Una Casa de Granadas

Oscar Wilde


Cuento



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Índice

El Joven Rey
El Cumpleaños de la Infanta
El Pescador y su Alma
El Niño-Astro

El Joven Rey

Aquella noche, la víspera del día fijado para su coronación, el joven rey se hallaba solo, sentado en su espléndida cámara. Sus cortesanos se habían despedido todos, inclinando la cabeza hasta el suelo, según los usos ceremoniosos de la época, y se habían retirado al Gran Salón del Palacio para recibir las últimas lecciones del profesor de etiqueta, pues aún había entre ellos algunos que tenían modales rústicos, lo cual, apenas necesito decirlo, es gravísima falta en cortesanos. El adolescente —todavía lo era, apenas tenía dieciséis años— no lamentaba que se hubieran ido, y se había echado, con un gran suspiro de alivio, sobre los suaves cojines de su canapé bordado, quedándose allí, con los ojos distraídos y la boca abierta, como uno de los pardos faunos de la pradera, o como animal de los bosques a quien acaban de atrapar los cazadores.

Y en verdad eran los cazadores quienes lo habían descubierto, cayendo sobre él punto menos que por casualidad, cuando, semidesnudo y con su flauta en la mano, seguía el rebaño del pobre cabrero que le había educado y a quien creyó siempre su padre.

Hijo de la única hija del viejo rey, casada en matrimonio secreto con un hombre muy inferior a ella en categoría (un extranjero, decían algunos, que había enamorado a la princesa con la magia sorprendente de su arte para tocar el laúd; mientras otros hablaban de un artista, de Rímini, a quien la princesa había hecho muchos honores, quizás demasiados, y que había desaparecido de la ciudad súbitamente, dejando inconclusas sus labores en la catedral), fue arrancado, cuando apenas contaba una semana de nacido, del lado de su madre, mientras dormía ella, y entregado a un campesino pobre y a su esposa, que no tenían hijos y vivían en lugar remoto del bosque, a más de un día de camino de la ciudad.

El dolor, o la peste, según el médico de la corte, o, según otros, un rápido veneno italiano servido en vino aromático, mató, una hora después de su despertar, a la blanca princesa, y cuando el fiel mensajero que llevaba al niño sobre la silla de su caballo bajaba del fatigado animal y tocaba a la puerta de la cabaña del cabrero, el cuerpo de la joven madre descendía a la tumba abierta en el patio de una iglesia abandonada, fuera de las puertas de la ciudad. En aquel sepulcro yacía, según la voz popular, otro cuerpo, el de un joven extranjero de singular hermosura, cuyas manos estaban atadas a su espalda con nudosa cuerda, y cuyo pecho estaba lleno de rojas puñaladas.

Tal era, al menos, la historia que la gente susurraba en secreto. Lo cierto era que el viejo rey, en su lecho de muerte, ya sea movido del remordimiento de su gran pecado, o ya deseoso de que el reino quedara en manos de su descendiente único, había hecho buscar al adolescente y, en presencia del Consejo de la Corona, lo había reconocido como heredero suyo.

Y parece que desde el primer momento en que el joven fue reconocido dio muestras de aquella extraña pasión de la belleza que debía ejercer tan grande influjo sobre su vida. Los que lo acompañaron a las habitaciones que se dispusieron para su servicio, hablaban a menudo del grito de felicidad que se le escapó al ver las finas vestiduras y ricas joyas que allí le esperaban, y de la alegría casi feroz con que arrojó su basta túnica de cuero y su tosco manto de piel de oveja. Echaba de menos, eso sí, a veces, la hermosa libertad de la vida en el bosque, y se mostraba pronto al enojo ante las fastidiosas ceremonias de corte que le ocupaban tanto tiempo cada día; pero el maravilloso palacio —"Joyeuse" lo llamaba—, del cual era señor ahora, le parecía un mundo nuevo recién creado para su alegría; y en cuanto podía escaparse de las reuniones del Consejo y de las cámaras de audiencia bajaba corriendo la gran escalera, donde había leones de bronce dorado y escalones de luciente pórfido, y vagaba de sala en sala, y de corredor en corredor, como quien busca en la armonía el calmante contra el dolor, la curación de una enfermedad.

En estos viajes de descubrimiento, según él los llamaba —y en verdad lo eran para él, verdaderos viajes a través de una tierra prodigiosa—, lo acompañaban en ocasiones los delgados y rubios pajes de la corte, con sus mantos flotantes y alegres cintas voladoras; pero las más de las veces iba solo, porque, con rápido instinto, que casi era adivinación, comprendió que los secretos del arte se aprenden mejor en silencio.

De él se contaban, en aquella época de su vida, muchas historias curiosas. Se decía que un gordo burgomaestre, que había venido a pronunciar una florida pieza de oratoria en representación de los habitantes de la ciudad, lo había sorprendido contemplando con verdadera adoración un hermoso cuadro que acababan de traer de Venecia. En otra ocasión se había perdido durante varias horas, y después de largas pesquisas se le descubrió en un camarín, en una de las torrecillas del lado norte del palacio, adorando, como en éxtasis, una joya griega.

Se le había visto, según otro cuento, como iluminado ante una estatua antigua de mármol que se había descubierto en el fondo del río, cuando se construyó el puente de piedra. Se había pasado toda una noche contemplando el efecto que producía la luz de la luna sobre una imagen argentada de una diosa.

