La Argentina y la Conquista del Río de la Plata

Martín del Barco Centenera


Poesía


Índice

La Argentina y la Conquista del Río de la Plata
Prólogo
Canto primero
Canto segundo
Canto tercero
Canto cuarto
Canto quinto
Canto sexto
Canto séptimo
Canto octavo
Canto noveno
Canto décimo
Canto undécimo
Canto duodécimo
Canto decimotercio
Canto decimoquarto
Canto decimoquinto
Canto decimosexto
Canto decimoséptimo
Canto decimoctavo
Canto décimonono
Canto vigésimo
Canto vigésimo primero
Canto vigésimo segundo
Canto vigésimo tercio
Canto vigésimo cuarto
Canto vigésimo quinto
Canto vigésimo sexto
Canto vigésimo séptimo
Canto vigésimo octavo

Prólogo

Don Martín del Barco Centenera, Arcediano del Río de la Plata

Habiendo considerado y revuelto muchas veces en mi memoria el gran gusto que recibe el humano entendimiento con la lectura de los varios y diversos acaecimientos de cosas, que aun por su variedad es la naturaleza bella, y que aquellas amplísimas provincias del Río de la Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razón obscurecida, procuré poner en escrito algo de lo que supe, entendí y vi en ellas, en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregriné: lo primero, por no parecer al malo e inútil siervo que abscondió el talento recibido de su señor; lo segundo, porque el mundo tenga entera noticia y verdadera relación del Río de la Plata, cuyas provincias son tan grandes, con gentes tan belicosas, animales y fieras tan bravas, aves tan diferentes, víboras y serpientes que han tenido con hombres conflicto y pelea, peces de humana forma, y cosas tan exquisitas que dejan en éxtasis a los ánimos de los que con alguna atención las consideran.

He escrito, pues, aunque en estilo poco pulido y menos limado, este libro, a quien intitulo y nombro Argentina, tomando el nombre del subjeto principal, que es el Río de la Plata; para que Vuestra Excelencia, si acaso pudiera tener algún rato como que hurtado a los necesarísimos y graves negocios de tan grande gobierno como sus hombros tienen, pueda con facilidad leerle, sin que le dé el disgusto y fastidio que de las largas y prolijas historias se suele recibir; y heme dispuesto a presentarla y ofrecerla a Vuestra Excelencia como propia suya; pues, según derecho, los bienes del siervo son vistos ser del señor.

Y así confío que, puesto en la posesión del amparo de Vuestra Excelencia, cobrará nuevo ser y perpetuo renombre mi trabajo; y pido a Dios se siga sólo haber acertado a dar a Vuestra Excelencia algún pequeño contento con este mi paupérrimo servicio, lo que será para mí muy aventajado premio, y crecerán en mí las alas de mi flaco y débil entendimiento para volar, aspirando siempre a cosas más altas y mayores, enderezadas todas a su fin debido, que es el servicio de Dios, de Su Majestad y de Vuestra Excelencia, a quien Dios nos guarde por largos y felicísimos tiempos, para el buen gobierno y amparo de este reino, y como yo, siervo y perpetuo capellán de Vuestra Excelencia, deseo.

De Lisboa, 10 de Mayo de 1601.

Canto primero

En que se trata del origen de los Chiriguanas o Guaranís, gente que come carne humana, y del descubrimiento del Río de la Plata.

Del indio Chiriguana encarnizado
en carne humana, origen canto solo.
Por descubrir el ser tan olvidado
del argentino reino, ¡gran Apolo!,
envíame del monte consagrado
ayuda con que pueda aquí, sin dolo,
al mundo publicar, en nueva historia,
de cosas admirable la memoria.

Mas, ¡qué digo de Apolo!, Dios eterno,
a vos solo favor pido y demando.
Que mal lo puede dar en el infierno
el que en continuo fuego está penando.
Haré con vuestra ayuda este cuaderno,
del argentino reino recontando
diversas aventuras y extrañezas,
prodigios, hambre, guerras y proezas.

Tratar quiero también de sucedidos
y extraños casos que iba yo notando.
De vista muchos son, otros oídos,
que vine a descubrir yo preguntando.
De personas me fueron referidos
con quien comunicaba, conversando
de cosas admirables codicioso,
saber por escribirlas deseoso.

Perú de fama eterna y extendida
por sus ricos metales por el mundo;
la Potosí imperial ennoblecida
por tener aquel cerro tan rotundo;
la tucumana tierra bastecida
de cosas de comer, con el jocundo
estado del Brasil, darán subjeto
a mi pluma que escriba yo prometo.

Que aunque en esta obra el fundamento
primero y principal, Río de la Plata,
y así es primero su descubrimiento;
con todo no será mi pluma ingrata,
que aquí pintará al vivo lo que siento
del nuevo orbe al marqués Mora; y si trata
contrario a la verdad, yo sea borrado
de su libro, y a olvido condenado.

También diré de aquel duro flagelo
que Dios al mundo dio por su pecado,
el Drake que cubrió con crudo duelo
al un polo y al otro en sumo grado.
Trataré de castigos que del Cielo
parece nuestro Dios nos ha enviado:
temblores, terremotos y señales
que bien pueden juzgarse por finales.

En todo hallará bien si lo quisiere
a su gusto el lector, gusto sabroso.
Y guste lo que más gusto tuviere,
y deje lo sin gusto y disgustoso,
hará al fin lo que más gusto le diere,
que esto de escribir es azaroso.
En nombre de Jesús comienzo agora,
y de la Virgen para Emperadora.

Después del gran castigo y gran justicia
que hizo nuestro Dios Omnipotente
por ver cómo crecía la malicia
del hombre que compuso sabiamente,
habiendo recibido la propicia
señal del amistad, Noé prudente,
de Japhet, hijo suyo, así llamado,
Tubal nació valiente y esforzado.

Aquéste fue el primero que en España
pobló; pero después viniendo gentes
con la de aqueste Tubal y otra extraña
más, del mismo Noé remanecientes,
España se pobló, y tanta saña
creció entre unos hombres muy valientes
Tupís que por costumbre muy tirana
tomaron a comer de carne humana.

Creciendo en multitud por esta tierra
Extremadura bella, aquesta gente
de tan bestial designio y suerte perra,
por atajar tal mal de incontinente
hicieron los Ricinos grande guerra
contra aquestos caribes fuertemente;
en tiempo que no estaba edificada
la torre de Mambrós tan afamada.

Ni menos el alcázar trujillano,
en que vive la gente trujillana,
ni la puente hermosa que el Romano
en Mérida nos puso a Guadiana.
Ni había comenzado el lusitano,
que habita en la provincia comarcana.
Empero había Ricinos en la tierra,
muy fuertes y valientes para guerra.

Aquéstos son nombrados Trujillanos,
cual pueblo Castrum Julii fue llamado,
que cuando le poblaron los Romanos
el nombre de su César le fue dado.
Fronteros de estas tierras los profanos
de aquel designio pérfido, malvado,
caribes inhumanos habitaban,
y toda la comarca maltrataban.

Corriendo las riberas del gran Tajo,
y a veces por las sierras de Altamira,
ponían en angustia y en trabajo
la gente con su rabia cruda y dira.
No dejan cosa viva, que de cuajo,
cuanto puede el caribe, roba y tira;
a cuál quitan el hijo y los haberes,
y a otros con sus vidas las mujeres.

Vistos por los Ricinos trujillanos,
con ánimo invencible belicoso,
contra aquellos caribes inhumanos
formaron campo grande y poderoso.
Venido este negocio ya a las manos,
de entre ambas partes fue muy sanguinoso;
mas siendo los caribes de vencida,
las reliquias se ponen en huida.

Expulsos de la tierra, fabricaron
las barcas y bateles que pudieron,
y a priesa muchos de éstos se embarcaron
y sin aguja al viento velas dieron.
A las furiosas aguas se entregaron,
y así de Extremadura se salieron;
y a las islas, que dicen Fortunadas,
aportan con sus barcas destrozadas.

Platón escribe y dice que solía
el mar del norte, Atlántico llamado,
ser islas lo más de él, y se extendía
la tierra desde España en sumo grado.
Y que en tiempos pasados se venía
por tierra mucha gente; y se han llamado
las islas Fortunadas que quedaron,
cuando otras del mar Norte se anegaron.

Y así a muchos pilotos yo he oído
que navegando han visto las señales
y muestras de edificios que han habido
(cosas son todas estas naturales,
que bien pueden haber acontecido)
por donde los Tupís descomunales
irían fácilmente a aquellas partes,
buscando para ello maña y artes.

Llegando, pues, allí ya reformadas
sus barcas y bateles, con gran pío,
tornáronse a entregar a las hinchadas
ondas del bravo mar a su albedrío.
Las barcas iban rotas, destrozadas,
cuando tomaron tierra en Cabo Frío,
que es tierra del Brasil, yendo derecho
al Río de la Plata y al Estrecho.

Comienzan a poblar toda la tierra,
entre ellos dos hermanos han venido.
Mas presto se comienzan a dar guerra,
que sobre un papagayo ha sucedido.
Dejando el uno al otro, se destierra
del Brasil, y a los llanos se ha salido.
Aquel que queda ya Tupí se llama,
estotro Guaraní de grande fama.

Tupí era el mayor y más valiente,
y al Guaraní menor dice que vaya
con todos sus soldados y su gente,
y que él se quedará allí en la playa.
Con la gente que tiene incontinente
el Guaraní se parte y no desmaya,
que habiendo con su gente ya partido,
la tierra adentro y sierras ha subido.

Pues estos dos hermanos divididos
la lengua guaraní han conservado,
y muchos que con ellos son venidos
en partes diferentes se han poblado,
y han sido en los lenguajes discernidos,
que por distancia nadie ha olvidado.
También con estos otros, aportaron,
que por otro viaje allá pasaron.

Mahomas, Epuaes y Calchines,
Timbúes, Cherandíes y Beguaes,
Agaces, y Nogoes, y Sanafines,
Maures, Tecos, Sansoues, Mogoznaes.
El Paraná abajo, y a los fines
habitan los malditos Charruaes,
Naúes y Mepenes, Chiloazas;
a pesca todos dados y a las cazas.

Los nuestros Guaranís, como señores,
toda la tierra cuasi dominando,
por todo el Paraná y alrededores
andaban crudamente conquistando.
Los brutos, animales, moradores
del Paraguay sujetan a su mando.
Poblaron mucha parte de esta tierra,
con fin de dar al mundo cruda guerra.

Poblando y conquistando han alcanzado
del Perú las nevadas cordilleras,
a cuyo pie ya tienen subyugado
el río Pilcomayo y sus riberas.
Muy cerca de la sierra han sujetado
a gente muy valientes y guerreras
en el río Condorillo y Yesuí,
y en el grande y famoso Guapaí.

Una canina rabia les forzaba
a no cesar jamás de su contienda.
Que el Guaraní en la guerra se hartaba
(y así lo haría hoy, sin la rienda
que le tenemos puesta), y conquistaba
sin pretender más oro, ni hacienda,
que hacerse como vivas sepulturas
de símiles y humanas criaturas.

Que si mirar aquéstos bien queremos,
caribe dice, y suena sepultura
de carne, que en latín caro sabemos
que carne significa en la lectura.
Y en lengua guaraní decir podemos
ibi, que significa compostura
de tierra do se encierra carne humana;
caribe es esta gente tan tirana.

Teniendo, pues, la gente conquistada,
en mil parajes se poblaron de hecho.
El Guaraní con ansia acelerada
a los Charcas camina muy derecho.
La cordillera y sierra es endiablada,
parece le será de gran provecho
parar aquí, y hacer asiento y alto,
con fin de allí al Perú hacer asalto.

Muy largos tiempos y años se gastaron,
y muchos descendientes sucedieron
desde que los hermanos se apartaron.
De Tupí en el Brasil permanecieron
Tupíes, y destotros que pasaron
Guaraníes se nombran, y así fueron
guerreros siempre aquestos en la tierra,
que el nombre suena tanto como guerra.

Aquestos Guaraníes se han mestizado
y envuelto con mil gentes diferentes,
y el nombre Guaraní han renunciado,
tomando otro por casos y accidentes.
Allá en las cordilleras, mal pecado,
Chiriguanaes se dicen estas gentes,
que por la poca ropa que tenían
de frío muchos de ellos perecían.

La costa del Brasil es muy caliente,
y el Paraguay y toda aquella tierra.
Camina aquesta gente del oriente,
y para en las montañas y la sierra,
caminando derechos al poniente,
haciéndoles el frío cruda guerra
que mal puede el desnudo en desafío
entrar y combatirse con el frío.

Llegaron, pues, al fin a aquel paraje
do el frío les hizo guerra encarnizada,
y frío chiri suena en el lenguaje
del Inga, que es la lengua más usada;
guana es escarmiento de tal traje.
Aquesta gente iba mal parada,
y el frío que tomaron, escarmiento
fue para el Chiriguana y cognomento.

En este tiempo ya habían venido
por otra parte y vía al Perú gentes;
por ser tan exquisitos, no he querido
sus nombres referir tan diferentes,
en una lengua muchos se han unido,
que es quichua, y los hidalgos y valientes
de aqueste nombre Inca se han jactado,
y a todos los demás han sujetado.

Estando de esta suerte apoderados
los Incas, los Pizarros allegaron,
y siendo del Perú bien enterados,
la tierra en breve tiempo conquistaron.
Los Guaranís sus dientes acerados
alegres con tal nueva aparejaron,
pensando que hartarían sus vientres fieros
de la sangre de aquellos caballeros.

El corazón pedía la venganza
de sus pasados padres, que habían sido
de la tierra Extremeña a espada y lanza
expulsos, como arriba habéis oído.
Mas viendo de Pizarro la pujanza,
temieron de pasar; y así han tenido
por seguros los montes despoblados,
sin ser a gente humana sujetados.

De allí hacen hazañas espantosas,
asaltos, hurtos, robos y rapiñas,
contra generaciones belicosas
que están al rededor circunvecinas.
En sus casas están muy temerosas,
como unas humillísimas gallinas,
con sobrado temor noche y mañana,
temiendo de que venga el Chiriguana.

Usan embustes, fraudes y marañas,
también tienen esfuerzo y osadía,
y así suelen hacer grandes hazañas,
que arguyen gran valor y valentía.
A aquéstos vi hacer cosas extrañas
en tiempo que yo entre ellos residía;
y el que no me quisiere a mí escuchallo,
al de Toledo vaya a preguntallo.

Dejemos esto agora; navegando
Magallanes también vino derecho,
la costa del Brasil atrás dejando
en busca fue y demanda del Estrecho,
salió del mar del sur atravesando,
y hállase contento y satisfecho,
y al mundo da una vuelta con Victoria,
ganando en este caso fama y gloria.

Después a los quinientos y trece años,
contados sobre mil del nacimiento
de aquel que padeció por nuestros daños,
dio Juan Díaz de Solís la vela al viento;
al Paraná aportó, do los engaños
del Timbú le causaron finamiento
en un pequeño río de grande fama,
que a causa suya de Traición se llama.

Por piloto mayor de Magallanes
al Estrecho venido aquéste había;
no harto de pasar penas y afanes,
la conquista a don Carlos le pedía.
Entró el río arriba con desmanes,
hasta que ya el postrero le venía,
en que su alma del cuerpo se desata,
poniendo al Paraná nombre del Plata.

No fue sin causa, creo, de secreto,
y señal de misterio y buen agüero.
Aunque es así que todo está sujeto
al alto, divino juicio verdadero,
y aunque usó este nombre por respeto,
que vido cierta plata allí primero,
yo entiendo que ha de haber grande tesoro
algún tiempo de plata allí y de oro.

La muerte pues de aquéste ya sabida,
el gran Carlos envía el buen Gaboto
con una flota al gusto proveída,
como hombre que lo entiende y que es piloto.
Entró en el Paraná, y ya sabida
la más fuerza del río le ha sido roto
del Guaraní, dejando fabricada
la torre de Gaboto bien nombrada.

Algunos de los suyos se escaparon
de aquel río Timbús do fue la guerra,
al río de San Salvador después bajaron,
donde la demás gente estaba en tierra.
A nuestra dulce España se tornaron,
huyendo de esta gente infiel y perra.
Mas no pone temor esta destroza
a don Pedro Guadix y de Mendoza.

Don Pedro de Guadix, como diremos,
después de haber de Roma malvenido,
cuando hubo disensión en los supremos,
el gobierno argentino hubo pedido.
Empero algún tanto ahora descansemos,
que no le dejaremos por olvido,
pues su hambre rabiosa y grande ruina
ayuda a lamentar a la Argentina.

De nuestro río argentino y su grandeza
tratar quiero en el canto venidero,
de sus islas y bosques y belleza
epílogo haré muy verdadero.
Ninguno en lo leer tenga pereza,
que espero dar en él placer entero
de cosas apacibles y graciosas
y dignas de tenerse por curiosas.

Canto segundo

En este canto se trata de la grandeza del Río de la Plata, del Paraguay, y de las islas, peces, aves que hay en ellos

La obra excelentísima y grandiosa
arguye grande artífice y maestro,
que no puede hacer obra preciosa
el hombre que en el arte no está diestro.
Como la creación maravillosa
enseña, Señor mío, el poder vuestro,
en su tanto también aqueste río
muestra grande saber y poderío.

Inmensas gracias, Dios Señor, os damos,
pues todo a nuestra causa lo criastes;
y a nosotros que mal os lo pagamos,
para vuestro servicio nos formastes.
Cuanto sois, mi Señor, si bien miramos
las cosas que en el mundo vos plantastes,
nos da bien a entender, y la grandeza
de vuestro gran saber y la riqueza.

El río que llamamos Argentino,
del indio Paraná o mar llamado,
de norte a sur corriendo su camino
en nuestro mar del norte entra hinchado.
Parece en su corriente un torbellino,
o tiro de arcabuz apresurado.
Mas con el viento sur plácidamente
se vence navegando su corriente.

De más de treinta leguas es su boca,
y dos cabos y puntas hace llanas.
Al tiempo que en la mar brava se emboca,
al un cabo dos islas, como hermanas,
están, que cada cual parece roca.
Los Castillos se dicen, muy cercanas
al cabo que nombré Santa María,
que poco de estas islas se desvía.

Al otro cabo, Blanco le llamamos,
el cual en la mar entra más derecho
y más bajo, y por esto navegamos,
por más seguro este otro, un poco trecho.
Después al otro cabo nos tornamos,
el cual está a la banda del estrecho;
entrambas costas son muy peligrosas,
y de futuros casos portentosas.

Pasadas estas islas de Castillos,
adelante están dos algo mayores:
de los Lobos se dicen, que lobillos
como becerros hay poco menores;
un poco más arriba dos islillos
están, nombrados islas de las Flores,
y habiendo treinta leguas caminado,
al puerto San Gabriel hemos llegado.

Siete islas hay en él, altas, graciosas,
un poco de la tierra desviadas,
de palmas y laureles muy copiosas,
están aquestas islas bien pobladas.
Aquí llegan las naves poderosas,
como salen de España despachadas.
Frontero es Buenos Aires ya poblado,
y del sur importuno resguardado.

De ancho nueve leguas o más tiene
el río por aquí, y muy hondable.
La nave hasta aquí segura viene,
que como el ancho mar es navegable,
pasado este paraje le conviene
al piloto mirar el gobernable,
en la mano llevando siempre sonda,
o seguir la canal que va bien honda.

Doce leguas de aquí Martín García,
una isla de este nombre está llamada;
una legua de tierra se desvía,
y más de legua y media es prolongada.
A partes por el bosque está sombría,
y a partes tierra alta y asombrada,
don Pedro, y Juan Ortiz allí poblaron,
y de hambre mucha gente sepultaron.

Aquí llegó Eduardo de Fontano,
el año sobre mil y los quinientos
de ochenta con más dos, con viento sano,
mas no supo de pueblos ni de asientos,
que si acaso supiera el luterano
que allí había poblados y cimientos,
sin duda en pesadumbre nos pusiera,
que había el aparejo en gran manera.

Cuatro leguas de aquí ya navegadas,
las islas de San Lázaro están juntas,
de tierra media legua desviadas
a do enderezan ambas sendas puntas.
Están aquestas islas separadas,
aunque al parecer no están disjuntas.
Y habiendo media legua navegado,
está el Uruguay, río afamado.

Es río de caudal y poderoso,
su boca legua y media casi tiene.
Entra en este paraje muy furioso,
que de peñas y riscos altos viene.
En él entra otro río con reposo,
que al parecer entrando se detiene,
al cual San Salvador llamó Gaboto,
antes que de los indios fuese roto.

A dos leguas entra otro, que es nombrado
el Río Negro, que Hum tenía por nombre.
Aquí en nuestro tiempo se han hallado
pescados semejantes muchos al hombre,
aquesto de pasada lo he tocado,
ninguno de leerlo aquí se asombre,
que, siendo Dios servido, en otro canto
diré cosas de vista y más espanto.

Dejemos este río, que corriendo
de allá hacia el Brasil viene derecho,
y en él se vienen otros mil metiendo,
que le tienen famoso y grande hecho.
Al nuestro de la Plata revolviendo,
desde aquí él comienza a ser deshecho,
y en once brazas grandes se reparte,
tirando cada cual su larga parte.

Del río Nilo refieren escritores
lo mismo; pero es tanta la grandeza
de aquéste y de sus brazos, que mayores
los juzgo, que no estiman la braveza
del Nilo en tanto grado los autores.
Y si del Nilo fuera la extrañeza
tan grande como éste, y se escribiera,
al mundo admiración mayor pusiera.

En el nuestro se forman muy hermosas
islas, de a doce leguas y mayores,
en sus tiempos muy frescas y frondosas,
pobladas de mil rosas y de flores,
de caza y bastimentos abundosas;
en ellas Guaranís son pobladores,
sin que alguna nación otra se atreva
en él poblar, en ella hacer prueba.

Pasadas estas islas, torna el río
a su primera madre acostumbrada.
De una y otra parte gran gentío
la tierra firme tiene bien poblada.
El Guaraní les manda con gran brío,
que tiene la más tierra sujetada,
entre ellos Yamandú, gran hablador,
que se titula y nombra Emperador.

Éste, malvado y perro como artero,
a todos los más indios comarcanos
los trae a su opinión al retortero,
y como son los indios tan livianos,
y él pica su poquillo en hechicero,
donde él pone los pies ponen las manos,
de suerte que si quiere hacer la guerra,
al punto le veréis juntar la tierra.

Y no piense el que lea aquesta historia
que al falso Yamandú perecedero
le falta quien levante su memoria,
que en mi tiempo murió; mas su heredero
levantar procuró su fama y gloria,
y lo hizo en más grado que el primero.
Así que Yamandú es el dictado
y nombre que se pone al que ha heredado.

De aquélla trataremos adelante,
de sus embustes, falsos y marañas.
De cuerpo y parecer era gigante,
y así le demostraban sus hazañas;
un poco tiempo fui su doctrinante,
teniéndole en prisión a do sus sañas
procuré doctrinar; trabajé en vano,
porque era muy malvado este pagano.

De aquí el río arriba, navegadas
ciento y veinte leguas ya del río,
otras islas están tan bien pobladas
de gentiles naciones y gentío.
Timbúes las más de ellas son llamadas,
que muy poco temor tienen al frío.
La torre de Gaboto está cercana
y la gente llamada Cherandiana.

De allí a veinte leguas, otro asiento,
que Santa Fe se dice, está poblado;
Garay le dio principio y fundamento,
cuando Martín Suárez ha mandado.
Tratarse ha en otra parte aqueste cuento,
volvamos al negocio comenzado.
El río hace aquí muchos islones,
poblados de onzas, tigres y leones.

Al pie de ochenta leguas adelante
el grande Paraguay entra famoso,
con más quietud se muestra, y más semblante
a este río corriendo con reposo.
El Paraná se aparta allá a levante,
de a do corre con fuerza muy furioso;
del norte corre el otro, consumiendo
las aguas que el Perú viene vertiendo.

Entrando el Paraná está Santa Ana,
de Guaranís provincia bien poblada.
Es tierra aquesta firme, buena y llana,
que mucha de la dicha es anegada.
Empero esta enjuta es muy galana,
de nuestros españoles conquistada;
y así tienen aquí repartimiento
los que en el Paraguay tienen asiento.

La Peña Pobre está más adelante;
es alta como roca muy crecida.
Aquí han visto muchos un gigante
de gran disposición y muy crecida.
No está, según yo supe, él aquí estante,
que allá la tierra adentro es su guarida;
mas viene aquí a pescar muy a menudo,
de sus redes cargado, mas desnudo.

Arriba de aquí están los remolinos,
que es cosa de admirar y gran espanto.
En el medio del agua hay torbellinos,
como suele acá en tierra; y esto tanto,
que navegando algunos, los vecinos
celebran sus exequias con gran planto,
diciendo que Caribdis está a punto
para lo que viniere tragar junto.

Aquí muchas canoas se han perdido,
y muchos en mi tiempo se anegaron.
Muy mal al de la Puente ha sucedido,
y a aquellos que con él aquí bajaron.
Que habiéndoles Caribdis sumergido,
las vidas y haciendas trabucaron,
y aquellos que mejor les fue en la feria,
aún lloran todavía su miseria.

El Salto ya me está gran priesa dando,
diciendo este lugar ser propio suyo;
y yo, solo en lo estar imaginando,
de miedo y de pensarlo de mí huyo.
Decir aqueste cuento procurando
la mano está temblando, y lo rebuyo,
por ser la cosa horrible y espantosa,
y en todo el Paraná maravillosa.

Por aquí el Paraná dos leguas tiene,
y peñascos y sierras hasta el cielo;
y al pie de una gran legua de aquí viene
con ímpetu furioso y crudo vuelo.
Cualquiera que navega le conviene
con tiempo tomar tierra, que en el suelo
de mil picas en alto dará cierto,
por tanto muy de atrás se toma puerto.

De legua más atrás encanalado
el Paraná desciende poderoso,
un peñasco terrible está tajado
de a do se arroja y cae muy furioso.
El estruendo que hace es muy sobrado,
y el humo al aire tiene tenebroso,
una noche dormí en una sábana,
dos leguas de él, mas fue la Toledana.

Yo propio lo he oído a naturales,
tratando de este salto y su grandeza,
que estaban con temores desiguales
a oír aquel sonido y su braveza.
Las aves huyen de él; los animales,
oyendo su estruendo, sin pereza
caminan, no parando apresuradas,
y con temor las colas enroscadas.

Después está Guaira, ciudad enferma,
y que por Melgarejo fue poblada.
Mas él, podrá decir cierto Belerma,
de mí para mí mal fue engendrada.
Es causa que Rui Díaz nunca duerma,
la gente Chiriguana levantada,
por donde el pobre viejo anda a la guerra
con tino por tener en paz la tierra.

Poblada está también otra ciudad,
cuarenta leguas más arriba de ésta.
En ella hay de metales cantidad,
empero aunque los haya, ¿de qué presta?,
hablando como es justo la verdad,
que el hombre es lo que sólo allá les resta,
pues vemos plomo saca Melgarejo,
y hierro, con tener poco aparejo.

Al Paraná es ya tiempo que dejemos,
y al Paraguay ameno revolvamos,
en el cual a la clara bien veremos
que está cifrado el bien que deseamos,
el bien, digo, que en tierra pretendemos,
que agora del divino no hablamos,
que aquese solo y sumo bien superno
está sólo en gozar de Dios eterno.

Entrando al Paraguay a izquierda mano,
el Ipití se ve, que es río famoso;
muy plácido desciende por un llano
de palmas y laureles muy copioso.
El Paraná-miní está cercano,
que al Paraná traviesa caudaloso,
haciendo triangular una isla llana
de doce leguas casi de sabana.

Si en este riachuelo el otro fuera,
que dicen a buscar su mujer iba
el río arriba, espanto no pusiera;
pues vemos que éste corre hacia arriba
algunas veces, y es de esta manera,
que es justo la razón aquí se escriba:
está cuando uno crece el otro bajo,
y el chico corre arriba y corre abajo.

No corre el Paraguay tanto furioso,
y es un río mayor que el de Sevilla,
de vista y parecer es muy gracioso,
con ribera vistosa y linda orilla.
De frescas arboledas muy copioso,
y en partes prado verde a maravilla.
También tiene los valles más cercanos,
lagunas, negadizos y pantanos.

Una laguna tiene de gran fama
llegada al Ipití que dicho habemos.
De los Mahomas es, y así se llama,
que aquesta gente habita sus extremos.
En el río Bermejo se derrama,
y que esta tenga perlas lo sabemos,
el Mahoma, señor de esta laguna,
estando en la Asumpción me dio más de una.

En gran precio las perlas éstos tienen,
empero ellos no saben horadarlas.
Si en su asiento españoles se detienen,
de los hostiones procuran de sacarlas
y al español con ellas luego vienen.
El orden pues que tienen en pescarlas
es fácil, que en pequeños redejones
a veces sacan veinte y más hostiones.

Antes de la Asumpción hay angostura
del río, y así corre allí furioso.
Alegre es por allí y de frescura,
de muchas arboledas muy umbroso,
con islas que hay en él de hermosura
extraña, y parecer muy deleitoso.
Entra aquí Pilcomayo que, vertiendo
sus aguas, del Perú viene corriendo.

Cuatro leguas arriba está situada
la gran ciudad, antigua y populosa,
que es dicha la Asumpción, que fue poblada
por Salazar en era muy famosa.
Es aquesta ciudad tan regalada,
que mi pluma escribirlo aquí no osa;
algunos, por baldón con mal aviso,
la llaman de Mahoma paraíso.

Poblose de muy buena y noble gente
en tiempo de don Pedro de Mendoza,
aunque hay, como sabemos, al presente
en abundancia ya de toda broza.
La causa de este mal inconveniente
paréceme será la gente moza,
que, aunque salen valientes y esforzados,
al mal y no al bien son muy inclinados.

Gran copia de mestizos hay en ella,
pero más abundancia de mujeres,
porque la guerra hace en ellos mella,
la cual sin interés y sin haberes
con sólo el fin la siguen de tenella.
Y así, lector curioso, si quisieres
el número saber de las doncellas,
de cuatro mil ya pasan como estrellas.

De frutos de la tierra y de Castilla,
de pan, y vino, y carnes y pescado
hay copia; pero oíd la maravilla
que sé que aconteció un día pasado.
Un peje palometa, que freílla
pensaba una mujer enharinado,
de la sartén saltó muy de repente,
y el dedo le cortó redondamente.

Un palmo y más tendrá la palometa,
y mayor en el ancho que una mano.
A donde hace presa fuerte aprieta,
como suele hacer el crudo alano.
Es cosa de notar ver que acometa
este pequeño pez a todo humano,
del río vi salir un día un soldado
gritando, y en el muslo un gran bocado.

Juzgose allí al presente que faltaba
de carne media libra al desdichado,
y el peje palometa lo llevaba
en la boca redondo aquel bocado.
Mas de otro oí decir que lamentaba
su suerte desastrosa y triste hado,
que en la boca de un pez perdido había
lo que el pez le cortó con gran porfía.

Dorados hay enormes y crecidos,
mandís, rayas, pacúes amarillos;
muchos pescados hay desconocidos,
por tanto determino no escribillos.
Los indios naturales mantenidos
los más son de pescado y venadillos,
los Guaranís son sólo labradores,
los más dados a caza y pescadores.

Aves la tierra cría diferentes
que habitan por las islas de este río,
pavas y avestruces muy valientes,
neblíes y falcones de gran brío.
Culebras hay y víboras, serpientes,
que han tenido con hombres desafío.
En otro canto aquesto contaremos,
y cosas admirables trataremos.

Que aquesto ahora tocamos de pasada,
y cierto que en pensar yo la extrañeza
de las cosas que he visto, embelesada
me queda la memoria, y mi rudeza
en éxtasis se pone enajenada
de toda la humana naturaleza.
Y habiendo de escribirlo todo en suma,
la mano está temblando con la pluma.

Dejemos, pues, ya el río, que corriendo
por él quinientas leguas sin contento,
del enemigo a veces yo huyendo,
jamás pude hallarle nacimiento;
de otros con porfía les siguiendo,
he hallado el principio y fundamento.
Y quiero darle ya al canto tercero,
que cosas espantosas cantar quiero.

Canto tercero

En que se trata de la calidad de la tierra, animales, reptiles y espantosísimas víboras y serpientes; de la sirena, del carbunclo, de unas mariposas que se tornan en gusanos, y después en ratones, y otras maravillas

Demás de que en nosotros señalada
la lumbre está de Dios como creemos,
y el alma por él mismo fue criada
a su bendita imagen, lo leemos.
Para que de esta suerte doctrinada
en bien fuese así mismo, si queremos
mirar las corporales criaturas,
veremos que son vivas escripturas.

La flor de la granada o granadilla
de Indias, y misterios encerrados,
¿a quién no causará gran maravilla?
Figúranse los doce consagrados
de una color verde y amarilla;
la corona y los clavos tresmorados
tan natural están, y casi al vivo,
que yo me admiro agora que lo escribo.

Un árbol hay pequeño de la tierra
que tiene rama y hoja menudita;
en tocando la hoja ella se cierra,
y en el punto se pone muy marchita.
Yo he visto yendo veces a la guerra
por los campos aquesta yerbecita,
Caycobé se llama, y es tenida
por yerba viva, y nómbranla de vida.

Quién no se admirará luego en oyendo
que hay un papagayo muy hermoso,
la hembra cuando huevos va poniendo,
tres pone, que es el número gracioso.
Al punto que los pollos van saliendo
conoce el papagayo el que es vicioso
y sobra; y así le mata en aquel día,
dejando macho y hembra para cría.

Al Micuren dio Dios una bolsilla
por medio de los pechos, en que encierra
siete u ocho hijuelos; si seguilla
procura otro animal, le hace guerra
a quien le sigue, y guarda su cuadrilla
como suele hacer la brava perra;
y en viéndose de mal libre y de duelos,
abre la bolsa y salen los hijuelos.

El Yumirí, que es oso hormiguero,
¿a quién no espantará su compostura?
Por boca tiene un muy chico agujero,
como un novillo grande, y de hechura
del oso acá común; no es carnicero,
y prívale de serlo el angostura
de la boca, mas vence al tigre fuerte,
causándole por hambre cruda muerte.

El instinto de un vil animalejo,
Eyra ha por nombre, me ha admirado;
de suerte es y de forma de un conejo,
mas mata, como vemos, un venado,
salta y aferra firme en el pellejo,
y en el seceso da fiero bocado,
haciendo con las uñas tal camino
que saca al animal el intestino.

Lo mismo hace al hombre y otra cosa
una horrenda culebra, que es nombrada
Curiyú, muy grande y espantosa,
de largo y de grosor descompasada;
lo que ha comido y traga no lo bosa,
ni echa por abajo, mas posada
en tierra la barriga, se abre y echa
aquello que de nada le aprovecha.

Las víboras que son más ponzoñosas,
cascabel en la cola tienen puesto,
de diversas colores son vistosas,
saltando de la tierra, y de su puesto,
arremeten al hombre muy furiosas
hasta morder con rabia el rostro y gesto.
A do las hay crió Dios una yerba
que es dicha por su nombre contrayerba.

El hombre o animal a quien le hiere
algunas de estas víboras malvadas,
en un día natural, sin falta, muere,
y en él son medicinas excusadas.
Empero si la yerba el tal bebiere,
antes que doce horas sean pasadas,
escapa. Aquesta yerba Dios le ha dado
el mismo cascabel muy apropiado.

¡A quién no admirarán las cosas tales!
Pues más he de decir en este canto,
que contaré en él cosas desiguales,
muy raras, peregrinas y de espanto.
Agora de la tierra y naturales
de la Asumpción digamos tanto cuanto,
y luego escribiremos mil cosillas
que bien podré llamarlas maravillas.

El temple la Asumpción tiene gracioso,
apacible, sereno y claro cielo;
invierno frío, estío caloroso,
algunas veces nieve, también yelo.
De invierno y de verano está hermoso
el campo todo el año, verde el suelo,
porque de cuando en cuando bien se moja,
y casi siempre está de verde hoja.

La gente natural y comarcana
es de muchas naciones diferentes.
Empero la más es la Chiriguana,
que están a los cristianos obedientes.
Ya no comen aquéstos carne humana,
si no es por exquisitos accidentes
en guerras y conquistas con paganos,
empero no de carne de cristianos.

Una pestilencia grande hubo venido
de que muchos Guaranís se murieron
que carne de cristianos han comido,
la peste les sucede atribuyeron.
También por desabrida aborrecido
la tienen, según muchos me dijeron,
que más les sabe carne de un pagano
que no la de español o castellano.

Los Guaycurús habitan la otra banda,
es gente muy valiente y belicosa.
Cuando nuestro español en guerras anda,
alquila Guaycurús por donde osa
al Guaraní seguir, que le dan tanda
aquéstos de tal suerte, que medrosa
la gente Guaraní queda y deshecha,
que el Guaycurú jamás teme su flecha.

Los Agaces estaban bien poblados
en tiempo de don Pedro de Mendoza,
y aun eran muy valientes y esforzados.
Los cristianos hicieron tal destroza
en ellos, que los indios y soldados
mataban sin piedad a toda broza,
y así vino la cosa a tal estado
que no hay hoy del Agaz pueblo poblado.

También había muchos Guatataes,
que es gente muy amiga de cristianos,
y otros que se llaman Mogolaes,
que viven en esteras por los llanos;
aquéstos, y también Coñamequaes,
están de la ciudad algo cercanos;
acuden a servir con gran contento,
aunque de ellos no hay repartimiento.

Los Guaraníes solos repartidos
están, que las demás generaciones,
aunque lo están, y han sido sometidos
al español, mas son por ocasiones,
que tienen los que mandan eximidos
del servicio, y acuden con mil dones,
de suerte que hablando más de vero
es de éstos el que manda encomendero.

Junto a la Asumpción está una sierra,
nombrada Lambaré, sierra afamada;
en gran parte de toda aquesta tierra
ninguna tan alta hay, tan encumbrada.
Allí dio Salazar muy cruda guerra
a Lambaré y su gente rebelada.
Y muy cerca de allí, bajando al río,
oíd una batalla y desafío.

Habiendo Salazar aquí vencido
el bravo Lambaré y toda su gente,
a los pies de alta sierra le ha salido
una terribilísima serpiente.
Con ánimo gallardo y muy crecido
embraza la rodela diligente,
y comenzando a darla con la espada,
en tierra echa una mano destroncada.

La sierpe con la cola revolviendo
al buen Capitán diera muy airada
un golpe tan terrible, que cayendo
venía el Capitán, y con la espada
en el suelo se tuvo, y acudiendo
con una venturosa cuchillada,
tal golpe de revés da con destreza,
que ahí la sierpe queda sin cabeza.

La del tigre no fue tan grande hazaña,
aunque era muy terrible y espantoso;
matolo antes que fuese a nuestra España
aqueste Capitán tan valeroso.
Y habiendo ido, volvió, cosa extraña,
que siendo tan valiente y poderoso,
murió pobre, dejando muchos hijos,
con pleitos y demandas y litijos.

Por armas le dio el Rey el tigre fiero
con Lambaré, la sierra que he contado,
y un hábito y señal de caballero,
con que a las Indias vuelve muy honrado.
Mas como nunca dio en tener dinero,
murió sin dejar solo ni un cornado,
que aquesto de tener la plata a sobra,
yo tengo firmemente que Dios obra.

De qué me sirve a mí querer riqueza,
y andar aperreado por habella,
si Dios por me azotar me da pobreza.
¿A quién presentaré yo mi querella
si la Suprema Causa y Suma Alteza
dispone que no haya de tenella?
De arriba, de lo alto todo viene,
dejadlo al que poder en todo tiene.

Volviendo a nuestra historia, río arriba
una laguna está muy afamada,
Itapuá se llama una peña viva,
está en medio de aquélla levantada.
Compéleme el temor que no lo escriba,
mas no lo dejaré; es prolongada
de cien codos la piedra, y muy derecha
y arriba en lo supremo una vestecha.

Es como el Ave Fénix muy graciosa
que pintan los autores, y su nido
compuesto es de especiosa y olorosa
madera, que en mis manos la he tenido;
la sirena también, bella y hermosa
como una bella dama, ha parecido
en medio esta laguna, y aun gimiendo
y sus doradas crines esparciendo.

Otra laguna grande más crecida
de más admiración que aquésta vemos,
que está la tierra adentro algo metida;
los indios del Acai en sus extremos
habitan, y ellos dicen que fundida
antiguamente fue gente, y creemos,
nos dicen, está el diablo atormentando
aquellos que pecaron en nefando.

Gran grito y alarido y gran estruendo
allá dentro parece que resuena
cuando se allega junto, estremeciendo
el cuerpo queda todo con gran pena.
Algunos de temor vuelven huyendo;
pajas, se les antoja, y el arena
que son diablos que vienen en pos de ellos,
y vuelven erizados los cabellos.

Y no lejos de aquí, por propios ojos,
el carbunclo animal veces he visto.
Ninguno me lo juzgue por antojos,
que por cazar alguno anduve listo.
Mil penas padecí, y mil enojos,
en seguimiento de él, ¡mas cuán bien quisto
y rico y venturoso se hallara
aquel que Auagpitán vivo cazara!

Un animalejo es, algo pequeño,
con espejo en la frente reluciente
como la brasa ignita en recio leño,
corre y salta veloz y diligente.
Así como le hirieren echa el ceño
y entúrbiase el espejo de repente,
pues para que el carbunclo de algo preste
en vida el espejuelo sacan de éste.

¡Cuán triste se halló, y cuán penoso
Rui Díaz Melgarejo! Que hallado
había, a mí me dijo, de uno hermoso;
perdiolo por habérsele volcado
una canoa en que iba muy gozoso.
Yo le vi lamentar su suerte y hado
diciendo: «si el carbunclo no perdiera,
con él al Gran Philipo yo sirviera».

Andando por la guerra y escuadrones,
de mí fueron mil cosas conocidas.
Trataré de una forma de ratones,
y de vista hablaré y no de oídas.
Unas cañas he visto, y cañutones
tan gruesos como piernas muy crecidas;
catorce y quince tiene pocos menos
cada caña, y de agua todos llenos.

El agua es muy sabrosa, clara y fría,
mas yendo ya la caña madurando,
un gusano se engendra adentro y cría,
y al cañuto el gusano horadando
afuera mariposa parecía;
con las alas comienza de ir volando,
y por tiempo las pierde, y queda hecho
de forma de ratón hecho y derecho.

Al tiempo que en la caña están metidos,
a gente natural son nutrimento.
Frutos sabrosos son, mas ya salidos
a luz, causan dolor, pena y tormento,
porque tornados ya y convertidos
en ratones, consumen el sustento,
y privan muchas veces de la vida
al natural, quitando su comida.

De veinte mil pasaron, naturales,
que murieron a causa del estrago
que hicieron aquestos animales,
que en todo el Ubay dejaron pago
de planta, ni maíz, ni sementales,
sin pasar por aquel tan crudo trago.
Dejando desta vez tan asolada
la tierra, que tardó de ser poblada.

No hay bruco, ni langosta perniciosa,
ni erugo, ni otra plaga que yo entienda,
que iguale a esta maldita mariposa,
terrible si comienza su contienda.
Así está desta plaga tan medrosa
la gente del Ubay, que viendo senda
por do huir su tierra y nacimiento,
la dejan por tener algún contento.

También hay otras cañas muy mayores
(del grueso son de un roble bien crecido)
en que se crían gusanos, y mejores;
de los unos y de otros he comido,
en muy poco defieren sus sabores.
Estando el uno y otro derretido,
manteca fresca a mí me parecía,
¡mas sabe Dios el hambre que tenía!

En los mojos de aquestas cañas vimos,
con agua bien sabrosa, más gusanos,
ni dentro ni de fuera los sentimos
en toda la montaña ni en los llanos.
Las cañas por cumbreras las pusimos,
con tener otros palos muy cercanos,
mas no había qué temer, que la corteza
tenían de terrible fortaleza.

Es tanta la espesura de las cañas,
a do las hay, que es cosa de gran grima;
y aunque dentro se crían alimañas,
están tan encerradas como encima.
Quien a cortar va cañas, por mil mañas
que tenga, a las veces se lastima
con púas, con espinas, con abrojos,
y el mal sale mil veces a los ojos.

Mas ya estoy enfadado en este canto,
¡cuánto más lo estará quien le leyere!
Dejemos de contar cosas de espanto,
volver quiero a don Pedro. Quien quisiere
las mudanzas saber y crudo llanto
de fortuna, y de aquel que las siguiere,
con mucha atención lea diligente
el canto lastimoso aquí presente.

Canto cuarto

En que se trata de la más cruda hambre que se ha visto entre los cristianos, la cual padecieron los de don Pedro de Mendoza en Buenos Aires, y cómo se pobló el Argentino

Lo que ha sido muy justo y bien ganado
muchas veces se pierde, como vemos,
pues de lo que con mal se ha granjeado,
que se pierda y el dueño esperaremos.
Don Pedro de Mendoza fue soldado
cuando hubo disensión entre Supremos,
y al tiempo de pillar hinchó la mano;
mas todo su trabajo salió en vano.

Borbón perdió la vida; Juan de Urbina
entró en Roma cantando la victoria;
de aqueste asalto y saco y grande ruina
don Pedro enriquecido, en vana gloria,
a don Carlos pedía la argentina
provincia, pretendiendo su memoria
levantar en conquista de paganos
con dinero robado entre romanos.

Como fuese de suyo gran guerrero,
viéndose de riquezas abastado,
ofreciose a gastar mucho dinero
y el Río de la Plata ha demandado.
Don Carlos, en valor claro lucero,
el título le da de Adelantado;
y así hizo una gruesa y rica armada
de gente muy lucida y extremada.

Dos mil soldados salen de Castilla,
sin gente de la mar y marineros.
Juntáronse en alarde allá en Sevilla,
y viendo tan lucidos caballeros,
salían a los ver a maravilla
tan apuestos a punto de guerreros.
Mas dicen: «pues se van estos soldados,
recemos los oficios de finados».

Al fin salió de España aquesta armada
muy rica, muy hermosa y muy lucida,
de todos adherentes abastada,
aunque hubo después hambre muy crecida.
La gente que embarcó era extremada,
de gran valor, y suerte muy subida.
Mayorazgos e hijos de señores,
de Santiago y San Juan comendadores.

Es Maestre de Campo un caballero
Juan Osorio, que es hombre muy valiente,
también va Juan de Oyolas el guerrero,
Medrano, Salazar, Luján prudente.
Otros muchos que van decir no quiero,
que cada cual bien puede ser regente;
mas Osorio entre todos se señala,
y en todo lleva a todos palma y gala.

A Neptuno y sus ondas carniceras
se entregan invocando a Santiago.
Las naves van corriendo muy ligeras,
rompiendo con gran furia el ancho lago.
¡Oh lástima y angustias lastimeras,
horrendo y gran temor, oh crudo trago!
Que tan brava tormenta se levanta
que el más fuerte y bizarro más se espanta.

Don Pedro con buen celo y pecho pío,
« en Dios pongamos», dice, «la esperanza,
y pues es para más su poderío,
Él nos dará muy breve mar bonanza».
Los pilotos, con grande desvarío,
dicen que la tormenta va en pujanza,
el triste marinero con gran pena
no acierta al aparejo ni a la antena.

«Iza el trinquete, amaina la mesana,
aferra ese timón que imos perdidos;
a la bomba, a la bomba muy de gana,
que seremos de presto sumergidos».
Cuál llama San Lorenzo, cuál Santa Ana,
San Telmo dicen otros afligidos,
otros San Nicolás, que puso quilla
y costado, de nos tenga mancilla.

El sexo femenil y lacrimoso
levanta hacia el cielo vocería.
Con la furia del viento tan furioso
la una nave de otra se desvía;
mas volviendo la mar en su reposo
conviértese el dolor en alegría,
y llegan a Canaria muy ufanos,
do toman tierra y salen muy galanos.

Después de haberse aquí ya refrescado,
a proseguir tornaron su viaje.
Habiendo ya diez días navegado,
halláronse muy cerca del paraje
de las islas y cabo que es llamado
Verde, enfermo asiento y estalaje;
cansados del sañoso y largo lago,
tomaron la que dicen de Santiago.

No estaba en este tiempo tan poblada
como al presente está de lusitanos;
no está mucho la costa desviada,
poblada de valientes Africanos;
de color negra y son muy tiznada
los que más a Cabo Verde son cercanos.
Y tienen en común carnicería,
de los negros haciendo anotomía.

Tomose de estas islas bastimento,
también se refrescaron los soldados,
y diose con presteza vela al viento,
los ánimos de todos bien osados.
Mas, ¡ay dolor!, cuán presto a más de ciento
de poco prestará ser esforzados,
que la hambre pasando de la zona
a roso ni velloso no perdona.

Con próspero nordeste favorable
camina alegremente nuestra armada,
y el mar más sosegado navegable,
la línea en breve tiempo fue pasada
con viento en popa próspero y amigable,
de Cabo Frío la punta ya doblada,
en costa del Brasil tierra tomaron,
y aun isla Santa Bárbara nombraron.

Del gran Carlos las armas le pusieron
y posesión por él allí tomando,
y luego su viaje prosiguieron,
y en el puerto de Vera le encerrando,
bien comiendo alegres estuvieron.
Continuó por la playa mariscando,
que hay en aquel puerto grande suma
de hermosos pescados como espuma.

Estando pues aquí, ha comenzado
el demonio sus cosas tan usadas;
Salazar que con otros se ha juntado
a Juan de Osorio dan de puñaladas.
Envidia y cobardía lo han causado,
por ser las obras dél tan señaladas;
a don Pedro hicieron que creyese
que le iba en esta muerte el interese.

Al principio el error, aunque pequeño,
grandísimo se hace al fin y cabo.
Era este caballero halagüeño
con todos; y en aquesto más le alabo
que en verle sacudido y zahareño
con nobles, de lo cual le desalabo,
que al más pobre soldado en más tenía
que diez de presumpción de hidalguía.

Fue causa, según dicen, esta muerte
tan fuera de razón, contra justicia,
del funesto suceso, horrible y fuerte
del infeliz don Pedro y su milicia.
Que echada esta envidiosa y cruda suerte
con tanta cobardía y gran malicia,
comenzó a castigar Dios el armada
con un grave flagelo y cruda espada.

Desde que empieza el mundo está sabido
el castigo que hace Dios eterno,
por vista de los ojos conocido
está cuando la estima el Sempiterno;
la muerte del que es justo y bien creído
tenemos la castiga con infierno,
que la sangre de Abel el inocente
clamando está ante Dios omnipotente.

Al fin de aquesta isla se ha pasado
con algunos descuentos que no digo,
y el Río de la Plata se ha tomado,
y el puerto San Gabriel de desabrigo.
De allí luego pasose al otro lado,
a Buenos Aires que es de más abrigo,
a do fue el lastimoso acabamiento
de tanta bizarría, cual yo cuento.

De ver era salir en aquel llano
al soldado valiente y caballero
de sedas y brocado muy galano.
A guisa y parecer de perulero,
salía con contento muy ufano,
y hasta el pobrecito marinero
aquella bella tierra contemplaba
y a España no volver jamás juraba.

A Juan de Oyolas hubo despachado
don Pedro el río arriba, porque asombre
al indio. Va con él un buen soldado
llamado Salazar, valiente y hombre.
Don Pedro en este tiempo hubo enfermado
del morbo que de Galia tiene nombre;
con miedo de morirse en aquel río,
a Castilla se vuelve en un navío.

