El Emperador Púrpura

Robert Chambers


Cuento


Índice

El Emperador Púrpura
I
II
III

Un souvenir heureux est peut-être, sur terre,
Plus vrai que le bonheur.

A. DE MUSSET

I

El Emperador Púrpura me observó en silencio. Volví a echar la caña, lanzando casi dos metros de sedal impermeable y, tras el siseo del hilo surcando el aire sobre el estanque, vi mis tres moscas posarse en el agua como vilanos a la deriva. El Emperador Púrpura lanzó una mirada desdeñosa.

—Lo ve —dijo—, tengo razón. No hay ni una sola trucha en Bretaña que salte a por un cebo de mosca.

—Pues en Norteamérica sí lo hacen —repliqué.

—¡Caramba! ¡Por Norteamérica! —apostilló el Emperador Púrpura.

—Y las truchas pican con cebos de mosca en Inglaterra —insistí secamente.

—¿Es que cree que me importa lo que haga la gente en Inglaterra? —exclamó el Emperador Púrpura.

—A usted no le importa nada excepto usted mismo y sus asquerosas orugas —dije, más enfadado de lo que había estado hasta ese momento.

El Emperador Púrpura resopló. Sus anchos, imberbes y curtidos rasgos revelaban una expresión obstinada que siempre lograba sacarme de mis casillas. Quizás la forma en que llevaba el sombrero intensificaba esta irritación, con aquella ala blanda apoyada sobre ambas orejas, y las dos finas cintas de terciopelo que colgaban de la hebilla de plata delantera agitándose y bailoteando hasta con la más insignificante brisa. Sus astutos ojos y su puntiaguda nariz no tenían nada que ver con el resto de su obeso y enrojecido rostro. Cuando me miró a los ojos, dejó escapar una risotada.

—Sé más sobre insectos que ningún hombre de Morbihan… o Finistère, de hecho —afirmó.

—El Almirante Rojo sabe tanto como usted —repliqué.

—No es cierto —contestó el Emperador Púrpura enojado.

—Y su colección de mariposas es el doble de grande que la de usted —añadí, avanzando por el riachuelo hasta colocarme justo frente a él.

—Oh, no me diga —replicó con desdén el Emperador Púrpura—. Bueno, déjeme decirle, monsieur Darrel, que toda su colección no incluye un espécimen, ni un solo espécimen, de esa magnífica mariposa, la Apatura Iris, comúnmente conocida como «Emperador Púrpura».

—Todo el mundo en Bretaña lo sabe —dije, lanzando el hilo a la brillante superficie del agua—; pero sólo porque usted sea el único hombre que ha capturado un «Emperador Púrpura» en Morbihan, no lo convierte en una autoridad en moscas de pesca de trucha. ¿Por qué dice que una trucha bretona jamás picará con un cebo de mosca?

—Simplemente es así —replicó.

—¿Por qué? Hay muchas moscas de mayo revoloteando en el riachuelo.

—¡Que vuelen! —exclamó con desdén el Emperador Púrpura—, no verá a ninguna trucha tocarlas.

Me dolía el brazo, pero sujeté la media caña de bambú con más fuerza y, girándome ligeramente, avancé por el riachuelo y comencé a dar latigazos en los remolinos de la cabecera del arroyo. Una enorme libélula verde se aproximó empujada por la brisa de verano y planeó durante unos segundos sobre el arroyo, brillando como una esmeralda.

—¡Mire, podemos atraparla! ¿Dónde está su cazamariposas? —le grité desde el otro lado del riachuelo.

—¿Para qué? ¿Esa libélula? Tengo docenas de ellas… una Anax Junius (Drury), común, con ángulo anal de las alas posteriores, macho, redondo; tórax marcado con…

—Ya es suficiente —repliqué con furia—. ¿Es que no puedo señalar un insecto en el aire sin estas explosiones de erudición? ¿Puede decirme, en un francés de andar por casa, cómo se llama esta pequeña mosca de aquí, la que revolotea sobre los juncos junto a mí? Mire, ha caído en el agua.

—¡Bah! —respondió desdeñoso el Emperador Púrpura—, eso es una Linnobia annulus.

—¿Qué es eso? —inquirí.

Antes de que pudiera contestarme se produjo un pesado chapoteo en el arroyo, y la mosca desapareció.

—¡Je, je, je! —el Emperador Púrpura dejó escapar una risilla—. ¿No le dije que los peces saben lo que se hacen? Eso era una trucha. Espero que no la pesque.

Recogió su cazamariposas, la caja de recolección, la botella de cloroformo y el tarro de cianuro. Luego se levantó, se colgó la caja por el hombro, metió las botellas de venenos en los bolsillos de su abrigo de terciopelo con botones de plata y se encendió la pipa. Esto último resultaba un espectáculo descorazonador, porque el Emperador Púrpura, como todos los campesinos bretones, fumaba en una de aquellas pipas microscópicas bretonas que se tarda diez minutos en encontrar, otros diez minutos en llenar, diez minutos más en encender y diez segundos en acabarla. Con verdadera impasibilidad bretona, llevó a cabo todo el solemne ritual, exhaló tres bocanadas de humo al aire, se rascó la nariz puntiaguda pensativamente, y se alejó anadeando, exclamando sobre su hombro un irónico «Au revoir, ¡y que se pudran todos los yanquis!»

Lo vi desaparecer de mi vista, pensando apenado en la joven cuya existencia él había convertido un infierno en vida… Lys Trevec, su sobrina. Ella nunca lo reconocería, pero todos sabíamos qué significaban las marcas negras y azules alrededor de su suave y torneado brazo, y me ponía enfermo ver la mirada aterrada en sus ojos cuando el Emperador Púrpura entraba en el café de la Taberna de Groix.

Se rumoreaba que le hacía pasar hambre. Ella lo negaba. Marie Joseph y Fine Lelocard le habían visto golpearla la víspera del día del Perdón de los Pájaros, porque ella liberó tres pinzones que él había cazado con liga el día anterior. Pregunte a Lys si esto era cierto y ella se negó a hablar conmigo el resto de esa semana. Nada podía hacer. Si el Emperador Púrpura no hubiera sido tan avaricioso, jamás habría podido ver a Lys, pero no pudo resistirse a los treinta francos a la semana que le ofrecí, y Lys posaba para mí durante todo el día, feliz como un pajarillo en un espino rosa. Sin embargo, el Emperador Púrpura me odiaba y me amenazaba constantemente con obligar a Lys a volver a tejer lino. Además, desconfiaba de mí y cuando se echaba un solo trago de sidra, lo cual resulta letal para la sobriedad de la mayoría de bretones, golpeaba la larga mesa descolorida de roble y bramaba maldiciones contra mí, contra Yves Terrec y contra el Almirante Rojo. Nosotros éramos los tres seres del mundo que más odiaba: a mí, por ser extranjero y por importarme un comino él y sus mariposas; y al Almirante Rojo, por ser un entomólogo rival.

