Tifón

Joseph Conrad


Novela



Twitter Facebook Google+


Índice

I
II
III
IV
V
VI

I

Era el capitán MacWhirr, del vapor Nan-Shan, un hombre cuya fisonomía, en cuanto a apariencias externas se refiere, reflejaba fielmente su mentalidad. No denotaba características, tales como la firmeza o la estupidez. Carecía en absoluto de características pronunciadas. Era el suyo un rostro corriente e inmutable.

De su aspecto sólo se podría decir que se le traslucía a veces cierta timidez; porque llegado a tierra, acostumbraba sentarse en las oficinas, sonriente, tostado por el sol, y con los ojos entornados. Cuando levantaba la vista se le descubría una mirada franca y azul.

Su cabello rubio y en extremo delgado le cubría la calvicie, de sien a sien, con una pelusa sedosa. Contrastaba con el pelo de su cara, rojizo y brillante. Parecía éste un brote de alambre de cobre, cortado al ras del labio superior. Por mucho que se afeitara, cualquier movimiento de su cabeza ponía en juego reflejos metálicos sobre sus mejillas. Era más bien bajo, de hombros cargados, y debido a que sus brazos y piernas eran tan morrudos, su ropa daba siempre la impresión de quedarle demasiado ajustada. Tal cual si le fuera imposible diferenciar entre las latitudes, llevaba siempre un tongo marrón, un terno com— pleto de tintes cafés y un par de toscas botas negras. Esta tenida para desembarcar daba a su figura maciza una apariencia de elegancia rígida. Una delgada cadena de plata para el reloj cruzaba su chaleco; y jamás dejaba el navío sin antes coger con sus poderosas ma— nos un elegante paraguas de la mejor calidad que mantenía suelto. El joven Jukes, primer oficial del barco, acompañaba a su jefe hasta la planchada. Algunas veces, armándose de coraje y dirigiéndose a él con la mayor deferencia, le decía: "Permítame, señor", y así diciendo tomaba el paraguas y lo levantaba en el aire al tiempo que lo sacudía para orde— nar los pliegues, y se lo devolvía de inmediato; toda esta maniobra la llevaba a cabo con tal expresión de gravedad, que al observarlo desde el tragaluz, mientras fumaba su cigarro matutino, el ingeniero jefe, Solomon Rout, tenía que dar vuelta la cara para disimular una sonrisa. "¡Ah, sí!, gracias, Jukes, gracias", murmuraba amistosamente el capitán sin alzar la vista.

Su imaginación le alcanzaba justo para cumplir con las jornadas que se sucedían día a día, y con eso le bastaba para tener una serena seguridad en sí mismo. Gracias a esto no era en absoluto engreído. Es siempre el jefe imaginativo el que es sensible, dominante y difícil de complacer. Pero todo vapor comandado por el capitán MacWhirr era una morada flotante de armonía y de paz. A decir verdad, hubiera sido tan difícil para él dar vuelo a alguna fantasía, como para un relojero hacer funcionar un cronómetro sin otras herramientas que un martillo pesado y un serrucho; pero las vidas poco interesantes de aquellos que las dedican únicamente a subsistir tienen también sus misterios. Le resultaba imposible a MacWhirr comprender qué móvil podía haber inducido a ese muchachón co— rriente, hijo de un modesto almacenero de Belfast, a arrancar al mar, y, con todo, él había hecho lo mismo a los quince años. El meditar sobre estas cosas lleva a concebir la imagen de una mano inmensa, potente, enterrándose en el montículo de hormigas que es el mundo, cogiendo hombros, golpeando cabezas y forzando a dirigir las miradas inconscientes de la multitud hacia metas inconcebibles y caminos jamás soñados.

Su padre nunca pudo perdonar su estupidez poco filial. Más tarde se le oyó decir:

"Nos pudimos manejar sin él, pero se trataba del negocio, y además era nuestro único hijo". A raíz de su desaparición, su madre lo lloró mucho tiempo. No se le había ocurrido dejar indicio de su paradero, de modo que se le lloró como si hubiera muerto, hasta que, ocho meses después, recibieron la primera carta mandada desde Talcahuano. Esta era breve y decía: "Tuvimos muy buen tiempo durante nuestra travesía"; pero era evidente que lo primordial en la mente del que escribía era relatarles cómo, en ese mismo día, el capitán lo había hecho ingresar como marinero ordinario, "porque —como él lo explicaba— soy capaz . de trabajar". De nuevo lloró la madre, mientras el padre expresó su sentir diciendo: "Tom es un asno". Era el padre un hombre corpulento, muy dado a la jarana, y fue en ese espíritu que mantuvo las relaciones con su hijo hasta el final de sus días, mezclándolas también con un poco de lástima, como si se tratara de un débil mental.

Las visitas que hizo MacWhirr a su casa fueron forzosamente escasas. Durante el transcurso de los años envió otras cartas a sus padres, informándolos de todos sus ascensos y de sus movimientos a través del amplio mundo. En estas cartas solían encontrarse frases como ésta: "El calor acá es tremendo", o "El día de Navidad a las 4 P.M., nos encontramos con algunos témpanos de hielo". Sus viejos padres terminaron familiarizándose con los nombres de muchas naves y con los nombres de los capitanes que las comandaban; con los nombres de los propietarios ingleses y escoceses; con los nombres de mares, océanos, estrechos, promontorios; con nombres estrafalarios de puertos madereros, de puertos arroceros, de puertos algodoneros; con nombres de islas; por fin, con el nombre de la novia de su hijo.

Se llamaba Lucy. Y a él jamás se le ocurrió hacer mención alguna de la belleza del nombre. Y después murieron sus padres.

Llegó a su debido tiempo el gran día de la boda de MacWhirr y, a poco, el día cuando le fue otorgada su primera comandancia.

Todos estos acontecimientos sucedieron muchos años antes de la mañana en que, estando en la sala de navegación del vapor Nan-Shan, se confrontó con una caída del barómetro que no le infudió desconfianza. Esta caída, tomando en cuenta la perfección del instrumento, la época del año y la situación de la nave en el globo terráqueo, era perturbadora; pero la cara encendida del hombre no denotaba inquietud alguna. Los presagios nada le decían, y era incapaz de adivinar ningún mensaje profético, hasta no haberlo sentido en carne propia. "Esto sí que es una caída, no hay duda alguna —pensó para sí—. Debe de haber muy mal tiempo—por algún lado."

El Nan-Shan volvía del sur hacia el puerto de Fu—chau con carga en sus bodegas y cerca de trescientos coolies chinos, quienes, después de varios años de trabajo en diferentes colonias tropicales, regresaban a sus pueblos natales en la provincia de Fo— Kien. La mañana se presentaba perfecta: el mar, como aceitoso, se ondeaba sin turbación, y en el cielo se veía una extraña mancha nebulosa que parecía formar un halo en torno al sol. El puente de estribor, repleto de chinos, parecía ensombrecido por vestimentas obscuras, rostros amarillentos, coletas, todo salpicado de hombros desnudos, pues no corría aire y el calor era sofocante. Los coolies descansaban, charlaban, fumaban, o perdían su mirada en la lejanía; algunos recogían agua del costado de la nave y se la echaban encima a sus compañeros para refrescarlos; otros dormitaban sobre las cubiertas de las bodegas, mientras pequeñas partidas de a seis rodeaban, en cuclillas, unas bandejas de hierro cargadas con platos de arroz y minúsculas tazas de té; cada uno de estos seres llevaba consigo todo lo que le pertenecía en el mundo, un cofre de madera con esquineros de bronce y un gran candado, dentro del cual estaban guardados todos sus bienes: algunos ropajes de ceremonia, palos de incienso, quizá un poco de opio, varias baratijas con un valor muy relativo, y una pequeña cantidad de dólares de plata, habidos ya fuera por trabajos en cargueros de carbón, ganados en casas de juego o por canjes insignificantes, escarbados de la tierra o conseguidos con el sudor dejado en las minas, en líneas de ferrocarril, en selvas mortales, bajo pesadas cargas, acumulados con paciencia, guardados con cuidado, atesorados ferozmente.

Una corriente gruesa cruzada, que desde las diez se venía formando en la dirección del canal de Formosa, dejaba sin cuidado a estos pasajeros, pues bien sabían que el Nan— Shan, con su fondo plano, sus maderos colocados a lo largo del casco para estabilizarlo, su gran manga, gozaba de la fama de ser un barco muy marino. El señor Jukes, cuando bajaba a tierra,— tenía momentos de gran expansión, y refiriéndose a la nave solía proclamar a quien lo quisiera oír que "la vieja era tan bonita como segura". Jamás se le habría ocurrido al capitán MacWhirr emitir una opinión favorable en forma tan estruendosa o en términos tan floridos.

Indudablemente era un buen barco y bastante nuevo. Hacía menos de tres años que lo había construido una firma en Dumbarton, por orden de unos mercaderes siameses, Sigg e Hijo. Sus armadores lo miraron con orgullo cuando al fin fue botado ya totalmente listo para emprender una carrera de trabajo.

—Sigg nos ha encomendado encontrarle un comandante consciente para navegarlo — dijo uno de los socios.

Y el otro, tras reflexionar un rato, añadió: —Creo que en este momento MacWhirr se encuentra en tierra.

Y sin dudar más, el principal ordenó:

—Telegrafíale de inmediato, es el hombre que necesitamos.

A la mañana siguiente, tras haber viajado en el expreso desde Londres, y después de una repentina y circunspecta despedida de su mujer, se presentó MacWhirr, imperturbable. La mujer era hija de un matrimonio de categoría, que había visto días mejores.

—Revisemos el barco juntos, capitán —propuso el socio principal; y los tres hombres comenzaron a recorrer la nave, deteniéndose ante los perfeccionamientos que se habían hecho en el Nan-Shan desde la popa a la proa y desde la quilla hasta los soportes de sus gruesos mástiles.

—En el correo de ayer, mi tío escribió sobre usted a los señores Sigg, nuestros queridos amigos, en términos muy favorables, de modo que sin duda lo confirmarán en el mando —dijo el otro socio—. Podrá enorgullecerse de tener bajo sus órdenes uno de los barcos más manuables, en su categoría, que viajan por las costas de la China.

—¿Ah, sí?, gracias —murmuró vagamente MacWhirr, a quien una eventualidad lejana no ofrecía más atractivos que a un turista corto de vista le puede ofrecer un lejano y bello horizonte. Sus ojos se posaron en ese momento en la cerradura de la puerta de la cabina, y enderezándose con firmeza se dirigió hacia ella. Empezó a sacudir el picaporte vigorosamente, mientras que con su voz baja musitaba—: No se les puede tener confianza a los obreros hoy en día. Una cerradura nueva y no funciona. Está atascada. ¿Ven? ¿Ven?

En cuanto se encontraron a solas en las oficinas de tierra, el sobrino, con cierto aire socarrón, dijo al otro:

—Tú alabaste a este hombre ante Sigg, ¿ qué es lo que le encuentras?

—Reconozco que no tiene nada del comandante que impresiona —replicó el mayor de ellos secamente—. ¿Está el sobrestante del Nan-Shan allí afuera? Entre, Bates. ¿Cómo pudo permitir usted que los obreros de Tait nos colocaran una cerradura que no funciona en la puerta de la cabina? El capitán lo notó de inmediato. Hágala cambiar enseguida. i Ah!, los pequeños detalles, Bates... , los pequeños detalles...

Se cambió la cerradura y pocos días después, sin que MacWhirr hubiera hecho ninguna otra observación sobre sus mejoras, zarpaba hacia el este el Nan—S han. Tampoco se le había oído pronunciar palabra alguna que denotara orgullo de su barco, agradecimiento por su nombramiento o satisfacción ante lo que se le ofrecía.

Dado su temperamento, ni locuaz ni taciturno, no sentía necesidad alguna de conversar.

Naturalmente que había órdenes que cumplir..., directivas e instrucciones que dar; pero él estimaba que habiendo terminado el pasado, y no habiéndose alcanzado todavía el futuro, las actualidades del día no necesitaban mayor comentario, porque los hechos hablan por sí solos con gran precisión.

Al viejo Sigg le gustaban los hombres de pocas palabras. "Uno que no intente modificar mis instrucciones." MacWhirr llenaba estos requisitos, de modo que fue confirmado en el comando del Nan-Shan, y se dedicó a hacer navegar con cautela su barco por los mares de la China. La nave había sido botada bajo registro británico, pero después de un tiempo los señores Sigg juzgaron mejor hacerla navegar bajo bandera siamesa.

Ante la noticia de la anunciada transferencia, Jukes se inquietó como si se le hubiera hecho una afrenta personal. Se le oía gruñendo y soltando risas despectivas.

—Imagínese, tener un elefante tal como el del Arca de Noé en el emblema del barco – le comentó al ingeniero—. Yo no lo podré soportar: creo que voy a rescindir mi contrato.

¿A usted, señor Rout, no le afecta este cambio?

El ingeniero jefe sólo carraspeó, pues bien sabía él el valor de un buen empleo.

La primera mañana en que Jukes vio flamear la nueva bandera sobre la popa del Nan-Shan, se quedó observándola con amargura. Largo rato luchó contra sus sentimientos para finalmente exclamar:

—Curiosa bandera, ¡ y tener que navegar bajo ella, capitán!

—¿Qué le pasa a la bandera? —inquirió MacWhirr—. Para mí está muy bien —y diciendo esto atravesó el puente de mando para poder observarla mejor.

—A mí me parece extraña —exclamó exasperado Jukes al tiempo que abandonaba el puente.

El capitán MacWhirr quedó anonadado ante estos modales. Después de un rato entró tranquilo a la sala de navegación, y sacando el Código Internacional de Señales, encontró en la página donde, en hileras, figuraban las vistosas banderas. Las recorrió todas hasta llegar a la de Siam, con su elefante blanco sobre fondo rojo. Nada podía ser más sencillo; pero para cerciorarse bien, tomó el libro y se lo llevó al puente, para desde allí poder cotejar el dibujo coloreado del libro con la insignia que colgaba del mástil de popa.

Cuando se volvió a encontrar con Jukes, quien todavía continuaba con aire de furia reprimida, le observó:

—No hay error alguno en esa bandera.

—¿No? —murmuró Jukes, arrodillándose ante una alacena de cubierta y sacando de ella un rollo de cordel.

—No. Lo he comprobado en el libro. Tiene dos veces más de largo que de ancho, y justo en el centro está el elefante. Ya me parecía a mí que en tierra bien podían hacer una bandera de la localidad. Es lo lógico. Usted estaba equivocado, Jukes...

—Bien, capitán —dijo Jukes, levantándose nervioso—, lo único que digo es que... —Buscó la punta del cordel con manos que le temblaban.

—Está bueno —replicó el capitán MacWhirr procurando tranquilizarlo, a la vez que se sentaba en un taburete plegadizo de lona—. Ahora lo único que tiene que hacer, hasta que se acostumbren a la nueva bandera, es verificar que no la vayan a izar al revés.

Jukes lanzó el cordel a través del puente, advirtiéndole al marino que lo recibía: "No olvide de empaparlo bien", y así diciendo se enfrentó a su comandante con expresión re— suelta; pero el capitán MacWhirr sólo apoyó su codos cómodamente en la pasarela.

—Supongo —dijo— que el invertirla podría interpretarse como señal de peligro. ¿ Qué le parece? Ese elefante ha de tener un significado semejante al del Union Jack (pabellón militar de la Gran Bretaña)...

—¡En verdad! —exclamó Jukes, de tal modo, que todos los que estaban sobre la cubierta volvieron sus miradas hacia el puente. Luego suspiró y resignándose humildemente, dijo—: Por cierto que podría denotar peligro.

Mas tarde acosó al ingeniero jefe y le dijo confidencialmente:

—Deje que le cuente la última del viejo.

El señor Solomon Rout, del que con frecuencia se hacía alusión como Sol el Largo, Viejo Sol o Padre Rout, por ser siempre el hombre más alto de toda la tripulación, tenía una manera como condescendiente de inclinarse sobre los demás.

Su cabello era escaso y de color arena, sus mejillas planas y pálidas, sus muñecas huesudas, y sus largas manos también eran pálidas, como si hubiera vivido siempre a la sombra.

Desde su altura le sonrió a Jukes, pero continuó fumando y observándolo tranquila— mente. Parecía un tío amable que escucha paciente mientras un colegial hace un relato animado.

—¿Y? ¿Renunció a su puesto?

—No —exclamó Jukes, con voz fuerte pero descorazonada que se levantaba sobre el zumbido áspero que hacían los cabrestantes al girar. Todos trabajaban duro, cogiendo bultos de carga que pendían de las grúas, para en seguida dejarlos caer en el fondo del barco. Las cadenas gruñían, y golpeaban los costados del Nan—S han—. No —gritó Jukes—, no lo hice. ¿Para qué lo habría de hacer? Sería lo mismo entregarle mi renuncia a una compuerta. Creo que es imposible hacerle comprender algo a un hombre como el capitán.

Me tiene totalmente desorientado.

En ese instante regresaba de tierra el capitán MacWhirr, siempre con su paraguas en la mano. Cruzó el puente escoltado por un chino triste que calzando zapatos de seda con suela de papel lo seguía, también llevando un paraguas.

El comandante del Nan-Shan, hablando en forma casi inaudible, y mirándose las botas como era su costumbre, dijo que en este viaje tendrían que hacer escala en Fu—chau, de modo que deseaba que el señor Rout tuviera pronta la presión de las calderas para el día siguiente a la una de la tarde. Empujó para atrás su sombrero y se secó la frente al tiempo que de claraba que no le gustaba bajar a tierra. Aunque lo sobrepasaba en estatura, el señor Rout no se dignó decir palabra, y continuó fumando austeramente, frotándose el codo derecho con la palma de la mano izquierda. El capitán, con la misma voz queda, ordenó a Jukes que dejara libre de carga la entrecubierta de proa. Allí iban a ser ubicados doscientos coolies, que embarcaba de regreso a sus pueblos la Compañía Bun Hin. Un sampán iba a traer, como provisión, veinticinco bolsas de arroz. Todos estos hombres habían trabajado durante siete años, y cada uno traía de vuelta su cofre de madera de alcanfor. El carpintero tendría que poner manos a la obra para hacer una baranda en la cubierta de abajo, evitando así que se cayeran al océano los cofres en caso de una marejada. Ordenó a Jukes que se ocupara de esto de inmediato. "¿Me oyó, Jukes?" El chino que lo acompañaba iría hasta Fuchau en calidad de intérprete. Era empleado de la firma Bun Hin, y en esta forma esperaba ver nuevos horizontes. Mejor sería que Jukes lo llevara luego a proa. "¿Me oyó, Jukes?"

Jukes contestó a estas instrucciones con el obligado: "Sí, mi capitán", pero esto fue dicho sin entusiasmo. Su brusco "Sígame, John; trata mirar, ver", puso en movimiento al chino, quien lo siguió pisándole los talones.

—Quiero tú ver, todos poder también ver — dijo Jukes. Como no tenía facilidad alguna para las lenguas extranjeras, deformaba en forma cruel el propio pidgin, inglés chapu— rrado en China. Señalando la bodega, dijo—: Pescar número uno sitio para dormir. ¿Eh?

Tal como correspondía a su superioridad racial, su modo fue rudo pero amistoso. El chino, mirando triste y silenciosamente la profundidad obscura de la bodega, daba la im— presión de estar suspendido al borde de una tumba.

—No recibir lluvia allá abajo, ¿savee? —le hizo saber Jukes—. Suponiendo buen tiempo, coolie subir cubierta —prosiguió dando rienda suelta a su imaginación—. Hacer así, ¡phoooo! —E hinchando el pecho, inhalando profundamente, soltó después el aire con fuerza—. ¿Sanee, John? Respirar aire fresco. Bueno. ¿Eh? Lavar pantalones, rancho, chow—chow en cubierta, ¿ves, John?

Con sus manos y con su boca hizo movimientos exagerados de comer y lavar ropa; y el chino disimuló con su modo suave y de refinada melancolía la desconfianza que le ins— piraba tal pantomima, y mirando una vez más la profunda bodega, volvió sus ojos almendrados de nuevo hacia Jukes. "Estar bien", murmuró con tono desconsolado, y apuró su paso por las cubiertas, evitando los obstáculos que encontraba por el camino.

Desapareció detrás de una nueva carga de bolsas que contenían alguna mercadería valiosa, pero con olor repulsivo.

Mientras tanto el capitán MacWhirr había subido al puente, y de allí a la sala de navegación, en donde lo esperaba una carta que había comenzado dos días antes. Estas largas cartas empezaban siempre con "Mi querida esposa", y el mozo aprovechaba toda oportunidad que se le ofrecía, entre fregar pisos y limpiar cajas de cronómetros, para leerlas. Le interesaban mucho más a él que a la mujer a quien estaban dirigidas; y el motivo de esto era que sólo relataban detalladamente todo viaje que hacía el Nan-Shan.

Su comandante, fiel a los hechos, anotaba sólo lo que él percibía, en muchas páginas y con un cuidado minucioso. La casa, en un suburbio nortino, a la que iban dirigidas estas páginas tenía un pequeño jardín ante una ventana arqueada, un agradable porche, y en la puerta de entrada, vidrios de color enmarcados con una imitación de plomo. Pagaba un alquiler de cuarenta y cinco libras, el que no consideraba caro, porque a la señora MacWhirr (una persona pretenciosa, con un cuello descarnado y un modo desdeñoso) se le tenía por muy señora en la vecindad, y se le consideraba "muy superior".

El único secreto de su vida era el terror que le infundía el pensamiento de que algún día su esposo regresaría para siempre.

También se albergaban bajo el mismo techo una hija, llamada Lydia, y un hijo, Tom.

Estos apenas si conocían al padre. Más bien lo consideraban como un visitante privilegiado, que en la noche fumaba su pipa en el comedor, y después se quedaba a dormir en la casa. La desgarbada niña se avergonzaba de su padre, y al muchacho le era franca y totalmente indiferente; pero demostraba su forma de sentir en la manera directa, sin afectación y encantadora que tienen los muchachos varoniles.

El capitán MacWhirr escribía, doce veces al año, desde la costa de China, siempre recordando a sus hijos, y terminando indefectiblemente sus cartas con un "Tu amante es— poso", tal como si estas palabras, tantas veces usadas por tantos hombres, se hubieran gastado, o su significado, descolorido.

