Un Marido Ideal

Oscar Wilde


Teatro, Comedia


Índice

Un Marido Ideal
Personajes
Acto primero
Acto segundo
Acto tercero
Acto cuarto

Comedia en cuatro actos

Personajes

CONDE DE CAVERSHAM, de la Orden de la jarretera.
VIZCONDE GORING, su hijo.
SIR ROBERTO CHILTERN, barón, subsecretario del Ministerio de Estado.
VIZCONDE DE NANJAC, agregado a la Embajada francesa en Londres.
SEÑOR MONTFORD.
MASON, mayordomo de sir Roberto Chiltern.
PHIPPS, criado de lord Goring.
JAMES, lacayo.
HAROLD, lacayo.
LADY CHILTERN.
LADY MARKBY.
CONDESA DE BASILDON.
MISTRESS MARCHMONT.
MISS MABEL CHILTERN, hermana de sir Roberto Chiltern.
MISTRESS CHEVELEY.

Acto primero

Salón de forma octogonal, en la Casa de SIR ROBERTO CHILTERN, de Grosvenor Square.

La habitación aparece espléndidamente iluminada. Numerosos invitados, que son recibidos en lo alto de la escalera por LADY CHILTERN, dama de sereno aspecto, de un tipo de belleza griego y cuya edad frisa en los veintisiete años. Coronado el hueco de la escalera, una gran araña ilumina vivamente un tapiz francés del siglo XVIII, que representa el Triunfo del Amor, según un dibujo de Boucher; este tapiz está colgado sobre la pared de la escalera. A la derecha, la entrada al salón de baile. Oyense apagados los sones de unos instrumentos de cuerda. La puerta de la izquierda da a otros salones de recepción. MISTRESS MARCHMONT y LADY BASILDON, dos damas lindísimas, están sentadas juntas en un canapé Luis XVI. Parecen dos exquisitos y frágiles «bibelots». La afectación de sus maneras posee un delicado encanto. Watteau se hubiera complacido en pintar sus retratos.

MISTRESS MARCHMONT.— ¿Irá usted a casa de los Hartlocks esta noche, Olivia?

LADY BASILDON.— Creo que sí. ¿Y usted?

MISTRESS MARCHMONT.— Sí... Dan unas reuniones aburridísimas, ¿verdad?

LADY BASILDON.— ¡Horriblemente aburridas! No sé por qué voy. Por supuesto, yo nunca sé por qué voy a unos sitios o a otros.

MISTRESS MARCHMONT.— Yo vengo aquí a educarme.

LADY BASILDON.— ¡Oh! A mí me resulta odioso recibir lecciones.

MISTRESS MARCHMONT.— Y a mí. Se pone una casi al mismo nivel de los tenderos, ¿verdad? Pero nuestra querida Gertrudis Chiltern está siempre diciéndome que debo señalarme un objetivo serio en la vida. Así que vengo a su casa para ver si encuentro alguno.

LADY BASILDON.— (Lanzando una mirada circular con sus impertinentes.)

Esta noche no veo aquí a nadie a quien se pueda calificar de objetivo serio. El señor que me ha ofrecido el brazo en la cena me ha estado hablando todo el tiempo de su mujer.

MISTRESS MARCHMONT.— ¡Qué hombre más trivial!

LADY BASILDON.— de lo más trivial. Y su pareja, ¿de qué le ha hablado a usted?

MISTRESS MARCHMONT.— De mí.

LADY BASILDON (Con tono lánguido.) ¿Le ha interesado a usted eso?

MISTRESS MARCHMONT.— Absolutamente nada.

LADY BASILDON.— ¡Somos unas mártires, querida Margarita!

MISTRESS MARCHMONT.— (Levantándose.) ¡Y qué bien nos sienta nuestro martirio, Olivia!

(Se levantan y van hacia el salón de baile. El VIZCONDE DE NANJAC, joven agregado de Embajada, a quien sus corbatas y su anglomanía han puesto de moda, se acerca, inclinándose ceremoniosamente, y toma parte en su conversación.)

MASON.— (Anunciando a los invitados en lo alto de la escalera.) El señor y la señora Jane Bartford, lord Caversham.

(Entra LORD CAVERSHAM, viejo «gentleman» de setenta años, que ostenta la cinta y la estrella de la Jarretera. Tiene un magnífico tipo de liberal y recuerda exactamente un retrato de Lawrence.)

LORD CAVERSHAM.— Buenas noches, lady Chiltern. ¿Está por aquí la inutilidad de mi hijo menor?

LADY CHILTERN.— (Sonriendo.) Me parece que lord Goring no ha llegado aún.

MABEL CHILTERN.— (Yendo al encuentro de LORD CAVERSHAM.) ¿Por qué llama usted inutilidad a lord Goring?

(MABEL CHILTERN es el modelo perfecto de la belleza inglesa, tipo flor de manzano.

Tiene todo el perfume y toda la libertad de una flor. Las oleadas de reflejos de sol se suceden sobre sus cabellos, y su boquita de labios entreabiertos tiene una expresión de espera como la de un niño. Posee la tiranía fascinadora de la juventud y el aplomo desconcertante del candor.

Para la gente sana de espíritu no suscita en modo alguno la idea de una obra de arte; pero se parece, en realidad, a una figulina de Tanagra, y la contrariaría bastante que se lo dijesen.)

LORD CAVERSHAM.— Porque hace una vida de holganza.

MABEL CHILTERN.— ¿Cómo puede usted decir eso? Da su paseo a caballo por el Row a las diez de la mañana. Asiste a la Opera tres veces por semanay cambia de traje lo menos cinco veces al día ¡y come fuera de casa todas las noches durante la «season»! No creo que pueda usted llamar a eso una vida de holganza.

LORD CAVERSHAM.— (Mirándola con un guiño de ojos lleno de indulgencia.) Es usted una muchacha encantadora.

MABEL CHILTERN.— ¡Qué amable es usted, lord Caversham! Venga a vernos más a menudo. Ya sabe que nos quedamos en casa todos los miércoles, ¡y resulta usted tan bien con esa estrella!

LORD CAVERSHAM.— Ya no voy a ninguna parte. Estoy harto de la sociedad londinense. No me importaría nada que me presentasen a mi propio sastre: vota siempre a las derechas... ¡Pero encontraría muy mal que me hicieran comer con la modista de mi mujer! No he podido nunca acostumbrarme a los sombreros de lady Caversham.

MABEL CHILTERN.— ¡Oh, pues a mí me gusta la sociedad londinense! Ha progresado notablemente. Hoy día está compuesta de guapos imbéciles y de deslumbrantes lunáticos. Que es precisamente lo que debe ser la sociedad.

LORD CAVERSHAM.— ¡Hum! ¿Y a qué categoría pertenece Goring? ¿A la de los guapos imbéciles o a la otra?

MABEL CHILTERN.— (Con gravedad.) Por ahora he tenido que colocar a lord Goring en una categoría especial para él solo. ¡Pero hace grandes progresos! Lo cual es encantador.

LORD CAVERSHAM.— ¿Por qué?

MABEL CHILTERN.— (Con una ligera reverencia.) Espero poder decírselo muy pronto, lord Caversham.

MASON.— (Anunciando a unos invitados.) Lady Markby, mistress Cheveley.

(Entran LADY MARKBY y MISTRESS CHEVELEY. LADY MARKBY es una dama agradable a la vista, buena, sencilla, con cabellos grises de marquesa y bellos encajes. MISTRESS CHEVELEY, que la acompaña, es muy alta y algo delgada. Labios finísimos y muy rojos; una línea escarlata en su rostro pálido. Cabellos de un rojo veneciano, nariz aguileña y cuello esbelto. El rojo de su pelo acentúa la palidez natural del cutis. Ojos gris verde, muy inquietos. Lleva un vestido color heliotropo y muchos brillantes. Tiene en cierto modo el aspecto de una orquídea y excita vivamente la curiosidad.

Posee una gracia infinita en sus movimientos. En fin, parece una obra de arte en la que se revelase, sin embargo, la influencia de un número demasiado grande de escuelas.)

LADY MARKBY.— Buenas noches, querida Gertrudis. ¡Qué amable ha sido usted en permitirme que la presente a mi amiga, mistress Cheveley! Dos mujeres tan encantadoras deben conocerse.

LADY CHILTERN.— (Se adelanta hacia LADY CHEVELEY con una sonrisa afable, pero se detiene repentinamente y la saluda más bien con frialdad.)

Me parece que ya nos conocíamos mistress Cheveley y yo. No sabía que se hubiera vuelto a casar.

LADY MARKBY.— (Con cordialidad.) ¡Ah! En estos tiempos la gente se casa lo más a menudo que puede, ¿verdad? Está eso muy de moda. (A la DUQUESA DE MARYBOROUGH.) Mi querida duquesa, ¿cómo está el duque? Con el cerebro todavía débil, ¿no? Era de esperar. A su excelente padre le pasaba lo mismo. No hay nada como la raza, ¿verdad?

MISTRESS CHEVELEY.— (Jugando con el abanico.) ¿Está usted segura de que nos habíamos visto ya, lady Chiltern? No consigo recordar dónde... He vivido tanto tiempo lejos de Inglaterra...

LADY CHILTERN.— Ibamos juntas al colegio, mistress Cheveley.

MISTRESS CHEVELEY.— (Con aire de superioridad.) ¡Ah, sí! He olvidado todo cuanto se relaciona con mi vida escolar. Tengo una vaga idea de que fue una época detestable de mi vida.

LADY CHILTERN.— (Con frialdad.) No me extraña.

MISTRESS CHEVELEY.— (Con su acento más suave.) Sepa usted, lady Chiltern, que he hecho todo lo posible por conocer a su marido, un hombre de una inteligencia tan asombrosa. ¡Han hablado tanto de él en Viena, desde que entró en el Ministerio de Estado! Los periódicos lograron, por fin, escribir con ortografía su nombre. Solo esto representa ya la gloria en el continente.

LADY CHILTERN.— No creo que pueda haber nada común entre usted y mi marido, mistress Cheveley.

(Se aleja.)

VIZCONDE DE NANJAC.— «Ah! Chére madame, quelle surprise!» No la he vuelto a ver desde Berlín.

MISTRESS CHEVELEY.— No desde Berlín, conde, sino desde hace cinco años.

VIZCONDE DE NANJAC.— Y está usted más joven y más hermosa que nunca.

¿Qué hace usted para ello?

MISTRESS CHEVELEY.— Pues únicamente imponerme la obligación de no hablar más que con gente tan encantadora como usted.

VIZCONDE DE NANJAC.— Ah, eso es alabarme! Usted exagera. Me confunde usted, como dicen aquí.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Dicen eso aquí? ¡Es terrible esa manera de hablar!

VIZCONDE DE NANJAC.— Sí, la gente habla aquí un lenguaje sorprendente, que debía conocerse mejor.

(Entra SIR ROBERTO CHILTERN. Es un hombre de cuarenta años, pero que parece más joven. Va completamente afeitado, tiene los rasgos agradables y el pelo y los ojos negros. Es una notable personalidad. Nada popular; los hombres notables lo son rara vez. Pero la minoría escogida le demuestra una ferviente admiración y las masas sienten por él un profundo respeto. La nota característica de sus maneras es una distinción suprema, acompañada de un ligero viso de orgullo. Se nota que tiene conciencia de la posición que se ha creado en la vida. Temperamento nervioso, con aspecto de laxitud. La boca y el mentón, por la energía de su contorno, contrastan con la expresión romántica de los ojos, muy hundidos. Contraste que hace pensar en una separación absoluta de la pasión y la inteligencia, como si el pensamiento y la emoción se mantuvieran cada cual en la misma esfera, merced a una intervención casi violenta de la voluntad. Las aletas de la nariz y las manos, pálidas, afiladas y pequeñas, delatan un gran nerviosismo. Sería inexacto calificarle de hombre pintoresco: el aspecto pintoresco no podría resistir el ambiente de la Cámara de los Comunes.

Pero a Van Dyck le hubiera complacido copiar su cabeza.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— Buenas noches, lady Markby. ¿Supongo que habrá usted traído a sir John?

LADY MARKBY.— ¡Oh! He traído a una persona mucho más encantadora que sir John. Al consagrarse seriamente a la política, mi marido se ha vuelto de un carácter insoportable. Realmente, desde que esa Cámara de los Comunes intenta ser útil, hace muchísimo daño.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No lo crea, lady Markby. En todo caso, lo único que hacemos es procurar malgastar el tiempo del público lo mejor posible. ¿Y quién es esa encantadora dama que ha tenido usted la bondad de traemos?

LADY MARKBY.— Se llama mistress Cheveley, y creo que pertenece a la familia de los Cheveley, del Dorsetshire. Pero no estoy segura. ¡Están tan mezcladas las familias hoy día! En realidad, cualquier advenedizo resulta luego alguien por regla general.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Mistress Cheveley? Me parece conocer ese apellido.

LADY MARKBY.— Ha llegado hace poco de Viena.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Ah, sí! Ya sé de quién habla usted.

LADY MARKBY.— ¡Oh! Va a todas partes, ¡y cuenta tan bonitos chismes de todas sus amistades! Tengo que ir a Viena este invierno. Espero que tendrán un buen cocinero en la Embajada.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Y si no lo hay, habrá que dar el cese al embajador. Presénteme usted a mistress Cheveley, se lo ruego. Me gustaría mucho conocerla.

LADY MARKBY.— Permítame entonces. (A MISTRESS CHEVELEY.) Amiga mía:

sir Roberto Chiltern desea vivamente conocerla.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Inclinándose.) Todo el mundo desea vivamente conocer a la deslumbrante mistress Cheveley. Nuestros agregados en Viena no hacen más que hablarnos de ella en sus cartas.

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias, sir Roberto. Un conocimiento que principia con una galantería tiene que concluir forzosamente en una sincera amistad. Es un buen comienzo. Y además resulta que conocía ya a lady Chiltern.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Sí?

MISTRESS CHEVELEY.— Sí; acaba de recordarme que hemos ido juntas al colegio. Ahora lo recuerdo perfectamente. Ella se llevaba siempre el premio de conducta, me acuerdo de ello perfectamente.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Sonriendo.) ¿Y qué premios se llevaba usted, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— Mis premios los he logrado algo después en la vida. No creo haber obtenido ninguno por mi buena conducta... ¡Pero soy tan desmemoriada!

SIR ROBERTO CHILTERN.— Estoy seguro de que se los darían a usted por algo encantador.

MISTRESS CHEVELEY.— No sé que hayan recompensado nunca a las mujeres por ser encantadoras. Más bien creo que esa cualidad les acarrea castigos, por regla general. Verdad es que en nuestros tiempos las mujeres envejecen más gracias a la infidelidad de sus admiradores que a cualquier otra cosa.

Al menos, esta es la única explicación que encuentro a ese aire terriblemente huraño que han adoptado la mayoría de las mujeres bonitas en Londres.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Esa es una filosofia aterradora. Intentar clasificarla a usted, mistress Cheveley, sería una impertinencia. Pero ¿me estará permitido preguntarle si es usted optimista o pesirnista en el fondo? Según parece, esas son las dos únicas religiones que permite la moda actual.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! No soy ni lo uno ni lo otro. El optimismo empieza por un amplio gesto de satisfacción, y el pesimismo acaba en unas gafas azules. Además, tanto uno como otro son simples «poses».

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Y prefiere usted la naturalidad?

MISTRESS CHEVELEY.— De cuando en cuando; ¡pero es una «pose» tan dificil de mantener!

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Qué dirían de semejante teoría esos novelistas psicólogos modernos de quienes tanto se habla?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! La fuerza de las mujeres está precisamente en que la psicología no puede explicarnos. Puede analizarse a los hombres; pero a las mujeres..., solo es posible adorarlas.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Cree usted que la ciencia no puede estudiar el problema femenino?

MISTRESS CHEVELEY.— La ciencia no puede versar sobre lo irracional; por eso no tiene porvenir en este mundo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Y las mujeres representan lo irracional?

MISTRESS CHEVELEY.— Las mujeres bien vestidas al menos.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con una inclinación cortés de cabeza.) Temo no poder estar de acuerdo con usted sobre ese punto. Y ahora dígame: ¿qué motivo le ha hecho a usted dejar su brillante Viena por nuestro Londres tan sombrío?... Aunque quizá sea indiscreta la pregunta.

MISTRESS CHEVELEY.— Las preguntas no son nunca indiscretas; las respuestas lo son algunas veces.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Bien; en todo caso, ¿puedo saber si ha sido la política o el placer?

MISTRESS CHEVELEY.— La política es mi único placer. Ya ve usted: en nuestros días no está permitido «flirtear» hasta los cuarenta años, ni ser romántica antes de los cuarenta y cinco; hasta el extremo de que a nosotras, las pobres mujeres que no hemos cumplido los treinta años o que así lo afirmamos al menos, no nos queda más carrera libre que la política o la filantropía. Y para eso parece ser que la filantropía se ha convertido únicamente en el refugio de las personas que quieren fastidiar al prójimo. Prefiero la política... Encuentro que nos sienta mejor...

SIR ROBERTO CHILTERN.— Una vida política es una doble carrera.

MISTRESS CHEVELEY.— Algunas veces. Otras, en cambio, es un juego hábil, sir Roberto. Y otras, en fin, una gran calamidad.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Y para usted, ¿qué es?

MISTRESS CHEVELEY.— Pues para mí es una mezcla de todo eso.

(Deja caer su abanico.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Recogiéndolo.) Permítame...

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Pero todavía no me ha dicho usted el motivo que la ha impulsado a honrar tan súbitamente a Londres con su presencia.

Nuestra «season» está casi terminada.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! No me preocupo para nada de la «season» londinense. Es demasiado matrimonial. Unas personas se dedican a la caza de maridos, y otras a esconderse de estos. Quería verle a usted. Esta es la pura verdad. Ya sabe lo que es la curiosidad femenina: casi tan grande como la del hombre. Me interesaba enormemente verle a usted... y rogarle que hiciese algo por mí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Espero que no me pedirá usted una cosa insignificante, mistress Cheveley. Encuentro que las cosas pequeñas son siempre dificilísimas de hacer.

MISTRESS CHEVELEY.— (Después de un momento de reflexión.) No, no creo que sea precisamente una cosa insignificante.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Me alegro mucho. Dígame de qué se trata.

MISTRESS CHEVELEY.— Más tarde. (Se levanta). Y ahora, ¿puedo recorrer su magnífica casa? He oído decir que sus cuadros son admirables. El pobre barón de Arnheim (se acordará usted de él, ¿verdad?) me decía con frecuencia que tenía usted unos Corot maravillosos.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con un estremecimiento casi imperceptible.)

¿Trató usted mucho al barón de Arnheim?

MISTRESS CHEVELEY.— (Sonriendo.) Íntimamente. ¿Y usted?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Yo, en cierta época.

MISTRESS CHEVELEY.— Era un hombre asombroso, ¿verdad?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Después de un momento.) Notabilísimo en muchos aspectos.

MISTRESS CHEVELEY.— Muchas veces pienso que ha sido verdaderamente una lástima que no escribiera sus memorias. Hubieran sido de las más interesantes.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí; conoció a fondo a los hombres y a las ciudades, como el antiguo griego.

MISTRESS CHEVELEY.— Sin la terrible desventaja de tener una Penélope esperándole en casa.

MASON.— Lord Goring.

(Entra LORD GORING. Treinta y cuatro años, pero dice siempre ser más joven. Cara distinguida, pero desprovista de expresión. Inteligente, pero no le agrada que le tomen por tal. «Dandy» irreprochable. Le mortificaría enormemente que le considerasen novelesco. Juega con la vida y está en las mejores relaciones con la sociedad. Le gusta ser mal comprendido; esto le proporciona la ventaja de la posición.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— Buenas noches, mi querido Arturo. Mistress Cheveley, permítame que le presente a lord Goring, el hombre más despreocupado de Londres.

MISTRESS CHEVELEY.— Conocía ya a lord Goring.

LORD GORING.— (Inclinándose.) Creí que no se acordaría usted ya de mí, mistress Cheveley.

MISTRESS CHEVELEY.— Conservo admirablemente mi memoria. ¿Y qué?

¿Siempre soltero?

LORD GORING.— Eso creo.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Qué romántico!

LORD GORING.— ¡Oh! Yo no soy nada romántico. No tengo bastante edad para serlo. Dejo lo romántico a los que tienen más años que yo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Lord Goring es el producto del Boodlees Club, mistress Cheveley.

MISTRESS CHEVELEY.— Hace un gran honor a esa institución.

LORD GORING.— ¿Puedo preguntarle si permanecerá mucho tiempo en Londres?

MISTRESS CHEVELEY.— Eso depende, en parte, del tiempo; en parte, de la cocina, y en parte, de sir Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Espero que no irá usted a meternos en una guerra europea?

MISTRESS CHEVELEY.— Por ahora no hay cuidado...

(Hace un gesto divertido con la cabeza a LORD GORING y sale con SIR ROBERTO CHILTERN. LORD GORING se dirige despacio hacia donde se halla MABEL CHILTERN.)

MABEL CHILTERN.— Muy tarde llega usted.

LORD GORING.— ¿Ha notado usted mi ausencia?

MABEL CHILTERN.— De un modo terrible.

LORD GORING.— Entonces siento muchísimo no haberme retrasado más. Me gusta que noten mi ausencia.

MABEL CHILTERN.— Cosa bien egoísta por su parte.

LORD GORING.— Yo soy muy egoísta.

MABEL CHILTERN.— Me habla usted siempre de sus malas cualidades, lord Goring.

LORD GORING.— Y eso que no le he dicho a usted más que la mitad, miss Mabel.

MABEL CHILTERN.— ¿Tan malas son las otras?

LORD GORING.— Terribles. Cuando pienso en ellas por la noche..., me duermo en seguida.

MABEL CHILTERN.— Bueno, pues me encantan sus malas cualidades.

Quisiera que no renunciase usted a ninguna de ellas.

LORD GORING.— Es encantador en usted. Por supuesto, siempre es usted encantadora. A propósito, quería hacerle una pregunta, miss Mabel. ¿Quién ha traído aquí a mistress Cheveley, esa señora de vestido heliotropo, que acaba de salir del salón con su hermano?

MABEL CHILTERN.— ¡Oh! Creo que ha sido lady Markby. ¿Por qué lo pregunta usted?

LORD GORING.— Pues, sencillamente, porque hace años que no la veía.

MABEL CHILTERN.— ¡Absurdo motivo!

LORD GORING.— Todos los motivos son absurdos.

MABEL CHILTERN.— ¿Qué clase de mujer es esa?

LORD GORING.— ¡Oh! Un genio durante el día y una belleza por la noche.

MABEL CHILTERN.— La odio ya.

LORD GORING.— Eso prueba su admirable gusto.

VIZCONDE DE NANJAC.— (Acercándose.) ¡Ah! La muchacha inglesa es el dragón del buen gusto, ¿verdad? El dragón del buen gusto, por completo.

LORD GORING.— No cesan de decirnos eso en los periódicos.

VIZCONDE DE NANJAC.— Leo todos los periódicos ingleses. ¡Los encuentro tan divertidos!

LORD GORING.— Entonces, mi querido Nanjac, será seguramente que los lee usted entre líneas.

VIZCONDE DE NANJAC.— Eso quisiera yo, pero mí profesor se opone a ello. (A MABEL CHILTERN.) ¿Tendré el placer de acompañarla a usted hasta la sala de conciertos, señorita?

MABEL CHILTERN.— (Con aire contrariado.) Encantada, vizconde, encantada. (Dirigiéndose a LORD GORING.) ¿No viene usted a la sala de conciertos?

LORD GORING.— No, si están tocando ahora, sea lo que fuese, miss Mabel.

MABEL CHILTERN.— (Con tono severo.) Es música en alemán. No la comprendería usted.

(Sale del brazo del VIZCONDE DE NANJAC. LORD CAVERSHAM se acerca a su hijo.)

LORD CAVERSHAM.— ¿Qué hay, caballerete? ¿Qué hace usted aquí? Perder el tiempo, como de costumbre. Debía usted estar en la cama. Trasnocha usted demasiado. Me he enterado de que anoche estuvo usted bailando hasta las cuatro de la madrugada en casa de lady Rufford.

LORD GORING.— Hasta las cuatro menos cuarto solamente, papá.

LORD CAVERSHAM.— No concibo cómo puede usted soportar la sociedad inglesa. Es cosa perdida: una pandilla de gente sin relieve, que habla de naderías.

LORD GORING.— Me gusta hablar de naderías papá; es de lo único que entiendo un poco.

LORD CAVERSHAM.— Me hace usted el efecto de no vivir más que para el placer.

LORD GORING.— ¿Vale, acaso, la pena vivir para otra cosa, papá? Nada envejece tanto como la felicidad.

LORD CAVERSHAM.— No tiene usted ni pizca de corazón, caballerito, ni pizca de corazón.

LORD GORING.— No creo lo mismo, papá. Buenas noches, lady Basildon.

LADY BASILDON.— (Frunciendo graciosamente las cejas.) ¡Ah! ¿Usted aquí? No creí yo encontrarle en veladas políticas.

LORD GORING.— Adoro las veladas políticas; son las únicas en las que no se habla de política.

LADY BASILDON.— Me encanta hablar de política. Me paso el día hablando de política. Pero no puedo acostumbrarme a oír hablar de ella. No sé cómo los infelices diputados pueden resistir esos largos debates.

LORD GORING.— Pues no escuchando nunca.

LADY BASILDON.— ¿Sí?