Tenía otros motivos para odiar a Terrec.

El Almirante Rojo, un pobre hombrecillo marchito con un ojo de cristal mal ajustado y una pasión por el coñac, debía su nombre a una mariposa que destacaba en su colección. Esta mariposa, comúnmente conocida por los aficionados como «Almirante Rojo», y por los entomólogos como Vanessa Atalanta, había dado pie a un escándalo entre los entomólogos de Francia y Bretaña. Y es que el Almirante Rojo había atrapado un espécimen común de estos insectos, lo había teñido de amarillo brillante con ayuda de sustancias químicas, y la había vendido a un coleccionista crédulo haciéndola pasar por un espécimen de una especie Sudafricana absolutamente única. Sin embargo, los cincuenta francos que ganó con esta picardía se perdieron tras una demanda por perjuicios interpuesta por el indignado aficionado un mes más tarde; y, tras pasar un mes en la cárcel de Quimperlé, reapareció en el pequeño pueblo de St. Gildas amargado, sediento y ardiendo por sus ansias de venganza. Por supuesto, lo bautizamos el Almirante Rojo, y él aceptó el nombre con una furia reprimida.

El Emperador Púrpura, por otro lado, se había ganado su título imperial legítimamente, porque era un hecho irrefutable que el único espécimen de esa bella mariposa, la Apatura Iris, o Emperador Púrpura, como la llamaban los aficionados (el único espécimen cazado en Finistère y en Morbihan en toda su historia), fue capturado y transportado aún con vida a su casa por Joseph Marie Gloanec, que desde ese momento y para siempre pasó a ser conocido como el Emperador Púrpura.

Cuando la captura de aquella extraña mariposa llegó a oídos del Almirante Rojo, este casi perdió la razón. Todos los días durante una semana acudía al trote a la Taberna de Groix, donde residía el Emperador Púrpura con su sobrina, y llevaba consigo su microscopio para examinar aquel espécimen único recién capturado con la esperanza de detectar algún fraude. Pero el espécimen era genuino, y el pobre diablo pegaba el ojo ansiosamente al microscopio en vano.

—No encontrará ninguna sustancia química ahí, Almirante —se burlaba el Emperador Púrpura, y al Almirante Rojo le rechinaban los dientes con ira.

Para el mundo científico de Bretaña y Francia, la captura de una Apatura Iris en Morbihan resultaba de una enorme importancia. El Museo de Quimper realizó una oferta para adquirir la mariposa, pero el Emperador Púrpura, aunque le apasionaba acumular oro, sentía una obsesión monomaníaca por las mariposas y despidió de malas maneras al conservador del museo. De todas partes de Bretaña y Francia le llovieron cartas solicitando información y felicitándolo. La Academia Francesa de Ciencias le otorgó un galardón, y la Sociedad Entomológica de París le nombró miembro honorario. Siendo un campesino bretón, e incluso un poco más cabezota que ellos, todos estos honores no quebrantaron su ecuanimidad; pero cuando la pequeña aldea de St. Gildas lo eligió alcalde y, como es costumbre en Bretaña en tales circunstancias, abandonó su cabaña para instalarse en su residencia oficial en la Taberna de Groix, perdió totalmente la cabeza. ¡Se había convertido en alcalde de un pueblo de casi ciento cincuenta habitantes! ¡Todo un imperio! Y, así pues, se volvió insoportable, bebía brutalmente hasta emborracharse todas las noches de su vida y maltrataba a su sobrina, Lys Trevec, como el bárbaro y viejo miserable que era, al mismo tiempo que llevaba al borde del histerismo al Almirante Rojo con su eterna cantinela sobre su captura de la Apatura Iris. Por supuesto, se negaba a revelar dónde había capturado la mariposa. El Almirante Rojo le acechaba, pero en vano.

—¡Je, je, je! —rezongaba el Emperador Púrpura, acariciándose la barbilla frente a un vaso de sidra—; le vi merodeando por el bosquecillo de St. Gildas ayer por la mañana. Así es que cree que va a poder encontrar otra Apatura Iris corriendo tras de mí. No le servirá de nada, de nada, ¿comprende?

El Almirante Rojo se tornó amarillo de humillación y envidia, pero al día siguiente sufrió tal disgusto que tuvo que quedarse en cama: el Emperador Púrpura había capturado, no una mariposa, sino una crisálida viva, la cual, si lograba incubar con éxito, se transformaría en un espécimen perfecto de la valiosa Apatura Iris. Esta fue la gota que colmó el vaso. El Almirante Rojo se encerró en su pequeña casita de piedra y durante semanas desapareció de la vista de todos, excepto de Fine Lelocard, que le llevaba una barra de pan y un salmonete o una langosta todas las mañanas.

La retirada del Almirante Rojo de la sociedad de St. Gildas despertó primero la burla y finalmente las sospechas del Emperador Púrpura. ¿Qué clase de diablura andaría tramando? ¿Es que andaba experimentando otra vez con sustancias químicas, o es que estaba confabulando algo más grande, con el único fin de desacreditar al Emperador Púrpura? Roux, el cartero que repartía el correo a pie una vez al día desde Bannalec y a una distancia de veinticuatro kilómetros en ambas direcciones, había entregado al Almirante Rojo varias cartas sospechosas con sello inglés y, al día siguiente, el Almirante Rojo fue visto asomado a la ventana, sonriendo a los cielos y frotándose las manos. Una noche o dos después de esta aparición, el cartero dejó durante unos minutos dos paquetes en la Taberna de Groix mientras cruzaba a toda prisa la calle para tomarse un vaso de sidra conmigo. El Emperador Púrpura, que siempre andaba merodeando por el café, metiendo las narices en todos los asuntos que no eran de su incumbencia, encontró los paquetes y examinó los matasellos y las direcciones. Uno de los paquetes era cuadrado y pesado, y parecía ser un libro. El otro también era cuadrado, pero muy ligero, y parecía una caja de cartón. Ambos estaban dirigidos al Almirante Rojo, y llevaban sello inglés.

