De Profundis

Oscar Wilde


Carta


Cárcel de Reading

Querido Bosie:

Después de una larga e infructuosa espera, me he decidido a escribirte, y ello tanto en tu interés como en el mío, pues me repugna el pensar que he pasado en la cárcel dos años interminables sin haber recibido de ti una sola línea, una noticia cualquiera: que nada he sabido de ti, fuera de aquello que había de serme doloroso.

Nuestra trágica amistad, en extremo lamentable, ha terminado para mí de un modo funesto, y para ti con escándalo público. Empero, el recuerdo de nuestra antigua amistad me abandona raramente, y siento honda tristeza al pensar que mi corazón, antes henchido de amor, está ya para siempre lleno de maldiciones, amargura y desprecio. Y tú mismo sientes seguramente, en el fondo de tu alma, que es preferible escribirme a mí, que me hallo en la soledad de la vida carcelaria, que no publicar sin mi autorización cartas mías, o dedicarme poesías, también sin permiso ninguno. Y esto, aunque el mundo nada sepa de las frases afligidas o apasionadas, de los remordimientos de conciencia, o de la indiferencia que te place ostentar en respuesta o como justificación.

En esta carta que he de escribira acerca de tu vida y la mía, del pasado y del porvenir, de unas dulzuras convertidas en amarguras, y de unas amarguras que quizá lleguen a convertirse en alegrías, habrá seguramente muchas cosas que han de herir, de hacer sangrar tu vanidad. Si así fuese, reléela hasta que esta vanidad tuya quede muerta. Si encuentras en ella algo que creas te acusa injustamente, no olvides esto: que se deben agradecer aquellas culpas por las cuales uno puede ser injustamente acusado. Y si algún párrafo aislado te arrasa los ojos en lágrimas, llora cual lloramos aquí en la cárcel, en donde ni de día ni de noche se ahorran las lágrimas.

Esto es lo único que puede salvarte. Mas, si vas a quejarte a tu madre –cual lo hiciste en otro tiempo– del desprecio que manifestaba por ti en mi carta a Robbie, para que tu madre te mime y te arrulle, para satisfacción de tu propio orgullo, entonces estás perdido sin remedio. Que en cuanto encuentres una disculpa a tu conducta, encontrarás ciento, y volverás a ser absolutamente el mismo de antes.

¿Sigues sosteniendo, como hiciste en tu respuesta a Robbie, que yo te achaco móviles indignos? ¡Ay, si móviles jamás los tuviste en la vida!

Tuviste únicamente apetitos. Un móvil es un fin espiritual. ¿Sigues alegando que eras muy “joven” cuando empezó nuestra amistad? Si de algo pecaste, no fue de inexperencia, sino de todo lo contrario. Ya hacía tiempo que habías dejado atrás la aurora de tu juventud, con su vello sutil, su luz nítida y pura, su impaciente y cándida alegría. Con harta rapidez, a pasos agigantados, pasaste del romanticismo al realismo. Ya eras presa del arroyo y de cuanto en él bulle. Esta fue la causa de aquel disgusto, en el cual recurriste a mí, y en que yo, por compasión y por bondad, te ayudé, tan imprudentemente con relación a lo que en este mundo se entiende por prudencia.

Has de leer esta carta desde la primera hasta la última letra, aunque cada palabra te penetre como si fuese fuego, o como el bisturí del cirujano.

Es preciso que con ella la carne delicada sangre o se abrase. Piensa que el loco que ven los dioses es completamente distinto de aquel que ven los hombres. Aquel que nada sabe de las formas del arte de la expresión; del proceso de la evolución del pensamiento; de la magnificencia del verso latino; de la sonora armonía del griego, rico en vocales; de la escultura toscana y de la lírica isabelina, podrá, sí, ser exquisitamente discreto. La verdadera locura, de la que se mofan o con la que juegan los dioses, es la que se ignora a sí misma.

Así fui yo durante demasiado tiempo, y así fuiste tú. No lo seas ya más. No te asustes: el mayor de los vicios es la ligereza; todo lo que llega hasta la conciencia es justo. Piensa también que si te causa pena leer esto, harto más me causa a mí el escribirlo. Las potencias ignotas han sido muy benévolas contigo. Te han permitido ver los vicios, esas formas trágicas de la vida, como se divisa la sombra en un espejo. La cabeza de Medusa, aquella que convierte en piedra a los seres vivientes, tú no la has visto sino en el espejo. Tú has seguido caminando libre y entre flores; a mí me han arrebatado el hermoso mundo del color y del movimiento.

Quiero empezar por decirte que me hago terribles reproches. Sí, ahora, aquí sentado en esta celda lóbrega, vestido con este traje de presidiario, ahora, que soy un hombre deshonrado, aniquilado, me hago terribles reproches. Durante estas noches atroces, cruzadas por accesos de terror; durante estos días tan largos y uniformes, me hago reproches terribles. Me reprocho el haber dejado embargar por completo mi vida por una amistad que no tenía por objeto principal la creación y contemplación de la belleza.

Desde un principio, nos hallábamos separados por un abismo demasiado profundo. Tú, en el colegio, fuiste holgazán, y en la Universidad, algo todavía peor. Jamás se te ocurrió pensar que un artista, y particularmente un artista como ese de que yo hablo, o sea en quien el valor de la obra dependía de la fuerza interior de su personalidad, pudiese necesitar, para el desenvolvimiento de su arte, el comercio de las ideas, un ambiente espiritual, sosiego, paz, soledad. Tú admirabas mis trabajos una vez terminados, y celebrabas los felices resultados de los estrenos de mis obras y de las fiestas brillantes que los coronaban. Y como es natural, te halagaba enormemente ser el íntimo amigo de tan esclarecido artista. Pero nunca pudiste comprender cuáles eran las circunstancias que habían de concurrir en la creación de obras de arte. El afirmarte que en todo el tiempo que estuvimos juntos no escribí una sola línea, no es una exageración retórica, sino la estricta verdad, basada en hechos concretos. Mi vida, lo mismo en Torguay, que en Goring, que en Londres, que en Florencia o que en cualquier otro punto, mientras has estado junto a mí, ha sido totalmente estéril e improductiva. Y, por desgracia, salvo contadas interrupciones, siempre estabas junto a mí.

Recuerdo, verbigracia –para citar un solo caso entre muchos–, que, en septiembre de 1893, alquilé varias habitaciones amuebladas, únicamente con el propósito de trabajar sin ser importunado. Había roto mi contrato con John Hare, a quien tenía prometida una obra de teatro, y que me apremiaba para que la terminase cuanto antes. Durante la primera semana, no te dejaste ver: habíamos reñido, cual no podía menos de ser, a causa del mérito de tu traducción de Salomé.

Te contestaste con escribir acerca de esto los mayores disparates.

Durante aquella semana escribí, y terminé, hasta en sus menores detalles, el primer acto de Un marido ideal, dejándolo tal como hubo de ser representado en definitiva. La segunda semana, reapareciste, y se acabó mi trabajo. Todas las mañanas, a las once y media, me dirigía a St. James ́s Place, para poder meditar y escribir sin las molestias inherentes a mi hogar, no obstante lo tranquilo y apacible que era éste. Mas mi empeño fue completamente inútil.

A las doce llegabas tú en coche, y allí permanecías, fumando cigarrillos y charlando, hasta la una y media; y luego tenía yo que llevarte a almorzar al café Royal o a casa de Berkeley. Por lo general, la comida y los licores se prolongaban hasta las tres y media. Te ibas un rato al White's Club, y a la hora del té, volvías otra vez y permanecías a mi lado hasta el momento de cambiar de traje para cenar. Comías conmigo, bien fuese en el Savoy, bien fuese en Tite-Street. Por lo general, no nos separábamos hasta media noche, pues la embriagadora jornada precisaba el remate de una cena en casa de Willis. Y esta fue mi vida durante aquellos tres meses, día tras día, excepción hecha de los cuatro que estuviste de viaje. Después de éstos tuve, naturalmente, que ir a buscarte a Calais.

Para un hombre de mis condiciones y mi modo de ser, era esta una situación por igual trágica y grotesca.

Tú ahora no puedes por menos de comprenderlo. Ahora no puedes por menos de reconocer que esa imposibilidad tuya de estar solo, tu carácter exigente, que no se cuidaba para nada del tiempo de los demás, ni de la consideración a que tenían derecho; tu incapacidad para una concentración espiritual sostenida; el hecho lamentable –pues yo no quiero ver en ello otra cosa– de que no pudiera imbuirte de las modalidades de Oxford en lo que a cosas del espíritu se refiere, o sea el que no hayas podido nunca ser un hombre capaz de manejar con gracia las ideas, sino que, por el contrario, tuvieses opiniones harto violentas: todo esto, unido a que tus deseos e intereses sentianse más inclinados a la vida que al arte, fue tan perjudicial para el proceso de tu propia formación, como para mi propia labor artística.

Cuando comparo mi amistad contigo, con la amistad con hombres todavía jóvenes, cuales John Gray y Pierre Louys, me avergüenzo. A ellos y a sus semejantes pertenecía mi verdadera vida, mi vida superior.

No he de hablar ahora de las horribles consecuencias de nuestra amistad. Pienso únicamente en la naturaleza de esta amistad mientras duró.

Me ha envilecido espiritualmente. En ti hallábanse en germen los impulsos de un temperamento artístico; pero yo he tropezado contigo demasiado tarde o demasiado pronto, no puedo precisarlo. Estando tú lejos todo se ordenaba en mí perfectamente.

Cuando –a primeros de diciembre del año a que antes me he referido– logré que tu madre te enviase fuera de Inglaterra, volví al punto a unir las embrolladas y desgarradas mallas de mi imaginación, volví a recobrar el dominio sobre mi vida, y no sólo terminé los tres actos que faltaban de Un marido ideal, sino que ideé además otras dos obras de índole totalmente distinta: La tragedia florentina y La santa cortesana, y llegué casi a darles cima. En esto, sin ser llamado, importunamente, en circunstancias que habían de ser nefastas para mi dicha, te presentas tú en casa. Y ya no me fue posible volver a ocuparme de aquellas dos obras que todavía no estaban terminadas, y nunca más pude volver a aquel estado de ánimo que les había dado vida.Tú mismo, y sobre todo ahora que ya has publicado un tomo de poesías, comprenderás cúan cierto es esto. Mas, compréndaslo o no, esta es de todos modos la horrible verdad de la intimidad de nuestras relaciones.

Mientras permaneciste junto a mí, has sido la causa de la ruina total de mi arte; y por esto, porque consentí tu continua presencia entre el arte y yo, siento yo ahora tamaña vergüenza, induperable aflicción.

Tú no podías saber, no podías comprender, no podías darte cuenta.

Nada me daba derecho a esperarlo de ti. Tu interés servía únicamente tu gula y tus caprichos; tu afán encaminábase simplemente hacia placeres y goces más o menos vulgares, que tu temperamento necesitaba, o creía necesitar al minuto.

Yo debía haberte vedado mi casa y mis habitaciones de trabajo, fuera de aquellas ocasiones en que te hubiera especialmente invitado a venir. No encuentro disculpa para mi debilidad. Que sólo esto fue. Una media hora tan sólo de intimidad con el arte, significaba siempre para mí más que un ciclo en tu compañía.

En comparación con el arte, nada tuvo para mí en ninguna época de mi vida de entonces la menor importancia. Mas, para el artista, el tener una debilidad que paraliza la imaginación equivale a cometer un crimen.

Y me reprocho el haber permitido que por tu causa acaeciese mi deshonrosa quiebra.

Recuerdo una mañana de principios de octubre de 1892, en que yo estaba sentado con tu madre en los bosques ya amarillentos de Bracknell.

Sabía yo entonces muy poco acerca de tu verdadero modo de ser. Me había detenido en Oxford a pasar contigo desde el sábado hasta el lunes. Tú habías pasado diez días a mi lado en Cromer, jugando al golf. Esta distracción te sentaba bien, y tu madre comenzó a hablarme de tu carácter.

Me contó tus dos defectos principales: tu vanidad y, como ella decía, el no tener idea de lo que era el dinero. Recuerdo exactamente cómo reí al oírla: ¡cuán lejos estaba de figurarme que el primero de estos defectos tuyos me llevaría a la cárcel y el segundo a la quiebra! La vanidad parecióme algo así como una linda flor con que se engalana un muchacho; y en cuanto a la prodigalidad –pues pensé que tu madre sólo de prodigalidad quería hablar–, nada más lejos de mí mismo, y de los de mi casa, que las virtudes de la prudencia y el ahorro. Pero apenas si tenía nuestra amistad un mes más, y ya iba yo comprendiendo lo que realmente quería dar a entender tu madre.

Tu perseverancia en una existencia de inconsiderada dilapidación; tus continuas exigencias de dinero; esa pretensión tuya de que yo había de sufragar todas tus diversiones, me hallase o no a tu lado, acarreáronme, después de algún tiempo, dificultades económicas muy serias; y lo que hacía además para mí aún menos interesante ese monótono libertinaje fue el que, al tiempo que tú intervenías cada vez más empeñada y enconadamente en mi vida, el dinero gastábase casi únicamente para satisfacer el placer de comer, beber u otros de igual índole. De cuando en cuando, es un placer el tener una mesa con las notas rojas de los vinos y las rosas; pero tú sobrepasaste las normas del buen gusto y de la moderación.

Pediste sin delicadeza, y recibiste sin gratitud. Poco a poco fuiste pensando que tenías como un derecho a vivir a mi costa y en una orgía desenfrenada, a la cual no estabas acostumbrado, ni mucho menos, con lo que tu concupiscencia se exacerbaba progresivamente. Por último, cuando se te dio mal el juego, en un casino de Argel, me telegrafiaste simplemente al día siguiente a Londres, para que ingresara en tu cuenta del Banco la suma perdida, y ya no volviste a acordarte para nada del asunto.

Al decirte yo ahora que, desde el otoño de 1892 hasta mi entrada en la cárcel, he gastado contigo, y para ti, más de cinco mil libras en dinero efectivo, amén de las deudas contraídas, podrás darte cuenta de la clase de la vida que quisiste llevar a toda costa.

¿Crees que exagero? Mi gasto diario en Londres –por almuerzo, comida, cena, diversiones, coches y demás– oscilaba ordinariamente entre doce y veinte libras; el gasto semanal estaba naturalmente en relación con ello, o sea que oscilaba entre ochenta y ciento treinta libras. En los tres meses que pasamos en Goring, mis gastos –incluido, claro está, el alquiler de la casa– ascendieron a mil trescientas cuarenta libras. Paso a paso hube de recorrer con el síndico de la quiebra cada partida de mi vida. Aquello fue horrible. “Una vida sencilla con el pensamiento volando a gran altura”, era en todo caso un ideal que tú no hubieras sabido comprender; mas tamaño despilfarro era una vergüenza para ambos. Una de las comidas más deliciosas que recuerdo es una que celebramos Robbie y yo en un pequeño café de Soho: vino a costar aproximadamente, en chelines, lo que costaban por lo general en libras las comidas que yo te pagaba a ti. De aquella comida con Robbie nació el primero y mejor de todos mis diálogos. Idea, título, acción, forma, todo, concibióse ante un menú de tres francos cincuenta céntimos. De aquellos frívolos festines celebrados en tu compañía, no quedaba nada; fuera de la impresión de haber comido y bebido con exceso.

Y el que yo me doblegase a tus caprichos, había de ser pernicioso aun para ti mismo. Eso, bien lo sabes tú ahora. Ello te hizo ser con frecuencia exigente, a veces, harto desconsiderado, siempre poco amable. En demasiadas ocasiones, el obsequiarte fue menguada alegría, un honor excesivamente parco. Te olvidabas, no diré que de las fórmulas corteses del agradecimiento, pues una estrecha amistad no entiende de tales fórmulas, pero sí sencillamente del encanto de estar en grata compañía, del placer de una conversación agradable, y de todas las dulzuras del trato humano que hacen que la vida merezca ser amada y melodiosa, cual la música, que no toleraninguna desafinación, hasta en los lugares menos armoniosos o más callados. Y aunque tal vez te sorprenda el que alguien, en la terrible situación en que me encuentro, haga diferencias entre los motivos de bochorno, he de declarar, con toda franqueza, que aquella locura de tirar todo el dinero por ti y de conseguir que dilapidases mi fortuna, perjudicándonos a ambos, me da a mí, e infunde, en mi opinión, a mi quiebra, un matiz de bajo libertinaje que recrudece mi rubor.

Yo había sido creado para otras cosas. Empero, lo que más duramente me reprocho es el haber consentido que me envilecieses tan absolutamente.

La voluntad es la base del carácter, y mi fuerza de voluntad vióse por completo sometida a la tuya. Esto, que así dicho resulta grotesco, es, sin embargo, harto verdad. Aquellas continuas pelazgas que parecían constituir para ti una necesidad física, y en las cuales descomponíanse por igual el espíritu y el cuerpo, y eran tan horribles de ver como de oír; esa fea manía que has heredado de tu padre, y que te lleva a escribir cartas indignantes e impertinentes; el no saber en absoluto dominar el impulso de tus sentimientos, que exteriorizas unas veces en largos arrechuchos de silencioso mal humor, y otras en los repentinos accesos de furia casi epiléptica: todo esto, acerca de lo cual una de las cartas que te dirigí –y que tú dejaste rodar en Savoy, o en otro hotel cualquiera, de modo que le fue posible al abogado de tu padre presentarla al juez– contenía una súplica desgarradora, cual si te hubieses hallado en condiciones de reconocer lo patético de su fundamento y de su exteriorización; todo esto, afirmo, fue el origen y el motivo de que yo accediese tan nefandamente a esas pretensiones tuyas, que crecían de día a día. ¡Le has gastado a uno! Fue el triunfo de lo mezquino sobre lo grande. Una manifestación de aquella tiranía de los débiles sobre los fuertes, que en una de mis obras llamo “la única tiranía efectiva”.

Y era inevitable que tal sucediese.

Es preciso encontrar en cada circunstancia de la vida en común un moyen de vivr. Era preciso doblegarse a ti, o imponérsete: no quedaba otra disyuntiva. Yo, a causa de mi profunda, aunque equivocada, inclinación hacia ti; de la gran compasión que tenía para con los defectos de tu temperamento y tu carácter; de mi proverbial bondad de corazón; a causa de mi indolencia celta y de mi aversión de artista contra las maneras desgarradas y las palabras malsonantes; a causa de aquella incapacidad de rencor que por entonces me caracterizaba; de mi repugnancia a ver la vida en su amargura y en su fealdad, y porque el tener en realidad mis ojos puestos en otras cosas me hacía considerar todo aquello como simples bagatelas, demasiado fútiles para merecer algo más que un muy momentáneo interés: por todos estos motivos, por muy sencillos que parezcan, siempre fui yo el que hubo de ceder. Y la consecuencia inmediata de ello fue el que tus pretensiones, tus anhelos de dominación, tus opresoras exigencias crecieran cada vez más absurdamente. El más mezquino de tus impulsos, el más bajo de tus apetitos, la más vil de tus pasiones, convirtiéronse para ti en leyes que habían de regir en todo momento la vida de los demás, y a las cuales éstos, en caso necesario, habían fatalmente de ser sacrificados sin escrúpulo ninguno.

Sabías que te bastaba con armar un escándalo para imponer siempre tu voluntad, y así es muy natural que tú –casi inconscientemente, no quiero dudar de ello– exacerbases la violencia hasta lo imposible. Por último, ya no sabías ni el fin que perseguías ni hacia qué fin te precipitabas. Después de haberte yo hecho brotar de mi genio, de mi voluntad y de mi fortuna, exigiste, en la ceguera de tu insaciable deseo, todo mi ser. Y te apoderaste de él. Este fue el momento más crítico y de aspecto más trágico de toda mi vida. Justo al punto de ir yo a dar el paso lamentable de entablar mi estúpido proceso, me atacabais, por una parte tu padre, por medio de horribles tarjetas entregadas en mi Club, y tú por otra, valiéndose de cartas igualmente desagradables. Aquella carta tuya, que recibí el día que me dejé arrastrar por ti a ir a pedir a la Polícia el reisble mandamiento de detención contra tu padre, es una de las más ignominiosas que nunca has escrito, y ello por los más vergonzosos motivos. Entre los dos me habíais hecho perder la cabeza. La razón me abandonó. Y el miedo vino a sustituirla. No vi ya –y así quiero sinceramente declararlo– posibilidad ninguna de librarme de vosotros. Y tambaleándome cual buey que va al matadero, ciegamente, precipitéme en llo. Había cometido una tremenda equivocación psicológica. Siempre había creído que el someterme a tu voluntad en las nimiedades no tenía absolutamente ninguna importancia; que me sería fácil, llegado un momento decisivo, el imponer de nuevo la natural superioridad de mi energía. No fue así. Llegado este momento, mi energía fallóme por completo. En la vida, nada es en realidad grande ni pequeño: todo tiene igual valor e iguales proporciones. Mi hábito –que al principio era más que nada consecuencia de mí indiferencia–, mi hábito de cederte todo, llegó insensiblemente a constituir una parte esencial de mí mismo. Sin yo darme cuenta, mi temperamento habíase ido cuajando en un estado de ánimo sempiternamente funesto. Con razón dice Pater, en el sutilísimo epílogo de la primera edición de sus Ensayos, que “sucumbir es adoptar costumbres”. Cuando enunció este axioma, los ingenios de Oxford pensaron que la frase era únicamente una inversión caprichosa de la, por cierto algo aburrida, Ética de Aristóteles. Pero no deja de encerrar una verdad pasmosa y terrible. Yo te había permitido sepultar la energía de mi carácter, y la adopción de una costumbre habíase manifestado en mí, no sólo en forma de muerte, sino como de aniquilamiento. Fuiste para mí aun más pernicioso desde el punto de vista moral que desde el artístico.

En cuanto se hubo extendido el mandamiento de detención, tu voluntad fue naturalmente la que dirigió todo. En la época en que yo debía haber buscado consejos discretos y meditado sosegadamente acerca del cepo horrible en que me había dejado coger –la trampa del necio, cual dice todavía hoy tu padre–, tú insististe para que te acompañase a Montecarlo; precisamente allí, al más repugnante de los lugares de este mundo, para que pudieras jugar, todo el día y toda la noche, todo el tiempo en que el casino permanecía abierto. En cuanto a mí –ya que el baccarat no tiene para mí ningún atractivo–, me quedaba fuera solo. Te negaste a tratar, siquiera durante cinco minutos, de la situación en la que tú y tu padre me habíais colocado. Yo no tenía allí más misión que el pagar tu cuenta en el hotel y sufragar tus pérdidas. Cualquier alusión mía a las torturas que me esperaban caía al vacío. Harto más hubo de interesarte una nueva marca de champaña que nos recomendaron.

Al regresar a Londres, aquellos amigos míos a quienes verdaderamente cumplía el preocuparse por mí, pidiéronme con insistencia que huyese al extranjero y no provocase un proceso insensato. Tú atribuiste siempre a este consejo motivos infames, y el atenderlo lo tachabas en mí de pusilanimidad. Tú fuiste quien me obligó a quedarme; yo había de rechazar audazmente las imputaciones que me hacían, y, a ser posible, ante el juez, con mentiras estúpidas y de mal gusto. Por fin, me detuvieron, y tu padre se convirtió en el héroe del día. Harto más todavía: tu familia cuenta ahora, asaz cómicamente, entre los inmortales. Pues, gracias a aquel grotesco resultado, especie de componente gótico de la Historia, que ha convertido a Clío en la menos seria de todas las musas, tu padre perdurará entre los espíritus mejores y más puramente intensionados de la literatura edificante; tú ocuparás un puesto al lado del niño Samuel, y yo me hallo sumido en el más profundo cieno de Malebolge, entre Gilles de Retz y el marquéz de Sade.

Claro es que yo debía haberme deshecho de ti; debía haberte sacudido de mi vida, cual se sacuden las polillas de la ropa. En aquella la más maravillosa de todas las tragedias, nos cuenta Esquilo la historia del noble que criaba un leoncito en su casa: le tenía cariño porque atendía con ojos brillantes cuando le llamaba y se frotaba contra él cuando deseaba comer.

Y, al crecer el animal, descubrió su verdadera naturaleza, destrozó a su amo, su casa y todo lo que poseía. Ahora comprendo que yo era como ese noble.

Pero mi culpa no estriba en no haberme separado de ti, sino en haberlo hecho demasiadas veces. Durante todo el tiempo que abarca mi memoria, he roto mi amistad contigo regularmente cada tres meses, y cada vez que esto ha sucedido, has conseguido, valiéndote de súplicas apremiantes, telegramas, cartas, de la intervención de tus amigos y de los míos, y otras cosas análogas, hacerme cambiar de modo de pensar y que te dejara volver junto a mí.

Cuando, a fines de marzo de 1893, abandonaste mi casa de Torquay, tu aparición, la noche que precedió a tu viaje, fue tan indigna, que decidí no volverte a hablar nunca más, ni permitir, bajo ningún pretexto, que siguieses permaneciendo a mi lado. Por escrito, y telegráficamente, me suplicaste, desde Cristol, que te perdonara y fuese a reunirme contigo. Uno de tus profesores de la Universidad, que allí se encontraba, me dijo que a ratos no se te podía en absoluto considerar responsible de lo que hablabas ni hacías, y que esta opinión era también, si no la de todos, al menos la de la mayoría de los estudiantes del Magdalen-College.

Accedí a reunirme contigo y, naturalmente, te perdoné. Durante el viaje a Londres, me rogaste te acompañara al Savoy. Esta visita había se serme verdaderamente funesta. Tres meses después, en junio, estábamos en Goring. Algunos de tus conocidos de Oxford vinieron a visitarnos de sábado a lunes. En la mañana de su marcha, armaste un escándalo tan terrible, tan despiadado, que te dije que nos teníamos que separar.

Recuerdo perfectamente cómo, estando en aquel campo de croquet, rodeado de hierba, te hice ver que nos amargábamos la vida el uno al otro, que tú me destrozabas por completo la mía, que yo manifiestamente tampoco te hacía feliz y que una despedida definitiva, una separación completa, era lo más prudente y lo más cuerdo que nos cumplía hacer. Te fuiste a almorzar enfurruñado y le dejaste al camarero una carta repleta de insultos, con orden de entregármela después de tu marcha. Antes de que hubiesen transcurrido tres días, me suplicabas, desde Londres, por telégrafo, que te perdonase y te mandase volver.

Por amor a ti, había yo tomado allí una casa; atendiendo a tus ruegos, había yo colocado en ella tu propio criado. Siempre dolióme mucho el verte víctima de ese horrible carácter. Te quería. Así es que te dije que volvieses y te perdoné. Empero, tres meses después, en septiembre, nuevos escándalos, cuyo motivo fue el señalarte yo, en tu intento de traducción de Salomé, tus errores de colegial.

Ahora ya debes de saber bastante francés para comprender que tu traducción era igualmente indigna de un estudiante de Oxford y de la obra que pretendía reflejar.

Cierto es que entonces no lo sabías: en una de las violentísimas cartas que me dirigiste sobre este asunto, me decías que no te hallabas conmigo “en deuda espiritual de ninguna clase”. Todavía lo recuerdo: al leer esta afirmación , sentí que era realmente la única verdad que me hubieses jamás escrito en el curso de nuestra amistad. Comprendí que alguien menos culto que yo te habría cuadrado mucho mejor. No veas en esto la menor acritud: lo consigno simplemente como un hecho que regula todas las relaciones sociales. Al fin y a la postre, la conversación es el nudo de todas, lo mismo en el matrimonio que en la amistad. La conversación necesita una base común, y ésta no puede existir entre dos seres de cultura completamente distinta. La trivialidad en el modo de pensar y de obrar no deja de tener cierto atractivo: éste es el eje de una filosofía muy ingeniosa, expresada por mí en sendas paradojas y obras de teatro; pero, a menudo, hastiábanme la insulsez y necedad de nuestra existencia. Sólo nos hemos encontrado en el lodo. Y, por muy cautivante, por excesivamente cautivante que fuese el tema en torno al cual giraba invariablemente tu conversación, acababa por resultarme demasiado monótono. Con frecuencia, me moría de tedio, pero lo soportaba, igual que soportaba tu predilección por las varietés, o tu manía de derrochar neciamente en el comer y el beber; como una de tus pocas gratas condiciones; es decir, como algo a que no había más remedio que resignarse, o sea, a algo que formaba parte del elevado precio a que había que pagar tu amistad.

Al marcharme yo a pasar catorce días a Dinard, después de regresar de Goring, te enfadaste muchísimo porque no te llevaba conmigo, y me armaste unos escándalos nada edificantes en el Albemarle Hotel, enviándome además por el mismo motivo, a una casa de campo en donde estuve pasando unos días, telegramas que no les iban a la zaga. Recuerdo haberte dicho que consideraba ser en ti un deber el que permanecieses algún tiempo con los tuyos, ya que habías pasado todo el verano lejos de ellos; mas si he de serte completamente franco, te diré que, en realidad, yo no podía de ningún modo consentir te quedases a mi lado. Casi tres meses habíamos estado juntos; necesitaba tranquilidad y liberarme de la terrible presión de tu compañía. Me era absolutamente indispensable estar solo un poco de tiempo. Lo necesitaba desde el punto de vista espiritual, y así –lo confieso– vi, en la carta tuya a que antes me he referido, una magnífica ocasión para terminar la funesta amistad que entre nosotros había brotado, y para terminarla sin excesiva amargura, cual ya había intentado hacerlo tres meses antes de Goring, en aquella radiante mañana de junio. No obstante –y así he de declararlo honradamente–, uno de mis propios amigos, a quien habías recurrido en tu apurada situación, hízome presente con gran insistencia que te sentirías profundamente herido, y tal vez incluso humillado, si tu trabajo te era devuelto como un tema de colegial; que yo esperaba intelectualmente demasiado de ti, y que tú, sin embargo, fuese lo que fuese lo que escribieses o hicieses, me profesabas verdadero cariño. Yo no quise ser el primero que te desalentase o contuviese en tus comienzos literarios. De sobra sabía yo que ninguna traducción, ni aun siendo hijo de un poeta, podía reflejar en forma apropiada el color y la cadencia de mi obra. El cariño parecíame, y sígueme todavía pareciendo, algo maravilloso, que no conviene desechar a la ligera. Y por eso, ni rechacé la traducción, ni te rechacé a ti.

Justo tres meses después, tras una serie de pelazgas que alcanzaron la cima de lo indignante, al día siguiente de una tarde – un lunes– en que viniste a mi casa en compañía de dos de tus migos, huía yo literalmente al extranjero para librarme de ti. Ante mi familia justifiqué mi marcha repentina con un pretexto completamente necio y, por temor a que salieses en mi busca en el primer tren, dejé a mi criado una dirección falsa.

Aún recuerdo cómo, en la tarde de aquel día, sentado en el coche del tren que me llevaba hacia París, reflexionaba acerca de esa situación imposible, pavorosa y absolutamente equivocada, a que había llegado mi vida, viéndome yo, un hombre de fama mundial, nada menos que obligado a huir de Inglaterra para deshacerme de una amistad que aniquilaba cuanto en mí existía de bueno, lo mismo en el aspecto espiritual que en el moral, siendo el hombre que me obligaba a huir, y al cual yo me había ligado, no una horrenda criatura que hubiese brincado desde el fango o el arroyo hasta la vida moderna, sino tú, un muchacho de mi propia clase y condición, que había estado en Oxford en el mismo College que yo y que era comensal habitual de mi casa.

Siguieron a estos los acostumbrados telegramas, con sus apremiantes súplicas y sus manifestaciones de remordimiento. No les presté atención.

Por último, amenazaste con que, de no acceder yo a reunirme contigo, no emprenderías de ningún modo tu viaje a Egipto. Yo mismo era quien, sabiéndolo tú, había rogado a tu madre te enviase allí para quitarte de la vida vergonzosa que llevabas en Londres. Yo sabía que si tú no hacías ese viaje, sería para tu madre un disgusto terrible, y por cariño a ella me uní nuevamente a ti, y bajo la influencia de una tremenda excitación que tú mismo no puedes haber perdonado, perdoné el pasado, aunque sin decir nada respecto al porvenir.

Al día siguiente, ya de regreso en Londres, sentado en mi cuarto, intentaba, serio y triste, aclarar conmigo mismo si eras en verdad o no lo que me parecías ser; si estabas realmente repleto de pavorosos defectos y si eras tan absolutamente pernicioso para ti mismo y para los demás; si eras en verdad aquel fatal compañero que yo conocía. Durante una semana estuve meditando en ello, pensando si no era injusto para contigo, si no te juzgaba equivocadamente. A finales de aquella semana tu madre me escribió una carta, y en ella expresaba, y en el mismo grado, todos los sentimientos que yo tenía para contigo. Hablaba en esa carta de tu ciega y exagerada vanidad, que te hacía despreciar tu hogar y tratar a tu hermano mayor –esa “candidísima ánima”– como a un “filisteo”; de tu carpacter, que le daba miedo hablar contigo de tu vida, la vida a la que tú, cual ella siente y sabe, tanto temes; de tu conducta en cuestiones de dinero, que por muchos aspectos a ella tanto le hace sufrir; de la degeneración y cambio operados en ti. Como es natural, tu madre veía que la herencia te había abrumado con un peso terrible, y así lo reconocía sinceramente y con terror: “Es aquel de mis hijos que ha heredado el funesto temperamento de los Douglas”, escribía al hablar de tí. Y terminaba diciendo que se sentía obligada a explicar que tu amistad conmigo había, en su opinión, exacerbado de tal modo tu vanidad, que ésta se había convertido en el origen de todas tus faltas, y que por ello me rogaba muy sinceramente que no te acompañase al extranjero.

Le contesté al punto diciéndole que compartía en absoluto el sentir de cada una de sus palabras. Añadí incluso mucho más: fui tan lejos como era posible. Le dije que nuestra amistad databa de cuando eras estudiante en Oxford, de cuando te acercabas a mí, rogándome te ayudara en un apuro muy serio de índole harto especial. Le dije que tu vida había ostentado constantemente el mismo sello. Tú habías achacado a quien te acompañó en tu viaje a Bélgica toda la culpa de ese viaje, y tu madre habíame reprochado el haberte presentado a aquella persona; yo hice recargar la culpa en quien correspondía: en ti. Y por último, le aseguraba no tener la más mínima intención de reunirme contigo en el extranjero, y le rogaba tuviese la bondad de retenerte, guardarte allí, bien fuese en calidad de agregado de Embajada, caso de ser ello posible, bien con el pretexto de aprender idiomas, o con cualquier otro motivo que a ella le pareciese, y esto por lo menos dos o tres años, y ello tanto en tu interés como en el mío.

Tú mientras, desde Egipto, me escribías todos los correos. No hice caso de ninguna de tus cartas. Las leí y las rompí. Habíame propuesto firmemente no tener ya contigo ninguna relación. Mi decisión era inquebrantable y me entregué con embeleso a mi arte, cuyo proceso te había permitido interrumpir.

