Recopilación de Cuentos Varios

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento



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Índice

Recopilación de Cuentos Varios
Medalla... de perro chico
Un candidato
Un repatriado
Doble vía
El oso mayor
Tambor y gaita
Cuesta abajo
Día 7 de enero de 18...
Día 8 de enero de 18...
Día 9 de enero de 18...
Día 10 de enero de 18...
Día 11 de enero de 18...
Día 12 de enero de 18...
Día 14 de enero de 18...
Día 15 de enero de 18...
Día 16 de enero de 18...
El doctor Pértinax
I
II
De la comisión
I
II
III
IV
Epílogo
Doctor Angelicus
I
II
III
IV
V

Medalla... de perro chico

¿Que no conocen ustedes a la de Casa—Pinar? ¡Pues si no se ve por ahí otra cosa! Ella es la golondrina que sí hace verano.

En cuanto asoma agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la marquesa viuda, y pontificia, de Casa—Pinar.

Es una golondrina que no viene de África, a no ser que África empiece en Pajares. Viene de tierra de Campos o cosa así: es hige life… de tierra, y, a todo tirar, de Toro.

Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los labios, a saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián o en Ostende o en Corls… , eso, en fin, donde la señora de Cánovas.

Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda, ese ídolo que reconocieron los griegos, la de Casa—Pinar sería una perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus… snob.

Sí; representa el snobismo… de cabotaje.

Porque no sale de nuestras costas.

Quiere ser más figurín que estatua.

Entre Fidias y el modisto mejor de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del modisto.

Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve a ser el pavo real, satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se pone el sombrero que la convierte en un patache a toda vela, o el gorro ignominioso que la hace parecerse a un frasco de esencias. ¿Queréis que os salude la de Casa—Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser acreedor de su señora madre, por ejemplo?

Pues en vano aspiráis a tal privilegio… si lleváis chaleco al balneario.

Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan garrote al dar vuelta.

Agripina Pinillos viene a la playa a curar no sé que humores, que más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar a vieja. Como el otro dijo: Mi cura de aguas, ella puede decir… Mi cura de vientos. Y no por lo que la dé el aire, sino porque todo lo sacrifica a los huracanes de la vanidad.

Se levanta a las doce, porque trasnocha, y se va muy predispuesta a «Las Carolinas» en el momento preciso en que no se puede dar un paso por los corredores.

Se da algunos días, cuando hay muchos espectadores sin chaleco, un baño de arena y de malicia. Usa bañero, que, como no trae chaleco, no se hace acreedor a su desprecio.

Al oscurecer la veréis en las Termópilas de la calle Corrida, dando «los codazos que daba Mesalina» en las estrecheces de la acera, delante de Colón.

De noche, ya se sabe: en las catacumbas de Dindurra, esto es, en el teatro Cómico, que no se da un aire al de Lara, porque allí no hay aire ni para eso. Total, que la de Pinillos no respira en todo el día. Vive del aire que lleva en la cabeza.

¿Ama? Sí, ama, según su género (algodón), a un joven, también triguero, que tiene un traje para cada hora del día. ¿Qué digo cada hora? La indumentaria de este sietemesino puede reemplazar a un reloj de sol, porque va cambiando según el astro rey sube o baja por el espacio. Fijaos bien y veréis que el sombrero de Juanito Pinabete y Conífera no es absolutamente el mismo a las once que a las once y cuarto.

Pero, ¡ay!, Pinabete está llamado a desaparecer del corazón de trapo de Agripina. Porque acaba de llegar un teniente armado de todas las armas, el cual tiene tantos trajes como Juanito, más el uniforme, que a última hora se viste para deslumbrar a Agripina con todos aquellos cordones, bordaduras y cimeras…

Y Pinabete no tiene uniforme; lo cual le hace suspirar exclamando:

—¡Si yo fuera… siquiera bombero!

Para terminar:

Dicho sea en honor, o en deshonor, según se mire, de Agripina la de Casa—Pinar.

Ya que en esta mujer no hay nada espiritualmente humano, confesemos que algo humano hay, según la materia.

Porque Xuaco, el buen mozo que la baña, tiene mucho apego a esta parroquiana, y eso que sabe que las de Casa—Pinar no dan propina.

* * *

Paca Blanco también es de Castilla, del mismo pueblo que la de Pinillos. Se baña allá, hacia las últimas casetas de «La Sultana». Al llegar a la orilla del agua parece una figura dantesca, con su saco largo, oscuro, de graves y preciosos pliegues. Es alta, esbelta, de alabastro; no se baña con sombrero, ni gorro, ni papalina; el sol le bruñe el rodete negro, de picaporte, el radiante casco de Minerva aldeana. Sus ojos, moras maduras, se ven más de lejos; y de cerca, las pocas veces que miran despacio y con susto, son todo un hartazgo de delicias, unas bodas de Camacho de golosinas del alma. La Paca es hija de un cosechero rico que vive no a lo pobre, pero sí a lo modesto. La Paca no es señorita, ni gana. Su hermosura soberana es anterior a la división de clases.

Se baña al salir el sol. Nada de bañero. No sube a los balnearios, no va al teatro. Mucha playa, paseos por Santa Catalina, y cuando hay mucha ola o salen barcos grandes, un ratico de contemplación, apoyada en el muro alto del muelle. Se llena Paca los ojos, serios y soñadores, de la poesía del horizonte, como si esperase algo que de allá lejos le ha de traer una ventura.

Casi nunca ríe; pero si una ola salta por encima del muro y la refresca el rostro con agujitas saladas, que son como una caricia, se enjuga las mejillas de rosa, un poco sonriente.

De noche, con su padre, a tomar el fresco, a oír la música de Begoña, de lejos, desde lo oscuro.

No tiene novio; no tiene amores. Pero tiene algo mejor: los espera.

Cualquiera diría que se aburre en los baños. Y no hay tal; cuando está allá, en su Castilla, contemplando la llanura de tierra, se acuerda con amor triste de la llanura del agua; de lo que sintió y soñó en su orilla. Verdad es que ahora, a orillas del océano, recuerda con vaga saudade sus queridos llanos de Castilla.

Un candidato

Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquel de quien esperan algo como los ojos del mono sabio a quien arrojan golosinas, y que, devorando unas, espera y codicia otras. No repugna aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero, que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho a propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio, curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias, en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes intemperies; no está pálido, sino aterrado; no enseña perfiles de hueso, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia de los dientes. Y con todo, sí tiene dientes, negros, pero fuertes. Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante. Cuando se queda solo o está entre gente de quien nada puede esperar, aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de melancolía humilde, sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera, al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de la égloga picaresca, si hubiere tal género.

Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce a Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de círculos, por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y, con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea, remota y pobre.

Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta, viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy a menudo, parecen alforjas.

No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos manchados de tabaco y se las lleva a la boca.

Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más empingorotados, y todos le hacen mucho caso. «Es pájaro de cuenta», dicen todos.

«Zalamero, mozo listo», repiten los ministros de más correa. Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico; es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. «Yo soy un frailuco —dice el mismo Zalamero—; un fraile a la moderna. Soy de la orden de los mendicantes parlamentarios.» Siempre con el saco al hombro va de Ministerio en Ministerio pidiendo pedazos de pan para cambiarlos en su alea por influencias, por votos. Ha repartido más empleos de doce mil reales abajo que toda una familia de esas que tienen el padre jefe, de un partido o de fracción de partido. Para él no hay pan duro; está a las resultas de todo; en cualquier combinación se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van a Canarias, a Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos.

—¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero? —le preguntan las damas.

Y él contesta, sonriendo:

—Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.

—¡Ah! ¿Nació usted diputado?

—Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.

—¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?

—No, señora, porque no me gusta hablar de política.

En efecto: Zalamero, que sigue con agrado e interés cualquier conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste, con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece mientras mira; receloso, al preopinante.

No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas políticas, y hablarle a Zalamero de monarquía o república, democracia, derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto o de tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece a un partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas, de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.

Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado a ser hombre público… por pereza, por pura inercia. «Dejándome, dejándome ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza pública, en el café, azotando calles a las horas en que los hombres ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné a la cosa pública; me vi metido en los negocios de los holgazanes, de los desocupados, en elecciones. Fui elector, cazador de votos, como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté a mí propio. El progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez más arriba. He llegado a esta síntesis: todo se hace con dinero, pero arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.»

Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda, Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de cualquier clase.

Aunque trata a duquesas, grandes hombres, ilustres próceres, millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo, Zalamero los desprecia a todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad cuando va a recorrer el distrito, y en una taberna, o bajo los árboles de una pomareda, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez, apura el jarro de sidra o el vaso de vino, bosteza sin disimulo, estira los brazos, y a la luz de la luna, con la poética sugestión de los rayos de plata que incitan a las confidencias, exclama con su voz tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose a uno de sus íntimos aldeanos, agentes, electores, sus criaturas:

—… Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar a ministro… , y como no soy ambicioso, juro a Dios que con los treinta mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil… , aquí, en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con vosotros…

Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el corazón. En el fondo es cómo el aguador que junta ochavos y suena con la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre de la Corte de los Milagros… , del salón de conferencias; el mendicante representativo no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un puño, imponer un credo.

¡Qué credos!

Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil… , y a la aldea. Es todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso a la patria. «Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un hombre como yo, ¿a qué ha de aspirar sino a ser ministro cesante cuando la vejez ya no le consienta trabajar… el distrito?»

Un repatriado

Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, Doctor en Ciencias, filósofo de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas cosas y amado y admirado mucho, había llegado a tener por principal pasión la sinceridad.

Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su vida, a los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver.

Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me explicaba el motivo de su emigración voluntaria:

«… Ya conoces mi repugnancia al movimiento, a los viajes, al cambio de medio, de costumbres, a toda variación material, que distrae, pide esfuerzos. Ese defecto, porque reconozco que lo es, no deja de ser bastante general entre los que, como yo, viven poco por fuera y mucho por dentro y prefieren el pensamiento a la acción.

Verdad es que la misma historia de la Filosofía nos ofrece ejemplos de grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego, como, verbigracia, Platón, con sus idas y venidas a Sicilia, sin contar otras idas y venidas, y su discípulo y rival Aristóteles, que no fue peripatético solo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se pueden citar, entre los muy activos, a Descartes y a Leibniz, por más ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su Koenigsberg. Carlyle, en su Viaje a Francia, póstumo, nos hace ver la gran importancia que da al acto de valor personal… de decidirse a hacer la maleta, y pasa el Estrecho; y Paúl Bourget, en su novela El discípulo, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que pasa las de Caín porque tiene que ir de París a una ciudad cercana. Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la congoja infinita de variar en todo lo que se refiere a las necesidades del mísero cuerpo y a las nimiedades de la vida social.

Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol… y, por supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más o menos, en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que varía de región a región es lo que varía al sedentario maniático, cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la vida ordinaria, no puede sufrir variaciones. Yo me siento hermano del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera! Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un chocolate!…

… Y, a pesar de todo eso, emigro. Sí, me voy; dejo a España. Dimito.

Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español en activo. Yo, sobre que después de pensar y sentir muchas cosas en esta vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por deidad la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo, no quiero, como diría Bacon, ídolos de la caverna, ni del teatro, ni del foro, ni de la tribu; mi ídolo es la sinceridad. ¡Culto austero, amargo; pero noble, sereno!

Pues bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando cara a cara mi sentir más íntimo, he llegado a convencerme de que… yo no siento la patria. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que me produce con el que causa a otros, y con el que yo experimento en presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo su inferioridad palmaria. La patria es una madre o no es nada; es un seno, un hogar; se la debe amar no por a más b, no por efecto de teorías sociológicas, sino como se quiere a los padres, a los hijos, lo de casa. Yo no amo así a España; me he convencido de ello ahora al ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas, las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más, sin descontar aquellos que han impreso su dolor patriótico en multitud de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de España y los Estados Unidos fuera res inter alios acta.

La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que he aplicado a mis íntimos sentimientos la he podido hacer en torno mío. No hablemos de los egoístas francos, militares o paisanos, que porque la ley, deficiente, sin duda, no les exigía un sacrificio directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear a diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo he observado de cerca a quien ha luchado por España, ha expuesto su vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laurales. Ese mismo, que hubiera muerto en su puesto de honor… , lo hacía todo más por el honor que por cariño real, de hijo, a España. No había más que oírle relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel héroe vencido no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le hubiera podido dar; por eso estaba contento… , y la patria, por la que hubiere muerto, quedaba en su, espíritu, allí, en segundo término, como una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría.

* * *

Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé en que consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte. En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino mas caracteres esenciales de ese genio. Pero… , ¡es tan recóndito y oscuro todo eso! En cambio, saltan a la vista, me hieren con tonos chillones y antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos, que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias atávicas contrarias a la natural índole del progreso social en los países de veras modernos, me desorientan, me desaminan, me irritan… , y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones ni en Geraudeles patrioteros… Ni yo merezco vivir en España, ni España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho a que su suelo me sustente, su ley me ampare. Ella a mí no me ha dado lo que yo más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los intelectuales en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con alfileres a que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi juicio y mi experiencia, muy superiores a los medios de instrucción sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades. Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos no puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser de la multitud, en Atenas…

… No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto… Sí, poco; pronto sané, más, contento con este orgullo de querer algo de veras a la patria, que apenado con las irremediables desgracias… Por la pérdida de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería a España algo más que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría íntima… Y después, ¡qué pronto fui olvidando las pérdidas, las vergüenzas nacionales!… No, España, no te merezco. Ni mi espíritu, hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo pródigo… que no vuelve».

Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del Sol, disponiéndose a subir a un ómnibus que le llevara a los toros, a una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia, triste, desmejorado, flacucho.

—Estoy —me dijo— como aturdido. He llegado a ese escepticismo de la conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme. Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco sabía vivir! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura, el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres, que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más espiritual de mi ser continúa siendo extranjero; pero cuanto en mí es tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay!, es español, y no puede vivir fuera de la patria. No, no puedo vivir en España… , pero tampoco fuera. Y en tal conflicto… , vuelvo, aborrezco el españolismo, pero me llamo de hoy más Vicente, y me voy donde los demás españoles… : a los toros. Natura naturans. Después de todo, ¡qué sería de España si emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría desierta.

Doble vía

El año de ser diputado y madrileño adoptivo, Arqueta ya era bastante célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante del Congreso.

«Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que no tiene palabra.»

Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el no ser hombre de palabra le servía de muchísimo. Claro que este último defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia le aborrecían e injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud del epigrama… de la minoría. ¿A que nunca había faltado a la palabra dada al presidente del Consejo de Ministros o a cualquier otro presidente de alguna cosa importante? ¡Ah!, pues ahí estaba el toque. Lo que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del puerto que buscaba, pero aquel zig—zag le iba acercando, acercando, y a cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca abierta.

Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de palabras… y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el seno de la Comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila. ¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él a un futuro personaje.

Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder legislativo, se iba al bulto, o sea al poder ejecutivo. Se agarró a las faldas… de la señora del ministro de Hacienda, y la declaró buena presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido en un balneario del Norte.

Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se le iba a dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el turrón. En el balneario, aunque el trato fue de mucha confianza, Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las catorce señoras malas del Padre Coloma.

En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía a los diputados por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de los amigos de su mujer. Juana llegó a ser confidente de Concha, que algo tendría que contarla, y el ministro, Mediánez, hizo su favorito de Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra, siempre que convenía dársela a alguno y recogerla sin que él la devolviese.

La clase de servicios que Arqueta prestaba a Mediánez eran todos del género que a Mariano le gustaba, entre bastidores; se referían a lo que no puede decirse (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo probable será encontrarse en el infierno.

Arqueta, cuando convino, fue director general, subsecretario y otra porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo explícito.

A pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía a la clase de relaciones que le unían al hombre público, ponía su principal confianza en las delicias del hogar doméstico… del hombre público. Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era de las catorce, fue cuando respiró tranquilo.

Subieron y bajaron varias veces los suyos, y Arqueta llegó a verse con méritos suficientes para entrar en una combinación, para ser ministro, siquiera fuese temporero… , que ya sabría él aprovechar la temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino, y no estaba bien. Pero fue el caso que las circunstancias hicieron que Mediánez estuviera indicadísimo para presidir un ministerio de transición, de perro chico, sin ministros de altura, pero que podían ser todo lo largos que quisieran. Y allí estaba él. Presidente, Mediánez, y él, Arqueta, en Fomento o donde Dios fuera servido… , ¿por qué no? Así las categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía sien do el jefe, el amo…

¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Mediánez por si le llamaban?

Siempre había atribuido a las faldas de Conchita la fuerza decisiva cuando había que influir en el ánimo de Mediánez y hacerle servir en caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este lado.

«¡Lo que puede el amor!», pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es verdad, que Mediánez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto: yo noto que Conchita no suele imponerse a su marido; más bien le teme que le manda… , y, sin embargo, en todo lo referente a mis cosas, ¡como una seda! Pido una gollería, Mediánez se enfada, Conchita vacila… ; aprieto yo, se sacrifica ella; pido, ruego, insisto, mando, y… ¡conseguido!

«Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Mediánez ve en mí poco ministro; tiene mil compromisos… ¡No importa venceré!… Apretemos.»

—¿No te parece a ti que debo apretar? —le decía a su mujer.

Y Juana, sin vacilar, contestaba:

—¡Pues claro! ¡Aprieta!

Ella también seguía cultivando la amistad de la de Mediánez y la del ministro mismo; pero, es claro, que, pasando lo que pasaba, y que su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que Juana apretase también, aparte de que lo que él no lograra menos lo conseguiría su pobre mujercita.

La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio a su marido para que diera un ministerio, si formaba Gabinete, al pobre Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.

—Pero, desengáñate; digas tú lo que quieras, yo no mando en Mediánez tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón.

Así hablaba, en sus intimidades, la ministra a su amante; pero éste no se daba a partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.

Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la política de bastidores (la que gustaba a Mariano), Mediánez estaba haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía epigramas contra Arqueta. El jefe de Mediánez no quería Ministerios de transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar a un Gabinete intermedio y llegar él a tiempo y como hombre prevenido. Mediánez y Arqueta bien veían el juego; pero como la coyuntura era única para que Mediánez fuera presidente del Consejo, estaban decididos a comprar aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.

Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que ayudaba a subir a la Presidencia a Mediánez, ponía sus condiciones al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era persona grata.

Mediánez ocultaba a su amigo las batallas que reñía con aquel señorón para obligarle a transigir con el diputado por Polanueva, a quien él quería a todo trance llevar consigo al Gabinete que iba a presidir.

En fin, para abreviar, vino la crisis, que fue laboriosa; hubo soluciones a porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro chico… , y, por fin, ¡oh alegría!, vino un ministerio que «nacía muerto» según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el Ministerio Mediánez.

¡Y Arqueta entraba en Fomento!

¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él en la lista de ministros!

Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado a su marido palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era un hecho.

Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos resquemores de conciencia, aunque muy leves… Al fin, era por una infidelidad conyugal por lo que llegaba a la anhelada poltrona… ¡Pobre Juana! Pero, ¡qué diantre!, como ella no estaba en el secreto y se veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.

Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fue la que encargó a escape el uniforme, o lo sacó de la nada, de repente, según lo pronto que estuvo listo.

A las once de la mañana iba a jurar, y a las diez Juana ya había vestido, con sus propias manos, a su marido el vistoso uniforme, reluciente de oro, con que iba a entrar en la brega ministerial. La casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de la amabilidad!, a las diez y media recibió el matrimonio un volante de Mediánez en que decía: «Espéreme usted; voy yo a buscarle en mi coche, y a dar la enhorabuena personalmente a Juana.»

A la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.

¡Qué triunfo!

Llegó el presidente nuevo. Mediánez, de uniforme también, aunque no tan flamante como el de Arqueta.

Aquella casa era una Babel.

Arqueta tuvo un momento de debilidad.

Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse a su gusto en un espejo vestido de uniforme, ¡Y era el sueño de su vida!

Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse a solas, a su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su gabinete, ¡dónde mejor! Allí, donde tanto había soñado con el triunfo, quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le había invitado a confiar en la explotación del físico.

Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa, que eclipsarse un momento…

Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero, Arqueta se dirigió a su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta estaba entreabierta… , enfrente estaba el armario en cuya clara luna se quería contemplar.

¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta pudiera verse reflejado en el espejo… vio en él, con toda claridad… , un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!

Pero no estaba sólo; en el espejo también vio Arqueta la imagen de Juana la regordeta… , con cuyas mejillas de rosa hacía Mediánez, el presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.

Arqueta dio un paso atrás. No entró en su gabinete… Entró en el otro, en el que presidía Mediánez, es decir, presidir también presidía el de Arqueta, por lo visto… ; pero, en fin, se quiere decir que, rechazando el primer impulso de echarlo todo a rodar, se decidió a sacrificarse en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme, que le quemaba, o debía quemarle el cuerpo, como la túnica de… no recordaba quién; pero no desgarró nada… , y cinco minutos después llegaba en el coche de Mediánez a casa de éste, donde aguardaban otros ministros y muchos políticos importantes. Allí estaba el protector de la nueva situación, el del epigrama, que iba a gozar de su triunfo subrepticio.

Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que rodeaba al ilustre jefe de la minoría se celebraban con grandes carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja… Y a él, a Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.

Sólo pudo oír esto que dijo el protector del Ministerio en voz alta y solemne:

—Sic itur ad astra!

Carcajada general.

«Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube así a las estrellas… soy yo.»

Y se puso como un tomate.

—Arqueta —gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría, dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento—, la calumnia ya se ceba en usted.

—¡Cómo! ¿Qué dicen?

—Que no va usted a jurar… , sino a prometer por su honor. Absurdo, ¿verdad? ¡Calumnia!…

El oso mayor

Servando Guardiola dejó caer el libro, una novela francesa, sobre el embozo de la cama; apoyó bien la nuca en la almohada, estiró los brazos con delicia de dilettante de la pereza… y bostezó, sin hastío, sin sueño —acababa de dormir diez horas—, sin hambre —acababa de tomar chocolate—; saboreando el bostezo, poniendo en él algo de oración al dios de la galbana, que alguno ha de tener.

Dejaba caer el libro para continuar deleitándose con las propias ideas y las queridas familiares imágenes, mucho más interesantes que la lectura que le había sugerido, por comparación, mil recuerdos, mil reflexiones.

Se sentía superior al libro, con una inadvertida complacencia.

Era el volumen pequeño, elegante, coquetón, de un autor joven, de moda, de los pervertidos, jefe de escuela, un jeune maître próximo ya a la Academia y que iba cansándose de su especialidad, el amor con quintas esencias y lo quería convertir en extraña filosofía austera, de austeridad falsa, llena de inquietud y sobresalto.

Todavía aquel poeta del vicio parisiense, que tantas depravaciones eróticas había pintado, casi inventado, continuaba en esta reciente obra, por tesón de escuela, por costumbre, acaso por espíritu mercantil, buscando nuevos espasmos del placer; pero lo hacía con evidente disgusto ya, cansado de repetirse, empleando por rutina, ahora, las frases gráficas, fuertes, audaces, que en otro tiempo habían sido el triunfo principal de su estilo nervioso.

Todo aquello le sabía a puchero de enfermo a Servando, gran lector ahora de clásicos, que estaba descubriendo la historia en los autores célebres antiguos, aquellos de que todos hablan y que en nuestro tiempo casi nadie los tiene para leer. Él sí, los leía, los saboreaba; ¡qué de cosas decían que no habían hecho constar los comentaristas más minuciosos!

¡Qué mayor novedad que leer de veras a uno de esos maestros antiguos!

Y en cuanto a las novedades de caprichosa y misteriosa voluptuosidad que el autor francés encontraba a cada paso en ciertos antros del vicio de la gran capital, ¡qué poca admiración le causaban a Guardiola, que algo conocía y todo lo demás del género lo daba por visto y condenado en nombre, no ya de la moral, del buen sentido estético y hasta del mero egoísmo sensual y utilitario!