Cuando Roux, el cartero, regresó para recoger los paquetes, el Emperador Púrpura intentó sonsacarle, pero el pobre hombrecillo no sabía nada sobre los contenidos de los paquetes, y después de que este doblara la esquina hacia la casita del Almirante Rojo, el Emperador Púrpura pidió un vaso tras otro de sidra y se emborrachó deliberadamente, hasta que Lys entró y con lágrimas en los ojos le ayudó a arrastrarse hasta su cuarto. Una vez allí se comportó con ella de forma tan grosera y brutal que Lys me llamó; acudí y solucioné el problema sin pronunciar ni una sola palabra. Este episodio quedó grabado en la memoria del Emperador Púrpura y esperaba su oportunidad para vengarse.

Eso ocurrió una semana antes de nuestra jornada de pesca, y hasta ese día no se había dignado a hablarme.

Lys había posado para mi durante toda la semana, y cuando llegó el sábado me sentía yo un tanto perezoso, así que decidimos tomarnos el día de descanso; ella fue a visitar y cotillear con Yvette, su joven amiga de ojos oscuros que vivía en la aldea vecina de St. Julien, y yo salí a probar el apetito de las truchas bretonas con los señuelos de mi colección de moscas americanas.

Estuve lanzando el sedal al arroyo concienzudamente durante tres horas, pero ni una sola trucha había saltado a por mi cebo, y me sentía defraudado. Comenzaba a creer que no había truchas en el arroyo de St. Gildas, y probablemente me hubiera dado por vencido de no haber visto la trucha saltar y tragarse la pequeña mosca que el Emperador Púrpura había identificado tan científicamente. Eso me dio que pensar. Probablemente el Emperador Púrpura tenía razón, porque, ciertamente, era un experto en todo lo que se arrastraba y serpenteaba en la campiña bretona. Así que busqué un señuelo que imitara la mosca que el pez se había tragado entre mi colección de moscas americanas, y, tras desenganchar el señuelo de tres moscas, anudé una nueva guía en el sedal y enganché una mosca en el anzuelo. Era una mosca extraña. Se trataba de uno de aquellos experimentos innombrables que tanto fascinan a los pescadores en las tiendas de deportes y que generalmente resultan totalmente inútiles. Además, se trataba de un señuelo con cola, pero por supuesto esto podía ser subsanado con un tajo de mi navaja. Una vez preparado, me coloque en el centro de los tumultuosos rápidos y lance el sedal en línea recta como una flecha al lugar donde la trucha había saltado. Ligero como una pluma, el señuelo se posó en el lecho del arroyo; entonces se produjo un chapoteo repentino, un destello plateado, y el sedal se tensó desde la vibrante punta de la caña hasta el chirriante carrete. Casi instantáneamente logré enganchar al pez, y mientras se agitaba unos segundos haciendo que el agua hirviera alrededor de su brillante cuerpo, salté a la orilla, porque advertí que el pez era pesado y probablemente iba a tener que recorrer un largo trecho por el arroyo.

—¡Oh, quién tuviera un arpón! —grite, porque estaba ya totalmente convencido de que me las iba tener que ver con un salmón, y no con una trucha.

Entonces, mientras estaba allí erguido, reuniendo todas mis fuerzas para poder sujetar al enojado pez, una joven esbelta y ágil se acercó apresuradamente por la orilla opuesta gritando mi nombre.

—¡Pero bueno, Lys! —dije, levantando la vista por un segundo—, pensaba que estaba en St. Julien con Yvette.

—Yvette se ha ido a Bannalec. Regresé a casa y me encontré que estaba teniendo lugar una terrible pelea en la Taberna de Groix, y me he asustado tanto que he venido para avisarle.

El pez dio un fuerte tirón en ese momento, arrastrando todo el sedal del carrete, y me vi obligado a seguirlo de un salto. Lys, dinámica y grácil como un cervatillo, y a pesar de ir calzada con sus zuecos de Pont-Aven, me siguió por la orilla opuesta hasta que el pez se sumergió en una poza profunda, sacudió el sedal violentamente una o dos veces y, entonces, volvió a su estado de enojo.

—¿Una pelea en la Taberna de Groix? —grité desde la otra orilla—. ¿Qué pelea?

—Bueno, no es exactamente una pelea —exclamó Lys con voz temblorosa—, pero el Almirante Rojo por fin ha salido de su encierro, y él y mi tío están bebiendo juntos y discutiendo sobre mariposas. Nunca vi a mi tío tan enfadado, y el Almirante Rojo le observa con una mueca burlona en la cara. ¡Oh, resultaba casi siniestro contemplar su rostro!

—Pero, Lys —dije, apenas capaz de reprimir una sonrisa—, tu tío y el Almirante Rojo siempre están peleándose y bebiendo.

—Lo sé… ¡Ay, madre mía!… Pero esta vez es diferente, monsieur Darrel. El Almirante Rojo ha envejecido y se ha vuelto más huraño desde que se encerró hace tres semanas, y… ¡Oh, madre mía! No he visto nunca antes esa mirada en los ojos de mi tío. Parecía haber perdido totalmente la cabeza por la furia. Sus ojos… no puedo describirlos… y entonces, entró Terrec en la taberna.

—Vaya —dije más seriamente—, qué inoportuno. ¿Y qué dijo el Almirante Rojo a su hijo?

Lys se sentó sobre una roca rodeada de helechos y me lanzó una mirada rebelde con sus azules ojos.

Yves Terrec, holgazán y cazador furtivo, e hijo de Louis Jean Terrec, también conocido como el Almirante Rojo, había sido expulsado del hogar por su padre, y también había sido expulsado del pueblo por el Emperador Púrpura, en su honorabilísima calidad de alcalde. El joven rufián regresó al pueblo en dos ocasiones: una vez para desvalijar el dormitorio del Emperador Púrpura, acción que resultó totalmente infructuosa; y en otra ocasión para robar a su propio padre. Tuvo éxito en este segundo intento, pero nunca fue detenido, a pesar de que se le veía con frecuencia vagando por los bosques y páramos con su pistola. Amenazó abiertamente al Emperador Púrpura; juró que se casaría con Lys a pesar de todos los gendarmes de Quimperlé, y a muchos de estos mismos gendarmes los obligó en muchas ocasiones a perseguirlo largas distancias a través de pantanos llenos de zarzales y a lo largo de kilómetros de aulaga amarilla.