Todos los materiales raros y preciosos lo fascinaban y en su deseo de obtenerlos había enviado a países extranjeros a muchos mercaderes, unos a comprar ámbar a los rudos pescadores de los mares del Norte; otros a Egipto en busca de aquella curiosa turquesa verde que sólo se encuentra en las tumbas de los reyes y dicen que posee propiedades mágicas; otros aun a Persia en busca de alfombras de seda y alfarería pintada, y otros, en fin, a la India a comprar gasa y marfil teñido, piedras lunares y brazaletes de jade, madera de sándalo y esmalte azul y mantos de lana fina.

Pero lo que más le había preocupado era el traje que había llevar en la fiesta de su coronación, el traje de oro entretejido, y la corona tachonada de rubíes, y el cetro con sus hileras y cercos de perlas. En realidad, en eso pensaba aquella noche, mientras yacía en su lujoso canapé, con la vista fija en el gran leño de pino que ardía en la chimenea abierta. Los dibujos, que eran obra de los más famosos artistas de la época, habían sido sometidos a su aprobación meses antes, y él había dado órdenes para que los artífices trabajaran día y noche a fin de ejecutarlos, y para que en el mundo entero se buscaran gemas dignas de su traje. Con la imaginación se veía de pie ante el altar mayor de la catedral, con las hermosas vestiduras regias, y una sonrisa jugueteaba en sus labios infantiles e iluminaba con lustroso brillo sus oscuros ojos.

Poco después se levantó de su asiento y, recostado sobre la repisa de la chimenea, paseó su vista en derredor de la habitación tenuemente alumbrada. Un gran armario con incrustaciones de ágata y lapislázuli llenaba uno de los rincones, y frente a la ventana había un arcón curiosamente labrado con láminas de oro, barnizadas de laca, sobre el cual había unas finas copas de cristal veneciano y una taza de ónix de vetas oscuras. En la colcha de seda de la cama estaban bordadas amapolas pálidas, como si el sueño las hubiera dejado escapar de las fatigadas manos, y altos junquillos de marfil estriado sostenían el dosel de terciopelo, del cual subían, como espuma blanca, grandes plumas de avestruz, hasta la plata pálida del calado techo. Sobre la mesa había un ancho tazón de amatista.

Afuera veía el príncipe la enorme cúpula de la catedral, levantándose como una burbuja sobre las casas sombrías, y miraba a los centinelas haciendo su recorrido, llenos de aburrimiento, sobre la nebulosa terraza del río. Muy lejos, en un huerto, cantaba un ruiseñor. Vago aroma de jazmín entraba por la ventana. El joven rey echó hacia atrás sus cabellos, y tomando en las manos un laúd, dejó vagar sus dedos sobre las cuerdas. Sus párpados, pesados, cayeron, y una languidez extraña se apoderó de él. Nunca había sentido tan agudamente y con tanta alegría la magia y el misterio del arte.

Cuando la medianoche sonó en el reloj de la torre, tocó un timbre, y sus pajes entraron y lo desvistieron con mucha ceremonia, echándole agua de rosas en las manos y regando flores sobre su almohada. Pocos momentos después de haber salido los pajes, el rey dormía.

* * *

Y mientras dormía soñó, y éste fue su sueño.

Creyó estar de pie en un desván largo, de techo bajo, entre el zumbido y repiqueteo de muchos telares. Escasa luz penetraba a través de las enrejadas ventanas, y le mostraba las flacas figuras de los tejedores, inclinados sobre sus bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, se agachaban en los enormes traveses. Cuando las lanzaderas corrían entre la urdimbre, levantaban las pesadas tablillas, y cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer las tablillas y juntaban los hilos. Las caras estaban contraídas por el hambre, y las manos temblaban y se estremecían. Unas mujeres demacradas se hallaban sentadas alrededor de una mesa, tejiendo. Horrible olor llenaba el lugar. El aire estaba pestilente y pesado, y los muros chorreaban humedad.

El joven rey se acercó a uno de los tejedores, se detuvo junto a él y lo contempló.

El tejedor lo miró con ira y dijo:

—¿Por qué me miras? ¿Eres un espía, puesto aquí por el amo?

—¿Quién es tu amo? —preguntó el joven rey.

—¡Nuestro amo! —exclamó el tejedor, con amargura—. Es un hombre como nosotros. Pero, en realidad, hay mucha diferencia entre nosotros: él lleva buena ropa, mientras yo llevo harapos, y mientras yo padezco de hambre, él padece por exceso de alimentación.

—El país es libre —dice el rey—y tú no eres esclavo de nadie.

—En la guerra —dijo el tejedor— los fuertes hacen esclavos a los débiles, y en la paz, los ricos hacen esclavos a los pobres. Tenemos que trabajar para vivir, y nos dan salario tan escaso que nos morimos. Trabajamos para ellos todo el día, y ellos amontonan oro en sus cofres, mientras nuestros hijos se marchitan antes de tiempo, y las caras de los que amamos se vuelven duras y malas. Nosotros pisamos las uvas, y otros se beben el vino. Sembramos el trigo, y nuestra mesa está vacía. Estamos en cadenas, aunque nadie las ve; y somos esclavos, aunque los hombres nos llamen libres.

—¿Y ocurre así con todos? —preguntó el rey.