Los mares de la China, tanto al norte como al sur, son mares estrechos. Son mares re— pletos de realidades y de hechos diarios, elocuentes, tales como islas, bancos de arena, arrecifes, corrientes veloces y cambiantes..., hechos todos entrelazados, pero que no obstante le hablan al marino en un lenguaje claro, preciso. Lo que estas cosas le transmitían estaba tan de acuerdo con su sentido de la realidad, que el capitán MacWhirr había hecho abandono de su camarote, y prácticamente vivía todos sus días en el puente de mando. Muy a menudo se hacía subir la comida, y dormía en la sala de navegación.

Allí redactaba sus cartas. Cada una de ellas, sin excepción, llevaba la frase: "Durante este viaje el tiempo ha estado muy bueno", o cualquier otra expresión que significara lo mismo. Y esta aseveración, en su magnífica insistencia, se asemejaba, por su perfecta veracidad, a toda otra que él hubiera podido hacer.

El señor Rout también escribía cartas; pero nadie a bordo sabía cuán locuaz podía llegar a ser pluma en mano, porque el ingeniero jefe tenía la imaginación suficiente corno para cerrar con llave su escritorio. Su mujer gozaba con el estilo de sus cartas. Era un ma trimonio sin hijos, y la señora Rout, mujer de cuarenta años, jovial y de amplio pecho, compartía un pequeño chalet, cerca de Teddington, con la venerable y desdentada madre de Rout. Con ojos que le brillaban leía su correspondencia a la hora del desayuno, y gritaba, con voz alegre, los párrafos interesantes, para que la sorda viejita los pudiera oír. Cada parte que extractaba la comenzaba con una exclamación de advertencia: "¡ Solomon dice!" Tenía la costumbre de ametrallar a extraños con dichos de Solomon, y éstos se extrañaban ante lo original de las observaciones y la vena inesperadamente jocosa de sus comentarios. Cuando por primera vez vino de visita el cura párroco al chalet, ella de inmediato encontró la oportunidad para citar: "Como dice Solomon: los ingenieros que navegan pueden admirar los enigmas de las almas marinas"; pero el cambio de expresión en el rostro de su visita la hizo detener.

—Solomon... , ¡ Oh!... Señora Rout —tartamudeó, con la cara muy encendida el joven—.

Debo decir... Yo no sé...

—Es mi marido —le dijo a gritos, a la vez que se sentaba con fuerza en su sillón. Al darse cuenta de la confusión, rió inmoderadamente, cubriéndose los ojos con su pañuelo, mientras que el joven cura permanecía sentado, tieso, con una sonrisa forzada, y, dada su falta de experiencia con mujeres sanamente alegres, llegó a la conclusión de que ella era lamentablemente loca. Tiempo después se hicieron muy buenos amigos; porque reflexio— nando se dio cuenta de que era excelente persona, y le absolvió sus irreverencias; con el tiempo aprendió a oír, sin inmutarse, otras muestras de la sabiduría de Solomon.

Según su mujer, Solomon habría dicho una vez: "A mí denme el asno más aburrido como capitán antes que un sinvergüenza. Hay maneras para llegar al burro, pero el sinvergüenza es siempre listo y escurridizo". Esta generalización se basaba en el caso particular del capitán MacWhirr, cuya honradez tenía toda la pesadez de un mazacote de yeso.

Por otra parte, el señor Jukes, incapaz de hacer generalizaciones, soltero y libre, se sinceraba con un viejo camarada y ex compañero de viajes, que en la actualidad hacía de segundo oficial en un buque de la ruta del Atlántico.

Jukes insistía sobre las ventajas del comercio del Este, insinuando esa superioridad sobre los océanos del Oeste. Alababa el cielo, los mares, los barcos y la vida fácil del Le— jano Oriente. El Nan-Shan, afirmaba, era el mejor navío.

"No tendremos uniformes recamados, pero sí somos como hermanos —escribía—:

tomamos nuestro rancho todos juntos, y vivimos como gallos de riña... Los hombres del destacamento negro son de lo mejor, y el Viejo Sol es muy seco, pero somos buenos amigos. En cuanto al capitán, difícil sería encontrar un ser más tranquilo. A veces llega uno a pensar que no tiene capacidad para darse cuenta si algo no marcha bien. Y con todo, eso es imposible. Ya hace años que está comandando barcos, y nunca hace algo que no deba. Su nave funciona sin que nadie sea molestado. Creo que su inteligencia no le da ni para gozar provocando una pelea. Yo no me aprovecho de él. No me rebajaría a eso.

Aparte de sus deberes de rutina, parece no comprender la mitad de las cosas que se le dicen. A veces nos reímos de él; pero a la larga se hace pesado convivir con un hombre así. El Viejo Sol dice que no tiene mucha conversación. ¡Conversación ! ¡Mi Dios ! Si jamás habla. Días atrás yo había estado hablando con uno de los ingenieros y él nos debe de haber escuchado. Cuando subí a tomar mi guardia, salió de la sala de navegación, miró por todos lados, observó las luces laterales, se detuvo ante el compás y entrecerró los ojos, dirigiendo la vista a las estrellas. Así se comporta habitualmente. Después de un rato me dijo: "¿Era usted el que conversaba esta tarde en cubierta?" "Sí, mi capitán."

"¿Con el tercer ingeniero?" "Sí, mi capitán." Se encaminó a babor y allí se sentó en su taburete, sin hacer ningún ruido, durante media hora, con excepción de un estornudo que se le oyó. Más tarde sentí que se levantaba y se dirigía a estribor donde estaba yo. "No puedo comprender —dijo— cómo puede tener tanta cosa que decir. Dos horas enteras hablando. No lo culpo. En tierra veo personas que se pasan todo el día conversando y todavía de noche se juntan a beber algo y continúan. Deben de estar repitiendo las mismas cosas una y otra vez. No lo puedo comprender."

"¡Dime si has oído algo semejante en tu vida! ¡Y pensar que todo fue dicho con tanta paciencia ! Realmente le tuve lástima. Pero algunas veces llega a exasperar. Claro que aunque fuera posible uno no haría nada para molestarlo. No vale la pena. Es tan inocente que si uno le hiciera un gesto burlón, es posible que se quedara pensando gravemente:

"¿Qué le pasará a esa persona?" En una ocasión me dijo, con simpleza, que le costaba comprender las actitudes extrañas de la gente. La verdad es que no merece la pena ocuparse de él. Es demasiado cerrado."

Así escribió el señor Jukes a su camarada que viajaba por el Oeste, dando vuelo a su fantasía y abriendo su corazón.

Había expuesto sinceramente su opinión. No valía la pena tratar de impresionar a un hombre como el capitán. Si el mundo hubiera estado repleto de tales seres, la vida le habría parecido a Jukes monótona y sin asunto. No era él el único que tenía este parecer.

El mismo mar, como compartiendo la tolerancia del señor Jukes, nunca se había salido de madre para sorprender al hombre silencioso, que seguía vagando inocente sobre las aguas, con el único fin visible de procurar alimentos, vestuario y casa para los tres seres que quedaban en tierra. Naturalmente que le había tocado mal tiempo, se había empapado, cansado y sentido incómodo, pero todas estas sensaciones que experimentaba en un momento dado de inmediato las olvidaba. De modo que se justificaba que escribiera a su casa contando del buen tiempo. Pero nunca se le había dado el poder vislumbrar la fuerza inconmensurable y la furia descontrolada del mar, esa furia que pasa exhausta pero jamás aplacada, esa ira y furia que encierran los océanos. Sabía que existían, como nosotros sabemos de crímenes y abominaciones; había oído hablar de esas cosas como cualquier ciudadano pacífico en un pueblo puede haber tenido noticia de batallas, hambrunas e inundaciones, pero sin por eso conocer su verdadero significado, aunque se pueda haber visto mezclado en peleas callejeras, haber pasado sin su comida alguna vez, y haberse empapado hasta los huesos durante un chaparrón. El capitán MacWhirr había navegado sobre la superficie de los océanos tal cual algunos hombres se deslizan a través de la existencia, para finalmente hundirse en una tumba, sin jamás haber sabido lo que envuelve de perfidia, violencia y terror. Hay en la tierra y en el mar hombres tan afortunados o tan despreciados por el destino y el mar.

II

Al observar la caída del barómetro, el capitán MacWhirr reflexionó. "Por algún lado se está dando muy mal tiempo", eso fue lo único que pensó. Había tenido experiencia con temporales. El término "mal", cuando se aplica al tiempo en el mar, sólo le da al marino una idea de incomodidad. Si alguna autoridad indiscutida le hubiera informado que el fin del mundo iba a ser provocado por una conmoción catastrófica de la atmósfera, habría asimilado esa información, catalogándola sencillamente como mal tiempo, porque no había tenido jamás experiencia con cataclismos; y es cosa cierta que el convencimiento no implica, por fuerza, la comprensión. Con sabiduría, su condado había decretado por un Acta Parlamentaria que, antes de ser entregado un barco, su presunto comandante tendría que contestar a algunas preguntas sencillas sobre posibles tormentas circulares, tales como huracanes, ciclones o tifones; era evidente que él las había contestado con conocimiento, puesto que ahora tenía a su mando el Nan—S han, y navegaba por los mares de la China en plena época de tifones. Pero si bien contestó con corrección a las preguntas, éstas ya habían sido olvidadas. Con todo, tenía conciencia de una incomodidad provocada por el calor pegajoso. Salió al puente sin encontrar alivio a esta opresión. El aire era espeso, y respiraba, boqueando, como pescado fuera del agua, de modo que llegó a pensar que estaba enfermo.

El Nan-Shan abría un surco en el mar, y éste se desvanecía en un círculo que se ondulaba y relucía como un trozo de seda gris. Del sol pálido y sin rayos emanaban un calor pesado y una extraña luz. Los chinos yacían postrados sobre las cubiertas. Sus caras exangües, contraídas, amarillas, semejaban las de inválidos biliosos.

El capitán MacWhirr se fijó especialmente en dos de ellos, tendidos de espaldas bajo el puente. Otros tres, sin embargo, discutían acaloradamente; un hombre grande, medio desnudo, con hombros hercúleos, se apoyaba fláccidamente sobre un cabrestante; otro, sentado sobre cubierta, sus rodillas recogidas, la cabeza inclinada a un lado, con actitud de muchacha, trenzaba su coleta con una languidez infinita que se notaba en toda su persona, hasta en el mismo movimiento de sus manos... El humo salía con dificultad de la chimenea, y en lugar de elevarse al cielo, se desparramaba, extendiéndose como una nube infernal, con emanaciones de azufre, y dejando caer una llovizna de hollín sobre los puentes.

—¿Qué diablos está haciendo allí, señor Jukes? —preguntó el capitán MacWhirr.

Al sentir que se le había dirigido la palabra en forma tan inusitada, el señor Jukes se sobresaltó como si le hubieran clavado debajo de una costilla, aunque el tono había sido más un murmullo que una pregunta airosa. Había hecho traer al puente un taburete bajo, y sentado sobre éste, con una cuerda enroscada a sus pies y un pedazo de lona estirado sobre sus rodillas, procuraba con fuerza pasar una aguja. Levantó la vista, y la sorpresa que demostró dio a sus ojos una expresión de inocencia y candor.

—Sólo estoy cosiendo este lote de bolsas nuevas que hicimos en el último viaje para recoger el carbón —contestó suavemente—; las vamos a precisar en la próxima carga de carbón, capitán.

—¿Qué sucedió con las otras?

—Se gastaron, por supuesto, capitán.

El capitán MacWhirr, irresoluto, miró a su oficial, manifestando tener la convicción sombría y cínica de que más de la mitad se habrían caído al mar. "Si tan sólo se pudiera llegar a la verdad", y diciendo esto se retiró a la otra punta del puente. Jukes, exasperado ante este ataque sin provocación, quebró la aguja a la segunda puntada, y dejando caer su trabajo maldijo en sordina el calor. La hélice dio un golpe, los tres chinos que habían estado discutiendo dejaron de hacerlo súbitamente, mientras el que se estaba trenzando la coleta cruzó sus piernas, y por encima de sus rodillas dirigió una mirada descorazonada. La deprimente luz solar formaba sombras vagas y enfermizas. La marea se alzaba y aceleraba más a cada momento, y el barco se sacudía en las profundas y lisas hondonadas del mar.

—Me pregunto de dónde vendrá esta corriente —comentó fuerte Jukes, al tiempo que recobraba el equilibrio.

—Desde el nordeste —gruñó desde el puente MacWhirr—. Por algún sitio se está desatando una tormenta. Vaya a mirar el barómetro.

Cuando salió de la sala de navegación, la expresión en el rostro de Jukes había cambiado; se le notaba concentrado y preocupado. Se sujetó a la pasarela del puente y miró fijo hacia adelante.

La temperatura había subido a cuarenta y siete grados centígrados en la sala de máquinas. Desde el cuarto de calderas, a través de un tragaluz, llegaban las voces irascibles, en áspera y retumbante confusión, mezclándose con el estrépito y roce de los metales, como si hombres con extremidades de hierro y gargantas de bronce se estuvieran peleando. El segundo ingeniero chocaba con los fogoneros porque éstos habían dejado que bajara la presión de las calderas. Era un hombre temido, con brazos como los de un herrero; pero esa tarde los paleadores le contestaban inquietos, golpeando las puertas de las calderas con la furia de la desesperación. Súbitamente cesó todo ruido y el segundo ingeniero emergió de la sala de máquinas, empapado y cubierto de tizne. Parecía un deshollinador saliendo de un pozo. No bien apareció, comenzó a enojarse con Jukes, aduciendo que los ventiladores correspondientes a la sala de máquinas no estaban bien orientados; a esto Jukes le contestó con gestos que indicaban: "No hay viento, no hay nada que hacerle, usted mismo lo puede constatar". Pero el otro no atendía razones. Sus dientes destellaban furia en su cara sucia. Dijo que le tenía sin cuidado tener que golpear las malditas cabezas que se encontraban allá abajo, ¡maldición!; pero ¿acaso creían los condenados marineros que se podía mantener la presión de las calderas abandonadas por la mano de Dios pegándoles a los fogoneros? ¡No! Se precisaba también que circulara el aire. Y acá abajo bramaba el ingeniero jefe, deteniéndose ante el medidor de presión, para continuar marchando, como enloquecido, de arriba abajo en la sala de máquinas. ¿Para qué se creía Jukes que se le tenía allá arriba? ¿Acaso no podía conseguir que uno de sus decadentes, inútiles, inválidos marineros girara los ventiladores en el sentido del viento?

Las relaciones entre la "sala de máquinas" y el "puente" del Nan-Shan eran de lo más cordiales; de modo que Jukes, en tono reprimido, rogó al otro no ponerse en ridículo, pues el comandante estaba al otro lado del puente; pero el segundo declaró no importarle un bledo quién estuviera al otro lado, de modo que Jukes, pasando instantáneamente de una desaprobación altiva a un estado de exaltación, lo invitó, en términos poco halagadores, a que viniera él mismo a girar los aparatos y a coger todo cuanto viento le fuera posible atrapar a un asno como él. Se precipitó sobre el ventilador el segundo ingeniero, como si pretendiera arrancarlo y botarlo por la borda. Sólo consiguió mover el sombrerete unas pulgadas, mediante un enorme desgaste de fuerzas, y pareció agotarse con el esfuerzo. Se inclinó a la timonera en tanto que Jukes se le acercaba.

—¡Mi Dios! —exclamó con voz debilitada el ingeniero. Levantó los ojos al cielo dejando que su mirada opaca bajara hasta el horizonte que parecía levantarse inclinado a un ángulo de cuarenta grados, para enseguida volver a descender lentamente—. ¡Cielos, Phew ! ¿Qué sucede ahora?

Jukes, separando sus piernas largas, adquirió un aire de superioridad.

—Esta vez sí que nos va a llegar —dijo—. El barómetro está bajando enormemente, Harry, y tú tratando de buscar camorra...

La palabra "barómetro" pareció avivar en el ingeniero toda su animosidad.

Armándose de nuevas energías le dijo a Jukes, en tono bajo pero brutal, que se tragara el maldito instrumento. Era el vapor, la presión que estaba bajando; y entre los fogoneros que desfallecían y el jefe que se estaba trastornando, la suya se estaba transformando en una vida de perros. Poco le importaba que todo estallara. Pareció a punto de llorar; pero reponiéndose rápido, murmuró sombríamente: "¡Ya van a ver!", y salió de prisa.

Se detuvo ante la apertura lo suficiente para levantar su puño al cielo, de donde emanaba una luz antinatural, y se dejó caer por la apertura con una exclamación.

Al darse vuelta, los ojos de Jukes se posaron sobre la espalda redondeada y las grandes orejas rojas del capitán MacWhirr.

—Ese segundo ingeniero es un hombre muy violento —comentó el capitán sin mirar a su primer oficial.

—Pero es un segundo muy bueno —gruñó Jukes—. No pueden mantener la presión — añadió rápidamente, mientras se sujetaba a la baranda para evitar las consecuencias del bandazo que se aproximaba.

Desprevenido, el capitán MacWhirr dio un resbalón, y alcanzó a sostenerse en el puntal de un toldo.

—El tiempo está horrible. Es el calor —dijo Jukes—. Haría maldecir hasta a un santo.

Aquí mismo, acá arriba, me siento como si tuviera una frazada envolviéndome la cabeza.

Levantando la vista, el capitán MacWhirr inquirió:

—¿Me quiere decir, señor Jukes, que usted ha tenido su cabeza envuelta en una frazada? ¿y para qué hizo eso?

—Es una manera de expresarme —contestó Jukes impasible.

—Las cosas que dicen algunos de ustedes. ¿Qué quiere decir eso de "santos maldiciendo"?

Ojalá que no hablaran tan alocadamente. Supongo que no sería más santo que usted.

¿ Y a qué viene eso de una frazada... o el tiempo? El estado del tiempo a mí no me hace blasfemar. Eso es prueba de mal carácter, nada más. No es más que eso. ¿De qué le sirve hablar así?

En esa forma reconvino el capitán MacWhirr contra el uso de expresiones en sentido figurado, y finalmente electrizó a Jukes con un bufido desdeñoso, seguido de palabras apasionadas y de resentimiento:

—Juro que si se descuida lo voy a despedir del barco.

Y Jukes, incorregible, pensó: "Dios mío, alguien ha dado vuelta a mi capitán. ¡Esto sí que se llama mal genio ! Naturalmente que se debe al mal tiempo. ¿Qué otra cosa podría ser? Hasta un ángel pelearía..., cuando menos un santo".

Sobre cubierta todos los chinos jadeaban como moribundos. Al declinar, el sol había disminuido en diámetro, y un fulgor pardo, sin brillo, como si millones de siglos hubieran transcurrido desde la mañana, lo acercó a su ocaso. Un opaco banco de niebla se vislumbró hacia el norte; tenía un tinte oliva oscuro y siniestro; y se posó lerdo, sin movimiento, sobre el mar. Semejaba un obstáculo sólido que se cruzaba delante de la nave. Esta se dirigió a tientas hacia él, como un animal exhausto acosado hacia su muerte.

Lentamente se desvaneció la penumbra cobriza, y en la oscuridad resaltaron multitudes de estrellas enormes, vacilantes, que como movidas por una ráfaga relucieron intensamente, pareciendo estar suspendidas sobre la tierra.

A las ocho de la noche Jukes entró en la sala de máquinas para anotar en el cuaderno de bitácora.

De su borrador copió con cuidado el número de millas y el rumbo de la nave, y en la columna donde decía "Vientos" garabateó, en la página que comprendía las ocho horas transcurridas desde el mediodía, "Tranquilo".

Se sentía exasperado por el continuo y monótono movimiento del barco. El pesado tintero se corría de un lado a otro eludiendo la pluma; se hubiera dicho que poseía una perversa habilidad para esquivarla. Habiendo escrito en el espacio intitulado "Observaciones" "El calor es muy opresivo", puso entre sus dientes la punta de la lapicera, a modo de pipa, y se secó la cara cuidadosamente.

"El barco se bambolea con el oleaje agitado"; y para sí pensó: "Agitado no expresa suficientemente la realidad". Después continuó escribiendo: "Puesta de sol amenazante, con un banco de nubes bajas hacia el norte y el este. Por encima, cielo despejado".

Apoyado sobre la mesa, con su pluma suspendida en el aire, miró hacia afuera, y en el marco que formaban los batientes de la puerta vio como las estrellas disparaban vo— lando hacia un cielo renegrido. Desaparecieron todas, dejando sólo una obscuridad sal— picada de fulgores blancos; el mar estaba tan negro como el cielo, y a lo lejos relucía la espuma. Las estrellas, que habían desaparecido con el movimiento, se volvieron a ver con el giro contrario de la nave, precipitándose en centellantes multitudes, no como puntos encendidos, sino como pequeños discos brillantes de un resplandor húmedo.

Jukes observó un momento las grandes estrellas fugaces, y luego anotó: "8 P. M. Au— menta la marejada. La nave avanza trabajosamente. Las cubiertas están bañadas de agua.

Los coolies han sido encerrados por la noche". Se detuvo un instante y pensó: "Puede que esto no tenga desenlance alguno". Después terminó sus observaciones resueltamente, escribiendo: "Todas las apariencias indican que se aproxima un tifón".

Al salir se hizo a un lado para dar paso al capitán MacWhirr, quien cruzó el umbral sin decir palabra o hacer seña alguna.

—Haga el favor de cerrar la puerta, señor Jukes —dijo desde adentro el capitán.

Jukes, dándose vuelta para hacerlo, murmuró irónicamente:

—¿Qué, tiene miedo de resfriarse?

Le tocaba su guardia abajo; pero sentía necesidad de comunicarse con sus semejantes; y dirigiéndose alegremente al segundo oficial, dijo:

—Después de todo, no se presenta tan malo el tiempo, ¿no le parece?

El segundo oficial caminaba de un lado a otro del puente, tanto descendiendo un mo— mento a saltitos, con pequeños pasos, como al otro ascendiendo con dificultad el ángulo inclinado del puente. Al oír la voz de Jukes se inmovilizó, mirando siempre para adelante, pero sin decir palabra.

—¡Hola! Esta sí que fue seria —exclamó Jukes, inclinándose con el balanceo hasta que sus manos tocaron la cubierta. Esta vez el segundo oficial emitió desde el fondo de su garganta un sonido poco amistoso.