Volvía, pues, don Pedro en su viaje
a España sin haber puerto tomado;
empero a vueltas ya de aquel paraje
que llaman las Terceras ha acabado.
Así no gozó bien ni su linaje
el tesoro que en Roma había pillado.
Dichoso el que atesora allá en el cielo,
que es burla atesorar acá en el suelo.

Quedó por Capitán y por Teniente,
y en muerte sucesor de aquella tierra,
Oyolas, que fue arriba con la gente;
acá Francisco Ruiz hace la guerra
en Buenos Aires y anda diligente,
mas poco le aprovecha, que la perra
pestífera cruel hambre canina
a todos abandona y los arruina.

La gente ya comienza a enflaquecerse,
las raciones se acortan cada día,
no puede el padre al hijo socorrerse,
que cada cual su muerte más temía;
y aunque es muy natural el condolerse,
y cada cual del otro se dolía,
empero más su vida procuraba
y caridad de sí la comenzaba.

Un hecho horrendo digo lastimoso,
aquí sucede: estaban dos hermanos;
de hambre el uno muere, y el rabioso
que vivo está, le saca los livianos
y bofes y asadura, y muy gozoso
los cuece en una olla por sus manos
y cómelos; y cuerpo se comiera,
si la muerte del muerto se encubriera.

Comienzan a morir todos rabiando,
los rostros y los ojos consumidos;
a los niños que mueren sollozando
las madres les responden con gemidos.
El pueblo sin ventura lamentando,
a Dios envía suspiros doloridos,
gritan viejos y mozos, damas bellas,
perturban con clamores las estrellas.

Es hambre enfermedad la más rabiosa
que puede imaginar ningún cristiano;
la mano está temblando temerosa,
no quisiera de tal ser escribano.
Mi Dios, por vuestra sangre tan preciosa,
libradme de este azote, que el tirano
que llegaba a tentaros, bien sabía
que es grave mal la hambre en demasía.

Fue cierto celebrada allí su saña,
de aquesta matadora sin medida,
con tanta crueldad y tan extraña,
que no podrá de alguno ser creída,
no hizo ella jamás tal otra hazaña
en Roma, ni en Judea referida,
como ésta: de dos mil que se contaron,
con la vida doscientos no escaparon.

No quiero referir extrañas cosas
causadas de esta perra y vil tirana,
que bien pudiera yo muy dolorosas.
Una mujer había, llamada Ana,
entre otras damas bellas y hermosas;
tomó paga del cuerpo una mañana,
forzada de la hambre, y echa iguala,
al pretensor envía en hora mala.

Era el galán pretenso un marinero,
el precio una cabeza de pescado;
acude a la posada muy ligero,
y viendo que la dama le ha burlado,
al capitán Ruiz, buen justiciero,
de la dama se había querellado,
el cual juzga que cumpla el prometido,
o vuelva lo que tiene recibido.

Maldito seas, juez, si no quisieras
mirar a nuestro Dios omnipotente,
y de esto a buen juzgar te conmovieras,
y a quitar el pecado subsecuente
por evitar la muerte, lo hicieras.
Que claro está que el casto y continente
mejor pasa la hambre que el vicioso
y dado al vicio y acto lujurioso.

Sabemos, semejante a esta bajeza,
que causa otras dos mil esta traidora,
que aunque dice el refrán que no es vileza,
y ser con nuestro Dios merecedora
creemos la virtud de la pobreza,
sin su favor la perra es causadora
de hambre, que es un mal tan sin medida
que dará el padre al hijo por la vida.

Mas volvamos a Oyolas y su gente,
que sube el río arriba muy gozoso.
El puerto Paraguay, que es al presente,
hallaron del caribe belicoso.
Poblado estaba aquí el fuerte y valiente
Yanduazubí, en la tierra poderoso
Capitán, y cabeza que regía,
y toda la comarca le temía.

Aquéste fue en favor de los cristianos,
e hizo a Salazar que allí poblase.
Oyolas pasó el río y los pantanos,
diciendo a Salazar que le aguardase.
Llegó donde hinchó muy bien las manos,
mas Dios no fue servido que tornase,
que Salazar no cumple el prometido,
por do el pobre de Oyolas se ha perdido.

El Paraguay arriba poco trecho
había Juan de Oyolas navegado;
saltó en tierra, y camina bien derecho
la vuelta del Perú, y bien cargado
de plata, y a su gusto satisfecho
volvió do a Salazar había dejado
con barcos y navíos esperando
en tanto que la tierra iba talando.

Salazar, como viese que tardaba,
bajose al Paraguay, do ya dijimos
el gran Yanduazubí-Rubicha estaba
con el gran Lambaré; y entrambos primos
le dicen, de lo cual mucho gustaba:
«En tanto que nosotros dos vivimos,
ayuda te daremos como a hermano,
a ti y todo nombre de cristiano».

En esto vuelve Oyolas diligente
con plata, mas no halla los navíos.
El hecho viendo el indio de repente,
la carga de la plata deja y líos,
y acude contra Oyolas y su gente;
no puede escabullirse, que los ríos
están delante de él, y así murieron
el pobre y los demás que con él fueron.

Los indios que esta gente aquí mataron,
Payaguaes se dicen belicosos;
a muchos en mi tiempo cautivaron,
y yo también lo fui de estos furiosos.
Salazar y los otros que bajaron
poblaron en el puerto muy gozosos.
Las familias aumentan con sus hijos
y se entregan a dulces regocijos.

El Guaraní se huelga en gran manera
de verse emparentar con los cristianos,
a cada cual le dan su compañera
los padres y parientes más cercanos.
¡Oh lástima de ver muy lastimera,
que de aquestas mancebas los hermanos,
a todos los que están amancebados,
les llaman hoy en día sus cuñados.

A tal término llega aquesta cosa,
que cada cual vivía a su albedrío;
aquel que india tenía más hermosa,
se juzga por mejor y de más brío.
Y en siéndole la india enfadosa,
libelo de repudio con desvío
concede, y toma a otra mazacara,
que manceba la llama a la clara.

Mazacara es un pece muy sabroso,
y tanto que los indios cosa rica
le dicen, por ser pece tan gustoso;
y el nombre de este pece el indio aplica
al amiga que tiene, deseoso
de siempre la gozar, que significa
mazacara la cosa que es amada,
que no enfada por ser muy estimada.

No había en este caso alguna enmienda,
por ser en general costumbre mala,
que aquel que convenía poner la rienda,
sin guarda de excepción todo lo tala;
aprenden de la escuela y de la tienda
en esto los demás todos de Irala,
que aunque en muchas cosas concertado,
en esto de la carne desfrenado.

Y el mal era mayor y más crecido,
que los gobernadores se han jactado
de tener mazacaras; y ha venido
a términos la cosa, que tratado
con ellas han, e hijos han tenido
en público, y por suyos los han criado.
¡Vedlos pequeños tal que documento
habían de tomar de tal descuento!

Cuanto convenga en tierra, cuando es nueva,
sembrar buena semilla, labradores,
era en los principios a dar prueba
de virtud y bondad, predicadores.
El dicho del poeta lo comprueba,
que el vaso en que una vez echan licores
guarda bien el sabor siendo reciente,
así ni más ni menos es la gente.

Estando pues el pueblo muy ufano
al gusto y paladar de su medida,
juzgaron por consejo bueno y sano
a Irala obedecer toda su vida.
Sobre esto muchos dicen ser tirano,
será bien esta cosa conocida
de todo aquel curioso que leyere
el canto que tras éste se siguiere.

Que yo no he de juzgar aquí sus hechos,
decir lo bueno y malo me conviene.
Confieso que hizo Irala mil provechos,
por do en aquella tierra fama tiene.
Algunos perseguidos y desechos
por él fueron, y quiera Dios no pene
en pago de sus culpas, y los males
que hizo a Diego de Abreu y leales.

Mandando, pues, la tierra como digo
Irala, y Buenos Aires despoblado,
cesado había la hambre, y mucho trigo
tenían, y otras cosas que han sembrado.
A la Asumpción se suben al abrigo,
los unos y los otros se han juntado,
que la virtud estando bien unida
más fuerte vemos que es que desparcida.

Estando así, cualquiera procuraba
hacer casas, estancias y hacienda;
y aunque la dulce España deseaba,
y más el que tenía alguna prenda,
el imposible visto, trabajaba
cualquiera, por no haber plaza ni tienda,
por donde todos eran labradores,
monteros, hortelanos, pescadores.

Don Carlos V en esto ha proveído
por su Gobernador y Adelantado
a Cabeza de Vaca, que ha salido
de allá de la Florida, donde ha estado
cautivo de los indios, y metido
la tierra adentro a fuerza de su grado.
Diremos de él después, en entretanto
cesemos hasta ver el quinto canto.

Canto quinto

En este canto se dice cómo vino Alvar Núñez Cabeza de Vaca al Río de la Plata, y de su prisión y trabajos que de ella sucedieron, y del gran Moxo, Señor del Paytití

Segura vida llaman la pobreza,
y de santos, de santas es amada;
también la Majestad y sacra Alteza
amándola le dio suerte estimada.
Aquel que en poco tiene la riqueza
por cierto vive vida sosegada;
y el que con su pobreza se contenta
más rico es que el que tiene mucha renta.

Las guerras y las grandes disensiones
el interés las causa, como vemos.
Motines y revueltas, rebeliones,
¡qué de mal por la plata padecemos!
Autores de las santas religiones,
que amastes la pobreza por extremos,
decid, ¿no es más segura la pobreza,
pues por ella gozáis de la riqueza?

Cualquiera en la Asumpción está gozoso,
con sólo su comer vive contento;
no andaba por la plata codicioso,
metido en su morada y aposento
labrado, muy pulido, muy costoso,
sin curar de tapiz o paramento.
Y al fin por interés la furia ingrata,
Discordia, su contento desbarata.

¡Qué fuera si tuvieran plata y oro!
Que aquesto más conmueve en esta vida,
que al fin aquel que tiene gran tesoro
procura su contento sin medida,
aqueste fin le fuerza el triste lloro,
y llanto al navegante en su corrida,
y aquésta a veces causa en este mundo
a muchos que desciendan al profundo.

Mas oro y plata es lo que lo vale,
y bien es honra, mando, poderío,
cualquiera de estas cosas equivale,
y trae al retortero al albedrío.
Que aunque no sea forzada, empero sale
la voluntad de madre como río,
y lleva a la razón tras sí rendida,
y a su dicción y gusto sometida.

Al fin, pues, interés les fuerza tanto
en la Asumpción sin plata ni dinero,
que su placer se vuelve en triste llanto,
los cuellos entregando al carnicero.
Pensaron de salir de un gran quebranto,
y dieron en un hondo sumidero,
como verá cualquiera que esté atento
a la historia presente que yo cuento.

Habiendo aquel que al mundo dio de mano
en trueco del eterno y gran reposo,
dejándole primero todo llano
y en paz, al heredero muy dichoso,
juzgado por consejo bueno y sano,
de dar hombre valiente y belicoso,
al Argentino envía Adelantado,
que Cabeza de Vaca fue nombrado.

Del cual su armada a prisa abastecida
de todo el necesario, y sus pertrechos,
de la ciudad de Cádiz fue partida,
y a las Canarias llegan bien derechos.
Los más de todos es gente lucida,
algunos con insignias en los pechos,
de nobles y lustrosas encomiendas,
y muchos de valor y grandes prendas.

Pasada la famosa y gran Canaria,
en Cabo Verde, que es de lusitanos,
entraron; y aunque era tan contraria
entonces su nación a Castellanos,
no le fue la nuestra allí adversaria,
que a todos los reciben como a hermanos,
que al fin la diferencia es de tal guisa,
que para las más veces todo en risa.

Después de haberse aquí ya refrescado,
la gente del armada muy gozosa
con algún bastimento que ha tomado
se embarca, por le ser muy deseosa
la fin de su viaje comenzado,
juzgándole por cosa provechosa,
que vemos que cualquier descubrimiento
es al tono de boda o casamiento.

La tórrida, que alguno inhabitable
escribe, traspasaron de repente.
No ser en todo tiempo navegable
sabemos, que el sol hiere crudamente.
Un viento hace a veces amigable,
navégase con él al occidente.
Después de aquesta tórrida doblada,
está casi ya hecha la jornada.

La costa del Brasil reconocida,
y un isla, Santa Bárbara, tomada.
Por la insignia imperial que de corrida
allí fue por don Pedro bien fijada,
conocen que su armada fue surgida
en ella, mas tocando de pasada,
el rumbo enderezaron muy aína
al isla dicha Santa Catalina.

De aquí el gobernador ha despachado
con gente que descubran el camino
a Dorantes de Béjar, buen soldado,
el cual fue, y con presteza mucha vino.
Noticia del camino cierta ha dado,
por donde caminando con buen tino,
la tierra adentro entraron muy gozosos,
mas de los naturales recelosos.

No quiero referir la gran miseria,
trabajos, infortunios que sufrieron
en aqueste camino, y su laceria,
y hambre y sed que todos padecieron.
Pues vemos no murió en aquella feria
alguno de trecientos que allá fueron.
Que aquesto de las hambres y su queja
sólo a Mendoza y a Zárate se deja.

En tanto que Alvar Núñez caminaba
al Paraguay con guías muy derecho,
su gente con salud toda llevaba
a manos el camino de indios hecho.
Sabido por Irala que llegaba,
con maña, que la usaba en su provecho,
envía a cierta gente de corrida
que el parabién le den de su venida.

Sobre cuarenta el quinto año corría,
cuando el buen Alvar Núñez ha llegado,
y no el cuarenta y siete se cumplía
cuando se ve de grillos rodeado.
La causa de este mal y tiranía,
y de caer el pobre de su estado,
envidia fue, que suele, do se ofrece,
aquello combatir que más florece.

Llegado al Paraguay se determina
de ir el río arriba descubriendo,
y sin hallar noticia de oro o mina,
con barcos y navíos fue subiendo.
Trecientas y más leguas pues camina
hasta saber de plata; pero viendo
que la rabiosa muerte andaba suelta,
por no perder su gente dio la vuelta.

San Fernando se dice este paraje,
do se tuvo noticia de riqueza,
mas era tan enfermo el estalaje,
que cobran los soldados gran tibieza;
dejaron a esta causa su viaje,
que promete sacarlos de pobreza;
que la piel por la piel el mentiroso
nos dijo que da el hombre y el reposo.

Si la muerte no teme aquesta gente,
el Argentino fuera más somoso
el día de hoy, que nueva ciertamente
se tuvo aquí de un indio belicoso.
La plata y oro bello reluciente
se ha visto, no es negocio fabuloso,
que cántaros de oro a maravilla
tenía aqueste indio y gran vajilla.

En una gran laguna éste habitaba,
en torno de la cual están poblados
los indios que a su mano él sujetaba
en pueblos por gran orden bien formados.
En medio la laguna se formaba
un isla de edificios fabricados
con tal belleza y tanta hermosura
que exceden a la humana compostura.

Una casa el Señor tenía labrada
de piedra blanca toda hasta el techo,
con dos torres muy altas a la entrada,
había del una al otra poco trecho.
Y estaba en medio de ellas una grada
y un poste en la mitad della derecho,
y dos vivos leones a sus lados,
con sus cadenas de oro aherrojados.

Encima de este poste y gran coluna,
que de alto veinte y cinco pies tenía,
de plata estaba puesta una gran luna,
que en toda la laguna relucía.
La sombra que hacía en la laguna
muy clara desde aparte parecía.
¿Quién hay que no tomara una tajada
de la luna aunque fuera de menguada?

Pasadas estas torres se formaba
una pequeña plaza bien cuadrada;
en el mayor estío fresca estaba,
que de árboles está toda poblada,
los cuales una fuente los regaba,
que en medio de la plaza está sitiada,
con cuatro caños de oro gruesos, bellos,
que yo sé quién holgara de tenellos.

La pila de la fuente más tenía
de tres pasos en cuadra su hechura,
de más que de hombre mortal parecía
en talle, perfección y compostura.
En extremo la plata relucía
mostrando su fineza y hermosura.
El agua diferencia no mostraba
de la fuente y pilar do se arrojaba.

La puerta del palacio era pequeña,
de cobre, pero fuerte y muy fornida;
el quicio puesto, y firme en dura peña,
con fuertes edificios guarnecida.
Seguro que del pelo y de la greña
del viejo del portero, que es crecida,
pudiéramos hacer un gran cabestro,
oíd pues del viejazo el mal siniestro.

Aquellos que por dicha ya han pasado
por medio de las torres y coluna,
habiendo las rodillas ya postrado,
levantando los ojos a la luna,
aqueste viejo así les ha hablado
con una muy feroz voz importuna,
y dice: «A este adorad, que es solo uno
el Sol, y fuera dél otro ninguno».

En alto está un altar de fina plata
con cuatro lamparillas a los lados
encendidas, y alguna no se mata,
que están cuatro ministros diputados.
Un sol bermejo más que una escarlata
allí está con sus rayos señalados,
es de oro fino el sol allí adorado,
¿mas hay de quien él sea desechado?

Aqueste gran Señor de esta riqueza
el gran Mojo se dice, y es sabido
muy cierto su valor y su nobleza;
su ser y señorío enriquecido
de sus vasallos, fuerzas y destreza,
por nuestro mal habemos conocido,
que pocos tiempos ha que en cortas trechas
probamos la fiereza de sus flechas.

¡A qué no fuerzas, hambre detestada
del oro, que los ánimos perdidos
tras ti llevas con ansia tan nefanda
que ciega las potencias y sentidos!
Con todo desque ven que la muerte anda
de priesa, con temor los doloridos
que habían emprendido este viaje,
se vuelven para atrás de este paraje.

Volviendo pues la gente de su entrada,
sucede en la Asumpción una tormenta:
dos hombres la levantan, que excusada
la tal o motín es, si no lo inventa
el pecado, que cosa es muy usada.
Lebrón el uno es, el otro Armenta;
desde que el Gobernador preso tenía,
muy bueno ha andado Armenta, les decía.

Sucede a prima noche el desbarate,
el pobre caballero está durmiendo.
Entrégales la puerta Juan Oñate,
y así de golpe entraron con estruendo.
A voces dicen todos ser dislate
que con la vida quede, que viviendo
habrá de causar mal, pues está cierto
el hombre no hablará después de muerto.

Rasquín con un arpón enarbolado
le apunta amenazando que se diese.
De la cama se ha el pobre levantado,
sin saber de este caso cómo fuese.
La espada con gran ánimo ha empuñado;
mas ¿quién era posible resistiese
a tantos, pues que Hércules el griego
no pudo contra dos entrar en juego?

Irala astuto, sabio, cauteloso,
del enfermo se hizo en este punto,
y por quedar él libre y ganancioso,
según pude saber, y lo barrunto,
a Cáceres, agudo y bullicioso,
le dice con Venegas vaya junto
y Cabrera, del Rey tres oficiales,
principio y causadores de estos males.

El pueblo conmovieron ignorante,
y en odio le encendieron como brasa.
Acude a la prisión, y en un instante
le sacan muy asido de su casa.
Irala se ha hallado muy triunfante,
que cierne, hiñe y masa aquesta masa,
y siendo el preso puesto en tal aprieto,
por caudillo de todos es electo.

Comienza gobernando pues Irala
su negocio a entablar, y aficionaba
a todos, y en mil cosas se señala,
y al pobre con más veras ayudaba.
Empero corta, abrasa, hiende, tala
al que el contrario bando acompañaba,
de suerte que el leal era tenido
por hombre vil, infame y abatido.

A muchos ahorcó de los leales,
diciendo que la tierra perturbaban.
A tal punto se vino, que los tales
en los montes y bosques habitaban.
Los que eran causadores de estos males,
lo bueno de la tierra se gozaban;
los otros hambreaban suspirando
y a Dios justa venganza suspirando.

Entre otros que prendió fuera Vergara,
hermano de Ruy Díaz Melgarejo,
y a aquéste si no huye le ahorcara,
que voluntad no falta y aparejo.
Al otro con su hija le casara;
Ruy Díaz nunca fue de tal consejo,
y así con los leales se ha huido,
andando por los bosques escondido.

Había Diego de Abreu tomado
la mano en señalarse con cuadrilla,
contradiciendo a Irala por alzado.
Son Abrego y Ruy Díaz de Sevilla,
consigo mucha gente han congregado;
Irala ha procurado de seguilla,
y algunos los conmueve por regalo,
y a muchos cuelga y pónelos de un palo.

Irala sale en esto con armada,
y el río arriba yendo bien se aleja;
y porque la ciudad sea gobernada,
a don Francisco de Mendoza deja.
Lazcano, muy malvado de celada,
con ánimo endiablado se le queja,
diciendo no conviene que tuviese
por un tirano el mando y desistiese.

Y que él con los leales trataría
que en nombre del gran Carlos se eligiese,
y aquesto fácilmente lo haría
sin que persona alguna lo impidiese.
Tratolo de tal suerte, que hacía
que el triste don Francisco le creyese;
con este engaño y falso compelido,
Mendoza de su mando ha desistido.

Al punto que desiste luego viene
la gente de leales de los sotos,
y el Abrego leal no se detiene,
que espera de tener aquí más votos;
el Lazcano malvado, pues no tiene
los filos del intento, malos votos,
que con presteza a muchos sobornando,
al Abrego procura den el mando.

Malvado llamo a Lazcano yo en mi verso
por ser causa primera de un gran daño,
que nunca se perdiera el universo
por Mendoza mandar siquiera un año;
que si buen celo tuvo, al fin fue adverso
a Mendoza causando un mal tamaño,
y al Abrego de muerte, y gran fatiga
a todos cuantos eran de la liga.

El Abrego por votos fue elegido,
que cédula real dispone de esto,
y siendo ya del pueblo recibido
comienza de envidar todo su resto.
El Mendoza se ve tan afligido,
y acaso le fue Abrego muy molesto,
que no pudo sufrir verse burlado,
y oíd en lo que para este nublado.

Con sus pocos amigos, dicen, quiso
tratar de recobrar con nueva traza
el mando. Mas este otro tiene aviso
del caso, y con presteza dale caza,
y préndele al punto de improviso,
y la cabeza córtanle en la plaza.
Al tiempo que cortar se la querían,
a sus hijos habló que allí venían.

A don Diego el mayor habló primero,
diciendo en alta voz: «Mira que seas
vasallo de tu Rey muy verdadero,
porque en aqueste trance no te veas;
y pues, hijo, tú ves cómo yo muero,
así la gloria eterna tú poseas
que cures de vivir siempre de suerte
que no mueras también de aquesta muerte».

El presagio del padre que moría,
dejado por postrero testamento,
al don Diego de poco le servía,
pues tuvo en Santa Cruz atrevimiento
y pagó en Potosí su tiranía.
Diré en otro lugar este alzamiento;
al Abrego volvamos, que sabiendo
que Irala vuelve, al monte va huyendo.

Irala, habiendo tiempo navegado
el Paraguay arriba con su gente,
y al buen Nuño de Chaves despachado
a que salga al Perú muy diligente,
se vuelva a la Asumpción, que el que ha pecado
no puede asegurar jamás la mente,
que no puede hallarse mejor ciencia,
ni prueba que le iguale a la conciencia.

Llegando a la ciudad al fin Irala,
con grande regocijo es recibido;
de Mendoza la muerte le desala
el corazón, y entrañas le ha rompido.
Tras Abrego con priesa el monte tala,
y a Escaso aquesta causa ha cometido,
mas no le fue en el tiro de su mano,
que un tiro que tiró no sale vano.

Al Abrego a prender Irala envía,
porque él con los leales retirado
andaba por los bosques a porfía,
del remedio de España confiado.
El Escaso, que supo dó dormía,
una noche le halla descuidado,
y al blanco pecho apunta, y fue tan cierto
que el corazón le parte, y deja muerto.

Muchos de los leales desmayaron
por verse sin cabeza y perseguidos,
y algunos al Irala se pasaron
y fueron con amor dél recibidos.
Los otros, que más tiempo porfiaron,
vinieron con dolor muy afligidos,
que el nombre de leal era nefando
y en trisca le nombraban, y burlando.

A tal punto llegó el atrevimiento
del bando del Irala, que casando
su hija con Vergara, por contento
y placer, un soldado suspirando
en una farsa sale descontento,
y roto y pobre, y otro preguntando,
y él responde, diciéndole ¿quién era?:
de los leales soy, que no debiera.

¿Qué, de leales sois?, le dice luego,
mirad pues bien el pago que sacado
habéis de esa contienda y triste juego
que tan contra razón habéis jugado.
Hermano, por ventura estáis tan ciego
que no veis que es andar de pie quebrado.
El triste del leal dice temblando:
hermano, lo que sé que estoy penando.

El valeroso Chaves caminaba
la vuelta del Perú donde ha salido,
con trabajo sobrado que pasaba
de gente que el camino le ha impedido.
A muchos fuertemente conquistaba,
y a su dicción y mando ha sometido,
rompiendo fuertes y altas palizadas
con obras muy heroicas y afamadas.

Conquistó los Chiquitos, que es frontera
del gran Mojo, Señor de la Laguna,
y entiendo que si más adentro fuera
a cuestas nos sacara la coluna;
y Hércules segundo Chaves fuera,
y por más le imitar, el sol y luna
a cuestas sustentara, como al cielo
el otro, por le dar a Atlas consuelo.

Al fin salió al Perú, donde ha hallado
al licenciado Gasca el venturoso.
Después de su negocio relatado,
procura de volverse muy gozoso.
Un pueblo en el camino hubo poblado
por extender su fama deseoso,
Santa Cruz de la Sierra le nombraba,
que el sitio al de su tierra semejaba.

A Cabeza de Vaca ya volviendo,
lleváronle a Castilla aherrojado.
Agora que lo estoy aquí escribiendo
me admiro, cómo nunca castigado
aqueste caso fue, atroz y horrendo,
y el gran levantamiento confirmado.
En mi tiempo yo vi se recelaba
el pueblo del castigo que esperaba.

Venegas y Cabrera, pues, al preso
llevaron a Castilla, y lo entregaron
al Consejo Real con gran proceso
y causas, que a su gusto fulminaron.
De aquestos dos el uno pierde el seso,
al otro en breve tiempo lo enterraron.
El preso por sentencia fue privado
del título y blasón de Adelantado.

En su lugar habiendo proveído
a Sanabria el gobierno, va a Sevilla,
casose, y el casamiento le ha impedido
que no pueda salir ya de Castilla,
que en breve se murió; y ha partido
con el resto de gente y la cuadrilla
que en armada Sanabria puesto había,
entregada a la mar, doña Mencía.

Tomaron de la costa a San Vicente,
después a San Francisco, do estuvieron
algún tiempo viviendo alegremente.
Por tierra al Paraguay después vinieron.
La más de toda aquesta poca gente,
que nombre del Socorro les pusieron,
de Extremadura son, do influye Marte
de sus sacros tesoros tan gran parte.

Sanabria en Medellín nacido había,
con hijos y mujer allí ha vivido.
Viudo ya una vez, doña Mencía
en Sevilla por suerte le ha cabido.
Movida de su vana fantasía,
con sus hijas de España se ha partido
con fin de las casar; y así sucede,
que en la mujer la honra vale y puede.

También Diego Sanabria, el heredero,
después salió con gente en mala estrena,
que erraron dos pilotos su rotero
y dieron en el puerto Cartagena.
En Potosí le vi hecho minero,
mas nunca tuvo el pobre mina buena.
Busquemos una agora en otro canto,
que ya cansa decir en éste tanto.

Canto sexto

Viene Obispo al Paraguay. Muere Domingo de Irala. Eligen por Gobernador a Francisco Ortiz de Vergara y sale con el Obispo al Perú

Los hijos de este siglo, la Sapiencia
nos enseña que son muy más prudentes,
que no los muy dotados de inocencia,
para el vivir y trato de las gentes.
Aquellos que no tienen tal prudencia
perecen con dos mil inconvenientes,
llevándoles ventaja los osados,
astutos y sagaces y treznados.

Tan sabio era, y astuto y cauteloso,
en su trato y vivienda nuestro Irala,
que no tiene algún hombre dél quejoso,
que a todos en amor parece iguala.
Con esto y con su pecho valeroso,
contrata cualquier mal y suerte mala,
y a su dicción y mando muy rendidos
a sus contrarios tiene y sometidos.

En paz tiene la tierra, gobernando
con gran sagacidad y señorío,
la gente rebelada castigando
con fuerza, maña, y arte y poderío.
Los leales su causa ya juzgando
por vana presumpción y desvarío,
por no tener de España nueva cierta
se le entran cada día por la puerta.

Filipo el Sabio, rey muy poderoso,
que en suerte el Nuevo Mundo le ha cabido,
del aumento cristiano codicioso
al Paraguay obispo ha proveído
del orden Franciscano religioso,
don Pedro de la Torre es su apellido;
Urúe por General va de la armada
que fue para este efecto congregada.

Apréstase el armada muy hermosa,
y sale de San Lúcar, y se entrega
a las ondas del mar brava y sañosa,
y con un viento próspero navega.
Ha sido en su viaje tan dichosa,
que al Río de la Plata presto llega,
sin refriega de mar y sin tormenta,
que al bueno Dios le ayuda y le sustenta.

Desde Castilla al Río de la Plata
cuarenta días solos se gastaban,
y no echaba el piloto en ello cata,
y el río los navíos embocaban.
El General, llegando, desbarata
de dos navíos las obras que sobraban,
hermosos bergantines quedan hechos,
y en breve a la Asumpción fueron derechos.

No quiero aquí tratar el gran contento
que toda la ciudad ha recibido,
ni menos la tristeza y el lamento
del malo, que se ve ya sometido.
Y aunque esto de pasada yo lo cuento,
muy bien fue en el suceso conocido,
pues cualquiera rehúsa ser mandado,
que el buey suelto se lame por el prado.

Irala, como ve que está con miedo
el triste del Obispo, y que la feria
por él corre, contento, alegre y ledo,
mudando muy en breve la materia
le dice: mi Señor, en cuanto puedo
trabajo que salgamos de laceria
buscando si hay riquezas en la tierra,
mas tengo gran trabajo con la guerra.

El santo del Obispo sonriendo
con un blando semblante respondía
a lo que Irala iba repartiendo,
que ya su condición bien conocía,
bien a la propia suya resistiendo,
porque de Irala mucho se temía,
procura de sufrir, pues se ve solo,
t todos contra él con fraude y dolo.

En esto de Castilla, ¡Dios eterno,
cuán grande es y cuán alta tu sapiencia!,
al Irala le envían el gobierno;
mas sobreviene luego una dolencia,
y no pudo durar sólo un invierno,
que el que con fraude obtuvo la potencia
los veinticuatro años con tal daño,
no dura con derecho sólo un año.

Después de Irala muerto, se juntaron
en una iglesia todos, y eligieron,
de doce caballeros que nombraron,
los cuatro, cuyos nombres escribieron;
por opuestos aquéstos señalaron,
los vecinos sus votos aquí dieron.
Salió Francisco Ortiz, el de Vergara,
que con hija de Irala se casara.

Su hermano, que es Rui Díaz, habitaba
en Guayra en este tiempo, retirado
de Irala, que con él mal se llevaba;
allí poblando se ha fortificado,
y de allí con su gente conquistaba
los indios, y en la tierra apoderado
procura atravesar a San Vicente,
con ánimo crecido y poca gente.

La costa del Brasil está temblando
sabiendo de Rui Díaz la venida,
que piensan que se viene apoderando
de todo lo que halla de corrida,
pues saben cómo ha andado conquistando,
y que tiene la tierra así rendida;
y no sabe qué quiere Melgarejo,
mas ved en qué ha parado su consejo.

Allega a San Vicente, do Cupido
desembraza cruel su flecha dira,
y hácele quedar preso y rendido
al rostro angelical de doña Elvira.
Quien indios y españoles ha vencido,
vencido y muerto queda porque mira.
¡Y piensas tú, Cupido, no lo fueras
mirando a doña Elvira de Contreras!

De Medellín salió la dama bella,
de conocida casta y gente clara,
y aunque fue en hermosura linda estrella,
Fortuna se mostró con ella avara.
Procura el Capitán luego con ella
casarse, mas la muerte la llevara
entonces, y no diera mala cuenta,
causándose a sí misma tanta afrenta.

Casose en mal punto, y en hora mala,
Dios sabe lo que siento en escribillo.
Amor, que con lo bajo lo alto iguala,
la hace aficionarse a Juan Carrillo.
Cógelos Melgarejo en una sala,
y como no es el caso de sufrillo,
aunque la dama es tal, y el galán viejo,
a entrambos los ha muerto Melgarejo.

Entrando el Capitán en su aposento,
al adúltero mató de una estocada;
la dama viene al grito con lamento,
la gente viene al grito alborotada.
Ayúdanla a matar, oh crudo cuento,
¡que no hay quien te defienda, desdichada!
Fenece la extremada hermosura
en el colmo de extrema desventura.

Vergara y el Obispo se han movido
en esto de salir, que no debieran,
al Perú; pero habiendo ya venido
a Santa Cruz, do nunca ellos vinieran,
allí les fue por Chaves impedido
el camino; yo creo que si pudieran
pasar, ellos pasaran; mas yo hallo
que en propio muladar bien canta el gallo.

El Chaves a los Charcas va y camina,
dejándose a los pobres muy llorosos.
Tras él salen después, y de una mina
llevaron grandes muestras muy gozosos.
Ensáyase el metal, y plata fina
se saca, que movió a los codiciosos;
y entre ellos Juan Ortiz Pica, pensando
ganar honra y dinero gobernando.

El licenciado Castro gobernaba,
y vista la intención del perulero,
y que en aqueste caso él importaba
por tener abundancia de dinero.
El gobierno argentino le encargaba
quitándosele al pobre caballero,
el cual, como se vido descompuesto,
a Castilla se vino muy dispuesto.

Matienzo el Presidente no repugna
en esto, que formando una quimera,
en el cuerno le pone de la luna
al argentino reino y su ribera,
y dice que no puede haber alguna
provincia de riqueza en tal manera
cual ésta, aunque rodeen todo el mundo
entre el polo primero y el segundo.

Y aun dice un dicho necio, y he de decillo,
pues vi con juramento yo afirmarlo,
y prometí yo a muchos de estribillo,
ni quiere mi Argentina aquí callarlo.
«Si fuera yo Filipo, a ese Turquillo
había con España de dejarlo»,
decía, «por gozar de tanta tierra,
tan bella y apacible y tan sin guerra».

Con estos desatinos que decía,
que muy grande afición al Argentino
mostraba el Presidente que tenía,
procuran de volverse en su camino
el Obispo y Teniente, que ponía
en su lugar Ortiz el zaratino,
que es Cáceres un hombre bullicioso,
amigo de mandar y sedicioso.

El Juan Ortiz se parte para Lima.
Con título y blasón de Adelantado
de barras lleva hecha grande rima,
que sabe Dios cual él las ha juntado.
Aquesto le causaba gran estima,
y ser de todo el mundo respetado,
que tanto de valor cualquiera abarca
cuanto tiene dineros en el arca.

De Lima se partió muy placentero
por ver que le es fortuna favorable;
a Panamá camina muy ligero,
con viento en popa suave y amigable
allega a Panamá con su dinero;
y en breve lo veréis muy miserable,
que fe ninguna tengo, ni confianza
en fortuna, que es cierta su mudanza.

En nombre de Dios parte a Cartagena,
y entrega su fortuna a una fragata.
El Francés esto tiene a dicha buena,
que le ha sido la presa muy barata.
Encuéntrale, «y amaina vela, antena»,
le dice, «y deja, amigo, aquí la plata,
si no quieres dejar también la vida,
a vueltas de la plata aquí perdida».

Amainan a pesar vela y trinquete,
rendidos del Francés y su pujanza,
ni queda marinero ni grumete
que no pierda del todo la esperanza.
La vida a Juan Ortiz allí promete,
mas pierde de la plata la confianza.
La vela da el Francés, desque le quita
la plata, y con placer picando grita.

Quien vido a Juan Ortiz lo que hacía,
pudiera no moverse a crudo duelo.
Los suspiros que daba los ponía
con gran sentimiento allá en el suelo;
sus carnes tan heladas las tenía
como la pura nieve y duro yelo,
y dice: «¡Cuán en breve aquí he perdido
lo que en tan largos años he adquirido!».

De más de ochenta mil pesos pasaron
los que el Francés sacó de aquesta feria.
En Cartagena amigos ayudaron
a Zárate a salir de su laceria,
que muchos de su mal se contristaron
por verle haber venido a tal miseria,
que para asar, cocer, freír, decía
que en mucha cantidad barras tenía.

Con este desastrado desbarate
y desdichado fin y mal suceso,
a Castilla se viene el de Zárate,
sin sacar de su plata un solo peso.
No teme que el Francés le desbarate,
que el pobre del ladrón jamás es leso;
mas antes caminando a su albedrío,
delante del ladrón canta vacío.

Llegado a España, el Rey le ha confirmado
lo que Castro le dio, y por más pago
a Zárate veréis ya señalado
en los pechos con cruz de Santiago.
Habiendo mucha gente congregado,
se entregan al feroz y hondo lago.
Dirase en su lugar de aquesta armada,
volvamos a la historia comenzada.

Al Cáceres y Obispo revolviendo,
llegan a Santa Cruz, que de la Sierra
se llama, do discordia, descogiendo
sus velas, ha causado tanta guerra
entre los dos, que el odio ya creciendo
los huesos uno al otro desentierra,
y más que unas berceras en cantillo
se tratan, que es vergüenza de escribillo.

De Santa Cruz salieron, procurando
llegar al Paraguay con gran presteza;
y aunque las dos cabezas caminando
van juntos por la tierra de aspereza,
no van cosa ninguna conversando,
que en mala voluntad tienen firmeza.
Llegando a la Asumpción muy brevemente,
lo que pasó dirá el canto siguiente.

Canto séptimo

Llegan a la Asumpción el Obispo y General. Prende el General al Obispo, y después el Obispo al General, y llevándole a Castilla, muere el Obispo

Sentencia es celebrada, llana y clara,
que todo hombre que anda en malos pasos
al fin de la jornada siempre para
en mal con desastrado fin y casos.
Con el mando, poder y con la vara,
el Cáceres echaba contrapaso
al santo del Obispo, mas tenía
un provisor que mal los recibía.

Aunque el Obispo era mal sufrido,
no era codicioso de venganza.
Segovia, el provisor, no ha consentido
a Cáceres crecer en su pujanza;
mas antes con un odio encrudecido
le mete, como dicen, bien la lanza,
tomando informaciones y testigos;
a Cáceres lo dicen sus amigos.

Un hombre, que Daroca se llamaba,
que del Perú sacó en su compañía
el Obispo, en el pueblo publicaba
contra el Obispo mal en demasía;
mil cosas en escrito denunciaba
al Cáceres, que bien las recibía,
con que publican todos por extenso
que el bueno del Obispo está suspenso.

Al provisor metió en un aposento
el General, con grillos remachados,
el comer al Obispo y el sustento
le quita, que no son hombres osados
a darle un jarro de agua, que al momento
el servicio y los indios son quitados;
y por mayor baldón y más afrenta,
al Obispo le priva de su renta.

A Pedro de Esquivel, un caballero
de bella compostura y bella traza,
amigo del Obispo y compañero,
(por sola su pasión) le prende y caza.
Con el Obispo ser particionero
en su prisión afirma, y en la plaza
le corta la cabeza, y en picota
la fija, y de traidor le reta y nota.

La traición de Esquivel está fundada
en una información que ha fulminado,
en que el Obispo y él de mano armada
conciertan de prenderle; ha concertado
que el triste del Obispo en su posada
esté sobre fianzas encerrado.
En la iglesia el Obispo está rezando,
y oíd lo que está el malo publicando.

En pregón dice: «Pena de la vida,
a la iglesia mayor nadie se atreva
por hoy ir porque es cosa conocida
que el Obispo intención muy mala lleva.
Y pues que la tenemos ya sabida,
no habemos menester», dice, «más prueba».
Ayala su alguacil va prestamente
al templo para echar fuera la gente.

¡Oh, Marqués!, destos casos escribano,
en do toda maldad pura se encierra,
sacaríase primero aquesta mano
que escribiera escriptura mala y perra.
Mas ¡ay! como el juicio soberano
para castigo tuyo envía a Guerra
Obispo, que poniéndote en cadena
a ti y tu hacienda lleva pena.

Al fin, pues, ya del templo consagrado,
diciendo mil oprobios y baldones,
y falsos testimonios del Prelado,
por solos sus rencores y pasiones
expelen al cristiano arrodillado,
haciéndole que salga a rempujones.
Forzándola a salir la puerta afuera,
una dama habló de esta manera.

¡Pues no son poderosos los maridos!
Pidámosles las armas, y volvamos
por la honra de Dios. Y con gemidos
decía: No conviene consintamos
aquestos maleficios conocidos,
y todas al prelado defendamos.
Que más vale morir honrosa muerte,
que un mal disimular de aquesta suerte.

Poblado está de mártires el cielo
que por honra de Dios han padecido;
de su sangre está lleno todo el suelo,
que infieles y tiranos han vertido.
Tomemos pues con esto gran consuelo,
que Dios da gloria a aquel que ha merecido.
Y pues sabemos que éste es un tirano,
volvamos por el nombre de cristiano.

Con sobrado valor y pecho osado,
otra dama habló de esta manera:
De aqueste lugar santo consagrado
nadie me hará salir de aquí afuera,
ni consentir yo tengo que al Prelado
agravien sin que yo primero muera;
que a mí, que soy su oveja, su fatiga,
a condolerme de ello bien me obliga.

A mis padres, hablando de Castilla
y de santas historias, tengo oído
de la sabia Judith, si sé decilla,
que bien veis que en la tierra soy nacida.
Aquella grande hazaña y maravilla
que hizo, por do nombre ha merecido
tan alto, que la Iglesia la pregona
por dechado de fuertes y corona.

Holofernes soberbio, crudo, altivo,
tenía la ciudad désta cercada;
al nombre hebraico era muy nocivo
con su fuerza, poder y cruda espada.
Estaba al punto ya de ser cautivo
el pueblo, y la ciudad desconsolada;
Judith de remediarla deseosa
salió por el ejército animosa.

La gente de Holofernes que la vido,
al punto se la hubo presentado
diciendo, a buena parte hemos venido,
¿quién hay que no pelee muy de grado?
Al Holofernes bien le ha parecido,
y cenando y bebiendo se ha embriagado;
la noche sobreviene, y se dormía
con el vino abundante que bebía.

Judith, que esta ocasión consideraba,
la cabeza le corta, y con secreto
salió con la criada que llevaba,
librando de esta suerte del aprieto
a su pueblo, en que vio ella que estaba.
El premio ha recibido más perfecto,
y pues vemos que el premio ya nos llama,
dejemos de nosotras grande fama.

El triste doloroso del Prelado
a su casa se vuelve, no cesando
de gemir y llorar muy congojado
por ver su oveja irse condenando.
Allí le hace estar emparedado,
con barro las ventanas le tapando;
fianzas da el Obispo que estaría
en su casa, y que de ella no saldría.

Mas teniendo noticia que querían
echarle de la tierra, se ha salido
huyendo a media noche, y acudían
algunos en su busca, do escondido
estaba, y los mosquitos le comían,
que en toda aquella noche no ha dormido.
A su casa le vuelven, do se queda,
en tanto que fortuna vuelve y rueda.

El Cáceres estaba tan furioso,
tan altivo, soberbio y endiablado,
que no tiene en sí mismo algún reposo,
ni puede estar momento reposado.
Del Provisor estando receloso,
por ver que era sagaz y redoblado,
acuerda de embarcarle en un navío,
y él bajase así mismo por el río.

Bajó con intención de despacharle
al Perú, por sacarle de la tierra;
mas no halla manera de enviarle,
por do su voluntad en esto cierra
que dos o tres procuren de fiarle.
Con esta condición no lo destierra,
mas suelto el Provisor del crudo lazo,
sacude, como dicen, zapatazo.

Teniendo, pues, la causa fulminada,
juntaron de mancebos gran canalla,
que es gente para todo aparejada,
de españoles también parte se halla,
a quien noticia fue del caso dada.
No hace fray Francisco Ocampo falla,
que aunque al principio fue de la otra parte,
aquí lleva el guión y el estandarte.

En casa de Segovia se juntaron
de noche, con secreto sin ruido;
entre todos allí se concertaron,
y el caso fue de breve concluido.
Que Cáceres se prenda concertaron,
y esperan a que sea amanecido.
Una visión al punto que amanece
encima de la iglesia se aparece.

A mirar la visión los que salieron
a un patio do el Segovia reparaba,
un Ángel relumbrando todos vieron,
que parece una espada desnudaba.
Muchos aquesto mismo me dijeron,
y el Ángel parecía que amagaba
con la espada desnuda que tenía,
y golpes hacia abajo sacudía.

El Cáceres venido pues a misa,
entró la turbamulta muy derecha,
echó a Cáceres mano muy a prisa,
y algunos de los suyos no aprovecha,
que el negocio seguía ya de guisa
que cada cual a puja mano le echa;
y al fin preso le llevan muy de vuelo,
sin dejarle llegar los pies al suelo.

Con voz del Santo Oficio y apellido
le prenden, y eso suena su proceso;
en un punto se ve el pobre afligido
con miserable fin del mal exceso.
¡Quién duda que estaba arrepentido
en contemplar el triste aquel suceso!
Que el solo conocer su grave culpa
es lo que al pecador más le disculpa.

Su pompa, presunción y bizarría
fenece con muy vil abatimiento,
que cosa cierta es que no podía
para siempre durar su ensalzamiento.
Un negro que este Cáceres tenía,
habiendo visto aqueste acaecimiento,
tened, dijo, señor, la barba queda,
que el mundo de esta suerte corre y rueda.

Teniéndole pues preso y arrecado,
nombrado otro Teniente, entra en consejo
y tratan quien lo lleve aprisionado
a España con presteza y aparejo;
que vaya luego fue determinado
el capitán Rui Díaz Melgarejo,
que no se huelga poco de este hecho
y piensa sacar de ello algún provecho.

El Obispo también se determina
con ánimo de ver a nuestra España,
y aunque dicen algunos desatina,
y que su ida a la tierra mucho daña,
empero dicen otros que lo atina,
porque el preso no use alguna maña
con que se suelte y libre de cadena,
y cause al santo Obispo cruda pena.

El Teniente que nombran se decía
Martín Suárez, noble caballero;
al Cáceres muy mucho aborrecía,
y así en le desechar es el primero.
De presto un navichuelo componía,
y puesto brevemente en astillero
despacha al preso en éste, procurando
quedarse por señor y gobernando.

También en compañía fue ordenado
que saliese Garay, que lo desea.
Aquí tuvo principio, y ha probado
en la guerra muy bien y en la pelea,
mas nunca supo ser considerado.
Su tiempo le vendrá cuando se lea
el fin en que paró su desventura
por quererse seguir por su locura.

Salió de la Asumpción la carabela
con otro bergantín acompañada,
izan antenas, dan al viento vela,
la nave por el sur es gobernada.
Con el viento y corriente tanto vuela
que en breve a San Gabriel fuera llegada,
a do se declara para Castilla,
con Cáceres, Obispo y su cuadrilla.

Garay el río arriba se ha tornado,
y puebla a Santa Fe, ciudad famosa.
La gente que está en torno ha conquistado,
que es de ánimo constante y belicosa.
Los argentinos mozos han probado
allí su fuerza brava y rigurosa
poblando con soberbia y fuerte mano
la propia tierra y sitio del pagano.

Estando Santa Fe ya bien poblada,
Garay bajó a Gaboto por el río;
Gerónimo y su gente en la llanada
estaban, que venían con gran pío
de hacer en el río su morada.
Garay no osa salir de su navío,
aunque es de los de Córdoba rogado,
del agua y de la tierra se han hablado.

Del una parte y de otra ha habido dones,
los ánimos mostrando halagüeños,
empero por quitarse de pasiones
no salen del batel los paragüeños.
Partieron sin mostrar los escuadrones,
a nuestro parecer, torcidos ceños,
mas dejan los de Córdoba fijada
por señal una cruz de su llegada.

A Córdoba llegando el de Cabrera,
la nueva le ha llegado que ha venido
Abrego a gobernar, que no debiera,
pues tan mal a los dos ha sucedido.
El Abreu como llega le prendiera,
y preso su negocio ha fenecido,
de suerte que quitándole la vida
le deja su memoria obscurecida.

Garay quitó la cruz de aquel asiento
do quedó por Cabrera levantada,
que sabe que es su intento y fundamento
dejar la posesión allí tomada.
Con esto, él y su gente con contento
se vuelven a su asiento y su morada,
que es dicho Santa Fe, tierra muy llana,
y a Tucumán y Córdoba cercana.

El Obispo al Brasil en breve llega
con su preso, y la gente, aunque temieron
en golfo y alta mar la gran refriega,
en San Vicente alegres pues surgieron,
a do al preso el Obispo da y entrega
a gentes que encerrado le tuvieron,
el cual de la prisión se ha escabullido
y anduvo algunos días escondido.

De a poco precediendo excomuniones,
el Cáceres ha sido descubierto,
y puesto en un navío con prisiones
para Castilla sale de aquel puerto.
De enfermedad, congojas y pasiones
fray Pedro de la Torre ha sido muerto,
dejando grande fama en San Vicente
de grande religioso y continente.

Muy público en la costa se decía
que al tiempo que murió aqueste prelado
la pieza y aposento mucho olía,
y el sepulcro do fuera sepultado.
Aquel que en la mortaja le envolvía
con juramento lo ha testificado,
y así lo dicen hoy los lusitanos,
que muerto bien le olían pies y manos.

Ya Juan Ortiz de Zárate está dando
gran priesa, y que me acuerde que ha partido
me dice, y que ya viene navegando,
que cumpla lo que tengo prometido.
De sólo me acordar ya está temblando
la mano, que en pensar que he padecido
calamidad tan grande y tal miseria,
temor tengo de verme en otra feria.

Y así por no acordarme de tal llanto,
de tan crudo dolor y triste suerte,
quisiera fenecer con este canto,
que dudo que mi pluma bota acierte.
Que puesta la memoria en el quebranto,
cuando me vi tan cerca de la muerte,
temo se ofuscará; pero digamos
las tristes desventuras que pasamos.

Canto octavo

Sale Juan Ortiz de Castilla, llega a Canaria y de ahí a Cabo Verde, de adonde viene en demanda de la isla de Santa Catalina

Al tiempo que alas cobra la hormiga
le viene su remate y perdimiento.
Fortuna a Juan Ortiz ha sido amiga
desde el origen suyo y nacimiento;
mas ya le comenzó a ser enemiga
al punto de su vano pensamiento,
que las altivas alas que tenía
ya vimos que el francés las abatía.

Fortuna acá y allá yendo y viniendo,
en la corte le pone en tal estado,
que aunque a la sazón está rigiendo,
le tiene al parecer desbaratado.
Con todo, de sus mañas se valiendo,
con título y blasón de Adelantado
del puesto de San Lúcar se salía,
y el año de setenta y dos corría.

Con él iban solteros y casados,
casadas y doncellas de viaje,
en tres navíos mal aderezados,
con una zabra mala y de mal traje.
Al parecer a muerte condenados,
con otros quince o veinte en un pataje.
Mas éstos mejor dicha al fin tuvieron,
que en tierra del Brasil libres surgieron.

Camina pues la armada algunas leguas
entregada a las ondas de Neptuno,
y engolfada en el golfo de las Yeguas
sucede un vendaval tan importuno,
que si Dios no pusiera presto treguas,
de todos no escapara ni sólo uno.
Y viendo andar el mar por las estrellas,
de temor lloran hombres y doncellas.