—Así ocurre con todos —contestó el tejedor—, con los jóvenes y con los viejos, con las mujeres y con los hombres, con los niños pequeños y con los viejos que se inclinan al peso de la edad. Los mercaderes nos oprimen y tenemos que hacer su voluntad. El sacerdote cruza junto a nosotros repasando las cuentas del rosario, y nadie se ocupa de nosotros. A través de nuestras callejuelas sin sol se arrastra la Pobreza con sus ojos hambrientos, y el Pecado con su cara podrida la sigue de cerca. La Desgracia nos despierta en la mañana y la Vergüenza nos acompaña en la noche. Pero ¿esto qué te importa a ti? Tú no eres de los nuestros. Tienes cara demasiado feliz.

Y le volvió la espalda gruñendo y echó su lanzadera a través de la urdimbre, y el joven rey vio que llevaba hilos de oro.

Y grave terror se apoderó de él, y dijo al tejedor:

—¿Qué vestidura es la que tejes?

—Es la vestidura para la coronación del joven rey —respondió el obrero—. ¿A ti, qué más te da?

Y el joven rey lanzó un gran grito, y despertó; y he aquí que se hallaba en su propia habitación, y a través de la ventana vio la gran luna color de miel suspendida en el aire oscuro.

* * *

Y se durmió de nuevo, y soñó, y éste fue su sueño.

Creyó encontrarse sobre la cubierta de una enorme galera en la que remaban cien esclavos. Sobre una alfombra, junto a él, se hallaba sentado el jefe de la galera. Era negro como el ébano, y su turbante era de seda carmesí. Grandes aros de plata pendían de los espesos lóbulos de sus orejas, y en sus manos tenía una balanza de marfil.

Los esclavos estaban desnudos, salvo el paño de la cintura, y cada hombre estaba atado con cadenas a su vecino. El sol tórrido caía a plomo sobre ellos, y los negros corrían sobre el puente y los azotaban con látigos de cuero. Los esclavos movían los brazos y empujaban los remos a través del agua. Al golpe del remo saltaba la espuma salobre.

Al fin llegaron a una pequeña bahía, y comenzaron a sondear. Ligero viento soplaba de la tierra y cubría de fino polvo rojo el maderamen y la gran vela latina. Tres árabes montados sobre asnos salvajes aparecieron sobre la playa y arrojaron lanzas sobre ellos. El jefe de la galera tomó en sus manos un arco pintado e hirió en la garganta a uno de los árabes, que cayó pesadamente sobre la arena, mientras sus compañeros huyeron galopando. Una mujer envuelta en un velo amarillo les seguía despacio sobre un camello y de cuando en cuando volvía la cabeza hacia el muerto.

Cuando hubieron echado el ancla y bajado la vela, los negros descendieron a la cala del buque y sacaron una larga escala de cuerdas con lastre de plomo. El jefe de la galera echó al agua la escala, después de haber enganchado el extremo en dos puntales de hierro. Entonces los negros asieron al más joven de los esclavos, le quitaron sus grillos, le llenaron de cera las narices y las orejas y le ataron una gran piedra a la cintura. Con aire cansado descendió por la escala y desapareció en el mar. Unas cuantas burbujas se levantaron del lugar donde se hundió. Algunos de los otros esclavos miraron con curiosidad hacia el mar. En la proa de la galera estaba sentado un encantador de tiburones, tocando monótonamente un tambor para alejarlos.

Momentos después, el buzo surgió del agua y jadeando asió la escala. Traía la perla en la mano derecha. Los negros se la quitaron y volvieron a echarlo al agua. Los esclavos se quedaron dormidos sobre sus remos.

Una vez y otra vez bajó y subió el joven esclavo, y cada vez trajo en la mano una hermosa perla. El jefe de la galera las pesaba y las ponía en un saquito de cuero verde.

El joven rey quería hablar; pero su lengua parecía pegada al paladar, y sus labios se negaban a moverse. Los negros parloteaban entre sí y comenzaron a pelearse por una sarta de cuentas brillantes. Dos grullas volaban en torno al barco.

El buzo subió por última vez y la perla que trajo era más hermosa que todas las perlas de Ormuz, porque tenía forma de luna llena y era más blanca que la estrella de la mañana. Pero la cara del buzo tenía extraña palidez, y se le vio caer sobre la cubierta del buque: le brotaba sangre de la nariz y de las orejas. Se agitó durante breves momentos, y luego dejó de moverse. Los negros se encogieron de hombros, y echaron al agua el cadáver.

Y el jefe de la galera lanzó una carcajada, y extendiendo la mano tomó la perla, y cuando la hubo contemplado, la apretó contra su frente y se inclinó como saludando.

—Será —dijo— para el cetro del joven rey.

E hizo seña a los negros para que levaran el ancla.

Y cuando el joven rey oyó esto, dio un gran grito y despertó, y a través de la ventana vio los largos dedos de la aurora atrapando las estrellas que se apagaban.

* * *

Y se quedó de nuevo dormido, y soñó, y éste fue su sueño.

Creyó que vagaba por un bosque oscuro, lleno de frutos extraños y de lindas flores venenosas. Los áspides silbaban a su paso, y los loros relucientes volaban, gritando de rama en rama. Enormes tortugas yacían dormidas sobre el barro caliente. Los árboles estaban llenos de monos y de pavos reales.