LORD GORING.— (Con la mayor seriedad.) Naturalmente. Mire usted: es muy peligroso escuchar. Escuchando se expone uno a que le convenzan, y quien se deja convencer con un argumento demuestra ser profundamente irracional.

LADY BASILDON.— ¡Ah! Ahora me explico por qué hay tanta gente a quien no he comprendido y tantas mujeres que no son apreciadas por sus maridos.

MISTRESS MARCHMONT.— (Suspirando.) Nuestros maridos no aprecian nunca nada en nosotras. Tenemos que recurrir para eso a otros hombres.

LADY BASILDON.— (Impetuosamente.) Sí, tenemos que recurrir siempre a otros, ¿verdad?

LORD GORING.— (Sonriendo.) ¡Y así piensan las dos señoras que tienen los maridos más admirables de Londres, como todo el mundo sabe!

MISTRESS MARCHMONT.— Eso es, precisamente, lo que no podemos sufrir.

Mi Reginaldo es absolutamente irreprochable, hasta el punto de desesperarme. Hay momentos en que eso le hace completamente insoportable.

No siente una la menor emoción en tratarle.

LORD GORING.— Eso es terrible. Realmente, es algo que debía ser más conocido.

LADY BASILDON.— No vale mucho más Basildon; es tan metódico como si estuviera soltero.

MISTRESS MARCHMONT.— (Estrechando la mano a LADY BASILDON.) Mi pobre Olivia, nos hemos casado con unos maridos perfectos, ¡y bien castigadas estamos!

LORD GORING.— Yo creí que los castigados eran ellos.

MISTRESS MARCHMONT.— (Irguiéndose.) ¡Ah, eso sí que no! ¡Ellos son todo lo felices que pueden ser! Y en cuanto a tener confianza en nosotras, tienen ya tanta que resulta trágico.

LADY BASILDON.— Completamente trágico.

LORD GORING.— O cómico, lady Basildon.

LADY BASILDON.— Realmente, no tienen nada de cómico, lord Goring.

Hace usted muy mal en insinuar semejante cosa.

MISTRESS MARCHMONT.— Temo que lord Goring sea del bando contrario, como de costumbre. Le he visto hablando con esa mistress Cheveley cuando llegó.

LORD GORING.— ¡Mistress Cheveley es una mujer bellísima!

LADY BASILDON.— (Con despego.) No alabe usted a otras mujeres en presencia nuestra, se lo ruego. Podía usted haber esperado a que lo hiciésemos nosotras.

LORD GORING.— Y eso esperaba.

MISTRESS MARCHMONT.— Pues bien: nosotras no la elogiamos. Me he enterado de que fue a la Opera el lunes por la noche y que dijo a Tommy Rufford durante la cena que la sociedad londinense se componía únicamente de cursis y elegantes.

LORD GORING.— Y tiene muchísima razón. Los hombres son todos cursis y las mujeres son todas elegantes, ¿verdad?

MISTRESS MARCHMONT.— ¡Oh! ¿Cree usted realmente que mistress Cheveley quería decir eso?

LORD GORING.— Naturalmente. Y hasta es una observación muy atinada por parte de mistress Cheveley.

(Entra MABEL CHILTERN y se une al grupo.)

MABEL CHILTERN.— ¿Por qué están ustedes hablando de mistress Cheveley? ¡Todo el mundo habla de ella! Lord Goring decía... ¿Qué iba usted a decir de mistress Cheveley, lord Goring? ¡Ah, sí, ahora recuerdo!

Que era un genio durante el día y una belleza por la noche.

LADY BASILDON.— ¡Qué horrible mezcolanza! ¡Y qué falta de naturalidad!

MISTRESS MARCHMONT.— (Con su aire más soñador.) Me gusta contemplar a los genios y escuchar a las bellezas.

LORD GORING.— ¡Ah! Eso llega en usted hasta lo morboso, mistress Marchmont.

MISTRESS MARCHMONT.— (Con el rostro animado hasta expresar un verdadero placer.) ¡Me alegra tanto oírle a usted hablar así! Hace ya seis años que Marchmont y yo estamos casados y no me ha dicho nunca que yo fuese morbosa. Y es muy posible que lo sea,¡son tan poco observadores los hombres!

LADY BASILDON.— (Dirigiéndose a ella.) Yo siempre he dicho, querida Margarita, que era usted la persona más morbosa de Londres.

MISTRESS MARCHMONT.— ¡Ah, usted siempre tan amable, Olivia!

MABEL CHILTERN.— ¿Es algo morboso tener siempre ganas de comer?

Porque tengo muchísimas ganas de comer. ¿Querría usted acompañarme al «buffet»?

LORD GORING.— Con mucho gusto, miss Mabel.

(Se aleja con ella.)

MABEL CHILTERN.— ¡Ha estado usted odioso! No me ha dicho una sola palabra en toda la noche.

LORD GORING.— ¿Cómo iba a decírsela? Se fue usted con el «bebé» diplomático.

MABEL CHILTERN.— Podía usted habernos seguido. La insistencia no hubiera sido más que cortesía, en este caso. No creo que me guste ya en toda la noche.

LORD GORING.— En cambio, usted me gusta enormemente.

MABEL CHILTERN.— Bueno, pues deseo que me lo demuestre más a las claras.

(Bajan la escalera.)

MISTRESS MARCHMONT.— Olivia, experimento una rara sensación de desfallecimiento. Creo que tomaría algo, y estoy segura de que no me disgustaría cenar.

LADY BASILDON.— Pues yo me muero materialmente de hambre, Margarita.

MISTRESS MARCHMONT.— ¡Son tan egoístas los hombres! No piensan nunca en estas cosas.

LADY BASILDON.— Los hombres son materialistas, groseramente materialistas.

(Entra el VIZCONDE DE NANJAC, que viene de la sala de conciertos con otros invitados.

Después de examinar minuciosamente a todas las personas presentes, se acerca a LADY BASILDON.)

VIZCONDE DE NANJAC.— ¿Me concederá usted el honor de aceptar mi brazo para ir al comedor, condesa?

LADY BASILDON.— (Con frialdad.) Gracias. No ceno nunca, vizconde. (El VIZCONDE va a retirarse. LADY BASILDON se levanta y le coge vivamente del brazo.) Pero tendré mucho gusto en bajar con usted.

VIZCONDE DE NANJAC.— ¡Me gusta tanto comer! Soy muy inglés en todos mis gustos.

LADY BASILDON.— Parece usted un perfecto inglés, vizconde, un perfecto inglés.

SEÑOR MONTFORD.— ¿Le gustaría a usted tomar algo, mistress Marchmont?

MISTRESS MARCHMONT.— (Con languidez.) Gracias, señor Montford; no pruebo nunca la cena. (Se levanta con presteza y le coge del brazo.) Pero iré a sentarme al lado de usted para vigilarle.

SEÑOR MONTFORD.— Confieso que no me agrada mucho que me vigilen mientras como.

MISTRESS MARCHMONT.— Entonces miraré a cualquier otro.

SEÑOR MONTFORD.— Confieso que eso tampoco me agradaría mucho.

MISTRESS MARCHMONT.— (Con tono severo.) Le ruego, señor Montford, que no me haga usted estas penosas escenas de celos en público.

(Bajan la escalera con los demás invitados, cruzándose con SIR ROBERTO CHILTERN y MISTRESS CHEVELEY, que entran en aquel momento.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Irá usted a alguna de nuestras casas de campo antes de abandonar Inglaterra, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh, no! Me resultan insufribles las temporadas de campo inglesas. La gente hace hoy día, en Inglaterra, todos los esfuerzos imaginables por lucir su ingenio en las comidas. ¡Es tan terrible!... Solo la gente mediocre luce su ingenio en las comidas. Y, además, siempre está allí presente el espectro familiar leyendo sus oraciones. En realidad, mi estancia en Inglaterra depende de usted, sir Roberto.

(Se sienta en el canapé.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Sentándose en una silla, a su lado.) ¿Lo dice usted en serio?

MISTRESS CHEVELEY.— Completamente en serio. Tengo que hablarle a usted de un gran proyecto financiero y político. En una palabra, se trata de esa Compañía argentina del Canal.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Ese es un tema de conversación aburridísimo y prosaico para usted, mistress Cheveley.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! A mí me gustan los temas aburridos y prosaicos. Detesto únicamente a las personas aburridas o prosaicas. Son dos cosas muy diferentes. Además, ya sé que se ha interesado usted por los proyectos internacionales de canalización. ¿Era usted secretario de lord Radley, verdad, cuando el Gobierno compró las acciones del Canal de Suez?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí, pero el Canal de Suez era una empresa grandiosa, espléndida. Nos abría ruta directa de la India. Tenía un valor para el Imperio. Necesitábamos controlarlo. Ese proyecto argentino no es más que una estafa bursátil de las más vulgares.

MISTRESS CHEVELEY.— Es una especulación, sir Roberto; una especulación brillante y atrevida.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Créame usted, mistress Cheveley: no es más que una estafa. Llamemos a las cosas por su verdadero nombre; esto simplifica las cuestiones. Tenemos en el Foreign Office toda clase de datos sobre este asunto. He enviado una comisión especial para que redacte un informe oficioso. Según su dictamen, los trabajos están casi sin empezar, y en cuanto a las cantidades ya suscritas, parece ser que nadie sabe lo que ha sido de ellas. Todo este asunto es un segundo Panamá, y ni siquiera tiene la cuarta parte de probabilidades de éxito que tuvo aquel otro desdichado asunto. Espero que no habrá usted arriesgado ninguna cantidad en ello. La considero demasiado inteligente para hacerlo...

MISTRESS CHEVELEY.— He invertido sumas considerables en ese negocio.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Quién le ha podido aconsejar semejante disparate?

MISTRESS CHEVELEY.— Un antiguo amigo de usted... y mío.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Quién?

MISTRESS CHEVELEY.— El barón de Arnheim.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Frunciendo las cejas.) ¡Ah, sí! Recuerdo haber oído decir, a raíz de su muerte, que había estado mezclado en ese asunto.

MISTRESS CHEVELEY.— Fue su última aventura. No, su penúltima, para hacerle justicia.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Levantándose.) Pero no ha visto usted todavía mis Corot. Están en la sala de conciertos. Corot parece armonizarse con la música, ¿verdad? ¿Puedo enseñárselos?

MISTRESS CHEVELEY.— (Moviendo la cabeza.) No me encuentro hoy en disposición de poder apreciar crepúsculos plateados o rojizas auroras.

Quiero hablar de negocios.

(Con un movimiento de abanico le invita a sentarse de nuevo a su lado.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— Temo no poder darle ningún consejo, mistress Cheveley, como no sea el de que se interese usted por otro asunto menos peligroso. Evidentemente, el éxito del Canal depende de la actitud de Inglaterra, y mañana por la noche debo someter a la Cámara el dictamen de la Comisión.

MISTRESS CHEVELEY.— No lo hará usted. En interés suyo, por no decir en el mío, no debe usted hacer eso.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Mirándola asombrado.) ¿En interés mío? ¿Qué quiere usted decir, mi querida mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— Sir Roberto, voy a ser franca con usted. Quiero que suprima usted el dictamen que pensaba enviar a la Cámara, diciendo que tiene usted razones para creer que los comisionados han sido parciales, mal informados o lo que usted quiera. Además, tengo empeño en que pronuncie usted algunas palabras declarando que el Gobierno va a examinar de nuevo la cuestión y que tiene usted razones para afirmar que el Canal, si se termina, tendrá una gran importancia internacional. Ya conoce usted el lenguaje que emplean los ministros en tales ocasiones. En la vida moderna, nada hace tanto efecto como una elocuente vulgaridad. Es como un lazo familiar entre todo el mundo. ¿Quiere usted hacer esto por mí?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Mistress Cheveley, es imposible que me hable usted en serio.

MISTRESS CHEVELEY.— Se lo digo completamente en serio.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con frialdad.) Perdón; permítame creer que no es así.

MISTRESS CHEVELEY.— (Hablando en un tono meditado, que subraya su insistencia.) ¡Ah! Le aseguro que hablo con la mayor seriedad. Y si hace usted lo que le pido..., yo le pagaré con largueza.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Pagarme?

MISTRESS CHEVELEY.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Temo no comprender bien lo que quiere usted decir.

MISTRESS CHEVELEY (Recostada en el canapé y contemplándole.) ¡Lo cual es muy fastidioso! Yo que he venido desde Viena para que pudiera usted comprenderme perfectamente.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Temo que no suceda así.

MISTRESS CHEVELEY.— Mi querido sir Roberto, es usted un hombre de mundo y supongo que tendrá usted su tarifa. Todo el mundo la tiene actualmente. ¡Pero lo malo es que la mayor parte de las personas son terriblemente caras! Yo sé muy bien que lo soy. Espero que usted será más razonable en sus condiciones.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Levantándose con indignación.) Si usted me lo permite, voy a decir que avisen a su coche. Ha vivido usted tanto tiempo en el extranjero, mistress Cheveley, que no parece usted en situación de comprender que habla a un «gentleman» inglés.

MISTRESS CHEVELEY.— (Le retiene junto a ella tocándole el brazo con el abanico.) Comprendo perfectamente que hablo a un hombre que ha cimentado su fortuna en la venta de un secreto de Estado a un especulador de la Bolsa.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Mordiéndose los labios.) ¿Qué quiere usted decir?

MISTRESS CHEVELEY.— (Levantándose y mirándole cara a cara.) Quiero decir que conozco el verdadero origen de su fortuna y de su carrera, y que además tengo en mi poder su carta.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Qué carta?

MISTRESS CHEVELEY.— (En tono despreciativo.) La carta que escribió usted al barón Arnheim cuando era secretario de lord Radley, diciéndole que adquiriese acciones de Suez, carta escrita tres días antes que el Gobierno hiciese pública su propia compra.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con voz ronca.) Eso no es cierto.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Creyó usted que la carta había sido destruida?

¡Qué necedad en usted! La tengo yo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— El asunto a que usted se refiere no era más que una pura especulación. La Cámara de los Comunes no había votado aún el proyecto de ley; hubiera podido rechazarlo.

MISTRESS CHEVELEY.— Era una estafa. Llamemos a las cosas por su verdadero nombre; esto simplifica las cuestiones. Ahora vengo a venderle esa carta, y el precio que pido es que preste usted públicamente su apoyo al proyecto argentino. Ha hecho usted su fortuna gracias a un canal. Es preciso que me ayude y que ayude a mis amigos a hacer fortuna por medio de otro.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Es una infamia lo que usted me propone..., una infamia...

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh, no! Es el juego de la vida tal como tenemos todos que jugarlo, tarde o temprano, sir Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No puedo hacer lo que usted me pide.

MISTRESS CHEVELEY.— Querrá usted decir que le es imposible dejar de hacerlo. Bien sabe usted que está arrinconado al borde de un precipicio. Y no es a usted a quien corresponde poner condiciones. Su papel consiste en aceptarlas. Suponiendo que se negase usted...

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿En tal caso?

MISTRESS CHEVELEY.— En tal caso, mi querido sir Roberto, estaría usted perdido, sencillamente. Acuérdese adónde le ha elevado su puritanismo en Inglaterra. En otros tiempos, nadie se creía mejor que su vecino ni en un ápice. Realmente, al que era un poco mejor que su vecino se le consideraba como un ser excesivamente vulgar, muy clase media. En nuestros días, con nuestra moderna manía de la moralidad, cada cual tiene que exhibirse como modelo de pureza, de incorruptibidad y de las otras siete virtudes mortales. Y todo, ¿para qué?... Caen ustedes todos como bolos, uno tras otro. No pasa un solo año en Inglaterra sin que se desplome alguien. Antes, los escándalos prestaban cierto encanto a un hombre o, al menos, le hacían interesante; ahora, le aplastan. Y el de usted es un escándalo muy sucio. ¡No podría usted sobrevivir a él! Si la gente supiese que en su juventud, siendo usted secretario de un grande e importante ministro, había usted vendido por una fuerte suma un secreto de Gabinete, y que este era el origen de su opulencia y de su carrera, sería usted expulsado de la vida pública como un perro, tendría que desaparecer para siempre. Después de todo, sir Roberto, ¿por qué va usted a sacrificar todo su porvenir en vez de pactar, diplomáticamente, con su enemiga?

Porque, hoy por hoy, soy su enemiga, lo reconozco. Y tengo mucha más fuerza que usted. Los grandes batallones están de mi parte. Ocupa usted una situación espléndida; pero es ese esplendor el que la hace vulnerable.

No puede usted defenderla. Y yo estoy atacándola. Como usted ve, no le he hablado para nada de moral. Tiene usted que reconocer lealmente que le dispenso de ello. Hace años cometió usted un acto hábil, sin escrúpulos; la cosa tuvo un éxito perfecto. Le debe usted su fortuna y su posición. Y ahora se ve en la obligación de pagar el pasado. Más tarde o más temprano, tendremos todos que pagar lo que hayamos hecho. Ahora le toca a usted.

Antes de irme esta noche tiene usted que prometerme que suprimirá ese informe y que hablará en la Cámara en favor de ese proyecto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Lo que pide usted es imposible.

MISTRESS CHEVELEY.— Tiene usted que hacerlo posible. Hará usted que sea posible. Sir Roberto, ya sabe lo que son los periódicos ingleses.

Supóngase que al salir de esta casa me dirijo a la redacción de uno de ellos y hago público ese escándalo, presentando las pruebas. Figúrese la alegría desvergonzada de esa gente, el placer que sentirán en arrastrarle por los suelos, y el lodo, el cieno en que van a hundirle. Imagínese al hipócrita de untuosa sonrisa redactando su artículo de fondo y combinando el título más sugestivo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Basta! ¿Me pide usted que retire el dictamen y que pronuncie un breve discurso en que declare que considero que el proyecto ofrece ciertas posibilidades?

MISTRESS CHEVELEY.— (Sentándose en el canapé.) Esas son mis condiciones.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (En voz baja.) Le daré a usted la cantidad que me pida.

MISTRESS CHEVELEY.— Ni usted mismo es lo suficientemente rico, sir Roberto, para rescatar su pasado. Nadie lo es.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No haré lo que usted me pide. No quiero hacerlo.

MISTRESS CHEVELEY.— No tendrá más remedio. Si no lo hace usted...

(Se levanta del canapé.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Trastornado, nervioso.) Espere un momento.

¿Qué me proponía usted? Dijo usted que me devolvería mi carta, ¿no es eso?

MISTRESS CHEVELEY.— Sí. Es lo convenido. Estaré en la tribuna de señoras mañana por la noche, a las once y media. Si a esa hora, y no le habrán faltado a usted ocasiones, ha hecho usted en la Cámara la declaración en los términos que deseo, le devolveré su carta, acompañada de las más expresivas gracias y de mis mejores cumplidos o, por lo menos, de los más apropiados a las circunstancias que pueda encontrar. Quiero jugar de un modo perfectamente leal con usted. Se debía jugar siempre limpio... cuando tiene uno todos los triunfos entre manos. El barón me lo ha enseñado, entre otras cosas...

SIR ROBERTO CHILTERN.— Tiene usted que darme tiempo para reflexionar sobre su posición.

MISTRESS CHEVELEY.— No; debe usted decidirse sin dilación.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Concédame una semana..., tres días.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Imposible! Tengo que telegrafiar a Viena esta noche.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Dios mío! ¿Quién le habrá hecho a usted mezclarse en mi vida?

MISTRESS CHEVELEY.— Las circunstancias.

(Se dirige hacia la puerta.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— No se vaya usted. Acepto. Será retirado el informe. Me las arreglaré de manera que me dirijan una pregunta sobre este asunto.

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias. Ya sabía yo que acabaríamos por firmar un acuerdo amistoso. Comprendí su carácter desde el primer momento. Le he analizado, aunque no sienta usted adoración por mí. Y ahora, sir Roberto, puede usted ordenar que avisen a mi coche. Veo a unas cuantas personas que vienen de cenar, y los ingleses se ponen románticos después de una comida, lo cual me aburre terriblemente.

(Sale SIR ROBERTO CHILTERN. Entran varios invitados: LADY CHILTERN, LADY MARKBY, LORD CAVERSHAM, LADY BASILDON, MISTRESS MARCHMONT, el VIZCONDE DE MANJAC, el SEÑOR MONTFORD.)

LADY MARKBY.— Supongo, mi querida Margarita, que se habrá usted divertido. Sir Roberto es muy interesante, ¿verdad?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Interesantísimo! La conversación que he tenido con él me ha producido un gran placer.

LADY MARKBY.— Su carrera ha sido de las más notables, de las más brillantes. Y se ha casado con la más admirable de las mujeres. Lady Chiltern es una persona que tiene los más elevados principios, me complazco en proclamarlo. Yo soy ya un poco vieja para tomarme el trabajo de dar buen ejemplo, pero admiro siempre a los que lo dan. Y lady Chiltern adopta una actitud que da mucha nobleza a la vida, aunque a sus comidas les falte algunas veces animación. Pero no puede una tenerlo todo, ¿verdad? Y ahora, amiga mía, tengo que irme. ¿La veré mañana?

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias.

LADY MARKBY.— Podríamos dar un paseo en coche por el Parque, a las cinco. ¡Tiene todo un aspecto tal de lozanía en el Parque, en este momento!

MISTRESS CHEVELEY.— Excepto la gente.

LADY MARKBY.— Quizá la gente esté un poco cansada. He notado con frecuencia que, a medida que avanza la temporada, produce una especie de reblandecimiento cerebral. Sin embargo, creo que todo es preferible al agotamiento intelectual. Nada sienta peor; hincha de un modo extraño la nariz de las muchachas. Y no hay nada más difícil de colocar que una nariz hinchada; no les gusta a los hombres. ¡Buenas noches, querida! (A lady Chiltern.) Buenas noches, Gertrudis.

(Sale del brazo de LORD CAVERSHAM.)

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Qué casa tan encantadora tiene usted, lady Chiltern! He pasado una noche deliciosa. Y he tenido un verdadero placer en conocer a su marido.

LADY CHILTERN.— ¿Por qué tiene usted ese empeño en ver a mi marido, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! Voy a decírselo. Me importaba mucho interesarle en ese proyecto del Canal argentino, del que habrá usted oído hablar, seguramente. Y lo he encontrado muy bien dispuesto...; muy bien dispuesto a lo razonable, quiero decir. ¡Cosa rarísima en un hombre!

Mañana por la noche hablará en la Cámara en favor de ese proyecto. Tenemos que ir a la tribuna de señoras a oírle. Será un gran día.

LADY CHILTERN.— Debe de haber en eso algún equívoco. Mi marido no puede apoyar ese proyecto.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! Es asunto concluido, se lo aseguro. Ahora ya no siento haber hecho este molesto viaje desde Viena. Ha sido un éxito.

Pero, naturalmente, hay que guardar la más absoluta reserva durante las próximas veinticuatro horas. Se trata de un secreto.

LADY CHILTERN.— (A media voz.) ¿Un secreto? ¿Entre quiénes?

MISTRESS CHEVELEY.— (Con un relámpago de alegría en los ojos.) Entre su marido y yo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Entrando.) Ya está abajo su coche, mistress Cheveley.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Gracias! Buenas noches, lady Chiltern. Buenas noches, lord Goring. Estoy instalada en el Claridge Hotel. ¿No cree usted que podría ir allí a dejar una tarjeta?

LORD GORING.— Si usted lo desea, mistress Cheveley...

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! No adopte usted un aire tan solemne por tan poca cosa; porque, si no, me veré obligada a dejar una tarjeta en su casa.

No creo que estaría bien visto en Inglaterra. En el extranjero estamos más civilizados. ¿Querría usted acompañarme hasta abajo, sir Roberto? Ahora que tenemos los mismos intereses, espero que seamos grandes amigos.

(Sale, con gran revuelo, del brazo de SIR ROBERTO CHILTERN. LADY CHILTERN se adelanta hacia la barandilla de la escalera y los sigue con la mirada mientras bajan. Tiene el rostro agitado. Al cabo de un momento se ve rodeada de invitados y pasa con ellos a otro salón.)

MABEL CHILTERN.— ¡Qué horrible mujer!

LORD GORING.— Debía usted irse a la cama, miss Mabel.

MABEL CHILTERN.— ¡Lord Goring!

LORD GORING.— Mi padre me dijo hace una hora que me fuese a acostar.

No veo por qué no iba a darle a usted el mismo consejo. Transmito siempre a los demás los buenos consejos. Es lo único que debe hacerse con ellos.

Imposible utilizarlos por cuenta propia.

MABEL CHILTERN.— Lord Goring, no hace más que echarme de la habitación. Encuentro eso muy valiente por su parte. Sobre todo cuando pienso esperar muchas horas antes de acostarme. (Se dirige al canapé.)

Puede usted venir a sentarse si quiere, y hablarme de todo, menos de la Real Academia, de mistress Cheveley o de las novelas en dialecto escocés.

No son temas que le hacen a una progresar. (Ve de pronto un objeto que está sobre el canapé, medio escondido entre los almohadones.) ¿Qué es esto? Se le ha caído este broche de brillantes. Es precioso, ¿verdad?

(Enseñándoselo.) Desearía que fuese mío, pero Gertrudis no quiere dejarme llevar más que perlas, y estoy cansada de ellas. ¡Hacen una cara tan fea, tan virtuosa, tan intelectual! ¿A quién podrá pertenecer este broche?

LORD GORING.— Y yo me pregunto a quién se le habrá caído.

MABEL CHILTERN.— Es un broche precioso.

LORD GORING.— Es un brazalete muy bonito.

MABEL CHILTERN.— No es un brazalete, es un broche.

LORD GORING.— Se puede usar como brazalete.

