El Experimento del Doctor Heidegger

Nathaniel Hawthorne


Cuento


EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original, invitó una vez a cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran tres caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos eran viejos y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios durante su vida, y cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban tiempo ha del reposo de la tumba. El señor Médbourne había sido en el vigor de su edad un próspero comerciante; mas perdió toda su fortuna en especulaciones arriesgadas y era por entonces poco menos que un mendigo. El coronel Kílligrew había malgastado sus mejores años, su salud y su energía en pecaminosos placeres que le produjeron multitud de incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y alma. El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que le había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la presente generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la viuda Wycherly, contaba la tradición que fué una belleza en sus días; mas había vivido largo tiempo en profundo aislamiento a causa de ciertas historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de la sociedad. Es digna de mencionarse la circunstancia de que los tres viejos caballeros, el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne, habían sido en otro tiempo pretendientes de la viuda Wycherly, y estuvieron una vez a punto de cortarse el cuello por gozar del privilegio de su amor. Y antes de proseguir, quiero también dejar apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger como sus cuatro invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales; cosa no del todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.

—Mis antiguos y queridos amigos,—dijo el doctor Héidegger, haciéndoles tomar asiento,—Deseo que me ayudéis en uno de los pequeños experimentos con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.—

Si hemos de dar fe a la historia, el estudio del doctor Héidegger era un sitio de los más curiosos: una obscura cámara, amueblada a la antigua, festoneada de telarañas y cubierta de polvo desde tiempo inmemorial. Apoyados contra el muro veíanse varios estantes de roble, cuyos anaqueles inferiores estaban llenos de infolios gigantescos y libros góticos en cuarto, mientras la parte superior guardaba los pequeños libros en duodécimo con cubierta de pergamino. Sobre el estante central había un busto de Hipócrates con el cual, según fuentes autorizadas, acostumbraba sostener consultas el doctor Héidegger en todos los casos difíciles de su profesión. En el rincón más obscuro del aposento, había un armario de roble, alto y estrecho, a través de cuya entreabierta puerta se divisaba confusamente un esqueleto. En el espacio comprendido entre dos estantes pendía un espejo mostrando su alta y empolvada superficie dentro de un deslustrado marco dorado. Entre muchas otras historias maravillosas que se relataban acerca de este espejo, decíase que las almas de todos los pacientes difuntos del doctor habitaban dentro de su vera, y se encaraban con él siempre que miraba en aquella dirección. El lado opuesto de la cámara estaba decorado con el retrato de cuerpo entero de una joven dama, vestida de raso, seda y brocado en descolorida magnificencia, y con semblante tan pálido como su atavío. Hacía medio siglo que el doctor Héidegger estuvo a punto de casarse con la joven señora; mas sucedió que, afectada de ligero malestar, tomó una de las recetas de su prometido y murió en la mañana de las bodas. Queda aún por mencionar la principal curiosidad del estudio: un enorme infolio, encuadernado en cuero negro y cerrado con pesados broches de plata. No llevaba letras en el lomo y nadie podía decir el título de la obra. Pero sabíase perfectamente que era un libro de magia, y una vez que lo cogió una camarera, simplemente con la idea de quitarle el polvo, el esqueleto se removió en su armario, el retrato de la dama colocó un pie sobre el pavimento y varios rostros de fantasmas asomaron en el espejo; en tanto que la bronceada cabeza de Hipócrates fruncía el ceño y decía: “¡Detente!”

Tal era el estudio del doctor Héidegger. En la tarde de estío a que se refiere nuestra historia, había una pequeña mesa redonda, negra como el ébano, en el centro de la habitación, sosteniendo un ánfora de cristal cortado, de bella forma y delicado trabajo. Los rayos del sol penetraban a través de la ventana, entre los pesados festones de dos cortinas de damasco descolorido, y caían discretamente sobre el ánfora; de manera que un suave resplandor se reflejaba en los cenicientos rostros de los cinco viejos reunidos en torno. También había cuatro copas de champaña sobre la mesa.

—Mis antiguos y queridos amigos,—repitió el doctor Héidegger,—¿puedo confiar en vuestra cooperación para realizar un experimento extremadamente singular?—

Hay que advertir que el doctor Héidegger era un viejo caballero muy original, cuyas excentricidades habían llegado a ser la base de mil fantásticas historias. Es posible que algunas de estas invenciones, dicho sea para vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi propia y verídica persona; de modo que, si algunos pasajes de este cuento chocan con la credulidad del lector, soportaré gustosamente el estigma de novelero.

Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar al doctor de su famoso experimento, no imaginaron maravilla mayor que la muerte de un ratón por medio de alguna bomba neumática, el examen de cualquier basura en el microscopio, o alguna otra tontería por el estilo, con las que tenía el hábito de importunar a sus amigos. Mas, sin aguardar respuesta, el doctor Héidegger atravesó renqueando la habitación y volvió con aquel enorme infolio encuadernado en cuero negro, que la opinión general declaraba ser un libro de magia. Desabrochando las plateadas cerraduras, abrió el volumen y sacó de entre sus góticas páginas una rosa o lo que fué alguna vez una rosa, pues que entonces las verdes hojas y pétalos de púrpura habían adquirido un tono parduzco, y la flor entera parecía a punto de convertirse en polvo entre las manos del doctor.

—Esta rosa,—explicó suspirando el doctor Héidegger,—esta misma rosa que veis aquí marchita y casi deshecha, floreció hace cincuenta y cinco años. Me la dio Silvia Ward, cuyo retrato pende allí; y yo pensaba llevarla sobre el pecho el día de nuestras bodas. Cincuenta y cinco años la he conservado como un tesoro entre las páginas de este viejo libro. Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa de medio siglo pudiera revivir alguna vez?

—¡Qué ocurrencia!—exclamó la viuda Wycherly con un impertinente movimiento de cabeza.—¡Podríais preguntar igualmente si un rostro arrugado de vieja puede rejuvenecerse alguna vez!

—¡Mirad!—respondió el doctor Héidegger.

Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en el agua que allí había. Al principio se mantuvo la flor en la superficie, sin absorber nada de humedad, al parecer. Pronto, sin embargo, pudo notarse un cambio singular. Los arrugados y secos pétalos se agitaron, adquiriendo un tinte carmesí más vivo, como si la flor despertara de algún sueño mortal; el esbelto tallo y las ramitas de follaje tomaron tonos verdes; y por último la rosa de medio siglo atrás apareció tan lozana y fresca como cuando Silvia Ward la obsequió a su prometido. Apenas si lucía completamente abierta; pues algunas de sus delicadas hojas encarnadas apretábanse todavía modestamente sobre su húmedo seno, donde brillaban dos o tres gotas de rocío.

—Es ciertamente una linda ilusión óptica—dijeron descuidadamente los amigos del doctor, pues habían presenciado mayores milagros en espectáculos de prestidigitación;—haced el favor de mostrarnos de qué manera se realiza.

—¿Habéis oído hablar alguna vez de la Fuente de la Juventud?—preguntó el doctor Héidegger,—aquélla que fué a buscar Ponce de León, el aventurero español, hará dos o tres centurias?

—Pero ¿la encontró al fin Ponce de León?—preguntó la viuda Wycherly.

—No,—respondió el doctor Héidegger,—porque nunca la buscó en su verdadero sitio. La Fuente de la Juventud, si estoy bien informado, se encuentra situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del lago Macaco. Su manantial está sombreado por varias magnolias gigantescas, que aun cuando cuentan innumerables siglos se conservan tan frescas como violetas por la virtud de esta agua maravillosa. Un amigo mío, conociendo mi afición a esta clase de estudios, me ha enviado la que veis en aquel vaso.

—¡Ejem!—murmuró el coronel Kílligrew, que no creía una palabra de la historia del doctor;—y ¿cuál sería el efecto de este líquido en la naturaleza humana?

—Podéis juzgarlo por vos mismo, mi querido coronel—replicó el doctor Héidegger,—y vosotros todos, mis respetados amigos, sois los bienvenidos para beber de este líquido maravilloso la cantidad necesaria para devolveros el brillo de la juventud. Por mi parte, he tenido tantos disgustos antes de envejecer, que no tengo prisa de volverme joven otra vez. Con vuestro permiso, observaré solamente los progresos del experimento.—

Mientras hablaba, llenaba el doctor Héidegger las cuatro copas de champaña con el agua de la fuente de la juventud. Parecía impregnada de algún gas efervescente, porque continuamente ascendían pequeñas burbujas desde el fondo de los vasos y estallaban en plateado rocío en la superficie. Como el líquido difundía agradable perfume, los viejos personajes no vacilaron en creer que poseyera propiedades cordiales y reconfortantes y, aun cuando escépticos con respecto a su poder rejuvenecedor, sentíanse inclinados a beberlo inmediatamente. Pero el doctor Héidegger les detuvo por un momento.