Lo que hizo al Emperador Púrpura, y lo que intentaba hacerle, no me preocupaba mucho; pero me intranquilizaba su amenaza sobre Lys. Durante los últimos tres meses esto me había inquietado profundamente; porque cuando Lys regresó a St. Gildas del convento, la primera cosa que capturó fue mi corazón. Durante mucho tiempo me negué a creer que algún lazo de sangre relacionara a esta exquisita criatura de ojos azules con el Emperador Púrpura. Aunque iba vestida con el corpiño de encaje y terciopelo y la falda azul típica de Finistère, y llevaba en la cabeza la cautivadora cofia blanca de St. Gildas, en ella esta vestimenta lucía como un bonito disfraz. Para mí era tan dulce y de tan alta alcurnia como cualquier dama del noble barrio de Paubourg que bailase con sus primos en una fête champêtre de Luis XV. Así pues, cuando Lys me informó que Yves Terrec había regresado sin esconderse a St. Gildas, concluí que sería mejor que yo también estuviera presente.

—¿Qué dijo Terrec, Lys? —le pregunté, mirando el vibrante sedal sobre la apacible poza.

Un salvaje color rosado tiñó sus mejillas.

—Oh —respondió, haciendo un mohín con la barbilla—, ya sabes lo que siempre dice.

—¿Que le va a llevar con él?

—Sí.

—¿A pesar del Emperador Púrpura, el Almirante Rojo y los gendarmes?

—Sí.

—¿Y usted qué dice, Lys?

—¿Yo? Oh, nada.

—Entonces, déjeme que lo diga yo por usted.

Lys bajó la mirada a sus delicados zuecos puntiagudos, los zuecos de Pont-Aven, hechos a medida. Encajaban perfectamente en sus diminutos pies. El único lujo que atesoraba.

—¿Permitirá que responda yo en su nombre? —pregunté.

—¿Usted, monsieur Darrel?

—Sí. ¿Me permitirá que le de yo una respuesta?

—Mon Dieu, ¿y por qué iba usted a molestarse, monsieur Darrel?

El pez permanecía muy quieto, pero la caña temblaba entre mis manos.

—Porque la amo, Lys.

El salvaje rubor rosado de sus mejillas se intensificó; ella dejó escapar suavemente el aliento, luego escondió su rizada cabeza entre las manos.

—La amo, Lys.

—¿Es consciente de lo que está diciendo? —tartamudeó.

—Sí, la amo.

Ella levantó su adorable rostro y me miró desde la otra orilla.

—Le amo —dijo ella, mientras las lágrimas brotaban como estrellas en sus ojos—. ¿Quiere que cruce el arroyo hasta usted?

II

Aquella noche, Yves Terrec abandonó el pueblo de St. Gildas jurando vengarse de su padre, el cual se negó a darle cobijo.

Aún puedo verle, de pie en medio de la carretera, sus piernas desnudas se alzaban como columnas de bronce brotando de unos zuecos rellenos de paja, la chaqueta corta de terciopelo estaba rota y manchada por la intemperie y la vida disoluta, y sus ojos, feroces, errantes, inyectados de sangre… mientras el Almirante Rojo le ladraba maldiciones y regresaba renqueando a su pequeña casita de piedra.

—¡No me olvidaré de ti! —gritó Yves Terrec, y levantó una mano hacia su padre con un gesto terrible. Luego se pegó el arma a la mejilla y dio un paso corto hacia delante, pero le agarré del cuello antes de que pudiera disparar, y un segundo mas tarde los dos estábamos rodando sobre el polvo de la carretera de Bannalec. Tuve que asestarle un fuerte puñetazo detrás de la oreja para zafarme de el y luego, tras incorporarme y sacudirme la ropa, estampé contra un muro su pistolón de avancarga para caza de aves y lo hice pedazos, y tiré su cuchillo al río. El Emperador Púrpura observaba todo con una extraña luz en los ojos. Estaba claro que lamentaba que Terrec no me hubiera estrangulado hasta matarme.

—Iba a matar a su padre —dije, mientras pasaba a su lado en dirección a la Taberna de Groix.

—Ése es su problema —apostilló con desdén el Emperador Púrpura. Había una luz asesina en sus ojos. Durante unos segundos pensé que iba a atacarme; pero simplemente estaba salvajemente borracho, así que le aparté de mi camino y me fui a dormir, cansado y disgustado.

Lo peor de todo fue que no pude dormir, porque temía que el Emperador Púrpura comenzara a maltratar a Lys. Me eché en la cama y estuve revolviéndome entre las sábanas hasta que no pude aguantar allí más tiempo. No me vestí del todo; simplemente me puse unas zapatillas dentro de los zuecos, unos calzoncillos, un jersey y una gorra. Luego, tras atarme un pañuelo en el cuello, bajé las escaleras carcomidas y salí a la carretera iluminada por la luna. Había una vela encendida en la ventana del Emperador Púrpura, pero no pude verle.

«Probablemente esté totalmente borracho», pensé, y miré a la ventana donde, tres años antes, había visto por primera vez a Lys.

—¡Dormida, gracias a Dios! —susurré, y me alejé por la carretera. Al pasar por la casita del Almirante Rojo vi que estaba a oscuras, pero la puerta estaba abierta. Atravesé los setos de entrada para cerrarla, pensando que, en caso de que Yves Terrec estuviese merodeando por los alrededores, su padre podría perder todo lo que le quedaba.

A continuación, tras bloquear la puerta con una piedra, vagué bajo la deslumbrante luz de luna bretona. Un ruiseñor cantaba en un pantano rodeado de sauces, y desde el borde del lago, entre la alta vegetación, un sinnúmero de ranas entonaban una melodía de notas graves.

Cuando regresé, el cielo comenzaba a clarear por el este, y al otro lado de los prados, sobre los acantilados, se recortaba contra el pálido horizonte el perfil de un recolector de algas que se dirigía a su trabajo entre los rizados rompeolas de la costa. Su largo rastrillo se balanceaba sobre un hombro, y el viento marino arrastró su canción a través de los prados hasta mis oídos:

¡St. Gildas!
¡St. Gildas!
Ruega por nosotros,
protégenos,
a los que trabajamos duro en el mar.