Era un vejancón desaliñado, con mala dentadura y una cara lampiña. Se le había con— tratado apresuradamente en Shanghai, en aquel mismo viaje, cuando el segundo oficial que había venido de Inglaterra se había caído (en forma que el capitán MacWhirr jamás pudo comprender) desde la borda hasta un lanchón carbonero que se encontraba amarrado a la nave. Y fue necesario mandarlo con urgencia a tierra, pues resultó con conmoción cerebral y una o dos extremidades quebradas.

Jukes no se descorazonó con el gruñido.

—¿Cómo lo estarán pasando allá abajo los chinos? —musitó—. Es una suerte para ellos que el vaivén de esta vieja sea tan suave. Vea usted, esta sacudida no fue tan brava.

—¡Espérese no más ! —espetó el segundo oficial.

Con su nariz angulosa y sus labios finos, apretados, daba la impresión de estar en un permanente estado de furia interna; y su modo de hablar era tan conciso que rayaba en la grosería. Las horas libres las pasaba ence— rrado en su cabina, observando un silencio tal que daba la sensación de que se echaba a dormir no bien cerraba la puerta; pero al que le correspondía despertarlo para su guardia, lo encontraba invariablemente tendido en su cucheta, la cabeza apoyada sobre una almohada sucia, con los ojos abiertos que destellaban una mirada feroz. Jamás escribía cartas, ni tampoco parecía esperar noticias de nadie. Una vez se le había oído mencionar la localidad de Hartlepool, pero sólo para quejarse, con gran amargura, de los precios exorbitantes que le habían cobrado en una pensión.

Era uno de esos hombres a quienes se les contrata nada más que por necesidad en todos los puertos del mundo. Son seres de bastante competencia, parecen desesperadamente necesitados de dinero, no tienen rastro de vicio alguno, pero sí todas las señales de ser fracasados por completo. Suben a bordo sólo en casos de emergencia, no le tienen cariño a barco alguno, crean una atmósfera de relaciones superficiales con sus camaradas, quienes no saben nada de ellos, y deciden abandonar el barco en los momentos más inoportunos. Bajan a tierra en cualquier puerto de mala muerte, sin despedirse de nadie, y llevando consigo un viejo baúl, atado con un cordel. Parecen sacudir de sus pies el polvo del barco.

—Espérese no más —repitió, balanceándose en su puesto y dando la espalda a Jukes.

—¿Entonces usted cree que de esta vuelta nos va a tocar algo serio? —preguntó Jukes con interés juvenil.

—¿Creer?... Yo no digo nada. A mí no se me hace caer así no más —exclamó el pe— queño oficial, con una mezcla de orgullo, desprecio y astucia, como si hubiera descubierto fácilmente una trampa en la pregunta de Jukes—. ¡Ah ! ¡No! ¡No les voy a dar el gusto de que se burlen de mí ! —murmuró despacio.

Jukes se hizo la reflexión de que este oficial era un tipo malo y desagradable, y hubiera dado cualquier cosa porque Jack Allen no se hubiera accidentado al caer en la chata carbonera.

La negrura del cielo, que se veía más allá de la nave, semejaba otra noche vista a tra— vés de la noche estrellada de la tierra, la no che sin estrellas de las inmensidades más allá del universo creado, y que se vislumbraba, en su quietud imponente, por una fisura en la esfera reluciente de la que nuestra tierra es el eje.

—Cualquiera que sea la conmoción que flota en el ambiente —dijo Jukes—, nosotros estamos enfilando hacia ella.

—Es usted el que lo ha dicho —recalcó el segundo, siempre de espaldas a Jukes—. Cons— te que es usted quien lo dijo, no yo.

—¡Oh, váyase al diablo! —gruñó sin ambages Jukes; y el otro lanzó una risita triun— fante.

—Es usted el que lo ha dicho —repitió.

—Bueno, ¿y qué hay con eso?

—He conocido a hombres muy capaces que se han indispuesto con sus comandantes por haber hecho declaraciones mucho menos serias que ésa —contestó febrilmente el segundo—. ¡ Ah, no ! Yo no caigo en la trampa.

—Parece muy empeñado en no comprometerse —observó Jukes, ya completamente amargado por tanto absurdo—. Yo no tengo miedo de decir lo que siento.

—Mientras que yo..., ¡qué diablos!, yo no soy nadie y bien que lo sé.

Después de una pausa de calma relativa, el barco comenzó con una nueva serie de vaivenes, uno peor que el otro; y durante rato Jukes estuvo concentrándose demasiado en no perder el equilibrio, de modo que no dijo una palabra. Apenas se hubo aquietado el violento bamboleo, exclamó:

—Esto es demasiado. Si se avecina algo serio o no, no lo sé, pero soy de opinión de enfrentar el barco a la corriente. El viejo se acaba de retirar para acostarse. Aunque me mate voy a hablar con él.

Pero cuando abrió la puerta de la sala de navegación vio que el capitán MacWhirr es— taba leyendo un libro. Todavía no se había acostado. Estaba de pie, sosteniéndose con una mano en el borde de un estante y con la otra sujetaba un grueso volumen que mantenía abierto y en el cual fijaba la vista. Las lámparas se balanceaban en sus soportes, los libros se deslizaban de un lado a otro de los estantes, el barómetro largo giraba en círculos espasmódicos, y la mesa cambiaba constantemente de inclinación.

Sujetándose en medio de todo ese movimiento y agitación, el capitán MacWhirr le— vantó la vista por encima de su libro, y preguntó:

—¿Qué sucede?

—Está arreciando la marejada, capitán. —Eso ya lo he notado acá adentro. ¿Hay algo que no marcha bien?

Jukes, desconcertado por la seriedad de la expresión de los ojos que lo miraban por encima del libro, hizo una mueca de timidez. —Está bamboleándose mucho —dijo cortante.

—Sí, hay mar grueso, muy grueso. ¿Desea algo?

En eso Jukes perdió pie, tropezando.

—Estaba pensando en nuestros pasajeros —dijo como hombre que se aferra a una esperanza.

—¿Pasajeros? —se extrañó el capitán—. ¿Qué pasajeros?

—Pero los chinos, capitán —explicó Jukes, ya enfermo ante el giro que estaba tomando la conversación.

—¡Los chinos! ¿Por qué no habla claramente? Hasta el día de hoy jamás había oído hablar de un montón de coolies como de pasajeros. ¡Pasajeros, verdad ! ¿Qué es lo que le sucede a usted?

Manteniendo la página con su índice, el capitán cerró el libro, bajó el brazo, y con tono de perplejidad preguntó:

—¿Por qué está pensando en los chinos, señor Jukes?

Jukes se zambulló como obligado.

—Es que las cubiertas están anegadas de agua. Pensé que podría navegar contra la corriente un rato. Hasta que amaine un poco. No va a demorar mucho. Se podría enfilar la popa hacia el este. Yo nunca he visto a un barco hamacarse tanto.

Se sujetaba a la puerta, y el capitán, dándose cuenta de que su punto de apoyo en el estante no era suficiente, lo soltó rápidamente, dejándose caer sobre la cucheta.

—Enfilar hacia el este —dijo procurando enderezarse—. Eso nos desviaría en más de un cuarto.

—Sí, capitán. Cincuenta grados. Sería justo lo necesario para enfrentar el temporal.

El capitán MacWhirr, al incorporarse, no había dejado caer el libro ni había perdido la página.

—¿Hacia el este? —repitió con sorpresa que iba en aumento—. ¿Pero adónde cree que nos dirigimos? Usted pretende desviar un navío en plena marcha para darles comodidad a unos chinos. He oído hablar de cosas disparatadas que se han hecho en el mundo, pero esto... Si no lo conociera, Jukes, pensaría que está bebido. Desviarse un cuarto... ¿Y después qué? Supongo que virar al lado opuesto otro cuarto para volver a tomar la ruta. ¿ Quién le puso en la cabeza la idea que yo iba a voltejear a un vapor como si se tratara de un velero?

—Afortunadamente no lo es —repuso Jukes con amargura—. Ya hubiéramos visto volar hasta el último palo que está sobre cubierta.

—En verdad, y se tendría que haber resignado a verlos volar con los brazos cruzados — dijo MacWhirr con animación—. Tenemos una calma total, ¿ no?

—Sí, capitán; pero se está preparando algo fuera de lo común, por cierto.

—Puede ser. Supongo que cree usted que yo tendría que apartarme de lo que se avecina. —El capitán hablaba de un modo y con un tono muy sencillo, fijando siempre la mirada grave en el piso de linóleo, y fue por eso que no reparó en el desasosiego ni en la expresión, mezcla de asombro y de respeto, que asomó en la cara de Jukes—. Aquí tiene este libro —continuó tenazmente, al tiempo que golpeaba su muslo con el volumen cerrado—. He estado leyendo el capítulo que trata de tormentas.

Esto era cierto. Había estado leyendo ese capítulo. Pero no había entrado en la sala de navegación con la intención de tomar el libro. Alguna influencia que flotaba en el aire —la misma quizá que había impulsado al camarero a subir, sin que el capitán se lo ordenara, las botas y el impermeable de hule— habría guiado su mano hacia el estante; y sin perder tiempo en sentarse, se concentró con esfuerzo consciente en la terminología del tema. Se enfrascó en la lectura de semicírculos que se acercan, cuadrantes a derecha e izquierda, curvas de órbitas, variantes en los vientos y en el barómetro. Procuró asimilar todos estos datos, relacionándolos con lo que lo rodeaba, y terminó fastidiándose despectivamente ante tal cantidad de palabras y de consejos, puramente hipotéticos, todas suposiciones sin vislumbre de realidad.

—Es lo más endiablado del mundo, Jukes.

Si uno creyera todo lo que se dice allí, tendría que pasarse la mayor parte del tiempo tratando de esquivar los temporales.

"¡Correr para esquivar una tempestad ! ¿Alcanza usted a comprender eso, Jukes? ¡Es cosa de locos ! —exclamó MacWhirr, hablando entrecortadamente, y mirando fijo el piso.

"Es para hacerle pensar a uno que es una vieja la que ha escrito todo esto. A mí me sobrepasa. Si esos consejos fueran de utilidad, me vería obligado a alterar la ruta, Dios sabe hasta dónde, e irrumpir en Fu—chau desde el norte, evitando así esta tempestad que parece estarnos rodeando. Por el norte, ¿comprende usted eso, señor Jukes? Trescientas millas más de recorrido, y una linda cuenta de carbón para exhibir. Yo no podría decidirme a hacer eso, aunque todas las palabras escritas allí fueran tan veraces como la Biblia. Señor Jukes, usted no pretenderá que... —Y Jukes, en silencio, admiró este despliegue de sentimiento y locuacidad—. Pero lo que sucede es que uno no sabe si el que escribió el libro estaba en lo cierto. ¿ Cómo se puede saber lo que provoca una tempestad sin haberla jamás experimentado? Muy bien. Acá se establece que el eje de ellas está a ocho cuartos del centro del vendaval; pero aquí no tenemos viento a pesar de la caída del barómetro. ¿Dónde está entonces el centro?

—Ya pronto tendremos viento —murmuró Jukes.

—Que venga entonces —dijo el capitán MacWhirr con dignidad e indignación—. Sólo quiero demostrarle, señor Jukes, que todo no se encuentra en los libros. Estas reglas para esquivar los temporales y eludir los vientos del cielo me parecen la mayor locura, cuando se las mira con sensatez.

Levantó la vista, y viendo que Jukes lo observaba como dudando, procuró ilustrar su pensamiento.

—Casi tan extrañas como su ocurrencia de desviar la nave, por no sé cuánto tiempo, sólo para darles más confort a los chinos; mientras que lo único que debemos hacer es desembarcarlos en Fu—chau el viernes a mediodía, y sin retraso. Si me demoro por el tiempo, está bien. Pero supóngase que me desviara, y al llegar con dos días de retraso, por esa causa, se me preguntara: "¿Dónde ha estado todo este tiempo?" ¿Qué podría contestar? "He estado esquivando el temporal", diría. "Debe de haber sido tremendo", contestarían. Y yo me vería obligado a replicar: "No sé, lo estuve evadiendo". ¿Se da cuenta, Jukes? Toda la tarde he estado pensando en eso.

De nuevo levantó su mirada empañada y sin imaginación. Jamás se le había oído decir tanta cosa de una sola vez. Jukes, con sus brazos abiertos en la apertura de la puerta, parecía un hombre al que se le ha invitado a presenciar un milagro. El reflejo intelectual de sus ojos expresaba un asombro ilimitado, mientras que su cara denotaba incredulidad.

—Un temporal es un temporal, señor Jukes —insistió el capitán—. Y a una nave en todo su poderío no le queda más que hacerle frente. El mal tiempo recorre todo el mundo, y lo único que se puede hacer es enfrentarlo, prescindiendo de lo que el viejo capitán Wilson, del Melita, llama estrategia de tormentas. Días pasados le oí exponer su teoría ante varios capitanes que se habían sentado a una mesa contigua a la mía. Me pareció la tontería más grande. Les estaba contando cómo había esquivado una tempestad terrible, sin jamás dejar que se le acercara a menos de cincuenta millas. Cómo pudo él saber que había un temporal a cincuenta millas es lo que no puedo comprender. Tenía la sensación de estar escuchando a un loco. Yo hubiera pensado que el capitán Wilson era lo suficientemente viejo como para tener más cordura.

El capitán MacWhirr hizo una pausa, y después dijo:

—Le toca su guardia abajo, señor Jukes. Jukes volvió en sí con un sobresalto. —Sí, mi capitán.

—Dé órdenes de que se me llame ante el menor cambio. —Se estiró para colocar el libro en su sitio, y levantando las piernas se tendió sobre la cucheta—. Cierre la puerta para que no se vuelva a abrir, ¿quiere? No puedo soportar una puerta que golpea. Debo decir que han puesto una cantidad de cerraduras inservibles.

El capitán MacWhirr cerró sus ojos. Lo hizo así para reposar. Estaba cansado y experimentaba ese estado de vacío mental que se produce después de una discusión llevada a fondo, y en la que se han echado a volar creencias maduradas por largos años de meditación. Si tan sólo se hubiera dado cuenta, se habría apercibido de que lo que acababa de hacer era una profesión de fe; lo cual tuvo como resultado dejar a Jukes, parado al otro lado de la puerta, rascándose la cabeza durante largo rato.

El capitán MacWhirr abrió los ojos.

Pensó que había estado durmiendo. "¿Qué habrá sido ese ruido tan fuerte? ¿El viento? ¿Por qué no me habrán llamado?" La lámpara se sacudió en su soporte, el barómetro giraba en círculos, la mesa variaba de inclinación a cada momento, y un par de botas lacias con las cañas caídas se deslizaban por enfrente de la cucheta. De inmediato estiró una mano y se apoderó de una de ellas.

Por una rendija de la puerta se asomó la cabeza de Jukes: sólo su cara encendida, con ojos azorados. La llama de la lámpara vibró, voló un pedazo de papel, y una ráfaga de viento envolvió al capitán MacWhirr. Comenzando a calzarse una bota, dirigió una mirada interrogante a las facciones excitadas y congestionadas de Jukes.

—Se vino así —gritó Jukes—, hace cinco minutos..., súbitamente.

La cabeza desapareció con un portazo, y sobre la puerta cerrada se sintió una fuerte rociada y el salpicar de gotas, como si se le hubiera echado un balde de plomo derretido.

Ahora se podía distinguir un silbido por encima del sonido profundo y vibrante de afuera.

La sofocante sala de navegación parecía tener tantas corrientes de aire como un hangar.

El capitán MacWhirr atrapó la otra bota en su pasaje violento por el piso. No estaba ofuscado, pero no pudo encontrar de inmediato la apertura para insertar el pie. Los za— patos que se había quitado corrían de un lado al otro de la cabina, saltando j juguetonamente, como cachorros. No bien se incorporó, les dio un puntapié con rabia, pero sin efecto.

Entonces, como un esgrimista se fue al fondo para alcanzar el impermeable de hule; y después, tambaleándose por el espacio reducido de la cabina, se lo fue poniendo a tirones.

Muy grave, con las piernas separadas, estirando el cuello, comenzó a atar cuidadosa— mente, con sus dedos gruesos que temblaban ligeramente, los cordones de su chaqueta debajo de su mentón. Hizo todos estos movimientos como una mujer que se sujeta el sombrero delante de un espejo, y que escucha tensamente y con atención, como si esperara de un momento a otro oír llamar su nombre. El oía a través del clamor confuso que se había desatado de súbito en su nave. Este clamor que aumentaba en sus oídos mientras se preparaba para salir a enfrentar lo que fuera, era muy fuerte y ruidoso. Lo provocaban las ráfagas de viento y el estallido de las olas, con esa vibración profunda y prolongada del aire que hace el redoblar remoto de un inmenso tambor anunciando la embestida de un temporal.

Se inmovilizó un instante a la luz de la lámpara, grueso, desgarbado, informe en su indumentaria de combate, vigilante y congestionado.

——Esto es una cosa muy seria —murmuró.

No bien trató de abrir la puerta, el viento se la quiso arrebatar. Sujetándose a la manija se sintió arrastrado sobre el umbral, y enseguida se encontró luchando con el viento, en una escaramuza personal, cuyo objetivo era cerrar la puerta. A último momento penetró una ráfaga de viento y de un soplo apagó la lámpara.

Más allá del navío pudo percibir, en lo bajo de la gran obscuridad, una multitud de destellos: del costado de estribor, unas pocas y asombrosas estrellas desfallecían por encima de un inmenso mar agitado, vacilantes y veladas, como si se les viera a través de una nube de humo enfurecida.

Sobre el puente, un grupo de hombres indistinguibles trabajaba haciendo grandes es— fuerzos a la luz de las ventanas de la timonera, que brillaba vagamente sobre sus cabezas y espaldas. Súbitamente la luz se apagó primero en una y después en la otra ventana. Las voces del grupo, que a MacWhirr se le había perdido en la obscuridad, le llegaban como lo hacen las voces durante una tempestad; entrecortadas y en fragmentos, vociferaciones desamparadas que penetran en el oído al pasar volando.

—Vigía..., ponga contraventana en... timonera, cristales... temo... sean volados.

Jukes escuchó a su comandante que lo recriminaba:

—Previne... que cualquier cosa... avisara.

Jukes procuró explicar, aunque amordazado por el tumulto:

—Viento suave... , permanecí... puente... , de súbito... nordeste podía virar..., pensé seguramente... usted oiría...

Habían alcanzado el cobertizo y podían conversar, levantando las voces, como lo hace la gente cuando pelea.

—Tengo a toda la tripulación cubriendo los ventiladores. Por suerte me quedé sobre el puente. No pensé que estaría durmiendo, así que... ¿Qué dijo, capitán? ¿Qué?

—Nada —gritó el capitán MacWhirr—. Dije que está bien.

—¡Santo cielo ! Esta vez sí que nos ha llegado —rugió Jukes.

—¿No ha cambiado la ruta? —inquirió MacWhirr, forzando la voz.

—No, capitán, por cierto que no. El viento viene de barlovento y parece que el mar también.

Un bandazo del barco terminó con un golpe, como si hubiera apoyado con fuerza su pie sobre algo sólido. Después de un momento de calma, un altísimo abanico de espuma al vuelo, empujado por el viento, dio contra sus caras.

—Mantenga esta dirección el más tiempo que pueda —gritó el capitán.

Antes de que Jukes se hubiera sacado el agua salada de los ojos, todas las estrellas habían desaparecido.

III

Jukes era un hombre tan resuelto como cualquier otra media docena de oficiales que se pudieran pescar lanzando una red sobre las aguas.

Si en el primer momento la ferocidad del temporal aquel lo había tomado de sorpresa, se había sobrepuesto al instante, llamando a la tripulación para que aseguraran todas las aperturas que no hubieran quedado cerradas al anochecer. Con su voz fresca y estentórea, clamaba:

—Apúrense, muchachos, y ayuden —al tiempo que él personalmente encabezaba el tra— bajo, y para sí murmuraba—: Esto es justo lo que yo esperaba.

Pero a la vez comenzaba a tener conciencia de que esto sobrepasaba lo que había previsto. Desde el primer soplo de viento que le rozó la mejilla, la tempestad parecía haber aumentado con el ímpetu acumulado de una avalancha. Espesas salpicaduras de espuma envolvían al Nan-Shan de proa a popa, y súbitamente, saliéndose de su vaivén, se comenzó a sacudir y precipitar como si hubiera enloquecido de miedo.

"Esto no es broma", pensó Jukes, mientras cambiaba gritos explicativos con el capitán. Un brusco recrudecimiento de obscuridad sobrevino en la noche, cayendo sobre sus ojos como algo palpable. Se hubiera dicho que las luces veladas del mundo habían sido apagadas. Jukes estaba indiscutiblemente contento de sentir la proximidad de su capitán. Sentía un alivio, tal como si por el solo hecho de haber aparecido sobre el puente ese hombre hubiera cargado sobre sus hombros el peso mayor de la tempestad.

Ese es el privilegio, el prestigio y el peso de un comandante.

El capitán MacWhirr no podía esperar de nadie en el mundo un alivio semejante. Tal es la soledad del comando. Trataba de penetrar las intenciones recónditas de la embestida, y de adivinar su fuerza y dirección, observando a la manera de los marinos vigilantes, cuya mirada penetra el ojo del viento como si fuera el de un adversario. El viento fuerte lo azotaba desde la vasta obscuridad; debajo de sus pies sentía el desasosiego de su barco; pero ni siquiera podía discernir la sombra de su forma. Rogaba porque todo cambiara; y mientras esperaba inmóvil, sintió la angustia impotente del hombre ciego. Tanto en el día como en la noche el silencio era su estado natural. Jukes a su lado se hacía oír a través de las ráfagas, con sus comentarios animados.

—Ya debemos de haber pasado lo peor, de un solo golpe, capitán.

El vago fulgor de un relámpago relumbró alrededor, como alumbrando la entrada de una caverna, hacia un cuarto secreto y obscuro del mar, y que tuviera un piso de espuma y de olas.

Por un instante se reveló una masa de nubes rasgadas y bajas, los perfiles largos del barco, y sobre el puente, las siluetas sombrías de los marinos, con sus cabezas agachadas, como petrificados en el acto de topar. Palpitaron las tinieblas por encima de todo, y fue en ese instante cuando la tempestad se desencadenó por fin.

Llegó formidable y veloz, como el estallido súbito de un inmenso frasco de ira.

