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Alberto Savarus

Honoré de Balzac


Novela corta


A la señora Emilia de Girardin

Uno de los salones en los que se dejaba ver el arzobispo de Besanzón y el que gozaba de sus preferencias, en tiempos de la Restauración, era el de la señora baronesa de Watteville. Diremos unas palabras acerca de esta señora, el personaje femenino tal vez más importante de Besanzón.

El señor de Watteville, sobrino del famoso Watteville, el feliz y el más ilustre de los asesinos y renegados cuyas extraordinarias aventuras son demasiado conocidas para que aquí las relatemos, era tranquilo como turbulento había sido su tío. Después de haber vivido en el Franco Condado como una cucaracha en una grieta, casó con la heredera de la célebre familia de Rupt. La señorita de Rupt unió 20000 francos de renta en tierras a los 10000 francos de renta en bienes raíces del barón de Watteville. El escudo de armas del gentilhombre suizo, porque los Watteville son de Suiza, desapareció bajo el viejo escudo de los Rupt. Este casamiento, decidido desde el año 1802, efectuóse en 1815, después de la segunda Restauración. Transcurridos tres años del nacimiento de una hija, todos los abuelos de la señora de Watteville habían muerto y sus herencias liquidadas. Vendieron entonces la casa del señor de Watteville para establecerse en la calle de la Prefectura, en el hermoso hotel de Rupt, cuyo vasto jardín se extiende hacia la calle del Perron. La señora de Watteville, joven devota, fue más devota después de su boda. Es una de las reinas de la santa cofradía que confiere a la alta sociedad de Besanzón un aire sombrío y unas maneras gazmoñas en consonancia con el carácter de esta ciudad.

El señor barón de Watteville, hombre flaco y sin inteligencia, parecía gastado, sin que pudiera averiguarse en qué, puesto que gozaba de una crasa ignorancia; pero como su mujer era de un rubio de fuego y de una naturaleza seca que se hizo proverbial (se dice...


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Publicado el 13 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 2 veces. 131 páginas.

San Francisco de Asís

Gilbert Keith Chesterton


Biografía, Religión


Introducción. San Francisco y su siglo.

El siglo XIII se abre con el resplandor de un sol que lo ilumina y que se proyectará en los siglos posteriores. En ese siglo el estilo gótico alcanzó su máximo esplendor en las catedrales de Colonia, Amiens y Burgos, entre otras. Florecieron las universidades, los gremios, las ciudades y las órdenes de caballería que defendían al débil. Ese resplandor lo provoca un hombre que nació en 1182 en Asís, ciudad italiana de Umbría, hijo de Pedro Bernardone, rico comerciante, y de Madona Pica. Fue bautizado con el nombre de Juan pero años más tarde se le llamó Francisco por ser su madre natural de la Provenza.

Su mayor mérito fue el de reflejar brillantemente la imagen de Cristo y su influencia abarca actividades humanas tan diversas como literatura, filosofía, artes plásticas, teología, ciencia y santidad. La literatura y la ciencia moderna son en parte producto de esa apertura de San Francisco a la naturaleza. No sin razón apareció en el siglo XIII el genio literario del terciario franciscano Dante Alighieri (1265-1315), poeta máximo de la lengua italiana, y el Arcipreste de Hita en España (1283-1350). También surgen en aquélla época teólogos y filósofos como los dominicos San Alberto Magno (1193-1280) y Santo Tomás de Aquino (1225-1274) y los franciscanos San Buenaventura (1221-1274) y Juan Duns Escoto (1266-1308). Entre los científicos precursores de la observación de la naturaleza —astrónomos, físicos, químicos y matemáticos—, se refleja el espíritu del santo como en los franciscanos Rogelio Bacon (1214-1294) y el terciario Beato Raimundo Lulio (1235-1315). Entre los artistas plásticos Cimabúe (1240-1302), el terciario Giotto (1266-1337). Los reyes también acogen el espíritu franciscano como el terciario rey de Francia San Luis (1214-1270) y los reyes de España San Fernando (1199-1252) y Alfonso el Sabio, el de las Diez Partidas (1221-1284).