Al pasar por la capilla a la entrada del pueblo, me quité la gorra y me arrodillé para rezar a Nuestra Señora de Faöuet; y, aunque me olvidé por completo de mi cuerpo en aquella plegaria, sin duda creí que Nuestra Señora de Faöuet favorecería a Lys. Se dice que las capillas proyectan sombras blancas. Miré, pero tan sólo vi la luz de la luna. Entonces, muy apaciguado, me dirigí de nuevo a la cama, y sólo desperté con el ruido metálico de los sables y los cascos de caballos procedentes de la carretera bajo mi ventana.

—¡Dios Santo! —pensé—, deben ser las once en punto, porque ya están ahí los gendarmes de Quimperlé.

Miré el reloj; eran sólo las ocho y media, y como los gendarmes hacían su ronda todos los jueves a las once, me pregunté qué podría haberles hecho venir tan temprano a St. Gildas.

—Claro está —gruñí, frotándome los ojos—, van tras Terrec —salté y me dirigí a darme mi frugal ducha diaria.

Antes de haber terminado de vestirme escuché un tímido golpe en la puerta y, tras abrirla, con la cuchilla de afeitar en la mano, me quedé estupefacto y en silencio. Lys, con los azules ojos desorbitados por el terror, estaba apoyada en el umbral.

—¡Cariño mío! —grité—, ¿qué ocurre? —pero ella tan sólo se abrazó a mí, jadeando como una gaviota herida. Por fin, cuando la conduje a la habitación y levanté su rostro hacia el mío, ella habló con una voz desgarradora:

—¡Oh, Dick! Van a arrestarte, pero antes muero que creer ni una sola palabra de lo que dicen. No, no me preguntes —y comenzó a sollozar desconsoladamente.

Cuando fui consciente de que realmente había ocurrido algo grave, me eché el abrigo y la gorra y, pasando un brazo alrededor de su cintura, bajamos las escaleras y salimos a la calle. Cuatro gendarmes estaban montados sobre sus caballos delante de la puerta del café; tras ellos, la población de St. Gildas al completo miraba boquiabierta, agolpándose en tres hileras.

—¡Hola, Durand! —exclamé dirigiéndome al brigadier—, ¿qué diablos es esto que he oído de que van a arrestarme?

—Es cierto, mon ami —replicó Durand, con una lúgubre compasión. Le recorrí con la mirada desde la punta de sus botas con espuelas hasta el cinto amarillo azufre de donde pendía su sable, a continuación subí la mirada, botón a botón, hasta su semblante desconcertado.

—¿Por qué? —repliqué con desdén—. ¡Y no intente ninguno de sus baratos tejemanejes de polizonte conmigo! Hable, hombre, ¿cuál es el problema?

El Emperador, que estaba sentado en el porche de entrada observándome, se dispuso a hablar, pero se lo pensó mejor, se levantó y se metió en la casa. Los gendarmes pusieron los ojos en blanco misteriosamente y se miraron con complicidad.

—Venga, Durand —dije impacientemente—, ¿de qué se me acusa?

—Asesinato —dijo con un hilo de voz.

—¡¿Qué?! —grité incrédulo—. ¡Tonterías! ¿Es que tengo pinta de asesino? Desmonte del caballo, cabeza de chorlito, y dígame a quién se supone que he asesinado.

Durand descabalgó, con una expresión muy estúpida, y se acercó a mí, ofreciéndome la mano con una sonrisa propiciatoria.

—¡Fue el Emperador Púrpura el que le denunció! Vea, encontraron su pañuelo en su puerta…

—¿En la puerta de quién, por todos los santos? —grité.

—¡En la del Almirante Rojo!

—¿El Almirante Rojo? ¿Qué ha hecho?

—Nada… simplemente ha sido asesinado.

Apenas podía dar crédito a mis sentidos, aunque me llevaron a la casita de piedra y me enseñaron la habitación salpicada de sangre. Pero el horror de todo ello era que el cadáver del hombre asesinado había desaparecido, y tan sólo quedaba un nauseabundo lago de sangre sobre el suelo de piedra, en el centro del cual había una mano humana. No cabía la menor duda de a quién había pertenecido esa mano, porque todo el mundo que conocía al Almirante Rojo supo que el marchito trozo de carne que nadaba entre la espesa sangre era la mano del Almirante Rojo. A mí me pareció como la garra cercenada de algún pájaro gigante.

—Bueno —dije—, se ha cometido un crimen. ¿Por qué no hacen algo?

—¿El qué? —preguntó Durand.

—No sé, avisen al comisario.

—Está en Quimperlé. Ya le he enviado un telegrama.

—Entonces avisen al doctor, y averigüen cuánto tiempo lleva la sangre coagulándose.

—El químico de Quimperlé está aquí; es doctor.

—¿Y qué dice?

—Dice que no lo sabe.

—¿Y a quién van a arrestar? —pregunté, apartando la mirada del siniestro espectáculo en el suelo.

—No lo sé —anunció el brigadier solemnemente—; usted ha sido denunciado por el Emperador Púrpura, porque encontró su pañuelo en la puerta cuando salió esta mañana.

—¡Ese bretón cabezota! —exclamé profundamente enojado—. ¿No les mencionó a Yves Terrec?

—No.

—Claro que no —dije—. Se le pasó por alto el hecho de que Terrec intentó disparar a su padre ayer noche y que yo le arrebaté el arma. Todo eso no sirve de nada si encuentra mi pañuelo junto a la puerta del hombre asesinado.

—Entremos en el café —dijo Durand, muy agitado—, podremos hablar allí. ¡Por supuesto, monsieur Darrel, jamás se me pasó por la cabeza ni la más remota idea de que usted fuera el asesino!

Los cuatro gendarmes y yo cruzamos la carretera hacia la Taberna de Groix y entramos en el café. Estaba abarrotada de bretones, fumando, bebiendo y chapurreando media docena de dialectos, todos ellos igualmente desagradables al oído civilizado; y me abrí paso entre la muchedumbre hasta donde se hallaba el diminuto Max Fortin, el químico de Quimperlé, fumando un apestoso puro.

—Es un asunto feo —dijo, estrechándonos las manos y ofreciéndome un puro similar al suyo, el cual decliné educadamente.

—Veamos, monsieur Portin —dije—, parece ser que el Emperador Púrpura encontró mi pañuelo cerca de la puerta del hombre asesinado esta mañana, y por ello concluye —en ese momento lancé una mirada al Emperador Púrpura—… que yo soy el asesino. Ahora me gustaría preguntarle algo —girándome hacia él le grite—: ¿Qué estaba haciendo usted en la puerta del Almirante Rojo?