Pareció explotar alrededor de la nave con una repercusión sobrecogedora, y cayó un torrente de agua como si una enorme represa hubiera sido volada por el viento. En un segundo los hombres perdieron el contacto con sus compañeros. Ese es el poder desintegrante de los grandes vientos: aíslan al hombre de sus semejantes. Un terremoto, un desmoronamiento, una avalancha, lo alcanzan incidentalmente, por decirlo así, sin cólera. Pero una tempestad furiosa lo ataca como a un enemigo personal, trata de atraparle sus brazos, sus piernas, le paraliza el cerebro, y procura dejarlo sin voluntad.

A Jukes lo apartó de su comandante. Se creyó en un remolino, volando por los aires.

Todo desapareció, y hasta, por un instante, su propia facultad de pensar; pero entonces encontró el puntal de la baranda. La angustia en nada se le aliviaba, dada su propensión a no creer en la realidad de esta experiencia. Aunque joven todavía, le había tocado expe— rimentar mal tiempo, y se vanagloriaba de poder imaginar lo peor; pero esto sobrepasaba tanto lo que su fantasía había imaginado, que no creyó que navío alguno sería capaz de resistir. De no haber estado absorto en la lucha agotadora que le era necesaria para sos— tenerse contra esa fuerza que pretendía arrancarlo de su punto de apoyo, hubiera profesado idéntica incredulidad con respecto a sí mismo. Tuvo la seguridad de no haber sido destrozado completamente, porque se sentía medio ahogado, brutalmente sacudido y en parte sofocado.

Durante largo, largo rato le pareció haber quedado desoladoramente solo, aferrado al puntal. La lluvia le cayó por encima a torrentes que arreciaban por rachas. Jadeaba para respirar; algunas veces el agua que tragaba era dulce y otras salada. La mayor parte del tiempo mantenía los ojos cerrados, apretados, como si hubiera temido que su vista le fuera arrancada por la inmensa conmoción de los elementos. Cuando se aventuró a pestañear, extrajo soporte moral de la luz verde que, a estribor, brillaba débilmente sobre la lluvia y la espuma que se dispersaba. Y mientras la miraba, la luz se posó sobre el mar, y éste, levantándose, la apagó. Vio el romper de la ola que, con su leve ruido, añadió al tremendo tumulto que lo rodeaba encolerizado. Y en el mismo instante le fue arrancado el puntal de sus manos. Después de un aplastante golpe en la espalda, se sintió bruscamente elevado, flotando a una gran altura. Su primer pensamiento, irresistible, fue que todo el mar de la China se había vaciado sobre el puente. Su segundo pensamiento, más juicioso, fue que había sido arrastrado fuera de borda. Y mientras era arrojado, lanzado, arrollado por los grandes volúmenes de agua, no dejaba de repetir mentalmente:

"¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¡Mi Dios?” De repente, rebelándose contra la calamidad y la desesperación, resolvió salir de allí.

Y empezó a batir sus brazos y piernas. No bien hubo comenzado con sus esfuerzos se vio confundido con una cara, un impermeable y unas botas. Aferrándose ferozmente a estos objetos que se le escapaban de las manos, encontrándolos de nuevo para perderlos una vez más, finalmente se sintió rodeado por un par de brazos robustos. A su vez, él abrazó un cuerpo fuerte y sólido. Había encontrado a su capitán. Tumbándose, dando vueltas y vueltas, estrecharon más el abrazo. De súbito, el agua que se retiraba los dejó caer brutalmente, desamparados, sin aliento y machucados, al costado de la timonera. Se levantaron, tambaleando contra el viento y sujetándose donde pudieron.

Jukes salió de esto horrorizado, como si hubiera escapado a algún ultraje sin paralelo y dirigido a sus sentimientos. Le debilitó la fe en sí mismo. Se puso a gritarle al hombre que sentía cerca de él en esas tinieblas malvadas; a gritar desesperadamente:

"¿Es usted, capitán? ¡Eh! ¿Es usted, capitán?", hasta que sus sienes parecieron esta— llar. Y oyó una voz que le respondía, una voz lejana, como un grito huraño, que le llegaba de lejos, desde una gran distancia, y que dijo una sola palabra: "¡SU' Otras olas barrieron de nuevo el puente. Las recibió indefenso sobre su cara. Tenía las manos ocupadas en sostenerse.

Los movimientos de la nave eran exagerados. Eran de una impotencia aterradora ante las arremetidas: cabeceaba y se levantaba en el aire como encaminándose a un vacío, y cada vez que caía parecía estrellarse contra una pared. Los bandazos la ladeaban totalmente, y al enderezarse recibía un golpe tan demoledor, que Jukes la sentía tambalear, como tambalea un hombre que ha recibido un garrotazo, antes de desplomarse.

La tempestad bramaba y se arrastraba en forma gigantesca por las tinieblas, como si el mundo entero hubiera sido una sola hondonada negra.

Por momentos el viento llegaba al barco como succionado por un túnel, en un impacto de fuerza sólida y concentrada, levantándolo del agua y sosteniéndolo suspendido un instante, con un solo temblor que lo recorría de punta a punta, y después lo dejaba caer de nuevo en esa caldera hirviente que era el mar.

Jukes se esforzó en recobrar su cordura y juzgar las cosas fríamente.

El mar, aplastado por momentos por las ráfagas más fuertes, se volvía a levantar, ele— vando los extremos del Nan-Shan en un torbellino de espuma nevada, que en la obscuridad se prolongaba hacia adentro de las barandas; y sobre esta sábana resplandeciente, tendida bajo la negrura de las nubes, y que daba un resplandor azulado, el capitán MacWhirr alcanzaba a ver algunas manchitas como de ébano; la superficie de las escotillas, las tapas de las bodegas, las cabezas cubiertas de los cabrestantes, la base del mástil, era todo lo que podía ver de su barco. El castillo del medio, tapado por el puente donde el capitán se encontraba con su oficial, con la timonera cerrada, donde el timonel gobernaba encerrado por temor a ser barrido junto con todo, semejaba una roca de media marea como las que se ven en las costas. Era como una roca distante con el agua hirviéndole a su rededor, bañándola, escurriéndose, rodeándola, como la roca en medio de una marejada a la que se aferran los náufragos antes de desprenderse de ella, sólo que ésta se levantaba, se hundía, se bamboleaba continuamente, sin alivio, sin des— canso, como una roca que milagrosamente hubiera ido a la deriva, revolcándose en el mar.

La tormenta robaba al Nan Shan, con una furia destructora, y sin sentido, velas arran— cadas de sus cajetas, lonas aseguradas doblemente que volaban, el puente barrido, los en— cerados trizados, las barandas retorcidas, las defensas de las luces aplastadas, y desapare— cidos dos de los botes salvavidas. Habían desaparecido sin ser vistos ni oídos, como si se hubieran derretido en un oleaje inesperado. Sólo más tarde, cuando otra embestida del mar con su resplandor brillante hubo estallado sobre el puente, Jukes pudo vislumbrar dos pares de pescantes de botes brincando negros y siniestros en la obscuridad, una tira de aparejo remendada que volaba al viento, y un cuadernal cabriolando en el aire; gracias a esto se dio cuenta Jukes de lo que acababa de suceder a menos de tres metros de él.

Estiró el cuello hacia adelante buscando a tientas el oído de su superior. Sus labios por fin lo encontraron, grande, carnoso, empapado. Con voz agitada le gritó:

—Se nos están yendo los botes, capitán.

De nuevo escuchó esa voz, forzada y con sonido débil, pero que tenía la virtud de pa— cificar en esa enorme discordancia de ruidos, como si hubiera sido enviada desde algún remoto sitio de paz, más allá de la negra desolación de la tormenta; de nuevo oyó la voz del hombre —sonido frágil, pero indomable que llevaba consigo una infinidad de pensamientos, resoluciones y designios, y que hasta el día del juicio final, mientras se estén derrumbando los cielos y se esté haciendo justicia, estará formulando palabras de confianza—, de nuevo la oyó, una especie de grito llegado de muy lejos:

—¡Está bien!

Jukes creyó que no le había entendido y repitió:

—Nuestros botes, capitán. ¡Dos desaparecidos!

La misma voz a sólo dos pulgadas de él, y con todo tan remota, gritó sensatamente:

—No hay nada que hacerle.

El capitán MacWhirr no había dado vuelta la cara, pero Jukes recogió más palabras al viento:

—Qué... puede... esperar..., a través..., tal... Inevitable..., se pierde algo..., es lógico...

Atento, Jukes esperó oír más; pero fue todo; el capitán MacWhirr no tenía nada más que decir. Y Jukes pudo imaginar más que ver la maciza espalda delante de él. Una obscuridad impenetrable se posó sobre los reflejos fantasmales del mar. Una convicción sin esperanza se apoderó de Jukes; no había nada más que hacer.

Si el timón no cedía, si el inmenso volumen de agua no hundía la cubierta o aplastaba las escotillas, si las calderas seguían funcionando, si se podía orientar al barco en ese tremendo viento, y si no se hundía en una de esas horribles olas, cuyas crestas al sólo vislumbrarlas sobre la proa oprimían el corazón, entonces habría una esperanza. Pero algo pareció dar un vuelco en Jukes confiriéndole la seguridad de que todo estaba perdido.

"Todo ha terminado", se dijo con gran agitación, como si hubiera descubierto un significado inesperado en esa idea. De todas estas eventualidades una tendría que suceder. Nada se podía evitar ahora, ni nada remediar. Los hombres de a bordo no contaban, y el barco no podía luchar más. El tiempo era demasiado imposible.

Jukes sintió un brazo que le caía pesadamente sobre sus hombros y correspondió a este avance tomando al capitán por la cintura.

Así se mantuvieron entrelazados en la noche ciega, sosteniéndose contra el viento, mejilla contra mejilla, como dos cascos amarrados de popa a proa.

Y Jukes escuchó, apenas si más fuerte que antes, pero más cerca, la voz de su comandante, como si marchando a través del prodigioso ímpetu del huracán se le hubiera acercado, trayendo consigo esa extraña sensación de tranquilidad del fulgor sereno de un halo.

—¿Sabe dónde está la tripulación? —preguntó la voz vigorosa y evanescente al mismo tiempo, sobrepasando la fuerza del viento para desvanecerse de inmediato.

Jukes no sabía nada. Todos se encontraban sobre el puente cuando atacó el huracán con toda su furia. No sospechaba en dónde se podían haber refugiado. En estas circunstancias tanto daba donde se encontraran, pues no se les podía utilizar en nada. Con todo, esta pregunta del capitán angustió a Jukes.

—¿Los necesita, capitán? —repuso con ansiedad.

—Tengo que saber —confirmó el capitán MacWhirr, añadiendo—: Sosténgase fuerte.

Se sujetaron con fuerza. Un nuevo estallido de furia desencadenada; una acometida maligna de viento inmovilizó al barco; durante un momento de suspenso terrible a éste sólo se le vio mecerse un poco con los movimientos livianos y cortos de una cuna; mientras toda la atmósfera pasaba al barco en una huida furiosa, alejándose con bramidos de la tenebrosa tierra.

Sofocados, con los ojos cerrados, Jukes y el capitán se sujetaron con más fuerza, y con la magnitud de la sacudida una columna de agua se elevó en la obscuridad, embistió a la nave, se quebró de un golpe y cayó con todo su peso mortal sobre el puente.

Un fragmento de ese derrumbamiento los envolvió de los pies a la cabeza, llenando sus ojos, bocas y narices de agua salada. Les golpeó sus piernas, asió sus brazos y con rapidez empapó hasta sus mentones: cuando abrieron los ojos pudieron ver las masas de espuma amontonada, lanzada de un lado al otro de lo que parecía ser las ruinas del barco.

El Nan-Shan, acosado, había cedido. Sus corazones palpitantes también cedieron ante el tremendo golpe; y de súbito todo empezó de nuevo; el Nan—S han recomenzó sus zambullidas desesperadas como tratando de desprenderse de entre las ruinas.

Las olas, en la obscuridad, se aceleraban de todos lados para mantenerlo fijo donde pudiera perecer. Había odio y ferocidad en los golpes que le propinaban. Se hubiera dicho un ser viviente arrojado a la cólera de la muchedumbre: víctima expuesta, tratada brutalmente, golpeada, levantada por el aire, lanzada al suelo, pisoteada. El capitán MacWhirr y Jukes no se soltaban; ensordecidos por el ruido, amordazados por el viento; el gran tumulto físico que sacudía sus cuerpos les trajo la demostración de una pasión desenfrenada y un gran desamparo a sus almas.

Uno de esos gritos salvajes, despavoridos, que se sienten pasar misteriosamente sobre nuestras cabezas, descendió sobre el barco, como lo hubiera hecho un pájaro de presa. Jukes, por encima del ruido, gritó:

—¿Sobrevivirá a esto?

El grito le fue arrancado de su pecho. Fue tan sin intención como el nacimiento de un pensamiento, y ni él mismo lo oyó. Todo se extinguió de un golpe —pensamiento, designio, esfuerzo— y de su grito sólo emanó la inaudible vibración que fue a juntarse en el aire con las ondas de la tempestad.

No esperaba nada. ¿Qué contestación podía esperar Jukes? No había respuesta posible a esta llamada. Sin embargo, después de un rato, oyó con asombro la voz frágil.

pero resistente, sonido empequeñecido en el tumulto gigantesco:

—¡Puede ser !

Fue un grito sordo, más difícil de distinguir que un susurro.

—¡Esperemos que sí ! —gritó el imperturbable hilo de voz solitaria, pero que parecía ajena a toda esperanza o temor; añadió palabras inconexas—: Barco... Esto... Nunca... En todo caso... para bien. —Jukes desistió.

Entonces, como si de súbito hubiera encontrado ese algo necesario para hacerle frente a la tormenta, pareció recobrar fuerza y firmeza, de manera que sus últimas frases se oyeron con claridad.

—Continúen... , constructores... , hombres buenos... Arriesgarse..., máquina...

Rout... , buena persona.

Tan obscura estaba la noche, que al quitarle el capitán su brazo de sobre los hombros a Jukes, dejó de existir para éste. Después de haber tenido los músculos tan en tensión, los sintió relajar.

Junto con una incomodidad profunda, sentía un increíble deseo de dormir. Se sentía hostigado, atormentado por el sueño. El viento, apoderándose de su cabeza, trataba de arrancársela de los hombros; su ropa llena de agua le pesaba como plomo, y la sentía fría como hielo derretido; tiritó durante mucho rato; y con sus manos sujetas a su punto de apoyo, cedió a una profunda angustia física. Tan concentrado en sí mismo estaba su pensamiento, sin rumbo, dejándolo vagar, que cuando sintió que algo le rozaba las rodillas, se sobresaltó desmesuradamente.

En su impulso hacia adelante golpeó la espalda del capitán MacWhirr; éste se quedó inmóvil; y entonces una mano le cogió el muslo.

Se había producido una calma, una de esas calmas amenazantes, cuando la tempestad recobra aliento. Jukes sintió que la mano le recorría el cuerpo. Era el contramaestre.

Jukes reconoció esas manos gruesas y enormes que parecían pertenecer a una nueva especie de hombre.

El contramaestre había llegado al puente gateando en cuatro patas para resistir la fuerza del viento, y su cabeza había topado con las piernas del oficial. Inmediatamente se había agachado comenzando a explorar el cuerpo de Jukes de abajo para arriba, con prudencia, como corresponde a un inferior.

Era un marinero de unos cincuenta años, rudo, mal parecido y raquítico. Peludo, de piernas cortas y brazos largos, semejaba a un mono viejo. Su fuerza era inmensa, y con sus manos enormes, que le colgaban como guantes de boxeo de sus brazos peludos, levantaba los objetos más pesados como si fueran juguetes. Aparte de su pecho peludo, su aspecto amenazante y su voz ronca, no tenía ninguno de los otros atributos que le hubieran correspondido. Su bondad rayaba en la imbecilidad: los hombres hacían lo que querían con él y en su carácter fácil y locuaz no había ni un gramo de iniciativa. Por estos motivos a Jukes le disgustaba, y era con desagrado y desprecio que veía como el capitán MacWhirr consideraba a este inferior como un excelente oficial subalterno.

Sujetándose a la chaqueta de Jukes se levantó, tomándose esa libertad sólo porque la fuerza del huracán lo obligaba a hacerlo.

—¿Qué pasa?, a ver, ¿qué pasa? —gritó Jukes impaciente.

¿Qué podía querer este miserable sobre el puente? El tifón le había tomado los nervios a Jukes. Los gritos roncos del otro, aunque ininteligibles, parecían denotar un estado de animada satisfacción. No había equivocación alguna. El viejo idiota estaba contento por algo.

La otra mano del contramaestre había encontrado otro cuerpo; y en un tono cambiado preguntó:

—¿Es usted, capitán? ¿Es usted, capitán? El viento ahogó los gritos.

—¡Sí! —gritó el capitán.

IV

Lo único que el contramaestre le pudo hacer llegar al capitán MacWhirr, entre medio de sus vociferaciones, fue la fantástica noticia de que "¡Todos los chinos del entrepuente de proa se han desamarrado, capitán!"

Jukes se encontraba a sotavento y los oía gritar, a pocos centímetros de su cara, como se puede oír en una noche tranquila a dos personas conversando de un lado al otro de un campo.

—¿ Qué?... ¿Qué?... —preguntó exasperado el capitán; y la voz forzada y ronca del otro:

—En bloque..., los vi yo mismo..., espectáculo atroz... , pensé avisarle.

Jukes permaneció indiferente, imposibilitado por la fuerza del huracán, consciente sólo de la inutilidad de toda acción. Por ser tan joven, encontraba que el mantener su corazón templado contra lo que pudiera ocurrir era tan absorbente, que sintió una repugnancia invencible por toda otra actividad. No tenía miedo; y sabía que no lo tenía porque, estando convencido como lo estaba de que no vería otro amanecer, permanecía tranquilo.

Hay momentos de pasividad heroica a la que a veces se resignan los hombres más valientes. Más de un oficial de marina puede recordar sin duda casos en su experiencia, cuando un estoicismo semejante se ha apoderado de la tripulación entera. Jukes, sin em— bargo, no tenía gran experiencia de hombres y tormentas.

Creía estar tranquilo, inexorablemente tranquilo; pero a decir verdad estaba aterrado; no vergonzosamente, pero sí en la medida que lo puede estar un hombre recto sin avergonzarse de sí mismo.

Fue como el adormecimiento de su espíritu. Lo provocó la larga tensión del huracán, el suspenso interminable en espera de una culminación, y también la extenuación física provocada por tratar de mantenerse con vida dentro del tumulto desmedido; una extenua— ción insidiosa que penetra profundamente en el pecho del hombre para abatir y entristecer su corazón.

Jukes estaba más aturdido de lo que creía. Se sujetaba empapado, helado, sus extremidades agarrotadas; y en una alucinación pasajera tuvo visiones fugaces (se dice que el hombre que se está ahogando recorre así toda su vida, en un instante) ; se le representaron recuerdos sin relación alguna con su estado actual. Recordó a su padre: un meritorio hombre de negocios que al primer revés se echó a la cama para morir poco tiempo después en un perfecto estado de resignación. Jukes sólo se imaginó la cara del pobre hombre, sin que por su mente pasaran los detalles que lo llevaron a ese desenlace; también recordó un cierto juego, ya olvidado, que jugaban los marineros cuando él era jovencito; las cejas espesas de su primer comandante; y recordó también a su madre, esa mujer resuelta, sin medios, cuya austeridad había ayudado en su educación; la recordó sin emoción, como años atrás podía haberlo hecho al entrar con desgano a su pieza y haberla encontrado leyendo.

Todo eso no pudo haber durado más de un segundo, menos quizás. Un brazo pesado cayó sobre sus hombros; la voz del capitán MacWhirr llegaba a sus oídos pronunciando su nombre:

—¡Jukes! ¡Jukes!

Advirtió en ella un tono de honda preocupación. El viento embestía al barco con todo su peso tratando de atraparlo en medio de las olas... Estas los barrían como si pasaran por encima del tronco sumergido de un viejo árbol; y el volumen acumulado de los estallidos amenazaba desde lejos. Las olas se elevaban en la noche y una luz fantasmal iluminaba sus crestas, la luz de la espuma de mar que un feroz y pálido resplandor descubrió sobre el esbelto casco, el torrente volcándose, la caída rápida, y la hirviente fuga precipitada de cada ola. Nunca, ni por un instante, podría el Nan-Shan sacudirse toda esa agua de encima.

Jukes, rígido, percibía signos ominosos en los tumbos fortuitos. Ya no había lógica alguna en sus movimientos: mala señal; era el anuncio y el comienzo del fin; y el acento de inquietud y preocupación en la voz del capitán MacWhirr alarmó a Jukes como un síntoma de locura ciega y total.

El hechizo se había apoderado de Jukes. Lo penetraba y absorbía; lo mantenía fijo con todo el rigor de una atención silenciosa. El capitán MacWhirr persistía con sus gritos; pero el viento se interponía entre ellos como una cuña sólida. El capitán se apoyó sobre su cuello, más pesado que una piedra, y súbitamente chocaron sus cabezas.

—¡Jukes! ¡Vea, Jukes!

Había que responder a esa voz que no se quería silenciar. Y como de costumbre, Jukes respondió:

—Sí, mi capitán.

Pero de inmediato su corazón relajado por la tormenta, que engendra un deseo tremendo de paz, se rebeló contra la tiránica disciplina de todo comando.

El capitán MacWhirr sujetaba firmemente la cabeza de su segundo en la curva de su codo; la acercaba a sus labios que chillaban. A veces Jukes lo interrumpía advirtiéndole con premura: "¡Cuidado, capitán!", o si no era el capitán el que con urgencia y desgañitándose lo exhortaba: "¡Sujétese fuerte!", y todo el universo sombrío pareció tambalear con el barco. Se hizo una pausa. Todavía flotaba. Y el capitán MacWhirr recomenzaba sus gritos:

—... Digo... que todos... a la deriva... Tendría que ver... lo que sucede.

No bien la fuerza del huracán embistió al barco, ninguna de las partes del puente ofreció más sostén; y los marineros, aturdidos y consternados, se refugiaron en el pasadizo de babor, debajo del puente. Cerraron una puerta que daba hacia atrás; allí adentro hacía frío y estaba negro y lúgubre. A cada bandazo del barco gemían todos al unísono en las tinieblas y escuchaban como caían desde lo alto las toneladas de agua tratando de alcanzarlos.

