Los Monfíes de las Alpujarras

Manuel Fernández y González


Novela


Índice

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE.
Capítulo I. El edicto del señor emperador.
Capítulo II. De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á veces, puede parecer la caridad amor.
Capítulo III. De cómo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las cuales no se hace cargo la historia.
Capítulo IV. Lo que eran los monfíes.—Yuzuf cuenta su historia á Yaye.
Capítulo V. Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar á Granada nuestros caminantes.
Capítulo VI. En que se presentan nuevos é interesantes personajes.
Capítulo VII. En que se relatan extraños é importantes sucesos.
Capítulo VIII. ¡El emir se ha perdido!
Capítulo IX. En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez don Diego y don Fernando de Válor.
Capítulo X. Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum.
Capítulo XI. Hasta donde habia llegado doña Elvira, arrastrada por su amor á Yaye.
Capítulo XII. De cómo Dios premió la constancia de Yaye.
Capítulo XIII. De cómo la caridad era una virtud peligrosísima para el poderoso emir de los monfíes Muley—Yaye—ebn—Al—Hhamar.
Capítulo XIV. En que se sabe por qué habia dejado su casa el capitan estropeado.
Capítulo XV. De cómo el capitan Sedeño hizo traicion á todo el mundo.
Capítulo XVI. La venganza de don Diego de Córdoba y de Válor.
Capítulo XVII. Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.
Capítulo XVIII. Continuacion del anterior.
Capítulo XIX. De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola enteramente deshabitada.
Capítulo XX. Estrella.
Capítulo XXI. Los xeques del Albaicin.
Capítulo XXII. Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada.
Capítulo XXIII. Los desfiladeros de Dar—al—Huet.
Capítulo XXIV. De cómo, á causa del levantamiento del Albaicin, cometió Yaye su primera infamia.
Capítulo XXV. Cómo encontró Yaye á su padre.
Capítulo XXVI. Procedimientos judiciales.
Capítulo XXVII. De cómo fué el casamiento de Yaye.
SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.
Capítulo PRIMERO. Tres notabilidades de la córte del rey don Felipe.
Capítulo II. ¡La hermosa duquesita se ha perdido!
Capítulo III. De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.

Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.

Era la duquesita.

Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besándola en la frente.

—¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!

Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza.

—Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...

—Te encontraron desmayada.

—Asi es, señor, dijo el marido.

—Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio! luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompañar á sus magestades.

Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.

—Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.

—Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.

El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:

—¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.

—Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.

Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.

La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.

Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.

Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.

—¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha adivinado... estoy segura de ello.

—Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo.

Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente cerrada.

Aquella carta contenia estas solas palabras:

«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios del mayordomo del príncipe Garci—Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.

—¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puños crispados.

Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.

—Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin pérdida de tiempo deseo verle.

Capítulo IV. La fuerza de la mujer.
Capítulo V. De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.
Capítulo VI. Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina.
Capítulo VII. La una por la otra.
Capítulo VIII. Zelos italianos.
Capítulo IX. De la no menos extraña aventura que sucedió al marquesito mientras rondaba á la hermosa duquesita.
Capítulo X. Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.
Capítulo XI. Lo que puede el amor de una mujer.
Capítulo XII. Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.
Capítulo XIII. De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia.
Capítulo XIV. De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo que habia creido.
Capítulo XV. De cómo se conjuraba todo contra el emir de los monfíes.
Capítulo XVI. Continuan las contrariedades del emir.
Capítulo XVII. Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.
Capítulo XVIII. Complicaciones.
Capítulo XIX. De cómo se vieron obligados á salir de la córte algunos de nuestros personajes.
Capítulo XX. De cómo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian.
Capítulo XXI. De lo que pasó en un calabozo de la Inquisicion de Madrid.
CAPITULO. XXII. Que sirve de epílogo á esta segunda parte.
TERCERA PARTE. LA REBELION.
Capítulo PRIMERO. El castillo y la atalaya.
Capítulo II. El peregrino y el ermitaño.
Capítulo III. La recua, el carro y el ginete.
Capítulo IV. El corral del Carbon.
Capítulo V. De lo que vió y oyó Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la hospedería del Carbon.
Capítulo VI. En que continúa un asunto suspendido en el anterior.
Capítulo VII. De como hasta el fin del capítulo no pudo sacar nada en claro Aben—Aboo acerca de sus inquilinos.
Capítulo VIII. El panderete de las brujas.
Capítulo IX. De cómo por el amor se olvida la amistad.
Capítulo X. En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben—Aboo.
Capítulo XI. Alianza de sangre y lodo.
Capítulo XII. De cómo fue la proclamacion de Aben—Humeya.
Capítulo XIII. Cómo estaba gobernada la villa de Cádiar.
Capítulo XIV. El licenciado Juan de Ribera.
Capítulo XV. Lo que iba á hacer á Cádiar Aben—Jahuar—el—Zaquer.
Capítulo XVI. De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.
Capítulo XVII. El capitan Diego de Herrera.
Capítulo XVIII. El palacio encantado.
Capítulo XIX. El exámen de doctrina cristiana.
Capítulo XX. De cómo fue el casamiento del marqués de la Guardia.
Capítulo XXI. Continuacion del anterior.
Capítulo XXII. Lo que hicieron contra el emir Aben—Aboo y Aben—Jahuar.
Capítulo XXIII. Cómo trataba Yaye á sus parientes.
Capítulo XXIV. De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que se creian muy separadas.
Capítulo XXV. De qué modo satisfizo Mari—Blanca la honra de su padre.
Capítulo XXVI. De cómo fue para la villa de Cádiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche—Buena de 1568.
Capítulo XXVII. Continúa el asunto interrumpido en el anterior.
Capítulo XXVIII. Continúan las escenas de sangre.
Capítulo XXIX. De lo que aconteció aquella misma noche en Granada.
Capítulo XXX. Complemento del anterior.
Capítulo XXXI. De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga.
Capítulo XXXII. En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes.
Capítulo XXXIII. En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.
Capítulo XXXIV. De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado.
Capítulo XXXV. El reverso de la medalla.
Capítulo XXXVI. En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido.
Capítulo XXXVII. En que se cuentan sucesos horribles.
Capítulo XXXVIII. En que empieza á desenlazarse nuestra historia, con la salida pera la eternidad de dos de sus principales personajes.
Capítulo XXXIX. De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués.
CONCLUSION. LA VENGANZA DE LOS MONFIES.
Capítulo XL. En qué estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores.
Capítulo XLI. De lo que aconteció á los moriscos de Granada la víspera de San Juan de 1559.
Capítulo XLII. De cómo empezaba Harum á vengar al emir.
Capítulo XLIII. De cómo la princesa Angiolina Visconti volvia á ser un instrumento manejado por Harum.
Capítulo XLIV. De cómo los capitanes turcos sirvieron á Aben—Aboo ó creyeron servirse á sí mismos.
Capítulo XLV. En que volvemos á encontrar al perdido marqués de la Guardia, y se sabe cómo escapó del subterráneo de la princesa encantada, y la escena que tuvo con su antigua amante.
Capítulo XLVI. De cómo fue la muerte de Aben—Humeya.
Capítulo XLVII. Reseña de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su terminacion.
Capítulo XLVIII. En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qué muerte murió Aben—Aboo.
Capítulo XLIX. En que se cuenta lo que pasó en las cuevas del castillo de Vérchul.
EPILOGO.

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE.

Capítulo I. El edicto del señor emperador.

El dia 30 de mayo del año de 1546, una inmensa multitud de gentes de todos clases y condiciones, llenaba en Granada la estrecha plazuela comprendida entre la Capilla Real, sepulcro de los Reyes Católicos, la Casa de la Ciudad y las desembocaduras de algunas callejas, que desde aquel punto conducen al Zacatin, á la plaza de Bib—al—Rambla, y á la parte alta de la ciudad.

Entre aquella multitud abundaban los pintorescos trages de los moriscos, á los que se mezclaban los justillos y las calzas castellanas, y los coletos de ámbar y los castoreños con plumas de los soldados de los tercios viejos del rey.

Notábase cierta cuidadosa ansiedad en los rostros de los moriscos y una insolencia punzante en los de los castellanos que se mezclaban con ellos; segun todos los indicios y á juzgar por ciertas particularidades de que vamos á ocuparnos, debia prepararse algun acontecimiento importante.

Las particularidades que acabamos de indicar, eran las siguientes:

El gran balcon de la Casa de la Ciudad, estaba cubierto por una rica colgadura de terciopelo carmesí con franja y rapacejos de oro, y en su centro se veía bordado en realce el blason de las armas reales de España y Austria, sostenido por un águila de dos cabezas coronada y tendidas las alas; en el centro del balcon y tendido sobre la balaustrada, se veia un pendon rojo de dos puntas, blasonado con las armas de los Reyes Católicos, pendon real que se habia tremolado en la torre de la Vela de la Alcazaba de la real fortaleza de la Alhambra, el dia de la entrega de Granada, que los Reyes Católicos habian dejado como una inapreciable prenda á la ciudad, y cuya sola vista hacia palidecer los semblantes y arrasarse de lágrimas los ojos de los moriscos, á consecuencia de los tristísimos recuerdos que avivaba la vista de aquel pendon en su memoria.

Ultimamente, una compañía de alabarderos, con su capitan Rodrigo de Monforte á la cabeza, formaba en cuatro filas delante de la puerta de la Casa de la Ciudad, y á través de los soldados se veian en el extenso patio, cuyas galerías estaban entonces sostenidas por arcos y columnas árabes, los abigarrados colores de las dalmáticas de los reyes de armas de la Ciudad, los sombreretes de canal con pluma y los negros ferreruelos de los alguaciles, los escuderos del señor corregidor y de los señores veinticuatros ó regidores perpetuos, teniendo los caballos de sus señores del diestro, y por último, los timbaleros y trompeteros de la Ciudad á caballo.

Allá en un rincon podia verse tambien una persona de apariencia abyecta, vestida de negro, con la cabeza descubierta y aislada enteramente; una especie de mancha humana, con la que todos esquivaban ponerse en contacto; el último escalon descendente de la gradacion social puesto en contacto con el verdugo.

Aquel hombre era el tio Gonzalvillo, pregonero jurado de la Ciudad.

Se trataba, pues, de un pregon.

Pero pregon que con tal solemnidad se preparaba, debia ser muy importante, y fué aquí la causa de la ansiedad de los moriscos, que todo lo temian de la mala fe que desde el momento despues de la entrega de la ciudad de Granada, habia usado con ellos la corona de Castilla, durante los reinados de los Reyes Católicos, de la reina doña Juana, su hija, y del emperador don Carlos, su nieto.

A cada momento llegaban caballeros, vestidos con arneses de córte, ginetes en caballos encubertados de gala y rodeados de pajes y escuderos.

A las once del dia oyóse por la calleja que conducia á la parte alta de la ciudad son de timbales, y poco despues desembocaron los músicos de la Real Chancillería, y sus reyes de armas á caballo; luego el señor presidente, en una mula, con sus hábitos de arcipreste; despues, en otras tantas mulas, los señores oidores, los señores alcaldes de Casa y Córte, y por último, una nube de negros ministros de justicia, ginetes en rocines.

Aquella cabalgata atravesó por medio del apiñado gentío, llegó á la puerta de la Casa de la Ciudad, apeáronse los señores de la Chancillería, y entraron por medio de la compañía de alabarderos, que se abrió, quedando fuera la comitiva, y se entraron en la sala capitular, cuya puerta estaba situada al fondo del patio: la multitud, comprimida por aquel cuerpo extraño que se le habia incrustado, y apretada mas y mas por los nuevos curiosos que llegaban, no cabia ya en la plazuela y empezaba á rebosar por las tres callejas que á ella conducian; á las once y media la multitud tuvo que estrecharse mas; por la parte del Zacatin se habia escuchado de repente, bélico son de clarines y atambores que batian marcha; una compañía de arcabuceros habia entrado haciendo plaza, y en pos de ella, precedido por ginetes, el alferez mayor del reino y córte de Granada, llevando el estandarte real; luego el escudero del capitan general don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondejar, llevando su adarga; despues los lacayos, palafreneros y demás servidumbre del marqués, vestidos de gala; por último, entre una nube de caballeros, capitanes y alféreces, el mismo capitan general sobre un caballo ricamente encubertado, con una banda roja bordada de oro sobre su arnés de córte, el baston de mando en la diestra, llevando en la cabeza en vez del yelmo, como en señal de paz y confianza, un bonete de grana; seguíanle, empero, como muestra de que iba preparado á todo, cuatro escuderos, el uno de los cuales llevaba desnuda su ancha espada de combate, otro su yelmo de encage, otro su lanza de Milan, y otro su viejo escudo de guerra, que, aunque limpio y bruñido, se mostraba honrosamente abollado y remendado, señal clara de que habia defendido á su dueño en mas de una recia batalla; iban en pos los restantes servidores del marqués, y por último una compañía de piqueros.

Es de advertir que el ayuntamiento habia dejado la posesion entera de la plazuela al pueblo, pero que, la Chancillería le habia robado un buen espacio; que el capitan general habia acabado de comprimirle, y que solo faltaba el Santo Oficio de la General Inquisicion para desalojarle enteramente de ella.

El Santo Oficio no tardó en llegar con sus timbales, sus alguaciles, su pendon verde con la cruz dominica, sus inquisidores sombríos y hoscos, montados en mulas, sus familiares, y, por último sus soldados de la fe.

El pueblo se vió obligado á extenderse fuera totalmente de la plazuela, rellenando las tres calles inmediatas: asi, pues, el ayuntamiento, la Chancillería, el capitan general y la Inquisicion, con sus ginetes y pendones, estaban sitiados, como acuñados por un pueblo inmenso.

Pero aquel pueblo estaba vencido y desarmado, y á pesar de que comprendia que todo aquel aparato era para imponerle nuevas condiciones, para romper mas y mas las honrosas capitulaciones de la conquista de Granada, cada uno de aquellos moriscos callaba, y temblaba de ansiedad y aun de miedo.

Dieron gravemente las doce en el cercano relój de la Capilla Real: aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando se escuchó alto alarido de clarines y atronante redoblar de timbales y atambores; poco despues la multitud que henchia la calleja que comunicaba con el Zacatin, fue empujada y se puso lentamente en marcha; sucesivamente fueron saliendo de la plazuela los maceros y timbaleros del ayuntamiento; el pendon de la Ciudad, los regidores, el corregidor y los alguaciles; luego la Chancillería, despues el capitan general, por último, la Inquisicion y trás ella las tres compañías de alabarderos, arcabuceros y piqueros; la multitud que llenaba las otras dos calles se mezcló en la plazuela como dos rios que confluyen en un punto y siguió lento y tristemente aquella procesion, cuyos timbales y trompetas atronaban el espacio.

Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado: las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad, que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la calle precediendo y siguiendo á las cuatro corporaciones que tan solemnemente atravesaban la ciudad.

Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo número se aumentaba incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la calle de Elvira y por los que descendían por las avenidas del Zenete, de la Antequeruela y de la Carrera de Darro.

En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos años después se construyó el palacio de la Chancillería, estaba levantado un extenso tablado; cuando llegaron á él, subieron por la gradería los tres alféreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillería; subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos de seda) y el pregonero.

Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente, que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra cosa que fantasmas, se oyó la extensa y sonora voz que habia valido al tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad:

«¡Oid! ¡oid! ¡oid!»

Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continuó:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon...

Suprimimos en gracia á la paciencia de nuestros lectores, los largos dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto, que tras dichos dictados, pregonó Gonzalvillo: pero vamos á decir cuáles eran los capítulos del edicto, á la enunciacion de cada uno de los cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos.

El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que á pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse creido oportuno exasperar á los moriscos, era en sustancia lo siguiente:

El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia expuesto su consejo, decia á sus buenos vasallos, los moriscos del reino de Granada que: «Habiéndose reunido los años pasados doctos y justos varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones visto y examinado los capítulos y condiciones de las paces que se concedieron á los moros cuando se rindieron, el asiento que tomó de nuevo con ellos el arzobispo de Toledo, cuando se convirtieron, y las cédulas y provisores de los Reyes Católicos, juntamente con las relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de su secta y no serian buenos cristianos, y en quitárselos no se les hacia agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se les mandaba dejar su lengua para siempre jamás, y no hablar sino en castellano; que no fuesen válidas las escrituras ni tratos que se hiciesen en lengua arábiga, que dejasen de usar su antiguo trage y usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baños; que tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de viernes y sábado; que no usasen las leilas y zambras á la morisca; que no se tiñesen las mujeres las uñas de las manos y de los piés; que no usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo á los preceptos de la Iglesia Católica; que el dia de la boda tuviesen la casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo niños expósitos; que no usasen de sobrenombre, y últimamente, que no tuviesen consigo berberiscos libres ni cautivos.»

Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de Granada, ya en años anteriores harto bastardeadas: los moriscos se encontraban reducidos á la condicion de un pueblo que se hubiese rendido á discrecion.

La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Católicos, ya lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores.

Pero ni un murmullo de disgusto se levantó entre aquellos pobres vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en la Ajarquía y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido vencidas, y durísimamente castigadas á sangre: estaban enteramente dominados, desarmados, y sin embargo, la cólera rugía en cada uno de sus corazones, y el ánsia de morir matando á sus aborrecidos opresores, les dominaba.

Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge á un pueblo cuando siente sobre sí el golpe audaz del látigo del despotismo, fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una señal de disgusto se dejó notar entre las turbas.

Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la misma solemne forma, se dirigió al Albaicin y empezó á trepar por sus pendientes y estrechas calles, hasta llegar á la Plaza Larga, donde habia otro tablado.

Allí, tambien, en medio de un gentío inmenso, se pregonó el edicto, y concluido que fue el pregon, la cabalgata se encaminó á la parte baja de la ciudad.

Ni un solo castellano quedó en el Albaicin: todos eran moriscos.

Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se habia dispersado, retirándose cada uno de los moriscos, triste, cabizbajo y pensativo á su casa. Pero no aconteció lo mismo en la Plaza Larga: en vez de dispersarse el gentío, se estrechaba mas: empezaba á escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola señal sediciosa.

De repente, un jóven como de veinte y cuatro años, de continente gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enérgico y hermoso, y, aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin duda, á juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los capítulos del edicto, se volvió bruscamente hácia dentro, y abandonando á un anciano que le acompañaba, y que, por el contrario que el jóven, habia escuchado el pregon con semblante impasible, empujó rudamente la puerta de la celosía de la tienda, la atravesó fuera de sí, y salvando á saltos unas escaleras, atravesó una habitacion, abrió una ventana que daba á la plaza, y avanzando por ella el cuerpo gritó:

—¡A las armas contra los cristianos! ¡á barrear las calles que bajan á la ciudad! ¡á morir ó á exterminar á nuestros enemigos!

La voz del jóven excitado por la cólera, era tonante, extensa, poderosa, como la voz de la tempestad.

Su grito de guerra retumbó claro y distinto por cima de los murmullos de la multitud, en los ángulos mas distantes de la plaza.

Aumentóse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movió, ni una sola voz contestó á la voz del jóven tribuno.

—¡Cobardes! gritó el jóven, irritado por el poco efecto que habian hecho sus palabras en los moriscos, ¡os sentencia á la pobreza, á la esclavitud y á la deshonra, y lo sufrís como sufre el perro el látigo de su señor!

—¡Cobardes no! gritó otra voz no menos tonante que la del jóven, desde el centro de la multitud: ¡cobardes no! ¡desarmados!

Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion, de rabia, todo junto á la vez.

—¡Que no tenemos armas! exclamó con una feroz energía el jóven de la ventana, clavando su mirada de águila en el que le habia contestado y reconociéndole. ¿Y eres tú, Farax—aben—Farax el valiente, el descendiente de cien reyes, el que exclamas como una débil mujer: ¡no tenemos armas!—¿acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no ves las piedras que tienes delante de los piés? ¿y cuando aun estas mismas piedras nos faltáran, no es preferible morir antes que ver á nuestros pequeñuelos separados de sus madres, á nuestras doncellas afrentadas por el cristiano, á nuestros viejos cubiertos de vergüenza de haber llegado á tan ruines tiempos?

—¡A las armas! ¡á barrear las calles! exclamó la multitud, excitada por el entusiasta y enérgico apóstrofe del jóven: ¡á morir ó matar!

Y los moriscos empezaron á revolverse y sin saberse de dónde habian salido, empezaron á verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud.

Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas para hacer salva, como en señal de levantamiento.

Entonces apareció en la misma ventana en dónde el jóven con la voz y los ademanes seguia excitando al pueblo, apareció, decimos, un viejo venerable, de larga barba blanca, vestido á la castellana; el mismo que hemos dicho acompañaba al jóven durante el pregon en la puerta de la botica.

Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y con sus trémulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata.

La toca del bonete ondeaba, y á todas luces se comprendia que el anciano deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus señas se vieron, comprendióse su deseo y mucho respeto, mucho amor debia inspirar aquel venerable viejo á los moriscos, porque los gritos cesaron y los que estaban á punto de salir de la plaza se detuvieron.

—¿Me conoceis aun, hijos mios? exclamó el anciano con voz trémula y conmovida: ¿me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas?

—¡Si! ¡si! ¡si!

—Tú eres el justo, el bueno, el santo faquí! de la gran mezquita, exclamó el llamado Farax—aben—Farax: tú eres nuestro amado Abd—el—Gewar; habla anciano: tus hijos te escuchan.

—¿Que vais á hacer? exclamó el faquí: ¿no veis la ciudad llena de soldados? ¿no habeis visto la espantable artillería que para causaros terror ha llevado delante de vosotros á la Alhambra el capitan general? ¿no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la Chancillería, la milicia y la Inquisicion? ¿para qué se han dejado ver tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros á entender que estan resueltas á cumplir aunque para ello necesiten exterminaros, el cruel edicto del emperador?

El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la plaza tenian fijos en él sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que al principio, continuaba: el jóven morisco que poco antes habia incitado al pueblo á la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano, de pié con los brazos cruzados y el semblante sombrío.

—¡Acordaos! continuó el anciano faquí: ¡acordaos los que ya teneis canas, cuando en el año 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, osó entrar en la casa de un elche y sacar á su hija doncella para llevarla á bautizar á la fuerza! ¡acordaos de que, á los gritos de aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron á la plaza de Bib—al—bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se levantó, la adarga que don Iñigo Lopez de Mendoza nos enviaba en señal de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido á convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las calles que suben de la ciudad, como desesperados ¿y qué sucedió? solos, sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos vencidos, nos vimos obligados á besar de nuevo los piés del vencedor y á pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron castigadas: vimos los pequeñuelos arrancados del pecho de sus madres; el padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los demás aterrados, gimiendo nuestro dolor y nuestra vergüenza bajo el altivo perdon de los castellanos. ¿Y quereis que hoy volvamos á probar tales afrentas? ¿quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros pequeñuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?

—Es que ese edicto no los arrebata, santo faquí, exclamó Farax—aben—Farax.

—Ese edicto no se cumplirá, dijo Abd—el—Gewar; no se cumplirá, porque aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey: mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros, iré á hacerme matar por los castellanos.

Un murmullo de amor interrumpió al faquí.

—Ahora, hijos mios, á vuestras casas: mostraos en ellas como si nada hubiera acontecido: esta noche á la oracion de Alajá los xeques del Albaicin, casa del Habaquí, en San Cristóval.

El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quitó de la ventana.

—¡Oro! ¡siempre oro! dijo el jóven que le acompañaba, siguiéndole. ¿Para cuando guardamos el hierro?

Capítulo II. De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á veces, puede parecer la caridad amor.

Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus habitaciones.

La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella, porque lo bello estaba y está en el carácter de su arquitectura: la vivienda de un moro rico era ya un verdadero alcázar en cuya construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados, en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y transparentes penetra en las cámaras; en las labores doradas sobre fondos esmaltados, en los brillantes mosáicos, en las fuentes que murmuran sobre pavimentos de mármol, habia tambien en todo aquello mucho de místico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las creencias musulmanas.

Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cámaras, ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo las cúpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os trasladaran á otros tiempos y á otras gentes; os harán aspirar en cada retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os explicaran cómo aquel pueblo pudo llenar una página tan brillante en el interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la humanidad: son á un tiempo poesías eróticas y salmos sagrados; cantos de guerra y sueños de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la materia y el espíritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.

En uno de esos admirables retretes árabes, cuyo recuerdo nos ha inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, á la luz de una lámpara que ardia sobre una pequeña y preciosa mesa de mosáico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y característica hermosura á la bellísima estancia en que se encontraba, estaba el mismo jóven que aquella mañana habia excitado á los moriscos del Albaicin á la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el edicto del emperador.

Observando detenidamente á aquel jóven, se notaba en él un no sé qué misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa valentía generosa de los héroes: mucho de firme, de indomable, de audaz en su carácter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un grupo de rojas nubes grandes destinos, una altísima mision que cumplir, una grande empresa que llevar á cabo.

Aquel jóven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la enérgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jóven era uno de esos seres que se hacen notables á primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran á las mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas: que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jamás comprenderá el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

Este jóven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jóven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los árabes y los moros, las flores, las hojas de los árboles, las yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario con cuyo auxilio solo se comprende su dulcísimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, cáustico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse á otras pasiones que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes á las mujeres, y la mujer toda es amor, ó zelos ó venganza: de cualquier manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

¿Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de madreselva?

Significa: lazo de amor.

¡Lazo de amor! ¡frase terrible bajo su dulzura! ¡frase á la que van unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jóven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosía vecina aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio de hermosura y de pureza.

La magnífica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer á una familia, no solo riquísima, sino poderosa entre los moriscos.

El jóven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado á la celosía y habia sonreido lánguida y tristemente.

Hasta que llegó á la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano permaneció asomada por bajo de la celosía, como demostrando la presencia de su dueño, y la rica ajorca lanzando fúlgidos destellos, herida por los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jóven llegó á la puerta de su casa y le abrieron, saludó con un ademan lleno de gracia y de benevolencia á su hermosa vecina, cuya mano le saludó á su vez. Luego cuando el jóven hubo entrado y cerrado su puerta, la mano se retiró lentamente, como con dolor, y luego se escuchó el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuchó un gemido de las brisas de la tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

El ramo de madreselva habia venido á causar al jóven una impresion que se unió inmediatamente á la profunda impresion que le habia causado el edicto del emperador.

«¿Quién piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza, toda nuestra sangre?»

Este fue el primer pensamiento que inspiró al jóven el ramo de madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lógicamente otros.

«Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad: el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeño al hombre porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.»

«Yo no quiero ser esclavo.»

«Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.»

El jóven se equivocaba, se engañaba: mejor dicho, pugnaba por engañarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y que á pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de desdeñarla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones humanas que impedian á nuestro jóven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado á meditar si habia alguna razon que la separase del jóven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos jóvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Córdoba y de Válor, y no tenia sobrenombre árabe porque en la época de su nacimiento, hacia ya muchos años que su familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilísimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni—Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinastía Omniada, de los califas de Córdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre Al—Zaquir, ó el Zaquer (el pequeño, el segundon).

Juan de Andrade ó Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos de Granada: convertido á la fuerza: por temor á las prescripciones del vencedor y á la implacable dureza con que eran tratados por los cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la práctica exterior y en el fondo su alma musulmana y musulman fanático.

Isabel de Córdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado, con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y poética piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jóvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como otros muchos moriscos á los Válor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jóven sobre su pura y noble frente este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravísimas circunstancias que separaban á Yaye de Isabel.

Yaye no conocia á sus padres, pero el anciano Abd—el—Gewar, que le habia educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro años no conocería á su padre, y aun cuando el jóven le rogó y le suplicó, se mantuvo inflexible.

Preguntóle Yaye que por qué razon se le criaba como cristiano entre los cristianos, y Abd—el—Gewar guardó tambien acerca de este punto un profundo silencio, pero procuró hacer del jóven príncipe, y lo hizo, un hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en materias de moral y rígido en las costumbres; pero sobre estas buenas cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su alto orígen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado á representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos dicho, musulman y musulman ascético en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su forma externa: era rígido como una coraza de Damasco. No tenia mas creencias, no conocia otros objetos á quienes rendir adoracion que al Altísimo, con arreglo á las prescripciones del Koran, y á la patria, á la manera que siente por la patria todo el que está dispuesto á perecer por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de la pobre Isabel.

Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que á veces amamos sin saberlo; á un ser á quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y al fin se hace sentir, lastimándonos como una polilla, como una carcoma roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno, semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera, musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd—el—Gewar, le habia llevado á las aulas de Salamanca, donde ¡cosa extraña! habia aprendido humanidades, teología y cánones: al mismo tiempo, y esta era tambien otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en todos los puntos dogmáticos del Koran, atacando de paso á la teología cristiana en todos los puntos en que está en discordancia con la alcoránica, como quien durante tantos años habia sido gran faqui y sabio expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues, á los diez y ocho años, y considerado desde los puntos de vista de la ciencia y de la destreza ó del valor, podia haber sido indistintamente canónigo, ó faqui, ó capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd—el—Gewar para educarle de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extraño en esto es, que á pesar de lo opuesto de estas enseñanzas, la inteligencia del jóven no se embrolló, ni su trato con los cristianos, ni sus estudios canónicos, destruyeron una sola de sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd—el—Gewar era, respecto á él, infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que cada vacacion, despues del año escolar, cuando la mayoría de los sopistas se extendia por toda España en busca de recursos para subsistir durante otro año de estudios, de una manera algo mas cómoda que la dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por Abd—el—Gewar á las Alpujarras ó á Granada, donde le hacia aspirar un odio irreconciliable contra los cristianos, á la vista de la dureza, de los excesos y aun de las infamias, de que eran víctimas los moriscos: Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la presion de la tiranía, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos, iba acrecentando su odio hácia los cristianos y preparándole á ser algun dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jóven con el pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd—el—Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella alguna paciencia.

Desde que salió de la Plaza Larga con el jóven, habia estado vagando con él por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado á cercanos acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia anunciado que iba por fin á conocer á su padre y á su reino; le habia hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro—español, cuando llegase el probablemente próximo caso de que España, fatigada por el mismo peso de su grandeza, empezase á fraccionarse; habíale, en fin, hecho oir estas sentenciosas y magníficas palabras:

—Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso no vive para sí mismo sino para los demás: ten en cuenta que dentro de poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy desgraciado: que tú no serás un hombre, sino una esperanza; que en fin, ese pueblo tendrá fijos en ti los ojos para execrarte ó para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicín: el sol descendia: Abd—el—Gewar se dirigió á la cita que tenia en casa del Habaquí con los xeques del Albaicín y Yaye se encaminó, pensativo y engrandecido por las palabras de su anciano mentor, á su casa, situada en la calle del Zenete.

Casi junto á su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don Fernando de Córdoba, y de Válor, su vecino, cayó á sus piés el ramito de madreselva; cuando despues de recogerlo alzó los ojos, vió la hermosa mano de Isabel.

Entonces sintió una impresion dolorosa, como la de quien, marchando confiado por un camino en que no espera encontrar obstáculos, se lastima el pié al tropezar con un objeto durísimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella cristiana.

¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y lánguidamente á la doncella.

¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia sentir hácia ella un impulso de caridad.

Entre otras prevenciones, habia hecho Abd—el—Gewar al jóven la de que aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir con él á las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan, su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al extremo de él habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Válor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre niña sonrió como deben sonreir los ángeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente á un encantador saludo, obligó al jóven á detenerse y á hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas á la fuerza somos poco espontáneos, necesitó buscar un medio cualquiera para dirigirla la palabra.

—Estais pálida, Isabel, la dijo: ¿estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron sonreir de nuevo á la jóven de una manera mucho mas expresiva.

¿Sabeis lo que es á veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza á los ojos, y es mas elocuente que ellos: á veces toda el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se exhala por los labios convertida en una sonrisa.

—Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jóven.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su hermosa boca antes tan dulce, se contrajo en una expresion de dolor.

—¡Desgraciada! exclamó Yaye, no sabiendo qué contestar.

—Sí, sí, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

—¿Que lo esperais todo de mí?

—Sí, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivísimo rubor cubrió el rostro de la jóven que al fin continuó, haciendo un esfuerzo:

—Esta noche os espero.

—¡Que me esperais!

—Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir á que yo cante en la habitacion inmediata á la vuestra: adios.

Y la jóven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una sonrisa triste y casi fatal á Yaye, arrojó una llave al jardin, y huyó, desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de la galería.

—El amor es la pasion impura de Satanás, dijo Yaye recogiendo la llave: los hombres que confian su honor á un ser tan débil como la mujer, son unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba á la pobre Isabel.

A pesar de su grave é impertinente observacion, y la llamamos impertinente, porque otro hombre menos dado á la contemplacion, no hubiera pensado tan de ligero respecto á Isabel, recogió la llave y se encaminó á su aposento, donde se arrojó sobre un divan.

Sin saber cómo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de madreselva habia venido á parar á su mano.

Sin saber cómo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre, y al tocar por acaso el ramo á sus labios, su corazon se habia extremecido.

Sin saber cómo, la imágen de Isabel flotaba delante de todos sus pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para él aquello era caridad.

¿Pero sabemos acaso á dónde puede llevar á un hombre la caridad hácia una mujer? ¿Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto á su corazon, se engañaba como sucede en general á todos los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde ó temprano, acaba por triunfar el corazon, por obedecer la cabeza.

Yaye habia conocido á Isabel dos años antes, durante unas vacaciones, por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho años; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba á la galería de sus habitaciones, veia en las suyas á su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnífico tipo de la raza árabe: blanca, pálida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo cuando no se sabe si será satisfecho.

Yaye la vió, y experimentó aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jóvenes siguieron viéndose: á las pocas vistas se saludaron; á los pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como obedeciendo á una costumbre, los jóvenes se veian en las galerías, teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando la distancia; al fin, solo les separó el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas intensas: al cabo el jóven conoció que era amado; al conocerlo se dijo:

—Yo no puedo amar á esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus amores.

Y cortó bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pasó un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofía con su maestro Abd—el—Gewar, no habia salido durante aquel mes á la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galería al amanecer; por las tardes, en la celosía que correspondia á la calle, y desde donde se veía la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcísima voz de Isabel que en la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristísimos romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia, Harum—el—Geniz, noble morisco, que servia á Yaye de escudero, le dijo:

—Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunció el gesto.

—Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño Lignum Crucis.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

—¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

—Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

—Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.

Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se puso en la galería.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.

Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.

—¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como siempre... gracias á Dios.

—Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.

—Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

—He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero, dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á sus ojos.

—¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, tuvo lástima de ella y repuso:

—¡Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservaré esta prenda... por vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia fingido.

Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.

Isabel, que se habia puesto flaca y pálida en un mes, volvió á la magnífica turgencia de sus formas, á su admirable hermosura, en una semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua hermosura: esta habia crecido.

Vióla un dia el anciano faqui y exclamó suspirando:

—Para ser un arcángel del sétimo cielo, no la falta á la pobre Isabel otra cosa que no ser cristiana.

El amor para las mujeres, es como el rocío y el sol de la primavera para las flores.

Durante las vacaciones de aquel año, Isabel y Yaye fueron felices. Ella porque se contemplaba amada; él porque creia hacer una obra meritoria de caridad.

El amor de Yaye hácia Isabel no era amor sino misericordia.

Fuése Yaye á Salamanca á estudiar su último año.

Cuando se separó de Isabel, experimentó un dolor agudo, un vacío en el corazon.

A pesar de su repugnancia á todo lo que representaba las creencias cristianas, Yaye se llevó consigo el relicario.

A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.

Hubo un momento en que se preguntó con terror si verdaderamente amaba á aquella mujer.

Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada á Salamanca; cuando iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de Yaye para Isabel.

Yaye, sin embargo, habia logrado engañarse completamente; se habia convencido de que no amaba á Isabel, pero seguia escribiéndola amores, y deseando volver á verla, por caridad, por pura caridad.

En tal estado se hallaban los corazones de los jóvenes, cuando Yaye volvió de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto algunos dias los dos amantes.

Isabel habia empezado á ser mas esplícita: las palabras esposo y esposa empezaban á salir de sus labios. Yaye comprendió que habia llegado el momento de que su caridad fuese puesta á prueba, y empezó á excusar en cierto modo sus entrevistas con Isabel.

En tal situación y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que iba al fin á conocer á su padre, habian abierto para él una nueva vida, habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de Isabel.

Yaye estaba con razón tan profundamente pensativo y abstraido como le hemos presentado al principio de este capitulo.

Pasaban lentamente las horas.

El reló de Santa María de la Alhambra marcó á lo lejos las once de la noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la Vela.

Poco despues hizo extremecer á Yaye el preludio de una guitarra.

Armonías fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del instrumento, como suspiros de amor: flexibles ráfagas, que parecian destinadas á llevar á los oídos del amado el alma de una mujer.

Yaye sintió vacilar su alma acariciada por aquella armonía que parecia poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo por el fanatismo, por la educacion.

Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada entonó las coplas siguientes:

La esperanza es la vida
de quien bien ama,
y su muerte, la muerte
de su esperanza.
¡Ay! ¡Dios no quiera
que mi amante esperanza
se desvanezca!

Estremecióse de piés á cabeza Yaye al escuchar la copla; después un vértigo envolvió su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion á Isabel: entonces comprendió que la amaba; al comprenderlo creyóse entregado á Satanás, porque solo Satanás, segun él, pensaba en su fanatismo, podia inspirarle amor hácia una enemiga de su ley, hácia la hija, la hermana, la descendiente de los renegados.

—No iré á la cita, se dijo.

Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia: instantáneamente pensó que era una cobardía huir del peligro: que era mas noble arrostrarle, luchar con él y vencerle.

—Iré, sí, iré: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que yo no puedo unir mi suerte á la suya, que no debo amarla; pero la desengañaré: acabaremos de una vez ¡Oh! si por ventura al verse engañada en sus esperanzas, en su amor... ¡oh! ¡si muriese!... pues bien, que se convierta al Dios Altísimo y Unico... si no... que olvide ó muera... yo no puedo hacer traicion por una mujer á mi patria y á mi ley.

Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage morisco.

Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que era estudiante.

Isabel le creia un hidalgo castellano.

Y luego á una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada: el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia lo que necesitaba saber.

Que el señor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.

Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se engañaba: sabia cuánto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque la mujer no se engaña jamás acerca de los sentimientos que inspira.

Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engañaba. No sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la ambicion.

Le esperaba á la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel trage le hubiera desconocido á no bañar de lleno la luz de la luna su semblante.

Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado rápidamente al sentir sus pasos, retrocedió y se detuvo estremecida por un presentimiento frío, punzante, como la hoja de un puñal.

Los jóvenes hablaron muy poco.

—¿Qué ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trémula: ¿á qué ese disfraz?

—Estas ropas, señora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos quieren arrancar por los cristianos, las que llevaré desde ahora como buen musulman.

—¡Ah! exclamó Isabel consternada, llevándose las manos sobre el corazon.

Y luego adelantando un paso, y mirando frente á frente con una fijeza sombría á Yaye exclamó:

—¡Vos no me amais!

—Os amo, Isabel... pero antes que á vos amo á mi patria.

—Por piedad, contestadme de una vez ¿sois moro?

—Moro soy.

—¿Estais resuelto á no convertiros á la fe de Jesucristo?

—Jamás.

—Entonces no podeis ser mi esposo, exclamó con acento desesperado Isabel.

—Convertios á la religion de vuestros abuelos los califas de Córdoba.

—Adoro á Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por él sufriré el martirio de mi amor; por él sufriré si es preciso el indudablemente menos terrible de mi cuerpo.

—Entonces, adios.

—Esperad un momento: quiero que sepais hasta dónde llega el tormento á que me habeis sentenciado engañándome: yo os amo, os amo desde el momento en que os ví: os amaré siempre: yo contaba con vos; no sabía quién érais, si pobre ó si rico, si noble ó villano: eso me importaba poco. Estaba resuelta á unirme con vos y á ser vuestra esposa... porque, permaneciendo en mi casa me veré obligada á entrar en un convento ó á casarme con un hombre á quien no puedo amar y con el que me obligan á casar mis hermanos. Vos me posponeis á una religion falsa, á una patria que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada á ser monja ó casada, seré casada, porque no me atrevo á ofrecer á Dios un corazon que está lleno del amor de un hombre: seré casada y haré feliz á mi marido, porque el dolor se quedará todo para mí. Pero acordaos, y que este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis robado mi única esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo sé, lo conozco, estoy segura de ello: me sacrificais á vuestra soberbia... no sé á qué... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables.

—Una palabra: convertios á la ley de vuestros abuelas, si es verdad que me amais.

—Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran cristianos, y soy vuestra esposa.

—¡Adios! exclamó fatídicamente el jóven.

—Esperad, esperad un momento: conservais una prenda mía...

—La llevo sobre mi corazon.

—¡Sobre vuestro corazon la imágen de la Virgen! ¡una reliquia de la cruz del Salvador sobre el corazon de un moro!

—Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os amaré siempre: esta prenda que un dia me entregásteis no se separará jamás de mí.

—¡Que ella os proteja! exclamó llorando Isabel.

—El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro de los cristianos... ¡renegaron! exclamó enérgica y gravemente Yaye, en vista de un movimiento de la jóven: vos no quereis volver al camino de luz que ellos dejaron. Cúmplase lo que está escrito. Pero cuando el sol aparezca todos los dias, cuando bañe con sus primeros rayos ese mirador que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: ¡acordaos de mí!

Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propósitos, huyó de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador.

Isabel le vió desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la calle de césped alentó alguna esperanza; cuando oyó rechinar la llave en la cerradura del postigo, sintió que se desgarraba su corazon; cuando al fin escuchó la caida de la llave que el jóven la devolvia arrojándola por cima de la tapia, perdió su última esperanza y creyó morir.

Luego cayó de rodillas, lloró por su amor perdido y rogó á Dios por el hombre que se llevaba su corazon.

Despues se levantó, buscó la llave, la alzó del suelo, y se volvió triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve á su tumba.

Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas que la amarga copa del sacrificio.

Capítulo III. De cómo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las cuales no se hace cargo la historia.

Hay en la historia de nuestra patria una página correspondiente al siglo XVI.

Esta página está llena con un hecho admirable.

Este hecho es la abdicacion del emperador Carlos V en su hijo don Felipe II. Fuese aquella abdicacion producto del hastío del emperador hácia las grandezas humanas, fuese aconsejada por el egoismo de un soberano que conociendo á tiempo que sus años y sus fuerzas eran insuficientes para sostener la carga de tan dilatados imperios, la dejase caer sobre los robustos hombros de su hijo, la página que contiene aquella abdicacion es la mas gloriosa de la historia de Carlos V, ya se considere bajo el punto de vista de un hombre que ha llegado á ser bastante grande para poder sobreponerse á las grandezas humanas, ya del de una sabia prevision política.

Aquella abdicacion asombró al mundo; aun asombra hoy á los que no comprenden cuánto contribuye un postrer acto de humildad en un hombre tal como Carlos V para aumentar la grandeza de su fama: el temido emperador acabó siendo respetado; el pecador siendo perdonado; la severidad de las generaciones encargadas de juzgarle, se estrella contra los sombríos muros del monasterio de San Yuste.

Carlos V para acercarse á las puertas de la eternidad, deponia la púrpura, se vestia el sayal penitente y se cubria la frente de ceniza.

Y en verdad, en verdad, que Carlos V necesitaba del auxilio de una penitente expiacion. La grandeza humana tiene generalmente por base el crímen.

Carlos V habia sido rey déspota: Carlos V habia sido rey conquistador.

Si Carlos V solo hubiera poseido un reinecillo de pocas leguas, si no hubiese llevado sus estandartes victoriosos por todas las partes del mundo, su abdicacion no hubiera causado efecto.

Y decimos esto, porque algunos años antes de la abdicacion del emperador, tuvo lugar otra, de la cual no se ha hecho cargo, ni aun de la manera mas insignificante, la historia.

Nosotros tenemos noticias de ella, en algunos fragmentos de manuscritos árabes, hallados por acaso en el derribo de una casa morisca del Albaicin de Granada.

Vamos, pues, á trasmitir esta abdicacion á la historia siquiera sea en las páginas de una novela.

A las doce de la noche en que tan dolorosamente se habia separado Yaye de Isabel de Válor, montó el jóven á caballo, y acompañado del anciano Abd—el—Gewar, á caballo tambien, de Harum y de dos esclavos berberiscos, tomó la vuelta de las Alpujarras.

Yaye iba silencioso, apenado: el anciano faqui comprendia la causa de su dolor y lo respetó: ni una sola palabra que tuviese relacion con Isabel, se pronunció durante el camino, ni nada tampoco que se refiriese al objeto que le llevaba á las Alpujarras. Al amanecer llegaron á Lanjaron.

Este pueblo estaba un tanto alborotado por las noticias que se tenian en él del pregon que el dia anterior se habia hecho en Granada.

Allí los mismos síntomas de insurreccion que en el Albaicin.

Allí tambien la voz y los consejos del anciano Abd—el—Gewar pudieron restablecer el sosiego.

Descansaron algun tiempo, y al medio dia se pusieron de nuevo en camino.

Poco después de haber cerrado la noche entraban en la villa de Cadiar.

Reinaba un profundo silencio en el pueblo; todo parecia entregado al sueño; ni una luz á través de las ventanas, ni un enamorado en la calle, pulsando, como otras veces, la guitarra, bajo los miradores de su amada; solo de tiempo en tiempo, se veia el turbio reflejo de una linterna, á cuyo opaco resplandor podian verse algunos alguaciles y soldados que rondaban con el corregidor.

La tranquilidad de Cadiar, que era una de las principales villas de la Taha ó distrito de Juviles, en las Alpujarras, era amenazadora por su misma exageracion. Comunmente á aquellas horas no estaba la poblacion tan desierta.

Yaye, Abd—el—Gewar, Harum y los esclavos, rodearon por fuera de las tapias del barrio bajo, subieron un repecho, y ya cerca del castillo, entraron por el postigo de una tapia de un jardin, en una casa del barrio alto.

No habian encontrado á su paso ni una sola persona, y sin duda se les esperaba de antemano, porque apenas resonaron las pisadas de los caballos, junto al postigo, se abrió este en silencio, y con el mismo silencio volvió á cerrarse apenas hubieron entrado en el jardin los cinco ginetes.

Pasó algun tiempo y al fin se escuchó el primer canto del gallo.

Era la media noche.

Abrióse entonces el postigo del jardin, donde habian entrado Yaye y Abd—el—Gewar y salieron dos personas envueltas en alquiceles blancos.

El postigo se cerró.

Las dos personas descendieron en silencio por el repecho en direccion á las montañas cercanas.

La una, encorvada como bajo el peso de los años, se apoyaba en el brazo de la otra, que era esbelta, fuerte, como alentada por el fuego de una vigorosa juventud.

Su paso era apresurado. El jóven sostenia al viejo. Deslizábanse bajo el rayo de la luna que aparecia en medio de un cielo despejado, iluminando de una manera fantástica las montañas cercanas, que recortaban vigorosamente sus penumbras oscuras sobre los valles, mientras á lo lejos apenas se percibian otras montañas casi perdidas entre las brumas de la noche.

Al fondo se extendia una línea brillante.

Era el mar, cuyo gemido se escuchaba ténue é incesante, debilitado por la distancia.

De tiempo en tiempo y entre el oscuro follaje de los álamos que crecian junto á las riberas, en el fondo de los valles, se levantaba la armoniosa y magnífica voz de un ruiseñor enamorado, y allá en las altísimas rocas se dejaba oir el poderoso y estridente graznido de los aguiluchos hambrientos, mientras acá y allá, en todas direcciones se levantaba de entre la yerba el canto alegre de millares de grillos.

Ni una habitacion humana, ni nada que revelase la existencia del hombre en aquellas soledades, se advertía cerca ó lejos, al poco espacio de haberse aventurado los dos hombres de los alquiceles blancos en la montaña.

El eco repetia sus pasos en las concavidades de las rocas, al marchar sobre las ásperas crestas y alguna piedra desprendida á su paso del borde de los desfiladeros, rodaba con estruendo á las profundidades de los valles.

Al cabo de media hora de marcha, el viejo y el jóven llegaron á la entrada de un oscuro pinar. Antes de que pudiesen aventurarse en él se oyó un chasquido, y un venablo pasó silbando sordamente á mucha distancia de ellos.

Indudablemente era une seña, no una amenaza, puesto que el viejo se detuvo y agitó por tres veces su alquicel.

A aquella señal viéronse moverse sombras informes en la entrada de la selva, y adelantar hácia el repecho donde se habian detenido el viejo y el jóven.

El número de aquellas sombras podia llegar á veinte y cuatro. Dos de ellas llevaban una litera.

Cuando saliendo de la penumbra de la selva aquellos hombres se pusieron bajo la luz de la luna, pudo verse que sus semblantes eran feroces, casi salvajes: su trage era característico y bravío: llevaban en la cabeza un pequeño turbante blanco; ceñido su cuerpo por un sayo pardo, con mangas anchas, bajo las cuales se veian sus velludos brazos; este sayo, cuya falda apenas les llegaba á las rodillas, estaba ceñido en la cintura por una faja encarnada y anchísima, en la cual estaban sujetos un alfanje corvo y corto, y un par de largos pistoletes; pendiente de un ancho talabarte llevaban á la espalda una aljaba llena de venablos ó saetas; cada uno de estos hombres mostraba en su mano una fuerte ballesta, y por último, unas calzas de lana azul y unas abarcas, cuyos filamentos de cuero rodeaban sus piernas hasta atarse debajo de las rodillas, completaban su severa y enérgica vestimenta.

Aquellos hombres parecian salteadores, bandidos, gente aparejada á todo linaje de crueldad y de desafuero.

En efecto, tenian mucho de salteadores, porque aquellos hombres eran monfíes.

Mas adelante tendremos ocasion de decir lo que estos monfíes eran.

El anciano habló algunas palabras en árabe con el que parecia jefe de aquella gente, y despues abrió la litera, y entró en ella con el jóven.

La litera se cerró de tal modo, que los que iban dentro no podian ver el camino por donde se les conducia.

Inmediatamente cuatro de los monfíes cargaron con la litera, y rodeados de los restantes adelantaron hácia el oscuro pinar, y se internaron en él.

El lugar donde el jóven y el anciano habian entrado en la litera, quedó solitario.

Poco despues y durante una hora, aparecieron uno tras otro en el repecho frontero al pinar, doce hombres envueltos en alquiceles blancos.

Siempre que aparecia uno de aquellos hombres, zumbaba á alguna distancia de él una saeta salida del pinar.

El hombre se detenia; agitaba por tres veces el extremo de su alquicel, y adelantaba sin recelo, aventurándose en la oscura selva, como en un terreno conocido.

Poco despues otro hombre envuelto tambien en un alquicel blanco, llegó al mismo punto que los otros, y como junto á los otros, zumbó junto á él otra saeta.

En vez de agitar aquel hombre por tres veces su alquicel, se volvió, y empezó á trepar apresuradamente el repecho por donde poco antes habia descendido.

Escuchóse entonces el simultáneo chasquido de algunas ballestas, y el ronco silbar de muchos venablos: el que huia cayó.

Poco despues algunos monfíes estaban á su alrededor, y le reconocian.

—Es el alguacil de Mecina de Bombaron, dijo uno de ellos en árabe á sus compañeros; un perro, espía de los cristianos.

Y arrastrándole por un pié hasta el borde del desfiladero, le arrojó á la profundidad.

Oyóse un ronco gemido, luego el rebotar pesado del cuerpo sobre las rocas, despues el zumbido de un objeto voluminoso que cae al agua.

Despues nada. Los monfíes habian desaparecido. Solo quedaba en el sendero del repecho junto á la cortadura, un ancho rastro de sangre, y algunos girones blancos que iluminaban la luna sobre los espinos.

En aquel mismo punto, sentado en un divan, en una magnífica cámara, teniendo á los piés, sobre la alfombra de pieles de tigre, una hermosa esclava, habia un anciano.

Este anciano dormitaba; su venerable barba blanca se inclinaba sobre su pecho; sus anchas y régias vestiduras se extendian sobre el divan.

Entre la toca árabe del anciano, se veian las puntas de oro de una corona de rey.

La esclava sentada á sus piés, abstraida y pálida, mostraba en sus negros y radiantes ojos una mirada diáfana, y como fija en la inmensidad; de tiempo en tiempo su blanca mano, arrancaba una flevil y fugitiva armonía de las cuerdas de oro de su guzla de marfil.

Un ruiseñor, encerrado en una jaula riquísima, pendiente de la cúpula, lanzaba tambien de tiempo en tiempo un largo y armónico trino.

Una lámpara de seda pendiente de la cúpula, arrojaba los reflejos de la ténue luz que contenia, destellando dulcemente en los erretes de diamantes del almaizar del anciano, en el brillante pomo de su yatagan, en la cabellera, y en los ojos de la esclava, en la ancha tunica de brocado de esta, y en los arabescos dorados que enriquecian los arcos sobre que se asentaba la cúpula.

Era un cuadro de reposo que inspiraba sueño.

Una imágen de voluptuosidad, que inspiraba amores.

Un detalle encantador de la vida íntima de los musulmanes.

El anciano era hermoso, á pesar de su edad.

La esclava, era un arcángel humano.

La cámara, era un robo hecho al paraíso.

Durante algun tiempo, el anciano continuó dormitando, la esclava pensando, trinando el ruiseñor.

Mas allá todo era silencio.

De repente se escuchó un golpe vibrante y metálico.

El ruiseñor calló; el anciano levantó la cabeza; la esclava se puso de pié, dejando ver la arrogante esbeltez de sus formas.

Retumbó un segundo golpe; el anciano se puso de pié, y mandó con un ademan á la esclava que saliese.

Esta desapareció por uno de los arcos laterales, como una ilusion de amores.

Cuando se hubo perdido el ténue eco de los pasos de la esclava, el anciano fué á la puerta de la cámara y la abrió.

En ella apareció otro anciano, de semblante atezado, de mirada dura y centelleante, pero respetuosa ante la persona que habia abierto la puerta: inclinóse como se inclina un vasallo ante su señor, y dijo:

—Poderoso emir: vuestro leal siervo Abd—el—Gewar, el faqui, acaba de llegar.

Coloráronse con una llamarada febril las pálidas mejillas del anciano, arrasáronse sus ojos, y dijo:

—¿Y ha venido solo Abd—el—Gewar?

—No, poderoso emir, le acompaña un jóven.

—¿Dónde estan?

—En la antecámara inmediata.

—Haz entrar á Abd—el—Gewar.

—¿Solo?

—Solo. Entre tanto da compañía al jóven.

Inclinóse el anciano, salió, y el emir se dirigió con paso lento, y profundamente pensativo al divan, y se sentó en él.

Poco despues se abrió la puerta del fondo, y apareció Abd—el—Gewar, que se detuvo un punto, miró al fondo, vió al emir, brilló en sus ojos una expresion de alegría y adelantando con una ligereza superior á sus años, se arrojó á los piés del emir.

—Que el Señor Altísimo y Unico, te bendiga, señor, exclamó asiéndole las manos.

—Alza, Abdel, alza, dijo con la voz ligeramente conmovida el emir: alza mi buen amigo, y siéntate.

Y levantándole, le sentó á su lado en el divan.

Los dos ancianos se contemplaron frente á frente, y en silencio durante algun tiempo: parecia como que en aquella mútua mirada recordaban todo su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaños de la edad madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrás, desde ese otro mundo que está ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se llama eternidad.

—¿Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir.

—Vuestro hijo, señor, contestó Abd—el—Gewar, es un cumplido caballero, un corazon de oro, un brazo de hierro.

—Hace tres años que no le veo; la última vez que estuve en el Albaicin era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza.

—Ahora, señor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. ¿Creereis que ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya tendreis noticias, me fue necesario apelar á todo el respeto que me tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese espada en mano á los cristianos?

—¡Ah, buen hijo de sus abuelos! exclamó el anciano; y luego haciendo una rápida transicion añadió: ¿y cómo han acogido los moriscos de Granada la promulgacion de ese infame edicto?

—De una manera amenazadora, señor; pero no es tiempo aun...

—No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los frailes y de la Inquisicion, desatenderá los buenos oficios que nos procuramos á fuerza de oro, del príncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas allegados consejeros, y romperá con nosotros de una manera cruel, y si es necesario, nos exterminará, entregándonos atados á la Inquisicion. Entonces será necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breñas donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion extrema podrá ser necesaria hoy, mañana, cuando menos lo esperemos. Por lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfíes, saben que tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado á uno de mis sabios. Yo estoy ya viejo y débil: las desgracias han agotado mis fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... ¡oh!... ¡los encendidos recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... ¡oh! ¡qué desgraciado he sido, Abd—el—Gewar!

El anciano emir inclinó la cabeza sobre el pecho.

—Es necesario olvidar, dijo Abd—el—Gewar con el acento ronco y cavernoso.

—¡Olvidar!¡olvidar! tú mismo no has olvidado, exclamó el emir; y eso que tú no eras su esposo, eso que tu no la amabas... ¡olvidar! ¡olvidar á Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion...

El anciano se interrumpió, se cubrió el rostro con las manos y lanzó un grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios coloca á los hombres para probar hasta qué punto puede un corazon humano apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continuó cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor convulsivo. Luego se irguió de repente: brillaba en sus ojos un fuego salvaje, y exclamó con la voz vibrante y trémula:

—La he vengado con la sangre de los cristianos: las breñas de la Alpujarra me han visto persiguiéndolos como bestias feroces: mi yatagan se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros de la montaña. El nombre de los monfíes de las Alpujarras ha retumbado preñado de horror hasta los mas remotos confines de España, y en vano ha sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas víctimas inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando sangre á mi venganza, y me veo obligado á entregar esa venganza á mi hijo: me siento morir, Abd—el—Gewar.

—¡Morir! ¡morir vos, señor, cuando apenas contais sesenta años!

—La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana han pasado veinte y cuatro años... y mira: mi piel está arrugada, mis cabellos blancos, mis manos trémulas: apenas puedo ya sostener la espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, mañana, si Dios lo quiere, rey de Granada.

—¡Rey de Granada! suponiendo, señor, que llegásemos á rescatar del cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ¿ignorais que hay un hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho?

—¡Don Diego de Córdoba y de Válor! No importa: don Diego sabe muy bien que los moriscos de Granada son gente baldía y floja acostumbrada al yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los monfíes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliará. Don Diego de Córdoba, tiene una hermana.

—Sí señor, contestó Abd—el—Gewar, mirando con espanto al emir.

—Cuando yo estuve en Granada hace cuatro años, doña Isabel era una doncella de catorce años, hermosa, pura, noble, cándida, con un corazon de ángel y una dignidad de reina.

—Pero D.ª Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclamó con repugnancia el fanático Abd—el—Gewar.

—Cristiana era su tia doña Ana de Córdoba y de Válor, y sin embargo, Abdel, me casé con ella.

—Dios os castigó de una manera terrible, señor, valiéndose para apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos.

—No hagamos á Dios inspirador ni partícipe de los delitos de los hombres, Abd—el—Gewar, yo espero que mi hijo será feliz unido con Isabel de Córdoba.

—¡A pesar de ser cristiana!

—¿No es él cristiano en la apariencia? ¿acaso nuestros abuelos no casaron con cristianas? ¿Acaso no ha habido reyes cristianos casados con moras?

—Allá en los primeros años de la conquista de los árabes sobre España, el emir Abd—al—Azis se unió con la reina Egila, la viuda del rey don Rodrigo: recordad la trágica muerte de Abd—al—Azis: el amor de Egila le hizo traidor á su ley y á su patria, y el califa Walid se vió obligado á condenarle á pesar de sus hazañas. Abd—al—Azis fue asesinado por un enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue enviada á Damasco. En los últimos tiempos de la dominacion de nuestros abuelos en España, el rey Abou’l—Hhacem, el viejo, concibió un amor impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de Granada, en daño de la sultana Aixa—la—Horra, prima de Abou’l—Hhacem, que fue repudiada por este. Dios castigó no solo al rey sino tambien á su reino. Los celos de Aixa—la—Horra y el amor de Isabel de Solis, de la sultana Zoraya, hácia los hijos que habia tenido en su matrimonio con Abou’l—Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron cansados y sin fuerzas á los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada, quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con su derecho y con el de su hijo Abd—Allah—al—Ssagir (Boabdil), supo atraer á su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en los Zegríes, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey Abou’l—Hhacem, Abd—Allah—al—Ssagar, se aprovechó de estas turbulencias para aspirar á la corona, y se apoyó en las gentes de Almería y en las tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou’l—Hhacem fue rey del Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd—Allah—al—Ssagir, rey de Granada, en el alcázar de la Alhambra; Abd—Allah—al—Ssagar, rey de Almería, de Guadix y de Baza, en el alcázar de Almería. Fernando é Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de Granada, y sus campeadores llevaban su tala á sangre y fuego hasta los muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem murió envenenado, Al—Ssagar envenenado, y el débil Al—Ssagir, cansado, impotente para resistir á los cristianos, se vió obligado á entregarles su reino. Y todo esto fue obra del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis.

—Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco, para que no creyeses que me negaba á escucharla, temeroso de vacilar con su recuerdo en mi propósito. Del mismo modo que los amores de Muley Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que causó la ruina de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera: Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoció á Isabel de Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera ambicionado para sus hijos la corona. ¿Por qué esa ceguedad que nos hace atribuir á las causas mas comunes desgracias que son hijas de la fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del destino? ¿Qué mal habrá en que mi hijo se case con una doncella en cuyas venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea cristiana? Y luego, ¿no dices tú mismo que don Diego de Válor se cree con derecho á la corona de Granada? para evitar una guerra civil, ¿encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del casamiento de mi hijo con Isabel de Válor?

—¡Ah, señor! pienso que vuestro hijo será el primero que mostrará repugnancia á su casamiento: mira con desprecio á los Válor: los llama los renegados.

—¿Conoce mi hijo á Isabel? exclamó el emir; debe conocerla: cuando yo concebí hace cuatro años el proyecto de casarle con ella, compré la casa medianera á la que habitaba doña Isabel en el Albaicin, con el objeto de que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen.

—Y se conocen, dijo Abd—el—Gewar; vuestro hijo la ama, pero sobreponiéndose á su amor la ha desdeñado.

—¡Fatalidad! dijo el emir: ¡amarla y desdeñarla!

—Vuestro hijo, señor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su patria.

—Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy impaciente por verle: ¿me recuerda alguna vez, Abdel?

—Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le anuncié que habia llegado el momento de que conociese á su padre me contestó: ¡oh! ¡si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf Al—Hhamar!

—¡Oh! ¡me recuerda! exclamó Yuzuf con el placer de un padre á quien llena de alegría y de orgullo el amor de su hijo.

—Sí, os recuerda pero jamás ha sospechado, á pesar de vuestras extraordinarias muestras de amor hácia él, que seais otra cosa que un valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo mio.

—En lo que por cierto no se engaña. Y dime ¿ha sospechado que su padre era el emir de los monfíes?

—Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero presume que es hijo de un emir de Africa.

—No importa: aquí mejor que en Africa, tendrá ocasion de mostrar su valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los hombres y especialmente de los reyes. ¿Pero qué me quieren?

Acababa de sonar de nuevo un golpe metálico.

Aquel golpe se repitió tres veces.

—Vé y abre, dijo el emir á Abd—el—Gewar.

El anciano se levantó y abrió.

Entonces apareció en el banco de la puerta un jóven robusto, gallardo, de aspecto bravío y un tanto salvaje, que adelantó y se inclinó por tres veces.

—¿Qué quieres Aliathar? le dijo el emir.

—Poderoso señor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfíes esperan ya en el cerro de la Sangre.

—Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: tú Aliathar, vé al cerro de la Sangre y dí á tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De paso dí al wisir Kaleb que introduzca al jóven que acaba de llegar: á Sidy Yaye.

Aliathar se inclinó y salió.

—Tú Abd—el—Gewar, vé al Divan donde ya estan reunidos los xeques: tú los conoces á todos, todos te conocen: prepáralos á la vista de mi hijo.

—¿Pero habeis meditado bien, señor?

—Sí, sí; la corona pesa ya demasiado sobre mí frente y mi brazo está cansado: me siento morir; vé Abdel, vé, y que se cumpla mi voluntad.

—¡Que se cumpla la voluntad de Dios! exclamó Abd—el—Gewar, é inclinándose ante el anciano emir salió.

En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.

—Jóven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostérnate ante él.

Y el viejo Kaleb se inclinó profundamente, en tanto que Yaye fijaba una mirada atónita en Yuzuf—Al—Hhamar.

—Vete; dijo el emir, indicando con un ademan á Kaleb que saliese.

Kaleb salió.

El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.

Yuzuf adelantó hácia Yaye.

Este se inclinó.

—Perdonad, señor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...

—Sí, tú creías, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble walí, dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirándole con delicia y con orgullo.

—Perdonad aun, pero jamás creí...

—¡Qué! ¿no me crees digno de ser rey de los valientes monfíes de las Alpujarras?

—Os creo digno, señor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de ser rey del mundo: ¿acaso la virtud y el valor no viven en vos? ¿A quién mejor pudieran haber elegido los monfíes para que los gobernase y los llevase al combate contra nuestros enemigos?

—Mi padre antes que yo fue emir de los monfíes.

—¡Ah señor! ¿con que el noble walí que en mi niñez me sentaba sobre sus rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de una manera tan enérgica me ha referido las hazañas de nuestros abuelos, era ese poderoso emir invisible, á cuyo nombre palidecían de terror los cristianos, cuyos alcázares jamás ha pisado planta infiel, y que ha fecundado con torrentes de sangre impura las breñas de las Alpujarras?

—Yo era.

—¡Mil veces para mí dichoso el dia, en que puedo saludaros, señor, como al valiente caudillo, como á la invencible espada, perennemente desnuda y enrojecida en defensa del Islam!

Y Yaye se prosternó.

—Alzad, príncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no á mis piés es donde debeis estar: ¿acaso el emir de los monfíes, os inspira menos amor que el walí Yuzuf para que huyais de sus brazos?

Yaye se arrojó en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf latía con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado, cubrió de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran emocion: su mirada destelló un relámpago de orgullo y dijo con la voz trémula, pero grave y digna.

—Me habeis llamado príncipe, señor.

—¿Acaso no eres hijo de un rey? ¿acaso ayer no te anunció tu maestro, que muy pronto conocerias á tu padre?

—Es verdad, y acaso...

—Sidy—Yaye—ebn—Al—Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos los años que habia querido que viviéseis como uno de esos infinitos hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada y su corona.

—Cómo, señor, vos... añadió Yaye mas pálido aun.

—Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el emir.

Hubo un momento de profundo silencio.

—Disponed de mí, señor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye.

—Sé siempre, hijo mío, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en que estuvo hablando á Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que iba á ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento debes sacrificarlo todo á la patria: la felicidad, la vida, y sí es preciso el honor: todo por la patria, nada por tí: sé justo y fuerte, y Dios te ayudará.

—Puesto, señor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os juro que sabré morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una injusticia ó con una traicion á la patria, el ilustre nombre que me legais.

Despues de esto el emir condujo á su hijo á través de cámaras verdaderamente régias, á un magnífico salon circular.

En aquel salon, sentados en semicírculo en un divan, á entrambos lados de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca representaba una edad avanzada, hasta el mas jóven, cuya barba gris representaba á uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza.

En el centro de la cámara, sobre almohadones de brocado, habia unas vestiduras reales, una corona de oro y una espada.

De pié, á ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con túnicas talares y de pié; ademas, entre gran número de walíes y arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alféreces: el uno tenia un estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en árabe estas palabras: Le galid ille Allah (solo Dios es vencedor). Este era el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alféreces tenian cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra morada.

Detrás del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riquísimo rodeado de una toca blanca.

Allí estaba, por decirlo así, la córte completa del emir de los monfíes.

Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y á Yaye, wazires, soldados y esclavos: un alférez pronunció en voz alta, y anteponiéndole algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que este llegó á la puerta.

Los que estaban sentados se pusieron de pié y se inclinaron profundamente, como todos los demás; en el espacio que transcurrió desde que Muley Yuzuf apareció en la puerta hasta que llegó, llevando siempre á su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos encorbados y brazos cruzados.

Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zalá ó reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje á su señor, el poderoso emir.

Muley Yuzuf se sentó: Yaye permaneció de pié á su lado.

—Que Dios, el Altísimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios xeques de mi consejo, sentaos.

Los xeques se sentaron y los demás se enderezaron.

—Abu—Daly, mi secretario, dijo el emir, volviéndose á un anciano que estaba á la derecha de él, detrás del divan: entrega la gacela que te hemos hecho escribir, al noble Hussan—ebn—Dhirar, nuestro wisir; y tú, añadió dirigiéndose al wisir, lee á nuestros xeques, á nuestros sabios, á nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa gacela.

El visir desenvolvió el largo pergamino que le habia entregado el secretario, y empezó con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de un profundo silencio.

Muley Yuzuf—Al—Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por hijo suyo á Sidy—Yaye—ebn—Al—Hhamar, alegaba las razones que habia tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su incapacidad, á causa de los años, de seguir gobernando á los monfíes y conduciéndolos al combate, como hasta entonces, por último, expresaba solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este le sucediese inmediatamente en el mando.

Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si hubieran sido ensayados para ello:

—¡Cúmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande, el sabio, el poderoso Muley Yuzuf—Al—Hhamar!

Entonces el emir se levantó, tomó de la mano á Yaye, le llevó hasta los almohadones que estaban en el centro de la cámara, y volviéndose á Yaye, dijo solemnemente:

—Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va á deciros vuestro padre, y luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, añadió: buenos muslímes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo que va á deciros vuestro señor.

Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, dominó en la cámara donde estaban reunidos mas de cien hombres.

—El Altísimo quiere que nada sea eterno é inmutable mas que él: la robusta encina envejece, sus ramas estériles dejan de producir hojas y frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le arrebata á cada empuje una de sus ramas secas; pero junto á la vieja encina hay siempre otra encina robusta y jóven, retoño de ella, y sus fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura á la tierra que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altísimo ha querido que al invierno suceda la primavera, á un año otro año, á un cadáver un hombre robusto y jóven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad: hoy mi corazon es jóven, pero mi brazo está cansado y débil: como la encina se despoja al fin para no volver á engalanarse con ella de su diadema de verdura, yo me despojo de la corona que heredé de mi padre, y la pongo sobre la cabeza de mi hijo.

El anciano tomó de sobre los cogines la corona, y despues de habérsela ceñido un momento, se despojó de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye.

Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada, semejante á uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, salió de las bocas de aquellos hombres.

—Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar, continuó el anciano: la corona que os he ceñido es la representacion de vuestro nombre de rey: al ceñírosla he rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los cuidados del gobierno: desde hoy no vivís para vos sino para los demás: vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan recorrer vencedoras y respetadas los extensos ámbitos en un imperio poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la grandeza de vuestros reinos.

—Lo juro, señor, contestó Yaye.

Entonces el anciano tomó la espada real, se la ciñó y dijo:

—Mi padre, al ceñirse esta corona que yo he ceñido tambien, y que ahora ciñe vuestra cabeza, se ciñó esta valiente espada: durante treinta años, esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte años, desde que murió mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido añadir glorias á esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajustó el riquísimo talabarte de la espada á la cintura de Yaye), os la doy contra los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen caballero, que jamás desnudareis esta espada contra el bueno, ni el desvalido, que en vuestras manos será un rayo exterminador de infieles, pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su gloria, que jamás la desnudareis sin razon, ni la envainareis con mancha.

—Os juro, señor, contestó con altivez Yaye, morir antes que manchar con una traicion, una injusticia ó una cobardía, la noble espada de mis abuelos.

—¡Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al—Hhamar; yo en presencia de Dios y de mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado investido durante treinta años; yo espero que mis buenos y leales vasallos no tendrán que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar.

—¿Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza.

—¡Sí! ¡sí! ¡sí! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes.

—Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo hemos determinado, dijo Abd—el—Gewar, adelantando hácia el centro: yo gran faqui de los creyentes de España, os ciño la túnica real de vuestros mayores á nombre del reino de Granada.

Y tomando un magnífico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le puso por la cabeza á Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo alquicel blanco; despues tomó un manto rojo y le puso sobre los hombros del jóven, cerrando sobre su pecho dos magníficos erretes de perlas y diamantes.

—El reino os ha investido con el símbolo de la justicia y de la magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os ayudará, os obedecerá y os respetará como á su rey y señor natural; pero pedirá á Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuéseis cobarde ó tirano.

—Asi sea si yo tal fuere, contestó Yaye.

—Sed, pues, rey.

En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el estandarte real de Granada, se colocó á la derecha de Yaye; los otros cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando á las cuatro partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes moros, y el escudero que tenia la adarga, adelantó y la puso sobre las astas de las cuatro banderas.

—Desnudad vuestra espada, señor, dijo el justicia mayor del reino, y ponéos sobre la adarga, en señal de que sois rey, y de que de tal manera estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley.

Yaye desnudó la espada y se puso sobre la adarga.

—¡He aquí nuestro señor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios, Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar! gritó el alguacil mayor.

Todos se prosternaron, y en tanto el alférez mayor del reino, tremolando el estandarte real gritó:

—¡Qué Dios ensalce, y dé prosperidades al magnífico Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar!

Los circunstantes aclamaron á grito herido á Yaye.

Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraños bandidos, que vivian entre las breñas, á quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alcázares en las entrañas de la tierra.

Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el último caballero.

Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo.

Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente régio, fue sacado del subterráneo; fuera, en un pintoresco valle á la entrada de la gruta, por donde se penetraba al alcázar, habia un magnífico caballo blanco, cuyas riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban á sus dueños: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban antorchas encendidas; una taifa como de mil monfíes, armados de ballestas y espadas, formaban á un lado del pequeño valle.

La noche era clarísima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio del cielo, y á lo lejos se escuchaba el ténue quejido del mar, en su eterno romper contra la ribera.

Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad.

Inmediatamente la cabalgata real se formó, la mitad de los monfíes armados rompieron la marcha, y la otra mitad siguió á la comitiva.

Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaña en medio de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrás de aquella córte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi, habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados para vagar sobre las breñas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada.

Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su córte y su guardia, llegaron á la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfíes de las Alpujarras, que en número de diez mil, habian sido avisados por sus xeques para asistir á la proclamacion pública y al reconocimiento del nuevo rey.

Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor leyó el acta de la abdicacion de Yuzuf—Al—Hhamar.

Despues el alférez mayor ondeó el estandarte real, y proclamó á Yaye.

Los monfíes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la noche fué á llevar á los lugares cercanos el estruendo de los añafiles, las dulzainas, los atabales y las atakebiras, tañidas en honor del nuevo emir de los monfíes Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar.

Despues la comitiva real se volvió al alcázar subterráneo, y los diez mil monfíes divididos en taifas, se encaminaron á cubrir sus apostaderos en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos.

Capítulo IV. Lo que eran los monfíes.—Yuzuf cuenta su historia á Yaye.

Ya era la media noche.

Yuzuf Al—Hhamar, se ocupaba en recorrer el alcázar mostrándole á su hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era extraordinario; habia momentos en que se creia entregado á un sueño; á uno de esos sueños que nos llevan de prodigio en prodigio á un punto tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasía nos obliga á despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado por los cristianos, habia pensado en que tarde ó temprano aquel pueblo preferiría la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se sublevaría; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia pensando en hacerse su caudillo á fuerza de valor y de sacrificios; su valiente fantasía habia pensado en el triunfo: ¿qué oprimido no sueña alguna vez en vencer á sus opresores? y despues del triunfo habia soñado en una corona.

Aquella corona se le habia venido á las manos de una manera extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un príncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma córte, el alto papel que habia desempeñado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia á Yuzuf; le habia visto desde su infancia todos los años en la estacion de los calores en Granada, pero á pesar de que Yuzuf le habia tratado siempre con el cariño y la tierna solicitud de un padre, Yaye no habia visto en él mas que un anciano amigo de su venerable ayo Abd—el—Gewar; nunca habia llegado á concebir que aquel viejo de larga barba blanca, de semblante pálido y melancólico, de ojos negros y hermosos, dulces, cuando miraban á Yaye, bravíos y terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jóven de las desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por los años y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su padre, y á mas de su padre rey de los monfíes.

¿Y qué eran los monfíes? ¿Salteadores como parecia indicarlo su nombre, ó soldados valientes é indomables de un pueblo vencido que sostenian aun con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar á esta pregunta que suponemos nos haran nuestros lectores, necesitamos remontarnos á la conquista de Granada.

En el año de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doña Isabel y don Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de restauracion contra los árabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los señores de España, á vueltas de sangrientas disensiones intestinas; habian puesto al fin el sello á su poder y á su grandeza, constituyendo un solo reino de los diferentes Estados de España, y añadiendo á su corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista el papa Alejandro VI los denominó por excelencia los Reyes Católicos; eran al fin señores de aquel último refugio de los restos del gigantesco imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas Omniades.

Ya desde las columnas de Hércules hasta las fronteras de Portugal, por una parte, y por otra, hasta los ásperos Pirineos, resonaba la voz de un solo señor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de los Reyes Católicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya legitimidad y cuyos derechos á la corona de Castilla son aun un misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doña Juana la Beltraneja, la excelente señora, como la llaman las crónicas portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del Señor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstáculo existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Católicos, y como si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovés, Cristóval Colon, habia arrojado á sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas poderosas miraban con espanto el poder de los Católicos monarcas; la victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacífica monarquía era el sólido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo, á veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto roedor é incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Católicos se ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz, bravío, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo, ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, á quien se habia concedido una capitulacion honrosa, á quien se habia conservado el derecho de la pacífica posesion de sus propiedades, de la práctica de su religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, á la manera que Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes á los godos y solariegos vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los árabes habian respetado religiosamente sus pactos con los españoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa confesarlo) respecto á las estipulaciones concluidas entre los vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes Católicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy pronto á faltar á los solemnes tratados concluidos con el rey moro de Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian expedido un decreto de expulsion contra los judíos, decreto que arrojó de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas; los moriscos miraron esta medida tomada contra los judíos con un profundo recelo; no podia ocultárseles que tras la expulsion de los judíos, se pensaria en expulsarlos á ellos mismos, ó lo que era peor, de reducirlos por fuerza á una religion extraña, á usos, á costumbres enteramente opuestas á las suyas; el tremendo tribunal de la Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada; los frailes cristianos se habian atrevido á penetrar en sus mezquitas, para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se pretendió obligar á que volviesen al cristianismo los descendientes de cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian entre los moros con el nombre de elches, y estos se negaron enérgicamente, apoyándose en las capitulaciones de la conquista, á pesar de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublevó en masa, y fue necesario que el conde de Tendilla, capitan general á la sazon del reino y costa de Granada, apelase á la fuerza y á la artillería; los principales de los sublevados fueron duramente castigados á sangre, y los moriscos, aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision que no sentian; esto en cuanto á los moriscos de Granada y de las aldeas de la vega, que en cuanto á los de las Alpujarras, gente indómita y brabía, se alzaron de una manera imponente, degollaron á los cristianos que hubieron á las manos, se apoderaron de las fortalezas y se declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Católico acudiese á cortar aquel incendio; logrólo no sin trabajo; entregáronle los moriscos gran número de rehenes y se obligaron á pagar á la corona en el término de dos años cincuenta mil ducados, dejándose bautizar por añadidura; pero al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba otra en la Serrania de Ronda y se extendia rápidamente á Sierra Bermeja. Aquella sublevacion costó la vida á uno de los primeros capitanes de los Reyes Católicos: á don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas tiempo, y al fin no quedó en España un morisco de las poblaciones que no estuviese bautizado y que públicamente no profesase la religion católica.

¿Qué mucho? Ellos se habian visto obligados á escoger entre el bautismo y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos á la fuerza, de una manera externa, y en el fondo de sus corazones aborrecian á muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos ú oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados á someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un número considerable de gente suelta, nómada, como los antiguos árabes del Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros á someterse vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, ó mejor dicho, estos moros, porque solo se llamaba moriscos á los convertidos, no entraban en las poblaciones, sino para saquearlas; vivían en la montaña, se albergaban ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el punto de causar terror á los mismos moriscos de quienes habian sido hermanos.

Estos eran los monfíes.

Decíase á la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que estaban organizados en tahas ó distritos, que cada una de estas tahas estaba gobernada por un xeque (anciano) que todos estos xeques obedecian á un emir (príncipe) y que este emir tenia junto á sí walíes, wazires y alimes (capitanes, consejeros y sabios); abultábanse el poder y las riquezas de este pequeño rey de diez mil soldados, que erraban por las montañas y estaban sujetos á su ley, ó por mejor decir á la ley alcoránica á cuyo título los regia; hablábase de sus palacios subterráneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que estos alcázares encerraban; pagábanle tributo las poblaciones de la montaña porque no las invadiese, las saquease ó tal vez las llevase á sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfíes bastaba para imponer terror á los mas alentados.

A pesar de esto los monfíes eran una especie de duendes, unos seres misteriosos á los que nadie habia visto, puesto que los que los veian durante la sorpresa de una poblacion, ó en los desfiladeros de la montaña ó en las profundidades de una rambla, morían; pero las huellas de aquella gente feroz quedaban señaladas de una manera horrorosa, ya en los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadáver de algun imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad ó de los soldados de los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que llevados durante la noche á las poblaciones, solian aparecer al dia siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada habian pretendido dar caza á estos terribles monfíes; pero si la fuerza expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las quebraduras, ó crucificados, asaeteados, ó empalados en los caminos.

Llegó el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen solo á salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues en la primera breña que encontraban al paso, para volver al dia siguiente diciendo que no habian dado con los monfíes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion periódica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir á poner en los lugares indicados en los edictos que en ciertas épocas del año aparecian clavados en las puertas de las iglesias ó por este ó el otro cadáver que encontraban acá y allá con suma frecuencia.

Por lo demás eran unos verdaderos duendes á quienes nadie habia visto, pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los monfíes de las Alpujarras.

Yuzuf—Al—Hhamar—abu—Yaye era su rey.

¿Quién era este rey?

El mismo nos lo va á decir.

Yuzuf, despues de haber mostrado á su hijo todas las maravillas del alcázar subterráneo, le condujo á un departamento separado: era el harem.

Mas de una magnífica hermosura, jóven y pudorosa, habia levantado la cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su señor; Yaye vió con una indiferencia verdaderamente ascética aquellas niñas que se ponian de pié cubriéndose con sus velos y bajando las frentes ante la presencia del padre y del hijo: Yuzuf vió con placer que Yaye era un espíritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hastío, que Yaye solo contaba veinte y cuatro años, que las mujeres, junto á las cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba su padre, eran jóvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales apenas llegaria á los diez y ocho años, africanas las unas, asiáticas las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas de la hermosura de Yaye fijaban en él una mirada dulcemente curiosa, y volvian á inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer á Yaye muchas esclavas: habló con cada una de ellas, no con el acento impuro é imperativo de un déspota musulman, sino con el acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien señalándolas á Yaye.

—Este es mi hijo: este es vuestro señor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo á Yaye:

—Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas para tí; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del mundo.

—Yo jamás tendré esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

—Yo siempre he tenido vírjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jamás esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de mis guerreros, haciéndolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una mujer, y aquella mujer era mi esposa.

—¡Mi madre! ¡Oh! ¡en verdad, señor, que nada me habeis dicho de mi madre!

—¡Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio á donde te voy á conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas, Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abrió una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

—Yo creí, señor, dijo Yaye, que me habiais traído al lugar en que debíais hablarme de mi madre.

—¡Cómo! ¿no te maravilla saber que eres dueño de tantas riquezas?

—Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan hastío.

—Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte; te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego impuro, un morabitho apartado del mundo, y las has visto sin conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de ceñir mi espada y mi corona, digno de vengar á tu madre.

—¿De vengar á mi madre habeis dicho, señor?