Apenas habían transcurrido tres meses, tu madre, con aquella lamentable debilidad suya que la caracteriza, y que en la tragedia de mi vida ha sido un factor no menos funesto que la violencia de tu padre; tu madre misma me escribió para decirme –impulsada por ti, cosa de la cual yo, naturalmente, no dudé un instante– que deseabas imperiosamente saber de mí, y a fin de que no tuviese ya ningún pretexto para negarme a escribirte, me enviaba al mismo tiempo tu dirección en Atenas, que yo de sobra conocía.

Confieso que esta carta me dejó mudo de sorpresa. No acertaba a comprender cómo tu madre, después de lo que me había escrito en diciembre, y de mi contestación, podía ni siquiera intentar restablecer o renovar mi desgraciada amistad contigo. Claro es que yo le acusé recibo de su carta y le recomendé de nuevo, con gran insistencia, hiciese lo imposible por intentar adscribirte a una Legación en el extranjero, a fin de impedir que volvieses a Inglaterra, pero a ti no te escribí y seguí sin hacer caso de tus telegramas, como antes de recibir la carta de tu madre.

Por último telegrafiaste a mi mujer, rogándole influyese en mí para que te escribiese. Desde un principio, nuestra amistad había sido para ella una fuente de aflicción, no sólo porque tú personalmente nunca le agradaste, sino porque vio muy pronto cómo el trato contigo me cambiaba, y no para mejorarme.

Mas, habiéndose mostrado ella siempre extremadamente amable y hospitalaria contigo, no podía soportar la idea de que yo fuese –como ella creía– tan duro con uno de mis amigos. Ella pensaba, mejor dicho, sabía que esta dureza no estaba en mi carácter. Atendiendo a sus ruegos, me puse nuevamente en contacto contigo. Recuerdo perfectamente el contenido de mi telegrama. Te decía que el tiempo cura todas las heridas, pero que, no obstante, yo preferiría no escribirte ni hablarteen muchos meses todavía.

Sin pérdida de tiempo saliste para París, enviándome por el camino telegramas apasionados, suplicándome te hablase siquiera una vez.

Me negué a ello.

Llegaste a París a última hora de la tarde de un sábado; te encontraste en el hotel con una corta esquela mía, diciéndote que prefería no hablar contigo. A la mañana siguiente recibía yo en Tite-Street un telegrama tuyo de diez u once hojas. En ese telegrama me decías que, pese a lo que tú me hubieses hecho, no podías creer que yo me negase rotundamente a hablarte; me recordabas que, únicamente para hablarme, aunque sólo fuese una hora, habías viajado durante seis días y seis noches, cruzando toda Europa sin detenerte, y me implorabas insistentemente, de un modo –no lo he de negar– infinitamente conmovedor, y terminabas con una amenaza de suicidio, que a mí no me pareció ni siquiera disimulada.

Tú mismo me habías contado, con frecuencia, cómo muchos de tus deudos se habían manchado las manos con su propia sangre: con toda seguridad tu tío, probablemente también tu abuelo, y otro más, pertenecientes a aquel desdichado y perturbado tronco del cual descendías.

Compasión, mi antiguo cariño hacia ti, consideración hacia tu madre, para quien tu muerte en tan tremendas circunstancias hubiera sido casi una traición del destino, y la horrible perspectiva de que un ser tan joven que, pese a sus odiosos defectos, prometía aún tan hermosas esperanzas, había de acabar tan indignamente; un puro sentimiento de humanidad...todo ello contribuye, si el hecho precisa disculpas, a disculpar el que yo accediese a concederte una última entrevista.

Cuando llegué a París, te pasaste toda la tarde llorando; las lágrimas rodaban como gotas de lluvia por tus mejillas, en Voisin durante la comida, y en Paillard durante la cena. La sincera alegría que manifestaste por haberme vuelto a encontrar, y que se exteriorizaba teniendo tú sujeta mi mano siempre que podías, cual niño sumiso y arrepentido; aquella constricción tuya, de momento tan ingenua y sincera, inclináronme a consentir en reanudar otra vez nuestra amistad.

Dos días después de nuestro regreso a Londres, tu padre te vio almorzando conmigo en el café Royal; se sentó a mi mesa, bebió mi vino y aquella misma tarde, en una carta a ti dirigida, iniciaba sus ataques contra mí.

La cosa podrá parecer rara, pero una vez más se me ofreció la ocasión, mejor dicho, se me impuso el deber de separarme de ti. Apenas si necesito decirte que aludo aquí a tu conducta para conmigo en Brighton, desde el 10 al 13 de octubre de 1894. Volver la vista tres años atrás es demasiada distancia para ti, pero nosotros, los que vivimos en la cárcel y en cuya existencia no hay más pensamientos que los de los sufrimientos, necesitamos medir el tiempo por las pulsaciones del dolor y el índice de nuestras amarguras. Es en lo único que podemos pensar. El sufrir –por muy singular que ello te parezca– es el objeto por el cual existimos, pues es lo único que nos permite tener conciencia de que vivimos, y el recuerdo de nuestros sufrimientos pasados nos es indispensable, como garantía y demostración de nuestra permanente identidad. Entre mí y el recuerdo de pasadas alegrías existe un abismo no menos profundo que entre mí y posibles alegrías actuales. De haberse compuesto nuestra vida común, cual el mundo se imaginaba, únicamente de placeres, risas y libertinaje, no podría yo ahora evocar ningún recuerdo. El haber estado aquella vida henchida de días y de momentos trágicos, amargos y sombríos en sus comienzos, y terribles y hastiosos en su monótono desarrollo y en sus inconvenientes violencias, es lo que me permite ver hoy hasta en sus más nimios detalles los más ínfimos sucesos. Es más: fuera de ello, poco me es dado ver y oír. Es tan intensa la vida en esta mansión del dolor, que mi amistad contigo, en la forma en que me es permitido evocarla, se me aparece siempre cual preludio conforme a los distintos estados de terror, por los cuales he de pasar cada día. Y más aún: esto parece incluso que me es indispensable, como si mi vida –y así yo y otros conmigo la hemos considerado– hubiera sido siempre una verdadera sinfonía del dolor, sinfonía que se encaminase, por sus frases rítmicamente ligadas, hacia el certero aniquilamiento, con aquella fatalidad que es en el arte la característica de todos los grandes temas.

Hablaba de tu conducta para conmigo hace tres años durante aquellos tres días seguidos. ¿No es eso? Me hallaba yo entonces ocupado en terminar mi última obra en la soledad de Worthing. Ya me habías visitado dos veces. En esto, te presentas de repente por tercera vez, trayendo a un compañero tuyo, el cual –me lo propusiste con toda seriedad– había de vivir en mi casa. Me negué a ello rotundamente; ahora no podrás por menos de reconocer con cuánta razón. Claro está que yo sufragué todos sus gastos: no me quedaba otra disyuntiva. Mas ello en otro punto, no en mi misma casa. Al día siguiente, que era un lunes, tu compañero tornó a las obligaciones de su profesión y tú te quedaste conmigo. Hastiado de Worthing, y seguramente más todavía de mis vanos intentos por concentrar mi atención en mi obra –única cosa que en aquel momento realmente me preocupaba–, insistes en que me vaya contigo al Grand Hotel de Brighton.

La noche de nuestra llegada caes enfermo con esa fiebre terrible y deprimente, estúpidamente llamada influenza. Era tu segundo o tu tercer ataque. No he de recordarte cómo te asistí, cómo te cuidé, no sólo dándote todos los mimos, regalándote con frutas, flores, libros y demás cosas que pueden obtenerse con dinero, sino también con aquella delicadeza y ese cariño que el dinero, pienses lo que pienses, no permite adquirir. Salvo un paseo por la mañana y otro paseo en coche por la tarde, ni un momento me ausenté del hotel. Las uvas del hotel no te gustaban; mandé traer otras de Londres especialmente para ti; inventé toda clase de distracciones, permanecí constantemente a tu lado o en la habitación contigua, y todas las tardes me sentaba a la cabecera de tu cama para tranquilizarte o entretenerte.

Después de cuatro o cinco días te restableciste y yo entonces alquilo varias habitaciones amuebladas para terminar mi obra. Claro es que tú me acompañas.

A la mañana siguiente caigo gravemente enfermo. Tú marchas a Londres para tus asuntos, pero prometiéndome estar de vuelta por la tarde.

En Londres te encuentras con un amigo, y hasta el día siguiente, a última hora, no regresas a Brighton. Me encuentras con una fiebre altísima y el médico afirma que me has contagiado la influenza. Nada más incómodo para un enfermo que habitaciones alquiladas amuebladas. Mi cuarto de trabajo está en el primer piso; mi alcoba, en el tercero. No hay allí ningún criado que pueda prestarme ninguna asistencia, ni siquiera alguien a quien se pueda mandar a un recado o a buscar lo que ha recetado el médico. Pero tú estás conmigo y yo me siento amparado.

Los dos días siguientes me dejas completamente solo, sin asistencia de nadie, sin servicio, careciendo de todo. No se trata ya de uvas, de flores ni de lindos regalos: se trata de lo más necesario. Ni siquiera me fue posible tomar la leche que el médico me había ordenado, y la limonada me estaba severamente prohibida. Y cuando yo te ruego que vayas a la librería a buscarme un libro, o caso de no encontrarse éste, en que yo tenía interés, que me trajeses otro cualquiera, ni siquiera te tomas la molestia de ir. Y después de dejarme, debido a esto, todo un día sin tener qué leer, me cuentas con la mayor tranquilidad ue has comprado el libro y han prometido enviarlo, lo cual, como hubo de comprobarse después casualmente, era una patraña. Y como es natural, durante todo el tiempo vives a mi costa, te paseas en coche, comes en el Grand Hotel y no apareces por casa más que para buscar dinero.

El sábado por la tarde –desde por la mañana me habías dejado completamente solo y sin asistencia ninguna– te supliqué que volvieses después de la comida y me hicieses un poco compañía. Así me lo prometes en tono brusco y violento. Hasta las once te estoy esperando y tú sin aparecer. Yo entonces te dejo unas líneas en tu cuarto para recordarte aquella promesa tuya y tu modo de cumplirla. A las tres de la madrugada, no pudiendo dormirme y torturado por la sed, me dirijo, a través del frío y las tinieblas, hacia mi cuarto de trabajo, con la esperanza de encontrar allí un poco de agua. Allí estabas tú. Te precipitaste sobre mí con todos los insultos de que es capaz el peor humor y la más indisciplinada e indomable naturaleza. La terrible alquimia del egoísmo te hacía transformar en irritación tus remordimientos. Me llamaste egoísta por querer tenerte junto a mí durante la enfermedad, me reprochaste el interponerme entre tú y tus diversiones, el intentar alejarte de tus amigos; me dijiste –y sé que ello es la verdad escueta– que habías vuelto a casa a media noche simplemente para mudarte de ropa y tornar después inmediatamente allí donde sabías te esperaban nuevas alegrías, pero aquella carta que yo había dejado para ti y en la cual te recordaba que me habías tenido abandonado todo el día, te había quitado las ganas de más diversiones, menguando tu disposición para nuevos placeres.

Asqueado, subí nuevamente a mi cuarto, en donde permanecí sin poder dormir hasta el amanecer, y hasta mucho después no me fue posible tomar nada que apagase la sed de mi fiebre.

A las once entraste en mi habitación. Durante aquella disputa hube de hacerte observar que mi carta había servido, por lo menos, para poner un freno a una noche excesivamente pródiga –más que de costumbre– en libertinajes.

A la mañana ya eras otra vez tú. Yo, naturalmente, esperaba oír de ti las disculpas que habías de alegar, y quería saber cómo te las arreglarías para obtener mi perdón, que de sobras sabías te daría de corazón, me hicieses lo que me hicieses. Tu confianza absoluta en que yo siempre habría de perdonarte era la cualidad que más me agradaba en ti desde siempre, tal vez la mejor cualidad que yo te reconocía. Mas, lejos de lo que esperaba, repetiste el escándalo de por la noche, con, si cabe, aun mayor arrogancia y violencia. Por último, hube de mandarte salir de mi cuarto; hiciste como que me obedecías y, empero, cuando alcé la cabeza de la almohada, en la cual la tenía hundida, todavía estabas allí. Bruscamente, con risa sardónica de histérica irritación te dirigiste hacia mí.

Sobrecogióme un sentimiento de repulsión: no sabría decir exactamente el motivo que a ello me indujo, pero lo cierto es que salté al punto de la cama y que descalzo, tal como estaba, bajé vacilante los dos pisos que me separaban del cuarto de trabajo, que no abandoné hasta que el dueño de la casa, que vino porque llamé al timbre, húbome asegurado que habías salido de mi alcoba y prometido, para mi tranquilidad, permanecer al alcance de mi voz.

Tras una hora –durante la cual vino el médico, que, naturalmente, me halló en un estado de completa postración nerviosa y con una temperatura más elevada qe la que había tenido al principio– volviste tú. Volviste por dinero. Sin decir una palabra te apoderaste de cuanto hallaste a mano en el tocador y encima de la chimenea, y te marchaste de casa llevándote tu equipaje.

¿Necesito decir lo que pensé de ti en los dos días siguientes, en aquellos dos días solitarios y miserables de mi enfermedad?

¿Necesito explicar cómo comprendí entonces claramente que era bochornoso para mí seguir tratando a un hombre cual el que tú habías revelado ser?

¿Necesito decir que reconocí entonces que había llegado definitivamente el momento de la separación, que ésta se me aparecía en verdad como un gran alivio y que yo sentía que en adelante mi arte y mi vida habrían de ser más libres, mejores y más hermosos en todos aspectos?

A pesar de lo enfermo que estaba, experimenté un gran sosiego.

El saber que nuestra separación era irrevocable, infundióme un sentimiento de paz.

La fiebre fue cediendo paulatinamente hasta el martes. Ese día, por primera vez, comí abajo. Era mi cumpleaños. Entre los telegramas y la correspondencia esparcidos sobre mi mesa había una carta con tu letra. La abrí melancólicamente. Sabía que ya había pasado el tiempo en que un párrafo ingeniosamente redactado, una expresión tierna o una frase de arrepentimiento podían inclinarme nuevamente hacia ti. Pero estaba completamente equivocado. Yo te había juzgado inferior a ti mismo: la carta en que me felicitabas en mi cumpleaños era una repetición, sutilmente ideada, de aquellos dos escándalos, taimada y cuidadosamente llevados al papel. Con chistes groseros te mofabas de mí. Tu única preocupación fue mudarte nuevamente al Grand Hotel y mandar, antes de partir para Londres, poner tu almuerzo en mi cuenta. Me felicitabas por el buen acuerdo que había tenido levantándome de mi lecho de enfermo y huyendo rápidamente escaleras abajo. “Aquel momento fue en ti verdaderamente crítico –escribías tú–, harto más de lo que te puedes figurar.” ¡Ay, demasiado bien lo comprendía yo! El exacto sentido de estas palabras lo ignoro: no podría decir si es que llevabas entonces el revólver comprado para atemorizar a tu padre y que una vez, creyéndolo descargado, hubiste de disparar en un restaurante en donde estábamos juntos; si es que iniciaste un movimiento hacia un cuchillo que por casualidad se hallaba sobre la mesa que nos separaba; si en tu rabia te olvidaste de tu mezquindad y escasa fuerza física y pensaste en maltratarme de obra, e incluso en atacarme estando yo enfermo. Todavía lo ignoro. Sólo sé que me sobrecogió un sentimiento de vivísima repugnancia y que me invadió la impresión de que tú, de no haber yo abandonado inmediatamente el cuarto y salido huyendo, hubieses hecho o intentado hacer algo, algo que habría sido para ti mismo por el resto de tus días un motivo constante de vergüenza.

Sólo una vez en mi vida antes de entonces había experimentado yo semejante sentimiento de terror frente a un ser humano. Fue cuando tu padre, acompañado de aquel cómplice o amigo suyo, tuvo en mi biblioteca de Tite Street un ataque de rabia epiléptica, durante el cual manoteaba furiosamente, a la vez que profería los más soeces insultos que podía imaginar su vil cerebro y mascullaba las abominables amenazas que con tanta astucia había de llevar más tarde a cabo. En este caso él fue quien hubo de salir de la habitación: le arrojé de ella. En el caso a que ahora me refiero, yo fui quien salió. Y no era esta la primera vez que tenía que guardarte contra ti mismo.

Cerrabas tu carta con esta frase: “Cuando no estás sobre tu pedestal, dejas de ser interesante. La próxima vez que estés enfermo me marcharé inmediatamente de tu lado”. ¡Ay, cuánta brutalidad revelan estas líneas en su autor! ¡Qué falta absoluta de imaginación! ¡Qué ordinario, qué romo ya el carácter! “Cuando no estás sobre tu pedestal, dejas de ser interesante. La próxima vez que estés enfermo, me marcharé inmediatamente de tu lado” ¡Cuán frecuentemente se me han venido a la memoria estas palabras, en las miserables y solitarias celdas de las distintas cárceles a que me han llevado.

Constantemente me las he repetido, viendo en ellas –quiero esperar que sin razón– parte del secreto de tu extraño silencio. Escribirme a mí de ese modo, a mí, que por cuidarte había enfermado y padecía aquella fiebre que entonces me aquejaba, era, en su grosería y tosquedad, cosa por demás indignante. Pero el escribir esa carta, fuese a quien fuese, hubiera sido en cualquier ser humano un pecado imperdonable, si es que existe en verdad algún pecado que no tenga perdón.

Confieso que al acabar de leer tu carta me sentí casi mancillado, cual si el trato con un ser de esa índole hubiese hollado y deshonrado mi vida irreparablemente. Cierto es que así era, pero esto, sólo seis meses después, seis meses justos, habría yo de saberlo.

Tenía ya el propósito de regresar el viernes a Londres y de visitar particularmente a sir George Lewis para rogarle escribiese a tu padre que yo había determinado no dejarte, bajo ningún pretexto, volver a pisar mi casa, sentarte a mi mesa, hablar ni salir conmigo ni vivir en ningún punto ni jamás en compañía. Con arreglo a esto debí yo haberte enterado por escrito de esta decisión, cuyos motivos no podrás tú por menos de comprender. Ya lo tenía yo todo dispuesto el jueves por la tarde, pero el viernes por la mañana, mientras desayunaba, antes de ponerme en camino, abrí casualmente el periódico y leí un telegrama anunciando que tu hermano mayor, el verdadero jefe de la familia, el heredero del título, la columna que sostenía la casa, había sido hallado muerto en una sepultura, teniendo a su lado un revólver descargado. Las horrendas circunstancias de la tragedia, que, cual ahora se sabe, obedeció a una desgraciada concidencia, pero que entonces, por suponérsele motivos oscuros, fue duramente censurada; lo impresionante de aquella repentina muerte de un hombre tan querido por todos los que le conocían y que así desaparecía, como quien dice en vísperas de su boda; la idea que yo me hacía de tu propio dolor; la convicción de las desdichas que reservaba a tu madre la pérdida de uno de los seres a quienes se aferraba en busca de consuelo y alegría, y que –como ella misma me lo contó– no le había hecho, desde el día de su nacimiento, derramar una sola lágrima; la certidumbre de tu propia soledad, ya que tus otros dos hermanos estaban fuera de Europa, y eras tú por lo tanto el único en quien podían apoyarse tu madre y tu hermana, no sólo para acompañarlas en su dolor, sino también para compartir con ellas las lóbregas responsabilidades, repletas de pavorosos detalles, que la muerte lleva siempre consigo; un sentimiento de humanidad para con los Lacrimae rerum, para con las lágrimas de que está hecho este mundo y para con la aflicción de todo lo humano: de la confluencia de todos estos pensamientos y emociones que se agolpaban en mi cerebro brotó un sentimiento de compasión infinita hacia ti y hacia los tuyos. Olvidé mis propias preocupaciones y toda mi amargura. Yo no podía, en aquella pérdida dolorosa que tú sufrías, portarme contigo como tú conmigo durante mi enfermedad. Inmediatamente telegrafié, expresándote mi más sentido pésame, y te escribí invitándote a venir a mi casa tan pronto como estuvieses en condiciones de hacerlo. Comprendí que el abandonarte entre extraños en semejante trance era demasiado terrible.

En cuanto regresaste a Londres desde el lugar de la tragedia, donde habías sido llamado, viniste a verme con tu traje de luto y tu mirada velada por las lágrimas. Te mostraste muy cariñoso y muy sencillo. Buscabas consuelo y ayuda como un niño. Yo te abrí mi casa, mi hogar, mi corazón.

Hice mío tu dolor para ayudarte a sobrellevarlo. Nunca, ni aun con una sola palabra, hice alusión a tu conducta para conmigo, a aquellos indignantes escándalos ni a aquella repugnante carta. Tu pena, muy sincera, parecía acercarte a mí más que nunca lo habías estado. Las flores que llevaste de mi parte a la sepultura de tu hermano habían de ser un símbolo, no sólo de la belleza de su vida, sino de la belleza que dormita en el fondo de cada existencia y puede ser sacada a luz.

Los dioses son caprichosos. No sólo nos imponen el castigo de nuestros vicios sino que nos pierden, utilizando lo que en nosotros hay de bueno, noble, tierno y humano. Sin la compasión que me hizo inclinarme hacia ti y los tuyos, no fluirían ahora tantas lágrimas mías en este terrible lugar.

Claro es que en nuestras relaciones veo yo, no sólo la mano del destino, sino la huella de la fatalidad; de la fatalidad que siempre camina rauda, porque el fin que persigue es el de hacer derramar sangre. Por línea paterna desciendes de una casa con cuyos miembros es terrible casarse y funesto trabar amistad, y que estruja con mano violenta su propia vida y la vida ajena. Cada vez que nuestras rutas se han cruzado, en todas las circunstancias trascendentales, al parecer sin ninguna importancia, en que viniste hacia mí en busca de placeres o de ayuda, lo mismo en el juego que en aquellos fútiles acontecimientos cuya significación no es mayor que la de los átomos de polvo que danzan en un rayo de sol, o la de la hoja desprendida del árbol, siempre, como el eco lo es de un grito de dolor, o la sombra de las bestias con las cuales parece competir en velocidad, siempre fue la ruina tu compañera. El verdadero comienzo de nuestra amistad fue aquella carta tuya, deliciosa y realmente conmovedora, en que me pedías ayuda en una situación que hubiera sido terrible para cualquiera, pero que lo era doblemente para un estudiante de Oxford. Esa ayuda que tú me pedías yo te la presté, y con ello, al hacerme tú aparecer ante Sir George Lewis como tu amigo, perdí la amistad y la alta estima que este último habíame demostrado durante quince años. Y al perder su estima, sus consejos, su apoyo, perdí la gran protección y el amparo de mi vida.

Me envías desde el ambiente académico de los poetas, una preciosa poesía, rogándome te diga lo que me parezca. Yo te respondo con una carta fantástica, rebosante de humorismo literario, en la que te comparo con Hilas, con Jacinto, con Junquillo, Narciso y demás personajes de igual índole, predilectos del dios de la poesía, y a quienes éste distinguía con su amor. La carta pretendía ser como una trasposición en tono menor de unos versos de un soneto de Shakespeare. Podía ser comprendida únicamente por aquellos que hubieran leído a Platón o que se hubieran empapado en aquel espíritu, en aquella gravedad especial que para nosotros ha cuajado en la belleza de los mármoles griegos. Era –permíteme que lo diga francamente–, era aquélla la forma de carta que yo, en un feliz momento de buen humor, hubiera escrito a cualquier simpático estudiante de una de las Universidades, que me hubiera mandado una poesía hacha por él, con el convencimiento de que tendría suficiente cultura e ingenio para interpretar justamente mis frases fantásticas.

Fíjate bien en la historia de esta carta: de tus manos pasa a la de un repugnante muchacho, que la entrega a su vez a una cuadrilla de chantajistas. Copias de ella se hacen circular por Londres entre mis amigos y se envían al director del teatro en donde se representan mis obras. Mi carta es interceptada de mil modos, mas nunca exactamente. El estúpido rumor de haber yo tenido que pagar una enorme suma por haber escrito una carta vergonzosa hace sobrecogerse de horror a toda la sociedad. Y esta es la base de los peores ataques de tu padre. Yo mismo presento al juez el original de la carta, para demostrar lo que dice. El abogado de tu padre la estigmatiza como un pérfido y repugnante intento de perturbar tu inocencia.

Y por último sirve esta carta de base a una querella criminal. El fiscal la aprovecha. El juez, en su informe, explícase acerca de ella con escasa comprensión y sobra de moral. Y el final de la historia es que, a causa de esta carta, yo voy a presidio. Y este es el resultado de haberte yo escrito una carta deliciosa.

Durante nuestra estancia en Salisbury te hallabas tú horriblemente inquieto, porque un antiguo camarada te había amenazado por escrito. Me ruegas que me entreviste con él y que te ayude, y yo así lo hago. Resultado: me pierdo por ti. Me veo obligado a cargar con el peso de todo lo que tú has hecho y a responder a todo.

Cuando tienes que marcharte de Oxford, por no haber podido obtener un grado académico, me telegrafías a Londres, suplicándome vaya a verte.

Lo hago al punto. Me suplicas te lleve conmigo a Goring, porque en aquellas circunstancias prefieres no ir junto a los tuyos. En Goring ves una casa que te encanta: la alquilo para ti. Resultado: me pierdo por ti. Un día vienes a verme y me pides como un favor personal que escriba algo para un periódico estudiantial de Oxford, que piensa fundar uno de tus amigos y del cual yo nada he oído ni tengo la menor noticia. Por amor a ti –¡qué cosas no habré yo hecho por amor a ti!–, envío una página de paradojas que tenía destinadas a la Saturday Review. Y unos meses después me veo sentado en Old Bailey en el banquillo de los acusados, a causa de la significación de esa revista.

Y esto forma, con otras muchas cosas, parte de la acusación del fiscal.

Se me invita a defender la prosa de tu amigo y tus propios versos. Aquélla me es imposible suavizarla; éstos los defiendo en consideración al riesgo que corre tu incipiente literatura y a tu propia juventud, y no quiero reconocer que escribes indecencias. No obstante lo cual me veo llevado a presidio a causa de aquel periódico estudiantil de tu amigo, y del “amor que no se atreve a decir su nombre”.

Por Navidad te hago un “regalo muy lindo”, cual tú mismo dices en la carta con que me lo agradeces; regalo que, como supe después, tenías pendiente de tu corazón, a lo sumo por el valor de cuarenta o cincuenta libras. Al ocurrir la quiebra de mi existencia y mi ruina completa, el alguacil embarga mi biblioteca y la hace vender para pagar aquel “regalo muy lindo”. A causa de este regalo, pegan en mi casa el cartel anunciando la subasta forzosa.

En la terrible etapa final, cuando yo ya estoy deshecho y me veo impulsado por tus provocaciones a entablar un proceso contra tu padre y a hacerle detener, la última brizna de paja a que me es dado asirme en mis lamentables intentos de salvación es la desproporción de los gastos. Al abogado, y en presencia tuya, le digo no poseer ningún capital y serme imposible, ya que no dispongo de ningún dinero, soportar aquellos gastos tremendos. Y esto, cual tú bien sabes, era la pura verdad. Aquel desgraciado viernes, de haber yo estado en condiciones de abandonar el Avondale-Hotel, en vez de encontrarme en el despacho de Humphreys, en donde mi debilidad me hizo fraguar yo mismo mi propia ruina, podía haberme visto libre y feliz en Francia, lejos de ti y de tu padre, sin hacer caso de su repugnante tarjeta ni preocuparme de tus cartas. Pero los empleados del hotel no querían dejarme marchar de ningún modo. Tú habías vivido allí diez días conmigo. Por último, con gran –y cual tú mismo reconocerás– justificada sorpresa mía, te habías traído a vivir a mi hotel hasta que yo no lo hubiese abonado todo. Y esto fue lo que me retuvo en Londres. A no ser por la cuenta del hotel, el jueves por la mañana habría yo salido en dirección a París.

Al decirle al abogado que no poseía ningún dinero y no estaba en condiciones de sufragar los crecidísimos gastos, interviniste tú para asegurar que los tuyos tendrían una verdadera alegría en pagar todo lo que fuese necesario, que tu padre era para toda la familia una pesadilla, que con frecuencia se había tratado de la posibilidad de inutilizarle recluyéndole en un manicomio, que era un motivo diario de tormento y aflicción para tu madre y para todos, que si yo contribuía a su reclusión, toda la familia me consideraría como su héroe y su bienhechor, y que incluso los opulentos parientes de tu madre tendrían una gran satisfacción en poder gozar del favor de pagar cuantos gastos fuesen menester para semejante empresa. El abogado declaróse al punto conforme, y me vi constreñido a ir a la Policía.

No pude alegar ya ningún pretexto para evadirme; me encontré materialmente arrastrado por la corriente.

Naturalmente, tus parientes no pagaron nada, y tu padre tuvo la culpa de que se me declarase en quiebra, y fue por esos gastos –ese mezquino pico–: unas setecientas libras.

Hoy día, mi mujer, alejada de mí por la importante cuestión de si he de percibir semanalmente para vivir sesenta o setenta chelines, se dispone a entablar la demanda de divorcio, lo cual acarreará naturalmente nuevos testimonios, nuevos debates y quién sabe si tal vez un segundo proceso.

Claro es que ya no estoy enterado de ningún pormenor. Sólo sé el nombre del testigo en cuya declaración se basan los abogados de mi mujer: es aquel criado tuyo de Oxford, a quien yo, atendiendo tus ruegos, tomé a nuestro servicio el verano de Goring.

La verdad es que no necesito continuar demostrando con más ejemplos la extraña fatalidad que en todo, en lo grande como en lo pequeño, pareces haber hecho pesar sobre mí. A veces tengo la impresión de que tú mismo no has sido sino un fantoche, agitado por una mano invisible, para conducir cosas terribles hasta un fin que no lo era menos.

Pero hasta los fantoches tienen sus pasiones. Aportan una nueva fábula a aquello que representan, y algunos, por amor a su propia fantasía o su propio placer, complican el efecto prescrito, ya rico en matices.

Ser completamente libre y hallarse al mismo tiempo sujeto al dominio de la ley, he aquí la eterna paradoja de la vida humana, sentida por nosotros a cada momento.

Y pienso con frecuencia que esta es sin duda la única explicación posible de tu modo de ser; si es que existe alguna explicación del profundo y pavoroso secreto de un alma humana, aun cuando esta explicación es la que hace todavía más maravilloso el secreto.

Como es natural, tú tenías tus ilusiones, vivías verdaderamente por ellas, y su niebla tornadiza y sus velos polícromos te alteraban la visión de todas las cosas. Pensabas –lo sé muy bien– que tu fiel devoción hacia mí, que llegó hasta repudiar por completo a tu familia y la existencia familiar, era una prueba del maravilloso aprecio en que me tenías, y de tu gran inclinación hacia mí. Cierto es que tú así lo creías. Empero, no lo olvides: para mí, aquello era tan sólo un afán de lujo, de vida opulenta, de ilimitado placer, de gastos sin tasa. La vida de familia te aburría. El “vino frío y barato en Salisbury” –para emplear tu gráfica expresión– te repugnaba.

Junto a mí y a mis atractivos espirituales estaban las fuentes egipcias para la carne. Cuando no podías estar a mi lado, los compañeros con que me sustituías eran bien poco halagadores.

Creíste, además, que bastaba con que enviases, por conducto del abogado, una carta a tu padre, diciéndole que, antes que romper la amistad que me profesabas ya para siempre, preferirías renunciar a la pensión annual de doscientas cincuenta libras, que, según creo, te concedía entonces –descontando lo que te retenía para pagar tus deudas de Oxford– para dar a nuestra amistad un tinte de nobleza y de renunciamiento, pero el despreciar de este modo tu pequeña renta no significaba que tuvieses intención de renunciar a ninguna de las más inútiles voluptuosidades, ni a ninguno de los menos superfluos libertinajes. Por el contrario, tu apetito de una vida sensual no fue nunca más fuerte. Mis gastos, durante los ocho días que pasamos en París, tú, yo y tu criado italiano, subieron a muy cerca de ciento cincuenta libras, de las cuáles sólo Paillard se tragó ochenta y cinco. Dada la clase de vida a que tú aspirabas, todos tus ingresos anuales, de haber tenido que pagarte tú mismo tus comidas, e incluso siendo muy sobrio y económico, no hubieran bastado ni para tres semanas. El hecho de que tú, con un gesto que sólo lo era de fanfarronería, renunciaste plausible a tu pretensión de vivir a costa mía. Y lo que tú tomaste por motivo pausible, que has utilizado en serio en muchas ocasiones, y expresado con la mayor energía y las continuas sangrías que me hiciste, principalmente a mí, aunque, cuál yo sé, también en gran escala a tu madre, no hubieran sido nunca tan dolorosas, si, por lo menos en lo que a mí respecta, hubieran sido acompañadas de alguna palabra de gratitud o reguladas por un sentimiento de moderación.

Pensabas además que atacando a tu propio padre con cartas terribles, telegramas insultantes y descaradas postales, en realidad ganabas con ello victorias para tu madre, apareciendo en cierto modo como su defensor y el que había de vengar las tremendas ofensas y torturas de su vida conyugal.

Esto era una ilusión, y una de las más nefandas que has tenido. Tenías un medio para vengar en tu padre las humillaciones de tu madre y era, si tal considerabas te incumbía como deber de hijo, el ser para con ella mejor de lo que hasta entonces habías sido, hacer que no tuviese ya miedo de hablar en serio contigo, no firmar ninguna letra cuyo pago les correspondiese luego, ser más juicioso en tus relaciones con ella y no atraer sobre su cabeza ningún nuevo sufrimiento. Tu hermano Francisco, durante los cortos años de su florida existencia, la desquitó abundantemente, con su ternura y su bondad, de todos sus sufrimientos.

Tú podías haberlo tomado por modelo. Te equivocaste al suponer que tu madre había de experimentar una frívola satisfacción si tú, valiéndote de mí, lograbas llevar a tu padre a la cárcel. Estoy firmemente convencido de que te equivocaste. Y, si quieres saber lo que verdaderamente siente una mujer cuando su esposo y el padre de sus hijos se halla en la celda de una cárcel, vestido con el traje de presidiario, escribe a mi mujer y pregúntaselo. Ella te lo dirá.

También yo tenía mis ilusiones. Pensaba que la vida había de ser una comedia ingeniosa, y tú uno de sus graciosos protagonistas. Y me he encontrado con que es una repulsiva e indignante tragedia, y con que tú, una vez caída la máscara del placer y la alegría, que lo mismo a ti que a mí podía habernos engañado y equivocado, eras el funesto instrumento que la impulsaba hacia las grandes catástrofes, funesto a causa de la tensión de sus anhelos y de la fuerza de su comprimida energía.

Ahora puedes –¿no es verdad?– comprender algo de lo que yo sufro.

Un periódico, creo que la Pall Mall Gazette, al hacer la reseña del ensayo general de una de mis obras, ha hablado de ti como de la sombra que me acompañaba a todas partes. El recuerdo de nuestra amistad es la sombra que aquí me acompaña, la que nunca parece abandonarme, la que me despierta por la noche, para contarme siempre la misma historia, cuya enojosa, espantosa repetición, logra alejar de mí el sueño hasta el amanecer, y cuando amanece torna a empezar, me sigue al patio de la prisión y me hace hablar conmigo mismo, mientras voy dando vueltas a grandes zancadas.