El contramaestre se complacía en hacer comentarios bruscos; pero, como dijo más tarde, jamás le había tocado estar con un montón de hombres menos razonables. Bastante cómodos estaban allí, fuera de peligro y sin que nadie les exigiera hacer nada; y con todo no hacían otra cosa que refunfuñar y quejarse malhumoradamente como niños enfermos.

Uno de ellos terminó por declarar que, si por lo menos tuviera un poco de luz para alcanzar a verse la punta de la nariz, la situación no sería tan triste. Declaró que lo estaba enloqueciendo el estar esperando en la obscuridad el hundimiento del barco.

—¿Por qué no sales entonces, y así terminas de una vez por todas? —preguntó el con— tramaestre. Esto provocó maldiciones en su contra, y se vio anonadado por los reproches que le hicieron. Parecían tomar a mal que no se les hubiera sido creada, al instante y de la nada, una lámpara. Clamaban por luz para por lo menos poder ver cuando se ahogaran. Y, aunque fuera irrazonable, la insistencia del pedido de luz afectaba enormemente al contramaestre. No le parecía justo que lo fastidiaran en esa forma. Así se lo dijo, provocando nuevas injurias. Buscó refugio entonces encerrándose en un silencio amargado. Pero como no dejaban de inquietarlo los quejidos, suspiros y rezongos que oía, por fin recordó que había seis lámparas de globo colgadas en el entrepuente y que los coolies no se verían mayormente perjudicados si se les privaba de una de ellas.

El Nan-Shan tenía un pañol de carbón transversal que se comunicaba con el entrepuente de proa por una puerta de fierro. En algunas ocasiones se empleaba este espacio como bodega. Por el momento estaba vacío; su abertura de acceso era la primera que se encontraba en el pasadizo, de modo que el contramaestre podía entrar al pañol sin salir a cubierta; fue grande su sorpresa al comprobar que nadie se prestaba para ayudarlo a sacar la tapa de la apertura; ensayó solo, a tientas. Uno de los marineros, acostado atravesado en el camino, ni siquiera quiso moverse.

—Pero si lo único que quiero es traerles esa maldita luz, por la que tanto claman — exclamó en un tono que más parecía un ruego.

Alguien le gritó:

—¡Déjanos en paz y que no te veamos más !

El lamentó no reconocer la voz y que estuviera demasiado obscuro para ver, pues hu— biera querido arreglar cuentas con ese gallito. Y no obstante se empeñó en demostrarles que era capaz de procurarles una lámpara, aunque tuviera que morir haciéndolo.

La violencia de los bandazos hacía peligroso todo movimiento. Ya era un esfuerzo el solo hecho de mantenerse acostado. Casi se desnucó al dejarse caer en el pañol. Y cuando cayó, de espalda, fue disparado de lado a lado en la peligrosa compañía de una barra de fierro, posiblemente el mango de alguna pala abandonada Dios sabe por quién. Este objeto lo puso tan nervioso como si hubiera sido una bestia salvaje. No lo podía ver; el interior del pañol, recubierto por polvo de carbón, era de una obscuridad totalmente impenetrable, pero lo oía resbalando ruidosamente, golpeando de derecha a izquierda, y siempre cerca de su cabeza. Hacía un ruido extraordinario, dando golpes sordos. Se hubiera dicho la viga de un puente. Todas estas reflexiones se las hacía mientras daba tumbos de estribor a babor y de babor a estribor y se desgarraba las uñas al tratar de asirse desesperadamente a las superficies lisas del pañol en un intento de sujetarse. La puerta que daba al entrepuente no ajustaba bien, de modo que por abajo pudo ver un hilo de luz.

Como buen marino y hombre activo todavía, no tardó mucho en recobrar el equilibrio y ponerse de pie; y por una feliz casualidad, al enderezarse puso su mano sobre la barra de fierro, levantándola consigo. Hubiera tenido miedo, si no, de que esa barra le quebrara las piernas o lo tumbara de nuevo. Al principio se quedó quieto. Se sentía inseguro en esta obscuridad que convertía los movimientos del barco en extraños, imprevisibles y difíciles de contrarrestar.

Por un instante se sintió tan sacudido que no se animó a moverse, por miedo a ser de— rrumbado de nuevo.

Dos veces ya se había golpeado la cabeza; seguía un poco aturdido. Todavía le parecía oír con claridad los ruidos metálicos que la barra había hecho cerca de sus oídos, de modo que la sujetó bien con sus manos para asegurarse de que no se soltara.

Se sorprendió ante la claridad con que se podía oír allá abajo el furor de la tormenta.

Los aullidos y gemidos del viento, en el vacío del pañol, parecían adquirir caracteres casi humanos, que sin ser tan vastos son infinitamente conmovedores. Y con cada bandazo también se oían golpes, golpes profundos, golpes sonoros, como si una masa de cinco toneladas se hubiera soltado, jugando en la bodega. Sin embargo, no había tal cosa. ¿ Algo en el puente? Imposible. ¿0 a lo largo de la cubierta? Tampoco.

Pensó todo esto rápidamente, claramente, competentemente, como corresponde a un marino, y permaneció perplejo. El ruido, con todo, le llegaba apagado, desde afuera, junto con el de las trombas de agua que caían sobre el puente de arriba. ¿Sería el viento?

Probablemente. Producía un estrépito allá abajo como lo podría hacer el vocerío de un montón de hombres medio enloquecidos. Y entonces descubrió en sí mismo el deseo de tener también una luz —aunque sólo fuera para verse ahogar— y la necesidad imperiosa de salir de ese pañol lo más rápido posible.

Corrió el pasador; la pesada chapa de fierro giró sobre sus bisagras; y fue como si hubiera abierto la puerta a todos los ruidos de la tempestad.

Una ráfaga de gritos roncos llegó hasta él; no obstante el aire estaba tranquilo, pero el torrente de agua que pasaba por encima de su cabeza se ahogaba en un concierto de gritos sofocados y guturales que producían un efecto de confusión desesperada. Separó sus piernas a lo ancho de la puerta y estiró el cuello. En el primer momento no vio más que lo que había venido a buscar: seis pequeñas llamaradas que se balanceaban violentamente en la penumbra del gran espacio vacío.

El entrepuente estaba apuntalado como la galería de una mina, con una hilera de postes en el medio, coronada por unas vigas cruzadas, que se perdían en las tinieblas, al parecer indefinidamente. A babor, una masa voluminosa, de perfil oblicuo, se vislumbraba indistintamente; se hubiera dicho una cavidad en la pared. Todo esto, con sus sombras y siluetas, se movía de continuo. El contramaestre miró con ojos desencajados; el barco dio un bandazo a estribor, y un enorme rugido salió de esa masa que tenía la inclinación que puede tener la tierra al desmoronarse.

Pedazos de madera pasaban volando. "Maderos", pensó con estupor, echando para atrás la cabeza. Un hombre tendido de espaldas, los ojos muy abiertos, se deslizó a sus pies, con los brazos levantados hacia el vacío; otro, rebotando como una piedra que se ha soltado, la cabeza entre las piernas y los puños cerrados, su trenza fustigando el aire, trataba, con una mano, de asirse a la pierna del contramaestre; de su otra mano, abierta, rodó un disco blanco y brillante que vino a parar a los pies del marino. Con un grito de estupor éste reconoció un dólar de plata. El montículo de cuerpos que se contorsionaba, apilado, a babor, se desprendió de la pared con ruido de pasos precipitados, un restregamiento de pies desnudos, gritos guturales, y, deslizándose, fue a dar, inerte, contra la pared de estribor en un choque seco y brutal. Cesaron los gritos. El con— tramaestre oyó un quejido largo, entre el rugir y los silbidos del viento. Vio una confusión inextricable: cabezas, hombros, pies desnudos pataleando en el aire, puños levantados, espaldas volteadas, piernas, trenzas y caras.

"¡Mi Dios! —gritó horrorizado, cerrando la puerta de un portazo sobre esta abominable visión.

Y era para contar esto que había subido al puente. No lo podía guardar para sí, a bordo no hay más que un solo hombre en quien valga la pena confiarse. De regreso por el pasadizo los hombres lo insultaron y lo trataron de imbécil. ¿Por qué no había traído la lámpara? ¿A quién diablos le podían importar los coolies?

Cuando se encontró de nuevo afuera, la situación precaria en que se hallaba el barco era tal, que lo que sucedía en su interior le pareció de muy poca importancia.

Lo primero que pensó fue que había salido del pasadizo en el preciso instante en que el barco se hundía. Las escaleras habían desaparecido, pero una enorme ola que cubría todo lo elevó hasta el puente. Después permaneció acostado largo rato, boca abajo, aferrado a una argolla, recobrando el aliento de vez en cuando, y tragando agua salada.

Sobre manos y rodillas avanzó luchando, demasiado asustado y perturbado para soñar en darse vuelta. En esa forma llegó hasta la parte de atrás de la timonera. En ese sitio, relativamente protegido, encontró al segundo oficial. El contramaestre tuvo una sorpresa muy agradable, pues había creído que todos los que estaban sobre el puente habían sido barridos hacía rato. Ansiosamente preguntó dónde se encontraba el capitán.

El segundo oficial, agazapado como un pequeño animal maligno debajo de una cerca, dijo:

—¿El capitán? Hace rato que se lo llevaron las olas, y después de habernos metido en este lío.

Suponía que al piloto también. Otro imbécil. Nada tenía importancia. A todo el mundo le iba a suceder lo mismo tarde o temprano.

A pesar del viento, el contramaestre se arrastró otra vez hacia afuera; no tanto por tener alguna esperanza de encontrar a alguien, dijo más tarde, sino para apartarse de "ese hombre". Se arrastró como un proscrito que va a enfrentarse con un mundo inclemente.

De ahí su inmensa felicidad al encontrar a Jukes y al capitán.

Pero en ese momento lo que estaba sucediendo en el puente era de menor importancia. Además era difícil hacerse oír. Logró transmitir la noticia de que los chinos se estaban zarandeando, a la deriva, junto con sus cofres, y que él había subido para informar acerca de esto. En cuanto a la tripulación, estaba toda bien. Entonces, tranquilizado, se dejó caer sobre el puente, sentándose y abrazando con sus brazos y piernas el pilar de comunicación de la sala de máquinas, un tubo de fierro del grosor de un poste. Suponía que si éste era arrancado él se perdería también. No pensó más en los coolies.

El capitán MacWhirr le había hecho entender a Jukes que tenía que ir allá abajo, para informarse.

—¿Qué es lo que debo hacer, capitán? —El temblor de todo su cuerpo mojado hacía vi— brar su voz como si estuviera balando.

—Primero ver... Contramaestre... dice... a la deriva...

—El contramaestre es un maldito idiota — bramó, tiritando, Jukes.

El absurdo de lo que se le exigía sublevó a Jukes. Era reacio a ir, como si creyera que el barco se fuera a hundir justo en el momento que él dejara el puente.

—Tengo que saber..., no puedo dejar...

—Ya se las arreglarán, capitán.

—Pelean..., el contramaestre dice que pelean... ¿Por qué?..., no puedo... permitir peleas a bordo... Preferiría tenerlo a usted aquí..., en caso... de ser yo barrido... al mar...

Deténgalos en alguna forma... Vaya a ver... y dígame... por el tubo de la sala de máquinas... No suba... acá... muy seguido. Es peligroso... caminar por... el puente.

Jukes, colocado en un aprieto, tuvo que escuchar estas horribles posibilidades.

—No quiero... perderlo... mientras... el barco... no esté... Rout..., buen maquinista...

Barco... puede... salir a salvo... todavía...

De súbito, Jukes comprendió que de todas maneras tendría que ir.

—¿Cree que se puede salvar, capitán? — gritó.

El viento devoró la contestación, pero Jukes alcanzó a oír una sola palabra, pronunciada con energía:

—Siempre...

El capitán MacWhirr soltó a Jukes, e inclinándose sobre el contramaestre, ordenó:

—Vuelva con el oficial.

Jukes sólo sabía una cosa: ya no tenía ese brazo sobre sus hombros. Se le había despedido con sus órdenes..., para hacer ¿qué? Estaba tan exasperado, que inadvertidamente se soltó de su soporte, y de inmediato fue arrastrado por el viento. Le pareció que nada podría impedirle ser volado por sobre la popa al mar. Rápidamente se dejó caer y el contramaestre que lo seguía se le dejó caer encima.

—No se vaya a levantar todavía, señor —exclamó el contramaestre—. Hay tiempo.

Una ola los cubrió. Jukes oyó al otro murmurando que las escaleras del puente habían sido voladas.

—Lo voy a ayudar a bajar, despacio, con las manos, señor.

También lo oyó vociferar que más probabilidades tenían las chimeneas de caerse fue— ra de borda que de permanecer donde estaban. A Jukes esto le pareció muy posible, y se imaginó los fuegos apagados, el barco impotente. A su lado, el contramaestre continuaba vociferando.

—¿Qué? ¿Qué es lo que sucede? —preguntaba Jukes, desesperado, y el otro decía: — ¿Qué diría mi vieja si me viera ahora? En el pasadizo ya se había infiltrado una gran cantidad da agua que salpicaba todo en la obscuridad. Los hombres estaban quietos como la muerte; pero Jukes, tropezando con uno de ellos, se puso a injuriarlos salvajemente por estar en el camino. Dos o tres voces ansiosas y débiles preguntaron:

—¿Tenemos alguna esperanza?

—¿Qué les pasa a ustedes, idiotas? —contestó brutalmente. Tuvo deseos de dejarse caer entre ellos para no levantarse nunca más. Pero los hombres parecieron regocijarse, y, multiplicando las advertencias obsequiosas de "¡Cuidado! Preste atención a la escotilla", lo dejaron caer cuidadosamente dentro del pañol.

El contramaestre se desplomó detrás de él y, no bien se hubo enderezado, comentó:

—Ella diría: "Te viene bien, viejo imbécil; esto te enseñará a no irte al mar haciéndote el marino".

El contramaestre tenía un poco de dinero y se complacía en hacer alusión a esto con frecuencia. Su mujer —una matrona gorda— y sus dos hijas crecidas tenían una verdulería en el barrio este de Londres.

En la obscuridad, Jukes, que se tambaleaba sobre sus piernas, escuchó un zapateo tenue. Una gritería apagada le llegaba de muy cerca; y desde arriba los ruidos más fuertes de la tormenta descendieron sobre estos otros. La cabeza le daba vueltas.

El también, encerrado en esa pieza, encontraba insólitos y amenazantes los movimientos del barco, que sacudían y minaban su voluntad como si fuera ésta la primera vez que viajaba.

Tuvo la tentación de salir de allí; pero el solo recuerdo de la voz del capitán MacWhirr lo imposibilitó. Se le había dado la orden de inspeccionar. Hubiera querido saber para qué. Enfurecido se dijo: "¿Qué es lo que voy a ver?"

El contramaestre, dando tumbos, le advirtió que tuviera cuidado al abrir la puerta; había una feroz pelea allí adentro. Y Jukes, como sufriendo un gran dolor físico, se preguntó por qué diablos estarían peleando.

—¡Por los dólares ! Dólares, señor. Todos sus cofres de porquería se les han reventado, las malditas monedas se desparraman por todos lados, y ellos, en el afán de encontrarlas, se derriban desgarrándose y mordiéndose como locos. Hay un verdadero infierno allí dentro.

Jukes abrió la puerta convulsivamente. El pequeño contramaestre dio una ojeada por debajo de su brazo.

Una de las lámparas se había apagado, posiblemente quebrada.

Gritos guturales y de rencor llegaron a sus oídos, junto con el sonido de pechos palpitantes al esforzarse. Un golpe rudo se sintió contra el costado del barco; el agua caía sobre el puente con un ruido ensordecedor; y en el primer plano de la penumbra, allí donde el aire era rojizo y espeso, Jukes vio una cabeza golpeándose violentamente contra el piso, dos gruesas pantorrillas agitándose en el aire, brazos musculosos enroscados a un cuerpo desnudo, una cara amarilla, la boca abierta, que, mirándolo fijamente, volvió la vista para desaparecer deslizándose.

Un cofre vacío se volcó ruidosamente; un hombre, de un salto, cayó de cabeza, como si hubiera sido encumbrado por un puntapié; más allá, otros pasaban veloces, confusos, como piedras precipitadas desde una pendiente, cayendo sobre el piso, de pie, y agitando los brazos violentamente. La escalera de la escotilla estaba llena de coolies como un enjambre de abejas sobre una rama. Colgaban de los escalones en racimos que se movían y trepaban y golpeaban salvajemente la parte interior de la bodega cerrada; entre medio de las lamentaciones, se oía cómo pasaban allá arriba los torrentes de agua. El barco se inclinó más y empezaron a caer, primero uno, después dos, y, finalmente, todo el resto junto se desprendió lanzando un gran alarido.

Jukes estaba aterrado. El contramaestre le rogó con brusca ansiedad: —No entre allí, señor.

El entrepuente parecía girar sobre sí mismo. El barco, sin dejar de sacudirse, se elevó sobre una ola, y Jukes tuvo la impresión de que todos esos hombres se le iban a caer encima, en una sola masa. Retrocediendo, cerró la puerta y aseguró el pasador con manos que le temblaban.

No bien se fue su primer oficial, al encontrarse solo sobre el puente el capitán MacWhirr llegó zigzagueando hasta la timonera. La puerta se abría hacia afuera, de modo que tuvo que librar un combate con el viento para traerla hacia sí, y cuando finalmente logró entrar, fue como si un disparo de fusil lo hubiera hecho atravesar la madera.

El mecanismo de la dirección perdía vapor, y una ligera niebla cubría el espacio reducido donde el cristal de la bitácora formaba un óvalo de luz. El viento aullaba, cantaba, silbaba o se lamentaba en ráfagas súbitas, que sacudían las puertas y postigos en medio de los chubascos malignos de las olas.

Dos rollos de líneas de sondeo y un bolso de lona blanca, que colgaban de un cabo, se alejaban en movimiento de péndulo para volverse a aplastar contra la mampara. El enjaretado casi flotaba; con cada golpe de mar, el agua se infiltraba por las rendijas de la puerta; el timonel se había quitado la gorra y su chaqueta, y se mantenía apoyado contra la caja de engranajes. La pequeña rueda de bronce del timón parecía un juguete frágil y brillante entre sus manos. De su camisa de algodón rayada sobresalían los músculos del cuello, resistentes y magros; una mancha negra se destacaba en el hueco de su garganta, y su cara estaba tranquila y hundida como en la muerte.

El capitán MacWhirr se secó los ojos. La ola que casi lo había arrastrado le había arrancado la gorra de su cabeza calva. Su pelo rubio y sedoso, ahora empapado y obscurecido, parecía una madeja de algodón sucio que le rodeaba el cráneo. Su cara, brillando con el agua salada, se había enrojecido con el viento y las salpicaduras del mar, de modo que daba la impresión de salir sudando de un horno.

—¿Usted acá? —murmuró pesadamente.

El segundo oficial se había deslizado dentro de la timonera, un rato antes. Instalado en un rincón, con las piernas recogidas, las sienes apoyadas en sus puños, su actitud sugería rabia, tristeza, resignación y entrega, mezclada con un rencor concentrado.

Contestó lúgubre y desafiante:

—Me toca mi guardia abajo ahora, ¿no?

La caja de engranajes resonó, se detuvo y volvió a resonar. Los ojos del timonel se desorbitaban mirando la rosa de los vientos, encerrada en la bitácora de cristal, como si ésta hubiera sido un trozo de carne. Sabe Dios cuánto tiempo había estado allí gobernando el barco, olvidado de todos sus compañeros.

Las campanas no habían sonado, ni se habían producido relevos; el viento había barrido con la rutina, las costumbres y el empleo del tiempo; pero él trataba de todas maneras de mantener la proa hacia el nornordeste. Podría haberse perdido el timón, haberse apagado los fuegos, quebrado las máquinas, haber estado el barco a punto de volcarse de lado como un cadáver, y él no hubiera sabido nada de nada. Su única preocupación era la de no confundirse ni perder la dirección del barco. Preocupación mezclada con angustia, porque la rosa del compás, al girar sobre su pivote, de derecha a izquierda, parecía por momentos dar la vuelta entera. Se acentuaba su tensión mental; tenía un miedo terrible de que la timonera entera fuera arrasada. Montañas de agua continuaban cayéndole encima. Cuando el barco se hundía desesperadamente en el mar, los extremos de sus labios se crispaban.

El capitán MacWhirr levantó la vista hacia el reloj de la timonera. Atornillado a la pared, sus agujas negras sobre la esfera blanca parecían inmóviles. Era la una y media de la mañana.

—Un nuevo día —murmuró para sí.

Pero el segundo lo oyó y levantando la cabeza, como quien ha estado llorando entre ruinas, dijo:

—No lo verá despuntar.

Se podría ver cómo entrechocaban sus rodillas y puños, de tanto que temblaba.

—No, por Dios, no lo verá...

Y de nuevo se sujetó la cabeza entre las manos.

El cuerpo del timonel apenas si se había movido; pero su cabeza permanecía inmóvil sobre su cuello, fija como una cabeza de piedra sobre una columna. Soportando un bandazo que casi le segó las piernas, y tambaleando para equilibrarse, el capitán MacWhirr dijo austeramente:

—No haga caso de lo que dice ese hombre. —Añadiendo muy grave, con un tono indefinible—: No está de guardia.

El marino no contestó.

El huracán continuaba sacudiendo la pequeña cabina, que parecía hermética, mientras la luz de la bitácora vacilaba sin cesar.

—No ha sido relevado —continuó el capitán MacWhirr, mirando hacia abajo—. Quiero, no obstante, que continúe gobernando mientras pueda. Ya tiene la mano hecha. Otro hombre podría echar a perder todo. No es posible. No es juego de niños. Y probablemente la tripulación está ocupada en algo allá abajo. ¿Cree que puede continuar?

La caja de engranajes se sacudía violentamente, y el hombre, quieto, inmóvil su mirada, estalló como si toda la pasión contenida en su cuerpo se hubiera concentrado en sus labios:

—¡En nombre de Dios, capitán!; puedo gobernar por los siglos de los siglos, si nadie me habla.

—¡Ah!, ¡muy bien!, ¡muy bien... —y por primera vez el capitán miró al hombre—, Hackett!

Pareció descartar este asunto de su cabeza. Se inclinó hacia el tubo portavoz que comunicaba con la sala de máquinas, y soplando se agachó para oír. El señor Rout desde abajo contestó y el capitán de inmediato puso sus labios en la embocadura.