(Se lo quita de las manos, saca un tarjetero verde, coloca en él cuidadosamente la alhaja y luego se lo guarda todo en el bolsillo de la cartera, con la mayor tranquilidad.)

MABEL CHILTERN.— ¿Qué hace usted?

LORD GORING.— Miss Mabel voy a hacerle a usted una petición bastante extraña.

MABEL CHILTERN.— (Con viveza.) ¡Oh, hágala, se lo suplico! La he estado esperando toda la noche.

LORD GORING.— (Se queda algo desconcertado, pero se repone.) No diga usted a nadie que me he guardado este broche. Si escribe alguien reclamándolo, avíseme inmediatamente.

MABEL CHILTERN.— Es una petición muy extraña.

LORD GORING.— Es que..., mire..., he regalado este broche a cierta persona, hace años...

MABEL CHILTERN.— ¿Se lo regaló usted?

LORD GORING.— Sí.

(Entra LADY CHILTERN sola. Los otros invitados se han ido ya.)

MABEL CHILTERN.— Entonces solo me resta decirle adiós. Buenas noches, Gertrudis.

LADY CHILTERN.— Buenas noches, querida. (Sale MABEL CHILTERN. A LORD GORING.) ¿Ha visto usted a quién nos ha traído esta noche lady Markby?

LORD GORING.— Sí, ha sido una sorpresa desagradable. ¿A qué ha venido esa mujer aquí?

LADY CHILTERN.— Según parece, a intentar obtener el apoyo de Roberto para algún proyecto deshonroso en el cual está interesada. En realidad, se trata del Canal Argentino.

LORD GORING.— Se había equivocado de puerta, ¿verdad?

LADY CHILTERN.— Es incapaz de comprender un carácter tan íntegro como el de mi marido.

LORD GORING.— Sí, me figuro que si intentara atrapar a Roberto en sus redes, lo pasaría mal. ¡Es asombroso ver los enormes errores que cometen las mujeres inteligentes!

LADY CHILTERN.— Yo no llamo inteligentes a las mujeres de esa clase; son tontas.

LORD GORING.— Muchas veces viene a ser lo mismo. Buenas noches, lady Chiltern.

LADY CHILTERN.— Buenas noches.

(Entra SIR ROBERTO CHILTERN.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿No se irá usted ya, mi querido Arturo?

Quédese un momento.

LORD GORING.— Temo no poder. Gracias. He prometido echar un vistazo en casa de los Hartlocks. Creo que han contratado una «troupe» húngara color malva, que ejecuta música húngara, color malva también. Hasta muy pronto. Buenas noches.

(Sale.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Qué bonita estás esta noche, Gertrudis!

LADY CHILTERN.— No es cierto, ¿verdad? Tú no vas a prestar así tu apoyo a esa especulación del Canal Argentino... No podrías.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Estremeciéndose.) ¿Quién te ha dicho que pensara hacerlo?.

LADY CHILTERN.— Esa mujer que acaba de marcharse. Mistress Cheveley es el nombre que ha adoptado ahora. Parecía burlarse de mí al decírmelo.

Roberto, conozco a esa mujer. Tú no la conoces. Ibamos al colegio juntas.

Era falsa, indigna. Ejercía una influencia perniciosa sobre todos aquellos cuya confianza o cuya amistad había logrado ganar. Yo la odiaba, la despreciaba. Cometía robos. Era una ladrona. La echaron por haber robado.

¿Por qué te dejas influir por ella?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gertrudis, lo que me dices quizá sea verdad, pero ha sucedido hace ya muchos años. Es preferible olvidar. Mistress Cheveley ha podido cambiar después. No hay que juzgar a nadie por su pasado.

LADY CHILTERN.— (Con tristeza.) El pasado de un hombre se parece a ese hombre. Es el único medio que hay para juzgar a las personas.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Durísimo criterio, Gertrudis.

LADY CHILTERN.— Es la verdad, Roberto. Pero ¿qué quería decir cuando se jactaba de haber conseguido, de haberte inducido a prestar tu apoyo y tu nombre a un asunto que te he oído describir como el proyecto más deshonroso y más fraudulento que se haya presentado en el mundo político?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Mordiéndose los labios.) Me equivocaba en mi apreciación sobre ello. Todos podemos equivocarnos.

LADY CHILTERN.— Pero si me dijiste ayer que habías recibido el informe de la Comisión, y que condenaba en absoluto toda esa empresa.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Yendo de un lado para otro.) Ahora, en cambio, tengo motivos para creer que la Comisión era parcial o que estaba, por lo menos, mal informada. Además, Gertrudis, la vida pública y la vida privada son dos cosas diferentes. Tienen leyes diferentes, se mueven en distintas esferas.

LADY CHILTERN.— Tanto una como otra deben representar al hombre en su apogeo. No veo ninguna diferencia entre ellas.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Deteniéndose.) En este caso, se trata de un asunto de política práctica. He cambiado de opinión; eso es todo.

LADY CHILTERN.— ¿Todo?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con aspereza.) Sí.

LADY CHILTERN.—¡Roberto! ¡Oh, es horrible tener que hacerte esta pregunta! Roberto, ¿me dices toda la verdad?

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Por qué me haces semejante pregunta?

LADY CHILTERN.— (Después de una pausa.) ¿Por qué no la contestas?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Sentándose.) Gertrudis, la verdad es una cosa muy compleja y la política un asunto muy complejo así mismo. Son engranajes sobre engranajes. Puede suceder que tenga uno con la gente ciertas obligaciones que sea necesario cumplir. En la vida política llega uno, tarde o temprano, a tener compromisos. Todo el mundo los tiene.

LADY CHILTERN.— ¿A tener compromisos? Roberto, ¿por qué tu lenguaje es tan distinto del que te he oído siempre? ¿Por qué has cambiado?

SIR ROBERTO CHILTERN.— No he cambiado. Muchas circunstancias modifican las cosas.

LADY CHILTERN.— Las circunstancias no pueden variar en nada los principios.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Pero si yo te dijese...

LADY CHILTERN.— ¿Qué?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Que eso era necesario, ¡de una necesidad vital!

LADY CHILTERN.— Nunca puede ser necesario hacer una cosa deshonrosa.

O si es necesario, ¿a quién he amado yo? Pero eso no puede ser..., Roberto, dime que eso no puede ser... ¿Por qué iba a serlo? ¿Qué ibas a ganar con ello? ¿Dinero? No lo necesitamos. Y el dinero que tiene un origen sucio denigra el poder... Pero el poder no es nada en sí mismo; lo hermoso es el poder que permite hacer bien. Eso y solo eso. Por tanto, ¿qué ocurre? Roberto, dime por qué ibas a cometer esa acción deshonrosa.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gertrudis, no tienes derecho a emplear ese calificativo. Ya te he dicho que se trataba de un compromiso razonable. No hay más.

LADY CHILTERN.— Roberto, eso es bueno para otros, para los que tan solo ven en la vida una sórdida especulación, pero no para ti, Roberto, no para ti. Tú eres muy diferente. Te has mantenido apartado de los demás durante toda tu vida. No te has dejado nunca mandar por el mundo. Para el mundo y para mí has sido siempre un ideal. ¡Oh, sigue siendo ese ideal! No rechaces esa gran herencia... No destruyas esa torre de marfil. Los hombres pueden amar cosas muy por bajo de ellos. Roberto, cosas indignas, sucias, deshonrosas. Nosotras las mujeres adoramos al amar, y cuando perdemos nuestra adoración lo perdemos todo. ¡Oh, no mates mi amor hacia ti, no lo mates!

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Gertrudis!

LADY CHILTERN.— Ya sé que ciertos hombres tienen en sus vidas horribles secretos, ya sé que hay hombres que han cometido alguna acción vergonzosa y que, en un momento crítico, se ven obligados a pagar su pasada falta cometiendo una nueva infamia. ¡Oh, no me digas que tú eres uno de esos hombres! Roberto, ¿hay en tu vida algo deshonroso, alguna llaga secreta? Dímelo, dímelo en seguida..., para que...

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Para... qué?

LADY CHILTERN.— (Hablando muy despacio.) Para que nuestras vidas puedan deslizarse separadamente.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Deslizarse separadamente?...

LADY CHILTERN.— Para que puedan estar separadas por completo; sería preferible para los dos.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gertrudis, no hay nada en mi vida que no puedas conocer.

LADY CHILTERN.— Estaba segura de ello, Roberto, estaba segura. Pero entonces, ¿por qué dices esas terribles cosas que se parecen tan poco a lo que eres en realidad? No volvamos a hablar de ese asunto. Escribirás, ¿verdad?, a mistress Cheveley, diciéndole que no puedes favorecer su escandaloso proyecto. Si le has hecho cualquier promesa, retírala y nada más.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Es necesario que escriba diciéndole eso?

LADY CHILTERN.— Ciertamente, Roberto. ¿Qué otro medio puede haber?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Podía tener una entrevista con ella. Sería preferible.

LADY CHILTERN.— No debes volver a verla nunca, Roberto. Es una mujer a la que no debías volver a dirigir jamás la palabra. No es digna de hablar con un hombre como tú. No, es preciso que le escribas en seguida, ahora mismo, y que tu carta esté redactada en términos que le demuestren que tu decisión es irrevocable.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Escribir a esta hora!

LADY CHILTERN.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Pero es tan tarde: cerca de las doce!

LADY CHILTERN.— No importa. Es preciso que sepa ella sin tardanza que se ha equivocado respecto a ti, y que tú no eres un hombre que obras con bajeza y a escondidas, que no haces nada deshonroso. Escríbele, Roberto.

Dile que te niegas a secundar su proyecto porque lo consideras una empresa deshonrosa. Sí, escribe la palabra «deshonrosa». Ya conoce ella el sentido de esta palabra.

(SIR ROBERTO se sienta y escribe una carta. Su mujer la coge y la lee.)

Bien, eso es. (Llama.) Y ahora, el sobre. (SIR ROBERTO escribe el sobre sin apresurarse. Entra MASON.) Que lleven esta carta al Hotel Claridge. No tiene contestación. (Sale MASON. LADY CHILTERN se arrodilla junto a su marido y le abraza.) Roberto, el amor da el instinto de las cosas. Siento esta noche que te he salvado de algo que hubiese podido ser un peligro para ti, de algo que hubiese podido amenguar el respeto que te tienen. No creo, Roberto, que te des perfecta cuenta de esto: de que has introducido en la vida política de nuestro tiempo un ambiente más noble, una actitud más bella ante la vida, un aire más libre, formado de fines más puros, de ideales más elevados. Yo lo sé, y por eso te amo, Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Oh! Ámame siempre, Gertrudis; ámame siempre.

LADY CHILTERN.— Te amaré siempre, porque siempre serás digno de ser amado. Debemos forzosamente dirigir nuestro amor hacia el ser más alto, cuando lo encontramos.

(Le da un beso, se levanta y sale.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ( Va de un lado para otro, un momento; luego se sienta y esconde la cara entre sus manos. Entra el criado y empieza a apagar las luces. SIR ROBERTO alza los ojos.) Apague las luces, Mason, apague las luces.

(El CRIADO obedece. La habitación queda casi a oscuras. La única luz que alumbra la escena la difunde la gran araña colgada en lo alto de la escalera y cae sobre el tapiz que representa el Triunfo del Amor.)

TELÓN

Acto segundo

Saloncito de confianza en casa de sir Roberto Chiltern. Lord Goring, vestido a la última moda, está tumbado en un sillón. Sir Roberto se encuentra en pie ante la chimenea. Se le nota vivamente agitado e inquieto. Durante la escena recorre la habitación con movimientos nerviosos.

LORD GORING.— Mi querido Roberto, es este un asunto muy embarazoso, de los más embarazosos. Debió usted decírselo todo a su mujer. Los secretos que sabe uno de las mujeres de los demás constituyen un lujo necesario en la vida moderna. Al menos, eso me han dicho siempre en el club señores lo suficientemente calvos para saber a qué atenerse. Pero no debía tener uno nunca secretos para su mujer. Las mujeres acaban siempre por descubrirlos. Tienen un instinto maravilloso para ello. Son capaces de descubrirlo todo, excepto lo que salta a la vista.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Yo no podía decirle nada a mi mujer, Arturo.

¿Cuándo iba a contárselo? Anoche, era imposible. Hubiera provocado una separación definitiva para toda la vida y perdido yo el amor de la única mujer que hay en el mundo, por la que tengo un verdadero culto, de la única mujer que ha hecho palpitar el amor en mí. Anoche hubiera sido imposible. Se hubiese apartado de mí con horror..., con horror y desprecio.

LORD GORING.— ¿Tan perfecta es lady Chiltern?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí, tan perfecta es mi mujer.

LORD GORING.— (Quitándose el guante de la mano izquierda.) ¡Qué lástima!... ¡Perdón, amigo mío! No era eso precisamente lo que quería decir. Pero si es verdad lo que usted me cuenta, me encantaría tener una conversación seria sobre la vida con lady Chiltern.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sería completamente inútil.

LORD GORING.— ¿Puedo intentarlo?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí, pero nada podrá modificar su manera de pensar.

LORD GORING.— Bueno; en el peor de los casos, sería una simple experiencia psicológica.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Todas esas experiencias son terriblemente peligrosas.

LORD GORING.— Todo es peligroso, mi querido amigo. Si no fuera así, no valdría la pena vivir... Pues bien: me veo obligado a decirle que, a mi juicio, debió usted decírselo todo hace años.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Cuándo? ¿En la época de nuestro matrimonio?

¿Cree usted que se hubiera casado conmigo si hubiese conocido la verdad del origen de mi fortuna y de la base de mi carrera, si hubiera sabido que yo había hecho una cosa que la mayoría de la gente califica, según veo, de denigrante y deshonrosa?

LORD GORING.— (Pausadamente.) Sí, la mayoría de la gente se expresaría de ese modo, no cabe duda.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con tono amargo.) Gentes que hacen a diario algo parecido, gentes que desde la primera hasta la última tienen secretos aún peores en su vida.

LORD GORING.— Por eso mismo les encanta tanto descubrir secretos en las vidas ajenas. Así distraen la atención pública de las suyas.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Y después de todo, ¿a quién he perjudicado obrando así? A nadie.

LORD GORING.— (Mirándole fijamente.) A nadie más que a usted mismo, Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Después de una pausa.) Sí, tenía informes particulares de cierta transacción que el Gobierno de entonces planeaba y obré con arreglo a ello. Los informes particulares son, realmente, el origen de todas las grandes fortunas actuales.

LORD GORING.— (Golpeando sus botas con el bastón.) Y su resultado invariable es un escándalo público.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Paseándose por la habitación.) Arturo, ¿cree usted que una cosa que hice hace cerca de dieciocho años pueda utilizarse hoy en contra mía? ¿Encuentra usted justo que toda la carrera de un hombre quede destrozada por una falta cometida cuando salía apenas de la adolescencia? Tenía yo entonces veintidós años y padecía la doble desgracia de haber nacido noble y pobre, dos cosas imperdonables en estos tiempos. ¿Es justo que la ligereza y el pecado de juventud, si creen que debe llamárselos así, me coloquen en la picota, conviertan en un desecho una vida como la mía, y derroquen todo cuanto ha constituido la finalidad de mi trabajo, todo cuanto he levantado? ¿Es esto justo, Arturo?

LORD GORING.— La vida nunca es justa. ¡Y acaso resulte preferible que no lo sea para la mayoría de nosotros!

SIR ROBERTO CHILTERN.— Todo ambicioso se ve en la necesidad de empuñar las armas de su siglo para hacerse sitio. Lo que adora este siglo es la opulencia. Para triunfar hay que ser opulento. Es preciso serlo a toda costa.

LORD GORING.— Se rebaja usted, Roberto. Hubiese usted triunfado, créame, de igual modo sin la riqueza.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Cuando hubiera sido viejo, quizá; cuando hubiese perdido mi posición por el poder, o cuando me fuera imposible utilizarlo... Cuando hubiera estado cansado, desgastado, desilusionado.

Quería alcanzar el éxito joven aún. La juventud es la época buena para el éxito. No podía esperar.

LORD GORING.— Pues ha triunfado usted realmente en su juventud.

Ninguno de sus contemporáneos ha triunfado de una manera tan brillante.

¡Subsecretario de Estado a los cuarenta años! Es para contentar a cualquiera, creo yo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Y si me arrebatan ahora todo eso? ¿Y si lo pierdo todo de resultas de un escándalo atroz? ¿Y si me echan de la vida pública como a un perro?

LORD GORING.— ¿Cómo pudo usted venderse por dinero, Roberto?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con agitación.) No me vendí por dinero.

Compré muy caro el éxito; eso es todo.

LORD GORING.— (Con tono grave.) Sí, realmente lo ha pagado usted caro. Pero ¿quién le apuntó a usted la idea de hacer semejante cosa?

SIR ROBERTO CHILTERN.— El barón Arnheim.

LORD GORING.— ¡Maldito bribón!

SIR ROBERTO CHILTERN.— No, era un hombre de una inteligencia finísima, refinada. Un hombre culto, lleno de encanto y distinción, uno de los seres más intelectuales que he visto en mi vida.

LORD GORING.— ¡Ah! Prefiero siempre un caballero imbécil. Podría decirse en favor de la estupidez mucho más de lo que se cree. Yo, por mi parte, siento una gran admiración por la estupidez. Supongo que será por un sentimiento de confraternidad. Pero ¿cómo se las arregló? Cuéntemelo usted.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Dejándose caer en un sillón junto a la mesa.)

Una noche, después de cenar en casa del lord Radley, el barón se puso a hablar del éxito en la vida moderna como de una cosa que podía plantearse de una manera completamente científica. Con aquella voz extrañamente fascinadora que le era peculiar, nos expuso la más terrible de las filosofías: la filosofía del poder; nos predicó el más maravilloso de los evangelios: el evangelio del oro. Creo que notó el efecto que había producido en mí, porque algunos días después me escribió rogándome que fuese a verle. Vivía entonces en Parke—Lane, en la casa donde ahora vive lord Woolcomb. Recuerdo perfectamente la extraña sonrisa de sus labios pálidos y sinuosos mientras me paseaba por su admirable galería de cuadros, enseñándome sus marfiles tallados y haciendo nacer en mí la admiración ante el singular encanto del lujo en que vivía. Me dijo entonces que el lujo no era más que un decorado, un fondo pintado en una obra, y que el dominio, el dominio del mundo, era la única cosa que valía la pena de ser poseída, el único placer que valía la pena de ser conocido, el único goce del cual no se cansaba uno nunca, y que en nuestro tiempo los ricos eran los únicos que lo poseían.

LORD GORING.— (En tono convencido.) ¡Profesión de fe de las más superficiales!

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Levantándose.) En aquel tiempo no pensaba yo así. Y ahora tampoco. La opulencia me ha dado un enorme poder. Me ha dado la libertad al comienzo mismo de mi vida, y la libertad lo es todo. Usted no ha sido nunca pobre y no ha sabido usted nunca lo que es la ambición.

No puede usted comprender qué oportunidad más maravillosa me puso el barón en la mano. Una oportunidad como muy pocos tienen.

LORD GORING.— Afortunadamente para ellos, a juzgar por los resultados. Pero dígame usted ya: ¿cómo llegó el barón a persuadirle de..., en fin, de hacer lo que hizo usted?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Al marcharme me dijo que si en alguna ocasión podía yo proporcionarle algún informe particular que tuviese valor, me convertiría en un hombre riquísimo. Me deslumbró la perspectiva que desplegaba ante mí. Mi ambición y mi ansia de poder eran entonces ilimitadas. Seis semanas más tarde, ciertos documentos secretos pasaron por mis manos.

LORD GORING.— (Sin retirar la mirada de la alfombra.) Documentos de Estado.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí.

(LORD GORING suspira; luego se pasa la mano por la frente y levanta los ojos.)

LORD GORING.— Es usted el único hombre que hay en este mundo, Roberto, a quien no hubiese yo creído lo suficientemente débil para ceder a una tentación tal como la que le ofrecía el barón Arnheim.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Débil! Estoy harto de oír esa palabra. Estoy harto de aplicársela a otros. ¿Débil? ¿Cree usted, realmente, Arturo, que sea debilidad ceder a la tentación? Le aseguro que hay tentaciones horribles que resiste uno tan solo a fuerza de energía, de energía y de valor. Jugar su vida en un solo momento, arriesgarlo todo de un golpe, ya sea la baza de poderío o placer, eso no me importa; en ello no hay debilidad. Hay valor, un valor terrible. Y yo tuve ese valor. Me senté ante mi mesa aquella tarde y escribí al barón Arriheim la carta que está en manos de esa mujer. Ganó él con aquella combinación setecientas cincuenta mil libras.

LORD GORING.— ¿Y usted?

SIR ROBERTO CHILTERN.— A mi me entregó el barón ciento diez mil libras.

LORD GORING.— Valía usted más, Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No; esa suma me proporcionaba precisamente lo que yo quería: el poder sobre los demás.Entré inmediatamente en la Cámara.

El barón me daba consejos financieros de vez en vez. En menos de cinco años tripliqué mi fortuna. Desde entonces, todo cuanto he emprendido me ha salido bien. En todas las cosas en que intervenía el dinero he tenido un éxito tal, que, a veces, llegué a alarmarme. Recuerdo haber leído en alguna parte, en algún libro extranjero, que cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestros ruegos.

LORD GORING.— Pero dígame, Roberto: ¿y no ha sentido usted nunca tristeza por lo que hizo?

SIR ROBERTO CHILTERN.— No; tenía conciencia de haber combatido a mi época con sus propias armas, saliendo triunfador.

LORD GORING.— (Con tristeza.) Ha creído usted triunfar.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí, he creído triunfar. (Después de una larga pausa.) Arturo, ¿me desprecia usted por lo que le he contado?

LORD GORING.— (Con tono más afectuoso.) Me apena por usted, Roberto; me apena muchísimo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No puedo decir que haya sentido el menor remordimiento. No lo he sentido. No ha sido remordimiento en el sentido ordinario y bastante necio de esa palabra. Pero muchas veces, para tranquilizar mi conciencia, he pagado la equivalencia de ese dinero. Tenía la esperanza insensata de que podría desarmar al destino. He distribuido en obras de caridad el doble de la suma que recibí del barón Arnheim.

LORD GORING.— (Alzando los ojos.) ¿En obras de caridad? ¡Ah, se lo aseguro! ¡Cuánto daño ha debido usted de hacer, Roberto!

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Oh! No diga usted eso, Arturo; no hable usted así.

LORD GORING.— No haga usted caso de lo que digo, Roberto. Digo siempre lo que no debía decir. En realidad, digo generalmente lo que pienso con toda franqueza. Es un gran error en la época en que vivimos; se expone uno a ser mal interpretado. Pero en lo que se refiere a ese desdichado asunto, le ayudaré lo mejor que pueda. Eso ya lo sabe usted.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gracias, Arturo, gracias. Pero ¿qué hacer?

LORD GORING.— (Recostándose en el sillón con las manos en los bolsillos.) Los ingleses no pueden sufrir al hombre que se dice siempre que tiene razón; pero, en cambio, sienten una gran simpatía por el que reconoce sus yertos. Esta es una de sus mejores cualidades. Sin embargo, en el caso de usted una confesión no sería oportuna. El dinero..., permítame que se lo diga..., ese es el punto difícil. Además, si prefiere usted liquidar un asunto con una confesión general, le está a usted prohibido hablar de moral de aquí en adelante. Y en Inglaterra, cuando no se puede hablar de moral dos veces por semana ante un auditorio numeroso, plebeyo e inmoral, ha fracasado uno como político serio. No le quedan a uno más carreras que la de Botánica o la de la Iglesia. Una confesión no serviría para nada. Significaría su pérdida.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sería mi pérdida, Arturo. No me queda otro recurso que luchar hasta el final.

LORD GORING.— (Levantándose.) Esperaba que dijese usted eso, Roberto.

Es la única conducta a seguir por ahora. Y debe usted empezar por contárselo todo a su mujer.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Eso sí que no lo haré.

LORD GORING.— Créame, Roberto; está usted equivocado.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No podría hacerlo. Mataría el amor que me tiene. Y ahora hablemos de esa mujer, de esa mistress Cheveley. ¿Cómo puedo defenderme de ella? ¿Por lo visto, la conocía usted ya, Arturo?

LORD GORING.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿La conocía usted a fondo?

LORD GORING.— (Arreglándose la corbata.) Poquísimo; tan poco, que llegué a prometerle casarme con ella, en otro tiempo, durante mi estancia en casa de los Tenby. Aquello duró tres días..., o le faltó muy poco.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Y por qué fue la ruptura?

LORD GORING.— (En tono ligero.) ¡Oh! Ya no me acuerdo. O por lo menos es cosa que no tiene importancia. A propósito: ¿intentó usted ofrecerle dinero? Entonces le gustaba endiabladamente.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Le ofrecí todo el dinero que pidiera; lo rechazó.

LORD GORING.— Véase cómo el maravilloso Evangelio del oro falta algunas veces a sus promesas. El rico no lo puede todo, al fin y al cabo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— No, no lo puede todo. Creo que tiene usted razón, Arturo; temo no poder evitar la afrenta pública. La veo venir.

Hasta hoy, no sabía lo que era el terror; ahora lo sé. Es como una mano helada que pesa sobre el corazón. Es como si este se agotase inútilmente queriendo latir en el vacío.

LORD GORING.— (Dando un puñetazo sobre la mesa.) Debe usted darle la batalla, es necesario.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Pero ¿cómo?

