Ourika

Claire de Duras


Cuento



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Hacía tan sólo unos meses que había llegado de Montpellier, y ejercía en París la profesión de médico cuando, una mañana, fui llamado al barrio de Saint—Jacques para visitar a una joven religiosa enferma, en un colegio. Desde hacía poco tiempo, el emperador Napoleón había permitido la reapertura de algunos de esos establecimientos; aquél al que me dirigía se dedicaba a la educación de jóvenes, y pertenecía a la orden de las Ursulinas. La Revolución había destruido parte del edificio; el claustro se hallaba al descubierto por un lateral debido a la demolición de la antigua iglesia de la que sólo podían verse ya algunos arcos. Una religiosa me introdujo en aquel claustro, que atravesamos andando sobre largas losas que formaban la solería de aquellas galerías; me percaté de que eran tumbas porque todas tenían inscripciones, la mayoría ya borradas por el paso del tiempo. Algunas de aquellas losas habían sido partidas durante la Revolución, lo que la hermana me hizo observar, diciéndome que no habían tenido tiempo aún de repararlas.

Yo no había visto jamás el interior de un convento, y aquel espectáculo era completamente nuevo para mí. Desde el claustro pasamos al jardín, adonde la religiosa me dijo que habían llevado a la hermana enferma; efectivamente, la vi al final de un largo paseo de carpes; estaba sentada, y un gran velo negro la cubría casi por completo.

—Aquí está el médico —dijo la hermana, y se alejó al instante.

Me acerqué tímidamente porque mi corazón se había encogido al contemplar todas aquellas tumbas e imaginaba que iba a encontrarme con una nueva víctima de los claustros; los prejuicios de mi juventud acababan de despertarse, y mi interés por la que iba a visitar se exaltaba proporcionalmente al tipo de desgracia que yo le presuponía. Se volvió hacia mí y me quedé extrañamente sorprendido al ver que era negra. Mi sorpresa aumentó aún más al observar la cortesía con la que me recibió y las expresiones cultas que empleaba:

—Viene a visitar a una persona muy enferma —me dijo— en estos momentos deseo curarme, pero no lo he deseado siempre y es tal vez eso lo que me ha causado tanto daño.

Le pregunté acerca de sus síntomas.

—Siento —me dijo— una opresión continua, ya no tengo sueño y la fiebre no me abandona.

Su aspecto no hacía sino confirmar demasiado bien aquella triste descripción de su estado: su delgadez era extrema, y sólo iluminaban su semblante unos ojos brillantes y grandes y unos dientes de blancura resplandeciente; el alma vivía aún, pero el cuerpo estaba destruido y tenía todos los síntomas de un intenso y prolongado sufrimiento. Conmovido hasta lo indecible, decidí hacer todo lo posible para salvarla; empecé por hablarle de la necesidad de calmar su imaginación, distraerse y alejar sentimientos dolorosos.

—Soy feliz —me dijo—; jamás había sentido tanta paz y felicidad.

El tono de su voz era sincero, aquella suave voz no podía engañar, pero mi sorpresa crecía por momentos.

—No ha pensado siempre así —le dije— pues lleva en sí la huella de sufrimientos muy prolongados.

—Es cierto —contestó— tardé mucho en hallar reposo para mi corazón, pero en estos momentos soy feliz.

—¡Muy bien! Si es cierto lo que dice —exclamé—, es el pasado lo que hay que curar; esperemos poder lograrlo, pero no puedo curar ese pasado si no lo conozco.

—¡Ah! —contestó—. Son locuras.

Y mientras pronunciaba esas palabras, una lágrima vino a humedecer el borde de su párpado.

—¡Y dice usted que es feliz! —exclamé.

—Sí, lo soy, —contestó con firmeza— y no cambiaría esta felicidad por la vida que tanto envidié en otros momentos. No guardo ningún secreto: mi desgracia es la historia de toda mi vida. Sufrí tanto hasta el día en que entré en esta casa que, poco a poco, mi salud se fue arruinando. Me veía deteriorarme con alegría, porque no veía ninguna esperanza en el futuro. Este pensamiento era muy culpable, ya lo ve, y fui castigada por tenerlo; y cuando, por fin, deseo seguir viviendo, tal vez ya no sea posible.

La tranquilicé, le di esperanzas en una próxima recuperación; pero al pronunciar aquellas palabras de consuelo, al prometerle la vida, no sé qué triste presentimiento me advertía de que era demasiado tarde y de que la muerte había marcado ya a su víctima.

Volví a visitar muchas veces a aquella joven religiosa; el interés que yo mostraba por ella pareció conmoverla. Un día, por propia voluntad, abordó el tema hacia el que yo deseaba conducirla:

—Los sufrimientos que he padecido —dijo— deben parecer tan extraños, que siempre he sentido una gran repugnancia a contarlos: nadie puede ser juez de las penas de los demás, y los confidentes son casi siempre acusadores.

—No tema eso de mí —le contesté—; veo suficientemente bien los estragos que el dolor le ha causado como para creer que el suyo era sincero.

—Lo encontrará sincero, —dijo— pero le parecerá insensato.

—Aun admitiendo lo que usted dice —proseguí— ¿excluye eso la simpatía?

—Casi siempre —contestó—; no obstante, si para curarme necesita usted conocer las penas que han destruido mi salud, se las contaré cuando nos conozcamos un poco más.

Mis visitas al convento se fueron haciendo cada vez más frecuentes; el tratamiento que le puse pareció producir algunos resultados. Por fin, un día del verano pasado, al encontrarla sola en el mismo cenador, en el mismo banco en el que la había visto por vez primera, retomamos la misma conversación y me contó lo siguiente:

«Fui traída de Senegal, a la edad de dos años, por el caballero de B. que era allí gobernador. Se apiadó de mí un día en que veía embarcar esclavos en un barco negrero que iba a abandonar de inmediato el puerto; mi madre había muerto y a mí me estaban subiendo al barco pese a mis gritos. El señor de B. me compró y, a su llegada a Francia, me regaló a la señora mariscala de B., su tía, la persona más amable de su época, y la que supo asociar a las más elevadas cualidades, la bondad más conmovedora. Salvarme de la esclavitud, y darme por benefactora a la señora de B. fue darme por dos veces la vida: actué de forma ingrata con la Providencia al no ser feliz; y, sin embargo, ¿la felicidad es siempre el resultado de esos dones de la inteligencia? Me inclino más bien por lo contrario: hay que pagar el beneficio de saber con el deseo de ignorar, y el relato no nos dice si Galatea encontró la felicidad después de haber recibido la vida.

No tuve conocimiento de los primeros días de mi infancia sino mucho tiempo después. Mis recuerdos más antiguos sólo llegan a dibujarme el salón de la señora de B.; allí pasaba mi vida, amada por ella, acariciada, mimada por todos sus amigos, colmada de regalos, adulada, ensalzada como la niña más inteligente y más amable del mundo. El tono de aquella sociedad era la admiración, pero una admiración de la que el buen gusto sabía excluir todo lo que parecía exageración: se alababa todo cuanto se prestaba a la alabanza, se excusaba todo cuanto se prestaba a la crítica y, con frecuencia, por una habilidad aún más amable, se transformaba en cualidades incluso los defectos. El éxito da ánimos; en el círculo de la señora de B. se valía todo lo que se podía valer, y tal vez un poco más, porque ella transmitía algo de sí misma a sus amigos sin darse cuenta siquiera: viéndola, escuchándola, uno creía parecerse a ella.

Vestida al estilo oriental, sentada a los pies de la señora de B. escuchaba, sin comprenderla aún, la conversación de los hombres más distinguidos del momento. No tenía nada de la travesura propia de los niños; era reflexiva antes de aprender a pensar, era feliz junto a la señora de B.; para mí, amar era estar allí, oírla, obedecerla y, sobre todo, mirarla; no anhelaba nada más. No podía sorprenderme de vivir en medio del lujo, de no estar rodeada sino de las personas más inteligentes y amables, porque no conocía otra cosa pero, sin percatarme de ello, iba adquiriendo un gran desdén por todo lo que no era aquel mundo en el que transcurría mi vida. El buen gusto es respecto al espíritu lo que un oído afinado es respecto a los sonidos. Desde muy niña, el mal gusto me molestaba; lo percibía antes de poder definirlo, y la costumbre me lo había hecho necesario. Esta disposición habría sido peligrosa si hubiera tenido un futuro, pero yo no tenía futuro y ni siquiera lo sospechaba.