Aplicaba sus labios alternando con su oído, mientras la tormenta lo rodeaba con su ruido ensordecedor; y la voz del ingeniero subía hacia él, áspera, como en el calor de un combate. Uno de los fogoneros se había accidentado, los otros estaban incapacitados, el segundo ingeniero junto con el auxiliar atendían las calderas. El tercer ingeniero cuidaba el vapor de las válvulas. Las máquinas eran atendidas a mano.

—¿Cómo está allá arriba?

—Bastante mal. Ahora depende mayormente de usted —dijo el capitán MacWhirr—.

¿Está allá abajo el primer oficial? ¿No?, bueno, ya pronto llegará. —Que el señor Rout le permitiera hablar por el portavoz, por el de cubierta, porque él, el capitán, se dirigía de inmediato al puente. Había algún desorden entre los chinos. Parecía que estaban peleando. "No puedo permitir peleas." Pero el señor Rout se había ido; el capitán MacWhirr pudo sentir contra su oído las pulsaciones de las máquinas; parecían el latido del corazón de la nave.

Se oyó la voz del señor Rout a la distancia. El barco hundió su proa, las pulsaciones se detuvieron bruscamente con un silbido. La cara del capitán MacWhirr permaneció impasible, y sus ojos descansaron inconscientemente sobre el cuerpo agachado de su segundo oficial. Desde las profundidades llegó de nuevo la voz del señor Rout, y las pulsaciones recomenzaron su latido, primero con lentitud, acelerando después.

El señor Rout había vuelto al portavoz.

—No tiene mayor importancia lo que hagan los chinos —dijo apresuradamente; después con irritación añadió—: El barco se zambulle como si no tuviera intención de volver a subir.

—Mar muy grueso —murmuró la voz del capitán desde arriba.

—Prevéngame a tiempo para evitar la última zambullida —ladró Solomon Rout por el tubo.

—Llueve y está obscuro. Imposible ver lo que se viene —musitó la voz—. Imprescindi— ble... mantener... velocidad... lo suficiente para... poder gobernar... y correr el riesgo —— continuó separando las palabras.

—Acá arriba se está destrozando mucho —siguió la voz con dulzura—. Con todo, no nos va tan mal. Naturalmente que si fuera arrancada la timonera...

El señor Rout, prestando atención, comentó algo con acritud.

Pero la voz pausada que llegaba de arriba se animó, preguntando:

—¿Jukes no ha llegado todavía? —y después de una pequeña pausa—: Desearía que se apurara, quisiera que terminara y que subiera acá por si sucediera algo. Para vigilar el barco. Estoy solo. El segundo oficial está perdido...

—¿Qué? —preguntó desde la sala de máquinas el señor Rout. Luego hablando por el tubo gritó—: ¿Se cayó fuera de la borda? —y enseguida puso el oído para escuchar.

—Perdió la cabeza —continuó desde arriba la voz sensata—. Es una situación muy deli— cada.

Inclinado sobre el portavoz, el señor Rout abrió desmesuradamente los ojos ante esta noticia. Oyó ruidos de pelea y exclamaciones entrecortadas. Puso más atención.

Mientras tanto, Beale, el tercer ingeniero, con los brazos en alto, sostenía entre las palmas de sus manos el borde de una pequeña rueda negra que sobresalía del costado de un tubo grande de cobre; la sostenía sobre su cabeza como si ésa hubiera sido la postura correcta de algún deporte nuevo.

Para mantenerse en su sitio apoyaba su espalda contra la pared blanca con una pierna en flexión. Un trapo le colgaba de su cinturón. Sus mejillas imberbes estaban ennegrecidas y acaloradas y el polvo de carbón que se había posado sobre sus párpados como las líneas de un maquillaje realzaba el brillo líquido del blanco de sus ojos, dándole a su cara un aspecto femenino, exótico y fascinante. Cuando el barco cabeceaba, él giraba la rueda con movimientos precipitados.

—Se enloqueció —volvió a repetir la voz del capitán por el tubo—. Se abalanzó sobre mí.

.. , me vi obligado a golpearlo... en este preciso instante. ¿Me oyó, señor Rout?

—¡Diablos! —murmuró el ingeniero—. ¡Cuidado, Beale !

Su grito resonó como la alarma de una trompeta entre las paredes de fierro de la sala de máquinas. Pintadas de blanco, éstas se elevaban hacia la penumbra del tragaluz, inclinándose como un techo; y todo el vasto espacio parecía el interior de un monumento, dividido por enrejados de metal, con luces que centelleaban a distintos niveles; en el centro, una columna de penumbra hesitaba en medio del esfuerzo ruidoso de las máquinas, debajo del bulto inmóvil de los cilindros. Una vibración intensa y salvaje, compuesta por todos los ruidos del huracán, flotaba en el silencio del aire cálido; estaba impregnada de un olor a metal recalentado, a aceite y de una vaga bruma. Los golpes del mar, sordos y formidables, parecían atravesar la sala de máquinas de un lado a otro.

Destellos que parecían llamas largas y pálidas temblaban sobre la superficie lustrosa del metal; los enormes manubrios emergían por turnos como una llamarada de cobre y acero, y desaparecían, mientras que las bielas con sus junturas gruesas, como huesos de un esqueleto, parecían hundirlos para después levantarlos con una precisión fatal. Y en lo hondo de la media luz, otras bielas iban y venían esquivándose deliberadamente, mientras que las piezas en cruz se balanceaban, y discos de metal se frotaban, sin dañarse, unos contra otros, lentos y calmos dentro de la confusión de sombras y luces.

De vez en cuando todos estos sonidos poderosos disminuían su ritmo simultáneamente, como si formaran parte de un organismo viviente, atacado súbitamente por un acceso de languidez; entonces los ojos del señor Rout se oscurecían dentro del marco de su cara larga y pálida.

Libraba esta batalla calzando zapatillas; una chaqueta corta y pequeñísima que apenas si le cubría la espalda, y de las mangas apretadas sobresalían sus puños y manos blancos; parecía que esta situación hubiera aumentado su estatura, alargado sus extremidades, intensificado su palidez y hundido más aún sus ojos.

Se movía incesantemente, subiendo y desapareciendo en el fondo, con método, inquieto pero resuelto, y cuando se inmovilizaba sujetándose a la baranda continuaba mirando el manómetro que estaba a su derecha y el nivel del agua sujeto a la pared blanca e iluminado por la lámpara que se balanceaba.

Las bocas de los portavoces bostezaban estúpidamente cerca de su codo, y el dial del telégrafo & la sala de máquinas semejaba un enorme reloj de gran diámetro cuya esfera contuviera palabras en lugar de números. Las letras se destacaban, gruesas y negras, rodeando el eje del indicador; sustituyendo así enfáticamente las exclamaciones de "Adelante", "Atrás", "Despacio', "Media Marcha"; y la gruesa aguja negra marcando hacia abajo la palabra "Todo"; así destacada, capturaba las miradas como puede atraer la atención un grito agudo. El cilindro de baja presión, en su caja de madera, formaba sobre su cabeza una masa amenazante y majestuosa y exhalaba un suspiro débil a cada golpe de pistón; aparte de ese ligero silbido, las máquinas hacían funcionar sus partes de acero a toda velocidad o lentamente, pero siempre con una determinación silenciosa y suave.

Y todo esto, las paredes blancas, el acero movedizo, las chapas del piso bajo los pies de Solomon Rout, el enrejado de fierro sobre su cabeza, la obscuridad y los reflejos, se elevaba y descendía, coordinado, siguiendo el movimiento de las olas que golpeaban contra el casco de la nave. La espaciosa sala que el viento hacía resonar sordamente parecía balancearse en la cumbre de un árbol, o a veces se ladeaba como llevada de uno a otro lado por las formidables ráfagas.

—Tiene que apurarse en subir —dijo el señor Rout no bien vio aparecer a Jukes en la puerta.

Jukes tenía la mirada vaga; parecía un ebrio con su cara encendida e hinchada como si hubiera estado durmiendo demasiado tiempo.

El camino para llegar hasta allí había sido arduo y había recorrido el trayecto con una rapidez extenuante, correspondiendo la agitación de su cuerpo a la de su mente. Se había precipitado fuera del pañol, tropezando en el pasadizo sombrío con un grupo de hombres aterrorizados, que, al pasarlos todavía inseguro, le preguntaron rodeándolo: "¿Qué es lo que sucede, señor?" Bajó por la escala hasta las calderas, saltándose en su apuro algunos de los escalones de fierro. Llegó por fin a ese sitio profundo como un pozo y negro como el infierno; sitio que se movía para adelante y para atrás como un balancín.

El agua en la cala rugía cada vez que el barco se inclinaba, y pedazos de carbón rodaban de un lado a otro; se hubiera dicho una avalancha de piedras volcándose por una pendiente de metal.

Alguien allí adentro gimió de dolor, y se podía vislumbrar a otro ser agachado sobre lo que parecía el cuerpo inerte de un hombre muerto; una voz fuerte blasfemó; el resplandor que emanaba por debajo de cada una de las puertas de los hornos se parecía a un charco de sangre cuya radiación terminaba en una oscuridad aterciopelada.

Una ráfaga de viento dio contra la nuca de Jukes y un instante después lo envolvía hasta sus tobillos mojados. Los ventiladores de la sala de calderas zumbaban: delante de las puertas de los seis hornos, dos figuras extrañas, el torso desnudo, tambaleaban agachándose al luchar con dos palas.

—¡Hola! Ahora sí que tenemos bastante corriente de aire —gritó el segundo ingeniero, quien parecía no haber estado esperando más que la llegada de Jukes para expresarse.

El hombre encargado de la máquina auxiliar, un individuo chico y ágil, con tez deslumbrante y un pequeño bigote descolorido, trabajaba en una especie de éxtasis sordo.

Se mantenían las máquinas a toda presión; un runruneo profundo, como el que puede hacer un camión vacío rodando sobre un puente, formaba un bajo sostenido en el concierto de todos los otros ruidos.

—Hay que dejar escapar el vapor de continuo —gritó el segundo.

La boca del ventilador, haciendo el ruido de mil cacerolas al ser fregadas, le espetó sobre sus hombros un chorro de agua salada, a lo que éste respondió con una andanada de imprecaciones, una maldición colectiva dentro de la cual englobaba su propia alma, y divagando como un loco continuó atendiendo su trabajo. Con un estrépito la visera de metal se levantó, dejando caer un reflejo pálido y ardiente sobre su cara insolente y la mueca de sus labios, para cerrarse en seguida con otro estampido metálico.

—¿Dónde diablos está el barco? ¿Me lo puede decir? ¿Bajo agua o qué? Llega hasta aquí a torrentes. ¿Se han ido al infierno las malditas tapas? ¿Eh? ¿No sabe nada usted, marino desgraciado?

Jukes, después de un instante de estupor, había atravesado por delante de las calderas como una flecha, impulsado por el envión de un bandazo; no bien su vista abarcó la paz, brillo y amplitud relativa de la sala de máquinas, el barco, cayendo pesadamente de popa en el mar, lo precipitó con la cabeza gacha contra el señor Rout. El brazo del ingeniero jefe, largo como un tentáculo y movido como por un resorte, se tendió a su encuentro e hizo desviar su embestida hacia el portavoz, adonde llegó girando sobre sí mismo.

El señor Rout le repetía con insistencia:

—Tiene que darse prisa en subir, pase lo que pase.

Jukes gritó:

—¿Está usted ahí, capitán? —y después escuchó. Silencio. De pronto el rugir del viento retumbó en sus oídos; pero un instante más tarde una voz lejana apartó tranquilamente las vociferaciones del huracán:

—¿Es usted, Jukes?... ¿Qué hay?

Jukes no quería otra cosa que hacer su relato; sólo el tiempo parecía faltarle. Se explicaba perfectamente lo que estaba sucediendo. En su imaginación veía a los coolies encerrados en el entrepuente nauseabundo, sin esperanza de poder salir, acostados, enfermos de malestar y de terror entre las hileras de cofres; y después uno de esos cofres o quizás varios a la vez se habían desprendido al inclinarse el barco, golpeándose unos contra otros, reventándoseles los costados, volando las tapas, y todos los chinos se habían levantado a la vez para salvar lo que les pertenecía: y después, cada golpe del barco lanzaba a esa multitud que gritaba, de un lado a otro, en un remolino de madera rota, ropa hecha jirones y dólares que rodaban. Una vez comenzada la lucha, a ellos mismos se les hacía imposible detenerse. Sólo una fuerza mayor podría detenerlos ahora. Era un desastre. Jukes había visto todo esto; no tenía nada más que decir. Creía que algunos de ellos ya habían muerto. El resto continuaría peleando.

Sus palabras se aglomeraron en el tubo, tropezando una con otra. Subieron hasta lo que parecía ser el silencio de una comprensión iluminada que había permanecido sola allá arriba con el huracán; y Jukes sólo deseó con fervor no tener que enfrentarse más con ese desorden local, mezquina y odiosa adición a la ya gran aflicción de la nave.

V

Esperó. Delante de él las máquinas giraban lentamente, prontas a detenerse ante un grito del señor Rout. "¡Atención, Beale !" Se detenían con inteligencia, inmovilizadas en medio de sus revoluciones... ; un manubrio pesado se detuvo en el vacío; se hubiera dicho que tenía conciencia del paso del tiempo. Después, con la orden del jefe de "¡Ahora!" y con el silbido que exhalaba de entre sus dientes semicerrados, terminaban las revoluciones interrumpidas para comenzar con otras.

Había en sus movimientos una prudencia sagaz y la determinación de una inmensa fuerza. Plegarse con paciencia a todos los caprichos de una nave desamparada en el medio de la furia de las olas y en el corazón mismo del viento, tal era su cometido. Por momentos, la barba del señor Rout se posaba sobre su pequeño pecho mientras las contemplaba, con el ceño fruncido, perdido en sus pensamientos.

La voz que mantenía el huracán alejado de Jukes comenzó de nuevo:

—Lleve consigo a la tripulación.

—¿Qué haré con ellos, capitán?

Un golpe imperioso y seco sonó de súbito; los tres pares de ojos se elevaron hacia el dial del telégrafo y vieron cómo la aguja saltaba de "Adelante" a "Deténgase" como si hubiera sido empujada por un demonio. Fue entonces cuando cada uno de los tres hombres que estaban en la sala de máquinas tuvo la sensación de que un objeto detenía al barco, y que éste, encogiéndose, se preparaba para dar un salto desesperado.

—¡Deténgalo! —rugió el señor Rout.

Nadie, ni aun el capitán MacWhirr, quien solo en el puente había apercibido una línea blanca de espuma que avanzaba a una altura tal que n(, podía dar crédito a sus ojos, nadie pudo saber nunca la inclinación que había tenido esa ola ni la profundidad pavorosa que el huracán había surcado detrás de la muralla movediza de agua.

Se abalanzó al encuentro del barco; y entonces el Nan-Shan, apercibiéndose para la acción, levantó su proa y dio el salto. Se amortiguaron todas las llamas de las lámparas oscureciendo la sala de máquinas. Una se apagó. Con un ruido ensordecedor, en un tumulto furioso y envolvente, toneladas de agua cayeron sobre el puente; se hubiera dicho que el barco había penetrado dentro de una catarata.

Allí abajo se miraban atónitos.

—¡Barridos de una a otra punta ! ¡Mi Dios ! —chilló Jukes.

El Nan-Shan se sumergió dentro de la hondonada como si quisiera pasar los confines de la tierra. La sala de máquinas se ladeó amenazante, como el interior de una torre inclinándose ante un terremoto. Una baraúnda espantosa de fierro subió de las calderas.

El barco permaneció suspendido en un ángulo increíble, el tiempo suficiente para que Beale, caído sobre sus manos y rodillas, tratara de escalar, como si hubiera querido salir a gatas de la sala de máquinas. El señor Rout giró su cabeza despacio, rígido, con su cara cavernosa y la mandíbula inferior caída. Jukes había cerrado los ojos, y en un instante su cara cambió de expresión, poniéndose inexpresiva y suave como la cara de un ciego.

Por fin el Nan-Shan se levantó lentamente, titubeando y penando como si su proa tuviera que levantar una montaña.

El señor Rout cerró la boca; Jukes parpadeó, y el pequeño Beale se puso rápidamente de pie.

—Otra como ésta y estamos liquidados —exclamó el jefe.

El y Jukes se miraron y vieron que habían tenido el mismo pensamiento.

El capitán ! Todo tendría que haber sido barrido de allá arriba. Desaparecido el timón, el barco flotando como un tronco. Ya pronto llegaría el fin.

—Dése prisa —dijo el ingeniero con voz espesa y mirando a Jukes con ojos desorbita— dos e indecisos. Este le miró sólo con una mirada irresoluta.

El sonido del telégrafo los calmó instantáneamente. La aguja negra había saltado desde "Deténgase" hasta "Toda marcha".

—¡Ahora, Beale ! —gritó el señor Rout.

La presión de vapor silbó suavemente. Los ejes de los pistones recomenzaron su ir y venir. Jukes arrimó su oído al portavoz. La voz lo esperaba, y dijo:

—Recoja todo el dinero; hágalo rápido. Lo voy a necesitar acá arriba.

Y eso fue todo.

—¡Capitán! —llamó Jukes, pero no hubo contestación.

Se alejó tambaleando como un hombre después de una batalla. Se había cortado sobre el párpado izquierdo, sin saber cómo. Una herida que le llegaba al hueso. No se apercibía de ello: una dosis del mar de la China, lo suficiente para quebrarle el cuello, había pasado sobre su cabeza, lavando, limpiando y salando su herida; no sangraba, pero se le veía abierta y colorada: con este tajo sobre la ceja, su pelo enmarañado, el desorden de su vestimenta, daba la impresión de un hombre que acaba de terminar una pelea.

—¡Tengo que ir a recoger los dólares ! —le dijo al señor Rout, lastimosa y vagamente.

—¿Qué dijo? —exclamó el ingeniero, furioso—. ¿ Recoger... ? ¡Qué me importa ! —En— tonces, con todos sus músculos vibrando, pero en tono exageradamente paternal, añadió—:

¡Váyase ahora, por el amor de Dios! Ustedes los oficiales del puente me van a enlo— quecer. El segundo oficial ha estado atacando al viejo. ¿No lo sabía? Ustedes pierden la cabeza al no tener nada que hacer.

Estas palabras despertaron en Jukes un comienzo de ira. Nada que hacer..., franca— mente. Demostrando un violento desprecio por el ingeniero jefe, se dio media vuelta para volver por donde había venido.

En las calderas, el pequeño hombre que atendía la maquinaria auxiliar trabajaba con su pala, en silencio, como si le hubieran cortado la lengua. En cambio el segundo se desempeñaba ruidosamente, como un loco indomable y locuaz que ha preservado su habilidad y al que nada puede distraer.

—Oiga, oficial errante. ¿No puede conseguir que algunos de sus lavapuentes vengan acá a sacar las cenizas? Me estoy ahogando entre ellas. ¡Maldición! ¿Me oye? Recuerde que el reglamento dice: "Los marineros y los fogoneros tienen que ayudarse mutuamente". ¿Me oyó?

Y mientras Jukes subía precipitadamente, el otro, con la cabeza levantada hacia él, continuaba:

—¿No puede contestar acaso? ¿Qué vino a hurguetear aquí? ¿Qué se tiene que meter?

La desesperación se apoderó de Jukes. De vuelta en el pasadizo sombrío v de nuevo junto a los hombres, sintió que sería capaz de torcerles el pescuezo ante el menor indicio de vacilación. El solo pensar en una posible rebeldía lo enfurecía. El no tenía derecho a dar marcha atrás; luego, a ellos tampoco se lo permitiría.

Cuando se reunió con los marineros les contagió su impetuosidad. Sus idas y venidas, el furor y la rapidez de sus movimientos los habían excitado y aterrorizado; durante sus bruscas irrupciones entre ellos, más bien presentidas que percibidas, Jukes se les representaba formidable, preocupado de asuntos de vida o muerte que no podían sufrir demora alguna. A la primera palabra que les dijo los oyó caer pesadamente en el pañol, uno tras otro, dóciles ante sus órdenes.

"¿Qué sucede?", se preguntaban los unos a los otros. No sospechaban nada. El contramaestre trató de explicarles. Los sorprendió el ruido de una gran pelea; y los fuertes choques que repercutían en la bodega obscura mantenían latente la sensación de peligro.

Cuando por fin el contramaestre logró abrir la puerta, les pareció que el huracán, traspasando las chapas de fierro del barco, hacía girar esos cuerpos en remolino como si fueran polvo; les llegó un rumor confuso, un tumulto tempestuoso, murmullos feroces, ráfagas de gritos, y el pisoteo de pies mezclado con los golpes del mar.

Se detuvieron un instante contemplando azorados, obstruyendo la puerta. Jukes atra— vesó por entre medio de ellos brutalmente. Sin decir palabra se precipitó adentro. Un nuevo racimo de coolies se había formado en la escalera, luchando como antes, a muerte, para forzar la tapa y ganar acceso al puente inundado.

El contramaestre gritó muy excitado:

—¡Vengan! Hay que sacar al oficial de allí adentro. Lo van a pisotear hasta matarlo.

Irrumpieron, aplastando a su vez pechos, dedos, caras, enredándose con montones de ropa, golpeando maderas astilladas, pero antes de que pudieran apoderarse de él, Jukes, desprendiéndose, emergió hasta la cintura de entre una multitud de manos crispadas. En el momento en que los tripulantes lo habían perdido de vista le habían sido arrancados todos los botones de su chaqueta, se le había hecho un jirón en la espalda que le llegaba al cuello, y el chaleco se le había abierto de arriba abajo. La masa principal de los comba— tientes rodó hacia un lado, sombría, difusa, impotente y lanzando miradas salvajes que brillaban a la luz débil de la lámpara.

—¡Por Dios, déjenme en paz ! Yo estoy bien —gritó Jukes con voz penetrante—.

Empújenlos hacia adelante. Aprovechen el momento en que el barco se inclina hacia proa. Empújenlos hacia la pared. Arrincónenlos.

La embestida de los marineros, dentro del entrepuente en ebullición, produjo el efecto de un balde de agua fría en una caldera hirviendo. Por un instante cedió la conmoción.

La masa efervescente de chinos era tan compacta que no les fue difícil a los marineros, entrelazando firmemente los brazos y aprovechando una formidable zambullida, empujarlos de un solo envión contra la pared. Detrás de sus espaldas, pequeños grupos y cuerpos aislados se zarandeaban de lado a lado.

