Satiricón

Petronio


Novela



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Índice

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV
Capítulo XLV
Capítulo XLVI
Capítulo XLVII
Capítulo XLVIII
Capítulo L
Capítulo LI
Capítulo LII
Capítulo LIII
Capítulo LIV
Capítulo LV
Capítulo LVI
Capítulo LVII
Capítulo LVIII
Capítulo LIX
Capítulo LX
Capítulo LXI
Capítulo LXII
Capítulo LXIII
Capítulo LXIV
Capítulo LXV
Capítulo LXVI
Capítulo LXVII
Capítulo LXVIII
Capítulo LXIX
Capítulo LXX
Capítulo LXXI
Capítulo LXXII
Capítulo LXXIII
Capítulo LXXIV
Capítulo LXXV
Capítulo LXXVI
Capítulo LXXVII
Capítulo LXXVIII
Capítulo LXXX
Capítulo LXXXI
Capítulo LXXXII
Capítulo LXXXIII
Capítulo LXXXIV
Capítulo LXXXV
Capítulo LXXXVI
Capítulo LXXXVII
Capítulo LXXXVIII
Capítulo LXXXIX
Capítulo XC
Capítulo XCI
Capítulo XCII
Capítulo XCIII
Capítulo XCIV
Capítulo XCV
Capítulo XCVI
Capítulo XCVII
Capítulo XCVIII
Capítulo XCIX
Capítulo C
Capítulo CI
Capítulo CII
Capítulo CIII
Capítulo CIV
Capítulo CV
Capítulo CVI
Capítulo CVII
Capítulo CVIII
Capítulo CIX
Capítulo CX
Capítulo CXI
Capítulo CXII
Capítulo CXIII
Capítulo CXIV
Capítulo CXV
Capítulo CXVI
Capítulo CXVII
Capítulo CXVIII
Capítulo CXIX
Capítulo CXX
Capítulo CXXI
Capítulo CXXII
Capítulo CXXIII
Capítulo CXXIV
Capítulo CXXV
Capítulo CXXVI
Capítulo CXXVII
Capítulo CXXVIII
Capítulo CXXIX
Capítulo CXXX
Capítulo CXXXI
Capítulo CXXXII
Capítulo CXXXIII
Capítulo CXXXIV
Capítulo CXXXV
Capítulo CXXXVI
Capítulo CXXXVII
Capítulo CXXXVIII
Capítulo CXXXIX
Capítulo CXL
Capítulo CXLI

Capítulo I

Tiempo ha que prometí entreteneros con la narración de mis aventuras, y hoy, que estamos oportunamente congregados no sólo para intrincarnos en disertaciones científicas, sino también para distraernos en festivo coloquio y animarnos con fábulas o relatos alegres, voy a cumplir mi promesa. Fabricio Vegento, con su peculiar ingenio, acaba ahora de trazaros un cuadro satírico de los errores de la religión y de los furores proféticos, o los comentarios que los sacerdotes hacen de los misterios que no comprenden.

Pero ¿es acaso menos ridícula la manía de los declamadores, que claman: "He aquí las heridas que recibí por defender las libertades públicas!" "¡He aquí el hueco del ojo que perdí por vosotros!" "¡Dadme un guía que me conduzca con los míos!" "¡Mis rodillas, llenas de cicatrices, no pueden sostener mi cuerpo!". Tanto énfasis sería insoportable si no les abriera el camino de la elocuencia; ahora, esa hinchazón de estilo, ese vano estrépito sentencioso, que a nadie aprovecha, hacen de los jóvenes que debutan en los estrados y de los escolares unos necios con ínfulas de maestros; porque todo lo que ven y aprenden en las Academias no les ofrece imagen alguna de la sociedad. Se les llena la cabeza con el relato de piratas preparando cadenas para los cautivos; de tiranos cuyos bárbaros edictos obligan a los padres a que decapiten sus propios hijos; de respuestas monstruosas del oráculo que piden el sacrificio de tres vírgenes, y a veces más, para librar a la ciudad del flagelo de la peste. Un diluvio de frases comunes, sonoras y de períodos vulgares perfectamente redondeados, que casi hacen estremecer.

Capítulo II

Alimentados con semejantes tonterías, no es extraño que sean como son, pues los cocineros tienen que oler a cocina. Séame licito deciros, sin que protestéis, que sois vosotros los primeros que habéis perdido la elocuencia. Reduciendo vuestros discursos a una armonía pueril, a vanos juegos de palabras, habéis hecho de la oratoria un cuerpo sin alma, y cayó. No se ejercitaba todavía la juventud en esas declamaciones cuando Sófocles y Eurípides, para la escena crearon un nuevo lenguaje. No ahogaban el talento en germen los pedantes de las Academias, cuando Píndaro y los nueve líricos entonaron sin temor versos dignos de Homero. Y sin citar testimonios de poetas, no veo que Platón ni Demóstenes se hayan ejercitado en ese género de composición. La verdadera elocuencia, dígase lo que se quiera, como una virgen púdica, sin afeites, bella con su propia belleza, se eleva modesta, radiante y naturalmente. Poco ha que ese desbordamiento de palabras huecas emigró del Asia a Atenas. Astro maligno, su influencia letal ha comprimido y deteriorado las alas de la juventud, y de ahí que las fuentes de la verdadera elocuencia se hayan secado. ¿Quién halla ahora la perfección de Tucídides? ¿Quién puede disputar la fama a Hipérides? Ni un solo verso conozco brillante; todos esos abortos literarios parecen a los insectos que un mismo día ve nacer y morir. La Pintura ha tenido el mismo fin, desde que la audaz Egipto se aplicó a ejercitar arte tan sublime.

He aquí lo que yo decía un día cuando Agamenón se aproximó a nosotros, curioso de conocer al orador a quien tan atentamente se escuchaba.

Capítulo III

Agamenón, impaciente de oírme declamar tanto rato en el pórtico, cuando él en la escuela se había quedado sin oyentes, me dijo: —Joven; el público no puede saborear tus pláticas. Tienes, lo que es rarísimo, buen sentido, y no te ocultaré los secretos del arte de la oratoria. Las faltas de las lecciones no deben atribuirse en lo mas mínimo a los profesores, porque las cabezas vacías no pueden contener ideas, y si los maestros se empeñaran en inculcárselas, se quedarían, como dijo Cicerón, solos en la escuela. Así los aduladores, cuando están convidados a comer, preparan frases agradables para halagar los oídos de los comensales. De otro modo, esos oradores parásitos harían lo que el pescador que, habiéndose olvidado de poner el cebo en los anzuelos, se tendiese sobre una roca, renunciando a la pesca.

Capítulo IV

¿A quién culpar, pues? A los padres que temen que se eduque severa y varonilmente a su hijos. Ellos comienzan por inmolar, como todos, hasta sus esperanzas a su ambición; y así, cuando preparan sus ofrendas, impelen al foro a esos aprendices de oradores, y la elocuencia, que confiesan alcanza una altura no igualada por arte alguno, queda por ellos reducida a un entretenimiento pueril. Si tuvieran paciencia, graduarían mejor los estudios, y los jóvenes aprovechados depurarían su gusto con lecciones severas y sabios preceptos de composición inculcados un su ánimo, corrigiendo su estilo y haciéndoles oír los modelos que son dignos de imitación; rehusarían muy pronto dar aplauso y admiración a todo lo pueril, y la grandilocuencia recobraría su imponente majestad. Ahora los niños en las escuelas juegan, los jóvenes en el foro hacen reír, y cuando llegan a la vejez, no quieren confesar los vicios de que adoleció su educación. No es que yo desapruebe por completo ese fácil arte de improvisar en el que tanto sobresalió Lucilio; lo que pienso voy a decíroslo a mi modo en los siguientes versos:

Capítulo V

Si aspiras a ser genio. Si del arte
severo los magníficos efectos
amas, huye del lujo y de la gula.
De la inmortalidad el alto asiento
únicamente el que es frugal ocupa.
Huye de Baco los placeres pérfidos
que la mente perturban y acaloran.
La rígida virtud no dobla el cuello
ante el vicio triunfante.
Tampoco te seduzcan los escénicos
aplausos de la turba, que en el circo
también corona al luchador sereno
con gritos de entusiasmo,
con ademanes ebrios.
Busca la gloria en Nápoles y Atenas,
quema a Apolo tu incienso;
que la ciencia hacia Sócrates le lleve;
bebe el néctar heleno,
y podrás ya coger con mano firme,
según sea tu anhelo,
la pluma de Platón, o de Demóstenes
los rayos deslumbrantes y soberbios.
El Parnaso latino también puede
ofrecerte magníficos modelos,
guerras cantando o trágicos festines
en cincelados versos.
Cicerón en el foro, irresistible,
dulce, insinuante, enérgico,
con su palabra fácil, semejante
a río caudaloso en cauce estrecho,
difundió su elocuencia del Tíber al Pireo.

Capítulo VI

Mientras yo escuchaba con avidez a Agamenón, Ascylto huyó de mi lado sin que yo lo advirtiese; y cuando reflexionaba acerca de lo que había oído, invadió el pórtico una multitud de estudiantes que habían escuchado, sin duda, alguna arenga improvisada por cualquier retórico en respuesta a la de Agamenón. Mientras algunos jóvenes se reían de las sentencias del orador, otros ridiculizaban el estilo y se burlaban de la falta de plan y método. Aproveché la oportunidad y me esquivé entre la turba para buscar a Ascylto, aunque no podía poner en ello mucha diligencia, por no conocer los caminos o ignorar la situación de nuestro albergue. Después de muchas vueltas, volví, sin darme cuenta,, al punto de partida. Por fin, extenuado de fatiga, inundado de sudor, abordé a una viejecita que vendía legumbres.

Capítulo VII

—¿Quieres decirme, madrecita, le dije, dónde vivo?—Sonriose la vieja al oír mi estulta pregunta, y —¿Cómo no? —contestó. Levantose y comenzó a andar ante mí. La reputé adivina; y al llegar en una calleja oscura, ante una casucha vieja, abrió la puerta, y —Aquí, dijo, debes habitar—. Como yo no conocí la casa, comencé a protestar, y mientras altercábamos, vi varias meretrices desnudas, y con ellas varios trasnochadores misteriosos. Aunque tarde, comprendí dónde me había conducido la maldita vieja, y tapándome la cara con el manto, hui del lupanar, atravesándolo de un extremo a otro, aturdido. Pisaba ya el dintel de la casa, cuando me di de narices con Ascylto, no menos fatigado y moribundo que yo. Se hubiera creído que la bruja aquella había querido juntarnos allí. Al conocerlo no pude menos de preguntarle riendo: —¿Qué haces tú en esta honrada casa?

Capítulo VIII

Se enjugo con las manos el sudor que corría por su rostro, y —¡Si supieras, dijo, lo que me ha sucedido—¿Qué novedades son esas?, le pregunté. Y él, con voz apagada, prosiguió: —Erraba por toda la ciudad sin poder dar con nuestro albergue, y llegose a mi un padre de familia de aspecto venerable, quien se ofreció a servirme de guía. Acepté. Atravesamos varias calles extraviadas y obscuras, y llegamos a esta casa y pretendió pagarme en dinero mi estupro, que llegó a suplicarme para decidirme. Ya la meretriz había recibido el pago del gabinete, y el sátiro me empujaba hacia dentro con impúdico deseo... Sin el vigor de mi resistencia me hubiera ultrajado. Por todos lados me parecía que todos se habían embriagado con satirión.

—Mientras de tal suerte me narraba sus aventuras Ascylto, llegó a nuestro lado el mismo padre de familia acompañado de una bastante bonita mujer. Mientras el hombre instaba a Ascylto para que le siguiese, ponderándole el placer que iba a disfrutar, la mujer instábame para que la acompañara. Nos dejamos seducir, y entramos atravesando varias salas, teatro de escenas lúbricas. Al vernos, hombres y mujeres redoblaron sus actitudes lascivas. De pronto uno, remangándose la túnica hasta la cintura, se precipita sobre Ascylto, lo tumba en un lecho y pretende violentarlo. Acudo en su socorro, lo liberto, no sin pena, y Ascylto huye, dejándome solo entre aquella chusma;

pero superior yo en fuerza y valor a mi compañero, pude librarme de sus ataques y salir de aquel antro.

Capítulo IX

Llevaba casi toda la ciudad recorrida cuando, como a través de una niebla, vi a Gitón a la puerta de una posada; era la nuestra. Entro, me sigue.— Amigo, le digo, ¿qué hay para cenar?—Por toda reapuesta, el muchacho se sienta en el lecho y gruesas lágrimas, que trata de ocultar, ruedan por sus mejillas. Conmovido,—¿Qué te sucede?, le pregunto; se obstina él en su silencio, insisto, le amenazo y me cuenta que Ascylto le ultrajó. —Al quererme violentar, yo me resistí, dice, pero él, sacando la espada, me obliga a echarme en el lecho exclamando: «Si tú eres Lucrecia, aquí llegó ya tu Tarquinio.—Al oír esto intente arrancar los ojos a Ascylto.—iQué dices a esto—interroguele—, infame seductor, más vil que las cortesanas y de alma impura y manchada?— Afectando indignación y agitando amenazadoramente los brazos, exclamó en tono más alto que el mío, Ascylto:—¿Y hablas tú, gladiador obsceno, asesino de tu huésped, escapado de la arena del circo por milagro? ¿No callas aún, ladrón nocturno, violador de mujeres? ¿Y aún gritas tú, que un cierto bosque me has hecho servir de Ganimedes a tu lubricidad, como este muchacho te sirve ahora? —¿Por qué huiste de mí cuando hablaba con Agamenón?—le pregunté.

Capítulo X

—¡Qué querías que hiciese allí, hombre estultísimo, si me moría de hambre? ¿Debía quedarme a oír sentencias ridículas, y a interpretar sueños?—Mucho más reprensible que yo eres tú, ¡por Hércules!, que para conseguir una cena adulaste al poeta.—Poco a poco la disputa ridícula se transformó en charla agradable. Pronto volvió a mi memoria la injuria recibida.—Ascylto, dije, nuestra buena amistad no puede continuar. De común acuerdo separémonos para siempre, y vayamos a intentar fortuna cada uno por su lado. Tú y yo somos literatos, no importa; para evitar rozamientos de amor propio, yo buscaré otra profesión con objeto de que nuestras rivalidades no sirvan de chacota a las gentes de la ciudad.—No se opuso Ascylto y: —Hoy, dijo, estamos invitados a una gran cena en nuestra calidad de maestros: no perdamos la noche; vayamos aún juntos, y mañana me proveeré de un jovencillo como Gitón y de otro albergue. —Nunca se debe aplazar, contestó, lo que deseamos hacer—. El amor me hacía desear tan precipitada separación. Tiempo hacía que deseaba desembarazarme de tan molesto custodio, para entregarme sin testigos en los brazos de Gitón.

Hirieron a Ascylto mis palabras, y salió en silencio. Su huida precipitada era de siniestro augurio. Conocía yo bien el arrebato y la fogosidad de Ascylto y lo seguí para observar sus pasos y contenerlo; pero se ocultó muy pronto a mi vista y exploré inútilmente todo el barrio sin lograr ponerme sobre su huella.

Capítulo XI

Recorrí sucesivamente todos los barrios de la ciudad sin lograr hallarle, y volví a mi albergue, dando rienda suelta a mi pasión por Gitón. Lo abracé amorosamente cubriéndolo de nuevas y cálidas caricias y mi dicha igualó a mis deseos. Fui verdaderamente digno de envidia. En lo más dulce de nuestra felicidad Ascylto abrió la puerta con estrépito, y nos sorprendió prodigándonos las más tiernas caricias. Estalló nuestra sala con sus risas y aplausos estrepitosos. El pérfido levantó el manto que nos cubría y —¿Qué estás haciendo, dijo, hombre honestísimo? ¿Qué? ¿Los dos acostados y cubiertos con el mismo manto?—No continuó hablando, pero desatándose el cinturón de cuero comenzó a azotarme, no como juego, diciéndome con aire petulante: —Para que no te separes otra vez de tu hermano Ascylto—.

Nada me hubiera aterrado tanto como esa inopinada injuria. Fue preciso devorar en silencio los insultos y los golpes. Prudentemente tomé el caso a risa, para no verme obligado a sostener con él un combate serio. Mi fingida hilaridad aplacó su ánimo. Sonrió también Ascylto— Y tú, dijo, Encolpio, te sepultas en la molicie, sin recordar que nos falta dinero, pues es muy poco ya lo que nos queda. En la época estival la ciudad nos resulta estéril. En el campo están los afortunados. Vamos al campo a buscar a nuestros amigos—. Aprobé el consejo, obligado por la necesidad, aunque resentido en mi amor propio. Así que el honrado Gitón cargó con nuestro pobre equipaje, abandonamos la ciudad, y al castillo de Licurgo, caballero romano, nos dirigimos. Como en otro tiempo Ascylto fuera muy complaciente con él, sirviendo sus placeres, Licurgo nos recibió afablemente; tenía congregados alegres huéspedes, encontrándonos en buena compañía. Entre las mujeres que había llevado a aquella casa Licas, patrón de barco que poseía algún dominio a la orilla del vecino mar, era Trifena la más hermosa. Aunque la mesa de Licurgo era frugal, su casa era lugar gratísimo de voluptuosidades tales que no podrían enumerarse. Es oportuno que sepáis que, desde luego, Venus se encargó de reunirnos por parejas. La hermosa Trifena me agradó y no fue insensible a mis palabras. Pero apenas gozábamos juntos los primeros placeres, cuando Licas, indignado, gritándome porque le robaba su amante, me exigió que yo reemplazase, cerca de él, a la hermosa. Se cansaba ya de sus amores con Trifena y alegremente me la ofreció a cambio de mi complacencia para con él. Pronto su capricho por mí hízome sufrir una verdadera persecución; pero mi corazón ardía de amor por la bella y no escuchaba las proposiciones de Licas. La repulsa mía irritó sus deseos y me perseguía enardecido por todas partes. Una noche penetró en mi alcoba; al ser rechazado, pasó del ruego a la violencia; mis agudos gritos despertaron a los lacayos de Licurgo, quienes acudieron en mi defensa y así escapé sano y salvo de los brutales ataques de aquel sátiro. Viendo que la casa de Licurgo oponía obstáculos a sus designios, quiso atraerme a su morada Licas. A mi negativa opuso los buenos oficios de Trifena, quien me rogó por su encargo, tanto más expresiva y ardientemente, cuanto que en casa de Licas gozaba de mayor libertad que en la de Licurgo. Seguí al fin el impulso del amor y convinimos en que Ascylto se quedase en casa de Licurgo, quien había renovado su trato amoroso con él, y Gitón y yo seguimos a Licas, arreglando con Ascyilto que el provecho que uno y otro consiguiéramos lo aportaríamos a la masa común. Satisfecho de mi decisión, Licas apresuró nuestra partida. Nos despedimos de los amigos y el mismo día llegamos a casa de Licas, cuyo júbilo desde que aceptamos su proposición era indescriptible. Por el camino me colocó a su lado y a Trifena cerca de Gitón, de quien se enamoró visible y ardientemente la ingrata. Yo estallaba de celos que fomentaba Licas, esperando que el despecho me haría entregarme a él En tal situación de ánimo llegamos a casa de Licas y pronto me cercioré de que el corazón de Trifena ardía de amor por Gitón, que a su vez la amaba con juvenil vehemencia. Esta mutua pasión constituía un doble tormento para mí. Licas, en tanto, por agradarme, inventaba todos los días nuevos placeres, los cuales embellecía con su presencia, y compartía, Doris, la hermosa cónyuge de Licas. Las gracias de Doris acabaron muy presto de expulsar de mi corazón a Trifena; y bien pronto mis miradas le confesaron mi amor y las suyas me prometían dulcísima correspondencia. No se me ocultó el carácter celoso de Licas, ni se engañó la graciosa Doris acerca del objeto de las atenciones que me guardaba su marido. En nuestra primera entrevista ella me comunicó sus sospechas. Confesando la verdad, hice valer diestramente la resistencia mía a los deseos de su esposo. Como mujer prudente y de recursos — Y ahora que nos valga nuestro ingenio, dijo: consentid en que os posea, para que podáis poseerme sin sobresaltos ni temores—. Así lo hice. Mientras tanto, Gitón agotó su virilidad con Trifena, y le fue forzoso descansar. Esta entonces se acordó de mí y quiso reanudar nuestros placeres. Mi desprecio cambió su amor en odio, me siguió cautelosamente, me espió constante y descubrió mi doble comercio con Doris y su esposo. Resolvió turbar mis furtivos amores y descubrió todo a Licas. Furioso este quiso cerciorarse para vengarse; pero Doris, avisada por una sirvienta de Trifena, suspendió nuestras entrevistas, advirtiéndome del peligro. Indignáronme la perfidia de Trifena y la ingratitud de Licas, y decidí abandonar el campo. Quiso la suerte que el día anterior un barco que llevaba ofrendas para Isis encallara en la costa vecina. Celebré consejo con Gitón, quien aceptó desde luego mi idea, resentido con Trifena que le desdeñaba y se burlaba de su agotamiento. Al despuntar el día siguiente llegamos al buque. Sus custodios, gente de Licas, nos conocían y nos hicieron los honores enseñándonos todo el navío. No convenía a mis designios su oficiosa compañía y, dejando a Gitón con ellos, me extravié pasando al camarín donde estaba la estatua de la diosa Isis. Llevaba en la mano un precioso sistro de plata y la cubría un manto riquísimo. Robé ambas cosas, hice con ellas un paquete y pasando a la cámara del piloto, me lancé fuera del barco. Gitón solamente lo advirtió, reuniéndose conmigo a poco, después de burlar con habilidad a sus acompañantes, y llegamos al día siguiente a casa de Licurgo. Conté a Ascylto mis aventuras y le enseñé mi presa. Por su consejo corrí a prevenir en nuestro favor a Licurgo, convenciéndole de que las importunidades siempre crecientes de Licas eran la única causa de nuestra fuga. Licurgo, persuadido, juró defenderme contra Licas y contra todos. No se advirtió nuestra fuga hasta que Trifena y Doris despertaron, pues por urbanidad asistíamos todas las mañanas a su tocado, y nuestra inesperada ausencia parecióles muy extraña. Licas envió gentes a perseguirnos, sobre todo por la costa, y supo pronto nuestra visita al navío; pero del robo nada, porque la popa estaba en la parte opuesta a la orilla y el patrón del barco se hallaba en tierra. Convencido de nuestra evasión, Licas se volvió furioso contra Doris, suponiéndola causa de ella. Injurias, amenazas, hasta golpes sin duda le prodigó aquel bárbaro, aunque ignoro los detalles de la escena.

Mientras tanto, Trifena, origen de la perturbación, sugirió a su dueño la idea de buscarnos en casa de Licurgo, proponiéndose gozar con nuestra confusión y agobiarnos a ultrajes. Al día siguiente ambos se pusieron en camino y llegaron a la mansión que nos servía de asilo. Acabábamos de salir con nuestro huésped, que nos llevó a la fiesta de Hércules que celebraba una aldea vecina. Al saberlo, se dirigen en seguida a la aldea y nos encuentran en el pórtico del templo. Su llegada nos desconcertó, Licas se querelló ante Licurgo de nuestra fuga, pero este le cerró la boca contestándole secamente, y envalentonado yo, reproché, en voz alta y firme a Licas los ataques a mi pudor, ora en casa de Licurgo, ora en su propia casa, censurando su lubricidad brutal. Trifena quiso defender a Licas, pero fue pronto castigada, pues a las voces nuestras nos rodeó una gran afluencia y en presencia de todos los curiosos desenmascaré a la infame, mostrando el rostro ojeroso de Gitón y el mío a los circunstantes, para reputarla como lúbrica meretriz. Al estallar las risas y burlas de los transeuntes, nuestros enemigos se retiraron confusos, pero jurando, sin duda, vengarse. No podían dudar de la prevención de Licurgo contra ellos y resolvieron esperarnos en el castillo de éste para desengañarlo. Por fortuna la fiesta duró hasta la noche y era ya demasiado tarde para volver a la quinta. Licurgo nos condujo a una casa de campo situada a la mitad del camino y al día siguiente, temprano, antes de que nos levantáramos fue a su castillo, donde encontró a Licas y Trifena que lo convencieron diestramente de que yo le había engañado, arrancándole con astucia la promesa de entregarnos en manos de aquellos infames. Naturalmente cruel y desconfiado, Licurgo no pensó más que en guardarnos, como Licas le había sugerido, hasta que este volviese con los auxilios que para llevarnos a Gitón y a mí fue a buscar. Llegó a la villa, antes que nos levantásemos, nos reprochó duramente de haber calumniado a su amigo Licas y cruzándose de brazos nos anunció su designio de entrogarnos a él. Luego, sin hacer caso ni aun de la defensa de Ascylto, nos encierra en el dormitorio con doble llave, y llevándose a su amigo, volvió al castillo, no sin encargar a sus gentes que nos vigilaran. Por el camino Ascylto procuró con ruegos, lágrimas y caricias conmoverlo, pero en vano. Ofendido por la dureza de Licurgo, rehusó desde aquella misma noche compartir su lecho y concibió el proyecto de salvarnos. Ascylto cargó sobre sus hombros nuestro bagaje, llegó al hacerse, de día a nuestra cárcel, encontró durmiendo a nuestros guardianes, forzó fácilmente la puerta de nuestra prisión haciendo saltar los cerrojos, gracias a lo frágil y viejo de la madera, y nos despertó de un modo brusco. Por fortuna nuestros guardianes, rendidos por la vela de la noche anterior, no oyeron el ruido y nosotros salimos vistiéndonos para ganar tiempo. Ocurrioseme la idea de asesinar a los criados, saquear la casa, y quemarla luego. Comuniqué el plan a mi amigo y —Me agrada el saqueo, dijo; pero me opongo al derramamiento de sangre si no es indispensable para nuestra libertad—. Ascylto conocía bien la casa; nos condujo hasta un riquísimo guarda joyas que forzamos, apropiándonos de muchos y preciosos objetos. El sol nos advirtió que debíamos ponernos en salvo y corrimos con nuestro botín por caminos y sendas extraviados hasta que creímos estar en salvo y nos detuvimos para tomar aliento. Ascylto exageraba su alegría por haber saqueado la villa del miserable Licurgo, que sólo había premiado sus complacencias con malos vinos y frugales comidas. Tal era ese sórdido y mezquino personaje que, en medio de la abundancia, poseyendo inmensas riquezas, rehusaba gastar aun lo necesario.

Rodeado de agua y de manjares ricos
muere de hambre y de sed el pobre Tántalo;
imagen fiel del que amontona el oro,
del infeliz avaro,
que muere de hambre y sed, como un imbécil,
su caja de caudales abrazando.

Quería Ascylto entrar el mismo día en Nápoles. —Pero es imprudente, le dije, porque la justicia quizá nos persiga. Despistémosla con algunos días de ausencia, ya que nuestros fondos nos permiten por algún tiempo recorrer la campiña.— Le agradó el consejo, y como cerca de donde nos hallábamos, en un prado ameno y hermosísimo, había profusión de quintas que habitaban durante el estío varios de nuestros amigos, brindándonos placeres, nos dirigimos hacia allí; pero a mitad del camino nos sorprendió la lluvia y nos refugiamos en una posada a la cual habían acudido muchos paseantes buscando un abrigo contra la tormenta. Confundidos entre la multitud nadie se fijó en nosotros, lo que nos sugirió la idea de dar un golpe de mano. Nuestros ojos investigaron curiosos los alrededores, y Ascylto vio una bolsa que cogió sin que nadie le viese y que contenía muchas monedas de oro. Satisfechos del botín, y temerosos de la reclamación, nos deslizamos hacia una puerta que daba al campo, para huir. Vimos a un sirviente que ensillaba caballos y que, habiendo olvidado algo, al parecer, se ausentó, y yo aproveché el momento para apoderarme de un soberbio caparazón; después, siguiendo adelante, desaparecimos en la selva próxima. Una vez en lo más espeso de ella tratamos de ocultar nuestro oro, no tanto por miedo a que nos robaran, como por temor a pasar por ladrones. Ocultamos el oro cosiéndolo entre el paño y forro de una vieja túnica, que yo me eché al hombro, y Ascylto se encargó del caparazón que yo habia sustraido, dirigiéndonos por tortuosos senderos hacia la ciudad vecina.

Mas cuando íbamos a salir del bosque, he aquí lo que oímos: —No pueden escapársenos; entraron en la selva; dividámonos para perseguirlos, y podremos fácilmente aprehenderlos—. Un terror pánico nos invadió al oír esto; mientras Ascylto y Gitón siguieron su huida hacia la ciudad, yo volví a través, huyendo en dirección opuesta; y en mi fuga, sin advertirlo, a causa del miedo que me invadía, perdí la preciosa túnica. Aunque me hallaba rendido por la fatiga, al advertir la pérdida de nuestro tesoro recobré como por encanto las fuerzas, y volví pasos atrás para buscarlo, intrincándome de nuevo en lo más espeso de la selva, donde me perdí al cabo de cuatro horas de infructuosa pesquisa. Buscando ya, más que el tesoro, orientarme para salir del maldito bosque, tropecé con un campesino. Tuve necesidad de todo mi valor para hablarle sereno, y no me falló. Le pedí me guiase por haberme extraviado hacía muchas horas en la selva; miró mi rostro pálido, mi traje mísero, y se ofreció humanísimo a conducirme hasta el camino real. Me preguntó si me había encontrado con alguien en el bosque, le dije que no, y ya iba a despedirse de mí, cuando llegaron dos camaradas suyos quienes dijeron que habían registrado en vano la selva, sin encontrar otra cosa que una miserable túnica. Era la mía, pero no tuve la audacia de reclamarla. Imaginaos mi dolor al contemplar mi tesoro en poder de aquellos rústicos, aunque ellos no lo sospechasen. Mi debilidad se agravaba por instantes, y lentamente tomé el camino de la ciudad. Era tarde cuando llegué a ella. Entré en la posada y encontré a Ascylto medio muerto, acostado sobre un miserable lecho. Sin poder proferir una palabra, me dejé caer en otro lecho. Al no ver la túnica sobre mis hombros turbose Ascylto, no pudiendo dar crédito a sus ojos. Los míos, mejor que con palabras, pues me faltaba la voz, explicáronle nuestro infortunio. Ni aun oyendo mi relato lo creyó, pensando, no obstante mis juramentos y mis lágrimas, que trataba de estafarle su parte del tesoro. Gitón al ver mi dolor se deshizo en lágrimas, y la tristeza de tan querido niño redoblaba la mía. Más todavía apenaba mi ánimo el pensar en la justicia que nos perseguía; pero cuando lo dije, Ascylto burlose por considerarse fuera de toda sospecha. Estaba persuadido de nuestra seguridad fundándose en que éramos desconocidos y no habíamos sido vistos por persona alguna. Quisimos mentir una enfermedad para justificar nuestra permanencia en el lecho, pero nos tuvimos que declarar pronto buenos, pues carecíamos de dinero y aun tuvimos que vender algo para satisfacer necesidades apremiantes.

Capítulo XII

Al oscurecer tomamos el camino del mercado, en el cual vimos abundantes cosas de escaso valor, pero en cambio de dudoso origen, que la oscuridad impedía averiguar. Habíamos tenido cuidado de llevar el caparazón robado, y lo extendimos en el suelo, en un rincón, esperando que su brillo atraería algún chalán que nos lo comprase. En efecto; pronto se aproximó a nosotros un campesino cuya fisonomía no me era desconocida. Le acompañaba una joven. Mientras examinaba atentamente el caparazón, Ascylto repara que llevaba al hombro nuestra perdida túnica. Por mi parte yo quedé mudo de sorpresa reconociendo al campesino que había encontrado mi túnica en la selva. Ascylto no acertaba a dar crédito a sus ojos. Por no aventurarse aproximose al rústico, y so pretexto de comprarla, coge la túnica y la examina atentamente.

Capítulo XIII

¡Oh capricho admirable de la fortuna! El rústico no había pasado sus manos por la túnica, y no habíase percatado de su verdadero valor, decidiendo venderla como un harapo cualquiera. Al cerciorarse Ascylto de que nuestro tesoro estaba intacto y que el campesino no tiene aspecto temible, me dijo aparte: —Este hombre lleva en tu túnica nuestro tesoro completo. ¿Qué hacemos? ¿ De qué manera reivindicamos nuestra pertenencia?— Mi júbilo al oírlo fue inmenso, no tanto por el rescate del oro, si que también porque con el hallazgo me justificaba de las torpes sospechas; y opiné que si no quería restituir buenamente la prenda el rústico, diéramos parte a la justicia a fin de que ésta nos la devolviese.

Capítulo XIV

Ascylto no fue de mi opinión, temiendo a los curiales. —¿Quién nos conoce aquí?, me dijo, ¿O quién querría dar fe de nuestra deposición? Es duro rescatar nuestro tesoro reconocido del poder ajeno, pero si podemos hacerlo a poca costa, no debemos descender a intrincarnos en un dudoso pleito.

Do reina sólo el oro, ¿a qué las leyes
si no puede gozarlas la pobreza?
Lo mismo que los cínicos, frugales
que venden su honradez y su elocuencia
al más caro postor, hacen los jueces,
vendiendo la justicia sin vergüenza.

Además, con excepción de algunas monedas de escaso valor que para comprar lupinas destinábamos, nada poseíamos. Así, pues, temiendo que se nos escapase nuestra presa, decidimos no exigir demasiado por el caparazón, seguros de ganar en una parte mucho más de lo que perdíamos en la otra. Pero en cuanto desplegamos el caparazón y lo examinó la mujer que al campesino acompañaba, con grandísimas voces clamaba que había hallado a sus ladrones. A nuestra vez, y aunque turbados por sus gritos, reivindicamos la propiedad de nuestra túnica que el rústico llevaba al hombro. Pero la partida no era igual. Los curiosos que a los gritos de la mujer se acercaron a nosotros, reían y se burlaban al ver que por una parte se reclamaba un riquísimo caparazón y por otra una túnica vieja que no merecía ni ser remendada. Entonces Ascylto logró calmar las risas, y restablecido el silencio:

Capítulo XV

—¡Veamos!, dijo; cada cual aprecia en mucho lo que le pertenece. Que nos devuelvan nuestra túnica y que se lleven su caparazón—. El cambio agradaba al rústico y a la mujer, pero dos bandidos disfrazados de oficiales de justicia, queriendo apropiarse el caparazón, pidieron en voz alta que se depositara previamente en sus manos los objetos en litigio, prometiendo que la justicia fallaría al día siguiente. Parece que el investigar quién tenía razón era lo de menos, con tal de desterrar a los ladrones. Ya iban a conseguir su propósito, cuando se presentó un hombrecillo calvo y llena la cara de excrecencias carnosas, quien se apoderó del caparazón, prometiendo presentarlo al día siguiente. Era un busca pleitos, y, sin duda, de acuerdo con aquellos bribones, no deseaban sino apoderarse de la rica prenda, sospechando que no nos habíamos de atrever a reclamarla, temiendo una acusación por robo. Esto era precisamente lo que nosotros queríamos evitar. El azar sirvió admirablemente a las dos partes. Ofendido de que hubiéramos metido tanto ruido por aquel harapo, el rustico arrojó a la cara de Ascylto la túnica, y exigió que se depositase el caparazón, causa única ya del litigio, en manos de un tercero, hasta que él probase su pertenencia. Nosotros, seguros de haber rescatado nuestro tesoro, huimos precipitadamente a nuestro albergue, ebrios de júbilo y riéndonos de la habilidad y destreza de aquellos bribones de la justicia, y de la parte adversa, que tan ingeniosos se habían mostrado para devolvernos nuestro dinero.

No quiero obtener al punto lo que deseo
ni me causa placer una victoria preparada

Descosíamos la túnica para sacar el oro, cuando oímos a alguien preguntar a nuestro posadero qué clase de gente eran los que acabábamos de entrar en la posada. No me agradó la pregunta, y apenas salió el interrogador, cuando corrí a informarme del objeto de su visita. Nuestro huésped me dijo, con tono indiferente, que era un lictor del pretor encargado de inscribir los nombres y calidad de los viajeros en los Registros públicos, y como nos había visto entrar en la posada y comprendió que éramos forasteros, interrogole al respecto. Esta explicación no me satisfizo, y temiendo por nuestra seguridad, resolvimos salir del albergue y encargar a Gitón nos preparase la cena para cuando volviéramos; ya bien entrada la noche. Salimos a callejear evitando las vías más frecuentadas y buscando los barrios solitarios. En uno de éstos encontramos dos mujeres de buen aspecto, cubiertos los rostros con velos. Las seguimos de lejos, a paso de lobo, y las vimos entrar en una especie de templo del que salía un rumor confuso como del fondo de un antro. La curiosidad nos hizo entrar en pos de ellas, y vimos un tropel de mujeres desnudas, semejantes a bacantes, que corrían de un lado para otro agitando pequeñas estatuas de Priapo en sus diestras. No pudimos ver más. Al advertir nuestra inesperada presencia las hembras, prorrumpieron en tan espantoso grito, que retembló la bóveda del templo. Quisieron en seguida agarrarnos, pero escapamos veloces y nos refugiamos de nuevo en la posada.

Capítulo XVI

Cenamos tranquilamente, gracias a los cuidados de Gitón; pero de repente llamaron con golpes redoblados a la puerta.
Aunque pálidos y temerosos, preguntamos: —¿Quién es? —Abrid, respondieron, ya lo sabréis—. Durante ese diálogo la cerradura saltó, y abriéndose la puerta se ofreció a nuestra vista una mujer cubierta con un velo. Entró. Era precisamente la compañera del hombre del caparazón. —¿Pensabais reíros de mí?,dijo. Yo soy la doncella de Quartilla cuyos votos sagrados ante el ara turbasteis. He aquí que ella misma en persona viene a hablaros. No os turbéis, sin embargo. No os acusará por vuestro error, ni os castigará; ¿puede mirar con malos ojos que dos jóvenes tan educados penetrasen en sus dominios?...

Capítulo XVII

Callábamos nosotros no sabiendo qué pensar de ello, cuando entró Quartilla acompañada de una virgen, y sentándose sobre mi lecho, comenzó a llorar con desconsuelo. No pronunciamos palabra, y esperamos atónitos que cesara con las lágrimas el dolor que las provocaba. Por fin cesó el llanto; levantó su velo, nos miró con altivez, y juntando sus manos con tal fuerza que las articulaciones de sus dedos crujieron: —¿Por qué habéis sido tan audaces? ¿Dónde aprendisteis el arte de los ladrones? Me compadezco de vosotros, aunque ninguno sorprende impunemente nuestro culto a los dioses. Actualmente hay en nuestra región tantas divinidades protectoras, que resultan más raros los hombres que los dioses. No me ha conducido, sin embargo, a este lugar la venganza; vuestra edad me conmueve más de lo que me excita vuestra injuria, y prefiero considerar vuestro crimen como una imprudencia excusable. Atormentada esta noche por escalofríos que me hacen temer un ataque de tercianas, busqué en el sueño un remedio a mi dolencia. Los dioses, por medio del ensueño, me ordenaron dirigirme a ti que posees el remedio para conseguir mi curación. Pero no me preocupa tanto el remedio prometido; mayor dolor padezco, que si no me alivias, me causará necesariamente la muerte, Tiemblo a la sola idea de que, a causa de vuestra juventud, divulguéis los secretos que habéis sorprendido en el santuario de Priapo. ¡De rodillas os lo pido; no sea por vuestra causa nuestro culto la fábula y ludibrio de la ciudad!... No descorráis el velo de nuestros antiguos misterios, de esos misterios, aun para los iniciados, desconocidos en gran parte.