Le halagaba, sin darse él cuenta, el verse tan fuera y por encima de todo snobismo concupiscente; y esto, sin pretender perfecciones morales de que, ¡ay!, sabía él, definitivamente, que estaba muy lejos.

Había vivido bastante en Madrid, en Sevilla; conocía por experiencia la vida poco edificante del París menos original acaso, el del vicio… y conocía además el gran mundo de las concupiscencias intelectuales, las grandes farsas de la pseudofilosofía, de la ciencia preocupada por unos cuantos postulados ilegítimos, y soberbia en sus deleznables conclusiones.

Pero estaba lejos de ser un escéptico, ni de la vida, ni de la ciencia. Le repugnaba la clasificación de los sistemas en pesimistas y optimistas, y le placía ver de qué grotesca manera el telégrafo y la prensa van deshaciendo el sentido de estas palabras, optimismo, pesimismo, que jamás debieron servir para clasificar ni calificar filosofías.

Y pensaba Servando aquella mañana fría, húmeda, de cielo gris, para él tibia, seca, de cielo de plata, entre el calor de las sábanas, con la chimenea encendida en el próximo gabinete, pensaba que era necia pretensión la de aquellos autores de las populosas capitales empeñados en pasmar al mundo, a la provincia con la perversión febril de las acumulaciones del rebaño humano en los grandes centros.

¿Qué hacía París, que no hubieran hecho Babilonia, Antioquía, Síbaris, Roma y tantas otras ilustres corruptoras de la antigüedad remota?

¡Provinciano! Él se sentía profundamente provinciano. Ni corte, ni cortijo; quería su ciudad adormecida, con yerba en algunas calles, con resonancias en los atrios solitarios, con paseos por las largas carreteras, orladas de álamos… sin gente.

Allá, a lo lejos, se distinguen dos, tres, cuatro puntos… se mueven, avanzan, se acercan… ¿será ella? ¿Quién era ella?… Una mujer; la mujer, cualquiera; pero toda una mujer; respetable, idealizada… la manzana de ceniza, tal vez, que… no se monda.

El amor era eso… hacer el oso. ¡Siempre el oso! Nada más que eso. Es claro que, en la juventud primera, Servando había amado con fuerza, creyendo; idealizando siempre, pero deseando, esperando. Pero con aquello no había que contar… Aquellos paraísos perdidos no aguardaban redención; no volvían. Eso es, pasa, no vuelve… Hasta acordarse de ello hace daño. A otra cosa. Los ojos, los ojos a distancia. No había más.

El oso, el verdadero, el tenaz, es provinciano. Sin saber por qué a punto fijo, Servando comprendía el amor del oso provinciano, sin mañana, porque mañana es como hoy, sin finalidad, como el arte, según Kant, el fin sin fin, le comparaba a los cánticos del coro de los canónigos en la catedral.

Aquel alabar a Dios por costumbre, por deber, por oficio, sin arrebatos líricos, con respeto, con más somnolencia que misticismo, se parecía al oso eterno, a que él se consagraba en la calle, en el paseo, en el teatro, en el baile. Los canónigos alaban a Dios sin acordarse de la recíproca; no esperan, por lo regular, ninguna recompensa sobrenatural por la justa corte que hacen al Señor.

Tampoco Servando esperaba nada de la mujer a quien miraba de lejos con una constancia que sólo tiene el vacío.

En su pueblo, en su vieja y aburrida ciudad querida, mansión propicia para filósofos previamente desencantados, había notado Guardiola que mucha clase de relaciones sociales se parecían a las del oso por la falta de comunicación oral o escrita entre personas y personas.

Años y años veía él ciertos convecinos a quienes no trataba, porque no había habido ocasión para ello, ni deseo de lograrla; los veía todos, todos los días; sabía su vida entera, sus costumbres, sus gustos; eran para él imágenes familiares, que le cansaban por lo repetidas, y que, no obstante, contribuían a la plácida sensación de bienestar local que sólo en su pueblo satisfacía.

Se estimaban sin decírselo, sin saberlo, él y aquellos desconocidos que conocía como a hermanos; y sin embargo, jamás cruzó palabra ni un saludo. No había ocasión.

A lo mejor una gacetilla anunciaba la grave enfermedad de aquel señor a quien, en efecto, Servando había notado un poco alicaído… Al obscurecer, una campanilla; el Viático. A veces Guardiola llevaba el Señor al enfermo… ¡Uno menos! Moría aquel convecino a quien jamás había hablado… Y dejaba un vacío. Y así otros, y otros. Y parecía nada, y sin embargo, la tristeza, la soledad que iba encontrando en el teatro, en los paseos solemnes de los días de fiesta no era causada exclusivamente por la edad que se le echaba encima; también contribuía a aislarle aquella ausencia de los desconocidos familiares, con quien no había hablado nunca.

¿Y las desconocidas? ¡Los osos, sin palabras y que duraban años y años! ¡Cuántos ideales de aquellos había visto Servando envejecer!

Había amado ya a cuatro o cinco generaciones. Ahora idealizaba las nietas de sus Beatrices de los quince años. Con una indiferencia perfectamente natural y espontánea, lanzaba al olvido los ideales que se hicieron viejos. No había crueldad ni inconstancia en este proceder, porque ya se ha dicho que el oso era una finalidad sin fin.

Ni había que sacarle consecuencias de las que suelen pedir los demás amores, los utilitarios. Ni matrimonio, ni logro, ni celos, ni perfidia, ni cansancio, ni hastío… El oso no acababa hasta que llegaba la imposibilidad fisiológica de darle un parecido con el amor. Además los osos antes de hacerse del todo viejos, sabían desaparecer. Casi todos se convertían en madres honradas que salían poco de casa y sólo pensaban en los hijos. Cada primavera traía su juventud y ¡quién se acordaba de las hojas de otoño!

El amor así era compatible con toda clase de ocupaciones y preocupaciones. Servando había sido una porción de cosas, dándoles importancia, y sin dejar de hacer el oso de aquella manera. Político, algo beato, casado, viudo… , todo eso había sido y nada de ello tenía que ver con el oso; cosa aparte.

Cuando le empezó a salir la pata de gallo, llevaba diez o doce años de mirar a una marquesita muy mona, muy lánguida, casada con un cacique terrible del partido liberal.

La había conocido cuando ella, niña todavía, jugaba al aro, y a saltar la cuerda en el paseo principal. Desde entonces empezó a mirarla como a todas. Y ella a él, como a todos.

El oso en estos pueblos aburridos es propiedad ideal de la comunidad, casi, casi corre con él el Ayuntamiento. Todas miran a todos, y viceversa.

La marquesita pálida, interesante, esbelta, era un alma de Dios; fiel a su esposo, como era respetuosa con su madre; se había casado porque sí, y hacía el oso lo mismo, porque lo veía hacer al mundo entero. Ponía los ojos a lo místico, en el cielo… o en el cielo raso, según el lugar, y dejaba caer de repente la mirada sobre el varón puesto enfrente; que era muchas veces, en muchas partes, Guardiola.

No se habían hablado diez veces en la vida; unas temporadas se saludaban y otras no. ¡Y qué de historia común! ¡Qué relaciones tan largas las suyas! A veces, en el teatro, mal alumbrado —con poca gente—, no tenía ella más oso que él, ni él más oso que ella… Y, ¡cosa rara!, esas noches se aburrían de lo lindo, bostezaban, y se miraban mucho menos!

Faltaba la competencia, la animación, ¡qué sé yo! En cambio, los días alegres, los de gran función, las miradas se buscaban con afán, se aprovechaban del bullicio, de la multitud que pasaba por delante, entre ojos y ojos, para hablar más claros, más insinuantes… pero total, relámpagos. Nubes de verano en lo más frío del invierno.

* * *

Una noche, al retirarse Servando, oyó tocar a administrar en la parroquia vecina. Era para la marquesita. Una fiebre puerperal, cosa de días. Servando cogió un cirio y siguió al cortejo religioso. Quería estar muy triste, muy triste, y no podía; no sabía.

Aquel ideal de tantos años, que acaso era el último, tan familiar, tan escogido… se desvanecía también; y Servando tenía que confesarse que había sentido más la muerte de cierto primo carnal, que sentía la de la marquesita.

Murió aquella bendita y elegante señora, y Servando estuvo un mes sin ir al paseo, ni al teatro. Pero por culto que rendía a la sinceridad, pasado el mes volvió al paseo y al teatro. ¡El vacío existía! Sí. ¡Grande! En aquella platea solitaria de la marquesita había un agujero negro… El diablo de la metafísica no le dejaba a Guardiola entregarse a la desesperación con tan plausible motivo.

Vivir es ir muriendo todos los días, dicen muchos poetas, sin recordar que ya lo había dicho Séneca, y no había sido el primero. Pero ¿y qué? Claro que vivir es cambiar; y cambiar es eso; ahora uno y mañana otro; hoy por ti; mañana por mí.

Guardiola se murió también. Y no muy viejo. De un catarro mal curado. Fue al purgatorio, como era de esperar. La marquesita también había estado allí; pero ya había subido al cielo. Bien lo merecía, aunque sólo fuera por haber estado casada con un cacique.

Al cabo de los años mil, también Servando ascendió en el escalafón lo suficiente para llegar a la gloria eterna. Había estado mucho más tiempo purgando culpas que la marquesita; pero no por los osos, que en esto, allá se iban, y pesaban poco en la balanza de la Justicia; pero él había sido filósofo y ella no. Y por eso.

Sabido es que en la corte celestial está todo como lo dispuso Miguel Ángel, maestro de ceremonias. Cristo a la diestra de Dios Padre, y cada cual como corresponde y es de derecho. Después de arcángeles y serafines, tronos y dominaciones, ángeles, santos patriarcas, doctores, etc., etc., viene la gente menuda; y entre la gente menuda se vio, y no esperaba otra cosa, Servando. Los asientos están en largas filas paralelas. Los hombres a un lado, las mujeres a otro. Pero se ven, se ven, cuando las nubes de incienso no son demasiado espesas, los hombres y las mujeres.

Durante muchos millones de años, Servando no atendió más que a gozar de la felicidad eterna, que le correspondía. Pero tantos siglos de siglos —secula saeculorum— fueron pasando, que al fin, al fin (es decir, al fin no, porque aquello no tiene fin) Servando… se puso a reparar en el mujerío que tenía enfrente.

No se podía hablar con los demás una palabra, pero esto no le importaba a él, que ya venía acostumbrado a tal silencio desde la vida en su pueblo. En una ocasión en que el humo era menos denso se le figuró ver… ¡no había duda! ¡Era la marquesita! La tenía enfrente. Ella le había visto a él mucho antes.

Al principio (muchos millones de millones de años) no se atrevieron a mirarse… pero… al cabo de ese pedazo de eternidad, la marquesita clavó los ojos en el cielo del cielo… y los dejó caer, como solía en su pueblo, sobre el buen Guardiola.

No tenían otra cosa que hacer… y se entregaron a su costumbre favorita; a mirarse de lejos, sin un gesto, como si no fueran más que ojos, y no unos completos bienaventurados.

Se disponían a pasar la eternidad haciéndose el oso. Y se lo hicieron, siglos de siglos…

Pero se enteró la policía celestial. Aquello no estaba bien. Era cosa inocente, pero más propia que del cielo, del limbo. Pero como del cielo ya no se les podía echar, ni era la cosa para tanto… , los trasladaron al cielo… estrellado.

Y la marquesita y Servando Guardiola pasaron a ser entre estrellas telescópicas, dos muy juntas enfrente de otras dos muy juntas, formando entre todas un grupo, una constelación que, cuando se descubra, se llamará… el oso mayor.

Tambor y gaita

—¡Admirable, admirable, admirable!

Después de lanzar al aire esta exclamación, que hizo retumbar la estrecha saluca de la Rectoral, el Arcipreste Lobato tomó un polvo de rapé superior, de una caja de plata muy ricamente labrada, que tenía abierta sobre la mesa de encina de anchas alas, la cual se cerraba y abría con majestuosa pesadumbre.

Todos los presentes callaron, porque no sabían si el cura peroraba como doctor de la Iglesia, y sin admitir, por consiguiente, la forma socrática del diálogo, o como simple particular que toleraba la conversación. Además, ninguno de los allí reunidos tenía autoridad bastante para hablar en presencia del Arcipreste, sin ser invitado a ello.

—¡Sí, tres veces admirable! y diciendo esto, cerró la caja de un papirotazo dando a entender que allí él era, así como el único creador, el único que tomaba rapé; a lo menos de la caja de su propiedad.

—Tres veces admirable y no me cansaré de repetirlo. Ese Gasparico ha de ser gloria, no sólo de la parroquia de San Andrés, sino de todo el Concejo, y más diré, gloria del Principado.

Pero no así como se quiera, señor mío, no gloria mundana, viento y sólo viento, vanidad de vanidades, vanitas vanitatum… Y al decir esto el corpanchón del clérigo, puesto en pie, vestido con amplísimo levitón, de alpaca negra, y haciendo aspavientos con ambos brazos, para imitar las aspas de un molino, movidas por el viento salomónico de la vanidad, llenaba gran parte de la estancia que era corta y angosta y baja de techo como un camarote.

El señor mío a quien el Arcipreste apostrofaba, no era ninguno de los circunstantes, sino los librepensadores en general, representados, si se quiere, por Mr. Jourdain, ingeniero belga, socio industrial de la gran empresa extranjera, que explotaba muchas de las minas de carbón de la riquísima cuenca, cuyo centro viene a ser la parroquia de San Andrés.

—Gloria sólida, consolidada, como si dijéramos, gloria al portador, en buena moneda de oro de ley, girada por Aquél que no quiebra ni quebrará, ni mete gato por liebre, ni da a sus elegidos billetes falsos, ni papeles mojados de una Deuda que no hay Cristo que cobre…

Es necesario advertir; primero, que Lobato se estuvo figurando, por unos momentos, al Señor pagando una deuda de gloria en monedas de oro de cinco duros; y sus ademanes imitaban el acto de ir echando en la mesa el dinero que él fingía sacar de un bolsillo del chaleco. Segunda; también hay que notar, para la mayor exactitud psicológica, que el Arcipreste, una vez empeñado en sus tropos, se olvidó del panegírico que venía haciendo, y pasó a pensar en ciertas láminas de la propiedad, en los condenables cupones, que no había Cristo que cobrase como Dios manda, y en la baja del papel, que era enorme por aquellos días.

—Ese, Gasparico, añadió volviendo en sí, y dejando por esta vez sus querellas con el estado, en cuanto mal pagador, ese, Gasparico, ha de llegar a ser Obispo, en aquellas remotas playas. (El Arcipreste se figuraba toda la China y la Indochina como una serie de playas cubiertas de menuda arena y erizadas de hombrecillos amarillentos o negruzcos, casi todos bizcos, cubiertos de pluma y armados de flechas, que disparaban de la noche a la mañana contra los mismos frailes.)

Parecíale que había exagerado un poco haciendo Obispo de repente a un motilón que no tenía todavía las primeras órdenes, y como él no era amigo de exagerar ni de adelantar a nadie la carrera indebidamente, rectificó diciendo:

—Y si no Obispo, por lo menos de santo lo hemos de tener, si le dan ocasión para meter la mano hasta el codo, en los oficios y martirios, porque para ello es el más pintado.

—Más lo quiero santo que obispo —dijo con voz pausada, ronca, que hablaba con respeto y con entereza, y con una serenidad fúnebre, que imponía veneración y daba frío.

Quien hablaba así era la madre de Gasparico, la cual acababa de despedirse de su hijo para toda la vida, segura de que en cuanto el muchacho tuviera las órdenes necesarias, se lo iban a crucificar los salvajes allí en una región remotísima, de que ella no tenía ni siquiera las imágenes que ilustraban la fantasía del Arcipreste. Jamás había visto estampas ni grabados de esos que acompañan a ciertas historias de los mártires. Era aquella pobre aldeana una mística sin libros. No sabía leer.

Cuesta abajo

Día 7 de enero de 18...

A las cinco de la tarde Ambrosio Carabín, portero segundo o tercero (no lo sé bien) de esta ilustre escuela literaria, cerraba la gran puerta verde de la fachada oriental, y, después de meterse la llave en el bolsillo, se quedaba contemplando al propietario de la cátedra de Literatura general y española, que bajaba, bien envuelto en su gabán ceniciento, por la calle de Santa Catalina. Carabín, es casi seguro, pensaba a su manera: –¡Y que este insignificante, que ni toga tiene, me obligue a mí, con mis treinta años de servicios, a estar de plantón toda la tarde porque a él se le antoje tener clase a tales horas en vez de madrugar como hacen otros que valen cien veces más, según lo tienen acreditado!Si el propietario de la cátedra de Literatura general y española hubiera oído este discurso probable de Carabín, se hubiera vuelto a contestarle:–Amigo Ambrosio, reconozco la justicia de tus quejas; pero si yo madrugara ¡qué sería de mí! Déjame la soledad de mis mañanas en mi lecho si quieres que siga tolerando la vida. Me has llamado insignificante. Ya sé que lo soy. ¿Ves este gabán? Pues así, del mismo color, soy todo yo por dentro: ceniza, gris. Soy un filósofo, Carabín. Tú no sabes lo que es esto: yo tampoco lo sabía hace algún tiempo cuando estudiaba filosofía y no sabía de qué color era yo. Pues sí: soy un filósofo y casi casi un naufragio de poeta (no te rías)… y por eso no puedo, no debo madrugar. En cuanto a que mi cátedra te estorba, te molesta, lo admito: me lo explico. También me estorba, también me molesta a mí. Intriga con el Gobierno para que me paguen sin poner cátedra, y habrás hecho un beneficio al país, a ti mismo y al propietario de esta asignatura, que ni tú, ni yo, ni los estudiantes sabemos para qué sirve.Pero el no madrugar es indispensable: por eso, por eso es por lo que debían pagarme a mí. No creas que en la cama no hago más que dormir. No, Carabín: medito, siento, imagino, leo, escribo… Justamente ahora doy principio a una obra, si no te parece ambiciosa la palabra, a una obra muy interesante para el curioso lector, que soy yo mismo, yo solo. Ea, con Dios, Ambrosio: queda con Dios, y no me desprecies demasiado. Y, en último caso, despréciame mucho… pero no me mandes madrugar.El que habría hablado de esta suerte al portero, de haberle oído, es el principal personaje de estas memorias, el que tiene el honor de dirigirse la palabra, el autor, yo, D. Narciso Arroyo. Tengo treinta yseis años, ninguna cana, pocos desengaños, ninguno de esos personales que llegan al corazón; creo haber amado bastante, he creído lo suficiente, no me remuerde la conciencia por ninguna gran picardía de acción o de omisión; y no emigro de España porque cuando sueño que estoy lejos de la patria me dan amagos de disnea, allá entre pesadillas. Además, por lo que he visto de la tierra en los periódicos ilustrados y en Le Tour du monde, todo viene a ser lo mismo. Toda la humanidad se ha retratado, y ya no quedan más que dos tipos: o se trae corbata o se enseña el ombligo; o se sujetan con el corsé las sagradas fuentes de la vida o se dejan resbalar languideciendo. Otrosí, estoy enamorado de esa torre, estoy enamorado de ese monte. ¡Ay, sí! ¡Bien enamorado, mucho más de lo que yo sabía! Ayer pasó junto a mí Elvira (como yo soy el lector de estos apuntes, no necesito explicarme más; Elvira: demasiado sé yo quién es Elvira). ¡Qué vieja! Sí, esto pensé: ¡qué vieja! Estos ojos suyos no son ya aquellos ojos míos. ¿Se le apagaron a ella, o se me han apagado a mí? A ella, a ella sin duda. Y, si no, veamos. Ahí están la torre, el monte, que no han engordado, que no palidecen. Y no es que no se gasten… sí se gastan algo, el monte sobre todo: está más triste, más comido por las canteras; se va quedando algo calvo de robles y de castaños; pero, con todo, son los mismos, y yo siento por ellos más, mucho más que sentía hace veinte años y hace diez, y veo en ellos lo que entonces no veía. Tienen, de esto que sigo llamando mi alma, mucho más de lo que yo pensaba. ¡Y el cristianismo, el santo cristianismo, que me ordena amar más a D. Torcuato, el primer teniente alcalde, que a esa torre y que a esa montaña! Es que el cristianismo no conoce bien a D. Torcuato. ¡D. Torcuato Angulo! Parece hecho por el diablo para probar que no hay Dios. ¡D. Torcuato! Nunca le perdonaré el susto de la otra noche. Fue como sigue. Estaba yo acostado. Iba a dormirme, ya apagada la luz, cuando de repente recordé que Angulo había dicho de mí, en la confitería, que yo era ateo. La conciencia clara, clarísima, de que valgo más que Angulo, de que éste es un ser miserable hasta el asco, me dio remordimientos y me arrojó en los tiquis miquis de los escrúpulos de vanidad, soberbia, falsa filosofía, unción superficial y puramente artística con que suelo atormentarme en cuanto tomo la postura supina si no he trabajado con intensidad durante el día. En vano buscaba, en el fondo de esto que llamo el alma, actos de humanidad y caridad para quedar tranquilo, dormirme y acabar de una vez. Nada: la obsesión persistía. D. Torcuato no era digno de ser amado: ni metiéndole en la cuenta del gran todo, sumándole con lo Infinito para que pasara sin ser notado, conseguía yo hacer tolerable a aquel gandulazo. Y no había modo de dormir. Nada, una de dos: si yo no encontraba el lugar armónico que en la realidad y en mi corazón ocupaba necesariamente Angulo, no había tal realidad una, ni yo era un verdadero pensador, ni una persona decente: había que amar a D. Torcuato y explicárselo. Por poco me vuelvo loco. Claro: aquel ir y venir de argumentos en que el suelo se venía abajo de minuto en minuto y se volvía arriba, aquel círculo de contradicciones y aquella angustia metafísica, trajeron, como siempre, la excitación nerviosa, las náuseas, el miedo a la enajenación mental, y el sueño triste y lleno de visiones desanimadoras, que es lo peor que saco de estas campañas estériles. ¡Y todo por culpa de D. Torcuato!Ahora que estoy bien despierto, y el sol alegre llega hasta besar la blancura de esta sábana, y tengo el torso vertical, y no hay miedo al hígado ni al cerebro; ahora, apoyado en los estribos del buen sentido, santo, del mediodía, ahora grito: –¡Mala centella parta a D. Torcuato Angulo! –Y sigo–. No sé si he dicho que soy viudo: lo soy. No se crea que me acuerdo ahora de esto porque mi mujer me la haya matado D. Torcuato, no: capaz sería, pero no fue él. No estoy seguro de no haber sido yo. Pero bien sabe Dios que si contribuí a su muerte fue sin querer.Culpa, ninguna. Por eso estoy tranquilo. Aunque no siempre del todo. Porque hay horas también en que tengo remordimientos, a pesar de no creerme responsable de los actos en que esos remordimientos se fundan. Por ejemplo, cuando hablo en cátedra de las tres unidades de acción, lugar y tiempo, y digo que para el artista moderno ya no hay tales trabas, no estoy seguro de decir la verdad. Tal vez las tres unidades dramáticas son esenciales. Vaya V. a saber. Pero ahora lo corriente es decir que se puede prescindir de algunas de ellas. Y se prueba. No se prueba del todo, pero se prueba. ¿Voy yo a reñir con todo el mundo? ¿Voy a declararme paladín de las unidades? No: anda que corra la bola.Pues ¡no tendría yo que discurrir poco para averiguar el fondo último de la verdad en este punto! Tendría que emplear toda la vida en averiguar eso… y me quedaría a oscuras. De modo que ¡abajo las unidades y caiga el que caiga! ¿Qué culpa tengo yo? Bien, pues así y todo me remuerde la conciencia. ¡Ay! Bien piensa Carabín: siempre seré un insignificante.Pero voy a mi asunto. Yo, Narciso Arroyo, catedrático de la facultad de Filosofía y Letras, viudo, de treinta y seis años, domiciliado en la calle de Santa Catalina, número nueve, he decidido escribir las memorias de mi vida en variedad de metros como quien dice, y sin respetar gran cosa las tres unidades. Pienso ser unas veces predominantemente épico, como yo digo muy serio en cátedra, porque hay que vivir; y otras veces me inclinaré visiblemente a lo lírico. Días habrá en que todo lo que guarde de aquellas veinticuatro horas mi libro de memorias no será más que una canción. ¡Días felices aquellos en que el alma fue no más una cuerda de la lira, y la conciencia una vibración sonora!¡Quién le diría a mi compañero, el de Literatura griega y latina, que yo sé explicarme tan poéticamente! ¡Él, que me cree seriamente preocupado con el origen de los versos leoninos! ¡Mi buen D. Heliodoro! ¡Él ve a Grecia a través del director de Instrucción Pública, y jamás se le ha ocurrido imaginarse la cara que pondría Friné si le presentaran a Gil y Zárate y viceversa!Hoy, pasada la Epifanía, se reanuda el curso, comienza el año nuevo… en cátedra, y quiero que hoy también se inauguren mis Memorias.Cuesta abajo, es decir, camino del hoyo. Sí, no hay que forjarse ilusiones: ya no hay más horizonte; doblé la cumbre y voy descendiendo ya al otro lado de la montaña. Sólo podré ver la vertiente que dejo atrás con los ojos del recuerdo. Mientras yo bajo por este lado, las Memorias volverán a subir por el otro; pero, ¡ay!, el espíritu que las dicta va cuesta abajo. ¡Qué diferencia de vivir a volver a vivir! Si se pudieran hacer las cosas dos veces ¡qué mal las haríamos la segunda vez! Esta segunda vida sería obra del hombre, y la primera es obra de Dios. Tal creo.