Me es forzoso recordarme cada detalle del desfile de mis trágicos momentos. Nada de lo acontecido durante aquellos años lamentables se ha esfumado de este cerebro destinado al dolor o a la desesperación. Tengo presente cada matiz ahogado de tu voz, cada gesto y cada movimiento nervioso de tus manos, cada una de tus amargas palabras, de tus venenosas frases. Recuerdo la calle o el río a lo largo del cual andábamos; el muro o el bosque que nos rodeaba; el punto de la esfera en que se hallaban las agujas del reloj, y la dirección del viento y la forma y el color de la luna.

Sé que cuanto te he dicho tiene una respuesta: que tú me has querido; que durante aquellos dos años y medio, en los que las Parcas tenían en una única muestra escarlata los separados destinos de nuestra vida, tú, verdaderamente, me querías. Sí, lo sé; así fue. Indiferentemente a tu comportamiento para conmigo, sentí yo siempre que tú, en el fondo de tu corazón, verdaderamente me amabas. A pesar de comprender yo perfectamente que mi personalidad había despertado desde un principio, mi fortuna, la abundancia en que yo vivía, las mil y mil cosas que contribuían de un modo casi inverosímil a formar el encanto y la maravilla de mi existencia, eran, conjunta y particularmente, elementos que a mí te ataban y soldaban. Empero, había algo más, algo que era en ti un extraño poder de atracción: el haberme amado tú mucho más tiernamente que a ningún otro ser.

Mas tú también tuviste, como yo, en tu vida, una horrible tragedia, aunque de índole completamente opuesta a la mía. ¿Quieres saber cuál ha sido? Pues ésta: que en ti el odio pudo siempre más que el amor. Tu odio contra tu padre era tan grande, que podía más que tu amor hacia mí; sobrepasaba los límites ordinarios y dejaba el amor en la sombra, sin que existiese siquiera, o apenas, lucha ninguna entre ellos. Sí, tan gigantescas proporciones alcanzaba tu odio. No se te ocurría que las dos pasiones no cabían a la vez en una misma alma. Que no pueden convivir en la linda morada labrada para ellas. El amor se alimenta de la imaginación, gracias a la cual nuestra razón sobrepasa nuestra sabiduría, nuestra bondad, nuestro sentimiento, nuestra nobleza, nuestra propia existencia; la imaginación, gracias a la cual nos es dado abarcar la vida en su conjunto; la imaginación, que nos permite comprender a los demás en sus relaciones reales e ideales.

El amor sólo puede alimentarse con lo bello y con lo bellamente ideado. En cambio, el odio todo lo alimenta. Así es que, en aquellos años, no has bebido una sola copa de champaña, ni comido un solo plato sabroso que no haya servido para alimentar tu odio, para cebarlo. Y por eso tú, a fin de satisfacer este odio, jugaste lo mismo con mi vida que con mi dinero, tranquilamente, sin miramiento alguno, sin preocuparte de las consecuencias posibles. Cuando perdías, la pérdida no era para ti, como te creías; pero las ganancias eran tuyas, y bien sabrás tú cuál era el triunfo y cuáles las ventajas de la victoria.

El odio ciega a los hombres. Esto, tú no lo has advertido. El amor puede leer lo escrito en las estrellas más distantes; pero el odio te cegó de tal modo, que llegaste a no poder ver más allá del reducido jardín de tus deseos cotidianos; ese jardín cercado y ya marchito por el placer. Tu terrible falta de imaginación, la verdadera y más fatal debilidad de tu ser, no era sino resultado del odio que en ti se abrigaba, que en ti se abrigaba perdida, silenciosa y disimuladamente. Así como el liquen corroe las raíces de las plantas sin savia, así el odio te ha corroído a ti hasta conducirte paulatinamente a no ver sino los intereses más mezquinos y los fines más pobres. Esa condición tuya, cuyo desarrollo hubiese acelerado el amor; la envenenó y la paralizó el odio. Cuando tu padre comenzó a atacarme, lo hizo primero como a un amigo particular tuyo, en una carta a ti particularmente dirigida. En cuanto leí yo esa carta, las sórdidas amenazas y las groseras violencias que encerraba, advertí que un tremendo peligro elevábase en el horizonte de mis inquietos días. Te dije que no quería sacaros las castañas del fuego en ese odio que de antiguo os embargaba a ambos; que en Londres yo era una presa mucho más noble que un secretario del Ministerio de Estado en Bad Homburg; que el pretender colocarme un solo momento en semejante situación era ya de por sí inicuo; que me cumplía hacer en la vida cosas harto más importantes que el andar de la greña con un hombre borracho, desprestigiado y tan poca cosa como tu padre. Tú no quisiste comprenderlo. El odio te había cegado por completo. Me dijiste que nada tenía yo que ver en aquella discordia, que en modo alguno podías permitir que tu padre pretendiese reglamentar tus amistades particulares y que era absurdo el que yo interviniese en ello.

Ya antes de hablar conmigo sobre este asunto habías contestado a tu padre con un telegrama de lo más insensato y soez. Lo cual, naturalmente, te obligó a obrar después del modo más soez y más insensato. Las funestas equivocaciones de la vida no deben atribuidas a la ausencia de razón. Un instante de irracionalidad puede llegar a ser nuestro momento más hermoso. Nuestras equivocaciones son producto de la lógica que rige al hombre. Entre ambas cosas media un abismo.

Aquel telegrama era la hipótesis de todas tus futuras relaciones con tu padre y, en gran parte también, de mi vida toda. Y, lo más grotesco de ello, es que de este telegrama se hubiera avergonzado cualquier hombre de arroyo. El natural proceso de los telegramas impertinentes convirtiólos en las pedantes cartas de los abogados, y el resultado de las cartas del abogado de tu padre fue el empujar a éste más y más.

No le dejaste otra disyuntiva que el seguir adelante. Le presentaste la cosa como asunto de honor, mejor dicho, de todo lo contrario, a fin de dar más peso a tu exigencia. Así es que la vez siguiente no me atacó ya en una carta particular y en calidad de amigo tuyo, sino públicamente, y como hombre que pertenece al público. Hube de arrojarle de mi casa. Y él fue buscándome de restaurante en restaurante, para insultarme delante de todo el mundo, y en tales términos, que de haberle pagado con la misma moneda hubiera quedado yo por tierra, y que de todos modos por tierra me veía, aunque no lo hiciese. En ese momento debías tú haber proclamado que no querías de ningún modo que yo, por darte gusto, me expusiese a tan viles ataques y a tan indigna persecución y que antes preferías renunciar por siempre a mi amistad. Esto, de sobra lo comprendes tú ahora. Mas entonces no te vino a la idea. El odio te cegaba. Lo único que se te ocurrió (y esto haciendo caso omiso de las cartas y de los telegramas insultantes que dirigías a tu padre) fue el comprar una irrisible pistola, que hubo de dispararse en Berkeley, en unas circunstancias que produjeron un escándalo aún más formidable que todos los anteriores.

La verdad es que a ti te encantaba pensar que podías ser causa de una terrible lucha entre tu padre y un hombre como yo. Era muy natural que esto agradase a tu vanidad y halagase tu presunción. No hubiera dejado de ser para ti una muy dolorosa solución si hubiese sido posible adjudicarle a tu padre tu cuerpo, que a mí en nada me interesaba, dejándome a mí tu alma, que a él tampoco podía interesarle. Olfateaste la ocasión de un escándalo público y te precipitaste sobre ella. Te alegraba la perspectiva de una lucha en la cual tú intervenías en la sombra. Recuerdo no haberte visto nunca de mejor humor que durante el resto del año. Lo único que pareció desilusionarte, fue que, en realidad, nada sucediese, y el no tener lugar entre tu padre y yo ningún nuevo choque. Te consolaste enviándole a él telegramas de tal índole que el desgraciado hubo, por último, de escribirte que había ordenado a sus criados no le entregasen ya ningún telegrama, bajo ningún pretexto.

Mas esto no te arredó. Comprendiste todas las facilidades que la tarjeta postal ofrece para el insulto, y las aprovechaste todas. Le incitaste cada vez con más fuerza a perseguir su presa, y no creo que él ya la hubiera abandonado. Pero el instinto de la casta era demasiado fuerte en él. Su odio hacia ti era tan arraigado como tu odio hacia él y yo era para vosotros dos el escudo que lo mismo sirve para el ataque que para la defensa. Su afán de hacer hablar de él no era una manía simplemente personal, sino un distintivo de raza. De todos modos, de haberse acallado un punto su interés, tus cartas y postales hubiesen avivado éste hasta hacer brotar la antigua llama. Y, cual no podía por menos de suceder, una vez conseguido vuestro propósito, él quiso llegar todavía más lejos. Después de haberme atacado, en particular y como particular, y en público como hombre público, decidió, para rematar lo hecho, iniciar un ataque decisivo contra el artista, y esto precisamente allí donde se representaban mis obras. Gracias a una treta, logró procurarse una localidad para el estreno de una de ellas, e imaginó nada menos que interrumpir la representación, pronunciando ante todos un discurso miserable contra mí, insultando a mis actores y, finalmente, al aparecer yo en el escenario, arrojándome proyectiles escabrosos o impertinentes, a fin de aniquilarme monstruosamente por medio de mi propia obra. Pero el azar quiere que, en una borrachera más fuerte que las acostumbradas, tenga un rato de expansión y se vanaglorie ante testigos de su propósito. Se avisa a la policía y se le impide entrar en el teatro. Y esta fue tu suerte. Ahí tenías una buena ocasión. ¿No se te ocurre ahora que pudiste haberla previsto y que en ti estaba el decir que no podías consentir que por tu culpa se aniquilase mi obra? De sobra sabías lo que para mí significaba mi arte: el medio glorioso por el cual yo me había manifestado, primero a mí mismo, y después al mundo. La gran pasión de mi vida, el amor junto al cual todas las demás manifestaciones del amor eran como agua cenagosa junto al vino escarlata o como un gusano de luz en el pantano junto al mágico reflejo de la luna.

¿No comprendes todavía que tu falta de imaginación era la verdadera, la más fatal debilidad de tu ser?

Lo que te cumplía hacer era muy sencillo, y se te presentaba bien claro; pero el odio te cegaba y no te permitía ver nada. Yo no tenía por qué disculparme ante tu padre de que él me hubiese insultado y perseguido, durante cerca de nueve meses, del modo más repugnante. Yo no podía apartarte de mi vida. Lo había intentado repetidas veces, llegando incluso hasta abandonar efectivamente Inglaterra y marchar al extranjero con la esperanza de librarme de ti. Todo había sido inútil. Tú eras el único que podías haber hecho algo. Entre tus manos estaba la clave de la situación. Se te ofrecía una verdadera ocasión para expresarme siquiera un poco de gratitud por todo el amor, toda la bondad, toda la generosidad, todas las atenciones que yo había tenido para contigo. De haber sido tú capaz de apreciar siquiera una décima parte de mi valor artístico, seguramente lo hubieras hecho. Pero el odio te cegaba. La facultad “gracias a la cual y por la cual únicamente nos es dado comprender a los demás, lo mismo en sus relaciones reales que en los ideales”, estaba muerta en ti. Sólo pensaste en el modo de meter a tu padre en la cárcel. Tu única idea era el verle en el banquillo de los acusados. Su manifestación convirtióse en una de las muchas scies de tu conversación diaria; en cada comida me era dado oírtela. Y se cumplió tu deseo. El odio te concedía cuanto deseabas; mostrábase contigo harto benévolo, cual lo es para todos sus fieles. Dos días pudiste, desde tu elevado asiento junto al sherif, llenarte los ojos con la vista de tu padre sentado en el banquillo de los acusados. Y el tercer día yo ocupé su puesto.

¿Qué había sucedido?

Que en el juego repugnante de vuestro odio os habíais jugado mi alma, y el azar quiso que tú fueses el perdedor. Esto fue todo.

Ya ves que no tengo más remedio que escribir tu vida para ti, y así lo tienes que comprender. Hace más de cuatro años que nos conocemos el uno al otro. La mitad de este tiempo la hemos pasado juntos y la otra mitad la he tenido que pasar en la cárcel, en pago de nuestra amistad. No sé dónde recibirás esta carta, si es que llegas a recibirla: Roma, Nápoles, París, Venecia, alguna hermosa ciudad a orillas de un mar o de un río te alberga seguramente. Aunque sin la inútil opulencia que disfrutabas junto a mí, te hallas, sin embargo, rodeado de todo lo que te encanta la vista, el oído y el paladar. La vida es para ti lo más preciado de este mundo. Y, sin embargo, si eres sensato y quieres que la vida te sea aún mucho más adorable, de una condición más elevada, harás que la lectura de esta carta terrible –pues sé que es tal– señale para ti una crisis tan importante, un momento tan crítico, como lo es para mí el escribirla.

Si tu pálido rostro, que acostumbra a enrojecer ligeramente bajo los efectos del vino o la alegría, arde de cuando en cuando de vergüenza al leer lo que aquí está escrito, cual bajo el resplandor de un alto horno, entonces, tanto mejor para ti. El mayor de los vicios es la ligereza; todo lo que llega hasta la conciencia es justo.

Ya hemos llegado a mi detención preventiva, ¿no es eso? Después de haber permanecido detenido toda una noche por la Policía, fui conducido en el coche verde. Tú entonces te muestras muy atento, lleno de amabilidad. Casi todas las tardes, aunque no todas, hasta tu marcha al extranjero, te tomas la molestia de venir en coche a visitarme a Holloway.

También me escribes cartas muy amables y cariñosas. Pero nunca, ni aun durante un segundo, llegas a ver claramente que no es tu padre, sino tú, quien me ha traído a la cárcel; que tú, desde el principio hasta el fin, eres el verdadero responsable; que si yo estoy allí es por tu culpa y que a ti únicamente te lo debo. Ni siquiera el verme entre los barrotes de una jaula de madera logra animar ese temperamento tuyo, muerto y tan pobre de imaginación. Sientes la simpatía, la sentimentalidad del espectador que asiste a una obra conmovedora. Y no caes en la cuenta de que tú eres el verdadero autor de la horrenda tragedia.

Bien lo veía yo: nada rozó tu conciencia de cuanto habías causado. Yo no sentía ánimo ninguno de ser quien te dijese lo que tu propio corazón hubiese debido decirte; lo que seguramente te habría dicho, si no le hubieras tú endurecido e insensibilizado a fuerza de odio. Es preciso que todo le fluya a uno de sí mismo. El decirle a alguien una cosa que, ni siente, ni ha de comprender, no tiene finalidad ninguna. Si ahora te escribo como lo hago, es únicamente porque tu propio silencio, tu proceder durante mi larga prisión así lo exige. Sin contar que, tal como se habían puesto las cosas, el golpe me hería a mi solo.

Y esta fue mi alegría. A pesar –pues yo te observaba atentamente– de lo despreciable que desde un principio me resultaba tu completa e intencionada ceguera, complacíame el tener muchos motivos de sufrimiento. Recuerdo con qué orgullo me enseñaste una carta que habías publicado sobre mí en un periódico de escándalo. Era un trabajo muy discreto, muy prudente e incluso muy vulgar. Hacías un llamamiento al “sentimiento inglés de la justicia” o a algo no menos triste de la misma índole, en favor de “un hombre que yacía por tierra”. Era una carta como la que podías haber escrito para protestar de una acusación criminal contra una persona honrada que te hubiera sido por completo desconocida. Pero, a ti, esta carta te pareció sencillamente admirable. Veías en ella poco menos que una prueba de desusada caballerosidad. Ya sé que has escrito más cartas a otros periódicos que no las ha publicado; pero estaban destinadas únicamente a informar al público de que odiabasa tu padre. Nadie reparó en si esto venía o no al caso. El odio –esto tenías tú que aprenderlo todavía– es, intelectualmente considerado, puramente negativo. Para el corazón, es una forma de atrofia, cuyos resultados son mortales, pero no sólo para uno mismo.

Escribir en los periódicos que se odia a alguien, es como publicar que se tiene una enfermedad secreta y vergonzosa. Y el hecho de ser tu propio padre el hombre a quien odiabas, y de verse este sentimiento hondamente correspondido, no le daba a tu odio ningún matiz de distinción ni de belleza. Si algo demostraste con ello fue únicamente la existencia de una enfermedad congénita.

Recuerdo todavía que, al ser sacados a subasta forzosa mi casa, mis libros y mis muebles, cuando fueran embargados para ser vendidos, y la quiebra se alzaba ante mi puerta, recuerdo que te escribí, como era natural, para enterarte de ello. Mas no te decía que el sufragar algunos de los regalos que te había hecho, ero lo que habías comido, y pensaba, con razón o sin ella, que aquella noticia habría de serte dolorosa.

Te anuncié escuetamente los hechos. Parecióme conveniente estuvieses al tanto de ellos. Me contestaste, desde Boulogne, en un tono poco menos que de lírico entusiasmo. Me decías saber que tu padre estaba “mal de fondos” y que había tenido que pedir mil quinientas libras para los gastos del proceso, y que mi próxima quiebra era un “fabuloso triunfo sobre él”, porque, en vista de ello, ya no podría resarcirse conmigo de sus gastos.

¿Te das tú ahora cuenta de lo que es el odio cuando a uno le ciega?

¿Reconoces ahora cómo, al decir yo que el odio es una atrofia fatal, no sólo para el que lo siente, definía científicamente una verdad psicológica?

El que todas las cosas encantadoras que yo poseía hubiesen de ser vendidas: mis dibujos de Burne Jones, de Whistler, mi Monticelli, mis Simeón Salomón, mis porcelanas, mi biblioteca, con sus ejemplares dedicados de casi todos los poetas de mi tiempo, desde Hugo hasta Whitman, desde Swinburne hasta Mallarmé y desde Morris hasta Verlaine; con las ediciones de las obras de mi padre y de mi madre preciosamente encuadernadas; con su magnífica serie de premios de la Universidad y del Colegio; con sus ediciones de lujo y demás; todo esto nada significaba para ti. Dijiste que te entristecía, y esto fue todo. Sólo veías en ello la posibilidad de hacer perder por último a tu padre algunos cientos de libras y esta lastimosa perspectiva llenábate de estática alegría.

Respecto a los gastos del proceso, tal vez te interese saber que tu padre declaró públicamente, en el Orleans-Club que aunque le hubiera costado veinte mil libras, hubiera dado el dinero por bien empleado; tan grandes eran el contento y la victoria que ello le reportaba. El poder meterme por dos años en la cárcel, haciéndome además salir de ella una tarde para oírme declarar públicamente en quiebra, esto era una satisfacción y un refinamiento superior que él no esperaba. Fue la coronación de mi humillación y de su completo e irrecusable triunfo.

De no hanerme entonces podido exigir tu padre el pago de tus gastos, tú, demasiado lo sé, siempre compasivo en tratándose únicamente de palabras, hubieras sentido lástima por la pérdida completa de mi biblioteca, pérdida irreparable para un escritor, y la más desoladora de todas mis pérdidas materiales. Y, recordando las sumas excesivas gastadas para ti, y también el que durante años habías vivido a mi costa, tal vez te hubieras incluso tomado la molestia de rescatar para mí algunos de mis libros. Los mejores de ellos se perdieron por menos de ciento cincuenta libras, o sea, aproximadamente la cantidad que, por término medio, gastaba yo por ti en una semana. Pero la malévola idea de que tu padre habría de perder unos céntimos, no permitió cruzase por tu mente el intentar prestarme un pequeño servicio, que, siendo tan insignificante, tan fácil, tan poco costoso y tan asequible, tan apasionadamente hubiera yo deseado lo realizaras.

¿No tengo, pues, razón, al decirte que el odio ciega a los hombres?

¿No lo reconoces tú ahora?

Si no lo reconoces, procura comprenderlo.

No necesito decirte que, entonces, la verdad se me apareció tan clara como ahora. Pero me dije: “A toda costa he de conservar el amor en mi corazón. Si voy a la cárcel sin amor, ¿qué será de mi alma?” Las cartas que yo entonces te escribí desde Holloway eran el resultado de mis esfuerzos por conservar el amor cual impulso dominante de mi ser.

Podía haberte destrozado con amargos reproches. Podía haberte aniquilado bajo mis maldiciones. Podía haberte puesto frente a un espejo, para mostrarte una imagen tuya que no habrías reconocido ser la tuya propia hasta después de descubrir que reproducía servilmente tu horrible fisonomía; y entonces, sabiendo ya de quién era aquella figura, la hubieras odiado por siempre y a ti mismo con ella. Y más todavía: pecados ajenos me fueron imputados; de haber yo querido, podía haberme salvado a costa de sus autores, cierto es que no del deshonor, pero sí de la cárcel. De haber yo descubierto cómo los testigos de cargo –los tres principales– estaban cuidadosamente instruidos por tu padre y por su abogado, no sólo de lo que habían de callar, sino también de lo que habían de decir, y la forma en que intencionadamente, secretamente concertados, y ajenos al asunto, me imputaron a mí acciones y hechos de otro, podía yo haber hecho arrojar separadamente a cada uno de la sala de Audiencia, con menos ceremonias que las empleadas para con el sinvergüenza de Atkins, el perjuro; pudiendo yo entonces quedar a mi vez en libertad y marcharme con la cabeza muy alta y las manos en los bolsillos.

Se ejerció sobre mí una forísima presión para que tal hiciese. Personas movidas únicamente por el interés de mi bienestar y el de los míos, aconsejáronme seriamente en este sentido, me rogaron y me suplicaron.

Pero yo me negué a ello: me era imposible prestarme a lo que se quería. Y jamás, ni un segundo siquiera, ni aun en los momentos más amargos de mi prisión, lamenté lo hecho. Semejante manera de obrar hubiera estado por bajo de mi dignidad. Los pecados de la carne nada significan. Son enfermedades que puede curar el médico, si es que conviene acceder a su curación; pero los pecados del alma, aisladamente considerados, son bochornosos. El obtener mi libertad por tales medios, hubiera sido para mí un tormento para el resto de mi vida.

Mas, ¿crees tú verdaderamente haber merecido el cariño que entonces te demostré?

¿Crees verdaderamente que yo he pensado un sólo momento que tú lo merecías?

¿Crees verdaderamente haber merecido en cualquier época de nuestra amistad el cariño que yo te demostré, o que yo haya podido creer un solo momento que tú lo merecías?

Yo sabía que nunca lo habías merecido. Empero, el amor no regatea en el mercado, ni emplea balanzas. Su alegría, como la del espíritu, está en sentir que vive. Su esfuerzo consiste en amar, nada más y nada menos. Tú has sido mi enemigo, un enemigo cual ningún hombre ha tenido jamás. Yo te ofrendé mi vida, y tú la tiraste para satisfacer las más bajas y despreciables de las pasiones humanas: el odio, la vanidad y los apetitos.

En menos de tres años destruiste en mí todo respeto. Ya no me quedaba en mi propio interés otra cosa que hacer sino amarte. Sabía yo que, si me permitía odiarte en el páramo de la vida, a través del cual había de caminar, y sigo todavía caminando, todas las peñas perderían su sombra, todas las palmeras se secarían y todos los manantiales aparecerían envenenados.

¿Vas ya comprendiendo un poco?

¿Despierta por fin tu imaginación del letargo mortal en que ha estado sumida?

Ya sabes lo que es el odio. ¿Empiezas a vislumbrar lo que es el amor y la esencia del amor? Todavía no es tarde para que lo aprendas, aunque a mí me haya costado el enseñártelo el ir a la celda de una cárcel.

Después de mi terrible condena, ya puesto el traje de presidiario, y una vez que se hubieron cerrado tras mí las puertas de la cárcel, me vi debajo de las ruinas de mi espléndida vida, aniquilado de miedo, confundido por el terror, anonadado por el sufrimiento. Pero no quería odiarte. Todos los días me decía: “He de conservar hoy el amor en mi corazón; ¿cómo podré si no soportar el día?” Recordaba que, al menos intencionadamente, no habías obrado mal conmigo; me esforzaba en pensar que el azar era quien había disparado el arco, para que la flecha, pasando por entre las junturas de la coraza, atravesase a un rey de parte a parte. Pensar, para juzgarte, en el más pequeño de mis sufrimientos, en la más ínfima de mis pérdidas, me parecía injusto. Y decidí considerarte a ti como un mártir. Y me esforzaba en creer que acabaría por caérsete la venda que te había cegado durante tanto tiempo. Henchido de dolor, me representaba cuán grande sería tu terror al contemplar la obra pavorosa de tus manos. Hubo incluso momentos, en aquellos lóbregos días, los más lóbregos de toda mi existencia, en que me sentía impaciente por consolarte. Tan seguro estaba yo de que por fin llegarías a percatarte de lo que habías hecho.

Nunca cruzó por mi mente la idea de que pudiese embargarte el peor de los vicios: la ligereza. Sí, fue para mí una verdadera aflicción en tener que enterarte de todo. Hube para ello de reservarme la primera ocasión propicia: el recibir una carta sobre asuntos de familia, pues mi cuñado habíame comunicado que sólo con que escribiese una vez a mi mujer, ella, por amor hacia mí, y a causa de mis hijos, no presentaría la demanda de divorcio. Yo comprendía que mi deber era hacerlo. Sin hablar de otros motivos, me era insoportable el pensamiento de verme separado de Cyril, de este hijo mío tan bonito, tan dulce y tan digno de ser amado, mi amigo entre todos mis amigos, mi compañero por encima de todos mis compañeros. Un solo cabello de su dorada cabecita me era más querido, y tenía para mí más importancia –no diré que tú, de pies a cabeza–, pero sí que todos los crisólitos del mundo. Mas lo comprendí demasiado tarde.

Dos semanas después de tu intento de aproximación, me fue dado saber de ti. Robert Sherard, o sea el más valiente y caballero entre los mejores de los hombres, viene a verme y me anuncia, entre otras cosas, que te ocupas en publicar un artículo sobre mí, junto con fragmentos de mis cartas, en ese risible Mercure de France, que es, con sus gracias estúpidas, el verdadero centro de la corrupción literaria. Y me pregunta si esto obedece realmente a un deseo mío. Yo, presa de asombro y de cólera, doy órdenes para que la cosa no pase a mayores. Tú habías dejado rodar mis cartas, y así pudo suceder que servidores chantajistas las robasen. Los criados del hotel las escamotearon y las camareras las vendieron. Esto no fue sino una ligereza tuya: falta de estima para lo que yo te había escrito.

Pero el que tú pensases seriamente en publicar extractos de las que quedaban, esto para mí era casi incomprensible.

Y, ¿de qué carta se trataba? No logré saber ningún detalle más. Esta fue la primera noticia tuya que recibí. Una noticia desagradable.

La segunda no se hizo esperar mucho. Los abogados de tu padre se habían reunido en la cárcel y emprendieron una acción judicial a causa de las setecientas miserables libras que importaba su minuta. Se me declaró deudor insolvente y se ordenó fuese conducido ante el juez. Yo tenía la firmísima convicción, la sigo teniendo, y volveré sobre este asunto, de que el pago de estos gastos incumbía a tu familia. Tú te habías hecho personalmente responsable de ellos, asegurando que los tuyos los abonarían, y esto era lo que había movido al abogado a encargarse del asunto en la forma en que lo hizo. Tú eras absolutamente responsable de todo: independientemente de tu compromiso en nombre de los tuyos, debías haber tenido el sentimiento de haber sido tú el que me había empujado a mi ruina, y, por lo tanto, lo menos que te cumplía hacer era el ahorrarme el bochorno de la quiebra por una cantidad, al fin y al cabo, despreciable; menos de la mitad de lo que yo había gastado por ti en Goring durante un corto veraneo de tres meses.

Mas dejemos ya esto. Recibí, no lo niego, por mediación del pasante del abogado, un mensaje tuyo referente al asunto, o por lo menos relacionado con éste. El día que vino para tomarme declaración, inclinóse sobre la mesa –estaba presente el carcelero–, y, después de examinar una hoja de papel que sacó del bolsillo, díjome en voz baja: “El príncipe Fleur de Lys le envía a usted un saludo.” Yo me le quedé mirando fijamente. El repitió el mensaje. Yo no acertaba a entender lo que con ello quería decir.

“El señor se halla en la actualidad en el extranjero”, añadió él entonces misteriosamente. Al oír estas palabras, la verdad me iluminó como un relámpago, y aún recuerdo que reí por primera y última vez en la cárcel.

Esta risa encerraba todo mi desprecio hacia todos. ¡Príncipe Fleur de Lys!

Compendí al punto –y los hechos posteriores habían de demostrarme cuán justamente– que nada de cuanto yo había sufrido había llegado hasta ti.

Seguías considerándote como el príncipe héroe de una comedia, y no como el lúgubre protagonista de un drama. Cuanto había sucedido era como una pluma para realizar el birrete con que se adornaba una cabeza limitada; como una flor prendida en el jubón debajo del cual latía un corazón que el odio, y sólo el odio, podía enardecer, y que el amor, sólo el amor, había de encontrar frío.

¡Príncipe Fleur de Lys! Sí, hacías bien en emplear un nombre supuesto para entrar en contacto conmigo. Yo mismo por entonces carecía de nombre. En la inmensa cárcel en la cual me hallaba recluido, era yo únicamente el número y la letra de una pequeña celda en un largo pasillo, uno de los mil números sin vida y una de las mil vidas muertas. Pero la verdadera historia brindaba seguramente muchos otros nombres verídicos, que harto mejor podían convenirte, y por los cuales a la vez te hubiera yo fácilmente conocido. No podía imaginarte bajo un disfraz propio tan sólo de un baile de máscaras. ¡Ay, de haber estado tu alma, cual convenía a su propio perfeccionamiento, traspasada de amor, de pena, abrumada por el remordimiento y humillada por la aflicción, no hubiese escogido un disfraz para penetrar a su sombra en la mansión del dolor! Los grandes acontecimientos de la existencia son lo que aparentan, y por esto a menudo –aunque mis palabras te suenen de un modo inaudito– díficiles de explicar; pero los pequeños son siempre un símbolo. Ellos nos suministran la parte más asequible de nuestras amargas enseñanzas. Aquella elección, al parecer casual, de un nombre fingido, era un símbolo, y como tal quedará. Te descubrió.

Seis semanas después, llegóme la tercera noticia. Fui sacado del hospital, en donde yacía lastimeramente enfermo, para recibir, por conducto del director de la prisión, un mensaje tuyo particular. Leyóme una carta a él dirigida, y en la cual le comunicabas tener la intención de publicar un artículo sobre “el caso Oscar Wilde” en el Mercure de France (revista ésta que, cual tú tan donosamente añadías, equivale a la inglesa Fortnighthly Review), y anhelabas obtener mi autorización. Se trataba de un ensayo y...de varias cartas.

¿Qué cartas? Las que yo te había dirigido desde la prisión de Holloway. De unas cartas que tú debías haber guardado, como depósito sagrado y secreto, más que nada en el mundo. Si, estás eran, efectivamente, las cartas que tú querías editar, para asombro de los flácidos decadentes, pasto de los ávidos periodistas, y para que los leoncillos del Barrio Latino las engullesen después de abrir muy grandes sus fauces. Mas, aun cuando nada en tu corazón protestase contra ese bajo sacrilegio, debías al menos haber recordado el soneto escrito por aquel que hubo de ver con tan inmenso dolor y desprecio cómo eran sacadas en Londres a pública subasta las cartas de John Keats, y debías haber por fin comprendido la verdadera significación de mis versos:

Quien rompe el cristal del corazón del poeta,
dejando éste al descubierto ante torpes miradas,
es, a mi ver, para el arte insensible.

Pues, ¿qué podía probar tu artículo? ¿Que yo te había amado con exceso? Esto lo saben en París hasta los pilluelos de la calle. Leen todos los periódicos e incluso la mayor parte de ellos escriben para estos periódicos.

¿Que yo era un genio? Los franceses lo comprendían muy bien; así como comprendían el especial carácter de mi genio mucho mejor que tú o que de ti podía esperarse nunca.

¿Que el genio lleva consigo, con frecuencia, una característica perversidad de la pasión y del deseo? Perfectamente; pero esto, mejor le incumbía tratarlo a un Lombroso que a ti. Sin contar con que este fenómeno patológico se da también en quienes carecen en absoluto de genio.

¿Que yo, en la guerra de odio que sostenías con tu padre, hice las veces, para vosotros dos, a un tiempo de arma y de escudo?

¿Que en esta horrible caza de que yo era objeto, y que cesó al acabar aquella guerra, tu padre no me hubiera nunca derribado, de no haber tenido yo ya el pie cogido en tus redes? Muy bien; pero esto tengo entendido que lo ha dicho ya Henry Bauer de un modo exquisito.

Para confirmar sus asertos, si tal era, en efecto, tu intención, no necesitabas publicar mis cartas, por lo menos aquellas escritas desde Holloway.

¿Pretendías acaso satisfacer aquel ruego mío, expuesto en alguna de mis cartas de Holloway, de que tuvieses la bondad, siempre que ello te fuese posible, de intentar presentarme ante una pequeña parte del mundo bajo mi verdadero aspecto?

Cierto es que yo te hice ese ruego. Piensa por qué y cómo me encuentro aquí en este momento.

¿Crees acaso que ello se debe a mis relaciones con los testigos del proceso?

Mis relaciones, mis verdaderas o supuestas relaciones con gentes de esa ralea, no ofrecían ningún interés, ni al Estado ni a la sociedad. Nada se sabía acerca de ello, y menos aún se intentaba averiguar.

Yo estoy aquí porque he pretendido meter a tu padre en la cárcel. Mi audacia no podía por menos de fallar. Mi abogado renunció mi defensa. Tu padre volvió el asunto contra mí, a mí fue a quién metió en la cárcel y en ella sigo todavía. Y por esto se me desprecia. Y por esto los hombres se mofan de mí. Por esto me veo yo obligado a vivir todos los días, todas las horas y todos los minutos de mi horrible reclusión. Y por esto han sido denegadas todas mis peticiones de indulto.

Tú eras el único que podías, sin exponerte lo más mínimo a la burla, al peligro o a las censuras, haber dado otro giro al asunto, haber hecho aparecer éste bajo otro aspecto, y arrojado hasta cierto punto una diáfana luz sobre la verdad de las cosas. Claro es que yo no esperaba, ni tampoco deseaba, que tú revelases cómo y para qué habías recurrido a mí en tus disgustos de Oxford, ni cómo y por qué –si es que realmente era por algo– en casi tres años no te habías, como quien dice, nunca apartado de mí.

