Primera Nieve

Guy de Maupassant


Cuento



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El extenso paseo de la Croisette se curva a orillas del mar azul. Allá lejos, a la derecha, el Esterel se adentra en el agua, y corta la vista, cerrando el horizonte con el bonito decorado meridional de sus cimas puntiagudas, numerosas y extrañas. A la izquierda, tumbadas en el agua, las islas Sainte—Marguerite y Saint—Honorat muestran sus dorsos cubiertos de abetos. Y a todo lo largo del amplio golfo, a todo lo largo de las grandes montañas, asentadas en torno a Cannes, el conjunto blanco de villas parece dormido al sol. Se divisan desde lejos esas casas claras sembradas desde la cima hasta el pie de los montes, manchando de puntos de nieve la oscura vegetación. Las más próximas al agua abren sus verjas al amplio paseo que vienen a bañar las olas tranquilas. Hace buen tiempo, un tiempo suave. Es un templado día de invierno en el que apenas cruza una ráfaga de frescor. Por encima del mar de jardines, sobresalen los naranjos y los limoneros repletos de frutos dorados. Las damas pasean lentamente por la arena de la avenida, seguidas de niños que hacen rodar sus aros, o charlando con los señores.

Una mujer joven acaba de salir de una pequeña y coqueta casa cuya puerta da a la Croisette. Se detiene un instante a mirar a los transeúntes, sonríe, y con aspecto abrumado llega hasta un banco vacío situado frente al mar. Fatigada de haber dado veinte pasos, se sienta jadeando. Su cara, por la palidez, se asemeja a la de una muerta. Tose, y se lleva a los labios sus dedos transparentes como para detener las sacudidas que la agotan. Contempla el cielo repleto de sol y golondrinas, las cimas caprichosas del Esterel allá lejos y, muy cerca, el mar tan azul, tan tranquilo, tan bello. Entonces sonríe y murmura: «¡Oh! ¡qué feliz soy!»

Sabe, sin embargo, que se va a morir, que no llegará a ver la próxima primavera, que dentro de un año, a lo largo de este mismo paseo, esas mismas personas que pasan por delante de ella vendrán a respirar el aire tibio de esa suave región, con sus hijos un poco más grandes, con el corazón siempre lleno de esperanzas, de ternuras, de felicidad, mientras que, al fondo de un ataúd de roble, la pobre carne que aún le queda hoy, se pudrirá, dejando sólo los huesos acostados dentro del vestido de seda que ha elegido como mortaja. Ya no estará. Las cosas de la vida continuarán para los demás. Pero para ella todo habrá acabado, y para siempre. Ella ya no estará. Sonríe, y aspira tanto como pueden sus pulmones enfermos los soplos perfumados de los jardines. Y sueña.

Recuerda. La casaron hace cuatro años con un noble normando. Era un chico fuerte, con barba, colorado, ancho de espaldas, corto de espíritu y de excelente humor. Los emparejaron por cuestiones de fortuna, que ella no conoció. Habría dicho de buena gana «no». Pero dijo «sí» con un gesto con la cabeza, para no contrariar a sus padres. Ella era parisina, alegre, feliz de la vida. Su marido la llevó a su castillo normando. Era un amplio edificio de piedra rodeado de grandes árboles centenarios. Un alto macizo de abetos cerraba la panorámica frontal. Por la derecha, una brecha daba a una llanura que se extendía, completamente desnuda, hasta otras propiedades lejanas. Un camino pasaba por delante de la barrera y conducía hasta la carretera a unos tres kilómetros. ¡Oh! se acuerda de todo: de su llegada, del primer día en su nueva casa y de su retirada vida después. Al bajar del coche, miró el viejo edificio y, riendo, dijo:

—¡No es muy alegre!

Su marido también se echó a reír y contestó:

—¡Bah! Uno se acostumbra pronto. Ya verás. Yo no me aburro jamás aquí.

Aquel día pasaron mucho tiempo abrazándose, y no se le hizo demasiado largo. Al día siguiente volvieron a empezar y, durante toda la semana, fue comida a besos.