Caminó largo tiempo hasta llegar a la salida del bosque, y allí vio una inmensa multitud de hombres que trabajaban en el lecho de un río seco ya. Llenaban la tierra como hormigas. Abrían hoyos profundos en el suelo y descendían a ellos. Unos rompían las rocas con grandes hachas; otros escarbaban en la arena. Arrancaban de raíz los cactos y pisoteaban las flores de color escarlata. Se movían a prisa, daban voces y ninguno estaba ocioso.

Desde la oscuridad de una caverna la Muerte y la Avaricia los observaban, y la Muerte dijo:

—Estoy cansada, dame una tercera parte de ellos, y déjame ir.

Pero la Avaricia movió la cabeza negativamente:

—Son mis siervos —dijo.

Y la Muerte le preguntó:

—¿Qué tienes en la mano?

—Tengo tres granos de trigo —contestó la Avaricia; ¿qué te importa?

—Dame uno de ellos —dijo la Muerte— para plantarlo en mi huerto; uno solo de ellos, y me iré.

—No te doy nada —dijo la Avaricia, y escondió la mano en los pliegues de su vestidura.

Y la Muerte lanzó una carcajada, y tomó en sus manos una taza y la introdujo en un charco de agua, y de la taza se levantó la Fiebre Palúdica. Con ella atravesó por entre la multitud, y la tercera parte de ellos quedaron muertos. Fría niebla la seguía, y las serpientes de agua corrían a su lado.

Y cuando la Avaricia vio que morían tantos hombres, se dio golpes de pecho y lloró. Golpeó su pecho estéril y dio voces.

—Has matado la tercera parte de mis siervos —gritó—. ¡Vete! Hay guerra en los montes de Tartaria, y los reyes de cada fracción te llaman. Los afganos han matado el toro negro y marchan al combate. Pegan en sus escudos con sus lanzas, y se han puesto los yelmos de hierro. ¿Qué tiene mi valle que en él te detienes tanto tiempo? Vete y no vuelvas más.

—No —respondió la Muerte—, no me iré mientras no me des el grano de trigo.

Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes:

—No te doy nada —murmuró.

Y la Muerte lanzó una carcajada, y tomó en sus manos una piedra y la lanzó al bosque, y de la maleza de cicutas silvestres salió la Fiebre en traje de llamas. Atravesó la multitud y tocó a los hombres, y murió cada hombre a quien ella tocó. La hierba se secaba bajo sus pies.

Y la Avaricia tembló y se echó ceniza sobre la cabeza.

—Eres cruel —gritó—, eres cruel. Hay hambre en las amuralladas ciudades de la India, y las cisternas de Samarcanda se han secado. Hay hambre en las amuralladas ciudades de Egipto, y las langostas vienen del desierto. El Nilo no ha rebasado sus orillas, y los sacerdotes maldicen a Isis y a Osiris. Vete adonde te necesitan, y déjame mis siervos.

—No —respondió la Muerte—; mientras no me hayas dado un grano de trigo, no me iré.

—No te doy nada —dijo la Avaricia.

Y la Muerte lanzó otra carcajada y silbó por entre los dedos, y por el aire vino volando una mujer. El nombre de Peste estaba escrito sobre su frente, y una multitud de buitres flacos volaba en torno suyo. Cubrió el valle con sus alas, y ningún hombre quedó vivo.

Y la Avaricia huyó gritando a través del bosque y la Muerte subió sobre su caballo rojo y partió al galope, y su galope era más rápido que el viento.

Y del limo, en el fondo del valle brotaron dragones y seres horribles con escamas, y los chacales llegaron trotando por entre la arena, olfateando el aire.

Y el joven rey lloró, y preguntó:

—¿Quiénes eran estos hombres, y qué buscaban?

—Rubíes para una corona de rey —le respondió una voz.

Sobresaltado el rey, se volvió y vio a un hombre en hábito de peregrino, con un espejo de plata en la mano.

Y el rey palideció, y preguntó:

—¿Para qué rey?

Y el peregrino contestó:

—Mira en este espejo y lo verás.

Y miró en el espejo y, al ver su propia cara, lanzó un gran grito y despertó y la vívida luz del sol entraba a torrentes en la habitación, y en los árboles del jardín cantaban los pájaros.

* * *

Y el chambelán y los altos funcionarios del Estado entraron y le hicieron homenaje; y los pajes le trajeron la vestidura de oro entretejido, y pusieron delante de él la corona y el cetro.

Y el joven rey los miró, y eran de gran belleza. Más bellos que cuanto había visto hasta entonces. Pero recordó sus sueños y dijo a sus caballeros:

—Llévense estas cosas, que no voy a usarlas.

Y los cortesanos se asombraron y hubo quienes se rieron, porque creían que se trataba de una broma.

Pero les habló de nuevo con severidad y dijo:

—Llévense estas cosas y escóndanlas lejos de mí. Aunque sea el día de mi coronación, no las usaré. Porque en los telares de la Desgracia y con las blancas manos del Dolor se ha tejido la vestidura. Hay Sangre en el corazón del rubí y hay Muerte en el corazón de la perla.

Y les contó sus tres sueños.

Y cuando los cortesanos los oyeron, se miraron entre sí y murmuraron:

—Ciertamente está loco. ¿Pues no son sueños los sueños y visiones las visiones? No son cosas reales para que hagamos caso de ellas. ¿Y qué tenemos que ver con las vidas de los que trabajan para nosotros? ¿No ha de comer pan el hombre mientras no haya visto al sembrador de trigo, ni ha de beber vino mientras no haya hablado con el viñatero?