—Silencio: aun no hemos llegado, sígueme.

Yuzuf cerró cuidadosamente otra puerta, atravesó con Yaye una larga y estrecha mina, y llegó al fin de ella á una puerta maravillosa, tanto por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que estaba construida, sacó una llave de oro de entre sus ropas y abrió aquella puerta.

El retrete á que aquella puerta daba entrada era pequeño, pero resplandeciente; una lámpara de cuatro luces, suspendida de la cúpula, hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruñido mármol de las columnas, y la tersa superficie de los mosáicos, de los que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho divan de seda y oro, y al fondo un magnífico arco primorosamente labrado y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado, que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sentó en el divan y atrajo á sí á Yaye.

—Siéntate, le dijo.

—¿Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

—Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

—Os escucho, señor.

El anciano empezó su relato de esta manera:

—Mi edad ha pasado de los sesenta años, el dia en que Granada, destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley Abd—Allah, su último rey, se entregó á los cristianos, tenia diez y seis. Mi padre era uno de los héroes de nuestro pueblo, mi padre era el infante Muza—ebn—Abil—Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de Boabdil el desdichado.

Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil, Muley—Abd—Allah se encaminó con su familia y con los que quisieron seguirle á las Alpujarras.

Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse á volver el rostro para mirar á la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no habian sabido perecer como valientes.

Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de su cariño, llegamos al alto del Padul.

Era el último lugar desde donde podíamos ver á Granada: el rey revolvió transido de dolor su caballo, y se arrojó de él. Luego se prosternó mirando á Granada y lloró: todos nos habíamos prosternado; todos llorábamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pié, altiva, serena, pero profundamente pálida: aquella mujer era la madre de Muley Abd—Allah: la sultana Aixa—la—Horra.

Aun me parece que la veo de pié en medio de nosotros, como un genio fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras.

—Llora, dijo al rey, llora como una débil mujer, la pérdida del reino que no has sabido defender como hombre.

Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alzó, lanzó una mirada suprema á Granada, exhaló un grito de dolor, se cubrió el rostro con las manos, y luego, montó de un salto á caballo, le revolvió hácia las Alpujarras, y apretándole los acicates partió á la carrera.

Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y doblamos la falda de la montaña, con el estruendo y la rapidez del viento de la tempestad.

Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes, agoviado bajo el peso de un doble é intenso dolor: salia desterrado de la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de él: acaso habia ido á buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo á hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la rendicion á los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la vergüenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver á ver á mi padre.

Junto á mí; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali Huseín, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su bandera de infante á la victoria.

Algo mas allá del Padul, Ali Huseín, detuvo su caballo y me dijo:

—Poderoso señor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus gentes.

—¡Mi padre! exclamé: ¡pues qué! ¿sabes tú de mi padre?

—Tu noble padre nos espera en la montaña, me contestó.

Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le seguí con el corazon alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos.

Mi padre se nos presentó de repente, se nos dió á conocer, y se puso á nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaña, y que á medida que adelantábamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue necesario echar pié á tierra y marchar uno en pos de otro.

Mi padre iba delante.

Caminamos todo el dia en silencio por ásperos desfiladeros, viendo á nuestros piés valles profundísimos por cuyo fondo se precipitaban rios convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras cabezas montañas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las tristes y altísimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las estrechas vegas, en las vertientes de la montaña, bravíos bosques de deshojadas encinas.

Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor, vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo se escuchaba el graznar de las águilas, el ahullar de los lobos hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las quebraduras de la montaña.

Llegó la noche y con ella llegamos á una cumbre ancha, árida, cubierta de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban en anfiteatro hasta el altísimo pico de Muley Hhacem. Tampoco se veia desde allí ninguna habitacion humana.

Detúvose allí mi padre y descabalgó: todos descabalgamos, y durante los primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos descansaron.

Despues mi padre llamó en torno de sí á los guerreros de nuestra familia.

—«Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que está escrita: la mano del vencedor procurará pasar primero por cima de ella, y cuando aleguemos los capítulos concertados con los reyes de Aragon y de Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgará la capitulacion, y los soldados de los reyes de España, nos impondrán la sumision por la fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes, costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante á la de los judíos: la esclavitud y la vergüenza.

Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los pueblos, allí nos vigilará el recelo del vencedor, que tendrá siempre el atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegría ó su tristeza: si nos reunimos en mucho número recelaran; si evitamos reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres.

Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos no podríamos serlo: pero por fortuna la montaña es áspera, tiene guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras: nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en la montaña muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones paguen tributo al rey de la montaña.

En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos monfíes.»

Concluyó mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia aprobaron su parecer.

Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su residencia las grutas de las montañas, y por ejercicio la continua guerra con el cristiano, tuviese á su frente un caudillo que les gobernase.

Mi padre fue elegido unánimemente emir de los monfíes.

Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los demás se arrojaban á sus piés en un cobarde vasallaje, ó se desterraban voluntariamente del suelo que les vió nacer, pasando al Africa.

Anduvimos sin cesar por ásperos senderos durante aquella larga noche, alumbrados por la clarísima luna del mes de las nieves, y al amanecer llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lúgubre gruta.

Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.

Dentro de esta gruta, mi padre construyó el alcázar subterráneo del emir de los monfíes.

—Pero segun las cámaras que he visto antes de llegar á esta, dijo Yaye, si he de juzgar por el régio esplendor que nos rodea, este alcázar es tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros incalculables.

—Mi padre, continuó el anciano Yuzuf, previendo á tiempo la conquista, habia vendido sus tierras, sus alquerías, sus castillos: el precio de estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de este alcázar maravilloso, del cual solo has visto una pequeña parte. Pero los monfíes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las entraban á saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar á la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda apostasía, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breñas de la montaña, á una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaña, aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que nadie supiese quién las habia puesto, en que se imponia á los moriscos renegados y á los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los monfíes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no tardó mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados al degüello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su riqueza, se apresuraron á pagar el tributo impuesto por el rey de la montaña, llevándole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han continuado año tras año. Al terminar la luna de los frutos, nuestros monfíes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el tributo y dónde han de depositarle. Ningun año ha faltado una sola villa á cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo yo. Con esos tesoros se ha construido en las entrañas de la tierra, en las excavaciones de unas antiquísimas canteras, este alcázar, que es una ciudad subterránea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el número de los monfíes, que al principio apenas llegaban á quinientos; que cuando murió mi padre llegaban á cuatro mil, y que hoy forman un ejército de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables, que conservan la pureza de la ley alcoránica, y entero el amor de la patria: con esos tesoros podemos tener espías en todas partes, hombres activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos hombres estan allí do quiera ondea la bandera española: en la córte del emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el remoto continente americano, de donde nos envian oro á raudales; nadie conoce á esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven á sueldo bajo las banderas del rey de España, muchos alientan con mi oro las tentativas de los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria herido por un puñal invisible: ¿pero qué me importa la vida de don Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapiña: la codicia hace invencibles á esos aventureros, el fanatismo crueles á esos frailes, la soberbia implacables á esos jueces: donde quiera que pone su planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera tiende su garra el golilla español, allí van la destruccion, la hoguera y el verdugo: América se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la hermosa Italia se ahoga; llegará un dia, y acaso no tarde, en que alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y quebrantarse el yugo: en que España, rodeada por todas partes de enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos por sus mismas plumas. Llegará un dia en que se unan contra España todos los que por España son desdichados, porque la tiranía acaba siempre herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores católicos contra los doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra una sola tiranía: la España de Carlos V es un coloso de hierro con los piés de barro, y su mismo peso la derrocará: ¡ay cuando llegue el dia en que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entrañas de las rocas, atacará á ese coloso por el pié y le arrojará por tierra...

—¡Sueño! exclamó Yaye, interrumpiendo á su padre.

—¿Acaso sabe nadie lo que está escrito en el libro del destino? ¿Acaso no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? ¿No pasó la Grecia con sus guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? ¿Dónde está Cartago la rival de Roma? ¿Dónde está Roma la vencedora de Cartago? ¿Dónde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos cascos de sus caballos? ¿Dónde estan los árabes vencedores de los godos? ¿Qué ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los árabes? Todo muere: como los hombres, las razas.

—España es fuerte, poderosa y grande, exclamó el tenaz Yaye.

—Carlos V ve que el coloso empieza á desmoronarse bajo su imperio: este imperio pasará quebrantado, herido de muerte, á los hombros del príncipe don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasará mermado á las de su hijo, y débil á las de su nieto, y miserable y envilecido á las de su viznieto. ¡Qué! ¿puede durar mucho un imperio que se funda en la opresion de pueblos enteros?

Acaso ni yo, ni tú, ni nuestros nietos, veamos convertido á ese coloso sangriento en un fantasma que se verá precisado á volver la vista atrás para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar á la carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos despedazar cien cristianos, y si está escrito que en nuestros tiempos ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados á la lucha, en acecho de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para poder piafar con nuestros corceles en las ricas campiñas andaluzas, y levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios Altísimo y Único.

—¡Oh, padre, padre! ¡El Altísimo ha visto los pecados de nuestro pueblo, y por ellos le ha destruido!

—Del mismo modo ve los pecados de los españoles, y les destruirá por ellos.

—Padre, ¿habeis vivido alguna vez entre esos hombres?

—El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfíes, llamó á uno de sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entregó á él, como yo te he entregado á Abd—el—Gewar. «Ve hijo mio, me dijo: vive entre los conquistadores, conócelos, porque algun dia me sucederás en el gobierno, y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer á los enemigos de su pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres, ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser engañado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario, sé cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo sé dócil con el que desde ahora va á ser tu padre: cuando conozcas bien á nuestros enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi corona te espera.»

Y partí, y aprendí el habla castellana, y viví en la córte del emperador, y serví bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes, en América: por todas partes ví enemigos de España; por todas partes oí maldecir el nombre español; en todas partes vi vireyes y oidores, y clérigos, y capitanes y soldados de España, que se enriquecian por medio del crímen. Comprendí que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado á ser tirano.

—Lo mismo he comprendido yo, señor.

—Mi amor á la patria crecía á medida que pesaba los excesos que en todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo ejercian los españoles: mi sola pasion era el odio hácia los cristianos, mi solo deseo beber su sangre.

—¿Y no sentísteis jamás otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclamó con embarazo Yaye.

—Sí, contestó Yuzuf, mirando fijamente á su hijo: tú eres una prueba viviente de que si mi corazon abrigaba un odio á muerte, una inextinguible sed de venganza contra los cristianos, dió tambien cabida al amor.

—Pero vos amariais á una mujer de vuestra raza; á una parienta acaso.

—Tu madre no era mora, hijo mio.

—¡Que no era mora!

—Era árabe... al menos descendiente, en línea recta de los califas árabes de Córdoba.

—¡Descendiente en línea recta de los califas de Córdoba!... ¿Cómo se llamaba?

—Ana de Córdoba y de Válor.

—¡Ana de Córdoba y de Válor!... ¡Hija de los renegados!... ¡Cristiana!...

—Es verdad que los Válor cometieron un gran pecado renegando de su fe y sirviendo á los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del combate... ¿pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los padres? ¿Acaso no hay una ley superior á todas las leyes; una ley irresistible, porque está escrita por la mano de Dios en el corazon humano, y á la que es forzoso obedecer? Dichoso tú, hijo mio, si aun no has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...

—¡Amor! exclamó profundamente Yaye.

—¡Amor! exclamó con profunda intencion Yuzuf... pero no: á tu edad se juega con el amor; mas á la edad en que yo conocí á tu madre, en el estío de la vida, cuando ya se empieza á descender por la escala de los años, cuando tenemos el corazon vacío por la experiencia, árido por la desgracia, ansioso de amor... ¡oh! entonces no se ama al ángel, se ama á la mujer, se ama á la compañera; se busca un corazon noble y grande que sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartiéndolo: un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del porvenir. Y luego... tú no has podido encontrar en las tierras donde has vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las Alpujarras, una mujer como tu madre... ¡Ven!

Yuzuf se levantó, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas pálido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban una tristeza profunda.

—¡Mira! dijo á Yaye.

Y descorrió la cortina.

—¡Isabel! exclamó el jóven con un grito exhalado del fondo de su alma.

Al descorrerse la cortina, una mujer jóven y hermosa habia aparecido ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel de Córdoba y de Válor, y era tan semejante á ella, como si hubiera sido ella misma.

Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla.

Aquella tabla era á todas luces obra del pintor de los Reyes Católicos, Antonio del Rincon.

(Entre paréntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces á los serenísimos Reyes Católicos).

Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y reconoció á primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo dominado en él á la sorpresa, al autor de aquel retrato: recordó que Antonio del Rincon habia muerto muchos años antes de que Isabel de Córdoba y de Válor llegase á la edad que la dama retratada representaba: no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.

¡Su madre!

Este fue el primer pensamiento que brotó de la razon de Yaye, y le extremeció.

Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un amor incestuoso á su hermana.

Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese organismo que se llama cuerpo humano tiembla.

Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba pálido como un cadáver.

—Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.

—¡Mi madre! contestó maquinalmente el jóven; mi madre!

Pero dominando la reflexion á la razon se encerró en una prudente reserva.

—Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de Yaye, ver á tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. ¡Ah hijo mio! ya te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí haber sucumbido á los amores de una infiel. ¿Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior á ese precepto de Dios que dice: hallarás á tu compañera y la amarás?

Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvió al divan y se sentó en él. Yaye se sentó á su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato.

—Y yo no la busqué, continuó Yuzuf; la encontré un dia en esa tabla... al verla me estremecí, temblé: nunca habia temblado: nunca habia conocido el amor y al sentirle no le comprendí. Sin saber por qué no podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para mí voz, aliento, vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba á los cuarenta años. Hacía ya diez que por muerte de mi padre habia heredado su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me dió mi padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los monfíes, ó en Granada ó en la córte, como morisco convertido: cuando vivia entre los cristianos llamábanme el hidalgo Diego Vargas y nadie sospechó jamás que yo fuese el rey de aquellos terribles monfíes, cuyo nombre solo aterraba á los castellanos.

Sabíanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don Juan de Córdoba y de Válor, que aunque cristiano en la apariencia era moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los moriscos, ser elegido rey de Granada.

Entre don Juan de Válor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada: derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una sumision vergonzosas; don Juan me habló muchas veces de confundir en uno nuestros muchos derechos por medio de un casamiento.

—Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba á aquel propósito.

—Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa doncella de diez y ocho años.

—Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta.

—Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replicó; basta con que el hombre ofrezca seguridades de sucesion.

—Por último, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por costumbre: yo no puedo unirme á una infiel.

Don Juan no me contestó á esta última decision mia; es de advertir que cuando yo le dí esta contestacion no conocia á su hermana doña Ana: solo tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por algunos moriscos principales que la conocian: sabia sí que era hermosa; pero habia llegado á los cuarenta años sin rendir tributo á la hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doña Ana de Córdoba era una doncella hermosísima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la luz.

En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella estaba representada.

Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana. Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo sitio.

—¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas indiferentes.

—Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don Juan no pareciais sino grandes amigos.

—En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.

—Es doña Ana muy recatada.

—Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme ese retrato?

—No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

—Cambiarle, ¿y por qué?

—Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

—No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas demostrais treinta años.

—Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

—Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato: os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de Córdoba para proponeros un trueque.

—Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos condiciones.

—Sepamos.

—En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se lo entregareis como si fuese el mismo.

—Eso por supuesto, contestó Rincon.

—Ademas, insistí, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

—¿Y estais decidido, me dijo mirándome fijamente, á no dejaros retratar sino bajo esas condiciones?

—Decidido de todo punto.

—Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato esté concluido.

—Sí por cierto. ¿Y cuándo me entregareis el retrato de doña Ana?

—Dentro de ocho dias: pero para ello será preciso que dentro de ocho dias esté concluido el vuestro. Hoy prepararé la tabla. Venid á buscarme mañana al amanecer.

Volví al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontré á Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de doña Ana.

—¿No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

—No por cierto, me contestó: don Juan viene muy de tarde en tarde: ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladaré estas dos tablas á lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros á la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero; pálido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica é hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoderó de mí, me colocó frente al retrato de doña Ana de pié, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi gorra.

Rincon empezó á trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en nada; solo veia á doña Ana que estaba frente á mí, solo pensaba en ella: no sé cuanto tiempo estuve inmóvil en aquella posicion, mirando enamorado, loco, á doña Ana.

Al fin Rincon lanzó un grito de triunfo.

—¡Es mi mejor obra, mi grande obra! exclamó: ¡jamás he pintado una cabeza como ésta! ¡Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me estremecí: en aquella cabeza enteramente semejante á la mia, estaban pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doña Ana, y la habia trasladado á la tabla. Solo al ver la obra del pintor, examinándome á mi mismo, comprendí que estaba enamorado.

—Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

—¡Borrarla! ¡quereis borrarla! exclamó con ímpetu poniéndose en actitud amenazadora delante de la tabla; ¿quereis arrebatarme mi fama? Esto seria cosa de andar á estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias estuve yendo todas las mañanas al amanecer y permanecí en casa del pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de haber envuelto cuidadosamente en paños el retrato de doña Ana y metídole en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado á este mismo lugar. Hace mas de veinte y cuatro años que está ahí; hace mas de veinte y cuatro años que ese tapiz le cubre, que esa lámpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos momentos de silencio continuó:

—Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato: lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola: nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso? Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven, en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera: esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada del alma, me decian: ¡yo te amo!

Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en que yo fuese su esposo.

Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana, piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.

Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora: cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon: al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y seguíanla una dueña y un rodrigon.

Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria, aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y rápida. Despues desapareció.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana: esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.

Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me dió modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.

Doña Ana le recibió.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una mano, y dejó caer un billete á la calle.

Aquel billete decia únicamente:

«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que, aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no reparé en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió de la mano y me llevó á un pequeño retrete.

—Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me conmoviese al veros por primera vez.

Y me señaló mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

—Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

—¿Y cuánto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de que me conocieses? la pregunté.

—Seis meses, me contestó; y fuerza es confesároslo... puesto que soy vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros, os amaba.

Entonces lo comprendí todo: comprendí que mi matrimonio con su hermana era la ambicion de don Juan de Válor, que habia comprendido que yo no podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivió no supo ni que su retrato estaba en mi poder, ni que yo era el poderoso emir de los monfíes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

A los dos años murió tu madre.

—¡Oh! exclamó Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros amores, señor.

—Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre murió asesinada por la Inquisicion.

Yaye se alzó como impulsado por un poder sobrenatural; cubrió su rostro una palidez de muerte, brilló en sus ojos una mirada letal, y tomó una actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

—¡Qué mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

—Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

—Los cristianos, continuó despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por buenos sino á los que profesan su misma religion, y aun asi á los cristianos viejos. ¡Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco, es para ellos punto menos que un judío: un animal despreciable, un ser odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les sirve mas que para esclavo: una morisca... ¡oh! ¡cuando las moriscas son hermosas...! ¡tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada! La infeliz que resiste á los deseos de uno de esos infames aventureros, á quienes España entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crímen acompaña á esos miserables á todas partes. Y luego, ahí están esos frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en una mano y la tea en la otra.

—¿Pero cómo mató la Inquisicion á mi madre? exclamó Yaye alentado apenas.

—¡Oh! ¡es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso dominico, un vil hipócrita, que sabia aparentar la virtud mas rígida, era inquisidor. La hermosura de tu madre excitó los impuros deseos del fraile, y abusando de su ministerio intentó corromperla. Tu madre le rechazó con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un dia la Inquisicion llamó á las puertas de nuestra casa. Yo estaba ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue arrastrada á los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe volé á Granada. Mis monfíes forzaron una noche, decididos á todo, las puertas de la cárcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de él y la trajeron á las Alpujarras... ¿pero en qué estado? La habian hecho sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo, la habian vuelto loca... vivió dos meses asombrándose de todo... extremeciéndose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile impuro... al fin murió: murió asesinada por la Inquisicion.

Detúvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz sombría.

—¿Y que hicísteis del fraile?

—Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio, Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

—¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

—Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd—el—Gewar cree que no debí unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu madre?

—Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

—¿Que existe? ¿que la has visto?

—Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos... porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura, pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida, con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla, que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre se llama...

—Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf, que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su madre.

—¡Cómo! la conoceis, señor.

—Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima hermana.

—¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

—Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido: amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te he puesto al paso de esa mujer.

—¡Vos, señor!

—Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor, con quien vive doña Isabel.

—¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

—¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

—Ella, señor, muere por mí.

—Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

—Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son renegados.

—¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

—Anoche, señor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre, he resistido á su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada á un destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser infeliz, á dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser esposo de la cristiana hija de los renegados.

—¿Y por qué, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre tus manos su corazon? ¿Por qué la has enamorado si no creias posible tu casamiento con ella?

—Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

—¿Y creiste escuchando á tu soberbia, exclamó Yuzuf con profundo acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores á una pobre niña, abriendo su corazon á la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu esposo porque eres cristiana?

—¡Señor!

—Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su dicha á Isabel; ella se parece á tu madre, tanto en el cuerpo como en el alma: la conozco bien, ¿y sabes tú lo que es una mujer de corazon que ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una mártir: tú no tienes derecho para martirizar á nadie, y mucho menos á un ángel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que ella lo sea contigo.

—Acaso sea imposible, señor.

—¿Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

—Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguiré en la mia: vos pasais entre los moriscos por cristiano, seguid pareciéndolo para ser mi esposo.

—¿Y te negaste?

—Aborrezco el nombre cristiano.

—Yo no aborrezco á los cristianos por su religion, sino por sus crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan fanático, tan cruel. Cuando los árabes conquistaron á España, cuando la ocuparon enteramente desde Calpe á los Pirineos, respetaron la religion, las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. ¿Y qué sucedió? las dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. ¿Y quién obró este milagro? ¡El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas, y los vínculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y vencidos. Cuando los Reyes Católicos entraron en Granada, encontraron una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba á sus correligionarios á la oracion: aquella campana habia estado resonando durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si trataron á los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las cristianas, hijas de los solariegos, ¿por qué no hemos de imitarlos nosotros? ¿por qué ha de ser imposible tu union con Isabel de Córdoba y de Válor?

—Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclamó con desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

—¿Has hecho acaso á Isabel una de esas graves injurias que no puede perdonar una mujer? ¿Te has envilecido á sus ojos?

—He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por sus hermanos á entrar en un convento ó á enlazarse á otro hombre.

—¿Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

—Anoche.

—¡Oh! ¡acaso sea tiempo aun! exclamó el anciano corriendo las cortinas sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y salió precipitadamente arrastrando consigo á Yaye, cerró, y le llevó á otra cámara apartada.

—¡Mi secretario Ayub! gritó á uno de los esclavos que dormitaban en la antecámara.

Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

—¿Quien eres? le dijo, este.

—Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

—Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

—Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf, que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

—Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela, llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «si aun es tiempo» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su hijo.

—¡Ah padre mio! y si por desgracia...

—Ni una palabra mas: ya he dado mis órdenes á Abd—el—Gewar que te acompañará con veinte hombres de confianza: á caballo, emir de los monfíes; á caballo.

A poco, Yaye y Abd—el—Gewar, tambien con trage castellano, acompañados de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfíes que no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos caballos y armados á la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana al occidente iluminaba la montaña.

Al empezar á trepar por un desfiladero les detuvo un ¿quién va? enérgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho antes, habia sido despeñado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia muchos hombres.

—¿Quiénes sois,? dijo un alférez que habia acudido al ¿quién va? del centinela.

—Somos hidalgos castellanos, dijo Abd—el—Gewar que vamos nuestro camino.

—Pues mal camino llevais hidalgos, replicó el alférez: con el edicto del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras, andan revueltos esos malditos monfíes, y esta misma noche han medio muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia atrevido á seguirles los pasos disfrazado.

—¿Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion uno de los monfíes disfrazados de castellanos que escoltaban á Yaye.

Es de advertir que este monfí hablaba perfectamente el castellano.

—Ha sido un milagro de Dios dijo el alférez, le han dado tres saetadas, y le han despeñado de allá arriba. Pero aun tiene vida, segun las muestras, para contarlo.

—¡Malditos monfíes! dijo el monfí disfrazado ¡y no saber dónde diablos se meten!

—Malditos amen, dijo el alférez. Por lo mismo, añadió dirigiéndose á Abd—el—Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien resguardado, os alojáseis en Cádiar, donde hay un buen presidio de soldados.

—Os agradezco el aviso, señor alférez, dijo Abd—el—Gewar, pero ya no puede tardar en amanecer. Adios y que él dé salud al herido.

—El os guarde hidalgos.

El alférez bajó hácia la rambla, y Yaye, Abd—el—Gewar y los suyos siguieron trepando por el desfiladero.

—Cerca andan de nosotros, dijo el monfí que habia hablado antes; por lo mismo mucho será que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monfí estas palabras cuando se escucharon á lo lejos, en lo profundo de las breñas, arcabuzazos repetidos, y algunas balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

—¡A la rambla del rio! exclamó Abd—el—Gewar revolviendo su caballo; vamos á ganar el camino por mas abajo de Cádiar. Al galope y silencio.

Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cádiar que tocaban á rebato.

Capítulo V. Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar á Granada nuestros caminantes.

Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si reventaria ó no. Abd—el—Gewar le seguia como si los años no hubieran amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte monfíes.

Tanto y tanto picaron que á las seis de la mañana llegaron á Lanjaron.

Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares, rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar á Granada con la misma rapidez que se habia llegado á Lanjaron, y para renovarlos era preciso detenerse.

Parecerá extraño que en una pequeña villa se pretendiese renovar veinte y tres caballos; pero dejará de existir la extrañeza cuando se sepa, que los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas quebraduras cercanas á Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfíes ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en todas partes.

Abd—el—Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfíes iba á ver si los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson á la entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento.

Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegándose á la necesidad, se encaminó á la villa y se entró por el ancho portal de un meson, dando una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia con la permanencia de tantos huéspedes, aunque no fuese mas que por algunas horas en su casa.

Acomodáronse Yaye y Abd—el—Gewar en un aposento á teja vana, en el fondo de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfíes en la cocina, y los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfíes, salia en demanda de los caballos de refresco.

Entre tanto el posadero sirvió una liebre á los amos y un guiso de abadejo á los monfíes.

Todos, á pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba en las necesidades de su disfraz.

Solo Yaye no comió ni bebió, y lleno de impaciencia habia salido á los corredores á esperar la vuelta del monfí que habia ido á buscar los caballos, mientras Abd—el—Gewar comia lentamente dentro del aposento su guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo.

El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno los corredores: Yaye se puso á pasear á lo largo de ellos.

Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes, arrastraba por el pavimento terrizo.

Por este ruido su presencia fue notado por el huésped, ó, mejor dicho, por la huéspeda de un aposento situado en el comedio del corredor.

Decimos huéspeda, porque á los pocos pasos que dió Yaye, se abrieron las maderas de una reja situada junto á la puerta de aquel aposento, y apareció en ella una cabeza de mujer.

Pero una cabeza característica. Un tipo evidentemente extranjero, pero enérgicamente hermoso.

Esta mujer, ó mejor dicho, esta jóven, porque á lo mas podria tener veinte años, era densamente morena, pero con un moreno límpido, encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran tamaño, y llenos de vida y de energía, pero de una energía casi salvaje: bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantísimos, rizados, negros, hasta llegar á ese intenso tono del negro que produce reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguileña, la boca de labios gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y mórvido, anchos los hombros y alto el seno.

Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar solemne, á Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos metidas en los bolsillos de sus gregüescos, y profundamente pensativo, seguia paseándose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba, no era hácia la parte de adentro, sino hácia la de afuera, al portal del meson.

La desconocida no dejaba de mirarle con un interés marcado, en que sin embargo no habia esa expresion de la mujer que mira á un hombre que la agrada: á pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada, y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra, á todas luces, interesar á Yaye, puesto que se aliñó un tanto los rizados cabellos, se colocó en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoyó lánguidamente la cabeza en su mano derecha, cuyo desnudo y magnífico brazo se apoyaba en el alfeizar de la reja.

Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vió.

Notóse una lucha interna en el semblante de la jóven, y por tres veces sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, señal clara de que luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jóven, y la vergüenza de provocar su atencion.

Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada insegura, dijo á media voz:

—¡Caballero! ¡noble caballero!

La voz de la jóven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera.

Ese no sé qué misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda á un tiempo, hizo extremecer con un movimiento nervioso á Yaye, que se volvió.

—¿Me habeis llamado, señora? dijo Yaye, mirando á la jóven con la fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra.

La extranjera comprendió que habia logrado admirar á Yaye, y se sonrió de una manera tentadora.

Yaye, á pesar del recuerdo de Isabel, sintió una dulce sensacion al notar la sonrisa de la desconocida.

—Sí, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para hablaros, quiero que no extrañeis mis palabras, que, si Dios quiere, os explicaré en otra ocasion. ¿Vais á Granada?

—A Granada voy.

—¿Cómo os llamais?

—Juan de Andrade.

—¿Sereis tan generoso que querais amparar á dos mujeres desgraciadas?

—¡Oh! para amparar á una mujer, no es necesario ser generoso.

—Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan Alvaro de Sedeño.

—¿Y para qué?...

—Somos víctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, seré vuestra esclava.

—Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contestó conmovido Yaye.

—Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un hombre de corazon y de virtud...

—¿Alvaro de Sedeño habeis dicho?

—Sí.

—¿Capitan de los tercios del rey?

—Sí, capitan de infanteria española, de los que fueron á Méjico.

—¿Sois mejicana?

—Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.

—¡Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmuró Yaye.

—Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro. Tomad, y adios. No me olvideis.

Y la mejicana dejó caer en las manos de Yaye un magnífico ceñidor de perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerró la ventana.

Yaye miró por un momento aquel largo y pesado ceñidor que ademas estaba enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guardó despues en su limosnera.

—Si Isabel no se ha casado, dijo, seré feliz, y justo es que los que somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si no puede ser mia, ¡oh! entonces... necesitaré matar á alguien, y me vendrá bien castigar á un infame... ¡el capitan Alvaro de Sedeño...! ¡algun aventurero rapaz... sin corazon...! ¡dos esclavas...! ¡madre é hija...! ¡la esposa y la hija de un rey...! ¡infelices...! y luego... luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no parecernos á los aventureros castellanos.

Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger á un hombre.

Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto á engañarse acerca del verdadero móvil de su caridad para con las mujeres.

Lo cierto es que, á pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana, tan extrañamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian impresionado.

Lo cierto es que, á pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.

Yaye era un ser digno de lástima.

Bajó en dos saltos la escalera, atravesó el corral, y entró en el zaguan.

—¡Harum! dijo, llamando.

—¿Qué me mandais, señor? dijo Harum, acercándose á Yaye sombrero en mano.

—Sígueme.

Harum siguió á Yaye que le llevó al corral, y cuando no podian ser vistos de nadie, le dijo:

—¿Ves aquel aposento que tiene junto á la puerta una reja?

—Sí señor.

—Allí moran dos mujeres: no conozco mas que á una de ellas: es morena, jóven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda un capitan castellano. Quédate en el meson, y sin que nadie pueda reparar en ello, observa á esa gente, síguela: ve dónde para, no pierdas ni un solo momento de vista á esas damas: si es necesario protegerlas, protégelas.

—¿Hasta matar?...

—Hasta matar ó morir.

—Muy bien, señor.

—Cuando lleguen á Granada, observa en qué casa habitan.

—Lo observaré.

—Y me avisas.

—Os avisaré.

—Toma para lo que le se pueda ocurrir.

Y le dió algunas monedas de oro que Harum se guardó de la manera mas indiferente del mundo.

—Vete.

Harum se volvió al corro de los monfíes.

En aquel momento un hombre apareció en la puerta del meson.

Este hombre tenia un aspecto extraño: era alto, como de cuarenta años, de color cetrino, de semblante que debió ser bello algun dia, pero de líneas duramente rígidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su boca, haciéndola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por último, le faltaban el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo á un herrete de su coleto de ámbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre, vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al parecer no podía montar á caballo, llevaba calzada en la pierna izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata: apoyábase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro, temible, y sobre todo duramente provocador é insolente.

Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia detenido á la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y á caballo junto al carro un soldado viejo y armado á la gineta.

Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente.

Yaye observó todo esto con una sola mirada, y se dijo:

—Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeño.

Sin saber por qué, la sola presencia de este hombre provocó su odio, su cólera, y un ardiente deseo en su corazón de cerrar con él á estocadas.

Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto á ello la breve conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente antipático.

Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese con una conducta atenta, la mala impresion que debían necesariamente causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extraño estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente á los monfíes, habia pasado con altanería, casi con desprecio y sin saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrándose por las escaleras; poco despues le vió aparecer Yaye en los corredores, á tiempo que Abd—el—Gewar salia de su aposento.

Entonces notó Yaye una cosa extraña. Abd—el—Gewar se detuvo y se puso pálido; el desconocido se detuvo tambien, irguió la cabeza, miró de una manera altiva al anciano, y despues se quitó la toquilla, le saludó, y pasó: Abd—el—Gewar se inclinó ligeramente, y se encamino á las escaleras, y el desconocido llegó á la puerta del aposento donde estaba la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sacó una llave, abrió la puerta, entró, y cerró.

Poco despues Abd—el—Gewar, preocupado y pálido aun, estaba en la puerta del corral junto á Yaye.

—¿Conoceis á ese caballero? le dijo el jóven: os habeis conmovido al verle, y él os ha reconocido, y os ha saludado.

—Si, si por cierto: es él.

—¿Y quién es él?

—Es el señor Alvaro de Sedeño, antiguo y valiente soldado de los tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre.

—¡Ah! ¡es monfí!

—Lo ignoro; es un secreto que tu padre jamás me ha revelado.

—¿Pero donde habeis vos conocido á ese hombre?

—Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con él familiarmente en la montaña.

—Y sabiendo que ese hombre sirve á mi padre, ¿por qué palidecísteis á su vista?

—Es que ese hombre, no sé por qué, desde que le vi, me causó repugnancia, aversion, temor...

—Lo mismo me ha sucedido á mí, cuando hace un momento le he visto por primera vez.

—Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd—el—Gewar, pero aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras... es necesario partir.

En efecto, un monfí jóven y gallardo entraba en aquel momento en el meson y se dirigió al lugar donde estaban el jóven y el anciano.

—Los caballos esperan, dijo descubriéndose, en la rambla del río cerca de Tablate.

—¿Enjaezados como conviene? dijo Yaye.

—No ha sido posible, pero se les pondrán los arneses de los que dejemos.

—¡Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto á recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel.

—Por lo mismo, dijo Abd—el—Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos.

Mientras esto se hacia, Yaye, que á pesar del recuerdo de Isabel no dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se encontraba la princesa mejicana, vió que aquel aposento se abria y que salian de él primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado: atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto á Yaye y Abd—el—Gewar: delante iba el capitan: saludó fria y ceremoniosamente á los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye creyó notar que la mas esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba á través de su manto con ansiedad.

Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoyó una pequeña escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subió el capitan, y antes de desaparecer saludó de nuevo, pero de una manera que tenia mucho de insolente, á Yaye y Abd—el—Gewar.

Despues de esto el carro echó á andar á buen paso.

Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando Harum—el—Geniz se dirigió gentilmente á la salida del meson.

—¡Eh! ¿á donde vais, Pedroz? le preguntó con imperio Abd—el—Gewar.

—El señor me ha ordenado... dijo Harum deteniéndose y señalando á Yaye.

—Va á un asunto mio, dijo el jóven, dejadle ir.

Y el monfí, en vista de un ademan del jóven, siguió su camino.

Sigámosle.

El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al puente de Tablate desde Lanjaron. El monfí, en vez de seguir ostensiblemente tras el carro, rodeó por las tapias del pueblo, se perdió entre los olivares y echándose la espada al hombro, y despues de haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empezó á andar con una rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de haber flanqueado la montaña por espacio de una hora, se encontró marchando sobre las crestas de los montes á cuya falda se extiende el camino de las Alpujarras á Granada.

El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian á lo lejos: muy pronto una nube de polvo apareció por un recodo del camino, y un grupo de ginetes adelantó á la carrera, alcanzó el carro, pasó adelante y se perdió en otro recodo: eran Yaye, Abd—el—Gewar y los veinte monfíes.

Harum, que se habia quedado á pié para cumplir el encargo de Yaye, y que ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo á Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido.

Al poco espacio salieron de las breñas cercanas y con poco intervalo de una á otra aparicion, tres monfíes con su trage característico de montaña y con fuertes ballestas.

—Que el señor Altísimo y único sea con vosotros, dijo Harum.

—Allah te guarde walí, dijo uno de ellos, ¿qué nos quieres?

—Lo que voy á deciros os lo dice por mi boca el magnífico emir de las Alpujarras.

Los tres monfíes hicieron una zalá ó saludo á la usanza mora.

—Estamos dispuestos á obedecer, dijo el que hasta entonces habia hablado.

—¿Veis allá á lo lejos en el camino un carro?

—Le vemos.

—Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro.

—¡Lleva oro! exclamó con la alegría de un bandido que presiente una presa otro de los monfíes.

—No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos, un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas.

—¡Ah!

—Tú eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigiéndose al que habia hablado primero. Parte á cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro puesto de la montaña no falten diez de los nuestros, que no pierdan un solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en él corren algun peligro, defendedlas.

—Muy bien.

—Que cuando yo llegue á la puerta del Rastro de Granada, que será esta tarde, sepa si ha llegado ó no el carro, y si ha llegado, en qué casa han parado el soldado y las dos damas.

—Muy bien.

—Ea, pues, tú, Zeiri, piés á la montaña. Vosotros seguidme.

Unos y otros se perdieron muy pronto entre las ásperas cortaduras.

A las siete de la mañana habian salido Yaye, Abd—el—Gewar y los veinte monfíes del meson de Lanjaron; á las once del dia Yaye y Abd—el—Gewar á caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada.

Capítulo VI. En que se presentan nuevos é interesantes personajes.

Muy poco despues Yaye y Abd—el—Gewar, llamaban á la puerta de su casa y un esclavo les abria.

Yaye desmontó, y llevando por si mismo su caballo del diestro, mientras el esclavo conducia el de Abd—el—Gewar, atravesó el zaguan, la calle principal del jardin y metió el caballo en la caballeriza. Despues salió al jardin y lanzó una ansiosa mirada á la galería de las habitaciones de Isabel: estaban desiertas, las celosias cerradas, un profundo silencio dominaba en aquella casa.

Aquel silencio, que nada tenia de extraño atendido á que era el medio dia de uno caloroso de junio, impresionó al jóven; y es que cuando estamos predispuestos á recibir impresiones tristes, estas impresiones emanan para nosotros de todo lo que nos rodea.

—Kaib, dijo Yaye volviéndose al esclavo berberisco que les habia abierto, ¿no tienes ninguna noticia que darme?

El esclavo, que amaba al jóven, le miró tristemente.

—Ninguna, señor, dijo despues de un momento de silencio.

—¿Durante mi ausencia no has visto á doña Isabel de Válor?

—No señor; hace dos dias, al amanecer, en las horas del calor, por la tarde, por la noche, las celosías del mirador han estado cerradas. Ni aun la he oido cantar; ya sabeis que la señora cantaba todas las noches... pues nada, señor, nada.

—¿Con que no la has visto? ¿no ha cantado? Estará enferma acaso.

—Puede ser que lo esté, pero si lo está no guarda el lecho.

—¿Cómo sabes eso sino la has visto?

—Os diré, señor: durante vuestra ausencia de Granada no la he visto; pero cuando ya debiais haber llegado, hace media hora, la he visto salir de su casa.

—¡Ah! ¡y estaba triste!

—Muy triste y muy pálida, pero muy hermosa: y luego ¡iba tan bien prendida!

—¡Bien prendida...!

—Llevaba una falda y un justillo de brocado blanco, un velo de plata y seda, y una corona de flores blancas.

Nubláronse los ojos de Yaye, zumbó un ruido sordo en sus oidos, agolpósele toda su sangre al corazon, se puso mortalmente pálido y un vértigo momentáneo, pero violento, pasó por su cabeza y cubrió su frente de sudor frio.

Necesitó apoyarse en la pared para no caer.

Su poderosa voluntad dominó al vértigo, y volviéndose al esclavo exclamó roncamente:

—Deja los caballos, y ven conmigo.

El berberisco obedeció dócil como un perro; Yaye atravesó como una exhalacion el jardin, el zaguan y la puerta, que abrió con un apresuramiento febril: luego, seguido de Kaib, se aventuró á largo paso por las estrechas, tortuosas y pendientes callejas del Albaicin.

—¿Quién acompañaba á doña Isabel? preguntó Yaye al berberisco.

—Su hermano don Fernando, un hidalgo mal carado y como de cuarenta años, pero muy galanamente vestido, Diego el Geniz, y Pedro de Barredo, tambien vestidos de gala, dos pajes con libreas nuevas, su dueña y dos doncellas.

—¡Ah! exclamó Yaye que todo lo adivinaba, apresurando mas el paso: ¿y no iba con ella su hermano mayor don Diego?

—No señor.

—Llevarian literas.

—Si señor, dos: en la una entraron doña Isabel y su dueña, en la otra las dos doncellas.

—¿Y te vió doña Isabel?

—Si señor, y al verme se puso pálida, muy pálida... y me miró de una manera que sin duda queria decir: cuenta á tu señor que me has visto vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y pálida como una muerta.

El berberisco pronunció con una profunda intencion estas palabras.

Yaye se extremeció y apretó mas el paso hasta casi correr.

No se habló una palabra mas entre amo y esclavo.

Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroqueña encima de su gran puerta de roble escultada.

Yaye se lanzó á aquella puerta y asió su enorme llamador.

Pero antes de que pudiese llamar se abrió la puerta y apareció un caballero ricamente vestido de negro.

Este caballero se sorprendió al ver á Yaye, retrocedió un paso y le miró con extrañeza y aun con cuidado.

En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado á la vista, se veia una dama que se preparaba á entrar en una litera cuando se abrió la puerta y apareció Yaye.

Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso densamente pálida, ahogó un grito y fijó una intensa mirada en Yaye.

La extrañeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama á la vista de Yaye, nos obligan á que antes de pasar adelante demos á conocer á estos dos nuevos personajes, y á algun otro mas de los que figuran en nuestra historia.

Aquella dama y aquel caballero, eran esposos.

Ella se llamaba doña Elvira de Céspedes: él don Diego de Córdoba y de Válor.

El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de consecuencias.

Doña Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas demostraba diez y ocho años; pero nosotros sabemos por los apuntes que nos hemos visto obligados á entresacar de antiguos papeles para escribir esta verídica historia, que doña Elvira en 1546 habia cumplido veinte y tres años y que se habia casado á los diez y siete con don Diego de Córdoba y de Válor. Sabemos tambien que doña Elvira era hija del licenciado Juan de Céspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado á estudiar como sopista en la universidad de Alcalá, desde la cual, concluidos sus estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jóven de talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado á ocupar un oficio de alcalde de la Sala de Casa y Córte en la Real Audiencia de Granada.

Allí y por causa de un embrollado proceso conoció el licenciado Juan de Céspedes á una viuda hermosa, ó que se lo pareció, pero pobre, y el resultado de este conocimiento fue, que algunos meses despues el señor Juan de Céspedes, ya hombre maduro, casó con doña Irene de Avendaño que hacia mucho tiempo que habia dejado de ser una rapaza.

En 1523 doña Elvira de Céspedes y Avendaño, fue el fruto de bendicion que dió Dios á los esposos; fruto tardio de la dueña cuarentona doña Irene, que sucumbió á un parto demasiado laborioso, dejando por único consuelo al afligido alcalde de Casa y Córte una hermosísima niña.

La educacion de una hija no era lo mas á propósito para un hombre á quien habian hecho duro y abstracto la pobreza y los estudios, cualidades que se habian exacervado con el continuo ejercicio de sentenciar á horca y galeras, á todo vicho viviente que se le habia venido á las manos entre las fojas de un proceso. El licenciado Céspedes que hasta entonces nada habia encontrado grande y difícil mas que la recta aplicacion de la ley, sintió que le habia caido encima una montaña con la muerte de su esposa, que le sentenciaba por entero á la crianza de su hija.

Pero consideró que en cinco años á lo menos no urgia pensar en la educacion decisiva de doña Elvira, y contó muy prudentemente con que en aquellos cinco años se le ocurriria bien un medio de salir del atolladero.

Pero hé aquí que apenas la niña habia salido de la lactancia, se encontró el licenciado, con que, sin haberlo pretendido, el emperador y rey don Carlos V, le nombraba oidor de la Real Audiencia de Méjico, que acaba de crearse.

La obligacion de justificar el carácter de nuestro personaje, con la apreciacion de su educacion y de su vida íntima, nos pone en el caso de hacer otra digresion relativa al por qué se habia dado al licenciado Céspedes, sin que lo pretendiese, un oficio codiciadísimo, en el riñon de aquel tesoro de la corona de Castilla que se llamaba Nueva—España, oficio á que él no habia osado aspirar en sus mas insensatos sueños de ambicion.

Todo tiene su causa en este mundo: todo consistia en que el licenciado Céspedes despues de haberlo pensado y repensado durante dos años, habian encontrado que el mejor medio de procurar á su hija una educacion conveniente era darla una segunda madre.

Una vez ejecutoriada esta providencia en el censorio del alcalde de Casa y Córte, halló que para cumplirla necesitaba de todo punto casarse, para casarse tener novia, para tenerla buscarla.

Y la halló, como quien dice, debajo de la mano, en una su vecina, hija de un capitan inválido de los tercios de Italia, pobre pero honrada, sobre honrada jóven, y como complemento de conveniencias, exceptuando la pobreza, fresca y robusta.

No era hombre el licenciado Céspedes que á los cuarenta y cinco años se anduviese con telégrafos (que hoy se dice) ni con billetes, ni con otras gerzonias, diametralmente opuestas á su carácter natural, y sobre todo á su carácter judicial: asi es que, despues de haberlo maduramente decidido, se puso un dia su loba mas rica, su mejor golilla y su reluciente espadin de córte, y se presentó casa de su vecino el valiente capitan de los tercios de Italia Illan de Aponte, al que redondamente pidió su hija por esposa.

El capitan no encontró razon para echar á la calle aquella fortuna tan inesperada, que tan de rondon y tan formal se metia por las puertas de su casa.

Entonces no se contaba para nada con la voluntad de las mujeres, ya se tratase de casarlas, ya de emparedarlas en un convento. El capitan Aponte dió palabra formal de soldado honrado al alcalde de Casa y Córte, de que su hija seria su esposa.

Dióse traslado á la parte, esto es: á doña Clara, que así se llamaba la pretendida.

Esta se sobrecogió, se puso pálida y tartamudeó algunas palabras que su padre atribuyó al pudor natural de una doncella de veinte años.

El padre se engañó.

Lo que causaba el sobrecogimiento de su hija era que estaba enamorada de un mancebo noble, hermoso y rico, y comprometida con graves compromisos, de que pudiera haber dado testimonio cierto postigo situado en cierta calleja.

Ello es el caso que el amante supo que se le habia metido entre su amor y su amada, como una cuña de hierro, á la que servia de mazo la autoridad paterna, todo un alcalde de Casa y Córte.

A grandes males grandes remedios: el noble y rico mancebo, se puso su mas rico trage de brocado, su cadena de mas valía y sus mejores preseas, y acompañado de lacayo y escudero, se presentó en la casa del capitan de Italia y dejó oir en ella el aristocrático y altisonante nombre del marqués de la Guardia.

Apresuróse á recibirle el capitan. El noble marqués le dijo sin rodeos que queria ser esposo de doña Clara.

¡Ira de Dios y quien podria contar la impresion que causaron estas palabras en el honrado veterano! Levantóse delante de él como una horrenda fantasma la palabra que habia dado al alcalde de Casa y Córte, porque, al fin, teniendo para su hija un marqués jóven y poderoso, era indudablemente una desgracia tenerse que contentar con un golilla, ya casi viejo, casi pobre y mas de un casi feo.

El capitan tardó quince minutos en contestar; al fin haciendo un esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeñada su palabra, y que no faltaria á su palabra por nada del mundo.

El marqués iba preparado á esta respuesta y la contestó sin detenerse un punto.

—Vos no os habreis comprometido á casar vuestra hija sino en España.

Miró con asombro el capitan al marqués porque no le comprendia.

—Quiero decir que si ese hombre á quien habeis dado vuestra palabra se viese obligado á pasar los mares y á llevarse vuestra hija...

—Indudablemente, esa circunstancia me dejaría en libertad, dijo el señor Illan.

—Pues os juro que quedareis libre... solo os pido.

—¿Qué...?

—Que dilateis con cualquier pretexto el casamiento de vuestra hija durante quince dias, solos quince dias, y que guardeis un profundo secreto acerca de nuestra vista.

El capitan lo prometió solemnemente: esto era una especie de conspiracion contra el alcalde de Casa y Córte: una traicion, pensando severamente; pero el caso era cubrir las apariencias, y sobre todo se trataba de un golilla, de uno de esos hombres que estan tan acostumbrados y tan prácticos para buscar callejuelas á la ley.

El alcalde era tratado en su propio terreno y con sus propias armas.

El marqués escribió aquel mismo dia á un su amigo de la córte, hombre poderoso y muy privado de los privados del emperador; á su carta acompañaba un libramiento de buena ley de mil ducados.

A los doce dias, sin saber cómo ni por donde, el alcalde de Casa y Córte recibió una provision de oficio de oidor de la Real Audiencia de Méjico.

En los primeros momentos de júbilo el licenciado Céspedes se trasladó provision en mano casa de su futuro suegro.

Pero este con gran asombro suyo le dijo gravemente:

—¿Y pensais aceptar, señor Juan de Céspedes?

—¡Que si pienso aceptar! exclamó con extrañeza el alcalde: pues decidme: ¿qué harías vos si os nombrasen virey de Méjico ó de Santiago de Cuba?

—Aceptaria con toda mi alma: ya lo creo.

—Pues ved ahí que con toda mi alma acepto yo.

—Pues en ese caso... dijo con una verdadera turbacion el capitan, en ese caso, yo os retiro la palabra que os he dado.

La turbacion del capitan consistia en que el buen hidalgo no habia ejecutado nunca dobles papeles y le repugnaba la intriga.

—¡Qué... me retirais vuestra palabra!... es decir, ¿cuando puedo acumular sin ofender á Dios ni á la justicia grandes riquezas? exclamó el alcalde poniéndose pálido.

—No son las riquezas las que me mueven... dijo balbuceando de nuevo el capitan, porque le repugnaba la mentira tanto como la intriga, pero yo habia contado con que no saldríais de España: bien sabeis, puesto que sois jurista, que no podríais obligar á vuestra mujer á que se embarcase.

—¿Con que es decir?...

—Que ó renunciais á ese oficio de oidor, ó á mi hija.

Meditó algunos segundos el alcalde.

—No puedo renunciar, dijo, una fortuna que Dios me envia... si yo fuera solo... pero tengo una hija.

—¿Cómo que teneis una hija?

—Sí señor, una hija de mi difunta esposa...

—¡Sois viudo!...

—Ciertamente...

—Hé aquí otra circunstancia que me dispensa de mi palabra... nada de vuestra viudez ni de vuestra hija me habíais dicho.

—Pero lo sabe todo el barrio...

—Pues ved ahí, yo no lo sabia.

—Decididamente...

—Yo no he dado mi palabra ni á un viudo con hijos, ni á un oidor de las Indias.

—Estais en vuestro derecho, dijo roncamente el alcalde de Casa y Córte, ó mejor dicho, el oidor de la Real Audiencia de Méjico. Y así, adios, señor capitan Aponte.

—¿Quedamos, pues, recíprocamente libres?

—De todo punto. Podeis casar á vuestra hija con quien mas os convenga.

Separáronse, pues, de una manera ruda.

Ocho dias despues, doña Clara de Aponte era marquesa de la Guardia.

El señor Juan de Céspedes comprendió entonces por qué le habian hecho oidor sin solicitarlo.

Ocho dias despues de haber sido elevada á marquesa doña Clara, el presidente de la chancilleria de Granada llamó al señor Juan de Céspedes.

—Señor licenciado, le dijo, siento daros una mala noticia.

Juan de Céspedes solo contestó poniéndose pálido.

—Se me encarga de órden de S. M. Cesárea, que os recoja la provision de oidor de la Real Audiencia de Méjico, que no puede llevarse á efecto... porque os la han enviado por una equivocacion.

Juan de Céspedes comprendió entonces que habia sido burlado.

Esto consistia, no en que el marqués de la Guardia hubiese influido para aquella segunda peripecia, sino en que los mil ducados enviados á la córte, habian sido bastantes para que en las secretarías de Estado se hiciese aquella infame farsa, sorprendiendo el ánimo del emperador; pero no bastaban, de ningun modo, para comprar un oficio tal como el de oidor en Indias, que entonces era considerado como una mina de oro.

Juan de Céspedes enfermó de rabia y de dolor porque ya se habia consentido y aun infatuado con su carácter de oidor.

La enfermedad concluyó pronto, pero concluyó en la tumba.

Doña Elvira quedó enteramente huérfana.

El marqués de la Guardia, que era un calavera capaz de jugar una sangrienta pasada al mismo diablo, y que solo se habia casado con doña Clara, porque todos los hombres tienen un cuarto de hora en que se casan, no era por esto infame. Sintió que su burla al pobre alcalde hubiese tenido tan negro desenlace, encontró bajo aquella burla una pobre huérfana, sin mas amparo que la caridad pública, y reconoció como un deber el protegerla.

Sin embargo, su proteccion no fue muy espléndida. Se fué al párroco, y en confesion le entregó por una parte seiscientos cincuenta ducados que debian servir para atender á la manutencion, vestido y educacion de doña Elvira en un convento, durante trece años, esto es, hasta que cumpliese los diez y seis, á razon de cincuenta escudos por año: y por otra mil ducados, que debian servirla de dote, ya eligiese el claustro ó el matrimonio.

La huerfanita fue llevada por el párroco al convento de santa Isabel la Real.

Doña Elvira, pues, se habia educado en un convento.

Pero no es en un convento donde mejor puede educarse á una jóven.

Mimaron las buenas madres á doña Elvira, y doña Elvira se hizo voluntariosa.

Enseñáronla á leer y escribir y un poco de latin, con el objeto de hacerla monja.

Como educacion de adorno, enseñáronla á cantar monjunamente y á hacer dulces y flores.

La halagaron, y la hicieron soberbia.

La llamaron hermosa, y la llenaron de vanidad.

Habláronla mal del mundo para que renunciase á él, y doña Elvira ansió conocer una cosa tan mala.

A los diez y seis años, el deseo de respirar otro aire que el contenido en las paredes del convento, fue para doña Elvira una necesidad.

Los deseos comprimidos son los mas fuertes, los mas tenaces.

Doña Elvira era alta, esbelta, con cabellos semejantes á sedosas hebras de oro, frente cándida y pura, ojos celestes como el cielo, y sonrisa aseñorada, aunque un tanto altiva y amarga.

Era, pues, una dama, en toda la extension de la frase, y á mas de esto hermosa á maravilla.

La habian dejado espejo, y doña Elvira, despues de haber visto en el espejo su hermosura, la habia comparado con el aspecto de las buenas madres, y las habia encontrado pálidas, verdinegras, con ojos hundidos, bocas lívidas, feas cuanto puede ser fea una mujer que se ha agostado robada á la naturaleza y al amor: aquellas mujeres, alguna de las cuales habia sido una flor, se habian transformado en ortigas: doña Elvira se punzaba dolorosamente á su contacto, y acabó por aborrecerlas: pero obligada á mostrarse con ellas dulce y cariñosa, habia contraido otro terrible defecto: se habia hecho hipócrita, falsa, intencionada.

La horrorizaba pronunciar unos votos que debian ligarla por toda la vida á aquellas mujeres, incrustarla, por decirlo asi, en aquel claustro del que no debia salir ni aun despues de muerta, una vez pronunciados sus votos, y á pesar de esto, se mostraba dispuesta á ser monja.

Pero á lo que en verdad estaba predispuesta doña Elvira, era á arrostrar cualquier locura, por trascendental que fuese, á trueque de escapar de aquel ataud de vivos.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha al alcaide de Casa y Córte, Juan de Céspedes, por el marqués de la Guardia, continuaban; porque las consecuencias de una falta, mejor dicho, de un crímen son interminables, incalculables.

Aquella burla habia causado la muerte del padre.

Acaso las consecuencias de aquella burla, que eran la burla misma, debian causar tambien la desgracia de la hija y un infinito número de crímenes.

Porque un crímen sembrado en el mundo, da generalmente un fruto de ciento por uno.

Un dia, una parienta de la abadesa se presento en el locutorio. La abadesa, aficionadísima como todas las monjas á lucir las flores del convento, llevó consigo al locutorio á doña Elvira.

Pero la parienta de la abadesa no estaba sola; la acompañaba un jóven caballero, que iba á informarse de las condiciones bajo las cuales podria habitar algun tiempo en el convento, durante una ausencia de sus hermanos, una huérfana hermana suya.

Aquel caballero era don Diego de Córdoba y de Válor, que á la sazon contaba veinte y seis años.

Don Diego de Córdoba y de Válor, era un morisco convertido, hombre de gran calidad y riqueza; subiendo por el altivo tronco de su árbol genealógico, se llegaba á los califas Omniades de Córdoba, á los de Damasco, y por último á la familia del Profeta, del cual descendia por la madre de aquel hombre extraordinario, conocida entre los musulmanes bajo el nombre de Fatimah, la santa: inútil es decir que poseedor legítimo del voluminoso rollo de pergaminos, que tan esclarecida genealogía justificaban, don Diego de Córdoba era orgulloso cuanto puede serlo una criatura humana, y tenia mucho del aspecto dominador y de la palabra breve y despótica que parecia haber recibido como un legado de raza de sus cien regios ascendientes: pero era por cierto gran lástima que á tal aprecio de si mismo, á tal soberbia, no hubiese reunido don Diego las grandes virtudes que han solido resplandecer, formando la parte luminosa de su carácter, en muchos de los tremendos reyes, de cuyos nombres está llena la historia de la humanidad esclavizada. Don Diego era valiente, pero no con el valor espontáneo entusiasta y leal de los héroes: el valor de don Diego, rayando siempre en la ferocidad y siempre conducido por una intencion dañina y desleal, era, preciso es decirlo, el valor del bandido. Era espléndido y generoso, pero jamás estas prendas produjeron una buena accion: tiraba su dinero con la misma indiferencia con que se arroja lo que nada vale; jugaba y perdia sumas enormes sin alterarse ni entristecerse, y del mismo modo sin afan ni alegría, las ganaba; favorecia á todo el que á él se acercaba, ó por mejor decir, á todo el que por su vida escandalosa y aventurera y por sus libres costumbres, habia adquirido la funesta nombradía de camorrista, burlador, taur ó maton; gustábanle á perder esa clase de hombres audaces que viven descuidadamente sobre el país y sobre el presente, sin meterse á considerar quienes eran, de donde venian ni á donde iban: los lugares de su mas asídua asistencia eran los garitos, las mancebías y las tabernas, en las que se entraba sin pudor alguno á la luz del sol, y delante de las gentes, con la frente alta y como desafiando á la opinion pública; en nada invertia con mas placer su dinero que en corromper la virtud de las mujeres, produciendo la vergüenza ó la desesperacion de un padre, de un esposo ó de un amante; sus mancebas, de las cuales tenia á un tiempo un número escandaloso, ostentaban un fausto insolente y despues de algun tiempo, abandonadas y corrompidas, iban á aumentar con sus vicios la hedionda corriente de cieno que de tal manera inficionó las costumbres de España en el siglo XVI.

Tal era el primer hombre del mundo que veia ante sí doña Elvira de Céspedes, y decimos del mundo por que su confesor, el capellan, el sacristan y el andadero de las monjas, á quienes veia todos los dias, eran hombres del claustro, y viejos, feos, sucios, en contraposicion de don Diego de Válor, que era jóven, hermoso, de mirada audaz, gallardo y riquísimamente vestido.

Don Diego en efecto tenia, como sabemos, una hermana: doña Isabel, y ademas un hermano menor llamado don Fernando.

Su padre, Muley Mahomad—ebn—Omeya, uno de los walies de Granada que mas se distinguieron en su juventud en la conquista, habia pasado al servicio de los Reyes Católicos, se habia convertido bajo el nombre de don Juan de Córdoba y de Válor, recibiendo en premio una carta de nobleza y el amayorazgamiento de sus bienes con el título de señor de Válor, y habia casado, por último, y siendo ya hombre de cierta edad, con una morisca parienta suya llamada Inés de Rojas.

Esta le habia dado sucesivamente dos hijos y una hija, poco despues de lo cual murió don Juan, dejando su mayorazgo y su título á Don Diego, y la curaduría de sus tres hijos á su esposa doña Inés.

Murió esta años adelante, y dejó la tutela de sus hermanos menores á don Diego.

Parecia, pues, que este iba legítimamente á tratar de la entrada de su hermana doña Isabel en el convento.

Pero no pensaba ciertamente en ello; era un pretexto: don Diego habia sabido por el marqués de la Guardia, hombre ya machucho, el mismo de la burla que mató al padre de doña Elvira, su grande amigo, tan disipado como él y tan tremendo calavera, aquella historia de desdichas, la existencia de doña Elvira en el convento de santa Isabel y la fama de su hermosura.

¿Cómo el marqués de la Guardia no habia visitado nunca á doña Elvira?

La razon era muy sencilla: al procurarla medios de subsistencia, al dotarla, solo habia pensado en reparar de algun modo una falta: habia buscado un eclesiástico: le habia entregado como fidei comiso y bajo confesion aquel dinero, y despues se habia ausentado de Granada con su esposa.

Durante muchos años anduvo vagando por España é Italia, gastando gentilmente sus rentas, hasta 1539, en que murió su esposa y se volvió á Granada viudo y sin hijos, entregándose desde entonces con toda libertad á los excesos del otoño del calavera, que es la época mas azarosa de la vida de esta clase de gentes, y durante la cual hacen mas daño á la sociedad, sobre todo cuando son tan ricos y tan audaces como el marqués de la Guardia.

Don Diego de Córdoba era una especie de astro entre cierta clase de gentes en Granada y como el marqués de la Guardia por propension y por costumbre se fué á buscar aquella clase de gente encontráronse un dia los dos astros girando en una misma órbita.

Cuando dos hombres de este jaez se encuentran, sucede irremisiblemente una de estas dos cosas: ó se chocan duramente y se matan, ó se unen y se hacen camaradas de libertinage.

Esto ultimo aconteció al encontrarse don Diego y el marqués de la Guardia: el segundo casi doblaba la edad al primero; pero por lo demás en cuanto á fortuna, conducta y aficiones eran iguales.

Durante dos años fueron en Granada una epidemia social; una de esas pústulas crónicas y malignas que solo se curan á yerro ó á fuego.

A principios de 1541 y cuando una noche el marqués se preparaba para salir á una aventura galante, se encontró en su casa con un humilde acólito que le entregó de parte del cura de la parroquia de san Luis, un papel en que bajo una enorme cruz se leian estas breves y solemnes palabras.

«Señor marqués de la Guardia: en este momento me hallo próximo á rendir el alma al Criador. Hace trece años me entregásteis, bajo confesion, cierta suma, mediante la cual debia educarse en un convento y dotarse, llegada que fuese á los diez y seis años, una pobre huérfana. He cumplido como debia el encargo de vuecelencia; pero estando próximo á morir, habiendo llegado la época en que doña Elvira entre en el claustro como religiosa ó vuelva al mundo, un grave deber de conciencia me obliga á suplicaros que vengais á verme al momento. El dador os guiará. Guarde Dios á vuecelencia. De mi lecho de muerte á 16 dias del mes de enero, año de nuestro Señor de 1541.—El licenciado Pero Ponce.»

Dió dos vueltas el marqués á la carta, quedóse pensativo y no sabemos por qué presentimiento vago, renunció á su aventura y se decidió á ir á la cita que se le pedia á nombre de una jóven de diez y seis años que casi podia llamarse su ahijada.

Siguió al acólito y muy pronto estuvo frente al lecho del moribundo.

—Vos por un capricho, por una locura de jóven, le dijo el párroco de san Luis, á las pocas palabras que hablaron, causásteis la muerte del padre, no causeis, señor, por impremeditacion la pérdida de la hija: doña Elvira no ha nacido para el claustro; si abandonada y desesperada profesa, blasfemará, perderá su alma; si sale del convento sin el apoyo de una persona que la ame, que la proteja, se perderá porque es hermosa; pero aun es tiempo, velad por ella, salvadla: no está pervertida, tiene un corazon ardiente, impresionable... vos, señor, que aun sois jóven, que aun podeis haceros amar, ¿por qué no embelleceis el otoño de vuestra vida con el amor de esa niña haciéndola vuestra esposa?

—¿En qué convento vive? dijo profundamente pensativo el marqués.

—En el de santa Isabel la Real.

—¿Y decis que es hermosa y digna de un caballero?

—Os lo juro, señor, y os digo mas: la amo como á una hija y no moriré tranquilo sino me jurais que vos, que hoy sois su padre adoptivo, la amparareis.

—Esa jóven corre por mi cuenta, dijo el marqués pronunciando estas vulgares palabras de tan ambiguo sentido con una entonacion singular.

—¿Quereis que os nombre su tutor en mi testamento? ¿quereis que os dé un testimonio de lo que habeis hecho por ella?

—No, no, de ningun modo, no quiero que sepa que yo he hecho nada por ella.

—¡Oh! ¡que generoso sois señor! Dios os bendiga.

—Dejad la tutela de esa jóven á la abadesa.

—Lo haré así.

—Y ahora ved si os queda algo que satisfacer en el mundo para que yo lo satisfaga por vos.

—¡Ah! no señor; desgraciadamente quedé huérfano y sin pariente alguno muy jóven; he vivido consagrado á mi ministerio y nada tengo que hacer mas que legar la mitad de mis cortos ahorros á los pobres, la otra mitad á doña Elvira, á doña Elvira que es mi corazon, señor, añadió el buen sacerdote mirando de una manera anhelante al marqués.

—Descuidad, descuidad en mí, señor licenciado; si Dios ha dispuesto que murais, morid tranquilo: si en mí consiste doña Elvira será feliz.

—¡Oh! ¡gracias, gracias! ¡ahora dejad que os bendiga!

El marqués mas por costumbre que por veneracion, dobló una rodilla y el sacerdote bendijo con mano trémula y moribunda aquella cabeza llena de vacios pensamientos, que en aquel mismo punto agitaba algo horrible dentro de sí respecto á la pobre huérfana, que era tan jóven y tan hermosa.

El marqués de la Guardia, pues, no habia sabido hasta entonces el paradero de la hija de Juan de Céspedes y por lo tanto no habia podido visitarla.

Aquella misma noche en uno de los lugares escéntricos en que se encontraban todos los dias el marqués de la Guardia y don Diego de Válor, frente á frente y vaso en mano, hablaban con la mayor irreverencia del mundo, del legado que habia dejado el párroco de san Luis al marqués.

—Pero formalmente don Gabriel, decia al marqués que así se llamaba, don Diego, ¿estais resuelto á hacer dichosa á esa muchacha?

—¿Y por qué no? dijo don Gabriel Coloma, que este era el apellido del noble marqués, aun no he cumplido cuarenta años; paso aun entre los buenos galanes sin que las damas reparen en la diferencia, y, sobre todo, esa aventura tiene para mí un encanto misterioso, un no sé qué seductor; decididamente, mañana voy al convento, pasado mañana la saco, al dia siguiente...

—¿Qué la sacais? ¿creeis que ella se prestará á huir con vos?

—¡Huir! la sacaré con los derechos que me asisten.

—¡Los derechos! indudablemente los teneis: pero nadie los conoce mas que el cura de san Luis, y ha muerto.

—¡Diablo! ¡es verdad!

—De modo que para doña Elvira sois un desconocido como otro cualquiera.

—¡Diablo! ¡diablo!

—Y como supongo que no os querreis casar con ella...

—¡Por Cristo vivo! hartos sinsabores me dió mi difunta, para que yo piense en casarme de nuevo... la haré mi querida.

—¡Ah! dijo don Diego; pero se me figura...

—¿Qué?

—Que si habeis de contar con doña Elvira para que abandone por vos el convento, empresa acometeis.

Picóse el orgullo de don Gabriel Coloma, que aun se creía, recordando sus buenos tiempos y fiando demasiado en el éxito que le procuraban sus doblones entre las mujeres, un seductor irresistible.

—¿Quereis que hagamos una cosa, don Diego? dijo.

—¿Qué cosa?

—Una apuesta.

—¿A propósito de qué?...

—Acometamos los dos esta empresa.

—Acepto.

—Vos no conoceis á Doña Elvira mas que lo que la conozco yo. Como yo sabeis que está en el convento de santa Isabel la Real, que es huérfana, que está bajo la tutela de la abadesa.

—Muy bien: ¿y qué apostamos?

—Vuestro caballo Infante, contra mi yegua Niña.

—Es decir que si os gano, me quedo con vuestra protegida y con vuestra yegua.

—Cabalmente.

—Determinemos la apuesta.

—El que saque del convento legítimamente ó no á doña Elvira, en una palabra, el que sea preferido por ella, gana.

—Aceptado.

—¿En cuánto tiempo?

—En quince dias, dijo don Diego de Válor.

—Sea en quince dias.

—Ademas hagamos otra apuesta, dijo don Diego, que era muy previsor.

—¿Cuál?

—Podrá suceder que para sacar á doña Elvira del convento sea necesario casarse con ella.

—¡Diablo!

—Yo lo preveo todo: una vez empeñados, no repararemos en nada, y como es hidalga y hermosa, y entrambos estamos libres... ¿quién sabe?...

—Teneis razon.

—En el caso que vos ganárais, don Gabriel, ya sea que ella se vaya con vos, ya que os caseis con ella, podeis tener por seguro que yo procuraré soplaros la dama ó la mujer.

—Lo mismo procuraré yo, don Diego, si la suerte os favorece.

—Determinemos aun mas: si solo es querida de uno de los dos, la apuesta será vuestro coselete de Milan cincelado, contra la magnífica espada de Damasco que he heredado yo de mis abuelos y que tanto os agrada.

—Sea.

—Pero si doña Elvira fuese esposa de uno de los dos...

—Entonces, don Diego, tenemos apostada la vida á estocadas.

—Me habeis comprendido.

Los dos calaveras se estrecharon las manos, apuraron los vasos y no volvieron á hablar de aquel asunto.

Cuando se separaron, don Diego recordó que tenia una parienta amiga de la abadesa de santa Isabel la Real; fuése á su casa muy temprano, á la hora en que la buena señora oia su misa cotidiana, y la expuso la necesidad que tenia de depositar por algun tiempo á su hermana doña Isabel en un convento.

La anciana parienta se prestó y despues de la misa fueron al locutorio.

La casualidad favoreció á don Diego.

Como sabemos, la abadesa llevó consigo al locutorio á doña Elvira.

Vióse esta mirada por la primera vez de una manera ardiente; vió tambien por la primera vez de su vida á un hombre que era casi tan hermoso como ella, y se enamoró.

Don Diego, por su parte, se enamoró tambien.

Aquella misma tarde el andadero del convento tuvo medio de poner en las manos de doña Elvira una carta de don Diego.

Aquella carta encerraba las primeras palabras de amor que se habian dirigido por un hombre á doña Elvira.

Esta, sin embargo, no contestó.

Al dia siguiente la abadesa llamó á su celda á doña Elvira, y la dijo toda trémula y asustada que el marqués de la Guardia la pedia por esposa.

Doña Elvira dijo que no conocia al marqués, y que no pensaba casarse con él.

Aquella tarde el andadero dió á doña Elvira dos cartas: la una era de don Diego de Válor, la otra del marqués.

La jóven entregó esta última rasgada al andadero para que la devolviese á don Gabriel Coloma, y otra cerrada para don Diego de Válor.

Esta última decia únicamente:

«Caballero: el señor marqués de la Guardia, á quien no conozco, ha pedido á la madre abadesa mi mano. Vos decís que me amais, ¿por qué no haceis lo mismo?—Elvira de Céspedes.»

Don Diego se habia enamorado perdidamente de doña Elvira, y habia comprendido á la primera ojeada que la jóven no saldria del convento sino por la puerta del matrimonio.

Esta certidumbre dió por resultado que dos dias despues la abadesa llamase de nuevo á doña Elvira á su celda y que la dijese muy tranquila, por qué su primera negativa á una demanda de matrimonio la habia hecho creer en la vocacion de la jóven al claustro, que don Diego de Córdoba y de Válor la pretendia por esposa.

Doña Elvira, con gran terror y sentimiento de la abadesa, contestó poniéndose encendida como una guinda:

—Decid á ese caballero, que le acepto por esposo.

Ocho dias despues el marqués de la Guardia envió con un escudero suyo á don Diego de Válor su yegua Niña, enjaezada con un caparazon de brocado azul, cabezon, cincha y pretal de lo mismo, y freno y estriberas de plata cincelada.

A mas de esto, en el caparazon, y dentro de ricas fundas iban dos magníficas pistolas cargadas.

—Comprendo: dijo para sí don Diego de Válor al ver las pistolas, y al reparar que iban cargadas: he ganado la primera apuesta casándome con doña Elvira, y estamos empeñados en la segunda: veremos quien á quien.

Por su parte el marqués habia dicho al poner las pistolas en el caparazon:

—Le he criado, como quien dice, la novia, se la he dotado, le pago con mi mejor vicho una apuesta perdida... mil doscientos cincuenta ducados por una parte... mil trescientos valor de la yegua, por otra... dos mil los jaeces y las pistolas... cuatro mil seiscientos cincuenta ducados en suma... pues señor, es preciso que yo me cobre de todo esto en su mujer.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha por el marqués al difunto padre de doña Elvira, continuaban en una progresion horrible.

Una vez casada se reveló el verdadero carácter de doña Elvira.

Era una mujer altiva y dura, y al poco tiempo de casada, apenas lanzada la influencia del convento, á las primeras lecciones recibidas del mundo, se convirtió en una de esas personas que todo lo calculan bajo el influjo de la mas descarnada razon; no amaba á don Diego: habíase casado únicamente con él para salir del convento, que la horrorizaba, pero como jamás habia amado no se habia visto obligada á hacer ningun sacrificio: ella era extremadamente hermosa y estaba muy pagada de sí misma; pero en cambio don Diego era un mancebo hermosísimo, que sino interesaba su corazon conmovia sus sentidos; en una palabra, aunque el alma de doña Elvira no acogia á don Diego, sus deseos la arrastraban á él: los primeros meses, pues, del matrimonio de estos dos seres tan semejantes entre sí, que nunca debieron haberse casado, fueron un continuo delirio. Pero no era don Diego hombre á quien pudiesen fijar, apartándole de sus viciosas inclinaciones, la virtud, la hermosura y las candentes caricias de una mujer tal como doña Elvira: paso á paso don Diego fue volviendo á su antigua vida, y como jamás se habia recatado del mundo, no se recató de su esposa: la altiva doña Elvira no era mujer que mirase sin un ardiente deseo de venganza la ofensa hecha á su hermosura, á su orgullo: desapareció enteramente el amor material que le habia inspirado don Diego, y solo pensó en vengarse: una herida en el orgullo se paga con otra herida semejante: doña Elvira dejó de ser la hasta entonces honesta y malcarada dueña, y tuvo sonrisas para adoradores que ya habian desesperado, no solo de obtenerla sino aun de ser mirados sin enojo: entre ellos el marqués de la Guardia se habia dado por vencido y habia dicho á don Diego á los tres años despues de su casamiento:

—Amigo mio: podeis llamaros feliz: apostamos á bulto sin conocerla acerca de doña Elvira, y encontrásteis en ella una niña hermosísima de quien os hicísteis amar: me ganásteis pues, la primera apuesta: la hermosa jóven ha sido y es una mujer fuerte: aunque la dais mala vida, os ama y guarda vuestro honor, á pesar de que, sin contar conmigo, que la he pretendido de mil maneras, la han rodeado los galanes mas peligrosos. He perdido mi segunda apuesta y vuestro es mi coselete de Milan. Sin embargo no lo siento; vuestra mujer me ha dado el ejemplo de las mujeres santas en el matrimonio, y yo voy á buscar otra semejante, por mejor decir la he encontrado ya: os convido, pues, á mi segunda boda dentro de ocho dias. Llevad con vos á vuestra mujer.

Y el marqués y don Diego se estrecharon las manos y bebieron como el dia en que habian hecho la apuesta.

Doña Elvira á pesar de su orgullo ofendido y de su determinacion de tomar en el honor de su esposo unas terribles represalias, nada hizo que pudiera ofender á la honra de don Diego.

Es cierto que durante algunos dias coqueteó y estuvo comunicativa, risueña y amable con mas de un enamorado; pero de repente, volvió á su antigua austeridad, ó como podriamos decir valiéndonos de una figura: el sol de sus favores se ocultó de nuevo tras una sombría nube.

¿Consistia esto en que doña Elvira comprendiese que las mayores faltas en un marido, los mas crueles tratamientos, las mas profundas heridas en el corazon y en la vanidad, no autorizan á la esposa para ser adúltera?

No por cierto: esto consistia en que doña Elvira era mujer, en que como mujer estaba propensa á amar, y en que el hielo que cubria su corazon se habia disuelto bajo el intenso fuego de su amor hácia un hombre.

Doña Elvira amaba con toda la violencia de su carácter voluntarioso: pero bajo un profundo disimulo, mejor diremos hipocresía, habia guardado aquel amor que nadie, ni aun el mismo objeto amado habia llegado á conocer.

Vamos á decir á nuestros lectores quien era el objeto de aquel amor.

Por el mismo tiempo que el desenfreno y el libertinaje de don Diego, habian impulsado á doña Elvira á una resolucion desesperada, conoció al hombre que debia fijar su destino.

Un dia le habia visto en misa en la colegiata de San Salvador: era un jóven como de diez y nueve á veinte años, pero ya perfectamente formado, blanco pálido, de frente noble y pensadora, y ojos negros y profundamente melancólicos.

Se habian encontrado en la pila del agua bendita: luego hizo la casualidad, causadora de tantas desdichas, que se encontraran colocados frente á frente en los escaños.

Aquel dia puede decirse que doña Elvira no oyó misa; el jóven por su parte no mostró tampoco mucha devocion, pero no fue doña Elvira la causa: ni una sola vez la habia mirado, á pesar de que doña Elvira era una mujer demasiado notable por su hermosura, para que no se reparase en ella.

La indiferencia es uno de los medios mas eficaces que pueden emplearse para la conquista de ciertas mujeres: cuando la indiferencia es verdadera, la mujer que de tal modo se contempla impotente acaba por contraer una pasion incalculable por el hombre á quien de tal modo es indiferente. Una fea suele resignarse por que comprende la causa de aquella indiferencia: á una hermosa infatuada con su hermosura, como lo estaba doña Elvira, acostumbrada á ser adorada por todos, la indiferencia del hombre á quien ama la vuelve loca.

Doña Elvira vió durante tres años, pero siempre en la estacion del verano, al indiferente jóven en la misa de doce de la iglesia del Salvador: siempre habia notado la misma indiferencia en él, y estaba resuelta á romper por todo, cuando al abrir su marido la puerta de su casa para asistir al casamiento de su hermana doña Isabel le encontró en el dintel.

Porque el hombre de quien tan locamente enamorada estaba doña Elvira, era Yaye ebn—Al—Hhamar.

Esto esplica por qué una palidez profunda cubrió al verle el rostro de doña Elvira: veamos ahora en que consistia la estrañeza y aun el temor que se habia pintado en el rostro de don Diego al ver á Yaye.

Don Diego sabia, porque no podia menos de saberlo, puesto que por el matrimonio con su tia doña Ana habia emparentado con su familia Yuzuf, que este, emir de los monfíes, embreñado en las Alpujarras y dueño de la fuerza, tenía adquiridos derechos á la corona de Granada.

Sabia además, lo que Yuzuf no habia tenido ocasion de decir á Yaye, esto es que el casamiento de Yuzuf con doña Ana de Córdoba y de Válor habia sido una verdadera alianza, una refundicion de derechos.

Su padre don Juan de Válor habia estipulado solemnemente con Yuzuf que si de su casamiento con doña Ana tenia un hijo, este hijo casaria con una hija de los Válor, ó viceversa que, si cuando el hijo ó la hija de Yuzuf y de Ana llegasen á la edad de contraer matrimonio, no pudiese este efectuarse por carencia de varon ó de hembra hija ó nieta de don Juan, en la familia, el pacto quedaría roto, y cada familia de por sí, la de los Al—Hhamar y la de los Beni—Omeyas podrian cuestionar su derecho.

Ahora bien: don Juan de Válor, hermano de doña Ana, habia tenido dos hijos y una hija: don Diego, don Fernando y doña Isabel: Yuzuf al—Hhamar habia tenido un hijo: Yaye; don Juan de Válor y Yuzuf, habian contratado solemnemente el matrimonio de doña Isabel con Yaye, y al morir don Juan habia encargado expresamente en su testamento á su hijo primogénito don Diego que procurase por cuantos medios estuviesen á su alcance, cumplir aquel contrato matrimonial.

Don Diego habia quedado al frente de la casa como tutor de sus hermanos: al casarse con doña Elvira, por amor á su hermana doña Isabel no quiso que viviese á su lado bajo la férula de su esposa. Puso casa á parte y dejó en el solar paterno á doña Isabel al amparo de su hermano don Fernando, aun soltero, y bajo la guarda de una respetable dueña.

Todos los años en las largas temporadas que Yuzuf pasaba en Granada, guardando todas las apariencias de un morisco convertido, don Diego comunicaba con él: hablaban como individuos de una misma familia, de las esperanzas de recobrar la perdida libertad, de sus proyectos domésticos y entre ellos del matrimonio concertado entre Yaye y su hermana doña Isabel.

Don Diego no conocia á su primo: siempre que espresaba á Yuzuf el deseo de conocerle, Yuzuf le contestaba:

—Cuando yo haya puesto mi corona sobre la frente de mi hijo, y tu hermana haya sido su esposa, le conoceras.

Don Diego se veia obligado á satisfacer con estas palabras brevísimas del inexorable anciano su curiosidad por conocer á su primo.

Pero aconteció que un dia Yuzuf compró en el barrio del Zenete de Granada una hermosa casa que lindaba con la en que vivia doña Isabel. Aquella casa fue suntuosamente alhajada y un mes despues fueron á vivir á ella un anciano y un jóven.

El anciano era Abd—el—Gewar, y don Diego le conocia como uno de los servidores mas allegados del emir; el jóven era Yaye, pero don Diego no le conocia.

La circunstancia de ser Abd—el—Gewar ayo de Yaye, la frecuencia con que entraba en la casa Yuzuf y el extremado amor con que trataba al jóven, hicieron sospechar á don Diego si Yaye era hijo del emir.

Pero prudente como se lo aconsejaba la reserva del anciano, guardó sus sospechas y solo se redujo á observar si aquella mudanza tan cerca de su casa, tendria por objeto el que los dos jóvenes se conociesen y se amasen espontáneamente antes de saber que estaban destinados desde antes de su nacimiento el uno para el otro.

Don Diego observó que Abd—el—Gewar y Yaye solo estaban en Granada durante el verano; pretendió averiguar la causa de estas ausencias periódicas, y supo que el señor Juan de Andrade, cuyos padres no se conocian, y que estaba confiado al cuidado de Abd—el—Gewar, era estudiante en Salamanca: esto desvaneció sus sospechas. Don Diego no podia comprender que Yuzuf destinase á su hijo á clérigo ó á oidor; pensar en esto era absurdo; pero observó sí, que su hermana doña Isabel pasaba los meses del invierno triste v retirada, y que á la venida del verano ó por mejor decir de Yaye, se hacia mas comunicativa y alegre.

