Mi Tío Sóstenes

Guy de Maupassant


Cuento



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El tío Gregorio era un librepensador como hay muchos, librepensador de puro ignorante. Por el mismo camino llegan otros a ser creyentes. Ver a un sacerdote y sentir un furor desenfrenado, para él, era todo uno; lo amenazaba, le hacía burla, y se curaba en salud por si le había dado mal de ojo; es decir, que ya no era un librepensador verdadero, pues creía en el mal de ojo; y tratándose de creencias irreflexivas, hay que rendirse a todas o no tener ninguna.

Yo, que soy también un librepensador, es decir, un refractario a todos los dogmas que fraguó el miedo a la muerte, no me irrito contra los templos, ya sean católicos, apostólicos, romanos, protestantes, rusos, griegos, budistas, judíos o musulmanes. Además, tengo una manera de razonar su condición. Un templo es un homenaje a lo desconocido. Cuanto más se remonte el pensamiento humano, menor es el dominio de lo desconocido, y se derrumban los templos. Me agradaría —eso sí— que tuvieran, en vez de incensarios, telescopios, microscopios y máquinas eléctricas.

Mi tío se diferenciaba por completo de mí; éramos casi lo contrario el uno del otro.

Él blasonaba de patriota; yo no, porque, a mi entender, el patriotismo es una religión como cualquiera, y es además el huevo de donde salen todos los crímenes colectivos.

Mi tío era francmasón; y los francmasones me parecen más fanáticos aún que las viejas devotas. Yo sostengo mis opiniones. De admitir una religión, me quedo con la de mis padres.

Y estos mentecatos no hacen más que imitar a los curas. Tienen por símbolo un triángulo en vez de una cruz; fundan iglesias, que llaman logias, con varios cultos: el rito escocés, el rito francés, el Grande Oriente y otra porción de majaderías que hacen reír.

¿A qué aspiran? A establecer socorros mutuos, haciéndose cosquillas en la palma de la mano. Quisieron poner en práctica el precepto cristiano: "Amaos los unos a los otros". La única diferencia consiste en el cosquilleo. Pero ¿valdrá la pena de hacer tantas ceremonias para prestarle cinco francos a un pobrete? Los religiosos, para quienes el socorro y la limosna constituyen una obligación o un oficio, encabezan sus cartas con tres letras: J. M. J., y los francmasones colocan tres puntos en triángulo a continuación de su nombre. ¿Hay tanta diferencia? ¡Todos compadres!

Mi tío me objetaba:

—Precisamente, nosotros enarbolamos una religión frente a otra religión; hacemos del librepensador el arma que acabará con el clericalismo. La francmasonería es la ciudadela donde se han cobijado todos los demoledores de las divinidades.

Yo insistía:

—Pero, tío, precisamente aquello de que usted se vanagloria es lo que yo juzgo reprochable. No destruyen; organizan otro fanatismo en competencia; la competencia rebaja el precio de las mercancías, pero nada más. Y aun ¡si no hubiera en la masonería más que librepensadores! Pero admiten a todo el mundo. Son masones una muchedumbre de católicos, y hasta jefes de partido. Pío Noveno fue masón antes de ser papa. Si llama usted a una sociedad compuesta de tal modo ciudadela contra el clericalismo, le diré que me parece muy ruin su ciudadela.

Mi tío, guiñando los ojos, afirmaba:

—Nuestra poderosa influencia, nuestra influencia temible, sobre todo es política. Sin cesar minamos los tronos.

Al oírle yo, comentaba:

—¿Sí? ¡Qué tunantones! Dígame que la francmasonería es una fábrica de triunfos electorales, y lo creo; que tiene recursos para convertir en votos favorables a los más reacios, también lo creo; que resulta indispensable para los ambiciosos políticos, lo creo también. Pero, si usted me dice que la masonería socava los cimientos del trono... me reiré en sus barbas. Medite usted un poco acerca de la extendida y misteriosa asociación democrática, la cual tiene por jefe a un príncipe heredero en Alemania y al hermano del zar en Rusia, contando entre sus afiliados al rey Humberto, al príncipe de Gales y a todas las testas coronadas del orbe...

Mi tío me decía entonces, en tono confidencial:

—No te falta razón; pero también es cierto que los príncipes coadyuvan a nuestra obra sin sospecharlo.

Yo añadía:

—Y viceversa, ¿no es verdad?

Y para mi capote. ¿No es verdad, rebaño de imbéciles?