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Publicado el 10 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 6 veces. 136 páginas.

Crónicas

Amado Nervo


Crónica, Artículo


Los sabios y el misterio de la vida

El año de 1913 ha sido fértil para la ciencia.

Infinitos inventos e infinitas derivaciones prácticas de descubrimientos anteriores, han venido a aumentar enormemente el acervo mental humano. Empero, el problema por excelencia en que los hombres de laboratorio han trabajado quizá con más encarnizamiento, es el de la conquista de la energía intra-atómica, «de esa energía inmensa, capaz de dislocar y de romper el equilibrio indestructible que existe en los electrones constitutivos del átomo» y merced a la cual se redimiría al mundo, desapareciendo las desigualdades de la suerte que obligan a las cinco sextas partes de la humanidad a trabajar sin descanso para producir lo necesario a una sexta parte privilegiada. La energía intra-atómica, la utilización de las mareas y el aprovechamiento del calor solar, podrían por sí solos realizar con exceso toda la suma de trabajo que el mundo necesita para vivir.

Llegada la actividad científica al punto en que se halla, todo hace presumir que va a desbordarse en incontables aplicaciones. Los descubrimientos se seguirán vertiginosamente. Lo que soñábamos como lejano se volverá habitual, sin causarnos sorpresa ninguna, gracias a esa maravillosa facultad que poseemos de adaptarnos a todo.

El cinematógrafo, unido al fonógrafo, nos reproducirá la vida con su poderosa y sugerente realidad. La telegrafía inalámbrica, que merced a un minúsculo receptor de bolsillo está ya, por unos cuantos francos, al alcance de todo el mundo, pudiendo servir de antena… hasta un paraguas, nos pondrá en condiciones de suprimir el espacio; la visión a distancia será tal vez un hecho antes de que termine 1914. El aeroplano, para el cual Orvile Wright ha encontrado un estabilizador admirable, llegará a perfeccionamientos no imaginados. La transmutación de la materia (derivada del conocimiento...


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Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 6 veces. 119 páginas.

El Punto de Vista

Henry James


Cuento


I

De la señorita Aurora Church, a bordo, a la señorita Whiteside, en París

Mi niña querida, el bromuro de sodio (si es así como lo llaman) resultó ser perfectamente inútil. No quiero decir que no me hiciera bien, pero nunca tuve ocasión de sacar la botella de la valija. Me habría hecho maravillas si lo hubiera necesitado; pero simplemente no las hizo porque yo he sido una maravilla. ¿Creerás que he hecho todo el viaje en cubierta, en la más animada conversación y haciendo ejercicio? Doce vueltas a la cubierta suman una milla, creo; y según este cálculo, he estado caminando veinte millas diarias. Y he bajado para todas las comidas, imagínate, en las que desplegué el apetito de una piraña. Por supuesto, el clima ha estado lindísimo, de modo que no tengo gran mérito. El viejo, perverso Atlántico estuvo tan azul como el zafiro de mi único anillo (que es bastante bueno), y tan terso como el piso resbaloso del comedor de madame Galopín. Durante las tres últimas horas hemos tenido tierra a la vista y pronto entraremos en la bahía de Nueva York, dicen que es de una exquisita belleza. Pero claro está que la recuerdas, aunque dicen que todo cambia tan rápido aquí. Encuentro que no recuerdo nada, pues mi memoria de nuestro viaje a Europa, tantos años atrás, es excepcionalmente vaga; tan sólo tengo una dolorosa impresión de que mamá me encerraba una hora diaria en el salón principal y me hacía aprender de memoria algún poema religioso. Yo tenía tan sólo cinco años de edad y creo que de niña era tímida en extremo; por otra parte, mamá era, como lo sabes, terriblemente severa. Es severa hasta hoy, sólo que yo me he vuelto indiferente: ¡he sido tan pellizcada y empujada! (moralmente hablando, bien entendido). Sin embargo, es verdad que hay niños de cinco años a bordo, hoy, que han estado demasiado visibles, correteando por todo el barco y tropezando siempre con nuestros pies.