Don Diego quiso saber si habia amoríos entre el estudiante Juan de Andrade y su hermana. Nada consiguió. La dueña, encubridora de doña Isabel, ó ignorante de sus amores con Yaye, le afirmó que su hermana no amaba á nadie, ni pensaba amar: y en cuanto á su hermano don Fernando no habia visto rondaduras en la calle ni nada que demostrase que hubiese galan, enamorando á doña Isabel.

Don Diego se cansó al fin de unas pesquisas que nada le habian revelado, y se resignó á esperar á que el emir de los monfíes sacase á luz á su misterioso hijo.

Pero entre tanto se cruzó un incidente en el proyectado enlace, que vino á probar que el hombre propone y Dios dispone.

Don Diego vivia en completa comunicacion con Yuzuf, en la continua y sorda conspiracion que sostenian los moriscos contra los cristianos, como todo pueblo vencido contra su vencedor.

El hombre que mas confianza inspiraba á don Diego para ser portador de sus cartas y mensages á Yuzuf, era un morisco llamado Miguel Lopez entre los cristianos, y entre los moriscos Xerif—aben—Aboó.

Era un morisco de buen linage, pero poco considerado por sus costumbres licenciosas: apreciábase el solo por su valor, y por su ciego odio á los cristianos. Tenia otra cualidad recomendable: una reserva sin límites, y una actividad suma para todos los negocios que tenian relacion con la libertad de su patria.

Por estas dos cualidades se servia de él don Diego.

Entraba Miguel Lopez libremente tanto en la casa de este como en la de su hermano don Fernando, y habia tenido ocasion de ver una y otra y cien veces á doña Isabel.

Miguel Lopez se enamoró de ella.

Pero al enamorarse comprendió que tenia ya cuarenta años, que era mas que medianamente feo y zafio, y ademas, que el orgulloso don Diego de Válor, jamás consentiria en darle una hermana suya siendo como era pobre, y estando ademas oscurecido y en la humillante condicion de un hombre que sirve por un salario.

Miguel Lopez procuró dominar su amor: pero su amor pudo mas que él y le dominó.

Entonces Miguel Lopez pensó que un pobre y un criado cuando sirve en ciertos negocios, es un cómplice de su amo, y que un cómplice puede hacerse á veces tan temible, que no pueda negársele nada.

Miguel Lopez meditó y tramó un plan diabólico, y cuando estuvo seguro de su éxito, se presentó una mañanita, muy de mañana, en casa de don Diego.

—Tengo que hablaros á solas, le dijo.

Pensó don Diego que se trataba de alguno de los asuntos en que comunmente empleaba á Lopez, y se encerró con él.

—¿De qué se trata? dijo don Diego.

—Trátase, contestó Miguel Lopez, entrando de lleno y bruscamente en el asunto, de que es necesario que me deis por mujer á vuestra hermana doña Isabel.

Don Diego ofendido gravemente por la extraña é insolente proposicion de Miguel Lopez, se sorprendió y adoptó para con su hasta entonces confidente, una actitud altiva y despreciadora que nunca habia usado. El noble señor se erguia ante la insolente demanda del siervo, y en aquella altivez habia mucho de amenaza.

Miguel Lopez no se desconcertó.

—Sabia, dijo á don Diego, de qué modo habiais de recibir mi peticion: hace mucho tiempo que habia pensado en ello y no os he pedido á vuestra hermana hasta estar seguro de que no me la podiais negar.

—¡Me amenazais! contestó con acento reconcentrado don Diego.

—No os amenazo: os advierto.

—¿Y de qué me advertis?

—De que si no me dais vuestra hermana, yo daré al rey vuestra cabeza.

Un rayo de luz, pero un rayo de luz sombría, iluminó la inteligencia de don Diego; comprendió que su hasta entonces fiel y dócil instrumento se le rebelaba, y abusando de su confianza le imponia condiciones.

Don Diego era hombre de mundo, y se puso á la altura de la situacion: ocultó la cólera que hervia en su corazon bajo un semblante impasible, y dijo friamente á Miguel Lopez.

—¿Es decir, que estais resuelto á obligarme á que... os entregue mi hermana?

—Decidido de todo punto.

—Y decidme: ¿contais con poder bastante para obligarme? ¿habeis meditado bien las consecuencias de la lucha á que me retais?

—Todo lo he meditado, y os afirmo que cuento con tanto poder, que estoy seguro no solo de venceros, sino de teneros sujeto.

—Veamos vuestros medios.

—¡Mis medios! la última carta que me dísteis para el emir de los monfíes de las Alpujarras.

Don Diego se aterró, y por mas que quiso dominarse, palideció densamente: de tal importancia era la carta á que se referia Miguel Lopez; tan graves los secretos que en ella estaban consignados, que bastaban para perderle. Impaciente don Diego, estimulaba en aquella carta al emir para una sublevacion de los moriscos apoyada por los turcos, que decia ser de todo punto necesaria, en atencion á que la presion de los españoles se hacia cada dia mas insoportable.

—¿Creeis, pues, dijo Miguel Lopez notando el terror de don Diego, que esa carta no basta para perderos, para entregaros al verdugo?

—En efecto, dijo don Diego recobrando su calma: os habeis armado bien para entrar en batalla conmigo.

—Aun os queda un medio, dijo con su inalterable insolencia Miguel Lopez.

—¿Quereis decirme cuál?

—Ganar tiempo ofreciéndome que vuestra hermana será mi mujer, y huir despues con ella y con vuestra familia á las Alpujarras. Asi perderiais una cosa: vuestra hacienda, que el rey os confiscaria, pero ganariais tres á saber: primero que vuestra hermana no se casase conmigo, despues la vida, y en fin la honra.

—¡La honra! exclamó don Diego no pudiendo contenerse ya y levantándose con ímpetu; habeis dicho la honra.

—Sí, la honra he dicho, porque si no casais conmigo á vuestra hermana, ella se irá con otro.

—¡Hablad! ¡hablad! ¡explicadme eso... que no comprendo!...

—¡Ya se ve...! ¡son tan calladas las dueñas y las doncellas de vuestra hermana! ¡tan descuidado vuestro hermano don Fernando que no han podido apercibirse de lo que yo me he apercibido!

—¿Y de qué os habeis apercibido vos?

—Yo... ¡bah! me he apercibido de muchas cosas. En primer lugar, me he apercibido de que vuestra hermana espera todas las tardes asomada á las celosías de sus ventanas á un gallardo mancebo: que el mancebo, que es su vecino, antes de entrar en la casa la saluda: además que se ven y se hablan por cierta galería que da á los jardines: lo primero lo he visto oculto en una de las casas de la calle del Zenete, lo segundo desde un mirador de otra casa desde donde se descubren los jardines de la casa de vuestro hermano don Fernando, y de la de el tal mancebo.

—¿Y podria ver yo eso mismo?

—Cuando querais: pero dejadme que concluya de deciros otras cosas que he descubierto; por ejemplo, el poderoso emir de los monfíes Yuzuf—Al—Hhamar viene con mucha frecuencia á Granada: cuando viene se le ve acompañado muchas veces de Abd—el—Gewar, y de ese mancebo que se llama el señor Juan de Andrade. ¿No os parece que el emir trata con demasiado amor á ese jóven para que sabiendo que tiene un hijo á quien nadie ha visto ni conoce, se crea que el señor Juan de Andrade es su hijo?

Miguel Lopez acababa de avivar las sospechas que acerca del mismo asunto habia tenido don Diego.

—Ademas, ya sabeis que yo sé, que por el testamento de vuestro padre estais obligado á casar á vuestra hermana con el hijo del emir de los monfíes de las Alpujarras; el emir es un hombre que se ha criado como quien dice entre cristianos, y que entre ellos ha adquirido unas ideas muy extravagantes. El emir ha querido sin duda que los dos jóvenes se amen antes de conocer su verdadera posicion. El emir ha conseguido que se amen aproximándolos el uno al otro; pero el emir no sabe otra cosa que yo he descubierto, á saber: que el señor Juan de Andrade podia querer á vuestra hermana como manceba, pero como esposa nunca... porque os desprecia... os aborrece... os llama los renegados.

—¡Miguel Lopez! exclamó don Diego enteramente fuera de sí.

—No os irriteis y meditad á sangre fria: dándome vuestra hermana salvais á un tiempo la hacienda, la vida y la honra: es cierto que os exponeis á la enemistad del emir, pero el emir es generoso y se contentará con despreciaros. Del otro lado teneis mi venganza, que yo os juro que no os perdonará.

—¿Y no creeis que tenga otro medio de librarme de todas esas afrentosas condiciones?

—Uno solo podiais tener si yo no fuera previsor: matarme. Pero el matarme os perderia, porque la carta que os pone á mi merced, no está en mi poder, sino en poder de quien, si me sucede una desgracia, la presentará al presidente de la Chancillería.

Don Diego comprendió que estaba enteramente cogido.

—Os pido veinte y cuatro horas para contestaros, dijo á Miguel Lopez.

—Tomaos si quereis cuarenta y ocho ó ciento. No me corre gran prisa.

—Quiero ademas ver algo de lo que vos habeis visto.

—¡Ah! ¿quereis ver si vuestra hermana ama al señor Juan de Andrade? En buen hora. Id mañana al amanecer á mi casa. Entre tanto, que os guarde Dios: os dejo en libertad para que mediteis.

Y salió.

Por mas que meditó don Diego no encontró medio para salir del atolladero en que le habia metido la traicion de Miguel Lopez. Por mas vueltas que le dió, solo encontró una solucion: la de casar á su hermana con aquel bandolero, y estar en acecho de una venganza terrible.

Al dia siguiente al amanecer, don Diego acompañado de Miguel, vió desde una de las celosías de una casa situada á espaldas de la de su hermana, á Yaye y á Isabel que hablaban indudablemente de amor, cada cual en sus respectivas galerías.

Esto tenia lugar algunos dias antes de la noche en que se vieron en el jardin Yaye é Isabel.

Don Diego apremiado por Miguel, le concedió sin condiciones, y con un cuantioso dote la mano de su hermana.

Don Diego vendia cobardemente á la pobre Isabel.

Isabel se vió intimada de una manera dura á casarse con Miguel Lopez; entonces en su desesperacion pensó en huir con Yaye y le citó y le arrojó la llave del postigo del jardin.

Don Diego vió el significativo arrojo de la llave desde su acechadero.

Aquella noche don Diego y Miguel entraron furtivamente en el jardin de la casa de don Fernando, y ocultos tras un cenador de jazmines presenciaron la breve y desgarradora escena habida entre Yaye é Isabel.

Don Diego activó las bodas, contando ya con el asentimiento que la desesperacion habia arrancado á su hermana.

El mismo dia y á la misma hora en que iba á celebrarse el casamiento, Yaye habia aparecido de repente pálido y convulso ante don Diego.

Hé aquí la razon de que, al ver al jóven, don Diego se sorprendiese y se aterrase.

Volvamos á aquella situacion.

—Creo no equivocarme dijo Yaye descubriéndose cortesmente, con el rostro densamente pálido, y con la voz temblorosa por una cólera mal contenida, creo no equivocarme creyendo que hablo con don Diego de Córdoba, señor de Válor.

—Asi es, caballero, contestó don Diego descubriéndose á su vez y con un duro acento de extrañeza: creo tambien no equivocarme creyendo que vos sois el señor Juan de Andrade.

—Necesito de todo punto hablaros, dijo con precipitacion Yaye.

—¿Y no podriamos hablar en otra ocasion? porque ahora, siento decíroslo, me esperan para un asunto muy importante: doña Isabel mi hermana se casa, me esperan en la iglesia.

—Pues porque vuestra hermana se casa, es cabalmente por lo que me urge hablaros: es necesario que ese casamiento no se haga.

—No comprendo caballero, dijo palideciendo con la palidez de la irritacion don Diego de Córdoba, con qué derecho pretendeis ser importuno en esta ocasion.

—Leed, dijo Yaye, sacando de un bolsillo de sus gregüescos la carta que la noche antes le habia dado su padre.

—Permitid que os diga que vuestra tenacidad raya en ofensiva: no tengo tiempo; venid mas tarde.

—Leed lo que os escribe mi padre Yuzuf Al—Hhamar: leed: os lo mando yo, yo el emir de los monfíes.

Y al decir estas palabras, que pronunció con la arrogancia de un rey que amenaza, pero en acento tan bajo que solo pudo ser oido por don Diego, Yaye se cubrió como un superior delante de su inferior.

Don Diego por inadvertencia ó por asombro, permaneció descubierto, fijó una mirada atónita en Yaye, y quedó enmudecido por la sorpresa.

Al fin se rehizo, tomó la carta, reparó en que Yaye se habia cubierto, se cubrió, abrió el pliego y leyó.

Apenas hubo leido algunos renglones de aquel escrito, que lo estaba en árabe, se volvió, infinitamente mas pálido y convulso á uno de sus servidores.

—Ayala, le dijo en voz baja, id al momento á la colegiata del Salvador, llamad aparte al licenciado Periañez, y decidle que dé la bendicion á los novios en el momento; que para que no se extrañe mi falta invente cualquier pretexto... que no se me espere, en fin. Id, id al momento.

El servidor que tenia visos de ser uno de esos hidalgos pobres que no tenian á deshonra servir á los grandes señores en aquellos tiempos, partió.

—Y vos doña Elvira, añadió don Diego, volviéndose á la dama que hasta entonces habia presenciado con una viva curiosidad aquella escena, volveos á vuestros aposentos. Vosotros idos, añadió dirigiéndose á la servidumbre y vos caballero seguidme.

—¿Y no seria mejor que nosotros mismos fuésemos? dijo Yaye sin moverse de su sitio.

—No, no, seria imprudente: vuestra presencia en la iglesia podria producir un escándalo, y luego... mi mensaje se obedecerá.

—Ved don Diego que vuestra hermana es mi vida.

—Si Dios quiere, tendreis vuestra vida... si por desgracia, si por casualidad fuera imposible... quejaos á vos mismo, primo. Ahora venid.

Yaye cedió, y siguió á don Diego: en su preocupacion no reparó que el berberisco Kaib, habia seguido á Ayala en el momento que este habia salido de la casa para cumplir el encargo de su señor.

Capítulo VII. En que se relatan extraños é importantes sucesos.

Doña Elvira saludó ceremoniosamente á su esposo cuando este la mandó que volviese á sus aposentos, arrojó una última mirada á Yaye, y acompañada de dos doncellas, subió unas descomunales escaleras, atravesó un ancho corredor, abrió una mampara de marroquí rojo, atravesó una rica antecámara, entró en una magnífica cámara y sentándose en un sillon, dijo á sus doncellas:

—Dejadme sola.

Las doncellas salieron: mientras resonaron sus pasos doña Elvira permaneció inmóvil en el sillon donde se habia sentado, y profundamente pensativa; luego cuando el ruido de los pasos de las doncellas se hubieron extinguido en las habitaciones interiores, se levantó, atravesó la puerta por donde aquellas habian salido y cerró por dentro otra segunda puerta, despues volvió á la cámara y se fué en derechura á un gigantesco espejo de Venecia, que la reprodujo por entero.

Doña Elvira lanzó una mirada ansiosa al espejo, ese confidente de la mujer que tanto podria revelar si Dios por un milagro le animase y le diese memoria y voz.

Luego atravesó en paso leve y furtivo la cámara, abrió silenciosamente una puerta y entró en un retrete oscuro.

Una vez allí se colocó tras el tapiz de una puerta.

Desde allí se veia una habitacion de hombre; pero bella y ricamente alhajada.

En aquella habitacion habia dos hombres que acababan de entrar.

Don Diego de Córdoba y de Válor, y Yaye—ebn—Al—Hhamar.

El jóven estaba cubierto aun del polvo del camino, pero su trage era muy bello, le caia muy bien y sobre todo ganaba sobre su gallarda y esbelta persona.

Estaba cansado, anhelante, dominado por una ansiedad profunda, densamente pálido, y con la mirada impregnada de una ardiente melancolía.

Doña Elvira no le habia visto nunca tan hermoso, y sintió que el corazon se la comprimia, se la desgarraba; nunca habia sufrido tanto.

Don Diego estaba visiblemente contrariado.

Notábase que sentia respeto y aun temor delante de Yaye, como si se hubiera encontrado delante de un rey á quien hubiese tenido que rendir estrecha cuenta de sus acciones.

En efecto, considerando que Yaye era rey de los monfíes por la abdicacion de su padre, abdicacion que Yuzuf participaba á don Diego en la carta que le habia entregado Yaye, don Diego se veia obligado á respetarle: el valor indomable y tenaz, los sacrificios por la patria, la conservacion de las tradiciones de su ley, todo daba á los monfíes un prestigio merecido entre los moriscos y á su rey un poder terrible.

Por lo tanto y en cierto modo, don Diego ante Yaye era un vasallo y un vasallo culpable.

Porque don Diego creia, que al reconocer Yuzuf á su hijo, al entregarle su corona, le habria revelado el contrato que existía entre las dos familias, contrato á que don Diego habia faltado entregando su hermana á otro hombre.

Lo que don Diego no podia comprender era cómo Yaye, que dos noches antes habia despreciado la mano de su hermana, se mostraba entonces tan ansioso de ella.

De lo que no podia dudar don Diego, era de que Yaye estaba perdidamente enamorado de doña Isabel.

Esta certidumbre le aterraba porque preveía fatales consecuencias.

Durante algun tiempo, guardó silencio. Yaye se habia sentado y estaba cubierto. Don Diego permanecia descubierto y de pié. Doña Elvira que conocia la altivez de su marido no sabia explicarse la causa de aquella posicion humillante á que don Diego se resignaba.

—Espero, dijo Yaye al fin, que contareis con medios bastantes para impedir ese casamiento, y que no me obligareis á tomar en vos una venganza implacable.

—Estad seguro, señor, de que sino hubiesen mediado gravísimas razones, yo nunca me hubiera atrevido á faltar por mi parte al solemne convenio celebrado por nuestros padres, y mediante el cual vuestro casamiento con mi hermana era una cosa decidida.

—¡Cómo! ¿existia un convenio entre nuestros padres? exclamó con violencia Yaye, ¿y vos os habeis atrevido...?

La voz de Yaye temblaba, se habia puesto de pié y miraba de una manera amenazadora á don Diego.

—Escuchadme, señor, y no me condeneis sin oirme.

—Antes de conocer á mi padre, cuando solo me creia moro, me inspirábais aversion como renegado: ahora que sé de quien soy hijo, ahora que el poder de mi padre ha pasado á mis manos, encuentro que á mas de renegado sois traidor.

—Mi traicion es hija de un horrible compromiso, dijo todo desconcertado don Diego: no sabeis hasta que punto he sido engañado por ese infame Miguel Lopez: pero no importa: Ayala habrá llegado: de todos modos hasta que yo hubiera ido no se hubiera efectuado el casamiento: yo soy su hermano mayor, su padre en una palabra...

—¡Y la habeis vendido...! ¡la habeis obligado!

—Me hallé vendido y obligado, señor; ese Miguel Lopez es un morisco renegado, un infame delator... tiene papeles que me comprometen... papeles escritos por mí á vuestro padre... papeles que no sé en poder de quién estan: de otro modo ya hubiéramos encontrado medio de deshacernos de ese hombre... ¿quién habia de pensar, que vos, el amante de mi hermana, habiais de presentaros para decirme: dame tu hermana Isabel, porque yo soy el poderoso emir de los monfíes?

—¡El, emir... rey...! exclamó con orgullo doña Elvira que seguia escuchando tras el tapiz.

—Pero el matrimonio de mi hermana con ese hombre no se hará: mi hermana será vuestra, y de este modo, al mismo tiempo que vos y ella sereis felices se conciliaran todos los intereses de entrambas familias: es verdad que vos, rey de la montaña, teneis la fuerza, y hasta cierto punto el derecho; es verdad que las Alpujarras os pagan tributo, que os obedece un ejército de valientes monfíes; pero tambien es cierto, que yo Aben—Humeya, descendiente del Profeta, nieto de los califas de Córdoba, tengo tambien derechos que reconocen los moriscos de Granada, y los de las alquerías de la Vega: los de Almería y los del marquesado del Zenete cuentan conmigo: al primer levantamiento, al primer grito de guerra, yo seria proclamado rey de Granada; esto se comprende perfectamente: los moriscos desprecian de tal manera la memoria de Muley Abd—Allah, que sus descendientes no pueden tener esperanza de que los moros de Granada los sienten en el trono de su abuelo. Fuera de la descendencia de Muley Abd—Allah, ¿qué otro mas que vos ó yo podemos ser reyes de Granada? vos, como emir de los monfíes, teneis las Alpujarras: yo, como descendiente de los Omeyas, lo demás del reino... una alianza entre nosotros es de todo punto necesaria para evitar una guerra civil, que, si por dicha triunfásemos del cristiano, volveria á ponernos destrozados en su poder. Aquí ha habido mucho de fatal: antes de anoche vos mismo despreciásteis la mano de mi hermana.

—Yo os creia renegado.

—¡Oh! ¡fatalidad! yo sabia que amábais á mi hermana: pero creí que erais un hidalgüelo castellano, destinado á llevar una golilla ó un roquete. Culpad al misterio en que os ha envuelto vuestro padre: yo ignoraba que fuéseis lo que sois.

—Yo mismo lo ignoraba ayer.

—¡Fatalidad! ¡fatalidad!

—Mi noble padre quiso que antes de que ciñese su corona, supiese conocer á los hombres.

—En fin, no hablemos mas de eso y vamos á lo que importa. El casamiento de mi hermana con Miguel Lopez no se hará. Si por desgracia, y como no es de suponer, mi enviado ha llegado tarde... Miguel Lopez morirá.

—¡Oh, alentais una duda y permaneceis aquí, entreteniéndome acaso para ganar tiempo! exclamó Yaye encaminándose violentamente á la puerta.

—¿Qué quereis hacer, exclamó don Diego, que en efecto, temiendo mas á la denuncia de Miguel Lopez que á la venganza del emir, habia preferido la última y entretenia á Yaye, qué quereis hacer? ¿á dónde vais?

—¿En qué iglesia se casa vuestra hermana?

—¡Oh! ¡un escándalo!

—¡Corred! ¡corred vos mismo! ¡yo os espero!

—¡Ira de Dios! exclamó don Diego tomando al fin una resolucion desesperada: por nada me obligareis á dar un paso que pondria mi nombre en boca de todo el mundo.

—¡Ah! ¡me habeis engañado! ¡me habeis entretenido, para que entre tanto!... pero... no os salvareis... yo... mis monfíes... talaremos vuestros Estados de las Alpujarras... si escapais de mis manos... os entregaré al rey de España con cartas semejantes á las que os han obligado á vender á vuestra hermana á ese Miguel Lopez...

Don Diego exhaló un grito: se encontraba enteramente perdido.

—Una palabra señor, exclamó arrojándose á los piés de Yaye: tened compasion de mí y protejedme: yo os seguiré; seré uno de vuestros mas fieles vasallos...

—¡Tu hermana!

—¡Oh! exclamó don Diego, esperad: voy yo mismo: puede que aun sea tiempo...

Y se dirigió á la puerta de la estancia.

En aquel momento apareció en la puerta un paje que dijo:

—Señor, vuestra noble hermana y su esposo acaban de llegar.

El paje volvió á cerrar la puerta. Don Diego arrojó un grito de espanto, y se volvió desesperado y anhelante á Yaye: este al escuchar las terribles palabras «vuestra hermana y su esposo acaban de llegar» hizo un movimiento semejante al de quien ha sido herido de muerte: se puso rojo, mas rojo; la mirada de sus ojos se hizo atónita, se contrajo su boca, y cayó al suelo como herido por un rayo.

Entonces se levantó el tapiz, tras el cual escuchaba doña Elvira, y apareció esta pálida como una muerta.

—¡Ah! venis á tiempo, señora, dijo don Diego que no estaba en estado de reparar en lo extraño de la llegada de su esposa, ni en su palidez, ni en su conmocion: ved si podeis hacer volver en sí á ese caballero... yo os disculparé con esas gentes.

Y partió.

Por la primera vez doña Elvira se quedaba sola con Yaye. ¿Pero en que situacion? levantóle del suelo, con mas facilidad de la que podia suponerse en una mujer delicada, y era que el amor la daba fuerzas; le colocó en un sillon, le abrió el justillo, roció su rostro con agua, y sin considerar si podia ó no ser vista se arrodilló á sus piés, asió sus manos, las estrechó contra su seno, y exclamó alzando al cielo los ojos cubiertos de lágrimas:

—¡Señor! ¡señor! ¡mi salvacion por su vida!

Y permaneció de rodillas delante de Yaye.

Al cabo de algun tiempo Yaye suspiró.

Aquel suspiro, fue para el corazon de doña Elvira como un bálsamo maravilloso para una herida: con el consuelo recobró la reflexion y se alzó.

Yaye abrió los ojos, pero en sus ojos estaba pintada la expresion de la locura.

Empezó á delirar: su sangre se habia agolpado á su cabeza y habia trastornado sus facultades.

Afortunadamente habia perdido la memoria de la causa de su accidente, y no pretendia levantarse del sillon.

Su locura era una locura tranquila.

Se reia pero su risa era horrible.

De una manera horrible sufria tambien doña Elvira.

Ella hubiera dado su vida por verse amada de aquel modo: unos zelos mortales la devoraban: al mismo tiempo sentia una ansiedad horrible: temia por la vida de Yaye: su delirio era cada vez mas intenso, don Diego no volvia y doña Elvira no se atrevia á llamar á nadie.

Al fin, resonaron pasos: se abrió una puerta: era don Diego.

—¿Vive? dijo con afan.

—Si, contestó doña Elvira, valiéndose del dominio que tenia sobre sí misma para no demostrar mas conmocion que la natural en aquellas circunstancias: vive, pero creo que está en peligro de muerte.

Don Diego examinó un momento á Yaye, luego fué á un lugar de la tapicería, oprimió un boton dorado, y se abrió una puerta secreta: tras ella se veia una escalera oscura recta y estrecha.

—Ayudadme, señora, la dijo volviendo junto á su esposa, ayudadme y concluyamos.

Entre tanto don Diego habia encendido una bugía.

—¿Qué pensais hacer? dijo doña Elvira.

—Es necesario conducirle al subterráneo.

Doña Elvira no contestó, ayudó á don Diego á cargar con Yaye, y con gran trabajo le introdujeron por aquella puerta que don Diego cerró tras sí: bajaron las escaleras y atravesando una estrecha mina, llegaron á un aposento espacioso y bien amueblado en que habia un lecho.

Aquella puerta secreta, aquella mina que se prolongaba mas allá de la habitacion donde los dos esposos habian introducido á Yaye, y aquella habitacion, eran un lugar seguro de refugio, preparado por don Diego, para el caso en que por un accidente desgraciado, ó por una traicion de sus parciales invadiese su casa la justicia del rey. Aquello era un escondite: mas adelante veremos que era tambien una comunicacion.

Estas minas y estos aposentos son muy comunes en el Albaicin de Granada. Apenas habrá una casa de moros que no tenga alguna de estas comunicaciones subterráneas, de las cuales se conocen muchas.

Cuando Yaye estuvo colocado en el lecho, don Diego le desciñó el talabarte, le quitó la daga y la espada, y dijo á su esposa.

—No sabeis cuánto nos interesa la salvacion de este jóven: pero si muere, lo que está en manos de Dios, nos interesa tambien sobre manera que no se sepa que le ha matado el amor de mi hermana. Si muere no saldrá de aquí. Escuchad: yo voy á ausentarme.

—¡A ausentaros! exclamó, conteniendo mal su alegría doña Elvira.

—Si, es preciso; preciso de todo punto: mi ausencia será á lo mas de quince dias: cuidad vos entre tanto al enfermo: pero vos sola.

—¡Yo sola! ¡abandonado...! ¡sin los auxilios de la ciencia...!

—No, no he querido decir tanto: antes de marchar avisaré á nuestro médico; es un buen morisco, un noble anciano y guardará el secreto: solo he querido deciros que vos, sola vos, sereis la enfermera.

—Os amo tanto, esposo y señor, dijo hipócritamente doña Elvira, que no perdonaré por vos ningun sacrificio.

—Si, si, ya lo se, doña Elvira, y mereceis que yo... os prometo corregirme... dejarme de locuras... pero adios: no olvideis lo que os he encargado.

—Id tranquilo, señor, no lo olvidaré.

Don Diego salió dejando sola á su mujer con el hombre á quien amaba.

Un momento despues, tranquilo y sonriendo entraba en la gran cámara de recibo de su casa.

En ella estaban doña Isabel de Válor, pálida, pero con la palidez mas hermosa, su hermano don Fernando de Válor, los testigos que habian asistido á la ceremonia y algunos convidados, entre los cuales se contaba don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia.

Miguel Lopez, el reciencasado, estaba allí tambien:

Era un hombre como de cuarenta años, moreno oscuro, cegijunto, estrecho de frente, sesgado de boca y avieso de mirada: estaba ricamente vestido, pero á pesar de la riqueza de su trage se notaba lo villano de sus maneras: estaba sombriamente ceñudo y miraba con recelo en torno suyo; don Diego se acercó á él sonriendo, pero, á pesar de su sonrisa, densamente pálido.

—Hermano, dijo asiéndole las manos con cariño; tengo que hablaros, y vosotros, señores dispensad; pero la repentina indisposicion de mi esposa, de que antes os he hablado y que me ha impedido asistir á la celebracion del casamiento, es mas grave de lo que yo creia y me obliga á suspender por el momento la fiesta de bodas.

Todos callaron, pero todos se pusieron de pié: habian comprendido que cortesmente se les despedia: uno tras otro, despues de algunas palabras vacías de sentido fueron despidiéndose.

Por último, el marqués de la Guardia se dirigió á don Diego.

—¡Diablo! dijo: siento en el alma la indisposicion de doña Elvira, pero de todos modos deseo que ello no sea nada y que pueda acompañarnos al bateo de mi hijo ó de mi hija cuando nazca... que debe ser segun los doctores, este mes: por lo demás si me necesitais para algun empeño, añadió en voz baja indicando con una rápida é intencionada mirada á Miguel Lopez, mirada que solo fue vista por don Diego, podeis contar con lo que puedo y con lo que valgo. Ya sabeis que somos antiguos amigos.

—Adios, marqués, adios, contestó don Diego estrechándole la mano: aprecio vuestra oferta, pero por ahora no os necesito sino para serviros.

El marqués despues de un expresivo apreton de manos á don Diego, de un galante saludo á doña Isabel, que le contestó maquinalmente, y de un frio y altivo saludo á Miguel Lopez, que casi no le contestó, salió de la cámara en la que quedaron solos don Diego, doña Isabel, su hermano don Fernando, que se paseaba pensativo, y Miguel Lopez que miraba alternativamente á doña Isabel y á don Diego, con la impaciencia de un lobo hambriento.

—¿Me querreis explicar lo que ha pasado esta mañana, don Diego? exclamó Miguel Lopez volviéndose todo hosco á su cuñado apenas quedaron solos.

—Eso significa, que no habiendo yo podido asistir á la ceremonia, envié á Ayala á avisaros que se efectuase sin mí.

—¿Y cual ha sido la causa de que no hayais podido asistir? replicó con un grosero acento de recelo Miguel Lopez: porque yo no creo en el mal de doña Elvira: creo mas bien en cierto mancebo, con quien segun me han dicho, os encontrásteis á la puerta de la casa.

—Veo que Ayala os ha dicho mas que lo que yo le habia mandado que os dijese. Pues bien ese mancebo...

—Ese mancebo es...

Don Diego interrumpió á tiempo á Miguel Lopez y acercándose á él le dijo rápidamente al oido.

—Ese mancebo es el emir de los monfíes de las Alpujarras.

—¡El emir de los monfíes de las Alpujarras! exclamó Miguel Lopez, sin cuidarse de recatar su acento.

—¡Una rebeldía contra el rey! exclamó toda trémula doña Isabel, que lo habia oido.

—¿Veis Miguel, veis lo que es obligar á los hombres á que digan ciertas cosas delante de las mujeres?

—Es que yo creo que se me engaña.

—Dejemos palabras duras que no deben sonar entre nosotros: amabais á mi hermana, mi hermana es vuestra, y no solo vuestra sino que...

—Me ama, si, si en verdad, dijo con amarga ironía Miguel Lopez.

—Os juro, señor, dijo doña Isabel con voz firme y tranquila, que nadie me ha violentado para que fuese con vos al altar.

—Pero habeis ido desesperada; como si hubierais ido á vuestros funerales; pálida, llorosa.

—Perdonad, señor, pero el estado que acabo de tomar... yo os juro que si vuestra felicidad está en mi mano sereis feliz, muy feliz... ¿no es esto amaros, señor... como os puedo amar ahora? mañana tal vez...

—¿Quién sabe lo que sucederá mañana? dijo Miguel Lopez, sin apearse de su dureza, aunque algo mas tranquilo, porque tenia fe en la virtud de doña Isabel.

—Por lo mismo que no sabemos lo que sucederá mañana, dijo don Diego, será prudente que por ahora no os veleis.

—¿Es decir que solo tengo á medias á doña Isabel?

—Debeis comprender que cuando esto os digo tendré motivos poderosos. Por ejemplo, mañana podreis morir.

—¡Oh! ¡no lo quiera Dios! exclamó cediendo á su natural virtud doña Isabel.

Miguel Lopez se dulcificó un tanto, interpretando de una manera falsa, por amor propio, la frase de doña Isabel en su favor, frase que tenia muy distinto sentido y que hizo estremecer á don Diego y á don Fernando.

—Nadie tiene la vida segura, dijo, y si á eso nos atuviesemos, jamás nos casariamos por temor de dejar á nuestra esposa viuda.

—Pues es muy posible que vos dejeis viuda á nuestra hermana, repitió don Diego.

—¡Ah! ¡eso no sucederá! exclamó levantándose doña Isabel pálida y con la mirada fija en su hermano porque le comprendia perfectamente: Dios no querrá que eso suceda.

—¿Y pensábais que mi hermana no os amaba? dijo don Diego.

—Pero en fin ¿qué peligro amenaza á... á mi esposo...? dijo doña Isabel haciendo un esfuerzo para pronunciar por la primera vez aquella palabra.

—Si, si, sepamos, dijo con acento duro y receloso, Miguel Lopez; sepamos qué peligro es ese, y si vuestras palabras son una amenaza ó un aviso.

—Siempre torceis las intenciones, Miguel, contestó con calma don Diego: ese peligro de muerte próximo, es amenaza como me amenaza á mí, á mi hermano, á nuestros parientes, á nuestros amigos, á todos los moriscos que tienen amor á la patria y fe en el Dios Altísimo y Único. En una palabra, Miguel: el edicto de don Carlos, promulgado antes de ayer y á un mismo tiempo, por decreto del emperador, en Granada y en las Alpujarras, ha indignado al emir de los monfíes, que ha venido en persona á mandarme que en el momento marchemos los mas que podamos á las Alpujarras.

—¡Oh! ¡si, si! ¡vais á rebelaros! exclamó doña Isabel.

—Hermana: dijo severamente don Diego: las mujeres deben callar y obedecer siempre, y mucho mas cuando se trata de ciertos asuntos... asuntos de que yo no hubiera hablado delante de vos á no haberme provocado Miguel.

—Pero vos no debeis rebelaros, hermano, exclamó con severidad doña Isabel: el rey os honra, sois cristiano, lo soy yo...

—¿Lo veis Miguel? repitió don Diego.

—Esposa mia, dijo Miguel Lopez, dejad que lo que Dios quiere que haya de suceder suceda y nada temais: si muero, por fortuna aun no me teneis tanto amor que mi muerte os desconsuele.

Y el acento de Miguel era amargamente irónico.

—Pero es que yo no quiero que murais...

—Ven, ven conmigo, hermana, dijo don Diego: perdonad un momento Miguel, voy á llevar á mi hermana junto á mi esposa á fin de que podamos hablar libremente.

Doña Isabel deseaba hablar á solas con su hermano y le siguió.

Apenas estuvieron en lugar donde de nadie podian ser oidos, doña Isabel dijo á don Diego:

—¿No te basta haber cometido un crímen enlazándome á ese hombre contra mi voluntad, sino que por razones que no acierto, quieres cometer otro? ¡hermano! ¡hermano! yo creo que esa rebelion es una mentira: que tú tienes otros proyectos.

—Mira, dijo don Diego que acababa de entrar en su aposento mostrándola la carta de Yuzuf—Al—Hhamar que le habia entregado Yaye.

Doña Isabel la tomó y la leyó.

Su contenido era el siguiente:

«En el nombre de Dios Altísimo y Unico, dador de la prosperidad y del infortunio: Muley Yuzuf Al—Hhamar, á su muy querido sobrino Sidy Aben—Humeya:—Un pacto sagrado existe entre nuestras familias: segun él, tu hermana doña Isabel, debe ser esposa de mi hijo Sidy Yaye. Acabo de renunciar en él mi corona y mi espada: Sidy Yaye, es desde hoy emir de los monfíes de las Alpujarras. El matrimonio concertado, debe, pues, efectuarse. Mi hijo me ha dicho, que tú, faltando al respeto que debes á la voluntad de tu padre, y al temor que mi poder debe inspirarte, has dispuesto de la mano de tu hermana. Mi hijo, el poderoso emir de los monfíes, te entregará por sí mismo esta carta. Si tu hermana es libre, rompe las obligaciones que con otro hayas contraido, y que doña Isabel sea esposa de mi hijo. Si, por desdicha, doña Isabel fuese de otro, ¡ay de tí y ay de él!—Yuzuf—Al—Hhamar.»

—¡Ah Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel: ¡con que no se llamaba Juan de Andrade! ¡con que es verdad que es moro, y ademas de moro es monfí!

Y doña Isabel se cubrió el rostro con las manos.

Debemos recordar, para que no parezca extraño el dolor de doña Isabel, que la palabra monfí significa salteador, bandido.

—Pues bien, dijo al fin la jóven alzando la frente radiante de dignidad: no hay motivo para que te arrepientas de lo que has hecho, porque por mas que yo le haya amado, por mas que á mi despecho le ame, jamás, aunque quedase viuda, me casaria con un rey de bandidos: con un hombre que ha rechazado mi mano... que me ha dejado cruelmente abandonada á mi destino... no, no, y cien veces no.

—Ese hombre está muriendo por tí.

—¡Muriendo por mí! exclamó aterrada doña Isabel.

—Ven, añadió don Diego, y abrió la puerta secreta, descendió rápidamente las escaleras llevando á su hermana asida de la mano, y entró con ella en el aposento donde habia dejado á Yaye y á su esposa.

Doña Elvira, que estaba arrojada sobre el lecho de Yaye que deliraba, se levantó al sentir los pasos de don Diego y de doña Isabel.

—Y bien, ¿traeis ya al médico? exclamó con impaciencia.

—Acaso, acaso señora, contestó don Diego adelantando con doña Isabel.

—¡Ah! exclamó doña Elvira al ver á doña Isabel, al mismo tiempo que esta al ver á Yaye postrado en el lecho, con el semblante lívidamente pálido y los ojos desencajados y fijos, lanzaba un grito de espanto, emanacion involuntaria de su alma.

—¡Está muriendo por vos, y pensais en la vida de otro hombre, hermana! dijo don Diego.

Doña Isabel cayó de rodillas, y don Diego, aprovechando aquella ocasion, salió y cerró la puerta dejando á las dos mujeres encerradas con Yaye.

Poco despues, y al mismo tiempo que entraba un médico anciano en la habitacion donde estaba Yaye, salian de Granada á caballo y á la ligera, don Diego de Válor, su hermano don Fernando y Miguel Lopez, acompañados de algunos lacayos armados á la gineta.

Capítulo VIII. ¡El emir se ha perdido!

El médico declaró que la enfermedad de Yaye era peligrosa, y que se necesitaba sumo cuidado, gran reposo para el enfermo, y sobre todo la ayuda de Dios.

Lo primero que hizo doña Elvira, cuidando de que Yaye tuviese todo el reposo necesario, fue sacar del subterráneo á doña Isabel.

Esta se encontraba en el estado mas terrible en que podia encontrarse una mujer.

Lo que primero la aterraba era el estado de Yaye; despues el crímen que habia comprendido meditaban sus hermanos contra Miguel Lopez, luego, en fin, los zelos.

Los zelos, porque habia adivinado en un solo momento que su cuñada doña Elvira amaba á Yaye.

Ella le amaba tambien; habia sacrificado su cuerpo pero no su amor: no podia confesarle ante los hombres, pero podia guardarle en el fondo de su alma, como en un santuario.

Doña Elvira se habia abrogado enteramente el cuidado del enfermo: es cierto que doña Isabel no podia estar junto á él ¿pero acaso, doña Elvira no era tambien una mujer casada?

¿Acaso no amaba á Yaye?

Porque doña Isabel con ese delicado instinto de la mujer que ama, habia comprendido á primera vista que doña Elvira amaba á Yaye.

Ella le hubiera asistido con la pureza de un ángel.

Y sobre todo lo que mas importaba á doña Isabel en aquellos momentos era su vida.

Sin embargo ni una palabra dijo á doña Elvira.

Ni una sola vez la preguntó por el estado del enfermo.

Aquella noche el anciano Abd—el—Gewar, llegó á la puerta de la casa y llamó.

Abriéronle y preguntó por don Diego.

Dijéronle que habia salido á un corto viaje.

Entonces preguntó por un caballero que aquella mañana habia entrado en la casa.

Contestáronle que habian entrado muchos caballeros, y que nada le podian decir.

Al dia siguiente Abd—el—Gewar llamó de nuevo y pidió hablar con doña Elvira: fue introducido.

Doña Elvira contestó á sus preguntas que nada sabia de tal persona.

Abd—el—Gewar escribió inmediatamente al emir.

«Poderoso señor: tu hijo ha desaparecido el mismo dia del casamiento de doña Isabel de Válor con Miguel Lopez: no sé nada de su paradero, pero le busco de una manera incansable: suceden cosas extrañas. Don Diego y don Fernando de Válor, han salido con Miguel Lopez ayer por la mañana y á la ligera, sin que se sepa á donde han ido. Doña Isabel ha quedado casa de su hermano don Diego. No me atrevo á moverme de Granada: espero tus órdenes. Mi esclavo Kaid dice que tu hijo entró ayer casa de don Diego, pero que no sabe si ha salido ó no, por que estuvo apartado de la casa algun tiempo. Guárdete Allah:—tu vasallo Abd—el—Gewar.»

A los tres dias recibió el anciano la contestacion siguiente:

«Noble y virtuoso Abd—el—Gewar: don Diego y don Fernando de Válor han cometido un crímen contra su cuñado Miguel Lopez: los tengo en mi poder y espero saber de ellos el paradero de mi hijo: en cuanto á este tengo formado mi plan: te envio diez de mis monfíes que mas conocimiento tienen de la ciudad para que indaguen su paradero; este y el asesinato de Xerif—ebn—Aboó es obra de ese bandido miserable de ese don Diego de Válor; ¡Ay de él si muere mi hijo!

Capítulo IX. En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez don Diego y don Fernando de Válor.

Retrocedamos al momento en que los dos hermanos y Miguel Lopez salieron de Granada.

Los tres ginetes, acompañados de cuatro lacayos tomaron á buen paso el camino de las Alpujarras: al llegar al Suspiro—del—Moro, don Diego de Córdoba revolvio el caballo y miró á la distante ciudad.

—¡Granada! ¡Granada! exclamó: hace cincuenta y cinco años, se detuvo en este sitio el cobarde Boabdil y lloró por que te habia perdido: hoy me vuelvo yo para jurarte que si Dios me ayuda y á despecho de mis enemigos, tú volverás á ser la ciudad querida del Profeta, y yo... yo seré tu rey.

—¡Hum! dijo Miguel Lopez, que estaba de muy mal humor; creo, hermano, que os olvidais muy pronto del poder del emir de las Alpujarras.

—¡Ah! ¡el emir de los monfíes! ¿y creeis que el emir tenga mas poder que yo?

—¡Si!

—¿En qué os fundais?

—En que él manda y vos le obedeceis. Y sino ¿por qué hemos abandonado tan de improviso á Granada...? ¿por qué vagan allá entre las faldas de la sierra, como cabras sueltas, ciertos hombres, que Dios me confunda sino son gente que tienen mas de una razon para temer á las justicias de las villas y á los cuadrilleros de la Santa Hermandad? ¿y para qué sino habeis hecho que se adelante uno de vuestros lacayos?

—En cuanto á lo primero, Miguel, ya sabeis que hay momentos en que nos vemos obligados á doblegarnos: el edicto del emperador ha exasperado los ánimos: en Granada ya sabeis que no puede hacerse nada sin que lo noten la Inquisicion y la chancillería, cuyos alguaciles y espias tienen siempre los ojos puestos en nuestras casas, los oidos donde quiera pueda levantarse la voz de un morisco. El golpe vendrá de afuera, de las Alpujarras: mañana, pasados dos dias... ¿quien sabe si esta misma noche? puede acercarse un ejército á los muros de Granada, penetrar en ella, sorprendiendo el descuido de los cristianos que nos creen puestos en temor, y arrebatarles la ciudad. Por lo mismo y puesto que el emir (que ahora es el que cuenta con mayor poder) nos ordena que nos presentemos á él, nos es forzoso obedecer. Si, como decis, vagan monfíes en las próximas quebraduras, esto nos indica que nuestro viaje acaso no será muy largo, y en cuanto á lo de haber mandado á un lacayo que se adelantase, ya sabeis que cuando se quiere tener lecho y comida en una venta de las Alpujarras es necesario prepararlo de antemano.

—Si, si, dijo Miguel Lopez que no habia perdido enteramente su desconfianza; ya sé que habeis cursado algunos años en Salamanca, que sois muy letrado y que para todo encontrais una buena salida. Pero os advierto que si pensais hacerme una traicion...

—¿Que decís Miguel? exclamó don Fernando de Válor con acento amenazador, porque, mas jóven que su hermano y menos sufrido, no sabia contenerse como él: ¿sabeis, amigo mio, que no parece sino que vos sois nuestro señor y nosotros unos miserables esclavos obligados á sufrir vuestras insolencias, y que ya se me va acabando el sufrimiento?

—Pues aunque se os acabe de una vez, mi buen hermano, dijo Miguel Lopez, os advierte que voy prevenido, y que no os será tan fácil dar cuenta de mi para dejar á vuestra hermana viuda.

—¿Es decir, exclamó don Fernando, desatendiendo una significativa mirada de su hermano, es decir que creeis que os hemos sacado fuera de Granada para asesinaros?

—Todo pudiera ser.

—¡Ira de Dios! exclamó don Fernando poniendo mano á su espada y lanzando su caballo hácia Miguel Lopez, que desnudó á su vez.

Don Diego se interpuso.

—¿Estais locos? exclamó; mi hermano no ha comprendido todavía, Miguel, que sois un hombre intratable, y que el miedo de que hagan con vos, lo que vos seriais capaz de hacer con otro y lo que acaso mereceis, os turba la razon y os hace decir locuras: ¿para qué diablos habíamos de haberos casado con nuestra hermana si pensásemos en mataros?

—¡Hum! pronunció Miguel Lopez con desconfianza.

—Por lo mismo que con vos no se puede hablar sin peligro, añadió don Diego, os advierto que durante la jornada no os dirigiremos ni mi hermano ni yo una sola palabra. Envaina tu espada, Fernando; envaina la vuestra Miguel, y marchad detrás, delante, ó á nuestro lado, como mejor os convenga; espero en Dios que pronto nos conocereis mejor y que nos ahorraremos estas desagradables contestaciones.

—¡Hum! repitió Miguel Lopez; y envainando su espada, echó su caballo por un costado del camino. Don Fernando envainó á su vez y siguió por el centro del camino al lado y á la derecha de su hermano.

Y asi, en ese silencio forzado y hostil de personas que se ven obligadas á estar juntas y no se encuentran en buena inteligencia, siguieron caminando á buen paso. Este silencio no se interrumpía sino de tiempo en tiempo por la voz de alguno de los ginetes que alentaba á su caballo, por el cantar de algun romance morisco que entonaba don Fernando, justificando aquel antiguo proverbio que dice que cuando el español canta, ó rabia ó no tiene blanca, ó cuando, encontrándose nuestros viajeros con alguna recua, les saludaban los traginantes quitándose respetuosamente el sombrero y les decian:

—Dios guarde á vuesamercedes.

A lo que don Diego contestaba con esa benévola altivez de los grandes:

—¡Vaya con Dios la gente honrada!

Fuera de estos casos no se pronunciaba una sola palabra.

Pero aunque no se hablaba, cada cual iba revolviendo dentro de sí una máquina de pensamientos: en particular don Fernando, á quien su hermano no habia tenido ocasion de comunicar sus proyectos respecto á su cuñado mas que por algunas rápidas palabras, ansiaba que una casualidad cualquiera le pusiese en la posibilidad de dar una buena estocada á aquel Miguel Lopez tan zafio, tan grosero, tan violento, y que, de una manera tan extraña para don Fernando, porque no conocia los secretos de su hermano, se habia introducido en la familia.

Asi silenciosos y mohinos, habiendo invertido todo el dia en la jornada, llegaron cerca de Orgiva á una venta situada en el recodo de un camino y flanqueada por altas y peladas rocas.

El sol tocaba al horizonte y su dorada y lánguida luz se perdia á lo lejos bajo las frondas de un espeso olivar que se veia en el fondo de un pequeño valle, entre una abertura de las breñas; al occidente, recortando fuertemente sobre el rojo color del cielo su oscura silueta se veian Orgiva y su castillo: por el opuesto lado la vista se detenia ante un monte cubierto enteramente de naranjos y limoneros.

Parecia que la venta se habia buscado exprofeso, oculta, por decirlo asi, en un recodo de un camino pendiente y en un seno de la montaña. Por todas partes se veian breñas: oíase en ellas el áspero graznar de las águilas que anidaban en las cimas, y á lo lejos el ruido de la violenta corriente del río de Orgiva.

El lacayo, que habiéndose adelantado, esperaba á la puerta de la venta á su señor, se acercó y le tuvo el caballo; al mismo tiempo el ventero, mozo fornido y de mala catadura, adelantó sombrero en mano.

—Bien venidos sean vuestras señorías á mi casa, dijo el ventero; este buen mozo, añadió señalando al lacayo, me ha avisado de antemano y nada falta.

Pareció como que se cruzaba una mirada de inteligencia, pero rápida y casi imperceptible, entre don Diego y el ventero.

—¿Decís que nada falta? preguntó don Diego.

—Nada de cuanto se me ha pedido, contestó con desenfado el ventero: es verdad que ha sido necesario ir á buscarlo algo lejos; pero ello es que nada falta, nada.

—¿Y qué quiere decir que nada falta? dijo Miguel Lopez con recelo.

Miró fijamente el ventero al que le preguntaba.

—No faltan ni buen lecho, dijo, ni buena cena, ni buen aposento: ¿qué mas quiere tener el hidalgo en medio de un camino?

—Menos palabras y mas obras, contestó siempre con su tono agresivo Miguel Lopez, y puesto que teneis buena cama, y buena cena, dadnos cuanto antes de cenar á fin de que cuanto antes podamos dormir.

El ventero desapareció hácia el interior y los lacayos desaparecieron con él, sin duda para ayudarle en los preparativos.

—¿Sabeis lo que pienso Miguel? dijo don Fernando.

Miró con atencion y descaro Miguel Lopez al jóven como diciéndole:

—¿Y bien qué pensais?

—Pienso, continuó don Fernando, que despues de las villanas sospechas que habeis concebido acerca de nosotros, no debemos permitir que durmais en el aposento en que nosotros durmamos.

—¡Eh! ¡tanto me da!

—¡Si insistís!

—Creo que he hecho muy mal en salir de Granada.

—¡Os afirmais, pues, en vuestras dudas! pues bien: dormireis en aposento aparte... ó si os place mejor... Orgiva está cerca; en ella teneis, no solo conocidos y amigos, sino parientes: seguid hasta Orgiva, si os place: pero si tal haceis, os rogamos que no digais á alma nacida que paramos en esta venta: cuando se anda en empresas arriesgadas toda precaucion es poca.

—Me quedo, dijo Miguel á quien sin duda daba vergüenza llevar el temor hasta el extremo.

—Pues si os quedais, tomad aposento aparte.

—Le tomaré.

—Entonces, pues, no hablemos mas, y como creo que la cena nos espera entremos y cenemos.

Entraron y en el fondo del zaguan en un cenador que daba á un huerto, se sentaron alrededor de una mesa servida, y asistidos por los lacayos y por el ventero, empezaron á cenar en silencio.

Concluida la cena cada cual se retiró á su aposento.

La venta quedó envuelta en el mas profundo silencio.

Avanzó la noche.

A las ánimas tocaban las campanas de la iglesia de la cercana villa de Orgiva, cuando el mismo ventero que tan ligeramente hemos descrito, se levantó de junto á una mesa sobre la cual habia estado dormitando hasta entonces, ocultó la lámpara de hierro que le alumbraba, y en paso recatado atravesó el zaguan, abrió la puerta de la venta, la cerró de nuevo, atravesó el camino en direccion opuesta á Orgiva, y muy pronto se encontró marchando á largo paso entre las quebraduras.

Trepaba por uno de esos barrancos que suben por las faldas de las montañas y que al fin se extinguen, se pierden, se borran, acabando en punta, como si fueran un pliegue del terreno; cuando llegó á la parte media se detuvo en la oscura grieta de una caverna, y lanzó un silbido tan leve como el de una culebra.

A aquel silbido contestó otro en el interior.

—¡Ah! ¿estais ya ahí? dijo el ventero.

—Si, si, pardiez, Reduan, dijo una voz áspera: y no alcanzamos por qué razon nos has hecho esperar en la cueva, cuando hubiéramos estado mucho mejor en la venta.

—Cada cual sabe lo que se hace, contestó el llamado Reduan. ¿Cuántos sois?

—Seis, que creo que bastamos para cualquier empeño de honra. ¿De qué se trata?

—De ganar cien doblones, dijo Reduan, á quien habian rodeado seis sombras que debian ser la de seis membrudos cuerpos de monfíes.

—¿Y qué hay que hacer para ganar esos cien doblones? dijo uno de ellos.

—¡Poca cosa! matar un hombre.

—¡Ah! ¡pues si no es mas que eso...! ¿y donde está ese hombre?

—En mi casa.

—¡Ah! ¿es acaso el hombre que acompañaba hoy por el camino á don Diego y á don Fernando de Válor?

—El mismo. Pero tú debes conocer á ese hombre, Farix, añadió Reduan dirigiéndose al que habia hablado.

—Si por cierto; es el renegado Miguel Lopez, á quien tengo grandes deseos de antecoger delante de mi ballesta. Es un traidor.

—¿Y cómo sabeis vosotros que Miguel Lopez acompañaba á don Diego y á don Fernando de Válor?

—Esta mañana el wali Harum nos ordenó en nombre del poderoso emir, que observásemos el camino, sin dejar de reparar si iban ó venian golillas, hidalgos ó soldados.

—Es verdad: se nos aprieta tanto por ese endiablado rey de España, que será necesario romper por todo y hacer lagos de sangre cristiana para bañarnos en ella. Dia llegará en que... pero por ahora pensemos en nuestro negocio: el asunto de que se trata es un asunto particular de don Diego de Córdoba y de Válor. Ya sabeis que es pariente del emir, y que estamos obligados á servirle, sobre todo, cuando tan bien lo paga.

—Es muy justo.

—Pero importa que nadie sepa que le hemos servido. Ya sabeis que el emir castiga á sangre toda muerte que se hace, como no sea en combate ó por órden expresa.

—¿De modo que á don Diego le estorba ese renegado?

—Algo debe de haber: lo que yo sé es que á media tarde llegó un lacayo de don Diego y me dió una carta: aquella carta decia en arábigo: «Es necesario que, para servicio de Dios y del emir, tengas prevenidos para esta noche algunos de los monfíes mas valientes que se encuentren por los alrededores.» Os avisé. Despues llegaron don Dieg, don Fernando y Miguel Lopez. Cenaron, y luego Miguel Lopez se encerró en un aposento aparte y en otro los dos hermanos. Los lacayos se fueron al pajar: yo entonces subí al aposento de don Diego por la ventana del cuarto, segun me lo habia dicho don Diego, aprovechando un descuido del Lopez, que se muestra muy receloso, y cuando estuve dentro me dijo que os ofreciera cien doblones por matar un hombre y que, si consentiais, os llevase al huerto y que él mismo hablaria con vosotros. Puesto que consentís seguidme.

Los monfíes siguieron en silencio á Reduan, descendieron á una rambla y á través de algunas quebraduras llegaron á las bardas de un huerto, y uno tras otro las saltaron con la agilidad y el silencio del gato montés.

Apenas habian desaparecido entre las quebraduras, cuando salió de la cueva otro hombre que, sin duda, habia estado oculto en su fondo entre las tinieblas, por lo que los monfíes no habian reparado en él.

—¡Oh! ¡oh! dijo aquella sombra: se trata de un asesinato infame. Pues bien, es necesario impedir ese crímen.

Y se puso en seguimiento de los monfíes, pero á larga distancia y recatándose.

Miguel Lopez, entre tanto, velaba, entregado á encontrados pensamientos; parecíale por una parte que su recelo era infundado: por otra un secreto instinto le decia que desconfiase, y entre seguridad y desconfianza, llegó hasta las ánimas sin acostarse, dando paseos á lo largo del aposento y lanzando de tiempo en tiempo una feroz mirada á los pedreñales (pistolas se llaman ahora), que tenia sobre la mesa.

Pero acordóse una y cien veces que tenia sujeto á don Diego por medio de prendas que podian perderle; que para atentar á su vida no hubiera esperado á hacerle esposo de su hermana, y sobre todo, que despues del aprieto en que ponia á los moriscos el edicto del emperador, nada tenia de extraño que el emir de los monfíes hubiese llamado al morisco mas influyente de Granada, y que este morisco, es decir, don Diego, se prestase dócil y aun voluntariamente á obedecer las órdenes del emir.

Estos pensamientos le tranquilizaron algun tanto: dilatáronse las profundas rugas que hasta entonces habian plegado su frente, y su imaginacion tomó un rumbo distinto. Acordóse de su desposada, de la hermosa doña Isabel, de quien tan brúscamente habia sido separado: representóse en su imaginacion la alegre fiesta de bodas que indudablemente hubiera tenido lugar aquella misma noche, á no haber mediado el urgente mandato del emir de los monfíes. Sucesivamente fueron pasando por su imaginacion cien tentadoras imágenes, cien esperanzas defraudadas por el acaso, ese eterno burlador de la dicha humana; suspiró ruidosamente, y, no teniendo otra cosa que hacer, se recogió al lecho, y perdido de todo punto su recelo, reconcentró su pensamiento en el recuerdo de doña Isabel, y poco despues dormia y soñaba.

Pasaron una, dos, tres horas. La luz del belon que habia dejado el ventero, empezó á debilitarse falta de pábulo; osciló algunos momentos y al fin se apagó.

Luego solo se oyó el poderoso aliento producido por el pecho de toro de Miguel Lopez, que continuaba durmiendo.

Si no hubiera dormido tan profundamente, hubiera podido percibir cierto leve murmullo de voces que hablaban juntas, que cesaban, que volvian á escucharse, que se acercaban, que se alejaban. Hubiera percibido, al fin, los pasos de una persona que se acercaba recatadamente, que se detenia junto á la puerta y escuchaba, retirándose despues: hubiera oido, por último, unos pasos mas fuertes que cesaron delante del aposento; luego ruido de pisadas de caballo y cierto tráfago en la parte baja de la venta: pero Miguel Lopez nada de esto oyó, y fue necesario que diesen sobre la puerta tres fuertes golpes para que despertase.

—¡Voto á mil legiones! exclamó; me han quitado el sueño mas hermoso del mundo; como que me figuraba que...

Miguel Lopez concluyó con un ruidoso suspiro estas frases que habia pronunciado medio dormido, y luego, notando que la luz se habia apagado, se levantó de un salto, tomó á tientas uno de los pedreñales que habia puesto sobre la mesa, y dijo con voz ronca y amenazadora:

—¿Quién va?

—¿Quién ha de ir ni venir? dijo detrás de la puerta la voz de don Diego de Válor: vestios pronto hermano, que suceden grandes cosas.

—¡Ah! ¿sois vos, don Diego? dijo dejando el pedreñal sobre la mesa Miguel Lopez; pues bien, creo que puedan suceder grandes cosas y que sea necesaria gran diligencia; pero si quereis que me vista pronto, entrad y dadme luz: la mia se ha apagado.

Abrió la puerta el morisco, y don Diego entró con una vela de sebo encendida, puesta en una palmatoria de barro cocido.

—¿Qué hora es, hermano? preguntó soñoliento Miguel Lopez.

Don Diego sacó de entre su ropilla un enorme reloj de oro semiesférico, objeto de gran lujo en aquel tiempo, y dijo consultando la muestra:

—Las doce y veinte minutos.

—¿Y podemos fiarnos de ese embeleco?

—Como que está fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la máquina de la torre de Santa María de la Alhambra.

—En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar tanto, dijo Miguel Lopez atacándose los gregüescos.

—Como que tenemos encima al emir.

—¡El emir!

—Sí, el emir con seis mil monfíes, que adelanta hácia Granada, á la que piensa llegar antes del amanecer.

—¡Diablo! ¡diablo! ¿es decir que hoy mismo tendremos batalla?

—Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto antes: en Cádiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender á esa gente para que no puedan dar aviso á Granada y prevenir á nuestros enemigos. Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y á caballo.

—¿Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabándose de apretar las hevillas de las espuelas.

—Sí, sí por cierto; me ha enviado uno de sus walíes.

—¿Y dónde está ese walí?

—Ha partido con toda diligencia á poner en armas las taifas de monfíes de la taha de Lanjaron, donde tambien hay gente del rey.

—Pero os habrá dejado á lo menos un guia.

—No, pero me ha avisado el lugar donde podré encontrar al emir.

—¿Y qué lugar es ese? dijo Miguel Lopez saliendo con don Diego de la habitacion.

—A un tiro de arcabuz de Orgiva, en el lecho del rio.

—Vamos, pues.

Por prudencia, segun creia Miguel Lopez, no hablaron ni una palabra mas. Bajaron tranquilamente las escaleras, don Diego pagó el gasto al fingido ventero, y él, Miguel Lopez y don Fernando de Válor, montaron en los caballos que les tenian los criados, y seguidos de estos, tambien á caballo, salieron de la venta y tomaron ostensiblemente el camino de Orgiva.

La noche era un tanto clara, y lo hubiera sido enteramente merced á la luna, á no ser por los densos nubarrones que cruzaban el espacio: de cuando en cuando se veia lucir un relámpago en lontananza, allá entre las profundas quebraduras, y empezaban á escucharse truenos lejanos.

—Famosa noche ha elegido el emir para su empresa, dijo Miguel Lopez que caminaba delante, y que al parecer habia perdido hasta la última sombra de recelo.

—Guardad silencio, hermano, dijo don Diego, que no sabemos quién puede escucharnos, y aguijad vuestro caballo á fin de que lleguemos pronto. Hasta que nos encontremos al lado del emir y entre los monfíes, nos hallamos en peligro.

Y para dar el ejemplo, don Diego aguijó su caballo y pasó adelante.

Los tres ginetes y los lacayos siguieron marchando en silencio.

A poca distancia de la poblacion, don Diego revolvió su caballo y empezó á descender por un oscuro sendero, perdido en la penumbra de un profundo barranco, formado por la abertura de dos montañas; á medida que adelantaban se percibia mas distintamente el ronco ruido de la corriente del rio de Orgiva, corriente rapidísima á causa del gran desnivel del terreno; el fondo del barranco, por el centro del cual corria, saltando entre las breñas, un arroyo, se iluminaba de tiempo en tiempo por la brillante y fugitiva luz de un relámpago.

Hallábanse á la mitad de la garganta, cuando, de repente, el caballo de don Diego se detuvo, lanzó un relincho agudo y resistió á la espuela.

—Debemos estar cerca del emir, dijo Miguel Lopez; vuestro caballo siente las yeguas.

—¡Callad! ¡callad en nombre de Dios! exclamó don Diego; callad y detened vuestros caballos.

—¿Pues qué sucede? dijo Miguel Lopez.

El zumbido de un venablo que pasó cortando el aire por cima de las cabezas de nuestros personajes, fue la contestacion que obtuvo Miguel Lopez: don Diego, su hermano y los lacayos, se habian lanzado con las espadas desnudas en la direccion que parecia haber traido el venablo.

—¡Ah! ¡Dios de Dios! exclamó Miguel Lopez, echando mano á sus pedreñales; esta es, sin duda, ó una traicion de esos miserables, ó un mal encuentro con bandidos: pues bien, es necesario vender cara nuestra vida.

Y apeándose del caballo, porque el terreno era mas á propósito para defenderse á pié que cabalgando, llevó al animal hasta una breña y se parapetó con el.

Pero apenas habia tomado posicion, cuando nuevos venablos pasaron silbando, y el caballo cayó desplomado, como si le hubieran herido en el corazon ó en la cabeza.

Miguel Lopez no tuvo tiempo mas que para disparar uno de sus pedreñales sobre algunos bultos, al parecer de hombres, que adelantaban rápidamente hácia él, saltando por cima de las quebraduras.

En aquel momento brilló un relámpago y Miguel Lopez vió que los que le acometian eran monfíes.

Pero tambien vió, antes de que se extinguiese la rápida llamarada del fuego, que uno de aquellos hombres habia saltado sobre su terreno y caido herido por una saeta, cuyo silbido parecia marcar que quien la habia disparado estaba á espaldas de Miguel Lopez, y frente á los monfíes.

La suerte de su compañero irritó á los monfíes, que se lanzaron dando alaridos de rabia sobre Miguel Lopez: este no tuvo tiempo de ver mas; sintió sobre sí aquellos hombres, luego la aguda punta de sus puñales en el pecho y se desmayó.

Cuando volvió en sí se encontró fuertemente vendado y postrado en un lecho en un lugar extraño.

El espacio en que se encontraba era un aposento cuadrado, abovedado segun las líneas de la arquitectura árabe, y revestido de una argamasa reluciente, á la que el tiempo habia dado un color gris negruzco.

En aquel espacio no habia mas muebles que un arcon pintado de negro, una mesa de nogal y dos sitiales. Sobre la mesa habia un belon de cobre, dos de cuyos mecheros encendidos, alumbraban todo lo que hemos descrito: ademas, sobre aquella mesa habia un crucifijo negro, algunos libros en folio, y yerbas, trapos blancos, hilas, vasijas y redomas.

Nada mas habia en esta habitacion, ni Miguel Lopez pudo reparar en todo esto, á causa del estado de desvanecimiento y de debilidad en que se encontraba.

Reparó, si, que estaba absolutamente solo, que no se percibia ruido alguno, y que aquella habitacion no tenia otro respiradero que una puerta estrecha, de arco de herradura, en la cual empezaba una escalera que ascendia.

Aquel espacio era sin duda un subterráneo.

La perplejidad mas natural, el temor mas lógico, asaltaron la imaginacion de Miguel Lopez: á causa de la debilidad en que le habian constituido sus heridas, apenas recordaba confusamente lo que le habia acontecido antes de acometerle los monfíes: la primera pregunta que se hizo á sí mismo, fue la de quién le habia herido, y quién le habia llevado allí.

Pero como no veia persona alguna que aclarase sus dudas, pretendió salir de ellas provocando la llegada de alguno.

—¡Ah de casa! exclamó; pero con acento tan débil que hubiera sido imposible oirle á pocos pasos de distancia.

El esfuerzo que hizo para hablar le causó un dolor agudo en el pecho.

—¡Ah! murmuró. ¡Alma del diablo! ¡pues estoy herido y no como quiera, sino gravemente! ¡herido en el pecho...! ¿y quién ha podido herirme?

Hizo un esfuerzo Miguel Lopez para evocar sus recuerdos y como los recuerdos obedecen á la voluntad, y la voluntad de Miguel Lopez era poderosa, lentamente fueron eslabonándose sus ideas y al fin recordó de todo punto lo que le habia acontecido.

—¡Los miserables! exclamó: ¡si, si! ¡no hay duda! ¡ellos han sido! Esta mañana han pasado en aquella casa cosas extrañas: el mancebo que se presentó á don Diego, segun me dijo Ayala... aquel hermoso mancebo que ha sido amante de doña Isabel... y luego el pretexto de don Diego de que nos llamaba el emir... nuestra detencion en una venta sospechosa... y despues los monfíes... si, si, ellos han sido... ellos que me han sacado de Granada para asesinarme... ¿pero cómo se ha atrevido don Diego, sabiendo que tengo en mi poder pruebas que pueden perderle...? ademas, ¿quién me ha traído aquí...? ellos no deben de haber sido: hubieran acabado de asesinarme... ¿los monfíes? los monfíes no se hubieran tomado el trabajo de curarme las heridas. ¿Quién ha sido, pues?

Este razonamiento, demasiado largo para el estado en que se encontraba Miguel Lopez, le desvaneció, volvieron á embrollarse sus ideas y recayó en su postracion.

En medio de ella notó el ruido de los pasos de una persona que descendia por la escalera que empezaba en la puerta: luego vió brillar una luz sobre la argamasa abrillantada del muro, y al fin descendió y entró en la habitacion un hombre.

Todo esto lo veia de una manera fantástica, por decirlo asi. Aquel hombre era alto, esbelto y vestia un trage de campaña castellano: acercóse levemente al lecho y examinó con una fria atencion al herido.

Luego fue á la mesa, tomó una taza que habia sobre ella é hizo beber algunas gotas de su contenido á Miguel Lopez.

Este sintió calmarse la ardiente sed que le devoraba, y haciendo de nuevo un poderoso esfuerzo de voluntad, logró fijar sus ideas y ver claro.

Entonces pudo hacerse cumplidamente cargo de la persona que habia entrado en el aposento.

Era un hombre alto, esbelto, fuerte, ágil, moreno, con grandes ojos negros, cabellos ensortijados y barba escasa y corta: á primera vista podia decirse que no era español, ni menos morisco: diferencias esenciales de raza lo demostraban; su mirada era móvil, astuta, recelosa, en contraposicion de la fija penetrante y franca mirada de los hombres oriundos de Arabia: su color no era el moreno y pálido color de los hijos de esta raza, sino un moreno dorado, encendido, vigoroso; su frente, un tanto deprimida, sus cejas sutiles, el óvalo de su rostro demasiado prolongado, todo demostraba en él un extranjero.

En cuanto á su vestido ya hemos dicho que pertenecia á la moda de los hidalgos castellanos, aunque se notaban en él algunas singularidades: llevaba en la cabeza una gorra de paño color de hoja seca, plegada al lado izquierdo por un herrete de acero; debajo de un capotillo casi burdo en el exterior y forrado en el interior por pieles blancas de cordero, llevaba un coleto de ámbar exactamente igual á los que usaban por aquel tiempo los soldados de los tercios viejos de España: este coleto estaba sujeto en la cintura por un talabarte de cuero de Córdoba, color de avellana, de dobles tirantes, del que pendia una espada corta y ancha y un puñal á la derecha; pendiente del mismo talabarte, llevaba á manera de limosnera una bolsa de piel de zorra; los gregüescos eran de paño de igual color y calidad que el de la gorra, sin cuchilladas, lazos ni adornos, y por último, sus fuertes calzas atacadas de lana azul, estaban cubiertas, desde sus piés y hasta media pierna, por unas abarcas y los ligamentos de estas.

Este hombre parecia contar cuando mas, á juzgar por las apariencias, cuarenta años; se desprendia de él un no sé qué de noble y poderoso, y su trage le sentaba á las mil maravillas.

Observó profundamente al herido, y como viese que Miguel Lopez hacia esfuerzos por hablar, le dijo con esa voz llena de autoridad de los mas fuertes, y con marcado acento extranjero, aunque en buen castellano:

—Os prohibo que hableis: en ello os va la vida: reposad.

Y sin decir mas, se separó del lecho, tomó un taburete, le puso junto á la mesa, se sentó dando la espalda á Miguel Lopez, tomó uno de los libros en folio que habia sobre la mesa y se puso á leer.

Quien hubiera arrojado una ojeada sobre aquel libro, hubiera visto que era una magnifica copia en latin de la Santa Biblia, y que el extranjero leia en ella un pasaje del libro de Job.

Era aquel el pasaje en que Dios arrebata á Job sus hijos.

Durante mucho tiempo, Miguel Lopez estuvo contemplando con ansiedad al extranjero, que leia en silencio, y sin atreverse á hablarle, puesto en temor por la autoridad de su palabra y por lo grave de su pronóstico.

Al fin, como emanado de un lugar distante y á través de los muros, se oyó el toque de una corneta: entonces el extranjero cerró la Biblia, se levantó, fué al lecho y contempló profundamente al herido, que tenia fijos en él los ojos, dilatados á un tiempo por la curiosidad y el temor.

—¿Quién sois? dijo Miguel Lopez.

—Nada os importa quien yo sea, contestó el desconocido; pero si os importa mucho el reposar: no hableis: tiempo sobrado tendremos de hablar mas adelante: el hablar os cuesta un esfuerzo y ese esfuerzo os es muy dañoso: estais gravemente herido: esperad: voy á daros una medicina que os servirá de mucho.

Dicho esto fué á la mesa, tomó una redoma de vidrio, vertió parte de su contenido en un vaso de la misma materia, fué al lecho y dió á beber un líquido blanco y un tanto espeso al herido.

Despues se quedó observándole: lentamente se fueron cargando los ojos de Miguel Lopez y al fin se durmió.

Entonces el extranjero fué á la mesa y encendió la lámpara con que habia venido alumbrándose, á tiempo que sonaba de nuevo y mas de cerca la corneta.

—Mucha impaciencia es esa, dijo, y debe suceder algo importante: veamos lo que es.

Y trepó por las escaleras, llegó á su fin á una puerta chata, cerrada por una sola hoja forrada de hierro mohoso, que el extranjero abrió, saliendo á un pasadizo oscuro y abovedado: cerró de nuevo, corrió un cerrojo, le afianzó con dos vueltas de una llave que sacó de su bolsa, y luego adelantó por la mina, que era tortuosa y á trechos ascendia ó descendia: á un lado y otro quedaban otras galerías: al fin se vió una claridad fria al fin de la mina, y cuando el extranjero salió de ella, entró en una caverna anchurosa, por cuya boca penetraba la luz del alba: aquella gruta estaba encubierta y como defendida por una espeso robledal, que coronaba la cumbre de una colina.

Entonces se escuchó por tercera vez la corneta, pero de una manera vibrante, enteramente perceptible y á poca distancia.

El extranjero apagó la lámpara, la ocultó en una grieta de la caverna y sacó de esta grieta un largo arco de acebo y algunas saetas que atravesó en su talabarte. Despues salió de la caverna, y tomó á buen paso por un sendero estrecho, tortuoso, cubierto de musgo, perdido entre las breñas, y que, á poca distancia, penetraba en el robledal.

Muy pronto el incógnito, á gran paso, se internó en el bosque; siguió las sinuosidades del sendero, y rodeando una colina, penetró en una ancha rambla, cuyo aspecto era terriblemente brabío y selvático.

Un pequeño arroyo la atravesaba é iba á formar en la parte abierta de la rambla un pequeño lago, que se perdia pintorescamente entre un bosque de mimbres, bañando sus nudosos troncos: alrededor solo se veian rocas tajadas, abiertas, como calcinadas por la accion del rayo: las asperezas, las peñas que acá y allá brotaban sobre el terreno, como excrescencias, estaban cubiertas de musgo, y la arena que servia de lecho y se extendia en una estrecha márgen á los lados del arroyo, era de color negruzco; lo demás del terreno estaba cubierto por una especie de liquen musgoso, en el que resbalaba la planta.

Aquel lugar que parecia destinado á la mas absoluta soledad, estaba entonces concurrido por muchos seres humanos, entre los cuales se veia un solo caballo; uno de esos caballos pequeños, pero ágiles, fuertes, fogosos; un verdadero caballo de montaña.

Las gentes, que en número como de cien personas, ocupaban la parte superior de la rambla, eran monfíes: algunos de estos, mas avanzados, parecian estar de centinela: al desembocar en la rambla el extranjero, uno de los centinelas armó su ballesta, y gritó:

—¡Alto! ¿quién va?

—¿No me habeis llamado? dijo con acento irritado el extranjero ¿porqué pues me deteneis con la puntería de vuestras ballestas?

—¡Es el cazador de la montaña! dijo otro de los monfíes.

—Dejadle llegar, dijo una voz breve y al parecer acostumbrada al mando.

Desarmó el monfí su ballesta é hizo seña al extranjero de que adelantase: este trepó por las breñas con la agilidad de un gamo, pasó de la línea de los centinelas, y llegó á la parte alta de la rambla, donde le salió al encuentro un anciano enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel anciano era Yuzuf, el padre del emir de los monfíes.

El semblante del noble anciano estaba contraido por una sombría expresion: dulcificola, sin embargo, á la presencia del incógnito, y tendiéndole la mano, le dijo:

—¡Bien venido sea mi amigo el rey del desierto!

—¡Rey! exclamó con sarcasmo el extranjero; el imperio de mis abuelos está muy lejos, y en estas regiones no soy otra cosa que tu esclavo, rey de la montaña.

—Mi esclavo no, mi hermano, dijo con dulzura Yuzuf ¿acaso no te he amparado? ¿no te he procurado un asilo impenetrable en mis dominios? ¿no tienes cuanto has menester?

—Sí, todo, todo, menos mi venganza, tras la que ando recorriendo el mundo hace diez años.

—No porque tu venganza tarde será menos segura.

—Pero entre tanto ese infame capitan tiene en su poder á mi esposa y á mi hija: ¿acaso no has protegido tú á ese infame? ¿acaso no has impedido tú que me vengue, que rescate á las prendas de mi alma y vuelva con ellas entre los mios, allá al otro lado de los mares donde soy verdaderamente rey, rey fuerte, poderoso, y vengador de las desdichas de mis abuelos?

—¡Espera!

—Hace un año que estoy esperando desde mi llegada á estas montañas.

—Recuerda que sin mi ayuda, haria tambien un año que dormirias en la tumba.

—Es verdad, dijo profundamente el extranjero: mi impaciencia por rescatar á las prendas de mi alma, me hizo ser imprudente... recuerdo que fuí preso como un ladron, en el momento en que penetraba en la casa de ese capitan infame. Recuerdo que me encerraron en un calabozo... recuerdo tambien que aquella misma noche entró un hombre en aquel calabozo, y me procuró la libertad; pero á cambio de terribles condiciones.

—Solo te pedí que dilataras tu venganza: para ello tenia mis razones: el capitan Sedeño es uno de mis mejores espías entre los cristianos: me sirve de mucho. Yo te he respondido de la honra de tu hija y de la vida de tu esposa.

—¡Oh! ¡mi esposa! ¡mi hija! exclamó con acento rugiente el extranjero.

—Han llegado á tal punto las cosas, continuó Yuzuf, que muy pronto me hará Sedeño sus últimos servicios: aviseme del dia en que la Chancillería, el capitan general y la Inquisicion esten descuidados: sorpréndalos yo en sus hermosos palacios de Granada con mis monfíes, y entonces ese hombre de quien anhelas con justa causa vengarte, es tuyo: entre tanto, espera, Calpuc, espera y ayúdame.

—Y en qué puedo ayudarte, dijo Calpuc, á quien seguiremos dando este nombre.

—Revélame lo que has hecho esta noche.

—¡Ah! si, es cierto: ayer recibí un mensajero tuyo con el que me avisabas que llegase á esta misma rambla á la media noche. En efecto inmediatamente me puse en camino. Cerróme en él la noche; descendia yo á buen paso por una montaña en direccion á Cádiar, cuando oi pasos de algunos hombres: el sitio era solitario, podia ser funesto un encuentro, y habiendo hallado en el barranco por donde descendia una profunda gruta, me oculté en ella.

Poco despues los hombres que habia sentido penetraron en la cueva: yo me habia retirado al fondo y como no traian antorchas ni luz alguna, no pudieron reparar en mí; luego entró un hombre á quien reconocí por la voz: era Reduan, el monfí que pasa por ventero en el camino de Orgiva.

—¿Y que sucedió? preguntó nuevamente Yuzuf.

—Aquellos hombres trataron de un asesinato pagado infamemente por dinero.

—¿Y como no impedíste ese asesinato, Calpuc? añadió con doble severidad el anciano.

—¿Acaso no lo he impedido? ¿acaso Miguel Lopez no está en mi asilo, curado y con grandes esperanzas de vida? ¿acaso no han quedado mordiendo el polvo en el barranco dos de los asesinos?

—Has obrado como noble y valiente Calpuc: queria saber de tí hasta qué punto ha habido traicion contra ese hombre.

—Ha sido un asesinato infame meditado y llevado á cabo por don Diego de Válor.

—Cuenta Calpuc que acusas á un pariente mio.

—Lo he oido yo, he seguido paso á paso á los asesinos, arrastrándome tras ellos como la serpiente de los bosques de mi patria; he oido el crímen y he podido evitarlo: si me hubiera separado de aquellos lugares para avisarte, tal vez no hubiera podido impedir la muerte de Miguel Lopez.

—¿Y has llegado á conocer el motivo por qué don Diego de Válor queria la muerte de ese hombre? dijo el emir mirando profundamente á Calpuc.

—No; solo he oido concertar el asesinato y pagar el dinero.

Quedóse un momento pensativo el emir.

—Ven, dijo al fin, asiendo á Calpuc de la mano.

Y llevándole la rambla arriba, torció una roca tajada y señaló á Calpuc una encina seca, cuyas ramas descarnadas se extendian como los múltiples brazos de un esqueleto.

Aquella encina por sí sola hubiera inspirado tristeza; pero con las adiciones que se notaban en ella causaba horror. Aquellas adiciones consistian en siete monfíes ahorcados, del cuello de cada uno de los cuales pendia una bolsa, llena al parecer de dinero; algunos otros monfíes, con las ballestas afianzadas, guardaban aquel árbol de justicia.

—Ahi faltan dos hombres, dijo sombríamente Calpuc.

—¡Don Diego y don Fernando de Válor! ¡es verdad! repuso el emir; pero si yo hiciese justicia en esos dos hombres, creerian los moriscos de Granada que los habia asesinado por temor. ¿Acaso no sabes que don Diego de Córdoba se titula en el Albaicin, en las alquerías de la vega y en las tahas de Guadix y del Marquesado del Zenete, rey de Granada?

—¿De modo que has dejado en libertad á esos hombres?

—No, no por cierto: esos hombres tienen que responderme de una vida preciosa: de la vida de mi hijo, de la vida del emir de los monfíes.

—¡De tu hijo! ¡se habrán atrevido...!

—¿A qué habia yo de haber avanzado con mis valientes monfíes, casi hasta los linderos de la vega, sino por mi hijo? ¿por quién estoy resuelto á llevar á sangre y fuego á Granada, sino por él? ¡Oh! ¡si! pero ¡por la santa Kaaba! tomaré una venganza horrible de esos hombres si mi hijo ha perecido.

—¡Dios vela por los reyes! dijo solemnemente Calpuc.

—Pero á pesar de esto, bueno es que los reyes velen por sí mismos. Ahora bien, Calpuc: ¿está el herido en disposicion de contestar á mis preguntas?

—Acaso el sueño á que le he dejado entregado restaure sus fuerzas: acaso cuando despierte pueda hablar sin peligro.

—Condúceme á donde está ese hombre, Calpuc.

—Eres padre, emir, y comprendo tu ansiedad: sin embarco, tú solo hace horas que dudas de la suerte de tu hijo... hace diez años que yo tiemblo por la vida y por la honra de mi esposa y de mi hija.

Yuzuf estrechó fuertemente la mano de Calpuc: despues llevó á sus labios una pequeña corneta de caza y tocó por tres veces.

Oyeronse entonces en todas direcciones pasos fuertes y acompasados y poco despues adelantaron en círculo, y se estrecharon alrededor del emir, unos cien monfíes.

—Esos hombres, dijo severamente Yuzuf, señalando á los siete que estaban colgados de la encina fatal, esos homdres, vendieron la vida de un hombre por dinero: ved lo que he hecho con esos hombres: vedlo y escarmentad.

