Cuentos y Crónicas

Rubén Darío


Cuento, Crónica


Índice

EL CASO DE LA SEÑORITA AMELIA
I
II
III
CUENTO DE PASCUA
I
II
III
LA EXTRAÑA MUERTE DE FRAY PEDRO
I
II
III
IV
V
BAJO LAS LUCES DEL SOL NACIENTE
MI DOMINGO DE RAMOS
HOMBRES Y PAJAROS
PRIMAVERA APOLINEA
I
II
VISIONES PASADAS
LA MAREA
A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)
LA VIRGEN NEGRA (Havre).
LOS MISERABLES
El «Gueux».
“El Tramp”.
El «Atorrante»
PARÍS NOCTURNO
POEMAS DE ARTE
I. La isla de los muertos.
II. Idilio marino.
III. Sirenas y tritones.
IV. Día de Primavera.
V. Los Pescadores de Sirenas.
CURIOSIDADES LITERARIAS
AMAR HASTA FRACASAR

EL CASO DE LA SEÑORITA AMELIA

(CUENTO DE «AÑO NUEVO»)

I

Que el Doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y misterioso, sobre todo después de la publicación de su obra sobre La plástica de Ensueño, quizás podríais negármelo o aceptármelo con restricción; pero que su calva es única, insigne, hermosa, solemne, lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro! ¿Cómo negaríais la luz del sol, el aroma de las rosas y las propiedades narcóticas de ciertos versos? Pues bien; esta noche pasada, poco después que saludamos el toque de las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo Roederer, en el precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se llama Lowensteinger, la calva del doctor alzaba, aureolada de orgullo, su gruñido orbe de marfil, sobre el cual, por un capricho de la luz, se veían sobre el cristal de un espejo las llamas de dos bujías que formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos de Moisés. El doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras. Yo había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal cualquiera. Por ejemplo, ésta: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!» La mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su boca después de oir mi exclamación, confieso que hubiera turbado a cualquiera.

—Caballero—me dijo saboreando el champaña—; si yo no estuviese completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino máscaras de vida, nada más... sí, sino supiese eso, si viese en vos algo más que un hombre joven de fin de siglo, os diría que esa frase que acabáis de pronunciar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!», tiene en mí la respuesta más satisfactoria.

—¡Doctor!

—Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera hecho en otra ocasión.

—Creo—contesté con voz firme y serena—en Dios y su Iglesia. Creo en los milagros. Creo en lo sobrenatural.

—En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreir. Mi narración espero que os hará pensar.

En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Mina, la hija del dueño de casa: el periodista Riquet, el abate Pureau, recién enviado por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de los salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: happy new year! happy new year! ¡Feliz año nuevo!

El doctor continuó:

—¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe. Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a punto fijo la noción del tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido desprender de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres veces más grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido apenas alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis. Nada ha logrado saberse con absoluta seguridad en las tres grandes expresiones de la Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he intentado profundizar en el inmenso campo del misterio, he perdido casi todas mis ilusiones.

Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos; yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus orígenes y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo y en la teosofía, que he pasado del plan material del sabio al plano astral del mágico y al plan espiritual del mago, que sé cómo obraba Apolonio el Thianense y Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio, en nuestros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma búdhico y en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia desconocida de los fakires y la teología de los sacerdotes romanos, yo os digo que no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema, y que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única y pavorosa verdad.

Y dirigiéndose a mí:

—¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga, sharira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la fuerza vital, el cuerpo astral, el alma animal, el alma humana, la fuerza espiritual y la esencia espiritual...

Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir al doctor:

—Me parece que íbais a demostrarnos que el tiempo...

—Y bien, dijo, puesto que no os placen las disertaciones por prólogo, vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:

—Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta, y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres Gracias. Demás está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para encender una hoguera de amor...

Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con los dedos ágiles y regordetes, y continuó:

—Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y que Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El mismo, tal vez no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia, su alegre y roja risa, su picardía infantil... diré que era ella mi preferida. Era la menor; tenía doce años apenas, y yo ya había pasado de los treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla, Amelia!... Sucedía que, cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme, llena de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?» He aquí la pregunta sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos, y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de deliciosas grajeas de chocolate, los cuales, ella, a plena boca, saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental. El por qué de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al despedirme de Luz, que me miraba con anchos ojos doloridos y sentimentales; dí un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre los dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de Amelia incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y el más ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí en un barco para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido y admirado general Mansilla cuando se fué a Oriente, lleno de juventud y de sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las ciencias ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la pobre ciencia occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad epistolar que mantenía con madama Blavatsky, habíame abierto ancho campo en el país de los fakires, y más de un gurú, que conocía mi sed de saber, se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente sagrada de la verdad. Fuí ¡ay! en busca de la verdad, y si es cierto que mis labios creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no se pudo aplacar. Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban contemplar, el Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el archoeno de Paracelso, el limbuz de Swedemborg; oí la palabra de los monjes budhistas en medio de las florestas del Thibet; estudié los diez sephiroth de la Kabala, desde el que simboliza el espacio sin límites hasta el que, llamado Malkuth, encierra el principio de la vida. Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y llegué casi a comprender y aun a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Ashtarot, Beelzebutt, Asmodeo, Belphegor, Mabema, Lilith, Adrameleh y Baal. En mis ansias de comprensión; en mi insaciable deseo de sabiduría; cuando juzgaba haber llegado al logro de mis ambiciones, encontraba los signos de mi debilidad y las manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas. Dios, el espacio, el tiempo, formaban la más impenetrable bruma delante de mis pupilas... Viajé por Asia, Africa, Europa y América. Ayudé al coronel Olcot a fundar la rama teosófica de Nueva York. Y a todo esto—recalcó de súbito el doctor, mirando fijamente a la rubia Minna—¿sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos azules... o negros!

II

—¿Y el fin del cuento?—gimió dulcemente la señorita.

El doctor, más serio que nunca, dijo:

—Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de una absoluta verdad. ¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina, después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo, y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero que hice fué indagar el paradero de la familia Revall. «¡Los Revall—me dijeron—las del caso de Amelia Revall!», y estas palabras acompañadas con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la pobre chiquilla... Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fuí recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta, y me hizo pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza. En las paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos grandes retratos, en los cuales reconocí a las dos hermanas mayores, se miraban melancólicos y oscuros sobre el piano. A poco, Luz y Josefina: «¡Oh, amigo mío, oh, amigo mío!» Nada más. Luego, una conversación llena de reticencias y de timideces, de palabras entrecortadas y de sonrisas de inteligencia tristes, muy tristes. Por todo lo que logré entender, vine a quedar en que ambas no se habían casado. En cuanto a Amelia, no me atreví a preguntar nada... Quizás mi pregunta llegaría a aquellos pobres seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez una irremediable desgracia y una deshonra... En esto vi llegar saltando a una niñita, cuyo cuerpo y rostro eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se dirigió a mí, y con su misma voz exclamó: «¿Y mis bombones?». Yo no hallé qué decir.

III

Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas, y movían la cabeza desoladamente...

Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido todo. La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma que yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del Tiempo, en una hora señalada ¡quién sabe con qué designio del desconocido Dios!

El Doctor Z era en este momento todo calvo...

CUENTO DE PASCUA

I

Una noche deliciosa en verdad... El «réveillon» en ese hotel lujoso y elegante, donde tanta belleza y fealdad cosmopolita se junta, en la competencia de las libras, los dólares, los rublos, los pesos y los francos. Y con la alegría del champagne y la visión de blancores rosados, de brillos, de gemas. La música luego, discreta, a lo lejos...

No recuerdo bien quién fué el que me condujo a aquel grupo de damas, donde florecían la yanqui, la italiana, la argentina... Y mi asombro encantado ante aquella otra seductora y extraña mujer, que llevaba al cuello, por todo adorno, un estrecho galón rojo... Luego, un diplomático que lleva un nombre ilustre me presentó al joven alemán políglota, fino, de un admirable don de palabra, que iba, de belleza en belleza, diciendo las cosas agradables y ligeras que placen a las mundanas.

—M. Wolfhart, me había dicho el ministro. Un hombre amenísimo. Conversé largo rato con el alemán, que se empeñó que hablásemos castellano y, por cierto, jamás he encontrado un extranjero de su nacionalidad que lo hablase tan bien. Me refirió algo de sus viajes por España y la América del Sur. Me habló de amigos comunes y de sus aficiones ocultistas. En Buenos Aires había tratado a un gran poeta y a un mi antiguo compañero, en una oficina pública, el excelente amigo Patricio... En Madrid... Al poco rato teníamos las más cordiales relaciones. En la atmósfera de elegancia del hotel llamó mi atención la señora que apareció un poco tarde, y cuyo aspecto evocaba en mí algo de regio y de elegante a la vez. Como yo hiciese notar a mi interlocutor mi admiración y mi entusiasmo, Wolfhart me dijo por lo bajo, sonriendo de cierto modo:

«¡Fíjese usted! ¡Una cabeza histórica! ¡Una cabeza histórica!» Me fijé bien. Aquella mujer tenía por el perfil, por el peinado, si no con la exageración de la época, muy semejante a las «coiffures à la Cléopâtre», por el aire, por la manera y, sobre todo, después que me intrigara tanto un galón rojo que llevaba por único adorno en el cuello, tenía, digo, un parecido tan exacto con los retratos de la reina María Antonieta, que por largo rato permanecí contemplándola en silencio. ¿En realidad, era una cabeza histórica? Y tan histórica por la vecindad... A dos pasos de allí, en la plaza de la Concordia... Sí, aquella cabeza que se peinara a «la circasiana», «à la Belle Poule», «al casco inglés», «al gorro de candor», «à la queue en flambeau d’amour», «à la chien couchant», «à la Diane», a la tantas cosas más, aquella cabeza...

Se sentó la dama a un extremo del hall, y la única persona con quien hablara fué Wolfhart, y hablaron, según me pareció, en alemán. Los vinos habían puesto en mi imaginación su movimiento de brumas de oro, y alrededor de la figura de encanto y de misterio hice brotar un vuelo de suposiciones exquisitas. La orquesta, con las oportunidades de la casualidad, tocaba una pavana. Cabelleras empolvadas, «moscas asesinas», trianones de realizados ensueños, galantería pomposa y libertinaje encintado de poesía, tantas imágenes adorables, tanta gracia sutil o pimentada, de página de memoria, de anécdotas, de correspondencia, de pánfleto... Me venían al recuerdo versos de los más lindos escritos con tales temas, versos de Montesquiou Fezensac, de Regnier, los preciosos poemas italianos de Lucini... Y con la fantasía dispuesta, los cuentos milagrosos, las materializaciones estudiadas por los sabios de los libros arcanos, las posibilidades de la ciencia, que no son sino las concesiones a un enigma cada día más hondo, a pesar de todo... La fácil excitabilidad de mi cerebro estuvo pronto en acción. Y, cuando después de salir de mis cogitaciones, pregunté al alemán el nombre de aquella dama, y él me embrolló la respuesta, repitiendo tan sólo lo de lo histórico de la cabeza, no quedé ciertamente satisfecho. No creí correcto insistir; pero, como siguiendo en la charla yo felicitase a mi flamante amigo por haber en Alemania tan admirables ejemplares de hermosura, me dijo vagamente: «No es de Alemania, es de Austria». Era una belleza «austriaca...» Y yo buscaba la distinta semejanza de detalle con los retratos de Kucharsky, de Riotti, de Boizont, y hasta con las figuras de cera de los sótanos del museo Grevin...

II

—Es temprano aún me dijo Wolfhart, al dejarle en la puerta del hotel en que habitaba. Pase usted un momento, charlaremos algo más antes de mi partida. Mañana me voy de París, y quién sabe cuándo nos volveremos a encontrar. Entre usted. Tomaremos, a la inglesa, un «whisky-and-soda» y le mostraré algo interesante. Subimos a su cuarto por el ascensor. Un «valet» nos hizo llevar el bebedizo británico, y el alemán sacó un cartapacio lleno de viejos papeles. Había allí un retrato antiguo, grabado en madera.

