Por el Hombre que Está en la Pista

Jack London


Cuento



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—¡Échalo de una vez!

—Óyeme, Kid. Esto va a resultar demasiado fuerte. La mezcla del whisky y el alcohol ya es bastante explosiva. Y si además le añades coñac, pimienta y…

—¡Te digo que lo eches! ¿No soy yo el autor de este ponche? ¡Pues obedece!

Dicho esto, Malemute Kid sonrió bondadosamente en la atmósfera saturada de vapores y añadió:

—Cuando lleves tanto tiempo como yo en este país, hijito, y hayas tenido que seguir los rastros de los conejos, y que comer tripas de salmón para no morirte de hambre, sabrás que la Navidad sólo se celebra una vez al año, y que una Navidad sin ponche es algo tan triste como abrir un pozo en la roca viva sin encontrar un filón que recompense el duro trabajo.

—Haz lo que te dicen —intervino Big Jim Belden, que había llegado de Mazy May, su propiedad ya denunciada, para pasar con Malemute Kid las Navidades.

Todos sabían que Big se había alimentado de carne de alce durante los dos últimos meses.

—¿Te acuerdas —preguntó— del ponche que preparamos en el Tanana?

—¡Claro que me acuerdo! No se pueden imaginar, muchachos, la pítima que cogieron los tananas. Total, por un simple fermento de azúcar y levadura. Esto fue antes de que tú vinieses —continuó Malemute Kid, dirigiéndose a Stanley Prince, un joven que llevaba dos años en el país y era experto en cuestiones mineras—. En aquel entonces aún no había mujeres blancas en la región, y Mason quería casarse. El padre de Ruth, jefe de los tananas, se oponía a la boda, como los restantes miembros de la tribu… ¿Que era fuerte el brebaje? Pues le eché la última libra de azúcar que me quedaba; es de lo mejorcito que he hecho en mi vida… Fue cosa de ver la persecución río abajo y por los trechos en que había que pasar las canoas a hombros.

—¿Pero, y la squaw? —preguntó Louis Savoy, un francocanadiense de gran estatura, al que aquello interesaba, pues había oído hablar de la loca aventura cuando se hallaba en Forty Mile el invierno anterior.

Entonces, Malemute Kid, que era un narrador nato, refirió simplemente la historia del Lochinvar de las tierras del Norte. Más de un curtido aventurero de aquellas regiones sintió vibrar las cuerdas de su corazón y experimentó una vaga añoranza de los soleados pastos de las tierras del Sur, donde la vida prometía algo más que una estéril lucha con el frío y la muerte.

—Llegamos al Yukon pisando los talones a los primeros hielos que bajaban por sus aguas —concluyó—, y con los tatanas a nuestra espalda sólo a un cuarto de hora de camino. Pero nos salvamos, porque la segunda avenida de hielos obturó el río y contuvo a nuestros perseguidores. Cuando, finalmente, consiguieron llegar a Nuklukyeto, todas las fuerzas del puesto los esperaban. En cuanto a la ceremonia, pregunten al padre Roubeau, aquí presente, pues corrió a su cargo.

El jesuita se quitó la pipa de los labios, pero sólo pudo manifestar su complacencia con sonrisas patriarcales, mientras protestantes y católicos le aplaudían con el mismo entusiasmo.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Louis Savoy, impresionado al parecer por aquel hecho novelesco—. La petite squaw; mon Mason brave. ¡Vaya, vaya!

Entonces empezaron a pasar de mano en mano las tazas de latón llenas de ponche, y Bettles, el «Insaciable», se puso en pie de un salto para entonar su canción báquica favorita:

Henry Ward Beecher allí está
y el maestro con él se va,
todos beben raíz del sasafrás;
pero puedes apostar,
si su nombre le has de dar,
que es el fruto prohibido y nada más.

El coro de alegres bebedores rugió:

Pero puedes apostar,
si su nombre le has de dar,
que es el fruto prohibido y nada más.

El espantoso brebaje preparado por Malemute Kid surtió su efecto. Los hombres de los campamentos y de las pistas sintieron que se les ensanchaba el alma a su calor, y en torno a la mesa surgieron chanzas, canciones y relatos de antiguas aventuras. A pesar de que había allí extranjeros procedentes de una docena de naciones distintas, todos levantaban la copa para brindar sucesivamente por cada uno de ellos y por todos. Fue Prince, el inglés, quien propuso un brindis por el «Tío Sam, el niño precoz del Nuevo Mundo»; a cambio, el yanqui Bettles bebió en honor de «la Reina, que Dios bendiga»; y Savoy chocó su copa con la de Meyers, el comerciante alemán, para brindar por Alsacia y Lorena.

Entonces se levantó Malemute Kid con la copa en la mano y su mirada se posó en la ventana de papel encerado, cubierta de más de siete centímetros de hielo.

—Por aquel que esta noche se halla en la pista… Que no le falte la comida, que no flaqueen las patas de sus perros, que sus cerillas no fallen…

En esto oyeron el familiar restallado del látigo canino, el quejumbroso ulular de los malemutes y los crujidos de un trineo que se acercaba a la cabaña. La conversación languideció. Todos estaban a la expectativa.

—Es un veterano: se cuida antes de sus perros que de sí mismo —susurró Malemute Kid al oído de Prince, mientras captaban los chasquidos de mandíbulas, los gruñidos de lobo y los aullidos de dolor que indicaban a sus diestros oídos que el forastero apartaba a golpes a los otros perros mientras echaba de comer a los suyos.

Entonces oyeron que unos nudillos golpeaban la puerta enérgica y confiadamente, y el forastero entró. Deslumbrado por la luz, vaciló y permaneció un momento en el umbral, lo cual permitió que todos lo examinasen a placer. Era un hombre de aspecto singular y pintoresco, vestido con un traje ártico de lana y pieles. Su estatura, sencillamente impresionante, pues rayaba en los dos metros, estaba en proporción con la anchura de su pecho y de sus hombros. Iba perfectamente rasurado, y su tez aparecía tersa y sonrosada a causa del frío. Sus largas pestañas y sus tupidas cejas estaban blancas de escarcha, y llevaba levantadas las orejeras de su gran gorro de piel de lobo, que alcanzaban a cubrirle también el cuello. Parecía algo así como un rey de los hielos que acabase de surgir de las sombras de la noche. Llevaba un chaquetón de Mackinaw ceñido por un cinturón guarnecido de cuentas y del que pendían dos grandes revólveres Colt y un cuchillo de caza. Además de empuñar el látigo especial para perros, iba armado con un rifle, del mayor calibre y del tipo más reciente, de los que disparan sin producir humo. A pesar de su paso firme y elástico, todos advirtieron, al verle de cerca, que estaba rendido de fatiga.

Reinaba un embarazoso silencio que el recién llegado no tardó en romper con un cordial saludo.

—Nos divertimos, ¿eh, muchachos?

Estas palabras rompieron el hielo. Malemute Kid se levantó y fue a estrecharle la mano. Aunque no se conocían más que de oídas, los dos supieron inmediatamente quién era el otro. Kid le presentó a todos sus amigos con un amplio ademán y le obligó a tomar una copa de ponche antes de explicar lo que allí le llevaba.

—¿Cuánto tiempo hace que ha pasado un gran trineo con tres hombres y ocho perros? —preguntó.

—Te lleva dos días de ventaja. ¿Lo persigues?

—Sí. Es mío. Se lo llevaron ante mis propias narices, los muy canallas. He conseguido ganar dos días de los cuatro que me llevaban de ventaja al principio. Los alcanzaré en la próxima etapa.

—¿Crees que te harán frente? —preguntó Belden para que no decayera la conversación, pues Malemute Kid ya había puesto la cafetera en la mesa y estaba muy atareado friendo tocino y carne de alce.

El forastero se palpó los revólveres con ademán significativo.

—¿A qué hora has salido de Dawson? —volvió a preguntar Belden.

—A las doce.

—¿De la noche, por supuesto?

—No, del mediodía.

Se oyó un murmullo general de admiración. La sorpresa no era inmotivada, pues acababan de dar las doce de la noche, y cubrir una etapa de ciento veinte kilómetros por el lecho helado de un río en sólo doce horas era algo que imponía respeto.

La conversación no tardó en generalizarse, y se volvió a hablar del pasado.

Mientras el joven recién llegado engullía la fuerte bazofia preparada por Malemute Kid, éste le observó con atención. No tardó en llegar a la conclusión de que aquella cara le era simpática, una cara noble, franca, hermosa. Aunque aquella fisonomía era todavía joven, en ella se percibían las huellas del trabajo rudo y de las penalidades. Durante la conversación, su semblante se animaba y mostraba una ingenua alegría, pero durante los silencios sus ojos azules anunciaban el duro, el acerado brillo que debía de percibirse en ellos cuando llegaba el momento de entrar en acción y especialmente en circunstancias adversas. La poderosa mandíbula y el cuadrado mentón hablaban de un carácter indómito y férreamente tenaz. Poseía las cualidades del león, pero no estaba desprovisto de cierta blandura casi femenina que revelaba una fina sensibilidad.