Día 8 de enero de 18...

Si, como quieren ciertos filósofos modernos, el hombre es un compuesto inestable, yo a los diez y siete años era un compuesto inestable… y sin novia. No tenía más novia que la Virgen Santísima. Alabada sea ella de todos modos. Nunca le perdonaré a Renan lo poco que dice de María. A los diez y siete años yo no sabía de Renan más que por una traducción de Los Apóstoles que publicaba en el folletín un periódico republicano que con motivo de la revolución triunfante quería arrancar a España de las garras del fanatismo, aunque fuera descalabrando el idioma de nuestros intolerantes antepasados.

Además, ahora que me acuerdo, había visto una traducción, mala también, de la Vida de Jesús, en la maleta de un americano muy rico y muy bruto, que quería educar a sus hijos a la moderna, y para ello se preparaba leyendo El Evangelio del Pueblo, del Sr. Henao y Muñoz, y llevando consigo a todas partes el libro de Renan, aunque sin leerlo, porque no estaba escrito en estilo cortado, como El Evangelio de Henao y los artículos de los periódicos satíricos que también deletreaba, y él los períodos largos no los entendía.

Tenía yo, en consecuencia, por un hombre de malas entrañas y mal gusto, por filósofo superficial y por historiador embustero, al insigne bretón; y eso que no sabía entonces, como supe después, que los oradores del Ateneo de Madrid, que el tal Renan todo lo copiaba de los Alemanes, menos la cháchara poética. No por ser tan injusto con el autor de San Pablo era yo en aquel entonces tan mentecato como parece deducirse del contexto. Hay que acostumbrarse a distinguir de facultades, porque unas se desarrollan antes y otras después, y algunas nunca, y no por eso deja de haber elementos dignos de aprecio en las almas de ese modo incompletas. Ni hay que suponer que ciertos espíritus, encerrados en la letra de una fe quieta, estancada, no puedan tener sus grandes anhelos poéticos de esperanzas insaciables, de abnegación metafísica, de idealidad independiente, y también los sentimientos y arranques anejos. No es lo más frecuente, pero los hay que tienen todo eso. También es verdad que cada día hay menos, y que las almas completamente sinceras y de cierto temple, casi todas son libres, en el sentido de que no las sujeta ningún dogma histórico. Pero vuelvo a mis diez y siete años. Acababa de pasar una gran fiebre nerviosa. Me encontré del lado de acá de la adolescencia en poder de una tristeza milenaria, suavemente apocalíptica. El mundo se había hecho viejo de repente; las cosas, todas pálidas, apenas tenían más que la superficie; el sol no era tan claro como antes; y entre mis ojos y las nubes, entre mis ojos y el mar lejano, aparecían enjambres de puntos, de circulillos opacos, como una vía láctea de estrellas apagadas. Aquello era para mí lo más doloroso y el símbolo de la ruina universal y, sobre todo, de mi propia ruina. Mi ruina era inmensa: aquel velo de puntos que había entre mis ojos y el mundo me decía que la hermosa vida, que ya no era hermosa, no era para mí. Yo venía a ser un príncipe, más, un emperador del ancho mundo, a quien habían destronado durante una enfermedad peligrosa. Como Gil Blas se levantó del lecho sin sus doblones, yo me levanté sin mis ensueños de rapaz ambicioso y fantaseador. Por eso no tiene nada de particular que cuando me ponía a escribir versos los dejase siempre sin concluir, aun sin mediar; porque tanta desesperación había en las primeras estrofas, tanto anhelo del aniquilamiento universal, que ya no había nada más que decir en este sentido, no cabía apurar más la gradación del desencanto, y no merecía en el mundo cosa alguna el esfuerzo de seguir buscando consonantes no vulgares, única clase que yo admitía; trabajillo que acaso entraba por algo en el abandono de todas mis tentativas rítmicas. Mientras fui niño, proximus infantiae primero y proximus pubertali después, fui absolutamente épico en mis lecturas y épico y dramático en mis escritos y en mis aspiraciones: leía novelas de aventuras y de pasión, historia, política, viajes y su poquito de filosofía; poemas y versos clásicos que no entendía; hacía alarde de mi erudición y de la imaginación siempre exaltada; contaba a mis amigos cuentos que yo iba discurriendo según los contaba, y escribía comedias y dramas a docenas, alguno de los cuales representábamos en teatritos caseros, en las guardillas y desvanes.

Enfermé, y, al volver tristemente a la vida, mi alma era ya toda lirismo. Había perdido mis comedias, olvidado mis lecturas en gran parte, despreciándolas casi todas; y hasta la ortografía, que había aprendido bien de chiquillo y que días antes de caer en cama noté que se desvanecía de mi memoria, hasta la ortografía, tuve que volver a cultivarla, porque siempre tenía presente la anécdota de: –Orestes se escribe sin h– y me daba mucha vergüenza el contraste de mis cavilaciones y profundidades escritas con el mal uso de las haches y el abuso de las ges o las jotas.

Era durante el verano mi larga convalecencia, prolongada en mis adentros, cuando ya los médicos me daban por restablecido completamente.

Estaba yo en la aldea, en un valle frondoso, muy retirado, ancho y largo, limitado por colinas suaves, de líneas graciosas cubiertas hasta la cima de árboles copudos. No sé cómo llegó a mis manos una edición diamante de las poesías de Leopardi, más algunos artículos que hablaban de su vida y comentaban sus pensares y sus dolores. Por la primera vez me picó en el alma la idea del ateo, del ateo honrado, digno de cariño, del ateo hermano. Leopardi no creía en Dios, no volvía los ojos del alma a la Providencia, al Padre Espiritual; y a pesar de esto, que era entonces para mí un horror, en mi corazón, intolerante en su inocencia, nacía, como un pecado, una lástima infinita, una dulcísimo aunque desesperada intimidad de dolores con el solitario de Recanati.

Muchos años después he leído en Parerga y Paralipomena de Schopenhauer, que el aburrimiento es patrimonio de las almas inferiores. No hay que decir estas cosas tan en absoluto: hay muchas maneras de aburrimiento. El vacío, el que consiste en la ausencia de espacio para la imaginación, es ciertamente propio de los jugadores de tresillo; pero el aburrimiento, que fue la décima musa del poeta de Recanati, es diferente aunque no en todo. Las dudas o las negaciones de la voluntad no son propias de los hombres vulgares, como el mismo Schopenhauer viene a reconocer en el mismo libro; y esas negaciones y esas dudas, las dudas sobre todo, engendran esa otra especie de aburrimiento dignificado por su objeto y por el dolor positivo que causa. El ateísmo de Leopardi es de los más tristes, porque es un ateísmo de soñador, de místico sin divinidad; es decir, lo infinito como teatro, pero sin personajes, sin drama. Para mí el ateísmo de Leopardi fue siempre más triste, más simpático, que el de los más grandes poetas modernos, ateos también. El ateísmo de Shelley es toda una tesis, una filosofía batallona, hasta una especie de palingenesia. El ateísmo de los modernos poetas indianizantes, de los amigos del nirvana, me parece menos inmediato, menos sentido, que el de Leopardi, y, lo que más importa para el caso, más divertido, menos doloroso. Estos orientalistas no se aburren: se duermen, y sueñan formas hermosas, libres de la congoja metafísica. El ateísmo de Leopardi está continuamente ligado a un espiritualismo que, una vez muerto Dios, encuentra inerte la naturaleza, estúpida, como la llama el Sr. Feuillet en una novela que está publicando estos días(1) (Honor de artista). Por eso la poesía de este desgraciado genio (de Leopardi, no de Feuillet) que para mí simboliza mejor su poesía, su carácter poético, es la canción de un pastor a la luna en una llanura de Asia. Nunca olvidaré el día, la hora, el sitio en que por vez primera devoraron mis ojos y tragó mi corazón aquella hiel. Aquella mañana de setiembre, calurosa, cenicienta en el cielo, había yo tenido una extraña crisis nerviosa: había inventado salir a la huerta, al sentarme a almorzar, porque la casa se me venía encima; me ahogaba de tristeza, de imposibilidad de vivir así, si el mundo seguía pareciéndome tan inútil, tan descompuesto, tan ilógico, tan partido en moléculas sin cohesión… Me agarré a mi madre, di gritos de angustia, de espanto, y salimos juntos a la huerta. Paseamos un poco bajo las parras que formaban un pórtico. Ella me daba el brazo, me consolaba con frases que, por lo mismo que no llegaban a la inteligencia de mi desazón, de mi disparatada aprensión respecto de la realidad que me rodeaba; por mismo que eran una afirmación del mundo normal, lógico, bueno, una verdadera petición de principio; me confortaban, me distraían de mi alucinación interior, de mi locura pasajera inefable. Entre el cariño y el buen sentido me iban volviendo a la realidad verdadera, sana, consistente, continua. Pasó la angustia que llamaré intelectual impropiamente.

Nos sentamos sobre el pretil de la muralla que daba sobre el corral de abajo.

¡Oh, qué inolvidable aniquilamiento el que sentí un minuto después de sentarme! Ha dicho un crítico francés de los del día que el dolor físico es, si hablamos con sinceridad, mayor que el moral, en suma. Yo no lo afirmo, pero en aquella ocasión el terror de lo que sentí fue entonces superior con mucho a la angustia y a la locura de poco antes. Ello era que se me iba la vida por la espalda. Aquello no se llamaba morirse: era irse… escapar todo por la espalda, cayendo… cayendo, alejándome de mi madre, que, agarrada al mundo, a la materia, de que ella era parte, se quedaba allá lejos, desvaneciéndose, sin comprender mi mal, inútil para mí a pesar de su cara de compasión y de angustia.

Me tendía los brazos, que a pesar de tocarme no llegaban a mí, ¡ay!, no llegaban a la región en que yo sentía el espanto y también el cariño que llevaba ella dentro, como un niño en una cuna olvidada. Yo volvía atrás, volvía atrás, a la primera infancia… pero no para entrar en el seno de mi madre: para alejarme de él, cayendo, cayendo en la nada, que me invadía.

… Volví a la vida entre besos, lágrimas y abrazos de mi madre, más un poco de azahar, que llegó a tener para mí, a fuerza de usarlo, algo del olor del regazo materno. Mi madre creía en el azahar como en las oraciones. –La oración –pensaba ella– es medicina para los creyentes: el azahar para los nerviosos.

Siguió una reacción de alegría sin causa, como síntoma no más halagüeño, pero como bien positivo actual muy sabroso. Las alegrías sin causa no hay que descontarlas en la vida, porque tienen en sí mismas su razón de ser, que es la causa más constante. Ni los pesimismos ni los ascetismos deben echar en saco roto estos argumentos de las almas alegres quand même. ¡Oh! ¡No hay que llevar demasiada metafísica a las pasajeras ráfagas de buen humor que orean de tarde en tarde la prosa manida de la existencia! Según me hago viejo, me inclino más cada día a un empirismo espiritual, a un epicurismo de buenas costumbres, moral y suave… Decía que, pasada la crisis nerviosa, volví aquel día al dominio de mi espíritu, alegre, vibrando, como placa sonora, con todas las impresiones que venían de la luz, del sonido, de los olores, del contacto. ¡Horas memorables éstas de armonía interior, en que la presencia de la realidad se convierte en una música y el alma adivina el timbre de todas las cosas y escucha las grandiosas sinfonías de la naturaleza latente!

Para mí, sobre todo en aquella edad, fue siempre el remate obligado de estas excitaciones la necesidad de leer versos buenos en voz alta, a mis solas, en lugar a propósito, y acabar la lectura con ahogos de enternecimiento, con lágrimas en la voz y en los ojos, refiriendo el sentido íntimo, esencial, de lo leído a un sentimiento de caridad, de un orden o de otro, pero de caridad vivísima, inefable. No recomiendo el procedimiento a los pedagogos; no pido que a los niños de las escuelas o de los institutos provinciales se les enternezca artificialmente hasta el punto que me enternecía yo, por medio de la lectura de los grandes poetas, hasta conseguir fabricar una buena porción de sentimientos humanitarios que sumados aseguren al Estado grandes dosis de abnegación y sentimentalismo públicos. No, no estaría eso bien. Sin contar con los refractarios, que no faltarían, tal vez ni conveniente sea acaso que los muchachos lleguen a ser tan visionarios y sentimentales como yo confieso que fui en mi adolescencia (más adelante tuve ocasión de cambiar de conducta y llegué en mi viril endurecimiento hasta el punto de ser escritor satírico). Un ilustre pedagogo extranjero, coetáneo, cuyo nombre siento no recordar ahora, demuestra, o poco menos, que los niños no deben llorar, pese a ciertas preocupaciones contrarias. Pues que no lloren. Sobre todo, si se ha de mirar la cuestión desde el punto de vista puramente fisiológico (y así parece que debe ser), por mí que no lloren, que no sean sentimentales. No quiero que se me culpe de conspirador contra el mejoramiento de la especie humana.

Harto se ha insultado al pobre Rousseau con motivo de sus sensiblerías, que, según la autorizada opinión de personajes que no han llorado nunca, corrompió a varias generaciones con su falso sentimentalismo.

Así debe ser en adelante, es decir, no se debe provocar el enternecimiento a no ser cuando se trate de causa mayor, de un duelo legítimo y que tenga algo de parecido con el zollverein, o sea la unión aduanera, esto es, cuando se trate de algo que importe a la mitad más uno, o sea, la mayoría absoluta de los ciudadanos. Todo lo demás es subjetivismo, afeminamiento, impresionabilidad excesiva y otra porción de sustantivos más o menos clásicos.

Pero cuando yo tenía diez y siete años no veía las cosas como ahora; así es que aquella tarde, para saciar el ansia poética que siguió a mis ataques de nervios, busqué un autor de los que más me conmovieran, de los que mejor me hablasen de las cosas de más adentro. Llegué a mi cuarto. Sobre la mesa de noche se destacó, como imponiéndose a mi atención y a mi voluntad, el volumen lindo, pequeño, que parecía un extracto de ideas y emociones, el libro familiar de aquella temporada: Leopardi. No dudé. La acción siguió al impulso: tomé el libro. Como con una presa, huí a lo más escondido de la huerta, a una gruta artificial, fresca, nemorosa, hecha por nosotros mismos con laurel en un socavón de una muralla antigua. ¿Por qué más que nunca entonces necesitaba mi alma al poeta triste? ¿No estaba yo alegre, no creía firmemente en tales instantes en las armonías del mundo? Por lo mismo, por la comezón irresistible del contraste, por la curiosidad peligrosa de ponerme a prueba, quería leer aquello. Además, disparatadamente, como si el libro no fuera cosa muerta, constante por su misma inercia en el dolor de que hablaba, yo iba a leer con la esperanza absurda… de influir en Leopardi aquella tarde en vez de dejarme entristecer por él.

¡Era tanta mi alegría íntima, tan sólidos creía yo los cimientos de mi dulce optimismo! –A ver quién vence a quién: a ver si él me comunica, como siempre, su congoja, o si yo infiltro en estas hojas frías el espíritu de amor y fe que me inunda. «Consolemos al triste.» Del absurdo nunca pudo salir nada bueno–. Por casualidad, lo primero con que tropezaron mis ojos fue con El sábado de la aldea, que es uno de los más sublimes cantos a la esperanza, pero a la esperanza sola, que ha inspirado a ser humano la decepción eterna. Aquella impresión agridulce aún no enfrió mi celo de catequista. En seguida llegué, a saltos, a la famosa poesía en que Leopardi habla del renacimiento de la ilusión…

Meco ritorna a vivere
la piaggia, il bosco, il monte;
parla il mio core il fonte,
meco favella il mar…

Olvidado yo de lo que sabía que venía después, medio creí un momento en el milagro. Mi alegría, mi fe, mi amor, se comunicaban al poeta muerto… me seguía, él amaba también y comprendía la belleza y bondad del mundo. ¡Momento solemne aquel! ¿Por qué he olvidado yo tantas escenas culminantes de mi vida: mi primera declaración de amor, mi primera comunión y otras cosas por el estilo, que tanto debían importarme, y tengo grabadas en el cerebro, como presentes, estas nimiedades de que hoy hablo, y otras así? ¡Ay! Porque ya más que un hombre soy una entelequia de la facultad de filosofía y letras.

El poeta decía en seguida, ¡claro!

Dalle mie vaghe immagini
so ben ch'ella discorda;
so che natura e sorda,
che miserar non sa

Como si en el cielo azul y sonriente, allá hacia la parte del Este, donde se aglomeraban las nubes, como recogidas, hubiera una cortina negra envuelta en sus pliegues, y de repente esta sombra, esta oscuridad, se corriera con chirridos de metal por todo el firmamento; así quedé, frío, a oscuras, lejos de la luz de mi alegría, del sólido fundamento de mi fe racional que hacía un minuto me animaba a convertir el libro a mis ilusiones.

Aviso a la juventud incauta. (Este aviso es de una pedagogía absolutamente correcta, no encierra ningún elemento malsano de sentimentalismo, y puede verse, en otra forma, en varios autores).

Aviso a la juventud incauta. No se debe luchar, a cierta edad, con los grandes hombres que hablan en los libros. Siempre vencen ellos. El joven que piensa haber sacudido las riendas de la autoridad, el magister dixit, se rinde sin saberlo al primer maestro que él a ciegas, por capricho, escoge por tirano. La fuerza de la autoridad, que es mucho más poderosa de lo que muchos creen ahora, se venga de los que rracionalmente se burlan de ella, imponiéndose a esos mismos en la más divertida y caprichosa variedad de formas. Cuenta otro pedagogo que a los niños de muy pocos años se les puede imponer la voluntad ajena con afirmaciones rotundas, enérgicas, de que los mismos niños desean lo que se pretende que hagan. El infante toma por voluntad propia la sugerida de esta suerte. Pues bien: a los jóvenes se les hace tomar por dictado de la razón lo que es dictado de la opinión de un hombre que tiene a sus ojos mucha autoridad. Los cambios de la opinión (aparente) de muchos jóvenes, librepensadores y todo, se deben a imposiciones de este género, tanto más fuertes y peligrosas cuanto que no son reconocidas. Tal vez parte, no digo más que parte, de la causa por que Hegel influyó tanto en el pensamiento moderno, consiste en esto.

Sí: los filósofos, los poetas, los moralistas, etc., etc., que hablan como dictadores, que mezclan elementos de voluntad, de energía en sus ideas, las imponen más fácilmente. Hegel, en efecto, en su Lógica, por ejemplo, nos llega a convencer de que seremos unos pelagatos intelectuales, unos cualquiercosa metafísicos, vulgo y nada más que vulgo, si no preferimos lo que él dice y quiere que sea la verdad a lo que el sentido común nos sugiere. Tal vez la famosa cuestión kantiana, la que es base del moderno escepticismo más o menos disimulado, la cuestión del fenómeno y del noúmeno, no pueda resolverla la humanidad nunca en un sentido satisfactorio para el valor real de la razón… sino por un acto de voluntad: no queriendo dudar de la correspondencia de lo representado con la representación. Schopenhauer debe gran parte de sus triunfos tardíos a su dandysmo filosófico, que se funda en un desdén, querido con constancia, de las ideas contrarias a su sistema.

Pero ¿qué más? El secreto del triunfo inmenso de todas las grandes religiones históricas está en los actos de fe, que no son en suma más que otros tantos martillazos de una voluntad de hierro descargados sobre el cráneo, de hueso al fin, de la mísera razón humana.

Todas estas dudas, estas negaciones desconsoladoras, de que se queja el hombre moderno, el fin del siglo, ¿son racionales propiamente? ¿Ha dudado o ha negado cada cual por cuenta propia?

¡Ay, no! Ni mucho menos. Así como la Iglesia se encargaba y se encarga de pensar por cuenta de sus fieles y afirmar por ellos, así el escepticismo y el materialismo, etc., etc., de unos pocos, lleva la cura de almas de una infinidad de pobres diablos que si se condenan no será por culpas de su intelecto. ¡Bajar a beber al fondo de las ideas, que es un abismo, cuando es tan fácil pedir en el camino un poco de agua a los que suben con el ánfora llena! Lo malo es que como los del ánfora saben que los otros no bajan… pueden ellos no bajar tampoco y fingir que sacan de lo hondo el agua que puede ser de los arroyos de la superficie.

En fin, cualquier joven reflexivo habrá observado que muchas veces se ha dejado deshacer sus ilusiones racionales por una afirmación, o negación, rotunda de un pensador famoso; y esto sin más que la fuerza de voluntad acumulada, como electricidad, en la negación o en la afirmación misma.

Yo, jóvenes pensativos, os aconsejo, como ligero alivio a ese tormento de que tan poco se habla y que es tan doloroso y tan frecuente, que consiste en la tortura causada por los grandes pensadores y los poetas tristes y desengañados, que son los que nos quitan las ilusiones que podrían reverdecer hasta bajo las canas y al borde de la sepultura; yo os aconsejo que os apliquéis a examinar con rigorosa lógica las doctrinas que destruyen vuestros ideales en los libros de los grandes maestros.

Es cuestión de química intelectual: separad los elementos racionales, propiamente racionales, de la mezcla sentimental y prasológica; no admitáis esa especie de opio que la voluntad mete en las ideas para darles eficacia comunicativa. ¡Mirad, oh jóvenes de corazón robusto y generoso, que muchas veces, cuando creéis estar meditando… estáis amando!… –

Así hacía yo aquella tarde de mi cuento. Para mi corazón el desgraciado solitario de Recanati era una autoridad muy fuerte.

Leopardi no hacía más que quejarse… y a mis ojos estaba argumentando.

Lloraba, y me convencía. Y entonces, después de correrse aquel triste velo oscuro de que hablé más arriba, fue cuando llegué a las lamentaciones que el pastor de Asia dirige a la luna, su compañera de inútil aburrimiento. Como en un pozo, volví a caer de cabeza en mi ordinaria congoja, volví al estado normal de aquella mi triste convalecencia de alma; mas ahora caía en aquel marasmo desconsolado con un dogma poético, con una leyenda metafísica para mi aprensión nerviosa: la fuerte cadena de toda una filosofía didascálica me amarraba al fondo de mi desesperación de adolescente enfermizo. Yo iba creyendo aquello que decía de la infinita vanidad de todo el poeta, como si fueran demostraciones matemáticas sus quejas: debía de parecerme a los discípulos entusiásticos y candorosos de aquella primera filosofía jónica que era mitad poesía mitad fantasía reflexiva. Así como aquellos Tales, Anaximenes, Anaximandros, Heráclitos, etc., etc., decían que todo era agua, o todo era aire, o todo era fuego, el pastor de Leopardi y yo decíamos, como si lo viéramos, que todo era hastío. Encontrar el mundo inútil a los diez y siete años es un gran dolor. Tal vez no se cura de este mal por completo nunca. Cuando muchos años después creí en la vida, y hasta fui a votar a los comicios, y cuidé mi hacienda, aunque poca, y hasta jugué algún albur en la banca de la suerte a la carta del progreso, y me decidí a escribir un programa de Estética, dividiéndolo, por supuesto, en parte general, especial y orgánica; todas estas cosas, y otras muchas por el estilo, las hice yo con un poco de comedia que procuraba ocultarme a mí mismo. Desde aquellas primeras tristezas serias de mi adolescencia, siempre que estoy contento me encuentro cierto aire de actor. Una voz secreta y melancólicamente burlona me dice: –

¡Ah, farsantuelo! –y otra voz también secreta, y tal vez más honda, me dice:

–¡Haces bien, cómico! ¡Adelante!