Capítulo XVIII

A tan ferviente súplica siguieron de nuevo abundantes lágrimas, y grandes suspiros se escapaban de su pecho, abrazándome convulsivamente. Yo, turbado al mismo tiempo de temor y de compasión, procuré tranquilizarla asegurándole que no divulgaríamos el secreto de su culto. y prometiéndole, que, con ayuda de los dioses, la curaríamos de sus tercianas aunque fuese a costa de nuestra vida. La mujer recobró su alegría al oírme, me besó apasionadamente y pasando del llanto a la risa, con loco placer alisaba con sus manos los bucles de mi cabello: —Hago la paz con vosotros, dijo, y renuncio a toda querella. Pero si hubieseis rehusado darme el remedio que preciso, mis vengadores estaban prontos y hubieran vindicado la injuria hecha a nuestros dioses y a mí misma.

Sufrir la ley es duro: no el dictarla:
sólo un yugo me agrada: el mío propio.
Grandes son los que olvidan las ofensas.
El perdón es el triunfo más hermoso.

De repente siguen a este acceso poético aplausos estrepitosos y risas inmoderadas, tanto que nos asustamos. La doncella que nos había visitado primero imitó a su señora, y también estallaron las carcajadas cristalinas, infantiles, de la virgencita que acompañaba a Quartilla.

Capítulo XIX

Mientras todo resonaba con su ruidosa alegría, tratábamos de adivinar la causa de tan brusco cambio, dirigiendo nuestras miradas, ya sobre las tres mujeres, ya sobre nosotros mismos. —Veamos, dijo Quartilla; he dado mis órdenes para que ninguno sea recibido en este albergue durante todo el día de hoy, a fin de que, sin temor a importunos, podáis administrarme el febrífugo que necesito. —Mientras esto decía. Quartilla, Ascylto palideció presa de gran turbación, en cuanto a mí, quedé frío, helado de estupor, sin acertar a pronunciar palabra. Sin embargo, un poco tranquilizábame nuestra superioridad. Tres eran las mujeres, débiles por su sexo, y tres nosotros, que, si no éramos Hércules, pertenecíamos al sexo fuerte. Ciertamente no presentíamos un combate con fuerzas superiores, y yo formé mi plan para en caso de romper las hostilidades. Hice pasar a Ascylto, colocándolo frente a la compañera de Quartilla, quedeme yo frente a ésta, y puse a Gitón al lado de la chiquilla. Mientras yo reflexionaba de este modo, se aproximó a mí Quartilla, reclamando el remedio prometido a sus tercianas. Quedé un instante estupefacto; y ella, engañada sobre la causa de mi inmovilidad, salió furiosa del aposento, volviendo en seguida con varios desconocidos, quienes nos cogieron bruscamente, transportándonos a un palacio magnífico. El asombro nos hizo perder por completo el valor, y creímos nuestra muerte próxima e inevitable.

Capítulo XX

—Te ruego, señora, exclamé, que si has decidido matarnos, hagas que se acelere nuestra muerte, pues no somos tan culpables para merecer la tortura.— La doncella de Quartilla, que se llamaba Psiquis, extendió diligente sobre el suelo un tapiz elegante, y con sus caricias apasionadas trató de enardecer mis sentidos, mortalmente helados. Ascylto, oculta la cabeza bajo el manto, se lamentaba de nuestra suerte, advertido a su costa de lo peligroso que es sorprender secretos. En el ínterin, Psiquis había sacado varios cordones, con los cuales nos ató, sujetándonos fuertemente pies y manos.

Me entristecieron las ligaduras. —No es el mejor modo, le dije, este que empleas, de cumplir los deseos de tu señora. —Déjame hacer, repuso la doncella, que tengo a mano un medio pronto y seguro para reanimaros.— Y súbitamente, loqueando alegremente, trajo un vaso lleno de satyrion, del cual me hizo beber, charlando alegremente, la mayor parte, y acordándose de la frialdad con que Ascylto acogió sus ataques, derramó sobre las espaldas de aquél el resto, sin que el lo advirtiese siquiera.

Al cesar la charla de Psiquis, —¿Cómo es eso?, preguntó. ¿No soy yo digno de beber?—Ella, al soltar yo la carcajada promovida por la pregunta, de Ascylto, batió palmas, y —Joven, dijo: la bebida estaba al alcance de tu mano y la apuraste toda tú solo. —Entonces, replicó Quartilla, ¿Encolpio no bebió del satyrion?— Todos reímos alegremente al oírla, y el mismo Gitón no pudo contener su alegría, tanto, que la virgencita le echó los brazos al cuello, y cubrió de besos su rostro, lo cual no desagradó en lo más mínimo al muchacho.

Capítulo XXI

Hubiéramos querido pedir socorro; pero ni había nadie dispuesto a auxiliarnos, ni me permitía Psiquis hacer movimiento alguno sospechoso, pinchándome con una horquilla en la cara, mientras que la chiquilla, con un pincel empapado de satyrion, mojaba la piel de Ascylto. Para acabarnos, penetró en la estancia uno de esos degradados que se prostituyen por dinero, adornado de una túnica del color del mirto que llevaba levantada hasta la cintura y haciendo contorsiones indecentes, nos cubría la faz de asquerosos besos, hasta que Quartilla, que presidía a nuestro suplicio armada de una verga, dio orden para que cesara aquel tormento. Juramos, por nuestras sagradas divinidades, no revelar jamás a persona viviente el fatal secreto, y aparecieron en la sala varias cortesanas que nos frotaron el cuerpo con aceites perfumados. Reanimados por las fricciones, nos pusimos túnicas de gala, y a la sala próxima fuimos conducidos; en ella había preparado un suntuoso festín, y tres lechos ante la mesa, espléndidamente servida, nos esperaban. Nos acomodamos en ellos, y principió la magnífica cena, rociada con delicioso vino de Falerno. Los exquisitos manjares que gustamos y las abundantes libaciones, nos arrastraban hacia el sueño. —¿Como es eso?, exclamó Quartilla. ¡0s preparáis a dormir en vez de rendir el debido culto a Priapo?

Capítulo XXII

Como Ascylto comenzara a entregarse al sueño sin hacer caso de las excitaciones de Psiquis, la doncella comenzó a enmascararle los labios y el rostro entero, tiznándoselo con carbón, sin que el rendido y agobiado varón se enterase. Yo mismo comenzaba a gozar las dulzuras del sueño, lo mismo que la servidumbre entera, tanto interior como exterior, tendiéndose a nuestros pies unos, otros recostados contra las paredes y algunos en el dintel, todos revueltos y confundidos, juntando las cabezas. Hasta las luces buscaban el descanso, esparciendo resplandores tenues y pálidos, sin preocuparse de ahuyentar las tinieblas que iban conquistando el triclinio. En esto, dos sirios se deslizaron a tientas en la sala buscando una botella de vino sobre una mesa llena de vajilla de plata. Dispútansela con encarnizamiento, y derriban todo cuanto en la mesa había. Una copa cae sobre la frente de una doncella que dormía en mi lecho, y el dolor la hace lanzar un grito que despierta a casi todos los sirvientes. Viéndose descubiertos los bribones, se dejan caer al suelo y comienzan a roncar para que se les creyera dormidos; entra el maestresala, reanima las luces, concluyen de despertar los criados, y aparecen varias timbaleras que, con su música ruidosa, concluyen de despertar aun a los más profundamente dormidos.

Capítulo XXIII

Los convidados volvemos al festín; Quartilla manda traer nuevos vinos, y el sonido de los timbales excita de nuevo la alegría. Entonces aparece un lacayo, el más insulso de todos los hombres y el sólo digno de aquel lugar, quien, golpeando las manos para marcar el tiempo y acompañarse a la vez, canta, la canción siguiente:

Tended los pies, juntad los corazones;
impúdicas y cínicos, amaos;
el placer nos convoca; libremente
juntemos nuestros labios;
brindemos voluptuosos por los goces
del amor, que se impone soberano.

Al acabar estos versos, el inmundo me manchó con sus besos; echose luego en mi lecho, y sin poder yo impedirlo, levantó la túnica que me cubría el cuerpo, pretendiendo con todas sus fuerzas violentarme, sin lograrlo. Sus esfuerzos le inundaron la frente y las desnudas piernas de sudor, que corría por su piel como ríos, dándole aspecto asqueroso.

Capítulo XXIV

No pude contener las lágrimas, y agobiado por la tristeza —¿Es eso, le dije, señora, lo que nos habéis prometido?— Batió ella las manos alegremente, y—¡Hombre agudo, respondió, qué donosa salida!... ¿Qué? ¡Acaso te he prometido que impediría que te forzasen?... —A lo menos, repliqué, corramos todos la misma suerte. Ascylto saborea tranquilo el reposo. —Bueno; que le llegue su turno a Ascylto, ordenó Quartilla.—Y mi caballero inmediatamente dejome en paz, cambiando de montura para importunar con sus impuras caricias a mi compañero. Testigo de esta escena Gitón, reía a carcajadas, y Quartilla, que no había dejado un punto de considerarlo con atención, preguntó de quién era lacayo aquel muchacho. Le dije que mío, y—¿Por qué no ha venido, dijo, a buscarme?— Llamóle, besole lúbricamente, y deslizando sus manos bajo la túnica, complaciose en acariciar sus atractivos.

—He aquí, exclamó, un aperitivo de placer para mañana. Hoy necesito un Hércules.

Capítulo XXV

Al oírla Psiquis aproximose a Quartilla, indicándole alegremente algo al oído, que no pude oír. —¡Eso!, ¡eso!, exclamó Quartilla. ¡Has pensado muy bien!... ¿Qué otra ocasión más excelente se nos presentaría para que sea desvirgada nuestra Pannyquis Paníquide?—A estas palabras trajeron a una niña bastante bella, que no parecía tener más de siete años, y era la misma que con Quartilla vino a nuestro albergue, empezando a aplaudir todos los asistentes, los cuales se apresuraron a arreglar todo lo necesario para la realización de tales nupcias. Estupefacto yo, protesté alegando la timidez de Gitón, por una parte, y la edad demasiado tierna de la criatura, lo que impediría al uno cumplir virilmente su cometido, y a la otra sostener el ataque. —Así, dijo Quartilla, o de menos edad que ésta era yo cuando me desvirgaron; porque me muera si recuerdo haber sido alguna vez virgen. Cuando era niña, ya cohabitaba con muchachos de pocos más años que yo; púber, tuve hombres por amantes, y así hasta hoy. He aquí, sin duda, el origen de aquel proverbio;

Quien soporta al novillo,
al toro soportar podrá de fijo.

Temí que sucediera algún desastre a Gitón, y decidí entonces presenciar la ceremonia.

Capítulo XXVI

Ya había Psiquis adornado a Pannyquis con el velo de desposada: ya abría la marcha nupcial, alumbrando con una antorcha el lacayo inmundo, a quien seguían una larga fila de mujeres ebrias, aplaudiendo alegremente; ya el lecho nupcial, adornado por aquéllas, sólo esperaba a los dos esposos; cuando Quartilla, excitada por el ambiente voluptuoso, se levantó bruscamente, cogió a Gitón en sus brazos y lo arrastró hacia el lecho. Al muchacho no le repugnaba la cosa, ni la chiquilla había pestañeado al oír el nombre de nupcias. Nos detuvimos ante el tálamo, dejando en libertad a los muchachos, y la curiosa Quartilla aplicó el ojo por la entreabierta puerta, para ser espectadora de la libidinosa escena. Pronto, con el fin de que gozase yo también del espectáculo, me atrajo dulcemente hacia sí, y como nuestros rostros se tocaban, dejaba a menudo de mirar a la pareja nupcial para besarme apasionada y furtivamente.

Tan fatigado estaba de las liviandades de Quartilla, que buscaba la manera de librarme de ella por la fuga, y así se lo comuniqué a Ascylto, quien aprobó mi idea, como único recurso para librarse de las asiduidades de Psiquis. Fácil nos hubiera sido escapar, a no hallarse Gitón en el cubículo; pero queríamos llevárnoslo para sustraerlo a la lubricidad de aquellas meretrices. Mientras imaginaba algún expediente, Pannyquis cae del lecho, arrastrando en su caída a Gitón. No recibieron daño alguno, pero el susto hizo a la chiquilla lanzar fuertes gritos, y mientras Quartilla, asustada, vuela a su socorro, nosotros escapamos, y pronto, ya en nuestro albergue, tendidos sobre nuestros lechos, nos dormimos, descansando el resto de la noche.

Al día siguiente encontramos dos de nuestros raptores, a los cuales agredimos con furia. Ascylto hirió gravemente al suyo, y, dejándolo en tierra, vino a auxiliarme, pero sin poder lastimarlo en en lo más mínimo, escapó, dejándonos a los dos heridos, si bien levemente.

Se aproximaba ya el día fijado por Trimalcio Trimalquión para manumitir a unos cuantos esclavos suyos, fiesta que celebraba con una esplendida. cena. Volvimos a nuestro albergue a poco, y curamos nuestras heridas con vino y aceite, tendiéndonos en los lechos. Sin embargo, como habíamos dejado a uno de nuestros raptores moribundo en la calle, pasábamos grandes angustias e inquietudes, imaginando el modo de conjurar la tormenta. En esto, un criado de Agamenón vino a interrumpir nuestras tristes reflexiones: —¿Y qué, dijo, no sabéis lo que se hace hoy? Trimalcio, ese hombre opulento que tiene en el triclinio un reloj que le advierte por medio de un esclavo con bocina cuánto pierde de vida, os espera a cenar—. Oído esto, y olvidando nuestras fatigas, nos vestimos apresuradamente, y Gitón, que seguía voluntariamente sirviéndonos, recibió la orden fe acompañarnos al baño.

Capítulo XXVII

Comenzamos a errar loqueando, y llegamos a un círculo de histriones, en el que vimos a un viejo calvo, vestido de una túnica roja, y jugando a la pelota con jóvenes esclavos de cabellos largos y flotantes. Admirábamos la belleza de los esclavos y la agilidad del viejo, y vimos que en cuanto una pelota tocaba el suelo, era rechazada fuera del círculo; un siervo, con una cesta elegante llena de pelotas, proporcionaba las necesarias para el juego. Entre otras novedades, notamos dos eunucos colocados en los dos extremos del círculo, de los cuales, el uno tenía en la mano un vaso nocturno de plata y el otro contaba las pelotas, no las que los jugadores se lanzaban unos a otros, sino las que caían al suelo y eran desechadas. Cuando admirábamos tanta magnificencia, llegose a nosotros Menelao, y —He ahí, dijo, el que os obsequia. ¿Y qué? ¿No veis ya en esto un buen preludio de la cena?— Iba a proseguir Menelao, cuando Trimalcio hizo sonar sus dedos, y a esta señal aproximose a el uno de los eunucos con la bacinilla en la mano. Descargó en ella su vejiga Trimalcio, indicó con un gesto que se le sirviera agua, mojó ligeramente sus dedos y los secó en los cabellos de uno de los esclavos.

Capítulo XXVIII

Muchas fueron las singularidades que nos sorprendieron; así que entramos en el baño, pasando del caliente, que nos hizo sudar bastante, al frío. Nos tomaron por su cuenta los frotadores. Ya Trimalcio acababa de ser perfumado y frotado, y los paños con que frotaron su cuerpo no eran de lino, sino de lana suavísima. Tres siervos, en presencia suya, escanciaban el Falerno; disputábanse a quien bebería más, y por ello derramaban al suelo bastante. Trimalcio les dijo: —Bebed, bebed a mi salud.— Lo envolvieron en una, túnica escarlata, lo colocaron en una litera precedida de cuatro lacayos con libreas magníficas, a pie, y de una silla de manos en que se figuraban las delicias de Trimalcio por medio de un joven prematuramente avejentado y deforme. Mientras lo conducían, se acercó a él un músico con una flauta, e inclinándose hacia su oído como si fuera a comunicarle algún secreto, comenzó a tocar, no cesando en todo el camino de hacerlo. Seguimos en silencio, ya cansados de admirar tantas cosas, y llegamos con Agamenón a la puerta del palacio, en cuya parte superior leímos esta inscripción:

Cualquier esclavo
que sin permiso del Señor saliere
con cien azotes sea castigado.

En el vestíbulo hallábase el portero con túnica verde que sujetaba un cinturón de color de cereza, y el cual desgranaba guisantes en una fuente de plata. Una jaula de oro suspendida del techo encerraba un jilguero que saludaba con sus trino s a los visitantes.

Capítulo XXIX

Admiraba yo todo con la boca abierta, cuando vi a la izquierda y cerca de la portería un enorme perro encadenado y encima de su caseta escrito en letras mayúsculas esta advertencia: ¡MUCHO CUIDADO CON EL PERRO! Los compañeros míos rieron de mi miedo, pues me temblaban las piernas a la idea de tener que pasar junto al perro... que era pintado solamente. Recobré el ánimo y pasé a examinar los demás frescos que adornaban las paredes; uno de ellos representaba un mercado de esclavos, los que llevaban sus títulos colgados del cuello, y en otros se representaba a Trimalcio mismo, los cabellos al viento y con un caduceo en la mano, entrando en Roma conducido por Minerva, más lejos estaba tomando lecciones de filosofía y luego hecho tesorero. El curioso pintor había tenido buen cuidado de ayudar con minuciosas inscripciones la inteligencia del espectador. En un extremo del pórtico, otro cuadro representaba a Trimalcio cogido de la barba por Mercurio y colocado por el dios en el sitial más elevado de un alto tribunal; cerca de él, la Fortuna con enorme cuerno de abundancia, le ofrecía sus dones, y las tres Parcas, con finísimos hilos de oro, tejían su destino. Vi otro cuadro en el cual un tropel de esclavos ejercitábale en la carrera; y a un lado del pórtico contemplé un gran armario que encerraba, en un magnífico relicario, varios dioses Lares de plata, una estatua de Venus de mármol y una caja de oro bastante grande que contenía, según dijeron, la primera barba de Trimalcio. —¿Qué representan, pregunté al portero, esos cuadros de ahí en medio? —La Ilíada y la Odisea, respondió, y a la izquierda un combate de gladiadores.

Capítulo XXX

No era posible examinar despacio tantas preciosidades. Llegamos a la sala del festín, en cuyo dintel nos esperaba de pie el maestresala. Sobre la puerta, sorprendiome ver dos águilas sobre hachas de acero y con especie de espuelas en las garras, de las que colgaba una placa de bronce donde se leía en mayúsculas: A CAYO POMPEYO QUE SUFRIÓ AUGUSTO AL TESORERO DE TRIMALCIO, CINNAMO. A GAYO POMPEYO TRIMALCIÓN, SEVIR AUGUSTAL, CINAMO SU ADMINISTRADOR

Para alumbrar bien esta inscripción se habían colocado ante ella dos lámparas; y a ambos lados de la puerta tablitas, una de las cuales, si mal no recuerdo, tenía escrito:

El día III y la víspera de las calendas de Enero Cayo, Nuestro Señor, cenó en esta casa.

Y en la otra se representaban el curso de la luna, los siete planetas y los días fastos y nefastos, indicados con puntos de diferentes colores. Ya hartos de contemplar maravillas íbamos a entrar en la sala del festín, cuando un esclavo encargado de ello, nos gritó adviniéndonoslo: —¡Del pie derecho!— Tras un momento de confusión y temerosos de que alguno de los convidados echase primero el pie izquierdo, al fin entramos como se nos había advertido, y apenas en el comedor, un esclavo vino a echarse a nuestros pies implorando misericordia. Su falta, según dijo, había sido leve: dejar perder el traje del tesorero de Trimalcio mientras aquel funcionario estaba en el baño. El esclavo nos aseguró que el traje extraviado no valía diez sestercios. Salimos del comedor, siempre del pie derecho, y fuimos en busca del tesorero, que se hallaba en su oficina contando oro, suplicándole perdonase al esclavo. —No me mueve tanto la pérdida, dijo, como la negligencia de ese negadísimo siervo. El vestido que me ha hecho perder, añadió orgullosamente, era un vestido de festín que me regaló por mi cumpleaños uno de mis clientes; era, sin duda, de púrpura de Tyro, pero había sido ya lavada. Sin embargo, ¿qué importa? Os doy al reo.

Capítulo XXXI

Reconocido por tan gran beneficio, cuando de nuevo entramos en el comedor, acudió a nosotros el mismo esclavo por quien acabábamos de rogar, y agradeció nuestra humanidad cubriéndonos de besos con gran estupefacción nuestra. —Ahora conoceréis, dijo, que no habéis obligado a un ingrato. Mi obligación es la de escanciar el vino del señor—. Cuando después de todos esos retrasos nos colocamos por fin en la mesa, esclavos egipcios nos vertieron en las manos agua de nieve; luego otros nos lavaron los pies y nos limpiaron con admirable destreza las uñas, cantando mientras lo hacían. Curioso por saber si todos los demás esclavos imitaban a éstos, pedí de beber, y el esclavo, que me sirvió acaloradamente, acompañó ese acto con un canto agrio y discordante; así hacían todas las gentes de la casa cuando se les pedía algo. Creeríais hallaros entre un coro de histriones, no en el comedor de un padre de familia. Habían servido ya el primer plato, verdaderamente suculento, y todo el mundo hallábase en la mesa, menos Trimalcio, cuyo lugar, según costumbre, era el sitio de honor. En una fuente, destinada a los entremeses, había un pollino esculpido en bronce de Corinto, con una albarda que contenía de un lado olivas verdes y de otro negras. En el lomo del animal dos pequeños platos de plata tenían grabados; en el uno, el nombre de Trimalcio, y en el otro, el peso del metal. Arcos en forma de puente sostenían miel y frutas; más lejos, salsas humeantes en tarteras de plata, ciruelas de Siria y granos de granada.

Capítulo XXXII

Estábamos anegados en ese océano de delicias, cuando estalló una preciosa sinfonía y a sus acordes entró Trimalcio llevado por esclavos, que le colocaron dulcemente sobre un lecho guarnecido de magníficos cojines. A su imprevista aparición, no pudimos menos de reír aturdidamente. Su cabeza calva, brillaba bajo el velo de púrpura, y llevaba anudada al cuello una riquísima servilleta que cubría sus magníficos vestidos por delante y de la cual pendían dos franjas que defendían sus costados. En el dedo meñique de la mano izquierda llevaba un gran anillo dorado, y en la falange superior del anular de la misma mano, otro anillo más pequeño, según me pareció de oro purísimo y sembrado de estrellas de acero. No es eso todo; como para deslumbrarnos con sus riquezas, descubría en su brazo derecho un precioso brazalete de oro esmaltado con pequeñas láminas del marfil más brillante y mejor bruñido.

Capítulo XXXIII

Mientras se limpiaba los dientes con un alfiler de plata: —Amigos, nos dijo, a seguir solamente mi gusto, no hubiera venido tan pronto al festín, entretenido en una partida por demás interesante para mí; pero por no retardar vuestros placeres con mi ausencia, la suspendí. ¿Me permitís que termine el juego?— Seguíale un niño, en efecto, llevando en la mano un tablero de damas de terebinto y con las casillas de cristal, sorprendiéndome mucho que en vez de los peones ordinarios blancos y negros, jugaban con monedas de oro y plata. Mientras que jugando se apoderaba de todos los peones de su adversario, se nos sirvió sobre una fuente una cesta en la que había una gallina de madera tallada que, con las alas abiertas y extendidas, parecía empollar huevos. A los acordes de la eterna cantilena, dos esclavos se aproximaron, y escarbando en la paja, sacaron huevos de pava real que distribuyeron entre los convidados. Esta escena atrajo las miradas de Trimalcio: —Amigos, exclamó, supongo que la gallina no habrá empollado los huevos de la pava, ¡Por Hércules, que pudiera haber sucedido!; pero vamos a probar ahora si podemos comerlos—. Al efecto se nos sirvieron unas cucharas que no pesaban menos de media libra, y abrimos los huevos cubiertos de una ligera capa de harina que imitaba perfectamente la cáscara. Estuve a punto de tirar el mío, porque creí ver moverse en su interior al pollo, cuando un viejo parásito me dijo: —No sé lo que hay aquí que debe ser muy bueno—. Reparo bien, y me encuentro con un papafigo sepultado entre yemas de huevo deshechas.

Capítulo XXXIV

Dio por terminado el juego Trimalcio y se hizo llevar de todos los manjares que se nos habían servido, anunciándonos en alta voz que si alguno quería cambiar de vino o continuar con el mismo, lo dijese con franqueza; en seguida, a una nueva señal, se comenzó la música. En medio del tumulto del servicio cayose al suelo un plato de plata, y un esclavo jovencillo, queriendo acertar, lo levantó. Advirtiolo Trimalcio e hizo dar al chiquillo un vigoroso sopapo por su oficiosidad, ordenando que se dejara el plato donde había caído para que el sirviente lo barriera con los otros desperdicios. Entraron seguidamente dos etíopes de larga cabellera, llevando pequeños bolos, parecidos a los que sirven para regar la arena del circo, y en vez de agua nos echaron vino en las manos. Como se elogiara entusiastamente este exceso de lujo, exclamó nuestro anfitrión: —Marte ama la igualdad—. En consecuencia, pidió que cada convidado se sirviera a sí mismo, añadiendo: —De ese modo, no amontonándose aquí los esclavos, nos molestarán menos—. En seguida trajeron unos frascos de cristal cuidadosamente lacrados, del cuello de cada uno de los cuales colgaba un marbete con esta inscripción:

FALERNO OPIMIANO DE CIEN AÑOS

Mientras leíamos el rótulo, Trimalcio, golpeando las manos satisfecho, dijo: —¡Ay!... ¡Luego es cierto que el vino vive más que el hombre!... Bebamos hasta saciarnos; el vino es la vida. El que os ofrezco es verdadero opimiano. No era tan bueno el que puse ayer sobre la mesa, aunque me acompañaban a ella más encopetados personajes—. Mientras que, sin dejar de saborear el exquisito néctar admirábamos cada vez más la suntuosidad del festín, un esclavo colocó sobre la mesa un esqueleto de plata, tan bien hecho, que las vértebras y articulaciones podrían moverse en cualquier sentido. El esclavo hizo funcionar el mecanismo, moviendo dos o tres veces los resortes para hacer tomar al autómata diversas actitudes y Trimalcio declamó con énfasis estos versos:

¡Ay de nosotros míseros! ¡Qué corta,
frágil y deleznable es la existencia!...
Un paso de la tumba nos separa...
¡Vivamos, pues, con el placer por lema!

Capítulo XXXV

Esta especie de elegía fue interrumpida por la llegada del segundo servicio, hacia el cual volvimos todos los ojos, y que no correspondió por su magnificencia a nuestra expectativa. Bien pronto sin embargo atrajo nuestra admiración una especie de globo en torno del cual estaban representados los doce signos del Zodiaco, ordenados en círculo. Encima de cada uno de ellos se habían colocado manjares que por su forma o por su naturaleza tenían alguna relación con dichas constelaciones: sobre Aries, hígado de cordero: sobre Tauro, un trozo de buey; sobre Géminis, riñones y testículos; sobre Cáncer, una corona; sobre Leo, higos de África; sobre Virgo, una matriz de marrana; encima del signo Libra, una balanza que en un lado tenía una torta, y en el otro peso una galleta; sobre Escorpión, un pescado marino; sobre Sagitario, una liebre; una langosta sobre Capricornio; sobre el Acuario, una oca, y sobre Piscis, dos truchas. En el centro de este hermoso globo, un cuadrado artístico de mullido césped sostenía un rayo de miel. Un esclavo egipcio, dando vuelta a la mesa nos iba ofreciendo pan caliente en un horno de plata, y mientras sacaba de su ronca garganta un himno extraño, en honor de no sé qué divinidad. Nos disponíamos tristemente a atacar manjares tan groseros, cuando Trimalcio: —Si queréis creerme, nos dijo, cenemos. Tenéis ante vosotros lo mejor de la cena.

Capítulo XXXVI

En cuanto hubo pronunciado estas palabras, y al son de los instrumentos, cuatro esclavos se lanzan hacia la mesa y, bailando, arrebataron la parte superior del globo. Esto descubrió a nuestra vista un nuevo servicio espléndido: aves asadas, una teta de marrana, una liebre con alas en el lomo figurando el Pegaso, etc. Cuatro sátiros en las esquinas de aquel arcón tenían en las manos unos odres por cuyas bocas salía el agua engrosando la del estanque y formando en él olas por entre las cuales nadaban verdaderos peces. A la vista de esa maravilla todos los esclavos aplaudieron y nosotros les imitamos, atacando con verdadero júbilo tan exquisitos manjares. Trimalcio, encantado como nosotros de esta sorpresa que habíanos preparado su cocinero. —¡Trincha! exclamó—. Y el maestresala se apresuró a obedecerle cortando todas las viandas al compás de la música, y con tal precisión que se le hubiese tomado por un conductor de carros recorriendo la arena del circo al compás de un órgano hidráulico. Trimalcio seguía diciendo con las más dulces inflexiones de su voz: —¡Trincha!, ¡trincha! Sospechando yo alguna broma en aquella palabra tan a menudo repetida, pregunté al comensal que más cerca tenía y él, que frecuentaba la casa: —¿Ves, repuso, al encargado de trinchar? Se llamaba Trincha; y así cada vez que Trimalcio exclama: ¡Trincha! con la misma palabra le llama y le ordena.

Capítulo XXXVII

No pudiendo ya probar bocado me volví hacia mi vecino de mesa para conversar con él, y después de unas cuantas preguntas, sin otro objeto que entablar la conversación, pregúntele quién era una mujer que iba y venía de una parte a otra toda la noche. —La esposa, me dijo, de Trimalcio, la cual se llama Fortunata y no podía tener mejor nombre, porque ha sido ciertamente afortunada. —¿Y cómo ha sido eso? —Lo ignoro. Sólo sé que antes no hubiera querido recibir de ella ni el pan. Ahora no sé cómo ni por qué es la mujer de Trimalcio, quien sólo ve por sus ojos, al extremo que si al medio día le dijere que era de noche, lo creería. Él mismo no sabe lo que tiene: pero ella cuida y administra admirablemente su fortuna, y está siempre donde menos se piensa. Sobria, prudente, de buen consejo, tiene empero una lengua viperina, que corla como un sable; cuando ama, ama; pero cuando aborrece, aborrece de veras. Trimalcio posee vastísimos dominios que cansarían las alas de un milano que los recorriese. Amontona el oro de tal manera que se ve más dinero en su portería del que cualquiera otro puede reunir con todo su patrimonio. En cuanto a esclavos ¡oh!, ¡oh!, ¡por Hércules! No creo que la décima parte de ellos conozca a su amo. Sin embargo, le temen todos, al extremo de entrar a una seña imperativa suya por un agujero de ratones.

Capítulo XXXVIII

No tiene necesidad, como podríais haber supuesto, de comprar nada, porque nada falta en sus dominios: lana, cera, mostaza y hasta leche de gallina si se te antojara podría servirte. Sus ovejas le daban una lana no buena e hizo traer carneros de Tarento para mejorar sus rebaños. Con objeto de poseer miel ática hizo traer abejas de Atenas, confiando en que la mezcla de sus abejas con las de Grecia mejoraría el producto de los enjambres. Estos días ha hecho escribir a la India pidiendo semilla de setas; y no hay mula en sus cuadras que no sea hija de un onagro. ¿Veis estos lechos? No hay uno solo cuya lana no esté teñida de púrpura o de escarlata. ¡Tanta es la dicha de ese hombre!...

En cuanto a esos libertos, no vayas a menospreciarlos, Nadan en la opulencia. ¿Ves aquel del extremo de la mesa? Hoy posee sus ochocientos dobles sestercios; de la nada salió; solía llevar leña a cuestas para vivir. Aseguran (no lo sé, pero así lo he oído) que tuvo la destreza de apoderarse del sombrero de un íncubo y encontró en él un tesoro. Si algún dios le ha hecho ese presente, yo no le envidio. No por ello es menos liberto reciente; pero no lo quiero mal. Últimamente ha hecho grabar sobre la puerta de su casa, esta inscripción: CAYO POMPEYO DIÓGENES DESDE LAS CALENDAS DE JULIO ALQUILA LA CASA PORQUE QUIERE COMPRAR OTRA. —¿Quién es el que ocupa la otra plaza destinada a los libertos? ¡Qué bien se cuida! —No le reprocho por ello. Había ya decuplado su patrimonio, pero sus negocios se torcieron, y ahora no tiene un solo cabello en la cabeza que le pertenezca. Pero, ¡por Hércules!, no es culpa suya, pues no hay hombre más honrado. Culpa es de algunos bribones que lo han despojado de todo. Ya se sabe que cuando la marmita se vuelca y la fortuna se pierde, también los amigos desaparecen. —Y ¿qué honrada ocupación tenía cuando le sobrevino tal percance? —Esta: empresario de pompas fúnebres. Solía comer tan bien como un rey. En su mesa se veían jabalíes enteros, platos de repostería, aves, ciervos, pescados, liebres; más vino se derramaba en su mesa que el que guardan otros en sus bodegas. —Fantástico, no racional. —Cuando se torcieron sus negocios, temiendo que sus acreedores le hiciesen cargo por su lujo, hizo fijar en su puerta este cartel: JULIO PRÓCULO VENDERÁ AL MEJOR POSTOR LO SUPERFLUO DE SU CASA.

Capítulo XXXIX

Interrumpió Trimalcio la agradable charla, cuando ya se habían llevado el segundo servicio, y habiendo excitado el vino la hilaridad de los convidados habíase hecho general la conversación. —Ahí tenéis vino, dijo, bebed para cobrar nuevas fuerzas y hasta que los pescados que hemos comido puedan nadar en los estómagos. Os ruego, sin embargo, que no penséis que me contento con los manjares que se nos han servido. ¿No conocéis a Ulises? ¿Cómo es eso?... Oportuno me parece sin embargo que mezclemos al placer de la mesa el de sabias o discretas disertaciones. ¡Que las conizas de mi bienhechor descansen en paz!... A él debo representar el papel de hombre entre los hombres. He aquí por qué no puede sorprenderme como novedad nada que se me sirva. Por ejemplo, puedo explicaros, queridos amigos, la alegría que encierra ese globo que acaban de servirnos. El cielo es la mansión de esas doce divinidades de las cuales toma la forma sucesivamente. Tan pronto está bajo la influencia de Aries, y todos cuantos nacen al amparo de tal constelación poseen numerosos rebaños, y abundante lana, siendo testarudos, impúdicos, farsantes, signo que preside el nacimiento de la mayoría de los estudiantes y declamadores (aquí aplaudimos entusiastas la ingeniosa sutileza de nuestro astrólogo anfitrión); tan pronto bajo la del Toro (Tauro) que viene inmediatamente a reinar en el cielo. Entonces nacen los libertinos, glotones y borrachos, todos los que sólo se aplican a satisfacer sus apetitos brutales. Los que nacen bajo el signo de Géminis, buscan el acoplarse, como los caballos del carro, los bueyes de carreta, los dos órganos de la generación, que enardecen igualmente a los dos sexos. Como yo he nacido bajo la influencia de Cáncer y marcho, como ese anfibio, con varios pies, extendiéndose mis posesiones por los dos elementos, he colocado sobre tal signo una corona, con objeto de no desfigurar mi horóscopo. Bajo Leo nacen los grandes comedores y aquellos a quienes gusta dominar; bajo Virgo, las mujeres, los afeminados y poltrones destinados a la esclavitud; bajo Libra, los carniceros, los perfumistas y cuantos venden sus mercancías al peso; bajo Escorpión, los envenenadores y los asesinos; bajo Sagitario, los estrabones, que parecen contemplar las legumbres y se llevan el tocino; bajo Capricornio, los farderos cuya piel encallece con el trabajo; Acuario preside el nacimiento de tenderos y gentes que tienen vueltos los sesos agua; y Piscis, los cocineros y los retóricos. Así da vueltas el mundo como una muela y siempre produce algún daño a los hombres que nacen y mueren. En cuanto al césped que veis en medio del globo y al rayo de miel que lo cubre, no ha sido hecho sin una razón. La Madre Tierra, redonda como un huevo, que ocupa el centro del universo, tiene en sí misma todo lo bueno que existe, como la miel.

Capítulo XL

Todos los comensales le aclamamos, elevando las manos al cielo, y juramos que ni Hipaseo [Hiparco]; ni Asato [Arato] merecían ser comparados a Trimalcio. En esto entraron algunos sirvientes que extendieron sobre nuestros lechos tapices bordados en los que se representaban episodios diferentes de caza. No comprendimos el significado de esto, pero de repente oímos fuertes ladridos y grandes perros de Laconia se precipitaron en la estancia, corriendo alrededor de la mesa. Dos esclavos les seguían llevando una fuente sobre la cual erguíase un jabalí de gran tamaño, con un gorro de liberto, y de cuyos colmillos pendían dos cestillos de palma: uno lleno de dátiles de Siria y otro con dátiles de la Tebaida. Dos lechones, hechos de pasta cocida al horno, a ambos lados del animal, parecían colgarse de sus mamas, indicándosenos así el sexo del jabalí. Los convidados a quienes se les ofreció obtuvieron el permiso de guardar los jabatos. Esta vez no fue el Trincha que habíamos visto trinchar antes quien se presentó a efectuar la disección del jabalí, sino un zagalón de larga barba, y vestido de cazador; el cual, sacando de la cintura un cuchillo de caza, rasgó de un tajo el vientre del jabalí, escapándose de él un tropel de tordos que intentaron en vano escapar revoloteando en todas direcciones, pero que fueron atrapados al instante por los esclavos, quienes ofrecieron uno a cada convidado, siguiendo las órdenes de Trimalcio, quien —Mirad, exclamó, cómo ese glotón jabalí habíase engullido todo el ornato de la selva—. Después los esclavos desocupan las canastillas suspendidas de los colmillos y nos distribuyen, a partes iguales, todos los dátiles de Siria y la Tebaida.

Capítulo XLI

Entre tanto yo, algo separado de los demás comensales, me entregué a un cumulo de reflexiones sobre aquel jabalí a quien se había adornado con un gorro de liberto. Después de pensar y rechazar mil conjeturas, me atreví a preguntar al respecto a mi anterior interlocutor, exponiéndole la causa de mis cavilaciones. —Eso podría habéroslo explicado, me dijo, cualquier esclavo. No se trata de un enigma, sino de cuestión muy sencilla. Este jabalí mismo fue servido ayer al final de la cena, y los convidados lo rechazaron, hartos ya, sin querer probarlo; esto significaba devolverle su libertad; así que hoy reaparece con el gorro del liberto—. Corrido de mi ignorancia no quise preguntar más, temeroso de pasar por un hombre que nunca frecuentó la buena sociedad. Durante el corto diálogo, un joven esclavo, hermoso, coronado de pámpanos iba en torno de los convidados ofreciendo uvas y dándose a sí mismo y sucesivamente los nombres de Bromio, Lago [Lieo] y Eiro [Evio], mientras cantaba con voz aguda una canción cuyos versos había compuesto su dueño. Al oírlo, éste, volviéndose hacia él: —Dioniso, le dijo, ¡sé libre —. El esclavo quitó al jabalí su gorro y se lo puso en la cabeza. Entonces Trimalcio, complacido, añadió: —No me negaréis que he hecho libre a mi padre. Aplaudimos la frase de Trimalcio y besamos todos al joven esclavo manumitido. Se levantó el anfitrión para satisfacer una necesidad apremiante, y libre del importuno tirano, reanimó nuestra charla. Uno de los convidados pidió al joven liberto uvas: —El día, exclamó, no es nada. Apenas tiene uno tiempo de volverse, cuando ya vino la noche; así que nada es mejor que pasar directamente del lecho a la mesa. Apenas se ha refrescado uno, y no tiene necesidad del baño para reaccionar. Para ello una bebida caliente es el mejor abrigo. He bebido mucho y no sé lo que digo. Mi vino se ha subido, a habitar en el cerebro.