—¡Viva el emir! gritaron en una aclamacion informe los monfíes.

—Que las aves carnívoras los despedacen, añadió Yuzuf: cada uno de esos hombres tiene pendiente del cuello el oro vil con que le pagaron su crímen; ¡ay de aquel de vosotros que toque á una sola de esas monedas!

—¡Viva el emir! gritaron de nuevo los monfíes.

—A vuestros apostaderos: tú Abd—el—Malek, y cuatro mas, conmigo: ¡Mi caballo! ¡Calpuc, á tu caverna! Es necesario que yo hable sin perder un momento con Miguel Lopez.

Los monfíes se dividieron en grupos, y partieron en distintas direcciones, trepando por las quebraduras. Poco despues Yuzuf, en su potro salvaje, saltaba sobre las breñas, precedido de Calpuc, cuyo vigor era maravilloso, y seguido de su escasa escolta de monfíes.

La horrible encina quedó abandonada con los siete repugnantes cadáveres que se balanceaban al impulso del viento de la montaña, pendientes de los descarnados brazos del gigantesco esqueleto.

Trasladémonos á la vivienda subterránea de Calpuc.

De pié, inmovil y con la vista profunda y amenazadoramente fija en Miguel Lopez, estaba Yuzuf acompañado de Calpuc.

Pero esto no sucedia inmediatamente despues de la escena que acabamos de referir á nuestros lectores. Desde entonces hasta el momento en que el emir estaba delante de Miguel Lopez, habian pasado algunos dias.

Calpuc, que entre los misterios de su vida contaba el de ser un excelente médico, habia declarado que la vida del herido peligraba si se le hacia experimentar una sensacion cualquiera.

Yuzuf se habia visto obligado á reprimir su impaciencia.

Entre tanto Calpuc y Muhamad, anciano y sabio médico del emir, habian velado continuamente al lado del herido.

El peligro habia pasado; las heridas habian empezado á cicatrizarse y tenian muy buen aspecto: Miguel Lopez podia sufrir sin peligro un interrogatorio.

Yuzuf descendió al subterráneo, acompañado de Calpuc.

Miguel Lopez dormia.

Contemplóle un momento ferozmente Yuzuf y luego dijo á Calpuc.

—Déjanos solos.

Calpuc obedeció.

Entonces el emir movió bruscamente á Miguel Lopez: este abrió los ojos despavorido, y pasado ese primer momento de confusion que experimentamos al despertar, reconoció á Yuzuf, se agitó en su lecho y lanzó un grito de espanto.

—Haces bien en estremecerte, Jerif—ebn—Aboó, dijo el emir, nombrando á Miguel Lopez por su nombre moro: haces bien en estremecerte, porque me has ofendido, me has sido traidor, á mi, á tu señor, á quien todo lo debes, y te tengo en mi poder.

—Yo creia, dijo reponiéndose y con cierta audacia Miguel Lopez, yo creia que un emir tan poderoso y un tan cumplido caballero como tú, magnífico Yuzuf, no te atreverias á amenazar á un pobre herido que ha estado á punto de ser asesinado por los tuyos.

—Los que han puesto en tu pecho su puñal, se mecen, colgados de una encina, en la montaña.

—Pero viven, sin duda, don Diego y don Fernando de Válor.

—Son tus señores.

—¡Son mis enemigos!

Una llamarada de irritacion, de cólera sombría y letal, subió de una manera febril á los ojos de Yuzuf, que palideció profundamente.

—¡Infame renegado! exclamó: ¿no te has atrevido á poner los ojos en una doncella de sangre real que estaba destinada á un hijo de mi sangre?

—Isabel de Válor es mi esposa, exclamó el audaz morisco.

—Isabel de Válor es el tósigo que te mata Jerif—ebn—Aboó: ¡tu esposa la vírgen descendiente de Mahoma! ¡la amada del emir de los monfíes! ¡Isabel de Córdoba y de Válor tuya!

—¡Ah! ¡has renunciado tu corona en tu hijo! ¿y donde está tu hijo Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar á pedirme cuenta de su amada?

Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembló á un tiempo de cólera y de terror.

—¿Que quieres decir hombre fatal? exclamó: ¿sabes tú lo que ha sido de mi hijo?

—¡Cómo! ¿no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir?

—¿Si lo supiera vivirias?

—Los Válor se detienen poco ante el asesinato, contestó con cierta feroz complacencia Miguel Lopez.

—¿Y crees que se hayan atrevido...?

—En primer lugar, Yuzuf, tú has sido muy imprudente al elegir la crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto como un inquisidor, y que aborrezca, como tú los aborreces, á los conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca de amor por él. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego. ¿Quieres saber ahora quién es la mujer adúltera que ama mas que á su alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doña Elvira de Céspedes, la esposa de don Diego de Córdoba y de Válor.

—¡Mientes! exclamó con cólera Yuzuf ¿cómo has podido tu conocer á mi hijo?

—¡Ah! ¡ah! ¡noble y poderoso señor! tú quisieras que todos los que te sirven, todos los que se doblegan ante tí, fueran topos: pero hay hombres... como yo... que están á tu servicio y que son feroces como el lobo y astutos como el raposo. ¡Ah! ¡ah! era necesario ser muy torpe para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia á sus padres, á quien siempre acompañaba el sabio Abd—el—Gewar, á quien tú mirabas con tanto amor, por el que te atrevias á entrar en Granada, á meterte en medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doña Ana de Córdoba y de Válor: ¡ah! ¡ah! yo lo sabia todo esto, mi noble señor... y anoche... yo habia visto tambien muchas veces á doña Isabel: yo la amé... ¡yo que nunca habia amado! la amé con toda la fuerza de mi alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido conseguirlo, encontrándose en la pobre situacion en que yo me encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi suerte á la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita para tí y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que don Diego no se atreviese á negarme su hermana. ¿Qué quieres, emir? el amor nos arrastra á todo ¿No sabes que por una mujer somos capaces de perder la vida y el alma? ¿Acaso no es una mujer la causa de que yo me encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastró...

—¡Y vendiste por una mujer á tu patria, y ofendiste á tus señores, y jugaste tu vida á un dado!

—Ya te he dicho que por una mujer como doña Isabel de Válor, se juega la vida y la salvacion del alma.

—Escucha, Jerif—Aboó, dijo conteniéndose Yuzuf: por la menor cosa de las que has hecho mereces la muerte.

—Lo sé, contestó con la misma audacia Miguel Lopez.

—De modo que don Diego de Válor trayéndote al matadero, no ha hecho mas que usar de su derecho.

—¿Y por qué antes de entregarme su hermana no me ha matado frente á frente?

—Eso hubiera sido leal y tú has sido traidor.

—Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo á tí, que á mí, á pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. Tú has venido á verme por algo, poderoso emir.

—Sin duda: he venido á que me des alguna luz sobre el paradero de mi hijo.

—¡Ah! ¡tu hijo se ha perdido! ¡El hermoso Yaye—ebn—Al—Hhamar, el noble emir de los monfíes no parece!

—Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte...

—¿Si te digo donde está Yaye?

—¿Lo sabes?

—No, pero lo presumo.

—Habla y pide.

—Primero es pedir que hablar: yo sé que eres noble y grande Yuzuf; yo sé que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como tú de respetar la fe de su palabra. ¿Si te doy indicios por los cuales puedas encontrar á tu hijo, me perdonarás mi traicion?

—Sí.

—¿Me dejarás volver al lado de mi esposa?

Meditó un momento Yuzuf.

—Si ella se resigna á vivir contigo, sí.

—Acepto; exclamó Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de doña Isabel.

—Es necesario ademas que te comprometas á otra cosa.

—¿A qué?

—A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te has valido para conseguir por medio del terror á doña Isabel.

—Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doña Isabel, que ya es mi esposa, sea mi mujer.

—Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo.

—El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia del Salvador á que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi casamiento con doña Isabel, se presentó en casa de don Diego tu hijo.

—¿Estas seguro de ello?

—Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego llamado Ayala, entre otras cosas graves que me reveló y que me obligaron á que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego.

—¿Y qué presumes?

—Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Válor: preso tal vez, acaso herido.

—¡Herido! ¡preso!

—Tu hijo amaba á doña Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero; si han mediado dicterios y amenazas... además recuerdo que cuando despues de salir de la iglesia, fuimos á casa de don Diego, no salió á recibirnos su esposa doña Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos pretextó que doña Elvira no podia presentarse porque se encontraba enferma, y despidió á los convidados; despues me dijo que era necesario que le siguiese á las Alpujarras: que tú nos llamabas... lo demás ya lo sabes.

—Si no me has engañado Jerif—ebn—Aboó, cuenta con tu perdon... despues... despues, si encuentro á mi hijo, con mi recompensa.

Y Yuzuf volvió la espalda para salir.

—Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez.

—¿Qué quieres? contestó volviendo Yuzuf.

—¿Me dejas solo en poder de ese gitano?

—Ese gitano, como tú le llamas, y que Dios sabe si lo es, Jerif—ebn—Aboó, es el hombre á quien debes dos veces la vida; primero salvándote de los asesinos, despues curándote las heridas. ¿Qué tienes que temer de ese hombre?

—Ese hombre es un demonio, Yuzuf.

—No, no por cierto: todo consiste en que tú eres cobarde, y como cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atreverá á hacer contra un hombre á quien yo protejo.

—¡Ah! ¡Dios te libre del gitano, emir!

—Pídele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif—ebn—Aboó, adios. Necesito buscar yo mismo á mi hijo. Nada tienes que temer si has sido leal. Y en cuanto á ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios.

Pronunció el emir con tal resolucion estas palabras, comprendió de tal manera Miguel Lopez, que una nueva réplica solo serviria para irritarle, que le dejó ir sin pronunciar una palabra mas.

El emir empezó á subir lentamente las escaleras: antes de llegar á ellas le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas de alguno de los reptiles que anidaban en el subterráneo, al deslizarse por la piedra. Cuando llegó á lo alto notó que la puerta estaba cerrada. Apenas tocó á ella la puerta se abrió y apareció Calpuc, con una lámpara en la mano.

Mas allá estaba Abd—el—Malek y los otros cuatro monfíes.

—Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su vida me importa demasiado. Adios.

—Ve en paz, rey de la montaña, ve en paz: tus deseos son para mí preceptos.

—Yo ruego á mi hermano, dijo Juzuf, estrechándole la mano.

—Yo amo á mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su frente.

Poco despues Yuzuf montaba á caballo fuera de la gruta, y se alejaba pensando para sus adentros:

—Jerif—ebn—Aboó es un zorro que no se engaña: ¿qué habrá encontrado de terrible en el indiano...? ¡oh! ¡oh! ¿se atravesará alguna vez este hombre en mi camino? ¡Oh! ¡Dios sabe lo oculto! ¡Dios me inspirará!

Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando:

—Ese hombre desconfía de mí, me teme... tiene razon, porque él viene á ser para mí el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. ¡Que soy tu esclavo, rey de la montaña! ¡Ah! ¡ah! ¡soy tu hermano, como el oprimido es hermano del oprimido! ¡pero tu esclavo no! y, sobre todo, no te pongas en mi camino... si tú eres fuerte yo tambien lo soy... tú tienes un ejército de bandidos, pero yo tengo tesoros... ¡oh! ¡oh! ¡tu esclavo! ¡lo veremos! ¡lo veremos, emir!

Y pensando esto, entró en la estancia inferior, dejó la lámpara sobre la mesa, y se sentó al lado de Miguel Lopez.

—¿Tienes interés en que tu esposa sepa que vives? le preguntó despues de algunos momentos de silencio.

—¿Que si me interesa, dices, que doña Isabel sepa de mi vida? ¡Oh! ¡sí! y tú...

—Yo puedo ser tu amigo ó tu enemigo: yo puedo salvarte ó perderte.

—Habla.

—¿Conoces tú al capitan Alvaro de Sedeño?, dijo despues de algunos momentos de meditacion Calpuc. Paréceme haberte visto alguna vez á su lado... cuando yo espiaba á ese capitan.

—¿Que espiabas tú á ese capitan? dijo con extrañeza Miguel Lopez.

—Sí.

—¡Ah! ¡ah! ¿conoces á ese hombre?

—Sí, le conozco... desde hace muchos años, dijo sombríamente Calpuc.

—Yo le conozco tambien, pero desde hace poco tiempo.

—¿Y cuál ha sido la causa de que le conocieras?

—Mis continuos viajes á las Alpujarras, donde tengo alguna hacienda y algunos parientes, dijo con reserva Miguel Lopez. En los pueblos pequeños se conoce fácilmente á las personas. El año pasado Alvaro de Sedeño era capitan del presidio de Andarax.

—¿Y en qué consiste que le conoce tambien el emir de los monfíes y es muy su amigo?

—¡Ah! ¡le conoce el emir de los monfíes! ¡es su amigo!

—Lo que no deja de ser extraño, porque Yuzuf—Al—Hhamar es enemigo de Dios y del rey de quien es defensor el capitan.

Miró con cierta expresion de estupor Miguel Lopez á Calpuc.

—Tú pareces extranjero: tú obedeces al emir: tú sabes algunos de sus secretos.

—Sé mas de lo que crees: soy mas poderoso de lo que crees: llego á tí como un amigo, como un hermano, para ayudarte; pero si desconfias de mí, tengo medios para alcanzar por la fuerza, por el terror, lo que necesite de ti.

Extremecióse Miguel Lopez porque comprendió perfectamente que se encontraba á merced del extranjero.

—Y qué necesitas de mí.

—Necesito que me digas cuanto sepas respecto al conocimiento del capitan con Yuzuf.

—¡Oh! para eso será necesario hacer traicion al emir.

—Elige entre serle fiel, ó morir. Por el contrario si me sirves bien, yo te protejeré.

—Y cual es tu poder.

—Ya te he dicho que puedo mas de lo que parece... y sobre todo ¿no te tengo en mis manos?

—Yuzuf me proteje.

—¡Bah! ¿y crees tú, dado caso de que yo me viese obligado á respetar al emir, que me seria muy difícil demostrarle que habias muerto de las heridas?

Extremecióse de nuevo, pero mas profundamente el morisco.

—Ese capitan, se apresuró á decir, impulsado por su miedo, es espia de Yuzuf—Al—Hhamar.

—¡Ah! ¿y has entrado alguna vez casa de ese capitan?

—Si, he entrado muchas veces, en servicio del emir, porque yo tambien le sirvo; yo soy su espia entre los moriscos de Granada.

—¿Y... nada has tenido que reparar en casa del capitan?

—Si por cierto; creo que hay en ella un misterio que consiste en dos mujeres.

—¿Y cómo has conocido á esas dos mujeres?

—Sé que son dos, porque las he visto ir á misa, enteramente encubiertas, con el Sedeño; sé que la una es muy jóven, y la otra sino es vieja, quebrantada y enferma, por su talante: pero solo la conozco por haber hablado una vez á la jóven.

—¿Has hablado una vez á la jóven? dijo con ansiedad Calpuc.

—Si, si por cierto; y si yo no hubiera estado enamorado de dona Isabel de Válor, me hubiera enamorado de ella.

—¿Tan hermosa es? dijo Calpuc con el acento trémulo, á pesar de sus esfuerzos para parecer sereno.

—¡Hermosa! ¡hermosísima! no tan hermosa, sin embargo, como doña Isabel.

—¡No tan hermosa como doña Isabel! exclamó profundamente Calpuc: creo ademas que doña Isabel viene de gran alcurnia.

—Como que desciende nada menos que de la madre del profeta, Fatimah la santa, y sus abuelos han sido califas de Córdoba, contestó con orgullo Miguel Lopez.

—Yo soy descendiente de emperadores, murmuró de una manera ininteligible Calpuc; pero continúa, añadió dirigiéndose al morisco: ¿cómo tuviste ocasion de hablar á la jóven que vive en compañía del capitan Sedeño?

—Hace dos meses, esperaba yo al capitan para comunicarle un aviso importante del emir: una de las puertas de la sala, sin duda por descuido, estaba entreabierta: oíase tras ella el puntear de una guitarra diestramente tañida: poco despues, al sonido de la guitarra se unió el canto de una mujer: aquella mujer cantaba en una lengua extraña. Tuve curiosidad, y me acerqué recatadamente á la puerta del aposento. A pesar de mi recato la persona que habia dentro, me sintió, sin duda, porque calló la guitarra, sentí apresurados pasos de mujer, se abrió la puerta y... me deslumbró la hermosura de la joven.

—¿Quién sois? me dijo despues de haberme contemplado fijamente.

—Soy... un amigo de vuestro padre, la dije.

—¡De mi padre! exclamó con afan; ¿conoceis á mi padre? ¿mi padre os envia?

—No; por el contrario, espero á que vuestro padre vuelva al castillo, la contesté.

—¡Ah! os habeis engañado; el hombre que vive en esta casa, y que está ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento.

—¡Ah! ¡perdonad, yo creia!

—Ese hombre es mi señor, un señor infame, de quien esperamos hace mucho tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios.

—¡Ah! ¡vuestro amo!

—Sí; somos sus esclavas.

—¡Sus esclavas! ¿luego sois...?

—Somos mejicanas.

—¿Y qué quereis de mí?

—Que nos salveis.

—¡Que os salve...! ¿y cómo?

—Oid: buscad un medio para engañar á ese hombre: sacadnos de esta casa, llevadnos á un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico.

—¿Y por qué no salvaste á aquella infeliz? dijo con voz amenazadora Calpuc.

—¿Y qué me importaba...? ademas era una esclava.

—¡Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc.

—¡Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montañas de las Alpujarras estan llenas de monfíes que nos vengan, matando cristianos, de las infamias del vencedor.

—Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto, los españoles caen á centenares inmolados á los manes de nuestros padres degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas cautivas.

—¡Tú eres mejicano!

—¡Yo soy Calpuc, el rey del desierto! exclamó el extranjero; yo soy el rey elegido por los mejicanos libres, y soy el padre de esa jóven con quien hablaste, de la hermosa doncella á quien te negaste á salvar.

Miguel Lopez se estremeció: habia un acento tal de dolor y de venganza en las últimas palabras de Calpuc, que lo temió todo de aquel hombre.

Sin embargo, como en otras situaciones difíciles, recurrió á su audacia.

—¡Que eres tú el rey de los rebeldes de Méjico! exclamó soltando una carcajada que podremos llamar artificial. ¡tú! ¡un gitano vagabundo, á quien, no sé por qué, conoce el emir de los monfíes!

—Continúa respondiendo á mis preguntas, Miguel Lopez, dijo con gravedad el mejicano, que despues sabrás quién soy y de qué modo he llegado aquí.

—En verdad, en verdad, dijo Miguel Lopez, cediendo al mandato del rey del desierto, yo no ví en tu hija, si hija tuya es, mas que una esclava rebelde que pretendia librarse de su señor, y me negué á ayudarla: es mas, referí lo que me habia acontecido con ella al capitan Sedeño, que desde entonces guardó á tu hija con mas cuidado. Hé aquí la razon de que yo conozca é esas mujeres.

—El capitan ha desaparecido de las Alpujarras. ¿Sabes tú dónde ha ido?

—Sí, á Granada, dijo Miguel Lopez á quien interesaba servir á Calpuc, porque habia comprendido que Calpuc era capaz de todo.

—¡A Granada! no basta eso. El capitan puede vivir en una casa y tener ocultas en otra á mi esposa y á mi hija: las casas del Albaicin se comunican unas con otras por medio de minas y seria muy difícil saber el paradero de mi hija y de mi esposa.

—El capitan y tu esposa y tu hija viven en la calle de San Gregorio el alto: las tapias de su huerto lindan con el huerto de la casa de don Diego de Válor; estas dos casas se comunican por una mina.

—Ten mucha cuenta de no engañarme, Miguel Lopez.

—No, no te engaño; ¿pero qué me darás en recompensa de los servicios que te hago?

—Te daré tu esposa: es decir haré que tu esposa sepa que vives.

—Puede no creerte.

—Tú me darás una carta para ella.

Miguel Lopez miró fijamente al mejicano.

—Un grave interés debes tú tener en que doña Isabel no se crea viuda para que no pueda casarse con el emir de los monfíes, no con el viejo Yuzuf, sino con el jóven Yaye, en quien ha abdicado.

—Nada te importa el interés que yo tenga en ello; cualquiera que sea, yo me obligo á devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir.

—¿Qué mas?

—Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de Válor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le tienes en tu poder, la tendrás puesta á buen recaudo.

—¿Y qué te importa esa carta? exclamó con cuidado Miguel Lopez.

—Tanto me importa que sino me procuras los medios para que esa carta caiga en mis manos eres hombre muerto.

—Pero esa carta es mi defensa: por ella he logrado que don Diego me dé su hermana; por ella pienso alcanzarlo todo.

—¿Y qué mas quieres alcanzar que la vida?

—¡Eres un demonio! exclamó con despecho Miguel.

—Demonio contra demonio, el mas fuerte vence.

—¿Y qué uso vas tú ha hacer de esa carta?

—Te repito que nada te importan mis proyectos. Voy á traerte papel, pluma y tinta. Escribe una carta para la persona que sin duda tiene depositada por tí la carta de don Diego de Válor, en la que le prevendrás que me la entregue, y otra despues para tu esposa doña Isabel de Válor.

Dicho esto Calpuc abrió el arcon, sacó del recado de escribir, le llevó al lecho y dijo á Miguel Lopez:

—Incorpórate y escribe.

—¡Es qué...! dijo ferozmente el morisco.

—Escribe ó mueres, le interrumpió con doble ferocidad el rey del desierto.

Miguel Lopez comprendió que estaba enteramente á merced de aquel hombre y se incorporó, tomó la pluma y la puso sobre el papel.

—Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni señal alguna; porque para tí será el daño si esa carta es ineficaz.

Miguel Lopez escribió con rapidez algunos renglones y firmó.

—Mira si te contenta, dijo á Calpuc.

Este tomó la carta y leyó su contenido, que era el siguiente:

«Señor capitan Alvaro de Sedeño: os envio uno de mis mayores amigos, á quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis de quién es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador os mostrará la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la diligencia importa.—Vuestro humilde criado.—Miguel Lopez.»

—¿Y qué anillo es ese de que hablas?

—Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo Miguel Lopez.

—Dámele, pues.

—Ese anillo ha sido mi anillo de bodas, y está en poder de doña Isabel.

—¡Ah!

—Doña Isabel te lo entregará.

—¿Dónde vive doña Isabel?

—Debe permanecer en casa de su hermano don Diego.

—Escribe para tu esposa lo que yo te dicte.

Miguel Lopez escribió bajo la palabra de Calpuc la siguiente carta:

«Mi amada esposa y señora doña Isabel de Córdoba y de Válor: he sido herido gravemente por bandidos en el camino de las Alpujarras: un hombre caritativo me ha recogido y curado: á Dios gracias mi vida no corre peligro. El dador se encarga de comunicároslo. Os ruego que le entregueis la sortija que os dí en arras de mi matrimonio con vos, que me importa. Nada sé de vuestros hermanos. Guardeos Dios y os conserve para mi felicidad muchos años.—Vuestro esposo que bien os ama y lejos de vos padece.—Miguel Lopez.»

Cuando estuvo escrita y cerrada esta carta, Calpuc la guardó con la otra en su bolsa.

—Creo que aun podremos ser amigos, Miguel, le dijo: si no me has engañado y estas cartas producen el efecto que deseo, antes de dos semanas estarás al lado de tu esposa. Adios.

—¡Y me dejas aquí, solo, abandonado!

—No, no por cierto: todos los dias vendré una vez á asistirte y curarte. Adios.

—¡Pero esto es horrible! ¡si te sucede alguna desgracia, si no puedes volver...!

—Morirás aquí como en una tumba, dijo friamente Calpuc, en lo que no perderan nada doña Isabel, ni el emir.

Miguel dió un grito de espanto. Calpuc trepó lentamente por las escaleras, llegó á la puerta, cerró sus triples candados, y adelantando por la excavacion subterránea, torció por una estrecha galería, despues de haberse provisto en uno de los senos de una piqueta.

Al cabo de muchas vueltas y revueltas por una especie de laberinto en que cualquiera otro que Calpuc se hubiera extraviado, llegó á una gran excavacion cónica, cuya altura se perdia en las tinieblas. Aquella excavacion estaba practicada en roca viva, y aquí y allá, hasta una gran altura, se veian bocas de nuevas galerías, suspendidas sobre aquella especie de abismo.

La cortadura sobre que estaban abiertas aquellas galerías era tan perpendicular, tan tajada, que no se concebia pudiera llegarse á ellas sino por medio de grandes escalas; sin embargo, Calpuc levantó la lámpara para alumbrar una de aquellas bocas, situada á gran altura, la miró atentamente y despues se dirigió á la roca tajada, llegó á su pié, se puso el cabo de la lámpara entre los dientes y asiéndose con piés y manos á las asperezas de la roca, trepó con una agilidad y una fuerza maravillosa, como hubiera podido trepar una araña, á la oscura boca de la galería que habia examinado.

Aquella galería se extendia perdiéndose en un fondo oscuro, adelantó Calpuc, y despues de haber torcido varias veces por las sinuosidades de la mina, se detuvo en un lugar del pavimento en el cual habia tres rocas que parecian haber sido desprendidas, del techo por un accidente casual. El mejicano levantó con gran trabajo una de aquellas rocas, la removió, y en el lugar que habia dejado descubierto, cabó con la piqueta; poco despues la piqueta produjo un ruido seco y opaco, como si hubiera chocado en una tabla, y al fin quedó descubierta una como arca pequeña, que por algunos adornos tallados en su superficie, parecia haber sido construida por un artífice árabe.

Calpuc levantó aquella tapa y se vió en el interior un emboltorio de piel de gamo adobada; sacóle, le desenvolvió, y aparecieron algunos paquetes envueltos cuidadosamente en paños de seda y un legajo de papeles: el mejicano tomó primero los papeles y los guardó cuidadosamente en una ancha cartera que ocultó bajo su jubon: luego examinó por fuera cada uno de los otros paquetes, como buscando uno particular, y cuando pareció estar seguro de cuál era el que buscaba, le abrió y sacó de él... una magnífica perla vírgen, íntegra, que aun no habia sido horadada, como si acabase de salir de la concha en que se habia desarrollado.

En el paquete quedaban otras treinta perlas exactamente iguales á aquella, lo que, atendido su enorme tamaño y su igualdad, constituia un tesoro.

Calpuc guardó la perla, envolvió de nuevo cuidadosamente los paquetes en la piel de gamo, depositó aquella en el fondo del cofre, echó sobre él la tapa, le cubrió de tierra, puso de nuevo la roca sobre la tierra removida, y observó cuidadosamente si quedaba algun vestigio de la operacion que acababa de ejecutar.

Nadie que despues de esto hubiese pasado por aquella excavacion, hubiera podido sospechar que bajo una de aquellas enormes rocas, que parecian naturalmente desprendidas del techo, existia oculta una inmensa riqueza.

Calpuc desandó lo andado, llegó al borde de la gran excavacion, descendió con la misma seguridad con que habia subido, dejó la piqueta en el mismo lugar de donde la habia tomado y salió por la gruta á la montaña.

Apenas estuvo al aire libre miró al cielo que estaba diáfano y despejado.

—Aun faltan tres horas para amanecer, se dijo, y tengo tiempo bastante.

Y tomó por un sendero, entre los encinares, á buen paso.

A poco que anduvo, se encontró en un claro y delante de una casita, que á ser de dia, se hubiera visto que estaba construida con tapiales de tierra y cubierta de bálago, junto á la cual pasaba un ruidoso arroyo que fecunda un pequeño huerto plantado de hortaliza y de árboles frutales, y defendido al norte por una peña tajada.

Calpuc abrió con llave la puerta y penetró en la casa: el espacio en que entró estaba oscuro, pero al fondo de él se percibía un escaso resplandor á través de una puerta entreabierta.

El rey del desierto se encaminó á aquella puerta, la empujó, y se encontró en una pequeña habitacion muy pobre, en la que solo habia un lecho, una silla, una mesa con algunos libros, y sobre la mesa, colgada en la pared, una estampa de la vírgen de las Angustias, delante de la cual ardia una lámpara.

Calpuc se descubrió, se arrodilló delante de la estampa de la Vírgen y rezó: luego se levantó, encendió otra luz, salió de la estancia, se encaminó á un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada; le embridó, le ensilló, le sacó fuera, cerró la puerta de la casita, montó y se puso en camino.

A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, llegó á ella Calpuc, dió cortésmente los buenos dias á los guardas y entró en la ciudad.

Poco despues llamaba á una pequeña puerta bajo los soportales de la plaza de Bib—Arrambla, cercana á la puerta que hoy se llama de las Orejas.

Abrióse la puerta á que habia llamado el mejicano y apareció un viejo encorvado y de semblante receloso.

—Dios os dé muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc.

—Dios os guarde señor Gaspar de Ontiveros, contestó el saludado con marcado acento extranjero.

Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orígen, habia adoptado entre los europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que, á todas luces, por su nombre y por sus rasgos característicos, era aleman.

—Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por algunas horas.

El aleman abrió de par en par la puerta, y dejó paso á Calpuc que tiró de su caballo y penetró.

Entonces el aleman cerró la puerta y llamó, presentándose á poco una criada.

—Lleva este caballo á la cuadra la dijo, y di á Berta que disponga un aposento y un buen almuerzo para el señor Gaspar de Ontiveros. Venid, venid conmigo, amigo mio, puesto que quereis hablarme, y que, segun supongo, el asunto que os trae será para tratado sin testigos.

El mejicano siguió al aleman, que le introdujo en una especie de tienda, á juzgar por un mostrador alto como una muralla y algunos armarios fuertes y cerrados: la luz de la mañana penetraba allí por los postigos de una puerta defendida por candados, cerrojos y barras de hierro, lo que demostraba que en aquella tienda habia mucho que guardar.

—¿Me traeis una de aquellas hermosas perlas que tan caras me habeis hecho pagar, amigo mio? dijo con los ojos cargados de una expresion codiciosa el viejo Franz.

—Si por cierto, una os traigo, dijo Calpuc sacando el paño de seda donde habia envuelto aquel rico producto de los mares; pero será necesario que esta me lo pagueis mejor.

El aleman tomó la perla con delicia, la examinó, fué á uno de los armarios, le abrió con una de las llaves de un haz que desprendió de la cintura, y sacó del armario una cajita de sándalo que abrió. Dentro habia otras seis perlas.

—Igual, exactamente igual, dijo, ¡esto es un prodigio! ¿Dónde diablos habeis ido á buscar estas maravillas, amigo Gaspar?

—¿Y qué diriais si, como yo, hubierais visto juntas perlas de este tamaño, en cantidad suficiente para llenar el cajon grande de vuestro mostrador?

—¡Poderoso Dios de Abraham! exclamó el viejo: vos debeis ser un gran personaje, señor Gaspar, cuando os desprendeis de tales riquezas.

—No pardiéz, yo soy como lo sabeis bien, un traficante de perlas y pedrería: hago de tiempo en tiempo un viaje al Nuevo—Mundo y me traigo conmigo algunas preciosidades; necesario es vivir lo mas cómodamente posible. Y aun asi cuando se arrostran un largo viaje y los peligros del mar, justo es que aspiremos á una razonable ganancia.

—Os dí por la última perla hace tres meses, mil doblones.

—No me dareis por esta menos de mil quinientos.

—¡Poderoso Dios de Jacob! ¿y cómo quereis que yo os pague tanto dinero, cuando aun no tengo para hacer un mediano collar?

—¿Creeis que sea fácil encontrar perlas iguales á esa?

—Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun asi...

—¿Cuánto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que llegase al número de cuarenta?

—¡Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! ¡un tal collar costaria muchos cuentos de reales.!

—Por lo mismo, señor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os costará mas cara, hasta el punto de que para pagarme la última, no tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros armarios.

—Traédmelas y por ese solo collar, os daré todo cuanto poseo.

—¡Paciencia! ¡paciencia! no es fácil encontrar muchas de estas maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los mil y quinientos doblones y no hablemos mas.

—¡Oh no! no os daré mas que los mil.

—Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada.

El aleman miró ansiosamente á Calpuc.

—Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis.

—Por la primera solo me dísteis doscientos doblones, y esta, os lo juro por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maravedí menos de los mil quinientos.

Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el joyero, que abrió suspirando su fuerte caja de hierro y entregó á Calpuc un bolson de cuero lleno de oro.

—Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy.

—¡Ah! ¡un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid!

—¡Callad! ¡callad! y no digais tales palabras, señor Gabriel, dijo palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy católico, apostólico romano, puro y neto.

—¡Cuántos enemigos tiene España! dijo profundamente Calpuc, contando el dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el cofrecillo de sándalo, al cual habia añadido una nueva perla.

—Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus leyes y sus usos á otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo Franz. Si no fuera tan fuerte España...

—¡Ay si un dia todos los enemigos de España se uniesen bajo una misma bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero.

—Si, si, en efecto: los moriscos, los judíos, los flamencos, los franceses, los italianos...

—Y los hijos de América, dijo profundamente Calpuc.

—Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas cantidades que os he dado en menos de un año, que bien podria creerse...

—Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo intento nada contra España; vos pagais libranzas de mil quinientos doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo perlas y diamantes: nada mas natural, añadió el rey del desierto, levantándose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el almuerzo.

Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la casa.

Capítulo X. Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum.

Hacia ya algunos dias, cuando Calpuc llegó á Granada, que rondaban bultos de noche por la calle del Agua del Albaicin, á cuyo extremo estaba situado el palacio de don Diego de Válor.

Ni este ni su hermano don Fernando habian vuelto de la expedicion á que habian salido con Miguel Lopez, ni se sabia nada absolutamente por sus allegados de ninguno de los tres.

La única persona que parecia afectarse con esta ausencia, era doña Isabel de Córdoba y de Válor.

En cuanto á doña Elvira, apenas se la veia á las horas del comer y del rezar, y despues se encerraba en la habitacion de su esposo.

Doña Isabel sabia lo que significaba aquel encierro: sufria y callaba.

En cuanto á los bultos que rondaban el palacio de don Diego, forzoso nos será decir que uno de ellos era el walí Harum el Geniz, el terrible monfí, el confidente de Yaye en cuanto á las mejicanas, el que se habia encargado de seguirlas y averiguar su paradero.

Harum, cumpliendo su cometido, habia averiguado que el capitan estropeado y las dos mujeres del carro habian parado en un casaron del Albaicin, situado en la parroquia de San Gregorio el alto, y cuyo huerto lindaba con el jardin de la casa de don Diego de Válor.

El capitan y las dos damas permanecian sin duda en aquel casaron, puesto que Harum veia salir todas las mañanas al estropoado con una cesta, y volver á poco con un muchacho cargado con la cesta llena de provisiones: el capitan daba algunos maravedises al muchacho, y le despedia hasta el dia siguiente. Despues entraba en la casa, abriendo la puerta por sí mismo; no volvia á salir hasta el anochecer, y permanecia en la calle hasta cerca de la media noche.

Harum no vió jamás abiertas las ventanas de aquella casa ni de dia ni de noche, ni entrar ó salir mas persona que el estropeado.

Por consecuencia, morando allí el capitan, era probable que morase allí tambien la doncella morena y hermosa de los cabellos negros y rizados.

Harum se habia dicho:

—El poderoso emir me manda averiguar el paradero de esa doncella: luego esa doncella le interesa: es verdad que no se sabe por ahora dónde para el emir, y que le andamos buscando; pero cuando menos lo pensemos parecerá, y si para entonces le tengo yo aclarado este asunto, sin duda que no me irá mal: entre ellos median prendas, puesto que el magnífico emir me encargó con todo el empeño de un enamorado que procurase dar con ella: procuremos, pues, burlar la vigilancia de ese capitan, y ponernos frente á frente de la hermosa dama.

Harum, pues, se dedicó con toda su actividad y con toda su inteligencia al asunto que se le habia encomendado.

Dióse á espiar de la manera mas cauta del mundo al estropeado, y no solo él, sino algunos de sus muchos conocidos del Albaicin. Es de advertir que los monfíes hacian todos un doble papel: no habia ninguno de ellos que no tuviese parientes y amigos; ya fuese en las villas de la Alpujarra, ya en la ciudad de Granada. Con mucha frecuencia iban y venian á las poblaciones, y aun vivian en ellas: entonces se asemejaban á los moriscos, y como ellos tenian un nombre cristiano, y como ellos se mostraban sumisos y obedientes al rey, á su capitan general y á sus justicias: pero cuando los monfíes estaban en las poblaciones, era para espiar.

Entonces se transformaban: no parecian los terribles bandidos de la montaña, siempre bravos, siempre amenazadores, sino los vencidos sumisos que sufrian, sin quejarse y como sin pena, el dominio del vencedor; muchos de ellos, aunque todavía se permitia á los moriscos hablar en su dialecto natural y vestir su trage acostumbrado, hablaban perfectamente el castellano, y vestian como los castellanos. Harum y los veinte monfíes que habian acompañado á Yaye y Ab—el—Gewar, eran de este número. En cuanto á Harum, se llamaba entre los moriscos y por ante los castellanos Pedro el Geniz, y pasaba por hijo de un rico mercader de sedas en la Alcaicería.

Sus frecuentes y largas ausencias de Granada se justificaban por el comercio de su supuesto padre. Cuando Pedro el Geniz estaba fuera de Granada, el viejo Silvestre el Xeniz, que Dios sabe por qué habia tomado aquel apellido moro, decia á sus conocidos cuando le preguntaban por su supuesto hijo:

—Está en Florencia por raja, ó en Flandes por encajes: ha ido á Génova á contratar una partida de telas de damasco con unos mercaderes, ú otra contestacion por este estilo.

Del mismo modo todos los monfíes cuando andaban entre los cristianos, tenian medios para encubrirse y burlar la vigilancia de los castellanos. Los moriscos, como todo pueblo esclavizado, estrechaban sus filas; encubrian sus conspiraciones bajo el mas profundo disimulo; se favorecian los unos á los otros; se entrometian mansamente en todas partes, y de este modo sabian á tiempo cuándo se aprestaban soldados para marchar á las Alpujarras, ó con cuánto resguardo iban las conductas de dinero que se enviaban para pagar los presidios de soldados de las villas y castillos de la montaña; asi es que casi todas aquellas tropas eran batidas por los monfíes, y casi todas aquellas conductas apresadas.

Interesados en no hacerse sospechosos los monfíes, parecian los moriscos mas reducidos y mas conformes con la dominacion castellana, llegando hasta el punto de no vestir el trage moro, de beber vino, de comer tocino y de pertenecer á cofradías religiosas. Sucedia con mucha frecuencia, que engañados por estas prácticas exteriores, el presidente de la Chancillería, el capitan general, el alcalde mayor y el corregidor, usasen como confidentes contra los monfíes, de los mismos monfíes. Estos casos se repiten en nuestros dias. Con mucha frecuencia los conspiradores sirven como polizontes á los gobiernos; esto es, cobran sueldo del gobierno, y se sirven á sí mismos.

Harum era uno de estos hombres; conocíanle en Granada altos y bajos, cristianos y moriscos, el capitan general, el buen don Luis Hurtado de Mendoza casi le tenia cariño, y le tuteaba; el presidente de la Chancillería solia citarle como ejemplo de buenos moriscos, y decia con frecuencia, que si todos fuesen como él, se podria dormir á pierna suelta sin temor á levantamientos y alborotos: y en cuanto al corregidor y al alcalde mayor, nunca dejaban de darle crédito cuando le pedian informes acerca de este ó del otro morisco que se habia hecho sospechoso.

Sin embargo Harum era uno de los walíes ó capitanes mas tremendos de los monfíes; una vez á caballo, al frente de una banda de ballesteros, y acometiendo una villa que se habia hecho merecedora de un severo castigo por parte del emir, la trataba sin compasion; caian bajo su lanza ó su espada la munjer, el niño y el anciano, como el varon mas fuerte y robusto, é incendiaba las mieses y los caseríos, sin lastimarse del hambre que aquella devastacion debia producir en comarcas enteras.

Entonces el semblante de Harum era feroz, su palabra breve y dura, su corazon inaccesible á la piedad; una vez lanzado su grito de guerra, su tremendo ¡Allah le ille Allah!, se convertia en un tigre hambriento; poníansele ante los ojos las desdichas de su patria, y se cobraba con usura en sangre cristiana de la fingida sumision que se veia obligado á demostrar cuando vivia en las poblaciones.

En Harum habia dos hombres: el capitan monfí y el buen espía: cuando desempeñaba este último papel se transformaba: mostrábase afable, locuaz, alegre, un tanto casquivano, un mucho galanteador y de todo punto inofensivo: el amor de las mujeres servíale á las mil maravillas para averiguar muchas cosas, y para introducirse en muchos lugares, y como era jóven y galan, y sobre galan buen mozo, hé aquí que Harum representaba en el Albaicin un tercer papel, el de don Juan Tenorio.

Generalmente representaba otro cuarto papel, el de gefe de los monfíes que se encontraban como espías en Granada. Harum les daba sus órdenes, recibia sus noticias, las comunicaba, y era en fin, el ege de aquella máquina invisible, cuyos efectos sentian los cristianos sin conocer la causa que los producia.

Tal era el hombre á quien Yaye habia encargado que no perdiese de vista á la prisionera mejicana, y á quien habia encargado tambien Yuzuf averiguase el paradero del poderoso emir de los monfíes Muley Yaye—Al—Hhamar.

En cuanto al primer asunto, Harum comprendió que si rondaba mucho la casa del capitan podria inspirar sospechas al estropeado y hacer que se marchase con las dos mujeres y con mas precauciones á otra parte.

Aprovechó, pues, la ocasion de desalquilarse una vieja casucha medianera de la que ocupaba Sedeño, especie de tinglado viejo, que se levantaba como una construccion parásita, apoyada en el casaron donde vivia el estropeado.

Apenas se encontró solo en esta casucha Harum, la reconoció de alto á abajo: entraban en ella el viento y el sol por todas partes, cuando no por ventana, por rendija, lo que la hacia sumamente ventilada, cualidad inapreciable en aquella estacion, que, como sabemos era la de los calores; además un pequeño huerto de este tugurio lindaba, por un accidente casual, con los dos jardines de las casas de don Fernando de Válor y del capitan Sedeño.

Harum reconoció minuciosamente las paredes medianeras con el casaron habitado por el capitan; nada encontró en ellas que le ayudase: eran demasiado fuertes y al parecer gruesas para que pudiese abrirse en ellas una mira sin causar ruido y apercibir á los vecinos: renunció, pues, á las paredes medianeras y reconoció la cueva ó sótano: allí fue distinto: encontró la boca de una mina, pero cegada.

Harum se decidió á franquear aquella mina.

Despues reconoció las tapias del huerto y vió que con poco trabajo podia entrarse por ellas tanto al jardin de don Diego de Válor, como al de la casa habitada por el estropeado.

¿Pero á qué penetrar en este último jardin no estando en inteligencia con la hermosa morena?

Sin saber porqué, Harum cifró grandes esperanzas en la mina y se dedicó á hacerla practicable.

Desde aquella noche principió á trabajar, aunque por el momento los resultados fueron capaces de hacer desistir al mas testarudo.

La mina estaba cegada á piedra y lodo.

A pesar de esto, dedicó las noches á aquel trabajo de zapa, sin dejar por ello de aprovechar los dias en otras investigaciones.

Despues de haber trabajado en la mina con mucha precaucion para no ser sentido, desde el principio hasta el medio de la noche, se recogia al lecho y dormia hasta el amanecer; despues se ponia en la parte mas alta de su habitáculo, detrás de una rendija, á observar los dos jardines y las ventanas y galerías de las casas inmediatas.

Todos los respiraderos de la casa del capitan estaban siempre cerrados, asi como el jardin desierto: en cuanto á la casa de don Diego de Válor era distinto: veíase tanto en el jardin, como en las ventanas y galerías, el tráfago de una numerosa servidumbre; generalmente despues del amanecer, veia Harum una jóven hermosa y triste, que aparecia en los cenadores, adelantaba con paso lento, se sentaba en un banco de piedra debajo de una enramada de jazmines, y permanecia allí, pálida, inmóvil y profundamente pensativa, hasta que, entrando el dia y creciendo el calor, se levantaba, y con el mismo paso lento volvia á desaparecer por el fondo de los cenadores.

Aquella jóven era doña Isabel de Válor; la causa indudable para Harum de la pérdida de Yaye.

Se nos olvidó decir que se habian recibido unas noticias tales de la muerte de Miguel Lopez por los lacayos que habian acompañado á don Diego y á don Fernando, que doña Isabel vestia luto.

Y ahora que recordamos á Miguel Lopez, debemos añadir que ni una palabra se sabia acerca del paradero de don Diego de Válor y de su hermano don Fernando.

Aquello era una cadena de misterios.

En cuanto á doña Elvira de Céspedes, Harum no la habia visto ni una sola vez en el jardin, ni en los miradores, ni en las galerías. Sus mismos criados y su cuñada doña Isabel la veian muy poco: á las horas de comer y de las mas precisas atenciones domésticas y nada mas: despues afectando tristeza por la extraña ausencia de su marido y la falta de noticias suyas se encerraba pasando apartada de la vista de todo el mundo la mayor parte de las horas del dia.

Doña Isabel, sabia demasiado la razon del retraimiento de doña Elvira: sentia por él unos profundos zelos; lloraba cuando se encontraba sola, pero guardaba una reserva sin límites: para saber que Yaye vivia, la bastaba mirar el semblante de su cuñada; pero la observacion de aquel semblante era un tormento para doña Isabel.

Parecíala notar en los ojos de doña Elvira una segunda vida; la vida de un amor ardiente y satisfecho...

Pero volvamos á Harum.

Despues de su observacion salia á la calle y se dedicaba á nuevas investigaciones: habia procurado averiguar la procedencia del capitan; pero por mas que él y los otros monfíes que con él estaban en Granada, revolvieron é indagaron, no se pudo sacar en claro sino que el capitan era forastero y nadie le conocia.

Del mismo modo todos sus esfuerzos eran inútiles para dar con el emir; todos los dias, pues, á la caida de la tarde, iba á dar cuenta de sus trabajos á Abd—el—Gewar.

Esta cuenta se reducia á muy pocas palabras.

—Santo faquí, decia Harum inclinándose, ni yo ni los mios hemos podido averiguar nada acerca del paradero del poderoso emir.

Abd—el—Gewar trasmitia diariamente este breve parte verbal á Yuzuf por mano de un monfí.

Al fin un dia Abd—el—Gewar recibió la siguiente carta de Yuzuf.

«Creo que yo me encuentro mas cerca que tú de saber el paradero de mi hijo.»

Y sin embargo Abd—el—Gewar y Harum le estaban tocando, como quien dice, con la mano; le tenian enmedio, aunque á alguna profundidad debajo de tierra.

Doña Isabel, que era la única partícipe del secreto con su hermano y su cuñada, habia callado por amor á su hermano, á pesar de que sabia que Yaye era buscado con ansia... sabiendo que Yaye estaba en poder de una mujer que le amaba.

Isabel por un sin número de razones se veia obligada á callar y á sufrir.

Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel.

Durante aquel mes ninguna noticia habia venido á desmentir la noticia de la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don Fernando de Válor.

Un dia que doña Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida, sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino á sacarla de su abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levantó los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y vió que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un mendigo, que á su vez pugnaba por llegar hasta ella.

—¿Qué quiere ese hombre, Andrés? dijo doña Isabel.

—Este hombre, señora, ha aprovechado un momento en que he dejado abierto el postigo, y quiere á todo trance hablar con vos.

—¿Y qué quereis buen hombre...?

—¡Ah! ¿qué quiero...? tened caridad de mi, señora, y Dios la tendrá de vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero.

—Dadle una limosna, Andrés, y que se vaya, dijo doña Isabel.

—Ved señora que es un gitano, dijo el lacayo, y que hacer bien á este canalla es pedir á Dios una desgracia, porque esta gente está maldita de Dios.

—¡Malditos de Dios! ¡si es verdad! ¡malditos de Dios! exclamó roncamente el mendigo: los crímenes de nuestra raza han caido sobre nosotros, y nosotros nos vemos castigados por las culpas de nuestros abuelos en nuestras cabezas y en las de nuestros hijos.

Doña Isabel se conmovió; habia en el acento de aquel hombre algo de solemne, algo de terrible, algo de ese no sé qué misterioso que revela los grandes infortunios y no el infortunio de un hombre solo, sino el de una raza entera: por mas que doña Isabel fuese cristiana de corazon, pertenecia á un pueblo oprimido y desgraciado, y de una manera precisa se le hacia simpático aquel otro hombre, que parecia pertenecer á otro pueblo tan desdichado como el pueblo moro de Granada.

Porque aquel hombre, en fin, era Calpuc, el rey del desierto, que se presentaba á doña Isabel con el extraño disfraz de mendigo.

Cuando se ha logrado interesar la curiosidad de una mujer se puede tener casi la seguridad de conseguir lo que de aquella mujer se espera.

—Dejadle que se acerque, dijo doña Isabel al lacayo.

—Pero ved que estos gitanos... insistió el criado.

—Dejadle, dejadle que se acerque, repitió doña Isabel: ¿por qué hemos de arrojar lejos de nosotros á los pobres?

Andrés se apartó de mala gana, y murmurando del paso de Calpuc.

Este se acercó á doña Isabel y la contempló en silencio algunos momentos, con una profunda expresion de lástima.

—¡Cuán hermosa sois señora, y cuán digna de ser feliz! la dijo.

—¿Y quién os ha dicho que yo soy desgraciada? contestó con cierta dureza dona Isabel quien, á pesar de todo, la sentaba muy mal que un hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lástima.

—¡Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria necesario que nadie nos escuchase.

—¿Y era esa la caridad que veníais á pedirme?

—Yo no soy mendigo, señora.

—Sin embargo vuestro aspecto...

—Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda oirnos.

Dominada hasta cierto punto doña Isabel por aquella extraña aventura, mandó á Andrés que se retirase.

Este se retiró á alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo del mejicano.

Cuando este vió que no podia ser oido la dijo:

—Os tengo lástima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes.

—¿Quién os ha autorizado á insultar á mi familia?

—¡Oh! ¡la desgracia!

—¿Ha causado mi familia vuestra desgracia?

—No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con mucha facilidad por nuestras las desgracias de los demás.

—Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de mí.

—Concluiré muy pronto: tomad.

Y sacó de entre sus andrajos una carta que entregó á doña Isabel.

Al ver el sobre de aquella carta doña Isabel dió un grito.

Habia reconocido la letra gorda, bárbara é irregular de Miguel Lopez.

El sobre de aquella carta decia:

«A mi muy querida esposa doña Isabel de Córdoba y de Válor.»

Era la misma carta que Miguel Lopez habia escrito en el subterráneo por mandato de Calpuc.

Esta carta aterró de mil maneras á doña Isabel: ella no habia deseado la muerte de Miguel Lopez, la habia temido y habia procurado evitarla: si al creerla realizada se habia afligido por ella, habia sido mas bien por la infamia que suponia en sus hermanos, que por el interés que podia causarla aquel esposo que de una manera tal se la habia impuesto: ya sabemos que el interés que podia tener doña Isabel por Miguel Lopez era negativo, y en esta parte se encontraba bien con su luto y su viudez, luto y viudez de que habia venido á sacarla con una prueba indudable Calpuc.

Doña Isabel se puso de pié de una manera nerviosa y miró con los ojos lúcidos y asombrados al mejicano.

—¡No ha muerto mi esposo! dijo.

—No, no ha muerto aun, contestó Calpuc.

—¡Es decir que está en peligro! repuso palideciendo la joven.

—No por cierto; pero sino ha muerto hoy, morirá mañana.

—No os comprendo bien ¿quereis tal vez aterrarme?

—Yo no pretenderia jamás imponer terror á un ángel, señora. Solo os he dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me parece que es una cabeza sentenciada: sí; estoy seguro de que Miguel Lopez morirá de mala muerte.

—¡De mala muerte! ¿y por qué?

—Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por la mano de Dios.

—¡Ah! exclamó doña Isabel; escudado con esta carta, que de una manera tan extraña me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras palabras.

—Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia.

—Pero, en fin, dijo doña Isabel: ¿quién ha sido causa del desgraciado suceso acontecido á mi esposo? Los lacayos que vinieron á traernos la triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido acometidos por los monfíes de la montaña; que mi esposo habia sido muerto y que mis hermanos habian desaparecido.

—Es cierto que los monfíes acometieron á vuestro esposo, pero fueron pagados para ello por vuestro hermano don Diego.

Doña Isabel palideció aun mas y bajó la vista ante la profunda mirada de Calpuc.

—Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continuó este á no haber sido porque yo acudí en su socorro.

—Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doña Isabel.

—¡Ah! ¡si yo hubiera conocido á Miguel Lopez, le hubiera dejado morir! contestó con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha hecho de otro modo.

—Sí, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy profundamente agradecida.

—Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de Dios.

—Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doña Isabel, fijando profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc.

—En verdad que no, señora, pero me era preciso adoptar un disfraz cualquiera, para acercarme á vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis la sortija que os dió en arras de su casamiento con vos.

—¿Y os urge recibir esa sortija? dijo doña Isabel.

—No, no ciertamente. Podré esperar hasta esta noche.

—¡Esta noche! ¿y dónde creeis que podreis verme esta noche?

—Aquí, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y podamos hablar sin ser sentidos de nadie.

—¡Eso es imposible! ¡yo sola, de noche, con un hombre á quien no conozco!

—¿Recelais de mí despues de haber leido la carta de vuestro esposo?

—No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros.

—¿A qué hora?

—Despues de las ánimas.

—Despues de las ánimas estaré en el postigo del jardin.

—A esa hora y confiando en vuestro honor, os abriré.

—Adios, pues, señora, y hasta la noche.

—Hasta la noche: adios.

Y Calpuc se separó de doña Isabel, lanzó una profunda y ansiosa mirada á las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeño, y que se veian por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas exhaló un profundo suspiro.

Despues salió por el postigo, pasando junto al lacayo Andrés, al que ni siquiera saludó.

—¡Oh! será necesario avisar al alcalde para que prenda á ese hombre si vuelve á venir, murmuró el lacayo; tiene muy mala traza: por mi parte y á no ser por la señora, yo le hubiera echado á palos.

—Ese hombre es un desgraciado, Andrés, dijo doña Isabel, y debemos compadecer y ayudar á los desgraciados.

Doña Isabel se alejó y entró por el cenador, mientras Andrés murmuraba cerrando el postigo del huerto:

—¡Un desgraciado! quiera Dios que su venida á esta casa no nos cause alguna desgracia.

La escena que acabamos de referir pasó cabalmente á la hora en que Harum, desde su casucha, hacia su atalaya matutina á los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.

—¡El cazador de la montaña! dijo al reconocer á Calpuc ¡el hombre á quien protege el poderoso emir! ¿Por qué viene aquí ese hombre y disfrazado de mendigo á hablar con doña Isabel de Córdoba y de Válor? Será necesario avisar á Ab—del—Gewar.

Pero antes, añadió, es necesario que concluyamos nuestra tarea de la mina: por un milagro de Dios el capitan Sedeño está fuera. Xariz y Athar, que le han seguido, me han dicho que ha tomado á caballo el camino de la montaña. No se sale asi á la gineta sino para tardar algunos dias. Esta es la ocasion mas propicia: pues puños y adelante.

Y dejándose ir con la agilidad de un gato por unas escaleras perláticas, descendió á los pisos bajos, que estaban casi llenos de montones de tierra y escombros, que habia sacado Harum de la mina: encendió una linterna; tomó una piqueta, y se metió por un estrecho pasaje que habia abierto á pico.

A trechos se veia la antigua mina árabe en toda su anchura y altura, capaz de contener un hombre á caballo, porque la mina solo habia sido cegada á trechos: si Harum hubiese tenido una brújula y un plano del terreno, hubiera conocido que aquella mina en vez de prolongarse en direccion á la casa ocupada por el capitan estropeado, se extendia hácia la de don Diego de Válor.

Sea como quiera, á poca distancia se detuvo Harum delante de una pared que cerraba la mina, y dejó la linterna en el suelo.

—Hice bien, dijo, en no seguir anoche mi trabajo cuando encontré esta pared que sin duda comunica con la cueva de la casa del capitan; era ya muy avanzada la noche; la caída de los escombros por esotra parte debe producir un gran ruido y era exponerse á que se malograse mi plan. Sin embargo, como puede suceder que sin que yo lo sepa haya en la casa alguien que guarde á la hermosa doncella de las trenzas negras, bueno es ir prevenidos: llevo un excelente puñal... y sobre el corazon; que no es flojo ni asustadizo, una buena cota á prueba. Adelante pues. Cúmplase lo que está escrito, y que el Dios Altísimo y Unico me proteja.

Y levantando la piqueta descargó un formidable golpe sobre la pared, que fue suficiente para que no necesitase dar el segundo: aquella pared era un simple tabique traspasado por la humedad, que se derrumbó, produciendo apenas, por lo reblandecido de los materiales, un ruido sordo y opaco.

Quedó abierto un boqueron practicable: Harum tomó la linterna, saltó sobre los escombros, y se encontró en una mina mas ancha y enteramente desembarazada, que se prolongaba á la derecha y á la izquierda del boqueron donde habia entrado.

—¡Por Satanás! dijo el monfí: me encuentro en un pasaje que conduce á dos puntos distintos y que no tiene apariencias de estar cegado. Meditemos. La mina por donde me he abierto paso hasta aquí está casi en línea recta; la casa del alférez está á la izquierda: la de don Diego de Válor á la derecha, pues señor: tomemos á la izquierda: esto no impide que despues de reconocer el terreno tomemos á la derecha. Acaso, acaso, descubra yo mas de lo que he creido: adelante pues.

Y tomó con una gentil audacia la mina adelante, á la parte de la izquierda.

A poco que anduvo tropezó con una escalera y trepó por ella: á la altura de cincuenta peldaños encontró una puerta, bien conservada y que parecia estar en uso.

Un impulso de alegría inundó el alma del monfí: pero aquel impulso no le hizo ser imprudente. Acercó el oido á la puerta y escuchó. Nada absolutamente se oia tras ella: permaneció escuchando algun tiempo mas, y ningun ruido alteró el silencio: entonces acercó la luz de la linterna á la puerta y la examinó minuciosamente.

Era de roble, y provista de una cerradura tan fuerte, que para violentarla hubiera sido preciso causar gran ruido.

Harum suspiró.

—Es preciso procurarse una llave maestra, dijo: acaso, acaso, será prudente esperar hasta la noche; durante el dia reconoceré por fuera el terreno. Indudablemente esa puerta me ha de llevar hasta la mujer á quien me ha encargado que busque el emir. Ademas será prudente traer conmigo mejores armas.

Harum bajó de nuevo las escaleras y se aventuró en la mina; pero abstraido en los pensamientos que le inspiraba la aventura en que se habia empeñado, pasó junto al boqueron por donde habia penetrado en la mina, y siguió en direccion de la casa de don Diego de Válor.

Pero de repente Harum se detuvo: habia escuchado el rumor de dos voces, una de hombre, otra de mujer, que hablaban sin recato y como si no temiesen ser escuchados. Harum adelantó con precaucion, y notó que las dos voces salian de un aposento abierto en la mina, por cuya puerta salia, proyectándose sobre el pavimento de la mina, un rayo de luz: el monfí adelantó aun mas y pudo percibir perfectamente lo que hablaban el hombre y la mujer que estaban en el aposento.

La voz del hombre hirió su oido de una manera particular, como si le fuera muy conocida, y al fin la reconoció y exclamó con asombro:

—¡El emir! ¡encerrado en un subterráno con una mujer!

Harum no supo por el momento qué hacer.

—Si, si, está ahí; pero yo no debo escucharle, ¡no! ¡el siervo no debe descubrir los secretos del señor! ¡seria hacerle traicion! ¡pues bien! ¡me ocultaré, observaré cuando salga esa mujer! y entonces... ¡oh! entonces me presentaré á él y le diré: señor, ¡vuestro padre os busca desesperado! ¡si estais cautivo, yo os traigo la libertad! ¡si estais libre, volved un momento, señor, junto á vuestro padre, junto á vuestros leales monfíes...! despues... despues tiempo os quedará para el amor.

Tomada esta leal resolucion, Harum se volvió atrás, buscó el boqueron, le encontró, se sentó sobre los escombros y apagó la linterna, para que no pudiese denunciarle su luz.

Capítulo XI. Hasta donde habia llegado doña Elvira, arrastrada por su amor á Yaye.

Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia á un buen vasallo, en no escuchar lo que su señor hablase; pero el autor comprende que no estan en el mismo caso sus lectores, y va á introducirlos en aquel aposento vedado para Harum.

Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Válor y su mujer doña Elvira de Céspedes, habian ocultado á Yaye, á causa del accidente que le habia producido la noticia del casamiento de doña Isabel.

Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo á nuestros lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes.

Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la estancia.

Doña Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al jóven, que estaba hermosísimo.

—¿Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doña Elvira.

—Mi resolucion decidida, contestó el jóven con acento severo.

Por algunos momentos doña Elvira, á quien pareció contrariar la respuesta de Yaye, guardó silencio, impaciente é irritada.

—¿No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez, para que consintais en lo que deseo, en lo que ansío... en lo que debia llenaros de orgullo, porque lo que yo ansío, lo que yo deseo, es ser vuestra, enteramente vuestra?

—¿Y no lo sois, señora? dijo dominándose Yaye, y procurando dar á su acento la dulzura del amor, ¿no soy yo vuestro?

—Si, aquí, entre el mas profundo misterio, en las entrañas de la tierra; cuando nadie mas que yo está á vuestro lado, cuando á nadie veis mas que á mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que á vuestra ambicion... y despues de vuestra ambicion á mi cuñada doña Isabel, á pesar de que mi cuñada se casó con otro sabiendo que vos la amábais.

Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guardó silencio.

—Si, ella sabia que vos la amábais, y os pospuso á un hombre feroz, brutal, casi á un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi: cuando por una sucesion de circunstancias extrañas os tuve en mi poder, cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abrió á la esperanza y á la felicidad... despues vos habeis sabido engañarme, enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... ¡oh! ¡si! porque no hay en el mundo una felicidad semejante á la que vos me habeis hecho probar... ¡pero despues...!

El jóven se acercó á doña Elvira y la asió una mano.

—Escuchad, señora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo amaba á vuestra cuñada, ó que creia amarla...

—¡Que creiais amarla! exclamó con ansiedad doña Elvira.

—Si, que crei amarla, porque mi afecto hácia ella mas que amor era empeño, un empeño como yo los concibo: tenaces, terribles, voluntariosos... la noticia de su casamiento causó en mí un efecto inesplicable... porque mi empeño se desvanecia, caia vencido ante el empeño de una mujer... no recuerdo lo que me aconteció... solo recuerdo que desperté un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido, cansado en el cuerpo y en el alma... miré en torno mio y os vi anhelante, con las manos cruzadas, mirándome de una manera tal, que aun no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un ángel... yo no os conocia... vos tampoco me dijísteis quien érais... yo no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra misericordia: pasábais junto á mi largas horas reclinada sobre mi lecho, mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundiéndose nuestros alientos: llegó un punto en que... nos confundimos en uno; nos unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se embriagaba en sí mismo: yo os crei mi ángel, mi espíritu estaba aun perturbado... nada recordaba... habia vuelto á la vida... á una vida vigorosa, á una vida nueva... para mí este aposento, donde jamás entra la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis, señora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo desfallecia de amor con vuestras caricias... ¿ha podido jamás un hombre pertenecer de una manera mas completa á una mujer?

—¡Ha sido un sueño! ¡un hermoso sueño! dijo doña Elvira, cuyos ojos se arrasaron de lágrimas, ¡un sueño que no se ha desvanecido sino haciéndome pedazos el corazon!

—¿Por qué me despertásteis? ¿por qué avivásteis mi memoria que la enfermedad habia entorpecido? ¿Por qué me dijísteis: tú eres Yaye—ebn—Al—Hhamar, emir de los monfíes de las Alpujarras?

—¡Ah! ¡la ambicion ha matado en vos al amor!

—No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan en las montañas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la mano, os hubiera presentado á los suyos y les hubiese dicho: hé aquí mi esposa; hé aquí vuestra señora; pero vos no os detuvísteis en vuestras revelaciones: me dijísteis: yo soy casada, lo que equivalia á decirme: somos adúlteros.

—¡Ah! exclamó doña Elvira.

—Y no bastaba esto: me dijísteis soy esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, lo que equivalia á decirme: somos infames, porque don Diego de Córdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era hermana del padre de don Diego.

—¿Y qué importan todos los parentescos, todos los vínculos, cuando se ama como yo os amo?

—Doña Elvira el crímen siempre es el crímen, y no es puro el placer en el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el Altísimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os vi á mi lado; me encontraba en una situacion extraña; yo os creia una hurí enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he conocido que nuestros amores ofendian á Dios y á los hombres, me he detenido, he vuelto atrás en la senda de la perdicion en que habia entrado sin saberlo...

—¡Porque no me amais! ¡porque os habeis burlado de mí! exclamó con violencia doña Elvira.

—No os amo porque no debo amaros, señora; no os amo, porque perteneceis á otro hombre; porque me habeis engañado...

—¡Porque amais á mi cuñada doña Isabel!

—Para que yo no ame á doña Isabel basta el que sea como vos una mujer casada.

—¡Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doña Isabel, no reparariais tanto en ofender á Dios y á los hombres, exclamó con despecho doña Elvira... y luego... ¡si doña Isabel fuese viuda... viuda y... vírgen...!

Yaye, á pesar del dominio que tenia sobre sí mismo, palideció de una manera marcada.

—¡Oh! ¡si! ¡la amais! ¡la amais! exclamó con rabia doña Elvira, notando la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... ¡pues bien! ¡sabedlo...! ¡os lo voy á revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no sé por qué, le llevó consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doña Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuñado don Fernando y cuatro lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por los monfíes y que mi esposo y mi cuñado habian desaparecido.

—¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! exclamó Yaye, en cuya imaginacion surgió una sospecha: ¿y se ha confirmado esa muerte?

—Mi cuñada, vuestra hermosa doña Isabel, lleva luto por ella... ¡y está tan hermosa con su luto...!

—¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! repitió profundamente Yaye.

—¡Oh! ¡ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el padre de mi esposo; segun él, vos y doña Isabel debiais uniros para salvar ciertos intereses encontrados: no sé por qué, obligado acaso por la fatalidad, mi esposo entregó su hermana á Miguel Lopez... pero llegásteis vos... os encerrásteis con mi esposo... yo escuché vuestra conversación... y Miguel Lopez fue sentenciado...

—Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en ese asesinato.

—Si, si: bien sé que el único autor de ese delito es don Diego de Córdoba, mi esposo, pero sé tambien que su delito es inútil, porque no os casareis con doña Isabel, os lo juro.

—Ya os he dicho, continuó dominándose Yaye, que en el momento en que doña Isabel ha pertenecido á otro hombre he dejado de amarla.

—Es que doña Isabel no ha pertenecido á nadie, exclamó con una malignidad indescribible doña Elvira, ni aun á su hermoso Yaye, á quien ama con toda su alma... me habeis llamado adúltera porque el amor me ha arrojado en vuestros brazos: ¿y creeis que no seria tambien adúltera doña Isabel, vuestra virtuosa doña Isabel, si vos la hacias oir una sola palabra de desesperacion..? ¡oh! ¡las mujeres cuando amamos no reparamos en nada...! ¡el amor ha sido creado por Dios para que le sienta única y exclusivamente la mujer!

Yaye se contenia visiblemente: notábase, á pesar de su profunda reserva, no solo que no amaba á doña Elvira, sino que le inspiraba aversion.

Doña Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por decirlo asi, del semblante del jóven, le comprendia y se irritaba.

—Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy desgraciada: yo amaba á mi esposo y á fuerza de humillaciones he llegado á aborrecerle: yo debia vengarme de él tarde ó temprano; pero no he sido una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os ví... os amé, os he amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo esposo os puso en mis manos: he velado junto á vos anhelante, viendoos entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido amada y vengada de las injurias que como mujer debia á mi esposo... vos me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengaré... os juro que sereis mi esclavo, que no volvereis á ver la luz del sol.

—La pasion, una pasion que no comprendo bien os extravía, señora, dijo Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar á un hombre de su libertad.

—Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais á arrojaros á los piés de doña Isabel, para que podais decirla, ¡eres viuda...! ¡sé mi esposa...! ¡y yo entre tanto... deshonrada...! ¡perdida...! ¿que creeis que seria de mí si durante una larga ausencia de mi esposo diese á luz un hijo?

Yaye se estremeció.

—Y estoy segura... ¡oh! ¡si! ¡os amo tanto! ¡he sido tan feliz! ¡oh Dios mio! ¡Dios mio! al menos aunque él me desprecie... si me queda una prenda de su amor, seré feliz... muy feliz... y esa felicidad... de seguro me la ha concedido Dios.

—Dios no querrá que vuestra insensata pasion os haya llevado á tal punto señora. Dios no querrá que tengais un doble remordimiento... por el esposo y por el hijo: en cuanto á mí soy inocente, bien lo sabeis; si fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro.

—¿Me haríais vuestra esposa si yo fuese libre? observó acentuando cada una de estas palabras doña Elvira.

—Cuidad lo que haceis, señora, dijo Yaye.

—¡Qué! dijo doña Elvira con sarcasmo; ¿creeis que yo seria capaz de matar á mi marido por ser vuestra?

—Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesároslo: os creo capaz de todo.

—Pues bien, dijo con una calma glacial doña Elvira: esperadlo todo de mí. Todo, hasta la venganza.

—Habeis elegido muy mal camino, señora, dijo Yaye con acento frio: ya os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra mí: os he suplicado que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os habeis negado á ello á pretexto de que no volveria á veros. En efecto, una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no volveriais á verme sino por otra casualidad... porque el deber me manda apartarme de vos. Jamás hubiera yo incurrido en el crímen que hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en el cual no pertenecen al hombre sus acciones.

—¡Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclamó con una soberana altivez doña Elvira.

—Sí, respondió con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos, porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un insensato... pero no insistiendo mas en esto os intimo por última vez para que me dejeis en libertad de ir á donde me convenga, puesto que ningun derecho teneis para retenerme á vuestro lado.

—¡Jamás! exclamó doña Elvira.

—Pues bien, señora, dijo Yaye adelantando hácia doña Elvira, que retrocedió hácia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escándalo que quiera.

Y adelantó aun mas hácia doña Elvira.

—¡Ah! ¡no!... exclamó esta: vos sereis caballero... vos no querreis emplear la fuerza contra una dama.

Yaye se detuvo á esta invocacion á su honor.

—Solo os suplico, dijo doña Elvira que mediteis en mi amor, en mi desesperacion: ¡sino os volviera á ver..! ¡qué! ¿tanto os costaria, sino podeis ser mi amante, ser mi amigo?

—¿Me jurais, señora, sacarme de aquí?

—Os lo juro.

—Pues bien: cumplid vuestro juramento.

En aquel punto doña Elvira que gradualmente se habia acercado á la puerta, la ganó de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la cerró, corriendo los cerrojos.

—Sí, sí, dijo doña Elvira desde detrás de la puerta: tú saldrás de aquí Yaye, pero muerto de hambre, ó entregado enteramente á mi: yo te lo juro.

Y se alejó lanzando una insensata carcajada que retumbó en la mina.

Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues todo quedó envuelto en el mas profundo silencio.

Capítulo XII. De cómo Dios premió la constancia de Yaye.

Yaye quedó mudo de asombro y de cólera en el centro de la estancia.

Las últimas palabras de doña Elvira tenian una muy fácil explicacion.

«Tú saldrás de aquí muerto de hambre ó entregado enteramente á mí.»

Esto queria decir que doña Elvira pensaba valerse de algun brebaje para aletargar al jóven y conducirle á un lugar mas seguro; brebaje que solo podria evitar Yaye sentenciándose á morir. Era aquel el último límite á donde podria llegar el empeño de una mujer.

Yaye conoció que doña Elvira le tenia enteramente en su poder: la habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su bóveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo, indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel ventanillo podia doña Elvira introducirle alimentos preparados para producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor violencia con ella. Yaye, pues, sacudió con fuerza la puerta; pero esta era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consiguió: metió el brazo por el ventanillo, y probó si alcanzaba á los cerrojos: esto tambien era inútil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar á los cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendió que si esperaba mucho tiempo, doña Elvira comprendería que los cerrojos no bastaban para asegurar á su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad.

Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender á doña Elvira cuando volviese.

Pero no se le ocurrió medio en lo humano: comprendió que estaba seriamente preso, y á merced del fatal amor de doña Elvira.

La única esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos momentos don Diego de Córdoba y de Válor.

¿Pero quién sabia lo que habia sido de don Diego?

Empezaba Yaye á desesperarse, cuando oyó en la mina unos pasos marcados de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto á la razon en aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doña Elvira le enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irritó. Los pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto á la puerta.

Yaye escuchó en silencio: el que se habia detenido junto á la puerta nada dijo durante algunos segundos.

Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:

—¿Estais solo, señor?

—¿Qué es eso? ¿Quién me llama señor? dijo Yaye acercandose al ventanillo de la puerta.

—Soy yo, señor; vuestro fiel escudero; el walí Harum—el—Geniz.

—¡Oh! ¡me he salvado! exclamó Yaye; mira si puedes descorrer los cerrojos, mi buen Harum.

—¡Oh! ¡sí, poderoso señor! he aquí la puerta de par en par.

En efecto, la puerta se abrió.

—¿Quién te ha traido aquí Harum? ¿por dónde has entrado? le preguntó Yaye.

—Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por donde he entrado, venid señor y lo vereis.

Harum á quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jóven emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tomó la bujía que ardia sobre la mesa y salió seguido de Yaye.

Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostró al jóven.

—Hé aquí por donde he entrado, señor. Por esa mina adelante, pronto muy pronto, vuestra grandeza verá la luz del sol.

Y siguió por la mina precediendo al jóven emir.

Cuando este se encontró en las habitaciones superiores, cuando vió el cielo, las nubes, el sol, los árboles, la Alhambra, á lo lejos la alta cumbre de la Sierra—Nevada, en lontananza y á los pies de la sierra la extendida vega con sus lejanas montañas azules, respiró como quien se siente aliviado de un peso enorme.

—¿De qué manera quieres que te recompense el emir? exclamó con alegría volviéndose á Harum.

—¡Ah, señor! dijo el monfí; me basta con ser vuestro secretario de confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra: á vuestro lado siempre, porque teneis enemigos, señor; todos los reyes los tienen y mi única ambicion es serviros de escudo.

—Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qué tribu eres, dijo con la gravedad de un rey Yaye.

—De la tribu Zeneta, señor, contestó con orgullo Harum.

—Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, walí, para que puedas estar continuamente á mi lado, dormir á los piés de mi lecho, y llevar tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido.

—¡Ah! ¡señor! ¡magnífico señor! exclamó Harum arrojándose á los piés de Yaye.

—Alza y escucha: ¿cuántos dias han pasado desde aquel en que yo llegué á Granada?

—¿Quereis decir, señor, desde el dia en que me mandásteis que siguiese sin perder de vista á la hermosa morena de los ojos de luz?

—¡Ah! ¡la princesa mejicana! exclamó perturbado bajo aquel recuerdo Yaye.

—Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, señor.

—¡Cuántas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclamó el jóven emir. Y se quedó profundamente pensativo.

—Perdonadme, señor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la próxima casa de don Diego de Córdoba y de Válor.

—¡Ah! ¡es esa la casa de don Diego de Córdoba! dijo Yaye mirando al frente: pero de improviso se puso pálido y lanzó una exclamacion desde el fondo de su alma.

—¡Ah! ¡doña Isabel!

En efecto, la jóven habia atravesado lentamente y con su severo traje de luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.

—¿Vive doña Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz apagada por la conmocion Yaye.

—Si señor, todos los dias por la mañana la veo sentada en aquel banco de piedra que hay al pié de aquella enramada de jazmines. Pero retirémonos de aquí si os place, señor, y si quereis observar la casa de don Diego, yo os llevaré á un lugar desde donde podais ver sin ser visto.

Yaye conoció que la observacion de Harum era prudente, y le siguió á un aposento cercano en el que habia una ventana con celosía y desde donde se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.

—¿Acostumbra doña Isabel á dejarse ver? preguntó Yaye.

—Solo por la mañana, señor, y en el lugar que os he marcado.

—¿Has hablado alguna vez con ella?

—Nada me habiais encargado acerca de doña Isabel, señor.

—Es verdad. Y dime: ¿que ha sido de Miguel Lopez?

—Se le cree muerto.

—¿Se sabe quién ha mandado su muerte?

—Creese que sea cosa de don Diego de Válor.

—¡Infame! murmuró Yaye: pero... me han dicho que ha muerto á manos de unos monfíes.

—Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos ó tres veces á la montaña durante este mes, don Diego sobornó á Reduan, que vivia como ventero junto á Orgiba y á otros seis: vuestro poderoso y justiciero padre, señor, mandó ahorcar al dia siguiente á Reduan, y á los otros seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos.

—¿De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi padre?

—Ha sido un asesinato y nada mas.

—¿Y qué se han hecho don Diego y don Fernando de Válor?

—Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais.

—¿Y mi buen ayo Ab—del—Gewar?

—Está inconsolable por vuestra pérdida y nos hace revolver la tierra á mí y á los veinte monfíes que tengo á mis órdenes.

—Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que á nadie digais que he parecido.

—Muy bien, señor.

—A nadie, ¿lo entiendes?

—Si señor.

—Además, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de don Diego de Válor, á fin de que yo pueda hablar con doña Isabel.

—Las tapias son fáciles de escalar, señor... y yo mismo...

—Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.

—¡Oh! en cuanto á imprudencias seria la primera que cometiese: por no ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama morena que me mandásteis seguir.

—¡Cómo! ¿sabes donde para?

—Muy cerca de nosotros, ahí, en esa otra casa cuyo huerto linda con el de don Diego y cuyas celosías estan tan cerradas.

—¿Y no has tenido medio de amparar á esa desdichada?

—Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme de cierta herramienta.

—¡Ah! ¡forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: ¡exponerse á pasar por un ladron!

—La puerta que yo forzaré es tan reservada, como que da á un extremo de la mina donde está la habitacion en que os han tenido cautivo.

—Pues bien, cuanto antes liberta á esas desdichadas mujeres, pónlas bajo el amparo de la justicia, devuelve á la jóven la joya y...

—¿Y por qué no habeis de hacer vos todo eso señor? sino me engaño paréceme haberos oido decir que esa dama es una princesa.

Meditó un tanto Yaye.

—Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora búscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae una litera cerrada dentro de la cual me trasladaré á mi nueva vivienda, y sobre todo, Harum, un profundo secreto.

El monfí despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye, salió de la casa murmurando, mientras se alejaba á buen paso:

—El emir es mi señor único y absoluto desde que el noble Yuzuf renunció en él su poder y su corona. El, solo él, Muley—Yaye—ebn—Al—Hhamar, es nuestro señor, á quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion. ¿Pero qué pensará hacer el emir?

Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba Harum: aquella litera entró poco despues en una linda casita de la calle de las Tres Estrellas en el Albaicin.

Capítulo XIII. De cómo la caridad era una virtud peligrosísima para el poderoso emir de los monfíes Muley—Yaye—ebn—Al—Hhamar.

Llegó la noche, y por cierto, lóbrega y tempestuosa.

Poco despues del oscurecer algunos hombres, como en número de doce, envueltos en largas capas, se extendieron por las calles de San Gregorio el alto y sus circunvecinas y se ocultaron en los dinteles de las puertas.

Al poco tiempo otros dos hombres, embozados tambien hasta los ojos, llegaron á la puerta de la casucha habitada por Harum, y uno de ellos abrió la puerta: el que le seguia entró.

El que habia abierto la puerta lanzó un silbido prolongado, entró y cerró.

Poco despues un embozado, llegó á la puerta y llamó: abriéronle y un hombre que tenia una linterna en la mano, le introdujo en una habitacion del piso bajo. Sucesivamente llamaron y entraron otros cinco hombres.

Cuando estuvieron todos dentro, el hombre que les habia abierto les dijo:

—Seguidme.

Aquel hombre era Harum.

Los seis hombres que habian entrado y estaban desembozados, mostraban los semblantes mas angulares y fatídicos del mundo, bajo las anchas alas de sus sombreros gachos, y las espadas de mas voluminosa empuñadura y mas largos y torcidos gavilanes que podian darse, pendientes de los talabartes: ademas, cada uno de estos hombres, llevaba sujetos á la cintura una daga buida, y dos largos pedreñales ó pistolas.

Aquellos seis hombres eran monfíes escogidos entre lo mas duro y valiente de todas las taifas de monfíes de las Alpujarras.

Aquellos seis hombres siguieron á Harum, que los llevó en derechura á la mina que ponia en comunicacion la casa ocupada por el capitan estropeado, con el palacio de don Diego de Válor.

Cuando estuvieron allí, Harum los extendió por la mina y les dió la consigna siguiente:

—Las dagas en las manos. Si sobrevienen gentes por cualquiera de los dos extremos, se las detiene, y se avisa con un silbido. Si oponen resistencia, obrad como quienes sois. Atencion y silencio.

Volvió á salir por el boqueron, y poco despues apareció con un hombre enteramente encubierto, y tomó la direccion de la escalera que conducia á la casa del capitan.

—Espera, le dijo el hombre que le seguia: ¿se va por aquí al aposento donde he estado preso?

—No señor, contestó Harum, se va por la parte opuesta.

—Pues llévame allá: tengo curiosidad de saber lo que allí puede haber sucedido.

Harum se volvió y condujo á Yaye al lugar indicado.

Al entrar en él notó el jóven que algunos objetos que antes estuvieron sobre la mesa, estaban rotos y esparcidos por el suelo; levantadas las ropas del lecho, como si alguien hubiese buscado algo bajo él y los sillones tirados por el suelo.

Yaye lo comprendió todo; aquellos eran los vestigios del furor impotente de doña Elvira al verse burlada.

—¡Ah! ¡ya lo sospechaba yo! dijo con acento sentido el jóven, porque sin saber por qué, le lastimaba la desesperacion de doña Elvira.

Yaye en su foro interno atribuyó aquel sentimiento á caridad.

Salió de aquella especie de calabozo, y pasó, perfectamente cubierto el rostro con un antifaz, por delante de los seis monfíes, que inmóviles y silenciosos como estátuas, estaban apoyados de espaldas contra la pared á lo largo de la mina.

Treparon por las escaleras que subian hasta la puerta, delante de la cual, por falta de una llave maestra, se habia detenido aquella mañana Harum.

No sucedió entonces lo mismo: el walí, transformándose en ladron, sacó un instrumento de hierro de entre su talabarte, lo introdujo en la cerradura, y sin causar ningun ruido y con gran facilidad, descorrió el fiador, que era de resorte: entonces la puerta giró sobre sí misma sin ruido, y pudo notarse que por la parte de delante, era una verdadera puerta secreta disimulada en la tapicería.

El lugar en que habian desembocado Yaye y Harum era una cámara extensa y sombría, cuyos tapices representaban asuntos de la historia antigua: aquellas gigantescas figuras de fuerte colorido, parecian fantasmas, destacándose débilmente sobre el fondo oscuro, y la alta ensambladura de pino, ennegrecido por el tiempo, acabada de dar á la cámara en aquella situacion y á aquella luz un tinte sombrío.

Los muebles que la alhajaban eran ricos, pero antiguos, y en un ángulo se veia un voluminoso lecho de nogal tallado, intacto, con las cortinas de damasco rojo entreabiertas. Junto á un armario cerrado habia un arnés de guerra limpio y sencillo, y acá y allá, en las paredes, sobre los tapices, algunas excelentes armas, tales como espadas, arcabuces y pistolas.

—Este debe ser el dormitorio del capitan Alvaro de Sedeño, dijo Harum en voz baja á Yaye, y es por cierto para él una fortuna el estar ausente; de otro modo nos hubiera sido preciso estropearle mas. Pero aquí hay tres puertas: esta casa es demasiado grande y yo no la conozco; pues bien, adelantemos á la ventura.