Y el chambelán habló al joven rey, y le dijo:

—Señor, le ruego que aleje de usted esos pensamientos negros. Vístase con la hermosa vestidura y ponga la corona sobre su cabeza. Porque ¿cómo sabrá el pueblo que es rey, si no lleva vestidura de rey?

Y el joven rey lo miró y preguntó:

—¿Es así, en verdad? ¿No sabrán que soy rey si no llevo vestidura de rey?

—No lo conocerán, señor —dijo el chambelán.

—Creí que había hombres que tenían aire de reyes —respondió—; pero puede que sea verdad lo que dices. Y, sin embargo, no me pondré esa vestidura, ni me coronaré con esa corona, sino que saldré del palacio como entré en él.

Y pidió a todos que se fueran, excepto a un paje a quien retuvo como compañero, adolescente más joven que él en un año, lo retuvo para su servicio, y, cuando se hubo bañado en agua clara, abrió un gran arcón pintado y de él sacó la túnica de cuero y el tosco manto de piel de oveja que usaba cuando desde las colinas vigilaba las hirsutas cabras del cabrero. Se puso la túnica y el manto rústico y tomó en sus manos el rudo cayado del pastor.

Y el pajecito abrió con asombro sus grandes ojos azules y le dijo sonriendo:

—Señor, veo su túnica y su cetro, pero ¿dónde está su corona?

Y el joven rey arrancó una rama de espino que trepaba por el balcón y la dobló e hizo con ella un cerco y se lo puso sobre la cabeza.

—Ésta será mi corona —respondió.

Y así ataviado salió de su cámara al Gran Salón, donde los nobles lo esperaban.

Y los nobles se burlaban, y hubo quienes gritaran:

—Señor: el pueblo espera a su rey y usted le muestra un mendigo.

Y otros se indignaban y decían:

—Pone en vergüenza al Estado y es indigno de ser nuestro señor.

Pero él no respondió palabra, sino que siguió adelante. Descendió por la luciente escalera de mármol rojo, y salió por las puertas de bronce. Montó sobre su caballo y fue hacia la catedral, mientras el pajecito corría tras él.

Y la gente se reía y decía:

—Es el bufón del rey el que pasa a caballo.

Y se burlaban de él.

Y el rey detuvo al caballo y dijo:

—No; soy el rey.

Y les contó sus tres sueños.

Y un hombre salió de entre la multitud y le habló con amargura, y le dijo:

—Señor, ¿no sabe que del lujo de los ricos se sustenta la vida del pobre? Su vanidad nos nutre y sus vicios nos dan pan. Trabajar para el amo duro es amargo; pero es más amargo aún no tener amo para quien trabajar. ¿Cree usted que los cuervos nos han de alimentar? ¿Y qué remedio propone para estas cosas? ¿Dirá al comprador: "Comprarás tanto", y al vendedor: "Venderás a tal precio"? De seguro que no. Vuelva, pues, a su palacio, y vista la púrpura y el lino. ¿Qué tiene que ver con nosotros, ni con lo que sufrimos?

—¿No son hermanos el rico y el pobre? —preguntó el rey.

—Sí —respondió el hombre— y el hermano rico se llama Caín.

Y al joven rey se le llenaron los ojos de lágrimas, y siguió avanzando a caballo por entre los murmullos de la gente, y el pajecito se asustó y lo abandonó.

* * *

Y cuando llegó al pórtico de la catedral, los soldados le opusieron sus alabardas y le dijeron:

—¿Qué buscas aquí? Nadie ha de entrar por esta puerta sino el rey.

Y la cara se le enrojeció de ira, y les dijo:

—Soy el rey.

Y apartando las alabardas, pasó por entre ellos y entró al templo.

Y cuando el anciano obispo lo vio entrar vestido de cabrero, se levantó con asombro de su trono, y avanzó a recibirlo y le dijo:

—Hijo mío, ¿es éste el traje de un rey? ¿Y con qué corona he de coronarte, y qué cetro colocaré en tus manos? Ciertamente, para ti éste debiera ser día de gozo y no de humillación.

—¿Debe la Alegría vestirse con lo que fabricó el Dolor? —dijo el joven rey. Y contó al obispo sus tres sueños.

Y cuando el obispo los oyó, frunció el ceño y dijo:

—Hijo mío, soy un anciano y estoy en el invierno de mis días y sé que se hacen muchas cosas malas en el ancho mundo. Los bandidos feroces bajan de las montañas y se llevan a los niños y los venden a los moros. Los leones acechan a las caravanas y saltan sobre los camellos. Los jabalíes salvajes arrancan de raíz el trigo de los valles, y las zorras roen las vides de la colina. Los piratas asuelan las costas del mar y queman los barcos de los pescadores y les quitan sus redes. En los pantanos salinos viven los leprosos; tienen casas de juncos y nadie puede acercárseles. Los mendigos vagan por las ciudades y comen su comida con los perros. ¿Puedes impedir que estas cosas sean? ¿Harás del leproso tu compañero de lecho y sentarás al mendigo a tu mesa? ¿Hará el león lo que le mandes y te obedecerá el jabalí? ¿No es más sabio que tú aquel que creó la desgracia? Rey, no aplaudo lo que has hecho, sino que te pido que vuelvas al palacio y te pongas las vestiduras que sientan a un rey, y con la corona de oro te coronaré y el cetro de perlas colocaré en tus manos. Y en cuanto a los sueños, no pienses más en ellos. La carga de este mundo es demasiado grande para que la soporte un solo hombre y el dolor del mundo es demasiado para que lo sufra un solo corazón.