Alcancé la edad de doce años sin haber tenido idea de que se podía ser feliz de forma distinta a como yo lo era. No me sentía molesta por ser negra: me decían que era encantadora; además nada me advertía que eso fuera una desventaja; no veía casi nunca a otros niños, un solo niño era mi amigo, y mi color negro no le impedía quererme.

Mi benefactora tenía dos nietos, hijos de una hija que había fallecido joven. Charles, el menor, era más o menos de mi edad. Educado junto a mí, era mi protector, mi consejero, y mi apoyo en todas mis pequeñas faltas. A los siete años fue enviado al colegio: yo lloré al separarme de él; aquélla fue mi primera pena. Pensaba con frecuencia en él, pero no lo veía casi nunca. Él estudiaba y yo, por mi parte, aprendía, para darle gusto a la señora de B. todo cuando debía constituir una educación perfecta. Quiso que tuviera todas las cualidades: tenía voz y los mejores maestros la ejercitaron; me gustaba la pintura y un pintor famoso, amigo de la señora de B. se encargó de dirigir mis esfuerzos; aprendí inglés, italiano, y la señora de B. se ocupaba en persona de mis lecturas. Guiaba mi espíritu, formaba mi juicio: hablando con ella, descubriendo todos los tesoros de su alma, yo sentía elevarse la mía, y era la admiración la que me abría las vías de la inteligencia. Desgraciadamente, no preveía que aquellos dulces estudios serían seguidos por días tan amargos; sólo pensaba en agradar a la señora de B. y una sonrisa de aprobación en sus labios era todo mi porvenir.

Mientras tanto, las reiteradas lecturas, las de los poetas sobre todo, comenzaban a ocupar mi joven imaginación; pero, sin objetivo, paseaba al azar mis pensamientos errantes y, con la confianza de mi temprana edad, me decía que la señora de B. sabría hacerme feliz; su ternura hacia mí, la vida que yo llevaba, todo prolongaba mi error y autorizaba mi ceguera. Voy a darle un ejemplo de los mimos y preferencias de los que era objeto.

Probablemente le cueste trabajo creer, viéndome hoy, que se hablara de mí por la elegancia y la belleza de mi figura. La señora de B. alababa con frecuencia lo que ella llamaba mi gracia, y quiso que aprendiera a bailar perfectamente. Para hacer brillar esa cualidad, mi bienhechora organizó un baile con el pretexto de festejar a sus nietos, pero cuyo verdadero motivo era mostrarme de forma ventajosa en una contradanza de las cuatro partes del mundo en la que yo representaría a África. Se consultó a los viajeros, se eligió una comba, la danza nacional de mi país. Mi compañero de baile puso un crespón sobre su rostro, pero yo, desgraciadamente, no tuve necesidad de colocar ninguno sobre el mío, aunque en aquel momento no realicé esta reflexión. Entregada por completo al placer del baile, dancé la comba, y obtuve todo el éxito que podía esperarse de la novedad del espectáculo y de la elección de los espectadores, la mayoría de los cuales, amigos de la señora de B., se entusiasmaban conmigo y creían darle gusto dejándose llevar de toda la intensidad de ese sentimiento. El baile, por lo demás era algo insinuante; estaba compuesto por una mezcla de actitudes y de pasos medidos en los que se describía el amor, el dolor, el triunfo y la desesperación. Yo no conocía aún ninguno de esos impulsos violentos del alma, pero no sé qué instinto me los hizo adivinar; el caso es que triunfé. Me aplaudieron, me rodearon, me colmaron de elogios, fue un placer absoluto, nada enturbiaba en aquellos momentos mi seguridad. Fue unos días después cuando una conversación, que oí por casualidad, me abrió los ojos y puso fin a mi juventud.

En el salón de la señora de B. había un gran biombo de laca. Aquel biombo ocultaba una puerta, y se encontraba cerca de una de las ventanas; entre el biombo y la ventana había una mesa en la que yo dibujaba en ocasiones. Un día, me encontraba allí terminando con aplicación una miniatura; absorta en mi trabajo, había permanecido durante mucho rato inmóvil y, sin duda, la señora de B. creía que me había marchado cuando anunciaron a una de sus amigas, la marquesa de X. Era una persona de razonamiento frío, de espíritu cortante, pragmática hasta la sequedad; ese carácter lo vertía también en la amistad: no le costaba nada sacrificarse por el bien y el provecho de sus amigos, pero les hacía pagar caro ese afecto. Inquisidora y difícil, su exigencia era similar a su abnegación, y era la menos amable de entre las amigas de la señora de B. Yo le temía aunque fuera buena conmigo, porque lo era a su manera: escudriñar, incluso bastante severamente, era para ella una muestra de interés. Desgraciadamente, yo estaba tan habituada a la benevolencia, que la justicia me parecía siempre temible.

—Ahora que estamos solas, —dijo la marquesa a la señora de B.— quiero hablarle de Ourika: se está poniendo encantadora, su espíritu está ya completamente formado, hablará como usted, está llena de talento, es graciosa, espontánea, pero ¿qué será de ella? y ¿qué hará usted con ella?

—Desgraciadamente —dijo la señora de B.— esta idea me viene con frecuencia a la mente y, se lo confieso, siempre con tristeza: la quiero como si fuera mi hija; haría cualquier cosa por hacerla feliz y, sin embargo, cuando reflexiono acerca de su situación, me encuentro sin salida. ¡Pobre Ourika! La veo sola, ¡sola para siempre en la vida!

Me resultaría imposible describirle el efecto que estas escasas palabras me causaron; un relámpago no es más rápido: me di cuenta de todo, me vi negra, dependiente, despreciada, sin fortuna, sin apoyo, sin un ser de mi especie a quien unir mi destino; hasta aquel momento había sido como un juguete, una diversión para mi bienhechora, pero pronto sería expulsada de un mundo al que no podía pertenecer. Una horrible taquicardia se adueñó de mí, mis ojos se nublaron, el latido de mi corazón me privó por un instante de la facultad de seguir escuchando; pero finalmente me rehice lo suficiente como para oír la continuación de aquella conversación:

—Temo, —decía la marquesa— que la haga usted desgraciada. ¿Qué quiere que la satisfaga, después de haber pasado la vida en la intimidad de su familia?

—Permanecerá en ella —dijo la señora de B.

—Sí, —prosiguió la marquesa— mientras sea una niña, pero tiene ya quince años. ¿Con quién la casará usted, con la inteligencia que tiene y la educación que ha recibido? ¿Quién aceptará jamás casarse con una negra? Y si, a fuerza de dinero, encuentra usted a alguien que consienta en tener hijos negros, será un hombre de condición inferior, con el que ella será desgraciada. Ella sólo puede querer a quienes no querrán nada con ella.

—Todo eso es cierto —dijo la señora de B.— pero, afortunadamente, ella no sospecha nada de eso aún, y siente hacia mí un afecto que, espero, la preservará por mucho tiempo de conocer su situación. Para hacerla feliz, habría sido necesario hacer de ella una persona vulgar, pero creo sinceramente que eso era imposible. Tal vez sea lo bastante distinguida como para situarse por encima de su destino, al no haber podido permanecer por debajo de él.

—Se está usted haciendo ilusiones —dijo la marquesa—; la filosofía nos puede colocar por encima de los males causados por la fortuna, pero no puede nada contra los males que derivan de haber alterado el orden de la naturaleza. Ourika no ha cumplido con su destino, se ha situado en la sociedad sin permiso de ésta, y la sociedad se vengará.

—A buen seguro —dijo la señora de B.— ella es inocente de ese crimen, y usted es demasiado severa con esta pobre niña.

—Yo le deseo más felicidad que usted —contestó la marquesa—. Yo deseo que sea feliz, y usted la echa a perder.

