Texto: La Casa de los Deseos

Rudyard Kipling


Cuento


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Extracto de La Casa de los Deseos

La señora Fettley llevaba un rato hablando con gran precisión y sin interrumpirse, hasta que se secó los ojos.

—Y entonces —concluyó— me leyeron su esquela en los papeles el mes pasado. Claro que ya no era asunto mío… porque hacía tanto tiempo que no le había puesto la vista encima. Claro que no podía decir ni hacer nada. Y tampoco tengo derecho a ir a Eastbourne a ver su tumba. Llevo tiempo pensando en ir un día en el altobús, pero en casa me iban a freír a preguntas. De manera que ya no me queda ni eso para consolarme.

—¿Pero has tenido tus satisfacciones?

—¡Y tanto que sí! Los cuatro años que trabajó en el tren cerca de casa. Y los otros maquinistas le hicieron un funeral muy güeno.

—Entonces no puedes quejarte. ¿Otra taza de té?

Al ir bajando el sol, la luz y el aire habían ido cambiando, y las dos ancianas cerraron la puerta de la cocina para que no entrase el fresco. Se veía a un par de arrendajos que piaban y revoloteaban en los dos manzanos del jardín. Ahora le tocaba hablar a la señora Ashcroft, que tenía los codos puestos en la mesita del té y la pierna enferma apoyada en un taburete…


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Se incorporó a textos.info el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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24 páginas / Tiempo de lectura aproximado: 42 minutos.