Luego se ocupó de organizar un poco la casa. Eso duró un mes. Los días pasaban, uno tras otro, ocupada en asuntos insignificantes y, sin embargo, absorbentes. Aprendía el valor y la importancia de las pequeñas cosas de la vida. Supo que uno puede interesarse por el precio de los huevos que cuestan unos céntimos más o menos en función de las estaciones del año. Era verano. Iba en ocasiones al campo a ver segar. La alegría del sol mantenía la de su corazón.

Llegó el otoño. Su marido empezó a ir a cazar. Salía por la mañana con sus dos perros Médor y Mirza. Y ella se quedaba sola, sin entristecerse no obstante por la ausencia de Henry. Lo quería, sin embargo, pero no lo echaba de menos. Cuando regresaba, los perros sobre todo acaparaban su ternura. Los cuidaba cada noche con un cariño de madre, los acariciaba sin fin, les daba mil nombres encantadores que nunca se le habría ocurrido emplear con su marido.

Él le contaba su jornada de caza. Designaba los lugares donde había encontrado perdices, se sorprendía de no haber encontrado ninguna liebre en las propiedades de Joseph Ledentu, o bien parecía indignado con el proceder del señor Lechapelier, del Havre, que seguía sin cesar la linde de sus tierras para dispararle a la caza que él, Henry de Parville, había levantado previamente. Ella contestaba: «Sí, realmente no está bien» —pensando en otra cosa.

Llegó el invierno, el invierno normando, frío y lluvioso. Los interminables chubascos caían sobre las pizarras del gran tejado anguloso, levantado como una lámina hacia el cielo. Los caminos parecían ríos de barro; el campo, una llanura de barro; y no se oía más ruido que el de la lluvia al caer; no se veía más movimiento que el del vuelo en torbellino de los cuervos que se extendían como una nube, se dejaban caer sobre punto del campo, y luego volvían a emprender el vuelo.

Hacia las cuatro, el ejército de animales sombríos y voladores venía a posarse sobre las grandes hayas, a la izquierda del castillo, lanzando graznidos ensordecedores. Durante más de una hora, revoloteaban de una copa a otra, parecían pelearse, piaban, y ponían en los ramajes grisáceos un negro movimiento. Ella los miraba cada tarde con el corazón oprimido, imbuido de la lúgubre melancolía del atardecer sobre esas tierras desiertas.

Luego llamaba para que trajeran el quinqué y se acercaba al fuego. Quemaba montones de troncos sin lograr calentar las inmensas habitaciones invadidas por la humedad. Y tenía frío durante todo el día, en todas partes, en el salón, durante las comidas, en su dormitorio. Tenía frío, según ella, hasta en los huesos. Su marido no volvía sino para cenar, pues cazaba sin cesar, o bien se ocupaba de la siembra, de la labranza, de todas las labores del campo. Regresaba feliz y embarrado, y frotándose las manos, declaraba: «¡Qué tiempo más malo!» O bien: «¡Qué gusto da tener un buen fuego!» A veces preguntaba: «¿Qué cuentas hoy? ¿Estás contenta?» Él era feliz, tenía buena salud, sin desear, sin añorar otra cosa que no fuera aquella vida sencilla, sana y tranquila.

Hacia el mes de diciembre, cuando llegaron las nieves, ella sufría tanto con el aire helado del castillo, del viejo castillo que parecía haberse enfriado con el paso de los siglos, como le ocurre a los humanos con los años que, una noche, le dijo a su marido:

—Henry, deberías instalar aquí un calorífero; eso secaría los muros. Te aseguro que no puedo entrar en calor de la mañana a la noche.

En un primer momento él se quedó sorprendido por la extravagante idea de instalar un calorífero en su casa. Le habría parecido más normal darle de comer a los perros en vajilla plana. Luego, con todo el vigor de sus pulmones, lanzó una enorme carcajada, repitiendo:

—¡Un calorífero aquí! ¡Un calorífero aquí! ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡qué buena broma!

Ella repetía:

—Te aseguro que uno se congela aquí, amigo mío; tú no te das cuenta porque estás siempre en movimiento, pero yo me congelo.