—He aquí, me dijo, el retrato de un antecesor mío, Theobald Wolfhart, profesor de la Universidad de Heidelberg. Este abuelo mío fué posiblemente un poco brujo, pero de cierto, bastante sabio. Rehizo la obra de Julius Obsequens sobre los prodigios, impresa por Aldo Manucio, y publicó un libro famoso, el Prodigiorum ac ostentorum chronicon, un infolio editado en Basilea, en 1557. Mi antepasado no lo publicó con su nombre, sino bajo el pseudónimo de Conrad Lycosthenes. Theobald Wolfhart era un filósofo sano de corazón, que, a mi entender, practicaba la magia blanca. Su tiempo fué terrible, lleno de crímenes y desastres. Aquel moralista empleó la revelación para combatir las crueldades y perfidias, y expuso a las gentes, con ejemplos extraordinarios, cómo se manifiestan las amenazas de lo invisible por medio de signos de espanto y de incomprensibles fenómenos. Un ejemplo será la aparición del cometa de 1557, que no duró sino un cuarto de hora, y que anunció sucesos terribles. Signos en el cielo, desgracias en la tierra. Mi abuelo habla de ese cometa que él vió en su infancia y que era enorme, de un color sangriento, que en su extremidad se tornaba del color del azafrán. Vea usted esta estampa que lo representa, y su explicación por Lycosthenes. Vea usted los prodigios que vieron sus ojos. Arriba hay un brazo armado de una colosal espada amenazante, tres estrellas brillan en la extremidad, pero la que está en la punta es la mayor y más resplandeciente. A los lados hay espadas y puñales, todo entre un círculo de nubes, y entre esas armas hay unas cuantas cabezas de hombres. Más tarde escribía sobre tales fantásticas maravillas Simon Goulard, refiriéndose al cometa: «Le regard d’icelle donna telle frayeur a plusieurs qu’aucuns en moururent; autres tombèrent malades». Y Petrus Greusserus, discípulo de Lichtenberg—el astrólogo—dice un autor, que, habiendo sometido el fenómeno terrible a las reglas de su arte, sacó las consecuencias naturales, y tales fueron los pronósticos, que los espíritus más juiciosos padecieron perturbación durante más de medio siglo. Si Lycosthenes señala los desastres de Hungría y de Roma, Simon Goulard habla de las terribles asolaciones de los turcos en tierra húngara, el hambre en Suabia, Lombardía y Venecia, la guerra en Suiza, el sitio de Viena de Austria, sequía en Inglaterra, desborde del Océano en Holanda y Zelanda y un terremoto que duró ocho días en Portugal. Lycosthenes sabía muchas cosas maravillosas. Los peregrinos que retornaban de Oriente contaban visiones celestes. ¿No se vió en 1480 un cometa en Arabia, de apariencia amenazante y con los atributos del Tiempo y de la Muerte? A los fatales presagios sucedieron las devastaciones de Corintia, la guerra en Polonia. Se aliaron Ladislao y Matías el Huniada. Vea usted este rasgo de un comentador: «Las nubes tienen sus flotas como el aire sus ejércitos»; pero Lycosthenes, que vivía en el centro de Alemania, no se asienta sobre tal hecho. Dice que en el año 114 de nuestra era, simulacros de navíos se vieron entre las nubes. San Agobardo, obispo de Lyon, está más informado. Él sabe a maravilla a qué región fantástica se dirigen esas ligeras naves. Van al país de Magonia, y sólo por reserva el santo prelado no dice su itinerario. Esos barcos iban dirigidos por los hechiceros llamados tempestarii. Mucho más podría referirle, pero vamos a lo principal. Mi antecesor llegó a descubrir que el cielo y toda la atmósfera que nos envuelve están siempre llenos de esas visiones misteriosas, y con ayuda de un su amigo alquimista llegó a fabricar un elixir que permite percibir de ordinario lo que únicamente por excepción se presenta a la mirada de los hombres. Yo he encontrado ese secreto, concluyó Wolfhart, y aquí, agregó sonriendo, tiene usted el milagro en estas pastillas comprimidas. ¿Un poquito más de whisky?

No había duda de que el alemán era hombre de buen humor y aficionado, no solamente al alcohol inglés, sino a todos los paraísos artificiales. Así, me parecía ver en la caja de pastillas que me mostraba, algún compuesto de opio o de cáñamo indiano.

—Gracias—le dije—no he probado nunca, ni quiero probar el influjo de la «droga sagrada». Ni hachis, ni el veneno de Quincey...

—Ni una cosa ni otra. Es algo vigorizante, admirable hasta para los menos nerviosos.

Ante la insistencia y con el último sorbo de whisky, tomé la pastilla, y me despedí. Ya en la calle, aunque hacía frío, noté que circulaba por mis venas un calor agradable. Y olvidando la pastilla, pensé en el efecto de las repetidas libaciones. Al llegar a la plaza de la Concordia, por el lado de los Campos Elíseos, noté que no lejos de mí caminaba una mujer. Me acerqué un tanto a ella y me asombré al verla a aquellas horas, a pie y soberbiamente trajeada, sobre todo cuando a la luz de un reverbero vi su gran hermosura y reconocí en ella a la dama cuyo aspecto me intrigase en el «réveillon»: la que tenía por todo adorno en el cuello blanquísimo un fino galón rojo, rojo como una herida. Oí un lejano reloj dar unas horas. Oí la trompa de un automóvil. Me sentía como poseído de extraña embriaguez. Y, apartando de mí toda idea de suceso sobrenatural, avancé hacia la dama que había pasado ya el obelisco y se dirigía del lado de las Tullerías.

—«Madame, le dije, madame...» Había comenzado a caer como una vaga bruma, llena de humedad y de frío, y el fulgor de las luces de la plaza aparecía como diluído y fantasmal. La dama me miró al llegar a un punto de la plaza; de pronto, me apareció como el escenario de un cinematógrafo. Había como apariencias de muchas gentes en un ambiente como el de los sueños, y yo no sabría decir la manera con que me sentí como en una existencia a un propio tiempo real y cerebral... Alcé los ojos y vi en el fondo opaco del cielo las mismas figuras que en la estampa del libro de Lycosthenes, el brazo enorme, la espada enorme, rodeados de cabezas. La dama, que me había mirado, tenía un aspecto tristemente fatídico, y, cual por la obra de un ensalmo, había cambiado de vestiduras, y estaba con una especie de fichu cuyas largas puntas le caían por delante; en su cabeza ya no había el peinado a «la Cléopatre», sino una pobre cofia bajo cuyos bordes se veían los cabellos emblanquecidos. Y luego, cuando iba a acercarme más, percibí a un lado como una carreta, y unas desdibujadas figuras de hombres con tricornios y espadas y otras con picas. A otro lado un hombre a caballo, y luego una especie de tablado... ¡Oh, Dios, naturalmente!: he aquí la reproducción de lo «ya visto»... ¿En mí hay reflexión aún en este instante? Sí, pero siento que lo invisible, entonces visible, me rodea. Sí, es la guillotina. Y, tal en las pesadillas, como si sucediese, veo desarrollarse—¿he hablado ya de cinematógrafo?—la tragedia... Aunque por no sé cual motivo no pude darme cuenta de los detalles, vi que la dama me miró de nuevo, y bajo el fulgor color de azafrán que brotaba de la visión celeste y profética, brazo, espadas, nubes y cabezas, vi cómo caía, bajo el hacha mecánica, la cabeza de aquella que poco antes, en el salón del hotel, me admirara con su encanto galante y real, con su aire soberbio, con su cuello muy blanco, adornado con un único galón color de sangre.

III

¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo? No lo sabría decir, puesto que ello fué bajo el imperio desconocido en que la ciencia anda a tientas; el tiempo en que el ensueño no existe, y mil años, según observaciones experimentales, pueden pasar en un segundo. Todo aquello había desaparecido, y, dándome cuenta del lugar en donde me encontraba, avancé siempre hacia el lado de las Tullerías. Avancé y me vi entre el jardín, y no dejé de pensar rapidísimamente cómo era que las puertas estaban aun abiertas. Siempre bajo la bruma pálida de aquellas nocturnas horas, seguí adelante. Saldré, me dije, por la primera puerta del lado de la calle Rivoli, que quizás esté también abierta... ¿Cómo no ha de estar abierta?... ¿Pero era o no era aquel jardín el de las Tullerías? Arboles, árboles de obscuros ramajes en medio del invierno... Tropecé al dar un paso con algo semejante a una piedra, y me llené, en medio de mi casi inconsciencia, de una sorpresa pavorosa, cuando escuché un ¡ay! semejante a una queja, parecido a una palabra entrecortada y ahogada; una voz que salía de aquello que mi pie había herido, y que era, no una piedra, sino una cabeza. Y alzando hacia el cielo la mirada vi la faz de la luna en el lugar en que antes la espada formidable, y allí estaban las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Y aquel jardín, que se extendía vasto cual una selva, me llenó del encanto grave que había en su recinto de prodigio. Y a través de velos de ahumado oro refulgía tristemente en lo alto la cabeza de la luna. Después me sentí como en una certeza de poema y de libro santo, y, como por un motivo incoherente, resonaban en la caja de mi cerebro las palabras: «¡Ultima hora! ¡Trípoli! ¡La toma de Pekín!» leídas en los diarios del día, Conforme con mis anhelos de lo divino, experimentando una inexpresable angustia, pensé: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Señor! ¡Padre nuestro...!»

Volví la vista y vi a un lado, en una claridad dulce y dorada, una forma de lira, y sobre la lira una cabeza igual a la del Orfeo de Gustave Moreau, del Luxemburgo. La faz expresaba pesadumbre, y alrededor había como un movimiento de seres, de los que se llaman animados porque almas se manifiestan por el movimiento, y de los que se llaman inanimados porque su movimiento es íntimo y latente. Y oí que decía, según me ayuda mi recuerdo, aquella cabeza: «¡Vendrá, vendrá el día de la concordia, y la lira será entonces consagrada en la pacificación!» Y cerca de la cabeza de Orfeo vi una rosa milagrosa, y una hierba marina, y que iba avanzando hacia ellas una tortuga de oro.

Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito, como el de un coro, de muchas voces. Y a la luz que os he dicho, vi que quien gritaba era un árbol, uno de los árboles coposos, lleno de cabezas por frutos, y pensé que era el árbol de que habla el libro sagrado de los musulmanes. Oí palabras en loor de la grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el árbol había sangre.

Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sino retroceder a la salida del jardín, y vi que por todas partes salían murmullos, voces, palabras de innumerables cabezas que se destacaban en la sombra como aureoladas, o que surgían entre los troncos de los árboles. Como acontece en los instantes dolorosos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que me pasaba era un sueño, para disminuir un tanto mi pavor. Y en tanto, pude reconocer una temerosa y abominable cabeza asida por la mano blanca de un héroe, asida de su movible e infernal toisón de serpientes: la tantas veces maldecida cabeza de Medusa. Y de un brazo, como de carne de oro de mujer, pendía otra cabeza, una cabeza con barba ensortijada y oscura, y era la cabeza del guerrero Holofernes. Y la cabeza de Juan el Bautista; y luego, como viva, de una vida singular, la cabeza del Apostol que en Roma hiciera brotar el agua de la tierra; y otra cabeza que Rodrigo Díaz de Vivar arrojó, en la cena de la venganza, sobre la mesa de su padre.

Y otras que eran la del rey Carlos de Inglaterra y la de la reina María Estuardo... Y las cabezas aumentaban, en grupos, en amontonamientos macabros, y por el espacio pasaban relentes de sangre y de sepulcro; y eran las cabezas hirsutas de los dos mil halconeros de Bayaceto; y las de las odaliscas degolladas en los palacios de los reyes y potentados asiáticos; y las de los innumerables decapitados por su fe, por el odio, por la ley de los hombres; las de los decapitados de las hordas bárbaras, de las prisiones y de las torres reales, las de los Gengiskanes, Abdulhamides y Behanzines...

Dije para mí: ¡Oh, mal triunfante! ¿Siempre seguirás sobre la faz de la tierra? ¿Y tú, París, cabeza del mundo, serás también cortada con hacha, arrancada de tu cuerpo inmenso?

Cual si hubiesen sido escuchadas mis interiores palabras, de un grupo en que se veía la cabeza de Luis XVI, la cabeza de la princesa de Lamballe, cabezas de nobles y cabezas de revolucionarios, cabezas de santos y cabezas de asesinos, avanzó una figura episcopal que llevaba en sus manos su cabeza, y la cabeza del mártir Dionisio, el de las Galias, exclamó:—¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar!

Y al lado del apostólico decapitado vi a la dama del hall del hotel, a la dama austriaca con el cuello desnudo; pero en el cual se veía como un galón rojo, una herida purpúrea, y María Antonieta, dijo:—¡Cristo ha de resucitar! Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, la cabeza de Holofernes, la cabeza de Juan y la de Pablo, el árbol de cabezas, el bosque de cabezas, la muchedumbre fabulosa de cabezas, en el hondo grito, clamó:

—«¡Cristo ha de resucitar! ¡Cristo ha de resucitar!...»

—Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer—concluyó mi buen amigo el doctor.