El Emperador Púrpura dio un respingo y palideció, yo le señalé triunfante.

—Ya han visto lo que ha provocado una pregunta repentina. Miren lo azorado que está, y sin embargo yo no lo acuso de asesinato; y óiganme bien, caballeros, ¡ese hombre de ahí sabe tan bien como yo quién fue el asesino del Almirante Rojo!

—¡No lo sé! —berreó el Emperador Púrpura.

—Sí lo sabe —dije—. Fue Yves Terrec.

—No le creo —respondió obstinadamente, bajando la voz.

—Claro que no, siendo tan cabezota.

—Yo no soy cabezota —bramó de nuevo—, pero soy el alcalde de St. Gildas y no creo que Yves Terrec asesinara a su padre.

—¿Es que no vio cómo intentó matarlo ayer noche?

El alcalde gruñó.

—Y vio lo que yo hice —dije.

Gruñó de nuevo.

—Y —proseguí— oyó a Yves Terrec amenazar a su padre con matarlo. Le oyó maldecir al Almirante Rojo y jurar matarlo. Ahora el padre ha sido asesinado y su cuerpo ha desaparecido.

—¿Y su pañuelo? —replicó con desdén el Emperador Púrpura.

—Se me cayó a mí, por supuesto.

—Y el recolector de algas que le vio ayer noche merodeando por la casita del Almirante Rojo —dijo sonriente el Emperador Púrpura.

Me sobresaltó la malicia del hombre.

—Ya es suficiente —dije—. Es totalmente cierto que estuve andando por la carretera de Bannalec ayer noche, y que me detuve para cerrar la puerta del Almirante Rojo, que estaba entreabierta, aunque no había luz en el interior. Después continué paseando por la carretera hasta los Bosques Dinez, y luego me dirigí a St. Julien, donde vi al recolector de algas en los acantilados. Estaba lo suficientemente cerca para oír lo que cantaba. ¿Qué me dice ahora?

—¿Y qué hizo después?

—Después me paré en la capilla y recé una oración, y luego regresé a la cama y dormí hasta que los gendarmes del brigadier Durand me despertaron con el jaleo.

—Veamos, monsieur Darrel —dijo el Emperador Púrpura levantando un grueso dedo y lanzándome una mirada maliciosa—, veamos, monsieur Darrel, ¿qué calzado llevaba ayer noche en su caminata nocturna… zuecos o zapatos?

Reflexioné durante unos segundos.

—Zapatos… no, zuecos. Simplemente me puse unas zapatillas y me calcé los zuecos.

—¿Qué eran entonces, zapatos o zuecos? —gruñó el Emperador Púrpura.

—Zuecos, estúpido.

—¿Son estos sus zuecos? —preguntó, levantando un calzado de madera con mis iniciales grabadas en la puntera.

—Sí —contesté.

—Entonces, ¿cómo llegó la sangre a este otro? —gritó, al tiempo que sostenía otro zueco, la pareja del primero, en el que había una mancha de sangre.

—No tengo ni la menor idea —dije con calma, aunque mi corazón latía con fuerza y me sentía furiosamente enojado—. ¡Cabeza de chorlito! —exclamó, intentando controlar mi ira—, le haré pagar por esto cuando detengan a Yves Terrec y lo condenen. Brigadier Durand, cumpla con su deber si piensa que estoy bajo sospecha. Arrésteme, pero concédame antes un favor. Lléveme a la casita del Almirante Rojo, y veré si puedo encontrar alguna pista que se les haya podido pasar por alto. Por supuesto, no tocaré nada hasta que el comisario llegue. ¡Bah! Todos ustedes me ponen enfermo.

—Qué falta de escrúpulos —comentó el Emperador Púrpura meneando la cabeza.

—¿Qué motivo podía tener yo para asesinar al Almirante Rojo? —les pregunté a todos desdeñosamente. A lo que todos respondieron:

—¡Ninguno! ¡Yves Terrec es el asesino!

Atravesé la puerta y me gire agitando un dedo al Emperador Púrpura.

—Oh, le voy a hacer pagar por esto, amigo mío —dije, y seguí al brigadier Durand por la calle hasta la casita del hombre asesinado.

III

Me tomaron la palabra y apostaron un gendarme con el sable desenvainado junto a los setos de la entrada.

—Deme su palabra —dijo el pobre Durand—, y le dejaré ir a donde desee.

Pero me negué y comencé a inspeccionar la casita en busca de pistas. Encontré muchas cosas que algunas personas hubieran considerado de suma importancia, tales como cenizas de la pipa del Almirante Rojo, pisadas en un polvoriento cubo de verduras, botellas que olían a sidra de Pouldu, y polvo… mucho polvo. Yo no era un experto, simplemente un estúpido aficionado, así que borré las pisadas con mis gruesas botas de caza y opté por no examinar las cenizas de la pipa en un microscopio, a pesar de que el microscopio del Almirante Rojo estaba a mano encima de la mesa.

Por fin encontré lo que andaba buscando; algunas briznas de paja, curiosamente hundidas y aplastadas por el centro, y tuve la certeza de que había encontrado las pruebas que encerrarían a Yves Terrec para el resto de su vida. Era tan obvio como una nariz en la cara. Las pajas eran pajas de zueco, aplastadas por donde el pie las había chafado, y rectas por donde sobresalían del zueco. En esos tiempos nadie en St. Gildas usaba paja en los zuecos, a excepción de un pescador que vivía cerca de St. Julien, ¡y la paja de sus zuecos era paja amarilla común de trigo! La paja que encontré allí, o más bien, las briznas de paja, eran tallos de trigo rojo que sólo crece en el interior y que, como sabía todo el mundo en St. Gildas, Yves Terrec llevaba en sus zuecos. Me di totalmente por satisfecho, y cuando tres horas más tarde un ronco griterío en la carretera de Bannalec me llevó a asomarme a la ventana, no me sorprendió ver a Yves Terrec, ensangrentado, desaliñado, con la cabeza descubierta, los dos fuertes brazos atados a la espalda y andando con la cabeza agachada entre dos gendarmes montados. La multitud a su alrededor iba aumentando a cada minuto que pasaba, y gritaban:

—¡Parricidio! ¡Parricidio! ¡Muerte al asesino!