Capítulo XLII

Interrumpiéndole Seleuco tomó parte en la conversación: —Y yo, dijo, no me baño tampoco todos los días. Eso es cosa de locos. El agua tiene dientes que desgastan poco a poco nuestro organismo; pero cuando he bebido bien, me burlo del frío. Hoy no pude bañarme porque tuve que asistir al entierro de un buen amigo, de ese excelente Crisanto que acaba de morir. Me llamaba hace poco y aún me veo hablando con él. ¡Ay! Somos odres llenos. Más insignificantes que las moscas somos, pues siquiera ellas tienen algunas cualidades; nosotros sólo somos glóbulos. ¡Qué sucedería si no nos abstuviéramos?... Durante cinco días no ha entrado en su boca una gota de agua ni una miga de pan, y sin embargo murió. Los muchos médicos lo perdieron, o más bien su destino adverso, porque el médico sólo puede levantar el ánimo. De todos modos, puede decirse que ha sido enterrado con los mayores honores, sobre su lecho de festín, envuelto en preciosas túnicas, siguiendo al cortejo gran número de plañideras; se manumitieron algunos esclavos; no obstante, su esposa apenas aparentó derramar algunas lágrimas. ¿Qué fuera si él no le hubiera dado óptimo trato? Pero ¿qué son las mujeres? Nada de bien se les debe hacer, porque, como los milanos, no lo agradecen. Para ellas un amor antiguo se convierte en molesta cárcel.

Capítulo XLIII

Fue Pílero [Fíleros] quien exclamó: —Acordémonos de los vivos. Crisanto tuvo la suerte que merecía. Honrado vivió y honradamente le enterraron. ¿De qué tiene que quejarse? No tenía nada cuando empezó y hubiera cogido de un estercolero un óbolo con los dientes. Así creció y creció como la espuma. Podía decir ¡por Hércules! que ha dejado cien mil sestercios y todo en dinero contante. Y también, con toda franqueza, y en verdad, os diré que tenía la palabra áspera, que era hablador y la personificación de la discordia. Su hermano, en cambio, era un hombre de corazón, amigo de sus amigos, de mano abierta y mesa franca para todo el mundo, Al principio andaba por malos pasos, pero se rehizo cuando la primera vendimia; vendió su vino a como quiso, y lo que le enderezó del todo fue una herencia, de la que sacó más partido del que le correspondía. Por esto enojáronse los dos hermanos, legando Crisanto a un tercero sus bienes. Muy lejos se va quien de los suyos huye; pero como escuchaba a sus esclavos como al oráculo, ellos lo llevaron a ese terreno. Nunca podrá obrar discretamente quien se deja con facilidad persuadir, sobre todo si es comerciante. Sin embargo, ha hecho buenos negocios, aunque ha recibido lo que no le correspondía alguna vez. Fue un niño mimado de la fortuna; convertíase en sus manos el plomo en oro y le venía todo a pedir de boca. ¿A qué edad creéis que ha muerto? Tenía ya más de setenta años; pero su salud era de hierro, y no los representaba; tenía el cabello negro como el cuervo. Yo lo conocí muy licencioso, y aun de viejo calavereaba, no respetando ni edad ni sexo. ¡Por Hércules! ¿Quién lo censuraría? El placer de haber gozado es todo lo que puede uno llevarse a la tumba.

Capítulo XLIV

Tal dijo Pílero; y Ganimedes: —Todo lo que habéis contado, exclamó, no interesa ni al cielo ni a la tierra; y entre tanto no os curáis de lamentar el hambre que nos amenaza. ¡Por Hércules! No he podido hoy encontrar pan que llevarme a la boca. ¿Y por qué? Porque la sequía persiste: y ya me parece que hace un año que estoy ayuno. Los ediles (¡malditos sean!) se entienden con los panaderos: sírveme y te serviré. Así el pueblo bajo padece para que esos sanguijuelas celebren sus Saturnales. ¡Oh, si tuviéramos aquellos leones que aquí estaban cuando volví del Asia!... Aquello era vivir. Lo mismo sucedió a la Sicilia interior; también allí la sequía estropeó las mieses de tal modo, que no parecía sino que pesaba sobre aquellos campos la maldición de Júpiter. Pero entonces vivía Safinio, de quien me acuerdo bien, aunque yo era un niño; vivía cerca del acueducto viejo; más que hombre era el aquilón, devastaba todo a su paso; pero recto, veraz, buen amigo, leal, honrado y noble. Pues, ¿y en el foro? Trituraba a sus adversarios como en un mortero, y no gustaba de circunloquios ni rodeos; iba derecho al asunto, hablando claro y firme. Cuando abogaba en los estrados, su voz se hacía sonora como si hablase con bocina, y ni sudaba nunca ni escupía. Puedo decir que tenía temperamento asiático. Y ¡qué afable! Devolvía siempre los saludos, llamando a cada cual por su nombre, como cualquiera de nosotros lo hace. Así, cuando él fue edil, los víveres costaban casi nada. Los hombres hambrientos no podían entonces comerse del todo un solo pan de dos óbolos; hoy, los que se nos venden al mismo precio, no son más grandes que el ojo de un toro. ¡Ay! ¡Ay! ¡Cada día estamos peor en este país que progresa hacia atrás... Pero, ¿cómo no? Tenemos por edil a un hombre que vendería por un óbolo nuestra vida. Así aumenta su hacienda; recibe en un día más dinero que tenían otros como patrimonio. Yo conozco algún negocio que le ha valido mil denarios de oro; pero si nosotros tuviéramos un poco de sangre en las venas, no nos trataría así. Ahora el pueblo es león en su casa y fuera de ella zorra. En cuanto a mí, ya me de comido el precio de mis vestidos, y si continúa la escasez, tendré que vender todos mis trastos. ¿Cuál será nuestro porvenir si ni los dioses ni los hombres se compadecen de esta colonia? Así me ayude el cielo, como creo que todo es causa de la impiedad actual. Nadie piensa ya en los dioses, ni se cura de ayunar; no se hace caso alguno de Júpiter; pero todos, con los ojos muy abiertos, cuentan su dinero. Antes, las mujeres iban con los pies desnudos, los cabellos despeinados, cubiertas con un velo, y con el alma pura, a implorar de Júpiter la lluvia; así que el agua caía a torrentes, lodo el mundo estallaba de alegría. Ahora ya no sucede así; olvidados en sus templos, los dioses tienen los pies envueltos en lana, como ratones, y como no somos religiosos, los campos mueren.

Capítulo XLV

—Te ruego, dijo Equio [Equión], hombre de pobre aspecto, que hables mejor. Todo no es más que dicha o desdicha, como dijo el rústico que había perdido varios cerdos. Lo que no sucede hoy, acaecerá mañana; tal es la ley de la vida. No; ¡por Hércules! no habría país mejor que éste si lo habitaran hombres; si sufre ahora, no es el solo país que sufre. No debemos ser tan delicados; que el sol luce para todos. Si estuvieses en otra parte creerías que aquí andaban por las calles los cerdos cocidos. Dentro de tres días vamos a presenciar un espectáculo soberbio: un combate, no de simples gladiadores, sino de libertos. Y Tito, mi señor, que es un hombre magnánimo, calvo, y a quien conozco bien, pues pertenezco a su casa, nos ha de hacer ver cosas sorprendentes, de un modo u otro. No se trata de una farsa; se darán hierros afilados a los luchadores; no se les permitirá la fuga, y veremos en el anfiteatro una verdadera carnicería. Tito puede hacerlo, pues ha heredado de su padre treinta millones de sestercios. Aunque derrochase cuatrocientos mil, no se resentiría su fortuna, y se le llamaría sempiternamente generoso. Ya tiene dispuestos los caballos y la conductora del carro, y ha tomado al tesorero de Glico Glicón, el cual fue sorprendido por éste los brazos de su señora. Reiréis al ver cómo el pueblo toma partido en este asunto íntimo, los unos a favor del marido burlado y los otros al del favorecido amante. Glico, que es un sestercio de hombre, furioso, hizo arrojar a las fieras a su tesorero. Era pregonar el escándalo. Además, ¿qué culpa podía tener el tesorero cuando quizás no hizo sino obedecer las órdenes de su señora? Más merecedora era ella de ser descuartizada por toros; pero el que no puede al asno pega a la albarda. ¿Qué otra cosa podía esperar Glico, que fuera buena y honrada, de una hija de Hermógenes? Pretender otra cosa era como querer cortar las uñas a un milano en lo más alto de su vuelo. Lo que se hereda no se hurta. Glico se echó tierra a los propios ojos, así que, mientras viva, llevará un estigma que sólo las Parcas pueden borrar. Menos mal que las faltas son personales. Pero yo saboreo ya de antemano el festín con que nos va a obsequiar Mamea, que me dará dos denarios de oro para mí y los míos. ¡Y ojalá suplante Mamea en el favor público, si tal hace, a Norbano y marche con vuelo rápido en alas de la fortuna! ¿Qué bien nos ha hecho a nosotros? Nos ofrece una fiesta de miserables gladiadores, ya decrépitos, que con un soplo serían derribados. Yo he visto atletas más temibles morir devorados por las fieras a la luz de las antorchas; pero esta parecía una riña de gallos. Uno estaba tan gordo, que no podía moverse; otro, patizambo; un tercero, reemplazante del muerto, estaba medio muerto, pues tenía los nervios cortados. Uno sólo, tracio de nacionalidad, tenía buena presencia, pero parecía que luchaba al dictado. Por fin, se rasguñaron mutuamente para salir del paso, pues eran gladiadores de farsa. Y aun al salir del circo se atrevió a decirme Norbano: — Os he dado un buen espectáculo. —Y yo te he aplaudido, le repuse. Ajusta la cuenta y verás que te he dado más de lo que he recibido. Una mano lava la otra.

Capítulo XLVI

Me parece, Agamenón, oírte decir: —¿Qué nos declama ese hablador importuno? Pero, ¡por qué no hablas tú que sabes hablar bien? Tienes más instrucción que nosotros y te ríes de nuestros discursos. Ya sabemos que te enorgulleces de tu saber. ¿Por qué? Cualquier día acaso te persuada para que vengas al campo y visites nuestra casucha; encontraremos qué comer: pollos, aves... No lo pasaremos mal, aunque este año las tempestades han destrozado las cosechas, pues hemos de hallar cómo satisfacer nuestro apetito. A propósito; ya está bastante crecido mi Cícaro [Cicerón], tu discípulo; sabe ya cuatro partes de la oración; si viviere lo tendrás a tu lado como un esclavo pequeño, pues en cuanto tiene un instante de huelga, no levanta la cabeza del libro; es ingenioso y dócil; tiene pasión por las aves. Ya le he matado tres cardelinas, diciéndole que se las había comido el hurón; pero ya se ha proporcionado otras. También gusta mucho de hacer versos. Ya ha dejado el griego y se aplica al latín, aunque su maestro es un pedante voluble, que no tiene constancia para nada; no le faltan luces, pero no quiere trabajar. Su otro maestro, aunque no sea un doctor, sino un erudito, enseña con mucho cuidado lo que no sabe bien. Suele venir a mi casa los días de fiesta, y se contenta con lo que le doy. Hace poco compré para mi hijo libros de Derecho, pues quiero que lo conozca un poco para dirigir bien la casa. ¡Hay que ganar el pan!... Por las bellas letras no tiene inclinación. Si aprovecha el tiempo es mi propósito que aprenda una profesión útil, como la de barbero, pregonero, o a lo menos abogado; un oficio, en fin, de esos que sólo la muerte puede hacer perder. Así le repito cotidianamente: "Primogénito, créeme; lo que aprendes, para ti lo aprendes. Mira al abogado Pílero [Filerón]; si no hubiese aprendido, hoy se moriría de hambre. Poco, poco ha, no tenía nada; y hoy rivaliza en fortuna con el mismo Norbano. La ciencia es un tesoro y el que posee un oficio nunca muere de hambre.

Capítulo XLVII

De este modo conversábamos, cuando entró Trimalcio, se enjugó la frente, lavose las manos con perfume y en seguida: —Dispensadme, dijo, amigos; hace ya muchos días que mi vientre no funciona regularmente, y los médicos no atinan con la causa; algún provecho, sin embargo, me ha hecho últimamente una infusión de corteza de granada y acederas en vinagre. Espero que la tormenta que rugía en mis entrañas se disipe; si no mi estómago retumbaría con ruidos semejantes a los mugidos de un toro. Así que si alguno de vosotros padece por la misma causa haría mal en reprimirse, pues nadir está exento de una dolencia semejante. No creo que haya tormento mayor que el contenerse. El mismo Júpiter nos ordenaría vanamente semejante esfuerzo. ¿Ríes, Fortunata? Y sin embargo sueles no dejarme dormir a la noche con tus flatosidades. Siempre he concedido entera libertad a mis convidados; hasta los médicos prohíben el contenerse, y si se trata de algo más, el que lo necesite encontrará, además de agua y silla, un guardarropa completo. Creedme, cuando el flato se reconcentra al cerebro, todo el cuerpo se resiente. Sé de muchos que perecieron a causa de ello, por no atreverse a decir la verdad—. Dimos gracias por su liberalidad e indulgencia a nuestro anfitrión, y rienda suelta a la risa para que no nos sofocase al comprimirla. No sospechábamos que apenas habíamos llegado a la mitad de tan espléndido festín. En efecto, en cuanto desocuparon la mesa al compás de la música, vimos entrar en la sala tres cerdos blancos, enmantados y con cascabeles. El esclavo que los guiaba nos hizo saber que el uno tenía dos años, el otro tres y el otro era más viejo. Al verlos entrar me figuré que eran cerdos acróbatas, amaestrados, que nos iban a mostrar sus habilidades; pero Trimalcio disipó nuestra incertidumbre: —¿Cuál de los tres, nos preguntó, queréis comer? Los cocineros del campo están guisando un pollo, un faisán y otras bagatelas; pero los míos están asando una vaca entera. Hizo llamar al cocinero, y sin esperar nuestra decisión ordenóle matar al más viejo; y levantando la voz: —¿De qué decuria eres?, le preguntó. —De la cuadragésima, respondió el cocinero. —¿Naciste en casa o has sido comprado? —Ni uno ni otro, replicó el cocinero; pertenezco a ti por el testamento de Pansa.—Mira, pues, dijo, de servirme con diligencia ese cerdo, si no te relegaré a la decuria de los corrales—. Y el cocinero, conociendo la fuerza de la advertencia, se lanzó rápidamente a la cocina, arrastrando tras sí al cerdo.

Capítulo XLVIII

Trimalcio entonces, volviendo hacia nosotros el rostro benigno: —Si no os agrada, dijo, este vino, lo cambiaremos; si lo halláis bueno hacedle los honores. Por otra parle, yo no lo compro. Todo lo que aquí halaga vuestro gusto se recoge y procede de mis posesiones suburbanas que no conozco todavía. Dícenme que se hallan en los confines de Tarracina y de Tarento. A propósito, tengo ganas de juntar la Sicilia a algunas tierras que en esta parte poseo, con objeto de que cuando tenga el capricho de pasar al África, pueda hacerlo sin salir de mis dominios. Pero cuéntame tú, Agamenón, qué controversia sostuviste hoy. Aquí donde me veis, si no abogo en los estrados, he aprendido las bellas letras por afición, y no creáis que he perdido ya el amor al estudio; por el contrario, tengo tres bibliotecas, una griega y dos latinas y me gusta saber. Dime, pues, si quieres complacerme, lo que declamaste. Apenas había exclamado, Agamenón: "El rico y el pobre eran enemigos". Cuando dijo Trimalcio: —¿Quién es el pobre? —Urbano, respondió Agamenón, y no sé qué controversia explanole. Trimalcio replicó inmediatamente:—Si se trata de un hecho real, no cabe controversia; y si no es un hecho real, no es nada—. Al prodigarle nosotros los elogios por su argumentación: —Te ruego, mi carísimo Agamenón, dijo cambiando de tema, que me digas si te acuerdas de los doce trabajos de Hércules o de la fábula de Ulises, de qué manera el Cíclope lo abatió... ¡Cuántas veces leí eso en Homero cuando era niño! ¿Creerás que he visto con mis propios ojos a la Sibila de Cumas suspendida de una escarpia, y cuando los muchachos la interrogaban: —"Sibila, ¿qué quieres?" contestaba ella: —"¡Quiero morir!"
No había terminado la declamación de todas sus extravagancias Trimalcio, cuando se nos sirvió un enorme cerdo sobre una gran bandeja que cubrió gran parte de la mesa. Después de elogiar la diligencia del cocinero, jurando todos que cualquier otro hubiera necesitado más tiempo para guisar un pollo, nos causó gran sorpresa al reparar que era el cerdo que se nos servía de mayor tamaño que el jabalí anterior; entre tanto Trimalcio lo examinaba con atención creciente: y —¡Cómo! ¡Cómo! exclamó; ¿este cerdo no ha sido destripado! No, ¡por Hércules!, no lo han limpiado. Llama, llama inmediatamente al cocinero—. Cuando se aproximó a la mesa, el cocinero, triste y turbado, confesó que se olvidó de limpiarlo. —¡Cómo, olvidado! exclamó Trimalcio. Al oírlo cualquiera creería que se trataba de haberle echado cualquier especia. ¡Fuera ese vestido! El culpable, despojado de sus vestidos al punto, hallose entre dos verdugos. Su faz triste y acongojada enterneció a la asamblea y todos nos apresuramos a implorar su perdón. —No es la primera vez que ocurre esto; perdónale por hoy, y si otra vez le ocurre, ninguno de nosotros intercederá, por él—. Yo estaba indignado por tal olvido, considerándolo digno de severo castigo e inclinándome hacia Agamenón, le dije al oído: —Este esclavo debe ser un bestia. ¿Olvidarse de destripar un cerdo? ¡Por Hércules! No le perdonaría que se hubiese olvidado de limpiar un pececillo—. Mientras tanto, habiendo reflexionado Trimalcio, se calmó y: — Puesto que tan mala memoria tienes, dijo sonriendo, destripa al instante ese cerdo a nuestra vista—. El cocinero recobró su túnica, cogió un cuchillo y, con mano temblorosa, abrió por varios sitios el vientre del animal. De pronto, arrastradas por su propio peso, rastros de morcillas, longanizas y salchichas aparecen por las aberturas, que el cocinero ensanchó más, retirándose.

Capítulo L

A la vista de tal prodigio todos los esclavos aplaudieron, exclamando: ¡Viva Cayo! El cocinero tuvo el honor de beber en nuestra compañía y recibió una corona de plata. Como la copa en que había bebido era de Corinto y Agamenón se puso a examinarla de cerca, Trimalcio le dijo: —Soy el único en el mundo que posee verdaderos vasos de Corinto—. Esperé que con su petulancia e impertinencia habituales iba a decir que hasta los vasos de noche para su uso eran de Corinto, pero fue más discreto de lo que sospeché. —Vais a preguntarme, dijo, como es que yo solo poseo en el mundo vasos y copas de verdadero Corinto; ¿no es así? Pues es muy sencillo. El esclavo que las fabrica se llama Corinto. Luego ¿quién podrá vanagloriarse de poseer verdaderas obras de Corinto si no es aquel que cuenta a Corinto entre sus esclavos? Pero no vayáis a tomarme por un ignorante. Sé tan bien como vosotros el origen de ese metal. Después de la loma de Troya, Aníbal, hombre astuto y diestro ladrón, se apoderó de todas las estatuas de cobre, oro y plata, las fundió y de su mezcla resultó ese metal incomparable. Fue una mina que explotaron desde entonces los plateros para fabricar platos, fuentes, copas, etcétera. Así el bronce, de Corinto resultó de la mezcla de los tres metales mencionados, y no es, sin embargo, ni oro, ni plata, ni cobre. Permitidme deciros que yo proferiría para mi uso vasos de vidrio, aunque no es tal la opinión general. Si no fuera el vidrio frágil, yo lo preferiría hasta al oro; ahora, tal como es, se le desprecia.

Capítulo LI

Hubo, sin embargo, en otro tiempo un obrero que fabricó un vaso de vidrio que no se podía romper. Se le concedió el honor de que lo ofreciese al César, Después de habérselo regalado, tomole de manos del emperador y lo arrojó al suelo con fuerza. El César asombrose grandemente de tal acción; pero el obrero recogió el vaso y viose entonces que el golpe no le había causado sino una ligera abolladura, como si estuviera fabricado de metal. El obrero entonces, sacando de su cintura un martillito, sin apresurarse, corrigió el defecto, devolviéndole su forma anterior. Esto hecho, creyose transportado al Olimpo con Júpiter, y más al oír que el César le dijo: —¿Algún otro que tú posee ese secreto? Piensa bien y contéstame francamente—.El obrero contestó negativamente, y Cesar lo mando degollar, pretextando que si se propagase ese arte de fabricar el cristal metalizándolo para evitar su fragilidad, el oro perdería todo su valor.

Capítulo LII

En cuanto a mí, soy muy aficionado a las obras de plata. Tengo copas próximamente del tamaño de una urna, en las cuales está grabada Casandra al degollar a sus hijos, los cadáveres de los niños están de modo tan admirable, que parecen naturales; poseo una jarra que legó a mi patrono Mys, y en la que se representa a Dédalo encerrando en el caballo de Troya a Níobe; tengo también copas en las que el cincel ha grabado los combates de Hermero y Petracto [Hermerote y Petraite]; todos de gran peso, porque entended que lo que he comprado no lo cedo ya por ningún precio—. Mientras así divagaba, un sirviente dejó caer al suelo una copa; Trimalcio volviose, y: —¡Pronto!, dijo, castígate tú mismo por tu aturdimiento—. Iba el muchacho a abrir la boca para implorar perdón, y él: —¿Qué me pides?, dijo. No te tengo mala voluntad; sólo te aconsejo que no seas otra vez tan aturdido—. Por fin, cediendo a nuestros ruegos, le perdonó. No bien hubo salido el esclavo, cuando Trimalcio, levantándole, comenzó a correr alrededor de la mesa, gritando: —¡Afuera el agua! ¡Adentro el vino! Celebramos con aplausos la ocurrencia de nuestro huésped, sobre todo Agamenón que sabía cómo debía uno portarse en aquella casa para ser siempre del número de los invitados; y animado por nuestros elogios, Trimalcio bebió hasta ponerse medio ebrio: —¿Nadie de vosotros, exclamó, invita a mi Fortunata a bailar? Creedme, nadie lo hace con más gracia—. Luego él mismo, levantando los brazos más arriba de su cabeza y remedando los gestos del bufón Siro comenzó a cantar, coreándolo la servidumbre: —"¡Oh, Zeus, admirable; oh, Zeus!" —Se hubiera puesto a saltar si Fortunata, acercándose a él no le hubiera dicho al oído, probablemente, que era indigno de un hombre de su importancia tales tonterías. No vi carácter más voluble; tan pronto se contenía gravemente por respeto a Fortunata, como tornaba a sus extravagancias peculiares.

Capítulo LIII

En el momento en que parecía dominado por la pasión del baile entró un actuario que con la misma gravedad con que hubiera recitado las actas de la ciudad, leyó: "El VII de las Calendas de Julio, en los predios de Cumas, que pertenecen a Trimalcio, nacieron treinta varones y cuarenta hembras. Se han transportado de las granjas a los graneros quinientas mil bolsas de trigo y se han aparejado quinientos bueyes. El mismo día fue puesto en la cruz el esclavo Mitridates, por haber blasfemado contra el genio tutelar de Cayo, nuestro señor. El mismo día se depositaron en la Caja diez millones de sestercios sobrantes. El mismo día estalló en los jardines de Pompeya un incendio que tuvo origen en la cabaña de Nasta. —¿Cómo es eso?, interrumpió Trimalcio. ¡Desde cuándo son míos los jardines de Pompeya? —Desde el año pasado, respondió el actuario; por eso no te han sido presentadas aún las cuentas—. Enfureciose Trimalcio, y —Cualquier dominio que se me compre en adelante, dijo, si no se me da aviso dentro del plazo de seis meses, pondré el veto en las cuentas a la partida correspondiente. El actuario leyó en seguida las ordenanzas de los ediles y los testamentos de los guardabosques, que desheredaban a Trimalcio, excusándose. Siguió luego la relación de los colonos, la del repudio de una liberta, a quien habían sorprendido en los brazos de uno de los empleados en el balneario; la causa del destierro de Bayo; cómo habíase hecho reo de malversación el tesorero; el juicio o sumaria instruido a consecuencia de hechos producidos por sirvientes varios... Interrumpiendo la lectura entraron varios bailarines; uno de ellos, insípido y ridículo, enderezó una escalera de mano y ordenó a un muchacho que subiera por ella hasta el último escalón danzando y cantando; le hizo saltar a través de aros encendidos, y le obligó a sostener una ánfora con sus dientes. Trimalcio sólo admiraba esas habilidades, lamentándose que un arte tan hermoso estuviese tan mal retribuido. Para el sólo había dos espectáculos dignos de verse en todo el mundo: el acrobático y el de las luchas de codornices; los demás, bufones inclusive, son verdaderos engañabobos. —Compré una vez una compañía de comediantes, pero he querido que se limitasen a representar farsas romanas y di orden a mi jefe del coro de que no cantasen más que canciones latinas.

Capítulo LIV

En el momento en que Trimalcio parecía más engolfado en su necia charla, el chiquillo del acróbata cayó sobre él. Todos los siervos presentes comenzaron a lamentarse con grandes gritos, y los comensales los imitaron, no por lástima a hombre tan impertinente, pues cada uno de ellos hubiera deseado que le rompiesen la cabeza, sino por temor de que el festín acabara de modo tan triste, y por no verse obligados a llorar en el entierro. Trimalcio gemía débilmente y miraba su brazo como si hubiese recibido una herida grave. Los médicos acudieron, pero llegó más pronto Fortunata, los cabellos sueltos y una poción calmante en la mano, lamentándose de ser la más miserable, la más infortunada de las criaturas. En cuanto al niño, cuya caída había causado tal trastorno, se abrazaba a nuestras rodillas, pidiéndonos que implorásemos su perdón. No me conmovían sus ruegos, sospechándome que se trataba de otra comedia que tendría un desenlace ridículo, pues no había olvidado el episodio del cocinero que olvidara limpiar el cerdo. Así que miraba a todos lados, esperando se entreabriesen las paredes para dar paso a alguna aparición inesperada. Lo que me confirmaba en mi opinión es que había visto castigar a un esclavo, porque al vendar el brazo de su señor había usado lana blanca y no roja. No tardaron en confirmarse mis sospechas; en vez de decretar la pena al niño, Trimalcio decretó su manumisión, para que no se dijere que un personaje como él había sido lastimado por un esclavo.

Capítulo LV

Elogiamos ese acto de clemencia, y recordamos la inestabilidad de las cosas humanas. —Así es, dijo Trimalcio, y un incidente como este no pasará sin alguna inscripción que lo recuerde. Dicho esto, pidió sus tablillas, y sin gran esfuerzo de pensamiento, escribió y leyó los versos siguientes:

"La Fortuna, que guía nuestros pasos,
lo que menos pensamos nos concede.
¡Bebamos, pues, Falerno, y alegrémonos
sin pensar en cuál sea nuestra suerte!"

Estos versos llevaron la conversación hacia los poetas, y tras largo debate, acordose conceder la palma a Marcio [Mopso] de Tracia. Trimalcio entonces, dirigiéndose a Agamenón: —Dime, te ruego, maestro, dijo: ¿Qué diferencia encuentras entre Cicerón y Publio [¿Publilio?]?... A mi parecer, el primero es más elocuente, pero el segundo es más moral. ¿Cómo se puede expresar mejor que en estos versos la idea de ellos?

De Marte las legiones invencibles
por la lujuria subyugadas fueron,
haciendo esclava a la ciudad augusta
que señora del mundo fue otro tiempo.
El lujo, la molicie y la lujuria
a Roma convirtieron
en lupanar y en centro de las orgías,
festines y banquetes opulentos.
En cabañas vivían y comían
sobre platos de barro en otro tiempo;
hoy en palacios viven suntuosos,
gastan vajillas de oro y alimentos
costosos, cual gallinas de Numidia,
pavos reales, cigüeñas, miel de Himeto
y vinos delicados.
Hoy las matronas y doncellas veo
que pasean sus lúbricos ardores
a veinte amantes entregando el cuerpo,
cuyos encantos tapan y no encubren
ricos, costosos y sutiles velos.
(Y el marido lo sabe,
pero aparenta digno no saberlo.)
Último resto del pudor perdido,
¿se mostrarán al fin sin esos velos?

Capítulo LVI

¿Qué oficio podremos reputar el más difícil, continuó diciendo, después del de las letras? Yo creo que la medicina y la banca. El médico, que sabe lo que el hombre tiene en su cuerpo y cuándo debe declararse la fiebre; lo que no impide que yo odie a esos doctores que me prescriben a menudo caldo de pato; el banquero, que descubre la mezcla del cobre en la plata. Hay dos clases de animales mudos muy trabajadores: el buey y la oveja; el buey, a quien debemos el pan que comemos; la oveja, cuya lana nos proporciona estos vestidos de que estamos tan orgullosos. ¡oh, hecho indigno! El hombre, sin embargo, se come a la oveja, a quien debe su túnica, También reputo como animales divinos a las abejas, que fabrican la miel, aunque algunos, dicen que de Júpiter la reciben; pero también producen picaduras muy dolorosas, lo que prueba que siempre, aun la mayor dulzura, va mezclada de alguna amargura—. Ya se había intrincado en sutiles filosofías Trimalcio, cuando un esclavo circuló alrededor de la mesa con una vasija que contenía billetes de lotería. Un niño leía en alta voz los lotes con que habían sido agraciados los convidados: "¡Plata vil!" y trajeron un jamón sobre el cual había una aceitera; "¡Corbata!", y trajeron una cuerda fuerte; "¡Amarguras y afrentas!", y le dieron fresas silvestres, un gancho y una manzana: "¡Verrugas y melocotones!", y el agraciado recibió un látigo y un cuchillo; "¡Gorriones y caza moscas!", y le trajeron uvas secas y miel ática; "¡Traje de festín y traje de calle!", y le entregaron galleta y tablilla para escribir; "¡Canal y pedal!", y recibió el convidado una liebre y una pantufla; "¡Ratón y carta!", y entregaron al agraciado una rata atada a una rana, formando tronco. Reímos mucho de tan extraños lotes y de mil otros parecidos, de los que ya no me acuerdo.

Capítulo LVII

Ascilto, no obstante que se reía hasta saltársele las lagrimas, burlábase, sin recatarse, de todas aquellas tonterías, lo que provocó las iras de uno de los libertos de Trimalcio, de aquel mismo que estaba a mi lado en la mesa: —¿De qué ríes, le dijo, imbécil? ¿Es que no te agrada la magnificencia de mi señor? ¿Acaso eres mas rico que él y tratas mejor a tus convidados? Así me ayuden los Lares de esta casa, como si estuviera cerca de ti, ya te hubiera impedido burlarte. ¡Hermoso aborto para reírse del prójimo!. Tiene todo el aspecto de un vagabundo nocturno que no vale ni la cuerda que servirá para ahorcarlo. En suma: si yo dejase cerca de él algo de lo que me sobra, no sabría por dónde escapar. ¡Por Hércules! No suelo enojarme fácilmente; pero en la carne inerte nacen los gusanos. ¡Ríe! ¿Qué hay para que ría? ¿Puede uno escoger a su padre? Por tu túnica, eres ciudadano de Roma. Pues yo soy hijo de un rey. ¿Que por qué serví entonces? Porque yo mismo elegí la servidumbre, prefiriendo la ciudadanía romana a la realeza tributaria; pero ahora espero vivir de tal modo que nadie se mofe de mí. Soy un hombre que marcha entre hombres con la cabeza levantada y no debo nada a nadie, ni he recibido nunca salario. Nunca un acreedor me ha dicho en el foro: "Devuélveme lo que me debes". He comprado tierras; tengo lingotes en mi caja; mantengo diariamente veinte bocas, sin contar a mi perro; he rescatado a mi esposa para que un hombre no tenga derecho a enjugarse las manos en su cabello; fui hecho Sevir, sin sueldo, y espero, cuando muera, no tener de qué avergonzarme. Y tú, si tan honrado eres, ¿cómo no te atreves a volver el rostro? ¿En tu vecino ves un piojo, y sobre ti no ves un escorpión? ¿Y tú eres el único que nos reputa ridículos?

He aquí a tu maestro, hombre de más edad que tú, y que, sin embargo, se complace con nuestra sociedad. Eres un chiquillo, a quien, si apretaran la nariz, le saldría la leche materna. ¿Quieres callarte, vaso frágil, pellejo mojado, que por más ligero no es mejor? ¿Eres más rico que Trimalcio? Pues come dos veces y cena otras tantas. Yo estimo más mi conciencia que todos los tesoros. En suma, ¿me han reclamado nunca dos veces una deuda? He servido cuarenta años; pero, ¿quién podrá decir si he sido esclavo o libre? Era un muchacho y tenía larga cabellera. En esa época no se había construido el templo. Hice cuanto pude por satisfacer los deseos de mi señor, hombre poderoso y gran dignatario, cuyas uñas valían más que toda tu persona; había en su casa quienes trataban de indisponerme con él; pero, gracias a mi genio tutelar, triunfé de todas las envidias y enemistades. Triunfé, si; porque es más fácil nacer libre que alcanzar la libertad por el propio esfuerzo. ¿Por qué permaneces callado como un chivo ante la estatua de Mercurio?

Capítulo LVIII

Cuando concluyó de hablar, Gitón, que estaba a sus pies y hacía rato pugnaba por contener la risa, estalló en una carcajada tan fresca, que el antagonista de Ascylto, volviendo toda su cólera contra el chiquillo: —¿Y tú también, le dijo, te ríes, bribonzuelo? ¡Oh, las Saturnales! ¿Acaso, dime, estamos en diciembre? ¿Cuándo has pagado el impuesto del vigésimo para ser libre? ¿Para cuándo son las cruces y cuándo se da su pasto a los cuervos? Ya Júpiter se indigna contigo y con tu señor, que no te ordena callar. Así pierda el gusto del pan como te habría dado tu merecido, a no ser por el respeto que me inspira nuestro huésped, mi antiguo compañero; sin su presencia, ya te hubiese castigado severamente. Estamos bien aquí; menos el sinvergüenza de tu amo, que ni sabe hacerte callar. Con razón se dice: "A tal amo, tal criado". A duras penas me contengo, pues soy arrebatado por naturaleza, y cuando me ciego, ni a mi misma madre reconozco. Bueno, yo le encontrare en otra parte, reptil, gusano. ¡Así pierda mi fortuna si no he de obligar a tu señor a esconderse en un nido de ratones! Y no descuidaré el asunto, ¡por Hercúles! Aunque clames a Júpiter Olímpico, he de alargarte una vara el cabello. Tú y tu digno amo llevaréis vuestro merecido. O no me conozco, o no han de quedarte ganas de burlarte de los hombres, cuando tengas una barba de oro como nuestros dioses. Los maleficios de la hechicera Sagana Athana se dirigirán contra ti y contra el que principió tu educación. No he aprendido yo la Geometría, la Lógica y otras bagatelas pero conozco el estilo lapidario; sé la división en cien partes, según el metal, el peso y la moneda. En fin, si quieres, hagamos una apuesta sobre el asunto que tú quieras. Quiero convencerte de que tu padre ha perdido el dinero que le hayan costado tus estudios, aunque sepas retórica. ¿Quién de nosotros viene lentamente y va lejos? Págame y te lo digo. ¿Quién de nosotros es el que corre, sin moverse de su sitio? ¿Quién de nosotros cuanto más crece mas pequeño se hace? Te agitas, estúpido, y como un papanatas quedas sin saber qué responder; cállate entonces, y no molestes a un hombre mejor que tú, y que ni siquiera había advertido que tú estabas en el mundo. ¿Crees acaso imponerme con tus sortijas relucientes, que acaso robaste a tu querida? Que Mercurio nos sea propicio: vamos ambos a la plaza y emprestemos dinero; verás si este anillo de hierro que yo llevo vale más dinero que tus sortijas. ¡Bah! ¡Bella cosa es una gorra mojada!... Así gane tanto dinero y muera tan honrado que todo el pueblo bendiga mi memoria como he de perseguirte por todas partes hasta que te haga condenar por los magistrados. ¡Otro que tal el que te ha educado!

Mufrio, nuestro maestro (porque también nosotros hemos estudiado), decía: "¿Cumplisteis vuestro deber? Pues id directamente a vuestras casas sin mirar a vuestro alrededor, sin injuriar a los mayores de edad, con circunspección. De otro modo no se va a ninguna, parte". En cuanto a mí, doy gracias a los dioses por haber sabido conducirme bien hasta ocupar la jerarquía que ocupo.

Capítulo LIX

Comenzó Ascylto a replicar airado, pero Trimalcio, encantado por la elocuencia de su antiguo compañero: —Dejad, dijo, las injurias a un lado y sed suaves en vuestras palabras, no acordándoos más que de gozar; y tú, Hermero [Hermerote], dispensa a este adolescente, cuya sangre bulle; puesto que eres mayor de edad, da ejemplo de cordura y prudencia; muéstrate más razonable, En esta clase de cuestiones, siempre es el que se vence a sí mismo el vencedor. Cuando tú tenías sus años, querido, no eras más razonable que él. Creo que será mejor reanudar nuestro palique alegre, y esperemos a los homeristas. Al mismo tiempo, una compañía de estos comediantes, hicieron retumbar los escudos al choque de las lanzas. Trimalcio, para mejor escucharlos, se sentó en el suelo, y cuando los homeristas, como de costumbre, comenzaron a recitar versos griegos, se levantó y comenzó, por un nuevo capricho, a leer en alta voz versos latinos de un libro. Después, haciendo guardar silencio a los cómicos: —¿Sabéis, nos dijo, que fábula representan? Diómedes y Ganimedes eran dos hermanos; Elena era su hermana; Agamenón la robó y la convirtió en una sierva que debía ser inmolada ante el altar de Diana. Así Homero en ese poema canta las guerras de troyanos y pasentinos [tarentinos]. Triunfó Agamenón, y dio su hija Ifigenia en casamiento a Aquiles. Esta unión fue causa de que Ájax perdiera la razón, como van a explicarnos ahora—. Aún hablaba Trimalcio, cuando los homeristas lanzaron un grito estridente y acudieron unos es clavos llevando sobre una enorme fuente un ternero cocido con un casco sobre la cabeza. Detrás venia Ájax con la espada desenvainada y demostrando en sus gestos una locura furiosa, cortó el ternero en muchos pedazos que fue distribuyendo entre los maravillados comensales.