LA EXTRAÑA MUERTE DE FRAY PEDRO

I

Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio, me señaló una lápida, en que leí únicamente: Hic iacet frater Petrus.

—Este—me dijo—fué uno de los vencidos por el diablo.

—Por el viejo diablo que ya chochea—le dije.

—No—me contestó—; por el demonio moderno que se escuda con la Ciencia.—Y me narró el sucedido.

Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por el maligno espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso nervioso, pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas y el laboratorio, que le era permitido por los bienes que atraía a la comunidad. Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas. Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de conversación, a Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese otro fraile Schawartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre con el azufre.

Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones astrológicas y quiromáticas; ella le desviaba de la contemplación y del espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la curiosidad, que perdían a nuestros primeros padres. La oración misma era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso y febril. Como toda lectura le era concedida y tenía a su disposición la rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y a poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la ciencia constituye, en el principio, el alma de la Serpiente que ha de ser la esencial potencia del Antecristo, y que para el verdadero varón de fe, initium sapientiæ est timor Domini.

II

¡Oh, ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que ha hecho ciertos a los Celestinos! Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un celestial nimbo a algunos mínimos, de Dios queridos, entre los esplendores místicos y milagrosos de las hagiografías.

Los doctores explican y comentan altamente, cómo ante los ojos del Espíritu Santo las almas de amor son de mayor manera glorificadas que las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes traux de sus Fisonomías de Santos, a esos beneméritos de la caridad, a esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu, bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos y sororales por la puras estrellas del firmamento. Joris Karl, el merecido beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura, en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de resplandores paradiasíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y al aplauso de las potestades de los cielos. Y Fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...

El, desde luego creía, creía con la fe de un indiscutible creyente. Mas el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no se daba cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo vedado y en lo arcano de universo era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.

III

Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de Fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán Röentgen, quien llegara a encontrar el modo de fotografiar a través de los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo X. Vió el facsimil de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la patente figura de objetos retratados entre cajas y bultos bien cerrados.

No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo que era un ansia de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en ello se contenía, punzaba sus anhelos...

¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto pensamiento, en que se mezclaban su teología y sus ciencias físicas...? ¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma imaginación?

En las horas litúrgicas de los rezos y de los cánticos, notábanlo todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de sangre, ya con la mirada como estática, fija en lo alto, o clavada en la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado omnitranscendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del Bien y del Mal. Y era mucho más que una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y raras ideas se agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría él por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos en su pobre laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar las anheladas pruebas, hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la sabiduría y en la convicción humanas... Él ofrecería más de lo que se ofreció a Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podría pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como podría permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las visiones de los éxtasis y en las manifestaciones de los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas?

¡Si en Lourdes hubiese habido un Kodak, durante el tiempo de las visiones de Bernardetta! ¡Si en el momento en que Jesús, o su Santa Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se aplicase convenientemente la cámara obscura...!

¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la religión! Así cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.

IV

Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina y a la oración, en su celda se presentó a su vista uno de los hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.

—Hermano, le dijo, os he oído decir que deseábais una de esas máquinas, como esas con que los sabios están maravillando al mundo. Os la he podido conseguir. Aquí la tenéis.

Y depositando el envoltorio en manos del asombrado Fray Pedro, desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que, debajo del hábito, se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo.

Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo, consagróse a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la Misa excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle, y todos le veían pasar extraño y misterioso y temían por la salud de su cuerpo y por la de su alma.

Y perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí mismo, en frutos, llaves, dentro de libros y demás cosas usuales. Hasta que un día...

O más bien una noche, el desventurado se atrevió, por fin, a realizar su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma. Salió veloz para su celda.

V

Al día siguiente, en la celda de Fray Pedro, se hallaba el Sr. Arzobispo delante del padre provincial.

—Ilustrísimo señor, decía éste; a Fray Pedro le hemos encontrando muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que le causaron daño.

—¿Ha visto su reverencia esto?—dijo su señoría ilustrísima, mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en sus divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

BAJO LAS LUCES DEL SOL NACIENTE

Era el país de oro y seda, y en el aire fino como de cristal volaban las cigüeñas, y se esponjaban los crisantemos del biombo. Los cerezos florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul. Una rana de madera labrada era igual a las ranas del pantano. Sobre la laca negra corría un arroyo dorado. Muñecas de carne, con la cabellera atravesada por alfileres áureos, hacían reverencias sonrientes, y gestos menudos. En las casas de papel, en la ignorancia feliz del pudor, se bañaban las niñas. Cortesanas ingenuas servían el té en tacitas de Liliput. En los «kimonos» historiados se envolvían cuerpos casi impúberes e inocentemente venales. Se hablaba de un viejo llamado Hokusai, que se llamaba a sí mismo «el loco del dibujo». Floreros raros se llenaban de flores extrañas ante los budhas risueños. Nobles daimios hacían lucir al sol curvos sables de largo puño. Los «netskes» y las máscaras reproducían faces joviales o aterrorizadas, caras de brujas o regordetas caras infantiles. Al amor de una naturaleza como de fantasía, se vivía una vida casi de sueño.

Artistas y artesanos realizaban labores extraordinarias, que llegaban a las naciones lejanas como de imperios de cuento. Se educaba la sonrisa y se inculcaba la afabilidad. Se conservaban con respeto las antiguas y sagradas tradiciones en el dulce ambiente de una existencia sencilla. Se desconocía el egoísmo y se practicaba la más perfecta y blanda cortesía. Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la imparcialidad a jueces ceremoniosos. Había un profundo concepto de la justicia y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad jerárquica, y el superior era bondadoso, y sumiso y sagaz el inferior. Bonzos sabios enseñaban la fuerza de las plegarias y la fe en las potencias ocultas. La paciencia y la tenacidad eran virtudes comunes; eran desconocidas, o raras, la doblez, la inquina, la traición. La poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable «saké» hacía cantar más tiernamente a las «samisén». Se tenían para el huésped los más amables «sayonaras». Se pasaban horas de miel y caricias, con sutiles amorosas que tenían nombres de piedras ricas, de pájaros lindos, de flores exquisitas. Gloriosos «samurayes» se vestían como grandes y metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias inauditas. Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y de la vida, de manera que detenían en un papel de seda el aletazo de una carpa, el salto de un tigre o el vuelo de una garza. Campesinos pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus agudos sombreros de floja paja. Se tenía el culto preciso de los antepasados y se sabía por seguro que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o budhistas, los hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban los consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los héroes de la acción o del pensamiento. Se predicaba y se sostenía firme el amor al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan grande del honor, que el suicidio en casos especiales formaba parte de las costumbres. Se tenía el temor de lo divino y desconocido, y se saludaba la memoria de los abuelos. Se amaba como en ninguna parte a los niños; como en ninguna parte se obedecía a la autoridad paternal, y ante las vasijas de calada madera había siempre, en tibores de prodigiosa porcelana, ramos floridos. El conjunto de principios que los letrados infundían al pueblo, se reducía a pocas palabras. Decían: «Hay un Dios superior. Tiene como atributos la inteligencia, el valor, el amor. Por la unidad de su espíritu y de su energía vital fueron creados el dios Takanu Musubi y la diosa Kanmi Musuti, que forman, con su padre, una augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron otros dioses, y, por último, los divinos antecesores de la familia imperial y de la raza humana: Yzanagi e Yzanami. El alma del hombre es, por tanto, origen divino e inmortal. Su cuerpo fué creado también por la energía divina; pero no contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del hombre es cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las siete virtudes que de ellas se derivan: la lealtad al emperador, la piedad filial, la castidad, la obediencia a los superiores, la sinceridad en la amistad, la bondad y la misericordia. El camino de la virtud es el de la felicidad. La ley de la causa y del efecto reina en el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal puede merecer el perdón, y aun el favor de Dios, si se arrepiente con sinceridad. A cada uno se le tomarán en cuenta sus acciones, y por ellas será recompensado o castigado en el mundo futuro». Los japoneses, pues, estaban en completo estado de barbarie.

En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual conoció toda la barbarie que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte occidentales. Se supo que maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había conservado a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas, que estudian los clásicos chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los hornos las ricas obras de los alfareros de Satzuna. Un misterio legendario flotaba sobre la región nipona, tan extraña como las naciones orientales en que se mueven las magias de Sheherazada. El pueblo que, según la frase de Voltaire «jamás ha sido vencido», guardaba con admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y libraron la integridad del territorio.

Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto la seguridad del gobierno, y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben poemas en que se cantan la fidelidad y el amor en flor eternamente. Las danzarinas saben bailes de argumento, que regocijan discretamente a los espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los templos, y hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo que es el Shinthoismo. Shinto significa carácter en su sentido más elevado: valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad filial, amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por un principio, y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño, en la dulzura de la mujer. Es también conservador, saludable freno a las tendencias del espíritu nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor del pasado para precipitarse con ardor en las modernidades extranjeras. Es una religión transmitida en una impulsión hereditaria hacia el bien, en un puro instinto moral. Es, en una palabra, toda la vida emocional de la raza: El alma del Japón. Así, el renunciamiento a la propia satisfacción, hasta a la vida, por la común felicidad, el deber cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran características de esos singulares salvajes. Y en su sacro libro del Kodjiki aprendían ejemplos de tiempos remotos, como el siguiente: «El príncipe Mayoana, de edad de siete años solamente, después de haber matado al asesino de su padre, se había refugiado en casa del Gran Tsubura, y las multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran Tsubura se adelantó, y quitando sus armas de su cinto se prosternó ocho veces, y dijo: «La princesa Kará, mi hija, que tú te has dignado llamar hace poco, está a tus órdenes, y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz. Si humilde esclavo de tu grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no conservo la esperanza de vencer; al menos, puedo morir antes de abandonar a un príncipe que ha puesto en mí su confianza al penetrar en mi casa». Habiendo así hablado, volvió a tomar sus armas, y se lanzó de nuevo en el combate. Mas las fuerzas le abandonaron, y había agotado ya todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: «Ya no tenemos flechas, y nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir. ¿Qué nos resta que hacer?» «No nos queda nada que hacer», respondió el príncipe. «Ahora, quítame la vida.» Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo caer a sus pies su propia cabeza.»

Esas eran las lecturas de antaño, las que los ministros del culto comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así cada día en los corazones nuevos las antiguas virtudes. «La conciencia, dice Hearn, llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones morales. «Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas morales necesarias al hombre le son sugeridas por los dioses y son de la misma naturaleza instintiva que las que le obligan a comer cuando tiene hambre, y a beber cuando tiene sed. El, el sapiente Hirata: «Toda acción humana es la obra de un dios.» Y de nuevo Motoonori: «Haber comprendido que no hay ni camino que conocer, ni ruta que seguir, es seguramente haber comprendido el camino de los dioses.» Y otra vez Hirata: «Si tenéis deseos de practicar la verdadera virtud, aprended a tener temor de lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartéis nunca del camino recto.» Y luego: «La devoción a la memoria de los antepasados es el resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes para con ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus padres. Un hombre semejante está siempre fiel a su príncipe y a sus amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos.» Así pensaba el Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que, los hombres colorados, fueron a abrir a cañonazos.

Y a cañonazos se despertó a la vida y a la civilización de Occidente el Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.

«Hoy, dice sonriendo afiladamente el japonés Hayashi a un periodista parisiense, hoy tenemos acorazados, tenemos torpedos, tenemos cañones. ¡Los mares de la China se enrojecieron con la sangre de nuestros muertos, y con la sangre de los que nosotros matamos! Nuestros torpedos revientan; nuestros shrapnells crepitan, nuestros cañones arrojan obuses; morimos y hacemos morir; y vosotros, los europeos, decís que hemos conquistado nuestro rango, ¡que nos hemos civilizado! Hemos tenido artistas, pintores, escultores, pensadores. En el siglo XVI editábamos en japonés las fábulas de Esopo. ¡Éramos entonces bárbaros!»