Y se dirigió á una puerta pequeña situada á los piés del lecho, que estaba cerrada, y que abrió Harum valiéndose de la llave maestra.

A juzgar por la facilidad con que Harum manejaba aquel instrumento, cualquiera le hubiese tomado por un ladron de oficio.

Una vez franqueada aquella puerta, nuestros dos exploradores se encontraron en un corredor estrecho, de techo bajo y paredes blanqueadas: siguieron adelante, pero al llegar á la parte media del corredor, les detuvo un gemido de dolor.

—¡Misericordia de Dios! dijo Yaye profundamente afectado; mucho me engaño si ese no es el gemido de un moribundo.

—Y si el moribundo no es una mujer, dijo Harum juzgando por otro segundo gemido.

Apenas habia pronunciado el monfí estas palabras, cuando se oyó una voz timbrada por el dolor, pero juvenil y sonora, que exclamó:

—¡Ah! ¡madre mia! ¡pobre madre mia!

Yaye hizo á Harum una indicacion de que no se moviese, y él solo adelantó hácia una puerta entreabierta, situada en el fondo del corredor.

Yaye miró al interior; la sangre retrocedió de sus extremidades á su corazon, y permaneció inmóvil, mirando y escuchando con toda su alma y sin atreverse á pasar adelante.

¿Qué era lo que habia visto Yaye que asi le interesaba y asi le conmovia?

Vamos á presentarlo á continuacion á nuestros lectores.

Era una cámara tan sombría y extensa como la primera por donde habian pasado Yaye y Harum.

Una lámpara puesta sobre una mesa de mármol, bajo un gigantesco espejo de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas á dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicería. Una chimenea de mármol, enorme, sostenida por cariátides y con ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y desprovista de fuego en razon á la estacion, lo que daba á la cámara algo de frio y de extraño: á un lado habia un lecho enorme, semejante al que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado; por el contrario, en él estaba una enferma.

Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y besándola alternativamente, habia una jóven vestida de blanco de extraordinaria esbeltez.

Al frente de este lecho y cabalmente enfilando la cabecera, estaba la pequeña puerta tras la cual escuchaba Yaye.

Ultimamente habia una gran puerta de entrada y otros dos balcones; pero quien se hubiese acercado á ellos hubiera notado que estaban aseguradas sus maderas con barras de hierro fuertemente clavadas en los marcos, lo que demostraba que aquellos balcones no se abrian.

Por lo tanto las moradoras de aquella habitacion estaban condenadas á alumbrarse continuamente con luz artificial.

Todo en aquella cámara tenia los visos de una prision, y de una prision donde se guardaban dolores agudos.

La enferma era efectivamente una moribunda; pero á pesar del estado de demacracion en que la habia constituido la tisis, esa terrible enfermedad que no abandona la presa hasta que la deseca para la tumba, notábase que aquella dama, porque dama era, no habia llegado aun á la vejez: apenas contaria cuarenta años, á pesar de lo cual estaba tan gastada, tan abatida como una anciana de ochenta; las formas de esta mujer, aunque excesivamente descarnadas, constituian por su estructura una gran hermosura, pero una hermosura pasada, empalidecida por los sufrimientos y por la enfermedad: la blancura de este semblante era extremada, como extremado era el negro color de sus ojos, de sus cejas y de sus cabellos.

Una tos seca, penosa, terrible, tos que agotaba las fuerzas y el sufrimiento de la enferma, se dejaba escuchar sin interrupcion; sus ojos tenian un brillo fosforente, el brillo de la fiebre, y estaban notablemente hundidos; la jóven lloraba de una manera silenciosa, desesperada, y de tiempo en tiempo se levantaba, iba á un velador, tomaba una taza de plata y daba de beber á la enferma.

Llegó un punto en que la enferma tuvo un acceso horrible de tos, á la que sobrevino un vómito de sangre: la jóven lanzó un grito de terror y se avanzó á la puerta, que golpeó de una manera desesperada pidiendo á gritos socorro.

—¡Estrella! ¡Estrella! ¡hija mia! exclamó esforzándose la enferma; esto ha pasado... yo creo que dentro de poco, de muy poco tiempo, esto habrá pasado de todo punto.

—¡Ah, madre mia! exclamó volviéndose la jóven, pálida como un cadáver y haciendo retroceder á Yaye que, impulsado por su caridad, habia dado un paso hacia el interior.

Afortunadamente ninguna de las dos mujeres, dominadas por la situacion, le vió.

Estrella, pues asi hemos oido llamar á la jóven por su madre, volvió al lado de esta como impulsada por un poder superior.

—Siéntate á mi lado, dijo con acento solemne la enferma.

Estrella, dominada por el mandato de su madre se sentó en un sillon al lado del lecho.

—Es necesario que tengas valor, hija mia, dijo la enferma: Dios me dice que dentro de muy poco voy á ser libre, que vamos á separarnos.

Estrella rompió á llorar en silencio, y se cubrió el rostro con las manos.

—Pero yo no quiero que murais, no, exclamó levantándose en un movimiento nervioso, que revelaba una fuerza de voluntad á toda prueba: no, no quiero que murais y no morireis.

—Nadie se opone á la voluntad de Dios: por lo mismo y como necesito hacerte graves revelaciones, como me queda poco tiempo de vida, es inútil que ninguno de los infames criados de ese hombre venga á interrumpirnos para traernos un socorro que seria inútil. No llores, esto debias haberlo previsto hace mucho tiempo.

Hubo un momento de solemne silencio.

—He sido muy desgraciada, hija mia, continuó la enferma, y mi mayor desgracia es el dolor que llevo á la tumba, de dejarte sola, abandonada, en poder de ese infame.

—Sin duda, Dios, madre mia, dijo Estrella, ha castigado en nosotras algun gran crímen de nuestra familia.

—Sí, Dios castiga á los opresores con la opresion de sus propios hijos. Altivas, soberbias, poderosas, hemos venido á acabar en esclavas... en diez años de cautiverio horrible... en poder de un demonio. Acércate mas, hija mia; temo que haya tras esos tapices alguien que nos escuche. Lo que tengo que decirte es muy grave.

Estrella se levantó maquinalmente, se arrodilló en el sillon en que habia estado sentada y se apoyó en el lecho.

Durante algun tiempo nada pudo oir Yaye: las dos mujeres hablaban demasiado bajo: aquella conferencia duró mas de una hora, conferencia interrumpida por agudos accesos de tos.

Yaye notó que al concluir la enferma su revelacion, que revelacion debia ser aquella tan recatada, se quitó del cuello una cadena de oro de la que pendia una joya, cuya forma no pudo distinguir Yaye en razon á la distancia.

Luego la enferma siguió hablando naturalmente, pero su voz era ya mas opaca, mas cadavérica.

—Si logras que alguna vez tus parientes castellanos conozcan tu suerte, hija mia, ellos que deben ser poderosos, ellos que deben gozar del favor del emperador, te ampararán y te vengarán, si es necesario que te venguen.

—¡Oh, nada temais, madre mia! ¡nada temais! exclamó con una energia casi salvaje la jóven: ese hombre que os ha hecho probar cuantas desgracias puede probar una mujer, no hará tan infeliz á la hija como á la madre; no, no, lo juro por el Dios que está en los cielos. Vos habeis tenido razones que no solo os disculpan, sino que os honran: vos teniais una hija: yo, si Dios es tan cruel que me os arrebate, no tengo nada que me ligue á la vida: pereceré antes que sucumbir al infame: pereceré, pero pereceré vengándoos: ¡ay del infame aventurero!

—¡Oh señor! ¡señor! exclamó la pobre enferma: ¿Sereis tan implacable que me negueis el consuelo de saber que mi hija queda amparada por sus parientes?

—¡Oh! no es posible alentar ninguna esperanza, madre mia. Yo alentaba una... el jóven aquel á quien pude hablar por un milagro, hace un mes, cuando paramos en un meson, parecia noble y generoso... y sin embargo... ese jóven me ha olvidado... ó no ha podido... ¿quién sabe? ¿y luego qué importa á nadie la suerte de dos mujeres?

Y Estrella acreció en su llanto desconsolado.

Yaye creyó que habia llegado el momento de presentarse: la enferma parecia próxima á su fin, y era necesario que llevase á la tumba el consuelo de que su hija no quedaba desamparada.

Al abrir la puerta, aquella puerta rechinó, Estrella volvió azorada la cabeza, y en su rostro apareció una expresion de espanto: sin duda estaba acostumbrada á ver asomar por aquella puerta un ser terrible.

Pero instantáneamente su rostro se tiñó con un color febril, adelantó rápidamente algunos pasos hácia Yaye, como una hermana que sale al encuentro de su hermano, pero se contuvo por pudor.

—¡Ah! ¡sois vos, caballero! dijo.

—Sí, sí, yo soy, que llego en el momento supremo.

—¡Es él! ¡es él, madre mia! ¡el jóven del meson de las Alpujarras!

La enferma quiso incorporarse, pero no pudo. Estrella asió por una mano á Yaye, como si le hubiese conocido desde mucho tiempo antes, y le llevó junto al lecho: la enferma posó en él sus hundidos ojos.

—¡Oh! dijo! ¡si sois honrado y leal y venís á salvar á mi hija, á librar á una pobre madre de la inquietud mortal de dejarla abandonada en el mundo, que Dios os bendiga, caballero!

—Os juro, señora, proteger á vuestra hija como si fuese mi hermana, dijo con entusiasmo Yaye.

—Acaso vuestro poder no alcance á protegerla.

—Mi poder alcanza á mucho, señora, dijo con suma confianza Yaye.

—Sin embargo, temo por vos mismo. ¿Cómo os habeis introducido aquí? ¿Sabeis quién es el hombre que nos guarda? ¿Sabeis que si por desdicha sobreviniese...?

—Aunque ayudase el infierno á ese infame mutilado, nada podria hacer contra mí.

—Respeto las razones que tengais para apoyar vuestro dicho... pero es preciso ganar tiempo...

—Nada temais... os repito que nada teneis que temer... ved por el contrario qué quereis, qué necesitais.

—¿Qué quiero? ¿qué necesito? exclamó con alegría la enferma: ¿podreis procurarme un sacerdote?

—¡Oh! ¡sí! ¡hola, Harum!

Presentóse inmediatamente á la puerta el monfí, asombrando á las dos mujeres que no acertaban cómo podia ser aquello.

—Al momento, al momento, Harum, le dijo Yaye, acercándosele y hablándole en voz baja: ve por un sacerdote cristiano para auxiliar á un moribundo; que traiga consigo la comunion y la extremauncion; que suba á ocupar tu lugar uno de los otros, y escucha: Yaye habló por algun tiempo en secreto con el monfí.

Harum partió.

Yaye se volvió á las dos damas.

—A propósito, señoras, dijo: ¿qué gentes hay en esta casa?

—Debe haber un soldado viejo que sirve al capitan Sedeño, y que es tan infame como él, y dos criadas.

—Y no hay mas gentes en la casa.

—No señor.

—En ese caso llamad á ese criado.

—Pero...

—Llamadle.

Poco despues Estrella, dominada por el acento de confianza de Yaye, llamó á grandes golpes á la puerta de entrada.

Oyéronse lentas y fuertes pisadas tras aquella puerta, luego ruido de llaves y rechinar al fin una cerradura: abrióse la puerta y se presentó un hombre de estatura atlética y semblante avieso que adelantó descuidado, sin reparar por el momento en Yaye.

—¡Vamos! ¿qué quereis? dijo con acento bronco, ¿no es hora ya de descansar? ¿ó es que estamos aquí para andar como un zarandillo de brujas por esa mujer que nunca acaba de morirse?

En aquel momento el hombre que habia entrado y que solo habia dirigido su mirada, en que se veia una impura codicia, á Estrella, reparó en Yaye.

Entonces se pintó en su semblante una expresion feroz, y dirigiéndose al jóven exclamó:

—¿Quién sois? ¿quién os ha introducido aquí?

Yaye, no contestó á aquel hombre: volvióse hácia la puerta por donde habia entrado y exclamó.

—¡Ola! ¡á mí!

Un monfí entró inmediatamente en la cámara.

—¡Oh! ¿qué es esto? gritó el soldado arrojando una feroz mirada á las dos mujeres, y poniendo mano á su daga, única arma que tenia consigo.

—Desarma á ese hombre, dijo Yaye al monfí que habia quedado inmóvil á pocos pasos de la puerta por donde habia entrado.

En este momento la situacion de las personas de nuestro cuadro era la siguiente: Estrella estaba de pié delante del lecho ocupado por su madre; Yaye en medio de la cámara; el soldado servidor del capitan, á pocos pasos de la puerta de entrada, y el monfí que habia acudido á la voz de Yaye, á igual distancia de la otra puerta de servicio.

Aquella situacion solo duró un momento: el soldado avanzó hácia Yaye, daga en mano, y el monfí, rodeándose la capa al brazo, se colocó de un salto entre el emir y su agresor, recibió una puñalada de este en su capa, le asió, le desarmó, apretándole la mano derecha con la fuerza de unas tenazas de hierro, le doblegó, y quedó inmóvil sujetando al soldado por el cuello.

Este rugia.

—¿Qué mas hombres que tú hay en la casa? dijo Yaye.

El soldado continuó en sus inútiles esfuerzos por desasirse de los puños del monfí, que le oprimia con una fuerza salvaje, pero no contestó.

El monfí comprendió que era una irreverencia punible en aquel hombre, el no contestar á la pregunta del emir, y le apretó el cuello de una manera despiadada.

El soldado lanzó un grito de dolor.

Yaye repitió su pregunta.

—No hay mas hombre que yo, dijo, cediendo á aquella especie de tormento, el soldado.

El monfí comprendió que debia aflojar sus dedos y aflojó.

—¿Y qué otras personas hay en la casa? continuó Yaye.

—Una vieja cocinera y una criada.

—¿Dónde están?

—En la cocina.

—Llévate á ese hombre, dijo Yaye al monfí.

El monfí arrastró consigo al soldado que no se podia valer.

—¿Pero qué quereis hacer conmigo, señor? dijo todo trémulo el soldado.

—Llévate á ese hombre, repitió Yaye: que le aseguren los otros de modo que no pueda escaparse ni gritar, y tú vuelve.

El monfí hizo un esfuerzo y, en silencio, siguió arrastrando consigo asido del cuello y doblegado á aquel hombre, y desapareció por la puerta de servicio.

—¡Ah! exclamó Estrella: Dios ha tenido al fin compasion de nosotras y os ha enviado para salvarnos. ¿Pero nada temeis caballero?

—Nada absolutamente, señora; descansad en la confianza de que sois libres, enteramente libres; ¡ay! ¡Ojalá que como he podido libertaros pudiera devolver la salud á vuestra madre!

—¡Oh! yo soy en este momento muy feliz, caballero, dijo la enferma: no sé por qué creo que vos sereis para mi hija un doble apoyo, un hermano, y muero tranquila.

—¡Oh, madre mia! acaso... si Dios tuviera misericordia de nosotras... exclamó Estrella; ya que hemos encontrado un corazon generoso que nos ampara...

—No, no, hija mia, dijo la enferma con acento débil y cansado... esto se acaba... se acabará dentro de algunos momentos... y luego... quedando tú amparada, me importa poco morir... acercaos, caballero... acercaos.

Yaye adelantó.

—Dentro de poco, dijo la moribunda, mi hija habrá quedado sola sobre la tierra... es demasiado hermosa para que no corra mil peligros... sin embargo, mi hija tiene unos parientes que no la conocen; mi padre el duque de la Jarilla...

—¡El duque de la Jarilla! exclamó Yaye.

—Yo no puedo deciros lo que quisiera; necesito reconcentrar mis fuerzas para hablaros; me muero... es preciso que concluya... si mi padre hubiere muerto... si los parientes de mi hija no la reconociesen... no la amparasen...

—Vuestra hija, señora, tendrá en mí un hermano, un hermano poderoso.

—¡Un hermano poderoso! exclamó con admiracion la moribunda. ¿Quién sois pues?

—Soy rey de los monfíes de las Alpujarras.

—¡Rey! exclamaron á un tiempo con asombro la moribunda y Estrella.

—Diez mil hombres, tan fuertes y tan valientes como el que acaba de apoderarse del infame servidor de ese infame capitan, obedecen mi voz.

—¡Ah! ¡pero sois moro! ¡sois infiel! exclamó con desaliento la moribunda.

—¿Y bien, un moro no puede ser caritativo y caballero? exclamó con orgullo Yaye.

—¡Oh! si, si, exclamó la enferma con acento inspirado: todo lo espero de vos, todo, y creo, añadió con acento solemne, Dios me lo dice en mis últimos momentos... vos sereis mas que un hermano para mi pobre Estrella... mi pobre Estrella puede ser para vos... la salvacion de vuestra alma.

La imprevista prediccion de la moribunda, hizo sentir á los dos jóvenes una impresion indefinible, misteriosa, desconocida: Yaye miró de una manera involuntaria á Estrella, y encontró los ojos de esta fijos de una manera ardiente en los suyos.

Pero instantáneamente los dos jóvenes bajaron los ojos: Yaye estaba profundamente pálido, Estrella encendida con un magnífico rubor que habia dado á su semblante las tintas de una rosa de Alejandría.

—¡Oh! ¡si! ¡sereis mas que hermano y hermana! dijo la moribunda que habia aspirado la conmocion de entrambos jóvenes.

Luego asió sus manos y las unió.

Dominados por la situacion, por el fuego febril que les comunicaban las manos de la enferma, por un impulso poderoso, los dos jóvenes cayeron de rodillas á los piés del lecho, continuando de una manera fatal con las diestras enlazadas.

—Si, si, continuó la moribunda: Dios me inspira: sereis mas que hermanos hijos mios... sí, pronto ó tarde á pesar de todos los obstáculos que se crucen ante vosotros, sereis esposos.

—¡Esposos! exclamaron con asombro los dos jóvenes.

Y por una fatalidad creciente, sus manos continuaron enlazadas y se estrecharon con fuerza.

La moribunda puso sus diáfanas manos sobre sus cabezas, y los bendijo.

En aquel momento Yaye se levantó, asombrado de lo que pasaba por él: aquella era una complicacion mas en su vida.

Al levantarse, vió que dos monfíes estaban en la cámara.

¿Habia enviado Dios á aquellos hombres para que sirviesen de testigos á aquella especie de casamiento hecho por las manos de una madre moribunda, manos que parecian consagradas por lo solemne de la situacion y por el sufrimiento, casi por el martirio?

Yaye procuró lanzar de sí aquella pesadilla, poniéndose en contacto con la vida real.

Y separándose de Estrella y del lecho, se dirigió á los monfíes.

—Seguidme, les dijo, y desapareció con ellos por la gran puerta de entrada.

—¡Oh! ¿qué habeis hecho? ¿qué habeis hecho, madre mia, exclamó Estrella?

—Obedecer á una inspiracion de Dios, contestó la moribunda: ese jóven será tu esposo, Estrella... ese jóven será el padre de tus hijos... debes consagrarte á él, hija mia...

—Pero si él me desdeñara...

—¿No crees que Dios baje á iluminar los ojos de los moribundos que han sido mártires? dijo la enferma.

—¡Oh madre mia! ¡si os engañárais!... ¡si os engañárais, yo seria muy desgraciada, porque!...

—¿Por qué?

—Porque le amo desde el dia en que le ví en el meson de las Alpujarras.

—Y Dios te ha enviado el hombre que amabas, y á quien no esperabas volver á ver, en el momento en que vas á quedar sola en el mundo... Dios te ha enviado en él un protector... ámale, hija mia, ámale, con toda tu alma; vive solo para él, y, sobre todo, procura apartarle del error; que el amor le convierta al cristianismo, como mi amor convirtió al cristianismo á tu padre, que tambien era rey de un pueblo de infieles: él ha salvado tu cuerpo de la esclavitud; salva tú su alma...

—¡Oh, madre mia!

—Y escucha; si mi padre el duque de la Jarilla te reconoce; si, por un acaso, que bien pudiera acontecer, mi padre no tiene hijos varones; si tú eres la heredera de su nombre y de su grandeza, no reniegues de ese jóven, Estrella mia: recuerda siempre que á él ha debido tu madre una muerte tranquila, la seguridad de que no quedas abandonada, y los auxilios de la religion. Ahora ve, y con la llave que te he dado, abre un cofrecillo que encontrarás en el cajon de aquella mesa. En él está el relato de mis desventuras, que he escrito mientras tú dormias; en estos últimos tiempos; relato que no es otra cosa que la revelacion que te hice antes de que apareciese ese jóven. Hay tambien con ese manuscrito una declaracion de tu padre y su conversion al cristianismo; ademas, tienes mi retrato del tiempo en que yo tenia tu edad; nadie, viendo ese retrato, y conociéndote, puede negar que eres mi hija; ve, recoge esos papeles, guárdalos y déjame que me prepare entre tanto, para recibir al sacerdote del Señor.

Estrella fué á la mesa, abrió su cajon, y buscó en él el cofrecillo y los papeles.

Entre tanto Yaye habia recorrido la casa con los dos monfíes.

Era extensa y rica: estaba perfectamente alhajada en las habitaciones superiores, y se comprendia que quien la habitaba, estaba acostumbrado á vivir con lujo y con grandeza.

Yaye no encontró en ella mas seres vivientes que las dos domésticas de que le habia hablado el soldado prisionero, y á las que encerró en un aposento retirado, y un caballo perteneciente, sin duda, al criado del capitan.

Yaye franqueó la puerta principal de la casa, y lanzó un silbido.

Inmediatamente los seis monfíes que estaban extendidos en la calle de San Gregorio el alto, se agruparon á la puerta.

—¿Habeis visto pasar, les dijo Yaye, al walí Harum?

—Sí, poderoso señor, contestó uno de los monfíes; ha pasado en direccion á San Gregorio.

—Pues bien; esperadle uno en la avenida, y cuando llegue con el viático, decidle que llame por esta puerta.

—Muy bien, poderoso señor.

—Ademas, id por una litera, y tenedla preparada: dos de vosotros entrad; dejad las capas, los sombreros y las armas, como si solo fueseis criados; encended las linternas del zaguan y de las escaleras, y esperad á que llame el walí Harum; los otros á sus puestos.

Yaye se volvió para adentro con los dos monfíes que hasta allí le habian acompañado, y por otra comunicacion, que habia descubierto al registrar la casa, con la cámara del capitan, abrió la puerta secreta y envió aquellos dos monfíes á su apostadero de la mina; luego, se encaminó á la cámara á que correspondia el dormitorio de la moribunda, y miró por la puerta entreabierta.

Estrella estaba inclinada sobre el lecho de su madre y sin duda lloraba.

En la casa, de que por tan completo se habia apoderado Yaye, dominaba un profundo silencio.

Yaye se retiró de la abertura de la puerta y se puso á pasear, profundamente pensativo, á lo largo de la cámara.

Lo que le acontecia era verdaderamente extraordinario.

Su corazon y su cabeza empezaban á no entenderse; sus ideas á embrollarse; recordaba á doña Isabel casada, viuda y vírgen, y esto hablaba á sus deseos; pero seguidamente recordaba á doña Elvira como un sueño de voluptuosidad, como una creacion fantástica, como una mujer divina, á quien habia pertenecido, en cuyos brazos habia apurado inefables delicias, sin recordar su pasado, sin sentir mas que el presente, cuando aun duraba la perturbacion de sus facultades á influjo de la dolencia; despues, y quemándole el corazon como un hierro candente, venia el recuerdo de la princesa mejicana, á quien habia visto por la primera vez de una manera casual, á quien de tan extraño modo, y por tan imprevisto camino habia encontrado de nuevo necesitada de su amparo, al lado de su madre moribunda... luego el poder misterioso, que, ya fuese por la situacion, ya por otra causa distinta, habian ejercido sobre él aquellas dos mujeres; la prediccion de la moribunda, el enlazamiento de sus manos, y aquella bendicion solemne; aquella especie de esponsales en las cuales ninguno de los dos jóvenes se habia obligado por una palabra; pero que estaba casi como aceptada, como consumada por aquel nervioso é involuntario estrechamiento de sus manos, en el acto de recibir la bendicion materna.

Yaye, pues, tenia razon para no saber qué hacer ni qué pensar: habia abandonado por fanatismo á Isabel, habia sido cruel con ella, habia dejado que se llevase á efecto su casamiento con Miguel Lopez. Por resultado de aquel casamiento habia caido él mismo, como herido por un rayo, y habia sido asesinado Miguel Lopez (porque Yaye no sabia otra cosa); entregado á una mujer que le amaba, á doña Elvira, habia llegado de una manera fatal hasta el adulterio, y por último, al verse libre por un acaso, habia caido en poder de otra mujer, con la cual podia decirse, ó al menos la exagerada sensibilidad de conciencia de Yaye se lo hacia creer, estaba moralmente casado; su padre lloraba desolado su pérdida; Abd—el—Gewar, su ayo, estaba igualmente aterrado por la ignorancia de su destino, y por último, influia en él su alta posicion de emir de un pueblo, aunque reducido, enérgico, indomable, valiente, sobre el cual estaban fijas las recelosas miradas del rey de España y de sus lugartenientes en Granada.

A pesar de esto, la virtud culminante de Yaye, la caridad, le retenia allí, en aquella cámara, como protector de dos mujeres tan desgraciadas como aquellas.

La imaginacion, pues, de Yaye, era un caos; una máquina de pensamientos contrarios, que fatigaban su cerebro y le lastimaban; pensamientos embrollados, de cuyo laberinto queria en vano salir; problemas difíciles, cuya resolucion se afanaba en vano por alcanzar; dificultades, contra las cuales gastaba en vano toda su actividad.

Abrióse la puerta de entrada de la cámara, y un monfí con todas las trazas de lacayo, dijo:

—Poderoso señor: el walí Harum y dos sacerdotes cristianos con los suyos me siguen.

—Adelante, adelante, dijo Yaye, despojándose de su gorra, á punto que se oyó la campanilla del viático y se inundó de luces la antecámara.

La puerta se abrió de par en par.

Un sacerdote revestido entró, llevando el copon en las manos; á su lado iba un monago, agitando una campanilla; tras este sacerdote venia otro, que llevaba entre sus manos el santo óleo, y luego un sacristan con una linterna.

El sacerdote que conducía el viático entró en el dormitorio.

Poco despues Estrella salió llorando, y se quedó de pié, en silencio, al lado de una mesa, junto á la cual, silencioso é impresionado, estaba Yaye; el sacerdote que llevaba consigo la extremauncion, quedó en la cámara con el sacristan y los acompañantes del viático.

Durante algun tiempo nada se oyó en el dormitorio; sin duda la moribunda estaba confesando; pero un cuarto de hora despues, se oyó dentro la campanilla. Estrella cayó de rodillas con las manos cruzadas sobre el pecho; los asistentes se arrodillaron á su vez, y Yaye se arrodilló lentamente, y, aunque musulman, rogó á Dios por la salvacion de la moribunda; los dos monfíes que habian quedado á la puerta, se arrodillaron tambien, imitando á su señor.

Y cuando todos estaban arrodillados, cuando todos oraban, cesó de repente la campanilla, se abrió la puerta, y el monago que habia penetrado con el sacerdote, dijo con su voz atiplada de niño de coro, y con la frialdad de quien está acostumbrado á tales situaciones:

—¡Señor licenciado Dávalos! ¡acudid, acudid pronto con la extremauncion, que la enferma se muere!

—¡Mi madre! exclamó Estrella, y dió algunos pasos hácia el dormitorio; pero se detuvo, vaciló, y cayó desmayada entre los brazos de Yaye.

Media hora despues, nadie quedaba en la casa del capitan Sedeño, á escepcion de un cadáver de mujer.

Yaye habia dado con sus monfíes un golpe de mano; habia trasladado, desmayada aun, en una litera, á Estrella, á la linda casa que le habia buscado Harum, y habia mandado retirar los monfíes del subterráneo de la casa del capitan y de la calle de San Gregorio. El criado de Alvaro de Sedeño, y las dos criadas, habian sido conducidos á la casa de Yaye, y encerrados en los sótanos.

Las huellas habian quedado borradas, y nadie hubiera creido que por aquella casa, donde solo quedaba la muerte, habian pasado los monfíes.

Capítulo XIV. En que se sabe por qué habia dejado su casa el capitan estropeado.

Retrocedamos un tanto á la madrugada del dia anterior, en que el capitan Sedeño habia salido de Granada en direccion á las Alpujarras.

Urgente debia ser el motivo que á ellas le llevaba, puesto que aguijaba su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si reventaria ó no.

Antes de llegar al Padul, entró en una venta, pronunció algunas palabras en árabe al oido del ventero, y le entregó el caballo; poco despues el ventero sacó otro caballo enjaezado con los arneses del primero, montó el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo hecho un hombre sano, y tomó de nuevo el camino, con toda la rapidez de que era capaz su nueva cabalgadura.

Cuatro veces mudó de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de la mañana, dejando á un lado la villa de Orgiva, tomó por la misma loma y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar á Yaye y Adb—el—Gewar.

Al llegar al bosque de pinos, lanzó un agudo silbido, y algunos monfíes adelantaron.

Mostróles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el walí que mandaba los monfíes, le hizo desmontar, le vendó los ojos, le prestó su brazo para servirle de guía y de apoyo, y llevando otro de los monfíes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron estrechos y pendientes senderos, bajaron á un profundo barranco, treparon por entre las breñas á una gigantesca cueva, y cuando estuvieron dentro, el walí se llevó una pequeña corneta á los labios y dejó oir un toque particular.

Poco despues se vió moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta de hierro, abierta tambien.

Entraron el walí, el alférez y el monfí que llevaba el caballo, y la puerta volvió á cerrarse.

Allí imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa luz: al pié de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia un monfí armado.

A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monfí que conducia el caballo torció por una de las galerías que á trechos se veian á derecha é izquierda, y el walí y el alferez, continuaron solos la mina adelante.

Al fin de ella llegaron á un ensanchamiento octógono de muros y bóveda árabe de ladrillo agramilado, á cuyo frente se veia una puerta ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos trages musulmanes. El walí que conducia al alférez habló algunas palabras con el walí de la guardia, é inmediatamente aquel abrió con una llave dorada la puerta, dando paso al walí y al capitan Sedeño.

La puerta volvió á cerrarse.

Entonces el walí quitó la venda al capitan.

Se encontraban ya en la parte maravillosa del alcázar subterráneo.

Era una magnífica galería sustentada por arcos calados sobre columnas de alabastro: bellísimas lámparas producian á través de sus velos de gasa una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veíanse de trecho en trecho, é inmóviles como estátuas, esclavos negros, vestidos de púrpura, y era por último, aquella galería, el magnífico ingreso de un alcazar admirable.

Siguieron adelante, atravesando galerías y cámaras, hasta llegar á una, en cuya puerta hizo esperar el walí á Sedeño.

Poco despues salió, y dijo al capitan:

—El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye—ebn—Al—Ahamar, emir de los monfíes de las Alpujarras, te espera.

Alvaro de Sedeño entró en una ostentosa cámara, y se despojó respetuosamente de la gorra.

En aquella cámara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla aunque magestuosamente vestido.

Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta á la cabeza, su caftan negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un patriarca de los antiguos tiempos.

Alvaro de Sedeño adelantó cojeando, y dijo á cierta distancia del anciano:

—Que Dios el Altísimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.

El anciano se detuvo, y miró de una manera profunda y severa á Sedeño.

—¿Qué quieres? le dijo.

—Vengo á verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.

—Siéntate, le dijo el anciano, señalándole un divan.

Sedeño se sentó: Yuzuf se sentó junto á él.

—¿Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el capitan.

—¿Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria á exponer su cabeza por satisfacer sus oidos?

—Puesto que nadie mas que tú puede escucharme, dijo el capitan, escúchame, emir.

Yuzuf tomó una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeño empezó de esta manera:

—Será preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, señor: necesito recordarte cosas que tú pareces haber olvidado.

Frunció el cano entrecejo Yuzuf.

—Nada tiene de extraño, que tú, en medio de los cuidados que te cercan, continuó el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para mis palabras.

—Al asunto, al asunto, Sedeño, dijo Yuzuf con impaciencia; graves pensamientos me ocupan, y solo me he prestado á escucharte, suponiendo que te traia á mí algun empeño de gran interés.

—Vuelvo á reclamar tu indulgencia, señor, y procuraré ser todo lo breve posible.

Hace cuarenta años, cabalmente los de la edad que tengo, que un matrimonio castellano, fue asesinado entre las breñas de las Alpujarras. El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa jóven de las montañas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada, llevaba entre sus brazos un niño. Aquel niño era yo. Los asesinos de mi padre, fueron los monfíes de las Alpujarras.

—Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como tú, que perseguia encarnizadamente á los monfíes, y por el cual muchos de ellos perecieron ahorcados en las plazas públicas.

—Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre...

—Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman á las moriscas, exclamó sombriamente Yuzuf.

—El delito de otro no disculpa el delito propio, contestó con energía Sedeño.

—Y sin embargo, tú eres un hombre cubierto de delitos.

—No importa eso. Yo extermino á mis enemigos cuando puedo, y procuro satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que tú, como todo el que se siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo á mi historia: el puñal de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del padre, ni ante la hermosura y las lágrimas de la madre, y que ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre, emir entonces de los monfíes.

Enviome misteriosamente á la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa, con este papel puesto entre mis ropas.

El alférez sacó una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y amarillento.

«Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ahí te dejamos al hijo del alférez Pedro de Sedeño, el cruel, á quien hemos dado muerte en castigo de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado al inocente, y te entregamos ese niño. Críale con esmero, para lo cual encontrarás todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. ¡Y ay de tí si ese niño no recibe la crianza de un hidalgo!—Los monfíes.»

—Ya ves que si mi padre hizo morir á los tuyos, cumpliendo estrictamente con la justicia, te aceptó por hijo.

—Yo he pagado en tí á tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo cristiano y honrado por el rey.

—Sígue, sígue, y concluye.

—Hace quince años, cuando yo tenia veinte y cinco, fuí acometido un dia en que me entretenia en cazar en la montaña, por un crecido número de monfíes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de mí, me vendaron los ojos, y asiéndome de un brazo, me condujeron á este mismo sitio. Entonces te conocí, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia encargado que velases por mí, y que cuando llegase á cierta edad, me propusieses si queria pertenecer á vuestro bando; yo sabia demasiado que todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que guardaba en mis bolsillos, pertenecian á un protector generoso y desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle; cuando entré en este subterráneo, cuando te ví delante de mí, todo lo que me rodeaba me deslumbró. Tú entonces, me revelaste la parte que yo ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espía entre los cristianos, y en cuanto estuviese á mi alcance y tú me exigieses. Yo era agradecido, á mas de agradecido ambicioso; sabia que mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo no sé si debí rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian teñido sus puñales en la sangre de mis padres; acaso debí preferir una vida oscura á las riquezas y al poder que de repente habias desplegado delante de mis ojos; pero, en fin, bien ó mal hecho, juré servirte y te he servido.

—Yo en cambio te he pagado espléndidamente: te compré una plaza de capitan...

—Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino y costa de Granada: tú tenias tus proyectos y yo te serví tan bien, te avisé tan á tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados cristianos, muertos por los monfíes en las profundas ramblas de las Alpujarras.

—Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeño.

—Es verdad, y no me quejo; pero déjame continuar. Decia, pues, que lo importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron á emplearme en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeño, Hernan Cortés, con un puñado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas allá de los mares. Decíase que en aquel imperio abundaban las perlas y las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una montaña de oro. Tú necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento á Méjico, á aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y las riquezas se encontraban por todas partes. Tú fuiste uno de los innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hácia las Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del mundo viejo. Tenias confianza en mí; te convenia un castellano conocido ya bajo las banderas del rey de España, mucho mejor que uno de tus walíes, para tus proyectos: entonces me compraste una compañía, por mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en las Alpujarras, y para ir á servir con ella en las Indias. Como el dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de las Alpujarras la gente: tú mismo escogiste entre los mas feroces, los mas valientes de tus monfíes, cien demonios que debian llevar la desolacion á Méjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce años que me embarqué con mi gente ó por mejor decir, con la tuya: en tres años que permanecí en Méjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron para las fatigas de la guerra, uno tras otro monfí, tornó á España trayendo para tí un tesoro.

—Es verdad.

—Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compañía del capitan Sedeño: desdichada la tribu del desierto que se oponia á su paso. Las cabañas eran incendiadas, los hombres pasados á cuchillo, las mujeres cautivadas, y si á algun cacique se concedia la vida, solo era á trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares, llegaban á España, y venian á sepultarse en tu subterraneo de las Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me debes mucho, y que tengo derecho á que me protejas.

—Y bien, ¿cuando te he negado mi proteccion?

—Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va á ser difícil obtenerla.

—Pide.

—Antes de llegar á mi peticion, es necesario que prosiga mi historia. Hace diez años, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del desierto mejicano, uno de los señores mas nobles, ricos y poderosos de España; se llamaba don Juan de Cárdenas, y era grande de España, bajo el titulo de duque de la Jarilla. Travé conocimiento con él, por razon de hallarme con mi compañía sobre la frontera, y muy pronto nuestro conocimiento se trocó en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente á su mesa, y era recibido por él en lo mas reservado, y allí donde no entraban otras personas que su servidumbre.

En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro, pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnífico marco, estaba cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llamó extraordinariamente mi atencion desde el momento en que reparé en ella; al fin un dia, sin meditar si era ó no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunté al duque la razon por la cual estaba tan lúgubremente velado aquel cuadro.

Los ojos del duque se llenaron de lágrimas.

—Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que me devora.

Y levantándose, descorrió el tapiz y me dejó ver el retrato de una dama como de diez y seis años, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme.

—Esa, era, me dijo, doña Inés, mi hija única.

—¡Ha muerto! exclamé con sentimiento; porque me habia interesado sobremanera aquel retrato.

—Si, debe de haber muerto, me contestó. Me la arrebataron los idólatras en una sorpresa hace doce años; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habrá preferido la muerte á la deshonra.

El duque volvió á correr el tapiz, se enjugó las lágrimas, y yo me abstuve de hablar mas sobre aquel asunto.

Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el deseo que me habia inspirado doña Inés de Cárdenas, como la ambicion de llegar á ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me impulsó á una empresa difícil, arriesgada, en la cual se podian contar cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia en penetrar en aquellos desiertos erizados de montañas; en aquellas interminables sábanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura, que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabías, que cubren con su sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad á su rey, al terrible Calpuc, y si vivia doña Isabel arrebatársela. Este era un proyecto que por su grandeza halagaba á mi orgullo, y para el cual solo contaba con el indomable valor de los cien monfíes que formaban mi compañía de arcabuceros.

Una mañana al amanecer, sin avisar á nadie, sin pedir licencia al Adelantado, sin decir á mi gente adonde la conducia, pasé con ella la frontera y me interné en el desierto.

Cruzábanse cada dia á mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos acometian, y cada combate empeñado era para nosotros un triunfo fácil, al que nos llevaban, la codicia á mis soldados, á mí mi ambicioso empeño: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaña, ya en centro de una pradera, ya en las entrañas de las selvas, eran arrasadas é incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los esclavos á quienes dejábamos la vida para que condujesen las riquezas que arrebatábamos á los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con el peso del oro y de las piedras preciosas.

Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino de fuego; de en medio de aquel círculo inflamado, salian con la rabia de la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios: nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrábamos sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, ébrios de riquezas y de sangre. Habíamos atravesado ya inmensas praderas, profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de atravesar una barrera de montañas, en una extensa comarca extremadamente fértil y deleitosa; al bajar por las montañas habiamos visto inmensas poblaciones, en medio de las fértiles vegas, y acá y allá antiguos monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de años que estaba poblada.

Aquella era una provincia no descubierta aun por los españoles, porque nadie se habia atrevido á penetrar donde nosotros habiamos penetrado.

En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su verdor, sus corrientes y sus árboles, descubrimos un objeto que nos hizo arrojar un grito de insensata alegría; era un montaña que relucia á los rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa montaña de oro, que habia llevado á tantos ambiciosos á la Nueva España.

Ya no hubo medio de contener el paso de los monfíes; precipitáronse por las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas á sangre y fuego, y en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montañas, habia reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto obligado á retirarse con enormes pérdidas hácia la montaña dorada, que venia á ser para los monfíes una enseña enloquecedora que triplicaba su valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazañas increíbles por lo maravillosas.

Ni uno solo de los míos habia muerto: acobardados los mejicanos por la pujanza española, nos cedian siempre el campo á las primeras descargas de mosquetería, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vió obligado á encerrarse en la poblacion que le servia de córte.

Era esta pequeña, pero de buena apariencia; defendíala una pared de piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia únicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya cúspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos en palos una horrible fila de cráneos humanos. Mas allá, al poniente de la ciudad, como á unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaña dorada, y á lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste.

Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc: franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los monfíes, cuyo único afan era llegar cuanto antes á la montaña de oro.

Un año habíamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las fronteras del desierto; un año durante el cual, todos los dias nos habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habíamos visto obligados á dejar atrás numeras riquezas por falta de brazos que las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaña de oro, yo la ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doña Inés de Cárdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla, á quien no habia podido olvidar desde que vi su retrato.

Aquella mujer á pesar de que no la conocia, sino por medio de una pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento su mano. Era de presumir que salvándola yo de los idólatras, su padre no se negaria á dármela por esposa, y que el duque no tendria hijos á causa del estado de su salud, gastada en una vida de contínuas disipaciones: podia, pues, llegar á ser, por medio de doña Inés, uno de los grandes mas grandes de España, á cuya grandeza debian prestar un brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las Indias á España.

Urgíame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de ella y buscar á doña Inés: un presentimiento tenaz me decia que estaba allí, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos mujeres vestidas de blanco, á quienes acompañaba un solo hombre, y que parecian mirar con interés al campo que habíamos levantado delante de la ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doña Inés.

En vano pretendí llevar á mis soldados contra la ciudad: la vista cercana de la montaña dorada les fascinaba: al fin un dia se me presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de ellos, dejando á uno de mis costados á la ciudad, hácia el codiciado tesoro.

Pero á medida que nos acercábamos á la montaña esta cambiaba sino de forma, de color: empezábamos á ver el color natural de la tierra entre la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarísima, la montaña cambió de aspecto: entonces parecia de plata.

Los monfíes empezaron á desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia ya á qué atenerme: aquella montaña que á larga distancia parecia de oro, herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna, no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes.

Sin embargo los monfíes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando tuvieron en sus manos aquellas piedras engañadoras, se convencieron de que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios.

Volviéronse, pues, los deseos de todos á la ciudad de Calpuc: en ella, como he dicho antes, se habian refugiado, llevando cuanto poseian, todos los habitantes de la comarca: debiamos, pues, esperar un botin riquísimo, y nos encaminamos decididamente á la poblacion.

Pero antes de llegar á ella, nos salió al encuentro una embajada del senado: aterrados con nuestros contínuos triunfos, los indios preferian un avenimiento. Esto convenia perfectamente á mis proyectos, porque en paz mejor que en guerra, podria esperar el descubrimiento de doña Inés. Exigí como primera condicion, y segun costumbre, porque la religion era el antifaz con que encubrian su codicia los españoles, que el templo idólatra se convirtiese en templo cristiano; que en vez del monstruoso simulacro de oro macizo que adoraban los indios, se colocase sobre un altar un crucifijo de madera; que se sepultasen los cráneos humanos que servian de trofeo al templo, y que, para evitar que aquel culto abominable se reprodujese, me entregasen el ídolo, y las alhajas del culto.

Con asombro mio los embajadores, en vez de negarse, asintieron á mi propuesta en nombre de su rey Calpuc, y del mismo modo consintieron en entregarme un fuerte tributo por cada uno de los habitantes de la ciudad; exigí, ademas, para mi seguridad y la de mi gente, que el rey viniese entre nosotros y entrase á mi lado en la ciudad, y que se entregasen á mis soldados el templo y las habitaciones de los sacerdotes.

Convínose la entrada en la ciudad para el dia siguiente, y en él, á la hora convenida, se me presentó Calpuc, el terrible rey del desierto, con algunos de sus magnates, y á pié, en contraposicion de los caciques que hasta entonces habia conocido, y que se hacían conducir en andas cubiertas de oro, sobre los hombros de sus esclavos.

Maravillóme tambien que Calpuc llevase un trage puramente castellano, un birrete de brocado bordado con piedras preciosas, y únicamente, como distintivo de su dignidad, un manto de una tela fabricada con plumas. Los demás de su acompañamiento llevaban tambien algunas prendas castellanas: quién una gorra, quién un jubon ó unos gregüescos, ó simplemente unas botas. Esto me demostró que se me temia y se me adulaba, y me confirmó en esta idea, las inequívocas muestras de distincion que desde el primer momento me dispensó Calpuc; dióme la mano, á usanza de Castilla, y, lo que mas me maravilló, me significó en buen castellano, aunque con un tanto de acento extranjero, lo dispuesto que estaba á mantener conmigo una amistad duradera, siempre que yo me prestase á razonables condiciones.

Despues nos encaminamos juntos á la ciudad, yendo Calpuc á mi derecha y entre las filas de mis arcabuceros, y detrás los pocos caciques que le habian acompañado, la mayor parte de los cuales mostraban en sus semblantes el temor y la desconfianza.

Durante el corto trecho que anduvimos hasta llegar á la ciudad, el rey me dijo que se habian cumplido mis deseos respecto al templo, y que las habitaciones de los sacerdotes situadas á su alrededor, estaban ya dispuestas para aposentar á mis soldados.

En efecto, se veia desde el campo que los cráneos humanos, que el dia anterior coronaban la parte mas alta del templo, habian desaparecido, y en su lugar ví en cien astas de madera, banderolas de todos colores en señal de agasajo y alegría.

Era necesario desconfiar de este aspecto y de esta docilidad, atendido el respeto y la adoracion que los indios profesan á sus ídolos: era necesario estar preparados para rechazar una asechanza, y mis alféreces y sargentos, prevenidos por mí, habian hecho que los monfíes llevasen los arcabuces preparados y las mechas encendidas.

Cuando llegamos á una de las entradas de la ciudad, en la cual, para evitar yo el peligro de marchar á la desfilada por los estrechos callejones de todas las entradas de las poblaciones indias, habia pedido que se abriese una brecha, lo que se habia efectuado; al entrar por aquella brecha, nos salieron al encuentro una multitud de músicos á manera, de juglares, con tambores, que batian á compás, y gran número de hermosas bailarinas que nos precedieron tocando y danzando hasta el templo, en el cual penetramos por una alta gradería.

Al penetrar en el interior ví con asombro, que sobre el pedestal en que sin duda habia estado el ídolo, se alzaba un magnífico crucifijo de talla, y que nos salian al encuentro tres ancianos revestidos, ni mas ni menos que como los sacerdotes católicos y con los mismos ornamentos.

Calpuc me indicó entonces el altar y me dijo:

—He ahí el Redentor del mundo, inclinad vuestra cabeza, capitan, y adoradle, puesto que os ha permitido llegar sano y salvo hasta estas apartadas regiones en medio de tantos peligros.

El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aumentó mi admiracion: prosternéme ante el altar, prosternáronse mis soldados, y únicamente el rey y sus magnates quedaron de pié, aunque en una actitud respetuosa, á un lado del templo.

Inmediatamente se celebró una misa; despues de ella el mas anciano de los sacerdotes, me dirigió una corta plática en que enaltecia el valor y la fe que me habian llevado á aquellas remotas regiones, para extender en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error á aquellos infelices idólatras.

Despues de esto, mi compañia se aposentó en las habitaciones que estaban alrededor del templo, desde las cuales dominaban á la poblacion, y Calpuc me llevó consigo á su casa, á cuya puerta despidió á sus magnates y en la que penetró solo conmigo.

Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran de cedro, y todo allí, con arreglo á las costumbres de los indios, era régio y maravilloso.

Calpuc me condujo por sí mismo, á través de muchos patios y habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba.

—Vais á entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa. Todo esto os parecerá extraño y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca de cuanto vais á ver y á oir.

Prometíselo, y entonces Calpuc oprimió un resorte oculto y nos encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de España: atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abrió una puerta, y me introdujo en una capilla ú oratorio á cuyo frente habia un altar y otro á cada costado.

En el del centro no habia imágen alguna, en el de la derecha se veia una imágen de talla de la Vírgen de los Dolores, y en el de la izquierda otra de San Juan Evangelista; á los piés del altar de la Vírgen habia arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi presencia y se dirigieron á una puerta situada á la izquierda del altar del centro.

—Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigiéndose á ellas: este caballero es mi amigo.

Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hácia nosotros, saludándome, una de ellas, con suma cortesanía. Necesité hacer un poderoso esfuerzo sobre mí mismo, para contener mi conmocion. La dama que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho años, maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla; era, en fin, doña Inés de Cárdenas, su hija.

La que la acompañaba y me habia parecido mujer por su estatura, era una niña como de nueve años, maravillosamente hermosa tambien; pero en cuyo semblante se veia el color dorado de la raza mejicana, los negrísimos ojos que son tan comunes entre las indias, y el cabello profuso, rizado y brillante, que tanto encanto presta á su hermosura. Doña Isabel me miraba con curiosidad, y su hija, que indudablemente lo era, puesto que habia heredado sus mismas formas, su misma hermosura, me miraba con un temor instintivo.

—¿Venís de España, caballero? me dijo doña Inés en excelente castellano.

—Hace un año señora, la contesté con la mayor naturalidad, que he atravesado la frontera del desierto por órden de su adelantado don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla.

Noté que doña Inés se ponia sumamente pálida, y que Calpuc plegaba levemente el entrecejo.

—Este caballero es nuestro huesped, dijo Calpuc á doña Inés, que me saludó de nuevo, me hizo algunos cumplidos y se retiró llevando la niña de la mano.

Quedamos solos Calpuc y yo.

—Necesitamos hablar á solas, me dijo, y comprendernos; tened la bondad de seguirme caballero.

Y por otra puerta, situada á la derecha del altar, me llevó, atravesando algunas habitaciones, á otra donde se encerró conmigo.

Noté que la disposicion de Calpuc hácia mí habia cambiado.

—Sentaos, me dijo, y cubrios capitan: estais enteramente en vuestra casa: quiero que me trateis con franqueza y que me respondais lisa y llanamente á lo que voy á preguntaros. ¿Cuánto tiempo hace que habeis atravesado la frontera?

—Un año poco mas ó menos, le contesté.

—¿Y decís que el adelantado de la frontera os ha mandado penetrar en el desierto donde nadie hasta vos se ha atrevido á entrar?

—Sí, señor, le contesté.

—¿Y cuáles eran las instrucciones que traiais? repuso mirándome fijamente.

—Las de reducir á la obediencia á los rebeldes que habian negado el vasallaje á S. M. el gran emperador nuestro amo.

—Estais en un error, capitan, y lo estaba el adelantado al llamar rebeldes á los moradores del desierto: esto no es exacto: los hombres que han preferido huir de las poblaciones conquistadas, para internarse en estas soledades, para venir á buscar estas otras poblaciones, desconocidas aun para los castellanos, no son rebeldes, porque ellos no han reconocido otros señores que los que á falta de Motezuma han defendido la libertad y la honra de los mejicanos: todo consiste en que en Méjico les queda aun mucho que conquistar á los españoles, en que en sus interminables soledades, en sus gigantescos bosques, en sus inmensas florestas, viven y vivirán siempre hombres, que prefieren la fatiga y la guerra á la paz de la servidumbre bajo la tiranía del conquistador. No nos llameis rebeldes, capitan; la rebeldía es un crímen de que no me siento capaz; si alguna vez Calpuc jura fidelidad al emperador don Carlos, será su mas fiel vasallo.

—En buen hora, contesté, que no seais rebelde; pero el emperador, mi amo, es bastante fuerte para conquistaros y os conquista: ya podeis juzgar: cien hombres solos han sido bastantes para penetrar hasta el interior del desierto y dictaros condiciones.

Yo habia aventurado mis últimas palabras para probar el temple de alma de Calpuc, y noté que las habia escuchado con un altivo desprecio: en vez de irritarle yo, el me habia irritado á mí.

—Lo que demuestra, dijo el anciano Yuzuf, interrumpiendo al capitan, que el rey de aquellas gentes valia infinitamente mas que tú.

—Líbrete Dios, emir, dijo profundamente el capitan, de verte frente á frente de Calpuc. Ese hombre tiene alma de demonio.

—No, yo creo que ese hombre tiene un alma valiente, que resiste con una fuerza prodigiosa á la adversidad; pero continúa, porque aunque he oido contar esa misma historia á Calpuc, quiero oir á entrambas partes; él te acusa de asesino y de bandido, y si yo no te protegiera...

Hizo un gesto de profundo desden Sedeño y exclamó:

—Calpuc vive porque le proteges tú, emir; pero continuemos, que tiempo tendrémos sobrado para llegar á ese asunto.

El aspecto de frialdad con que Calpuc habia contestado á mi arrogancia, arrogancia á que me daban derecho cien victorias conseguidas contra aquellos bárbaros, sin perder un solo hombre, me contrarió.

—Habeis llegado hasta aquí, capitan, me dijo, porque Dios lo ha querido; porque Dios castiga en nosotros los pecados de nuestros padres y su ciega idolatría; Dios os ha enviado, no como la luz que alumbra, sino como la espada que hiere: sois un azote al que ha prestado Dios la fuerza de su brazo, y triunfais; porque es necesario, porque es preciso que triunfeis: en una palabra, sois los verdugos de la justicia de Dios.

—Y sin duda para desarmar la cólera de Dios, le dije con intencion, os habeis convertido al cristianismo.

—Me he convertido al cristianismo porque Dios ha querido que me convierta, me contestó con la gravedad peculiar á los indios.

—¿Y por qué, si sois cristiano, resistis á las armas del emperador?

—¡Qué! ¿acaso vuestro emperador ha nacido para esclavizar al mundo entero? contestó con desden Calpuc.

—El gran emperador y rey don Carlos V es el monarca mas grande de la tierra.

—Su grandeza es un crímen continuado, contestó Calpuc; pero dejemos vanas disputas. ¿A qué habeis venido aquí?

—Ya os lo he dicho: á conquistar tierras á mi amo el emperador, y á extender la fe de Jesucristo.

—Por ahí debiais haber empezado; pero la fe de Jesucristo no se extiende por medio del incendio, de la matanza, de la impureza, del robo y de todo género de delitos: el que quiera extender la fe de Jesucristo debe de ser un apóstol y encadenar las almas por el ejemplo de su virtud y por la sabiduría de su palabra. Y si Dios os ha traido hasta estas remotas tierras, no ha sido por la gloria de su nombre; vosotros sois indignos de enaltecerla; os ha enviado como un castigo, y vosotros no peleais con el valor del leon, excitados por la fe, sino por la sed de oro; habeis llegado hasta aquí atraidos por la fama de la montaña dorada, y os habeis encontrado con una roca de cristal. Si vuestros soldados hubieran sabido esto, no hubieran sido tan audaces. Para encontrar botin en abundancia, no es necesario penetrar en el desierto; si en vez de estar la montaña dorada despues de esta ciudad, hubiese estado mas allá, no hubiéreis pasado adelante. Sea como quiera, ¿cuanto oro será necesario para que nos dejeis en paz?

—Todo el oro que teneis, todas las riquezas que atesorais pertenecen á mi amo el emperador, le contesté.

—En buen hora, dijo Calpuc; vuestro será el oro del templo; vuestras las riquezas que encierran las casas de la ciudad; pero no serán vuestros los tesoros ocultos por nosotros en las entrañas de la tierra; tesoros, en comparacion de los cuales, nada es cuanto habeis robado ó podeis robar, porque nosotros sabemos donde estan las minas de oro y los bancos de perlas y las rocas que encierran el diamante. Si vuestro objeto no es otro que el de acumular riquezas, hablad; poned precio á nuestra libertad, recibidlo y partid.

—Escuchad, le dije: hay un medio de conciliarlo todo: al entrar he visto una niña.

Púsose sumamente pálido Calpuc.

—Esa niña es mi hija, me contestó.

—Pues bien, dadme vuestra hija por esposa, y me quedo entre vosotros; os ayudo con mis invencibles soldados; fundamos un poderoso imperio al que no se atreveran á llegar los españoles y...

—¿Son esas vuestras últimas condiciones? dijo interrumpiéndome Calpuc.

—Decididamente.

—Pues bien, pensaré en ello. Entre tanto descansad; esta es vuestra habitacion; no extrañeis si no me veis en algun tiempo, porque acaso me lo impediran graves ocupaciones. Adios.

Y sin esperar mi contestacion se perdió tras un tapiz.

Para mí todo lo que habia visto y me habia maravillado, el trage castellano de Calpuc, la pureza con que hablaba el castellano, la existencia de tres sacerdotes católicos en un país de idólatras, estaba explicado desde el momento en que encontré en el palacio del rey del desierto á la hija del duque.

Ella sin duda le habia convertido, ella le habia enseñado el habla castellana; su apóstol y su maestro habia sido el amor.

Y nada tenia esto de extraño: doña Inés era una mujer bastante por sus encantos, por el poder de un no sé qué misterioso que se revelaba en ella, para convertir y enamorar á un dervís. Yo mismo comprendí que si doña Inés se empeñaba, á pesar de mis hábitos de bandido y de libertino, me convertiria.

Yo habia ido por ella sola al interior del desierto, porque nunca habia creido en la existencia de la montaña de oro, y porque, como decia muy bien Calpuc, para obtener grandes riquezas por medio del saqueo, no era necesario alejarse tanto de la frontera.

Yo habia buscado al terrible Calpuc con un puñado de valientes, porque tenia indicios de que si doña Inés vivia, debia estar en su poder.

La habia encontrado de una manera maravillosa; pero si bien la ambicion me habia impulsado hacia ella, el amor y un amor violento habia sustituido en mi alma el lugar de los pensamientos ambiciosos desde que la ví.

Mi demanda para esposa de la hija de Calpuc solo habia sido un pretexto para acercarme á doña Inés.

Sin embargo, una inquietud mortal me devoraba; habia cometido indudablemente una imprudencia en pronunciar ante Calpuc el nombre del duque de la Jarilla; Calpuc se habia mostrado receloso conmigo y era de temer que ocultase de tal modo á doña Inés que no pudiese dar con ella.

Sirviéronme de comer al uso de los naturales, en la habitacion que Calpuc me tenia designada, y despues de comer se me presentó un indio que hablaba medianamente el castellano, y me participó que su señor le enviaba, para que, si yo queria, me sirviese de guia y de intérprete en la ciudad.

Aproveché sus servicios, salí del palacio por un postigo que estaba muy cerca de mi habitacion, visité los alojamientos de mi tropa, á la que encontré dispuesta á todo, y recorrí despues la ciudad. Notaba que por todas partes se fijaban en mí miradas recelosas, que las mujeres se escondian á mi vista, y que los agoreros predicaban de una manera enérgica, á pesar de mi presencia, en el lenguaje bárbaro de los sacerdotes indios, en medio de una multitud cabizbaja y silenciosa.

Algunos de estos agoreros, señalaban con rabia la cruz que habia aparecido sobre el templo, y por sus gestos, y violentos ademanes, podia comprenderse que excitaban á los indios á la insurreccion.

Cuando ya cerca de la noche me volví al palacio de Calpuc, y entré en mi habitacion por el mismo postigo por donde habia salido, noté que la ciudad habia quedado entregada á una agitacion sorda y amenazadora.

Ya habia indicado yo á mis alféreces donde podrian encontrarme, y aunque mi situacion era aislada y peligrosa, me llenó de alegria la idea de que una acometida por parte de los indios, me autorizaria para obrar sobre la ciudad como sobre pais conquistado.

Inmediatamente que entré me sirvieron la cena.

Despues me dejaron solo.

No pasó mucho tiempo cuando percibí un ruido leve en una de las habitaciones inmediatas. Mi primer pensamiento fue la sospecha de que acaso pensaban sorprenderme y asesinarme, y á todo evento esperé de pie en medio de la cámara.

Poco despues se levantó el tapiz de una puerta y en vez de un asesino entró una niña. Una niña hermosa como un ángel.

La niña se puso sonriendo uno de sus pequeños dedos sobre su pequeñísima boca, y acercándose á mí me dijo con una hechicera confianza:

—Señor español, mi madre, que es española como vos, desea hablaros; pero para ello será necesario que me sigais sin hacer ruido; muy quedito y muy en silencio.

Despojéme de mis espuelas, y como no era de presumir que Calpuc se valiese de su hija para tenderme un lazo, me limité á llevar por única arma mi daga, que aun conservaba en la cintura: si por acaso no la hubiese tenido, hubiese seguido á Estrella, que asi se llamaba la niña, enteramente desarmado; hacer otra cosa hubiera sido demostrar desconfianza ó miedo, y esto ofendia mi orgullo.

Estrella me asió de una mano, me sacó de la cámara, y me llevó á oscuras por un laberinto de corredores y habitaciones. Al fin entramos en un departamento donde se aspiraba un ambiente cargado de perfumes, lo que demostraba que ya estábamos en las habitaciones de doña Inés.

Al fin Estrella levantó un tapiz y entramos en una magnifica cámara, iluminada blandamente por una lámpara, en cuyo fondo, sobre almohadones de pluma, estaba sentada una mujer vestida de blanco.

Era doña Inés.

La media luz que iluminaba la cámara, los brillantes muebles que la alhajaban, el trage blanco de doña Inés, su cabellera negra, magníficamente agrupada en trenzas sobre su cabeza, la ardiente melancolia de su semblante, la ansiedad que se pintaba en su mirada, todo, todo, hacia de aquella mujer una tentacion viviente.

Doña Inés besó á su hija en la boca, la dijo algunas palabras al oido, y la niña, haciendo una señal de inteligencia, atravesó, leve como una pluma, la cámara y se perdió detrás de una puerta.

—Dispensad, caballero, me dijo doña Inés con un acento ávido, opaco y profundamente melancólico; perdonad que os haya molestado, y sentaos. Me habeis dicho que venis de España, que hace un año habeis penetrado en el desierto, y que esto ha sido por órden de don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, adelantado de España en la frontera.

Doña Inés pronunció todas estas palabras con una precipitacion febril.

Esperé un momento á que dominase su conmocion, y la respondí:

—En efecto, señora, el adelantado de la frontera, ha premiado mis largos servicios al emperador, haciéndome la honra de encargarme...

—¿Y qué encargo es ese?...

—Hace diez años los indios sorprendieron al adelantado, y le robaron una hija adorada.

—¿Y el adelantado, no se ha acordado en diez años de buscar á su hija? dijo con cierto sarcasmo doña Inés.

—El adelantado, señora, ha enviado uno y otro capitan; á uno y otro tercio al desierto; todos han perecido.

—¿Y solo vos habeis podido llegar?...

Doña Inés se detuvo.

—Si, si señora, la dije con audacia, yo solo he tenido la fortuna de encontraros.

—¡De encontrarme! ¡pues qué! ¿creeis que yo soy la hija del adelantado? ¿es esa señora la única española que por las vicisitudes de la guerra ha venido á parar á poder de los indios?

—Yo, señora, la contesté, no hubiera aventurado ninguna expresion, sino estuviese seguro de que vos sois doña Inés de Cárdenas.

—¡Que estáis seguro de que yo soy...!

—Si, por cierto, porque os conozco.

—¡Que me conoceis!

—He visto vuestro retrato en casa de vuestro padre.

—Sin duda os engaña la memoria.

—Suele suceder que la memoria engañe; pero jamás engaña el corazon.

Doña Inés afectó no comprender el sentido directo y audaz de mis últimas palabras.

—El corazon se engaña tambien me dijo con la mayor naturalidad; á quinientas leguas de distancia, cuando se han atravesado bosques y desiertos, y se han visto muchas mujeres... es fácil...

—Si, eso es fácil para un indiferente, pero no para un hombre que ama.

Era ya el tiro tan directo que doña Inés no pudo desentenderse y adoptó un aspecto severo.

—Si creeis que yo soy hija del duque de la Jarilla; si habeis comprendido la posicion que ocupo en esta casa, por mas que yo no sea la mujer que creeis, me haceis una grave ofensa.

—Perdonad, pero no conozco bien vuestra posicion.

—¿Y qué posición puede ser la mia, teniendo una hija, sino la de esposa de un hombre que profesa mi misma religion, y que es mas ilustre que yo, puesto que es rey de unos dominios tan extensos como los del emperador don Carlos?

—Dominios que sin embargo se conquistan con cien soldados castellanos.

—Asi lo quiere Dios, y es justo que asi sea, dijo doña Inés. Pero no os mostreis tan orgulloso; hasta ahora solo habeis tropezado con pequeños caciques á los que os ha sido fácil vencer: no habeis encontrado un solo guerrero: todas esas turbas que habeis vencido, son restos de tribus aterradas, desmembradas que han huido á los desiertos, despoblando la parte conquistada por los españoles. Pero ahora os encontrais en la primera ciudad de otro imperio fuerte y poderoso que no se ha aterrado todavía, y que está acostumbrado á vencer á los españoles. ¿No sabeis de boca del mismo adelantado de la opuesta frontera, que á pesar de sus murallas, de sus cañones y de sus soldados castellanos, los idólatras le arrebataron su hija de su mismo palacio?

—¡Oh! ¡al fin confesais!...

—Me remito á lo que vos mismo me habeis referido.

—Pero os repito, doña Inés, que he visto vuestro retrato en la casa de vuestro padre, que no puedo desconoceros, porque causásteis en mí una emocion profunda, y porque, en fin, en nada habeis variado sino en haber acrecido en hermosura.

—¿Habeis hecho una campaña de quinientas leguas por mí, solo por mí? dijo con un acento indefinible doña Inés.

—Vuestro padre...

—Mi padre, porque... si, yo soy esa doña Inés que buscais; mi padre ha tenido ocasion de saber de mí, ya enviando un indio de paz, ya por otros mil medios. No, no: mi padre me ha maldecido sin duda; mi padre ha renegado de su hija.

—Vuestro padre os cree muerta, señora; vuestro retrato está cubierto con un velo negro.

Doña Inés se conmovió, surcaron dos lágrimas sus blancas mejillas, y dijo con acento conmovido:

—Mi padre no podia creer que entre los idólatras hubiese un alma generosa, un gran corazon que me sirviese de amparo. Mi padre supuso y supuso con razon, que yo no podria sobrevivir á la esclavitud y al envilecimiento. Pero mi padre se ha engañado. Para ser completamente feliz, solo me falta respirar el aire de la patria, y vivir entre cristianos.

—¡Ah! ¡sois feliz!

—Cuanto puedo serlo en una tierra extraña habitada por idólatras. Si esto os maravilla, prestadme un tanto de atencion y cesará vuestro asombro.

Mi padre os habrá referido cómo le fuí arrebatada: los indios nos sorprendieron, pasaron á cuchillo á los españoles, y su rey penetró en nuestra casa, y en mi cámara, en el momento en que la mano brutal de un salvaje me habia arrancado de mi reclinatorio, donde pedia á Dios misericordia, y arrastrándome por los cabellos, levantaba sobre mí su hacha.

El valiente Calpuc me arrancó de las manos del terrible guerrero, y para salvarme, me declaró su cautiva.

Todos respetaron á la cautiva del rey.

Despues no recuerdo lo que sucedió; solo que cuando torné en mí, me encontré en un lecho portatil, conducido por cuatro indios, en medio de un ejército innumerable de salvajes, que marchaban por ásperos y horribles desfiladeros.

Durante muchos dias, hicimos pacíficamente el mismo camino que vos, sin duda, habeis hecho, dejando á vuestras espaldas la muerte, la desolacion, y el incendio: al fin llegamos á esta ciudad, y fuí trasladada á este mismo palacio.

Durante el camino, mis ojos habian buscado en vano al jóven guerrero que me habia librado de una muerte horrorosa. Un impulso de gratitud y un sentimiento que no podia explicarme, me hacian pensar en él. Algunos dias despues de haber llegado á este palacio, me atreví á preguntar á las esclavas que me asistian, por el rey de aquella tierra.

Entonces un anciano sacerdote que habia sido cautivado en la misma ocasion en que yo lo habia sido, se me presentó y me dijo que el jóven rey del desierto, Calpuc, habia ido á reprimir la insurreccion de una de las tribus; díjome asimismo, que conmigo, ademas de él, habian sido libertados de la muerte otros dos sacerdotes cristianos y algunos soldados y mujeres castellanas.

—Ignoro la suerte que nos está reservada hija mia, añadió: creo que este rey es humano y generoso; pero en todo caso, antes que faltar á la virtud y á la fe de Jesucristo, es preferible el martirio.

Algunos dias despues, se me presentó el mismo Calpuc.

Era muy jóven, y ya le conoceis, y podeis comprender que posee dotes para hacerse amar. Yo no habia pensado en que podria amarle; este pensamiento me hubiera llenado de terror: mis creencias, mi educacion, mi altivez, todo se oponia en mí á este pensamiento, y sin embargo, ya os he dicho, que el recuerdo de aquel jóven que me habia salvado, me inspiraba un sentimiento misterioso que no podia explicarme, que yo no creia que pudiese ser amor, y que atribuia á gratitud.

Fuése que por hacerse entender de mí, Calpuc hubiese procurado aprender el habla castellana, fuese que conociese algunas de sus palabras por la continua guerra contra los españoles, me hizo entender, aunque á duras penas, en nuestra primera vista, que nada tenia que temer, y que si me habia llevado consigo á sus dominios, solo habia sido por no dejarme expuesta á mil peligros.

Desde entonces todos los dias me hacia una corta visita.

Lentamente el jóven indio fue comprendiendo mejor el castellano; al fin á los seis meses, se hacia entender perfectamente.

Yo tambien habia comprendido lo que mi corazon no habia podido ocultarme, esto es, que amaba al rey del desierto. Le amaba, sí, pero jamás le revelé mi amor, ni con una mirada, ni con una demostracion de alegría á su llegada, llegada que yo ansiaba, para dar en el fondo de mi alma una expansion á mi amor.

Calpuc, por su parte, me trataba con el mayor respeto y con una indiferencia perfectamente afectada; pero ¿qué mujer no conoce si es amada ó no por un hombre á quien ve todos los dias?

Sabia, pues, que le amaba y que era amada; pero estaba resuelta á morir antes que á pertenecer á un idólatra.

Pero nuestra mutua posicion debia ser mas íntima y mas difícil; debia llegar un dia en que viviésemos continuamente juntos, en que comiésemos en un mismo plato, en que hiciésemos una vida comun.

Aun no habian pasado seis meses, desde que habia sido arrebatada á mi padre, cuando un dia se me presentó Calpuc pálido y trémulo.

—Es necesario que seas mi esposa, castellana, me dijo, y que adores á nuestros dioses.

—¡Jamás! le contesté; Jamás seré la esposa de un idólatra, ni me prosternaré ante el ara horrible que se riega con sangre humana.

—Escúchame, Inés, dijo Calpuc, sentándose á mi lado: los agoreros han dicho al pueblo, que una mujer que vive en mi palacio, me envuelve en la tentacion y en la impureza; que esa mujer causará la completa ruina de los restos del imperio mejicano, y que, para aplacar á los dioses, es necesario que esa mujer sea entregada á los sacerdotes y sacrificada ante el altar.

El horror de esta terrible perspectiva me hizo estremecer.

—Y no es esto solo: los agoreros dicen que es necesario para asegurar la suerte del imperio, que sean sacrificados tambien tus hermanos de religion y de patria que han sido cautivados contigo.

—Pero tú eres el rey de esa gente, le dije.

—Mi poder, me contestó Calpuc, nada puede contra el poder de los sacerdotes. No hay otro medio para ti que ser mi esposa, y adorar á nuestros dioses, ni otro medio tampoco de salvar á esos infelices, sino se prosternan ante nuestros altares.

—Pues antes que eso, ellos y yo, preferimos el martirio.

—Escúchame, Inés, me dijo Calpuc con acento profundamente conmovido, y asiéndome una mano, yo te amo.

Era la primera palabra, y la primera mirada de amor que se atrevia á dirigirme Calpuc.

—¿Y por qué me amais, conociendo que yo no habia de sucumbir á vuestros amores? ¿Pretendeis aterrarme para que consienta en ser vuestra esposa?

—No, no; dijo dulcemente Calpuc; yo solo quiero salvarte.

—Pero mi salvacion es imposible.

—¿Y por qué?

—Porque jamás renegaré de mi Dios.

Calpuc observó si podia ser escuchado de alguien, y luego llevándome á un ángulo retirado de la cámara donde nos encontramos, me dijo:

—Yo no quiero que mueras.

Me miró de una manera apasionada durante un momento, y luego continuó.

—Si tú murieras, Calpuc se convertiria en el mas feroz de los hombres.

—Pues bien, sé rey fuerte y poderoso.

—Y dime, ¿qué harian los españoles, si su emperador les mandase ofender al Dios de sus padres, y desobedecer á sus sacerdotes?

—¿Los españoles...? los españoles destituirian, exterminarian al emperador.

—¿Y por qué no habian de hacer lo mismo los mejicanos con un rey que les mandase arrojar por tierra los altares de sus padres?

—Pero los españoles adoran al verdadero Dios, y vosotros adorais á Belial.

—La oracion de mi madre resuena en los oidos de los guerreros de mi nacion, cristiana, como la de tus abuelos resuena en los oidos de los tuyos. No te obligaré yo á que abandones á tu Dios...

—Y me exiges que reniegue de él.

—No, solo te pido que engañes á los hombres.

—¡Cómo!

—Guarda en tu corazon tus dioses; pero arrodillate, para que mis sacerdotes dejen de aborrecerte, arrodillate ante los nuestros.

—¡No, nunca!...

—¿Y la vida de esos desdichados? ¿y mi vida?

Calpuc se arrojó á mis piés.

—Es necesario que te resuelvas, continuó; no se pondrá el sol tras las montañas azules, sin que los sacerdotes me pidan una respuesta. Es necesario que la hermosa vírgen se salve, y escucha: si no me amas no serás mi esposa, sino para los hombres, que se alimentan con lo que ven y con lo que oyen: Calpuc no se acercará á la vírgen de su amor, sino para tenderse á sus piés y guardar su sueño. Calpuc amará á su hermana, pero es necesario que su hermana le llame esposo; es necesario que todos la crean esposa del rey, para que ninguno se atreva á pensar en matarla: ¡ah! si mi hermana muriera, Calpuc se convertiria en un tigre.

Los ojos del jóven salvaje centelleaban, y un amor inmenso se exhalaba por ellos; pero un amor tan respetuoso, tan sublime como ardiente.

Yo, aunque aterrada por la horrorosa suerte que me amenazaba, me sostuve sin vacilar en mi resolucion, y Calpuc desesperado llamó al mas anciano de los tres sacerdotes cristianos.

Este consintió en persuadirme al fingimiento que de mí se exigia, pero con una condicion solemne: exigió á Calpuc que se convirtiera al cristianismo.

—Nuestros dioses se alimentan con sangre humana, dijo profundamente Calpuc; nuestros sacerdotes son unos malvados, que vuelven en su provecho la fe de mis hermanos; muchas veces he pensado en que un dios de muerte y de sangre, no es el dios que ha criado el sol, que es tan beneficioso, ni la luna que es tan bella, ni la tierra que es tan fértil, ni el mar que es tan grande, ni ese abismo tan azul, donde brillan innumerables los luceros. Mi padre que era un sabio y un justo me habia dicho: estos sacrificios humanos nos traerán al fin la maldicion de Dios. Por allí, por donde sale el sol tan resplandeciente, vendrán unos guerreros formidables que nos traerán, sobre mares de fuego y sangre, en castigo en nuestras culpas, otro Dios mas benéfico. Yo escucho todavía la voz de mi padre. Calpuc, ha querido conocer á Dios, y los agoreros no han sabido mostrárselo. ¿Se lo mostrarás, tu, anciano?

El licenciado Vadillo, que así se llamaba el sacerdote, aprovechó la buena disposicion de Calpuc, y me decidió á que, para causar un gran bien, me prestase á unas formas externas, que en nada podian ofender á Dios, puesto que conocia la pureza de nuestras intenciones.

Imponderable fue la alegría de Calpuc cuando supo que yo consentía en cuanto era necesario hacer para que los sacerdotes idólatras renunciasen, ó por mejor decir, no pensasen en sacrificarnos.

Algunos dias despues era yo la esposa de Calpuc.

Esposa para el pueblo; hermana para él.

Lentamente el licenciado Vadillo y yo fuimos labrando la fe cristiana en el alma de Calpuc. Al fin un dia, el dia mas hermoso de mi vida, el licenciado Vadillo bautizó á Calpuc en secreto, y en secreto tambien nos desposó con arreglo al rito de la Iglesia católica.

Entonces no fui ya la hermana, sino la mujer de Calpuc.

Un año despues el cielo habia bendecido nuestra union dándonos á Estrella, á mi hermosa Estrella.

Una capilla, la misma que habeis visto, fabricada por españoles, que habian venido á fuerza de oro, y construida con el mayor recato, habia abierto para nosotros el fecundo manantial de vida de la oracion y de las prácticas religiosas. Habreis reparado que habeis sido introducido por una puerta secreta en esta parte del palacio; que todas las habitaciones estan iluminadas por ventanas abiertas en el techo; que nadie, en fin, puede sorprender lo que aquí suceda: el vulgo cree que estas habitaciones tan cerradas son las de las mujeres del rey, y nadie se atreveria á mirar ni á espiar el interior del sagrado recinto aunque le fuese posible. Mi esposo tiene adormida la suspicacia de los sacerdotes á fuerza de oro, y á fuerza de oro ha conseguido que no haya un solo sacrificio humano, á pretexto de que los sacerdotes dicen al pueblo, que los dioses estan contentos y que no hay necesidad de aplacar su cólera con sangre. Los cráneos humanos que veríais ayer sobre el templo eran antiguos.

—Pues mucho me temo, dije interrumpiendo á doña Inés, que tanta felicidad no sea turbada por vuestra causa.

—¿Por mi causa? dijo doña Inés.

—Si por cierto, porque vos sois la que me habeis traido aquí al frente de mis soldados.

—¿Y qué desgracia nos puede acontecer?

—Nuestros soldados han entrado triunfantes en la ciudad.

—Pero ha sido porque hemos hecho creer á los habitantes que tras vosotros venia un formidable ejército; ha sido porque yo no he querido que se vierta sangre de cristianos; porque deseo, en fin, que haya un acomodamiento entre los conquistadores y los naturales, y á propósito de ello queria hablar con el capitan de la bandera española que se habia presentado delante de nosotros.

—No me ha dicho lo mismo vuestro noble esposo, señora, la repliqué.

—¿Ha hablado con vos mi esposo?

—Si, me ha ofrecido tesoros porque me vuelva con mi gente á la lejana frontera.

—Eso consiste en que habeis cometido la imprudencia de nombrar á mi padre delante de mí.

—Pero en fin, señora, ¿á que habremos de atenernos?

—Es necesario obrar y obrar pronto. Es necesario que marcheis, llevando á mi padre un mensaje que yo os daré para él.

—¡Partir! ¡partir, cuando se han hecho quinientas leguas y se han dado cien batallas por encontraros!

—Vuestra gente está perdida en la ciudad: solo por el temor de verse anonadados, dominados por un formidable ejército, han podido los naturales consentir en que se celebren las ceremonias de otra religion en el templo de sus falsos dioses: si mañana no aparece, como es imposible que aparezca, ese soñado ejército, innumerables idólatras envestirán á vuestras gentes, las sofocarán por su número y las sacrificarán á sus dioses, á fin de aplacarlos por la, para ellos, terrible profanacion que se ha efectuado hoy en el templo; creedme, caballero, creedme; voy á hacer que busquen á mi esposo, á fin de que tratemos acerca de lo que conviene hacer, á propósito de establecer una buena inteligencia entre los españoles y los naturales, y esta misma noche partireis... ó sino partís sereis sacrificado... lo que me pesaria sobre manera.

—Pues os repito, señora, que habeis acudido tarde á no ser que lo que me preponeis sea una discreta industria para alejarme con mi gente.

—Os juro que nada hay en mis palabras doble ni artificioso; sino os alejais sois gente perdida.

—Pues creo que eso lo hemos de ver muy pronto, dije aplicando el oido, porque me pareció haber escuchado un disparo de arcabuz.

En efecto, no me habia engañado; poco despues, y partiendo del templo, retumbaba sobre la ciudad un cerrado fuego de mosqueteria: oíanse distintamente los gritos tumultuosos de los idólatras, y dentro del mismo palacio se dejaba oir una animacion terrible.

Estrella se presentó pálida en la cámara y se arrojó en los brazos de su madre, que se habia levantado y fijaba en mí, que me habia levantado tambien, una mirada fija y terrible.

—¿Qué significa esto, caballero? me preguntó.

—Esto significa que las gentes de la ciudad han acometido á mi gente, que, como es natural, se defiende. Por mi parte os juro que nada sé de esto, y que me pesa; pero lo tenia previsto.

—Pues bien, no saldreis de aquí, caballero, dijo una voz á la puerta.

Aquella voz era la de Calpuc, que se presentaba, no con el traje español con que se habia presentado aquel dia ante nosotros, sino con sus ostentosas vestiduras de rey mejicano, armado con un hacha corta y reluciente.

—¡Ah! ¡me habeis tendido un lazo! exclamé; ¡me habeis asegurado en vuestra casa, creyendo que mis gentes sin su capitan serian mas fácilmente vencidas! Pero os habeis engañado: lo he previsto todo; no tardaran en llegar aquí mis soldados.

—¡Ah! ¡lo habiais previsto todo! dijo sombríamente Calpuc: ¡habeis venido no á extender la religion de Cristo, sino á robarme mi esposa! El duque de la Jarilla os envia, y contábais demasiado fácilmente con el logro de vuestra empresa. Os habeis engañado capitan: habeis venido á morir á mis manos como un traidor.

Y adelantó hácia mí.

Yo desnudé mi daga, única arma de que, por imprevision, estaba provisto: doña Inés se interpuso.

—No, no, exclamó: no vertamos mas sangre que la necesaria para defender nuestros hogares.

—Nuestros hogares estan acometidos é incendiados, exclamó con rabia Calpuc, y este miserable renegado, que blasfema la religion de Cristo, va á morir á mis manos.

Y rechazó con fuerza á su mujer.

Trabóse poco despues una lucha desigual: yo solo tenia mi daga: el rey del desierto era valiente, vigoroso y ágil, y se defendia con las armas de que iba cubierto, de mis golpes. Para defenderme de los suyos me veia obligado á retroceder; oia ya cerca, muy cerca, los gritos y los disparos de arcabuz de mis soldados; un resplandor rojizo se veia al fondo en las habitaciones, por la puerta que habia dejado franca Calpuc: pero yo no podia ganar aquella puerta: las mujeres, asustadas, habian huido por otra; habiamos quedado solos el indio y yo: él estrechándome, yo retrocediendo: al fin me alcanzó un hachazo en el brazo izquierdo, luego otro en el rostro. Caí, la sangre me cegó, el vértigo se apoderó de mí: sentí diferentes golpes de hacha en el cuerpo, y perdí los sentidos.

Calpuc me dejó tal como me ves ahora, con un costuron en el rostro, con una manga sin brazo, y con una pata de palo, á mas de otras heridas profundamente señaladas en el resto de mi cuerpo.

Aquella negra aventura dió ocasion á que me llamasen mis compañeros primero y despues todos los soldados de los tercios en que he servido, el capitan estropeado.

Debes tener tambien en cuenta, que en tu servicio he recibido estas heridas, ó por mejor decir, he perdido el agradable aspecto que antes tenia mi semblante; un brazo y una pierna: no debes olvidar esto, Yuzuf.

—¿Te mandé yo, que penetrases en el interior de los desiertos de Méjico? dijo con desden Yuzuf: si te llevaron á ellos tus vicios, esto es, tu lujuria y tu codicia, tuya, y sola tuya es la culpa: no en mi servicio, síno en el tuyo fuiste estropeado.