La noche muy obscura, la mar brava,
el viento vendaval muy presuroso
soplaba, y de temor cualquiera traba
del otro por valerse deseoso.
Y mientras esta furia reposaba,
los pilotos amainan sin reposo.
Las naves van volando ya sin guía,
mientras que cesa el viento su porfía.

Y después que cesó la furia y viento
(habiendo ya su término corrido)
la gente alborotada, del tormento,
temor y desconsuelo padecido,
decía con un ronco y flaco aliento:
«Si habemos del peligro ya salido».
Allí muchas promesas publicaron
que en el temor pasado a Dios votaron.

Después, dando lugar el gran Neptuno
a que fuesen sus ondas navegadas,
con muy próspero viento y oportuno,
a cabo de cien leguas caminadas,
descubrimos del bárbaro importuno
la costa, con sus tierras malhadadas.
Era una tierra larga, baja y llana,
que tiene por renombre Tafetana.

Dejando aquesta costa a izquierda mano,
después de veinte y cinco días pasados
de nuestro navegar por el Océano,
de vanas esperanzas confiados,
a la Gomera un día muy temprano
llegamos, los peligros olvidados,
que pasado el peligro, olvida luego
el marchante el voto, prece y ruego.

Aquí estuvo el armada reposando
tres días no cabales, que corría
buen viento que nos iba convidando
a tener regocijo y alegría
del puerto, pues, a prisa se levando,
navega a Cabo Verde recta vía.
Mas el viento y pilotos yerran tanto
que el gozo se volvió muy presto en llanto.

Andaban los navíos sin concierto
arando el importuno y largo lago,
ya caminan derecho, ya muy tuerto,
al fin toman la isla de Santiago.
Es isla muy alegre con buen puerto,
mas yo a mi obligación no satisfago
si no fuerzo a escribir yo aquí mi pluma
su temple y compostura en breve suma.

El sitio es apacible y deleitoso,
la gente muy lucida y muy galana,
por el inglés cosario y belicoso
en ronda suele andar cada mañana.
Enfermo es el asiento y peligroso,
por el calor la gente no está sana,
mas viven a placer los lusitanos,
contentos, muy alegres, muy ufanos.

A mi posada vino un caballero
de buena compostura y bien tratado,
alegre, conversable y placentero,
y con una encomienda señalado.
Tiene una negra allí mucho dinero,
con ella se casó el desventurado.
¡Mirad pues el dinero a cuánto obliga!
Que sufre éste en sus ojos una viga.

Partiose de este puerto Santiago
en breve con un próspero y buen viento;
mas entrando a la mar y grande lago
calmó, y todos perdieron el contento.
Algunos lo tuvieran por buen pago
a España se tornar, porque el aliento
faltaba, desque entienden alargarse
el tiempo, y la jornada no acabarse.

A la línea en aquesto se acercaron,
a do (con aguaceros que tuvieron)
al pie de quince días mal pasaron,
y algunos en la línea se murieron.
Después de aqueste tiempo la doblaron,
y en demanda al Brasil las velas dieron,
mas no vieron la costa de sus ojos,
huyendo de no dar en los Abrojos.

Los diez eran de marzo ya pasados
cuando toman los campos nuevo traje,
y vuelve por sus pasos compasados
el gran Apolo a España su viaje.
En este tiempo fueron desviados
los unos de los otros, y el pataje
con viento y aguaceros se apartaba,
y en costa del Brasil puerto tomaba.

En San Vicente salta, do han hallado
la gente del Obispo y Melgarejo;
del armada de Zárate han contado,
de sus armas, pertrechos y aparejo.
Rui Díaz les ha a todos convidado
que se vuelvan con él; este consejo
algunos del pataje lo tomaron,
mas otros en el puerto se quedaron.

Pudieran bien decir los doloridos,
estando en San Vicente reposados,
si nosotros no fuéramos perdidos
por ser de nuestra flota ya apartados,
o fuéramos de hambre consumidos,
o muertos de los indios y acabados;
y cierto para haber de guarecernos
el medio más seguro fue perdernos.

El armada, con pena navegando,
a veinte y uno de marzo una mañana,
antes de aquella Pascua en que llorando
buscaba al buen Jesús de Marta hermana,
la tierra se descubre, y vela dando
en breve se llegó, que está cercana;
mas no se toma puerto, que buscaban
a donde le tomar, y no le hallaban.

Andando los pilotos vacilando
en luengo de la costa, cada día
sus cartas y roteros remirando
por ver dónde el armada surgiría;
sus grados y sus puntos cotejando,
anclaron en abril tercero día
en una playa y puerto sin abrigo,
que es dicho por renombre Don Rodrigo.

Su cara mostró Febo muy cubierta
aquí, cuando se entraba en occidente;
la noche obscurecida como puerta
de muy profunda cueva do no hay gente.
Neptuno muy sañoso se despierta,
y a las aguas comienza bravamente
a mandar que se muevan alteradas
del sur, y en altos montes levantadas.

Ni el Puerto Pico o Sierra Mariana,
ni Teide, o Potosí, ni el Atumare,
ni el volcán de Arequipa ni Lupana,
ni el alto monte o sierra de Lambare,
vi Villuerca, ni Sierra Verzocana,
se puede ya hallar que se compare
a los montes y sierras que formaba
en alta mar el viento que bramaba.

Estaba el Almirante del armada
con sólo un cable y ancla; el porfiado
e importuno sur desamarrada
la lleva habiendo el cable reventado.
La nave por la mar andaba errada,
el piloto no acierta de turbado
a decir ni mandar lo que conviene,
que en el alma metido el miedo tiene.

Con este temporal tan peligroso
la nave sobre tierra va volviendo;
el viento con su ímpetu furioso,
las velas en un punto descogiendo,
hace volver la popa sin reposo
a tierra, y el mar adentro va corriendo.
La gente alborotada sin consuelo
levantan alaridos hasta el cielo.

Quedan la capitana y vizcaína
en gran peligro surtas junto a tierra;
mas luego en un momento muy aína
la vizcaína el ancla desafierra,
agarrando dos leguas ya camina
en luengo de una costa y de una sierra,
mas no se osa meter en la mar brava
con el temor de la agua que faltaba.

El Almirante sale al mar sañoso
del importuno viento sacudido,
la gente clama al Alto Poderoso
con voces, gritos, llantos y alarido.
El sexo femenil, más doloroso,
causaba fuese el caso dolorido,
que tantos alaridos levantaban
que la tormenta más acrecentaban.

En demanda del Río de la Plata
se leva de este puerto que he contado
la flota; mas el sur ya se desata
con un furor terrible acelerado,
y viendo que este viento desbarata
y hace desandar lo que está andado,
procura de tomar puerto la flota
con fin de desistir de su derrota.

Y tanto el bravo viento los aqueja,
que se siguen tras él desconfiados
de su recto viaje, que se deja,
por ser del vendaval tan contrastados.
La capitana un poco más se aleja,
y surge con sus naves a los lados,
si no es el almiranta, que apartada
surgió en una bahía no abrigada.

Del almiranta a tierra sale luego
alguna gente, y halla las pisadas
del indio, por do siguen, aunque ciego,
el camino, y las yerbas mal holladas,
a la señal y humo de un gran fuego
descubren unas gentes congregadas
de nación Guaraní, que recibieron
a los nuestros muy bien, y les sirvieron.

Las cosas que tenían ofrecidas
a los nuestros, con ellos se metieron
en la barca con flechas muy crecidas,
y en trueco de rescates las vendieron.
Sus carnes, de aire y sol ennegrecidas,
algunos españoles las cubrieron,
que estima esta nación mucho cubrirse,
y a nuestro modo y forma de vestirse.

De aquéstos se tomó lengua y aviso,
mayormente de un indio ya muy viejo;
a Santa Catalina de improviso
que vayan les ha dado por consejo,
y él propio ir a mostrar el puerto quiso.
Y viendo tal recado y aparejo,
las naves en un punto se levaron
y en luengo de la costa navegaron.

Surgieron en el puerto que es llamado
Ayumirí, que es boca angosta o chica,
del isla hacia el este; al otro lado
está la tierra firme en forma oblica.
La flota, procurando lo abrigado,
dejando el primer puesto allá se aplica,
adonde hace el mar una ensenada
en forma de la luna de menguada.

Aquí puerto y lugar aparejado
para surgir mil naves está bueno;
entre la isla y la tierra va ensenado
un golfo de pescados todo lleno,
de una parte y otra resguardado
de vientos, todo alegre y muy ameno.
Empero del armada zaratina
aquí fue la caída y grande ruina.

Aquí reposaremos sin reposo,
que mal pueden tenerlo los hambrientos.
Trataremos del trance doloroso
de la infeliz armada y sus descuentos:
hambre, muerte, tristeza, lacrimoso
planto, suspiros, gritos y lamentos,
darán subjeto cierto al nono canto,
o por mejor decir al nono planto.

Canto noveno

En este canto se cuenta la grande hambre de la isla de Santa Catalina, con las desventuras lastimosas que en ella se padecieron

Oíd, las damas bellas, este canto,
a quien ha repartido la natura
de su grande valor y bienes tanto
que se huelga de ver ya su hechura,
causaros ha a vosotras más espanto
por ser de delicada compostura,
y lloraréis conmigo un mal tamaño
de desastrado fin y crudo daño.

El canto vuestro es, pues que contiene
de damas y galanes la caída,
por tanto el ofrecérosle conviene,
porque de vuestro ser él tome vida.
Haced con vuestra fuerza que no pene
aquel que le leyere, pues rendida
de este siglo tenéis la mayor parte
con vuestra gran belleza, industria y arte.

En el pasado canto recontamos
del puerto que tomó el zaratino.
Escuchad pues agora que contamos
el fin tan desastroso que le vino.
En esta tierra y puerto que tratamos
el triste Adelantado fue mohíno,
que bien cierto está el pobre procuraba
el bien, mas la codicia le cegaba.

Salió a tierra del isla, deseoso
de dar remate y fin a su fatiga;
su hado le es contrario y envidioso,
y fortuna le fue muy enemiga.
Por el tiempo contrario le es forzoso
tomar aquesta tierra, y aun se obliga
a echar toda la gente un día en tierra
al pie de una montaña y alta sierra.

Celebraba la iglesia aqueste día
del Corpus fiesta santa señalada;
celebrose con gozo y alegría
la fiesta del Señor tan celebrada.
Por esta causa al puerto se ponía
por nombre Corpus Christi, y es nombrada
Santa Catalina; es isla sin ventura,
de tantos españoles sepultura.

De a poco se partió el Adelantado
con más de ochenta hombres escogidos
al puerto de Ibiacá, que está poblado,
dejando a los demás muy desabridos.
Consejo fue cierto este mal guiado,
y así los que quedaron son perdidos,
que ni armas ni comida les quedaba,
y la fuerza ya a todos les faltaba.

Quedaron en la isla a buena cuenta
doscientos y cincuenta o más soldados,
casadas y doncellas hay cincuenta,
sujetas a miseria y tristes hados.
En ver que Juan Ortiz de allí se ausenta,
algunos de temor están turbados,
y su temor se dicen y publican,
que cruda muerte y hambre pronostican.

Quedó por Capitán aquí nombrado
un Pablo Santiago; pues camina
al puerto de Ibiacá el Adelantado,
que es tierra muy cercana y bien vecina
y así el propio día hubo llegado,
sin suceder desastre ni mohína.
Los indios salen presto a recibillos
y danles de comer a dos carrillos.

En el isla no comen tan a prisa,
que la ración se da por grande tasa:
seis onzas de harina solas guisa
el pobre del soldado y las amasa.
A nuestro Adelantado se le avisa
que la ración es corta y muy escasa,
mas él, que está seguro en talanquera,
muy poco se le da que el otro muera.

En este tiempo cinco se han huido,
gallegos de nación, y un castellano
de su negocio parte hubo sabido,
según juró y depuso ante escribano.
Aquéste, en esta culpa convencido,
alega su inocencia, mas en vano,
que en una horca luego le pusieron,
y los cinco isla adentro se metieron.

Un portugués mulato marinero
con otros tres grumetes y un soldado
huyeron por la isla, mas empero
el piloto mayor cuatro ha hallado.
Entre ellos el mulato es el primero,
que alega ser de grados ordenado.
A muerte les condenan, mas la muerte
previénele primero por su suerte.

El soldado llegó casi ya muerto,
y así no se le hizo de esto cargo,
que el día que llegó en aqueste puerto
el último remate de descargo
le vino de su bueno o mal concierto.
El uno de los tres se hizo a largo,
de suerte que jamás hueso ni pelo
se supo dél por mar ni por el suelo.

Los otros dos grumetes que quedaron,
por ser con el mulato en la huida,
y haber ya confesado la intentaron,
estando ya su causa fenecida,
a muerte les condenan; y apelaron,
llamándose menores; concedida
les fue la apelación, y que viviesen,
para que más trabajos padeciesen.

De los que una canoa habían tomado,
la cual en tierra firme fue hallada,
el uno aqueste puerto se ha tornado,
el otro va siguiendo su jornada.
Habíanse dos meses sustentado
entrambos con palmitos; la tornada
del triste, que llegó muy flaco y malo,
se celebra colgándole de un palo.

¡Ay, inhumano juez, justicia dira,
que tal justicia quieres sin justicia
ejecutar agora en quien suspira
por sólo pan sin otra más codicia!
Si aquesto no te mueve, sólo mira
que no ha pecado aquéste de malicia,
que sólo por la isla ha caminado
en busca de comida, y se ha tornado.

Mas, ¡ay!, que Juan Ortiz dejó un flagelo
cortado muy al gusto y su medida,
que cierto no hallará en todo el suelo
alguna bestia tan descomedida
cual ésta. ¡Oh crudo mal, oh triste duelo,
tristeza a mil tristezas sometida,
pues vemos que de hambre están muriendo
aquellos que en la horca están poniendo!

De los cinco soldados que huyeron,
por cuya causa uno fue ahorcado,
a quien de su negocio parte dieran,
al cabo ya de días se han hallado
los dos, y los demás dicen murieron,
y el uno de estos dos poco ha durado,
que luego se murió; mas tal venía
que sólo figuraba anatomía.

Pues los que están acá, en crudo llanto
están, y tan mudados y trocados
que sólo con mirarlos dan espanto,
y están de verse tales admirados.
A muchos el pellejo como manto
les cubre aquellos huesos descarnados;
en otros agua, humor, corrupto viento,
entre pellejo y huesos han asiento.

Hoy mueren diez, mañana mueren veinte,
no basta gentileza y bizarría
a contrastar el hado, ni el sapiente
al rústico ventaja le hacía.
La gala y hermosura prestamente
fenece, y el aviso y cortesía,
que la tirana, cruel, rabiosa perra,
a barrisco lo lleva todo a tierra.

Así se van ya todos acabando,
que es lástima de ver ruina tamaña;
los galanes y damas suspirando,
en ver la muerte andar con su guadaña;
los niños descaecidos sollozando,
tragedia representan muy extraña;
y las madres maldicen su ventura
por verles padecer tal desventura.

No fuera muy mejor, dicen, hijitos,
que no hubiera yo triste parido;
o ya que yo os parí, que de chiquitos
el alto cielo os hubiera recibido;
o dejaros allá dando mil gritos,
que yo vine a pagar mi merecido,
y a vosotros, mi bien, es cosa cierta
que no os faltara pan de puerta en puerta.

Maldito seas honor y honra mundana,
pues bastaste a sacarme de mi asiento.
¿No me fuera mejor pasada llana,
que no buscar mejora con descuento?
Viniérame la muerte muy temprana,
y nunca yo me viera en tal tormento;
mas quiso mi desdicha conservarme
para con crudo golpe lastimarme.

El triste lamentar y las endechas
que cada cual cantaba de su modo,
a la falta de pan iban derechas,
que tratar de comer estaba todo.
Las carnes consumidas y deshechas,
los rostros de color de puro lodo,
perdió el amor su fuerza aquí de hecho,
que cada cual miraba su provecho.

De dos quiero decir un caso extraño
(que sólo el referirlo me da pena)
a quien el amor hizo tanto daño
cuanto suele a quien prende en su cadena.
En fama de casados había un año
que estaban, y, se dice, a boca llena
el galán su mujer deja e hijuelos,
la dama su marido en hornachuelos.

Aquéstos a palmitos han salido,
como otros lo hacían cada día,
y la montaña adentro se han metido,
a do la oscura noche les cogía.
En esto a nuestro amante dolorido
una espantosa fiebre sucedía,
la dama le consuela, aunque afligida
por verse en la montaña tan metida.

No quiero referir lo que trataron
los tristes dos amantes, y su llanto,
las voces y suspiros que formaron,
porque era necesario entero canto.
Al fin su triste noche la pasaron
envueltos en dolor y crudo planto.
Quién duda que la dama no diría:
¡en mal punto topé tal compañía!

Habiendo pues ya Febo caminado
su curso en redondez de la cerea,
mostraba el rostro rojo y colorado,
cubriendo la montaña de librea.
Él, sin ventura amante fatigado,
el camino buscaba, mas pelea
en vano, que no acierta con camino,
que el miedo y el temor le quita el tino.

Salieron los dos juntos a la playa
pensando que salieran al poblado,
la dama sin ventura se desmaya
en ver cómo se habían alejado;
al galán le amonesta ella que vaya
en busca de camino, y que hallado
se vuelva a aquel lugar; él ha partido,
mas presto él sin ventura anda perdido.

Quedó por esta causa allí la dama
de dolor y congoja y pena llena,
do la siguiente noche tuvo cama,
triste, sola, llorosa en el arena.
El pobre por el bosque grita y clama,
al aire publicando su gran pena,
que por buscar camino, senda y vía,
sin su dama se ve, y sin alegría.

A sí propio se odia y aborrece,
que en verse sin su luz y clara estrella
a la muerte de veras él se ofrece,
que más quiere morir que estar sin ella.
La noche no durmió y no amanece,
en su busca camina por aquélla;
la dama un poco duerme, porque suele
en ellas aflojar cuando más duele.

Un pece de espantable compostura
del mar salió reptando por el suelo,
subiose ella huyendo en una altura
con gritos que ponía allá en el cielo.
El pece la siguió, la sin ventura
temblando está de miedo con gran duelo;
el pece con sus ojos la miraba,
y al parecer gemidos arrojaba.

Salió en esto el galán de la montaña
y el pece se metió en la mar huyendo;
sus ojos el galán arrasa y baña
con lágrimas, y a ella se viniendo
le dice: si la vista no me engaña,
camino tengo ya, venid corriendo.
La dama le responde: a prisa vamos
al pueblo, porque más no nos perdamos.

Allegan al lugar muy destrozados,
hambrientos, amarillos, sin sentido;
mas uno de otro fueron apartados,
que su vivir y trato fue sabido.
Entrambos de mí fueron castigados,
que por suerte el oficio me ha cabido,
mas qué castigo haber allí podía
igual a aquel que ya se padecía.

En este tiempo andaba con presteza
juntando Juan Ortiz mucha comida;
el Sargento mayor va sin pereza
de los indios buscando la manida,
y tanto calor pone, y tal destreza,
que la miseria en breve fenecida,
que el indio tiene, deja y los buhíos
barridos de alto a bajo y muy vacíos.

A cual indio le toma la hamaca,
a cual el pellejuelo que tenía,
a cual, si le replica, allí le saca
la manta con que el triste se cubría.
Al fin, en la pared no deja estaca,
que todo cuanto halla destruía;
y no contento de esta tal destroza,
enojo da al que tiene mujer moza.

El Juan Ortiz aquí se regalaba,
y no tengáis temor, pues, que le duela
saber cómo su gente lo pasaba.
Y aunque él de sólo el indio se recela,
alguna de su gente se alteraba;
el ardidoso Rocha, el bravo Vela,
con otros quince mozos concertaron
su remedio buscar, mas no acertaron.

De do estaba el real ir pretendieron
por tierra al Paraguay; determinado
el caso con secreto, pues, salieron
siguiendo su camino despoblado.
Al pie de treinta días anduvieron,
al cabo del cual tiempo han acordado
volverse do primero ya salido
habían, por pagar su merecido.

Los necios, pues, traían confianza
de conseguir perdón de su delito;
en vano les saliera su esperanza,
que voz horrenda suena y crudo grito.
De Juan Ortiz la gente con pujanza
les prende, y el negocio por escrito
se pone, y a los tres luego cortaron
las cabezas, y en alto las fijaron.

También allá en la isla pretendieron
llevar de la almiranta unos soldados
la barca, con la cual irse quisieron
al puerto San Vicente encaminados.
En este caso, pues, entrevinieron
mujeres por huir los tristes hados;
mas no pudo cuajarse este concierto,
que fue por las mujeres descubierto.

Huirse todos bien se lo deseaban,
que el temor de morir les incitaba,
y algunos vi que allí lo procuraban,
aunque el posible a todos les faltaba.
Sobre esto muchas juntas se efectuaban,
y a algunos el juntar vida costaba.
Era el dolor, tristezas y tormentos,
el ver poblar las horcas de hambrientos.

Aquellos que el huirse no han certado,
juzgaban por no ver camino cierto;
y al perro que hallaban desmandado
mataban; y aun apenas era muerto
cuando, estando cocido o mal asado,
en el hambriento vientre era encubierto,
temiendo que si el dueño lo supiera
la presa de las manos les cogiera.

Culebras quien hallaba era dichoso,
y de padres y hermanos envidiado.
Lagartijas pequeñas yo bien oso
decir que las comí, mal de mi grado,
y sé que me hallaba deseoso
de tener abundancia, que probado
su sabor ricamente me sabía,
y más que de cabritos parecía.

Algunos en cazar de los ratones
tan diestros y tan hábiles estaban,
que en trueco de una, o dos, o más raciones,
un número tasado concertaban.
También había una especie de lirones
que al modo de conejos se guisaban,
y aunque faltaba aceite y vino añejo,
la gran hambre prestaba salmorejo.

Los sapos ponzoñosos e hinchados,
con escuerzos nocivos, por muy sanas
comidas se juzgaban, que forzados
los hombres de su rabia y fuertes ganas,
estando los escuerzos desollados,
juzgaban ser en todo puras ranas,
y aun el sabor decían que excedía
a las ranas en grande demasía.

La cosa a tal extremo hubo llegado
que carne humana vi que se comía;
hambre canina fuerza allí a un soldado,
pensando que su hecho nadie vía.
Las tripas le sacara a un ahorcado,
y al medio del cocer se las comía.
Los huesos se roían de finados,
¿quién no llora estos casos desastrados?

Un mozo, que atambor fue de la armada,
en esta cruda, horrenda y grande ruina,
sabiendo se guardaba en la posada
de Florentina y doña Catalina
el resto de raciones, ya pasada
la media noche, a priesa va y camina;
y entrando en la chozuela le sentían
las damas, y al encuentro le salían.

La una dama y otra le cogieron
sin que pudiese el pobre escabullirse.
A piedad ninguna se movieron,
que de ellas con verdad no ha de escribirse.
La oreja de su rostro desprendieron,
y al pobre sin curarle dejan irse,
y por más presumir de su mal hecho,
la oreja abscisa clavan en su techo.

La prenda de este triste ya perdida
y abscisa de su rostro ha recobrado,
y en prenda muchas veces de comida
a gentes en la isla la ha empeñado;
y apartarse del pleito que pedida
tenía su justicia el desdichado,
en trueco de que el reo allí le diese
algún maíz o raíces que comiese.

Las damas que hicieron este aleve,
haciéndose justicia sin justicia,
eran de bajo ser, que bien se debe
aquesto presumir de su malicia.
Ninguna de valor a tal se atreve,
aunque es de las mujeres sin justicia,
ingratitud, maldad, lágrimas, lloro,
mentiras y venganzas su tesoro.

Pregunten a Aristóteles qué sentía
de la mujer. Pues dice en su escritura,
a lágrimas y llanto en demasía
inclinada bien es de su natura;
envidia y querimonia la seguía,
flojedad y pereza y detractura.
Mas dice de ella un bien, que se contenta
con muy poco manjar y se sustenta.

Al fin, a aquestas damas el Teniente
las prende, y les tomó sus confesiones;
después todo se hizo buenamente,
aunque hubo de este caso informaciones;
al triste sin oreja mal paciente
le dieron por concierto diez raciones.
Decía un mentecato que mujeres
podían mucho más que los haberes.

Es tanto su poder y maña fuerte,
que todo el mundo tienen ya rendido,
procuran de tomar primera suerte
a su gusto del bien más conocido;
hambre, ni desventura, ni la muerte
contrastar su poder nunca han podido.
Mirad lo que en la isla padecieron,
y al fin todas con vida escabulleron.

Es cierto de notar su gran ventura
con ser un débil ser tan imperfecto.
Cuanto hoy tiene criado la natura,
las mujeres lo tienen muy sujeto.
Decid, no es de llorar tal desventura,
que rindan las mujeres al perfecto,
al sabio, al necio, al pobre y al que es rico,
al Rey y caballero y pastorcico.

Dejémoslas, pues ya que es excusado
querer con flacas fuerzas conquistarlas,
la fuerza el homenaje ya han tomado,
será al mundo imposible debelarlas.
Y pues en su servicio hemos cantado
aqueste canto, yo quiero rogarlas
para el siguiente den favor y ayuda
a nuestra lengua tosca, torpe y muda.

Canto décimo

En este canto se cuenta cómo, vuelto el Adelantado de Ibiaza, fue al Río de la Plata, y de la venida del capitán Rui Díaz en su demanda

¡Oh, mísero contento de esta vida,
aguado con sobrados descontentos!
Tras el deleite siempre viene asida
la pena, los disgustos y tormentos,
que no hace en un ser jamás manida
Fortuna sin tener mil mudamientos.
Mas, qué digo fortuna, la miseria
del hombre está sujeta a tal laceria.

En tanto que uno es hombre, está obligado
a dos mil infortunios y flaquezas,
que del primero padre se ha heredado
dolor, pena, congojas y tristezas,
que todas son reliquias del pecado
con otros mil defectos y vilezas,
que juntos en Adán los recibimos
cuando por el pecado en él morimos.

En el Ibiaza, pues, se ha recogido,
como dijimos, maíz y frijoles,
y habiendo los huidos convencido,
apresta Juan Ortiz sus españoles
para salir de allí; y no ha partido
cuando un gran temporal veréis, y dioles
en medio una laguna que pasaban,
a donde seis soldados se ahogaban.

Embárcanse en canoas los soldados,
y al tiempo del pasar andaba brava
la mar, que allí desagua do los hados
y el crudo vendaval que resoplaba
se juntan, y al pasar son anegados
delante Juan Ortiz, que los miraba,
seis hombres; y más que éstos se ahogaran
si los indios socorro no prestaran.

Pasada la laguna, se metieron
los soldados, y gente que venía,
por la montaña adentro, y padecieron
trabajo caminando en demasía.
Al fin al puerto, pues, todos vinieron,
pasado en caminar el cuarto día;
Juan Ortiz por la mar viene, y navega
dos días, y también al puerto allega.

Llegado, con placer es recibido,
y luego determina de partirse;
y a aquellos que dijimos pretendido
habían en la barca escabullirse,
en más grave prisión los ha metido
porque jamás intenten de huirse.
Con un Sotomayor fenece presto,
dejándole en un palo y horca puesto.

Al tiempo que el verdugo ya quería
quitarle la escalera, así hablaba:
«Oíd un poco ahora. Yo solía
una oración rezar, y acostumbraba
aquesto mucho tiempo cada día.
Y hoy, por mi desdicha, la olvidaba.
Dejádmela decir». Mas no ha acabado
cuando el sayón la escala le ha quitado.

El armada salió de aqueste puerto
en demanda del Río de la Plata.
Ningún piloto lleva que esté cierto
a dónde seguirá; mas ya desata
a los vientos Eolo, y bien abierto
habiendo sus cavernas, disparata
con ellos por el aire de tal modo
que parece acabarlo quiere todo.

La mar sube por cima las estrellas,
los cielos hacia abajo se bajaban,
las olas parecía que centellas
por cima de las aguas arrojaban.
Lloraban las mujeres y doncellas,
los hombres grande grita levantaban;
de sola contrición ya se procura,
que al mar tienen por cierta sepultura.

Anduvo algunos días el armada
fortuna acá y allá yendo y viniendo;
después, la mar estando sosegada,
navega, en breve tiempo descubriendo
la tierra tan de todos deseada.
Y sin saber dó están, yendo diciendo
¿qué tierra puede ser la que se vía?,
paró el armada allí, que anochecía.

Al tiempo, pues, que Febo matizando
venía de colores la mañana,
entraron por el río, costeando
la banda del Brasil, que es más cercana.
La vía a San Gabriel enderezando,
llevando de llegar crecida gana,
a cabo de tres días, medio a tiento,
tomó puerto el armada con contento.

Surgiendo en San Gabriel, que así se llama
el puerto a donde surge aquesta armada,
los indios acudieron a la fama.
Mas, ¡ay dolor!, la noche ya cerrada,
el viento sur sacude, y hiere y brama,
y tanto se embravece, que en nonada
la capitana corta árbol y antena,
y el almiranta asienta en el arena.

Al día de contento y alegría,
el triste corresponde y es vecino;
la gente sin ventura, pues tenía
contento, más tristeza sobrevino.
Dolor, angustia, aprieto y agonía,
aguas y huracán, mar, torbellino,
las naves traen en torno condenadas,
al fondo y en las costas desrumbadas.

Pilotos y maestros, marineros,
grumetes, pajes, frailes y soldados,
mujeres y muchachos, pasajeros,
andaban dando voces muy turbados.
Los gritos y alaridos mensajeros
allí son de una nave a otra enviados,
y cada cual socorro demandaba,
que igual era el dolor que se pasaba.

Libronos nuestro Dios de aquel tormento,
de aquel trance y dolor tan doloroso,
desistiendo el feroz y crudo viento,
y viendo bonanza con reposo.
Mas, ¡ay!, que en acordarme del tal cuento,
temblando estoy, confuso y temeroso,
que tales cosas vi, que parecía
que el juicio final llegado había.

¿Quién duda que el demonio no procure
impedir cuanto puede a los cristianos
a que la fe no crezca, porque dure
el reino que él obtiene en los paganos?
¿Pues no está claro ya, sin que se jure,
cuán extendida está entre los indianos,
y con cuánto fervor se han bautizado,
y sus malditos ritos renunciado?

Pues esta causa tengo yo por clara,
por donde Satanás tanto procura,
con su mala intención inicua avara,
que nuestra armada nunca esté segura.
Que en su tanto le quita el cetro y vara,
y viendo su reinado poco dura,
movido de rencor y crudo duelo,
con las ondas del mar enturbia el cielo.

¡Gran Dios, Señor inmenso y soberano,
que permitís azote, como vemos,
aqueste Satanás con cruda mano!
El secreto tan alto no entendemos;
sabemos pero bien, que nos es sano
el mal que muchas veces padecemos,
que son por los pecados cometidos
los males muchas veces infligidos.

El freno que le pone Dios eterno
le hace estar a raya; que si fuera
en manos del demonio, en el infierno
al humano linaje ya tuviera.
Es tan malo de aquéste su gobierno,
que en sus penas a todos ver quisiera,
con saber que de aquesto la ganancia
que le viene es tormento en abundancia.

Y así dice San Pedro que rodea,
buscando a quien tragar muy presuroso,
el adversario diablo, y que pelea
contra el linaje humano riguroso.
Incita, mueve al hombre y le granjea
con sus mañas y artes (que es mañoso),
y cuando más no puede con sus tretas,
conténtase en hacerle mil burletas.

¿Qué diremos de aquel gran marinero
Carreño, que en tres días vino a España
de las Indias, trayendo mal tempero,
huracanes, tormenta muy extraña?
Ni gente de la mar ni pasajero
en pie estaba, y andaba gran compaña
de diablos, que las velas marinaban
y la nave con fuerza se llevaban.

Larga escota, el piloto les decía,
y cavan el trinquete y la mesana;
y si les dice aiza, con porfía
amainan los traidores con gran gana.
Y viendo que al contrario se hacía,
al contrario mandó, y así fue sana
su nave por los diablos marinada.
¡Y quién duda que fue de Dios guardada!

Mil cuentos semejantes yo pudiera
decir aquí, mas sólo por aviso
a todos doy por cosa verdadera
que si quieren gozar del Paraíso
no traten con Satán. Uno dijera,
descálzame aquí, diablo. De improviso
un diablo de la bota le tiraba
y la pierna a las vueltas le arrancaba.

Al armada volviendo, había quedado
la capitana en seco, y sin entena,
sin árbol, que ya dije fue cortado.
Un día de bonanza con mar llena,
por el consejo y orden y mandado
de Juan Ortiz, zaborda en el arena;
y así, quedando hecha fortaleza,
la gente sale a tierra sin pereza.

El almiranta en flote estuvo días,
mas torna a dar en seco, y desrumbada
ha sido, entrándole agua por mil vías.
Procúrase que luego sea varada,
sus fuerzas conociendo ya ser frías,
la gente fuera apenas de ella echada,
cuando yendo la mar y menguando,
la nave cae, el un lado recostando.

Estando capitana y almiranta
entrambas al través, sale la gente
a tierra, do se aloja alegre y planta
haciendo sus chozuelas prestamente.
El zapicano ejército se espanta
de ver tantos cristianos de presente,
y acuden con gran copia de venados,
avestruces y sábalos, dorados.

La gente que aquí habita en esta parte
Charruahas se dicen, de gran brío,
a quien ha repartido el fiero Marte
su fuerza, su valor y poderío.
Lleva entre esta gente el estandarte,
delante del Cacique, que es su tío,
Abayubá, mancebo muy lozano,
y el Cacique se nombra Zapicano.

Es gente muy crecida y animosa,
empero sin labranza y sementera.
En tierras y batallas, belicosa,
osada y atrevida en gran manera.
En siéndoles la parte ya enfadosa
do viven, la desechan, que de estera
la casa solamente es fabricada,
y así presto do quieren es mudada.

Tan sueltos y ligeros son, que alcanzan
corriendo por los campos los venados,
tras fuertes avestruces se abalanzan
hasta dellos se ver apoderados;
con unas bolas que usan los alcanzan
si ven que están a lejos apartados,
y tienen en la mano tal destreza
que aciertan con la bola en la cabeza.

A cien pasos (que es cosa monstruosa)
apunta el Charruaha a donde quiere,
y no yerra ni un punto aquella cosa
que tira, que do apunta allí la hiere.
Entre ellos aquél es de fama honrosa
a cuyas manos gente mucha muere,
y tantas, cuantos mata, cuchilladas
en su cuerpo se deja señaladas,

Mas no por eso deja de quitarle
al cuerpo del que mata algún despojo.
No sólo se contenta con llevarle
las armas o vestidos a que echa el ojo,
que el pellejo acostumbra desollarle
del rostro. ¡Qué maldito y crudo antojo!
Que en muestra de que sale con victoria
la piel lleva, y la guarda por memoria.

Otra costumbre tienen aún más mala
aquestos Charruahaes, que en muriendo
algún pariente hacen luego cala
en sí propios, su carne dividiendo,
que de manos y pies se corta y tala
el número de dedos, que perdiendo
de propincuos parientes va en su vida,
el Charruaha por orden y medida.

Paréceme que ya me he detenido
con esta gente tanto, que olvidado
dirán que tengo al campo que tendido
pinté en el arenal desabrigado.
Con su memoria estoy tan afligido,
que temo de me ver en tal estado.
Espérenme a otro canto de amargura,
y ayuden a llorar tal desventura.

Agora a Melgarejo con su gente
volvamos. Como supo que pasado
había Juan Ortiz, muy prestamente
la vuelta el Argentino se ha tornado.
El caso se le cuenta en San Vicente
por los que del patax han arribado;
con él vienen algunos de su hecho
pretendiendo sacar algún provecho.

Saliendo, pues, en nuestro seguimiento,
la isla do estuvimos han tomado;
en los sepulcros vieron el descuento
de la terrible ruina y triste hado;
la horca dio también su documento
y muestra de temor y mal sobrado.
Con todo al Ibiaza pasan derechos,
a donde son de todo satisfechos.

Mas quiero yo contar aquí primero
de monos una cosa muy galana,
que cierto me contó este caballero,
diciendo que él lo vido una mañana,
estando en esta isla muy entero
su juicio, y razón muy libre y sana.
De monos vio juntarse gran canalla,
y él púsose a escondidas a miralla.

Un mono grande, viejo como alano,
estaba a la cuadrilla predicando,
hería y apuntaba con la mano,
mudando el tono a veces, y gritando.
El auditorio estaba por el llano,
atento a maravilla y escuchando,
y él subido en un alto y seco tronco,
de dar gritos y voces está ronco.

A su lado en el tronco dos estaban,
a la banda siniestra y la derecha.
Aquéstos la saliva le quitaban
que gritando el monazo vierte y echa.
Concluso su sermón, todos gritaban,
y la cuadrilla y junta ya deshecha,
aprieta cada cual dando mil gritos,
y despacio va el mono y pajecitos.

Rui Díaz muy confuso contemplaba
el bruto razonar de aquel monazo.
Y como el arcabuz presto llevaba,
tirando le mató de un pelotazo.
Los dos monillos pajes que llevaba,
oyendo aquel terrible arcabuzazo,
aprietan por el monte, dando gritos,
mas en breve acudieron infinitos.

Fue tanta multitud la que venía
de monos a la muerte de aquel viejo,
que la tierra do estaba se cubría,
y huye de temor el Melgarejo.
Un indio del Brasil que allí venía,
con sobrado dolor y sobrecejo
le dice, y embebido en cruda saña:
«¿Por qué has muerto al Señor de la montaña?».

Entre los indios era conocido
aquel monazo viejo y respetado,
y por señor y rey era tenido
de aquel áspero monte y despoblado.
Rui Díaz de esta isla fue partido,
el rumbo al Argentino enderezado,
la costa y tierra firme van bojando
y con los Guaraníes rescatando.

En tanto que camina lo que queda
al Río de la Plata, quiero agora
volver a mi real. ¡Quiera Dios pueda
según el corazón lo siente y llora!
Quien quisiere saber cual dio a la rueda
su vuelta la fortuna burladora,
comience con requiescant en la gloria
el infelice canto de esta historia.

Canto undécimo

Al enhornar, decimos, que se entuertan
los panes; y así vemos que parece
que cuando en el principio no conciertan
las cosas con prudencia, que acontece
que al fin de todo punto desconciertan,
y el caso mal guiado en mal fenece;
lo cual se muestra claro en este canto,
que bien podría mejor llamarle llanto.

Estaba, como dije, rancheada
la gente sin ventura en aquel llano,
de paja cada cual hecha morada.
La inexorable Parca, con tirano,
desapiadado curso desfrenada,
con las tijeras crudas en su mano
comienza de cortar las tristes vidas
que estaban a la vista más floridas.

Dijimos que el Cacique de esta gente,
llamada Charruaha, es Zapicano,
y que tiene un sobrino muy valiente,
Abayubá, mancebo muy galano,
de gran disposición y diligente,
discreto al parecer y muy lozano;
valor en su persona bien mostraba,
por donde Zapicán mucho le amaba.

Al real en mal punto fue traído
por ciertos capitanes, y llegado
el Juan Ortiz le prende, que ha sabido
que entre los indios era respetado.
En su busca veinte indios han venido;
un Guaraní, que entre ellos se ha criado
y de lengua servía, ha sido preso,
y oíd de estas prisiones el suceso.

El un preso del otro no sabía,
que así se diera la orden y la traza.
Mas presto Zapicán triste venía,
que miedo ni temor no le embaraza.
El preso a Juan Ortiz pide, y envía
a su gente que traiga mucha caza,
y él queda con el preso; y más valiera,
que vivo del real jamás saliera.

Consulta Juan Ortiz como le pide
el Cacique al sobrino; aconsejaba
Vergara no se dé, y aun que lo impide
por causas muy urgentes que mostraba.
Por sola voluntad suya se mide
el Juan Ortiz, que a pocos escuchaba.
Una canoa pide a Zapicano
le traiga por rescate y un cristiano.

Había a un marinero maltratado,
por donde entre los indios se ha huido.
Aquél y la canoa presto ha dado
en trueco de Abayubá su querido.
La caza que los indios han sacado,
por precios y rescates la han vendido.
El tío y el sobrino van ufanos,
jurando de vengarse por sus manos.

Los nuestros, por la falta de comida,
a yerbas como suelen van un día.
Los indios al encuentro de corrida
les salen, y mataron a porfía
cuarenta, y el que escapa con la vida
es porque al enemigo se rendía.
A pura pata dos se escabulleron,
y el caso de esta forma refirieron.

Así como llegaron, los paganos
en dos alas en torno se pusieron,
desmayaron de miedo los cristianos
cuando en medio los indios los cogieron.
Con los indios vinieron a las manos,
que de los arcabuces no pudieron
aprovecharse, cosa que la mecha
y pólvora que llevan no aprovecha.

La pólvora mojada, los cañones
tenía Juan Ortiz enmohecidos;
vencido de sus vanas pretensiones,
no tiene los soldados guarnecidos;
las armas les quitó, y en ocasiones
las vuelve, que no son favorecidos
con ellas, que no son ya de provecho,
que el moho y el orín las ha deshecho.

La más gente que a yerbas ha salido,
sin armas y sin fuerzas y sin brío,
con solos los costales han partido,
los más casi desnudos y con frío.
Pues llega el Abayuba encrudecido,
a su lado con él viene su tío,
y entrambos tal estrago van haciendo
que las yerbas del campo van tiñendo.

La grita y alarido levantaban,
diciendo el Capitán echa prisiones.
Los nuestros defenderse procuraban.
Los indios vuelan más que unos halcones;
y a cuantos con las bolas alcanzaban,
no basta a defenderles morriones.
Al fin muertos y presos todos fueron,
si no fueron los dos que se huyeron.

Venidos al real estos huidos,
despacha Juan Ortiz a priesa gentes;
con Pablo Santiago son partidos
diez o doce soldados diligentes.
Aquéstos en un cerro están subidos
a vista del real, a do valientes
y astutos en la guerra, y muy cursados,
están con el temor acobardados.

El sargento mayor Martín Pinedo,
con cincuenta soldados ha partido;
el Pablo Santiago estaba quedo
con sus doce, y los más que han acudido.
El Sargento Mayor no tiene miedo,
según dice, a Roldán que haya venido.
Con su gente camina, y llegado
do estaba Santiago, así le ha hablado.

«Conviene que marchemos todos luego,
ninguno de seguirme tenga excusa».
El Pablo Santiago como fuego
camina, mas de a poco lo rehúsa,
diciendo: «alto hagamos aquí ruego».
Pinedo de cobarde allí le acusa,
con estos pareceres discordados
bastó para que fuesen desolados.

El Sargento Mayor dice «marchemos»,
el otro, del peligro se temiendo,
«hagamos alto», dice, «pues que vemos
que indios se vienen descubriendo».
El sargento replica: «caminemos,
que el indio viene apriesa acometiendo».
«Volvamos las espaldas». «Santiago,
no es tiempo ya, haced como yo hago».

Embraza su rodela, y con la espada
resiste a los cristianos que querían
volver atrás; mas viendo que de nada
les sirve, y que los indios le herían,
con solos cinco o seis de camarada
espera; que los otros que huían,
tras el sargento iban tan ligeros
cual suelen ir tras uno mil carneros.

El zapicano ejército venía
con trompas y bocinas resonando;
al sol la polvareda obscurecía,
la tierra del tropel está temblando;
de sangre el suelo todo se cubría,
y el zapicano ejército gritando
cantaba la victoria lastimosa
contra la gente triste y dolorosa.

Los enemigos, viendo el campo roto,
siguieron la victoria tan gozosos
cual suele el cazador ir por el coto
matando los conejos temerosos.
Cual indio espada, alfanje lleva boto
de herir y matar, cual los mohosos
cañones de arcabuz lleva bañados
de sangre con los sesos mixturados.

Cual toma el alabarda muy lucida
y comienza a jugar con ambas manos,
quitando al que la tiene allí la vida,
después a los demás pobres cristianos.
El Sargento Mayor va de corrida,
echando la rodela por los llanos,
Caytúa le siguió, indio de brío,
y alcánzale a matar dentro del río.

El viejo Zapicán con grande maña
el escuadrón y gente bien regía,
Abayuba el sobrino con gran saña
en seguimiento va del que huía.
Su grande ligereza es tan extraña,
que nadie por los pies le escabullía;
Cheliplo y Melihón, que son hermanos,
pretenden hoy dar fin de los cristianos.

A Tabobá le cabe aquella parte,
a do está con los cinco Santiago;
aquéste es en la guerra un fiero Marte,
y así hizo este día crudo estrago.
A Carrillo por medio el cuerpo parte,
un brazo derrocó a Pedro Gago;
Buenrostro el Cordobés, y un Arellano,
fenecen a los pies de este pagano.

El Capitán y el otro compañero
habían grande rato peleado,
y el Tabobá, muy crudo carnicero,
estaba muy sangriento y muy llagado.
Y así vino a su lado muy ligero,
y en esto ha disparado un mal soldado,
y al Capitán la espalda atravesaba,
aunque su muerte presto él esperaba.

El Capitán cayó muerto en la tierra,
Benito, según dice, lo matara.
Moviole a lo matar la pasión perra
que con el Capitán éste tomara.
Jurado lo tenía que en la guerra
se había de vengar que le injuriara,
y así le dio el castigo de este hecho,
metiéndole una flecha por el pecho.

Aquí Domingo Lárez, valeroso
en sangre y en valor y valentía,
anduvo con esfuerzo y animoso,
reprimiendo del indio la osadía;
y viéndole ya andar tan orgulloso,
los indios acudieron a porfía,
y a puja, a cual más puede, le hirieron,
y quebrándole un brazo le prendieron.

Cansados los contrarios de la guerra,
o por mejor decir de la matanza,
y viendo que la noche ya se cierra,
no curan de llegar a nuestra estanza.
Del fuerte se les tira, mas dio en tierra
un tiro culebrina, que no alcanza.
Por eso, y por la noche a los cristianos
dejaron de seguir los Zapicanos.

El despojo que llevan son espadas,
alfanjes, alabardas, morriones,
rodelas, salmantinas muy doradas,
sombreros, capas, sayos y jubones.
Las cajas de arcabuces, ya quebradas,
llevaban solamente los cañones,
con que, dando la vuelta, van matando
aquellos que hallaban boqueando.

Y al que hallan en pie ya levantado
del sueño de la muerte que ha dormido,
del peligro librarse confiado,
por ver como ya ha vuelto en su sentido,
en un punto le tienen amarrado,
quitándole primero su vestido.
Con armas y cautivos van triunfando,
y la gente en el fuerte lamentando.

Cual dice: «¡Oh desventura, oh caso extraño,
oh mísero suceso de esta armada!».
Cual dice: «no viniera tanto daño
si fuera aquesta cosa bien pensada».
Cual dice que la causa de este engaño
procede de la hambre acobardada.
Cual dice que la suerte de esta vida
está a aquestas caídas sometida.

Pues quien perdió el amigo y el hermano
levanta hasta el cielo los gemidos,
y dice con dolor: «¡Pueblo cristiano
en manos de los lobos deshambridos!
Volved con piedad, Señor, la mano,
doleos de los tristes afligidos,
doleos de los niños inocentes
que gritan con sus ojos hechos fuentes.

»Doleos de las tristes afligidas
que quedan sin abrigo y compañía;
también de las doncellas doloridas
que pierden a sus padres y alegría;
de las madres, Señor, enternecidas,
que pierden a quien sombra les hacía;
de todos os doled, Dios poderoso,
y socorred al pueblo doloroso».

Mas quiero las dejar, que bien les queda
para poder llorar el tiempo largo,
mas no al que salir del fuerte veda,
que aquesto tomó entonces a su cargo,
y quiera Dios consuelo tomar pueda,
(que tiene el corazón triste y amargo)
el buen capitán Pueyo, que al hermano
tendido vido muerto en aquel llano.

Aqueste Capitán, aunque miraba
de lejos al hermano que ve muerto,
al fuerte a grande priesa procuraba
que todos se recojan, que es lo cierto.
El Juan Ortiz a priesa caminaba
a donde están los indios sin concierto,
y si el desventurado allá llegara,
el resto del armada se acabara.

Pues ido el enemigo ya, y venida
la triste de la noche temerosa,
la miserable hacienda ya metida
en el fuerte con priesa presurosa,
nuestra gente, sin fuerzas y rendida
a la tirana muerte dolorosa,
por la frígida arena está tendida
y de puro desmayo amortecida.

El Juan Ortiz su ropa con presteza
embarca aquella noche, que temía
no diese Zapicán con ligereza
sobre el fuerte y real antes del día;
y no tardó, que vino sin pereza
al punto que la aurora descubría,
y piedras a menudo al fuerte tira,
mas en tocando al arma se retira.

Pues viendo cómo al fuerte hubo venido
el enemigo al ver lo que pasaba,
en la capitana todos se han metido,
que cerca de la tierra en seco estaba.
Allí con gran dolor se ha recogido
el resto sin ventura que quedaba.
La noche tristemente se ha pasado,
y el último remate se ha esperado.

Cuando el Sol aún apenas descubría,
un indio por la playa caminando
bajaba, y el semblante que traía
parece de español; de cuando en cuando
paraba; con la priesa que traía
a do estamos se viene ya acercando;
de su traje y manera bien parece
que alguna cosa nueva nos ofrece.

Llegando donde estaba el despoblado,
sin tener a las chozas advertencia,
contra el navío el paso enderezado,
desde la playa hizo reverencia;
con un sombrero señas ha formado
con gran placer y grande continencia.
Saliendo pues por él, viene contento,
y dice de su caso el fundamento.

Yamandú dice el perro que se llama,
que arriba ya tratamos su manera,
y que Juan de Garay le quiere y ama,
por donde le encargó aquesta ligera.
Que de nuestra venida tiene fama,
y que con la respuesta allá le espera
para venir con balsas y comida,
sabiendo que el armada ya es venida.

Por señal el vestido representa
un sayo de algodón con un sombrero,
y a muchos españoles nombra y menta,
por do su embuste pinta verdadero.
Aquel que se ve puesto en una afrenta,
bien vemos que se cree muy de ligero;
con la primera nueva que ha venido
el ánimo dudoso es compelido.

Con este Yamandú se escribe luego,
y a Garay Juan Ortiz da cuenta larga
de la pérdida grande y sin sosiego
en que la gente queda, y cuán amarga;
y que venga volando como fuego
le manda, y de comida traiga carga.
Mas Yamandú malvado no saliera,
cuando Zapicán viene a la ribera.

Sus indios piedras tiran, aun allegan
con ellas a la nave, do temblando
la gente está. En la pólvora no pegan
las mechas, aunque están más refregando.
Los indios por las yerbas se refriegan,
motín, perneta hacen muy gritando;
al fin dejan el campo ya venida
la noche horrible, triste, obscurecida.

Apenas amanece, cuando viene
un indio de endiablada catadura,
y muy poco en la playa se detiene.
Hasta que el agua llega a su cintura,
de allí dice que gana grande tiene
de probar en el campo su ventura,
que salga aquel cristiano del navío
que quisiere aceptar el desafío.

«De parte de la Luna a quien adoro»,
está diciendo el indio, «yo prometo
guardar la fe que diere; que el tesoro
que estimare mayor de aqueste rieto,
será que en estas tierras donde moro
de Zapicán un indio su subjeto,
sin otra ayuda alguno en este llano,
se atreva a combatir con un cristiano».

Estando aqueste indio razonando
con superbas palabras y blasones,
en breve de mi lado retumbando
un tiro le ha acortado sus razones.
De entre las yerbas salen bojeando
del indio Zapicán dos escuadrones,
que estaban a la mira en emboscada
por dar fin y remate del armada.