LORD GORING.— En este momento no lo sé; no se me ocurre nada. Pero no hay nadie que no tenga su punto vulnerable. No hay nadie en el mundo que no tenga su falla. (Se dirige pausadamente hacia la chimenea y se mira al espejo.) Mi padre me dice que yo mismo tengo defectos. Quizá los tenga. No lo sé.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Para defenderme de mistress Cheveley tengo realmente derecho a utilizar todas las armas que pueda encontrar, ¿verdad?

LORD GORING.— (Delante del espejo.) En su caso, creo que yo no tendría el menor escrúpulo en hacerlo. Ella sabe perfectamente velar por sus intereses.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Sentándose a la mesa y cogiendo una pluma.)

Entonces voy a enviar un telegrama cifrado a Viena preguntando si se sabe allí algo en contra de ella. Puede haber algún escándalo misterioso en su vida que la atemorice.

LORD GORING.— (Arreglándose la flor del ojal.) ¡Oh! Me figuro que mistress Cheveley es una de esas mujeres completamente modernas que en nuestra época creen que un escándalo nuevo les sienta tan bien como un sombrero de última creación y que pasean el uno y el otro todas las tardes por el Parque a eso de las cinco y media. Estoy seguro de que adora los escándalos y de que el dolor de su vida es no poder arreglárselas para tenerlos con profusión.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Por qué dice usted eso?

LORD GORING.— (Dando media vuelta.) Pues, sencillamente, porque anoche se había puesto demasiado colorete y poquísima ropa. Y esto es siempre señal de desesperación en una mujer.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Sonriendo.) Pero ¿valdría la pena escribir a Viena?

LORD GORING.— Siempre vale la pena hacer una pregunta, aunque no siempre valga la pena contestar a ella.

(Entra MASON.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Está míster Traffor en su casa?

MASON.— Sí, sir Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Mete en un sobre lo que acaba de escribiry lo cierra cuidadosamente.) Dígale que cifre esto y que lo envíe inrnediatamente. ¡Que no pierdan un momento!

MASON.— Bien, sir Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Oh, devuélvame eso! (Escribe unas palabras en el sobre y se lo entrega otra vez a MASON, que sale con la carta.) Debió ella de tener algún curioso recurso con el barón Arnheim. Me pregunto qué sería ello.

LORD GORING.— (Sonriendo.) Y yo también.

SIR ROBERTO CHILTERN.— La combatiré hasta la muerte, mientras mi mujer no sepa nada.

LORD GORING.— (Con energía.) Sí, luche usted, pase lo que pase, suceda lo que suceda.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con gesto de desesperación.) Si mi mujer se llegase a enterar, pocas razones tendría ya para luchar. Así, pues, en cuanto reciba alguna noticia de Viena, le comunicaré a usted el resultado.

Es una probabilidad, una simple probabilidad, pero creo en ella. Y así como he luchado contra este siglo con sus propias armas, lucharé con las suyas contra ella. Nada más justo, y esa mujer parece tener un pasado, ¿verdad?

LORD GORING.— Lo mismo sucede con casi todas las mujeres bonitas.

Pero hay una moda en materia de historias como la hay en materia de vestidos. Quizá el pasado de mistress Cheveley se reduce a un ligero «décolleté», y esta es una de las cosas que más se llevan en este momento.

Además, mi querido Roberto, yo no me ilusionaría demasiado con ese sistema de atemorizar a mistress Cheveley. Ha sobrevivido ella a todos sus acreedores y dado pruebas de una maravillosa presencia de ánimo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Oh, ahora sólo vivo de esperanzas! Me aferro a todas las probabilidades. Me hago el efecto de un hombre en un barco que se hunde. El agua me llega a los pies y el aire mismo está impregnado de un amargo sabor de tempestad... ¡Silencio! Oigo la voz de mi mujer.

(Entra LADY CHILTERN en traje de calle.)

LADY CHILTERN.— Buenas tardes, lord Goring.

LORD GORING.— Buenas tardes, lady Chiltern. ¿Ha estado usted en el Parque?

LADY CHILTERN.— No; vengo de la Asociación Liberal Femenina, en donde, dicho sea de paso, ha sido acogido tu nombre, Roberto, con ruidosos aplausos; vuelvo para tomar el té. (A LORD GORING.) Se quedará usted a tomar una taza de té, ¿verdad?

LORD GORING.— Me quedaré un momento, gracias.

LADY CHILTERN.— Vuelvo en seguida: el tiempo necesario para quitarme el sombrero.

LORD GORING.— (Más serio.) ¡Oh, le ruego que no se lo quite! ¡Es tan bonito! Es uno de los sombreros más bonitos que he visto. Supongo que la Asociación Liberal Femenina lo habrá acogido también con ruidosos aplausos.

LADY CHILTERN.— (Sonriendo.) Tenemos tareas mucho, mucho más importantes que las de contemplar nuestros sombreros, lord Goring.

LORD GORING.— ¿Sí? ¿Qué tareas?

LADY CHILTERN.— ¡Oh! Cosas oscuras, útiles y encantadoras: las leyes del trabajo en las fábricas, la de la jornada de ocho horas, la franquicia parlamentaria... En una palabra: todas las cosas que le parecerían a usted desprovistas de interés.

LORD GORING.— ¿Y no hablan ustedes nunca de sombreros?

LADY CHILTERN.— (Con indignación fingida.) ¡De sombreros, jamás!

(Sale LADY CHILTERN por la puerta que da acceso a su tocador.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Estrechando la mano de LORD GORING.) Ha sido usted un buen amigo para mí, Arturo; el mejor de los amigos.

LORD GORING.— No creo haber hecho mucho por usted hasta ahora, Roberto. Es más: pensándolo bien, puedo afirmar que no he hecho nada por usted. Estoy completamente desilusionado con respecto a mí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Ha hecho usted que sea yo capaz de decirle la verdad. Ya es algo. Esta verdad me ha ahogado siempre.

LORD GORING.— ¡Ah! La verdad es una cosa de la que procuro desembarazarme lo antes posible. Mala costumbre, dicho sea de paso. Le hace a uno impopular en el club..., sobre todo entre los socios viejos. Le llaman a eso afectación. Y tal vez estén en lo cierto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Lo daría todo en el mundo por haber tenido el valor de decir la verdad, de vivirla. ¡Ah! En la vida es algo muy grande eso de vivir la verdad. (Suspira y se dirige hacia la puerta...) Le veré a usted pronto, ¿verdad, Arturo?

LORD GORING.— Sí, cuando usted quiera. Esta noche pienso ir a echar un vistazo al club de los Solteros, como no encuentre algo mejor donde pasar el tiempo. Pero volveré por aquí mañana por la mañana. Si tuviese usted necesidad de verme esta noche, por casualidad, mándeme cuatro letras a la calle de Curzon.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gracias.

(En el momento en que va a salir, entra LADY CHILTERN, que viene de su tocador.)

LADY CHILTERN.— ¿Te ibas, Roberto?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Tengo que escribir unas cartas, querida.

LADY CHILTERN.— (Acercándose a él.) Trabajas demasiado, Roberto.

Parece que no piensas nunca en ti mismo... ¡Y tienes un aspecto tal de cansancio!

SIR ROBERTO CHILTERN.— No es nada, hija mía, no es nada.

(Le besa la mano y sale.)

LADY CHILTERN.— (A LORD GORING.) Siéntese, lord Goring. Me alegro muchísimo que haya usted venido. Tengo que hablarle... ¡No, de nada sobre sombreros ni de la Asociación Liberal Femenina! Se toma usted demasiado interés por lo primero y no el suficiente, y se merece muchísimo, por lo segundo.

LORD GORING.— ¿Quería usted hablarme de mistress Cheveley?

LADY CHILTERN.— Sí; lo ha adivinado. Anoche, después de irse usted, descubrí que sus afirmaciones eran completamente ciertas. Como es natural, hice a Roberto que le escribiese inmediatamente una carta retirando su promesa.

LORD GORING.— Eso me ha dado él a entender.

LADY CHILTERN.— De haber mantenido esa promesa, hubiese él manchado por primera vez un nombre que había sido hasta ahora intachable. Roberto debe estar siempre por encima de todo reproche. No es como los demás hombres: no le está permitido hacer lo que ellos hacen. (Mira a LORD GORING, que permanece callado.) ¿No es usted de mi opinión? Es usted el mejor amigo de Roberto, el mejor amigo nuestro, lord Goring. Nadie, excepto yo, conoce a Roberto mejor que usted. Él no tiene secretos para mí ni creo que los tenga para usted.

LORD GORING.— Efectivamente, no tiene secretos para mí; al menos, así me parece.

LADY CHILTERN.— ¿No tengo razón por eso para quererle como le quiero?

Sé que tengo razón. Pero hábleme usted con toda franqueza.

LORD GORING.— (Mirándola fijamente a los ojos.) ¿Con toda franqueza?

LADY CHILTERN.— Sí. No tiene usted nada que ocultar, ¿verdad?

LORD GORING.— Nada. Pero, mi querida lady Chiltern, permítame que le diga que en la práctica de la vida...

LADY CHILTERN.— (Sonriendo.) De la que sabe usted tan poco, lord Goring.

LORD GORING.— ... de la que no conozco nada por experiencia, pero de la que sé algo por observación; en la vida práctica creo que el éxito, el verdadero éxito, lleva consigo algo que se parece un poco a la falta de escrúpulos; la ambición va unida a un no sé qué, siempre poco escrupuloso.

Cuando un hombre ha puesto todo su corazón y toda su alma en conseguir un fin, si tiene que escalar las escarpadas rocas, las escala, y si tiene que caminar por el lodo...

LADY CHILTERN.— ¿Qué?

LORD GORING.— (Con tono grave.) ...pues camina por el lodo.

Naturalmente, estoy diciendo generalidades sobre la vida.

LADY CHILTERN.— Eso espero. ¿Por qué me mira usted de ese modo tan extraño, lord Goring?

LORD GORING.— Lady Chiltern, a veces he pensado que... es usted demasiado rígida en algunas de sus ideas sobre la vida... Creo que... a menudo... no hace usted suficientes concesiones. En todo carácter hay partes débiles o peor que débiles. Supongamos, por ejemplo, que un hombre público cualquiera..., mi padre, o lord Merton, o Roberto..., hubiese escrito, hace años, una carta tonta a alguien...

LADY CHILTERN.— ¿A qué llama usted una carta tonta?

LORD GORING.— A una carta que compromete gravemente nuestra situación. Razono simplemente sobre un caso imaginario.

LADY CHILTERN.— Roberto es tan incapaz de hacer una tontería como de cometer una mala acción.

LORD GORING.— (Después de una pausa.) Nadie es incapaz de hacer una tontería. Nadie es incapaz de cometer una mala acción.

LADY CHILTERN.— ¿Es usted pesimista? ¿Qué dirán los demás elegantes?

No tendrán más remedio que ponerse todos de luto.

LORD GORING.— (Levantándose.) No, lady Chiltern, no soy en absoluto pesimista. Realmente me pregunto si sé con exactitud lo que significa la palabra pesimismo. Lo único que sé es que la vida no puede ser comprendida sino con mucha bondad, que no podría uno cruzar por ella sino con mucha bondad. Es el amor, y no la filosofía alemana, la verdadera explicación de este mundo, sea cual fuere la manera de explicar el otro. Y si alguna vez está usted apenada, lady Chiltern, tenga en mí una confianza absoluta; la ayudaré con todas mis fuerzas. Si alguna vez me necesita usted, pídame ayuda y la tendrá. Diríjase a mí inmediatamente.

LADY CHILTERN.— (Mirándole sorprendida.) Lord Goring, habla usted completamente en serio. No creo haberle oído hablar en serio hasta hoy.

LORD GORING.— (Riendo.) Perdóneme usted, lady Chiltern; procuraré no volverlo a hacer.

LADY CHILTERN.— Pero ¡si es precisamente su seriedad lo que me agrada!

(Entra MABEL CHILTERN con un vestido encantador.)

MABEL CHILTERN.— No digas cosas tan terribles a lord Goring. ¡Le sentaría tan mal la seriedad! Buenos días, lord Goring. Sea usted tan frívolo como pueda, se lo ruego.

LORD GORING.— Eso querría yo, miss Mabel; pero temo estar... algo entumecido esta mañana y, además, tengo que marcharme.

MABEL CHILTERN.— ¡Precisamente cuando entro yo! ¡Qué terribles maneras las suyas! Estoy convencida de que le han educado a usted muy mal.

LORD GORING.— Es cierto.

MABEL CHILTERN.— Hubiese querido educarle yo.

LORD GORING.— Siento muchísimo que no lo haya usted hecho.

MABEL CHILTERN.— ¿Ahora es ya demasiado tarde, me figuro?

LORD GORING.— (Sonriendo.) No estoy seguro.

MABEL CHILTERN.— ¿Quiere usted que demos una vuelta a caballo mañana?

LORD GORING.— Sí, a las diez.

MABEL CHILTERN.— No lo olvide.

LORD GORING.— Descuide, me acordaré. A propósito, lady Chiltern: no viene la lista de sus invitados en el «Morning Post» de hoy. Habrán tenido que dejar sitio a la sesión del Municipio o a la Conferencia de Lambeth o a cualquier otro tema igualmente aburrido. ¿Podría usted darme una lista?

Tengo razones particulares para pedírsela.

MABEL CHILTERN.— Míster Trafford podrá dársela, seguramente.

LORD GORING.— Mil gracias.

MABEL CHILTERN.— Tommy es la persona más útil que hay en Londres.

LORD GORING.— (Dirigiéndose a ella.) ¿Y cuál es la más decorativa?

MABEL CHILTERN.— (Con tono triunfante.) Yo.

LORD GORING.— ¡Qué talento de adivinación! (Coge su sombrero y su bastón.) Adiós, lady Chiltern. Se acordará usted de lo que le he dicho, ¿verdad?

LADY CHILTERN.— Sí, pero no sé por qué me lo ha dicho.

LORD GORING.— Apenas lo sé yo mismo. Adiós, miss Mabel.

MABEL CHILTERN.— (Con un leve mohín de contrariedad.) Quisiera que no se marchase usted. He tenido cuatro aventuras asombrosas esta mañana:

incluso cuatro... y media. Debía usted quedarse para oír alguna.

LORD GORING.— ¡Qué egoísmo demuestra usted teniendo cuatro aventuras y media! No quedará ya ninguna para mí.

MABEL CHILTERN.— Ni quiero yo que las tenga usted. No le convendría.

LORD GORING.— Es la primera vez que me dice usted algo poco afectuoso. ¡Qué bonitamente lo ha dicho usted! Hasta mañana, a las diez.

MABEL CHILTERN.— En punto.

LORD GORING.— En punto. Pero no lleve usted al señor Trafford.

MABEL CHILTERN.— (Con un ligero movimiento de cabeza.) Claro que no llevaré a Tommy Trafford: está ahora en desgracia.

LORD GORING.— Me encanta saberlo.

(Saluda y sale.)

MABEL CHILTERN.— Gertrudis, quisiera que le dijeses algo a Tommy Trafford.

LADY CHILTERN.— ¿Qué ha hecho ahora el pobre míster Trafford? Roberto dice que no ha tenido nunca mejor secretario.

MABEL CHILTERN.— Bueno, pues Tommy me ha ofrecido su mano una vez más; realmente, no hace más que ofrecérmela. Me la ofreció anoche en la sala de conciertos, cuando no había allí quien me defendiese, y mientras ejecutaban un «trío» complicado. Como podrás comprender, no me atreví a hacerle la menor objeción, porque hubiese parado la música en el mismo momento. Esos músicos son tan poco razonables que resultan absurdos.

Quieren que una sea muda precisamente en el momento en que daría lo indecible por ser sorda. Luego me ha reiterado su proposición en pleno día, esta mañana, frente a una terrible estatua de Aquiles. Realmente, pasan cosas atroces delante de esa obra de arte. Debía intervenir la policía. Cuando almorzábamos, he notado en el brillo de su mirada que iba a repetirme su declaración y no he tenido tiempo más que de esquivarle, asegurándole que yo era «bimetalista». Gracias a que no sé lo que es bimetalismo. Por supuesto, no creo que otros lo sepan tampoco. Pero esa confesión dejó aplastado a Tommy durante diez.minutos; pareció quedarse perplejo. Además, resulta poco entretenida la manera que tiene de presentar su candidatura. Si se declarase a gritos, no me molestaría tanto. Pero adopta una actitud tan confidencial, que resulta horrible.

Cuando,Tommy quiere ponerse romántico le habla a una como si fuese un médico. Aprecio mucho a Tommy, pero su sistema de declaración está muy anticuado. Gertrudis, quiero que le hables, que le digas que una vez por semana es suficiente para cualquiera y que hay que hacer siempre eso procurando llamar la atención.

LADY CHILTERN.— No hables así, querida Mabel. Ya sabes que Roberto tiene muy buena opinión de míster Trafford: le augura un brillante porvenir.

MABEL CHILTERN.— ¡Oh! Por nada del mundo me casaría yo con un hombre de porvenir.

LADY CHILTERN.— ¡Mabel!

MABEL CHILTERN.— Sé lo que me digo, Gertrudis. Tú te casaste con un hombre de porvenir, ¿verdad? Pero lo primero, Roberto era un talento y tú tenías un noble carácter, muy propenso a la abnegación. Podías soportar el talento. Pero yo no tengo carácter ninguno, y Roberto ha sido el único hombre de talento a quien he podido aguantar. Por regla general, los encuentro insufribles. Los hombres de talento son muy habladores, ¿verdad?

¡Qué mala costumbre! Además, no piensan más que en sí mismos, y yo quiero que piensen en mí. Tengo que ir a ensayar a casa de lady Basildon. ¿No te acuerdas? Preparamos unos cuadros vivos. El triunfo de algo, no sé de qué.

Espero que el triunfo será el mío. Triunfar es lo único que me interesa por ahora. (Besa a LADY CHILTERN y sale, volviendo a entrar en seguida.)

¡Oh Gertrudis! ¿Sabes quién viene a verte? ¡Esa terrible mistress Cheveley! Trae un vestido precioso. ¿Le dijiste que viniera?

LADY CHILTERN.— (Levantándose.) ¿Que viene a verme mistress Cheveley?

Imposible.

MABEL CHILTERN.— Te aseguro que sube la escalera ella misma, en tamaño natural; lo que no resulta, ni con mucho, tan natural es su aspecto.

LADY CHILTERN.— No es necesario que te quedes, Mabel. Recuerda que te está esperando lady Basildon.

MABEL CHILTERN.— ¡Oh! Tengo que estrechar la mano a lady Markby. Es encantadora. Me gusta mucho que me riña.

(Entra MASON.)

MASON.— (Anunciando.) Lady Markby, mistress Cheveley.

(Entran LADY MARKBY y MISTRESS CHEVELEY.)

LADY CHILTERN.— (Adelantándose a su encuentro.) ¡Qué amable es usted al venir a verme! (Estrecha la mano de LADY MARKBY y saluda con cierta frialdad a MISTRESS CHEVELEY.) ¿Quiere usted sentarse, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias. Es miss Chiltern, ¿verdad? Me gustaría mucho conocerla.

LADY CHILTERN.— Mabel, mistress Cheveley desea conocerte.

(MABEL CHILTERN contesta con un ligero saludo de cabeza)

MISTRESS CHEVELEY.— (Sentándose.) Su vestido de anoche, miss Chiltern, me pareció tan encantador, tan sencillo y le sentaba a usted tan bien...

MABEL CHILTERN.— ¿Sí? Se lo diré a mi modista. Le sorprenderá mucho.

Hasta la vista, lady Markby.

LADY MARKBY.— ¿Se va usted ya?

MABEL CHILTERN.— Lo siento en el alma, pero no puedo detenerme.

Llegaré con el tiempo justo para el ensayo. Tengo que sentarme sobre la cabeza para unos cuadros.

LADY MARKBY.— ¿Sobre la cabeza, hija mía? No es posible. Creo que eso es muy malsano.

(Se sienta en el sofá al lado de LADY CHILTERN.)

MABEL CHILTERN.— Pero si es para una obra benéfica, fundada con objeto de ayudar a los «Necesitados que no se lo merecen», los únicos seres que me inspiran un verdadero interés. Yo soy la secretaria, y Tommy Trafford, el tesorero.

MISTRESS CHEVELEY.— Y lord Goring, ¿qué es?

MABEL CHILTERN.— ¡Oh! Lord Goring es el presidente.

MISTRESS CHEVELEY.— Desempeñará el cargo admirablemente, a no ser que haya cambiado, en detrimento suyo, desde la época en que le conocí.

LADY MARKBY.— (Con tono sentencioso.) Es usted extraordinariamente moderna, Mabel; demasiado moderna quizá. No hay nada tan peligroso como ser demasiado moderna. Está una expuesta a volverse ultraanticuada de repente. He conocido muchos ejemplos de ello.

MABEL CHILTERN.— ¡Qué terrible perspectiva!

LADY MARKBY.— No tema, hija mía. Usted será siempre bonita hasta más no poder. Esta es la mejor de las modas y la única que Inglaterra logra lanzar.

MABEL CHILTERN.— (Haciendo una reverencia.) Muchas gracias, lady Markby, muchas gracias, en nombre de Inglaterra... y en el mío.

(Sale MABEL CHILTERN.)

LADY MARKBY.— (Dirigiéndose a LADY CHILTERN.) Mi querida Gertrudis, hemos venido para saber si se ha encontrado el broche de brillantes de mistress Cheveley.

LADY CHILTERN.— ¿Aquí?

MISTRESS CHEVELEY.— Sí. Noté su falta al regresar al hotel Claridge y pensé que pudo caérseme aquí.

LADY CHILTERN.— No he oído hablar de ello, pero haré que venga el mayordomo y se lo preguntaré.

(Llama al timbre.)

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh, no se moleste, por Dios! Estoy casi segura de que lo perdería en la Ópera antes de venir aquí.

LADY MARKBY.— Sí, yo creo que ha debido de ser en la Ópera. En estos tiempos hay tales apreturas y tales tumultos, que lo raro es que le quede a una algo encima al final de la noche. Cuando vuelvo de un salón, lo sé por experiencia, me parece como si no conservara ni un jirón sobre mí, excepto un insignificante jirón de reputación decente, lo suficiente para evitar que la clase baja nos dirija observaciones desagradables por la ventanilla del coche. El hecho es que nuestra sociedad está atrozmente superpoblada. Realmente, debía haber alguien que organizase un plan eficaz para facilitar la emigración. Sería beneficioso.

MISTRESS CHEVELEY.— Soy completamente de su opinión, mistress Markby.

Hace cerca de seis años que no residía en Londres durante la «season», y debo confesar que la sociedad se ha mezclado terriblemente. Se ve la gente más rara en todas partes.

LADY MARKBY.— Eso es completamente cierto, querida. Pero no está una obligada a conocerla. Tengo la seguridad de que no conozco ni a la mitad de la gente que viene a mi casa. Y realmente, de creer lo que me dicen, no tendría el menor empeño en conocerla.

(Entra MASON.)

LADY CHILTERN.— ¿Cómo era el broche que ha perdido usted, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— Un broche de brillantes, en forma de serpiente, con un rubí bastante grande en la cabeza.

LADY MARKBY.— Creí haber oído decir a usted que era un zafiro lo que tenía en la cabeza.

MISTRESS CHEVELEY.— (Sonriendo.) No, lady Markby; un rubí.

LADY MARKBY.— (Moviendo la cabeza.) ¡Y que le sienta a usted muy bien, seguramente!

LADY CHILTERN.— (A MASON, que está en la puerta.) ¿Se ha encontrado esta mañana un broche de brillantes y rubíes en alguno de los salones, Mason?

MASON.— No, señora.

MISTRESS CHEVELEY.— Después de todo, la cosa no tiene importancia, lady Chiltern. Siento mucho haberla molestado.

LADY CHILTERN.— (Con frialdad.) ¡Oh, no es ninguna molestia! Está bien, Mason. Puede usted servir el té.

(Sale MASON.)

LADY MARKBY.— Es muy molesto perder algo. Me acuerdo de que una vez, en Bath, hace años, perdí en el Pump Room(1) un precioso brazalete adornado con un camafeo que me había regalado John. No creo que me haya vuelto a regalar nada. Siento tener que decirlo. Ha degenerado lamentablemente. Esa horrible Cámara de los Comunes echa a perder por completo a nuestros maridos. Creo que el ingreso en la Cámara baja es, de todos los golpes, el más grave que recibe la vida conyugal desde la invención de esa cosa verdaderamente atroz que llaman la educación superior de la mujer.

LADY CHILTERN.— Es una herejía hablar así en nuestra casa, lady Markby. Roberto es un gran partidario de la educación superior de las mujeres, y yo también comparto esa opinión.

MISTRESS CHEVELEY.— La educación superior de los hombres: eso es lo que me gustaría ver. Los hombres dejan tristemente que desear.

LADY MARKBY.— Sí, dejan que desear, querida. Pero temo que un proyecto de ese género no pueda llevarse a cabo en la práctica. No creo que el hombre tenga grandes aptitudes para perfeccionarse. Ha ido todo lo lejos que podía y no se ha alejado mucho, realmente. En cuanto a las mujeres, querida Gertrudis, usted pertenece a la nueva generación, y estoy segura de que todo eso estará muy bien cuando usted lo aprueba. Claro es que en mi tiempo no se nos enseñaba a comprender nada. Ese era el sistema antiguo, asombrosamente interesante. Le aseguro que fue extraordinaria la cantidad de cosas que nos enseñaron a no comprender a mi pobre hermana y a mí. Pero las mujeres modernas lo comprenden todo, según he oído decir.

MISTRESS CHEVELEY.— Excepto a sus maridos. Es la única cosa que la mujer moderna no comprende jamás.

