Todo Es Poco

Arturo Robsy


Cuento



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Cuando Adolfo dejó de gastar dinero, por falta de fondos, fue bajando de ambiente hasta llegar a la hamburguesa con catchup y a la tasca de artistas con tinto. Una chica, tan seria como mal peinada, procedente de la Academia de Ciencias Ocultas, tras mirarle el aura de reojo le diagnosticó gratuitamente:

—Tú eres cáncer, cariño.

No era verdad, pero Adolfo nunca había yacido, por así decir, con una esotérica y, por afán investigador, asintió mientras aparentaba sorpresa:

—¿Cómo lo has sabido?

Había cosas en opinión de Isabel, estudiante de ocultismos, que no se podían ocultar. El signo zodiacal era una de ellas. Los astros tenían buen cuidado de imprimirlo en la persona.

—¿Dónde? ¿En los cromosomas? ¿En la frente?

—En el aire. Quiero decir, en la personalidad.

Mirando bien, aire y personalidad, entre aquella gente, eran buenos sinónimos. Además, Adolfo había puesto fin a su fortunita, encadenando francachelas, y, si no le engañaba la vista, la brujería tenía aspecto de ser un entretenimiento económico.

De clase en clase, siempre a la popa de Isabel, fue introduciéndose en un híbrido de budismo y superstición. Se maravillaba tanto de las maravillas que descubría que, presa de la emoción, tentaba los muslos de la chica para que descubriera su ilusión y su inquebrantable fe.

Las experiencias fáciles del principio eran encantadoras. Muy pocos saben que el agua se puede «cargar». Basta con tomar un vaso, extender los brazos y hacer unas lentas y profundas respiraciones, pensando que se le transmite la fuerza vital del mundo. O la astral. Algo así. Luego, el agua así tratada sirve para ungirse y, posiblemente, sanarse.

A cada nuevo descubrimiento los pensamientos de Adolfo humeaban del esfuerzo para contener la risa, pero, como Isabel seguía sin formar parte de las muescas de su cama, avanzaba como un todo terreno por los estudios ocultistas.

Meses después, se le consideró preparado para pasar a mayores: Descender a los infiernos.

—¿Qué pensarías si te dijera que soy un súcubo? —le preguntó Isabel.

Adolfo, en bien de su salud mental y escarapelado de cinismo, como diría un clásico castellano, se guardó mucho de pensar otra cosa que «súcubo habemos». Se limitó a tomar la tiza y a ayudar a trazar el pentáculo. Otros le llamaban pantaclo, pero Isabel era bruja ortodoxa: pentáculo.

Hicieron la invocación en latines; derramaron algo de sangre, rica en hematíes, del dedo que Adolfo puso a contribución; encendieron candelas y varillas de incienso. La penumbra pareció agitarse, como si se vieran en el aire las ondas que hace una piedra en el mar. Luego, sin fogonazos, suavemente, se formó la imagen del diablo en el centro del pentáculo. Un diablo clásico, con patas de cabra y cornamenta de cabrón, emitiendo miradas capaces de incendiar las nieves perpetuas.

De nuevo humeó el pensamiento de Adolfo, pero no de evitar la risa: esta vez se empleaba a fondo para que su dueño no huyera como un conejo. La sorpresa y el miedo, de la mano, ejercían sobre él un impulso hacia afuera de considerable potencia.

Pero como el diablo se estaba quedo y era tratado como familiar del resto, Adolfo aguantó a pie firme y, apenas dos minutos después, se interesaba en voz alta por las reconocidas virtudes de Satán: ¿Seguía comprando almas y firmando el contrato con icor?

—¿Qué quieres? —le preguntó la bestia— ¿Salud, amor, oro?

—¿Hay en existencia billetes?

—Los hay.

—¿de diez mil? —insistió Adolfo, detallista.

Mujeres quería, pero no necesitaba arte demoníaco para ello: con ponerle donde hubiera, él se apañaba. La salud, a los veintisiete, le pareció desperdiciar el comercio con el infierno. En cambio la peseta, aunque depreciada una y otra vez, podía devolverle al mundo disipado del que había caído a fuerza de manirroto.

Pidió cien mil millones, siempre dispuesto a negociar a la baja.

—¿Tanto vale tu alma? —se burló el diablo.

Adolfo, que creía no tenerla y que atribuía su pensamiento a algo que funcionaba automáticamente en los sesos, bajó a setenta y cinco mil sin ninguna protesta.

El diablo se tiró de la barba de chivo, como si meditara.

—Cincuenta mil y no se hable más. —propuso Adolfo.— Cincuenta mil millones y una noche con ésta.

Firmaron con sangre e icor. Pluma de ave rapaz sobre pergamino humano. Ciertas novedades de la vida moderna no habían llegado al infierno, pero Adolfo no estaba para reparar en progresismos. P ENSABA EN UN BUEN CAMIÓN PARA TRANSPORTAR CINCUENTA MIL MILLONES: NADA MENOS QUE QUINIENTOS MIL BILLETES DE DIEZ MIL. Un ligero cálculo le advertía que la riqueza pesaría, por lo menos, tonelada y media.

Ayudado por Isabel, hizo viajes hasta depositar la fortuna en casa. Debajo de la cama, momentáneamente. Isabel, también momentáneamente, encima. La brujita o el súcubo, que había que verla desenvolverse entre sábanas en campaña nocturna, miraba a Adolfo con semblante zahareño, como también diría cualquier clásico castellano si tuviera que describirlo.

—¿Crees que el dinero es algo?

Adolfo no sólo lo creía: lo sentía con cada una de sus terminaciones nerviosas.

—Puede —dijo Isabel— que un día comprendas.

Comprendió cuando, meses después, cuando su cuenta corriente era envidia de propios y extraños, cayó sobre él un inspector de hacienda. Quería saber sólo dos cosas: ¿Por qué no había pagado los años anteriores por aquella fortuna que el banco le atribuía, y de dónde la había sacado. ¿De la droga, por ventura?

Acorralado, y con miedo a la cárcel, Adolfo se lanzó de cabeza a la verdad, ignorando, a su vez, dos cosas: que la verdad no existe para el burócrata ni deben decirla quienes andan en tratos satánicos.

—He vendido mi alma al diablo.

—¿Tanto valía? —se burló el inspector, que había oído muchas excusas difíciles. Luego endureció el gesto:— Veo que no comprende usted la gravedad de su situación. Tiene que justificar cada una de las pesetas de esos cincuenta mil millones que posee. Búsquese un abogado, porque no sólo se le reclamarán las declaraciones de los últimos cinco años, sino que, como lo defraudado es una enormidad, se le acusará de delito fiscal.

Y así fue como el Estado se cobró, con recargos, la parte que le correspondía del alma de Adolfo. No satisfecho con ello, lo mandó encerrar durante quince años. Legalmente fue imposible demostrar que el delincuente hubiera vendido su alma. Tampoco nadie pudo probar que la tuviera.

—aquí hay un fin. Si no es para concurso, sigue con este otro trozo—

Una noche oscura el diablo se le apareció en la celda, riendo. Risa satánica, por supuesto.

—Ya ves —le dijo— lo que valía tu alma: quince años de prisión.

—Supongo que no soy el único que te la ha vendido. ¿Qué te pidieron los otros?

—Dinero también. —dijo el diablo— Pero en Suiza.

Y, al desvanecerse con un gran trueno, no dejó tras sí olor a azufre, sino a Parlamento.


Publicado el 12 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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