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Nuevo Guiñol

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo, ocho años transfigurados en treinta y dos kilos de buena carne española, ha traído hoy un muñeco de guiñol hecho en el colegio: una pelota de papel con gafas y melenas de algodón en torno a un tubo de cartón por donde se mete el índice.

Los ojos no están muy bien —me explica— pero por el pelo se nota que es del tiempo de las pelucas blancas. ¿Qué son polvos de arroz?

Mi hijo no confía en la maestra, que le ha explicado que con el arroz se hacían polvos para blanquear las pelucas. Paella, sí, y arroz a la cubana y con leche: todo eso entra dentro de la lógica, pero si cree lo de los polvos, el espíritu se debilita.

De lo negro de la cartera ha salido después un cucurucho de papel arrugado: es el presunto vestido:

—Se sacan los dedos por estos agujeros, ¿ves, papá? Y se mete el cuello por el centro... ¡Tatatáaa!

—Tatatáaa... —trompeteo también yo, porque soy hombre melómano.

—Si me ayudas a hacer el teatro y diez muñecos más, te daré una función. Pero rápido.

Mi hijo lo es también del siglo y, por algún resquicio de su infancia, se le cuelan la velocidad y las prisas de los mayores, eso de que vivir es una carrera contra reloj y las demás ideas que tendrían que ser pecado. Cuando tenga bigote será un poco menos mi hijo, sin duda, y también habrá descubierto que yo no soy un dios, y a mi me gusta ser dios por las tardes, cuando él regresa a casa.

—Ya he escrito la función. me dice, registrándose los bolsillos. A su edad escribí una Pasión después de que mis padres me llevaran a uno de esos teatros portátiles, tablas y lona, hambre y vocación. En mi historia Jesucristo se defendía en el Huerto de Getsemaní y Anás, Caifás y toda su banda lo pasaban mal, sobre todo al encerrarlos en la misma celda de Barrabás, que tenía un día particularmente violento. Un niño pequeño no puede cambiar el mundo, pero tiene todo el derecho a imaginarlo mejor.


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Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy. Visto 72 veces. 7 páginas.

El Lienzo

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—La jerga artística de esa mujer me exaspera —dijo Clovis a su amigo periodista—. Tiene la manía de decir que ciertos cuadros "brotan de uno", como si se tratara de una especie de hongo.

—Eso me recuerda la historia de Henri Deplis —dijo el periodista—. ¿Nunca se la he contado?

Clovis negó con la cabeza.

—Henri Deplis era nativo del Gran Ducado de Luxemburgo. Tras madura reflexión se hizo viajante de comercio. Sus actividades lo obligaban con frecuencia a atravesar los limites del Gran Ducado, y se encontraba en una pequeña ciudad del norte de Italia cuando le llegó la noticia de que recibiría un legado de un pariente lejano recientemente fallecido.

"No era un legado importante, aun desde el modesto punto de vista de Henri Deplis, pero lo impulsó a permitirse algunas extravagancias aparentemente inocuas. En particular, a patrocinar al arte local representado por las agujas de tatuaje del Signor Andreas Pincini. El Signor Pincini era, quizá, el más brillante maestro del arte del tatuaje que haya conocido Italia, pero la pobreza se contaba por cierto entre las circunstancias de su vida, y por la suma de seicientos francos aceptó complacido cubrir la espalda de su cliente, desde el cuello hasta la cintura, con una deslumbrante representación de la Caída de Ícaro. Cuando la composición quedó terminada, Monsieur Deplis sufrió una ligera decepción, pues suponía que Ícaro era una fortaleza tomada por Wallenstein durante la Guerra de los Treinta Años, pero se sintió más satisfecho con la ejecución de la obra, que fue aclamada por todos los que tuvieron el privilegio de verla, como la obra maestra de Pincini.

"Fue su mayor esfuerzo, y también el ultimo. Sin esperar siquiera a que se le pagara, el ilustre artesano dejó esta vida y fue sepultado bajo una ornamentada tumba cuyos alados querubines no hubieran ofrecido campo suficiente para el ejercicio de su arte favorito.


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Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy. Visto 65 veces. 3 páginas.

La Caída del Muro

Eduardo Robsy


Cuento


De repente se hizo de noche en aquella parte del mundo. Ni siquiera se veía el titilar de las estrellas. Y, lo que era peor, tampoco se podía hablar de la luz: había que pensar que las tinieblas eran lo único que existía. Para que nadie, aprovechando la noche, viniera a robar algo o a confundir, o a recordar como era la luz, hicieron levantar un muro sólido que les rodeaba. Nadie podría entrar, pero tampoco salir. ¿Para qué? ¿No estaba todo oscuro? ¿Qué otra cosa, más que negrura, se podría ver yéndose lejos?