Cuando pasó por mi ventana, pude ver grandes manchurrones de barro en sus polvorientos Zuecos, de cuyos talones sobresalían briznas de paja de trigo rojo. Luego regresé al estudio del Almirante Rojo, decidido a averiguar qué revelarían las pajas al microscopio. Las examine una a una muy cuidadosamente, y entonces, cuando ya me dolían los ojos, apoyé la barbilla en la mano y me recliné en la silla. No había tenido tanta suerte como algunos detectives, y es que no había prueba alguna de que esas briznas de paja hubieran sido usadas en el interior de unos zuecos. Además, en el otro extremo del pasillo había un baúl bretón, y en ese momento advertí por primera vez que, de debajo de la tapa cerrada, sobresalían docenas de similares pajitas de trigo rojo, aplastadas exactamente como las mías, que obviamente también habían sido aplastadas por la tapa.

Suspiré disgustado. Parecía que no se me daba muy bien lo de hacer de detective, y reflexioné amargamente sobre la diferencia entre las pistas de la vida real y las pistas en una novela de detectives. Tras unos minutos, me levanté, me acerqué al baúl y abrí la tapa. El interior estaba forrado con paja de trigo rojo, y en medio de este relleno había dos extraños tarros de cristal, dos o tres frascos pequeños, varias botellas pequeñas etiquetadas marcadas como cloroformo, un tarro de cianuro de potasio, y un libro. En una esquina más alejada del baúl había algunas cartas con sello inglés, y también el embalaje roto de dos paquetes, todos de Inglaterra, y todos dirigidos al Almirante Rojo con su nombre verdadero de «Sieur Louis Jean Terrec, St. Gildas, par Moëlan, Finistère».

Llevé todos estos cachivaches al escritorio, cerré la tapa del baúl, y me senté para leer las cartas. Estaban escritas en un francés comercial, evidentemente por un inglés.

Traducido libremente, el contenido de la primera carta era el siguiente:

LONDRES, 12 junio, 1894

ESTIMADO MONSIEUR (sic); Su amable pedido del 19 del presente mes fue recibido y los contenidos anotados. La última obra sobre lepidópteros de Inglaterra es el estudio de Blowzer Cómo atrapar mariposas británicas, con anotaciones y tablas, y una introducción de Sir Thomas Sniffer. El precio de esta obra (en un solo volumen, encuadernación de becerro) es de £5 o 125 francos en moneda francesa. Esperamos recibir en breve la orden postal con el importe.

Quedamos a su entera disposición,

Suyos afectísimos, etc.,

FRADLEY & TOOMER,

470 Regent Square, Londres, S.W.

La siguiente carta era incluso menos interesante. Simplemente informaba que el dinero había sido recibido y que el libro sería enviado La tercera me llamó la atención, y la citaré, de nuevo con traducción libre:

ESTIMADO SEÑOR: Su carta del de julio fue debidamente recibida, e inmediatamente la referimos al propio señor Fradley. El señor Fradley se interesó sobremanera en su pregunta y envió su carta al Catedrático Schweineri, de la Sociedad Entomológica de Berlín, a cuya anotación Blowzer se refiere en la página 630, en su obra Cómo atrapar mariposas británicas. Acabamos de recibir una respuesta del Catedrático Schweineri, la cual traducimos al francés (véase nota adjunta). El Catedrático Schweineri me ha pedido que le haga llegar dos tarros de cythyl, preparados bajo su supervisión. Les adjuntamos los mismos a su atención. Confiando en que quede totalmente satisfecho, quedamos a su disposición.

Suyos afectísimos,

FRADLEY & TOOMER

La nota adjunta contiene las siguientes líneas:

Messrs. FRADLEY & TOOMER,

CABALLEROS: Cythaline, un hidrocarburo complejo, fue empleado por primera vez por el Catedrático Schnoot, de Antwerp, hace un año. Descubrí una fórmula análoga por la misma época y lo bauticé con el nombre de cythyl. Lo he utilizado con gran éxito en todas partes. Es tan efectivo como un imán. Le ruego que acepte tres tarros pequeños, y le agradecería que enviase dos de ellos a su cliente en St. Gildas con mis felicitaciones. La cita de Blowzer sobre mí en la página 630 de su gloriosa obra, Cómo cazar mariposas británicas, es correcta.

Suyo etc…

HEINRICH SCHWEINERI,

Ph.D., D.T., Sc.D., M.S.

Cuando acabé de leer esta carta, la doblé y me la guardé en el bolsillo junto a las otras. Entonces abrí la meritoria obra de Blowzer, Cómo atrapar mariposas británicas, por la página 630.

Aunque el Almirante Rojo debía de haber adquirido el libro muy recientemente, y aunque las otras páginas estaban totalmente impolutas, esa página en particular estaba ennegrecida con marcas de pulgar, y marcada profusamente con lápiz, incluyendo un párrafo al final de la página. Este es el párrafo:

El catedrático Schweineri dice: «De los dos métodos antiguos usados por los coleccionistas para capturar la Apatura Iris o Emperador Púrpura, de alas rápidas y vuelo alto, el primero, que consistía en utilizar un cazamariposas de mango largo, era efectivo una vez de cada mil intentos; y el segundo, que consistía en colocar un cebo en el suelo, tal como carne putrefacta, gatos muertos, ratas, etc., no sólo resultaba desagradable incluso para un coleccionista entusiasta, sino también muy poco efectivo. Tan sólo una de cada quinientas veces abandonaba la espléndida mariposa las copas de sus robles favoritos para revolotear sobre el fétido cebo ofrecido. He averiguado que el cythyl es un cebo totalmente efectivo para atraer a esta hermosa mariposa hacia el suelo, donde puede ser capturada fácilmente. Una onza de cythyl colocada en un platillo amarillo bajo un roble atraerá a cualquier Apatura Iris en un radio de treinta kilómetros. Así pues, si un coleccionista que posea un poco de cythyl, aunque este se encuentre en una botella sellada y en su bolsillo…, si dicho coleccionista, digo, no encuentra una sola Apatura Iris revoloteando cerca de él en una hora, puede tener la total certeza de que la Apatura Iris no habita en su región.