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Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 8 veces. 57 páginas.

Sir Dominick Ferrand

Henry James


Cuento


Capítulo I

«Hay algunas pegas, pero si lo modifica lo aceptaré —decía la árida nota del señor Locket; y no había malgastado tinta en la posdata al añadir—: Venga a verme, y le explicaré lo que me propongo». Esta comunicación había llegado a Jersey Villas con el primer correo, y Peter Baron casi no había tenido tiempo de engullir su correosa tortita antes de ponerse en marcha en cumplimiento de las órdenes del editor. Sabía que esta precipitación delataba mucha impaciencia, y no tenía ninguna gana de parecer impaciente: eso no decía nada en su favor; pero ¿cómo conservar, como una deidad, la calma, por muy predispuesto a ella que estuviese, si era la primera vez que una de las más importantes revistas aceptaba, aunque fuera haciendo ciertos crueles distingos, una muestra de su apasionado genio juvenil?

No fue hasta que, como un niño pegado a una caracola, empezó a oír el potente rugido de las «corrientes subterráneas», cuando, en su vagón de tercera, la crueldad de los distingos penetró, con el sabor del humo acre, en lo más sensible de su interior. Estar impaciente era realmente humillante, sabiendo como sabía que iba a tener que «modificar». En esos momentos Peter Baron trataba de convencerse a sí mismo de que no iba corriendo a delatar la urgencia de sus necesidades, sino a defender algunos de sus pasajes más atrevidos, aquellos que, con toda seguridad, despertaban las reticencias del director de la Promiscuous Review. Se convenció —como si quisiera convencer a su mugriento compañero de pasaje— de que ardía de indignación; pero se dio cuenta de que, a los pequeños y redondos ojos de ese correligionario aún más abatido, él representaba la imagen del éxito egoísta. Le habría gustado poder recrearse en la idea de que la Promiscuous le había «llamado»; pero, pensaran lo que pensasen en las oficinas de esta revista sobre algunos...


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Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 4 veces. 70 páginas.

Eugene Pickering

Henry James


Cuento


1

Esto sucedió en Homburg, hace varios años, antes de que el juego se hubiese prohibido. La noche era bastante cálida, y todo el mundo se había congregado en la terraza del Kursaal y la explanada inmediata, con el fin de escuchar a la excelente orquesta; mejor dicho, medio mundo, pues la concurrencia era parejamente masiva en las salas de juego, alrededor de las mesas. Por doquier el gentío era grande. La velada era perfecta, la temporada estaba en su apogeo, las abiertas ventanas del Kursaal arrojaban largos haces de luz artificial hacia los oscuros bosques y, de vez en cuando, en las pausas de la música, casi se podía oír el tintineo de los napoleones y las metálicas apelaciones de los crupieres alzarse sobre el expectante silencio de las salas. Yo había estado vagando con una amiga, y al fin nos disponíamos a sentarnos. Empero, las sillas escaseaban. Ya había logrado capturar una, pero no parecía fácil hallar la segunda que nos faltaba. Me encontraba a punto de desistir resignado e insinuar que nos encamináramos a los divanes damasquinados del Kursaal, cuando observé a un joven indolentemente sentado en uno de los objetos de mi búsqueda, con los pies apoyados en los palos de otro más. Esto excedía la cuota de lujo que legítimamente le correspondía, conque prestamente me acerqué a él. Desde luego pertenecía a la especie que mejor sabe, en casa y fuera de ella, proveer a su propia comodidad; mas algo en su apariencia sugería que su actual proceder se debía más bien a desapercibimiento que a egocentrismo. Se hallaba con la vista fija en el director de orquesta y atendía absorto a la música. Tenía las manos enlazadas bajo sus largas piernas, y su boca se entreabría con aire casi embobado.

—Hay aquí tan pocas sillas —dije— que necesito suplicarle que me ceda una de ellas.

Dio un respingo, me miró sorprendido, se azoró, empujó la silla con desmañada alacridad y murmuró algo sobre que no se había dado cuenta.


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Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 4 veces. 61 páginas.

