Texto: La Conquista del Perú

Pablo Alonso de Avecilla


Crónica, Historia


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Extracto de La Conquista del Perú

Por otra parte, ya hemos visto la influencia que en la conquista de México tuvieron las predicciones del país, que anunciaban que venidos del Oriente habían de llevar grandes revoluciones al imperio, y en el Perú existían iguales profecías de que, venidos del Oriente habían de dar nuevas leyes al país. Tan pronto como Pizarro desembarcó en el imperio se tuvo por cumplida la profecía, de que nuevos hijos del Sol tenían la misión divina de dar nuevas leyes al país. El terror que en México se apoderó de Motezuma, halló también a Atahulpa (Inca del Perú) y a todo su imperio, y la fuerza moral que a Pizarro le daban estas predicciones, le colocaban en la más ventajosa posición, si sabía sostener su carácter sagrado.

Hemos observado también el terror religioso con que miraban los peruanos a la familia y raza de los Incas, porque como descendientes de Manco Capac y Mama-Ocollo, eran hijos del Sol, hijos del Dios que adoraban; y tenidos también por hijos del Sol los venidos del Oriente, preciso fuera que los peruanos tuviesen por un sacrilegio atacarlos y dirigir contra ellos sus flechas, que siempre impotentes contra las férreas cotas y armaduras de los españoles, los confirmaría más y más en la preocupación de que, como hijos de su Dios eran invulnerables. Al contrario, los invasores, acostumbrados a hallar en todos los continentes del Nuevo Mundo hombres de color de cobre, sin barba que los cubriera, y casi en la simplicidad de la naturaleza, que huían despavoridos al trueno de sus mosquetes, casi se desdeñaban de tenerlos por hombres, y los creían más bien animales nacidos para saciar su ambición y su orgullo. El siglo XVI por otra parte envuelto en sangriento y negro manto de fanatismo religioso, exterminaba a sangre y fuego todas las creencias que se separasen de la cruz; y si en Europa se perseguían con furor los creyentes de Mahoma, en los continentes americanos se exterminarían sin piedad los adoradores del Sol y de todos los otros ídolos, creyendo así los fanáticos del siglo XVI que ejercían piadosas obras ante los ojos de su Dios, que hacían tan bárbaro como a su siglo. Los peruanos pues, creían combatir con Dioses invulnerables: los invasores con despreciables seres de figura humana, cuyo sudor y cuya sangre reclamaba el poderoso trono de Carlos V y el Dios muerto en el Calvario.


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Se incorporó a textos.info el 30 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.
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