El contramaestre hizo verdaderos prodigios de fuerza. Con sus largos brazos abiertos y sujetándose a un soporte con sus enormes manazas, detuvo la embestida de siete chinos entrelazados que rodaban como una roca en una avalancha. Se oyó el chasquido de sus coyunturas. Sólo dijo "¡Ah!" y se dispersaron.

Pero fue el carpintero quien hizo la mayor demostración de inteligencia. Sin decir palabra a nadie, volvió al pasadizo, de donde trajo implementos de carga que había visto allí, cadenas y cuerdas. Con esto tendió líneas de defensa.

No hubo resistencia. La lucha, como quiera que hubiera comenzado, se había transformado en un revoltijo de pánico ciego. Si en el primer momento los coolies habían empezado a luchar por los dólares desparramados, ahora no peleaban más que por mantenerse en pie.

Se sujetaban por el cuello sólo para evitar el ser volteados. El que encontraba un punto de apoyo golpeaba al que quisiera sujetarse a sus piernas, hasta que una nueva oleada los hacía rodar juntos a lo largo del piso.

La llegada de los diablos blancos los aterrorizó. ¿Habrían venido a masacrarlos?

Los individuos arrancados de la montonera se abandonaban fláccidos en las manos de los marineros; algunos al ser arrastrados por los talones permanecían pasivos, como cuerpos sin vida, los ojos abiertos y fijos. Acá y allá algún coolie caía de rodillas como rogando clemencia; muchos, a quienes el terror había acobardado, eran aplacados con un fuerte puñetazo entre los ojos; mientras que los que se habían sometido pestañeaban sin quejarse al ser tratados tan rudamente.

Las caras chorreaban sangre; sobre los cráneos rapados se veían rasguños, moretones, heridas y tajos abiertos. La porcelana, que se había quebrado al reventarse los cofres, era en su mayor parte responsable de estos últimos.

Aquí y allá un chino con ojos desorbitados, su trenza deshecha, se sobaba un pie sangrante.

Por fin, después de haberlos golpeado hasta la sumisión, y de haberles pegado para aquietar su excitación, se había logrado reducirlos y confinarlos codo a codo; después se les había reconfortado con palabras de estímulo que más parecían una amenaza. Se habían sentado en el suelo en hileras, abatidos y lívidos, y al fin el carpintero, ayudado por dos marineros, yendo y viniendo, los aseguró con las cuerdas para mantenerlos en su sitio. El contramaestre, abrazado de un puntal con una pierna y un brazo, luchaba con una lámpara que mantenía sujeta contra su pecho, tratando de hacer luz, mientras gruñía como un gorila afanado.

Las siluetas de los marineros subían y bajaban, sin cesar, con movimientos como de limpiadores, recogiendo todo lo que encontraban a su paso y botándolo dentro del pañol:

ropa, trozos de madera, porcelana quebrada, y también unos dólares que recogían en las chaquetas de los hombres. De vez en cuando un marinero se adelantaba hacia la puerta, los brazos cargados de desechos; miradas oblicuas y dolorosas seguían sus movimientos.

A cada bandazo del barco, la larga hilera de chinos alineados se inclinaba hacia adelante, desordenadamente, y siguiendo sus movimientos todos los carretes vacíos de las cuerdas se entrechocaban, de una punta a la otra de la línea.

Mientras el ruido del agua que lavaba el puente se desvanecía, tuvo Jukes, todavía palpitante por la lucha, la ilusión de haber dominado al viento: un silencio había descendido sobre el barco, un silencio en el que sólo se oía al mar golpeando incesante contra los lados de la nave.

El entrepuente había sido totalmente despejado, desembarazado de todos sus despojos, como decían los marineros. Estos se mantenían derechos y vacilantes sobre el nivel de cabezas y hombros inclinados. Aquí y allá un coolie recobraba el aliento con un suspiro. Desde donde caía la luz, Jukes apercibía las costillas salientes de uno, la cara amarilla y nostálgica de otro, cuellos inclinados y, a veces, una mirada opaca dirigida hacia él.

No salía de su asombro al no haber encontrado cadáveres; pero, a decir verdad, la mayor parte parecían a punto de entregar sus almas y por eso se le antojaban más dignos de lástima que si hubieran muerto.

Súbitamente uno de los coolies comenzó a hablar. Un reflejo de luz alumbró su cara demacrada de rasgos tirantes; volvió la cabeza hacia atrás como un perro que aúlla. Del pañol llegaron sonidos de golpes y el tintineo de algunos dólares sueltos; estiró su brazo, y abriendo su boca como en un bostezo, soltó sonidos incomprensibles y guturales que no parecían pertenecer a ningún lenguaje humano. Llegaron hasta Jukes llenándolo de una extraña emoción, como si alguna bestia salvaje hubiera tratado de hacerse entender.

Otros dos comenzaron a emitir sonidos que a Jukes le parecieron denuncias feroces; el resto se removió gruñendo y refunfuñando.

Jukes ordenó a los marineros salir de inmediato del entrepuente. El mismo fue el último en salir, caminando de espaldas hacia la puerta, mientras los gruñidos aumentaban y se hacían amenazantes y se elevaban hacia él los puños como hacia un malhechor. El contramaestre corrió el cerrojo y comentó turbado:

—Parece que el viento ha amainado, señor.

Los marineros estaban contentos de encontrarse de nuevo en el pasadizo. Cada uno de ellos pensaba secretamente que podría lanzarse al mar a último momento..., y eso los reconfortaba; hay algo de horriblemente repugnante en la idea de ser ahogado en el fondo de una nave. Ahora que habían terminado con los chinos volvían a tener conciencia de la situación del barco.

Al salir del pasadizo, Jukes se encontró sumergido hasta el cuello en el agua ruidosa.

Alcanzó el puente y se extrañó de poder discernir formas obscuras como si su vista se hubiera agudizado de una manera antinatural.

Divisó contornos vagos. Estos no le recordaban la figura del Nan-Shan, sino más bien la de un barco desmantelado que años antes había visto pudriéndose en un banco de lodo. En realidad, el Nan-Shan semejaba ese barco naufragado.

No había ya viento; ni un hálito; sólo las ligeras corrientes producidas por los movimientos del barco.

El humo que salía de las chimeneas descendía posándose sobre las cubiertas; al pasar lo respiró. Sintió las pulsaciones de las máquinas y oyó otros ruidos débiles que parecían haber sobrevivido al temporal. La baraúnda de piezas desajustadas, la caída de algunos fragmentos sobre el puente. Distinguió vagamente la silueta morruda de su capitán soste— niéndose inmóvil en la baranda y balanceándose como si hubiera echado raíces en las ta— blas. La tranquilidad inesperada oprimió a Jukes.

—Ya hemos hecho lo que usted ordenó —dijo acezante.

—Yo sabía que lo harían —replicó el capitán MacWhirr.

—¿De verdad? —murmuró Jukes como para sí.

—El viento ha cesado de golpe —continuó el capitán.

Jukes estalló:

—Si usted cree que fue tarea fácil...

Pero su capitán, sujetándose a la baranda, no le prestó atención.

—De acuerdo a los libros, lo peor aún no ha pasado.

—Si la mayor parte de ellos no hubieran estado medio muertos de terror y de mareo, ni uno solo de nosotros hubiera salido de ese entrepuente con vida.

—Había que hacer algo por ellos —murmuró obstinadamente MacWhirr—. Todo no está escrito en los libros.

—Hasta pienso que se habrían levantado en masa contra nosotros si no hubiera dado yo la orden a la tripulación de salir rápido de allí —prosiguió acaloradamente Jukes.

Hasta ahora habían tenido que desgañitarse para poderse escuchar, pero en la sor— prendente tranquilidad del ambiente la menor palabra dicha con tono natural repercutía en el aire. Les parecía estar hablando en una bóveda llena de ecos.

A través de una rasgadura en el techo de nubes, la luz de algunas estrellas caía sobre el mar sombrío que subía y bajaba. A veces un cono de agua daba contra la borda, mez— clándose con la espuma que rodaba sobre el puente ya anegado. El Nan-Shan se balanceaba. Un círculo de vapores densos giraba descontrolado alrededor de un centro calmo, rodeando al barco como un muro ininterrumpido e inconcebiblemente siniestro.

En el interior del círculo, el mar se agitaba como por propulsión propia, elevándose en montañas que caían a pico y que chocando entre sí iban a golpear finalmente los costados del Nan-Shan; y un quejido sostenido y débil, la infinita queja del furor de la tormenta, llegaba desde más allá de esa calma amenazante.

El capitán MacWhirr permanecía silencioso. Jukes, aguzando el oído, oyó súbitamente el rugido lejano y arrastrado de alguna ola inmensa e invisible que cobraba magnitud bajo la espesa obscuridad que formaba el límite abismante del círculo de su visual.

—¡Naturalmente! —comentó de nuevo con rencor—. Ellos habrán pensado que nos apro— vechábamos para despojarlos. Naturalmente, usted nos ordenó recoger el dinero. !Más fácil decirlo que llevarlo a cabo ! No podían saber lo que pasaba por nuestras mentes.

Caímos como una tromba entre medio de ellos. Tuvimos que irrumpir por la fuerza.

—Ya que está hecho... —murmuró el capitán, sin intentar mirar a Jukes—, había que hacer lo posible por ellos.

—Tendremos que saldar cuentas cuando termine todo esto. Espere que se repongan un poco y va a ver. Nos saltarán encima. No olvide, capitán, que el Nan-Shan no es ya un barco inglés. Y esos brutos lo saben perfectamente. ¡Maldita bandera siamesa !

—Pero nosotros estamos a bordo —comentó MacWhirr.

—Nuestras dificultades no han terminado todavía —insistió Jukes con tono profético—.

El barco está hecho una ruina —añadió débilmente.

—Todo no ha terminado todavía —,asintió el capitán en voz baja—. Vigile usted un mo— mento.

—¿Va a dejar el puente, capitán? —preguntó Jukes con ansiedad, como si por encon— trarse solo la tormenta lo fuera a embestir.

Contempló al barco solitario y abatido que se esforzaba dentro del panorama salvaje de montañas de agua obscura, iluminadas por fulgores de mundos distantes. Avanzaba con lentitud, dejando en el corazón del huracán el exceso de su fuerza, una nube de vapor blanco, y las vibraciones profundas de este escape parecían el toque desafiante de una criatura marina preparándose para renovar el combate. Bruscamente cesó todo. El aire tranquilo gimió. Jukes vio sobre su cabeza el centelleo de algunas estrellas en medio de bancos de nubes. El borde renegrido de éstas enfocaba amenazante al barco. Las estrellas también lo miraban con intensidad, como si fuera la última vez; se hubiera dicho una corona de esplendor posada sobre una frente inclinada.

El capitán MacWhirr había entrado a la sala de navegación. Allí no había luz alguna; pero podía sentir el desorden de la pieza donde habitualmente vivía en forma tan ordenada. Su sillón estaba volcado. Los libros, desparramados por el suelo: un pedazo de cristal sonó bajo su bota. A tientas buscó fósforos y encontró la caja detrás del reborde de un estante. Encendió uno, y forzando la vista arrimó la llama hacia el barómetro. El instrumento de cobre y cristal relucía y parecía hacerle señas.

El mercurio estaba muy bajo, increíblemente bajo; tan bajo que hizo gruñir al capitán MacWhirr. El fósforo se apagó; rápidamente sacó otro con sus dedos gruesos y anquilosados:

De nuevo brilló la pequeña llamarada sobre el vidrio y la tapa de metal. MacWhirr fijó la vista como esperando alguna señal imperceptible. Con su cara grave parecía un pagano deforme quemando incienso delante de su ídolo.

No había error posible. Jamás en su vida había visto el barómetro tan bajo.

El capitán MacWhirr emitió un silbido suave. Quedó sumido en sus pensamientos, hasta que la llama, disminuyendo, terminó por quemarle los dedos, para después extinguirse. Podría ser, pensó, que el instrumento se hubiera descompuesto.

Había un barómetro aneroide sobre su cucheta. Volviéndose hacia él encendió otro fósforo; sólo descubrió su faz blanca mirándolo en forma significativa, como si la inflexibilidad del hecho, ante el que toda contradicción resulta inútil, se hubiera impuesto a la sabiduría del hombre. Ya no le cabía la menor duda. El capitán MacWhirr, encogiéndose de hombros, botó el fósforo.

Esperaba la peor...; y si los libros estaban en lo cierto, iba a ser cosa muy tremenda.

La experiencia de las últimas seis horas había aumentado su comprensión. Ya sospechaba lo que podía significar "mal tiempo". "Va a ser feroz", pensó.

No había tenido conciencia de haberse fijado en ninguna otra cosa más que en los barómetros a la luz de los fósforos; y con todo, había visto que su botellón de agua junto con dos vasos habían sido arrancados de sus soportes. Esto pareció darle una visión más clara de las sacudidas que había tenido que soportar la nave. "Jamás lo hubiera creído", pensó. Su mesa también había sido barrida: sus reglas, lápices, tinteros —todo lo que tenía un sitio asignado y fijo—, todo había caído al suelo, como si una mano malévola los hubiera arrancado uno a uno para arrojarlos al suelo mojado.

El huracán había irrumpido en sus ordenadas costumbres, cosa que jamás le había ocurrido; un sentimiento de consternación se apoderó de MacWhirr, en lo más profundo de su flema británica. ¡Y pensar que lo peor estaba todavía por venir ! Se alegró al pensar que el disturbio en el entrepuente había sido descubierto a tiempo. De tenerse que hundir, por lo menos el barco lo haría sin que un montón de gente se estuviera peleando, carne y uña, en su interior. Eso le hubiera resultado inadmisible. Y con estos sentimientos se denotaban la comprensión humana y el sentido de justicia que animaban al capitán.

Estos pensamientos le llegaron lentos y pesados, compartiendo la esencia misma del hombre.

Extendió la mano para reponer la caja de fósforos en su sitio. Mucho tiempo atrás había dado la orden de que siempre hubiera fósforos allí. "Una caja... justo aquí, ¿ve?, no demasiado llena... , al alcance de la mano, mozo. Puedo tener necesidad de luz urgente— mente. Nunca se puede saber lo que se va a precisar de apuro en un barco. Recuérdelo entonces"; y como era natural en él, siempre se acordaba de dejar los fósforos en su sitio.

Así lo hizo ahora, pero antes de que hubiera retirado la mano le vino a la cabeza la idea de que posiblemente nunca más tendría oportunidad de usarlos. La fuerza de este pensa— miento lo paralizó en su gesto, y durante una fracción de segundo cerró su mano sobre el pequeño objeto como si hubiera sido el símbolo de todas las costumbres sin importancia que nos esclavizan en el diario vivir. Por fin la soltó, y dejándose caer sobre la cucheta, esperó de nuevo la llegada del viento. Todavía nada. Sólo oía el ruido del mar, los golpes sordos de las olas al embestir su barco por todos lados. Jamás se le presentaría al Nan— Shan otra oportunidad de limpiar sus cubiertas.

La tranquilidad del aire lo desconcertaba. Se sentía tenso e inseguro, como si una espada suspendida por un pelo estuviera sobre su cabeza, amenazándolo.

La tremenda tormenta había derribado las defensas del hombre, obligándolo a despegar los labios. Habló en la intensa y obscura soledad de la cabina como dirigiéndose a otro ser que hubiera nacido dentro de su pecho.

—No me gustaría perderlo —se dijo a media voz.

Estaba sentado, invisible, lejos del mar, lejos de su propio barco, aislado, como abstraído en su propia existencia, donde las incongruencias como la de hablarse a si mismo no tenían cabida. Sus palmas estaban apoyadas en sus rodillas; con su cuello inclinado respiraba hondamente, entregándose a una extraña sensación de cansancio que su preocupación no le permitía reconocer como tensión mental.

Sin levantarse podía alcanzar su lavatorio. Debía de haber una toalla allí. La encontró; y cogiéndola se secó su cara empapada. Siguió frotándose la cabeza con energía en la obscuridad; después dejó caer la toalla sobre sus rodillas y permaneció inmóvil. Transcurrió un instante en un silencio tan profundo que nadie hubiera pensado que un hombre estaba sentado allí adentro, en la cabina. Entonces comenzó un murmullo:

—Todavía puede que se salve.

Cuando el capitán MacWhirr volvió a salir al puente, cosa que hizo con brusquedad, como si de súbito hubiera tenido conciencia de haberse ausentado demasiado tiempo, la calma había durado ya más de un cuarto de hora, lo suficiente para habérsele hecho intolerable a su imaginación de tan pocas fantasías.

Jukes, inmóvil al frente del puente, empezó a hablar. Su voz descolorida y forzada parecía filtrarse a través de dientes cerrados, flotando en la obscuridad y posándose en el mar.

—Relevé al timonel. Hackett comenzó a decir que no podía más. Allí está tendido, co— mo muerto, a lo largo de la timonera. Al principio no podía conseguir que nadie subiera a reemplazar al pobre diablo. El contramaestre no sirve para nada, yo siempre lo dije. Creí que me vería obligado a ir en busca de uno de la tripulación, y traerlo aquí aunque fuera por la fuerza.

—¡ Ah! ¡Bien ! —murmuró el capitán. Permanecía vigilante al lado de Jukes.

—Y allí adentro está el segundo oficial, sujetándose la cabeza. ¿Está herido, capitán?

—No..., loco —rectificó secamente MacWhirr.

—Con todo, parece que se hubiera caído.

—Me vi obligado a golpearlo —explicó el capitán.

Jukes suspiró con impaciencia.

—El viento va a llegar súbitamente —dijo el capitán—, y creo que vendrá de allá. Sólo Dios lo sabe. Esos libros no sirven para nada. No sirven más que para embrollarle la cabeza a uno y ponerlo nervioso. Va a ser tremendo, y nada más. ¡Si tan sólo tuviéramos tiempo de virar para hacerle frente!

Pasó un minuto. Algunas estrellas centellearon rápidamente y desaparecieron.

—¿Está seguro de haberlos dejado bien sujetos? —continuó el capitán, como si el silencio se le hubiera hecho insoportable.

—¿Está pensando en los coolies, capitán? Amarré bien las cuerdas a lo largo del entrepuente.

—¿Sí?, buena idea, señor Jukes.

—No creí que le interesaría... saberlo... —dijo Jukes. Las sacudidas del barco le en— trecortaban las frases como si alguien lo hubiera estado remeciendo—. ¿Cómo pude termi— nar... con esa maldita... misión?... Pero lo hicimos. Y es probable... que no tenga... im— portancia alguna... al fin de cuentas.

—Había que hacer lo posible..., aunque no sean más que unos chinos. Tienen que tener las mismas probabilidades de salvarse que nosotros... ¡Qué diablos ! Todavía no está perdido. Bastante desgracia la de ellos el tener que estar encerrados durante una tempestad.

—Eso fue lo que pensé cuando usted me asignó ese trabajo, capitán —dijo Jukes taci— turno.

—...Sin, por añadidura, golpearse hasta morir —prosiguió el capitán MacWhirr con una vehemencia que iba en aumento—. No podría tolerar una cosa semejante en mi barco, aunque supiera que sólo le quedaban cinco minutos de vida. No lo podría tolerar, señor Jukes.

Un ruido hueco, como el eco de un grito en un abismo rocoso, llegó hasta el barco, alejándose en seguida. La última estrella, aumentada y borrosa, que parecía volver a la bruma ardiente de su origen, luchó unos instantes con la formidable noche que se profundizaba sobre la nave; después se apagó.

—Ahora sí —manifestó el capitán—. ¿Señor Jukes?

—Sí, mi capitán.

Los dos hombres ya no se vieron.

—Tenemos que confiar en que va a atravesar todo eso y salir airoso al otro lado. Esto es claro y definido. Aquí no cabe la estrategia de tormentas del capitán Wilson.

—No, capitán.

—Va a ser golpeado y zarandeado de nuevo, durante horas —murmuró el capitán—, pero ya no hay casi nada sobre el puente susceptible de ser barrido..., a no ser usted o yo.

—Los dos, capitán susurró Jukes.

—Usted siempre se adelanta a los acontecimientos, Jukes —reconvino el capitán—. Es cierto que el segundo oficial no sirve para nada. Usted se quedaría solo acá arriba sí...

El capitán MacWhirr se interrumpió, y Jukes, mirando en vano en la obscuridad, per— maneció en silencio.

—Sobre todo no se deje desconcertar ante nada —continuó precipitadamente el capitán—.

Manténgalo contra el viento, siempre contra el viento. Dirán lo que quieran, pero las olas más grandes corren siempre en el sentido del viento. Siempre de frente. Es la única forma de salir de esto. Usted es un marino joven. Hágale frente. No necesita otra indicación. Y...

sangre fría.

—Sí, mi capitán —asintió Jukes con el corazón agitado.

Durante los segundos que siguieron, el capitán habló con la sala de máquinas y luego escuchó.

Por algún motivo desconocido para él, Jukes se sintió invadido por una gran confianza, una sensación que le venía del exterior, como un hálito tibio que le penetraba haciéndolo sentirse capaz de enfrentar cualquier contingencia.

El lejano murmullo de las tinieblas se insinuó furtivamente en su oído. Lo notó sin conmoverse, gracias a esta fe en sí mismo que súbitamente lo había invadido; como un hombre seguro dentro de su armadura podría observar la punta de una lanza.

El barco bregaba sin descanso entre las negras montañas de agua, pagando con estos rudos golpes el precio de su existencia. Se le sentía gruñir en lo más profundo; y en lo alto sacudía su plumacho de vapor blanco en la obscuridad de la noche. Y los pensamientos de Jukes volaron como un pájaro a través de la sala de máquinas donde el señor Rout —buen hombre— se mantenía alerta. Cuando cesó el gruñido tuvo la sensación de que todos los otros ruidos también se habían interrumpido, una interrupción absoluta durante la cual sólo la voz del capitán MacWhirr se escuchó.

—¿Qué fue eso? ¿Un golpe de viento? —La voz se oía más fuerte, mucho más fuerte de lo que jamás se la hubiera escuchado Jukes—. Hacia adelante. Marcha bien. Todavía puede que salga de esto.

El murmullo del viento se aproximaba rápidamente. En primer término se podía distinguir una especie de lamento adormecido que pasaba, y, a lo lejos, el aumento de un clamor múltiple que avanzaba extendiéndose. Se oía una vibración como de muchos tambores, una nota imperiosa y malévola, como los cantos de una muchedumbre en marcha.