Nona Vincent

Henry James


Cuento


I

—No sé si pedirle que me la lea —dijo la señora Alsager mientras aún se entretenían un poco junto a la chimenea antes de que él se despidiese. Miraba el fuego de soslayo, apartando el vestido y haciendo la proposición con una tímida sinceridad que se sumaba a su encanto. Tenía siempre un encanto enorme para Allan Wayworth, como el aire todo de la casa, que era simplemente una especie de destilación de sí misma, tan dulce, tan tentadora, que el joven, antes de marcharse, daba siempre varios pasos en falso. Había pasado en ella algunos buenos ratos, había olvidado, en su cálido, dorado salón, muchas de las soledades y muchas de las preocupaciones de su vida, tanto que había llegado a constituirse en la respuesta inmediata a su ansiedad, en la cura de sus males, en el puerto en el que se refugiaba de sus tormentas. Sus tribulaciones no eran inauditas, y algunas de sus virtudes, si bien nada extraordinarias, eran relativamente notables, teniendo en cuenta que era muy inteligente para ser tan joven, y muy independiente para ser tan pobre. Tenía veintiocho años, pero había vivido mucho y estaba lleno de ambiciones, de curiosidades y de desengaños. La oportunidad de hablar de algunas de estas cosas en Grosvenor Place corregía perceptiblemente las inmensas desventajas de Londres. Desventajas que, en su caso, se concretaban principalmente en la insensibilidad mostrada hacia el estilo literario de Allan Wayworth. Tenía un estilo, o creía tenerlo, y el inteligente reconocimiento de esta circunstancia era el más dulce consuelo que la señora Alsager habría podido prodigar. Era ella aún más literaria y artística que él, ya que el joven solía arreglárselas para sobrevivir a sus naufragios (en eso consistía su ocupación, su profesión), mientras que la generosa mujer, que abundaba en ideas felices pero inéditas y sin publicar, se erguía ahí, en la marea alta, como la ninfa salpicada por el agua en la marmórea taza de una fuente.


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Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 3 veces. 41 páginas.

Pandora

Henry James


Cuento


Capítulo 1

Desde hace tiempo es habitual que los barcos a vapor de la North German Lloyd, que transportan pasajeros de Bremen a Nueva York, fondeen durante unas horas en el tranquilo puerto de Southampton, donde el cargamento humano recibe considerables adiciones. Hace algunos años, un joven y despierto alemán, el conde Otto Vogelstein, dudaba sobre si censurar o aprobar dicha costumbre. Apoyado sobre la barandilla de cubierta del Danau observaba con curiosidad, tedio y desdén, a través del humo de su cigarro, cómo los pasajeros americanos (la mayoría de los viajeros que embarcan en Southampton son de dicha nacionalidad) cruzaban el pantalán y eran engullidos por la enorme estructura del barco, dentro de la cual tenía el conde la reconfortante certeza de disponer de un nido propio. Contemplar desde su aventajada posición los esfuerzos de los menos afortunados (los desinformados, los desasistidos, los demorados, los desorientados) resulta siempre una ocupación no exenta de deleite, y nada había que pudiese mitigar la complacencia con la que nuestro joven amigo se entregaba a ella, es decir, nada salvo cierta benevolencia innata aún no erradicada por la consciencia de su relevancia funcionarial. Porque el conde Vogelstein era funcionario, como supongo habrán deducido por su espalda erguida, por el lustre de sus gafas de montura ligera y sofisticada y por ese algo, entre discreto y diplomático, en la ondulación de su bigote, el cual parecía contribuir en gran medida a la que, según los cínicos, constituye la función primordial de los labios: la activa ocultación del pensamiento.

Había sido designado para la secretaría del consulado alemán en Washington y por aquellos primeros días de otoño se disponía a tomar posesión del cargo. Era el tipo perfecto para el puesto: adusto, de singular altanería (a un tiempo ceremoniosa y cortés), sobrado de conocimientos...


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Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 2 veces. 67 páginas.