Comienzan a hacer gran alboroto
en luengo de la playa ya corriendo,
ya al fuerte, que tenía todo roto,
las paredes y chozas abatiendo;
y viendo a los cristianos cómo en coto
están, aunque gran pena padeciendo,
y no pueden hacerles mal alguno,
comienzan a acogerse de consuno.

Con todo aquesto viene cada día
a vista el enemigo Zapicano,
por ver en el estado que estaría
el encogido ejército cristiano.
En tanto Juan Ortiz a tierra envía
por una media barca que en el llano
estaba, con la cual presto es mudada
al isla San Gabriel la triste armada.

Después que aquesta isla se tomaba,
un día noticia cierta se ha tenido
que Zapicán su ejército mudaba
al Uruguay, que es río muy crecido.
Al tiempo que el cristiano reposaba,
con su gente y canoas ha subido;
de aquesto dan noticia los cristianos
que se escapan huyendo de sus manos.

Vinieron seis soldados fugitivos,
y no pudieron más porque los atan
de noche, y dicen quedan treinta vivos,
que después que una vez prenden, no matan.
Con ellos no se muestran muy esquivos,
y si les sirven bien, no los maltratan;
pero si sirven mal, a rempujones
les fuerzan a que salgan de harones.

Aunque esto se le puso por delante
a Alonso Ontiveros, no aprovecha
a que deje de obrar cosa que espante,
pues no puede tenerse por bien hecha.
Aquéste en el hablar era elegante,
mas no lo fue en hacer esta deshecha,
pues bien claro descubre en el remate
el ser cualquiera cosa y su quilate.

Estaba en un navío aprisionado,
que en parte del delito se hallara
por do Sotomayor fuera ahorcado,
cuando huirse con él se concertara.
Habíanle los grillos ya quitado,
y créese también que se librara;
mas él al enemigo va huyendo
por más seguro medio le escogiendo.

Del Zapicano fue bien recibido,
y luego se mudó el nombre cristiano;
de las costumbres de indio se ha vestido,
usando de los ritos de pagano.
En confusión aquéste me ha metido,
que por amigo túvele y hermano;
huyendo de la muerte ha apostatado,
después se arrepintió de su pecado.

No quiero más decir, que estoy cansado,
y temo de cansar a quien me oyere,
mayormente que el canto desastrado
ha sido, y de llorar; mas quien quisiere
saber de Juan Ortiz Adelantado
su suerte, si leerla le pluguiere,
espéreme a otro canto, que ya siento
que da Rodrigo Díaz vela al viento.

Canto duodécimo

Fortuna, por hablar de esta manera,
oh hado, bien tomándolo sin dolo,
favorece a Rodrigo, porque espera
la sin ventura gente en ése sólo.
Ayúdale con próspera carrera,
y con tus largos vientos, gran Eolo,
que el zaratino ejército penando
está, y a Dios suspiros enviando.

Y tú sosiega al mar, viejo Neptuno,
y haz que su carrera llana sea,
que toda aquesta armada de consuno
a brazos con la muerte ya pelea,
y dudo ya que escape ni sólo uno,
de hambre no se halla ya quien vea.
Remédielo, pues, Dios, que él sólo puede,
y aquel a quien él sólo lo concede.

El capitán Rui Díaz aprestado
salió de San Vicente y tomó puerto
en Yumirí, que habemos ya tratado,
do vido del armada el desconcierto.
Al Río de la Plata enderezado,
el rumbo lleva a prisa, que está cierto
que Juan Ortiz padece; con su gente
allega, pues, un día prestamente.

El triste lamentar que allí hicieron,
des que en tanta miseria nos hallaron,
aquel dolor y pena que sintieron,
las lágrimas que todos derramaron,
no quiero referir, mas que vinieron
a tiempo que a llorar nos ayudaron;
también con sus regalos ayudaban
a muchos que la vida ya dejaban.

Con su venida todos resucitan,
que viendo la miseria tan crecida,
a dar de lo que tienen bien se incitan
por volver de la muerte a alguno a vida.
Con esto ya las fuerzas se habilitan
de aquellos que la muerte de vencida
llevaba, y si Rodrigo no viniera,
sin duda todo el resto pereciera.

Del isla San Gabriel sale el armada
con nuestro buen Rodrigo en la demanda
de la Martín García, así nombrada,
que está por cima de ésta y a su banda.
En breve y poco espacio fue tomada,
a do el Adelantado luego manda
salir a tierra a todos, porque quiere
poblar en esta isla si pudiere.

El capitán Rui Díaz Melgarejo,
porque de la rabiosa se recela,
a nuestro Adelantado por consejo
que le despache da en la carabela.
Con ella y con un mal bergantinejo
se hace el buen Rui Díaz a la vela;
al preso Abarorí lleva consigo,
que promete guiarle como amigo.

A mí me cupo en suerte esta jornada,
que de saber y ver muy deseoso,
jamás dejé de entrar cualquiera entrada,
aunque fuese el peligro temeroso.
En una isla muy fértil y poblada
Abarorí nos mete muy gozoso.
Entramos por un brazo, no calando
los remos, que las yerbas van tocando.

Salieron a nosotros embijados
catorce o quince indios diligentes,
con arcos y con flechas denodados,
mostrándose gallardos y valientes.
Por tierra entre las yerbas emboscadas,
pintados de colores diferentes
andaban levantando vocería,
cubiertos de muy rica plumería.

Por este brazo estrecho y chico río
llegamos con favor de la marea
a la primera casa, y al bahío
que es dicho Tabobá, de paja y nea.
Los indios luego salen con gran brío,
con arcos y con flechas de pelea,
y viendo los rescates acudieron,
y mucho bastimento nos vendieron.

De a poco dicen, vamos adelante,
que todo lo de aquí ya está gastado.
Diciendo aquesto muestran tal semblante
que encubren lo que tienen ordenado.
Estaba el enemigo tan pujante,
que dudo del cristiano acobardado,
por su fuerza tener tan consumida,
que pueda escabullir libre con vida.

En esto de la casa hubo salido,
desnudo macilento por el llano,
un mozo del armada conocido
que Vargas se llamaba, trujillano.
Salió a la barahúnda y al ruido,
trajéronle al navío por la mano,
a do le confesé, y en aquel día
entró al universal camino y vía.

Cristóval, indio amigo, que viniera
de allá del Yumirí en nuestra armada,
cautivo estaba aquí, y cuenta diera
de la traición que entre éstos está armada,
de seis cautivos que hay, éste dijera;
y siéndoles la paga ya entregada,
trajéronlos, y fueles prometido
que el precio a más traer será subido.

Entre ellos fue este día rescatado
el buen Domingo Lárez, muy prudente,
hombre de gran juicio y recatado,
de Huete natural, de noble gente.
Dionos aviso él que está ordenado
de hacernos la guerra el día siguiente.
Nosotros estuvimos contratando
con los indios, y en vela siempre estando.

Salímonos de aquí, que se temía
que el indio se pusiese en emboscada,
diciendo que a las bocas estaría.
Y cierto fue la cosa bien pensada,
que a no salir muy mal sucedería,
pues siendo la mañana ya llegada,
los indios a do estábamos vinieron,
y a Mora y a Loria nos trajeron.

En el barco pequeño se ha metido
el maíz y captivos referidos;
en breve a nuestra armada se ha venido,
a do de hambre están desflaquecidos;
y a haberse esta comida detenido,
de hambre fueran todos perecidos.
Mas Dios remedia el tiempo peligroso
con mano de Señor tan poderoso.

Pues llega la comida y los cautivos,
y salen al encuentro luego todos;
estaban ya diez menos de los vivos,
y aquéstos de dos mil suertes y modos.
Los padres con los hijos son esquivos,
los unos y los otros como lodos
los rostros; manos, pies, todos temblando,
los ojos hacia el cielo levantando.

Algún vigor cobraron desque vieron
el socorro que viene de comida;
con lágrimas los presos recibieron
que su vida juzgaban por perdida.
En el pequeño barco se volvieron,
y dice Juan Ortiz que por la vida
conviene aventurar vida de suerte,
que no ponga temor la misma muerte.

Mas visto no conviene se acometa
aquello que hacerse es imposible,
a que el lugar y tiempo nos aprieta
a tomar el consejo convenible.
El buen Rodrigo a todos se sujeta,
y dice: «Juan de Ortiz cosa terrible
nos manda, mas yo cierto aquí prometo
de estar a vuestro gusto muy sujeto».

Unánime y conforme es la sentencia
de todos, que no se entre al riachuelo,
que bien se tiene cierta y firme ciencia
que todo ha de acabar con crudo duelo.
Esto nos enseñó ya la experiencia,
por do se determina que de vuelo
a los Timbús se vaya; con contento,
de aquí tendimos vela presto al viento.

Trabajo no pequeño se pasaba,
que la gente sin fuerzas no podía
tomar remo, que el viento nos faltaba,
y a veces por la proa sacudía.
El temor de la hambre apresuraba,
esfuérzase quien fuerzas no tenía.
Navegando una noche a la mañana
llegamos a una gente Cherandiana.

Salieron a nosotros prestamente,
que en esto del rescate están cursados.
Delante de nosotros diligente
pescaba cada cual muchos pescados.
Ninguno en los vender era inocente,
que son en el vender muy porfiados.
Después mucho maíz en abundancia
trajeron por gozar de la ganancia.

Beguas de la otra banda conocieron
la cosa del rescate que pasaba,
a gran priesa a nosotros acudieron
temiendo que el rescate se acababa.
Rescatan todo aquello que trajeron,
y más, dicen, en casa les quedaba.
A Gaboto de aquí presto se llegue
por do el Carcarañá se extiende y riega.

Pasando de Gaboto, a poco trecho
el río Juan de Oyolas se ha tomado;
por él se entró, que es río muy estrecho,
de vientos y tormentas resguardado.
Atraviesa este río bien derecho
al Paraná; y las islas que ha formado
habitan los Timbás, gente amorosa,
sagaz, astuta, fuerte y belicosa.

Al Paraná saliendo caudaloso,
tres leguas se camina bien cabales.
El Paraná venía muy furioso,
los tristes navegantes muy mortales
del soldado pequeño y del grandioso
las fuerzas eran todas casi iguales,
y aun cierto que a la clara bien se vía
que el pequeño más ánimo tenía.

Del capitán Garay certificaron
los indios que aquí vino con su gente,
las huellas de caballos nos mostraron
por do dimos la vuelta prestamente;
y en tierra los soldados que saltaron
cogieron la comida que al presente
hallaron, que aún no estaba sazonada,
y apenas con la espiga bien formada.

Volver quiero a tratar un poco agora
del falso Yamandú, nuestro cartero.
Salió de San Gabriel con la traidora
y mala condición de carnicero.
Adonde el Zapicano está de mora
se va, por ser con él particionero,
aunque no se halló en la triste guerra,
que al venir se ha tardado de su tierra.

Este indio ya hemos dicho que es sabido,
astuto, muy sagaz y hechicero;
en todas las naciones es tenido
por lumbre, por espejo y por lucero.
A mis propios oídos yo le he oído
decir a este lenguaz y gran parlero:
«El sol alumbra a oriente y occidente,
así yo Yamandú a toda la gente».

Pues siendo con las cartas despachado,
trató con Zapicán, que las tenía
guardadas, hasta ver en qué ha parado
un negocio que arriba pretendía,
el cual era que tiene concertado
con un indio Terú, el cual vendría
a dar en Santa Fe con otras manos,
queriéndose vengar de los cristianos.

E hízolo el Terú, que con su gente,
haciendo para aquesto llamamiento,
se fue a Santa Fe; mas de repente
volvió huyendo en busca de su asiento.
Los mancebos pelean fuertemente,
los indios llevan de ello el escarmiento,
y viendo Yamandú que nada ha hecho,
con las cartas se va a Garay derecho.

Del capitán Garay fue recibido
mejor el mensajero que lo fuera
si hubiera sin las cartas parecido,
aunque él por no culpado se fingiera.
Mas viendo el Capitán cómo ha venido,
y que puede volver a do saliera,
tratole bien e hízole gran fiesta,
y tórnale a enviar con la respuesta.

Ya vuelve Yamandú con más cuidado
que tuvo con las cartas, pues pensaba
guardarlas para sí; mas ha acordado
urdir otra, pues ésta no cuajaba.
En tanto que la urde este malvado,
tratemos de Garay, que procuraba
bajar con muchas balsas y comida,
dejando a Santa Fe bien guarnecida.

Partió con treinta mozos valerosos
y veinte y un caballos, y servicio
en balsas; y los mozos deseosos
de guerra, que la tienen por oficio,
procuran que en los indios enojosos
se ofrezca al crudo Marte sacrificio,
de aquel Terú vengando la osadía
con triste y carnicera anatomía.

Son islas, por aquí en este paraje,
de grandes bastimentos abastadas,
de muy hermosas tierras y boscaje,
y de indios Guaraníes bien pobladas
el falso Yamandú de mal coraje
aquí tienen sus gentes rancheadas,
Terú, Añanguazú, Maracopá,
y en otras más abajo, Tabobá.

Entraron por las islas; entendiendo
poder hacer la guerra, los caballos
metieron; mas los indios van huyendo,
que no pueden los mozos alcanzallos.
Entre los verdes bosques se ascondiendo
se meten, que imposible es el hallallos,
si no es al sin ventura, que guardada
la suerte le está ahora desdichada.

Con gran solicitud en su caballo
entre aquestos mancebos se señala
en andar por las islas Caraballo,
y así por la espesura hiende y tala
en medio de una selva, y Yanduballo
halló con Liropeya, su zagala.
La bella Liropeya reposaba
y el bravo Yanduballo la guardaba.

El mozo, que no vio a la doncella,
en el indio enristró su fuerte lanza,
el cual se levantó como centella,
un salto da y el golpe no le alcanza.
Afierra con el mozo, y aun perdella
la lanza piensa el mozo, que abalanza
el indio sobre él, por do al ruido
la moza despertó, y pone partido.

Al punto que a la lanza mano echaba
el indio, Liropeya ha recordado,
mirando a Yanduballo así hablaba:
«Deja, por Dios amigo, ese soldado,
un solo vencimiento te quedaba,
mas ha de ser de un indio señalado,
que muy diferente es aquesta empresa,
para cumplir conmigo la promesa».

Diciendo Liropeya estas razones,
el bravo Yanduballo muy modesto
soltó la lanza, y hace las acciones,
y a Caraballo ruega baje presto.
El mozo conoció las ocasiones,
y muévelo también el bello gesto
de Liropeya, y baja del caballo
y siéntase a la par de Yanduballo.

El indio le contó que un año había
que andaba a Liropeya tan rendido
que libertad ni seso no tenía,
y que le ha la doncella prometido
que si cinco caciques le vencía,
que al punto será luego su marido.
El tener de español una centella
no quiere, por quedar con la doncella.

Mas viendo el firme amor de estos amantes,
licencia les pidió para irse luego,
dejándoles muy firmes y constantes
en las brasas de amor y vivo fuego.
Dos tiros de herrón no fue distantes,
con furia revolvió, de amores ciego;
pensando de llevar por dama esclava,
al indio con la lanza cruda clava.

Yanduballo cayera en tierra frío,
la triste Liropeya desmayada;
el mozo con crecido desvarío
a la moza habló, que está turbada:
«Volved en vos», le dice, «ya amor mío,
que esta ventura estaba a mí guardada,
que ser tan lindo, bello y soberano,
no había de gozarlo aquel pagano».

La moza, con ardid y fingimiento,
al cristiano rogó no se apartase
de allí, si la quería dar contento,
sin que primero al muerto sepultase;
y que concluso ya el enterramiento
con él en el caballo la llevase.
Procurando el mancebo placer darle,
al muerto determina de enterrarle.

El hoyo no tenía medio hecho,
cuando la Liropeya con la espada
del mozo se ha herido por el pecho,
de suerte que la media atravesada
quedó diciendo: «Haz también el lecho
en que esté juntamente sepultada
con Yanduballo aquesta sin ventura
en una misma huesa y sepultura».

Lo que el triste mancebo sentiría
contemple cada cual de amor herido.
Estaba muy suspenso qué haría,
y cien veces matarse allí ha querido.
En esto oyó sonar gran gritería;
dejando al uno y otro allí tendido,
a la grita acudió con grande priesa,
y sale de la selva verde espesa.

Aquesta Liropeya en hermosura
en toda aquesta tierra era extremada;
al vivo retratada su figura
de pluma vide yo muy apropiada;
y vide lamentar su desventura,
conclusa Caraballo su jornada,
diciendo que aunque muerta estaba bella,
y tal como un lucero y clara estrella.

Mil veces se maldijo el desdichado
por ver que fue la causa de la muerte
de Liropeya, andando tan penado
que mal siempre decía de su suerte.
«¡Ay triste!, por saber que fui culpado
de un caso tan extraño, triste y fuerte,
tendré, hasta morir, pavor y espanto,
y siempre viviré en amargo llanto».

Salió pues de la selva Caraballo
a la grita y estruendo que sonaba,
y vido que la gente de a caballo
a gran priesa en las balsas se embarcaba.
No curan ya más tiempo de esperallo,
que de su vida ya no se esperaba,
teniendo por muy cierto que había sido
cautivo de los indios y comido.

Mas viéndole venir, alegremente
el Capitán y gente le esperaron;
allega, y embarcose con la gente,
y apriesa de aquel sitio se levaron.
Entrose por un río que de frente
está, y a tierra firme atravesaron,
a do está de Gaboto la gran torre,
por do el Carcarañá se extiende y corre.

En tanto que Garay aquí esperaba,
y en tierra sus caballos saca y gente,
el capitán Rui Díaz se levaba
de donde le dejamos prestamente.
Volviendo hacia abajo, atravesaba
acaso Yamandú, que está de frente.
Allí nos dieron nueva muy entera,
que en el Carcarañá Garay espera.

Con esta nueva cierta, a grande priesa
bajamos hacia el río Juan de Oyolas.
No se tiene temor de la traviesa
del gran río Paraná, ni de sus olas,
que el bien que en la tornada se interesa
lo facilita todo; mas no a solas
nos vemos cuando viene anocheciendo,
que los Timbúes vienen muy corriendo.

Después, cuando ya Febo caminando
volvía con sus carros presuroso,
los campos con sus rayos matizando
de rojo, verde y blanco luminoso,
llegan los Timbúes pregonando:
«Comprad de mí, que vendo más gracioso».
Y tanto regatean, que en Sevilla
podrían imprimir nueva cartilla.

En tanto que la cosa así pasaba,
desde el Carcarañá nos ha enviado
una carta Garay, en que avisaba
que estaba en Sancti Spiritus parado.
Al viento vela en popa se entregaba,
y no se ha a Sancti Spiritus llegado,
cuando Garay por tierra y a caballo
asoma, y aquí un poco he de dejallo.

Canto decimotercio

Jamás fortuna dio contentamiento
que no fuese mezclado con dolores,
de a donde el disfavor es fundamento
de todo buen suceso de favores.
También el favorido pensamiento
por fin muy cierto tiene disfavores,
por lo cual Salomón, sigue, decía,
el día de tristeza al de alegría.

¡Cuánto dolor, tristeza y amargura,
y cuánto sobresalto ha pasado
la gente zaratina sin ventura!
Pues quien con atención bien lo ha notado,
verá que al mayor mal en coyuntura
un buen suceso o gusto ha acompañado,
que no haber de esta suerte sucedido,
hubiera el resto Zárate perdido.

¡Qué pena, qué dolor no mitigara
el ver al buen Garay por aquel llano!
La bárbara nación que se juntara,
no pudiera escaparse de su mano.
Si el bravo y crudo Marte se hallara
con tal gente de guerra, tan ufano
y altivo se sintiera, que en la tierra
a todos los mortales diera guerra.

La trompa y atambor les ayudaba,
los caballos calor iban tomando;
contento grande, cierto, que causaba
aquesta gente allí escaramuzando.
Rui Díaz con los suyos lo miraba,
viniendo su viaje navegando;
y llegando do aquesto se hacía,
mandó soltar la flaca artillería.

Al fin tomaron puerto, y recontada
la cosa de una parte a otra pedida,
la carga de las balas descargada,
Garay parte en demanda de comida.
El Melgarejo sale desplegada
con gran placer su vela y descogida.
En tanto que uno baja y otro queda,
me fuerza Yamandú vuelva la rueda.

Llegado este tacaño con las cartas
al isla, con placer fue recibido;
el Juan Ortiz le dio cuchillos, sartas,
y de paño de grana un buen vestido.
De dádivas y dones fueron hartas
sus manos, por pensar lo ha merecido,
y él pretende entregarse a suelta rienda
en vida del cristiano y de hacienda.

Pues tiene la traición así ordenada,
que dadas estas cartas, vuelva luego
al río Igapopé, que es la morada
de un indio que se dice Grande Fuego,
y de otros que allí viven de coplada
con Aguazó, que es guía de este juego.
Allí tiene la cosa de ordenarse
por do el cartero da priesa a tornarse.

Y dice: «Volveré yo con comida,
que así con mis amigos lo he ordenado,
aquesta cosa quiero sea sabida,
porque en vernos ninguno sea alterado.
Que aquesta tierra toda está rendida
a mi dicción, y yo la he sujetado».
Con esto Yamandú se suelta en breve,
y con más brevedad volver se atreve.

Con diez u once canoas esquifadas
la vuelta da el malvado, procurando
que no estén las personas recatadas,
mas antes las ocupa rescatando.
No quiero referir, pues, cuán turbadas
lo estaban, según supe, y cuán temblando.
Mas con todo se dieron tanta maña,
que no cuajó el cartero su maraña.

En un fuerte la gente recogida,
porque de esta traición tienen aviso,
de todo lo posible guarnecida,
salió el indio que estaba ya arrepiso.
De humos gran señal ha parecido
el río arriba, y luego de improviso
los indios, que en la gente dar pensaban,
con gran priesa a su isla se tornaban.

Quedaron los cristianos como cuando
levanta un huracán muy espantoso
las olas en la mar, y va bufando
el viento con un ímpetu furioso.
El piloto sagaz está temblando,
vencido del trabajo y temeroso;
mas viendo que el peligro está pasado,
vereisle presumir del esforzado.

O como aquel mancebo que ha cogido
el toro furibundo entre sus manos,
que siendo de la muerte escabullido,
huyendo a pura pata por los llanos,
blasona de la maña que ha tenido,
y hace en talanquera fieros vanos.
No menos nuestras gentes aquí estaban,
y al moro muerto gran lanzada daban.

Rui Díaz, como dije, navegando
salió de Sancti Spiritus, y viene
en breve do le estaban esperando.
A mí me ha parecido me conviene
quedarme con Garay, que va triunfando,
y Zárate, que hambre siempre tiene.
Rui Díaz Melgarejo, pues, allega
al isla, y la comida les entrega.

Garay de a do dijimos sale a priesa
con su gente, y las balsas que llevaba;
lo que en esta salida le interesa
es el buscar comida que faltaba.
También se procuraba hacer presa
en el falso Terú que allí moraba.
Y oíd lo que sucede un día de Ramos,
que de vista es el cuento que contamos.

Por un pequeño río de boscaje
las balsas y la barca caminaban,
cuando vimos venir un gran salvaje.
La canoa en que viene gobernaban,
al parecer, dos ninfas de buen traje.
En viéndonos a priesa se tornaba,
y desque al Paraná grande llegaron,
en medio de un remanso se pararon.

Allí nos esperaron grande pieza,
y así como la barca hubo llegado,
el salvaje se estira y endereza
y un escudo grandísimo ha embrazado.
Por yelmo un cuero de anta en la cabeza,
el escudo era concha de pescado,
y el bastón que este bárbaro tenía
servir de antena en nave bien podía.

Hablando con soberbia encrudecida,
pregunta por aquel que tiene cargo
del armada, que dice que la vida
le tiene de quitar con fin amargo.
Y dice: «No penséis que fue huida
la mía, por salir aquí a lo largo,
que quise aquí sacaros al anchura
por dar a todos ancha sepultura».

Quería arremeter el can rabioso,
y en esto dos pelotas le tiraron;
la popa nos volvieron sin reposo
las faunas, y espantados nos dejaron,
que con un dulce canto armonioso
a priesa de nosotros se apartaron,
y a muchos el sentido enternecieron,
y en un punto de vista se perdieron.

En esto un bergantín vimos venía,
el cual a Santa Fe ha descendido,
y viendo que Garay bajado había,
en seguimiento suyo había venido,
con socorro el Teniente se le envía
de la Asumpción, que aquesto hubo subido.
Juntose con nosotros el navío
y dimos en un hondo y chico río.

El navío a la boca se ha quedado
con toda la más gente del armada;
el Capitán con veinte dentro ha entrado
en la barca de todo pertrechada;
por tierra los caballos hubo echado,
del gran Terú se busca la morada;
hallose, mas sus indios al estruendo
con mujeres e hijos van huyendo.

Las balsas aquí cargan de comida;
la gente de a caballo va por tierra
siguiendo la victoria conocida
con ánimo y codicia de la guerra.
Abscóndese la gente dolorida,
que el temor del caballo la destierra;
saquea el español allí las casas,
y en un punto vereislas hechas brasas.

El Capitán de aquí presto saliendo
penoso, por no haberle indio parado,
sus balsas y su gente recogiendo,
a Añanguazú acomete, indio afamado.
Los indios son valientes, y al estruendo
salieron con esfuerzo denodado,
y siendo preguntados ¿por qué huyen?,
con la razón del uno así concluyen.

«Dejadnos ya, que estamos temerosos,
y contra vuestras fuerzas no podemos.
Y vosotros, sobrinos animosos»,
a los mancebos dicen, «¿qué os hacemos?
Mirad que a nuestros hijos amorosos
criar ni sustentar ya no podemos,
pues carga de mujeres tan penosa
no espera a vuestra diestra poderosa».

Diciendo aquesto, estaban muy metidos
en un atolladar y gran pantano.
Garay no permitió fuesen heridos,
que más de uno probar quiso la mano.
Causaban gran dolor los doloridos,
que mujeres e hijos por el llano
sin orden, a gran priesa, iban huyendo,
so tierra lo que tienen abscondiendo.

De aquí el río abajo navegando,
el armada se sale a remo y vela.
Un temporal se viene levantando
que las yerbas del campo arranca y vuela.
Del isla grande priesa me están dando,
que parece la gente se recela.
Pues vamos allá agora, que esta armada
aquí queda segura rancheada.

El isla parecía que se hundía,
y el Cielo que venía de caída;
el sudoeste, viento que corría
con una fuerza grande desmedida,
los árboles y piedras conmovía
por do la gente andaba dolorida,
porque tanto ruido levantaba
el viento, que al infierno figuraba.

De dos naves que había del armada,
no quiere perdonar esta tormenta
a alguna; que a la zabra que cargada
está de la comida, la revienta
y la abre por cien partes, mas varada
aquésta fue en el isla; la otra avienta
a tierra firme, y tan metida queda,
que dudo en algún tiempo salir pueda.

Pues dime, Juan Ortiz: ¡No te conmueve
el ver aquestos trances peligrosos!
¡Oh duro corazón!, a quien no mueve,
el temor de los fines sospechosos.
No vemos ser prudente el que se atreve
a perder lo ganado en los dudosos
y peligrosos casos; lo más cierto
es ir siempre a buscar seguro puerto.

A nuestra armada vuelvo, que metida
quedaba en un juncal y una ensenada,
la cual halló segura su guarida.
Y el bergantín, tomando una enconada,
del otra banda está, que de caída
allí por se abrigar hizo parada,
a do con Cherandíes ha tratado,
y el tiempo que allí estuvo, rescatado.

Garay con los Beguaes de otra banda
muy gran trato y rescates ha tenido.
A Caytuá, Cacique, dice y manda
(pues para aqueste fin ha descendido)
que diga a los Beguaes, como él anda
en busca de cristianos, que ha sabido
que tienen muchos ellos en su tierra,
ávidos de rescate, y no de guerra.

Aqueste Caytuá es comarcano
al pueblo Santa Fe, y muy vecino.
Garay le trata bien como a su hermano,
y así con gran contento con él vino.
El Cacique no anduvo paso en vano,
que yendo a los Beguaes de camino,
cuatro cristianos trajo rescatados
por anzuelos y espejos muy quebrados.

De aquí salió Garay; con el navío,
que está de la otra banda, se ha juntado.
Despáchale a la isla por el río
que dicen de las Palmas afamado.
No va de bastimentos tan vacío,
que al fin le han de decir: «Bien seáis venido»,
que están como los pollos ya piando,
y sólo por comida suspirando.

El armada se va por un estero
que llaman de Beguaes, que no lleva
la fuerza y la corriente del primero,
a quien él va a buscar a que le beba;
y tanto va sin él a cual postrero,
que en más de veinte leguas no le prueba;
al cabo, porque en breve yo me sume,
aquéste el Paraná se le consume.

Yendo por este estero navegando
diez días, que los tiempos no ayudaban,
por tierra los soldados van cazando,
que muy poco las balsas caminaban.
De noche están con liñas esperando,
pescando de los peces que picaban;
aquí pica el patí, allí el armado,
aquí también el blanco y el dorado.

En una bella noche muy serena,
habiendo el sueño dado ya sus puertas
a los que nuestra cama era el arena,
estando centinelas muy alertas,
con grande dulcedumbre una sirena
comenzó de cantar; y cierto, ciertas
y humanas parecían sus canciones,
bastantes a mover mil corazones.

Es tan ameno y bello este paraje,
que las hijas de Pierio bien podrían
dejar de Tracia el monte y su boscaje,
que aquí más soledad cierto tendrían.
Y aquellos que siguiesen su lenguaje
en breve de sus ciencias más sabrían,
y en metro y dulce verso el casto coro
al mundo descubriera su tesoro.

Aquí la gran maldad la Filomena
lamenta de Teseo, su cuñado,
con su lengua arpada bien resuena,
y con canto suave y agraciado
publica a todo el mundo su gran pena,
y dice: «Pues la lengua me has cortado,
aquesta gran maldad, cruda tirana,
labrando contaré toda a mi hermana».

Aquí la sacra fuente cabalina
sus cristalinas aguas vierte y riega.
Aquí la gran Minerva a la contina
sus tesoros reparte y los entrega
a todos con largueza muy benina.
Y aquí muy de ordinario en esta vega
la bella y casta diosa se pasea,
y con sus compañeras se recrea.

Mas al isla conviene dar la vuelta
dejando aquesta armada en este punto.
Pasada la tormenta y revuelta,
según dijimos ya en breve trasunto,
el bergantín que fuera a vela suelta,
llegando toma puerto luego junto,
y dando de nosotros nueva cierta,
la cosa de esta suerte se concierta.

En busca de Garay luego volvieron
aqueste bergantín y Melgarejo,
y aquellos que al presente adolecieron
llevaron, y mujeres, y es consejo
que allá en el Uruguay (adonde fueron)
se pueble, donde hubiere el aparejo,
que para los navíos está cierto
que muy cerca hallará seguro puerto.

Llegados a la punta de este río,
quedose el bergantín grande esperando;
el otro atravesó, que va vacío.
Garay en esto viene navegando.
En breve se encontró con el navío,
que estaba en una vuelta ya esperando;
la noche se apresura, el viejo Apolo
nos huye, y viene airado el grande Eolo.

En un punto veréis que se levanta
un ser tan riguroso, que atormenta
con su grave furor cualquiera planta,
y fuera del lugar propio la ablenta.
El armada se afierra bien y planta,
el bergantín del lado no se absenta,
con cabos, guindaletas amarrados,
están todos del viento contrastados.

El otro que esperando había quedado
cargado de mujeres, como vido
el cielo todo andar alborotado,
camina el río arriba, y ha tenido
ventura en se mudar, que haber tardado
la carga hubiera toda sumergido.
Mas no pudiera ser, que en el armada
jamás vide mujer ser mal parada.

En tanto que venía el sur bravoso,
huyendo con presteza su fiereza,
el capitán Rui Díaz valeroso
caminaba el río arriba sin pereza.
Lloraban las mujeres sin reposo,
pensando ya fenece su belleza,
y que ha de ser a peces entregada,
y en vida so las aguas sepultada.

Garay en una isla empantanada,
que dicen por renombre de la Espera,
tenía ya su gente rancheada;
del bergantín no sale gente fuera.
La enojosa tormenta, pues, pasada,
al punto que la noche se viniera,
las balsas desamparan este puesto,
y oíd lo que sucede, pues, de aquesto.

Desta isla do digo que salieron
las balsas, se atraviesa la corriente
del río que Uruguay indios pusieron
por nombre; tierra firme está de frente,
las balsas allá van, mas no pudieron
las olas contrastar, que no consiente
la fuerza del canal remo ni pala,
que todo lo abandona y lo desvala.

El sur se ha levantado en este punto,
y hace que el canal ande alterado,
el corriente con fuerza viene junto,
y el sur lo que corre en contra ha hinchado,
¡ay Dios!, que en este punto yo barrunto
que el día de mi fin es ya llegado.
La barca se nos iba trastornando,
las balsas todas siete trabucando.

Al día del postrer juicio figuraba
aquel naufragio nuestro doloroso.
Cual indio de la balsa se arrojaba
por ir nadando a tierra codicioso;
cual vuelve do la balsa se anegaba
en busca del Señor que está lloroso.
Las indias dicen todas que llamemos
a nuestro Dios, pues todos perecemos.

Los caballos ya sueltos van nadando,
y no tienen peligro, si no afierra
el cabo en parte alguna, que colgando
le llevan por el agua hasta tierra.
La barca sale en salvo, y descargando
la ropa y adherentes de la guerra,
en busca de las balsas torna a prisa
a donde todos andan sin camisa.

El que es buen nadador, aunque con miedo,
al agua desnudándose se arroja;
quien no sabe nadar estase quedo,
y en la balsa metido bien se moja.
Mas ya yo de nadar hablar no puedo;
la gente sale a tierra do se aloja,
tendida por la fría y dura arena.
Dejémoslos que entiendan en su cena.

Canto decimoquarto

¿A quién he de llamar que me dé aliento?
O ¿quién podrá acertar que estoy enseñado
a tratar de tristezas y lamento,
y poco de placeres he gustado?
Pues esto de la guerra hago a tiento,
que menos de las armas he probado.
A vos, Señor, favor pido y demando
que vuestra ayuda sola voy buscando.

Dejé, si os acordáis, en la marina,
pasado ya el naufragio, a nuestra gente;
el aurora nos viene ya vecina,
Apolo muestra ya su roja frente;
el bergantín navega a la bolina,
subiendo el río arriba diligente;
el Zapicán ejército marchando
en siete escuadras, viene ya gritando.

El bergantín le vido, mas primero
le habían descubierto tres soldados,
aquéstos dieron arma muy ligero,
los arcabuces fueron bien cargados.
No vide que quería ser postrero
alguno, porque todos aprestados
en un punto salieron muy gozosos
por dar fin al Charrúa codiciosos.

Doce caballos solos se ensillaron,
el Capitán con once compañeros
(que muchas de las sillas se mojaron),
salieron veintidós arcabuceros.
Los bárbaros a vista se llegaron
con orden y aparato de guerreros,
con trompas y bocinas y atambores,
hundiendo todo el campo y rededores.

El Capitán mandó que se emboscasen
los once de a caballo, hasta tanto
que los alegres bárbaros llegasen
a tiro de arcabuz, porque de espanto
de ver a los caballos no tornasen.
Y el Capitán se puso al otro canto
con sus arcabuceros, atendiendo
se fuese el enemigo introduciendo.

Llegado a poco trecho, hacen alto,
el Capitán procura de cebarles
un poco retirándose en un alto
por más a su placer escopetarles.
El bárbaro de seso no está falto,
que entiende ser aquesto asegurarles,
por do hace parar sus escuadrones
y dice con gran grita estas razones.

«Estamos de esperaros ya cansados,
que ha días que tenemos entendido
que sois hombres valientes y esforzados,
agora será el caso conocido.
Salid los más valientes y alentados
riñendo uno con otro este partido.
Salid, que tardar tanto es cobardía,
veremos vuestro esfuerzo y valentía.

»Con sólo matar veinte de vosotros,
pues sois de tanta fama y nombradía,
la vida por bien dada de nosotros
tenemos todos juntos este día.
¿Podéis ser más valientes que los otros,
cuyo valor poco ha que fenecía?
Salid a los vengar, acobardados,
cornudos, mujeriles y apocados».

Más cosas les oí por mis oídos,
que un poco de su lengua ya entendía.
Gritaban, daban voces, alaridos,
con su grita la tierra estremecía.
Cual indio la perneta, cual fingidos
motines y ademanes, cual hacía
que cae en tierra triste y desmayado
y en un punto vereisle levantado.

Llamaban con las mantas que traían
ceñidas a los cuerpos, no cesando
de dar voces, diciendo que querían
ponerse nuevos nombres peleando.
Mas viendo que los nuestros ya salían,
al alto se volvían retirando,
juzgando por mejor un alto cerro,
y el sueño, como dicen, fue del perro.

Saliendo al alto, y siendo traspasado
un poco de pantano que allí estaba,
el Capitán a priesa ha caminado;
los once de a caballo que llevaba
siguieron con esfuerzo denodado;
la trompa con presteza resonaba
en ellos, Santiago, Santiago,
y oíd un bello lance y gran estrago.

Seguíanle los once de tal suerte
que juntos se metieron y mezclaron
en medio el enemigo, dando muerte
a todos cuantos indios encontraron.
Rompieron una escuadra grande y fuerte
en que de setecientos se pasaron;
salieron de otra banda cien flecheros
con ánimo gallardo muy ligeros.

Sobre éstos nuestra gente revolviendo
pelea, y ellos rostro y cara hacen;
los otros al socorro muy corriendo
acuden, mas los nuestros los deshacen.
Volvieron a romperlos, y rompiendo
los mozos sus deseos satisfacen,
que tantos por el suelo van rodando,
cuantos caballo y lanza van tocando.

Aquí veréis el indio atravesado
por medio la garganta, y allí junto
el otro todo el casco barrenado,
saliéndole los sesos luego al punto.
Por medio de los pechos traspasado
estaba Tabobá, y casi difunto,
y tanto de la lanza se aferraba,
que ya perderla Leiva imaginaba.

Allega Menialvo con su espada
y dale un golpe tal que desafierra
la lanza el enemigo, y aun pegada
la lanza con la mano deja en tierra.
El indio ve su mano destroncada
y quiere escabullirse de la guerra,
mas no le dan lugar, que tras su mano
tendido le deja Leiva en el llano.

Y como recobró Leiva su lanza,
habiendo a Tabobá muerto, con priesa
revuelve Abayubá sobre él, y lanza
el mozo un bote tal que le atraviesa
el ombligo, y el indio se abalanza
por la lanza adelante, y hace presa
con el diente en la rienda, de tal suerte
que la corta, y fenece con la muerte.

El viejo Zapicán, que ve tendido
a su sobrino en tierra, bien quisiera
en Leiva se vengar, mas ha acudido
el bravo Menialvo, que le diera
un golpe tan terrible que partido
por medio, por encima la cadera,
en dos partes quedó; fue cuchillada
de brazo poderoso y fuerte espada.

Añagualpo, que estaba muy pujante,
en suerte le ha cabido a Vizcaíno.
El bravo indio se puso de delante
con pica que parece un grande pino.
El mozo le encontró luego al instante
con su lanza, y aun hizo tal camino
por medio de los pechos de aquel perro,
que la espalda pasó su fino hierro.

Su lanza sacó tal y tan bermeja,
que el hierro pura sangre parecía.
Dos pasos de este puesto no se aleja,
cuando un indio de fama le seguía.
A esperarle el mancebo se apareja,
que es indio muy gallardo y de valía,
al mozo ha acometido Yandinoca,
y él métele su lanza por la boca.

Arévalo gallardo va hiriendo
la gente que jamás fue conquistada,
el hierro de su lanza va tiñendo
en sangre con los sesos misturada.
Con fuerza va Aguilera descubriendo
aquí, y acá y allá de una lanzada;
al indio deja tal, que parecía
que el indio so la tierra se hundía.

El buen Mateo Gil, soldado viejo,
con esfuerzo y valor de Trujillano,
nacido en el lugar de Jaraicejo,
andaba por el campo muy lozano.
Parécele que mata algún conejo,
matando algún soldado zapicano,
y así tan gran estrago va haciendo
que las yerbas del campo va tiñendo.

Hernán Ruiz pelea sin pereza,
de Córdoba heredando la osadía,
acá y allá acude con destreza,
con ánimo y esfuerzo y valentía.
Un indio le encontró con gran fiereza,
y quitarle la lanza pretendía;
Camelo le ayudó, perdió la vida
el indio, con la mano bien asida.

Con gran fuerza por medio Magaluna
de cinco o seis soldados se metía;
al encuentro le sale Juan de Osuna
con su espada, que lanza no traía.
Al mozo favorece la fortuna,
que el indio con su pica tal venía,
que si el caballo un brinco no pegara,
por medio de los pechos le pasara.

La pica suelta el indio muy corrido,
y al pecho del caballo se ase y garra.
El mozo, que lo vido tan asido,
la daga de la cinta desamarra,
con ella fuertemente le ha herido,
y tanto las entrañas le desgarra
que Magaluna altivo, bravo y fuerte,
cayó en tierra herido de la muerte.

Tiene el campo Juan Sánchez ya poblado
de zapicanos muertos con su espada.
Un indio le acomete señalado
con una espada inserta y enastada.
Un bote le tiró por un costado,
y el mozo le responde de estocada,
y aciértale por medio de la frente,
y da con él en tierra de repente.

Rasquín piensa ya hoy hacer remate
del ejército todo zapicano.
Mas veis otro que viene en el combate
que quiere en general probar la mano,
de encuentro, de revés, da jaque y mate
al indio sin dejarle un hueso sano,
con la fuerza que pone en su caballo
el fuerte y animoso Caraballo.

Fortuna, si quisieres estar queda,
cuán presto el Charruaha se acabaría.
Si el capitán Garay viera tu rueda,
bien con su lanza audaz la clavaría.
En un cerro una escuadra estaba queda
de indios, a la mira qué haría.
El Capitán por ellos va rompiendo,
y en él todos a puja rebatiendo.

Rompiolos, y al romperlos fue herido.
Miráronle los indios si caía,
y viendo como en tierra no ha caído,
sin orden cada cual allí huía.
El Capitán tras ellos ha corrido,
en esto su caballo se tendía
y muerto feneciose la pelea,
de que el indio no poco se recrea.

Acuden los soldados como vieron
caer su Capitán con el caballo;
de presto en otro al punto lo pusieron,
procuran al real luego llevallo.
Los bárbaros al punto se huyeron,
la tropa a recoger toca, dejallo
conviene al enemigo. En estos cuentos
murieron, según vi, más de doscientos.

Recógese la gente muy gozosa
de ver quedar el campo muy poblado
de la soberbia sangre belicosa
del indio, en estas partes señalado.
Era cierto esta gente muy famosa,
su fuerza y su valor tan estimado,
que toda la provincia la temía
y muy grande respeto le tenía.

El Capitán, que a todos gobernaba,
fortísimo y valiente era en la guerra;
por aquesta razón le respetaba
sin su gente gran parte de la tierra.
Y aunque él en estos llanos habitaba,
tenía alguna gente allí en la sierra,
los cuales a su tiempo le servían
y a su mano y dicción siempre acudían.

Con ésta estaba el perro tan pujante,
que a todo el mundo junto no temía,
juzgándose a sí solo por bastante
contra la tierra toda y monarquía.
El nombre de cristiano y lo restante
pensaba de acabar sólo en un día,
y no le faltaba ayuda de paganos
que vienen de los pueblos más cercanos.

En tanto que nosotros celebramos
el triunfo de victoria muy gozosos,
y aquel siguiente día reposamos,
los indios despoblando temerosos
la tierra adentro huyen. Después vamos
en busca de Rui Díaz muy gozosos,
que huyendo del tiempo adverso y duro,
tomó en San Salvador puerto seguro.

Adonde en su ribera deleitosa,
de todos los desastres olvidados,
nos tuvimos por gente muy dichosa
en vernos ya de asiento allí poblados,
con gozo celebrando la famosa
victoria de mancebos esforzados
contra el soberbio indio belicoso,
y en todo el Argentino más famoso.

A priesa cada cual hace morada,
que de maderos hay gran aparejo,
y teniendo su carga descargada,
por Juan Ortiz se parte Melgarejo.
No siento le da pena la tornada,
que aunque es el capitán ya cano y viejo,
a trabajos está tan avezado
que no se halla bien si está parado.

Aquí, pues, los dejemos, descansando
los unos y los otros muy gozosos,
El tiempo en regocijos empleando
por los campos y prados deleitosos.
A Juan Ortiz volvamos, que penando
está con sus soldados lastimosos.
Al que quisiere ser bien informado,
serale en otro canto relatado.

Canto decimoquinto

De aquello que una vez se hubo estrenado,
el vaso nuevo guarda, como vemos,
el gusto y el olor; lo que es usado
por largo tiempo, en hábito tenemos,
y tanto en natural se ha transformado,
que siempre con lo tal bien nos habemos;
y así dejar costumbre muy usada
es cosa muy difícil y acabada.

Oí, cierto, una cosa muy galana
de un hombre cuartanario, que decía,
teniendo ya salud entera y sana,
que sin gusto y contento ya vivía;
estaba ya tan hecho a su cuartana,
que por falta su absencia la tenía.
Mirad qué es la costumbre, y de qué suerte,
que dicen que mudarla es par de muerte.

Estoy ya tan cursado en esta historia
en males infortunios y descuentos,
que aquello que tuviera otro por gloria,
tratar del enemigo y sus lamentos,
no daba tanto gusto a mi memoria;
y así me parecía los acentos
faltaban por tratar yo de alegría,
por do vuelvo a cantar como solía.

La gente desdichada zaratina
de la esperanza estaba muy colgada;
el que esperando está siempre imagina
la cosa que le está más apropiada;
y cuando ve mudanza repentina,
tras ella su memoria va guiada,
que el ánimo dudoso tiene aquesto,
que acá y allá se muda muy de presto.

Estaban congojosos, esperando
que vuelvan los navíos al concierto,
ya viene Melgarejo navegando,
dejando la más gente allá en el puerto.
El buen Capitán entra pregonando
que el perro Zapicán quedaba muerto,
y que iba ya huyendo de corrida
su ejército y su gente de vencida.

Con placer le reciben de alegría,
y todos con la nueva se alegraron,
el roto campo y gente, artillería,
en la zabra y bajeles embarcaron.
La zabra el Uruguay entrado había,
el cual los pilotos no acertaron;
ni basta izar trinquete, ni el antena,
que fuertemente encalla en el arena.


Los bergantines suben prestamente
a descargar el hato que llevaban,
el Guaraní acudiera diligente
a ver que los cristianos esperaban.
Recibidos de paz, y prestamente
los indios a su casa se tornaban,
y en breve a dos cristianos han traído,
y que otros dos traerán han prometido.


Venidos los bajeles y buen viento,
la zabra desencalla del bajío
sin recibir de aquesto algún tormento,
que piedras por aquí no tiene el río.
Al puerto se llegó con gran contento,
a donde el Guaraní volvió con pío
de haber de los rescates castellanos,
y trajo por rescate dos cristianos.

El capitán Garay hecha tenía
a Juan Ortiz la casa en que viviese,
y cada cual la suya se hacía,
por tener un rincón do se metiese.
El Juan Ortiz en éste proveía
que de hoy en adelante se dijese
y nombrase Vizcaya el Argentino.
¡Mirad el ambición del vizcaíno!

Después al Paraguay determinaba
que vayan a traer mucha comida.
Al capitán Garay acompañaba
Rui Díaz, que procuran la manida
de Cayú, que en las islas habitaba.
Allá los dos caminan de corrida,
primero con Chanaes encontraron,
y de ellos dos o tres aprisionaron.

De aquí los dos pasaron adelante
en busca de comida; y en el río
que dije Igapopé, do está triunfante
el indio Guaraní, que es un gentío,
como hemos dicho ya, en maña pujante,
sin otra presunción ni desafío,
en los indios asalto dan bravoso
cuando el sol alumbraba luminoso.

Habían estos indios abscondido
sus hijos y mujeres, y pensaban,
en viendo algo seguro su partido,
en nuestra gente dar, y así hablaban
diciendo pocos son; mas fue sabido
el falso que en secreto concertaban,
y así salen huyendo por las vegas,
dejando de maíz muchas hanegas.

Tres casas y buhíos se dejaron
con doscientas hanegas bien colmadas
de maíz, y otras cosas que se hallaron,
y estaban so la tierra sepultadas.
Los soldados las casas les quemaron,
y fueran con los nuestros ya quemadas
de un indio que lo andaba maquinando,
si no estuviera Arévalo velando.

El capitán Garay con sus soldados
camina a la Asumpción con mucha prisa.
El capitán Rui Díaz (bien cargados
los suyos de comida y de la presa,
que fueron cuatro indios señalados,
y entre ellos de Cayú un hijo) atraviesa
a donde está el real, y en breve allega,
y la comida y presa toda entrega.

La nave vizcaína se me aqueja
que de ella no me acuerdo; está plantada
allá en un arenal, a do la deja
Juan Ortiz de gente mal poblada.
Paréceme que queda como oveja
a lobos deshambridos entregada;
de cuando en cuando van a visitarla,
mas la gente se teme de guardarla.

Y no quiero culparles, pues que tiene
cualquiera, acá do estamos, sobresalto,
pensando cada cual que le conviene
rogar a nuestro Dios que de lo alto
envíe su socorro, que si viene
a dar el enemigo algún asalto,
sin duda perecemos, porque vana
la guarda es sin la guarda soberana.

Un caso contaré, que manifiesta
en su tanto y manera esta sentencia,
de cómo humana guarda poco presta
si está en contra divina Providencia.
Sucede a media noche una molesta
y triste desventura, diligencia
no basta a le impedir, porque la casa
de Juan Ortiz se torna hecha brasa.

Al punto que la gente reposaba,
un fuego se emprendió; el Adelantado,
según pareció ser, despierto estaba,
a prisa sin parar se ha levantado.
El viento al fuego fuerza acrecentaba,
la casa y cuanto tiene se ha abrasado,
que mientras más va, el fuego más se atiza,
y vuelve todo en polvo y en ceniza.

¡Eterno Dios!, que azotas y castigas
los hombres por razones exquisitas,
¡qué de tormentas, hambre, sed, fatigas,
trabajos, guerras, cosas infinitas
he visto! Y sé Señor, que más obligas
aquel a quien castigas, y lo incitas
a que ande entero siempre en tu servicio,
mas no conoce el malo el beneficio.

Metiose Juan Ortiz en su navío,
adonde su hacienda está guardada;
no cura de hacer ya más buhío,
que la zabra la tiene por morada.
La guarda se le hace junto al río,
la gente por el campo está poblada
en sus chozas de paja, sin abrigo,
con no poco temor del enemigo.

Al arma un día se toca, alborotados
a todos los veréis, porque asomaban
el piloto mayor y los soldados,
que la nave sin guarda la dejaban.
A todos los veréis amedrentados,
las damas y doncellas lamentaban,
los hombres desmayados, suspirando
andaban por la plaza divagando.

Llegó, pues, esta gente que guardaba
la nave vizcaína, y en llegando
al piloto unos grillos luego echaba
el Juan Ortiz, la cosa exagerando.
El preso su venida disculpaba,
el miedo por excusa presentando,
diciendo que en la nave a la ventura
estaba, y beneficio de natura.

