Politiquería

Ricardo Güiraldes


Cuento


Los situacionistas daban gran fiesta: carne con cuero, taba y beberaje a discreción, visto la proximidad de las elecciones. En cambio los opositores carecían de tal derecho, y con pretexto de evitar jugadas prohibidas por la ley, las autoridades obstaculizaban todo propósito de reunión.

En un boliche, a orillas del pueblo, juntáronse desde las once a. m. los apurados en retobar el buche. Los principales dijeron algunas palabras hostiles contra la canalla opositora; cantó un payador versos laudativos para el «cabeza del partido»; jugose a la taba para mal de muchos, y se bebió, a perder aliento, en los gruesos vasos turbios, salpicados de burbujas cuya efervescencia detuviérase en el enfriamiento del vidrio.

Con la luz diurna fuese la alegría ingenua. Ya habían cruzado, como tajeantes relámpagos de bravuconería, algunos conatos de riña entre la gente mala, pero todo hasta entonces fue sólo pasajera alarma.

¿Cómo podía seguir así la calma? Estaba Atanasio Sosa, cargado de dos muertes y muchos hechos de sangre; Camilo Cano, mal pegador temido por la crueldad, visible en sus pupilas sin mirada; Encarnación Romero, estrepitoso de provocaciones, y sobre todo, Reginaldo Britos, el bravo negro Britos, siempre dispuesto a pelear, inútil de bebida pero involteable, resistente a las puñaladas como una bolsa al calador.

¿El negro Britos?… Ni preguntarse qué sortilegio podía mantenerlo en pie, malgrado el centenar de mortales cicatrices que hacían de su pellejo un entrevero de surcos claros e irregulares. Contra él se ensayaban los novicios, contando con la inseguridad de sus arremetidas, pesadas de ebriedad tambaleante, que le convertían en blanco seguro.

¡Pobre negro Britos! Ya estaba ebrio, y no salvaría de alguna funesta reyerta.

Hablábale yo, para distraerlo, de caballos, arreos, trenzados, o pagos lejanos, y él me escuchaba con visible esfuerzo en sus cejas, caídas hacia el rincón exterior de sus ojos, como dolorosos subrayados de su frente ceñida por el lauro de un gran tajo.

De cuando en vez comentaba con jocosa irrupción mis decires, mientras parecía abstraerse en previsiones de un hecho venidero.

A nuestra espalda, remolineó la gente y alzáronse las voces. Atanasio Sosa, hinchadas las narices de una repentina furia inexplicada, parecía contestar a una agresión que en realidad no existía.

—¡Me van a asustar negros grandotes porque se dicen duros donde encuentran blanduras!

Columbré la alusión. Parado muy cerca, en la rueda abierta en torno al malevo, vi a mi peón Segundo Sombra, mirando con ojos que fingían sorpresa. Él era, sin duda alguna, el desafiado, y me apresuré, olvidado de Britos, a intervenir impidiendo un cercano desenlace.

—A palos se soban las guascas duras… —decía Sosa.

Don Segundo era hombre tranquilo; haciéndose el desentendido, asentía fingiendo admiración:

—¡A la pucha!… Yo siempre dije que usté era hombre malo… Pero seré curioso: ¿usté maniará la gente primero?

Los que se atrevieron a reír lo hicieron a pasto. Sosa, en el fondo temeroso ante don Segundo, agregaba:

—¡No!… si yo sé por quién lo digo.

¿Cómo fue? No sé decirlo; pero Sosa y Britos se encontraban de pie, cara a cara, mirándose a voltearse.

Sosa sacó un revólver. Britos resbaló un pequeño cuchillo de su vaina; el vacío se hizo a su alrededor por miedo a las balas, y —¡oh triste idea de borracho!— Britos tomó del respaldo una silla, apuntando las cuatro patas hacia su enemigo, pretendiendo escudarse con la esterilla mientras avanzaba buscando un cuerpo a cuerpo.

Y se consumó, en unos minutos de asombrada inmovilidad general, la inmunda cobardía.

Sosa le enterraba sus plomos en el vientre. Britos avanzaba en zig—zag, parado en seco a cada choque de los proyectiles, pero sin caer, chapaleando en su sangre chorreante hasta la extinción de su vigor, quedando atravesado sobre su silla, caída de pie por milagro, como una res carneada.

Hubo alboroto; vinieron las autoridades, y un médico que revisó al caído, tras prolijo examen, dijo:

—¡Éste se muere!

Britos abrió los ojos, sonrió, y la pronunciación entorpecida de alcohol y agonía respondió con lento enojo:

—¡Diez a uno a que no!

Pero no hubo más: dada la gravedad de cada boquete que le perforaba el cuerpo, dijéronle moribundo, y se moriría.

Entonces las autoridades se miraron con un mismo pensamiento: «Si éste desaparecía sin remedio, habría que salvar al otro haciendo recaer en el proceso todas las culpas sobre Britos».

Así fue; pero, —¡oh inverosímil brujería!— Britos no quería morir y no murió, de modo que al encontrarse a plomo sobre sus piernas todavía débiles, fue a pagar con dos años de cárcel los balazos que Sosa le pegara.

Nunca olvidé esta infamia, a la cual había asistido para mayor crecimiento del odio que profesé siempre por los caudillejos rufianescos de nuestros logreros métodos políticos.

Pasaron los dos años sin paliar mi enojo, ni mi piedad por Britos; cuando una tarde, saliendo del pueblo en dirección a la estancia, mientras cruzaba frente al boliche de «Las Palomas», vi a un ebrio, facón en mano, haciendo chispear las baldosas a grandes rayones.

—No hay bala que le dentre al negro Britos, ni cuchillo que le alcance al alma.

Nadie respondía del interior a los desafíos. Britos, recién librado de la cárcel, seguía rayando las baldosas, convidando a todos para la pelea.

¡Dios te ayude, hermano!


Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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