Sandokan, el Rey del Mar

Emilio Salgari


Novela



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Índice

CAPÍTULO I - UNA EXPEDICIÓN NOCTURNA
CAPÍTULO II - UN AUDAZ GOLPE DE MANO
CAPÍTULO III - UN COMBATE TERRIBLE
CAPÍTULO IV - SIR MORELAND
CAPÍTULO V - A LA CAZA DEL REY DEL MAR
CAPÍTULO VI - LOS MISTERIOS DE SIR MORELAND
CAPÍTULO VII - EN EL MAR DE LA SONDA
CAPÍTULO VIII - LA ISLA DE MANGALUM
CAPÍTULO IX - LA TRAICIÓN DE LOS COLONOS
CAPÍTULO X - EL REGRESO DEL REY DEL MAR
CAPÍTULO XI - EL CRUCERO DEL REY DEL MAR
CAPÍTULO XII - EN AGUAS DE SARAWAK
CAPÍTULO XIII - EL DESASTRE DEL MARIANA
CAPÍTULO XIV - EL «DEMONIO DE LA GUERRA»
CAPÍTULO XV - EL ÚLTIMO CRUCERO
CAPÍTULO XVI - EL HIJO DE SUYODHANA
CONCLUSIÓN

CAPÍTULO I - UNA EXPEDICIÓN NOCTURNA

—¡Señor Yáñez, por aquel agujero de allí abajo veo brillar una luz!

—Ya la he visto, Sambigliong.

—¿Será algún prao que esté anclado en la rada?

—No; más bien creo que se trata de una chalupa de vapor. Probablemente, la que ha conducido hasta aquí a Tremal-Naik y a Damna.

—¿Acaso vigilarán la entrada de la rada?

—Es muy posible, amigo mío —respondió tranquilamente el portugués, tirando el cigarrillo que estaba fumando.

—¿Podremos pasar sin ser vistos?

—¿Crees que van a temer un ataque por nuestra parte? Redjang está demasiado lejos de Labuán, y lo más probable es que en Sarawak no sepan todavía que nos hemos reunido. A no ser que ya tengan noticia de nuestra declaración de guerra. Además, ¿no vamos vestidos corno los cipayos del Indostán? ¿Y no van vestidas ahora lo mismo que nosotros las tropas del rajá?

—Sin embargo, señor Yáñez, preferiría que esa chalupa o ese prao no estuviera aquí.

—Querido Sambigliong, no dudes que a bordo estarán todos durmiendo. Les sorprenderemos.

—¡Cómo! ¿Vamos a asaltar a esos marineros? —preguntó Sambigliong.

—¡Naturalmente!. No quiero que queden a nuestras espaldas enemigos que luego podrían molestarnos en nuestra retirada. Dejaremos libre el camino para que el Rey del Mar no se vea precisado a venir en nuestro socorro, teniendo, como tendría, que arrimarse a la costa. Podría dar un encontronazo con algún escollo. Supongo que no habrá mucha gente en esa chalupa, prao o lo que sea, y nosotros somos bastante ligeros de manos. No hay que hacer uso de las armas de fuego: solamente deben funcionar los kriss y los parangs. ¿Me habéis entendido?

—Sí, señor Yáñez —contestaron varias voces.

—Pues entonces, ¡adelante y en silencio!

Esta conversación se sostenía a bordo de una gran chalupa que avanzaba al impulso de doce remos y que iba ocupada por catorce hombres, los cuales vestían el pintoresco traje de los cipayos de Sarawak: un jubón de paño rojo, pantalón de tela blanca, un pequeño turbante, también blanco, y zapatos de punta vuelta.

Doce de dichos hombres tenían un color de tez muy oscuro, asemejándose mucho a los malayos, o, por lo menos, a los dayakos; En cambio, los otros dos eran de raza caucásica, y vestían uniformes de oficiales.

Todos ellos eran gente robusta, altos y musculosos; cerca de sus respectivos asientos llevaban carabinas de fabricación india, pesados sables de hoja muy larga y puñales ondulados, los famosos y temibles kriss malayos.

La chalupa, que avanzaba silenciosa y velozmente, dirigida por Yáñez, que iba al timón, se encaminaba hacia una bahía muy amplia que se divisaba en la costa occidental de la isla grande de Borneo, por la parte que la bañan las aguas del golfo de Sarawak.

A pesar de que la noche era oscurísima, la chalupa avanzaba sin ninguna vacilación, deslizándose por entre las escolleras coralíferas que asomaban entre dos aguas, a babor y a estribor, y contra las cuales se deshacía la resaca con prolongados mugidos.

Iba con rumbo a un pequeño punto luminoso que se vislumbraba en el fondo de la rada, y que tan pronto se elevaba como descendía, como si fuera zarandeado por continuas sacudidas.

Ya había penetrado la chalupa en aquella ancha abertura de la costa, cuando el hombre blanco que iba sentado al lado de Yáñez, y que parecía un guapo mozo de veinticinco o veintiocho años, de contextura maciza, con la barba cortada a lo americano y que vestía el uniforme de subteniente, preguntó:

—Capitán Yáñez, y si nos interrogan, ¿qué vamos a contestar?

—Que llevamos víveres al fortín de Macrae —contestó el Portugués, que había encendido otro cigarrillo. —¡Realmente, parece que nuestra chalupa va cargada de todo cuanto Dios ha creado!

—Y así que hayamos Puesto borda con borda, ¿caeremos sobre ellos?

—Sí, señor Horward. Nosotros los piratas no vacilamos jamás en tirarnos a fondo enseguida. Sí es una chalupa de vapor, usted se encargará de ponerla rápidamente en presión, de ese modo los remolcaremos enseguida, después de haber dado el golpe.

—¿Confía usted en el resultado?

—Plenamente, señor Horward. Dentro de dos horas, Tremal-Naik y Damna estarán a bordo de nuestro buque: yo se lo aseguro.

—¡Ustedes Ion admirables!

—¡Cómo que estamos acostumbrados a correr toda clase de peligros y aventuras! —contestó el portugués—. También ustedes los americanos tienen buena sangre en las venas.

—¡Oh!

De aquella embarcación, que todavía no podía precisarse bien si era un prao o una chalupa, salid una voz que gritó:

—¿Quién vive?

—¡Somos amigos, que llevamos víveres al fuerte de Macrae!

—Tenemos orden de prohibir toda clase de desembarco hasta que amanezca,

—¿Quién ha dado esa orden?

—El capitán Moreland, que está en el fortín esperando a que su barco se haya aprovisionado de carbón.

—Entonces, esperaremos cerca de vosotros hasta que amanezca.

Enseguida, volviéndose hacia el maquinista americano y hacía Sambigliong, que estaba cerca de él, dijo, a media voz:

—No sabía que hubiese un barco por estas aguas. ¡El capitán Moreland! ¿Quién será?

—Sin duda, algún inglés que estará al servicio del rajá de Sarawak —contestó el americano.

—¡Pues el barco se quedará sin el jefe! —dijo Sambigliong —, ¡Le haremos prisionero junto con la guarnición del fortín!

—¡Despacio, querido! —dijo Yáñez —. En ese fortín puede haber más gente de la que nosotros pensamos, y nuestro juego es, sobre todo, de astucia, Además, es preciso que no sospechen nada, puesto que ahí tenemos la chalupa encargada de aprovisionarlos,

—Eso es una verdadera suerte, señor Yáñez —dijo el americano.

—No digo que no, ¡Mire usted si me había equivocado! Es una chalupa de vapor y no un prao. ¡Muchachos, estad prontos!

—¡Acercaos —gritó de pronto una voz ronca —, u os largo un metrallazo!

—¡Y asesinaréis a unos compañeros! —contestó Yáñez —. Pero debo advertir que no soy un dayako, sino un oficial del rajá.

El hombre que había formulado la amenaza, murmuró algunas palabras que Yáñez no pudo oír.

La chalupa estaba ya tan cerca, que se la podía ver perfectamente, pues estaba alumbrada por un gran farol colocado en lo alto de la chimenea.

Se trataba de una barcaza de una docena de metros de longitud, ancha de costados, con puente y armada con un pequeño cañón, situado en la proa. Algunos hombres vestidos de blanco, y que parecían indostanos, por los turbantes que llevaban, estaban apoyados en la borda.

—¡Echad un cable! —dijo Yáñez, mientras que sus malayos alzaban los remos y cogían los parangs, ocultándolos luego bajo los bancos.

Desde a barcaza arrojaron una cuerda, y Sambigliong, que había pasado a proa, la cogió enseguida.

—¡Listos! —susurró Yáñez a sus hombres —. ¡En cuanto yo dé la orden, saltad a bordo!

En pocas brazadas, la chalupa se encontró al lado de la barcaza, Yáñez y el americano pasaron rápidamente a bordo de la segunda.

—¿Quién es el que manda aquí? —preguntó el portugués, con voz imperiosa.

—Yo soy, señor —contestó, haciendo un saludo, un indostano que llevaba en la manga los galones de sargento —. Usted me perdonará, señor teniente, si he amenazado con ametrallarlos; pero el capitán Moreland me ha dado órdenes severísimas, y no puedo permitirle que desembarque...

—¿Dónde está el capitán?

—En el fortín.

—¿Y su barco?

—En la boca del Redjang, delante de la entrada septentrional.

—¿Están todavía en el fortín los prisioneros?

—¿Ese hindú y su hija?

—Si —dijo Yáñez.

—Ayer estaban todavía; pero creo que tan pronto como se haya aprovisionado de carbón el buque del capitán, los transportará a Sarawak.

—¿Teme algo?

—Un golpe de mano de los tigres de Mompracem. Se dice que se han lanzado al mar para hacer la guerra al rajá y a Inglaterra.

—¡Tonterías! —dijo Yáñez —. Todos han huido hacia el norte de Borneo. ¿Cuántos hombres hay aquí?

—Ocho, señor teniente.

—¡Ríndete!

Antes de que el sargento, sorprendido, se diera cuenta de su situación, ya el portugués le había cogido por el cuello con la mano derecha, mientras que con la izquierda le apuntaba al pecho con una pistola de las que llevaba al cinto. Al ver aquello, los doce tigres que componían la tripulación de la chalupa saltaron rápidamente a la barcaza, y cayeron sobre los otros indostanos, con los parangs levantados.

—¡El que oponga la menor resistencia, es hombre muerto! —gritó Yáñez.

El sargento, que debía de ser hombre de valor, trató de librarse de las manos del portugués y de sacar el sable, y gritó a su tropa:

—¡Coged las carabinas!

Horward, el americano, que se había colocado detrás de él, le sujetó por la mitad del cuerpo, y le hizo rodar hasta el fondo de la barcaza, mediante una zancadilla aplicada en el momento oportuno.

Cuando vieron caer a su sargento y que los piratas estaban dispuestos a hacer uso de los parangs, la tripulación ya no se atrevió a moverse.

—¡Sambigliong, ata al sargento! Y vosotros, desarmad a todos y encerradlos bien asegurados debajo del puente.

La orden fue ejecutada inmediatamente, sin que los indostanos se resistieran.

—Ahora —prosiguió el portugués, sentándose al lado del sargento, a quien habían atado a la amura —, si quieres salvar la piel, hablemos un poco. Será inútil que te obstines en callar, porque nosotros conocemos el modo de hacer que cantes, aunque fueras realmente mudo. ¿Cuántos hombres hay en el fortín de Macrae?

—Cincuenta, contando con el capitán y un teniente del rajá.

—¿Quién es ese sir Moreland?

—Se dice que ha sido teniente de la marina angloindia.

—¿Y qué es lo que ha venido a hacer aquí?

—No lo sé, señor. Se cree que está en muy buenas relaciones con el rajá de Sarawak y que goza de la protección del gobernador de Labuán. Sólo sé que manda un hermoso barco de vapor, armado de un modo formidable.

—¿Entonces, es inglés?

—Eso dicen —respondió el sargento —, aun cuando es de color muy oscuro.

—¿Qué bandera enarbola su barco?

—La del rajá de Sarawak.

—¿Qué distancia hay de aquí al fortín?

—Una milla escasa.

—Te concedo la vida, y te regalaré diez libras esterlinas. Señor Horward, usted permanecerá aquí con dos de los nuestros, y mientras regreso, encenderá usted la máquina. Necesitaremos la barcaza dentro de algunas horas. El resto de los hombres se embarca conmigo.

Luego, volviéndose de nuevo hacia el sargento, añadió:

—El fortín está en una altura, ¿no es cierto?

—Frente a nosotros —contestó el indostano —. Es la única elevación que hay en esta costa.

—Muy bien. Permanecerás prisionero hasta que regresemos, y si estás tranquilo, te dejaremos libre en seguida. ¡Buenas noches y buena guardia, señor Horward!

—¡Buena suerte, capitán Yáñez! —contestó el americano.

El portugués volvió con Sambigliong y nueve hombres más a la chalupa, y dio la señal de partida.

La embarcación se apartó de la barcaza y se dirigió hacia la playa, que se encontraba a trescientos o cuatrocientos pasos, y contra la cual se estrellaba la resaca, extendiéndose las olas por ella a lo largo de un buen trecho.

Los once hombres desembarcaron y dejaron la chalupa en seco; cambiaron los parangs por las carabinas, y cargaron con grandes cestos, que parecían muy pesados.

—¿Estamos dispuestos? —preguntó Yáñez.

—Sí, capitán —contestaron todos.

—Dejadme hablar a mí solamente, y estad prontos para lo que ocurra.

—Seremos mudos.

—¡Adelante, valientes! ¡Los tigres de Mompracem no temen a los mamelucos del rajá de Sarawak!

Mientras tanto, la niebla que hasta entonces había ocultado las estrellas, se había ido disipando, y Yáñez distinguió inmediatamente la altura donde estaba emplazado el fortín; tanto más cuando que el resto de la costa era una llanura.

Aquel pelotón de hombres se puso en marcha en medio del silencio más profundo. Yáñez iba alumbrando el camino con una linterna que había cogido de la chalupa, y cuya luz podía verse a gran distancia, dado lo oscuro de la noche.

Por la otra parte de la duna descubrieron una especie de sendero que serpenteaba por entre las plantaciones de índigo, y que parecía dirigirse hacia la elevación; los tigres se internaron por aquel camino, marchando en fila.

Veinte minutos más tarde llegaban al pie de la minúscula colina, que apenas tendría unos doscientos metros de elevación, y en cuya cumbre se vislumbra confusamente una especie de pequeño torreón, rodeado de casas y del recinto fortificado.

—Sí no están durmiendo o no son ciegos, a estas horas ya deben de haber visto la luz de mi linterna —dijo el portugués —. ¡Ah, mí querido señor Moreland; Ya verás cómo te la juegan bien los tigres de Mompracem Después de esto, Sandokan se encargará de tu barco, puesto que tienes uno.

Un estrecho sendero en zigzag conducía hasta el fortín,

Después de haber descansado un rato, para que sus hombres reposaran, pues las cestas que llevaban eran muy pesadas, Yáñez comenzó a subir, con el sable desenvainado.

Cuando ya estaba el pelotón a mitad de la cuesta, se oyó una voz que gritaba, desde uno de los taludes del fortín:

—¿Quién va?

—¡El teniente Jarshon con cipayos de Sarawak, que traen víveres para el fortín, por orden del capitán Moreland!

—¡Esperad!

Se oyeron unas voces; enseguida brillaron luces en la empalizada, y por último, tres hombres que parecían dayakos, aun cuando llevaban el traje típico de la India e iban armados con carabinas, se dirigieron hacia el grupo. Uno de ellos era portador de una antorcha.

—¿De dónde viene usted, señor teniente? —preguntó uno de los tres hombres.

—De Kohong —contestó Yáñez —. ¿El capitán Moreland está todavía levantado?

—Ahora acaba de cenar con los prisioneros.

—¡Muy tarde se cena en Macrae!

—Es que el capitán no vino hasta después del anochecer.

—Pues condúceme enseguida a su presencia; tengo que comunicarle noticias muy graves.

—¡Sígame usted, señor teniente!

Yáñez se puso detrás, murmurando entre dientes:

—¡He aquí un detalle que no había previsto! Si al verme aparecer, Tremal-Naik y Damna lanzaran de improviso un grito de sorpresa... ¡En guardia, mi querido Yáñez! ¡Estás jugando una partida peligrosa!

El grupo atravesó un puente levadizo, dos recintos y un gran patio descubierto, y se detuvo ante una construcción de mampostería bastante amplia, que estaba coronada por una pequeña torre. Los rayos de luz salían por las ventanas de la planta baja.

—Vaya usted, señor teniente: el capitán está ahí —dijo uno de los dayakos —. ¿Doy alojamiento a los hombres que le acompañan?

—Por ahora, no; déjalos en el patio,

Envainó de nuevo el sable, aseguró las pistolas en la faja, cambió una rápida mirada con Sambigliong, y, aparentando una calma suprema, entró en el saloncito, iluminado por una linterna china de papel pintado al óleo. Delante de una mesa ricamente servida se encontraban tres personas: un capitán de marina, Tremal-Naik y Damna.

CAPÍTULO II - UN AUDAZ GOLPE DE MANO

Cuando Tremal-Naik y Damna vieron entrar a Yáñez, vestido de aquel modo tan desusado de él, se levantaron como movidos por un resorte, y quedaron con la boca abierta, a punto de proferir un grito de sorpresa, que hubiera sido muy natural en aquella ocasión, pero que el audaz portugués temía grandemente, por sus fatales consecuencias. Una rápida mirada de éste lo detuvo a tiempo en los labios de ambos.

Por fortuna, el capitán Moreland, que daba la espalda a la puerta y a quien se le enredó la correa del sable en el respaldo de la silla, cuando iba a levantarse, no pudo sorprender aquella imperiosa mirada.

El portugués dio media vuelta sobre los talones, se cuadró y llevó la diestra a la visera del casco de corcho cubierto de franela blanca, y saludó militarmente.

El capitán era un arrogante joven de unos veinticinco años, de elevada estatura, con ojos negros que parecían llamear, una barba fina y negra que le proporcionaba un aspecto altivo, y la piel muy bronceada. Diríase que le corría por las venas más sangre indostana o malaya que europea, a pesar de la pureza de líneas de sus facciones, que eran más caucásicas que indostanas.

—¿De dónde viene, señor teniente? — preguntó en purísimo inglés, después de haberle mirado largamente.

—Vengo de Kohong a traer a usted víveres, de parte del gobernador. ¿No los esperaba usted, capitán?

—Sí; había pedido provisiones, porque aquí no es posible encontrarlas.

—Botellas y productos europeos, ¿no es eso?

—Sí, es verdad — contestó el capitán —. Pero no era necesario que me enviaran un oficial para traerme eso: bastaba con algunos soldados.

—No se atrevía a comunicarles las noticias que me ha encargado que transmita a usted personalmente.

—¿Noticias?

—¡Y graves, sir Moreland!

—¿Es usted el comandante de la guarnición de Kohong?

—Sí, capitán.

—Usted no es inglés.

—No, señor; soy español, y desde hace algunos años estoy al servicio del rajá de Sarawak.

—¿Y qué es lo que tiene usted que decirme?

Yáñez señaló a Tremal-Naik y a Damna, que permanecían en pie, inmóviles y llenos de asombro, pero sin pronunciar una sola palabra ni hacer el más pequeño movimiento que pudiera poner en guardia al capitán.

—¡Tiene usted razón! — dijo sir Moreland, sonriendo —. ¡Son mis prisioneros!

Se volvió hacia Tremal-Naik y Damna, y les dijo con extremada cortesía:

—Dispénsenme ustedes que me ausente por algunos minutos.

«¡Vaya! — pensó Yáñez —. ¡No les trata como a prisioneros, sino como a huéspedes! ¿Qué es lo que significa esto? ¡Aquí hay gato encerrado!»

Siguió la dirección de la mirada del capitán, y vio que la fijaba insistentemente en la muchacha, la cual bajó los ojos ruborosamente.

«¡Ah! ¡Demonio! — pensó el portugués, arrugando el entrecejo —. Parece que se entiende la sangre angloindia. ¡Tendría que ver!»

El capitán abrió una puerta lateral, e introdujo a Yáñez en un gabinete muy elegante y amueblado al estilo de la India, con ricos tapices, muebles ligeros, pequeños divanes de telas orientales con hilos de oro, y grandes vasos de bronce con relieves colocados en los ángulos.

Una lámpara en forma de globo, un poco opaca y de color azulado, esparcía una luz ligeramente velada sobre los tapices, haciendo brillar sus recamados argentinos.

—Nadie puede oírnos, teniente — dijo el capitán, después de haber cerrado la puerta con llave y haber dejado caer un pesado cortinón de brocado antiguo.

—¿Sabe usted, capitán, que los tigres de Mompracem han declarado la guerra a Inglaterra y al rajá de Sarawak, su protegido? — dijo Yáñez,

—Ayer me lo comunicó el rajá por medio de un correo — contestó sir Moreland —. Pero, ¿es que están locos?

—No tanto corno usted cree — respondió Yáñez —, Recuerde usted que fue Sandokan el que deshizo y arrojó de aquí a James Brook, cuando éste se hallaba en todo su auge y se creía invencible.

—¡Aquéllos eran otros tiempos, teniente! Y, además, ¡desafiar a Inglaterra! ¿Ignoran, Quizá, que el poderío naval inglés es temido, incluso por los Estados europeos? Esos locos harán algún crucero con sus praos por estas aguas, y a los primeros cañonazos quedarán deshechos.

—En eso Precisamente es en lo que está usted equivocado, sir Moreland. No es con sus veleros con lo que emprenderán la guerra. Ayer se vio un enorme barco de vapor a veinte millas mar adentro de Kohong, y llevaba enarbolada la bandera roja de los tigres de Mompracem.

El capitán se sobresaltó.

—¿Cómo es eso?

—Y, según parece, se dirigía hacia estas costas.

—¿Le ha encontrado usted?

—No, capitán.

—¿Y qué es lo que vienen a hacer aquí? ¿Sabrán que tengo anclado mi barco en la segunda boca del Redjang?

—El gobernador de Kohong cree que tratan de asaltar el fortín de Macrae, para libertar a los dos prisioneros, y por eso me envía para que advierta a usted que se los mande en seguida. Yo tengo el encargo de conducirlos en la lancha de vapor que se halla estacionada en la rada.

—Están más seguros a bordo de mí barco.

—Los expone usted a los riesgos de una batalla; sobre todo, siendo ya ahora muy dudosa la victoria. El gobernador preferiría que usted se los enviase. Según tengo entendido, ese mismo deseo se lo ha manifestado también al rajá de Sarawak. Dice que hay que retener, aun cuando sea en calidad de huéspedes, a esas dos personas, para oponer así un obstáculo a la audacia de Sandokan, e impedirle que insurreccione a los dayakos del interior, que siguen siendo aliados suyos desde los tiempos de James Brook.

Sir Moreland permaneció silencioso durante unos instantes, y parecía presa de una preocupación muy honda; al fin, después de algunos momentos de silencio, dijo, con una inflexión de tono muy particular, que no se le escapó al portugués:

—También yo tengo por eso prisioneros a Tremal-Naik y a Damna.

Se pasó la mano por la frente, con un movimiento nervioso, y suspiró.

—¡La fatalidad del Destino! — dijo, como hablando consigo mismo.

Yáñez le observaba atentamente, mientras pensaba:

«¡Qué demonio! ¿Se habrá enamorado este angloindio de los ojos de Damna? ¡Por Dios vivo que me parece un hermoso joven, lleno de fuego y de atrevimiento, y se me figura que es un hombre leal! ¡Probemos a ablandarle!»

Y ya en voz alta, preguntó:

—¿Qué decide usted, capitán?

—El gobernador de Kohong puede estar en lo cierto — contestó sir Moreland, después de un breve silencio —. Los prisioneros serían para mí un embarazo a bordo de mi barco. Además, nunca se puede saber cómo va a terminar una batalla, sobre todo cuando esos terribles piratas andan por medio. Tengo gran confianza en el poder y en la solidez de mi barco y en el valor de mis hombres, que he escogido cuidadosamente, y también en la potencia de mis cañones, que son de los más modernos; pero desconozco la fuerza de mis adversarios, y podría tocarme la peor parte. ¿Cree usted que sabrán dónde está mi Sambai?

—¿Es ése el nombre de la nave de usted?

—Sí — contestó el capitán.

—En Kohong se cree que el Tigre de Malasia y Yáñez lo saben, y no dudan en que le acometerán de un momento a otro.

—Entonces confiaré a usted los dos prisioneros. Pero, ¿me responde usted de ponerlos a salvo?

—Seguiré, la costa marchando por detrás de las escolleras. En aquellos canales interiores hay poca agua, y el barco de los piratas de Malasia no podrá seguirme. ¡Respondo de ellos, capitán!

—Seria mejor que aprovechase usted la oscuridad de la noche.

—Precisamente eso mismo era lo que quería proponer a usted — dijo Yáñez, que a duras penas contenía su alegría.

—¿Cuántos hombres tiene usted?

—Diez aquí y dos en la rada.

—Puede usted utilizar la barcaza de vapor, y de ese modo llegarán a Kohong al amanecer.

—¿Y usted, capitán?

—Yo saldré al mar para ir en busca del Tigre de Malasia. ¡Deseo medirme con ese hombre!

—¿Le odia usted?

—Es un pirata a quien ya es tiempo de domar — se limitó a contestar el capitán —. ¡Sígame usted!

Abrió la puerta y volvió a entrar en el saloncito donde todavía estaban Tremal-Naik y Damna.

—¡Prepárense ustedes para marchar! — dijo, mirando de un modo particular a la muchacha.

—¿Adónde quiere usted llevarnos, capitán? — preguntó Tremal-Naik.

—He recibido orden para que los conduzcan a ustedes a Kohong.

—Pero, ¿es que alguien amenaza al fortín?

—A esa pregunta no puedo contestar.

Yáñez hizo un gesto, fingiendo aprobar lo dicho,

Sir Moreland indicó a los dos prisioneros que debían ir a prepararse; luego, destapó una botella, llenó dos copas y ofreció una al portugués.

—Usted me responde de que no permitirá que los hagan prisioneros, ¿verdad? — preguntó el angloindio, después de haber bebido su copa.

—Si veo algún peligro, me echaré sobre la costa, capitán — contestó Yáñez.

—Los soldados que usted trae, ¿Son gente aguerrida?

—Son los mejores de la guarnición de Kohong. ¿Cuándo voy a tener el honor de volver a ver a usted?

—Pienso zarpar al amanecer y me dirigiré en seguida hacia la ciudadela; a no ser que me detengan los piratas de Malasia. Todavía no desespero de poder vencerlos.

Yáñez esbozó una ligera sonrisa irónica.

—Confío en que así será, capitán – dijo —. ¡Ya es hora de acabar con esos peligrosos salteadores de los mares!

En aquel momento entraban en el saloncito Tremal-Naik y Damna. El primero se había puesto un gran turbante, y la muchacha se había echado sobre los hombros un manto de seda blanca que la envolvía por completo.

—Les daré a ustedes escolta hasta la playa — dijo el capitán —, aun cuando no hay nada que temer.

Al escuchar esta resolución de sir Moreland, Yáñez frunció ligeramente el entrecejo.

—¿Piensa llevar gente consigo? — murmuró, bastante contrariado, pero tan bajo que nadie podía oírle —. ¡Bah! Los reduciremos a la obediencia tan pronto como estemos a la vista del mar.

Salieron todos juntos al patio, donde se encontraban los diez piratas alineados y apoyados en sus carabinas. Cuando vieron aparecer al capitán, presentaron armas con— tal precisión, que el propio Yáñez quedó asombrado.

—¡Son hombres fuertes! — dijo sir Moreland, después de haberlos mirado uno por uno —. ¡Vámonos!

Cuatro de los piratas formaron la vanguardia; detrás se pusieron Yáñez y Tremal-Naik y en seguida, a corta distancia, Damna con el capitán; en último término iban otros seis hombres. Los que iban delante llevaban un farol y tres antorchas para alumbrar el camino, pues el cielo había vuelto a cubrirse con un espeso velo de bruma que impedía que las estrellas proyectaran esa vaga luz que despiden principalmente en la límpida atmósfera de las regiones ecuatoriales.

Un profundo silencio reinaba en la llanura, sobre la cual se elevaba la colina, y sólo era interrumpido por los pasos ligeros del grupo. Incluso la resaca parecía haberse calmado, probablemente a causa del reflujo del mar.

Yáñez iba callado; pero de vez en cuando cambiaba una mirada con Tremal-Naik y le daba con el codo, como recomendándole la mayor prudencia. Detrás de ellos, el capitán dirigía a la joven algunas palabras en voz tan baja, que por más que el portugués aguzaba el oído, no lograba captarlas.

Los piratas, por su parte, caminaban mudos como peces, con el dedo apoyado en el gatillo de sus carabinas, y dispuestos a lanzarse sobre el capitán a la primera orden.

Descendieron de la colina, y siguieron avanzando por entre las plantaciones. Como la senda era muy estrecha, Yáñez aprovechó esta circunstancia para alejarse del capitán.

—Es preciso que estés dispuesto a todo —susurró a Tremal-Naik, tan pronto corno estuvo seguro de que no podían oírle.

—¿Y Sandokan? —preguntó en voz baja el hindú.

—Nos espera dando bordadas.

—¡A qué riesgos acabas de exponerte, Yáñez!

—Había que intentar un golpe de audacia, porque sin vosotros no estábamos libres para dar principio a las hostilidades.

—¿Qué vas a hacer con el capitán? Te pido su libertad, pues él personalmente no nos ha tratado como a prisioneros, sino como a huéspedes.

—No tengo intención alguna de matarle. Asesinarle sería una villanía. ¿Quién es ese hombre?

—Un inglés que está al servicio del rajá, y que antes perteneció a la marina angloindia.

—¿Ese hombre inglés, con esa piel tan bronceada y con esos ojos tan negros? No; más bien creo que es angloindio.

—Yo también he sospechado lo mismo; pero sea lo que fuere, con nosotros se ha portado como un perfecto caballero.

—¡Silencio, ya estamos en el mar!

Pocos minutos después llegaban a la playa, junto al lugar donde se encontraba la chalupa embarrancada en la arena. A una distancia de tres o cuatro cables, humeaba la chimenea de la barcaza. El maquinista americano no había perdido el tiempo.

—¡Empujad hacia el agua la chalupa! — ordenó Yáñez.

Mientras cuatro de los piratas ejecutaban la orden, los restantes se habían colocado en derredor del grupo formado por Tremal-Naik, Damna y el capitán.

Sambigliong se colocó detrás de este último.

En cuanto Yáñez vio que la chalupa ya flotaba, se acercó a sir Moreland, que estaba cerca de Damna y le tendió la mano, diciéndole:

—¡Confíe usted en mí, capitán! ¡Pondré a salvo los prisioneros!

Mientras pronunciaba estas palabras le apretó con tal fuerza la mano al angloindio, que le hizo crujir los dedos y le paralizó el brazo.

Mientras le tenla cogido de este modo para impedir que desenvainara el sable, Sambigliong cogió al capitán por la mitad del cuerpo y le echó al suelo.

Sir Moreland dio un grito de furor.

—¡Ah! ¡Miserables!

Los piratas se precipitaron sobre él, y en un abrir y cerrar de ojos le ataron las manos atrás y le quitaron el sable y las pistolas que llevaba al cinto.

En cuanto pudo ponerse en pie, pues le habían dejado libres las piernas, hizo ademán de arrojarse sobre Yáñez, que le miraba sonriendo silenciosamente.

—¿Qué significa esta agresión? — gritó, pálido de ira —. ¿Quién es usted?

Yáñez se quitó el casco y saludándole con ironía, contestó:

—¡Tengo el honor de presentarle los saludos de mi amigo el Tigre de Malasia!

—¿Y quién es usted?

—Yáñez de Gomara, sir Moreland.

La sorpresa que le produjo al joven capitán tal revelación fue tan enorme, que durante algunos instantes no pudo pronunciar ni una sola palabra.

—¡Yáñez! — exclamó al fin, mirándole casi con terror —. ¡Usted, el compañero del Tigre de Malasia!

—¡Tengo ese honor! — repuso el portugués.

El capitán volvió los ojos hacia Damna. La jovencita no había dado el más ligero grito, ni hecho el más mínimo movimiento durante aquella agresión imprevista. Había permanecido inmóvil y silenciosa a cinco pasos del angloindio, aun cuando su palidez demostraba la angustia que sentía.

—¡Si se atreve usted, máteme! — dijo, volviéndose hacia Yáñez.

—Caballero, nos llaman piratas, pero sabemos ser generosos; mucho más generosos que otros — respondió el portugués —. Si yo hubiese caído en manos del rajá, a estas horas ya me hubiese fusilado, en cambio, yo, señor, le concedo a usted la vida.

—Que yo te habría pedido — dijo Tremal-Naik.

—Y que yo no te hubiera rehusado — añadió Yáñez.

—Entonces, ¿qué es lo que quiere usted hacer conmigo? — preguntó el capitán, apretando los dientes.

—Dejarle en libertad, señor, para que regrese a Macrae.

—Es que tal vez se arrepienta usted de esa generosidad, porque mañana les daré caza a ustedes con mi barco.

—Y encontrará en su camino a un adversario digno de usted — contestó Yáñez —. Si quiere usted esperar a la tripulación de la barcaza, aquí estará dentro de pocos minutos.

—¿Se han rendido esos cobardes?

—Los hemos sorprendido y no podían medirse con nosotros. ¡Capitán, buenas noches y buena suerte!

—¡Nos veremos más pronto de lo que usted cree!

—¡Les esperaremos, sir Moreland! ¡Eh! ¡Embarcaos!

Tremal-Naik cogió de una mano a Damna, que no había dicho una palabra, y la llevó dulcemente a la chalupa, donde la hizo sentarse a popa; después se embarcaron los demás.

Mientras tanto, el capitán se paseaba nerviosamente por la playa, tratando de romper las ligaduras que le sujetaban las manos.

La chalupa se dirigió rápidamente hacia la barcaza, cuya chimenea seguía humeando, y que tenía encendido el farol de la proa.

Después de haber estrechado la mano del portugués y de haber dado las gracias con una sonrisa, Damna habla apoyado un codo en la borda de popa, y miraba, fijamente a la playa.

El capitán había cesado de pasear. Erguido sobre una pequeña duna, miraba cómo se alejaba la chalupa; aunque no era ciertamente la barca lo que miraba.

—Y bien, Tremal-Naik; ¿qué me dices de este golpe de audacia? — preguntó Yáñez, riendo.

—¡Que eres el demonio! — contestó el hindú —. No dudaba de que algún día vendrías a rescatarnos; pero nunca creí que fuese tan pronto. ¿Cómo habéis sabido que nos habían conducido a Macrae?

—Lo supimos en Labuán. Después te contaré todo cuanto ha sucedido desde que os hicieron prisioneros. Por ahora tan sólo te diré que poseemos uno de los más poderosos navíos del mundo, y que nos disponemos para hacer la guerra al rajá de Sarawak y a Inglaterra, porque queremos vengarnos de que nos hayan arrojado de Mompracem.

—¿Os atrevéis a tanto?

—Y además debo añadir otra cosa, que va a dejarte asombrado.

—¿Cuál?

—Que aquel peregrino que nos dio tanto quehacer era un emisario del hijo de Suyodhana.

—¿Qué dices?

—En cuanto estemos a bordo del buque te lo explicaremos mejor. Ahora dime si hubieras pensado jamás en que Suyodhana tuviera un hijo.

—Jamás he oído decir eso; ni tampoco se me habría ocurrido pensarlo, porque el jefe de los thugs no podía tener mujer. ¡Entonces él ha sido el que desde un principio nos ha traído esta guerra!

—En la que le apoyan Inglaterra y el rajá de Sarawak.

—¿Y cómo es posible que los ingleses dispensen su protección al hijo de un thung para que venga a luchar contra nosotros, que hemos librado a la India de esa plaga que la deshonraba?

—Eso es un misterio que todavía no hemos logrado esclarecer.

—¿Y dónde está ese hombre?

—Eso es otro misterio, querido Tremal-Naik. Esperemos a ver si le encontramos para hacer con él lo que hicimos con su padre. ¡Señor Horward!

La chalupa había llegado junto a la barcaza, y el americano subió a la cubierta.

—¿Todo ha salido bien, señor Yáñez?

—Mejor no era posible. ¿Está la máquina en presión?

—Desde hace una hora.

—¿Y los prisioneros?

—Parecen conejos.

—¡Muchachos, a bordo!

Ayudó a subir a Damna a la barcaza y tras ellos subieron todos.

—¡Apresurémonos! —dijo Yáñez.

Mandó desatar uno a uno a los indios que componían la tripulación de la barcaza, deslizó en el bolsillo del sargento un puñado de libras esterlinas y les ordenó trasladarse a la chalupa mientras les decía:

—El capitán Moreland os espera en la playa. Saludadle en mi nombre y dadle las gracias por la barca de vapor que me ha regalado. Señor Horward, a todo vapor.

El americano hizo silbar la máquina repetidas veces, como si se despidiese irónicamente de los hombres de la chalupa, y una vez levada el ancla, la barcaza bogó con rapidez hacia la salida de la bahía.

Yáñez confió la barra del timón a Sambigliong y se fue hacia la proa para colocarse junto a Tremal-Naik, que sondeaba atentamente las tinieblas, procurando descubrir el buque de Sandokan, que debía de estar surcando las aguas a poca distancia de la costa.

Como llevaba todas las luces de a bordo apagadas, no resultaba fácil poder divisarlo.

—Se habrá ido mar adentro, a no ser que durante mi ausencia haya ocurrido alguna novedad — dijo Yáñez a Tremal-Naik, que le interrogaba —. Hemos sabido por un prao que venía a Labuán, que una escuadrilla de cruceros había salido del puerto de Victoria con la intención de darnos caza.

—¿La habrá encontrado Sandokan?

—Hubiéramos oído los cañonazos. Además, Sandokan no es hombre que se deje sorprender, sobre todo con el barco que ahora posee. ¡Allá veo espumear algo!

¡Es nuestro buque, no hay duda! ¡Señor Horward, cargue usted las válvulas!

La barcaza, que funcionaba estupendamente, avanzaba con gran rapidez sobre el oscuro mar, dejando a popa una estela que a veces era luminosa por efecto de un principio de fosforescencia.

De pronto una enorme mole que se deslizaba sobre el agua con un sordo fragor, apareció ante la chalupa de vapor cortándole el camino, y una voz formidable gritó:

—¡Apuntad el cañón de proa!

—¡Alto! —ordenó Yáñez con rapidez—, ¡Eh, Sandokan, echa la escala! ¡Son los tigres de Mompracem que vuelven!

La barcaza, que había moderado la marcha, abordó a la enorme embarcación muy cerca del costado de estribor, bajo la escala que había descendido de un solo golpe.

CAPÍTULO III - UN COMBATE TERRIBLE

Sandokan esperaba a Yáñez y a sus compañeros situado en lo alto de la escala y al lado de una bellísima jovencita de cutis ligeramente bronceado, facciones dulces y finas, ojos negrísimos y cabello largo y trenzado con cintas de seda. Vestía el traje pintoresco de las mujeres de la India.

Algunos hombres de color aceitunado y con la divisa blanca de la marina de guerra, alumbraban la escala con grandes linternas.

Yáñez, que fue el primero que subió a la toldilla, tendió en seguida una mano al terrible pirata y otra a la joven indostana.

—¿Nada? — preguntó con ansiedad el Tigre de Malasia

—¡Míralos! — respondió Yáñez.

Sandokan profirió un grito y se lanzó hacia Tremal-Naik, mientras que Damna se echaba en los brazos de la joven indostana, exclamando:

—¡Surama!. Creí que no volvería a verte más!

—¡A la cámara, queridos amigos! — dijo Sandokan después de haber abrazado al hindú y de haber besado a Damna en las mejillas —. ¡Tenemos mil cosas que contaros!

—Un momento, Sandokan — dijo Yáñez, deteniéndole —. Manda poner la proa al Norte, y marchemos a poco vapor buscando la segunda boca del Redjang. Hay un leopardo negro que nos espera allí y que si no le acometemos, estropeará nuestros planes. Se dice que es muy fuerte.

—¿Un barco?

—Sí, que a estas horas estará preparándose para darnos caza.

—¡Ah! — dijo Sandokan, sin dar demasiada importancia al aviso —. ¡Mañana nos desembarazaremos de ese importuno!

Llamó a Sambigliong y al jefe de máquinas, y después de haberles dado algunas instrucciones, bajó al elegante saloncito de la cámara con Tremal-Naik, Damna y Surama, que se apoyaba dulcemente en Yáñez, su sahib blanco.

En cuanto se hubo enterado del éxito de la expedición y le hubo explicado a Tremal-Naik todo cuanto había sucedido después del combate realizado en las costas de Borneo, lo de la adquisición del buque americano y la declaración de guerra lanzada a un tiempo contra la desagradecida Inglaterra y contra el sobrino de James Brook, añadió:

—Ya no son las escuadras inglesas, que no tardarán en alcanzarnos, ni la flotilla del rajá de Sarawak, lo que me inquieta: es el misterio que rodea al hijo de tu antiguo enemigo, mi querido Tremal-Naik. ¿Dónde se es conde ese hombre, que ha dado una prueba tan considerable de su poderío, destruyendo tus plantaciones y tus posesiones por obra del peregrino? ¿Cuándo nos acometerá? ¿Qué es lo que está tramando? Yo no temo a nadie y, sin embargo, ese hombre, a quien no hemos visto jamás, que no sabemos dónde se halla ni lo que prepara, me preocupa más que la presencia de una escuadra inglesa.