—Antes de que bebáis, mis respetables y antiguos amigos,—dijo,—sería conveniente que, con la experiencia que habéis adquirido durante vuestra vida, adoptarais algunas reglas generales de conducta al afrontar por segunda vez los peligros de la juventud. ¡Pensad que sería un crimen y una vergüenza si, con las ventajas especiales de que vais a disfrutar, no fuerais modelo de virtud y de sabiduría para todos los jóvenes de vuestra edad!—

Los cuatro venerables amigos del doctor sólo respondieron con una débil y trémula carcajada; tan ridícula les pareció la idea de que, conociendo cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del error, hubieran de extraviarse nuevamente.

—Bebed entonces,—dijo el doctor inclinándose.—Me regocijo de haber elegido con tanta discreción los sujetos para mi experimento.—

Con temblorosas manos levantaron las copas hasta sus labios. Si el licor poseía en realidad las virtudes que le atribuía el doctor Héidegger, no podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran más lastimosamente.

Parecía que nunca hubieran tenido juventud ni placeres, que hubieran sido un producto anormal de la naturaleza, siempre las mismas criaturas grises, decrépitas y sin savia que se encontraban en derredor de la mesa del doctor, tan yertas de cuerpo y alma que ni siquiera sentían entusiasmo ante la idea de rejuvenecer. Bebieron el agua y colocaron de nuevo los vasos sobre la mesa.

Indudablemente pudo notarse al punto cierta animación en el aspecto de los invitados; algo así como el efecto producido por un vaso de vino generoso, con un resplandor de claridad repentina que irradiaba en los cuatro rostros a la par. Apareció un sonrosado de salud en sus mejillas, reemplazando la palidez terrosa que les hacía asemejarse a un cadáver. Miráronse unos a otros, imaginando que algún mágico poder principiaba a borrar en realidad la honda y triste huella que el Tiempo había grabado desde muy atrás en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló su capota, casi sintiéndose mujer de nuevo.

—¡Dadnos un poco más de esta agua maravillosa!—exclamaron ansiosamente.—Hemos comenzado a rejuvenecer, pero estamos todavía demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un poco más!

—¡Paciencia, paciencia!—dijo el doctor Héidegger que, sentado, observaba los efectos del experimento con filosófica frialdad.—Habéis puesto largo tiempo para haceros viejos. No dudo que os contentaréis con rejuvenecer en una hora. ¡Sin embargo, el agua está a vuestra disposición!—

Llenó las copas nuevamente con el licor de la juventud, del cual quedaba lo bastante en el recipiente para volver tan jóvenes como sus nietos a la mitad de los viejos de la ciudad. Mientras estallaban aún las burbujas en el borde, los cuatro invitados del doctor se apoderaron de los vasos y bebieron el contenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión acaso? No bien acababa de pasar el líquido por su garganta cuando pareció presentarse un cambio en toda su naturaleza. Tornáronse sus ojos claros y brillantes; una sombra obscura se extendió sobre sus plateados rizos; y se encontraron reunidos en torno de la mesa del doctor Héidegger tres caballeros de mediana edad y una dama salida apenas de la primera juventud.

—¡Mi querida viuda, estáis encantadora!—exclamó el coronel Kílligrew que había conservado la mirada fija sobre el rostro de la señora, mientras las sombras de la edad se desvanecían como la obscuridad ante la aurora de un nuevo día.