No era preciso exponer tan claramente cual aquí lo hago, mis continuos esfuerzos por romper una amistad que me perjudicaba en mi arte, en mi posición social y hasta como miembro de la sociedad. Tampoco pedía yo que describieses aquellos escándalos que se reproducían de un modo casi monótono, ni que imprimieses aquella maravillosa serie de telegramas que me dirigías con una extraña mezcolanza de romanticismo e interés económico, ni que citases aquellos párrafos indignantes y despiadados de las cartas que hube de soportar. Pero sí me pareció que hubiera sido conveniente, tanto por ti como por mí, protestaras contra la interpretación dada por tu padre a nuestra amistad, interpretación no menos grotesca que venenosa en sus consecuencias, e imbécil con relación a ti, que deshonrosa en lo que a mí se refiere. Ahora ya se ha convertido en un hecho histórico: se propaga, se cree, queda como artículo de fe. El pastor la toma para texto de sus sermones y el predicador de moral busca en ella su tema infructuoso. Y yo, a quien todos acogían con reverencia, he de acatar la sentencia de un majadero, de un arlequín.

Ya he dicho en esta carta, y no sin amargura, lo confieso, que la ironía del asunto está en que tu padre siga considerando como héroe de un libro piadoso; que tú te halles equiparado al niño Samuel, y que yo ocupe un puesto intermedio entre el de Giles de Retz y el del marqués de Sade. Tal vez valga mejor así. No quiero quejarme de ello. Las cosas son lo que son y así han de permanecer por siempre: esta es una de las muchas enseñanzas que uno agradece a la prisión. Y tampoco me cabe ya la menor duda de que el libertino medieval y el autor de Justine sean en el fondo unos compañeros mejores que Sandford y Merton.

Pero, por aquel tiempo, cuando yo te escribí, comprendía que, en interés de nosotros dos, convenía, pues había de ser beneficioso y justo, no contentarnos tranquilamente con lo expuesto por tu padre por medio de su abogado, para edificación de un mundo de filisteos, y por eso te rogué ideases y escribieses algo que se aproximase a la verdad. Más te hubiera valido esto que el desmenuzar la vida conyugal de tus padres en los periódicos franceses.

¿Qué les importaba a los franceses que tus padres fuesen o no dichosos en su intimidad?

Difícilmente podrá encontrarse algo que les interese menos. Por el contrario, lo que les interesaba era el saber cómo un artista de mi alcurnia, un artista que, por las teorías y el movimiento que encarnaba, había ejercido sobresaliente influencia en la dirección del pensamiento francés, podía, tras una vida como la suya, dar lugar a semejante proceso. Si hubieses tenido intención de publicar en tu artículo las cartas –que me temo sean numerosas– en las que yo te hablaba de la ruina que aportabas a mi vida; de la locura, de los accesos de rabia de que dejabas llevar con igual daño para ti que para mí; de mi anhelo, mejor dicho, de mi decisión de romper una amistad que me era tan funesta por todos los conceptos, esto sí lo hubiera comprendido. Aunque de todos modos no hubiera autorizado la publicación de esas cartas.

Cuando el abogado de tu padre quiso cogerme en una contradicción, presentando de repente al juez una carta que yo te había dirigido en marzo de mil ochocientos noventa y tres, y en la que te decía que antes que permitir se reprodujecen los terribles escándalos que, por lo visto, tanto te agradaban, estaba dispuesto a “dejarme chupar la sangre por cualquier chantajista de Londres”, hube de experimentar una verdadera pena al ver cuán erróneamente se descubría ante torpes miradas este aspecto de mi amistad contigo. Pero el que fueses tan parco de comprensión, carecieses en ese grado de toda delicadeza y tes mostrases tan cerrado a todo sentimiento exquisito de belleza y de refinamiento, hasta el punto de publicar las cartas en las cuales, y por medio de las cuales, yo intentaba conservar vivos el espíritu y el alma del amor, a fin de que el amor siguiese abrigándose en mí durante los largos años de la humillación, esto fue entonces, y sigue siendo todavía para mí, fuente de hondísimo dolor, causa de fotísima desilusión.

¿Por qué hiciste aquello? Desgraciadamente no lo sé. A no ser que, a la par que el odio te cegaba los ojos, la vanidad te cosiese los párpados con hebras de hierro. La “facultad, gracias a la cual únicamente es dado comprender a los demás en sus relaciones reales e ideales”, habíase estrellado contra tu mezquino egoísmo, haciendo ineficaz su largo abuso.

La imaginación yacía conmigo en la cárcel, cuyas ventanas había soldado la vanidad y cuyo centinela llamábase odio.

Todo esto sucedió en la primera mitad de noviembre del año antepasado. Me hallo separado de tan lejana época por un anchuroso río de vida. Apenas si te sería dado a ti –de ser ello posible– abarcar con la mirada tan dilatado espacio; más a mí me parece que aquello ha acaecido no ya ayer, sino hoy. El sufrir es muy largo y no puede dividirse por las estaciones del año. Sólo nos es posible señalar su presencia y advertir su retorno. Para nosotros, el tiempo no avanza: gira. Parece formar un círculo alrededor de este eje: el dolor. La paralizadora inmovilidad de una vida regulada, hasta en sus más ínfimos detalles, por una rutina inmutable, de suerte que comemos, bebemos, nos paseamos, dormimos y rezamos –o por lo menos, nos arrodillamos para rezar– conforme a los inflexibles dictados de un reglamento de hierro; esa inmovilidad que hace que cada día sea, con todos sus horrores, y hasta en sus más pequeños detalles, idéntico a sus hermanos, parece comunicarse a aquellas fuerzas exteriores, cuya existencia es una perpetua variación. Nada sabemos de la siembra ni de las cosechas, de los segadores doblados sobre las espigas o de los vendimiadores deslizándose por entre las vides; de la hierba del jardín, revestida con el blanco manto de las flores caídas, o sobre la cual se hallan esparcidos los frutos maduros. Nada sabemos, nada podemos saber.

Para nosotros sólo hay una estación, la del dolor. Parece incluso como si nos hubieran arrebatado hasta el sol y la luna. Fuera podrá brillar el día con tonos azulados o dorados, pero la luz que se nos filtra por el espeso cristal del ventanillo con los barrotes de hierro, bajo el cual nos hallamos sentados, es mísera y grisácea. En nuestra celda reina constantemente la penumbra, y la noche invade siempre nuestro corazón. Y todo movimiento se detiene, igual que en el girar del tiempo, en la esfera del pensamiento.

Lo que tú habrás olvidado desde hace años, o puedas fácilmente olvidar, torna hoy a mi memoria, y volverá de seguro a tornar mañana. Piensa en ello y podrás ir comprendiendo por qué escribo, y por qué escribo así.

Al cabo de una semana, me traen aquí. A los tres meses muere mi madre. Tú bien sabes, nadie mejor que tú, cuán profundamente yo la amaba y veneraba. Su muerte fue para mí algo terrible, pero yo, que fui en un tiempo maestro del idioma, no hallo ahora palabras para expresar mi vergüenza ni mi dolor. Nunca, ni aun en los momentos más felices de mi proceso artístico, podía yo haber encontrado palabras capaces de cumplir tan elevada misión, o de presentarse suficientemente sublimes y armoniosas dentro del purpúreo manto, de mi indecible dolor. De ella y de mi padre había yo heredado un nombre honrado y ennoblecido, no sólo en la literatura, el arte, la arqueología y las Ciencias Físicas y Naturales, sino también en la historia política de mi patria y en su desarrollo nacional. Ya había cubierto por siempre de oprobio este nombre y lo había convertido en una vil injuria entre los hombres más viles. Yo he arrastrado este nombre por el fango y se lo he entregado a compañeros indignos, que lo han mancillado: a locos, para quienes había de ser una locura más. Lo que yo sufrí entonces, y sufro todavía, ninguna pluma podría describirlo, ningún libro relatarlo. Mi mujer, que por aquellos días mostrábase para conmigo muy buena y muy cariñosa, quiso evitar el que la noticia me fuese dada por indiferentes, por labios extraños, y, a pesar de hallarse enferma, vino desde Génova hasta Inglaterra con el solo objeto de anunciarme ella misma tan irreparable e insustituible pérdida. De cuantos me permanecían todavía fieles recibí demostraciones de pésame. Y hasta personas que no me conocían personalmente, al saber que un nuevo dolor penetraba en mi vida, hiciéronme saber que lo compartían.

Pasan tres meses. Por la tablilla colgada en la parte exterior de la puerta de mi celda, y en la que constan, además de mi comportamiento y mi trabajo, mi nombre y mi condena, sé que estamos en mayo. Vuelven a visitarme mis amigos. Como siempre, me hablan de ti. Me cuentan que estás en Nápoles, en una villa, y que piensas publicar un tomo de poesías.

Al final de la conversación me anuncian incidentalmente que me lo quieres dedicar. Esta noticia remueve ante mí toda la inmundicia de la vida. No contesto una palabra: en silencio, con el corazón henchido de desprecio, vuelvo a mi celda.

¿Cómo podías pensar realmente dedicarme un tomo de poesías sin pedirme primero autorización para ello?

¿Qué digo pensar? ¿Cómo podías atreverte siquiera a semejante audacia? Me dirás que en los días de mi esplendor y de mi gloria yo te había consentido me dedicaras las primicias de tu obra. Es cierto. Accedí a ello, como podía haber aceptado el homenaje de cualquier otro muchacho que hubiera comenzado a iniciarse en el difícil y hermoso arte de la literatura. Para el artista, cualquier homenaje es agradable, y lo es doblemente cuando es la juventud quien se lo brinda: el laurel se marchita si lo cortan manos ancianas. Sólo la juventud tiene derecho a coronar a un artista. Y si éste lo comprendiese, ello constituiría su verdadera superioridad.

La felicidad, la vida de placer y el triunfo pueden ser de exterior áspero y de esencia vil; el dolor es lo más sensible que existe en el mundo.

No hay nada en el mundo espiritual que no pueda alcanzar el dolor, con su pavorosa y sutilísima pulsación; pulsación, en comparación con la cual resulta grosera la laminilla de oropel que señala la dirección de las fuerzas que la vista no puede percibir. El dolor es una herida que sangra en cuanto la roza cualquier mano que no sea la del amor, y que sangra, aunque ya sin sufrir, cuando ésta la toca. Empero, bien supiste escribir al director de la prisión de Wandsworth para pedirme la autorización de publicar más cartas en ese Mercure de France, “que equivale a nuestra Fortnigthtly Review inglesa”; ¿por qué no escribiste también al director de la cárcel de Reading para pedirme que autorizase a dedicarme tus poesías, por muy fantástica que fuese la descripción que de ellas podáis haberme hecho?

¿Tal vez porque, ya en cierto caso, había yo prohibido a la citada revista publicar cartas cuyos derechos de autor, cual tú sobradamente sabías, correspondíanme y correspondíanme todavía en absoluto, mientras que, con las poesías, pensaste poder disfrutar hasta el final de tu arbitrario proceder, sin que ello llegase a mi conocimiento, sino cuando fuese demasiado tarde para intervenir?

Ya el hecho de ser yo un hombre infamado, arruinado y condenado a presidio, obligábate, si deseabas poner mi nombre al frente de tu obra, a solicitarlo de mí como un favor especial, como una distinción y un privilegio. Así es como debe uno acercarse a los que se hallan sumidos en la desgracia y hundidos en la vergüenza. Donde hay dolor es lugar sagrado.

Algún día comprenderá la Humanidad lo que esto significa. Hasta entonces, nada se sabe de la vida.

Robbie, y con él otros seres de su clase, lo sabrán apreciar. Cuando yo fui conducido entre dos guardias desde la cárcel hasta el Tribunal de quiebras, Robbie me esperaba en el largo y siniestro pasillo para, con asombro de la muchedumbre, que enmudeció al presenciar escena tan tierna y tan sencilla, descubrirse gravemente mientras yo pasaba ante él con las manos esposadas y la cabeza baja. Los hay que han logrado el cielo por cosas menos importantes. Los santos, cuando se arrodillaban para lavar los pies a los pobres y se inclinaban para besar en la mejilla a los leprosos, hallábanse poseídos de idéntico espíritu, henchidos de ese mismo amor.

Jamás le he dicho a Robbie una sola palabra respecto a esto. Ni siquiera sé todavía si sospecha que yo reparé en su manera de obrar. No es ello cosa que se puede agradecer ceremoniosamente con cumplidos.

Conservo este recuerdo en el relicario de mi corazón. Allí lo conservo cual deuda secreta que, para mi dicha, sin duda nunca me será dado pagar. Allí yace embalsamado, siempre lozano a causa de la mirra y los nardos de las muchas lágrimas sobre él derramadas. Cuando toda la sabiduría hubo de parecerme vana, estéril la filosofía, y me supieron en la boca a polvo y ceniza de las frases y sentencias de cuantos intentaban consolarme, el recuerdo de este delicioso y silencioso gestecito de amor hizo brotar de nuevo en mí todas las fuentes de la piedad, florecer mi páramo como una rosa y me salvó de la solitaria amargura del destierro, armonizándome con el amplio, exhausto y herido corazón del mundo.

Quien pueda comprender no sólo toda la belleza de aquel gesto de Robbie, sino todo lo que este gesto hubo de representar y seguirá representando para mí, ese tal vez comprenda cómo y en qué forma se me debe abordar.

El primer tomo de poesías que un muchacho en los albores de su madurez lanza al mundo, ha de ser como un brote o flor de primavera, como el espino de los prados de Oxford o como las primaveras en la campiña de Cumbor. Esta obra no puede hallarse bajo el peso de una tragedia terrible e indignante, de un escándalo indignante y terrible.

Permitir que mi nombre sirviese de heraldo a un libro de esta índole, hubiera sido una gran equivocación artística y hubiese situado la obra en un medio que no era el suyo. Y en el arte moderno, el medio es cosa importantísima. La vida moderna es complicada y relativa, y estas son sus dos características. Para interpretar la primera, precísase el medio con sus delicados matices, sus bosquejos y sus inesperadas perspectivas; la segunda exige lejanía. Y esto es lo que hace que la plática sea ya para nosotros el arte representativo, pero que sí lo sea la música y también lo haya sido, y como tal perdure, y en el grado más alto, la literatura.

Me he extendido tanto acerca de este extremo para que te penetres bien de todo su alcance y comprendas por qué le escribí inmediatamente a Robbie sobre tu asunto, prohibiendo con el mayor desprecio y de un modo rotundo la dedicatoria y expresado el deseo de que las frases que a ti se referían, primero se copiasen cuidadosamente y se te enviasen después.

Sentía que había llegado por fin el momento de comenzar a hacerte ver, a hacerte comprender cuanto por tu culpa había acaecido. La ceguera puede alcanzar un grado que la haga actuar grotescamente, y una naturaleza pobre de imaginación, si algo no viene a sacudirla, puede petrificarse hasta la más completa insensibilidad. El cuerpo puede seguir comiendo y bebiendo y disfrutando, aunque el alma de la cual es morada llegue a extinguirse tan absolutamente como la de Branca d ́Oria, del Dante.

No deja lugar a dudas el que mi carta no se anticipaba ni un minuto siquiera al tiempo en que le cumplía llegar. Por lo que puedo apreciar, te sentó como un fulminante. En tu respuesta a Robbie, aseguraba hallarte “incapaz de pensar y de expresarte”. Y en efecto, parece ser que no se te ocurrió nada mejor que lamentarte por escrito a tu madre. Y ella, como era natural, ciega como siempre para lo que verdaderamente te convenía –y esta ha sido su desdicha y la tuya–, te otorgó al punto todos los consuelos imaginables, adormeciéndose en ese anterior estado tuyo, lamentable e indigno.

En cambio, por lo que a mí respecta, informa a mis amigos de que se halla “muy incomodada”, a causa de la severidad con que te he tratado. Es más: este descontento lo exterioriza no sólo con mis amigos, sino con aquellos que no lo son y que, como apenas necesito recordarte, forman un número harto más crecido. Y ahora me entero, y esto por mediación de gentes muy afectas a ti y a los tuyos, de que ello me arrebata por completo gran parte de las simpatías que habían ido despertando, lenta pero certeramente, mis sobresalientes dotes y mis terribles sufrimientos. Piensa la gente: “¡Ah, vamos, con que primero intentó meter en la cárcel al bondadoso padre, y no lográndolo, vuelve ahora el arma hacia otro lado y procura descargar sobre los hombros del hijo inocente el golpe que le falló!

¡Cuán justo el odio que le teníamos! ¡Qué bien merece nuestro desprecio!” Pero a mí me parece que, ya que cuando se me nombra en presencia de tu madre no tiene la más mínima palabra de dolor o de sentimiento por la parte nada pequeña que ha tenido en el derrumbamiento de mi casa, sería más decente no dijese nada.

Y en cuanto a lo que a ti respecta, ¿no te parece ahora que más te hubiera valido por todos conceptos, en lugar de irte a quejar a ella por escrito, escribirme a mí directamente y tener el valor de decirme todo lo que me tenías que decir o todo lo que pensabas?

Ya hace ahora casi un año que yo escribí aquella carta. No es posible que durante todo este tiempo hayas permanecido “incapaz de pensar y de expresarte”.

¿Por qué no me has escrito?

Mi carta te demostraba cuán profundamente herido, cuán bochornosamente tratado me sentía yo por tu modo de obrar. Más aún: tu amistad hacia mí encontrábase por fin revelada en su verdadero aspecto y en una forma que no dejaba lugar a torcidas interpretaciones. Con frecuencia te había yo dicho antiguamente que eras la perdición de mi vida.

Esto siempre te hizo reír. Cuando Edvin Levy, en los comienzos de nuestra amistad, viendo tu modo de proceder, amparándote tras de mí en el terrible escándalo que diste en Oxford, y las molestias y los gastos que hubo de acarrearme este tu mal paso –llamémoslo así–, pues se había recurrido a él en demanda de consejo y apoyo, quiso ponerme en guardia contra ti, y yo te conté en Bracknell la larga y emocionante conversación que sostuvimos a este respecto, tú te echaste a reír. Cuando te conté que hasta aquel desgraciado joven, que, por último, hubo de sentarse a mi lado en el banquillo de los acusados, habíame más de una vez augurado que habrías de perderme harto más trágicamente que ninguno de los muchachos de baja estofa que yo tuve la gran locura de tratar, también te reíste, aunque ya no de tan buena gana. Cuando aquellos amigos míos, más previsores o menos bien intencionados, intentaban apercibirme contra tu amistad o me abandonaban a causa de ella, tú irónicamente te reías. Y te reíste a carcajadas cuando yo, con motivo de la primera carta de insultos que te escribió tu padre respecto de mí, te dije saber muy bien que habría de serviros únicamente de instrumento en vuestra pavorosa lucha y que, al ser colocado entre vosotros dos, habría de salir perdiendo.

Mas viendo el resultado se advierte que todo ha sucedido tal como yo lo predije.No tenías ningún pretexto para no ver cómo se había desarrollado todo. ¿Por qué no me has escrito? ¿Por pereza? ¿Por insensibilidad? ¿Por qué, pues?

El que yo me sintiese ofendido por ti y hubiese exteriorizado este sentimiento, era un motivo tanto mayor para que me escribieses. Si mi carta te parecía justa, debías haberme escrito. Y si por cualquier detalle te parecía injusta, también. Yo esperaba una carta tuya.

Yo estaba convencido de que, aun cuando tu antigua inclinación hacia mí, tus frecuentes protestas de amor, las innumerables ocasiones en que mi amistad hubo de ampararte siendo tan mal recompensada luego; las mil deudas de gratitud que tenías conmigo, aun cuando todo esto nada fuese para ti, el deber estricto y verdadero que imponen las relaciones de hombre a hombre bastaba para hacerte escribir.

No puedes alegar en serio que creas que yo no tenía permiso para recibir más noticias que las de mis asuntos o de mi familia. Sabías muy bien que cada tres meses Robbie me enviaba las últimas novedades literarias. Nada puede haber más encantador que sus cartas, tan ingeniosas y hábilmente redactadas, pensadas con tanta soltura. Son verdaderas cartas, verdaderos diálogos; tienen el mérito de una causerie intime entre franceses. Y la delicadeza con que me brindan un respeto que tan pronto se dirige a mi juicio crítico como a mi Humor, como a mi innata inclinación hacia lo bello, o a mi cultura, me recuerda tiernamente, de mil modos, que, si bien antaño muchos me tenían por una autoridad en estilo, los había incluso que me consideraban como suprema autoridad en la materia. Y con ello Robbie muestra poseer por igual el instinto de la literatura y el del amor.

Sus cartas han sido los intermediarios entre yo y el magnífico mundo irreal del arte, en el que antes era yo rey, y rey hubiera permanecido, de no haberme dejado apresar por aquel mundo mezquino, de pasiones crudas e incompletas, de un gusto sin tino, de ilimitados deseos e informes apetitos.

No obstante, y aunque ya está todo dicho, ahora podrás seguramente comprender cómo, siquiera a título de curiosidad psicológica, hubiérame interesado más saber algo de ti que el que Alfred Austin pensaba publicar un tomo de poesías, que George Street habíase encargado de la crítica teatral en el Daily Chronicle o que Mistress Meynele era considerada como la nueva Sibila del estilo por alguien incapaz de entonar un himno sin tartamudear.

¡Ay, si tú te hubieras visto en la cárcel! No digo que por mi culpa, pues el pensarlo hubiera sido para mí una idea insufrible, sino por tu propia culpa, por tus propios errores, por confianza en enemigos indignos, por resbalar en el fango de la sensualidad, por un abuso de confianza, por un amor mal empleado o por ninguno o todos estos motivos, ¿crees tú que yo hubiese consentido te sumieses en las tinieblas y la soledad sin intentar siquiera ayudarte a sobrellevar la carga de tu ignominia?

¿Crees que yo, en ese caso, no te hubiera hecho saber que si tú sufrías, yo compratía tu sentimiento; que si tú llorabas, también mis ojos estaban anegados de lágrimas? ¿Y crees que al yacer tú en la mansión del castigo, despreciado de los hombres, no hubiera yo levantado una casa con mi dolor, una casa en la cual mi dolor hubiera vivido hasta tu vuelta, un arca en la cual lo que los hombres te negaban, se hubiese conservado para curarte y hubiese crecido en riqueza?

Si la amarga necesidad o la prudencia, para mí todavía más amarga, me hubiesen impedido estar a tu lado y robado la alegría de tu presencia, percibida tan sólo a través de los barrotes de hierro y a la luz de la vergüenza, siempre, constantemente, te hubiera escrito, con la esperanza de que una sola frase, una única palabra, una breve sílaba, te hubieran llegado como un eco de amor. Y aun cuando te hubieses negado a recibir mis cartas, te hubiera seguido escribiendo, para que siempre supieses que mis cartas te esperaban.

Muchos han obrado así conmigo. Cada tres meses hay seres que me escriben o piensan escribirme. Sus cartas y comunicaciones quedan detenidas. Llegarán a mis manos cuando yo abandone la prisión. Sé que sus cartas están ahí; sé los nombres de las personas que han escrito; sé que están hanchidas de compasión, de cariño y de bondad. Esto me basta. No necesito saber más. Tu silencio ha sido horrible. No sólo ha durado semanas y meses, sino años; años que han de contar incluso para aquellos que, como tú, viven precipitadamente en la felicidad y logran apenas alcanzar los dorados pies de los días que pasan danzando ante ellos, y quedan sin aliento en su carrera en pos de la satisfacción.

Tu silencio no puede disculparse; es un silencio que nada podría cambiar. Yo ya sabía que tú tenías los pies de barro. ¿Quién iba a saberlo mejor que yo? Cuando en mis aforismos escribí que únicamente los pies de barro dan valor al oro de la estatua, pensaba en ti. Pero tú no te has creado ninguna estatua de oro con pies de barro. Has ido modelando ante mí toda tu imagen con el polvo vil de la carretera, hollado por las pezuñas del ganado. Así es que, por mucho que yo íntimamente desease otra cosa, no me sería posible sentir por ti sino desdén y desprecio. Y ese imperio de los demás motivos, tu indiferencia, tu prudencia, tu insensibilidad, tu previsión –llámalos como te guste– hubo de serme doblemente amargo, a causa de las especiales circunstancias que concurrieron en mi caso o que éste acarreó.

Otras criaturas dignas de compasión, cuando son arrojadas a la cárcel y les es arrebatada la belleza del mundo, se hallan a menos seguras de verse libres en cierto modo de las más agudas perfidias y más venenosas flechas del mundo. Les es dado ocultarse en la oscuridad de su celda y edificar con su vergüenza un modo de inviolable santuario. El mundo prosigue su camino y ellos pueden sufrir sin ser molestados. No ocurre lo mismo conmigo: los dolores, uno tras otro, han venido a preguntar por mí a las puertas de la cárcel y éstas se han abierto de par en par para dejarlos entrar.

A mis amigos, apenas si se les ha permitido visitarme e incluso no han podido hacerlo. Pero mis enemigos han encontrado siempre la ruta franca hasta mí. Por dos veces he sido entregado, en circunstancias indeciblemente degradante, a las miradas y mofas de la muchedumbre: cuando hube de aparecer en público ante el Tribunal de quiebras y luego, todavía otras dos veces, al ser conducido públicamente de un calabozo a otro.

El mensajero de la muerte me ha traído su mensaje y se ha marchado, y yo, completamente solo, separado de cuanto podía haberme consolado, de cuanto podía haber amortiguado mi dolor, ha tenido que soportar la irresistible pena de la miseria y los remordimientos que me causaba, y sigue causándome todavía, el recuerdo de mi madre.

Y cuando el tiempo ha podido apenas cicatrizar estas heridas –que curarlas no era posible–, mi mujer envíame, por mediación de su abogado, cartas muy duras y muy amargas. Se me amenaza con la pobreza y, al mismo tiempo, se me echa la pobreza en cara. Todo esto puedo todavía soportarlo y aun acostumbrarme a cosas peores. Pero la ley me arrebata a mis dos hijos y esto me produce, y me producirá siempre, un dolor infinito, una pena infinita, una aflicción sin par. El que la ley pueda disponer, y se le pueda hacer que disponga, que ya no tengo derecho a estar con mis propios hijos, esto es para mí verdaderamente atroz. En comparación con ello, nada significa ya la vergüenza de verme en un calabozo. Les tengo envidia a los demás hombres que pasean conmigo por el patio de la cárcel. Seguramente sus hijos les esperan; esperan con ansia su regreso, y se mostrarán buenos y cariñosos con ellos.

Los pobres son más sensatos, más caritativos, más bondadosos y más sensibles que nosotros. Para ellos, la cárcel es una tragedia en la vida de un hombre, un infortunio, una consecuencia de la casualidad, algo que despierta las simpatías de los demás. Del que está en la cárcel dicen sencillamente que es “un desgraciado”. Este es su modo de hablar, y esta expresión encierra la más perfecta sabiduría del amor. Para gentes de nuestra clase, ya es distinto. Entre nosotros la cárcel hace del hombre un paria. Yo y mis iguales apenas si tenemos aún derecho al aire y al sol.

Nuestra presencia mancilla la alegría de los demás. Cuando reaparecemos somos unos intrusos. Ni siquiera se nos deja gozar del claro de luna.

Nuestros hijos nos son arrebatados. Quedan rotos esos lazos adorables que nos unen a la humanidad. Viviendo nuestros hijos, nos vemos nosotros condenados a estar solos. Se nos niega cuanto pudiera curarnos y conservarnos, cuanto es susceptible de llevar algún bálsamo al corazón destrozado y sosiego al alma dolida.

Y hay que añadir a todo esto la crueldad con que tú, por tus acciones y por tu silencio, por lo que hiciste y dejaste de hacer cada día de mi larga reclusión, me has hecho aún más difícil el poderlo resistir. Tu conducta cambiada hasta el sabor del pan y del agua del rancho de la cárcel. Me hiciste amargo el pan y enturbiaste mi agua. El sufrimiento que te cumplía compartir lo has duplicado; el dolor que te cumplía haber intentado aliviar lo convertiste en un verdadero tormento. No dudo de que no lo hicieras con intención. Lo sé; no lo has hecho con intención. Aquello obedeció únicamente a “la única y verdaderamente trágica debilidad de tu ser: tu falta absoluta de imaginación”.

Y el resultado de todo esto es que aún tengo que perdonarte. Sí, tengo que perdonarte. No escribo esta carta para llevar amargura a tu corazón, sino para arrojarla del mío. Por mí mismo he de perdonarte. No es posible conservar siempre en el corazón una víbora que se alimenta de uno mismo y levantarse cada noche para sembrar espinas en el jardín del alma.

Perdonarte no me será muy difícil si me ayudas un poco. Me hicieses lo que me hicieses, antaño siempre te perdoné gustoso. Por aquel entonces, esto no hubo de reportarte ningún beneficio. Tan sólo aquel cuya vida se halla por completo libre de manchas puede perdonar los pecados. Pero ahora me hallo sumido en la degradación y la vergüenza, y la cosa es muy diferente. Ahora, mi perdón ha de significar mucho más para ti. Algún día lo comprenderás. Ocurra esto tarde o temprano, o no ocurra nunca, mi camino se me aparece, sin embargo, claramente definido. Yo no puedo dejarte marchar, a través de la vida, llevando el corazón abrumado por la carga de haber destruido a un hombre como yo.

Esta idea podría hacerte enmudecer de indiferencia o enfermar de tristeza: yo necesito quitarte la carga y echarla sobre mis propios hombros.

Yo necesito decirme que ni tú ni tu padre, ni aun cuando os multiplicaseis por mil, podíais haber perdido a un hombre como yo. Que soy yo mismo quien me he destruido. Que nadie, por grande o pequeño que sea, puede perderse si no es por sus propias manos. Sí, yo estoy dispuesto a decirlo.

Esto es lo que quiero decir, aun cuando actualmente no se me quiera creer.

Si de mí ha brotado despiadadamente alguna queja, piensa que es una queja que despiadadamente elevo contra mí mismo. Por muy terrible que haya sido lo que me ha hecho el mundo, más terrible ha sido lo que yo mismo me he hecho. Yo era una encarnación del arte y la cultura de mi época: esto lo había yo reconocido ya en los albores de mi mocedad y forzado luego a mis contemporáneos a reconocerlo. A pocos hombres les es dado ocupar durante su vida igual posición y a pocos les es ratificada. Generalmente, es el historiador o el crítico quienes. Mucho tiempo después, hacen esta ratificación, si es que llegan a hacerla. Cuando lo mismo el hombre que su época han desaparecido ya. Conmigo fue muy distinto. Yo mismo fui quien sentí la altura de mi posición y quien se la hizo sentir a los demás. También Byron fue una encarnación, pero reflejaba la pasión y la fatiga de la pasión de su época. Yo representaba algo más noble, más permanente, algo que tenía más vital importancia y más dilatada significación.

Los dioses habíanme otorgado casi todos sus dones: poseía el genio, un nombre ilustre, una elevada posición social, la fama, el esplendor, la audacia intelectual. Yo he hecho del arte una filosofía y de la filosofía un arte; yo he enseñado a los hombres a pensar de otra forma y he dado otro color a las cosas. Cuanto yo decía o hacía asombraba a las gentes. Me apoderé del drama, la forma más objetiva que se conoce del arte, y lo convertí en un medio de expresión tan personal como una poesía lírica o un soneto, y al mismo tiempo amplié su campo de acción y lo enriquecí en su psicología. Drama, novela, poesía en prosa y poesía en verso, diálogo espiritual o fantástico, cuanto yo toqué lo revestí de una belleza nueva. E incluso a la verdad le impuse el artificio y le di su carácter natural, e hice de ambos su imperio legítimo. Y mostré que la verdad y el artificio son únicamente unos aspectos intelectuales.

Para mí, el arte fue una realidad superior y la vida una forma de ficción. Desperté la imaginación de mi siglo, haciéndola envolverme de mitos y leyendas. Resumí en una frase todos los sistemas filosóficos y toda la existencia de un epigrama. Y tenía además aún otras muchas cosas. Pero me dejé arrastrar a dilatados períodos de un bienestar sensual y vacío. Me divertí en ser un ocioso, un dandy, un árbitro de la elegancia. Me rodeé de caracteres pequeños y espíritus mezquinos. Dilapidé mi propio genio y encontré una alegría especial en arruinar una juventud que había de ser eterna. Cansado de pasear por las cumbres, descendí desde los libres senderos a los abismos y me precipité en busca de nuevas sensaciones. Lo que para mí era la paradoja en el mundo del pensamiento, lo fue la perversidad en el de la pasión. Y por último, el deseo convirtióse en enfermedad o en locura, o en ambas cosas a un tiempo. Dejé de preocuparme de la vida de los demás y gocé donde se me antojó y seguí adelante.

Olvidé que la más íntima de las acciones cotidianas forma o destruye el carácter, y que, por lo tanto, algún día habremos de gritar desde el tejado lo hecho en el secreto de la alcoba. Perdí el dominio sobre mí mismo. Dejé de ser piloto de mi alma, sin advertirlo. En cambio, me dejé dominar por el placer y vine a parar a esta tremenda vergüenza. Ahora ya sólo me resta una cosa: la humildad perfecta.

Ya van casi dos años que estoy en el calabozo. Al principio sentíme invadido por una desesperación salvaje. Mi desgracia causábame un dolor desgarrador, cuya vista sólo inspiraba compasión; sentíame poseído de una rabia terrible e impotente, invadido de amargura y desprecio; pena del alma que lloraba en alto; miseria que no se podía expresar; dolor que había de permanecer silencioso. He pasado por todas las formas imaginables del sufrimiento, y mejor que Wordsworth sabría yo decir lo que él quiso expresar en sus versos:

El sufrimiento es siempre lóbrego y triste,
Tiene el carácter de lo infinito
.

Mas así como a ratos hacíame feliz la idea de que mis sufrimientos no tendrían fin, no podía soportar el pensar que no tuviesen ninguna significación. Ahora descubro yo en mí mismo algo recóndito, que me dice que nada en el mundo carece de sentido, y menos aún el sufrimiento. Y este algo, que así me habla y se halla profundamente enterrado en mí, como un tesoro en un campo, es la humildad, es lo último y lo mejor que en mí queda, el término más lejano que he podido alcanzar, el punto de partida de una nueva evolución. Ha brotado por entero dentro de mí, y esto me dice que ha llegado en el momento más justo. No podía haber venido antes, ni tampoco después. Si alguien me hubiera hablado de la humildad, yo le habría apartado de mí; si alguien me la hubiese traído yo la hubiera rechazado, pero yo mismo la he encontrado y por eso quiero conservarla.

No puede ser de otro modo; ella es lo único que lleva en sí gérmenes de vida, de una nueva vida, lo único que me trae los gérmenes de mi vita nova.

Es la más singular de todas las cosas: no es posible regalarla, ni recibirla como un regalo. Para adquirirla es forzoso desposeerse de cuanto se posee. Y sólo sabe uno que la posee después de haberlo perdido todo.

Ahora que ya tengo la convicción de poseerla, veo clara y distintamente lo que me cumple hacer, lo que necesariamente he de hacer.

Y al decir esto, no me refiero a ninguna ley externa ni a ningún precepto: para mí no existen. Soy bastante más individualista que antes. Fuera de lo que uno mismo lleva en sí, todo me parece carecer en absoluto de valor. Mi naturaleza busca un nuevo modo de realizarse personalmente. Esto es lo único que me ocupa. Y lo primero que he de hacer es librarme de todo sentimiento de amargura para con el mundo.