—¿Eso dices en esta casa? —interrogó el joven rey; y dejó atrás al obispo, subió los escalones del altar, y se detuvo ante la imagen de Cristo.

A su mano derecha y a su izquierda se hallaban los vasos maravillosos de oro, el cáliz con el vino amarillo y con el óleo santo. Se arrodilló ante la imagen de Cristo y las velas ardían esplendorosamente junto al santuario enjoyado y el humo del incienso se rizaba en círculos azules al ascender a la cúpula. Inclinó la cabeza en oración y los sacerdotes de vestiduras rígidas huyeron del altar.

Y de pronto se oyó el tumulto desatado que reinaba en la calle y los nobles entraron al templo espada en mano y agitando sus plumeros y embrazando sus escudos de pulido acero.

—¿Dónde está el soñador de locuras? —exclamaban—. ¿Dónde está el rey vestido de mendigo, el que trae la vergüenza sobre el Estado? En verdad que hemos de matarlo, porque es indigno de regirnos.

Y el joven rey inclinó de nuevo la cabeza y oró, y he aquí que, a través de las vidrieras de colores, bajaba sobre él a torrentes la luz del día, y los rayos del sol tejieron en torno suyo una vestidura más hermosa que aquella que fue tejida para darle placer. El cayado seco floreció y se llenó de lirios más blancos que las perlas. La seca rama de espino floreció, y dio rosas más rojas que los rubíes. Más blancos que perlas finas eran los lirios, y sus pecíolos eran de plata luciente. Más rojas que rubíes espinelas eran las rosas, y sus hojas eran de oro batido.

Se quedó inmóvil en su traje de rey, y las puertas del enjoyado santuario se abrieron, y del cristal de la custodia radiante brotó maravillosa y mística luz. Se quedó inmóvil en su traje de rey, y la Gloria del Señor llenó el lugar, y los santos en sus nichos labrados parecían moverse. Con el hermoso traje regio quedó inmóvil ante ellos, y el órgano lanzó su música, y los trompeteros soplaron en sus trompetas, y los niños cantores alzaron sus voces.

Y el pueblo cayó de rodillas con espanto, y los nobles envainaron sus espadas y le rindieron homenaje, y el obispo palideció y le temblaron las manos:

—Te ha coronado uno más grande que yo —dijo, y se arrodilló ante él.

Y el joven rey bajó el altar mayor, y volvió al palacio, atravesando la multitud. Pero ninguno se atrevió a mirarlo a la cara, porque era semejante a la de los ángeles.

El Cumpleaños de la Infanta

Era aquel día el cumpleaños de la infanta. Cumplía los doce años, y el sol brillaba con esplendor en los jardines del palacio.

Aunque realmente era princesa y era la infanta de España, sólo tenía un cumpleaños cada año, exactamente como los hijos de la gente muy pobre; así, era cosa de grande importancia para todo el país que la infanta tuviera un gran día en tales ocasiones. Y aquel día era magnífico en verdad.Los altos y rayados tulipanes se erguían sobre los tallos, como en largo desfile militar, y miraban, retadores, a las rosas, diciéndoles: «Somos tan espléndidos como vosotras.» Las mariposas purpúreas revoloteaban, llenas de polvo de oro las alas, visitando a las flores una por una; los lagartos salían de entre las grietas del muro y se calentaban al sol; las granadas se cuarteaban y entreabrían con el calor, y se veía sangrante su corazón rojo. Hasta los pálidos lines amarillos, que colgaban en profusión de las carcomidas espalderas, y a lo largo de las arcadas oscuras, parecían haber robado mayor viveza de color a la maravillosa luz solar, y las magnolias abrían sus grandes flores, semejantes a globos de marfil, y llenaban el aire de dulce aroma enervante.

La princesita paseaba en la terraza con sus compañeros y jugaba al escondite entre los jarrones de piedra y las viejas estatuas cubiertas de musgo. En los días ordinarios sólo se le permitía jugar con niños de su propia alcurnia, de manera que tenía que jugar sola; pero su cumpleaños formaba excepción, y el rey había ordenado que invitara a sus amistades preferidas para que jugaran con ella. Tenían los esbeltos niños españoles gracia majestuosa de movimientos, los muchachos con sus sombreros de gran pluma y sus capas cortas flotantes; las niñas recogiéndose la cola de los largos trajes de brocado y protegiéndose los ojos contra el sol con enormes abanicos negros y argentados. Pero la infanta era la más graciosa de todas, la que iba vestida con mayor gusto, dentro de la moda algo incómoda de aquel tiempo. Su traje era de raso gris, la falda y las anchas mangas de bullones estaban bordadas con plata, el rígido corpiño adornado con hileras de perlas finas. Al andar, debajo del traje surgían dos diminutos zapatitos con rosetas color de rosa. Rosa y perla era su gran abanico de gasa, y en el cabello, que formaba una aureola de oro viejo en torno a su carita pálida, llevaba una linda rosa blanca.