Capítulo LX

Apenas tuvimos tiempo de admirar su destreza, cuando crujió el techo con tal estruendo, que toda la sala del festín tembló. Me levanté espantado, temiendo que algún otro acróbata cayese sobre mí; y los demás convidados me imitaron levantando los ojos para ver qué nueva maravilla llegaba por el techo. De repente el techo se entreabre, desapareciendo la cúpula, y bajan a nosotros coronas de oro y vasos de alabastro llenos de perfumes. Invitados a aceptar tales presentes, miramos a la mesa, y, como por encanto, la hallamos cubierta por una enorme fuente llena de pastas de diferentes formas; una de ellas, mayor que las restantes, figuraba al dios Priapo, ocupando el centro de la fuente; según costumbre, llevaba una gran fuente llena de uvas y frutas de todas clases. Ya extendíamos una mano ávida hacia tan espléndidos postres, cuando una nueva diversión vino a reanimar nuestra alegría lánguida; de todas aquellas pastas, de todos aquellos frutos, salían al más ligero contacto chorros de un licor azafranado que nos inundaba el rostro dejándonos un sabor ácido. Persuadidos de que debíamos hacer algún acto religioso antes de arrebatar sus frutos a Priapo, hicimos devotamente las libaciones de costumbre, y después de desear felicidades eternas a Augusto, padre de la patria, todos nos apresuramos a coger los sabrosos dulces y apetitosas frutas, sobre todo yo, que creía no poder dar abasto a la insaciable gula de Gitón. Entre tanto entraron tres esclavos vestidos con túnicas blancas, dos de los cuales depositaron dos dioses Lares sobre la mesa. El tercero, con una copa de oro llena de vino en la mano, dio la vuelta a la mesa, pronunciando en alta voz estas palabras: A los dioses propicios. Luego nos dijo que dichos dioses llamábanse Cerdo, Felicio y Lucro. Después hicieron circular una imagen muy parecida a Trimalcio, la cual imagen era besada reverentemente por los convidados, cosa que nosotros tuvimos buen cuidado de imitar.

Capítulo LXI

Después que todos los comensales nos hubimos mutuamente deseado la salud del cuerpo y la del cerebro, Trimalcio volviose hacia Nicero [Nicerote] y —Tú solías, le dijo, ser ocurrente y locuaz en los festines; ¿por qué callas hoy y no pronuncias palabra? Te ruego, si quieres complacerme, que nos cuentes alguna de tus aventuras—. Nicero, complacido por la afabilidad del amigo: —Que no me favorezca la fortuna, respondió, si no he gozado grandemente en este festín, al contemplar vuestra satisfacción. Entreguémonos a la alegría franca sin temor a los sarcasmos de los escolásticos. Narraré también lo que me pides, aunque se burlen. ¿Que se ríen de mí? Que se rían. Es mejor sufrir las burlas que burlarse.

Y cuando esto hubo dicho... comenzó su relato así: —Cuando yo servía, habitábamos en la calleja angosta (en la ahora casa de Gavilla), donde yo me enamoré, por la voluntad de los dioses, de la mujer de Terencio el tabernero. Habéis conocido a Melisa de Tarento, el más hermoso nido de besos que haya, en el mundo; pero no vayáis a creer ¡por Hércules! que era el amor carnal, el atractivo del placer material lo que me seducía más en ella; sus buenas cualidades me atraían. Nunca me negó cosa alguna que le pedí; al contrario, adelantábase a mis deseos; le confié mis economías, y jamás tuve que arrepentirme de mi confianza. Su marido murió en el campo, y yo torturé mi mente para conseguir reunirme con ella, convencido de que en las circunstancias angustiosas es cuando se conocen los verdaderos amigos.

Capítulo LXII

Por feliz casualidad, mi amo había marchado a Capua con objeto de vender algunos útiles de fácil venta. Aprovechando la ocasión, persuadí a nuestro huésped de que me acompañara unas cinco millas de distancia; era un militar, valiente como Plutón [el Orco]. Partimos al primer canto del gallo (la luna brillaba diáfana y se veía tan claro como al medio día), y llegamos a un cementerio. Mi hombre, de repente, se pone a conjurar los astros; yo me siento, y entonando una canción, me pongo a contar las estrellas; me vuelvo luego hacia él, y le veo que se desnuda y deposita sus vestidos a la orilla del camino. Atemorizado, quedé inmóvil como un cadáver. Júzguese de mi espanto cuando le veo orinarse alrededor de sus ropas y en el mismo instante transformarse en lobo. No creáis que me bromeo; no mentiría por todo el oro del mundo... ¿Pero en qué iba yo de mi relato?... ¡Ah! Ya recuerdo. En cuanto convirtiose en lobo, se puso a aullar y huyó al bosque. Yo, en primer lugar, ignoraba dónde me hallaba; luego, al buscar las ropas de mi compañero para llevármelas, las encontré convertidas en piedras. Si alguna vez un hombre ha debido morir de miedo, ese hombre fui yo. Tuve ánimo para sacar la espada y dando tajos al aire en todas direcciones, para ahuyentar los malos espíritus, pude llegar a casa de mi amante, más muerto que vivo, cubierto de un sudor frío que me corría por todo el cuerpo. Costoles trabajo hacerme entrar en reacción. Mi querida Melisa atestiguome su sorpresa al verme llegar a una hora tan avanzada y en tal estado: —Si hubieras venido más temprano, me dijo, hubieras podido prestarme un gran servicio. Un lobo ha penetrado en la majada y ha degollado todos nuestros carneros: una verdadera carnicería; pero, aunque ha logrado escapar, no han de quedarle ganas de volver, pues uno de los sirvientes le ha atravesado de parte a parte el cuello con su lanza. Calculad si yo me asombraría de este relato; y como acababa de amanecer, corrí a todo escape hacia nuestra casa, cual si me persiguieran asesinos. Cuando llegué al sitio en que yo había dejado los vestidos convertidos en piedras, no encontré más que grandes manchas de sangre; pero al llegar a mi casa, mi valeroso soldado yacía en el lecho sangrando como un buey, y un médico hallábase muy ocupado en coserle el cuello. Comprendí entonces que era el lobo de Melisa, y desde tal día, antes me habrían matado que hacerme comer con él un pedazo de pan. Los que crean que miento y no conozcan mi modo de ser, allá ellos; pero que los genios tutelares de tu casa me agobien con su cólera si no he dicho verdad.

Capítulo LXIII

El relato precedente dejonos a todos atónitos de admiración: —Creo fiel tu narración, que ha hecho ponerse de punta mis cabellos, dijo Trimalcio, quien conozca a Nicero no pondrá en duda un ápice de su relato, pues es hombre veraz y poco hablador. Yo también, añadió, voy a contaros algo horrible, y tan extraordinario como ver un burro pasearse por un tejado. Yo llevaba aún larga la cabellera (pues desde niño hice vida voluptuosa), cuando Ifis, que era mi encanto y mi delicia, murió. ¡Por Hércules! Era un niño hermoso como una margarita, una verdadera alhaja. Mientras la mísera madre lloraba y nosotros con ella atestiguándole nuestro dolor, oyose de pronto un estruendo semejante al que producen los perros persiguiendo a una liebre. Estaba con nosotros un capadocio, hombre de alta estatura, fuerte complexión y un valor a toda prueba; hubiera sido capaz de luchar contra Júpiter armado de sus rayos destructores. Sacando, pues, su espada con aire resuelto y arrollando con cuidado su túnica al brazo izquierdo, sale de la casa, tropieza con una bruja, y la pasa de parte, a parte con su sable, como quien se bebe un vaso de agua. Un gemido intenso oímos, pero en honor de la verdad, no vimos a las brujas. Al entrar nuestro valiente, tendiose desfallecido en un lecho. Todo su cuerpo estaba cubierto de manchas violáceas, cual si le hubiesen azotado sin piedad con una verga, como si le hubiese tocado una mala mano. Cerramos la puerta y volvimos a nuestras piadosas funciones cerca del difunto; pero cuando la madre quiso abrazar el cadáver de su hijo, tocó y vimos todos que había sido sustituido por un maniquí relleno de paja que no tenía ni corazón, ni entrañas, ni nada humano. Sin duda las brujas se habían llevado el cuerpo de Ifis, dejando en cambio aquella ridícula figura. Os ruego que, en vista de hechos como éste, me digáis si puede uno atreverse a negar la existencia de las brujas ya burlarse de los maleficios que todo lo trastruecan. Nunca ya volvió a recobrar su valor natural nuestro gran capadocio después de este suceso, y después de pocos días, murió atacado de delirium tremens.

Capítulo LXIV

Nos miramos asombrados unos a otros; y creyendo ambas relaciones, nos apresuramos a besar religiosamente la mesa para conjurar a las brujas a quedarse en sus casas y no molestarnos a nuestro regreso a los respectivos domicilios. Tan ebrio estaba yo, que veía multiplicadas las luces hasta lo infinito y cambiar de aspecto toda la sala del festín, cuando Trimalcio: —A ti te digo, exclamó, Plocrimio [Plócamo] ¿nada cuentas? ¿Nada recuerdas para deleitarnos? Sin embargo, tu solías ser un agradable narrador, cantabas admirablemente y recitabas con gran arte diálogos en verso. ¡Ay! El encanto de aquellas sobremesas desapareció ya. —Ya, respondió aquel, la gota detuvo mi carrera. En otro tiempo, cuando era joven, cantaba hasta ponerme ronco. Pues ¿y bailar?, ¿y declamar?, ¿y en los juegos de destreza?, ¿qué rival he tenido, fuera de Apeles?—. A estas palabras, metiéndose dos dedos en la boca, produjo un silbido estridente, que nos dijo luego que era una imitación de los griegos. Trimalcio, a su vez, después de haber tratado de parodiar a los flautistas, volviose hacia el objeto de sus amores, al cual llamaba Creso, y que era un niño legañoso, de dientes desiguales y negros. El chiquillo se divertía en aquel momento envolviendo con una cinta verde a una perrilla negra, gordísima y asquerosa, a la cual hacía arrastrar por el lecho y a la fuerza un pan de media libra. Esto hizo que Trimalcio se acordase de su famoso perro Seila [Escílax], el guardián de su casa y de los suyos, y ordenó que se lo trajeran. Un instante más tarde vimos entrar un perro de enorme talla, a quien llevaba de la cadena el portero. Al llegar al lado de Trimalcio, un puntapié de su conductor, advirtió al perro que debía echarse a los pies de su amo. Así lo hizo el animal, y Trimalcio le dio pan blanco y exclamó: —No hay nadie en mi casa que me quiera más que este animal—. Creso, picado de tales alabanzas, puso en tierra a la perra azuzándola contra Seila, quien, por instinto de raza, comenzó a ladrar fuertemente, repercutiendo en toda la sala sus atronadores ladridos, y poco faltó para que despedazara a la Perla (que tal era el nombre de la antipática perrilla), pero el tumulto no se limitó a esto: de pronto, una de las grandes lámparas de cristal que daban luz a la sala y colgaba sobre la mesa, cayose a ésta y aplastó platos, y quebró vasos y manchó de aceite a varios convidados. Trimalcio, para aparentar que no le afectaba tal pérdida, abrazó a Creso y le ordenó que se montase sobre sus espaldas. Tan pronto dicho como hecho; el chiquillo se puso a caballo y comenzó a dar palmadas en los hombros a su cabalgadura. Después en la espalda con el dedo escribe riendo bulliciosamente: ¡Cuernos! ¡Cuernos! Cuántos son?...— Después de sufrir algunos minutos esa especie de penitencia, Trimalcio ordenó que se llenase de vino un gran vaso y que se diese de beber a lodos los esclavos que estaban a nuestros pies. —Si alguno de ellos, añadió, no quisiera beber, échesele su parte por la cabeza. Durante el día soy severo, pero ahora quiero que reine la alegría.

Capítulo LXV

Después de este acto de familiaridad sirvieron a cada uno de nosotros unos huevos de oca y unos pollos, que, según Trimalcio, estaban deshuesados. Aquí estábamos del festín cuando llamaron a la puerta y entró un nuevo convidado, vestido de blanco y seguido de un gran cortejo lucidísimo. Sobrecogido de un temor respetuoso al aspecto de ese personaje, que creí el pretor, y pensaba ya en largarme a la calle, cuando Agamenón me dijo, riendo por mi apresuramiento en levantarme: —No te molestes, hombre estultísimo; es nada más que el Sevir Habinas [Habinnas], de oficio marmolista y que pasa por ser el mejor artífice de monumentos fúnebres—. Tranquilizado por estas palabras, volví a ponerme de codos sobre la mesa, no sin admirar la majestuosa entrada del Sevir, que estaba ya a medios pelos y para sostenerse apoyábase en el hombro de su esposa. De su frente, adornada con varias coronas, corrían ríos de perfume, que caían sobre sus ojos; se colocó, sin cumplidos, en el sitio de honor y pidió vino y agua tibia. Encantado de su desembarazo, Trimalcio pidió también otra copa más grande de vino y se informó de cómo lo habían tratado en la casa de donde venia. —Lo pasamos muy bien, dijo Habinas, y únicamente a ti eché de menos, porque mi corazón estaba aquí. ¡Por Hércules! Buena estuvo la fiesta, Seissa [Escisa] ha celebrado con magnificencia la novena de Miselo, uno de sus esclavos, a quien manumitió in articulo mortis. Fuera del impuesto del vigésimo que el se gana, ha encontrado una buena sucesión, pues no se estima en menos de cincuenta mil escudos la fortuna del difunto. Hemos tenido una cena muy agradable, aunque nos haya sido preciso verter sobre los huesos del difunto la mitad de nuestro vino.

Capítulo LXVI

—¿Qué os dio para cenar?, preguntó Trimalcio. —Te lo diré si puedo, contestó el interrogado; porque tengo tan buena memoria, que frecuentemente olvido hasta mi nombre. Tuvimos primero un cerdo coronado de morcillas y rodeado de salchichas, y pepitoria muy bien hecha, cucurbitáceas, pan casero (que prefiero al pan blanco, porque es más fortificante, laxante y me hace ir adonde sabes sin dolor alguno), después, una torta fría, rociada con deliciosa y caliente miel de España; pero no he tocado a la torta; de miel, hasta tocármela con los dedos. Además, guisantes, alubias, nueces; pero sólo una manzana para cada comensal; sin embargo, yo cogí dos, las cuales llevo aquí, envueltas en la servilleta, pues si no llevase nada a mi esclavo favorito metería el pobre un escándalo. Mi esposa me recuerda ahora otro manjar de que ya me había olvidado: tuvimos ante nosotros un osezno en trozos, y al probarlo Scintila [Escintila], sin saber lo que era, vomitó hasta los intestinos. Por el contrario, yo comí más de una libra y sabía muy bien. "Si los osos comen a los hombres, me decía yo, mucho mejor debe ser que los hombres coman a los osos". En fin, tuvimos un queso flojo, vino cocido, menudos, hígados, huevos rellenos, bizcochos, etc. Tuvimos también olivas, que algunos convidados se disputaron a puñetazos, y jamón, del que no hicimos caso alguno.

Capítulo LXVII

—Pero dime, te lo ruego, Cayo: ¿cómo no ha sido de los nuestros Fortunata? —¿Y cómo? Tú la conoces, respondió Trimalcio, sin haber guardado el servicio y haber distribuido a los esclavos los postres de la cena, ella no es capaz de sentarse tranquilamente a beber un vaso de agua. —Ya lo sé; pero si no se pone en seguida a la mesa, me retiro—. Y, en efecto, ya hizo un movimiento para levantarse, cuando, a una seña de su señor, tres o cuatro esclavos salieron buscando a Fortunata en distintas direcciones. Llegó ésta, vestida con una ligera túnica de color de cereza, levantada y sujeta de un lado por un cinturón verde pálido, y que dejaba ver sus ligas de oro y sus muslos, cubiertos de bordados del mismo metal. Después de haberse secado las manos con el sudario que llevaba al cuello, se colocó en el mismo lecho que Scintila, mujer de Habinas, besándose ambas. —¡Cuánto me alegro, le dijo, de verte!— En seguida llegaron a un grado tal de intimidad, que Fortunata, desciñéndose los ricos brazaletes que adornaban sus rollizos brazos, ofreciolos a la admiración de Scintila; luego quitose también las ligas y hasta la redecilla con que sujetaba sus cabellos, y que aseguró era tejida de hilos del oro más puro. Trimalcio, entonces, hizo traer todas las joyas de su mujer. —¡Ved, dijo, lo que cuesta una mujer! ¡Así, necios, nos despojarnos por ellas! Esos brazaletes deben pesar seis libras y media; yo tengo para mí uno de diez libras, que he hecho hacer con los milésimos destinados a Mercurio—. Y para mostrarnos que no exageraba hizo traer una balanza, y todos los comensales fuimos obligados a verificar el peso de cada brazalete, Scintila, no menos vanidosa, descolgó de su cuello un gran medallón de oro puro, y al cual llamaba Felicio, del cual sacó dos preciosos pendientes, que hizo, a su vez, admirar de Fortunata. —Gracias a la magnificencia de mi marido, dijo, no hay quien los tenga mejores. —¿Qué?, dijo Habinas. ¿No te has arruinado comprando esas chucherías de vidrio? En verdad, si tuviera una hija la haría cortar las orejas. Si no hubiera mujeres en el mundo, despreciaríamos esos vidrios como la basura; hoy nos gastamos el oro en comprarlas—. A este punto, las dos amigas, ya aturdidas, por el vino, reían como locas y acabaron por echarse, ebrias de placer, una en brazos de otra, Scintila elogiaba los cuidados diligentes de Fortunata por el gobierno de la casa; Fortunata, la felicidad de que gozaba Scintila con los buenos procederes de su esposo. Cuando estaban más estrechamente abrazadas, rostro con rostro, Habinas se levanta sin ruido y llegándose al lecho de ambas, coge por los pies a Fortunata y la vuelve boca arriba.—¡Ah, ah!, exclama, viendo abierta por delante la túnica de ambas mujeres, que nos mostraron un instante su desnudez. ¡Ah, ah!... —Fortunata se cubrió inmediatamente y, cubriéndose el rubor que encendió su rostro con el sudario, volvió a echarse en los brazos de Scintila, que la recibió con placer manifiesto.

Capítulo LXVIII

Algunos instantes después Trimalcio ordenó que sirvieran los postres. Los esclavos se llevaron inmediatamente todas las mesas y trajeron otras; en seguida esparcieron por ellas una especie de tintura de azafrán y bermellón y de piedra vítrea reducida a polvo, cosa que nunca había yo visto en ninguna parte. Entonces, Trimalcio, —Podía, dijo, contentarme con este servicio, porque tenéis ante vosotros la segunda mesa; pero si hay alguna friolera, que nos la traigan—. Entre tanto, un adolescente egipcio que servia el agua caliente comenzó a imitar el canto del ruiseñor; mas prontoTrimalcio grita: —¡Otra cosa!— y la escena cambia. Un esclavo que estaba sentado a los pies de Habinas, sin duda por orden de su dueño, declama con canora voz:

En medio del Océano, Eneas, indeciso,
siguió la ruta que Minerva quiso...

Nunca sonidos más agrios taladraron, mis oídos, pues además que el bárbaro bajaba o subía de tono, siempre a contratiempo, mezclaba versos atelianos, y entonces, por primera y única vez, me disgustaron los versos de Virgilio; cansose al fin, y al callarse exclamó entusiasmado Habinas:

—¡Y nunca ha estudiado! Se ha formado imitando a los pocos que ha oído declamar. Así no tiene rival cuando quiere imitar a los muleteros y charlatanes. En los asuntos dramáticos, sobre todo, es donde más resalta su genio. Además, es a la vez zapatero, cocinero, repostero; todas las musas le inspiran. No tiene más que dos pequeños defectos, sin los cuales sería un hombre completo: está circuncidado y ronca como un perro; también bizquea un poco; mas no importa: lo mismo mira Venus, y así me gusta a mí. Por mirar de ese modo no he pagado por él sino trescientos dineros.

Capítulo LXIX

A este punto, fue interrumpido por Scintila, quien —No cuentas, exclamó, todos los servicios que te presta ese esclavo; es también tu querido; pero yo me cuidaré de marcarlo con el estigma que le corresponde—. Rio Trimalcio y —Reconozco, dijo, en esa pintura a mi Capadocio; no se rehúsa nada, y ¡por Hércules! que le alabo el gusto, porque no tiene semejante. En cuanto a ti, Scintila, no seas celosa. Créeme a mí, que os conozco bien. Así los dioses me salven como es cierto que yo solía solazarme con Mamea, la esposa de mi amo, al punto que éste, receloso, me relegó a una de sus decurias del campo. Pero ¡basta, lengua!; demasiado te meneaste. —Creyéndose elogiado el imbécil esclavo, sacó de su vestido una especie de corneta y durante más de media hora imitó a los flautistas. Habinas, puestos los dedos sobre el labio inferior, le acompañaba silbando. Por último, saliendo al medio de la sala, ora con cañas hendidas imitaba a los músicos; bien, cubierto con una casaca y el látigo en la mano, imitaba en gestos y discursos a los muleteros; hasta que, llamándolo a sí Habinas, le besó, le ofreció de beber y —Cada vez mejor, dijo, Masa; te regalo unas cáligas—. No hubieran tenido término todas esas miserias, a no haber traído el último servicio, compuesto de pasteles de tordo, pasas de uva y nueces confitadas; en seguida vinieron unos lechones rodeados de cardos en forma de clavos, lo que le daba el aspecto de un erizo. Y aun esto era tolerable; pero luego nos presentan un nuevo manjar tan monstruoso, que era preferible morir de hambre a gustarlo. Cuando lo sirvieron creímos que era una oca enorme, rodeada de peces y aves de todas clases. Trimalcio nos desengaño diciéndonos: —Todo lo que veis ahí es hecho de la carne de un solo animal—. En cuanto a mí, como hombre corrido, comprendí pronto lo que era; y volviéndome a Agamenón, —Mira, le dije, y verás que todo eso es artificial o hecho de tierra cocida. He visto en Roma, durante las Saturnales, festines enteros representados de la misma manera.

Capítulo LXX

No había concluido yo de hablar, cuando Trimalcio: —Así vea yo crecer, no mi cuerpo, sino mi patrimonio, como es cierto que mi cocinero ha hecho todo esto de carne de cerdo. No puede existir un hombre más precioso que él. Si quisierais os haría de la vulva de una cerda un pez; de la grasa, palomas; del jamón, tórtolas, de los intestinos, una gallina; por eso mi ingenio le ha adjudicado un nombre que le viene como anillo al dedo; le llamo Dédalo. Para recompensar su mérito le he hecho traer de Roma cuchillos magníficos de acero nórico—. Hizo traer inmediatamente esos cuchillos, los contempló con admiración y nos dio permiso de probar el corte en nuestras mejillas. En el mismo instante entraron dos esclavos que fingían haberse trabado de palabras en el lago; llevaban aún las ánforas suspendidas al cuello, y fue en vano que Trimalcio tratase de poner paz entre ellos, pues ni uno ni otro se conformaron con la sentencia, y cada uno de ellos con su fusta pegaba en el ánfora de su adversario. Sorprendidos grandemente de la insolencia de aquellos borrachos, mirábamos atentamente el combate, cuando vimos caer de sus ánforas rotas ostras y pececillos, que otro esclavo se apresuró a recoger y fue ofreciéndonos a la redonda de la mesa. El ingenioso cocinero, para completar esta magnificencia, nos sirvió sobre parrillas de plata asados deliciosos, cantando con voz trémula y bronca. Me avergüenza recordar los detalles siguientes: Por un refinamiento inaudito, esclavos adolescentes de larga cabellera trajeron ungüentos perfumados en barreños de plata y nos lavaron las pies y las piernas después de habernos enlazado éstas con guirnaldas; luego vertieron el sobrante en las ánforas del vino y en las lámparas. Ya Fortunata había empezado a danzar y Scintila aplaudía, demasiado ebria para elogiarla con palabras discretas, cuando Trimalcio: —Te permito, dijo, a ti, Filárgiro [Filargiro], y a ti, Carrio [Carión], mi famoso campeón, que os arriméis con nosotros a la mesa; di a tu compañera Minófila [Menofila] que baje también. Y a todos los demás, también—. Al momento llenaron la sala del festín todos los esclavos, y poco faltó para que nos arrojasen de nuestros lechos por acomodarse. Aquel mismo cocinero que de un cerdo había hecho una oca, se puso a mi lado, y lo reconocí en seguida por el olor a grasa que despedía. No contento con estar a la mesa, se puso a parodiar la tragedia de Efeso y quiso en seguida apostar con su dueño a que si él perteneciere a la facción verde de corredores, alcanzaría ésta el primer premio en las próximas carreras del circo.

Capítulo LXXI

Satisfecho de este desafío, Trimalcio: —Amigos, nos dijo; los esclavos son hombres y han libado también la leche maternal, como nosotros, aunque el hado los haya tratado con mayor rigor que a nosotros; por mi salvación os digo que deseo que gusten todos ellos, en vida mía, el agua de los hombres libres. En suma: a todos ellos manumito en mi testamento, y lego además a Filárgiro un lote de campo y su esposa; a Carrio, una manzana de casas con el producto del vigésimo y un lecho guarnecido, de festín. En cuanto a mi querida Fortunata, la instituyo mi heredera universal y la recomiendo a todos mis amigos. Si publico anticipadamente mi testamento, es porque quiero que todos los míos me quieran desde ahora como si hubiese ya fallecido—. Todos los esclavos se apresuraron a dar las gracias a su señor; pero éste, tomando la cosa muy en serio, hizo traer su testamento y lo leyó de un extremo a otro, en medio de los sollozos de toda su gente. Luego, volviéndose hacia Habinas: —¡Qué dices de esto, exclamó, carísimo amigo! ¿Construyes mi monumento sepulcral con arreglo a mis instrucciones? Sobre todo, te ruego que no dejes de poner la imagen de mi perrita a los pies de mi estatua, y coronas y perfumes e inscripciones que recuerden mis combates, a fin de que deba a tu hábil cincel la gloria de vivir después de muerto. Quiero, además, que el terreno para mi sepulcro tenga cien pies sobre la vía pública y doscientos sobre el campo, porque deseo que alrededor de mi tumba se planten toda clase de árboles frutales y, sobre todo, mucha viña. Nada me parece tan absurdo como el que cuidemos tanto las casas en que vivimos unos cuantos años y descuidemos en absoluto las tumbas, casas en las cuales debemos de permanecer eternamente. Pero, ante todo, quiero que se grabe en la mía esto: Mi heredero no tiene derecho alguno sobre este monumento.

Por lo demás, ya tratare por mi testamento de que no puedan recibir mis restos injuria alguna, pues uno de mis libertos será nombrado custodio de mi tumba para impedir que la profanen los paseantes. No te olvides tampoco, Habinas, de representar en el monumento navíos navegando a toda vela, y a mí mismo, sentado en un tribunal, con ropa pretorial, con cinco anillos de oro en los dedos y distribuyendo al pueblo un saco de dinero; porque tú sabes que he dado una gran comida pública y dos dineros de oro a cada convidado. Si te parece, puedes representar varias salas de festines en las cuales el pueblo se entrega al placer. A mi derecha colocarás la estatua de Fortunata teniendo en la diestra una paloma y en la siniestra un lazo, con el cual guía a una perrita; luego, ánforas herméticamente cerradas para que no se derrame el vino, y puedes también representar una urna quebrada, sobre la cual un niño derrama abundantes lagrimas. En el centro del monumento trazarás un cuadrante solar, dispuesto de tal modo que todos los que miren la hora se vean obligados, aunque les pese, a leer mi nombre. En cuanto al epitafio, mira y estudia detenidamente si te parece bien así:

CAYO POMPEYO TRIMALCIO, ÉMULO DE MECENAS, AQUÍ YACE. EN AUSENCIA DE AQUEL, FUE NOMBRADO SEVIR; REHUSÓ VARIAS VECES EL HONOR DE UNA JERARQUÍA EN TODAS LAS DECURIAS. PIADOSO, VALEROSO, FIEL, SUPO DE LA NADA ELEVARSE A LOS PRIMEROS PUESTOS. DEJÓ TREINTA MILLONES DE SESTERCIOS. NUNCA QUISO APRENDER NADA DE LOS FILÓSOFOS. R. I. P. CAMINANTE: IMITA SU CONDUCTA.

Capítulo LXXII

Al acabar la lectura de su epitafio, Trimalcio comenzó a derramar abundantes lágrimas; Fortunata le imitó; Habinas lloró también, y todos los esclavos, como si asistieran al entierro de su dueño, empezaron asimismo a deshacerse en llanto. Principiaba yo mismo a enternecerme, cuando Trimalcio, de repente: —Puesto que todos sabemos, dijo, que hemos de morir, ¡por qué no vivimos lo más alegremente posible? Ahora, para colmar nuestros placeres, vamos al baño. Lo he probado yo, y os aseguro que no os arrepentiréis. Está caliente como un horno—. Verdaderamente, es una notable idea la de hacer dos días de uno. ¡Que me place!— Y siguió a Trimalcio, con los pies desnudos, el entusiasmado Habinas, después de dichas tales palabras. Yo, volviéndome a Ascylto: —¿Qué hacemos?, le dije. Porque a mí la vista sólo del baño es capaz de hacerme morir de repente—. Asintamos, contestó él, y aprovechando el tumulto nos marchamos de aquí—. Como esto me pluguiese, conducidos por Gitón atravesamos el vestíbulo y ganamos la puerta; pero al ir a salir, un enorme perro, aunque encadenado, nos causó tal terror con sus ladridos, que Ascylto, por huir de él, cayó en un vivero, y yo, que, ayuno, había tenido miedo de un perro figurado, ahora, no menos ebrio que mi compañero, queriendo socorrerlo, caí corno él. Felizmente, el portero vino a libertarnos; su presencia bastó para hacer callar al perro, y nos sacó, todos temblorosos, del vivero. Gitón, más listo que nosotros, había encontrado un admirable expediente para garantirse contra los ataques del animal: le había echado algunos buenos pedazos de los que nosotros le habíamos dado durante la cena, y de ese modo el perro, ocupado en devorar su ración, se calmó súbitamenle. Transidos de frío, pedimos a nuestro libertador que nos abriese la puerta; pero —Os equivocáis, nos dijo; no creáis salir por donde habéis entrado. Los convidados de Trimalcio nunca pasan dos veces por la misma puerta. Se entra por un lado y se sale por otro.

Capítulo LXXIII

¿Qué hacer? Misérrimos mortales, desconocíamos por completo la salida de aquel nuevo laberinto. Aunque acabábamos ya de bañarnos, mal de nuestro grado, rogamos al portero que nos indicase el camino del baño; entregamos nuestras ropas a Gitón para que las secase y desnudos entramos en un estrecho pasadizo, semejante a una cisterna frigorífica, en la cual hallábase ya Trimalcio de pie y también desnudo, charlando con su acostumbrada fanfarria, frases insípidas que fuimos forzados a escuchar. Decía que no había nada tan delicioso como bañarse lejos de la turba importuna; que aquel cuarto había sido antes un horno; al fin cansado de estar derecho se sentó; pero desgraciadamente la sala donde estábamos tenía eco y le dio la idea de cantar, comenzando a hacer retemblar la bóveda con sus relinchos, entrecortados con el hipo de la embriaguez, canciones que según decían los que las entendían que eran de Menecrato [Menécrates]. Algunos de los comensales daban vueltas en torno de su baño con los pies en alto; otros se zambullían mutuamente dando gritos penetrantes que ensordecían; éstos, con las manos atadas, trataban de recoger del suelo anillos; aquéllos, con una rodilla en tierra, enarcaban el cuerpo hacia atrás, tratando de tocar con la cabeza el talón. Dejando a todos aquellos borrachos divertirse como podían, bajamos con Trimalcio a otro aposento, y cuando se hubieron disipado los últimos restos de nuestra embriaguez, entramos en otro comedor donde Fortunata estaba disponiendo todo para obsequiarnos con otra espléndida refacción. Las lámparas que adornaban el techo estaban sostenidas por figuritas de bronce, representando pescadores; las mesas eran de plata maciza; las copas de arcilla dorada, y ante nosotros había un odre de donde salía el vino en abundancia. Entonces Trimalcio: —Amigos, nos dijo; hoy cortan la primera barba a mí esclavo favorito; es un muchacho excelente a quien aprecio mucho. Bebamos, pues, como esponjas, y que el día al nacer nos encuentre todavía en la mesa.

Capítulo LXXIV

Dicho esto, cantó el gallo. Todo desconcertado, Trimalcio ordenó a los esclavos que echasen vino inmediatamente sobre la mesa, y que regasen también con el mismo líquido las lámparas; asimismo paso su sortija de la mano izquierda a la derecha, y: —No sin causa, dijo, nos avisa ese heraldo del día. Su voz de alarma indica, si no me engaño, que va a estallar algún gran incendio en los alrededores, o que está por morirse alguno. ¡Lejos de nosotros tal presagio! Prometo una recompensa al primero que me traiga a ese profeta de la desgracia—. Apenas hubo acabado de pronunciar tales palabras, cuando le trajeron un gallo de la vecindad. Trimalcio lo condenó al fuego de las cocinas. Dédalo, ese hábil cocinero que había convertido el cerdo en peces y aves poco antes, lo corto en pedazos y lo echó en una caldera, y mientras lo regaba con agua hirviente, Fortunata, en un mortero de madera, reducía a polvo pimienta. Cuando se terminó este servicio, Trimalcio se volvió hacia los esclavos: —¿Y qué?, les dijo; ¿todavía no habéis cenado? Idos y que vengan otros a reemplazaros—. Una nueva falange de esclavos se presentó inmediatamente. Y mientras los que se iban exclamaban: —¡Salud, Cayo!—, los que entraban saludaban diciendo: ¡Ave, Cayo! He aquí que de pronto turbose toda nuestra alegría. Entre los recién venidos se hallaba un niño de atractivo porte, al cual atrajo desde luego a sí Trimalcio, cubriéndole de besos el rostro. Fortunata, reclamando entonces sus derechos de esposa, comenzó a injuriar a su marido, reprochándole con destempladas palabras sus extravíos voluptuosos y sus vergonzosas inclinaciones. Al fin, no sabiendo ya que calificativo adjudicarle, exclamó: —¡Perro!—. Trimalcio, confuso y exasperado por este ultraje, arrojó con fuerza una copa a la cabeza de Fortunata, que se puso a gritar como si la hubiese saltado un ojo, y se tapó el rostro con las manos, temblorosa. Scintila, consternada por este incidente, la recibió en sus brazos y la cubrió con su cuerpo como escudo; un esclavo oficioso se apresuró a presentar a Fortunata un vaso de agua helada para rociar la mejilla lastimada. La esposa de Trimalcio, la cabeza inclinada sobre el vaso, gemía, derramando un torrente de lágrimas. Por el contrario Trimalcio, furioso y sin conmoverse: —¿Qué?, dijo, ¿esa miserable olvida que yo la saqué del fango? ¿No es por mí por quien ocupa una posición en el mundo? Hela ahí que se infla como una rana. Escupe al alto y le cae la saliva en la cara. Es un leño, no es una mujer. Se percibe siempre cerca de ella el fango de donde la extraje. Así me sean propicios los genios tutelares míos, como yo abajaré el orgullo de esa Casandra, que quiere calzarse mis cáligas. Cuando yo no tenía un dinero he podido casarme con mujeres que tenían miles de sestercios. Tú sabes que es verdad, Habinas. Todavía ayer, Agato [Agatón], llamándome aparte me dijo: —"Te aconsejo que no dejes que se acabe contigo tu raza." Mientras yo, por delicadeza, por no parecer voluble, me corto así brazos y piernas. Perfectamente; yo cuidaré de que a mi muerte remuevas la tierra con las uñas para volverme a ver, y para que desde hoy sepas el daño que a ti misma te causaste, te prohibo, Habinas, que coloques su estatua en mi tumba, porque quiero descansar en paz en mi último asilo. Además, para probarte que tengo poder para castigar a quien me ofende, no quiero que me bese después de muerto.

Capítulo LXXV

Después que hubo de este modo desahogado su furor, Habinas lo conjuró para que se calmase: —Nadie, dijo, está exento entre nosotros de pecar; hombre somos, no dioses—. También Scintila, llorando, dijo: —En nombre de tu genio tutelar, mi querido Cayo, conmuévete—. Trimalcio, no pudiendo ya retener las lágrimas: —Habinas, dijo, te ruego, por todos los votos que hago para que aumente tu fortuna, que me escupas al rostro si he sido culpable. Besé a este niño frugalísimo, no por sus buenas formas, sino por su inteligencia; sabe las diez partes de la oración; lee en un libro de corrido a primera vista; con lo que ahorra de su comida diariamente ha reunido con qué pagar su libertad y ha comprado además un armario y dos copas. ¿No es digno de mi afecto? Pero Fortunata lo prohíbe. ¿Quieres que sólo a ti te mire, licenciosa? Te persuado a que comas en paz los bocados que yo te di, en bien tuyo, pajarraco de rapiña, y no me hagas enrabiar demasiado, pues podría alguna vez hacer cualquier cabezonada. Tú me conoces y sabes que cuando resuelvo algo soy testarudo y me sostengo en mi resolución como un clavo donde lo ha fijado el martillo. Pero acordémonos de que vivimos. Os ruego, amigos míos, que volvamos a recobrar nuestra anterior alegría; no era yo más que un liberto como vosotros; pero mi virtud me ha hecho llegar a donde estoy. El corazón forma al hombre; lo demás nada vale. Compro bien, vendo bien; lo demás, alguno de vosotros lo dirá, en mi elogio. Gozo ahora, de felicidad ¿y todavía, tú, borracha, estás llorando? Ya cuidará el Hado de hacerte llorar. Pues, como os decía, mi buena conducta es la que me ha elevado a la fortuna. Cuando volví de Asia, no era yo más alto que ese candelabro. Cotidianamente me solía medir con él, y para que brotase más pronto mi barba, me frotaba fuertemente la cara con el aceite de una lámpara. Sin embargo, durante catorce años, haciendo de hembra de mi señor, fui su delicia; no me ruborizo al decirlo, porque mi deber era obedecer al amo. Al mismo tiempo era también el favorito de mi dueña. Ya comprendéis lo que quiero decir... y me callo, pues no soy vanaglorioso.

Capítulo LXXVI

Al fin, por la voluntad de los dioses, llegué a ser amo de mi casa y comencé a vivir a mi gusto. ¿Qué más? Mi dueño nombrome su heredero conjuntamente con César y vine a recoger un patrimonio de senador. Pero nada satisface al hombre; se me antojó comerciar y, como sabéis, hice construir cinco navíos que cargué de vino; era entonces la época del oro en barras; los envié a Roma; pero como si hubiese estado así decretado, todas las naves naufragaron. Son hechos, no cuentos; en un día Neptuno se engulló mis treinta millones de sestercios. ¿Creéis que me arredré? No, ¡por Hércules!, tal pérdida me enardeció para probar de nuevo fortuna, y a pesar del fracaso volví a negociar e hice otras expediciones mayores, mejores y más felices. Sabéis que cuanto mayores son las naves mayor resistencia tienen. Cargué las mías de vino, tocino gordo, habas, perfumes de Capua y esclavos. En aquel trance Fortunata me dio una gran prueba de afecto: todas sus alhajas y todas sus ropas vendió y me puso en la mano cien monedas de oro que fueron la base de mi nueva fortuna. Lo que los dioses quieren sucede. En un solo viaje, gané diez millones de sestercios. Comencé por rescatar todas las tierras que mi amo me había legado y que estaban empeñadas por mí; construí después un palacio y compré bestias de carga para revenderlas. Todo lo que tocaba crecía como la espuma. Después que me vi yo sólo más rico que todos los propietarios del país juntos, abandoné el comercio y me contenté con prestar dinero a interés a los recientemente manumisos. Estaba por renunciar definitivamente a toda clase de negocios, cuando me hizo variar de pensamiento un astrólogo que vino por casualidad a esta colonia. Era griego, se llamaba Serapa y parecía inspirado por los dioses. Me recordó varias circunstancias de mi vida que tenía ya olvidadas, contándomelas con abundancia de detalles. Hubiera creído que leía en mis entrañas y me hubiese podido decir lo que cené la víspera. Parecía como si siempre hubiera vivido conmigo.