—¿No habéis recogido ninguna noticia acerca de él? — preguntó Tremal-Naik, que parecía tanto o más preocupado que el formidable pirata.

—Hemos interrogado durante nuestra caminata hacia el Sur a varias personas y detenido a algunos veleros de Sarawak; pero no hemos logrado saber dónde está ese hombre.

—¡No será un espíritu!

—Alguna vez habremos de verle la cara — dijo Yáñez —. Si quiere hacer la guerra y vengar la muerte de su padre, no podrá permanecer escondido eternamente.

—Y mientras tanto, ¿qué es lo que piensas hacer, Sandokan? —preguntó Tremal-Naik.

—Pues pienso comenzar las hostilidades dando la bar talla a ese barco que se halla anclado en la boca del Redjang. ¡Ya que hemos declarado la guerra, demostremos que la hacemos de veras!

—¿Quiere usted echarle a pique? —preguntó Damna, en un tono que sobresaltó a Yáñez.

—Le destruiré, Damna —repuso Sandokan fríamente.

El portugués, que la miraba con gran atención, vio que palidecía y que un tenue suspiro se escapaba de su pecho; pero esto fue todo, porque la joven no opuso la menor objeción a la terrible sentencia de muerte que el formidable pirata había dictado contra el barco de sir Moreland.

Se levantaron todos para subir a cubierta. Surama cogió de una mano a Damna y le dijo:

—Dejemos a los hombres que hagan lo que tengan que hacer. Vente conmigo a mi camarote. He mandado que te dispusieran una camita muy linda, porque estaba segura de que muy pronto volvería a verte.

La hija de Tremal-Naik contestó sólo con una sonrisa, y la siguió al interior de la cámara.

Cuando Sandokan, Tremal-Naik y Yáñez pisaron la cubierta, ya todos los tripulantes se hallaban en sus puestos de combate, pues Sambigliong habla advertido a los tigres de Mompracem que el crucero se disponía a acometer a un gran barco enemigo.

Los faroles de posición estaban encendidos e iluminadas las baterías, El personal del timón se había reforzado. Los cuatro grandes cañones de caza, cargados ya y dispuestos en batería a proa y popa dentro de torres giratorias defendidas por planchas de hierro de gran espesor, esperaban para lanzar bocanadas de muerte.

Un golpe de viento dispersó nuevamente las nubes amontonadas en el cielo, y las arrojó hacia el Sur; las estrellas, que habían reaparecido, difundían una vaga claridad sobre las negras aguas del amplio golfo de Sarawak y podía distinguirse, gracias a aquella claridad, cualquier barco, aunque navegara con las luces apagadas.

El Rey del Mar marchaba a poca presión, con objeto de no consumir demasiado combustible, y para economizar todavía más, Sandokan había mandado desplegar las velas bajas del trinquete y del palo mayor, pues el viento era favorable y bastante fresco. El pirata, siguiendo los consejos del capitán americano, se había hecho sumamente ahorrativo en lo referente al consumo del combustible, puesto que, después de su declaración de guerra, no podía aprovisionarse en ningún puerto, por cuya causa no utilizó más que las velas en su travesía desde Labuán al golfo de Sarawak, maniobra muy familiar para sus hombres, aun cuando muchos de ellos ya habían aprendido también el servicio de las máquinas con los americanos que permanecieron a bordo.

Yáñez y Tremal-Naik, apoyados en la amura de proa, en cuya parte alta había defensas circulares para resguardar a los fusileros miraban atentamente al horizonte, en tanto que Sandokan efectuaba una visita a las baterías y a los cañones para comprobar que todo estuviera en orden.

Por Levante aparecían confusamente las costas, que se elevaban cada vez más, conforme iban aproximándose al escarpado y altísimo promontorio de Sirik, que cierra por Occidente el golfo de Sarawak. Aun cuando por aquellos lugares se encontraba la ciudadela de Redjang, no se veía brillar luz alguna.

De este modo transcurrió la noche, explorando continuamente sin resultado alguno; pero apenas comenzó a clarear el día, cuando se oyó de pronto la voz del vigía instalado en la cruceta del trinquete, que gritaba con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Humo a Levante!

Yáñez, Tremal-Naik y Sandokan subieron rápidamente las escaleras de babor del trinquete, se elevaron hasta la cofa y en seguida vieron a lo lejos, donde el mar parecía confundirse con el firmamento, alzarse una pe. nacho de humo en la límpida y transparente atmósfera matutina

—Viene de la boca del Redjang —dijo Yáñez —. ¡Apuesto un cigarro contra cien libras esterlinas a que ése es el barco de sir Moreland!

—¿Has visto tú ese barco? —preguntó Sandokan a Tremal-Naik.

—No —contestó el hindú —; pero me dijeron que estaba completando su cargamento de carbón en la segunda boca del Redjang.

—¡Cómo! ¿Hay allí algún depósito de combustible?

—He oído hablar de un prao que le enviaban a Sarawak cargado de carbón. En aquella playa no debe de haber ni siquiera una miserable aldea,

—¡Qué lástima! —dijo Sandokan

—Pero también he oído decir que hay uno en la boca del Sarawak, Ese depósito se halla en una isleta, y allí es donde se aprovisiona la escuadra del rajá.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Sir Moreland.

—Pues si ya la escuadra del rajá, también podemos ir nosotros; ¿verdad, Yáñez?

—¡Y sin tener que pagarlo! —contestó el portugués, que jamás vacilaba por nada —. Mira ya comienza a verse la proa. Vienen hacía nosotros, Sandokan, y a toda máquina. También ellos han debido ver el humo de nuestro barco.

Sandokan sacó del bolsillo un anteojo, lo alargó cuanto era posible, y lo dirigió hacia la nave, cuyo casco ya comenzaba a verse, incluso a simple vista.

—Efectivamente –dijo —; es un hermoso buque, parece un crucero de gran tonelaje. Veo muchos hombres a bordo.

—¿Vienen hacia nosotros? —preguntó Yáñez.

—Y creo que a tiro forzado. Tiene miedo de que nos escapemos. ¡No, querido mío, no tenemos deseos de huir! ¡Aquí vamos a dar comienzo a las hostilidades! ¡Lo echaremos a pique!

—¡Lo siento por el capitán! —dijo Tremal-Naik —. ¡Atenúa el daño en obsequio a la hospitalidad que nos dispensó!

—¡Hospitalidad dorada, pero sin libertad! —dijo Yáñez.

—¡Preparémonos! —dijo Sandokan.

Descendieron a la cubierta, donde se encontraron con Damna y Surama, que subían en aquel instante de su camarote,

—¿Nos atacan, sahib mío? —preguntó Surama a Yáñez.

—Y dentro de poco hará mucho calor aquí, Surama —contestó el portugués.

—Venceremos nosotros, ¿no es cierto?

—Lo mismo que vencimos a los thugs de Suyodhana.

—¿Es el barco de sir Moreland? —preguntó Damna con alguna ansiedad, que no se le escapó al astuto portugués.

—Lo suponemos.

En seguida la cogió de un brazo, y llevándola hacia la torre de proa, le preguntó sonriendo:

—¿Qué es eso, Damna? Esta es la tercera vez que al oír hablar del capitán parece que te conmueves.

—¡Yo! —exclamó la muchacha, ruborizándose ligeramente —. ¡Se ha equivocado usted, señor Yáñez!

—¡Por Júpiter! ¡A lo que parece, la vejez me ha debilitado la vista!

—¡Oh, no, todavía ve usted muy bien!

—¿Entonces... ?

Damna volvió la cabeza hacia el mar, fijó la mirada en el barco enemigo, que forzaba la marcha y dijo:

—¡Es un gran barco!

—Que no valdrá tanto como el nuestro —contestó Yáñez.

—Oblíguenle ustedes a que se rinda en lugar de echarlo a pique. Podría serles útil.

—Si el que manda ese buque es sir Moreland, no arriará la bandera. Aun cuando sea joven, ese hombre debe de ser un valiente, y se batirá mientras quede en pie un solo hombre de su tripulación.

—¿Y no le van a dar ustedes cuartel?

—Cuando el barco se hunda, procuraremos salvar a los supervivientes; te lo prometo, Damna. Retírate al camarote con Surama, que van a empezar a llover granadas.

La voz potente y sonora como un clarín del Tigre de Malasia, resonó en el puente en aquel momento:

—¡Jefe de máquinas, a todo vapor! ¡Dispuestos para hacer fuego de costado! ¡Los fusileros detrás de las aspilleras!

El barco enemigo, que debía de poseer máquinas poderosas, se hallaba ya a unos dos mil metros, y se dirigía en línea recta sobre el Rey del Mar, de los tigres de Mompracem, cual si tuviese intención de darle un espolonazo, o por lo menos de abordarle.

Se trataba de un hermoso crucero. Enarbolaba tres mástiles y tenía dos chimeneas. Parecía que iba armado de un modo formidable, a juzgar por el número de sus portas y por los cañones que se velan en la cubierta; pero carecía de torres blindadas como las que protegían a los tigres de Mompracem.

Detrás de las amuras y hasta en las cofas, se velan muchos fusileros y varios oficiales en el puente de mando.

—¡Ah! —dijo Sandokan, que lo contemplaba tranquilamente —. ¿Quieres ser el primero en medirte con los tigres de Mompracem? ¡Pues estamos dispuestos a recibirte!

Mientras las dos jovencitas abandonaban a toda prisa la cubierta y se refugiaban en la cámara de popa, Yáñez y Tremal-Naik se retiraron a la torrecilla de órdenes, desde donde podían ponerse en comunicación con el personal de las máquinas.

Los artilleros americanos, juntamente con los mejores tiradores malayos, esperaban detrás de sus respectivas piezas, empuñando las correas de hacer fuego.

De repente resonó en el ámbito del mar una detonación, y una bocanada de fuego salid de una de las dos piezas de proa del crucero, Se oyó un silbido ronco, y en seguida se elevó una llama en el borde de la primera torrecilla de babor del Rey del Mar, mientras que los cascos pasaban silbando por encima de los fusileros, replegados detrás de la amura.

—¡Una granada de doce pulgadas! —exclamó Yáñez —. ¡Buen tiro!

Nuevamente se dejó oír la voz de Sandokan:

—¡Artilleros, ya no os detengo más!

Relampaguearon a un mismo tiempo las dos piezas de caza de proa y las de la batería de estribor, que al encontrarse a tiro, tronaron también con un estruendo tal, que retembló todo el buque.

El crucero, que ya había ganado otros quinientos metros y que maniobraba presentando al enemigo su costado de babor, contestó seguidamente.

Comenzaban a llover balas y granadas sobre ambos barcos, golpeando rudamente los costados de hierro, arrancando astillas a los puentes, chamuscando los penoles e hiriendo a la marinería.

Al reventar, las granadas lanzaban a lo alto chorros de fuego que amenazaban a cada instante incendiar la arboladura.

Los fusileros, a su vez, tendidos detrás de las amuras, habían comenzado a disparar, menudeando las descargas.

Los dos barcos se hallaban envueltos por una espesísima nube de humo, surcada a intervalos por relámpagos, y el estruendo era tan enorme, que apenas podían oírse las voces de mando.

El barco americano, mejor protegido, mejor artillado, mucho más rápido y tripulado, además, por unos hombres que habían encanecido entre el humo de los combates, llevaba ventaja a su adversario. Su poderosa artillería castigaba de un modo terrible al crucero, inundándole de fuego y de hierro, demoliendo su obra muerta, matando a sus hombres y abriéndole en el casco enormes boquetes.

En vano aquella nave, que había creído aniquilar fácilmente a los piratas de Mompracem, hacía esfuerzos sobrehumanos para dar la réplica a aquel auténtico huracán de hierro que caía con horrible estruendo sobre sus puentes, y hacía considerables estragos entre los artilleros y los fusileros de la cubierta. Sus balas rebotaban en las planchas metálicas del Rey del Mar, y sus granadas no lograban destruir las torres blindadas, dentro de las cuales disparaban sobre seguro los artilleros de Mompracem, bajo la dirección de los jefes de cañón americanos.

Cuando Sandokan se percató de la completa inutilidad de los fusileros, tan indispensables en los praos pero no en esta otra clase de barcos, los mandó que se retiraran bajo cubierta, ordenando, además, dirigirse al crucero para darle el último golpe.

El Rey del Mar, casi incólume, a pesar del furioso e ininterrumpido cañoneo de su enemigo, se lanzó hacia adelante, describiendo un enorme semicírculo en torno al crucero del enemigo, que entonces se había detenido.

Cuando se hallaba a una distancia de cuatrocientos metros aproximadamente, le hizo una terrible descarga de andanada con las piezas del puente y las de babor, dejándole raso como un pontón.

Las dos chimeneas cayeron destrozadas, sobre la cubierta, derribadas por dos granadas que estallaron en su base.

—¡Esto se acabó! —dijo Yáñez —. ¡Intimidémosle a la rendición!

—¡Si es que se rinde! —contestó Sandokan.

Esperó a que el viento aclarase el humo, y luego mandó izar en el pico del palo mayor la bandera blanca. La contestación fue una andanada que tiró por tierra a la mitad de los timones del Rey del Mar.

—¿Es que no tenéis bastante todavía? —gritó Sandokan —. ¡Echadle a pique! ¡Fuego! ¡Fuego sin piedad!

Inmediatamente volvió a reanudarse por ambas partes el cañoneo, y siguió en aumento de un modo espantoso. El Rey del Mar continuaba dando vueltas rápidamente en derredor del desgraciado crucero, que se deshacía materialmente bajo la lluvia de proyectiles que le enviaba su enemigo.

El barco americano lograba maravillas. Parecía un volcán en erupción dispuesto a destruirlo todo,

Por su parte, el crucero oponía una resistencia verdaderamente heroica a pesar de que ya no era otra cosa que un montón de ruinas. Sus dos piezas de cubierta, desmontadas por aquella granizada de proyectiles ya no contestaban.

El puente estaba inundado de muertos y de heridos, mezclados con trozos de obra muerta, con penoles partidos, con pedazos de aparejos y de cordaje, caídos de la arboladura bajo las descargas de metralla enviadas por Sandokan.

Regueros de fuego corrían de proa a popa, iluminando el mar de un modo sobrecogedor, y por los contracantiles de babor y de estribor salían chorros de sangre.

El barco se deshacía por momentos bajo los golpes furiosos, mortales, del Rey del Mar.

—¡Basta! —gritó de pronto Yáñez, que asistía a tanto estrago desde la torre de órdenes —. ¡Alto el fuego! ¡Al mar las chalupas!

Sandokan, que contemplaba la escena fría, impasible y terriblemente, se volvió hacía el portugués y le dijo:

—¿Qué es lo que ordenas, hermano?

—¡Que cese la matanza!

El Tigre de Malasia vaciló durante unos instantes y después repuso:

—¡Tienes razón: salvemos a los supervivientes! ¡Esos hombres y sobre todo su comandante, son unos héroes! ¡Rápido! ¡Al agua las chalupas!

CAPÍTULO IV - SIR MORELAND

La agonía del crucero había dado comienzo; y era una agonía terrible, espantosa.

Aquel coloso, completamente envuelto en humo, agotaba inútilmente las escasas fuerzas que le quedaban, tratando aún de asestar un golpe mortal al formidable adversario que le había vencido y le disparaba los últimos tiros de su artillería.

Aquella espléndida nave, que sería probablemente la unidad más fuerte de la escuadra del rajá de Sarawak, ya no era más que un informe montón de ruinas, que las llamas iban devorando lentamente mientras que el agua la invadía por todas partes para arrastrarla a los profundos abismos marinos.

Sus flancos, hechos astillas por las granadas y los obuses del potente navío americano, parecían cribas; sus amuras y mástiles ya no existían; sus baterías no ofrecían refugio alguno a los últimos supervivientes.

Enormes llamas irrumpieron a través de las escotillas y de las grietas de cubierta con furioso ímpetu, y se alargaron espantosamente en medio de un inmenso fragor, y lanzando al aire nimbos de chispas y densas nubes de humareda, que formaban como un gigantesco toldo sobre el barco.

El crucero se hundía poco a poco, cabeceando y, sin embargo, sus artilleros no cesaban de disparar con las últimas piezas que todavía quedaban en batería y sus fusileros, que habían quedado reducidos a menos de la mitad, hacían un fuego vivísimo y saltaban como tigres a través de la cubierta invadida por las llamas, animándose con salvajes hurras.

A pesar del fuego de la nave semihundida, fuego mal dirigido a causa de la excitación de los tiradores, la chalupa de vapor y las tres balleneras del Rey del Mar habían sido echadas rápidamente al agua para recoger a los últimos supervivientes en el momento en que el barco se fuese a pique.

Yáñez tomó el marido de la barcaza, que tripulaban catorce remeros por falta de tiempo para encender las calderas; Sambigliong mandaba la otra,

—¡Apresúrate, Yáñez! —había gritado Sandokan.

Damna y Surama, que habían subido a cubierta al ver que las llamas envolvían a la desgraciada nave, gritaban:

—¡Sálvelos! ¡Sálvelos usted, señor Yáñez! ¡Que se ahogan!

Las chalupas emprendieron rápidamente la marcha, dirigiéndose hacia el crucero. Los pocos hombres que todavía quedaban sobre él, al ver que sus adversarios acudían en su socorro, cesaron de disparar y empezaron a arrojarse al agua para escapar de las llamas y evitar el peligro de volar por los aires cuando estallara el buque.

La barcaza fue la primera que llegó junto al crucero. Yáñez, sin hacer el más mínimo caso del humo ni de la lluvia de chispas, subió rápidamente por la escala que habían echado, y se lanzó hacía el puente de órdenes, seguido por media docena de malayos.

Ante todo quería salvar a sir Moreland, si es que le habían respetado las granadas del Rey del Mar,

Iba abriéndose paso por entre los fragmentos de toda clase y los cadáveres que obstruían la cubierta, cuando de pronto hizo explosión la proa, arrojándolos a todos en el agua.

El golpe fue tan violento que Yáñez, que había ido a parar cerca de una de las balleneras, se desvaneció. Afortunadamente, los malayos le vieron caer y tuvieron tiempo de cogerle casi en el acto y de llevarle a la barcaza que se había acercado.

Abierto por la proa, el crucero se iba a pique rápidamente. Sambigliong y los hombres de la chalupa que habían subido a bordo, descendían a toda prisa, conduciendo a varios heridos que, con grandes riesgos, habían podido sustraer a las llamas.

La nave se hundía. Desaparecieron sus amuras y las olas invadieron bruscamente la cubierta, limpiándola desde popa a proa y apagando de golpe las llamas.

La barcaza y las balleneras huían a fuerza de remos, mientras que en derredor del buque se ensanchaba un gigantesco remolino.

La bandera de Sarawak fue lo último que brilló, iluminada por el sol; resplandecieron durante un instante sus colores y en seguida desapareció en el abismo.

¡Todo había concluido! El crucero descendía entre los mugidos del inmenso vórtice en busca del insondable fondo del golfo.

Las cuatro chalupas, que habían huido a tiempo de la succión ejercida por el buque en su inmersión, que fue cubierto en el acto por una enorme ola que se extendió, con mil ruidos, sobre la superficie del océano, regresaban apresuradamente hacia el Rey del Mar, que aguardaba a quinientos metros de distancia del lugar del desastre.

Las aguas del golfo se llenaron de restos del barco hundido y de cadáveres. .

Cajas, barriles y trozos de velamen flotaban en todas direcciones.

Sambigliong se ocupaba en reanimar al portugués, mientras otros se afanaban en derredor de un oficial joven, a quien habían salvado en el preciso momento en que el crucero iba a desaparecer, y que parecía gravemente herido, pues llevaba la chaqueta empapada en sangre.

Por fortuna, Yáñez no había sufrido lesión alguna. Lo que le habla aturdido principalmente fue la Imprevista voladura y el estallido de la explosión.

Efectivamente, al primer sorbo de ginebra que le hizo beber el malayo, volvió en sí y abrió los ojos.

—¿Cómo se siente usted, señor Yáñez? —le preguntó, sobresaltado, Sambigliong.

—Estoy medio deshecho; pero me parece que no se me ha roto nada —contestó el portugués, tratando de esbozar una sonrisa —. ¿Y el barco?

—Se ha ido a pique.

—¿Y sir Moreland?

—Aquí viene en la ballenera. Hemos podido salvarle por verdadero milagro.

Yáñez se levantó sin necesidad de la ayuda del malayo.

El joven comandante del crucero yacía en el fondo de la barcaza, con el pecho al descubierto, muy pálido, manchado de sangre y con los ojos cerrados.

—¡Muerto! —exclamó.

—No, no está muerto; pero la herida que tiene en el costado debe de ser grave.

—¿Quién le ha herido? —preguntó Yáñez con ansiedad —. ¿Tú, Sambigliong?

—¿Yo? ¡No, señor Yáñez! La explosión ha sido la que le ha puesto en este estado. Y probablemente será algún casco de granada el que le haya producido la herida.

—¡Pronto! ¡A bordo!

—Ya hemos llegado, señor Yáñez.

Las cuatro chalupas abordaron al Rey del Mar cerca de la escala, que pendía desde hacía ya algún tiempo.

Hicieron sitio a la barcaza.

Dos hombres cogieron con sumo cuidado al comandante de la nave hundida, que seguía desvanecido y comenzaron a subir con grandes precauciones, seguidos por Yáñez y catorce marineros del crucero, únicos supervivientes arrebatados a las olas.

Sandokan, que con tanta impasibilidad había asistido a la destrucción del buque enemigo, los esperaba en lo alto de la escala.

Al ver al capitán y a los marineros del rajá, se quitó el turbante y dijo con voz grave:

—¡Honor a los valientes!

En seguida estrechó en silencio la mano de Yáñez.

Damna, que, junto con Surama, se hallaba a algunos pasos de distancia, muy pálida, profundamente emocionada por la horrible escena que se había desarrollado ante sus ojos, se adelantó hacía los marineros que transportaban al desgraciado comandante.

—¿Ha muerto? —preguntó con voz abogada.

—No —contestó Yáñez —; pero según parece la herida es grave.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó la joven.

—¡Silencio! —dijo Sandokan —. ¡Abrid paso al valor desgraciado! ¡Que lleven al comandante a mi camarote!

Con un gesto que no admitía réplica, detuvo a Damna y a Surama, y siguió a los marineros hasta la cámara, acompañado por Yáñez y Tremal-Naik.

El médico de a bordo, que era americano y que lo mismo que los maquinistas y los cabos de cañón, había aceptado las proposiciones que le había hecho Sandokan para que continuase en el barco hasta que terminase la campaña, acudió inmediatamente.

—¡Venga usted, señor Held! —le dijo Sandokan —. ¡Me parece que el comandante del crucero está muy grave!

—Haremos cuanto sea posible para salvarle —contestó el americano.

—Cuento con la ciencia de usted.

Entraron en el camarote, donde habían ya depositado a sir Moreland sobre el rico lecho del pirata.

—Esperad en el corredor hasta que yo os avise —dijo Sandokan a los dos marineros —, y decid a los enfermeros que estén preparados para venir en cuanto se les llame.

El médico desnudó completamente a sir Moreland. No tenía más que una herida en un costado; pero era horrible,

El proyectil que se la causó, probablemente un casco de granada, había magullado y rasgado la carne, formando un hondo surco, que tenía más de veinte centímetros de largo.

La sangre se escapaba a borbotones por la herida, amenazando con desangrar rápidamente a aquel desdichado,

—¿Qué pina usted, señor Held? —preguntó Yáñez, mirándole como sí quisiera adivinar su pensamiento.

—La herida es más dolorosa que grave —respondió el médico —. Ha perdido mucha sangre; pero este inglés es robusto.

—¿Puede usted asegurarme que curará?

—Aseguro a usted que no corre peligro la vida de este hombre.

Sandokan permaneció unos momentos silencioso, mirando el cadavérico rostro del inglés; después, y como si hablara consigo mismo, dijo:

—¡Es mejor así! Ese hombre puede resultarnos útil algún día.

Iba a salir de la habitación cuando el herido exhaló de pronto un profundo suspiro, al que siguió un gemido ronco.

El doctor habla puesto sus manos sobre la herida para unir sus bordes, y cuando sintió aquella presión, el comandante del crucero se estremeció; después abrió los ojos.

Echó en derredor una mirada opaca, deteniéndola primero en el doctor y luego sobre Yáñez, que estaba al otro lado de la cama.

Abrió los labios y murmuró apenas con voz casi imperceptible:

—¡Usted!

—¡No hable, sir Moreland, no hable! —dijo el portugués. ¡Se lo prohibe el doctor!

El comandante hizo un gesto negativo con la cabeza, y haciendo acopio de todas sus fuerzas, añadió con voz más clara, aunque muy fatigosa:

—Mi... espada... está... en mi... barco...

—No se la hubiera aceptado a usted, caballero —dijo Sandokan —. Lo que siento es que se haya ido a pique con el barco y que por eso no pueda devolvérsela. ¡Es usted un valiente y le estimo como se merece!

Haciendo un heroico y supremo esfuerzo, el joven levantó su diestra y se la tendió a su adversario, que la estrechó suavemente.

—¿Y mis... hombres...? —volvió a decir sir Moreland, mientras su rostro se le contraía de nuevo.

—Los hemos salvado. ¡Pero basta! ¡No se fatigue usted!

—¡Gracias! —murmuró el herido.

Se desplomó y cerró los ojos nuevamente; había vuelto a desmayarse.

—¡Ahora le toca a usted, doctor! —dijo Sandokan.

—No dude que le cuidaré y que me tomaré tanto cuidado con él como si se tratase de un hijo de usted. ¡A ver, que vengan los enfermeros!

Mientras éstos entraban llevando desinfectantes, rollos de algodón fenicado y varios frascos, Sandokan, con Yáñez y Tremal-Naik, subían lentamente la escalera y volvían a la cubierta.

Damna, que los esperaba en la puerta de la cámara, se acercó al portugués.

—¡Señor Yáñez! —susurró, procurando que la voz le saliera firme.

El portugués se quedó mirándola unos instantes sin contestar, y finalmente le estrechó la mano en silencio.

—¿Se salvará? —le murmuró con angustia Damna.

—Así lo espero —repuso Yáñez —. ¿Te interesa mucho ese joven, Damna?

—¡Es un valiente!

—¡Sí, y algo más también!

—Si se cura, ¿le retendrán ustedes prisionero?

—Veremos qué es lo que decide Sandokan; pero es probable.

Damna se alejó con Surama, que se había separado un poco, y Yáñez fue al encuentro de Sandokan, que hablaba animadamente con Tremal-Naik.

—¿Qué opinas de ese joven? —le preguntó.

—¿Es el que mandaba el fuerte de Macrae?

—Sí —contestaron a un tiempo Yáñez y Tremal-Naik.

—¡Pues es un hombre valeroso! —dijo Sandokan —. Para nosotros ha sido una verdadera suerte que haya caído en nuestras manos. Si el rajá tuviese medía docena tan sólo de hombres como él, nos darían muchísimo quehacer. No debe de ser inglés de pura sangre, es demasiado oscuro el color de su piel.

—Me ha dicho que solamente su madre era inglesa —dijo Tremal-Naik —. Formaba parte, según creo, de la marina inglesa. Eso me contó una noche. Tenía el grado de teniente.

—¿Y qué es lo que vamos a hacer con él? —preguntó Yáñez.

—Le tendremos como huésped —contestó Sandokan —. Pudiera sernos útil el día menos pensado. En cuanto a los demás prisioneros, haré que se embarquen en una chalupa, y los dejaré en libertad para que se vayan a cualquier punto de la costa.

—Y ahora, ¿adónde diriges tus miras? —preguntó Tremal-Naik.

—Yáñez y yo hemos trazado ya nuestro plan de guerra –repuso Sandokan —. Nuestro primer y principal cuidado es no dejamos sorprender por la escuadra de Sarawak ni por las inglesas. Seguramente que procurarán reunirse para deshacernos de un solo golpe; pero sí encontramos el medio de tener carbón siempre que lo necesitemos, con la velocidad que puede alcanzar el Rey del Mar, podemos reírnos del rajá y también del gobernador de Labuán.

—Por eso os aconsejo que, ante todo y sin dar tiempo a que se reúnan las dos escuadras, deis un golpe de mano contra los depósitos de carbón que hay en la boca del Sarawak —dijo Tremal-Naik.

—Precisamente eso es lo que vamos a intentar —respondió Sandokan —. Después iremos a destruir los depósitos que los ingleses poseen en la isleta de Mangalum. Una vez que ellos no tengan posibilidad de abastecerse, nosotros quedaremos en condiciones de superioridad con respecto a unos y a otros, y libres para arrojarnos sobre las líneas de navegación y dar un golpe mortal al comercio de los ingleses con el Japón y con China. ¿Aprobáis esta idea?

—Sí —contestaron Yáñez y Tremal-Naik.

—Pero además tengo otra idea —continuó Sandokan, después de un breve silencio —. Tengo el proyecto de insurreccionar a los dayakos de Sarawak. Conservamos todavía entre ellos muy buenos amigos, que son precisa, mente los que nos ayudaron a derrotar a James Brook. Estando nosotros en el mar y aquellos terribles cortacabezas a la espalda, ni el rajá ni el hijo de Suyodhana se encontrarán seguramente muy a gusto.

—¿Crees que el hijo del jefe de los thugs se hallará con el rajá?

—No estoy seguro —respondió Sandokan.

—Ni yo tampoco —añadió Yáñez.

—¿Has enviado el Mariana a alguna parte? —preguntó el hindú.

—Nos espera en el cabo Taniong—Datu, cargado de carbón, municiones y armas.

—¿Habrá llegado ya?

—Eso supongo.

—En ese caso vamos a Sarawak.

CAPÍTULO V - A LA CAZA DEL REY DEL MAR

Unos minutos más tarde, los supervivientes del crucero eran embarcados en una chalupa provista de víveres en abundancia para que pudiesen negar hasta Redjang sin correr el riesgo de pasar hambre, Por su parte, el Rey del Mar se lanzó a través del golfo de Sarawak con la proa puesta hacia el sur.

En el mar reinaba una calma casi absoluta; sólo de tarde en tarde soplaba la brisa, que en aquellas latitudes parece de fuego, y todos los veleros la temen porque suelen quedarse casi inmóviles durante largas semanas. De tarde en tarde, una anchísima ondulación que procedía del Este, engrosaba gradualmente, y después de pasar bajo el crucero al que imprimía una brusca sacudida, iba a perderse en la dirección opuesta.

Cuando había pasado aquella enorme ola procedente de las lejanas costas de las islas de Sonda, el océano volvía a recobrar su anterior inmovilidad.

En ninguno de los cuatro puntos cardinales se vela buque alguno. En cambio, abundaban los pájaros de los trópicos, voladores Incansables, que, a veces, se encuentran a centenares de millas de la costa. Eran, en su mayor parte, Priafinus ciscercus, especie de procelarios, los cuales —cosa verdaderamente extraña — llevan casi siempre cogidos a las plumas del abdomen cangrejitos de mar y pequeñísimos moluscos, obligándolos a vivir en el aire a pesar suyo. Sin embargo, parece que no se encuentran muy a disgusto en aquellos viajes, aéreos, porque no se advierte en ellos sufrimiento alguno.

De vez en cuando aparecían entre dos aguas, a un metro escaso de profundidad, largas filas de magníficas medusas en forma de paraguas transparentes, que se dejaban transportar blandamente por el flujo y el reflujo. Otras veces marchaban delante del barco, rápidos como flechas, los Prontoporsas, que son los delfines más pequeños de la especie, armados con un pico larguísimo y las espléndidas doradas, cuyas escamas parecen pintadas de azul y oro, enemigos terribles de los peces voladores, y que cuando van a morir pierden sus colores y se vuelven grises.

El Rey del Mar bogaba rápidamente; hacía más de doce nudos y marchaba en línea recta hacia la costa de Sarawak, con objeto de destruir los depósitos de carbón de la escuadra del rajá.

Era realmente un barco soberbio, dotado de extraordinarias cualidades marineras, a pesar de su coraza, de sus torres y de su artillería; en suma, un corsario completamente moderno: el único probablemente que podía atreverse a emprender aquella audaz correría contra la poderosa flota inglesa, sin hallar un puerto en que poder refugiarse.

—Y bien, Tremal-Naik —dijo Sandokan, que salía en aquel momento a la cubierta, después de haber hecho una ligera visita a sir Moreland —; ¿qué me dices de nuestro Rey del Mar?

—Que es el crucero mejor y el más poderoso que he visto: ¡una verdadera maravilla! —contestó —el hindú, visiblemente entusiasmado.

—Sí, los americanos son magníficos constructores. Hace veinte años tenían que recurrir al extranjero para crear su propia escuadra, y ahora tienen mejores astilleros que nadie. En la actualidad, sus navíos son sólidos y poderosos. Con éste, yo te aseguro que hemos de proporcionarles muchos dolores de cabeza a nuestros enemigos.

—¿Y si Inglaterra te echase encima los mejores barcos de su marina? ¿Has pensado en eso, Sandokan?

—Los haremos correr, querido —contestó el Tigre de Malasia —. El océano es muy grande y nuestro buque el más veloz. Además, habrá transportes ingleses a quienes podamos atacar y privar de combustible. No creas que tengo la presunción de poder sostener indefinidamente esta lucha; pero antes de que llegue el día en que, por una u otra causa, deba terminarse, habremos causado a nuestros enemigos daños tan grandes, que lamentarán habernos arrojado de nuestra isla.

Encendió su magnífico narguile, se cogió a un brazo del hindú, y después de haber paseado durante algunos minutos desde la rueda del timón hasta la torre de popa, dijo:

—¿Sabes que el capitán va mejorando?

—¿Sir Moreland? —preguntó Tremal-Naik.

—Sí, a pesar de lo horrible de la herida, tiene una fiebre muy ligera, El señor Held está asombrado, y yo creo que con razón. ¡Qué fibra tan magnífica tiene ese hombre!

—¿Te ha reconocido?

—Sí,

—Debe de haberse quedado estupefacto al verse en nuestras manos. Seguramente que no creía que iba a encontrarse tan pronto con sus antiguos prisioneros. ¿Duerme?

—Sí, y muy tranquilamente por cierto.

—¿No te estorbará ese hombre?

—Pudiera suceder que sí; pero tengo algunos proyectos acerca de él.

—¿Cuáles?

—Todavía no lo sé —dijo Sandokan —, Ya pensaré en que podrá sernos útil, Ante todo procuraremos hacernos amigos suyos. Yo creo que nos debe algún reconocimiento por haberle salvado de la muerte.

—Adivino lo que piensas —dijo Tremal-Naik —; esperas que te proporcione algunas noticias acerca del hijo de Suyodhana.

—Pues sí, realmente —confesó Sandokan —, Combatir a un enemigo desconocido que no se sabe dónde se encuentra ni qué está tramando, es para inquietar a cualquiera. ¡Bah! Un día u otro saldrá del misterio en que se envuelve y se nos mostrará, y ese día el Tigre devorará también al tigrecito de la India.

En aquel momento apareció el doctor Held en la puerta de la cámara,

El americano que, como hemos dicho, habla aceptado las proposiciones que le hiciera Sandokan, las cuales podían costarle la vida, era un arrogante joven de veintiséis o veintiocho años, de estatura elevada, delgado, de mirada inteligente, frente amplia, rostro tan rosado como el de una jovencita, y llevaba la barba rubia cortada en punta.

—¿Qué nos dice usted, señor Held? —le preguntó Sandokan, yendo solícitamente a su encuentro.

—Que ya puedo responder de la curación del prisionero —respondió el médico —; dentro de quince días tendremos a nuestro hombre perfectamente bien. ¡Esos angloindios tienen una piel muy dura!

La conversación fue interrumpida por la campana que anunciaba la comida.

—¡A la mesa, de lo contrario, Yáñez se impacientará! —dijo Sandokan.

Mientras tanto, el Rey del Mar continuaba su marcha hacía el Suroeste.

El océano continuaba desierto, pues la zona que recorría el barco apenas era frecuentada por veleros y vapores, los cuales remontaban generalmente más al Norte o más al Sur, unos para evitar las zonas de calma absoluta y los otros los bancos submarinos, que abundan extraordinariamente en las —cercanías de las costas de Borneo.

De vez en cuando bandadas de volátiles se posaban en las cofas de los mástiles y tomaban posesión de ellas, permitiendo que los marineros se les acercasen sin demostrar por ello la menor inquietud.

Aquellos pájaros pertenecían a la especie de las aves procelarias gigantes, de plumas oscuras, llamados quebrantahuesos. Son pescadores empedernidos y poseen un pico tan agudo y tan fuerte que les permite hacer frente a los peces de mayores dimensiones, a los cuales matan hiriéndoles en la cabeza,

También algún que otro magnífico albatro solía revolotear en torno de la nave, el cual saludaba a la tripulación lanzando su peculiar gruñido, muy semejante al de un cerdo, y atravesaba la toldilla sin apresurarse, a pesar de los tiros que le disparaban los malayos.

Como caza, esos pájaros son detestables; porque sí bien miden de punta a punta de sus alas tres metros y medio, su cuerpo no llega a pesar más allá de ocho o diez kilogramos sin contar, además, conque su carne es coriácea y se halla impregnada de un olor desagradable.

Cuando se les ve en el aire, son dignos de admiración por su vuelo maravilloso. Durante algunos instantes permanecían casi inmóviles encima del crucero, haciendo vibrar de una manera apenas perceptible sus gigantescas alas; en seguida partían como rayos, se abatían sobre el mar y en un abrir y cerrar de ojos pescaban pequeños cefalópodos y calamares, que son su comida preferida

No faltaban presas para aquellos avidísimos volátiles porque las agrias de esa parte del océano son extraordinariamente ricas en pescados, cosa que contentaba también a los marineros, que se las ingeniaban para cogerlos, a pesar de la velocidad con que marchaba el buque, utilizando para ello pequeñas redes. Luego, la pesca servía para aumentar el menú de a bordo.

Por otra parte, bogaban casi en la superficie bandadas de doradas, delfines pequeños y serpientes de mar de un metro de largo, de forma cilíndrica, piel oscura y negra, y cola amarilla; también flotaban multitud de trotones, pescados tan extraños, que casi siempre navegan con el vientre hacia arriba, y que se hinchan a placer hasta tomar la forma de una bola.

Los trotones subían a millares desde las profundidades del océano, mostrando las agudas espinas que los recubren por completo, y que les proporcionan una gran semejanza con los erizos terrestres; pero sus colores son diferentes, pues los hay blancos, violáceos y manchados de negro. Por en medio de los trotones y con los tentáculos extendidos para aprovechar el menor soplo de aire, desfilaban largas hileras de nautilos.

De vez en cuando un movimiento de terror dispersaba a tantos habitantes del océano tropical. Las doradas desaparecían precipitadamente; los trotones se desinflaban con gran rapidez y se dejaban ir al fondo; los nautilos replegaban sus tentáculos, volvían su concha en la que navegaban como en pequeños barcos y se sumergían.

Todo aquello era debido a que aparecía en medio de ellos un enemigo terrible, de voracidad insaciable, que abría su formidable boca, erizada de unos dientes tan agudos como los de los tigres: ese enemigo es el charcharios, un pez—perro de cinco o seis metros de largo. Su imprevista aparición sembraba el terror. El charcharios es temido incluso por el hombre.

Con la rapidez del relámpago se tragaba los peces que se habían retrasado un instante en su huida: luego desaparecía en seguida, precedido siempre por su piloto, que es un lindísimo pescadito de piel azul y púrpura, con estrías negras, de unos veinticinco centímetros de largo, y que sirve de guía a su terrible patrono y protector.

Una vez el peligro había desaparecido, volvían a reaparecer las doradas jugueteando, los trotones subían a la superficie convertidos de nuevo en una bola, y las espléndidas conchas ribeteadas de nácar de los nautilos, enderezaban de nuevo sus ocho tentáculos, ligeramente redondeados por las puntas.

Yáñez y Sandokan entraron hacia el anochecer en el camarote donde estaba el angloindio, y comprobaron con satisfacción que el herido se encontraba bastante mejor que por la mañana.

La fiebre casi había desaparecido y la herida, sabiamente cuidada por el hábil americano, apenas sangraba.

Cuando entraron, sir Moreland estaba hablando con voz bastante clara con el señor Held, y le pedía noticias acerca del poder del buque corsario.

Cuando los vio entrar, el angloindio hizo un esfuerzo para sentarse; pero Sandokan se lo impidió con un gesto.

—No, sir Moreland –dijo —, está usted demasiado débil y por ahora debe abstenerse de hacer el más mínimo esfuerzo. ¿No es cierto, mi querido Held?

—Podría volver a abrirse la herida —contestó el doctor —. Ya sabe usted, sir, que le he prohibido todo movimiento.

El prisionero tendió la mano al médico, a Yáñez y a Sandokan y les dijo:

—Muchas gracias, señores, por haberme salvado; aun cuando yo hubiera preferido irme a pique con mi barco en compañía de mis desgraciados marineros.