La hermosa viuda sabía desde largo tiempo atrás que los elogios del coronel Kílligrew no siempre se basaban en la estricta verdad; así, saltando de su asiento se abalanzó al espejo, temiendo aún que sus miradas tropezaran con el feo rostro de una mujer de edad. Entretanto los tres caballeros se comportaban de manera tal que daba lugar a creer que el agua de la fuente de la juventud poseía ciertas cualidades espirituosas; a menos que la exaltación de sus ideas fuera simplemente el alegre desvanecimiento producido por la súbita desaparición del peso de los años. La imaginación del señor Gascoigne parecía encaminarse a tópicos políticos; mas no era fácil determinar si sus elucubraciones se referían al pasado, al presente o al futuro, pues que las mismas ideas e idénticas frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ya enunciaba a plena voz proposiciones sobre el patriotismo, la gloria nacional y los derechos del pueblo; ya musitaba algunos planes atrevidos en receloso y taimado murmullo, tan cautelosamente que ni siquiera su propia conciencia llegara a apoderarse del secreto; o expresábase de nuevo con acento mesurado y docta entonación de orador, como si oídos reales escucharan los bien redondeados períodos de su arenga. El coronel Kílligrew entonaba al mismo tiempo una alegre canción báquica, tamborileando en su vaso el compás del coro, mientras sus ojos vagaban sobre el risueño semblante de la viuda Wycherly. Al otro lado de la mesa el señor Médbourne sumíase en profundos cálculos de dólares y centavos, que tenían que ver particularmente con un proyecto para proveer de hielo a las Indias Orientales o equipar un tiro de ballenas para los témpanos polares.

En cuanto a la viuda Wycherly, permanecía frente al espejo haciendo monadas y cortesías a su propia imagen y saludándola como al amigo más amado que existía en el mundo para ella. Acercó su rostro muy junto al espejo para observar si la pata de gallo y las importunas arrugas marcadas largo tiempo atrás habían desaparecido verdaderamente. Examinó si la nieve de sus cabellos habíase fundido por completo y si podría echar atrás su capota con entera seguridad. Al fin, volviéndose alegremente, avanzó hacia la mesa en una especie de paso de baile.

—¡Mi viejo y querido doctor!—exclamó,—¡por favor, brindadme otro vaso!

—¡Ciertamente, mi querida señora, ciertamente!—replicó el complaciente doctor.—¡Mirad! Ya tenía los vasos llenos.—

En efecto, los cuatro vasos aparecían llenos hasta el borde de aquella agua maravillosa, cuyo delicado rocío, efervescente en la superficie, semejaba el trémulo chispear de diamantes. Estaba ya tan próximo el ocaso que la habitación se hallaba más sombría que nunca; pero un resplandor suave, análogo al de la luna, emanaba de la gran ánfora, reposándose por igual sobre los cuatro invitados y sobre la figura venerable del médico. Sentóse éste en un sillón de roble, de alto respaldar y primorosamente tallado, con tal aire de antigua majestad que habría podido caracterizar al Tiempo, cuyo poder jamás había sido discutido, salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de que bebían ansiosamente en aquel momento la tercera copa del licor de la fuente de la juventud, sintiéronse casi atemorizados por la misteriosa expresión de la fisonomía del doctor Héidegger.

Pero pronto la alegre efusión de la juventud cundió por sus venas. Hallábanse ahora en la dichosa adolescencia. Recordaban la vejez, con su séquito miserable de preocupaciones, sufrimientos y enfermedades, tan sólo como un sueño desagradable del cual acababan de despertar alegremente. La frescura de alma, perdida tan temprano, y sin la cual las escenas sucesivas de la vida eran únicamente una colección de cuadros descoloridos, prestaba otra vez su encanto al porvenir. Sintiéronse como seres nuevos creados en un universo nuevo.

—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes!—exclamaban en su éxtasis.

La juventud, al igual que la vejez, borraba los caracteres fuertemente marcados de la edad mediana y asimilaba mutuamente a todos aquellos personajes. Era un grupo de muchachos alegres, casi enloquecidos con el regocijo exuberante de sus pocos años. El efecto más singular de su alegría era el impulso de mofarse de las enfermedades y la decrepitud de que habían sido víctimas hasta hacía pocos instantes. Reían locamente de su extravagante atavío, de las chaquetas de amplios faldones y los chalecos flotantes de los jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta exótica de la deslumbrante señora. Uno de ellos púsose a cojear alrededor del cuarto como un abuelo gotoso; otro colocó en su nariz un par de gafas, pretendiendo descifrar las góticas páginas del libro de magia; el tercero tomó asiento en una gran silla de brazos y procuraba imitar la venerable dignidad del doctor Héidegger. Todos alborotaban regocijadamente, saltando en torno de la habitación. La viuda Wycherly (si una damisela tan fresca podía llamarse viuda) se acercó bailando ágilmente hasta la silla del doctor, con el sonrosado rostro brillando de maliciosa alegría.