Si estas memorias, o lo que sean (pues ya fuera de cátedra no creo apenas en los géneros), cayesen en manos de uno de esos literatos eminentemente romanistas, arianos, como dicen ahora algunos críticos judaizantes; en manos de uno de esos literatos que, ante todo, en toda clase de arte aman la arquitectura, y en el plan de toda obra ven como lo principal un plano; si tal aconteciera, digo, el tal literato notaría que ya había perdido el hilo lastimosamente, que todo me volvía digresiones e incoherencias.

Había empezado, en efecto, por decir que a los diez y siete años era Narciso Arroyo, el que suscribe, un chico sin novia, a no ser que contáramos a la Virgen María… y después salto a Leopardi, al ateísmo poético, etc., etc.: ¿qué orden es éste?

Sepa de una vez para siempre el Zoilo hipotético que yo soy germanista, que soy un latino que en esto de despreciar la arquitectura literaria me acerco a las leyendas de Odino y a los poemas caóticos de los primitivos sajones y demás hombres del norte.

El orden lo llevo yo en el alma: no es cuestión de literatura, es cuestión de conciencia. Yo aseguro que hay orden en todo lo dicho y basta. Leopardi y la Virgen María… ¿qué tienen que ver una cosa con otra? ¡Bah! Para la historia de mi espíritu, mucho. Yo, en el tiempo a que me vengo refiriendo, hacía a mi manera (de que ya hablaré) compatibles mis tristezas metafísicas, mi bancarrota universal, con las creencias católicas, o que por tales tenía mi relativa ignorancia. Yo creía, como tantos otros creen, que porque tenía el símbolo de la fe tenía la fe. No sabía que si mi catolicismo hubiese sido fuerte como el de un creyente de la edad media, verbigracia, mis tristezas no llegarían hasta la raíz del mundo. Pero, en fin, entre contradicciones, de que a ratos tenía conciencia en forma de remordimiento, yo me llamaba católico, y era casi místico, en el sentido de cuasi visionario. El culto de María, no externo, pues éste desde la lejana infancia no había vuelto a tenerle (fuera de las oraciones que mi madre me había enseñado poco después de nacer); el culto de María, interior, poético, vago y misterioso, era uno de mis pocos consuelos de entonces. Mi madre y la Virgen eran, en rigor, las únicas ventanas por donde yo veía entonces un poco de cielo azul. A veces, en horas de exaltación, yo había casi creído en la proximidad de una aparición de María. Pues bien: al terminar la lectura de aquellas quejas del pastor oriental a la luna, entre las lágrimas de compasión infinita que me inspiraba Leopardi, el pastor, la luna, el rebaño, el mundo entero… yo mismo sobre todo… como un engendro del llanto y de la caridad, nació en mi alma esta extraña idea: –La Virgen debió presentarse al pastor de Asia: ella, tan amiga de aparecerse a los pastores, a los adolescentes solitarios del campo, que meditan, en la somnolencia de su inocente vida, debió presentarse, apareciendo detrás de la luna, al mismo pastor de aquellas soledades y bajar hasta ponerle en el corazón una mano, con lo cual bastaría para explicarle el porqué del mundo, el porqué de las vueltas de la plateada rueda, como llamó a la luna nuestro Fray Luis de León, un pastor de almas que llevaba a María dentro del pecho. ¡Pobre Leopardi, pobre solitario de Recanati, alma llena de amor infinito y que no encuentra objeto para tanto amor, pues no hay enfrente de su cariño… no más que una infinita vanidad!

¿A quién mejor que al pobre poeta, joven, casi niño, tan capaz de comprenderla, tan capaz de amarla, tan inocente en su dolor, en su negación dolorosa; a quién mejor que a este ateo bueno, a este huérfano del alma podía aparecerse María?

Y puesta a disparatar mi fantasía calenturienta, ayudada por mi corazón pasmado, llegué, al ocurrírseme aquellas cosas, que no eran blasfemias ni sacrilegios, dada la pureza de mi intención, llegué a desear volver atrás el curso del tiempo y resucitar a Leopardi, y hacer que la Virgen se le apareciera y le consolase.

Sí, sí: bien lo merecía. Además de lo dicho había otros motivos.

Leopardi había amado a las mujeres del mundo, a las que en la cara, y hasta en el aire a veces, se parecen a María; había amado como sólo aman los grandes corazones solitarios, y las mujeres del mundo le habían desdeñado: no le quería Dios, que le dejaba negarle; no le quería la mujer… ¿Qué le quedaba ya, a no ser el regazo de María?

Y lloraba yo como un perdido ideando estas locuras; lloraba en aquella gruta artificial construida por nosotros; lloraba sin que nadie me viera, es claro; sin que nadie, ni mi padre, sospechara, ni con cien leguas, que había allí, tan cerca, quien llorase por estas cosas.

Y por último fui a dar al egoísmo, fin triste de muchos enternecimientos.

Ya que no a Leopardi, porque no existe; ya que no al pastor de Asia, porque no existió nunca; ¿por qué María no me consuela más a mí, no se me presenta a mí?… No he de ocultar que, al decirme para mis adentros esto de presentárseme María, a pesar de la seriedad del momento, a pesar de mi buena fe, un diablillo se reía dentro de mí gritando:

–¡Presentarse, aparecerse! ¿Qué es eso?

–Y otra voz que no debía de ser un diablo, me decía: –Tú tienes a tu madre… –Y después, como si fuesen ecos que decían cada cual cosa distinta, por milagro, por supuesto, otras voces gritaban más lejos, es decir, más adentro: Una: –Tú tendrás mujer… Otra: –Tú tendrás hijas…

Y otra: –Tú tendrás sueños…

Estas varias voces merecen y necesitan explicación. Por eso escribo estas memorias. Por ahora sólo diré, respecto de la voz del diablillo que no quiso que yo creyese en apariciones, que el tal demoniejo estaba llamado a crecer y crecer dentro de mí como me temía, y a devorarme la bondad que más adelante había de ir naciéndome como un jugo de la buena salud que llegué a tener, a Dios gracias.

Quién me hubiera dicho a mí, entonces, que por culpa del tal diablo burlón, yo mismo, el que casi esperaba ver a la Virgen, había de ser autor, años después, de cierto suelto de un periódico satírico, que decía:

«En la parroquia de Tal se juntaron siete curas y mataron a palos a un feligrés. Hay que hacer un escarmiento con el clero. No hay que pagarle un cuarto.»

Y de este otro suelto, publicado al día siguiente:

«Estábamos mal informados. No era completamente cierta la noticia que dábamos ayer respecto al crimen cometido por siete curas en la persona de un feligrés. Fue de otro modo: fue que entre siete feligreses mataron al cura. Pero nos ratificamos en lo dicho: hay que hacer un escarmiento con el clero.»

¡Y dirán que el hombre moderno no es complejo! ¡Dios mío, si hasta lo soy yo, Narciso Arroyo… que soy tan sencillo!

Día 9 de enero de 18...

–Conoció mi madre que me aburría en nuestro querido retiro; y como abandonar el campo durante el verano ambos lo hubiéramos reputado solemne locura, pensó ella en el modo de procurarme alguna distracción que me arrancara, por horas a lo menos, al hastío de mi soledad y a los peligros que ella barruntaba en mis largas cavilaciones.No había que pensar en los aldeanos de la vecindad, pues aunque yo en aquella época no creía del todo lo que decían los desengañados retóricos acerca de la falsedad del género bucólico, y no desesperaba por completo de encontrar a Flérida algún día, escondida, a la hora de la siesta, en la calor estiva, entre los laureles y zarzas de una selva, a la sombra; sin embargo, esta vaga esperanza no bastaba a cerrarme los ojos ante los desencantos diarios de la triste y prosaica realidad.No acababan de parecer Galatea ni Flérida, y mi madre me llevó una tarde consigo a visitar a las de Pombal. Había de mi casa a la de estas señoritas media legua larga, y nos la anduvimos a pie, porque mi madre no conocía el cansancio. En casa, todos los días, subiendo y bajando, de la cocina al corral, de la sala al desván, se tragaba dos o tres leguas. Lo que ella no quería era montar en burro; y en coches no había que pensar tratándose de los caminos empinados y fragosos de aquella tierra. Doblamos una colina y bajamos a un valle hondo, estrecho; un pozo de verdura que yo desde lo alto había contemplado muchas veces en mis paseos melancólicos, pero al cual no había descendido nunca, por aquella pereza triste de mis soledades y por cierto miedo pueril a encontrarme por aquellas pomaradas y castañares de la vega con las de Pombal, dueñas del Castillo y de la casita blanca y verde que a mí, desde arriba, se me antojaba semejante a cierto templo griego que había visto pintado en un libro. No tanto me recordaba el templo por la sencilla forma, como por la situación que ocupaba a media ladera, entre follaje, en un montículo que parecía artificial, una imitación de las lomas vecinas hecha por los pastores. El Castillo no era más que un antiguo torreón edificado en lo más alto de un cerro, en un prado de yerba muy alta, heredad de la casería de Pombal.–Si no fuese por las de Pombal, bajaría –me había yo dicho mil veces, contemplando desde lo alto las hermosas profundidades del valle angosto, que me atraían con el secreto de su misterio. En vano la razón me decía que allá abajo no habría más que cosas parecidas a las que ya veía y tocaba del lado de acá de la colina, en el valle nuestro, más grande y claro: una superstición dulce me inclinaba a imaginar, en aquellos parajes desconocidos para mí, novedades y atractivos de que los aldeanos que frecuentaban tales sitios no me hablaban porque ellos no los veían. Los nombres de la parroquia, barrios, lugares y cuetos y vericuetos del valle desconocido me eran familiares: trataba yo a muchos de los vecinos de aquel misterioso país; y, con todo, lo tenía por singular, lleno de sorpresas, de emociones nuevas para mí… si me determinaba a bajar. Pero estaban allí las de Pombal y no bajaba. ¿Por qué? Porque me daba vergüenza encontrarme con señoritas.Además, si había algo penoso en aquel miedo a bajar, también el encanto del misterio y el temor de que éste desapareciese contribuían a dilatar mi resolución de entrar por aquellas arboledas adelante.En vano el más sencillo raciocinio me demostraba fríamente que nada debía esperar ni temer de la excursión siempre aplazada: había en mí algo que mantenía la ilusión con sus mezclas de esperanza loca y de temores absurdos, algo instintivo, muy arraigado en el alma, y que debía de ser del mismo orden de energías que el apego a la vida que siguen mostrando la mayor parte de los pesimistas, que, sin quererlo ni creerlo, siguen naturalmente esperando algo de ella.Pero mi madre cortó por lo sano. Yo no me decidía a descender al valle de Concienes, que así se llamaba, por miedo de encontrarme con las dueñas del Castillo, y mi madre resolvía de plano poniéndome sobre la cama la ropa nueva, el traje que acababa de enviarme el sastre de la ciudad, y una brillante camisola; todo con el fin de que me vistiera para ir a visitar a las de Pombal.–Pero, madre, si yo no las conozco.–Pero las conozco yo, hijo. Tu padre fue compañero de armas del suyo. Yo traté mucho a su tía y a ellas las tuve en brazos cuando eran chiquillas, es decir, tuve a la mayor, porque a la otra no la conozco tampoco: nació después que la familia se marchó de esta tierra. Y cuando volvieron ya huérfanas, no fui a verlas… por lo que ya sabes: porque yo lloraba lo mío, y el mundo entonces me importaba dos cominos.Hice mal: fui egoísta: debí visitarlas, debí estrechar relaciones con las desgraciadas hijas del amigo de tu padre. Ello fue que no las estreché. Algunos años les he enviado cestas de fruta y tortas muy finas; pero nunca fui por allá.–¿Y ellas? ¿Por qué no vienen ellas?–¿Ellas? Es verdad. Podían haber venido ellas. Pero ya ves: los cumplidos. Yo era la que debía ir allá primero. No empezando yo… ellas no podían saber si quería o no tratarlas. Además, esto es lo que se usa. Las chicas no sé si serán así; pero lo que es la tía, que ya debe de estar chocha porque es muy vieja, tiene esto de los cumplidos por una religión. Es muy fina, muy buena; pero la etiqueta lo primero.–Sí: además recuerdo haberte oído que tiene ciertos humos aristocráticos.–No, humos no; no se puede decir humos. Es más bien una manía… que no ofende. Que se cree más que uno porque es parienta de una porción de condes y marqueses… vaya, eso es seguro. Pero no importa: ni se da tono, ni esas ideas le sirven para nada malo. Ella es la que paga la manía, porque con su aristocracia se pasa la vida como D. Quijote la noche de velar las armas.Sí: así habló mi madre: esto último es casi textual. Los diálogos que a veces reproduciré aquí para darme a mí propio el placer de convertir en novela mi historia, no serán siempre muy aproximados. La verdad por lo que toca a la letra, ¡quién va a decirla! Pero esta conversación que estoy copiando no sólo es exacta por su espíritu, sino que, en gran parte, estoy seguro de que reproduce las palabras de mi madre.¡Bendita sea su memoria! Aquel diálogo era solemne a pesar de las apariencias: por él entraba yo en la iniciación de mi destino. Ir o no ir a ver a las de Pombal: ésta era la cuestión. Iba a comenzar el noviciado de mi profesión. ¡Es tan natural, tan justo, que fuera mi madre quien me condujera a mi suerte!Ella, tan ajena siempre a mis grados académicos, tan olvidada de mis sabidurías y borlas doctorales, de mis triunfos periodísticos; tan extraña a la vida de mis cavilaciones y empresas intelectuales, de las que jamás supo cosa mayor, si no así, en montón, que tenía un chico listo que padecía jaquecas y se levantaba muy tarde, por culpa de los pícaros libros y de las endiabladas filosofías; ella, que jamás leyó nada mío, que hubiera sido el último de los lectores… que no leen, filisteos y burgueses, de que tanto he abominado cuando imitaba a Heine y demás; ella, tan buena católica apostólica romana que cuando se trataba de discutir dogmas convertía el alma en un erizo; ella, el ángel que Dios me había puesto al lado de la cuna, era la que debía llevarme a casa de las de Pombal… para que Dios me repartiese el dolor y la dicha que me tocaban en el mundo.Cuando mi madre, tomándome una mano, me hacía estrechar con ella la de aquella señorita a quien, presentándomela, llamó «la pequeña de Pombal, Elena», no sabía que sus palabras, al parecer insignificantes, vulgares, eran toda una frase sacramental; sí, de un sacramento humano, que consiste en pasar el corazón de una mano a otra en la vida, de un apoyo y un amor a otro amor y otro amparo. Mi madre, sin saberlo entonces ni ella, ni Elena, ni yo, me decía:–Mira, hijo: hasta aquí hemos llegado. Yo soy tu madre, que te traje hasta aquí. Esta es tu esposa, que te llevará, si lo mereces, hasta la muerte.¡Ay! ¡No lo merecí! La vida feliz es la que va de la mano de la madre a la mano de la esposa, y de la mano de la esposa a la del misterio de la sepultura. ¡Mi madre, mi Elena, las dos muertas! ¡Y ella, lo inesperado, lo imposible, Eva, muerta también!

Día 10 de enero de 18...

–Comienzo por confesar que en los apuntes escritos ayer hay cierto artificio, además del diálogo. Consiste en haber ocultado, como si yo ahora no lo supiera, que tal vez habría yo bajado al valle de Concienes antes de aquella visita con mi madre a las de Pombal. En efecto, no bien dejamos a la izquierda el camino real que seguía hasta el fondo del valle, hasta la iglesia, y, torciendo por un castañar espesísimo, tomamos la vereda del Castillo, sentí en el alma, y hasta vagamente en los sentidos, como el gusto de una reminiscencia de la niñez, que quitaba el carácter de absoluta novedad a lo que iba viendo. Debo advertir que la hermosura de esta clase de paisajes tan verdes, de tanta frondosidad, en que la tierra pierde sus formas esculturales a fuerza de vestiduras, de terciopelos y encajes y embutidos de follaje, y donde los accidentes del terreno son regulares, moderados, armoniosos, tiene para los profanos, que hasta pueden ser pintores de cierto género, el defecto de la monotonía. –Todo esto es bellísimo –se suele decir–, da gusto vivir aquí; pero todo es igual, y se describe difícilmente sin caer en la repetición y en la vulgaridad. Estos paisajes son al arte como la felicidad completa a la poesía: sólo se pintan bien por milagro. –Así como creo que la felicidad puede ser asunto de interesantísima poesía, creo también que esta verdura de los climas templados y húmedos, esta abundancia de yerbas y hojas, y estas formas suaves que toma la superficie terrestre en países como el mío, de altas montañas allá en los puertos, pero de suaves ondulaciones de colinas y cerros al acercarse al mar (como si fueran éstas unas olas de tierra y piedra que van a esperar a las de agua que vienen de frente), se prestan a ser materia de los primores del pincel y de la descripción literaria… y, lo que más importa a mi propósito, tienen para el hijo de estos valles, que sabe comprender y amar la naturaleza que le rodea, fisonomía especial, que varía a cada recodo de un camino, a cada trasponer de un vericueto. Sucede con esto lo que pasa con los individuos de raza distinta. Para nosotros casi todos los negros, como no sean de tipo diferente, parecen el mismo.Cuando en Madrid veía yo a tantos y tantos jóvenes de color sucio de la colonia filipina, a todos los tomaba por mi amigo P***, un poeta de allá. Y lo mismo esos filipinos que esos negros se distinguen entre sí como nosotros, y ellos ven grandes variedades de fisonomía donde nosotros no vemos más que rasgos semejantes. Yo, muchas veces, mostrando a los viajeros las bellezas naturales de mi país, he notado que alababan sin entender, cogiendo tan sólo el efecto general, el que habla más al sentido solo, como sucede con el deleite de la música para los profanos; y notaba también que se cansaban, a poco, de contemplar, y acababan por no ver nada, porque todo les parecía ya lo mismo: sentían el hastío del vulgo visitando largo tiempo las salas de un museo. En cambio, para mí, que tengo en estos montes, en estas vegas, en estos árboles y en estos prados, riachuelos y playas, una especie de historia natural… externa de mi propio ser, cada accidente del terreno adquiere casi una personalidad, y tiene de fijo una historia. Porque es de advertir que de unos a otros años, según yo voy cambiando, va cambiando también el aspecto de cada paisaje y de cada pormenor del mismo, sin que ellos dejen de ser como eran, en lo principal a lo menos. Así como en el Quijote, leído un año y otro, se descubren cada vez, según la época de la vida en que se lee, nuevas bellezas, nuevas profundidades (como también pasa con Shakespeare, Pascal, etc., etc.), así yo veo en cada nueva etapa del viaje de mi vida novedades que no sospechaba en la tierra, que he pisado y contemplado siempre.Además, las nuevas excursiones por alturas o por profundidades no visitadas antes, me hacen encontrar relaciones nuevas entre montes y montes, entre valles y valles, entre ríos y fuentes. Mi topografía poética, que es todo un poema, mitad didáctico, mitad psicológico, tiene variaciones constantes que pican en dramáticas. Así, por ejemplo, en la edad a que ahora llego, cuando esto escribo, toda esta comarca que descubro, con unos buenos anteojos de marino, desde la cumbre, me parece más pequeña. Castilla está mucho más cerca que yo creía cuando niño: dos, tres leguas no son nada. Ciertas colinas que yo creía antes autonómicas son derivaciones de todo un sistema, dependencias de montes mayores. Todo está más cerca y más relacionado que yo pensaba, todo es menos misterioso, y todo está más triste y menos verde, y, así, como algo gastado. Los árboles que mueren me llevan algo del alma, mientras que los que nacen me parecen forasteros. En fin, dejando esta pendiente por la cual se llega a esa clase de disparates que consisten en hablar de cosas recónditas que no pueden entender los demás, vuelvo al punto de partida de esta digresión, o sea al momento en que, bajando por el valle de Concienes con mi madre, creí notar que aquellas novedades del paisaje… ya las había visto algunas veces, o las había soñado cuando menos.–¿Qué es esto? –me decía–. Si para mí cada rincón nemoroso de esta querida tierra tiene fisonomía particular, y, sin que me engañen las apariencias de igualdad o de gran semejanza, descubro siempre diferencias que me sugieren ideas, sensaciones y sentimientos distintos entre arroyo y arroyo, entre cueto y cueto, entre llosa y llosa, panera y panera, lagar y lagar, quintana y quintana; ¿en qué consiste que todo esto que voy viendo, con ser diferente de lo conocido, con tener su propia fisonomía, bien acentuada, con despertar un modo especial del sentimiento, no es para el alma cosa completamente nueva, y si no evoca recuerdos, tampoco tiene el sabor singular de lo desconocido? ¿Será que alguna vez, imaginando cómo serían esta vega, ese bosque, esos prados, aquella ladera, había dado en la cuenta, me había figurado la verdad? No, no podía ser eso: en mi vaga reminiscencia había la especial dulzor melancólica que acompaña al recuerdo, mejor dicho, a la presencia ante el alma renovada de un modo natural en que se halló algún día el espíritu viejo del cual todavía llevamos algo dentro del corazón y del cerebro. Yo no recordaba nada de las circunstancias personales en que había visto aquello: ¿cuándo, con quién, cómo había estado allí? No lo sabía. Tampoco podía precisar la imagen antigua de ningún objeto particular: la reminiscencia era del conjunto y, por entonces, sin relación alguna a mi estado de aquel tiempo incierto. El resultado de aquella extraña evocación era muy parecido a lo que puede llamarse el recuerdo de un perfume o de una música; más de un perfume.–Madre –pregunté no pudiendo contener la curiosidad, queriendo explicación para aquel raro fenómeno–, alguna vez allá, cuando era niño, muy niño, ¿me trajeron por aquí, bajé yo al Castillo?Mi madre no recordaba.–Lo que es conmigo nunca viniste: al menos yo no me acuerdo.En rigor probaba poco o nada el testimonio de mi madre. Desde la muerte de su marido, para aquella mujer, que había envejecido de repente, la memoria no era más que una carga dolorosa. No quería bromas con el dolor, porque éste era tan fuerte para la pobre viuda que había estado a punto de matarla… y ella quería vivir para su hijo.Antiguamente, en vida de mi padre, era un poco devota, tirando a mística, y algo romántica de la manera más inocente del mundo: gustaba entonces de recordar las cándidas aventuras de su juventud, las cosas de aquellos tiempos. Ahora huía de todo esto, no pensaba más que en mí, en la hacienda, y el recuerdo de mi padre lo mataba, porque era demasiado peligroso, a fuerza de oraciones, disolviéndolo en padrenuestros.¡Madre bendita! Su pena era tan grande, tan profunda, tan de los rincones del alma, que huía de ella con terror, como de la muerte.¡Así hice yo después con mis remordimientos! Sí: temía el dolor y había ido matando la memoria en lo que se refería a los años de vida conyugal y de sus amores: «mis relaciones con Narciso», como decía ella. Lo que tenía presente era su infancia: la mía no. Tenía miedo también al misticismo porque en la familia algunos devotos habían acabado en locos: ella misma había pasado temporadas de sospechosa exaltación.Yo recuerdo haberla visto ponerse encendida al oír el dulce nombre de Jesús. En cuanto a mi padre, siempre que alguien le nombraba, su viuda palidecía, se quedaba muy seria y procuraba mudar de conversación. Mientras los demás hablaban de otra cosa, ella rezaba en silencio. Así hizo aquella tarde: después de mi imprudente evocación, mi madre rezó en voz baja mientras pasábamos el puente de tablas, traspuesto el cual estábamos en los dominios de aquellas huérfanas que iba yo a ver por vez primera.