Capítulo LXXVII

Creo que tú, Habinas, estabas presente cuando me dijo: "De menos que nada, te hiciste tú único dueño; no tienes suerte con los amigos, pues sólo obligas a ingratos; posees vastos dominios; alimentas en tu seno a una víbora". ¿Qué más os diré? Me aseguró que me quedaban aún treinta años, cuatro meses y dos días de vida, y que pronto tendría otra herencia. He aquí todo lo que yo he podido saber de mi destino; si puedo unir la Apulia a mis dominios, recibiré gran satisfacción. Mientras, por la protección de Mercurio, he hecho edificar este palacio. Antes, como sabéis, no era más que una choza y ahora es un templo: tiene cuatro comedores, veinte dormitorios, dos pórticos de mármol; y en el piso superior otro departamento, la cámara en que yo duermo, la de esta serpiente, y además una bonita habitación para el conserje y cien dormitorios para los amigos. En suma, cuando Scauro viene a este país, prefiere alojarse en mi palacio, mejor que en otra parte, a pesar de tener su padre un gran palacio a la orilla del mar. Hay además en mi casa varias otras piezas que voy a enseñaros. Creedme, tanto valemos cuanto tenemos; es uno tenido por lo que tiene. Así yo, amigos míos, que era rana, ahora soy como un rey. Entre tanto, Stico trae los vestidos con que han de sepultarme, y los perfumes y un poco del vino de esa ánfora, con la cual han de rociar mis huesos.

Capítulo LXXVIII

No se demoró mucho Stico y entró bien pronto con una cubierta blanca y una túnica consular. Trimalcio nos las hizo tocar para que viésemos que estaban tejidas de rica lana, y añadió sonriendo: —Ten mucho cuidado, Stico, de que las ratas o los gusanos no la roan o manchen, porque si tal sucede te haré quemar vivo. Quiero ser sepultado con pompa, a fin de que el pueblo bendiga mi memoria—. Diciendo esto, rompió un tarro de esencia de nardo e hizo que nos perfumasen a todos. —Espero, dijo, que este perfume me cause tanto placer después de muerto como el quo experimento ahora al olerlo—. Después hizo echar vino en un gran vaso, y:—Figuraos, nos dijo, que habéis sido invitados a mis funerales—. Las frecuentes libaciones ya nos causaban náuseas, y Trimalcio, aunque borracho perdido, lo notó, haciendo entrar en la sala, para procurarnos un nuevo placer, a un coro; después, colocándose en un lecho de parada, la cabeza apoyada en una pila de cojines:—Suponed, exclamó, que estoy muerto, y hacedme una bella oración fúnebre.— Los coros empezaron una canción fúnebre y el favorito del lapidario Habinas, que era quizás el más honrado de la cuadrilla, comenzó a acompañarlos con sones agudos que pretendían imitar la flauta. Los guardias de la región oyendo aquellos berridos, creyeron que se había incendiado la casa de Trimalcio, y, llenos de celo, rompiendo puertas, se precipitaron de pronto en el comedor tumultuosamente con odres llenos de agua y hachas. Nosotros, aprovechando la oportunidad, y bajo un frívolo pretexto, nos despedimos de Agamenón, y nos escapamos a toda prisa, como quien huye de un verdadero incendio.

CAPÍTULO LXXIX

No teníamos antorchas para guiarnos y vagamos a la ventura; era medía noche, y el silencio que reinaba por todas partes no nos dejaba ninguna esperanza de encontrar alguien que nos pudiese procurar luz. Para colmo de desventura estábamos ebrios y no conocíamos los caminos, que en aquel sitio son difíciles de conocer, aun en pleno día. Así sólo después de una hora de viaje, a través de guijarros y espinos que nos ensangrentaban los pies, la destreza de Giton nos, sacó al fin de este mal paso. En efecto, la víspera, en pleno día y temiendo extraviarse, había tenido la discreta precaución de marcar con tiza todos los pilares y columnas por donde pasábamos, y la blancura de las señales indicó a Giton el camino, Llegamos a la posada, y nuevo contratiempo. La posadera, que había estado bebiendo con unos viandantes, estaba tan profundamente dormida que ni aspándola hubiese despertado; y fuerza nos hubiera sido pernoctar en la calle, sin la llegada de uno de los mensajeros de Trimalcio, hombre rico por su casa, pues poseía diez carros, y el cual se dejó pronto de llamar y rompiendo la puerta nos hizo entrar por la brecha. En cuanto llegamos al dormitorio me metí en el lecho con mi querido Giton. La cena suculenta que había comido, encendió mis venas con un fuego devorador que sólo podía apagar un océano de lujuriosas voluptuosidades:

¡Que noche aquella, oh Venus!
La voluptuosidad nos invadía
y al ardor de los besos, todo fuego,
nuestras almas en una se fundían.
El supremo placer es ¡oh, mortales!
morir de amor en brazos de la orgía...

Pero me congratulaba sin motivo; pues en cuanto satisfecha un poco la lujuria, los vapores del vino aletargaron mi cerebro. Ascylto, siempre fértil en invenciones para mortificarme, arrebató a Giton de entre mis brazos adormecidos y lo llevó a su lecho, usurpando sin escrúpulo alguno los placeres que a mí me correspondían, sin que el muchacho advirtiese (ó fingió quo no lo advertía) la substitución injuriosa para mí. Busqué en vano al despertarme al objeto de mi amor junto a mí y lo vi en los brazos de Ascylto. Para vengarme de ambos perjuros estuve tentado de atravesarlos con mi espada, haciéndoles pasar del sueño a la muerte; pero siguiendo más prudente consejo, desperté a Giton a gritos y arrojé a la faz de Ascylto estas palabras: —Puesto que con tu vergonzoso atentado has violado todas las leyes de la amistad, toma lo tuyo, vete y deja de manchar estos lugares con tu presencia—. Consintió Ascylto, pero después que partimos entre los dos nuestro haber: —¡Alto! dijo; ahora dividamos al muchacho!

Capítulo LXXX

Tomé a broma sus palabras, mas él, empuñando el acero fratricida: —No gozarás solo, dijo, esa prenda sobre la cual quieres tener derechos tú solo. Necesito mi parte, o si no, esta espada me la dará —. Lo mismo hice yo, arrollando mi manto alrededor del brazo izquierdo y poniéndome en guardia— Mientras nos entregábamos a tan miserable demencia, el infelicísimo niño abrazaba nuestras rodillas suplicándonos que no hiciésemos a aquella taberna teatro de una nueva Tebaida, que no manchásemos de sangre fratricida nuestras manos, que poco ha estrechábanse al impulso de la más tierna amistad. —Si es preciso, exclamó, que uno muera, he aquí mi cuello desnudo; ahogadme, degolladme con vuestras espadas. Yo debo morir, pues soy la causa de que se haya terminado vuestra amistad——. A sus súplicas, envainamos las espadas, haciéndolo primeramente Ascylto. — He encontrado un recurso, dijo, para evitar discordias: Que Giton elija al que prefiera; dejémosle que escoja libremente al que le plazca más de nosotros dos para querido. Confiado en la antigüedad de mis relaciones amorosas, que parecían unirme a él con una especie de parentesco, acepté el partido y me remití al fallo de Giton; pero él sin vacilar, sin parecer titubear un solo instante, escogió por querido a Ascylto. Fulminado por ese fallo, no tuve ni la idea de disputarle a Giton y me dejé caer en el lecho, donde me hubiera dado la muerte a no contenerme el pensamiento de aumentar con ello el triunfo de mi rival. Orgulloso por el éxito, Ascylto salió, llevándose el trofeo de su victoria, dejando a su antiguo camarada, compañero en la próspera y en la adversa fortuna, solo y sin recursos, aunque todavía el día anterior me llamaba su amigo, en país extraño.

La amistad ya no existe. La reemplaza
hoy día el interés. Todos son cálculos
como en el ajedrez. Si la fortuna
alegre te sonríe, tendrás tantos
amigos como quieras; si la pierdes,
te volverán la espalda con descaro.
Solo amigos se ven en las comedias,
mas no hay amigos fuera del teatro.

Capítulo LXXXI

No dejé correr mucho mis lágrimas, y, temiendo que viniese Menelao, nuestro huésped, y me hallase solo, hice un hato de mis útiles y me trasladé a otro albergue en un barrio poco frecuentado y próximo al mar. Allí estuve tres días sin salir. El recuerdo del abandono e ingratitud de Giton estaba siempre presente en mi pensamiento; me golpeaba el pecho., sollozos desgarradores exhalando, y exclamé en mi violenta desesperación más de una vez: — ¿Por qué no se abrirá la tierra para tragarme? ¿Por qué la mar, tan funesta hasta para los inocentes, me respeta? Maté a mi huésped y escapé al castigo; me salvé de la arena donde me dejaron como muerto y, por premio de tanta audacia, heme aquí abandonado como un mendigo, como un desterrado, en una taberna de esta miserable villa griega. ¿Y quién es el que me impone esta soledad? Un adolescente manchado con toda clase de crímenes que, según confesión propia, ha merecido ser desterrado de su país; que debe su libertad, su manumisión, a las más vergonzosas complacencias, sodomita, cuyos favores fueron vendidos al que más caro los pagaba, y que fue comprado para servir de mujer. ¿Qué más? ¡Oh, dioses! De ese otro que tomó los vestidos de mujer a la edad en que otros toman la toga viril; que desde su más tierna infancia renunció a su sexo; que, en una prisión, hizo de hembra por placer de viles esclavos; que, después de haber pasado de mis brazos a los de un rival, como una prostituta, desata los lazos de nuestra amistad y ¡sin pudor!, cual lamas vil de todas las mujerzuelas, en una sola noche sacrifica todo a una nueva pasión... Ahora yacen juntos todas las noches como amantes cariñosos, y acaso en este momento, dando treguas al placer, se burlan de mi abandono. O yo no soy hombre, y hombre libre, o yo lavaré mi afrenta con su infame sangre.

Capítulo LXXXII

Dicho esto, me ceñí la espada, y temiendo que mi debilidad apagase mi furor, para aumentar mi vigor comí más copiosamente que de costumbre y me salí decidido del albergue, recorriendo como un loco, a grandes pasos, todos los pórticos. Iba con aire extraviado, gesticulando amenazadoramente, no respirando más que sangre y matanza; a cada instante llevaba mi mano a la espada, a la espada vengadora, cuando un soldado reparó en mí; ignoro si era un vagabundo o un ladrón nocturno; y: —¿Quién eres tú?, me preguntó. ¿A qué legión perteneces? ¿De qué centuria eres?—Sin turbarme fórjeme al instante una legión y una centuria para salir del paso. —Dime, ante todo, replicó, ¿es que en el ejército vuestro los soldados se pasean con esa clase de calzado?—El rubor de mi rostro y el temblor de mis miembros me vendieron. Fui despojado de mi arma y deshice el camino, retirándome al albergue. Mi cólera se calmó poco a poco y no tardé en agradecer al soldado aquel rasgo de audacia que me privó del homicida acero.

Capítulo LXXXIII

Entre tanto, el gusanillo de la venganza no satisfecha me tuvo intranquilo y desvelado la mitad de la noche; hacia el amanecer, por calmar mi agitación y olvidar la injuria que tanto lamentaba, salí del albergue y recorrí de nuevo todos los pórticos, entrando en una galería adornada con varios cuadros muy notables. Los vi de Tenxido Zeuxis que resistían aún lozanos la injuria del tiempo; examiné los ensayos de Protógenes, que rivalizaban en verdad con la naturaleza misma y que no me atreví a tocar sino con un estremecimiento de religioso respeto, y vi también tablas del divino Apeles, del género que llaman los griegos monocromo. Tanta era la verdad del dibujo y lo acertado del color que se hubieran creído imágenes vivientes animadas por el genio del pintor. Acá se elevaba sublime al cielo un dios cabalgando sobre una águila: allá el puro Hilas rechazaba las caricias lascivas de una Náyade; más lejos Apolo, deplorando el asesinato cometido por su mano, adornaba su lira, recogiéndola de sobre un jacinto recién abierto. En medio de tales maravillas, y olvidando que me hallaba en un paraje público, exclamé: —¿Luego el amor no perdona ni a los dioses? Júpiter, no hallando en el cielo beldad que le satisficiese, baja en busca de su amor a la tierra, pero a nadie agravia con ello. La Ninfa de Hilas hubiera acallado su pasión si su ventura hubiese impedido de algún modo la de Hércules. Apolo hace revivir en una flor al hijo que adoraba, y todas las fábulas, en fin, están llenas de amorosas relaciones no estorbadas o rotas por rivales. Sin embargo, yo he recibido en mi compañía un huésped más cruel que Licurgo. Mientras lanzaba al viento mis inútiles quejas, entró en la galería un anciano de cabellos blancos, de rostro reflexivo y que parecía prometer algo grande, pero de poco cuidadoso aspecto. Su exterior revelaba uno de estos literatos que suelen ser despreciados por los ricos; se llegó a mi lado, y: —Yo, dijo, soy poeta, y me congratulo de no serlo malo, si he de creer a las varias coronas públicas que me han discernido, aunque es cierto que muchas veces se conceden a los necios por complacencia. ¿Por qué, pues, me dirás, vas tan mal vestido? Por eso mismo; el amor a las letras no enriquece a nadie.

Al mar desafiando se encuentra la fortuna;
el oro del vencido se embolsa el vencedor;
quien vende sus favores a bellas, se enriquece;
y a costa de los necios oí vil adulador;
sólo vive muriendo, y miserable,
el que de artista tiene vocación.

Capítulo LXXXIV

No dudes que es así; el que, enemigo de todos los vicios, insiste en marchar por el camino derecho, más pronto o más tarde, sus costumbres, distintas de las generales, le atraen el odio de la mayoría (¿quién podría, en efecto, aprobar lo contrario de lo que le place hacer y hace comúnmente?). Después, los que solo se preocupan de amontonar riquezas, no quieren que ningún hombre sea considerado sino en relación a su fortuna, así que por más que se jacten, dicen los ricos, de su talento literario como don superior, ellos no tienen más remedio que ceder el paso a los hombres adinerados. — No sé por qué, le dije, sucede siempre que el talento es hermano de la pobreza.—Suspiré, y: —Haces bien, dijo el anciano, en dolerte de la suerte de los literatos. —No es eso, contesté, lo qué me hace suspirar. Mi dolor procede de otra causa mucho más grave.—Y por esa propensión humana a la confidencia relaté mi aventura, le conté mis cuitas y me dolí de la perfidia de Ascylto, pintándola con los más sombríos colores. —¡Ojalá, gemí, que el pérfido huésped que me obliga a la continencia fuese capaz de dolerse de mi situación!, pero es un criminal encallecido, doctor en iniquidades.—Vista mi ingenuidad. trató de consolarme, y para disipar mi tristeza me contó una aventura galante de su juventud en los siguientes términos:

Capítulo LXXXV

Cuando fui a Asia, formando en la comitiva de un cuestor, acepté la hospitalidad de un vecino de Pérgamo, con singular agrado, no sólo por lo elegante y cómodo de las habitaciones, sino por la hermosura del hijo de mi huésped; y para que no sospechara el padre el amor que me inspiraba el muchacho, recurrí a este expediente: cuantas veces, de sobremesa, se trataba de las costumbres sodomitas tan generalizadas, tan vehementemente censuraba ese infame comercio, con tal indignación apostrofaba a esas gentes, y con tono tan severo protestaba de que se tuvieran esas conversaciones obscenas que herían mis castos oídos, que todos, y en particular la madre del niño, e consideraban como a uno de los siete sabios. Muy pronto fui encargado de dirigir los estudios del muchacho, de darle lecciones y de conducirlo al gimnasio. Sobre todo, aconsejaba yo siempre a los padres de mi discípulo que no admitiesen en su casa a ninguno de esos seductores de la juventud. Un día de fiesta que reposábamos en los triclinios por la pereza de no subir, después de una copiosa comida, a nuestros dormitorios, advertí, cerca de media noche, que el chiquillo velaba. Entonces, con tímido murmurio, pero claro, para que me, oyera, hice este voto: —¡Oh, Venus! Si yo puedo besar a mi discípulo sin que él lo sienta, hago voto de regalarle mañana un par de palomas.—Oído el precio de mi voluptuoso deseo, el muchacho se puso a roncar; y mientras él fingía dormir le di varios besos. Contento con este principio, me levanté temprano al día siguiente y elegí un buen par de palomas que le llevó para cumplir mi voto.

Capítulo LXXXVI

A la noche siguiente, animado por el éxito de la anterior, mudé de deseo, y: —Si mientras, dije, recorro con mi mano todas las partes de su cuerpo no se despierta, dos gallos hermosos de pelea regalaré a mi discípulo.—A este voto el muchacho pareció quererse acercar a mí, temiendo, sin duda, que yo pudiera dormirme; pero yo acudí solícito y mi mano voluptuosa recorrió con placer lúbrico incomparable todo su cuerpo. Después, en cuanto llegó el nuevo día, me apresuré a cumplir mi promesa, colmando de júbilo al muchacho. A la tercera noche, cada vez mas audaz, acercándome al oído del niño: —¡Dioses inmortales!, exclamé, si logro llevar a término el coito pleno y delicioso sin que mi discípulo lo sienta, prometo darle mañana una hermosísima jaquita macedónica—. Nunca Febo había favorecido a mi
discípulo con un sueño tan profundo. Primero acariciele ávidamente con las manos, después lo cubrí de ardientes besos, y al fin gusté y saboreé mi completa dicha, colmando mis votos todos. Sentado en su dormitorio, al día siguiente, esperaba el niño mi regalo. Ya comprendes que no es tan fácil regalar una jaquita como un par de palomas o de gallos de pelea; fuera de la diferencia de precio, por el temor fundado que me entró de que tal generosidad fuera sospechosa a los padres. Así, pues, después de pasearme algunas horas volví a casa con las manos vacías y, como único presente, di un beso a mi amiguito. El saltó a mi cuello para abrazarme, y mirando a todos lados con ojos investigadores:—Te ruego, seños, me dijo, que no me hagas penar, ¿dónde está la jaca? —La dificultad para encontrar una a mi gusto, le contesté, me ha hecho diferir el regalo, pero dentro de pocos días cumpliré mi palabra.

El niño comprendió lo que significaba mi respuesta, y su rostro traslució el descontento que la evasiva le produjo.

Capítulo LXXXVII

Aunque esta ofensa me cerró el corazón del muchacho, que yo había sabido abrirme con las supercherías relatadas, no tardé mucho a volverme a tomar con él las mismas libertades. En efecto, .algunos días después una feliz casualidad me proporcionó la ocasión que yo acechaba, y en cuanto vi al padre profundamente dormido rogué al querido niño que hiciera las paces conmigo, dejándome, procurarle placer tan grande como el que yo iba a experimentar; en fin, empleé todo cuanto argumento me dictó mi lujuria. Empero él, rencoroso y enojadísimo, no me contestó más que estas palabras: O duerme o se lo digo ahora mismo a mi padre—. Nada hay tan audaz como un deseo lúbrico. Entonces dije: —Llama a tu padre, si quieres,—y echándome en su lecho le arranqué los favores que me rehusaba. Opuso él sólo una débil resistencia, condoliéndose de que, por mi falta de palabra, le había hecho la irrisión de sus condiscípulos, con quienes se jactaba de mi generosidad. —Para que veas, me dijo luego, que no soy como tú, si quieres repetir, repite.— Aproveché, su invitación, puesto que habíamos hecho las paces, y me dormí en sus brazos. Mas no se satisfizo con la repetición el muchacho, madurado ya para el placer, y a quien el ardor de la edad excitaba, y despertándome súbitamente: ¿No repites?, me dijo—. Sentí aún un resto de vigor y acometí por tercera vez, aunque sin entusiasmo, y llegando al final sudoroso y sin aliento casi. Al fin, agotado ya por el triple esfuerzo, me dormí. Pero no habría transcurrido una hora cuando el chiquillo me despertó de nuevo para preguntarme: —¿Ya hemos terminado?— Entonces colérico por haber sido despertado y sin ganas de nuevos placeres aquella noche, repetí sus anteriores palabras con airada voz: —O duerme ó se lo digo ahora mismo a tu padre.

Capítulo LXXXVIII

Reanimado por este relato, interrogué al anciano, más instruido que yo, respecto a la edad de varios cuadros y sobre el argumento de algunos que me era desconocido; interroguele también acerca de la causa de la decadencia de las bellas artes en nuestro siglo, sobre todo por lo que respecta a la pintura, de la que parecen no quedar ya ni vestigios. Entonces él: — La concupiscencia del dinero, dijo, es la causa principal. Antes, cuando sólo el verdadero mérito era ensalzado, florecían las bellas artes, y los hombres a porfía se disputaban la gloria de transmitir a las generaciones venideras todos los descubrimientos útiles. Asó viose a Demócrito, nuevo Hércules, destilar el jugo de todas las plantas conocidas, para conocer a fondo las propiedades vegetales y consumir su vida toda en tales experiencias; Eudoxo envejeció subido a la sima de altísima montaña para contemplar más de cerca los movimientos del cielo y de los astros; Crisipo tomó tres veces elébor para purificar su alma y hacerse más apto para nuevos descubrimientos. Pero, limitándonos al arte plástica, Lisipo murió de hambre por ceñirse y dedicar su vida a perfeccionar los contornos de una estatua, y Myrón, que hizo, por decirlo así, pasar al bronce el alma humana y el instinto de los animales, no encontró heredero. Por el contrario, nosotros, entregados a la voluptuosidad y a la embriaguez, no osarnos ni elevarnos al conocimiento de las artes; aunque censores de la antigüedad, sólo enseñamos y cometemos toda clase de vicios.

¿Qué hemos hecho de la dialéctica? ¿Dónde está la Astronomía? ¿Adónde hemos relegado la moral, ese camino hermoso de la sabiduría! ¿Quién, añadió, va hoy al templo, y hace votos por lograr la elocuencia? ¿Quién pide a los dioses que le descubran las fuentes de la filosofía? Ni siquiera se les pide la salud. Toda esa multitud que sube al Capitolio, antes de pisar los umbrales del templo, unos prometen, ofrendas si tienen la dicha de enterrar a un pariente rico; otros si descubren un tesoro; estos si logran amontonar antes de morir treinta millones de sestercios. El mismo Senado, arbitro del honor y la justicia, suele votar mil denarios de oro al Capitolino, y no vacilan en fomentar de este modo la concupiscencia, comprando los favores de Jove. No te lamentes, pues, de la decadencia de la pintura, ya que los dioses y los hombres hallan mayor placer en contemplar un lingote de oro que en las obras maestras que Apeles, Fidias y los demás griegos locos hicieron. Pero veo que absorbe por completo tu atención esa tabla en la cual se ha representado el sitio de Troya; voy, pues, a tratar de darte la explicación de tan magno asunto en verso:

Capítulo LXXXIX

Tras diez años de sitio encarnizado
que conmueven a Frigia,
Troya resiste aún, e irreductible
el valor de los griegos desafía.
Pero estos, escuchando del oráculo
la prudente consigna,
construyen un caballo gigantesco
donde mil combatientes se avecinan.
Ya la flota de Atrida dispersada
¡oh, Patria! crees que a la paz caminas,
y esperas el presente que a tus dioses
ofrecen y propician
tus sitiadores desleales. Pero
Laocoón, que aquella farsa presentía,
amonesta valiente a los troyanos
y a deshacer aquel caballo excita.
Para dar el ejemplo lanza un dardo
que a los pies queda de la mole equina
y aplauden los troyanos;
mas el prudente Laocoón afila
el hacha, y con golpe asaz certero
quebranta al monstruo griego, que vacila;
y mal seguros ya considerándose
los mil guerreros que en su vientre hacina,
dan un grito espantoso, que los frigios
creen precursor de males sin medida.
En efecto; el caballo apenas dentro
de los muros de Troya, el mar se agita,
se encrespa y se alborota con rugidos
indócil a Neptuno que lo guía.
La turba amedrentada
más y más se contrista al ver surgir del seno del océano,
donde Ténedos álzase, en la orilla,
dos monstruosas serpientes que hasta el cielo
levantan las espumas y salpican.
Causan horror y espanto con sus ojos,
que semejan a brasas encendidas,
y sus lenguas terribles
que como el filo de la espada brillan.
Dos niños, dos gemelos, del Pontífice
dulces prendas queridas,
que se hallaban tranquilos y contentos
en la playa jugando, son las víctimas
de los feroces monstruos, sin que el padre
que los ve perecer, triste, consiga
salvarlos, desdichado, del anillo
de las serpientes furias asesinas.
En esto, cuando toda
la turba conmovida
el dolor del Pontífice comparte,
se rompe el vientre de la mole equina,
y los guerreros griegos aparecen
y a los tristes sitiados acuchillan,
exterminando todo cuanto alcanza
con sus filos de acero la homicida
espada que cabezas de troyanos
siega como la hoz a las espigas.
Del sueño pasan a la muerte todos
los hijos de la Frigia,
y Troya es incendiada
y muy pronto a cenizas reducida.

Capítulo XC

Declamado esto, los que se paseaban por el pórtico hicieron llover sobre Eumolpo una lluvia de piedras. Empero Eumolpo, acostumbrado ya a ser de tal manera aplaudido, cubriose la cabeza y huyó del templo. Temiendo que me tomaran también a mí por poeta, lo seguí de lejos hasta la orilla del mar. Así que me vi a salvo de pedradas, me acerqué a Eumolpo; y: —Dime por favor, exclamé, ¿es que padeces una enfermedad? Menos de dos horas hace que nos conocemos, y no como hombre, sino como poeta, en verso, me has hablado. No me sorprende que te persiga el pueblo con piedras. Yo también voy a hacer provisión de cantos, y cada vez que te acometa ese acceso voy a hacerte sangre en la cabeza—. Sacudió la suya y: —¡Oh, joven! repuso: No es hoy la primera vez que esto me sucede; lo mismo me pasa en el teatro cuando recito algo: empezar y apedrearme suele ser inmediato. Sin embargo; para no rifar contigo, consiento en privarme de tal placer durante todo el resto del día. —Pues de ese modo, le dije yo, si te comprimes todo el día, tendremos una buena cena—. Encargué a mi huéspeda que nos preparase la comida, y nos fuimos luego al baño.

Capítulo XCI

Allí vi a Giton, triste y confuso, recostado contra la pared y teniendo en la mano unas toallas de baño. Se adivinaba que no estaba satisfecho con su servicio, y mientras yo le miraba para convencerme de que era él mismo, advirtió mi presencia y volvió hacia mí su rostro, en el que resplandecía la más viva alegría. —Compadécete de mí, exclamó, amado mío; aquí no brillan las armas y puedo hablar con franqueza: Líbrame de ese ladrón cruel, aunque castigues duramente ese servicio; por más que bastante castigado estoy al verme privado de tu afecto—.Le ordené que cesara de quejarse para no atraer sobre nosotros la atención de los curiosos, y dejando a Eumolpo en el baño, declamando uno de sus poemas, por tenebrosos y fétidos lugares, saqué de allí a Giton y llegué con él a mi albergue. En él sequé con ardientes besos las lágrimas que bañaban su rostro, y durante algún tiempo la emoción nos impidió pronunciar una sola palabra. Los sollozos quebrantaban el pecho de Giton: —¡Qué hombre tan indigno soy!, exclamé. Te amo a pesar de tu abandono, y al buscar en mi pecho la herida que me produjiste, ni la cicatriz hallo. ¿Por qué amores peregrinos me olvidaste? ¿Merecía yo semejante injuria?—Viéndose amado Giton tomó una actitud más audaz. —Pero, proseguí yo, no quise otro árbitro que tú mismo para fallar quién de los dos, Ascylto o yo, te merecía, Sin embargo; ya no me quejo; todo lo olvido si tu arrepentimiento es sincero.—Dicho esto, gemí derramando un torrente de lágrimas. Giton secándolas con su manto: —Sé justo, amado Encolpio, me dijo; apelo a la fe de tu memoria. ¿Te abandoné yo, o me traicionaste tú? Con toda franqueza lo confieso: cuando os vi armados a los dos, me puse del lado del más fuerte—. Al oír una respuesta tan sensata, arrójeme a su cuello y besé su boca; y para probarle que había vuelto a mi gracia y que le amaba tan tiernamente como antes, le prodigué mis más dulces caricias.

Capítulo XCII

Ya era plena noche y la mujer encargada de nuestra cena había cumplido mi encargo, cuando Eumolpo llamó a la puerta. — ¿Quién eres?, pregunté, y por el agujero de la cerradura miré por si venía Ascylto. Viendo al anciano solo, le abrí al momento. Él se tendió en un lecho, y al ver a Giton arreglar la mesa, movió la cabeza, y: ——Te felicito, dijo, por tu Ganimedes; esta noche hemos de divertirnos—. No me agradó tan curioso principio, temiendo haber recibido en mi compañía un nuevo Ascylto. Eumolpo no se detuvo ahí. pues habiéndole ofrecido Giton de beber: —Te amo más, dijo, que todos los muchachos que he visto en el baño—. Luego, vaciando el vaso de un trago:— Nunca he sufrido tanto, dijo; porque para entretener a los que estaban sentados alrededor del baño comencé a recitar versos, y fui arrojado del baño como tantas veces lo fui del teatro. Entonces comencé a buscarte por todas partes, llamando Encolpio, Encolpio, cuando del lado opuesto, un joven desnudo y que había perdido sus vestidos, salió también gritando: ¡Giton, Giton! Pero de mí se burlaban todos, remedándome, y a él le aplaudía la multitud llena de respetuosa admiración. Tenía tan desarrollados los atributos de la virilidad, que, ciertamente, más que un hombre, parecía el dios de la lubricidad. ¡Oh, joven potentísimo! Creo que podría sostener sin agotamiento, durante dos días seguidos, el combate del amor. Así, muy pronto, llegose a él no sé qué caballero romano, conocido, según me dijeron, por un infame estupro, y al verlo correr desnudo lo cubrió con su manto y lo llevó a su casa, sin duda para asegurarse el monopolio de tan buena fortuna. En cuanto a mí, no hubiera podido retirar mis ropas del vestuario si no hubiese buscado un testigo que afirmó me pertenecían. Tanta verdad es que se hace más caso de los dotes corporales que de las dotes intelectuales—. A cada palabra de Eumolpo cambiaba de color mi rostro; pues si la mala pasada hecha a nuestro enemigo nos alegraba, entristecionos el temor de que se volviese la partida en contra. Como si fuese extraño por completo a Ascylto, guardé silencio y luego enumeré a Eumolpo los manjares, bastante comunes, pero substanciosos y nutritivos, que íbamos a cenar. El famélico poeta comió con avidez, y, cuando se vio harto, comenzó a moralizar, desatándose en invectivas contra esos hombres que desdeñan cuanto es común y vulgar y sólo estiman y apetecen lo raro.

Capítulo XCIII

Por una depravación deplorable, exclamó, se reputan como viles los goces fáciles y sólo apasionan y seducen los ilícitos:

No se ama lo que abunda, ni se estima
la victoria que fácil se consigue;
así el faisán ha desterrado al pato,
de la mesa del rico, que se engríe
con su riqueza, y los manjares caros
y de tierras lejanas comer pide.
El grajo que salvara al Capitolio
de los furores galos ya no sirve
sino para una mesa de plebeyos;
el rico de la suya le despide.
Lo más costoso lo mejor resulta,
lo más difícil es lo que se quiere;
a la esposa suplanta la querida;
se desprecia la rosa como a Sirte,
realzando a la anémona,
sin más que porque lejos se cultive.

—¿De tal modo, exclamé, cumples tu promesa de no hacer hoy versos? ¡Por los dioses! No nos mortificarás a nosotros que nunca te apedreamos. Ten en cuenta, que si alguno de los que viven en este albergue te oye, concitará contra ti todos los vecinos y lo pagaremos todos, pues nos creerán tus cómplices. Ten compasión de todos; recuerda lo que te ha sucedido en el templo y en el baño. Censurome ese lenguaje Giton, niño naturalmente compasivo, y me representó que se trataba de un hombre de más edad que yo, a quien debía consideración y respeto, sobre todo siendo mi huésped y convidado. Así siguió censurando mi proceder con moderadas y decentes razones que tenían gracia encantadora en boca de aquel precioso niño.

Capítulo XCIV

¡Feliz, díjole Eumolpo, la madre que te echó al mundo! ¡Sé siempre tan virtuoso! Sé ejemplo de la feliz unión de la sabiduría y la belleza. No has tomado en vano mi defensa, me has convertido en tu adorador, y voy a cantar tu elogio en verso. Yo seré tu maestro, tu custodio, y te seguiré por donde vayas, sin que trate de estorbarlo Encolpio, que ama a otro—. Felizmente para Eumolpo, el soldado aquel me había quitado la espada; de otro modo toda la furia que me había producido la traición de Ascylto, se hubiera vuelto contra el viejo, y la hubiese aplacado vertiendo su sangre. Giton, comprendiolo así, y so pretexto de ir a por agua, abandonó el cuarto. Su oportuna salida apaciguome un poco, y más calmado: —Prefiero aún, le dije, tus versos a tu prosa, cuando en ella expresas semejantes deseos. Tú, libertino; yo, arrebatado e iracundo; ve, pues, que no podernos congeniar. ¿Te parezco, quizás, un furioso? Evita, pues, los accesos de mi locura o, más claro, márchate en seguida y que no te vea yo más.—Aturdido por este apostrofe, el viejo, sin pedirme explicaciones, sale del cuarto, atrae hacia si la puerta, la cierra con doble llave, mete ésta en su bolsillo y se va con Giton dejándome encerrado. No me esperaba yo acción semejante, y en mi desesperación resolví ahorcarme.

En consecuencia, ya había juntado el lecho contra la pared, y ya iba a echar el nudo fatal a cuello, cuando abriendo la puerta apareció en la estancia Eumolpo con Giton, volviéndome a la vida. Al comprender Giton mi designio, exhaló un gran grito de rabia y dolor; me tomó en sus brazos, y echándome en el lecho, a la inversa: —Yerras, Encolpio, me dijo, si has podido creer que morirás antes que yo. Antes que tú, yo busqué una espada en casa de Ascylto, pues había resuelto morir si no me reunía pronto contigo; y para probarte que la muerte no desdeña a quien la busca, vas a gozar del espectáculo que quisiste proporcionarnos. Dicho esto, arrancó a un sirviente de Eumolpo una navaja de afeitar que llevaba en la mano, y pasó dos veces el corte por su garganta para degollarse. Sobrecogido de espanto, lánceme sobre el cuerpo de Giton y apoderándome del arma homicida, resuelvo morir con él. Mas el acero no me hace ni un simple arañazo y ni él ni yo sentimos dolor alguno. En efecto; la navaja era una de las que se dan a los aprendices de barbero para adiestrarlos. Por eso el sirviente no habíase conmovido al ver a Giton llevar el arma a su garganta. Eumolpo había considerado con sangre fría aquellos suicidios mímicos.

Capítulo XCV

Para desenlace de la comedia, el hostelero abrió la puerta trayéndonos el segundo servicio, y viéndonos tendidos por el suelo, a los dos que habíamos representado el papel de amantes: —Decidme, os ruego, exclamó; ¿sois borrachos o vagamundos o ambas cosas a la vez? ¿Quien enderezó este lecho, recostándolo en el muro? ¿Qué maquinación estáis urdiendo? ¡Por Hércules! vosotros sin duda queréis escaparos esta noche sin pagar el hospedaje; pero no lo haréis impunemente. Ya os haré ver que esta casa no pertenece a una viuda sin amparo, sino a Marco Municio. —¡Te atreves a amenazarnos? exclamó Eumolpo; y descargó inmediatamente un vigoroso bofetón al hostelero. Este, casi embriagado por haber bebido con todos sus huéspedes, arroja una vasija de barro a la cabeza de Eumolpo, hiriéndole en la frente; y en seguida huye rápidamente. El poeta, furioso, se apodera de un candelabro, persigue a Marco Municio, y le devuelve con usura el golpe recibido. Criados y buen número de borrachos acuden al ruido. Yo, aprovechando la ocasión, y para vengarme de la encerrona de Eumolpo, me encierro con Giton y lo abandono a su suerte, resuelto a gozar sin rivales de mi cuarto y del placer que me promete la noche. Entonces los marmitones y todos los huéspedes del albergue, caen con saña sobre el infeliz a quien he cortado la retirada; uno amenaza saltarle los ojos con unas parrillas recién retiradas del fuego; otro se cuadra ante él en actitud belicosa, con un gancho de colgar carne; y una asquerosa vieja, sucia y fea, vi que arrastraba con una cadena a un enorme perro, azuzándolo contra Eumolpo; pero éste paraba diestramente con su candelabro, todos los golpes.

Capítulo XCVI

Contemplábamos toda la trifulca por un agujero hecho por Eumolpo poco antes en la puerta, de la que hizo saltar el picaporte; y yo aplaudía cada golpe recibido por el anciano; sin embargo Giton, siempre compasivo, opinaba que debíamos salir y socorrer al poeta en aquel trance. Como mi resentimiento no se había disipado aún, para castigar a Giton por su intempestiva piedad, le apliqué un solemne puñetazo en la cabeza. El pobre muchacho, deshecho en llanto, fue a tenderse sobre el lecho, y yo seguí aplicando la vista para no perder detalle de la escena, y gozaba viendo maltratar a Eumolpo, lo cual apaciguaba mi cólera. De repente aparece Bargates, el procurador del distrito que había interrumpido su cena para restablecer el orden, y comenzó con voz terrible a denostar a los borrachos y vagabundos. Se había hecho llevar en una litera por estar baldado de ambas piernas. Luego, reconociendo a Emulpo: —¡Cómo!, exclamó; ¿eras tú ¡oh flor de los poetas! tú la víctima de esos miserables? ¿Y han osado levantar la mano sobre ti? ¿Y todavía no han escapado a esconderse donde yo no los vea?—Después, al quedarse solos, aproximándose más al poeta: —Mi mujer, dijo con aire sumiso, me desdeña. Así que, si me amas, haz una sátira contra ella para que se avergüence de su conducta.

Capítulo XCVII

Mientras hablaba en secreto Eumolpo con Bargates, entró en el establecimiento un pregonero seguido de un siervo público y de gran número de curiosos; y sacudiendo al aire una antorcha que esparcía más humo que luz, leyó esta proclama:

Un adolescente acaba de extraviarse en el baño público: tiene cerca de dieciséis años; pelo crespo: hermoso de rostro; aspecto delicado; se llama Giton. El que lo devuelva o indique el lugar donde se halle, recibirá mil escudos.

No lejos del pregonero, estaba Ascylto con túnica de varios colores y llevando en una fuente de plata la recompensa prometida. Sin perder instante, ordené a Giton echarse al lecho y ocultarse entre la ropa revuelta, como en otro tiempo Ulises se ocultó en el vientre de un carnero. Como se lo ordené, Giton colgose de manos y pies en las barras del lecho, tapándose tan bien que Ulises se hubiera confesado vencido por nuestra astucia. Yo, para evitar toda sospecha, eché mis vestidos en desorden sobre el lecho, y me acosté un momento para imprimir en él la forma de mi cuerpo. Mientras tanto Ascylto, después de haber visitado todos los cuartos con el sirviente del pregonero, se paró ante el mío, concibiendo tanta mayor esperanza al ver que estaba cuidadosamente cerrada la puerta. El sirviente introduciendo su pica por el quicio de la puerta, hizo saltar la cerradura. Entonces, echándome a los pies de Ascylto, conjúrele, en nombre de nuestra antigua amistad y recordando los días tristes que pasamos juntos, que me dejase ver por última vez al querido niño cuya ausencia lloraba. Y para dar más verosimilitud a mis hipócritas lamentos: —Conozco, dije, Ascylto, tus intenciones. Has venido a matarme. ¿No lo demuestra así el venir con hombres armados? Sacia tu furia; he aquí mi cuello; derrama mi sangre; tus investigaciones son sólo un pretexto—. Ascylto, indignado por tal sospecha, juró que no tenía otro objeto que reatrapar al fugitivo; que no buscaba la muerte de nadie, y menos la de aquél en quien no podía menos de reconocer, aunque separados por una enojosa cuestión, un carísimo amigo.