El Mejor de los Lugares

Henry James


Cuento


Capitulo I

George Dane había abierto los ojos a un nuevo y luminoso día, la cara de la naturaleza bien lavada por el chaparrón de la noche anterior, y toda radiante, como de buen humor, con nobles propósitos e intenciones llenas de vida: la luz inmensa y deslumbrante del renacer, en fin, inscrita en su pedazo de cielo. Se había quedado hasta tarde para terminar el trabajo: asuntos pendientes, abrumadores; al final se había ido a dormir dejando el montón apenas un poco menguado. Iba ahora a volver a él tras la pausa de la noche; pero por el momento casi no podía ni verlo, por encima del espinoso seto de cartas que el madrugador cartero había plantado hacía una hora, y que su sistemático sirviente, en la mesa de costumbre, junto a la chimenea, había ya formalmente igualado y redondeado. Era demasiado desalmada, la doméstica perfección de Brown. En otra mesa había periódicos, demasiados periódicos —¿para qué quería uno tantas noticias?—, ordenados con el mismo rigor rutinario, uno encima de otro, con las cabeceras asomando una tras otra como si fueran una procesión de decapitados. Más periódicos, revistas de toda clase, dobladas y en fajas, formaban un apiñado cúmulo que había ido creciendo durante varios días y del que él había ido cobrando una fatigada, desamparada conciencia. Había libros nuevos, aún empaquetados, o desempaquetados pero sin leer: libros de editores, libros de autores, libros de amigos, libros de enemigos, libros de su propio librero, un hombre que daba por sentadas —le parecía a veces— cosas inconcebibles. No tocó nada, no se acercó a nada, sólo fijó su vista cansada sobre el trabajo, tal como lo había dejado la noche pasada: la realidad que aún crudamente le amonestaba, en su habitación de altas y amplias ventanas, donde el deber proyectaba su dura luz en cada rincón. Era la eterna marea alta, la que subía y subía en cuestión de un solo minuto. Anoche le llegaba a los hombros: ahora le llegaba hasta el cuello.


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Publicado el 7 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 5 veces. 34 páginas.

Adina

Henry James


Cuento


Parte I

Habíamos estado hablando sobre Sam Scrope alrededor del fuego —conscientes, todos nosotros, de la norma de mortuis. Nuestro anfitrión, sin embargo, había permanecido en silencio, un poco para mi sorpresa, pues sabía que había sido particularmente cercano a nuestro amigo. Pero una vez nuestro grupo se hubo disuelto y me quedé a solas con él, avivó el fuego, me ofreció otro puro mientras aspiraba el suyo con aire reflexivo, y me explicó la siguiente historia:

Hace dieciocho años Scrope y yo visitamos Roma juntos. Era el comienzo de nuestra amistad y le había tomado cariño, tal y como suele suceder cuando un joven sensible y reflexivo conoce a otro dinámico, irreverente y sarcástico. Scrope sufría por aquel entonces del germen de las excentricidades —por no llamarlas de modo más severo—, lo que le convirtió posteriormente en un amigo de lo más insoportable, con quien sin embargo no llegamos a perder nunca la relación. Ya entonces era lo que se denomina una vara torcida; era cínico, perverso, engreído, obstinado y extraordinariamente inteligente. Pero era joven, y la juventud, felizmente, convierte en inocentes muchos de nuestros vicios. Scrope tenía sus virtudes; de no ser así, nuestra amistad no habría prosperado. No era un hombre afable, pero era honesto a pesar del curioso capricho que debo relatar, y la mitad del afecto que yo sentía por él estaba basado en la sensación de que en el fondo, a pesar de su vanidad, disfrutaba de su propia irritabilidad tan poco como el resto de la gente. Gustaba de aparentar indiferencia ante todo, y aquello que los viajeros sentimentales consideran pintoresco le abatía el ánimo. El mundo, no obstante, era nuevo para él y el encanto de las cosas delicadas le cogía a menudo por sorpresa, robándole una parte de su cinismo prematuro. Mi amigo, por lo demás, era un observador a pesar de sí mismo, un estudioso clásico y puntilloso.


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Publicado el 7 de mayo de 2017 por Edu Robsy. Visto 4 veces. 55 páginas.

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