Día 11 de enero de 18...

–No pretendo describirme a mí propio el paisaje que se ofreció a nuestros ojos cuando, después de llegar a la vega y de subir por la pomarada que se llama el Castelete, vimos de repente, muy cerca, como quien lo tocaba con la mano, todo El Pombal que teníamos enfrente, al otro lado de aquella hondonada de maíz, que parecía el hueco de una gran ola verde. Estas memorias no son descriptivas sino allí donde a mí me conviene; y, además, de las cosas y personas que no he de pintar sino aquello que en mí haya dejado impresión y que especialmente me importe por cualquier concepto. Aquella tarde, en aquel momento en que a lo mejor podía hallarme a un paso de las señoritas a quien había que alargar la mano y saludar como un caballero, no estaba yo para contemplar cuadros de la naturaleza. Aquella misma vista general de la posesión de mi mujer miles de veces me llenó el alma y el sentido, y ahora con cerrar los ojos veo todo aquello como una cámara oscura podría verlo si tuviese conciencia de lo que refleja; pero entonces sólo noté que estaba más cerca todo aquello que yo estaba acostumbrado a ver desde la meseta de mi colina; que el castillo, que quedaba a la izquierda, en un altozano de hierba de segar muy alta, tenía las piedras comidas por el tiempo, y que la hiedra le subía por los muros como si fuera una caries. De lo que yo comparaba a un templo griego levantado en una ladera entre follaje, distinguí, como si dijéramos, las facciones, que eran las puertas, las ventanas y balcones, la solana, el terradillo y la escalera exterior de sendos tramos laterales, y un descanso y una balaustrada modesta y risueña, bordada de enredaderas; todo esto delante de una puerta al uso del país, de la aldea, es decir, de una puerta de un solo batiente, superpuesto, de modo que la parte de abajo quedaba cerrada durante el día, mientras no tenía que dejar paso. Se abría la parte superior, y parecía aquello un balcón. La casa del Pombal, toda blanca, con las maderas y hierros de verjas y balcones todo verde, estaba como empotrada en la espesura del monte que por detrás del edificio seguíase viendo, cargado de árboles cuyas copas formaban sobre el terradillo y los tejados de pizarra toldos, pabellones y hasta mosquiteros si así quiero figurarme aquella frescura gárrula y movible, que vertía la sombra como un rocío, y cantaba, pulsada por el viento, un poema de alegría con su contraste puro entre el cielo azul y las paredes blancas. Mi madre, al llegar a lo alto del Castelete, sudaba, encendido el rostro, y me sonreía como para darme ánimos.Se detuvo, apoyó una mano en la cadera, respiró con fuerza, y con trabajo, y entre aliento y aliento, dijo:–Ya falta poco.Contempló la huerta, que estaba debajo de la casa, en la falda del cerro, y el jardín, que se extendía por ambos lados del edificio.–No se ve a nadie. Estarán dentro.Mi madre, aunque disimulaba, no las tenía todas consigo. Estimaba a la tía como una gran señora, muy buena y muy bien educada, pero… ¿y si estaba resentida? ¿Si le haría pagar tantos años de olvido con un poco de frialdad, poca que fuera? En fin, bajamos del Castelete por el otro lado de la cuesta, llegamos a las tapias de la huerta, que bordeamos, siempre subiendo, y tras nueva fatiga de mi madre, la última, nos vimos en la puerta de la quintana, pues lo era la cortijana del Pombal, aunque cerrada y con ciertos adornos y circunferencias que solía haber en las quintanas comunes de la aldea. La puerta, que era de grandes tablas de roble, estaba entreabierta, pero no nos atrevimos a entrar sin previo aviso, y mi madre buscó en vano campanas o aldabones; y entonces se aventuró a decir con voz fuerte:–¡Deo gracias!… –¡Guau! ¡Guau! –contestó un perro, un mastín de color canela, que nos salió al encuentro.Retrocedimos un poco, porque yo… valga la verdad, he variado mucho de ideas y preocupaciones en materias religiosas, políticas, filosóficas, etc., pero siempre he sido constante en mi racional temor a los perros villanos, la lucha con los cuales, sobre ser casi siempre desventajosa, no puede acarrear gloria de ningún género, y sí un mordisco y hasta la rabia en perspectiva. Mi madre, que empezaba a picarse un poco, gritó:–¡Quieto, chito, quieto! ¿No hay aquí más portero que tú?–¡Volante! ¡Torna, Volante! ¡Silencio, majadero! –exclamó a nuestra espalda la voz de una joven que al otro lado de la calleja abría la portilla del prado próximo, de donde ella salía.–Perdonen Vds… –¡Emilia! ¿Vd. es Emilia? –dijo mi madre, conmovida, algo temerosa de que no se recibiese la sincera expresión de su enternecimiento como era debido.–¿D.ª… Paz? ¿Vd… es D.ª Paz… la señora de Arroyo?Y las dos mujeres se abrazaron y se besaron, y al separarse los rostros, estaban húmedos de lágrimas.Cada cual lloraba sus muertos, y las dos la tristeza del tiempo perdido, del pasado, que es otro muerto de las entrañas. Emilia se volvió hacia mí, y, alargándome una mano, dijo:–Este es Narciso.Había llegado el momento. De la manera más desgarbada me dejé apretar los dedos por aquella mano blanca, pulida, fuerte en su delicadeza, que oprimía francamente, con una cordialidad que me dejó sorprendido.Unos ojos verdes, con pintas de oro, se clavaron en los míos, valientes y escudriñadores, amables y provocativos, contentos de turbarme y llenos de proyectos.Emilia Pombal tenía veinticuatro años. Era alta, muy blanca, de frente estrecha y brillante, con cejas abundantes y bien dibujadas, los ojos verdes y poderosos, llenos de pudores interiores; la nariz, fina, aguileña, pero corta; los labios, húmedos y delgados; la barba, carnosa, con un hoyuelo, provocaba a besarla más que los labios, y, con todo, iba un poco en busca de la nariz, que salía al encuentro; pero estas tendencias no eran acentuadas. Después de mirar un rato aquel rostro, parecióme su expresión ni más ni menos que el parecido lejano que toda aquella hermosura de la faz tenía con el aspecto de cualquier ave de rapiña que fuera muy bella, muy bella… pero de rapiña. El encanto de aquella mirada y de aquella blancura hacía desvanecerse a poco la primera impresión de semejanza con un volátil rapaz, a que contribuían, a más de las facciones citadas, los pómulos, un poco duros y altos y demasiado distantes uno de otro. Tenía Emilia el cuello del mejor mármol que se quiera nombrar, pero algo corto; los hombros robustos, airosos, audaces, de una expresión petulante y graciosa, pero muy anchos, así como las caderas, que, redondas y ampulosas, hacían resaltar más el primor de la cintura, todo lo esbelta y delicada que podía convenir a torso tan arrogante.
Dominaba, seducía, exaltaba los sentidos la presencia de aquella buena moza, y a mí, además, por lo tanto, me asustó y me hizo sentir así como un malestar lleno de tentadoras delicias.Mi madre estaba radiante después de esconder su pena y secar las lágrimas. La acogida que merecíamos a la mayor de las de Pombal no podía ser más halagüeña: no había allí fingimiento, era evidente que aquella señorita estaba muy contenta con tenernos allí, muy satisfecha con la visita, y que la antigua amistad de ambas familias vivía en su recuerdo y revivía en su corazón con sencilla espontaneidad, con fuerza natural y expansiva.Hablaba mucho, con una voz sonora, como un orador, y precipitadamente, desordenada en su discurso, pero no incorrecta. Su lenguaje era escogido, hasta delicado, sin afectación. No se comía las desinencias en ado, nunca, y, sin embargo, era su pronunciación familiar y corriente.A mi madre le oprimía la mano de nuevo, con efusión, cuando ella tenía que callar, para que mi madre dijese algo. Preguntaba mucho y le costaba trabajo contener la lengua para aguardar la respuesta, a que a veces se adelantaba, adicionándola o equivocándose; y cuando tenía que callar, se entretenía en eso, en apretar la mano de mi madre, y en gorjeos muy bonitos que eran admiraciones, ahogadas por cortesía.A mirarme a mí se volvía muy a menudo, y cuando las noticias de mi madre aludían a mi humilde persona, entonces se cuadraba enfrente de su humilde servidor, y me miraba de arriba abajo, y aprobaba con movimientos de cabeza, que también eran a su modo admiraciones.

Comprendía yo entonces ya que me miraba como a un chiquillo, y ahora comprendo, además, que me miraba como a un chiquillo que le hacía mucha gracia por lo que iba teniendo de hombre.

Algo empezaba a molestarme, y aun a humillarme, que en mí todo le pareciese milagro: lo que había crecido, lo adelantado que estaba en mis estudios, lo que me parecía a mi padre, a quien ella recordaba; porque, como dijo:

–Los recuerdos de mi niñez los tengo yo como plasmados aquí dentro. Aquel plasmados (que mi madre creyó, según después supe, una incorrección: plasmados por pasmados) me dio mucho que pensar desde luego.

Todas aquellas impresiones buenas y medianas se desvanecieron en mí cuando de repente Emilia soltó este chorro de agua rosada sobre mi inocente espíritu:

–Este señor D. Narciso no sabe que en el Pombal se le admira, y se le quiere, y se le espera hace mucho tiempo. Yo me sé de memoria muchos versos tuyos, y mi tía guarda recortes de periódicos en que se habla de tus triunfos.

Mi madre prorrumpió en una carcajada, una de las pocas que le había oído hacía muchos años. Aquella risa era la expresión de una gran alegría, de un placer entero que quería ocultarse en aquella forma.

Mi madre no me hablaba nunca, jamás aludía a lo que llamó Emilia mis triunfos, pero me tenía por un grande hombre futuro. «¡Lástima que el mundo, de todas suertes, fuera tan triste, un engaño, pese a toda clase de grandezas!» Sí: yo era para mi madre casi tan notable como mi padre.

«¡Y con ser quien era el otro, se había muerto!» Estas ideas de mi madre se las leía yo mil veces entre ceja y ceja, durante sus melancólicas cavilaciones cuando se quedaba mirando al suelo, con los ojos muy abiertos.

En cuanto a mí, he de confesar que las palabras de Emilia me supieron a gloria. ¡Quería decirse que en aquel Pombal misterioso, que yo contemplaba casi con miedo, tardes y tardes, desde la colina de enfrente, pensaban en mí, y me esperaban, y me querían… y me admiraban… por mis triunfos!

¡Pobres triunfos! No he hablado al lector (¡pobre lector!) de tales grandezas por lo poco que estas fruslerías importaban a la parte seria y digna de mi historia. Como una especie de escoria del trabajo interior de mi espíritu, salían a la superficie, sonsacados por las vanidades escolares, ciertos productos de una precocidad que el mundo no miraba como síntoma de lo que yo podía ser por dentro algún día, sino como habilidad y gracia y maravilla a cuyo valor real, inmediato, presente, se atendía tan sólo. Sí: en este concepto yo había sido apreciado desde mis primeros años como un niño precoz; y bien sabe Dios que, a no ser por ráfagas pasajeras de vanidad, excitada por los extraños, yo no me admiraba a mí propio; y todas aquellas precocidades me repugnaban casi, me daban vergüenza, prefiriendo yo el valor que atribuía a mis adentros a todas aquellas expansiones que a lo sumo eran disculpables.

Débil mi voluntad, por entonces, para esa pasividad en que ha de consistir la defensa del hombre que no ha nacido para los afanes ordinarios del mundo y que no quiere perder la originalidad y fuerza de su idea en una acción insuficiente, floja, inadecuada, me dejaba llevar por la rutina de maestros, condiscípulos, amigos y parientes, para los cuales un chico listo ha de dar a conocer que lo es mediante obras exteriores que sean imitación de las que las personas mayores llevan a cabo.

Dócil a sugestiones de este género, que no me llegaban al alma, yo figuraba en academias de estudiantes y allí me lucía: escribía a veces versos para el público, y se insertaban en revistas y periódicos locales o se leían en veladas poéticas. Si al principio, de los diez a los catorce o quince años, durante lo que yo llamo la edad épica de mi vida, tomé con algún calor estas nimiedades, de los quince en adelante, cuando empieza la edad lírica, procuré huir, en cuanto pude, de exhibiciones de ese género, y cuando no había modo de eludirlas sus resultados me dejaban bastante frío, como si aquellas habilidades fuesen de otro yo muy inferior a mí mismo; como si fuesen res inter alios acta.

De todas suertes, las palabras lisonjeras de Emilia Pombal resonaron en mi alma como una música espiritual, suave y dulce. Una emoción completamente nueva, poderosa, que tenía algo de los caracteres cuasi místicos de mis entusiasmos intelectuales y mucho de voluptuosidad sensual alambicada, me tenía embargado y absorto, como sujeto a aquellos ojos sombríos que se clavaban en los míos y gozaban de las miradas como un paladar que saborea un manjar exquisito.

A todo esto la señorita mayor de Pombal nos tenía parados en mitad de la quintana, sin acordarse de invitarnos a entrar en la casa blanca y verde, que ahora me atraía como ofreciéndome ignoradas delicias.

Mi madre y la robusta habladora de los ojos verdes se olvidaban hasta de andar, con aquella charla nerviosa, precipitada; y no sé cuánto tiempo hubiéramos estado de antesala… en la calle, si la conversación no hubiera llevado a las buenas amigas a hablar de Elena y de la tía… que no estaban en la quinta.

–No, señores: no están en casa: están en el prado Somonte viendo segar yerba y cargar los carros. ¿Quieren Vds. subir y tomar algo y que después vayamos a buscarlas? Es ahí, muy cerca.

Se decidió ir en busca de las otras damas antes de todo.

Mi madre se me cogió de un brazo, porque había que subir otro poco por la colina; y… ¡diablo de hembra!, Emilia, pidiéndome permiso con una seña clara, graciosísima, se me cogió del otro brazo.

Era tan alta como yo. Su brazo se apretó un poco contra el mío, sin escrúpulo, para apoyarse de veras. Era duro, redondo y echaba fuego, fuego dulcísimo. La cabellera abundante parecía más negra de cerca. Por el camino me acribilló a preguntas: hasta me preguntó si tenía novia. Yo estaba como una cereza. Mi madre reía.

–¡Qué novia, si es un hurón! –decía mirándome gozosa, segura de que todavía mi corazón no era más que suyo–. A eso vengo: a que me lo enamoréis vosotras.

–Eso allá Elena: yo ya soy vieja para éste.

Aquel vieja lo pronunció con tal acento y acompañado de tal mirada que fue como una provocación cargada de pimienta. ¡Vieja, y costaba trabajo contenerse y no hincar el diente en aquella carne blanca que debía de saber a manzana fresca, entre verde y madura!

Llegamos a la zarza que limitaba por aquella parte el prado Somonte, el cual doblaba, como un manto de terciopelo verde sirviendo de gualdapa a un elefante monstruoso, el lomo de la colina y se extendía por la otra vertiente en cuesta suave, en que brillaba, con sus puntas de esmeraldas, la yerba rapada, a los rayos del sol poniente.

Al otro extremo del prado, allá abajo, un grupo de mozos y mozas, robustos aldeanos de vistosos trajes chillones, amontonaban la yerba en altos conos, bálagos provisionales. Las yuntas pastaban a dúo cerca del carro, apoyado en su pértigo, uncidas para llevar el heno a la tenada entre chirridos y cánticos agudos de las ruedas y el eje, a trompicones por callejas arriba y abajo.

Junto a uno de los montones de la yerba apilada, apoyando la espalda en las peinadas hebras verdes y perfumadas, una dama, sentada en el santo suelo, leía, absorta en su lectura. Su cabeza era un rizo de plata, de una belleza venerable y melancólica, algo semejante a la de un árbol cubierto de las hojas secas que pronto ha de arrancarle el primer soplo del invierno.

Emilia nos presentó a su señora tía, que no sin disgusto dejó en el suelo Los Mohicanos, de Dumas; pero justo es decir que en cuanto reconoció a mi madre mostró sincera alegría, y, en cuanto a mí, se dignó contemplarme como a un verdadero portento a quien tenía vivos deseos de conocer y tratar. Tal dijo en un lenguaje exquisito, con una voz solemne y afectuosa a pesar de cierta circunspección aristocrática que ya debía de ser en aquella dama segunda naturaleza.

–¿Y Elena? –preguntó Emilia.

Una carcajada fresca, cristalina, que llenó de poesía el prado, el horizonte, el cielo, sonó detrás del bálago de yerba.

Día 12 de enero de 18...

–¡Allí está! –gritó Emilia–. Y dio un salto, como un gato que hubiera vuelto a encontrar la pista de un ratón en vano perseguido largo tiempo. Detrás del montón de yerba vislumbré por un segundo la falda de una bata de percal blanco con lunares rojos, muchos y muy pequeños. Pero a la voz de Emilia, que se lanzó tras el rastro, desapareció la tela. Es de advertir que, según supe después, estas dos señoritas, una de veinticuatro años y otra de quince y unos meses, pero que, como se verá, ya representaba sus diez y siete o diez y ocho, se entretenían casi todo el día en jugar a una cosa que llamaban ellas la queda, y consistía en dar una a otra un cachete suave y decir–Quedaste–, y enfurecerse la que había quedado, como si le hubiesen pegado la peste, y no descansar hasta poder devolverle la bofetadita a su hermana y decir a su vez–Quedaste–. Y así se pasaban la vida, según explicó después D.ª Eladia, la tía, sin pizca de formalidad; y, a pesar de estar muy bien educadas, aquel vicio de la queda las dominaba de manera que más de una vez, ante una visita que venía a honrarlas y arrancarlas a su soledad, Elena, la menor, que había quedado, aprovechaba la ocasión del cumplido que su hermana mayor tenía que guardar ante los extraños, y disimuladamente le daba la bofetadilla, diciendo por lo bajo:–Quedaste–; y no siempre la otra había podido contenerse, y caso había habido de echar a correr una tras otra y dejar a la tía colorada como un pimiento y dando explicaciones a la pasmada visita de aquellas locuras impropias, singularmente, de la doña Emilia. La cual, si he de decir la verdad, me pareció más hermosa y provocativa que nunca cuando, sin género alguno de coquetería, olvidada de mí y de sus años, se arrojó tras de su presa, que por lo visto le debía la queda; y se lanzó con tanta gracia, que el sacudimiento la hizo brincar y enseñar por debajo de la falda una aprensión de media azul, en juego con el traje que me dejó viendo azul por un rato. No fue muy largo, porque pronto apareció, por el lado opuesto del montón de yerba, huyendo de la cautelosa persecución de Emilia, que quería sorprenderla, la figura entera de Elena, de mi mujer. A la cual vi por vez primera en mi vida, con el rostro moreno tendido hacia mí, un dedo sobre sus labios implorando silencio pidiéndome que le guardara el secreto de que estaba allí. Me miraba con los hermosos ojos de castaño muy oscuro, no muy grandes, muy hondos en las sombras centrales, de niñas misteriosas y apasionadas, fijos en los míos; pero sin pensar en mí, atenta a su idea, que era su hermana que la acechaba y de quien se escondía. Parecía que estaba allí quieta, en postura escultural, imagen de la gracia, para retraerse por una eternidad en el fondo de mi alma. Aun ahora, cierro los ojos y la veo como entonces la vi. La bata de lunares menudos rojos que le llegaba al cuello, cerrada por una tirilla muy ceñida, no era, en buena estética, propia del color de mi Elena: parecía un desafío aquel atrevimiento de vestirse una morena con tal color… y resultaba una delicia de los sentidos. Los pómulos algo abultaditos, atezados, infantiles, que parecían tener sendos letreros gritando –Aquí se besa–, eran una inefable tentación contrastando con el vestido blanco y rojo. La nariz era fina, algo abierta, de las que con razón se llaman símbolo de apasionamiento; su boca, más bien pequeña que grande, de labios delicados, dibujados con mucha intención de malicia amorosa, en una inexplicable relación de armonía con los ojos, como si ofreciesen sancionar con sus besos lo que las miradas prometían. Si otro fuere que hiciese tamañas descripciones de mi mujer, nos veríamos las caras; pero yo tengo derecho para detenerme en estos pormenores y hacer estos comentarios a las facciones de Elena, que en su vida besó a persona mayor del sexo fuerte más que a mí, y no con esos extremos y apasionamientos carnales que anunciaban los rasgos de su fisonomía. Me quería mucho, mucho, harto más que yo merecía; pero no era una loca de amor, ni una odalisca, ni nada de lo que parecían prometer aquel rostro, y aquellos ojos sobre todo. En los tiempos del noviazgo, que vinieron mucho más adelante, como verá el que leyere (que soy yo, que ya lo sé), es indudable que Elena llegó a derretirme alma y cuerpo con aquellas chispillas de sus pupilas de que ella no se daba cuenta.Aquella fidelidad absoluta de su amor, aquella excepcional absorción de su instinto femenino en mí (todo el hombre, todos los hombres, para ella), aquella seriedad de su cariño, tan opuesta a las apariencias de sus facciones y de sus gestos y de sus juegos y alegrías, que parecían prometer una máquina de amor hecho al fuego y de carcajadas; toda aquella ventura, reservada para mí solo y elocuentemente expresada por los pozos de las niñas de sus ojos, es claro que a su tiempo debido me tuvieron en éxtasis celestial, y por eso y nada más que por eso contraje matrimonio; pero después nada de extremos: lo natural, lo lógico, lo decente… lo occidental, como si dijéramos; lo cristiano, lo canónico. Mi matrimonio, loado sea Dios, no fue nada fin de siècle: fue puro Concilio de Trento. Por parte de mi mujer, se entiende; por la mía… ¡ay!… por eso escribo la mayor parte de estos apuntes.Mas no adelantemos los acontecimientos, como dicen los novelistas líricos: estábamos en la descripción de Elena; y, antes que se me olvide, quiero consignar que la nariz, de que ya he hablado, era un si es no es remangada, lo bastante nada más para darle un aire de malicia infantil. Este carácter de su fisonomía se acentuaba cuando la joven se quedaba distraída mirando hacia arriba. De la línea de la nariz a la dirección que tomaban los ojos iba no sé qué secreta simetría: se me antojaba a mí que, si la tendencia de la mirada era mística, la nariz, subiendo tras ella, rectificaba, volvía a la realidad la expresión total… ¡qué sé yo!… disparates para mí llenos de sentido, de fuerza espiritual, de recónditas armonías. El cabello, de castaño casi negro, tendía a encresparse: no era rizoso y lo parecía: las hebras cortas, en sublevación desusada, formaban alrededor de la cabeza un nimbo que la luz del sol, que declinaba, convertía en aureola. Entre el pelo había yerbas enredadas.Elena era alta, más que su hermana. Parecía delgada, pero recia. Se podía creer en el peligro de una enfermedad, de un desarrollo viciado; mas al contemplar la plenitud y hasta exuberancia de las formas principales se desvanecía el temor. Era espigada, sí, demasiado para su edad, se iba a decir; y después se rectificaba el juicio, porque no había allí desproporción: era muy mujer a pesar del aspecto delicado, de la flexibilidad que parecía excesiva. Cabía compararla a una columna que nos pareciese delgada para cumplir con el peso que tenía encima, pero que por ser de hierro nos diese garantía de su fortaleza.La impresión general era (fue para mí a lo menos) ésta: una gracia infantil, picaresca e inocente, soñadora y positiva; elegancia y distinción que se imponían a pesar de que el rostro de Elena recordaba esas caras de niños pobres, de Miñones de Ilustración. No había allí mujer todavía… hasta que se reparaban las hermosas y turgentes pruebas de que la había; no había allí seducción todavía… hasta que se miraba aquellos ojos de pupilas hondas, sombrías, que si se fijaban atraían y manaban una voluptuosidad líquida, untuosa, irresistible… ¡Pobre Elena mía! ¡Quién te había de decir, cuando me dabas aquellos besos en la frente (los de los últimos años), cuando yo te los devolvía distraído, pensando en mis papeles, que tu Narciso había de pintarte a lo novelista cursi, con pelos y señales, como tú dirías en aquel lenguaje voluntariamente prosaico con que te placía oponer contrastes a mis tradiciones de estilista oral, alambicado y pulquérrimo!Aunque me haga pesado, debo insistir en relatar lo que a mí me dijo la presencia de aquella niña–mujer, que me miraba sin pensar en mí, con un dedo puesto sobre los labios.–Soy huérfana –decía toda aquella hermosura–; me faltan muchos besos que debieron darme en la cuna. Crecí y crecí, pero hay algo en mí que pide todavía cariño de madre, caricias a la inocencia. El amor del que me quiera ha de empezar pareciéndose al de mi madre: quiero cobrar el amor infantil que se me debe: lo dicen mis ojos pasmados, mis mejillas morenas y salientes, mi cabeza de loca, todo este aire de hospiciana bonita y aristocrática… Más de una vez, mucho más adelante, en los paseos, en los teatros, cuando iba Elena produciendo en transeúntes o espectadores la extraña y profunda impresión que en los más causaba siempre, vi yo, un día y otro día, a un vulgo y otro vulgo, explicar groseramente la síntesis de aquel efecto diciendo: –Es casi feúcha, pero tiene picardía; es picante, pero parece una… (¡y lo decían!) de la calle de tal (una calle mala).–¡Miserables! Mejor dicho: ¡imbéciles!