Capítulo XCVIII

Mientras el esclavo que acompañaba a Ascylto registró bien todos los rincones y con un palo reconoció el lecho. Por fortuna Giton, conteniendo la respiración, evitó diestramente todos los golpes. En cuanto salieron, Eumolpo, aprovechando que la fractura de la puerta no permitía dificultar a nadie la entrada, se precipitó en el cuarto, y transportado de júbilo: —¡He ganado mil escudos!, exclamó. Voy a correr tras el pregonero, y para vengarme de la mala pasada que me has hecho, le declararé que Giton está en tu poder—. Al ver que persistía en su resolución, supliquele que no se complaciese en matar a moribundos, y: —Merezco, le dije, esa venganza si pudieras realizarla. Pero ¡ay! ahora entre la turba ha desaparecido el muchacho, sin que pueda sospechar dónde está. Por tu fe, Eumolpo, ayúdame a buscar al querido niño, aunque lo entregues después a Ascylto—. Mientras yo lo persuadía con estas palabras, Giton, no pudiendo ya resistir su incómoda postura, estornudó tres veces seguidas, y el anciano, levantando las ropas, vio a nuestro Ulises, al que un Cíclope, aun en ayunas, hubiese compadecido. Volviéndose a mí: —¿Cómo es esto, dijo, bandido? Cogido in fraganti, ¿todavía negarás la evidencia? Pues bien, ni los dioses, árbitros de las cosas humanas, permiten la impostura; ellos han impedido, forzando a este niño a descubrirse, que yo errara ahora buscándolo por toda la población—. Mientras tanto Giton, con más trastienda que yo, había empezado a curar, valiéndose de telas de araña y aceite, la herida que Eumolpo había recibido en la frente; luego reemplazó con su propio manto el desgarrado que llevaba el poeta, y al ver que éste empezaba a calmarse, lo besó, y: —Tú eres, le dijo, tú eres, queridísimo padre, nuestro mejor guardián. Si amas a tu Giton, sálvale. Yo, que soy el único motivo, la sola causa de todos estos sucesos, debía ser devorado por las llamas, engullido por el mar tempestuoso, y mi muerte reconciliaría a los dos amigos que por mí dejaron de serlo—. Eumolpo, conmovido por mí y por Giton, enternecido sobre todo por las caricias que le prodigaba este amable niño: —Ciertamente, sois un par de imbéciles, dijo. Podéis ser felices, pues tenéis méritos para ello, y no obstante pasáis miserables con inquietudes continuas la existencia, y cada día os creáis nuevos tormentos.

Capítulo XCIX

Yo siempre y en todas partes he vivido como si cada día en que gozaba hubiera de ver el último de mi existencia; esto es, sin preocuparme nunca del mañana. Si queréis imitarme, levantad vuestro espíritu y desterrad de él toda intranquilidad, Ascylto os persigue aquí; huid de él, y seguidme en mi peregrinación a regiones extrañas, En el navío en que yo voy a partir esta noche podéis venir. El patrón me conoce y seréis bien recibidos. Prudente y acertado me pareció tal consejo, que me libraba de las persecuciones de Ascylto y me prometía una más venturosa y tranquila existencia. Vencido por la generosidad de Eumolpo, me arrepentí de mi comportamiento con él y me reproché los celos que fueron causa le todo; pedile luego perdón, y con lágrimas en los ojos prometí, aunque sea muy difícil comprimir los celos, que jamás le diría cosa que pudiera ofenderle, y por último, le rogué que él, como filósofo, no hiciera caso de mi cólera, ya que su edad le permitía mayor calma y reflexión. Las nieves permanecen en tierras resquebrajadas y que baña un sol tibio y flojo; pero en tierra compacta y unida, trabajada por el arado, no cuaja, y así la cólera germina en los ánimos groseros e ignorantes, pero no en los ilustrados y cultos. — Para demostrarte, respondió Eumolpo, que pienso del mismo modo que tú, he aquí mi ósculo de paz. ¡Ahora lo que sea sonará! Y ahora apresurad vuestros preparativos, pues ya es tarde—. Aún estaba hablando el poeta cuando empujaron rudamente la puerta, que se abrió dando paso á. un marino de barba enmarañada, quien: —¿A qué esperas, exclamó, Eumolpo? ¿Ignoras que es preciso apresurarse?—Nos levantamos enseguida; el anciano despertó a su criado, que dormía hacía rato, le ordenó tomar nuestro equipaje y marcharse. Giton y yo hicimos un paquete con lo que quedaba, y después de una ferviente plegaria a Neptuno y los dioses de la navegación, fuimos a bordo.

Capítulo C

Nos colocamos en un lugar apartado cerca de la popa, y como no amanecía aún, Eumolpo se durmió. A mí me fue imposible conciliar el sueño. Reflexionaba tristemente en la imprudencia cometida al aceptar en nuestra compañía a Eumolpo, rival más peligroso todavía que Ascylto; su presencia me inspiraba las más vivas inquietudes, hasta que llame resueltamente a la razón para triunfar de mi tormento. Es triste, me dije, que este niño agrade a nuestro compañero; pero las bellezas de la naturaleza, ¿no son acaso comunes a todos? El sol brilla para todos. La luna, con su incomparable cortejo de estrellas, no rehúsa su luz ni a los animales que buscan en la noche su pasto. ¿Qué puede compararse en belleza a las aguas? Sin embargo, corren para todos los habitantes de la tierra. ¿Sólo el amor ha de ser producto del robo o secuestro y no premio al mérito?... No obstante, sólo acostumbramos a apreciar debidamente los bienes que los demás nos envidian. Un rival y anciano no es grave. Aun cuando quisiera poseerlo, perdería el tiempo y el aliento. Al reflexionar acerca de lo poco verosímil de una tentativa así por parte de Eumolpo, me tranquilicé, y cubriéndome la cabeza con el manto, traté e dormir: pero en el mismo instante, como sí la inconstante Fortuna me persiguiese, oí sobre cubierta una voz de sobra conocida que exclamaba: —¿Soy acaso objeto de irrisión?— Los ecos varoniles de esta voz me aterraron. Pero llegó a su colmo mi espanto cuando oí una voz de mujer, que parecía también muy furiosa, que decía: —¡Si algún Dios pusiera entre mis manos a Giton, qué buen recibimiento le haría!— Este encuentro imprevisto nos heló a los dos la sangre en las venas, Yo, sobre todo, como bajo el imperio de atroz pesadilla, no pude en mucho rato decir palabra. Al fin, sacudiendo a Eumolpo para despertarlo: —Por tu fe, le dije, anciano: ¿á quién pertenece este navío? Dime, te lo ruego; ¿sabes qué pasajeros van en él?— El poeta, de mal humor por haberle interrumpido el sueño: —¿Es para no dejarnos dormir, contestó, para lo que has elegido el sitio más solitario de la nave?... ¿Qué puede importarte? ¿Qué adelantarás con que te diga que es el amo de este navío Licas de Tarento, y que lleva a esa ciudad a una viajera llamada Trifena?

Capítulo CI

Tales palabras me fulminaron, e inclinando la cabeza con desaliento: —Alguna vez, exclamé, habías de vencerme por completo, Fortuna:— Giton cayó sobre mi pecho desvanecido, y cuando un abundante sudor nos devolvió el conocimiento, abrazando las rodillas de Eumolpo: —Apiádate le dije, de dos moribundos, y líbralos de la vida con tus manos. La muerte llega, y si no eres tú el que nos la traes, dejarás que otros sean los ejecutores de sus designios—. Aturdido por mis apostrofes, juró Eumolpo, por los dioses todos, que no comprendía el motivo de nuestra alarma; que nos ha tendido ningún lazo, y que de buena fe nos llevó al navío en el cual había tomado pasaje mucho tiempo antes de conocernos. —¿Qué peligros teméis?, exclamó. ¿Qué nuevo Aníbal navega en este barco? Licas de Tarento es hombre honradísimo, y no sólo es señor de esta nave, que él mismo gobierna, sino también de otras; posee vastos dominios, y lleva a bordo un gran número de esclavos para venderlos en Tarento. Tal es el cíclope, el pirata que nos da pasaje en su navío; y también Trifena va a bordo, hermosísima entre todas las mujeres, a quien gustan extraordinariamente los viajes por mar. —De ellos es, exclamó Giton, de los que huimos. Y contó inmediatamente a Eumolpo los motivos de odio que ellos tenían contra nosotros y los peligros que nos amenazaban. Confuso y no sabiendo qué partido adoptar: —Figuraos, dijo, que estamos en el antro de Polifemo, de los Cíclopes. Que cada uno dé su parecer, y concertemos los medios de salir para salvarnos del peligro, pues tirarnos al mar sería contraproducente. — Persuadamos al piloto, dijo Giton, a que nos desembarque en el puerto más próximo, por supuesto pagándole lo que pida, con la excusa de que tu querido, atormentado por el mareo, hállase muy mal. Puedes, para convencerlo más fácilmente, presentarte al piloto afligido y lloroso. —No es posible. Un gran navío como el nuestro, repuso el poeta, entra con dificultad en la mayoría de los puertos. Además, es inverosímil que en tan poco tiempo el mareo haya podido relajar tanto una salud. Añade a esto que Licas, por oficiosa cortesía, querría visitar al moribundo. Ved si os conviene atraer hacia vosotros al mismo señor de quien huís. Pero supongamos que sea fácil torcer el rumbo del navío; supongamos que Licas no visite a sus enfermos; ¿de qué modo podremos salir del navío sin que os conozcan? ¿Saldremos con la cabeza cubierta o descubierta? ¿Cubierta? Todo el mundo querrá ver los estragos hechos por la enfermedad en aquellos rostros. ¿Descubierta? Sería ponernos en la boca del lobo.

Capítulo CII

—¿A qué esos paliativos y términos medios, exclamé, cuando sólo la audacia puede salvarnos? ¿Tenemos más que embarcarnos en la chalupa, cortar el cable y abandonarnos al azar? No quiero, sin embargo, forzarte, Eumolpo, a que compartas con nosotros el peligro. ¿Sería justo que compartieses, siendo inocente, con nosotros semejante riesgo? Por satisfecho me daría si lográramos así salvarnos. —No es despreciable el consejo, replicó Eumolpo, sí pudiera realizarse. ¿Cómo no habían de advertir nuestra fuga? Pero el piloto, que vigila siempre y pasa las noches estudiando el curso de los astros, estorbaría nuestro plan. Y aunque dormitara, no podría dejar de vernos, a no ser que escapáramos por la parte opuesta a donde él vigila; y no es a la proa, sino a la popa, donde se halla el cable, cerca del timón, y por la popa tenemos que huir. Además me sorprende, Encolpio, que no hayas hecho alto en que un marinero custodia día y noche la chalupa, dentro de ella, y sólo matándole o arrojándolo al mar a la fuerza, podríamos apoderarnos de ese barquichuelo. Interroga a tu audacia para ver si te sientes capaz de esa hazaña. En cuanto a mí, estoy pronto a seguiros sin temor a riesgo alguno, siempre que haya probabilidades de salvación. No creo a nadie bastante loco para exponer su vida sin ninguna esperanza ¿No te parece así?... Otro medio se me ocurre. Os meteré en dos grandes valijas, como si formarais parte de mi equipaje; cerrarélas con las correas, dejando una sola pequeña abertura para respirar y daros alimento, y mañana haré público que mis los esclavos, temiendo un cruel castigo, se arrearon al mar durante la noche. Así, cuando el viento nos haya conducido al puerto, os haré desembarcar entre mi equipaje, sin inspirar sospechas. —No estaría mal pensado, exclamo yo, si fuéramos cuerpos sólidos que pueden ser encerrados a voluntad, a quienes el vientre no hace traición nunca; ¿pero no hemos de estornudar o roncar alguna vez? Se te ocurre esta estratagema, porque la ... empleado una vez con éxito? Te concedo que podamos estar todo un día así empaquetados; ¿qué adelantaríamos? Si la calma o los vientos contrarios nos retienen en el mar mucho tiempo, ¿qué haremos? Como los vestidos consumidos por las arrugas, o como libros que el exceso de presión hace ilegibles, jóvenes como somos y no acostumbrados a ese género de fatiga, ¿hemos de poder convertirnos en estatuas? Busquemos otro recurso de salvación. Eumolpo, como literato, debe tener su provisión de tinta. Tiñámonos de negro desde la cabeza a los pies, y pasaremos por esclavos egipcios, y haciendo de etíopes nos consideremos felices, con tal de evitar el riesgo temido, pues que despistaremos a los enemigos con el cambio de color. — ¡Eso, dijo Giton, o nos circuncidamos para pasar por judíos, o nos agujereamos las orejas para parecer árabes, o nos embadurnamos con clarión el rostro para que nos tomen por galos! Como si al cambiar de color cambiásemos también de facciones, Eso no basta; es preciso que todo esté de acuerdo para sostener nuestro papel. Supongamos que el menjurje con que hemos de embadurnarnos el rostro dure bastante tiempo, y que el agua que por casualidad nos caiga no borre la pintura, o a lo menos produzca alguna mancha; que la tinta no manche nuestros vestidos, lo que es frecuente, hasta cuando no ha sido compuesta con goma; decidme: así y todo, ¿podremos engrosarnos los labios como los etíopes? ¿Rizar nuestros cabellos, tatuarnos el rostro, como ellos, engarrosar nuestras piernas y cubrirnos de lana la barba para imitarlos bien? Créeme, Encolpio; este color artificial no hará más que mancharnos el cuerpo sin cambiarlo. Escucha el consejo que me dicta la desesperación; envolvámonos la cabeza con nuestras túnicas y arrojémonos al mar.

Capítulo CIII

—¡Que los dioses y los hombres os preserven de una muerte tan miserable!, exclamó Eumolpo. Haced más bien lo que voy a deciros. El criado mío, a quien cogisteis la navaja hace algunas horas, es barbero; el os rasurará en un momento, no sólo la cabeza, sino las cejas; después yo pintaré diestramente en vuestras frentes una inscripción como las que se impone a los desertores, y esos estigmas disfrazarán vuestro rostro y despistaran a los que os persiguen. Prevaleció este consejo, y púsose en seguida manos a la obra. En un extremo de la nave, adonde nos dirigimos a paso de lobo, el barbero nos peló la cabeza y las cejas con su navaja; entonces Eumolpo, con mano segura, nos cubrió la cara de letras, con las que se marca de ordinario a los esclavos fugitivos. Por desgracia, uno de los pasajeros que en un costado del navío aliviaba su estómago descompuesto por el mareo, nos vio al resplandor de la luna, cuando el barbero nos afeitaba, y comenzó a maldecirnos, tomando nuestra acción por presagio funesto, pues sólo en caso de naufragio evidente, los marineros y navegantes hacen el sacrificio de su cabellera, retirándose a su camarote. Nosotros, aparentando no comprender sus imprecaciones, nos retiramos tristes y silenciosos, y pasamos en un sueño aguadísimo el resto de la noche... A la mañana siguiente, en cuanto Eumolpo supo que Trifena se había levantado, entrose en el camarote de Licas, y después de hablar de lo feliz de la navegación y de la calma que auguraba el cielo, dijo Licas a Trifena:

Capítulo CIV

Priapo se me apareció en sueños esta noche, y me dijo: —Encolpio, a quien tanto buscas, ha sido conducido por mí a tu navío—, Trifena, sobresaltada, exclamó: —¡Se diría que nos habíamos acostado en la misma almohada! Esa estatua de Neptuno, que tanto admiré en el templo de Baya, se me apareció también y me dijo: —Encontrarás a Giton en el navío de Licas—. —Eso os demostrará, exclamó Eumolpo, que Epicuro era un hombre divino, que tenía razón en condenar a los que creen en los ensueños:

El ensueño, que juega con la mente
turbada, no descubre los secretos
designios de los dioses; sólo el hombre
baraja sus acuerdos,
cuando al sueño, rendido, no le sirve
la labor muscular de contrapeso.
Con escenas cercanas o remotas,
mezcladas a ilusiones y deseos,
pinta sus cuadros vivos,
que siempre al despertar resultan muertos.
El conquistador sueña
que avasalla ciudades con su ejército;
el abogado salva sus clientes
y gana al fin sus pleitos;
el avaro, tesoros mil encuentra,
y la esposa liviana ve en sus sueños
que solicitan sus favores todos
cuantos galanes compra con dinero;
el piloto se salva del naufragio;
el cazador persigue y caza al ciervo;
el perro ladra a la perdiz dormido,
y cada cual, en sueños,
o goza o sufre, que la noche al cabo
redobla la alegría o sufrimiento.

Sin embargo, Licas, después de haber hecho las abluciones necesarias para espiar el sueño de Trifena: —¿Quién nos impide, dijo, visitar el navío, para no despreciar las advertencias de los dioses?—El pasajero que nos había sorprendido disfrazándonos por la noche, Heso, era su nombre, entró furioso en la cámara de Licas, gritando: —¿Quiénes son esos miserables que anoche a la luz de la luna se afeitaban la cabeza? Es un pésimo ejemplo ¡vive Hércules!, pues he oído siempre decir que no está permitido a nadie cortarse ni las uñas, ni el cabello, a bordo, salvo que el viento esté muy irritado contra la mar.

Capítulo CV

Irritose Licas al oír estas palabras, y: —¿Es posible, exclamó, que alguien se haya rapado los cabellos en mi navío y en noche tan hermosa? Que traigan a los culpables para que su sangre purifique la nave. —Yo he ordenado, contestó entonces Eumolpo, que se les rapase. He querido volverme favorable los auspicios, pues que tengo que hacer el viaje con ellos. En castigo de sus crímenes llevaban los cabellos largos y enmarañados, y a fin de no convertir en cárcel el navío, ordené a mi barbero que los afeitase, queriendo además que los estigmas infamantes estampados en sus frentes no se ocultaran por la amplitud de su cabellera, a un de que todos puedan leer en sus rostros su castigo. Entre sus varias obras, hacían la de comerse mi dinero en compañía de una meretriz querida de ambos; allí los sorprendí la noche última perfumados con esencias y borrachos perdidos. En suma, creo que acabarán por arruinarme —. Sin embargo de esto, Licas, para purificar su navío nos condenó a recibir cuarenta latigazos. La ejecución siguió inmediatamente a la sentencia. Dos marineros, armados de gruesas cuerdas, se precipitaron sobre nosotros ansiosos de aplacar sus divinidades tutelares con el derramamiento de nuestra abyecta sangre. Yo recibí con espartana nobleza los tres primeros azotes; pero Giton, al primer golpe, lanzó un grito tan penetrante, que Trifena se conmovió, creyendo conocer ella y sus damas la voz del paciente. Los mismos marineros, condolidos y desarmados por la hermosura del muchacho, suspendieron los azotes, abogando por él, con la mirada, ante Licas. Las sirvientas de Trifena, que se habían lanzado hacia el niño al oírle gritar, exclamaron con grandes voces: —Es Giton, ¡Giton!, suspended los crueles azotes. ¡Giton es, señora: socorredlo!— No bien hubo herido este nombre el oído de Trifena, siempre se cree con facilidad lo que se desea, voló al lado del niño. Licas, que me conoció perfectamente, no tuvo necesidad de oír mi voz para acudir a mi lado, y sin pararse a examinar ni las manos ni el rostro, miró atentamente más abajo de mi cintura, reconoció el sitio con sus manos y asegurose, de que era yo. —¡Salud, Encolpio!, me dijo. No de otro modo la nodriza de Ulises reconoció al hijo del rey de Itaca, después de veinte años de ausencia, por una ligera cicatriz. Así, como hombre prudente, reconoció Licas, por un pequeño indicio, a su fugitivo. Trifena, deshecha en lágrimas, creyó verdadero nuestro suplicio, tomando por reales los estigmas grabados en nuestras frentes y nos preguntaba afligida:— ¿A qué prisión os arrojaron por vagabundos? ¿Qué crueles manos os infligieron tan terrible suplicio? En verdad, merecíais un castigo, ingratos, por haber desdeñado nuestros beneficios.

Capítulo CVI

Transportado de furor, Licas: —¡Oh, mujer infeliz!, dijo. No creas que esos estigmas han sido estampados a fuego. ¡Ojalá fueran esas inscripciones una mancha! ¡Podríamos solazarnos por completo! Ahora mismo estaban tratando de burlarnos con una indigna comedia, y esas inscripciones postizas son una nueva irrisión—. Trifena, feliz por no haber perdido enteramente a su amado, se inclinaba a la indulgencia; pero Licas, que me guardaba rencor por mis relaciones con su esposa Doris y por la afrenta que en los pórticos de Hércules le hicimos, inflamado el rostro por la ira, exclamó: —Los dioses inmortales que gobiernan todas las cosas humanas son los que han traído a nuestro barco a estos infames; ellos nos advirtieron también de su presencia por medio del ensueño, y no podemos perdonarlos sin atraernos un castigo. Yo no soy un bárbaro, pero perdonándolos temería atraer sobre mí las iras de los dioses—. Estas supersticiosas razones cambiaron el parecer de Trifena, quien declaró que no se oponía, y aun consentía de todo corazón en tan justo castigo, añadiendo que había recibido los mismos ultrajes que Licas y que la habíamos expuesto a la vergüenza pública con proposiciones infames contra su honor. Licas, al verse secundado en sus propósitos por Trifena, dio nuevas órdenes para hacer más cruel nuestro suplicio; lo que, oído por Eumolpo, trató de apiadarlo.

Capítulo CVII

Los infelices, dijo, que has resuelto hacer perecer para vengarte imploran, ¡oh, Licas!, tu piedad. Sabiendo que no soy un desconocido para ti, me han escogido por abogado, rogándome los reconcilie con tan queridos y antiguos amigos. No puedes creer que la casualidad los haya conducido a tu nave; no hay un solo pasajero que se embarque sin informarse, ante todo, del nombre de aquel en cuyas manos pone su existencia. Satisfágate esta declaración y conmuévate lo bastante para dejar navegar en paz a hombres libres. El amo más cruel e implacable olvida sus resentimientos cuando el esclavo fugitivo se echa a sus pies arrepentido. ¿Qué más quieres? ¿Qué más pides? Ante vosotros, suplicantes hállanse dos jóvenes honrados e ingenuos y que, sobre todo, han vivido con vosotros hace poco en la más estrecha intimidad. ¡Por Hércules! Si hubiérante robado el dinero, si te hubiesen hecho traición, estarías bastante vengado con el castigo que lees en sus frentes, marcas de servidumbre que los excluye de la sociedad—. Licas, interrumpiendo la defensa, exclamó: —No quieras embrollar la cuestión, y pongamos las cosas en su punto. En primer lugar, si ellos vinieron aquí de buen grado, ¿por qué se han afeitado la cabeza? El que disfraza su rostro, engaño medita y no satisfacciones. Después, si querían por tu intermedio conseguir nuestra gracia, ¿a qué ese empeño en ocultarse? No pretendas desarmar nuestro encono, proclamando que son hombres libres e ingenuos. ¿Qué hacer cuando ellos mismos se presentan al alcance de la venganza del hombre ofendido? ¿Que fueron nuestros amigos, dices? Pues mayor castigo merecen. Porque el que ofende a un desconocido es un canalla; pero herir al amigo es casi un parricidio. — Replicó Eumolpo retrucando el argumento de este modo: — Comprendo, dijo, que el mayor reproche que haces a estos desgraciados jóvenes es el de haberse afeitado el cabello durante la noche; de ese hecho deduces que el azar y no su voluntad les ha traído a esta nave. Voy a explicaros el hecho con tanta sencillez como ha sucedido. Querían ellos tonsurarse antes de embarcar; pero, los vientos, precipitando su partida, se lo impidieron. Una vez aquí han creído que podían aligerarse de ese fardo inútil igual que en cualquier otro lugar, ignorantes del presagio funesto que se quiere deducir de esa acción y las leyes de a bordo, y llevaron inocentemente a cabo su propósito. —¿Que necesidad tenían de afeitarse la cabeza para aplacar nuestro resentimiento? ¿Acaso es más digna de compasión una cabeza pelada? Pero ¿por que perder el tiempo buscando la verdad de las palabras de un intérprete? ¿Qué dices tú, bandido? ¿Qué salamandra quemó tus cejas? ¿A qué dios sacrificaste tu cabello? Responde, impostor.

Capítulo CVIII

El temor del suplicio había paralizado mi lengua y convencido por la evidencia, no encontraba una palabra para justificarme. Turbado y confuso por mi fealdad, parecíame que con una cabeza tan calva, como una rodilla y con las cejas tan lisas como la frente, no podía decir ni hacer nada. Pero cuando pasaron una esponja por mi rostro, inundado de lágrimas; cuando la tinta diluida confundió todos los caracteres dibujados en mi faz, y una máscara negra, un borrón, me cubrió el rostro, la cólera que me invadía se trocó en furor. Mientras tanto, Eumolpo declaraba enérgicamente que no toleraría que se atormentase a hombres libres y rechazaba las amenazas de nuestros verdugos con la voz y con el gesto. Era secundado por su sirviente y uno o dos pasajeros, componiendo una ayuda tan débil, que más bien podían servir para consolarnos que para salvarnos. Demasiado furioso para implorar merced, amenazo con mis uñas a Trifena y declaro en alta voz que si aquella prostituta, merecedora de ser azotada a la vista de toda la tripulación, hace el más leve daño a Giton, haré contra ella uso de todas mis fuerzas. Mi audacia redobló la rabia de Licas, quien se indigna de que yo olvide mi propia defensa para defender a otro; y Trifena, no menos exasperada por mis ultrajes, se entrega a parecidos transportes de furor. Por fin, todo el pasaje se divide en dos bandos. Por una parte, el barbero de Eumolpo adelanta con una navaja de afeitar, después de proveernos de todos los instrumentos cortantes y punzantes que poseía; por otro lado, los esclavos de Trifena, remangándose los brazos, se disponen a manejar sus puños. Las sirvientes mismas, a falta de armas, excitan con sus gritos a los combatientes. Solo y tranquilo en su puesto, amenaza, en vano a todos, el piloto con abandonar el timón si no cesa la trifulca que la liviandad ha ocasionado. La lucha se prolonga con el mismo encarnizamiento con que se inició. Licas y los suyos luchan por vengarse; nosotros por defender nuestra vida. Ya de un bando y de otro habían caído varios campeones medio muertos de espanto, y el mayor número, cubierto de sangre y de heridas, se retiraba de la pelea, sin por eso amenguar la saña del combate; cuando Giton, aproximando valerosamente su navaja a los órganos genitales, amenazó con despojarse de sus atributos viriles. Trifena, empero, haciéndole esperar la reconciliación, se opone. Yo también había llevado el arma a mi cuello con tantas ganas de degollarme como Giton de hacerse eunuco. Sin embargo, él representaba su papel con más atrevimiento, bien que sabía que no exponía nada, porque su navaja era aquella sin filo que ya en nuestro albergue había probado la noche antes. Los dos ejércitos continuaban frente a frente, y el combate iba a reanudarse con mayor furia, cuando el piloto obtuvo a duras penas que Trifena fuera el heraldo de paz, proponiendo una tregua. Aquella, pues, con su ramo de olivo, del cual había despojado al dios tutelar del navío, adelantose audaz hasta el medio de los combatientes y exclamó:

¿Qué furor es el que la paz en guerra
convierte? ¿Quién ha armado nuestras manos?
No una Hélena liviana, ni tampoco
nueva Medea mata a su hijo amado,
sino que de vengar necios desdenes
de amor, locos tratamos.
¡Ay, que sólo una víctima perezca!
¡Matadme a mí, inhumanos,
y no aumentéis la furia de las olas
vuestra sangre en los mares derramando!

Capítulo CIX

Estos versos, declamados con voz hueca, que traslucían la emoción de Trifena, pareció calmar algo el ardor de los combatientes, y Eumolpo, como jefe de uno de los bandos y aprovechando la ocasión, después de censurar fuertemente a Licas, redactó los artículos de un tratado de paz cuyas fórmulas principales eran:

«Trifena consiente de buen grado en olvidar todos sus resentimientos con Giton, comprometiéndose a no dirigirle reproche alguno, a no vengarse ni perseguirlo en adelante, así como a no exigir de él ni caricias, ni besos, ni otros favores más tiernos, so pena de pagarles cien denarios por cada contravención.

«Ítem: Licas, voluntariamente se compromete a no vengarse de Encolpio, ni maltratarlo, ni ponerle mala cara al perseguirlo con propósitos lúbricos, yendo a buscarlo por la noche a su lecho; y si así no se hiciere se compromete a pagar doscientos denarios de oro por cada tentativa injuriosa de violación.»

Concluido y aceptado el tratado, depusimos las armas; y para que no fermentase levadura alguna de odio en nuestras mentes, después del juramento de rigor, para ratificar el completo olvido del pasado, nos dimos el ósculo de paz. Calmados los odios, el campo de batalla se transformó en triclinio, y el banquete alegre acabó de conciliar los espíritus. Toda la nave resuena con nuestros alegres cánticos; y como, una, repentina calma interrumpe nuestra marcha, algunos echan ganchos al mar para pescar como con arpón, otros cubren sus anzuelos de pérfida envoltura y tiran su presa, que trata de escapar en vano; algunas aves marinas, que se posaron sobre las antenas del navío y pegadas en ellas por las patas, se dejan coger con las manos; el aire lleva su pelaje, mientras sus plumas, más pesadas, caen al mar y se confunden con las espumas... Ya Licas y yo nos reconciliábamos; ya Trifena, loqueando con Giton, le manchaba con vino el rostro, cuando Eumolpo, completamente embriagado, empezó a burlarse de los calvos y de los tiñosos. Después de haber agotado sus bromas, en prosa, soplole la musa, y nos declamó, esta especie de elegía a la pérdida de los cabellos:

¿Do fueron tus cabellos, juguetes de las auras,
que sombreaban tu frente con áureo esplendor?
Cayeron cual las hojas del árbol en otoño,
y las desnudas ramas invierno cruel secó.
¡Falaz naturaleza! Los años más hermosos,
los años juveniles duran lo que una flor,
son los primeros que huyen, por ser los más dichosos,
los años del amor.
De Febo ayer rival, de las hermosas
a quienes conquistaste te burlabas;
pero hoy, cuando contemplan tu calvicie,
estallan en burlona carcajada.
¡Rosa que arranca el viento de su tallo
tiene vida precaria!...

Capítulo CX

Todavía iba a continuar, creo, recitando versos, cuando una de las doncellas de Trifena volvió con Giton completamente transformado. Habíase ido con él a uno de los extremos del navío, y después de lavarle bien el rostro y de colocarle una peluca corta de su señora, le colocó unas cejas postizas, con tal habilidad, que parecían naturales. Encontrando entonces Trifena al verdadero Giton con todos sus encantos se conmovió, derramando algunas lágrimas, y cubrió de besos su rostro. Yo, no menos satisfecho que ella de ver a Giton con todo el brillo de su hermosura, comprendí todo lo repugnante de mi fealdad y ocultaba mi rostro, en lo posible, viendo que hasta Lícas desdeñábase de dirigirme la palabra. Pero la misma doncella vino en mi amparo y disipó mi pena. Me llevó aparte; me cubrió el casco con una cabellera no menos hermosa que la de Giton, y me puso cejas postizas también. Mi rostro, así, resultaba aún más agradable que antes, porque mi peluca era rubia. Mientras tanto, Eumolpo, nuestro defensor en los momentos de peligro, el autor de nuestra reconciliación, queriendo fomentar nuestra alegría con su agradable charla, comenzó a burlarse de la ligereza de las mujeres, de su versatilidad, de la facilidad con que se inflaman, y de la prontitud con que cambian de amante; sosteniendo que no hay mujer, por púdica que sea, a quien una nueva pasión no lleve a los mayores excesos. —No tengo necesidad para probarlo, añadió, de recurrir a las tragedias antiguas y citar nombres famosos; voy a contar una historia ocurrida en nuestros días—. Todos nos volvimos hacia él, que empezó así su relato:

Capítulo CXI

—Había en Éfeso una matrona con tal reputación de casta y honrada, que todas las mujeres de las demás gentes vecinas iban a verla curiosas como a una maravilla. Esta mujer, cuando perdió a su marido, no se contentó con las ordinarias manifestaciones del dolor: con seguir el cortejo fúnebre con los cabellos en desorden y golpeándose el desnudo pecho ante todos los asistentes; quiso acompañar al difunto en su última morada, guardarle en la cueva en que se le depositó según la costumbre griega, y llorar día y noche sobre su cadáver. Su aflicción era tanta que ni amigos ni parientes pudieron disuadirla de su propósito de dejarse morir de hambre en aquella cueva donde reposaban los restos del amado esposo; y hasta los magistrados que quisieron hacer la última tentativa tuvieron que retirarse sin lograr reducirla. Todo, el mundo lloraba como muerta a una mujer que ofrecía tan raro ejemplo de fidelidad conyugal y que había pasado ya cinco días sin querer tomar alimento alguno. Una sirvienta fiel la acompañaba en su triste retiro, mezclando sus lágrimas con las de la viuda y cuidando la lámpara que alumbraba el féretro para evitar que se extinguiese la luz. No se hablaba de otra cosa en la ciudad que de tan sublime abnegación, y se citaba como un raro ejemplo de castidad y amor conyugal. Por aquellos días hizo crucificar el gobernador de la provincia a varios malhechores en un sitio muy próximo a la cueva donde la viuda infeliz gemía; y a la noche siguiente el soldado que guardaba loa cuerpos de las víctimas para que no les dieran sus parientes sepultura, vio una, luz que brillaba entre las tumbas y oyó unos gemidos que excitaron su curiosidad en alto grado. Descendida la cueva para satisfacerla, y al ver a aquella hermosísima mujer quedó extático, paralizados por el terror sus miembros, creyendo tener ante sus ojos una aparición sobrenatural; pero se dio cuenta pronto de la realidad al observar el cadáver tendido sobre la losa, el rostro de la divina matrona bañado por las lágrimas y su cuerpo y uñas ensangrentados; comprendió que se trataba realmente de una viuda que no podía consolarse de la pérdida de su esposo y se apresuró a bajar a la cueva su pobre cena de soldado. Luego exhortó a la viuda a no desesperarse, ya que la muerte es el término natural de todo lo que existe y la tumba el último lecho de los nacidos; y agotó todos los lugares comunes para calmar el profundo dolor de alma tan profundamente herida. Mas los consuelos que aquel desconocido le ofrece, irritan más y más a la viuda, redoblando su desesperación; se desgarra, pues, furiosa con las uñas el mórbido pecho, se arranca los cabellos, que deposita sobre el cadáver y prosiguen sus sollozos amarguísimos. No se arredra por ello el centinela, y reitera, con nuevas instancias, su ofrecimiento de partir la cena con ellas. Al fin, la sirvienta, seducida por el olor del vino, alarga la mano a los manjares, y en cuanto se repone un poco de su debilidad comienza a tratar de vencer los escrúpulos de su señora, reforzando los argumentos del soldado: «¿De qué va a servirte a ti, le dice, dejarte morir de hambre, sepultarte aquí en vida, si no puedes volver a ella a tu marido? ¿Por qué ese empeño de ofrecer al Hado una alma que no quiere recibir aún?

¿Vas a servir del muerto así a los manes?

Créeme; vuelve a la vida; arrepiéntete de tu error, muy común en nuestro sexo; y mientras puedas, goza de la vida. Este cadáver te demuestra cuál es el premio de nuestra existencia». Nadie cierra los oídos testarudamente al que le da a escoger entre vivir o morir de hambre. Así, pues, la afligida matrona, extenuada por tan larga abstinencia, dejose vencer y bebió y comió con la misma avidez que la sirvienta, quien se había rendido la primera.

Capítulo CXII

Ya sabéis que un apetito satisfecho suele despertar nuevos y humanos apetitos. El soldado, animado por el éxito de la primera tentativa, empleó para triunfar de la virtud de la matrona toda, su elocuencia, y bien advirtió la viuda que no era ni deforme de cuerpo, ni menguado de inteligencia. La doncella, seducida por el militar, se puso de su parte, y repetía a su señora:

«¿Por qué al amor en resistir te empeñas?
A galán tan rendido, ¿a qué desdeñas?»

En fin, para abreviar, la desconsolada viuda no defendió mejor su cuerpo que había defendido su vida, y el soldado obtuvo una doble victoria. Folgaron, pues, ambos, no sólo aquella noche, que fue la de sus nupcias, sino las dos siguientes, teniendo, empero, cuidado de cerrar las puertas de la cueva para que algún pariente o amigo de la matrona no los sorprendiese en sus entretenimientos amorosos. El soldado, orgulloso de poseer una tan hermosísima mujer, compraba a su querida todo lo mejor que permitíanle sus medios, y en cuanto llegaba la noche iba presuroso a obsequiarla. Mientras tanto, los parientes de uno de los malhechores crucificados robaron el cuerpo, viendo que no estaba custodiado, para darle sepultura. Afligiose grandemente el descuidado centinela cuando, a la mañana siguiente, tras la tercera noche de placer, encontrose una cruz vacía. Asustado por el castigo que le espera, baja a ver a su amante, a quien cuenta su malaventura: «No, exclama desesperado, no esperaré la sentencia fatal del magistrado, y este acero castigará mi negligencia y me librará del suplicio. Dígnate solamente, cuando yo no exista, concederme un puesto en esta tumba para que tu amante repose junto a tu marido». «No permitan los dioses, contestó la ejemplar matrona, tan compasiva como casta, que tenga yo que llorar al mismo tiempo la pérdida de dos personas tan queridas, y prefiero colgar al muerto para que no perezca el vivo». Luego de pronunciar tan hermosas palabras exigió que se sacara del féretro el cadáver de su llorado esposo y que lo colgasen en la cruz, vacía. Apresurose el centinela a seguir el prudente consejo de tan discreta mujer, y al mediodía, las gentes de la ciudad, no pudiendo concebir cómo un cadáver sepultado saliera de su tumba para colgarse de nuevo en la cruz, atribuyeron el hecho a intervención de los dioses.