—Un marinero siempre tiene mil ocasiones de morir — contestó Yáñez, sonriendo —. Todavía no ha concluido la guerra, puesto que para nosotros apenas ha comenzado.

Una nube oscureció la frente del angloindio.

—Yo creía que había terminado la misión de ustedes con el rescate de aquella jovencita y de su padre.

—Para eso no hubiese comprado yo un barco del poder de éste —dijo Sandokan —; con mis praos me hubiera bastado.

—¿De modo que continuarán ustedes haciendo el corso?

—Indudablemente; mientras haya un solo hombre y un solo cañón disponibles.

—Les admiro a ustedes, señores; pero imagino que esas correrías van a terminar pronto. El rajá e Inglaterra les perseguirán con sus escuadras. ¿Cómo van ustedes a poder resistir tales ataques? Les faltará a ustedes el carbón y se verán en la precisión de rendirse o de hacerse echar a pique después de una resistencia inútil.

—¡Ya lo veremos!

Sandokan cambió bruscamente de tono y le preguntó:

—¿Cómo se encuentra usted, sir Moreland?

—Relativamente bien; el doctor me ha asegurado que dentro de unos días podré levantarme.

—Tendré un gran placer en verle a usted paseando por el puente de mi barco.

—¿De modo —dijo sonriendo el angloindio — que cuentan ustedes con retenerme prisionero?

—Aunque quisiera devolverle la, libertad, no podría hacerlo en este momento, porque estamos muy lejos de la costa.

—¿Vamos hacia el Norte?

—No, sir Moreland; al contrarío: vamos hacía el Sur. Tengo ganas de ver la boca del Sarawak.

—Lo comprendo perfectamente, Pretenden ustedes asaltar los depósitos de carbón del rajá.

—Todavía no lo sé,

—Señor Sandokan, si usted me lo permite, desearía que me explicara usted una cosa.

—Hable usted, sir Moreland —contestó el Tigre de Malasia —, Después, si a su vez me lo permite usted, le liaré algunas preguntas.

—Lo que deseo saber es por qué ha envuelto usted también en esta guerra al rajá de Sarawak.

—Porque estamos convencidos de que es el protector del hombre misterioso que ha lanzado contra nosotros a los ingleses de Labuán, y que en un mes tan sólo nos ha causado tantos perjuicios.

—¿Y quién es ese hombre?

Sandokan clavó en el angloindio una agudísima mirada, como si quisiera leer en el fondo de su corazón y después dijo:

—Es imposible que usted, que pertenece a la marina del rajá, no le haya conocido.

Sir Moreland permaneció silencioso durante algunos instantes.

—No —dijo finalmente —, no he visto nunca al hombre a quien usted alude. Sin embargo, he oído contar que un individuo misterioso que, según parece, posee riquezas fabulosas, ha visitado al rajá, poniendo a su disposición hombres y barcos para vengar a James Brook.

—Un indostano, ¿no es cierto?

—No lo sé —contestó sir Moreland —, porque no lo he visto jamás.

—¿Y ese hombre ha sido el que ha lanzado contra nosotros al rajá y a los ingleses?

—Así me lo han contado.

—¿El hijo de un jefe famoso de los thugs de la India?

—Eso no lo sé.

—¿Quiere medirse con los tigres de Mompracem?

—Y según creo, está seguro de vencerlos.

—¡Caerá, como cayó su padre y como ha caído toda su secta! —dijo Sandokan.

En los negros ojos del angloindio brilló un relámpago. De nuevo quedó silencioso, como si un pensamiento repentino le turbase; después dijo:

—¡El porvenir lo dirá!

Y cambiando bruscamente de conversación, preguntó:

—¿Siguen a bordo aquel indostano y su hija?

—Ya no nos separaremos de ellos, porque su suerte está ligada a la nuestra —contestó Sandokan.

Sir Moreland lanzó un suspiro y dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—Descanse usted tranquilo —le dijo Sandokan —. Esta noche no sucederá nada,

Salid del camarote acompañado por Yáñez, y ambos subieron a la cubierta; Surama y Damna estaban tomando el fresco y charlando con Tremal-Naik.

Al ver a Yáñez, Damna se apresuró a interrogarle con la mirada.

—¡Todo va bien! —le susurró el portugués, con su acostumbrada sonrisa.

—¿Podré visitarle?

—Mañana nada te impedirá que lo hagas sí...

Un grito del vigía instalado en la cofa del trinquete le cortó la frase,

—¡Humo en el horizonte! ¡Al Oeste!

Aquel grito hizo ponerse en pie de un salto a Sandokan, que acababa de tomar asiento al lado de Tremal-Naik, y toda la tripulación corrió a la cubierta.

Sobre el cielo, todavía iluminado por el sol, que no había terminado de ocultarse, se elevaba una sutilísima columna de humo que se destacaba perfectamente en la límpida y tranquila atmósfera.

—¿Será algún barco de guerra que venga en busca de nosotros —preguntó Yáñez — o un pacífico vapor, que vaya con rumbo a Sarawak?

—Más bien creo que sea un barco de guerra —dijo Sandokan, que había dirigido el anteojo hacía aquella mancha de humo —. ¡Ah! Parece que se aleja hacía el Oeste: el humo se ha replegado hacia nosotros.

—¿Creéis que nos haya descubierto? —preguntó Tremal-Naik, que se había reunido con ellos.

—Igual que nosotros nos hemos dado cuenta de su presencia, lo mismo puede haberles sucedido a ellos; habrán visto el humo de nuestro barco.

—Tengo una sospecha —dijo Yáñez.

—¿Cuál?

—Que sea un barco explorador.

—Es posible, Yáñez —contestó Sandokan.

—¿Y qué es lo que piensas hacer?

—Seguirle a distancia. Mañana al amanecer nos pondremos en su persecución, y tanto peor para él si pertenece a la escuadra del rajá o de Labuán. Pasaremos la noche en la cubierta.

Las sombras de la noche caían rápidamente, y las tinieblas impidieron que pudiera seguirse viendo aquel penacho de humo; pero el Rey del Mar había puesto la proa a Poniente para seguirle en su ruta.

Estaba seguro de poder alcanzarle con sus poderosas máquinas antes de que amaneciese, y de capturarlo o de echarlo a pique con su formidable artillería.

Se acordó que permaneciese sobre cubierta la guardia franca, como medida de precaución, pues podría darse el caso de que, durante la noche, ocurriesen graves acontecimientos.

—¡A doce nudos! —ordenó Sandokan —. ¡Le seguiremos de cerca!

La noche era espléndida; una verdadera noche de los trópicos, llena de fascinación y de encantos, como tan sólo puedan darse en aquellas regiones de calma casi perpetua.

A pesar de que el sol había desaparecido ya desde hacia algunas horas, parecía como si hubiera dejado tras de sí un rastro de luz, porque la oscuridad no era completa en el firmamento. Una vaga claridad, una transparencia increíble reinaba allá arriba, proyectándose en las aguas del océano, y permitía que los marineros de cuarto pudieran ver a larga distancia.

Las aguas parecían, a trechos, como si fuesen de fuego. Desde los profundos abismos marinos subían las medusas a legiones, y las magníficas anémonas abrían y extendían sus brillantes corolas rosáceas, blancas, azules, amarillas y violeta, ondeando blandamente sus franjas fulgurantes.

En medio de aquellas oleadas de luz submarina se deslizaban de vez en cuando grandes monstruos que esparcían el terror y la confusión entre los moluscos.

Unas veces eran charcharios, escualos hambrientos y siempre peligrosos; otras eran gigantescos calamares con pico de papagayo, ojos glaucos y fijos y los tentáculos cubiertos de ventosas. En cambio, en otras ocasiones aparecía sobre la superficie una masa gigantesca, lanzaba a lo alto chorros enormes y volvía a caer con un golpe sordo y profundo.

Era un ballenato con el dorso negro y verdusco, de unos quince metros de longitud; cetáceo bastante común en los mares tropicales, a pesar de la encarnizada persecución con que los acosan los barcos balleneros.

Aun cuando el día había sido bastante fatigoso y, por lo menos en apariencia, no amenazaba ningún nuevo peligro al buque, Sandokan y Yáñez no se retiraron a dormir. Y no era, ciertamente, para gozar de aquella magnífica noche, ni para admirar los fulgores de las anémonas, espectáculo, por otra parte, al que ya estaban habituados los antiguos navegantes de los mares de Malasia.

Un secreto temor les retenía en el puente. Paseaban con cierto nerviosismo, deteniéndose con frecuencia para mirar hacia Poniente.

Aquel humo les preocupaba mucho, pues temían que fuese el de un barco destacado de alguna escuadrilla.

—¿Has visto algo? —preguntó Yáñez a Sandokan, a eso de la medianoche, al ver que se detenía por enésima vez y dirigía el anteojo hacia el Oeste.

—Juraría que hace algunos minutos había visto brillar un punto blanco muy luminoso en la dirección por donde desapareció el penacho de humo —contestó, pensativo, el Tigre.

—¿Sería el farol del trinquete de ese barco, o una estrella?

—No, Yáñez, ni una cosa ni otra.

—¿Crees que no nos andará buscando la escuadra de Labuán? Ten por seguro que no permanecerá tranquilamente en el puerto de Victoria, después de nuestra declaración de guerra. Pero con la velocidad que podemos alcanzar, no nos será difícil dejarla a nuestras espaldas.

—Y el carbón se nos acabará muy pronto —contestó Sandokan —; nuestras carboneras están ya medio vacías.

—Las llenaremos por cuenta del rajá.

—Si podemos llegar hasta la boca del Sarawak.

—¿Qué es lo que temes?

Sandokan no respondió. Continuaba mirando siempre hacia el Poniente, recorriendo con la vista toda la línea del horizonte.

De pronto bajó el anteojo.

—¡Un relámpago! —dijo.

—¿Dónde, Sandokan?

—Ha brillado en la dirección que tomó aquel barco.

Me parece que ha sido un relámpago de luz eléctrica.

—Sí, señor —afirmó el americano Horward, que había salido un momento de la sala de máquinas —. También yo lo he visto.

—Entonces, ¿ese barco estará comunicándose con otro? —preguntó Yáñez.

—Eso es lo que temo —respondió Sandokan —. Afortunadamente, el horizonte está muy claro y en seguida podemos distinguir al enemigo.

—Señor Horward, hágame usted el favor de dar orden en la máquina para que fuercen la marcha a catorce nudos. Tengo curiosidad de saber quién es el que puede navegar con nosotros.

Acababa de transmitir la orden al americano, cuando volvió a brillar de nuevo un relámpago en la dirección del primero. Una lámpara eléctrica de gran potencia había proyectado sobre el océano un amplísimo haz luminoso.

Un instante después, una sutil columnilla de humo se elevó en el horizonte.

—¡Un cohete! —dijo Yáñez —. Se trata de dos barcos que se comunican entre sí, y uno ~ de ellos debe de ser el que huyó al acercarnos nosotros. Está indicando el rumbo que llevamos. .

—Señor Sandokan —dijo el americano — si no me engaño, veo deslizarse por el océano un punto negro. Ahora atraviesa una franja de agua fosforescente.

—¡Un punto! Entonces no puede tratarse de un barco.

—Y a lo que parece, marcha con una velocidad extraordinaria.

—¿Será alguna chalupa de vapor?

Asestó nuevamente el anteojo y lo mantuvo en posición horizontal durante algunos minutos. El punto negro, que se agrandaba rápidamente, había atravesado la zona fosforescente, confundiéndose con el color oscuro del agua; pero se acercaba a otra formada por millares de nautilos, anémonas y medusas.

—Me parece una gran chalupa de vapor —dijo Sandokan —, y no está a más de dos mil metros de distancia. ¡La enviaremos a que haga compañía a las medusas! ¡Nostramo Sloher!

CAPÍTULO VI - LOS MISTERIOS DE SIR MORELAND

Un viejo cabo de cañón, de larga barba canosa y espaldas cuadradas se adelantó, marchando con ese peculiarísimo balanceo de los viejos lobos de mar.

—El capitán que nos ha vendido este barco me ha dicho que eres un artillero famoso —dijo Sandokan, mientras el nostramo se quitaba de la boca un pedazo de cigarro que estaba masticando, después de lo cual saludó gravemente.

—Los ojos todavía los tengo buenos, comandante —contestó el viejo.

—¿Serías capaz de enviar una bala a aquel curioso que trata de aproximarse a nosotros? Si le alcanzas y le echas a pique, tendrás cien dólares de premio.

—No necesito más, comandante, sino que mande usted detenerse al Rey del Mar durante unos cinco minutos.

—Te pido un tiro de maestro.

—¡Probaremos, comandante!

El punto negro, que se había convertido ya en una raya muy visible, entraba entonces en la segunda zona fosforescente.

—¿Lo ves? —le preguntó Sandokan.

—Debe de ser una de esas máquinas que han inventado mis compatriotas y que llevan un torpedo fijo en el asta –dijo el viejo —. Si se acercan son peligrosos.

—¡A tu puesto!

Yáñez había dado la orden de echar atrás.

El Rey del Mar anduvo todavía unos doscientos metros, a pesar de que la hélice funcionaba en sentido contrario; en seguida se detuvo y conservó una inmovilidad absoluta, pues el océano estaba como una auténtica balsa.

El cabo de cañón se había colocado ya detrás de una de las grandes piezas.

En la toldilla de la nave reinaba un silencio profundo. Todos esperaban aquel disparo llenos de ansiedad, y tenían fijos los ojos en la chalupa, la cual bogaba a todo vapor por el medio de la fosforescencia, aunque procuraba acercarse al crucero sin ser descubierta.

De repente rompió el silencio un grito que salió de la torre:

—¡Pronto!

La pequeña embarcación de vapor se encontraba en aquellos instantes a unos mil quinientos metros de distancia del Rey del Mar. Su casco negro se dibujaba claramente sobre la luminosa superficie de las aguas.

Retumbó una detonación y un relámpago iluminó al mismo tiempo las tinieblas.

Durante algunos instantes se oyó por el aire un ronco silbido, que fue debilitándose rápidamente. El proyectil de buen calibre se alejaba rozando las ondas.

De repente resonó otra detonación a larga distancia. En la chalupa torpedera se elevó una llamarada, seguida de un haz de chispas.

Casi en el mismo momento se apagó bruscamente la fosforescencia. Los nautilos, las medusas y las anémonas, asustados por aquel estruendo, desaparecieron prontamente en las misteriosas profundidades del mar.

—¡Tocada! —gritó Sandokan.

Un grito de triunfo estalló a bordo del crucero. El veterano artillero, con aire risueño, se adelantó hacia Sandokan.

—Comandante —le dijo —, he ganado mis cien dólares.

—¡No, doscientos! —replicó el Tigre de Malasia.

Luego dio algunos pasos hacia adelante, exclamando:

—¡Lo sospechaba! ¡Está bien! ¡Os haré correr!

Algunos puntos luminosos, que apenas se distinguían, aparecieron en el horizonte un momento después de la inmersión de los moluscos fosforescentes.

Para los avezados ojos de aquellos marinos, envejecidos sobre el océano, no eran estrellas, sino faroles de barco; y probablemente, barcos de guerra lanzados sobre la pista del Rey del Mar.

—¿Será la escuadra del rajá o la de Labuán? —había preguntado Yáñez.

—Me, parece que esos barcos vienen del Septentrión —contestó Sandokan —. Apostaría a que la escuadra inglesa trata de reunirse con la de Sarawak. Alguien ha debido decirles que estamos recorriendo estos mares, y se han dedicado a perseguirnos.

—Eso destruye nuestros proyectos.

—Es cierto, Yáñez, porque nos veremos forzados a huir hacia el norte. El Rey del Mar es poderoso; pero no tanto que pueda hacer frente a una escuadra.

—¿Qué es lo que te propones hacer?

—Dejar para una ocasión más oportuna la destrucción de los depósitos de carbón de Sarawak, y remontarnos hasta el cabo Taniong—Datu, con objeto de encontrar al Mariana, y en seguida echarnos sobre las líneas de navegación antes de proveernos de combustible en Monzalm. En cuanto la escuadra vaya a buscarnos a los parajes de Labuán, volveremos para ajustar las cuentas al rajá y al hijo de Suyodhana.

—¡Has nacido para ser un gran almirante! —dijo Yáñez, riendo.

—¿Apruebas mí proyecto?

—Por completo. ¿Y el Mariana?

—Le enviaremos a la boca del Redjang para que nos espere allí, y encargaremos que armen a nuestros amigos los dayakos.

—¡Ahora boguemos pronto, hermanito! ¡Los barcos se aproximan!

—¡Señor Horward! —gritó Sandokan —. ¡A toda máquina!

—Iremos a tiro forzado, comandante —contestó el americano.

El Rey del Mar había vuelto a emprender su carrera. Montones de carbón llovieron sobre los hornos, y las máquinas funcionaron de un modo rabioso, imprimiendo al casco un sonoro trepidar.

Todos habían subido a cubierta, incluso Damna y Surama. Podía darse el caso de que de un instante a otro se encontrara el crucero con algún buque destacado en exploración hacia Levante, y todos querían estar dispuestos para la lucha.

Sin embargo, en aquella dirección no se veía brillar ninguna luz.

Sandokan, Yáñez y Tremal-Naik, de pie en el puente de órdenes, miraban con gran atención los puntos luminosos que ahora parecían haber cambiado de posición. Era que los comandante de los buques ingleses, al darse cuenta de que el corsario huía hacia el Norte, cambiaron de rumbo con la esperanza de capturarle.

Pero la distancia entre ambos, en lugar de disminuir, aumentaba de minuto en minuto y, aun cuando forzaban la máquina, aquellos barcos no podían navegar a la misma velocidad que el corsario.

Después de una carrera furiosa que duró más de una hora, los puntos luminosos fueron haciéndose casi invisibles.

—Creo que ya es tiempo de que volvamos a tomar de nuevo nuestro rumbo hacia el Noroeste —dijo Sandokan a Yáñez —. Los ingleses continuarán su persecución siempre hacia el Norte.

Mandó apagar todos los faroles, y el Rey del Mar, después de describir una gran curva, se dirigió otra vez hacia el Noroeste.

La maniobra obtuvo el resultado que se esperaba, puesto que, durante algunos minutos se vio brillar los faroles de los otros barcos en los confines del horizonte, y luego desaparecieron en seguida.

—¡Vamos! –dijo Yáñez muy satisfecho —. ¡Todo va bien! ¡Creo que podemos irnos a dormir durante algunas horas! ¡Nos hemos ganado el descanso!

Cuando despuntaba el día, el mar estaba completa mente desierto. No se veía más que a los pájaros marinos revoloteando sobre las olas que agitaba la brisa matutina.

El Rey del Mar había reducido su marcha a ocho nudos. A cada momento que pasaba se hacía más preciado el combustible.

Sandokan subió a cubierta, coincidiendo con los primeros rayos del sol. Todavía estaba algo inquieto, aunque ya no abrigaba la menor duda respecto al resultado obtenido con la maniobra de la noche anterior.

—Les hemos engañado completamente —dijo Yáñez, que, acompañado de Damna, se había reunido con él —. Llegaremos hasta el cabo Taniong sin que tengamos ningún mal tropiezo. A propósito, ¿qué habrá pensado sir Moreland del cañonazo que hemos disparado esta noche?

—Me dijo el doctor Held que se había sobresaltado mucho por temor de que hubiéramos echado a pique algún barco —contestó Yáñez.

—Vamos a verle.

—¿Me permiten ustedes que vaya yo también? —preguntó Damna.

—No veo ningún inconveniente —respondió Sandokan —. Por el contrario, él se alegrará de volver a ver a su bella prisionera. ¡Vamos, muchacha!

—Esa visita le producirá mucha alegría... y a ti también —añadió Yáñez en voz baja, acercándose a la joven.

Cuando entraron en el camarote, sir Moreland ya había despertado y estaba charlando con el médico.

Cuando vio a Damna, que iba detrás de Sandokan y de Yáñez, la mirada del angloindio se animó vivamente, y por algunos instantes no pudo apartar los ojos de la joven.

—¡Usted, señorita! –exclamó —. ¡Qué feliz me hace el volver a verla!

—¿Cómo se encuentra usted, sir Moreland? —preguntó Damna, ruborizándose.

—¡Oh! La herida va cicatrizándose rápidamente; ¿no es verdad, doctor?

—Dentro de ocho o diez días estará cerrada por completo —respondió el americano —. Es una curación verdaderamente milagrosa.

—Hubiera preferido no verle herido, sir Moreland —dijo Damna.

—Entonces no me hubiera visto usted aquí —respondió el angloindio. Me hubiera dejado hundir con mi barco al lado de la bandera de mi patria.

—Pues me alegro de que hayan podido salvarle de la muerte.

El joven capitán la miró sonriendo y después dijo:

—Muchas gracias, señorita; pero...

—Pero, ¿qué? ¿Qué es lo que quiere usted decir, sir Moreland?

—Que también estaría yo más contento si hubiera salvado mi buque y mis marineros. ¡Ah señorita, no esperaba que fuese derrotado por los protectores de usted de un modo tan desastroso! Y, sin embargo, puede usted creerlo, no lamento mi prisión.

—Sir Moreland —dijo Sandokan —, ¿no sabe usted que esta noche pasada por poco nos sorprenden los barcos ingleses?

—¿La escuadrilla de Labuán? —preguntó, emociona, do, el herido.

—Supongo que seria ella; pero hemos logrado engrafiarla y aludir con facilidad el peligro.

—No imagine usted que siempre haya de tener la misma fortuna —dijo el angloindio. Un día cualquiera, probablemente el menos pensado, se encontrará delante de un hombre que no le dará cuartel.

—¿Alude usted al hijo de Suyodhana? —preguntó Sandokan.

—No puedo darle más explicaciones. Es un secreto que no puedo violar —contestó el angloindio.

—No puede ser ningún otro salvo él —dijo Yáñez —, aun cuando haya afirmado usted que no sabía nada de ese obstinado y misterioso adversario.

Sir Moreland pareció no haber oído a Yáñez; estaba mirando a Damna con expresión de angustia.

Sandokan, Yáñez y la joven permanecieron hablando todavía durante algunos minutos en el camarote, cambiando algunas palabras con el médico.

Pero antes de que la joven se marchara, sir Moreland le dijo, mirándola con cierta tristeza:

—Señorita, espero que volveré a verla pronto, y que no me mirará usted siempre como a un enemigo.

En cuanto la joven hubo salido, el angloindio, que había permanecido largo tiempo sentado, mirando fijamente a la puerta del camarote y con los brazos cruzados sobre el pecho en actitud pensativa, dijo al doctor, después de lanzar un profundo suspiro:

—¡Qué cosa tan triste es la guerra! ¡Siembra el odio, incluso entre corazones que podían latir al unísono, animados por un mismo afecto!

—Y el de usted hubiera latido mucho, ¿verdad, sir Moreland? —dijo el americano, sonriendo.

—¡Sí, doctor! ¡Lo confieso!

—Por la señorita Damna, ¿no es eso?

—¿Por qué he de ocultarlo?

—Es una joven muy bella y muy animosa, digna de su padre y de usted.

—¡Y que nunca será mía! —dijo sir Moreland, con acento extraño —. ¡El destino ha abierto entre nosotros y sin que en ello tengamos la menor— culpa, un abismo que nada logrará salvar!

—¿Por qué motivo? —preguntó el doctor Held, asombrado por el tono con que había hablado el herido, y en el cual parecía advertirse una gran angustia y un odio profundo —. Estos hombres son enemigos del rajá y de los ingleses; pero no de usted.

Sir Moreland miró al americano sin contestarle; pero su rostro tenía una expresión tan terrible, que le llamó vivamente la atención.

—Cualquiera diría que en la vida de usted hay algún secreto —dijo el americano.

—¡Maldigo al destino, eso es todo! —contestó el joven con voz sorda.

Luego, cambiando de tono, preguntó bruscamente:

—Doctor, ¿adónde nos conduce el comandante?

—Por ahora vamos hacía el Noroeste.

—¿A Sarawak? ¿Querrá desembarcarme?

—Qué, ¿lo sentirla usted?

—Tal vez sí.

—¿Por alejarse de la señorita Damna?

—Por otros motivos más graves —contestó el angloindio.

—¿Cuáles si no es una indiscreción mi pregunta?

—Porque el rajá me enviará de nuevo contra ustedes, y probablemente me estará reservado asestarles un golpe mortal y echar a pique a la mujer a quien amo —dijo sir Moreland.

—Ese día puede ser que aún tarde mucho en llegar.

—Yo creo lo contrarío, porque el barco de ustedes no va a poder estar en el mar eternamente, y no siempre encontrará medio de proveerse de víveres, de municiones y de combustible, máxime no contando con un solo puerto amigo.

—¡Sir, el océano es inmenso!

—Es cierto; pero cuando diez, veinte navíos les encierren a ustedes en un círculo de hierro, ¿qué esperanza les quedará? Admiro la audacia de estos piratas de Malasia, como admiro su buque, una obra maestra de la ingeniería naval; pero permítame usted que dude del buen éxito de la empresa que están realizando. No niego que podrán causar graves daños a la marina mercante inglesa, muchos disgustos al rajá, siendo como es el Rey del Mar el barco más rápido que quizá exista y también el mejor armado; pero no por eso ha de durar mucho tiempo este estado de cosas.

—Estos formidables corsarios, sir Moreland, no tienen la pretensión de mantener en jaque durante muchos años a las escuadras inglesas. Saben muy bien la suerte que les espera, y no ignoran que un día cualquiera, sus cadáveres irán a dormir el eterno sueño en las tenebrosas profundidades del mar, o en el fondo de cualquier abismo.

—¿Y lo sabe también la señorita Damna? —preguntó, estremeciéndose, el angloindio.

—Lo supongo, sir Moreland.

—¡Ah! ¡No! ¡Desembárquela usted! ¡Sálvela!

—Es imposible. Aquí combaten su padre y sus protectores, a los cuales, según tengo entendido, les debe la vida y no los abandonará —contestó el americano.

Sir Moreland se pasó una mano por la frente y dijo, como si hablara consigo mismo:

—¡Sería mejor que las escuadras nos echaran a pique a todos! ¡Por lo menos habríamos terminado y yo no oiría ya más el grito de la sangre que clama venganza!

CAPÍTULO VII - EN EL MAR DE LA SONDA

El Rey del Mar, que había navegado siempre a poca velocidad con objeto de economizar el precioso combustible, negaba seis días más tarde al cabo Taniong—Datu, vasto promontorio que cierra el golfo por Poniente, o, por mejor decir, el mar de Sarawak.

El Mariana ya se encontraba allí, escondido en una pequeña rada resguardada por elevadísimas escolleras que hacían Invisible el barco para los que pasaban de largo.

Lo gobernaba uno de los piratas más viejos de Mompracem, que había tomado parte en todos las empresas del Tigre de Malasia y de su compañero Yáñez; un hombre muy fiel y de un valor extraordinario como guerrero y como marino.

De acuerdo con las órdenes que había recibido, nevaba un buen cargamento de armas y municiones para aprovisionar al Rey del Mar, en caso de que tuviera necesidad de ellas; pero en lo tocante a carbón apenas había podido reunir unas treinta toneladas, porque después de la declaración de guerra de Sandokan, los ingleses de Labuán habían monopolizado todo el combustible que había en Bruni, capital del sultanato de Borneo.

Aquella partida de carbón apenas era suficiente para mantener al barco durante un par de días, y aun así, navegando a muy pequeña velocidad; sin embargo, se embarcó rápidamente en las carboneras.

Con el temor de que los persiguiesen, Sandokan se apresuró a dar las últimas órdenes al comandante del Mariana. Debía dirigirse sin titubear a Sedang, remontar el río hasta la ciudad del mismo nombre, fingiéndose una tranquila embarcación mercantil que arbolaba bandera holandesa, verse con los jefes de los dayakos que tomaron parte en la expulsión de James Brook, tío del actual rajá, proporcionarles armas y municiones, hacer atacar a hierro y a fuego las fronteras del Estado, y en seguida ir a esperar al Rey del Mar en la boca del río.

Algunas horas más tarde y mientras el Mariana se disponía para salir a la vela, el crucero se alejaba de Taniong—Datu para continuar su ruta con velocidad moderada hacia el noroeste, a fin de llegar a Mangalum para proveerse en abundancia en aquel depósito carbonífero, destinado a los buques que hacen la travesía directa en los mares de la China.

Al cabo de siete días, habiendo navegado siempre con muy poca rapidez para no encontrarse sin carbón en el caso de un encuentro con cualquiera de las escuadras enemigas, el Rey del Mar, que se había mantenido continuamente bastante alejado de la costa, pasaba a través del banco de Vernon. Aquel mismo día, sir Moreland, sostenido por el doctor, hizo su primera aparición en el puente.

Todavía estaba muy pálido y algo débil; pero la herida se le había cicatrizado casi por completo, gracias a su constitución robusta y a los asiduos cuidados del médico americano.

Era una mañana hermosa y no excesivamente cálida. Soplaba del sur una ligera brisa fresca que rizaba la inmensa superficie del mar de la Sonda, y que susurraba dulcemente entre las escotillas y el cordaje metálico del crucero.

Numerosas bandadas de pájaros, la mayor parte de ellos de los llamados pedreros, que son unas aves marinas dotadas de pasmosa agilidad y cuyo vuelo es ligerísimo, revoloteaban sobre el barco, juntamente con los Phoebetrie fuliginoso, los más pequeños de la familia de los diomedeos, persiguiendo a los peces voladores que las voraces doradas arrojaban de su elemento, obligándolos a volar largo trecho sobre las olas para ponerse a salvo.

Cuando vio aparecer al angloindio apoyado en el brazo del doctor, Yáñez, que estaba paseando por el puente al lado de Surama, se apresuró a ir a su encuentro.

—¡Vaya, ya le veo a usted restablecido! —le dijo —. ¡Crea que me alegro mucho, sir Moreland! A los hombres de mar les hace más provecho el aire libre del puente que el del camarote.

—¡Sí, señor Yáñez, ya estoy bien, gracias a los cuidados y a las atenciones de este buen doctor! —respondió el capitán.

—Desde este instante puede usted considerarse, no como nuestro prisionero, sino como nuestro huésped. Está usted en completa libertad para hacer lo que mejor le plazca e ir donde más le acomode. Para usted nuestro barco no tiene secretos.

—¿Y no teme usted que pueda abusar de su generosidad?

—No, porque le creo a usted un caballero.

—Piense usted en que cualquier día nos encontraremos frente a frente como enemigos terribles.

—Entonces combatiremos con lealtad.

—¡Ah, eso sí, señor Yáñez! —dijo sir Moreland, con cierta aspereza.

Después de haber pronunciado estas palabras, de haber echado una larga ojeada sobre la superficie del mar y de haber aspirado afanosamente el aire marino, dijo:

—Han salido ustedes de la región cálida. Esta brisa es del Norte. ¿Dónde estamos si no hay inconveniente en que lo sepa?

—Muy lejos de Sarawak.

—¿Huyen ustedes de los lugares que frecuentan los barcos del rajá?

—Por ahora sí, porque tenemos que renovar nuestras provisiones.

—Entonces, ¿tienen ustedes puertos amigos?

—No, ciertamente. A nosotros nos bastan los de los enemigos para aprovisionarnos —contestó sonriendo el portugués —. Sir Moreland, colóquese usted donde crea que puede aspirar mejor esta hermosa brisa.

El angloindio se inclinó para dar las gracias y subió a la toldilla de la cámara, donde habla visto a Damna, sentada en una mecedora colocada bajo el toldo extendido a la altura de las guías.

La joven fingía leer un libro; pero no había dejado de mirar al capitán a través de sus largas pestañas.

—Señorita Damna —dijo Moreland, acercándose a la muchacha —, ¿me permite usted que me siente a su lado?

—Le esperaba a usted —contestó la hija de Tremal-Naik, ruborizándose ligeramente —. Estará usted mejor aquí que en el camarote. Allí hace calor.

El doctor Held ofreció una silla al convaleciente, encendió un cigarro y fue a reunirse con Yáñez que, juntamente con Surama, se divertía en mirar los saltos que daban los pobres peces voladores, perseguidos en el mar por las doradas y por los pájaros marinos en el aire.

El angloindio permaneció silencioso durante algunos Instantes mirando a la joven en aquellos momentos más hermosa que nunca; finalmente, dijo con voz en la que se advertía una vibración extraña:

—¡Qué felicidad encontrarme aquí después de tantos días de encierro, y al lado de usted todavía, cuando ya pensaba que no volverla a verla, después de su fuga de Redjang! ¡Me la jugó usted de veras, señorita!

—¿No me ha guardado usted rencor, sir Moreland, por haberle engañado?

—Ninguno, señorita; estaba usted en su derecho de recurrir a cualquier ardid para recobrar su libertad. Sin embargo, yo hubiera preferido tenerla prisionera,

—¿Por qué?

—No lo sé; me sentía feliz estando cerca de usted.

El capitán exhaló un largo suspiro y después añadió, con voz triste:

—¡Y, sin embargo, el destino me impondrá el deber de olvidarla!

—Sí, sir Moreland; será preciso Inclinarse ante la adversidad del destino.

—Todavía no sé —repuso el capitán— lo que haré para romper con los decretos de los hados.

—No olvide usted, sir, que entre nosotros está la guerra, y que ésta nos separará para siempre. ¿Qué dirían mí padre, Yáñez y Sandokan, si supieran que aceptaba la mano de uno de sus enemigos? ¿Y qué dirían las gentes de usted, cuyo odio hacia nosotros es todavía más profundo, más encarnizado, más despiadado? ¿Ha pensado usted en eso, sir Moreland? Usted, uno de los más brillantes oficiales de la marina del rajá, a quien su patria ha armado para que nos suprima sin misericordia, ¿podría casarse con la protegida de los piratas de Mompracem? Comprenda usted que es completamente imposible, que es un sueño que jamás se convertirá en realidad, porque el abismo que nos se para es demasiado profundo.

—Nuestro amor colmaría ese abismo, porque el amor no tiene patria.

—Quisiera que así fuese —dijo Damna tristemente —. Sir Moreland, olvídeme usted. El día en que recobre usted su libertad, olvídese de mí; vuelva usted al mar, y obedezca a la voz del deber, que le obliga a exterminamos. Olvide que en este barco se encuentra una muchacha a quien ha querido, y sin misericordia haga tronar la artillería contra nosotros, y échenos a pique o háganos saltar por los aires. Nuestro destino está escrito con letras de sangre en el gran libro de la vida, y todos estamos dispuestos a afrontarlo.

—¡Yo, matarla a usted! —exclamó el angloindio —. ¡A todos los demás, sí, pero a usted, no!

Las palabras «los demás» las había pronunciado con tal acento de odio, que Damna le miró con espanto.

—¡Cualquiera diría que tiene usted secretos rencores contra Yáñez y Sandokan, y también contra mi padre!

Sir Moreland se mordió los labios, como si se hubiera arrepentido de haber pronunciado aquellas palabras, y contestó en seguida:

—Un capitán no puede perdonar a los que le han vencido y han hundido su barco. Yo estoy deshonrado, y necesito el desquite, sea cuando sea.

—¿Y los ahogaría usted a todos? —preguntó Damna, horrorizada.

—¡Hubiera sido mejor que yo me hubiera hundido con mi nave! –dijo el capitán, rehuyendo la pregunta de la joven —. ¡No volvería a oír ese grito terrible que me persigue!

—¿Qué es lo que usted está diciendo, sir Moreland? —¡Nada! —respondió el angloindio, con voz sorda —. ¡Nada, señorita Damna! ¡Divagaba!

Se levantó y empezó a pasear agitadamente, como si ya no sintiese los dolores que debía de producirle la herida, todavía no cicatrizada por completo.

El doctor Held, que se encontraba allí cerca, al verle tan agitado, se le acercó.

—¡No, sir Moreland! —le dijo —. Esos esfuerzos pueden acarrearle graves consecuencias, y por ahora le prohibo que los haga. ¡Todavía está usted bajo mi autoridad!

—¿Qué importa que vuelva a abrirse la herida? —dijo el angloindio —. ¡Desearía que la vida se me escapase por ella! ¡Así, por lo menos, todo habría terminado!

—No se lamente usted de que le hayamos salvado, sir —dijo el médico, cogiéndole del brazo y llevándoselo hacia la cámara —. ¿Quién puede decir lo que la suerte le tiene reservado?

—¡Amarguras, nada más que amarguras! —contestó el capitán.

—Sin embargo, ayer parecía que estaba usted contento de hallarse todavía vivo.

El angloindio no respondió y se dejó conducir al camarote, pues se había levantado un viento muy fresco.

El Rey del Mar continuaba su ruta hacia el Norte, sosteniendo siempre una velocidad de siete nudos.

Al mediodía, Yáñez y Sandokan tomaron la altura, y vieron que los separaba de Mangalum una distancia de ciento cincuenta millas; distancia que podían recorrer en poco más de veinticuatro horas, sin tener que forzar la máquina.

Ambos tenían prisa por llegar, pues el tiempo tendía a descomponerse rápidamente, a pesar de haber amanecido un día magnífico.

Aparecieron unos cirros blanquecinos hacia el Sur, que se iban ensanchando y avanzaban lentamente: eran la vanguardia de nubes mucho más densas, y a los dos piratas no les agradaba la perspectiva de dejarse sorprender por un huracán en aquellos parajes llenos de bancos y de escolleras aisladas.

Efectivamente, el mar de la Sonda, tan abierto a los vientos fríos del Sur y del Oeste, es uno de los peores para los navegantes, porque se forman en él olas tan gigantescas, que ni en el propio océano Pacífico se ven de tales dimensiones.

Por otra parte, Mangalum no podía ofrecer un refugio seguro a un barco de gran porte, pues no contaba más que con una rada muy pequeña, suficiente tan sólo para los praos.

Los temores de los dos viejos lobos de mar, muy pronto se vieron confirmados.

Por la tarde, el sol desapareció entre un espeso velo de vapores de color muy oscuro, y la brisa se había trocado en un viento fuerte y bastante fresco.

La calma que hasta entonces había reinado, en el mar, se había turbado; de vez en cuando, largas oleadas procedentes del Sur, se estrellaban contra el crucero mugiendo sordamente, y le levantaban, imprimiéndole una brusca sacudida.

—Mañana tendremos mar gruesa —dijo Yáñez al doctor Held, que había vuelto a subir a la cubierta —. Si se desencadena el huracán, el Rey del Mar va a bailar de un modo terrible. Yo he cruzado ya estos parajes y sé lo terribles que son cuando soplan los vientos del Sur y del Oeste.

—Creo que se levantan olas verdaderamente monstruosas, ¿verdad, señor Yáñez?

—De quince metros, y hasta, a veces, incluso alcanzan una altura de dieciocho metros; y su longitud es inconmensurable.

—Pero Mangalum no debe de estar muy lejos ya.

—Es preciso rodear la isla y alejarse de ella, mi querido señor Held. Mangalum no es más que un gran escollo, y las otras dos isletas que lo flanquean, dos puntas rocosas.

—En ese caso, será una vida poco envidiable, la de sus habitantes. Y, sin embargo, no parece que estén descontentos de su tierra, aun cuando se hallan poco menos que aislados del resto del mundo, pues lo único que ven, y sólo de cuando en cuando, es algún que otro barco que va a aprovisionarse de carbón.

—Y son tan pocos los buques que entran en la rada de Mangalum, que el depósito de combustible sólo se renueva cada dos o tres años.

—Dicen que es la colonia más pequeña que existe en el globo.

—Es cierto, doctor; su población no excede de cien personas. El año pasado no eran más que noventa y nueve. Claro que hace años llegó a haber hasta ciento veinticinco.

—¿Y por qué ha disminuido?

—Por efecto de un tremendo huracán que arrojó las olas a través de la isla, las cuales asolaron muchas casas y arrastraron a varios de sus habitantes.

—Y los supervivientes, ¿por qué no abandonaron la isla?

—Porque, a pesar de lo Ingrata y poco segura que es aquella tierra, la quieren; por otra parte, en ningún otro lugar podrían gozar de la libertad de la que disfrutan en su Isla. Aun cuando pertenecen a diferentes razas, pues los hay Ingleses, americanos, malayos, burgueses de Madagascar y chinos, todos viven en perfecta armonía y bajo un régimen de Igualdad absoluta. Se puede decir que esos isleños han resuelto a su satisfacción el famoso problema social, pues practican algo parecido al comunismo, Su jefe es el habitante más viejo de la Isla, pero sus poderes son limitados. Todos trabajan para la comunidad, se instruyen unos a otros y no conocen el valor de la moneda, que para ellos es solamente una curiosidad. Hasta las mujeres, que están en mayor número que los hombres, se han dedicado a los trabajos masculinos, con objeto de evitar el peligro que podría acarrear el que se desequilibrase la producción y el consumo.

—¡Entonces, es una isla maravillosa! —exclamó el doctor.

—Considerándola desde cierto punto de vista, es admirable, en efecto —dijo Yáñez.

—¿Hace muchos años que está poblada?