LADY MARKBY.— Y puedo asegurar que es una cosa excelente, querida. Si los comprendiesen, acabaría la felicidad en muchos hogares. No en el de usted, Gertrudis, no hay ni que decirlo. Tiene usted un marido modelo. Ya quisiera yo poder decir lo mismo. Pero desde que sir John empezó a asistir con regularidad a los debates, cosa que no hacía en nuestros buenos tiempos, su lenguaje se ha vuelto imposible. Cree dirigirse siempre a la Cámara; así es que cada vez que discute sobre la condición del obrero agrícola, sobre la iglesia galesa o sobre cualquier otra inconveniencia parecida, tengo que mandar salir a todos los criados. No resulta agradable ver al mayordomo, que está en casa de una hace veintitrés años, volverse hacia la doncella sonrojado, y a los lacayos retorcerse de risa en los rincones como payasos. Le aseguro a usted que mi vida quedará completamente destrozada si no envían a John a la Alta Cámara. Entonces ya no le interesará nada la política. ¡Es tan razonable la Cámara de los Lores! Una asamblea de «gentlemen». Pero tal como está ahora John, resulta penosísimo de aguantar. Sin ir más lejos, esta mañana no había terminado aún el almuerzo cuando de pronto se puso en pie, con las manos en los bolsillos, e hizo un llamamiento al país a voz en grito. Ni que decir tiene que me vi en la precisión de levantarme de la mesa a la segunda taza de té. Pero sus voces se oían en toda la casa. Supongo, Gertrudis, que sir Roberto no será así.

LADY CHILTERN.— Pero si a mí me interesa mucho la política lady Markby. Me gusta oír hablar de ella a Roberto.

LADY MARKBY.— Bien, pero me figuro que no será tan aficionado a los Libros Azules como sir John. No creo que sea la lectura más apropiada para formar a un hombre.

MISTRESS CHEVELEY.— (Con languidez.) No he leído jamás un Libro Azul:

prefiero los libros... con cubierta amarilla(2).

LADY MARKBY.— (Con la ingenuidad de la inconsciencia.) El amarillo es un color más alegre, ¿verdad? En mi juventud llevaba yo mucho el color arnarillo Y lo seguiría llevando hoy si sir John no personalizase tanto y tan desagradablernente en sus observaciones. Un hombre que habla de trajes resulta siempre ridículo, ¿verdad?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh, no! Para mí, solo los hombres tienen autoridad en materia de indumentaria.

LADY MARKBY.— ¿De veras? Pues nadie lo diría viendo la clase de sombreros que llevan, ¿no?

(Entra el MAYORDOMO, seguido de un CRIADO. Colocan el servicio de té sobre una mesita al lado de LADY CHILTERN.)

LADY CHILTERN.— ¿Quiere usted una taza de té, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias.

(El MAYORDOMO presenta a MISTRESS CHEVELEY una taza de té, sobre una bandeja.)

LADY CHILTERN.— «Du thé», lady Markby.

LADY MARKBY.— No, gracias, querida. (Salen los Criados.) He prometido ir a hacer una visita de diez minutos a la pobre lady Brancaster, que está muy afligida. Su hija, una muchacha bien educada, ha concedido su mano a un vicario del Shropshire. Es triste, verdaderamente triste. No puedo comprender ese entusiasmo que sienten hoy día las mujeres por los vicarios. En mis tiempos las muchachas los veíamos correr como conejos por todo el país. Pero ni qué decir tiene que no les hacíamos ningún caso. Me han dicho que ahora la sociedad de provincias está materialmente plagada de ellos. Encuentro eso completamente irreligioso. Además, el hijo mayor ha reñido con su padre, y dicen que cuando se encuentran en el club, lord Brancaster se esconde siempre detrás de la sección financiera del «Tirnes». Sin embargo, creo que eso se hace constantemente en la actualidad, y que todos los clubs de Saint James Street tienen que procurarse ejemplares suplementarios del «Times». ¡Hay tantos hijos que no quieren tener ni la menor relación con sus padres, y tantos padres que no quieren dirigir la palabra a sus hijos! A mi juicio, es muy lamentable.

MISTRESS CHEVELEY.— Yo también lo lamento; ¡tienen tanto que aprender los padres de los hijos hoy día!

LADY MARKBY.— ¿Sí, querida? ¿El qué?

MISTRESS CHEVELEY.— El arte de vivir. Es realmente la única de las Bellas Artes que hemos producido en los tiempos modernos.

LADY MARKBY.— (Moviendo la cabeza.) ¡Ah! Me parece que lord Brancaster sabe mucho de eso, más que ha sabido nunca su pobre mujer. (A LADY CHILTERN.) Conoce usted a lady Brancaster, ¿verdad, querida?

LADY CHILTERN.— ¡Oh! Poquísimo. Pasó el otoño último en Langton, estando allí nosotros.

LADY MARKBY.— Pues bien: como todas las mujeres gruesas, parece la felicidad personificada, como habrá usted observado. Pero tiene muchas tragedias en su familia, sin contar esa cuestión del vicario. Su hermana, mistress Jekyll, ha tenido una vida desgraciadísima, y no por culpa suya, hay que confesarlo. Ha acabado, con el corazón destrozado, por ingresar no sé si en un convento o en la Ópera. No, más bien creo que se ha dedicado a trabajos de aguja para el arte decorativo. Lo que sé es que ha perdido hasta la menor noción de placer en la vida. (Levantándose.) Y ahora, Gertrudis, si usted me lo permite, voy a dejarle confiada a mistress Cheveley, y volveré a recogerla dentro de un cuarto de hora. ¿O le es a usted lo mismo esperar en el coche mientras estoy en casa de lady Brancaster? Como ha de ser una visita de pésarne, estaré allí muy poco tiempo.

MISTRESS CHEVELEY.— (Levantándose.) Me es igual esperar en el coche, con tal que haya alguien que me traiga uno.

LADY MARKBY.— ¡Ah! He oído decir que el vicario no cesa de rondar los alrededores de la casa.

MISTRESS CHEVELEY.— No me agrada mucho, lo confieso, tener amigas jovencitas.

LADY CHILTERN.— (Levantándose.) Espero que mistress Chevely se quedará aquí unos minutos. Quisiera hablar con ella un momento.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Es usted muy amable, lady Chiltern! Le aseguro que nada puede complacerme tanto.

LADY MARKBY.— ¡Ah! Van ustedes seguramente a pasar revista a muchos recuerdos agradables de su época de colegialas. Adiós, querida Gertrudis.

¿La veré esta noche en casa de lady Bonar? Ha descubierto un genio maravilloso e inédito. Hace..., bueno..., creo que no hace nada absolutamente, lo cual es muy tranquilizador, ¿verdad?

LADY CHILTERN.— Roberto y yo cenamos en casa esta noche y no creo que salgamos después. Roberto, como es natural, tendrá que ir a la Cámara.

Pero no hay nada importante en el orden del día.

LADY MARKBY.— ¡Que cenan ustedes en su casa y los dos solos! ¿Es eso prudente? ¡Ah! Me olvidaba de que su marido es una excepción. El mío pertenece a la clase general, y nada envejece tanto a una mujer como casarse con la clase general.

(Sale LADY MARKBY.)

MISTRESS CHEVELEY.— Sorprendente persona lady Markby, ¿verdad? Es la mujer que habla más y dice menos que he conocido en toda mi vida. Tiene madera de orador público. Tanto más cuanto que su marido, sin dejar de ser un inglés típico, es siempre monótono y casi siempre violento.

LADY CHILTERN.— (No contesta y permanece en pie. Pausa. Entonces los ojos de las dos mujeres se encuentran. LADY CHILTERN está pálida. Tiene un aire resuelto. MISTRESS CHEVELEY parece más bien divertida.) Mistress Cheveley, creo justo decirle, con entera franqueza, que si hubiese sabido lo que era usted realmente, no la habría invitado a venir anoche a mi casa.

MISTRESS CHEVELEY.— (Con una sonrisa impertinente.) ¿De verdad?

LADY CHILTERN.— No hubiera podido hacerlo.

MISTRESS CHEVELEY.— Veo que después de tantos años no ha cambiado usted en nada, Gertrudis.

LADY CHILTERN.— Yo no cambio nunca.

MISTRESS CHEVELEY.— (Arqueando las cejas.) ¿Entonces la vida no le ha enseñado a usted nada?

LADY CHILTERN.— Me ha enseñado que cuando una persona se ha hecho culpable de un acto malo y deshonroso, puede reincidir y se la debe mantener a distancia.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Aplicaría usted esa regla a todo el mundo?

LADY CHILTERN.— Sí, a todo el mundo, sin excepción.

MISTRESS CHEVELEY.— Entonces lo siento mucho por usted, Gertrudis, lo siento mucho.

LADY CHILTERN.— Ya ve usted que son muchas las razones que se oponen en absoluto a que haya nuevas relaciones entre nosotras durante su estancia en Londres.

MISTRESS CHEVELEY.— (Irguiéndose en su silla.) Ya sabe usted, Gertrudis, que me es completamente indiferente que me hable de moral. La moralidad es sencillamente la actitud que adoptamos con las personas por las cuales sentimos una antipatía personal. Y usted la siente hacia mí, lo sé perfectamente, y por eso la he odiado a usted siempre. Y, sin embargo, he venido a hacerle un gran favor.

LADY CHILTERN.— (Con desprecio.) Un favor como el que quería usted hacer anoche a mi marido, ¿no es eso? Gracias a Dios pude prevenirle.

MISTRESS CHEVELEY.— (Levantándose de repente.) ¿Ha sido usted quien le hizo escribirme esa carta insolente? ¿Usted, quien le ha hecho faltar a su promesa?

LADY CHILTERN.— Sí.

MISTRESS CHEVELEY.— Entonces tendrá usted que hacérsela cumplir. Le concedo a usted un plazo hasta mañana..., y nada más. Si para entonces su marido no se compromete solemnemente a ayudarme en ese gran proyecto en el que estoy interesada...

LADY CHILTERN.— Esa especulación deshonrosa...

MISTRESS CHEVELEY.— Califíquela usted como quiera. Tengo a su marido en mis manos, y si es usted lista le decidirá a hacer lo que le he dicho.

LADY CHILTERN.— (Levantándose.) ¡Es usted una insolente! ¿Qué tiene que ver mi marido con usted?

MISTRESS CHEVELEY.— (Con una sonrisa amarga.) En este mundo se juntan los que se parecen. Precisamente porque su marido es un estafador y un bribón, es por lo que estamos los dos tan emparejados. Entre usted y él hay un abismo; él y yo estamos más unidos que si fuéramos amigos íntimos.

Somos dos enemigos encadenados juntos. El mismo delito nos sirve de lazo.

LADY CHILTERN.— ¿Cómo se atreve a colocar a mi marido en la misma clase que usted? ¿Cómo se atreve usted a amenazarle, a amenazarnos? Salga inmediatamente de mi casa. No merece usted entrar en ella.

(SIR ROBERTO CHILTERN entra por el fondo. Oye las últimas palabras de su mujer y ve a quién se las dirige; palidece como un muerto.)

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Su casa! Una casa comprada con el precio del deshonor, una casa en la que todo ha sido pagado por medio de un fraude.

(Al volverse ve a SIR ROBERTO CHILTERN.) ¡Pregúntele usted a él cuál es el origen de su fortuna! ¡Que le explique cómo vendió a un bolsista un secreto de Estado!

LADY CHILTERN.— ¡No es verdad, Roberto, no es verdad!

MISTRESS CHEVELEY.— (Señalándole con el dedo.) ¡Mírele! ¿Puede acaso negarlo? ¿Se atrevería a ello?

LADY CHILTERN.— ¡Salga usted! ¡Salga inmediatamente! Ha hecho usted ya todo el daño que podía hacer.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Todo el daño que podía hacer? No he terminado aún, ni con usted ni con los dos. Les doy de plazo hasta mañana a las doce. Si entonces no hace usted lo que le he mandado hacer, el mundo entero sabrá el origen de Roberto Chiltern.

(SIR ROBERTO llama al timbre. Entra MASON.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— Acompañe usted a mistress Cheveley hasta la puerta.

(MISTRESS CHEVELEY se yergue repentinamente y luego se inclina con una cortesía algo exagerada ante LADY CHILTERN, que permanece inmóvil. Al pasar junto a SIR ROBERTO, que está en pie al lado de la puerta, se detiene un instante y le mira cara a cara. Sale, seguida del CRIADO, que cierra la puerta detrás de ella. Quedan solos y juntos marido y mujer. LADY CHILTERN se encuentra como bajo el influjo de un terrible sueño. Luego se vuelve hacia su marido y le contempla de un modo singular, como si le viese por primera vez.)

LADY CHILTERN.— ¿Has vendido un secreto de Estado por dinero? ¿Has iniciado tu vida con una falta de probidad? ¿Has cimentado tu carrera sobre el deshonor? ¡Oh, dime que no es verdad! Me habrías mentido.

¡Mentirme a mí! ¡Dime que no es verdad!

SIR ROBERTO CHILTERN.— Lo que ha dicho esa mujer es completamente cierto. Pero escúchame, Gertrudis. No te das cuenta de la tentación en que me vi. Déjame contártelo todo.

(Se adelanta hacia ella.)

LADY CHILTERN.— No te acerques. No me toques. Paréceme que me has manchado para siempre. ¡Oh, qué máscara has llevado durante tantos años!

¡Qué máscara más horrorosa! ¡Te has vendido por dinero! ¡Oh! ¡Un ladrón callejero es mejor que tú! ¡Te ofreciste al mejor postor! Te compraron en el mercado. Has mentido al mundo entero. Pero a mí no me mentirás.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Precipitándose hacia ella.) ¡Gertrudis!

¡Gertrudis!

LADY CHILTERN.— (Le rechaza extendiendo los brazos.) ¡No, no; no hables! No digas nada. Tu voz despierta en mí terribles recuerdos; recuerdos de cosas y de palabras que me hicieron amarte; recuerdos que ahora me dan horror. ¡Cómo te adoraba! Eras para mí algo extraño a la vida vulgar: un ser puro, noble, honrado, intachable. El mundo me parecía más hermoso porque tú habitabas en él, y la bondad más verdadera porque existías tú. ¡Y ahora...! ¡Oh! ¡Cuando pienso que he hecho de un hombre como tú mi ideal, el ideal de mi vida!...

SIR ROBERTO CHILTERN.— Esa fue tu equivocación. Ese fue tu error. El error que cometen todas las mujeres. ¿Por qué vosotras las mujeres no nos podréis amar por entero, con nuestros defectos incluso? ¿Por qué nos colocáis sobre monstruosos pedestales? Todos tenemos los pies de barro, lo mismo las mujeres que los hombres; pero cuando nosotros, los hombres, os amamos, lo hacemos conociendo vuestras debilidades, vuestras locuras y vuestras imperfecciones. Os amamos más aún quizá por esa misma razón. No son los seres perfectos, sino los seres imperfectos, los que necesitan amor. Cuando nos hemos herido con nuestras propias manos o cuando hemos sido heridos por manos ajenas, es cuando el amor debiera aportarnos sus cuidados. Sin eso, ¿para qué serviría el amor? El amor debía perdonar todos los pecados, excepto un pecado contra el amor mismo. El amor verdadero debía tener perdón para todas las vidas, excepto para las vidas sin amor. Y así es el amor del hombre. Es más grande, más amplio, más humano que el de la mujer. Las mujeres se imaginan que hacen ideales de los hombres. Únicamente hacen de nosotros falsos dioses. Tú has hecho de mí tu ídolo engañoso, y yo no he tenido el valor de bajar del altar a mostrarte mis heridas y a confesarte mis flaquezas. Temí perder así tu amor, como acabo de perderlo en este momento. Y, de ese modo, anoche destruiste la vida para mí; sí, la destruiste. Lo que esa mujer me pedía no era nada al lado de lo que me ofrecía. Me ofrecía la seguridad, la paz, la estabilidad. El pecado de juventud, la falta que yo creía enterrada, se ha levantado ante mí horrible, odiosa, con sus manos sobre mi cuello.

Hubiese podido matarla para siempre, reintegrarla a su tumba, destruir sus huellas, quemar el único testigo que podía declarar contra mí. Tú me lo has impedido. Nadie más que tú, como sabes. Y ahora, ¿qué me espera? El deshonor público, la ruina, la vergüenza, las befas del mundo, una vida infamante en la soledad, y quizá, algún día, la muerte en una soledad deshonrosa... ¡Que las mujeres no se forjen más ideales de los hombres!

¡Que renuncien a colocarlos sobre un altar y a prosternarse ante ellos, pues de otro modo pueden destrozar otras vidas tan por completo como tú—tú, a quien he amado apasionadamente—has destrozado la mía!

(Sale de la habitación. LADY CHILTERN se precipita tras él, pero la puerta se cierra en el momento de llegar ella al umbral. Pálida de angustia, impotente, oscila como una planta en el agua. Sus manos extendidas parecen agitarse en el aire como flores bajo el viento. Entonces se desploma sobre un sofá, tapándose la cara. Sus sollozos seméjanse a los de un niño.)

TELÓN

Acto tercero

La biblioteca en casa de lord Goring. Habitación estilo Adams. A la derecha, puerta que da al «hall». A la izquierda, otra, que comunica con el salón de fumar. Otra puerta de dos hojas, abierta, al salón. La chimenea está encendida.

Phipps, el mayordomo, coloca unos periódicos sobre la mesa. La nota característica de Phipps es su impasibilidad. Algunos entusiastas le han proclamado el mayordomo ideal. La Esfinge no es tan inquebrantable. Su porte le crea una máscara impenetrable. La historia lo ignora todo de su vida intelectual o emotiva. Representa el imperio de la forma.

Entra LORD GORING vestido de etiqueta, con una flor en el ojal. Lleva sombrero de copa, capa Inverness, guantes blancos y bastón Luis XVI. No le falta ni uno de los fútiles adornos de la moda. Se ve que es siempre el hombre de la vida moderna, que, en suma, la crea y así la gobierna. Es el primer filósofo bien vestido que existe en la historia del Pensamiento.

LORD GORING.— ¿Me ha comprado usted otra flor para el ojal?

PHIPPS.— Sí, señor.

(Le despoja del sombrero, el bastón y la capa, y le presenta una nueva flor sobre la bandeja.)

LORD GORING.— Esta es bastante distinguida, Phipps. Soy el único de los personajes poco importantes de Londres que llevan una flor en el ojal actualmente.

PHIPPS.— Sí, señor; ya lo he notado.

LORD GORING.— (Quitándose la flor que llevaba.) Como ve usted, Phipps, la moda es lo que lleva uno mismo. Y lo anticuado, lo que llevan los demás.

PHIPPS.— Sí, señor.

LORD GORING.— Así como la vulgaridad es simplemente la manera de comportarse los demás.

PHIPPS.— Sí, señor.

LORD GORING.— Los demás son completamente detestables. La única sociedad posible es la de uno mismo.

PHIPPS.— Sí, señor.

LORD GORING.— Amarse a sí mismo es el punto inicial de una novela que dura toda la vida, Phipps.

PHIPPS.— Sí, señor.

LORD GORING.— (Mirándose al espejo.) No se figure usted que encuentro esta flor para el ojal completamente de mi gusto. Me envejece quizá demasiado. O me transporta casi a la niñez. ¿No, Phipps?

PHIPPS.— No he notado ningún cambio en el aspecto del señor.

LORD GORING.— ¿De verdad, Phipps?

PHIPPS.— No, señor.

LORD GORING.— Estoy completamente seguro. En lo sucesivo me traerá usted los jueves por la noche una flor más vulgar para el ojal.

PHIPPS.— Se lo diré a la florista, señor. Ha perdido últimamente a un pariente, y esto explica quizá el defecto de vulgaridad de la flor para el ojal de que se queja el señor.

LORD GORING.— Cosa extraordinaria en la clase baja de Inglaterra: no hace más que perder parientes.

PHIPPS.— Sí, señor; se ve muy favorecida bajo ese aspecto.

LORD GORING.— (Se vuelve y le mira. PHIPPS sigue impasible.) ¡Hum!

¿Hay cartas, Phipps?

PHIPPS.— Sí; aquí están, señor.

(Le presenta las cartas sobre una bandeja.)

LORD GORING.— Mi «cab» dentro de veinte minutos.

PHIPPS.— Bien, señor.

(Se dirige hacia la puerta.)

LORD GORING.— (Con una carta de sobre rojo en la mano.) ¡Ah! Phipps, ¿cuándo ha llegado esta carta?

PHIPPS.— La trajeron esta mañana a la mano, nada más salir el señor para el club.

LORD GORING.— Está bien. (Sale PHIPPS.) La letra de lady Chiltern sobre el papel de membrete rojo de ella. Es bastante curioso. Creí que era Roberto el que me escribía. ¿Qué puede tener que decirme lady Chiltern?

(Se sienta ante su mesa, abre la carta y lee.) «Le necesito. Confío en usted, acudo a usted. Gertrudis.» ¡Así es que lo ha descubierto todo!

¡Pobre mujer! ¡Pobre mujer! (Saca el reloj y mira la hora.) Pero ¡qué hora de hacer una visita! ¡Las diez! Tendré que dejar de ir a casa de los Berkshire. Después de todo, es encantador ser esperado y no ir. No me esperan en el club de los Solteros. Por tanto, me presentaré allí. Haré que se ponga de parte de su marido. Es lo único que debe hacer una mujer.

El desarrollo del sentido moral en las mujeres es lo que hace del matrimonio una institución tan desesperada, tan reducida a un solo aspecto. ¡Las diez! Llegará dentro de un momento. Tengo que decir a Phipps que no estoy en casa para nadie más.

(Se dirige hacia el timbre.)

PHIPPS.— Lord Caversham.

LORD GORING.— ¡Ah! ¿Por qué los padres aparecen siempre en el momento inoportuno? Supongo que será por algún error extraordinario de la Naturaleza. (Entra LORD CAVERSHAM.) ¡Encantado de verte, papá!

(Va a su encuentro.)

LORD CAVERSHAM.— Quítame el abrigo.

LORD GORING.— No vale la pena, papá.

LORD CAVERSHAM.— ¡Claro que vale la pena, caballerito! ¿Cuál es el sillón más confortable?

LORD GORING.— Este, papá. Es el que utilizo yo cuando tengo visitas.

LORD CAVERSHAM.— Gracias. Supongo que no habrá corriente de aire en este cuarto.

LORD GORING.— No, papá.

LORD CAVERSHAM.— (Sentándose.) Me alegra saberlo. No puedo soportar las corrientes de aire. En mi casa no las hay.

LORD GORING.— Allí hay muchas brisas, papá.

LORD CAVERSHAM.— ¿Cómo? No comprendo lo que quieres decir. Quiero tener una conversación seria con usted, caballerete.

LORD GORING.— ¿A esta hora, papá?

LORD CAVERSHAM.— ¿Y qué? No son más que las diez. ¿Qué tienes que decir de esta hora? La encuentro admirable.

LORD GORING.— ¡Si es que hoy no es el día que tengo destinado para conversaciones serias, papá! Lo siento mucho, pero no es mi día.

LORD CAVERSHAM.— ¿Qué quiere decir con eso, caballerete?

LORD GORING.— Durante la «season» no hablo en serio más que el primer martes de cada mes, de cuatro a siete.

LORD CAVERSHAM.— Bueno; pues suponte que estamos hoy a martes...

LORD GORING.— Pero ¡si son más de las siete, papá, y mi médico me ha prohibido toda conversación seria pasadas las siete! Luego, eso me hace hablar en sueños.

LORD CAVERSHAM.— ¿Hablar en sueños? ¿Y qué importa eso? Tú no estás casado...

LORD GORING.— No, papá; no estoy casado.

LORD CAVERSHAM.— ¡Hum! De eso precisamente venía a hablarte. Tienes que casarte en seguida. A tu edad era yo un viudo inconsolable desde hacía tres meses, y hacía ya la corte a tu admirable madre. Tienes el deber de casarte, ¡qué diablo! No puedes pasarte la vida en continua diversión. Hoy día todos los hombres de posición están casados. Ya no están de moda los solterones. Son un artículo averiado. Los conoce ya demasiado la gente.

Tienes que elegir mujer. Mira adónde ha llegado tu amigo Roberto Chiltern por medio de su rectitud, de un trabajo asiduo y de un matrimonio ventajoso con una mujer lista. ¿Por qué no le imita usted, caballerito?

¿Por qué no le toma usted por modelo?

LORD GORING.— Ya lo haré, papá; ya lo haré.

LORD CAVERSHAM.— Quiero que lo hagas. Entonces me quedaré satisfecho.

En la actualidad hago ahora la vida muy penosa a tu madre por culpa tuya.

No tienes corazón, caballerito; no tienes corazón.

LORD GORING.— Creo que no, papá.

LORD CAVERSHAM.— Ya es hora de que te cases. Tienes treinta y cuatro años, hijo mío.

LORD GORING.— Sí, papá; pero no confieso más que treinta y dos; treinta y uno y medio cuando llevo una flor aceptable en el ojal. Esta no es... bastante trivial.

LORD CAVERSHAM.— Te digo que tienes treinta y cinco años. Y además hay una corriente de aire en este cuarto, lo cual empeora tu conducta.

¿Por qué no me has dicho que había una corriente de aire? Siento una corriente de aire; la siento perfectamente.

LORD GORING.— Y yo también, papá. Es una corriente terrible. Iré a verte mañana, papá. Hablaremos de todo lo que quieras. Déjame que te ayude a ponerte el gabán.