Capítulo CXIII

Este relato, que hizo reír mucho a los marineros y ruborizó a Trifena, la cual, para ocultar su rubor, inclinose a besar el cuello de Giton, no fue del agrado de Licas, quien meneando con aire descontento la cabeza: —Si el gobernador de Éfeso hubiera hecho justicia, habría debido restituir a su tumba el cuerpo del difunto, colgando en la cruz a la viuda. Sin duda en aquel instante volvía a su memoria el recuerdo de mis amores con Doris, de nuestra fuga y del pillaje a Isis en el navío encallado; pero las cláusulas del tratado oponíanse a que me dirigiera recriminación alguna; y, por otra parte, la alegría que se había apoderado de todos los espíritus le impedía dar rienda suelta a su cólera. Entre tanto, Trifena, siempre acostada con Giton, cubrió de besos su rostro y arreglaba en su frente los bucles de la postiza cabellera. Yo, enojadísimo por tales caricias, estaba tan impaciente y nervioso que no me era posible comer ni beber nada. Lanzaba a ambos miradas terribles. Los besos y las caricias de aquella mujer impúdica a Giton, eran para mí otras tantas puñaladas. Al fin no sabía realmente contra quién de los dos revolver toda mi furia, si contra Giton, que me robaba la querida, o contra Trifena, que pervertía a mi querido. Ambos me ofrecían odioso espectáculo, más triste que mi cautividad pasada. Para colmo de rabia, Trifena evitaba mi conversación y afectaba no conocer en mí al amigo, al amante que tan caro le era poco antes. Por su parte Giton, tal vez temiendo enconar más y más la herida en el amor propio de Trifena, no se dignó siquiera brindar por mí, como hacía siempre en los festines a que asistíamos, y me hablaba como a cualquiera otro de los pasajeros. Traspasado de dolor comencé a derramar amargas lágrimas y pensé ahogarme al pretender sofocar los gemidos. Sin embargo, con mi cabellera rubia debía de estar hermoso aun en tales momentos, porque Licas, cuya pasión por mi se había encendido de nuevo, echábame ardentísimas miradas y trataba de hacer conmigo lo que Trifena hacía con Giton. Al hablarme no tenía el tono de un señor, sino el de un amante apasionado. Ya en mi camarote, Licas me suplica que acceda a sus deseos. ¡En vano! Viéndose rechazado tan obstinadamente, su amor se trueca en ira y quiere conseguir por fuerza lo que de grado no obtiene; pero en ese momento entra inesperadamente Trifena, que fue testigo imprevisto de su brutalidad. Al verse sorprendido se turba, se arregla la túnica y el manto y huye. Este incidente reaviva y enciende de nuevo los deseos lúbricos de Trifena: —¿Qué pretendía, preguntó, Licas con sus petulantes ataques? Le conté lo sucedido y, enardeciéndose por mi narración, y recordando nuestras antiguas familiaridades, quiso excitarme a las antiguas escenas de voluptuosidad; pero yo, fatigado por mis últimos excesos, rechacé sus caricias. Entonces ella, presa de verdadero delirio amoroso, me abrazó frenéticamente, arrancándome involuntario grito de dolor. Una doncella acude, y creyendo verosímilmente que trataba yo de arrebatarle los favores que, en realidad, le rehusaba, se lanza a nosotros y nos separa. Trifena, furiosa por haber sido repudiada sin haber logrado conmoverme, ni haber podido satisfacer sus deseos, me llenó de injurias y salió amenazándome con ir a contarlo a Licas para excitarlo aún más contra mí y agobiarme con el peso de la común venganza. Recordaréis que la doncella de Trifena había concebido una pasión por mí en la época de mis relaciones con su señora; así que ahora, afligida por haberme sorprendido en aquella situación, dejaba escapar hondos suspiros; la apremié para que me dijera la causa, y después de alguna resistencia, su dolor se expresó en estos términos: —Si conservas algún sentimiento de honradez, no debes hacer caso de Trifena; si fueras hombre, no buscarías las caricias de una ramera.

Todo esto me causaba inquietud vivísima; pero nada tanto como el que Eumolpo, al saber el hecho, tuviese la desdichada idea de vengarme componiendo una sátira contra Trifena, pues su celo ciego me hubiera cubierto de un ridículo cuya sola idea me hacía temblar. Estaba reflexionando en los medios de ocultarle todo, cuando le vi entrar. Estaba al corriente de todo por haber confiado la historia a Giton la misma Trifena, que había querido, a expensas del muchacho, indemnizarse de mi repudio. Esto excitaba tanto más la cólera del anciano, cuanto que esas culpables violencias eran flagrantes contravenciones a las cláusulas del tratado de paz que acabábamos de pactar. El oficioso Eumolpo, advirtiendo mi tristeza, pareció compartirla y me ordenó que le contase cómo había acaecido el hecho. Al ver que estaba instruido de todo, le confesé, francamente todos los detalles de los brutales ataques de Licas y las lascivas impetuosidades de Trifena. Eumolpo juró vengarnos, declarando que los dioses no podían dejar impunes tantos crímenes.

Capítulo CXIV

Mientras el profeta profería tales imprecaciones, el mar se embravece, las nubes se espesan y las tinieblas nos hurtan la claridad del día. Corren los marineros temblando a la maniobra y arrían las velas; pero el viento incierto hinchaba las olas en todas direcciones y el piloto no sabía qué rumbo seguir. Tan pronto éramos empujados hacia Sicilia, tan pronto el Aquilón, que reina soberano en las costas itálicas, arrojaba acá y allá la nave como débil leño; y para colmo del riesgo, la oscuridad era tan densa que el piloto apenas alcanzaba a ver la proa del barco.

Cuando la tempestad era más violenta, Licas, aterrorizado y tendiendo bacía mí sus brazos suplicantes, —Tú, Encolpio, exclamó: sé misericordioso y socórrenos en tan duro trance. Apiada a la divinidad tutelar de este navío devolviéndola el velo sagrado y el sistro que te llevaste. Por tu fe, compadécete de nosotros. Tu alma nunca fue sorda a la piedad—. Gritaba asustadísimo, cuando una ráfaga potente de viento lo arrojó al mar. Le vimos reaparecer un momento, ser el juguete un rato de las olas, y luego el golfo, hambriento lo engulló con avidez. Varios esclavos fieles arrebataron a Trifena y la embarcaron en la chalupa con la mayor parte de su equipaje y sus doncellas, salvándola así de una muerte inevitable. En cuanto a mi, acercándome a Giton, exclamé llorando: —Nuestro amor había merecido de los dioses que nos uniera la misma suerte; pero la fortuna, celosa, pretende rehusarnos ese consuelo. Ya sé disponen las olas a tragarse la nave; mira las olas irritadas que muy pronto quebrarán nuestros dulces placeres; Giton, si verdaderamente has amado algo a Encolpio, cúbreme de besos, es tiempo aún, y robemos a la muerte que se acerca este último placer— . Apenas dije esto, Giton, despojándose de su túnica, se tapó con la mía y aproxima al mío su rostro encantador; después, para que el furor de las ondas no pudiese fácilmente separarnos, nos atamos ambos con el mismo cinturón. —Si no nos queda otra esperanza, exclamó, a lo menos estaremos seguros de que el mar nos lleve mucho tiempo unidos; acaso condolido de nuestra suerte nos arroje juntos a la misma playa; y tal vez un pasajero cualquiera, por vulgar sentimiento de humanidad, cubra nuestros restos con alguna piedra o que por lo menos las olas, en su ciego furor, nos sepulten bajo un montón de arena—.Dejé a Giton apretar los últimos nudos; me parecía que me hallaba ya sobre el lecho mortuorio y esperaba la muerte sin temerla. Sin embargo, la tempestad acababa de ejecutar las órdenes del destino y dispersaba los despojos de la nave. Esta no tenía ya mástiles, ni timón, ni cable, ni palos. Todo había desaparecido, y el navío, convertido en grosera barcaza sin remos, rodaba empujado a discreción por las olas. Varios pescadores en sus barcas acudieron animados con la esperanza del botín; pero al ver sobre cubierta a varios pasajeros dispuestos a defenderse, cambiaron sus propósitos de pillaje en ofrecimientos de servicios.

Capítulo CXV

De pronto llamó nuestra atención un murmurio extraordinario que se oía bajo la cámara del piloto, semejante a los berridos de una fiera que trata de escaparse de su jaula. Acudimos guiados por los gritos, y nos encontramos a Eumolpo, sentado, declamando a grandes voces los versos que escribía en un largo pergamino. Todos nos asombramos de ver a un hombre, amenazado de muerte tan cercana, ocupado en componer un poema, tranquilamente; y, no obstante sus protestas, lo sacamos de allí, exhortándole a dejarse de tales locuras en aquellos momentos. Él, furioso por haberle interrumpido en su labor: —Dejadme, decía, acabar mi pensamiento; estoy puliendo los versos finales—. Me apoderé de aquel loco, y llamando a Giton en mi ayuda, arrastrarnos con nosotros al poeta, que rugía colérico. Ya en la playa, tras la penosa expedición, entramos en la cabaña de un pescador, tomamos una ligera refacción, en la cual hicieron el gasto algunos víveres averiados, y pasamos allá la más triste de nuestras noches. Al día siguiente, mientras celebrábamos consejo para resolver hacia qué comarca nos dirigiríamos, vi flotar sobre las aguas un cuerpo humano que las olas empujaban hacia la orilla. Me entristeció tal espectáculo, haciéndome reflexionar acerca de la imprudencia de confiar al Océano nuestras vidas. ¡Ah!, exclamé; acaso en este instante una esposa amante y tranquila espérale en alguna comarca apartada. Acaso dejó hijos que ignoran su naufragio, y que recibieron de él, al partir, cariñosos besos que no sospechaban eran los últimos. Así son los designios de los mortales; así se realizan con frecuencia los más ambiciosos sueños!... ¡Infeliz!... ¡Oh! ¿No parece que nada, como si estuviera vivo? Hasta aquel momento creía yo interesarme por la suerte de un desconocido; pero las olas, depositando en la playa el cadáver, me mostraron sus facciones no desfiguradas por la muerte. Eran las de Licas; Licas era, poco ha tan terrible o implacable todavía el que estaba a mis pies. No pude retener las lágrimas, y golpeándome el pecho con dolor sincero: —¿Dónde está ahora, exclamé, tu iracundia? ¿Dónde tu poder? ¡Hete ahí expuesto a la voracidad de los cetáceos y las fieras, tú que hace poco tan enorgullecido estabas por tu poder! De tan gran navío no has podido conseguir siquiera una tabla para salvarte. ¡Aprended, insensatos mortales, a envaneceros con vuestros ambiciosos proyectos! ¡Fiaos del porvenir y preparaos a gozar por miles de años de las riquezas que conseguisteis por medio del fraude! También él disponía aún ayer del producto de sus rentas y calculaba el día en que había de regresar a su patria. ¡Dios de Dios! ¡Cuan lejos de su destino yace! Pero no es sólo el mar quien se ríe de la ciega confianza de los mortales. Unos, combatiendo, se creen protegidos por armas que les fallan. Otros hacen votos a sus Lares y Penates, y mueren aplastados por sus casas que se derrumban; éstos, glotones, mueren por indigestión; aquéllos, frugales, son víctimas de su abstinencia... Calculad bien todos los riesgos de la vida y hallaréis, doquiera, un naufragio. Pero, objetarán, el que cae al mar queda privado de sepultura. ¿Qué importa al cuerpo perecedero ser consumido por el agua, por el fuego o por el tiempo? Sea lo que fuere, el resultado es el mismo. Ese cadáver que va a ser devorado por las fieras, ¿ganará algo con que lo devoren las llamas? Sin embargo, el fuego es considerado como el más cruel suplicio que se puede aplicar a un esclavo para castigar sus crímenes. ¿Qué demencia es esa de arrostrarlo todo para conseguir que ninguno de nuestros restos quede insepulto, cuando los Hados, a pesar nuestro, disponen todo a su capricho y voluntad?—Después de tales reflexiones, rendimos los últimos honores a los restos de Licas, que fue quemado en una pira encendida por sus enemigos, mientras Eumolpo se preocupa de redactar el correspondiente epitafio, para lo cual levantaba al cielo los ojos como esperando la inspiración de los dioses.

Capítulo CXVI

Cumplido nuestro piadoso deber para con Licas, proseguimos nuestro camino, y pronto subimos a una montaña, penosamente, y desde su cima vimos una ciudad próxima edificada sobre una loma. Nos dirigimos hacia allí sin saber qué ciudad era, y un campesino nos indicó que era Crotona, antiquísima ciudad y otrora la primera de Italia. Preguntárnosle entonces qué clase de hombres la habitaban y a qué género de industria se dedicaban preferentemente, después de las guerras que habían arruinado su poderío. —¡Oh, extranjeros, repuso el rústico. Si sois negociantes, mudad de propósito o buscar otro medio de ganaros la vida. Pero si sois personas de clase distinguida a quienes la obligación de mentir desde la mañana hasta la noche no asusta, corréis a la fortuna al dirigiros a la ciudad. Los crotoniatas no hacen caso de las bellas letras; no consideran en nada la elocuencia; y ni la frugalidad ni las buenas costumbres obtienen estimación o recompensa. Todos los que encontraréis en Crotona se dividen en dos clases: testadores y buscadores de sucesión. En esa ciudad nadie hace caso de los libertos, porque todo hombre que tiene herederos naturales, no es admitido ni en los festines ni en los espectáculos, y, privado de todos los atractivos de la vida, queda relegado a las últimas capas sociales. En cambio los que no han sido nunca casados y que no tienen parientes próximos, arriban a los primeros puestos, A juicio de esa gente, sólo los ricos y sin herederos tienen virtudes y talentos militares. En suma; esta ciudad os ofrecerá el aspecto de una campiña asolada por la peste; sólo veréis en ella cadáveres a medio devorar y cuervos que los devoran.

Capítulo CXVII

Eumolpo, el más prudente de nosotros, reflexionó acerca de esa nueva especulación, y nos confesó que no le desagradaba. Creí al principio que se trataba de una broma y que el anciano hablaba así por una licencia poética; pero él añadió: —¡Ojalá pudiera exhibirme en una escena más grande, es decir, con vestidos más suntuosos, para que se diera crédito a la farsa que se me ha ocurrido! No llevaría yo mucho tiempo esta averiada túnica, ¡vive Hércules!, y os proporcionaría muy pronto la fortuna—. Le prometí, siempre que dividiéramos por mitad el lucro, la túnica de Isis y todo lo que habíamos robado de la quinta de Licurgo, y yo conservaba aún.— La Madre de los dioses, añadí, no dejará de procurarnos el dinero que por lo pronto necesitamos. —¿Qué tardamos, pues, interrogó Eumolpo, en formar el plan de la comedia? Si el negocio os place, hacedme el señor a mí—. Ninguno de nosotros hizo objeciones a una empresa en la cual no podíamos perder nada. Así que para que se guardase de la comedia el secreto más riguroso, prestamos ante Eumolpo el juramento, cuya fórmula nos dictó él mismo, de sufrir el fuego, la esclavitud, los azotes, hasta la muerte misma; en una palabra, toda lo que él ordenara, sin descubrir la farsa. En fin, juramos por todo lo más sagrado ser de él en cuerpo y alma, como gladiadores legalmente comprometidos. Llenada esta formalidad, nos vestimos como esclavos y saludamos como tales a nuestro amo y señor. Convinimos también en decir que Eumolpo acababa de perder a su único hijo, joven de mucho talento y grandes esperanzas; que después de su muerte el desgraciado padre se había desterrado de su villa natal por no ver a cada instante la tumba, los amigos y los clientes del hijo, que renovaban diariamente el manantial de sus lágrimas; que para colmo de aflicción, acabada de sufrir un naufragio en el cual había perdido dos millones de sestercios: pero que esta pérdida le importaba menos que la de sus servidores, la muerte de los cuales le impedía presentarse en Cretona con el brillo correspondiente a su clase; que poseía aún en África (bienes raíces y dinero contante colocado a interés) treinta millones de sestercios, y por último, que tenia tal número de esclavos, que podría formar con ellos un ejército bastante fuerte para tomar a Cartago. Nuestro plan convenido en esa forma, aconsejamos a Eumolpo que tosiera mucho, como hombre enfermo del pecho: que afectase disgusto por todo; que no hablase sino de plata y oro; que se lamentase con frecuencia de la esterilidad de las tierras y de lo escaso de su rendimiento: que se encerrase un rato cada día para hacer cálculos y cambiar cláusulas de su testamento, y, por último, que cuando nos llamase a cualquiera de nosotros, pronunciase varios nombres, como si nos equivocase, y hacer creer así que creía tener a su lado los esclavos ausentes. Cuando todo estuvo acordado, rogamos a los dioses nos concedieran pronto y feliz éxito, y continuamos nuestro camino. Giton se cansaba con un peso superior a sus fuerzas, y al ser recargado Corax, comenzó a murmurar descansando frecuentemente, y desatándose en improperios contra nosotros que le hacíamos caminar sobrado de prisa, por lo cual nos amenazaba con echarlo todo a rodar o escaparse con la carga: —¿Me habéis tomado, exclamaba, por un jumento o por un navío? Me he contratado con vosotros para hacer servicio de hombre y no de acémila; no soy menos hombre libre que vosotros, aunque mi padre no me haya dejado fortuna—. No contento con maldecir, levantaba al andar y de vez en cuando una pierna y producía un estrépito indecente que hería nuestro oído y nuestro olfato. Giton reía al oírlo y remedaba con la boca sus detonaciones.

Capítulo CXVIII

Mientras tanto Eumolpo, volviendo a su manía poética: —Muchos ¡oh, jóvenes!, exclamó, han sido seducidos por la poesía; apenas han logrado medir un verso, ahogando un sentimiento tierno en un vano océano de palabras, se consideran ya en la cumbre del Helicón. Así muchos abogados, hartos de la labor forense, buscan un asilo en el templo de las Musas, como puerto más abrigado y tranquilo, y creyendo más fácil componer un poema que redactar un escrito vibrante de sentencias fosfóricas. Pero los espíritus cultivados no se dejan seducir tan fácilmente; saben que el poeta no puede concebir ni dar a luz una gran producción si no ha sido previamente fecundado con serios estudios. Es preciso evitar con cuidado las expresiones bajas y triviales y emplear los términos más nobles y ajenos al lenguaje de la plebe. Ya dijo Horacio:

¡Lejos de mí lo que profana el vulgo!

Es preciso, además, que los pensamientos brillantes no sean en el poema entremeses, sino platos del menú, es decir, que estén adheridos al cuerpo de la obra de suerte que no parezcan meros adornos postizos. Homero y los líricos griegos; Virgilio, gloria de la poesía romana, y Horacio, tan feliz en la elección de los vocablos, son la mejor prueba de ello. Los demás no han encontrado la ruta del Parnaso, o si la encontraron no acertaron a seguirla. El que quiso, por ejemplo, ocuparse de la guerra civil, fracasó por no haberse preparado para ello con profundos estudios, porque no es cuestión de poner en verso los acontecimientos como se produjeron, lo que pertenece a la historia, sino de demostrar la intervención de los dioses; es preciso que el genio, con libre vuelo, recorra el torrente de las ficciones fabulosas; en una palabra: que su inspiración semeje más bien a los oráculos, a los delirios profeticos, que a un historiador severo que apoya su relato en documentos fehacientes; que sea el verdadero vate. Con estas ideas he escrito un poema que voy a leeros a ver qué os parece. No está aún terminado del todo; falta que corregir mucho. Vosotros juzgaréis.

Capítulo CXIX

LA GUERRA CIVIL. POEMA

El orbe entero habían domeñado,
invictos los romanos, mas no habían
su codicia saciado, pues botín y no gloria perseguían.
Así se ve en la tienda del soldado
junto a la espada el brillador diamante;
así, por la molicie al fin vencido,
del placer vil esclavo vergonzante,
perfumes de la Arabia ha conseguido
por precio de conquista tan brillante.
En la guerra y la paz siempre se excede,
y vivir ya no puede
sin ver correr la sangre, derramada
en el circo romano
por las garras de fieras o la espada,
del pueblo a los aplausos inhumano.
El crimen mina a Roma, y su caída
¡ay! no será sentida.
Venus reina e impera de tal modo,
que al placer ya se supedita todo.
El hombre fuerte y varonil otrora,
se adorna cual mujer coqueta ahora;
y al buscar al soldado
se encuentra al gladiador afeminado.
El rico en sus festines se corona
y de esclavos rodea su persona;
en un día empobrece al mundo todo,
para sobresalir de cualquier modo
de todos sus paisanos.
¡He ahí el mayor placer de los romanos!
Ya la Fócida agota de esta suerte
sus aves más preciadas, que la muerte
arrebata a sus selvas, donde sólo
ya el soplo se oye, rítmico, de Eolo.
¡Corrupción por doquier! En los comicios
virtudes trueca el oro por los vicios;
y al oro del tirano ¡oh pudicicia!
se venden el Senado y la Justicia.
Catón, triste y confuso, lucha en vano
por devolver el esplendor romano;
y viendo ya imposible su victoria,
huye, seguido sólo por su gloria;
y viendo desterradas, con dolor,
la libertad, las leyes y el honor
de Roma, vencedora, y hoy vencida,
previendo acaso su cruel caída.
Ya no hay nada seguro; la fortuna
misma, siempre voluble cual ninguna,
hoy empobrece y veja y arruina
al que ayer más ufano y orgulloso,
con sus riquezas, era un poderoso.
¡Roma, Roma! La guerra se avecina.
La guerra es tu elemento; pon empeño
en despertar de tu cobarde sueño,
y de Marte la espada vencedora
vuelva a hacerte tan grande como otrora.

Capítulo CXX

Pero ya tus triunviros expiraron.
En el Eufrates, Craso; Pompeyo en el Egipto, junto al Nilo,
y César el invicto en el Senado.
Dispersas sus cenizas venerandas
que no cabían en el mismo osario,
tal fue el premio supremo que la gloria
a esos hombres tenia reservado.
La guerra se avecina; por doquiera
resuenan tristes cantos;
Partenópea y Cocyta envían ecos
sombríos, y fatídicos presagios.
Jamás frutos ni flores allí vense,
ni los hermosos y canoros pájaros
alegran esas selvas de cipreses
que entristecen el ánimo.
—¡Fortuna, aunque tu norma es la inconstancia,
presta a Roma tu amparo
y sálvala de su oro y su molicie,
para que libre al fin y sin cuidados,
recobre por la guerra su prestigio,
cubriéndose de gloria los romanos!
¡Oh diosa! salva a Roma.
Tu cólera ha dormido largos años,
y por ello quizás, por no vengarte,
han caído en la molicie los romanos.
Enciende al fin la guerra en el Imperio
y de este modo, diosa, al castigarlos,
por la muerte de César y los triúnviros,
los salvaras acaso.

Capítulo CXXI

Así dijo Plutón, rey del Averno,
a la Fortuna, que inconstante y varia
sonrió al contestar: —¡Oh, soberano
del imperio sombrío! Mi mirada
tiendo hacia el porvenir por complacerte
y a contar voy lo que mi vista alcanza
a leer en el libro del destino
para satisfacer así tus ansias. Roma orgullosa despreció mis dones
y mi amor trocó en odio. Mi venganza
será completa, pues estoy armando
a Roma contra Roma, y las espadas
fratricidas se afilan en la sombra,
para entrar en batalla.
Ya los veo bañándose en su sangre;
veo de luto que se cubre España;
ya el fragor del combate estoy oyendo,
y veo ya el incendio de Tesalia;
y en Libia y en Egipto oigo gemidos;
¡temiendo están las apolíneas armas!
Abre, Plutón, las puertas del infierno,
porque puedan entrar las nuevas almas;
y tú, Carón, para pasar tus muertos
una flota precisas, no una barca.
Pues te he de mandar tantos condenados
que tendrás que decirme al cabo: —¡Basta!

Capítulo CXXII

A estas palabras se encapota el cielo;
el relámpago brilla, cae el rayo
en la roca vecina y la reduce
a polvo en breve espacio.
La cólera de Jove, hace que escape
al infierno Plutón amedrentado.
El Averno estremécese; los dioses
nuestras discordias vengadores arman;
se eclipsa el sol; con círculo sangriento,
aparece la luna mustia y pálida;
tiemblan los montes, y ábrense sus cumbres
vomitando feroces fuego y lava;
suena el clarín, en lo alto de los cielos,
que anuncia a los humanos las batallas;
y se encrespan las olas de los mares;
y llueve sangre; y de las tumbas se alzan
sombras que gimen; y un cometa anuncia
en el cielo la guerra y la matanza.
Ya César enarbola el estandarte
de la guerra civil. Bravo a las Galias
habiendo domeñado, cruza el Alpe
por la primera vez, lleno de audacia.
Hércules lo ha guiado, de la nieve
a través, que en las montañas
alpinas es perpetua. Allí el sol luce
sin fuerza y no deshace las heladas,
que seculares son en esas cimas,
do nadie osó poner jamás la planta.
A los ojos de César aparece
Roma como una imperceptible mancha,
y lleno de ardimiento y esforzado,
la contempla, suspira, y así exclama:
—¡Omnipotente Jove! ¡Buen Saturno!
¡Que yo vea mis sienes coronadas
por el lauro del triunfo! Arma mi diestra
¡oh Marte! Y con mis brazos
me haré dueño del Orbe. Ya en España
es mi nombre famoso, y a los galos
lejos del Capitolio con mi esfuerzo
he vencido también, leyes dictando
a la orgullosa Albión, como he vencido
también a los germanos.
¡Y tú, Roma, lo olvidas, me destierras
y así me das el pago
por mis sesenta triunfos, que de gloria
nos cubrieron a mí y a mis soldados!...
¿Y quiénes me han proscrito? Advenedizos,
sin virtud, sin pudor, sin fe, sin alma.
Roma, madre para ellos, extranjeros,
es para mí madrastra.
¡Pues bien! ¡No lo consiento!
¡Que decida el valor! ¡Que hable la espada!
Y vosotros, mis bravos compañeros,
como quier que una misma es vuestra causa,
conmigo lucharéis. ¡Pues mis victorias
con tal ingratitud aquí me pagan,
y no he vencido sólo, que vosotros
tenéis parte en mi gloria tan odiada
por esos miserables que me envidian,
pero que hurtan el cuerpo a la batalla,
venid conmigo! Con vosotros
César invencible será.—Y a estas palabras
siguió feliz presagio; pues tres veces
sobre su frente se detiene un águila;
y tres veces del bosque los murmullos
se escuchan, y tres veces unas llamas
se encienden repentinas, y su disco
Febo en el cielo agranda.

Capítulo CXXIII

Más valiente que todos, los conmueve
César, y los inflama su ardimiento,
contagiando al soldado
que lo sigue al combate sonriendo.
Continúan la marcha, y de repente
una roca estremécese y al peso
del valeroso ejercito, vacila
y luego se derrumba con estrépito.
Amontonados caen los batallones
sobre la blanca nieve y sobre el hielo,
dificultando el paso de las tropas
resbaladizos témpanos.
Muge Éolo colérico, y de pronto
llueve y graniza; formidables truenos
retumban en las cumbres y el relámpago
y el rayo con sus fuegos
alumbran en la noche tempestuosa
á medias los senderos.
Se hunde la roca o derrumbarse amaga;
y la tierra y las aguas y los cielos
conspiran contra aquellos batallones
que el fin del mundo cuentan ya por cierto.
César, tranquilo, apóyase en su lanza
y salva los escollos con denuedo
(cual Hércules del Cáucaso
descendió en otro tiempo,
venciendo a los Gigantes), con asombro
de Júpiter que rayos lanza y truenos.
La Fama, mientras César atraviesa
los Alpes con su ejército,
vuela a Roma, y sus trompas resonando:
—«Ya romanos, les dice, a César veo,
tinto en sangre germana, que se acerca,
invicto, vengador, gallardo y fiero.»
—Roma, al oírlo, en llanto se deshace,
presintiendo el pillaje y el incendio.
El desorden es grande
porque es muy grande el miedo,
y buscan los romanos en la fuga
sacar horros sus bienes y sus cuerpos.
Confusión por doquier; unos destiérranse;
otros buscan por mar seguro puerto;
la esposa, acariciando a su marido,
pide por él al cielo;
llora el niño también amedrentado;
clama miedoso el pueblo;
muchos, toman sus lares y penates,
y huyen de la mansión de sus abuelos;
contra César invocan la venganza
terrible de los cielos;
y cual, si ruge airada una tormenta
que conmueve el navío, el marinero,
se entrega desolado a la ventura
e iza la vela al viento
por ver si así el azar puede salvarlo
lanzándolo contra seguro puerto;
así, desesperados, huyen todos
a la ventura por salvar sus cuerpos.
¡El Gran Cónsul también! Terror de Hidaspa,
el que hizo estremecer en otro tiempo
al Ponto, a Egipto, al Bósforo,
a Roma tantas gentes sometiendo;
huye también! Y al vencedor entrega
con su fuga fatal, Senado y pueblo!...

Capítulo CXXIV

El grán Pompeyo huyó... ¡Tan triste ejemplo
hace huir a los dioses de su templo!
Detestando de Marte los horrores
abandonan a Roma a sus furores;
la dulce Paz, de olivo coronada,
de Roma desterrada,
vuela al Olimpo con sus tres amigas:
con la Fe, la Justicia y la Concordia.
En cambio, abre sus fauces el Erebo
y llueven los azotes sobre Roma.
La Guerra, la Traición, la Muerte pálida,
el Terror, y la Rabia y la Derrota,
y el Furor, cuyo escudo centelleante
enciende con su vista más la cólera,
lleva una tea, que el voraz incendio
propaga por la tierra y la desuela.
Divídese el Olimpo, y mientra Apolo,
Mercurio, Febo y Hércules arrostran
de Júpiter las iras, por Pompeyo
peleando animosos, en su contra
Palas, Venus y Marte, con Minerva
del noble César el partido toman.
Las trompas suenan; de entusiasmo bélico
relinchan los caballos; la Discordia
ruge furiosa, y a su soplo infecto,
el cielo palidece y se encapota;
una víbora ostenta en su cabeza;
veneno y fuego de sus fauces brota;
y con su diestra, la encendida tea
fatídica enarbola.
Contempla los estados que ha infectado
con su aliento letal, sonríe y goza,
y: ¡A las armas!—exclama—; ¡acudid todos;
alzad el arma ahora!
Quien se oculte es vencido. Las ciudades
por el hierro o la antorcha
arrasadas serán de cualquier modo,
por haberlo dispuesto la Discordia.
¡Curión, subleva al pueblo! ¡Y tú, Marcelo,
la libertad defiende! ¡Tú, a la gloria,
¡oh Léntulo! conduce a tus cohortes!
¡César! ¿Qué tardas en llegar a Roma?
Y tú, Pompeyo, tu valor demuestra
venciendo a tu rival! Mas no; su gloria
relumbrará en Farsalia nuevamente,
y allí obtendrás tu postrimer derrota.
—Así habló la Discordia enardecida,
y encendió al Universo con su antorcha.

Eumolpo lanzó a borbotones su bilis al par que declamaba sus versos. Al terminar llegábamos a Cretona, y nos alojamos en una bastante miserable posada. Salimos al siguiente día para buscar mejor albergue, y tropezamos con una cuadrilla de esos buscadores de herencias que nos preguntaron quiénes éramos y de dónde veníamos. Respondimos a la doble pregunta de acuerdo con el plan que nos habíamos trazado, con tanta seguridad y tal número de detalles, que cayeron en la red y se apresuraron a ofrecer sus riquezas a Eumolpo, tratando todos a porfía de obtener su gracia por medio de atenciones y presentes.

Capítulo CXXV

Tiempo hacía ya que vivíamos así en Cretona, y Eumolpo, henchido de felicidad, olvidó su anterior condición, alabándose con frecuencia de su poder omnímodo y jactándose de que podía salvar del castigo a cualquier delincuente si se le antojaba así. En cuanto a mí, aunque engordaba a ojos vistas en el seno de la abundancia que gozábamos y estuviese inclinado a creer que la Fortuna habíase cansado de perseguirnos, no podía sustraerme a mis cavilaciones acerca de nuestra nueva posición y su origen; pensaba que si cualquiera de aquellos intrigantes pedía informes de nosotros a África se descubriría nuestra farsa. ¿Qué sucederá, me decía, sí el criado de Eumolpo por envidia o por venganza descubre el enredo? Nos veríamos forzados, después de haber vencido a la pobreza, a caminar de nuevo errantes y mendigando... ¡Oh, dioses! ¡A lo que se exponen los que viven fuera de la ley! Viven en la continua zozobra del castigo a que se han hecho acreedores.

Haciéndome tan tristes reflexiones salí de casa para pasearme y tomar el aire; pero no había dado diez pasos por el paseo público cuando una joven de agradable aspecto me abordó, y llamándome Polienos, nombre que había adoptado desde mi metamorfosis, declarome que su señora deseaba hablarme, y me rogaba ir a donde me esperaba. —Te equivocas, le dije turbado, esclavo soy de un extranjero y no soy digno de tal favor.

Capítulo CXXVI

— A ti, me replicó, me envían; pero sin duda vanagloriado con tus atractivos, vendes tus favores y no los concedes. ¿Por qué tus cabellos están tan artísticamente rizados? ¿A qué ese rostro brillante, esos ojos de mirada lasciva, ese andar acompasado y ese aspecto majestuoso? ¿No indican que expones tus atractivos para prostituirte, vendiéndote al mejor postor? ¿Me ves? No sé nada de augurios ni suelo curarme de los cálculos astronómicos, pero leo en el rostro de un hombre sus intenciones, y al verte andar así he adivinado las tuyas. Si vendes lo que deseamos, el comprador está pronto; si lo concedes, lo cual es más honrado, haz el beneficio que se te pide. Tu misma condición de esclavo que objetas aumenta los deseos que has encendido. Hay mujeres que gozan con lo abyecto; nada las enardece tanto como la vista de un esclavo miserable o la de un desharrapado lacayo; otras a quienes un gladiador, un muletero cubierto de polvo, un histrión prostituido, les excita vivamente el deseo. Mi señora es así; descendería hasta el foso del escenario para satisfacer sus deseos con el último tramoyista—. Encantado por la graciosa gentileza de la amable mensajera: —Dime, te lo ruego, exclamé: esa que me ama, ¿eres tú?—Mucha risa causó a la doncella esa fría pregunta: —No te amo, repuso: así, pues, no te engrías. Yo no he pertenecido nunca a un esclavo ni quieran los dioses que tal llegue a suceder, exponiéndome a ver crucificar a mi amante. Que lo vean esas mujeres que besan las cicatrices producidas por el látigo en las espaldas de sus amantes; yo no soy más que una sirvienta, pero nunca me entrego sino a caballeros—. No podía cansarme de admirar el contraste entre las dos mujeres, de condición evidentemente trastrocada, pues mientras la doncella podía ser por sus gustos e inclinaciones una soberbia matrona, la matrona parecía una miserable sirvienta. Después de algunos minutos más de agradable charla rogué a la doncella que condujese a su señora al vecino bosquecillo de plátanos, lo que pareció muy bien a la mensajera, que no me hizo esperar mucho tiempo, saliendo en seguida de su misterioso asilo con la dama incógnita, la cual se sentó a mi lado. Nunca produjo la escultura busto más bello y perfecto; me faltan palabras para describir tantos encantos reunidos en un solo cuerpo. Sus cabellos, naturalmente rizados y recogidos sobre su estrecha frente, caían sobre los hombros en innumerables bucles; sus cejas, en arco perfecto, casi se cruzaban, con una gracia infinita. Sus ojos, más brillantes que las estrellas de noche obscura; su nariz, ligeramente curva, y su diminuta boca recordaba la que el divino Praxiteles había concedido a su Venus; después, su barba graciosísima, su cuello de cisne, sus manos, sus pies graciosamente aprisionados en redecillas de oro; todo su cuerpo, en fin, de una blancura que envidiaría el mármol de Paros, me hizo olvidar para siempre los encantos de Doris, a quien tanto había amado.

¿Qué se hicieron tus rayos, dios Tenante?
Junto a Juno reposas, fatigado,
y ya no intentas nuevos amoríos
de los dioses con mofa y con escándalo.
Ahora debieras convertirte en toro
o en cisne amante de plumaje raro,
para tocar de esta Dánae el cuerpo
que encendiera de amor el tuyo helado.

Capítulo CXXVII

Este apostrofe me valió tan amable sonrisa, que creí ver a la misma Diana mostrando su argentado disco a través de tenue nubecilla. Luego, acompañando sus palabras con gracioso mohín: —Si no desdeñas, dijo, a una mujer honrada que hace un año aún era virgen, acéptame, ¡oh, joven!, por querida. Tienes un querido, lo sé, y no me importa lo que he averiguado al respecto; pero ¿quién te impedirá tener también una querida? De buen grado me ofrezco a ello, y si te place puedes cuando quieras sellar con un ósculo nuestro convenio. —Más bien, repliqué yo, por tus divinos atractivos, te ruego que me admitas a mí, pobre extranjero, entre el número de tus adoradores. Permíteme que te adore con fervor religioso, y no juzgues que llego al templo del Amor sin ofrenda, quo estoy dispuesto a sacrificarte mi querido.—¿Cómo?, repuso ella. ¿Me sacrificas ese niño sin el cual no puedes vivir? ¿Aquel de cuyas caricias pende tu dicha, a quien amas tanto como yo quisiera que llegaras a amarme a mí?—Dijo esto con tal encanto, su voz era tan dulce y armoniosa, que sus palabras me parecieron cantos de sirena y creí ver resplandecer en torno de ella una aureola más brillante que la luz del sol. La tomé por una diosa y le pregunte cuál era su nombre en el Olimpo. —Así, pues, ¿No te ha dicho mi sirvienta que me llamo Circe? No soy, sin embargo, la hija del Sol, y nunca mi madre tuvo poder para detener a su antojo al astro del día; no obstante, me consideraré tan venturosa como una hija del cielo si nos unimos en amoroso lazo. También en esto veo la influencia secreta de una divinidad, y no sin causa una nueva Circe ama a otro Polienos; siempre una tierna simpatía ha de unir estos nombres. Ven a mis brazos si me amas, y no temas las miradas indiscretas; tu querido está lejos de aquí.—Dijo, y abrazándome ardientemente me arrastró sobre una alfombra de mullido césped esmaltada de mil brillantes flores.

Como floreció el Ida cuando Jove
enardecido se ayuntó con Juno,
brotando rosas, lirios y azucenas
en torno de los dos esposos lúbricos;
así propicia a mis amores Venus
hizo más muelle el suelo,
brilló radiante el sol, y redoblaron
mi placer Febo y Venus de consuno.

Extendidos sobre el césped tupido preludiamos, con mil besos ardientes otra voluptuosidad mayor; pero al intentarla mis nervios fueron acometidos de súbita debilidad, y defraudé las esperanzas de Circe.

Capítulo CXXVIII

Indignada por la injuria: —¿Qué, es esto?, exclamó. ¿Acaso mis ardientes besos te repugnan? ¿Mi cuerpo está quizá macerado por el ayuno? ¿Mi aliento ofende tu olfato o mi sudor te hace antipática mi persona? ¿O es que temes que Giton se entere, y el miedo paraliza tus miembros? — El rubor cubrió mi rostro y la vergüenza acabó de quitarme la poca virilidad que me restaba. Habíame quedado como paralítico. —No busques en ti, contesté, reina mía, la causa de mi defección. Soy sin duda víctima de algún maleficio—. Pero tan necia excusa no podía calmar la cólera impetuosa de Circe. Echó sobre mí una mirada de desprecio, y volviéndose hacia su doncella: —Crisis, le dijo, sé franca; ¿tan repugnante soy? ¿Estoy mal ataviada? ¿Tengo alguna deformidad que amengüe mi belleza? No ocultes la verdad a tu señora; yo ignoro qué reproche hacerme—. Viendo que Crisis callaba, le arranca el espejo, lo pasea por todas las partes de su rostro, sacudiendo después su túnica, algo arrugada, pero no tanto como suelen dejarla los amantes después de sus expansiones amorosas, y se precipitó bruscamente dentro del vecino templo, consagrado a Venus. Yo, semejante a un condenado y espantado como si hubiera visto terrible aparición, me preguntaba confuso si los placeres de que acababa de ser privado eran reales.

Juguete del ensueño, un indigente
halla un tesoro oculto, y se lo queda.
Sueña en llevarlo a casa,
gozando de antemano tal riqueza,
y asustado vacila, porque teme
que recobre su presa
el dueño del tesoro; el sudor cubre
su rostro cuando el trance aciago piensa,
y lleno de angustiosa incertidumbre
el infeliz despierta,
y Creso imaginario de un momento
al despertar recobra su miseria.
Involuntariamente a todas partes
mira, buscando ansioso su riqueza,
y durante un instante, todavía
acaricia su mente tal quimera.