La señora de B. respondió con impaciencia, e iba a convertirme en causa de disputa entre las dos amigas, cuando anunciaron una visita; entonces me deslicé por detrás del biombo, me escapé, corrí hacia mi habitación donde un torrente de lágrimas calmó por un momento mi pobre corazón.

Perder el prestigio que me había rodeado hasta entonces fue un gran cambio en mi vida. Hay ilusiones que son como la luz del día, cuando se las pierde todo desaparece con ellas. En medio de la confusión de las nuevas ideas que me asaltaban, no encontraba nada de todo cuanto me había ocupado hasta entonces: era un abismo con todos sus horrores. El desprecio por el que me sentía perseguida; la sociedad de la que era expulsada; el hombre que, por dinero, aceptaría tal vez que sus hijos fueran negros, todos esos pensamientos se erguían sucesivamente como fantasmas y se lanzaban contra mí como seres infernales: sobre todo la soledad, la convicción de que estaba sola, sola para siempre en la vida, la señora de B. lo había dicho, y yo me lo repetía a cada instante: ¡sola! ¡sola para siempre! Hasta la víspera misma ¿qué me importaba estar sola? No sabía nada de soledad, no la sentía, necesitaba todo lo que amaba, y no se me ocurría pensar que lo que yo amaba no me necesitaba a mí. Pero en aquellos momentos, mis ojos ya se habían abierto y el sufrimiento había hecho entrar en mi alma la desconfianza.

Cuando regresé al salón de la señora de B. todo el mundo se sorprendió de mi cambio; me preguntaron, contesté que estaba enferma y me creyeron. La señora de B. mandó llamar a Barthez que me examinó detenidamente, me tomó el pulso y dijo bruscamente que no tenía nada. La señora de B. se tranquilizó e intentó distraerme y divertirme. No me atrevo a decir hasta qué extremo fui ingrata hacia esos cuidados de mi benefactora; mi alma parecía haberse replegado sobre sí misma. Los favores que son agradables de recibir son aquellos a los que el corazón corresponde, pero el mío estaba lleno de un sentimiento demasiado amargo como para volcarse al exterior. Infinitas combinaciones de los mismos pensamientos ocupaban todo mi tiempo; se reproducían bajo mil formas diferentes y mi imaginación les concedía los colores más sombríos: con frecuencia pasaba las noches enteras llorando. Agotaba la piedad hacia mí misma, mi rostro me producía horror y no me atrevía ya a mirarme en un espejo; cuando mis ojos se dirigían hacia mis manos, creía ver las de un mono; exageraba mi fealdad, y el color oscuro me parecía la prueba de mi reprobación, era él el que me separaba de todos los seres de mi especie, el que me condenaba a permanecer sola ¡sola para siempre! ¡jamás amada! ¡A fuerza de dinero, tal vez algún hombre aceptara que sus hijos fueran negros! Toda mi sangre se sublevaba de indignación ante esta idea. Tuve por un momento la idea de pedirle a la señora de B. que me devolviera a mi país; pero allí también habría estado sola ¿quién me habría escuchado? ¿quién me habría comprendido? Desgraciadamente, ya no pertenecía a nadie ¡era ajena a toda la especie humana!

No fue sino mucho después cuando comprendí la posibilidad de resignarme a semejante destino. La señora de B. no era muy devota; los sentimientos religiosos que yo poseía se los debía a un respetable sacerdote que me había preparado para mi Primera Comunión. Esos sentimientos eran sinceros como todo mi carácter pero yo no sabía que, para que sea provechosa, la piedad necesita estar unida a todas las acciones de la vida: la mía había ocupado algunos instantes de mi vida, pero había permanecido ajena a todo lo demás. Mi confesor era un anciano venerable, poco suspicaz; yo sólo lo veía dos o tres veces al año y, como no me imaginaba que los sufrimientos fueran faltas, no le hablaba nunca de ellos. Éstos iban alterando sensiblemente mi salud, pero —¡cosa extraña!— iban perfeccionando mi espíritu. Un sabio oriental dijo: «El que no ha sufrido, ¿qué sabe?». Comprendí que antes de conocer mi desgracia yo no sabía nada; mis impresiones eran todas sentimiento: yo no juzgaba, amaba; las palabras, las acciones, las personas agradaban o desagradaban a mi corazón. Pero en aquellos momentos, mi espíritu se había separado de aquellos impulsos involuntarios, el dolor es como la lejanía, permite que pueda juzgarse el conjunto de los objetos. A partir del momento en que empecé a sentirme ajena a todo, me había ido haciendo más severa y examinaba con espíritu crítico casi todo lo que hasta entonces me había resultado grato.

Aquella disposición de espíritu no podía pasar desapercibida a la señora de B., pero nunca supe si llegó a adivinar la causa. Tal vez temiera incrementar mi sufrimiento permitiéndome contarla, pero me mostraba aún más bondad que de costumbre; me hablaba con total abandono y, para distraerme de mis penas, me entretenía con las suyas. Juzgaba acertadamente mi corazón pues, efectivamente, yo no podía volver a unirme a la vida sino por la idea de ser necesaria, o al menos útil, a mi bienhechora.

La idea que más me obsesionaba era la de que estaba sola en el mundo y que podía morir sin causarle dolor al corazón de nadie. Era injusta con la señora de B. porque ella me quería, me lo había demostrado reiteradamente, pero tenía otros intereses que pasaban muy por delante de mí. Yo no envidiaba su ternura hacia sus nietos, sobre todo hacia Charles, pero me habría gustado mucho poder decir como ellos: «¡Madre!».

Los lazos de familia sobre todo me hacían volver dolorosamente sobre mí misma: no sería nunca la hermana, la esposa, la madre de nadie. Imaginaba en esos lazos más dulzura de la que tal vez tengan, y despreciaba los que me estaban permitidos porque no podía alcanzar aquéllos. No tenía amigas, no confiaba en nadie, pues lo que sentía por la señora de B. era más un culto que un afecto; pero creo que sentía por Charles todo lo que se experimenta por un hermano.

Aún se encontraba en el colegio, que iba a abandonar pronto para comenzar sus viajes. Iba a marcharse con su hermano mayor y su preceptor para visitar Alemania, Inglaterra e Italia y su ausencia debía durar unos dos años. Charles estaba encantado de marcharse y yo sólo me afligí en el último momento, porque estaba contenta con todo cuanto le causara placer a él. No le había comentado nada de las ideas que me preocupaban, no lo encontraba nunca a solas y habría necesitado mucho tiempo para explicarle mis penas: estoy segura de que entonces me habría comprendido. Pero, pese a su aspecto dulce y grave, tenía una disposición a bromear que me hacía ser más tímida; es verdad que no la ejercía nunca sino con los ridículos de la afectación, porque todo lo que era sincero lo desarmaba. Al final, que no le dije nada. Su marcha, por otra parte, era una distracción y creo que me hacía bien afligirme por algo distinto de mi dolor habitual.

Poco después de la marcha de Charles fue cuando la Revolución adquirió un carácter más serio; no oía hablar durante todo el día en el salón de la señora de B. sino de grandes intereses morales y políticos que esta Revolución removió hasta la raíz, y que se asociaban a los que habían ocupado los espíritus superiores en todos los tiempos. Nada era más susceptible de incrementar y formar mis ideas que el espectáculo de aquella palestra en la que los hombres distinguidos ponían a diario en cuestión todo lo que se había podido creer juzgado hasta entonces. Profundizaban en todos los temas, se remontaban al origen de todas las instituciones, pero con demasiada frecuencia, para cuestionarlo todo, para destruirlo todo.