—Desde mil ochocientos diez. Antes no había más habitantes que grandes bandadas de pájaros marinos. Un desertor Inglés llamado Granvil fue el primero que, en unión de otro compañero suyo y de un americano, arribó a esta isla. Como era más fuerte que sus compañeros, se proclamó a sí mismo rey de la Mangalum y de los dos islotes vecinos. Sin embargo, el cargo que se había adjudicado no le sirvió para gran cosa, porque cuando, en mil ochocientos dieciocho, el Gobierno inglés envió un barco para que tomara posesión de la isla, solamente vivía el americano. Este poseía mucho oro, mercancía totalmente inútil entre aquellas rocas, y que, en cambio, en su patria le hubiera proporcionado grandes goces; pero cuando le invitaron a que regresase a América, se negó terminantemente. Poco más tarde empezaron a desembarcar malayos, burgueses e ingleses. Y en mil ochocientos sesenta y cinco, la población aumentó de golpe, pues un corsario americano que durante la guerra de Secesión había hecho cuarenta prisioneros, los desembarcó en la isla. Aquel aumento inesperado hizo durísima la vida de los isleños, pues el buque corsario se olvidó de desembarcar, al mismo tiempo que los hombres, víveres, A pesar de ello, la colonia fue prosperando poco a poco, y continuó aumentado. Probablemente, a estas horas, el señor Griell, que es el actual gobernador de la isla, tiene más de un centenar de administrados.

—¡Un reyezuelo!

—Que rige bien su reino, sobre todo desde que recibió la visita de un almirante de la escuadra inglesa de la China, que le invistió con el poder supremo por encargo de la reina de Inglaterra.

—¡Sería cosa de haber visto los honores que habrán rendido al almirante!

—No, señor Held; los honores los tuvo que hacer él, ofreciendo a la colonia un banquete pantagruélico, que aún recuerdan con gran placer los glotones de la isla; y al banquete siguieron muchos regalos, entre ellos el de una bandera inglesa, que Griell conserva.

—Ardo en deseos de ver ese reinecito. Supongo que nos dispensarán una buena acogida —dijo el doctor.

—Lo dudo —respondió Yáñez —, porque a esos isleños no les interesa que disminuya su provisión de carbón, que ellos consumen en gran parte, Sin embargo, lograremos calmarlos, teniendo, como tenemos, argumentos muy persuasivos. Estamos en guerra y se la haremos, sin excepción alguna, a todos los súbditos ingleses.

CAPÍTULO VIII - LA ISLA DE MANGALUM

Las olas batieron, durante toda la noche, con furioso ímpetu, los costados del buque.

El viento había ido en aumento, aunque todavía su violencia no era tanta como para que dificultara la navegación de aquel poderoso barco, dotado de magníficas condiciones marineras, a pesar del enorme peso de su artillería gruesa y de las torres blindadas.

A la mañana siguiente, el tiempo tenía un cariz más amenazador, Las olas se sucedían furiosas, con las crestas llenas de espuma, y produciendo un sordo fragor al romperse con estruendo contra el espolón del barco.

Al pasar por encima de la cresta de las olas, el viento levantaba verdaderas cortinas de agua, que recorrían el océano danzando de un modo desordenado, y que al chocar contra la arboladura y las torres del crucero, se deshacían en lluvia.

Grandes nubarrones cubrían el cielo, interceptando por completo la luz del sol y proyectando una sombra tétrica sobre el mar.

Los pájaros marinos, verdaderas aves de los temporales, se solazaban por entre las olas, dejándose conducir por el viento, y saludaban a la tempestad con gritos ensordecedores.

Los albatros corrían a ras del agua y de repente se elevaban, describiendo vertiginosos círculos; los quebrantahuesos atravesaban las montañas de agua que rodaban por el océano, y volteaban en el aire los llamados fragatas.

Pero el Rey del Mar afrontaba admirablemente el huracán, remontando con facilidad las olas que le asaltaban por la proa, y que mugían y bramaban a sus costados.

Sandokan y Yáñez dieron orden a Horward para que activase los fuegos de las calderas, con objeto de poder llegar a Mangalum antes de que el huracán se desencadenase, porque entonces seria peligrosísimo intentar la arribada.

Durante la tarde estalló la borrasca con verdadero furor, y todavía no se divisaba el pico de la isla.

La prudencia aconsejaba internarse en el mar, pues de este modo el crucero no se expondría al peligro de que el viento lo arrojase contra una roca.

—Esperaremos a que esto se calme para acercamos a Mangalum —dijo Sandokan —; todavía tenemos combustible para un par de días.

El Rey del Mar había puesto la proa a Poniente, pues en aquella dirección no había bancos ni escollos, El huracán le batía entonces con inaudita violencia, y le imprimía espantosas sacudidas.

Todo el mundo estaba en la cubierta, incluso Damna y sir Moreland.

Las olas, que semejaban montañas, se volcaban encima del crucero, lanzando mugidos ensordecedores, oponiéndose a su marcha y amenazando con llevarle muy lejos de la ruta que seguía.

—Es una borrasca terrible —dijo sir Moreland a Damna, que se resguardaba entre la torre de popa y la amura del coffedarm —. Su barco tiene que luchar mucho para poder mantenerse.

—¿Qué? ¿Hay peligro de ir a pique? —preguntó la joven, sin que en su voz pudiera advertirse el menor indicio de miedo.

—Por ahora no, señorita. El Rey del Mar es un barco a prueba de escollos, y no puede deshacerlo ninguna ola.

—Sin embargo, ¡qué gigantescas son!

—Enormes, señorita. Precisamente en estos parajes alcanzan una altura espantosa. Retírese usted, éste no es su sitio, señorita. Aquí se corre inminente peligro.

—Sí los demás lo afrontan, ¿por qué he de huir yo?

—Son hombres de mar. Retírese usted, señorita, por que ahora el crucero se dispone a virar de bordo, las olas van a barrer la popa, y alguna podría llegar hasta la torre.

—¡Me causa tanta pena no poder admirar este huracán en el apogeo de su terrible cólera! ¡Ah! ¡Qué espectáculo! ¡Mire usted, sir Moreland, mire usted qué olas! ¡Parece que van a envolvernos y a arrastrarnos! ¡Espere usted un minuto más!

—¡Cuidado, señorita! ¡Las olas asaltan la popa! ¿Lo ve usted?

El Rey del Mar, que luchaba por alejarse mar adentro, se encontraba con frecuencia con la hélice fuera del agua, y parecía una minúscula cáscara de nuez, Saltaba sobre aquellas montañas líquidas dando tales bandazos, que hacían temer que perdiese estabilidad en el momento menos pensado; otras veces caía en el abismo, en el cual parecía que se hundía para siempre.

Los golpes de mar se sucedían sin tregua y barrían la toldilla, con grave peligro para los marineros, a quienes arrojaban contra la obra muerta, y algunas veces, incluso los arrastraba.

Yáñez y Sandokan miraban Impasibles aquellos furores de la naturaleza. Aferrados al pasamanos del puente, tranquilos, inmutables, daban las órdenes con voz tan tranquila como de ordinario.

Tenían absoluta confianza en su barco, y no dudaban que habían de salir Incólumes de la tormenta.

Por otra parte, habían adoptado todas las precauciones posibles para poder afrontarla ventajosamente.

Redoblaron el personal de máquinas y el del timón, hicieron reforzar los cabos de las chalupas, atar la artillería ligera, asegurar la gruesa y cerrar todas las puertas, escotillas, etc., para que no entrase en el interior del barco ni una gota de agua.

El Rey del Mar estuvo afrontando valerosamente durante toda la noche las iras del huracán, sin alejarse demasiado de los parajes de Mangalum; hacía el mediodía del día siguiente, el viento se calmó, y el barco volvió a tomar su primitiva ruta.

El cielo, sin embargo, seguía amenazador, y todo hacía temer que la tempestad tendría, más tarde, una segunda parte.

—Apresurémonos, para poder aprovechar estos momentos de relativa calma –dijo Sandokan a Yáñez y a Tremal-Naik —. Las carboneras están casi vacías y seria una grave imprudencia dejarse alcanzar por otro huracán con los fuegos medio apagados.

Ya no debían de estar muy lejos de la isla, porque el Rey del Mar, sosteniéndose aguas adentro por temor de ser arrojado contra aquella tierra o contra las escolleras que la rodeaban, no se había acercado mucho a las costas del Oeste.

A eso de las diez de la mañana se desgajaron las masas de vapores que aborregaban el cielo, y una montaña se dibujó claramente en el horizonte.

—¿Es Mangalum? —preguntó Tremal-Naik a Yáñez, que la miraba con el anteojo.

—Sí —respondió el portugués —. Apresuremos la marcha, y haremos rabiar a esos Isleños y a su minúsculo gobernador.

El Rey del Mar aumentó la velocidad de la marcha, consumiendo las últimas toneladas de carbón. La montaña Iba agrandándose a ojos vistas. Era una gran ondulación del terreno, cubierta por una vegetación muy espesa y verdeante, y en su base y en un repliegue de la costa se veía el puertecito.

—Dentro de dos horas llegaremos —dijo Yáñez al hindú.

El portugués no se había engañado; todavía no era mediodía cuando el Rey del Mar se encontró frente a la pequeña rada, en cuya playa se velan grupos de cabañas y barcas en seco.

—¡Arrojad el escandallo! —gritó Sandokan —. A ver sí tenemos agua suficiente para entrar.

Sambigliong, junto con varios marineros provistos de sondas, había Ido a proa para medir la profundidad de las aguas, mientras que el Rey del Mar moderaba rápidamente su velocidad.

Cuando vieron aparecer aquel enorme barco, los habitantes de la Isla, en su mayoría pertenecientes a la raza blanca, se apresuraron a salir de sus cabañas y, creyéndole Inglés, fueron corriendo a enarbolar en la antena de señales la preciosa bandera que les habla regalado el almirante del mar Amarillo.

Eran unos cincuenta, entre hombres, mujeres y niños, éstos saltaban alegremente por los montones de algas gigantescas que cubrían las orillas de la minúscula bahía, creyendo tal vez que iban a ser nuevamente obsequiados con otro banquete digno de Gargantúa, como el que les ofreciera el almirante británico.

Después de haber recomendado a los timoneles que tuvieran siempre al Rey del Mar al largo de la playa, Sandokan dio orden de echar al agua la chalupa de vapor y las dos balleneras mayores, pues las olas seguían siendo muy fuertes.

—Veo el carbón —dijo.

—Y yo los bueyes que están paciendo en los cercados —contestó el portugués.

—Me parece que la carrera que hemos dado no habrá sido en balde —añadió el Tigre de Malasia —. Por lo menos aquí no habrá que temer que hagan resistencia.

En las chalupas había ya treinta malayos armados con fusiles y kampilangs, el embarque había sido muy dificultoso, a causa del fuerte oleaje.

El Rey del Mar se colocó de través; en seguida se echó una buena cantidad de aceite bajo viento y contra viento, lográndose obtener así una calma relativa.

El agua se calmó en el trozo comprendido entre el buque y la isla, y el desembarco pudo efectuarse con facilidad.

Por mandato de Yáñez, la chalupa de vapor tomó a remolque las dos balleneras y se dirigió rápidamente hacia la playa, en la cual se abría una pequeña cuenca llena de algas, que daba paso a otra más amplia y completamente limpia.

La travesía había sido efectuada en cinco minutos.

Yáñez, que asumid el mando de la expedición, fue el primero que desembarcó entre la minúscula población de Isleños, y preguntó por el gobernador.

—Soy yo, señor —contestó un viejo que vestía un traje de tambor mayor del ejército Inglés, por lo solemne de las circunstancias —. Soy muy feliz en ver y saludar a un capitán de Su Majestad la reina de Inglaterra.

—Señor gobernador, la reina de Inglaterra no tiene nada que ver con nosotros —respondió el portugués, mientras sus hombres desembarcaban y cargaban sus fusiles —. Quiero decir que no soy representante del imperio británico.

—¿Qué es lo que dice usted, señor? —exclamó el viejo, inquieto.

—Según parece, no tiene usted noticias frescas del lo que ocurre en el mundo.

—Por aquí no viene más que algún que otro barco, y no han vuelto a dejarse ver los almirantes ingleses.

—Entonces, tengo el disgusto de informar a usted que nosotros estarnos en guerra con Inglaterra, por cuya razón debe usted considerarnos como a enemigos.

—¿Y vienen ustedes a conquistar la isla? —exclamó el gobernador, palideciendo —. ¿Quiénes son ustedes? ¿Holandeses, quizá?

—Nosotros somos los tigres de Mompracem.

—He oído hablar vagamente de ustedes.

—¡Tanto mejor! Pero puede usted tranquilizarse: no tenemos intención de destruirle, y mucho menos de apoderarnos de su isla, señor Griell.

—Entonces, ¿qué es lo que desean? —preguntó, temblando, el gobernador.

—¿Es cierto que los ingleses tienen aquí un pequeño depósito de carbón?

—Sí, señor; pero nosotros no podemos disponer de él, sino el Gobierno de la Gran Bretaña; por lo tanto, comprenderá usted que no puedo tocarlo, sin antes haber recibido una orden del Almirantazgo.

—Esa orden haré que se la den más tarde —respondió Yáñez —. Ese carbón, que no puede usted defender, es nuestro por derecho de guerra; y si quiere usted evitarse perjuicios, es necesario que dentro de una hora me traigan agua dulce y víveres; de lo contrario, una vez haya pasado ese plazo de tiempo, mis hombres destruirán las viviendas y las plantaciones de todos ustedes.

—¡Señor! —exclamó el pobre gobernador —. ¡Protesto contra esa violencia!

—Debía usted de protestar contra el Almirantazgo, que no ha pensado en enviar aquí una escuadra para defenderlos —dijo Yáñez, con voz seca —. ¡Vamos, aquí espero, reloj en mano!

—¡Es un acto de piratería!

—Llámelo usted como quiera, porque a mí me tiene sin cuidado. ¡Que se retiren todos, o mis hombres harán fuego!

Esta amenaza, formulada en lengua inglesa, obtuvo un resultado inmediato. Los isleños, que ya miraban de través a los corsarios, ante el temor de que, efectivamente, les hiciesen una descarga, se dispersaron en seguida, yendo a refugiarse en sus viviendas.

Unicamente el gobernador, por el prestigio de su dignidad, se retiró el último, llamando a consejo a tres o cuatro colonos ancianos, que serían, probablemente, los personajes más influyentes y respetados de la isla.

Sin tomarse el trabajo de esperar las decisiones del gobernador, Yáñez se dirigió hacia el depósito de carbón, que se hallaba situado en el extremo de la bahía bajo un gran cobertizo.

Habría acumuladas allí, por lo menos, seiscientas toneladas de combustible, provisión nada despreciable; pero su transbordo habla de exigir mucho tiempo.

Regresaron a bordo dos chalupas, con objeto de conducir a tierra a otros ochenta hombres de refuerzo, y comenzó el acarreo, a pesar de lo pésimo del tiempo y de los furiosos aguaceros que se sucedían a cada cuarto de hora.

Mientras que los malayos y los dayakos trabajaban de un modo febril, Yáñez, que se habla sentado bajo el cobertizo, contaba los minutos reloj en mano y con el cigarrillo entre los labios, resuelto a tomar una determinación violenta.

Reunió cerca de sí una docena de fusileros que no esperaban más que una orden para entrar a saco en las viviendas de los isleños y destruir sus plantaciones.

Pero no había transcurrido todavía la hora, cuando aparecieron algunos colonos conduciendo hacía la bahía unas cincuenta cabras y otras tantas ovejas, animales todos ellos de buen aspecto y hermosa raza, con los cuales se podrían hacer soberbios filetes.

Los precedía el gobernador, acompañado por sus consejeros. El pobre hombre tenía un aspecto muy afligido; pero también manifestaba la cólera que le embargaba.

—Señor —dijo, acercándose a Yáñez —, cedo ante la fuerza; pero haré presente mi queja al Almirantazgo.

En lugar de contestarle, el portugués sacó de su cartera un talón y se lo dio.

—¿Qué es esto? —preguntó, sorprendido, el gobernador.

—Es un cheque de quinientas libras esterlinas, que puede usted cobrar o hacer que se lo cobren en Pontianak, donde residen nuestros banqueros. Esos animales pertenecen a sus administrados, y se los pagamos; el carbón pertenece al Gobierno inglés, y se lo cogemos. Ahora déjenos usted tranquilos y no vuelva a ocuparse de nosotros.

—Hubiera preferido quedarme con mis animales, que nos son bastante más útiles que el dinero de usted —respondió, irritado, el gobernador.

Probablemente, no serían sólo esas palabras las que hubiera querido decirle, si hubiera podido; pero al ver que los fusileros levantaban sus armas, se alejó prudentemente, seguido de sus consejeros.

Mientras tanto, desembarcaron más hombres con chalupas; y como entre el Rey del Mar y la playa las aguas estaban bastante tranquilas, pues el buque se oponía, con su mole, al embate de las olas, la operación de estibar el combustible prosiguió con actividad febril.

Todos rivalizaban en apresuramiento. Mar afuera, las olas se encrespaban por momentos, deshaciéndose con rabia contra los escollos; el tiempo, por su parte, no tendía a aclarar ni mucho menos, y el embarque de aquella masa de combustible requería muchas horas de trabajo.

Montañas y más montañas de carbón iban cayendo en la carbonera durante todo el día y buena parte de la noche. Al día siguiente fue Tremal-Naik a relevar a Yáñez. El mar se había calmado un tanto, aun cuando el tiempo seguía amenazador, y el portugués propuso a sir Moreland hacer una correría por una de las isletas que flanqueaban a Mangalum, con objeto de cazar pájaros marinos. Como Surama se hallaba indispuesta a causa de un mareo, propuso a Damna que les acompañara, tanto más cuanto que la joven era una gran cazadora.

Después de almorzar, el angloindio, el portugués y la muchacha, armados con escopetas, se embarcaron en una ballenera pequeña y se dirigieron a la isleta de Poniente, que era un enorme escollo cuya cumbre alcanzaba una altura de setecientos u ochocientos pies, y que caía, como cortada a pico, sobre las aguas, por tres de sus vertientes.

En los salientes de las rocas se velan revoloteando miles de pájaros. La mayor parte de ellos eran albatros blancos y negros, que, a pesar de que viven juntos en los islotes desiertos, se hallan separados según el color de sus plumas, Sin embargo, no faltaban otras muchas clases de aves marinas, mucho más apreciadas desde el punto de vista culinario.

Yáñez dirigía la chalupa, y en menos de media hora aproaron en la base del escollo y en una playa de algunos centenares de metros.

Una vez atada la embarcación detrás de una línea de rocas que la resguardaba de las acometidas de las olas, Damna y los dos cazadores treparon por los costados del gran peñasco, y comenzaron a disparar sobre las espesas bandadas de pájaros, que revoloteaban en tal cantidad sobre sus cabezas, que algunas veces llegaban a oscurecer la luz del sol.

Albatros blancos y negros, quebrantahuesos, los llamados gavieros y gaviotas caían por docenas en la playa, las demás aves ni siquiera se tomaban el trabajo de abandonar las altas grietas en las cuales habían anidado.

La cacería se prolongó hasta muy cerca de la puesta del sol, con gran satisfacción por parte de sir Moreland, que también era un magnífico tirador; pero como estaba la mar gruesa y se había levantado un viento violentísimo, decidieron emprender la vuelta rápidamente.

Iban ya a embarcarse, cuando oyeron la sirena del crucero que silbaba con insistencia.

—Nos llaman —dijo Yáñez —. Ya han terminado de cargar, y el Rey del Mar se dispone para marcharse.

Pero de pronto arrugó el entrecejo, al ver que las olas se estrellaban en el escollo con una violencia terrible.

—¿Habremos cometido una imprudencia en tardar tanto? —se preguntó —. ¡Qué movido está el mar!

—¡Apresurémonos, señor Yáñez! —dijo sir Moreland, mirando a Damna con inquietud.

—¡Me parece que ya a costarnos trabajo poder llegar a bordo!

La sirena del crucero continuaba silbando, y se veía a los marineros que les hacían señales.

—Parece que nos indican que no salgamos a mar abierto —dijo Yáñez —. ¿Estará peor de lo que creíamos del otro lado de las escolleras? ¡Bah! ¡Hagamos la prueba!

Agarró los remos y lanzó resueltamente a la chalupa fuera de la minúscula ensenada; pero apenas rebasaron la línea de los escollos, una ola enorme, una verdadera montaña de agua, cayó sobre ellos, y por poco los echa a pique.

Casi en aquel mismo instante vieron que el crucero, acometido por otra oleada más grande, todavía procedente del Sur, salía bruscamente empujado hacia la embocadura de la rada de Mangalum. El terrible golpe de mar debía de haber roto la cadena del ancla.

—¡Señor Yáñez! —gritó Damna, llena de espanto —. ¡El Rey del Mar huye!

Nuevas montañas de agua se debatían con furor entre la isla y el crucero, al propio tiempo que la noche caía rápidamente.

—Volvámonos, señor Yáñez —dijo sir Moreland —. El crucero ha sido arrastrado hacia afuera y...

No concluyó la frase. Una enorme ola que se precipitó sobre la chalupa, la volcó y arrojó a todos al agua.

Rápido como el pensamiento, Yáñez se abalanzó al salvavidas que iba atado al banco de popa, y sujetó a Damna por un brazo.

Apenas hubo pasado la ola, vio que también el angloindio se sostenía cogido al otro salvavidas de proa.

—¡Sir Moreland! —gritó, ¡Ayúdeme usted!

Damna se le habla escapado de entre las manos, pero el traje azul que vestía la joven volvió a aparecer a poca distancia de ambos.

El portugués, que era un nadador formidable, se puso en un par de brazadas al lado de la muchacha, llegando a tiempo de agarrar el vestido.

—¡Sir, ayúdeme usted! —repitió, con voz ahogada.

El capitán parecía que habla recobrado de golpe todas sus fuerzas en aquel instante supremo.

Mientras con la mano izquierda apretaba el salvavidas, con el brazo derecho suspendió a la joven por el cuello y le levantó la cabeza.

—¡Señorita, agárrese usted bien! ¡Estamos aquí el señor Yáñez y yo! ¡La salvaremos!

Al sentirse cogida y suspendida, Damna abrió los ojos. Estaba pálida como un Brío, y su mirada expresaba un terror profundo.

Al ver el salvavidas que el angloindio empujaba hacia ella, se aferró a él con una gran energía.

—¡Usted, sir!... —balbució.

—¡Y yo también, Damna! —dijo Yáñez —. ¡No te sueltes! ¡Cuidado! ¡Nos embiste otra ola!

—¡Una cuerda! —gritó el capitán —. ¡Ate usted el salvavidas!

—¡Mi cinturón! —contestó el portugués —. ¡Usted! ¡Tómelo usted! ¡Cuidado!.... ¡la ola!...

El angloindio ató con una rapidez realmente prodigiosa los dos anillos de corcho. Apenas había hecho el nudo, cuando se les echó encima una ola gigantesca.

Instintivamente, los dos hombres apretaron contra sí a la muchacha, y la sostuvieron con un brazo.

De pronto se sintieron arrebatados; después, lanzados a lo alto entre torbellinos de espuma que los cegaban, y, por último, precipitados en una espantosa sima que parecía no tener fondo.

—¡Señor Yáñez!... ¡Sir Moreland! —gritó la joven —. ¿A dónde descendemos?

—¡Animo, señorita! —respondió el capitán —. ¡La tierra no está lejos y las olas nos empujan! ¡Ya vuelve a elevamos otra ola!

—El islote se halla frente a nosotros y a menos de quinientos metros —dijo Yáñez —. Sir Moreland, ¿podrá usted resistir?

—Así lo espero —respondió el capitán.

—¿Y su herida?

—¡No se preocupe usted por ella! Está bien fajada y casi cerrada. ¡Otra ola!

Efectivamente, otra ola los cogió por debajo, los levantó casi hasta tocar las nubes, y volvió a precipitarlos con vertiginosa rapidez.

—¡Dios mío, qué golpes! —dijo Damna.

—¡No deje usted el salvavidas! —dijo el capitán —. ¡Nuestra salvación depende de estos anillos de corcho!

—¿Se ve todavía el Rey del Mar?

—Ha desaparecido, empujado por el huracán —contestó Yáñez —. Pero no tengas cuidado, Sandokan y Tremal-Naik no han de abandonamos. ¡Aquí está el escollo! ¿No iremos a parar contra las rocas? Sir Moreland, no se deje usted arrastrar.

El capitán no contestó. Miraba hacia el enorme escollo, cuya cumbre aparecía cubierta de nubes tempestuosas.

De pronto lanzó un grito de alegría.

—¡La calma, el aceite! —exclamó —. ¡Brahma nos protege!

¿Se había vuelto loco el angloindio? No, sir Moreland había visto bien.

Delante de ellos se calmaban las olas repentinamente.

Durante el embarque del carbón, Sandokan había mandado derramar en derredor del buque algunos barriles de aceite para tranquilizar las aguas y que pudiesen abordar las chalupas cargadas de combustible.

Aquella materia oleosa, empujada por alguna corriente se había acumulado delante del terrible escolio, formando una zona brillante de varios kilómetros de longitud y de algunos cables de anchura.

Bien conocida es la propiedad milagrosa que tienen las materias grasas para apaciguar las olas enfurecidas. Con algunos barriles hay, a menudo, suficiente para obtener una calma relativa en derredor del barco, pues el aceite tiende a extenderse mucho.

El que la tripulación del Rey del Mar había derramado en aquellas catorce o quince horas fue bastante para establecer una relativa calma entre las tres islas.

—¡Sí, el aceite! —contestó Yáñez —. ¡Otra ola, y llegaremos a la zona pacífica!

Una nueva ola llegaba mugiendo y bramando. Tenía una altura de unos quince metros, por lo menos, y su cresta estaba llena de espuma. Su longitud alcanzaba varias millas.

Cogió a los náufragos, los elevó huta la cumbre, y en seguida los arrojó hacia adelante; pero apenas penetró en la zona oleaginosa, perdió de repente su ímpetu y se deslizó bajo el aceite, transformándose como por arte de encantamiento en una larga ondulación, privada ya de toda violencia.

—¡Estamos a salvo! —gritó el portugués —. ¡Sir Moreland, un esfuerzo más, y llegaremos al islote!

El angloindio le miró sin abrir la boca. Estaba muy pálido, y de sus labios salía un ronco silbido.

Probablemente había vuelto a abrírsele la herida recién cerrada, con los esfuerzos incesantes que había llevado a cabo, y también por lo prolongado de su estancia en el agua. Sus fuerzas se agotaban a ojos vistas.

—¡Sir —dijo Damna, que se dio cuenta inmediatamente de lo que sucedía —, usted está enfermo!

—¡No es nada!... La herida... —contestó el capitán, con voz apagada —. ¡Bah! ¡Resistiré.. cerca de usted.... señorita!... ¡La tierra... está... allí!...

Las oleadas que siguieron les empujaron con suavidad hacia el escollo, cuya imponente mole se alzaba gigantesca a menos de un cable de distancia.

Si el océano estaba más o menos tranquilo en el espacio adonde había llegado la grasa, más allá estaba hecho una furia.

Las olas se sucedían las unas a las otras con horrísono fragor, y sobre los náufragos rugía el viento con rabia sin igual, en competencia con los truenos que retumbaban por todo el ámbito.

Los náufragos estaban ya casi a cubierto de los furores de la borrasca, y se dirigían siempre hacia el centro de la mancha de aceite, abriéndose paso por entre enormes aglomeraciones de algas.

—¡Salgamos pronto de aquí, sir Moreland! —dijo Yáñez, que nadaba con gran vigor, remolcando los dos salvavidas —. ¡Estas aguas saturadas de aceite van a dejar nuestras ropas en un estado lastimoso! ¡Parecemos balleneros o cazadores de focas!

—¡Sí, apresurémonos! —contestó Damna —. ¡Sir Moreland ya no puede más!

—¡Cierto, no puedo negarlo! —respondió el angloindio, que se movía fatigosamente.

—Otro menos robusto y menos enérgico que usted, se hubiera ido al fondo a estas horas —dijo Yáñez.

—¡Ah! ¡Siento las algas bajo mis pies! ¡Dejémonos llevar por las olas!

Su buena suerte los había empujado hacia la playa donde habían estado cazando por la tarde.

Algunos montones de hierbas marinas de las llamadas por los isleños beccalumgas asomaban por entre las hendiduras de las rocas; más arriba no había nada: las peñas, de color negruzco, estaban desnudas por completo, y parecía como si las hubiesen teñido torrentes de pez que descendieran de la cumbre.

Los tres náufragos fueron a caer dulcemente en la tierra arenosa, empujados por la última ola, Ya era tiempo: sir Moreland estaba a punto de soltarse.

Yáñez ayudó a Damna a subir a la playa, pues el angloindio apenas tenía fuerzas para moverse.

—¡Los salvavidas! —balbució sir Moreland.

—¡Ah, sí! ¡Es cierto! –contestó Yáñez —. ¡Son demasiado útiles para dejar que se pierdan!

Volvió a descender a la playa y los sacó a la arena.

—¿Cómo se siente usted, sir Moreland? —preguntó Damna, con solicitud.

—Un poco débil, señorita; pero todo pasará. Afortunadamente, la herida no ha vuelto a abrirse.

—Busquemos un lugar donde resguardarnos —dijo Yáñez —. Con este huracán, que cada vez se hace más violento, el Rey del Mar no podrá volver en seguida.

—¿Correrá algún peligro, señor Yáñez?

—No lo creo, Damna. Resistirá maravillosamente esta segunda prueba. Por fortuna, ha completado a tiempo su provisión de combustible.

—¿De modo que nos veremos precisados a pasar aquí la noche? —dijo Damna.

—Nadie vendrá a importunarnos; en estas rocas no habrá panteras negras. Refugiémonos en este saliente, y esperemos a que amanezca.

El portugués cogió una brazada de algas y se dirigió hacia una roca cuya cima ofrecía un refugio bastante grande para estar a cubierto los tres náufragos.

Sir Moreland y Damna le siguieron, llevando cada uno, a su vez, otra brazada de algas, para tener un asiento menos duro que el que podía proporcionarles el áspero peñasco.

CAPÍTULO IX - LA TRAICIÓN DE LOS COLONOS

Durante toda la noche, el huracán siguió rugiendo con inusitada violencia, acompañado de una lluvia torrencial que semejaba un verdadero diluvio, y el agua, corriendo a lo largo de los flancos del gigantesco escollo, se precipitaba en la playa en forma de pequeñas cascadas, empapando a los tres náufragos.

Los truenos eran ensordecedores; retumbaban entre las nubes tempestuosas, y en lo alto de la cumbre del islote se oía rugir el viento con inusitado furor.

La zona de mar comprendida entre las tres Islas estaba espantosamente embravecida. Montañas de agua se volcaban incesantemente sobre la playa, mugiendo en derredor de la escollera, saltando, cabalgando unas sobre otras. La espuma, Impulsada por las ráfagas de viento, llegaba hasta debajo de la peña donde se habían refugiado los tres náufragos, con gran disgusto de Damna.

—¡Qué noche más espantosa! —decía la joven —. ¿Qué le habrá sucedido a nuestro barco? ¿Podrá el señor Sandokan hacer frente a la tempestad? ¿Qué opina usted, sir Moreland, usted que también es marino?

—Que el barco no corre peligro alguno —contestó el angloindio —. Habrá sido empujado bastante lejos, probablemente, y el Tigre de Malasia se habrá visto forzado a ponerse a la capa para huir del huracán. Esta es la región de las tempestades.

—Así, pues, ¿no sabemos cuándo podré volver a ver a mi padre?

—En estos parajes, los huracanes son muy violentos, pero, en cambio, no duran mucho tiempo —dijo Yáñez —. Sin embargo, los hay tan furiosos, tan enormes, que muchas veces, ni los mismos barcos de vapor pueden resistirlos. Después de todo, aquí no se está muy mal, noches peores he pasado. ¡Lo peor es que mis cigarros se han puesto inservibles! ¡Bah, ya me resarciré de este ayuno!

—Señor Yáñez —dijo el angloindio —, ¿nos habrán visto arribar los isleños?

—Es probable.

—¿No ha pensado usted que pueden venir a hacernos prisioneros para vengarse de nosotros, por el carbón que les han cogido?

—¡Por Júpiter! —exclamó el portugués —. ¡Hace usted que me preocupe, sir Moreland! También podría usted llamarlos, en calidad de súbdito inglés, y ordenar que me detuviesen. Estaría usted en su derecho, siendo, como es, enemigo nuestro.

El angloindio le miró sin responder, y por último dijo, secamente:

—Yo no haré eso, señor Yáñez. Por hoy debo estarle reconocido, lo que me pesa bastante, pero no por ello he de olvidarlo.

—Otro que no fuese como usted, no desperdiciaría una ocasión como ésta.

—Ocasión que no sería muy oportuna, porque no tardaría el Rey del Mar en venir a libertarle y tomar una dura venganza.

—¡Eso sí que no lo dudo! —respondió, riendo, el portugués —. En fin, dejemos esta conversación y procure usted descansar. Está usted más fatigado que yo, y la noche va a ser larga.

Efectivamente, Damna y el angloindio tenían gran necesidad de reposo; y, a pesar de los rugidos del mar y de los formidables estampidos de los truenos, no tardaron en caer rendidos sobre las algas.

Yáñez, que era de complexión más robusta y estaba más acostumbrado a las vigilias, permaneció de guardia.

De cuando en cuando se levantaba, y sin hacer el menor caso del diluvio que cala y de las oleadas de espuma que las ondas arrojaban sobre la roca, descendía hasta la playa para mirar al mar.

Esperaba que de un momento a otro verla lucir entre las tinieblas los faroles del crucero; pero su esperanza se desvanecía siempre. Entre aquel caos de aguas rugientes no aparecía ningún punto luminoso.

Cuando la luz de los relámpagos no iluminaba el horizonte, aquella masa líquida parecía negra, como si los torrentes que caían de las nubes fuesen de alquitrán.

Cuando el amanecer ya estaba próximo, comenzó a ceder un tanto la tempestad, alejándose hacía el Este, es decir, en la dirección seguida por el crucero. El viento había amainado, aun cuando siguiera oyéndosele bramar en la cumbre de aquel gigantesco escollo.

También las olas comenzaban a decrecer, y ya no se rompían en las rocas con la furia con que lo habían hecho durante la noche.

Suponiendo Yáñez que Damna y el angloindio seguirían durmiendo, salió del refugio en busca de algo conque desayunarse.

«Nos contentaremos con huevos de pájaros marinos —pensó —. Después de todo, no son tan malos como se cree».

En una especie de plataforma que se extendía a unos cuarenta metros de altura, había visto algunos nidos de pájaros; el portugués comenzó a trepar por las grietas y resaltos que hacían accesible por aquel lado el colosal escollo, por lo menos hasta cierta altura.

Habla ascendido ya unos quince metros, cuando de improviso llegaron hasta él unos gritos que parecían venir de lejos.

Presa de repentina Inquietud, Yáñez se volvió rápidamente, agarrándose con fuerza a la punta de una roca.

Una larguísima chalupa montada por media docena de isleños entraba en aquel momento en la minúscula rada.

—¡Por Júpiter! —exclamó, al mismo tiempo que se dejaba escurrir roca abajo —. ¡Nos han estropeado la combinación! ¿Cuánto apostamos a que me hacen pagar el carbón, metiéndome una onza de plomo en la cabeza?

En cuanto estuvo abajo, se precipitó en el refugio, gritando:

—¡En pie, sir Moreland!

—¿Ha llegado el Rey del Mar? —preguntaron a un tiempo el capitán y Damna.

—Lo que ha llegado ha sido otra cosa muy distinta —respondió Yáñez —, ¡Son los isleños, que van a desembarcar!

—¿Nos han visto? —preguntó sir Moreland.

—Esto temo, porque yo estaba hace un momento en lo alto de las rocas.

—¿Y dónde están? —preguntó Damna.

—Remontando la escollera: dentro de un momento los veremos aquí.

—¿Nos harán prisioneros?

—Es probable —respondió el angloindio, en cuyos ojos brilló una luz extraña.

—Voy a espiarlos —dijo Yáñez, metiéndose entre las dunas.

—Sir Moreland —dijo Damna, en cuanto ambos se quedaron solos, y viéndole un tanto pensativo —, ¿se vengarán esos isleños en el señor Yáñez?

—No lo dudo: le harán pagar caro el carbón.

—Pero usted, que viste el uniforme británico, podrá salvarle.

—¡Yo! —dijo el angloindio, como si le causara asombro lo que acababa de oír.

—¡Qué! ¿No se opondrá usted a que le apresen?

Sir Moreland cruzó los brazos y se quedó mirando a Damna. Su frente se había nublado, su rostro tomó una expresión de dureza casi salvaje y brilló en sus ojos un fuego sombrío.

—¡No hará usted eso, sir Moreland! —repitió la muchacha —. ¡No olvide usted que ese hombre le ha salvado de la muerte, y que le ha tratado, no como a un enemigo, sino corno a un huésped!

El capitán continuaba callado; parecía librarse en su corazón un áspero combate, a juzgar por las diversas emociones que se reflejaban en su rostro.

—¡Es un enemigo! —dijo, finalmente, con voz sorda.

—¡Sir Moreland! ¡No me obligue a perderle el cariño que le profeso! Yo también debo al señor Yáñez la vida y la de mi padre...

El angloindio hizo un gesto que parecía una explosión de cólera, pero en seguida lo reprimió.

—¡Sea! –dijo —. ¡De ese modo no tendré que agradecerle nada!

Luego salid del refugio, y lleno de una airada agitación, iba murmurando con tétrico acento:

—¡Algún día lograré encontrarle frente a frente!

En aquel momento desembarcaban los hombres de la chalupa, que eran todos de raza blanca e iban armados con fusiles. Entre ellos figuraba uno de los consejeros del gobernador.

Uno de los isleños, que debía de haber visto a Yáñez, remontó la duna detrás de la cual trataba de ocultarse el portugués, y gritó con voz amenazadora:

—¡Es inútil que te escondas, corsario! ¡Sal de ahí!

El portugués no se hizo repetir la invitación, y se levantó, diciendo con aire de burla:

—¡Buenos días, señor mío, y muchas gracias por esta visita tan matutina!

—¡Tienes una frescura sin límites, ladrón! —dijo el isleño —. ¿No eres tú uno de los que se nos han llevado el carbón?

—¡Un ladrón! ¡Un ladrón de carbón! —exclamó el portugués —. ¿Qué quieres decir? ¡No te entiendo!

—¿No formaba usted parte de la tripulación de aquel barco pirata?

—¿Qué piratas? Yo soy un náufrago, y no he robado nunca nada a nadie. Soy un hombre honrado, un caballero.

—¡No, usted debe de ser uno de aquellos ladrones!

Una voz que parecía muy indignada se dejó oír en aquel momento desde detrás de la duna: era sir Moreland, que llegaba casi corriendo.

—¿Es a nosotros a quienes llama usted ladrones? —gritó —. ¿Quién es usted para atreverse a ofender a un capitán de la marina angloindia y del rajá de Sarawak?

Cuando el isleño vio aparecer aquel nuevo personaje que vestía el uniforme de comandante, aun cuando se hallaba en un estado muy deplorable, después del baño en las olas de aceite, se quedó mudo.

—¿Qué es lo que quiere usted? ¿Por qué nos amenaza? —preguntó el angloindio, simulando una viva indignación.

—¡Un capitán inglés! —exclamó, por fin, el isleño —. ¿Qué lío es éste?

Hizo portavoz con las manos, y Volviéndose hacia la playa, gritó:

—¡Eh! ¡Compañeros! ¡Venid acá!

Otros cinco hombres, también armados con fusiles viejos de los que se cargaban por la boca, corrieron hacia la duna en actitud amenazadora; pero al ver a sir Moreland, bajaron en seguida las armas y se quitaron los sombreros de tela encerada.

—Capitán —interrogó el jefe —, ¿cuándo ha arribado usted?

—Anoche, junto con mi hermana y este compañero mío. Nos hemos librado de un naufragio espantoso —contestó sir Moreland.

—Los conduciremos a Mangalum, y allí tendrán ustedes hospitalidad. Además, no estarán ustedes mucho tiempo entre nosotros.

—Qué, ¿debe arribar pronto algún barco?

—Hemos visto un pequeño buque de guerra, que parece inglés, hacia las costas septentrionales de la isla. Pero el huracán que se desencadenó en cuanto se marcharon los piratas, ha debido de empujarlo hacia alta mar.

—¿Cuándo le han visto ustedes?

—Ayer tarde, un poco antes de la puesta del sol. ¿Seria quizá el de usted?

—No, el mío se ha ido a pique a cuarenta millas de distancia de aquí, algunas horas antes de que apareciese el otro.

—¿Iba usted persiguiendo al corsario?

—Sí.

—¡Qué desgracia! ¡Si hubiera usted llegado primero, no se hubieran atrevido a importunamos aquellos ladrones!

—Ya volveremos a perseguirlos.

—Pero, perdóneme usted, capitán: ¿dice usted que este hombre es amigo suyo?

—Y es cierto —contestó sir Moreland —. Se salvó junto conmigo y con mi hermana.

—Pues se parece a uno de aquellos ladrones,

—Este hombre es un honrado negociante de Labuán.

—¡Ah! —dijo el jefe de la chalupa.

Durante esta conversación, Damna se había acercado al grupo. Al verla, los isleños la saludaron cortésmente, y la ayudaron a embarcarse. Yáñez, que había permanecido impasible, se colocó a proa, y en vano intentaba encender un cigarro.

