurch-Streed, hasta cerca de un cementerio situado donde ahora se halla el de All-Hallow-Barkurg.

Los gritos eran cada vez más sediciosos.

—¡Abajo el Obispo! ¡abajo la reina! ¡muera el justiciero Huberto! clamaban unos.

—¡Pan! ¡pan! ¡fuera tributos! gritaban los más.

—¡Que suelten á Adam Wast! ¡que suelten á Robín! gritaban los cortadores, los mendigos, los estudiantes y los vendedores que habían sido pagados, y que llevaban en hombros los cadáveres de los cuatro hermanos de la niebla, en torno de los cuales ardían multitud de hachas.

—¡Ingleses!—gritó un estudiante de derecho, subiéndose sobre los andamios de una casa que se estaba construyendo, en los cuales fueron colocados los restos de John Asta-de-buey, de Tom Flavi, de Jorge Rak y de Williams Caridemus, y alumbrados por hachones que los hacían visibles á la multitud;—¡ingleses! la sangre de cuatro buenos habitantes ha sido vertida por los tiranos. ¡Ingleses! ¡su sangre pide sangre! Vamos por las cabezas del Obispo, de la reina, de Huberto y de Juan-sin-tierra.

Reinaba el más profundo silencio; silencio de horror, causado por la exposición de los sangrientos despojos; la voz del estudiante fué oída en todo el ámbito de la plaza y repetida por millares de voces que ya no cesaron.

El pueblo nunca profundiza: al ver los cadáveres, persuadióse que habían sido inmolados por los archeros, y la indignación llegó á su colmo.

Era un espectáculo solemne.

La Torre Blanca (White-Tower), con sus robustos bastiones y sus cuatro torres angulares, rodeada por los fuertes Biward, Lionsgate, Santo Tomás, Legmount y Brassmount, con sus almenas coronadas de ballesteros, reflejaba el resplandor de los hachones de los sublevados, y recortaba su negro perfil sobre el fondo luminoso, producido por el incendio de Sowttwark. La plaza completamente invadida, ofrecía la vista de un revuelto mar cuyas olas eran de rostros, en cada uno de los cuales aparecía un mohín de amenaza; añádase á estos gritos rabiosos, pedradas arrojadas contra la Torre, los gemidos de algunos heridos por los venablos de los archeros que la defendían, y se tendrá una idea inexacta del cuadro.

Entre tanto la gran campana de White-Tower lanzó al espacio, vibrando sobre todos los rumores, el lento y grave toque de cubre-fuego, á que contestó perdiéndose á lo lejos el sonido de la campana de San Pablo.

La multitud bramó con más fuerza. El estudiante subido en el andamio hizo un ademán de silencio, que fué obedecido á medias, y gritó poniendo en grave peligro sus pulmones:

—¡Ingleses! Dentro de la Torre hay dos buenos y leales habitantes, que serán muertos si no los salvamos. Es necesario que nos entreguen á Adam Wast y á Robín; es...

La voz del estudiante cesó de repente; su cuerpo bamboleó un momento, y cayó en fin, manchando de sangre á los que se apiñaban á sus pies. La situación se hacía cada vez más irritante; el asalto de la Torre se formalizó entre las voces de:

—¡Mueran los infames! ¡Que suelten á Adam Wast y á Robín!

La fatalidad se encargó de ennegrecer la situación de Adam Wast; había sido preso por una causa independiente de alboroto, é indudablemente, á no haber éste tenido lugar, su situación hubiera sido desesperada.

Un hombre solo había que no gritaba, envuelto en una larga capa, en medio de aquel tumulto. Observaba en silencio, y recorría las turbas buscando la decisión en todos los semblantes, mostrando en el suyo una marcada expresión de disgusto. Cuando la multitud se lanzó al borde de los fosos de la Torre, este hombre se dirigió al collado de ella murmurando á media voz:

—Esos locos rabiosos dejarán los dientes en la coraza de piedra de la Torre, y á no dudar, mañana hará falta mi presencia en ella. Es necesario empezar un juego arriesgado.

Diciendo esto llegó á la horca, abrió el postigo que ya conocemos, entró y encendió una tea: era Godofredo que había seguido á la multitud desde Sowttwark: una vez allí, tomó un hacha y un saco, apagó la luz, salió y se dirigió á All-Hallow-Barkurg, deslizóse junto á los muros de la iglesia, y entró en el cementerio al mismo tiempo que un carro de apestados.

—Ola, maese Tomi, dijo Godofredo á un hombre que, apoyado en el dintel de la puerta, observaba con cierta curiosidad el tumulto de Tames-Streed; ¿cuanto queréis por dejarme elegir una cabeza entre esos cadáveres?

El interrogado se tornó á Godofredo y le miró con extrañeza.

—¡Qué cuánto quiero, habéis dicho, por una cabeza apestada! ¡Por san Dustan! ¿y para que necesitáis eso?

Godofredo no contestó; metió la mano en el bolsillo y sacó uno de los florines que no había podido repartir, interrumpido por el incidente de la taberna de Sowttwark.

El sepulturero, que tal era el personaje requerido, gustaba poco de palabras inútiles, pues contestó á la entrega del florín que guardó:

—¡Enhorabuena! entrad; ¿necesitáis que os ayude?

—Sí, traed una luz.

El guardián de los muertos volvió á poco con una tea, y sin decir palabra, empezó á andar, indicando á Godofredo que le siguiese por la entrada de un oscuro pasadizo. Descendieron por una rampa de corta extensión, y se encontraron en un subterráneo espacioso, de bóvedas bajas sostenidas por anchos pilares.

La atmósfera estaba impregnada de miasmas insoportables; alrededor de los pilares había multitud de cadáveres desnudos y hacinados.

—¿Dónde están los de hoy? preguntó Godofredo.

El hombre de los sepulcros, ó mejor dicho, de las sepulturas, pasó algo adelante sin responder, y se detuvo delante de un pilar en que el número de cadáveres era excesivamente mayor que en los restantes.

—Mucho aflige Dios á Londres, dijo para si Godofredo, y luego añadió alto dirigiéndose al sepulturero:—Alumbrad.

El sepulturero alumbró impasible uno tras otro el semblante lívido de más de veinticinco cadáveres.

—Basta, dijo Godofredo, que había examinado con escrupulosa atención cada uno de ellos; éste me conviene, y señaló un hombre de mediana estatura, cuyo semblante, desfigurado por la agonía, marcaba la edad de treinta y cinco años.

Lo que sucedió después fué obra de un momento; desembozóse, mostrando á los atónitos ojos del sepulturero su traje colorado; asió el cadáver por los cabellos, le tendió sobre el suelo, y de un solo golpe le cortó la cabeza, que guardó en el saco. Después se envolvió de nuevo en la capa, y desapareció. El sepulturero rompió por esta vez el silencio.

—¡Cáspita! dijo; ¿qué bruja será la querida del verdugo?

Cavó un hoyo, enterró el tronco mutilado, y tornó al dintel del cementerio y á su pasiva observación.

El tumulto de Tames-Streed seguía en toda su fuerza.

VIII. UN INSTRUMENTO ROTO

RETROCEDAMOS.

Dos horas antes de los acontecimientos que acabamos de describir, dejamos al judío Saul ó Agiab esperando aún en la sala de armas de la casa de lady Ester, á tiempo que Ricardo Espada-larga salía con Ketti en dirección á Sowttwark.

Tiempo es ya de que nos ocupemos de este personaje, que paseaba impaciente por delante de la puerta que de una manera tan descortés le había sido cerrada por la insolente doméstica, que había introducido un hombre á quien él, según veremos, tenía poderosos motivos para aborrecer, en el retrete de una mujer que adoraba.

Quien haya conocido el amor en toda su extensión, podrá formar una idea exacta del furor del israelita; añádase á esto que al que nos ocupa le había cabido en suerte, al nacer, una de esas irresistibles propensiones de dominio y de orgullo, con un carácter á propósito para adoptar cualquier medio, por deshonroso ó criminal que fuese, una vez herido en sus pasiones.

Nada más cruel, nada más implacable que un hombre que ama y se cree amado, cuando la fatalidad le muestra que el amor sólo está de su parte; que ha sido, en fin, el juguete de una mujer. En este estado se encontraba Saul cuando pasó delante de él el orgulloso y afortunado Espada-larga.

La puerta que comunicaba con el retrete de la hermosa condesa de Salisbury había quedado abierta; Saul la empujó, y antes de levantar el tapiz, observó, oculto tras sus plegaduras, á Ester.

La joven permanecía abandonada en el sillón, pensativa y replegada en sí misma, gozando con el recuerdo de Ricardo. Le amaba, y en su semblante estaba pintado todo su amor; amor confiado, inmenso, sublimado por cuatro años de ausencia y de esperanza; amor impaciente, que se pintaba de una manera enérgica en sus ojos; que se revelaba en la agitación de su hermoso seno.

El israelita no pudo sufrir más, y se presentó de repente, adelantando mudo y mesurado hacia Ester, que no reparó en él; Ester soñaba despierta.

Un momento permaneció Saul inmóvil, con la vista fija devorando á la joven; al fin dijo en un acento que el furor hacía trémulo:

—Milady: ¡Dios os bendiga!

Ester volvió en sí al sonido de aquella voz, y frunció el soberbio entrecejo al ver á Saul; pero aquella expresión de un marcado disgusto fué reemplazada instantáneamente por una glacial y reservada indiferencia.

—Que Dios os proteja, Saul, contestó volviendo á su silencio.

Jamás había sido recibido el judío de un modo tan extraño; siempre había encontrado una sonrisa en la hermosa boca de la joven lady; siempre una mirada afectuosa de ella había contestado á su mirada de amor. Saul conoció que se hallaba colocado en una posición ambigua.

—He venido, señora, á ofrecerme á vos como acompañante para el festín de esta noche, dijo haciendo un esfuerzo sobre sí.

Ester no contestó; seguía abismada en su meditación. Saul se mordió con furor el labio inferior devorando un rugido. Después, olvidando la prudencia, se desbordó.

—Paréceme, señora, dijo, que mi posición respecto á vos es hoy enteramente distinta de lo que era ayer.

—¿Quién habla así delante de mí? exclamó lady Ester levantándose en un ademán tan soberbio, que hizo retroceder á Saul; ¿quién se atreve á entrar en el retrete de la condesa de Salisbury sin su consentimiento?

—¡Yo! contestó con impudencia Saul; yo, que me creo con tanto derecho, si no con más, que quien acaba de salir de él.

—¡Miserable judío! gritó lady Ester sin cuidarse de ser escuchada; ¡perro infiel, á quien yo he admitido á mi presencia como se admite un bufón ó una bailarina!... ¿habíais llegado á creer, miserable, que la hija de mi padre había fijado su atención en tí, mas que como en un objeto de diversión? ¿que te había igualado á un buen caballero, á Espada-larga, hermano de armas de Corazón-de-León?

—¿Es decir, á un soldado de fortuna, á un hombre encontrado en su infancia en las gradas de Westminster? ¿Y por qué no? ¿Porque soy judío, porque pertenezco á una gran nación, que no tiene otra mancha que haber sido vencida? ¡Bah! lady Ester, si vos sois entre los vuestros una noble descendiente de los Salisbury, yo soy rey entre los míos. El nombre de Saul está escrito con letras de oro en la historia de mi pueblo. Y luego, no debiérais desdeñarme, porque si yo soy judío, judía sois vos, porque era judía vuestra madre.

—¡Mientes! miserable, como miente un judío. ¿Quieres saber por qué yo he doblegado mi orgullo hasta cruzar mi palabra con la tuya? ¿Sabes por qué yo he consentido que alientes una esperanza hacia mí?

—Vuestro padre había desaparecido, había muerto tal vez, y queríais vengarle; yo os vi hermosa como las vírgenes de mi pueblo y noble y grande como las heroínas de nuestra historia. Fuisteis para mí un tesoro de recuerdos perdidos, una ambición gigante, un sueño eterno y apenador. Para llegar á vos, para hacerme reparar de vos, necesitaba elevarme. Era rico, y arrojé el oro con largueza. ¡Por el padre Abraham, señora! Esos orgullosos lores y barones me admitieron entre sí, porque mi oro entraba á manos llenas en sus arcas. La reina regente, Eleonora de Guiene, necesitaba mucho oro para alentar el bando que debía destronar á Ricardo y colocar en su trono á Juan-sin-tierra. Era necesario comprar á un precio exorbitante la traición de esos rancios nobles cristianísimos, y el judío infiel derramó profusamente su dinero á trueque de ser admitido á sus festines y á sus cabalgatas, donde solía veros alguna vez. El conoceros, señora, me ha costado un tesoro; el llegar hasta vos lo debo á la casualidad.

La joven callaba con visibles señales de disgusto.

—Mi amor no os fué desconocido mucho tiempo, y le alentasteis, señora, porque os convenía. Sospechabais que vuestro padre había sido muerto por el rebelde Obispo de Eli, á quien en vez de mostrar odio mostrasteis amor. El Obispo es un imbécil, y creyó que le amabais. Vos le esplorásteis, vuestras dudas acerca del misterioso paradero de vuestro padre se tornaron en certidumbre. Entonces dijisteis: «Es necesario que este hombre muera; buscaré un enemigo poderoso é implacable...» Dios me arrojó entonces junto á vos; leísteis en mí un amor loco, sin más ambición que vos, intenso lo bastante para doblegarme á servir vuestra venganza sin condiciones. Si vos me hubierais dicho: «Necesito la vida del Obispo,» yo os hubiera traído su cabeza; pero os guardasteis bien de hacerlo: demandar un sacrificio es obligarse á otro sacrificio, y vos, pensadora más de lo que vuestra edad promete, elegisteis un camino más largo pero más seguro. Alentásteis mi amor, lo elevásteis hasta la locura, y cuando le vísteis bastante empeñado para ser indomable, lo herísteis, señora, desdeñándome por el Obispo. Los celos surgieron del fondo de mi alma, y ansié matar al Obispo. Vos sabíais demasiado que esto debía suceder. Pues bien, escuchad: ¿oís ese rumor lejano que se pierde en dirección del cuartel de la Torre?

Ester, hasta entonces indiferente y glacial, escuchó un momento de una manera casi involuntaria.

En efecto, perdidas en el silencio, llegaban hasta allí las voces del motín de Tames-Streed; el judío abrió la ventana y dijo:

—Mirad, milady; ¿veis aquel resplandor rojizo que se levanta sobre Sowttwark? Es un incendio. ¿Y sabéis qué pide ese pueblo que incendia y grita? La cabeza del canciller, de Eleonora y de Juan-sin-tierra.

Ester dió un grito de alegría y se arrojó á la ventana, junto á la cual estaba Saul. El incendio había crecido de una manera horrorosa; el arrabal de Sowttwark era una inmensa hoguera; sus habitantes, arrojados de él por las llamas, exasperados por las pérdidas que les ocasionaba el incendio, habían corrido frenéticos á engrosar el tumulto, y sus gritos se elevaban, subiendo como un alarido infernal á la misma altura que las más elevadas aristas del incendio; las tinieblas habían cedido á su resplandor, y un rojizo reflejo inundaba á Londres, al Támesis y á los campos, iluminando al par la ventana sobre cuya balaustrada adelantaba Ester su cabeza con la misma expresión de cruel alegría que debió pintarse en el rostro de Nerón al ver á sus pies á Roma convertida en una hoguera.

Ester leía harto claro su venganza en aquel terrible motín, y gozándola de antemano, estaba más hermosa que nunca, con toda la terrible grandeza de su belleza, valiente, audaz, devorando en una ojeada aquel aterrador panorama. Saul se sintió desfallecer; su amor llegó al frenesí, y su brazo atrevido rodeó la esbelta cintura de la joven.

Su primer movimiento al sentirse asida fué una explosión de orgullo indomable, inmenso, que aterró á Saul, haciéndole caer de rodillas á sus plantas.

—¡Salid, miserable! gritó la joven; salid, ú os mando apalear por mis esclavos.

—¡Ester, perdón! gritó desesperado Saul; ¡perdón! Yo te adoro, y prefiero morir á provocar tu enojo; desdéñame, insúltame, pero no me arrojes de tu lado.

—Salid, repitió Ester cada vez más implacable, mientras Saul se arrastraba á sus pies.

—Ama á Ricardo, dijo el judío con voz desfallecida; ámale, pero déjame que te vea; yo seré tu esclavo, el suyo...

—¡Salid! gritó con doble furor Ester.

—Pues bien, no saldré, dijo el judío levantándose con energía; llamad á vuestros esclavos, llamadlos si os atrevéis.

Ester se dejó caer fatigada sobre el sillón.

—Lo veo; he sido un instrumento para vos, que rompéis cuando no os sirve: en buen hora; pero tened cuenta con mi venganza.