Carezco en absoluto de recursos y de abrigo. Y sin embargo hay algo todavía más duro que esto: soy perfectamente sincero al afirmar que antes que abandonar esta prisión con rencor contra la humanidad, preferiría de corazón ir mendigando mi pan de puerta en puerta. Si nada recibiese en casa de los ricos, los pobres de seguro me darían algo.

El que posee mucho, con frecuencia es avaro. El que tiene poco, se halla siempre dispuesto a compartirlo con otro. Me daría completamente igual tener que dormir en verano sobre la hierba fresca y en invierno que buscar un refugio caliente en un almiar de heno, o bajo un gran henil, siempre que en mi corazón se abrigase el amor. Las cosas exteriores de la vida me parecen ahora carecer por completo de importancia. Con esto puedes ver cuán lejos he ido ya en el camino del individualismo, o mejor dicho, he de ir poco a poco, pues la jornada es larga y “mi camino está sembrado de espinas”.

Cierto es que sé por anticipado que mi destino no me hará pordiosear por la carretera, y que si alguna vez descanso de noche sobre la hierba fresca, será para hacerle sonetos a la luna. Cuando abandone la prisión, Robbie me esperará fuera, ante la gran puerta de los férreos barrotes. Y él es el símbolo, no sólo de su propio afecto, sino del de otros muchos. Yo creo que recibiré, en todo caso, lo necesario para vivir aproximadamente año y medio. Y, si no escribo entonces libros hermosos, me hallaré al menos en condiciones de leerlos.

¿Hay acaso dicha mayor?

Pero creo que aún me será dado resucitar mi facultad creadora.

Mas si así no fuese, si no me quedase ya ningún amigo por el mundo y ninguna casa me abriese compasivamente sus puertas, si hubiera de resignarme a llevar las alforjas y los harapos de la escueta pobreza, aún podría, siempre que me sintiese libre de todo deseo de venganza, de todo sentimiento de crueldad y desprecio, afrontar la vida con harta mayor serenidad y confianza que si mi cuerpo se hallase vestido de púrpura y finos lienzos, y mi alma se hallase embargada de odio.

Y la verdad es que esto no me ofrecerá ninguna dificultad. Quien verdaderamente abrirá en sí el amor, encuentra amor para consigo. No necesito decir que mi tarea no termina aquí. De lo contrario, sería relativamente fácil. Son muchas las cosas que se presentan ante mí. He de escalar cimas harto más elevadas y cruzar valles harto más oscuros. Y todo ha de salir de mí mismo. Ni la religión, ni la moral, ni la razón, pueden prestarme auxilio.

La moral no puede ayudarme. Soy por esencia antinomista, y formo parte de aquellos para quienes no rezan las reglas, sino la excepción. Mas, a la par que comprendo que lo que uno hace no es nunca nocivo, comprendo que el mal puede existir en aquello que uno va siendo, y el conocimiento de esta verdad puede ser un gran auxilio.

La religión no puede ayudarme. Así como otros creen en lo que no pueden percibir, yo, en cambio, sólo creo en aquello que me parece ver y tocar. Mis dioses habitan templos construidos por la mano del hombre y mi evangelio se cierra y perfecciona dentro de la esfera de la verdad experimental. Y tal vez con exceso, pues, como la mayoría de los que buscan su cielo en esta tierra, yo he hallado en ella por igual la belleza del cielo y los horrores del infierno. Cuando pienso en la religión, siento que me gustaría fundar una Orden para los que no pueden creer: se la podría llamar Comunidad de los incrédulos. Ante un altar en que no ardiese ningún cirio, un sacerdote, cuyo corazón no supiese de paz, celebraría con pan sin consagrar y un cáliz sin vino. Todas las cosas, para ser verdaderas, han de convertirse en religión. Y la doctrina de los agnósticos habrá de tener su ritual, cual todas las creencias. Ha sembrado sus mártires; debería, por lo tanto, cosechar santos y agradecer diariamente a Dios el haberse ocultado a las miradas de los hombres. Pero lo mismo la fe que el agnosticismo, nada en mí puede ser exterior. Es preciso que yo mismo cree sus símbolos. Sólo es trascendente lo que modela su propia forma. Si no me es dado hallar en mí su secreto, jamás lo encontraré, y si ya no lo tengo, jamás lo volveré a tener.

La razón no puede ayudarme. Me dice que aquellas leyes de que fui víctima son injustas y han sido vulneradas, y que el sistema bajo el cual yo he sufrido está vulnerado y es injusto. Mas de algún modo habré de arreglármelas para que ambas cosas sean para mí justas y buenas. E igual que en el arte sólo se preocupa uno de lo que es un objeto determinado en un determinado momento, así sucede con la evolución ética de carácter. Mi tarea consiste, pues, en hacer que cuanto me ha sucedido me sea beneficioso.

El lecho de tablas, la comida nauseabunda, los duros cordajes que hemos de deshilachar para convertirlos en estopa, hasta que el dolor nos insensibiliza las extremidades de los dedos; la labor de los criados con que comienza y acaba cada día; esos reglamentos tan rígidos, que la costumbre parece exigir; la horrible indumentaria, que hace grotesco el dolor; el silencio, la soledad, la vergüenza: todos estos sufrimientos, es preciso que los transforme en etapas del espíritu. Ni una sola degradación corporal ha de dejar de intentar convertir en un ascenso espiritual.

Yo quiero poder llegar a decir con toda sencillez, sin hipocresía, que mi vida tuvo dos momentos decisivos: cuando mi padre me envió a Oxford y cuando la sociedad me mandó a la cárcel. No quiero decir con ello que el haber entrado en la cárcel sea lo mejor que me podía haber sucedido, pues esto implicaría una amargura excesiva contra mí mismo. Prefiero decir u oír decir de mí que habré sido un hijo característico de mi tiempo, que, en mi perversidad, y a causa de ella, he trocado en malo lo bueno de mi vida y lo malo en bueno.

Y mientras, poco importa lo que yo u otros puedan decir. Lo esencial que se me presenta y que he de realizar, si no es mutilado, destruido o defectuoso el breve tiempo que aún me queda, es absorber en mí todo cuanto se me ha hecho, convertirlo en una parte de mí mismo, aceptarlo sin protestas, ni resistencias, ni temores. El mayor de los vicios es la ligereza.

Todo lo que llega hasta la conciencia es justo.

Al principio de mi reclusión hubo quien me aconsejó que intentase olvidar quién era. El consejo no podía ser más desgraciado. Tan sólo dándome cuenta de lo que soy he podido hallar algún consuelo. Ahora hay quien me aconseja también que, en cuanto sea puesto en libertad, procure olvidar que he estado en la cárcel. Mas sé que esto sería igualmente fatal, pues toda mi vida me sentiría perseguido por un insoportable sentimiento de vergüenza, y todo lo creado para mí y para los demás: la belleza del sol y de la luna, el cortejo de las estaciones, la armonía del amanecer y el silencio de las dilatadas noches, la lluvia murmurando entre el follaje y el rocío que cae sobre la hierba y la platea, todo estaría hollado para mí y perdería su poder curativo y su propiedad de esparcir alegría. El lamentar la propia existencia es como impedir el propio desarrollo; el negar su propia experiencia es como sellar con una mentira los labios de su propia vida. No es menos que intentar renegar de su propia alma.

Y es que, así como el cuerpo absorbe toda índole de cosas, lo mismo las más ordinarias e impuras que aquellas consagradas por el sacerdote o el éxtasis, y las transforma en agilidad y vigor, en el juego hermoso de los músculos, en las formas de la carne luminosa, en los tonos y redondeces de las cabelleras, los labios y los ojos, así es también la actividad nutritiva del alma, que puede transformar en nobles excitaciones y pasiones de gran alcance lo bajo, lo cruel y degradante; más aún: que puede encontrar precisamente en ello en su modo más noble de afirmarse y que, con frecuencia, se exterioriza del moso más perfecto a través de aquello cuya intención primera era de profanación o de destrucción.

Es preciso que yo acepte francamente el haber sido uno de los viles reclusos de una vil prisión. Y por muy extraño que ello parezca, el no avergonzarme de ello es una de las enseñanzas que me he de inculcar.

Es preciso que yo acepte esto como un castigo: el no avergonzarme de un castigo es igual que el no haberlo sufrido. Verdad es que fui condenado por muchas cosas que no había hecho, aunque también por muchas que sí hice, y que en mi vida hay aún muchas más de las que nunca se me pidió cuenta. Y, como ya he dicho en esta carta, ya que a los dioses es difícil contentarlos, y nos castigan lo mismo por lo que en nosotros hay de bueno y de humano que por lo que hay de malo y de perverso, no tengo más remedio que avenirme a ser castigado lo mismo por lo bueno que por lo malo. Yo no creo que esto sea absolutamente justo. Esto ayuda, o al menos debería ayudar a considerar sensatamente ambas cosas, y a no envanecerse demasiado de ninguna de las dos. Así es que si, en vista de ello, yo no me avergüenzo de mi castigo –y espero lograrlo– podré pensar, caminar y vivir con toda libertad.

Hay muchos hombres que, al ser puestos en libertad, se llevan la cárcel consigo y la ocultan en su corazón, cual ignominia secreta, y acaban por arrastrarse en un agujero, como desgraciados envenenados, hasta morir.

Es horriblemente injusto que a ello les impulse la sociedad. La sociedad se arroga el derecho de infligir al individuo terribles castigos, pero también posee el vicio supremo de la ligereza, y no llega a comprender la verdad de lo que hace. Al hombre que ya ha cumplido su condena, le abandona a sí mismo, o sea que se desinteresa de él, justo en el momento en que más estrecho es el deber que para con él tiene. Se avergüenza verdaderamente de su propia obra y evita a aquellos a quienes ha castigado, como se huye de un acreedor a quien no se puede pagar o de alguien a quien se ha causado un perjuicio irreparable. Yo, por mi parte, puedo pretender que, así como yo me represento lo que he sufrido, la sociedad se represente cuanto me ha hecho, y que no quede ni en ella ni en mí ninguna clase de amargura ni odio.

Claro es que sé muy bien que, desde cierto punto de vista, las cosas han de ser para mí mucho más difíciles que para otros, y que así no puede por menos de ser, dadas mis circunstancias. Los pobres ladrones y vagabundos que aquí se hallan recluidos conmigo son, en muchos aspectos, más felices que yo. El corto espacio que presenció sus delitos, en una ciudad gris o en un campo verde, es muy reducido; para dar con seres que nada sepan de ellos, no necesitan recorrer más tierra que la que cruza el vuelo de un pájaro desde el anochecer hasta el alba. En cambio, para mí el mundo es como la palma de la mano, y a cualquier sitio a donde vaya veré mi nombre escrito en las rocas con letras de bronce.

Y es que yo no he emergido de la oscuridad a la luz tajante de la momentánea notoriedad del delincuente, sino que vine a la infamia eterna desde la gloria inmortal. Y a veces me parece como si yo hubiese probado –si es que ello en realidad necesitaba tal demostración– que entre la gloria y la infamia sólo media un paso, y quizá todavía menos.

Empero, precisamente el hecho de que dondequiera que yo me presente los hombres me conocerán y sabrán toda mi vida, o por lo menos todas sus locuras, este hecho puede ser un bien para mí: me impondrá la necesidad de afirmarme de nuevo como artista, y esto lo más pronto posible. Sólo con que logre producir una hermosa obra de arte me hallaré ya en condiciones de quitarle su veneno a la maldad, sus sarcasmos a la cobardía y de arrancarle de raíz la lengua a la calumnia.

Y aunque la vida fuese –cual seguramente es– un problema para mí, yo también a la vez soy un problema para la vida. Será preciso que las gentes busquen el modo de portarse conmigo y expresen con éste su juicio respecto a ellas mismas y a mí. No necesito decir que no me refiero aquí a nadie en particular. Los únicos hombres que yo deseo tener junto a mí son los artistas y aquellos que han sufrido, los que saben lo que es la belleza y los que saben lo que es el dolor. Fuera de ellos, ya nadie me interesa. Nada más le exijo a la vida. Todo lo que he dicho aquí refiérese únicamente a mi propia posición espiritual ante la vida considerada en su conjunto, y siento que una de las primeras etapas que debo alcanzar es, por amor a mi propio perfeccionamiento, y a causa de mi propia imperfección, el no avergonzarme del castigo sufrido.

Después he de aprander también a ser feliz. Antes sabía serlo, o creía saberlo instintivamente. En mi corazón reinaba siempre la primavera. La alegría de vivir era pareja de mi temperamento. Como se llena una copa de vino hasta los bordes, colmé yo mi vida de placeres. Ahora me acerco a la vida con una visión completamente nueva, y con frecuencia habrá de serme harto difícil concebir tan sólo la felicidad. Recuerdo que, en mi primer semestre de Oxford, leí en El Renacimiento, de Pater –ese libro que tan extraña influencia había de ejercer sobre mi vida–, cómo Dante sitúa en las profundidades del infierno a los que se obstinan en vivir en la tristeza. Fui a la biblioteca del College y busqué el pasaje de la Divina Comedia, en donde se dice que habitan bajo el lodo del infierno “los que están sumidos en la dulzura de la melancolía”, y gimen eternamente entre suspiros:

...Tristi fummo
Nell ́aer dolce che dal sol s ́allegra
.

Sabía que la Iglesia condenaba la accidia, pero todo este concepto parecióme bastante fantástico. Esa –pensaba yo– sería una forma de pecado inventada por algún sacerdote que nada sabía de la vida. Tampoco podía yo comprender cómo Dante, que dice que “el dolor nos vuelve a unir a Dios”, podía mostrarse tan duro para aquellos que bogaban en el éxtasis de la melancolía, si es que verdaderamente los había. No podía yo sospechar entonces que esto habría de constituir algún día una de las mayores tentaciones de mi vida. Durante mi permanencia en la cárcel de Wordsworth, llegué incluso a desear la muerte. Morir era mi único deseo.

Y cuando, tras una estancia de dos meses en la enfermería, fui traído aquí y mi salud física fue poco a poco mejorando, bramaba de rabia. Hice el propósito de suicidarme el mismo día de mi liberación.

Pasado algún tiempo decayó esta crisis y logré persuadirme que había de vivir, pero envolviéndome en una aflicción profunda, cual un rey en su púrpura; no volver a sonreir jamás, convertir en mansión de tristeza cada casa que yo pisase; obligar a mis amigos a caminar junto a mí al paso lento de mi melancolía; enseñarles que este es el verdadero secreto de la vida, amargarles su alegría con el dolor ajeno, torturarles con mi propio dolor.

Mas ahora he cambiado radicalmente de modo de pensar. Comprendo que el poner una cara tan fúnebre sería de mi parte una descortesía e ingratitud, pues ello obligaría a mis amigos, cuando me visitasen, a poner caras todavía más fúnebres para expresarme así su simpatía, o, en el caso de que yo quisiera obsequiarles, invitarles a sentarse silenciosamente ante unas hierbas amargas y una comida funeraria.

Necesito aprender a curarme de las cosas y a ser feliz.

Las dos últimas veces que me fue dado recibir aquí a mis amigos, me esforcé en mostrarme lo más contento posible, en manifestarles mi alegría, para de este modo indemnizarlos siquiera un poco de la larga caminata que habían hecho desde Londres hasta aquí. Sé muy bien que la compensación es harto mezquina, pero sé también, y estoy muy convencido de ello, que ninguna podía serles más agradable. El sábado, hace ocho días, pasé una hora con Robbie y me esforcé en demostrarle lo más claramente que pude la sincera alegría que esto me producía, y que, por primera vez desde mi condena, hube de sentir un verdadero deseo de vivir, me prueba que las conclusiones y el modo de ver a que aquí voy llegando en el silencio, me encauzan, en efecto, por el buen camino.

Son tantas las cosas que se me presentan por hacer, que consideraría como una horrible tragedia el tenerme que morir antes de haber podido realizar siquiera una pequeña parte de ellas. Advierto nuevas posibilidades en el Arte y en la Vida, y cada una de ellas es una forma inédita de perfección. Anhelo vivir para poder investigar lo que es un mundo que se me aparece casi nuevo. ¿Quieres saber cuál es este mundo? Fácil te es adivinarlo: el mundo en el cual últimamente he vivido. O sea, el dolor y todo lo que él enseña.

Antaño vivía yo únicamente para el placer, y él me apartaba de todas las formas del dolor y del sufrimiento. Ambos me repugnaban. Había decidido enterarme de su existencia lo menos posible, considerarlos, en cierto modo, como formas de imperfección. Eran extraños a mi concepción de la vida. No había sitio para ellos en mi filosofía. Mi madre, que conocía toda la escala de la vida, acostumbrabe a citarme unos versos de Goethe, que muchos años antes Carlyle le había escrito en un libro y que, si no recuerdo mal, decían:

Quien nunca comió su pan en dolor,
ni se pasó, llorando y esperando la tardía mañana,
las horas de la noche,
ese os desconoce, potencias celestiales
.

Aquella noble reina de Prusia, tan brutalmente tratada por Napoleón, acostumbraba también a citar estos versos en su humillación y destierro, y mi madre los repetía con frecuencia en los reveses de sus últimos años.

Mas yo me negaba rotundamente a admitir para mí y a reconocer la grandiosa verdad que en ellos se oculta. No los podía comprender, y todavía hoy recuerdo cómo le decía a mi madre que no me apetecía en lo más mínimo el comer mi pan con lágrimas, ni pasarme las noches llorando y aguardando en vela un amanecer todavía más triste.

No podía sospechar que esta era una de las sorpresas que me reservaba el destino: que durante todo un año apenas si habría de hacer otra cosa. Mas esta era la parte que me había sido adjudicada, y durante los últimos meses, tras luchas y dificultades sin cuento, he logrado comprender algunas de las enseñanzas que se ocultan en lo más íntimo del dolor.

Los sacerdotes y demás personas que emplean sin discernimiento frases sin sentido, hablan a veces del dolor como de un misterio. En realidad el dolor es una revelación, pues por él se conoce aquello en que nunca se había pensado, y uno considera la historia bajo un muy distinto punto de vista. Y lo que se presumía débil e instintivamente en el arte, aparece entonces en el campo del pensamiento y del sentimiento a través de una claridad perfecta de visión, y representado con la mayor intensidad.

Ahora comprendo que el dolor, la más noble emoción de que es capaz el hombre, es a un tiempo el modelo más original y la piedra de toque del gran arte. Con arreglo a lo que siempre busca el artista, esa es la forma de vida en la cual el cuerpo y el alma se hallan fundidos e inseparables, en la que lo exterior expresa lo interior que por él se exterioriza.

Estas formas de existencia no son muchas: el cuerpo de un joven y las artes que se ocupan en representarlo pueden servirnos de modelo en un momento dado; también podrá complacernos la idea de que la moderna pintura del paisaje, en la dulzura y fineza de sus impresiones, por su modo de indicar el espíritu en que vive en lo externo y se envuelve en la tierra y el aire, en la niebla y la configuración de las ciudades, por la mórbida y excitante armonía de sus impresiones y tonalidades, realiza para nosotros, por el colorido, lo que los griegos hubieron de realizar con tamaña perfección plástica. La música, en la cual el tema se desvanece en la expresión de la que no puede ser separada, es ejemplo complejo de aquello que desea expresar, así como una flor o un niño son de ello ejemplos sencillos. Pero el dolor, lo mismo en la vida que en el arte, es el modelo supremo. Detrás de la alegría y de la risa podrá disimularse un temperamento tosco, duro, limitado; pero detrás del dolor sólo cabe dolor.

Contrariamente a la alegría, el dolor no lleva careta. En arte, la verdad no está en la relación que la idea esencial pueda guardar con la existencia accidental; no radica en el parecido de la forma con su sombra, o de la representación de la forma con la forma misma; no es el eco devuelto por la cavidad que forma la colina, ni tampoco la fuente de plata del valle, que muestra la luna a la luna y Narciso a Narciso. En arte, la verdad consiste en la concordancia que un objeto guarda consigo mismo; en que lo externo se convierte en expresión de lo interno, el alma en carne y en que el cuerpo se halla animado por el espíritu y por eso no hay verdad comparable al dolor.

Hay veces en que el dolor me parece ser la única verdad y lo demás fantasías de la vista o del deseo, cosas nacidas para cegar a aquélla y saciar a éste. Pero los mundos están hechos con dolor, y sin dolor no puede verificarse ni el nacimiento de un niño ni el de una estrella.

Y hay todavía más: el dolor tiene en sí una realidad extraordinariamente intensa. Ya he dichoque yo había sido una encarnación del arte y la cultura de mi siglo. En esta mansión del dolor no hay ningún miserable, ninguno de mis compañeros, que no encarne todo el misterio de la vida. Porque el misterio de la vida es el sufrir. Se halla oculto tras todo lo demás. En cuanto comenzamos a vivir, lo dulce se nos presenta tan dulce y lo amargo tan amargo, que inevitablemente dirigimos todo nuestro afán hacia las alegrías de la vida, y ya no nos contentamos con “alimentarnos un mes o dos con miel”, sino que desearíamos no probar nunca otro alimento; sin saber que, en realidad, durante ese tiempo dejamos que nuestra alma se muera de hambre.

Recuerdo haber hablado una vez acerca de esto con uno de los seres más encantadores que me ha sido dado conocer nunca, una mujer cuya viva simpatía y noble bondad hacia mí, igual antes de la tragedia de mi pasión como después, es imposible describir; una mujer que, sin saberlo ella, me ayudó verdaderamente, más que nadie en el mundo, a sobrellevar la carga de mis penas, y ello por el solo hecho de existir, por el solo hecho de ser como es: mitad un ideal, mitad una fuerza activa, una manifestación de lo que uno podría llegar a ser y una ayuda real para decidir lograrlo; un alma que infunde su dulzura al aire de cada día y hace aparecer lo espiritual tan sencillo y natural como la luz del sol o como el mar; una mujer gracias a la cual la belleza y el dolor se dan la mano y cumplen igual misión. Recuerdo exactamente cómo, en aquella ocasión que hoy se presenta a mi memoria, le dije que una sola calleja de Londres contenía bastante dolor para demostrar que Dios no ama a los hombres, y que allí adonde alguien sufre, aunque este alguien sólo sea un niño llorando en un jardían una falta que ha o no ha cometido, la faz de la Creación se halla desfigurada. Al hablar de esta forma, estaba yo completamente equivocado, y así me lo dijo ella, aunque yo no podía creerlo, pues no me hallaba entonces en condiciones de poder experimentar este sufrimiento.

Ahora creo que el amor, sea cual fuere su calidad, es la única explicación plausible para la inmensa cantidad de dolor que hay en el mundo. No puedo concebir otra explicación, y tengo el convencimiento de que tampoco puede haberla. Y si realmente, cual antes dije, el mundo está hecho de dolor, es la mano del dolor la que lo ha construido, pues de otro modo el alma del hombre, para la cual este mundo fue creado, no podría jamás alcanzar el completo desarrollo de su perfección. El placer para el cuerpo hermoso; para la belleza del alma, el dolor.

Al decir que me hallo firmemente convencido de ello, mis palabras encierran demasiado orgullo. En lontananza se vislumbra, cual perla sin defecto, la Ciudad de Dios. Es tan maravillosa, que uno quisiera poder creer que le sería dado a un niño alcanzarla en un día de verano. Y es verdad que un niño la puede alcanzar, pero no así yo ni mis semejantes.

Podemos en un instante sentir algo en toda su intensidad, pero lo volvemos a perder en las horas siguientes, horas largas y pesadas cual si marchasen con pies de plomo. ¡Es tan difícil “mantenerse en las cumbres en que el alma puede caminar”! Nuestros pensamientos pertenecen a la eternidad, pero nosotros nos movemos lentamente a través del tiempo. Y no necesito insistir acerca de la lentitud con que transcurre el tiempo para los que estamos en la cárcel. Ni tampoco acerca del hastío y descorazonamiento que tan tenazmente se deslizan en nuestra celda y en la celda de nuestro corazón, que nos vemos en cierto modo obligados a limpiar y a ornar la casa para ellos, como para un huésped inoportuno, para un amo inflexible o como para esclavos de los cuales fuésemos, por propia elección o disposición del azar, también nosotros esclavos.

Quizá a mis amigos les sea difícil el creerlo; empero es la verdad: más fácil les es a ellos en su vida de libertad, ocio y holgura aceptar las enseñanzas de la humildad, que no amí que comienzo el día fregando de rodillas el suelo de mi celda. Y es que la vida de cárcel, con sus innumerables privaciones y restricciones, le hace a uno rebelde. Y lo más terrible es que, en lugar de partirle a uno el corazón –pues los corazones están hechos para eso, para que los rompan– , se lo convierte a uno en piedra. Hay veces en que uno tiene la impresión de que sólo podrá apurar el día con una frente de hierro y una expresión de desprecio en los labios. Y quien se halla en estado de rebeldía no puede participar de la gracia –para emplear la expresión de que tanto gusta, y a mi juicio, con razón, la Iglesia–, pues en la vida, como en el arte, el estado de rebeldía cierra los canales del alma y no deja entrar los consuelos del cielo.

Y sin embargo, si en algún sitio he de aprender las enseñanzas de la humildad, aquí habrá de ser, y a pensar de las muchas veces que habré de caer en el lodo y de caminar inseguro entre la niebla, he de alegrarme al ver que mis pies están en el buen camino y mis ojos vueltos “hacia la puerta que es llamada hermosa”.

Esta Vida Nueva, cual a veces me gusta llamarla por amor al Dante, no es naturalmente en nada una vida nueva, sino simplemente la evolución lógico que prolonga mi vida anterior. Recuerdo que en Oxford, el año que me gradué, le dije a uno de mis amigos, una mañana en que nos dirigíamos al Magdalen College, por unas calles estrechas por las que revoloteaban los pájaros, recuerdo que le dije que me gustaba probar los frutos de todos los árboles del jardín del mundo y que, con esta pasión en el corazón, me adentraba yo en la vida. Y así, según mi expresión, me adentré yo en la vida, y así viví.

Mi único error consistió en limitarme exclusivamente a los árboles que me parecían estar en la parte soleada del jardín y en evitar la zona de sombra y su lobreguez. El fracaso, la desgracia, la pobreza, el dolor, la desesperación, el sufrimiento y aun las lágrimas, las palabras que salen de los labios entrecortados por el dolor, el remordimiento que siembra de espinas nuestra senda, la conciencia que condena, la humillación voluntaria que castiga, la miseria que se cubre la cabeza de ceniza, las angustias del alma que se visten con toscos lienzos y mezclan hiel en nuestras bebidas: todas estas cosas hacíanme retroceder con espanto. Y como había decidido no saber nada de ellas, hube de probarlas todas, una tras otra; de alimentarme con ellas y durante cierto tiempo de renunciar a toda otra comida.No lamento ni un instante el haber vivido para el placer; viví para él intensamente, cual debe hacerse todo lo que se hace. No hubo ningún placer que yo no gozase. Arrojé la perla de mi alma en una copa de vino.

Descendí al son de la flauta la senda florida y me alimenté de miel. Mas el continuar esa vida hubiera sido una equivocación, pues entonces mi vida habría quedado incompleta y era preciso seguir avanzando. También la otra mitad del jardín reservábame sus secretos. Como es natural, todo esto se halla encarnado en mi arte y me proyecta hacia el exterior. Huellas de ello pueden verse en El príncipe feliz y también en el cuento de El joven rey, especialmente en aquel trozo en que el obispo dícele al muchacho arrodillado: “¿No es Aquel que creó la Miseria más sabio que tú?” Estas palabras, cuando las escribí, apenas si me parecieron algo más que palabras.

Y buena parte de todo esto hállase, por fin, disimulado en el tono que, cual hilo de púrpura, corre a través del brocado de oro de Dorian Gray, brilla a través de la rica policromía de La crítica considerada como arte, léese en letras demasiado claras en El alma del hombre; un tema cuya insistente repetición tanto asemeja Salomé a una pieza de música, termina como una balada y se ha convertido en carne y en sangre en el poema en prosa del hombre que con el bronce de la imagen del Placer que dura un instante, ha de crear la del Dolor que siempre perdura.

Y no podía ser de otro modo. En cada momento aislado de la existencia uno es aquello que será, no menos que aquello que ya ha sido. El arte es un símbolo, porque el hombre también lo es.

Si me es dado llegar hasta allí, habré logrado la suprema realización de la vida del artista, pues la vida del artista no es sino la prolongación del artista mismo. La humildad en el artista consiste en aceptar sin condiciones todas las experiencias, así como el amor en él estriba sencillamente en el sentido de la belleza, que revela al mundo su cuerpo y su alma. En Mario el epicúreo, Pater intenta armonizar la vida del artista con la vida religiosa, en el sentido profundo, austero y gracioso de la palabra. Pero Mario apenas si es más que un espectador, aunque es un espectador ideal, a quien le es dado “considerar con sentimientos propios el drama de la vida”, lo cual es para Wordsworth el verdadero destino del poeta. Mas no es sino un espectador, y tal vez demasiado ocupado de la elegancia de los bancos del templo, para advertir que el templo que tiene ante sus ojos es el del dolor.

Yo advierto una relación harto más íntima e inmediata entre la verdadera vida de Cristo y la verdadera vida del artista, y es para mí una alegría el pensar que mucho antes que el dolor se hubiese apoderado de mis días y me atase a su carro, había yo escrito, en El alma del hombre, que “quien pretenda vivir una vida igual a la de Cristo, ha de ser completa y absolutamente Él mismo”. Y citaba en ejemplo, no sólo al pastor en su llanura y al preso en su celda, sino también al pintor, para quien el mundo es una mascarada, y al poeta, para quien es una canción.

Recuerdo haberle dicho una vez a André Gide, un día que nos hallábamos juntos en un café de París, que a mí la metafísica en realidad me ofrecía muy escaso interés y la moral absolutamente ninguno, y que todo lo dicho por Platón y por Cristo podía trasponerse inmediatamente a la esfera del arte y hallar en ella su perfecta realización. Era esta generalización tan profunda como nueva.

No sólo es la íntima relación que podemos descubrir entre la personalidad de Cristo y la perfección lo que constituye la verdadera diferencia existente entre el arte clásico y el romántico, y lo que hace aparecer a Cristo como el verdadero precursor del movimiento romántico en la vida, sino que la esencia de su naturaleza era la misma que la del artista; esto es, una imaginación intensísima, ardiente cual una llama.

Cristo llevó a toda la esfera de las relaciones humanas esa imaginación que es todo el secreto de la creación artística. Comprendió la dolencia del leproso, las tinieblas del ciego, la cruel miseria de los que viven en el placer y la singular miseria de los ricos.

Tú, en mi desgracia, me has escrito: “Cuando no te hallas sobre tu pedestal, dejas de ser interesante”. ¡Cuán lejos te hallabas de lo que Mathew Arnold llama “el secreto de Jesús”! Ambos te habrían enseñado que lo que a otro acontece le acontece a uno mismo.” No cabe duda de que Cristo cuenta entre los poetas. Su concepción de la humanidad provenía directamente de la imaginación, y sólo a través de ésta puede ser comprendida. El hombre fue para él lo que Dios es para los panteístas. Él fue el primero que concibió la unidad de las diversas razas.

Antes que Él ya existían dioses y hombres. Y Él, sintiendo que en Él se habían hecho carne, gustaba de llamarse unas veces el Hijo de Dios y otras el Hijo del hombre. Más que ningún otro en la Historia, despierta en nosotros esa inclinación hacia lo maravilloso a que siempre se halla dispuesto el romanticismo. Es para mí todavía algo increíble eso de que un joven campesino galileo se imagine que pueda llevar sobre sus hombros todo el peso del mundo: el peso de cuanto hasta entonces se había hecho y sufrido, y de cuanto se tendría que hacer y sufrir: los pecados de Nerón, de César Borgia, de Alejandro VI, del que fue emperador de Roma y sacerdote del sol; los sufrimientos de todos aquellos, cuto número es legión, que yacen entre ruinas; de los pueblos oprimidos, de los niños de las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios, de los desheredados y de aquellos que se hallan sojuzgados y cuyo silencio sólo Dios puede oír. Y no sólo llega a imaginárselo, sino que efectivamente lo realiza; así es que aún hoy en día todos los que entran en contacto con Él, aunque no se posternen ante sus altares, ni se arrodillen ante sus sacerdotes, tienen en cierto modo la impresión de que se les borra la fealdad de sus pecados y se les revela la belleza de sus sufrimientos.

Ya he dicho que Cristo cuenta entre los poetas, y es verdad. Shelley y Sófocles son hermanos suyos...Pero su misma vida constituye el más maravilloso de los poemas, y nada hay, en todo el ciclo de la tragedia griega, que pueda igualar “el temor y la piedad” de esta vida. La inmaculada pureza del protagonista eleva este edificio a una altura de arte romántico, que, a causa de su mismo horror, les está vedada a los sufrimientos de las familias de Tebas y la de los Atridas. Y esta pureza muestra asimismo cuán erróneo era el axioma expuesto por Aristóteles en su Tratado del drama, y que sentaba que no era posible soportar la vista del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, el austero maestro de ternura; ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y leyendas célticas, en los cuales la gracia del mundo brilla a través de una niebla de lágrimas y la vida de un hombre no vale más que la de una flor, no haya nada que, a causa de su conmovedora sencillez, unida a la sublimidad del efecto trágico de que nace, no hay nada que pueda igualarse, ni siquiera aproximarse, al último acto de la historia de la Pasión de Cristo. Aquella simple Cena, con sus discípulos, uno de los cuales ya le ha vendido por unos cuantos dineros; aquella angustia del alma en el tranquilo jardín iluminado por la luna y en el cual el falso amigo habrá de acercarse a Él para traicionarle con un beso; aquel amigo que todavía creía en Él, y en el cual Él creía poder fundar, como sobre una peña, un refugio para la humanidad, y que lo niega en cuanto el gallo canta el despuntar del día; aquella su soledad absoluta, aquella sumisión suya con que Él todo lo acepta, y junto a estas esas otras escenas en que el gran sacerdote de la ortodoxia, en su furor, le desgarra sus vestiduras, y el funcionario de la justicia civil manda traer agua con la vana esperanza de poderse limpiar la mancha de sangre inocente que le hace aparecer como la más sangrienta figura de la Historia; la escena –uno de los sucesos más maravillosos de todos los libros de todos los tiempos– en que le es impuesta la corona de espinas; aquella otra de la crucifixión del inocente ante los ojos de su madre y del discípulo a quien amaba; aquella –mientras los soldados se reparten y juegan sus vestiduras– de la horrible muerte por la cual cedió al mundo el más eterno de sus símbolos, y, finalmente, aquella escena de su entierro en la sepultura del rico, la escena en que su cuerpo es embalsamado con especies preciosas y perfumes y envuelto en un sudario egipcio, cual si fuese el hijo de un rey.

Cuando se consideran estas escenas aisladamente y sólo desde el punto de vista artístico, es forzoso agradecer que el más solemne de los oficios de la Iglesia sea, sin efusión de sangre, una representación de la tragedia; la representación mística de la historia de la Pasión del Señor, por medio del diálogo, de los trajes y hasta de los gestos. Para mí es siempre fuente de respetuosa elevación pensar que lo que queda del coro griego, ya perdido para el arte, en otros terrenos, sobrevive en el acólito que ayuda al sacerdote a celebrar la misa.

