Texto: Antígona

Sófocles


Teatro, Tragedia


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Extracto de Antígona

CREONTE.

Pero, veamos: ¿qué razón hay para que estés así desanimado?

GUARDIÁN.

En primer lugar te explicaré mi situación: yo ni lo hice ni vi a quien lo hizo ni sería justo

que cayera en desgracia por ello.

CREONTE.

Buen cuidado pones en enristrar tus palabras, atento a no ir directo al asunto. Evidentemente, vas a hacernos saber algo nuevo.

GUARDIÁN.

Es que las malas noticias suelen hacer que uno se retarde.

CREONTE.

Habla, de una vez: acaba, y luego vete.

GUARDIÁN.

Ya hablo, pues: vino alguien que enterró al muerto, hace poco: echo sobre su cuerpo árido polvo y cumplió los ritos necesarios.

CREONTE.

¿Qué dices? ¿Qué hombre pudo haber, tan osado?

GUARDIÁN.

No sé sino que allí no había señal que delatara ni golpe de pico ni surco de azada; estaba el suelo intacto. duro y seco, y no había roderas de carro: fue aquello obra de obrero que no deja señal. Cuando nos lo mostró el centinela del primer turno de la mañana, todos tuvimos una desagradable sorpresa: el cadáver había desaparecido, no enterrado, no, pero con una leve capa de polvo encima, obra como de al quien que quisiera evitar una ofensa a los dioses... Tampoco se veía señal alguna de fiera ni de perro que se hubiera acercado al cadáver, y menos que lo hubiera desgarrado. Entre nosotros hervían sospechas infamantes, de unos a otros; un guardián acusaba a otro guardián y la cosa podía haber acabado a golpes de no aparecer quien lo impidiera; cada uno a su turno era el culpable pero nadie lo era y todos eludían saber algo. Todos estábamos dispuestos a coger con la mano un hierro candente, a caminar sobre fuego a jurar por los dioses que no habíamos hecho aquello y que no conocíamos ni al que lo planeó ni al que lo hizo. Por fin, visto que, de tanta inquisición, nada sacábamos, habló uno de nosotros y a todos de terror nos hizo fijar los ojos en el suelo, y el caso es que no podíamos replicarle ni teníamos forma de salir bien parados, de hacer lo que propuso: que era necesario informarte a ti de aquel asunto y que no podía ocultársete; esta opinión prevaleció, y a mi, desgraciado, tiene que tocarme la mala suerte y he de cargar con la ganga y heme aquí, no por mi voluntad y tampoco porque querráis vosotros, ya lo sé, que no hay quien quiera a un mensajero que trae malas noticias.


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Se incorporó a textos.info el 9 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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38 páginas / Tiempo de lectura aproximado: 1 hora, 7 minutos.