—Sois un miserable, Saul, y me obligaréis á dar un escándalo en mi casa.

—Escándalo por escándalo; no saldré de aquí sin haberos deshonrado, dijo el hebreo yendo á cerrar las puertas del retrete. Pero en aquel momento, y antes de que Ester tuviese tiempo de llamar á su servidumbre, un hombre entró en el retrete, envuelto en un ancho manto cuya capucha echó atrás, dejando ver un semblante anciano y venerable.

—Parece que he llegado á tiempo, hija mía, dijo el nuevo interlocutor.

—¡Ah! ¡padre mío! ¡bien venido sois siempre! ¡Dios os envía!

Saul quedó inmóvil como una estatua junto á la puerta que había ido á cerrar.

—En cuanto á vos, señor Agiab, haréis bien de poneros en salvo y ver si podéis salvar algo de vuestro oro antes de que el pueblo llegue á vuestra casa.

Sea que el judío temiese verdaderamente por sí, sea que aprovechase aquella oportunidad para salir de una posición difícil, desapareció por la puerta más cercana, arrojando una mirada desesperada á Ester.

—Tengo que hablarte, hija mía, dijo el anciano cuando quedaron solos.

—Os escucho, padre mío, contestó Ester.

—No, aquí no; pudieran oirnos.

Lady Ester tomó la lámpara que ardía sobre la mesa, y salió del retrete acompañada del anciano.

IX. UNA SORPRESA

ME podréis decir, Surrey, ¿qué resplandor es ese que se levanta sobre Sowttwark? ¿Han enloquecido los ingleses, ó adivinado nuestra llegada alumbrándola con el incendio?

Quien hacía esta pregunta á lord John Surrey, conde de Surrey, era el mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un mástil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razón á lo lento de su marcha.

Cuatro horas habían trascurrido desde entonces, y al fin la galera llegaba al muelle de London-Bridge.

En la cámara de la galera había cuatro personas. La que había interrogado á Surrey, era un hombre de cuarenta y dos años, de aspecto severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas. Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto á él había otro personaje, pálido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el conde de Exes; y últimamente, un segundón de la casa Nortumberland, joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ángulo de la cámara.

Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en el pecho.

—¡ Por San Jorge! milores, dijo el hombre que había interrogado á Surrey, hemos llegado, y haríamos bien en ponernos los arneses. Paréceme que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.

Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la cámara, y la ciñeron al que había hecho aquella prudente observación. Después se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro hasta los ojos, el primero tomó un pendón rojo, se dirigió á la puerta y dijo:

—Ola, maese Sult; haced que la galera aferre á la orilla, que se eche un puente, y que desembarquen nuestros caballos.

Esta orden fué obedecida al momento, y poco tiempo después los cuatro jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla flanqueado por dos torreones.

—Un ¿quién va? lanzado desde las almenas, fué contestado por la robusta voz de uno de los cuatro.

—¡Inglaterra! gritó.

Hundióse el ballestero tras las almenas, y poco después cayó rechinando el rastrillo sobre el foso. Un capitán seguido de cuatro ballesteros se adelantó á reconocer á los que llegaban.

—¿Quiénes sois? les preguntó.

—Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitán adelantó y el hombre atlético volviendo la grupa de su caballo á los archeros, se levantó la visera y dejó ver su rostro al capitán. Este se descubrió apresuradamente.

—Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, añadió aquel hombre calando de nuevo su visera.

El capitán obedeció. Los cuatro jinetes, precedidos del capitán, pasaron el rastrillo, que volvió á caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban á su colmo.

—¿Por qué gritan de esa manera, capitán? ¿qué hacen los archeros que no dispersan á esa insolente multitud?

—No tenemos orden, señor.

—¿Y qué hacen el canciller y el príncipe Juan?

—Conspirar.

—¡Capitán!...

—Conspirar, señor.

—¡Ola! esto es serio, observó el hombre que así interrogaba, lanzando una mirada desde el collado de la Torre, adonde habían llegado, sobre Tames-Square; muy serio, milores, y con especialidad para la reina regente, el príncipe, el canciller y el Justiciero; oid cómo piden sus cabezas.

En efecto, el pueblo ahullaba embistiendo la Torre. De en medio de este tumulto salieron otras voces numerosas y atronadoras.

—Viva el rey Juan, abajo los tributos.

—Viva el rey Ricardo, gritó otra voz que dominó las demás como el trueno domina los mugidos del huracán.

—¡Por San Bridge! exclamó el caballero que observaba sobre la colina; así Dios me salve, como esa es la voz de mi valiente Espada-larga. Capitán, volved á vuestro puesto. Milores, la guerra civil estalla. ¡A Tames-Square! ¡Adelante mi pendón!

Surrey picó el caballo, llevando desplegado un pendón rojo; tras él aguijaron sus caballos los otros tres caballeros, y bien pronto rompieron á cuchilladas por medio de la turba, entrando en Tames-Square; por la parte opuesta, un hombre solo á caballo, sin más armas que una espada, rompía por medio de la multitud hiriéndola y gritando:

—¡Viva el rey Ricardo!

—¡Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguían al hombre atlético, que hería á diestro y siniestro, haciendo silvar en torno suyo una pesada hacha de armas.

La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su yelmo se veía una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un blasón con un león rapante en campo de oro.

—¿Quién se atreve á llevar en Londres arnés y pendón real? gritó un jayán fornido, encarándose al de la armadura dorada.

El preguntado se levantó la visera, y dejó ver á la luz de los hachones que le rodeaban su severo semblante.

El jayán cayó de rodillas.

—Salud, señor, dijo, y luego levantándose gritó arrojando su gorro al aire: ¡Viva el rey! ¡el rey ha vuelto! ¡el rey está en Londres!

—Ese no es el rey, gritó una vieja. Ricardo Corazón-de-León no volvería de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. ¡Viva el rey Juan!

—Adelante, milores, adelante, gritó el de las armas doradas; yo enseñaré á esos traidores á que conozcan á su rey.

Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se había agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un centenar de hachas.

—Es el rey, gritó el jayán deteniendo, á pique de ser atropellado, el caballo de Ricardo Corazón-de-León (que él era en fin); es el rey. ¿No hay quien lo reconozca entre tantos?

—Sí, sí, gritaron un millar de voces: ¡Viva el rey!

Corazón-de-León se levantó sobre los estribos y extendió su brazo armado en un imperioso ademán de silencio; la multitud calló como por ensalmo, distraída de su objeto anterior por otro nuevo.

—¿Qué hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? gritó Corazón-de-León en una voz que se dejó oir de todos; ¿por qué incendian mi corte y asaltan mi castillo?

—¡Pan, señor, pan! gritó el pueblo en coro.

—¡Abajo los tributos!

—¡La cabeza del Obispo!

El tumulto volvía; algunas voces sin eco gritaron:

—¡Viva el rey Juan!

—Corazón-de-León perdió la paciencia.

—¡Silencio, digo! gritó amenazando á la multitud con su hacha de armas, que calló á este ademán volviendose toda oidos. ¡Silencio y plaza al rey! Que el pueblo elija una diputación, y que esta diputación se nos presente al momento en la sala del Consejo de White-Tower. ¡Adelante, Surrey, adelante mi pendón!

El pueblo calla mientras espera. Surrey adelantó por medio de las turbas, que abrían calle, y la escasa comitiva real llegó al rastrillo de la fortaleza; en aquel punto Espada-larga plantó su caballo junto al del rey, que al verle le tendió la mano estrechándosela como se la hubiera estrechado á un hermano.

A la vista del pendón real, el rastrillo de la Torre se levantó dando paso al rey, á Espada-larga, Surrey, Esex, y Nortumberland.

Cerróse tras ellos, y el rey y su comitiva descabalgaron, pasando entre multitud de hombres que presentaban asombrados sus armas al ver á Corazón-de-León. Las cóncavas bóvedas de la Torre gemían al eco de las aclamaciones de los soldados, que llegado el rey á la sala del Consejo se agruparon á la puerta.

Corazón-de-León adelantó hasta el trono, subió sus gradas y ocupó la silla real, siempre apoyado en su hacha de armas. Rodeábanle en lugar preferente Ricardo Espada-larga, Surrey, Esex, y Nortumberland; más allá los altos funcionarios de la Torre y los capitanes de las tropas.

—¿Quién es? dijo el rey dominando con una mirada severa el concurso; ¿quién es el lord condestable de la Torre?

—Yo, señor; contestó temblando un anciano que se adelantó.

—¡Ah! ¡sois vos, Apsley! exclamó el rey cada vez más severo; ¿porqué habéis permitido que esa turba apedree mi palacio, mi cárcel y mi castillo?

—No tenía órdenes, señor.

—¿Y de cuándo acá se necesitan órdenes para contener un tumulto que rompe los límites de la ley y aterra á los buenos y pacíficos habitantes de un pueblo?

—Me he expresado mal, señor, contestó cada vez más trémulo Apsley; debí haber dicho que tenía órdenes de no batir al pueblo si se amotinaba.

—¿Es decir, traidor, contestó el rey levantándose con ira, que me vendías?

—Señor, vuestra madre, regente del reino por vos, responderá de esa orden.

—¿Y te ordenaron también que permanecieses impasible aun cuando se gritase viva el rey Juan? Apsley, entrega la custodia de la Torre á Esex: Esex, encierra en el calabozo más profundo de la Torre del Traidor á Apsley.

Algunos murmullos sordos sucedieron á esta orden.

El rey se adelantó al centro de la sala blandiendo su hacha de armas.

—¿Hay alguno que se oponga al rey? gritó.

Un silencio profundo fué la respuesta; Corazón-de-León sólo vió rostros adictos. Apsley fué conducido á la Torre del Traidor.

—Esex, continuó el rey; id al rastrillo é introducid á la diputación del pueblo cuando se presente á nuestra presencia.

Esex salió.

El rey continuó:

—Vos, Ricardo, marqués de Tiro, nuestro amado y valiente vasallo; el rey os hace par de Inglaterra, y os nombra su guarda-sellos.

Espada-larga dobló la rodilla y besó la mano á Corazón-de-León. El rey le alzó y dijo:

—Vos, lord John Surrey, conde de Surrey, nuestro compañero en el cautiverio, el rey os entrega su pendón real, que llevaréis junto á él en la corte y el campo. Alzad. Y vos, milord, añadió dirigiéndose á Nortumberland, os hacemos gran justiciero de Inglaterra, y os mandamos procedáis contra lord Huberto.

En aquel momento Esex apareció en la puerta de la sala, seguido de algunos hombres del pueblo.

X. MEDIDAS PREVENTIVAS

AQUELLOS hombres que habían gritado en la plaza; que habían arrojado piedras á la temible Torre, dentro de ella, y delante de un rey que tenía por cetro un hacha de armas y la corona ceñida sobre un yelmo de guerra, temblaron, no atreviéndose á dar un paso; fué necesario que el rey desarrugase su entrecejo y les mandase acercarse; pero una vez ante el trono, permanecieron mudos.

—¿Qué queréis, pues? les preguntó el rey.

—Justicia, señor, contestó uno de ellos, para vuestra buena y leal ciudad de Londres.

—¿Quién se ha negado á hacer justicia á nuestra buena ciudad?

—La reina, señor, y el Obispo de Eli.

Frunció el gesto Corazón-de-León.

—Tenemos hambre, señor.

—Y bien, ¿qué he de hacer yo á eso si no me indicáis los medios de satisfaceros?

—Señor: los nobles y los eclesiásticos han comprado todo el trigo para ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.

—Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las abadías de los clérigos.

—Pero nos ahorcarán, señor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos á ellos.

—Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendrá que batirse antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio, pobre y desnudo como el hijo pródigo; de manera que os ha costado trabajo reconocerle; vuestro rey no posee más que su hacha y su caballo. ¿Sabéis si el rey tendrá pan esta noche?

—¡Viva el rey! gritó la diputación popular, aplaudiendo de aquella manera su último período.

—Pues bien, señor, contestó el que hablaba en nombre del pueblo; si el rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dándole parte del fruto de nuestro trabajo.

A pesar de su ferocidad, Corazón-de-León se conmovió; levantóse del trono, arrojó el hacha de armas, y despojándose de su cadena de caballero, le dijo entregándosela:

—Toma, y preséntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que empeña en su favor Corazón-de-León; dile que su hambre cesará; que sus tributos se moderarán; que el rey, además, le hace libre de ellos por un año. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado, por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark está incendiado, y hacen más falta allí que apedreando inútilmente la Torre.

Los delegados del pueblo no se movieron.

—¿Queréis más? añadió el rey frunciendo el entrecejo.

—Señor, se ha vertido sangre inocente...

—Denunciad al causante.

—Es el Obispo canciller, señor.

—Se le reducirá á prisión y se pondrá en juicio.

—Adam Wast y Robín han sido presos esta noche porque reclamaban los fueros del pueblo.

—Se pondrán en libertad.

—Pues bien, señor; si lo hacéis así, Dios os salve.

La diputación salió, dejando solo al rey con sus caballeros.

Corazón-de-León abandonó el trono, y empezó á pasear pensativo á lo largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; sólo se oía el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.

—¿Cuántos hombres de armas defienden la Torre? preguntó Corazón-de-León á uno de los capitanes.

-Quinientos, señor, contestó el capitán.

-¿Y cuántos capitanean á esos hombres?

-Cinco, señor.

-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow, á quien veo ocultarse desde que entré, tras Kewin, que aún no ha levantado los ojos del suelo, y más allá Sunders y Remi. ¿Sabéis mis valientes capitanes, añadió después de una pausa el rey con acento profundo, que trascendéis fuertemente á traidores?

—¡Señor! balbuceó Smitt.

—Si no me engañan mis recuerdos, dijo el rey dirigiéndose á los soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Paréceme que estos valientes son los mismos buenos normandos á quienes dejé en guarda de la Torre; pero recuerdo también que eran otros sus capitanes. ¡Eh! tú, Glow, mi buen archero, ¿que se ha hecho de los caballeros que dejé á vuestra cabeza?

El archero adelantó un paso.

—Están presos, señor, contestó.

—¡Ola! dijo el rey dirigiéndose á Espada-larga; milord guarda-sellos, mandad buscar al llavero de la Torre.

—Aquí estoy, señor, contestó un hombretón adelantándose.

—Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.

—Las tengo aquí, señor, contestó el hombre haciendo sonar un pesado manojo que pendía de su cintura.

—Pues guía, dijo el rey; capitanes, acompañadme; y vos, Ricardo, añadió dirigiéndose á Espada-Larga, tomad cien archeros, é id á aseguraros de las personas del Obispo de Eli y del príncipe Juan; para evitar resistencia, tomad esta cédula firmada por nos y sellada con nuestras armas.

Diciendo esto, escribía en un pergamino y le sellaba con su anillo.

Espada-larga tomó la cédula.

—Pero aquí, señor, se manda prender al gran justiciero y al lord guarda-sellos.

—Hacedlo pues.

—¿Y se comprende al príncipe Juan en esta cláusula: muertos ó vivos?

Meditó un momento el rey.

—Juan-sin-tierra no; si resiste, cercad el lugar donde se halle; si apela á la fuerza, sujetadle ¡vive Dios! y encerradle. Cien hombres bien pueden aherrojar á un león. En cuanto á los demás, sin piedad.

Espada-Larga tomó cien archeros, y se dirigió á Whitehall.

—Y vos, Surrey, continuó el rey, buscad los heraldos reales, que deben estar en la Torre, y con suficiente escolta id con mi pendón á Cheapside, y proclamad á son de trompeta la vuelta de Ricardo I, rey de Inglaterra.

Surrey tomó el pendón, y salió.

—Ahora, Nortumberland, seguidme a los calabozos.

El llavero rompió la marcha, llevando una antorcha, seguía el rey, siempre con su hacha de armas, junto a él a alguna distancia a la izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompañamiento los cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.

Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados donde están los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de ellos, y abrió; el rey penetró solo.

Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levantó un hombre, pálido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.

—¿Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.

—¿Cómo os llamáis? preguntó el rey.

El interrogado no contestó: estremecióse, púsose una mano delante de los ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y fijó su vista en el rey; un momento después cayó de rodillas.

—¿Es vuestra gracia, señor, dijo, quien baja a mi sepultura, ó es vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido los traidores?

—¿Cómo os nombráis? insistió el rey.

—Guido de Richemont, contestó el preso.

—¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

—No lo sé, señor; la oscuridad y la desesperación no tienen horas, días, ni años. Sólo recuerdo que fuí preso dos meses después de la partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.

—¿Quién os mandó prender?

—El Obispo de Eli, señor.

—¿Os juzgaron?

—No, señor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a reconocer por vuestro sucesor al príncipe Artus de Bretaña.