¿Podría usted creer que, pese a ser joven y ajena a todos los intereses de la sociedad, pese a alimentar mi llaga secreta, la Revolución produjo en mí un cambio de ideas, hizo nacer en mi corazón algunas esperanzas y suspendió momentáneamente mis sufrimientos? ¡Tan rápido busca uno lo que le puede consolar! Pensé que aquel gran desorden, con todos los rangos mezclados, con todos los prejuicios desaparecidos, tal vez diera paso a un estado de cosas en el que yo fuera menos extraña, y que si tenía alguna superioridad de alma, alguna cualidad oculta, sería apreciada cuando mi color dejara de aislarme en medio del mundo, como lo había hecho hasta entonces. Pero sucedió que esas mismas cualidades que podía encontrar en mí, se opusieron muy pronto a mi espejismo y no pude desear por mucho tiempo tanto mal general a cambio de un poco de bien personal. Por otro lado, comprendía el ridículo de aquellos personajes que querían dominar los acontecimientos; juzgaba la ruindad de su espíritu, adivinaba sus intenciones secretas, y muy pronto, su falsa filantropía dejó de confundirme y renuncié a la esperanza al comprender que en medio de tantas adversidades aún habría bastante desprecio hacia mí. No obstante, me interesaba siempre por aquellas animadas discusiones, aunque no tardaron mucho en perder lo que constituía su mayor encanto. El tiempo en el que uno sólo pensaba en agradar y en el que la primera condición para triunfar era olvidar los triunfos del amor propio, había desaparecido ya cuando la Revolución dejó de ser una hermosa teoría y atacó los intereses íntimos de cada uno, las conversaciones degeneraron en disputas y la acritud, la amargura y el temperamento suplantaron a la razón. En ocasiones, y pese a mi tristeza, me divertía escuchando todas aquellas violentas opiniones que no eran, en el fondo, casi nunca sino pretensiones, afectaciones o miedos; pero la alegría que procede de la observación del ridículo, no causa bien; hay demasiada malignidad en esa alegría como para que pueda alegrar el corazón que no se complace sino en alegrías inocentes. Se puede tener esa alegría burlona sin dejar de ser desgraciado; tal vez incluso el dolor haga más posible sentirla, pues la amargura que nutre el alma, constituye el alimento habitual de ese triste placer.

La esperanza rápidamente desvanecida que me había inspirado la Revolución no había modificado la situación de mi alma; seguía descontenta con mi suerte, y mis sufrimientos no se mitigaban sino por la confianza y la bondad de la señora de B. A veces, en medio de aquellas conversaciones políticas cuya acritud no lograba suavizar, me miraba tristemente y esa mirada era un bálsamo para mi corazón; parecía decirme: «¡Ourika, sólo usted me comprende!».

Se empezaba a hablar de la liberación de los negros: era imposible que esta cuestión no me interesara profundamente; me gustaba pensar que en otro lugar, al menos, yo tenía semejantes, y como eran desgraciados, los creía buenos y me interesaba por su suerte. Desgraciadamente, pronto me desengañé. Las matanzas de Santo Domingo me produjeron un dolor nuevo y desgarrador: hasta aquel momento me había afligido por pertenecer a una raza proscrita, a partir de entonces me sentía avergonzada por pertenecer a una raza de bárbaros y asesinos.

Mientras tanto, la Revolución hacía rápidos progresos; causaba terror ver a los hombres más violentos adueñarse de todos los puestos importantes. Muy pronto, se vio que aquellos hombres estaban decididos a no respetar nada; las horribles jornadas del 20 de junio y del 10 de agosto debieron preparar para esperar cualquier cosa. Lo que aún quedaba de las amistades de la señora de B. se dispersó por entonces, unos huían de las persecuciones refugiándose en el extranjero, otros se ocultaban o se retiraban a provincias. La señora de B. no hizo ni una cosa ni la otra; se había instalado en su casa por la ocupación constante de su corazón, y allí permaneció con el recuerdo y cerca de una tumba.

Vivíamos desde hacía algunos meses en soledad cuando, a finales de 1792, se publicó el decreto de confiscación de los bienes de los emigrados. En medio de aquel desastre general, a la señora de B. no le habría afectado la pérdida de su fortuna si no perteneciera ya a sus nietos pues, por arreglos de familia, ella no poseía nada más que el usufructo. Ella se decidió pues a hacer regresar a Charles, el menor de los dos hermanos, y a enviar al mayor, próximo a cumplir los veinte años, al ejército de Condé. Se encontraban entonces en Italia a punto de concluir su gran viaje iniciado dos años antes en circunstancias muy diferentes. Charles regresó a París a comienzos de 1793, poco tiempo después de la muerte del Rey.

Aquel gran crimen le había causado el más profundo dolor a la señora de B.; se entregaba a ese dolor por completo y su alma era lo bastante fuerte como para sentir el horror del delito con la misma intensidad del delito mismo. En la vejez, los grandes sufrimientos tienen algo de impresionante, pues van acompañados por la autoridad de la razón. La señora de B. sufría con toda la energía de su carácter; su salud se había resentido por ese dolor, pero no imaginaba que se pudiera intentar consolarla, o incluso distraerla. Yo lloraba, me unía a sus sentimientos, intentaba elevar mi espíritu para acercarlo al suyo para, al menos, sufrir tanto como ella y con ella.

Mientras duró el Terror, no pensé casi en mis penas; habría sentido vergüenza de sentirme desgraciada ante aquellos grandes infortunios; además, desde que todo el mundo era desgraciado, ya no me sentía aislada. La opinión es como una patria, es un bien que se disfruta en común; uno se solidariza con otros para sostenerla y defenderla. Me decía a veces que yo, una pobre negra, me sentía unida a todos los espíritus distinguidos por la necesidad de justicia que sentía lo mismo que ellos: el día en que triunfaran la virtud y la verdad sería un día de triunfo para mí igual que para ellos, pero desgraciadamente, ese día estaba aún muy lejano.

Tan pronto como Charles llegó, la señora de B. se marchó al campo. Todos sus amigos estaban ocultos o huidos; sus amistades se limitaban a un viejo cura al que, desde hacía diez años yo oía a diario burlarse de la religión y que en aquel momento se irritaba de que hubieran vendido los bienes del clero porque con ello él perdía 20.000 libras de renta. Este cura vino con nosotros a Saint—Germain. Su compañía era dulce, o más bien tranquila, pues su calma no tenía nada de dulce, ya que procedía del talante de su espíritu más que de la paz de su corazón.

La señora de B. había estado toda su vida en situación de hacer muchos favores: relacionada con el señor de Choiseul, a lo largo de aquel ministerio había podido ser útil a muchas personas. Dos de los hombres más influyentes durante el Terror, estaban en deuda con la señora de B.; lo recordaron y se mostraron reconocidos. Velando por ella sin cesar, no permitieron que fuera atacada; arriesgaron muchas veces su vida para preservar la suya del furor revolucionario, pues hay que hacer constar que en aquella funesta época, ni siquiera los jefes de los partidos violentos podían hacer un poco de bien sin correr riesgos; se diría que en esta desolada tierra, sólo se pudiera reinar a base de mal hasta tal extremo él era el único que concedía y arrebataba el poder. La señora de B. no fue a la cárcel; fue custodiada en su casa con el pretexto de tener mala salud. Charles, el cura y yo permanecimos junto a ella y le proporcionamos todos los cuidados.

Nada puede describir el estado de ansiedad y de terror de los días que vivimos entonces, leyendo cada noche en los periódicos, la condena y muerte de los amigos de la señora de B. y temblando a cada instante de que sus protectores no tuvieran ya el poder de preservarla del mismo destino. Supimos, efectivamente, que estaba a punto de perecer cuando la muerte de Robespierre puso fin a tantos horrores. Respiramos; los vigilantes abandonaron la casa de la señora de B., y permanecimos los cuatro en la misma soledad en la que uno se encuentra, supongo, después de una gran calamidad a la que se ha sobrevivido juntos. Podría decirse que todos los lazos se habían estrechado por el dolor; al menos, yo sabía que allí no era una extraña.