¡Oh, sí! Hoy están los descendientes de los antiguos daimios completamente civilizados. Al jiu-jitsu nacional, han agregado los conocimientos adquiridos en el Creusot y en Essen. Se les obligó a aprender la ciencia de la guerra en establecimientos occidentales; se les demostró que pasar la vida feliz, sin derramamientos de sangre, sin soldados, sin militarismo, sin cañones Krupp, era el colmo de lo salvaje. Se les enseñaron los caracteres occidentales para que pudieran leer los diarios nacionalistas de Francia, los discursos de M. Jaurés, las obras de Kipling; así supieron lo interesante del nacionalismo, lo útil del socialismo, lo superior del imperialismo. Como son hábiles y emprendedores, los nipones tuvieron pronto arsenales de ideas nuevas, tuvieron nacionalistas, socialistas, imperialistas. Se dieron una constitución. Se vistieron como se visten los hombres de Londres, que es como se visten los hombres de todo el Occidente. Vieron claramente que sonreir siempre es malo, ser afable es dañoso, ser piadoso es ridículo. Se convencieron de que ser de presa es lo mejor sobre la superficie de la tierra. Se militarizaron; se armaron, fueron excelentes discípulos de los carniceros de los países cristianos. Destruyeron toda la poesía posible, convirtieron a Madame Chrisantème en institutriz inglesa y en enfermera. Se lanzaron al asesinato colectivo con un apetito sobrehumano. Oku, Kuroko, Togo, entran en la categoría de semidioses. Se trató de matar al mayor número de rusos posible. Se trató de volar barcos, de «dinamitar» puentes, de arrasar batallones. Se va a la conquista, al degüello, al odio. ¿En dónde está ese mundo de vagos ensueños, ese mundo como lunas extra-terrestres, como astral, que admiré en las escenas, en la maravillosa actriz Sada Yacco que era una revelación de belleza exótica y peregrina? ¿En dónde están los antiguos pintores Kakemonos, los antiguos Outamaros y Hokusais? ¿En dónde las nobles creencias, los generosos ideales, la dulzura del carácter, las genuflexiones, las pintorescas amorosas, el alma antes encantadora del pasado Japón?... En la Mandchuria, la tierra se llenó de cadáveres... Los mares chinos se enrojecieron de sangre.

Se mira a los Estados Unidos con aire de desafío, con amor a la guerra...

La civilización ha triunfado...

MI DOMINGO DE RAMOS

Mi pobre alma, con una alegría de convaleciente, se despierta este día, domingo, sonríe a la luz del sol de Dios, se sacude como un ave húmeda del rocío de la aurora, y, a pesar de que quiero contenerla: «¡Mira que estás muy débil! ¡mira que casi no tienes alientos! animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?» no me hace caso, ríe como una locuela de catorce años, se va, bajo el esplendor matinal, al jardín de mi fantasía, al huerto de mi mente, y vuelve con dos verdes y frescos ramos de palma, alzando los brazos al cielo, en un divino ímpetu, como si quisiera volar.

—Animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?

—¡Voy a Jerusalén!—me dice mi pobre alma.

Y allá se va, camino de Jerusalén, sin bordón de peregrino, sin alforja de caminante, sin sandalias de romero. Ella va a la fiesta, arrastrada por su deseo, sin temor de las asperezas del viaje, sin miedo a los abismos, a las fieras y a las víboras.

Tal parece que fuese llevada por una ráfaga milagrosa, o sostenida por el amoroso cuidado de cuatro alas angélicas. Ella no sabe hoy de las tristezas, de las maldades y de las tinieblas de la vida. Deja la ciudad de los infames publicanos, de los odiosos fariseos, de las pintadas y ponzoñosas prostitutas. Ha sentido como el llamamiento de una sagrada primavera, y se ha abierto fresca y virginal como una blanca rosa. Un perfume celeste la baña, y ella a su vez exhala su perfume íntimo, su ungüento de fe y de amor. Un sol de vida le pone en su debilidad, fortaleza; en sus mejillas pálidas, una llama de niñez; en su frente, tan combatida por el dolor, una refrescante guirnalda florida. ¿Que vendrán las espinas después?...

Ella no sabe eso. Hoy cree sólo en las flores y las palmas; hoy debe asistir a la entrada triunfal del Rey Jesús. Armoniza sus más bellas canciones de gloria, para repetirlas en honor de quien viene. Clamará con el coro de los sencillos, con la lengua del pueblo que acompaña con jubilosos hosannas al Príncipe del Triunfo.

Se han borrado de su memoria las penas pasadas, no quiere poner su pensamiento en los amargores futuros. Como en un inspirado paso, sigue su ruta, y, tan ligera va, que el aire no la siente pasar. Las montañas nada son para ella. Va sobre las cambroneras sin que sus pies desnudos se hieran; los leones de la selva la miran con cariñosos ojos, y se dicen: «He allí la pobre alma que va a Jerusalén, hoy, Domingo de Ramos»; las tempestades se ciernen sobre su cabeza, pero ella es invencible delante de las tempestades; el tórrido fuego de los desiertos no marchita una sola de las flores de su corona; las palmas que lleva en sus manos, con un gesto glorioso, están llenas de su primera frescura; la alondra lírica y cristalina dícele: «Hermana, apresura el paso para que llegues a tiempo». Y yo la sigo con ojos apasionados: «¡Sí, alma mía, acude, no tardes, vuela a Jerusalén!».

—«Yo soy tu infancia»—, me dice una voz entre tanto. Dícemelo una voz encantadora que regocija y deleita mis potencias.

Porque en lo íntimo de mi ser se despliega, como un inmenso e incomparable lienzo azul, en que surge decorada por virtud maravillosa, la estación de mi existencia en que los cielos eran propicios y la tierra amable y buena como una nodriza. A mis narices viene un olor de yerbas olvidadas, de flores que há tiempo no he vuelto a ver; a mis ojos florece una aurora de visiones, que me atraen con una magia imperiosa; a mis oídos llegan notas de lejanas armonías, que han dormido por largo espacio de años bellas princesas del bosque de mi vida; mi tacto es halagado por el roce de aires amigos, que acariciaron los bucles rubios de mi infancia, y reconozco el troquel de que saltó mi primer pensamiento, limpio y sonoro como una medalla argentina.

Y veo, en un país lejano, una vieja ciudad de gentes sencillas, en donde Jesucristo habría encontrado ejemplares de sus perfectos pescadores. Sobre los techos de tejas arábigas de las casas bajas pasa un vuelo vencedor en la mañana del Domingo de Ramos: la salutación y el llamamiento que cantan las grandes campanas de la Catedral en que duermen los huesos de los obispos españoles. El alba ha encontrado la calle principal decorada de arcos de colores y alfombrada de alfombras floridas; en esas alfombras, tosco artista ha dibujado aves simbólicas, grecas, franjas y encajes, plantas y ramos de una caprichosa flora. La policromía del suelo fórmanla tintes fuertes y vivos: maderas de las selvas nativas, rosas para el rosal, hojas frescas para los verdes, y, para el blanco maíz que el fuego reventó la noche anterior, cuando a los granos trepitantes acompañaron alegres canciones. Las gentes han madrugado, si no han pasado en vela la noche del sábado; han madrugado y están vestidas de fiesta, aguardando la hora de la misa. Así, cuando ha dado la señal el campanario, el desfile comienza: severas autoridades, familias de pro, licenciados de largas levitas flotantes; la cruel Mercedes, la dulce Narcisa, la rara Victoria, los elegantes y el pueblo en su pintoresco atavío nacional. El sol que llega, todo de oro y púrpura dominicales, tornazola los rebozos de seda de esas mujeres morenas. Allá va el bachiller que lee a Voltaire y se confiesa una vez al año, por la cuaresma, o antes si espera haber peligro de muerte: va a la misa. Sobre aquella ciudad, feliz como una aldea, ciérnese todavía un soplo del buen tiempo pasado. Es aún la edad de las virtudes primitivas, de los intactos respetos y de la autoridad incontrastable de los patriarcas. Para ir al templo preceden los cabellos blancos a los grupos de fieles. Y la campana grande alegra a todos; todos los corazones reciben el propio influjo; rige las voluntades un mismo ritmo de impulsión. La campana grande es la lengua de la ciudad; ella despierta reminiscencias de sucesos memorables, orgullos populares y orgullos patricios. Cuando habla, creeríase que un espíritu supremo la inspira y que anuncia, en su idioma de bronce, la piedad del cielo.

Visión de los altares de llamas y pétalos. Son del potente órgano de Pamplona; voces angelicales de los niños; clamores de los sochantres; un velo de incienso envuelve y aroma la ancha nave: ese misterioso y litúrgico perfume que tiene figura corporal, encarnado en su humo fugitivo, es el ambiente en que pueden dejarse entrever, bajo las cúpulas eclesiásticas, los seres puros del Paraíso. Y el cuerpo mismo, al aspirarlo, mientras el alma se eleva con la plegaria, goza en una como sagrada sensualidad. Visión del sacerdote: la simbólica del gesto; el poder de las evocaciones divinas: la hostia, nieve sobre la pompa de los oros y la gracia ascendente de los cirios, ¡Suena, suena, haz estallar tu alma por tus tubos, órgano de Pamplona que toca el organista de barba larga.

Y he ahí que un niño meditabundo está arrodillado delante del sacrificio. Id al Himalaya, y entre las más blancas nieves de la más alta cumbre, buscad el copo que en sí contenga la blancura misma: esa es su alma. Id al Sarón bíblico y, entre todos los lirios, escoged el que escogería para entrar en el Paraíso la más pura de las bienaventuradas: esa es su fe. Y ese niño, en medio de su oración y de su contrición, siente un eco nuevo en lo secreto de su ser, eco que responde a la inmortal anunciación de la Lira.

¡Palmas! La procesión ha aparecido ya; hacia el azul del Señor dirigen las alas las jaculatorias; las músicas tienden en los aires sus arcos de harmonías; del campanario, como de un sacro y encantado palomar, desbandadas de palomas, de palomas de oro, los himnos de las campanas se ciernen sobre las gentes. Hosannas de los trombones y violines; hosannas de las plantas; hosannas de los celestes violoncelos. Bajo la seda y el oro de un palio pomposo como una casulla de gala, va Jesucristo sobre una asna; el prefecto lleva la asna del fiador. Obra de desconocido e ingenuo escultor de la escuela quiteña, Nuestro Señor está hermoso y real sobre su cabalgadura. Sus atavíos son los de un arzobispo; lleva magna capa sostenida por un paje eclesiástico; sus ojos dulces miran como si mirasen lo infinito; su cabellera nazarena le cae en rizos sobre los hombros; su mano derecha, detenida en un gesto hierático, bendice al mundo. Así va, seguido de gran muchedumbre, sobre las alfombras policromas y olorosas, bajo las arcadas de banderolas. Pendientes de los arcos, veis curiosas cosas: frutas doradas, cestos de flores, pelicanos con el pecho herido, garzas reales, águilas y palomas, monstruosos caimanes, inauditas tarascas, serpientes y quimeras.

El olor de la tierra húmeda únese a la exhalación perfumada de las enormes flores de palmera, gruesos chorros de oro impregnado de fino óleo aromoso, y cuyos granos son, para los naturales, a manera de primitivos confetti. ¡Palmas! Por todas partes veréis la inclinación gallarda de los ramos sonoros y frescos, imprimiendo al conjunto extraño, como un concepto de belleza antigua y peregrina. Palmas llevan los viejos; mujeres y niños hay coronados de palma. Y la procesión va por la calle mayor, la calle Real, con una solemnidad llena de gozos y fragancias. Y he allí que al llegar a un punto dado, bajo el más bello arco de colores, hay una hermosa granada de plata que deja entrever granos de oro. Y cuando el palio pasa debajo de ella, y el Señor del Triunfo se detiene un instante, la bella fruta oriental se abre, como reventada de sol y de savia, y de su seno vuelan, como un grupo de mariposas que se pusiesen en libertad, hojas impresas que lleva el aire sobre la muchedumbre, y que tienen, en honra de Jesucristo triunfante, versos. ¡Versos! Sí, versos rimados malamente, sentidos buenamente; logro inapreciable para la muchedumbre que acompaña al Nazareno, que, con la diestra, en un gesto hierático, bendice al mundo. ¡Oh, potestades de los cielos! ¡Vosotras podéis ver quién, cual si fuese un infante real, siente como hecha de un oro divino su corona de palmas del Domingo de Ramos! Es ese niño que ha llegado de la iglesia, y está cerca de la anciana abuela de cabellos crespos y recogidos como una marquesa de Boucher.

Es ese niño meditabundo, triste en su alegría, como si estuviese sintiendo ya la llegada de su Viernes Santo. ¡Es ese niño que ha rimado los versos infantiles de la granada oriental, símbolo de su corazón, que se abrirá para regar por ley infalible, sobre la tierra sus íntimas armonías, los perfumes misteriosos de su sangre vital, la esencia de su pobre alma, enferma desde entonces, de la recóndita y adorada enfermedad del ensueño!