Aquel Cayú que dije, que huyendo
salió con los demás, y que dejara
captivo el hijo, vuelve ya corriendo,
el río Uruguay atravesara.
Algunos de los suyos le siguiendo
a Juan Ortiz pescados presentara,
con lágrimas y ruegos significa
lo que con alma y vida le suplica.

Que en rescate del hijo una graciosa
mozuela tome pide, así pensando
cumplir su voluntad tan deseosa,
su rostro y hermosura exagerando.
Y dícele la tome por esposa,
y mientras él está aquesto tratando,
el Juan Ortiz la moza recibía,
y al indio sin su hijo en paz envía.

En este tiempo, ¡oh cosa lastimera!,
flecharon al dichoso Chavarría.
Aquéste a los Chanaes les cupiera,
al tiempo que la presa se partía.
Ordenado de grados supe que era,
versado en natural filosofía,
discreto, sabio y muy caritativo,
de mucha habilidad y seso vivo.

Es justo déste quede gran memoria,
que su fin lo merece lastimoso,
y pues llevó la palma de victoria,
gozoso le nombremos y dichoso.
Yo espero nuestro Dios le dio la gloria,
que yo le conocí por virtuoso,
y oídme aquesta grande maravilla,
que más me mueve a envidia que a mancilla.

Sacáronle los indios del poblado
en un pantano grande anegadizo,
y en un palo le ponen amarrado,
y flechas dan en él como granizo.
Quedó en breve tiempo tan cuajado
cual vemos el pellejo del erizo
de sus agudas puas, tal estaba,
y con esfuerzo grande así hablaba.

«Eterno Dios, el alma te encomiendo,
que el cuerpo miserable que padece
(aunque está este tormento padeciendo),
mayor por mis pecados él merece».
Estando estas palabras él diciendo,
el bárbaro cruel más se embravece,
y Chavarría en Cristo contemplando
el Miserere mei está cantando.

Cual suelen cazadores por el soto
con perros y sabuesos vocería
alzar, así hiriendo a este devoto
el crudo barbarismo lo hacía.
Estaba ya su cuerpo todo roto,
la sangre hilo a hilo dél corría,
mas él no deja el canto de consuelo,
que espera de tener paga en el cielo.

Y oíd, mi buen Señor, aquí otra cosa
que tiene en confusión a estos paganos
por ser a vista de ojos espantosa,
según lo refirieron tres cristianos.
Captiva uno esta gente perniciosa,
y sácanle los ojos, pies y manos
le cortan con malvada y gran fiereza,
y dicen que está vivo. ¡Qué grandeza!

Juan Gago este cautivo se decía;
de Guadalupe mozo virtuoso,
en Logrosán, mi patria, me servía
al tiempo que dejara yo el reposo.
A la Virgen purísima María
de Guadalupe dice este dichoso:
«En este punto sed vos mi abogada»,
y acude a su costumbre tan usada.

Dios sabe cuánto yo lo he procurado
sacar de cautiverio por mil vías,
y el trabajo y las hambres que he pasado
andando tras los indios muchos días.
En muy grandes trabajos me he arrojado
por mi propia persona, y con espías,
y nunca he sido en ello de provecho.
Acaso Dios hará con él su hecho.

Juan Barros de los indios fue cautivo,
en tiempo de don Pedro, en los Beguaes.
Mataron otros, mas aquéste vivo
criaron, que era niño, y a Chanaes
le venden (aqueste hombre de que escribo
algún tiempo traté). Chiriguanaes
le cautivan, y tiempo mucho estuvo
entre ellos, y mujer e hijos tuvo.

Aqueste Juan de Barros cierto vide
que hizo gran provecho a los cristianos,
que Dios todas sus cosas siempre mide
con divinos secretos soberanos.
No sabe el triste hombre lo que pide,
lo más cierto es dejárselo en sus manos;
esta consideración en verdad hago
en el negocio siempre de Juan Gago.

Estaban, sin los dichos, más cautivos
que asimismo mataron estos perros,
empalando y flechándolos aún vivos,
y también desgarrándolos con hierros,
y por mostrarse crudos y nocivos
en vida a muchos meten en entierros,
a do mueren de hambre, cruda, perra,
y vivos sepultados so la tierra.

Aquí quiero no quede por olvido
un caso que me viene a la memoria.
Del grande Patriarca enriquecido
de bienes duraderos en la gloria,
seráfico Francisco ha merecido
un hijo suyo palma de victoria,
en tiempo de don Pedro le mataron,
y el caso de esta suerte me contaron.

Estando este bendito religioso
hincado de rodillas en el suelo
con grande devoción, el envidioso
Agaz, tirano indio, sin recelo
le flecha, mas al punto un luminoso
nublado descender se ve del cielo,
y en él subir a todos parecía
una doncella, bella en demasía.

Los indios con aquesto se espantaron,
de suerte que a él con otros compañeros
que habían muerto a todos enterraron,
llorando porque fueron carniceros
de aquel bendito fraile que mataron.
Y están en su temor hoy tan enteros
los descendientes de ellos, que recelo
tienen que les venga fuego del Cielo.

A nuestra historia, pues, dando la vuelta,
Cayú de su hijuelo deseoso
tras el Garay se fue, que a vela suelta
el río arriba iba sin reposo.
Y cuenta cómo al hijo no le suelta
el Juan Ortiz, y pídele lloroso
que le escriba una carta, en que le ruegue
que su querido hijo se le entregue.

Es Yamandú en aquesto el trujamante,
que es primo del Cayú; muy confiado
está, porque poniéndose delante
de nuestro Juan Ortiz, Adelantado,
hará con su saber y buen semblante
que quede Juan Ortiz bien engañado.
Mas uno piensa el bayo (allá en Castilla
se dice) y otro es el que le ensilla.

Con prisa Cayú vuelve en compañía
del falso Yamandú, que confiaba
que muy presto al sobrino llevaría,
que Garay en sus cartas lo rogaba.
Con ánimo gallardo y alegría
al Capitán el preso demandaba;
la gente dice toda, pues tenemos
el pájaro en la mano, ¿qué hacemos?

No quiero referir las opiniones,
juicios y pareceres diferentes
que había en el real, y locuciones,
coloquios y corrillos entre gentes;
todos daban sus causas y razones,
al parecer de muchos suficientes;
de Yamandú se trata, si conviene
se prenda, o que se vuelva como viene.

El Yamandú, como hombre cauteloso,
procurando librar a su sobrino,
mostrose muy alegre y muy gozoso,
y dice a Cayú vuelva su camino,
porque él está ya ha días deseoso
de estar entre cristianos, y así vino
con fin de bautizarse y ser cristiano;
y de esta suerte habla al primo-hermano.

«Cayú, bien ves cual quedo entre cristianos,
y tu hijo también. Ten buena cuenta
que guardes de malicia bien tus manos,
y cosa contra aquesto no se sienta.
Que tratas con los indios zapicanos,
ni Guaraní por pienso en tal consienta,
que al punto que haya tal, entrambas vidas,
de tu hijo y de mí, serán cumplidas.

»Yo quedo con contento y alegría,
así se lo decid a mis parientes.
Mirad que mucho ha que yo os decía
que habían de venir de lejos gentes.
Dejados de esa vana fantasía,
mirad que no podéis ser tan valientes
que deis cabo de tantos. Sed ya buenos,
poned a vuestras almas duros frenos».

Con esto y otras cosas que hablaba,
el falso Yamandú disimulando
su pretensión fingida procuraba,
diciendo desear ser bautizado.
Y tanto esta ficción suya duraba,
cuanto de la Asumpción se hubo llegado,
como diré después, que agora siento
en Santa Cruz un mal levantamiento.

Tratemos dél agora, que sucede
en tanto que lo pasa el zaratino
muy mal, y yo aseguro que bien puede
ponerse el de Toledo ya en camino,
si no quiere ser causa de que ruede
don Diego con su gente al Argentino,
y con su rueda dé tal estampida
que el Perú venga todo de caída.

Canto decimosexto

Con su saber astuto y cauteloso,
sintiendo la pujanza que Adán lleva,
y viéndose no ser tan poderoso
que pueda entrar con él en lucha y prueba,
en el jardín de vida deleitoso
Satán tomó por medio nuestra Eva,
que vencerle sabía no pudiera
si solo la batalla acometiera.

Contra el hombre quedó Satán tan diestro
que si vencerle quiere con pujanza,
como viejo, sagaz y gran maestro,
en una mujer pone confianza;
y el caso que no puede muy siniestro,
por medio de mujer puede y alcanza,
de modo que de diez partes de males
los nueve con mujer causa cabales.

Cuán claro aquesto vemos en el cuento
del pobre de don Diego y de Zurita,
pues sólo por poner mujer asiento
en el iglesia, y que otro se lo quita,
se comenzó tan gran levantamiento
que al reino del Perú plata infinita
le cuesta, y aun buen triunfo le costara
si el de Toledo no lo remediara.

Las mujeres de aquestos dos trabadas
comienzan de sembrar tan gran cizaña
que, yendo ya las cosas mal guiadas,
se fragua en poco tiempo gran maraña.
El Zurita tenía desganadas
las gentes, y a don Diego el diablo engaña.
Al Zurita que manda allí prendía,
y al Audiencia Real preso le envía.

Un Diego Gómez, hombre marinero,
con su pretensión mala le traía
al pobre de don Diego al retortero;
el Cabildo en aquesto le elegía
en el lugar que estaba de primero
Zurita, que a los Charcas ido había.
Pues veis Gobernador don Diego alzado,
y el propio del gobierno despojado.

Don Diego a los alcaldes prende luego
con otros que condenan su designo,
y viendo alborotado andar el juego,
los Salazares salen de camino.
La nueva al Perú vuela como fuego,
y el don Diego con grande desatino
mató a los Salazares, procurando
quedarse para siempre gobernando.

Don Francisco, virrey de tanta fama,
y en servicio del Rey muy estimado,
sabido este negocio, echa derrama,
y en breve grande ejército ha juntado.
A gente de valor y suerte llama,
y el hecho con presteza concertado;
la cordillera se entra muy pujante
echando un caballero de delante.

Aquéste es don Gabriel, que de su tierra
y sangre hereda esfuerzo placentino.
A Santa Cruz le envía de la Sierra
con gente de la suerte que convino,
a que rompa por paces o por guerra
del triste de don Diego su destino.
Después, dando la vuelta, que pretenda
en Ibitupuá ganar hacienda.

Don Francisco se va por otra parte,
por Presidente queda el de quiñones.
Aqueste caballero con gran arte
el Audiencia regía y escuadrones,
temiendo de su industria el fiero Marte,
de su sagacidad y discreciones,
que tanto era el ardid que allí mostraba
que en la guerra las letras encumbraba.

A don Diego la nueva llega en esto
que de parte del Rey se hace gente,
de Santa Cruz se sale muy de presto
a las horcas de Chaves diligente.
En llegando despacha muy de presto
en casa Ibitupuá, indio valiente,
diciéndoles se junten mano armada
y no den al Virrey paso ni entrada.

Que si el Virrey se le entra por la tierra,
que vivirá en eterna servidumbre;
que habrá de conquistar toda la sierra
sin dejar lo más alto de la cumbre;
que ahora podrá bien darle la guerra
para librarse de esta pesadumbre;
que perfecta prudencia es y cordura
gozar en la ocasión la coyuntura.

El indio le responde que guardase
su tierra, y que jamás no pretendiese
que en cosa con los suyos le ayudase,
que allá don Diego solo se lo hubiese.
Que no tiene temor que nadie entrase
en su tierra, por fuerza que trajese,
que de ánimos constantes tiene un muro,
y fuerza, con que vive muy seguro.

Ibitupuá, o viento levantado,
aqueste indio se llama; es de gran brío,
magnánimo, valiente y esforzado,
de muy grande valor y señorío.
En grande rectitud tiene su estado
sujeto por su esfuerzo y poderío.
En toda la comarca es muy temido,
y muchos favorecen su partido.

Entre los suyos hizo llamamiento,
y desque a todos juntos los tenía,
les hizo un concertado parlamento,
diciéndoles el fin que pretendía.
«Aquesta tierra», dice, «es nuestro asiento,
a nadie de derecho otro venía.
Por tanto el nuestro propio defendamos
y la vida por él todos pongamos.

»Yo he puesto diligencia en mis agüeros,
y hallo buen presagio en cuanto veo,
y espero que saldrán bien verdaderos,
cortados a medida del deseo.
Y veros tan valientes y guerreros
cual sé lo sois, y siempre yo lo veo,
me pone nuevas fuerzas y me anima
a conquistar los Charcas, Cuzco y Lima.

»Noticia tengo ya de cómo viene
el soberbio cristiano, mano armada.
En las horcas de Chaves se detiene
don Diego con su gente levantada.
De todos el resguardo nos conviene
y guardar nuestra tierra libertada,
que si cualquiera de ellos nos venciere,
de nosotros hará lo que quisiere».

Bebiendo de la chicha y del brebaje,
que había para ello el aparejo,
celebrado con grita y con coraje
de todos fue el acuerdo y el consejo.
En medio de la junta, de buen traje
un indio se levanta, cano, viejo,
con manta que parece fina grana,
y en el brazo de plata una chipana.

Aquéste con muy grande reverencia
al gran Cacique dijo convenía
despachase con mucha diligencia
a Condurillo. Izoca: «Más valdría»,
responde muy soberbio, «sin paciencia
matar toda la sangre vieja y fría,
pues quita a los osados corazones
la causa de venganza y ocasiones».

El viejo Tabobá con pecho fiero
a Izoca respondió: «Mal has hablado,
contino la tuviste ser parlero,
sin seso, sin vergüenza, deslenguado.
A ti junto con otro compañero
haré entender quién soy en estacado».
Izoca acude al arco que traía,
de presto Ibitupuá los despartía.

Las tazas andan tales y los mates,
que el acuerdo se vuelve en vocería;
allí se disputaban mil debates,
y cada cual su caso difería.
Con borradas razones y dislates
el uno al otro dice vencería,
aunque traiga consigo por ayuda
la isla Jamaica y la Bermuda.

Una india que las tazas ministraba,
muy vieja lagañosa y colmilluda,
a todos los mancebos animaba
con su lengua mordaz y tartamuda.
Entre otras muchas cosas que hablaba,
aquesta razón dice la barbuda:
«En medio el Paraguay y Perú estamos,
aquéstos y los otros resistamos».

Gran grita y alarido levantaron
los indios en le oír estas razones.
El dicho con aplauso celebraron,
cesaron diferentes opiniones.
El consejo con gozo consumaron
conformes en el alma y corazones,
sujetándose al dicho de la vieja
y así cada cual dellos se apareja.

El nuestro Paniagua placentino
con gente muy lustrosa y muy lucida,
con ánimo de fuerte paladino,
comenzó, como dije, su partida.
Y tan pujante fue, que de camino
la tierra a su dicción quedó rendida.
Don Diego de esperarle ya cansado,
a Santa Cruz enfermo se ha tornado.

De manos y de pies Dios le ha tullido
que es lástima de ver al caballero,
que aun obras naturales no ha podido
sin ayuda hacer de otro tercero.
A Santa Cruz de vuelta ya venido,
de don Gabriel le viene un mensajero
con cartas del Virrey, y prometidas
del propio y Gómez y Ávila las vidas.

Llegando don Gabriel a aqueste puesto
que las horcas de Chaves es llamado,
halló cómo don Diego con el resto
de su gente ya había caminado.
Las cartas despachando muy de presto,
con los suyos se queda allí alojado,
que adelante pasar no se podía,
que la tierra de aguas se cubría.

A Santa Cruz las cartas llegan breve;
el Ávila ha ayudado en esta parte,
causando que se haga lo que debe
hacerse, aunque siguiera el estandarte
contrario; mas agora no se atreve,
por ver del de Toledo la grande arte,
y que el don Diego está sin pies y manos,
y aquellos que le siguen son tiranos.

El orden que se dio, que desistiese
del mando y del gobierno que tenía,
y el Cabildo y Consejo se lo diese,
que aquéstos dicen todos convenía.
El Gómez, que fue causa que hiciese
don Diego la cantada demasía,
y fuera al parecer su grande amigo,
en viéndole sin mando, fue enemigo.

Desiste, pues, don Diego de su manda,
y deja que el Cabildo gobernase,
por aquesta manera procurando
que el Virrey su delito perdonase.
Algunos de su parte y de su bando
le dicen al Virrey se presentase,
que en ver su poca culpa y su inocencia
sin duda que usaría de clemencia.

El Cabildo enviar procura luego
a don Gabriel la nueva de este hecho.
Salgado sale ya sin grande ruego,
mas no sin gran doblez de inicuo pecho.
De Santa Cruz, saliendo como fuego,
a las horcas de Chaves va derecho;
veinte mancebos lleva arcabuceros,
y más cincuenta infantes muy guerreros.

Don Diego del negocio ya arrepiso,
pensando de volver el juego en maña,
a Salgado le ha dado por aviso
que mate a don Gabriel con su compaña.
El indio Chiriguana nunca quiso
venir en el concierto y la maraña,
que si el indio en el concierto consintiera,
don Gabriel con su gente pereciera.

El hecho de esta suerte se guiaba,
que llegado Salgado con su gente
a donde don Gabriel y el campo estaba,
sería recibido alegremente
por el socorro y nuevas que llevaba.
Y que después, un día de repente
marchando con los suyos el Salgado,
revuelva sobre el campo descuidado.

Con sus arcabuceros de delante
había de ir Salgado y sus flecheros,
Paniagua tras él con el restante
en dos tercios, y que él con los primeros
resolviose a traición, con tal semblante
que pensasen ser indios los postreros.
Hicieran desta suerte todos alto,
y así Salgado diera un crudo asalto.

Llegando, pues, Salgado donde estaban
Paniagua y los suyos alojados,
de todos con la nueva se holgaban
por ver ir los negocios bien guiados,
y con esto de presto se aprestaban
para dar en los indios no domados
de Ibitupuá, digo, el valeroso,
valiente, astuto, sabio y belicoso.

Salgado se ofreció que con su gente
irá en la delantera de contino;
recíbese su oferta alegremente,
que don Gabriel no sabe su destino.
Mas el malvado piensa prestamente
en efecto poner su desatino,
y así para efectuar el crudo hecho
descubre con los suyos su mal pecho.

Al tiempo, pues, que ya lo concertaba
de dar en don Gabriel que va marchando,
el indio guaraní lo revelaba,
que con Salgado iba caminando.
Y aunque el Salgado bien se lo rogaba,
no quiere el guaraní seguir su bando,
que dice que de andar está cansado
tras don Diego, que siempre le ha burlado.

A don Gabriel el caso refiriendo
el guaraní con pecho y osadía,
y toda la maraña descubriendo
que trabada Salgado ya tenía,
al tiempo que la iba mal tejiendo,
el hilo conocido descubría
el triste de Salgado, de tal suerte
que vino a fenecerse con la muerte.

Colgole don Gabriel y prestamente
despacha a Santa Cruz de aquel paraje
los indios Guaraníes y la gente
que dije que vinieron, y un mensaje
a don Diego le envía diligente,
la palabra le dando y homenaje
que venga, que al Virrey hará servicio,
y que él le será en todo muy propicio.

Don Diego en esto y Ávila pensando,
que en su negocio hacen mucho hecho,
a los Charcas caminan, procurando
llevar siempre camino muy derecho.
A don Diego el temor le va acusando,
aunque Ávila le pone alegre pecho;
las aguas con gran fuerza le apuntaban
y volverse por esto procuraban.

Sabiendo en Santa Cruz cómo querían
volverse, porque el Gómez lo ha tratado,
diciendo que las aguas ya venían
y no estaba el camino aparejado,
a Diego Gómez presto le prendían
y al Audiencia le envían a recado.
Don Diego no desiste del camino,
que tullido y enfermo a Mizque vino.

Ibitupuá, que estaba muy pujante,
espera a don Gabriel con pecho fiero.
No viene el Placentino muy triunfante,
que le quita la fuerza el mal tempero.
Las aguas también mira de delante,
y el importuno tiempo venidero,
y viendo cómo todo le adversaba,
batalla solamente presentaba.

Y aunque nunca romper ha procurado,
con todo, el enemigo se mostrando
tan fuerte que a los nuestros ha apretado,
y del todo a romper les obligando,
algunos rompimientos ha formado
en que lo más seguro se llevando
el español, el bárbaro moría
cantando la victoria que perdía.

Al fin, porque convino así hacerlo,
retíranse los nuestros, que imposible
al bárbaro será en breve vencerlo,
que habita en una tierra muy terrible.
Lo que es más principal para cogerlo,
y es cosa hacedera y muy posible,
prenderles las mujeres, que prendidas
darán en trueco dellas dos mil vidas.

Es cosa de notar de aquesta gente
en cómo a su mujer ama el marido,
que ni hijos, ni padres, ni pariente
en tanto tiene; y sé que ha sucedido
venir tras su mujer muy diligente,
y dar en trueco un hijo muy querido
el indio con tristeza lastimera
por verse sin su dulce compañera.

Celoso suele ser y recatado
el indio con la india que es su amada,
y do quiera que va la lleva al lado
en tanto que no ve que está preñada.
Después suele decir: ya está ocupado
el vientre, y ocupada la posada,
si mi mujer no hubiere de guardarse,
mi obra ya no puede despintarse.

Salió pues don Gabriel de entre esta gente
sin hacer el efecto pretendido,
que el invierno le estaba ya presente,
por do dejar la guerra ha convenido.
De Chuquisaca en esto el presidente
Quiñones con socorro se ha partido,
en busca del Virrey va caminando,
que a Condurillo viene atravesando.

Al tiempo que el Virrey entró en la sierra
con cuatrocientos hombres bien armados,
con otra mucha gente de la tierra
de todos adherentes pertrechados,
con fin de reducir por paz o guerra
al indio guaraní con sus estados.
La tierra considera y la demarca
desde un pueblo que llaman Chalamarca.

De aquí por su mandado a priesa fueron
tres hombres con despachos y recados
a Tucumán, do en breve se pusieron,
que en el camino estaban bien cursados.
Con esto en Tucumán presto tuvieron
noticia de don Diego y de sus hados.
Al Paraguay también la nueva viene
al tiempo que velarse le conviene.

En tal término y punto está la cosa
que, si don Diego acaso allá bajara,
hallara nuestra gente deseosa
de cualquiera revuelta y se holgara.
Mas quiso con su mano poderosa
el Alto remediar, que si la alzara
el Argentino todo se perdiera
y en aprieto al Perú todo pusiera.

Alguna vez oí a mis oídos
que don Diego venía levantado,
y vi que se holgaban los nacidos
en la tierra del caso relatado.
Los pechos de éstos fueron conocidos
cuando después se hubieron rebelado
en Santa Fe, en aquel levantamiento
de que yo en su lugar la verdad cuento.

De allí de Chalamarca pues envía
despachos el Virrey, como contamos,
al Río de la Plata, que temía
el mal que en esta historia ya apuntamos.
A Zárate despacha recta vía
en busca de unos indios Comogamos;
en Condurillo habita aquesta gente,
y así es dicho el Cacique, muy valiente.

También salió el Virrey a la otra mano
por sierras cordilleras de boscaje.
En partes pocas hay camino llano,
que todo es cordillera este paraje.
El asiento de Manso está cercano,
seguro estoy si fuera allá el bagaje
y pueblo, el buen Virrey allí poblara,
que mucho a su pretenso le importara.

Con gran pujanza va el Virrey siguiendo
su derrota y camino comenzado.
El indio guaraní se está riendo
por ver que el aparato es excusado;
y en viendo al español, tira huyendo
de lejos, el motín haciendo usado.
Don Francisco y su campo van marchando
la vuelta del Perú ya deseando.

Aquí quedan cansados los carneros,
allí desmaya ya y muere el caballo,
desean muchos hombres verse en cueros,
el hato dejan ya por no llevallo.
A los Charcas salieron mensajeros,
Quiñones se da priesa, que encontrallo
al Virrey con socorro determina
en el asiento y pueblo de Tomina.

Marucare en aquesto muy furioso,
huyendo de su asiento y de su casa,
porque en quemarla nadie esté gozoso,
él propio la ha dejado hecha una brasa.
Con Tabobá el valiente y ardidoso,
sus mujeres y chusma presto pasa
de allí, y tan adentro se ha metido
que no podrá jamás ser ofendido.

El buen capitán Zárate bajando
en busca del asiento Condurillo,
con tan grande trabajo atravesando
la tierra, que temor me da escribillo,
los días y las noches caminando,
al fin el indio hubo de sentillo.
Y aunque de sobresalto los cogieron,
las mujeres e hijos escondieron.

Tres casas y buhíos muy crecidos
aquí Zárate halla, do su gente
aloja, que los indios escondidos
vacíos los dejaron prestamente.
De a poco con cautela son venidos
con cruces en las manos de repente,
diciendo que huyeron temerosos
y de la cruda muerte recelosos.

Al Capitán decían y culpaban
porque nunca avisó de su venida,
que días ha que todos deseaban
a los cristianos ver, que conocida
su bondad y valor, determinaban
la tierra esté al cristiano sometida;
y porque ellos esto conocían,
las cruces en señal de ello traían.

Al Capitán con esto procuraban
entretener los indios, pretendiendo
hacer así mejor lo que ordenaban,
y andaban con gran priesa y maña urdiendo.
En tanto que la junta concertaban,
el Capitán su farsa conociendo,
un fuerte ha fabricado muy aína
de brava palizada y de fajina.

Apenas está el fuerte fabricado,
y las paredes dél no medio hechas
estaban, cuando el campo se ha cuajado
de los indios, que vienen por sus trechas,
gran grita y alarido han levantado,
el aire y tierra cubren con las flechas.
La guerra fue sangrienta y bien reñida,
mas huye, al fin, el indio de vencida.

Los muertos y heridos muchos fueron
de parte de los indios, porque había
ochenta arcabuceros que hicieron
como gente española de valía.
De tres o cuatro vivos que cogieron,
traídos acá al fuerte, se sabía
que los indios llevaban en los brazos
a sus casas los hechos ya pedazos.

De los nuestros quedaron mal heridos
algunos, pero pocos de esta guerra.
Los indios a gran priesa son metidos
por la espesura grande de la sierra.
De a pocos días fueron descendidos,
bajando el Capitán a ver la tierra;
y a quince que en el fuerte se quedaron,
las cabras, como dice, acorralaron.

La tierra toda junta se ha juntado
haciendo para el caso llamamiento,
a los quince del fuerte han apretado
y puesto en confusión y gran tormento;
muy grandes baterías les han dado,
la cosa andaba en mucho rompimiento,
cuando dando la vuelta los cristianos
del fuerte se retiran los paganos.

El Capitán estuvo allí tres días
rehaciendo su gente; y como viese
que el estar más allí, por todas vías,
dañoso era, ordenose que se fuese
en busca del Virrey y compañías,
que no se sabe de él a dó estuviese.
Mas él, tan gran camino va haciendo,
que sin poder errar le van siguiendo.

De presto todos juntos se juntaron,
y dando ya la vuelta presurosos
con el buen Presidente se encontraron,
de que todos se hallan muy gozosos.
A sus casas alegres se tornaron,
aunque todos venían perdidosos.
Don Diego de Mendoza también viene,
y oíd en otro canto el fin que tiene.

Canto decimoséptimo

Aquel es de valor y grande estima
que sabe con prudencia gobernarse.
Diremos con razón tener la prima
aquel que vemos sabe resguardarse
con gran maña en el arte de la esgrima,
y a su tiempo procura señalarse,
aquí apuntando el golpe por lindo arte,
y al fin haciendo el lance en otra parte.

Aunque el Virrey la causa publicaba
de su salida ser el Chiriguana,
y al principio de aquésta se trataba,
en don Diego de dar tiene más gana.
Y así al punto luego se tornaba,
sabiendo Santa Cruz estaba llana,
que no estando la causa sosegada
allá fuera el Virrey de mano armada.

Bien claro se mostró, pues prevenía
al Perú y a las demás gobernaciones,
que a priesa a todas partes escribía,
de don Diego las vanas pretensiones.
La nueva a Tucumán presto venía,
que más vuelan los tres que unos halcones.
También allega al Río de la Plata
do Juan Ortiz echaba la bravata.

Responde con soberbia al mensajero,
mostrándole desnudo el viejo pecho,
que diga a don Francisco que harnero
lo tiene por servir al Rey, bien hecho;
y que tiene de ser siempre el primero
do fuere menester ser de provecho,
que están muy enseñadas ya sus manos
a derramar la sangre de tiranos.

Mas no fueran bastantes, si bajara
don Diego, sus bravatas y sus fieros,
que mucha gente moza le ayudara,
que al fin eran antiguos compañeros.
Y así la cosa acaso le obligara
a buscar su remedio, y agujeros
a donde se meter a priesa listo,
que no estaba en la tierra muy bien quisto.

Mas no tuvo don Diego tal designo,
que puso en el Virrey toda esperanza
que habrá de perdonar su desatino,
y así sale con esta confianza.
Y no ha bien concluido su camino,
y a Diego Gómez vido que le alcanza,
que preso le traían y a recado,
de que a Don Diego mucho le ha pesado.

Don Francisco saliendo de la guerra,
a Potosí se fue, que deseaba
juntar los naturales de la tierra,
porque esto al Gran Filipo le importaba.
De los valles los trajo, y de la sierra,
y en breve mucho número ha juntado,
y póneles la tasa en los jornales
del trabajo y labor de los metales.

Los indios son en grande muchedumbre,
que nunca acabaremos describillos.
Difieren en los trajes y costumbre,
y así se diferencian sus aíllos.
Subidos en los altos de la cumbre
del cerro, acá parecen pajarillos.
Sacando allí el metal de sus mineros,
acá al pueblo lo bajan en carneros.

Los ingenios los muelen muy aína
por muy graciosa traza y artificio,
y hecho ya el metal cual pura harina,
se hace con azogue el beneficio.
En breve sale piña y plata fina,
y muchas veces hace bien su oficio
el azogue, quedando tan entero
según y como estaba de primero.

El grande laberinto, que de Creta
este dicho, con razón puede llamarse
el cerro Potosí, a do una veta
a muchos enriquece; y engañarse
a otro fuerza tanto, que se meta
en ella hasta vivo sepultarse,
quedando so la tierra sepultado
a vueltas de la plata que ha buscado.

Estando aquí el Virrey, don Diego viene
al asiento llamado de Tomina,
a do un corregidor, que el pueblo tiene,
al punto que lo ve con él camina,
prendiéndole, que quiere que se suene
que él mismo a le prender se determina.
A Potosí lo lleva diligente,
y el pobre de don Diego va doliente.

A las casas reales fue llevado
a do está la Real Hacienda y plata.
Allí lo tienen preso y a recado,
en tanto que su causa se ve y trata.
No estuvo muchos días, que acabado
en breve su negocio, no dilata
don Francisco el castigo que quería
hacer, según entiende convenía.

La villa Potosí alborotada
veréis andar la gente dolorosa.
Sabiendo la sentencia estaba dada
y que la ejecución era forzosa,
decían: «¡Ha de ser ejecutada
la sentencia de muerte rigurosa!».
Algunos se metieron de por medio,
mas nunca pudo darse algún remedio.

Al fin, pues, en la plaza fabricaron
un famoso cadalso muy de presto,
y al pobre de don Diego le sacaron
subido en una mula muy de presto.
Al tablado llegando, celebraron
su muerte, con dolor y luto puesto,
sintiendo pena de ello y gran mancilla
los galanes y damas de la villa.

También a Diego Gómez, el que había
al triste caballero aconsejado,
colgaron; y lo mismo aqueste día
al Ávila hicieran, que sacado
con estos también fue, y ya quería
el verdugo colgarle, encaramado
estuvo en los postreros escalones,
y a grande priesa viene el de Quiñones.

A no llegar con priesa y diligencia
perdiera sin falta Ávila la vida,
que el verdugo ejecuta la sentencia
si no viene Quiñones de corrida.
Por señal el bordón de Su Excelencia
traía, que es señal muy conocida;
perdonan al que está medio difunto,
y parece nacer en aquel punto.

En su túnica y soga muy revuelto,
pensando ser visión y que soñaba,
a la cárcel ha sido luego vuelto
en tanto que su causa se trataba.
Al fin salió de a poco libre y suelto,
y de gozo y placer no se hallaba,
que es burla muy pesada y que espanta
verse un hombre la soga a la garganta.

Si sólo imaginar un sentenciado
que había de morir al otro día,
le hizo que el cabello sea tornado
de negro, blanco, luego encanecía,
quien se vido en la escala levantado,
y al verdugo que echarle ya quería,
diremos que ha probado el trago fuerte
de la descomunal y cruda muerte.

¡Oh muerte, cuán amarga es tu memoria!
Al hombre que en sus varios bienes fía,
de reyes y no reyes has victoria.
De noche nos combates y de día
en esta vida triste transitoria,
que al tiempo más florido se desvía.
Habíamos de tenerte por espejo,
Por regla, por medida y por consejo.

Aquel santo consejo celebrado
que dice del morir nos acordemos
en todas nuestras obras bien notado,
seguro que in aeternum no pequemos,
en nuestro cristianismo consagrado,
creído, y aun sabido bien tenemos,
que ataja la memoria del tormento
y muerte, y gloria al malo pensamiento.

No finjo santidad ni hipocresía,
que sé soy pecador desconocido.
Mas digo que en el tiempo que tenía
la muerte al ojo, siendo muy sabido
que de hambre morían cada día,
en la parte que arriba he referido,
tenía la conciencia tan medida
cual nunca jamás tuve yo en mi vida.

La muerte de sí tiene dar tristeza,
por no saber el hombre el paradero,
que si déste se tiene la certeza
alegre es aquel trance y placentero.
Dejar un mundo tal, y tal vileza,
había de dar gozo muy entero,
y en lugar de tristeza gran consuelo,
pues vemos que salimos de este suelo.

Una generación muestra contento
al tiempo de la muerte, y hace fiesta,
en lugar del funesto sentimiento
que hace la española gente mesta.
Si se tuviese el buen conocimiento
de aquesta triste vida tan funesta,
con la muerte contento se tenía
tomándola por gozo y alegría.

Julio Solino cuenta una costumbre
de aquellos hiperbóreos tan nombrados,
empero éstos carecen de la lumbre
de Fe; aquéstos, dice, que cansados
de vivir, y teniendo pesadumbre
de ver tardar la muerte, muy untados
con cierta unción, habiendo bien comido,
pecando así, se dan fin dolorido.

En Tomahavi vide una extrañeza
que es digna de contarse de camino:
en un pantano grande de llaneza
de tierra, está templando de contino,
a do llegando perros, sin pereza
bailando como recio torbellino,
se arrojan en la fuente do se cuecen,
y vivos con su baile allí perecen.

Parece que el morir les da contento,
y así muestran querer aquella muerte,
y vemos frecuentarse aquel asiento
de perros, y morir de aquella suerte.
Yo vide aquesto propio que aquí cuento,
que por juzgar el caso yo por fuerte,
a verlo fui, y los perros que allá fueron,
bailando vi en la fuente perecieron.

El cisne, blanco, bello, dicen suele
cantar cuando la muerte le es vecina,
que dejar esta vida no le duele,
teniéndola por triste y por maligna.
Razón es, pues, más justa se consuele
el hombre racional, que a Dios se inclina.
A quien, si vive bien, tiene guardada
allá en el cielo Dios mejor posada.

Pues vemos que no es cierta y duradera
la ciudad que habitamos sin firmeza,
busquemos la que es firme y verdadera,
que dure para siempre en gran alteza.
La muerte viene a priesa muy ligera,
no es justo espante al bueno su fiereza.
Temerla es natural, mas sea de suerte
la vida, que no pese de la muerte.

Sabía bien la vida que había hecho
el vaso de elección, y deseoso
de ver a Jesucristo satisfecho,
que muriendo tenía gran reposo,
pedía con instancia ser desecho
y disuelto del cuerpo trabajoso,
creyendo gozaría en gaudio eterno
a Cristo, sumo bien, con fin superno.

Pero, aquel que no sabe ni está cierto,
mas antes con razón muy temeroso
lo que ha de ser de sí después de muerto,
con la vida se halla muy gozoso.
Así lo experimenta quien concierto
no tiene en su vivienda; el virtuoso
no huye de la muerte, cuando entiende
que en ella hallará lo que pretende.

Pregunten a los mártires gloriosos
de los falsos tiranos afligidos,
se iban a la muerte muy gozosos
en verse por Jesús ser perseguidos.
No estaban de su premio recelosos,
mas con firme esperanza guarnecidos
creían les estaba aparejada
la corona de gloria consumada.

Ésta hizo al pastor, aunque primero
por divino secreto fue librado
de la cárcel, que esté como cordero
humilde a aquel nerónico mandado.
La misma a su querido compañero
le convida a que sea degollado,
y como acá en su vida ellos se amaron,
en la muerte tampoco se apartaron.

Ésta a Bartolomé hizo que diese
por su señor la vida y el pellejo;
ésta al buen Andrés hizo muriese
en una cruz con ser ya cano y viejo;
ésta hizo a Santiago que volviese
otra vez a Judea, donde aparejo
halló de conseguir la merecida
corona que tenía prometida.

Aquésta a los Apóstoles gloriosos
les hizo que sufriesen con contento
la muerte, y a los monjes religiosos
hacía se privasen del sustento.
¡Qué de santos están ahora gozosos
que por ésta sufrieron gran tormento!
Que da muy gran esfuerzo a la buena alma
tener allá en la gloria premio y palma.

El indio Topamaro no sabía
después de muerto el fin de su jornada,
y tanto de la muerte se temía,
que diera al de Toledo sujetada
la vida a servidumbre, aunque tenía
en otro tiempo fuerza señalada.
Mas el proverbio y vulgo dice y grita
que viva la gallina con pepita.

Aquéste en Vilcabamba residía
con Incas y valientes compañeros;
y como por Señor él se tenía,
formaba allá sus leyes y sus fueros.
A cristianos jamás él ofendía,
ni supe que hiciese desafueros;
en sus tierras se estaba retirado,
y de los suyos era respetado.

Algunos de los cuales acudían
al reino del Perú y sus poblados;
con ellos muchos indios se metían
en Vilcabamba, siendo maltratados
de aquellos españoles que servían,
que muchos suelen ser desatinados
de tal suerte en mandarles lo que quieren,
que hacen que los indios desesperen.

Don Francisco, que siempre procuraba
en el real servicio señalarse,
como supo que este indio se jactaba
de ser Señor, acuerda de tornarse
de Potosí, y al Cuzco se bajaba;
y sabiendo podía confiarse
de Loyola, esta empresa le ha nombrado,
y en breve mucha gente le ha entregado.

Martín García Loyola caballero
era del hábito de Calatrava,
discreto, afable, sabio, compañero;
en cosas de justicia se mostraba
con grande rectitud muy justiciero;
de remiso ninguno le notaba,
porque, de más de ser sabio y prudente,
es vivo como azogue y diligente.

Saliendo a la conquista ha padecido
grandísimos trabajos y fatigas.
En gran tiempo no hubieron parecido
los indios, aunque son más que hormigas.
Loyola, porque ve el campo afligido,
siguiendo aquestas gentes enemigas,
con solos dos soldados parte un día,
con un esfuerzo grande y osadía.

En luengo un grande río caudaloso
con sus dos compañeros fue bajando
tres días, y en un prado verde umbroso
que el río con sosiego va bañando,
metido en una choza al valeroso
Topamaro le ha hallado reposando,
sin gente, que no saben la venida
del capitán Loyola a su guarida.

Una cadena le echa a la garganta
de fino oro, muy rica y bien labrada.
El Inca luego al punto se levanta,
sintiendo de esto pena muy sobrada.
Loyola con sus dos victoria canta,
juzgando por dichosa tal entrada,
río arriba se vuelve placentero,
triunfando del cautivo y prisionero.

Salió de Vilcabamba victorioso,
y en la ciudad del Cuzco entra triunfando
del triste Topamaro doloroso,
que su miseria viene lamentando.
Hallose el de Toledo tan gozoso,
y el caso de tal suerte exagerando,
que al licenciado Polo, su teniente,
le dice le degüelle prestamente.

El licenciado Polo le responde
que no quiere él hacer esta torpeza,
que no halla derecho ni por donde
a aquel Inca cortarle la cabeza;
y que si causa él tiene, y no la absconde,
se la muestre, y haralo sin pereza;
mas sin otro recado, que no quiere
ponerse al riesgo y mal que le viniere.

El Virrey replicó que lo hiciese
como justicia suya, y su teniente
el Polo se resume en que escribiese
de su mano el mandato, y que se asiente,
que no quiere algún tiempo le pidiese
del Inca aquella muerte algún pariente.
El Virrey ordenó luego un escrito
del Inca publicando su delito.

Al punto que se supo de su muerte,
que ejecutarse manda, se juntaron
en breve tanta gente de su suerte
que toda la ciudad alborotaron.
Y aunque fue rogado, estuvo fuerte
el Virrey, que con él no aprovecharon
los frailes, y un Obispo que decía
que a España a Topamaro llevaría.

Al fin en una mula le sacaron,
con un pregón su culpa publicando,
que los indios por él se levantaron,
aquesto iba el verdugo pregonando.
Tantos indios en esto se juntaron
el Cuzco de tal suerte alborotando,
que necesario fue que le rogasen
al Inca que mandase que callasen.

Allá en el cadalso pues subido,
el Inca en alto levantó la mano,
al punto el alboroto y el ruido
cesó, porque veáis si aquel pagano
de sus indios sería bien temido.
En esto determina ser cristiano,
bautízale un Obispo que está al lado,
y al punto la cabeza le han cortado.

Fue tanto el alarido y vocería
que los indios entonces levantaban,
que el mundo parecía se hundía
y las cosas ya todas se acababan.
En tanto este negocio sucedía,
los tristes zaratinos lo pasaban
allá en nuestro Argentino de tal suerte,
que el mal allí menor era la muerte.

De su hambre y desastres trataremos,
siquiera porque alguno haga memoria
de piedad, y a Dios le rogaremos
que tenga a los finados en su gloria.
Y en esto de esta hambre hablaremos
como a quien cupo parte de la historia,
que tal me vide a veces, que rabiaba
por comer, mas comida no hallaba.

Y así probé manjares y guisados
jamás de hombres humanos conocidos.
Allí fueron los monos celebrados
por cabritos, y más enternecidos;
tigres, osos, leones, desusados
manjares, de la hambre convencidos,
comíamos; empero tal me vía
que con la hambre pura no dormía.

Viniendo de la iglesia una mañana
que había sacrificio celebrado,
una comadre mía, Mariana,
de su pequeña choza me ha llamado,
en una isla do antes la tirana
le había a su marido sepultado,
y oíd lo que me dice muy gozosa,
aunque del hecho suyo recelosa.

Un solo perro había en el armada
de gran precio y valor para su dueño.
Llamado entró ese día en su posada,
mas nunca más salió de aquel empeño,
porque ella le mató de una porrada,
al tiempo del entrar, con un gran leño.
Mostrándolo me dice: «¿Qué haremos?».
Yo dije: «Asad, señora, y comeremos».

Comímonos el perro con secreto,
aunque ella su negocio exageraba
por malo; mas yo dije que el precepto
de no hurtar, jamás se quebrantaba
en casos semejantes, que el concepto
muy bien en la escritura se explicaba,
que entre los sabios es muy ordinario
carecer de la ley lo necesario.

Canto decimoctavo

Pobreza, dice el vulgo, no es vileza,
ni menos hambre o de otros bienes falta,
mas hace venga el hombre en tal bajeza,
y más cuando la gracia de Dios falta,
que no basta el valor y la nobleza,
que sobre el bajo cobre mal se esmalta.
El pobre jamás halla en cosa abrigo,
y así dice el refrán, no tiene amigo.

¿Quién vido bizarría y gentileza,
crianza, policía y buen donaire
de galanes, y damas tal belleza,
postrada por el suelo con desaire?
Al fin todo este mundo, y su braveza,
su vana presumpción, es humo y aire,
y todo es burlería prestamente,
sino servir a Dios Omnipotente.

La gente sin ventura zaratina,
que dijimos estaba rancheada,
la muerte cada paso por vecina
tenía con la vida muy tasada.
Seis onzas dan escasas de harina
hedionda, sin virtud y mal pesada.
Así se va la gente consumiendo,
hoy diez, mañana veinte se muriendo.

Sin esto Juan Ortiz daba baldones
a todos, con denuestos en la cara,
al tiempo del partir de las raciones,
por do era la ración doblada cara.
«Malditos, endiablados comilones,
tragones, apocados, gente avara,
que os traje yo de España a sustentaros,
¿qué os debo? Estoy a punto por dejaros».

¡Oh!, cuántas veces, dijo un tesorero
(Hernando de Montalvo se decía),
si Dios llevase aqueste vocinglero,
el miserable pueblo quedaría
alegre, muy contento y placentero,
y luego nuestro mal se acabaría.
Mas suelen durar mucho aquestos tales,
para enmienda y castigo de mortales.

Con esta falta estando de comida,
llegó del Paraguay socorro y gente,
que, habiendo allá llegado de corrida,
Garay la despachó muy prestamente.
Celebrose con gozo tal venida,
porque era necesaria de presente,
que a tal punto llegó nuestra miseria
que vide a un religioso en tal laceria.

Al bosque yendo un día desganado,
muy falto de consuelo y de alegría,
encontré con un fraile muy honrado,
fray Alonso La-Torre se decía.
De letras y virtud era dotado,
a su padre seráfico servía.
Preguntándole yo ¿qué estáis haciendo?,
al punto éste me dice respondiendo.

«Entiendo que en muy breve he de acabarme
y he salido a cortar, y no aprovecho,
madera. Si os pluguiese de ayudarme,
haré para morir un candelecho,
que no espero jamás de levantarme,
según estoy sin fuerzas y deshecho».
Aquesto me diciendo, hacia el cielo
los ojos levantando, dio en el suelo.

Yo, viendo su fatiga, muy lloroso
y triste, que le amaba en sumo grado,
de presto de aquel prado, verde, umbroso,
corté para su lecho buen recado.
Del suelo se levanta algo gozoso
por verme a mí de varas bien cargado;
llevéselas a cuestas, que el tal iba
que ya no figuraba cosa viva.

Algunos otros vide en este estado,
soldados, sacerdotes, religiosos,
que no tiene respeto al esforzado
la vil hambre, ni teme poderosos;
ni mira al que es filósofo o letrado,
ni menos a los nobles generosos;
que al Papa, Rey, y bajo zapatero,
a todos los iguala por rasero.

El socorro que digo, pues, venido
alegre nuestro ejército hambriento,
y en gozo y en placer es convertido
el pasado dolor y gran lamento.
Mas nuestro Yamandú ya arrepentido
de estarse con nosotros tan de asiento,
en una tenebrosa noche y prieta,
sin nadie lo sentir, huyendo aprieta.

No se tiene esperanza que parezca,
ni que vuelva a nosotros de su grado,
si no es para causar alguna gresca
conforme a las demás que él ha forjado.
Roguemos, pues, a Dios que no se ofrezca
en que él haga su oficio tan usado,
porque él en hacer mal está tan diestro
que puede en el infierno ser maestro.

Gran priesa Juan Ortiz para partirse
en este tiempo tiene el río arriba;
mas no podrá aquí Trejo escabullirse,
pues materia nos da que de él se escriba.
Por cierto que el que no sabe medirse
en su lengua, no siente en qué se estriba.
Hablar, muy muchas veces ha pasado
a muchos; mas callar nunca ha dañado.

En el Perú sabemos que acontece
perder por el hablar muchos la vida,
y el que a hablar se atreve, mal padece;
y escapa quien obró, y merecida
la muerte bien tenía, que se ofrece
a veces tropezón en la corrida.
Gran cosa es el secreto y de gran precio,
pues vemos no le tiene el hombre necio.

A Trejo, Juan Ortiz bien respetaba,
y por vicario puesto le tenía,
en tanto que de arriba se enviaba
el recado que en esto convenía.
Es cierto (que yo lo vi) le regalaba,
con ser la falta grande en demasía,
al Trejo no faltó jamás comida,
mas él suelta su lengua desmedida.

En público está un día entre soldados
hablando de las cosas que hacía
el Juan Ortiz; trató descompasados
negocios este Trejo en demasía,
de suerte que ya tuvo amotinados
a muchos con las cosas que decía.
Entre ellas, dice: «Aquéste es mal cristiano,
conviene muy en breve echarle mano.

»Hacer información que roba a todos,
que nunca hace cosa en buenos puntos,
habiéndonos robado por mil modos
a cada uno por sí, y a todos juntos;
que trata a todos mal, y por los lados
a todos echa. Y de esto los trasuntos
a nuestro Rey envíen en proceso,
y a vueltas en cadenas él, y preso».

El Juan Ortiz, que supo esta maraña,
comienza de hacer informaciones;
conviértese el amor en pura saña,
y dice del vicario mil baldones.
Al fin se da en la cosa tanta maña,
que sube Trejo arriba con prisiones,
dejando en este puerto mal parada
la gente que ha quedado de la armada.

Partido Juan Ortiz, y comenzando
a caminar por brazos, por esteros
que el río por allí lleva, formando
mil islas de onzas, tigres, osos fieros
pobladas; mas no salen rescatando
los indios, como suelen, con sus cueros
ni carnes, ni pescado, que es indicio
que quieren intentar otro ejercicio.

Sospéchase de cierto, pues no vienen
los indios al rescate acostumbrado,
que guerra concertada alguna tienen,
y el falso Yamandú la habrá forjado.
Pues ya seguro estoy, por cierto, suenen
muy pocos arcabuces, que el soldado
desnudo, desarmado y deshambrido,
cansado de remar, está dormido.

Al fin la Santa Fe, tiempo gastando,
se llega, do poco antes los vecinos
salieron a nosotros navegando
en balsas y canoas los Calchinos,
Mepenes, Chiloazas voceando;
también salen por tierra a los caminos,
celebrando con gozo la venida
a quien quitar quisieran alma y vida.

Estaba esta ciudad edificada
encima la barranca, sobre el río,
de tapias, no muy altas, rodeada,
segura de la fuerza del gentío.
De mancebos está fortificada;
procura el indio de ellos el desvío,
que son diestros y bravos en la guerra
los mancebos nacidos en la tierra.

Subiendo, pues, el Río de la Plata,
al Paraguay se llega muy ameno,
el cual con menos furia se desata,
y en su corriente viene más sereno.
Por sus riberas caza bien se mata,
que el campo de venados está lleno,
y en él muchos dorados y patíes,
corbinas, palometas y mandíes.

Con esto a la Asumpción llega la gente
con gran placer, contento y alegría,
y con mucho socorro, que el Teniente
al camino enviado nos había.
La gente paragüense alegremente
a nuestro Adelantado recibía,
el cual de a poco tiempo que ha llegado
abajo bastimentos ha enviado.

Holgó la gente en ver que el bastimento
llegase a tan buen tiempo, que tenían
gran falta de comida y de sustento,
y mucha hambre todos padecían.
Dejémoslos ahora en su contento,
pues ha tan poco tiempo que plañían,
que no durará más el alegría,
que suele, al que es tahúr, en su porfía.

La nao vizcaína, que plantada
dejamos en la tierra a su aventura,
habiendo sido de indios visitada,
con fuego la consumen su hechura.
Mirad si fue la cosa bien pensada
en no dejar en ella criatura,
que allí fuera del fuego consumida
sin poder escapar libre la vida.

El Juan Ortiz arriba con presteza,
su oficio de justicia gobernaba
con gran solicitud, y sin pereza
quimeras nunca oídas inventaba.
Aquel haberse visto en gran riqueza,
y verse de ella ajeno, le cegaba
su razón, de manera que tropieza
por esto, e hiere siempre de cabeza.