Si he conocido algunos momentos dulces en mi vida desde que perdí las ilusiones de mi infancia, fue en el período que siguió a aquellos tiempos desastrosos. La señora de B. poseía en grado supremo todo cuanto constituye el encanto de la vida interior, era indulgente y fácil, uno podía decirlo todo en su presencia, pues sabía adivinar la significación de lo que se había dicho. Jamás una interpretación severa o equivocada venía a helar la confianza; los pensamientos se estimaban en lo que valían; no se era responsable de nada. Esta cualidad habría hecho felices a los amigos de la señora de B. incluso si no hubiera poseído nada más que ésta. ¡Pero cuántas otras virtudes no tenía! Nunca se percibía vacío o aburrimiento en su conversación, todo le servía de alimento: el interés que se pone en las cosas pequeñas, que en las personas vulgares es futilidad, es fuente de mil placeres en una persona distinguida, pues es propio de los espíritus superiores hacer algo de nada. La idea más simple se hacía fecunda si pasaba por los labios de la señora de B.; pues su espíritu e inteligencia sabían revestirla de mil nuevas tonalidades.

Charles tenía un carácter semejante al de la señora de B. y su espíritu también se asemejaba al de ella, es decir, que era todo lo que el de la señora de B. debía haber sido en otros tiempos: justo, firme, abierto, pero aún sin modificaciones pues la juventud no las conoce: para ésta, todo está bien o todo está mal, mientras que el peligro de la vejez es con frecuencia comprobar que nada está totalmente bien y nada totalmente mal. Charles poseía las dos hermosas pasiones propias de su edad: la justicia y la verdad. Ya he dicho antes que odiaba incluso la sombra de afectación; tenía el defecto de ver en ocasiones afectación donde no la había. Al ser normalmente reservado, gozar de su confianza era halagador; se veía bien que la ofrecía, que era el fruto de la estima y no una inclinación de su carácter; todo lo que él concedía tenía valor, porque casi nada en él era involuntario y, sin embargo, todo era natural. Confiaba tanto en mí, que no tenía un pensamiento que no me comunicara de inmediato. Por la noche, sentados en torno a una mesa, las conversaciones eran infinitas; nuestro anciano cura ocupaba su puesto; se había construido un entramado tan completo de ideas falsas y las defendía de tan buena fe, que era una fuente inagotable de diversión para la señora de B., cuyo espíritu acertado y esclarecido hacía resaltar admirablemente los absurdos del pobre cura, que no se enfadaba jamás; lanzaba a lo largo de su retahíla de ideas grandes muestras de sentido común que nosotros comparábamos a los grandes lances de Roldán o de Carlomagno.

A la señora de B. le gustaba caminar; se paseaba todas las mañanas por el bosque de Saint—Germain del brazo del cura; Charles y yo los seguíamos de lejos. Era entonces cuando él me hablaba de todo lo que le preocupaba, de sus proyectos, de sus esperanzas, de sus opiniones acerca de todo, de las cosas, de los hombres, de los acontecimientos. No me ocultaba nada, y no sospechaba que me estuviera confiando algo. Confiaba en mí desde hacía tanto tiempo, que mi amistad era para él como la vida; gozaba de ella sin sentirla; no solicitaba mi interés ni mi atención, pues sabía que hablándome de él, me hablaba de mí y que yo era él más que él mismo. ¡Ah, encanto de tal confianza, puedes reemplazarlo todo, incluso la felicidad!

No pensé nunca en hablar con Charles de lo que tanto me había hecho sufrir; lo escuchaba, y aquellas conversaciones tenían sobre mí no sé qué efecto mágico que conllevaba el olvido de mis penas. Si me hubiera interrogado, me habría hecho recordarlas y entonces se lo habría contado todo, pero él no imaginaba siquiera que yo tuviera un secreto.

Estaban acostumbrados a verme delicada, y la señora de B. hacía tantas cosas en pro de mi felicidad que debía creerme feliz. Habría debido serlo; me lo decía a mí misma con frecuencia; me acusaba de ingratitud o de locura; no sé si me habría atrevido a confesar hasta qué punto aquel mal sin remedio de mi color me hacía infeliz. Hay algo humillante en no saber doblegarse a la necesidad, por lo que esos sufrimientos, cuando dominan el alma, tienen todas las características de la desesperación. Lo que me intimidaba además de Charles, era el talante algo severo de sus ideas. Una noche, la conversación giraba en torno a la piedad y nos preguntábamos si los sufrimientos inspiran más interés por sus resultados que por sus causas. Charles se inclinaba por las causas y pensaba que todos los sufrimientos debían ser razonables. Pero ¿quién puede decir qué es la razón? ¿es la misma para todo el mundo? ¿todos los corazones tienen las mismas necesidades? Y ¿la desgracia no es la privación de las necesidades del corazón?

Era raro, no obstante, que las conversaciones de la noche me condujeran a mí misma; trataba de pensar en mí lo menos posible; había quitado de mi habitación todos los espejos, llevaba siempre guantes; mis vestidos cubrían mi cuello y mis brazos y, para salir, utilizaba un gran sombrero con un velo que incluso llevaba en casa con frecuencia. Desgraciadamente, me engañaba a mí misma: como los niños, cerraba los ojos y creía que nadie me veía.

Hacia finales de 1795, el Terror había concluido y la gente empezaba a encontrarse de nuevo; lo que quedaba de las amistades de la señora de B. se reunieron en torno a ella y vi, con pena, aumentar el círculo de amigos. Mi situación en la sociedad era tan equívoca que mientras más retornaba la sociedad a su orden natural, más fuera de ella me sentía yo. Cada vez que veía llegar a casa de la señora de B. a personas que no habían venido nunca, experimentaba un nuevo tormento. La expresión de sorpresa mezclada con desdén que observaba en su rostro empezaba a turbarme; estaba segura de ser inmediatamente objeto de un aparte en el hueco de una ventana o de una conversación en voz baja, pues era necesario que alguien les explicara cómo es que una negra era admitida entre los amigos íntimos de la señora de B. Y durante esas explicaciones yo sufría un auténtico martirio; habría querido que me transportaran a mi patria de origen, en mitad de los salvajes que la habitan, menos temibles para mí que aquella cruel sociedad que me hacía responsable del daño que ella misma había causado. Durante muchos días después, me veía perseguida por el recuerdo de aquel rostro desdeñoso; lo veía en sueños, lo veía a cada instante, se colocaba ante mí como mi propia imagen. Desgraciadamente era el de las quimeras por las que me dejaba obsesionar. ¡No me habías enseñado aún, oh Dios mío, a conjurar mis fantasmas! ¡no sabía que sólo puede encontrarse la paz en Ti!

En aquellos momentos, era en el corazón de Charles donde buscaba refugio; estaba orgullosa de su amistad y más aún de sus virtudes; lo admiraba como a lo más perfecto sobre la tierra. En otros tiempos había creído amar a Charles como a un hermano, pero desde que estaba siempre enferma, me parecía haber envejecido y que mi ternura hacia él se asemejaba más a la de una madre. Sólo una madre podía, efectivamente, sentir ese deseo apasionado de que fuera feliz, de que triunfara; habría dado gustosamente mi vida para ahorrarle un momento de sufrimiento. Mucho antes que él, percibía yo la impresión que él causaba en los demás; era lo suficientemente feliz como para no preocuparse por eso; no tenía nada que temer, nada le había producido la inquietud habitual que a mí me causaba el pensamiento de los demás; todo en su destino era armonía, todo en el mío era desavenencia.

Una mañana, un antiguo amigo de la señora de B. llegó a casa de ésta; venía con el encargo de presentar una propuesta de matrimonio para Charles: la señorita de Thémines, de forma muy cruel, se había convertido en una rica heredera; había perdido en un solo día a toda su familia sobre el cadalso; sólo le quedaba una tía abuela, en otros tiempos religiosa y que, convertida en tutora de la señorita de Thémines, consideraba un deber casarla, y quería apresurarse porque al tener más de ochenta años, temía fallecer y dejar a su resobrina sola y sin apoyo en el mundo. La señorita de Thémines reunía todas las ventajas de linaje, fortuna y educación; tenía dieciséis años; era hermosa como el día, sin duda alguna.