Y aquella palma mística es para él un símbolo. Sus ojos pueriles miran de pronto, como en un vago éxtasis, una figura, que cerca del Cristo lleva una palma en la mano. Es una figura de maravilloso aspecto, semejante a un arcángel, vestida de fortaleza y de luz; su frente aureolada se destaca sobre el profundo y sacro azur; su diestra alza en la mano una imperial palma de oro; su voz suena con harmonía intensa y dominante, como la voz de un dios: «¡Yo soy, oh, niño, exclama, quien te viene a hechizar y arrastrar para siempre en el triunfo del Domingo de Ramos! He aquí la palabra simbólica: ¡Yo soy la Gloria! Yo vengo a mostrarte el miraje de las soñadas Babilonias de plata, los sublimes Eldorados, las Jerusalenes que han de atraer tu pensamiento y tu sér todo, pues has nacido predestinado para desconocidos padecimientos, por amor de las Visiones y la pasión de las Palmas!»

Y el niño escucha aquellas palabras, sintiendo en su débil persona como la insuflación de una vida nueva; y su pequeño corazón palpita en un desconocido propósito de obrar y realizar cosas grandes.

Más tarde, las palmas del domingo guárdanse en las casas de los creyentes, como poderosos e invencibles talismanes. Queda junto a los retablos antiguos, junto a los santo-cristos que guardaban los lechos familiares, los ramos que el tiempo seca, y que las canículas doran y tornan más sonoros y livianos. Cuando suenan los truenos y caen los aguaceros diluviales bajo el cielo negro cebrado de relámpagos, fórmanse de las palmas benditas del Domingo de Ramos coronas salvadoras. Coronados de palmas, los habitantes de la ciudad feliz no temen las amenazas de la tormenta. Y he aquí que el niño triste, precoz enamorado de la Lira, sembró en el huerto de su corazón y en el jardín de su suerte un ramo de aquellas frescas hojas, y el ramo, a pesar de crueles inviernos, de ásperos huracanes, de voraces langostas, de hoces afiladas, ha crecido y producido otros ramos nuevos.

De allí ha cortado, en este día esplendoroso, sus dos palmas gallardas, la pobre alma que hace su peregrinación a Jerusalén, como sostenida por cuatro alas angélicas que enviara un bondadoso decreto del Padre de la Esperanza.

—«¡Vengo de Jerusalén»!, dice mi pobre psique. Y he aquí que miro en sus ojos más luz, y en sus mejillas una pura y juvenil llama de sangre. Vuelve reconfortada, para arrostrar las tinieblas y elementos que la combaten en el habitáculo del debil y vibrante cuerpo. Pues es ella la víctima ofrecida, por la ley suprema, a las fuerzas desconocidas que ponen cerco a su frágil domicilio. En la bóveda del cráneo, son los pensamientos y los sueños que nacen entre las marañas del cerebro; los nervios que, como una cruel túnica, se extienden; las pasiones que se desatan por las puertas de los sentidos; y el omnipotente y tentacular pulpo del sexo cuya cueva obscura es el sepulcro. Después, las luchas del Mundo y del Demonio encarnados en la Maldad ingénita y en la Estupidez humana; los truenos de la vida, las rachas, los ventiscos de las rudas horas amargas, de odiosa espuma; los relámpagos de la concupiscencia; los rayos de la soberbia; las lívidas nubes de la envidia; los aborrecimientos desconocidos; los granizos inmotivados; la Mujer—¡Misterium!—con su arcana misión de pecado y de llanto; el crimen; y, sobre todo, en el fondo de esa implacable tempestad, guardianes de la vasta Puerta del Universo: obscuro, obscuro, el dolor; pálida, pálida, la Muerte...

¡Dame, alma de mi infancia, una hoja de tu palma bendita para coronar mi frente!

HOMBRES Y PAJAROS

Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí lo que suele verse en los jardines de París, especialmente en las Tullerías y en el Luxemburgo. Mientras al amparo de las alamedas saltan los niños o juegan con sus aros y las nodrizas cuidan de sus bebés, y en los bancos hay lectores de diarios, y más allá jugadores de «foot-ball», y paseantes que flirtean, o estudiantes que estudian, o pintores que cazan paisajes, y en las anchas filas de las fuentes, al ruido del chorro de agua, minúsculos marinos echan sus barquitos de velas blancas y rojas, unas cuantas personas cumplen con una obligación sentimental y graciosa que se han impuesto: dar de comer a los pajaritos. Generalmente, los únicos que aprovechan son los gorriones, los ágiles y libres gorriones de París. Hay también las palomas, pero las palomas no son las que más gozan de la prebenda. Parecen estar fuera de su centro, de lugares en donde reinan solas, sin competencia ni reparto: la plaza de San Marcos de Venecia, o las cercanías del palacio Pitti, en Florencia. Aquí, pues, son los gorriones, pequeños e interesantes vagabundos, opuestos a la vida normal de las abejas, por ejemplo, y que esperan por estudioso biógrafo un Maeterlinck alegre.

No lejos del Arco del Carrousel, en que la guerra y la Ley están representadas, un grupo de gente de diversas condiciones y edades, forma valla, mira en silencio. Un hombre de aspecto tranquilo y serio, cerca del césped, sobre el que salta y vuela una inmensa bandada de gorriones, saca de su bolsillo un pan y lo desmenuza. Luego, comienza a llamar: ¡Juliette!... Y una fina gorrioncita se desprende de la bandada chilladora y saltante, y se va a colocar en la cabeza, en los hombros, en la mano del hombre. «Louise, Jean, Friederic, Mimi, Toto, Mussette».

Los pájaros libres del jardín, que entienden por sus nombres respectivos, van todos a la voz que les llama. Y es un revoloteo incesante alrededor del amigo que regala, y una fiesta a que, por otra parte, están completamente acostumbrados. Unos cazan la miga al vuelo, otros la toman en la mano, otros la recogen del suelo.

El hombre les habla, les acaricia, les regaña. Prends garde, gourmand. «Ten cuidado, glotón». «No seas atrevido, Robert». «Señorita, así no se come»... «Insolentes, ahora vais a ver». Les trata con naturalidad, con amistad, con confianza, con familiaridad. Todos ellos le conocen, y él conoce a todos ellos, a pesar de tener todos igual uniforme, y de no haber nada más semejante a un gorrión, como una gota de agua a otra gota de agua. Y se ve que ese personaje, cuyo nombre todos ignoran, tiene verdadero amor por sus pajaritos, y que no falta un solo día, desde hace muchos años, a cumplir con su amable tarea, de manera que, si faltase una sola vez, habría verdadera alarma entre el mundo alado que puebla los ramajes de las Tullerías, y que si llegase a faltar para siempre, los pobres animales estarían de duelo, a menos que su alma en libertad fuese visible para ellos en la transparencia de los aires.

Mas, en verdad, una vez se ausentó, enfermo de la vista, y hubo duelo entre los pájaros y gozo a su retorno.

En el jardín del Luxemburgo, cerca del palacio, al lado de las galerías del Odeón, muchas veces he encontrado a diferentes personas que dan de comer a los pajaritos; pero, sobre todo, no dejo nunca de ver a un viejecito, de aspecto venerable, de ropas modestas, que lleva en su solapa la cinta de la Legión de Honor. ¿Qué sabio, qué poeta será? ¿O qué filósofo anciano que venga con un espíritu semejante al de su antepasado Descartes a admirar la mano de Dios, y a «conocer y glorificar al obrero por la inspección de sus obras?» Otras veces, es un caballero enorme, que se sienta en los bancos para llenar su obligación, varón de gordura extraordinaria, que tiene una cabeza de niño gigantesco. Los pájaros se le posan sobre el extensísimo pecho, sobre los hombros de elefante, le revuelan por el magnífico vientre, y en ramilletes temblorosos se le prenden de las manos regordetas, llenas de bizcochos. No puedo de dejar de pensar: bueno, como todos los gordos. Cerca de él una viejecita de luto, con un niño, reparte también su ración. A veces conversa con los pájaros, a veces con el niño, a ambos les habla con el mismo tono. Los animales conocen a todos, pero con el anciano de la Legión de Honor hay mayores relaciones. Le siguen, cuando les deja, a saltitos; se diría que le hablan en su idioma; se le sientan en el veterano sombrero de copa; le llaman de lejos. El se vuelve; los sonríe; parece que se despide hasta el día siguiente.

Y nada es más suavemente impresionante, en la frescura de la mañana o en la melancolía de la tarde. Acaba uno de leer los diarios, de ver la obra del mal, del odio, la lucha de las pasiones, el hervor de los vicios. Larga lista de crímenes, de escándalos, de injusticias. Los asesinatos, las infamias, las intrigas, todo el endemoniado producto de una inmensa ciudad de tres millones de habitantes. Va uno por los bulevares, y ve pintada en la mayor parte de los rostros con que se encuentra, la codicia, la ferocidad, la vanidad y la lujuria; habla uno con prójimos, con conocidos, llenos de hieles, de ponzoñas, de vitriolos; encuentra uno más allá, astucias, intrigas, rebajamientos, prostituciones, la caza al sou, la caza al franco, la caza al luis, al billete, al cheque, los aires de neurosis que soplan sobre las terrazas; los asesinos elegantes; los espadachines cobardes; los ambiciosos; los ratés; la vergüenza de abajo; los crímenes de arriba; Sodoma por una parte y Lesbos por otra; lo artificial entronizado; las podredumbres cotidianas; la farsa continua, la negación de Dios. Y hay aquí estas gentes que vienen a dar de comer a los pajaritos...

Sí, porque París tiene un vasto cuerpo; es un vasto cuerpo como el cielo de Swedenborg, o el universo de Campanella. Tiene un organismo propio, semejante a los astros de Bruno, animali intellettuali: tiene una cabeza, unos brazos, un corazón, un vientre y un sexo; tiene sus grandes pensamientos, sus grandes sentimientos, y sus buenas y malas acciones, y sus bellos gestos y la banda gris del Sena que refleja los diamantes celestes.

Por el barrio en que habité está el cerebro, está la cabeza. Por algo, en el argot parisiense, sorbonne quiere decir cabeza. Allí está el órgano pensante, la juventud de las escuelas, las grises piedras que vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos cuantos meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan en el porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los maestros. Es el Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de Medicina, todas las escuelas y laboratorios y en donde se forman y se desarrollan los sabios, y aprenden a concretar sus sueños los artistas. Es el Panteón, son los museos.

Las cátedras de ese centro están en actividad. Profesores y alumnos siguen por el camino comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el ruido de la humanidad, se busca cómo penetrar el misterio de las cosas, cómo mejorar la existencia; la filosofía investiga, induce, deduce; la ciencia experimenta, analiza; se labora por el mejoramiento social, por el perfeccionamiento individual. De las cátedras se extiende un continuo río de ideas, de que benefician la industria, el comercio, la salud. Y los ojos de París están también allí, en el Observatorio, escudriñando la altura, fijos en los astros.

A un lado y otro se extienden los brazos. Es el París que trabaja, las extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar, los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son brazos robustos e inteligentes, y también terribles.

El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y el casino de las naciones.

Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese corazón quiere hablar se llama Severine, como se llamaba Luisa Michel. El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que, viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los pajaritos.

No hay que reir mucho de Margot si llora por el melodrama, y si viejas solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar el lado cómico de las Sociedades protectoras de animales. No debe ser ridiculizado ningún sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la naturaleza—paisajes, animales, flores o aguas—y las simpatías por las manifestaciones amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin anonadar nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía epicúrea, tengamos la pasión del universo, la tendencia a nuestra unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de los bosques o la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del espíritu que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni jaula, que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de esta Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad, amante de claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el amor de las rosas y de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es un medio de comunicación con lo Universal, con la divinidad. Maeterlinck, en el libro admirable que conocéis, ha oído la iniciada voz de Virgilio:

Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus.
Athereos dixere: Deum manque ire per omnes.
Terrasque tractusque maris, extumque profundum.

Nada más conmovedor que la petición que, hace algún tiempo, dirigieron al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.

Sabido es que en ambas partes a los pájaros cantores, para que canten mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del divino Melesígenes, que también supo ser armonioso sin los suyos...

En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del instituto han intercedido por los ojos de los pajaritos.

Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas cosas, que hallan todo sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas a los que no se levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus rentas por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una buena perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé que en filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la crueldad. Pero esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los cuales iría yo a dar un abrazo al hombre que da de comer a los pajaritos...

PRIMAVERA APOLINEA

I

Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud, mucha juventud: un poeta. Habla:

—Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres, puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso: ¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi íntima volición.

Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra me señaló un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a las agitaciones proletarias, y aun adolescente, me juzgué determinado a rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente audaces y rimé sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades, fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde iba, sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana, vibrantemente personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de ensueños y de ideas.

Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fuí a buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los pesebres. Creí—aurora irreflexiva—en la fuerza del odio, sin comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una como furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas. Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el gran rebaño». Yo lo soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades, mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito cristiano me inspiró en aquella hora y la estrofa que otras veces abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.

Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades. Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fué de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de la miseria. Y surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo, es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la penuria de los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fuí a buscar hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se encabritaba en veces,

¡bravo potro salvaje
que no ha sentido espuelas de jinete!

No pude nunca comprender el rebajamiento de las voluntades, las villanías y miserias que manchan en ocasiones las más finas perlas. En ocasiones huía de la ciudad y hallaba en la inmensidad pampeana vuelos de poemas que se confundían con ansias íntimas. El ritmo universal se confundía con mi propio ritmo, con el correr de mi sangre y el hacer de mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las muchedumbres. Vivía cara a cara con la pobreza, pero en un ambiente de libertad, de libertad y de amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro de ilusiones y de ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento, de vacilaciones. Consagréme caballero de la rebeldía, pero sintiendo siempre las dificultades de todo tiempo. Llegué a comprender las fatalidades, de la injusticia, y mi simpatía fué a los grandes caídos, Satán, Caín, Judas. Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan ancha y larga, y vi más allá del mar el porvenir. Solicité los éxodos y ambicioné la vida heroica. El Océano fué una nueva revelación para mis alas mentales. El amor mismo fué animador de mis designios de conquista. En el viejo continente proseguí en mis anhelos libertarios. Tomé parte en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí los alaridos de la Bestia policéfala y creí en el mejoramiento de la humanidad por el sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las antiguas leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas amplias y sonantes. «La historia del viejo ombú despertó el alma de las tres razas que dormían en mí». Y el viento de Europa, el soplo árido, al mover mis largos cabellos, me infundió un nuevo y desconocido aliento.

Y luego fué como un despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia. Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del sufrir humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos, y, sobre todo, en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de claridad. Y que el sol, la fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se tienen con amar.

II

Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en una hora armoniosa en que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire de oro. El cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias de artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica, y con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.

Y salimos al hervor de París.

VISIONES PASADAS

LA MAREA

Una vaga tristeza flota en la costa extensa y solitaria, cuando baja la marea. El agua de la bahía panameña se retira a largo trecho. Los muelles aparecen alzados sobre sus cien flacas piernas de madera. La playa está cubierta de un lodo betuminoso y salino, donde resaltan piedras deslavadas y aglomeradas conchas de ostras.

Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado, o con las quillas hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y apretada entre cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos rojos y oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.

Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus pangaschatas. A la orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado en un remo, un chileno robusto canta entre dientes una zamacueca. Empieza a oirse el apagado y suave rumor del agua que viene. Suena el aire a la sordina.

La primera barca que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento. De allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la vela radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y sus convulsivas agitaciones.

El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al paso de un río en la floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se deshace.

¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh, buen viento de la tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje, cuando alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas. Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro, risueño y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a pescar, todavía con la divina modorra de su poderoso y sutil opio. Y canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes, para los pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las velas, por el mar de la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como el inmenso y misterioso océano.

A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)

El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals. Vea usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás, en medio de la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una mujer valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas. Como ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos suyos, le sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a aquellos con que la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de Mayo. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor, infinitas veces, que el empuje de ese enorme y poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?

Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que allá abajo hay palmas y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de Bolívar, hace frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren! La soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos amables solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con Edda Pombo. ¡Qué envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo permitan, heridas, ¡ay, por dolores hondos y flechas implacables!—iré, señora, a la Vía Láctea, a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del paraíso. Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un clavel, y en la

enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo daré a una suave y pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la ofrecerán su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a su alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima, para que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás de esta blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede en la vida. El alba, que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento; dichoso el monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda, ¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor? Cuando llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria, la flor que lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que allá abajo, sobre las rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus iris... El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.

LA VIRGEN NEGRA (Havre).

En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman a este divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso de la Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar y el campo.

El zócalo de su estatua está vestido de verdura por una fresca invasión de enredaderas. La Virgen Negra es patrona de los marineros. Desde su trono de piedra muestra su niño Jesús al mar; y por ella, muchos hijos de pescadores ven llegar a la casa pobre, después de las tempestades, blancas barcas chorreando agua salada.

¡María Stella! La estrella del mar tiene al Dios hijo en los brazos. ¡Orgullosa con su delfín, franceses! Esa reina de la Francia celeste, en su maternidad, es la que libra de los vientos y de las rocas vuestras barcas, y la que hace madurar vuestras uvas, que dan la sangre y las danzas. Vosotros, campesinos de Orcher, marineros del Havre, sabéis hacer su fiesta con el canto de los campanarios, los cirios nuevos y las ofrendas florales.

Ella, que es estrella de la mañana, es también el faro, la estrella de la noche. Cuando el sol se va queda su sol sublime. ¡Stella Vespertina! Encarnada en el más duro de los metales, ha puesto en él su enternecimiento y su gracia. Así esa gran Virgen, formidable en su bronce, tiene el propio encanto, la misma humildad materna de las vírgenes delicadas de los lienzos y de las místicas esculturas policromas que están en los templos. De todas las manos que a ella se tienden bajo la tormenta, ¿cuál es la que no halla apoyo? Tú, que te hundes, no tienes en tus labios sino palabras de blasfemia y de desesperanza...

El milagro existe. El milagro lo cuentan pescadores canosos, domadores de vientos. El que no cree en el milagro, no ha rogado nunca en una inmensa desgracia, no ha tenido jamás el momento de pedir llorando, con el alma, un algo de su piedad y de su dulzura a la madre María. Ella tiene siempre la sonrisa en sus místicos labios. Ella tiene a cada instante el gesto de salvación, la mirada de aliento, lo que apacigua a Behemot, y lo que detiene a Leviathan.

Su hermosa cabeza imperial y maternal se mueve entoldada por un zodiaco de virtudes. La ola enorme del mar que ella tiene a sus pies, no hace su obra brutal si ella la mira. Cada bruma le reza, cada espuma le canta. El vago y fugitivo iris tiene siempre, para que ella pase, listo su puente. Las gaviotas vuelan alrededor de la media luna que ella pisa.

«Madre María—dice la golondrina—, ya volví de la tierra de Africa.»

«Madre María—dice la anciana abuela—, ¿nada malo ha pasado al grumete?»

«Madre María—dice una mariposa blanca—, la niña rubia que aguarda al novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»

Y en el campo cercano, más allá de las «villas», donde los árboles se ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que ama su fuerte buey y su caballo normando.

El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por la cosecha, por la felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la madre, escucha asimismo la plegaria del cultor.

Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar, porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para todos.

Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad, y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.

LOS MISERABLES

LOS MISERABLES

Los «gueux» franceses, los «tramps» yankis, los «atorrantes» argentinos.

El «Gueux».

Quien haya visto en ciertos paseos, en la banlieue, o bajo arboledas hantées, como dice el pequeño poema de Baudelaire, la figura grotescamente miserable de ciertos desheredados de la suerte, de ciertos malditos de la vida, de ciertos parias del arroyo, ¿no ha sentido al mismo tiempo la repugnancia y la lástima?

Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros de todas las formas imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y las narices rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes: hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus lugares preferidos.

¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas, o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.

La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.

Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los tiempos y las costumbres.

El gueux de la Francia de hoy no es el mismo de la época de Villón. Especiales causas políticas y sociales engendraron aquellos vendangeurs de costé, aquellos temibles mendigos y rateros que adoptaron por patrono, cosa curiosa en verdad, al rey David: «David, le roy, seige prophète».

Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable Notre Dame, la célebre Corte de los Milagros. Villón, en sus Testamentos, ha dejado una pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le nom de tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes les filles et de tous les mauvais lieux; item connaît-il celui de tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats du guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs, lieurenant criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous les cachots et tous les gibets.»

Tan les conocía, que estuvo a punto de ser entregado al Monsieur de París, de entonces, como el mismo Gringoire.

La diferencia que se puede notar entre los miserables de antaño y los de nuestra época es que sobre aquéllos parece que hubiera flotado un aire de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las clases, la tristeza, el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos, de sus hambres y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja reir, porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos distrae a los gueux, que son amigos de las farsas y de las locuras.

Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces, los angelz, están listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren los lugares sospechosos.

En cuanto a la Corte de los Milagros, se componía de gentes activas, en su peligrosa industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos ciegos, etc., etc. De todo eso hay hoy también. Los castigos eran crueles y se aplicaban con frecuencia. Maître François Villón solía predicar la moral entre las turbas de vagabundos endiablados, al mismo tiempo que escribía sus célebres baladas en el jargon de la poco noble «camaradería».

De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de los gueux parisienses ha cambiado por completo.

Nuevas ideas, nuevos elementos, han producido distintos resultados. Obsérvese con Malato cuántos cambios no ha traído, por ejemplo, la introducción del uso de ciertos estimulantes, de alcoholes nuevos, de bebidas que desconocieron las generaciones anteriores. Y con los alcoholes, las negras filosofías. Existe en la alta Italia una enfermedad que se llama pellagra, y que proviene de exclusiva alimentación compuesta de polenta y castañas. Así, ciertos libros han causado en el pueblo una como pellagra moral, y el principal síntoma de la terrible dolencia es una amarga tristeza, que se revela hasta cuando habla el alma del desheredado de la vida, del paria, por boca de sus cancioneros.

Arístides Bruant, el aeda de los gueux, canta en su Mirliton:

T’es dans la rue, va, chez-toi!

La casa del mendigo, del hambriento, es la calle: la misma de los canes sin dueños. Como ellos, los caídos, están en su casa, van por todas partes en sus horribles déshabillés, se tambalean, se tienden en los bancos de los jardines públicos. La miseria les arranca hasta el último jirón de vergüenza. No son ya hombres. Y por la noche, junto a las avenidas obscuras, cerca de los puentes solitarios, o en innominables tabernas, quien les habla al oído es el crimen.

Bruant es un conocedor admirable de ese bajo mundo de París en que se agitan todas las miserias que su filosofía de cancionero sabía pintar y compadecer en su Cabaret.

«Yo no sé, escribe un conocedor del dueño del Mirliton, que nadie comprenda mejor que Bruant, y exprese como él en su verdadero «argot» la inconsciencia de esos parias de la sociedad, que ¡Dios mío! no son más malos que el común de los mortales ¡y cuán interesantes!» Yo les condenaba; pero después que les he visto de cerca y he leído a Bruant, les excuso, y no experimento por el condenado que oye del fondo de su celda levantar el cadalso, más que una inmensa piedad. Se quiere hacer de la mayor parte de los criminales seres irresponsables. Serían sobre todo inconscientes, como una de las formas de la irresponsabilidad; pero, en todo caso, es Bruant quien ha puesto primero el dedo en la llaga. Ciertamente, el cancionero harto disculpa las fechorías y hazañas del «apache» y de la peligrosa compañera de éste; mas la caridad y la compasión tienen sus límites, y la sociedad y justicia tienen que ver como enemigos a esos sombríos desventurados que saben, entre otras cosas, dar el coup du père François, lo mismo que una puñalada, al pobre transeunte que, en hora propicia al crimen, tiene la desgracia de pasar cerca de ellos.

En la canción de Bruant A’ Saint-Ouen, uno de esos parias sociales muestra su áspera vida. En el primer couplet dice cómo, en un mal día, a la orilla del Sena, fué engendrado. Después, desde niño, está condenado a trabajar como un negro para comer. En esa infancia no hay una sola sonrisa. En la juventud, el amor es sencillamente canino.

Y el final:

Enfin, je n’ sais pas comment
on peut y vivre honnêt’ment,
c’est un rêve;
mais on est récompensé,
car, comme on est harassé,
quand on crêve...
l’cim’tière est pas ben loin,
á Saint-Ouen.

Es la absoluta sujeción a la fatalidad, el acatamiento a las leyes de la suerte y la renuncia y olvido de toda esperanza. En Heureux, Bruant presenta al viejo vagabundo, en tiempo de invierno. Cuando le muerde las carnes la brisa fría y la necesidad de descansar le hace buscar un refugio, él se va tranquilamente a meterse como un ratón en su cueva, entre los tubos viejos del acueducto.

Et puis, doucett’ment, on s’endort...
 
Alors on sent comme un’caresse,
on s’allong’ comm’dans un bon pieu...
Et l’on rêv’ qu’on est à la messe
où qu’, dans le temps, on priait l’ bon Dieu.

La miseria en París tiene muchísimas fases. Sus tipos varían, desde el clásico personaje de arrugado sombrero de pelo y levita indescriptible, hasta la madre mendiga, el «apache» siniestro, el «rigolard», etc.