Y no obstante, la vida de Cristo es en conjunto –a tal punto hállanse fundidos en su significación y en su representación la belleza y el dolor– un verdadero idilio a pesar de acabar por el desgarramiento de las cortinas del templo, por las tinieblas que cubren la faz de la tierra y por el movimiento que levanta la piedra del sepulcro. Uno se representa siempre a Cristo como a un novio entre sus discípulos, cual Él mismo descríbese una vez; como a un pastor recorriendo un valle con sus ovejas en busca de verdes praderas o de frescos regatos; como un cantor que quisiera levantar con su música los muros de la Ciudad de Dios; como un amante para cuyo amor el mundo todo es demasiado pequeño. Sus milagros parécenme encantadores, cual la llegada de la primavera, y no menos naturales. No me es difícil creer en un encanto tal de su persona, que su sola presencia bastase para inundar las almas de paz y para que los que tocaban sus vestiduras se olvidasen de todos sus dolores. O para que, al pasar Él por el camino real de la vida, gentes para quienes hasta entonces había permanecido secreto el misterio de la existencia, abriesen los ojos a la luz, y para que, aquellos que cerraban sus oídos a toda voz que no fuese la del placer, comprendiesen por vez primera la voz del amor y la hallasen “armoniosa cual la lira de Apolo”, o para que, a su llegada, huyesen todas las malas pasiones, y los hombres, cuya vida sórdida y hermética era como una forma de la muerte, se alzaran, como quien dice, de sus tumbas al llamarlos Él; o para que la muchedumbre, a la que predicaba en la falda de la montaña, olvidase su hambre y su sed, y los sufrimientos del mundo, y los amigos a quienes hablaba mientras comían gustasen, como de manjares sabrosos, de los más ordinarios alimentos, y el agua les supiese cual vinos generosos, y por toda la case se esparciese el dulce perfume de los nardos.

En su Vida de Jesús –ese delicioso quinto evengelio, que podría llamarse el Evangelio, según Santo Tomás, dice Renan que la obra suprema de Cristo, consiste en haber sabido conservar, aun después de muerto, el amor que había poseído en vida. Y verdad es que, si bien su puesto está entre los poetas, también hacia Él se dirige el cortejo de los amantes. Él reconoció que el amor es el secreto primordial del mundo, el secreto buscado por los sabios, y que únicamente por medio del amor es posible llegar haste el corazón del leproso y los pies del Señor.

Mas por encima de estas consideraciones, Cristo aparece como el mayor de los individualistas. La humildad, como aceptación artística de todas las experiencias, no es sino un medio de manifestarse. Lo que Él persiguió siempre fue el alma del hombre. La llama “el reino de Dios” y la descubre en cada uno de nosotros. La compara con una muchedumbre de nimiedades: con un grano de semilla, con un puñado de levadura, con una perla, y es porque sólo puede uno formarse su alma desprendiéndose de todas las pasiones extrañas, de toda la cultura adquirida, de todo lo que se posee externamente, lo mismo de lo bueno que de lo malo.

Con la tenacidad de mi voluntad, y más todavía con el espíritu de contradicción ingénito en mí, revelábame contra todo, hasta que no me quedó nada más, absolutamente nada más en el mundo que Cyril. Había perdido mi nombre, mi posición, mi felicidad, mi libertad, mi fortuna. Era un recluso, y era un pobre, pero me quedaba mi bien más preciado: mis hijos. Y de pronto la ley me los arrebata. Fue tan terrible el golpe, que me quedé como aturdido. Me puse de rodillas, incliné la cabeza, lloré y dije: “El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor; ya no soy digno de ninguno de ellos”. Y ese momento fue sin duda el que me salvó. En ese momento comprendí que sólo me cumplía aceptarlo todo. Y desde entonces, –por extraño que esto parezca, soy feliz, pues he llegado hasta lo más hondo de la esencia de mi alma. Había mostrado ser su enemigo en muchos respectos y la encontré esperándome como un amigo. Al entrar en contacto con su alma, uno se vuelve sencillo como un niño, y esto es lo que uno ha de ser, según las palabras de Cristo.

Es verdaderamente trágico pensar cuán pocos son los hombres que se hallan en posesión de su alma antes de la muerte. Emerson dice que “nada hay más raro en un hombre que una acción de su propia voluntad”. Esto es una gran verdad, pues la mayoría de las gentes son distintas de ellas mismas. Piensan con las ideas de otros; su vida es una parodia, y sus pasiones son remembranzas. Cristo fue, no sólo el mayor individualista, sino también el primer individualista de la Historia. Hay quien ha querido presentarle como uno de tantos y abominables filántropos del siglo XIX o como un altruista surgido entre ignorantes y sentimentales. En realidad no fue ni lo uno ni lo otro. Cierto es que tuvo piedad de los pobres, de los presos, de los míseros y de los humildes, pero tuvo todavía más piedad de los ricos, de los hedonistas, de los que sacrifican su libertad y se convierten en esclavos de las cosas, de los que llevan vestiduras finísimas y viven en palacios dignos de reyes. La opulencia y el placer le parecieron tragedias mayores que la pobreza y el dolor. Y en cuanto al altruismo, ¿quién mejor que Él podía saber que la inclinación y no la voluntad es lo que nos impulsa, y que no es posible coger uvas del espino ni higos entre los cardos?

El vivir para los demás no era el fin determinado y consciente de su doctrina. Su base era muy otra. Dice: “Perdonad a vuestros enemigos”, y ello no implica el amor a nuestros enemigos, sino a nosotros mismos. Pues el amor es más hermoso que el odio. Le dice al joven rico: “Vende lo que posees y dáselo a los pobres”, y al decirlo no piensa en la condición de los pobres, sino en el alma del joven, esa alma adorable que la riqueza conducía a su perdición. Su concepción de la vida es pareja de la del artista, que sabe que la ley inevitable del propio desarrollo impulsa al poeta a cantar, al escultor a pensar en el bronce y al pintor a convertir el mundo en espejo de sus estados de alma, cosas tan necesariamente certeras cual el que el espino florezca en primavera, el trigo madure en otoño en frutos de oro y la luna, en su ruta de antemano trazada, pase de la forma de disco a la de hoz y de la hoz a la de disco.

Cristo no les ha dicho a los hombres: “Vivid para los demás”, sino que ha afirmado que no existe ninguna diferencia entre la vida de los demás y nuestra propia vida, dando con ello a los hombres una dilatadísima y titánica personalidad. Desde su aparición la historia de cada individuo en sí es, o puede llegar a ser, la historia del mundo.

Cierto es que la cultura ha elevado la personalidad del hombre. El arte ha creado el infinito de nuestro espíritu. Quien posee un temperamento de artista acompaña al Dante en el destierro y aprende cuán salado es el pan ajeno, cuán escarpadas son las gradas de su ruta y, aun logrando por un momento la serenidad de Goethe, sabe harto bien que Baudelaire gritóle a Dios:

Ah, Seigneur! Donnez moi la force et le courage
De contempler mon corps et mon coeur sans dégout!

Busca –tal vez para su propio daño– el secreto del amor de los sonetos de Shakespeare y se lo apropia; contempla con ojos nuevos la vida moderna, porque ha oído uno de los nocturnos de Chopin, porque ha penetrado en las artes helenas o porque ha leído la historia de la pasión de un hombre muerto por una mujer, cuyos cabellos semejaban finas hebras de oro, y que tenía la boca como una granada. Mas la efusión del temperamento del artista dirígese forzosamente hacia cuanto ha logrado su expresión. Lo mismo en las palabras que en los colores, y en los colores que en el mármol, tras las pintadas carátulas de un drama de Esquilo, o por medio de los perforados y unidos caramillos de un pastor siciliano, manifiéstanse el hombre y su misión.

Para el artista, la expresión es la única forma por la cual le es dado comprender la vida. Para él, lo que no habla está muerto. Mas no así para Cristo. Con una imaginación maravillosamente vasta, que infunde el verdadero pavor, eligió para su reino el universo de lo inexpresado, el mundo silencioso del dolor, y quiso ser su eterno intérprete. Aquellos de quienes ya he hablado, que yacen callados bajo la opresión y “cuyo silencio sólo de Dios es oído”, los eligió por hermanos. Quiso llegar a ser el ojo del ciego, el oído del sordo y el grito de angustia brotado de los labios de quienes tienen la lengua trabada. Anheló ser la trompeta de las muchedumbres que no habían hallado modo ninguno de expresarse, la trompeta con la cual pudiesen éstar llamar al cielo. Con las dotes artísticas de quien ve en el sufrimiento y el dolor las formas que han de permitirle realizar su concepción de la belleza, comprendió que una idea carece de valor hasta que se encarna y convierte en imagen, y por esto hizo de sí mismo la imagen del sufrimiento, y como tal ha impulsado y dominado el arte en un grado que jamás pudo conseguir una divinidad griega.

Y es que los dioses griegos, pese al tono blanco y rosado y a la agilidad de sus armoniosos y flexibles miembros, en realidad no eran lo que parecían ser. El arco de la frente de Apolo semejaba el disco solar cuando en el crepúsculo domina una colina, y sus pies las alas de la mañana; pero él mismo había sido cruel con Marsias, y había robado los hijos de Niobe.

En el escudo de acero de los ojos de Atenea no apareció ningún destello de piedad para con Aracné; la pompa y los pavos reales de Hera constituían cuanto esta diosa poseía de verdaderamente noble, y el mismo padre de los dioses había amado demasiado a las hijas de los hombres. Las dos figuras nás hondamente significativas de toda la mitología griega, era, para la religión, Demeter, aquella Diosa de la Tierra que nunca fue admitida en el Olimpo; y para el arte, Dionisios, ese hijo de un mortal, para la cual el momento en que lo dio al mundo, hubo de ser el de su muerte. Pero la misma vida sacó de su capa más profunda y humilde una figura harto más espléndida que la de la madre de Proserpina o la del hijo de Semelé. Del taller de carpintero de Nazaret surgió una personalidad infinitamente más grande que cualquiera de las creadas por el mito o la leyenda, una personalidad que estaba –cosa extraña– destinada a revelar al mundo el misterioso sentido del vino y la verdadera belleza del lirio de los campos, cual nadie aún había sabido explicarlo ni en el Citerón ni en el Etna.

Aquellas palabras de Isaías: “Era el más despreciado y el más indigno de los hombres, estaba lleno de dolor y de enfermedades. Tan despreciado era, que uno se cubría la faz ante él”, habíanle sonado a Cristo cual anuncio de su llegada, y en Él hubo de cumplirse la profesía.

No tenemos por qué asustarnos ante esta frase: toda obra de arte es la realización de una profesía, pues toda obra de arte es la transformación de una idea en imagen. Y toda criatura humana debería ser igualmente la realización de una profesía, ya que toda criatura humana debería ser la realización de un ideal, bien fuese a los ojos de Dios o a los de los hombres.

Cristo halló el modelo perfecto y lo definió para siempre, y así el sueño de un poeta virgiliano, en Jerusalén o en Babilonia, encarnóse en Él, cuya venida era esperada por el mundo a través de los siglos.

“Su rostro era más feo que el de los demás hombres, y su aspecto más feo que el de los hijos de los hombres”; de este modo indicaba Isaías los signos distintivos del nuevo ideal. En cuanto el arte hubo comprendido lo que estas palabras significaban, abrióse como el cáliz de una flor ante aquellos en quienes aparecía la verdad en el arte cual nunca hasta entonces había aparecido. Pues, ¿no es acaso, como yo ya dije, la verdad en el arte, “la expresión exterior de lo interior, en que el alma se hace carne y el cuerpo se halla animado por el espíritu”, aquello que en la forma se proyecta?

Para mí, uno de los hechos más lamentables de la Historia es que el verdadero renacimiento cristiano, el que produjo la catedral de Chartres, el ciclo de leyendas del rey Arturo, la vida de San Francisco de Asís, el arte de Giotto y la Divina Comedia del Dante, no pudiese continuar desarrollándose en su propio camino, sino que hubo de ser detenido y desvirtuado por el triste renacimiento clásico, que nos ha legado a Petrarca, los frescos de Rafael, la arquitectura de Palladio, las rígidas formas de la tragedia francesa, la catedral de San Pablo, la poesía de Pope, y cuanto está creado exteriormente conforme a cánones muertos, en vez de brotar de un espíritu que lo anime desde dentro. En todas partes donde se produzca el arte un movimiento romántico, sea cual fuere la forma que éste revista, allí aparece Cristo o el alma de Cristo. Está en Romeo y Julieta, y en el Cuento de invierno, en la poesía provenzal y en El viejo marinero, en la Bella despiadada y en la Balada de la misericordia, de Chatterton.

Le debemos las cosas y los seres más diversos: Los miserables, de Víctor Hugo; Las flores del mal, de Baudelaire; el matiz de piedad de las novelas rusas, Verlaine y sus poesías; las vidrieras polícromas, los tapices y las obras prerrafaelistas de Burne Jones y de Morris, le pertenecen lo mismo que el campanario de Giotto, el romance de Lancelot y Ginebra, Tannhauser, los torturados y románticos mármoles de Miguel Angel y el estilo ojival. Y asimismo el amor a los niños y a las flores. Para ellos quedó muy poco espacio en el arte clásico, apenas el suficiente para que pudiesen crecer y jugar. Empero, desde el siglo XII hasta nuestros días, bajo las más diversas formas y en las más diversas épocas, han aparecido de continuo, manifestando caprichosa y obstinadamente su significación. La primavera dábale a uno siempre la impresión de que las flores se mantenían ocultas, y salían a la luz del sol, únicamente por temor a que los hombres se cansasen de buscarlas y cesasen en sus pesquisas. Y la vida de un niño era un día de abril en que el narciso tan pronto aparece bajo la lluvia como inundado de sol.

El imperio de la imaginación en el temperamento de Cristo es lo que le convierte en el centro e impulso del romanticismo. Otros habrán de crear con su fantasía las formas singulares del drama poético y la balada; pero Jesús de Nazaret creóse a sí mismo por su propia imaginación. En realidad, el grito profético de Isaías no tuvo más relación con su venida que la que tiene el canto del ruiseñor con la salida de la luna. Nada más que eso, pero tal vez nada menos. Vino a ser por igual la negación y la confirmación de las palabras del profeta, pues cada esperanza por Él satisfecha acompañábase de otra por Él destruida. “Toda belleza dice Bacon tiene alguna desproporción”; de los que nacen de la inteligencia, o sea de aquellos que son como Él fuerzas dinámicas, dice Cristo que se parecen al viento, que “sopla donde quiere, pero sin que nadie sepa de dónde viene ni a dónde va”. Y he aquí por qué fascina de tal modo a los artistas; todos los elementos que animan la vida, el enigma, la novedad, lo raro, la sugestión, el éxtasis, el amor, todos los posee. Produce condiciones propicias al milagro y esa disposición de ánimo necesaria para llegar a comprenderla.

Es para mí una alegría el pensar que si Él es “únicamente imaginación”, de igual materia se compone el mundo. Ya he dicho en Dorian Gray que todos los grandes pecados del mundo se realizan en el cerebro. Y es que en el cerebro es donde se realiza todo. Ya sabemos que no vemos con la vista ni oímos con el oído. Que en realidad a la vista y el oído no son sino canales conductores, y más o menos fieles transmisores, de las impresiones de los sentidos. En el cerebro es donde está roja la amapola y perfumada la manzana, y donde canta la alondra.

Llevo ya algún tiempo ardientemente ocupado con los cuatro poemas en prosa que tratan de Cristo. Por Navidad conseguí exhumar una Biblia griega, y todas las mañanas, después de haber barrido mi celda y fregado mis cacharros de estaño, leo algún trozo de los Evangelios, una docena de versículos elegidos al azar. Este es un modo delicioso de comenzar el día.

Todos, aun aquellos que llevan una vida agitada y desordenada, deberían hacer lo mismo. La constante, monótona e intempestiva repetición de los Evangelios, ha desvirtuado para nosotros su romántico encanto, su lozanía, su ingenuidad, su sencillez. Su lectura nos es hecha con demasiada frecuencia y demasiado mal, y las repeticiones acaban siempre por hastiar.

Volviendo a tomar el texto griego, parece como si uno saliese de una habitación lóbrega y estrecha y penetrase en un jardín lleno de lirios.

Y mi alegría se duplica con la idea de que lo más probable es que aquellas sean las verdaderas palabras de Cristo: ipsissima verba. Antaño, era idea corriente el suponer que Cristo había hablado en arameo. El mismo Renan lo creía todavía. Mas ahora sabemos que los campesinos de Galilea hablaban dos lenguas, como hoy día los campesinos irlandeses, y que el griego era el idioma corriente en toda Palestina, mejor dicho, en todo el Oriente. Siempre me fue desagradable pensar que sólo podíamos conocer las palabras de Cristo a través de la traducción de una traducción. Y ahora me embelesa el pensar que Carmides podía haber entendido lo que él decía, Sócrates filosofando con Él, y que Platón podía haberle entendido; que Él realmente pronunció el “Εγωειμ σ ποιλην σ χαλσς griego; y que al acordarse de los lirios del campo que no trabajan ni tejen, dijo exactamente que: “καταμαθετε τα χινα τον αγρον πως ανςανει ον χοπια ονδε νηθει ”. Y que aquella última palabra suya cuando gritó: “Mi vida llega a su término. Ha alcanzado su perfección, ya se ha consumado”, es exactamento lo que nos ha transmitido San Juan: Τετελεται , y nada más.

Al leer los Evangelios –el escrito por el propio San Juan o por un gnóstico de los primeros tiempos que se encubrió con su nombre– observo cómo resalta en ellos constantemente la imaginación, y como es esta la esencia de toda vida espiritual y material; y además que para Cristo la imaginación fue simplemente una forma del amor, siendo para Él el amor soberano, en el sentido más completo de la palabra. Hará cosa de unas seis semanas, el médico me autorizó a comer pan blanco, en vez de tosco pan negro o moreno que constituye el alimento corriente de la cárcel. Esto es una golosina. Podrá parecer extraño que el pan seco pueda ser una golosina. Mas a tal punto lo es para mí que, después de cada comida, recojo cuidadosamente todas las migajas que quedan en mi plato de estaño, o que han caído sobre la burda servilleta con que uno cubre la mesa para no mancharla; y esto no por hambre, pues ahora me dan lo suficiente, sino para evitar que se desperdicie nada de lo que me dan. (Y así debe uno obrar con el amor).

Cristo, cual todos los que saben cautivar, poseía el don, no sólo de decir cosas bellas, sino también de hacer que otros las dijeran. Siento predilección por esa historia que nos cuenta Marcos de una mujer griega que, al decirle Jesús, para probar su fe, que no podía darle el pan de los hijos de Israel, le respondió: “El perrito que está debajo de la mesa se alimenta con las migajas que dejan caer los niños”. La mayoría de los hombres viven para el amor y la admiración. De amor y admiración deberíamos vivir nosotros. Y, cuando se nos demostrase amor, reconocer que somos indignos de él. Nadie merece ser amado. El que Dios ame a los hombres nos prueba que en el orden divino de los bienes ideales está escrito que el amor eterno le será otorgado a quien es eternamente indigno de él, y si estas palabras parecen demasiado amargas, digamos, en su lugar, que todos son dignos de amor, salvo aquellos que creen serlo.

El amor es un sacramento que debería recibirse de rodillas con estas palabras: Domine non sum dignus en los labios y en el corazón.

Cuando yo vuelva a escribir, o sea cuando cree una nueva obra de arte, quisiera precisamente tratar a fondo estos dos temas: “Cristo como precursor del movimiento romántico en la vida” y “La vida del artista y el arte de la vida”. El primero es, desde luego, estraordinariamente seductor, pues yo veo en Cristo, no sólo las características esenciales del tipo romántico por excelencia, sino también todo lo accidental, e incluso todas las arbitrariedades del temperamento romántico. Él fue el primero que invitó a los hombres a llevar “una vida igual a la de las flores”. Él sentó esta expresión. Él vio en los niños el modelo que debemos intentar copiar.

Él los dio como ejemplo a los hombres. Y este ha sido también siempre para mí el fin principal de los niños, si es que lo perfecto puede tener un fin.

Dante nos ha descrito cómo el alma del hombre sale de entre las manos del Creador “llorando y riendo cual un niño pequeño”, y asimismo reconoció Cristo que el alma de todo hombre debía ser “a guisa di fanciulla che piangendo o ridendo pargoleggia”. Comprendió que la vida se halla sujeta a cambios frecuentes, que es fluida y activa, y que el comprimirla dentro de una forma rígida sería la muerte. Comprendió que los hombres no deben preocuparse demasiado de sus intereses materiales de cada día; que el no ser práctico es cosa muy grande, y que no es posible formarse demasiadas ideas acerca de la marcha del mundo. Si los pájaros no se ocupan de ello, ¿por qué habrían de preocuparse los hombres? Y es verdaderamente deliciosa aquella frase suya, que dice: “No os preocupéis del mañana. ¿Es acaso la vida sólo el alimento? ¿Acaso el cuerpo son sólo las ropas?” Esto último también podía haberlo dicho un griego, pues expresa en verdad el sentir heleno. Pero las dos cosas reunidas, sólo Cristo pudo decirlas, condensando en ellas para nosotros la suma de la vida.

Su moral sólo es amor; justo lo que la moral debiera ser. Conque sólo hubiese dicho “le serán perdonados sus muchos pecados por lo mucho que amó”, valía la pena morir por estas palabras. Su justicia es esencialmente una justicia poética, o sea verdaderamente lo que debe ser la justicia. El pobre llega al cielo porque ha sido desgraciado. Me es imposible concebir para ello un motivo mejor. Los que en el viñedo no sólo han trabajado una hora durante el frescor de la tarde, reciben el mismo salario que los que se han agotado trabajando durante todo el día bajo el sol ardiente. ¿Por qué no? Probablemente ni unos ni otros merecían nada, o tal vez eran seres de dos clases distintas.

Cristo no podía soportar los sistemas rutinarios, mecánicos e inanimados, que consideran a los hombres como objetos, y, por tanto, les tratan a todos por igual. No reconocía leyes, sino únicamente excepciones, cual si cada ser y cada cosa no tuvieran parejos en el mundo.

Lo que constituye la base fundamental del arte romántico era para él la base esencial de la vida natural. No veía otra. Cuando le llevaron una mujer que había sido sorprendida perpetrando el delito de adulterio, y le indicaron el castigo que le correspondía según la ley, preguntándole lo que convenía hacer, se puso a escribir con el dedo en la arena, cual si no oyese lo que le decían, y, como le seguían apremiando, alzó la cabeza y dijo simplemente: “Aquel de entre vosotros que se halle libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Sólo por estas palabras vale la pena vivir. Como todos los poetas, amaba a los ignorantes, pues sabía que en el alma de un ignorante hay siempre espacio para una gran idea. Pero no podía resistir a los necios, en particular a aquellos embrutecidos por la educación, o sea a esas gentes que tienen juicios dispuestos para todo, pero sin comprender ninguno: un tipo, éste, especialmente moderno, y que Cristo describe bajo la forma de aquel que tiene la llave de la sabiduría y no la sabe utilizar, ni permite que la utilicen los demás, a pesar de que esta llave sirva tal vez para abrir la puerta del reino de Dios.Hubo de luchar principalmente contra los filisteos. Es esta una lucha que todo hijo de la luz vese obligado a proseguir. El filisteísmo era la característica de la época y del pueblo en que él vivía. Por su hermética mentalidad, su inflexible rectitud, su monótona ortodoxia, su adoración a los ídolos del día, su exclusiva preocupación por las cosas groseras de la vida material, su risible engreimiento y su suficiencia, los judíos de Jerusalén, contemporáneos de Cristo, eran exactamente iguales a los filisteos británicos de nuestros días. Cristo clamó contra “los sepulcros blanqueados” de la respetabilidad, y ha dejado esta expresión grabada para siempre. El éxito mundano era para Él algo absolutamente despreciable, que carecía totalmente de significación, y la riqueza, una carga abrumadora.

No quiso saber nada de una vida sacrificada en aras de un sistema de filosofía o de moral. Explicó que las formas y los usos habían sido hechos para el hombre, y no el hombre para ellos. El descanso del séptimo día no tenía para Él ninguna importancia, y fustigó con el más terrible e inquebrantable desprecio la filantropía, la caridad pública, el enojoso formalismo a que tan aficionada es la mentalidad del pequeño burgués.

Para nosotros, la ortodoxia significa simplemente una aquiescencia cómoda y desprovista de espíritu: pero, para los judíos, y en sus manos, fue una tiranía terrible y paralizadora. Cristo la rechazó, demostrando que únicamente tiene valor el espíritu. Fue para Él una gran satisfacción probarles que, si bien leían constantemente la Ley y los profetas, en realidad no tenían la menor idea de lo que esto significaba. Es más, y al contrario de ellos, que cada día masticaban, cual hojas de menta o de ruda, sus inflexibles rutinas, los deberes de antemano prescriptos, predicó que lo único importante es vivir plenamente cada momento.

Aquellos a quienes absolvió de sus pecados, obtuvieron esta absolución únicamente a causa de los momentos hermosos de su vida.

María Magdalena, al verle, rompe la preciosa copa de alabastro que le había regalado uno de sus siete amantes, y vierte sobre sus cansados y polvorientos pies el perfumado ungüento, y este único momento basta para que se sienta por siempre en el Paraíso, junto a Ruth y a Beatriz, entre guirnaldas de rosas blancas como la nieve.

Cristo, lo único que nos dice, con tono quedo e insinuante, es que cada momento ha de ser hermoso, que el alma ha de estar siempre preparada para la llegada del esposo y siempre dispuesta a oír la voz del amante, y el filiteísmo es sencillamente aquella parte de la naturaleza humana que no puede ser iluminada por la imaginación. Para Cristo, todas las influencias que agrandan a los sentidos son como luces: la misma imaginación es la luz del mundo. Ella lo ha creado, y, sin embrago, no puede comprenderlo. Y es que la imaginación no es sino una manifestación del amor, y el amor y la facultad de amar es lo que distingue entre sí a las criaturas.

Pero, con los pecadores, Cristo es aún más romántico, en el más estrecho sentido de la palabra. El mundo siempre había amado a los santos, viendo en ellos la primera etapa inmediatamente posible hacia la perfección de Dios. Cristo, guiado por un instinto divino, parece desde un principio haber amado a los pecadores, viendo en ellos la primera etapa posible hacia la perfección del hombre. No era su objeto esencial el mejorar a los hombres, ni tampoco el mitigar sus sufrimientos. No le importaba convertir un interesante ladrón en un aburrido hombre de bien. No habría, sin duda, prestado gran atención a la “Sociedad para la protección de los antiguos delincuentes”, ni a las demás instituciones modernas similares. No hubiera, seguramente, considerado como una acción heroica la transformación de un publicano en un fariseo. Comprendía el pecado y el dolor cual aún no han sido comprendidos, como algo bello y santo en sí, como etapas de la perfección.

Es esta una idea que parece muy peligrosa, y que efectivamente lo es.

Todas las grandes ideas son peligrosas. Y no es posible poner en duda que esta era verdaderamente la fe de Cristo. Para mí no cabe la menor duda de que sea esta la verdadera fe.

Claro que es preciso que el pecador se arrepienta. Mas, ¿por qué? Pues por la sencilla razón de que de otro modo no se hallaría en condiciones de comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el de la iniciación. Más aún: es el medio por el cual puede uno deshacer el pasado.

Para los griegos, esto era imposible. Sus sentencias nos dicen con frecuencia que “jamás pueden los dioses cambiar el pasado”. Cristo demostró que esto está al alcance del más vulgar de los pecadores; que es lo único que se halla a su alcance. Si a Cristo se le hubiera preguntado acerca de ello, hubiese contestado –estoy completamente seguro– que el hijo pródigo, después de haber disipado su hacienda con prostitutas, y de haber guardado los cerdos, y sufrido hambre, y pedido los desperdicios que comían los cerdos, en el mismo instante que cayó de rodillas y lloró convirtió todos estos hechos en momentos santos y hermosos de su vida. A la mayoría de los hombres les será difícil comprenderlo. Quizás sea preciso para ello haber estado en la cárcel. Si así fuese, merecía, en verdad, la pena de haber estado en la cárcel.

En la figura de Cristo hay algo único. Cierto es que, así como la aurora es precedida por engañosos fulgores que parecen anunciarla, y hay días de invierno en los que el sol brilla de pronto con tal claridad que el azafrán, equivocado, disipa su oro antes de tiempo, y que algún pájaro llama cándidamente a su hembra, para construir el nido sobre las ramas desnudas, así hubo también cristos antes de Cristo. Merecen nuestra gratitud. Por desgracia, desde entonces no ha habido ninguno más. Una sola excepción: Francisco de Asís. Pero Dios le dio al nacer un alma de poeta; él mismo, siendo aún muy joven, desposóse místicamente con la pobreza, y así, con un alma de poeta y un cuerpo de mendigo, no podía serle muy arduo el camino de la perfección. Supo comprender a Cristo y llegó por esto a asemejarse a Él. No precisamos el liber conformitatum para saber que la vida de San Francisco fue la verdadera Imitación de Cristo: una poesía junto a la cual el libro de este nombre es prosa vulgar.

Y es que, en el fondo, el encanto que mana de Cristo está en que Él se asemeja en absoluto a una obra de arte. En realidad, Él no nos enseña nada; mas, si algo llegamos a ser, es porque entramos en contacto con Él. Y todos estamos predestinados a ello, y una vez siquiera en su vida cada hombre se dirige con Cristo hacia Emmaus.

En cuanto al segundo tema, o sea “La vida del artista y el arte de la vida”, su elección te parecerá sin duda extraña. Hoy la gente señala hacia la cárcel de Reading y dice: “Ahí es donde le conduce a uno la vida de artista”. Bueno; podía llevarle a sitios aún peores. La gente vulgar, aquellos para quienes la vida es como hánil especulación, fruto de un cuidadoso cálculo de posibilidades, saben siempre adónde van, y van derechos hacia su objeto. Propónense como fin ideal el llegar a ser mayordomo de cofradía, y, en efecto, lo consiguen, sea cual fuere la situación en que hayan sido colocados. Y esto es todo. Y el que aspira a ser algo exterior a sí mismo: miembro del Parlamento, rico tendero, eminente abogado, juez u otra cosa igualmente aburrida, ve siempre sus esfuerzos coronados por el éxito. Y éste es su castigo. El que anhela una careta, no tiene más remedio que llevarla.

Las cosas suceden muy de otro modo con las fuerzas dinámicas de la vida y con los que las encarnan. Aquellos que sólo piensan en el desarrollo de su propia personalidad nunca saben adónde les conduce su camino. No pueden saberlo. En una palabra: es indispensable, cual pedía el oráculo griego, conocerse a sí mismo. He aquí el primer paso hacia la sabiduría.

Pero la última etapa de la sabiduría estriba en penetrarse de lo insondable del alma humana. Nosotros mismos somos el misterio final, y aun después de haberse averiguado el peso del sol, y medido las fases de la luna, y seguido sobre el mapa, estrella por estrella, las siete constelaciones, aún nos falta conocernos a nosotros mismos.

¿Quién podría calcular la órbita de su propia alma?

Aquel hijo que salió a buscar los asnos de su padre, no sabía que le esperaba el hombre de Dios para ungirle, y que su alma ya era el alma de un rey.

Yo espero vivir aún lo bastante para poder crear una obra que me permita decir al final de mis días: "“ueno; aquí veis adónde conduce al hombre la vida de artista”. Lo más perfecto que he encontrado en la esfera de mi experiencia es la vida de Verlaine y la del príncipe Kropotkin. Y ambos son hombres que han pasado varios años en la cárcel. Verlaine es el único poeta cristiano desde el Dante; Kropotkin tiene el alma de ese Cristo blanco y hermoso que parece que había de producir Rusia.

Y durante los últimos siete u ocho meses he podido yo mantener, no obstante las grandes dificultades que de continuo me llegaban del mundo exterior, estrecho contacto con un nuevo espíritu que anima en esta cárcel a hombres y cosas, y que me ha beneficiado más de cuanto pudieran expresar mis palabras. Y así como el primer año de cárcel no hice otra cosa, ni puedo recordar otra cosa que el retorcerme las manos con terrible desesperación y gritar: “¡Qué fin! ¡Qué fin más terrible!”, ahora intento decirme, y me digo efectivamente algunas veces, con entera sinceridad, cuando no me torturo a mí mismo: “¡Qué principio! ¡Qué maravilloso principio!”.

Tal vez sea esto cierto, y entonces mucho le debo a la nueva personalidad que en este lugar cambia la vida de todos. Las cosas en sí tienen poca importancia. Agradezcámosle siquiera una vez a la filosofía algo que nos haya enseñado. No me refiero aquí a las ordenanzas, pues se hallan determinadas por reglas de hierro, sino al espíritu que en ellas reside.

Tú puedes comprenderme, cuando digo que, de haber sido puesto en libertad en el mes de mayo, cual lo intenté, hubiese abandonado este lugar presa de horror, y sintiendo por él y por todos sus funcionarios un odio tan grande, que hubiera envenenado mi vida entera. Hube de permanecer un año más en el calabozo; pero en este tiempo ha invadido a todos un sentimiento de humanidad, y, cuando yo salga de la cárcel, recordaré siempre la bondad que casi todos tuvieron aquí para conmigo, y el día de mi marcha expresaré a muchos mi rendida gratitud y les rogaré que, de cuando en cuando, se acuerden de mí.

Las instituciones penitenciarias están completamente equivocadas. Y yo daría cualquier cosa por poderlas modificar más adelante. Me propongo intentarlo. Pero nada hay en el mundo tan defectuoso que no logre el espíritu de humanidad –es decir, el espíritu de amor, el espíritu de Cristo, que no se encuentra en las iglesias– ya que no modificarlo por completo, al menos ayudar a soportarlo sin demasiada amargura.

Sé además que todavía me esperan fuera muchas cosas deliciosas, desde aquello que San Francisco de Asís llama “hermano viento” y “hermana agua” –ambas cosas son un placer–, hasta los escaparates y las puestas de sol de las grandes ciudades. Si quisiese hacer una lista de cuanto me queda todavía, no sé cuándo me sería dado terminarla, pues Dios en verdad ha creado el mundo tan bueno para mí como para otro cualquiera.

Tal vez salga de aquí poseyendo algo que antes no poseía. No preciso decirte que para mí las reformas morales son tan insulsas y tan desprovistas de importancia como las teológicas. Mas, si bien es cierto que proponerse llegar a ser un hombre mejor sería una hipocresía sin fundamento, llegar a ser un hombre más profundo es privilegio de los que han sufrido. Y creo haberlo logrado.

Nada me importaría, al recobrar mi libertad, que uno de mis amigos diese una fiesta y no me invitara. Puedo ser completamente feliz a solas conmigo mismo. ¿Quién no lo sería teniendo la libertad, y flores, y libros, y la luna? Sin contar que las fiestas ya no me cuadran: di demasiadas para que puedan proporcionarme aun algún encanto. Es este un aspecto de la vida que ya no existe para mí, quisiera poder decir que afortunadamente.