—¿Y a quién entregásteis vuestros hombres de armas?

—Al capitán Smitt, señor.

—¿Smitt? exclamó el rey volviéndose a la puerta.

Smitt adelantó pálido como un cadáver.

Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitán Guido de Richemont.

Smitt obedeció.

—Capitán Guido, añadió el rey; nos os declaramos libre y os hacemos nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaréis aquí hasta que os juzgue mi Consejo.

—Señor, perdón; gritó Smitt arrastrándose á los pies del rey.

—Cerrad, dijo Ricardo al llavero.

La puerta se cerró; el rey adelantó cual si no oyese los gritos desesperados de Smitt.

Tras este calabozo, penetró el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos tuvo lugar una escena semejante á la anterior. Slow, Kewin, Sunders y Remi, entregaron sus espadas á otros tantos capitanes adictos al rey, que habían sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron encerrados en su lugar.

El llavero siguió adelante, y abrió la puerta de una inmensa mazmorra.

—¿Quién está aquí? preguntó el rey.

—Monederos falsos, señor, contestó el llavero; sacrílegos é incendiarios.

—Cierra, y adelante.

El llavero obedeció, deteniéndose á la puerta de un nuevo calabozo.

—Y estos presos, ¿quiénes son? dijo el rey viendo dos sombras en un ángulo.

—Un abogado llamado Adam Wast, señor, y un tabernero de Sowttwark llamado Robín.

—¡Ola! los causadores del alboroto. ¿No tenéis nada que pedir? les dijo el rey.

Adam Wast no contestó; Robín se arrojó á los pies de Corazón-de-León, y exclamó:

—¡Perdón, señor! y revelaré á vuestra gracia secretos que tal vez le aseguren en el trono.

—¿Y qué me revelarán esos secretos?

—Traiciones, señor.

—Salid.

Robín salió, y á una seña del rey fué cercado por los archeros; el calabozo volvió á cerrarse, y Adam Wast lanzó un rujido el ángulo en que se había replegado.

—¿Quedan muchos presos?

—Este solo, señor, contestó el llavero abriendo otro calabozo.

El rey entró: un hombre anciano dormía tranquilamente sobre un montón de paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en el pavimento, despertó y se incorporó.

—¿Qué es esto? dijo; ¿han entrado los rebeldes en la Torre?

—¿Cómo os nombráis? preguntó el rey.

El preso se puso en pie.

—Stek, contestó.

—¿Por qué estáis preso?

—Porque el Obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury. Así Dios me salve, monseñor se engañaba; yo había lavado la compuerta después de la ejecución.

—¿Luego sois verdugo?

—No, señor; era llavero de la Torre del Traidor.

—Salid; el rey os declara libre.

—¿Qué rey? preguntó Stek sin moverse.

—¡Imbécil! gritó Nortumberland; ¿qué rey puede ser más que su alteza Ricardo I de Inglaterra?

—Perdón, señor, exclamó Stek arrojándose á los pies del rey; la desesperación y el sufrimiento me han herido. Soy ciego.

—Alzad, dijo el rey. Y tú, que has guardado á mis buenos servidores, añadió dirigiéndose al llavero, será bien que á tu vez seas guardado. Entrega las llaves á Glow. Glow, te nombro llavero de los calabozos de Estado.

El archero á quien se dirigía Corazón-de-León asió las llaves, é inauguró su nuevo destino encerrando, á pesar de sus gritos, al destituído llavero.

Tras esto, el rey siguió en paso rápido adelante al través de aquellos sombríos subterráneos, y subiendo una estrecha escalera de ojo, se detuvo delante de una compuerta de hierro: Glow buscó entre las llaves la de aquélla, y abrió: el rey subió algunos escalones más, entró en un pequeño recinto de bóveda ojiva y muros de extremado espesor, hizo abrir otra puerta, y penetró en un salón octógono, con techo de ensambladura recargado de blasones y grotescos adornos dorados; los muros, las puertas, las ventanas pertenecían al gusto de la arquitectura normanda; una gran chimenea en que cabía una encina entera, mostraba aún ceniza y restos de troncos consumidos. En el centro de la cámara, había una pesada mesa de nogal, cubierta de polvo y pergaminos, y tras ella un enorme sillón recargado de entalladuras, teniendo por respaldo un gigante escudo heráldico con la divisa de los Plantagenet: un león rampante en campo de oro. Armas y arreos de guerra de todo género se presentaban por doquier á la vista, y llamaba asimismo la atención un colosal armario lleno de infolios manuscritos, que contenían la legislación inglesa, la normanda su madre, las crónicas de Inglaterra, y artes de caza y de guerra. Frente á la puerta por donde penetró el rey, había otra mayor que comunicaba á una antecámara; en ella desembocaba una escalera que nacía en un portal situado en un terraplén, al cual correspondían las dos únicas ventanas de la cámara; en ésta, frente á las ventanas, había un retrete abierto en el muro, y dentro de él un lecho cubierto por una piel de tigre. Esta cámara, cuyos accesorios hemos descrito, con un calabozo debajo y un terraplén encima, formaba el conjunto de la torre de Roberto el Diablo.

Sea que su denominación agradase á la imaginación romancesca de Corazón-de-León, sea su gusto por todo lo que era normando, hallamos por resultado que le servía de morada el poco tiempo que la guerra le permitía estar en Londres.

Corazón-de-León arrojó una rápida mirada en torno de su estancia favorita. La encontró exactamente como la había dejado cuatro años antes para ir á la Tierra Santa; sobre la mesa estaba seco y en mal estado, su viejo tintero de hierro, en que el cincelador no había olvidado su real blasón; pergaminos en blanco y borroneados; infolios de cetrería abiertos y arrojados en desorden; el lecho revuelto como si acabase de abandonarle; todo en el mismo estado, pudiendo añadirse sendas colgaduras fabricadas por las arañas.

Todos se habían detenido á la puerta de la estancia real, escepto Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de Glow.

El rey se dejó caer sobre el sillón, y puso sus dos manos sobre la empolvada mesa, como tomando posesión de su cámara; Nortumberland permaneció de pie.

—Y bien; he aquí que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la ayuda de Dios, como ahora somos dueños de la Torre, dentro de una hora lo seremos de Londres y mañana de Inglaterra. ¡Ira de Dios! bien aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano se disputan ya mi corona. ¡Por San Dustan, amigos míos! sed menos impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.

Luego añadió tras una corta pausa:

—Que entren esos buenos servidores.

—Ola, capitanes, gritó Nortumberland, su gracia os llama.

Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.

—Levantáos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceño natural.

—¡Señor! murmuró Guido.

—Sí, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estábais privados del aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo más profundo de un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y bien, ¿que gracia pedís al rey?

—Serviros y defenderos, señor, dijeron á una voz los cinco.

—¿Y no tenéis nada que pedir contra vuestros enemigos?

—Nada, señor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.

El rey hizo un ademán con la mano, que podía interpretarse por la frase: Ya nos veremos.

—Pero observo continuó el rey, que estáis económicamente vestidos; tembláis de frío, mis buenos amigos. ¡Ola! Glow, ve á ver si encuentras por los rincones de la Torre alguno de los antiguos galopos de mi baja servidumbre. Que inquieran si han quedado algunos trajes en mi guarda-ropas; si hay para el rey en Londres pan, luz, fuego y vino.

Glow partió como un venablo.

—Ahora bien, Guido, prosiguió Corazón-de-León, ¿recuerdas cómo se hacía mi servicio y el de la Torre?

—Sí, señor.

—¿Y te atreverás á jurar que de esos quinientos hombres de armas normandos nos son adictos diez?

—¡Señor! exclamó un soldado que al parecer oyó estas palabras, asomando la cabeza á la puerta donde se habían detenido; ¡señor! los normandos no reconocen mientras vuestra gracia viva otro señor natural, ni rendirán pleito homenaje más que á Corazón-de-León, duque de Normandía.

—¡Ola! gritó el rey; ¡eres tú, Ralf! Guido, no os olvidéis de mandar, se apliquen á ese tuno veinticinco azotes.

Ralf retiró precipitadamente la cabeza, sin murmurar ni pensar en quejarse del castigo que el rey imponía á su atrevimiento.

—Ya lo oís, señor, dijo Guido; siempre son vuestros normandos.

—Pues bien; id á mi guarda-ropas, y que os den vestidos; después traedme esos buenos muchachos á ese terraplén; quiero verlos juntos; después recorreremos los puestos.

Los capitanes besaron sucesivamente la mano al rey, y precedidos de un normando que les alumbraba, salieron por la puerta opuesta á la que habían entrado.

—¡Vive Dios! milord, dijo el rey, que hay momentos en que no trocaría el placer que siento, por la posesión de Jerusalén. ¡Ira de Dios! primo, debes estar cansado de sostener tanto tiempo esa antorcha. ¡Extraña posición para un rey! ¡tener que arreglar su casa como un miserable!

A punto apareció Glow con una lámpara de hierro encendida; Nortumberland arrojó la antorcha al hogar que cayó á propósito para prender un haz de leña que arrojaba en él un pajecillo de la servidumbre real; otros tres pajes traían sobre bandejas de oro una opípara cena; un quinto extendió sobre la mesa un paño de púrpura, y colocó sobre él, dos candelabros de oro con bujías de cera.

—¡Diablo! exclamó Corazón-de-León sorprendido; ¿á que hada debemos tanta grandeza?

Glow se adelantó tímidamente dando vueltas á su gorra, sin atreverse á hablar. Con la velocidad del fluído eléctrico había circulado á alguna distancia la noticia de los veinticinco azotes decretados por el rey en favor de Ralf, y Glow temía exponer, siendo indiscreto, sus espaldas.

Un movimiento de impaciencia de Ricardo le hizo hablar.

—Señor, dijo con miedo, el príncipe Juan da un festín esta noche á los nobles en Whitehall, y ha mandado preparar la cena en el gran salón del Consejo en White-Tower para después del festín.

Concluida esta contestación, Glow y los pajes desaparecieron, quedando otra vez solos el rey y Nortumberland.

—Ya lo ves, milord, dijo Corazón-de-León mientras devoraba un pernil de vaca; ya lo ves. El pueblo tiene razón, ¡uñas de Satanás! Insultan su miseria, haciéndole oir el rumor de los festines, dándole á oler el aroma de sus comilonas. ¡El pueblo tiene razón! le sangran para engordar con su sangre; la alegría de esos miserables es la muerte de Inglaterra. Y bien: ya que hemos encontrado pan, tomémoslo; que esos leales servidores que acaban de salir de una prisión gocen de esos preparativos de orgía; que se entreguen al soldado los vasos de oro y los paños de púrpura. Haz que se lleven esto; he concluído.

La cena de Corazón-de-León había sido, como siempre, muy parca. Los pajes entraron y recogieron el brillante servicio; dejando sólo los candelabros de oro.

Sentóse el rey junto á la chimenea.

—Que entre el preso, dijo.

Nortumberland hizo entrar al preso, y salió.

Corazón-de-León y Robín quedaron solos.

XI. PRINCIPIOS DE REVELACIÓN

EL rey fijó una mirada escudriñadora sobre el semblante de Robín, y sólo vió en él la expresión de un terror pánico.

—¿Qué tienes que revelarme? preguntó el rey.

—Señor, contestó Robín con voz ininteligible; he visto morir á vuestro padre.

El semblante de Corazón-de-León se nubló.

—Adelante, dijo con voz entrecortada.

—Es, señor, que ese es mi único delito.

—¡Cómo ¿y el alboroto de esta noche?

—Perdón, señor; yo creía que vuestra gracia había muerto.

—¡Ira de Dios! ¿tú también? exclamó el rey cada vez más sombrío; ¿con que es necesario que me deje palpar de mi pueblo, que pasee en procesión por las calles de Londres para que los ingleses crean que estoy vivo? ¡Por San Jorge! yo les probaré muy pronto que aún tengo sangre en las venas.

—Cortad algunas cabezas, señor, y creerán en vuestra gracia.

—¿Con que eres mi consejero? Y bien: ¿qué cabezas son esas?

—La del Obispo de Eli y la de Juan-sin-tierra.

El miedo hacía temblar á Robín.

—¿Luego conspiran?

—Sí, señor; el Obispo pretende que sea rey Artus de Bretaña, y Juan-sin-tierra alega que es vuestro legítimo heredero.

—¿Y sabes tú los nombres de los que están empeñados en esta empresa?

—Yo no, señor; pero alguno hay que lo sabe.

—¿Quién?

—Adam Wast.

—¿Ese preso cuya libertad pedía el pueblo?

—Sí, señor.

—¿Y quién es ese hombre?

—Señor, prometedme perdón y todo lo revelaré.

—Adelante, gritó el rey impaciente, dando una furiosa patada en el pavimento.

—Vuestra gracia me pregunta quién es, y necesito tomar la historia algo lejos, continuó Robín sudando de angustia; es compatriota mío, nacido en el condado de Kent; su padre era mercader y vivía junto al mío, que era herrero. Siempre estábamos juntos; cuando llegamos á ser hombres, Adam Wast siempre meditabundo y reflexivo, se tornó más pensador que nunca y empezó á esquivar mi compañía. Yo le busqué y le reconvine por su abandono.

—«Robín, me dijo; para los juegos de la infancia todos los compañeros sirven; para ayudar la ambición de un hombre como yo, para elevarse con él, son necesarias dotes que tú no posees.»

—¿Y cuál era la ambición de ese hombre? preguntó Corazón-de León arrojando una intensa mirada sobre Robín.

—Oidlo, señor, contestó éste: nosotros nada debemos á la fortuna; me dijo Adam cuando le hice una pregunta igual á la que vuestra gracia acaba de hacerme; nada debemos á la fortuna que nos ha arrojado en un círculo que no nos ofrece otro porvenir que un trabajo asíduo y degradante; mira tus manos: están negras, ásperas, encallecidas por el roce de las tenazas; yo paso mi vida midiendo terciopelos en el fondo de la oscura tienda de mi padre; repara esos caballeros que tienen la mirada orgullosa, una espada á la cintura, y llevan pajes y bufones tras sí con su blasón al pecho y la argolla de esclavos al cuello. Esos hombres son como nosotros. ¿Qué nos falta para igualarnos con ellos? fortuna: la fortuna es de quien la busca.

—No pensaba mal el perillán, observó el rey; y luego ¿qué aconteció?

—Huimos de casa de nuestros padres, contestó Robín, robándoles el dinero que pudimos, y nos encaminamos á Oxfford. Allí nos dedicamos al estudio de las leyes. «De los abogados se hacen cancilleres», decía Adam, cuya primera ambición era ser canciller; y se dedicó con ardor al estudio, adelantando de una manera prodigiosa, mientras por el contrario mis deseos y mis esfuerzos fueron inútiles para ponerme á nivel de los estudiantes menos aventajados. Tenía razón Adam; yo no servía más que para forjar hachas y arados.

Adam concluyó sus estudios, y á pesar de que yo nada había adelantado, no me abandonó; seguí á su lado, pero me hizo trabajar escribiéndole sus defensas; casi me tiranizaba; yo fuí su primer esclavo.

Su dependencia llegó á ser para mí insoportable, y me separé de él; antes de separarnos me dijo:

—Robín, ten en cuenta que eres dueño de mis secretos (en el ejercicio de su profesión había cometido algunas infamias, de que yo era conocedor y á veces partícipe); que nos habíamos unido para buscar fortuna, y que tú eres el primero que abandona la senda empezada, porque no eres capaz de procurarte fuerzas para seguir; vete en buen hora, pero sabe que dependes de mí; que cuando te necesite te buscaré; que si me vendes me vengaré.

—Ofrecíle callar, y me puse en camino para Londres; un día que estaba fatigado, me senté á comer junto á un arroyo, y poco después una mujer que hacía el mismo camino, se sentó junto á mí.

—Ruego á vuestra gracia me dispense un tanto de paciencia, observó Robín notando un movimiento del rey, porque siguiendo la marcha de mis aventuras, me será más fácil expresar lo que á vuestra gracia conviene saber.

Corazón-de-León mudó de postura, arregló unos tizones, y siguió escuchando de una manera indiferente.

—Aquella mujer, prosiguió Robín, iba extrañamente vestida; su traje consistía en un faldellín de seda muy usado, tan corto que apenas cubría sus rodillas desnudas, dejando descubierto sus hombros y parte de su seno, que así como su cabeza y su cuello eran de una hermosura brillante, aunque algo selvática, y un tanto ajada por un trabajo continuo y violento. Llevaba la banda de seda azul de los trovadores provenzales, y una pequeña harpa. Era una de esas pobres mujeres que venden su cuerpo al vicio y su alma al diablo, lanzada á esa profesión aventurera que no hubiera existido sin la protección de la hermosa y desgraciada lady Rosmunda.

