Ojo con el Nombre Cósmico

Arturo Robsy


Cuento



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En los años de mi juventud, cuando no era crédulo pero sí algo idiota, tuve amigos buscadores de platillos volantes. En realidad no les importaba el platillo sino lo de dentro.

Como todos, habían descubierto que este mundo no tiene enmienda, pero les resultaba más entretenido ojear platillos que rezar el rosario. Según unos, los platillenses venían de un mundo material, sí, pero más elevado. Otros preferían creer que procedían de una dimensión espiritual y que el platillo no era más que una imagen apropiada para nuestra inferior psicología maquinista.

Todos coincidían en que debíamos esperarlos como a los Reyes Magos. Si eras bueno, se te aparecían. Si eras mejor, se te llevaban a su paraíso. Claro que había que irse con los altos y rubios. Los enanos y feos no eran trigo limpio: iban a la suya y se entretenían desguazando a los humanos.

Incluso vino desde el Perú un gran oteador cansado de tratar con ellos en un plano espiritual. Para "contactar" con los extraterrestres algunos usaban la escritura automática: se deja la mente en blanco y el bolígrafo corre libre por el papel. A veces salen palabras, justo como en las novelas de alta burguesía.

Pero lo fetén para estos manejos era recibir un nombre cósmico. En cuanto se tenía, se lo metía uno en la boca, lo gargarizaba y hacía ejercicios respiratorios, nombre cósmico adentro, nombre cósmico afuera. El peruano tenía uno: ORAM. Hacía HOH, inspirando, y RAAAM, muy grave, expulsando el aire poco a poco. Aquello, se lo juro, le daba la llave de la quinta dimensión y, desde ella, mantenía largas conversaciones con los seres del espacio. Con los rubios.

Mi nombre fue ASMIR. Hacía ASH, inspirando y MIIIR, expirando con voz muy gruesa, porque todo el truco estaba en producir vibraciones de alto contenido filosófico. Horas y días me pasé con eso de ASMIR, para ver si el Guía Espiritual me daba la llave de la quinta dimensión, desde siempre prohibida a los humanos que no respiran con el diafragma.

Una noche, bien hiperventilado con mis ejercicios, creí oír una voz: "Ves al kilómetro tal de tal carretera". Ni que decir tiene que subí al coche y conduje alegremente sin dejar de repetir ASMIR, ilusionado por la perspectiva de darme una vueltecita gratis en platillo volante.

Al llegar al punto indicado, junto a la cuneta, un par de seres verdes alzaron los brazos hacia el cielo en un signo universal de paz. Sentí el temor de lo desconocido, pero me detuve. "Saludos, hombres del espacio", dije, buscando el platillo con el rabillo del ojo. No eran de los rubios, pero tampoco de los enanos malévolos. "Ahs...miiir", añadí como contraseña.

—Documentación. —me exigieron los seres verdes.

Luego, a la pálida luz de las estrellas, mientras los astros tiritaban siguiendo consignas de Neruda, me hicieron soplar por un canuto. Seguían siendo verdes pero, observados con detalle, llevaban tricornio.

Aunque el grupo opinó que había sido víctima de una proyección astral, ahora, cuando me hablan de nombres cósmicos, sonrío lentamente a cada punto cardinal y me pregunto si mi proyección tuvo o no derecho a clavarme diez mil pesetas.


Publicado el 11 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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