La señora de B. habló del asunto a Charles que, en un primer momento, se asustó un poco ante la idea de casarse tan joven; pronto deseó ver a la señorita de Thémines; la entrevista se produjo, y a partir de entonces ya no dudó. Anaïs de Thémines poseía, efectivamente, todo lo que podía agradar a Charles; era realmente bonita y de una modestia tan tranquila que se veía que no debía sino a la naturaleza aquella encantadora virtud. La señora de Thémines permitió a Charles que fuera a su casa y muy pronto se enamoró apasionadamente. Él me contaba los progresos de sus sentimientos y yo estaba impaciente por conocer a aquella bella Anaïs, destinada a hacer feliz a Charles. Vino por fin a Saint—Germain; Charles le había hablado de mí, por lo que no tuve que soportar de su parte aquella mirada desdeñosa y escrutadora que me producía siempre tanto daño: tenía la expresión de un ángel de bondad. Le aseguré que sería feliz con Charles; la tranquilicé respecto a su juventud y le dije que, a sus veintiún años, tenía el juicio sólido de una edad mucho más avanzada. Contesté a todas sus preguntas; me hizo muchas porque sabía que yo conocía a Charles desde la infancia, y me era tan grato hablar bien de él que no me cansaba de hacerlo.

El arreglo de los asuntos económicos retrasó unas semanas el acuerdo de matrimonio. Charles continuaba yendo a casa de la señora de Thémines y, a veces, permanecía en París dos o tres días seguidos; aquellas ausencias me afligían y me sentía contenta de mí misma al comprobar que prefería mi felicidad a la de Charles; no era así como yo estaba acostumbrada a amar. Los días que él regresaba eran días de fiesta; me contaba en qué había estado ocupado; y si hacía progresos en el corazón de Anaïs, yo me alegraba con él. Un día, no obstante, me habló de la forma en que quería vivir con ella:

—Quiero conseguir toda su confianza —me dijo— y darle toda la mía; no le ocultaré nada, conocerá todos mis pensamientos, conocerá todos los impulsos secretos de mi corazón; quiero que entre ella y yo haya una confianza como la nuestra, Ourika.

¡Como la nuestra! Esta frase me hizo daño; me obligó a recordar que Charles no conocía el único secreto de mi vida, y me quitó las ganas de confiárselo. Poco a poco las ausencias de Charles se fueron haciendo más prolongadas; ya no permanecía en Saint—Germain nada más que algunos instantes; venía a caballo para emplear menos tiempo en el camino, y regresaba a París después de cenar, de tal modo que pasábamos todas las noches sin él. La señora de B. bromeaba con frecuencia sobre esas largas ausencias; a mí me habría gustado mucho poder hacer lo mismo que ella.

Un día nos paseábamos por el bosque. Charles había estado ausente casi toda la semana: de pronto lo vi llegar por el extremo del paseo por el que caminábamos; venía a caballo, y muy rápido. Cuando se halló cerca del lugar en el que nos encontrábamos echó pie a tierra y se puso a pasear con nosotros; después de algunos minutos de conversación general, se quedó por detrás conmigo, y nos pusimos a charlar como en otros tiempos; se lo hice notar:

—¡Como en otros tiempos! —exclamó— ¡ah! ¡qué diferencia! ¿tenía yo algo que decir en esos tiempos? Tengo la impresión de que no he comenzado a vivir sino desde hace dos meses. ¡Ourika, no sabré decirle a usted jamás lo que siento por ella! Hay momentos en los que creo sentir que mi alma va a pasar a la suya. Cuando me mira, dejo de respirar; cuando se ruboriza, me gustaría postrarme a sus pies para adorarla. Cuando pienso que voy a ser el protector de ese ángel, que me confía su vida, su destino; ¡qué orgulloso me siento del mío! ¡Qué feliz voy a hacerla! Seré para ella el padre, la madre que ha perdido, pero también seré su esposo y su amante. Me entregará su primer amor; todo su corazón se explayará en el mío; viviremos de la misma vida, y no quiero que a lo largo de nuestros dilatados años pueda decir que pasó una sola hora sin ser feliz. ¡Qué delicia, Ourika, pensar que será la madre de mis hijos, y que éstos mamarán la vida en el seno de Anaïs! ¡Ah! serán dulces y hermosos como ella. ¿Qué he hecho, Dios mío, para merecer tanta felicidad?

Desgraciadamente, yo dirigía al cielo en aquel mismo instante una pregunta completamente opuesta. Desde hacía unos minutos, escuchaba aquellas palabras apasionadas con un sentimiento indefinible. ¡Dios santo! Tú eres testigo de que era feliz por la felicidad de Charles, pero ¿por qué concedíste la vida a la pobre Ourika? ¿por qué no murió en aquel barco negrero del que fue arrebatada, o sobre el pecho de su madre? Un poco de arena de África habría recubierto su cuerpo, y aquel fardo habría sido bien ligero! ¿Qué importaba al mundo que Ourika viviera? ¿Por qué estaba condenada a vivir? ¿Para vivir sola, siempre sola, jamás amada? ¡Oh Dios mío, no lo permitas! ¡Retira de la tierra a la pobre Ourika! Nadie la necesita, ¿no está sola en la vida? Este horrible pensamiento se adueñó de mí con mayor violencia de lo que había hecho hasta entonces. Me sentí ceder, caí de rodillas, mis ojos se cerraron y pensé que iba a morir».

Al terminar estas frases, la opresión de la pobre religiosa pareció aumentar; su voz se alteró y unas cuantas lágrimas corrieron a lo largo de sus mejillas marchitas. Quise convencerla de que interrumpiera su relato, pero se negó:

—No es nada —dijo—. Ahora el dolor ya no vive en mi corazón porque su raíz ha sido cortada. Dios se apiadó de mí, me sacó Él mismo del abismo en el que me había sumido por no conocerlo ni amarlo. No olvide pues que soy feliz, aunque desgraciadamente —añadió— entonces no lo era.

«Hasta la época de la que acabo de hablarle, había soportado mis penas; éstas habían alterado mi salud, pero yo había conservado mi razón y una especie de dominio sobre mí misma. Pese a ellos, mi sufrimiento, como el gusano que devora una fruta, había comenzado por el corazón y llevaba en mi interior el germen de la destrucción cuando todo estaba aún lleno de vida en mi exterior. La conversación me agradaba; la discusión me animaba; incluso había conservado una especie de alegría de espíritu; pero había perdido la alegría del corazón. Es decir, que hasta la época de la que acabo de hablarle yo había sido más fuerte que mis penas; pero a partir de entonces mis penas serían más fuertes que yo.

Charles me transportó en su brazos hasta la casa; allí me proporcionaron todos los cuidados necesarios y recuperé el conocimiento. Al abrir los ojos vi a la señora de B. junto a mi cama; Charles me sostenía una mano; me habían atendido ellos mismos, y en sus rostros vi una mezcla de ansiedad y de dolor que me llegó hasta el fondo del alma; sentí que la vida volvía a mí y mis lágrimas brotaron. La señora de B. las secó suavemente; ella no decía nada, no me hacía preguntas, pero Charles me colmó de ellas. No sé qué le respondí; di como causa de mi accidente el calor, la longitud del paseo; él me creyó y la amargura penetró en mi corazón al ver que me creía; mis lágrimas se secaron; me dije a mí misma que era fácil engañar a aquéllos cuyo interés estaba lejos; retiré la mano que él me sostenía aún e intenté parecer tranquila. Charles se marchó como de costumbre a las cinco; me sentí ofendida; me habría gustado que se inquietara por mí, ¡estaba sufriendo tanto! Se habría marchado igual, porque yo lo habría forzado a hacerlo, pero me habría dicho a mí misma que él me debía la felicidad de aquella velada y este pensamiento me habría consolado. Me guardaba mucho de mostrar a Charles aquel impulso de mi corazón; los sentimientos delicados tienen una especie de pudor, si no son adivinados, están incompletos: se diría que sólo se les puede experimentar siendo dos.