Era de ver cómo el tío Gregorio abordaba de pronto a cualquier francmasón. Primero, un guiño, y después, al darse la mano, una serie de presiones y contorsiones misteriosas y visibles. Cuando yo quería oírle despotricar furioso, le decía que también los perros tienen maneras francmasónicas para reconocerse. Luego, iban por todos los rincones, ocultándose de la gente como si tuviesen que decirse algo muy dificultoso y de suma importancia; y si comían juntos, en la mesa, frente a frente, se miraban de un modo especial a cada bocado, a cada sorbo, como diciéndose: "Lo somos, ¿eh?"

¡Y pensar que se cuentan por millones los hombres que se divierten con esas tonterías!

Prefiero el jesuitismo.

Precisamente, había en el pueblo un jesuita, el cual era la obsesión de mi tío Gregorio. Cada vez que lo veía murmuraba: "¡Indecente!". Y agarrándose a mi brazo me confiaba sus temores:

—Piensa que, tarde o temprano, ese indecente nos dará que sentir. Estoy seguro.

Acertó. Y, por fatalidad, yo fui la causa. Verán cómo:

Terminaba la cuaresma, y mi tío Gregorio tuvo la idea de organizar un banquete de carne para el Viernes Santo. Me resistí cuanto pude:

—Comeré carne —le dije— lo mismo que todos los días del año; pero en mi casa, como siempre. Considero estúpida la ostentación. ¿Para qué dar escándalo? ¿En qué nos perjudica ni nos molesta que una porción de familias no coman carne por Semana Santa?

Pero no pude convencerlo y convidó a tres amigos para ir a comer juntos en el restaurante; como era mi tío quien pagaba el gasto, accedí a ser de la partida.

Antes de las cuatro, nos reunimos en el café Penélope, de ordinario muy concurrido, y mi tío Gregorio, levantando mucho la voz para que le oyeran todos, nos decía lo que íbamos a comer.

A las seis nos sentamos a la mesa y a las diez aún estábamos comiendo. Entre los cinco, vaciamos dieciocho botellas de Burdeos y cuatro de champaña.

Mi tío propuso que hiciéramos lo que llamaba él "ronda de arzobispo". Consistía en llenar seis copitas con licores diferentes y apurarlas una tras otra mientras los presentes contaban: "uno, dos, tres, cuatro", hasta veinte; un estúpido alarde que a mi tío le pareció entonces de oportunidad. A las once ya lo teníamos borracho como una cuba. Hubo que llevarlo a su casa en coche y acostarlo. Ya era seguro que su alarde anticlerical se convertiría para él en una espantosa indigestión.

Retirábame, borracho también, pero con alegre borrachera, cuando una idea diabólica, en consonancia con mi arraigado escepticismo, surgió en mi cerebro.

Me atusé un poco, puse una cara lo más afligida posible, y fingiéndome desconsolado fui a llamar a la puerta del jesuita. Era sordo, y tuve que armar un estrépito para que me oyera. Tales fueron mis voces y mis patadas, que al fin apareció, preguntando:

—¿Qué ocurre?

Yo grité:

—¡Pronto! ¡Pronto, reverendo padre! ¡Un moribundo reclama los misericordiosos auxilios de la religión!

El pobre viejo se puso inmediatamente un pantalón, y en mangas de camisa bajó a la puerta. Le conté, angustiado, con la voz entrecortada por sollozos, que mi tío, el contumaz librepensador, atacado por una dolencia repentina que hacía temer un funesto desenlace, temeroso de morir, deseaba sin duda en aquel trance la compañía de un sacerdote, oír sus consejos, conocer lo que saben los católicos de la otra vida, y disponerse tal vez para entrar en el cielo, confesando y comulgando, arrepentido al fin de sus errores. Y acabé diciendo:

—Como lo desea, estoy seguro de que puede ser muy saludable para el enfermo la presencia de usted, reverendo padre.

Atolondrado, complacido, tembloroso, el jesuita me rogó que lo aguardara un momento; pero yo añadí:

—No, no lo acompañaré; mis convicciones me lo impiden. Ya me ha sido bastante violento venir a su casa, y le ruego que no haga mención de mi visita, que no hable de mí; puede suponer que la dolencia de mi tío le fue revelada misteriosamente...

Consintió, y muy de prisa encaminose hacia la casa de mi tío Gregorio. La criada abrió en seguida y vi desaparecer la vestimenta sacerdotal en el oscuro antro del pensamiento libre.

Me puse en acecho arrimado a una puerta próxima. En circunstancias normales, mi tío hubiera dado al cura un buen recorrido; pero me constaba que no podía ni siquiera levantar los brazos aquella noche. ¡Qué impresión la de ambos al encontrarse frente a frente! ¿Cómo se presentaría el uno, y cómo lo recibiría el otro? ¿Qué se dirían? ¿Qué replicarían? ¿Y cómo acabaría todo aquello?