Desde una ventana del palacio los contemplaba el melancólico rey. Detrás de él se hallaba en pie su hermano, don Pedro de Aragón, a quien odiaba; su confesor, el gran inquisidor de Granada, se hallaba sentado junto a él. Más triste que de costumbre estaba el rey, porque al ver a la infanta saludando con infantil gravedad a los cortesanos reunidos, o riéndose tras el abanico de la ceñuda duquesa de Alburquerque, que la acompañaba siempre, pensaba en la joven reina, su madre, que poco tiempo antes —así le parecía aún—había llegado del alegre país de Francia, y se había marchitado entre el sombrío esplendor de la corte española, muriendo seis meses después del nacimiento de su hija, antes de haber visto florecer dos veces los almendros en el huerto, o de haber arrancado por segunda vez los frutos de la vieja higuera nudosa que había en el centro del patio, cubierto ahora de hierba. Tan grande había sido el amor que tuvo el rey a su esposa, que no permitió que la tumba los separara. La reina fue embalsamada por un médico moro, a quien por tal servicio le había sido perdonada la vida, condenada ya por el Santo Oficio, en juicio por herejía y sospecha de prácticas mágicas; y el cuerpo yacía aún dentro del féretro, forrado de tapices, en la capilla de mármol negro del palacio, tal como lo habían depositado allí los monjes aquel ventoso día de marzo, doce años atrás. Una vez al mes, el rey, envuelto en una capa oscura y llevando en la mano una linterna sorda, entraba allí y se arrodillaba junto a ella exclamando: «¡Mi reina! ¡Mi reina!»

A veces, faltando a la etiqueta formalista que gobierna en España cada acto de la vida, y que pone límites hasta a la pena de un rey, asía las pálidas manos enjoyadas, en loco paroxismo de dolor, y trataba de reanimar con sus besos la fría cara pintada.

Hoy creía verla de nuevo, como la vió por primera vez en el castillo de Fontainebleau, cuando tenía él apenas quince años de edad, y ella menos aún. En aquella ocasión contrajeron esponsales, que bendijo el nuncio del Papa en presencia del rey de Francia y de toda la corte, y él regresó a El Escorial, llevando consigo un mechón de cabellos rubios y el recuerdo de los labios infantiles que se inclinaban para besarle la mano cuando subió a su carruaje. Más adelante, se efectuó el matrimonio en Burgos, y la gran entrada pública en Madrid con la acostumbrada misa solemne en la iglesia de la Virgen de Atocha, y un auto de fe más importante que de costumbre, en el cual se relajaron al brazo secular para ser quemados cerca de trescientos herejes, entre ellos muchos ingleses.

En verdad, el rey amó a la reina con locura, lo cual no dejó de contribuir, según pensaban muchos, a la ruina de su país, a quien Inglaterra disputaba entonces sus posesiones del Nuevo Mundo. Apenas la dejaba apartarse de su lado, porque había olvidado, o parecía olvidar, todos los graves asuntos del Estado; y con la terrible locura que la pasión da a sus víctimas, no advirtió que las complicadas ceremonias con que trataba de divertirla no hacían sino agravar la enfermedad extraña que sufría. Cuando murió la reina, el rey quedó como privado de razón durante algún tiempo. No cabe duda de que hubiera abdicado formalmente y se hubiera retirado al gran monasterio trapense de Granada, del cual era ya prior titular, si no hubiera temido dejar a la infantita entregada a la merced de su hermano, cuya crueldad aun en España era notoria, y de quien muchos sospechaban que había causado la muerte de la reina con un par de guantes envenenados que le regalara en su castillo de Aragón al visitarlo ella. Aun después de expirar los tres años de luto que había ordenado por edicto real para todos sus dominios, nunca permitió a sus ministros que le hablaran de nuevos matrimonios, y cuando el emperador le hizo ofrecer la mano de su sobrina, la encantadora archiduquesa de Bohemia, rogó a los embajadores dijeran a su señor que él, rey de España, estaba desposado con la Tristeza, y que aunque ella fuese una esposa estéril, la amaba más que a la Belleza; respuesta que costó a su corona las ricas provincias de los Países Bajos, que bien pronto, a instigación del emperador, se rebelaron contra él bajo la dirección de fanáticos de la Reforma.

Toda su vida matrimonial, con sus alegrías ardientes y el dolor terrible de su fin súbito, parecía revivir ante él ahora, al ver a la infanta jugar en la terraza. Tenía toda la graciosa petulancia de la reina, la misma manera voluntariosa de mover la cabeza, la misma orgullosa boca de lindas curvas, la misma sonrisa maravillosa, vrai sourire de France, al mirar de tarde en tarde hacia la ventana, o al extender su manecita para que la besaran los majestuosos caballeros españoles. Pero la aguda risa de los niños molestaba los oídos del rey, y la viva, implacable luz del sol se burlaba de su tristeza, y un olor tenue de aromas extraños, aromas como los que emplean los embalsamadores, parecía difundirse —¿o era sólo imaginación?— en el aire claro de la mañana. Escondió la cara entre las manos, y cuando la infanta miré de nuevo hacia arriba, se habían cerrado las cortinas y el rey se habla retirado.

