Texto: La Tía Sauvage

Guy de Maupassant


Cuento


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Extracto de La Tía Sauvage

El mozo Sauvage, que tenía treinta y tres años al declararse la guerra, sentó plaza, quedando su madre sola en casa. Como la gente sabía que la vieja guardaba dinero, nadie tuvo lástima de ella.

Siguió, pues, viviendo completamente sola en aquella casa aislada y muy lejos del pueblo, en la linde del bosque. Hay que decir que no tenía miedo a nada, porque era del mismo temple que sus hombres: alta, enjuta y ruda; pocas veces se le veía reír y jamás gastaba una broma. Conviene hacer constar que las campesinas se ríen muy poco. ¡Eso queda para sus hombres! Como su vida es triste y lúgubre, su alma es también melancólica y limitada. El campesino se contagia en la taberna un poco de alegría bulliciosa; pero su compañera no pierde nunca la seriedad y mantiene siempre una expresión severa. Los músculos de su rostro no han aprendido los movimientos de la risa.

La tía Sauvage siguió haciendo la vida ordinaria en su casucha, que se vio muy pronto cubierta por las nieves. Una vez por semana acudía al pueblo en busca de pan y un poco de carne, pero regresaba en seguida a su choza. Oyendo hablar de que merodeaban lobos, empezó a salir de casa con la escopeta del hijo, llena de herrumbre y con la culata desgastada por el roce de la mano. Era un espectáculo curioso el de aquella mujer alta de estatura, pero algo encorvada, caminando a grandes zancadas por la nieve, con el cañón de la escopeta que sobresalía por encima de la cofia negra que se le ceñía apretadamente a la cabeza, aprisionando sus cabellos blancos que jamás había visto nadie.


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Se incorporó a textos.info el 14 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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8 páginas / Tiempo de lectura aproximado: 14 minutos.