LORD CAVERSHAM.— No, caballerito; he venido esta noche con un fin determinado, y he de cumplir mi misión sin tener en cuenta para nada tu salud o la mía. Deje usted otra vez mi gabán en la percha, caballerete.

LORD GORING.— Muy bien, papá; pero vámonos a otra habitación. (Llama al timbre.) Hay aquí una corriente terrible de aire. (Entra PHIPPS.)

Phipps, ¿hay un buen fuego en el salón de fumar?

PHIPPS.— Sí, señor.

(Sale.)

LORD GORING.— Entra aquí, papá; tus estornudos parten el corazón.

LORD CAVERSHAM.— ¡Alto ahí, caballerete! Creo que tengo derecho a estornudar cuando se me antoje.

LORD GORING.— (Disculpándose.) Ni que decir tiene, papá. Me limitaba a expresarte mi simpatía.

LORD CAVERSHAM.— ¡Al diablo la simpatía! Hay ya demasiada en las cuestiones de hoy día.

LORD GORING.— Opino exactamente lo mismo que tú, papá. Si hubiese menos simpatía en el mundo, habría menos dificultades.

LORD CAVERSHAM.— (Dirigiéndose hacia el salón de fumar.) Eso es una paradoja, caballerito. Detesto las paradojas.

LORD GORING.— Y yo también, papá. Todas las personas que se encuentra uno hoy día son paradojas. Es muy molesto. ¡Por eso la sociedad está tan adelantada!

LORD CAVERSHAM.— (Dando media vuelta y contemplando a su hijo, con las espesas cejas fruncidas.) ¿Comprendes siempre realmente lo que dices?

LORD GORING.— (Con una ligera vacilación.). Sí, papá, cuando escucho con atención.

LORD CAVERSHAM.— (Indignado.) ¡Cuando escuchas con atención!...

¡Criatura presuntuosa.

(Se traslada gruñendo al salón de fumar. Entra PHIPPS.)

LORD GORING.— Phipps, esta noche vendrá a verme una señora para un asunto particular. Cuando llegue, hágala usted entrar en el salón.

¿Comprende?

PHIPPS.— Sí, señor.

LORD GORING.— Es para un asunto grave e importante, Phipps.

PHIPPS.— Comprendido, señor.

LORD GORING.— No deje pasar a nadie con ningún motivo.

PHIPPS.— Comprendido, señor.

(Oyese sonar el timbre.)

LORD GORING.— ¡Ah! Debe de ser esa señora. La recibiré yo mismo.

(En el preciso momento en que se dirige hacia la puerta aparece otra vez LORD CAVERSHAM por la del salón de fumar.)

LORD CAVERSHAM.— ¿Y qué, caballerito? ¿Voy a tener que dormirme esperándote?

LORD GORING.— (Muy azarado.) Voy dentro de un momento, papá.

Dispénsame. (LORD CAVERSHAM desaparece nuevamente.) Phipps, acuérdese usted de mis instrucciones. A este salón.

PHIPPS.— Sí, señor.

(LORD GORING entra en el salón de fumar. HAROLD, el ayuda de cámara, introduce a MISTRESS CHEVELEY. Va vestida de verde y plata, como una Lamia. Lleva un abrigo de raso negro, bordado en seda color hoja de rosa mustia.)

HAROLD.— ¿A quién anuncio, señora?

MISTRESS CHEVELEY.— (A PHIPPS, que se adelanta a su encuentro.) ¿No está aquí lord Goring? Me han dicho que estaba en su casa.

PHIPPS.— El señor está ocupado en este momento con lord Caversham, señora.

(Lanza una mirada glacial y vidriosa a HAROLD, que se retira inmediatamente.)

MISTRESS CHEVELEY.— (Aparte.) ¡Qué respeto filial!

PHIPPS.— El señor le ruega que tenga la bondad de esperar en el salón, adonde irá en seguida a reunirse con la señora.

MISTRESS CHEVELEY.— (Sorprendida.) ¿Me espera lord Goring?

PHIPPS.— Sí, señora.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Está usted completamente seguro?

PHIPPS.— El señor me ha dicho que si venía una señora, le rogase que le esperara en el salón. (Se dirige hacia la puerta del salón y la abre.)

Las órdenes que me ha dado el señor sobre este punto son muy precisas.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Cuánta previsión por su parte! Esperar visitantes que llegan de improviso demuestra una inteligencia completamente moderna. (Se dirige hacia el salón y echa un vistazo en él.)

¡Ah!, un salón de soltero tiene siempre un no sé qué taciturno. Tendré que variar todo esto. (PHIPPS coge la lámpara que estaba sobre la mesa de despacho.) No; esa lámpara, no; tiene una luz demasiado cruda. Encienda usted esas otras.

PHIPPS.— Perfectamente, señora.

MISTRESS CHEVELEY.— Espero que esas luces tendrán unas pantallas de buen gusto.

PHIPPS.— No hemos recibido todavía ninguna queja sobre ese particular, señora.

(Pasa al salón y empieza a encender luces.)

MISTRESS CHEVELEY.— (Aparte.) ¿A qué mujer esperaba él esta noche?

Será delicioso sorprenderle. ¡Los hombres se quedan tan corridos cuando se los coge «in fraganti»! Y se dejan siempre coger. (Mira a su alrededor y se acerca a la mesa de despacho.) ¡Qué habitación más interesante! ¡Qué bonito cuadro! ¿Qué aspecto tendrá su correspondencia? (Coge unas cartas.)

¡Oh, qué correspondencia más poco interesante! ¡Invitaciones, tarjetas, facturas y cartas de viudas pensionistas! ¿Quién puede escribir en papel rojo? ¡Qué tonto resulta escribir en papel rojo! Parece el comienzo de un idilio romántico en la clase media. Un idilio romántico no debe nunca empezar por el sentimiento. Debe empezar por la ciencia y acabar en una dote inalienable. (Deja la carta y después la vuelve a coger.) Conozco esta letra: es la de Gertrudis Chiltern. La recuerdo perfectamente: los diez mandamientos en cada rasgo de pluma, y la ley moral, de punta a punta de cada carilla. ¿Qué le escribirá Gertrudis? Seguramente, horrores de mí.

¡Cómo aborrezco a esa mujer! (Lee la carta.) «Le necesito. Confío en usted. Acudo a usted. Gertrudis.» «Le necesito. Confío en usted. Acudo a usted.» (Una expresión de triunfo ilumina su rostro. Va a robar la carta en el momento en que entra PHIPPS.)

PHIPPS.— Señora, las luces del salón están encendidas, como usted ha mandado.

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias.

(Se levanta con presteza y mete la carta debajo de una gran carpeta orillada de plata que hay sobre la mesa.)

PHIPPS.— Espero que las pantallas serán del gusto de la señora. Son las más apropiadas que tenemos; las mismas que emplea el señor cuando se viste para la cena.

MISTRESS CHEVELEY.— (Sonriendo.) Entonces estoy segura de que serán perfectas.

PHIPPS.— (Con gravedad.) Gracias, señora.

(MISTRESS CHEVELEY entra en el salón. PHIPPS cierra la puerta y se retira.

Entonces se abre la puerta lentamente, sale MISTRESS CHEVELEY y se dirige a paso de lobo hacia la mesa. De pronto óyense voces en el salón de fumar. MISTRESS CHEVELEY palidece y se detiene. Las voces suenan más fuertes. Vuelve al salón, mordiéndose los labios. Entran LORD GORING y LORD CAVERSHAM.)

LORD GORING.— (En tono de súplica.) Mi querido papá, si no tengo más remedio que casarme, me permitirás seguramente elegir la fecha, el sitio y la persona... Sobre todo, la persona.

LORD CAVERSHAM.— (Malhumorado.) Eso es cuenta mía, caballerete.

Harías con toda seguridad una elección de lo más deplorable. A mí es a quien hay que consultar primero. A mí deben consultarme, y no a ti. El título está en juego. No es un asunto afectivo. El afecto llega más adelante, en la vida conyugal.

LORD GORING.— Sí; en la vida conyugal el cariño llega cuando los esposos han acabado por odiarse ferozmente. ¿Verdad papá?

(Ayuda a su padre a ponerse el abrigo.)

LORD CAVERSHAM.— Claro, caballerito. Claro que no, he querido decir.

Estás diciendo muchas tonterías esta noche. Lo que te repito es que el matrimonio es un asunto de sentido común.

LORD GORING.— Pero ¿no es curioso, papá, que las mujeres con sentido común sean siempre feas? Como es natural, hablo sólo de oídas.

LORD CAVERSHAM.— Las mujeres, feas o guapas, carecen de sentido común. El sentido común es un privilegio de los hombres.

LORD GORING.— Tienes razón. Y nosotros los hombres somos tan altruistas que no lo empleamos nunca; ¿verdad, papá?

LORD CAVERSHAM.— Yo lo empleo, caballerete. No empleo otra cosa.

LORD GORING.— Eso dice mamá.

LORD CAVERSHAM.— Es el secreto de la felicidad de tu madre. Tú no tienes corazón; no tienes corazón.

LORD GORING.— Eso creo, papá.

(Sale un momento y en seguida vuelve, con aire bastante confuso, en compañía de SIR ROBERTO CHILTERN.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Qué suerte más grande encontrarle en la puerta! Su criado acababa de decirme que no estaba usted. ¡Es extraordinario!

LORD GORING.— El caso es que estoy atrozmente ocupado esta noche, y por eso había dado orden de que no estaba para nadie. Mi mismo padre ha tenido una acogida relativamente fría. Todo el rato se ha estado quejando de una corriente de aire.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Ah! Tiene usted que estar para mí, Arturo. Es usted mi mejor amigo; mañana quizá sea usted mi único amigo. Mi mujer lo ha descubierto todo.

LORD GORING.— ¡Ah! Me lo figuré.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Mirándole sorprendido.) ¿Sí? ¿Cómo es eso?

LORD GORING.— (Después de una ligera vacilación.) ¡Oh! Sencillamente:

por algo en la expresión de su cara al entrar. ¿Quién se lo ha revelado?

SIR ROBERTO CHILTERN.— La propia mistress Cheveley. Y la mujer que amo sabe ahora que he comenzado mi carrera con un acto de bajo deshonor; que he traficado, como un chalán cualquiera, con el secreto que me había sido confiado como a un hombre de honor. Doy gracias al Cielo de que el pobre lord Radley haya muerto sin saber que yo le traicionaba. ¡Daría muchísimo por haber muerto antes de haberme visto expuesto a aquella espantosa tentación, antes de haber caído tan bajo!

(Se tapa la cara con las manos.)

LORD GORING.— (Después de una pausa.) ¿No ha recibido usted todavía noticias de Viena en contestación a su telegrama?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí; he recibido esta noche, a las nueve, un telegrama del primer secretario.

LORD GORING.— ¿Y qué?

SIR ROBERTO CHILTERN.— No se sabe nada absolutamente en contra de ella; al contrario, ocupa un puesto bastante elevado en la sociedad. Es una especie de secreto a voces que el barón Arnheim le ha dejado la mayor parte de su inmensa fortuna. Fuera de esto, no he podido saber nada.

LORD GORING.— Entonces, ¿no se sabe si es una espía?

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Oh! Actualmente los espías no sirven para nada. Son los periódicos los que hacen esa labor.

LORD GORING.— Y la realizan a las mil maravillas.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Arturo, estoy muerto de sed. ¿Me deja usted llamar para que me traigan algo? ¡Un poco de vino con agua de Seltz!

LORD GORING.— ¡Ya lo creo! Permítame...

(Llama.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gracias... No sé qué hacer, Arturo; no sé qué hacer. Y usted es mi único amigo. ¡Qué gran amigo es usted! El único a quien me puedo confiar. Puedo contar con usted para todo, ¿verdad?

LORD GORING.— Naturalmente, mi querido Roberto. ¡Ah! (A PHIPPS.)

Traiga usted vino añejo y agua de Seltz.

PHIPPS.— Bien, señor.

LORD GORING.— ¡Eh, Phipps!

PHIPPS.— ¿Señor?

LORD GORING.— Perdóneme usted un momento, Roberto. Tengo que dar algunas órdenes a mi criado.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Es usted muy dueño.

LORD GORING.— (Aparte, a PHIPPS.) Cuando venga esa señora, dígale que lo más seguro es que no vuelva esta noche a casa, y que me han llamado de repente fuera de Londres. ¿Comprende usted?

PHIPPS.— La señora está en ese salón, milord. Me dijo el señor que la pasase ahí.

LORD GORING.— Ha hecho usted muy bien. (Sale PHIPPS.) ¡En qué lío me encuentro! Creo que conseguiré salir de él. Voy a darle una lección a través de la puerta. Maniobra difícil, sin embargo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Arturo, dígame qué debo hacer. Parece que mi vida se ha desplomado a mi alrededor. Soy como un barco sin timón en una noche oscura.

LORD GORING.— Roberto: usted ama a su mujer, ¿verdad?

SIR ROBERTO CHILTERN.— La amo más que a nada en el mundo. Antes creía yo que la ambición era la cosa suprema. No lo es. El amor es lo más grande del mundo. No hay nada como el amor, y yo amo a Gertrudis. Pero estoy deshonrado ante sus ojos. Soy un ser innoble para ella. Desde ahora hay un gran abismo entre nosotros. Ha descubierto lo que soy, Arturo. ¡Lo ha descubierto!

LORD GORING.— ¿Y ella no ha cometido nunca ninguna tontería en su vida, ninguna ligereza, para no poder perdonarle a usted su falta?

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Mi mujer? ¡Jamás! No sabe lo que es debilidad o tentación. Yo soy de barro como los demás hombres. Ella, en cambio, es una criatura aparte, como las mujeres honradas; inexorable en su perfección, fría, austera, inquebrantable. Pero la amo, Arturo. No tenemos hijos y yo no tengo a nadie más a quien querer, ni nadie más que me quiera. ¡Puede que si Dios nos hubiera concedido hijos, sería ella ahora más indulgente! Pero Dios nos ha dado un hogar solitario. Y Gertrudis me ha destrozado el corazón. No hablemos de esto. He sido brutal con ella esta noche. Pero me figuro que los pecadores son siempre brutales cuando hablan a los santos. Le he dicho cosas que eran espantosamente ciertas, según yo, desde mi punto de vista, desde el punto de vista de los hombres.

Pero no hablemos más de eso.

LORD GORING.— Su mujer le perdonará. Quizá en este mismo momento le perdona. Le ama a usted, Roberto. ¿Cómo no iba a perdonarle?

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Dios lo quiera! (Se cubre la cabeza con las manos.) Pero tengo que decirle otra cosa, Arturo.

(Entra PIHPPS con las bebidas.)

PHIPPS (Presentando una copa de Hockeim y el agua de Seltz a SIR ROBERTO.) ¡Hockeim y agua de Seltz, señor!

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gracias.

LORD GORING.— ¿Tiene usted abajo su coche, Roberto?

SIR ROBERTO CHILTERN.— No; he venido a pie desde el club.

LORD GORING.— Sir Roberto se irá en mi coche, Phipps.

PHIPPS.— Bien, señor.

(Sale.)

LORD GORING.— Roberto, ¿le molestará a usted que le despida?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Permita usted que me quede cinco minutos más, Arturo. Ya tengo decidido lo que voy a decir esta noche en la Cámara. El debate sobre el Canal Argentino empezará a las once. (Se oye el ruido de una silla que cae en el salón.) ¿Qué ha sido eso?

LORD GORING.— Nada.

SIR ROBERTO CHILTERN.— He oído caer una silla en la habitación de al lado. Alguien estaba escuchando.

LORD GORING.— No; no hay nadie en mi casa.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Hay alguien. Se ve luz en la habitación y la puerta está entornada. Alguien ha sorprendido todos los secretos de mi vida escuchando detrás de esa puerta. ¿Qué significa esto, Arturo?

LORD GORING.— Roberto, está usted excitado, nervioso. Le digo que no hay nadie en esa habitación. Siéntese usted, Roberto.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Me da usted su palabra de que no hay aquí nadie?

LORD GORING.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Su palabra de honor?

(Se sienta.)

LORD GORING.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Levantándose.) Arturo, déjeme usted cerciorarme con mis propios ojos.

LORD GORING.— No, no.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Si no hay nadie en esa habitación, ¿por qué no me deja usted entrar en ella? Arturo, tiene usted que dejarme entrar para que me cerciore. Pruébeme que no había nadie escuchando detrás de la puerta; que nadie ha sorprendido el secreto de mi vida. Arturo, no se da usted cuenta de la crisis por que atravieso.

LORD GORING.— Acabemos, Roberto. Ya le he dicho que no hay nadie en esa habitación: es suficiente.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Precipitándose hacia la puerta del salón.) No es suficiente; insisto en entrar. Me ha dicho usted que no hay nadie; ¿por qué se opone entonces a que entre?

LORD GORING.— ¡No entre usted, por Dios! Sí, hay una persona en esa habitación; una persona a quien no debe usted ver.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Ah, me lo sospechaba!

LORD GORING.— Le prohíbo entrar en esa habitación.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Atrás! Mi vida está en juego. No me importa quién esté aquí. Sabré a quién he revelado el secreto de mi deshonor.

(Entra en la habitación.)

LORD GORING.— ¡Dios mío! ¡Su propia mujer!

(Vuelve a salir SIR ROBERTO CHILTERN con una expresión de desprecio y de cólera en su rostro.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Cómo explica usted la presencia de esa mujer aquí?

LORD GORING.— Roberto, le juro por mi honor que esa mujer es intachable, que es inocente de toda ofensa contra usted.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Es una mujer vil e infame!

LORD GORING.— No diga usted ese Roberto. Ha venido en interés de usted, para intentar salvarle. Ama a usted, a nadie más que a usted.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Está usted loco! ¿Qué tengo yo que ver con sus intrigas? ¡Que siga siendo su querida! Son ustedes tal para cual.

Ella, corrompida y abyecta; y usted, un amigo falso, pérfido como ni un mismo enemigo lo...

LORD GORING.— Eso no es verdad, Roberto. Le juro ante el Cielo que no es verdad. Delante de ella y de usted lo explicaré todo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Déjeme pasar, caballero. Ya ha mentido usted bastante bajo su palabra de honor.

(Sale SIR ROBERTO CHILTERN. LORD GORING se precipita hacia la puerta del salón en el preciso instante en que sale MISTRESS CHEVELEY, radiante y con aire muy divertido.)

MISTRESS CHEVELEY.— (Haciendo una reverencia burlona.) ¡Buenas noches, lord Goring!

LORD GORING.— ¡Mistress Cheveley! ¡Santo Dios! ¿Puede saberse qué hacía usted en mi salón?

MISTRESS CHEVELEY.— Escuchaba. Me apasiona muchísimo escuchar por los agujeros de las cerraduras. Se oyen por ellos mil cosas sorprendentes.

LORD GORING.— Ese lenguaje significa una provocación a la Providencia.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! Seguramente la Providencia puede resistir a la tentación en la actualidad.

LORD GORING.— Me alegro mucho de que haya usted venido. Voy a darle algunos buenos consejos.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh! Se lo ruego: no haga usted eso. No se debe dar a una mujer nada que no pueda llevar por la noche.

LORD GORING.— Veo que sigue usted tan original como siempre.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh, mucho más! He ganado una enormidad. Tengo más experiencia.

LORD GORING.— Puede ser peligroso tener demasiada experiencia. Le ruego me acepte usted este cigarrillo. La mitad de las mujeres bonitas de Londres fuman. Pero yo, particularmente, prefiero la otra mitad.

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias. No fumo nunca. No le gustaría a mi modista, y el primer deber que hay en la vida de una mujer es complacer a su modista. En cuanto al segundo..., no lo ha descubierto nadie todavía.

LORD GORING.— Ha venido usted a venderme la carta de Roberto Chiltern, ¿verdad?

MISTRESS CHEVELEY.— He venido a ofrecérsela si acepta usted mis condiciones. ¿Cómo lo ha adivinado?

LORD GORING.— Porque usted no lo ha dicho. ¿La trae usted ahí?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Oh, no! Un vestido bien hecho no tiene bolsillos.

LORD GORING.— ¿Qué pide usted por ella?

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Qué absurdamente inglés es usted! Los ingleses se figuran que un talonario de cheques resuelve todas las dificultades de la vida. Pero, mi querido Arturo, ¡si tengo mucho más dinero que usted y casi tanto como puede haber ganado Roberto Chiltern! No es dinero lo que necesito.

LORD GORING.— ¿Qué necesita usted entonces, mistress Cheveley?

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Por qué no me llama usted ya Laura?

LORD GORING.— No me gusta ese nombre.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Usted, que lo encontraba adorable!

LORD GORING.— Precisamente por eso.

MISTRESS CHEVELEY.— (Le indica con un gesto que se siente a su lado.

LORD GORING sonríe y la obedece.) Arturo, usted me amó en otro tiempo.

LORD GORING.— Sí.

MISTRESS CHEVELEY.— Y me pidió que fuese su esposa.

LORD GORING.— Era la consecuencia natural de mi amor.

MISTRESS CHEVELEY.— Y me dejó usted porque vio, o creyó ver, al pobre lord Mortlake intentar tener conmigo un apasionado «flirt» en el invernadero, en Tenby.

LORD GORING.— Me parece recordar que mi abogado arregló este asunto con usted mediante ciertas condiciones... dictadas por usted.

MISTRESS CHEVELEY.— Entonces era yo pobre y usted rico.

LORD GORING.— Nada más exacto; por eso precisamente fingía usted amarme.

MISTRESS CHEVELEY.— (Encogiéndose de hombros.) ¡Pobre lord Mortlake!

Sólo tenía dos temas de conversación: su gota y su mujer. No llegué nunca a comprender de cuál de los dos hablaba. Empleaba los términos más horribles refiriéndose a la una y a la otra. Pues bien: se equivocó usted, Arturo. Lord Mortlake no fue nunca para mí más que un entretenimiento, una distracción. Uno de esos entretenimientos completamente apabullantes que solo se toleran en las casas de campo inglesas y durante un domingo inglés. No creo que nadie pueda ser moralmente responsable de lo que se haga en una casa de campo inglesa.

LORD GORING.— Sí; ya sé que mucha gente opina lo mismo.

MISTRESS CHEVELEY.— Arturo, yo le he amado a usted.

LORD GORING.— Mi querida mistress Cheveley, ha sido usted siempre demasiado inteligente para entender nada en materia de amor.

MISTRESS CHEVELEY.— Le amaba. Y usted me correspondía. Bien sabe usted que me amaba. Y el amor es una cosa maravillosa. Creo que cuando un hombre ha amado a una mujer, hará todo por ella; todo, menos seguir amándola.

(Coloca su mano sobre la de LORD GORING.)

LORD GORING.— (Retirando suavemente su mano.) Sí; todo menos eso.

MISTRESS CHEVELEY.— (Después de una pausa.) Estoy cansada de vivir en el extranjero. Quiero volver a Londres. Quiero tener aquí una casa encantadora. Quiero abrir un salón. Si se pudiese enseñar a los ingleses a hablar y a los irlandeses a escuchar, la sociedad londinense sería completamente civilizada. Además, he llegado a mi fase romántica. La última vez que le vi a usted en casa de los Chiltern comprendí que era usted la única persona que me haya inspirado cierta simpatía, si es que alguna vez la he sentido por algo o por alguien, Arturo. Por consiguiente, la misma mañana del día en que se case usted comnigo le daré la carta de Roberto Chiltern. Esta es mi proposición; es más: se la daré ahora si me promete usted casarse conmigo.

LORD GORING.— ¿Ahora?

MISTRESS CHEVELEY.— (Sonriendo.) Mañana.

LORD GORING.— ¿Habla usted en serio?

MISTRESS CHEVELEY.— Completamente en serio.

LORD GORING.— Sería yo un malísimo marido para usted.

MISTRESS CHEVELEY.— No me preocupan los malos maridos; he tenido ya dos y me han divertido enormemente.

LORD GORING.— ¡Querrá usted decir que se ha divertido enormemente!

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Qué sabe usted de mi vida conyugal?

LORD GORING.— Nada; pero puedo leer en ella como en un libro.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Qué libro?

LORD GORING.— (Levantándose.) El libro de cuentas.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Le parece a usted bonito mostrarse tan poco amable con una mujer y en su propia casa?

LORD GORING.— Tratándose de mujeres seductoras, el sexo es un reto y no una defensa.

MISTRESS CHEVELEY.— Supongo que eso es una galantería en usted. No, querido Arturo; a las mujeres no se las desarma nunca con una galantería.

En cambio, a los hombres sí. Esta es la diferencia entre uno y otro sexo.

LORD GORING.— Las mujeres no están nunca desarmadas, que yo sepa.

MISTRESS CHEVELEY.— (Después de una pausa.) De modo que está usted dispuesto a llevar a la ruina a su mejor amigo, a Roberto Chiltern, antes que casarse con una mujer que conserva todavía muchos atractivos. Creí que sería usted capaz de llegar a las cimas del sacrificio, Arturo; me parece que ese es su deber. Así podría usted pasarse el resto de su vida contemplando sus propias perfecciones.

LORD GORING.— ¡Oh, ya lo hago! Por otro lado, el sacrificio es una cosa que debía suprimir la ley. Es muy desmoralizador para las personas por quienes uno se sacrifica. Acaban siempre mal.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Como si a Roberto Chiltern pudiera desmoralizarle algo! Se olvida usted de que conozco perfectamente su valor moral.

LORD GORING.— Lo que usted sabe de él no es su verdadero valor moral.

Aquello fue un acto de locura cometido en su juventud; deshonroso, si usted quiere; infamante, indigno de él, lo reconozco...; pero no es su verdadero valor moral.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Cómo se defienden ustedes los hombres unos a otros!