Al oir este nombre, los músculos de Ricardo se estremecieron de una manera imperceptible, y sus ojos brillaron con una expresión particular, que desapareció con la velocidad del relámpago.

—Aquella mujer, continuó Robín, me saludó, y arrojó sobre mi escasa comida una mirada involuntaria. Me compadecí, y la invité á que participase de mi frugal alimento, que aceptó; ella era hermosa y de costumbres libres; yo era joven y enamorado; ella me refirió en tres palabras su historia. Se llamaba Clary, no tenía padres, y era trovadora. La conté la mía con la misma brevedad, y cuando hube concluído fijó en mí una mirada que me hizo estremecer.

—¿Quieres, me dijo apoyando su mano en mi hombro, unir tu fortuna á la mía?

—Sí, la dije acabando de enamorarme.

—Pues bien; tú no has amado, ni sabes más que batir hierro; yo te daré mi amor y te enseñaré á bailar y tocar el harpa. Antes de que lleguemos á Londres, ya sabrás lo bastante para acompañar mi canto y recoger los tarines que ganemos. Tras estas palabras...

—Menguado, gritó el rey dando un furioso puñetazo sobre uno de los brazos de su sillón; se breve, ó veremos si en el potro nos dispensas de lo inútil de tu charla. ¡Adelante!

—Es que, señor, por resultado de esta vida tuve la honra de alojar muchas noches en mi casa á su gracia el rey Enrique II.

—¡Adelante! insistió el rey.

—Llegamos á Londres, prosiguió Robín, y allí conocimos otra bailarina escocesa, á quien nos unimos para poner una taberna con el fruto de nuestros mutuos ahorros. Ketti, que así se nombraba, nos impuso por condiciones que guardásemos secreto y prudencia acerca de un alto personaje que se había enamorado de ella; y en verdad, señor, Ketti era muy hermosa.

—¿Y quién era ese personaje? preguntó el rey fijando su mirada de águila en la de Robín.

—Su gracia Enrique II de Inglaterra, señor, contestó inclinándose Robín.

—¡Mi padre! exclamó el rey levantándose de repente y adelantando un paso hacia Robín; ¿y quién te ha dicho, miserable, que el amante de la bailarina era mi padre y no otro?

—¿Recordáis, señor, contestó Robín temblando de antemano por temor al resultado que pudiera tener lo que iba á decir, recordáis, señor, el 1.º de julio de 1189?

El rey palideció, apoyóse trémulo en el cornisamento de la chimenea, y Robín, que le miraba con ansiedad, vió resbalar una lágrima á lo largo de su tostada mejilla. Después pasó una mano por su frente, cubierta de sudor, y empezó á pasear á lo largo de la cámara.

—No fuí yo, murmuró el rey de modo que no pudo oirle Robín; no fuí yo, señor; fué mi hermano Enrique.

De repente se paró delante de Robín.

—¿Y cómo sabes tú eso? le preguntó.

—Vuestro padre murió en mi taberna de Sowttwark, señor, y yo por una casualidad estuve presente á su agonía.

—Mientes; mi padre murió en Chinón el 6 de julio de 1189.

—Eso dijeron, señor; al día siguiente del combate de London-Bridge, un carro cubierto salió de Londres; aquel carro iba escoltado por el conde de Salisbury, y contenía los restos del rey. En Chinón se publicó la muerte; se dijo que el rey había muerto allí de pesar, porque esto era menos escandaloso que decir había muerto herido por un venablo en el puente de London-Bridge, cuando huía de su hijo el príncipe Enrique el joven.

Por esta vez el rey se dominó y tornó á sentarse; su voz más ronca, más profunda que antes, se dejó oir dirigiéndole á Robín la palabra:

—Sigue.

Robín prosiguió:

—De los amores del rey y de la bailarina nació una niña; antes de espirar, el rey llamó á Ketti y la dijo: si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo.

—¿Y dónde está esa mujer? preguntó el rey, cuya mirada se dilató.

—Ketti, señor; ha muerto, y su hija vive en el collado de la Torre, frente á la horca, junto á los muros de la iglesia de All-Hallow.

—¡Su hija!

—Su hija, señor, es la esposa de Adam Wast.

—¡Esposa de Adam Wast! exclamó el rey con extrañeza.

—Aun no he concluído, señor, contestó Robín. Después de aquella catástrofe, Ketti enloqueció, y nosotros la tuvimos algún tiempo, y criamos la niña. Cuando murió el rey, Ketti, que así se llamaba, sólo tenía dos años; á los doce era la más hábil costurera de Londres.

—¡Costurera! murmuró el rey con amargura.

—Sí, señor; jamás pudimos recavar de Ketti que se presentase á vuestra gracia; cuando en un intervalo de razón Clary y yo se lo aconsejábamos, nos respondía: «no, amigos míos; si el rey no quiere reconocerla, la expongo á las venganzas de la corte; si la reconoce, la separarán de mí, porque yo soy una pobre mujer: no, no; que nunca sepa que es hija de un rey.

—¿Y ella lo ignora? preguntó con interés Ricardo.

—Sí, señor. Avanzó el tiempo, y cuando partió vuestra gracia para Tierra Santa, el hombre que las protegía, el noble y valiente conde de Salisbury, desapareció: hay quien dice que fué ejecutado secretamente en la Torre, por orden del Obispo canciller. Con el conde les faltaron los recursos, y me ví obligado á hacerme montero, para ayudar con el fruto de la caza las atenciones de mi familia, que no alcanzaban á cubrir los productos de mi taberna de Sowttwark. Un día, hace dos años, al volver á mi casa, Clary me dijo que teníamos un huésped; era Adam Wast, que venía á buscarme. Su ambición había sido burlada. A los treinta y tres años se veía reducido á la indigencia. Yo era pobre también, pero le propuse partir con él mi trabajo si quería hacerse montero. Aceptó, y otro día al amanecer nos pusimos en marcha para Middlesex-Vood. Por el camino le referí mi historia, y cometí la imprudencia de revelarle el secreto del nacimiento de Ketti.

—¿Y esa mujer es hermana del rey? me preguntó con interés.

—Sí, le contesté.

—Calló un momento, y cuando hubimos andado un tiro de ballesta, me dijo sentándose:

—Estoy enfermo, y creo que no podré llegar; sigue tú.

Yo le creí, y le dejé.

Cuando antes del toque de cubre-fuego volví á mi casa, encontré á Ketti llorosa; su madre estaba en un acceso de locura, y Clary apostrofaba fuertemente á Adam.

El miserable, aprovechando la libertad que la dejaban un momento de ausencia de Clary y la demencia de su madre, había violado á Ketti.

Corazón-de-León dió salida á un juramento y á un rugido.

—Adam, prosiguió Robín, procuraba sincerarse con Clary, y ofrecía á Ketti reparar su falta uniéndose á ella. Yo me indigné, porque ví claro el doble objeto de la infamia de Adam. Pero este me llevó á otro aposento y me dijo:

—Hemos luchado mucho tiempo buscando la fortuna; ¿por qué hemos de dejarla pasar cuando se nos presenta? Si yo me caso con esa mujer, haré de modo que el rey la reconozca, y seré rico; entonces tú dejarás de ser un mendigo.

—Pero esa mujer ama á mi capitán, le contesté.

—En efecto, Ricardo, nuestro capitán, observó Robín abandonando por un momento su relación, había dicho cuatro galanterías á Ketti, y ésta las había creído hasta el punto de enamorarse locamente de él.

—Si yo consigo casarme con ella, prosiguió Adam Wast, me importa poco tu capitán. Si me ayudas, seremos ricos.

—Señor, el demonio de la codicia se apoderó de mí, y la casualidad nos protegió. Ketti conoció que era madre; Ricardo, perseguido por los archeros del canciller, pasó por muerto, y al fin la hija de Enrique II fué la esposa de Adam Wast.

-¿Y su hijo?

-Murió, apenas dado á luz. Adam Wast, luego que se efectuó su matrimonio, se presentó al príncipe Juan-sin-tierra y le reveló el secreto del nacimiento de Ketti, exigiendo que fuese reconocida. El príncipe se negó y le arrestó en la Torre. Por aquel tiempo estuvo también arrestado un judío que venía de Tierra Santa, y que no tenía otro delito más que ser riquísimo y haber declarado su amor á la joven condesa de Salisbury, de quien estaba perdidamente enamorado el obispo canciller. Allí se conocieron Adam Wast y Saul. Los dos eran ambiciosos, y no tardaron en unirse, vendiéronse á la facción del príncipe Juan, contra la facción de Artus de Bretaña que alentaba el canciller; y engañando á éste y comprándolo á fuerza de oro, fueron puestos en libertad. Desde entonces, señor, Saul es el alma de Juan-sin-tierra, y Adam el alma de Saul. Saul derramaba su oro; Adam se mentía amigo del pueblo y se hacía su jefe, el alboroto de esta noche, sólo era con pretexto para proclamar al príncipe Juan.

Robín calló, porque había llegado al cabo de su revelación.

—De la verdad de lo que me has dicho me responderá tu cabeza, dijo el rey. ¿Pero quien me podrá probar que esa Ketti es mi hermana?

—Señor; el único que podía era el conde de Salisbury y ha muerto.

Corazón-de-León recordó entonces lo que el llavero Stek había dicho era causa de su prisión. Aquellas palabras: El obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury... yo había lavado la compuerta después de la ejecución, hicieron nacer una vaga sospecha en el pensamiento del rey.

—¿Y vive aún el verdugo que ejecutó al conde de Salisbury? preguntó á Robín.

—Sí, señor; aun es ejecutor de Estado de la Torre.

—¡Ola! ¡Nortumberland! exclamó el rey.

Nortumberland, que por el momento desempeñaba las funciones de gentil-hombre, entró.

—Haz que lleven este hombre á una torre que le pongan un lecho, y le traten bien. Ve, continuó el rey dirigiéndose á Robín; sí pruebas que es cierto lo que dices, el rey te recompensará.

Nortumberland llamó á Glow, y le trasmitió la orden del rey. Glow condujo á su destino á Robín.

—Milord, añadió el rey, haz que se me presente el ejecutor de Estado de la Torre; asimismo que un atormentador prepare los borceguíes.

Nortumberland salió; el rey quedó paseándose agitado por la cámara.

La relación de Robín había despertado sus más crueles recuerdos; había escuchado terribles revelaciones, y tras ellas el remordimiento levantaba su faz inplacable y amenazadora. Corazón-de-León, el hombre sin miedo y sin piedad, sintió pavor de sus mismos pasos, se estremeció al ver su sombra interpuesta á la luz en los muros, creyéndola un fantasma vengador.

Reinaba el más profundo silencio. El rey se asomó á una de las ventanas de la cámara, desde donde se veía el Támesis y Sowttwark; nada quedaba del alboroto más que la roja llama del incendio del arrabal, tiñendo con reflejos rojos la ancha y serena corriente del río.

Un ruido acompasado y monótono vino á interrumpir el silencio; eran los pasos de los archeros normandos que entraban formados, con sus antiguos capitanes á la cabeza, en el terraplén á que correspondían las ventanas de la cámara. Formaron en tres filas, según la costumbre de aquel tiempo, y esperaron en silencio.

Poco después se oyeron nuevos pasos; cien archeros, á cuya cabeza cabalgaba Espada-larga, llevando á su lado otro hombre también á caballo, se detuvieron á la entrada del portal que conducía á la escalera de la Torre; Espada-larga descabalgó, y á poco después se presentó en la puerta de la cámara real.

—Y bien, dijo Corazón-de León ¿has preso á esos traidores?

—Al obispo canciller, contestó Espada-larga, sí; el príncipe Juan no estaba ya en Whitehall; había terminado el festín, y se dirigía sin duda por distinto camino á la Torre, donde he sabido tenía preparado un banquete.

—Que suba el obispo de Eli. ¡Nortumberland!

El duque entró, volviendo á salir tras algunas palabras que Corazón-de-León murmuró á su oído.

Un momento después estaban solos el rey y el canciller obispo de Eli.

XII. EL REY SE VENDE

ERA este magnate un hombre como de cuarenta y cinco años; se llamaba Guillermo de Longchamps, y su apostura más era de soldado que de obispo, perteneciendo su traje á ambos estados. Llevaba un ropón morado y un sombrero verde, mientras en su mano se ostentaba el anillo episcopal; pero esta mano se apoyaba en una desmesurada espada, y su pecho estaba protegido por una fuerte coraza, sobre la que pendía una cadena de oro con el gran sello de Inglaterra, símbolo de su categoría de canciller; unos borceguíes de punta aguda y retorcida, armados de dos resonantes espuelas, completaban el aspecto militar del obispo.

Su semblante era uno de esos semblantes sin expresión fija, en que una expresión desaparecía reemplazada por otra, según convenía al lugar ó á las circunstancias. Este hombre, que según las crónicas de aquel tiempo era soberbio, iracundo y duro en sus palabras, cuando nada había en torno superior á él, delante del rey ostentaba un semblante sereno, noble, con una mirada en que no se leía miedo ni turbación; aun más, era el semblante alegre de un buen vasallo delante de un rey á quien es enteramente adicto, ó más bien el de un amigo que vuelve á ver á otro amigo querido tras una larga ausencia.

—¡Cuánto habéis tardado, señor! exclamó hincando una rodilla ante el rey y apoderándose de una de sus manos, que besó, á pesar de estar armada de un fuerte guantelete.

—O por mejor decir, contestó el rey levantándole y fijando en él una profunda mirada; ¡qué pronto habéis venido!

—Y sin embargo, os esperaba, señor.

Una nube sombría de amenaza pasó por la mirada del rey.

—¡Me esperabas, canciller! gritó el rey; ¡y me esperabas armado como para dar batalla! ¡Me esperabas arrojando, para recibirme, un motín entre las puertas de la ciudad y de la Torre! ¡Me esperabas como un traidor, Obispo!

—Vea vuestra gracia lo que dice. Estoy armado... Preguntad al capitán Ricardo Espada-larga cómo me ha encontrado en Westminster. Os dirá que mis hombres de armas estaban también armados hasta los dientes, que la abadía estaba defendida como un castillo, y que sin embargo, á vuestro nombre, sus puertas se abrieron y el canciller, traidor como vos decís, se dejó prender, porque así era la voluntad de su rey, á pesar de que hubiera podido defenderse con ventaja tras los muros de la abadía.

—¿Y por qué, teniendo fuerzas, no corriste á sofocar una sedición en que se proclamaba por rey á Juan-sin-tierra?

—Tened presente, señor, que el condestable de la Torre es lord Apsley, que está vendido al príncipe Juan, y que necesitabais un puesto de guerra que yo debía conservaros.

El rey dulcificó un tanto su acento, y dijo:

—Guillermo; tengo que hacerte grandes cargos.

—Empezad, señor.

—En primer lugar, ¿sabes qué ha sido del valiente conde de Salisbury?

Ricardo, al hacer esta pregunta, fijó una mirada intensa sobre el semblante del canciller, del cual ni un solo músculo se contrajo.

—Ignoro qué ha sido de él, contestó; preguntadlo á Apsley, porque de seguro, cuando un noble desaparece, los calabozos secretos de la Torre deben conocer su suerte, y sólo por orden de Apsley pueden cerrarse sobre un hombre.

—Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por haberse negado á reconocer por mi sucesor en el reino á mi sobrino Artus de Bretaña.

—Cierto es que los invité á que reconocieran al príncipe Artus por sucesor; pero también es cierto que sin duda fueron presos porque su adhesión á vuestra gracia importunaba al príncipe Juan y á su hechura Apsley.

El rey movió incrédulamente la cabeza.

—¿Y pretender la declaración de derecho á sucederme en favor de Artus, viviendo yo, gritó el rey, no es una traición?

—Vuestra gracia estaba preso en Alemania, señor, y era de temer una alevosía por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La declaración de derecho en favor de Artus de Bretaña, era una medida previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejército á rescataros; pero contando con lo feroz del carácter del emperador; era exponerse á causar vuestra muerte.

—Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, gritó el rey, debemos agradecerte lo que has hecho, canciller.

Guillermo de Longchamps inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Esto es ya demasiado, milord, contestó el rey, cuyo furor estalló; ¿y ese alboroto en que el pueblo pedía tu cabeza, en que te maldecía, en que te echaba en cara el hambre de sus hijos, á quién se debe? ¿Crees tú que un rey puede permitir que desuellen á su pueblo, para que otro se abrigue con su piel?

—Os digo, señor, que en esto, como en todo, me condenan las apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos señor.

—¡Por mí! murmuró el rey con extrañeza.