Pero si, después de verme en libertad, uno de mis amigos tuviese una pena y no me permitiese compartirla, experimentaría una gran amargura. Si este amigo me cerrase las puertas de la mansión del dolor, yo volvería otra y otra vez, rogando me dejasen entrar a compartir aquello que tengo derecho a compartir. Si me consideraba indigno e incapaz de llorar con él, me haría el más cruel de los desprecios, la más terrible de las ofensas. Pero esto es imposible. Yo tengo derecho a compartir el dolor, y el poder contemplar la dulzura del mundo, y compartir su dolor, y medir en toda su extensión la maravilla de ambos, es hallarse en contacto directo con las cosas divinas y acercarse más que ningún otro al misterio de Dios.

Y tal vez penetre también en mi arte, igual que en mi vida, una nota aún más profunda, la de una mayor unidad de la pasión y de una fuerza más directa. La intensidad es el verdadero objeto del arte moderno, no la amplitud. En arte ya no hemos ocuparnos del prototipo, sino de la excepción. Apenas si necesito decir que no puedo expresar mis sufrimientos en la forma que fue realmente la suya: el arte comienza allí donde acaba la imitación. Pero algo ha de animar mi obra, tal vez una resonancia más profunda, un ritmo más rico, efectos más inauditos, o una estructura más sencilla. En todo caso, nuevos valores estéticos.

Cuando Marsias fue arrancado de la vagina de sus miembros –para emplear una de las más terribles imágines de Tácito recogidas por el Dante–, della vagina delle membra sue, dicen los griegos que terminó su canto. Apolo había vencido. La lira había trinfado del caramillo del pastor.

Pero tal vez se equivocasen los griegos. Yo oigo con frecuencia en el arte moderno el grito de Marsias: suena amargo en Baudelaire, dulce y lastimero en Lamartine, misterioso en Verlaine. Lo siento en los contenidos acentos de la música de Chopin, en la melancolía repetida en todas las figuras de mujeres de Burne Jones. Y se siente incluso en el angustioso canto de los versos de duda y de tortura de Matthew Arnold, cuyo poema de Callicles habla con tan bello lirismo y tonos tan claros del Triunfo de la dulce y persuasiva lira y de la Famosa victoria final; ni Goethe ni Wodsworth pudieron ayudarle, a pesar de que él volvíase alternativamente hacia cada uno de ellos; cuando quiere expresar los lamentos de Tirsis o hace cantar al Estudiante gitano, vese forzado a recurrir al caramillo del pastor. Mas, se halle o no mudo el fauno frigio, yo no puedo callar. Para mí, el expresarme es tan necesario cual el crecer y el florecer a las negras ramas de los árboles que asoman por encima de los muros de la prisión, y que tan agitadamente tiemblan al viento. Entre mi arte y el mundo entreábrese ahora un abismo profundo, pero no entre el arte y yo. Al menos así lo espero.

A cada uno de nosotros estábale reservado su destino. A ti te ha tocado el de la libertad, los placeres, las diversiones y el bienestar; a mí el de la verguenza pública, de la larga reclusión en un calabozo, de la miseria, la ruina y el deshonor, y empero yo no lo merecía en nada.

Recuerdo haber dicho que creía poder soportar una verdadera tragedia, siempre que se me presentase con un manto de púrpura o la careta del verdadero dolor; pero lo terrible de la vida moderna es que, por el contrario, oculta la tragedia bajo el disfraz de la comedia, con lo cual las grandes realidades cotidianas aparecen grotescas o sin estilo. Esto tiene su razón de ser. Probablemente siempre hubo de acontecer lo mismo en la actualidad de todos los tiempos. Se ha dicho que, al espectador, todos los martirios que le parecían viles: el siglo XIX no ha de ser una excepción.

En mi tragedia todo ha sido feo, bajo, repugnante, sin carácter: hasta nuestro uniforme nos hace aparecer grotescos. Somos los bufones del dolor. Somos unos payasos con el corazón destrozado. Y gozamos de la facultad de mover los músculos de la risa.

El trece de noviembre de mil ochocientos noventa y cinco, me trajeron aquí desde Londres. Aquel día hube de estar desde las dos y media hasta las tres de la tarde, con traje de presidiario y esposado, expuesto a las miradas del público en el andén central de la estación de Clapham Jounction. Me habían sacado de la enfermería sin prepararme para ello, ni siquiera un minuto más. Yo era el más grotesco de cuantos depravados pudiesen existir, y, al verme, la gente se reía. Cada nuevo tren que llegaba aumentaba el número de los curiosos y se divertían de un modo indescriptible. Claro es que esto antes de saber quién era yo. En cuanto lo supieron, se rieron con mucha más gana todavía. Media hora larga permanecí yo allí, bajo la lluvia gris de noviembre, entre las burlas del populacho.

Durante un año entero he llorado todos los días a la hora y durante el tiempo en que ello me ocurrió. Pero este llanto no es tan trágico como a ti sin duda te parece. Para los que están en la cárcel, las lágrimas forman parte de la experiencia cotidiana. El día que uno en la cárcel no llora, es un día en que tiene el corazón endurecido, no un día en que su corazón se siente feliz.

Pues bien: poco a poco he ido sintiendo más lástima de aquellos que de mí se reían, que de mí mismo. Claro es que aquel día yo no estaba sobre mi pedestal, sino en la picota. Pero las gentes que carecen de imaginación no se ocupan de los que se hallan en un pedestal. Un pedestal puede ser una cosa irreal; la picota, en cambio, es una realidad terrible. Aquellas gentes debían haber interpretado mejor el dolor. Ya he dicho que tras el dolor siempre está el dolor; estaba mejor dicho el que tras el dolor siempre hay un alma. Y mofarse de un alma torturada es una cosa horrible. La vida de quien tal hace no es hermosa.

En la economía extrañamente sencilla del mundo, uno recibe únicamente aquello que da: ¿se puede acaso otorgar otra piedad que la del desprecio a aquellos que no tienen imaginación bastante para comprender el simple aspecto exterior de las cosas y apiadarse de él?

Hablo aquí de mi conducción a esta prisión para demostrar cuán difícil hubo de serme sacar de mi castigo algo más amargura y desesperación.

Mas es preciso que asi sea, y de cuando en cuando tengo momentos de resignación y de humildad. Toda la primavera puede abrigarse en un solo capullo, y el nido de la alondra en los surcos puede cobijar todas las delicias que habrán de anunciar un día el alborear de muchas auroras.

Asimismo, toda la belleza quizá que la vida aún me reserva, hállase en un momento de abandono, de resignación y humildad.

Sea lo que fuere, yo no puedo seguir adelante sino únicamente por los senderos de mi propia evolución, y, aceptando cuanto me ha sucedido, hacerme digno de ello.

Con frecuencia me decían que yo era demasiado individualista. Pues he de llegar a ser mucho más individualista de lo que antes era. Necesito sacar de mí mucho más de lo que antes sacaba y exigir menos del mundo.

En el fondo, mi ruina no es consecuencia de un exceso, sino de falta de individualismo. El único paso vergonzoso de mi vida, el único imperdonable y por siempre despreciable, fue atreverme a dirigirme a la sociedad en demanda de ayuda y protección. Desde el punto de vista individualista, esa demanda de amparo era ya harto torpe. ¿Qué disculpa invocar en mi favor? Una vez que yo hube puesto en marcha las fuerzas de la sociedad, ésta volvióme naturalmente al punto contra mí, diciendo: “Siempre viviste fuera de mis leyes. ¿Y ahora recurres a mis leyes para que te protejan? Pues bien: ahora te haremos sentir todo el peso de estas leyes y habrás de soportar sus consecuencias”. Y esto dio por resultado el que yo me vea ahora en un calabozo. Y, durante el transcurso de mis tres procesos, he podido sentir amargamente la ignominiosa ironía de la situación.

De seguro que jamás hombre cayó tan vergonzosamente, y precipitado por tan vergonzosos instrumentos, como yo. En Dorian Gray pueden leerse estas palabras: “Siempre es poco el cuidado que se pone en la elección de sus enemigos”. Nunca me hubiera figurado que yo mismo, por culpa de unos parias, llegaría a convertirme en un paria. Y por eso es tanto el desprecio que me tengo.El filiteísmo en la vida no consiste en la incapacidad de comprender el arte. Hay hombres encantadores: los pescadores, los pastores, los labradores, los campesinos y otros de igual índole, que nada saben del arte, y son, sin embargo, el aroma de la tierra. El verdadero filisteo es aquel que estimula las fuerzas mecánicas, pesadas, enojosas y ciegas de la sociedad, y las apoya sin reconocer la fuerza dinámica cuando se le presenta en un hombre o en un movimiento.

Juzgóse espantoso el que yo sentase a mi mesa a individuos nocivos y me complaciese en su compañía. Empero, y desde el punto de vista desde el cual hube de acercarme a ellos como artista, constituian para mí un estimulante deliciosamente sugestivo. Era como si uno se emborrachase en compañía de unas panteras: en el peligro radicaba la mitad de la embriaguez. Parecíame como si yo fuese un encantador de serpientes, en el momento en que se hace que la naja a su voz se alce el paño abigarrado, o del cesto, y desarrollo sus anillos, y se balancee en el aire cual una planta en la corriente del río. Eran para mí las más luminosas de las serpientes doradas y en su veneno estaba parte de su perfección. Yo no sabía que comenzarían a atacarme, atendiendo al silbido y al dinero de otro. Y no me avergüenzo de haberles conocido, porque eran extraordinariamente interesantes. Pero sí de la horrenda atmósfera de filiteísmo a que fui arrastrado.

Mi calidad de artista me impulsaba hacia Ariel, y hube de ocuparme en luchar contra Calibán. En lugar de escribir obras armoniosas, espléndidamente policromadas, como Salomé, La tragedia florentina o La santa cortesana, hube de redactar largas cartas de leguleyo y me vi obligado a ponerme bajo la protección, precisamente de aquellas cosas contra las cuales habíame precavido desde siempre.

Clibborn y Akkins mostráronse admirables en su infame guerra contra la vida. El haberles dado abrigo fue una empresa verdaderamente arriesgada. Dumas padre, Cellini, Goya, Edgar Allan Poe, Baudelaire, hubieran obrado exactamente de igual modo. Me repugna el recuerdo de las innumerables visitas que hice al abogado Humphrey; en la luz cruda de una habitación desnuda, hallábame yo sentado, diciéndole con cara muy seria mentiras muy serias a un hombre calvo, hasta que el aburrimiento me hacía bostezar y gemir. Allí me hallaba yo verdaderamente en el centro de Filistea, alejado de todo lo que es bello, brillante, maravilloso y audaz.

Habíame presentido como campeón de la decadencia y la austeridad en la vida, y de la moral en el arte. Voila ou menent les mauvais chemins.

Lo más extraño para mí es que tú tienes que haber intentado imitar a tu padre en los rasgos distintivos de su carácter. No puedo comprender cómo tu padre pudo llegar a ser para ti un ejemplo, cuando debía haber sido precisamente todo lo contrario. Sólo existe un verdadero lazo, una verdadera fraternidad allí donde impera el odio. Vosotros, debido a esa extraña ley que hace antipáticos entre sí a los semejantes, os odiabais, y no porque erais opuestos en muchos puntos, sino por ser iguales en algunos.

En junio de ochocientos noventa y tres, cuando abandonaste Oxford, sin grado académico, pero con deudas, que si bien no eran muy grandes, sí eran importantes para un hombre que contaba con los recursos de tu padre, éste te escribió una carta en términos muy bajos, crudos e injuriosos. Tu contestación fue, en todos aspectos, todavía peor, y, naturalmente, todavía menos disculpable. De lo cual, claro está, tú te enorgullecías. Recuerdo aún perfectamente que me dijiste, con el más presuntuoso de tus acentos, que podías atacar a tu padre “en su propio terreno”. Perfectamente. Mas, ¡vaya un terreno y vaya una lucha!

Acostumbrabas a reírte y a mofarte de tu padre, porque se marchaba de casa de tu primo, en donde vivía, para escribirle desde un hotel próximo cartas muy sucias. Y tú acostumbrabas a hacer lo mismo conmigo.

Almorzabas siempre conmigo en algún restaurente; durante la comida provocabas alguna bronca y luego te ibas al White's Club a escribirme una carta infame. La única diferencia entre tú y tu padre era el que tú, unas horas después de haberme enviado la carta por un propio, venías a mi casa, no a disculparte, sino a enterarte de si había yo encargado ya la comida en Savoy, y si no, por qué razón. Y hasta hubo veces en que llegaste antes de haber yo leído la carta en que me insultabas. Recuerdo de una vez, en que me habías rogado invitase al lunch en el café Royal a dos de tus amigos, uno de los cuales no había visto en la vida. Así lo hice, y conforme tu deseo, encargué una comida particularmente suculenta. Mandé venir al maitre d'hotel –aún me parece que le estoy viendo– para puntualizarle concretamente todos los detalles respecto a los vinos. Y en lugar de venir a comer, me enviaste al café una carta llena de insultos, calculando el tiempo de tal forma, que la recibí después de estarte esperando media hora.

Leí la primera línea, lo comprendí todo; me guardé la carta en el bolsillo y dije a tus amigos que te habías puesto malo de repente; que el resto de la carta trataba de los síntomas de la enfermedad. En realidad, no leí la carta hasta mucho después, al irme a Tite-Street a cenar.

Preso de inmensa amargura, sumido en el fango de aquellas líneas, preguntábame yo cómo podías tú escribir unas cartas que eran como la espuma y la baba que aparece en los labios del epiléptico, cuando me anunciaron que estabas en el vestíbulo y deseabas imprescindible haberme cinco minutos.

Te hice subir inmediatamente. Te presentaste, lo reconozco, pálido y demudado; venías en busca de apoyo y de consejo, pues ya había llegado a tus oídos el que alguien del bufete del abogado Lumley había preguntado por ti en Cadoglan-Place, y temías ver levantarse la amenaza de tu asunto de Oxford, o de algún nuevo peligro. Yo te consolé, diciéndote que probablemente –y así era, en efecto– tratábase únicamente de la cuenta de algún comerciante, y te invité a comer y a pasar la velada conmigo.

No mentaste para nada tu horrible carta, ni yo tampoco. Para mí no era sino un síntoma lamentable de un desgraciado temperamento. No se habló de ello. Escribirme a las dos y media una carta repugnante y venir a las siete y cuarto de la misma tarde a buscar precipitadamente junto a mí ayuda y consuelo, era en ti cosa corriente. Con ello y con otras muchas cosas sobrepasabas a tu padre.

Cuando fueron leídas ante el juez las repugnantes cartas que te dirigió tu padre, se avergonzó e hizo como si llorara. Y si su abogado hubiese leído también las cartas que tú le habías dirigido, el mundo hubiera sentido un horror, una repugnancia todavía mayores.

Mas no era sólo con el estilo con lo que triunfabas de tu padre “en su propio terreno”, sino que también le dejabas muy atrás en el modo de atacar. Utilizabas el telegrama público y la postal abierta. Yo creo que esas formas de atacar debías habérselas dejado a gentes como Alfred Good, para quienes constituyen la única fuente de ingresos.

¿No es así?

Lo que para él y su cuadrilla constituía una profesión, constituía para ti un placer, un placer harto perverso. Y no has renunciado a ello, ni aun después de cuanto ha ocurrido a causa precisamente de esa abominable costumbre tuya de enviar esquelas insultantes. Sigues considerando esta práctica como un talento personal tuyo, y lo esgrimes contra mis amigos, o contra aquellos que se han mostrado buenos conmigo durante mi estancia en la cárcel, cual Robert Sherard, entre otros. Y esto es en ti verdaderamente vergonzoso.

Cuando Robert Sherard supo por mí mismo que yo no quería que tú publicaras un artículo sobre mí en el Mercure de France, ni con cartas ni sin ellas, debías haberle agradecido el haberte transmitido mis deseos respectos a este asunto y te hubieras ahorrado de este modo el causarme inconscientemente un sufrimiento todavía mayor del que ya me habías causado. Has de comprender, no obstante, que una carta seudoprotectora, de espíritu mezquino, respecto a “un hombre que yace en tierra”, cuadra admirablemente en un periódico inglés, en donde continúa la tradicional actitud de la Prensa inglesa para con los artistas; pero que en Francia sólo podía servir para ponerme en ridículo y hacerte despreciable.

Para autorizar un artículo me era indispensable conocer antes su objeto, su naturaleza, la forma en que estaba concebido y demás particularidades. En arte, las buenas intenciones no tienen valor ninguno. El arte malo es siempre el resultado de bonísimas intenciones.

Y no es Robert Sherard el único amigo mío a quien has dirigido cartas mordaces y amargas, porque creía que convenía tener en cuenta mis deseos y mis sentimientos en asuntos que me afectaban, tales como la publicación de artículos sobre mí, el dedicarme tus poesías, el devolverme mis cartas y regalos, y cosas similares. También a otros los has importunado o has intentado importunarlos.

¿No se te ocurre pensar a cada instante en qué situación más terrible me hubiese yo encontrado en los dos últimos años de mi terrible condena, si hubiese apelado a tu amistad?

¿Piensas siquiera constantemente en ello?

¿Te sientes acaso de continuo agradecido a aquellos cuya bondad sin límites, cuya infinita abnegación, cuyos espontáneos regalos me han aligerado mi tenebrosa carga; aquellos que me han visitado repetidamente, me han demostrado su simpatía en cartas muy hermosas, se han ocupado en mi lugar de mis asuntos, han tomado disposiciones para mi porvenir y han permanecido junto a mí, a pesar de las calumnias, las mofas, al desprecio público e incluso de los insultos?

Todo se lo debo a ellos. Hasta los libros que tengo en mi celda es Robbie quien los ha pagado de su bolsillo. Y de la misma fuente me llegarán ropas cuando sea puesto en libertad. No me avergüenza el aceptar lo que se me ofrece con cariño sincero y hasta me enorgullezco de ello. Es más: piensa en esos amigos míos, en More Adey, Robbie, Robert Sherard, Frank Harris, Arthur Clifton, y en todo lo que su ayuda, su cariño, la simpatía que me han demostrado ha sido para mí.

Esto tú no lo has visto. Empero, si tuvieses siquiera una chispa de imaginación, sabrías que no ha habido nadie durante mi prisión que no se haya mostrado bueno conmigo; incluso, en escala descendente, el carcelero, que me da, sin que nada le obligue a ello, los buenos días y las buenas noches; incluso los humildes guardias que, a su modo, tosca y calladamente, intentaban consolarme el día en que fui conducido al Tribunal de quiebras, y en que volví en un estado de angustia terrible; incluso, bajando aún más, el pobre ladrón que me conoció mientras dábamos vueltas al patio de la prisión de Wodsworth, y que, con la bronca voz del calabozo, que uno adquiere en el largo e involuntario silencio, susurróme estas palabras: “Me da usted lástima, pues para uno como usted esto es más duro que para nosotros”.

No, no hay uno siquiera ante quienes no debieras enorgullecerte de arrodillarte para limpiarle el polvo del calzado.

¿Puedes siquiera llegar a imaginarte qué tragedia más terrible fue para mí el encontrarme en el camino con tu familia?

¿Qué tragedia no había de ser para todo el que podía haber perdido una gran posición, un nombre ilustre o algo igualmente importante? Entre los miembros adultos de tu familia apenas si hay uno –Percy, que en verdad es un buen muchacho– que no haya contribuido en agún modo a mi ruina.

Te he hablado de tu madre con bastante amargura y te aconsejo con gran insistencia que le enseñes esta carta, ello principalmente en tu propio interés. Si le es doloroso leer tales recriminaciones contra uno de sus hijos, que piense que mi madre, que por su espíritu fue hermana de Elizabeth Barret-Browning, y por su historia, de madame Roland, murió con el corazón destrozado, porque el hijo de cuyas dotes y arte se enorgullecía, y en quien siempre había visto el digno continuador de un apellido ilustre, fue condenado a dos años de presidio.

Y me preguntarás cómo pudo tu madre contribuir a mi ruina. Voy a decírtelo. Así como tú te esforzabas en descargarte sobre mí de todas tus responsabilidades directas, tu madre, por su parte, esforzábase en descargarse sobre mí de todas las responsabilidades morales que tenía respecto a ti. En lugar de hablar directamente contigo de tu vida, cual es el deber de una madre, escribióme siempre confidencialmente a mí, rogándome a la vez con gran temor no te enterases de que ella me escribía.

Ya ves en qué situación me poníais entre los dos. Una situación no menos falsa, estúpida y trágica, que aquella en que me precipitasteis tu padre y tú.

En agosto de mil ochocientos noventa y dos, y el ocho de noviembre del mismo año, tuve yo con tu madre dos largas conversaciones acerca de ti, y las dos veces le pregunté por qué no hablaba directamente contigo. Las dos veces me contestó lo mismo: “Me da miedo; se pone frenético cuando se le habla”. La primera vez, hacía tan poco que yo te conocía, que no comprendí lo que quería decir. Pero la segunda te conocía ya tan bien, que la entendí admirablemente. (Mientras, habías tú tenido un ataque de ictericia, el médico te había ordenado fueses a pasar una semana a Bournemoth, y como odiabas encontrarte solo, me habías comprometido a ir contigo). Mas el primer deber de una madre es no temer hablar en serio con su hijo. Si tu madre te hubiese hablado seriamente respecto al disgusto en que te vio el año mil ochocientos noventa y dos, y te hubiese animado a confiarte a ella, todo se hubiera desarrollado para vosotros mucho mejor y más dichosamente.

Todos estos secretos conmigo eran una equivocación. ¿Qué finalidad podía tener el que tu madre me dirigiese innumerables cartitas para rogarme que no te invitase con tanta frecuencia a comer, ni te diese más dinero; cartas que llevaban en el sobre la mención “confidencial” y terminaban invariablemente con esta posdata: “No le diga usted de ningún modo a Alfred que yo le he escrito”?

¿Qué eficacia podía tener semejante correspondencia?

¿Esperaste acaso alguna vez a que yo te invitara a comer?

Jamás. El comer siempre conmigo parecíate muy natural. A todas mis protestas contestabas lo mismo: “Si no como contigo, ¿dónde voy a comer?

No irás a suponer que en mi casa”. Esto era irrebatible. Y cuando yo no quería consentir de ningún modo que comieras conmigo, me amenzabas con hacer una tontería, y, efectivamente, la hacías.

¿De qué podían, por lo tanto, servir cartas como las que mandaba tu madre?

¿Qué otro resultado podían tener aquel que efectivamente tuvieron, o sea, el echar sobre mis hombros una absurda responsabilidad moral?

Y no quiero hablar aquí de las innumerables ocasiones en que la debilidad de tu madre y tu falta de valor hubieron de manifestarse igualmente perjudiciales para ella, para ti y para mí. Pero la verdad es que al enterarse de que tu padre había venido a casa a armar un repugnante escándalo público, bien podía haber visto en ello el anuncio de una catástrofe, e intentado evitarla. Empero no se le ocurrió cosa mejor que enviarme al prudente George Wyndham con sus hábiles palabras, ¿y qué es lo que venía a proponerme? Pues “darte poco a poco de lado”. Como si esto hubiese sido posible.

Ya había yo intentado por todos los medios poner fin a nuestra amistad; había incluso abandonado Inglaterra, dejando una falsa dirección, con la esperanza de romper de una vez un lazo que me pesaba, me era funesto y que sólo odio me inspiraba.

¿Crees tú verdaderamente que podía yo haberte “dado poco a poco de lado”?

¿Crees tú que podía yo haber de este modo causado algún bien a tu padre?

Bien sabes que el caso era muy otro. Lo que tu padre deseaba no era que rompiéramos nuestra amistad, sino un escándalo público. Y se esforzaba en lograrlo. Hacía ya años que su nombre no aparecía en los periódicos. Vio la posibilidad de reaparecer ante el público inglés en un papel completamente nuevo: el de padre amante. Ello estimulaba su Humor. Si yo rompo mi amistad contigo, esto le hubiera causado una tremenda desilusión, a la cual sólo podían aportar un muy débil paleativo las habladurías a que daba lugar un segundo divorcio, por muy repugnante que éste fuese en su causa y en sus pormenores.

Y es que sólo un fin perseguía: la popularidad y el hincharse de orgullo en calidad –cual suele decirse– de campeón de la austeridad, lo cual, dado el actual estado de la sociedad británica, es el más seguro procedimiento para convertirse de momento en una figura heroica.

De esta sociedad, ya he dicho, en una de mis obras de teatro, que una mitad del año es Calibán y la otra mitad Tartufo; tu padre, en quien encarnaron perfectamente ambos caracteres, aparecía de este modo, indiscutiblemente como el más puro representante del puritanismo, en su aspecto más típico y más agresivo.

Aun suponiendo que ello hubiera sido posible, el darte poco a poco de lado de nada habría servido.

¿No comprendes ahora que lo único que le cumplía a tu madre era el haberte rogado fueses a verla, y, teniéndonos allí a los tres, a ti, a tu hermano y a mí, declarar rotundamente que tu amistad conmigo había necesariamente de terminar?

Hubiera hallado en mí el más decidido apoyo, y no tenía por qué tener miedo ninguno de hablar contigo, puesto que Drumlanrig y yo hubiéramos estado presentes. Pero no lo ha hecho. Temía la responsabilidad y prefería derivarla a mí. Cierto es que me ha escrito una carta. Una breve esquela, para rogarme no enviase a tu padre la carta del abogado en que éste me invitaba a no seguir adelante.

En esto tenía razón. Era ridículo de mi parte recurrir a los abogados en demanda de protección y de consejo. Mas toda eficacia que su carta podía haber tenido ella misma la destruía con la sempiterna posdata: “No le diga de ningún modo a Alfred que le he escrito a usted”.

A ti te embriagaba literalmente la idea de que yo pudiese hacer que unos abogados os escribiesen, lo mismo a ti que a tu padre. Tú eras quien provocabas esto, y yo no podía decirte que tu madre era contraria a ello, pues ella misma me había, con solemnes promesas, comprometido a no decirte nunca una palabra de las cartas que me escribía, y yo mantuve locamente esta promesa.

¿No comprendes ahora cuán equivocada estaba al no hablar directamente contigo? ¿Y cuán equivocadas eran asimismo esa correspondencia de chismes y esas entrevistas secretas?

Nadie puede descargarse sobre otro de su responsabilidad. Ésta acaba siempre por volver a aquel a quien corresponde. Tu idea de la vida, tu filosofía –si es que puede suponérsete una– era que otro había de pagar siempre lo que tú hicieses, y esto, no sólo en el sentido económico de la frase –lo cual fue simplemente la aplicación de tu filosofía a la vida cotidiana–, sino también en el sentido harto más amplio y completo de transmisión de la responsabilidad. Y esta filosofía, que, llegado el caso, tan buenos resultados te daba, la convertiste en una verdadera profesión de fe.

Me obligaste a entablar un proceso, porque sabías muy bien que tu padre nunca te atacaría, ni personalmente ni en tu vida, y que yo, a ti y a tu vida, os defendería hasta lo último, cargando sobre mis hombros con todo aquello con que se me quisiese abrumar. Y pensabas bien. Tu padre y yo – claro es que cada uno por otros motivos– hicimos exactamente aquello con que tú contabas. No obstante, y a pesar de todo, tampoco tú has salido ileso: “La historia del niño Samuel”, cual puede llamársela para abreviar, podrá parecer muy bella a los ojos del vulgo, pero parece ser que en Londres se han burlado bastante de ella; en Oxford se han sonreído. Y es que en todas partes hay personas que te conocen, y tú en todas partes dejas rastro. Mas, fuera de un reducido grupo en estas dos ciudades, el mundo ve en ti a un hombre bueno, poco menos que arrastrado al delito por el artista malo e inmoral, y felizmente salvado, justo en el momento preciso, por su bondadoso y amante padre.

Esto resulta precioso, y a pesar de todo, tú bien sabes que no has salido incólume de este asunto. Y no me refiero aquí a aquella estúpida pregunta hecha por un jurado no menos estúpido, y, naturalmente, considerada con desprecio por el fiscal y el presidente; aquello carece de importancia. Quiero decir que tal vez, en el fondo, ante ti mismo, a tus propios ojos, no estás exento de culpa.

Algún día tendrás que meditar sobre tu conducta; no estás, no puedes estar satisfecho del giro que han tomado las cosas. Al pensar en ti, no puedes menos de sentir inmenso rubor. Mostrar al mundo una frente de bronce es en verdad maravilloso, pero cuando te halles a solas y libre de espectadores, tienes forzosamente que quitarte la careta para poder respirar, pues de lo contrario te asfixiarías.

Y, asimismo, tu madre no puede por menos de lamentar alguna vez el haber querido descargarse sobre otro de sus graves responsabilidades; sobre otro que ya tenía que soportar una carga suficientemente pesada.

Ella hacía junto a ti las veces de padre y de madre; ¿ha cumplido acaso los deberes, aunque sólo sea de uno de los dos?

Ya que yo me mostré indulgente para con tus caprichos, tus violencias y tus escándalos, ella debía haber mostrado igual indulgencia.

La última vez que vi a mi mujer –hace de esto ahora catorce meses– le dije que ella había de ser a un tiempo padre y madre de Cyril. Le conté todo lo referente al modo de ser de tu madre contigo; se lo conté con todos los detalles expuestos en esta carta; pero, como es natural, mucho más extensamente. Le expliqué el motivo de esas innumerables cartas de tu madre, que llegaban a Tite-Street con la mención de “particular” y con tanta regularidad, que mi mujer habíame dicho riendo que seguramente tu madre y yo estábamos escribiendo juntos alguna novela de sociedad. Y le supliqué encarecidamente no obrase con Cyril como tu madre contigo. Le dije que había de educarle de tal forma, que si algún día él llegaba a derramar sangre inocente, fuese junto a ella y se lo confesase para que ella le lavase primero las manos y viese luego cómo podía lavarle el alma con el arrepentimiento y la reparación del daño causado.

Y le dije que si le austaba tomar sobre sí la responsabilidad de la vida de otro, aunque este otro fuese su propio hijo, que buscase un tutor que la ayudara. Y esto es lo que efectivamente ha hecho, y es para mí una alegría.

Su elección ha recaído en Adrian Hope, un hombre de elevado origen, de gran cultura y noble carácter, su primo, con quien una vez te encontraste en Tite-Street, y en él han hallado a Cyril y Vivían las mejores esperanzas de un hermoso porvenir.

Si tu madre temía hablar en serio contigo, debía haber elegido a alguno de sus propios parientes a quien tú tal vez hubieses hecho caso. Pero ella no tenía por qué tener miedo. Debía haberte aconsejado y ofrecido su frente, y, por no haberlo hecho, ya ves el resultado.¿Puede acaso éste satisfacerla?

Ya sé que a mí me culpa de todo, y lo sé, no por personas que te conocen, sino por personas que ni te conocen ni quieren conocerte. Con frecuencia oigo hablar de ello. Ella, por ejemplo, suele hablar de la influencia ejercida por el hombre mayor en edad sobre el más joven. Se agarra preferentemente a esta idea porque, dados los prejuicios corrientes del país y la ignorancia, nunca deja de causar impresión. No necesito preguntarte cuál fue mi influencia sobre ti. De sobra sabes que no tuve ninguna. A menudo te alababas de ello, y es lo único de que en verdad podías vanagloriarte.Y, ¿qué podía haberse dejado influir en ti? ¿Tu inteligencia? Aún no estaba desarrollada. ¿Tu imaginación? Estaba muerta.

¿Tu corazón? No había nacido todavía. De cuantos hombres he podido cruzar en mi camino, tú fuiste el único en quien yo no podía haber influido absolutamente en nada.

Cuando yacía en cama, sin asistencia de nadie, y enfermo de la fiebre que tú me habías contagiado, no logré influir sobre ti hasta el punto de hacer que fueses siquiera a buscarme un vaso de leche o de que te ocupases de que no me faltaran las cosas más corrientes y precisas en la habitación de un enfermo, o de que te tomases la molestia de recorrer en coche doscientos metros para ir a comprarme a una librería un libro que yo hubiera naturalmente costeado. Cuando me hallaba sumido en la tarea de escribir y concebir comedias que habían de superar a Congrebe en ingenio, a Dumas joven en filosofía y seguramente a otro cualquiera en cualquier aspecto, no fue tanta mi influencia sobre ti como para hacer que me dejases tranquilo, cual debe estar el artista. Mi cuarto de trabajo, se hallase donde se hallara, era siempre para ti un aposento de paso, una habitación para fumar, beber vino con agua de seltz y charlar de cosas estúpidas. Esa teoría de “la influencia del hombre de más edad sobre el más joven” tiene gracia hasta el momento en que llega a mis oídos; después, resulta grotesca. Y cuando llegue a los tuyos, seguramente te sonreirás, y con sobrada razón.

También oigo hablar mucho de lo que tu madre dice respecto a la cuestión del dinero. Hace observar que ella me rogaba constantemente no te diese dinero, lo cual es exacto. Lo reconozco. Sus cartas han sido innumerables, y en todas aparece la consabida posdata: “Le ruego no sepa Alfred que le he escrito a usted”. Mas a mí no me hacía ninguna gracia el tener que sufragar hasta tus gastos más nimios, desde el afeitado de por la mañana hasta el coche de altas horas de la madrugada. Aquello era para mí una verdadera plaga, y constantemente te lo reproché. Repetidamente –¿lo recuerdas, no es verdad?– te dije cuánto me desagradaba vieses en mí a una persona “útil”, cuando el artista y el arte mismo en su íntima esencia han de carecer completamente de utilidad. Siempre te molestaste. La verdad es una cosa muy dolorosa de oír y de manifestar. Pero esta verdad no te ha hecho cambiar nunca tu manera de ver ni de vivir y todos los días hube yo de sufragar cuantos pequeños gastos hacías. Esto sólo podía ser el hecho de un hombre dotado de una incomparable bondad de corazón o de una infinita estupidez. Por desgracia, en mí uníanse perfectamente ambas cosas. Cada vez que yo te daba a entender que a tu madre correspondía proveerte del dinero necesario, tenías tú preparada una respuesta digna y rotunda. Decías que la renta que tu padre le pasaba –creo que unas mil quinientas libras al año– era totalmente insuficiente para las necesidades de una mujer de su rango y que no querías, por lo tanto, pedirle más dinero que el que ella te daba. Tenías razón al decir que su renta no cuadraba a una mujer de su rango y de sus gustos, pero ello no le hace para que no estuviese bien en ti el utilizar ese pretexto para vivir opulentamente a mi costa, sino que, por el contrario, debía haberte impulsado ante todo a llevar un tren de vida más económico. Es indiscutible que eras, y probablemente sigues siendo, un sentimental; sólo un sentimental puede querer proporcionarse gratuitamente el lujo de una emoción. Hacías muy bien en mirar por el bolsillo de tu madre, pero no dejaba de ser muy feo el que lo hicieses a mi costa.