Pasó el tiempo, inexorable, imposible de parar, y las tinieblas continuaban, con su monótona penumbra... ¿Cómo soportar una noche tan larga? ¿Cómo olvidar los colores y las formas del mundo azul que habían conocido?

Un día alguien, por fin, se atrevió a hablar de lo que sucedía:

— Esto —dijo— es oscuridad, pero nosotros tenemos ojos para ver.

Estas palabras hicieron reflexionar a los habitantes de la oscuridad. Con el tiempo, ese pensamiento fue ahondando en ellos hasta tornarse deseo, y un día, varios, a escondidas, hirieron de muerte las tinieblas: arrancaron una piedra del muro. Al otro lado hacía tiempo que se había hecho de día, y por el hueco entró un claro y dorado rayo de sol. La luz era una gloria que venía a revelar las formas, las caras, el color... ¡la verdad de las cosas!

Algunos no querían que entrara la luz. Insistían en las ventajas de la oscuridad, que era cómoda, que era conocida, y tapiaron el agujero. Pero los hombres volvieron a horadar el muro: primero una piedra, luego otra, hasta que todo el muro cayí y la luz penetró totalmente, venciendo a las tinieblas, irrandiando libertad.

No hubo forma de que las cosas volvieran a ser como antes: los hombres volvían a ver y, bajo su mirada nueva, las cadenas se rompieron por siempre.

Presentado al concurso escolar de relatos de Coca-Cola en 1.990.


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Publicado el 24 de julio de 2016 por Edu Robsy. Visto 65 veces. 1 página.

Elogio de la locura

Erasmo de Rotterdam


Filosofía del Renacimiento | Humanismo


http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/elogio-de-la-locura--0/html/ff08f70e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.htm


Habla la estulticia(1)

[23]

Capítulo I

     Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos, soy, empero, aquélla, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres. Y de ello es prueba poderosa, y lo representa bien, el que apenas he comparecido ante esta copiosa reunión para dirigiros la palabra, todos los semblantes han reflejado de súbito nueva e insólita alegría, los entrecejos se han desarrugado y habéis aplaudido con carcajadas alegres y cordiales, por modo que, en verdad, todos los presentes me parecéis ebrios de néctar no exento de nepente, como los dioses homéricos, mientras antes estabais sentados con cara triste y apurada, como recién salidos del antro de Trofonio(2).

     Al modo que, cuando el bello sol naciente muestra a las tierras su áureo rostro, o después de un áspero invierno el céfiro blando trae nueva primavera, parece que todas las cosas adquieran diversa faz, color distinto y les retorne la juventud, [24] así apenas he aparecido yo, habéis mudado el gesto. Mi sola presencia ha podido conseguir, pues, lo que apenas logran los grandes oradores con un discurso lato y meditado que, a pesar de ello, no logra disipar el malhumor de los ánimos.



Capítulo II

     En cuanto al motivo de que me presente hoy con tan raro atavío, vais a escucharlo si no os molesta prestarme oídos, pero no los oídos con que atendéis a los predicadores, sino los que acostumbráis a dar en el mercado a los charlatanes, juglares y bufones, o aquellas orejas que levantaba antaño nuestro insigne Midas para escuchar a Pan.

     Me ha dado h


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Publicado el 13 de octubre de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal. Visto 41 veces. 112 páginas.

De Carne y Hueso

Eduardo Zamacois


Cuento


INTRODUCCIÓN

Los astrónomos, al lanzar una mirada escrutadora á las profundidades del espacio, vieron que la Divinidad se empequeñecía y reculaba indefinidamente ante el poderoso objetivo de los telescopios, como los histólogos, analizando los elementos atómicos de los tejidos, desesperaron de poner jamás al alcance de sus escalpelos el espíritu humano: los astrónomos dudaron de Dios cuando el telescopio fracasó en el cielo, y los médicos dudaron del alma cuando el microscopio descompuso el nervio sin descubrir la X devorante de la vida; y es que el alma es la eterna quimera del individuo, como Dios es la quimera irresoluble del Cosmos.

Si es verdad, como dice Moleschott, que la inteligencia es un movimiento de la materia y que el hombre, como ser pensante, es producto de sus sentidos; y si es cierto, como afirma Taine, que «el pensamiento y la virtud son productos como el vitriolo y el azúcar,» ¿qué resta del espíritu, esa inmortal mariposuela voladora que la consoladora filosofía mística supone aleteando á través de las inmensidades siderales, en busca de su castigo ó de su salvación perdurable, después del último convulsivo estertor de la carne agonizante?...