Tan pronto como Charles se marchó, la fiebre se adueñó de mí con gran virulencia incrementándose los dos días siguientes. La señora de B. me cuidó con su bondad habitual; estaba desesperada por mi estado y por la imposibilidad de transportarme a París donde la boda de Charles le obligaba a acudir al día siguiente. Los médicos dijeron a la señora de B. que respondían por mi vida si me quedaba en Saint—Germain; se decidió a hacerlo así y, al marcharse, me manifestó un afecto tan tierno que, por un momento, calmó mi corazón. Pero después de su marcha, la soledad, completa y real, en la que me encontraba por primera vez en mi vida me sumió en una profunda desesperación. Veía realizarse la situación que mi imaginación había descrito tantas veces: moría lejos de los que amaba y mis tristes gemidos no llegaban siquiera a sus oídos: desgraciadamente ¡habrían enturbiado su felicidad! Yo los veía, abandonándose a toda la embriaguez de la felicidad, lejos de Ourika moribunda. Ourika no tenía nada más que a ellos en la vida pero ellos no tenían necesidad de Ourika ¡nadie tenía necesidad de ella!

Este horrible sentimiento de inutilidad de la existencia es el que desgarra más profundamente el corazón: me produjo tal hastío de la vida que anhelaba sinceramente morir de la enfermedad que me afectaba. No hablaba, apenas daba muestras de conocimiento, y éste era el único pensamiento claro en mí: «Quisiera morirme».

En otros momentos estaba más agitada; recordaba cada una de las palabras de la última conversación que mantuve con Charles en el bosque; lo veía nadando en el mar de delicias que me había descrito, mientras yo moría abandonada, sola en la muerte como en la vida. Esta idea me producía una irritación más amarga aún que el dolor. Y me inventaba fantasías para satisfacer ese nuevo sentimiento; me imaginaba a Charles llegando a Saint—Germain; alguien le decía «Está muerta». Pues bien, ¿puede usted creerlo? Yo gozaba con su dolor; éste me vengaba, pero ¿de qué Dios santo? ¿de que había sido el ángel protector de mi vida? Este horrible sentimiento pronto me produjo repugnancia, y comprendí que si bien el dolor no era pecado, entregarse a él como yo lo hacía podía llegar a ser criminal.

Mis ideas tomaron entonces otro rumbo; intenté luchar conmigo misma, encontrar en mi interior fuerza para combatir los sentimientos que me agitaban; pero aquella fuerza no la buscaba en el lugar adecuado. Me avergoncé de mi ingratitud. «Moriré —me decía— deseo morir, pero no quiero que las pasiones ociosas se acerquen a mi corazón. Ourika es un ser desheredado, pero sigue siendo inocente: no permitiré que la inocencia se marchite en mí por culpa de la ingratitud. Pasaré por la tierra como una sombra, pero en la tumba estaré en paz. ¡Oh, Dios mío! Ellos son ya muy felices, pues bien, dales además la parte de felicidad que le corresponde a Ourika y déjame morir como una hoja caída en otoño. ¿No he sufrido aún bastante?

No superé la enfermedad que había puesto en peligro mi vida sino para caer en un estado de languidez en el que había mucho de resquemor. La señora de B. se instaló en Saint—Germain tras la boda de Charles; éste venía con frecuencia, siempre acompañado de Anaïs, nunca sin ella. Yo sufría mucho más cuando ellos se encontraban allí. No sé si la imagen de su felicidad me hacía más patente mi propio infortunio, o si la presencia de Charles despertaba el recuerdo de nuestra antigua amistad; en ocasiones yo buscaba encontrarme con él y ya no lo reconocía. Sin embargo, me decía más o menos lo que en otros tiempos, pero su amistad actual se parecía a nuestra amistad del pasado como la flor artificial se asemeja a la flor verdadera: son la misma cosa, salvo en la vida y en el aroma.

Charles atribuía mi cambio de carácter al deterioro de mi salud; creo que la señora de B. juzgaba mejor el triste estado de mi alma, adivinaba mejor mis tormentos secretos y estaba muy afligida por ellos: pero el tiempo en el que yo consolaba a los demás había pasado, ya no sentía piedad sino de mí misma.

Anaïs se quedó embarazada, y regresamos a París: mi tristeza aumentaba cada día. Aquella felicidad interior tan apacible, aquellos lazos de familia tan tiernos, aquel amor inocente siempre tan dulce y tan apasionado ¡qué espectáculo para una desgraciada destinada a pasar toda su vida en soledad! ¡a morir sin ser amada, sin haber conocido más lazos que los de la dependencia y la piedad! Los días, los meses fueron transcurriendo así; yo no participaba en ninguna conversación, había abandonado todas mis cualidades; si soportaba algunas lecturas eran aquellas en las que creía encontrar la pintura imperfecta de las penas que me devoraban. Hice de ellas un nuevo veneno, me embriagaba con mis propias lágrimas y, sola en mi habitación, me entregaba a mi dolor durante horas enteras.

El nacimiento de un hijo fue el colmo de la felicidad de Charles; acudió corriendo para comunicármelo y en los entusiasmos de su alegría reconocí algunos de los acentos de su antigua confianza. ¡Cuánto daño me hicieron! Desgraciadamente, era la voz del amigo que yo ya no tenía, y al escuchar aquella voz todos los recuerdos del pasado acudían de nuevo a hurgar en mi herida.

El niño de Charles era hermoso como Anaïs; el cuadro de aquella joven madre con su hijo emocionaba a todos pero, por un destino cruel, yo sola estaba condenada a contemplarlo con amargura; mi corazón devoraba aquella imagen de la felicidad que no conocería jamás y la envidia, como un buitre, se nutría de mi interior. ¿Qué había hecho yo a quienes creyeron salvarme al conducirme a esta tierra de exilio? ¿Por qué no me dejaron seguir mi destino? Ahora sería la esclava negra de algún rico colono; quemada por el sol cultivaría la tierra de otro, pero tendría una humilde cabaña donde poder retirarme cada noche, tendría un compañero e hijos de mi mismo color que me llamarían «¡Madre!», que apoyarían sin repugnancia su boquita sobre mi frente, reposarían su cabeza sobre mi cuello y se dormirían en mis brazos. ¿Qué he hecho para ser condenada a no sentir jamás los afectos para los que mi corazón había sido creado? ¡Oh, Dios mío! Arráncame de este mundo; siento que no puedo soportar más la vida.

De rodillas en mi habitación, estaba dirigiendo al Creador esta oración impía cuando oí abrir la puerta: era la amiga de la señora de B., la marquesa de X., que había regresado recientemente de Inglaterra, donde había pasado varios años. La vi acercarse a mí con horror; su presencia me recordó que ella había sido la primera en revelarme mi destino, la que había abierto esta mina de sufrimiento de la que tantos había extraído. Desde que ella había vuelto a París, no la veía sino con un sentimiento desagradable.

—Vengo a verla y a charlar con usted, mi querida Ourika —dijo—. Usted sabe cuánto la quiero desde su infancia, y no puedo contemplar sin verdadero dolor, la melancolía en la que se encuentra sumida. ¿Es posible, con la inteligencia que usted tiene, que no sea capaz de sacar mejor partido de su situación?

—La inteligencia, señora —le contesté— no sirve sino para aumentar las penas verdaderas; ¡permite verlas desde tantos prismas diferentes!

—Pero —prosiguió— cuando las penas no tienen remedio, ¿no es una locura negarse a someterse a ellas, y luchar así contra la necesidad?, pues, en fin, nosotros no somos los más fuertes.

—Es cierto —dije—; pero, al parecer, en este caso la necesidad es un mal añadido.

—Convendrá, no obstante, Ourika, que la razón aconseja en esos casos resignarse y distraerse.

—Sí, señora; pero para distraerse se necesita encontrar una esperanza en otro lugar.

—Al menos, podría buscar nuevas aficiones y ocupaciones para llenar el tiempo.

—¡Ah! señora, las aficiones buscadas son un esfuerzo, no un placer.

—Pero —siguió diciendo— usted tiene muchas cualidades.

—Para que las cualidades sean un recurso, señora —le contesté— hay que proponerse un objetivo, de lo contrario, mis habilidades serían como la flor del poeta inglés que perdía su perfume en el desierto.

—Se olvida de sus amigos que disfrutarían con ellas…

—Yo no tengo amigos, señora; tengo protectores, que es algo muy diferente.

—Ourika —dijo— usted se hace infeliz, e inútilmente.

—Todo es inútil en mi vida, señora, incluso mi sufrimiento.

—¿Cómo puede pronunciar palabras tan amargas, usted, Ourika, que tan servicial se mostró cuando se quedó sola con la señora de B. durante el Terror?

—Desgraciadamente, señora, soy como los genios malhechores que sólo tengo poderes en tiempos de calamidad y a quienes la felicidad ahuyenta.

—Confíeme su secreto, mi querida Ourika; ábrame su corazón; nadie tiene más interés por usted que yo y tal vez pueda hacerle bien.

—Yo no tengo ningún secreto, señora —le contesté— mi único sufrimiento son mi posición y mi color, usted lo sabe.

—¡Venga, pues! —prosiguió— ¿puede usted negar que guarda un gran dolor en el fondo de su alma? Basta verla un solo instante para estar seguro de ellos.

Continué repitiéndole lo que ya le había dicho; se impacientó, levantó la voz y vi que la tormenta iba a desencadenarse.

—¿Es esa su buena fe? —dijo— ¿la sinceridad por la que tanto la alaban? Ourika, tenga cuidado, la reserva conduce a veces a la falsedad.

—Y ¿qué podría yo confiar, señora —le dije— sobre todo a usted que desde hace tanto tiempo previó la desgracia de mi situación? A usted, menos que a nadie, tengo nada nuevo que contarle sobre esta cuestión.

—No me persuadirá jamás de eso, —replicó—, pero puesto que me niega usted su confianza y que afirma no tener ningún secreto, ¡pues bien, Ourika! yo me encargaré de decirle que sí tiene uno. Sí, Ourika, todas sus penas, todos sus sufrimientos no provienen sino de una pasión desgraciada, de una pasión insensata; y si no estuviera profundamente enamorada de Charles, aceptaría sin problemas el hecho de ser negra. Adiós, Ourika, me voy de aquí, se lo confieso, con mucho menos interés por usted del que traía cuando llegué.

Al terminar estas palabras se marchó. Yo permanecí anonadada. ¿qué acababa de revelarme? ¿Qué horrorosa luz había arrojado sobre el abismo de mis sufrimientos? ¡Dios santo! Era como la luz que penetró una vez al fondo de los infiernos e hizo añorar las tinieblas a sus desdichados habitantes. ¿Qué? ¿Yo sentía una pasión criminal? ¿Era ella la que devoraba mi corazón? ¿El deseo de ocupar mi espacio en la cadena de los seres, el anhelo de los afectos de la naturaleza, el dolor por la soledad eran fruto de un amor culpable? Y cuando yo creía envidiar la imagen de la felicidad, ¿era la felicidad misma la que era objeto de mis anhelos impíos? Pero ¿qué he hecho para que me consideren presa de esta pasión sin esperanza? ¿es imposible amar más que a tu propia vida, inocentemente? A la madre que se arrojó a las fauces del león para salvar a su hijo, ¿qué sentimiento la movía? A los hermanos, a las hermanas que quisieron morir juntos en el cadalso y que oraban a Dios antes de subir al mismo ¿les unía un amor culpable? La humanidad misma ¿no produce a diario abnegaciones sublimes? ¿Por qué no podré pues amar así a Charles, el amigo de mi infancia, el protector de mi juventud?… Y, sin embargo, no sé qué voz grita en el fondo de mí misma diciendo que tienen razón y que soy culpable ¡Dios mío! ¿También he de darle entrada en mi corazón desolado a los remordimientos? ¿Qué? ¿A partir de ahora mis lágrimas serán culpables? ¿Me estará prohibido pensar en él? ¿No me atreveré a sufrir?

Estos horribles pensamientos me sumieron en un sopor semejante a la muerte. Aquella misma noche, la fiebre se adueñó de mí y, en menos de tres días, se temió por mi vida; el médico aseguró que, si querían que recibiera los últimos sacramentos, no había tiempo que perder. Mandaron a buscar a mi confesor, pero había fallecido pocos días antes. Entonces la señora de B. solicitó un sacerdote de la parroquia, que vino y me administró la Extremaunción, pues no estaba en estado de recibir el Viático; no tenía conocimiento y mi muerte podía ocurrir en cualquier momento.

Fue entonces cuando Dios se apiadó sin duda de mí; comenzó por conservarme la vida; contra todo pronóstico, mis fuerzas se mantuvieron. Luché en esa situación unos quince días; luego recuperé el conocimiento. La señora de B. no se separaba de mí y Charles parecía haber recuperado su antiguo afecto por mí. El sacerdote seguía visitándome a diario, pues quería aprovechar el primer momento posible para confesarme; yo también lo deseaba; no sé qué impulso me lanzaba hacia Dios y me infundía la necesidad de arrojarme en sus brazos y buscar en ellos la paz. El sacerdote recibió la confesión de mis faltas; no se asustó del estado de mi alma pues, como viejo marinero, conocía todas las tempestades. Empezó por tranquilizarme respecto a la pasión de que se me acusaba:

—Su corazón es puro —me dijo—; es a usted sola a quien se ha hecho daño, pero no por eso es menos culpable. Dios le pedirá cuentas de su propia felicidad, que Él le había confiado, ¿qué ha hecho con ella? Esa felicidad estaba en sus manos pues reside en la realización de nuestros deberes, ¿los ha cumplido usted? Dios es el fin de todo hombre ¿cuál ha sido el de usted? Pero no se desanime, ruegue a Dios, Ourika. Él está ahí y le tiende los brazos; para Él no existen ni blancos ni negros, todos los corazones son iguales a sus ojos y el suyo merece hacerse digno de Él.

Así era como aquel hombre venerable animaba a la pobre Ourika. Aquellas sencillas palabras llevaban a mi alma no sé qué paz que yo no había conocido nunca; las meditaba sin cesar, y como de una mina fecunda, sacaba siempre de ellas alguna reflexión. Comprendí que, efectivamente, yo no había conocido mis deberes: Dios les ha prescrito deberes a las personas solas como a las que están en el mundo; si las ha privado de lazos de sangre, les ha dado por familia a toda la humanidad. Una hermana de la caridad —me decía a mí misma— no está sola en la vida aunque haya renunciado a todo; se ha constituido una familia de elección; es la madre de todos los huérfanos, la hija de todos los pobres ancianos, la hermana de todos los desvalidos. Los hombres de mundo ¿no han buscado con frecuencia una soledad voluntaria? Querían estar a solas con Dios; renunciaban a todos los placeres para adorar, en soledad, la pura fuente de todo bien, de toda felicidad; en el secreto de su espíritu, trabajaban por hacer que su alma fuera digna de presentarse ante el Señor. Es por Ti, Dios mío, por lo que resulta dulce embellecer el corazón, adornarlo como en día de fiesta, con todas las virtudes que te resultan gratas.

Pero ¿qué había hecho yo? Juguete insensato de los impulsos involuntarios de mi alma, yo había corrido detrás de los goces de la vida, y me había olvidado de la verdadera felicidad. Pero no era demasiado tarde; al arrojarme sobre esta tierra extraña, tal vez Dios quiso predestinarme para Él; me arrancó de la barbarie y de la ignorancia; por un milagro de su bondad me salvó de los vicios de la esclavitud; me enseñó su camino: ¡lo seguiré, Dios mío! Ya no utilizaré tus favores para ofenderte, no te acusaré más de mis faltas.

La nueva luz a la que contemplaba mi posición hizo que la paz penetrara en mi corazón. Me sorprendía de la paz que sucedía a tantas tormentas: le había abierto una salida al torrente que arrasaba las orillas y ahora aquél conducía sus aguas apaciguadas hacia un mar tranquilo.

Decidí hacerme religiosa. Le hablé de ello a la señora de B.; se afligió, pero me dijo:

—Deseando hacerle bien le he causado tan gran daño, que no me siento con derecho a oponerme a su decisión.

Charles se opuso con más fuerza; me rogó, me pidió que me quedara, yo le contesté:

—Déjeme marchar, Charles, al único lugar en el que me esté permitido pensar en usted sin cesar…»

En este punto, la joven religiosa interrumpió bruscamente su relato. Continué ofreciéndole mis cuidados que, desgraciadamente, fueron inútiles: murió a finales de octubre, cayó con las últimas hojas de otoño.


Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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