Ya digo yo, en mis Intenciones que los impulsos del sentimiento son, en su extensión y duración, tan limitados cual los de la fuerza corporal. La copa hecha para contener una cantidad determinada puede contener ésta, pero no sobrepasarla, aun cuando todos los purpúreos toneles de Borgoña estén llenos de vino hasta el borde y los vendimiadores se hundan hasta las rodillas entre los racimos de uvas de los viñedos de España. No hay error mayor que el creer que aquellos que causan o provocan las grandes tragedias tienen sus sentimientos al unísono de éstas, y el esperarlo de ellos es el más funesto de todos los errores. Tal vez pueda el mártir, dentro de su “camisa de llamas”, contemplar la faz del Señor. Pero el que amontona leña o sopla en la hoguera para que el aire avente las llamas, no siente más que el matarife que sacrifica un buey, el leñador que tala un árbol en el bosque o el segador que, al segar, hace desplomarse lentamente una flor con la hoz.

Las grandes pasiones son para las almas grandes. Y los grandes acontecimientos sólo pueden ser comprendidos por quienes se hallan a su altura.

Yo me figuro que si vuelves alguna vez la vista hacia atrás y reflexionas acerca de tu conducta para con tu madre, o para conmigo, no podrás sentirte satisfecho de ti mismo y que, si no le enseñas esta carta a tu madre, tal vez algún día llegues a explicarle cómo, al vivir a mi costa, no obedecías en modo alguno a mis deseos.

La forma que tomaron tus sentimientos para conmigo no pudo ser más personal, ni serme a mí personalmente más desagradable. El depender de mí, igual en los pequeños gastos que en los grandes, prestábate a tus propios ojos el encanto de la infancia, y al obligarme a pagar también por todos tus amigos, creías haber dado con el secreto de una eterna juventud.

Confieso que el saber lo que tu madre dice de mí me es harto doloroso. Y de seguro que tú mismo, si piensas un poco, estarás conmigo en que ya que no tiene una sola palabra de sentimiento o de compasión por la catástrofe a que me ha llevado tu gente, más le valía callar.

Claro es que no hace falta que ella vez esa parte de esta carta que trata de mi proceso espiritual, ni de la meta que espero alcanzar, pues ello no le interesaría. Pero yo, en tu lugar, le enseñaría aquellos párrafos que se refieren exclusivamente a tu vida.

A mí, en tu lugar, no me agradaría en modo alguno saberme querido a causa de una ilusión falsa. El hombre no tiene por qué descubrir al mundo su vida. El mundo es incomprensivo. Pero cuando se trata de personas cuyo amor uno desea, la cosa es muy distinta.

Un buen amigo mío, y que como tal se ha mostrado durante diez años, vino a verme no ha mucho y me dijo que no creía una sola palabra de cuanto se decía contra mí, y me dio a entender que estaba firmemente convencido de mi inocencia y me tenía por la víctima de una inicua conspiración. A oírle hablar de ese modo, rompí a llorar y le dije que muchos de los extremos de que se me acusaba eran completamente falsos y habían sido ideados con indignante perfidia, pero que, sin embargo, mi vida había estado llena de placeres perversos y de extrañas pasiones, y que él tenía que convencerse de ello y aceptarlo, para que yo pudiese continuar siendo su amigo o volviese alguna vez a estar en su compañía. Esto fue para él un golpe terrible. Pero seguimos siendo amigos y yo no he captado su amistad con falsas ilusiones. Ya te he dicho que el manifestar la verdad es muy doloroso, pero lo es aún más el tener que mentir.

Durante mi último proceso, hallábame yo sentado en el banco de los pecadores, oyendo aquella extravagante acusación de Lockwood, que era escuchada como un trozo de Tácito, un verso del Dante o uno de los incendiarios discursos de Savonarola contra los papas romanos. Sentíme invadido de una gran repugnancia. Mas de pronto cruzóme por la mente esta idea: “Cuán maravilloso sería que yo mismo contase todo esto de mí mismo”. Y al momento pensé que las palabras nada significan de por sí, que todo está en quien las dice. El momento supremo para un hombre –y ello no me deja la menor duda– es aquel en que arrodillado en el polvo se golpea el pecho y confiesa todos los pecados de la vida.

Y esto es verdad también para contigo. Te sentirías mucho más feliz si enterases tú mismo a tu madre siquiera de parte de tu vida. En diciembre de mil ochocientos noventa y tres le conté yo gran parte de ésta, pero claro es que con omisiones y generalizando. Esto, al parecer, no le ha infundido más valor para sus relaciones contigo. Antes, por el contrario, parece haberse empeñado aún más en no ver la verdad. Si tú mismo le hubieras hablado, la cosa hubiera sido muy distinta. Mis palabras son tal vez con frecuencia demasiado amargas para contigo, pero tú no puedes negar los hechos. Las cosas han sido tal como yo las conté; si lees esta carta cuidadosamente, cual debes hacerlo, te hallarás frente a frente contigo mismo, verás tu vida cara a cara.

Te escribo esta carta tan dilatada para que te des cuenta de lo que fuiste para mí antes de mi encarcelamiento, durante los tres años de aquella fatal amistad; lo que has sido para mí durante esta prisión mía, que dentro de dos lunas habrá llegado a su término y lo que yo espero ser para mí mismo y para los demás al salir de la cárcel.

No puedo ni modificar mi carta ni volverla a escribir. Has de aceptarla tal cual, borrados muchos de sus párrafos por las lágrimas, ostentando otros muchos las huellas del dolor o de la pasión, y así has de descifrarla como puedas, con todos sus borrones y sus correcciones. En cuanto a las enmiendas y faltas que pudiera tener, las hice para que mis palabras expresasen verdaderamente mis pensamientos y no hubiese ningún error por palabras de más o menos. El lenguaje debe estar afinado como un violín, y así como una vibración excesiva, o demasiado escasa, en la voz del cantante, o el temblor de las cuerdas, hace impuro el tono, así también el exceso o falta de palabras estropean lo que se expone. Mi carta, tal como va, tiene al menos en cada una de sus frases una importancia esencial. No tiene retórica ninguna. Si hay párrafos borrados o añadidos que, aunque no muchos, sí muy pulidos, ello obedece a mi deseo de reproducir exactamente mi sentimiento y a no encontrar nada que interprete perfectamente mi estado de ánimo. Lo primero que dicta el sentimiento es lo último que acude en la forma.

Añadiré que es esta una carta severa. No te he guardado ninguna consideración. Es más: afirmo incluso que es injusto ponerte en la balanza frente al menor de mis sufrimientos, a la más nimia de mis pérdidas y que puedes con razón decir que he ido pensando éstas grano a grano. Es verdad.

Pero has de reconocer que tú mismo te colocaste en el platillo.

Has de reconocer que si un solo momento te has asociado a mí en mi prisión, tu platillo sube bruscamente. La vanidad es la que te ha hecho elegir la balanza y es la que te impulsa a adherirte a ella. Este fue el gran error psicológico de nuestra amistad: su absoluta falta de proporción.

Encauzaste tu camino por una existencia demasiado grande para ti, cuyos límites sobrepasaban tu visión y tu facultad de movimiento cíclico; una existencia cuyos pensamientos, pasiones y acciones tenían un gran interés y una gran significación, y se hallaban verdaderamente abrumados bajo el peso de trágicas o maravillosas consecuencias. Tu pequeña existencia de pequeños caprichos, a merced de tu humor, era deliciosa dentro de lo reducido de tu órbita. Era deliciosa en Oxford, en donde lo peor que podía sucederte era una reprimenda del decano o una filípica del rector, y en donde lo más excelso era el triunfo de Magdalen en las regatas y el encender una hoguera en el patio en la Universidad para festejar tan fausto acontecimiento. Después de abandonar Oxford, tu vida debía haber continuado girando dentro de tu propia órbita. Todo en ti hallábase para ello admirablemente dispuesto. Eras un ejemplar irreprochable de una muy moderna especie. Pero no estabas hecho para servirme de paralelo. Tu ilimitada prodigalidad era un crimen. La juventud siempre es pródiga, pero el que me obligases a sufragar esa manía tuya, esto era verdaderamente vergonzoso. Encantador, y casi idílico, era ese afán tuyo de tener un amigo con el cual pudieras estar desde por la mañana hasta por la noche; mas el amigo que tú buscaste no debió ser nunca un escritor, un artista, alguien en quien tu constante compañía anulaba toda obra bella y paralizaba la fuerza creadora. Tú creías en serio, con completa buena fe, que la mejor forma de pasar una noche era el comer con champaña en el Savoy, luego de ir a ver varietés desde un palco, y, por último para la bonne bouche, cenar con champaña en casa de Willis. Hay en Londres infinidad de muchachos encantadores que comparten este modo de ser. Esto no puede considerarse siquiera como libertinaje. Es el certificado de aptitud para entrar en el White's Club. Pero no tenías derecho a exigir que yo fuese quien hubiera de suministrarte semejantes placeres. Esto probaba cuán poco sabías estimar mi genio.

Volviendo a tu disputa con tu padre, sea lo que fuere lo que sobre ello se piense, es evidente que era este un asunto que debía haber quedado en absoluto entre vosotros dos. Debía haber sido arrojado a un corral: esto es lo que generalmente ocurre con disputas de esta índole. Tu culpa estriba en haberla hecho representar a la fuerza, cual trágico intermedio, sobre un alto tablado ante el foro de la historia, sirviéndole de público el mundo entero y dándome a mí mismo en premio al vencedor de tan despreciable torneo.

El que tu padre te odiase, y tú le odiases a él, no podía tener ninguna importancia para la sociedad inglesa. Tales sentimientos están muy en boga en la vida familiar inglesa, pero conviene limitarlos al sitio que le es adecuado: el sagrado hogar. Fuera de este círculo se hallan desplazados y el transplantarlos a otro escenario constituye una ofensa.

La vida de familia no puede utilizarse como una bandera roja que se hace flamear por las calles, ni como un cuerno en el cual se sopla broncamente desde lo alto del tejado; tú sacaste las cosas domésticas de su terreno, igual que tú mismo te saliste del campo que era el tuyo. Y aquel que abandona el terreno que le es propio, cambia lo que está en su derredor, pero no su propia naturaleza, pues no le es posible adueñarse de los pensamientos ni de las pasiones que dominan en el círculo en que se ha introducido.

En el terreno del arte, no conozco en toda la literatura dramática nada que se pueda comparar al modo como Shakespeare ha trazado las figuras de Rosenkranz y Guldenstern, ni sea más sugestivo que éstas, a causa de su fineza psicológica. Son dos compañeros de Universidad de Hamlet; han sido sus camaradas. Conservan el recuerdo de los alegres días vividos juntos. En el momento en que en la obra se encuentran con Hamlet, éste vacila bajo el peso de una carga irresistible para un hombre de sus condiciones. El muerto ha salido armado de su tumba para confiarle una misión a un tiempo demasiado grande y demasiado mezquina para él. El es un soñador y vese precisado a obrar. Tiene un temperamento de poeta y se le exige que luche contra la relación habitual de causa a efecto, contra la vida en su aspecto práctico, del cual él nada sabe, en vez de luchar contra la esencia ideal de la vida, de la que se sabe tanto. No tiene ninguna idea de lo que debe hacer, y su locura consiste en simular la locura. Bruto utilizó su demencia cual manto que había de ocultar la espada de su intención, el puñal de su sabiduría; pero la locura de Hamlet es tan sólo un disfraz, debajo del cual su debilidad se oculta haciendo muecas y chistes, un pretexto para retrasar la acción, con la cual juega como el artista con una teoría.

Se convierte en espía de sus propios actos, y al escucharse a sí mismo, sabe que aquello sólo son “palabras, palabras, palabras”. En vez de arriesgarse a ser el héroe de su propia historia, se esfuerza en ser el espectador de su propia tragedia. No cree en nada, ni siquiera en sí mismo; mas su duda no puede ayudarle, porque no es fruto del escepticismo, sino de su incierta voluntad.

Nada de eso perciben Guldenstern ni Rosenkranz. Se inclinan y sonríen complacientes, hacen gracias y lo que el uno dice el otro lo repite, como un eco. Y cuando, por fin, por medio del drama que surge dentro del drama y del discreteo de las marionetas, Hamlet logra sorprender al rey en el “secreto de su conciencia” y arroja del trono al traidor presa de pánico Guldenstern y Rosenkranz sólo ven en su conducta un lamentable olvido de la etiqueta palaciega. Es cuanto les permiten los “sentimientos propios que contemplan el drama de la vida”. Se hallan junto al secreto de Hamlet y nada sospechan de él. Y el iniciarlo en éste no tendría ninguna finalidad.

Son coplas pequeñas cuya cabida no puede aumentarse. Hacia el final del drama se indica que los dos han sido sorprendidos planeando un golpe pérfido contra un tercero y han sido o serán muertos violenta y bruscamente. Mas tan trágico fin, aunque el Humor de Hamlet le da una apariencia de sorpresa, de comedia y de justicia, no es el que corresponde a muchachos de su calaña. Éstos no mueren nunca. Horacio, al morir – aunque no ante el público–, en defensa de la causa de Hamlet, no deja ningún hermano:

(Absents him from felicity a white,
and in this hars worlds draws his breath in pain...)

Pero Guldenstern y Rosenkranz son inmortales, como Angelo y como Tartufo, y merecen perdurar junto a éstos. Son el tributo pagado por la vida moderna al antiguo ideal de la amistad. Quien en el porvenir escriba un nuevo tratado “de Amicitia”, habrá de reservarles un puesto en él y de glorificarles en prosa ciceroniana. Son tipos por siempre inmutables.

Censurarles sería no comprenderles. Lo que sucede es que ellos no están en el lugar que les corresponde, y esto es todo. La grandeza de alma no es contagiosa. Los pensamientos y sentimientos sublimes se hallan solos desde su nacimiento.

Lo que Ofelia no pudo comprender, tampoco pudieron comprenderlo Guldenstern y su “querido” Rosenkranz, Rosenkranz y su “querido” Guldenstern. Y no es que yo quiera naturalmente compararles. La diferencia entre nosotros dos es mucho mayor que entre ellos y Hamlet. Lo que en ellos era fruto del azar, fue en ti libre elección. Con premeditación, sin que to te impulsase a ello, penetraste a la fuerza en mi terreno y usurpaste un puesto al cual no tenías derecho ninguno, ni para el cual eras apto; consiguiendo con singular tenacidad que tu presencia fuese uno de los elementos esenciales de cada uno de mis días, recabando para ti mi vida toda, sin saber hacer con ella otra cosa mejor que despedazarla. Por raro que te parezca, era muy natural que hicieses lo que hiciste. Si se le da a un niño un juguete demasiado maravilloso para su mentalidad, o demasiado hermoso para sus ojos, aun tan sólo entreabiertos, si el niño es travieso, romperá el juguete, y si es poco cuidadoso, lo dejará caer y se irá con sus compañeros. Y esto es lo que ha sucedido contigo. Cuando te hubiese hecho dueño de mi vida, no supiste qué hacer con ella. No podías saberlo.

Era algo demasiado maravilloso para tus manos. Debías haberla dejado caer y haberte marchado de nuevo con algún compañero de juego. Pero eras travieso y la destrozaste. Y esto es, tal vez, al fin y a la postre, la última verdad.

Y es que las verdades son siempre más pequeñas que sus manifestaciones. La mutación de un átomo puede tal vez conmover al mundo. Y para que veas que no soy más indulgente conmigo que contigo, añadiré todavía esto: tu conocimiento, tan peligroso para mí, fue aún más fatal a causa del momento especial en que tuvo lugar. Pues tú te hallabas en la edad en que todo cuanto uno hace no es sino arrojar la semilla y yo me hallaba en la edad en que todo cuanto uno hace no es sino recolectar lo sembrado.

Hay todavía algunos extremos acerca de los cuales tengo que escribirte. El primero se refiere a mi quiebra. Hace unos días me enteré – confieso que con honda tristeza– de que ya es demasiado tarde para que los tuyos puedan indemnizar a tu padre, que la ley ya no lo permite y que habré de permanecer bastante tiempo en mi lamentable situación actual. Esto para mí es muy triste, pues como, según me asegura un hombre de leyes, no puedo ni siquiera publicar un libro sin autorización del administrador de la quiebra, a quien habrían de ser presentadas todas las liquidaciones, no podré cerrar ningún contrato con un director de teatro, ni hacer representar una obra, sin que los derechos fuesen a parar a tu padre y a mis otros acreedores. Tú mismo reconocerás ahora que ese plan de “embarcar” a tu padre, permitiéndole me hiciese declarar en quiebra, no ha tenido, en realidad, aquel maravilloso resultado que te prometías.

Esto, por lo menos para mí, es harto doloroso, y el sentimiento de humillación que me produce mi miseria debía haberse tenido antes en cuenta que ese humor tuyo todavía mordaz o tan insospechoso. Una cosa es indudable: que por haber tú permitido mi quiebra, y haberme arrastrado al primer proceso, le has el hecho el juego a tu padre y has llegado adonde él quería.

Solo y sin ayuda, se hubiese visto impotente desde el principio. En ti – aunque no fuese tu intención el desempeñar tan feo papel– es en quien ha hallado él siempre su principal aliado.

Por una carta que escribe More Adey, me entero de que el verano pasado manifestaste repetidamente el deseo de devolverme “un poco de lo que gasté por ti”. Como yo le decía en mi respuesta: desgraciadamente, he sacrificado por ti mi arte, mi vida, mi nombre, mi posición ante la posteridad, y aunque tu familia pudiese disponer de todas las maravillas del mundo, o de todo cuanto el mundo cree maravilloso, el genio, la belleza, la riqueza, el alto rango y demás cosas de igual índole, y todo lo depositase a mis pies, no podría pagarme siquiera la décima parte de las cosas más nimias que me han sido arrebatadas, ni una sola lágrima de las últimas que derramé. No obstante, es preciso pagar todo lo que uno hace. Incluso cuando ha sido declarado en quiebra.

Tú, por lo visto, crees que la quiebra es un medio muy cómodo para no pagar las deudas. Y que es posible burlar realmente a sus acreedores.

Mas las cosas son muy otras.

La quiebra es el procedimiento por medio del cual los acreedores le “embarcan” a uno –para emplear tu expresión favorita– y por medio del cual la ley, apoderándose de todo lo que uno posee, le obliga a pagar cada una de sus deudas, y, si no se halla en condiciones de hacerlo, le deja tan desprovisto de recursos cual el más miserable pordiosero que esté en el quicio de una puerta o se deslice calle abajo tendiendo la mano para pedir limosna, cosa que, al menos en Inglaterra, no se hace sin miedo.

La ley no sólo me ha arrebatado cuanto yo tenía: mis libros, mis muebles, mis cuadros, mis derechos de autor de obras publicadas, los que me corresponden por mis obras de teatro, todo, en una palabra, desde El príncipe feliz y El abanico de lady Windermere, hasta las alfombras de la escalera y los limpiabarros de mi casa, sino también cuanto pudiera poseer en lo porvenir. Así, por ejemplo, se ha vendido la parte que me corresponde en mis bienes gananciales. Afortunadamente pude, valiéndome de mis amigos, recuperarla. De otro modo, mis dos hijos, si mi mujer muriese, hallaríanse, viviendo yo, tan sin recursos como yo mismo. La parte que me corresponde en la finca de Irlanda, que heredé de mi padre, es de suponer que será lo primero a que le llegue el turno. Su venta despierta en mí sentimientos muy dolorosos, pero no me queda otro remedio que resignarme.

Aquellos setecientos peniques –¿o libras?– de tu padre ya llegarán pronto y han de serle pagados. Y aunque se me despoje de cuanto poseo y pueda nunca poseer, y el proceso, ya perdidas todas las esperanzas en mi capacidad de pago, sea sobreseído, mis deudas seguirán en pie. Todavía quedan por pagar las comidas del Savoy: la sopa de tortuga, los hortelanos envueltos en sus dentadas hojas de parra sicilianas, el pesado champaña de color ambarino y hasta casi oliendo a ámbar, tu vino favorito –creo que era el Dagonet 180–; las cenas en Willis: las cuvées de Perrier-Jouet, especialmente reservadas para nosotros; los exquisitos pasteles de foie- gras, directamente traídos de Estrasburgo; el maravilloso fine champagne, que siempre era servido en el fondo de grandes copas en forma de campana, a fin de que su aroma fuese convenientemente gustado por los sibaritas de cuantos verdaderos refinamientos brinda la vida; todo esto no puede quedar sin pagar, como deudas bochornosas de un anfitrión desleal.

Y aquellos lindos gemelos –cuatro labradoritas en forma de corazón, con puntitos de plata alternando con rubíes y diamantes– que yo mismo había dibujado y encargado en casa de Henry Lewis, pequeño obsequio con que yo quería celebrar contigo el éxito de mi segunda comedia, también habré de pagarlos, a pesar de que tú creo que los vendiste unos meses después por un pedazo de pan: no puedo yo consentir que el joyero sufra una pérdida con los regalos que yo a ti te he hecho, sea cual fuere el uso que tú luego hicieses de ellos.

Así es que ya ves que yo, aun suponiendo que en el proceso sea sobreseído, he de pagar todavía mis deudas. Y lo que se aplica a quien es declarado en quiebra, puede igualmente aplicarse a cualquier otra circunstancia de la vida. Todo lo que se hace, alguien tiene que pagarlo. Tú mismo, pese a tu afán de ser revelado de todos los deberes, a la tenacidad con que haces que otro te lo proporcione todo y a tus esfuerzos por rechazar todas las obligaciones de cariño, consideración o gratitud, tú mismo llegará un día en que tendrás que meditar seriamente acerca de lo que has hecho y en que no podrás por menos de intentar deshacerlo, por muy inútil que esto sea.

Y el que no te halles en condiciones de poderlo hacer será una parte de tu castigo. No es posible que te laves las manos de toda responsabilidad y que, encogiéndote de hombros, te dirijas con una sonrisa hacia un nuevo amigo o te acerques a otra mesa recién puesta.

No es posible que todo lo que por ti me ha sucedido sea para ti únicamente como un recuerdo sentimiental, que, si a mano viene, se sirve de sobremesa a la par que los cigarrillos y los licores, cual fondo pintoresco de una vida moderna de placer, o sea, como una tela vieja en la pared de una taberna.

De momento, parece tener el encanto de un plato nuevo o de un vino nuevo, pero las migajas de un banquete se vuelven duras y el fondo de la botella es amargo. Tal vez hoy, tal vez mañana, tal vez otro día cualquiera, llegará de seguro la hora en que hayas de comprender esto. Y si no, si llegases a morirte sin haberlo comprendido, ¡cuán miserable tu vida, cuán hambrienta y desprovista de imaginación!

En mi carta a More, dejaba yo ya entrever mi opinión, según la cual, lo mejor que puedes hacer es entrar cuanto antes en el fondo del asunto. Él te dirá de qué se trata. Para comprenderlo, es preciso que desarrolles tu imaginación.

Piensa que ésta es el don que le faculta a uno para ver las cosas y los hombres en sus verdaderas relaciones, lo mismo en las reales que en las ideales. Si tú solo eres incapaz de sentirlo, habla de ello con otros. Yo he tenido que enfrentarme directamente con mi pasado: enfréntate tú directamente con el tuyo. Siéntate tranquilamente y examínalo. (El mayor de los vicios es la ligereza, todo lo que llega hasta la conciencia es justo).

Habla de ello con tu hermano. El hombre más a propósito para esto es Percy. Enséñale esta carta y que se entere de todos los pormenores de nuestra amistad. Si se le exponen claramente los hechos, no hay juicio más seguro que el suyo. ¡Cuánto dolor y cuánta vergüenza no me hubiese ahorrado si le hubiéramos dicho toda la verdad! Recordarás que te lo propuse aquella tarde en que llegaste a Londres procedente de Argel. Te negaste rotundamente a ello. Y por eso, cuando se presentó en casa después de comer, tuvimos que hacer la comedia de que tu padre estaba loco y se hallaba presa de inexplicables y estúpidas alucinaciones. Mientras duró, la comedia fue deliciosa, tanto más cuanto que Percy lo tomó todo muy en serio. Por desgracia, la comedia terminó de un modo repugnante. Esto acerca de que ahora te escribo es una de sus consecuencias: si para ti es una molestia, te suplico no olvides que para mí es la más honda de mis humillaciones y una humillación por la cual no tengo más remedio que pasar. No me es dado elegir, ni a ti tampoco.

El segundo extremo de que necesito hablarte refiérese a las condiciones, circunstancias y punto en que hayamos de vernos al terminar mi condena. Por algunos párrafos de la carta que escribiste a Robbie, a principios del verano del año pasado, sé que guardas en dos paquetes lacrados mis cartas y mis regalos –al menos lo que de ellos queda– y que deseas entregármelos personalmente. Es natural que me los devuelvas.

Nunca has comprendido porqué te escribía yo cartas tan bellas, ni te hacía tan hermosos regalos. No comprendiste que ni éstos estaban destinados a ser empeñados ni aquéllas a ser publicadas. Además de pertenecer a un capítulo de mi vida ya acabado, forman parte de una amistad que no supiste estimar en lo que valía. Cuando vuelvas la vista hacia atrás, hacia aquellos días en que tenías toda mi vida en la mano, no podrás por menos de asombrarte; yo también vuelvo la vista hacia esos días con asombro, y con sentimientos harto distintos de los que entonces eran los míos.

Para alguien tan moderno como yo, tan enfant de mon siecle, siempre constituirá un placer, aunque sólo sea ver el mundo. Tiemblo de alegría al pensar en los cítisos que florecerán en los jardines el día en que abandone la prisión, en los cítisos y las lilas, y en que podré ver cómo el viento agita sin descanso el oro que cuelga de aquéllos que desmenuza la débil púrpura del plumaje de estas otras. Me parecerá hallarme envuelto en un aire venido de Arabia. Linneo cayó de rodillas y lloró de emoción al ver por primera vez la vasta llanura de una meseta inglesa dorada por la aromática retama; yo, para quien las flores constituyen una de mis ardientes añoranzas, sé que los pétalos de las rosas me reservan lágrimas. Desde niño me sucede igual.

No existe uno solo de los tonos ocultos en el cáliz de una flor, o en el cuenco de una concha, con el cual no me halle familiarizado a causa de la dulce simpatía que invadía mi alma infantil. He sido con Gauthier uno de aquellos para quienes le monde visible existe.

Mas ahora, ya sé que detrás de todas estas bellezas, por sugestivas que sean, hay oculto un espíritu del cual las formas brotan y las figuras sólo son reflejo, y con este espíritu es con el que yo quiero fundirme. Ya estoy harto de la expresión claramente perceptible de los hombres y cosas. Lo místico en el arte, en la vida y en la naturaleza: esto es lo que yo busco y lo que tal vez me sea dado hallar en las grandes sinfonías musicales, en la solemnidad del dolor o en las profundidades del mar. Y es más: me es absolutamente indispensable hallarlo en alguna parte.

Siento un amor especial por los grandes y sencillos elementos, como el mar, que es para mí, igual que la tierra, una madre. Yo creo que todos contemplamos demasiado la naturaleza y vivimos demasiado alejados de ella. La actitud de los griegos frente a la naturaleza me parece muy sana y muy sensata. Nunca se les ocurría hablar de las puestas de sol, ni discutir si las sombras en la hierba eran moradas o no; pero comprendían que el mar es para los nadadores y la arena para los pies de los corredores. Amaban los árboles por la sombra que arrojan y el bosque por el silencio que lo invade en los mediodías. El vendimiador, en la viña, coronaba con pámpanos sus cabellos, para defenderse de los rayos del sol cuando se inclinaba sobre los tallos jóvenes. Y para el artista y el atleta –los dos tipos que la Hélade nos ha legado– trenzaban en coronas las hojas del amargo laurel y de la etusa, que, a no ser por esto, no le hubieran sido al hombre de ninguna utilidad.

Nosotros llamamos utilitaria una época en la cual no sabemos aprovechar nada. Nos hemos olvidado de que el agua sirve para lavar las manchas, el fuego para purificar y de que la tierra es nuestra madre común.

Y por esto nuestro arte es un arte lunar y juega con sombras, mientras el arte griego era el arte del sol y se dirigía directamente a las cosas.

Yo estoy convencido de que los elementos tienen un poder de purificación, y quiero volver a ellos y vivir en su compañía.

En todos nuestros procesos nos jugamos la vida, así como todas las sentencias son para nosotros sentencias de muerte. Y yo he sido procesado tres veces. La primera vez abandoné la sala para quedar detenido; la segunda, para ser conducido de nuevo a la prisión, y la tercera, para irme dos años a la celda de un presidio. La sociedad, tal como la hemos ordenado, no me reserva ningún puesto, ni puede brindarme ninguno; pero la naturaleza, cuya dulce lluvia cae lo mismo sobre los justos que sobre los pecadores, tendrá en las rocas de sus montañas alguna hendidura en que me pueda refugiar y valles ocultos en cuyo silencio me sea dado llorar libremente. Ella hará que la noche se pueble de estrellas, para que yo, en el destierro, pueda caminar seguro en las tinieblas. Y hará quie el viento borre las huellas de mis pasos, para que nadie pueda perseguirme y dañarme.

Lavará mis faltas en las inmensidad de sus aguas y me curará con sus hierbas amargas.

Si todo va bien, seré libertado a fines de mayo, y espero salir entonces, en compañía de Robbie y de More Adey, para algún pequeño puerto de mar del extranjero.

Eurípides, en una de sus Ifigenias, dice que el mar lava todas las manchas y todas las heridas del mundo.

Espero pasar por lo menos un mes con mis amigos y recobrar en su sana y amable compañía la paz y el equilibrio, y llegar a tener el corazón menos angustiado, y volver a un estado de ánimo más tranquilo. Y pasado un mes, cuando las rosas de junio se hallen en todo su exuberante esplendor, quiero, si es que me hallo en condiciones de ello, hacer que Robbie disponga de un encuentro contigo en alguna tranquila ciudad del extranjero, verbigracia en Brujas, cuyas casas grises, cuyos verdes canales y frescos y tranquilos caminos tienen para mí, desde hace años, un gran encanto. Ese titulillo de que tanto te vanagloriabas, haciendo que tu nombre sonase cual el de una flor, tendrás que despojarte de él si me quieres ver; así como yo también habré de despojarme de ese nombre que tan musicalmente sonaba en boca de la fama.

¡Cuán mezquino y estrecho es este siglo nuestro, y qué poco apropiado a sus vicios! Al éxito le da un palacio de porfirio, pero no tiene siquiera una choza para la vergüenza y el dolor. Cuanto puede hacer por mí es invitarme a cambiar de nombre, cuando la misma Edad Media hubiérame ofrecido el capuchón del monje o el cubrefaz del leproso, tras los cuales hubiera podido vivir en paz.

Es de esperar que nuestro encuentro será cual ha de ser después de todo lo que ha pasado. Antaño, siempre estuvimos separados por un abismo profundo: el que separa el arte perfecto de la cultura adquirida. Pero ahora este abismo es todavía más hondo, pues es el dolor. Empero nada es imposible para la humildad y todo le es fácil al amor.

En cuanto a la cara con que contestes a esta, puede ser larga o breve, como te plazca. Debe ir dirigida al “Señor Director de la cárcel de Reading”. Dentro, en un segundo sobre abierto, pon tu carta para mí. Si tu papel es muy fino, no escribas por las dos caras, pues ello dificulta la lectura. Yo te he escrito con entera libertad y tú me puedes escribir a mí lo mismo. Lo que necesito saber de ti es por qué ni una vez has intentado escribirme desde agosto del año antepasado, especialmente después de saber en mayo último, o sea, ya para once meses –y ni siquiera lo disimulaste– todo lo que yo sufría por ti y cómo me daba cuenta de ello.

Un mes tras otro he estado esperando tus noticias. Y aun cuando no las hubiera esperado, sino que te hubiera cerrado las puertas, tú debías haber pensado que nadie puede cerrar las puertas al amor. En el Evangelio, el juez injusto levántase a la postre para pronunciar una sentencia justa, porque todos los días la justicia viene a llamar a su puerta; de noche, el amigo en cuyo corazón no existe verdadero cariño, acaba por oír al amigo “a causa de su ardiente deseo”. No existe en el mundo cárcel cuya entrada no pueda forzar el amor. Si tú no lo has comprendido, es que no has comprendido nada del amor. Dime además todo cuanto se relaciona con tu artículo sobre mí en el Mercure de France. Algo sé ya, pero es mejor que tú mismo me lo digas. Ya debe de estar publicado.

Envíame también el texto de la dedicatoria de tus poesías. Si está en prosa, envíame esa prosa, y si está en verso, envíame esos versos.

Seguramente encerrarán alguna belleza.

Escríbeme franca y libremente respecto a ti, a tu vida, tus amigos, tus ocupaciones, tus libros. Háblame de tu tomo de poesías y de la acogida que haya obtenido. Cuanto tengas que decir de ti, dilo sin temor. No escribas lo que no sientas. Sólo esto importa. Si tu carta tiene algo de falso o artificial, lo conoceré al punto en el tono.

No en vano me he convertido, en el culto que toda mi vida profesé a la literatura, en alguien que “no es menos avaro de sus vocales y sílabas que Midas de su oro”. Piensa que también yo he de conocerte todavía. Quizá tengamos que conocernos el uno al otro.

Yo a ti sólo esto he de decirte aún: no le tengas miedo ninguno al pasado. Si los hombres te dicen que el pasado no se puede cambiar, no les creas: el pasado, el presente y el futuro para Dios, ante Quien debiéramos esforzarnos en vivir, no son sino un instante. El tiempo y el espacio, la sucesión y la extensión, no son sino relaciones casuales de ideas, que la imaginación puede traspasar para moverse libremente en el terreno de las existencias ideales. Y las cosas son igualmente, con arreglo a su esencia, lo que nos place que sean. Lo que son depende del modo como las contemplemos. “Allí donde otros –dice Blake– ven únicamente el crepúsculo descender sobre la montaña, veo yo retozar de alegría a los hijos de Dios”. Aquello que el mundo y yo mismo considerábamos como porvenir, lo perdí irreparablemente el día en que me dejé arrastrar a entablar un proceso contra tu padre y aun mucho antes de esto. Lo que se me ofrece ahora es el pasado. He de conseguir verlos con ojos distintos y de conseguir que también Dios lo vea así. Y esto no me sería posible abandonándolo o despreciándolo; no puedo ni enderezarlo ni renegar de él.

Tengo, por el contrario, que considerarlo cual parte inevitable del proceso de mi vida y mi naturaleza y de inclinar la cabeza ante todo lo que he sufrido.

Cuán lejos me hallo aún de la verdadera serenidad te lo demostrará claramente esta carta, con sus vacilantes y variables estados de ánimo, su desprecio y su amargura, sus anhelos y la impotencia de transformarlos en acción. Pero no olvides cuán terrible es la escuela en que me veo sentado ante mi tarea. Por muy imperfecto, muy incompleto que yo sea, mucho has de aprender todavía de mí. Quisiste que yo te enseñara el placer de vivir y el placer del arte; tal vez esté yo llamado a enseñarte una cosa harto más hermosa: el valor y la belleza del dolor. Tu amigo que te quiere,

Oscar Wilde


Publicado el 17 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
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