—Por vos, señor. ¿De dónde hubiéramos sacado los doscientos cincuenta mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al emperador, que se había desentendido de los ruegos de vuestra madre la reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y de los amagos de guerra que yo le mostré en nombre del reino? ¿De dónde sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de la Dieta germánica, en la acusación que os señalaba reo del asesinato de Conrado, marqués de Tiro?

-Pero yo me he justificado de esa infame acusación.

-Desengañáos, señor; sin los dos millones hubierais sido condenado.

-Mi madre ha vendido sus joyas...

-Las joyas de la reina no valían mil tarines. En fin, señor, yo he creído, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, el rey es lo primero. Además, estoy pronto á entregar á vuestra gracia diez mil marcos de oro, que os servirán de mucho para hacer la guerra á Felipe Augusto de Francia, que os exigirá, á no dudar, pleito homenaje por los Estados del Poitú y la Normandía.

El canciller, viéndose en un apuro, abandonaba su rapiña, y compraba al rey su cabeza á peso de diamante.

El rey meditó un momento; conoció sí, toda la infamia que se ocultaba tras el relato del canciller; conoció que no haciendo justicia al pueblo, el pueblo le maldeciría; pero como al mismo tiempo una mirada al acaso al través de una ventana le mostrase á sus normandos, en cuyas picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogió de hombros, y dijo al canciller:

—Milord, bien hecho está lo hecho. Veté y sigue siendo leal al rey.

El negocio estaba terminado; el rey se vendía.

El canciller salió tras de haber besado la mano al rey, y murmuró para sí mientras bajaba la escalera:

—Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobraré vendiendo tu cabeza.

Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba. Aquel hombre iba vestido de colorado.

Era Godofredo el verdugo.

XIII. AGIAB

EL canciller montó á caballo, y partió acompañado de su servidumbre á Westminster. Al llegar á la gótica portada de la abadía, un hombre salió de entre sus pardos pilares y se detuvo junto al caballo del canciller.

-Necesito hablaros, monseñor, dijo, y con urgencia.

El Obispo detuvo su caballo, midió de alto á bajo con una mirada particular al hombre alumbrado por las antorchas de su servidumbre, y contestó tres solas palabras:

-En buen hora.

Después echó pie á tierra y entró por medio de sus hombres de armas, que le saludaron chocando sus escudos, y llegó á su cámara, donde quedó solo con el hombre á quien había concedido aquella intempestiva entrevista, y que no era otro que el judío Saul ó Agiab.

Estos dos hombres se lanzaron una mirada sombría y amenazadora; entrambos guardaron silencio, esperando que el uno de ellos le rompiese.

—Y bien, dijo al fin el canciller; ¿qué me queréis?

—Extraño os parecerá, Guillermo, contestó el judío sentándose en un sillón, con una insolencia que hizo fruncir el entrecejo al Obispo; extraño os parecerá ver á vuestro mayor enemigo frente á vos, en una entrevista solicitada por él. Y nada tiene de extraño; he venido á proponeros unas treguas, en que ambos acometeremos á un enemigo común que se cruza á nuestro paso. Después, vencido ese enemigo, volveremos á nuestra lucha. Ese enemigo es fuerte, más fuerte que otros, porque tiene la fuerza en sí mismo. Es el rey.

El canciller miró de una manera recelosa al judío.

—No os comprendo, dijo.

—Procuraré ponerme al alcance de la inteligencia de monseñor. Ambos, vos y yo, amamos á una mujer, que no podía ser más que de uno de los dos, y que ahora no puede ser de ninguno, porque pertenece á otro. Esa mujer es lady Ester, condesa de Salisbury; ese otro es un aventurero llamado Ricardo Espada-larga, á quien vos habéis tenido la necedad de pregonar, y que siendo favorito de Corazón-de-León tiene para vos un doble derecho de muerte. Hacer desaparecer á Espada-larga no sería difícil; pero Corazón-de-León se cobraría de seguro en nuestras cabezas. ¿No os parece, monseñor, que haciendo de manera que el rey muriese, lograríamos el doble objeto de desembarazarnos de Espada-larga y dejar franco el trono para el príncipe Juan?

—Paréceme que no habéis olvidado vuestros antiguos hábitos, amigo Agiab, contestó el canciller mirando de una manera maligna al judío, que palideció al oir el nombre con que le designaba el Obispo.

—No os comprendo.

—Os toca la vez de no comprender, prosiguió el Obispo, y procuraré ponerme al alcance de vuestra inteligencia. Vos erais hace algo más de dos años un miserable judío, que moraba en uno de los barrios más retirados de Jerusalén. Vos creísteis que, venido de la Siria, dejabais allí oculta vuestra historia en el valle de Josafat. Pero no recuerdo por qué, me interesó algo conocerla, y supe que no erais vos el rico y virtuoso hebreo Saul, sino un miserable que se nombraba Agiab y que debía sus tesoros á un asesinato.

—Monseñor...

—Si no os basta mi palabra, puedo presentaros pruebas. Había en el ejército cristiano un bravo y valiente caballero; uno de esos hombres cuya virtud sin tacha y su valor sin límites lo ponían á la altura de los héroes de la fábula. Este hombre era Conrado, marqués de Tiro, que por razones que no vienen al caso, arrojó sobre sí el odio de un terrible y misterioso personaje cuyo nombre figura en la historia de las Cruzadas oculto tras el del Viejo de la montaña. Sea como quiera, vos, que poseíais todo el valor de un asesino, fuisteis encargado de asesinar á aquel valiente caballero. Sois un hombre de mérito en esa parte, y Conrado fué muerto mientras dormía; aun más, le robasteis, Agiab, y huísteis con vuestra presa no tan pronto, sin embargo, que no pudieseis ser conocido por un hombre, valiente también, que acudió á los gritos del infortunado Conrado. Aquel hombre era Ricardo Espada-larga, de cuyas manos escapasteis por la casualidad, feliz para vos, de haber sido arrojado por su caballo cuando os perseguía. Vos, por vuestra elección, hubierais permanecido en Jerusalén, pero tuvisteis miedo. Seamos, pues, francos. El motivo que os impele á querer deshaceros de Espada-larga es de todo punto independiente del amor; una rivalidad no os hubiera detenido; tenéis suficiente oro para hacer robar á lady Ester, y...

—Os engañáis, monseñor; soy tan pobre ahora como el más miserable. El pueblo me ha robado y ha incendiado mi casa.

—Es decir...

—Que vengo á pediros una alianza; vos me daréis oro; yo compraré un hombre.

—¿Y habéis pensado en él?

—Sí.

—¿Es valiente?

—Es ambicioso.

—¿Cómo se nombra?

—Adam Wast.

—Pero ese hombre está preso, y yo no respondo de su cabeza.

—Compraré al verdugo.

—Es aventurado.

—Dejadme hacer. Cuento con vos.

—Creo que si alguien hay aquí que pueda imponer condiciones, soy yo, dijo el canciller. Tú, miserable instrumento, no tienes que elegir. O salvarte conmigo, ó perecer solo. Una sola palabra mía haría caer tu cabeza.

—Bien, balbuceó Agiab levantándose; ¿y qué he de hacer?

—Invertir bien este oro, dijo el canciller, abriendo un armario y arrojando una bolsa á los pies del judío, que la alzó; y ahora salir por aquí.

El canciller tomó la lámpara que alumbraba sobre la mesa, llegó á uno de los muros y oprimió un resorte. El muro se rasgó como obedeciendo á un conjuro, dejando descubierta una oculta salida, por donde se perdieron el hebreo y el canciller.

Media hora después, Agiab llegaba á la horca del collado de la Torre al mismo tiempo que Godofredo. Saul habló algunas palabras al oído del verdugo, y éste le hizo entrar en el sótano de la horca, cuya puerta se cerró tras ellos. Algún tiempo después se abrió; el judío se dirigió á la puerta de Lions-Gatte, y la hizo abrir á fuerza de oro. Bajó á la ribera del río, llamó á una cabaña de pescadores, y á precio exorbitante compró una pequeña lancha. Poco después, protegido por la niebla se ocultó bajo el arco de la Torre del Traidor.

XIV. EL VERDUGO DE LA TORRE

LA escena que había tenido lugar entre el rey y el verdugo fué muy corta.

Godofredo entró y se arrodilló ante el rey, permaneciendo en aquella postura.

-¿Cómo te llamas? le preguntó el rey.

-El verdugo de la Torre, contestó Godofredo sin levantar la vista del suelo.

-Tu nombre, insistió el rey.

-No tengo nombre.

-¿Cuánto tiempo hace que ejerces tu profesión en la Torre?

-Dos años, señor.

-¿A qué clase pertenecías antes de ser ejecutor?

-Lo he olvidado, señor.

Nublóse el semblante del rey, cuya mirada estaba fija hacía algunos momentos en el semblante de Godofredo; creyó reconocer en él á un antiguo amigo; pero estaba tan desfigurado Godofredo, que rechazó esta idea como un delirio.

—¿Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?

—Para el rey y los hombres sí; para Dios no.

—¡Cómo!

—La Torre donde se preparó la ejecución, tenía salidas secretas que me eran conocidas, y le dejé escapar.

—¿Y te atreves á decir eso al rey?

—Poderoso señor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia, que me fué confiado por el conde de Salisbury.

—Y ese secreto...

—Cuando entré, señor, en el calabozo, el conde hacía su confesión, que escuché, porque no repararon en mí y me protegía la oscuridad. En la confesión oí revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra gracia. El conde moría asesinado por la traición. Cuando salió el sacerdote, yo me adelanté; creía encontrar un hombre débil, y encontré un valiente; esto acabó de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek el llavero.

—Lástima es que este hombre muera, me dijo.

—¿Quieres que le salvemos? contesté.

—¿Qué órdenes tienes?

—Arrojar por la compuerta la cabeza y el tronco, contesté, encerrados en un saco, con una piedra á los pies.

—¡Ah! ¡ya! me contestó; es una ejecución secreta. Luego dijo al conde; caballero, ¿sabéis nadar?

—Sí, contestó.

—Pues bien; si nos dais vuestra palabra de honor de huir sin revelar á nadie que os hemos salvado, os salvaremos.

—¿Y le salvasteis? esclamó con ansiedad Corazón-de-León.

—Sí, señor; abrimos la compuerta de hierro, y antes de arrojarse al Támesis, me dijo: «has hecho un servicio al rey, y el rey te lo recompensará. Voy á encerrarme en un monasterio mientras el rey está ausente. Yo no podré fiarme de nadie sino de vosotros; mi espada está en la conserjería de la Torre: dí que te la dejo, y exige que te la entreguen; cuando venga el rey preséntate á él con la espada y afírmale sobre ella, que estoy retirado en el monasterio de San Bridge.»

—¿Y dónde está la espada?

—La he perdido, señor.

—¿Tenía alguna seña particular?

—Sí, señor; entre los gavilanes un blasón con un león rapante en campo de oro.

—¡El es! ¡El es! gritó con alegría Corazón-de-León. Alza, añadió dirigiéndose al verdugo, y pídeme una gracia.

—¡Una gracia, señor! Pues bien; deseo ejecutar á los reos que se sentencien por resultado de la traición de esta noche.

—¡Sólo eso me pides! exclamó el rey asombrado.

—Sólo eso, señor.

—Pues bien, concedido. Ve por tu hacha; porque pronto harás falta en la Torre.

Cuando Godofredo llegaba á su sótano en busca del instrumento fatal, fué cuando encontró junto á la puerta á Agiab.

Concluida su corta entrevista con éste, volvió á la Torre y se puso á las órdenes de Glow.

XV. EL PRÍNCIPE JUAN

EL rey entre tanto había revistado á sus normandos, que le habían recibido en medio de las más frenéticas aclamaciones; había recorrido los puestos, y entraba en la sala del Consejo.

Junto al trono, á poca distancia, había una gran mesa cubierta por un mantel de púrpura, sobre el cual se veían multitud de manjares; en el centro de ella había un objeto extraño, por lo que permitía descubrir el paño negro que lo cubría, y dos candeleros de oro con velas de cera colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortándolo en los cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que sostenían la magnífica ensambladura de la Sala del Consejo.

A alguna distancia de la mesa había ocho pajes jóvenes vestidos de brocado, como si esperasen la llegada de su dueño para servir el banquete; más atrás estaba el verdugo de pie é inmóvil; algo más allá Glow el llavero, junto á un hombretón que era el atormentador, y más atrás, en fin, inmóviles como estatuas de hierro, había una veintena de archeros apoyados en sus picas.

Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una cabalgata de jóvenes señores entraba en Tames-Square. Todos iban silenciosos, escepto uno que reía, cantaba ó apostrofaba á sus silenciosos compañeros, que detuvieron sus caballos junto á la primera entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba á ver la Torre.

—¡Hola, valientes! gritó el joven soltando una estrepitosa carcajada; ¿con qué es verdad que os causa miedo mi castillo?

—Y terrible contestó uno de ellos.

—Pánico; repuso otro.

—Glacial; añadió un tercero.

—¿Qué piensas de esto, Huberto? dijo el que había hecho la anterior pregunta.

—Lo que pienso, príncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debéis hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.

—¿Y tú que dices, Sidney?

—Exactamente lo mismo que el justiciero.

—¿Y tú, Oxfford?

—En cuanto á mí, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que oí el primer pregón, hubiera ganado una barca y estaría hace una hora con rumbo á Francia.

—Será necesario creer que Dik está en Londres.

—¡Pues no! contestó el nombrado Huberto; ¿quién sino él hubiera sofocado el motín de esta noche? ¿á qué habían de ir esos heraldos pregonando su nombre á son de trompeta por la ciudad?

—¡Bah! ¡Bah! sois muy crédulos, milores; apostaría mi cabeza contra un penique á que está ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de Francfort.

En aquel momento dejóse oir á lo lejos sonido de trompetas, que se aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispersó á la carrera en distintas direcciones, como obedeciendo á un impulso simultáneo, dejando solo á aquel á quien habían llamado príncipe, que puso al trote su caballo atravesando á Tames-Square en dirección al rastrillo de la Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal modo, que éste se vió precisado á echar pie á tierra para inquirir la causa del asombro del caballo. Nada vió; la niebla era densísima, y en vano pretendió hacer avanzar á su caballo asiéndole del diestro; por el contrario el bruto dió un bote, se desasió y huyó lanzando un relincho de espanto.

—Tú también me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero ellos... ¡Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les dé más festines.

Después se dirigió al rastrillo, pero antes de llegar tropezó en un bulto y cayó; levantóse lanzando un juramento, y palpó el objeto que le había hecho caer; su mano se posó sobre el frío rostro de un cadáver, y se tiño de sangre.

—¡Diablo! murmuró el joven, ya no extraño el asombro del animal; el lance ha sido caliente.

Y entonando á grito herido una balada escocesa, llegó al borde del foso.

—¿Quién va? gritó una voz desde la almena.

—Inglaterra, gritó el joven con acento alegre; yo, el príncipe Juan; abajo el rastrillo.

Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cayó con estruendo sobre el foso. Juan-sin-tierra le atravesó saltando, entonando siempre su balada.

Tras él se cerró el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y escaleras, llegó á la Sala del Consejo y se arrojó en uno de los sillones.

—¡Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid á hacerme compañía. ¿Qué es esto? añadió notando que nadie le contestaba; ¿y qué hacéis vosotros, canallas, que no me servís? insistió dirigiéndose á los pajes.

Ninguno se movió; pero Glow adelantó hasta la mesa, y tirando del paño negro, quedó descubierta una reluciente hacha en el centro de ella.

—¿Qué significa esto? gritó poniéndose de pie y empuñando la espada.

—Esto significa, gritó Ricardo Corazón-de-León saliendo de detrás de una columna y asiéndole de un brazo; esto significa, gobernador de Normandía, que el rey ha añadido una pieza más á vuestro banquete. Pero comed, si tenéis hambre; bebed, si tenéis sed. El rey espera.

Juan-sin-tierra lanzó una larga y alegre carcajada al reconocer al rey, y exclamó:

—¡Ah! ¿eres tú, Dik? ¿y yo no lo había querido creer? Me alegro, me acompañarás; ¡me han abandonado mis cobardes amigos!

Y sin inmutarse, sin contraerse, de la manera más natural, se sirvió un enorme pedazo de lomo de jabalí.

Corazón-de-León enmudeció de asombro; los circunstantes miraron con respeto y aun con miedo aquel loco, que así se chanceaba con la muerte. Juan-sin-tierra era el hombre inalterable, que más tarde debía decir á sus cortesanos, que le anunciaban la ocupación por Felipe Augusto de los Estados de Guinea, Poitú y Normandía; dejadle hacer, yo le tomaré en una hora doble tierra que la que él me ha robado en tres meses.

El rey despidió á la servidumbre y á los soldados con un ademán imperioso, y quedaron solos los dos hermanos.