Sin embargo, aquella tranquilidad era sólo aparente, pues le preocupaba mucho la inminencia de la arribada de aquel pequeño barco de guerra avistado por los isleños.

«¡Se enreda el asunto! —pensaba —. Este angloindio tomará el desquite, de eso no hay duda, y me conducirá en calidad de prisionero a ese barco, si no es que me sucede algo peor. ¡Además, estos isleños me miran con unos ojos!... ¡Dudo mucho de que hayan creído la historieta de sir Moreland!»

A todo esto, la chalupa se había alejado de la playa. Cuatro hombres empuñaban los remos, el quinto se puso a proa al lado de Yáñez, y el jefe tomó la barra del timón.

Este último era un hermoso viejo, muy barbudo y bronceado. Yáñez le reconoció como uno de los cuatro consejeros del gobernador,

No se equivocaba, porque el isleño fijaba de cuando en cuando sobre él, con verdadera obstinación, sus ojos azules, Sin embargo, hasta entonces no había dado muestra alguna de desconfianza, ni tampoco respecto a Damna; antes al contrario, le había ofrecido el puesto de honor a popa, y le echó su chaqueta de tela encerada sobre los hombros.

Fuera de la ensenada, el mar estaba muy agitado todavía, Frecuentes olas levantaban la chalupa bruscamente, sacudiéndola de un modo brutal, y precipitándola de improviso en el vacío.

Sin embargo, los remeros, luchando con denodado esfuerzo, y sin desfallecer ante el ímpetu de la marejada, luchaban con los remos. Eran todos hombres muy robustos, y acostumbrados a aquellas tareas, casi diarias, en derredor de sus islas, batidas por los vientos impetuosos del Sur.

Una vez fuera de las escolleras, izaron una pequeña vela triangular y, mejor equilibrada, la chalupa bogó con —mucha velocidad hacia Mangalum, que no estaba ya muy lejos.

Durante el viaje, los isleños no pronunciaron una sola palabra. El jefe miraba con frecuencia de soslayo a los tres supuestos náufragos, deteniendo los ojos de un modo especial en Yáñez.

La travesía se realizó con toda felicidad, aun cuando ya cerca de Mangalum arreció el ímpetu de las olas; por fin, después de mediodía, la chalupa se detuvo en la extremidad del puertecito.

—Desciendan ustedes —dijo el jefe, ayudando a Damna —. Aquí estarán mejor que en las rocas del islote.

Pronunció estas palabras con un acento casi burlón, que no se le escapó a Yáñez.

—¡Este viejo tunante debe de haberme reconocido! —murmuró el portugués —, ¡Si el Rey del Mar no vuelve pronto, me parece que la aventura no va a terminar muy bien para mí, y, por su parte, sir Moreland se ha metido en un verdadero lío!

También el angloindio debía de haberse dado cuenta de que había jugado una mala carta, porque parecía muy preocupado.

Los isleños dejaron en seco la chalupa para que no pudiera arrastrarla la resaca, que se hacía sentir con gran violencia aun dentro de la pequeña ensenada; se echaron los fusiles al hombro, y acercándose rápidamente a los náufragos, los rodearon.

—¿A dónde nos conducen ustedes? —preguntó sir Moreland, que a cada momento aparecía más Inquieto.

—A mi casa —respondió el jefe.

No había salido ningún isleño de sus viviendas, las cuales se velan escalonadas a lo largo del declive. Probablemente, no se habían percatado del regreso de la chalupa y preferían estar en el interior de sus cabañas, pues comenzaba a llover otra vez.

El jefe atravesó una especie de plaza y condujo a los náufragos a una casita de bonita apariencia, parte de ella construida con madera y parte con piedra. En lo alto de su tejado, que terminaba en punta, flameaba una tela roja, resto, probablemente, de una bandera inglesa.

Abrió la puerta de la casa e invitó a entrar al angloindio, a Damna y a Yáñez; en seguida, mientras sus hombres armaban precipitadamente sus fusiles, se volvió hacia un viejo que estaba fumando en un ángulo de la habitación, cerca de una ventana, y le preguntó, indicándole a Yáñez:

—Señor gobernador, ¿conoce usted a este hombre? Mírele bien, y dígame si no es uno de los que robaron la provisión de carbón que nos confiara el Gobierno inglés.

—¡Ah, bribón! —exclamó, furioso, el portugués.

El viejo se levantó rápidamente.

—¡Sí, es uno de ellos! —gritó el gobernador.

—¡Ahora no te nos escaparás, y haremos que te ahorquen los marineros ingleses en el mástil más alto de sus barcos! ¡Pirata!

—¡Yo, pirata! —exclamó Yáñez, levantando el puño.

Sir Moreland se interpuso rápidamente.

—Un capitán de Su Majestad la reina de Inglaterra no puede permitir que en su presencia se cometa violencia alguna. Señor gobernador, este hombre es un corsario, y no un pirata.

El viejo, que hasta entonces no se había dado cuenta de la presencia del angloindio, le miró con estupor.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—Vea usted el traje que llevo y las insignias de mi graduación.

—¿Ha arribado el barco de usted?

—Mi barco se ha ido a pique frente a Mangalum, después de un combate terrible con el corsario.

—¿No pertenece usted al barco que hemos visto ayer tarde?

—No, porque ayer fui llevado por las olas a las escolleras del islote.

—¿En compañía de este hombre? —preguntó el gobernador, cuyo asombro iba en aumento.

—Sí, juntamente con él y con esta señorita, a quienes hemos salvado del huracán.

—¡Y usted, un capitán inglés, estaba en compañía de los corsarios! ¡Vaya, vaya! ¡Es usted un comediante muy hábil, pero yo no soy tan tonto que vaya a hacer caso de su cháchara!

—Primero nos contó que había naufragado —dijo uno de los isleños.

—Afirmo a ustedes por mi honor que soy James Moreland, capitán de la marina angloindia, ahora al servicio del rajá de Sarawak —dijo el joven comandante.

—Pruébelo usted, y entonces lo creeré.

—Ahora no puedo dar ninguna prueba, porque mi barco se ha ido a pique.

—¿Y este hombre? ¿Cómo se encuentra con usted, cuando hace dos días estaba con los piratas?

—Porque se salvó conmigo en una chalupa durante el abordaje, y mientras el buque corsario lo empujaba al océano, mi barco se hundía.

—Me parece que es usted el jefe de esos piratas, metido en la piel de un inglés.

—¡Viejo! —gritó Yáñez —. ¿Quiere terminar de llamarnos piratas? ¡Este señor es un capitán angloindio!

—¡Ustedes son piratas!

—¿Qué es lo que te he quitado?

—El carbón.

—¡No era tuyo, era del Gobierno!

—¡Y los animales!

—¡Que te han sido pagados! —replicó Yáñez, perdiendo ya la calma —. Todavía tienes en el bolsillo, estoy seguro de ello, el cheque sobre Pontianak; y cuenta que hubiéramos podido llevarnos todos tus animales sin darte una sola libra esterlina.

—¿Y cree usted por eso que voy a dejarlos ir? —dijo el gobernador, con una sonrisa irónica —. El buque inglés no tardará en arribar, y entonces ya veremos cómo se las componen con su comandante. ¡Espero que he de verlos bailar la última danza con una buena cuerda al cuello!

—¡Y yo le digo a usted que, al menos por lo que a mí se refiere, habrá de pedirme mil perdones! —dijo sir Moreland, que también comenzaba a irritarse —. Y le advierto, entretanto, que si tocan un solo cabello de esta señora o de este hombre, ¡palabra de James Moreland que mando bombardear esta aldea por los cañones ingleses!

—¡Bien, bien! —dijo el gobernador, riendo —. Pero mientras eso suceda, serán ustedes nuestros prisioneros por derecho de guerra. ¡Ah, señores piratas: pagaréis el carbón que nos había confiado el Gobierno inglés, y otra vez los animales! ¡No se engaña así come así a un hombre como yo!

—¡Bien, ya lo veremos! —dijo sir Moreland —. Pero vaya usted a indicar al barco de guerra, sí es que todavía está a la vista, que tiene que hacerle importantes comunicaciones.

—¡No parece sino que tengan mucha prisa en que los ahorquen! —respondió el gobernador —. ¡Haré lo posible por darles gusto!

Se volvió hacía sus súbditos, que habían asistido al coloquio, apoyados en sus fusiles, y les dijo:

—Os lo confío; tened cuidado de que no se escapen, Esto nos hará ganar un premio y, además, el reconocimiento del Gobierno inglés. Llevadlos al almacén, y cerrad con llave. ¡Vamos! —dijo el jefe, empujando duramente a Yáñez hacia la puerta —. ¡Por ahora ha terminado la comedia!

El angloindio, el portugués y Damna se dejaron conducir sin oponer la menor resistencia, pues sabían que sería del todo inútil e incluso peligroso, con aquellos hombres rudos y brutales. Atravesaron nuevamente la plaza, y los introdujeron en una maciza construcción de piedra que servía de almacén a los colonos.

Era un cuadrilátero de unos cincuenta metros de longitud, entonces casi vacío, pues no había en él más que montones de pescado seco y barriles que contenían, probablemente, aceite o grasa, El techo estaba sostenido por gruesas pilastras de piedra arrancadas de las salinas de la isla.

—¿Tienen ustedes hambre? —preguntó el gobernador.

—No me desagradaría tomar un bocadito antes de que me ahorquen —dijo Yáñez, burlonamente.

—¡Hasta luego! Les advierto que a la primera tentativa de fuga, hacemos fuego sobre ustedes.

Y dicho esto, cerraron la puerta, atrancándola por fuera.

Sir Moreland, Yáñez y Damna, ésta menos asustada de lo que pudiera creerse, se miraron casi sonriendo.

—¿Qué me dice usted de, esta aventura, sir Moreland? —preguntó la joven.

—Que si realmente ese barco inglés está cruzando las aguas de la isla, concluirá pronto —respondió el capitán.

—Para usted, pero no para nosotros.

—¿Y por qué, señorita?

—En cuanto los de usted sepan que somos corsarios, ¿no nos ahorcarán?

—O por lo menos nos conducirán a Labuán para ser juzgados —dijo Yáñez —. Cosa que agradaría bastante a aquel gobernador, que tiene contra mí antiguos rencores.

—Procuraré evitar que eso suceda —respondió el capitán —. Sería peligroso, especialmente para el señor De Gomara.

—Vamos a ponerle a usted en un grave compromiso, sir Moreland —dijo Damna.

—No lo creo, señorita. ¿Quién me dice que el comandante de ese barco no sea amigo mío? En ese caso, nos entenderíamos fácilmente. El señor De Gomara se ha portado conmigo como un caballero, y yo no he de serio menos que él.

—¿Ha olvidado usted la aventura nocturna de Redjang?

—Una astucia de guerra, señorita, por la cual no conservo rencor alguno a usted ni a sus protectores.

—¡Es usted muy bueno, sir Moreland!

—No soy mejor ni peor que los demás. ¡Ah!

De pronto resonó un cañonazo que hizo retemblar las paredes del almacén.

—¡Un barco de guerra! —exclamó el angloindio.

—¿Será el Rey del Mar o el buque que esperan los isleños? —preguntó Yáñez.

—¡Pronto lo sabremos!

Ambos se lanzaron hacía la puerta, y la golpearon, gritando:

—¡Abrid! ¡Queremos ver desembarcar a los ingleses!

—¡Silencio! —tronó una voz amenazadora —. ¡Si fuerzan ustedes la puerta, hago fuego!

CAPÍTULO X - EL REGRESO DEL REY DEL MAR

Después del cañonazo se oyeron unos clamores ensordecedores y varios disparos de fusil. Pero no eran gritos de guerra, sino de alegría, señal evidente de que no se trataba del Rey del Mar, sino de la nave inglesa avistada anteriormente.

Yáñez y sir Moreland intentaron trepar hasta el techo, donde había algo semejante a un ventilador, pero tuvieron que desistir de su empeño a causa de lo elevado de aquellos muros.

—¡Bah! —dijo el angloindio —. Será una espera de pocos minutos.

—¿Se tratará de un barco perteneciente a la flotilla de Labuán? —preguntó Yáñez.

—Lo supongo. Parece que mis compatriotas han desembarcado: ¿no oye usted esos hurras?

—Sí, es la población que los saluda.

—Dentro de algunos momentos, la comedia se cambiará en farsa, con gran asombro por parte de ese estúpido gobernador, que se ha empeñado en no creer que soy un capitán auténtico. Los gritos se acercan: mis compatriotas vienen a felicitarnos.

—En cambio, los isleños supondrán que vienen en nuestra busca para ahorcamos —dijo Damna.

—¡Son capaces de haber preparado las cuerdas! —dijo Yáñez, bromeando.

Se escuchó un rumor de voces muy cerca de la puerta, un momento después, las traviesas que la sujetaban cayeron al suelo, y un torrente de luz inundó el almacén.

En el umbral apareció el gobernador, junto con un hombre todavía joven, de larga barba rubia y ojos azules, que vestía el uniforme de teniente de la marina.

Detrás de ellos iba un pelotón de marineros armados con la bayoneta calada y rodeados por muchos isleños.

—¡Aquí están los piratas! —gritó el viejo, señalando a los prisioneros —. ¡Merecen diez brazas de cuerda bien enjabonada! ¡Préndalos usted!

El teniente, asombrado, en lugar de ordenar a los marineros que avanzasen, se precipitó hacía sir Moreland con los, brazos abiertos y gritando:

—¡Comandante! ¿Es posible? ¡Usted todavía vivo! ¡Yo estoy soñando!

—¡No, mi querido Leyland! –exclamó sir Moreland —. ¡Soy yo misma, en carne y hueso! ¡Abráceme usted, amigo mío!

Mientras, el teniente y el capitán se precipitaban uno en brazos del otro, el gobernador, completamente aturdido por aquel inesperado golpe teatral, se rascaba furiosamente la cabeza repitiendo:

—¡Pero si es un aliado de los piratas! ¡Mírelo usted bien, señor teniente! ¡También, pretende engañarle a usted!

Sin hacer el menor caso de las protestas del viejo ni. de las imprecaciones ni de los gritos de asombro de los isleños, el teniente había preguntado:

—¿Cómo es que se encuentra usted aquí, capitán, cuando todos le creíamos sepultado con su barco? ¡Porque esto se halla a una gran distancia de Sarawak!

—¿No se lo haz contada los marineros que dejó en libertad el corsario?

—Sí, pero nadie quiso creer lo que decían.

—Señor Leyland, ¿qué es lo que ha venido a buscar usted aquí?

—El corsario.

—Ha llegado usted demasiado tarde, y, además, le aconsejo que no mida usted sus fuerzas con ese buque. Es preciso bastante más que un crucero. ¿Quiere usted que le dé un consejo de amigo? Salga pronto, de aquí y evite encontrarse con el Rey del Mar de los tigres de Mompracem. Vámonos a bordo, y allí se lo contaré todo; pero antes déjeme que le presente a dos amigos: la señorita Damna Praat y su hermano.

Al ver que el teniente tendía la mano al portugués, el gobernador saltó como una bomba:

—¡Es un engaño! —gritó —. ¡Ese es el pirata que nos había robado! ¡Ahórquelo usted!

—¡Silencio, vieja comadreja! —dijo sir Moreland —. ¡Esos asuntos no le importan a usted! ¡El carbón no era de su propiedad!

—¿Y nuestros animales?

—Mande usted cobrar el cheque en Pontianak —dijo con ironía Yáñez.

—Pero, ¿qué historia es ésa, capitán? —preguntó el teniente.

—Más tarde le daré a usted mayores explicaciones —contestó sir Moreland —. Haga usted que sus marineros protejan a esta señorita y a su hermano.

—¡Ahórquelos usted! —bramaba el gobernador, enfurecido —. ¡Todos ellos son piratas!

—¡Silencio! —gritó, ya impaciente, el oficial —. Si estos señores son piratas, como usted afirma, ya los juzgará un consejo de guerra. ¡Marineros, haced el cuadro, y a bordo en seguida!

—¡Señor teniente! —gritó el viejo.

—¡Basta! ¡Se le Juzgará! ¡Adelante, en línea cerrada!

Los marineros, que eran unos treinta, todos ellos muy bien equipados, cerraron filas en derredor de sir Moreland, Yáñez y la muchacha, y descendieron hacia la playa seguidos por el gobernador y el pueblo, que comentaba desfavorablemente la conducta del teniente, creyendo de buena fe que quería proteger a unos vulgares piratas.

En la ensenada había tres chalupas, mar afuera se veía un hermoso crucero de pequeñas dimensiones, todo pintado de negro, que navegaba lentamente entre los dos promontorios.

El capitán, el teniente, Yáñez y Damna se embarcaron en la mayor de las chalupas junto con diez marineros, y el resto de los hombres, en las otras dos.

En pocos minutos recorrieron la distancia y abordaron a la escala de estribor, que había quedado tendida. —Capitán —dijo el teniente, en cuanto sir Moreland hubo puesto pie en la cubierta, siendo saludado por los estrepitosos hurras de la tripulación —, pongo mi barco a su completa disposición.

—No deseo mas que un camarote para mí y otro para cada uno de mis compañeros, Después que usted me haya oído dirá sí ha de tratárseles como a prisioneros de guerra. Señorita Damna, y usted, señor De Gomara, espérenme un momento.

La embarcación volvió a emprender la marcha, y el capitán y el teniente descendieron a la cámara, donde sostuvieron una prolongada conversación.

Cuando regresaron, sir Moreland aparecía sonriente, como si estuviera muy contento.

—Señorita, señor De Gornara —dijo, acercándose a ellos —, no irán ustedes a Labuán, porque el buque tiene que detenerse irremisiblemente en Sarawak.

—¿Y allí nos entregará al rajá? —preguntó Yáñez.

—Eso es todo cuanto podemos hacer, aunque, yo hubiera deseado otra cosa —replicó el capitán, dando un suspiro.

—¿Qué es lo que dice usted, sir Moreland? —preguntó Damna.

El angloindio movió la cabeza sin contestar, y ofreciendo el brazo a la joven, la condujo hacia la popa, y le dijo, presa de cierta agitación:

—¡Quisiera arrancar a usted una promesa, señorita!

—¿Cuál, sir Moreland? —preguntó Damna.

—¡Que no vuelva usted a embarcarse en el Rey del Mar!

—¿Estoy prisionera?

—El rajá la pondrá en libertad en seguida.

—Es imposible, sir, allí está mi padre y tengo por seguro que no abandonará el Rey del Mar. Su suerte está unida a la de los últimos piratas de Mompracem.

—Debe usted pensar que cualquier día me encontrará de nuevo frente al barco de Sandokan, y que, probablemente, tendré que echarlo a pique y matarlos a todos, incluso a usted misma; ¡yo, que daría por usted toda mí sangre! ¿Qué decide usted, señorita Damna?

—Dejemos que la suerte lo disponga todo, sir Moreland —contestó la joven.

—¡Y, sin embargo, usted me ama!

—Si —murmuró la muchacha, con voz tan tenue, que parecía un suspiro.

—¿Jura usted que no me olvidará?

—¡Se lo juro!

—Tengo confianza en nuestro destino, Damna.

—En cambio, yo terno que haya de sernos fatal a los dos. Nuestro cariño ha nacido bajo el signo de una mala estrella, sir Moreland, lo presiento.

—¡No hable usted así, Damna!

—¿Qué quiere usted, sir Moreland? Veo nuestro porvenir muy oscuro, Me parece que no tardará mucho en suceder la catástrofe que nos amenaza. Esta guerra será también fatal para nosotros.

—Usted puede evitar ese riesgo, Damna, peligro que se esconde en los abismos del Atlántico,

—¿Cómo puedo evitarlo?

—Ya se lo he dicho: abandonando a su suerte al Rey del Mar.

—No, sir Moreland; mientras ondee la bandera de los tigres de Mompracem, Damna, la protegida de Sandokan y de Yáñez no abandonará su barco.

—¿No sabe usted que esos hombres están condenados a perecer? Los mejores y más poderosos barcos de la marina inglesa vendrán muy pronto a estos mares, y despedazarán al corsario. Huirá, vencerá tal vez en otra batalla; pero, más pronto o más tarde, sucumbirá bajo nuestra artillería.

—Ya se lo he dicho a usted, y vuelvo a repetírselo una vez más, nosotros sabremos morir como los valientes, al grito de ¡viva Mompracem!

—¡Es usted bella y animosa como una verdadera heroína! —exclamó sir Moreland, mirándola con admiración —. ¡Ese río de sangre será fatal para todos!

Yáñez se acercó en aquel momento, precipitadamente.

—¡Sir Moreland! –exclamó —. Viene hacia nosotros un barco de vapor; ya ha sido visto por el comandante.

—¿Será el Rey del Mar? —exclamó Damna.

—Se sospecha que sea un barco de guerra. Mire usted: los marineros se preparan para combatir.

La frente de sir Moreland se oscureció, y sobre su rostro se extendió una intensa palidez.

—¡El Rey del Mar! —murmuró, con voz sorda —. ¡Viene a destrozar mi felicidad!

Se le aproximó el teniente, que llevaba un anteojo en la mano.

—Sir James, si no me equivoco, se dirige hacia nosotros un buque de alto bordo.

—¿Será alguno de los nuestros? —preguntó el capitán.

—No, porque viene del Nordeste, y nuestra escuadrilla se ha dirigido hacia Sarawak, con la esperanza de encontrar al corsario en el camino.

Apareció en el horizonte un punto negro coronado por dos grandes columnas de humo, que se agrandaba cada vez más. Al parecer, se dirigía a toda velocidad hacia el grupo de las islas de Mangalum.

Sir Moreland habla enfocado el anteojo, y miraba con gran atención. De pronto se le escapó de las manos aquel instrumento de óptica.

—¡El Rey del Mar! —exclamó con voz ronca, mientras miraba tristemente a Damna.

—¡Sandokan! —dijo Yáñez —. ¡Por esta vez todavía no me ahorcarán!

—¿Es el corsario? —preguntó el teniente.

—¡Sí! —respondió sir Moreland.

—¡Le daremos la batalla y lo hundiremos! —añadió el teniente.

—¡Qué! ¿Quiere usted irse a pique? Porque, si usted pelea, dentro de muy pocos minutos este barco y su tripulación estarán en el fondo del mar de la Sonda. Es preciso, algo más que un crucero de tercera clase para hacer frente a ese buque el más moderno, el más rápido y el más poderoso de cuantos existen.

—Sin embargo, yo no me dejo capturar sin combatir —contestó el teniente.

—Ni tampoco pretendo yo eso, amigo mío: espero que podremos evitarlo, porque si no, serían desastrosas para nosotros las consecuencias.

—¿Y cómo lo vamos a hacer?

—Mande usted echar una chalupa al agua, y déjeme que vaya antes a parlamentar con el Tigre de Malasia.

Usted perderá los dos prisioneros, y yo perderé mucho más, se lo juro a usted, pero se salvarán este barco y sus tripulantes.

—A sus órdenes, sir James.

Mientras los marineros echaban al agua una ballenera, el Rey del Mar, que corría con una velocidad de doce nudos, se echaba encima del crucero.

Ya habla apuntado los poderosos cañones de la torre de proa, y se preparaba a cubrir de balas y metralla a su minúsculo enemigo para echarlo a pique a la primera andanada.

El larguísimo gallardete de combate había sido izado y ondeaba en el mástil de proa, al propio tiempo que en la popa se izaba la bandera roja de Mompracem, adornada con una cabeza de tigre.

Al ver que el crucero inglés se detenía, que enarbolaba una bandera blanca y echaba al agua una chalupa, Sandokan ordenó que diesen contravapor, y se detuvo también a unos mil doscientos metros del enemigo.

—¡Parece que los ingleses no se sienten lo bastante fuertes para pelear con nosotros! —dijo a Tremal-Naik, que se había reunido con él en la torrecilla.

—¿Querrá rendirse? ¿Qué es lo que vamos a hacer con ese barco?

—Le cogeremos la artillería y las municiones, y además, el carbón —contestó Sandokan —. Podrían servir a nuestros amigos los dayakos de Sarawak.

Y al cabo de unos instantes, añadió:

—Aunque me desagradaría perder el tiempo. Tenemos que ir en busca de Yáñez y de Damna.

—¿Crees que todavía los encontraremos en el escollo? —preguntó, lleno de angustia, Tremal-Naik.

—No lo dudo. Los he visto arribar antes de que la oscuridad envolviera aquel islote. ¡Oh! ¡Un capitán en la ballenera! ¿Vendrá a entregar su espada? ¡Hubiera preferido un combate, para aplicar ese afán que me invade de destruirlo todo!

—¿Es posible? —dijo en aquel momento Sambigliong, que había apuntado un anteojo hacia la chalupa —. ¡Tigre de Malasia, o yo me equivoco, o es él realmente! ¡Mire usted! ¡Mire usted!

—¿Qué es lo que has visto?

—¡Es él! ¡Le digo a usted que es él!

—Pero, ¿quién?

—¡Sir Moreland!

—¿Moreland? —exclamó Sandokan, palideciendo, y a continuación enrojeció vivamente, mientras que un relámpago de esperanza iluminó sus ojos —. ¡Moreland a bordo de aquel buque! Entonces, Yáñez, Damna... ¿Cómo pueden encontrarse ahí? ¡Es imposible! Tú te has equivocado, Sambigliong.

—¡No, señor! ¡Mírele usted! ¡Nos ha visto, y nos saluda, agitando la gorra!

Sandokan se lanzó fuera de la torrecilla, exhalando un grito de gozo.

—¡Sí! ¡Es él, sir Moreland!

La ballenera avanzaba rápidamente al impulso de doce remeros.

El angloindio, de pie en la popa y sin abandonar la barra del timón, seguía saludando.

—¡Abajo la escala! —gritó Sandokan.

Apenas había sido ejecutada la orden, cuando abordó la ballenera. Sir Moreland subió a bordo con rapidez, y dijo con cierta frialdad:

—Tengo mucho gusto en volver a ver a ustedes, señores, y en poder darles una noticia que me agradecerán bastante.

—¿Yáñez, Damna? —gritaron a un tiempo Sandokan y Tremal-Naik.

—Están a bordo de aquel barco.

—¿Y por qué no los ha traído usted? —preguntó Sandokan, arrugando el entrecejo.

El angloindio, que había adoptado un aire sumamente grave y que hablaba casi imperiosamente, contestó:

—Vengo para entablar negociaciones, señores.

—¿Qué quiere usted decir?

—Que el comandante de ese barco les entregará a ustedes el señor Yáñez y la señorita Damna, con la condición de que ustedes dejen tranquilo su buque, el cual, como pueden ver, no tiene fuerzas para medirse con el Rey del Mar.

Sandokan tuvo un momento de vacilación, y finalmente contestó:

—De acuerdo, sir Moreland; ya sabré encontrarlo más adelante.

—Ordene usted que bajen la bandera de combate. De ese modo, el comandante comprenderá que ha aceptado usted su proposición, y enviará en seguida a los prisioneros.

Sandokan hizo una seña a Sambigliong, y pocos momentos después el gallardete descendía sobre la cubierta. Casi en el mismo instante en que esto sucedía, se destacó del costado del crucero una segunda chalupa: en ella iban Yáñez y Damna.

—Sir Moreland —dijo Sandokan —, ¿dónde recogió a ustedes ese buque?

—En Mangalum —respondió el angloindio, sin apartar los ojos de la chalupa, que se acercaba a gran velocidad.

—¿Se habían salvado ustedes en el escollo?

—Sí —contestó secamente el capitán, que parecía haber perdido su habitual cordialidad y hallarse inmerso en profundas cavilaciones.

Poco después llegaba la segunda chalupa. Yáñez y Damna subieron precipitadamente la escala, y cayeron el uno en brazos de Sandokan y la segunda en los de su padre.

Sir Moreland; muy pálido, miraba tristemente aquella escena. Cuando se separaron, se volvió hacia el Tigre de Malasia, y le preguntó:

—Y ahora, ¿seguirá usted reteniéndome prisionero?

—No, sir Moreland, es usted completamente libre. Vuélvase a bordo de ese buque —contestó Yáñez.

Sandokan no pudo ocultar un gesto de asombro. No creía, ni mucho menos, que fuese aquélla la contestación que debía darse al angloindio, sin embargo, no replicó.

—Señores —dijo entonces el capitán, con voz grave y mirando fijamente a Sandokan y a Yáñez —, espero que volveremos a vemos pronto; pero entonces, como enemigos encarnizados.

—Le esperaremos a usted —respondió fríamente Sandokan.

Sir Moreland se aproximó a Damna y le tendió la mano, diciendo con triste acento:

—¡Que Brahma, Sivah y Visnú la protejan, señorita!

La muchacha, que estaba profundamente conmovida, le estrechó la mano sin articular una sola palabra. Parecía como si tuviese un nudo en la garganta.

El angloindio fingió no ver las manos que le alargaban Yáñez, Sandokan y Tremal-Naik, en vez de ello, saludó militarmente, y descendió a toda prisa la escala sin volver la vista atrás.

No obstante, cuando la chalupa que le conducía hacia el crucero pasó por delante de la proa del Rey del Mar, levantó la cabeza, y al ver a Damna y a Surama en el castillo, las saludó con el pañuelo.

—Yáñez —dijo Sandokan, llevándose a un lado al portugués —, ¿por qué le has dejado marchar? ¡Podía habernos sido muy útil como prisionero!

—Y un grave peligro para Damna —respondió Yáñez —. ¡Se aman!

—¡Me lo había figurado! Es un hermoso y valiente joven. Como Damna tiene también sangre angloindia en sus venas... Quizá después de la contienda...

Se quedó unos instantes como abstraído en un profundo pensamiento y luego añadió:

—Debemos comenzar ya las hostilidades; vámonos hacia las líneas ordinarias de navegación, y mientras la escuadra nos sigue buscando en las aguas de Sarawak, procuraremos causar a nuestros adversarios los mayores perjuicios posibles.

CAPÍTULO XI - EL CRUCERO DEL REY DEL MAR

Cuarenta y ocho horas más tarde, el Rey del Mar; que había reemprendido su ruta rumbo a Poniente, para esperar al pairo a los barcos que venían de la India, de las grandes islas de Java y de Sumatra, y que se dirigían directamente por los mares de la China y del Japón, avistó un penacho de humo a unas quinientas; millas de distancia del grupo de las Burguram.

—¡Barco de vapor! —dijo Kammamuri, que estaba de guardia en la cofa del trinquete.

Sandokan, que en aquel momento se hallaba comiendo con sus amigos y con el jefe de las máquinas, se apresuró a subir al puente, al mismo tiempo que ordenaba:

—¡Reavivad los fuegos! ¡Los artilleros, a los cañones de las torres!

Toda la tripulación subió a la cubierta, sin excluir la guardia franca, pues nadie podía suponer con qué clase de barco iba a tener que vérselas el Rey del Mar.

Como el crucero se encontraba todavía a muy poca distancia de las islas de Borneo, podía darse el caso de que se topara de improviso y de manos a boca con algún buque de guerra que se encaminase hacia Labuán o hacia Sarawak.

El Tigre de Malasia escudriñaba el océano utilizando un anteojo de gran alcance. Por el momento no se vela más que una columna de humo que se destacaba en el luminoso horizonte; pero el barco no debía de tardar en aparecer, pues el Rey del Mar Iba a su encuentro con una velocidad de doce nudos.

—¿Qué es, Sandokan? —preguntó Tremal-Naik, que se le había acercado.

—¡Un poco de paciencia, querido mío! —contestó el formidable pirata.

—¿Y si ese barco no es inglés?

—Se le saluda y se le deja marchar, pues no vamos a ponernos en guerra con el mundo entero.

—¿Lo ves?

—Ahora comienzo a distinguirle, y me parece que es un vapor mercante, porque no veo el gallardete rojo de los buques de guerra. Ya se destaca en el horizonte la arboladura. Bastará disparar un cañonazo sin bala para detenerle. Ordena que Sambigliong disponga cuatro chalupas con algunas ametralladoras, y que se armen sesenta hombres.

—¿Le abordaremos? —preguntó Kammamuri.

—Si es inglés, como supongo, sí. Nuestro crucero empieza mejor de lo que esperábamos, teniendo en cuenta los pocos días que hace que hemos dado principio a las hostilidades.

La distancia se acortaba rápidamente, pues el Rey del Mar aumentaba la velocidad, con objeto de estar en condiciones de impedir la fuga al vapor, que parecía de muy buena marcha.

Los hombres de vigía en la plataforma reconocieron la bandera desplegada en el asta de popa, y la noticia fue saludada con un grito de júbilo.

—¡No me había equivocado! —dijo Sandokan —. ¡Ese barco es inglés!

Inspeccionó rápidamente las chalupas, que ya habían bajado hasta las portas, y los sesenta hombres que debían ocuparlas; en seguida dio la orden de dirigir el crucero sobre el vapor de modo que le atajase el camino.

Aquel barco, probablemente, procedía de los puertos de la India. Era un gran vapor de más de dos mil toneladas, con dos mástiles y dos chimeneas.

Sobre la toldilla había una multitud de gente que se agolpaba en la obra muerta, atraída por la presencia de aquel buque de guerra que con tanta velocidad se dirigía hacia ellos.

En cuanto estuvieron a unos mil metros de distancia, Sandokan mandó desplegar su bandera en el palo de mesana y disparar un cañonazo sin bala, lo cual significaba: «¡Deteneos!»

Al oír aquella intimidación Inesperada, se produjo gran confusión a bordo del vapor. Viose a los marinos y a los pasajeros correr hacia la proa, y sus gritos llegaban claramente hasta el buque corsario.

La vista de aquella bandera, tan conocida en los mares de Malasia, debió de producir en todos una Impresión enorme, y mucho más porque el Rey del Mar continuaba corriendo como si quisiera pasar por ojo al pobre barco.

Durante algunos minutos se vio que el buque viraba unas veces hacia babor, otras sobre estribor, como si dudara acerca del camino que debía emprender; pero una bala, disparada por una de las piezas de caza, y que pasó silbando sordamente sobre la toldilla, los decidió a detenerse.

—¡Máquinas atrás! —ordenó Sandokan —. ¡Al agua las chalupas, y a sus puestos los hombres de desembarco! ¡Tú, Yáñez, encárgate del mando!

El portugués se ciñó el sable que le había llevado Sambigliong, se puso en el cinto las pistolas, y descendió en la chalupa más grande, tomando asiento junto a Tremal-Naik.

El vapor se había detenido a ochocientos metros de distancia, considerando inútil toda resistencia contra aquel crucero formidable, que con una sola descarga le hubiera echado a pique.

Los pasajeros, agolpados en la toldilla, proferían gritos ensordecedores, creyendo que había llegado su última hora.

Las cuatro chalupas, tripuladas por los sesenta hombres, armados con carabinas y kampilangs, se pusieron rápidamente en marcha en dirección al vapor, mientras que los artilleros del Rey del Mar apuntaban dos piezas de las torres de babor, dispuestos a hacer fuego al menor indicio de resistencia por parte de los Ingleses.

Cuando las chalupas se hubieron aproximado al vapor, y estaban a una distancia de trescientos pasos, Yáñez ordenó imperiosamente a los marinos Ingleses que bajasen la escala, amenazando con hacer fuego si no le obedecían.

A bordo hubo unos momentos de confusión y de duda. Aparecieron en las bordas algunos marineros armados de fusiles, como si tuviesen intención de oponer resistencia; pero los, furiosos gritos de los pasajeros, que no querían, como es de suponer, exponerse al peligro de que la formidable artillería del corsario los echase a pique, les obligaron a retirarse, y la escala descendió de un solo golpe.

Yáñez, seguido de Tremal-Naik, Kammamuri y doce hombres, se lanzó, hacia la plataforma, desenvainando su sable inmediatamente.

El capitán del barco le esperaba rodeado de sus oficiales, mientras que los pasajeros, que serían aproximadamente unos cincuenta, se agolpaban detrás, mudos y aterrorizados.

El capitán era un hombre arrogante, de alta estatura, rostro enérgico y bronceado por el sol de los trópicos, con el pelo negro y la barba rizada; en fin, un tipo soberbio de marino.

Al ver aparecer a Yáñez con el sable desenvainado, palideció, y en seguida arrugó el entrecejo.

—¿A qué debo el honor de esta visita? —preguntó, con voz temblorosa por la ira.

—¿Ha visto usted los colores de nuestra bandera? —preguntó a su vez el portugués, tras un gesto irónico de saludo.

—Sé que los piratas de Mompracem tenían en otro tiempo un estandarte rojo con una cabeza de tigre.

—Entonces me permitirá usted que le notifique que esos piratas han declarado la guerra a la nación de ustedes y al rajá de Sarawak.

—Me habían asegurado que ya no hacían el corso.

—Y es verdad, señor mío; pero el Gobierno de ustedes ha provocado a los tigres de Mompracem, y éstos han vuelto a tomar las armas.

—En conclusión, ¿qué es lo que quiere usted?

—Concederles veinte minutos para que puedan embarcarse en las chalupas, y echar a pique este barco.

—¡Eso es un acto de piratería!

—Llámelo usted como mejor le plazca; eso no me importa —respondió Yáñez —. ¡U obedecen ustedes, o se ahogan! ¡Ustedes escogerán!

—Concédame usted algunos minutos para que pueda, consultar con mis oficiales.

—No le concedo más que veinte; una vez hayan transcurrido, nos retiraremos y el crucero abrirá fuego, estén ustedes a bordo o no. Apresúrense, porque tenemos prisa.

El capitán, que hacía grandes esfuerzos por dominarse, llamó a consejo a sus subordinados; casi en seguida dio las órdenes para echar las chalupas al mar, y mandó descender, ante todo, a los pasajeros.

—Cedo a la fuerza, porque no puedo oponer resistencia —dijo a Yáñez —; pero apenas hayamos llegado a Natuna o a Banguram, daré parte telegráficamente al gobernador de Singapoore.

—Nadie se lo impedirá a usted —contestó Yáñez —. Mientras tanto, debo hacerle observar que ya van diez minutos transcurridos y que permito que los pasajeros y la tripulación se lleven consigo cuanto posean.

—¿Y la cala de a bordo?

—Nosotros no sabríamos qué hacer con ella; si a usted le desagrada perderla, puede llevársela.

Mientras tanto, los marineros habían echado al agua todas las lanchas, después de haberlas provisto de víveres por varios días, remos y velas.

El capitán dio la orden de embarco, y éste comenzó, haciendo bajar primero a las mujeres y después a los demás pasajeros. Los últimos en embarcarse fueron los oficiales, que llevaban los papeles de a bordo y la caja.

—¡Inglaterra vengará este acto de piratería! —dijo el capitán del vapor, que estaba muy conmovido.

Yáñez saludó sin replicar.

En cuanto el barco quedó desierto, los malayos de las barcas subieron a bordo, mientras que las chalupas de vapor del Rey del Mar se acercaban rápidamente,

Se abrieron las carboneras con objeto de sacar el combustible, que era muy escaso, porque el vapor debía hacer escala en Saigón para renovar sus provisiones, y comenzó a toda prisa la faena.

Dos horas después, los malayos abandonaban, a su vez, el buque. Todavía estaban a la vístalas chalupas que conducían a la tripulación y a los pasajeros.

—¡Dos cañonazos en la línea de flotación! —ordenó Sandokan.

Poco después, dos granadas hundían el costado de babor del buque, abriéndole dos enormes brechas, a través de las cuales se precipitó el elemento líquido.

Al cabo de cuatro minutos desaparecía la nave en los abismos del mar de la Sonda, produciéndose una explosión tremenda al estallar sus calderas. El Rey del Mar volvió a emprender su crucero, y se alejó hacía el Sudoeste.

A la mañana siguiente, un velero inglés sufría la misma suerte, después de haberle tomado una parte de su cargamento, que consistía en pescado seco, y que iba consignado a los puertos de Hainán. Igual fin tuvieron otros buques de vapor y de vela, que fueron a hacerse mutua compañía en los profundos abismos del océano.

El crucero batía las líneas de navegación sin que nadie se lo estorbase, llevando el corso desde las costas de Borneo hasta dar vista a la isla de Anaba, atajando en su camino a los barcos que procedían del estrecho de Malaca directamente, de los mares de la China y del Japón.

Ya habrían echado a pique a cañonazos otros treinta barcos, causando enormes pérdidas a las compañías navieras, cuando un día, un prao bornés anunció a aquellos terribles destructores que había visto en aguas de Natuna una escuadra compuesta de varios buques de guerra.

Probablemente, se trataba de la de Singapoore, enviada para cañonear al buque corsario. Aquel mismo día se reunieron en consejo Sandokan, Yáñez, Tremal-Naik y el ingeniero Horward, quienes decidieron suspender el crucero y dirigirse sin vacilar a Sarawak en busca del Mariana, que debía de estar esperándolos en la boca del Sedán.

Además, sus amigos y antiguos aliados los dayakos debían de haber comenzado ya a invadir el sultanato; por lo tanto, aquél era el momento preciso para atacar por mar al rajá y hacerle pagar cara su cooperación en la conquista de Mompracem.

En vista de esta determinación, el Rey del Mar, que tenía llenas las carboneras y llevaba también gran cantidad de combustible en la estiba, hizo rumbo hacia el Sudeste, pues antes quería Sandokan cerciorarse de si los ingleses seguían todavía en su isla.