Sólo de imaginarlo, me retozaba la risa en el cuerpo: "¡Vaya una broma!, ¡qué broma!"

Se levantaba frío hacia la madrugada, ¡y el jesuita sin acabar de salir! Una hora, dos, tres horas pasaron. ¿Qué pudo suceder? ¿Acaso la violenta impresión produjo a mi tío la muerte o, levantándose de pronto, estranguló al cura? ¿Se habían devorado mutuamente? La última versión me pareció inverosímil, porque mi tío no se hallaba en condiciones de tragar ni un gramo de alimento, ni de sorber una gota de sangre.

Amaneció.

Inquieto, y no atreviéndome a entrar, acudí a un amigo que vivía enfrente. Se lo dije todo, haciéndolo reír mucho, y me asomé con mil precauciones a una ventana.

Me reemplazó a las nueve y dormí algo. A las once ocupé su lugar. Indecisos, comenzábamos a temer una desdicha.

Pero a las seis de la tarde salió el jesuita, pacífico y satisfecho.

Entonces, avergonzado y receloso, llamé a la puerta de mi tío. Abrió la criada, y no atreviéndome a preguntar, subí en silencio.

Mi tío Gregorio, pálido, abatido y desencajado, con los brazos inertes y los ojos tristes, yacía en la cama. Vi una estampita piadosa puesta con un alfiler en las colgaduras.

Un olor nauseabundo pregonaba la indigestión. Dije:

—¿Aún continúa usted acostado? ¿Está enfermo?

Me respondió con la voz apagada.

—Hijo mío: estuve a punto de morir.

—¿Es posible?

—¡Tan posible! Y lo más raro es que, siendo repentina mi enfermedad, le fue revelada misteriosamente al sacerdote que acaba de salir de casa. Hijo mío: ¡hay Providencia!

—¿Sí? —apenas pude contener la risa.

—Una revelación. Ya lo ves.

Fingí un estornudo para no soltar la carcajada; y al cabo de un minuto, fingiéndome indignado, exclamé:

—¿Ha recibido al jesuita en su casa? ¿.Un librepensador, un hermano masónico, tuvo al jesuita en su casa y no lo arrojó por una ventana.

Confundido, balbució:

—Era providencial; te lo aseguro. Vino guiado por una voz del cielo. Y, además, ha debido de conocer a mi padre; me habló de mi familia, que ya no existe...

—De su familia, de su padre...

—Sí; ya ves...

—No veo motivo para recibir a un jesuita.

—Tienes razón; pero yo estaba enfermo, gravísimo: y él, ¡me ha cuidado con tanta solicitud, con tanto desinterés durante toda la noche! Le debo la vida, no lo dudes; ha hecho más que un médico...

—¡Ah! ¡Lo ha cuidado toda la noche! .No dijo usted que acababa de salir de casa!

—Naturalmente; y es cierto. Como fue tan bondadoso conmigo, dispuse que le preparasen almuerzo. Almorzó ahí junto a mi cama, en un veladorcito, mientras yo tomaba una taza de té.

—Y ¿ha comido carne?

Mi tío Gregorio hizo un gesto desapacible, como si yo acabara de cometer una grave inconveniencia:

—No estoy para bromas. En esta ocasión me parecen inoportunas. Fue conmigo afectuoso y me cuidó con mucha solicitud. No hicieron otro tanto los demás.

La indirecta me cortó los vuelos y dije:

—Bien, tío Gregorio. Y después de almorzar, ¿qué hicieron ustedes?

—Jugamos al tute una hora. El rezó sus oraciones mientras yo leía un librito que puso en mis manos, y que por cierto me agradó bastante.

—¿Un libro piadoso?

—Hasta cierto punto. Es la historia de las misiones en el África central; un libro de viajes y aventuras. Admira lo que hicieron allí unos cuantos hombres.

Empecé a comprender que tomaba un cariz desagradable aquel asunto, y levantándome de la silla, dije:

—Vaya, que se ha dejado usted convertir. ¿Y la masonería y el librepensamiento? Es usted un apóstata.

Un poco indeciso aún, mi tío murmuró:

—La Iglesia es una especie de masonería.

—¿Volverá el jesuita? —le pregunté.

Y balbució:

—Acaso mañana...

Salí completamente atolondrado.

Tuvo fatales consecuencias la broma fraguada por mí.

Mi tío se hizo católico, pero eso no es todo. Lo triste, lo verdaderamente intolerable para un sobrino, es que a su muerte sólo se pudo encontrar un testamento en el cual me desheredaba, dejando todos sus bienes al jesuita.


Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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