—¿Sabes, Juan, dijo el rey, que me siento inclinado á hacer contigo un escarmiento?

—Y bien, no pasará de ahí, contestó tranquilamente Juan engullendo un tasajo: soy tu hermano menor, y no te expondrías á que Dios te diga como á Caín: «Ricardo, ¿qué has hecho de tu hermano Juan?»

Corazón-de-León dudó si debía mandar sepultar en un calabozo ó abandonar como á un loco aquel joven gallardo y frívolo que de una manera tan original desafiaba su cólera.

—Sin embargo de eso, observó después de un momento de silencio el rey, nosotros hemos provocado alguna vez la justicia de Dios; ¿crees que el que se rebeló contra su padre y en unión con sus hermanos le destronó y causó su muerte, no se atreverá á poner tu cuerpo en el tormento, tu cabeza en manos del verdugo?

—Y bien; prefiero eso, contestó el príncipe llenando tranquilamente una copa, á verme reducido á la nada, encerrado en una torre, sin mujeres, sin cortesanos, sin vino: lo prefiero mil veces.

—Pues bien; eso será, gritó el rey, eso será si no me revelas tus cómplices.

—¿Cómplices? yo no tengo cómplices, ó si los tengo no los conozco; no sé si se trata de mí más que cuando oigo gritar: viva el rey Juan, ó abajo Juan-sin-tierra. ¡Abajo, vive Dios! es una originalidad; ¿qué más abajo quieren á Juan, que sin tierra?

—Paréceme, Juan, que eres un traidor consumado.

—¿Traidor? No por cierto. Tú estabas ausente; tu trono vacío, enteramente vacío, y dije para mí: «El pueblo cree muerto al rey, y me elige por su sucesor. Aceptemos, gocemos un momento su corona, y cuando vuelva mi hermano devolvámosela.» Yo hubiera deseado tu vuelta á los dos meses de mi coronación, porque todo me cansa pronto; pero tú te has encargado de que no tenga tiempo para fastidiarme; pues bien, ahí tienes tu corona: en cuanto á mí, dame lo suficiente para poder tener de vez en cuando un festín, y no quiero más.

Este razonamiento, pronunciado con la mayor sangre fría, puso el colmo al furor de Ricardo.

—Príncipe Juan, nos os quitamos, dijo, el gobierno de Normandía, os declaramos reo de alta traición, y sólo os dispensaremos nuestra clemencia cuando pongáis en nuestra noticia el nombre de vuestros cómplices.

—¿Y qué más? dijo el príncipe con una sonrisa picaresca.

—¡Juan! gritó el rey exasperado.

—¡Dik! contestó Juan-sin-tierra remedando al rey.

—Está borracho; ¡voto á...! el rey se detuvo y meditó.

—¡Hola! añadió dirigiéndose á la puerta; ¿está ahí el atormentador?

—Sí, señor, contestó Glow apareciendo en el umbral.

—¿Y el ejecutor?

—También.

—Seguidme, príncipe, dijo el rey.

Juan-sin-tierra se levantó casi ebrio, y asió un brazo del rey, siguiéndole así hasta el recinto de los calabozos donde estaba la sala del tormento, en la cual entraron.

XVI. EL CONDE DE SALISBURY

CREEMOS que el lector no habrá olvidado al extraño personaje que se había presentado en el aposento de la condesa de Salisbury, bien á tiempo por cierto para cortar la desagradable escena que tenía lugar entre ésta y Agiab, ni la profunda impresión que la vista del desconocido produjo en Ester, haciéndola arrojarse á sus pies.

Nosotros no queremos ser misteriosos por más tiempo, y nos apresuramos á decir que aquel hombre de hermosa y noble fisonomía era el conde de Salisbury.

Era el valiente y leal caballero amigo de Enrique II; el que había presenciado su agonía; el poseedor de sus secretos y el que, muerto el padre, había servido al hijo con la misma adhesión, con la misma lealtad.

Es cierto que Ricardo había observado una conducta criminal con su padre, rebelándose contra él y siendo en cierto modo cómplice de su muerte; pero había sido engañado; Salisbury, que no hubiera podido tolerar la vista de Enrique el joven, halló en el dolor y en el arrepentimiento de Ricardo motivo bastante para perdonarle como hombre, lo que Enrique II le había perdonado como padre.

Ricardo, por su parte, indomable y feroz para todos, se dejaba dirigir por el conde; le consultaba sus actos de gobierno, los proyectos que le sugería su genio guerreador y aventurero, y se doblegaba á sus consejos: en una ocasión, empero, fueron inútiles los esfuerzos y las súplicas de su viejo amigo. Ricardo resolvió partir á Tierra Santa, y partió dejando su reino abandonado en manos extrañas, avezadas de viejo á la traición, y que tal vez pretendían arrancarle traidoramente la corona de sobre su yelmo de combate. Una doble causa impulsaba á Ricardo: estaba entonces á la orden del día (digámoslo así) que los reyes cristianos fuesen á derramar sangre sobre el sepulcro del Salvador, y por otra parte, el joven Felipe Augusto de Francia, ya con gloria por el feliz éxito de algunas empresas arriesgadas, y enemigo, por tanto, aunque simulado, de Ricardo, acababa de partir con gran pompa, y seguido de una falanje de caballeros, á arrancar de manos de los infieles la Santa ciudad, conquistada por Saladino al débil Guido de Lusiñán. Ricardo aprestó, como sabemos, lo mejor de sus caballeros, y partió dejando la condestablía de la Torre á Salisbury con quinientos normandos para su defensa, en cuya adhesión tenía gran seguridad. Poseer la Torre era poseer á Londres; poseer á Londres era ser rey de Inglaterra.

Pero no tardaron en mostrarse los resultados que Salisbury había temido á la partida del rey. Guillermo de Longchamps, canciller del reino, se atrevió á decir en el seno del Consejo que era necesario declarar el derecho de sucesión al trono para el caso probable de que Ricardo muriese en Palestina; halló apoyo, y Artus de Bretaña, sobrino del rey, fué declarado su heredero: de aquí resultó que Juan-sin-tierra, apoyado por su madre Eleonora de Guiena, regente del reino, interpusiese su mejor derecho, y la nobleza se dividió en tres bandos; los unos en pro de Artus, bajo la bandera de Juan los más, quedando muy pocos en el partido del rey, á pesar de los esfuerzos de Salisbury.

Ester era enemigo respetable; la Torre estaba en su poder, y su posición pesaba de una manera notable en la balanza política. Tratóse, pues, de comprarle por entrambas partes, y Salisbury desechó con indignación la primera propuesta. Sabemos el resultado de su negativa: desapareció un día que había sido llamado por el Obispo canciller, y como no se volviese á saber de él, Apsley fué nombrado condestable de la Torre. A esto siguió el encarcelamiento de los adictos á Ricardo, y los sucesos de que ya tienen conocimiento los lectores.

Cuando Salisbury fué arrojado al Támesis por la compuerta de la Torre del Traidor, ganó silenciosamente la orilla, tomó tierra y se dirigió al monasterio de San Bridge, cuyos monjes eran adictos al rey, habiendo sido uno de ellos confesor de Enrique II, al par que lo era aún del conde de Salisbury, y los muros del monasterio ocultaron también al fugitivo: fué éste tan prudente, que su muerte se dió por cierta, y su hija fué puesta en posesión de su herencia.

Sin embargo, el conde, una vez en el monasterio, observaba las prácticas religiosas de una manera rígida, y se había hecho un modelo de austeridad para con los monjes más severos. Jamás salía del convento, ni hablaba con otro que con el padre Williams, su confesor, y que lo era á la sazón de su hija.

Ester era religiosa y practicaba; una vez arrodillada ante el confesonario, desplegaba su alma y la mostraba hasta en lo más recóndito.

Los monjes no se veían en el confesonario; llegaban á él por el interior del monasterio, y sólo comunicaban con el penitente al través de una pequeña reja abierta en un nicho profundo y oscuro que correspondía á la iglesia.

Una vez allí, el misterio y la oscuridad presidían al solemne acto; y la voz del monje, partiendo desde lo profundo, parecía en cierto modo la voz de Dios desde la eternidad.

Siempre que Ester confesaba, su padre asistía al confesonario junto al padre Williams, esto podía ser sacrílego y malo; pero así sucedía.

Por este medio Salisbury conocía la sed de venganza de Ester, sus padecimientos, sus alegrías, su amor á Espada-larga, la conciencia de su hija estaba abierta ante él como un libro, y por lo tanto, cuando pasada la primera sorpresa contó á su hija el modo milagroso con que había salvado su vida; cuando llegó el caso de que Ester quisiese referirle su historia, la interrumpió pronunciando estas solas palabras:

—Todo lo sé, y me alegro de saberlo tal como es; porque de otra manera, lo que ahora encuentro noble y grande, me hubiera parecido criminal y vergonzoso.

—¡Ah, señor! murmuró Ester.

—Y bien, ¿nada tenéis que pedirme?

—Nada, si todo lo sabéis, señor, contestó Ester, fijando sus hermosos ojos en su padre.

—Comprendo... Ricardo Espada-larga... Y bien, es pobre, sin nombre, un aventurero en toda la fuerza de la expresión; ¿pero sabes tú si cuando conozca su origen será para él un objeto de ambición tu amor?

—¡Señor...!

—Su nombre es un misterio semejante al nacimiento de una mujer por cuya causa estoy aquí.

—¡Cómo!

—Desde que la peste aflige á Londres, paso las noches auxiliando moribundos; necesito hacer bien para consolarme del daño que me han hecho los hombres. Pues bien; esta noche volvía de auxiliar á un desgraciado, cuando al pasar por entre la horca del collado de la Torre y la iglesia de All-Hallow, llegó á mi oído el acento de una mujer que cantaba, aquella voz me era muy conocida: á poco la puerta de aquella casa se abrió, y la joven que había cantado salió. Entonces del sótano de la horca salió un hombre y siguió á la mujer, yo les seguí también. Aquel hombre y aquella mujer entraron en tu casa.

—¡Ketti! ¡Ricardo! exclamó Ester.

—Cabalmente, esperé y salieron; seguíles de nuevo, y entraron en una taberna en Sowttwark.

—¡En una taberna! dijo Ester con una amargura en que se traslucían el orgullo ofendido y los celos.

—Sí, en una taberna. Pero en aquella taberna murió Enrique II de Inglaterra, y los jóvenes que entraron en ella eran hijos de Enrique II...

—¿Con que son...? dijo Ester, no atreviéndose á proseguir.

—Hermanos, contestó el conde.

—¡Ricardo! ¡Ketti! hermanos.

—Sí; él es hijo del rey y de lady Rosmunda; ella debe la vida á Enrique II y á una bailarina. Más tarde te referiré esas historias.

El estupor no permitía hablar á Ester; su padre prosiguió:

—Yo conservaba una llave que tenía el rey para visitar á la bailarina, y corrí á buscarla á San Bridge. Volví con ella, y entré sin ser notado.

—¡Oh! sí, recuerdo, dijo Ester, que un día, cuando confesaba con el padre Williams, éste me pidió una llave que debía existir en el lugar de vuestro aposento que me indicó: al día siguiente le llevé la llave.

—Sí, dijo el conde; necesitaba derramar lágrimas, necesitaba consuelos, y en aquel aposento los hallaba; parecíame estar en él junto á Enrique II, teniendo sobre sus rodillas á su pequeña hija, y cuando arrojaba una mirada al lecho, mis lágrimas corrían; porque aquel fué el lecho de muerte del rey.

Salisbury suspiró, calló un momento, y después contó á su hija la historia de los amores del rey con Ketti, y la escena que aquella noche tuvo lugar en la taberna.

—¿Y dónde está Ketti? preguntó Ester cuando su padre hubo concluído.

—En esa cámara inmediata.

—¡Oh! ¡que entre! ¡que entre!

—Sí; pero tened cuenta, hija mía, con que esa desgraciada ama á Ricardo, y si sabe por mí que es su hermano.

Ester abrió la puerta y llamó á Ketti; la niña entró pálida y llorosa y se arrojó á los pies de Ester.

—¡Oh! ¡perdón señora! ¡perdón! yo no sabía que era mi hermano, exclamó arrojándose á sus pies y juntando sus manos.

La expresión de dolor, de amargura y de amor del hermoso semblante de Ketti, era sublime como la del rostro de la Virgen del Descendimiento de Rubens.

Ester levantó apresuradamente á la joven, y contestó á la súplica de Ketti abrazándola conmovida y sellando un beso en su frente. Ketti reclinó la cabeza sobre el hombro de Ester y rompió á llorar; Salisbury caló la capucha de su manto sobre los ojos para ocultar su conmoción.

En aquel momento, en el mismo sitio que se detuvo el heraldo que pregonaba la cabeza de Ricardo Espada-larga, se detuvo otra cabalgata; sonaron otra vez trompetas, y la voz del mismo heraldo se elevó proclamando la vuelta del rey y su estancia en la Torre.

Salisbury se puso de un salto en la ventana; el primer objeto que vió fué el rostro del conde de Surrey alumbrado por las antorchas.

—¡Milord! ¡conde de Surrey! gritó.

A aquella voz las antorchas se elevaron iluminando la ventana, y Surrey vió la noble cabeza de Salisbury, que había arrojado atrás la capucha.

Surrey se arrojó del caballo, entró en el zaguán, y siempre con el pendón real, entró instantáneamente en la cámara donde se hallaba Salisbury.

Miró un momento con sorpresa al conde y le abrazó.

—¡Por San Jorge! dijo; ¿aun vivís?

—Sí, exclamó Salisbury, y quiero ver al momento al rey.

—¡Pues á la Torre! contestó Surrey.

—¡A la Torre! sí, vamos; y vosotras también, hijas mías.

Diez minutos después, Salisbury cabalgaba llevando sobre su caballo á Ester, junto á Surrey que conducía de igual manera á Ketti. Había concluido la proclamación, y los archeros apagaron sus antorchas para evitar lo extraño que debía parecer un caballero llevando sobre su cabalgadura una hermosa joven y en la diestra el pendón real.

Deberemos decir que esta precaución era inútil: llegaron á la Torre sin haber encontrado un alma viviente en el camino.

XVII. LA SALA DEL TORMENTO

ERA esta, en la Torre de Londres, un ancho recinto abovedado, oscuro y profundo, bajo la Torre de Roberto el diablo á la cual servía de cimiento.

Era horrible el aspecto de esta sala; colgaban de las paredes sierras, gárfios, ruedas, poleas, mazas, tornillos y otros instrumentos aterradores; en el centro estaba el potro, y junto á él el aparato para el tormento denominado de los borceguíes.

Era éste un lecho de cuero algún tanto inclinado; en su parte inferior, sobre un barrote, había clavada una especie de caja ancha y larga, lo bastante para dar cabida á los pies de un hombre hasta más arriba de los tobillos.

Cuando entró el rey con el príncipe Juan, encontró el tormento preparado, y los hombres indispensables para él colocados en sus puestos, á la manera que la servidumbre de una pieza próxima á entrar en fuego.

Frente al tormento preparado, había una mesa con recado de escribir y pergaminos en blanco; sentado tras esta mesa había un hombre de fisonomía severa, vestido con una hopalanda talar, cubierta la cabeza con un birrete, y ciñendo una estrecha y larga espada pendiente de una banda roja; era el jefe de la prebostía de la Torre, y su misión allí era la de anotar la declaración del reo puesto á la prueba del tormento.

Junto á este hombre había otro vestido de negro, de fisonomía indiferente y glacial; era un médico destinado á marcar el momento en que el paciente no pudiese tolerar la prueba sin peligro de su vida.

Inmediatamente junto al aparato de los borceguíes había un negro etiope, vestido de amarillo, de expresión estúpida y estatura atlética y membruda: el verdugo de la Torre, Godofredo, teniendo á sus pies un saco de cuero y su hacha al hombro, estaba tras la mesa del preboste. Junto á un tosco altar en que ardían dos velas, estaba arrodillado el clérigo destinado á auxiliar á los que morían en la Torre; últimamente, Glow con algunos hombres de armas estaba junto á la puerta.

Corazón-de-León miró con repugnancia todo éste aparato, en tanto que el príncipe seguía inalterable sin dejar de dispensar una horrible chanzoneta á cada uno de aquellos aterradores aparatos, á cada uno de aquellos rostros sombríos, que se fijaban en el príncipe Juan, creyéndole destinado á representar la parte del protagonista; pero no debía suceder así. El rey buscó á Glow con la vista, y al encontrarle dijo:

—Que bajen los reos.

—¿Quiénes, señor?

—Adam Wast y Robín.

Glow salió con algunos archeros, y volvió con los presos trascurridos algunos segundos.