—Si, es cierto en alguna parte lo que dices; pero ten en cuenta, Yuzuf, que tú habias apurado los tesoros de tu padre: que la contribucion que te pagaban las Alpujarras, no bastaba para alimentar á tus monfíes, ni para sostener tu decoro de emir: que tú, como el emperador don Carlos, y como los aventureros y golillas españoles, habias pensado en la América, en ese rico tesoro encontrado mas allá de los mares por Cristóval Colon: que para procurarte riquezas fue únicamente para lo que me compraste una compañía, y me diste ciento de los tuyos: que sino hubiera sido por tí, yo no hubiera ido á Méjico, no hubiera conocido al duque de Jarilla, no hubiera visto el retrato de su hija, y no hubiera pasado de la frontera, donde, sin gran peligro y trabajo, se alcanzaban ricas presas. Recuerda, en fin, que en seis años que estuve por allá, llené tus arcas de oro para mucho tiempo.

—Y dime: ¿á quién debes tu salvacion en tu descabellada excursion por el desierto sino á mis monfíes?

—Es cierto; pero eso no quita el que te haya servido fielmente, y el que estés obligado á darme ayuda.

—Si me has servido fielmente, es porque te tenia sujeto: porque á tu lado y como alféreces tuyos, iban hombres que no te hubieran permitido que me hicieses traicion: si hubieras podido, no me hubieras enviado ni un solo marco de oro: nada tengo que agradecerte, eres mi esclavo. Pero continúa, y sepamos á donde vas á parar con tu extraño relato.

—Cuando volví en mí, me encontré dentro de una cabaña en el centro de un bosque; estaba en un lecho de pieles de búfalo, y enteramente solo: era de noche: una lámpara de hierro puesta sobre una piedra, alumbraba la cabaña: junto á mí, tendido en el suelo, y echada la cabeza sobre el lecho, dormia un hombre, y únicamente sus fuertes ronquidos interrumpian el profundo silencio que reinaba.

Yo estaba vendado, dolorido, débil: por el momento, nada percibí mas que en conjunto: despues pasé de la observacion de los objetos exteriores á mí mismo, y me aterré: me faltaban un brazo y una pierna; el conocimiento de esta falta me hizo arrojar un grito de terror; á aquel grito, el hombre que dormia junto á mí despertó; era uno de mis alféreces; uno de tus monfíes.

Esto me tranquilizó un tanto; al menos no estaba en poder de los idólatras: no debia temer el ser sacrificado á sus horribles ídolos. Sin duda estaba en medio de mis gentes, puesto que el alférez se mostraba completamente armado.

—Gracias á Dios, me dijo, que al fin habeis tornado en vos, capitan: tres dias habeis estado como muerto.

—¿Y dónde nos hallamos?

—A muchas leguas de la ciudad de ese perro idólatra, en cuyo palacio os encontramos casi hecho pedazos.

—¿Y qué ha sido de ese hombre?

—Logró escapar de nuestras manos; reunió su gente en número considerable, y nos obligó á retirarnos de la ciudad.

—Pero no nos ha perseguido, puesto que estamos en reposo, y debe estar muy lejos el peligro, porque dormiais profundamente, alférez, cuando yo he vuelto en mí.

—Perdonad, capitan, me dijo, si he podido dormirme; hace tres dias con sus noches que no dormimos: pero eso no quiere decir que no haya peligro: por el contrario, tenemos al otro lindero del bosque el campo de los idólatras, y nuestras postas (centinelas) estan al frente de ellos. Tres dias hemos venido retirándonos, conteniendo una infinita muchedumbre con el fuego de nuestra mosqueteria, sin cesar de andar, llevándoos delante de nosotros en un lecho cubierto. Aquí fue necesario cortaros una pierna y un brazo, y para hacer esta operacion, nos fue forzoso detenernos y sostener un reñido combate: en él hemos perdido diez hombres.

—¿Y las mujeres? dije con ansiedad.

—Las mujeres y la presa la hemos mantenido constantemente en medio de nosotros, y aun no nos hemos visto obligados á perder la menor parte del botin.

—Y entre esas mujeres, ¿vienen por acaso la esposa y la hija del rey Calpuc?

—Sí señor.

—Supongo que esas mujeres se habran respetado.

—Ninguno de vuestros soldados, capitan, se hubiera atrevido á tocar á la presa antes de que vos la hubiéseis repartido.

—¿Y quién me ha curado?

—El médico judio que nos acompaña desde las Alpujarras.

—¿Y qué dice el médico acerca de mi vida?

—Despues de haberos cortado la pierna y el brazo, y de haberos examinado las heridas de la cabeza, nos aseguró que os quedaban muchos años de vida; pero... ¿no ois, capitan?

Habia resonado á lo lejos un disparo de arcabuz, al que siguieron instantáneamente algunas descargas. Poco despues el fuego se extendió á la redonda, se acercó y se estrechó alrededor de la cabaña donde yo me encontraba.

—Los idólatras han acometido el campo, exclamó el alférez, y nunca como ahora nos han cercado: quiera Dios que no nos exterminen esta noche.

—Esperad, le dije: ¿no me habeis dicho que estan entre nosotros la hija y la esposa del rey Calpuc?

—Si, por cierto.

—Hacedlas venir al momento.

El alférez salió, y poco despues entró con la madre y la hija.

Doña Inés venia pálida, grave; pero altiva, con el mismo trage con que la habia visto tres dias antes: á no ser por los pasos que dió en la cabaña al entrar en ella, se la hubiera podido creer una estátua.

Su hija Estrella, inmóvil tambien, abrazada á la cintura de doña Inés, pálida y trémula, fijaba en mí una mirada llena de terror; el alférez estaba detrás de ellas impasible, como sino se tratara de una mujer tan hermosa como doña Inés, y una niña tan semejante á un ángel como Estrella.

—Doña Inés, la dije: las circunstancias en que nos encontramos haran que no extrañeis la resolucion que voy á tomar para salvar á mi gente.

—Comprendo la resolucion que tomareis, me dijo con acento glacial doña Isabel, y bien, estoy resuelta: pereceremos todos.

—¿Y vuestra hija? exclamé con acento profundo.

Noté que doña Inés temblaba, que la niña palidecia aun mas, y que pugnaba en vano por contener sus lágrimas.

—Ved lo que haceis doña Inés, la dije: vuestro padre tiene indisputables derechos á recobraros por el honor de su familia, y prescindiendo de eso, vos teneis un deber sagrado de protejer á vuestra hija. ¿No os causa horror solo el pensar en ver ensangrentada á vuestros piés á esa hermosa criatura?

Estrella lanzó un grito de terror, se asió mas á su madre, y rompió á llorar á gritos.

Doña Inés me llamó infame.

—Y doña Inés tenia mucha razón para llamártelo, dijo Yuzuf.

—Yo no sé si he sido infame, dijo secamente el capitan. Lo que sé es, que por doña Inés hubiera arrostrado la condenacion de mi alma. Déjame continuar, Yuzuf.

—Continúa en buen hora, pero procura abreviar, porque tu cuento se ha hecho ya muy largo, y me aquejan otros cuidados.

—No; es preciso que sepas cuánto he sufrido, cuánto he hecho por el amor de esa mujer, para que comprendas cuánto puedo hacer todavía.

—Sigue, sigue.

—Si doña Inés hubiera sido mi única prisionera, hubiera arrostrado por todo y los indios nos hubieran exterminado; pero doña Inés no se atrevió, no tuvo valor para sacrificar consigo á su hija, y su amor de madre nos salvó. Escribió una carta para su esposo, en que le hacia presente su horrible situacion y la de su hija: deciale, que su padre el duque de la Jarilla me habia enviado para arrancarla de su poder, del mismo modo que él la habia arrebatado de la frontera en otro tiempo; que nada tenia que temer de mí, que todo se reducia á volver al seno de su familia. Doña Inés, en fin, mintió y se valió de su buen ingenio para aterrar á su marido. Uno de nuestros soldados atravesó el fuego, y fue á llevar al rey del desierto la carta de su esposa.

Inmediatamente cesó el combate, y se entró en capitulaciones.

Calpuc exigió que se le entregasen los demás cautivos hombres y mujeres, y la presa, y juramento por mi parte de entregar sanas y salvas, sin ofensa en su honor, su esposa y su hija al duque de la Jarilla.

Cuando tus monfíes, Yuzuf, supieron que para que se retirasen los idólatras era necesario entregar la presa, quisieron continuar al combate á todo trance, á pesar de que contra cada monfí habia mil enemigos. Hay que confesar que tus monfíes son muy valientes, y que á duras penas conseguí que entregasen la presa.

Solo doña Inés y Estrella quedaron en mi poder.

Calpuc, que habia comprendido que si bien le era fácil exterminarnos, atendiendo á que mi gente estaba sin capitan y á que era infinitamente inferior en número á la suya, el destruirnos era sentenciar á morir á su esposa y á su hija, quiso mejor que estando vivas, le quedase la esperanza de recobrarlas algun dia. Yo habia contado con esto, y no habia contado mal. Antes del amanecer se habian retirado los idólatras al otro lado del bosque, y pudimos continuar nuestro camino. Pero la mitad de la compañia habia quedado muerta sobre el campo.

Como me habia dicho en nuestra primera entrevista doña Inés, hasta que habiamos entrado en los dominios de Calpuc, no habiamos encontrado gentes formidables: nuestros triunfos habian sido fáciles hasta entonces, y asi es que cuando desandamos el camino que habiamos llevado hasta la ciudad de Calpuc, vencimos con facilidad á algunas tribus salvajes que nos salieron al encuentro. Pero no pudimos hacer una sola presa y llegamos á la frontera, tan pobres como un año antes habiamos partido de ella.

Los monfíes estaban desatalentados. Solo yo habia conseguido mi objeto; pero á medias. Traia conmigo á doña Inés; pero me dejaba allá en el centro del desierto un brazo y una pierna, y el hacha de Calpuc, cruzando mi cara, me habia desfigurado conpletamente.

Ademas, mis proyectos de ambicion habian fracasado. Yo no podia ser esposo de doña Inés, porque doña Inés estaba casada.

A pesar de que el duque de la Jarilla habia dejado el adelantamiento de la frontera, no me atreví á entrar en las ciudades con doña Inés, que era muy conocida, y restablecido ya completamente de mis heridas, me dediqué á hacer la guerra de frontera como antes de mi expedicion al desierto, llevando siempre conmigo á doña Inés.

Llegó al fin un dia, en que, subyugadas de nuevo las provincias rebeldes, los indios que no quisieron sujetarse al yugo se internaron en el desierto, donde no era posible perseguirlos sino con grandes ejércitos, y por último, no habiendo ya aldeas que quemar ni presas que hacer, me mandaste que volviese á España.

Yo temia volver á España con doña Inés, por la misma razon que no habia entrado con ella en ninguna de las villas y ciudades de Nueva España: temia que algun amigo ó deudo de su padre la conociese. Te envié, pues, tu gente, y me quedé solo con doña Inés y Estrella, como esclavas.

Dudé al embarcarme con ellas para Europa á dónde mi dirigiria: en Flandes y en Italia me exponia á dar con un tropiezo, porque en aquellos paises abundaban los españoles. Difícil era encontrar un punto en Europa donde los españoles no llevasen su planta. Me decidí, pues, por Grecia.

En el archipiélago he vivido algunos años. Me hice construir una casa á las orillas del mar, en Chipre, y compré una almadía. Yo necesitaba oro, y me hice pirata. ¿Qué quieres? Yo necesitaba ejercitarme en algo. Cuando volvia de mis excursiones cargado de oro y cubierto de sangre, gozaba entre los brazos de doña Inés...

—¡Cómo! ¿doña Inés fue tan miserable que al fin manchó su fe, amándote? exclamó con severidad Yuzuf.

—Recuerda emir que doña Inés tiene una hija.

—¡Ah!

—Como se habia sacrificado la esposa, se sacrificó la madre. Doña Inés luchó largo tiempo y fue preciso para que sucumbiese que yo la amenazase con separarla de su hija. Estrella era mi esclava y podia venderla. ¿Comprendes ahora que doña Inés pudiera ser mia, y hasta que por no irritarme fingiese que me amaba?

—Comprendo que eres un infame, Sedeño, y que Calpuc ha tenido y tiene mucha razón para pedirme tu cabeza.

—¡Eh! yo no sé si he sido infame ó no: lo que sé es que doña Inés podia haber sido muy feliz conmigo, si hubiera sido menos testaruda. Al fin, lo hecho está hecho. La obstinacion de doña Inés me ha obligado á tratarla con crueldad. No es mia la culpa. ¿Acaso la amé yo porque quise? Si no con su hermosura, con un no sé qué misterioso, que me enloquecia, me obligó á amarla. Era necesario que yo ó ella nos sacrificásemos, y entre los dos sacrificios elegí el suyo. Esto es muy natural. Ademas, me habia costado muy cara para que yo renunciase á ella: me habia costado una expedicion al desierto en que expuse mi vida en cien combates, y por último un brazo y una pierna. ¿Cómo querias que yo renunciase á doña Inés?

—Continúa.

—Ya te he dicho que doña Inés solo se doblegaba á mis deseos por el temor de perder á su hija. Pero yo no podia engañarme: me aborrecia con toda su alma, y este aborrecimiento, que no podia ocultarme, me irritaba y mi irritacion era siempre fatal para ella: de dia en dia iba desapareciendo su hermosura, y su palidez enfermiza, su demacracion, la aguda enfermedad de pecho que la aflige, la tornaron al fin desconocida, fea, flaca, cuando apenas contaba treinta y cinco años. Entre tanto Estrella crecia cada dia mas hermosa, y me enamoré de Estrella.

—¿Despues de haber sacrificado á la madre, querias sacrificar á la hija? exclamó con indignacion Yuzuf. ¿Y te atreves á confesarme sin rubor tales infamias?

—¿Qué quieres Yuzuf? Son cosas del corazon. Yo siempre me he dejado llevar de mi corazon, y bueno es que sepas cuánto me interesan esas mujeres, para que comprendas hasta qué punto me dejaré llevar antes que consentir en que nadie me las arrebate. Además, tú no tienes por qué extrañarte de nada. ¿Acaso tú al frente de tus monfíes no has incendiado villas y llevado á sangre los viejos, las mujeres y los niños?

—Son gente de la raza maldita; son cristianos, son los enemigos de mi pueblo: los que se gozan en nuestro sufrimiento, en las crueldades que se apuran con los moriscos. Entre los cristianos y nosotros, no puede haber mas que sangre y fuego.

—Resulta que tú eres cruel con los cristianos por venganza, y que yo soy cruel con esas dos mujeres, porque la una y la otra me han enamorado: exigencias del corazon, Yuzuf. Pero necesito concluir. El estado en que se encontraba doña Inés, y los años que habian trascurrido desde que fue robada á su padre, me aseguraban de que no pudiese ser reconocida, si por un azar lograba verla alguien, burlando mi vigilancia. Deseaba volver á España, y hace un año que volví á las Alpujarras y me puse de nuevo en inteligencia contigo. Volví á ser capitan del presidio de Andarax, espía de los cristianos en servicio tuyo, y ya sabes cuan bien te he servido durante este año.

—Por lo mismo he hecho jurar á Calpuc que no tocará á tu cabeza mientras yo no se lo permita.

—Sí, sí, todo esto es cierto. Pero tambien es cierto que hubieras hecho mucho mejor en dejarle morir á manos de la justicia que le habia preso por intento de asesinato contra mí, que en librarle de la cárcel y protegerle, contentándote solo con exigirle juramento de que no atentaria á mi vida. Mejor hubieras hecho en castigar al monfí, que habiendo sido hecho cautivo por las gentes de Calpuc en el desierto, le ha servido de guía hasta las Alpujarras. Pero ¡ya se ve! Calpuc es muy rico y te habrá comprado tu proteccion.

—Concluyamos, Sedeño: ¿que quieres de mí?

—Quiero que me permitas deshacerme de ese hombre.

—Yo no puedo ser el verdugo de un rey.

—¡De un rey de bárbaros, cuyo trono está al otro lado de los mares!

—Sea como quiera, Sedeño, las desgracias de Calpuc le hacen merecedor de una proteccion mayor que la que yo le he dispensado; en conciencia yo debia haberte dejado entregado á él...

—¡Entregado á Calpuc! ¿crees tú que si Calpuc no estuviera protegido por tí, por tí, que tienes demasiadas pruebas para entregarme al rey y á la Inquisicion, ya que no quisieras destruirme por tu propio poder, estaria vivo Calpuc?

—Calpuc te hará pedazos el dia en que yo se lo permita.

—¡Oh! ¡oh! tú eres el que me tienes atado de piés y manos: en cuanto á Calpuc está tan resuelto á romper el juramento que te hizo de respetar mi vida, que me ha obligado á salir de las Alpujarras, y hace algunos dias que ronda mi casa en Granada.

—Eso prueba que respeta su juramento, lo que no impide el que pretenda rescatar su esposa y su hija.

—Pues cabalmente es necesario que eso no suceda.

—Obra como mejor puedas para guardar á esas mujeres: por lo demás, te anuncio que el dia en que tenga un solo indicio de que has tendido una sola asechanza al rey del desierto, aquel dia eres hombre muerto, Sedeño. ¿Qué? ¿no eres mi vasallo? ¿no me debes obediencia? ¿no eres, aunque de sangre cristiana, monfí, como cualquier otro de los mios? Si no fueras monfí, ¿poseerias las riquezas que posees?

—Veo que va á ser necesario que entremos en condiciones.

—¡Condiciones! ¡condiciones entre los dos! exclamó Yuzuf con ímpetu: ¿acaso eres mas que mi esclavo?

—Siéntate, poderoso Yuzuf, y escucha: en la situacion en que me encuentro me veo obligado á todo... y tengo de mi parte ciertas ventajas.

—¡Ventajas...!

—Si por cierto. Tú tenias un hijo.

—¡Que tenia yo un hijo!... ¿pues qué, Yaye ha muerto?

—Cuéntale por muerto, porque está en poder de Satanás, y si yo no te le entrego...

—¡Cómo! ¿te habrás atrevido?

—Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que está apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo está enamorada de él.

—¡Una mujer! No te comprendo Sedeño.

—Ni yo me explicaré mas. Bástete saber que tu hijo está en poder de esa mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado á ser su querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y será capaz de retenerle en su encierro ó de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perdí á mi padre.

—Pero yo puedo sujetarte al tormento.

—Moriré en él sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy valiente, Yuzuf.

El anciano se levantó, y se puso á pasear agitado, por la cámara. Sabia demasiado que Sedeño era hombre á quien nada aterraba, y que habiéndose propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeño aunque emplease para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles.

Yuzuf era padre, amaba á Yaye de una manera exagerada, si es que puede haber exageracion en el amor de un padre hácia su hijo. La pérdida de Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por boca de Sedeño que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeño se negaba á revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio una infamia.

Yuzuf, sin embargo, no tardó en decidirse; pero antes se habia hecho el razonamiento siguiente:

—Calpuc me exige todos los dias, á todas horas, con un empeño justísimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese infame; ese vil Sedeño me pide por su parte que le permita deshacerse de Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que quieran mútuamente exterminarse. A mí, á mi pueblo conviene, que esos dos hombres vivan: Calpuc es riquísimo, sus tesoros son inagotables, y por odio á los españoles, me facilita medios para sostener mi ejército de monfíes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada por la cólera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural. Por otra parte, Sedeño me sirve bien: es un excelente espía; vende á los castellanos en mi provecho, y acaso podríamos deberle un dia una sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres son preciosos para mí. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeño me revela el lugar donde se encuentra, le permitiré que obre contra Calpuc, y del mismo modo permitiré á Calpuc que obre contra Sedeño. El resultado será verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres, ó acaso de la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo punto... mi hijo antes que todo.

Y se detuvo, y se volvió resueltamente á Sedeño.

—¿No has tenido tú parte, directa ni indirectamente, en la prision de Yaye? le dijo.

—Ya te he dicho que Yaye está en poder de una mujer.

—Respóndeme de una manera decidida.

—Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo.

—Pues bien; revélame el lugar donde se encuentra, y los medios de salvarle, y te permito que hagas lo que puedas contra Calpuc.

—¿Hasta matarle?

—Te dejo libre del juramento de respetar su vida.

—Pues bien; solo me falta una condicion para señalarte el lugar donde tu hijo se encuentra.

—¡Otra condicion!

—Sí, poderoso Yuzuf, las duras circunstancias en que me encuentro me han obligado á ofenderte. Prométeme, por tu fe de emir, de creyente y de caballero, que me perdonarás, y que no me negarás tu confianza, como no me la has negado hasta ahora. Hé aquí mi última condicion.

—Dáme á mi hijo, y te lo prometo todo.

—¿Nada tendré que temer de tí?

—Nada.

—Pues bien; tu hijo Yaye, está encerrado en un subterráneo de la casa de don Diego de Válor, y en poder de su esposa doña Elvira, que hace mucho tiempo que le ama.

—¿En casa de don Diego de Córdoba y de Válor?

—Sí por cierto.

—¿Y cómo sabes tú eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido averiguarlo Abd—el—Gewar, ni los monfíes que yo he enviado á Granada en demanda de Yaye?

—Escucha Yuzuf: tú recordarás que yo, para estar en inteligencia oculta con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compré una casa contigua á la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se comunican por una mina.

—¡Ah! exclamó Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeño fue un rayo de luz.

—Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias, ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, bajé á la mina, y al acercarme á uno de los aposentos de que te he hablado, oí dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de hombre, hablaban de amores: en la mujer reconocí á doña Elvira, la esposa de don Diego: por lo que escuché, supe que el hombre era Yaye, tu hijo. Sabia que tú le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llenó de alegría, porque me dije: yo daré al emir su hijo, y el emir en cambio me dará la vida de Calpuc.

—¿Y doña Elvira es amante de Yaye? preguntó con repugnancia Yuzuf.

—Sí, sí por cierto, y parece que se aman mucho.

—¡Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del alcázar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado.

En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abrió una puerta, y entró don Diego.

Yuzuf le miró de una manera profunda, pero nada vió en don Diego que demostrase que habia oido las últimas palabras del capitan; estaba tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada.

—¡Ah! dijo deteniéndose, apenas habia dado algunos pasos en la cámara, perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo, Yuzuf.

—No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de una conversacion interesante con el capitan Sedeño.

—Sí, sí por cierto, dijo el estropeado, y venís muy á tiempo don Diego, porque yo he venido á haceros un mutuo servicio al emir y á vos.

—¿Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego.

—Sí por cierto. ¿Recordais lo que pasó en vuestra casa el dia en que se casó con Miguel Lopez vuestra hermana doña Isabel?

—No comprendo lo que quereis decir.

—Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se presentó en vuestra casa Sidy Yaye, el hijo del emir.

—Es verdad, dijo don Diego.

—¿Y por qué me lo has ocultado, preguntó con su acento de terrible amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba á mi hijo?

—Porque no sabia si estaba muerto ó vivo.

—¡Cómo! ¿pues quién se atrevió?...

—Tu hijo, Yuzuf, supo en mi casa sin que yo lo pudiese evitar, que mi hermana doña Isabel acababa de casarse con Miguel Lopez: ya te he dicho las terribles razones que tuve para obligar á mi hermana á que se casase con ese hombre, rompiendo el pacto que existia en nuestras familias y por el cual tu hijo Yaye debia ser esposo de mi hermana. Tu hijo al saber que ya aquella union era imposible, cayó en tierra mortal, y yo le dejé al cuidado de mi esposa en lugar seguro, y me puse inmediatamente en camino con Miguel Lopez, á quien arrastré con un pretexto, y á quien como traidor debia matar, y como obstáculo remover de en medio de doña Isabel y de Yaye, que ya se amaban. Cuando algunos monfíes estaban próximos á dar muerte á Miguel Lopez, tú que te habias aproximado á Granada, me encontraste, é irritado por el asesinato de Miguel Lopez, cuya razon no podias apreciar bien, porque no conocias su traicion, me trajiste contigo. Tú tenias indicios ó los tuvistes despues de que tu hijo habia estado en mi casa, recelaste de mí, y me intimaste que no me veria libre hasta que estuvieses seguro de mi inocencia acerca de la desaparicion de tu hijo. Yo no podia saber, pues, si tu hijo habia sobrevivido ó no al accidente mortal que le habia acometido al saber el casamiento de mi hermana, y temiendo que hubiese muerto no me he atrevido á revelarte nada. Acaso, si por desgracia Yaye hubiese fenecido, me hubieras imputado su muerte cuando he hecho cuanto ha estado de mi parte por salvarle, y por romper el lazo que impedia su union con Isabel. Juzga en tu prudencia si he tenido razon para callar ó no.

—Por fortuna, don Diego, dijo Yuzuf, el capitan Sedeño ha descubierto que mi hijo vive.

—¡Ah! por la mina... lo comprendo perfectamente. ¿Y le habeis hablado, capitan?

—No por cierto: sabia que allí estaba en seguridad, conocia ó adivinaba las razones del misterio acerca del paradero de Yaye, y he venido á avisar al emir. He tenido una doble satisfaccion; porque en vuestra casa se tiene una gran ansiedad por vos.

—Pues esa ansiedad durará muy poco, dijo Yuzuf; aprecio en lo que valen las razones que has tenido, don Diego, tanto para castigar á Miguel Lopez, como para ocultarme la existencia de mi hijo en tu casa. Pero ya han desaparecido mis temores y el motivo de tu prision, don Diego. Ahora mismo vais á partir á Granada, tú, tu hermano y el capitan Sedeño. Es preciso que esta noche mi hijo esté en poder de Abd—el—Gewar.

—Un momento aun: me queda algo importante que decirte Yuzuf, dijo el estropeado.

—¡Importante!

—Sí; el capitan general y la chancillería de Granada estan con gran cuidado.

—¿Pues qué sucede?

—Hay poca gente de guerra en la ciudad, los moriscos se muestran cada dia mas y mas amenazadores, y representan de una manera rebelde contra el edicto del emperador. Anoche casa del Homaidí, en el Albaicin, se reunieron los xeques de la ciudad y los de las aldeas de la vega, y resolvieron enviarte algunos de ellos para poderte ayudar; se trata de una rebelion.

—¿De una rebelion? exclamó con alegría Yuzuf; ¿se han decidido al fin á romper las cadenas que tan vergonzosamente han llevado tanto tiempo los moriscos de Granada?

—Sí, y la ocasion es propicia, dijo don Fernando: el emperador se halla empeñado en guerra con Francia; el sultan de Constantinopla ansía un campo de batalla en las tierras de Occidente contra el cristiano, ¿y qué campo mejor que las Alpujarras? Puesto que en Granada hay pocos soldados, á las armas, y ¡sus! lancemos el grito de guerra. Demos el primer golpe, y si nos apoderamos de Granada, despues no nos han de faltar ni naves, ni soldados turcos.

En aquel momento se abrió la puerta del fondo y un monfí dijo inclinándose profundamente.

—Magnífico, señor, cuatro xeques de Granada desean hablarte.

—Que entren, que entren al momento.

Poco despues se celebró un consejo, en que abundaron el entusiasmo, el valor, la energía de las razas dominadas que aun no se han degradado, se alimentaron magníficas esperanzas y se decidió dar el grito en Granada en la noche del dia siguiente.

Yuzuf estaba frenético de alegría; habia encontrado á su hijo, y se le presentaba la ocasion que tanto tiempo habia deseado de desplegar su bandera real ante el estandarte imperial de Carlos de Austria, el valiente rey de España, el poderoso emperador de los germanos.

Capítulo XV. De cómo el capitan Sedeño hizo traicion á todo el mundo.

A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion á Granada, por el camino de las Alpujarras, don Diego de Válor, su hermano don Fernando, y el capitan Sedeño.

Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana, marchaban monfíes que llevaban á las diferentes tahas, órdenes de Yuzuf, para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada, á la que debian llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto á los tres ginetes, fuese por prudencia ó por otra causa, no hablaron una sola palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de cosas indiferentes.

En cuanto á don Diego de Válor, ni una palabra dijo que pudiese indicar que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeño á Yuzuf acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeño, que era sobre manera perspicaz, por el aspecto sombrío de don Diego, por la impaciencia con que aguijaba á su caballo, y sobre todo, por su tenaz reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del jóven, comprendió que habia escuchado don Diego perfectamente las palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cámara de Yuzuf.

En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alcázar subterráneo, habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia á ciencia cierta, que doña Elvira su esposa habia manchado su honor.

Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba á su caballo ansioso de realizarla.

Por su parte el capitan estropeado comprendió, que se habia hecho un enemigo formidable de don Diego de Córdoba, y resolvió deshacerse de él cuanto antes. Sedeño, como saben nuestros lectores, era el depositario de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado á don Diego que le entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la cual debia Sedeño entregar aquella carta á quien se la pidiese, no habia tenido tiempo de encontrar una persona de confianza, á quien encargar de que recogiese aquella carta, puesto que él no podia presentarse ante Sedeño, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigió en la cárcel de Andarax, á trueque de conseguir su libertad.

Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeño.

Por lo que se vé todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se trataban con una fe digna de bandidos.

Miguel Lopez, don Diego de Válor y el capitan estropeado eran tres infames.

Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche antes de que se cerraran las puertas á Granada. Poco tiempo antes de llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tomó adelante y entró antes que los dos hermanos en la ciudad.

Eran las ánimas. Sedeño tomó por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y la Plaza Nueva, subió por la cuesta de los Gomeres, luego por otra pendientísima cuesta, y llegó á la puerta del Juicio de la Alhambra: una vez allí pidió una audiencia urgentísima al capitan general marqués de Mondejar.

Sedeño fue conducido al alcázar y á la presencia del capitan general, digno vástago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada, durante muchos años, la capitanía general del reino y costa de Granada.

Lo que llevaba allí á Sedeño era una nueva traicion aconsejada por su recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los demás. Se habia visto obligado á imponer condiciones á Yuzuf, y recelaba la venganza de este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de sus enemigos.

Asi es, que se presentó á don Luis Hurtado de Mendoza resuelto á consumar sus infamias con dos nuevas infamias.

El capitan general le recibió con ese altivo desprecio con que un caballero recibe á cierta clase de gente.

Para justificar el desprecio con que el marqués de Mondejar miraba á Sedeño, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra los cristianos, lo era del capitan general contra los monfíes.

Esto es, era espia doble.

El marqués le dejó permanecer de pié, y despues de mirarle de piés á cabeza le dijo:

—¿Por lo que veo, acabais de venir de un viaje?

—Si, excelentísimo señor, contestó servilmente Sedeño: vengo de las Alpujarras, del alcázar del emir de los monfíes.

—¡Del alcazar del emir! ¿Pero donde está ese alcázar?

—Ya he dicho á vuecelencia que ese alcázar es subterráneo, y que está situado como á media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar á vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar á los pinares, me han salido al encuentro los monfíes y me han vendado los ojos.

—Señor Alvaro de Sedeño, dijo el marqués con fijeza, desde el dia en que me ofrecísteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podíais necesitar para exterminar á esos bandidos: vuestra compañía de arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejércitos de su magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y sin embargo...

—¿Cree vuecelencia que en un año que llevo últimamente sirviendo al rey nuestro señor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho?

—Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqués; es que, á pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la montaña ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las breñas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve á esos monfíes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el incendio que dejan tras sí, y vos sin embargo les conoceis y tratais con ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun á obrar con rigor respecto á vuestra persona.

—¿Desconfía vuecelencia de mí? dijo con gran aplomo Sedeño.

—No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado á las Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son desconocidos los lugares en que se ocultan ¿qué debo pensar de esto?

—Que el año que llevo últimamente en tratos con los monfíes en servicio del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede dar un golpe decisivo. En cuanto á lo de ignorar yo el lugar donde se albergan, nada mas natural. Ya he dicho á vuecelencia que jamás entré en el alcázar subterráneo, sino con los ojos vendados.

—Se han reconocido todas las cavernas inmediatas á Cadiar, y solo se han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los ponderados alcázares subterráneos de que me habeis hablado tantas veces.

—Esta misma mañana he estado en ese alcázar hablando con el emir de los monfíes.

—¿Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqués moviéndose con impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales.

—Traigo á vuecelencia noticias decisivas.

—Veamos.

—Mañana á la noche debe levantarse el Albaicin.

—¡Ah! ¡ah! ¡tenemos á la rebelion llamando á las puertas de nuestra casa!

—Si señor.

—¿Y quienes son las cabezas de esa rebelion?

—Primeramente don Diego de Córdoba y de Válor.

—Ved lo que decís; don Diego de Válor aunque morisco, es uno de los mas leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello.

—Don Diego de Válor es un traidor que se encubre bajo la máscara de la lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello, ved, señor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los monfíes Yuzuf—Al—Hhamar.

Y Sedeño sacó una cartera y de ella la carta que le habia entregado Miguel Lopez y con la cual habia este último impuesto condiciones á don Diego.

Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la conquista de Granada, el marqués que era docto la comprendió perfectamente.

Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Válor.

Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun género de consideracion á Sedeño, le dijo profundamente, reteniendo la carta:

—¿Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con que acaso quereis sorprenderme?

—Llame vuecelencia á don Diego de Válor, hágale escribir con cualquiera pretexto en arábigo aljamiado, y vuecelencia se convencerá de que esa carta es suya, contestó con gran aplomo Sedeño.

—He llegado á entender, dijo el marqués, que don Diego y su hermano faltan estos dias de Granada.

—Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir preparando el levantamiento; pero han venido desde allí conmigo, y se les encontrara en su casa.

Meditó un momento el marqués, despues de lo cual tomó un papel, escribió sobre él algunas palabras, despues llamó con una campanilla de plata, á cuyo sonido se presentó á la puerta de la cámara un escudero.

—Ginés, le dijo don Luis; dad esta órden al capitan de caballos Pero de Baena, y que la cumplimente al momento.

El escudero tomó la órden y salió.

—¿Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? añadió el marqués, encarándose de nuevo con Sedeño.

—El cuñado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en el mismo dia de sus bodas partió de Granada con sus dos cuñados, de que hay muchos testigos.

El marqués anotó en un papel el nombre de Miguel Lopez.

—¿Y donde está ese hombre? ¿ha vuelto con sus cuñados? preguntó á Sedeño.

—Sus cuñados y yo hemos venido solos. Nada sé de Miguel Lopez; pero es natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfíes.

—Continuad.

—Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que vive en el barrio del Zenete.

Don Luis escribió este nuevo nombre.

—Continuad, repitió.

—Hay ademas, dijo Sedeño, un hombre que está en Granada hace quince dias que es poderosísimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor al rey.

—¿Y quien es ese hombre?

—Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Méjico; ha venido á España ignoro por qué causa, y ayuda con sus tesoros á los monfíes.

—¿Le conoceis?

—Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado á conocer. Ese hombre vive en la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella todas las mañanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, alto cenceño, de mirada fija y profunda.

Don Luis, escribió de nuevo, despues de lo cual repitió la palabra:

—Continuad.

—Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas de entregar al rey al emir de los monfíes.

—¿Al terrible Yuzuf Al—Hhamar? exclamó con alegría el marqués.

—No, no señor, sino su hijo Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar, en quien el viejo emir ha renunciado su autoridad.

—Os cojo la palabra, Sedeño, y si me presentais á ese emir, os ofrezco en nombre del rey una encomienda.

—Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro señor, dijo Sedeño.

—Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los capitanes de la rebelion, veamos cómo piensan llevarla á cabo los moriscos.

—El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto las armas en las manos.

—Ya he dicho á sus xeques, que representaré á su magestad, á fin de que les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto.

—Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies, en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estén abiertas, que sus mujeres salgan á la calle con los rostros descubiertos y privarse de sus baños, se dejaran matar, hacer pedazos.

—Se les trata con demasiado rigor, murmuró el marqués de una manera involuntaria é ininteligible para Sedeño que continuó:

—Así, pues, han recurrido á las armas: aprovechan la ocasion de haber poca gente de guerra en la ciudad...

—¡Vive Dios! exclamó el marqués: los cortesanos piensan que ser capitan general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada dorada en las antecámaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo se gobierna aquí con papeles, y aquí se necesitan muchas lanzas, muchos arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y costa de Granada; que España está exhausta con las pasadas turbulencias, y que aquí nos basta para reprimir á los moriscos, con los alguaciles de la Chancilleria, y con dos ó trescientos arcabuceros viejos del presidio de la Alhambra: si mañana los moriscos de la vega y de la ciudad, los monfíes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia de Africa y desembarcar á mansalva en las costas desamparadas, se apoderasen de Granada, se llamaría torpe y descuidado al capitan general, cuando no se adelantasen á llamarle cobarde ó traidor. Pero en Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. ¿Donde teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan?

—En Andarax, señor.

—¿Quién los manda en vuestra ausencia?

—El alférez Pero Villasante.

Escribió el marqués.

—Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cuándo y de qué manera piensan levantarse los moriscos.

—¿Cuando? mañana á la noche. ¿Cómo? barreando las calles del Albaicin y viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra, los monfíes.

—¡En los atajos, en los atajos de la sierra está nuestra salvacion! dijo el marqués con el rápido golpe de vista de un buen capitan. ¿Sabeis el punto por donde se han de acercar á Granada los monfíes?

—Si señor. Por los desfiladeros de Dilar.

—Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer á su magestad, os vuelve toda mi confianza. ¿Dónde vivís?

Sedeño dió al marqués las señas de su casa.

—Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar.

Sedeño saludó profundamente al marqués, que se levantó y le dijo:

—Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado á don Diego de Válor podria suceder que si volvíais por donde habeis venido podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid.

—¿Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle.

—¡Ah! ¡vuestro caballo! ¡es verdad! ¡hola! dijo el marqués, y al presentarse un criado añadió: id á la puerta del Juicio, tomad un caballo que encontrareis allí y llevadle al momento á la puerta de Hierro.

Despues de esto el marqués salió precediendo á Sedeño, bajó unas escaleras, atravesó el hermoso patio de Lindaraja, pasó junto la sala de los secretos, entró por una mina, llegó á su fin, llamó á una puerta y despues del llamamiento se oyó la voz de un soldado que llamaba al alférez de la guardia. Poco despues se oyó otra voz que dijo:

—¡Quien va!

—Abrid al capitan general.

Rechinó precipitadamente una llave en una cerradura, descorrióse un cerrojo y la puerta se abrió.

—Alférez, dijo el marqués á uno que habia aparecido tras la puerta con una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un caballo, le entregareis á este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y le dejareis salir libremente.

Despues de esto el marqués se volvió y el alférez cerró la puerta. A poco rato Sedeño á caballo, bajaba lentamente la pendientísima y tortuosa cuesta, que ciñe los muros de la Alhambra, desde Peña—Partida hasta los molinos del río Darro.

Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin llegó á la puerta de Guadix, vió que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y entró en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdió.

Capítulo XVI. La venganza de don Diego de Córdoba y de Válor.

En una cámara del palacio de don Diego en el Albaicin, velaban una hora antes de los últimos sucesos que hemos referido, dos damas.

La una leia con suma distraccion, en un libro en folio feamente impreso. Decimos con suma distraccion, porque hacia gran tiempo que tenia fija la vista en el libro como si leyese, y sin embargo, no habia vuelto la hoja, á pesar de haber trascurrido espacio sobrado para que el mas torpe lector hubiese recorrido diez veces las líneas de las dos paginas por donde estaba abierto el libro. A poco que se leyese en aquellas páginas podia comprenderse que aquel libro era la historia del famoso caballero Amadis de Gaula.

Aquella dama era doña Isabel de Válor.

A pesar de que Calpuc la habia dado aquella mañana noticias exactas acerca de la existencia de Miguel Lopez, ni doña Isabel habia comunicado á nadie aquellas noticias, ni habia dejado su luto.

El negro color de sus ropas contrastaba enérgicamente con la palidez mate que hacia mas diáfana la blancura de su semblante.

La otra dama, sentada junto á la misma mesa apoyada un brazo en ella y en la mano el semblante, estaba, si cabe, mas pálida, que doña Isabel, y en sus negros ojos destellaba una chispa sombría y colérica.

Aquella otra dama era doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego.

Ni una sola palabra se cruzaba entre las dos cuñadas; la una fijaba la vista abstraida en el libro; la otra parecia fijar su intensa mirada en la inmensidad.

Dieron las animas en la cercana iglesia de San Gregorio, y doña Isabel se agitó con un ligero estremecimiento nervioso. Aquella campana que tañía lúgubremente á la oracion por el eterno descanso de los que habian dejado de existir, recordó á doña Isabel su cita en el huerto con el extraño hombre de aquella mañana. Doña Elvira pareció salir de su distraccion y rezó en voz baja, á cuyo rezo contestó doña Isabel.

Cuando se terminó la oracion, doña Elvira dirigió algunas secas palabras á doña Isabel.

—Ya es hora que nos recojamos, hermana, la dijo tomando una lamparilla de plata que estaba sobre la mesa, y encendiéndola en el velon.

—Recojámonos, pues, dijo doña Isabel cerrando el libro, y tomando una bugía y encendiéndola á su vez. Buenas noches, hermana.

—Buenas noches.

Como se ve no mediaba la mejor inteligencia entre doña Isabel y doña Elvira. Las dos cuñadas salieron de la cámara cada cual por distinta puerta.

Pero ninguna de las dos se encaminó á su dormitorio. Doña Isabel apenas salió á los corredores apagó la bugía y por una escalera de servicio, bajó al huerto buscando en su limosnera, la llave del postigo que se habia procurado durante el dia, y cerciorándose de si llevaba consigo la sortija, que por órden de Miguel Lopez, su esposo, debia entregar á Calpuc. Doña Elvira apenas salió de la cámara apagó tambien su luz, atravesó á tientas una habitacion, salió á otros corredores y abrió una puerta tras la cual se perdió. Aquella puerta era de los aposentos de don Diego, donde estaba la entrada secreta del subterraneo donde habia estado preso, por decirlo así, Yaye.

Una vez en la cámara de su esposo, doña Elvira encendió de nuevo su luz en una lámpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un reclinatorio, fué á la puerta secreta, la abrió, bajó las escaleras y se puso á escuchar.

—Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que hoy al bajar me detuvieron: pero ¿por donde han entrado esos hombres? ¿quién los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado á Yaye.

Doña Elvira al pronunciar el nombre del jóven, exhaló un gemido, se llevó una mano sobre el corazon, y se apoyó en la pared un momento, como si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego rehaciéndose, merced á su indomable voluntad, acabó de bajar los escalones, y entró resueltamente en la mina y la recorrió, llegando á la otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeño.

A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doña Elvira habia pasado sin reparar en ella junto á la abertura practicada en uno de los costados de la mina por Harum el monfí.

Se detuvo un momento al pié de la escalera de la casa del capitan, y luego pintóse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.

No tardó en llegar á la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia quedado abierta, y doña Elvira se encontró en la cámara del capitan.

Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa extraña; pero doña Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la rabia y la desesperacion.

Doña Elvira siguió adelante, y recorrió la casa del capitan, hasta llegar á la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el terror de doña Elvira, habia pasado algunas veces junto á la puerta de la cámara mortuoria, donde yacía doña Inés de Cárdenas, sin que se le hubiese ocurrido que allí habia una habitacion en la cual no habia entrado.

Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una casa donde no se encontraba á nadie.

Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.

En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un grito de espanto al reconocer al ginete.

Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.

—¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.

La situacion en que se hallaba doña Elvira era tan extraña que solo contestó fijando en su marido una mirada de terror.

—Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que sé algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no haberlas ejecutado.

Doña Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma facilidad para dominarse, se repuso y contestó á don Diego:

—No comprendo lo que me quereis decir, esposo y señor.

—¿Que haceis aquí, señora? dijo don Diego atando á una argolla del portal su caballo, del que habia descabalgado.

—En verdad que no lo sé, dijo doña Elvira recogiendo del suelo con gran serenidad la lámpara; al veros de repente ante mí me he sorprendido, porque no esperaba veros en esta casa, en la que á mí misma me causa gran extrañeza el encontrarme. Encended mi lámpara en uno de esos faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.

Sorprendido don Diego del aplomo con que doña Elvira le hablaba, ni mas ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tomó maquinalmente la lámpara, la encendió y la entregó á su esposa.

—Vamos de aquí, dijo ella, trasladémonos á nuestra casa; tengo que revelaros sucesos importantes.

—¡Ah! ¿teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo mal su cólera don Diego.

—Si por cierto; pero ante todo decidme: ¿por qué razon habiendo estado un mes ausente, venís á esta casa antes que á la vuestra?

—Tenia mis razones para pretender llegar á cierto punto de mi casa sin ser sentido.

—¡Ah! ¿y á qué punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido, caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, á no ser que pensáseis darme el placer de una sorpresa.

—Si por cierto, queria sorprenderos doña Elvira.

—Y efectivamente me habeis sorprendido presentándoos ante mí en un lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado encontraros.

—Perdonad si no os digo en qué lugar queria sorprenderos; porque estamos en una casa extraña y podria escucharnos alguno de los criados del capitan Alvaro de Sedeño.

—¡Ah! ¡esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeño! En verdad que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con nosotros, y habeis hecho mal en no advertírmelo, porque...

—Seguid, seguid adelante, señora, y callad: basta con que hayais dado el escándalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qué razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros asuntos.

—Podeis estar tranquilo, dijo doña Elvira; nadie nos escuchará porque esta casa está deshabitada.

—¡Deshabitada!

—Si por cierto, seguidme y os convencereis.

Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió, dominado por lo extraño de lo que le acontecia.

Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el uno tras la otra por las escaleras arriba.

Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara, en la que antes no habia entrado.

En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.

Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una luz opaca sobre el lecho.

—Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.

Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito de horror.

—¡Esa mujer está muerta! exclamó.

—¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!

—¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.

—Sí, sí, seguidme, señora, seguidme y concluyamos de una vez.

Y asió brutalmente de un brazo á doña Elvira y la arrastró consigo fuera de la cámara; atravesó la antecámara, salió á los corredores y luego, como quien conocia bien aquella casa, torció por una puertecilla, atravesó un pasadizo, entró en el aposento del capitan Sedeño, y se encaminó á la puerta secreta.

Aquella puerta estaba abierta.

—¿Habeis entrado por aquí, señora? la dijo.

—Por aquí he entrado, contestó con acento severo y duro doña Elvira, como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.

—¿Y quién os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra casa? preguntó con un acento no menos duro y severo don Diego.

—Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.

—¡Que la habeis descubierto! ¿y cómo? hay alguna distancia desde el aposento subterráneo aquí y no parece natural...

—Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido Sidy Yaye.

—¡Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclamó con un acento indescribible don Diego: ¡es decir que se os ha escapado!

—Solo sé deciros que esta noche cuando bajaba á traerle la cena, encontré la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la puerta; nadie conoce la entrada del subterráneo por nuestra casa mas que vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cómo podia haber huido, y recorrí la mina: al fin de ella dí con una escalera, al fin de la escalera con esta puerta que encontré franca; recorrí la casa, menos esa habitacion donde hemos visto ese cadáver, y no encontré persona alguna: llegué al zaguan, y... abrí maquinalmente la puerta...

—Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye, dijo don Diego cediendo á una suspicaz suposicion: ¡oh! si, si, veo en esto la mano de los monfíes; vos no habeis querido que vuestro amante esté privado del sol y del aire.

—¡Mi amante! exclamó verdaderamente aterrada doña Elvira; pero sobreponiéndose á su terror, ¿habeis dicho mi amante? añadió con altivez.

—Venid, exclamó trémulo de furor don Diego.

Y arrastrándola consigo, descendieron por las escaleras: un instante despues se encontraron en el aposento subterráneo donde habia vivido un mes Yaye.

Don Diego revolvió en torno suyo una mirada de tigre y acercándose á un sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tomó de sobre él un riquísimo justillo de mujer y una gargantilla, que doña Elvira había dejado allí abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser sorprendida en la habitacion de su amante.

—¿Qué significa esto, señora? dijo con acento opaco don Diego: ¿habeis elegido por vuestra cámara de vestir, este aposento, y por camarera á Yaye?

Doña Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lívida y miró con los ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la mostraba.

—Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclamó con acento ronco don Diego; conócese que el hermoso emir apreciaba sobre todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros de esta rica gargantilla: á falta de sol y de aire vos llenábais de flores, de perfumes y de amores su encierro. ¡Oh! razon tenia yo en querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros, pero os sorprendo á vos sola... el infame... el infame se ha escapado llevándose mi honor: pero yo sabré encontrarle: yo sabré matarle aunque le protejan todos sus monfíes.

Doña Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trémulo de cólera, acometió á su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doña Elvira aterrada retrocedió y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada gorguera de encaje de Flandes, se la arrancó y dejó descubierto el cuello y parte del seno de doña Elvira.

Entonces vió don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del mismo metal.

Don Diego arrojó lejos de sí la gorguera, y señaló con un dedo inflexible el relicario.

—Negad ahora, si os atreveis, exclamó.

—¿Y este relicario que os prueba? exclamó con audacia doña Elvira.

—Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que yo la regalé hace un año. Y ¿sabeis lo que hizo mi hermana con ese relicario? le regaló á Yaye, al hombre á quien amaba. ¿Sabeis que la noche en que se separaron Yaye é Isabel pidió ella su relicario al hombre de quien debia separarse para no volverle á ver, y que él, no consintió en separarse de ese relicario? ¿sabeis que yo lo escuchaba todo, oculto? ¿que sé que ese relicario habia quedado en poder de Yaye, y que solo él puede habérosle dado? ¿sabeís que cuando un hombre da una prenda de amor de una amante á otra amante, es porque ama mas á la segunda que á la primera ó porque no ama á ninguna de las dos? ¿Y me quereis negar todavía que sois amante de Yaye?

Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian esperarse sino extremos, y desesperada por la pérdida de Yaye, enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la fiebre, fuera de sí, exclamó con una energía casi salvaje:

—Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le amo, he sido suya y le he perdido.

Don Diego se sintió acometido de un vértigo de sangre, desnudó su daga furioso y acometió á doña Elvira que cayó de rodillas; pero de repente se contuvo; se pasó la mano por la frente, envainó la daga y dijo asiendo á su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:

—Aun no es tiempo... aun vive él... vivid vos tambien... una puñalada es poco... necesito mas para vengarme... y me vengaré... me vengaré sin que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra... me vengaré, pero de una manera horrible.

Y sombrío y letal, dejando á doña Elvira doblegada sobre sus rodillas, salió del subterráneo por la casa del capitan Sedeño, cerró perfectamente la puerta secreta, atravesó aquella casa, bajó al zaguan, sacó el caballo fuera, encajó la puerta ya que no podía cerrarla, montó y rodeó el Albaicin para dar lugar á que su esposa se rehiciera, bajó al meson donde habia dejado á su hermano, y dos horas despues de la terrible escena habida con su esposa, llamó á su casa.

Doña Elvira bajó serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa amante, á recibirle y se arrojó en sus brazos.

Don Diego la estrechó en ellos y la dijo al oido estas palabras envueltas en un beso satánico:

—¡Gracias! ¡doña Elvira, me habeis comprendido!

Y asido de su mano se encaminó á las escaleras en cuyo primer peldaño pálida y anhelante le esperaba doña Isabel.

—¡Y mi esposo! exclamó esta.

—Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser asesinado por los monfíes de las Alpujarras.

Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de caballos de órden del capitan general de la córte y reino de Granada, y conducido con grandes seguridades á la Alhambra.

Capítulo XVII. Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.

Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.

Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo tres golpes recatados.

Doña Isabel abrió temblando.

—¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en una ancha capa.

—Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.

Doña Isabel cerró.

—¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.

—Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de noche al huerto, contestó doña Isabel.

—Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta parte, temeria que os viesen conmigo.

—Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede vernos.

—¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del capitan Sedeño.

—¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.

Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel, puesto que se apresuró á decirla:

—Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.

Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada favorita.

—Sentaos, le dijo, señalándole el banco.

—Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y os juro que yo os ampararé.

Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana pedia ser amparado.

—Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel, la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.

—¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.

—Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién soy yo.

—Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.

—Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.

—¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?

—De la cuarta parte, contestó el desconocido.

—¿De América?

—Cabalmente: soy mejicano.

—¡Ah!

—¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los españoles como un morisco?

—Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías, los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.

—¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.

—Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las infamias de que los moriscos eran víctimas.

—Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos, allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo. ¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi hija!

La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la compasion.

—¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de misericordia ¡Las habeis perdido!

—¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en aquella casa.

Y señaló la del capitan estropeado.

—¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?

—¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.

—¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.

—Como podeis serlo vos mañana.

—¡Yo soy cristiana!

—Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano, que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con toda vuestra alma la religion de Cristo?

—Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con valor mis desventuras.

—¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi esposa, si aun es tiempo.

—¡Si aun es tiempo!

—He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh! ¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...! quiero que me vengue la Inquisicion!

—¡La Inquisicion!

—¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.

—¿Conoceis á los monfíes?

—El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.

—Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.

—Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.

—¡Ah! exclamó doña Isabel.

—Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de bodas?

—Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?

—Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su seguridad.

—¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.

—Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será entregada á los ministros del rey de España.

Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.

—No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.

—¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.

—Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey del desierto.

Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.

—La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues, mi historia.

Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los monfíes.

Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.

—¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de vuestra hija? preguntó.

—Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.

—¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente...

—No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la impaciencia.

—¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.

—¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!

Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia, terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar silenciosamente por ella.

Poco despues desapareció.

Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible, inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la casa del capitan Sedeño.

Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la puerta.

Capítulo XVIII. Continuacion del anterior.

El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.

Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le contestó.

Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.

—¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me responde nadie y la puerta está abierta?

Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles del zaguan encendidos, gritó:

—¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!

Nadie le contestó.

Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta de su pierna, las escaleras.

A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió la puerta de la cámara mortuoria.

Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella mirada.

Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia encontrado muerta á su esposa.

Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver de doña Inés.

Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.

Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en un movimiento colérico:

—¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!

—En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide sangre: defiéndete.

Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de los combatientes.

Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos enemigos.

Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco, defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de Dios.

Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria el vencedor.

Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.

Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro; hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho hasta la empuñadura.

Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer; pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.

—Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?

—¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues, mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!

Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito de sangre.

—Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de mi hija? ¿dónde está mi hija?

—¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño: yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi venganza.

Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.

Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre crueles labios del moribundo.

—¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y sacudiéndole furioso.

Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:

—¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!

Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.

Estaba muerto.

Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.

—¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto... ¡muerto...!

Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y otra vez delirante, la fria boca del cadáver.

Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera oirle:

—¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla, fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por nuestra Estrella!

Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento esfuerzo y salió frenético de la cámara.

Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.

Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda desesperacion:

—¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!

Capítulo XIX. De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola enteramente deshabitada.

Aquella misma noche algunos monfíes enviados por Yuzuf, entraban en Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el nombre del Obispo don Gonzalo.

Aquellos monfíes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la noche y por la soledad del Albaicin, á las casas de algunos moriscos principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria á Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil monfíes.

Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que al momento viniesen á Granada con los caballeros particulares y gente de guerra y del comun que pudiesen reunir.

No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeño, un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria las silenciosas calles, entró en la de San Gregorio: al pasar por delante de la casa de Sedeño, maravillóle ver la puerta abierta y las luces del zaguan encendidas.

—Pues segun los bandos, dijo el alcalde, á estas horas debia estar ya cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere, que la justicia castiga por su descuido al dueño de esa casa, en dos ducados para obras pías.

Adelantó el corchete con su linterna, y entró.

—¡Ah de casa! dijo.

Nadie le contestó.

Asió entonces la cuerda de la campana y la agitó: tampoco sobrevino contestacion alguna.

Salióse el corchete.

—Señor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona viviente, que un caballo que está enjaezado en el zaguan.

—Volved á llamar, maese Barbadillo, volved á llamar.

Llamó de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente; pero no recibió mas contestacion que las veces anteriores.

Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre ágrio y seco, de cincuenta años, enhiestó la vara de justicia, y alegrándose, con esa alegría característica de los curiales cuando les cae que hacer, esto es, con una alegría maligna, se entró de rondon por la puerta franca, seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia á la puerta.

Despues de un escrupuloso registro, que dió por resultado encontrar una casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma viviente y con dos cadáveres, el alcalde, aumentada su alegría en una proporcion maravillosa, mandó á un alguacil para que buscase de una manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, á fin de que acudiese con sus sepultureros.

El escribano libró testimonio de cómo en una casa grande de la calle de San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueño no se sabia aun, por no haber habido lugar á la indagatoria, y en una de las cámaras de aquella casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Córte, Anton de Zalduendo, los cadáveres de una dama como de cuarenta años, muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus divisas, capitan de infantería española, manco del brazo izquierdo, cojo de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto á hierro y al parecer en riña: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rávago, cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que mandase conducir los dos difuntos á la iglesia, y que al dia siguiente los pusiese en sendas cajas de ánimas en la puerta de la parroquia, á fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues de lo cual, y habiéndose llevado los difuntos los sepultureros, y quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que tenia sobre sí el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que le atravesaba de parte á parte, y la otra espada en la mano, sin señal alguna de sangre, se procedió al inventario y embargo de los muebles de la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el otro en la cuadra, cerrándose y sellándose todas las puertas por la justicia, y entregándose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo, en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al alborear el dia 1.º de julio del año de 1546.

Como se vé, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes, que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no encontró en la casa persona alguna.

Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del capitan difunto con la de don Diego de Córdoba y de Válor, puesto que ni una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.

Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillería, constaba que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se habían hallado papeles interesantísimos para la salud de la república y el servicio del rey.

Capítulo XX. Estrella.

La casa que el walí de los monfíes Harum, habia procurado á su señor el poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar, era, como hemos dicho, una bellísima casa; mas aun, un pequeño alcazar situado en una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las Tres Estrellas, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en cuestion existen.

Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco árabe agramilado de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un símbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos confeccionar una leyenda á la que titularemos, Dios mediante, Las Tres Estrellas.

Mas, volviendo á nuestra narracion, nos permitirán nuestros lectores que digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando acontecian los sucesos que vamos refiriendo.

Su fachada era pequeña y formaba uno de los lados del segundo ángulo recto de la calle: la pequeña y sencilla, pero bella puerta ogiva de herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el primer ángulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el Alto; el muro á que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion, ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeño agimez de estuco labrado, con columnas de mármol blanco de Macael, que correspondia á un pequeño mirador con cúpula, situado sobre el tejado de la casa, encima del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que estaba situado á la derecha de la casa, y que se veia desde la calle, merced á la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del ángulo recto que determinaba la calle.

Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos años hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo que si hubiera sido de carton, ó como las hojas secas de un árbol.

Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro, pavimentado de mármol, con faja de mosáico ó alicatado en la parte inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales faltaba luz. Frente á la puerta habia un delicado arco que daba paso á un patio muy pequeño, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una fuente abierta en el pavimento, de mármol como el del zaguan; al fondo de este patio habia una puerta mas pequeña que daba á una estrechísima y oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto, desembocando en una galería, situada á la izquierda del patio, con barandilla ó balaustrada de pino tallado y agramilado.

El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el piso bajo, y en la galería que hemos citado en el alto. Esta galería estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas; otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el de la galería, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y triángulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa. Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas de azulejos ó mosáicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos, diferenciándose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la galería.

Por la puerta inferior se entraba en una cámara oscura; pero riquísima en su pavimento de mosáico, en sus arabescos y en su techo; á los extremos de esta sala habia dos pequeños alhamíes ó alcobas. Por la puerta de la galería se entraba á otra sala enteramente igual; pero mas baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galería habia una pequeña puerta que daba á una escalera, y aquella escalera desembocaba en un pequeño corredor oscuro, que iba á dar al mirador que se veia desde la calle.

Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de extension. Tres de sus costados tenian agímeces cubiertos por celosías y por cortinas de seda carmesí; en el otro costado estaba la puerta. El friso de este mirador se hacia octógono, y sobre él se veian diez y seis bellísimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se levantaba una cúpula de estalácticas, que remedaba con sus colgantes una gruta de hadas.

Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosáico menudo, caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que naciendo de los ángulos, determinaban la figura octógona del friso; los adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado, todo perfectamente concluido; un hermoso sueño de un hábil alarife realizado en miniatura. En aquella pequeña estancia habia un divan de seda y oro; cortinas magníficas en la puerta y en los agímeces y un bello perfumero de plata.

Ademas, pendiente de la cúpula habia una lámpara de seda, y de cuatro de los cupulinos del octógono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian aprisionados cuatro ruiseñores.

Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artística de la casa de las Tres Estrellas. A las demás dependencias, habitaciones de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta situada á espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el muro derecho del patio por una puerta sencilla.

En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos, ennegrecidos por el tiempo.

Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.

A aquella casa fue á donde Yaye hizo conducir á Estrella desmayada, y á donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el soldado que servia á Sedeño, y las dos sirvientes que habia en la casa.

Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.

La infeliz jóven tardó mucho tiempo en volver de su desmayo; acompañábala Yaye, que observaba su estado, lleno de interés y de caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye: una caridad sui generis; pero al fin el jóven llamaba caridad al dulce sentimiento que le hacia experimentar, en mayor ó menor grado, toda mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos propuesto respetar la conciencia del jóven emir; pero era muy extraño que la caridad de Yaye no se extendiese á los hombres ni á las mujeres feas ó viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.

Las circunstancias en que habia encontrado Yaye á Estrella habian sido eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su juventud, y por su magnífica hermosura, impresionaba fuertemente el alma entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella á una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le hacia sentir una emocion dulce, lánguida, fresca, odorífera, si se nos permiten estas dos últimas extrañas calificaciones: caridad que era de todo punto independiente del amor que le inspiraba doña Isabel de Válor, amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un impulso caritativo. Doña Isabel era para el jóven la luz de su alma, su amor contrariado, su empeño: doña Estrella, un ser débil, necesitado de proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los piés del emir, y que estaba ante él pálida, privada de sentido, y sufriendo de una manera interna, ó, por mejor decir, orgánica. Yaye se habia dicho, respondiéndose á sí mismo, y como queriendo calificar el lazo que le unia á aquellas dos mujeres, tan jóvenes, tan puras, y tan desgraciadas las dos:

—Estrella será mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa, será mi amante: Isabel será mia.

Pero entre tanto no volvia en sí Estrella; el sacudimiento que habia sufrido el alma de la pobre niña habia sido demasiado fuerte para que el accidente causado por él fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas peligrosa, si la ciencia no acudía al socorro de Estrella. Yaye estaba realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta á Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfíes.

El jóven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en sí. Yaye no se habia atrevido á desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la duracion del accidente, á tomar, contra su voluntad y de una manera desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspiró profundamente y abrió con languidez los ojos, sus hermosísimos ojos negros, á los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos, irresistibles.

Poco á poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levantó sobre el divan, pasó sus pequeñas manos por su frente, se apartó las pesadas bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y miró en torno suyo.

No preguntó donde se encontraba, no nombró á su madre, no se entregó á ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que serian ridículas á no ser por lo terrible de la causa que las motiva. Nada dijo á Yaye, únicamente le asió una mano, y se la besó, dándole las gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada por lágrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies á la cabeza á Yaye.

Luego se replegó sobre sí misma y Yaye la sintió llorar en silencio.

Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel, porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jóven emir lo comprendió asi y dejó á Estrella abandonada á su dolor; pero no se atrevió á dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorrió los tapices de la puerta y de los agimeces y abrió las maderas; frescas oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y uno de los ruiseñores rompió en un magnífico trino.

Yaye tomó la jaula, la descolgó y llevó fuera el ave cantora: parecióle que la alegría tranquila del pájaro debia punzar el alma lastimada de Estrella; los otros tres ruiseñores fueron desterrados tambien á una habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron silencio.

Cuando entró de nuevo Yaye en el mirador, encontró á Estrella mas tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.

Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.

Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y Yaye la oyó murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante á un suspiro:

—¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, caballero! ¡cuánto os debo! ¿sin vos qué hubiera sido de mí?

Yaye no supo qué contestar y contestó á la ventura lo primero que se le ocurrió.

—Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.

—Y ¿quién sino Dios, ha podido llevaros á mi lado en la terrible situacion por que acabo de pasar?

—¿Creeis que haya sido Dios quien me ha traido á vuestro lado? dijo Yaye pronunciando tambien estas impías palabras á la ventura, porque estaba trastornado.

—Y ¿quién sino Dios, respondió con acento sonoro y solemne Estrella, ha podido valerse de vos para que consoleis á una pobre madre moribunda, y ampareis á una huerfana infortunada? ¿Quién sino Dios pudo haber hecho que nos encontráramos y nos conocieramos en aquel meson de las Alpujarras? ¿quién sino Dios, ha podido inspirar á mi madre, á mi infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? ¿Creeis que Dios no habla por la boca de los moribundos?

—¿Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclamó Yaye que seguía hablando abandonado á sí mismo, ó por mejor decir, abandonado á aquella situacion que le presentaba á Estrella con el triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.

La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una atmósfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de sueños desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado, loco, y sin voluntad, por decirlo así, de una manera instintiva, como atraido por una influencia magnética, se sentó en el divan al lado de Estrella.

—Sí, sí; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la jóven; Dios ha tenido compasion de mí, y al herirme tan profundamente en mi amor de hija, ha abierto para mí una fuente de consuelo, presentándome un alma noble, á la cual unir mi alma...

Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada á su dolor, á su necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brilló en medio de su delirio.

Yaye no se atrevió á pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.

Pero como nuestro corazon es siempre exigente y despótico y siempre sale vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo habia gozado del desesperado afecto de su madre á la que acababa de perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la habia puesto su situacion, ó, tal vez desesperada, importándola poco todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continuó infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su magnífica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.

—¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!

—¡Sola! esclamó Yaye con un tímido acento de reconvencion.

—¿Cómo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he olvidado todo... ¡Oh, Dios mio! ¡mi cabeza! ¡tengo aquí un infierno!

Y se oprimió con ambas manos la frente.

Yaye la tomó las manos, las separó de su cabeza y las retuvo entre las suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos jóvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flúido irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.

Entrambos estaban pálidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas, entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.

Sin embargo, Yaye al contestar á la pregunta de Estrella, mintió en cierto modo, no sabemos por qué.

—Me llamo Juan de Andrade, la dijo.

—¡Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: ¿por qué me engañais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?

Estrella iba á decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura á la frase.

—¡Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido á deciros que me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfíes de las Alpujarras.

—¿Y qué importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto mejicano: somos hijos y señores de dos pueblos dominados por los españoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos enemigos. ¿No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?

Yaye se acordó, estremeciéndose, del extraño y terrible desposorio efectuado con los dos por una moribunda, y detrás de aquel solemne y sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vió pasar la sombra de Isabel de Válor, pálida, triste, desesperada.

—¡Que Dios ha querido que nos unamos! exclamó.

Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no pudo notar el profundo terror de que eran hijas las últimas palabras de Yaye.

—¡Oh! y oíd, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce algunos años de reposo sobre la tierra, será necesario que nuestras almas se unan, porque yo os amo.

Por esta vez Estrella no vaciló al pronunciar las palabras que expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanzó con una entonacion firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.

Yaye exhaló un grito que tanto podia parecer de espanto, como de alegría, como de placer.

Y era que el amor de Estrella, producia en él al mismo tiempo aquellas sensaciones.

—Si, yo os amo: el dia en que os ví en el meson de las Alpujarras os estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido, profundamente preocupado; no sé qué teniais en vuestra mirada de sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprendí que erais desgraciado. ¡Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un vínculo bastante fuerte para acercar la una á la otra á dos almas desesperadas. Despues cuando os hablé, me ofrecisteis con toda la expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confié en ella, como siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo sé, yo no he medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas íntimo el recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba: no sabia cuándo ni cómo os presentariais á mi vista; pero yo estaba segura de volveros á ver, segura de que me salvariais, segura de que un dia seriais para mí mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un hermano: estaba segura de que seriais mi alma.

La expresion del semblante y de la mirada de Estrella llegó al último desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la esperanza: Yaye sintió como que su alma se fundia, por decirlo asi, en aquella mirada; una fruicion suprema ensanchó, dilató todo su ser, se sintió trasportado á un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fácil: decimos que se sintió, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su fascinacion, de su trasporte, atrajo hácia sí á Estrella.

La jóven se dejó arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estampó en sus labios, exhalando por él todo el volcan que ardia en su alma, la despertaron de su delirio y rechazó á Yaye.

—Aun está caliente el cadáver de mi madre, exclamó con un acento en que vibraban á un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.

Yaye despertó á su vez y comprendió que envuelto por la fascinacion que habia arrojado sobre él á torrentes Estrella, habia dado un paso del cual no podia volver atrás sin dar derecho á una mujer á que le llamase infame.

Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su semblante se entristeció, se doblegó sobre el divan y se cubrió el rostro con las manos.

Estrella se conmovió; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se acercó á Yaye, le apartó las manos del rostro, como antes habia hecho Yaye con ella, le miró frente á frente con una expresion dulcísima y con los ojos llenos de lágrimas, y le dijo:

—Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para mí una nueva vida y ya no estoy sola en el mundo: me amais... ¡oh! ¡sí! ¡me amais! Sed mi esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo con toda mi alma... ¡pero abrir los brazos á la felicidad cuando mi pobre madre... cuando aun no está santificada nuestra union...! ¡oh! ¡no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os hayais dejado arrebatar por vuestro amor... ¡Oh! ¡Dios mio! ¡cuanta desgracia y cuanta felicidad á un tiempo!

Y Estrella rompió á llorar; pero de una manera convulsiva, en una de esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas se medita en el valor de lo que se ha perdido.

Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.

En aquel momento se oyó un golpe recatado en una de las puertas interiores, y Yaye se dirigió á Estrella.

—Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado á dejaros sola y quiero dejaros mas resignada.

Resonó otro golpe mas fuerte y mas impaciente.

—¡Dejarme sola! exclamó Estrella.

—Sí; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven á llamarme y con insistencia. Oid.

Habia resonado un tercer golpe.

—Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasará... id donde os llaman.

—Pero estais desesperada... y lo temo todo...

—¡Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.

Yaye estrechó una mano que le presentó Estrella, la besó y salió.

Apenas habia salido Yaye, Estrella se levantó de una manera enérgica: sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia fija en la inmensidad; estaba pálida, temblorosa y su boca entreabierta tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.

Luego cayó de rodillas, levantó sus brazos y sus manos al cielo, y exclamó con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:

—¡Oh madre mia! ¡madre mia! perdóname si cuando acabo de perderte me he atrevido á hablar de amor! ¡Estoy sola en el mundo y necesito vengarte! Ese hombre te vengará, sí, te vengará aunque me vea obligada á ser su manceba, su esclava! ¡ese hombre te vengará! ¡yo te lo juro!

Luego se alzó y se sentó pensativa en el divan: despues de su juramento habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego la reflexion se fue apoderando de ella y arrojó una mirada indagadora al fondo de su alma.

—¡Oh, Dios mio! exclamó: ¿le amaré acaso...?

Se pasó la mano por la frente, palideció aun mas, y luego dijo como traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:

—¡Oh, sí, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le ví, y hace un momento, á pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha arrastrado, y he estado á punto de ser suya... ¿y él, él me amará? ¡oh! ¡sí! ¡ha sido generoso! ¡ha respetado mi dolor y mi pudor! ¡pero Dios mio! ¡sino me amara! ¡si solo hubiese cedido á mi dolor y... á mi hermosura! ¡si solo me hubiese respetado por caballero! ¡oh, Dios mio! ¡al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! ¡oh, Dios mio! ¡ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! ¡permite que sea su esposa!

Yaye entró en aquel momento.

—Suceden cosas gravísimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es imposible vengar á vuestra madre.

—¡Qué os es imposible vengar á mi madre! exclamó profundamente Estrella.

—Si por cierto, porque el capitan Sedeño ha sido muerto esta misma noche á estocadas.

—¡Muerto á estocadas! ¿y por quién? exclamó con anhelo Estrella.

—Aun no puedo deciros quién es el hombre que le ha muerto: debe ser un hombre que salió de la casa del capitan algun tiempo despues que este habia entrado en ella de vuelta de un viaje.

—¿Con que el infame capitan Sedeño ha sido muerto por otro hombre en su misma casa, acaso delante del cadáver de mi pobre madre?

—Tal vez.

—¿Y quién os ha dado esas noticias? añadió Estrella, cuyo interés crecia.

—Uno de mis mas leales servidores, á quien dejé con algunos de los mios en observacion de la casa del capitan.

—¿Y no podrá averiguarse quién ha sido el hombre que ha matado á Sedeño?

—Acaso, puesto que uno de mis monfíes ha seguido recatadamente á ese hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.

—¡Muerto el infame Sedeño!

—Y no es esto solo; poco despues una ronda entró en la casa que encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio á quien acompañaban... algunos sepultureros.

—¡Ah! exclamó Estrella cuyo dolor se avivó: ¡ya no volveré á ver á mi pobre madre!

—Su cadáver y el de Sedeño fueron sacados de la casa y conducidos á la iglesia: uno de mis monfíes se hizo el encontradizo con uno de los alguaciles á quien por acaso conocia, y supo por él que el capitan habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma cámara de vuestra madre.

—¡Oh! ¡y cuán justiciero es Dios! exclamó Estrella.

—Pero no es esto lo que me obliga á separarme de vos; asuntos que conciernen al pueblo, cuya corona ciño, me imponen el imperioso deber de ir á ocupar el puesto de honor que me corresponde.

—¿Vais á combatir con los cristianos? exclamó anhelante Estrella.

—Es muy probable.

—Podeis morir en el combate.

—Es muy posible.

—¿Y yo...?

—Vos sereis...

—Detúvose indeciso Yaye...

—¿Qué seré yo...?

—Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en defensa de su pueblo oprimido.

—Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá hacer mas grande mi desesperacion.

Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.

—Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á conocer á ese hombre.

Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.

—¡Ola! ¡wali Harum! dijo Yaye asomándose á la puerta.

Harum, que venia completamente vestido á la castellana, apareció en la puerta y se inclinó profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un wali antiguo ante un califa de Córdoba.

Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva de una sultana.

—Mientras yo esté ausente, dijo Yaye, servirás y obedecerás á esta señora, como me servirias y me obedecerias á mí mismo. Si yo muriese, seguirás sirviéndola y obedeciéndola como si fuese mi hermana.

—Será como querais que sea, poderoso señor.

—Ahora, doña Estrella, adios, dijo el jóven acercándose galantemente á ella y besándola una mano.

—¡Adios! ¡adios! dijo Estrella; ¡que la Santa Vírgen os proteja y os dé ventura!

Los ojos de Estrella se arrasaron de lágrimas, y la fue necesario hacer un violento esfuerzo para contener su llanto.

Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brotó libremente, y Estrella exclamó entre sus sollozos.

—¡Que me sirva como si fuera su hermana! ¿por qué no ha dicho que me respete y me sirva como si fuera su esposa?

Entre tanto Yaye decia á Harum.

—¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente tienes oro bastante?

—Si señor.

—Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama durante toda su vida.

—¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro pueblo.

Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd—el—Gewar y en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Capítulo XXI. Los xeques del Albaicin.

El anciano Abd—el—Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí al jóven.

En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió, como un niño ó como un loco.

—¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?

—He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.

Por mas que hizo Abd—el—Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.

Abd—el—Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los xeques y los principales moriscos de la ciudad.

Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno, entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que rindió á la puerta Abd—el—Gewar.

Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna ó algibe.

Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.

En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta hombres, la mayor parte de ellos ancianos.

Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora; todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.

Cuando entraron Yaye y Abd—el—Gewar, y antes de ser notados, un anciano de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su peroracion, decia:

—Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos, ¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda, don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas, ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo, y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor nombrar uno entre nosotros.

—Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd—el—Gewar, interrumpiendo al orador.

—Es Abd—el—Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.

Todos se levantaron y saludaron á Abd—el—Gewar.

Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia presidir aquella reunion revolucionaria:

—¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd—el—Gewar?

—Ese capitan es el jóven que me acompaña.

—¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia sido interrumpido por Abd—el—Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la suerte del reino?

—¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?

—¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.

—¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la expresion de mi voluntad.

—¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se vino furioso hácia Yaye.

El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento vibrante:

—¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!

—¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.

—Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye—ebn—Al—Hhamar, dijo Abd—el—Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los monfíes es el que teneis delante.

—¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd—el—Gewar; ¡la prueba de que ese mancebo es el emir!

—¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su corona y de su dignidad en su hijo Sidy—Yaye?

—Es verdad.

—¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?

—Sí.

—Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf Al—Hhamar, el emir de las Alpujarras.

Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á decir:

—El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor, segun le llaman los cristianos, á Yuzef—Aben—Humeya, segun le llamamos nosotros.

—¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese delito á don Diego de Válor.

—¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los ancianos.

—No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder? ¿De quién la fuerza?

—Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino. ¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido en la prision de don Diego de Válor?

—Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura mano sobre el Koran.

—¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?

—Lo juro.

—Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?

—Si, dijeron á una voz todos.

—En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi, primero es triunfar de los cristianos.

—Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.

—Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.

—El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera disputarme la corona.

—Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido rey.

—¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de lleno en sus funciones de capitan de la empresa.

—Con cuatro mil.

—¿Todos fuertes?

—Todos valientes y experimentados.

—¿Tienen armas?

—Sí.

—¿Dinero?

—Sí.

—¿Están ordenados en taifas?

—A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á reunirse al lugar que le está señalado.

—¿Quienes son sus capitanes?

—Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.

—Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd—el—Gewar, permaneced conmigo.

Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.

Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los preparativos en la insurreccion.

Capítulo XXII. Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada.

Al dia siguiente, como á las doce de la mañana, atravesaba por el lugar de Alfargue, próximo á Granada, un caballero como de sesenta anos, ginete en una mula y defendiéndose del sol, que picaba demasiado, con una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo, ginete tambien en una mula, y detrás, caballeros en rocines, iban como una docena de lacayos jóvenes y robustos, armados á la gineta.

Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro, una acémila cargada con dos grandes cofres.

El que parecia señor de toda esta gente, el caballero de los sesenta años, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombrío, de mejillas pálidas, de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los cabellos canos y muy cortos. Vestía un sayo negro de raja de Florencia sencillo y sin cuchilladas, unos gregüescos de lo mismo, gorguera de cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una pequeña pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza: sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con guardamano, y dos pedreñales en sus fundas en el arzon delantero.

Por último, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.

Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su numerosa servidumbre, demostraba que era un señor y un señor de los grandes de aquellos tiempos.

El escudero que le acompañaba, vendria á tener sobre poco mas ó menos su misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y por su desembarazo á caballo y por cierto sabor militar, de haber sido en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba á su amo, como si se hubiera tratado de un enfermo.

Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios, coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un largo arcabuz á la derecha de la silla.

Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda á su amo, y no caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian á la sazon por una cuesta bastante empinada.

Notó el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se volvió displicente á su escudero.

—Saez, haz caminar mas deprisa á esos bergantes. ¿No sabes que el capitan general nos necesita en Granada esta tarde?

—Aun no son las doce, señor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de plata voluminoso y semi esférico; hemos salido de Guádix al amanecer y ya estamos á media legua de Granada.

—Si, pero ahora amanece á las tres de la mañana, dijo el caballero.

—No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cuán agria es la cuesta por do vamos.

—Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando roncamente el señor excelentísimo.

—Por lo mismo, señor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente á su magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. ¿Qué importa á vuecelencia que los moriscos se subleven ó no?

—Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de que me contrarien. ¿Qué me importa que se subleven los moriscos? allí donde se levante un rebelde al rey, allí está mi odio. ¡Los vencidos rebeldes! ¡ah! ¡daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de España! ¡Infames! ¡Bandidos!

—Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no han hecho ningun daño á vuecelencia.

—No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin tener al lado mas que afectos interesados.

—¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.

—No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.

—Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.

—¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no; necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa, porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así acabaré de sufrir.

Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se irritase.

Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.

Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la iglesia de San Gregorio el Alto.

Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.

Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de la iglesia.

—¿Que es eso Saez? ¿qué miran esos galopos? dijo el caballero.

—Lo ignoro, señor.

—¡Que lo ignoras! ¡que lo ignoras! no te he preguntado para que me respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.

Acercó la mula el escudero, y miró cómodamente por encima de la multitud lo que la multitud miraba, mientras que su señor, no queriendo ponerse en contacto con la plebe, se mantenia á una distancia medida por el orgullo.

Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, ó por mejor decir, los dos cadáveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos cuáles eran aquellos cadáveres. El de doña Inés de Cárdenas habia sido amortajado con un hábito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y á pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una niebla fantástica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi á raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadáver, cuya blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba á la diáfana blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera indudable eso que se llama distincion de raza.

En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado; tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vacía manga izquierda de su jubon á un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lívido á su semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y á través de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una espuma sanguinolenta.

Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto de los dos cadáveres, que su señor hubo de llamarle: pero Saez no le oyó: repitió el incógnito personaje una, dos y tres veces su llamamiento, y tampoco le oyó. Entonces uno de los lacayos creyó que debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo acercándose á él y tocándole en el hombro:

—Señor Gabriel, su escelencia os llama.

—¡Eh! dejadme, exclamó volviéndose todo hosco al lacayo.

Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas vió los cadáveres, habia sido singular.

Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto, luego se puso tan pálido como los dos cadáveres y se extremeció todo.

—¡Oh! ¡no no puede ser! murmuró: seria horrible: ¡doña Inés mi señora y el capitan Alvaro de Sedeño! le conozco, sí, le conozco; á pesar de esa pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el rostro. Sí, sí, es necesario creerlo, á menos que el diablo se esté burlando de mí; esa es doña Inés: mas vieja... ¡ya se vé! han pasado veinte años... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadáver á la hermosa niña de quince años que era la alegría de la casa: y él... él... sí, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en quien mi señor se habia empeñado en ver un valiente hidalgo y un hombre de bien: valiente si, hidalgo pase, ¡pero hombre de bien...! ¿y cómo es que están aquí juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al menos en la casa de mi señor?

El escudero necesitó salir de dudas acerca de este último punto, y creyó que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por órden superior estaba de guarda junto á los cadáveres.

Inclinóse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido, á pesar de las múltiples conversaciones de los curiosos.

—¡Eh! ¡señor ministro! ¡señor ministro! ¿tiene vuesamerced la dignacion de escuchar una palabra?

Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con mucha consideracion á las gentes de justicia.

Volvióse el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas á hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los curiosos, y asiéndose al arzon, dijo con semblante propicio:

—Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.

—Gracias, señor ministro. Ahora, bien, ¿para que tienen ahí á esos dos difuntos?

—Están expuestos para ver si hay alguien que los conozca.

—¡Qué! ¿nadie los conoce?

—Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relató ce por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.

—Preguntóse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia en aquella casa, prosiguió el alguacil, y nadie supo decir si no que era un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En cuanto á la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que viviese en tal casa una mujer.

—¿Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...

—Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden decir.

—Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.

Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su bolsillo á todo evento, la sacó conteniendo un doblon de á ocho, que con gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el escudero trataba con buenos modos á las gentes de justicia, sabia que esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto con tal de que lo paguen bien.

Entreabrió un tanto con disimulo la mano el corchete, miró rápidamente y de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se dulcificó aun mas y guiñando maliciosamente un ojo, dijo á Gabriel.

—Ciertamente que sois un honrado hidalgo, á quien no se puede negar nada; pero inclinad un poco mas la cabeza á fin de que nadie nos oiga y prometedme que guardareis secreto.

—Pues ya se ve, y callaré mas que un muerto.

—Pues señor, habeis de saber que el señor Andrés Zorcillo, escribano que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarreña, garrida donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos tiene á mi mujer y á mí, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la cara. Pues, bien, el señor Andrés Zorcillo me ha dicho, que nada menos que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de infanteria española Alvaro de Sedeño.

—Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...

—¿Qué dama?...

—La difunta.

Miró rápida; pero profundamente el corchete al escudero, y contestó.

—Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los médicos que han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.

—¿Y por dónde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? preguntó con interés Saez.

—¿Cómo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan era un perro monfí, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia consigo dos esclavas: la difunta, y otra...

—¿Y esa otra esclava? exclamó con anhelo Saez.

—Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mató al capitan.