Ordenó que pusieran el máximo de velocidad en la máquina, y el crucero devoraba las millas. Durante cuarenta y ocho horas navegó hacia Borneo, sin tener un mal encuentro, a pesar de que todos estaban seguros de que por aquellos mares, y con objeto de sorprenderlos, cruzaba una gran escuadra.

Hacia la puesta del sol del segundo día, llegaba el Rey del Mar a la vista de Mompracem, el antiguo refugio de los tigres de Malasia.

Sandokan y Yáñez, profundamente emocionados, volvieron a ver su isla, desde la cual, y con sólo sus praos, habían hecho temblar durante largos años al poderoso leopardo inglés.

Cuando se acercaron al cabo oriental, en que se abría una rada pequeña, ya la noche había cerrado hacía algunas horas; pero la espléndida luz de la luna permitía distinguir la gran roca en que había ondeado orgullosamente en otros días la terrible bandera del Tigre de Malasia.

La casa que sirvió de refugio a los dos jefes piratas, ya no se veía. En su lugar, se alzaba un fortín, probablemente bien artillado, para impedir que los últimos tigres, errantes por el mar, intentasen la reconquista de su madriguera. En el fondo de la rada se distinguían también confusamente obras de defensa, bastiones y elevados recintos.

Apoyado en la borda de popa, sin decir palabra, con los ojos turbados y ensombrecido el rostro, Sandokan miraba su antigua morada; por la expresión de su semblante, se adivinaba fácilmente que su corazón sangraba en aquellos momentos.

Yáñez, que estaba a su lado, le puso una mano en la espalda y le dijo:

—El día menos pensado la reconquistaremos, ¿verdad, Sandokan?

—¡Sí! —contestó el pirata, tendiendo el puño a la Isla de un modo amenazador —. ¡Sí! ¡Y ese día los arrojaremos a todos al mar, pero sin misericordia!

Volvió la mirada hacia el océano, que brillaba bajo los rayos de la luna.

—¡De nuevo vuelve a acometerme un deseo furioso de destrucción! –dijo —. ¡Delante de mí veo sangre!

Casi en aquel mismo instante, se oyeron unos gritos procedentes de la proa:

—¡Allí! ¡Allí! ¡Miren ustedes!

Sandokan y Yáñez se precipitaron hacia la amura de babor, al ver que los hombres de guardia se lanzaban a través de la toldilla.

—¡Faroles! —exclamó el portugués.

—¡La sangre que buscaba! —gritó Sandokan, en cuyo corazón parecían haberse despertado de golpe sus antiguos instintos de ferocidad.

Hacia levante, y en dirección de la isla Romades, tuyas cumbres ya se divisaban, aparecieron distintamente, y casi a flor de agua, seis puntos luminosos verdes y rojos, y en lo alto, otros dos blancos.

—Son dos barcos de vapor —dijo Yáñez —, y apostaría a que vienen de Labuán.

—¡Tanto peor para ellos! —contestó Sandokan, tendiendo la mano hacia aquellos puntos luminosos —. ¡Pagarán lo de Mompracem! ¡Da orden para que activen los fuegos!

—¿Qué es lo que quieres hacer, Sandokan? —preguntó el portugués, impresionado por la luz siniestra que brillaba en los negros ojos de aquel hombre terrible.

—¡Echar a pique a esos barcos con toda la gente que llevan!

—Sandokan, no olvidemos que no somos piratas, sino corsarios. Además, todavía no sabemos si esos barcos son de guerra o mercantes, y si enarbolan o no bandera inglesa.

En lugar de responder, el Tigre de Malasia mandó apagar las luces, llamar «¡todos a cubierta!» y dirigir el crucero sobre los dos barcos.

A las once, el Rey del Mar viraba de bordo a unos quinientos metros de distancia de los dos vapores, los cuales, completamente ajenos al tremendo peligro que les amenazaba, navegaban a cuarto de máquina y muy cerca el uno del otro.

—Parecen dos transportes —dijo Yáñez —. ¡Escucha, Sandokan!

En los entrepuentes, que aparecían iluminados, estallaba un ruido de tamboriles, notas de cornetín y canelones. Aprovechando aquella noche espléndida y la tranquilidad del océano, los soldados se divertían. El viento; que soplaba del septentrión, llevaba aquellos rumores hasta el Rey del Mar.

—Son soldados ingleses de Labuán, que regresan a la patria —dijo Yáñez —. ¿Oyes, Sandokan? Esas canciones que hemos oído también en las campamentos ingleses de la India durante el sitio de Delhi.

—¡Sí, soldados! —repuso el Tigre de Malasia con acento extraño —. ¡Bien! ¡Saludan a la lejana patria, pero va a caer la muerte sobre ellos!

—¡No hables así, amigo mío!

—Pero, ¿no piensas que esos hombres me han arrojado de la isla, después de haber hecho una matanza entre mis valientes?

Se habla erguido completamente; tenía el rostro inflamado por una terrible cólera, y sus ojos llameaban. El antiguo pirata, el temerario Tigre de Malasia, que durante tantos años había ensangrentado las aguas de aquellos mares, volvía a despertarse.

—¡Sí, reíd, cantad, bailad, ésas son danzas fúnebres! ¡Mañana, apenas amanezca, se helará la risa en vuestros labios! ¡Os habéis olvidado demasiado pronto de mi pequeño pueblo, a quienes sorprendisteis y degollasteis en las playas de mi isla! ¡Pero aquí está su vengador, espiándoos!

El Rey del Mar, que ya había virado de bordo, seguía silenciosamente a los das barcos, sosteniéndose siempre a una distancia de una milla.

A aquéllos ya no les era posible huir, pues no podían competir en velocidad con un buque de tal potencia. Quizá si navegaran en aguas de las islas Romades que estaban muy cerca, podrían conseguir algo, sin embargo, aun en ese caso, no hubieran logrado salvarse todos.

Inclinado sobre la borda, Sandokan no les quitaba ojo. Parecía tranquilo, pero debían de atormentarle pensamientos terribles de destrucción, de sangre, de venganza.

—¿Quién me impediría —dijo, de pronto — caer como una tromba sobre esos barcos, y a golpes de espolón, enviarlos hechos pedazos al fondo del mar? ¡El océano guarda muy bien los secretos que se le confían, y jamás se sabría nada!

—Por humanidad, no lo harás, Sandokan —dijo Yáñez.

—¡Humanidad! ¡Es una palabra que carece de sentido, cuando se está en guerra! ¿Acaso se acordaron ellos de esta palabra cuando decretaban a sangre fría la conquista de nuestra isla y el exterminio de nuestro pequeño pueblo? ¿Qué es lo que hoy queda de los tigres de Mompracem, de aquellos tigres que tan gran servicio prestaron a esos ingleses, librándolos de la infame secta de los thugs? ¡El reconocimiento de los voraces salteadores de los mares es ése! ¡Nos han arrebatado a traición nuestra isla, asaltándonos por la noche con fuerzas diez veces superiores, como si fuésemos bestias feroces! ¡Y eres tú, Yáñez, quien habla de humanidad! ¿Crees que si mañana cayera sobre nosotros o sobre nuestros praos una escuadra inglesa nos respetaría? ¡No, nos echarla a pique, enviándonos a dormir el sueño eterno en los abismos del mar de Malasia!

—Sandokan, nosotros podríamos defendernos, disputar la victoria, mientras que esos dos barcos no pueden oponer nada a nuestra artillería poderosa y al espolón de nuestra nave.

—¡Es verdad, señor Yáñez! —dijo una voz detrás de ellos.

Sandokan se volvió rápidamente, y se encontró ante Damna.

—Tú lo apruebas porque...

No terminó la frase, que debía de aludir a los amores de la joven con el angloindio.

—¡Que procuren defenderse ellos también, Damna! –añadió.

—No podrían hacerlo, señor Sandokan —replicó la joven —. En esos barcos es probable que vayan quinientos o seiscientos pobres muchachos que suspiran por el momento de volver a ver su patria y abrazar a sus ancianos padres ¡No haga usted llorar a tantas madres, usted, que ha sido siempre tan generoso!

—¡Mis hombres, los viejos tigres de Mompracem, han llorado la noche que los arrojaron de su isla! —dijo Sandokan, reprimiendo su ira —. ¡Que lloren también las mujeres inglesas!

Sandokan se apartó de la borda y volvió hacía las dos torres de popa, de cuyas boca—portas salían las extremidades de dos grandes cañones de caza que amenazaban al horizonte.

Iba a abrir la boca para ordenar que se hiciese fuego con aquellos dos monstruos de bronce, cuando Damna, en aquel preciso instante, puso una mano sobre los labios del terrible pirata.

—¿Qué es lo que va usted a mandar, mí generoso protector? —preguntó la angloindia.

—¡Voy a dar la orden de muerte! ¡Quiero que esos cantos de alegría se truequen en un grito de angustia! ¡Quiero que el mar abra sus abismos para tragarse a los conquistadores de mi isla!

—¡Eso no lo hará usted, señor Sandokan! —dijo Damna, con voz firme —. Piense usted que cualquier día puede verse acometido por fuerzas superiores a las suyas y ser vencido. ¿A quién respetarán entonces los vencedores?

—Además, no debes olvidar, Sandokan —añadió Yáñez, con voz grave —, que llevamos a bordo a dos muchachas: Surama, la primera y única mujer a quien he amado, y esta joven, por salvar a la cual emprendimos contra los thugs una guerra en la que tuvimos que hacer prodigios. Si ahora haces eso, ni siquiera ellas podrían sustraerse a la ira de nuestros vencedores, ¿O es que quieres también hacerlas nuestras cómplices en este acto inhumano?

El Tigre de Malasia se había cruzado de brazos, y miraba ya a Damna, ya a Surama, que se acercaba lentamente en aquel instante. La luz terrible que pocos momentos antes brillaba en sus ojos, fue apagándose poco a poco.

De pronto, sin decir una palabra, tendió a Yáñez la mano, sacudió dos o tres veces la cabeza, y en seguida se puso a pasear, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a los barcos, que continuaban su rumbo, pasando a la vista de las islas Romades.

El Rey del Mar les seguía continuamente a la misma distancia.

Transcurrió la noche sin que Sandokan descansara un solo momento. Continuó paseando en la cubierta por entre las torres, pero ya no volvió a abrir la boca.

Cuando los primeros albores del nuevo día comenzaron a difundirse por el cielo. Mandó acelerar la marcha del crucero, y que los artilleros fuesen a ocupar su puesto de combate.

Por medio de una rápida maniobra, se puso a distancia de pocos cables de los barcos, y mandó izar su bandera, apoyando la orden con un cañonazo sin bala.

Agudos gritos resonaron en los dos transportes, cuyos puentes se cuajaron de soldados, pálidos de terror.

—¡Arriad la bandera y rendíos, o de lo contrario, os echo a pique! —les dijo Sandokan, por medio de señales.

Al mismo tiempo ordenó apuntar los cañones, dispuesto puesto a que a la orden siguiese la ejecución de la amenaza.

CAPÍTULO XII - EN AGUAS DE SARAWAK

Los dos transportes, que se veían, en, la Imposibilidad de oponer la menor resistencia, pues tan: sólo poseían piezas de artillería ligera, completamente inofensivas contra la poderosa coraza del corsario, obedecieron inmediatamente y bajaron las banderas.

En la cubierta de aquellos dos barcos, reinaba una confusión indescriptible. Los soldados, que serían unos trescientos o cuatrocientos, corrían alocados por los puentes y se agolpaban en derredor de las chalupas, creyendo que el crucero iba a hundirlos.

—¡Os concedo dos horas para desocupar los barcos! —dijo el Tigre de Malasia nuevamente —. ¡Transcurrido ese tiempo, abriré el fuego! ¡Obedeced!

Las islas Romades se hallaban a unos cuantos kilómetros de distancia, mostrando sus costas, desiertas por completo y flanqueadas por abundantes bancos de arena y escolleras.

Los comandantes de ambos barcos, después de un breve consejo, habían contestado:

—¡Cedemos ante la fuerza para evitar una matanza inútil!

En seguida fueron echadas al agua todas las chalupas disponibles, tan cargadas de soldados, que parecía que iban a hundirse, pues todos se apresuraban a embarcar por temor a que el corsario rompiese el fuego.

Al ver que algunos llevaban consigo fusiles, Sandokan, que se mostraba inexorable, ordenó que los arrojasen al mar o que volviesen a llevarlos a bordo, amenazando con acribillar en el acto a las embarcaciones — si no era obedecido.

Mientras el embarque se realizaba entre gritos, imprecaciones, amenazas y disputas, el Rey del Mar giraba lentamente en derredor de los dos barcos, siempre apuntándolos con los cañones.

—¿Qué es lo que vas a hacer con esos transportes? —preguntó Yáñez.

—¡Los hundiremos! —respondió fríamente Sandokan, ¡El mar está dispuesto a recibirlos!

—¡Qué lástima no poder remolcarlos hasta cualquier puerto!

—¿A cuál? ¡No hay ni un solo refugio amigo para los últimos tigres de Mompracem! ¡Cualquiera diría que todos los Estados de Borneo, después de habernos admirado tanto, tienen miedo del leopardo inglés! Pero no importa; no por eso dejaremos de hacer lo nuestro. Confiaremos al mar estas presas. ¡Ese, por lo menos, no nos las devuelve nunca!

—¡Cuántos tesoros perdidos inútilmente! —respondió Damna.

—¡Así es la guerra! —contestó con sequedad Sandokan —. Yáñez, manda que echen al agua las chalupas y que abran los depósitos de carbón. ¡El Rey del Mar tendrá buena provisión de combustible!

Los soldados, cuyas embarcaciones habían hecho ya varios viajes, habían acampado casi todos en la playa más próxima, dispuestos a refugiarse en los bosques en caso de peligro.

Yáñez hizo embarcar cincuenta hombres bien arma, dos y les ordenó que ocupasen ambos transportes, antes, de que terminasen de abandonarlos sus tripulaciones, con objeto de evitar cualquier traición.

Aquellos barcos llevarían, probablemente, pólvora a bordo, y los respectivos comandantes, al marcharse, podrían haber dejado colocadas algunas mechas encendidas en la santabárbara, y hacer que volasen los transportes, y con ellos los depósitos de carbón, de que tan necesitados estaban los tigres de Mompracem.

En cuanto hubo salido el último inglés, se dirigió a bordo de las dos naves un nuevo pelotón de malayos al mando de Kammamuri para proceder a la descarga del combustible y las municiones de guerra.

Los soldados miraban con ansiedad desde la playa la maniobra de los piratas, y se mostraban muy asombrados al ver que no tomaban los dos buques a remolque, que era lo que habían sospechado.

Los hombres de Sandokan trabajaron febrilmente durante todo el día ocupados en vaciar las bien provistas carboneras de los dos transportes. Al caer la tarde ya las habían vaciado casi por completo.

—¡Y ahora —dijo Sandokan —, mar, toma las presas que te ofrezco! ¡Cuando nosotros también nos vayamos al fondo, senos clemente!

Antes de abandonar los dos barcos, los malayos encendieron mechas adheridas a los barriles de pólvora que habían dejado en la santabárbara.

Sandokan, Yáñez y Tremal-Naik, se apoyaron en la amura de popa para mirar tranquilamente a los dos transportes. Delante de ellos hablan colocado un cronómetro.

—¡Tres minutos! —dijo, de repente, Sandokan, volviéndolo hacia sus compañeros —. ¡El final!

Un instante después retumbaba una explosión horrísona, a la que siguió otra a muy poca distancia, no menos ensordecedora.

Ambas naves, cuarteadas por las voladuras, se hundían rápidamente, en medio de los gritos furiosos de los soldados y de las tripulaciones, que contemplaban la catástrofe desde la costa de la isla.

—¡He ahí la guerra! —dijo Sandokan, con una sonrisa sarcástica —. ¿La han querido? ¡Qué la paguen! ¡Y esto no es más que el comienzo del drama!

Luego, volviéndose hacia Yáñez, añadió:

—¡Ahora vámonos a Sarawak, aquel golfo será el teatro de nuestra futura campaña, y allí las presas serán más abundantes que aquí! ¡Ya lo veréis!

El Rey del Mar se alejó rápidamente de las islas Romades, poniendo la proa al Sur.

Con las carboneras repletas y un sobrecargo en la estiba, podía desafiar a correr a todos los barcos que los aliados debían de haber reunido en las aguas de Sarawak.

El potente crucero, que devoraba las millas, avistó dos días más tarde el cabo Taniong—Datu y pasé por delante de la misma rada donde se había refugiado el Mariana. No habiendo encontrado nada en aquel lugar, volvió a emprender, sin la menor vacilación, la carrera hacia el Sureste para ir a la boca del Sedang.

Sandokan quería saber, ante todo, si la tripulación de su pequeño buque habla logrado realizar la misión que le confiara, que, como ya sabemos, consistía en sublevar y proporcionar armas a sus antiguos aliados los dayakos del interior, que tan vigorosamente le ayudaron contra James Brooke, el famoso exterminador de los piratas.

El Rey del Mar, que no había moderado su marcha, avistaba cuarenta y ocho horas después el monte Matang, pico colosal que se levanta cerca de la costa de Poniente de la amplia bahía de Sarawak, y cuya cumbre, llena de verdor, tiene una elevación de dos mil novecientos sesenta pies. Al día siguiente, el crucero navegaba por delante de la boca del río que baña la capital del rajá.

Era el momento de abrir bien los ojos, porque los barcos ingleses o del rajá podían aparecer de un momento a otro.

La imprevista aparición del corsario habría sido anunciada, seguramente, a las autoridades de Sarawak, y, como consecuencia de ello, se lanzarían al mar los mejores cruceros para proteger, contra una acometida cualquiera, a los barcos que dejaban el río en dirección a Labuán o a Singapoore, pues allí era fácil para los audaces piratas de Mompracem, la captura de los buques mercantes.

Se ordenó una extrema vigilancia a bordo del crucero, los gavieros estaban constantemente, de día y de noche, en las plataformas superiores, provistos de anteojos de largo alcance, prontos a lanzar la voz de alarma en el caso de que apareciese la menor columna de humo sobre el horizonte.

Para mayor precaución, Yáñez y Sandokan ordenaron que una vez se hubiese puesto el sol no se encendiese a bordo luz alguna, ni siquiera en los camarotes cuyas ventanillas daban a los costados exteriores, y mucho menos los faroles reglamentarios.

Querían pasar inadvertidos por delante de la boca de Sarawak para que no los siguiesen en su camino por las costas orientales y realizar las operaciones que se propusieran sin ninguna clase de entorpecimiento.

Instintivamente comprendían que los estaban buscando, y que los barcos ingleses y los del rajá, debían de estar cruzando por aquellos lugares. Quizá también podrían haber adivinado sus planes, o lo que sería toda, vía peor, haberles informado alguien de lo que proyectaban.

En efecto, contra lo que era habitual en ellos, los dos piratas parecían sumamente, preocupados. Se les veía pasear por el puente durante horas enteras, y detenerse con frecuencia para sondear el horizonte con ansiedad.

Por la noche, sobre todo, no abandonaban la cubierta, descansando tan sólo algunas horas después de salir el sol.

—Sandokan —dijo Tremal-Naik, cuando ya el Rey del Mar rebasó algunas millas de la segunda boca de Sarawak —, me parece que estás muy inquieto.

—Sí —contestó el Tigre de Malasia —, no te lo oculto, querido amigo.

—¿Temes algún encuentro?

—Estoy convencido de que me siguen o me preceden, y un marino difícilmente se equívoca. ¡Se diría que huele a humo de carbón de piedra!

—¿Supones que nos sigue la escuadra inglesa o la del rajá?

—La del rajá no me preocupa mucho, porque el único barco que podía medirse con el mío, yace en el fondo del mar.

—Es decir, ¿el de sir Moreland?

—Sí, Tremal-Naik. Los cruceros que posee el rajá son viejos y de segundo orden, y no valen absolutamente nada como buques de combate. La que me preocupa es la escuadra de Labuán.

—¿Será muy fuerte?

—Muy fuerte, no, pero sí numerosa. Pueden cogernos en medio y damos bastante trabajo, aun cuando creo que nuestro crucero es lo bastante poderoso como para medirse también con ella. Inglaterra tiene sus mejores buques en Europa.

—Esos están muy lejos —dijo Tremal-Naik.

—¿Y quién me asegura que no haya enviado algunos para darnos caza? Me han dicho que en la India también los tienen formidables, En cuanto hayan tenido noticias de los daños que hemos causado a sus compañías de navegación, no dudarán los ingleses en lanzar sobre estos mares lo mejor de su escuadra en la India.

—¿Y entonces? —preguntó Tremal-Naik.

—Haremos lo que podamos —contestó Sandokan —. Si no nos falta el carbón, les haremos correr mucho.

—¡Siempre es el carbón nuestro punto negro!

—Di más bien nuestro lado débil, Tremal-Naik, porque, para nosotros, todos los puertos están cerrados. Afortunadamente, la marina inglesa es la más numerosa del mundo, y siempre habremos de encontrar vapores, aun cuando tengamos que ir a buscarlos en los mares de China. ¡Ah! ¡Viene la niebla! ¡Esto es verdaderamente una suerte para nosotros, ahora que vamos a pasar frente a las costas del sultanato!

—¿A qué distancia estamos de Sedang?

—A unas doscientas millas. Estas son las aguas más peligrosas. Si esta noche no tenemos ningún encuentro, mañana hallaremos al Mariana. ¡Tremal-Naik, abramos los ojos y aumentemos la velocidad!

La fortuna parecía estar de parte de los últimos tigres de Mompracem, porque en seguida que se puso el sol, cayó sobre el golfo una niebla muy densa.

Por lo tanto, el Rey del Mar tenía mayores probabilidades de poder huir de la persecución que le daban los barcos aliados, en el supuesto de que se hubiesen movido para sorprenderle.

A pesar de esto, Yáñez y Tremal-Naik habían dado las órdenes oportunas para que todo el mundo estuviese preparado. Podía aparecer cualquiera de los enemigos, empezar la lucha y el ruido de los cañonazos atraer la atención de la escuadra.

El crucero, que había aumentado su velocidad hasta alcanzar los trece nudos, marchaba a través de la niebla, cuya densidad iba en aumento.

Sandokan, Yáñez, Tremal-Naik y el ingeniero americano, estaban sobre la toldilla, cerca de los timoneles, procurando en vano distinguir algo a través de las oleadas calientes de la niebla, que de vez en cuando rasgaba el viento.

Los artilleros se hallaban también en sus puestos, detrás de los monstruosos cañones y al lado de la artillería ligera, y resguardados por las amuras iban los malayos y los dayakos.

Todos callaban, escuchando con gran atención. No se oía otra cosa que los roncos mugidos del vapor, el de la hélice que batía las aguas y el del espolón que las hendía.

Ya debían de haberse alejado unas cincuenta millas de la segunda boca de Sarawak, cuando, de repente, se oyó silbar una sirena.

—¡Un barco en exploración que anuncia su presencia a otro! —dijo Yáñez a Sandokan —. ¿Será de guerra o mercante?

—Supongo que será algún aviso del rajá —respondió el Tigre de Malasia —. ¿Nos esperarían?

—Manda poner rumbo hacia Levante.

—Quisiera saber primero con qué adversario tenemos que luchar.

—Con esta niebla no me parece cosa fácil, Sandokan —dijo Tremal-Naik —. ¿Cuándo podremos llegar a la boca del Sedang?

—Dentro de cinco o seis horas. ¿Ves tú algo, Yáñez?

—Nada más que niebla —respondió el portugués.

—Pues nosotros no nos desviaremos. Así es que tanto peor para el que caiga bajo el espolón de nuestro barco.

Y acercándose al tubo que comunicaba con la cámara de máquinas, gritó con poderosa voz:

—¡Señor Horward! ¡Adelante a toda máquina, a tiro forzado!

El Rey del Mar continuaba su carrera, aumentando la rapidez.

De trece nudos por hora había subido a catorce, y todavía no era suficiente. El Ingeniero americano ordenó elevar la tensión al tiro forzado, con objeto de llegar a los quince.

Cierto que el carbón se consumía más rápidamente —, pero todavía tenían bastante cantidad como para navegar durante algunas semanas, sin verse obligados a proveerse de combustible.

Transcurrieron dos horas más. De pronto se iluminó la niebla como si la atravesara un haz de potente luz.

No podía ser la luz de la luna, porque era mucho más intensa y brillante, procedía del este y corría de Norte a Sur, arrancando a las aguas chispas de plata.

—¡Un reflector eléctrico! —exclamó Yáñez —. ¡Nos buscan!

—¡Sí, sí, nos buscan! —dijo Tremal-Naik —. ¿Serán muchos?

Sandokan no había despegado los labios; pero arrugó el entrecejo.

Transcurrieron unos minutos.

—¡Máquina atrás! —gritó de pronto el Tigre de Malasia.

El Rey del Mar, arrastrado por la velocidad adquirida, todavía anduvo unos doscientos o trescientos metros; pero luego se detuvo, y se dejó mecer por las amplias oleadas del golfo.

Delante del crucero había un barco que, probablemente, no estaría solo. Exploraba el mar, proyectando hacia todos lados un haz de luz eléctrica.

—¿Se habrá dado cuenta de nuestra presencia, la escuadra de Sarawak? —preguntó Tremal-Naik.

—Debe de habernos visto algún velero, o quizá algún prao que haya podido eludir nuestra vigilancia —dijo Sandokan.

—¿Qué piensas hacer, Sandokan?

—Por ahora esperaremos; después pasaremos, aún cuando tengamos que echar a pique diez barcos a golpes de espolón. El Rey del Mar tiene una proa a prueba de escollos, y las máquinas son tan sólidas, que no saltarán por un simple encontronazo.

El haz luminoso seguía recorriendo lentamente la superficie de las aguas, desde el Norte hasta el Sur, procurando rasgar la niebla, que, afortunadamente, era muy densa.

De improviso y por el lado opuesto, esto es, por la popa del crucero, apareció la luz de otro reflector e inmediatamente otros dos, uno al Norte y otro al Sur.

De los labios del portugués, que se hallaba de guardia con los timoneles, se escapó una sorda imprecación.

—¡Nos han rodeado perfectamente! ¡Malditos sean esos tiburones! ¡Me parece que dentro de pocos minutos va a hacer aquí mucho calor!

El Tigre de Malasia había seguido atentamente la dirección de aquellos haces luminosos. Su barco se hallaba precisamente en el centro, y todavía no podía haber sido descubierto, pero tampoco le era posible moverse en ninguna dirección sin que le vieran.

Llamó con un gesto a Yáñez y al ingeniero americano.

—Se trata de forzar el paso —les dijo —. Probablemente delante no tendremos más que un barco. La carga va bien estibada.

—¿Atacaremos con el espolón? —preguntó el americano.

—Es lo que me propongo hacer, señor Horward. Mande usted que se doble el personal de la máquina.

—Está bien, comandante —respondió el americano —. Mis compatriotas harían lo mismo en un caso como éste.

—¿Están todos los artilleros en sus puestos?

—Si —contestó Yáñez.

—¡Adelante a toda máquina! ¡Pasaremos como quiera que sea!

Los raudales de luz eléctrica seguían cruzándose en todos sentidos, y poco a poco se hacían más brillantes.

Probablemente, los que mandaban aquellos barcos debían haber descubierto la enorme mole del Rey del Mar, y se disponían a acometerle, dirigiéndose hacia un mismo punto.

Se aproximaba un momento terrible, y, sin embargo, malayos, dayakos y americanos, conservaban una tranquilidad admirable, en tan supremo instante.

—¡Todo el mundo a las baterías! —gritó Sandokan, entrando en la torre de mando, junto con Yáñez y Tremal-Naik.

El Rey del Mar saltó hacia adelante. Su velocidad aumentaba por momentos, y el humo, que salía en violentas bocanadas por las dos chimeneas, se desplomaba sobre los puentes por efecto de la niebla.

Un sonoro retemblor sacudía toda la nave, los árboles de la hélice doblaban sus revoluciones y el vapor mugía en las calderas.

Cual si fuera un gigantesco proyectil, el crucero atravesó la zona luminosa; pero apenas había vuelto a Introducirse en la oscura niebla, nuevos torrentes de luz llegaron hasta él.

Los barcos enemigos se dedicaron a su persecución para darle alcance, y procuraban encerrarle en un círculo de fuego y de hierro.

Sandokan estaba impávido, ordenando que el barco corriera siempre hacia el Este.

Retumbaron algunos cañonazos, y se oyó a los proyectiles rasgar el aire, cuando pasaban silbando sordamente.

—¡Dispuestos para el fuego de andanada! —gritó Yáñez.

—¡Por Júpiter! ¿Y las muchachas?

—Están resguardadas en la cámara —respondió Tremal-Naik.

—Envía a alguien para que les diga que no se asusten si perciben un gran golpe —dijo Sandokan.

Sombras gigantescas se movían entre la niebla, iluminada continuamente por los reflectores.

La escuadra enemiga iba a caer sobre el crucero de los tigres de Mompracem, con el intento de cortarles el paso.

De improviso, una mole negra apareció casi de un modo fantasmal ante la proa del Rey del Mar, y a menos de cuatro cables de distancia. Era ya imposible detener la marcha del crucero.

—¡Con el espolón! —gritó Sandokan con voz de trueno.

El Rey del Mar se precipitaba como un ariete sobre el buque enemigo. Un golpazo espantoso, seguido de gritos de angustia, retumbó en la niebla, y se repitió luego hasta perderse en la lejanía del océano.

El espolón del crucero había penetrado por completo dentro del barco enemigo, abriéndole una grieta enorme.

El Rey del Mar se detuvo un momento, inclinándose hacia popa, en tanto que en el otro buque, atacado y herido de muerte, sonaron varias explosiones. Eran las calderas, qué acababan de estallar.

—¡Máquina atrás! —gritó el ingeniero americano.

Se oyeron a proa unos sordos crujidos, y en seguida el Rey del Mar, dando una brusca sacudida, libertó al espolón, se hizo atrás y viró sobre babor.

El buque, que había sido pasado por ojo, se iba a pique rápidamente entre los clamores y el griterío ensordecedor de su tripulación.

El Rey del Mar había vuelto a emprender la carrera, pasando por la popa del barco que se sumergía, y de nuevo se sumergió en medio de la niebla.

Otras sombras aparecieron por babor y estribor. Los buques de la escuadra, aprovechando aquel momento de detención forzosa, habían llegado hasta el corsario, y proyectaban sus reflectores sobre los puentes del fugitivo.

—¡Fuego acelerado! —ordenó Yáñez.

El crucero se inflamó como un volcán en erupción, con un horrendo estampido. Las gigantescas piezas de las torres rompieron el fuego casi simultáneamente, haciendo retemblar la nave desde la quilla hasta la punta de los mástiles y lanzando sobre los navíos contrarios sus enormes proyectiles; los cañones de medio calibre de las baterías siguieron el ejemplo, machacando al adversario.

No obstante, los perseguidores no parecían asustarse, a pesar de que aquella tremenda descarga de la artillería gruesa moderna, debía de haberles producido graves daños, irremediables en un barco pequeño o mal defendido.

Los relámpagos de los cañonazos menudeaban por todas partes. Los proyectiles y las granadas se aplastaban o se abrían sobre el sólido blindaje del barco corsario, o reventaba entre los puentes, lanzando trozos de metal.

Golpeaban los flancos de babor y estribor, caían a popa y a proa, deslizándose sobre las planchas de las toldillas y rebotando en los bordes de las torres.

Pero el Rey del Mar, no por eso se detenía en su marcha; antes al contrario, contestaba con furia espantosa, enviando balas a diestro y siniestro por la parte de popa.

Un barco pequeño que navegaba con velocidad vertiginosa, salió de improviso de entre la niebla, y con loca temeridad corrió hacia el crucero.

Era una chalupa grande de vapor que llevaba un asta muy larga en la proa; la antigua torpedera. Horward, el ingeniero americano, que conocía aquella arma mortífera, dio un grito:

—¡Cuidado! ¡Tratan de lanzarnos un torpedo!

Sandokan y Yáñez saltaron fuera de la torre de órdenes. La chalupa, iluminada por los reflectores eléctricos de los otros barcos, se dirigía velozmente hacia el Rey del Mar, tratando de alcanzarle; un hombre, el que la tripulaba, iba a proa detrás del asta.

—¡Sir Moreland! —gritaron ambos a un tiempo.

Era, efectivamente, el angloindio, que, impulsado por una loca temeridad, se proponía aniquilar al crucero.

—¡Detened esa chalupa! —gritó Sandokan.

—¡No, que nadie le haga fuego! —dijo Yáñez a su vez.

—¿Qué es lo que dices, hermano? —preguntó asombrado, el Tigre de Malasia.

—¡No le matemos! Damna le lloraría siempre. ¡Dejadme hacer a mí!

A estribor había varías piezas de mediano calibre. Yáñez se dirigió a la más cercana, que ya hablan apuntado sobre la chalupa, corrigió rápidamente la mira y en seguida dio un tirón a la correa.

La chalupa se encontraba ya a unos trescientos metros de distancia, pero ya no iba a poder seguir al crucero, el proyectil le dio en la popa con una precisión matemática, y le arrancó a un tiempo el timón y la hélice, obligándola, de este modo, a detenerse en su veloz carrera.

—¡Buen viaje, sir Moreland! —gritó con voz irónica el valiente artillero.

El angloindio hizo un gesto de amenaza, y el viento llevó hasta los tigres de Mompracem estas palabras:

—¡Dentro de poco encontraréis al hijo de Suyodhana! ¡Os espera en el golfo!

El crucero ya habla atravesado la zona luminosa y se refugiaba en la niebla.

Por última vez descargó sus cañones de caza en dirección de los barcos enemigos, que no podían competir con su máquina, y desapareció hacia el Este, mientras los malayos y los dayakos gritaban con voz estentórea:

—¡Viva el Tigre de Malasia!

CAPÍTULO XIII - EL DESASTRE DEL MARIANA

La poderosa nave de los tigres de Mompracem, construida por esos incomparables ingenieros americanos, justificó, una vez más, su título de invencible, y demostró estar hecha a prueba de escollos.

A pesar del tremendo encontronazo que había tenido que soportar al dar aquel golpe terrible de espolón, resistieron maravillosamente tanto las máquinas como la proa y lo mismo ocurrió con el blindaje, sobre cuyas planchas cayó la incesante granizada de tanta artillería.

De aquel combate habla salido casi incólume, porque, salvo alguna abolladura sin importancia, sus potentes costados podían volver a sufrir perfectamente otra prueba. Las víctimas habían sido cuatro: todos ellos artilleros mutilados al reventar una granada.

El Rey del Mar no aminoró la marcha. Sabiendo ya de un modo indudable que era seguido, y suponiendo que los aliados debían de haber adivinado la intención de aquel crucero, Sandokan y Yáñez querían llegar a la boca del Sedang con una ventaja de veinticuatro horas, por lo menos para proteger al Mariana y, si era posible, ponerse al habla con los jefes de los dayakos.

Estaban seguros de que habían de encontrar al pequeño buque escondido entre las escolleras, en espera de su llegada.

—Si el diablo no mete el rabo —dijo Yáñez a Tremal-Naik —, cuando llegue la escuadra de los aliados, todo estará concluido.

—¿No dejarán de perseguimos? —preguntó el hindú.

—Procurarán encerrarnos entre el Sedang y el Redjang para ponernos en el trance de tener que ir hacia la costa —respondió el portugués —, pero todavía espero que no han de llegar a tiempo.

—¿Y si nos encontramos allá abajo con el hijo de Suyodhana? ¿Has oído lo que gritó sir Moreland?

—Pudiera ser; pero supongo que ese hombre no tendrá una escuadra bajo sus órdenes.

—¿Y si la ha armado? Los thugs debían de poseer inmensos tesoros, y los habrá recogido el hijo de Suyodhana después de la dispersión de la secta.

—Sí, patrón: inmensos —dijo Kammamuri, que se había acercado en aquel momento —. Durante mi cautiverio en el subterráneo de Raimangal, pude ver una caverna llena de barriles colmados de oro. Además, me dijeron que en las principales casas de banca de la India tenían depositadas sumas incalculables.

—¡Estás amargándome el cigarro, mi querido Kammamuri! –dijo Yáñez —. ¿El hijo del Tigre de la India ha podido armar varios barcos? ¡Bah! —exclamó, encogiéndose de hombros —. ¡Nuestro crucero puede hacer frente a varios a la vez, y le daremos una lección a ese señor! ¡Por cierto, que ya era hora de que se mostrase y nos permitiera ver si se parece a su padre!

—¡Qué lástima que sir Moreland no nos haya proporcionado algunas noticias acerca de nuestro enemigo! —dijo Tremal-Naik.

—¡Hum! —dijo Yáñez —. Yo sospecho que ese angloindio está más al servicio del hijo de Suyodhana que al del rajá de Sarawak.

—Razón de más para que no se le respete, señor Yáñez —dijo Kammamuri —. Usted debió dejar que disparasen toda la artillería sobre su chalupa de vapor, en lugar de tocarle tan sólo.

—¿Qué quieres? ¡Me daba pena dejar que matasen a ese joven tan valiente! —respondió Yáñez.

—Y tan amable y cortés —añadió Tremal-Naik —. Cuando Damna y yo éramos sus prisioneros, se portó siempre como un verdadero caballero, especialmente con mi hija.

—¿Desde el primer momento?

—Desde el principio, no —contestó el hindú —. Durante los primeros días estuvo sumamente frío; tanto, que a mentido me miraba de muy mala manera, lo cual me inspiraba inquietudes y preocupaciones; pero fue cambiando poco a poco.

—¡Ah! —replicó Yáñez, sonriendo.

Volvió a encender el cigarro, que se le había apagado, y se dirigió hacia la toldilla de la cámara, en la cual entraban en aquel momento Damna y Surama.

—¿No habéis tenido miedo, muchachas? —dijo, mirando especialmente y con cierta malicia a la hija del hindú.

—¡Gracias, señor Yáñez! —le susurró Damna, cogiéndole la mano y apretándosela fuertemente.

—¿Qué es lo que sabes?

—¡Lo he oído todo!

—Lo hubieras sentido mucho si le hubiesen matado, ¿verdad, Damna?

—¡Sí! —suspiró la muchacha —. ¡Es un amor fatal!

—¡Bah! Cuándo concluya la guerra, buscaremos a ese joven animoso, y..., ¡quién sabe!.. Todo puede terminar bien, y quizá seréis una pareja feliz, pues, por lo que yo he podido ver, también sir Moreland te quiere con toda su alma.

—Sin embargo, sahib blanco —dijo Surama —, me han dicho que había intentado volar nuestro barco.

—Averiarle gravemente para aprovecharse de la confusión y ver de robar a Damna —dijo Yáñez —. ¡Oh, tengo por cierto que no hubiera dejado que ella se ahogase! La niebla se aclara, y veo que por allí comienza a difundirse un poco de luz. Es que amanece; ahora veremos si todavía llevamos a retaguardia los barcos de los aliados.

La niebla, que tan oportunamente había protegido a los tigres de Mompracem, comenzaba a disiparse, siendo aventada por la brisa matutina.

Cuando todas aquellas nubes hubieron desaparecido, pudo verse que el océano estaba desierto.

La escuadra aliada, comprendiendo que no podía competir con las poderosas máquinas del Rey del Mar, debía de haberse quedado muy atrás, o emprendido el regreso hacia la boca del Sarawak.

También por el Norte aparecía el horizonte limpio, pues el corsario se había apartado mucho de las costas de Bomeo para que no pudiera distinguirle ningún buque costero.

No se veía otra cosa que pájaros marinos, los cuales revoloteaban con ligereza y velocidad verdaderamente admirables.

El Rey del Mar siguió durante todo el día su veloz carrera, pues Sandokan no sólo quería conservar la ventaja taja conseguida, sino aumentarla, con objeto de tener tiempo para buscar al Mariana.

Antes de ponerse el sol, el crucero navegaba ya en las aguas que bañan la costa de Sedang.

—Por el momento podemos consideramos fuera de peligro —dijo Yáñez a Horward, que, lo mismo que Damna, contemplaba la puesta del astro diurno.

—Sí, pero dentro de unos días, probablemente antes de cuarenta y ocho horas, nos veremos obligados a volver a comenzar la canción —respondió el americano.

—Los barcos de los aliados no nos dejarán tranquilos.

—Pero, ¡qué puesta de sol tan soberbia! —exclamó en aquel momento Damna.

—Las que se admiran en estos mares son las más hermosas que pueden contemplarse —dijo Yáñez —. Donen unas tonalidades que no se ven en ningún otro lugar. Si están ustedes atentos, verán el famoso rayo verde.

—¡Un rayo verde! —exclamaron Damna y el americano.

—Y espléndido, Damna: es un fenómeno maravilloso, que tan sólo se puede — admirar en los mares de Malasia y en el océano Indico. El cielo está muy puro, y probablemente, podrás verlo. Espera a que el borde superior del sol esté a punto de sumergirse,

—¿Es posible que de todos esos fulgores de incendio pueda surgir un rayo de ese color? —exclamó.

—Estoy seguro de no equivocarme; pongan ustedes atención.

El sol se hundía tras un océano de luces, cuyos colores iban variando poco a poco por efecto del estado higrométrico de la atmósfera y de la distancia que separaba al astro del cenit.