La caridad no puede matar tantas hambres, por más que se establezcan lugares donde haya sopas baratas o gratuitas; y por su parte el anarquismo, con la idea de su soupe-conférence, hábilmente fundada y dirigida por los «compañeros» Rousset y Onin, mientras daba el alimento que podía a los hambrientos, les predicaba sus doctrinas; y la lógica les entraba por el estómago.

“El Tramp”.

Si hay un sér que tenga grande semejanza con el atorrante argentino, aparte de su mayor tendencia criminal, es el que en los Estados Unidos se llama tramp.

Para hacer la comparación, baste con presentar el tipo, apoyados en Fred. S. Root, quien ha tratado el asunto en una conferencia, hace ya tiempo.

El tramp ¿es un ladrón, un vagabundo, un asesino, un mendigo? Sí y no.

El tramp, como le llaman en los Estados Unidos, y especialmente en el Canadá, es un producto extraordinario de nuestra moderna civilización. Puede tener todos los defectos, y ser tramp sin tener ninguno. Como el atorrante.

El tramp, en su calidad de mendigo de profesión, es fácil de conocer y de describir. Se presenta a la puerta de una villa, por ejemplo, y pide una limosna. Su rostro inflamado denuncia una vida de débauche, y sus vestidos desgarrados y en desorden son una verdadera caricatura de todo lo que es decente y elegante; sus ojos hundidos tienen miradas agresivas, y cuando se fijan, parecen decir: «Dame de comer pronto, o quemo tus establos y la casa, y asesino al dueño».

El tramp vagabundo es perezoso, borracho muy frecuentemente, lleno de todos los vicios, y de un trato brutal. En una palabra, es el terror de los lugares poco poblados, y el problema de las grandes ciudades.

Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado 852.000 tramps, los cuales, con muy pocas excepciones, debían su estado a la intemperancia.

Existe, sin embargo, otra especie de tramps, que no pertenece a la clase de los tramps mendicantes: es el tramp por fuerza, digámoslo así.

El tramp puede reunir en sí todo lo que hay de abominable, puede tener todas las depravaciones y todos los vicios; pero es un hecho innegable que el tramp obrero ha sido obligado a serlo, a causa de los cambios industriales de este siglo.

Hace cincuenta años, el tramp no existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por qué existe hoy, y por millares? Al procurarse una civilización más refinada, ¿los hombres han llegado a ser más indolentes? ¿Es acaso por decreto de la providencia, que el tramp está llamado a invadir la América entera? ¿El tramp llega a serlo, por no ser suficientemente inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El cristianismo del siglo XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son estos problemas de no fácil solución.

¿Por qué en América, donde el suelo es generoso hasta la prodigalidad, hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No hay campos que ondulan verdaderos mares de trigo?

Hay sus causas indudablemente. Esos tramps que no lo son sino por necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y aun querrían volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto inútiles los útiles, e inútiles a muchos obreros.

Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a caballo las grandes llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin encontrar la más humilde habitación, allí donde antes de la invención de las máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres.

Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a la distribución de la riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y los ponen al alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los primeros efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los obreros de su única fortuna: el trabajo.

Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito del fermier inglés son debidos a la falta de máquinas propias para dar impulso a la producción de sus tierras.

Por la sola razón de las máquinas, millares de obreros son despedidos de las fábricas; las máquinas que reemplazan a los trabajadores pueden ser manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un enorme aumento de cesantes en todos los centros industriales, de desempleados que no encuentran empleo. Los obreros van de ciudad en ciudad, en espera de encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por la pendiente que les hace caer en la dantesca región del tramp.

No todos los tramps pertenecen a esa clase, en verdad; pero un gran número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso de que hubiesen 100.000 hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos. Empujado por su mala situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre comienza a desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene dos salidas enfrente: el suicidio, o la vida del tramp.

La falta de trabajo es, pues, una de las principales causas de la existencia de este parásito social. La emigración continua es otra, y esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna especialidad pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero esos constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos de los tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres) disminuyen constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los tranways están tan mal remunerados? Porque los directores de las compañías pueden encontrar al mismo precio cuantos cocheros y conductores quieran.

En los diarios se leen avisos como éste:

«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un enfermo de enfermedad contagiosa.»

Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen veinticuatro horas. Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de que hemos hablado.

Otra gran causa de que exista el tramp obrero, son las detenciones de los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo: hace algunos años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los trabajos mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que aquellos individuos se ganaban una suma de ocho millones de dólares, a causa del alza.

Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que se encuentran a la cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro, pueden, a su gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio de las materias primas, deteniendo la producción.

Con esos detalles es fácil darse cuenta de que el tramp, es decir, el hombre errante de plaza en plaza, fatigado, extenuado, en busca del trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de un sistema industrial desorganizado y establecido contra todo principio de humanidad.

La llegada anual a los Estados Unidos de muchos cientos de miles de emigrantes, creó una gran población en los centros industriales, y en consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin empleo.

Ese problema del tramp, del gueux, es uno de los más formidables de nuestra época, por la sola razón de que las causas que lo producen no le dan ninguna esperanza de alivio.

¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados Unidos aquellas plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos negros cuadros del barrio italiano, o del Bowery?

El «Atorrante»

El atorrante argentino ha llenado antes la población, a medida que ha ido en aumento la vida europea, por decirlo así.

La inmigración ha ayudado entonces, como en los Estado Unidos, al desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que la miseria toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.

Que también existe como en todas las grandes ciudades la industria del mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria está la verdadera, que ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la policía; la segunda a la caridad.

La Nación, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años una comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta exacta de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata del atorrantismo, sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas que no tienen qué comer, y que en las noches crudas de invierno tiritan de frío. No tienen ni cama, ni colchones, ni frazadas, ni nada con que poder hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los animales, siendo ésta la causa principal, si no la única, de las enfermedades que padecen».

Y hoy pasa lo mismo.

El atorrante duerme a la bartola, se quema la sangre con venenosos aguardientes, y así pasa las noches heladas. O si no, se deja morir acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y amanece comido de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre los muelles, o en cualquier oscuro rincón.

Desilusionados italianos, franceses, ingleses, españoles, rusos, hombres de todas partes, componen ese vago ejército. Viven, se alimentan y mueren cínicamente; es decir, como los perros.

A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del sociólogo, pues encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los verdaderos necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos generosas.

PARÍS NOCTURNO

He aquí el crepúsculo. El cielo toma un tinte rojizo. El abejeo de las vías humanas se acentúa. Monsieur se viste, Madame inspecciona singularmente sus cabellos, sus hombros, sus ojos y sus labios. Los autos vuelven del bosque como una enorme procesión de veloces luciérnagas. La ciudad enciende sus luces. Se llenan las terrazas de los bulevares, y se deslizan las fáciles peripatéticas, a paso parisiense, en busca de la buena suerte.

Los anuncios luminosos, a la yanki, brillan fija o intermitentemente en los edificios, y los tzíganos rojos comienzan en los cafés y restaurants, sus valses, sus cake-wals, sus zardas, y su hoy indispensable tango argentino, por ejemplo: Quiero papita.

Un pintoresco río humano va por las aceras, y la tiranía del rostro, que decía Poe, se ve por todas partes. Son todos los tipos y todas las razas: los yankis importantes e imponentes, glabros y duros; los levantinos, los turcos y los griegos, parecidos a algunos sud-americanos; los chinos, los japoneses y los filipinos, con quienes se confunden por el rostro de Asia; el inglés, que en seguida se define; el negro de Haití o de la Martinica, afrancesado a su manera, y el de los Estados Unidos, largo, empingorotado y simiesco, alegre y elástico, cual si estuviese siempre en un perpetuo paseo de la torta. Y el italiano, y el indio de la India y el de las Américas, y las damas respectivas, y el apache de hongo y el apache de gorro, y el empleado que va a su casa, y la gracia de la parisiense por todas partes, y todo el torrente de Babel, al grito de los camelots, al clamor de las trompas de automóvil, al estrépito de ruedas y cascos, mientras las puertas de los establecimientos de diversión o de comercio echan a la calle sonora sus bocanadas de claridad alegre.

El morne Sena se desliza bajo los históricos puentes, y su agua refleja las luces de oro y de colores de puentes, barcos y chalanas. El panorama es de poesía. En el fondo de la noche calca su H de piedra sombría Notre-Dame. De las ventanas de los altos pisos sale el brillo de las lámparas. En la orilla izquierda del gran río parisiense, por donde hay aún gentes que sueñan, artistas y estudiantes, el movimiento en la luminosidad de bulevares y calles se acentúa, y autobuses y tranvías lanzan sus sones de alerta. Mimí, modernizada, pasa en busca de, sonríe por, o va del brazo con Rodolfo, el Rodolfo del vigésimo siglo. Ya no se ve entrar a las cervecerías y cafés el béret de antaño, y junto a las mesas se oyen, tanto como el francés, las lenguas extranjeras, sobre todo los varios castellanos de la América nuestra. Un japonés de sombrero de copa flirtea con una muchacha rubia; un negro fino y platudo se lleva a la más linda bailadora de Bullier. Aunque Bullier no sea ya como antes, a él acuden los que gustan de la danza en el país de los escolares. Así, después que ha pasado la comida en la taberna del Panteón para unos, para otros en bouillons o crémeries, propicios a la economía o a la escasez, es a Bullier, donde principalmente se dirigen, como no sea a algún cine o cabaret de cancionistas. Después los cafés se llenan, los discos de fieltro se multiplican en las mesitas; hasta que el vecindario que tranquilo duerme se suele despertar por la madrugada, a los cantos en coro de los noctámbulos.

En la orilla derecha, por la enorme arteria del bulevar, los vehículos lujosos pasan hacia los teatros elegantes. Luego son las cenas en los cafés costosos, en donde las mujeres de mundo que se cotizan altamente se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón mejor, cuando no es un azucarerito francés como el que aun se recuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo va en decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que mantenga la tradición.

Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia está el lugar famoso que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas damas enarbolan los más fastuosos penachos, presentan las más osadas túnicas, aparecen forradas academias o traficantes figurines, para gloria de la boîte y regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universales efebos de todos colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo la urgente influencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales establecimientos de los bulevares, se consagra la noce verdaderamente parisiense, para el calavera de París, o d’ailleurs, que cuenta con las rentas de un capital, o con los productos de una lejana estancia, puesta, hacienda, rancho, fundo o plantación.

Por la calle del faubourg Montmartre y de Notre-Dame-de-Lorette, asciende todas las noches una procesión de fiesteros, tanto cosmopolitas como parisienses, afectos al Molino-Rojo y a las noches blancas.

Nadie tiene ya recuerdos literarios y artísticos para lo que era antaño un refugio de artistas y de literatos. Además, se sabe ya la mercantilización del Arte. Pero existen Montoya y otros que no quieren que la Musa sea atropellada por el automóvil.

Lo incómodo para la ascensión a la sagrada butte es la afluencia de apaches de todas las latitudes y de apachas de todos los tonos. Cuando se llega ya bajo la iluminación del Molino-Rojo, si se tiene la experiencia de París, acompañada de un poco de razonamiento, entra uno a un cabaret artístico; si se es el extranjero recién llegado con cheques u oros en el bolsillo, entra a esos establecimientos llenos de smokings, relucientes de orfebrería, adornados de espaldas esbeltas y por el rojo de los tziganos, y en donde la botella de champaña obligatoria se ostenta en la heladera.

Estas son las casas con nombres de abadía rabelesiana o de roedor difunto. Allí, los indispensables violinistas hacen bailar a las hetairas, o heteras, que convierten en champaña los luises de los gentlemen ciertos o dudosos; danzarines de España, o de Italia, o de Inglaterra, demuestran las tentaciones de las jotas, garrotines, tarantelas, o gigues; M. Berenger no estaría muy tranquilo desde luego si presenciase tales ejercicios coreográficos, y sobre todo cuando las machichas brasileñas y los tangos platenses son interpretados con floriture montmartresa, exagerando la nota en un ambiente en que la palabra pudor no tiene significado alguno. Pero como esos centros no son para las niñas que comen su pan en tartines, como aquí se dice, están en tales fiestas a sus anchas quienes vienen de los cuatro puntos del mundo en busca del fabuloso París, eternamente renombrado como el paraíso de las delicias amorosas y de los goces de toda suerte. A pesar de lo que se diga, es para el amante de la diversión y del jolgorio, para los derrochadores del dinero y de la salud, un imán irresistible. El chino en su China, el persa en su Persia, el más remoto rey bárbaro y negro que haya pasado por el paraíso parisiense, recordará siempre sus encantos y pensará en el retorno.