—¿Y quién es ese hombre?

—Un mejicano rebelde: uno de esos perros idólatras de Nueva España, que acometen las villas españolas, roban las doncellas y los niños y despues de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.

—¡Ella esclava del capitan! murmuró de una manera ininteligible Saez, ¡otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado muerte en su propia casa á Sedeño...! ¡Oh! ¡oh! Y decidme señor ministro, ¿cómo se ha averiguado que ese idólatra ha muerto al capitan?

—¡Ah! para la justicia no hay nada oculto, señor escudero: figuraos que el señor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y supo les daba dinero á mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mandó prenderlos, y cuando los registraron en la cárcel para ver si tenian algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... ¿no reparais en que falta á la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijéramos, de la parte del corazon?

—Si, si que lo veo.

—Pues bien, ese rizo se encontró sobre el mejicano, envuelto en un pedazo como de tela de sábana que estaba cortado al parecer con un puñal: comprobados el rizo y el paño, se halló que era indudablemente el rizo aquel el que se habia cortado á la difunta, y el paño... el paño faltaba de las sábanas de la cama donde se encontró el cadáver, y comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con la falta que habia quedado en la sábana.

Cuando el alguacil llegaba á este punto de su revelacion fue cuando impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de Gabriel, le llamó, y cuando el lacayo le avisó de que su señor le llamaba.

—¿Dónde vivís, señor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho, hubo despedido bruscamente al lacayo.

—Vivo en la Calderería Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el alguacil, al lado de la carnicería, preguntad por Picote, y todo el mundo os dará razon.

—Pues bien, iré á veros esta noche, y á Dios que mi señor se impacienta.

Revolvió Gabriel su mula, y de nuevo se puso pálido y tembló; pero mas profundamente que la vez primera: impacientado el incógnito de la pesadez de su escudero, habia ido á avisarle por sí mismo; al acercarse, dominando, por razon de la altura de su mula, el círculo de curiosos que rodeaban á los dos cadáveres, su vista habia chocado con el de doña Inés.

El desconocido lanzó un grito horrible, en el momento en que Gabriel Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atónita, fascinada, mortal con que su amo miraba el cadáver: luego, el incógnito, y antes de que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendió los brazos hácia el cadáver, y gritó con un acento desgarrador, inmenso, como si se hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:

—¡Hija de mi alma!

Y cayó inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera valerle.

Aquel incidente lúgubre, dramático, en todo su horror, aterró á los circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tiró mas que se apeó de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus caballos, corrieron á socorrerle: el interés era general; hasta el mismo alguacil Picote se conmovió: el incógnito, segun dijo un médico que se apareció como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado, y fue conducido á una casa inmediata que se le abrió francamente, probando una vez mas la característica caridad española; la curiosidad pública, cambiando de objeto, se apartó de los cadáveres para volverse á aquella casa, á la que no tardó en acudir la justicia, que siempre se mezcla por España á todo: un cuarto de hora despues salió Gabriel pálido, trémulo, de la casa á donde habia sido conducido su señor, y, acompañado de un alcalde y de un escribano, adelantó hácia los cadáveres á los que rodeaba un nuevo círculo de curiosos.

Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el alguacil Picote, y Gabriel, con las lágrimas en los ojos, dijo con voz conmovida, pero que todos pudieron oir:

—Habeis puesto esos cadáveres á la vista de todo el mundo para que declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que este cadáver es el de mi noble ama la excelentísima señora doña Inés de Cárdenas, hija única del excelentísimo señor don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla.

—¿Y ese otro, preguntó el alcalde?

—Ese otro, dijo con cólera Saez, es el del infame capitan de infantería, Alvaro de Sedeño.

Gabriel no se apartó de allí hasta que dejó depositado en una capilla de la iglesia el cadáver de su señora, convenientemente alumbrado, y guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado á otros dos en busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la construccion de un féretro magnífico, volvió triste y cabizbajo á la cabecera del lecho de su amo.

Capítulo XXIII. Los desfiladeros de Dar—al—Huet.

Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra, esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.

Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros, otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos, detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.

Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor, tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.

Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados, peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.

Conoció el marqués de Mondéjar que aquellas gentes mas que de socorro le servia de embarazo; pero para no disgustarlas las metió en la Alhambra, las hizo distribuir por los adarves, dejó en la fortaleza cien soldados viejos para servir la artillería y guardar las puertas, y otros cincuenta en el castillo de Bib—Ataubin, bajo las órdenes del corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar asegurar la ciudad donde á la caida de la tarde se habian notado señales de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles habian sido barreadas por los moriscos.

Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer barricadas en los nuestros.

Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los monfíes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance. Comprendiólo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas bastantes para ello, se decidió á salir á cortar á los monfíes el camino de la ciudad, ó á morir como buen caballero en servicio del rey.

Los monfíes, con arreglo á la traidora revelacion de Alvaro de Sedeño, debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por Dilar. El capitan general tomó por el costado de Generalife arriba, por una cañada del cerro del Sol y luego torció por un mal camino que guiaba al pueblo del Dar—al—Huet, que hoy se llama Casa—Gallinas.

Marchaba la gente á gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron á unos ásperos desfiladeros cerca ya del lugar.

En aquellos momentos llegó un adalid de los que el marqués habia enviado á la montaña, con la noticia de que los monfíes, en número de seis mil hombres se acercaban á Dilar, y que detrás de ellos y por los atajos, sin ser sentida, venia la compañia de arcabuceros del capitan Sedeño, bajo las órdenes del alférez Villasante.

El lugar en que se encontraba el marqués era inmejorable para una emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra, á la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqués, buen capitan, práctico en la guerra y en el terreno, dividió su escasa gente en pelotones, que situó convenientemente entre las breñas, y él con sus ginetes, se situó á la salida del desfiladero á la parte de Granada en un pequeño valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.

Dióse órden á todos de que guardasen el mayor silencio, y á pesar de que hacia una luna clarísima, nadie hubiera creido que hubiese una sola persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la gente.

Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando á Granada, oiase perfectamente desde allí ese álito de vida que se desprende de una gran poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien se percibe, desde los silenciosos campos; oíase el reló de la iglesia de Santa María de la Alhambra á lo lejos y casi perdido; pero la campana de la torre de la Vela callaba, señal clara de que no habian lanzado aun el grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera oido tocar á rebato aquella campana, y el estampido del cañon de la Alhambra.

Pasó una hora, y se oyó tocar á animas todas las campanas de las numerosas parroquias, conventos y cofradías de la ciudad, y sin embargo, pasó aun largo espacio sin que una sola persona atravesára el silencioso desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.

El marqués de Mondéjar llegó á creer, y su suposicion era muy posible, que los exploradores de los monfíes se habian apercibido de la ocupacion del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian tomado otro camino para llegar á Granada.

En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al marqués que correr á la Alhambra en el momento que la campana de la Vela y el cañon de la Alcazaba diesen la señal de alarma.

Pero si los monfíes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la escasa gente que la guarnecia. El marqués, pues, estaba en un estado de ansiedad terrible.

Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el desfiladero, y despues una banda de monfíes, exploradores sin duda, pasaron á buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las breñas, entre las cuales se ocultaban el marqués y sus ginetes.

Los monfíes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una bocina, despues de lo cual pasaron adelante.

Aquel triple toque de bocina debia ser una señal de los exploradores para avisar al grueso de los monfíes que el desfiladero estaba franco y seguro.

Por fortuna, mientras duró la parada de los exploradores, no relinchó un solo caballo, ni se escapó un tiro de un soldado imprudente. Poco despues se oyó rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si no temiese ningun peligro.

La órden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqués á la cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese fuego hasta que los monfíes estuviesen extendidos en el desfiladero, despues de lo cual era fácil atacarlos y revolverlos.

Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfíes de llegar al sitio donde estaba emboscado el marqués, antes de que se disparase un solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban á desembocar en el valle, el mismo capitan general sacó de su arzon un pistolete y le disparó. Inmediatamente, de entre todas las breñas cayeron nutridas descargas de arcabucería sobre los monfíes, que sorprendidos, aterrados en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general, saliendo de su acechadero á la cabeza de su pequeño escuadron, se lanzaba sobre ellos gritando:

—¡Por el rey! ¡Santiago y cierra España!

A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles, los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del desfiladero.

El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror pánico.

Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.

Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los estribos exclamó:

—¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra! ¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros cristianos ocultos entre las breñas?

Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.

Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos desesperados y una voz robusta que gritó:

—¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al emir!

Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.

Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y replegados al valle.

El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron; pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.

Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.

Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo, incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su retirada hácia la ciudad.

Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes estaban en consejo.

—El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué debemos hacer, hermanos?

—Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña, dijeron algunos.

—¿Pero y los de Granada?

—Que se compongan como puedan.

—Lo primero es nuestro emir.

—¡A la montaña! ¡á la montaña!

Poco despues toda aquella gente se volvia á las Alpujarras, llevando consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran gozarse con la vista de ellos.

Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaña.

La bala de un soldado desconocido habia salvado á Granada.

Sobre el desfiladero habian quedado los cadáveres de algunos soldados castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que, abandonados, habian sido rematados por los monfíes.

Capítulo XXIV. De cómo, á causa del levantamiento del Albaicin, cometió Yaye su primera infamia.

Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio á la Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro.

Dióse órden de que no se dejase salir á nadie de la fortaleza para que no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqués de Mondéjar, asomado á un agímez de la torre de Comares, con la vista fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa de insurreccion.

Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin.

Conócese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que se extiende por una parte á lo largo y por cima de la calle de Elvira, mas allá del Zenete, que corre á lo largo de dicha calle, y por otra parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro, donde ahora está situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta mas abajo la iglesia de San Cristóval.

Este barrio tiene dentro de sí una fortaleza que se llama la Alcazaba Cadima, y un número considerable de parroquias, capillas y conventos de frailes y monjas.

En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que tiene en la actualidad, á pesar del gas y de la civilizacion. Esto consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado público, y en aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de cada calle, en el ángulo de cada plaza, una lampara encendida, delante de una imágen, de una cruz ó de un ecce—homo, colocados dentro de un nicho, ó simplemente clavados á la pared bajo un tejadillo de tablas.

Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de las puertas de iglesias, conventos, cofradías, ermitas, capillas y cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las linternas de los alguaciles de las rondas.

Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro, alumbrado y acompañado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias.

Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde puñalada en sus oscuras calles ó se roba alguna capa vieja, y que en aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto á estocadas.

Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se piensa en alguna miserable riña de taberna, entonces al ver un hidalgo muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la justicia y los que no eran la justicia se decian:—¿Quién será ella?

La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario noble y rico, que en el momento en que escribimos estas líneas: al Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos años el Albaicin solo será un monte cubierto de hermosos cármenes, cuyas cercas se habrán hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta, en medio de cuyos cármenes, se sostendran en pié durante algunos años aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la conquista.

Hace muchos años que Granada se está transformando, y perdiendo en sus transformaciones, y llegará un dia en que solo la queden algunos barrios desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrirá por sí mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas.

¡Pobre Granada!

Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretándonos á la noche en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los moriscos, ó porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian encendido los vecinos.

Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechísimas y los aleros de las casas se cruzaban, superponiéndose en la mayor parte de ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras.

Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen experimentado por sí mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que marchen dos hombres de frente á caballo.

Como para desahogo y ensanche habia, sí, algunas plazas medianamente espaciosas, donde reflejaba á sus anchas la luna; pero en aquellas plazas no se veia una sola persona.

Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una animacion de mal agüero; iban, venian, se detenian y hablaban entre sí, hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban á la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian suprimido por sí mismas, lo que prueba el admirable instinto de las gentes de justicia para esconderse á tiempo, en cuanto asoman los primeros síntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo.

En una plaza, que existia entonces entre las últimas casas de la parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban un terreno áspero, que hoy está cubierto de nopales, á la falda del cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dícha plaza decimos, donde á pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver á aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se paseaba meditabundo y pensativo Yaye—ebn—Al—Hhamar, asido del brazo del faquí Abd—el—Gewar, que á pesar de sus años, estaba completamente armado como el jóven, y, como él, con trage castellano.

Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas.

Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos grupos: habian dado ya las ánimas y ninguna noticia se tenia de la aproximacion de los monfíes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como de costumbre, sin que, á pesar de la luna, se viese brillar una sola arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se veia el farol de los artilleros en la batería de la torre de la Vela, ni en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al combate, á pesar de que el capitan general no podia ignorar que las calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en armas.

El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombrío y silencioso y desiertas sus baterías.

Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo el marqués de Mondéjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan descuidados se mostraban.

Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfíes que debian entrar en el Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo del Aceytuno y por la puerta de Guadix.

Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela dió, segun costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos momentos; aquella era la única voz del castillo y aquella voz parecia decir: estoy alerta.

Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba á apoderarse de las masas que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de noticias: aquella impaciencia empezaba á ser miedo, y el miedo á expresarse en quejas.

Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar á Yaye, que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogió de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no está en su mano.

Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfíes. Pero al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos, se presentó á caballo y con las señales de haber venido corriendo á rienda suelta, un walí de los monfíes.

Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la puerta, creyendo ya cerca el ejército auxiliar, rompieron en una aclamacion de alegría; pero el walí no contestó á aquella aclamacion y se redujo á preguntar con semblante hosco, dónde estaba el poderoso emir Yaye—ebn—Al—Hhamar.

El aspecto del monfí, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y no sabiendo qué pensar, condujeron al walí á la plaza donde habia establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye.

Cuando el walí estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jóven era el emir, se arrojó del caballo y se prosternó ante Yaye.

—Magnífico y poderoso señor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas. Vengo á avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su gente á las Alpujarras.

—¿Que se vuelve mi noble padre á las Alpujarras? exclamó con asombro Yaye.

—Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de Dar—al—Huet, y no hemos podido forzar el paso.

—¿Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? ¡Luego alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando á los cristianos!

—Sí, sí, dijo sombriamente el monfí, nos han hecho traicion y han ocurrido horribles desgracias.

—¿Y mi padre?

—La mano de Dios protege á los reyes, dijo profundamente el walí.

Habíasele ordenado, para evitar á Yaye cuanto fuese posible lo doloroso de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de ella, y el walí cumplia exactamente su encargo.

—Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continuó el walí, me encarga deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un momento á la montaña.

—Ya lo ois, dijo Yaye á los xeques que le rodeaban; mis monfíes han sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos.

—¡Oh! exclamó con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los xeques: el infame don Diego de Válor, nos ha hecho traicion.

Estas palabras del Homaidi irritando á las masas excitadas, pasaron de boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron á la carrera, trémulos de corage, á la casa de don Diego.

Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba á los xeques y á los capitanes, que fuesen á retirar la gente y á quitar las barreras de las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al antiguo aspecto de paz y sumision, oyóse hácia la parte de San Gregorio el Alto un alarido informe; luego reflejó un resplandor indeciso, despues una llamarada y luego otra y al fin se declaró un incendio.

Y como si aquella hubiese sido una señal de alarma, retumbó el ronco estampido del cañon de la Alhambra, y la campana de la Vela empezó á tocar apresuradamente á rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta las distantes cumbres de las montañas que rodean la vega.

Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente á las avenidas por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin; mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al aire sus arcabuces en señal de levantamiento, algunos entraron en la plaza donde Yaye absorto no sabia qué partido tomar, y gritaron:

—La casa de don Diego de Córdoba y de Válor ha sido acometida y está ardiendo.

En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se encontraba, el peligro de un combate á todas luces dudoso, contra los cristianos, todo desapareció de la imaginacion de Yaye, en la que solo quedó una idea: la de doña Isabel de Córdoba y de Válor, abandonada en la casa de su hermano á una turba feroz irritada y sanguinaria: entonces, sin decir una sola palabra á los que le rodeaban, ni hacerse seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; echó á correr como un frenético hácia la casa de don Diego, llegó, tiró de la espada, se abrió paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logró penetrar en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas.

—¡Al cristiano! ¡al cristiano traidor, que viene á socorrer á los traidores! gritaron algunas voces.

Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con las armas enhiestas en seguimiento de Yaye.

Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desórden espantoso.

En el primer momento de peligro, doña Elvira, sin cuidarse de la seguridad de su cuñada doña Isabel, á quien aborrecia de muerte, corrió al aposento de don Diego, abrió la puerta secreta y se refugió en la mina.

En cuanto á doña Isabel y á los criados, aterrados, sobrecogidos, á penas tuvieron tiempo para huír al huerto en busca de una salida por el postigo.

Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave; el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror les aconsejó que buscáran un medio mas pronto.

Habia en el huerto algunos árboles arrimados á la cerca: los hombres, sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doña Isabel, porque en los momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de sí mismo, treparon á los árboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron á la calle y huyeron.

Doña Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba á iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares de la casa, que habian sido incendiados.

Algunos furiosos habian puesto fuego á la leñera.

Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy pronto torbellinos de fuego.

Oíanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor.

Doña Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas eran demasiado débiles para forzarla.

A medida que el tiempo trascurria, el terror de doña Isabel aumentaba, y el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el incendio se habia propagado á toda el ala del edificio que daba sobre el huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego.

Desplomábanse los tabiques, y á través de algunos boquerones, se veia pasar y cruzar á la canalla, corriendo y cargada con el saqueo.

Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba al huerto; pero ya por la parte superior tocaban á su techumbre. Por el fondo de aquel portalon se veian pasar de contínuo hombres con antorchas encendidas ó cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia dirigido al huerto.

De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles; voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente.

—¡Al traidor! ¡al castellano! ¡matadle!

Llenóse al fin el portalon de gente y doña Isabel, á pesar de su terror, vió que un hombre solo retrocedia defendiéndose de una turba numerosa.

Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada á este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la espalda; pero se veia obligado á retroceder de una manera decidida.

Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian, entraban casi en el huerto, doña Isabel, que contemplaba fascinada aquel espectáculo, lanzó un grito de horror: el techo del portalon, invadido por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejándolos sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros.

Pero de delante de aquel horno saltó un hombre, y al verse incomunicado con el interior de la casa, empezó á buscar, como fuera de sí, una nueva entrada que hubiese respetado el fuego.

Doña Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse, contemplando en él un enemigo, ó alegrarse considerándole como un salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el techo del portalon, cogiese solo á los que le acosaban y mantenia alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del hundimiento le tocase. Doña Isabel notó que estaba vestido á la castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que estaba muy lejos de pertenecer á la canalla incendiaria y rapaz que habia acometido la casa.

En el primer momento, el terror solo permitió á doña Isabel ver en aquel hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le hubo mirado con alguna insistencia, arrojó un grito que tanto expresaba terror como alegría, y cayó de rodillas.

En aquel hombre habia reconocido al único hombre á quien habia amado; por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido á Yaye.

A su vez Yaye oyó el grito de doña Isabel y se volvió. A la luz del incendio, que dominaba á la de la luna, vió una mujer de rodillas, y junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corrió desalado hácia ellas, llegó á doña Isabel, la apartó las manos con que se cubria el rostro, la miró frente á frente y arrojó un grito de insensata alegría; doña Isabel miró tambien á Yaye, palideció de una manera mortal, lanzó un gemido, y no pudiendo resistir á tantas emociones, cayó por tierra desmayada.

Yaye, antes que en socorrer á doña Isabel, pensó en arrancarla de aquel lugar de peligro: fué á la puerta, que pugnaban en vano por abrir las criadas, apartó á estas, desenganchó un pistolete de su cinto, buscó la cerradura, é hizo fuego sobre ella: la cerradura saltó rota en mil pedazos, Yaye abrió el postigo, y las tres criadas escaparon al momento, como pájaros á quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue á donde estaba doña Isabel desmayada, la contempló un momento con éxtasis, la cargó en sus brazos, y salió por el postigo y se dió á correr por las empinadas calles, hácia la cercana muralla del obispo don Gonzalo.

—La traicion de don Diego de Válor, exclamó con un acento indescribible, ha hecho inútil el levantamiento de los moriscos; pero esa traicion ha puesto á Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jóven, á quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doña Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto á romper de una manera terrible para la pobre niña, los vínculos extraños que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

—Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, mañana venceremos. Y su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso de la carga de doña Isabel, que era demasiado buena moza para que no pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy pronto el jóven llegó á un lugar aportillado de la muralla, y salió al campo, ó por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontró muy lejos de la muralla, sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que conducia á su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hácia él se dirigió Yaye con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de álamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y allí fue donde se detuvo Yaye, depositando blandamente á doña Isabel sobre el cesped.

El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion á Yaye, habian afectado de tal manera á la desdichada jóven, que su desmayo continuaba.

Yaye la miraba extasiado: el semblante de doña Isabel por el doble efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba á una blancura sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestañas, su boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellísima expresion del dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido conducida hasta allí por Yaye.

El jóven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de hermosura de la jóven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras de consuelo y de amor á la joven, creyendo ceder solo á la caridad, que despues de haberla dejado abandonada á su suerte por fanatismo ó por ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le causó la ruptura del lazo simpático, íntimo y misterioso que le unia á ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la noche, experimentó un sentimiento hácia doña Isabel que nunca habia experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz, impuro, en que la materia, sobreponiéndose al espíritu, mandaba, como mandan los tiranos, sobreponiéndose á la justicia, al deber, á la generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doña Isabel y embriagaba mas y mas á Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concretó en aquella mujer purísima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus brazos; en que olvidó su pasado, su presente, su porvenir; en que su alma recogida en un solo punto, ansió unirse, confundirse, anegarse en el alma de doña Isabel. Lentamente el semblante del jóven, como atraido por una fascinacion poderosa, se acercó al semblante de ella: su brazo estrechó con mas fuerza su cintura y llegó por fin un momento, en que aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimió un solo y ardiente beso en la boca de la jóven; beso abrasador, interminable, por el que se exhaló todo el alma de Yaye, y que hizo volver en sí de repente, por un misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar, á doña Isabel.

Encontróse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un hombre, ¡ay! demasiado adorado; sintió unos labios convulsivos y ardientes posados en sus labios, y se creyó entregada á un sueño; la razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la situacion en que se encontraba; no supo si estaba soñando ó si estaba despierta.

Yaye, segun la expresion de un escritor contemporáneo, se la arrebató vírgen á su marido, é Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si estaba despierta ó soñando.

Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para que pudiese ser soñada: doña Isabel, que dominada por una fascinacion extraña, habia concedido á el único hombre que habia sabido inspirarla amor, delirantes caricias, volvió realmente en sí; aquella reaccion fue terrible; primero, apartó lentamente á Yaye, le miró, le reconoció, comprendió toda la verdad y se alzó rugiente, excitada por su dignidad y por su virtud.

Yaye, sorprendido, trémulo, porque comprendió que estaba colocado en esa indigna posicion del fuerte que abusa del débil, pronunció en vano algunas palabras de disculpa. Doña Isabel le interrumpió, y le dijo con acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio:

—Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingiéndome un amor que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra, abandonándome, sentenciándome á un sacrificio que jamás podreis apreciar bien: despues, cometiendo la última de las infamias.

Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan supremo de desprecio. Luego tomó lentamente el camino de los muros, se perdió á lo lejos y entró en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla.

¿Por qué no la habia seguido Yaye?

Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cuánta razon le despreciaba doña Isabel; porque aquel desprecio le habia anonadado, cubriéndole de confusion y de vergüenza, y habia quedado inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre él el desprecio de su víctima.

Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la jóven, Yaye logró sobreponerse á su fascinacion: se pasó la mano por su frente calenturienta, y exclamó:

—¡Ah! ¡he perdido toda esperanza! ¡he sido infame con ella, y ella, la conozco bien: jamás me perdonará!

Y dos lágrimas solas, representando el despecho del jóven, brotaron de sus ojos.

¿Eran aquellas lágrimas hijas del amor y de la dignidad, ó del egoismo de Yaye?

No lo sabemos.

Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al deseo y dignidad al amor propio, no es fácil aventurar suposiciones, sin exponerse á incurrir en un error.

Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser déspota, lo era.

Tomó á paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada Isabel, y entró en el Albaicin. La casa de don Diego de Válor, estaba aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los alguaciles, con el presidente de la Chancillería y los alcaldes de casa y córte ocupaban el Albaicin.

Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por callejas excusadas á la casa de Abd—el—Gewar, á aquella misma casa donde habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Válor y donde habia conocido á doña Isabel.

Abd—el—Gewar, que esperaba con ansiedad al jóven, le recibió sollozando de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar á caballo y montando en otro, salió con él de la casa. Aquella era una medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los moriscos que conocian á Yaye y á Abd—el—Gewar, y hubiera sido harto imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse á caer entre las manos de la justicia del rey.

Cuando abrieron la puerta del huerto, se les presentó un hombre.

—Deteneos, les dijo.

Yaye echó mano á un pistolete.

—Nada receleis, dijo aquel hombre notando la acción de Yaye: soy don Fernando de Válor.

—¿Y qué quereis? dijo con aspereza Yaye.

—Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doña Isabel, acaba de presentárseme aterrada, trémula, entregada á la mayor desesperacion: he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando preparaba el mio, y puesto que vos, señor, sois emir de los monfíes, os ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compañía, y trasladarnos á las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.

—Cabalgad, don Fernando, dijo Abd—el—Gewar; pero cabalgad al momento; no tenemos un solo instante que perder.

Yaye habia quedado en un profundo silencio.

Poco despues Abd—el—Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye á doña Isabel desmayada.

Detrás iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer que lloraba de una manera desconsolada.

Capítulo XXV. Cómo encontró Yaye á su padre.

Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando Abd—el—Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes un grito agudo semejante á una seña.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.

—¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.

—Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.

—¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose profundamente.

—¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes, que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.

—Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el preguntado.

—¿Cuántos hombres acaudillas?

—Cincuenta valientes muslimes, señor.

—Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en seguridad.

—Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el encargo de Yaye.

—Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?

—Si señor.

—Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.

Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar á gran paso por la ladera.

—Adios, exclamó Yaye, saludando de una manera indeterminada á don Fernando y á doña Isabel.

—Que él os proteja, señor, dijo el jóven.

Doña Isabel guardó un obstinado silencio; pero don Fernando la sintió extremecerse.

Yaye y Abd—el—Gewar picaron á sus caballos, y desaparecieron muy pronto por un recodo de la montaña.

Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva por donde se entraba al alcázar subterráneo.

Pero con gran asombro de Abd—el—Gewar, encontró delante del pinar un ejército acampado: los monfíes, extendidas sus atalayas por las lomas inmediatas rodeaban el bosque.

Los dos viajeros se vieron obligados á darse á reconocer de punto en punto, hasta que llegaron á una magnífica tienda, alzada en medio del bosque, en el centro de un claro.

Habia impresionado á Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y de sombría tristeza que se notaba en el semblante de todos, singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un ejército que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.

—¿Qué significa esto? dijo Abd—el—Gewar á uno de los walíes.

—¡Dios lo quiere, santo faquí! contestó gravemente el moro.

—¡Que Dios lo quiere! ¿y esa tienda alzada en medio de ese bosque?

—Los médicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, á quien Dios salve, necesita aire puro que no encontraria en el subterráneo.

—¡Pues qué!... exclamó con ansiedad Yaye.

El walí no conocia personalmente al jóven, que aunque emir por la abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse á conocer de todos los monfíes. Por lo mismo, el walí, que no sabia con quien hablaba, contestó:

—Nuestro valiente y magnánimo emir, Yuzuf, está á las puertas de la muerte, á consecuencia de una herida que recibió anoche en la cabeza en el desfiladero de Dar—al—Huet.

Yaye no acabó de escuchar al walí, exhaló un grito salvaje, se arrojó del caballo y se precipitó en la tienda.

Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de médicos. Estos abundaban entre los monfíes, porque los moros, lo mismo que los árabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las ciencias naturales.

Yaye se precipitó al lecho y asió las manos de su padre, al que miró de una manera anhelante.

Yuzuf, á pesar del estado en que se encontraba, le reconoció y sonrió lánguidamente.

—¡Ah! ¡la misericordia de Dios es infinita! exclamó alzando los ojos al cielo; el Altísimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin hacerte conocer mi última voluntad.

Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.

—¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo á Abd—el—Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos momentos, tú, Abd—el—Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.

Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y lloraba sobre las manos de su padre.

—¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita! ¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.

—Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don Fernando de Válor, despues de los cristianos.

—Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho traicion.

—¿Quién es, pues?

—Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.

—¡Ah! exclamó Yaye.

—Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.

Yaye lanzó toda su vida á sus oidos.

—Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo, lucha contra los españoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo valiente, es nuestro aliado natural: ademas, á ese hombre debemos mucho, y tú podrás deberle mas: es riquísimo; tiene tesoros inmensos.

Yaye escuchaba con suma atencion á su padre.

—Ademas, Yaye, continuó Yuzuf; tu proyectado enlace con doña Isabel de Válor, es ya imposible, porque doña Isabel está casada.

—Pero dícese que ha muerto Miguel Lopez.

—No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducirá cualquiera de nuestros walíes, solo conque le digas que quieres ir á la morada del cazador de la montaña.

—¿Y quién es ese cazador?

—Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Méjico.

—¡Ah! ¿y ese es el padre de Estrella?

—¿Conoces tú á la hija de Calpuc?

—Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.

—¡Y esa mujer!...

—Es noble y pura.

—¿Hermosa?...

—Como un ángel.

—Sea tu esposa, Yaye.

—¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...

—¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...

Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé esposo de Estrella.

Yaye quedó profundamente pensativo.

—Los oprimidos deben unirse á los oprimidos, continuó Yuzuf: ademas, la amistad de Calpuc será preciosa para tí. Cuando yo muera, que será muy pronto, busca primero á Calpuc, dile que ponga en libertad á Miguel Lopez; entrega despues su hija á ese hombre; no te pregunto cómo te has apoderado de esa mujer, ni dónde has estado oculto durante quince dias. Te he vuelto á ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu virtud. Recuerda bien: véngame y véngate de ese capitan infame, procura la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto á lo demás, lo que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito está en estos pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que conviene á nuestra patria, que tiene derecho á exigirnos toda clase de sacrificios. Grava bien en tu memoria las últimas palabras que voy á decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su felicidad doméstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.

Yuzuf entregó el rollo de pergaminos á Yaye que se habia arrodillado para escuchar las últimas palabras de su padre: este tendió las manos sobre él y le bendijo.

Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le llamaban los monfíes, murió, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las Alpujarras.

Capítulo XXVI. Procedimientos judiciales.

El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la ciudad; decíanse los nombres de los que habian sido presos, de los que probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el capitan general para que no volviese á reproducirse el peligro en que, durante algunas horas, habia estado Granada.

Decíase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadáver de un capitan de infantería española, que habia sido encontrado muerto á estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia matado. Añadian que don Diego de Córdoba y de Válor, andaba envuelto en aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doña Elvira, y su hermana doña Isabel habian desaparecido, y por último, que de la casa de don Diego de Válor no habian quedado en la calle del Agua mas que escombros denegridos.

Hablábase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cómo el duque de la Jarilla, poderoso señor que hacia muchos años estaba retirado de la córte, en la pequeña ciudad de Guadix, habia encontrado muerta á su hija, á quien habia perdido, encuentro que habia tenido lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que habia hecho el capitan general á los caballeros é hidalgos del reino contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban, y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, á los curiosos y desocupados.

Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los monfíes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada á la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar, que solo conocian aisladamente á sus capitanes, y estos habian huido, poniéndose en salvo en las breñas de las Alpujarras, y haciéndose por necesidad monfíes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la Chancillería, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye, ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que habian provocado y puéstose al frente de la rebelion.

El último mono se ahoga, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente aconteció entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por no saber nada habian quedado abandonados á si mismos y presos, pagaron la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados á galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillería, opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse fulminado terribles procesos, se echó tierra al negocio, como se habia echado sobre los cadáveres de los ajusticiados, y no se volvió á hablar mas de ello.

Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre, casi régia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta cabeza era la de don Diego de Córdoba y de Válor, contra el que obraba la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de Sedeño.

Pero don Diego gastó tan á tiempo y en tanta cantidad su dinero, sirviéndole de agente su buen amigo el marqués de la Guardia; era tan benévolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el capitan Sedeño, pasó sin dificultad por falsa, y como no habia contra él otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeño habia aparecido monfí y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, túvose aquella carta por apócrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeño, sobreseyóse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se confesase públicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto á verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano, católico, apostólico romano. Del mismo modo se levantó mano respecto á su hermano don Fernando, á quien, mediante la misma confesion, se permitió volver á vivir libremente en Granada.

Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera á esculpar á don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron con gran ahinco los letrados defensores.

Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, á no ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre él una acusacion terrible: la de asesinato contra su cuñado Miguel Lopez.

Esta acusacion habia provenido de Calpuc, ó mejor dicho, la conciencia de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.

En el momento en que Calpuc se vió preso y encerrado, imposibilitado por lo tanto de ir á cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez, contando con su libertad, pensó en que, á pesar del dolor en que le habia sumergido la muerte de su esposa y la pérdida de su hija, él, que no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la desgracia; pensó tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios, primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar á su hija, y que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues, pidió con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillería que esta revelacion seria referente á la rebeldia de los moriscos, se apresuraron á enviar un alcalde de casa y córte, acompañado de un escribano, al calabozo de Calpuc.

Este declaró que estaba en su poder Miguel Lopez, refirió las circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus manos, cuando le salvó de los monfíes, y dió tales y tales señales del lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian equivocarse los que fuesen enviados en su busca; á pesar de esto, los emisarios enviados por la justicia, ó mal enterados ó torpes, no dieron con el subterráneo; volvieron; en atencion á lo grave del asunto, decretó la Chancillería, que el mismo Calpuc, bien asegurado y escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en el subterráneo.

Entonces se vió una cosa horrible: junto á la puerta de hierro, entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontró á Miguel Lopez muerto de hambre, mordiéndose un brazo, con el que sin duda el desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadáver, se encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban á cicatrizarse.

Reconocido el subterráneo, se encontró un lecho revuelto, y sobre una mesa, junto á una lámpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra gorda y ruda en que se leia:

«He cometido grandes crímenes, y la mano de Dios me castiga: muero aquí en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre que me salvó de los monfíes, que me trajo aquí y que me curó, salvándome del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna desgracia á ese hombre cuando no ha venido á cuidar de mí. Si no vuelve pronto conozco que no tardaré en morir y quiero dejar á la suerte mi venganza. El hombre que me ha traido aquí y que me ha cuidado, es inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo manda, que él me salvó del puñal de los monfíes. Mi asesino es don Diego de Córdoba y de Válor á quien mi muerte importaba. Que á nadie mas que á don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon á doña Isabel de Córdoba y de Válor por el mal que he podido causarla, obligando á su hermano don Diego á que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad á Dios por mí para que me perdone. En las entrañas de la tierra, no sé qué dia ni qué hora.—Miguel Lopez.»

Siguió la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontró en el arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo contenido era la abjuracion de la idolatría y su conversion al cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Halláronse ademas algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de doblones de oro.

Recogió todo esto la justicia, incluso el cadáver de Miguel Lopez, se volvió con el vivo y con el muerto á Granada, encerró de nuevo al primero, enterró al segundo, despues de haber hecho constar su identidad por medio de sus parientes y conocidos, y guardó, para unirlos al proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterráneo.

Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado á Calpuc; pero la justicia es muy suspicaz y no dándose por satisfecha con ellos de la inocencia del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.

Calpuc apeló á otra prueba: á la carta que Miguel Lopez le habia entregado para su esposa doña Isabel, en que se acusaba de aquel asesinato á don Diego, y á la sortija que en aquella carta mandaba Miguel Lopez á doña Isabel entregase á Calpuc.

Pero doña Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse requisitorias á las Alpujarras y al fin doña Isabel fue encontrada en Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro repentino en su casa, se la encontró, entre algunas cartas de amores de un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.

Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por unanimidad, que aquella carta era de puño y letra del difunto y por lo tanto legítima.

La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recayó sobre don Diego de Córdoba y de Válor, en el momento en que iba á ser puesto en libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el rey.

Preguntados los lacayos que acompañaron á don Diego en su viaje con Miguel Lopez á las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto á la prueba del tormento uno de ellos, declaró que habia llevado una carta á un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don Diego era á su parecer el que habia andado en aquel asunto.

Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se encontraron los siete monfíes ahorcados de la encina, muertos y medio deborados por las aves carnívoras, y pendiente del cuello de cada uno de ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfíes escrito en árabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco doblones de oro. Los monfíes, temiendo la justicia del emir, habian respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogió como cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los monfíes, los descolgó de la encina y los llevó á la plaza de Orgiva para ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia desaparecido algunos dias antes.

Esto parecia bastante para esculpar de todo punto á Calpuc; pero la justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.

Calpuc contestó que el estado del herido le habia obligado á no llevarle á ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no haber dado parte á la justicia por no haber podido separarse de él.

Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente á la justicia, y se absolvió á Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Válor.

Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese sujetársele al tormento, la Chancillería encontró que, si bien no habia pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle á galeras.

Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez años á las galeras de su magestad.

«Pero, añadia la sentencia: en atencion á que el padre y el abuelo del don Diego, sirvieron buena y fielmente los años pasados á los señores reyes católicos y á la señora reina doña Juana, manda la sala, que si doña Elvira de Céspedes, esposa del dicho don Diego, diere á luz un hijo dentro de los nueve meses posteriores á esta sentencia, no recaiga sobre el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que estaba en posesion el don Diego.»

Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.

El dia 15 de marzo de 1547, doña Elvira de Céspedes, dió á luz un hijo, que se llamó don Fernando de Válor, y heredó los bienes y el regimiento de su padre con arreglo á la anterior sentencia.

Don Diego de Válor no quiso publicar su deshonra y dejó que heredase su nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.

Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don Fernando, debió ser concebido por su madre, durante la ausencia de don Diego y su permanencia en el alcázar del emir de los monfíes.

Cuando Yaye—ebn—Al—Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.

Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de espanto.

Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.

«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo, porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo, sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera, porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme, y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad, quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben—Aboo es vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra... jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran resultar del crímen que cometísteis contra mi.—Mesina de Bombaron á 31 de marzo de 1547.—Doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor, que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno colocado entre él y doña Isabel.

Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio; recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con quien se habia casado sin amarla, por ambicion.

Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:

—La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis dolores, en el mar de mi gloria.

Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes, manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.

Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo encargaban doña Isabel y doña Elvira.

Capítulo XXVII. De cómo fué el casamiento de Yaye.

Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.

Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos obligados, muy á pesar nuestro, á meternos de nuevo en el árido terreno de las investigaciones judiciales.

De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas bastantes, don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido por su nieta á Estrella... pero no nos atrevemos á ello, temerosos de que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades del reconocimiento. Abordamos, pues, el fárrago á que nos condena en esta ocasion nuestro oficio y empezamos.

Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia, acabando de dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que entró en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba á montar á caballo para ponerse á las órdenes del capitan general como buen vasallo de su magestad, cuando entró por las puertas de la cámara un hombre lloroso, pálido, asustado, en quien reconoció al escudero de uno de sus mejores amigos.

—¿Qué os sucede, señor Gabriel Saez? le dijo el marqués.

—¿Qué me ha de suceder, triste de mí, contestó el preguntado, sino que mi amo está entre la vida y la muerte?

—¡Diablo! exclamó el marqués, poniéndose serio, ¿que el duque está en peligro de muerte? ¿y donde?

—Aquí, en el Albaicin, en una casa junto á San Gregorio el Alto.

—Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que quiera, dijo el marqués deshevillándose por si mismo el coselete y arrojándole; vamos á ver á vuestro amo. ¿Habeis venido á caballo, señor Gabriel Saez?

—Si señor.

—Pues adelante.

Y sin decir mas palabra, salió, seguido de Saez, bajó al patio, montó en un caballo que le tenian preparado, montó en su mula Saez, y saliendo de la casa, llegaron en muy poco espacio á la en que, después de su accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su lecho.

Habia vuelto en sí el duque; pero se encontraba en un estado deplorable, y hasta tal punto, que los médicos habian prohibido que se le hablase, ni se le excitase.

Pero no sabian los médicos que tenian que luchar con un carácter de hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados á permitir que el enfermo hiciese lo que quisiese.

Por resultado de esto, Saez fué á llamar al marqués de la Guardia, y este se encontró delante de su viejo amigo.

—¡He encontrado á mi hija! exclamó con precipitacion el duque, en cuanto vió al marqués y antes de que este pudiese hablar una palabra.

—¡A vuestra hija! ¿á la que os robaron hace tantos años los indios mejicanos?

—¡Sí, sí! ¡la he encontrado! exclamó creciendo en su anhelo el duque.

—¡Pues me alegro, vive Dios! ¡me alegro! exclamó el marqués.

—¡Pero la he encontrado muerta! ¡muerta!

Y el anciano rompió á llorar.

El marqués se mordió la lengua.

—¡Ira de Dios! dijo, ¡y yo que me habia alegrado!

—¡Muerta! repitió con desesperacion el duque. ¿Comprendeis, lo que es para un padre encontrarse muerta una hija á quien he llorado por espacio de veinte y dos años: ¡muerta y miserable!

—¿Pero cómo ha sido eso señor? exclamó el marqués que estaba atortolado é incómodo por aquel duelo que se le habia venido encima, á él, que era el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los gemidos.

—Cuéntaselo tú, Gabriel, dijo el duque, tú que no eres su padre y recordarás mejor.

El escudero contó al marqués circunstanciadamente su encuentro imprevisto con el cadáver de doña Inés, la conversacion con el alguacil Picote, y el accidente de su señor.

—Con que resulta, dijo el marqués, que teneis una nieta, don Juan.

—Sí; sí señor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.

—¿Pero no está preso el hombre que mató al capitan Sedeño?

—Si, si por cierto.

—Pues bien, dijo el marqués, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra nieta.

—Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque.

—Si, es preciso, repitió maquinalmente el marqués.

—Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel.

—¿Para que yo busque á vuestra nieta?

—Si por cierto. ¿No veis que yo estoy sujeto en este lecho de maldicion?

El marqués de la Guardia meditó que tenia un pretexto para escapar de aquella situacion que le fastidiaba y se apresuró á decir:

—Habeis hecho bien en acordaros de mí, don Juan, y en el momento voy á hacer las primeras diligencias. ¿No decís que ese alguacil con quien hablásteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote?

—Si señor, contestó Saez.

—Pues bien, voy al momento á ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y sed dócil á lo que os ordenen los médicos. El alguacil Picote... en la Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista.

Y escapó, montó á caballo y se alejó á buen paso, burlando á Saez que queria darle algunas instrucciones.

—¡Ira de Dios! exclamó el marqués: ¡pues échese vuesamerced á buscar niñas perdidas! ¡encárguese de un negocio en que habrá pleito y ruido! porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia! ¡Bah! que se componga allá como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y asunto concluido.

De repente, un pensamiento como suyo vino á hacer variar de resolucion al marqués.

—¡Diablo! dijo: ¿y si la niña perdida fuera una buena moza?

Este pensamiento bastó para que el marqués hiciese variar de direccion á su caballo y se pusiese en demanda de la Calderería y del alguacil Picote.

Llegó, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el marqués se encontró en un zaquizami, delante de una robusta moza como de veinte y seis años, á quien por todo saludo tomó la cara. Esto demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen empaque.

A las pocas palabras el marqués se entabló en la casa y obtuvo una doble cita; una para el marido y otra para la mujer.

Al salir el marqués se atusó el vigote, montó á caballo y se alejó murmurando.

—Pues señor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia á la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal Picote.

En seguida el marqués fué á presentarse al capitan general.

Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqués pudo dar algunas esperanzas á su amigo y seguir en sus investigaciones.

Entre tanto la justicia, á instancias del duque de la Jarilla, habia careado á Calpuc con el cadáver de su esposa; se habian comprobado el rizo negro y el pedazo de sábana; el mejicano habia declarado que aquel cadáver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doña Estrella; que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refirió, en fin, su historia entera: presentó como comprobantes su partida de desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y citó el acto de su retractacion de la idolatría, que se habia encontrado en el subterráneo de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray Diego de Rojas: declaró asimismo que al venir á Europa y á España, habia dado libertad á los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su órden de Salamanca, y el otro en la de Avila.

Llamaron á los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos decidieron la cuestion declararon unánimemente, que Calpuc era rey del desierto mejícano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque secretamente, la religion católica; que se habia casado con la dama cuyo retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido decir á aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada doña Estrella, muy semejante á su madre, y por último, que el capitan de infanteria Alvaro de Sedeño, cuyo retrato, aunque de su cadáver, reconocian, las habia arrebatado á Calpuc diez años antes.

Hemos hablado de los retratos de los dos cadáveres: estos se habian mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para conservar los cadáveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma.

Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar que aquel cadáver no era el de doña Inés de Cárdenas; pero tales fueron las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad resplandeció á despecho de los herederos que temian, no por doña Inés, que no podia heredar, sino por aquella hija de doña Inés, que podia parecer de un momento á otro.

En cuanto á Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, no resultando contra él ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opinó que la muerte que habia dado al capitan Sedeño, merecia en gran parte disculpa, y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba indulto, fué puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra el cual no resultaba mas cargo que haber acogido á Calpuc.

Además de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto, aunque envejeciendo diez años, y todo iba bien, menos el asunto de que se habia encargado el marqués de la Guardia: esto es, el encuentro de Estrella.

En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto es, su mujer, se habia apoderado el marqués, revolvió, y fué y vino por sí mismo y por medio de sus compañeros. Eran pasados dos meses desde la muerte de doña Inés, y su hija Estrella no parecia.

La jóven, que habia venido á ser la cuarta estrella de la casa en que vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres estrellas en nuestra carpeta), doña Estrella decimos, vivia triste y creyéndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por Harum.

Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto á ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse á conocer como valiente á sus monfíes, sino tambien vengar en los cristianos de las Alpujarras la muerte de Yuzuf.

Durante aquellos dos meses, incendió, saqueó y ensangrentó algunas villas con gran contento y aplauso de los monfíes, que vieron que Yuzuf habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo Yaye no se cuidó de otra cosa, ni envió noticias suyas á Harum, ni se las pidió de Estrella.

Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un profundo respeto á la jóven, como á todo lo que provenia del emir, tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra, obedeciendola, de una manera ciega.

Durante algunos dias, la enamorada jóven lo esperó todo de Yaye; pero pasó una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se decidió á obrar por si misma; á provocar un conocimiento extraño, por medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la Jarilla.

Mandó á Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y un manto. Harum le procuró todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo, le dijo que queria ir todos los dias á misa á la parroquia mas próxima.

Harum, aunque con repugnancia, acompañó desde entonces á misa todos los dias por la mañana á Estrella, llevándola á la iglesia de San Gregorio el Alto.

Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar con su abuelo, notó que á la iglesia de San Gregorio, la mas alta y lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias á una dama tan hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban á ir damas.

Estrella pidió á Harum que la llevase á una iglesia mas concurrida. Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama por la cual podia interesarse su señor, aunque solo le habia mandado que la obedeciera como si fuera su hermana, la llevó á la colegiata del Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy concurrida, iba á ella la jóven demasiado temprano para encontrar en ella gente noble. Entonces preguntó á Harum á que hora concurria á la iglesia la gente principal. Harum la contestó un tanto contrariado, que á la misa de hora.

—Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir á la misa de hora.

—Para ello será necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con noble servidumbre, observó Harum.

—Pues bien; comprad lo que fuere menester.

Harum procuró á Estrella nobles y ricos trages y una litera de córte y la hizo acompañar por sus monfíes disfrazados de pajes, que la llevaban el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le habia dejado Yaye, Harum se vió obligado á empeñar sus mejores prendas. Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas noble de Granada.

Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia muchos hidalgos jóvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante, ninguno, al verla tan bien acompañada y por un hombre tan cegijunto como Harum, se atrevió á seguirla ni á ponerse en conquista. Pero la fama de la hermosa desconocida cundió entre lo que podia llamarse entonces buena sociedad, por boca de damas y galanes, y llegó á oidos del marqués de la Guardia.

Don Gabriel jamás dejaba de acudir allí donde se presentaba un nuevo sol entre los soles conocidos, y tanto oyó ponderar la belleza y el boato de la incógnita, que al primer dia de fiesta, se aliñó, se tiñó las canas, se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fué á plantarse junto á la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador.

Ya estaba cansado el marqués de ofrecer agua á todas las damas conocidas suyas, jóvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se presentó Estrella.

Al ver el marqués á una jóven tan hermosa, tan bien prendida, tan noblemente acompañada, y á quien no conocia, dijo para sí:

—Esta debe ser la famosa incógnita.

Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelantó gentilmente hácia Estrella, la saludó con una sonrisa tal y tan noble como quien á ellas estaba acostumbrado, y la ofreció el agua bendita. Estrella la tomó con suma gracia y pasó sonriendo levemente al marqués, y desplomando sobre sus ojos una mirada, que á poco mas hace un destrozo en el corazon de don Gabriel.

—Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas hermosa que he visto en toda mi vida.

El marqués no oyó misa, ni vió otra cosa que á Estrella que se habia arrodillado junto al presbiterio. La jóven, como sabemos, tenia interés en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al parecer impresionadas miradas al marqués, que este acabó de volverse loco.

Cuando salieron, don Gabriel siguió á Estrella á pesar de Harum, que de tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo.

Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no tenia resquicio ni respiradero.

Rondó, fué y vino durante tres dias; pero siempre vió la casa cerrada y muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fué á la misa de hora provisto de un billete en que declaraba su amor á Estrella, y la suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente á las ocho á misa á la misma iglesia, para darle la sentencia de vida ó muerte.

Cuando Estrella entró, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la deslizó en la mano el billete. Estrella le tomó recatadamente; pero no se sonrió, ni miró al marqués durante la misa, manteniéndose grave y seria. El marqués se desesperó creyendo que habia errado el golpe por precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando salió.

Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fué antes de las ocho á la iglesia del Salvador.

Poco después entró Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y del receloso Harum. El marqués adelantó hácia ella trémulo y pálido, y al tomar Estrella el agua bendita, dejó en su mano un pequeño billete.

Jamás pareció mas larga una misa á don Gabriel; concluyóse al fin; doña Estrella pasó junto á él, le saludó y desapareció. El marqués abrió con ansia en el mismo vestíbulo del templo el billete y vió que contenia lo siguiente:

«Señor marqués de la Guardia: os contestaré al billete que me entregásteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso pueda suceder, voy á presentaros la ocasion de servirme. Necesito que don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo...

Al llegar á esta frase don Gabriel, lanzó un grito de alegría, arrugó el billete y le besó frenético; luego le desarrugó lentamente con placer, con el alma inundada de delicia y prosiguió la lectura.

»... Necesito que don Juan de Cárdenas, mi abuelo, sepa que tiene una nieta, que esta nieta está sola en el mundo, que tiene medios para probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad al duque, mi abuelo, y decidle dónde vivo. Cuando el duque me haya reconocido, entonces, señor marqués, veré lo que debo contestar á vuestra peticion, y se aclarará para vos el misterio de este encargo que os hago, contando con que, como noble, me servireis.—Doña Estrella de Cárdenas.»

El primer impulso de don Gabriel fue correr á casa del duque y mostrarle el billete; pero meditó que el duque sabia que era casado, y su paso se hizo mas lento, reprimido por su meditacion.

—Pues bien, dijo el marqués, no hay necesidad de mostrarle el billete; le diré que he encontrado á su nieta, y si me pregunta el cómo, inventaré una mentira cualquiera. Vamos á casa del duque. Es necesario que doña Estrella me esté agradecida, y ademas, tenia picado mi amor propio por no haber podido dar con ella. ¡Ya se ve! ¿ Quién habia de figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte.

Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontró sériamente sorprendido, al ver que llamaba á la puerta de su casa la justicia.

Eran un alcalde de casa y córte, un escribano y cuatro alguaciles, á los cuales acompañaban el duque de la Jarilla y el marqués de la Guardia, con algunos criados armados.

—¿Cómo os llamáis? dijo severamente el alcalde á Harum.

—Pedro de Xeniz, contestó Harum con entereza.

—¿Quién vive en vuestra casa?

—Una dama que se llama doña Estrella y...

—Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos á la presencia de esa señora.

Harum, cediendo á las circunstancias, introdujo al alcalde, al escribano, al duque de la Jarilla y al marqués de la Guardia, en una sala del piso bajo á donde estaba Estrella.

Al verla el duque, la reconoció: tan parecida era á su hija cuando tenia la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su semblante revelaba de una manera inequívoca el tipo indígena mejicano.

El duque se arrojó entre los brazos de Estrella.

—¡Sí! ¡sí! exclamó, cubriéndola de besos y lágrimas; ¡tú eres, si, la hija de mi pobre Inés, la hija de mi alma! ¡tú semblante lo está diciendo á voces! ¡sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y luego... el color de tu padre!... ¡Ah, Dios mio! ¡Dios mio!

Y el viejo, no pudiendo resistir mas á su emocion, cayó desfallecido entre los brazos de Estrella, que se vió precisada á sostenerle.

La jóven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco y receloso.

El duque habia perdido el conocimiento.

—Es necesario concluir, dijo el marqués; vuestro abuelo, señora, no ha podido resistir á tanta felicidad. Concluid, señor alcalde, mientras yo voy á buscar dos literas.

El alcalde se dirigió á Estrella.

—¿Reconoceis por vuestro abuelo al señor duque de la Jarilla? dijo.

—Soy nieta del duque de la Jarilla, contestó Estrella, sin dejar de atender con una tierna solicitud al anciano.

—¿Sois casada? repuso el alcalde.

—No, señor; soy enteramente libre.

—¿Estais, pues, dispuesta á trasladaros á la casa de vuestro abuelo?

—Sí señor.

—¿Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa?

—Sí señor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado Pedro el Xeniz, y para con su señor. Ellos fueron los que me salvaron del infame Alvaro de Sedeño; ellos los que procuraron á mi madre una muerte tranquila.

—¿Conque vos no sois el dueño de esta casa? añadió el alcalde dirigiéndose á Harum.

—No señor.

—¿Quién es vuestro amo?

—El señor Juan de Andrade.

—¿Y dónde está?

—Ausente.

—Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis á vuestro señor de lo que acontece y de que su presencia será muy necesaria en Granada para ciertas probanzas.

—Muy bien, señor.

—¿Habeis concluido ya, señor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la estancia.

—De todo punto.

—¿De modo que podremos trasladar al señor duque y á doña Estrella á su casa?

—Sí señor.

—Esperad un momento, dijo Estrella.

Y se apartó á un lado con Harum, á quien habló en voz baja lo siguiente:

—Decid á vuestro señor, que me perdone por el paso que he dado sin su conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa; pero me importaba encontrar á mi familia. Decidle que me encontrará siempre en casa de mi abuelo; que no me moveré de Granada hasta que le vea y... añadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos arrasados en lágrimas, que no puedo vivir sin él.

—¡Ah, señora! ¡que Dios os haga feliz! contestó Harum.

Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo, á quien la alegría habia puesto en un estado lamentable, el marqués de la Guardia, que iba formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que ajustaban in mente la suma de las costas de la diligencia que acababan de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sacó un caballo de las cuadras, montó en él y se fué á buscar al emir de los monfíes de las Alpujarras.

Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos dominicos declararon que era la misma doña Estrella que diez años antes habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeño; reconociéronse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doña Inés habia dado á su hija antes de morir, y á despecho de los parientes del duque, doña Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legítima.

El duque, que habia podido resistir al dolor de la pérdida de su hija, no pudo resistir á la alegría del encuentro de su nieta, y murió perdonando á Calpuc, y llamándole su hijo.

Doña Estrella le heredó y se encontró jóven, hermosa, libre, duquesa de la Jarilla, grande de España y riquísima por sus rentas y por el dinero que habia acumulado su abuelo durante su retiro.

Pasó un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella de Yaye.

El marqués de la Guardia entre tanto importunaba á la jóven con sus amores.

—Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros amaba á otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.

El marqués, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.

Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.

El amor del marqués llegó á hacerse lúgubre: se creyó engañado y pensó en vengarse.

Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia pálida.

Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.

Al fin un dia y cuando el marqués, por la millonésima vez, hablaba á Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunció á la puerta de la cámara al señor Juan de Andrade.

Estrella se puso pálida, tembló y lanzó un grito ahogado.

El marqués comprendió que habia aparecido el rival dichoso y se levantó irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cámara.

La vista de la enérgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al marqués que salió desesperado.

Al ver á Yaye, Estrella se levantó y corrió desalada á arrojarse en sus brazos.

No le dijo una sola palabra; pero reclinó la cabeza en su hombro y lloró de placer.

Yaye la llevó al sillon de donde se habia levantado.

—Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo tambien necesitaba veros, y he venido.

—Sí, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos vimos por la última vez.

—Cuatro meses que he necesitado para darme á conocer dignamente á los míos y para vengar á mi padre.

—¿Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la cámara.

—¡Es mi padre! dijo Estrella.

—¡El rey del desierto! exclamó Yaye.

—Y vos el emir de los monfíes, dijo Calpuc.

Entrambos se estrecharon las manos.

—Mucho he debido á vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion hubiera muerto á manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al padre lo pagaré al hijo.

—¿Me dareis lo que os pida?

—¡Sí!

—Meditad bien lo que prometeis.

—Aunque me pidieseis mi hija os la daria.

—Pues vuestra hija os pido.

—Tenedla por vuestra.

—¡Ah! exclamó Estrella, y se arrojó en los brazos de su padre.

El casamiento, bien á despecho del marqués de la Guardia, se hizo de allí á pocos dias.

¿Amaba Yaye á Estrella?

No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

¿Y siendo esto asi, siendo doña Isabel viuda, porque no se habia casado con ella Yaye?

Su carácter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al morir le habia dado su padre explicaran este misterio.

Veamos aquellos pergaminos.

«Ultima voluntad del emir Yuzuf Al—Hhamar.—A su hijo el emir Yaye—ebn—Al—Hhamar.

»Soy viejo y presiento la muerte que se acerca.

»Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altísimo.

»Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no hubieran echado por tierra mis proyectos.

»Isabel de Córdoba y de Válor se ha casado con un hombre oscuro. La muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfíes no puede casarse con una viuda, y mucho menos con la viuda de Miguel Lopez, de Sayd—Aboo, el infame y el renegado.

»Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos: Isabel era la esposa que te convenia.

»Pero el Altísimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea tu esposa Isabel.

»Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive entre nosotros: cualquiera de nuestros monfíes te llevará á él, solo con que le digas: necesito ver al cazador de la montaña.

»El te contará su historia. Salva á la madre y cásate con la hija.

»Este casamiento te producirá grandes riquezas, porque el rey del desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendrá á ser un dia grande de España, por el derecho de su madre.

»Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la córte del rey de España como uno de sus grandes.

»Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodéale, espíale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle enemigos y dificultades... sacrifícalo todo por tu patria: tu corazon, tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu hija.

»Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifícate por tu pueblo, Yaye.

»Cásate con la hija del rey del desierto: sé una doble persona: el brazo vengador del Islam en la montaña; el enemigo encubierto, en la córte del tirano...»

El manuscrito seguia esplanándose en la explicacion de estas consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba á su hijo; el plan detallado de una doble guerra al rey de España.

Yaye se casó con Estrella bajo el influjo de su ambicion.

Pero era tan hermosa la jóven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye, que contagió con su amor, cuanto podia contagiarle, al jóven emir.

Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales á turbar su paz doméstica.

El primero fue la carta de doña Isabel de Válor que le noticiaba el nacimiento de su hijo.

El amor que Yaye sentia por doña Isabel y que solo estaba, por decirlo así, sobresanado, brotó con nuevo ímpetu, de una manera incostrastable, y á pesar del memorandum de su padre, se arrepintió de haber cedido á su ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor á doña Isabel á que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstáculo sensible de su union con doña Isabel, se le hizo odiosa.

Yaye, disimuló, sin embargo, y creyó que su disimulo bastaba para encubrir el desvio que experimentaba hácia su esposa: pero el alma de la mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella comprendió que no era amada, y lloró en silencio.

El otro incidente que acabó de destrozar el corazon de Yaye, provino del marqués de la Guardia.

Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, llegó á ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada.

Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un período muy avanzado.

Entonces, desesperado ya, pensó en una venganza infernal.

El marqués, habiendo apurado todos los medios, apeló á la corrupcion de la servidumbre íntima de Estrella.

Pero no apeló al medio vulgar del dinero. Pensó en vengarse de Estrella de una manera indirecta, como si dijéramos, por tabla. Enamoró á una de sus doncellas.

Esta conquista no le fue difícil. La doncella cedió á las consumadas artes de seducción del marqués, que aun era buen mozo, y todas las noches el marqués entró en casa de la duquesa por un balcón inmediato á sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida.

Don Gabriel no queria que su venganza fuese pública. Solo ansiaba herir el corazón de Yaye á quien aborrecia porque era amado de Estrella.

El marqués, pues, envió un infame anónimo á Yaye, en que se le avisaba que todas las noches oscuras á las doce, entraba un hombre por los balcones en su casa y le recibia su esposa.

Yaye observó á Estrella; notó en ella un desvío que no era otra cosa que el resultado de un amor lastimado por el desvío de Yaye. Este, preparado por el anónimo, sospechó de Estrella, interpretando mal su tristeza y su abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareció un hombre embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una seña, se abrió silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba Estrella, apareció en él una sombra blanca de mujer y una escala cayó á la calle.

Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no meditó que podian engañarle las apariencias, y en el momento en que el marqués de la Guardia aseguraba la escala para subir, le acometió espada en mano, y le hirió.

El marqués vaciló y cayó; barbotó algunas palabras, y soltó una carcajada horrible, por cuya entonacion é inseguridad se podia comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huyó y cerró.

El marqués yacía en tierra, muerto.

Yaye se arrojó sobre él, le descubrió el rostro y á la media luz de la noche le reconoció.

—¡Ah! ¡es el marqués de la Guardia! dijo.

Entonces recordó que el marqués era el que habia descubierto el paradero de Estrella.

—¡Se amarian! exclamó. ¡El es casado!

Esta circunstancia agravó mas las sospechas de Yaye.

—Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados probables de su infamia...

Yaye se cubrió el rostro con las manos.

Luego envainó frenético su espada, se dirigió á un postigo inmediato, abrió con una llave de que iba provisto, y entró en su casa.

El cadáver del marqués quedó abandonado en la calleja.

Cuando Yaye entró en el dormitorio de su esposa, la encontró dormida, aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oyó murmurar un nombre en sueños.

Esperó escuchando con suma atencion á que volviera á hablar la duquesa.

—¡Yaye! ¡yo te amo! exclamó al fin esta.

Yaye creyó volverse loco. ¿Conque no era su esposa la que habia arrojado la escala al marqués?

Entonces meditó á qué habitacion caia el balcon que se habia abierto, se retiró recatadamente, salió á un corredor y llamó á una puerta de servicio.

Abrióle una doncella pálida y consternada.

Aquella mujer estaba vestida de blanco.

—¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor! exclamó: ¡yo le amaba!

—¡Ah! ¿conque eras tú? exclamó Yaye: y la volvió las espaldas.

Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero á pesar de lo que habia visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.

Jamás las manifestó á Estrella, pero excitado su aborrecimiento á la pobre joven, lo demostró sin rebozo.

Ausentábase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.

Estrella no podia ser mas infeliz.

Pero Dios tuvo compasion de ella.

Murió, al dar á luz una niña, entre los brazos de Yaye, que al verla morir creyó en ella, lloró, y sintió sobre su alma un nuevo remordimiento.

Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Válor, por Diego Lopez y por su hija doña Esperanza.

Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres á quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye.

SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.

Capítulo PRIMERO. Tres notabilidades de la córte del rey don Felipe.

Eran estas notabilidades dos mujeres y un hombre.

La una mujer se llamaba doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.

La otra, la princesa Angiolina Visconti, esposa del príncipe Maffei Lorenzini.

El hombre se llamaba don Juan Coloma, marqués de la Guardia.

Estos tres personajes tenian tres nombres por los cuales se les nombraba por excelencia.

Conociese á doña Esperanza de Cárdenas, bajo el nombre de la hermosa duquesita.

A la princesa Angiolina, bajo el de la casada—virgen.

A don Juan de la Guardia, bajo el de el marquesito.

La hermosa duquesita, tenia veinte años.

La casada—virgen veinte y seis.

El marquesito veinte y uno.

Necesitamos dar á conocer á estas tres personas, y, por mas que pese á nuestra galantería, el órden de los sucesos que vamos refiriendo nos obliga á empezar por el marquesito.

El marqués de la Guardia habia quedado huérfano cuando solo contaba un año. Su padre don Gabriel Coloma, habia sido encontrado muerto á estocadas en una calleja del Albaicin, y por resultado de su muerte, murió afligida y triste siete meses despues su madre doña Clara de Arévalo.

El marquesito huérfano, pues, fue entregado á la tutela de un tio materno, hidalgo disoluto, que no cuidó gran cosa de la severidad en la educacion de su sobrino: sin embargo, le amaba, y era imposible no amar á aquel arrapiezo tan hermoso, tan inteligente, tan diabólico, tan cariñoso, tan vivo: su tio don César de Arévalo, al ver las favorables disposiciones de su sobrino, habia jurado hacer de él un don Juan Tenorio y en ningunas manos habia podido caer el pobre huérfano, que mejores fuesen, para hacer de él uno de esos terribles calaveras del siglo XVI, que, considerados bajo cierta faz, son una de las ilustraciones de nuestro siglo de oro, por lo valientes y audaces; muchos de los cuales, despues de una juventud borrascosa, habian contribuido con su espada, ya en los viejos Estados de Europa, ya en las vírgenes praderas del Nuevo Mundo, á sostener el carácter preponderante y conquistador de las Españas.

El cariño de don César hácia su sobrino, cariño indiscreto y exagerado, habia hecho al jóven marqués voluntarioso y exigente; este mismo cariño habia contribuído á que, en punto al saber, la educacion del jóven fuese mezquina y descuidada: en efecto; ¿para qué necesita un marqués la ciencia? Los pobres la adquieren como un medio de hacerse ricos, pero el que ha nacido opulento no necesita de la ciencia para nada. Limitóse, pues, su tio á que aprendiese á leer por el catecismo, y á escribir medianamente: en cuanto á contar abstúvose prudentemente de esta enseñanza su tio, porque preveia que tarde ó temprano se veria obligado á rendir cuentas de su hacienda á su sobrino.

A los ocho años ya sabia nuestro marquesito leer de corrido en letras gordas de molde y de mano, y escribir con un carácter demasiado correcto y claro para un título de Castilla, cartas de amores á las vecinas, que estaban locas con la precocidad del pequeño don Juan, y se le disputaban y le convidaban con frecuencia á sus fiestas, en las cuales era el marquesito un aliciente, por su espíritu despierto y sus oportunidades prematuras.

Habia la desgracia de que don César de Arévalo, obedeciendo á sus instintos, vivia en una muy mala vecindad: las damas moradoras de las casas circunvecinas, eran todas de vida alegre, de fácil trato, de espíritu galante y aventurero. Don César las trataba á todas, y con todas gastaba bizarramente la hacienda de su sobrino. El pequeño don Juan, desde sus primeros años, se habia visto acariciado por hermosas manos, besado por bocas fresquísimas, de labios purpúreos, y aliento perfumado: mirado, en razon de su extremada hermosura, por ojos ardientes, poco pudorosos y mucho provocadores; el demonio de la tentacion, bajo todas sus formas, habia mecido en la cuna á aquel niño abandonado al vício, y su espíritu se habia formado en una atmósfera envenenada, pero brillante, ardiente, en medio de la cual flotaban mujeres como hadas, saturadas de perfumes, engalanadas con brocados y sedas, y prendidas con plumas y diamantes.

Asi es, que don Juan no conoció la inocencia, y á los doce años amaba con la intensidad y la impureza de un hombre de treinta; á los trece años, era peligroso para las mujeres; á los catorce, desarrollado, hermosísimo, valiente, audaz, consumado en el manejo de las armas, galan entre los galanes, el hombre niño, como se le habia llamado desde pequeño, habia ascendido en la consideracion y en el lugar que ocupaba entre sus antiguas maestras: aquellas mujeres le habian convertido en su amante, le habian dado una fama que don Juan habia sabido sostener á las mil maravillas, y desde los trece á los catorce años, habia tenido cien queridas: una por dia. Don Juan era un prodigio.

Su juventud, su hermosura, su audacia, le habian hecho el favorito de las damas galantes: por consecuencia, se había hecho enemigos numerosos entre los hombres galanteadores. Al principio hubo algunos zelosos que se permitieron tratarle como niño. Don Juan se encargó de hacer que le tuviesen por hombre, matando en duelo al primero que se le vino á las barbas y su tio se vió obligado á gastar sumas enormes para sacarle de la cárcel y templar el rigor de las pragmáticas.

Como se ve, tan de prisa le habia educado su tio, que habia adelantado para él la edad de las pasiones, y los graves acontecimientos de la vida.

Don Juan, que no habia tenido infancia, porque la infancia es la inocencia, ni adolescencia, porque la adolescencia es la timidez, habia llenado cumplidamente los deseos de su tio, siendo á los quince años un completo don Juan Tenorio.

Jugaba con el mayor desprendimiento y nobleza enormes sumas, sin afligirse por las pérdidas, ni regocijarse por las ganancias: montaba á caballo como el mejor picador; con espada y daga no habia maestro que le metiese un tajo, ni galan que mas bizarras galas gastase, ni mas querido de las damas fuese, en la noble córte del rey de las Españas.

Juntos á gastar tio y sobrino, muy pronto fueron á dar, empeñadas, en manos de prestamistas, las cuantiosas rentas del marquesado de la Guardia, que habian ya quedado bastante empeñadas por el difunto marqués; llegó al fin un momento, en que el tio se vió obligado, por la primera vez, á negar una respetable suma á su sobrino.

Era tambien esta la primera contrariedad que experimentaba el jóven don Juan y se irritó; pero de una manera tal, que el tio se arrepintió, aunque tarde, de haber dado tal educacion á su sobrino. Arreglóse, pues, como pudo, buscó al marquesito la suma en cuestion, y se decidió á apartarle de su lado, cuanto antes le fuese posible.

Pero esto era sumamente difícil; le habia acostumbrado á vivir por fuero propio, y se habia convertido en tirano de su tio.

Don Juan llegó á cumplir veinte años, y se hizo incontrastable.

En aquellas circunstancias habia sido presentada doña Esperanza de Cárdenas en la córte, y admitida al servicio de la reina doña Isabel de Valois ó de la Paz. Doña Esperanza tenia un título ilustre, como que habia heredado de su madre, doña Estrella, el ducado de la Jarilla, y á mas una maravillosa y característica hermosura.

La hermosa duquesita, como rompieron á llamarla espontáneamente á su aparicion, eclipsó desde el momento á las mas hermosas y á las mas ricas; es verdad que la habia precedido un prólogo, por decirlo así, ostentoso: seis meses antes de la llegada á la córte del duque viudo de la Jarilla y de su hija, uno de los genoveses mas ricos de Madrid, se presentó al dueño de una manzana entera de casas en Puerta de Moros, y le hizo la proposicion de que, fuese cualquiera el valor que impusiera á su propiedad, se le satisfaria en el acto, y tanto mas, cuanto mas pronto se hiciese el negocio. Concluyóse este con brevedad, porque quien bien paga, obtiene, generalmente, lo que quiere; otorgóse escritura de venta á favor de la duquesa de la Jarilla, y ocho dias despues, solo habia un monton de escombros en el lugar ocupado antes por un hacinamiento de feas y viejas casuchas: abriéronse profundos cimientos, y de dia en dia se vió levantarse, con una rapidez inusitada, un magnífico palacio á la flamenca, con ciertos resabios árabes, en ventanas, galerías y balcones.

Una obra de tal volúmen, que con tal ostentacion y coste se hacia, y en la que trabajaban centenares de albañiles, llamó naturalmente la atencion; preguntose el nombre de quién hacia aquella fábrica, y sabido el nombre, se deseó conocer á la persona que tanto y tan bien gastaba: despues los primeros pintores, tallistas y tapiceros de Madrid, se encargaron de la pintura, decorado, adorno y mueblaje de la casa, y estos fueron otras tantas lenguas de la fama para ponderar el excesivo coste de pinturas, tapices, alfombras y muebles: sintiéronse mortificados los mas ricos y los mas nobles por tanta esplendidez, y el mismo Felipe II frunció las cejas cuando supo que habia en sus dominios, y vasallo suyo, un grande que tan exorbitantes gastos sufria: repitióse el nombre de la duquesa y del duque viudo de la Jarilla: súpose por los mas viejos de la grandeza, que aquel era un título antiguo y de buenas rentas, pero no tales como se necesitaban para tal lujo de casa: súpose que hacia mas de cuarenta años que los poseedores de aquel título habian estado apartados de la córte y como oscurecidos: y, como algo debia deducirse, se dedujo que aquel retiro habia servido para desempeñar las rentas, para ahorrar, en una palabra, y que con aquellos ahorros se pensaba, sin duda, preparar una ostentosa vuelta á la córte: suposicion natural, que tranquilizó, hasta cierto punto, las hablillas de todos, porque todos preveian que aquel lujo solo era una llamarada que no se podria sostener en lo sucesivo; una especie de fanfarronada; un gasto loco, en fin.

Pero cuando, concluido el palacio, se vió la numerosa servidumbre que vino á ser su alma; servidumbre jóven, galana y cubierta con ricas libreas; cuando se contaron los caballos que entraban y salian de las cuadras, montados cada cual por un palafrenero; animales magníficos, la mayor parte árabes y andaluces, y cuyo número no bajaba de doscientos; las diferentes carrozas de córte, calle y campo; las literas, los demás accesorios, en fin, de una casa de rey, todos volvieron á sentir el agudo aguijon de la envidia y no faltó quien dijo:

—Sangre de indios es esa grandeza: ¿no sabeis que uno de los duques de la Jarilla estuvo muchos años de adelantado en Méjico?

Fuese como fuese, el resultado era, que para hacer lo que el duque viudo de la Jarilla habia hecho en la córte, á nombre de su hija la duquesa, era necesario poseer las riquezas de un rey.

Pero la admiracion subió de punto cuando Esperanza fue presentada por su padre en la córte y admitida como dama al servido de la reina; ninguna grande llevaba antes que ella una riquísima tela traida á costa y coste del extranjero: ninguna poseía tanta, ni tan rica, ni tan variada pedrería; ninguna se presentaba diariamente con ricos estrenos y con alhajas y galas no vistas. La hermosa duquesita superaba á todas las damas de la córte en hermosura y en riqueza, inclusa la reina, no sin que esto llamase profundamente la atencion del receloso Felipe II.

¿Habia una familia desgraciada? allí estaba Esperanza: y el consuelo que Esperanza llevaba á aquella familia, no era una limosna mas ó menos cuantiosa, sino una fortuna estable, asegurada, relativa á las necesidades del socorrido. ¿Mostraban los genoveses ó los judíos, riquísimos brocados, costosos encajes, magníficos aderezos? allí se estaban hasta que un dia pasaban Esperanza ó su padre y los compraban sin reparar en el precio. ¿Pasaban comediantes por la córte? El aposento mas cercano al tablado, mas visible, mejor situado, era obtenido por el duque, aunque tuviese que pujar su mayordomo de soberbia á soberbia con el mayordomo del mas encopetado grande: luego, por la tarde, cuando el público iba á la comedia, auto ó farsa, se reparaba que el mejor repostero entre todos los del corral, el de mejor brocado, era el que cubria el antepecho del aposento del duque de la Jarilla: que los tapices del interior de aquel aposento, y los sillones y las pieles, si era invierno, eran los mas ricos; por último, que la dama mas hermosa, mejor ataviada y mejor prendida, con mas sencillez y gusto que ninguna, y con mas riqueza, á pesar de su sencillez, era la duquesa de la Jarilla. El bobo, el rústico, el simple, como se llamaba entonces á los graciosos, tenia sus motivos para endilgar á la duquesita alguna redondilla ó copla aduladora, ya en la loa, ya en el discurso de la representacion. Siempre que el gracioso hacia esto, el duque le arrojaba una repleta bolsa de oro, y el patio aplaudia. Cuando la adulacion venia de una comedianta, Esperanza se sonreía benévolamente, se arrancaba una rica joya de su prendido y la arrojaba al tablado con la mayor naturalidad y gracia. Entonces los aplausos del patio se hacian frenéticos y frenética y casi rabiosa la envidia de las otras damas. Los pintores de mérito podian contar de seguro con la buena venta de sus cuadros en casa del duque, y hablaban de un precio fabuloso pagado á Pantoja, el buen pintor de Felipe II, por un cuadro de familia mandado hacer por el duque. En las fundaciones de conventos, hospitales, iglesias y obras pías, que eran muchas por aquel tiempo, contribuia con la mayor parte del dinero la duquesa de la Jarilla, aunque sin dar su nombre á ninguna de estas fundaciones religiosas. Por último, el duque mantenia á su costa una compañía de infantería española en Flandes, y llevaba por lo tanto el nombre de capitan.

Por otra parte, eran tan rígidas las prácticas religiosas del duque viudo y de la duquesita; tenian por directores de sus conciencias varones tan doctos, tan graves y tan justificados, que la Inquisicion, á quien mandó el rey bajo cuerda, hacer informacion acerca del duque, cumplió su encargo declarando que: despues de prolijas y bastantes informaciones secretas, resultaba que: tanto el duque viudo de la Jarilla, como su hija la duquesa, eran buenos y celosos cristianos; que los monasterios, las obras pías y los pobres, les debian mucha caridad y que nada encontraba porque pudiera recelarse ni aun remotisime de la religion, lealtad y virtud de tan ilustre y poderosa familia.

Encogióse de hombros Felipe II al leer el informe del Santo Oficio, y dejó rodar la bola, y la envidia de las damas seguia viva; pero no roedora, porque Esperanza, siempre altiva y desdeñosa con los hombres, circunspecta y mesurada en sus acciones y palabras, no dió el mas ligero pretexto á la envidia que volaba á su alrededor, para que la mordiese.

Por un contraste singular con la educacion que habia recibido el marqués de la Guardia, la hermosa duquesita, segun el dicho de su padre, habia sido educada en un convento; pero, por otra singularidad tambien notable, sin que pudiera atribuirse á los vicios de la educacion, la duquesita, á pesar de su poca edad, que apenas llegaba á los veinte años, era una mujer completamente formada, con un cuello, un seno y unas manos admirables; morena, pálida, y en cuyos ojos graves y ardientes, brillaban una pasion, una exuberancia de vida y una predisposicion al amor y al amor violento, que la hacian parecer doblemente hermosa. Notábanse en ella, un aprecio de sí misma, una gravedad y una altivez impropias de sus pocos años, y una especie de experiencia, de trato de mundo, de conocimiento de las gentes, cuya causa, teniéndose en cuenta la educacion monástica indicada por su padre, no podia comprenderse. Aquello era un fenómeno.

No faltó al reparar esto, quien reparase la semejanza que existia, tanto en el desarrollo físico como en el moral, entre la duquesita y el marquesito de la Guardia, no faltando tampoco quien, creyendo en la predestinacion, en lo de las dos medias naranjas, hablando vulgarmente, rompiese con poca circunspeccion por medio, y llamase á la duquesita la mujer del marquesito y al marqués de la Guardia el hombre de la duquesita.

Y hay frases, que se dicen solamente por decir una oportunidad, y acaban por ser fatales. Muy pronto, acogido el dicho, dejó de llamarse á la jóven la hermosa duquesita, y se la confirmó con el sobrenombre de la mujer del marquesito.

Entre tanto los dos jóvenes, de quienes tanto se ocupaba la gente libertina de ambos sexos de la córte, no se conocian: la mujer del marquesito, no habia dejado de ser guardada por las dueñas de su casa, sino para serlo por las dueñas de palacio, y no salia, por lo tanto del círculo de hierro establecido por la rígida etiqueta de la casa de Austria. Por su parte el hombre de la Duquesita, siguiendo los consejos de esa segunda naturaleza que se llama educacion, no salia de los garitos y de las mancebías. Por lo tanto habia una sociedad entera entre los dos jóvenes predestinados.

A pesar de vivir en círculos tan opuestos, la murmuracion, que á todas partes alcanza y en todas partes se mete, no tardó en hacer llegar á los oidos de entrambos jóvenes que la opinion pública los habia casado. Natural era que la mujer que tanto oia ponderar las bizarrías, la gentileza y la hermosura de su marido de fama, desease conocerle, y que el marquesito, de suyo predispuesto á todo lo que era escéntrico y romancesco, ansiase conocer á aquella nobia, que sin pretenderlo le habian adjudicado, y que tenia el triple aliciente de una extremada hermosura, de una extremada juventud, y de una extremada nobleza, y no hablamos de lo cuantioso de sus rentas, porque, calificando estas como aliciente respecto á don Juan, inferiríamos una grave ofensa á su memoria. Don Juan despreciaba el dinero, y tanto le despreciaba que apenas le habia á las manos le separaba de sí con el mayor desprecio del mundo. Sin embargo, ya hemos visto que el dinero se habia vengado de su desprecio haciéndose desear por aquel gastador incurable, y obligándole á tener serias contestaciones con su tio.

Cuando el marquesito deseó conocer á la duquesita, corrian los primeros dias de enero de 1567.

Desde el momento en que los jóvenes tuvieron noticia el uno del otro, se desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto en que el nombre del uno sonó en los oidos del otro, empezaron á amarse. Al principio cada uno de ellos se fingió en el otro su bello ideal, y ese amor vago, ese amor que se refiere á un ser que no se conoce, ese amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado, llegó á ser un amor violento respecto á personas dotadas de organizaciones tales como las de los dos jóvenes: ella era voluntariosa, él voluntarioso é impaciente: entrambos luchaban con su soberbia íntima: no querian vencerse ni aun ante sí mismos, y no procuraron, por lo tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho:

—Si él conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque.

El se habia dicho á su vez:

—Yo no he de buscarla.

Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso é instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un sentimiento íntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto con el espíritu: una de esas simpatías misteriosas que no han podido definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el resultado de un amor instintivo, de un amor que, ó desaparece, dejando una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde á la idea que de él habiamos concebido, ó crece y se desborda si por acaso la excede.

Colocados en esta situación moral entrambos jóvenes, solo faltaba que una casualidad los reuniese.

Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones, acaso nuestros jóvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento estrellado de la córte, y se hablaba continuamente de ellos: la duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su hombre; el marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de flores marchitas, con la posesion de la duquesita.

No podian, pues, olvidarse.

Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde que ambos jóvenes se habian conocido de fama pública hasta el jueves santo de 1567.

En aquella época ella era la desesperacion de los cortesanos.

El la expiacion de las cortesanas.

La novedad eterna de la córte ella.

El el escándalo perpétuo.

En aquellos tiempos el espíritu religioso del pueblo español estaba por cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban, dentro de los dominios de la católica España, exceptuando solo un rincon de ella donde, entre breñas, no se rendia al Crucificado mas que un culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los obispos, de los párrocos y de las justicias. Este giron, riquísimo sin embargo, se llamaba las Alpujarras.

Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los españoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y severa.

A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar época en la vida de la duquesita y del marquesito, salió este á la calle, severa aunque ricamente vestido de negro, y se dedicó á recorrer los monumentos.

Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer á su mujer, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la devocion conveniente á tan sagrado dia.

Una idea le preocupaba sobre todo: la córte, segun costumbre, debia visitar los santuarios: en la córte en la servidumbre de los reyes, debia ir la hermosa Duquesita. Pero ponerse en acecho de la córte ¿no era buscarla? El marquesito se habia jurado á sí mismo no robar su privilegio á la casualidad, y tomó una resolucion que debemos llamar heróica: lo dejó á la suerte: para que la suerte fuese el principal agente, se prescribió un número determinado de iglesias y un itinerario rigorosamente lógico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo Domingo el Real: despues las de Santa María, San Pedro, San Andrés, San Francisco, San Miguel, y por último, la del Hospital del Buen Suceso.