No quiere sujetarse a otro consejo,
el suyo dice que es el más seguro.
Un día le hallé con sobrecejo,
pregúntole ¿qué hace? Dice: «Juro
por Dios, que si me viese en aparejo,
y a punto de perderme, y un maduro
me diese algún consejo, más querría
perderme, que hacer lo que él decía».

Los reyes yo le dije que tomaban
consejo y parecer de sus letrados,
las ciudades también se gobernaban
por hombres en las cosas más versados;
y que solos aquéllos acertaban,
que de consejo bueno son guiados.
«Antes», dice, «querré se pierda todo,
que no tomar consejo de un beodo».

Vivió en el Paraguay algunos meses,
poniendo a muchos malos duro freno;
mas tuvo mil dislates y reveses,
que fue de caridad quito y ajeno.
De ver por cierto es, tucumaneses
nunca gobernador hallaron bueno;
los nuestros paragüenses cosa mala
jamás confesarán que hizo Irala.

Y no lo tengo cierto a maravilla,
que aquesto del gobierno está en ventura,
y más cuando no acierta la cuadrilla
a ser de buena masa y compostura,
que no basta razón para regilla,
pues que carece della y de cordura.
Bien claro está que mal será regida
la cosa que no tiene en sí medida.

Los soberbios y vanos, los altivos,
muy mal vemos que dejan gobernarse;
los hombres zahareños, los esquivos,
que no quieren a yugo sujetarse;
aquéstos son muy malos y nocivos,
y no puede con ellos bien tratarse.
¿Pues qué hará quien manda con tal gente
que de toda razón es careciente?

Habrá de armarse el tal con un escudo
de gran paciencia y grande sufrimiento;
pedir a Dios favor muy a menudo;
mostrar con un sagaz contentamiento
amor a cada cual, por torpe y rudo
que sea, procurando que su intento
con el divino sea regulado,
con que en el gobernar será acertado.

En la Escritura vemos claramente
constar esta verdad muy a la larga,
cuando para regir Moisés su gente
ayuda pide a Dios, y le descarga
de la carga pesada; en consiguiente,
a aquellos buenos viejos se la encarga,
de Moisés y su espíritu quitando
aquello que a los viejos Dios fue dando.

Aunque el Adelantado procuraba
guardar cuanto podía la justicia,
y al malo con presteza castigaba,
se veía que pecaba de malicia.
Con todo en gran manera le cegaba
al tiempo el menester, más su codicia,
por donde vimos todos claramente
que estaba muy malquisto entre la gente.

El vulgo, en general, mal le quería,
y su vivir les daba grande pena;
y viendo que en la cama adolecía,
lo tuvieron los más a dicha buena.
El Santo Sacramento recibía
en un día, y estando casi ajena
el alma de su cuerpo, por gran ruego
testó, y apenas firma, y muere luego.

Murió con mucho ánimo y con brío,
diciendo: «¡Si podremos con la muerte!».
Yo mismo se lo oí. «¿Y desafío
hacéis», entonces dije, «con el fuerte?».
Mas ella dio con él al través frío,
tomando contrayerba de esta suerte
en el caldo deshecha, por huilla,
y hállala más presto en la escudilla.

Había Pedernera, un hombre viejo,
rogádole la tome, que sería
remedio saludable y aparejo
para sanar del mal que padecía.
Pues quiere aprovecharse del consejo
al punto que su vida fenecía,
quien de consejo en vida no curaba,
según él poco antes blasonaba.

Dejó en su testamento declarado
que sea su legítimo heredero
la hija que en los Charcas ha dejado,
y aquel que fuere esposo y compañero
suceda en el gobierno y el estado,
según como lo tuvo él de primero.
Y mande y rija, en tanto que ella viene,
su sobrino Mendieta que allí tiene.

El cabildo y ciudad le han recibido,
comienzan a llamarle Señoría;
es mozo que veinte años no ha cumplido
y en seso mayor falta padecía.
Desque se ve en su trono ya subido,
a todos hace agravio y demasía;
al tío yo le oí pronosticarlo,
y harto duro estuvo de nombrarlo.

Nombrole coadjutor que le ayudase,
que fue Martín Duré; mas el Mendieta
dice a Martín Duré no le pasase
por pensamiento tal, ni se entrometa
en cosa que hiciese él o mandase;
que en el punto que tal cosa acometa,
sin duda le hará tan crudo juego,
que tenga menester ajeno ruego.

Quedando con poder solo absoluto,
comienza de enfrascarse en desatinos,
en obras y palabras disoluto,
haciendo mucho agravio a los vecinos.
Por verle en sus costumbres tan corrupto,
buscaban todos ya nuevos caminos,
y yo quiero buscarle en canto nuevo,
que ya en este decir más no me atrevo.

Canto décimonono

Refrán es muy antiguo y muy usado,
que el malo que tras otro sucediere
hará bueno al que fuere ya pasado.
Al que el presente canto bien leyere,
serale aquesto bien manifestado,
que si notarlo un poco bien quisiere,
verá que Juan Ortiz era un bendito,
Mendieta, su sobrino, muy maldito.

Al tiempo que la muerte le apretaba,
a Juan Ortiz le oí, que conocía
que el pueblo su salud no deseaba:
«Yo soy malo, mas cierto que algún día
me haga alguno bueno». Si rogaba
la vieja por aquel que mal regía
en Roma, si a Mendieta conociera,
mentarlo un solo punto no quisiera.

Subido ya en la cumbre de su gloria,
de toda cosa buena descuidado,
juicio, voluntad y la memoria,
en solas sus pasiones ha fundado.
Y aunque esto demandaba nueva historia,
irá tan solamente aquí cifrado,
que no quiero contar por las parejas
sus cosas, que ofendiera las orejas.

Comienza, pues, Mendieta de cegarse,
vencido de celillos y locura,
de malos procurando acompañarse,
hallando en ellos corte a su hechura.
No osaba de los buenos confiarse,
por ser de diferente compostura;
a cuatro caballeros aprisiona,
y con mil vituperios los baldona.

En grillos y colleras los ponía,
y así los desterró por malhechores;
y el pobre no conoce que se vía
que todo lo causaban sus amores.
A cumplir su destierro los envía,
mas oye Jesucristo sus clamores;
volvieron del camino, y así presos
están en tanto que hay nuevos sucesos.

Vicencio a esta sazón, dicen, dijera:
«Mal hace de prender Mendieta gentes
sin culpa y sin razón». Mas quien lo oyera
denuncia con palabras diferentes.
Al fin vino la cosa en tal manera
que encarta a los que estaban inocentes.
Vencido del tormento, y engañado,
por do fue luego a muerte condenado.

Al tiempo que en la horca está subido,
de su conciencia y alma temeroso,
publica cómo en todo había mentido
por medio del tormento riguroso.
A voces testimonio fue pedido
de aquello que allí dice, y el furioso
verdugo le colgó, que está compuesto
que hiciese el oficio muy de presto.

Garay, que en Santa Fe está Teniente,
con la muerte de nuestro Adelantado
al Perú se salió con Pedro Puente,
aunque Abrego impedirlo ha procurado.
A los Charcas llegando incontinente,
habiendo su negocio relatado,
procuran doña Juana se casase
con persona que bien les gobernase.

Por suerte a doña Juana le cabía
el licenciado Vera por marido;
por Oidor en los Charcas residía,
la misma plaza en Chile hubo tenido;
y en su tiempo el Arauco le temía,
que a vueltas de las letras ha servido
a nuestro gran Felipe con la espada,
andando tras la gente rebelada.

Don Francisco el Virrey, dicen, quisiera
casar a doña Juana de su mano;
a Garay le escribió que a Lima fuera.
Las cartas del Virrey fueron en vano,
que el licenciado Torres y de Vera
había madrugado más temprano;
a Juan Garay hace su teniente,
y vuélvele a enviar muy brevemente.

Matienzo en este tiempo presidía,
y tiene del Virrey ya mandamiento
contra Garay, que a priesa residía,
temiéndose de algún impedimento.
Tras él el Presidente al punto envía
a Valero, que sale como un viento,
y con las provisiones le requiere,
mas él obedecerlas nunca quiere.

El buen Torres de Vera, como entiende
aquesto, determina de partirse
al Río de la Plata, que pretende
del Virrey y su ira escabullirse.
Tras él saliendo Céspedes, le prende,
que no le aprovechó con priesa el irse.
Triunfó Loyola de él con mucha estima,
y luego le despacha para Lima.

Don Francisco le tuvo aprisionado,
en él ejecutando puras sañas;
a cabo ya de días se ha librado,
que el tiempo vemos cura mil marañas;
a su plaza después que se ha tornado,
a cabo ya de días tuvo mañas;
como se vuelve a estar, aunque le quita
don Diego cuando vuelve a la visita.

Mendieta pensará ya que le olvido
por ver que en el Perú ando olvidado,
habiéndole yo mismo prometido
decir aquí cuán mal se ha gobernado.
Andaba el sin ventura tan metido,
y en fuego del amor tan abrasado,
que las brasas de amor y vivo fuego
le tienen convertido en niño ciego.

Antiguos, que a Cupido celebrastes
por Dios de amor, con arco y con saeta,
y niño rapacejo le pintastes,
con venda que la vista bien le aprieta,
no dudo sino que nos acordastes
que había de nacer este Mendieta,
que si es ciego el amor y sin sentido,
no tenéis que buscar otro Cupido.

Aunque a muchas mujeres recuestaba,
y a su gusto y mandado las tenía,
a una más que a todas él amaba,
que en hermosura a todas excedía.
Por ésta de muy muchos se celaba,
por ésta a todo el mundo aborrecía,
por ésta tuvo origen su locura,
por ésta feneció su desventura.

Por ésta muchas fiestas se hicieron,
por ésta se jugó sortija y cañas,
por ésta toros bravos se corrieron,
por ésta se hicieron mil hazañas;
por ésta algunos justos padecieron,
por ésta vide yo muchas marañas,
por ésta andaba el pueblo alborotado,
por ésta se han los cuatro desterrado.

Por ésta, una mujer que fue nacida
en el Brasil, muy vieja, con gran saña
me dijo: «¡Ay, mi señor!, como perdida
en otro tiempo», dice, «que fue España
por la Cava, esta tierra dolorida
por ésta lo será. Y pues que daña
la tierra tanto ésta, procuremos
que salga presto della y sus extremos».

Y aunque al Mendieta a veces sucedían
disgustos, pesadumbres a manojos,
y a él por esta causa aborrecían
algunos, y le daban mil enojos,
muy poco aquestas cosas le empecían,
que más amaba aquesta que a sus ojos.
Y así buen rostro a todos males hace,
y en su gusto a su gusto satisface.

En una noche un paje hubo hallado
un papel bien cerrado, en que decía
que mal a todas gentes ha tratado,
y agravia con molestia en demasía;
y que no siendo en esto moderado,
el pago le dará Dios algún día.
El pobre con enojo loco y ciego
publica lo que dice el papel luego.

Comienza de hacer informaciones,
y prende a los que estaban inocentes,
y con algunas falsas relaciones
con prisión atormenta a muchas gentes.
No sale con sus vanas pretensiones,
aunque pone calor y grandes dientes;
y así confuso deja la pesquisa
del libelo, diciendo que era risa.

También prendió a una dama, porque había
de la cárcel sacado a su marido,
con crudo corazón y tiranía
en muy brava prisión la hubo metido.
La triste con dolor así decía,
su rostro de llorar muy consumido:
«¿Adónde estás, Filipo? ¡Ay desdichada!
Doliéraste de verme maltratada.

»Sabraslo, pues, Rey mío, si pluguiere
al alto Rey de reyes, y sabido
el castigo harás que mereciere
quien con tanta crudeza me ha oprimido».
«En tanto yo haré lo que quisiere»,
Mendieta la responde embravecido,
«y vos prestad los pies a aquellos grillos,
que habéis, por más que os pese, de sufrillos».

Su marido de aquésta preso estaba
con dos pares de grillos y cadena,
y aunque el Mendieta culpas publicaba,
la mayor no pesaba como avena.
Y como la mujer se recelaba,
el alma de temor y miedo llena,
al marido a sus cuestas ha sacado
y en la iglesia y sagrado lo ha encerrado.

A personas muy muchas oprimía,
a viejos españoles muy honrados,
que a los mozos traviesos consentía
en sus vicios andar muy desmandados.
Con esto y otras cosas que hacía,
estaban los juicios ofuscados
de todos, el remedio no esperando,
sino morir con pena suspirando.

Andaba la Asumpción tan temerosa,
que padres a los hijos no hablaban,
la mujer del marido recelosa,
las madres de las hijas se guardaban.
Justicia del señor muy rigorosa,
las cosas de Mendieta figuraban
castigo en recompensa de pecados,
de los presentes vivos y pasados.

Los españoles viejos muy ancianos,
con su cabello blanco y barbas canas,
a la importuna muerte ya cercanos,
cansados de sufrir cosas tiranas,
echaban a montón juicios vanos,
y fingiendo esperanzas muy cercanas,
formaban el remedio deseado,
y así crecía la pena y el cuidado.

Los clérigos y frailes muy a prisa
avisos para España despachaban.
Mendieta en esto pone gran pesquisa,
las cartas en zapatos despachaban.
El falso mensajero se lo avisa,
y como en los zapatos se hallaban,
en callar se resumen suspirando,
que el hablar se juzgaba por nefando.

En esto a Santa Fe quiso bajarse
con vana presumpción y bizarría,
que es víspera cercana de acabarse
sus quimeras y loca fantasía.
De mucha gente hizo acompañarse,
que a fuerza de su grado le seguía;
apenas, como dicen, ha llegado,
y vese de prisiones rodeado.

La causa no pensada cierto ha sido,
que no pudo hallarse fundamento,
sino sólo sentir cómo ha venido
de arriba del supremo firmamento.
Con Francisco de Sierra hubo tenido
palabras, atención pido a mi cuento,
que no fue aquesta cosa fabulosa,
antes la juzgo yo por milagrosa.

Aqueste Sierra era muy honrado,
y de los naturales muy querido,
hombre de presumpción y muy soldado,
por donde era de todos muy temido.
Después que las palabras han pasado,
Mendieta le llamó, mas no ha querido
a su mando ir, que se recela
que Mendieta le llama con cautela.

A la iglesia se va huyendo luego,
que al fin bien vale más salto de mata
que no de los amigos buenos ruego,
según el común dicho dice y trata.
Mendieta sale al punto como fuego,
y cuando nuestro Sierra no se cata,
de la iglesia le sacan sin recelo,
sin dejarle llegar los pies al suelo.

Como sacan del templo consagrado
a Sierra con aquella pesadumbre,
el pueblo todo junto alborotado
acude, y de mancebos muchedumbre.
Salió gritando a voces un soldado
sin saber lo que es, que de costumbre
tenía de gritar; sueltan a Sierra,
y a Mendieta la gente toda afierra.

El pobre, desque vio cómo aferraba
la chusma de él, procura escabullirse
con una poca gente que llevaba,
que con él determina de huirse.
Como Sierra sintió que le dejaba,
apenas acabó de desasirse
cuando con furia echó mano a la espada,
la chusma le acudió de mano armada.

Juntose el pueblo todo con él luego,
y viendo que Mendieta fue huyendo,
cercáronle la casa, y pegar fuego
querían; mas sintiendo el gran estruendo
Mendieta, con temor pide a gran ruego
le dejen; la canalla le está oyendo,
que dice: «Por amor de Jesucristo
cesad, que de mandar yo me desisto».

El pueblo sosegó de aquel bullicio,
y piden que dé fe un escribano
cómo Mendieta cede de su oficio,
que aquesto dicen ser a todo sano.
Nuestro Rey lo tendrá por gran servicio,
el pueblo dice que éste es un tirano;
hágase aquí de todo buen proceso,
y vaya este traidor a España preso.

Con él se habían, huyendo, retraído
Galiano de Meira, el bullicioso,
y Ochoa vizcaíno, su querido;
no sé cuál de ellos era más vicioso.
El pueblo con instancia le ha pedido
que si quiere tener algún reposo
aquéstos eche fuera de la casa,
si no que le harán en breve brasa.

Su perdición el pobre conocida,
hablándoles está de esta manera:
«Muy bien sabéis, amigos, por la vida
se ha de aventurar cosa cualquiera.
Salid, porque pasada esta corrida,
y vuelto yo a me ver en talanquera,
yo os juro que de aquestas opresiones
muy largo vengaréis los corazones».

Salieron, que el salir era forzado;
los alcaldes los prenden. A Mendieta
dejáronle salir acompañado
de guardas, porque temen no acometa
hacer apellidando mal recado,
que alguna gente viene, aunque secreta,
que le puede ayudar; mas el famoso
de Tebas, contra dos no es provechoso.

Con las guardas salía a pasearse
al campo, por tomar algún consuelo;
no deja con lamentos de quejarse
de su triste ventura y crudo duelo.
«¡Habrá algún tiempo», dice, «de acabarse
mi pena, mi dolor y desconsuelo!
¡Tendrán cabo mis males algún día,
pues lo tuvo mi gozo y mi alegría!».

¡A qué duro diamante no ablandara!
¡A qué león cruel no conmoviera!
¡A qué hircana tigre no amansara!
¡A qué pecho mortal no enterneciera,
si el principio y el fin considerara
de aqueste sin ventura, su quimera!
Aquel verle en su trono colocado,
y ahora por el suelo derrocado.

Maldita seas, Fortuna, loca, insana,
ingrata, desleal y fementida,
cruel, injusta, pérfida, profana,
ínvida, desleal, desconocida,
traidora, sin verdad, perra, tirana,
mudable, sin compás, descomedida;
seguid de la Señora sus preceptos
que más tiene de aquestos epitetos.

Anduvo, pues, el triste y afligido
Mendieta algunos días de esta suerte,
confuso, sin favor y aborrecido,
y aun temeroso mucho de la muerte.
En esto su proceso concluido,
echáronle en prisión segura y fuerte,
con fin de despacharle preso a España,
y oíd de aqueste hecho una maraña.

Despáchanle con gente y marineros
en una muy hermosa carabela;
el alcalde Espinosa con mil fieros,
con su gente le hace centinela;
sin pasar veinte días bien enteros,
a San Gabriel llegaron, porque vuela
la nave, como un vivo pajarito,
también con Espinosa su barquito.

Espinosa se vuelve desque había
llegado con Mendieta a aquel paraje;
su gente le ha rogado convenía
que un poco retorciese su viaje,
y que a San Salvador lleve la vía.
Hiciéronlo; Mendieta con coraje
bajaba por el río suspirando,
y a Dios venganza de esto demandando.

Garay, que del Perú viene huyendo,
habiéndole Valero con presteza
seguido, y estorbarle pretendiendo
la entrada, al Argentino sin pereza
camina; mas Valero le siguiendo,
sentido ha sido dél. ¡Cuánta tristeza
el pobre de Valero ha recibido
por ver que de Garay fuera sentido!

Valero una jornada atrás camina,
Garay envía por él con tres soldados.
Preso delante dél se determina
de un árbol le colgar; apiadados
los que con él están de aquella ruina
y de aquellos negocios mal guiados,
rogaron a Garay le perdonase,
y vivo por entonces le dejase.

La vida le concede muy rogado,
aunque muerte civil allí le diera,
habiéndole de boca deshonrado,
que mucho más, decía, lo sintiera
que haberle dado muerte y ahorcado.
Aquesto a mí Valero me dijera,
también Garay del hecho se jactaba,
y en la Asumpción a mí me lo contaba.

Dejole allí llorando su ventura,
y para que no pueda ir adelante,
la cosa asegurar así procura.
Arrebata un agudo pujavante,
y jurando cumplió luego la jura.
Despálmale la mula en un instante;
la mula con dolor está gimiendo,
y Garay con los suyos va riendo.

Allega a Tucumán de mano armada;
el Abrego, que estaba gobernando,
nunca supo de aquesta melonada;
pasose en breve a priesa caminando,
que si la cosa fuera revelada,
el Abrego papeles ordenando,
al Perú a Garay preso enviara,
de que el Virrey muy mucho se holgara.

Aunque es verdad Garay se defendiera,
y así con sus soldados lo ha tratado;
con todo, yo bien creo no pudiera,
que había de quedar muerto o ligado.
A cencerros tapados sale fuera,
y con razón se juzga bien librado;
a Santa Fe endereza su camino.
Valero a Tucumán en esto vino.

De lo pasado dando larga cuenta
al Abrego, que estaba arrepentido,
con ansias y dolor casi revienta,
perdiendo la memoria y el sentido.
Por escrito muy largo bien lo asienta,
y a los Charcas el caso ha referido,
a do Matienzo en breve ha despachado
y al Virrey el negocio ha recontado.

En gran manera siente la huida
de Garay el Virrey; y se sonaba
que corriera peligro de la vida
si el Virrey le cogiera, y procuraba
vengar la desvergüenza cometida,
que por tal, se decía, la juzgaba.
Que quieren los señores, según veo,
los sirvan a medida del deseo.

Garay a Santa Fe llegó contento,
y en breve a la Asumpción ha procurado
subir a remo y vela con el viento;
salió de mucha gente acompañado,
que esto de estar un hombre en grande asiento,
y próspera fortuna colocado,
aumenta los amigos y los criados;
los pobres luego son desamparados.

Camina el río arriba diligente,
que fue muy ayudado de los vientos,
y así bien se vencía la corriente,
por do se satisfacen sus intentos.
La ciudad le recibe incontinente,
y algún tiempo estuvieron muy contentos;
mas presto de otra suerte sucedía,
que no puede durar el alegría.

Mendieta, que bajaba navegando,
antes de salir al mar ha procurado
tomar tierra en la gente confiando
que tiene el postrer pueblo allí poblado.
Por bajo Santa Fe va atravesando,
por medio de la tierra ya llegado;
Quirós, que allí mandaba, le recibe,
mas luego al Espinosa se lo exhibe.

Espinosa le vuelve con presteza
a embarcar desde allí en la carabela;
el triste de Mendieta con tristeza
en demanda de España da la vela.
El piloto, que fía en su destreza,
con muy grande esperanza le consuela,
diciendo que darán en San Vicente,
de a do podrá volver con fuerza y gente.

Con temporal deshecho, o de su grado
la costa del Brasil luego tomaron,
y habiendo todos ya desembarcado
en el Río Janeiro do aportaron,
Mendieta su negocio recontado,
los lusitanos todos le ayudaron.
Determina volver, y fue de suerte
que de ello no sacó menos que muerte.

Rehechos, pues, de pocos adherentes,
salieron del Brasil en su navío;
al Ibiaza llegaron diligentes
con vana presumpción y desvarío.
Juicios, pareceres diferentes,
dividen todo el reino y señorío;
pues esto fue la causa feneciese
Mendieta, y su soberbia pereciese.

Así como tomaron puerto aína,
Mendieta en tierra salta, procurando
a todos maltratar, con su maligna
y brava condición tiranizando.
La gente comarcana allí, y vecina,
de ver su crueldad está temblando,
y los que con él vienen lo aborrecen,
que sus cosas y hechos lo merecen.

Habíase con él desembarcado
alguna de la gente que venía
en el navío a vueltas; un soldado,
por no sé qué temor, de él se huía;
por engaño y palabras ya tornado,
en dos partes por medio le partía,
y cuelga la mitad con la cabeza
en un palo, y en otro la otra pieza.

El piloto mayor y marineros
al viento dan las velas, temerosos
de ver aquestos locos desafueros,
y al Paraná se vienen recelosos,
dejándole con siete compañeros,
entre indios bautizados y amorosos.
En el navío dando vela al viento
a Santa Fe llegaron a contento.

Garay, que en la Asumpción estaba, arruina
a todos por el suelo, sin derecho
guardar, sino lo que él solo imagina
que puede convenir a su provecho,
y con una soberbia cruel, maligna,
encumbra su negocio hasta el techo,
y pobre del que él hiere con su mano,
que no hay pollo a quien hiera así el milano.

En esto se acordó hacer conquista
al Nuara, que es indio muy mentado;
hizo de los soldados una lista,
y al pie de ciento treinta se han juntado.
Garay con mucha priesa pues se alista,
que piensa en la conquista ser medrado;
y el fin que se publica es hacer guerra
al indio levantado por la tierra.

Los indios Guaraníes rebelados
no acuden a servir como solían,
y siendo, como son, ya bautizados,
en ritos y abluciones se metían.
Serán aquestos cuentos relatados
en su lugar, y cosas que hacían.
Con este calor salen, pues, ligeros
Garay y ciento treinta arcabuceros.

El río arriba yendo navegando,
al Jejuí, muy hondo, río pasaron;
después la tierra adentro van cortando,
y al Ipaneme grande atravesaron.
En luengo dél arriba caminando,
a la Fuente de Lirios allegaron,
do nace el Ipané tan afamado,
a quien el indio llama Desdichado.

El piloto mayor con el navío,
llegando a Santa Fe, salió gozoso.
Alaban los de allí su desvarío,
diciéndole que ha sido venturoso.
Mendieta quedó allá sin el navío,
do presto feneció, triste y lloroso.
Estotros placenteros con contento
de Santa Fe salieron con buen viento.

A la Asumpción llegaron victoriosos,
pensando que hicieron grande hazaña,
a donde los recibe muy gozosos,
como si vueltos fueran ya de España.
En referir su cuento están dudosos,
que no saben cuál cosa es buena o daña;
mas poco les costó, que es cosa usada
en las Indias costar lo malo nada.

El bueno allá padece cruda pena,
y siempre le veréis andar corrido,
y tiénelo a ventura y dicha buena
estarse en su rincón solo metido.
Al malo, mal suceso no le pena,
que si hoy dos mil desastres le han venido,
mañana le veréis con triunfo y gloria,
perdida de sus males la memoria.

La causa de este mal es el anchura
y libertad tan grande permitido,
que vemos una grande desventura,
que la muy baja gente es tan tenida
como la que es más noble de natura.
Es esta cosa allá tan conocida,
que el zapatero vil y el calcetero
se iguala con el noble caballero.

Preguntó un caballero trujillano,
llamado Luis de Chaves, ceceoso,
a Hernando Pizarro, cuyo hermano
vencido fue de Gasca, el gran mañoso,
que si allá en el Perú al que es villano
y al que es hidalgo y hombre generoso
les daban sus medidas bien cabales;
Pizarro respondió que eran iguales.

«Buen siglo», dijo el Chaves, «allá tenga
en el Cielo mi padre, que ha dejado
hacienda en esta tierra; allá se avenga
aquel que por la plata allá ha pasado,
que en más estimo yo se desavenga
conmigo aquel que en sangre no ha igualado.
Que la plata con esas confesiones
no es para quien tiene presumpciones».

Dejemos esto ahora, y revolvamos
a Garay, que se siente con pujanza;
y porque por extenso lo digamos,
hagamos aquí fin de aquesta estanza.
Y más que en la siguiente recontamos
del furioso arcabuz y de la lanza,
conviene cosas nuevas y de espanto
comenzar a contar en nuevo canto.

Canto vigésimo

El abeja convierte, como vemos,
las flores en la miel dulce y sabrosa;
del araña y la víbora leemos
que en ponzoña las vuelve ponzoñosa.
En nuestra santa fe bien conocemos
que pasa desta suerte aquesta cosa;
pues el hereje y malo, de las flores
del Escritura torna en sus errores.

Cuánto deba tratarse con llaneza
a los indios la Fe, vemos muy claro,
que no se le ha de dar pan con corteza
al niño, dice Pablo muy preclaro.
Y pues que se conoce la rudeza
del indio, y su juicio tan avaro,
conviene como a niños darles leche,
porque en ellos la fe santa aproveche.

Martín González, clérigo idiota,
que a musa solamente no sabía,
al indio predicaba que fue rota
la torre de Babel, y que vencía
David al gran Goliath con su cota
con sólo una hondilla que traía.
Sin esto otros misterios, altos, bellos,
que al indio no se sufre tratar dellos.

Un Obera quedó tan doctrinado
de los sermones déste, que fue parte
por donde el Paraguay arrinconado
estuvo mucho tiempo, y de mal arte.
Después que aqueste indio levantado
en sus tierras ha sido, luego parte
con mucha gente e indios que traía
a sembrar los errores que tenía.

Con éste la nación ruda, indiscreta,
del Guaraní andaba perturbada,
que introducir pensaba nueva seta
este indio que la tiene levantada.
La espantosa señal y gran cometa
que se vido al ocaso levantada,
les dice, cuando fue desparecida,
que la tiene en un cántaro escondida.

Y que a su tiempo había de sacarla,
con fin de destruir a los cristianos;
que a aquesta causa él quiso fabricarla,
teniendo compasión de sus hermanos.
Tenía aqueste perro grande garla,
y como son los indios tan livianos,
y amigos de seguir nuevos caminos,
forzoles a creer sus desatinos.

Obera, como digo, se llamaba,
que suena resplandor en castellano.
En el Paraná Grande éste habitaba,
el bautismo tenía de cristiano.
Mas la fe prometida no guardaba,
que con bestial designo a Dios, tirano,
su hijo dice ser y concebido
de virgen, y que virgen lo ha parido.

La mano está temblando de escribillo,
mas cuento con verdad lo que decía
con loca presumpción aquel diablillo,
que más que diablo en todo parecía.
Los indios comenzaron de seguillo
por todas las comarcas do venía,
atrajo mucha gente así de guerra,
con que daños hacía por la tierra.

Dejando, pues, su tierra y propio asiento,
la tierra adentro vino predicando;
no queda de indio algún repartimiento
que no siga su voz y crudo mando.
Con este impío pregón y mal descuento
la tierra se va toda levantando,
no acude ya al servicio que solía,
que libertad a todos prometía.

Mandoles que cantasen y bailasen,
de suerte que otra cosa no hacían,
y como los pobretes ya dejasen
de sembrar y coger como solían,
y sólo en los cantares se ocupasen,
en los bailes de hambre se morían,
cantándoles loores y alabanzas
del Obera maldito y sus pujanzas.

Un hijo que éste tiene se llamaba
por nombre Guiraró, que es palo amargo.
Del nombre Papa aquéste se jactaba.
Con éste el padre, dice: «Yo descargo
la grande obligación que a mí tocaba
con darle de pontífice el encargo».
Aquéste es el que viene bautizando,
y los nombres a todos trasmutando.

No quiero más decir de sus errores
de que andaba la tierra alborotada
en todo el Paraná y sus rededores;
y así se fue tras él de mano armada.
Mas como éste tenía corredores,
y gente puesta siempre en gran celada,
en viendo la pujanza conocida
del enemigo, pónese en huida.

Aquéste fue la causa que estuviese
la tierra levantada, como estaba,
y que a servir al pueblo no viniese.
También Garay, dijimos, publicaba
la guerra contra éste, aunque tuviese
otro designio, al fin, pues caminaba,
cuando Fuente los Lirios ha tomado,
do nace el Ipaneme desdichado.

Tomando los soldados esta fuente,
sus tiendas y sus toldos asentaron,
en torno de la cual alegremente
del prolijo camino descansaron.
De un bosque muy cercano de repente
dos indios salen fuertes, y llegaron
do estaba nuestra gente reposando,
y de los dos, el uno está hablando.

«A tan altivo», dice, «atrevimiento
no había de ofrecerse desafío,
mas castigo hacer para escarmiento
de vuestra presunción y desvarío.
¿Por qué os osáis meter en este asiento
con tan flaca pujanza y poderío?
Salid, con lanza, espada y con escudo,
que me basta esta pica, aunque desnudo.

»Pudiéramos traer arcos y flechas,
mas quiere el gran Cacique sean probadas
de vosotros ahora estas derechas,
que tienen mil cervices quebrantadas.
Por tanto apagaréis también las mechas,
que son armas al fin aventajadas,
y con lanza y espada, o a los brazos,
hagámonos de presto aquí pedazos.

»Dos somos, salgan dos, tres, cuatro, luego
de aquellos que presumen ser valientes,
que por temor o miedo, ni por ruego,
no habemos de afrentar a los parientes».
Al punto que esto oyeron, como un fuego
saltaron dos mancebos diligentes,
Inciso y Espeluca, sus espadas
en las bravosas manos empuñadas.

Pitum y Corací, como los vieron
salir con tal esfuerzo y gallardía,
con rabia y con furor arremetieron,
y las picas calaron a porfía.
Los gallardos mancebos acudieron
con tal ardid y maña y osadía,
que traban en un punto tal batalla
que Marte no cansara de miralla.

Al Inciso Pitum le cupo en suerte,
que en el aire parece salta y vuela,
con su pica tostada, grande y fuerte
por cien partes le rompe la rodela.
Y aunque parece darle ya la muerte,
de tal suerte el cristiano se desvela,
que pierde Pitum toda su esperanza,
que el cristiano le corta media lanza.

El bravo Corací al Espeluca,
con ánimo bestial encrudecido,
le tiene a mal traer, y a la boruca
el suelo su tropel ha ennegrecido.
Con fuerza con la pica le trabuca
el cristiano con maña, guarecido
se tuvo, porque estando de rodillas
a Corací ha herido en las mejillas.

Inciso, como ve que le faltaba
la media de la pica a su enemigo,
con ánimo mayor más se arrojaba,
y un golpe le tiró junto al ombligo.
Pitum del corazón fuerzas sacaba,
que no las tiene todas ya consigo,
y viéndose sin fuerzas y acosado,
a los brazos venía denodado.

El cristiano, que siente lo que quiere
por ver cómo se estira y endereza,
con fuerza de alto abajo bien le hiere;
y aunque el golpe arrojaba a la cabeza,
la mano le cortó. Si no huyere
Pitum, ha de morir en breve pieza;
mas él está tan ciego en no huirse
que más quiere morir que escabullirse.

Al fin, como se ve sin una mano,
y el dolor que padece le atormenta,
volviendo las espaldas al cristiano,
el resto de la pica al suelo avienta.
Huyendo va a gran priesa por el llano,
que ya no se le acuerda del afrenta;
el otro, que se vio sin Pitum, solo,
aprieta con más fuerza que el Eolo.

Inciso y Espeluca, mal heridos
quedaron, y confusos de este trance
por ver los enemigos ya huidos
sin que ellos puedan irles en alcance,
que el Capitán prohíbe sean seguidos,
diciendo que bastaba el bello lance,
y que del hecho suyo, fama y gloria
merecen, pues quedaron con victoria.

Pitum y Corací van sin pereza
huyendo como suelen de los lazos
las zorras escaparse, con destreza,
haciendo los cordeles cien pedazos.
A no tener tal maña y ligereza,
quedaran hechos piezas, pies y brazos;
mas juzgan por más sana la huida,
a trueco de escapar libre la vida.

Llegados a su estancia relataron
la batalla y reencuentro que tuvieron;
a su Cacique bien representaron
el peligro notable en que se vieron.
Los golpes y heridas demostraron
la mucha roja sangre que vertieron.
Pitum, «perdí mi mano la derecha»,
dice, «y estotra nada me aprovecha».

El Corací, con ansia dolorosa,
«echad», dice, «señores, en remojo
las barbas, pues que veis cuál va la cosa,
que me cuesta el reencuentro el diestro ojo.
No he visto gente yo tan belicosa»,
les dice, «no penséis que esto es antojo,
que son hijos del Sol estos varones,
y más bravos que tigres y leones».

El gran Tapuy Guazú, con pecho fiero,
soltando la voz triste y lastimera,
«mi fin», dice, «se llega ya postrero,
la hora se me acerca postrimera.
Mas conviene la vuestra aquí primero
se cumpla», y encendida una hoguera
a Corací y Pitum, porque tornaron
con tal nueva, allí vivos los quemaron.

Y junta luego al punto allí su gente,
y desta forma a todos ha hablado:
«Amigos, cosa es muy conveniente
que aqueste caso sea bien mirado,
que las cosas tratadas de repente
no suelen suceder en buen estado.
Por tanto el parecer de cada uno
es justo que se escuche de consuno».

Primero a Urambía dijo que hablase,
y aunque él con discreción lo rehusaba,
porque Tapuy Guazú no se enojase,
al fin con ronca voz así hablaba:
«Antes que nuestras tierras ocupase
el español soberbio, se sonaba
que había de perderse nuestro estado
y ser de nuevas gentes conquistado.

»Yo puse en este caso diligencia
mirando las estrellas y planetas,
también tuve gran cuenta y advertencia
en ver andar errando los cometas;
y enséñame también ya la experiencia,
por ver otras naciones ya sujetas,
que no han de bastar fuerzas ya de manos
contra el poder soberbio de cristianos.

»Así que me parece que conviene
con gozo recibir al enemigo,
y pues que con poder y fuerza viene,
tomémosle por fiel y buen amigo.
Y es justo que en la tierra no se suene
que al español no damos buen abrigo,
que al punto le darán contrarias gentes,
de a do resultarán inconvenientes».

Muy duro les parece este consejo
a todos los que estaban congregados,
mas tienen reverencia al cano viejo
y a sus hechos heroicos y afamados.
Curemo, con muy grande sobrecejo,
se sale con sus hijos a los lados
oyendo esto, y no dice cosa alguna,
y con su gente entró en una laguna.

Tapuy Guazú mandó, pena de muerte,
que de la junta nadie se saliese,
y que todos hablasen por su suerte,
y el caso con amor se decidiese.
Berú, de gran valor, indio muy fuerte,
al Cacique le dijo le pluguiese
a Curemo llamar, pues conocía
su suerte, su valor y valentía.

Dos indios a llamarlo se partieron
por orden del cacique y mandamiento.
Por la laguna adentro se metieron,
a do el padre a los hijos juramento
les toma (de cumplirlo prometieron)
que mueran en defensa de su asiento,
les dice, pues mejor es buena muerte,
que vil y desastrada y triste suerte.

Los mensajeros dieron su recado,
Curemo respondió modestamente
que estaba en la laguna ya alojado,
y que quiere meter allí su gente
por no dar ocasión a que el soldado
le haga mal; que luego incontinente
irá al consejo y junta con presteza.
Y su gente recoge sin pereza.

Sus mujeres e hijos ha metido
en la laguna adentro, y gran pantano,
y como los demás lo han entendido
juzgaron su consejo por muy sano.
Y en tanto todos ya se han resumido
que de paz recibiesen al cristiano;
mas que mujeres, hijos se metiesen
a donde los cristianos no los viesen.

Curemo allí salió disimulando
el juramento hecho que tenía.
Garay se llega a priesa caminando
con gran estruendo, grita y vocería.
Los indios, que le estaban esperando,
vencidos de temor y cobardía,
tras la chusma se fueron, mas Curemo
mostrado ha su valor por gran extremo.

Al español espera, y con gran brío
le dice que no pare en este asiento,
que veinte leguas más hay gran gentío
do satisfacer puede bien su intento.
Pasado el Yaguarí, famoso río,
los soldados irán con gran contento,
y a veinte leguas, poco más o menos,
los campos hallarán de gente llenos.

Curemo, que esto dice, les ofrece
la guía que les guíe bien derecho;
su consejo tomar bien les parece,
sintiendo que vendrá de ello provecho.
El indio se retira, que anochece,
y vuelve a la mañana con despecho,
porque al alma le llega a este pagano
de ver nuestro real en aquel llano.

Gran priesa da a Garay para que salga,
diciendo que la priesa le conviene,
que della cuanto pueda bien se valga,
que corre gran peligro si detiene
la partida; y en viendo que cabalga
Garay, nuestro Curemo placer tiene,
y dice a voces altas: «La victoria
espero que ha de ser con grande gloria».

Los cristianos saliendo caminaron
llevando guías, dadas por Curemo.
El río Yaguarí atravesaron,
que entre otros ríos vemos ser supremo.
A los Tapuí Miríes allegaron,
de que placer reciben por extremo;
asalto dan al tiempo que amanece,
por do la triste gente mal padece.

Estaban estas gentes con contento,
de cristianos no piensan la venida;
el súbito temor y sentimiento
les hace huyan todos de corrida.
Oblígales a muchos el lamento
de hijos y mujer a perder vida;
acude cada cual al arco y flecha
con ver venir la muerte muy derecha.

Al fin, en cuatro pueblos que se ha dado,
algunos que defensa procuraban
la vida entre las lanzas han dejado.
Aquellos que a prisiones se entregaban,
por ver ya su negocio mal parado,
con vida por cautivos se quedaban;
quinientas y más piezas fue la presa
que vino desta vez cautiva y presa.

La vuelta da Garay con gran recelo
que venga el enemigo con pujanza.
Lamentan los cautivos aquel duelo,
y suerte miserable y mala andanza.
Al gran Tapuy Guazú llega de un vuelo,
a do sale de viejas una danza,
la victoria con cantos celebrando,
y la gente vencida lamentando.

Alegre y apacible y muy graciosa
la tierra por aquí vimos, poblada
de frescas arboledas, y abundosa
de caza, y nunca ha sido conquistada.
La gente es labradora, y codiciosa
de guerra, y es en ella muy versada;
mas tómalos Garay muy descuidados,
y así pudieron ser desbaratados.

Tapuy Guazú holgó de la venganza
que vido en su enemigo aherrojado,
mas pone con los suyos vigilanza
que no les haga mal algún soldado.
Al fin de paz quedó con la esperanza
que dio, con prometer que de su grado
quería al español ser repartido,
por no ser de otros indios ofendido.

Urambía y Curemo se han asido
en esto y mal revuelto, que decía
Urambía la causa sólo ha sido
que sin hacerles mal Garay salía.
Curemo le ha sobre esto desmentido;
remítese este caso y la porfía
a la prueba más cierta en estacado;
el campo les fue a entrambos señalado.

Urambía las armas señalaba,
que son pica, macana y palometa;
a cada cual padrino acompañaba,
con Urambía sale Urambieta,
Xiantombía a Curemo se llevaba,
y al son de una ronquísima corneta,
metidos en su fuerte palizada,
la batalla feroz fue comenzada.

No creo año se llevan los guerreros,
que entrambos son muy viejos y muy canos.
Los golpes que se dan terribles, fieros,
no dejan, donde aciertan, huesos sanos.
Andan sanguinolentos carniceros,
como de Irlanda suelen los alanos,
y más que hircanos tigres espantosos,
y en ver su propia sangre muy gozosos.

De ver era los dos con el concierto
y ánimo feroz que combatían;
sin falta, a cada cual dellos por muerto
los que mirando estaban le tenían.
Estaba cada cual de ellos tan cierto
en el herir, que entrambos parecían
ser uno; mas Curemo hubo perdido
la pica, que en dos piezas se ha partido.

La macana con furia fuerte afierra,
y espera con esfuerzo al enemigo;
Urambía la pica cala y cierra,
y diérale por medio del ombligo,
mas Curemo dio un salto de la tierra,
y con tan grande maña dio consigo
a un lado, que pasó la pica en vano,
y así quedó Curemo de ésta sano.

Con la pica le lleva gran ventaja
Urambía, mas es tan animoso
que los golpes y botes le baraja
con un ardid y esfuerzo valeroso.
De sangre el verde prado ya se cuaja,
el Sol encubre el rostro luminoso
viniendo ya la noche obscurecida,
y no vemos victoria conocida.

Los jueces los ven a la mañana,
y por igual los hallan mal heridos;
de combatir entrambos tienen gana,
y defender con fuerza sus partidos.
Juzgose por mejor cosa y más sana
que fuesen por sentencia convencidos,
que cierta es a los dos ambos la muerte
volviendo a la batalla cruda y fuerte.

Contra alguno juzgar nadie se atreve,
y siéndoles juez ya señalado,
a entrambos, dice, honra igual se debe,
y que es cualquiera dellos buen soldado.
Ninguno hay que el decreto desapruebe,
y así dice el juez muy denodado:
«Lo que he dicho, pronuncio y lo sentencio,
y pongo al caso fin aquí y silencio».

En tanto que esto pasa, presuroso,
juntando en Ipaneme mucha gente,
andaba Guayracá muy valeroso,
astuto, sabio, artero y muy valiente.
En un espeso bosque, deseoso
de librar del cristiano bien su gente,
compuso una terrible palizada,
de aguas y comidas abastada.

El fuerte fue con maña fabricado;
a los lados con muchos torreones,
estaba a todas partes resguardado
con sus trincheas, fosas y bastiones.
Sin duda Satanás ha revelado
a Guayracá el modelo e invenciones,
que nunca estuvo en África ni Italia,
ni menos en Castilla ni Vandalia.

Juntó para este fin toda la tierra,
e hizo grande junta y llamamiento,
publica a fuego y sangre cruda guerra,
celebra del cristiano el finamiento,
ofrece en sacrificio una becerra
y las cenizas della por el viento
desparce, por señal y por memoria
que contra el español habrá victoria.

Yaguatatí de presto se le ofrece
con más de dos mil indios de su mano;
por alférez le nombra, y lo merece.
Con mil indios acude Tanimbano,
el gran Cayapey no desfallece;
Ibiriyú, también mozo galano,
acude aquél con mil menos ochenta,
estotro con doscientos y cincuenta.

Yacaré y Tapucagn no se quedaron,
que cada uno trescientos y cincuenta
traía; de esta suerte se juntaron
al pie de cinco mil a buena cuenta.
En la estacada y fuerte se encerraron,
sin que salir alguno se consienta;
y si salen algunos, muy aína
acuden a la trompa y la bocina.

Así con gran contento deseaban
que venga el español para probarse.
El tiempo, noche y día lo gastaban
en su estacada, y fuerza y repararse
la flecha, pica y dardo ejercitaban,
a sus solas procuran ensayarse.
El maraca, bocina, y atambores
resuenan por el bosque y rededores.

Garay, que caminaba desque llega
do se siente esta grita y alboroto,
atraviesa por medio de una vega
hasta dar en un verde y grande soto.
La gente guayracana estaba ciega,
en un momento el campo les fue roto,
mas viendo las mujeres les llevaban,
con fuerzas defenderlas procuraban.

De temor de la trompa que sonaba
y el tropel y ruido del caballo,
la chusma el fuerte ya desamparaba,
que al español no quieren esperallo.
El Guayracá a los indios animaba,
el español comienza a escopetallo;
mas tiene tal destreza el perro viejo
que a su defensa halló buen aparejo.

Desde un tronco muy grande desembraza
el Guayracá una flecha, y la ha fijado
en un árbol, pensando que hizo caza
en Garay. Una voz ha levantado,
diciendo: «Capitán, desembaraza
el campo, pues ya ves que te he clavado».
Mas Inciso dio al perro por la frente,
y cae Guayracá luego de repente.

Yaguatatí en un punto embravecido
como toro muy bravo de Xarama,
entre los españoles se ha metido,
y sálele al encuentro Valderrama
y Osuna, de los cuales mal herido,
los dientes rechinando, bufa y brama,
y dice: «Por matarme satisfechos
no vais», y mete el dardo por su pecho.

Luis Martín, con ánimo lozano
encuentra a Mayrayú, y de estocada
por los pechos le hiere y da en el llano
el indio, y al caer quebró la espada,
que no pudo sacarla el trujillano
según estaba fija y enclavada.
La macana del indio torna presto
con que piensa vencer a todo el resto.

Castillo, con su espada y la rodela,
a diestro y a siniestro va hiriendo;
Cuyapei en herirle se desvela,
y viendo que le acierta, va huyendo.
Así como lo vido Valenzuela,
tras el indio con furia fue corriendo;
el trueco le dio luego del flechazo,
y en tierra le tendió de un pelotazo.

Bañuelos de esta hecha, y Espinosa,
el infierno poblaron de paganos,
y viendo que la gente temerosa
discurre sin consuelo por los llanos,
viniendo ya la noche tenebrosa
volvieron al real libres y sanos;
empero de la sangre que han vertido
teñido el rostro, manos y vestido.

Este día vi un indio que llegaba
a mí, con una cruz viene en su mano;
con muy grandes sollozos me hablaba.
«Por Dios que murió en ésta Soberano»,
me dice, «ya me val, pues te obligaba
el ser tú mi Señor Arcediano».
Diciendo estas razones se me llega,
y al caballo y estribo se me pega.

Aquéste en la Asumpción había servido
a Bartolomé Barco de Amarilla;
después con otros indios se ha huido
al Obera siguiendo y su cuadrilla;
y viéndose en peligro, ya vencido,
a mi lado se pega y a la silla.
Valiole el escogerme por padrino,
que el tiempo le enseñó lo que convino.

El Obera, maldito, dado había
la cruz a aqueste indio y deputado
por sacerdote, y santo le tenía;
después de aquéste fui bien informado
de aquellas ceremonias que hacía
aquel maldito indio y endiablado;
y cómo Papa a un hijo intitulaba,
y al otro Emperador y Rey nombraba.

El uno bautizaba, trastrocando
los nombres que los indios ya tenían;
el otro los delitos castigando
andaba, que los indios cometían.
El Obera, su padre, predicando,
yo vi que unos mestizos le seguían,
y puse gran calor yo por haberlos,
y al fin hube con maña de cogerlos.

Con un muchacho mío, conocido,
ladino en gran manera y ardidoso,
enviando a decir cómo había ido
de remediarlos estando deseoso.
De Logroño un mestizo fui creído,
y a mi toldo se vino muy gozoso;
traté de perdonarle si traía
los otros dos, y al punto lo hacía.

Otro mestizo andaba levantado,
de nación portugués, y publicaba
contra el Misterio Santo consagrado
formadas herejías, que hablaba.
Oyéndole, le dijo otro soldado
que mirase muy bien lo que trataba,
el cual me dio noticia de este caso,
y yo salí de casa muy de paso.

De blanco me vestí, y con sombrero
de paja, en mi caballo a la jineta,
llevando solamente un compañero,
y cada cual a punto una escopeta.
Espías yo le puse, tan ligero,
que venida la noche muy secreta
en un bosque le prendo, y amarrado
a la ciudad le traigo a buen recado.

El que fingía ser Papa, y compañeros,
jamás nos esperaron en la guerra,
que aunque suele traer muchos flecheros
y sale muchas veces de su tierra,
por saber ya que son arcabuceros,
en los bosques y montes bien se encierra.
El Guayracá, que hizo palizada,
quedó muerto, y su tierra desolada.

Doscientas o más piezas se sacaron
de aqueste asalto y guerra Guayracana;
algún tanto con esto reposaron
los indios de la tierra comarcana.
Los nuestros con contento celebraron
el triunfo de victoria tan galana,
y a la Asumpción volvieron victoriosos,
alegres, placenteros y gozosos.

Mas no puede durar el alegría,
que nunca puede haber gozo cumplido;
pues vemos que al placer dolor seguía,
y al dolor el placer se le ha seguido.
Decir quiero un motín que sucedía
de mestizos malvados mal urdido.
Descanse pues un poco aquí mi pluma,
y luego lo pondrá en muy breve suma.

Canto vigésimo primero

Mi ronca voz desmaya desque siento
el bravo laberinto en que me meto,
habiendo de escribir el alzamiento
de la gente soberbia; que prometo
que si durara aquel levantamiento
un mes, todo el Perú fuera sujeto
a la dicción y mando de tiranos
son sólo la ocasión de estos livianos.

Habiendo de la guerra descendido,
poblar a Buenos Aires fue acordado.
De la Asumpción Garay hubo salido,
de todos adherentes aprestado;
con él muchos soldados han venido,
y habiendo en Santa Fe desembarcado,
allí estuvieron días esperando
los caballos, que vienen caminando.

Rehecha en Santa Fe aquesta armada,
camina a Buenos Aires por el río,
también por tierra va gran cabalgada
de gente, que no teme sol ni frío.
Y siendo ya la cosa bien guiada,
a pesar de la tierra y su gentío,
los unos y los otros allegaron
al puerto Buenos Aires, y poblaron.