—Y así fue como la vieja y yo nos unimos —dijo Belden, concluyendo el emocionante relato de su galanteo—. «Aquí estamos, padre», dijo ella. «Vete al cuerno», le contestó su padre, y luego me dijo a mí: «Jim, vamos a ver de lo que eres capaz. Quiero que antes de cenar ares una buena parte de esos cuarenta acres.» Y luego se volvió hacía ella y le dijo: «Y tú, Sal, vete a fregar los platos.» Y entonces dio un respingo y la besó. Y yo no cabía en mí de gozo. Pero él, al darse cuenta, me gritó: «¡Andando, Jim!» Y yo salí como un rayo hacia el establo.

—¿Has dejado a algún niño esperándote en los Estados Unidos? —le preguntó el forastero.

—No; Sal murió antes de darme ninguno. Por eso estoy aquí.

Belden, pensativo, trató de encender la pipa, que no se había apagado, y, animándose de pronto, preguntó:

—¿Y tú, forastero, eres casado?

Por toda respuesta, el joven abrió su reloj, le quitó la correa que hacía las veces de cadena y lo entregó a los reunidos. Belden lo acercó a la lámpara de sebo, examinó el interior de la caja con ojo crítico y, después de expresar su admiración en voz baja, lo entregó a Louis Savoy. Éste murmuró repetidamente: «¡Vaya, vaya!» Y lo pasó a Prince. Todos observaron que sus manos temblaban y que un brillo de ternura aparecía en sus ojos. Así fue pasando por todas aquellas manos callosas el reloj del forastero, en cuyo interior había una fotografía de mujer de dulce rostro y que tenía un niño en brazos. Era una mujer como la que anhela la mayoría de los hombres. Los que no la habían visto aún, estaban impacientes; los que ya la habían visto, quedaban sumidos en un silencio nostálgico. Todos eran capaces de enfrentarse con el hambre, con el escorbuto y con la muerte en el campo o en el agua; pero la imagen de aquella joven desconocida con su hijo en los brazos los convertía a todos en mujeres o niños.

—Yo aún no conozco al niño. Es chico y ya tiene dos años —dijo el forastero cuando le devolvieron el tesoro. Él le dirigió una rápida mirada. Luego cerró de golpe la tapa y se volvió, pero no lo hizo a tiempo para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos.

Malemute Kid lo acompañó a una litera y le dijo que se acostase.

—Llámenme a las cuatro en punto. No olviden hacerlo —fueron sus últimas palabras. Y un momento después respiraba pesadamente, sumido en el sueño profundo del hombre rendido de cansancio.

—¡Por Jove! Este tipo tiene agallas —comentó Prince—. Un sueño de sólo tres horas después de recorrer ciento veinte kilómetros con los perros, y luego, de nuevo a la pista. ¿Quién es, Kid?

—Es Jack Westondale. Lleva aquí tres años. Según se dice, trabaja como un negro y tiene toda la mala suerte que se puedan imaginar. Yo no lo conocía personalmente, pero Sitka Charley me había hablado de él.

—Es extraño que un hombre que tiene una mujercita tan encantadora esté malgastando el tiempo en este rincón olvidado de Dios, donde cada año de vida pesa como dos vividos en cualquier otra parte.

—Lo que le pasa es que es un hombre muy entero y obstinado. Ha estado dos veces a punto de retirarse con una buena tajada, pero ambas veces lo perdió todo.

En este momento la conversación fue interrumpida por las estruendosas carcajadas de Bettles, pues el efecto producido por la llegada del forastero había comenzado a disiparse. Y pronto los tristes años de comida monótona y trabajo abrumador cayeron en el olvido en medio de la algazara general. Solamente Malemute Kid parecía incapaz de participar en aquel regocijo y, de vez en cuando, consultaba ansiosamente su reloj. Al fin, se puso los guantes y el gorro de piel de castor, salió de la cabaña y empezó a revolver los víveres en el oculto depósito.

También fue incapaz de esperar a la hora indicada para despertar a su huésped: lo hizo quince minutos antes. El joven gigante tenía los miembros tan entumecidos, que fue necesario administrarle enérgicas fricciones para que pudiese ponerse en pie. Salió de la cabaña tambaleándose penosamente y vio que sus perros estaban enganchados al trineo y todo a punto para partir. La concurrencia le deseó buena suerte y una corta persecución.

Después de bendecirlo a toda prisa, el padre Roubeau fue el primero en volver corriendo a la cabaña. Esto no era extraño, pues a nadie le gusta aguantar una temperatura de casi sesenta grados centígrados bajo cero con las manos y las orejas descubiertas.