El marquesito se veia obligado á recorrer esta extensa periferia, porque en el año de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun itinerario habia encontrado mas cómodo que el que habia elegido, y hé aquí lo lógico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no tenemos otro interés, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad.

Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqués se propuso invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas oraciones en aquellos dias, y además no mirar deliberadamente á ninguna mujer.

Asi es, que, cuando llegó al Buen—Suceso, su última estacion, era ya muy cerca del oscurecer, y la córte, segun costumbre, debia haber regresado ya al alcázar.

No dejó de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumbó en la iglesia, le conmovió de piés á cabeza, haciendo vibrar un eco desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha: aquella voz habia dicho:

—¡Sus magestades, el rey y la reina!

Allí estaba la córte: en ella debia venir su desconocida mujer.

Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrás de ellos se habia arrodillado la córte.

Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y rompió la de no mirar deliberadamente á ninguna mujer; sus ojos anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el marqués ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vió muchas cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vió ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese convenir con la idea que él se habia formado de su mujer.

Entonces experimentó otro sentimiento desconocido tambien para él:

La decepcion de la esperanza.

De repente, y cuando el jóven exhalaba su primer suspiro de despecho, un resplandor fugaz iluminó la iglesia, y se escuchó un grito general de terror; seguidamente un resplandor mas fijo brilló en el templo, y la gente se agolpó aterrada á las salidas; la gran cortina morada del tabernáculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado á la armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta tocar la bóbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego.

En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y leal, se lanzó hácia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la córte, sintió que unas manos temblorosas se asian á él, y oyó una voz sonora, grave, llena de ansiedad, que exclamaba:

—¡Salvadme, caballero! ¡salvadme!

Aquella voz, por su timbre particular, por un no sé qué misterioso, se apoderó del alma del jóven, la halagó, como halaga una suave esencia al olfato; le acarició, como acaricia nuestra frente calenturienta la brisa, y le obligó á mirar á la mujer que la producia.

Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asió por la cintura, la levantó en peso, con la misma facilidad que hubiera levantado un copo de seda, y reteniéndola con el brazo izquierdo, y empujando brutalmente con el derecho á los que tenia delante, y saltando sobre ellos, salió por una puerta lateral, atravesó el patio y se encontró, fuera ya, en la carrera de San Gerónimo, que atravesó rápidamente, perdiéndose por una de las calles inmediatas.

La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y alumbraba el centro de la calle.

Don Juan siguió con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela irregular y enteramente desierta.

Entonces se detuvo y dejó que la dama se afirmase en el suelo; pero retuvo sus manos entre las suyas.

Don Juan, por una rapidísima, por una verdadera inspiracion, habia arrojado en la iglesia, al asir á la dama, su toquilla de terciopelo, á pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna, estaba hermosísimo.

La mujer que tenia delante de sí y toda trémula, era muy jóven; apenas representaba diez y seis años; habia perdido su velo y tenia la cabeza descubierta, y sus negrísimos y voluminosos cabellos, peinados en trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados á la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba, por decirlo así, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema alegría, que el autor no se atreve á calificar; pero que enloquecia al jóven y le hacia probar delicias para él desconocidas; á pesar de que la luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que aquella jóven era morena: por lo demás, llevaba una riquísima y gruesa gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de córte, de damasco brocado, y brazalete y ceñidor de perlas; solo la faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.

El silencio de entrambos jóvenes despues de su parada y de su mútua é intensa contemplacion solo duró un momento.

El primero que le rompió fue el marquesito con una exclamacion apasionadísima que parecia salir del fondo de su alma:

—¡Vos sois mi mujer! dijo.

Mudó de color la jóven, dejó de mirar de aquella manera irreflexiva al marqués, y contestó con gravedad:

—No comprendo lo que quereis decir, caballero.

—¡Yo soy el marqués de la Guardia! ¡Vos sois la duquesa de la Jarilla! contestó con acento opaco don Juan.

—¡Ah! exclamó involuntariamente la jóven.

Y aquel ¡ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegría, era equivalente á la frase de:

—¡Vos sois mi hombre!

Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jóven, la asió con entrambas palmas las mejillas, y la besó hambriento en la boca.

La jóven dió un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con paso apresurado, se dirigió á una de las tres salidas de la plazuela.

—¿A dónde vais, señora, sola y á tal hora? exclamó el marqués alcanzándola y cortándola el paso.

—¡Haceos á un lado! exclamó con altivez la jóven. Voy á buscar por esas calles un caballero que sepa conducir dignamente á palacio una dama de la reina.

—¿Segun eso, dijo sin alterarse el marqués, no me teneis por caballero?

La jóven tornó á mirar con un desden mas altivo al marqués, y dijo severamente:

—¡Haceos atrás!

—¿Que me haga atrás cuando os encuentro milagrosamente despues de un siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra?

—Haceos atrás, repitió con un tanto menos de empeño la hermosa dama.

—Escuchadme, doña Esperanza, dijo amorosamente el jóven, asiéndola de nuevo las manos que ella pugnó ligeramente por desasir de las del marqués; ¿no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este modo extraño, sino para que no nos volvamos á separar? ¿No os dice vuestro corazon como á mí el mio, que hemos nacido para amarnos, que no podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? ¿No me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de veros?

Doña Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la Jarilla, perdió su expresion severa bajo el influjo de las palabras del marqués, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jóven una mirada suplicante exclamó:

—¡Por piedad, caballero! ¡ved que cada momento que pasa es un siglo para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie tendrá nada que decir si me llevais ahora mismo á la córte, que no debe estar lejos.

—Si, si, doña Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en trage de córte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de seguro, con esta clarísima luna, llamaremos la atencion de las gentes al atravesar á Madrid en busca de la córte que, sin duda está ya en el alcázar.

—¡Oh, Dios mio! exclamó la duquesita, conociendo el peso de las razones de don Juan.

—Pero hay un medio, dijo este.

—¿Cuál?

—Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.

—¡Oh! ¡eso jamás!

—Entrar para esperar únicamente que venga una litera.

La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos, en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.

Aquellos dos seres se habian confundido en uno.

Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido.

—¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jóven.

—¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?

—¿No sabeis vos el mio?

—¡Me amais!

—Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras buscan una litera.

El marqués no la contestó.

La asió de la mano, se fué á un casuco situado en un rincon lóbrego de la plazuela, y llamó.

Abrieron poco despues aquella puerta.

Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqués y la persona que habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doña Esperanza y el marqués desaparecieron por el oscuro fondo.

La puerta volvió á cerrarse en silencio.

Capítulo II. ¡La hermosa duquesita se ha perdido!

El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.

Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que, gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.

Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas, que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito de la Guardia, no parecia.

El rey mandó que la mitad de los gentiles—hombres que le acompañaban, algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.

Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente pensativo y al parecer contrariado.

—Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.

Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de hacer decir por un gentil—hombre al duque viudo de la Jarilla, que su hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á palacio.

El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles—hombres, la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la supiese todo el mundo.

Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo, estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda la noche.

Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio, encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á las mujeres de la servidumbre.

Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos, embistió muy de mal talante con aquella mujer.

—¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó mirando á la mujer con ojos centelleantes.

—¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda trémula aquella mujer.

—Sí, y bien... ¿qué quereis?

—La señora hija de vuecelencia...

—¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?

—La señora duquesa, está en mi casa.

—¡Que mi hija está en vuestra casa!

—Y me ha dado esta carta para vuecelencia.

Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y devoró, que no leyó, el contenido del escrito.

—¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo.

La litera estuvo dispuesta al momento.

—Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.

La mujer echó á andar.

—¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.

—La señora no fué, dijo la mujer.

—¿Cómo que no fué?

—La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.

—¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?

—Despues de oscurecer.

—¿Y por qué no me avisásteis al momento?

—¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de vuecelencia.

—¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?

—La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.

—¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?

—No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la conocieran... y se enteráran de que habia estado perdida... y luego... en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.

—¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?

—¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.

—Pero... ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días solo visten de ceremonia las damas de la reina?

—Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos: cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi—comedia, habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego, era una bribona consumada.

Al fin llegaron á la casa.

Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.

Capítulo III. De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.

Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.

Era la duquesita.

Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besándola en la frente.

—¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!

Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza.

—Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...

—Te encontraron desmayada.

—Asi es, señor, dijo el marido.

—Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio! luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompañar á sus magestades.

Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.

—Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.

—Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.

El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:

—¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.

—Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.

Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.

La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.

Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.

Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.

—¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha adivinado... estoy segura de ello.

—Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo.

Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente cerrada.

Aquella carta contenia estas solas palabras:

«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios del mayordomo del príncipe Garci—Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.

—¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puños crispados.

Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.

—Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin pérdida de tiempo deseo verle.

Capítulo IV. La fuerza de la mujer.

Yaye no permaneció mucho tiempo solo.

Abrióse silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelantó, completamente vestida de negro, doña Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un sillon junto á su padre.

Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni reparó en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado intensamente durante algunos segundos, le dijo:

—Padre: la fatalidad nos persigue.

Volvió el duque la cabeza, miró fijamente á su hija con una mirada extremadamente lúcida y la dijo con acento opaco:

—¡Te has vestido de luto, Amina! ¡has hecho bien!

—Vengo preparada á todo, padre, contestó Amina, á quien seguiremos dando este nombre.

—¿Con que es verdad?

—Yo no sé mentir.

—Y quién ha sido... exclamó con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.

—Escúchame padre, y mata despues á tu hija: pero sabe antes; que si ha olvidado un momento lo que te debia, lo que á sí misma se debia, la ha arrastrado la fatalidad.

—¡Estaba escrito! exclamó con doloroso sarcasmo Yaye.

—Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplirá padre. ¿Qué somos sobre la tierra? una hoja seca que arrastra delante de sí el viento del destino.

Yaye se estremeció.

—Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos años nos contó, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel habia destinado para que nos entretuviese á sus hijas y á mí, con hermosos cuentos.

Yaye miró con asombro á su hija.

La jóven continuó sosteniendo con su diáfana mirada, la mirada sombría de su padre.

—Hé aquí la leyenda que nos refirió la esclava, dijo al fin:

«Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es eterno, jóven é inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes épocas; pero nadie sabe en qué lugar del desierto está situado. Algunas mañanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que atraviesan los ardientes arenales, suelen ver á lo lejos, tras una diáfana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad está rodeada de bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el viento, se escucha á lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la música mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida, habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron á ella sus pasos; pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se dejaba ver, para patentizar á los hombres las delicias del paraiso, donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez á los errantes árabes, no pretendian llegar á él, sino que se prosternaban y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altísimo, hasta que con los primeros rayos del sol desaparecia.—Cuando Dios queria que un justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las delicias del paraiso, le inspiraba el deseo ó la necesidad de ir á una ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon á quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado, abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar á un cercano oasis, apenas entraba en él, Dios le inspiraba un sueño profundo, del cual despertaba instantáneamente al eco de una música superior en armonía á cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finísimo césped, salpicado de florecillas de vivísimos colores, era superior en belleza á la mas preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavísima fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aquí, y allá, y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era diáfano y transparente y en medio de él, inundándole de resplandores que no ofendian á la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los árboles, y de los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza crió: los arroyos y los lagos parecian de líquidos diamantes, y entre la sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magníficos alcázares, de los cuales había sido el único artífice la palabra de Dios. ¿Cómo se podría contar la belleza de lo que solo podía ver con los ojos de su alma un justo? ¿ni cómo compararla con el lodo y la escoria de la tierra? El que entraba allí solo salia para contar á los hombres tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.—Pero la maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados aromáticos y blandos á la planta, como un mullido lecho; ni sus espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmóvil en un eterno dia; ni sus alcázares ni sus flores, sino la hada de juventud inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor mas preciada. Muy pocos habían logrado ver su hermosura, y estos habian desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la mañana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi enteramente de suavísimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian á través de sus negrísimas pupilas; su semblante daba á quien le veia la paz de los cielos, y su resplandeciente túnica dejaba ver bajo su tela sutilísima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fácil. El hombre mas impuro se hubiera tornado casto como un arcángel del sétimo cielo por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.—La hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza á Dios, solían ir á confortar al cansado peregrino del desierto, próximo á sucumbir á la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos tan diáfana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas, corriendo tras las mariposas.—Pero un dia, el eterno enemigo del cielo y de los hombres, Satanás, el envidioso y el soberbio, sintió envidia por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las mujeres de la tierra.—Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el espíritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una hermosa apariencia. Satanás habia sabido ocultar su sonrisa impura, apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura tal como la que habia perdido, ó mas bien lo consintió Dios.—La inocente salió á su encuentro y le sonrió: entonces Satanás la estrechó en sus brazos, la besó en la frente, y desapareció.—La hada arrojó un grito agudísimo de dolor, y desde entonces ni flotó en los aires, ni en la superficie de los lagos, ni corrió tras las mariposas: en su frente habian quedado impresos, como una marca negra los hermosísimos labios de Satanás, y su corazon ardía en deseos impuros: continuamente recordaba aquel hermosísimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por él, y en su delirio se habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por esto solo á su pureza y á su eternidad.—El jardin de Hiram habia desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta á las miserias de la vida mortal.—Su planta se fatigaba y se veía reducida á calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos y ásperos árboles, y el aguacero, y el trueno y los relámpagos de la tormenta, la obligaban á buscar asilo en las horrorosas grietas de las rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, á revolar en torno de su cabeza y á ponerse en sus manos; huian de ella, y durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los bramidos de las bestias hambrientas.—Un dia, en fin, Dios permitió que un rayo de su divina luz inundase el espíritu de la hada, y este le reconoció y le invocó.—El Altísimo tuvo compasion de ella; pero quiso que antes de que volviese á ser lo que desde el principio habia sido, quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si Dios no la hubiese perdonado.—La bondad de Dios habia vuelto la paz y la inocencia á la hada; pero aun no habia vuelto á su perdido jardin de Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y pensativa sentada sobre las breñas al borde de un precipicio, por cuyo fondo se despeñaba un espumoso torrente.—De improviso una mariposa de alas diáfanas y matizadas, vino á revolar á su alrededor; vióla la hada, y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huyó y fué á posarse en un espino; la hada se levantó, se acercó recatadamente, tendió la mano, y cuando esperaba tener asida á la mariposa, se sintió punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo diáfano, mas diáfano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se desvanece.—El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la hada, habia aparecido una rosa purpúrea, cuya fragancia embalsamaba el ambiente. ¡Cuán hermosa era aquella flor! ¡cuán pura! pero llegó un viandante, la vió, la codició, arrancó despiadadamente del tronco el gentil tallo en que se balanceaba, y aspiró ansioso su fragancia y la besó. La pobre flor perdió su fragancia, su color y su frescura, y el viajero, no encontrándola ya hermosa, la arrojó marchita al torrente, que primero la enlodó y la despedazó despues. ¡Pobre flor! cada primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola, goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando le ve marchito, le arroja al torrente. ¡Ay y cuan pocas rosas se salvan del abandono y del olvido! ¡ay cuan pocas dejan de enlodarse en la corriente bramadora!»

Détuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, y luego añadió con acento meláncolico y triste:

—Cuando la esclava llegaba á este punto de su leyenda, añadia siempre: «la rosa es la mujer, hijas mías; el espino la representacion de sus dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin de Hiram.»

Détuvose la jóven, posó en su padre tras un velo de lágrimas una mirada desesperada y guardó silencio.

Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia, especialmente en aquellas circunstancias, la fábula oriental que habia oido su hija de boca de la esclava destinada á entretener con hermosos cuentos á las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y severamente:

—¿Y á qué propósito me has relatado esa leyenda?

—Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.

Yaye inclinó la cabeza y quedó en la actitud del que escucha, y no quiere perder ni una sílaba.

—Desde el momento en que la esclava nos relató el cuento que acabas de oir, padre, mis compañeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas tú, cuando nadie nos escucha. Me llamaron Saruhl—Hiram: ¡Flor de Hiram! esto ya era fatal: era como decirme: tú eres esa rosa puesta por la fatalidad al lado de la via pública, al borde del torrente. Tú eres esa naciente flor expuesta á las codiciosas miradas del viandante. Un dia, tú, pobre flor, marchita y deshojada, serás arrojada al torrente.

Yaye se estremeció: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija: se anonadó, inclinó aun mas la cabeza, y oprimiéndose el pecho con la mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmuró de una manera opaca é ininteligible:

—¡Oh, padre! ¡padre! ¡y cuán terrible herencia me has dejado!

Amina continuó, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:

—Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, ¿no crees, padre, que es un modo singular de apartar á las mujeres de la impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy morales en el fondo, pero en su lenguaje... ¡Oh! siempre el vicio hermoso, halagando á la mujer, enloqueciéndola, extraviándola: siempre el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado, los ojos que desfallecen de placer. ¿Qué vale presentar despues las horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar á la vírgen llena de vida y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la mujer? ¿Qué vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? ¿Cómo querer formar á la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vírgen, desgarrando sin piedad, á ciegas, giron á giron, su velo de pureza?

—¡Amina! exclamó Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas, aunque indirectas reconvenciones de su hija.

—Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continuó la inflexible jóven; tienen un harem donde las encierran: horribles esclavos que las guardan: una vírgen, que no hubiese perdido la virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa estátua inanimada: es necesario que la esposa ó la esclava, compongan ó canten, hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera; que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y ¡horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovístas de su pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo, marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no han visto, hasta que han tocado su fondo, ¡oh! entonces no hay castigo bastante para la esposa adúltera ó la virgen perdida: el hoyo de arena, ó el saco de cuero y las ondas del mar.

La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso material la cabeza de su padre.

Amina, continuó.

—Criada bajo el ardiente sol del Africa, á los doce años, tú lo sabes, padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma), ibas á visitarme durante algunos dias á la Casbá del dey, me sentabas sobre tus rodillas y me llamabas tu pequeña mujercita.

Yaye lanzó un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le desgarraba el alma; irguió la cabeza y mirando frente á frente á Amina, la dijo:

—Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha desgarrado mi pecho; jamás esa lanza me ha causado tanto dolor como cada una de tus palabras: pero continúa, continúa, porque quiero que llegues al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de mi hija.

—Padre, compréndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdóname si te desgarro el corazon, padre: tu hija está deshonrada.

Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunció una sola palabra; pero un estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaña agitada por un volcan, estremeció su cuerpo de los piés á la cabeza.

—A los doce años, pues, era ya una mujer en toda la extension de la palabra, y se habia procurado enseñarme tanto, que mi espíritu estaba enteramente formado. En los pocos dias que cada año pasabas á mi lado, procurabas informarte por tí mismo, si se me habia dado la enseñanza que tú habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias:

—Es maravilloso: un español te creeria andaluza; hija de ese pais bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer.

Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los cautivos españoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos años, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia tampoco para qué se me habia instruido en la religion cristiana, cuando se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, y su profeta Mahomet. ¡Oh! esto era tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la pureza: me decia que una mujer, una santa vírgen, era la madre del Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me hacia su igual, su compañera por el matrimonio; me daba derecho al amor exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vínculo que no consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno á dos seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava, una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo ó de su señor; pero no debe tener zelos si su esposo y su señor son de otra ó de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe pensar; eres para tu esposo ó para tu señor menos que su arco, su lanza ó su caballo.

Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de ellas; pero me decidí por la que me daba mas derechos: esto era natural: sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me arrebataria, y me decidí por el cristianismo. Despues... pérdoname, padre, porque sé que aborreces á los cristianos: perdóname... pero ¿quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana, cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado á mi entendimiento é iluminándole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma.

Otro extremecimiento comovió á Yaye, que como si se hubiese resignado á todo, continuó callando.

—Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado á conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro romance. Tú mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar, despues de haberme visto ejecutar una de esas lúbricas danzas musulmanas:

—¡Oh! ¡hermosa, hermosa como el amor! ¡irresistible! ¡tú serás la tentacion que ayudará á mi espada!

Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conocí nuestro pasado y nuestro destino, comprendí que todo lo sacrificabas por tu patria: ¡hasta el corazon y la honra de tu hija!

—¡Oh, padre! ¡padre! murmuró de nuevo Yaye.

—Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un príncipe real, exclamó con amargura Amina, un pobre loco, arde por mí en deseos impuros, y por mí es capaz de atentar á los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya visto en él alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes mas grandes de la córte, se arrastran á mis piés, olvidada la soberbia que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llámaseme por excelencia, y con gran envidia de las damas de la córte, la hermosa duquesita, y acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me ha costado la paz de mi alma. Tú no sabes, padre, de qué modo han llenado mi pensamiento despierta, y mi sueños dormida, todas esas ardientes imágenes de los cuentos de hadas y de amores; tú no sabes, padre, de qué manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma, un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser á quien unir mi alma, á quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; á quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con toda la tentadora fuerza de mis ojos; tú no sabes de qué manera se ha ido formando dentro de mí un ser imposible, por lo hermoso, por lo grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino, á quien yo veo solo con cerrar los ojos: tú no sabes cuánto le acaricia mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante sí, como una realidad que se toca, no como un sueño que huye. Tú no sabes cuán hermoso es el satanás que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos labios, empalideciendo mi semblante, y arrojándome del perdido jardin de Hiram de mi pureza. Tú no sabes cuán desesperado, cuán ansioso, cuán muerto á la esperanza está el corazon de tu Esperanza.

Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza á Yaye y fijar una mirada infinitamente ansiosa en su hija.

En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan profunda, que Yaye se sintió completamente aniquilado.

—¡Pero ese hombre..! ¡ese hombre..! ¡ese esposo á quien has elegido! exclamó el duque con un acento supremo por lo desesperado: ¿no le amas?

—No lo sé aun.

—¿Has sido suya en un momento de delirio?

—Si.

—¡Oh! exclamó Yaye.

Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de amenaza.

—Desde que fui presentada en la córte, poco despues, continuó Amina, oí hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido á bien casarme de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito.

—Pero ¿quién era este marquesito?

Un jóven de mi misma edad ó poco mas, de quien se decian maravillas; las damas hablaban de él con deseo, y los hombres con envidia; sin saber como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyéndole todas las prendas que yo soñaba en el hombre de mi amor, amé sin conocerle al marqués, pero con delirio, como únicamente puedo amar yo.

Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de verle en la córte; pero el marquesito jamás concurria á ella. Al fin, ayer, cuando incendiado el tabernáculo del templo, huia despavorida, sentí que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba consigo hasta un lugar solitario donde me dejó en tierra. Brillaba la luna. Ante mí habia un jóven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como no habia visto ninguno. Sentí que mi corazon se rompia, que me arrastraba hácia aquel hombre, y cuando en un accidente de la conversacion brevísima que se cruzó entre nosotros, supe que aquel hombre...

—Era él... observó roncamente Yaye.

—Si, el marquesito: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueño, por ese sueño fatal de amores: lo olvidé todo: para mí no existia nadie en el mundo mas que él: me dejé conducir á donde quiso, y cai en el abismo que se me habia preparado, envenenando mi alma.

Detúvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.

—Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantándose y arrodillándose á sus pies, mátame; mátame, porque te he deshonrado; mátame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el amor que yo habia soñado: porque al perder mi pureza he conocido que era pura; porque no puedo volver á mi hermoso sueño que era mi edem, porque... porque si tú no me matas, me mataran el dolor... y la vergüenza.

Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo é inundados de lágrimas, era el mas bello trasunto del ángel de la desolacion.

—¡El nombre! ¡el nombre de ese hombre! exclamó Yaye levantándose con impetu.

—¡Ese hombre se llama el marqués de la Guardia! respondió Amina.

Al oir esta revelacion el duque, cayó de nuevo desplomado sobre el sillon.

—¡El marqués de la Guardia! ¡El marqués de la Guardia! ¡Fatalidad! ¡Horrible fatalidad!

Luego, como saliendo de un horrible sueño, exclamó:

—Yo no puedo matar á ese hombre: tú no puedes ser su esposa.

—¿Y quién te pide su muerte? exclamó palideciendo Amina.

—¡Le amas!

—¡Oh! ¡no lo sé! ¡no lo sé! ¡aun no le conozco bien! ¡pero si él me amase, si él me amase como yo le amaria!... y luego... ¿Tiene la culpa de haber encontrado en su camino una virtud tan frágil que se ha roto al primer choque!... ¡matarle! ¿y por qué? ¡yo soy la que debo morir!

—Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba á ser tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra. Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones. Sobre todas está la de que tú debes ser esposa del príncipe don Carlos.

—¡El príncipe don Carlos! exclamó con terror Amina; con un terror que no habia demostrado, durante su audaz revelacion á su padre, ni cuando le pedia que la matase.

—Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que tú seas reyna.

—Pero, padre mio: ¿olvidais que para ello es necesario hacer de el príncipe un parricida? ¿á tal malvado quereis unirme?

—Mira, Amina: allí, y el duque extendió su brazo rígido y fatal hácia el Oriente: allí hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el vencedor: allí se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su familia, á ancianos cubiertos de canas, á hombres en la fuerza de su vigor: allí los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: allí se destila gota á gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al otro lado de los mares, tras la inmensidad del océano, un pueblo que tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceñirá un dia tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencérsele por la fuerza: Satanás le ayuda: es necesario acercarse á él como la serpiente, acechar su sueño, y morderle antes de que despierte, en el corazon: tú y yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergüenza nuestra frente: ¿qué importan los medios con tal de que nos lleven al fin apetecido?

—¡Pero si aun asi no logramos salvar á esos desgraciados! ¡si nos perdemos inútilmente!...

—Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.

—¡Esposa del príncipe don Carlos!... murmuró mortalmente pálida Amina.

—Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado dolorosa para que queramos prolongarla. ¡Dios lo ha querido, y es necesario resignarse á su voluntad! vete: déjame solo; quítate esas lúgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de tristeza; preséntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Guárdalo tú tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqués.

Y despues de esto, llegó á su hija, la besó en la frente, la asió de una mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cámara.

Amina desapareció tras el tapiz.

Yaye permaneció algun tiempo inmóvil, como una estátua, con la mirada fija, abstraida; luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante, adoptó de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser su expresion característica; fué á la mesa, abrió un cajon con llave, sacó cuidadosamente unos papeles y se puso á hojearlos.

Poco despues se levantó, puso los papeles en un armario, cuya llave guardó cuidadosamente en un bolsillo, y se fué á la puerta.

—No ha venido aun el señor Cisneros, dijo con acento breve.

—Ah, señor duque, dijo otra voz á la puerta opuesta de la antecámara; aquí me teneis, y no muy á tiempo por cierto, porque creo que os impacientais.

—Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar á su cámara á este segundo personaje y cerrando tras él la puerta.

—Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y aunque ya han dado las diez de la mañana, hoy es para mí muy temprano.

—Sentaos.

El duque señaló un sillon á Cisneros y se sentó en otro junto á una chimenea, cuyo fuego se puso á arreglar de la manera mas natural.

Tenemos delante dos personajes, la fisonomía de uno de los cuales se habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida.

Yaye era por aquel tiempo un hombre jóven aun, de poco mas de cuarenta años, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera, y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de su juventud y su gallardía, conservaba su poderosa hermosura, su tez blanca, densamente pálida, y tersa y límpida, tanto en su semblante como en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las habia ocupado jamás: sus cabellos negrísimos, rígidamente cortados segun la moda de la nobleza española, eran tan espesos que contrastaban de una manera decidida con la mate y diáfana blancura de su frente: sus cejas y su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no sé qué de dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran un abismo en cuyo fondo solo se leía nobleza y talento, y á veces, cuando nadie le veía, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto aguileña, acababa de armonizar las líneas rígidas, bellas y magestuosas de su semblante.

Yaye debia imponer consideracion, respeto ó miedo á la persona con quien hablase, con arreglo á la situacion ó al carácter de esta persona.

Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que se comprendia por mas que este quisiese disimularlo.

Pertenecia Cisneros á otro tipo enteramente distinto: era buen mozo, bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un baño de córte, y por su trage rico, término medio entre las ropas usadas por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las pragmáticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos cuajadas de cintillos: la hipocresía ó el fanatismo estaban representadas en él, por un rosario de cuentas gordas y relucientes, sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo demás, unas calzas de grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de paño fino de Segovia, completaban su trage.

Desde el momento en que Cisneros se encontró sentado frente á frente con Yaye, fijó en él una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia arreglando sus tizones.

—Hace un buen frio, dijo.

—El invierno se alarga mas de lo justo, contestó Cisneros.

—Y no deben ser las noches muy á propósito para pasarlas al sereno corriendo aventuras.

—¡Ah, señor duque! estas noches son mucho mas á propósito para pasadas al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la figura y en los efectos.

—¿Y cuáles son esas dos cosas que se parecen tanto?

—Una botella y una mujer.

—¡Ah! ¿y habeis pasado de tal suerte la noche el príncipe y vos?

—¿El príncipe y yo?

—¡Qué! ¿no le habeis acompañado?

—No señor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando á otras rondas que han andado de acá para allá, buscando como sabuesos, y sin poder dar con lo que buscaban.

—¿Y qué buscaba el príncipe?

—Buscaba á vuestra hija, contestó con una audacia infinita Cisneros.

—Solo se busca lo que se ha perdido, contestó friamente el duque, y mi hija no ha estado perdida un solo momento.

—Sin embargo no volvió con la córte al alcázar, y se dice ó se decia anoche de público, que habia desaparecido entre el desórden causado en el Buen—Suceso, por el incendio del monumento.

—Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vió por un milagro en la calle, tomó el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis, está cerca del Buen—Suceso, en la calle de Alcalá, donde recientemente ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doña Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisáronme algo tarde de ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su paradero hasta que al amanecer he vuelto á mi casa.

—Pues si vos no me hubiérais afirmado en mi creencia de que el convento de las Vallecas está en la calle de Alcalá, dijo Cisneros doblando su audacia, al saber de vuestra boca que mi señora doña Esperanza ha pasado la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un casuco en la plazuela de Peranton, que está, por cierto, mas cerca que las Vallecas del Buen—Suceso.

—¿Quién os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada profunda y amenazadora en Cisneros.

—Me lo han dicho mis ojos.

—¿Vuestros ojos?

—Si, por cierto.

—¿De modo que vos visteis salir á mi hija de la iglesia?

—No por cierto, aunque en la iglesia estaba.

—¿Habrá habido en esto alguna infamia?

—No, no, señor: el marqués de la Guardia guardará probablemente un profundo secreto acerca de esta aventura. No es doña Esperanza una dama cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto.

—¿Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraña á él, es decir, que hay quien sabe que el marqués de la Guardia ha pasado la noche bajo el mismo techo que mi hija?

—Lo sé yo, y lo saben indudablemente los dueños de aquella casa: pero estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado al marqués, á quien han prestado diferentes veces servicios semejantes al que le prestaron anoche.

—Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, á fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no engañarme.

Unicamente tras esta palabra brilló una mirada amenazadora en los ojos de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar á Cisneros.

—Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el comediante, que me guardaré bien de engañaros. Si vos no me hubiéseis llamado, yo mismo hubiera venido á veros, porque sé muy bien que el asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo á contaros todo lo que sucedió, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera situacion de este negocio.

Anoche estaba yo en el Buen—Suceso, cuando aconteció aquel endiablado incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento, pensé en ponerme en salvo; pero al huir perdí mi gorra. Habeis de saber, señor duque, que la gorra que perdí era de mucho valor y que la tenia en gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echéme, pues, á pesar del peligro, á buscar la gorra, y á poco que tenté por el suelo, encontré esta que veis.

Y Cisneros mostró al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida al lado izquierdo con un joyel de diamantes.

—¿No sabeis de quién es esta gorra? continuó Cisneros.

El duque se encogió de hombros.

—Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqués de la Guardia; la conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha ganado hace algunas noches por cien veces seguidas á los dados y habia quedado definitivamente en poder del marqués.

—Pero si el marqués es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y de hastío Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado á manos de otro.

—No, no, señor; estos dias el marqués está en ganancias, y aprecia mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar á un dado su honra, la echó sobre el tapete.

Alegréme, pues, de que habiendo perdido el marqués su joyel, hubiese venido á dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese perdido, y me encaminé á cierta mancebía, seguro de encontrarle, porque el marqués estaba citado con un príncipe aleman, para darle el desquite de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior.

A pesar de que el marqués es todo un caballero y nunca falta á empeños de juego, de amor ó de honra, dieron las ánimas, hora de la cita, y el marqués no pareció: dieron las nueve, tampoco: temióse, conociendo su puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus amigos fuimos á buscarle á los lugares á que sabiamos que él podia concurrir.

En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alcázar la noticia de que se habia perdido en el Buen—Suceso vuestra hija. Como otros dos concurrentes, pronunciasen á propósito ¡la mujer del marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien á vuestra hija...

—Fatalidad, murmuró Yaye.

—... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero posible: yo habia encontrado la gorra del marqués en la iglesia del Buen—Suceso. Doña Esperanza habia desaparecido de la iglesia. ¿No podia ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqués, y que en un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi señora doña Esperanza, hubiera faltado el marqués á dar un desquite de juego.

Sin decir á nadie nada, y calculando á qué lugar mas cercano á la iglesia del Buen—Suceso, podia haber conducido el marqués á una dama, me acordé de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fuí á ella, llamé, me ví obligado á alborotar para que me abriesen, señal clara de que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunté por el marqués, me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa.

Como la noche estaba fria y húmeda, y era además Jueves Santo, me retiré á mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando hé aquí que recibo un recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de órden del príncipe me mandaba ir al alcázar por el Campo del Moro. Fuí y encontré al príncipe furioso por la pérdida de vuestra hija. Doña Esperanza ha acabado de volver loco á su alteza, señor duque, y haremos del príncipe lo que queramos.

—Continuad, continuad, dijo secamente Yaye.

—Ya conoceis el carácter voluntarioso é impaciente del príncipe: despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doña Esperanza, apeló á la justicia y á la Inquisicion: pagó á peso de oro alguaciles y familiares, y puede decirse, señor duque, que no ha habido posada, ni casa pública, ni lugares de sospecha, que no hayan sido registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se ha encontrado mal entretenida...

—¡Y en tales lugares buscaba el príncipe á mi hija!

—Los zelos son villanos, señor duque. Pero, á pesar de ellos, tan bien oculta y en tan buenas manos estaba doña Esperanza, que ni alguaciles ni familiares pudieron dar con ella.

Poco antes del amanecer, transido de frio y trémulo de zelos y de corage, se volvió su alteza al alcázar, y viéndome libre, me propuse llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro, señor duque. Me fuí á la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de una taberna, á pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un ducado, conseguí que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja, desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba seguro que se hallaba el marqués de la Guardia.

Poco antes del amanecer se abrió aquella puerta y salió un hombre embozado, en cuyo talante reconocí al marqués, á la dudosa luz del alba.

Amaneció, volvió á abrirse aquella puerta, salió la dueña de la casa y poco despues volvió. La acompañábais vos, y tras vos venia una litera conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doña Esperanza era la dama que habia pasado la noche en aquella casa.

Calló concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye se puso á arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual Cisneros no podia ver su rostro.

Levantóse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Miró de una manera glacial á Cisneros y le dijo:

—El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca de tus truanerías y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin mí estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de Castilla, y aunque tienes habilidad é ingenio para tu oficio, nunca llegarias á capa de raja.

—En cambio, señor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado del príncipe. Por mí, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma, y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los Paises—Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, señor duque; porque sirviéndoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey con los traidores cuando los descubre.

—Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta noche. El marqués de la Guardia, callará. En cuanto á los dueños de esa infame casa, callarán tambien. Si se divulga en la córte este secreto, tú solo habrás sido la causa, me habrás hecho traicion, y en cuanto á los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe.

Levantóse tras esto Yaye, abrió el armario donde antes habia dejado en un secreto unos papeles, y sacó un pesado saco que entregó á Cisneros.

—Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. ¿Lo entiendes?

—Si señor, dijo Cisneros levantándose y poniéndose el pesado talego bajo el brazo.

—Vete, dijo Yaye.

—Guárdeos Dios, señor, dijo el comediante inclinándose profundamente, y salió.

Apenas habia salido, se abrió una puerta, y se le presentó un hombre membrudo, atlético, de fisonomía noble y simpática, un tanto pálido, de ojos negros y mirada profunda é inteligente.

Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco años de edad, y llevaba preseas, armas y coleto de soldado.

—Dios te guarde, Harum, le dijo el emir á quien seguiremos dando su verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeño.

—Mandad á vuestro esclavo, magnífico señor.

—Hace mas de veinte años que me sirves con una lealtad y un valor á toda prueba.

—Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magníficamente, señor: cuando empecé á serviros era walí, y me hicísteis vuestro secretario; ahora soy vuestro wazír.

—Por lo mismo el servicio que voy á pedirte es mas humilde, mas degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo alferez de los tercios viejos de Flandes.

—Y te traigo muy buenas nuevas, señor.

—Dejémoslas para mas adelante. ¿Cuándo has llegado?

—Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais con la poderosa sultana Amina.

—Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro de nuestros monfíes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados, con los cuales cumpliras el decreto que voy á darte.

El emir escribió algunas lineas en caracteres árabes, y entregó despues el papel donde las habia escrito, á Harum, que dijo despues de leerle:

—Vuestras órdenes se cumplirán, poderoso señor.

—Cuenta con equivocaros: las señas son claras.

—Si, si, señor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda sobre la puerta, y una reja de madera á la izquierda.

—No sé cómo recompensarte el sacrificio que me haces encargándote de este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y á veces ni aun de mí mismo.

—Vos ordenais, señor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el señor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de esas gentes. Pero vos las condenais y basta.

—Si, justicia, justicia severa... véte Harum. Mas tarde me hallarás dispuesto á escuchar las nuevas que me traes.

—Pero esas nuevas, señor...

—Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa máscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamaré, Harum.

El leal monfí se inclinó profundamente y salió.

Lo que pasó en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija del emir de los monfíes; con el marqués de la Guardia, fue horrible.

Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron á las ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que, saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.

Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontró la puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian acogido á la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos á puñaladas sobre un lago de sangre.

Un niño como de unos cinco años, jugaba arrastrándose por el suelo y manchándose de sangre, á la luz de una lámpara, con algunas monedas de oro: la justicia recogió los muertos, el niño y las monedas, se guardó estas últimas, entregó el niño á una moza de vida alegre llamada la Sastra, que le pidió para adoptarle, y envió los cadáveres al cementerio.

Nada mas se supo acerca de este lúgubre asunto: ni por mas que la justicia se ocupó dos dias en averiguar quiénes fuesen los asesinos, pudo dar con ellos.

Capítulo V. De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.

Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que, á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.

Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo, que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?

Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque, palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina: una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino, emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo, pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian dar buenos rendimientos.

Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo irrevocable de su resolucion:

—Me caso.

—Pues yo os digo que no os casareis.

—Me casaré.

—Yo no os daré mi consentimiento.

—Me le dará el rey.

—El duque no os dará su hija.

—Se la robaré.

—No teneis poder para ello.

—Lo veremos.

—Lo veremos.

Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.

Y es el caso que aquella frase de su tio: «el duque no os dará su hija» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia dicho el jóven estrechándola en sus brazos:

—Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.

—Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.

—¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.

La hermosa duquesita solo habia contestado con otro suspiro.

Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los cielos y de la tierra.

Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la de Amina, tomó una resolucion heróica.

Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.

Inmediatamente fue introducido.

Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba provisto.

—¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor duque de la Jarilla?

—Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta cortesanía un asiento.

—Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose; nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.

—¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.

—¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion, creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case doña Esperanza?

—Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros; entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.

—¡Reina! exclamó atónito el marqués.

—Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.

El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo, como contestando á aquella mirada:

—Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.

—¿Estais enteramente decidido á ese empeño?

—De todo punto.

—¿Y contais con que vuestra hija?...

—En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden: obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija piensa como yo, enteramente como yo.

—Permitidme que lo dude.

—Dudad cuanto querais.

—Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.

—Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.

—¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...

—Sé que venís á pedírmela por esposa.

—Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado...

—¡Por su amor!

—Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven, sin medir las consecuencias de su dicho.

—Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo: bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche: porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo quiso.—Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser vuestra esposa.

—¡Señor duque!

—No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema felicidad de la posesion de mi hija.

—¡Señor duque!

—Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?

El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de Yaye, que continuó.

—No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra infamia... porque... Dios no quiere... porque... porque, en fin, mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y... yo, por muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.

—¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os hacen desistir de vuestro extraño propósito?

—Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.

—¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?

—Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.

—¿Y me ama?

—Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!

Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.

—Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.

Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de recibo de su padre.

Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil, fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.

Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al marqués, la dijo:

—El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad: esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás. Ahora puedes responder al señor marqués.

—Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo no puedo aceptar.

—¡Que no podeis! ¡es decir que!...

—No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don Juan.

—Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.

—Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos: fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo agradezco: yo os perdono... á pesar de que me habeis causado una herida que siempre brotará sangre.

—Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.

—¿Cuál? contestó con amargura Yaye.

Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz resuelta:

—Tomad mi sangre, señor.

—¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.

Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente, como pudiera haber llorado una mujer desesperada.

—¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo conmovido Yaye.

Hubo un momento de solemne silencio.

Yaye tomó entrambas manos al jóven.

—¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.

—¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la salvacion de mi alma.

—Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.

Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven marqués.

—¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro extraño empeño?

—No, no por cierto: mi hija, vuestra Esperanza se casará con un rey: esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.

Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués, que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.

Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.

Este se quedó murmurando:

—¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!

Capítulo VI. Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina.

Ciertamente era necesario un obstáculo de gran monta para detener en su carrera al voluntarioso don Juan.

Acostumbrado á que todo se rendiese á sus deseos, era un torrente cuyo curso se hacia cada vez mas rápido, y sus aguas mas turbias: al fin habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejándola enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al torrente de las pasiones del marqués.

Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le sonreian, abriéndole sus brazos, ó virtudes fáciles que cedian en el momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jóven. Esto en cuanto á las mujeres. En cuanto á los hombres, como el marqués era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas esforzados, nuestro jóven campaba entre ellos por su respeto, puesto que el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse comprometido en un lance desastroso.

Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres, considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la hermosa duquesita, por aquella otra singularidad femenina, por aquel hermosísimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los empeños de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente de acero de la murmuracion femenil.

El marqués, que como hemos dicho, antes de conocer á Amina, se habia sentido arrastrado hácia ella por un impulso instintivo; que al verla se habia enamorado en un solo momento, como jamás se habia enamorado de otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella niña magnífica en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su boca su vida; se vió sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo, que como hemos visto, habia dado el paso, en él extraño y casi milagroso de pensar en el matrimonio.

Don Juan se habia transformado de repente, de señor en siervo, de burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de que el amor se habia valido.

Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para dominar al soberbio don Juan.

Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no sé qué dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la enérgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las fuerzas que conocemos.

Don Juan se sintió humillado; pero al ser humillado se sintió engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el desprecio público; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo que le humillaba dominándole, porque para él todo dominio era humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que á todo se sobrepone y que dominándolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia apoderado del alma del marqués, le habia hecho gozar por un momento de un cielo para despeñarle despues á la tierra y decirle:—No pasarás de ahí.

Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse á aquel cielo, conoció que sus alas se habian quemado; que era un ángel rebelde, caido entre el lodo, y solo aspiró lo nauseabundo, lo fétido de aquel lodo, cuando quiso levantarse á otra region mas pura, y no pudo; cuando lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueño de impureza que habia dormido desde su infancia, oyó una voz terrible, la de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una resolucion irrevocable:—No quiero ser vuestra esposa.

¿Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la fatalidad coloca á la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba á la hermosa duquesita, era amado de ella. ¿Acaso aquel padre que parecia tan terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pública, tendria por objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero él se habia presentado decidido, resuelto á ser esposo de la duquesita y se le habia rechazado. ¿Seria que efectivamente padre é hija estuviesen locos ó fuesen tan soberbios, que aspirasen á un trono? ¿Y qué trono podia ser este? ¿El de España? ¿El que ocupaba el tremendo, el frío, el calculador Felipe II?

Esto era un absurdo, un sueño insensato, y sin embargo, pensó en ello el marqués de la Guardia, á pesar de lo monstruoso del pensamiento.

¿Acaso se contaria con el príncipe de Asturias?

Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos años. Contábanse de este príncipe en los círculos íntimos de la córte, vicios repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos impuestos al príncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada habian influido respecto á las viciosas inclinaciones del príncipe. Las damas de la reina se veian á cada paso obligadas á quejarse de las tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas, desaparecian del cuarto del príncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo, sus gentiles—hombres, sus caballerizos, á trueque de no irritarle, encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado á cerrar los ojos y los oidos á muchas cosas, para no verse en la dura necesidad de castigarlas; para no dar el escándalo de reducir á una prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.

Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la confianza del príncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.

Pero si Yaye, conociendo el carácter voluntarioso del príncipe, y contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en ponerla por este medio en el trono de las Españas, era necesario deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.

En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de España, y cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un imposible, con un milagro. Si él se casaba secretamente... esto era tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don Juan creia, alcanzaban á todas partes; pero contando con la maldad de que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado suponer que el príncipe se rebelase contra su padre, procurase destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese á la altiva nacion española una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros títulos á la corona que el capricho del príncipe.

Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos (que, segun opiniones muy autorizadas, era víctima de una feroz monomanía), ¿pero cómo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla y para su hija, que se prestasen á tales proyectos? Siendo asi, el duque era un traidor, un infame, y doña Esperanza una miserable prostituta; porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion á su amor, se casa con un rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su alma por un trono.

Don Juan cerró con disgusto, con horror, los ojos de su alma á estas suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian, le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los acompañan: la venganza.

Don Juan necesitó salir á todo trance de aquella terrible duda, y para salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.

Por la primera vez pensó don Juan en presentarse en el alto círculo de la córte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la forma. Nada le placia mas que ese género de reuniones, donde se puede estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las mancebías, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un mundo aparte, en el cual se respiraba mas fácilmente; en que lo bello era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rígidamente oculto por apariencias de virtud. Don Juan comprendió que se puede ser malo pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le separó de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia á aquel otro círculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.

No hay que decir que fue acogido con un completo éxito, porque esto se comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqués. En la córte tambien, aunque bajo la máscara de una refinada hipocresía y con formas convenientes, encontró don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que, aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos de promesas; opulentas y nobilísimas herederas que le sonreian diciéndole harto claro que era un marido codiciable: las altas cortesanas distinguieron á don Juan del mismo modo que las cortesanas aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.

Don Juan notó que tambien en la córte habia cieno; pero cubierto de césped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta sobre aquel florido césped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba en su provecho los filones riquísimos que se ocultaban bajo aquel cesped. Pero don Juan fue prudente.

En vez de revolcarse á diestro y siniestro por aquel lodo, se echó á buscar entre él una víctima que le ayudase, sin saberlo, en sus proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado á la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto á ciertas gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta línea de conducta, tenia dos objetos: frecuentaba las primeras casas de la córte, veia en ellas á Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaña, y Amina sabia distinguir entre cien mujeres á la favorita del marqués.

Este habia tenido tacto: para dar zelos á Amina habia elegido una mujer notabilísima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus singularidades.

Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti. Una de las tres singularidades de la córte de Felipe II en aquellos dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.

No le fué tan fácil á don Juan, como habia creido, la conquista de la princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus primeras vistas. Frecuentó su trato don Juan, la galanteó de una manera delicada y ella se dejó galantear hasta cierto punto; pero cuando don Juan se lanzó al fin á una declaracion decisiva, la princesa le contestó con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:

—No puedo aspirar á la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy casada.

Don Juan, respecto á las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente experiencia; creyó que en la princesa italiana habia encontrado una virtud á prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado, por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empeñó en el sitio de la durísima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de éxito pidió informes á sus amigos.

Esto equivalia á reconocer las obras avanzadas de la plaza.

—Os habeis metido en una empresa diabólica, amigo mio, le dijo el marqués del Vasto, á quien don Juan abrió su pecho. Nada conseguireis de la princesa.

—¿Y por qué razon, amigo don Alonso? repuso el marqués.

—Por la sencilla razon de que en cuatro años que lleva en la córte, ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de poseerla.

—¡Ah! ¡ah!

—Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se encontraban los interlocutores en un ángulo de un salon de la casa del duque del Infantado).

—Os engañais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.

—Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la córte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un prodigio; ved qué cabellos, qué frente, qué ojos... qué todo. Pues bien: lo que mas hace codiciable á esa mujer, no es su hermosura, sino la situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la casada—vírgen.

—¡Bah! siempre he tenido eso por una exageracion ó por una burla.

—Pues no es ni burla ni exageracion.

—¿Sabeis algo acerca de esa singularidad?

—¡Bah! lo sabe todo el mundo.

—Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo sé.

—Pues vais á saberlo, para que todo el mundo lo sepa.

—Os escucho.

—Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.

—Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serenísima república.

—La princesa se ha criado en Roma.

—No son tampoco vestales todas las romanas.

—Sea como quiera, Angiolina quedó huérfana á los diez y seis años. Su padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma, cosido á puñaladas. Sola y sin amparo Angiolina, salió de Roma, pasó á Toscana, y entró en un convento en Lierna. Conocióla por un accidente en el cláustro, el príncipe romano Maffei Lorencini; comprendió que Angiolina no tenia vocacion al cláustro, en el que solo habia entrado por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La habló, la pidió su mano, y aunque el príncipe no era ni jóven ni hermoso, Angiolina prefirió el mundo al lado de un esposo poco agradable, al cláustro junto á monjas menos agradables que el príncipe. Aceptó y se casó con él. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en la cámara nupcial, la dijo:

—Entrásteis por necesidad en el cláustro, y no quiero que por necesidad os sacrifiqueis á un hombre que no puede agradaros. En vez de ser vuestro marido seré vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os pasará por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado mi heredera: vos sois jóven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y princesa.

—El señor Maffei Lorencini fue un héroe, dijo don Juan.

—No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; á pesar de que, por lo mismo, Angiolina está enteramente libre, ha guardado de tal modo la honra del príncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuéntase (el marqués del Vasto bajó la voz), que su magestad ha deseado tambien á la princesa, y que ha salido tan mal parado como todos los demás.

—¿Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar á un amante?

—¡Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; está enamorada de sí misma. Solo se la ha conocido una pasion.

—¿Cuál?

—La de la envidia, y esta no se la conoció hasta que se presentó en la córte la hermosa duquesita.

—¡Ah! exclamó profundamente don Juan.

—Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la córte, la reina de la hermosura, hasta que se presentó ese nuevo sol, esa doña Esperanza, que la ha eclipsado.

—Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en práctica un pensamiento brillante que habia concebido.

—Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy á daros, añadió el marqués del Vasto. Si no quereis sentenciaros á un sufrimiento inútil, no volvais á pensar en la princesa.

Estrechó don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la princesa, fué á sentarse en ella.

El pensamiento que habia concebido el marqués, era el siguiente: siendo cierto que la princesa envidiaba á la duquesita, debia aborrecerla. Si don Juan lograba que doña Esperanza se mostrase enamorada de él hasta el punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer conocer á la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su amor.

Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar á la mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.

Capítulo VII. La una por la otra.

Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente, y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana, excitaba sus deseos.

Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por ella.

Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas, dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados, resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida, lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro, fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza, de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno, la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.

Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.

Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas, el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende, en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando, por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel caido.

Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.

Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible, de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso, siendo amado.

Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años, á penas representaba veinte.

Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.

Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias, en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior, al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica; de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura, y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que, ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en la mayor parte de las casas de la nobleza.

Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese, brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza algo expresivas.

Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como casada—vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban, la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.

Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye); conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca, tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran prestigio á Amina.

Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la duquesita. Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria, con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las riquísimas y faustosas señoras de la córte.

Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.

Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto, podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á sus deseos.

La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.

Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion especial que generalmente es fecunda en consecuencias.

Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al saludo del marqués.

Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa: aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de la época.

Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.

Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso, y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó con otra mirada de amenaza.

Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi, el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:

—Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.

—Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está siempre dispuesto á serviros.

—Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis acompañarme, señor marqués?

Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.

Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan; que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la conversacion de todos.

—¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el zaguan.

—No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.

—Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

—Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

—¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?

—¿Para que vayais? Contestó la princesa subrayando con su intencion particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa, no venís vos tambien?

—¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os acompañe?

—No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva de guia?

—Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.

—¿Quién sabe?

—Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he notado que alguien nos sigue.

—¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y que nos sigan en buen hora.

—Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo singular; os estremeceis toda.

—Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco viento de la noche.

Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.

Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.

Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á Angiolina.

—Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.

—¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.

—¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.

—Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando habeis necesitado de alguno que os acompañe.

—¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?

—Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera de vuestros conocidos.

—Pues os habeis engañado.

—¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?

—¡Oh! ¡si!

Y aquel ¡oh! ¡si! de la princesa equivalia á decir: yo os amo.

Don Juan se hizo el torpe.

—Pues no tengo motivos para creer... dijo.

—¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma impaciencia la princesa.

—¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

—¿Y qué os he dicho?

—Que no podeis amarme.

—Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.

—¡Ah señora!

—Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me ofendió.

—¡Ah! me comprendisteis mal.

—No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres, sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.

—¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas perfecta admiracion.

—Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.

—¡Ah! ¡zelos infundados!

—¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.

—Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.

—¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!

—¿No os he dado bastantes pruebas?

—Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.

—Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.

—Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava, pero solamente suya.

—¿Y vuestro esposo?

—Solamente vuestra.

—¿Pero no considerais?

—Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.

—¿Pero el mundo?...

—¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el nombre de querida vuestra será mi orgullo.

—Pero puede evitarse que el mundo sepa...

—¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no; yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.

¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á la hermosa duquesita?

Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un empeño por el marqués y aborrecia á Amina.

Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.

—¡Mi adorada Esperanza es mía!

Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta principal llamó el marqués.

Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina pidió luces.

Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones particulares.

Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al ver al marqués.

—La cena, dijo la princesa quitándose el manto.

La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus doncellas hasta el otro dia.

Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó sotto voce en el palacio del duque del Infantado.

Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue comisionado para seguir á la pareja.

El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que llegó á los de Amina.

La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia comprendido que la robaba su amante.

Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su casa.

Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.

—La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.

Quedóse por un momento Yaye pensativo.

—Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa. Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de esa mujer encuentres, á la sultana.

Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete, atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos palmadas.

Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una puerta un hombre.

Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años, y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro, vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas, ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma, calzados por zapatos de ante.

La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:

—Sígueme, Bempo.

Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos cofres.

Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.

—¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.

—Para que lo vendas, contestó la princesa.

—¿Y qué he de hacer con el dinero?

—Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son noticias acerca de la duquesa y pronto.

—¿Y cuando he de partir?

—Mañana.

Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.

Capítulo VIII. Zelos italianos.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el marquesito era amante público de la princesa. Angiolina habia demostrado al marqués que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba de nadie el amor que le tenia, demostrándoselo delante de las gentes, con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo una mujer.

Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen de decir á todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del marqués.

—Hé ahí un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas hermosas de la córte le aman; la una es su querida y la otra desea serlo.

Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.

Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.

Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.

Al leer la princesa los papeles que le entregó el italiano se extremeció de placer: pero aquel placer era el de la venganza.

Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqués no era ya para ella el amante frenético... hacia mucho tiempo que faltaba dias enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas las noches, al mediar, iba el marqués á rondar los balcones del palacio de la duquesa.

Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.

Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es, al oscurecer.

Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.

—Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.

El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.

La princesa le llevó á un retrete apartado.

Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete.

—¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?

—Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engañada.

—¡Que yo te he engañado!

—¡Si! ¡no me amas!

—¡Que no te amo! exclamó afectando la mayor sorpresa el marqués, ¿pues por quién estoy loco?

—Voy á decírtelo: por esa mujer á quien llaman en la córte, no sé por qué, la hermosa duquesita.

—¡Bah! y ¿puedes tú tener zelos de doña Esperanza? ¿tu la mujer mas hermosa del mundo?

—Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. ¡Herirme en el corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!

—La pasion te ciega: quieres mal, no sé por qué, á la duquesa de la Jarilla, y la prueba está en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo ilustre de su cuna.

—Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.

—¡Ah! ¡perdona, Angiolina! ¡nada de eso sabia yo!

—Puedo contarte su historia: su madre doña Estrella de Cárdenas era conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba allí de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la córte su hija: doña Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias, que las hace semejantes á una naranja con forma humana.

—¡Ah! ¿crees que la duquesita es hija de una india?

—No es que lo creo, tengo la prueba de ello.

—Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.

—Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria.

—¿Y quién ha escrito esa relacion?

—La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique indio.

—Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia.

La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:

—Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.

Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce años.

Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.

—¿Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desistió de su empeño? Los hombres de aquellos tiempos eran atroces.

—El duque, continuó la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje por amor á su hija.

—¡Extraño amor el de ese padre!

—Lo comprenderás cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos ocupamos, habia corrido, como tú, una juventud borrascosa; que en todo género de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando murió su esposa, no le quedaba mas que el título. Como las Indias son el tesoro donde iban y donde van á reponerse los españoles arruinados, el duque solicitó el oficio de adelantado sobre las fronteras de los rebeldes, y el rey se lo concedió.

—¡Ah! empiezo á comprender: el duque quiso volver á ser rico por amor á su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.

—Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generacion.

—El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas, aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores. Pero continúa, Angiolina, continúa; te confieso que me va interesando mucho tu cuento.

—Mi historia, don Juan, mi historia.

—Sea en buen hora; pero continúa.

—Despues de una larga navegacion, el duque llegó sin accidente á Méjico, y en seguida se trasladó á su adelantamiento. Hizo bravamente la guerra á los indios, y en solos dos años logró ver reunidas unas riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de aquellas riquezas á España á un mayordomo leal, las rentas del ducado de la Jarilla, fueron desempeñadas, pagadas las lanzas y medias annatas atrasadas, para lo cual bastó, como he dicho, que el duque enviase solamente una pequeña parte de las presas hechas á los indios. Todo parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le cegó, y determinó seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos años mas.

—Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las pérdidas.

—Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero, á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.

—Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.

—Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan, que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo á doña Inés.

—Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros se casó con la hermosa castellana.

—¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, tú ó yo?

—Perdóname, pero...

—¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.

—Pues no puede ser mas sencilla.

—De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin remedio antes de seis meses.

—¿Y se volvió?

—Se volvió pensando recuperar su salud, solamente para volver á buscar de nuevo á su hija: el duque se estableció primero en la córte, y despues se vió obligado, por consejo de los médicos, á ir á buscar, no su salud, porque la habia perdido para no volverla á recobrar, sino su vida, bajo el templado cielo de Andalucía.

El duque se retiró á uno de sus Estados cerca de Guadix.

Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.

—Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu historia á fuerza de poco interesante, me va causando sueño.

—Espera, espera; este no es un libro de caballerías donde se suceden una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos en la tercera parte.

Era el año de 1546, veinte y cuatro años despues del dia en que el duque salió de España para Méjico y veinte y uno desde el en que le fue robada su hija por los indios.

El duque la habia buscado inútilmente durante diez años en los mismos lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su venida á España en Granada, pero la encontró muerta.

—¡Muerta! exclamó con asombro don Juan.

—¿Ves como mi historia se va haciendo interesante?

—¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija perdida?

—Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada, pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.

—¡Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.

—Antes de pasar adelante te haré reparar en una circunstancia: al recojer el cadáver de la mujer se notó que le faltaba enteramente un rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparóse tambien que en una de las sábanas faltaba un pequeño pedazo cuadrado de lienzo, cortado al parecer con puñal, navaja ó daga.

—¿Y sirvió esta observacion para algo?

—Ya verás. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sábana, fue hallado sobre el pecho de un hombre á quien se habia preso la mañana siguiente á la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente con un aleman en cuya casa vivia.

El preso á quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el cacique mejicano.

—¡Ah! ¿el preso en cuestion era el cacique?

—Un indio feroz; un hombre cubierto de crímenes; el abuelo de tu duquesita.

—¿Y por qué crímenes le habian preso?

—Por el de traicion al rey.

—¡Traicion al rey!

—Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia declarado el capitan Sedeño, la misma noche que fue asesinado, á don Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union con los monfíes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de doña Esperanza, era muy amigo del emir de los monfíes.

—¿Y me querrás decir Angiolina, qué son monfíes?

—¿Qué sé yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores, gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que incendian. ¡Dignos amigos del abuelo de tu amada!

—¿Sabes que me va interesando demasiado tu historia?

—Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora á un lado al cacique, has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el levantamiento de los moriscos, envió con urgencia partes á las villas y ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los caballeros que acudió con sus criados al llamamiento del capitan general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Cárdenas, que al entrar el dia siguiente en Granada, vió, por acaso, dos cadáveres expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoció á su hija... á su hija doña Inés, que le habia sido robada veinte y dos años antes en Méjico. ¿Crees tú que el duque que era viejo y que estaba loco, no pudo equivocarse? ¿crees que fuese efectivamente aquel cadáver el de doña Inés de Cárdenas?

—Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas, y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debió engañarse.

—La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los ojos una venda de oro. ¡La justicia! ¿Sabes el primer testigo que se tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su señora doña Inés de Cárdenas.

—No conozco el proceso.

—Pues bien, voy á dártelo, porque ya me cansa esta historia, y en él verás lo que dejo de decirte.

La princesa se levantó, salió dejando profundamente pensativo al marqués, que á duras penas habia sostenido su serenidad, y volvió, trayendo un enorme volúmen de papeles.

—Aquí tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer que amas es digna de tu amor:... en él encontrarás que la duquesa de la Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del duque de la Jarilla, siempre será la nieta de un indio y la hija de un hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca.

—¿Quién piensa en que yo ame mas que á la luz de mis ojos? dijo don Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hácia sí á la princesa, y dándola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es muy interesante.

—¡Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del marqués: ¿por qué esforzarte tanto en disimular el interés que te inspira la historia de la duquesita?

—¡Ah, no! dijo indolentemente el marqués: cosas hay en el mundo que al principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida.

—¿Y será para tí una de esas cosas la historia que se encierra en este proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada candente.

—Tus zelos, divino amor mio, dijo don Juan asiendo por sorpresa el talle de la princesa y estrechándole amorosamente, acabaran por volverme loco, porque ellos me demuestran cuanto me amas.

—¡Ah, don Juan! tú eres mi primer amor, el primer amor que se ha cruzado á mi paso en los veinte y seis años de mi vida; por tí he olvidado mi decoro, me he manchado delante del mundo, he aborrecido á una mujer á quien acaso, no mediando, tú habria amado; para darte á conocer en parte á esa mujer he hecho sacar testimonio de ese proceso por el escribano de cámara de la chancillería de Granada Alfon de Villasante: ahí estan los derechos jurados al pié de cada testimonio, que valen una buena suma de maravedises.

—Permíteme Angiolina que te diga que esto no pasa de ser una extravagancia de tu amor.

—¡Una extravagancia!

—Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas exacta: ademas, si yo amara á doña Esperanza, lo que no es posible amándote como te amo, ¿no comprendes que todas estas singularidades, lo misterioso de su orígen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo es ó ha sido rey... siquiera de idólatras; las desgracias de su familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle?

Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle que lo contenido en el proceso respecto á Esperanza; no queria preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto á la duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos.

La princesa palideció densamente; miró de una mas manera sombría á don Juan y exclamó trémula de cólera:

—Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te amo, no se engañan: pues bien: contaré á todo el mundo esa historia que habia comprado para tí solo, y veremos si te atreves á amar á una mujer á quien todo el mundo señale con el dedo: todo el mundo no tiene los mismos motivos que los oidores de la chancillería de Granada, para creer á ciegas cosas tan extraordinarias.

—Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia, que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque sin motivo, á doña Esperanza, y no querrás ser la causa de que se haga adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. ¡Bah! no sé qué motivos tienes para desconfiar de mi amor.

—Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes para que te apartes de esa mujer, voy á revelarte un secreto terrible: tu padre murió á hierro.

—¿Qué quieres decir, Angiolina?

—Tu padre el marqués de la Guardia apareció una mañana muerto á estocadas en una oscura calleja del Albaicin.

—Es verdad.

—¿Sabes quien le mató?

—No pudo averiguarse quien fue el asesino.

—Pues yo te lo voy á decir: el asesino de tu padre es don Juan de Andrade, padre de la hermosa duquesita de la Jarilla.

—¡Eso es imposible! gritó, perdiendo los estribos el marqués; mientes; ¡mientes de una manera infame!

—¡Ah! exclamó Angiolina, poniéndose la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él una puñalada: tu amor por esa mujer se revela al fin en una frase descortés, lanzada al rostro de una dama; pero me has dicho que miento y es necesario que te presente la prueba de que te he dicho la verdad, por mas terrible que haya sido.

Y la princesa salió de nuevo precipitadamente y volvió con otro papel en la mano, que entregó á don Juan.

—¡Lee! ¡lee y cree! le dijo; ese es el testimonio de una declaracion dada en el tormento por uno de los bandidos del padre de tu amada.

El marqués leyó aquella declaracion, y no pudo acabar: se nublaron sus ojos, vaciló, dejó caer el papel de las manos y se vió obligado á sentarse en el estrado.

—¡Oh! dijo la implacable princesa, recogiendo el testimonio y guardándolo; horribles crímenes, y homicidios hechos por ese hombre; la certeza de que es rey de los monfíes, por declaracion de un monfí; los deshonrosos zelos de ese hombre hácia su esposa, todo está aquí, escrito, testimoniado, vivo, acusador, y me basta solo quererlo para que todo el mundo sepa que la mujer que amas es hija de una ramera y de un bandido. ¡Oh! ¡las venecianas, don Juan, cuando amamos sabemos amar! ¡cuando hieren nuestro amor sabemos vengarnos! ¡Oh! ¡estoy plenamente convencida de que me has tomado por tu juguete, porque te he parecido bastante hermosa, ó por vanidad ó... no sé por qué.[..]! ó, tal vez, y si esto fuese cierto seria horroroso, por dar zelos conmigo, con una mujer digna á una mujer que ha estado perdida una noche en Madrid, sin que nadie sepa donde ha estado. Me has tratado indignamente: me has creido, sin duda, una de esas infames mujeres entre las cuales has perdido el corazon y el pudor... pues bien, me vengaré don Juan, me vengaré: pero de una manera horrible: ¡te juro por la salvacion del alma de mi madre que me vengaré!

Y la princesa irritada, altiva, mas hermosa que nunca, pero con una hermosura que causaba miedo, salió dando un portazo y dejando solo á don Juan.

El testimonio que guardaba la historia de la familia materna de Amina, quedó abandonado sobre los almohadones, donde poco antes descansaba la enamorada princesa.

Don Juan permaneció algun tiempo inmóvil, luego tomó silenciosamente el testimonio y salió, primero del retrete y luego de la casa.

Capítulo IX. De la no menos extraña aventura que sucedió al marquesito mientras rondaba á la hermosa duquesita.

Don Juan se encaminó á su casa y se encerró en su cámara dando órden de que por nada ni para nada le importunasen. Sentóse junto á una mesa y se puso á hojear el testimonio.

Pero tenía la imaginacion llena y turbada con las noticias que le habia dado la terrible princesa: zumbaban aun en su oido aquellas funestas palabras:

—El emir de los monfíes de las Alpujarras es el asesino de tu padre.

Don Juan no pudo leer una sola línea: una niebla de color impuro flotaba entre sus ojos y aquellos papeles: una perturbacion extraña envolvia su espíritu. Por mas que creyera que las noticias de Angiolina eran exageradas y acaso mentiras aceptadas por sus zelos, habia en aquellas noticias verdades comprobadas de las cuales no podia dudar. Por ejemplo: si Esperanza no era decididamente una mujer de la raza indígena mejicana, tenia mucho de aquel moreno rojo é incitante que habia tenido ocasion de admirar el marquesito en algunas mujeres venidas de allende los mares, como esclavas ó esposas de los españoles de la conquista del Nuevo Mundo: el carácter del duque tenia mucho de escéntrico, de poderoso, de extraordinario: don Juan recordó el extraño capricho del duque de que su hija fuese reina, y todos estos misterios, la revelacion de que el duque era el matador de su padre, fermentando en su loca imaginacion, aumentaron de una manera prodigiosa y á despecho suyo su amor por Amina: esto parecerá extraño á alguno que creerá que don Juan debia mirar con aversion á la hija del matador de su padre: pero debe recordarse que el marquesito extrañaba sobremanera el contesto de aquel versículo de las sagradas escrituras que dice:

Yo soy el señor tu Dios fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacion de aquellos que me aborrecen.

Don Juan no alcanzaba la profunda filosofía de que estan nutridos los libros santos, y rechazaba aquel precepto que, segun él, hacia responsables á los hijos de las faltas de los padres.

Don Juan no comprendia siquiera la palabra fatalidad, con la cual únicamente se explica aquella terrible é inapelable sentencia: Don Juan no comprendia que las causas producen efectos, y que las consecuencias de los crímenes de los padres alcanzan necesariamente á los hijos.

Ademas que para tener estas ideas en los tiempos de don Juan era necesario ser un hombre muy avanzado, porque tales ideas no eran de aquellos tiempos, y casi casi no lo son aun de los nuestros.

Sea como quiera, en Don Juan no habia que buscar otra cosa que corazon, y aun este estaba harto viciado por la educacion que habia debido á su tio: no habia conocido á su padre y no le amaba: si le habia irritado el saber el nombre de su matador, habia sido mas porque aquel hombre era el padre de su amada. Si hubiera sido otro, don Juan se hubiera ido á buscarle y le hubiera dicho:

—Vos matásteis á mi padre y yo voy á mataros aqui mismo, como quiera que os encontreis: si quier sea en pecado mortal.

Lo hubiera hecho, como lo hubiera dicho, y despues no se hubiera vuelto á acordar de ninguno de los dos difuntos.

Pero á despecho de don Juan, una voz interna le decia que debia hacer justicia en el matador de su padre: pero como para hacer justicia en causa propia es necesario estar justificado á los ojos de aquel á quien debemos castigar, don Juan, siempre que pensaba en esto, tropezaba en su conciencia. Recordaba aquel padre deshonrado, que con tanta calma, con tanto valor, con tanta grandeza habia recibido al seductor de su hija: entonces creia comprender por qué razon el duque ó el emir de los monfíes, aquel personaje extraordinario, en una palabra, no habia lavado con su sangre el deshonor de Amina: don Juan creia escuchar en los labios del duque estas ó semejantes palabras:

—Maté al padre por calumniador ó seductor de mi esposa: no quiero matar al hijo por corruptor de mi hija.

Cuando pensaba esto don Juan casi comprendia la terrible sentencia de Dios, y sentia sobre su frente un peso enorme, que casi le obligaba á doblegar su soberbia cabeza ante el duque. Aquel hombre habia tenido su vida en sus manos y no la habia tomado. El duque habia matado al marqués, sin duda justamente: el hijo del marqués habia herido de una manera infame el corazon del duque. Casi estaban en paz. Don Juan, pues, no pudo aborrecer al matador de su padre y en cuanto á Amina...

Amina habia aumentado en valor á los ojos del marquesito de una manera prodigiosa: su empeño por ella se habia centuplicado. Era necesario á todo trance que fuese suya, enteramente suya, dijese la irritada sombra del difunto marqués lo que quisiese: dijera el mundo lo que mas le agradase: era necesario conceder, á pesar de lo mucho que se habia hablado acerca de la pérdida de la duquesita, que esta tenia un prestigio legitimamente adquirido, ya por la grandeza que naturalmente rebosaba de ella, ya por su extremada hermosura, ya en fin por las riquezas de su padre: ademas tanto se habia hecho respetar Amina de la maledicencia, que á pesar de haber sabido toda la córte que habia estado perdida toda una noche, se creyó lo del convento de las Ballecas, y nadie sospechó siquiera que su pureza se hubiese empañado: todo el mundo creyó lo que quiso creer excepto lo deshonroso, porque ni el duque, ni su hija, ni sus criados, habian dado á nadie explicaciones, y por otra parte, muertos los cómplices de don Juan, é interesado este por la honra de la mujer que amaba, nada cierto se habia sabido, porque el que hubiese podido servir de testigo fehaciente, el comediante Cisneros, estaba demasiado interesado en guardar el secreto, y, por otra parte, tenia tal fama de mancillador de honras, que nadie le hubiera creido bajo su palabra.

Sobre todo esto, Amina se habia presentado al dia siguiente de su pérdida en los parajes mas públicos con la frente alta y radiante de pureza y de inocencia, y habia conseguido lo que se consigue siempre cuando se mira frente á frente al mundo con la expresion de la dignidad y del orgullo.

La funesta aventura de la noche del jueves santo de 1567, solo era conocida de Yaye, de Amina, del marqués de la Guardia y del comediante Cisneros.

El secreto, pues, estaba perfectamente asegurado.

Llena la imaginacion de delirios, enamorado, fuera de sí, don Juan salió de su casa y se encaminó á Puerta de Moros, cerca de la cual tenia su palacio Yaye.

¿A qué iba allí el marquesito? A pasearse por la calle, á mirar las ventanas de su amada, á ocultar en la sombra y el silencio el dolor de sus amores. ¿Acaso en nuestra juventud no hemos hecho cada cual lo mismo alguna vez? ¿Una ventana tras la cual se ve una luz, cuando aquella luz ilumina la habitacion de la mujer que amamos, no ha tenido alguna vez para nosotros encantos indefinibles? ¿No hemos esperado ver una sombra tras los cristales, esbelta, hechicera, embellecida por nuestro pensamiento y si la hemos visto, no nos hemos considerado felices?

A eso pues iba don Juan á la estrecha calleja á donde daban algunos balcones de los aposentos de Amina: á estar mas cerca de ella; á espiar su sombra en los cristales de los miradores.

Eran mas de las doce de la noche y esta muy oscura: ventiscaba y de tiempo en tiempo el cerrado celaje arrojaba una ligera lluvia.

Cuando llegó don Juan frente á frente de un postigo de la casa de Yaye y debajo de un balcon cubierto con celosías, se ocultó tras uno de los postes de un soportal de un casuco inmediato y se puso á atalayar el balcon, á través del cual se veia el reflejo de una luz.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y era una calorosa noche de julio: hacia algun tiempo que Amina, so pretexto de enfermedad, no asistia á las reuniones de costumbre, y decimos bajo pretexto de enfermedad, porque todas las noches al mediar, cuando el marquesito estaba ya en la calleja, aparecia una sombra esbelta en el balcon, tras las celosías, y permanecia allí una hora, mirando á la otra sombra opaca que habia en la calle. Despues la hechicera sombra se retiraba del balcon, se cerraba este, y el marquesito abandonaba su poste y se alejaba suspirando.

Esto demostraba que Amina no estaba enferma, porque tratándose de la casa del duque de la Jarilla, la sombra que hacia permanecer una hora en la oscura calleja al marquesito, no podia ser otra que Esperanza.

Haria tres dias que don Juan no habia asistido á aquella cita tácita, á aquella muda y misteriosa entrevista, en que los amantes se hablaban con el alma, y en que se lo prometian todo, se lo juraban todo.

Por lo mismo, y á pesar de la máquina de pensamientos que se revolvian en su cabeza, quiso saber si se le esperaba; si se contaba con que su ausencia seria corta, y se ansiaba su vuelta: tras las celosías del balcon brillaba la luz; pero Amina no estaba allí: don Juan para no ser visto se ocultó detrás del poste, desde el cual hacia su acostumbrada atalaya, y esperó.

Pasó un cuarto de hora, media hora, que marcó lentamente la campana de un relój dentro de la habitacion de la duquesita: al fin el marqués oyó unas pisadas que conocia demasiado, en aquella habitacion; luégo apareció una sombra tras las celosías, y se apoyó en la balaustrada del balcon.

Don Juan permaneció oculto.

Poco despues la sombra se retiró con un movimiento de despecho, y se entró en la habitacion: trascurrido un corto espacio, don Juan oyó el preludio de una guitarra, y al fin la voz de Amina que cantaba.

¿Pero qué cantaba?

La armonía era lánguida, sentida, llena de expresion; un verdadero canto de amores; pero de amores tristes; un gemido del alma. ¿Pero en qué dialecto? era extranjero. Don Juan no comprendia una sola palabra, no podia comprenderla; pero por la entonacion, por lo sentido del acento de la jóven, se comprendia bien á qué género pertenecia su canto.

¿Pero á qué aquel dialecto extranjero?

Otro nuevo misterio se desplegaba ante el alma de don Juan, ó por mejor decir, aquel misterio parecia comprobar las revelaciones de Angiolina. ¿Seria acaso una balada indiana, inspirada por la soledad y la ausencia en una de las brabías y gigantescas selvas del desierto mejicano?

Pero no, no podia ser. ¿Cómo un pueblo idólatra, y salvaje, segun creia don Juan, podia haber llegado á expresar en sus cantos tan dulce sentimiento, tan lánguida, tan triste, tan suspirante armonía?

Aquel canto no era el canto rudo y monótono de un pueblo primitivo, sino el de un pueblo civilizado que habia comprendido en todas sus entonaciones el lenguaje del corazon y sabia hablar sin palabras por medio de la música, ese lenguaje maravilloso comprensible para todos los pueblos, cualquiera sea su dialecto, y que debe ser el lenguaje de los ángeles. Don Juan comprendió en aquel canto, que para él no tenia palabras, la espansion del alma de una mujer enamorada, que se encuentra lejos del ser que ama y que solo alienta una dudosa esperanza de poseerle. Las notas de aquel canto caian una á una en el corazon de don Juan, y aumentaban su amor, sobreponiéndole á todo otro pensamiento; y decimos que aumentaba, su amor, porque el amor, como todos los sentimientos espansivos, puede crecer comprimiéndose hasta hacer estallar el corazon que le contiene.

Amina cantó algunas estrofas; despues cesó, y el marqués oyó el sonoro gemido de la guitarra, al caer abandonada con descuido por la mano que la habia sostenido.

La duquesita volvió á aparecer en el balcon.

Don Juan iba á dejarse ver, cuando sintió pasos de dos hombres en la calle y se detuvo, y se ocultó mas, para dejar pasar á los importunos. Pero, con gran sorpresa suya, los dos hombres se detuvieron junto al postigo de la casa del duque, hablaron un momento, y despues uno de ellos se acercó al postigo, sonó una llave en la cerradura, abrióse el postigo, y uno de los dos hombres entró. Aquel hombre no era el duque, ni tenia su altivo continente, ni su gallardía. El otro hombre se habia quedado fuera, y se habia sentado, sin duda para esperar cómodamente, en el dintel del postigo.

Amina continuaba inmóvil en el mirador.

En el primer momento el marquesito sintió en sus oidos un zumbido sordo, terrible; luego la sangre se agolpó á su corazon, un movimiento salvage de rabia, de zelos, de indignacion, como podia haberlo experimentado un marido engañado, le agitó de piés á cabeza; sintió al fin un horrible vértigo, el vértigo de la venganza, y, saliendo de repente de su acechadero, desnudó la espada, y se fue con ella de punta hácia el hombre que se habia sentado en la grada del postigo, y á quien no dejó, como suele decirse, en el sitio, porque la cólera, haciendo errar el golpe al marqués, salvó á aquel hombre por un momento.

La espada de don Juan habia dado en la madera del postigo y se habia clavado en ella fuertemente.

El bulto se habia puesto de pié y habia desenvainado su espada.

El marqués con un violento esfuerzo desclavó la suya, y se fue para aquel hombre, que le esperó con una serenidad que demostraba bien claro que se trataba de un valiente.

Era la noche muy oscura, y no podian verse las caras, y mucho menos los aceros.

Ni uno ni otro pronunciaban una sola palabra.

El marqués acometia, y el incógnito se mantenia firme.

Pero muy pronto se vió obligado á retroceder ante el furioso ataque del marqués; muy pronto aquella retirada fue violenta, el marqués le hizo cejar á todo lo largo de la calle, y al fin, fatigado el otro, aflojó en la defensa, y el marqués le alcanzó con una terrible estocada.

Al sacar don Juan la espada de la herida, aquel hombre cayó redondo en tierra, sin pronunciar una sola palabra.

—¡Ah! exclamó don Juan: ¡ahora me queda el otro, y despues el duque, y luego su hija!

Como ven nuestros lectores, el marqués, en su zelosa rabia, queria exterminar á medio mundo.

Cuando llegó al postigo, se volvió á él con visible intencion de llamar. Amina estaba aun en el balcon, y antes de que el marqués tocase al llamador, se abrieron con extruendo las celosías, y la dulce y grave voz de la jóven dijo con ansiedad:

—Esperad, don Juan; yo os lo suplico.

El marqués se detuvo; permaneció inmóvil y como anonadado algunos segundos, y luego exclamó con un acento en que se exhalaba una alegría infinita:

—¡Ah!; eres tú!

Aquel ¡eres tú! contenia en sus seis letras un mundo de sensaciones y de pensamientos para cuya explanacion se necesitaria un volúmen.

—Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: ¿habeis muerto á ese hombre?

—No lo sé.

—¿Estais herido?

—No.

—Pero pueden encontrar á ese hombre muerto ó herido: vos, os conozco, no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si veníais: os hubiera hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros... ¡Dios mio!

—¿Y qué podria sucederme peor que lo que me sucede? exclamó con desesperacion el marqués.

—Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid adelante junto á la pared hasta que encontreis una reja: trepad por ella; encima hay un balcon: voy á abrir ese balcon.

—¡Oh Dios mio! exclamó el marqués dominado por un intenso sentimiento de felicidad.

Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon, pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya.

—¡Oh, Esperanza de mi alma! exclamó el marqués.

—Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo.

Y diciendo esto conducia al marqués asido de una mano á través de habitaciones oscuras.

Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave:

—Júrame, don Juan, que serás prudente: te voy á llevar á un lugar donde mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija.

—¿Y para qué? dijo el marqués que lo habia olvidado todo: escuche yo tu voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero.

—Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina.

—¡Ah! exclamó don Juan, como quien despierta de un hermoso sueño.

—Pues bien, es menester que sepas por qué ha entrado y á qué ha entrado ese hombre aquí: sígueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas: silencio y prudencia.

Don Juan se dejó conducir por la duquesita, que le hizo atravesar algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que penetraba un débil resplandor á través de unas puertas vidrieras, cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado.

El marqués levantó imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra vidriera observaba Amina: los dos jóvenes estaban asidos de las manos.

En la habitacion inmediata habia dos hombres.

Capítulo X. Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.

Uno de aquellos hombres era jóven, como de veinte y dos años.

Aquel hombre era el príncipe de Asturias don Carlos de Austria.

Estaba sentado y cubierto.

El otro hombre estaba de pié y descubierto.

Era Yaye.

El príncipe, á pesar de sus pocos años, era uno de esos seres repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez prematura que sobre aquel semblante lívido aparecia, y la fosforescente insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido mucho á causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su padre, se adivinaba que el temblor de la cólera era su expresion habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba flaco, muy flaco.

—En verdad, en verdad, decia el príncipe, en el momento en que el marqués y Amina podian escucharle, no pensaba que tú, un oscuro aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el bueno de mi padre en la córte, cuando hay mas de una lengua maligna que habla mal de tí, te atrevieses á representar una farsa tan grosera conmigo. ¡Ya se vé! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las condiciones, duque. Ya que no ha salido á recibirme tu hija, segun esperaba, te confieso que me molesta estar á estas horas en conversacion contigo. ¡Por mi patron Satanás que esta es una treta que no te perdonaré nunca, duque!

—Ignora vuestra alteza con quién habla, dijo reposadamente Yaye, del mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.

El marqués estrechó fuertemente la mano de la duquesita, que no contestó á la presion, porque era una especie de burla hecha á su padre.

—En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces, ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina. Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula desconocida?

Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.

Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de pié y contestó:

—Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé. Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros, no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?

El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la suya.

—¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta, traidor?

—Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta pregunta.

El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo en sus manos.

El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:

—Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.

El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.

Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al oido de Amina:

—Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.

—¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.

—¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.

—Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que eran escuchados.

En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.

Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.

—Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana, y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba la corona de su padre.

El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante su juez.

La voz de Yaye era solemne.

—¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América: allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados, reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada: allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores, bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey. Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande, poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?

El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo, dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y solemne de Yaye.

Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don Carlos continuó de pié.

—Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que tengo entre mis manos. Tomad, leed.

El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.

—Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.

—¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe