Texto: El Señor Thomas

Anatole France


Cuento


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Extracto de El Señor Thomas

Tenía una predilección algo mística por el sistema carcelario y no fue sin cierta alegría en el corazón y en la mirada como, un día, me enseñó una bella prisión que acababan de edificar en su jurisdicción; una cosa blanca, limpia, muda, terrible; las celdas en círculo y el guardia en el centro, en un faro. Aquello parecía un laboratorio establecido por locos para fabricar locos. Y son ciertamente locos siniestros los inventores del sistema carcelario que, para moralizar a un malhechor, lo someten a un régimen que lo deja estúpido o lo pone furioso. El señor Thomas opinaba de forma diferente. Miraba en silencio y con satisfacción aquellas atroces celdas. Tenía una idea en la cabeza; pensaba que un prisionero no está nunca solo puesto que Dios está con él. Y su mirada tranquila y satisfecha decía: «He puesto ahí a cinco o seis, completamente solos, frente a su Creador y Juez Soberano. No hay en el mundo destino más envidiable que el suyo.»

Aquel magistrado fue encargado de instruir numerosos procesos, entre otros, el de un maestro. La enseñanza laica y la congregante estaban entonces en guerra declarada. Como los republicanos habían denunciado la ignorancia y la brutalidad de los Hermanos, un periódico clerical de la región acusó a un maestro laico de haber sentado a un niño sobre una estufa encendida. Esta acusación halló crédito en la aristocracia rural. Se contó el hecho con detalles indignantes y el rumor público despertó la atención de la justicia. El señor Thomas, que era un hombre honesto, no habría obedecido jamás a sus pasiones, si hubiera sabido que eran pasiones. Pero él las consideraba deberes porque eran religiosas. Creyó un deber hacerse cargo de las querellas presentadas contra la escuela sin Dios, y no se percató de su extrema prontitud en acogerlas. Debo decir que instruyó el proceso con un cuidado meticuloso y con infinito esfuerzo. Lo instruyó según los métodos ordinarios de la justicia y obtuvo maravillosos resultados. Treinta niños de la escuela, curiosamente interrogados, le contestaron mal en un primer momento, luego mejor y, finalmente, muy bien. Después de un mes de interrogaciones, respondían tan bien que daban todos la misma respuesta. Las treintas declaraciones coincidían, eran idénticas, literalmente semejantes, y aquellos niños que el primer día decían no haber visto nada, ahora declaraban con voz muy clara, empleando todos exactamente las mismas palabras, que su pequeño compañero había sido sentado, con el trasero desnudo, sobre la estufa candente. El señor juez Thomas se felicitaba de tan hermoso triunfo, cuando el maestro demostró, con pruebas irrefutables, que no había habido jamás estufa en la escuela. El señor Thomas sospechó entonces levemente que los niños mentían. Pero de lo que no se percató en absoluto es de que él personalmente, sin querer, les había dictado y enseñado de memoria su testimonio.


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Se incorporó a textos.info el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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