Día 14 de enero de 18...

–Ayer fue día de asueto: yo no escribo en día 13.

Continúo. –Pero, niñas –gritó D.ª Eladia–, ¿estáis locas? Tú, torbellino, ven a saludar a D.ª Paz, la señora de Arroyo, nuestra vecina. Mi madre que ya no temía desaires, y que en cuanto vio a Elena se enamoró de ella también a su manera, salió al encuentro de la muchacha, la cual al verla se turbó un poco, y no encontró mejor manera de ocultar la vergüenza que le daba haber estado haciendo la chiquilla en presencia de aquella señora respetable que acercarse a ella, cogerla por los hombros y darle sendos besos en las mejillas. Entonces fue cuando mi madre, muy contenta, se volvió a mí y, sujetando por las muñecas a Elena, dijo con tono solemne, que quería ser cómico:

–Te presento a la pequeña de las de Pombal. –Y nos hizo darnos las manos.

–Sí, señor –dijo Elena–; la pequeña, que se come las sopas en la cabeza de la hermana mayor. –Y fue a unirse a Emilia para demostrarlo; pero la mayor, que ya tenía confianza con nosotros, al verla venir le azotó dulcemente el rostro y se echó atrás de un brinco, diciendo:

–Y quedaste.

–¡Ah! –gritó Elena de un modo que me llegó al alma–. Y tras vacilar un momento, dudando si atreverse con la gran diablura, con la irreverencia, con la locura que se le ocurría y la tentaba, añadió:

–Y quedó D. Narciso.

Y echó a correr después de rozar mi hombro con la propia mano con que me pedía silencio poco antes.

–Pero, Elena, ¿qué es esto? ¡Dios mío! ¿Vive, señora? ¡Y así toda la vida! –gritó, entre enfadada y risueña, la tía.

–Pero ¡Elena! –gritó cómicamente Emilia, que saltaba allá lejos, amenazando con huir si se la perseguía.

–Pero ¡Emilia! –exclamó Elena.

–Sí: tiene razón ésta: pero ¡Emilia! Tú, que debías dar ejemplo…

–¿Qué ejemplo, si este Arroyo es el infierno? ¿Verdad, D.ª Paz?

–Sí, hija mía: tiradle al río si queréis. ¡Es más soso! Anda, hombre, dale tú la queda.

–Si puede –dijo Elena, preparándose a correr.

No se me ocurrió que estuvieran locas las señoritas de Pombal.

Por aquellas bromas, que en otras circunstancias, con otro ambiente, hubieran sido absurdas, se reveló de repente la cordialidad que debía existir entre las de Pombal y los Arroyos. Lo absurdo había sido estar tan cerca y no haber removido antiguas amistades.

Como estas situaciones, graciosas por lo excepcionales, lo pierden todo si se prolongan, y jamás se prolongan entre personas de buen gusto y trato, la formalidad se restableció, al mismo tiempo que la tarde se ponía seriamente triste, ocultándose el sol, para morir, en un sudario de nube oscura orlada con espumas de oro.

Abandonamos todos el prado, despedidos por los respetuosos saludos de los segadores y por sus miradas entre curiosas y burlonas, y llegamos hablando de cosas serias, de recuerdos de familia, al palacio de Pombal, al punto en que el sol se escondía por la parte del mar, invisible, en una de esas apoteosis de luz que no olvidan los que saben recordar, mejor que sus rencores, las nubes de antaño. Todo esto se dice pronto; mas la impresión que me produjo la dulce manotada de Elena, y las cosquillas espirituales que me hacían sus ojillos mirándome de lejos en son de desafío, entre avergonzados y atrevidos… eso es un mundo entero, toda una creación con sus épocas inacabables.

Ni Leopardi, ni San Leopardi, ni mis arrobos místicos, ni los otros de pena, que venían a ser lo mismo, me habían llegado tan al alma como la queda de aquella niña, que volvía del Prado a Pombal, entre setos y bajo pinares y castaños, detrás de mí, a pocos pasos, enlazada por la cintura a su hermana Emilia, oyendo con deleite a mi madre, que les hablaba de su padre muerto, de las relaciones de nuestras familias. Yo iba algunos pasos delante dando el brazo a D.ª Eladia, que caminaba solemne, majestuosa, con toda la majestad compatible con los tropezones indispensables en tal mal camino, donde lo que no hacía una piedra lo intentaba la raíz de un árbol desenterrada y lo conseguía un hoyo de las huellas de las vacas, modeladas en el barro del invierno, que ahora parecía granito.

La tía corroboraba la triste o entusiástica crónica de mi madre con suspiros, movimientos de cabeza y breves comentarios. Cuando, poco después, refrescábamos en la solana de la fachada norte del Pombal, éramos todos unos, amigos íntimos, antiguos, que pensaban como en un remordimiento en los largos años transcurridos sin tratarse. Volvían los Arroyos y los Pombales a juntarse, como dos ramas de un árbol que, recién enlazadas, y que, vencidas un momento por la fuerza, se separan, mas que al quedar libres vuelven de golpe a la antigua postura, a su abrazo.

El olor de las callejas por donde habíamos vuelto del prado, que era a madreselva, lo habían metido consigo en casa las chicas, que llenaron de aquella fragancia sugestiva, de amor honrado, sin maléficos misterios, toda la sala, adornando los floreros y la misma mesa en que se nos servía el dulce de conserva verde en cajas redondas y de pino sutil, y el chocolate en loza fina, blanca y oro. Uno de los ramos de florecillas blanquecinas y hojas estrechas de verde oscuro, que yacía sobre el tapete, lo recogió Elena, y, ahuecándolo con poco, medio me lo entregó y medio me lo tiró al pecho, diciendo, con voz que procuró que fuera insignificante y le salió de una amabilidad seria, profunda, velada:

–Coja Vd. esto, si quiere.

Y miró a otro lado, a mi madre, y me volvió la espalda un poco para oír y ver mejor a quien seguía recordando dulces y melancólicas antigüedades.

–Pero, niña –observó D.ª Eladia, que estaba en todo–, ¿le das los desperdicios?

Elena encogió los hombros, se turbó un tanto, sacó un poco la lengua, se le atragantó algo… y no pudo decir nada.

Comprendo yo, ahora, que estaba avergonzadilla, no de haberme dado desperdicios de flores, sino de habérmelas dado, sin fijarse en lo que hacía, sin poder remediarlo. En fin, siguió atendiendo a mi madre, y no volvió a mirarnos ni a su tía ni a mí en un buen rato. Aunque se tardó, se abandonó al fin la inagotable mina de las memorias familiares. Se llegó a lo presente… y se habló de mí.

Los ojos y el gesto que pondría Desdémona cuando a su padre, delante de ella, le contaba Otelo sus hazañas y aventuras, debían de parecerse a los de mi morena, que oía de labios de mi madre, discreta y moderada, la mal disimulada apología, la historia fiel de mis empecatados triunfos universitarios, académicos y periodísticos. D.ª Paz, que, después de la preocupación aristocrática, mejor se diría señoril, tenía la literaria, a su manera, daba gran valor a mi procacidad, y no ocultó la admiración que de antiguo me consagraba.

Con cierto orgullo, por la antigua amistad de nuestras familias, había ella ensalzado en todas partes mis talentos, y ahora, al tenerme tan cerca, no disimulaba el placer de estrechar fuertes lazos casi de parentesco con el futuro prodigio.

Hasta barruntó el probable desarrollo de mis extraordinarias facultades por el tamaño de mi cráneo, que en su opinión era excesivo; pormenor que me disgustó un poco y me hizo reparar que Emilia y Elena, sin pensar en contenerse, me miraron a la cabeza. En una y otra mirada notó mi vanidad satisfecha que las chicas no encontraban disforme el cajón de hueso en que su tía quería meter tanta sabiduría del porvenir.

Y, valga la verdad, aquella especie de examen rápido, instintivo, a que me vi sujeto de repente, despertó en mí la coquetería masculina, tan semejante a la femenina, y en las hermanas despertó mi coquetería un asomo de rivalidad inconsciente, sobre todo inconsciente por parte de Elena.

Emilia se puso en pie y propuso que los jóvenes bajáramos a la huerta.

En una novela acaso no parecería bien que yo dijese que la señorita mayor de Pombal, bien educada y de fijo pura, en cierto modo inocente, al pasar por una puerta de la solana, para descender al jardín, tropezó conmigo a sabiendas, con toda intención, y me miró con ojos de fuego… y de ave de rapiña, para estudiar en mi rostro la impresión del rápido pero intenso contacto de su busto con mi cuerpo. Pero de estas cosas se ven en el mundo; y así fue, como lo digo.

Día 15 de enero de 18...

–Tampoco sé yo si conservo la unidad de carácter del héroe confesando que, a pesar de lo que pasaba por mí con motivo de la presencia de Elena, de quien me estaba yo enamorando, el achuchón de Emilia y la mirada que le acompañó me causaron una delicia carnal desconocida para mí hasta aquel momento.

Fue un excitante, además de una revelación, aquel incidente instantáneo; y ello fue que me vi a poco entre las dos hermanas en la glorieta del jardín, sintiendo algo semejante a lo que debiera sentir un gallo entre sus gallinas, si los gallos fueran más psicólogos y menos sensuales.

Sin embargo, la vanidad entra por mucho, a mi entender, en el apego que tiene el gallo a su corral; y esa vanidad le viene, tal creo, más que del mando autocrático y de la conciencia de su valor guerrero, de la contemplación del eterno femenino siempre a su exclusiva disposición.

La rabia que se profesan los gallos, a priori, no emana de una emulación genérica en el terreno de las armas, o dígase espolones, sino de la cólera que le inspira a cada gallo la idea de la pluralidad en el propio sexo. –¿Por qué ha de haber más gallo que yo? –pensarán. ¡Qué desengaño tan doloroso debe de ser para cada uno de ellos la aparición de otros espolones en su corral!

De mí sé decir que sin ser, en la ocasión a que vengo refiriéndome, no ya gallo, ni siquiera pollo, estaba muy satisfecho sintiéndome solicitado por la coquetería, o lo que fuera, de ambas hermanas, que cada una a su manera, Emilia con plena conciencia y arte, la otra sin darse clara cuenta del propósito, deseaban agradarme. Sí: comenzaba a existir entre ellas una rivalidad inconsciente, pudiera decirse con aproximada propiedad de la palabra. Si hasta aquella tarde habían jugado a la queda, ahora (es decir, entonces) empezaban otro juego más peligroso, menos inocente, a lo menos en Emilia. Ni un momento vacilé en la elección: Elena, que no me incitaba ni me miraba cara a cara, ojos con ojos, valía infinitamente más. Era música y perfume, sueño, poesía: Emilia, embriaguez, color, inquietud voluptuosa. Mientras corrimos por el jardín, y después por la pumarada, la hermana mayor consiguió envolverme en su atmósfera de seducciones sensuales, sin recatarse, por cierto, sin miedo de que pudiera parecerme poco honesta; atrevimiento donoso que en aquel tiempo me asustaba y me atraía, porque para mí era entonces inaudito semejante proceder en una señorita bien educada. Ni en las novelas, ni en mis cálculos sociológicos, entraban damas, doncellas particularmente, que hiciesen tan ostensible alarde de sus gracias corporales y que fuesen tan propensas a los choques y contextos tan falsamente casuales. Hasta muchos años después no pude yo comprender que tal conducta no nacía de perversidad moral, sino del temperamento y de escasa delicadeza en el instinto pudoroso, debilitado o embotado en ciertas mujeres, como pueden adolecer de mal oído o de mal gusto para casar colores.

Emilia quería deslumbrarme, seducirme: no quería gozar con mi contacto placeres lúbricos, por someros que fuesen. Su malicia de mujer de alguna experiencia le decía que a mi edad, y en mi estado de impericia en tales lides, el mejor medio para dominarme era el que ella empleaba, y para el cual le daban armas admirables sus condiciones personales.

Tanto llegó a marearme que hubo minutos en que me olvidé de Elena, en que viví exclusivamente para los sentidos. Hasta llegué, en cierta mirada rápida, cuando acababa de saborear una sonrisa de Emilia que equivalía a toda una merienda de sensualidad fina, llegué a ver a Elena sin aquella aureola de que mi cerebro la había rodeado desde el primer instante de verla: la vi un momento como yo me decía que debían de verla otros, como más adelante comprendí que, en efecto, la veían los que la comparaban a cualquier mozuela graciosa, picante, morenilla… del vulgacho… a una hospiciana salada.

Cerca ya del amanecer, Emilia, triunfante, deslumbrada por el triunfo, tuvo la mala idea, mala para ella, de quedarse melancólica y como soñando bajo las ramas de un gran naranjo. El azahar embriagaba mezclado con el aroma de próximos jazmines. Recuerdo que mucho tiempo más adelante, cuando yo era un filósofo krausista, que procuraba hacer compatibles los mandamientos de M. Tiberghien con mis aficiones a las modistas de Madrid, persiguiendo una tarde a una chalequera, más lleno de lascivia que impregnado de ideal, me paró de repente una vibración sonora, triste, solemne: era la campanilla del Viático.

Como si fuera electricidad que había desaparecido por el suelo, sentí que la lujuria se me caía cuerpo abajo, huía al infierno evaporada. Fui otro hombre de repente: me acordé del que agonizaba acaso, y tuve remordimiento de mi juventud sana y vigorosa. Pues, aunque por causa muy diferente, análogo efecto me produjo, la tarde de mi cuento, el olor del azahar mezclado al del jazmín. Al penetrar bajo aquella bóveda verde y olorosa se disipó como un soplo mi embriaguez de voluptuosidad carnal, desapareció todo el atractivo de las formas exuberantes de Emilia, dejé de sentirme provocado por sus ojos y sus sonrisas, y se me llenó el alma de una dulcísima tristeza como mística, me latieron en el corazón reminiscencias de la infancia, muy lejanas, borrosas, pero de una intensidad inefable. El olor mezclado de azahar y jazmín se juntaba, se mezclaba también a las reminiscencias. En aquel momento, sobre los árboles que coronaban la colina de enfrente, apareció el globo inflamado, rojo, muy grande, de la luna llena. Otro recuerdo extraño, inexplicable, pero el más elocuente, el más fuerte…

–¡La luna del Pombal! –dijo una dulcísima voz de niña cerca de mí. Hablaba Elena, algo triste, consigo misma. ¡La luna del Pombal!

También aquellas palabras eran una reminiscencia: yo había oído aquello, o algo muy semejante, allá, en días lejanos. Estaba seguro de que por mi primera infancia había sido un espectáculo solemne, augusto, alguna vez, una sola acaso, aquella luna roja, tan grande, subiendo por el cielo; y estaba seguro de que aquello alguien a mi oído lo había llamado la luna de… de algo que acababa en al también. ¿Del Pombal?

No sabía. Yo, ni recordando, mejor diría queriendo recordar, entré imaginando y despertando reminiscencias moribundas, dispersas, y creí verme en brazos de alguno, de un hombre robusto, de mi padre acaso; y vi más en no sé qué abismos del recuerdo, de esos que en las crisis nerviosas, y probablemente a la hora de la muerte, mandan imágenes, fantasmas del pasado remoto, a la superficie del pensamiento: vi el reflejo de aquella luna roja sobre un rostro olvidado ya, que acercaban al mío el rostro de otro niño que debía de ir en otros brazos.

–¡La luna del Pombal! –repitió Elena. La miré entonces. ¡Oh amor del alma mío! ¡Cómo la vi! ¡Cómo la vi, Dios mío! ¡La huérfana de una cuna, la niña sin madre y sin arrullos! Parecía más niña que a luz del sol poco antes, y parecía más mujer. Porque estaba más seria, porque sus ojos expresaban dolorosa poesía, parecía más mujer. Parecía más niña por el gesto, por el matiz de sus pómulos infantiles acentuados, por la tirantez de ciertas líneas. Yo no soy pintor, no puedo pintar lo que vi en ella: estaba allí la santa seriedad de lo pueril, el dolor infinito, irremediable, de las caricias perdidas desde la cuna.

Con la voz temblona, sin pensar en que estaba allí Emilia, pregunté, serio también, con un timbre que desconocí yo mismo:

–¿Por qué repite V. eso? ¿Qué tiene esta luna?

–¡La luna del Pombal! Es mi sueño, de allá lejos.

Día 16 de enero de 18...

–Elena, antes de proseguir, me miró con gravedad y sondeándome: quería ver si era yo digno de que ella siguiera hablando de tan sagradas cosas.

Por desgracia Emilia se adelantó, creyéndose en el caso de explicarme lo de la luna. Ello era que allá en la infancia, cuando vivía su padre, Elena suspiraba en invierno, en Madrid, por la luna de Pombal, que a ella le parecía la única, porque conservaba el recuerdo del plenilunio en una noche como aquella en aquel valle. Elena interrumpió a su hermana como hablando consigo misma, fija la mirada en el astro rojo, hinchado, que seguía ascendiendo, alejándose del horizonte.

–Yo no sé –dijo– si es que me acuerdo todavía, o si me acuerdo del recuerdo; pero ello es que yo me veía en unos brazos que debían de ser los de papá, y de repente vi esa luna, de ese color, y no me pareció la misma pálida que había visto en Madrid… ¡Oh! Sí: para mí la luna de Pombal era mejor, de colores, redonda, más hermosa, como todo lo del Pombal. Pero ¡sí me acuerdo, vamos! Aquella tarde, o aquella noche, lo que fuera, íbamos por un prado… largo, largo, así… en curva, como el somonte… y en las seves brillaban gusanos de luz… y cantaban las cigarras… miles de cigarras, y a mí me parecía que las estrellas cantaban también, cantaban así, como latiendo, como un péndulo, tristes… pero muy dulces, muy… no sé qué… Y era papá (¡oh! sí: estoy segura), papá quien me llevaba en brazos…

–Pero, criatura, ¡si eres tan niña! ¡Si no puedes acordarte!

–Bueno, bien: me acuerdo que me acordaba. ¡Si hasta me acuerdo de que la barba de papá, que yo cogía y apretaba entre los dedos, estaba húmeda por el rocío! ¿Y el ¡rich! ¡rich! ¡rich! de las cigarras? ¿Y esa luna? ¡Oh! Sí: esa luna es testigo…

La voz de Elena temblaba y se debilitaba: parecía hundirse en un abismo de sollozos contenidos y de recuerdos. Calló, dio media vuelta lentamente y salió del cenador como una sombra.

Emilia me hizo una seña.

Yo no hablé porque no podía: tenía unas tenazas en la garganta.

El amor absoluto, el amor nuevo, el decisivo, el de los diez y seis años, se estaba enseñoreando de mi alma. El misterio, casi el milagro, le daba su prestigio. ¡Yo también me acordaba de haberme acordado de aquello que decía Elena! Sí, sí: el ¡rich! ¡rich! solemne en una noche lejana, única, genesíaca para mi conciencia; la noche de aquella luna, de aquella misma, roja, hinchada, augusta, que tenía en aquel momento enfrente de mí. Y yo recordaba más que Elena: yo la recordaba a ella.

Y aquel otro que llevaban en brazos también cerca de mí, era ella. La cosa estaba clara: mi padre me llevaba a mí, a ella el suyo…

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Cómo en esta vida, finita, tonta, efímera, disipada, insustancial, que en la suma de los destinos humanos no debe de ser más que un tachón, a lo más una página rota por inútil; cómo en esta vida, que en tanto llegué a despreciar más tarde, consientes que haya momentos de tan intenso sentir, de tan inefable grandeza, momentos infinitos, instantes de gloria eterna? Música, santa música: cántalos tú que puedes, y deja que yo siga, con el run run prosaico de la pluma de acero, narrando los sucesos, como estólido cronista que profana con anotaciones y cifras dignas de las musas de antaño las sublimes pasiones que tejieron la historia…

¡Pues no estoy haciendo frases! ¡Ay! ¡Bien hice en llamar estas memorias Cuesta abajo! ¡Cuesta abajo y de cabeza! ¡Qué descontentismo, apagadísimo corazón! ¡Quién me dijera algún día que yo había de llegar a describir aquella noche en que me enamoré de mi Elena… de esta manera tan prosaica!

Por algo ella me decía cuando era mi mujer: –Mira, Nardo –me llamaba Nardo, que a ella se le antojaba abreviatura de Narciso, porque era el nombre de otra flor–. Mira, Nardo: ya sé que es de imaginaciones pobres abusar en el arte, en la poesía, de las propias hazañas, de los datos personales, sobre todo de las vicisitudes de la vida ordinaria del que escribe y de los que le rodean; pero una vez, una sola vez, quisiera yo verme en tus libros. Nunca me dejas leerlos. Todas tus mujeres son, o sublimes, tanto que yo no puedo ni comprenderlas, o, más generalmente, picaronas, desalmadas, que no quieres que yo trate, ni aun siendo ellas de tinta y papel. Una sola vez píntame a mí. A ver lo que te parezco. Pinta nuestros amores; pinta aquella noche de la luna de Pombal, cuando te enamoraste de mí… definitivamente, según tú dices (sin perjuicio de habérmela pegado cien veces). Mete eso, que debe de ser muy bonito, muy sentimental; mételo en una novela de las que escribes ahora, ahora que eres joven. Si lo dejas para viejo, para cuando escribas esas novelas maduras que tú crees que serán las que te den fama merecida, te expones a no acertar, a pintar mal lo que ahora todavía sentimos bien. Sí, anda, Nardo: por una sola vez méteme en una novela tuya. Tú, que sueñas con tantas mujeres, sueña conmigo una vez.

¿Y qué contesté a mi mujer aquel día? ¡Miserable! Contesté que aquello de la luna de Pombal, aunque era verdadero, era inverosímil, amanerado, idealista, romántico! ¡Mal rayo me parta con mis teorías de catedrático cursi!

Ahora Dios y mi Elena me castigan. ¡Ah! ¡Quiero pintarme a mí propio la escena del Pombal y escribo frases y digresiones! Adelante, adelante. Y una cosa, señor D. Narciso: no hay que dejarse invadir por los recuerdos. No vale llorar ni rebelarse contra lo pasado.

Mis apuntes no son para eso. Lo muerto, muerto. Todo pasa, todo es accidental. Todo apasionamiento por lo que es forma, por lo que dibuja el tiempo, es idolatría. En eso estábamos: ¿somos o no somos filósofos?

Adelante.

Emilia quiso explicarme la extraña conducta de Elena.