—¡Doctor, viejo y querido corazón mío, levantaos y danzad conmigo!—exclamó. Y entonces los cuatro jóvenes rieron más estrepitosamente que nunca al pensar en la extravagante figura que haría el pobre viejo doctor.

—Os ruego dispensarme,—respondió el doctor tranquilamente.—Estoy viejo y reumático y mi tiempo de bailar concluyó muchos años ha. Pero cualquiera de estos jóvenes será muy feliz de tener tan linda pareja.

—¡Bailad conmigo, Clara!—gritó el coronel Kílligrew.

—¡No, no; yo seré su compañero!—profirió el señor Gascoigne.

—¡Fuí su prometido hace cincuenta años!—exclamó el señor Médbourne.

Todos se agruparon en torno de ella. Uno cogió sus dos manos con impulso apasionado; otro pasó el brazo en derredor de su talle; el tercero hundió la mano entre los sedosos rizos que asomaban debajo de la capota de la dama. Sonrosada, palpitante, luchando, riñendo, riendo y lanzando por turno su aliento ardoroso en la faz de cada uno de los pretendientes, hacía ella ademán de desprenderse, mas sin llegar a librarse del triple abrazo. Nunca se había presenciado cuadro más vivo de rivalidad juvenil con hermosura tan hechicera como galardón. Sin embargo, por extraña ilusión, debida a la obscuridad de la cámara y a los antiguos vestidos que aun llevaban los invitados, se dice que el gran espejo reflejaba la figura de los tres ancianos, canosos y ajados abuelos, contendiendo por la fealdad angulosa de una vieja encogida y arrugada.

Pero eran jóvenes: por lo menos sus pasiones lo demostraban. Inflamados hasta la locura por la coquetería de la damisela viuda que no otorgaba ni rehusaba por completo sus favores, los tres rivales comenzaron a cruzar amenazadoras miradas. Sujetando con una mano el anhelado galardón, echaron la otra mutuamente a sus gargantas, llenos de rencor. Mientras luchaban aquí y allá, cayó la mesa, destrozándose el vaso en mil fragmentos. La preciosa agua de la juventud corrió en brillante arroyo sobre el pavimento, humedeciendo las alas de una mariposa, envejecida al declinar del verano y que había venido a morir allí. El insecto voló ligeramente a través de la habitación y fué a colocarse en la nevada cabeza del doctor Héidegger.

—¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame Wycherly,—exclamó el doctor.—Tengo que protestar seriamente de este tumulto.—

Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que el Tiempo gris les llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy lejos, hasta el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor Héidegger, quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de medio siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la mayor brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo, a pesar de la juventud de que creían disfrutar.

—¡Mi pobre rosa de Silvia!—exclamó el doctor Héidegger, exponiéndola a la luz de las nubes del poniente;—parece que se marchita otra vez.—

Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión continuó ajándose la flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de rocío que aun pendían de sus pétalos.

—La amo tanto ahora como en su húmeda frescura,—observó el doctor, oprimiendo la marchita rosa contra sus labios ajados. Mientras hablaba, la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó sobre el pavimento.

Los invitados se estremecieron de nuevo. Una frialdad extraña, que no sabían si atribuir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de ellos gradualmente. Se miraron unos a otros e imaginaron que cada minuto que se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba en su semblante surcos más profundos donde nada se notaba en el momento precedente. ¿Era acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a tan breve espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo, el doctor Héidegger?

—¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra vez?—exclamaron dolorosamente.

Así era en realidad. El agua de la juventud poseía solamente virtudes más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que demostraba que era aún mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra su semblante, deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que no podía volver a ser hermosa.

—Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,—dijo el doctor Héidegger:—y ¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos umbrales de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio que produjera durase años en vez de algunos instantes. ¡Ésta es la lección que me habéis enseñado!—

Pero los cuatro amigos del doctor no aprovecharon para sí la lección. Resolvieron organizar una peregrinación a la Florida y beber mañana, tarde y noche de la Fuente de la Juventud.


Publicado el 26 de abril de 2016 por Edu Robsy.
Leído 0 veces.