Texto: Una Escaramuza en los Puestos de Avanzada

Ambrose Bierce


Cuento


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Extracto de Una Escaramuza en los Puestos de Avanzada

—Es un mal asunto —dijo.

Se sentó junto a una mesa para leer que había junto a la chimenea, tomó el libro que tenía más a mano y lo abrió con aire distraído. Sus ojos cayeron casualmente sobre la siguiente frase:

«Cuando Dios obligó a una mujer infiel a mentir a su esposo para justificar sus culpas, tuvo la compasión de infundir en los hombres la necedad de creerle.»

Miró el título del libro: Su majestad el necio.

Arrojó el volumen al fuego.

II. Cómo decir lo que debe oírse

El enemigo, derrotado en dos días de lucha en Pittsbirg Landing, había regresado con resentimiento a Corinth, de donde había salido. Por manifiesta incompetencia Grant había sido relevado del mando. En la derrota, su ejército se había salvado de ser capturado y aniquilado por la hábil actuación militar de Buell. Pero el mando no le había sido otorgado a Buell sino a Halleck, un hombre de experiencia no probada, teórico, de carácter indolente e indeciso. Sus tropas, siempre desplegadas en línea de batalla para resistir las escaramuzas de los tiradores enemigos, siempre atrincherándose contra columnas que nunca llegaban, atravesaron treinta millas de bosques y pantanos, dirigiéndose hacia un enemigo, presto a desvanecerse al primer contacto, como un fantasma con el canto del gallo. Fue una campaña de «excursiones y alertas», de reconocimientos y contramarchas, de despropósitos y contraórdenes. Durante semanas, esta solemne farsa mantuvo la atención e impulsó a destacados civiles a abandonar los ámbitos de la ambición política para ver, de cerca y a salvo, todo lo que podían de los horrores de la guerra. Entre estas personalidades se encontraba nuestro amigo el gobernador. Tanto en los estados mayores del ejercito como en los campamentos de las tropas de su estado se convirtió en una figura familiar, siempre escoltado por varios miembros de su equipo, vistosamente amontonados, impecablemente ataviados y tocados con sombreros de copa. Eran figuras de ensueño, sugeridoras de pacíficas y tranquilas tierras tras un océano de lucha. El soldado embarrado los miraba pasar desde su trinchera, apoyado en su pala, y los insultaba en voz alta para demostrar su opinión sobre la inoportunidad de aquella ostentación ante los sacrificios de su oficio.


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Se incorporó a textos.info el 26 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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11 páginas / Tiempo de lectura aproximado: 20 minutos.