Mientras iba sumergiéndose en el océano, se difundía por el cielo una luz roja y amarillenta, que adquiría con gran rapidez un tono violáceo que se desvanecía insensiblemente en un fondo azul grisáceo.

El borde superior del disco solar estaba a punto de desaparecer, cuando de improviso surgió un rayo completamente verde, de una belleza tal, que arrancó sendos gritos de admiración a Damna y al americano.

Durante algunos instantes se proyectó sobre el agua, y en seguida desapareció de pronto, a tiempo que el último segmento del astro rey se ocultaba tras la movible superficie.

—¡Magnífico! —exclamó Horward.

—¡Soberbio! —había dicho Damna —. ¡Jamás había visto un rayo de ese color!

—Porque has recorrido estos mares muy pocas veces —respondió Yáñez.

—¿Y no puede verse en otros lugares? —preguntó Kammamuri, que se había reunido con ellos.

—Es dificilísimo, porque tienen que concurrir condiciones excepcionales de limpieza y pureza de la atmósfera y solamente en estos parajes se dan con frecuencia. La campana nos llama a la mesa para cenar. Aprovechemos este momento, ya que ningún peligro nos amenaza —dijo Yáñez, ofreciendo el brazo a la joven angloindia.

Dos horas después de la puesta del sol, el Rey del Mar, que no había disminuido la velocidad que llevaba, se encontraba frente a la boca del Sedang y a una distancia de media docena de millas.

—¿Se habrá escondido el Mariana dentro del río? —preguntó Kammamuri a Yáñez, que estaba reconociendo la costa con el auxilio de un anteojo.

—No habrá sido tan mentecato su comandante. Debe de haberse ocultado entre las escolleras de levante, las cuales forman varios canales. Avanzaremos lentamente en esta dirección.

El barco puso proa hacia la boca del río, llegando hasta muy poca distancia de aquélla; en seguida se dirigió hacia el Este, donde se destacaban largas filas de escolleras.

Se encontraban a muy poca distancia de las primeras rocas, que emergían de las aguas cual minúsculas islillas, cuando retumbaron débilmente en lontananza algunas detonaciones.

Sandokan, prevenido en el acto por Kammamuri, se apresuró a subir a la cubierta, junto con Tremal-Naik y Horward.

Examinaron con atención el horizonte, mirando en todas direcciones; al alcance de la vista no aparecía barco alguno de vela ni de vapor. Sin embargo, aquellos disparos —tres si no estaban equivocados los hombres de guardia — los habían oído todos ellos. Sandokan manifestó una viva inquietud.

—¿Habrá sorprendido algún barco a mi viejo Mariana y lo habrá cañoneado? —se preguntó.

—¿Hacia qué parte se oyeron los disparos?

—Hacia Occidente —dijo Yáñez, que estaba de guardia.

—¿No se ha visto antes en esa dirección ninguna columna de humo?

—Nada, el horizonte estaba purísimo.

—Y esas detonaciones, ¿eran muy débiles?

—Debilísimas.

—Entonces, esos cañonazos deben de haberlos disparado a una gran distancia —dijo Horward.

—Si, teniendo en cuenta que el viento sopla del Este.

—Sandokan —dijo Tremal-Naik, cuya frente se había oscurecido —, busquemos en seguida al Mariana.

—Eso es lo que vamos a hacer —contestó el Tigre de Malasia —. Si no le encontramos detrás de esa escollera, volveremos hacia el Sedang. Manda que Kammamuri y los gavieros suban a las cofas con buenos anteojos para que registren el horizonte cuidadosamente.

El Rey del Mar continuaba navegando hacia el Este, siguiendo la costa a distancia de un par de millas para no chocar en algún banco de arena.

Sin embargo, no aparecía ningún barco.

Una profunda ansiedad se había apoderado de la tripulación, y especialmente de Sandokan y de Yáñez. La ausencia del prao, que debía de encontrarse hacía ya algunos días en aquel paraje, los inquietaba mucho; temían que hubiera sido descubierto y echado a pique por algún barco enemigo.

El que se hallaba más enfurecido era Sambigliong, que paseaba y volvía a pasear, dando vueltas como un loco entre las torres de los grandes cañones, y prometía hacer pedazos al osado que se hubiera atrevido a abordar al viejo Mariana.

La carrera del Rey del Mar duró una hora, sin que los gavieros hubieran logrado descubrir el velero en ninguna dirección. En vista de este resultado, Sandokan dio orden de virar de bordo y de acercarse a una barrera de escollos altísimos que formaba un brazo de mar entre éste y la costa.

Todos tenían el convencimiento de que le había ocurrido una desgracia al pobre barco.

—¡Activad los fuegos! —ordenó Sandokan —. Si los ingleses llegan a tiempo, les haremos pagar caro este golpe de mano.

—¿Crees que la escuadra aliada se nos echará encima? —preguntó Tremal-Naik a Yáñez.

—Le llevamos, por lo menos, una ventaja de doce horas —contestó el portugués —. ¡Llegará demasiado tarde!

El buque volaba cual si fuera una gaviota a tiro forzado. En los hornos se precipitaban toneladas de carbón que desarrollaban un calor tan intenso, que los mismos maquinistas y fogoneros lo soportaban difícilmente,

La luna había salido poco después de las once, y la noche era tan clara, que podía verse perfectamente en la argentada superficie del golfo el más pequeño punto negro. Sin embargo, los gavieros contestaban siempre negativamente a las preguntas que de vez en cuando les dirigían.

—¡Nada, siempre nada! ¡Ningún punto negro se divisaba en el horizonte!

—¿Significarían aquellos cañonazos la agonía del Mariana? —se preguntaban todos con creciente angustia.

A eso de medianoche comenzaron a delinearse las costas orientales del Sedang. Parecían negrísimas a causa de las imponentes masas de sus bosques seculares.

De pronto y cuando ya el Rey del Mar había embocado el canal que se abría detrás de la escollera, resonó una voz en la plataforma del trinquete.

—¡Humo delante de nosotros!

Yáñez enfocó el anteojo en aquella dirección.

—¡Un barco de vapor! —gritó el portugués —. ¡Dos mil metros! ¡Un buen tiro para un artillero hábil! ¡Detengámosle! ¡Cien rupias a quien le toque!

Todavía no había terminado la frase, cuando ya el viejo cabo americano de cañón, que había ganado los doscientos dólares, se colocó detrás de su pieza, bajo la torrecilla de babor.

Veíase perfectamente que el vapor trataba de huir. La luna le daba de lleno.

La distancia era muy respetable; pero el viejo artillero tenía confianza en su vista y en su cañón.

—¡Ahora lo arreglaré yo! –dijo —. ¡Las cien rupias van a danzar en mi bolsillo, en espera de ocasión para comprar una montaña de tabaco y un barril de ginebra!

Aguardó a que el buque pasara junto a la proa del crucero, e hizo fuego rápidamente.

¿Había dado en el blanco, causando al enemigo un grave daño, o había fallado? Fue imposible saberlo, porque casi en el mismo instante, desapareció el barco detrás de un obstáculo que la distancia no había permitido distinguir, y que no se sabía si era una escollera o un islote.

El Rey del Mar se habla lanzado en su persecución, moderando, sin embargo, la marcha, porque corría el peligro de encontrarse en el momento menos pensado ante uno de tantos bancos arenosos como se extienden en las proximidades de las bocas del Sedang.

A un kilómetro de distancia de la costa, Sandokan ordenó que se sondara.

Como no conocía del todo bien aquellos lugares, no se atrevía a avanzar el crucero por miedo a varar.

Sin embargo, el buque contra el cual disparó el americano, había desaparecido. Probablemente habría aprovechado alguna de las escolleras que se extendían hacia el Norte para internarse en un canal y alejarse o buscar refugio en cualquier seno o ensenada.

En su segunda carrera, el Rey del Mar debía de haberse remontado mucho hacia levante del río Sedang, porque Yáñez y Sandokan decidieron abandonar al fugitivo, el cual sería, probablemente, muy débil, cuando no se atrevía a hacerles frente y viraron hacia Poniente para seguir buscando al Mariana.

Les asaltó la duda de si el prao, para sustraerse a la persecución, habría buscado también algún escondrijo, o se habría arrojado sobre la costa.

Hacía un cuarto, de hora que marchaban a poca velocidad, continuando la búsqueda del prao, cuando cerca de una escollera apareció una masa negruzca con unas velas muy altas y todavía desplegadas.

—¡Nave a la costa! —gritaron los vigías de las cofas.

—Debe de ser nuestro Mariana —gritó Yáñez —. ¡Por fin!

El Rey del Mar viró rápidamente de borda y avanzó con lentitud hacia la escollera. En seguida se precipitaron todos a la proa para ver mejor aquel barco, cuya inmovilidad les produjo no poca inquietud; tanto más, cuanto que parecía estar adherido a las rocas.

Le enfocaron con un reflector eléctrico, iluminándole como si fuese pleno día; pero, cosa extraña, a pesar de eso nadie apareció sobre la cubierta.

—¡Disparad tres cohetes! —ordenó Yáñez —. Si hay gente a bordo, seguramente contestarán.

—¿Será el Mariana? —preguntó Tremal-Naik, que participaba de los temores de los dos comandantes.

—Todavía no puedo decírtelo —respondió el portugués —, aun cuando las velas son como las de un prao grande o las de un griong.

—Tengo una duda. Ese barco se habrá echado sobre la escollera y embarrancado en la arena para huir de algún cañoneo de los ingleses. ¿No crees, Tremal-Naik?

—Sí.

—Temo que hayas adivinado.

—¿Y la tripulación? No se ve a nadie.

—Y nadie contesta —dijo Sandokan, que se había acercado, mientras que Kammamuri y Sambigliong lanzaban los cohetes, que estallaron en el aire, despidiendo multitud de chispas multicolores.

—Entonces es que los ingleses han hecho prisionera a la tripulación —dijo Tremal-Naik.

—Pues nosotros iremos a libertarla, aun cuando haya que perseguir a ese barco hasta dentro del río Sedang. Manda echar al agua una chalupa, y vamos a ver si ese prao es, en efecto, el Mariana.

El crucero había moderado aún más la marcha, por el temor constante de encontrarse ante un bajo fondo.

Los escandallos no daban más que doce metros de profundidad, y el fondo tendía a elevarse rápidamente.

La gran chalupa de vapor cayó al agua, y Sandokan, Yáñez y Tremal-Naik, con veinte malayos armados, tomaron asiento en ella y se dirigieron hacia la escollera.

El Rey del Mar había virado de bordo, volviendo un poco mar adentro, porque el oleaje era en aquellos lugares bastante fuerte.

La escollera no distaba más que unos quinientos o seiscientos metros. Estaba compuesta por una larga fila de rocas de color muy oscuro, cortada en forma de sierra y con los costados carcomidos y corroídos por la eterna erosión de las olas.

El barco había embarrancado hacia la punta septentrional, y por fuerza del encontronazo, que debía de haber sido violentísimo, se había replegado sobre un flanco, sosteniéndose con las barcazas contra una roca tan elevada como la arboladura.

Temiendo una sorpresa, Sandokan mandó a diez de sus hombres que preparasen los fusiles; hecho esto, se dirigió la chalupa hacia una caleta rodeada por un cinturón de escollos, y cuyas aguas permanecían tranquilas.

Quedaron seis marineros de guardia en la embarcación, y con los otros se acercó al barco.

—¡El Mariana! —gritó de pronto, con acento de dolor.

El desgraciado velero, ya fuera por causa de una falsa maniobra, o bien porque había sido lanzado a propósito, se había reventado contra la punta de la escollera de una forma tan brusca, que se podía dar por perdido.

Las agudas rocas le habían deshecho el casco, produciéndole una grieta tan enorme, que entraban libremente por ella las olas hasta la bodega.

—¡En qué estado encontramos a este pobre barco! —exclamó Yáñez, que no estaba menos conmovido que el Tigre de Malasia —. ¿Qué será lo que le habrá obligado a echarse sobre esta escollera? ¿Y dónde está su tripulación?

—Allí, en el costado de babor, hay una escala de cuerda —dijo Tremal-Naik —. ¡Subamos!

—¡Preparad las armas! —ordenó Sandokan —. ¡Pudiera suceder que hubiese ingleses a bordo!

—¡Ya estamos! —dijo Yáñez.

Y subió el primero; tras él, Sandokan, y luego todos los demás, que llevaban montados los fusiles y las pistolas.

En él barco reinaba un silencio de muerte, pero ¡qué desorden en la toldilla! Allí se veían cajas y barriles abiertos, bombardas y fusiles tirados, y en la proa un enorme agujero que parecía producido por alguna granada.

La escotilla grande estaba descorrida, y allá abajo, en las profundidades de la bodega, mugía el agua sordamente.

—No hay nadie —dijo Yáñez.

«¿Qué les habrá sucedido a mis hombres?» —se preguntó Sandokan con ansiedad — ¿Y la carga que tenía la nave? Porque me parece que la estiba ha sido vaciada».

En aquel momento y desde la cumbre del escollo en el cual se apoyaba el Mariana, gritó una voz:

—¡El capitán!

Sandokan y Yáñez levantaron vivamente la cabeza, en tanto que los malayos, por precaución, armaban las carabinas.

Un hombre de tez oscura y medio desnudo, descendía a grandes saltos por las rocas, llevando en la mano un parang, cuya larga hoja brillaba intensamente, herida por los rayos de la luna.

En pocos instantes llegó hasta la amura de babor, y saltó en la cubierta, diciendo:

—¡Capitán, le esperaba!

—¡Tú, Sakkadama! —exclamaron a un tiempo Yáñez y Tremal-Naik, reconociendo en él al piloto del Mariana.

—¿Qué ha sucedido aquí? —preguntó Sandokan.

—Ayer tarde nos sorprendió un barco de vapor, y nos obligó a arrojarnos sobre esta escollera, con lo cual se abrieron dos boquetes bajo la línea de flotación. Huyó al ver el crucero.

—¿Y ha saqueado el Mariana?

—Sí, Tigre de Malasia, Se llevaron las armas y las municiones.

—¿Y tus compañeros dónde están?

—Han pasado el Sedang.

—¿Y tú te has quedado?

—No había sitio en la chalupa, porque la otra la deshizo un cañonazo.

—¿No os habéis puesto al habla con los dayakos?

—Sí –contestó el piloto —, hace ocho días, pero no hemos podido hacer nada. El rajá, sospechando de ellos, hizo prender a bastantes, y a los demás los ha desterrado fuera de la frontera.

—¡Maldición! —exclamó Yáñez —. ¡Esta es una noticia que no esperaba! ¡Adiós esperanzas!

—Hemos tardado demasiado —dijo Sandokan —, y el rajá se ha prevenido.

—¿Y ahora qué vamos a hacer, Sandokan?

—No nos queda otro recurso que luchar en el mar —contestó el Tigre de Malasia —. Volveremos hacia el Norte, ya que el grueso de la flota aliada se encuentra en las aguas de Sarawak, y reanudaremos la guerra contra los buques mercantes, causando los mayores daños posibles a las compañías de navegación. ¡Si es preciso, iremos hasta los mares de China! ¡Amigos, a bordo¡ ¡No perdamos el tiempo!

Ya se disponían a descender a la chalupa, cuando oyeron un cañonazo disparado a bordo del Rey del Mar.

Sandokan dio un salto.

—¿Habrán visto la escuadra de los aliados? —preguntó.

—Lo supongo —contestó Yáñez —. Veo que dirige la proa hacia nosotros.

—¡Mirad! —gritó Tremal-Naik.

Una luz vivísima iluminaba el horizonte por el oeste, unos minutos antes completamente oscuro.

La escuadra aliada, compuesta de media docena de barcos, se dirigía velozmente hacia el crucero, a fin de impedirle salir a alta mar.

—¡Pronto! ¡A bordo! —gritó el Tigre de Malasia.

Se dejaron escurrir por la cuerda uno tras otro, y la chalupa salid a toda velocidad hacia el Rey del Mar, que, por su parte, iba a su encuentro.

Aun cuando estaban muy lejos, los barcos enemigos habían roto el fuego, y los cañonazos sucedían unos a otros, algunos proyectiles cayeron a pocos metros de ambas embarcaciones. Tardarían muy pocos minutos m llegar a su destino las balas y las granadas.

El Rey del Mar estaba ya a dos o tres cables, y maniobró de modo que pudo proteger a la chalupa contra los disparos de la artillería adversaria, oponiendo a los proyectiles sus resistentes costados. De un solo golpe descendió la escala.

El ingeniero Horward, Damna, Surama y Kammamuri salieron a la torrecilla de popa, gritando:

—¡Pronto! ¡Pronto! ¡Suban ustedes!

Algunos marineros habían calado ya los palangres para izar la chalupa.

Yáñez, Sandokan, Tremal-Naik y sus compañeros se lanzaron por la escala, después de haber asegurado los ganchos.

—¡Por fin! —exclamó el americano —. ¡Creí que no llegaban ustedes a tiempo!

—¡Los artilleros a sus puestos! —gritó Sandokan —. ¡Dobles timoneles a la rueda!

—¡Vamos a tener trabajo para desembarazamos de la escuadra, pero somos fuertes y veloces! —dijo Yáñez.

CAPÍTULO XIV - EL «DEMONIO DE LA GUERRA»

Una vez hubo sido embarcada la chalupa rápidamente, el Rey del Mar viró de bordo a toda prisa, y se lanzó hacia el Norte para no meterse entre las escolleras que se prolongaban en dirección de Poniente.

La escuadra aliada corría a todo vapor, con la esperanza de cortarle el paso, y forzaba las máquinas cuanto podía para llegar a tiempo.

Pero entre todos aquellos barcos de tipo anticuado y que se pudrían en las estaciones de ultramar, no había ninguno que pudiera competir con el rapidísimo crucero, el cual marchaba a tiro forzado, ni tampoco con su poderosísima artillería, que en aquella época era la última palabra.

Los proyectiles llovían sobre el puente del corsario y golpeaban contra las torres, produciendo un ruido ensordecedor y despidiendo altas llamaradas; pero todo esto apenas producía efecto alguno en el blindaje.

El barco de los tigres de Mompracem contestaba con igual energía. Sus grandes cañones de caza tronaban sin cesar, hiriendo gravemente a los adversarios, demasiado débiles para medirse con él.

Yáñez, con el inseparable cigarro entre los labios, y Sandokan, sombrío e inmóvil, presenciaban tranquilamente aquel terrible espectáculo, sin que un solo músculo de su fisonomía se alterase. Tan sólo cuando algún proyectil daba de lleno en un barco enemigo, manifestaban su satisfacción con una chupada más vigorosa el primero, y con un simple movimiento de cabeza el segundo. A bordo, el estruendo era espantoso.

Torrentes de fuego salían por las aspilleras de las torrecillas y por los contracantiles de las baterías; nubes de humo envolvían los costados del poderoso buque.

El Rey del Mar huía con rapidez de vértigo, sustrayéndose al temible cerco en que quería encerrarle la escuadra y dejando tras de sí columnas de humo y de chispas.

El crucero pasó, como si fuera un proyectil, por entre dos barcos que pretendían cogerle, disparándoles dos tremendas andanadas y protegiéndose con las dos piezas de popa.

La escuadra aliada, impotente, por su menor velocidad, de cazarle, se iba quedando a retaguardia, aun cuando navegaba a todo lo que daban sus máquinas. Las bayas ya no llegaban hasta el puente del crucero.

Cuando ya los tigres de Mompracem se creían a salvo, de detrás de una alta muralla de escollos, vieron a salir a todo vapor cuatro soberbios cruceros de tanto bordo cada uno como el propio Rey del Mar.

—¡Mil diablos! —exclamó Sandokan —. ¿De dónde han salido esos navíos? ¡Yáñez! ¡Manda que pongan la proa al Norte!

Los cuatro cruceros se habían lanzado sobre el Rey del Mar, pero, desgraciadamente para ellos, hablan aparecido demasiado tarde para tomar parte activa en el combate.

—¡Un momento antes y no sé cómo nos las hubiéramos arreglado! –dijo Yáñez, que les observaba a través de la aspillera de la torre de órdenes.

—Pero ahora, señor Yáñez, se quedarán a popa —dijo el ingeniero americano, que también los miraba con gran atención —. En cuanto a armamento, quizá puedan competir con nosotros, pero no en potencia de máquina, ganamos terreno a ojos vistas, y dentro de seis horas ya no los veremos.

—¿De quién serán esos barcos tan hermosos? —preguntó Tremal-Naik.

—No veo ondear ninguna bandera en su arboladura.

—Supongo que serán ingleses —respondió Yáñez —.

Puede ser que pertenezcan a la escuadra angloindia. Antes no se veían en Labuán barcos tan modernos.

—Y, según parece, no piensan dejarnos —dijo Sandokan, que volvía a entrar en la torre en aquel momento —, Por fortuna, estamos fuera del alcance de su artillería. Esperaremos a que caiga la noche para hacer una falsa maniobra y doblar hacia Occidente. Saldremos de las costas de Labuán.

—¿Acaso piensan estas gentes que intentamos dar un golpe de mano en esa isla? —preguntó Yáñez.

—O en Mompracem —contestó Sandokan —. ¡Qué lástima tener que consumir tanto carbón para sostener esta velocidad!

—Por ahora, bastante hacemos con obligarlos a correr; después ya nos proveeremos a costa de los vapores mercantes.

El Rey del Mar continuaba su veloz carrera a tiro forzado, La escuadra de los aliados que intentó rodearle cerca de los escollos, se hallaba ya fuera de la vista; tan sólo los cuatro cruceros, a pesar de que iban perdiendo camino progresivamente, continuaban la persecución con renovada energía.

También sus máquinas debían de ser potentes, porque cuando empezó a amanecer, el Rey del Mar no había logrado adelantarles más que una milla, y había engullido cantidades inmensas de carbón. Como desde un principio les llevaba cuatro millas de ventaja, se sostenía fuera del alcance de su artillería, que en aquella época no podía disparar a esa distancia.

Al mediodía aún no había cesado la caza; pero ya se había ganado otra milla.

Yáñez, que no había dejado la cubierta ni un solo instante, iba a bajar al comedor, cuando Damna se le acercó.

La joven parecía muy preocupada y muy triste.

—Señor Yáñez —le dijo, deteniéndole —, ¿le ha visto usted?

—¿A quién? —preguntó el portugués, aun cuando habla comprendido qué era lo que le preguntaba la muchacha.

—¡A sir Moreland!

—No, Damna, no le he visto en ninguno de los puentes de mando de la escuadra de los aliados.

La joven palideció.

—¿Habrá muerto? —preguntó, al cabo de un instante,

—¿Y por qué iba a haber muerto? No ha peleado contra nosotros; y cuando le estropeé su chalupa de vapor, estaba tan vivo como yo.

—¿Vendrá en alguno de esos cuatro barcos?

—Tampoco le he visto en ninguno de ellos. He mirado atentamente los puentes con el anteojo, y no u he visto.

—Pues, a pesar de eso, mi corazón me dice que viene en uno de esos cruceros.

Yáñez sonrió sin responder, y, ofreciéndole el brazo, la condujo al comedor.

Por la tarde todavía se divisaban los cruceros, pero ya a una distancia de doce millas.

A pesar de que sus chimeneas vomitaban torrentes de humo, seguían perdiendo camino.

A medianoche, el Rey del Mar, que no había encendido las luces, viró bruscamente de bordo, dirigiéndose hacia Poniente, en dirección del cabo Taniong—Datu, para meterse de nuevo en el mar de la Sonda.

Era necesario proveerse de carbón, y sin tener puertos amigos y sin la ayuda del Mariana no había otra esperanza ni otro recurso que tomárselo a los barcos ingleses, los cuales no habrían interrumpido, seguramente, sus acostumbrados viajes.

Después de haberse asegurado de que ya no se veían los cruceros, Sandokan mandó reducir la velocidad del buque para economizar el combustible, ya que ignoraba cuándo podría renovar su provisión, que empezaba a ser otra vez muy escasa.

Dos días después avistaban el cabo Taniong—Datu, y el Rey del Mar prosiguió su camino hacia el Noroeste, confiando que en aquella dirección podría sorprender a algún vapor procedente de Singapoore o de los puertos de Java y de Sumatra; pero durante los primeros días que siguieron no se vio humo alguno en el horizonte.

Había que tener en cuenta que en todas las islas del mar de la Sonda se había corrido la voz de que recorría aquellos parajes un buque corsario, y los vapores ingleses no se habían atrevido a salir de los puertos, en espera de que la escuadra de Labuán le echara a pique o le capturase.

Aun cuando estaban muy preocupados, pues no ignoraban que de la abundancia de carbón dependía el poder estar siempre a salvo, Sandokan y Yáñez no eran hombres que desesperasen fácilmente.

Todavía podían marchar a poca velocidad durante trescientas o cuatrocientas millas, e ir, si era preciso, hasta los mares de China meridional, y si hubiesen querido, intentar todavía un buen golpe de mano.

Pero, al menos por el momento, no tenían propósito de alejarse mucho de las costas de Borneo. Por otra parte, la escuadra inglesa de extremo Oriente debía de haberse puesto ya en movimiento para capturarlos, y no querían hacerle frente con tan escasa provisión de combustible.

—Esperemos —había dicho Sandokan a Tremal-Naik, que le interrogaba acerca de sus planes —. No nos conviene dejar de momento estos parajes y rebasar las islas Natuna y Bungaram. Sé muy bien que allá encontraríamos barcos que apresar, pero tampoco aquí me faltará qué hacer.

—¿Qué es lo que esperas aquí? Se diría que aguardas algo.

—Algo espero, efectivamente —contestó Sandokan, con una sonrisa misteriosa —. ¡Deseo matar dos pájaros de un tiro!

—Hace ya cuatro días que hemos dejado las aguas de Sarawak.

—Para nosotros no tiene valor el tiempo. Por lo tanto, esperemos.

—¿Y si aquellos cruceros continúan su persecución?

—Es verdad —respondió Sandokan —, pero, ¿detrás de quién? Estoy seguro de que los he engañado completamente, y dudo mucho que volvamos a encontrarlos por ahora en nuestro camino.

Durante cuarenta y ocho horas continuó el Rey del Mar navegando hacia el Noroeste, sosteniéndose muy alejado de las costas de Borneo. Avistó de nuevo las islas Natuna y Bungaram, y dobló hacia Levante, pues ambos comandantes deseaban hacer rumbo a Bruni, capital del sultanato de Borneo, porque sabían que de vez en cuando frecuentaban aquellas aguas los vapores ingleses.

No podían equivocarse. Hacía quince horas que habían avistado las islas, cuando en el límpido horizonte se perfiló un gran barco. Era un steamer de dos chimeneas y tambores, que marchaba en dirección de Bruni, seguramente con objeto de hacer allí escala antes de volver a salir para los mares de China.

La bandera roja que ondeaba en la popa confirmó las esperanzas de Yáñez y Sandokan, que parecían tantear el buque desde lejos.

El steamer se hizo cargo de la presencia del crucero y de los colores de sus insignias, y aun cuando al principio continuó su rumbo hacia el Nordeste, viró de pronto de bordo con gran rapidez, lanzándose hacia Levante, esperando encontrar refugio en cualquier bahía de Borneo.

Antes de salir de los puertos de la India, el comandante debía de haber recibido aviso acerca de la presencia de un corsario malayo en los mares de la Sonda, y por eso se dio a la fuga, evitando la lucha a toda costa.

A pesar de que el steamer corría cuanto podía, forzando la máquina al máximo, a juzgar por los torrentes de humo que vomitaban sus chimeneas, el Rey del Mar le alcanzó por medio de una habilísima maniobra, y le disparó primero un cañonazo de pólvora sola, y después otro con bala para hacerle comprender que estaba resuelto a hundirle.

Al ver que no le obedecía y que aumentaba la velocidad, le disparó con una de las piezas de caza un cañonazo que le deshizo la toldilla de cámara.

Un momento después, el buque izaba un bandera blanca en el pico del trinquete y acortaba la velocidad.

—¡Tiene arrestos, ese comandante! —dijo Yáñez, mientras echaban al agua las chalupas —. Desgraciadamente, no podemos ser generosos, y ese magnífico vapor irá a reunirse con los otros en el fondo del mar de Malasia.

Descendió a la lancha de vapor y se dirigió al steamer, seguido por cinco chalupas montadas por setenta hombres, entre malayos y dayakos.

El steamer se había detenido a unos diez cables del Rey del Mar, Era un soberbio buque, en el que iban muchos pasajeros, que, mudos, aterrados, esperaban ansiosamente a que abordaran los corsarios. El capitán, rodeado de sus oficiales, no había abandonado el puente.

Yáñez fue el primero en subir a bordo. Atravesó por entre la multitud allí reunida, y se dirigió hacia el puente de órdenes, y una vez allí, le dijo al capitán del steamer, que no se había movido para Ir a su encuentro:

—Señor, no es usted muy cortés con un hombre que hubiera podido cañonearle.

—Hágalo usted, si así le place —contestó, fríamente, el capitán —. Yo no me opongo, pero piense usted, sin embargo, que a bordo de mi barco hay más de quinientas personas, entre ellas muchas mujeres, muchos niños y muchos hombres que no son Ingleses.

—¿Tiene usted suficientes chalupas para que quepan todos, incluso la tripulación?

—Sí.

—La costa de Borneo no está lejos, y el mar no da por ahora señales de alborotarse. Mande usted embarcar a todos y váyanse, porque el vapor, desde ahora, no pertenece a nadie más que a mí.

—Mis marineros y los pasajeros son dueños de abandonar el barco; yo me quedaré aquí, suceda lo que suceda —dijo el inglés —. ¡Yo no cedo ante los piratas de Mompracem!

—¡Ah! ¿Sabe usted quiénes somos? ¡Magnífico! ¡Le echaremos a usted a pique con el barco!

—¡Qué! ¿Lo hundirán ustedes?

—Señores, les concedo dos horas, y aquí espero reloj en mano.

—Repito que yo no saldré del barco —respondió con obstinación el inglés —. ¡Quiero hundirme con él!

—Si no le sacamos a usted por la fuerza del puente de órdenes —dijo Yáñez, impaciente.

El portugués iba a volverse hacia sus gentes, que ayudaban a los marineros del vapor a echar las chalupas al agua, cuando vio que se dirigía hacia él un hombre pequeño, zambo, con la barba cuidadosamente afeitada, y que resguardaba los ojos tras unas antiparras ahumadas.

—Comandante —le dijo el desconocido, quitándose rápidamente el sombrero y desabrochándose una larga zamarra de paño oscuro, la cual no parecía molestarle, a pesar del intenso calor que hacía —. ¿Es usted uno de esos famosos piratas de Malasia?

—Uno de los jefes —contestó Yáñez, mirando con curiosidad a aquel hombrecillo panzudo y patizambo.

—Entonces, me llevará usted consigo, porque yo estaba tratando de buscar un barco que me llevase a Mompracem.

—Nosotros no vamos a esa isla; pero debo decirle que no embarcamos más que hombres de mar y de guerra.

—Yo deseo ir con ustedes para combatir a los ingleses. Conozco, señor, todas las maravillosas empresas y aventuras que han realizado ustedes.

—¡Usted! —exclamó Yáñez, con acento burlón.

—¿Usted no sabe quién soy yo?

—No.

—Pues soy el demonio de la guerra, o, si así le parece mejor, el doctor Paddy O'Brien, de Filadelfia, en fin, un hombre que podrá causar grandes perjuicios a los ingleses. He aquí por qué no me negará usted el que me embarque en su crucero, juntamente con mi equipaje. Prestaré a ustedes preciosos servicios, no lo dude; tan grandes, que asombrarán al mundo entero, y que también le harán temblar.

CAPÍTULO XV - EL ÚLTIMO CRUCERO

Yáñez escuchó pacientemente a aquel hombrecillo que se proponía conmover al mundo, mirándole con una curiosidad no exenta de ironía, y se preguntaba si, en efecto, tendría delante de sí algún hombre de ciencia poseedor de un formidable secreto, o a un loco.

Cuando vio que el portugués no se decidía a contestar, y adivinando lo que pensaba, el desconocido le dijo:

—Usted imagina que el doctor Paddy O'Brien tiene trastornado el cerebro, ¿no es cierto, señor? O que, por lo menos, tiene ganas de divertirse. No, comandante, no; yo he logrado hacer un descubrimiento prodigioso, que producirá terribles resultados.

—Continúe usted —dijo flemáticamente Yáñez, porque aquello comenzaba a divertirle.

—¿Sabe usted que he encontrado el medio de encender la lámpara eléctrica sin necesidad de hilo? En Chicago he realizado experimentos extraordinarios y a distancias de tres y cuatro mil metros.

—Esas experiencias me interesan poco, mi querido señor Paddy O'Brien. Para deshacer a nuestros adversarios nos bastan nuestros cañones.

—¿Y qué haría usted si yo le dijese que también he encontrado el medio de incendiar a cierta distancia los barriles de pólvora?

—¡Ah! —exclamó Yáñez, sacando del bolsillo un cigarro, y encendiéndolo seguidamente —. ¡Eso es, en verdad, un descubrimiento asombroso, admirable!

—Le parece a usted inverosímil, ¿verdad, comandante? —dijo el hombre de ciencia.

—No lo he experimentado todavía, y, por lo tanto, no debo creer ni dejar de creer.

—Y ahora, ¿consentirá usted en embarcarme? Si usted rehusa, desembarcaré en Bruni, e iré a ofrecer a los ingleses mi secreto.

—Ya que —tiene usted ganas de hacer una excursión a través de los mares de Malasia a bordo del Rey del Mar, no me opongo. Pero va usted a ser testigo de cosas tremendas que le pondrán la carne de gallina en más de una ocasión. Además, le advierto que le colocaremos a usted bajo la guardia de hombres fieles e incorruptibles hasta el Instante en que se experimente su asombroso, maravilloso y terrible descubrimiento. No se sabe nunca... En un momento de mal humor podría ocurrírsele a usted hacer la prueba contra nosotros y volarnos la santabárbara,

—¡Puede usted hacer lo que quiera!

—¡Ah! Y el equipaje de usted quedará secuestrado, porque, seguramente, contendrá el secreto de esa diablura espantosa, y yo mismo lo vigilaré.

—No me opongo.

—Y todavía debo añadir algo más: mandaré torcer ex profeso una buena cuerda para ahorcarle sin contemplaciones si, por casualidad, le asaltara el deseo de intentar algo en contra nuestra. ¿Me ha comprendido usted, señor demonio de la guerra?

—Perfectamente —respondió el americano.

—¿Acepta usted en estas condiciones?

—Acepto, comandante.

—Pero no diga a nadie que es usted pariente de Belcebú: nuestros hombres son gente resuelta y animosa; pero podrían asustarse si supieran que he embarcado al demonio de la guerra. ¡Doctor, mande usted a buscar su equipaje!

Mientras se sucedía esta extraña conversación, los pasajeros habían abandonado el steamer, agolpándose atropelladamente en las chalupas, en las cuales se habían embarcado víveres suficientes para poder llegar a las costas de Borneo sin correr el peligro de tener que soportar el hambre y la sed.

Sin embargo, no se habían alejado mucho, esperando a su capitán; pero éste seguía negándose obstinadamente en salir del barco, a pesar de los ruegos de su oficiales y de las intimidaciones de Yáñez y de sus hombres.

En vez de ello, aquel valiente marino se había sentado tranquilamente en una mecedora que mandó subir al puente de órdenes, y se había puesto a fumar su pipa con una colma que dejó asombrados incluso a los malayos.

Ante la amenaza de Yáñez de hacerle embarcar a viva fuerza, contestó con un simple encogimiento de hombros.

Admirado ante aquella presencia de ánimo, y antes de dirigirse a sus hombres para que obligaran al capitán a deponer su actitud, el portugués mandó aviso a Sandokan de lo que sucedía.

—¡Ah!. ¿No quiere abandonar su barco? —respondió el Tigre de Malasia, que estaba a una distancia que permitía hacerse oír —. ¡Pues que se quede, ya que así lo desea!

Ordenó a las chalupas que se alejasen en seguida, amenazándolas con echarlas a pique, y no volvió a preocuparse de aquel hombre.

—¿Y dejaremos que vuele con su barco? —preguntó Yáñez.

—Ahora exploremos las carboneras, que deben de estar casi vacías, pues ese barco estaba a punto de terminar su viaje. Te envío un refuerzo de cien hombres, con objeto de no perder demasiado tiempo. Nos encontramos demasiado cerca de Bruni, y podrían sorprendernos.

Tal como Sandokan había previsto, las carboneras del steamer estaban punto menos que agotadas, porque el buque debía volver a aprovisionarse de combustible en Bruni antes de proseguir su camino para los mares de China.

No quedaban más que unas cuantas toneladas de carbón, cantidad absolutamente Insuficiente para completar las provisiones del Rey del Mar, que había consumido demasiado durante su precipitada huida.

Sin embargo, fueron necesarias cuatro horas para transportarlo al crucero, Juntamente con una cantidad considerable de víveres y la caja de a bordo, que se hallaba muy repleta.

Durante el saqueo, el capitán inglés no dejó su puesto ni hizo movimiento alguno para protestar.

Continué fumando con una calma realmente admirable, e incluso se dignó aceptar un vaso de whisky que Yáñez le ofreció, y lo sorbió lentamente con tranquilidad perfecta.

En cuanto se hubieron alejado las últimas chalupas cargadas de carbón, Yáñez se acercó al Inglés, y luego de haberle saludado cordialmente, le dijo:

—Señor, nosotros hemos terminado.

—Pues, entonces, también a mí me toca acabar de vivir —respondió el comandante del steamer.

—Pongo a disposición de usted mi yole, que irá bien abastecido de víveres, y asimismo una vela para que pueda usted reunirse con las chalupas antes de que lleguen a la costa. Mire usted: la brisa es favorable, porque sopla del Oeste.

—Ya he dicho que yo no abandono mi barco, y sostengo mi palabra. Hace seis años que vengo gobernando este steamer a través del océano, y le quiero demasiado para abandonarlo; si ha de irse al fondo, yo me Irá con él.

—Por lo menos, dígame qué muerte es la que prefiere. Pensaba hacerle saltar poniendo fuego a una tonelada de pólvora; pero si a usted le parece mejor que le echemos a pique con una bala de cañón... Se verá hundirse con lentitud y pudiera usted arrepentirse antes de que haga explosión bajo las olas.

—Eso me es indiferente, haga usted lo que mejor lo plazca.

—¡Adiós, señor! ¡Es usted un valiente!

—¡Adiós, comandante, y buena suerte! —respondió el Inglés, con ironía —. ¡Ah! ¡Tengo que pedir a usted un favor!

—Diga usted.

—Que, si tiene usted ocasión, haga saber a los armadores de, Bombay que Jolin Koope ha muerto, como un verdadero hombre de mar, a bordo de su barco.

—Lo haré; se lo prometo. Dentro de diez minutos tendré el honor de cañonearle.

—Para entonces ya habré terminado de fumar mi pipa.

Se separaron. Yáñez descendió inmediatamente a la ballenera, que le aguardaba bajo la escala, y el inglés, siempre impasible, volvió a sentarse en la mecedora, después de haber izado la bandera inglesa.

—¿Y ése no quiere moverse? —preguntó Sandokan, en cuanto Yáñez puso el pie en la cubierta del crucero.

—Es un terco digno de ser admirado —respondió el portugués —. Quiere irse a pique con su buque. ¿Lo consentirás?

—Todavía no nos hemos puesto en marcha —dijo Sandokan, sonriendo.

Se acercó a la popa, donde se encontraba el viejo artillero americano apoyado en una de las torrecillas, y le susurró al oído algunas palabras.

Poco después, el crucero viraba de bordo, avanzando a poca máquina en dirección del steamer. El inglés seguía fumando, en espera del cañonazo que había de hundir su barco.

Sandokan se dirigió a la proa y le miró sonriendo.

El Rey del Mar, guiado por Sandokan, pasó a treinta pasos de la popa del vapor, y aminoró la marcha.

Entonces, Sandokan cogió el portavoz y gritó al inglés:

—Señor, quisiera pedir a usted un favor, Si tiene usted ocasión de volver a ver a sus armadores, dígales que los tigres de Mompracem han respetado su barco porque lo mandaba un valiente. ¡Buena suerte!

Después, mientras la bandera de Mompracem saludaba al inglés, se alejó velozmente hacia el Septentrión.

***

El astuto y prudente Sandokan no quiso entretenerse demasiado en aquellos parajes tan próximos a Labuán, temiendo caer entre la escuadra de la colonia y los cuatro cruceros, los cuales deberían de estar buscándole encarnizadamente, así, pues, tomó el partido de dirigirse hacia las costas septentrionales de Borneo, para echarse sobre los barcos procedentes de Australia.

Era imposible, o por lo menos muy difícil, que los ingleses llegasen a imaginar que se hubiera alejado tanto del golfo de Sarawak.

Además, estaba seguro de que podría sorprender algunos barcos australianos antes de que los armadores suspendieran los viajes.

Como deseaba permanecer por completo ignorado, se alejó de las rutas seguidas ordinariamente por los barcos, y de repente apareció un día a cuarenta millas de la punta septentrional de Borneo.

Fue un crucero que duró sólo seis días y, sin embargo, ¡cuántos, desastres sufrió la marina mercante inglesa en tan breve tiempo! Dos vapores y tres veleros cayeron en manos de los implacables tigres de Mompracem, y sufrieron la misma suerte que los que habían sido capturados en el mar de Malasia.