El Guaraní penoso está mirando
la cosa cómo pasa, y determina
en él, pasado tiempo, imaginando
el pueblo deshacer con cruda ruina;
la guerra por la tierra pregonando,
la gente se juntó circunvecina,
y dieron a los nuestros grande guerra,
los unos por la mar, otros por tierra.

En el puerto el navío surto estaba,
con balsas y canoas a los lados;
la parte por aquí bien se guardaba,
que todos bien estaban aprestados.
La gente que por tierra caminaba,
a media noche llega; los soldados,
que estaban sobre aviso en centinela,
salieron, y escuchad la escarapela.

Al punto que los indios grita dieron,
soltaron mucha fuerza de flechazos
con fuego, y las flechas encendieron
las tiendas de algodón y cañamazo.
Con presteza los mozos acudieron,
tirando tan terribles cañonazos
que cierto figuraba por el llano
andar furioso y listo el dios Vulcano.

Tabobá, el valiente y animoso,
por General venía de esta gente;
andaba por el campo muy furioso.
A caballo salió muy de repente
Inciso, que en amores venturoso
ha sido, y en la guerra muy valiente.
A su suegro imitando, en breve pieza
a Tabobá ha cortado la cabeza.

Los indios, como vieron que faltaba
el Capitán que fuerzas les ponía,
y que el cristiano mucho más ganaba
y su partido de ellos fallecía,
al son de una bocina que sonaba
en orden cada cual se retraía.
Mas viendo que los nuestros les seguían,
sin orden y con priesa ya huían.

Habiéndose los indios, pues, huido,
los nuestros han quedado sosegados;
las tierras entre sí han repartido,
contentos de se ver que están poblados.
A Castilla el navío se ha partido,
llevando de estas cosas los recados;
de muchos sus maldades y sus tratos
allá fueron metidos en zapatos.

La nave se partió muy presurosa,
de cueros y de azúcar bien cargada;
la gente que va en ella, va gozosa
con fin de dar la vuelta apresurada.
No va de inglés corsario temerosa,
que en el aire parece que es llevada
con viento sur en popa navegando,
por cima de las aguas va volando.

La gente, con su pueblo, que ha poblado,
está contenta, alegre y placentera;
el fuerte tienen hecho torreado,
muy cerca de la playa y la ribera.
Alegre está este sitio, acomodado
de vista y parecer en gran manera;
las cosas se dan todas de Castilla,
que el temple se semeja al de Sevilla.

Estando la ciudad así poblada,
la Trinidad por nombre le pusieron,
y la gente en cabildo congregada,
alcaldes ordinarios eligieron.
En esto en Santa Fe gran melonada
se junta de mestizos, y escribieron
a Tucumán, al Abrego, diciendo
lo que entre ellos andaban mal urdiendo.

Noticia los mancebos han tenido
de aquellas provisiones con que vino
Valero a Cotagayta, cuando ha sido
despalmada su mula en el camino.
Pues esto, y otras cosas que han sabido,
les mueven a emprender un desatino
tan fuera de razón y tan tirano,
urdido de un juicio muy liviano.

Venialvo, Gallego, Ruiz Romero
y el gallardo de Leiva, muy valiente,
Villalta con Mosquera compañero,
a su opinión trajeron mucha gente.
«El camino», decían, «carretero
es atajar el mal e inconveniente,
que estamos de Garay muy oprimidos,
conviene abrir los ojos y sentidos».

«Servicio al gran Virrey», dicen, «haremos
en prender a Garay malo y travieso,
y libres deste caso quedaremos,
si al Virrey le enviamos presto preso.
Del caso a Tucumán avisaremos,
que no puede venirnos mal suceso».
A Villalta y Ruiz por mensajeros
al Abrego despachan muy ligeros.

Por dos veces o tres se han carteado,
y en breve se ha forjado la maraña.
Lo que Abrego con ellos ha tratado
no sé decir, que usó siempre de maña.
Una noche con cartas han llegado,
y al punto con tirana y cruda saña
perdieron al Teniente, y a Olivera,
Alcalde, y a un sobrino del buen Vera.

En casa de Venialvo se juntaron
con cotas, arcabuces, morriones;
a la gente plebeya convocaron
con sus fingidas causas y razones.
Su maldito designo confirmaron,
vencidos de livianas pretensiones;
su mujer al de Leiva le decía
que su pescuezo a esparto ya le olía.

Él dice: «Como Reina, espera bella,
muy rica, muy contenta y gran señora».
«Al menos no seré», dice la bella,
«contra nuestro Filipo yo traidora,
mujer de traidor, sí; maldita estrella
la vuestra, y desdichada y triste hora
en que fuisteis conmigo desposado,
pues contra nuestro Rey sois levantado».

Estando de esta suerte rebelados,
eligen Capitán que gobernase,
y mandan que saliesen desterrados
los españoles luego, sin que osase
quedar alguno, términos pasados.
Y el que tiene mujer se la llevase,
que solos poseer quieren la tierra,
pues solos la ganaron en la guerra.

Arévalo por todos fue elegido
por General, caudillo desta hecha;
y aunque lo recusaba, no ha podido
dejar de lo aceptar. Si fue desecha,
no sé; mas vi que, el cargo recibido,
un bando general y pregón echa
en que manda que todos se juntasen
y munición con armas registrasen.

Acude Venialvo, que lo oyera,
y con soberbia grande y arrogancia
al General hablando, así dijera:
«En eso pongo yo gran vigilancia,
por ser cosa que a mi perteneciera,
pues soy Maese de campo, y la ganancia
o pérdida del campo se me fía,
como a quien bien sabéis pertenecía».

El General responde: «Aquel que tiene
tal cargo, hacer todo lo posible
en su tanto y manera le conviene».
«Harase lo que fuere convenible»,
le dice Venialvo, «y no le pene.
Y pues que es cortesano y apacible
el vulgo popular, en paz me tenga,
que contra el Taborlán bastó que venga».

En su falso contento mal habido
estaban estos tristes, procurando
sustentar el titánico partido
contra quien lo impidiese, batallando.
El inmenso Señor ha socorrido
con su favor, en muchos inspirando
a conocer el yerro y el engaño
de su gran perdición y triste daño.

El General con otros de secreto
conciertan, y cualquiera bien le ayuda,
que el remedio se busque más perfeto
con que al real servicio bien se acuda.
Santa Cruz, un hombre muy discreto,
Ramírez, Aguilera, gran ayuda,
con Juan Martín, y otros compañeros,
en este caso fueron muy ligeros.

De dos en dos, a un punto concertaron
que acudan a herir a cada uno
de aquellos más valientes que forjaron
aqueste rebelión tan importuno;
y todos juramento se tomaron
sobre un libro misal, muy de consuno,
de morir o matar con propias manos
al bravo Venialvo y los tiranos.

Allega el General a la posada
de Venialvo, que estaba descuidado,
y sale sonriendo a la parada;
acude Santa Cruz muy denodado
y en el cuello le da una puñalada.
Palabra Venialvo no ha hablado,
que volviendo los ojos hacia el cielo
al punto se tendió muerto en el suelo.

La voz del Rey sonó muy prestamente;
Gallego con temor dice a Aguilera:
«Ayúdame, compadre, diligente».
Responde: «Ayudaré de esta manera».
La cabeza le hiende por la frente,
los sesos salen fuera la mollera,
y dice: «No, no hay compadre en tiranía,
que el Rey es mi compadre en demasía».

Ramírez acudió y la parentela
al bravo Leiva; el joven, que dormía
en camisa, salió, que a estar en vela
mostrara su valor y valentía.
El hilo le cortaron de la tela
que el triste sin ventura mal tejía.
Su esposa con dolor está llorando
y sus rubios cabellos arrancando.

Diego Ruiz, que estaba descuidado,
oyendo la gran grita y el mormollo,
a la plaza salió, y despedazado
en un punto le ponen en el rollo.
Era, cierto, valiente y esforzado,
y bello sin ventura este criollo.
Dañole al fin la mala compañía,
que natural muy bueno le tenía.

A Romero en aquesto mal herido
al pie del rollo estaban confesando,
y en breve fue del rollo suspendido,
y a priesa a todos juntos cuarteando.
Por el campo y caminos repartido
los cuartos sean, la causa publicando
las letras que en los palos se ponían,
que bien los que pasaban las leían.

El General soltó luego los presos,
y al Teniente le entrega la bandera,
y hácele que forme los procesos,
de como sucedió de esta manera.
Mosquera, como vio tales sucesos,
a Córdoba camina a la ligera.
Rubira a la sazón allí mandaba
y préndele, y muy presto le soltaba.

Villalta vide yo que se ha escapado,
el que hizo oficio de cartero;
acógese a los pies, y en emboscado
dejó pasar el tiempo carnicero.
Después en San Francisco se ha encerrado
tomando al guardián por su tercero;
su causa entre compadres fenecida,
escapa por entonces con la vida.

Algunos más mancebos presos fueron
que en aqueste motín fueron culpados;
procesos contra todos se hicieron,
mas fueron sobre peine fulminados.
Mosquera y el Villalta, que huyeron
a Santiago, en mal punto ya llegados,
de su triste desastre dieron nueva,
y a Lerma de su intento dieron prueba.

El licenciado Lerma en este punto
entraba a gobernar en Santiago.
Su venida no saben, y está junto
con su gente haciendo grande estrago.
De amigos y favor está disjunto
el Abrego en aqueste fuerte trago,
y el Lerma pretendía así cogerle,
porque intención traía de prenderle.

En el Perú la fama había volado,
con falsa presumpción, o verdadera,
que aqueste Abrego estaba medio alzado,
por tanto viene Lerma a la ligera.
Tomole de improviso y descuidado,
que no sé de otra suerte lo que fuera;
envía seis soldados con su hermano
Antonio Mirabal, el sevillano.

De parte de su hermano le decía
que viene a le servir ya proveído
por mandado del Rey, que acá le envía
por su Gobernador. Mal lo ha sentido
el Abrego, que a Lerma conocía;
en cólera los dos se han encendido,
y mientras algún tiempo se gastaba,
el Lerma con su gente ya llegaba.

Sintió, como llegó, que andaba estruendo,
sonido de arcabuces y gran grita,
al Abrego prenderle pretendiendo,
el Mirabal veréis tanto se incita;
el Abrego la fuerza resistiendo,
que se mete ya en cólera infinita;
estaba el sin ventura ya tan ciego,
que poco aprovechaba con el ruego.

El Lerma le prendió y puso prisiones,
y a aquellos que al presente le ayudaron,
que poco aprovecharon las razones
que en su defensa al Lerma presentaron.
De aqueste trance, bregas y pasiones,
algunas pesadumbres se inventaron;
Hernán Mesia y Sotelo aprisionados
aquí fueron, que dicen ser culpados.

A tal punto, sazón y coyuntura
(que cierto es de notar) llegando nueva
del motín paragüeño y su locura,
tomó Lerma el principio de su prueba.
Movioles a venir su desventura
a Villalta y Mosquera. Cuanto deba
huir de la ocasión quien ha pecado,
a todos la experiencia ya ha mostrado.

Para huir la pena del delito
que da Dios al que peca en la otra vida,
conviene al pecador esté contrito,
su culpa en confesión sacra plañida.
Mas suele otro castigo ser inflito
por temporal justicia; la huida
y salto de la mata es el remedio
mejor, que no meter buenos en medio.

Mosquera se escapó bien de la ira
y furioso tropel de sus parientes;
y el triste de Villalta de la dira
y brava confusión e inconvenientes.
Mas ninguno de aquestos ambos mira,
que huye el perejil, y que en las frentes
de entrambos nacerá con tal cogollo,
y presto se verá puesto en el rollo.

De Lerma no huyeron la presencia,
pensando recibir merced cumplida;
él pone en los guardar gran diligencia,
y su causa y su culpa conocida,
contra los dos pronuncia tal sentencia:
que luego les privasen de la vida
en el rollo fijando sus cabezas,
y los cuerpos en palos hechos piezas.

Por indicios y causas que no cuento,
que de éstos los procesos están llenos,
al Abrego da Lerma gran tormento
con otros que no estaban muy ajenos
de saber sus secretos; mas no siento
los secretos si malos son o buenos,
de Santa Fe el motín bien impidiera
el Abrego, se dice, si quisiera.

Murió a cabo de días, y no había
el Lerma su negocio fenecido;
después que muerto fue, se fenecía,
y el negocio a los Charcas ha salido,
el Audiencia lo hecho rescindía.
Hernán Mesia y Rubira han recibido
contento con Sotelo, y se holgaban
por ver cómo por libres ya les daban.

Yo, cierto, que entendí de esta reyerta
de Santa Fe algún tanto, y de aquel hecho
por cosa averiguada tengo y cierta
que hizo Lerma en ir grande provecho,
que en ver allá que estaba allí a la puerta
quien guardar procuraba el fil derecho,
la canalla argentina reposaba,
y el nombre de Filipo celebraba.

Verdad es que hay también otros quejosos
que dicen, por se ver muy afligidos,
negocios de este Lerma escandalosos.
Mas eran enemigos conocidos,
y a veces suele haber casos forzosos
que obligan a los hombres entendidos
a dar en Scyla de ojos, procurando
a Caribdis huir, que está esperando.

Victoria en esto viene, por prelado
envía a su Deán que administrase
(en tanto que él entraba) el obispado,
y a Lerma le encargó le regalase.
Él hácelo. ¡Cuán poco que ha durado!
Que no quiso el Deán mucho durase,
que cierto el Lerma bien le regalaba
en su casa, y con honra le trataba.

En breve comenzaron de trabarse
con chismes, y otras muchas niñerías;
el Deán deseaba señalarse
con grande presumpción y boberías.
Mas no le deja Lerma aventajarse:
«No es justo que suframos demasías»,
le dice, «Padre, tenga sufrimiento,
no haga salga el hombre de su tiento».

Y luego dice: «Muestre los recados
que tiene por do firma Licenciado,
y de Deán también, pues prebendados
nombrar sólo a sí el Rey se lo ha dejado».
Estando sobre aquéstos muy trabados,
la cosa a tal extremo hubo llegado
que por fuerza el Deán se determina
partir para el Perú, y ya camina.

A Esteco se partió con gran enojo,
que a su partir la fuerza le obligaba;
el bachiller García diera un ojo
en trueco por no ver lo que pasaba.
La barba, como dicen, en remojo
echó, por ver la de otro se quemaba;
con el Deán se va, porque temía
que lo propio será de él otro día.

Dejémoslos hacer, que yo bien fío
que presto pagarán cierto el escote,
que es gente aparejada a desvarío,
y andan, como vemos, muy de trote.
Y tratemos ahora del gran brío
del capitán Francisco, crudo azote,
que viniendo siguiendo su camino,
del estrecho ha tomado el Argentino.

Y pues se han de contar maravillosas
hazañas del cosario más grandioso
que escriben las historias más famosas,
y más determinado y venturoso,
conviene que pongamos tales cosas
en un canto por sí maravilloso,
pues puso en maravilla a nuestra España
el capitán Francisco y su hazaña.

Canto vigésimo segundo

No es justo al enemigo que tenemos
celarle sus hazañas y sus hechos,
ni dejar de decir lo que sabemos,
que envidia es quitarle sus derechos.
Y más que en esta historia pretendemos
a la verdad mirar, no a los provechos
ni vanas pretensiones; pues la nuestra
es daros, mi Señor, de verdad muestra.

Y así justo será que por olvido
no deje yo a Francisco y su gran hecho,
pues que en aquestos tiempos ha venido
al Perú de su tierra muy derecho,
y como el Argentino conocido,
la vuelta va siguiendo del Estrecho,
contando en breve suma esta hazaña,
que es digna de contarse por extraña.

Aqueste inglés y noble caballero
al arte de la mar era inclinado,
más era que piloto y marinero,
porque era caballero y buen soldado.
Astuto era, sagaz y muy artero,
discreto, cortesano y bien criado,
magnánimo, valiente y animoso,
Afable y amigable y generoso.

Mas, como lo mejor y necesario
le falta, que es amor de Jesucristo,
emprende de hacerse gran cosario,
y fuelo tal cual nunca se hubo visto.
De su tierra salió este adversario
con armada muy fuerte, y vino listo
por nuestra mar del norte navegando,
el magallano estrecho demandando.

El Argentino toma, pretendiendo
en él hacer aguaje; de camino
del Estrecho la vuelta va siguiendo;
un temporal deshecho sobrevino
con fuerza sus navíos sacudiendo;
el huracán, tormenta, torbellino,
a la costa una nave sin antena
entrega desrumbada en el arena.

Tomando, pues, su gente el luterano
en una sola nave, con osado
y valeroso pecho, y viento sano,
al puerto de los Leones ha llegado.
Sintiendo en su favor su suerte y hado,
el Estrecho embocó con buena mano,
y en breve al mar del sur sale triunfando,
la tierra firme en Chile costeando.

La costa y tierra toda estremecía,
las nuevas por los aires retumbaban,
la gente de los indios se temía,
que muy mal se sonaba que hablaban.
Francisco con gran gozo y alegría
navega, que los vientos le ayudaban;
a dos navíos pequeños ha encontrado,
y aquello les quitó que le ha agradado.

En Arica llegando placentero
a Roca le tomó su navichuelo;
al triste que perdiera su dinero
yo le vi lamentar con grande duelo.
El navío del Rey salió primero
con la plata, a Arequipa va de vuelo,
pues a Valencia Arica cupo en parte;
y oíd del trujillano su buen arte.

En Arica regía éste la costa,
do viendo que el inglés viene con brío,
a Arequipa despacha por la posta
a que saquen las barras del navío.
Si no hacen aquesto entrará en costa,
que Francisco llegó con grande pío,
y entrando en el navío no ha hallado
las barras, que en el agua se han echado.

El navío de Arica había partido
con las barras del Rey; con el aviso
de Valencia en el agua se ha metido,
de que el inglés se halla allí arrepiso.
Y como en el secreto no ha caído,
de Arequipa se parte de improviso,
al viento dando velas, porque estima
en gran precio tomar puerto de Lima.

A Lima se despacha mensajero
por tierra a Arequipa; mas allega
el inglés al Callao de primero,
sin combate de mar y sin refriega.
El puerto reconoce placentero,
y a las naves y barcos bien se pega,
a vista se nos pone y hace fieros,
y en tierra algunos buscan agujeros.

En breve se conoce ser cosario.
Don Francisco Manrique acaso estaba
aquí con su mujer; el adversario
a media noche en punto se llegaba
al puerto, donde fue muy necesario
un caso que diré que allí pasaba,
que mechas de sus tocas vi hicieron
las damas, y en lo alto las pusieron.

Doña María Cepeda con Mencía,
su bella hermana, dicen a Manrique,
que muchas encendidas convenía
se muestren, y campana se repique.
El buen factor lo hace, y luego envía
persona que al Virrey lo signifique,
que tienen enemigos en el puerto
sin saber quiénes son cosa de cierto.

El de Toledo a priesa hace gente,
tocábanse las cajas y campanas,
y con temor y miedo al más valiente
veréis cargar de hierro y partesanas.
El súbito temor tan de repente
causaba andar las gentes como insanas,
y como de este caso en duda estaban,
con pequeño momento vacilaban.

La turbación y priesa yo decilla,
aunque quiera hacer un largo canto,
no podré; cabalgaba uno sin silla,
el otro aunque con silla con espanto,
el otro iba sin freno en su baquilla,
el pecador temía, y el más santo;
al fin todos estaban temerosos
y de futuros males recelosos.

Los negros la ocasión consideraron,
y acuerdan entre sí un ardid famoso:
los frenos a sus amos les hurtaron,
ardid sutil de guerra y peligroso.
Entre ellos el concierto fabricaron
con ánimo maldito y alevoso,
pensando que Francisco allí viniera
y en libertad a todos les pusiera.

Sus amos los caballos ensillaban
a gran priesa, de miedo todos llenos,
y las espuelas calzan, y tomaban
las lanzas en las manos, mas los frenos
no hallan, aunque más los procuraban,
que fue concierto hecho de morenos
que al blanco tienen tantos desamores
cuanto son diferentes las colores.

San Juan de Ontón, navío muy nombrado,
con la plata del Rey había salido;
en breve el luterano lo ha alcanzado,
y como de improviso le ha cogido,
y el viento en aquel punto le ha faltado,
de su fuerza escaparse no ha podido.
A su dicción y mando le sujeta,
y tomando la plata luego aprieta.

Aquésta fue la presa más famosa
y robo que jamás hizo cosario.
Su hambre, tan canina y tan rabiosa,
de plata bien hartó aqueste adversario.
Que es cosa de decir muy monstruosa
el número de plata y temerario
negocio nunca visto ni leído
que a cosario jamás ha sucedido.

Sin aquestos navíos que he contado
de Chile, y en Arica al de la Roca,
otros tomó también que hubo encontrado
en los puertos sin gente y fuerza poca.
Después, a los Malucos engolfado,
a Tidore y Ternate presto toca,
y junto a Gilo Gilo toma puerto,
que llena su navío todo abierto.

En una isla pequeña despoblada
saltando, un fuerte hace de repente.
La gente lusitana congregada
le envía a ofrecer alegremente
que de ellos ha de ser muy regalada,
que lleve donde están toda su gente.
No quiere sus regalos, les responde,
y la plata so tierra bien la esconde.

El Rey de Gilo Gilo, el de Ternate
y Tidore, con otros comarcanos,
tuvieron con Francisco gran rescate.
De seta aquéstos son mahometanos,
tenían por entonces gran combate
y guerra contra nuestros lusitanos.
Ayuda les ofrece el luterano
de allá de la Inglaterra por su mano.

Con esto en breve pone en astillero,
en esta isla que he dicho, un buen navío.
Salió recio, veloz y muy velero,
en todo le ayudando aquel gentío.
De como allí llegó, al mes tercero
dio velas a su nave con gran brío;
la costa de la India va bojando
y al mar del norte el rumbo enderezando.

En él entrando rico y poderoso,
en sí mismo pensando su ventura,
con ánimo gallardo y valeroso,
que cierto le tenía de natura,
navega muy alegre y muy gozoso,
sin miedo que le venga desventura,
que va de su ventura confiado
y el navío de barras bien lastrado.

Sarmiento en este tiempo se ha ofrecido
a embocar el Estrecho hacia España;
de don Francisco fue favorecido,
que se juzga esta cosa por extraña.
En su lugar y tiempo referido
será aqueste negocio, y la maraña
que sin concierto y orden mal urdía,
por donde mucha gente se perdía.

Volver a Lerma quiero. Tiene aviso
que en Esteco el Teniente mal se había
con el Deán; por tanto de improviso
a Mirabal su hermano luego envía.
El Mirabal aquesto solo quiso
por achaque tomar, que aborrecía
al pobre del Deán, de quien es fama
que toda la revuelta forja y trama.

En la Merced estaba recogido
el deán don Francisco de Salcedo,
de do con dos o tres hubo salido
en busca del Teniente. No está quedo
el bachiller García, que ha venido
con grita, barahúnda y mal denuedo;
mas no hallando en casa al Benavente,
a la Merced se vuelve aquesta gente.

De los de la revuelta un conocido,
que por nombre Felipe se decía,
a quien la justicia hubo querido
a Castilla enviar, pues convenía,
la culpa principal aquí ha tenido,
que por costumbre vieja lo tenía;
y de su mal vivir quiera dolerse
nuestro gran Redentor, y él condolerse.

Al de Toledo aqueste falseado
la firma, dicen, hubo con gran maña;
y siendo su negocio comprobado,
embarcarlo quisieron para España.
A galeras estaba condenado,
que fue su culpa en forma muy extraña;
mas tuvo tal industria este mestizo,
que el juego, como dicen, maña hizo.

Al Audiencia de Charcas despachados
por Lerma fueron presto ya los presos,
con papeles y causas y recados
formados a la larga los procesos.
También salieron otros condenados
a galeras por ser hombres traviesos:
Hernán Mesia, Sotelo con Rubira,
su causa en el Audiencia bien se mira.

De ver era en la Plata las dicciones
que había de este caso y pareceres.
Aquí veréis juntar conversaciones
de toda suerte de hombres y mujeres,
soldados y vecinos en cantones,
ni se trata de plata ni de haberes,
de solo Lerma vi tantas sentencias
cuanto eran de cabezas diferencias.

Tardeme yo en venir algunos días,
y estaba ya el negocio reposado;
con todo algunos tienen sus porfías,
que no les era el caso bien contado.
Que aunque hubo en el negocio demasías,
en parte fue muy bueno y acertado,
que obligan los delitos muchas veces
a salir de medida a los jueces.

En Arequipa en esto ha sucedido
una cosa muy triste y repentina,
y tanto que yo vide conmovido
al Perú con dolor de tan gran ruina.
Y pues de lamentar tanto ha sabido
desde su fundación nuestra Argentina,
lamente aqueste caso lastimero
que por famoso aquí contar le quiero.

Había un gran presagio sucedido,
que oyeron por los aires tintinando
de cajas y atambores gran ruido,
que en concertado son iban sonando.
Cometas por el cielo han parecido,
que acá y allá contino andan errando.
El aire obscurecido y tenebroso
promete fin horrible y espantoso.

Estando el pueblo alegre y descuidado,
en sus casas comiendo cada uno,
con un furor horrible desfrenado
se forma un tal temblor tan importuno
que sale cada cual desatinado,
el remedio buscaban oportuno.
Y huyen, no esperando el hijo al padre,
ni al hijo su querida y dulce madre.

Amigos a otros fueron muy propicios
en este aprieto dándoles ayuda.
Caíanse los fuertes edificios,
que muy poco el cimiento les ayuda.
Con la puerta, que queda sobre quicios,
aquel que más no puede bien se escuda,
en tanto que el umbral no se hundía,
y viene todo allí de Romanía.

El triste que procura de la tienda
librar lo que ha ganado con trabajo
perece con su mísera hacienda,
quedando por sacarla de debajo.
Muy larga se le hace aquí la senda
al que es gordo y pesado y tiene bajo,
que el más suelto y ligero más corría,
y de su ligereza se valía.

Trescientas y más casas se cayeron,
y templos muy lucidos y labrados,
y más de treinta hombres perecieron,
sin indios so la tierra sepultados.
De espanto y miedo algunos se murieron,
cayendo de su estado desmayados,
que viendo se hundía tierra y suelo,
pensaban se venía abajo el cielo.

A mediodía sucede, que si fuera
de noche aquesta ruina dolorida,
sin duda mucha gente pereciera
sin poder escaparse con la vida.
De su casa salir nadie pudiera,
que le fuera imposible la salida;
pues era tan difícil con luz clara,
¿qué fuera si de noche les tomara?

Una boca terrible y espantosa
está junto a Arequipa, ¡oh, Dios Eterno!,
que vos hicisteis cosa tan mostruosa
que bien se dice boca del infierno.
Aquésta dicen fue causa forzosa
de aqueste terremoto, y que el caverno
con furia levantó la gran tormenta,
aquel volcán azufre y fuego avienta.

Pues no bastó el temblor tan espantoso
para que una mestiza se enmendase,
que fraguando tenía un mal famoso
que quiso de su mal fama durase.
La triste, no pudiendo ver su esposo,
el Diablo la aconseja lo matase,
pensando desposar ella consigo
a un mozo que tenía por amigo.

Al cual de su propósito maligno
la moza le da parte placentera.
El mozo en el concierto luego vino,
que amaba a la mestiza en gran manera.
En una huerta está junto a un camino,
en medio de un vallado, una higuera.
Aquí, después de muerto, le han colgado,
fingiendo que murió desesperado.

La moza le ahogó, cuando dormía,
con un lazo y cordel muy corredizo.
Con ella está presente, que lo veía,
el nuevo sucesor y mal mestizo,
el cual al muerto luego suspendía.
El ruido que forman es hechizo,
celando y encubriendo su contento
con un fingido y falso sentimiento.

Al tono de este caso doloroso,
diremos otro aquí más lamentable.
En Mizque, valle fértil, provechoso,
do Baco tiene asiento favorable,
estaba Gil González, hombre honroso,
a su esposa y mujer muy amigable.
Al parecer también ella le amaba,
y como a su marido regalaba.

Catalina, verdugo sin consejo,
ingrata a tanto bien como tenía,
habiendo muerto el padre, como viejo,
con el marido a veces mal se había.
Matarle determina; el aparejo
en un mozuelo halla, a quien quería
en un supremo grado; de tal suerte,
que a todos tres causó su querer muerte.

En casa le tenía hospedado,
nacido era en la villa de Oropesa;
del pobre Gil González regalado,
comiendo de ordinario en propia mesa.
Empero de sus padres mal criado,
y así de condición mala y aviesa,
por sus grandes delitos y malicia
desterrado le había la justicia.

Conciertan, pues, los dos quitar la vida
al pobre, que vivía sin recelo.
El Juan Rodríguez diole una herida
de que cayó el González en el suelo.
La maldita verdugo, luego asida
del triste que la pide a ella consuelo:
«No es tiempo ya», le dice, «perro, perro».
Y el mozo por la llaga mete hierro.

Expira el sin ventura sollozando,
diciendo: «Mujer mía, ¿qué os he hecho?».
La verdugo cruel le está arañando
el rostro y el pescuezo con el pecho.
Fingiendo que se duele, está gritando,
y su marido dice que del lecho
cayó con un dolor crudo muy fuerte,
con ansias revolcando de la muerte.

Los lutos se sacaron con contento,
las lágrimas son risas de heredero;
y muy de presto ordenan casamiento
por más presto venir a pagadero.
Apenas se acabó el enterramiento,
despósanse los dos; el paradero
fue muerte acabadora de contentos,
de bienes y de males y tormentos.

¡Oh, cruda ingratitud, tan celebrada
de hembras por el mundo, como vemos;
es posible que, siendo tan usada,
jamás de su rigor huir podemos!
La culpa nuestra bien está probada,
pues de mujer sabido ya tenemos
que no puede regirse por consejo,
pues tiene de razón poco aparejo.

Veréis que al parecer muy tiernamente
os aman por extremo sin medida,
y al contrario veréis muy de repente
que sois la cosa más aborrecida
que se puede hallar entre la gente.
Aquesta usanza bien es conocida,
por do decir podremos: de la hembra
mudanza cogerá quien amor siembra.

Fiad de la mujer, por vida mía,
veréis cuán mal acude la fianza.
Si acaso es principal y de valía,
contino está pensando en su mudanza;
siendo de baja suerte, noche y día.
Pues ¿quién tendrá en mujer ya confianza,
sabiendo que en su pecho está estampada
y al vivo la mudanza retratada?

Y si alguna excepción hallar queremos,
no es justo la busquemos en la tierra,
que no se hallará, aunque trabajemos,
que a firmeza interés presto destierra.
En el Perú aquesto bien podemos
probar, que árbol alguno no sotierra
sus raíces, aunque sea de grandeza;
pues, ¿cómo la mujer tendrá firmeza?

Católica y beata, gran corona
de ejemplo y de virtud, reina Isabela,
de quien su eterna fama bien pregona
que sobre el candelero fue candela.
Dijisteis, gran Señora, a una persona
(quien hay que de tal cosa no se duela)
de firmeza no habrá solos matices
a do el árbol no cubre sus raíces.

No es justo ya tratar más de firmeza,
mayormente de damas, pues por gala
ya tienen la mudanza, y por bajeza
entre ellas ya se juzga, y cosa mala,
guardar la fe al galán, que es gran proeza
echarle al mejor tiempo en hora mala.
Que en remedio de amores han leído,
que al amor, nuevo amor ha socorrido.

Y porque disgustadas más no sean
las damas de este canto y de mi rima,
el siguiente les pido yo que lean,
que en él he de tratar cosas de Lima.
A vueltas del Concilio quiero vean
que hay en el Perú damas de estima,
que no es en esta historia mi designo
quitar de su valor al rubí fino.

Canto vigésimo tercio

Quisiera que el estilo de mi rima
subiera de repente de su punto,
al Cielo levantando bien la prima
en solo este brevísimo trasunto,
por poder escribir lo que vi en Lima
al tiempo que el Concilio estaba junto,
de siete obispos graves de consejo
y el arzobispo Alfonso Mogrovejo.

Como por nuestro Rey se desease
el bien de la República Cristiana,
porque el negocio bien se reformase
en este nuevo orbe y tierra indiana,
ordenó que Concilio se juntase,
premisa autoridad, santa, romana,
de tierras muy longincuas los prelados
en breve tiempo fueron congregados.

El muy docto Lartaun ha venido
del Cuzco, y de Quito el sabio Peña;
de Santiago de Chile, uno nacido
en Medellín, lugar, tierra extremeña.
El grave San Miguel, muy entendido,
de la rica imperial ciudad chilena;
de Tucumán, Victoria, lusitano,
a quien fortuna dio en breve su mano.

Don Alonso Granero, muy prudente,
que de antiguos Toledos descendía,
también se halla en Lima, aunque doliente,
que listado de gota se sentía.
Del Paraguay electo de presente
Obispo está, que Guerra se decía.
En este consistorio congregado
preside el Arzobispo ya nombrado.

Edictos se publican que viniesen
a pedir su justicia todas gentes,
y que en Concilio luego pareciesen
cualesquiera que fuesen delincuentes,
de estado eclesiástico, si fuesen,
y tuviesen también inconvenientes,
de religión dejada, o dimisoria,
a todos se despacha compulsoria.

Parecen en Concilio demandando
del Cuzco, con algunas ocasiones,
contra el Obispo algunos, informando
de su justicia, causas y razones.
Íbase este negocio encadenando
por muchos que los guían sus pasiones.
De aquí nace discordia entre prelados
y falsas opiniones de letrados.

Un Lucio, en los derechos graduado,
amigo más del tuerto que el derecho,
al Arzobispo trajo alborotado
con su mala intención y duro pecho.
Del Cabildo del Cuzco es abogado,
y piensa mejor hacer así su hecho:
el Concilio rescinda, le decía
al Arzobispo, que así le convenía.

Con este parecer muy conmovido,
procura el Arzobispo que cesase
el Concilio, diciendo que ha perdido
al Virrey, que esperaba le ayudase.
Don Martín en aquesto fenecido
había, que Dios quiso que llegase
su fin, digno de lágrimas y lloro,
porque perdió el Perú grande tesoro.

Tenía en el Virrey gran confianza
la gente, que al del Cuzco perseguía;
temiendo del de Cuzco la pujanza,
al Arzobispo el Lucio le traía
muy ciego, por tener de él confianza,
y así cuanto le dice lo creía.
Por su mal parecer y mal consejo,
al Concilio no viene Mogrovejo.

Los obispos aquí le requirieron
que al Concilio presida, como suele;
a la iglesia los cuatro se vinieron.
Al Lucio le conviene ahora que vele;
entre él y el Arzobispo respondieron.
El alma y corazón a todos duele
por ver tal disensión así trabada
entre obispos, por Lucio encadenada.

En contra a San Miguel bien se mostraba
del parecer de todos los prelados,
al Arzobispo él solo se juntaba.
Mas a aquellos que fueron congregados,
el Arzobispo presto excomulgaba,
y en tablillas los pone declarados.
En aquesto el de Quito muerto había,
y Granero de gota padecía.

Quien vido la ciudad alborotada,
metida en pareceres diferentes,
al Audiencia la causa fue llevada
para cortar el hilo a inconvenientes.
El Audiencia Real, bien informada,
y letrados famosos y sapientes,
rescindieron los autos actuados,
y así presto ya han sido congregados.

Tornáronse a juntar como solían,
haciéndose Concilio cada día.
En tanto que negocios fenecían,
la ciudad del comer se encarecía,
porque de todos partes acudían,
según a cada cual le convenía.
Los unos sin llamarles son venidos,
los otros a mal grado son traídos.

Las damas vi que estaban muy quejosas,
diciendo que con ellas se ha mostrado
el Concilio con leyes rigurosas,
que el uso de rebozos ha quitado.
En Lima veréis damas muy costosas
de sedas, tramasirgos y brocados
en las fiestas y juegos arreadas,
mas los rostros y caras muy tapadas.

Por las calles y plaza a las ventanas
se ponen, que es contento de mirarlas,
con ricos aderezos, muy galanas,
y pueden los que quieren bien hablarlas,
no se muestran esquivas, ni tiranas,
que escuchan a quien quiere requebrarlas,
y dicen so el rebozo chistecillos
con que engañan a veces a bobillos.

De aquesta libertad y gran soltura
el limense Concilio fue informado.
Queriendo reformar esta locura
y abuso tan pestífero y malvado,
publica con rigor una censura
so pena de la cual les fue mandado
a las damas sus rostros descubriesen,
o al menos a las fiestas no saliesen.

No fue poca la pena que sintieron
las damas de se ver así privadas
del rebozo, por donde se estuvieron
en sus casas algunas encerradas.
Al fin de aquesta suerte obedecieron
las unas, mas las otras destapadas
salieron a las fiestas muy costosas,
pulidas y galanas y hermosas.

Tan bien aderezadas y vestidas,
y con tanto primor y bizarría
en Lima andan las damas, y pulidas,
que en corte de Castilla se tenía
en estima, basquiñas guarnecidas
de mucho oro y de fina pedrería.
Doña Bernarda Niño una bordada
sacó que en tres mil pesos fue apreciada.

Aquésta sobre todas se señala
en costoso aderezo de vestido.
De Aliaga, Beatriz, lleva la gala
en discreción, aviso y buen sentido.
También la que no tiene cosa mala,
ni menos bueno que ella, su marido,
da lustre con su lustre en toda Lima
doña María Cepeda, de alta estima.

Estaba con la lírica Diana,
doña Mariana bella, muy gozosa
la corte de los Reyes, y aun ufana,
mas la muerte con ella fue envidiosa.
Dejonos otra ninfa, tan galana,
discreta, buena, rica, y tan hermosa,
que puede allá en el cielo ser lucero,
doña Juliana es Puerto Carrero.

Doña Beatriz la Coya en esto ha ido
a Lima, do se halla gran señora
por haber el bautismo recibido,
bien muestra ser del Inca sucesora.
Al muy sabio Loyola por marido
le cupo, de quien es merecedora.
Doña Luisa estaba cerca de ella,
de Ulloa compañera, clara estrella.

Dejemos de contarlas una a una,
porque era menester un largo canto,
y más que en todas ellas no hay alguna
que no tenga mil gracias; y esto tanto,
que para a media noche allí la luna,
y el sol a medio día, tanto cuanto
por cobrar nueva luz y resplandores
de las damas de Lima y sus primores.

Pues oigan los galanes amorosos,
y templen su contento. En Chuquiago
sucedió en estos tiempos tan gozosos
un extraño prodigio y gran estrago.
Por cima de unos cerros barrancosos,
arrancando del todo un grande lago,
un terremoto súbito lo avienta
y en otro lugar nuevo lo aposenta.

La tierra por tres partes diferentes
se abrió con espantable fortaleza,
y por las aberturas y vertientes
salía con furor gran espeseza
de polvo y de pedrisco, que a las gentes
mataba sin piedad esta maleza.
Un indio se salvó de este pedrisco,
quedando sin lesión encima un risco.

Por una parte y otra el terremoto
con gran furia pasó, quedando aislado
el indio de rodillas, muy devoto,
sin ser del terremoto maculado.
Cual suele temeroso por el soto
la huida buscar ciervo o venado
cuando oye el arcabuz, así buscaba
el indio por donde ir, mas no lo hallaba.

Librole al fin el risco y el barranco,
o por mejor hablar el Poderoso,
de la muerte a la vida dio un gran tranco,
contándose después por muy dichoso.
Mas un pueblo que llaman Anco Anco
aquí hizo su fin muy lastimoso,
que un cerro encima dél vino cayendo,
y debajo la gente de él cogiendo.

Murieron cuatrocientos naturales
en solo aqueste pueblo; en despoblado
murieron otros muchos, y animales
silvestres y doméstico ganado.
Con estos terremotos y señales
al pueblo y Perú vi desconsolado,
y muchos dicen ya quiere acabarse
el mundo, y el juicio apresurarse.

Y no se quedó Lima sin su suerte
de pena en este tiempo semejante,
que un terremoto grande, crudo y fuerte
sucede una mañana en un instante.
No hay hombre que a salir de casa acierte,
y aquel que corre más sale delante;
no espera la mujer a su marido,
la madre deja al hijo muy querido.

De casa había salido muy temprano,
porque en diciendo misa me ocupaba
en concilio, por ser Arcediano.
Mi mula de repente apresuraba
corriendo, y en pararla me era en vano,
que el miedo del temblor la desquitaba.
Corrió con las orejas aguzadas,
y aínas me quebrara las quijadas.

Un ruido el temblor causó tamaño,
que los cabellos todos se erizaban.
Negocio de contarse por extraño,
que las paredes vi se meneaban,
y sin que recibiese algún daño,
temblando de tal suerte, al fin quedaban
en su ser, aunque algunas se cayeron,
y a sus dueños debajo los cogieron.

Un caso contaré yo verdadero,
que casi me reí, que aqueste día
corriendo por la calle vi un barbero
que al punto del temblor sangrado había
a un hombre, que tras él salió ligero,
aunque la sangre roja le salía.
El barbero perdió aquí su lanceta,
y al enfermo el temblor la vena aprieta.

De ver era mirar cómo salían
con mil disfraces hombres y las damas,
que aquel punto los indios se vestían,
los otros aún se estaban en sus camas,
algunas sus afeites se ponían,
sirviendo estaban mozas a sus amas,
y dejarlas huyéndose a la calle
a do salen tras ellas de mal talle.

Las unas en camisa, desgreñadas,
las otras dando gritos, mal cubiertas;
las otras medias caras afeitadas,
caídas, desmayadas a las puertas;
las otras con sus hijos abrazadas,
vencidas del temor y miedo muertas.
Al fin pasó el temblor, aunque turbada
quedó la gente toda y espantada.

En este tiempo, día señalado
de la Asumpción sagrada de María,
el Sínodo limense, que ha durado
un año, que se cumple en este día,
con gran solemnidad ha publicado
una sesión, que en suma contenía
que el Sínodo pasado se tuviese
por rato, y como tal se obedeciese.

Y que los indios todos, doctrinados
con gran solicitud y diligencia
de aquí adelante fuesen, y enseñados
aquello que conviene a su conciencia.
Los sacramentos sean ministrados
según capacidad e inteligencia,
al indio procurando dar comida
que pueda conformar con su medida.

También otra sesión fue publicada
en el mes de setiembre, octavo día,
en que fue la desorden reformada
de tratos y contratos que ante había.
Aquesta sesión toda fue apelada,
que aquesto y otras cosas contenía,
que no daban buen gusto a los granjeros
que escuecen los negocios verdaderos.

A veintidós del mismo publicaron
otra sesión de cosas provechosas.
También de todas ellas apelaron,
diciendo ser sus penas rigurosas.
Mil dares y tomares se pasaron
en este tiempo, y cosas trabajosas,
que el pueblo deseaba se acabase
el Concilio, y más tiempo no durase.

En el siguiente mes fue rescindido
el Concilio, que gran tiempo ha durado.
Apelado por todos luego ha sido,
que contra sí lo juzgan agravado.
Y pues que a nuestra España fue venido,
no quiero más decir que estoy enfadado,
dejando sus sesiones y conceptos
al juicio de buenos intelectos.

Gran consuelo recibe Lima toda
en ver que ya el Concilio se acabase,
que do quiera la gente se acomoda
mejor, si menos es, y que faltase
temían cada rato, como en boda
do mucha gente hay, y se gastase
el pan y vino y carne, que mil gentes
acuden al Concilio diferentes.

Y no holgué yo menos de esta feria
salir, que me cabía mucha parte,
y así en el Concilio mi miseria
gasté con mi pequeña industria y arte,
por do me vi en pobreza y gran laceria.
Mas nunca jamás pude yo olvidarte,
España, dulce amiga, cuyo hipo
me trajo sin sosiego, y el Filipo.

Y viendo mi pretenso se alejaba
por no tener con qué volver a verte,
de mi poca ventura me quejaba
y a veces deseaba ver la muerte.
Cuando más descuidado y triste estaba
de ver algún remedio de mi suerte,
la Inquisición me hizo comisario
y el Obispo de Charcas su Vicario.

Con esto subo arriba, do veremos
lo que en el Argentino ha sucedido,
y a nuestra musa ruda lo diremos,
no diga le entregamos ya al olvido.
Del buen Sotomayor recontaremos
cómo con don Diego Flores ha venido,
del sin ventura pobre de Sarmiento
y de su vano y loco pensamiento.

Canto vigésimo cuarto

De escarmentados, dicen, los arteros
se hacen; nuestra madre la experiencia
nos presenta los casos verdaderos,
que muchos no alcanzaron por su ciencia.
Pilotos y muy buenos marineros
tenían entre sí gran diferencia;
del magallán Estrecho el Perú estaba
seguro de pensar se navegaba.

Francisco, como dije, lo atraviesa,
y en Lima dio rebate al de Toledo.
El descuido no dio lugar a priesa,
causó también su parte el grave miedo
de aquella gran desdicha tan aviesa.
Si lo que se sonaba decir puedo,
Francisco allá la vida bien dejara,
si de otra suerte el caso se guiara.

Pues ido de las manos el conejo,
tomando de Francisco el escarmiento,
juzgose por maduro y buen consejo
del Estrecho hacer descubrimiento.
Ofrécese que, dándole aparejo,
a Castilla por él irá derecho.
Despáchale el Virrey, que no debiera,
movido de Sarmiento y su quimera.

Al fin Sarmiento sale pertrechado
de Lima de lo que era necesario,
de su saber y estrellas confiado,
sin temor o recelo de corsario.
El Magallán Estrecho ya embocado,
con un ánimo cierto, temerario,
al mar del norte sale temeroso,
teniéndose en aquesto por dichoso.

Trató con los gigantes de Pancaldo,
que están por cima el Puerto de Leones.
Acuérdome yo ahora que Gibaldo,
soldado genovés, entre razones
que conmigo trataba, y con Grimaldo,
de su nación, discretos dos varones,
me dijo muchas veces que los viera
desde el navío llegar a la ribera.

Pancaldo fue el primero que los vido,
un genovés, astuto marinero.
Uno de ellos, decía, que metido
había por dentro del garguero
una muy larga flecha, y no rompido,
según que la sacaba; hechicero
el Pancaldo le juzga, y Pier Antonio
decía ser por arte del demonio.

A este Pier Antonio, que de Aquino
se llamaba, le oí aquestas cosas.
De buen entendimiento, buen latino
era, y me contaba milagrosas
e increíbles cosas del camino
que Pancaldo llevó, cuando preciosas
y ricas joyas dio a mal despecho,
pensando de pasar aquel Estrecho.

Más venturoso fue nuestro Sarmiento
con llevar una pobre navecilla;
en atravesar, digo que lamento
tendrá después al fin con su cuadrilla.
Llegó Sarmiento en paz, rico y contento,
del orbe nuevo al viejo de Castilla,
y dio cuenta de sí, y de su camino,
y la causa motriz de su designo.

Holgáronse en España con la nueva
de ver que ya el Estrecho navegaban,
y que hay sin Magallanes quien se atreva.
Con esto la tornada procuraban,
y queriendo hacerse de esto prueba,
las cosas de esta suerte se trazaban,
que salga Diego Flores con armada
que vaya a nuestro Estrecho enderezada.

Muchas armas se juntan y pertrechos,
proveyéndose todo el necesario,
que estaban los autores satisfechos
de dar en la cabeza al adversario.
Mas vemos que los fines y los hechos
suceden las más veces al contrario.
Al fin Diego de Flores ha partido,
y a Sarmiento consigo se ha traído.

También Sotomayor a Chile viene
con orden de pasar a Magallanes.
Y tanto aquesta armada se detiene,
pasando mil fortunas y desmanes,
que a la costa brasílica conviene
venir el general y capitanes.
Al Río de Janeiro han aportado,
y oíd aquesta armada en qué ha parado.

Salen de aquí contentos los que cuento:
Diego Flores, Valdés y el trujillano,
el buen Sotomayor, por cognomento
Chaves, y de la madre voz Mediano.
Con ellos, como digo, va Sarmiento,
cuya quimera vana salió en vano.
Al Yumirí llegaron, boca angosta,
y del reino argentino tierra y costa.

Tomaron la una boca de la banda
del norte, que la otra se endereza
al sur; cómo se diera suda y tanda
allí, y aun le quebraran la cabeza
al inglés, que en la boca del sur anda,
y estuvo allí surgido grande pieza.
Sucesos son de mar, y aun de la tierra,
que vemos que suceden en la guerra.

Al fin salió el inglés de allí primero,
sin que de nuestra armada fue sentido.
Un navío en aquesto del Jenero
al Río de la Plata hubo partido.
Encuéntrale el inglés, por prisionero
un piloto llevó muy conocido;
robando lo que halla en coyuntura,
dejó el navío y gente a su aventura.

Del Yumirí saliendo nuestra armada,
con los del navío encuentra, que dijeron
lo que el inglés les hizo. La tornada
procura Diego Flores, do salieron
a dar carena, dice, maltratada
que va la armada, presto se volvieron,
que a seguir el inglés yo cierto creo
que en él satisficieran su deseo.

El inglés su derrota y su camino
siguió, sin que persona le impidiera.
Después Diego de Flores tras él vino,
y viendo ser ya tarde, se volviera.
Tomó Sotomayor el Argentino.
Sarmiento caminó, que no debiera;
al Estrecho llegó do pretendía,
mas poco le ha durado su alegría.

Tomando el Argentino el trujillano,
la más gente que trae es extremeña,
salieron con gran gozo en aquel llano.
La gente les recibe paragüeña
con placer y contento soberano,
que es gente muy afable y halagüeña.
De allí atraviesa a Chile alegremente,
aunque se le ha quedado alguna gente.

Alegre está Garay con la venida
de aquesta armada al puerto paragüeño,
y puede por aquí ser socorrida
la gente y el gobierno del chileño.
De ser esta carrera más seguida
la gloria se le debe al extremeño,
que aunque en lengua de muchos esto estaba,
él fue quien a la obra mano echaba.


Garay de Buenos Aires ha salido
el río arriba, dicen, con mal pecho,
que desque uno se ve en gloria subido,
a tuerto ha de subir su casa al techo.
Y como en todo bien le ha sucedido,
de su ventura estaba satisfecho;
de guarda o centinela no se cura,
que fue causa de triste desventura.

Así estando una noche descansando
en tierra el Capitán con mucha gente,
algunos de temor se recelando
temían el suceso subsecuente.
Y el ánimo presago adivinando,
en lo futuro mal inconveniente,
el Capitán el sueño prometía,
como en Madrid, seguro en demasía.

Mas al revés sucede de su voto,
que el Mañuá, sin nombre ni valía,
salió con poca fuerza de un gran soto
al tiempo que el aurora descubría.
Veréis en breve espacio el campo roto,
y a Garay, que el seguro prometía,
envuelto le dejaron en olvido
del sueño que él había prometido.

Garay fue de prudencia siempre falto,
y así por no tenerla, feneciendo
en esta desventura y triste asalto,
fue causa de este caso tan horrendo.
Los Mañuaes descienden por un alto
con gran solicitud y sin estruendo,
al Capitán mataron el primero,
que nadie ha de fiar de buen tempero.

Comienzan de hacer cruda matanza
en los que en sueño estaban sumergidos.
¡Maldita sea la loca confianza!
¿Quién soldados en guerra vio dormidos?
Desque el indio sintió su gran pujanza,
levanta grandes voces y alaridos,
y a diestro y a siniestro va hiriendo
al cristiano, que al río va huyendo.

Con bolas, flechas, dardos y macanas
la guerra aquí se hizo lacrimosa.
El cristiano, que ve sus fuerzas vanas
y ser la resistencia peligrosa,
dejando su miseria en las sabanas,
los pies pone el que puede en polvorosa,
y al bergantín se acoge de corrida
por escapar si puede con la vida.