Él contestó, riendo aún:

—¡Bah!, uno se acostumbra, además el frío es excelente para la salud. Te encontrarás mucho mejor. No somos parisinos, ¡maldita sea!, para vivir siempre entre tizones. Y, por otra parte, la primavera va a llegar enseguida.

Hacia comienzos de enero, sucedió una gran desgracia: Sus padres perecieron en un accidente de coche. Ella fue a París para el funeral. Y la tristeza ocupó por completo su espíritu durante unos seis meses. La suavidad de los hermosos días terminó, no obstante, por despertarla un poco y empezó a vivir en una languidez triste hasta la llegada del otoño. Cuando volvieron los fríos, previó, por vez primera, su sombrío porvenir. ¿Qué haría? Nada. ¿Qué le ocurriría? Nada. ¿Qué espera, qué esperanza podrían reanimar su corazón? Ninguna. Un médico, al que había consultado, le había asegurado que no tendría hijos jamás.

Más áspero, más penetrante aún que el año anterior, el frío le hacía sufrir constantemente. Tendía las manos ateridas hacia las grandes llamas. El intenso fuego le quemaba la cara; pero las ráfagas heladas parecían deslizarse por su espalda, penetrar en su carne y en sus ropas. Y tiritaba de la cabeza a los pies. Las innumerables corrientes de aire parecían haberse instalado en los aposentos, corrientes de aire, traidoras, encarnizadas como enemigos. Se las encontraba a cada instante; le soplaban sin cesar, en la cara, en las manos, en el cuello, su odio pérfido y helado. Habló de nuevo de un calorífero; pero su marido la escuchó como si hubiera pedido la luna. La instalación de un aparato semejante en Parville le parecía tan imposible como el descubrimiento de la piedra filosofal. Un día que había estado allí por negocios, le trajo de Rouen a su esposa una coqueta estufilla de cobre que él llamaba riendo, un «calorífero portátil»; y consideraba que eso bastaría para impedir que, a partir de aquel momento, tuviera frío.

Hacia finales de diciembre, comprendió que no podía vivir siempre así, y, tímidamente, una noche preguntó:

—Di pues, amigo mío, ¿no iremos a pasar una semana o dos a París antes de la primavera?

Él se quedó estupefacto:

—¿A París? ¿A París? ¿Para hacer qué? ¡Ah, no, claro que no! Aquí estamos bien, estamos en casa. ¡Qué ideas tan extrañas se te ocurren a veces!

Ella musitó:

—Eso nos distraería un poco.

Él no comprendía.

—¿Qué necesitas para distraerte? ¿Teatros, veladas, cenas en la ciudad? ¡Sabías muy bien, sin embargo, al venir aquí que no podías esperar distracciones de esa naturaleza!

Ella vio un reproche en esas palabras y, sobre todo, en el tono con que fueron dichas. Se calló. Era tímida y dulce, sin rebeldía, sin voluntad.

En enero, los fríos volvieron con violencia. Y la nieve cubrió la tierra. Una noche, cuando miraba la gran nube giratoria de los cuervos extenderse alrededor de los árboles, sin querer, se puso a llorar. Su marido entraba en aquel momento. Le preguntó sorprendido:

—Pero, ¿qué te ocurre, pues?

Él estaba feliz, completamente feliz, pues nunca había soñado otra vida, otros placeres. Había nacido en aquella triste región, allí había crecido, se encontraba bien en ella, en su casa, a su gusto, satisfecho en cuerpo y alma. No comprendía que alguien pudiera desear otros acontecimientos, tener sed de alegrías variables; no comprendía que a determinados seres no les pareciera natural permanecer en los mismos lugares las cuatro estaciones del año; parecía no saber que la primavera, el verano, el otoño, el invierno, para multitud de personas, suponen placeres nuevos en regiones nuevas.

Ella no podía responder nada, y se secó rápidamente los ojos. Por fin, fuera de sí, exclamó: «Yo... yo estoy un poco triste... me aburro un poco...» Pero se asustó de haber dicho eso, y añadió rápidamente: «Y además, tengo... tengo un poco de frío».

Al oír esa palabra, él se irritó:

—¡Ah!, sí... otra vez tu idea del calorífero. Pero vamos a ver ¡caramba! ¡no has tenido ni siquiera un resfriado desde que estás aquí!