–Ahí donde la ve V., con esa cara de pilluelo de París, con su afectación de frescura, de alegría loca, de indiferencia para lo poético, es más romántica que yo, y eso que la tía y ella me llaman la Jorge San día, porque leo libros que a ellas no les gustan. Pues Elena, que apenas lee, ¡es más cavilosa! Niña y todo, ¡tiene unas ocurrencias, allá, en sus adentros! Pocas veces le pasa lo que hoy, eso sí; pocas veces se pone tan excitada, tan nerviosa que deje escapar esas palabras retumbantes.

De fijo a estas horas está avergonzada de lo que ha dicho y se ha escondido.

Lo que es por hoy despídase V. de ella: no la vuelve a ver.

Mi madre y la tía nos llamaron desde la solana.

–¡A casa, a casa, que hay relente y le hace daño a Elena!

Empezaba la noche. ¿Qué hacer? ¿Cómo iba mi madre a emprender el camino de casa en tales horas, por aquellas endiabladas callejas?

Se resolvió, venciendo el empeño contrario de mi madre, que ella se quedaría a dormir en el Pombal, y yo, después de cenar con todas ellas, me volvería a nuestra quinta, jinete en la pacífica yegua en que hacía sus cortas excursiones la señora tía, con un mozo de labranza por espolique.

El doctor Pértinax

I

El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata, quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax.

—¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!… ¡No confesará ni a la hora de la muerte!…

Este impío monólogo fue interrumpido por un ¡ay! del moribundo.

—¡Agua! —exclamaba el mísero filósofo.

—¡Vinagre! —contestó la vieja, sin moverse de su sitio.

—Mónica, buena Mónica —prosiguió el doctor, hablando como pudo—, tú eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel… , tu conciencia te lo premie… ; esto se acaba… llegó mi hora, pero no temas…

—No, señor; pierda usted cuidado…

—No temas; la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo… individual puede quejarse de la muerte…

Yo expiro, es verdad, nada queda de mí… , pero la especie permanece… No es sólo eso: mi obra, el producto de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyos, ya lo sabes, pero dame agua.

Mónica vaciló, y, ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede ablandarse, acercó a los labios de su amo no se qué jarabe, cuya sola virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.

Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, o mejor dicho, nuestro hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.

Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vio en la oscuridad la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de gallarda apostura.

«¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu meollo consumido por las herejías!»

Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio magno de la Naturaleza.

Amanecía.

II

Era la hora de las burras de leche. San Pedro frotaba con un paño el aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol. ¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol que nosotros vernos aparecer todas las mañanas por el Oriente.

El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no sé qué aire, muy parecido al ça irá de los franceses.

—¡Hola! Parece que se madruga —dijo inclinando la cabeza y mirando de hito en hito a un personaje que se le había puesto delante en el umbral de la puerta.

El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran delgados, pálidos y secos.

—Sin duda —prosiguió San Pedro—, ¿es usted el sabio que se estaba muriendo esta noche?… ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar, compadre!… ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que a usted se le antojase llamar, y como tenía órdenes terminantes de no hacerle a usted aguardar ni un momento!… ¡Poquito respeto que se les tiene a ustedes aquí en el cielo! En fin, bien venido, y pase usted; yo no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted… todo derecho… No hay entresuelo.

El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para seguir limpiando el sol.

Era el recién venido delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura, y medía los ademanes y gestos con académico rigor.

Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dio media vuelta y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vio que estaba sobre un abismo de oscuridad en que había tinieblas como palpables, ruidos de tempestad horrísona, y a intervalos ráfagas de una luz cárdena, a la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían subido tampoco estaba a la vista.

—Caballero —exclamó con voz vibrante y agrio tono—, ¿se puede saber qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Por qué se me ha traído aquí?

—¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había olvidado un pequeño requisito —y sacando un libro de memorias del bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó—: ¿Su gracia de usted?

—Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su vigésima edición, que se intitula Filosofía última.

San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito a todo esto Pértinax…

—Bien. ¿Pértinax de qué?

—¿Cómo de qué? ¡Ah, sí! ¿Querrá usted decir de dónde? Así como se dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea… , Michelet de Berlín.

—Justo. Quijote de la Mancha…

—Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué farsa es ésta?

—¿Cómo farsa?

—Sí, señor; yo soy víctima de una burla. Esto es una comedia. Mis enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria, con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño. Sobre todas estas apariencias está mi razón, mi razón, que protesta con voz potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni relumbrones, que a mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo que siempre dije y tengo consignado en la página trescientas quince de la Filosofía última… , nota b de la subnota alfa, a saber: que después de la muerte no debo subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese el concupiscente querer vivir, Nolite vivere, que es sólo cadena de sombras engarzada en deseos, etc., etc. Con que así, una de dos: o yo me he muerto o no me he muerto; si me he muerto, no es posible yo sea yo, como hace media hora, que vivía. Y todo esto que delante tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque no soy; pero si no me he muerto y sigo siendo yo, éste que fui y soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive Dios!…

Y juró el filósofo como un carretero. Y no fue lo peor que jurase, sino que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron a despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.

Entre tanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos por no descoyuntarle con la risa, que le sofocaba. Mas, se irritaba Pértinax con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si podía, con tales palabras:

—Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar a usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba, que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca donde todo se lo expliquen a su gusto, para que no le quede sombra de duda, que todas se acaban en esta región donde lo que menos brilla es este sol que estoy limpiando.

—No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien; otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia de lo que hace.

—Yo soy San Pedro…

—A usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que usted lo sea.

—Caballero, llevo más de mil ochocientos años en la portería…

—Aprensión, prejuicio…

—¡Qué prejuicio ni qué calabaza! —grita el Santo, ya incomodado un tantico—; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza… La culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San Ignacio…

A la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con dulces ojos al filósofo colérico, le dijo, mientras cogía sus flacas manos, con las que él tenía de luz, o, por lo menos, de algo muy tenue y esplendoroso:

—Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo a la presencia del Señor. Tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te levantaron, como alas, de la tierra triste, y llegaste al cielo, y verás al Hijo a la diestra del Padre… El Verbo que se hizo carne.

—Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero, señor San Juan, digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar un espíritu vulgar, no sirve contra el autor de la Filosofía última —y el pobre filósofo escupía espuma de puro rabiado.

El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones, santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa… de bienaventurados la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor del Apocalipsis y el de la Filosofía última. Como San Juan se explicara en términos un tanto metafísicos, fue apaciguándose poco a poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó a olvidar la que él llamaba farsa indigna.

Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose mutuamente a echar su cuarto a espadas. Eran Santo Tomás y Hégel, que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de la Filosofía última, obra detestable en su dictamen, esta vez de acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:

—Nego suppositum!

Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como se merecía al Doctor Angélico el cual, después de haberle negado el supuesto, se preparaba a anonadarle bajo la fuerza de la Summa Teologica, que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial. Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra cosa; Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el desván. A esto, Santo Tomás apóstol dijo: «Perfectamente; eso es, ver y creer.» Pero su tocayo, el de Aquino, no se dio a partido; insistió en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel filósofo era recurrir a la Summa. Y dicho y hecho; ya llegaba con cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de mozo de cordel muy guapo que llamaban allí Alejandrito, y era, efectivamente, Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo Tomás la Summa con mucha prosopopeya, y la primer q con que topó vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba a balbucir latines, cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde está mi Filosofía última! En ella queda demostrado…

—Oiga usted, señor filósofo —interrumpió Santa Escolástica, que era una señora muy sabida—; yo no quiero callar, ni es usted quién para venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay clases, y que aquí entra todo el mundo.

—Señora —exclamó el santo Job, haciendo una reverencia con una teja que llevaba en la mano y usaba a guisa de cepillo—; señora, sea todo por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos. Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar a Santo Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero, en fin, por mucho que valga la Summa, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado, y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una Comisión de nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, a quien siento no ver entre nosotros.

Grandísimo era el respeto que a todos los santos y santas merecía el santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar su brazo a torcer, y Pidal volvió con la Summa a la biblioteca. Procedióse a votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y resultaron elegidos de la Comisión los señores siguientes: el santo Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por mayoría. Tuvieron votos Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.

El doctor Pértinax accedió a las súplicas de la Comisión y consintió en recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por los ojos, decía él, pero no por el espíritu.

—Hombre, no sea usted pesado —le decía Santo Tomás, mientras le cosía unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje que iban a emprender—. Aquí me tiene usted a mí, que me resistía a creer en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí. Usted hará lo mismo…

—Caballero —replicó Pértinax—, usted vivía en tiempos muy diferentes; estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la Crítica de la razón pura y de la Filosofía última, de modo que no creo en nada, ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la representación con la ausencia, que es inasequible, esto es, fuera de, como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada queda por explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.

Sólo el santo Job oyó la última palabra del discurso, y, rascándose con la teja la pelada coronilla, respondió:

—La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates, y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la cabeza o en la representación, como usted quiere, va a costar sudores hacerle ver la realidad tal como es.

—¡Andando, andando! —gritó Diógenes en esto— A mí me negaban los sofismas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré. ¡Andando, andando!

Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía Pértinax, que dijo:

—¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?

—Sí, señor —respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que hablaremos en adelante)—, eso pronto se ve.

—¡Pero, hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?

—Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y, por cierto, que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que las disputas de sus peripatéticos.

—Pero, ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.

El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con éstas:

—¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale a usted bajar la cabeza para no tropezar con el techo, que hemos llegado a ese límite del espacio que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra esa nada que niega.

Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se hizo un chichón en la cabeza.

—¡Pero esto no puede ser! —exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro mundo.

No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus millones de millones de estrellas!

—¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de los astrónomos de la tierra?

—¡Buena nebulosa te dé Dios! —contestó Santo Tomás—. Aquélla es la Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de diamantes que rodean la ciudad de Dios.

—¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand, y que yo juzgaba indignas de un hombre serio?…

—Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos a descansar en esta estrella que pasa por debajo, que, a fe de Diógenes, que estoy cansado de tanto ir y venir.

—Señores, yo no estoy presentable —dijo Pértinax—; todavía no me he quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van a reír de este traje indecoroso…

Los tres cicerones del cielo soltaron la carcajada a un tiempo. Diógenes fue el que exclamó:

—Aunque yo le prestara a usted mi linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella ni en estrella alguna de cuantas Dios creó.

—¡Claro, hombre, claro! —añadió muy serio Job—. No hay habitantes mas que en la tierra; no diga usted locuras.

—¡Eso sí que no lo puedo creer!

—Pues vamos allá —replicó Santo Tomás, a quien ya se le iba subiendo el humo a las narices.

Y emprendieron el viaje de estrella en estrella, y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba horrorizado.

—¡Está es la Creación! —exclamó—. ¡Qué soledad! A ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada; por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna, la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y a su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las esferas…

—Nada de eso —repuso Santo Tomás; la Astronomía no se ha equivocado; la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante aparece. Vamos a ver si la encontramos entre todo este garbullo de astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo.

—¡Allá voy! —exclamó el Santo de la teja, dando un suspiro y asegurando en las orejas unas gafas— ¡Es como buscar una aguja en un pajar!… ¡Allí la veo! ¡Allí va! ¡Mírela usted, mírela usted, qué chiquitina! ¡Parece un infusorio!

Pértinax vio la tierra, y suspiró, pensando en Mónica y en el fruto de sus filosóficos amores.

—¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra?

—Nada más.

—¿Y el resto del Universo está vacío?

—Vacío.

—Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas?

—Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven, además, para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio a la poesía. Y no se puede negar que son muy bonitas.

—¡Pero vacío todo! ¡Vacío!

Pértinax permaneció en los aires un buen rato triste y meditabundo. Se sentía mal. El edificio de la Filosofía última amenazaba ruina. Al ver que el Universo era tan distinto de como lo pedía la razón, empezaba a creer en el Universo. Aquella lección brusca de la realidad era el contacto áspero y frío de la materia que necesitaba su espíritu para creer. «¡Está todo tan mal arreglado, que acaso sea verdad!», así pensaba el filósofo.

De repente se volvió hacia sus compañeros, y les preguntó:

—¿Existe el infierno?

Los tres suspiraron, hicieron gestos de compasión, y respondieron:

—Sí, existe.

—Y la condenación, ¿es eterna?

—Eterna.

—¡Solemne injusticia!

—¡Terrible realidad! —respondieron los del cielo a coro.

Pértinax se pasó la mortaja por la frente. Sudaba filosofía. Iba creyendo que estaba en el otro mundo. Aquella sinrazón de todo le convencía.

—¿Luego la cosmogonía y la teogonía de mi infancia eran la verdad?

—Sí; la primera y última filosofía.

—¿Luego no sueño?

—No.

—¡Confesión, confesión! —gritó, llorando el filósofo; y cayó desmayado en los brazos de Diógenes.

Cuando volvió en sí, estaba de rodillas, todo vestido de blanco, en los estrados de Dios, a los pies de la Santísima Trinidad. Lo que más le chocó fue ver, efectivamente, al Hijo sentado a la diestra de Dios Padre. Como el Espíritu Santo estaba encima, entre cabeza y cabeza, resultaba que el Padre estaba a la izquierda. No sé si un Trono o una Dominación, se acercó a Pértinax y le dijo:

—Oye tu sentencia definitiva —y leyó la que sigue—: «Resultando que Pértinax, filósofo, es un pobre de espíritu, incapaz de matar un mosquito;

»Resultando que estuvo dando alimentos y carrera por espacio de muchos años a un hijo natural habido por el tambor mayor Roque García en Mónica González, ama de llaves del filósofo;

»Considerando que todas sus filosofías no han causado más daño que el de abreviar su existencia, que no servía para bendita de Dios la cosa,

»Fallamos que debemos absolver y absolvemos libremente al procesado, condenando en costas al fiscal señor don Ramón Nocedal, y dando por los méritos dichos al filósofo Pértinax la gloria eterna.»

Oída la sentencia, Pértinax volvió a desmayarse.

* * *

Cuando despertó, se encontró en su lecho. Mónica y un cura estaban a su lado.

—Señor —dijo la bruja—, aquí está el confesor que usted ha pedido…

Pértinax se incorporó; pudo sentarse en la cama, y extendiendo ambas manos gritó, mirando al confesor con ojos espantados:

—Digo y repito que todo es pura representación, y que se ha jugado conmigo una farsa indigna. Y, en último caso, podrá ser cierto lo que he visto; pero entonces juro y perjuro que si Dios hizo el mundo, debió haberlo hecho de otro modo —y expiró de veras.

No le enterraron en sagrado.

De la comisión

I

Él lo niega en absoluto; pero no por eso es menos cierto. Sí, por los años de 1840 a 50 hizo versos, imitó a Zorrilla como un condenado y puso mano a la obra temeraria (llevada a término feliz más tarde por un señor Albornoz) de continuar y dar finiquito a El diablo Mundo, de Espronceda.

Pero nada de esto deben saber los hijos de Pastrana y Rodríguez, que es nuestro héroe. Fue poeta, es verdad; pero el mundo no lo sabe, no debe saberlo.

A los diecisiete años comienza en realidad su gloriosa carrera este favorito de la suerte en su aspecto administrativo. En esa edad de las ilusiones le nombraron escribiente temporero en el Ayuntamiento de su valle natal, como dice La Correspondencia cuando habla de los poetas y del lugar de su nacimiento.

La vocación de Pastrana se reveló entonces como una profecía.

El primer trabajo serio que llevó a glorioso remate aquel funcionario público fue la redacción de un oficio en que el alcalde Villaconducho pedía al gobernador de la provincia una pareja de la Guardia Civil para ayudarle a hacer las elecciones. El oficio de Pastrana anduvo en manos y en lenguas de todos los notables del lugar. El maestro de escuela nada tuvo que oponer a la gallarda letra bastardilla que ostentaba el documento; el boticario fue quien se atrevió a sostener que la filosofía gramatical exigía que ayer se escribiera con h, pues con h se escribe hoy; pero Pastrana le derrotó, advirtiendo que, según esa filosofía, también debiera escribirse mañana con h.

El boticario no volvió a levantar cabeza, y Perico Pastrana no tardó un año en ser nombrado secretario del Ayuntamiento con sueldo. Con tan plausible motivo se hizo una levita negra; pero se la hizo en la capital. El señor Pespunte, sastre de la localidad y alguacil de la Alcaldía, no se dio por ofendido; comprendió que la levita del señor secretario era una prenda que estaba muy por encima de sus tijeras. Cuando en la fiesta del Sacramento vio Pespunte a Pedro Pastrana lucir la rutilante levita cerca del señor alcalde, que llevaba el farol, es verdad, pero no llevaba la levita, exclamó con tono profético:

—¡Ese muchacho subirá mucho! —y señalaba a las nubes.

Pastrana pensaba lo mismo; pero su pensamiento iba mucho más allá de lo que podía sospechar aquel alguacil, que no sabía leer ni escribir, e ignoraba, por consiguiente, lo que enseñan libros y periódicos a la ambición de un secretario de Ayuntamiento.

Toda la poesía que antes le llenaba el pecho y le hacía emborronar tanto papel de barba, se había convertido en una inextinguible sed de mando y honores y honorarios. Pastrana amaba todo, como Espronceda; pero lo amaba por su cuenta y razón, a beneficio de inventario. Como era secretario del Ayuntamiento, conocía al dedillo toda la propiedad territorial del Concejo, y no se le escapaban las ocultaciones de riqueza inmueble. Así como el divino Homero, en el canto II de su Ilíada, enumera y describe el contingente, procedencia y cualidades de los ejércitos de griegos y troyanos, Pastrana hubiera podido cantar el debe y haber de todos y cada uno de los vecinos de Villaconducho.

Era un catastro semoviente. Su fantasía estaba llena de foros y subforos, de arrendamientos y enfiteusis, de anotaciones preventivas, embargos y céntimos adicionales. Era amigo del registrador de la Propiedad, a quien ayudaba en calidad de subalterno, y sabía de memoria los libros del Registro. Salía Perico a los campos a comulgar con la madre Naturaleza. Pero verán mis lectores cómo comulgaba Pastrana con la Naturaleza: él no veía la cinta de plata que partía en dos la vega verde, fecunda, y orlada por fresca sombra de corpulentos castaños que trepaban por las faldas de los montes vecinos; el río no era a sus ojos palacio de cristal de ninfas y sílfides, sino finca que dejaba pingües (pingüe era el adjetivo predilecto de Pastrana), pingües productos al marqués de Pozos—Hondos, que tenía el privilegio, que no pagaba, de pescar a bragas enjuntas las truchas y salmones que a la sombra de aquellas peñas y enramadas buscaban mentida paz y engañoso albergue en las cuevas de los remansos. Al correr de las linfas cristalinas, fija la mirada sobre las hondas, meditaba Pastrana, pensando, no que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, sino en el valor en venta de los salmones que en un año con otro pescaba el marqués de Pozos—Hondos. «¡Es un abuso!», exclamaba, dejando a las auras un suspiro eminentemente municipal; y el aprendiz de edil maduraba un maquiavélico proyecto, que más tarde puso en práctica, como sabrá el que leyere.

Las sendas y trochas que por montes y prados descendían en caprichosos giros, no eran ante la fantasía de Pastrana sino servidumbre de paso; los setos de zarzamora, madreselva y espino de olor, donde vivían tribus numerosas de canoras aves, alegría de la aurora y música triste de la melancólica tarde a la hora del ocaso, teníalos Pastrana por lindes de las respectivas fincas, y nada más; y, sonría maliciosamente contemplando aquella seve de Paco Antúnez, que antaño estaba metida en un puño, lejos de los mansos del cura un buen trecho, y que hogaño, desde que mandaban los liberales, andaba, andaba como si tuviera pies, prado arriba, prado arriba, amenazando meterse en el campo, de la iglesia y hasta en el huerto de la casa rectoral. Cada monte, cada prado, cada huerta veíalos Perico, más que allí donde estaban, en el plano ideal del catastro de sus sueños; y así, una casita rodeada de jardín y huerta con pomarada, oculta allá en el fondo de la vega, mirábala el secretario abrumada bajó el enorme peso de una hipoteca y próxima a ser pasto de voraz concurso de acreedores; el soto del marqués (¡siempre el marqués!), donde crecían en inmenso espacio millares de gigantes de madera, entre cuyos pies corrían, no los gnomos de la fábula, sino conejos muy bien criados, antojábasele a Pastrana misterioso personaje que viajaba de incógnito, porque el tal soto no tenía existencia civil, no sabían de él en las oficinas del Estado.

De esta suerte discurría nuestro hombre por aquellos cerros y vericuetos, inspirado por el dios Término que adoraron los romanos, midiéndolo todo, pesándolo todo y calculando el producto bruto y el producto líquido de cuanto Dios crió. Otro aspecto de la Naturaleza que también sabía considerar Pastrana era el de la riqueza territorial en cuanto materia imponible; él, que manejaba todos los papeles del Ayuntamiento, sabía, en cierta topografía rentística que llevaba grabada en la cabeza, cuáles eran los altos y bajos del terreno que a sus ojos se extendía, ante la consideración del Fisco. Aquel altozano de la vega pagaba al Estado mucho menos que el pradico de la Solana, metido de patas en el río; por lo cual estaba, según Pastrana, el pradico mucho más alto sobre el nivel de la contribución que el erguido cerro que era del marqués de Pozos—Hondos, y por eso pagaba menos. Por este tenor, la imaginación de Pastrana convertía el monte en llano, y el llano en monte, y observaba que eran los pobres los que tenían sus pegujares por las nubes, mientras los ricos influyentes tenían bajo tierra sus dominios, según lo poco y mal que contribuían a las cargas del Estado.

Estas observaciones no hicieron de Pastrana un filántropo, ni un socialista, ni un demagogo, sino que le hicieron abrir el ojo para lo que se verá en el capítulo siguiente.

II

Pastrana no daba puntada sin hilo. Aquellos paseos por los campos y los montes dieron más tarde óptimo fruto a nuestro héroe. Era necesario, se decía, sacar partido (su frase favorita) de todas aquellas irregularidades administrativas. El salmón fue ante todo el objetivo de sus maquinaciones. Varios días se le vio trabajar asiduamente en el archivo del Ayuntamiento. Pespunte le ayudaba a revolver legajos, a atar y desatar y a limpiar de polvo, ya que de paja no era posible, los papelotes del Municipio. Ocho días duró aquel trabajo de erudición concejil. Otros ocho anduvo registrando, escrituras y copiando matrices en los protocolos notariales, merced a la benévola protección que le otorgaba el señor Litispendencia, escribano del pueblo. Después… Pespunte no vio en quince días a Pedro Pastrana. Se había encerrado en su casa—habitación, como decía Pespunte, y allí se pasó dos semanas sin levantar cabeza.

En la Secretaría se le echaba de menos; pero el alcalde, que profesaba también profundo respeto a los planes y trabajos del secretario, no se dio por entendido, y suplió como pudo la presencia de Pastrana. En fin, un domingo, Pedro se presentó en público de levita, oyó misa mayor y se dirigió a casa del alcalde: iba a pedirle una licencia de pocos días para ir a la capital de la provincia. ¿A qué? Ni lo preguntó el alcalde, ni Pespunte se atrevió a procurar adivinarlo. Pastrana tomó asiento en el cupé de la diligencia que pasaba por Villaconducho a las cuatro de la tarde.

El resultado de aquel viaje fue el siguiente: un opúsculo de 160 páginas en 4º mayor, letra del 8, intitulalo Apuntes para la historia del privilegio de la pesca del salmón en el río Sele, en los Pozos—Oscuros del Ayuntamiento de Villuconducho, que disfruta en la actualidad el excelentísimo señor marqués de Pozos—Hondos (Primera parte), por don Pedro Pastrana Rodríguez, secretario de dicho Ayuntamiento de Villaconducho.

Sí; así se llamaba la primera obra literaria de aquel Pastrana que andando el tiempo había de escribirlas inmortales, o poco menos, no ya tratando el asunto, al fin baladí, de la pesca del salmón, sino otros tan interesantes como el de La caza y la veda, la ocultación de la riqueza territorial, Fuentes o raíces de este abuso, Cómo se pueden cegar o extirpar estas fuentes o raíces.