Murieron con Garay justo cuarenta
de la gente escogida paragüeña;
los indios eran solos ciento y treinta.
Iba con el Garay gente extremeña,
y entre ella algunos iban de gran cuenta.
Aquí murió Valverde, bella dueña,
que en quitarla la muerte, al mundo quita
tesoro, y el contento a Piedra Hita.

Llore mi musa y verso con ternura
la muerte de esta dama generosa,
y llórela mi tierra Extremadura,
y Castilla la Vieja perdidosa.
Y llore Logrosán la hermosura
de aquesta dama bella, tan hermosa
cual entre espinas rosa y azucena,
de honra y de virtudes también llena.

Las argentinas ninfas, conociendo
de aquesta Ana Valverde la belleza,
sus dorados cabellos descogiendo,
envueltas en dolor y gran tristeza,
están a la fortuna maldiciendo
las flechas y los dardos, la crueza
del indio Mañuá, que así ha robado
al mundo de virtudes un dechado.

Aquí Miguel Simón, el logrosano,
mostrado ha su valor y grande brío
librando de la muerte por su mano
a su mujer, que en brazos al navío
la trajo. Mas, herido del pagano,
está para ahogarse ya en el río.
Veréis a Cuevas triste y doloroso,
por salvar su mujer muy congojoso.

En el agua cayó cuando subía
el bergantín arriba la cuitada,
y viendo que ya casi se hundía,
su marido la juzga ya ahogada.
«¡Oh, Virgen!», ella dice, «en este día
valedme, mi Señora y abogada
de Guadalupe, en este gran aprieto,
que servir esta obra yo prometo».

La turbación que había no refiero,
las lágrimas, los gritos, el lamento.
El enemigo andaba carnicero,
por la cristiana sangre muy sediento.
Al bergantín afierra crudo, fiero;
el cristiano, que vido tal descuento,
sacando vivas fuerzas de flaqueza,
resiste al enemigo su fiereza.

Pero Alonso de Cuevas ha ayudado
muy bien al bergantín en el combate,
como valiente, fuerte y esforzado,
temiendo su mujer el indio mate.
Al fin nuestro Señor los ha librado;
huyendo el bergantín de este dislate,
nació en la tierra un bravo atrevimiento,
y oíd con atención el alzamiento.


El Mañuá, quedando victorioso,
aunque era indio sin cuenta y no valiente,
mas de ganar gran nombre codicioso,
levanta al Guaraní muy de repente,
y al Querandí, que es indio belicoso.
Acude cada cual muy diligente,
juntándose gran parte de la tierra,
alegres en oír cosa de guerra.

El Yamandú, que arriba su memoria
tenemos muchas veces celebrada,
es el que lleva aquí la palma y gloria,
por él va aquesta cosa gobernada.
Su voz despacha a guerra citatoria,
en toda la comarca publicada,
en breve muchos indios se han juntado,
y en su junta la guerra concertado.

Dejamos de contar cosas graciosas
que en este ayuntamiento han sucedido,
que a muchos les serán dificultosas.
Mas no puedo callar de que han reñido
dos indias de unas fuerzas espantosas,
que a espanto en este tiempo han conmovido,
que en ser de dos mujeres la pelea,
placer dará al discreto que la lea.



Tupaayquá la primera se decía,
de gran valor y esfuerzo y animosa;
la segunda se llama Tabolía,
astuta, muy gallarda y belicosa.
Entre estas dos se traba una porfía
en la junta, por cierto muy graciosa:
Tupaayquá su marido más bebiera
a Tabolía que el suyo le dijera.

Sobre esto entre las dos se han desmentido,
y a los arcos la mano luego echaron.
Mas entremedias muchos se han metido,
y el caso de esta suerte concertaron:
que en un palenque fuerte, muy fornido,
con dos padrinos, que ambas señalaron,
de buena a buena riñan la pendencia,
con que cese el rencor y diferencia.

De ver era las dos fuertes, membrudas,
de solas sus macanas arreadas,
que no tienen más armas, que desnudas,
al fin en el palenque ya encerradas,
comienzan de herir sus carnes crudas,
y dándose muy bravas cuchilladas
en sangre convertían tierra y suelo,
y sus golpes sonaban hasta el cielo.

Los dos maridos, vista la hazaña,
y el peligro presente de sus vidas,
metidos en furor y cruda saña,
con voces y palabras doloridas
que cese, piden ambos, la maraña.
Por los padrinos fueron despartidas,
y dándoles del vino y del brebaje,
cesó la diferencia y el coraje.

En la junta concluyen que conviene
que guerra a Buenos Aires hagan luego,
que si un punto la guerra se detiene
sujetos quedarán a pecho y ruego.
El Yamandú les dice, porque suene
en España la fama, a sangre y fuego:
«Perezca la memoria del cristiano
sin que dejemos dél un hueso sano».

De aqueste parecer es Querandelo,
con el valiente viejo Tanimbalo,
ayuda les ofrece Taboledo,
Yaguatatí, Terú con Manoncalo.
La grita y alarido hasta el cielo
levantan, y nombrando a Guazuialo
por general, del campo se han partido
y en breve a Buenos Aires descendido.

La gente que aquí baja es en gran suma:
Chiloazas, Beguaes, Querandíes
vienen creciendo siempre como espuma;
la flor de todos son los Guaraníes,
mil galas y lindezas de bel pluma
encima traen de sí. Mas no confíes
en gala, gentileza y hermosura,
que la verdura fresca poco dura.

Al puerto y fuerte llegan voceando
con trompas y bocinas y atambores.
Las centinelas andan rodeando
el fuerte y el poblado y rededores.
Tocan arma, en un punto peleando
con esfuerzo veréis los pobladores;
Rodrigo Ortiz de Zárate es Teniente,
hombre de presumpción y muy valiente.

No quieren que se suelte artillería,
que el una escuadra y otra anda mezclada;
parece resonar calderería,
o la fragua vulcana tan nombrada.
El tiempo la victoria entretenía,
la gente desflaquece de cansada.
A priesa viene ya aquella doncella
que a Tritón dio su queja, siendo bella.

El enemigo, viendo que amanece,
temiendo la pujanza del cristiano,
y que su gente toda desfallece,
procura retirarse por el llano.
El general Guazuialo perece
con parte del ejército pagano;
nuestra gente se queda victoriosa
y la contraria huye muy medrosa.

Acá los de Garay, viéndole muerto,
siguieron su viaje comenzado;
llegando a Santa Fe, seguro puerto,
el caso con dolor es celebrado.
La causa deste mal y desconcierto
los más dicen Garay haber causado;
perdónele quien puede, que provecho
sabemos que en la tierra mucho ha hecho.

Al Paraguay camina aquesta gente
en tres barcas, dejando allí el navío.
Una barca, vencida del corriente
que lleva muy veloz el ancho río,
perdido el gobernalle, de repente
se vuelca, no bastando poderío
humano a remediarla. Perecieron
cuarenta, y solos cuatro escabulleron.

De aquestos cuatro, dos, el uno Luna,
el otro Cosme, juntos han salido
a tierra, y travesando una laguna
al fin a la Asumpción Luna ha venido.
De rabiosa cruel hambre importuna
el Cosme sin ventura ha perecido;
al Luna, que escapó de aquesta suerte,
un caballo le dio después la muerte.

Mendieta, que dijimos fue dejado
del piloto mayor y marineros,
como era mozo mal considerado,
causó la muerte a sí y sus compañeros.
Un mestizo, que estaba amancebado
con una india, por celos mensajeros
del falso Dios de amor, que mal aprieta,
a siete dio la muerte con Mendieta.

Del cacique Martín, un indio tuerto,
era hija la india, y muy hermosa.
Por mujer se la dio, que andaba muerto
por ella. ¿A quién no mata aquella Diosa?
El mozo, como siente el grave tuerto
de Mendieta, que es burla muy penosa
el cuerno al ojo, hizo a los paganos
matasen a Mendieta y sus cristianos.

De Sarmiento tratar no quiero agora,
que, como referí, pobló el Estrecho.
Poblando, la fortuna burladora
no fue muy favorable de su hecho,
que habiendo de crecer siempre en mejora,
menguó muy de repente a su despecho.
Comienza a perseguirle de tal suerte,
que nunca le dejó hasta la muerte.

Mas paréceme que es historia ajena.
No quiero más decir, ni del famoso
y buen Sotomayor, que enhorabuena
le cupo por marido y por esposo
aquella que, de todos bienes llena,
procede de un linaje generoso.
No conviene yo trate, pues Arcila
en Chile con primor se despabila.

Y pues que a Chile cupo tal belleza
de pluma, de valor, de cortesía,
no es justo que se atreva mi rudeza
decir de Chile cosa, que sería
muy loca presumpción y gran simpleza
meter hoz en la mies, no siendo mía.
Volver quiero al estilo Chiriguana
y a su costumbre perra y muy tirana.

Canto vigésimo quinto

No vemos ser seguro a lo presente
curar de proveer sin advertencia
a lo futuro y tiempo subsecuente;
mayormente que vemos en presencia
pronosticarse el caso que está ausente.
Y así mirarlo todo es providencia
a nuestro Dios Eterno atribuida,
que de un fin toca al otro sin medida.

El de Toledo dije cómo había
por coger a don Diego hecho guerra
al indio guaraní, que residía
metido en la aspereza de la sierra.
Saliendo con su intento se volvía
sin dejar sosegada aquella tierra,
mas antes con razón más levantada
por ver aquesta parte acobardada.

Ibitupué, el astuto y cauteloso,
con ánimo feroz junta, pregona
y manda, como hombre poderoso,
que venga en general toda persona.
El ser tenido ya por dadivoso,
y que a trabajo alguno no perdona,
le hace al Guaraní venga contento
a la presente junta y llamamiento.

Con gente acompañado, y pecho fiero,
a la junta ha venido Condurillo;
el viejo Tabobá, gran carnicero,
también alegre viene con su aíllo;
Marucaré, su antiguo compañero,
procura con sus fuerzas de seguillo
con toda la demás canalla fiera
que vive por la sierra y cordillera.

En un prado apacible y muy ameno
Ibitupué tenía aparejado
de flores olorosas todo lleno
y de muy frescas aguas rodeado.
Tendidos por la yerba y por el heno,
se comenzó el convite, y ha durado
desde el hora de prima hasta nona,
mas ninguno escapó sin maza y mona.

Había mucha caza regalada,
perdices, pavas, aves muy sabrosas,
venados, avestruces, que salada
su carne es buena y sana, muy gustosa;
y dulces frutas, que hay una apropiada
a guinda, yaracaes olorosas,
guembes, ivaviraes en gran suma,
a rodo los pescados, como espuma.

El vino de maíz y de algarroba,
de molles y de murta bien obrado,
seguro que bebían casi arroba,
que media a cada cual le estaba dado.
Uno habla en latín, el otro troba,
otro habla español y vascongado;
mas todos para un fin se concertaban,
y aunque borrachos, todos atinaban.

Ibitupué habló de esta manera,
aunque hecho botija y grande cuero:
«Metidos en la fuerte cordillera,
ni Rey, ni Roque hay, por muy guerrero
que sea, que nos pueda echar afuera.
Yo solo, con un solo compañero,
me atrevo a defender siempre la entrada,
aunque venga el Perú de mano armada.

»Lo que conviene agora que se haga,
pues que el Virrey se puso a darnos pena,
que cada cual por sí se satisfaga,
según su coyuntura fuere buena.
Quien muerte dar pudiera no dé llaga,
y salga cada cual con buena estrena
al camino, a vengarse por sus manos,
matando estos soberbios castellanos.

»Yo tengo nueva cierta cómo viene
doña María de Angulo y doña Elvira.
La muerte merecida bien la tiene».
El arco demandó, una flecha tira,
diciendo: «Justo es mi fama suene».
A dó cae la flecha el indio mira;
agüero es, que si cae bien derecha
su cosa tiene el indio ya por hecha.

Al punto que tiró, viendo en el suelo
la flecha estar en alto levantada,
los indios levantaron hasta el cielo
la voz, que es su costumbre muy usada.
Ibitupué, ya libre de recelo,
con muy soberbia voz apresurada,
«Perezca», dice, «luego la memoria
del cristiano, y conózcase mi gloria».

Aún no acababa bien estas razones,
y un indio cano viejo se levanta,
que aunque en la junta estaba, y escuadrones,
su vida es diferente y aun espanta.
El caso que diré yo sin ficciones
será, que aunque mi musa en verso canta,
escribo la verdad de lo que he oído
y visto por mis ojos y servido.

El viejo con modestia así decía,
pidiendo que atención le sea prestada:
«Sabed, hermanos míos, que venía
una hija que tengo, muy amada,
de guardar mi ganado el otro día
con una cruz muy bella agraciada.
Y yo le pregunté ¿qué cruz es ésta?
Y oíd de la doncella la respuesta.

»“Estando recogiendo yo el ganado,
ya que la obscura noche se acercaba,
mi corazón en alto levantado
en el criador de todo contemplaba,
y habiéndole en mi pecho gracias dado
por ver cómo doncella me guardaba,
un hombre se me puso por delante
de bella compostura y bel semblante.

»”El hombre me habló desta manera:
‘Doncella, pues que a Dios con pecho llano
adoras, determina estar entera
en tu virginidad, que el Soberano
de ti se acordará en la hora postrera’.
Diciendo esto tendió su diestra mano,
y diome aquesta cruz, de quien yo creo
que es don de mi descanso y mi deseo”.

»Esta mi hija dice por momentos
que Dios se ha de enojar si a los cristianos
hacemos mal y damos descontentos,
y que antes los queramos como a hermanos,
recibiendo sus Santos Sacramentos».
Apenas ha hablado, y los insanos,
vencidos de sus malas pretensiones,
al viejo dieron muchos bofetones.

El gran cacique dice en su tiana
que al viejo dejen ya, porque delira,
y su hija es doncella muy liviana
y que a invenciones tales siempre aspira.
Cesole de herir el Chiriguana,
que estaba ya encendido en pura ira,
que no dudo yo cierto, si no fuera
por el cacique, en breve allí muriera.

Al fin, por loco viejo le dejaron,
y su junta con la fiesta celebrada,
a sus tierras y casas se tornaron
con la cosa en la junta concertada.
Y luego en los caminos acecharon
la gente que pasaba desmandada,
y crudo sacrificio cada día
de la gente española se hacía.

A frailes y soldados, que salían
de Santa Cruz, mataron crudamente;
a chácaras y valles se venían,
adonde cautivaban mucha gente,
de suerte que el estrago que hacían
causaba gran temor al más valiente.
Hernando Salazar entrar procura,
y oíd una desdicha y desventura.

Después de aquel dislate y alzamiento,
que en la Asumpción, dijimos, fue imputado
a Mendoza, se hizo un casamiento,
en que con doña Elvira (degollado
su padre) un caballero de talento
casó, Nuño de Chaves fue llamado,
hombre feroz, valiente y animoso,
y nada de peligros temeroso.

Aquéste a Santa Cruz pobló primero,
y a los Charcas salió, do la obediencia
de lo poblado dio este caballero
al Presidente, Oidores de la Audiencia.
Entre los indios era carnicero,
por donde le pagaron su impaciencia
en Boitimí, que el pueblo así se llama,
al pie de un alto cerro de gran fama.

Añapureytá el cerro tiene nombre,
a donde el Diablo canta decir quiere.
No osa en él subir cualquiera hombre,
que el que sube, de espanto, dicen, muere.
Y porque, si más digo, no se asombre
quien cosas de admirar aquí leyere,
no quiero más decir de aqueste perro,
y creo que en callarlo poco yerro.

Viuda doña Elvira, pues, y sido
de don Diego el dislate ya contado,
con su madre al Perú hubo salido,
que así por el Virrey les fue mandado.
A España el de Toledo siendo ido,
a Santa Cruz volver han procurado;
Hernando Salazar lleva la guía
de los treinta que van en compañía.

En un paso se ponen peligroso
los indios Chiriguanos en celada.
El español del daño receloso
no fue, que si supieran la emboscada
no fuera el mal suceso tan dañoso.
Mas no siendo la cosa bien pensada,
sucede contra el voto y lo pensado,
y luego se atribuye al triste hado.

El buen hado es Divina Providencia,
servir el hombre a Dios con mucho tino,
poner en todas cosas diligencia
y no faltar en medio del camino.
Si Salazar tuviera la advertencia
que aquí digo, bien cierto yo imagino
que no murieran nueve que, pensando
no haber peligro, iban caminando.

La gente va marchando, pero viendo
que los tristes, que fueron delanteros,
murieron, del negocio se temiendo,
quisieran hallar todos agujeros.
Salazar desmayó, que va rigiendo,
desmayan los soldados compañeros,
que tantas flechas ven venir lloviendo
que la tierra con ellas van cubriendo.

Fenece aquí la triste su triste hora,
cubierta de mil flechas y arpones,
doña María de Angulo, causadora
de motines, revueltas y pasiones,
amiga de mandar, y tan señora
que con todos tramaba disensiones.
Su nieta doña Elvira, mal herida,
quedaba entre las yerbas escondida.

Doña Elvira su madre con recelo
procura por su hija; pero viendo
que no parece, grita hacia el cielo,
sus dorados cabellos descogiendo.
Soleto resolvió con grande duelo,
y entre los Chiriguanas se metiendo,
sacaba a la doncella, aunque llovían
las flechas ya sobre él que le cubrían.

Tras ellos la victoria van gozosos
los bárbaros siguiendo grande trecho.
Como corderos mansos temerosos,
los nuestros el huir por gran provecho
juzgaban; mas los indios, codiciosos
del interés, curaron muy de hecho
a partido venir con los cristianos,
y así se les hinchieron bien las manos.

Doña Elvira en aquesto el todo ha sido,
que con dulces palabras les hablaba,
y como en la Asumpción hubo nacido,
la lengua Guaraní bien pronunciaba.
Al fin con interés se han convencido,
y el rescate con sobra se les daba,
de suerte que cesaron de la guerra
y ayudan a pasar el agra sierra.

Sabido acá en los Charcas, fue acordado
hacer guerra cruel al Chiriguana.
El caso de esta suerte se ha ordenado,
que el Presidente tiene buena gana,
y así con grande ardid al que es soldado
la voluntad en esto bien le gana
y hácele merced en cuanto quiera
porque entre en la jornada y cordillera.

Don Lorenzo Suárez Figueroa
salió de Santa Cruz, que es de la Sierra,
hombre de grandes prendas, y de loa,
y que merece más que aquella tierra.
Con gran solicitud pone la proa,
queriendo al Chiriguana hacer guerra.
Es General de toda la campaña
de Córdoba la Llana en nuestra España.

El Conde del Villar en esto viene
por Virrey, y pensaron que hiciera
la guerra; empero, dicen, le conviene
dejarse de esta guerra y cordillera,
que nuevas de Francisco Drake tiene,
que viene muy pujante en gran manera.
Dirase en su lugar, porque es flagelo
que por castigo envía Dios del Cielo.

Con esto estaba el Conde tan medroso
que sólo de escribirlo tengo miedo.
Parece aqueste caso milagroso,
que estaba el Perú todo, decir puedo,
sin contento, sosiego, ni reposo,
y estábase el inglés allá muy ledo.
Juicios son de Dios muy encumbrados
y no de todos hombres alcanzados.

El Virrey al Callao va, y se aplica
a hacer a gran priesa un grande fuerte.
Con muchos el negocio comunica,
mas no responden todos de una suerte;
por esta causa el Conde no fabrica,
que tiene gran deseo que se acierte;
y toma en la consulta allí la mano,
y habla de esta suerte un trujillano.

Don Luis Sotomayor, «¿De qué aprovecha
el fuerte», dice, «en tierra, donde puede
tomar el enemigo cualquier trecha
sin que en manera alguna se le vede
del fuerte? Lo mejor es que bien hecha
le sea, con la gente que aquí quede,
la guerra al enemigo, si viniere,
con fuerza lo mejor que ser pudiere».

Estando desta suerte recelosos
de Francisco, sucede, ¡oh cosa extraña!,
un caso entre los casos temerosos,
de Dios castigo, y muestra de la saña
que tiene con los hombres flagiciosos.
La mar salió de curso, y así baña
el puerto del Callao, y la marina,
y gran parte del pueblo cae con ruina.

Bramaba con bramidos la mar brava,
la obscura y triste noche entristecía,
las crines y cabellos erizaba,
el alma y corazón amortecía;
el sexo femenil que lamentaba,
en aprieto y angustia más ponía,
lágrimas, y sollozos, y gemidos,
suspiros, gritos, llantos, alaridos.

En poco estuvo el Conde de perderse,
y al fin salió, huyendo el aposento;
a Santo Domingo va a refugiarse,
do llevan de la iglesia el Sacramento;
después, por más seguro guarecerse,
en el campo la noche hizo asiento.
Y oíd lo que pasaba en esto en Lima,
que sólo referirlo causa grima.

Es Lima una ciudad, bella, galana,
de edificios hermosos y graciosos,
apenas veréis casa sin ventana,
los altos por de fuera no vistosos,
que cubiertos están a estera vana;
de dentro empero son maravillosos,
que como nunca llueve por semejas,
no curan de poner sobre ellos tejas.

Con quietud se vive, y en consuelo,
sin pena, sin dolor y sin tristeza,
que no dura jamás el triste duelo,
que es Lima del Perú flor y belleza.
Sereno está, apacible y claro el cielo,
en un ser uniforme y gran firmeza,
y aunque ha habido temblores muchas veces,
más ha sido el ruido que las nueces.

Empero en este trance tan terrible
exceden ya las nueces al ruido.
Negocio al parecer muy increíble,
que hace salga el hombre de sentido.
A muchos pareció ser imposible
haber por natural acontecido
sin que causa secreta interviniese
y con rigor la mano entrometiese.

A prima de la noche muy obscura
la ruina sucedió con temblor crudo;
no está ni puede estar casa segura,
ni el hombre defenderse con escudo,
si Dios, que es propia guarda, no procura
guardarnos; pues aquesto sólo pudo
dejar de aquesta suerte castigada
a Lima con su gente amedrentada.

Cayéronse las casas más lustrosas,
los templos y las más ricas capillas,
que allí muestra las manos poderosas
y hace muy mayores maravillas.
El alto donde hay fuerzas belicosas,
en freno quebrantando las mejillas
de aquellos que procuran alejarse
de su divino bien, y no acercarse.

A Lucifer soberbio, jactancioso,
que a la mañana fresca relucía,
al infierno en tinieblas temeroso,
condenado en perpetuo Dios le envía.
Aquel rico avariento codicioso,
allá desea gustar del agua fría;
el poderoso Rey fue convertido
en bestia, y heno y yerbas ha pacido.

A la bendita Virgen soberana,
espejo de humildad y de pureza,
la vemos por la fe como mañana
y aurora, coronada de belleza.
A Lázaro se dio de buena gana
el premio de su pobre y vil pobreza,
al manso Rey David dio Dios el cielo,
que manso fue, aunque Rey, en este suelo.

Al fin pues el temblor que voy contando
las casas desbarata más fornidas,
echando por el suelo y derrocando
las torres muy hermosas y lucidas;
a las calles se salen suspirando
las damas, de temor amortecidas
quedaban, que era lástima mirarlas,
y más que no hay quien pueda consolarlas.

Quedó de este temblor tan arruinada
y tan perdida Lima, que ponía
espanto nuevo en verla mal parada,
que piedra sobre piedra no tenía.
Hallábase en la calle sin posada
quien bella casa antes poseía,
y todos, como dicen, a la luna
quedaron en la prueba de fortuna.

Cuál hizo habitación con una estera,
el otro con un toldo pone tienda,
y con una tristeza lastimera
recoge lo que puede de su hacienda;
a todos parecía la hora postrera.
Madeja muy revuelta era sin cuenda,
y el cabo no se halla, aunque se busca,
que todos andan hechos chacorrusca.

El Visorrey se va con los Oidores
a San Francisco, y hacen el Audiencia
en toldos, que aposentos los mejores
tuvieron muy menor la resistencia.
Dejémoslos aquí, frailes menores,
metidos en clausura y obediencia,
que Candish andaba agora muy envuelto
en el Estrecho y sur, y el diablo suelto.

Canto vigésimo sexto

La pérfida de sí misma olvidada,
de la insigne y famosa Inglaterra,
Isabela, la Reina depravada
en la Fe (que con Cristo nos encierra
en el aprisco y choza consagrada),
procura en tanto grado hacer guerra
a nuestro gran Filipo, que cuajado
el mar trae de corsarios su mandado.

A un Tomás Candish, muy orgulloso,
con armada despacha, pretendiendo
que fuese como Drake venturoso.
A tiempo fue que vide estremeciendo
de temor al Perú, y receloso.
De Chile va la nueva discurriendo,
pensábamos ser Drake el que venía,
y tal era la fama que corría.

Entre soldados, gente desalmada,
por trisca se decía que, sabido
de Drake, sea la nueva bien llegada:
quizá que mudaremos el vestido,
que nuestra profesión no está estimada
no andando el enemigo embravecido.
Viniendo, pues, aqueste luterano,
podranos suceder dichosa mano.

Yo vide en Chuquisaca alborotada
la cosa, y el Audiencia despachando
a Lima van correos; resguardada
la costa, presto fue gente juntando,
el Conde del Villar, de mano armada
con muchas prevenciones, procurando
guardar al gran Señor su tierra sana,
aunque venga la Reina luterana.

Aquí dejar agora yo no puedo
de decir, y tocar muy brevemente,
una maldad diabólica y enredo
que el demonio fraguó entre aquella gente
indiana, que en pensarlo sólo quedo
confuso y ajenado de mi mente;
que una carta a los ingleses escribieron,
y en ella estas razones les dijeron.

«Ilustres mis señores luteranos,
venid, porque os estamos esperando,
que queremos serviros como a hermanos,
vuestras cosas contino sustentando».
Estas cartas vinieron a las manos
de la justicia, el caso procurando.
Los indios que hallaron ser culpados,
públicamente fueron castigados.

Tomás Candish pasó bien el Estrecho,
mas no tomó jamás en Chile puerto,
que piensa de hacer mejor su hecho
hallando algún navío sin concierto.
Guiado de interés en su provecho,
de la costa el camino lleva cierto
al puerto Arica, mal fortalecido,
y oíd cómo la cosa ha sucedido.

En este tiempo estaba gran riqueza
de barras en la playa, y por el llano
la gente acude luego con presteza,
y viendo que surgía el luterano,
sacaron fuerzas, todos, de flaqueza,
pensando de probar allí la mano.
Los hombres con las armas acudieron,
las mujeres también allí salieron.

De sus paños y tocas las banderas
al aire desplegaban a menudo;
las mismas que salían las primeras,
tornaban a salir, y nunca pudo
el inglés entender estas quimeras;
que guarda Dios, si quiere, sin escudo,
y donde él no envía sus favores,
en balde son humanos guardadores.

A no caer el inglés en el engaño
que causan con banderas y alboroto,
hiciera en aquel puerto mucho daño,
y fuera el miserable puerto roto.
Milagro fue, sin duda, y caso extraño,
estarse el enemigo algo remoto
de tierra por tres días, contemplando
lo que está nuestra gente maquinando.

Al cabo de tres días, receloso
de que la gente está fortalecida,
levó ferro con furia, deseoso
de hallar dó pillar en su corrida.
Por el paraje pasa, presuroso,
de Lima, do la cosa conocida,
el Conde del Villar a Pedro Arana
tras él envía con gente muy lozana.

El enemigo yendo navegando,
y tomando un navío en el camino,
aquello que le agrada más robando,
al piloto llevarle le convino.
A la Puná su rumbo enderezando,
que allí lleva su proa y su designo,
llegó estando todos descuidados,
por donde fueron presto saqueados.

En Guayaquil en arma se pusieron,
sabiendo que el inglés allí ha llegado.
A la Puná en breve descendieron.
También en Quito, el caso relatado,
Capitán y soldados proveyeron.
Y habiendo a la Puná todos llegado,
las dos cabezas mal se concertaban,
por donde más erraban que acertaban.

De Guayaquil Reinoso había salido,
el cual por el Virrey allí mandaba.
De Quito el que salió ha pretendido
mandar aquí, diciendo que llevaba
del Audiencia poder, do fue elegido.
Así la cosa a tuerto se guiaba.
Tengamos, dice el uno, aquí sosiego;
el otro dice, marchen todos luego.

Con toda su tardanza al fin llegaron
a la Puná, do estando descuidada
la gente inglesa ellos comenzaron
a darles una grande rociada;
mataron veinte, dos les cautivaron.
La gente inglesa así desbaratada
recógese huyendo a una montaña,
los nuestros se están quedos en campaña.

De los navíos jugando artillería,
el enemigo a los nuestros daño hace
con su grave, importuna batería;
en breve nuestro campo se deshace.
A lo alto de un cerro se subía,
de lo cual al inglés mucho le place,
que viendo a los cristianos retirarse,
en su lancha procuran embarcarse.

Quemó aquí un navío el luterano
de los tres que traía, y a gran priesa
se leva a la mañana muy temprano,
y a Paita sin parar presto atraviesa.
Al piloto echa en tierra de su mano,
a los de Paita enviando su promesa
de seguro, mas ellos no quisieron
concierto, sino al monte se huyeron.

Saltó el inglés en tierra, y al poblado
llegó con furia cruel y repentina;
y como le ha hallado despoblado,
con su rabia diabólica y maligna
a una santa cruz ha escopetado;
robando lo que halla allí, camina.
El piloto quedó allí abscondido,
que al alto con los nuestros se ha subido.

Arana, que venía muy pujante
con dos fuertes y bellos galeones,
con una veloz lancha de delante,
allega a Manta. Salen escuadrones
(pensando ser inglés), en un instante
cien soldados estaban chapetones,
cincuenta vaqueanos, que Alvarado
al punto los ofrece de buen grado.

Arana le responde que su mano
y diestra sola basta con su gente
contra el poder y fuerza del tirano,
que no quiere socorro de presente.
La costa corre toda el luterano,
Arana se volvió muy diligente
aunque de Nueva España se le envía
aviso de que está en una bahía.

Candish muy a su gusto a dar carena
se mete en la bahía, que le place,
sin temer de que cosa le dé pena,
refresco toma, y agua y leña hace.
Su gente de dolor quita y ajena
con la ocasión presente se rehace,
y en la primera al viento vela dando,
la costa de la China va bojando.

De vuelta de la China, muy cargada
encuentra una nave de tesoro;
a su dicción y mando fue entregada
con suspiros y lágrimas y lloro.
En breve ha sido toda despojada
de sedas, brocateles y fino oro.
Un clérigo allí viene enriquecido,
que en verse así robado está afligido.

De su plata y tesoro codicioso,
con ánimo también de hacer hecho
de memorable fama y honroso,
al peligro constante puso el pecho.
A sus amigos dice: «Poderoso
con vosotros me siento y satisfecho,
si queréis ayudarme, mis hermanos,
contra aquestos soberbios luteranos.

»Probemos, si os parece bien, la mano,
y en tiempo que del sueño estén vencidos,
acuda cada cual a su tirano,
de suerte que la muerte adormecidos
los coja, con favor del Soberano.
Pues son sus enemigos conocidos,
favor nos dará Dios, pues que bien puede,
para que con la vida nadie quede».

No pudo ser secreto este concierto,
alguno al Capitán lo ha revelado,
y como fue en fuerte hora descubierto,
al clérigo de un mástil ha colgado.
Volviose sin tomar Candish más puerto,
habiendo todo el Orbe rodeado,
y entró en Inglaterra poderoso,
muy rico, muy contento y muy gozoso.

La Reina luterana, como vido
el valor de Candish y su ventura,
y el Diablo que también su tela ha urdido,
despachan a Candish, el cual procura
de la ocasión ya ser favorecido,
parécele gozar la coyuntura.
Salió de Inglaterra con pujanza,
diré lo que sucede en otra estanza.

Canto vigésimo séptimo

Si solo viene el mal, decir se suele
bien vengas mal; mas siendo acompañado,
más grave es el segundo, y aún más duele
el golpe cuando viene redoblado.
La carne más machuca, y más la muele,
por hallar el lugar ya maculado;
y al fin duran las penas y cuidados
cuando los males son más frecuentados.

La presa de Candish ya recontada,
que hizo en el navío de la China,
tuviéramos por bien, si de llegada
en su tierra parara; mas camina
de vuelta, con muy gruesa y bella armada.
La línea atravesando, determina
tomar tierra brasílica, y llegando
la costa toda iba demarcando.

Tomó algunos navíos en la costa,
y entre ellos a un Marquina, que ha venido
de Potosí con plata, por la posta,
por gozar de la nata, que ha tenido
aquel trato, aunque a él le entrara en costa,
que mucha mercancía le ha cogido
Candish; con solos negros le dejaba,
con que viviendo rico se juzgaba.

Aquí tomó un piloto que le guía,
Jorge Luis se llama. Como vido
el inglés que piloto ya tenía
a su gusto, y la tierra ha conocido,
y que tomarla bien le convenía,
a su almirante Gallo ha cometido
con el piloto el caso; los dos fueron
a Santos, y en el puerto se metieron.

Paz, paz, entran diciendo con voz alta,
el nombre don Antonio y apellido
invocan, que no hizo alguna falta
a su negocio; luego el afligido
y triste pueblo, viendo cómo falta
la fuerza, a su dicción quedó rendido.
Un mancebo murió, que resistía;
Machado lo causó, bien se decía.

Era juez entonces un Machado,
y dicen que bien pudo, si quisiera,
que del inglés no fuese saqueado
el pueblo, y el mancebo que saliera
con arco y flechas de otros ayudado
bien fuera, si Machado no impidiera,
y en breve mucha gente se juntara,
conque el inglés victoria no cantara.

Mas viéndose el inglés favorecido
con palabras de amor y fingimiento,
después de haber el mozo mal herido
caído muerto, dice muy contento:
«Ninguno quiero sea aquí ofendido,
ni tal me pasara por pensamiento,
que sólo proveernos de comida
pretendemos pasando de corrida».

Con esto aquella gente miserable
en la iglesia se estaba; el adversario
la cerca, ya es el caso irreparable.
Entrando, matar quiere allí al vicario
y a un fraile, caso horrendo y detestable,
que el templo profanando el temerario,
imágenes, reliquias de consuelo,
con irrisión echaba por el suelo.

Prendió los principales, desnudando
a todos cuantos pudo aquella hita,
las casas por el suelo derribando,
las tablas y madera y palos quita.
Y luego, por la tierra caminando,
en San Vicente se entra, dando grita;
asuélalo también en un momento.
En esto entra Candish con gran contento.

Estando en esta isla apoderado,
procura embarcación muy conveniente
hacer, porque tenía buen recado,
y aparejo hallaba entre la gente.
No había el mes tercero bien pasado,
y acaba su bajel cumplidamente;
veinte remos por banda le ha metido,
con que Candish se halla enriquecido.

Aquesta embarcación deja entenderse
el fin con que Candish la fabricaba,
para poder con ella bien meterse
en puerto, que tomar imaginaba
alguna tierra do pueda valerse,
y aquesto su designo le guiaba.
La fama por la costa se extendía,
que para el Argentino la hacía.

Del Río de Jenero ha despachado
a priesa Salvador de Sá Correa,
diciendo cómo a Santos ha tomado
el inglés; que la cosa se provea
allá en el Argentino con cuidado,
que va nuestro enemigo de pelea.
Allega un navichuelo y da el aviso,
y vuélvese a Jenero de improviso.

Veréis en Buenos Aires discernirse
el caso con diversos pareceres,
procura cada cual escabullirse
llevándose consigo sus haberes.
Al fin han procurado convenirse
en que salgan los viejos y mujeres
y frailes y muchachos del poblado,
y que a la mira quede allí el soldado.

La mísera hacienda recogida
a priesa, de tropel y sin concierto,
en carros y carretas fue metida,
que huir, todos dicen, es lo cierto.
La tierra adentro salen de corrida,
dejando los soldados en el puerto;
en centinela están de noche y día,
y cada cual igual temor tenía.

Llegué yo a esta sazón en mi navío
de allá de la Asumpción con poca gente;
el pueblo se holgó y tomó brío,
y a sus casas volvieron de repente.
Candish con su pujanza y poderío
de Santos sale un día alegremente,
y acá en el Argentino hacen vela,
que mucho su venida se recela.

Mas él parte de Santos recta vía,
el magallán Estrecho demandando,
y tanto el Sur le sigue y combatía,
que vuelve popa vía ya arribando.
El almiranta el árbol da y rendía
en frente el Argentino, procurando
las fuerzas contrastar del fuerte viento,
mas él no le ha dejado con su intento.

A mí los naturales, preguntados
sobre esto, muchas veces me dijeron
que vieron dos navíos anegados,
y en un punto de vista los perdieron;
con lenguas fueron bien examinados
los indios que esto a mí me refirieron,
y dicen que escapó sólo una nave,
que vuela por los aires como un ave.

Ésta fue de Davis, muy entendido,
que a vuelta del Estrecho se ha quedado
con tres naves; las dos se han sumergido,
que cosa alguna dellas no ha escapado.
De su saber Davis bien se ha valido,
y del temor las fuerzas ha sacado,
escapa con la maña más que pudo
de aquel contrario tiempo, fuerte y crudo.

Aquel barco que dije de Jenero
aviso había traído al Argentino,
tornar ha procurado de ligero,
queriendo aprovecharse en el camino,
que es grande la codicia del dinero
y al hombre fuerza haga desatino.
Salió del Río Jenero, mas la hada
a priesa corta el hilo a su husada.

En él iban algunos pasajeros
que llevaban su pobre mercancía:
don Pedro y don Francisco, caballero
de Estepa, que es lugar de Andalucía.
Piloto, con maestre y marineros,
mas no como en tal caso convenía,
en tomar se engañaron el altura,
principio cierto de su desventura.

Comienzan a virar, pues, engañados,
pensando que embocaban por el río,
mas iban muchas leguas apartados
vencidos de su loco desvarío.
En costa y tierra dieron derrumbados,
a la fuerza entregados del gentío.
Una ola a don Pedro le ha volado,
y el mar profundo y bravo le ha tragado.

Los demás pasajeros han salido
a tierra su miseria lamentando.
La gente indiana, luego como vido
que se iba este negocio aderezando
en su pro, al encuentro han acudido,
y en breve a los cristianos se acercando
comienzan a prenderlos, y mataban
a los que defenderse procuraban.

Charrúas es la gente que aquí habita,
que ha hecho grande estrago en los cristianos.
Es gente muy cruel y muy maldita,
también ha hecho presa en luteranos.
Ésta de estos Charrúas otra mita
de indios de este nombre, más cercanos,
en Buenos Aires tratan y contratan,
y allá nos llevan cosas que rescatan.

Aquéstos nos dijeron que tenían
los otros tres cristianos por cautivos,
y que ellos del rescate tratarían
de aquellos que hallasen estar vivos,
y que luego a nosotros los traerían.
Nosotros, en aquesto compasivos,
de cosas les henchimos bien las manos,
deseando librar nuestros hermanos.

El cobertor quité yo de mi cama,
porque un cacique bien se ha aficionado.
Echamos por el pueblo una derrama,
y en breve gran rescate se ha juntado.
Entre los indios corre bien la fama,
que el rescate es muy rico y muy preciado,
los cautivos trajeron a gran priesa
por gozar del rescate y la promesa.

¿A quién no ha de causar esto mancilla,
si tiene de cristiano sentimiento,
que no quedó de toda la cuadrilla
alguno más que tres; pues el tormento
que pasan, y la pena, quién decilla
podrá? Que a mí en pensarla ya el aliento
me falta y la pluma desflaquece,
y mi lengua turbada se entorpece.

Trajéronnos los tres en carnes puras,
el uno sacerdote y dos soldados;
a todos se les dieron vestiduras
y fueron lo posible reparados.
Contáronnos sus tristes desventuras,
juzgándose por hombres bien librados
en haber escapado con la vida,
habiéndola tenido por perdida.

En qué trabajos mete la codicia
y el procurar ganar la plata y oro,
y más cuando fortuna le es propicia.
Aquel que va juntando gran tesoro
no siente el sin ventura la malicia,
los males, sobresaltos, pena y lloro,
que le es fácil lo que es dificultoso
con fin de conseguir su fin gustoso.

Está el Señor de Mitiley en esto
tan triste, que mil vidas cierto diera
por no ver el suceso tan funesto
del armada lucida que él trajera.
Pues vuelve de arribada muy de presto
adonde estuvo ya la vez primera,
pensando rehacerse y no ha podido,
según en lo siguiente es referido.

Canto vigésimo octavo

Tener bravos encuentros de fortuna,
contrastes, baterías y debates,
estar con esperanza el alma alguna
de conseguir victoria en sus combates,
efectos son que causa la importuna
con sus revoluciones y dislates,
que no puede fortuna estar estable,
que consiste su ser en ser mudable.

¿Quién libre podrá ser de esta señora,
sin que obligado sea de ordinario
como cautivo, Reina Emperadora,
a serle de contino tributario?
Ya dándole las gracias de hora en hora
por el bien recibido, ya al contrario
juzgándola por loca y por insana,
ingrata, fementida, cruel, tirana.

Tomás Candish, que estaba tan pujante,
a la rueda pensaba que tenía
de aquesta gran tirana más constante
que a su poca fijeza convenía.
Mas ella se le vuelve en un instante
tan contraria a su vana fantasía,
que causa que su vano pensamiento
a las vueltas se vaya con el viento.

Viniendo, como dije, de arribada,
pensando entrar en Santos, toma tierra
tres leguas más atrás. Siendo avisada
la gente, sale a priesa de la sierra;
en la falda formaron emboscada,
ardides necesarios en la guerra.
El luterano viene descuidado,
pensando que será bien hospedado.

Salieron veinte y cinco en una lancha
con fin de que podrían refrescarse
en tierra, por la playa grande y ancha,
para de su fatiga repararse.
Empero nuestra gente los desmancha,
y al tiempo que volvían a embarcarse
comiénzanles a dar gran batería
con fuerte y muy espesa flechería.

Un mancebo a la lancha acude luego,
y por la mar adentro la metía,
nadando por el agua, y pega fuego,
que en breve por la lancha se encendía.
El luterano está de miedo ciego,
el cristiano con fuerza acometía;
rodaban los ingleses por el suelo,
que ayuda a los cristianos Dios del Cielo.

Cebáronse los indios de tal suerte
que no se contentaban dar flechazos,
y así dan al inglés muy cruda muerte,
matándole con crudos macanazos.
Aquel que se mostraba ser más fuerte,
en un punto le hacen mil pedazos.
De veinte y cinco, dos solos vivieron,
que viéndose perdidos se rindieron.

El uno de ellos era cirujano,
grandísimo filósofo y latino,
mostraba ser en obras muy cristiano,
que yo traté con él muy de contino.
El otro era mancebo cortesano,
en mi nave de Santos éste vino.
Entrambos se quedaron en la costa,
que les hace en comer el Rey la costa.

Los indios a los muertos les cortaron
las cabezas, y viérades la grita
con que la fiesta alegres celebraron
de su victoria santa y muy bendita.
A Santos con su triunfo se tornaron;
un dedo lleva un indio, que le quita
a un inglés, que anillo en él tenía
de fino oro con piedra de valía.

Víspera de San Pedro ha sucedido
el suceso jocundo y placentero.
Candish, que está del hecho entristecido,
presume de vengar el desafuero.
Escribe en una carta que el partido
que quiere es que le den un caballero,
si es vivo, de valor y noble sangre,
sino que tomará al pueblo por hambre.

Entre los veinte y tres ha sido muerto
de un conde el hijo amado que tenía.
Aquesto allí se supo en aquel puerto,
y que a Candish volver no convenía
sin él, porque el morir le estaba cierto,
según el padre, conde, le quería.
Por esta causa allí cartas escribe
y a fuego y sangre a todos apercibe.

Mas viendo que sus retos son en vano,
la vela da Candish desconfiado.
San Sebastián, que es isla allí cercano,
tomar por rehacerse ha procurado.
No está lejos de allí un lusitano,
Salvador de Correa, muy honrado,
en nombre de Filipo en el Jenero,
y oídme lo que hizo el caballero.

Al punto que se supo que surgido
había en esta isla el enemigo,
con un pecho y valor ennoblecido
(que de servir al Rey es muy amigo,
según yo siempre en él he conocido,
y soy en muchas cosas buen testigo)
a su hijo despacha por la posta
con gente, por la mar y por la costa.

Tan bien lo hizo el hijo, que llegando
do estaba el enemigo descuidado,
en un punto le cerca, escopetando
de suerte que a gran priesa se ha embarcado.
La vuelta de la mar iba tomando,
y treinta y cinco muertos le han quedado.
Conque queda Correa, el mozo, ufano,
y más con ver que huye el luterano.

Salió Candish de aquí con crudo duelo,
cubierto de dolor y grande llanto.
Con priesa procuraba de ir de vuelo;
al almiranta llega con quebranto,
que viene desmanchada y sin consuelo.
Al puerto van llamado Spiritu Santo;
con lanchas y bateles echa gente,
y él quédase en la mar acá de frente.

Al tiempo del entrar, gran batería
de los fuertes les dieron y flechazos;
la gente indiana armaba gritería,
los nuestros, sin parar, arcabuzazos.
Vencidos de la espesa flechería
y de los fuertes tiros y balazos,
huyen los ingleses que quedaron,
que ciento y diez los nuestros les mataron.

Del un fuerte los nuestros han salido,
metiéndose en un grande y alto mato.
Los ingleses al fuerte han acudido,
del otro fuerte vienen al rebato.
Del mato vuelven ya con alarido;
duró la cruda guerra grande rato,
cayendo los ingleses luteranos
sin muerte ni herida de cristianos.

De aquellos que se huyen en llegando,
el general Candish cuatro ha ahorcado;
otros cuatro se vienen, que velando
estuviesen las boyas ha mandado.
Huyéronse a nosotros, procurando
escapar con la vida; que enojado
está Candish por ver el desbarate
que hicieron por dar aquel combate.

No les mandó Candish que acometiesen
los fuertes; que sondasen solamente
les dijo, y que luego se volviesen,
porque él después entrara con su gente;
y como lo contrario ellos hiciesen,
y de ello sucediese el mal presente,
estaba en pura cólera metido
y ajeno de juicio y de sentido.

No hay quien le consuele, porque estaba
cualquiera de ellos tal, que no sabía
si aquello era verdad o lo soñaba,
si fuese vana o loca fantasía.
Así que cada cual por sí lloraba
y a solas cada cual por sí plañía.
Candish, que más lo siente, sus pasiones
pregona, publicando estas razones.

«Maldito sea aquel día en que nacido
yo triste fui, que nunca yo naciera;
o ya que yo nací, que perecido
al punto que nací luego yo fuera;
o ya que no lo fui, el encrudecido
y hondo mar en sí me recogiera,
y no viera yo aquesta desventura,
teniendo tan dichosa sepultura.

»¿Qué tengo de hacer, triste, mezquino,
cómo podré soldar yo quiebra tanta?
Si allá a Inglaterra yo camino,
habralo de pagar esta garganta.
Pues ¿dó puedo tomar otro camino?,
que tierra, mar y cielo ya me espanta.
Por qué no vienes muerte cruda ingrata,
si darme quieres vida, aquí me mata».

Alzando a priesa el ancla mar afuera,
de un bordo y otro anda entristecido.
La noche sobreviene muy ligera,
el Almirante, viéndose perdido,
no curando de seguir más su bandera,
dispara como ha sido anochecido,
y viéndose Candish desamparado,
las velas popa vía ha velejado.

Davis, dije, volvía de arribada
en su nave; las dos fueron abriendo,
y a pique fue la gente sepultada,
en el fondo al infierno descendiendo.
Al Isla Grande viene, así llamada,
Davis, que cruda sed ya padeciendo
venía con su gente; aquí ha surgido,
y oíd lo que en la isla ha sucedido.

Aquí saltaron quince a refrescarse
con fin de meter agua en el navío;
la gente que allí está, cura emboscarse,
con ayuda también de algún gentío.
En ellos dan, al tiempo que emboscarse
no pueden, ni huir del poderío
de los nuestros; de suerte que murieron
los trece, y a los dos vivos cogieron.

Davis se retiró y va huyendo,
sin saber de Candish ni la almiranta.
Así se fue esta armada deshaciendo.
La costa la victoria bella canta,
las gracias siempre a Dios de ella haciendo,
que tal victoria admira, y aun espanta,
que bien parece ser de Dios venida,
por el glorioso Pedro merecida.

Quién duda que San Pedro, como vido
su templo de los malos profanado,
pues fue de su Señor el elegido
por cabeza y pastor de su ganado,
que no dijo: «Señor, ¿por qué has querido
a tu pastor dejar desamparado?
Mira que está en oprobio tu rebaño,
remedia, buen Jesús, tan crudo daño».

De aquellas once mil, una cabeza
los ingleses también en aquel día
a mal echaron. ¡Santa y rica pieza!
Quién duda a Dios la Virgen le diría:
«La injuria a vos, Señor, bien se endereza,
y contra vos el mal se cometía.
Pues sois para vengarla poderoso,
destruya vuestra diestra al flagicioso».

La figura de Dios crucificado,
que en la iglesia y altar devota estaba,
a quien el enemigo ha desgarrado
y de ella con oprobio se burlaba,
pues representa a Dios Verbo Encarnado,
quién duda al Padre Eterno se quejaba,
y dice: «Aunque Cordero muy benigno,
perezca ya este espíritu maligno?».

También los viejos claman suspirando,
los mozos allí miran hacia el cielo;
las damas y doncellas lamentando
cubrían con sus lágrimas el suelo;
los tiernos muchachuelos sollozando
publican su dolor y desconsuelo;
por esto fue Candish desbaratado,
que el justo nunca fue desamparado.

Al corazón humilde y doloroso,
envuelto en contrición, nunca aborrece
el Alto; y al que ve menesteroso
de su socorro, bien le favorece.
Pues ¿quién no había de estar allí lloroso
en Santos, do la causa tanto crece
con robos, destrucción y cautiverio,
flagicios, tiranías, improperio?

Por mis ojos yo vi, de a pocos días,
a Santos, con su isla, que robada
por este Candish fue, y las vacías
y pobres casas, gente lastimada,
me daban a entender por muchas vías
aquella tiranía celebrada
allí, contra dos pueblos lusitanos,
cuando de ellos triunfaron luteranos.

Allí vide las fuerzas derribadas,
las torres y los altos edificios;
allí vide las casas derrocadas,
y sacadas las puertas de los quicios.
Por madera en el fuego son quemadas,
y tuvieron por grandes beneficios
los que enhiestas en pie hallan sus casas,
porque las más estaban hechas brasas.

No me hizo admirar aquesta ruina,
que el cazador que entra por un coto
la caza mata toda cuanta atina,
y el soldado que ve al campo roto
del alto abajo todo desollina.
Mas pena me dio el ver que aquel piloto
que tengo referido, lusitano,
en el puerto a Candish metió de mano.

Aquéste merecía ser quemado,
y el Capitán que preso le tenía
en Santos, donde estuvo a tal recado
que huyendo se fue donde ha querido.
Mirad lo que hará aqueste pecado,
pues le tiene el Demonio pervertido.
¡Y no querrá mi Dios que tal delito
lo ponga yo en memoria por escrito!

Aquí quiero dejarlo, prometiendo
en otra parte cosas muy gustosas
que estoy en mi vejez yo componiendo
del argentino reino. Hazañosas
batallas que el dios Marte va tejiendo,
conquistas y noticias espantosas.
Lo que he dicho y dijere en mi escritura,
sumito al Santo Oficio y su censura.

FIN


Publicado el 30 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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