Todo concurría a hacerme creer que mi infortunada aventura había sido un sueño, una verdadera alucinación; sin embargo, mi debilidad era tan grande, que durante algún tiempo me fue imposible levantarme; pero a medida que el agobiamiento de mi espíritu se disipaba fui recobrando mis fuerzas, y pude pronto volver a casa, acostándome en seguida con pretexto de una indisposición. Pronto entró en mi dormitorio Giton, entristecido por el anuncio de mi dolencia. Para calmarlo le dije que me había acostado porque tenia necesidad de reposo, contándole varias historias; pero sin aludir ni remotamente a mi infortunio, temiendo sus celos, y para disipar toda sospecha le hice acostarse conmigo, tratando de darle alguna prueba de mi amor; pero anhelante y sudoroso, tuve que desistir de mis propósitos. Levantose entonces furioso y reprochó mi debilidad, atribuyéndola a falta de amor por él, añadiendo que ya sabía él desde hacía tiempo que otra persona gozaba las primicias de mi virilidad. —Mi amor, le dije, no ha desaparecido ni amenguado; pero ahora, creciendo la razón con la edad, modera mi pasión y mis transportes. —De ese modo, dijo burlonamente, doite las gracias por amarme como Sócrates. Nunca salió Alcibíades tan puro como yo ahora del lecho de su amo.

Capítulo CXXIX

En vano le añadí: —Créeme, querido; no creo ser ya hombre; no siento. Muerta se halla ya aquella parte de mi cuerpo que hasta hace poco hacía de mí un Aquiles—. Convencido de mi impotencia y temiendo que al sorprender nuestra entrevista pudiéramos ser amonestados, Giton se arrancó de mis brazos y huyó, internándose en las habitaciones interiores. En cuanto salió el muchacho, entró Crisis en mi dormitorio y me dio un pergamino de su señora, en el cual había escrito lo siguiente:

CIRCE a POLIENOS, SALUD.

Si fuere yo libidinosa quejaríame de haber sido defraudada; pero al contrario, ahora doy gracias a tu impotencia, que ha venido a prolongarme la ilusión del placer. En vano me pregunto: ¿cómo han podido tus piernas sostener el cuerpo y llevarlo hasta tu casa? Porque los médicos niegan que se pueda andar sin nervios. Te prevengo, adolescente, que estás amagado de parálisis, y nunca he visto a ningún enfermo en tanto peligro como tú. ¡Perecer a la mitad del combate! Si el mismo frío invade tus rodillas y tus manos, te aconsejo que te prepares la tumba. ¿Qué remedio? Aunque he sido gravemente injuriada por tu falta de virilidad, me compadezco de ti y no quiero ocultarte la medicina. Si quieres sanar, retírate de Giton, y a los tres días de no dormir con tu querido recobrarás tu vigor. Por lo que a mí atañe, ni mi espejo ni mi fama me engañan, y no han de faltarme amantes. Salud, si te es posible recobrarla.

Cuando Crisis vio que había leído toda la mordaz epístola: —Suelen suceder, dijo, cosas de éstas en nuestra ciudad, en la que abundan brujas capaces de bajar la luna de su sitio. Así, pues, tu mal tiene remedio. Contesta amablemente a mi señora, tratando de reconquistarla con una confesión franca de tu culpa. En verdad, desde que sufrió tan injuriosa decepción, hállase completamente fuera de sí — . Siguiendo con gusto el consejo de la doncellita, escribí en el mismo pergamino:

Capítulo CXXX

POLIENOS a CIRCE, SALUD

Confieso, señora, que he cometido faltas, ya que soy hombre y además joven. Pero hasta este día nunca cometí delito penable con la muerte. Ya tienes confeso y convicto al reo. Merezco el castigo que quieras imponerme. Soy un traidor, un homicida, un sacrílego. Inventa suplicios para tanto crimen. Si mi muerte deseas, yo mismo te entregaré el acero; si te contentas con azotes, yo te llevaré las cuerdas anudadas. Acuérdate, sin embargo, de que no fui yo, sino el instrumento, el culpable. Centinela, me encontré sin armas. No sé quién me las quitó. Por fuerza mi imaginación se adelantó a mi cuerpo; por fuerza la concupiscencia consumió la voluptuosidad. No comprendo lo que me sucedió. Dices asimismo que debo temer la parálisis. No sé cómo pueda proporcionarme mayor pesar que el de no haberme dejado poseerte. En suma: mi mejor excusa es ésta: permíteme que enmiende mi yerro y quedarás satisfecha. Salud.

En cuanto se despidió Crisis renovándome sus halagüeñas promesas, pensó seriamente en devolver el vigor a la parte debilitada. Prescindí del baño, limitándome a algunas ligeras fricciones. Tomé alimentos estimulantes y bebí poco vino. Después, preparado al sueño por un corto paseo, me acosté sin Giton. Tenía tal ansia de hacer las paces con Circe para poseerla, que temía hasta el menor contacto con mi querido.

Capítulo CXXXI

Al siguiente día, como me levantase sano de cuerpo y alma, me dirigí al mismo bosquecillo de plátanos, y entré en aquel lugar que me había sido tan funesto, esperando bajo los árboles que Crisis viniera a conducirme al lado de su señora. Después de haberme paseado algún tiempo, acababa de sentarme en el mismo sitio que la víspera, cuando la vi venir acompañada de una viejecita: —¿Cómo está, dijo saludándome, hoy respecto a vigor ese cuerpo?—A estas palabras la vieja sacó de su seno un redecilla tejida con hilos de diferentes colores, me la puso como corbata al cuello: después escupió en su dedo lleno de polvo, y con ese lodo, a pesar de mi repugnancia, me signo en, la frente:

Si estás vivo, espera. ¡Y tú, Dios constante de flores y amores, ayuda a este amante!

Después de esta invocación a Priapo, me ordenó que escupiera tres veces y que otras tantas me echara en la túnica unos guijarros que había traído ella envueltos en una banda de púrpura. Hecho esto, llevó las manos a la parte enferma, y se operó el encanto rápidamente. El culpable levantó la cabeza en seguida y rechazó la mano de la vieja, estupefacta por la enormidad del prodigio. Transportada de gozo al contemplarlo: —Mira, dijo. Crisis mía; mira qué hermosa liebre acabo de levantar para otra y no para mí. —La cura era completa, y la vieja me restituyó a la joven, que parecía muy contenta de que su señora hubiera recuperado el tesoro que creía perdido. Me condujo, pues, prontamente junto a Circe, haciéndome entrar en un delicioso retiro en el cual parecía haber desplegado todos sus tesoros más preciados la naturaleza.

Sombra en él daban plátanos frondosos,
esbeltos pinos, trémulos cipreses,
que sobre arena de oro, su ramaje
siempre ostentan lozano, siempre verde.
Arroyos juguetones, bulliciosos,
serpean por el prado y lo embellecen,
prestándole frescura, y los amantes
aquel retiro encantador quisieren
para gozar con todos los sentidos
tendidos sobre el césped.

Encontré a Circe tendida sobre un lecho de oro, en el que apoyaba su cuello alabastrino; con su mano agitaba una rama de florido mirto. Al verme ruborizose un tanto, sin duda recordando la injuria de la víspera; pero cuando hubo hecho retirar a toda su servidumbre, y yo, obedeciendo su invitación, me senté a su lado, me puso ante la vista la ramita que tenía en la mano, y más audaz, no viéndome los ojos:—¿Qué tal, exclamó, paralítico? ¿Has venido hoy completo? —¿Preguntas, contesté yo, pudiendo probarlo?—Dicho esto me precipito en sus brazos, y no encontrando resistencia alguna, fruyo hasta la saciedad, cubriendo de besos su hermoso cuerpo.

Capítulo CXXXII

La hermosura de su cuerpo me excitaba a poseerlo. Ya del choque de nuestros labios brotaban innumerables besos sonorosísimos; ya nuestras manos entrelazadas habían interrogado todos los órganos del placer; ya nuestros cuerpos, estrechamente abrazados, se estremecían de gozo, y ya iba a realizar la fusión completa de nuestras almas, cuando de repente, en lo mejor de la jornada del placer, me abandonan de nuevo las fuerzas y no puedo llegar al venturoso y anhelado término. Exasperada por tan inexcusable afrenta, Circe no piensa ya sino en vengarse de mí, y llamando a sus esclavos, ordénales que me azoten. Pero pronto este castigo le parece demasiado suave, y llama a toda su servidumbre, hasta a la encargada de los más bajos menesteres, para entregarme a sus insultos. Me limitó a taparme los ojos con las manos, y sin recurrir a la súplica ni pedir gracia, me dejé escarnecer convencido de que lo merecía, y me echaron de allí cubriéndome de golpes y de salivazos. La vieja Prosilenos fue también arrojada de la casa, y hasta Crisis sufrió el castigo de los azotes. Todos los sirvientes se preguntaban al oído la causa de la rabia de su señora. Volví a mi casa, el cuerpo lleno de contusiones y la piel más manchada que la de una pantera, y me apresuré a disfrazar las marcas de los, golpes recibidos, temiendo excitar con mi aventura las burlas de Eumolpo y la pena de Giton. Recurrí, pues, al único expediente que podía salvar mi reputación; me fingí enfermo, y tendido en mi lecho, dirigí mi furia contra la causa exclusiva de mi infortunio.

Tres veces empuñé con mano fuerte
la cuchilla fatal, mas desistiendo
de podarme, déjela. El miembro frío,
aún más frío que el hielo,
parecía buscar donde ocultarse
a la venganza del cortante acero,
y no pudiendo así sacrificarlo,
desbordo en llanto mi despecho ciego.

Apoyado sobre el codo, apostrofaba así al casi invisible contumaz. —¿Qué dices, oprobio de la naturaleza? Porque sería necedad darte un nombre serio. ¿Qué dices? ¿He merecido acaso que me precipitaras en el infierno cuando ya había logrado alcanzar el cielo? ¿Por qué en la primavera de mi vigor me transportas al invierno de la más decrépita vejez? Te ruego que me lo digas; ¿estás muerto del todo! Así estallaba mi ira.

Y él insensible, lacio, inconmovible,
mustio, como una flor que el tallo inclina
cubría su cabeza avergonzado,
como cierra sus hojas flor marchita.

Cuando reflexioné acerca de la indecencia de tales apostrofes, me arrepentí de haberlos proferido, experimentando secreta confusión por haber olvidado las leyes del pudor hasta el extremo de ocuparme de esa parte del cuerpo de la que nunca hablan, ni osan siquiera pensar en ella los hombres que se respetan. Golpéeme, pues, la frente con despecho: —Después de todo, pensé, ¿qué mal he hecho en aliviar mi dolor con reproches tan naturales? ¿Quién es el que no hace lo mismo alguna vez con su vientre, con su garganta, con su cabeza, cuando estos miembros le duelen? ¿Qué? ¿Acaso Ulises no hizo lo mismo con su corazón? Y también los héroes de tragedia maldicen a veces a sus ojos, como si éstos pudieran oírles. El gotoso maldice sus pies, el epiléptico sus manos temblorosas, el legañoso sus ojos; y cuando nos herimos algún dedo de la mano el dolor hace que castiguemos a nuestros pies golpeándolos contra el suelo.

¿Por qué arrugas, Catón, tu tersa frente?
¿Te hace mi obra, Catón, fruncir las cejas?
Las pláticas morales
me aburren al extremo por severas.
Del pueblo pinto las costumbres todas
y trato de que copia exacta sea.
¿Quién del amor ignora los transport;es?
¿Quién en mullido lecho, la pereza
no ha sentido? Creamos a Epicuro
que pinta de los dioses las miserias
y son, después de todo,
iguales a las nuestras.
Nada más ridículo que los juicios del necio;
nada más absurdo que la severidad de los ineptos.

Capítulo CXXXIII

Tras estas reflexiones, llamé a Giton y le dije: — Cuéntame, querido, pero con toda franqueza, si la noche que te sacó Ascylto de mi lecho llegó contigo hasta injuriarme o se contentó púdicamente con tenerte a su lado—. Llevando el niño las manos a sus ojos, me juró con vehementes palabras que no le había ultrajado Ascylto. Tan agobiado estaba yo por los acontecimientos del día, que no sabía dónde tenía la cabeza, ni me daba cuenta de lo que hablaba ¿A cuento de qué buscaba yo en el pasado nuevos motivos de aflicción? Al fin, más tranquilo, me preocupé de los medios de recobrar mi vigor. Quise hasta ofrecer mi cuerpo a los dioses, y salí, en efecto, para invocar a Priapo. Fingiendo una esperanza que casi no tenía, me arrodillé en el suelo del templo y dirigí a la divinidad que allí se adoraba esta plegaria:

¡Hijo de Baco y de la hermosa Venus,
numen de los jardines y las selvas!
¡Dios juguetón de lésbicos amores!
Ya que la Aurora en su carroza bella
te eleva un templo por rendirte culto,
¡Priapo, escucha al mortal que aquí te ruega!
No soy un parricida ni un sacrílego;
no vengo, aquí manchada la conciencia
con crímenes sangrientos o terribles;
sino a pedirte más vigor y fuerza.
Una parte de mí quedose helada
cuando yo más necesitaba de ella.
Quien confiesa su culpa es menos reo.
Yo pequé, mas pequé por impotencia.
Lo que te sobra a ti y en ti admiramos,
concédeme, por reparar la ofensa
hecha al amor, o quítame al instante,
pues de nada me sirve, la existencia.
Si prolongar mi juventud, ¡oh, Priapo!,
concederme quisieras,
tres veces te prometo, alegremente,
ebrio de amor, dar a tu altar la vuelta.

Mientras yo dirigía al dios esta plegaria sin perder de vista a la parte difunta, entró la vieja Prosilenos, los cabellos en desorden y cubierta con una túnica deforme. Me tomó en sus brazos y me arrastró, tembloroso, fuera del pórtico.

Capítulo CXXXIV

—¿Qué vampiros, exclamó, han devorado tus nervios? ¿Pasaste alguna noche callejeando y has pisado alguna entraña o algún cadáver? Ni con Giton has logrado vindicarte; flojo, débil, cansado, como caballo en el macelo, has perdido las fuerzas sin alcanzar el fruto; no contento empero con pecar tú, has atraído sobre mí la cólera de los dioses; ¿crees que no merece eso un castigo? Dicho esto me arrastró a la celda de la sacerdotisa, sin que opusiera yo resistencia alguna, y arrojándome en el lecho, tomó un palo que estaba tras de la puerta, comenzando a apalearme. Por fortuna el palo rompiose al primer golpe, sin lo cual, tal era su furor, creo que me hubiera roto brazos y piernas. No pronunciaba yo una palabra, pero me fue imposible contener un gemido cuando la vieja trató con sus rugosas manos de despertar lo que la naturaleza había adormecido. Vertí entonces un torrente de lágrimas, me recosté sobre la almohada y tapé mi cabeza con el brazo derecho. La anciana, por su parte, sentada a los pies de mi lecho, lloró también, acusando al destino de prolongar su inútil vida. Atraída por nuestros gemidos, presentose la sacerdotisa: — ¡Por qué habéis venido a mi celda, exclamó, como quien entra en una selva para lamentarse? ¡Y en un día de fiesta en que todos deben alegrarse!... —¡Oh, Enotea!, respondió la vieja; este joven que aquí ves, ha nacido con mala estrella; ya ni doncellas ni adolescentes pueden sacar partido de él. Nunca habrás visto hombre tan infeliz. Una vejiga de agua en vez de miembro tiene. En suma; ¿quién es el mortal que podría salir del lecho de Circe sin satisfacer sus voluptuosos anhelos?—Oído esto, Enotea se sentó entre los dos, y meneando la cabeza con aire de suficiencia: —Soy la única, dijo, capaz de remediar eso. Y no creáis que es jactancia; que este adolescente duerma conmigo una noche, y lo devuelvo tan vigoroso como un toro.

Para mí se engalana el Universo
o los campos se cubren de tristeza,
según mi voluntad. De rocas áridas
hago brotar el manantial, que riega
y fecunda el erial. Céfiro blando
se adormece a mis pies cuando yo quiera,
o se transforma en Aquilón que arrasa
cuanto a su paso encuentra.
La tigre hircana y los dragones fieros
tiemblan en mi presencia,
y la luna desciende a visitarme,
y se estremece de pavor la tierra,
y herido Febo su carroza para,
acatando mis órdenes severas.
Si el Toro guardó el rayo, obedeciendo
a la voz suplicante de Medea;
si Circe convirtió los valerosos
griegos de Ulises en carneros; si esas
de Proteo admirables
transformaciones múltiples contemplas,
no te sorprenderá de modo alguno
que a tu miembro el vigor devolver pueda,
yo que puedo llevar a las montañas
el mar, dejando al aire sus arenas.

Capítulo CXXXV

Me estremecí de horror al relato de tantas maravillas, y miraba admirado a la sacerdotisa, cuando: —Prepárate, dijo Enotea, a obedecerme. —Y lavándose curiosa las manos, se inclinó sobre el lecho y me besó dos veces. Después colocó una mesa vieja en medio del altar y la cubrió de brasas. Una escudilla de madera, deteriorada por la vejez, pendía de la pared; la sacerdotisa la descolgó, pero el clavo se vino al suelo. Compone la escudilla con una pasta resinosa, y sujeta luego el clavo en la ahumada pared. Ciñe después a su cintura un delantal cuadrado, pone al fuego una gran olla, descuelga con una horquilla un saco que, además de habas para su consumo, tenía un vetusto trozo de tocino rancio con mil heridas, y echa sobre la mesa una porción de aquellas legumbres, ordenándome que las pelase. Me apresuré a obedecer, y empecé a poner aparte todas aquellas que me parecieron podridas; pero Enotea, impaciente por mi lentitud, coge las habas que yo rechacé y con los dientes las desgrana, tirando la envoltura. La pobreza aguza el ingenio y el hambre hace progresar de singular modo a las artes. La sacerdotisa era viviente ejemplo de templanza. Todo en su casa respiraba economía, pareciendo aquella vivienda el verdadero santuario de la indigencia.

No había allí marfil, oro ni bronces,
ni se pisaba el mármol;
su lecho de reposo era de paja
un montón, dentro un saco;
varias cestas, pucheros y cazuelas;
de vidrio algunos tarros
con residuos de vino, forman todo
de la sacerdotisa el mobiliario.
Una estera de paja cubre casi
las paredes del cuarto,
y en el frente, con juncos y rosales
se ha formado una especie de santuario.
Tal fue el retiro, ¡oh, Hércules!,
que en Actea has gozado,
tú a quien las Musas tanto han aplaudido
cubriéndote de inmarcesibles lauros.

Capítulo CXXXVI

Cuando acabó de limpiar las habas Enotea, se puso a chupar el pedazo de tocino y luego volvió a colgar el saco, ayudada de la horquilla; sube en una silla tan vieja como ella y que, se cae, no pudiendo sostener su peso, derribando a la sacerdotisa, que al caer derriba la olla, cuya agua apaga el fuego que comenzaba a encenderse. La vieja quemose también el codo con uno de los tizones, y su rostro se cubrió de una nube de ceniza. Asustado, acudo, la levanto sin reírme por el incidente y más bien temblando que éste no retardase el sacrificio que había de devolverme la virilidad, y ella corre a casa de una vecina a buscar fuego. Acababa de salir, cuando tres patos sagrados que sin duda solían recibir a aquella hora el alimento de manos de la vieja se lanzan sobre mí y me aturden con sus furiosos gritos. Uno desgarra mi túnica a picotazos, otro desata los cordones de mi calzado, y el tercero, que parecía el jefe, llevó su audacia hasta herirme la pierna con un pico más duro que el hierro. Colérico por el atrevimiento del volátil, me armo con una de las patas de la mesa a guisa de maza, persigo a mi ofensor y de un golpe certero lo mato.

Tal temiendo de Alcides valeroso
la ingeniosa y mortal estratagema,
se volvieron al cielo, en vuelo rápido,
los que a Hércules recrean,
y así los que mancharon el banquete
del gran Fineo con su baba infecta,
huyeron al aspecto de Galayo
el aire conmoviendo con sus quejas.

Los dos patos supervivientes se abalanzaron a las habas esparcidas por el suelo, devorándolas, y la muerte de su jefe fue sin duda lo que les decidió a refugiarse en el templo. Yo, orgulloso a la vez de mi victoria y del botín que me procuraba, arrojé el cadáver de mi víctima detrás del lecho y me curé con vinagre la pequeña herida que me había hecho en la pierna. Luego, temiendo los reproches de la vieja, me dispongo a escapar; pero apenas pisaba el umbral, la veo que viene trayendo fuego en un desvencijado hornillo. Vuelvo a subir las gradas del atrio, me quito el manto y me pongo de pie en la puerta del cuarto, como si esperase con impaciencia. La sacerdotisa comienza en seguida a encender el fuego, mientras se excusa de haber tardado tanto a causa de que su amiga no quiso dejarla marchar sin que hubieran hecho las tres libaciones de costumbre: —¿Y tú, exclamó, en mi ausencia qué hiciste? ¿Dónde están las habas?—Yo, que creía haber hecho cosa digna de loa, le conté el suceso, y para consolarla de la pérdida del pato le ofrecí comprar otro. A la vista de la víctima la sacerdotisa lanzó tan espantosos gritos, que no parecía sino que los tres patos habían entrado de nuevo en la estancia. Aturdido y no comprendiendo en qué consistía tan nuevo crimen, pregunté a la vieja por qué se apenaba tanto y concedía mayor importancia a la muerte del palo que a la herida de mi pierna.

Capítulo CXXXVII

Chocando con rabia las manos: —¿Aún hablas, dijo, asesino? No conoces la enormidad de tu crimen. Acabas de matar al favorito de Priapo: un pato que todas las matronas crotoniatas deseaban. Y no creas que tu falta es leve; si los magistrados conociesen tu crimen te harían crucificar. Has manchado de sangre mi domicilio, hasta hoy inmaculado, y me expones a ser arrojada del sacerdocio si algún enemigo mío me denunciase.

Dijo, y las hebras de plateados bucles
que su frente adornaban se arrancó,
luego arañose el arrugado rostro
y el llanto amargo sofocó su voz.
Como nieve deshecha en el estío
baja al valle veloz
convertida en torrentes, tal su llanto
su rostro anciano y trémulo inundó,
mientras el pecho palpitaba triste
a impulsos del dolor.

Entonces yo: —Te ruego que no te apesadumbres de tal cosa, le dije; yo té daré otro pato—. Ella, sin hacerme caso, seguía gimiendo, y en esto entró Prosilenos trayendo el dinero necesario para los gastos del sacrificio. Se informó de la causa de nuestra tristeza, y cuando vio el cadáver del pato rompió a llorar más fuerte que la sacerdotisa, compadeciéndose de mi suerte, como si hubiera yo asesinado a mi padre y no a un pato mantenido a expensas del público. Aburrido ya de oirías lamentarse: —Decidme, os lo ruego, exclamé; ¿no puedo expiar mi crimen, y aunque fuese un crimen mayor, con dinero? He aquí dos monedas de oro con las que podéis comprar a los patos y a los mismos dioses—. Cuando las vio Enotea: —Mi dolor, dijo, es por ti, joven; por cariño hacia ti y no por malignidad me desconsolaba. Haremos de modo que esto no se sepa. Tú ruega a los dioses que te perdonen.

El rico no naufraga; omnipotente,
dirige a la fortuna y la sujeta.
Si ama a Dánae cautiva, con el oro
la gozará, quebrando sus cadenas;
hace versos si quiere; es abogado
aún mejor que Catón; declama; enseña,
y en el Senado augusto y en el foro
manda como amo y todo lo gobierna.
En estos tiempos, ¡ay!, se compra todo,
todo al oro se entrega;
hasta a los dioses, hasta el mismo Júpiter,
de sus rayos el arca acaso venda.

Entre tanto Enotea se aprestaba para el sacrificio; colocó bajo mis manos una vasija llena de vino; cortó puerros y perejil; me hizo extender los dedos, que regó con aquel licor a guisa de agua lustral, y echó en el vino las hierbas, pronunciando palabras mágicas, y según que se hundían o flotaban aquéllas, parecía leer mí futura suerte. No me dejé engañar por esa superchería, sabiendo que los puerros vacíos flotan, mientras que las cebollas de éstos que están llenas se hunden. Después abrió el pato y le sacó el hígado, que estaba perfectamente sano, para predecirme lo porvenir. Al fin, para destruir toda huella de mi crimen, cortó en pequeños pedazos el ave y los puso a cocer, para obsequiar así, dijo, al que momentos antes quiso crucificar. Ahora las dos ancianas bebían a cual más y devoraban con apetito, a medio asar, algunos trozos del pato que poco ha motivó tanto llanto. Cuando no quedó ya nada comible, Enotea, medio borracha, se acercó a mí y exclamó: —Ahora acabaremos de practicar los misterios para que tus nervios recobren su antiguo vigor.

Capítulo CXXXVIII

A estas palabras trae una jeringa, la llena de polvos de pimienta y ortigas picadas desleídas en aceite y me lo introduce poco a poco en el ano. Después la implacable vieja me frota los muslos con este licor estimulante. Mezclando después algunas plantas me pone una cataplasma en la parte enferma, y luego, con un manojo de ortigas verdes, me azota suavemente el bajo vientre. Causábame esta operación punzantes dolores, y para sustraerme a ellos emprendí la fuga. Furiosas las viejas me persiguen corriendo, y aunque aturdidas por la embriaguez, toman el mismo camino que yo, gritando como locas: —¡Detenedlo, detenedlo!—Consigo al fin que me pierdan de vista y llego a casa con los pies ensangrentados, efecto de tan rápida carrera, fatigado y molido, arrojándome en seguida sobre el lecho. No pude conciliar el sueño. Todos mis infortunios llamaban a mi mente y me hacían creer que nunca hombre alguno había sufrido tantos contratiempos. La Fortuna, pensaba yo, siempre en mi contra, ¿tenía necesidad de unirse al Amor para redoblar mis tormentos? ¡Oh, infeliz de mí! La Fortuna y el Amor conspiran juntos en contra mía. Ese mismo Amor que, amante o amado, nunca me fue propicio. ¡Ay! ¡Ahora Crisis me ama perdidamente y me persigue con ahínco! Ella, que trató de reconciliarme con su señora y que desdeñaba el amor de los esclavos, porque de esclavo llevaba yo el traje. Ella digo, Crisis, que despreciaba tanto mi condición servil y que ahora quiere seguirme con peligro de su vida. Acaba de jurarme, al descubrirme su violenta pasión, que me seguirá como mi sombra. Pero pertenezco a Circe por completo y todas las demás mujeres me son indiferentes. ¿No es ella la más hermosa de todas? Ariadna o Leda, ¿podían compararse con ella? Elena y la misma Venus, ¿reunieron nunca tantos encantos? Si Paris, al juzgar esas bellezas, hubiera podido ver los ojos incomparables de Circe, hubiera dado por ésta a Hélena y a las tres diosas. ¡Qué dicha si me fuera permitido robarle un beso y estrechar en mis brazos su divino y hermosísimo busto! Creo que recobraría todo mi vigor, y mis miembros, entumecidos por algún maleficio, toda su antigua virilidad. Sus. ultrajes no me hieren; ya no me acuerdo de los golpes recibidos. Me arrojó de su lado; no me importa. ¡Que me sea permitido volver a su gracia!

Capítulo CXXXIX

Estas reflexiones, con la idea de la hermosísima Circe, me hacían estrujar el lecho, removerme en él como si tuviese entre mis brazos el objeto encantador de mis deseos, pero todo fue inútil. Tal encarnizamiento acabó con mi paciencia y me entregué a los más violentos reproches contra el maligno encantador que sin duda me había hechizado. Al fin, mi espíritu se calmó, y buscando entonces motivos de consuelo entre los héroes de la antigüedad que, como yo, habían sido perseguidos por los dioses, exclamé:

¡No sólo a mí los dioses me persiguen!
Juno hizo a Alcides sostener los cielos;
y también Pellas de la altiva diosa
sufrió de la venganza el duro peso.
Laomedonte fue muerto en los combates
por su perjurio, y de los dos gemelos,
inocente del crimen que le imputan,
fue víctima Télefo.
Ulises de Neptuno fue juguete.
Yo, de Venus y Priapo soy muñeco.

Torturado por esas inquietudes consumí la noche en la mayor ansiedad, y Giton, informado de que yo había dormido en casa, entró con el día en mi cuarto, quejándose con amargura de mi libertinaje. Según él, no se hablaba de otra cosa en la casa que de mi licenciosa conducta, pues que sólo se me veía en ella, y muy rara vez, a las horas de servició, y añadió que mis clandestinos negocios me iban a hacer enfermar muy de veras. Sus reproches me probaron que alguien en mi ausencia había venido a enterarse de mí y descubierto algo. Para asegurarme de ello pregunté a Giton si alguien había preguntado por mí. «Nadie hoy, respondió, pero ayer una mujer bastante bonita vino; después de hacerme varias preguntas concluyó por decirme que habías merecido el castigo y sufrirías más aún si la parte lesionada perseveraba en su queja». Esta noticia desesperome y me desaté de nuevo en imprecaciones contra la fortuna. No había agotado el repertorio de mis invectivas cuando se presentó ante mí Crisis, y, estrechándome en sus brazos con la más tierna efusión: «Ya te tengo, dijo, como lo esperaba. Tú, mi amor, mi deseo, mi dicha. No podrás apagar el fuego que me devora sino con tu sangre». Los extremos de Crisis me turbaban mucho, y para alejarla tuve que recurrir a las más tiernas palabras. Temía yo que el ruido que metía aquella loca llegase a los oídos de Eumolpo, quien, desde su prosperidad, nos trataba con el orgullo de un verdadero amo. Puse, pues, todo mi cuidado en calmar los transportes de Crisis; fingí corresponder a su amor y le dirigí las más cariñosas palabras. En suma, disimulé tan bien, que me creyó sinceramente preso en la red de sus hechizos.

Entonces le expuse los peligros a que estábamos expuestos. Le pinté a Eumolpo como un amo cruel que castigaba con rigor la menor falta. Oído esto se apresuró a marcharse, tanto más de prisa cuanto que vio volver a Giton, quien había salido de mi cuarto un momento antes de entrar ella. Acababa de salir cuando uno de los nuevos sirvientes de Eumolpo me dijo que el amo estaba furioso porque yo no había hecho mi servicio en los dos últimos días, y me aconsejó que buscase alguna excusa plausible, pues de no, era muy dudoso que se calmase su cólera antes de haberme hecho azotar. Giton me encontró tan triste, tan consternado por esta amenaza que no me dijo una palabra de Crisis, y sólo me habló de Eumolpo, aconsejándome que no tomase en serio, ante él, la cuestión, sino en broma. Me aproveché de su advertencia y abordé al señor con rostro tan risueño que su acogida, lejos de ser severa, fue de lo más alegre. Me felicitó burlonamente por mi buena estrella, me cumplimentó por mi buena faz y mi arrogante figura, que todas las damas crotoniatas se disputaban; y: «No ignoro, me dijo, que una dama hermosísima te adora y eso Encolpio, puede servirnos de mucho alguna vez. Sostén, hijo mío, el carácter del personaje que representas, como yo sostendré el mío».

Capítulo CXL

Hablaba aún cuando entró una matrona de las más respetables, llamada Filomena, que había especulado en la juventud con sus encantos para conseguir varias herencias. Ahora ya, vieja y arrugada, llevaba sus hijos (varón y hembra) a casa de los ancianos ricos sin herederos y, sobreviviéndose a ella misma, continuaba su honesto negocio, especulando con los encantos de sus vástagos. Vino cerca de Eumolpo a confiárselos, recomendando a su prudencia y bondad las dulces prendas de su corazón. Según ella, Eumolpo era el hombre más sabio del mundo y el más capaz para guiar bien a la juventud. Acabó diciendo que los dejaba en casa de Eumolpo para que escuchasen sus lecciones, que eran la mejor herencia que podía legarles. Dicho y hecho, dejó en la cámara una bellísima joven y un adolescente, su hermano, y se fue con el pretexto de ir al templo a hacer votos por su bienhechor. Eumolpo, tan poco delicado a este respecto que hubiera hecho de mí su querido a pesar de su edad, no, perdió el tiempo o invitó a la joven a un combate amoroso. Pero como se había presentado en la ciudad como gotoso y medio paralítico, corría riesgo, si no sostenía su impostura, de desgraciar por completo nuestros proyectos; y para sostener su papel rogó a la joven que tomase el puesto del hombre, echándose sobre él, y luego ordenó a Corax que se pusiera a cuatro pies bajo el lecho para moverlo con su espalda. Obedeció Corax, y, con movimientos lentos y regulares, le hizo corresponder a los movimientos de la joven; pero cuando el momento del goce se aproximaba el viejo se puso a gritar como un loco, mandando a Corax que redoblase la velocidad. Al ver al anciano balancearse así entre el sirviente y la doncella no pudimos contener la risa. Terminado el acto, Eumolpo también rió de buena gana; pero repitió el juego con el mismo entusiasmo. En cuanto a mí, no queriendo dejar enmohecer mis facultades, testigo inactivo de tan dulce juego, invité al hermano de la joven, que miraba ávidamente por entre la cortina el ejercicio gimnástico de su hermana, a imitar la feliz pareja, y lo encontré bien dispuesto a ello. Prestose de muy buen grado a mis caricias; pero el dios celoso que me perseguía se opuso todavía a mi dicha. Sin embargo, este nuevo fracaso me afligió menos que los anteriores, porque al momento sentí recobrar todo mi vigor. Orgulloso, exclamé: «Los dioses mayores me han restituido a la integridad de mi ser. Acaso Mercurio, que lleva y trae las almas, me ha devuelto, bondadoso y magnánimo, lo que otra divinidad hostil me había robado, para convenceros que estoy tan bien dotado como Protésilo o cualquiera otro héroe de la antigüedad». A estas palabras levanto mi túnica y me muestro a Eumolpo y demás circunstantes en toda mi gloria. El anciano se asustó al principio, y luego, para convencerse de la realidad, acarició con una y otra mano aquel presente de los cielos. Esta maravillosa resurrección nos regocijó mucho y nos entregamos al placer a expensas del excelente acuerdo de Filomena, que, con la esperanza de una cuantiosa herencia, nos había entregado a aquellos adorables adolescentes, cuya experiencia precoz en esta clase de lances no debía, por esta vez, proporcionarles provecho alguno. Cuando hubimos gustado hasta la saciedad la copa del placer, esta infame manera de seducir ancianos me hizo reflexionar acerca de nuestra equívoca situación, y encontrando la ocasión propicia para tratar el caso con Eumolpo, ya que estábamos solos: «Todos nuestros actos, le dije, deben ser dirigidos por la prudencia. Sócrates, el más sabio de los mortales a juicio de los dioses y de los hombres, se jactaba a menudo de no haber pisado una taberna y de no haberse mezclado nunca en una asamblea demasiado numerosa. Tan cierto es que debe consultarse en todo a la sabiduría. Todo esto es indiscutible; y no lo es menos el que no existe persona alguna que corra más rápidamente a su perdición que aquella que especula con el bien ajeno. ¿Cuál sería la suerte de los vagabundos y de los pillos si no echaran como anzuelos a la multitud a quien quieren engañar bolsillos y aun sacos de dinero? Los peces se dejan pescar por el apetito del alimento, y los hombres por la esperanza; pero unos y otros necesitan tener algo que morder. Así los crotoniatas nos han alojado hasta hoy de la manera más espléndida; pero no viendo llegar de África ese barco cargado de dinero y de esclavos que tú les has anunciado, como los recursos de nuestros herederos se agotan y su liberalidad se cansa, van a llamarse pronto a engaño. O yo me engaño mucho, o la Fortuna comienza a cansarse de los favores que nos ha prodigado».

Capítulo CXLI

—He ideado un medio para poner en gran aprieto a nuestros presuntos explotadores — . Y al mismo tiempo, sacando las tablas en que había escrito su testamento, leyó: «Todos los favorecidos por este mi testamento, decía, con excepción de mis libertos, no podrán percibir sus legados sino con la condición expresa de cortar mi cuerpo en pedazos y comérselo en presencia del pueblo congregado al efecto. Esta cláusula no tiene nada que deba asustarles, pues hay una ley, vigente en varios pueblos de la tierra, qué obliga a los parientes de un difunto a comer su cuerpo: y es tan cierto esto, que en algunos de los países aludidos suele reprocharse a los moribundos el que dejen consumir su carne por la duración de una larga enfermedad. Este ejemplo debe excitar a mis amigos a devorar mi cuerpo con igual celo con que maldigan mi alma». Mientras leía las fórmulas y los primeros artículos entraron en la estancia algunos de nuestros herederos y los que antes habían salido de ella, y viéndole con el testamento en la mano pidieron oír su lectura, a lo que accedió Eumolpo, leyéndolo de punta acabo. Mal gesto pusieron todos al oír la cláusula formal que les ordenaba comer su cuerpo; pero la gran riqueza que se suponía poseer Eumolpo, cegaba de tal modo a aquellos miserables y los tenía tan esclavizados, que no osaron protestar contra esa condición inaudita hasta entonces. Uno de ellos, llamado Gorgias, hasta declaró que se sometía a esa condición siempre que los legados no se hiciesen esperar mucho. —No tengo, por qué temer recusaciones de tu estómago, replicó Eumolpo; ya sé yo que si lo prometes lo cumplirás; tras una hora escasa de disgusto, recompensada con mucho oro, vienen las satisfacciones múltiples que, durante muchos años os proporcionará la riqueza. No hay más que cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que no se come uno los hígados de un ser humano, sino un millón de sestercios. Añadid a esto, que ya encontraréis modo de sazonar bien mi cuerpo, pues no hay manjar que sin sazón despierte el apetito. La manera de prepararlos puede disfrazarlos hasta el punto de quitarles toda repugnancia. Para probaros la verdad de este aserto, puedo citaros el ejemplo de los saguntinos que, sitiados por Aníbal, se alimentaron muchos días con carne humana, sin la esperanza de una herencia cuantiosa. Los perusinos, reducidos a extrema necesidad, hicieron lo mismo y se comieron a varios de sus conciudadanos sin más objeto que el de no morirse de hambre. Cuando Escipión tomó a Numancia encontró varios niños a medio devorar en el seno de sus madres. En fin, como el disgusto que inspira la carne humana, proviene sólo de la imaginación, no dudo que haréis cuantos esfuerzos son posibles para evitar esa repugnancia, a fin de recoger los inmensos legados de que dispongo en favor vuestro.

Hablaba Eumolpo tan sin orden ni concierto, con un tono entre declamatorio y burlón, que nuestros presuntos herederos comenzaron a sospechar de la realidad de nuestras promesas. Desde entonces se dedicaron a espiar cautelosamente nuestras palabras y nuestras acciones, y el examen acrecentó sus sospechas, convenciéronse muy pronto de que éramos unos vagabundos y bribones. Entonces, los que más habían gastado para honrarnos, decidieron castigarnos según nuestros méritos. Felizmente, Crisis, que era partícipe de todas esas maquinaciones, me advirtió de las intenciones de los crotoniatas, y al saberlas, de tal modo me asusté, que decidirnos fugarnos con Giton y abandonar a Eumolpo a su infausta suerte. Al cabo de algunos días supe que, indignados los de Cretona de que aquel viejo astuto hubiese vivido tanto tiempo como un príncipe a sus expensas, decidieron matarlo según las costumbres de Marsella. Para que comprendáis esto, sabed que siempre que aquella ciudad se ve asolada por la peste, se sacrifica uno de sus habitantes por la salud de todos, con condición de ser, durante un año entero, mantenido y tratado a cuerpo de rey. Al terminarse el plazo, adornada la frente de verbena y con vestidos sagrados, se le hace dar la vuelta a toda la ciudad a fin de que lo escarnezcan todos sus habitantes, atrayendo sobre él las iras celestes descargadas sobre el vecindario y se le precipita de cabeza al mar desde lo alto de una roca.


Publicado el 20 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
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