Adam Wast entró con paso reposado y continente altivo, y se detuvo entre los guardias cuando hubo entrado en la sala; Robín, al notar el extraño aparato del tormento, palideció y hubieron de sostenerle.

—Adelante los reos, dijo el rey.

Adam Wast adelantó hasta llegar al tormento, como si concibiese que de allí no debía pasar; Robín fué traído á la fuerza hasta cerca del rey.

—¿Cómo te llamas? preguntó Corazón-de-León á Adam Wast.

Este pronunció en voz clara su nombre, añadiendo el de su profesión y el de su país.

—¿A quién reconoces por tu señor natural?

—A las leyes inglesas.

Ricardo frunció el gesto y adelantó un paso.

—¡Vive Dios, traidor! gritó; en Inglaterra no hay más ley que la voluntad del rey.

Adam Wast no contestó; pero fijó una mirada terrible en el rey.

—¿Por qué estás aquí? continuó el rey reprimiéndose.

—No lo sé, contestó Adam Wast.

—¿Conoces á este hombre? dijo Ricardo señalando á su hermano Juan.

—No, señor, contestó con la mayor impudencia Adam.

—¿Y vos, príncipe, le conocéis? preguntó el rey á Juan-sin-tierra.

Este, que estaba distraído contemplando con faz burlona la original catadura del preboste, que sudaba de angustia no pudiendo seguir cómodamente el interrogatorio sobre el pergamino en que estampaba con mano temblona enormes caracteres, volvióse al escuchar la pregunta, y contestó:

—¿Me preguntabas, Dik?

El rey, con una paciencia inusitada en él repitió acentuadamente su pregunta.

Juan-sin-tierra fijó su vista en Adam Wast, detúvose un momento contemplando con una insolente expresión su rostro, y dijo extendiendo hacia él su brazo y señalándole con el dedo:

—¿Quién? ¿ese tuno? ¡vaya si le conozco! Conózcole tanto, como que le mandé encerrar en la Torre, por no sé qué parentesco que tuvo el villano atrevimiento de alegar entre nosotros y una mujerzuela. Me acuerdo de que en aquel momento le predije que vendría á parar en manos del verdugo.

El acento de Juan sin-tierra era tan burlón, tan seguro, que el rey hubiera dudado, á no ser por la severa mirada de reconvención que brilló en los ojos de Adam Wast.

—El príncipe asegura que te conoce, dijo el rey: ¿qué tienes que oponer á eso?

—El príncipe miente ó se engaña, dijo agriamente Adam Wast.

A una seña del rey, aquél fué sujeto por la cintura y por los brazos con correas unidas á él; á pesar de su carácter bravío, Adam Wast palideció y murmuró una plegaria pidiendo fuerzas, no sabemos si á Dios ó al diablo.

—¿Te obstinas en callar? preguntó Ricardo.

—Nada tengo que decir acerca de eso, más que lo que he dicho.

—¡Una cuña! gritó el rey al atormentador.

Los pies de Adam Wast fueron colocados en el cajón; entre ellos puso el negro dos tablas, y entre las tablas introdujo una cuña de encina que hizo entrar á golpes de maza en la juntura.

Una convulsión agitó los miembros de Adam Wast, y su semblante se contrajo devorando una expresión de dolor.

El rey se volvió á Robín.

—Empieza tu acusación, le dijo.

Un sudor frío, sudor terrible, como debe ser el de la agonía, pasó por Robín, á quien el miedo enmudeció.

—¡Al potro! dijo el rey.

—¡Ah! ¡no, señor! gritó llorando Robín y arrojándose á los pies del rey; ¡yo lo diré todo, señor!

El atormentador, que se lanzaba ya sobre Robín como un tigre hambriento sobre su presa, se detuvo á su despecho á un ademán del rey; Robín, trémulo, sin levantarse del suelo, acusó á Adam de violencia contra Ketti, de traición al rey; dió á conocer los detalles de la conspiración hasta que fué llevada á cabo; nombró los cómplices que conocía, hombres todos oscuros, y calló.

—¿Qué tienes que oponer á eso? dijo el rey á Adam Wast.

—Que es falso; dijo el paciente.

—¡Otra cuña! gritó el rey.

El atormentador introdujo una segunda cuña, y Adam no pudo reprimir un ligero grito de dolor; sus pies se habían amoratado al principio, y al entrar la cuña en su lugar, brotó de ellos sangre.

Adam Wast era valiente; otros lo hubieran revelado todo á la segunda prueba; él, sin embargo, no contestó á una nueva pregunta del rey.

—¡Dos cuñas más! gritó furioso Corazón-de-León.

Al primer golpe del mazo, los huesos crujieron y la sangre manchó el suelo; Adam, no pudiendo sufrir más, lanzó un grito que estremeció de espanto al sacerdote, al preboste, á Glow y á los archeros; el rey y el verdugo se mostraban impasibles; Juan-sin-tierra gozaba, el etiope descargaba frenético con inmensa y cruel satisfacción furibundos golpes sobre la tercera cuña, que rechinaba al par que los huesos crujían; el tigre devoraba su presa.

—¡Perdón! ¡perdón! gritó con horrible acento de dolor Adam; ¡yo lo revelaré todo, toto!

El rey mandó sacar la tercera cuña. Adam, doblegado, vencido por el tormento, lo confesó todo, y nombró por cómplices al príncipe Juan, al gran justiciero Huberto, al judío Saul y á los condes de Sidney y Oxfford.

Cuando hubo concluido, pidió gracia al rey.

—Concedida, contestó Ricardo; en vez de morir ahorcado como un villano, serás degollado como un noble.

—¡Perdón; señor!

—¡Miserable! si sólo hubieses atentado á nuestra corona, si sólo á nos hubieses herido, podría el rey perdonarte; pero tú has violado una mujer, la has adoptado como un medio á tu ambición, la has hecho desgraciada, á pesar de que sabías el secreto de su nacimiento; después has conspirado, y el incendió de Sowttwark y la sangre de algunos inocentes pesan sobre tu cabeza. ¡Ola, sacerdote! preparad á este hombre para que muera en el término de una hora; Glow, haz que se prepare su ejecución en la Torre del Traidor; ejecutor de la Torre, dentro de una hora me presentarás su cabeza.

El atormentador desató las ligaduras del reo; sentáronle en un sillón, y conducido por dos archeros, siguió al verdugo, que caminaba delante llevando un saco de cuero y el hacha al hombro con el filo vuelto hacia él.

El rey y el príncipe quedaron solos.

—En cuanto á tí, Juan, esta misma noche partirás en la galera que me ha traído á Francia, donde el rey te señalará una renta digna de un príncipe real.

—¡Oh! ¡muchas gracias, querido Dik! me acabas de dar un brillante espectáculo, y concluído me envías á París. ¡ Muchas gracias! Bien mirado, ya estoy hastiado de Londres.

Llegaban á la puerta, cuando un hombre armado se precipitó en la sala; era Surrey.

—Señor, dijo; el conde de Salisbury está en la cámara de vuestra alteza.

—Bien, bien; os doy las gracias por vuestra eficacia, querido Surrey; pero aguardad.

El rey fué á la mesa, y escribió tres pergaminos que selló con su anillo.

Después los entregó á Surrey, y dijo á Juan-sin-tierra.

—Príncipe, quedáos con el conde de Surrey.

Tras esto salió precipitadamente de la sala del tormento.

—El rey me manda conduciros á París, dijo el conde, bajo la protección de Felipe Augusto.

—¿Y si yo no quisiera ir?

—Seríais un loco, príncipe, añadió señalando un segundo pergamino; porque el rey os ama; manda al obispo de Eli os entregue cincuenta mil florines para vuestros gastos en este año.

—¡Ah! en ese caso, contestó el príncipe soltando una alegre carcajada, es un partido aceptable.

Y apoderándose del brazo de Surrey, salió.

El tercer pergamino que el conde había guardado decretaba el arresto de los condes de Sidney y Oxfford.

XVIII. EN QUE EL REY ENCUENTRA OTROS DOS HERMANOS

EL rey se precipitó en su cámara, y se arrojó á los brazos de un hombre, que con la misma efusión le salió al encuentro; era al anciano conde de Salisbury.

—¡Oh! ¡por San Jorge! gritó el rey; he de perpetuar la memoria de este día en un monumento; ha sido muy feliz para mí.

—Y aun puede serlo más, señor, porque podéis cumplir la última voluntad de vuestro padre.

—¡Oh! sí, la cumpliré, dijo el rey; pero estoy impaciente por conocer tu historia, milord: te escucho.

Salisbury refirió al rey lo que ya había referido á su hija; Corazón-de-León escuchaba absorto la relación de los infortunios que su lealtad había arrojado sobre el buen caballero.

—Y bien, Salisbury; los degollaré, los ahorcaré, los quemaré, los exterminaré. ¡Mi madre! ¡oh! ¡mi madre me ha vendido también! la encerraré en un convento; mandaré descuartizar á Artus de Bretaña, y si mi hermano Juan abusa de su posición, ¡por San Huberto! no le ha de valer dos veces ser mi hermano.

—Al contrario, señor, sed clemente; la sangre que un rey vierte en los patíbulos, es un germen de enemigos, es un lago funesto, de cuyo fondo se levantan sombras vengadoras; la sangre vertida fructifica, robustece al partido perseguido.

—¡Oh! que fructifique en buen hora. En todo caso, doblaremos, triplicaremos, centuplicaremos el número de los patíbulos.

—Tened en cuenta, señor, que todo vuestro poder no os librará de un golpe traidor.

—Y bien, moriremos como debe morir un rey, sin cejar ni volver la espalda. Pero pensemos en tí. ¿De qué modo te puede mostrar tu agradecimiento el rey? Ayuda á mi deseo, pídeme, exígeme... ¡Por San Jorge! te daría la mitad de mi corona.

—¡ Oh! señor, guardadla; pero no por eso dejaré de pediros una gracia.

—Concedida, sea cual fuere.

—Meditad, señor, que puedo tal vez pediros vuestro asentimiento para un enlace en que vuestra sangre se uniría á la mía.

—¡Oh! conde; ¿has pensado unirte á mi hermana Matilde? Sea. Seremos hermanos. Afortunadamente mi compromiso con el príncipe Malek-Adel está roto, y ella es libre. Se lo rogaré; se lo mandaré. Será tu esposa.

—¡Ah, señor! contestó Salisbury sonriendo á la interpretación del rey; ¿ha olvidado vuestra gracia que tengo sobre mis canas setenta años?

—Entonces, añadió el rey vacilando, querrás unir tu hermosa hija con un hombre á quien haría pedazos antes de consentir que la hiciese infeliz. ¡Rayos de Dios! valiera más entregarla á Satanás en persona, milord.

El conde miró fijamente al rey.

—¿Sabéis de quién hablo? le preguntó.

—Si ha de unirse tu sangre á la mía, ¿cómo puede ser sino enlazando á lady Ester con el príncipe Juan?

—¡Ah! ¡señor! ¡nunca! murmuró con desdén Salisbury.

—Pues no comprendo...

—Existe un hombre que ama á Ester, y que es amado de ella. Ese hombre es el noble y valiente Ricardo Espada-larga.

—¿Y se une mi linaje al tuyo con el enlace de tu hija y de mi hermano de armas? preguntó el rey con extrañeza.

—Entended, señor, que Espada-larga tiene derecho á que le nombren, como á vos, Ricardo Plantagenet.

—¿Y qué abona ese derecho?

—Esta cédula, contestó Salisbury sacando de entre sus ropas un pergamino escrito de mano y letra de Enrique II, y autorizado por Santo Tomás, arzobispo de Cantorbery, canciller del reino en la época de su fecha, y muerto después por orden de Enrique en la Torre del Traidor, que desde entonces tomó el nombre, que aun conserva, de Santo Tomás.

El rey pasó rápidamente la vista sobre el pergamino, del que pendía el gran sello de Inglaterra.

En él, Enrique II reconocía por hijos naturales, autorizándolos para llevar su blasón en la corte y en el campo, debiendo poner en él barras de bastardía á Ricardo y Godofredo, habidos en 1169 de lady Rosmunda Chifford, hija de lord Walter Chifford. Dejábales por herencia el palacio y el parque real de Wootstock-Bower, previniendo no fuesen puestos en posesión de sus Estados, ni se les hiciese sabedores de su origen hasta que cumpliesen los veinticinco años. El depositario de este secreto era lord Salisbury, conde de Salisbury, y se suplicaba al rey cumpliese la voluntad real y paternal de Enrique II.

El documento era autógrafo; la firma del arzobispo y el gran sello de Inglaterra, auténticos. No había lugar á la duda; pero el asombro estaba pintado en la mirada de Corazón-de-León, que releía el pergamino.

—Tan cumplidamente has llenado tu encargo, Salisbury, que esto es enteramente nuevo para mí. Pero sin embargo, me colma de placer. ¡Pluguiera á Dios no fuesen bastardos! Muerto yo, un Ricardo Plantagenet sucedería á otro Ricardo Plantagenet. Creo que su nacimiento está unido á una historia terrible.

—Muy terrible, señor; pero me abstendré de referirla á vuestra gracia, porque en ella me sería forzoso pintar á vuestra madre de una manera odiosa, junto á lady Rosmunda, que era un ángel.

—¿Qué me podrás decir que yo no sepa? ¿Ignoro acaso que las locuras, y aun pudiera decir liviandades de mi madre, obligaron á repudiarla á Luis VII de Francia? ¿Que mi padre fué bastante débil para unirse á ella por razones de Estado, y que ha sido una cosa extraña que haya nacido de ella una criatura tan pura como mi hermana Matilde, cuando Enrique, Juan y yo somos tres retoños malditos? ¡Oh! todo lo sé, mi buen Salisbury; pero la historia de esa Rosmunda es para mí poco clara. Necesito saber lo que concierne á mis hermanos antes de reconocerlos.

—Si así lo queréis, señor, oiréis una historia muy triste.

—¡Oh! no importa; te escucho.

—Vuestro padre, señor, sólo contaba veinte años cuando fué coronado en 1154; era un bizarro caballero, y partió, como vos, á Palestina. Dos años después, á despecho de su Consejo y de sus amigos, se unió á vuestra madre Eleonora de Guiena. Era un enlace desigual; Enrique II, niño aún, no podía amar, ni amaba á Eleonora, que nunca fué hermosa, y que sólo tenía en su abono un tacto exquisito y lo alegre y chistoso de su carácter. Eleonora aventajaba trece años en edad al rey, y éste, enamorado é impresionable, la hizo sufrir en infidelidades lo que ella había hecho sufrir á Luis VII. Celosa hasta el frenesí, amando hasta la locura á vuestro padre, de carácter iracundo y altivo, se hizo para él insoportable. Doce años transcurrieron después de su matrimonio en continuas desavenencias, cada una de las cuales motivaba una ausencia del rey con pretexto de caza ó guerra. En 1168 tuvo lugar una de estas expediciones; yo acompañaba al rey; el punto de partida era Wootstock. En la última jornada nos sorprendió la noche junto al castillo de Oxfford, habitado entonces por sir Walter Chifford, que salió al encuentro del rey y le rogó le honrase hospedándose en su castillo. Aquella noche conoció el rey á la desgraciada Rosmunda: era una joven de dieciocho años, cuyo semblante noble y maravillosamente hermoso aún no he podido olvidar. Figuráos, señor, una frente pálida, tersa, majestuosa, coronada por sedosos rizos de largos cabellos rubios; unos ojos azules de mirada diáfana, poderosa, en que se retrataba la paz de un alma purísima y tranquila; añadid á esto un cuerpo esbelto, de soberbias formas, de continente de reina y aéreo y vagoroso como el de un ángel; una imaginación entusiasta y un tesoro de amor en el corazón, y tendréis una pequeña idea de Rosmunda. El rey era como vos á los treinta y cuatro años; prendóse de Rosmunda y Rosmunda de él; lord Walter Chifford cerró los ojos á su honor y los abrió á su ambición. Algunos días después, Rosmunda era la dama de Enrique II, que construyó para ella el palacio y el célebre laberinto de Wootstock. Allí nacieron un año después Ricardo y Godofredo. Enrique II quiso tenerlos á su lado en la corte, y me los entregó; yo los expuse en Westminster y me oculté tras uno de los pilares de la portada para no permitir que nadie los recogiese más que el rey, que con algunos caballeros debía pasar como al acaso; pero os anticipásteis vos; volvíais de San James de una cita amorosa, y oísteis el débil baguido de los niños; llegasteis á ellos, y los contemplásteis un momento conmovido, yo os conocí á la luz del alba y os dejé hacer; tomásteis los pobres gemelos bajo la capa, y partísteis; yo os seguí: fuísteis con ellos á Withe-Tower, residencia entonces del rey, y le entregásteis los niños cuando se preparaba á ir á buscarlos: el misterio envolvió de una manera impenetrable su origen. Fueron adoptados por vuestro padre, declarados caballeros y educados como tales. Enrique II los amaba con todo el amor que sentía por su madre; y cuando Eleonora logró introducirse en Wootstock-Bower y asesinó celosa á Rosmunda, su dolor y su furor no conocieron límites; si vuestro padre viviera, aun estaría encarcelada vuestra madre. Ahora, señor, que conocéis la historia de Ricardo, que sabéis que debe llevar vuestro nombre, ¿consentís en su unión con lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury?