Nada...

El alma no está en el vientre, como suponían los cartesianos, ni en la sangre, ni en el cerebro, y los que antiguamente se denominaron fenómenos psíquicos, son manifestaciones de la materia; vibraciones magnéticas de la carne omnipotente que ama, que desea, que sufre...

Eso es lo que la ciencia halló en el hombre: huesos que se mueven obedeciendo á órdenes musculares, y músculos que se contraen bajo el imperio de los nervios, que vibran sensaciones... ¡Materia, en fin, por todas partes! Materia que impresiona, materia que vibra, que se contrae y que obedece con la pasividad de lo inerte...

Y eso son los hombres: figurillas de barro; tristes polichinelas de carne y hueso, galvanizados unas veces por el amor,...


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Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy. Visto 36 veces. 125 páginas.

Los Sepulcrales

Guy de Maupassant


Cuento


Estaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos, casados, y los otros dos solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos mozos y, acabada la cena, permanecían conversando hasta las dos de la madrugada. Seguían manteniendo amistad íntima, les agradaba verse juntos y eran tal vez aquellas veladas las más felices de su vida. Charlaban de todo, de todo lo que al hombre de París interesa y divierte. Al estilo de los salones de entonces, hacían de viva voz un repaso de lo leído en los diarios de la mañana.

Uno de los más alegres entre los cinco era José de Bardón, soltero, quien sólo pensaba en vivir de la manera más caprichosa la vida parisiense. No era un libertino, ni un depravado; más bien era versátil, el calaverón todavía joven, porque apenas alcanzaba los cuarenta. Hombre de mundo, en el más amplio y benévolo sentido que se puede asignar al vocablo, estaba dotado de mucho ingenio, aunque no de gran profundidad; enterado de muchas cosas, no llegaba por eso a ser un verdadero erudito; rápido en el comprender, pero sin verdadero dominio de las materias, convertía sus observaciones y aventuras, cuanto veía, se encontraba o descubría, en episodios de novela a un tiempo cómica y filosófica, y en comentarios humorísticos que le daban en la capital fama de hombre inteligente.

Le correspondía en aquellas cenas el papel de orador. Se daba por descontado que siempre contaría algún lance, y él llevaba su cuento preparado. No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidiesen.

Fumando, con los codos sobre la mesa, una copita de fine champagne a medio llenar delante de su platillo, entumecido por aquella atmósfera de humo de tabaco aromatizado por el vaho del café caliente, sentase en su propio elemento, como ciertos seres que en determinados lugares y circunstancias parecen estar como...


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Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy. Visto 29 veces. 9 páginas.

Platofilia: Eso Llamado Amor; en Plural

Joan Carlos Vinent


Epístolas y poemas amorosos; poesía cortesana del s. XX


Platofilia: Eso Llamado Amor; en Plural

Gracias, Fernando Pessoa, in memoriam


nihil memento mori: Eros y Filos

 

A. M.J.V.M.

Poema con acróstico

Mariposa Ante una Rosa; Ídolo Amoroso,
¡Júpiter! Obedece a tan Suave Estrella.
Ventanas Iluminadas Navegan Eclipsando la Noche Triste.
Melodía Insaciable Llora Azucenas Naufragadas.

(escrito alrededor de 1993, IES Josep Miquel Guàrdia)




A J. E. R. A.

Para una preciosa salmantina afincada en Plasencia

9-IV-1998

 

J úpite R no lo sabía,

U rsul  A lo desconocía,

L aquede M lo anhelaba,

I car O lo ignoraba,

A rgo S aguardaba,

 

E lectr A callaba.

S atá N maldecía,

T empesta D ignorada.

H écto R, ¿yo?

E smerald A, ¿dónde estás?

R osalin DE te apodas.

 

 

         GRACIAS. No te preocupes, Julia, esto va a ser lo último que recibas de mí. No te voy a molestar más. Ya tuve la respuesta a la pregunta que no recibí de forma escrita o hablada. No me lo merecía ¿quién soy yo para exigir a nadie nada y menos una respuesta después de entregarte una carta que nunca debió llegar a tus manos? Esta ha sido la mejor forma de alejarte definitivamente de mí. Ya no puedo esperar amistad siquiera por tu parte. No me atrevo a mirarte a los ojos, se me cae la cara de vergüenza. Lo siento...No hay palabras que puedan expresar mi metedura de pata.

         Cuando no te ví en el autobús el viernes por la mañana pensaba, pensé que no ibas a ir al Congreso. Luego, por la tarde, ya en Cáceres, L. me dijo de repente: “ahí está”. Me giré y me estremecí, mi alma t


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Publicado el 2 de julio de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal. Visto 27 veces. 11 páginas.