Malemute Kid lo acompañó hasta la pista principal, y una vez allí, después de estrecharle la mano efusivamente, le dio varios consejos.

—Encontrarás cuarenta y cinco kilos de huevos de salmón en el trineo —le dijo—. Los perros irán tan lejos con esto como si llevases sesenta kilos de pescado. No encontrarás comida para los perros en Pelly, cosa que sin duda ya tenías prevista—. El forastero dio un respingo y sus ojos centellearon, pero no le interrumpió—. No encontrarás ni una onza de comida para animales ni hombres hasta que llegues a Cinco Dedos, que está a más de trescientos veinte kilómetros de aquí. Ten cuidado no vayas a caerte en algún agujero cuando vayas por el río de las Treinta Millas, y cerciórate de que tomas el atajo principal al salir de Le Barge.

—¿Cómo sabes todo esto? Es imposible que mis planes hayan llegado aquí antes que yo.

—No quiero hablar de esto. Sólo te diré que ese trineo que persigues nunca fue tuyo. Sitka Charley lo vendió a esos hombres la primavera pasada. Pero una vez me dijo que tú eras un hombre cabal, y yo le creo. He visto tu cara y me parece noble. Y he visto… pues todo lo que has hecho, y esa mujer que tienes y…

Kid se quitó los guantes y sacó una pequeña bolsa que llevaba en un bolsillo.

—No; no lo necesito —dijo el forastero.

Y las lágrimas se le helaron en las mejillas mientras estrechaba convulsivamente la mano de Malemute Kid.

—No tengas miramientos con los perros; cuando caigan, corta las correas y déjalos; compra los que te hagan falta y piensa que te salen baratos a diez dólares la libra. Encontrarás perros en Cinco Dedos, Pequeño Salmón y Hootalincua. Y procura no mojarte los pies.

Y todavía le dio un último consejo antes de que se separaran.

—Sigue viajando mientras la temperatura no sea inferior a los treinta y dos grados, pero si baja más, enciende fuego y cámbiate los calcetines.

Apenas habían transcurrido quince minutos, un tintineo de campanillas anunció nuevas llegadas. La puerta se abrió y entró en la choza un hombre de la policía montada del Noroeste, seguido por dos mestizos con aspecto de conductores de perros. Como Westondale, iban armados hasta los dientes y daban muestras de fatiga. Los mestizos habían nacido en la pista y soportaban bien el cansancio; pero el joven policía estaba extenuado. Sin embargo, la ceñuda tenacidad de su raza le obligaba a ajustarse a la marcha que él mismo se había impuesto y que seguiría manteniendo hasta caer rendido de fatiga.

—¿Cuándo salió de aquí Westondale? —preguntó—. Se detuvo aquí, ¿verdad?

La pregunta era innecesaria, pues se veían claramente las huellas que el trineo había dejado en la nieve.

Malemute Kid cruzó una mirada con Belden y éste, dándose cuenta de la situación, replicó evasivamente:

—Hace ya bastante rato.

—¡Vamos, habla! —exclamó el policía.

—Parece tener usted grandes deseos de alcanzarlo. ¿Es que ha armado camorra allá abajo, en Dawson?

—Atracó a Harry McFarland y se llevó cuarenta mil dólares; luego los cambió en el almacén del alguacil por un cheque contra un Banco de Seattle. ¿Quién le impedirá que lo haga efectivo si no lo alcanzamos? ¿Hace mucho que se fue?

Todos procuraron disimular su excitación, pues Malemute Kid los había puesto ya sobre aviso, y el policía sólo vio a su alrededor rostros impasibles.

Entonces se acercó a Prince y le hizo la misma pregunta que había hecho a Belden. Prince le respondió con una evasiva y acto seguido se puso a hablar del estado de la pista, aunque le fue violento proceder de este modo con aquél compatriota de semblante franco y noble.

En esto, el policía descubrió al padre Roubeau, que no podía mentir, debido a su sagrado ministerio.

—Hace un cuarto de hora —dijo el sacerdote, respondiendo a su pregunta—. Y antes de partir han descansado durante cuatro horas él y los perros.

—¡Santo Dios! Nos lleva quince minutos de ventaja y va descansado.

El pobre muchacho se tambaleó; poco faltó para que se desmayase, tal era su agotamiento y tal fue su desencanto, mientras decía algo entre dientes acerca de la etapa de Dawson allí, cubierta en diez horas, haciendo echar el bofe a los perros.