LORD GORING.— ¡Y cómo se atacan ustedes las mujeres unas a otras!

MISTRESS CHEVELEY.— (Con amargura.) Yo no ataco más que a una mujer:

a Gertrudis. La odio. La odio ahora más que nunca.

LORD GORING.— Supongo que será porque ha provocado usted una tragedia en su vida.

MISTRESS CHEVELEY.— (En tono burlón.) ¡Oh! No hay más que una tragedia en la vida de una mujer, y es la siguiente: que su pasado es siempre su amante, y su porvenir es, invariablemente, su marido.

LORD GORING.— Lady Chiltern no conoce esa clase de vida a la que usted se refiere.

MISTRESS CHEVELEY.— Una mujer que usa guantes del siete y tres cuartos no sabe nunca gran cosa de nada. Y ya sabe usted que Gertrudis ha usado siempre guantes de esa medida. Es uno de los motivos que han hecho imposible toda simpatía moral entre nosotras... En fin, Arturo, creo que esta entrevista romántica puede darse por terminada. Convendrá usted en que era romántica, ¿verdad? Por el solo privilegio de ser su esposa estaba dispuesta a desprenderme de una gran presa, que constituye el punto culminante de mi carrera diplomática. ¿No acepta usted? Está bien. Si Roberto Chiltern no apoya mi proyecto argentino, le denuncio, «voilá tout».

LORD GORING.— No hará usted eso. Sería un acto vil, horrible, infame.

MISTRESS CHEVELEY.— (Encogiéndose de hombros.) ¡Oh! Nada de palabras gruesas, se lo ruego. ¡Tienen tan poco sentido! Es una transacción comercial, y nada más. Es inútil mezclar en ella el menor sentimiento. He ofrecido a Roberto Chiltern venderle una cosa; si no quiere pagar por ella el precio que le pongo, tendrá que pagarla al mundo con un precio más caro. Y no hay más que hablar. Me voy. Buenas noches. ¿Quiere usted darme la mano?

LORD GORING.— ¿A usted? No. Su transacción con Roberto puede pasar por una repugnante transacción comercial en un siglo innoblemente mercantilizado. Pero parece usted olvidar que ha venido aquí esta noche a hablar de amor; usted, cuyos labios profanan la palabra amor; usted, para quien el amor es como un libro cerrado y sellado; usted, que ha ido esta tarde a casa de una de las mujeres más nobles y más dulces del mundo para humillar a su marido en presencia de ella, para intentar matar su amor, para verter veneno en el corazón de esa mujer y amargura en su vida, para destruir su ídolo si ello fuese posible, para manchar su alma. Y esto no puedo perdonárselo. Fue horrible. Para eso no puede haber perdón.

MISTRESS CHEVELEY.— Arturo, es usted injusto conmigo, créame; es usted completamente injusto. No he ido a mofarme de Gertrudis. No tenía semejante intención cuando llegué. Fui, con lady Markby, sencillamente a preguntar si se había encontrado en su casa un adorno, una alhaja que he perdido no sé dónde. Si no me cree usted, pregúnteselo a lady Markby; verá cómo le dice que es verdad. La escena ha ocurrido después de marcharse lady Markby, y me ha sido impuesta por la dureza y la malquerencia de lady Chiltern. Fui a su casa un poco por burla, si usted quiere; pero, sobre todo, con intención de preguntar si se había encontrado allí un broche de brillantes. Ese es el origen de toda la cuestión.

LORD GORING.— ¿Un broche en forma de serpiente, de brillantes con rubíes?

MISTRESS CHEVELEY.— Sí. ¿Cómo lo sabe usted?...

LORD GORING.— Porque ha aparecido. Yo mismo lo encontré y he sido tan tonto que no me acordé de decírselo al mayordomo al irme. (Se dirige hacia su mesa y abre un cajón.) Está en este cajón. No, en este otro. Es este broche, ¿verdad?

(Levantándolo en el aire.)

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Sí! Cuánto me alegro haberlo encontrado...

Era... un regalo...

LORD GORING.— ¿No quiere usted ponérselo?

MISTRESS CHEVELEY.— Sí, con tal que usted me lo cierre. (LORD GORING Se lo coloca de pronto en el brazo.) ¿Por qué lo pone usted como brazalete? No tenía ni la menor idea de que pudiera llevarse como brazalete.

LORD GORING.— ¿De veras?

MISTRESS CHEVELEY.— (Extendiendo su hermoso brazo.) Y resulta muy bien como brazalete, ¿verdad?

LORD GORING.— Sí; mucho mejor que la última vez que lo vi.

MISTRESS CHEVELEY.— ¿Cuándo lo vio usted la última vez?

LORD GORING.— ¡Oh! Hace diez años, en el brazo de lady Berkshire, a quien se lo ha robado usted.

MISTRESS CHEVELEY.— (Sobresaltada.) ¿Qué quiere usted decir?

LORD GORING.— Quiero decir que ha robado usted esta alhaja a mi prima Mary Berkshire, a quien se la envié yo como regalo de bodas. Las sospechas recayeron sobre un pobre criado que fue despedido afrentosamente. Lo reconocí anoche. Decidí no decir una palabra hasta encontrar a la ladrona.

Ya tengo ahora a la ladrona y he oído su propia confesión.

MISTRESS CHEVELEY.— (Denegando con la cabeza.) Eso no es verdad.

LORD GORING.— Ya sabe usted que sí. Mire, se está leyendo ahora mismo en su cara.

MISTRESS CHEVELEY.— Lo negaré todo. Diré que no he visto nunca ese mísero objeto y que no ha estado nunca en mi poder.

(MISTRESS CHEVELEY intenta quitarse el brazalete de la muñeca, sin conseguirlo. LORD GORING la contempla con aire divertido. Los finos dedos de la dama aprietan inútilmente la alhaja. Se le escapa una maldición.)

LORD GORING.— El único inconveniente que tiene cometer un robo es que no sabe uno nunca las maravillas que encierra el objeto robado. No podrá usted quitarse ese brazalete como no sepa dónde está el resorte. Y veo que no lo sabe usted. Es bastante dificil encontrarlo.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Canalla! ¡Es usted un cobarde!

(Intenta de nuevo, y en vano, quitarse el brazalete.)

LORD GORING.— ¡Oh, nada de palabras gruesas, se lo ruego! ¡Tienen tan poco sentido!

MISTRESS CHEVELEY.— (Se pone otra vez a tirar del brazalete, en un paroxismo de rabia, emitiendo sonidos inarticulados. Después se detiene y mira a LORD GORING.) ¿Qué va usted a hacer?

LORD GORING.— Pues llamar a mi criado. Es un criado admirable: viene siempre cuando se le llama; y, una vez que esté aquí le diré que vaya a buscar a la Policía.

MISTRESS CHEVELEY.— (Temblando.) ¿A la Policía? ¿Para qué?

LORD GORING.— Mañana los Berkshire la perseguirán a usted. Para eso sirve la Policía.

MISTRESS CHEVELEY.— (Se encuentra ahora en el colmo del terror físico. Su cara está trastornada y su boca torcida. Se ha desprendido de sus rasgos una máscara. Da terror verla en este momento.) No haga usted eso... Haré todo lo que quiera; sí, todo lo que exija.

LORD GORING.— Déme usted la carta de Roberto Chiltern.

MISTRESS CHEVELEY.— ¡Un momento! ¡Un momento! Déjeme usted reflexionar.

LORD GORING.— Déme la carta de Roberto Chiltern.

MISTRESS CHEVELEY.— No la llevo aquí. Se la daré a usted mañana.

LORD GORING.— Está usted mintiendo. Démela ahora mismo. (MISTRESS CHEVELEY saca la carta y se la entrega; está atrozmente pálida.) ¿Es ésta?

MISTRESS CHEVELEY.— (Con voz muy ronca.) Sí.

LORD GORING.— (Coge la carta, la examina, suspira y la quema en una vela.) Aun siendo una mujer tan elegante, mistress Cheveley, tiene usted momentos de admirable sentido común. La felicito por ello.

MISTRESS CHEVELEY.— (Viendo la carta de LADY CHILTERN, cuyo sobre asoma un poco por el borde de la cartera.) Déme un vaso de agua, se lo ruego.

LORD GORING.— Con mucho gusto. (Se dirige a un extremo de la habitación y llena un vaso de agua. Mientras está de espaldas, MISTRESS CHEVELEY se apodera de la carta de LADY CHILTERN. Cuando LORD GORING vuelve con el vaso lo rechaza con un ademán.)

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias. ¿Quiere usted hacer el favor de ponerme el abrigo?

LORD GORING.— Con mucho gusto.

MISTRESS CHEVELEY.— Gracias. No volveré a hacer nada que pueda perjudicar a Roberto Chiltern.

LORD GORING.— Afortunadamente, no tiene usted medios para ello, mistress Cheveley.

MISTRESS CHEVELEY.— Y aunque la suerte me los proporcionase, no haría uso de ellos. Por el contrario, pienso hacerle un gran favor.

LORD GORING.— Me alegra mucho saberlo. Es una conversión.

MISTRESS CHEVELEY.— Sí; no puedo acostumbrarme a la idea de que un «gentleman» inglés tan recto y caballeroso sea engañado con tanta desvergüenza y...

LORD GORING.— ¿Y qué?

MISTRESS CHEVELEY.— Acabo de notar que la suprema confesión de Gertrudis moribunda se ha extraviado en mi bolsillo no sé cómo.

LORD GORING.— ¿Qué quiere usted decir?

MISTRESS CHEVELEY.— (Con tono amargo, pero triunfante.) Quiero decir que pienso enviar a Roberto Chiltern la carta de amor que le ha escrito a usted esta noche su mujer.

LORD GORING.— ¿Una carta de amor?

MISTRESS CHEVELEY.— (Riendo.) «Le necesito. Confío en usted. Acudo a usted, Gertrudis.» LORD GORING.— (Se precipita hacia la mesa y coge el sobre vacío. Se vuelve rápidamente.) ¿Es que tiene usted que estar robando siempre, miserable? Devuélvame esa carta. Se la quitaré a la fuerza. No saldrá usted de aquí hasta que la tenga otra vez en mi poder.

(Se precipita hacia ella, pero MISTRESS CHEVELEY apoya un dedo en el botón que hay sobre la mesa. El timbre resuena agudamente. Entra PHIPPS.)

MISTRESS CHEVELEY.— (Después de una pausa.) El señor llamaba únicamente para que me acompañase usted. Buenas noches, lord Goring.

(Sale seguida de PHIPSS, con el rostro iluminado por una sonrisa de triunfo perverso.

Brillan sus ojos de alegría. Parece rejuvenecida. Su última mirada es como una rápida flecha. LORD GORING se muerde los labios y enciende un cigarrillo.)

TELÓN

Acto cuarto

La misma decoración del segundo acto.

LORD GORING está en pie ante la chimenea, con las manos en los bolsillos.

Parece muy contrariado.

LORD GORING.— (Saca su reloj, lo mira y toca el timbre.) Es molestísimo. No hay medio de encontrar con quién hablar en esta casa. ¡Y yo que estoy lleno de noticias interesantes! Me hago el efecto de la última edición de cualquier diario.

(Entra un CRIADO.)

JAMES.— Sir Roberto sigue en el Ministerio, señor.

LORD GORING.— ¿No ha bajado aún lady Chiltern?

JAMES.— La señora no ha salido todavía de sus habitaciones. Miss Chiltern acaba de volver de su paseo a caballo.

LORD GORING.— (Aparte.) ¡Ah! Ya es algo.

JAMES.— Lord Caversham está esperando hace rato a sir Roberto en la biblioteca. Le he dicho que el señor estaba aquí.

LORD GORING.— Gracias; tenga la bondad de decirle que me he marchado.

JAMES.— (Inclinándose.) Se lo diré, señor.

(Sale el CRIADO.)

LORD GORING.— Realmente, no tengo ganas de ver a mi padre tres días seguidos. Es demasiada agitación para cualquier hijo. Espero tener la suerte de que no suba. Los padres no debían nunca dejarse ver ni oír. Es la única base aceptable para la vida familiar.

(Se deja caer en un sillón, coge un periódico y se pone a leer. Entra LORD CAVERSHAM.)

LORD CAVERSHAM.— ¿Qué hace usted, caballerito? Perder el tiempo como de costumbre, ¿verdad?

LORD GORING.— (Tirando el periódico y levantándose.) Mi querido papá, cuando hace uno una visita es para hacer perder el tiempo a los demás, y no para perder uno el suyo.

LORD CAVERSHAM.— ¿Has reflexionado sobre lo que te dije anoche?

LORD GORING.— No he pensado en otra cosa.

LORD CAVERSHAM.— ¿Y has dado ya palabra de casamiento a alguien?

LORD GORING.— (De buen humor.) Todavía no; pero espero darla antes de la hora del almuerzo.

LORD CAVERSHAM.— (En tono mordaz.) Vamos, te concedo hasta la hora de la cena si te puede ser útil.

LORD GORING.— Te lo agradezco de todo corazón; pero me parece preferible comprometerme antes de la hora del almuerzo.

LORD CAVERSHAM.— ¡Hum! No sé nunca cuándo hablas en serio y cuándo no.

LORD GORING.— Ni yo tampoco, papá.

(Una Pausa.)

LORD CAVERSHAM.— Supongo que habrás leído el «Times» de hoy.

LORD GORING.— (En tono ligero.) ¿El «Times»? No, por cierto. No leo más que el «Morning Post». Todo lo que debía saberse referente a la vida moderna es el sitio donde se hallan las duquesas. Todo lo que no sea eso es desmoralizador.

LORD CAVERSHAM.— ¿No has leído entonces el artículo de fondo del «Times» sobre la carrera de Roberto Chiltern?

LORD GORING.— ¡Dios mío! No. ¿Qué dice?

LORD CAVERSHAM.— ¿Qué van a decir? Pues cosas halagadoras para él, como es natural. El discurso que pronunció Chiltern anoche sobre el proyecto del Canal de la Argentina ha sido una de las más hermosas piezas oratorias que se han pronunciado en la Cámara desde Canning.

LORD GORING.— ¡Ah! No he oído hablar nunca de Canning ni he sentido nunca deseos de ello. ¿Y... y Chiltern ha apoyado el proyecto?

LORD CAVERSHAM.— ¿Apoyarlo, caballerito? ¡Qué poco le conoces! Lo ha echado abajo con gran ardor, así como todo el sistema de la finanza pública moderna. «Ese discurso señala el apogeo de su carrera política», hace notar el «Times». Debías leer ese artículo, caballerito. (Abre el «Times» y lee.) «Sir Roberto Chiltern..., el primero de nuestros jóvenes estadistas que más alto se elevan... Brillante orador... Carrera intachable..., carácter de una integridad reconocida... Representa lo mejor de la vida pública inglesa... Contrasta notablemente con la moralidad elástica tan frecuente entre los estadistas extranjeros.» ¡No dirán nunca lo mismo de ti, caballerito!

LORD GORING.— Espero sinceramente que no, papá. Sin embargo, me alegro mucho de lo que me acabas de decir de Roberto; me encanta. Eso demuestra que ha estado enérgico.

LORD CAVERSHAM.— Ha estado más que enérgico. Ha dado pruebas de ser un genio.

LORD GORING.— ¡Ah! Pues yo prefiero la energía. Hoy en día es menos común que el genio.

LORD CAVERSHAM.— Quisiera verte entrar en el Parlamento.

LORD GORING.— Mi querido papá, solo los hombres de aspecto fastidioso entran en el Parlamento y son los únicos que triunfan allí.

LORD CAVERSHAM.— ¿Por qué no intentas hacer algo útil en la vida?

LORD GORING.— Soy demasiado joven.

LORD CAVERSHAM.— (Irritado.) Detesto esa manera afectada de presumir de joven, caballerito. Está muy generalizada en estos tiempos.

LORD GORING.— La juventud no es una afectación, sino un arte.

LORD CAVERSHAM.— ¿Por qué no pides la mano a esa linda Mabel Chiltern?

LORD GORING.— Estoy en una excitación de nervios atroz, sobre todo por las mañanas.

LORD CAVERSHAM.— No creo que tengas la menor probabilidad de que te diga que sí.

LORD GORING.— No sé cómo está hoy la cotización.

LORD CAVERSHAM.— Si te dijese que sí, sería la boda más bonita de Inglaterra.

LORD GORING.— Esa es precisamente la persona con quien me gustaría casarme. Una mujer perfectamente sensata me reduciría a un estado de idiotez absoluta en menos de seis meses.

LORD CAVERSHAM.— No te la mereces, caballerete.

LORD GORING.— Mi querido papá, si los hombres no pudiésemos casarnos más que con las mujeres que mereciéramos, te aseguro que pasaríamos frecuentes malos ratos.

(Entra MABEL CHILTERN.)

MABEL CHILTERN.— ¡Oh!... ¿Cómo sigue usted, lord Caversham? Espero que lady Caversham seguirá bien.

LORD CAVERSHAM.— Lady Caversham está como siempre, como siempre.

LORD GORING.— Buenos días, Mabel.

MABEL CHILTERN (Como si no notase la presencia de LORD GORING, y dirigiéndose a LORD CAVERSHAM.) Y los sombreros de lady Caversham, ¿están algo mejor?

LORD CAVERSHAM.— Siento tener que decirle que han sufrido una seria recaída.

LORD GORING.— Buenos días, Mabel.

MABEL CHILTERN.— (A LORD CAVERSHAM) Espero que no será necesario operarlos.

LORD CAVERSHAM.— (Sonriendo.) Si lo fuese, nos veríamos precisados a dar un narcótico a lady Caversham. De otro modo, no consentiría nunca en dejar que se tocase ni una sola pluma de ellos.

LORD GORING.— (Con redoblada insistencia.) Buenos días, Mabel.

MABEL CHILTERN.— (Volviéndose y aparentando sorpresa.) ¡Ah! Estaba usted aquí. Comprenderá usted que, después de haber faltado a la cita, no pienso, como es natural, volver a dirigirle la valabra en mi vida.

LORD GORING.— ¡Oh, se lo ruego, no diga usted eso! Es usted la única persona en Londres a quien me gusta tener de oyente.

MABEL CHILTERN.— No creo nunca, nunca, lord Goring, ni una sola palabra de lo que usted y yo nos decimos mutuamente.

LORD CAVERSHAM.— Tiene usted razón, hija mía; tiene usted razón, por lo menos en lo que a él se refiere, quiero decir.

MABEL CHILTERN.— ¿Cree usted poder conseguir de su hijo que se porte un poco mejor de cuando en cuando? ¿Solo por variar?...

LORD CAVERSHAM.— Siento mucho tener que decirlo, miss Chiltern, pero no tengo la menor influencia sobre mi hijo. Quisiera tenerla. Si la tuviese, ya sé lo que haría con él.

MABEL CHILTERN.— Me temo que sea una de esas naturalezas terriblemente débiles sobre las que no hace mella la influencia.

LORD CAVERSHAM.— No tiene corazón, no tiene corazón.

LORD GORING.— Me parece que estoy aquí de más.

MABEL CHILTERN.— Lo cual le debe alegrar a usted mucho, pues así se entera de lo que dicen a su espalda.

LORD GORING.— No me interesa nada de lo que digan a mi espalda. Eso me enorgullece demasiado.

LORD CAVERSHAM.— Y una vez hecho esto, hija mía, me despido de usted.

MABEL CHILTERN.— ¡Oh! ¿Supongo que no me dejará usted sola con lord Goring? Sobre todo tan temprano.

LORD CAVERSHAM.— No puedo llevármelo a la Presidencia del Consejo.

Hoy no es de los días señalados por el primer ministro para recibir a los sin trabajo.

(Estrecha la mano de MABEL CHILTERN, coge su sombrero y su bastón y se va, dirigiendo una última mirada fulgurante de indignación a LORD GORING.)

MABEL CHILTERN.— (Cogiendo unas rosas y poniéndose a arreglarlas en un florero que hay sobre la mesa.) Las personas que no acuden a sus citas en el Parque son detestables.

LORD GORING.— Detestables.

MABEL CHILTERN.— Me alegro de que usted mismo lo reconozca. Yo preferiría que no pusiese usted esa cara de satisfacción.

LORD GORING.— ¿Y qué voy a hacerle? Siempre que estoy con usted tengo cara de satisfacción.

MABEL CHILTERN.— (Con melancolía.) ¿Entonces mi deber está en hacerle a usted compañía?

LORD GORING.— Evidentemente.

MABEL CHILTERN.— Pues bien: el deber es una cosa que no hago nunca.

Me molesta mucho por principio. De modo que lo mejor será dejarle a usted.

LORD GORING.— No haga usted eso, Mabel, se lo ruego. Tengo que decirle algo muy especial.

MABEL CHILTERN.— (Entusiasmada.) ¡Oh! ¿Es una petición de mano?

LORD GORING.— (Algo desconcertado.) Pues bien, sí; me veo obligado a decirlo: eso es.

MABEL CHILTERN.— (Con un suspiro de satisfacción.) ¡Qué contenta estoy! Es la segunda que me hacen hoy.

LORD GORING.— (Indignado.) ¿La segunda que le hacen hoy? ¿Quién es el burro presuntuoso que ha cometido la impertinencia de atreverse a pedir a usted su mano antes que la pidiese yo?

MABEL CHILTERN.— Pues Tommy Trafford, como es natural. Le tocaba hoy declararse. Se declara siempre los martes y los jueves, durante la «season».

LORD GORING.—¿Supongo que le habrá usted dicho que no?

MABEL CHILTERN.— He adoptado el sistema de decir siempre que no a Tommy. Por eso sigue él declarándose. Como usted no ha aparecido esta mañana, he estado a punto de decirle que sí. Si llego a hacerlo, hubiera sido una buena lección para él y para usted. Eso les hubiese enseñado a ser más educados.

LORD GORING.— ¡Oh! ¡Al diablo Tommy Trafford! Es un borrico imbécil.

Yo la amo a usted.

MABEL CHILTERN.— Ya lo sé. Y me parece que lo podía usted haber dicho antes. Estoy segura de que le he proporcionado infinitas ocasiones de decirlo.

LORD GORING.— Mabel, sea usted formal, se lo ruego; sea usted formal.

MABEL CHILTERN.— ¡Ah! Eso es lo que dice siempre un hombre a una muchacha antes de casarse. Después ya no se lo vuelve a decir nunca.

LORD GORING.— (Cogiéndole la mano.) Mabel, le he dicho a usted que la amo. ¿Puede usted quererme un poquito por su parte?

MABLE CHILTERN.— ¡Qué tonto es usted, Arturo! Si supiese usted una cosa..., una cosa que no sabe, sabría usted que le adoro. Lo sabe todo el mundo en Londres, menos usted. Es un escándalo público mi manera de adorarle. Hace ya seis meses que voy diciendo por todos lados que le adoro. No sé ni cómo se atreve usted a decirme nada. Porque no me queda ya ni sombra de reputación. Al menos soy tan dichosa que estoy segura de no tener ya reputación.

LORD GORING.— (La estrecha en sus brazos y le da un beso. Hay una pausa de felicidad.) ¡Amor mío! ¿Sabes que tenía mucho miedo al no?

MABLE CHILTERN.— A ti no te han dicho nunca que no, ¿verdad, Arturo?

LORD GORING.— (Después de haberla besado de nuevo.) ¡Oh, no soy digno de ti, Mable!

MABLE CHILTERN.— (Estrechándose contra él.) ¡Soy tan dichosa, Arturo mío! Tenía miedo de que tú no lo fueras.

LORD GORING.— (Después de una ligera vacilación.) Y, además, he pasado..., he pasado un poco de los treinta.

MABLE CHILTERN.— ¡Pues pareces muchas semanas más joven!

LORD GORING.— (Entusiasmado.) ¡Qué buena eres en decirme eso!... Y debo confesarte francamente, como hombre leal, que soy de una extravagancia temible.

MABLE CHILTERN.— Pero ¡si yo también lo soy! Por tanto, estamos seguros de entendernos. Y ahora tengo que ir a ver a Gertrudis.

LORD GORING.— ¿Es verdaderamente preciso?

(La besa otra vez.)

MABLE CHILTERN.— Sí.

LORD GORING.— Entonces dile que tengo que hablar con ella reservadamente. Me he pasado aquí toda la manana con el propósito de verla o de ver a Roberto.

MABLE CHILTERN.— ¿Eso quiere decir que no has venido aquí expresamente a pedirme mi mano?

LORD GORING.— (Con aire triunfante.) No; eso fue un destello genial.

MABLE CHILTERN.— ¿El primero?

LORD GORING.— (Con firmeza.) ¡El último!

MABLE CHILTERN.— Me encanta saberlo. Y ahora no te vayas. Vuelvo dentro de cinco minutos. Y no vayas a caer en alguna tentación durante mi ausencia.

LORD GORING.— Mi querida Mabel, cuando te ausentas no existe ya ninguna tentación. Lo cual me deja atrozmente a tu albedrío.

(Entra LADY CHILTERN.)

LADY CHILTERN.— Buenos días, Mabel. ¡Qué bonita estás!

MABLE CHILTERN.— ¡Y tú, qué pálida! Te sienta muy bien.

LADY CHILTERN.— Buenos días, lord Goring.

LORD GORING.— (Inclinándose.) Buenos días, lady Chiltern.

MABLE CHILTERN.— (Algo aparte, a LORD GORING.) Estaré en la «serre», bajo la segunda palmera de la izquierda.

LORD GORING.— ¿La segunda de la izquierda?