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra


Novela, Clásico


TASA

Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los que residen en su Consejo, certifico y doy fe que, habiendo visto por los señores dél un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho libro a tres maravedís y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro docientos y noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para que dello conste, di la presente en Valladolid, a veinte días del mes de deciembre de mil y seiscientos y cuatro años.

Juan Gallo de Andrada.

TESTIMONIO DE LAS ERRATAS

Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

EL REY

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, nos pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente por nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón; y nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia...


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Publicado el 19 de abril de 2016 por Edu Robsy. Visto 24 veces. 1.189 páginas.

El Barco del Tesoro

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


El gran galeón yacía semienterrado bajo la arena, los yuyos y el agua de la bahía septentrional donde los azares de la guerra y el tiempo lo habían instalado. Habían pasado tres siglos y un cuarto desde que había navegado en alta mar como una importante unidad de un escuadrón de guerra; precisamente en qué escuadrón era el punto en que los expertos no se ponían de acuerdo. El galeón no había aportado nada al mundo, pero según la tradición y la información, se había llevado mucho de él. ¿Pero cuánto? En esto nuevamente los expertos estaban en desacuerdo. Algunos eran tan generosos en sus cálculos como un asesor de impuestos, otros aplicaban una crítica más fuerte a los cofres del tesoro sumergidos, y otros rebajaban su contenido a una moneda de oro ficticio. A la primera clase pertenecía Lulú, duquesa de Dulverton.

La duquesa no sólo creía en la existencia de un tesoro hundido de proporciones tentadoras; también creía conocer un método por el cual dicho tesoro podía ser localizado con precisión y desenterrado sin mucho gasto. Una tía materna de ella había sido dama de honor en la corte de Mónaco y tenía un respetable interés en las investigaciones de aguas profundas a las que el trono de su país, impaciente quizás a causa de sus restricciones territoriales, solía dedicarse. Fue a través de la intervención de esa parienta que la duquesa se enteró de un invento, perfeccionado y casi patentado por un sabio monegasco, por medio del cual podría estudiarse la vida doméstica de la sardina mediterránea a una profundidad de muchas brazas con un fría luz blanca que brillaba más que la araña de un salón de baile. Comprendida en este invento (y a los ojos de la duquesa la parte más afectiva de él) había una draga eléctrica de succión, especialmente diseñada para arrastrar a la superficie los objetos de interés y valor que pudieran encontrarse en los niveles más accesibles del lecho del océano.


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Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy. Visto 20 veces. 4 páginas.

La mar de jaleo

Joan Carlos Vinent


cuento


Pseudónimo: Tiresias

Hace años que tengo ganas de ver el jaleo en Ciutadella el día de San Juan, pero he encontrado demasiadas dificultades para ello, demasiada gente estaba dispuesta a apresarme. Por otro lado, he de dar gracias por no encontrarme en Asia, porque allí me habrían utilizado como medicina o de adorno, con lo cual estaría disecado. Ya sé que es una utopía eso de querer vivir en directo las fiestas de los caballos, pero si tenemos en cuenta las nuevas tecnologías, todo es posible. Desde mi lugar de residencia, uno de los últimos refugios del Mediterráneo, hago una llamada a la comunidad de submarinistas para que hagan caso a mi petición. Ver el jaleo, aunque sea por la tele, creo que no es mucho pedir en compensación a tantas sesiones fotográficas de las que he sido objeto. Tantos flashes y estallidos de luz no han sido buenos para mi salud y mi vida, antes tranquila. He de reconocer que conozco cada rincón de la isla de Menorca y, por supuesto, prefiero unas zonas a otras, porque encontrarme, me he encontrado de todo, desde aguas cristalinas y puras a la peor contaminación. Hoy día procuro mantenerme alejado de la gente, pero cuando llega el verano resulta difícil la intimidad y el sosiego al que suelo estar acostumbrado. En fin, me gusta saberme querido y admirado, pero no acosado, y es que ya quedamos pocos de mi especie. He tenido muchos hijos a lo largo de mi ajetreada vida, pero pocos han sobrevivido. Escribo esto con la tinta de un calamar que me encontré hace poco muerto en S’Arenal d’en Castell, el resto lo haré con tinta de pulpo; para ello tendré que enfrentarme a ese peligroso compañero de fatigas. Por otra parte, me gustaría deciros dónde resido actualmente, en qué rincón de mi isla, pero sería peligroso para mi seguridad. En cuanto a la tele, quisiera se siguieran una serie de pautas que aseguren mi supervivencia por lo menos para el poco tiempo que me queda.


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Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal. Visto 20 veces. 5 páginas.

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