Malemute Kid lo obligó a tomar una taza de ponche. Luego, el policía se dirigió a la puerta, ordenando a los dos mestizos que lo siguiesen. Pero el calorcito de que se gozaba en la cabaña y la perspectiva de un buen descanso eran demasiado tentadores, y ellos se negaron a obedecer.

Hablaban en un argot francés que Kid entendía. Así, pudo seguir atentamente —y no sin cierta ansiedad— la conversación de los mestizos.

Ambos juraban y perjuraban que los perros estaban agotados, que tendrían que matar a tiros a Siwash y Babette antes de que hubieran recorrido un kilómetro, que los demás perros estaban también exhaustos, y que lo más prudente sería que todos se quedasen a descansar.

—¿Me presta cinco perros? —preguntó el policía a Malemute Kid.

Kid movió la cabeza negativamente.

—Le firmaré un cheque de cinco mil dólares, que pagará el capitán Constantine… Aquí tiene mis documentos. Como puede ver, estoy autorizado para disponer de fondos.

De nuevo obtuvo una negativa silenciosa.

—Entonces, los requisare en nombre de la Reina.

Kid sonrió incrédulamente mientras dirigía una mirada a su bien provisto arsenal, y el inglés, convencido de su impotencia, se encaminó a la puerta. Al ver que los dos mestizos seguían murmurando, se volvió encolerizado hacia ellos y los llamó mujeres y perros callejeros. El atezado rostro del mestizo de más edad enrojeció de ira. El conductor de perros se levantó y afirmó en términos rotundos y enérgicos que viajarían hasta que su jefe se desplomara, y entonces ellos le dejarían abandonado en la nieve sin ningún remordimiento.

El joven policía, haciendo un desesperado esfuerzo, se dirigió a la puerta con paso firme y aparentando un vigor y una ligereza que estaba muy lejos de poseer. Aunque todos los presentes admiraron su resolución y su arrogancia, él no podía evitar que, a veces, apareciera en su rostro una mueca de extenuación.

Los perros estaban cubiertos de escarcha y hechos un ovillo en la nieve. Resultó casi imposible obligarlos a ponerse en pie. Los pobres animales gemían a cada latigazo, pues los mestizos, llevados de su irritación, manejaban el látigo sin contemplaciones. No fue posible poner el trineo en marcha hasta que cortaron las correas de Babette, la perra que iba en cabeza y que tuvieron que abandonar.

—¡Ha resultado un miserable y un embustero!

—¡Y tanto!

—Un ladrón.

—Peor que un indio.

Todos estaban furiosos, primero porque se consideraban engañados, y segundo, por el ultraje inferido a la ética del Norte, donde en tanto aprecio se tenía a la honradez.

—¡Y nosotros ayudando a ese sinvergüenza después de saber lo que hizo!

Todas las miradas se volvieron acusadoramente hacia Malemute Kid, que dejó el rincón donde había instalado cómodamente a Babette y empezó a vaciar en silencio el recipiente del ponche para ofrecer la última ronda.

—Hace frío esta noche, muchachos, un frío que se clava en la carne —fue el incongruente comienzo de su defensa—. Todos ustedes han viajado por la pista y saben lo que es este frío… No se arrojen sobre un perro caído. Sólo han oído una versión de los hechos. Jamás ha compartido nuestra mesa ni nuestra manta un hombre más honrado e intachable que Jack Westondale… El otoño pasado dio todos sus ahorros, que ascendían a cuarenta mil dólares, a Joe Castrell para que los invirtiese en el Dominio. De haberse cumplido sus deseos, hoy sería millonario. Pero mientras él se hallaba en Circle City cuidando a su socio, que había pescado el escorbuto, Castrell apareció muerto en la nieve, después de pasar la frontera. Antes había estado en casa de McFarland y el dinero había desaparecido… Y el pobre Jack, entre tanto, haciendo planes para regresar este invierno al lado de su esposa y de su hijo, ese niño que no ha visto todavía… Observen que sólo se se apropió de la cantidad que había perdido: cuarenta mil dólares… Además, ahora ya está lejos y nada podemos hacer.

Paseó su mirada por el círculo de semblantes atentos y vio cómo se suavizaban las expresiones de aquellos rostros. Entonces alzó el brazo.

—Por eso —dijo— propongo un brindis por el hombre que esta noche va por la pista. Que no le falte comida, que no flaqueen las patas de sus perros, que no le falle ninguna cerilla. En fin, que Dios le ayude y…

—¡Que fracase la policía montada! —exclamó Bettles, mientras todos chocaban las tazas de latón.


Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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