MABLE CHILTERN.— (Aparentando sorpresa.) Sí, la palmera de costumbre.

(Le tira un beso a hurtadillas, sin ser vista por LADY CHILTERN, y luego se va.)

LORD GORING.— Lady Chiltern, tengo unas cuantas buenas noticias que comunicarle. Mistress Cheveley me devolvió anoche la carta de Roberto y yo mismo la quemé. Roberto no corre ya ningún peligro.

LADY CHILTERN.— ¡Oh, salvado! ¡Qué feliz soy! ¡Qué buen amigo es usted para él..., para nosotros!

LORD GORING.— No hay más que una persona que pueda estar en peligro en este momento.

LADY CHILTERN.— ¿Quién es esa persona?

LORD GORING.— (Sentándose a su lado.) Usted.

LADY CHILTERN.— ¿Yo en peligro? ¿Qué quiere usted decir?

LORD GORING.— Peligro.... peligro... La palabra es algo exagerada. No debía haberla empleado. Pero reconozco que tengo que decirle una cosa que la puede apenar y que a mí me apena muchísimo. Anoche me escribió usted una carta admirable, muy femenina, pidiéndome ayuda. Me escribió usted como a uno de sus amigos más antiguos, como al amigo más antiguo de su marido. Mistress Cheveley robó esa carta en mi casa.

LADY CHILTERN.— ¿Y qué? ¿De qué puede servirle? ¿Por qué no puede quedarse con ella?

LORD GORING.— (Levantándose.) Lady Chiltern, voy a ser completamente franco con usted. Mistress Cheveley da cierto sentido a esa carta y piensa mandársela a su marido.

LADY CHILTERN.— Pero ¿qué interpretación puede darle?... ¡Oh, no; eso no! Si... en un momento de trastorno y necesitando ayuda de usted, confiando en usted..., le dije que iría a su casa... para que me aconsejase usted... y me auxiliase... ¡Oh! ¿Puede haber mujeres tan pérfidas?... ¿Y piensa enviársela a mi marido? Dígame usted lo que ha pasado, dígame todo lo que ha pasado.

LORD GORING.— Mistress Cheveley estaba escondida en una habitación contigua a mi biblioteca, sin yo saberlo. Creí que la persona que esperaba en esa habitación para verme era usted. De pronto llegó Roberto. Una silla o no sé qué cayó en la habitación. Entonces él entró allí a la fuerza y descubrió a esa mujer. Tuvimos una escena terrible. Yo seguía creyendo que era usted la que él había visto. El se fue, lleno de cólera. En fin, para terminar, que mistress Cheveley se apoderó de la carta de usted. La robó, no sé cuándo ni cómo.

LADY CHILTERN.— ¿A qué hora sucedió eso?

LORD GORING.— A las diez y media. Y ahora creo que debemos ir a contárselo todo a Roberto.

LADY CHILTERN.— (Mirándole con asombro rayano en el terror.) ¿Quiere usted que vaya yo a decir a Roberto que la mujer que usted esperaba no era mistress Cheveley, sino yo? ¿Que era yo a quien usted creía escondida en una habitación de su casa a las diez de la noche? ¿Quiere usted que vaya yo a decirle todo eso?

LORD GORING.— Creo que sería preferible que supiera la exacta verdad.

LADY CHILTERN.— (Levantándose.) ¡Oh, no podría! ¡No podría!

LORD GORING.— ¿Quiere usted que se lo diga yo?

LADY CHILTERN.— No.

LORD GORING.— (En tono grave.) Hace usted mal, lady Chiltern.

LADY CHILTERN.— No. Es preciso que esa carta sea interceptada: eso es todo. Pero ¿cómo hacerlo? El está recibiendo cartas continuamente durante todo el día. Sus secretarios las abren y se las remiten. No me atrevo a decir a los criados que me traigan sus cartas; sería imposible. ¡Oh! ¿Por qué no me dice usted lo que debo hacer?

LORD GORING.— Cálmese usted, lady Chiltern, se lo ruego; cálmese y conteste a las preguntas que voy a hacerle. ¿Dice usted que sus secretarios abren todas las cartas?

LADY CHILTERN.— Sí.

LORD GORING.— ¿Quién despacha hoy con él? Míster Trafford, ¿verdad?

LADY CHILTERN.— No; me parece que míster Montford.

LORD GORING.— ¿Puede usted confiar en él?

LADY CHILTERN.— (Con desesperación.) ¡Ah! ¿Cómo voy a saberlo?

LORD GORING.— Haría lo que usted le pidiese, ¿verdad?

LADY CHILTERN.— Eso creo.

LORD GORING.— La carta de usted estaba escrita en papel rojo. Podría reconocerla sin leer su contenido, ¿verdad? ¿Sólo por el color?

LADY CHILTERN.— Supongo que sí.

LORD GORING.— ¿Está aquí en este momento?

LADY CHILTERN.— Sí.

LORD GORING.— Entonces iré yo mismo a decirle que hoy debe recibir Roberto una carta escrita en papel rojo y que es preciso a toda costa que no llegue a sus manos. (Se dirige hacia la puerta y la abre.) ¡Oh, Roberto sube la escalera con la carta en la mano! ¡La ha recibido ya!

LADY CHILTERN.— (Con un grito de dolor.) ¡Oh! ¡Ha salvado usted su vida! Pero ¿qué ha hecho con la mía?

(Entra SIR ROBERTO CHILTERN. Tiene en la mano la carta y la lee. Se dirige a su mujer sin advertir la presencia de LORD GORING.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— «Le necesito. Confío en usted. Acudo a usted.

Gertrudis.(3)» ¡Oh amor mío! ¿Es esto verdad? ¿Tienes realmente confianza en mí, me necesitas? Si es así, era yo el que debía ir a buscarte y no tú la que me escribieses diciéndomelo. Esta carta tuya, Gertrudis, me revela que no puede alcanzarme nada de lo que haga el mundo en contra mía. ¿Me necesitas, Gertrudis?

(LORD GORING, sin ser visto por SIR ROBERTO CHILTERN, hace señas suplicantes a LADY CHILTERN de que acepte la situación y confirme el error de su marido.)

LADY CHILTERN.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Tienes confianza en mí, Gertrudis?

LADY CHILTERN.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Oh! ¿Por qué no has añadido que me amabas?

LADY CHILTERN.— (Cogiéndole de la mano.) Por que te he amado siempre.

(LORD GORING entra en la «serre».)

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Besándola.) Gertrudis, tú no sabes lo que siento. Cuando Montford me entregó tu carta por encima de la mesa — supongo que la había abierto equivocadamente — y la leí... ¡oh!, no pensé ni por un momento en la vergüenza o en el castigo que me esperaban; pensé únicamente en que me amabas aún.

LADY CHILTERN.— No te esperan ninguna vergüenza ni ningún castigo.

Mistress Cheveley ha devuelto a lord Goring la carta que tenía en su poder y él la ha quemado.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Estás segura de ello, Gertrudis?

LADY CHILTERN.— Sí. Lord Goring acaba de decírmelo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Entonces, estoy salvado. ¡Oh, qué cosa más admirable es verse salvado! He pasado dos días en pleno terror. Ahora estoy salvado. Pero ¿cómo destruyó Arturo mi carta? Cuéntamelo.

LADY CHILTERN.— La quemó.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Hubiese querido ver convertirse en cenizas ese único pecado de mi juventud. ¡Cuántos hombres hay en la vida moderna que serían felices viendo reducirse a cenizas su pasado! ¿Está aquí todavía Arturo?

LADY CHILTERN.— Sí, está en el invernadero.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Cuánto me alegro ahora de haber pronunciado anoche ese discurso en la Cámara! ¡Cuánto me alegro! Lo hice convencido de que podía tener por resultado mi pública deshonra. Pero no ha sido así.

LADY CHILTERN.— Ha tenido por resultado el homenaje público.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Eso creo; es más: casi me lo temo. Porque aunque esté yo a cubierto de toda acusación, aunque haya sido destruida la única prueba en contra mía, supongo, Gertrudis, que... ¿no haría bien en retirarme de la vida pública?

(Mira a su mujer con ansiedad.)

LADY CHILTERN.— ¡Oh, sí, Roberto! Harás muy bien. Ese es tu deber.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Ese acto parece una capitulación.

LADY CHILTERN.— No, es una victoria.

(SIR ROBERTO CHILTERN recorre la habitación de un lado para otro con aspecto agitado. Después va hacia su mujer y le pone la mano sobre el hombro.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Serías feliz viviendo sola conmigo en alguna parte, en el extranjero quizá o en el campo, lejos de Londres, lejos de la vida pública? ¿No echarías nada de menos?

LADY CHILTERN.— ¡Oh, no, Roberto!

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con tristeza.) ¿Y tu ambición por mí? ¿No tenías mucha ambición por mí?

LADY CHILTERN.— ¡Oh, mi ambición! Ya no tengo más ambición que la de que nos amemos siempre. Fue tu ambición la que te trastornó. No hablemos más de ambición.

(LORD GORING vuelve del invernadero. Tiene cara de estar encantado consigo mismo y trae en el ojal una flor muy fresca que acaba de arrancar alguien para él.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Yendo a su encuentro.) Le agradezco a usted infinito lo que ha hecho por irlí. No sé cómo podré pagárselo.

(Le estrecha la mano.)

LORD GORING.— Pues voy a decírselo en seguida. En este momento, debajo de la palmera de costumbre..., quiero decir en el invernadero...

(Entra MASON.)

MASON.— Lord Caversham.

LORD GORING.— Mi admirable papá tiene la oportunidad de surgir siempre en el peor momento. Demuestra con eso tener muy poco corazón, muy poco corazón.

(Entra LORD CAVERSHAM.)

LORD CAVERSHAM.— Buenos días, lady Chiltern. Mi más cordial enhorabuena, Chiltern, por su brillante discurso de anoche. Acabo de ver al presidente y ocupará usted la primera cartera vacante en el Gabinete.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Una cartera!

LORD CAVERSHAM.— Sí, aquí tiene usted la carta del presidente. (Le da la carta.)

SIR ROBERTO CHILTERN (Cogiendo la carta y leyéndola.) ¡Me ofrece una cartera!

LORD CAVERSHAM.— Efectivamente, y se lo merece usted. Tiene usted todo lo que se necesita hoy en la vida política: elevada reputación, elevada moralidad y elevados principios. (A LORD GORING.) Todas las cualidades que le faltan y que le faltarán a usted siempre, caballerito.

LORD GORING.— No me gustan los principios, papá; prefiero los prejuicios.

(SIR ROBERTO CHILTERN está a punto de aceptar el ofrecimiento del presidente, cuando tropieza con la mirada clara y pura de su mujer. Entonces comprende que es imposible.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— No puedo aceptar ese ofrecimiento, lord Caversharn. He tornado la resolución de rechazarlo.

LORD CAVERSHAM.— ¡Rechazarlo, Chiltern!

SIR ROBERTO CHILTERN.— Tengo la intención de retirarme de la vida pública desde ahora mismo.

LORD CAVERSHAM.— (Con despecho.) ¡Rechazar el ofrecimiento de una cartera y retirarse de la vida pública! No he oído nunca tamaño disparate en toda mi vida. Le pido a usted perdón, lady Chiltern; le pido a usted perdón. (A LORD GORING.) No se ría de ese modo caballerito.

LORD GORING.— No, papá.

LORD CAVERSHAM.— Lady Chiltern, usted, que es una mujer sensata, la mujer más sensata que conozco, tenga la bondad de oponerse a que su marido cometa semejante..., a que diga esas cosas... Tenga la bondad de hacerlo, lady Chiltern.

LADY CHILTERN.— Creo que mi marido hace perfectamente en tomar esa decisión, lord Caversham. Tiene mi aprobación.

LORD CAVERSHAM.— ¡Que aprueba usted eso, Dios mío!

LADY CHILTERN.— (Cogiendo la mano de su marido.) Le admiro por eso.

Le admiro de un modo enorme. Es todavía más grande de lo que yo creía. (A SIR ROBERTO CHILTERN.) Vas a escribir ahora mismo al presidente, ¿verdad?

No vaciles en hacerlo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con cierta amargura.) Sí, creo que haré bien en escribirle inmediatamente. Tales ofrecimientos no se repiten. Le ruego me perdone un momento, lord Caversham.

LADY CHILTERN.— ¿Puedo acompañarte, Roberto?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Si, Gertrudis.

(LADY CHILTERN sale con él.)

LORD CAVERSHAM.— ¿Qué le pasa a esta familia? Deben de tener algo trastornado aquí dentro. (Dándose en la frente.) Idiotez hereditaria, supongo. ¡Y los dos lo mismo! Tanto la mujer como el marido. ¡Es muy triste, muy triste, realmente! Y no se trata de un matrimonio viejo. No comprendo absolutamente nada.

LORD GORING.— No es idiotez, papá; te lo aseguro.

LORD CAVERSHAM.— Entonces, ¿qué es?

LORD GORING.— (Después de una ligera vacilación.) Es lo que llamamos hoy en día una elevada moralidad, papá. No es más que eso.

LORD CAVERSHAM.— Detesto esas palabras de nueva creación. Eso es lo que llamábamos idiotez hace cincuenta años. No pienso seguir un minuto más en esta casa.

LORD GORING.— (Cogiéndole del brazo.) ¡Oh! Ve un momento a dar una vueltecita por ahí, papá; tercera palmera de la izquierda, la palmera de costumbre.

LORD CAVERSHAM.— ¿Qué dice usted, caballerito?

LORD GORING.— Perdóname, papá, ya no me acordaba. En el invernadero, papá, en el invernadero. Te está esperando allí una persona con la que quiero que hables.

LORD CAVERSHAM.— ¿De qué?

LORD GORING.— De mí.

LORD CAVERSHAM.— (En tono gruñón.) Es un tema sobre el cual no cabe ser elocuente.

LORD GORING.— Ya lo sé, papá; pero esa persona es como yo; no le gusta la elocuencia en los demás. La encuentra... algo ruidosa. (LORD CAVERSHAM se dirige al invernadero. Entra LADY CHILTERN.) Lady Chiltern, ¿por qué hace usted el juego a mistress Cheveley?

LADY CHILTERN.— (Desconcertada.) No le comprendo a usted.

LORD GORING.— Mistress Cheveley ha intentado deshonrar a su marido, obligándole a abandonar la política, o haciéndole adoptar una actitud infamante. Usted le ha salvado de esta última tragedia, ¿y quiere ahora precipitarle violentamente en la primera? ¿Por qué desea usted ser la que le haga el daño que mistress Cheveley quiso y no pudo hacerle?

LADY CHILTERN.— ¡Lord Goring!

LORD GORING.— (Concentrando toda su energía, como preparándose para un gran esfuerzo, y dejando transparentar alfilósofo bajo las apariencias del «dandy».) Permítame, lady Chiltern... Me escribió usted anoche una carta diciéndome que tenía confianza en mí y que necesitaba mi ayuda. Es ahora, en este preciso momento, cuando necesita usted mi ayuda; es en este preciso rnomento cuando tiene usted que confiar en mí, en mi consejo y en mi opinión. Ama usted a Roberto. ¿Quiere usted matar el amor que siente por usted? ¿Qué clase de vida será la de Roberto si le arrebatara usted los frutos de su ambición, si le saca usted del esplendor de una gran carrera política, si le cierra usted las puertas de la vida pública, si le condena a un fracaso estéril a él, que está hecho para el triunfo y el éxito? Las mujeres no deben juzgarnos, sino perdonarnos cuando tenemos necesidad de perdón. Su misión debe ser el perdón y no el castigo. ¿Por qué le castiga tan duramente por una falta cometida en la juventud, antes de conocerla a usted, y antes que se conociera a sí mismo? La vida de un hombre tiene más valor que la de una mujer. Alcanza mayores resultados y tiene más vastas finalidades y ambiciones más grandes. La vida de una mujer muere en una órbita de emociones. La del hombre avanza por las vías de la inteligencia. No cometa usted una terrible equivocación, lady Chiltern. Una mujer capaz de conservar el amor de su marido y el que ella sienta por él ha cumplido todo lo que el mundo le exige, todo lo que el mundo debía exigir a las mujeres.

LADY CHILTERN.— (Turbada e indecisa.) Pero ¡si es él mismo el que desea retirarse de la vida pública! Comprende que ese es su deber. Ha sido el primero en proponerlo.

LORD GORING.— Antes que perder el amor de usted, Roberto haría cualquier cosa, y destruiría su noble carrera, como está a punto de hacerlo en este momento. Siga usted mi consejo, lady Chiltern, y no acepte un sacrificio tan grande. Si lo hiciera usted, se arrepentiría amargamente toda su vida. No estamos hechos ni hombres ni mujeres para aceptar mutuamente tales sacrificios. No somos dignos de ellos. Además, Roberto está ya bastante castigado.

LADY CHILTERN.— Estamos castigados los dos. Yo le había colocado demasiado alto.

LORD GORING.— (Con un tono de profunda convicción en la voz.) No vaya usted ahora a colocarle, por lo mismo, demasiado bajo. Si se ha caído de su altar, no le arroje usted al barro. La retirada política sería para Roberto como el barro mismo de la vergüenza. El poder es su pasión. Lo perdería todo, hasta la facultad de sentir amor. La vida y el amor de su marido están actualmente en manos de usted. No acabe con los dos del mismo golpe.

(Entra SIR ROBERTO CHILTERN.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— Gertrudis, aquí tienes el borrador de la carta. ¿Quieres que te la lea?

LADY CHILTERN.— Enséñamela.

(SIR ROBERTO CHILTERN le entrega la carta. Ella la lee, y después la rompe con un gesto apasionado.)

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Qué haces?

LADY CHILTERN.— La vida de un hombre tiene más valor que la de una mujer. Alcanza mayores resultados y tiene finalidades más vastas y ambiciones más grandes. La vida de nosotras, las mujeres, muere en una órbita de emociones. La del hombre avanza por las vías de la inteligencia.

Acabo de aprender todo esto y mucho más de lord Goring. Y no quiero malograr tu vida ni ver cómo la malogras sacrificándomela, con un sacrificio inútil.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Gertrudis! ¡Gertrudis!

LADY CHILTERN.— Puedes olvidar, los hombres olvidan fácilmente. Yo puedo perdonar; esa es la utilidad de las mujeres en el mundo. Ahora lo comprendo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Dominado por una profunda emoción, la besa.)

¡Esposa mía! Arturo, me parece que estoy desde ahora y para siempre en deuda con usted.

LORD GORING.— ¡Oh, eso sí que no, Roberto! Está usted en deuda con lady Chiltern y no conmigo.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Le debo a usted muchísimo. Y ahora dígame lo que iba usted a pedirme cuando llegó lord Caversham.

LORD GORING.— Roberto, es usted el tutor de su hermana y necesito el consentimiento de usted para casarme con ella. Eso es todo.

LADY CHILTERN.— ¡Oh, qué feliz soy, qué feliz!

(Estrecha la mano a LORD GORING.)

LORD GORING.— Gracias, lady Chiltern.

SIR ROBERTO CHILTERN.—(En tono agitado.) ¿Casarse usted con mi hermana?

LORD GORING.— Sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Con voz muy firme.) Arturo, lo siento mucho, pero no puede ser de ningún modo. Debo pensar en la felicidad futura de Mabel, y como no creo que su felicidad esté asegurada en manos de usted, no puedo sacrificarla.

LORD GORING.— ¿Sacrificarla?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Sí, sería un sacrificio. Los matrimonios sin amor son horribles. Pero hay todavía algo más horrible que un matrimonio sin amor: un matrimonio en el que haya amor solo de una parte; en el que haya fe solo de una parte; en el que haya abnegación solo de una parte; un matrimonio en el que uno de los dos corazones debe acabar destrozado, fatalmente.

LORD GORING.— Pero si yo amo a Mabel. Ninguna otra mujer significa nada en mi vida.

LADY CHILTERN.— Roberto, si los dos se aman, ¿por qué no se han de casar?

SIR ROBERTO CHILTERN.— Arturo no podría amar a Mabel como ella se merece.

LORD GORING.— ¿Qué motivos tiene usted para hablar así?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Después de una pausa.) ¿Quiere usted realmente que se lo diga?

LORD GORING.— Claro que sí.

SIR ROBERTO CHILTERN.— Ya que usted lo quiere... Cuando fui a verle anoche, encontré a mistress Cheveley oculta en su casa. Era entre diez y once de la noche. No quiero decir más. Sus relaciones con mistress Cheveley, como ya le dije anoche, no me importan absolutamente nada. Sé que tenía usted decidido casarse con ella. La fascinación que ejercía sobre usted parece haber reaparecido. Me habló usted de ella anoche como de una mujer pura e inmaculada, como de una mujer a quien usted honrase y respetase. Es posible que tenga usted razón, pero no puedo poner en manos de usted la vida de mi hermana. Sería una mala acción. Sería obrar infame e injustamente con ella.

LORD GORING.— No tengo ya nada que decir.

LADY CHILTERN.— Roberto, no era a mistress Cheveley a quien esperaba anoche lord Goring.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¿Que no era a mistress Cheveley? ¿A quién era entonces?

LORD GORING.— ¡A lady Chiltern!

LADY CHILTERN.— A tu mujer, Roberto. Ayer tarde me dijo lord Goring que si alguna vez me encontraba apenada, podría recurrir a él para pedirle ayuda como a nuestro mejor y más antiguo amigo. Poco después de la terrible escena que tuvo lugar aquí, le escribí para decirle que confiaba en él y que iría a verle para solicitar su ayuda y sus consejos. (SIR ROBERTO CHILTERN saca la carta de su bolsillo.) Sí, esa carta es. Después de todo eso, no fui a casa de lord Goring. Comprendí que la ayuda debía venir de nosotros mismos. El orgullo me lo hizo creer. Mistress Cheveley apareció allí. Robó mi carta y te la envió anónimamente esta mañana para hacerte creer que... ¡Oh Roberto! No puedo explicarte lo que quería hacerte creer.

SIR ROBERTO CHILTERN.— ¡Cómo! ¿Había yo caído tan bajo a vuestros ojos que pudisteis pensar por un solo momento que iba a dudar de vuestra honradez? Gertrudis, eres para mí la blanca imagen todo lo bueno, y el pecado no puede mancharte. Arturo, puede usted ir a buscar a Mabel; le acompañan mis mejores deseos. ¡Oh, un momento! No hay ningún nombre escrito en el encabezamiento de esta carta. La brillante mistress Cheveley parece no haberse fijado en ese detalle. Tenía que haber un nombre.

LADY CHILTERN.— Déjame que escriba el tuyo. En ti confío y a ti te necesito, a ti y solo a ti.

LORD GORING.— Realmente, lady Chiltern, creo que debían devolverme esa carta.

LADY CHILTERN.— (Sonriendo.) No, ya tiene usted a Mable.

(Coge la carta y escribe en ella el nombre de su marido.)

LORD GORING.— Espero que no habrá cambiado de parecer. Hace cerca de veinte minutos que no la veo.

(Entran MABEL CHILTERN y LORD CAVERSHAM.)

MABLE CHILTERN.— Lord Goring, encuentro mucho más edificante la conversación de su padre que la de usted. En lo sucesivo, no hablaré más que con lord Caversham, y siempre bajo la palmera de costumbre.

LORD GORING.— ¡Mable mía!

(La besa.)

LORD CAVERSHAM.— (Estupefacto.) ¿Qué significa esto, caballerito? ¿No querrá usted decirme que esta encantadora e inteligente mujercita ha cometido la locura de aceptarle como prometido?

LORD GORING.— Pues sí, papá, y Chiltern ha sido lo bastante sensato para aceptar un puesto en el Gabinete.

LORD CAVERSHAM.— Me encanta saberlo, Chiltern..., y me congratulo de ello... Si este país no merece que se le eche a los perros o a los radicales, le tendremos a usted algún día de presidente.

(Entra MASON.)

MASON.— El «lunch» está servido, señora.

(Vase.)

MABLE CHILTERN.— Se queda usted al «lunch», ¿verdad, lord Caversham?

LORD CAVERSHAM.— Con mucho gusto, y después le acompañaré en coche a la Presidencia, Chiltern. Tiene usted un gran porvenir por delante.

Quisiera poder decir lo mismo de ti, caballerito. (Dirigiéndose a LORD GORING.) Pero tu carrera tendrá que ser exclusivamente conyugal.

LORD GORING.— Sí, papá. La prefiero conyugal.

LORD CAVERSHAM.— Y si no eres un marido ideal para esta mujercita, te desheredo.

MABLE CHILTERN.— ¡Un marido ideal! ¡Oh! No creo que me guste eso mucho. ¡Parece una cosa del otro mundo!

LORD CAVERSHAM.— Entonces, ¿qué quiere usted que sea, hija mía?

MABLE CHILTERN.— El será lo que quiera... Lo único que deseo es ser... para él... una mujer, sencillamente.

LORD CAVERSHAM.— Le aseguro que hay mucho sentido común en ese deseo, miss Chiltern.

(Van saliendo todos, menos SIR ROBERTO CHILTERN. Se deja caer en un sillón, entregado por completo a sus reflexiones. Al cabo de un momento viene a buscarle LADY CHILTERN.)

LADY CHILTERN.— (Mirándole por encima del respaldo.) ¿No vienes, Roberto?

SIR ROBERTO CHILTERN.— (Cogiéndole la mano.) Gertrudis, ¿es amor lo que sientes por mí o es piedad solamente?

LADY CHILTERN.— (Besándole.) Es amor, Roberto, amor y nada más que amor. Para nosotros dos empieza, desde ahora, una nueva vida.


FIN DE «UN MARIDO IDEAL»


Publicado el 21 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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