Jukes no podía distinguir a su capitán. La obscuridad se amontonaba sobre el barco.

Cuando mucho podía discernir algún gesto, un brazo levantándose, una cabeza echada hacia atrás.

El capitán MacWhirr, con un apuro inusitado en él, trataba de abrochar el botón su— perior de su impermeable. El huracán, con su poder de enloquecer los mares, de hundir barcos, de desarraigar árboles, de derribar murallas, y hasta de precipitar contra el suelo los pájaros del aire, había encontrado en su camino al hombre taciturno, y haciendo sus mayores esfuerzos había logrado arrancarle unas pocas palabras. Antes de que la ira reno— vada del temporal diera otra vez con la nave, el capitán MacWhirr se sintió como obligado a declarar en tono contrariado:

—No me gustaría perderla.

Esta contrariedad le fue evitada.

VI

En un día de sol brillante, con una brisa favorable que hacía correr el humo hacia adelante, el Nan-Shan entró al puerto de Fu—chau. Su llegada fue notada de inmediato en tierra; y los marineros del puerto decían:

—¡Miren! Miren ese barco. ¿Qué es? ¿Bandera siamesa? ¡Pero mírenlo!

Parecía haber sido usado como blanco de la batería de un crucero. Una avalancha de pequeños obuses no podría haber dado a su obra muerta un aspecto más devastado, ruinoso y desmantelado. Tenía el aire cansado y usado que tienen esos barcos que llegan del fin del mundo; y no sin razón, puesto que en su recorrido había ido muy lejos; había llegado a entrever el Más Allá, ese gran desconocido del que jamás vuelve navío alguno para devolver al polvo de la tierra los marinos de su tripulación. Estaba encostrado y gris con la sal que le llegaba hasta sus mástiles y hasta lo alto de su chimenea; como, al decir de un marinero, si se le hubiera pescado desde el fondo del mar y se le hubiera traído aquí para cobrar el salvamento. Y éste, animado por su propia ocurrencia, ofreció cinco libras por él, sin inventario.

No hacía una hora que el Nan-Shan habla atracado, cuando el segundo oficial, ese hombrecito flaco, con la nariz roja y cara de furia, desembarcaba de un sampán en el muelle de la Concesión Extranjera, e incontinente se dio vuelta para levantar un puño amenazante hacia el barco.

Un individuo alto, con piernas demasiado flacas para su panza redonda, y con ojos lí— quidos, se le acercó diciendo:

—Lo acaba de abandonar, ¿eh? ¡No se demoró mucho!

Llevaba un terno de franela azul muy manchado y zapatos embarrados que crujían; un bigote grisáceo caía sobre sus labios, y por entre la copa y el ala de su sombrero se divisaba la luz del día.

—Hola, ¿qué haces tú acá? —preguntó el ex segundo oficial del Nan—S han, dándole la mano apresuradamente.

—Estoy esperando un puesto... que merezca la pena —explicó el hombre del sombrero reventado, a la vez que respiraba en forma estentórea.

El ex segundo oficial volvió a empuñar su mano contra el Nan-Shan.

—Allí sí que hay un tipo que no es capaz de comandar siquiera un lanchón —declaró vibrando de cólera, mientras el otro observaba desanimado.

—¿De verdad?

Pero al divisar sobre el muelle un pesado baúl, recubierto de una tela impermeable y amarrado con una cuerda nueva, lo miró con renovado interés.

—Si no fuera por esa endiablada bandera siamesa, yo hablaría y presentaría mis que— jas; pero no hay nadie ante quien quejarse: si hubiera ya se verían en aprietos. ¡Viejo canalla! Le dijo al ingeniero jefe (otro canalla) que yo había perdido la cabeza. Nunca he visto un conjunto de imbéciles más grandes navegando por los mares. ¡No, si es de no creerlo!

—¿Por lo menos te pagaron? —preguntó su desharrapado compañero.

—Sí, el capitán me pagó a bordo, y rugiendo me dijo: "Desayúnese en tierra".

—¡Avaro! —comentó el hombre alto con vacilación, al tiempo que pasaba su lengua so— bre sus labios—. ¿Vamos a tomar una copa?

—Me golpeó —estalló el otro.

—¡No! ¿De verdad te pegó? —El hombre comenzó a agitarse—. No se puede hablar aquí.

Quiero saber todos los detalles. Busquemos un hombre para que te lleve el baúl. Yo conozco un sitio donde se puede conseguir cerveza embotellada.

El señor Jukes, que había estado escudriñando las costa con un par de prismáticos, le informó después al ingeniero jefe que "nuestro segundo oficial no ha demorado en encon— trar un conocido. Un tipo con facha de vagabundo; los vi salir juntos del muelle".

.Los golpes y tintineos que provocaban las reparaciones tan necesarias del Nan-Shan no molestaban en lo más mínimo al capitán MacWhirr. Dentro de la sala de máquinas, ya restaurada, el mozo encontró una carta de un interés tal, que al leerla por segunda vez casi fue descubierto.

Mientras, la señora MacWhirr, en su salón de cuarenta libras, apenas si podía con— tener un bostezo. ¿Por qué lo reprimía? Sólo por respeto a sí misma, puesto que se encon— traba sola en la pieza.

Estaba semirrecostada en un sillón mullido, enmarcado en dorado y cerca de una chimenea embaldosada. Abanicos japoneses daban realce a la repisa, y en el hogar ardían unos carbones.

Levantando las manos dio una ojeada a las numerosas páginas. ¿Era culpa suya acaso que estas cartas de su marido fueran tan insípidas y tan poco interesantes, desde su comienzo con el eterno "Mi querida esposa", hasta el final banal de "Tu amante esposo"?

¡No! No se podía pretender que ella se interesara por todas estas cosas marítimas. Por cierto que se alegraba de tener sus noticias; pero jamás supo por qué.

"...Se les llama tifones... El primer oficial no estaba de acuerdo... No se registran en los libros... Me resultaba imposible dejar las cosas as!... " Las páginas cayeron crujiendo.

"...una calma que duró más de veinte minutos", leyó, y las próximas palabras que sus ojos distraídos captaron, encabezando otra página, fueron: "te veré junto a los niños".

Tuvo un gesto de impaciencia. ¿Por qué estaría él siempre pesando en volver? Nunca había cobrado un sueldo tan grande como ahora. ¿Entonces? ¿A qué esas ansias?

No se le cruzó por la imaginación releer las páginas anteriores. De haberlo hecho hubiera visto que entre las cuatro y las seis de la madrugada del 25 de diciembre, el capitán MacWhirr había pensado que la última hora del Nan—S han había llegado, y que con este mar tan agitado jamás volvería a ver a su mujer o a sus hijos.

Nunca nadie se impuso de estas cosas (¡las cartas se extravían tan fácilmente!), nadie más que el mozo, quien por lo menos se había conmovido con esta revelación. Tanto es así que el pobre trataba de comunicarle al cocinero "la escapada que habían tenido", dado que el viejo mismo no había tenido esperanzas.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó el cocinero con el desprecio de un viejo marino—.

¿Acaso te le dijo?

—Me lo dio a entender —desafió el mozo.

—¡Andate al diablo! Seguro que ahora va a venir acá a contármelo a mí —se mofó el viejo cocinero.

La señora MacWhirr prosiguió con su lectura, inquietándose algo: " ... hacer lo justo.

.. , pobres miserables..., sólo tres piernas quebradas... y uno... Pensé que sería más pru— dente guardar silencio..., espero haber hecho lo que debía". Dejó caer sus manos sobre su falda. ¡ No! No hacía ya alusión a un posible regreso. Debía de haber sido únicamente un pensamiento piadoso. La señora MacWhirr respiró con alivio; mientras que el reloj de mármol negro, tasado por el relojero de la localidad en tres libras, dieciocho chelines y seis peniques, seguía con su tictac discreto y furtivo.

Súbitamente se abrió la puerta y una niña de piernas largas y falda corta se precipitó dentro de la pieza. Una abundante cabellera, un tanto descolorida, caía sobre sus hombros. Viendo a su madre se detuvo y dirigió una mirada pálida hacia la carta.

—De papá —murmuró la señora MacWhirr—. ¿Qué has hecho con la cinta de tu pelo?

La niña se llevó las manos a la cabeza e hizo una mueca.

—Se encuentra bien —continuó la señora MacWhirr con aire lánguido—, por lo menos así lo creo. El nunca habla de su salud.

Se le escapó una pequeña risita. La cara de la niña denotaba una indiferencia distraída, y la señora MacWhirr la contempló con orgullo.

—Ve a buscar tu sombrero —le dijo al cabo de un instante—. Voy a ir de compras, pues hay una liquidación en la casa Linom.

—¡Qué suerte! —dijo la niña con voz inesperadamente grave y vibrante, y salió corriendo del cuarto.

Era una linda tarde. El cielo estaba gris y las veredas secas. Delante de la tienda la señora MacWhirr saludó sonriente a una mujer de proporciones generosas, vestida de negro, el pecho cubierto con una coraza de azabache, y su cara de matrona biliosa estaba coronada por flores artificiales. Se abalanzaron una sobre la otra, haciendo al mismo tiempo saludos y exclamaciones y hablando apresuradamente como si temieran que la calle fuera a bostezar tragándoles este placer antes de que hubieran terminado.

Detrás de ellas la puerta de la tienda se abría y cerraba sin cesar. Estas señoras obs— truían el pasaje. La gente no podía pasar; los caballeros esperaban pacientemente; mientras que Lydia, absorta en clavar la punta de su paraguas en las rendijas de las baldosas de la vereda, escuchaba la conversación apurada de su madre.

—Muchas gracias; no, por ahora no piensa volver. Naturalmente que me resulta muy triste tenerlo siempre tan lejos; pero es una tranquilidad saber que está tan bien. —La señora MacWhirr recobró aliento—. ¡El clima de allá le prueba tanto ! —y esto lo añadió radiante, como si el pobre MacWhirr estuviera de turista en la China por motivos de salud.

El ingeniero jefe también continuaría navegando. El señor Rout conocía de más el valor de un buen contrato.

—Solomon dice que los milagros no terminan nunca —dijo la señora Rout dirigiéndose a la viejita sentada en un sillón al lado del fuego. La madre del señor Rout apenas si se movió, posando sus manos marchitas, abrigadas con mitones, sobre su falda.

Los ojos de la mujer del ingeniero parecían bailar al detenerse sobre las páginas.

—El capitán del barco en el que él navega.... un hombre más bien simple..., ¿recuerda, mamá?, parece que ha hecho algo extraordinario, según dice Solomon.

—Sí, mi querida —asintió la viejita dócilmente, inclinando hacia adelante su cabeza pla— teada, con ese aire de calma interior característico de la gente muy vieja que parece estar absorta en la contemplación de los últimos destellos de la vida—. Sí, creo recordarlo.

Solomon Rout, el viejo Sol, el padre Sol, el Jefe, "Rout..., buen hombre". El señor Rout, el amigo paternal e indulgente de la juventud, había sido el benjamín de sus muchos hijos, todos muertos a la fecha. Ella lo recordaba especialmente a la edad de diez años, antes de que hubiera partido para hacer su aprendizaje en una gran usina del Norte.

Desde entonces lo había visto muy poco; habían pasado tantos años, que ahora tenía que remontarse hacia atrás para poderlo reconocer en las tinieblas del tiempo. A veces le parecía que su nuera hablaba de algún hombre extraño.

La joven señora Rout estaba decepcionada.

—¡Hum, hum! —Dio vuelta la página—. ¡Qué irritante! No dice nada de lo que se trata.

Dice que yo no sería capaz de captar la importancia de lo sucedido. ¡Imagínese ! ¿Qué puede haber sido de tan extraordinario? ¡Qué miserable no contarnos!

Siguió leyendo sin hacer más comentarios, y cuando hubo terminado la carta quedó contemplando el fuego.

Rout apenas si había hecho alusión al tifón; pero algo lo había movido a expresar su deseo de tener cerca a su mujer alegre: "Si no fuera que tienes que cuidar a mi madre te mandaría el dinero para el pasaje hoy mismo. Podrías instalar una casita por aquí, y de ese modo te vería de vez en cuando. No olvides que no nos estamos rejuveneciendo... "

—Dice que está bien —suspiró como despertando de un sueño la señora Rout.

—Siempre fue un muchacho muy sano —dijo plácidamente la viejita.

En cambio, el relato que hizo el señor Jukes fue de lo más animado y detallado. Su amigo, en el servicio de la navegación occidental, lo comunicó abiertamente a todos los oficiales de su transatlántico.

—Un muchacho que conozco me ha escrito contándome sobre un asunto extraordinario que sucedió a bordo de su barco durante ese tifón, ustedes saben, que se publicó en todos los diarios hace como dos meses. Es de lo más cómico. Ustedes mismo lo van a ver; acá está la carta.

La carta era exagerada, dándole la impresión de su gran fortaleza de ánimo. Jukes había escrito de buena fe, y lo que relataba era cierto, o por lo menos lo había sido en el momento de escribir. Describía en forma siniestra las escenas en el entrepuente.

"Como un relámpago se me vino a la cabeza que esos malditos chinos no podían saber si éramos una tropa de ladrones desesperados o no. No es recomendable separar a un chino de su dinero, sobre todo si él es el más fuerte. A decir verdad, tendríamos que haber estado realmente enloquecidos para habernos puesto a robar con un tiempo tan atroz; pero ¿qué podían saber los pobres desgraciados de nosotros? De modo que sin pensarlo dos veces hice salir a toda la tripulación rápidamente. Ya habíamos terminado con nuestro trabajo en el que tanto se había empeñado el viejo. Salimos sin preguntarles como se sentían. Estoy convencido de que si todos y cada uno de ellos no hubieran estado tan despiadadamente sacudidos y amedrentados nos hubieran hecho pedazos, Fue total el desastre, y te aseguro que ustedes pueden ir y venir por los mares del Norte y del Sur, hasta la consumación de los siglos, sin jamás encontrarse con una tarea semejante entre manos."

Después de esto aludió como profesional a los destrozos que había sufrido el barco, para continuar:

"Fue cuando el temporal se aquietó que la situación se hizo realmente delicada. En nada había mejorado nuestra situación al habérsenos cambiado nuestra bandera por una siamesa; aunque el comandante no percibe la diferencia. Como dice él, "¡Mientras estemos nosotros a bordo!"' Hay ciertos sentimientos que este hombre no posee. Es lo mismo que argumentar con un poste; pero dejemos esto aparte; añádele a esta situación el estado de desamparo completo del barco, navegando por los mares de la China, sin cónsules, sin cañoneras, sin nadie a quien acudir en caso de necesidad.

"Mi idea era de mantener a los coolies encerrados, durante unas quince horas más, como que no había una mayor distancia hasta Fu—chau. Allí hubiéramos encontrado alguna nave de guerra, y una vez bajo su protección habríamos estado a salvo; porque con seguridad cualquier comandante de un barco de guerra, ya fuera inglés, francés u holandés, ante una pelea, se hubiera puesto del lado de los blancos. Después nos podíamos haber liberado de los coolies y de su dinero entregándolos a algún mandarín o taotai, o como quiera que les llamen ellos a esos seres que se ven circulando con grandes anteojos, llevados en sillas por hombres, en medio de sus calles pestilentes.

"Pero el viejo no veía las cosas así. Deseaba aquietar el ambiente. Se le había metido esa idea en la cabeza y nada se la podía arrancar. Quería que en torno a esto se hiciera la menos bulla posible, en nombre del barco, de sus dueños o de cualquier otro interesado.

Esta actitud me enfureció. ¿Cómo se podría acallar un asunto como éste? Los cofres habían sido asegurados contemplando cualquier temporal de fuerza terrenal, pero ésta había sido una cosa diabólica que sobrepasaba toda imaginación.

"Entretanto yo ya no podía mantenerme en pie. No había habido relevo alguno por más de treinta horas; pero allí estaba el viejo, frotándose la barba y rascándose la cabeza y tan absorto que ni siquiera soñaba en sacarse las botas.

"—Espero, capitán —le dije—, que no les permitirá salir al puente antes de haber tomado las debidas precauciones. No es que yo sienta animosidad exagerada hacia ellos; pero un disturbio entre un lote de chinos no es juego de niños. Además estoy tan cansado. Le ruego, déjenos botarles todos los dólares y que se peleen entre sí; mientras tanto, nosotros podríamos descansar.

"—Oiga, Jukes, está hablando como un loco —dijo el capitán, mirándome lentamente de manera que me llegaba al alma—. Hay que encontrar una fórmula en que se les haga jus— ticia a todos.

"Como te podrás imaginar, tenía una inmensidad de cosas que hacer; puse a trabajar a la tripulación, pero me invadió una necesidad imperiosa de descansar, de modo que fui a tenderme un rato.

"No hacía diez minutos que me había dormido, cuando, precipitándose en mi cuarto y tirándome de la pierna, el mozo exclamó:

"—Por amor a Dios, señor Jukes, venga rápido al puente. ¡Apúrese!

"Su precipitación me hizo perder la cabeza. Me preguntaba qué podría haber pasado.

¿Otro tifón?... , o ¿qué? Pero no se oía viento alguno.

"—El capitán los ha soltado a todos. ¡Oh!, ¡van a quedar libres! Suba al puente y sálvenos, mi señor. El ingeniero jefe acaba de bajar para buscar su revólver.

"Eso es lo que me contó el idiota; pero el Padre Rout jura que sólo fue a buscar un pañuelo limpio.

"De todas maneras, me puse los pantalones apresuradamente y volé hacia la cubierta de atrás. Allí se encontraban cuatro hombres con el contramaestre. Les pasé algunos de los fusiles que tiene toda nave que navega por los mares de la China y los dirigí al puente.

En el camino tropecé con el Viejo Sol, quien, sosteniendo un cigarro apagado entre los labios, me miró atónito.

"—¡Venga con nosotros! —le grité.

"Y los siete irrumpimos en la sala de navegación. Todo había terminado. Allí estaba el viejo de pie, calzando todavía sus botas de tormenta y en mangas de camisa (el pensar tanto lo habría acalorado).

"A su lado estaba el elegante empleado de Bun Hin, sucio como un deshollinador y con la cara todavía verde por la emoción. Enseguida me di cuenta de que se me iba a amonestar.

"—¿Qué diablos significan estas payasadas, señor Jukes? —preguntó el capitán, enfure— ciéndose lo más que podía; te confieso que me hizo perder el habla—. Por amor a Dios, señor Jukes, quíteles los fusiles antes de que se produzca una desgracia. ¡Este barco es peor que un manicomio ! ¡ Y ahora preste atención ! Quiero que usted nos ayude, al chino de Bun Hin y a mí, a contar el dinero. Y ya que está usted aquí, señor Rout, también nos puede dar una mano. Cuantos más seamos, mejor.

"El capitán había ordenado todo en su cabeza mientras yo echaba un sueño. Si el nuestro hubiera sido un barco inglés, o que sencillamente hubiéramos tenido que desembarcar a ese lote de chinos en un puerto británico, como por ejemplo Hongkong, cuántas dificultades e investigaciones habríamos tenido que soportar: interrogatorios, encuestas, demandas por daños y perjuicios y demás. Pero estos chinos conocen a sus autoridades más que nosotros.

"Ya habían sido destapadas las bodegas y los coolies se encontraban sobre cubierta, después de un día y una noche de encierro. Era curioso observar sus caras amarillas y demacradas, agolpadas todas juntas. Los pobres desgraciados observaban atónitos el cielo, el mar y el barco, como si hubieran pensado encontrar sólo sus despojos. Y con razón. Habían tenido que soportar algo que le hubiera arrancado el alma a un ser blanco.

Pero se dice que los chinos no tienen alma. Si la tienen o no, no lo sé; pero sí sé que poseen una tremenda fuerza interior. Había entre ellos uno al que casi se le había reventado un ojo. Le saltaba de la cara como un huevo de gallina. Esto sólo hubiera dejado tendido por más de un mes a un cristiano: pero no, allí estaba ese chino, codeándose entre los otros y conversando como si nada le hubiera pasado.

"Entre ellos reinaba un gran alboroto; pero en cuanto aparecía la calvicie del capitán, se sumían en un profundo silencio, dirigiendo sus miradas hacia arriba.

"Parece que el capitán, después de haber estrujado su cerebro, había ordenado al em— pleado de Bun Hin que bajara a explicarles la forma en que se haría el reparto del dinero.

"Dado que todos los coolies habían trabajado en los mismos sitios durante un idéntico espacio de tiempo, juzgó que lo más equitativo sería repartir entre ellos y por partes iguales el dinero que nosotros habíamos recogido. Así me lo explicó él. "Poco importa —decía— que sea su dólar o el de otro; todos los dólares son iguales. Si les hubiera preguntado cuánto les pertenecía, habrían mentido y me hubiese encontrado corto de fondos". En eso creo que le asistía la razón. En cuanto a la posibilidad de haber encontrado algún funcionario chino en Fu—chau para que entregara la plata, decía él, con acierto, que para eso mejor se habría metido todo el dinero en su propio bolsillo, pues ellos no lo habrían visto jamás; creo que en eso los coolies estaban de acuerdo.

"Antes del anochecer terminamos la distribución. Te aseguro que era un espectáculo.

El mar agitado, el barco en ruinas, esos chinos tambaleantes, subiendo uno a uno al puente para recibir su cuota; y nuestro viejo MacWhirr, siempre calzando sus botas y en mangas de camisa, parado en la puerta de la sala de navegación haciendo los pagos.

Traspiraba con profusión, y de cuando en cuando nos llamaba severamente la atención, a Rout o a mí, por algo que no marchaba bien a su gusto. El mismo les llevaba a los imposibilitados su porción. Sobraban tres dólares y éstos los repartió entre los más lastimados.

"Después llevamos sobre cubierta montones de trapos mojados y fragmentos de objetos ya sin forma a los que no se les podía hallar nombre, y allí los dejamos para que ellos mismos se los repartieran.

"No hay duda de que por el bien de todos fue la mejor manera de mantener en silencio todo este episodio. ¿Qué opinas tú?

"El Viejo Sol está de acuerdo en que fue la mejor solución posible.

"El capitán me comentó hace días: "Hay cosas que no se aprenden en los libros".

"Yo creo que se desempeñó muy bien; sobre todo cuando uno piensa que se trata de un hombre tan estúpido".


Publicado el 18 de julio de 2016 por Edu Robsy.
Leído 0 veces.