—Te hubiera dado mi hermana Matilde, ¿cómo, pues, negarme al enlace de Espada-larga con tu hija?

—¡Oh, señor! exclamó el anciano arrojándose á los pies del rey.

—Levanta, leal vasallo. Mañana quiero ver á tu hija; y ya que conoces los secretos de mi padre, busca á otra hermana mía que se nombra Ketti.

—Han venido conmigo, señor.

—Que entren, dijo el rey; ve por ellas.

Salisbury salió.

—¡Por San Dustan! exclamó el rey; si mi padre hubiera vivido diez años más... ¡Oh! ¿quién sabe dónde hubiéramos llegado? El buen anciano no quiso privarme del consuelo de la fraternidad. ¡Rabo del diablo! una hermana beata, un hermano loco y tres bastardos por añadidura. En cambio yo no tengo hijos; y ha hecho bien Dios: me basta con los de mi padre.

Detuvo en esto el vuelo de su pensamiento, porque Salisbury entró con Ester y Ketti. La primera saludó con nobleza y gracia al rey, felicitándole por su vuelta; la segunda se detuvo, encendida de rubor y trémula de miedo, á pocos pasos de la puerta.

Ricardo la miró de alto á bajo; después dijo á Salisbury en un tono que sólo pudo ser oído por él:

—¿Estás seguro de que es ella?

—Miradla bien, señor, contestó en el mismo tono el conde; es una semejanza perfecta de vuestra hermana Matilde.

—Adelante, niña, la dijo el rey; ¿sabes quién soy yo?

—¡Ah, señor! tartamudeó Ketti arrojándose á sus pies, con los ojos bañados de lágrimas.

—¿Sabéis, Salisbury, dijo el rey levantando á la niña y sellando un beso en su frente, que es lo más bello de mi familia?

Ketti se sonrojó, y se separó suavemente del rey.

—¿Y dónde está milord Espada-larga? preguntó el rey. ¡Ola, Nortumberland!

Nortumberland apareció á la puerta.

—Haced que entre mi hermano de armas.

—Aquí estoy, señor, dijo adelantándose Espada-larga.

Nortumberland permaneció á la puerta.

—¿Qué edad tenéis, milord? preguntó Corazón-de-León á Espada-larga.

—Veinticinco años, señor.

—Hincad una rodilla en tierra, milord, y leed.

Espada-larga dobló una rodilla, y empezó á leer en voz alta la cédula de Enrique II, que le había entregado el rey; cuando llegó á su nombre, su voz, antes segura, tembló.

—Esto no puede ser, señor; exclamó Espada-larga, fijando en el rey una mirada profunda.

—Y sin embargo, milord, contestó el rey, yo, Ricardo Plantagenet, hijo legítimo de su alteza Enrique II de Inglaterra, rey por muerte de nuestro padre del mismo reino, os reconocemos á vos, Ricardo Plantagenet, marqués de Tiro, conde de Chifford, como hijo bastardo de nuestro padre, y de lady Rosmunda, condesa de Chifford, alzad.

Espada-larga se levantó aturdido. El rey le abrazó y le besó en la mejilla.

—Y porque sabemos, añadió el rey, que es vuestro deseo tomar por mujer á lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury, tenemos á bien concederos nuestra licencia, y señalar vuestras bodas en un plazo de tercero día.

Ester dió un grito de placer, pero se contuvo. Vió á Ketti trémula, pálida, apoyarse en la mesa, y vacilar. Espada-larga se contuvo también por la misma causa.

—Milord, continuó el rey, dirigiéndose á Espada-larga, haréis que se nos presente nuestro hermano Godofredo Plantagenet.

Espada-larga palideció, acercóse al rey y le dijo en voz baja:

—Godofredo es ejecutor de la torre.

Ricardo Corazón-de-León lanzó un voto horroroso, y golpeó el pavimento con el pie.

En aquel momento la puerta se abrió, y Godofredo se presentó en ella mostrando una cabeza cortada; había pasado la hora prefijada por el rey, y venía á cumplir su deber.

—Señor, dijo, sin pasar de la puerta, é hincado una rodilla en tierra; esta es la cabeza de Adam Wast, ejecutado por traidor.

Ketti dió un grito, y cayó desmayada; Ester sintió circular por sus venas el frió del horror, y Corazón-de-León fijó los ojos en Godofredo, como hubiera podido fijarlos en la esfinge.

—¡Id! ¡id! dijo el rey después de un momento de estupor á Espada-larga; decidle que es nuestro hermano, que deje ese traje y que se nos presente hoy.

Espada-larga salió.

—Y tú, Salisbury, hasta luego. Quiero dar sus dos horas á mi sueño.

Salisbury, Ester y Ketti salieron.

El rey se arrojó maldiciendo, y sin despojarse de la armadura, en el lecho. Cubrióse con la piel de tigre, y un momento después dormía.

EPÍLOGO. EL ASESINATO

TRES meses y veintiún días después de los últimos sucesos, es decir, el 6 de abril de aquel mismo año, un extenso y pintoresco campamento se levantaba frente al castillo de Chalus, en el Limosin. Pero como sin duda saben nuestros lectores que esta es una provincia situada en el centro de Francia, nos vemos precisados á decirles por qué abandonamos á Londres y le llevamos á un campamento; para ello nos bastan pocas palabras: aquel campamento pertenecía al ejército de Ricardo Corazón-de-León.

Y no se crea por esto, que se había levantado contra Felipe Augusto aquella inmensa línea de tiendas, entre las cuales se veían á la débil luz del amanecer los bruñidos petos y las altas picas de los despiertos centinelas, guardando otra tienda mayor, sobre la cual ondeaba un pendón rojo; ni que era el monarca francés quien aguardaba en un magnífico castillo, situado sobre una eminencia á un tiro de ballesta del campamento.

Cierto es que Felipe Augusto, según había previsto el obispo de Eli, demandó á Ricardo Corazón-de-León pleito homenaje por los estados de Guiena, Poitú, Normandía y Aquitania; pero Ricardo contestó poniéndose al frente de sus normandos, y yendo con la pujanza de la fiera cuyo nombre llevaba, á embestir en el ejército de Felipe que se hallaba en Saintonges, y avistándole en Niort, le obligó á declararle único y libre señor de las provincias, por las cuales le exigía pleito homenaje. Desde entonces Ricardo y Felipe eran en apariencias los amigos más afectuosos, aunque no por eso dejaban de detestarse recíprocamente.

Por lo que Ricardo llevaba sus armas sobre la faz de Francia, era un asunto puramente señorial. Había heredado de su madre la Aquitania, llevada por ésta en dote á Enrique II, y era por tanto señor natural de Limosin, y de su capital Limoges, cuyo conde era fama había encontrado la noche de Navidad de 1193, un tesoro cuyo valor ascendía á diez millones de florines. Ricardo exigió al de Limoges una parte exorbitante del tesoro; el de Limoges negó su existencia, pero añadió de la manera más insolente, que aunque fuera cierto, ni un florín suyo entraría en las arcas del rey de Inglaterra; y este juró al oir esto, de la manera más segura, que el cráneo del conde le había de servir para medida de los diez millones de florines. Pensar y hacer eran en Ricardo dos cosas iguales; aprestó sus normandos, embarcóse, y entró en Francia por la Mancha. Un día al amanecer, el conde de Limoges vió una elevada tienda coronada por un pendón real, y en torno de ella acampado todo un ejército; aquel día era el 6 de abril de 1194.

Algún tanto preocupado y temeroso el conde, ocupábase en consultar en consejo á sus capitanes el partido que debería tomar, cuando sobre las torres del castillo sonó el toque de una corneta, y el alcaide entró diciendo que dos soldados demandaban hablar particularmente con el conde. Este mandó que fueran introducidos al momento, y en efecto, dos hombres cubiertos con tabardos y las viseras caladas sobre los ojos se presentaron demandando se les señalase un puesto para batirse en defensa del señor de Limoges contra el rey de Inglaterra.

El uno de ellos llevaba una ballesta y tres venablos: adelantóse, y dijo mostrando sus armas:

-Juro por los Santos Evangelios dar muerte al rey después de vencerlo; este, dijo mostrando uno de sus venablos, hará caer uno de sus más cercanos servidores; este, y mostraba un segundo venablo, herirá su caballo y le hará rodar por tierra; este otro se clavará en su pecho y le matará.

El conde de Limoges hizo un ademán desconfiado é incrédulo; pero el hombre que tal había jurado, llegó á una ventana, tomó una flecha del talabarte de un arquero, y señalando á la tienda real dijo:

-¿Véis la enseña del león tremolando sobre su guarida? ¿Si hago rodar esa enseña creeréis que del mismo modo podré herir al rey?

El conde y sus capitanes se acercaron á la ventana, sorprendidos por tan atrevida prueba. Aquel hombre armó la flecha en su ballesta, apuntó y disparó; el arma hendió los aires silbando, é instantáneamente el pendón cuya asta había sido cortada, rodó hasta el suelo, cayendo delante de la tienda.

-Es una casualidad, dijeron simultáneamente algunas voces.

El que tanta destreza había mostrado, tomo otra flecha, y apuntó á uno de los centinelas del campamento enemigo; un instante después el normando cayó como si le hubiera herido un rayo.

Este doble incidente produjo un movimiento hostil en el ejército de Corazón-de-León. Las tiendas se plegaron desapareciendo en un momento, y sólo se vió en su lugar una extensa línea de yelmos y picas, sobre las cuales reflejaban los primeros rayos del sol; línea que avanzaba rápidamente con las picas al hombro, arrojando nubes de flechas sobre el castillo, al son de las trompetas y de los timbales, desfilando como una serpiente, y circunvalando los fosos. Bien pronto el castillo de Chalus estuvo sitiado, y la catapulta empezó á batir sus muros.

Las almenas estaban cubiertas de archeros que arrojaban sobre el ejército sitiador una granizada de venablos, hiriendo á la descubierta á los normandos, que caían con una frecuencia que hacía rugir de rabia á Corazón-de-León.

Cabalgaba éste en un soberbio corcel con gualdrapas de batalla, ennoblecidas con el blasón de los Plantagenet: llevaba la misma armadura dorada con que entró en Londres, y bajo ella ceñía una fuerte loriga. Junto á él, armado de todas piezas, cabalgaba Ricardo Espada-larga á su derecha, y á su izquierda el conde de Surrey llevaba el pendón real.

-¡Adelante, tigres míos, gritaba el rey blandiendo su hacha de armas, y recorriendo al galope su línea que seguía avanzando; ¡adelante la normandía! es necesario que ahorquemos á esos perros franceses.

Los normandos adoraban al rey, si bien no le llamaban más que su duque; pero su duque era invencible cuando se ponía á su cabeza, cuando les aguijaba como un cazador aguija su jauría.

El ardor de los normandos era terrible; entraban sin detenerse un punto al paso de carga, sufriendo los disparos del castillo, y dejando tras sí un rastro de sangre y de cadáveres.

No se oía más que un solo grito:

—¡Salud al duque de Normandía! ¡A Chalus! ¡A Chalus!

Y entraban cada vez con más ardor, estrechando el círculo, á la carrera, con los escudos al pecho y las picas al hombro.

De repente la corneta del rey tocó alto, y aquella valiente muchedumbre se detuvo á un mismo tiempo sin adelantar un solo paso.

Se había abierto la puerta del castillo, dando salida á una pequeña cabalgata, entre la cual ondeaba un pendón blanco, y que adelantó á la carrera llegando junto al rey, el cual se había adelantado algún tanto á los suyos, acompañado de Espada-larga y del conde de Surrey.

Los que venían del castillo, echaron pie á tierra, y doblaron la rodilla ante Corazón-de-León, á quien uno de ellos se dirigió.

—Señor, dijo mostrándole un ramo de oliva; mi señor natural, el noble conde de Chalus, me envía á hacer proposiciones de arreglo á vuestra alteza.

El rey lanzó una mirada iracunda al mensajero, y señalando los cadáveres de los normandos, gritó enfurecido:

—Es ya tarde: decid á vuestro noble señor, que Corazón-de-León no se allana á admitir proposiciones de un vasallo rebelde, y que si al momento no me abre Chalus sus puertas, no dejaré piedra enhiesta en sus muros, ni cabeza en los hombros de sus defensores.

—Cuando el conde, mi señor, contestó el enviado, negó á vuestra alteza la pertenencia del tesoro encontrado en sus Estados, no disputó más que un derecho; nunca pensó defenderlo con la fuerza, y sólo tomó las armas cuando entró vuestro ejército á sangre y fuego, talando sus tierras. Nada han respetado vuestros soldados, y un terrible azote á caído sobre el Limosin; el conde, mi señor, por la vida de sus vasallos, que también lo son vuestros, me ha enviado á vuestra alteza con un ramo de pacífica oliva; pero ha arrojado la vaina de la espada para defender á todo trance su blasón coronado de conde.

—¿Eso es decir, gritó furioso el rey, que vuestro amo me da á escoger la paz ó la guerra?

—¡Señor!

—¡Basta! Cuando un vasallo rebelde como vuestro conde se atreve á empuñar las armas contra su señor natural, en vez de admitir su guante, se envían cuatro archeros acompañados de un verdugo, para que quiebre su espada y rompa su blasón; se le hace subir á una horca, y se le cuelga en ella para aviso de los traidores. ¡Idos!

-¡Señor!

-¡Idos! ¡por San Jorge! gritó el rey lanzando sobre él su caballo, y levantando el hacha de armas.

Los mensajeros del de Limoges, tuvieron por conveniente cobrar sus bridones y escapar; el rey dió la señal de arremeter; los que huían, entraron en el castillo acompañados de un vendaval de flechas.

Casi al mismo tiempo, aparecieron sobre la solitaria plataforma del torreón más avanzado dos hombres; el uno de ellos, permaneció inmóvil, el otro armó una ballesta, y apuntó; el venablo se clavó rechinando en el escudo de Espada-larga.

-¡Ira de Dios! Surrey, exclamó el joven; que Dios no me salve si aquellos dos hombres no son los que continuamente nos persiguen.

En efecto, un mes después de la llegada del rey á Londres, dos hombres le habían acometido para asesinarle; pero frustrada la tentativa, lograron huir; lo mismo había acontecido respecto á Espada-larga y á Surrey, que donde quiera que estaban, tenían ocasión de ver á aquellos dos miserables asesinos, pagados sin duda, y á quienes el diablo debía proteger, puesto no había sido posible haberlos á las manos.

Una descarga de flechas fué á estrellarse sobre las almenas del torreón donde aquellos dos hombres estaban, pero sin herirlos; el que había disparado el primer venablo, armó otro, y el caballo del rey cayó rodando por la arena; el rey se levantó empolvado, frenético, rechinando los dientes y lanzando llamas de cólera por los ojos.

Las flechas pasaban espesas como el granizo junto á los dos temerarios del castillo, y siempre sin tocarlos. En fin, el que tan buen tirador era, armó el tercer venablo; Corazón-de-León dió un grito, y cayó entre sus caballeros: el venablo le había herido en el hombro izquierdo atravesando el escudo, la coraza y la loriga; en el asta del venablo estaba atado un pergamino; el rey le arrancó y le leyó.

—«Corazón-de-León, decía; yo soy el marido de tu hermana; yo el que mandaste poner en el tormento; yo soy el sentenciado por tí y salvado por Satanás para esterminarte; soy Adam Wast, y mueres á mis manos, porque el venablo está emponzoñado.»

Los caballeros lanzaron un grito de venganza; el rey quiso montar á caballo, pero no pudo, y fué necesario conducirle á su tienda.

El castillo fué asaltado, por los furiosos normandos que pasaron á cuchillo á sus defensores. En vano Ricardo Espada-Larga buscó al asesino de su hermano; no le halló ni entre los prisioneros ni entre los cadáveres.

Cuando volvió á la tienda real, Corazón-de-León había muerto.

El rey gigante en valor, el rey aventurero, el rey indomable, había perecido, como su padre, á manos de la traición.

Agiab había cumplido su juramento á Guillermo de Longchamps, Obispo de Eli y canciller de Inglaterra.

Corazón-de-León fué enterrado en la abadía de Jontevraud.


FIN


Publicado el 25 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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