Las tripulaciones y los pasajeros quedaban en libertad para ponerse a salvo en las costas de las islas más próximas, pero los barcos eran hundidos, invariablemente, con sus respectivos cargamentos casi íntegros.

Tuvieron noticia, por algunos praos, que la escuadra de los mares de China, alarmada por tantas capturas, estaba reuniéndose; en vista de estas nuevas, el Rey del Mar con las carboneras bien repletas, volvió de nuevo a tomar rumbo hacia el interior del océano, y descendió hacia el Sur.

Sandokan y Yáñez querían ir a destruir los magníficos steamers que hacían el servicio entre la India y la baja Conchinchina.

Sandokan se hallaba nuevamente dominado por la terrible ansia de hundir, y parecía que resucitaba el sanguinario pirata de otros tiempos. Sabiendo que más pronto o más tarde había de encontrarse frente a alguna de las poderosas escuadras que el Almirantazgo había lanzado tras él, quería dar un golpe mortal al comercio inglés, y asombrar al mundo con su audacia.

—Nuestros días están contados —había dicho a Yáñez y a Tremal-Naik —. Dentro de algunos meses ya no encontraremos ningún barco inglés que nos provea de combustible. Mientras tanto, aprovechémonos; después sucederá lo que nos haya decretado la suerte.

—Encontraremos otros barcos que nos aprovisionarán —había dicho Yáñez —, porque obligaremos a los de otras nacionalidades a que nos vendan el carbón, aun cuando haya que recurrir a la violencia.

—¿Y después?

—¿No estoy yo aquí para después? —dijo detrás de ellos una voz como de gallina clueca —. ¡Mi asombroso invento destruirá todos cuantos barcos traten de acometernos!

Era el doctor Paddy O'Brien, de Filadelfia, el demonio de la guerra, de quien hasta entonces nadie se había acordado.

—¡Ah! ¿Es usted? –dijo Yáñez, sonriendo un poco burlonamente —. ¿Usted, que en el momento del peligro, detendrá los proyectiles que lancen contra nosotros?

—No, señor; usted se equivoca: yo no detendré los proyectiles —contestó vivamente el hombrecillo —. Lo que haré será volar los polvorines de los buques que nos acometan. Mi aparato no fallará.

—Tengo la convicción de que eso es posible —dijo en aquel momento el ingeniero Horward —. M compatriota me ha explicado en qué consiste su invento, y aun cuando la cosa parezca increíble, creo que, en efecto, puede hacer volar los buques que nos persigan.

—Ya lo veremos –dijo Sandokan, con acento de duda.

—Sí continuamos bajando hacía el Sur, el mejor día nos encontraremos con nuestros adversarios. Para entonces debe usted tener dispuesta su maravillosa máquina, señor Paddy.

El Rey del Mar siguió, durante dos das más, su ruta hacia el Sur y enderezando la proa mar adentro, sin que lograse descubrir ni un solo vapor en ninguna dirección.

Los armadores debían de haber dado ya las órdenes oportunas para que se detuviesen sus barcos en los puertos de las islas de la Sonda, con objeto de no exponerlos al riesgo de que los echase a pique el audaz corsario, que hasta entonces, con sus rápidas correrías y con sus desapariciones súbitas, había podido huir de la caza que le daban las escuadras.

La interrupción de las líneas de navegación debía causar a los ingleses unas, enormes pérdidas.

—¿Qué le acontecería al Rey del Mar tan pronto como desapareciese en las ardientes bocas de sus hornos última tonelada de carbón?

—No se me ocurrió pensar que el arma que yo manejaba tuviese doble filo —murmuró un día Sandokan —, uno para los ingleses, y otro para mí.

Habían recorrido ya quinientas millas y el Rey del Mar se acercaba a las costas de Malaca, sin que hubiese asomado ningún barco inglés. Ciertamente habían visto algunos buques; pero alemanes, italianos, franceses y holandeses; barcos que constituían más bien un peligro, porque podían notificar al Almirantazgo el rumbo del corsario, por temor a que éste cualquier día se revolviese contra ellos.

Sandokan y Yáñez comenzaban a preocuparse. Comprendían instintivamente que para El Rey del Mar, los días estaban contados, y que el círculo de hierro iba a estrecharse en torno de los últimos tigres de Mompracem.

Con frecuencia los sorprendía Kammamuri y Tremal-Naik con la frente pensativa y la mirada torva. Otras veces los velan, mirando largamente a Damna y a Surama, y luego movían la cabeza tristemente, como si sintieran remordimientos por haberlas embarcado para envolverlas en una catástrofe tremenda, de la cual ya no dudaban.

—Oye, muchacha —dijo un día Yáñez, mientras Damna contemplaba el horizonte, enrojecido por últimos rayos del sol poniente, como sí esperase ver aparecer por aquella parte del horizonte al hombre que amaba —, ¿tienes miedo a la muerte?

—¿Por qué me hace usted esa pregunta, señor Yáñez? —Interrogó la joven angloindia, sonriendo con tristeza.

—Porque me parece que va a sonar pronto nuestra última hora.

—¡Cuándo mueran ustedes, nosotras les seguiremos a los abismos del mar! —respondió Damna.

—¡Sí, yo no dejaré al sahib blanco que me ama! —dijo Surama, mirando dulcemente al portugués.

—Sin embargo, quiero libraros de la muerte antes de que os toque con sus alas heladas, y Sandokan piensa como yo. Nosotros corremos ahora hacía Malaca, y podemos sacrificar las últimas provisiones de carbón para dejaros en aquellas playas.

Damna y Surama hicieron con la cabeza un enérgico signo negativo.

—¡No! —dijo la primera, con voz resuelta —. ¡Yo no quiero dejar a mi padre ni a ustedes suceda lo que sea!

—¡Ni yo me separaré de ti, sahib blanco, a quien debo la libertad y la vida! —dijo Surama.

—Piensa, Damna, que algún día podrás ser una esposa feliz, uniéndote a un hombre que te ama con pasión y a quien yo estimo en lo que vale.

—¡A estas horas, sir Moreland ya me habrá olvidado! —respondió la muchacha, lanzando un profundo suspiro.

—Piensa también que de un momento a otro puede caer sobre nosotros la escuadra de los aliados, y encerrarnos en un círculo de fuego; y piensa, además, que eres mujer.

—¡No, señor Yáñez! —dijo Damna, más fieramente —. ¡Nosotras no abandonaremos a ustedes! ¿Verdad, Surama?

—¡Yo seré muy feliz muriendo al lado de mi sahib blanco! —contestó la aludida.

Yáñez la acarició con una mano la larga cabellera negra, y después dijo:

—¡Bah!... ¡Quizá!... Todavía no estamos vencidos.

CAPÍTULO XVI - EL HIJO DE SUYODHANA

No, los últimos tigres de Mompracem no habían sido vencidos todavía; pero estaban amenazados de serlo en un breve plazo, pues no sabían ya dónde proveerse del combustible que les era tan necesario, lo mismo que la pólvora.

El carbón disminuía a ojos vistas; las carboneras estaban casi vacías; la esperanza de encontrar algún barco se alejaba cada vez más. Era preciso tomar una resolución suprema, y Sandokan y Yáñez la tomaron inmediatamente, de acuerdo con Tremal-Naik y el ingeniero americano.

De mutuo acuerdo decidieron dirigirse sin vacilar a la Isla de Gala, en la cual se habían reunido los praos en espera de que terminara la guerra, no con la esperanza de poder aprovisionarse allí de combustible, sino para tener siquiera el apoyo de aquellos veleros en el momento supremo, y al mismo tiempo para enviar a algunos a cargar en Bruni.

Como se trataba de pequeñas embarcaciones mercantiles que podían enarbolar cualquier bandera, nadie les pondría obstáculos porque quisieran embarcar carbón.

La dificultad estribaba en poder llegar hasta la isla, que estaba a más de cuatrocientas millas de distancia, antes de que la escuadra aliada, que ya debía de haberse alejado de las aguas de Sarawak, cayese sobre el Rey del Mar y le sorprendiera con los fuegos medio apagados, obligándole a aceptar un combate con fuerzas enormemente superiores.

Por el momento no parecía que les amenazase tan gran peligro, porque un giong que procedía del Sur les habla dicho por la mañana que no había visto barco alguno de guerra en las aguas de Labuán ni en las de Bruni.

Terminado aquel breve consejo, el Rey del Mar se puso en seguida con rumbo hacia el Nordeste, debiendo pasar muy lejos de Mompracem, y sostenerse a Poniente de los dos grandes bancos de Samarang y de Vernon.

Para hacer la máxima economía posible de carbón, se apagaron la mitad de los fuegos; de este modo el crucero caminaba solamente con una velocidad de seis nudos por hora.

Sandokan, que estaba más nervioso que Yáñez, se sentía, además, de un pésimo humor.

Se le veía pasear horas enteras por la pasarela de órdenes, escrutando con gran ansiedad el horizonte, poseído de una preocupación cada vez mayor. Ya no era el hombre tranquilo e impasible de otros tiempos, seguro de su barco y de su artillería, que se reía de los peligros y que los afrontaba con la sonrisa en los labios, fumando filosóficamente.

Varias veces al día bajaba a las carboneras, ya casi agotadas, se detenía ante los hornos, ante aquellas bocas hambrientas que pedían alimento con insistencia, y experimentaba en el corazón unas terribles opresiones, cada vez que los fogoneros precipitaban entre las llamas casi moribundas, paletadas de combustible.

Cuando salían de allí, su frente aparecía tempestuosa y sombría, y de nuevo se ponía a pasear, con aire taciturno durante largo tiempo entre las torres de popa y de proa, con los brazos cruzados e inclinada la cabeza, y sin dirigir la palabra a nadie.

Tan sólo doscientas treinta millas separaban al Rey del Mar de las costas occidentales de Borneo, cuando comenzó a esparcirse a bordo una grave noticia.

Un pequeño velero que había sido interrogado dio una respuesta que hizo temblar a toda la gente del corsario.

—¡Cruceros ingleses al Suroeste!

—¿Cuántos?

—Dos.

—¿Cuándo los habéis encontrado?

—Ayer tarde.

Era preciso huir. Aquellos dos barcos debían de ser la vanguardia de alguna escuadra; podían llegar de un momento a otro, y descubrir al Rey del Mar.

—¡Quememos las últimas reservas de combustible! —había dicho Sandokan a Yáñez.

—¿Y después?

—¡Estaremos dispuestos para combatir!

El Rey del Mar apresuró la marcha. Huía a toda prisa, haciendo doce nudos por hora, sacrificando las últimas toneladas de combustible, con una pequeña esperanza: la de encontrar algún buque mercante y quitarle el carbón antes de que llegase la escuadra.

A bordo se habían redoblado los vigías. Hombres de ojos de lince vigilaban en las cofas.

Mientras tanto, Sandokan había dado la orden de prepararse para la batalla, que, según todas las probabilidades, debía ser la última, a menos que se realizara algún milagro.

Faltaban todavía ciento cuarenta millas; la velocidad disminuía, las carboneras estaban vacías y las calderas se enfriaban de minuto en minuto.

Se aproximaba el momento terrible, y, sin embargo, a bordo todos estaban tranquilos, porque hacía mucho tiempo que habían hecho el sacrificio de sus vidas. Nadie temía a la muerte que les amenazaba, y miraban impasibles las aguas que se convertirían para ellos en una sepultura.

Solamente lamentaban una cosa: morir lejos de Mompracem.

A las ocho de la noche, el Rey del Mar se detuvo casi encima de la gran cuenca del Vernon. Todo cuanto podía desarrollar calor había sido devorado por los implacables hornos de las máquinas.

Los barriles de alquitrán, las cajas de cáñamo empapado en licores, las materias grasas de la despensa, los muebles de las salas; en fin, hasta las hamacas y los efectos dé los tripulantes.

Si hubieran podido transformar las paredes metálicas del barco en otro tanto combustible, aquellos hombres no hubieran dudado en arrojarlas al fuego, con tal de llegar hasta las costas de Borneo, todavía muy lejanas,

Al notar que el buque se detenía, Sandokan se había ido directamente hacia la popa, más sombría que nunca, y allí sé apoyó en la borda.

No había dicho una sola palabra ni hecho demostración alguna. Encendió la pipa, y fumó con más furia que de costumbre, fijando los ojos en el horizonte, que se envolvía rápidamente en tinieblas.

Yáñez imitó a Sandokan.

De aquella parte venía el peligro, y lo presentían acercarse, terrible, formidable, abrumador, implacable.

La oscuridad se había hecho completa y teñía las aguas de un color casi negro. En el cielo había muy pocas estrellas; apenas se veían por entre los jirones de nubes que surgían al impulso de la brisa del mar.

A bordo reinaba un silencio profundo desde que la máquina había dejado de funcionar, y, sin embargo, los doscientos cincuenta hombres que componían la tripulación del crucero, estaban en la cubierta; unos sobre las amuras, otros detrás de los gigantescos cañones de las torres; pero ninguno hablaba.

A eso de la medianoche, Tremal-Naik se acercó a Sandokan, que no había abandonado su puesto.

—Amigo mío —le dijo —, ¿qué es lo que nos falta hacer?

—¡Prepararnos para morir! —contestó el Tigre de Malasia con voz tranquila.

—Yo estoy dispuesto, ¿y las muchachas?

En lugar de responderle, Sandokan extendió la mano derecha hacia el Oeste y dijo:

—Allí están, ¿los ves?

—¿Quiénes, Sandokan?

—Los barcos enemigos.

—¡Ya! —murmuró el hindú, que no pudo reprimir un estremecimiento.

—Corren hacia aquí como fieras para aniquilar a los últimos tigres de Malasia. Sus miradas ya están fijas en nosotros.

Tremal-Naik miró en la dirección indicada, en tanto que los hombres de guardia gritaban:

— ¡Barcos a popa!

Brillaban varios puntos allá en el horizonte, que se iban agrandando rápidamente.

—¿Están dispuestos nuestros hombres? —preguntó Sandokan.

—Sí —contestó Yáñez, que estaba cerca de él.

—¿Y las muchachas? —preguntó, temblando ligeramente.

—Están tranquilas.

—¡Quisiera salvarlas!

—¿Y qué es lo que debemos hacer para conseguirlo?

—Embarcarlas en una chalupa y alejarlas de aquí antes de que nos rodeen los barcos enemigos.

—Se negarán, me han jurado que si tenemos que morir, ellas se irán a pique con nosotros.

—¡Aquí está la muerte!

—La esperan.

—¡Sálvalas, Yáñez!

—Te repito que no quieren dejarnos, no insistas.

—¡Bien, sea! ¡Si morimos no caeremos sin habernos vengado! ¡A mí, tigres de Mompracem!

Los barcos enemigos corrían a toda máquina, formando un amplio semicírculo, que más tarde debía cerrarse para coger en medio al Rey del Mar y enviar1c roto, deshecho por las innumerables bocas de sus cañones, al fondo del océano.

Sandokan y Yáñez, que al llegar el momento supremo del peligro habían vuelto a recobrar su calina habitual, daban las órdenes con voz tranquila.

En cuanto vieron que sus hombres estaban todos en sus correspondientes puestos de combate, subieron a la pasarela de mando,

En el palo de popa hicieron enarbolar la bandera roja con la cabeza de tigre en el centro.

Varios haces de luz procedentes de los barcos enemigos, que habían encendido sus potentes reflectores, se concentraron sobre el Rey del Mar, iluminándolo como si fuese de día.

—¡Sí, miradnos, somos nosotros! —dijo Sandokan.

Cuatro grandes buques de vapor, sin duda alguna los más poderosos de la escuadra de los aliados, se habían colocado silenciosamente en semicírculo alrededor del crucero, al que amenazaron con su artillería. Sin embargo, no dispararon ningún cañonazo.

Esperaban a que fuese de día para empezar la lucha suprema, o para intimidar la rendición; palabra que no existía en la lengua del activo pirata

Damna se había acercado en silencio a la borda de popa. Estaba muy pálida, pero tranquila, como toda la tripulación.

Su mirada vagaba con insistencia de un barco al otro. ¿Qué buscaba? No se podía dudar: a sir Moreland.

Una voz interior le decía que el hombre amado debía de estar cerca, en uno de aquellos poderosos acorazados que iban a demoler al impotente Rey del Mar.

Mientras tanto, los buques aliados, que habían apagado los reflectores eléctricos, giraban lentamente alrededor del crucero, estrechando cada vez más el cerco. Desfilaban corno fantasmas de una noche tenebrosa, y parecía que sus faroles, cual ojos llameantes, se clavaban de un modo sangriento sobre su víctima.

Sin embargo, no estaban al alcance de la artillería gruesa. Seguros ya de que no se les escapaban los tigres de Mompracem, no se apresuraban a acercarse demasiado.

A eso de las dos de la mañana, Sandokan y Yáñez, que no habían abandonado su puesto, descendieron lentamente de la pasarela y se dirigieron hacia el centro del barco. Estaban como siempre, fríos e impasibles.

Se acercaron a Tremal-Naik, que se había apoyado en un cabrestante y seguía con una mirada llena de inquietud a su hija, que vagaba como un fantasma por el castillo de popa,

—Amigo —le dijo Sandokan con acento triste —, aquí se hundirán mañana en el abismo los últimos tigres de Mompracem.

Tremal-Naik sintió un estremecimiento y levantó vivamente la cabeza.

—¿Crees que esos cruceros podrán vencer a un barco tan poderoso como el tuyo? —preguntó.

—Son los cuatro grandes cruceros que trataron de apresarnos en la bahía de Sarawak. Estarnos seguros de que no nos equivocamos.

—¿Y podrán hundir a tu Rey del Mar?

—Estoy completamente convencido de ello,

—Y yo también —dijo Yáñez —. Esos buques deber, de tener una artillería formidable, y, además, son cuatro.

—Y nosotros no podemos movernos —añadió Sandokan.

—En resumen, ¿qué es lo que queréis decirme? —preguntó el hindú.

—Proponerte que te vayas a bordo de uno de esos barcos y que te rindas, llevándote a tu hija y a Surama.

Tremal-Naik se enderezó, haciendo un gesto de sorpresa y de dolor al propio tiempo.

—¡Yo, alejarme de vosotros! —exclamó —. ¡Oh, no, nunca! ¡Si mueren aquí los últimos tigres de Mompracem, a quienes debo la vida y tanta gratitud, morirán también el antiguo cazador de jaguares negros y su hija!

—Pero yo debo advertirte que tu hija ama y es amada por un hombre que podría hacerla feliz —dijo Sandokan.

—Sir Moreland, ¿no es cierto? —dijo Tremal-Naik —. ¡Ya me había dado cuenta! ¿Habéis dicho a Damna el grave peligro que corremos?

—Sí —respondió Yáñez.

—¿Y qué os ha contestado?

—Que no abandonará nuestro barco.

—¡No podía contestar de otro modo! —añadió el hindú con orgullo —. ¡No desmiente su sangre! ¡Si el destino ha señalado nuestro fin, que se cumpla el destino!

Se estrecharon las manos, y los tres se dirigieron hacia el puente de órdenes.

De pronto, Yáñez se detuvo y dio un grito:

—¡Qué estúpido! ¡Y yo que le había olvidado!

—¿A quién? —preguntaron a un tiempo Sandokan y Tremal-Naik.

—¡Al demonio de la guerra!

Una loca esperanza había renacido en el cerebro del portugués. En aquel momento se acordó del hombre, de ciencia americano, de Paddy O'Brien, a quien llevaban como prisionero en uno de los camarotes de proa, y vigilado noche y día.

Descendió rápidamente bajo cubierta, atravesó el corredor, y se detuvo ante la pequeña habitación que ocupaba el hombrecillo.

—¡Despierta al prisionero! —dijo al malayo de guardia.

—Ya está en pie, señor Yáñez.

El portugués abrió la puerta y penetró en el camarote. Paddy O'Brien estaba sentado delante de una mesilla, y parecía sumergido en un cálculo muy intrincado, con las narices sobre un montón de papeles cubiertos materialmente de cifras.

—¿Es usted, señor de Gomara? —dijo el doctor, sujetándose los anteojos —. ¿Qué viento le trae a usted por aquí? Hacia mucho tiempo que no le veía, y esperábale a usted.

—Doctor —dijo el portugués sin andarse con preámbulos —. Los barcos enemigos nos han rodeado, y estamos a punto de que nos echen a pique,

—¡Ah! —dijo el americano, sin desconcertarse lo más mínimo.

—Usted me ha dicho que posee un secreto terrible...

—Y confirmo lo dicho.

—Pues ha llegado el momento de experimentar ese secreto, señor demonio de la guerra.

—Mande usted que suban mis cajas a cubierta.

—¿No hará usted saltar nuestro barco en lugar de los del enemigo? —preguntó Yáñez, un poco inquieto.

—Saltaría yo también lo mismo que usted, y por ahora no tengo ganas de morir —respondió el doctor —. Señor de Gomara, aprovechemos estos momentos de calma,

Subieron a cubierta, y los marineros, por su parte, llevaron las cajas del doctor.

—Allí están los buques aliados —dijo Sandokan, acercándose al hombrecillo,

—Sí, ya veo que nos han rodeado —respondió Paddy O'Brien, arrugando el entrecejo —. ¡Ese barco es el que va a saltar primero!

Un pequeño crucero que en un principio no había sido visto, se destacó del grueso de la escuadra, y comenzó a dar vueltas alrededor del Rey del Mar, pero manteniéndose siempre a una distancia de dos o tres mil metros. ¿Iba a hacer un reconocimiento o a provocar el fuego de los piratas de Mompracem?

Paddy O'Brien hizo abrir sus cajas, que contenían aparatos eléctricos, totalmente incomprensibles para Yáñez y Sandokan.

Examinó con sumo cuidado cada objeto, sin apresurarse, antes al contrario, con mucha calma, como quien está seguro de lo que tiene que hacer, y después, volviéndose hacia Yáñez, que le vigilaba, teniendo su mano derecha apoyada en la culata de la pistola, le dijo:

—¡Cuando usted quiera!

—¡Haga usted funcionar su aparato!

—Sobre aquel buque que pasa por estribor: ¡saltará en el acto! —dijo Paddy fríamente.

Por el interior de todos los marinos que rodeaban al americano corrió un fuerte estremecimiento. Aquel hombre tan pequeño, ¿sería capaz de realizar el milagro que anunciaba?

—¡Atención! —gritó de pronto el demonio de la guerra.

Apenas había pronunciado esta palabra, cuando un relámpago deslumbrador rompió bruscamente las tinieblas, seguido de una espantosa detonación.

Una enorme columna de agua se alzó en torno al pequeño crucero, mientras que una tempestad de astillas y fragmentos caía por todas partes.

Un inmenso griterío, salido de centenares de pechos, resonó lúgubremente en los aires, y se extinguió súbitamente.

El barco había hecho explosión, y se hundía con rapidez, pues tenla los costados abiertos.

En aquel mismo instante reventaba una granada sobre el puente del Rey del Mar, entre el aparato y Paddy O’Brien. El americano dio un grito y cayó casi a los pies de Yáñez, el cual había escapado milagrosamente de los cascos del proyectil.

—¡Doctor! —dijo el portugués, precipitándose hacia él.

—El... el... apa... —murmuró el desgraciado inventor, agitando los brazos con un movimiento desesperado.

Se llevó las manos al pecho para contener la sangre que se le escapaba por una horrible herida.

Sandokan se había lanzado hacia las cajas.

Al verlas dio un grito de desesperación.

La granada había destrozado el aparato, haciendo añicos las pilas.

Yáñez levantó dulcemente la cabeza al americano.

—¡Señor O'Brien! —dijo, mientras que un sollozo le oprimía la garganta.

El herido abrió los ojos, y los fijó en el portugués.

—¡Esto... ha... con... clui... clui... cluido! —dijo roncamente. Con su mano llena de sangre estrechó la de Yáñez; después, apoyando un codo en el suelo, como para sostenerse, volvió a caer.

—¡Muerto! —dijo tristemente Yáñez.

—¡He aquí la primera víctima! —respondió Sandokan.

Yáñez depositó sobre la toldilla al desgraciado inventor, le cerré los ojos, le cubrió con una lona, y en seguida, irguiéndose fieramente, dijo.

—¡Todo ha terminado! ¡Aquí morirán los últimos tigres de Mompracem! ¡Tremal-Naik, Damna y Surama, a mi torre, y vosotros a vuestros cañones! ¡Nuestra vida está ahora en las manos de Dios!

—¡A vuestros sitios de combate! —gritó Sandokan —, ¡Demostremos cómo saben morir los piratas de Malasia!

El alba, un alba de color de rosa que anunciaba un día magnífico, rasgaba rápidamente las tinieblas.

Del crucero más próximo partió un disparo sin bala, intimidando a la rendición.

Por su parte, Sandokan mandó izar la bandera roja en señal de combate.

En lugar de romper el fuego, el crucero enemigo hizo señales con las banderas, cuyo significado era:

«Antes de que comience el fuego, enviad a las dos jóvenes a mi bordo. Sir Moreland responde de sus vidas».

—¡Ah! —exclamó Yáñez —. ¡Tenemos delante al angloindio! ¡Procuraremos echar a pique también a ese barco! ¡Damna! ¡Surama!

Las dos muchachas salieron a la torrecilla.

—Os proponen que os pongáis a salvo en aquellos barcos —dijo Sandokan.

—¡Nunca! —contestaron enérgicamente las dos jóvenes.

—¡Pensadlo bien!

—¡No! —dijo Damna —. ¡Yo no quiero dejar a ustedes ni a mí padre!

—Comunicad la respuesta —ordenó Yáñez.

Un contramaestre americano la señaló en seguida.

Entonces se vieron izar lentamente sobre los mástiles de guerra de los cuatro cruceros, cuatro banderas negras, Un golpe de viento las tendió, y pudo distinguirse en medio de ellas y recortada en amarillo, una figura monstruosa con cuatro brazos, sosteniendo en las manos extraños emblemas.

Un grito de asombro y de furor al propio tiempo, se escapó de los labios de Yáñez, de Sandokan y de Tremal-Naik, Acababan de reconocer la enseña de los thugs, de la secta de los estranguladores de la India,

¿Acaso eran aquellos barcos del hijo de Suyodhana, de su implacable e invisible enemigo? Las banderas parecían confirmarlo.

Un profundo silencio reinó a bordo del Rey del Mar, tal había sido el estupor que invadió a todos. Pero en seguida lo rompió bruscamente la voz metálica de Sandokan, que gritó:

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!

Espantosas detonaciones cubrieron sus últimas palabras. Las granadas llovían por todas partes sobre el Rey del Mar, que el imperceptible flujo de las aguas iba llevando hacía el banco de Vernon.

Un huracán de hierro y de acero salía de cada una de las grandes piezas de la cubierta y de las de mediano calibre de las baterías; pero no iban dirigidas sobre el puente del Rey del Mar, donde, dentro de la torrecilla blindada estaban Damna y Surama.

Aquellas masas de metal batían tan sólo los costados del crucero, cual si los artilleros hubiesen recibido orden de respetar a las muchachas, a los dos comandantes y a Tremal-Naik, que estaban con ellas.

En cambio, contra las torres que protegían a los grandes cañones de caza, lanzaban sin cesar granadas, tratando de desmontarlos y de cuartear las gruesas planchas de hierro de los parapetos.

El Rey del Mar se defendía de un modo terrible. Era como un volcán, que llameaba por todas partes. Los últimos tigres de Mompracem estaban resueltos por completo a hacer pagar muy cara la victoria a sus potentes enemigos.

Con los grandes obuses batían en brecha a los barcos adversarios, causándoles grandes daños en los puentes, cuarteándoles las chimeneas y abriendo enormes agujeros en las planchas de la coraza. En medio de aquel retumbar incesante y ensordecedor, se podía escuchar la voz formidable de Sandokan, que gritaba de vez en cuando:

—¡Fuego, tigres de Mompracem! ¡Destruid! ¡Matad!

Pero, ¿cuánto tiempo iba a poder resistir el Rey del Mar los terribles disparos de tantas bocas de fuego? Sus costados, aun cuando de una solidez extraordinaria, empezaron a ceder al cabo de media hora de estar recibiendo por cientos las balas y las granadas; sus cañones habían sido desmontados uno a uno y reducidos al silencio. Sus torres, a excepción de la de mando, siempre respetada, empezaban ya a desmoronarse bajo aquella lluvia de granadas, y en las baterías, los muertos eran ya muy numerosos.

Sandokan y Yáñez, encerrados en la torrecilla, contemplaban aquel terrible espectáculo, con una tranquila serenidad. El primero se mordía de vez en cuando los labios hasta hacerse sangre; el segundo fumaba flemáticamente su eterno cigarrillo; tan sólo parecía conmoverse cuando sus miradas se encontraban con las de Surama.

Damna, que estaba sentada en un ángulo, sobre un rollo de cuerdas y al lado de Tremal-Naik, con las manos en los oídos para atenuar el ruido de los cañonazos, miraba al vacío.

De improviso, el Rey del Mar dio un salto de popa a proa, como si hubiese sido levantado por una fuerza desconocida, y una columna enorme de agua cayó sobre la cubierta, arrebatando cuanto en ella había. Retembló todo el casco cual si se abriese, o como si estallaran las municiones de la santabárbara.

Horward, muy pálido, se precipitó dentro de la torrecilla. El ingeniero americano gritó:

—¡Acaban de disparar un torpedo! ¡Nos vamos al fondo!

De las baterías se elevaron unos gritos salvajes, que se confundieron con los últimos disparos de las dos piezas de caza de la cubierta, todavía en servicio.

En los cuatro cruceros enemigos cesó de repente el fuego.

Sandokan dirigió una mirada llena de tristeza a sus dos, camaradas, y después dijo:

—¡Ha llegado el momento supremo! ¡Ya está abierta la tumba para los últimos tigres de Mompracem!

Levantó a Damna, y salid de la torrecilla, seguido de Yáñez, de Tremal-Naik y de Surema, y se detuvo en la parte de afuera para contemplar su barco.

¡Pobre Rey del Mar! La magnífica nave que había resistido tantas pruebas y que, parecía invencible, ya no era más que un pontón que se iba a pique.

Sus torres quedaron destruidas por el huracán de proyectiles lanzados contra ellas; sus cañones estaban casi todos desmontados, el puente se hallaba cuarteado, y los costados parecían cribas con enormes agujeros.

Oleadas de humo salían de las escotillas, de las cuales surgían negros de pólvora y empapados de sangre, los hombres de las baterías.

—¡Al mar una chalupa! —ordenó Sandokan.

No había más que una, que por milagro escapó ilesa de los tiros del enemigo. Algunos malayos la arriaron precipitadamente, mientras otros bajaban la escala.

—¡Primero tú con las muchachas, Tremal-Naik! —dijo Sandokan.

—No os cuidéis de nosotros. Las tripulaciones de los cruceros vienen a recogernos.

Efectivamente, de los costados de los buques victoriosos se destacaron varias embarcaciones que acudían a fuerza de remos, En la primera iba sir Moreland, el cual agitaba un pañuelo blanco.

La chalupa en que iban las dos muchachas, Tremal-Naik, Kammamuri y cuatro remeros, se alejó del Rey del Mar, porque el buque se iba hundiendo.

—¡Y ahora —dijo Sandokan, con un gesto admirable —, abajo, envuelto en mi bandera! ¡Ven, Yáñez, todo ha concluido!

—¡Bah! —dijo el portugués, echando al aire una bocanada de humo —. ¡No se puede vivir indefinidamente!

Atravesaron el puente, obstruido por multitud de fragmentos de granadas y de balas, y subieron por la escala del árbol militar, deteniéndose en la plataforma

Desde lejos, Tremal-Naik, Damna y Surama les hacían señas para que se echasen al agua. Contestaron con una sonrisa, y les saludaron agitando la mano.

Después, Sandokan, cogiendo su bandera roja y tremolándola sobre su cabeza, se envolvió entre sus pliegues, diciendo:

—¡Así es como muere el Tigre de Malasia!

Debajo de ellos, los últimos tigrecillos de Mompracem, que eran aproximadamente un centenar, heridos la mayor parte, esperaban impasibles y silenciosos, con los ojos fijos en los dos jefes, a que los absorbiese la vorágine, el gran vórtice.

El Rey del Mar se hundía con lentitud, vibrando ligeramente, y en e, fondo de la estiba se oía mugir el agua de un modo sordo y profundo.

Las chalupas de los cruceros hacían esfuerzos desesperados para llegar a tiempo de recoger aquellos náufragos, que se entregaban voluntariamente a la muerte. La de sir Moreland era la primera y perseguía a la chalupa en la que iban Tremal-Naik y las dos muchachas, que volvían del barco, pues sir Moreland comprendió la resolución desesperada que habían adoptado sus antiguos amigos.

Sandokan, siempre envuelto en su bandera, los miraba impasible y con la sonrisa en los labios.

Yáñez, con el ceño un poco fruncido, turnaba con la calma de costumbre su último cigarrillo.

Cuando las aguas comenzaron a invadir la cubierta, el portugués dejó caer el cigarro casi consumido, diciendo:

—¡Anda a esperarme en el fondo del mar!

De pronto, cuando parecía que ya el casco debía sumergirse por completo, cesó bruscamente el descenso. El flujo que había empujado al buque hacia el Este, lo llevó hasta encima del banco de Vernon, recorriendo más espacio del que se supusiera, y la quilla, corno era lógico, tocó en el fondo.

En el instante mismo en que las dos chalupas, una montada por sir Moreland y seis remeros indostanos, y la otra por Tremal-Naik y las muchachas con los remeros malayos, llegaban debajo de la escala de babor, el casco del Rey del Mar se inclinaba dulcemente hacia estribor, acostándose sobre el flanco.

Cuando sir Moreland vio que el barco quedaba inmóvil, se apresuró a subir al puente, seguido por Tremal-Naik y las dos muchachas.

Yáñez se había vuelto hacia Sandokan, cuyo rostro se nubló.

—¡Ni siquiera nos quiere la muerte! —le dijo —. ¿Qué es lo que vas a hacer?

—¡Vayamos a conocer al hijo del Tigre de la India! —dijo, poniendo la diestra en la empuñadura de oro de su kriss —. ¡Que tenga cuidado, porque el Tigre de Malasia también podría matar al tigrecito!

Se desembarazó de la bandera, bajó lentamente la escalerilla con la misma majestad con que un rey desciende las gradas de un trono, y se detuvo delante de sir Moreland, diciéndole:

—Y bien, ¿qué pretende usted hacer con nosotros?

El angloindio, que estaba sumamente conmovido, se quitó la gorra para saludar a los dos héroes piratas, y en seguida dijo noblemente:

—Ante todo, señores, permítanme ustedes una palabra.

Cogió de una mano a Damna, que había subido a bordo con Surama, y conduciéndola ante Tremal-Naik, le dijo:

—Yo la amo y ella también me ama. No podría vivir sin su hija de usted, y bien saben los númenes de la India cuánto he hecho por olvidarla, Seque usted con una palabra el río de sangre que de usted me separa, para que el grito terrible de mí asesinado padre se apague para siempre. ¡Ayer noche se me apareció su ánima, y me ha dicho que les perdonase a todos!

—Pero, ¿qué es lo que dice usted, sir Moreland? ¿De qué padre habla usted? —preguntó el angustiado Tremal-Naik.

—Damna, ¿me ama usted? —preguntó sir Moreland, sin contestar al hindú.

—¡Sí, muchísimo! —respondió la joven, ruborizándose y bajando los ojos.

—¡La guerra ha terminado entre nosotros! —dijo sir Moreland —. ¡La mancha de sangre ha sido borrada! ¡Tremal-Naik, bendiga usted a sus hijos!

—Pero, ¿quién es usted? —gritaron a un tiempo Yáñez, Sandokan y Tremal-Naik.

—¡Yo soy el hijo de Suyodhana! ¡Vengan ustedes! ¡Ahora son mis huéspedes!

CONCLUSIÓN

Veinte minutos después, los cuatro cruceros abandonaban las proximidades del banco de Vernon, en el fango del cual iba enterrándose, poco a poco, el casco del valeroso Rey del Mar.

A bordo del mayor de aquéllos se habían embarcado todos los supervivientes, entre los que figuraban Kammamuri, Sambigliong y el ingeniero Horward, y en el salón de la cámara se reunieron Tremal-Naik, las dos jóvenes, los dos jefes piratas y el hijo de Suyodhana.

Una viva ansiedad, no exenta de una enorme curiosidad, parecía haberse apoderado de todo el mundo. Las miradas estaban fijas en el tigrecillo de la India, a quien, hasta entonces, habían considerado como un oficial de la marina angloindia.

Sir Moreland se sentó al lado de Damna.

—Debo a ustedes unas explicaciones —dijo el hijo del terrible jefe de los thugs —, que no les desagradará conocer, ni siquiera a Damna, y que servirán para disculpar la guerra, tan larga y tan obstinada, que he venido haciéndoles.

»Hasta que llegué a la edad de veinticinco años, no me informó mi preceptor, un indostano de gran saber y de alto rango, de que no era el hijo de un oficial angloindio, como hasta entonces me había hecho creer, sino del jefe de la secta de los thugs, que se había casado en secreto con una señora inglesa, que murió al darme a luz.

»Confiado a los cuidados de una familia de la tierra de Gales, establecida desde hacía muchos en Benares, como si fuese yo, en efecto, huérfano de un oficial de la compañía de la India y educado a la inglesa, ustedes comprenderán fácilmente la terrible impresión que sufriría cuando, al cumplir los veinticinco años, me dieron la noticia de que era hijo del jefe de una secta execrada por todos los hombres honrados.

»En el testamento que dejó mi padre, por el que me hacía dueño de ciento sesenta millones de rupias depositados en las casas de banca de Bombay, me imponía el deber de vengar la muerte del Tigre de la India. Largo tiempo estuve dudando, pueden ustedes creerme; pero, al fin, la voz de la sangre se impuso, y aun cuando me repugnase la idea de convertirme en vengador de aquella secta, yo, que entonces era oficial de la marina angloindia, me dejé vencer, sobre todo por la terrible influencia ejercida en mi por mi preceptor.

»Conocía toda la historia; sabía dónde tenían ustedes su refugio, y me preparé para la guerra, mandando construir cinco poderosos barcos. Como sabía que el Gobierno inglés vivía en continua zozobra por causa de ustedes, que eran vecinos demasiado próximos a Labuán y que el rajá de Sarawak, el sobrino de James Brook, esperaba, a su vez, la ocasión para vengar a su tío, me apresuré a ofrecer mí ayuda y mis barcos al gobernador de la colonia.

»Quería apoderarme de todos ustedes para vengar la muerte de mi padre; y mientras me preparaba en el mar, mi preceptor, fingiéndose peregrino de La Meca, sublevaba a los dayakos del Kabataun.

»Afortunadamente, el amor produjo en mí un cambio radical. Poco a poco se fue extinguiendo el odio que sentía contra ustedes. Los ojos de esta muchacha ejercieron sobre mí una fascinación ideal, y me hicieron ver con horror la enormidad del delito que estaba a punto de cometer, al querer vengar a aquella secta sanguinaria, reprobada por todas las gentes de bien.

»Hace ya muchas noches que no he vuelto a oír el terrible grito de venganza de mi padre. Quizá se haya aplacado su ánima. Que me perdone, pero yo, hombre civilizado, no puedo ser el vengador de los thugs de la India. ¡Señor Yáñez, Tigre de Malasia, están ustedes en libertad, juntamente con todos sus hombres! Yo solo los he vencido, y, por lo tanto, yo solo tengo el derecho de condenarlos o de absolverlos, y los absuelvo.

El hijo del thung permaneció inmóvil durante un momento y después, volviéndose hacia Tremal-Naik, le dijo:

—¿Quiere usted ser mi padre?

—¡Sí! —contestó el hindú —. ¡Sed felices, hijos míos, y que jamás vuelva a turbarse la paz ahora que los thugs ya no existen!

Con un movimiento simultáneo, el angloindio y Damna se arrojaron en los brazos abiertos de Tremal-Naik.

Kammamuri, que había bajado silenciosamente la cabeza, lloraba emocionado en un ángulo de la salita.

—Señor Yáñez, señor Sandokan —dijo sir Moreland —, ¿adónde quieren ustedes que los conduzca? Nosotros volveremos a la India; ¿y ustedes?

El Tigre de Malasia se quedó un momento pensativo, y finalmente respondió:

—Mompracem ya está perdida, pero en Gala tenemos nuestros praos y nuestros hombres, y allí contamos con amigos muy leales. Llévenos usted a esa isla, si no le causa molestia. Fundaremos allí una nueva colonia, lejos de las amenazas de los ingleses.

Después de una breve pausa, continuó:

—Quizá volvamos a vernos en la India algún día. Hace tiempo que vengo acariciando un sueño.

—¿Cuál? —preguntaron Tremal-Naik, Damna y sir Moreland.

Sandokan fijó la mirada en Surama y respondió:

—Tú eres hija del rajá, y te han robado el puesto que te pertenecía. ¿Por qué, muchacha, no hemos de darte un trono para compartirlo con Yáñez, que dentro de pocos días será tu marido? ¡Ya hablaremos de eso, mi buena Surama!


Publicado el 24 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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