Texto: El Valle Encantado

Washington Irving


Cuento


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Extracto de El Valle Encantado

A consecuencia de su errante vida era también una gaceta ambulante que llevaba de casa en casa todos los líos de la chismografía local, por lo que su presencia se acogía siempre con satisfacción. Era, además, estimado por las mujeres a causa de su erudición, pues había leído varios libros casi hasta el final y conocía a fondo la History of New England Witchcraft (Historia de la brujería en Nueva Inglaterra), por Cotton Máther, en la que, diremos de paso, creía firme y ardientemente.

Íchabod Crane poseía en realidad una extraña mezcla de sagacidad limitada y pueril credulidad. Su afición por lo maravilloso y su facilidad para digerirlo eran igualmente extraordinarias, habiendo alcanzado mayores proporciones con su estadía en aquella encantada región. Ninguna leyenda era demasiado monstruosa o inverosímil para su capacidad de absorción. Deleitábase a menudo, después de cerrar la escuela por las tardes, en tenderse en el mullido lecho de trébol que bordeaba el pequeño arroyo que murmuraba en las cercanías, y leer los horrendos y antiguos cuentos de Máther hasta que la obscuridad creciente de la tarde convertía los caracteres impresos en las páginas en sombras indecisas delante de sus ojos. Entonces, continuando su camino a través de pantanos y medrosas arboledas hacia la alquería donde se hospedaba en aquel momento, turbábase su excitada imaginación con todos los ruidos de la naturaleza en aquella hora misteriosa: el lamento de la chotacabras desde los flancos de la colina, el grito agorero de la rana arbórea anunciando la tempestad, el medroso alarido de la lechuza y el repentino rumor del follaje al roce de los pájaros sorprendidos en su asilo. Las luciérnagas, que brillaban con mayor intensidad en los sitios más obscuros, asustábanle también de vez en cuando al cruzar inopinadamente alguna de las más lucientes su camino; y si por casualidad cualquier enorme escarabajo aturdido venía bamboleándose en desatinado vuelo en su dirección, el pobre camastrón estaba a punto de rendir el ánima imaginando que había sido herido por algún maleficio. Su único recurso en tales ocasiones para distraer sus pensamientos o alejar los malos espíritus era entonar salmos; y las buenas gentes del valle encantado, sentadas al ocaso a las puertas de sus casas, llenábanse a veces de pavor escuchando su melodía nasal “brotando en largos eslabones de dulzura,” y extendiéndose desde la distante colina o a lo largo de la polvorienta carretera.


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Se incorporó a textos.info el 26 de abril de 2016 por Edu Robsy.
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39 páginas / Tiempo de lectura aproximado: 1 hora, 8 minutos.