Cuando hube terminado de leer esta nota, me quedé sentado durante un largo rato en profunda reflexión. Luego examiné los dos tarros. Una etiqueta los marcaba con el nombre de Cythyl. Uno estaba lleno, el otro casi lleno. «El resto debe de estar en el cuerpo del Almirante Rojo», pensé, «no importa si está en un botella cerrada…»

Volví a guardar todas las cosas en el baúl, las deposité con cuidado entre la paja y cerré la tapa. El gendarme Centinela en la puerta me saludó respetuosamente cuando salí en dirección a la Taberna de Groix. En el exterior de la taberna había congregada una multitud excitada, y la entrada estaba atestada de gendarmes y campesinos. En todos los rincones me saludaban cordialmente, informándome que el verdadero asesino había sido atrapado; pero yo me abrí paso sin pronunciar ni una palabra y corrí escaleras arriba para buscar a Lys. Ella abrió la puerta cuando llamé y me lanzó ambos brazos al cuello. Yo la abracé contra mi pecho y la besé. Tras unos segundos le pregunté si estaba dispuesta a obedecerme en todo lo que le ordenase, y ella respondió que sí, con una orgullosa humildad que me conmovió.

—Entonces ve inmediatamente con Yvette a St. Julien —dije—. Pídele que ensille el carro y os dirigís al convento de Quimperlé. Esperadme allí. ¿Harás esto sin hacerme ninguna pregunta, mi cielo?

Entonces levantó su rostro hacia el mío.

—Bésame —dijo inocentemente, y un segundo después ya había desaparecido.

Me encaminé con decisión a la habitación del Emperador Púrpura y eché un vistazo a la caja cubierta con una malla que contenía la crisálida de Apatura Iris. Era como esperaba. La crisálida estaba vacía y transparente, y una enorme grieta la recorría por el centro de la parte trasera, pero, bajo la red y dentro de la caja, una magnífica mariposa movía lentamente sus lustrosas alas púrpura; y es que la crisálida había liberado a su silencioso morador, la mariposa símbolo de la inmortalidad. Entonces me invadió un gran temor. Ahora sé que se trataba de temor al Sacerdote Negro, pero ni entonces ni años más tarde supe de la existencia en la tierra del Sacerdote Negro. Cuando me incliné sobre la caja escuché un confuso murmullo en el exterior de la casa que culminó con un grito furioso de «¡Parricida!», y oí a los gendarmes cabalgar tras un carro que traqueteaba ruidosamente sobre los adoquines del camino. Me dirigí a la ventana. En el carro estaba sentado Yves Terrec, atado y con los ojos desorbitados, y dos gendarmes a cada lado, y el carro avanzaba rodeado por gendarmes a caballo cuyos sables desenvainados a duras penas lograban apartar a la muchedumbre.

—¡Parricida! —aullaban—. ¡Dejadle que muera!

Di unos pasos hacia atrás y abrí la caja cubierta con la malla. Con mucho cuidado pero firmemente tomé la espléndida mariposa cerrándole las alas y la sostuve sin dañarla entre el pulgar y el índice. Luego, escondiéndola tras mi espalda, me dirigí al café.

De toda la multitud que abarrotaba el lugar, clamando por la muerte de Yves Terrec, sólo tres personas permanecían sentadas delante de una enorme chimenea vacía. Estos eran el brigadier Durand, Max Fortin, el químico de Quimperlé, y el Emperador Púrpura. Este último pareció avergonzarse cuando entré, pero no le preste ninguna atención y me dirigí directamente al químico.

—Monsieur Fortin —dije—, ¿sabe algo sobre hidrocarburos?

—Son mi especialidad —dijo sorprendido.

—¿Ha oído alguna vez algo sobre el cythyl?

—¿El cythyl de Schweineri? ¡Oh, sí! Lo usamos en perfumería.

—¡Bien! —dije—. ¿Desprende algún olor?

—No… y sí. Siempre se es consciente de su presencia, pero nadie puede afirmar que desprenda ningún tipo de olor. Es curioso —continuó, mirándome—, es muy curioso que me pregunte esto, porque durante todo el día he tenido la impresión de detectar la presencia de cythyl.

—¿Tiene esa impresión ahora? —pregunté.

—Sí, más que nunca.

De un salto me dirigí a la puerta de entrada y solté la mariposa. La espléndida criatura aleteó en el aire unos segundos, revoloteó vacilante de un lado a otro, y luego, para mi sorpresa, atravesó el aire majestuosamente de vuelta al interior del café y se posó en la losa del suelo de la chimenea. Durante unos segundos me quedé perplejo, pero cuando mis ojos se posaron en el Emperador Púrpura, repentinamente lo comprendí.

—¡Quiten esa losa! —exclamé dirigiéndome al brigadier Durand—. ¡Levántela con la vaina de su sable!

De repente, el Emperador Púrpura se echó hacia delante en su asiento, con el rostro sepulcralmente pálido y la mandíbula laxa por el terror.

—¿Qué es el cythyl? —grité, agarrándole por el brazo; pero se derrumbó pesadamente sobre su silla y el rostro boca abajo sobre el suelo, y en ese instante un grito del químico hizo que me girase. El brigadier Durand estaba de pie, sujetando con una mano la losa, y la otra mano levantada crispada por el horror. También estaba de pie Max Fortin, el químico, rígido por la excitación, y abajo, en el hueco donde había estado apoyada la losa, yacía una masa triturada de carne humana sanguinolenta, desde el centro de la cual nos observaba un barato ojo de cristal. Agarré al Emperador Púrpura y lo obligue a arrodillarse.

—¡Mire! —grité—. ¡Mire a su viejo amigo el Almirante Rojo!

Él se limitó a sonreír con expresión ausente y meneó la cabeza de un lado a otro murmurando:

—¡Cebo para mariposas! ¡Cythyl! ¡Oh, no, no, no! No puede hacer eso, Almirante, ¿no lo comprende? ¡Yo soy el único poseedor del Emperador Púrpura! ¡Sólo yo soy el Emperador Púrpura!

Y el mismo carro que me condujo a Quimperlé para reclamar a mi prometida, lo condujo a él a Quimper, amordazado y maniatado, transformado en un lunático que aullaba y soltaba espumarajos por la boca.

Ésta es, pues, la historia del Emperador Púrpura. Podría contarles una historia más amable si lo deseara; pero en cuanto al pez que logré que picara el anzuelo, no diré si era un salmón adulto, un salmón joven o una trucha, porque he prometido a Lys, y ella me ha prometido a mí, que por nada del mundo de nuestros labios saldrá la mortificadora confesión de que el pez finalmente escapó.


Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.
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