Pero volviendo al opúsculo piscatorio, diremos que produjo una revolución en Villaconducho, revolución que hubo de trascender a los habitantes de Pozos—Oscuros, queremos decir a los salmones, que en adelante decidieron dejarse pescar con cuenta y razón, esto es, siempre y cuando que el privilegio de Pozos—Hondos resultase claro como el agua de Pozos—Oscuros: fundado en derecho. ¿La estaba? ¡Ah! Esto era la gran cuestión, que Pastrana se guardó muy bien de resolver en la primera parte de su trabajo. En ella se suscitaban pavorosas dudas histórico—jurídicas acerca de la legitimidad de aquella renta pingüe —pingüe decía el texto— de que gozaba la casa de Pozos—Hondos; en la sección del libro titulada «Piezas justificantes», en la cual había echado el resto de su erudición municipal el autor, había acumulado argumentos poderosos en pro y en contra del privilegio; «la imparcialidad, decía una nota, nos obliga, a fuer de verídicos historiadores y según el conocido consejo de Tácito, a ser atrevidos lo bastante para no callar nada de cuanto debe decirse, pero también a no decir nada que no sea probado. Suspendemos nuestro juicio por ahora; ésta es la exposición histórica; en la segunda parte, que será la síntesis, diremos, al fin, nuestra opinión, declarando paladinamente cómo entendemos nosotros que debe resolverse este problema jurídico—administrativo—histórico del privilegio del Sele en Villaconducho, como le denominan antiguos tratadistas».

El marqués de Pozos—Hondos, que se comía los salmones del Sele en Madrid, en compañía de una bailarina del Real, capaz de tragarse el río, cuanto más los salmones, convertidos en billetes de Banco; el marqués tuvo noticia del folleto y del efecto que estaba causando en su distrito (pues además de salmones tenía electores en Villaconducho). Primero se fue derecho al ministro a reclamar justicia; quería que el secretario fuese destituido por atreverse a poner en tela de juicio un privilegio señorial del más adicto de los diputados ministeriales; y, por añadidura, pedía el secuestro de la edición del folleto, que él no había leído, pero que contendría ataques directos o indirectos a las instituciones.

El ministro escribió al gobernador, el gobernador al alcalde y el alcalde llamó a su casa al secretario para que… redactase la carta con que quería contestar al gobernador, para que éste se entendiera con el ministro. Ocho días después, el ministro le decía al diputado: «Amigo mío, ha visto usted las cosas como no son, y no es posible satisfacer sus deseos; el secretario es excelente hombre, excelente funcionario y excelentísimo ministerial; el folleto no es subversivo, ni siquiera irrespetuoso respecto de sus salmones de usted; hoy lo recibirá usted por correo, y si lo lee, se convencerá de ello. Gobernar es transigir, y pescar viene a ser como gobernar, de modo que lo mejor será que usted reparta los salmones con ese secretario, que está dispuesto a entenderse con usted. En cuanto a destituirlo, no hay que pensar en ello; su popularidad en Villaconducho crece como la espuma, y sería peligrosa toda medida contra ese funcionario… »

Esto de la popularidad era muy cierto. Los vecinos de Villaconducho veían con muy malos ojos que todos los salmones del río cayesen en las máquinas endiabladas del marqués; pero, como suele decirse, nadie se atrevía a echar la liebre. Así es que cuando se leyó y comentó el folleto de don Pedro Pastrana y Rodríguez, la fama de éste no tuvo rival en todo el Concejo, y, muy especialmente, adquirió amigos y simpatías entre los exaltados. Los exaltados eran el médico, el albéitar, Cosme, licenciado del ejército; Ginés, el cómico retirado, y varios zagalones del pueblo, no todos tan ocupados como fuera menester.

Pespunte, que también tenía ideas (él así las llamaba) un tanto calientes, les decía a los demócratas, para inter nos, que el chico era de los suyos, y que tenía una intención atroz, y que ello diría, porque para las ocasiones son los hombres, y «obras son amores, y no buenas razones», y que detrás de lo del privilegio vendrían otras más gordas, y, en fin, que dejasen al chico, que amanecería Dios y medraríamos. Pastrana dejaba que rodase la bola; no se desvanecía con sus triunfos, y no quería más que sacar partido de todo aquello. Si los exaltados le sonreían y halagaban, no los respondía a coces, ni mucho menos, pero tampoco soltaba prenda; y le bastaba para mantener su benévola inclinación y curiosidad oficiosa, con hacerse el misterioso y reservado, y para esto le ayudaba no poco la levita de gran señor, que ahora le estaba como nunca. Pero, ¡ay!, pese a los cálculos optimistas de Pespunte, no iba por allí el agua del molino, los exaltados y sus favores no eran, en los planes de Pastrana, más que el cebo, y el pez que había de tragarlo no andaba por allí; de él se había de saber por el correo.

Y, en efecto: una mañana recibió el secretario una carta, cuyo sobre ostentaba el sello del Congreso de los Diputados. Era una carta del señor del privilegio, era lo que esperaba Pastrana desde el primer día que había contemplado desde Puentemayor correr las aguas en remolino hacia aquel remanso donde las sombras del monte y del castañar oscurecían la superficie del Sele. El marqués capitulaba y ofrecía al activo y erudito cronista de sus privilegios señoriales su amistad e influencia; era necesario que en este país, donde el talento sucumbe por falta de protección, los poderosos tendieran la mano a los hombres de mérito. En su consecuencia, el marqués se ofrecía a pagar todos los gastos de publicación que ocasionara la segunda parte de la Historia del privilegio de pesca, y en adelante esperaba tener un amigo particular y político en quien tan respetuosamente había tratado la arriesgada materia de sus derechos señoriales. Pastrana contestó al marqués con la finura del mundo, asegurándole que siempre había creído en los sólidos títulos de su propiedad sobre los salmones de Pozos—Oscuros, los cuales salmones llevaban en su dorada librea, como los peces del Mediterráneo llevan las barras de Aragón, las armas de Pozos—Hondos, que son escamas en campo de oro. De paso manifestaba respetuosamente al señor marqués que el soto grande estaba muy mal administrado, que en él hacían leña todos los vecinos, y que si se trataba de evitarlo, era preciso hacerlo de modo que no se enterase la Administración de la falta de existencia económico—civil—rentística del soto, finca anónima en lo que toca a las relaciones con el Fisco. El marqués, que algunas veces había oído en el Congreso hablar de este galimatías, sacó en limpio que el secretario sabía que el soto grande no pagaba contribución. Nueva carta del marqués, nuevos ofrecimientos, réplica de Pastrana diciendo que él era un pozo tan hondo como el mismísimo Pozos—Hondos, y que ni del soto ni de otras heredades, que en no menos anómala situación poseía el marqués, diría él palabra que pudiese comprometer los sagrados intereses de tan antigua y privilegiada casa. Pocos meses después, los exaltados decían pestes de Pastrana, a quien el marqués de Pozos—Hondos hacía administrador general de sus bienes raíces y muebles en Villaconducho, aunque a nombre de su señor padre, porque Pedro no tenía edad suficiente para desempeñar sin estorbos de formalidades legales tan elevado cargo.

Y en esto se disolvieron las Cortes, y se anunciaron nuevas elecciones generales. Por cierto que cuando leyó esta noticia en la Gaceta estaba Pastrana entresacando pinos en «La Grandota», otra finca que no tenía relaciones con el Fisco; entresaca útil, en primer lugar, para los pinos supervivientes, como los llamaba el administrador; en segundo lugar, para el marqués, su dueño, y en el último lugar, para Pastrana, que de los pinos entresacados entresacaba él más de la mitad moralmente en pago de tomarse por los intereses del amo un cuidado que sólo prestaría un diligentísimo padre de familia. Y ya que voluntariamente prestaba la culpa levísima, no quería que fuese a humo de pajas. En cuanto leyó lo de las elecciones, comparó instintivamente los votos con los pinos, y se propuso, para un porvenir quizá no muy lejano, entresacar electores en aquella dehesa electoral de Villaconducho. Pespunte, que se había resellado como Pastrana, pues para los admiradores como el sastre, incondicionales, las ideas son menos que los oídos, Pespunte no podía imaginar adónde llegaban los ambiciosos proyectos de don Pedro. Lo único que supo, porque esto fue cosa de pocos días, y público notorio, que el alcalde no haría aquellas elecciones, porque antes sería destituido. Como lo fue, efectivamente. Las elecciones las hizo el señor administrador del excelentísimo señor marqués de Pozos—Hondos, presidente del Ayuntamiento de Villaconducho, comendador de la Orden de Carlos III, señor don Pedro Pastrana y Rodríguez. Un día antes del escrutinio general se publicó la segunda parte de los Apuntes para la historia del privilegio; en ella se demostraba, finalmente, que ya en tiempo del rey Don Pelayo pescaban salmones en el Sele de Pozos—Hondos, encargados de suministrar el pescado necesario a todos los ejércitos del rey de la Reconquista durante la Cuaresma. Al siguiente día se recogieron las redes y se vació el cántaro electoral, todo bajo los auspicios de Pastrana; jamás el marqués había tenido tamaña cosecha de votos y salmones.

III

Es necesario, para el regular proceso de esta verídica historia, que el lector, en alas de su ardiente fantasía, acelere el curso de los años y deje atrás no pocos. Mientras el lector atraviesa el tiempo de un brinco, Pastrana, por sus pasos contados, atraviesa multitud de funciones públicas, unas retribuidas y otras no, meramente honoríficas. Hechas las elecciones, resultó que el marqués de Pozos—Hondos era cinco veces más popular en Villaconducho que su enemigo el candidato de oposición. De resultas de esta popularidad del marqués, hubo que hacer a Pastrana administrador de Bienes Nacionales. También se le formó expediente por cohecho, y se le persiguió en justicia por no sé qué minuciosas formalidades de la ley Electoral; el marqués bien hubiera querido dejar en la estacada a su administrador de votos, salmones y hacienda; pero don Pedro Pastrana hizo comprender perfectamente al magnate la solidaridad de sus intereses, y salió libre y sin costas de todas aquellas redes con que la ley quería pescarle. Pastrana no perdonó al marqués el poco celo que había manifestado por salvarle.

Al año siguiente, en que hubo nuevas elecciones para Constituyentes nada menos, el candidato de oposición fue cinco veces más popular que el marqués. Bueno es advertir que el candidato de oposición ya no era de oposición, porque habían triunfado los suyos. El marqués se quedó sin distrito; y como se había acabado el tiempo del monopolio (según decía Pespunte, que se había echado al río para deshacer a hachazos las máquinas de pescar salmones), como ya no había clases, el pueblo pudo pescar a río revuelto, y aquel año la bailarina del marqués no comió salmón. Pasó otro año, hubo nuevas elecciones, porque las Cortes las disolvió no sé quién, pero, en fin, uno de tropa, y entonces no fueron diputados ni el marqués ni su enemigo, sino el mismísimo don Pedro Pastrana, que una vez encauzada la revolución… y encauzado el río, cogió las riendas del gobierno de Villaconducho, y, en nombre de la libertad bien entendida, y para evitar la anarquía mansa de que estaban siendo víctimas el distrito y los salmones, se atribuyó el privilegio de la pesca y el alto y merecido honor de representar ante el nuevo Parlamento a los villaconduchanos.

IV

Y aquí era donde yo le quería ver.

Tiene la palabra La Correspondencia:

«Ha llegado a Madrid el señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por el distrito de Villaconducho, vencedor del marqués de Pozos—Hondos en una empeñada batalla electoral.»

Pasan algunos días; vuelve a tener la palabra La Correspondencia:

«Es notabilísima, bajo muchos conceptos, y muy alabada de las personas competentes, la obra publicada recientemente sobre Los amillaramientos y abusos inveterados de la ocultación de riqueza territorial, por el diputado adicto señor don Pedro Pastrana Rodríguez.»

«Ha sido nombrado de la Comisión de *** el reputado publicista financiero señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por Villaconducho.»

«No es cierto que haya presentado voto particular en la célebre cuestión de los tabacos de la Vuelta del Medio el ilustrado individuo de la Comisión señor Pastrana Rodríguez.»

«Digan los que quieran los maliciosos, no es cierto que el ilustre escritor señor Pastrana haya adquirido la propiedad de la marca 'Aliquid chupatur', con que se distinguen los acreditados tabacos de Vuelta del Medio. No es el señor Pastrana el nuevo propietario, sino su paisano y amigo el alcalde de Villaconducho, señor Pespunte.»

«Ha sido aprobado el proyecto de ley del ferrocarril de Villaconducho a los Tuétanos, montes de la provincia de ***, riquísimos en mineral de plata; los cuales Tuétanos serán explotados en gran escala por una gran Compañía, de cuyo Consejo de Administración no es cierto que sea presidente el individuo de la Comisión a cuya influencia se dice que es debida la concesión de dicho ferrocarril.»

«Parece cosa decidida el viaje del Jefe del Estado a la provincia de ***. Asistirá a la inauguración del ferrocarril de los Tuétanos, hospedándose en la quinta regia que en aquella pintoresca comarca posee el señor Pastrana.»

«… No pueden ustedes figurarse a qué grado llegan el acendrado patriotismo y la exquisita amabilidad que distinguen al gran hacendista, de quien fue huésped Su Majestad, nuestro amigo y paisano el señor marqués de Pozos—Oscuros, presidente, como saben nuestros lectores, de la Comisión encargada de gestionar un importante negocio en las capitales de Europa.»

«Ha sido nombrado presidente de la Comisión que ha de presentar informe en el famoso negocio de los tabacos de Vuelta del Medio el señor marqués de Pozos—Oscuros, ya de vuelta de su viaje a las Cortes extranjeras.»

«Satisfactoriamente para el sistema parlamentario y su prestigio, ha terminado en la sesión de ayer tarde el ruidoso incidente que había surgido entre el señor marqués de Pozos—Oscuros y el señor Pespunte, diputado por la Vuelta del Medio. El señor Pespunte, en el calor de la discusión, y un tanto enojado por el calificativo de ingrato que le había dirigido el presidente de la Comisión, pronunció palabras poco parlamentarias, tales como 'ropa sucia', 'manos puercas', 'río revuelto', 'bragas enjutas', 'fumarse la isla', 'merienda de negros', 'presidio suelto', 'cocinero y fraile', 'peces gordos' y otras no menos malsonantes. El digno diputado de la isla hubo de retirarlas ante la actitud enérgica del señor marqués de Pozos—Hondos, ministro de Hacienda, que declaró que la honra del señor marqués de Pozos—Oscuros estaba muy alta para que pudieran mancharla ciertas acusaciones. Nos alegraríamos, por prestigio del sistema parlamentario, de que no se repitieran escenas de esta índole, tan frecuentes en otros Parlamentos, pero no en el nuestro, modelo de templanza.»

Hasta aquí La Correspondencia.

Ahora un oficio de la Fiscalía: «Advierto a usted, para los efectos consiguientes, que ha sido denunciado por esta Fiscalía el número primero del periódico El Puerto de Arrebatacapas, por su artículo editorial, que titula '¡Vecinos, ladrones!', que empieza con las palabras 'Pozos oscuros, y muy oscuros', y termina con las 'a la cárcel desde el Congreso'».

Epílogo

La Correspondencia: «Para el estudio del proyecto de reforma del Código Penal ha sido nombrada una Comisión compuesta por los señores siguientes: Presidente, don Pedro Pastrana Rodríguez… »

Doctor Angelicus

I

¿Pánfilo había sido niño alguna vez? ¿Era posible que aquellos ojos hundidos, yo no sé si hundidos o profundos, llenos de bondad, pero tristes y apagados, hubieran reverberado algún día los sueños alegres de la infancia?

Aquella boca de labios pálidos y delgados, que jamás sonreía para el placer, sino para la resignación y la amargura, ¿habría tenido risas francas, sonoras, estrepitosas?

En aquella frente rugosa y abatida, desierta de cabellos, ¿habrían flotado alguna vez rizos blondos o negros sobre una frente de matices sonrosados?

Y el cuerpo mustio y encorvado, de pesados movimientos, sin gracia y achacoso, ¿fue esbelto, ligero, flexible y sano en tiempo alguno?

Eufemia, considerando estos problemas, concluía por pensar que su noble esposo, su sabio marido, su eruditísima cara mitad había nacido con cincuenta años y cincuenta achaques, y que así sabía él lo que era jugar al trompo y escribir billetes de amor, como ella entender las mil sabidurías que su media naranja le decía con voz cariñosa y apasionada.

Pero, de todas maneras, Eufemia quería a su marido entrañablemente. Verdad es que, en ocasiones, se olvidaba de su amor, y tenía que preguntarse: «¿A quién quiero yo? ¡Ah, sí, a mi marido!», le contestaba la conciencia después de un lapso de tiempo más o menos largo.

Esto era porque Eufemia padecía distracciones. Pero, en virtud de un silogismo, en forma de entimena, para abreviar, Eufemia se convencía cuantas veces era necesario, y era muy a menudo, de que Pánfilo era el hombre más amado de la tierra, y de que ella, Eufemia, era la mujer a quien el tal Pánfilo tenía sorbido el poco seso que Dios, en sus inescrutables designios, le había concedido.

Para sesos, Pánfilo. Era el hombre más sesudo de España, y sobre esto sí que no admitía discusión Eufemia.

No sabía ella todavía que así como los terrenos carboníferos se anuncian en la superficie por determinados, vegetales, por ejemplo, el helecho, los sesos son un subsuelo que suele señalarse en la superficie con otro vegetal, que produce madera de tinteros, como dijo el autor de la gatomaquia. No sabía nada de esto Eufemia, ni se le pasaba por las mientes que pudiera llegar a parecerle su marido demasiado sesudo.

Preciso es confesarlo. Eufemia daba por hecho que su esposo sabía todo lo que se puede saber, porque eso pronto se aprende; pero, ¿y qué? Ser el primer sabio del mundo no es más que esto: ser el primer sabio del mundo. Delante de gente, Eufemia se daba tono con su marido; veía que todos tenían en mucho la sabiduría de Pánfilo, y usaba y abusaba de aquella ventaja que Dios le había concedido, dándole por eterno compañero a un hombre que ya no tenía nada que aprender.

Pero en su fuero interno, que también lo tenía Eufemia, veía que su admiración incondicional no era más que flatus vocis (no es que ella lo pensara en latín, sino que lo que ella pensaba venía a ser esto); porque desde la más tierna infancia la buena mujer había profesado cariño a infinitas cosas; pero jamás había encontrado un mérito muy grande en tener la habilidad de estar enterado de todo.

II

Una tarde de mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste que un saco de tristezas arrimado a una pared.

¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el sol, y la tierra, y todo!

Leía a Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es o no conocimiento analítico a priori.

Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo.

Con que… , ¿en qué quedamos?… ¿Es o no es conocimiento analítico el que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita, muy mona, vino a posar las extremidades torácicas sobre La crítica de la razón pura.

Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las cosas.

La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba:

—¡Merlina, aquí! Merlina, ¡eh!, Merli… Usted dispense, caballero, estos perros… no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?… , etcétera, etc., etc.

Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos.

Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no puede vivir sin el tú para que llegue a ser aquél, y que más vale ser nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas la tía, que lo había tramado todo.

Eufemia era una rubia hermosa.

Pero no tenía nada de particular, a no ser su primo, que no tenía nada de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto.

Don Pánfilo, una vez dispuesto a ser un fiel y enamoradísimo esposo, se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para encontrarle algo de particular a Eufemia; pero no dio en la cuenta de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la atención.

Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el alférez; pero desde el momento en que la vio casada, se sintió tan mal ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las tiránicas leyes que no consienten a los primos enamorar a sus primas magüer estén casadas.

Pero, ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiados libros malos para que semejante contratiempo le acobardase a él, agregado de un Cuerpo facultativo.

Formó planes, que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y se dispuso a comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.

III

En el ínterin, como dice un orador que yo, conozco; en el ínterin, Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el quid divinum a su mujer, sin que se ocurriera dar con el quid de la dificultad.

Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el nombre significativo que convenía a la altura y calidad de sus proezas, Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto, que la inclinaba a lo más espiritual y sublime, a la quinta esencia de los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las bellas artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada. Oigamos, o mejor, leamos a don Pánfilo:

«Pasan por el alma a veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor; pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita, con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las cosas, remontarse a la región ideal, que, con ser ideal, es lo más real de todo. ¿Por qué me quiere a mí, sino por eso? Porque lee en mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un día me preguntó: 'Si yo no te hubiera querido, ¿qué habrías hecho tú?' '¿Qué? —respondí—. Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar de hito en hito a las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas; me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, a quien adoré de niño, a quien olvidé de joven y a quien busco de viejo; y pensando estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que, mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro, como lo vería, que las distancias de este mundo, así en el espacio como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo esto, me consolaría, y, resignado, me pondría a estudiar mucho, mucho, para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme a ti al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún lugar, donde Dios quisiera.'

»Cuando Eufemia me oyó hablar así no replicó; pero cerró los ojos, y se quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce sonrisa y me dio un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor; eso bastaba.

»Aquella tarde vino a buscarla su primo González para ir a la Casa de Campo; ella no quería ir, pero al fin consintió a una insinuación mía, y se despidió de mí, como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era dolorosísima.

»El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta a mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real a pesar del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora a esperar a Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla a los toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la pobrecita a los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!»

Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.

IV

Ello es que el primo se había declarado a la prima. Había hablado él también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.

Que Eufemia quería a Pánfilo, no debía ponerse en tela de juicio, y no se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para lo cual era axiomático: primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como a las niñas de sus ojos.

En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.

La mujer siempre es un poco protestante: piensa que fides sine operibus vale algo, y que, a fuerza de creer mucho, se puede compensar el defecto de pecar no poco.

—Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué? —esto dijo el primo, que fue como leer en el ya citado fuero interno de Eufemia—. Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa lo que Dios le dé a entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para evitar lo inevitable?

Eufemia no tenía qué contestar.

De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos

Al puente que separa

a Eva inocente de Eva pecadora.

V

Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.

Era una tarde de mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra, que iba a ser inmortal, y que se titulaba: Eufemia. Investigaciones acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana. Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la biología psíquica, especialmente la prasológica.

Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba emborronando el doctor. Escribía esto: «… Tal ha sido el propósito del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades civilizadas, sin necesidad de recurrir a la hipótesis probable, pero no necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el filósofo recurrir a la experiencia, pero no fijando sólo su examen en la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de la propia fortuna… »

Al llegar a «fortuna» sintió el filósofo que le sacudían el papel.

Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido a la mesa y se paseaba arrogante sobre Las investigaciones acerca de la dignidad, etcétera, etc.

Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de su vida, le trajo lágrimas a los ojos.

A Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de Eufemia.

Embelesado por este recuerdo, se detuvo el doctor largo rato, pasando la mano izquierda por el lomo de Merlina.

La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dio un brinco, saltó de la mesa a la ventana y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto. Las orejas se le pusieron tiesas, y aulló Merlina con señales de impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.

Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal impresión en su galguita.

En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero y González representaban en aquel momento la escena culminante de Francesca da Rimini.

Pánfilo oyó el chasquido de… El lector puede imaginarse qué clase de chasquidos se usan en tales casos.

El autor de las Investigaciones retrocedió instintivamente, se desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.

Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vio delante, en un papel blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de color de rosa.

Leyó: «… podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de la propia fortuna… »

Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: «… la Humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo a todas las criaturas. Para el que sepa elevarse a esta contemplación del bien general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede decirse que el cielo comienza en la tierra».

Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le había gastado el cerebro y los ojos.

Por cierto que sintió en ellos algo extraño: miraba a todas partes, y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta dominaba en todos los objetos.

¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había conocido: el daltonismo.

Desde aquel día, Pánfilo todo lo vio de color de rosa.

Nota. —Pánfilo, en griego, viene a ser el que todo lo ama.

Lo cual, en castellano, significa: Quien más pone, pierde más.

En cuanto a Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación.

El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina.


Publicado el 22 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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