Es que, si en cualquier gran ciudad moderna puede encontrarse confort, lujo, elegancia, atracciones, teatros, galanterías, en ninguna parte se goza de todo eso como en París, porque algo especial circula en el aire luteciano, y porque la parisiense pone en la capital del goce su inconfundible, su singular, su poderosísimo hechizo, de manera que los reyes de otras partes, reyes de pueblos, de minas, de algodones, de aceites, o de dólares, a su presencia se convierten en esclavos, esclavos de sus caprichos, de sus locuras, de sus miradas, de sus sonrisas, de su manera de andar, de su manera de hablar, de su manera de recogerse la falda, de comer una fruta, de oler una flor, de tomar una copa de champaña, de oficiar, en fin, como la más exquisita sacerdotisa de la diosa hija de la onda amarga, patrona de la ciudad de las ciudades, y cuyos devotos y peregrinos habitan todos los países de la tierra.

París nocturno es luz y único, deleite y armonía; y, hélas! delito y crimen... No lejos de los amores magníficos y de los festines espléndidos, va el amor triste, el vicio sórdido, la miseria semidorada, o casi mendicante, la solicitud armada, la caricia que concluye en robo, la cita que puede acabar en un momento trágico, en el barrio peligroso, o en la callejuela sospechosa.

Mas los felices no se percatan de estas cosas. Los que van al bar elegante en un 40 H. P. no piensan en el proletariado del placer. Ni el extranjero pudiente viene a fijarse en tales comparaciones. El ha venido con la visión, con el ensueño de un París nocturno, único y maravilloso. Halla todo lo que necesita para sus inclinaciones y sus gustos. Sabe que con el oro todo se consigue, en las horas doradas de la villa de oro, en donde el Amor transforma ese rincón de alegría, en donde hace algunos años todavía se soñaban sueños de arte y se amaba con menos desinterés. Aun los tiempos del Chat noir se recuerdan con vagas nostalgias. ¡Se dice que los artistas de hoy, los mismos artistas! no piensan más que en la ganancia, y que el asno Boronali, del Lapin Agile, es el único artista verdaderamente independiente. Así, los hombres cabelludos y con anchos pantalones y con pipas, que se ven por Montmartre, no son artistas siquiera. El talento mismo, en ellos no es ciego; no lleva venda, cuando más un monóculo, que por lo general es un luis de Francia, una libra esterlina, o un águila americana. Y ese amor que no ciega, en París se ve mejor de noche que de día.

POEMAS DE ARTE

I. La isla de los muertos.

En qué país de ensueño, en qué fúnebre país de ensueño está la isla sombría? Es en un lejano lugar en donde reina el silencio. El agua no tiene una sola voz en su cristal, ni el viento en sus leves soplos, ni los negros árboles mortuorios en sus hojas: los negros cipreses mortuorios, que semejan, agrupados y silenciosos, monjes-fantasmas.

Cavadas en las volcánicas rocas mordidas y rajadas por el tiempo, se ven, a modo de nichos obscuros, las bocas de las criptas, en donde, bajo el misterioso, taciturno cielo, duermen los muertos. La lámina especular de abajo refleja los muros de ese solitario palacio de lo desconocido. Se acerca, en su barca de duelo, un mudo enterrador, como en el poema de Tennyson. ¿Qué pálida princesa difunta es conducida a la isla de la Muerte?... ¿Qué Elena, qué adorable Yolanda? ¡Canto suave, en tono menor, canto de vaga melodía y de desolación profunda! Acaso el silencio fuese interrumpido por un errante sollozo, por un suspiro; acaso una visión envuelta en un velo como de nieve...

Allí es donde comienza la posesión de Psiquis; en esa negrura es donde verás quizás brotar, pobre soñador, de la obscura larva, las alas prestigiosas de Hipsipila. A tu isla solemne ¡oh, Boeklin! va la reina Betsabé, pálida. Va también, con un manto de duelo, la esposa de Mauseolo, que pone cenizas en el vino. Va Hécuba, y ¡horrible trance! va silenciosa, mordiendo su aullido, clavando sus dedos en los dolorosos, maternales pechos. Va Venus, sobre su concha tirada por las blancas palomas, por ver si vaga gimiendo la sombra de Adonis. Va la tropa imperial de las soberbias porfirogénitas, que amaron el amor al mismo tiempo que la muerte. Va en un esquife divino, con un arcángel por timonel, la Virgen María, herido el pecho por los siete puñales.

II. Idilio marino.

Más allá de las solitarias islas en donde descansan los pájaros viajeros, en el reino en que Leviatán domina, sobre una roca, está entronizada la Vencedora, en la irresistible omnipotencia de su desnudez.

En su blanca piel está la sal, el perfume marino de Anadiómena, y la serpiente de las olas hace ver una vez más, amorosa y humillada, el soberano triunfo del encanto femenino. Europa sobre el lomo del toro, la Bella y la Fiera, la Mundana del pintor moderno, que, desnuda, corta las uñas al león. Un tritón velludo y escamoso hace cantar su ronco caracol, en tanto que el monstruo recibe una caricia de la tentadora mujer, que bajo el inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su supremo impudor.

III. Sirenas y tritones.

Con más sonoridad que el ruido del caracol, suena la risa del tritón, que muestra su cabeza de sileno oceánico, ceñida con hojas de las desconocidas viñas que crecen en los campos submarinos, y rosas de una flora extraña e ignorada, cortadas entre líquenes y flotantes medusas. Tras él se infla una faz batraciana, boca redonda y carnuda, ojos saltones. Se ven danzar las ondas. En el seno de una se hunde, con un salto natatorio, una ninfa de opulentos muslos, que tiene aletas en los talones. Más allá, otra erige sus pechos, y su cabeza coronada de algas. Con asombro jocoso viene un Sancho centauro acuático, braceando; la grupa está sobre la ola, y la espuma le forma un cerco hirviente y blanco por la redondez de la barriga, en la cual muestra su honda mancha, como la señal de un golpe de espátula, el ombligo.

En primer término, en la transparencia del agua, una sirena extiende su bifurcada y curva cola de pescado, negro y plata; a flor de espuma, tiembla la doble rotundidad en que termina el talle.

La faz medrosa mira hacia un punto en que algo se divisa, y casi no atiende la hembra al tritón fáunico, que la atrae, invitándola a una cita sexual, tal como en la tierra, al amor del gran bosque, lo haría Pan con Siringa.

IV. Día de Primavera.

Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos, señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro vestido blanco, y vuestra alma blanca. Yo tendría mi negro dolor. Procuraría haceros soñar dulces sueños, y el laúd no tendría para vos sino los más acariciadores sonidos.—Sí, dice ella, mas esa villa italiana... ¿no será la morada de la más infeliz de las mujeres? Los árboles sombríos forman un misterioso recinto de duelo. El agua de los arroyos parece monologar extrañas historias de amores difuntos. El crepúsculo inunda, con su tenue tinta de melancolía, todo el paisaje. El anciano que contempla meditabundo las ninfas, parece la encarnación de un triste pasado. Los niños que juegan cerca de la «villa», no alcanzan a hacer que mi alma encuentre una sola nota de alegría.

Nuestra alma, a veces, contagia con sus males el alma de las cosas.

V. Los Pescadores de Sirenas.

Péscame una ¡oh, egipán pescador! que tenga en sus escamas radiantes la irisada riqueza metálica que decora las admirables arenques. Péscame una, cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real marino, y cuyos costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a orientales abanicos de pedrería; péscame una que tenga verdes los cabellos, como debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan fosforescencias raras y mágicas chispas, cuya boca salada bese y muerda, cuando no cante las canciones que pudieran triunfar de la astucia de Ulises, cuyos senos marmóreos culminen florecidos de rosa y cuyos brazos, como dos albos y divinos pithones, me aten para llevarme a un abismo de ardientes placeres, en el país recóndito en donde los palacios son hechos de perlas, de coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se divierten en la costa de alguna ignorada Lesbos, Tempe o Amatunte, son ciertamente malos pescadores. El uno, viejo y fornido, se apoya en un grueso palo nudoso, y mira con cómica extrañeza la sirena asustada y poco apetecible que su compañero ha pescado. Este saca la red, y no parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la sirena chorrea el agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las testas bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje, mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la antorcha del sol.

CURIOSIDADES LITERARIAS

Hablábamos varios hombres de letras de las cosas curiosas que, desde griegos y latinos, han hecho ingenios risueños, pacientes o desocupados con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés tanto como al derecho, guardando siempre el mismo sentido, acrósticos enrevesados, y luego, prosas en que se suprimiera una de las vocales en largos cuentos castellanos.

Entonces, yo les hablé de una curiosidad, en verdad de las más peregrinas, que hice insertar, siendo muy joven, en una revista que dirigía allá en la lejana Nicaragua un mi íntimo amigo. Es un cuento corto, en el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. No encontraréis otra vocal más que la a. Y os mantendrá con la boca abierta. ¿Su autor? Sudamericano, seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia. Ignoro e ignoré siempre su nombre. He aquí la lucubración a que me refiero:

AMAR HASTA FRACASAR

(Trazada para la A.)

La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada.—Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.

Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar trataban, mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.

La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata, para agarrar adahalas. ¡Bravas agallas!—¿Mas bastaba tal cabala?—Nada ¡cá! ¡nada basta a atajar la llama aflamada!

Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar! gratas pasan para apalambrarlas al alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!

Pasaban las añadas. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta para afrancar a Ana, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡cá! ¡nada faltaba para andar al altar!

Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara a cara. ¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más malas a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara, atalantadas a las palabras:—¡acá! ¡acá! ¡atrapad al canalla-mata-damas! ¡amarrad al rapaz!—Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; más nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara ¡vanas palabras! nada alcanza. Amarra a Blas, Marta manda a Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana falta!

¡Bárbara Marta! avara bajasa, al atrancar a Ana tras las barbacanas sagradas (algar, fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca! ¡Asparla, alafagarla, matarla! tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas; cada alba más aflatada, aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar, tras Casa Blanca, asayaba, allanar las barras para atacar la alfana, sacar la amada, hablarla, abrazarla...

Ha ya largas mañanas trama Blas la alcaldada: para tal, habla. Al rayar la alba, al atalaya, da plata, saltan las barras, avanza a la playa. La lancha, ya aparada, pasa al galán a la Habana. ¡Ya la has amanada gran Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana! ¡Ah! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán ¡avanza, galán, avanza!

Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán, mas la tapada, taparanla más. Aplaza la hazaña...

Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata hablar a Ana, para Ana nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:

La barca lanzada
allá al ancha mar
arrastra a la Habana
canalla-rapaz.
Al tal mata-damas
llamaban asaz,
mas jamás las mata,
las ha para amar.
Fallar las amarras
hará tal galán,
ca, brava alabarda
llaman a la mar.
Las alas, la alaba,
la azagaya... ¡Bah!
nada, nada basta
a tal batallar.
Ah, marcha, alma Atala
a dar grata paz,
a dar grata andanza
a Chactas acá.


Acabada la cantata, Blas anda para acá, para allá, para nada alarmar al adra. Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La alma. La alma la da al galán. Afanada llama a ña Blasa, aya parda ña Blasa, zampada a la larga, nada alcanza la tal llamada; para alzarla, Ana la jala las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la da ahajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la parda da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa aldaba tras aldaba hasta dar a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para, para Blas!

Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!

—¡Amada Ana!...

—¡Blas!...

—¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!

—¡Ah, jamás!

—¡Alma amada!...

—¡Abraza a Ana hasta matarla!

—¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!...

A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para Málaga la fragata Atlas. La cámara daba lar para Blas, para Ana...

Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava, brava, lanza a la playa la fragata: la vara.

La mar trabaja las bandas: mas brava, arranca tablas al tajamar; nada basta a salvar la fragata. ¡Ah, tantas almas lanzadas al mar, ya agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada para acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah! tantas brazadas, tan gran afán para nada; hállala, mas la halla ya matada. ¡Matada!... Al palpar tan gran mal nada bala ya, nada trata alcanzar. Abraza a la amada. «¡Amar hasta fracasar!» clama... Ambas almas abrazadas bajan a la nada. La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más... ¡ca! ya Ana hablaba a Blas para pañal, para fajas, para zarandajas. «¡Mamá, ya, acababa Ana. Papá, ya, acababa Blas!...»

Nada habla la Habana para sacar a plaza a Marta, tras las pasadas; mas la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.

 

Et voilà. ¿Quién me dirá el nombre del autor?


Publicado el 28 de abril de 2016 por Edu Robsy.
Leído 26 veces.