Llegó la noche. Subió a su habitación, pues había exigido una habitación separada. Se acostó. Incluso dentro de la cama tenía frío. Pensaba: «Esto será siempre así, siempre, hasta la muerte».Y pensaba en su marido. ¿Cómo había podido decir: «No has tenido ni siquiera un resfriado desde que estás aquí»? ¡Era necesario, pues, que estuviera enferma, que tosiera para que él comprendiera que la estaba pasando mal! Y la indignación se adueñó de ella, una indignación exasperada de persona débil, de persona tímida. Era necesario que tosiera. Entonces se apiadaría de ella, sin duda. ¡Muy bien! ¡Pues tosería; la oiría toser; tendría que llamar al médico; su marido vería, él vería...! Se había levantado con las piernas descubiertas, con los pies descalzos, y una idea infantil la hizo sonreír: «Quiero un calorífero y lo tendré. Toseré tanto, que tendrá que decidirse a instalar uno.» Y se sentó, casi desnuda, en una silla. Y allí esperó una hora, dos horas. Tiritaba, pero no se resfriaba. Entonces decidió emplear métodos más expeditivos. Salió de su habitación sin hacer ruido, bajó la escalera y abrió la puerta del jardín.

La tierra, cubierta de nieve, parecía muerta. Avanzó su pie descalzo y lo hundió bruscamente en esa espuma ligera y helada. Una sensación de frío, dolorosa como una herida, le subió hasta el corazón; sin embargo, extendió la otra pierna y se puso a bajar los peldaños, lentamente. Luego avanzó sobre la hierba diciéndose: «Llegaré hasta los abetos» Y siguió a pequeños pasos, jadeando, sofocada cada vez que introducía su pie descalzo en la nieve. Tocó con la mano el primer abeto, como para convencerse a sí misma de que había cumplido su proyecto hasta el final; luego regresó. Creyó por dos o tres veces que se iba a caer, hasta tal punto se sentía entumecida y desfallecida. Antes de entrar, sin embargo, se sentó sobre aquella espuma helada, e incluso recogió una poca para frotarse el pecho con ella.

Luego regresó y se acostó. Al cabo de una hora, le parecía que tenía un hormiguero en la garganta. Otras hormigas le corrían a lo largo de las extremidades. Se durmió, no obstante. Al día siguiente tosía y no se pudo levantar. Tuvo una pulmonía. Deliraba, y en su delirio pedía un calorífero. El médico exigió que instalaran uno. Henry cedió, aunque con una repugnancia irritada.

No pudo curarse. Los pulmones, gravemente afectados, hacían temer por su vida.

—Si permanece aquí, no llegará al invierno» —dijo el médico.

La enviaron al Mediodía. Llegó a Cannes, conoció el sol, amó el mar, respiró el aroma de los naranjos en flor.

Luego regresó al Norte en primavera. Pero ahora vivía con miedo a curarse, con miedo a los largos inviernos de Normandía; y, tan pronto como estaba un poco mejor, abría la ventana por la noche, soñando con las suaves orillas del Mediterráneo.

Ahora se va a morir; ella lo sabe. Pero está feliz. Abre el periódico que no había abierto aún, y lee este titular: «La primera nieve en París.» Entonces se estremece, y sonríe. Contempla allá lejos el Esterel rosa bajo el sol poniente; mira el amplio cielo azul, tan azul, el amplio mar azul, tan azul, y se levanta. Luego regresa, a pasos lentos, deteniéndose sólo para toser, pues ha permanecido hasta demasiado tarde fuera, y ahora tiene frío, un poco frío. Encuentra una carta de su marido. La abre, sin dejar de sonreír, y lee:

«Mi querida amiga: Espero que estés bien y que no añores nuestra bella región. Desde hace unos días tenemos una buena helada que anuncia la nieve. Yo adoro este tiempo y, como puedes comprender, me cuido mucho de encender tu maldito calorífero.»

Deja de leer, feliz con la idea de que logró su calorífero. Su mano derecha, que sostiene la carta, cae lentamente sobre sus rodillas, mientras que se lleva a la boca la mano izquierda como para calmar la tos obstinada que le desgarra el pecho.


Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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