Hizo la niña una moue de contrariedad y se encogió de hombros. Bien podía haberse quedado el rey a verla jugar en su día de natales. ¿Qué importaban los ridículos asuntos del Estado? ¿O se había ido a meter en la capilla tenebrosa, donde siempre ardían velas y a donde nunca le permitían a ella entrar? ¡Qué tontería, cuando el sol brillaba con tanta viveza y todo el mundo estaba tan contento! Además, iba a perder el simulacro de corrida de toros, para el cual sonaba ya la trompeta, sin contar la comedia de títeres y las otras cosas maravillosas. Su tío y el gran inquisidor eran mucho más sensatos. Habían salido a la terraza y le hacían finos cumplimientos. Sacudió, pues, la cabecita, y tomando la mano de don Pedro descendió lentamente las escaleras y se dirigió hacia el amplio pabellón de seda púrpura erigido en uno de los extremos del jardín. Los otros niños la siguieron, marchando en orden estricto de precedencia: los que tenían los nombres más largos iban delante.

Salió a recibirla una procesión de niños nobles, fantásticamente vestidos de toreros, y el joven conde de Tierra Nueva, hermosísimo adolescente de unos catorce años de edad, descubriéndose la cabeza con toda la gracia que dan el nacimiento hidalgo y la grandeza de España, la acompañó solemnemente hasta una silla pequeña de oro y marfil, colocada sobre el estrado que dominaba el redondel. Los niños se agruparon en torno, agitando las niñas sus abanicos y cuchicheando entre sí, mientras don Pedro y el gran inquisidor, en la entrada, observaban y reían. Hasta la duquesa —la camarera mayor se le llamaba—, mujer delgada, de facciones duras, con gorguera amarilla, no parecía de tan mal humor como otras veces, y algo semejante a una fría sonrisa vagaba en su cara arrugada y crispaba sus labios, delgados y exangües.

Era aquella una corrida de toros maravillosa, y muy superior —pensaba la infanta— a la corrida verdadera a que la llevaron en Sevilla cuando la visita del duque de Parma a su padre. Algunos de los muchachos caracoleaban sobre caballos de palo ricamente enjaezados, blandiendo largas picas con alegres gallardetes de cintas de colores vivos; otros iban a pie, agitando sus capas escarlatas ante el toro y saltando la barrera cuando les embestía. Y el toro parecía un animal vivo, aunque estaba hecho de mimbres y cubierto con una piel disecada; a veces corría por el redondel sobre sus patas traseras, cosa que ningún otro toro haría. Se defendió espléndidamente, y los niños se excitaron tanto, que se subieron sobre los bancos, y, agitando sus pañuelos de encaje, gritaban: «¡Bravo toro! ¡Bravo toro!», con igual sensatez que la que suelen mostrar las personas mayores. Por fin, después de prolongada lidia, durante la cual algunos de los caballos de palo fueron despanzurrados y derribados sus jinetes, el joven conde de Tierra Nueva hizo caer el toro a sus pies, y, habiendo obtenido permiso de la infanta para darle el coup de grace, hundió su espada de madera en el cuello del animal con tanta violencia, que le arrancó la cabeza y dejó al descubierto la cara sonriente del pequeño monsieur de Lorraina, hijo del embajador de Francia en Madrid.

Se despejó entonces el redondel entre grandes aplausos, y dos pajes moriscos, de librea negra y amarilla, con gran solemnidad, se llevaron arrastrando los caballos muertos, y después de breve interludio, durante el cual un acróbata francés bailó en la cuerda tensa, se representó, con títeres italianos, la tragedia semiclásica de Sofonisba, en el pequeño escenario construído al efecto. Trabajaban tan bien los títeres, y sus movimientos eran tan naturales, que al final del drama los ojos de la infanta estaban turbios de lágrimas. En realidad, algunos niños llegaron a llorar, y hubo que consolarlos con dulces, y el gran inquisidor se afectó tanto, que no pudo menos que decir a don Pedro que le parecía intolerable que munecos hechos de madera y de cera coloreada y movidos mecánicamente por alambres, fueran tan desgraciados y sufrieran tan terribles infortunios.

Apareció después un prestidigitador africano, que trajo un gran cesto cubierto con un paño rojo y, colocándolo en el centro del redondel, sacó de su turbante una curiosa flauta de caña y sopló en ella. A poco el paño rojo comenzó a moverse y a medida que la flauta fue emitiendo sonidos más y más agudos, dos serpientes, verdes y doradas, fueron sacando sus cabezas de forma extraña y se irguieron poco a poco, balanceándose a un lado y a otro con la música, como se balancea una planta en las aguas. Los niños, sin embargo, se asustaron al ver las manchadas capuchas y las lenguas como flechas y les agradó mucho más ver que el prestidigitador hacía nacer de la arena un diminuto naranjo, que producía preciosos azahares blancos y racimos de verdaderos frutos, y cuando tomó en sus manos el abanico de la hija del marqués de las Torres y lo convirtió en un pájaro azul, que voló alrededor del pabellón y cantó, su deleite no tuvo límites.

El solemne minué, danzado por los niños bailarines de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, fue encantador. La infanta nunca habla visto esta ceremonia, que se verifica anualmente durante el mes de mayo, ante el altar mayor de la Virgen y en honor suyo, y en realidad ningún miembro de la real familia de España había entrado a la catedral de Zaragoza desde que un cura loco, que muchos suponían pagado por Isabel de Inglaterra, había tratado de hacer tragar una hostia envenenada al príncipe de Asturias. Así, la infanta sólo de oídas conocía la Danza de Nuestra Señora, según se le llamaba, y era ciertamente digna de verse. Los niños llevaban trajes de corte arcaicos; sus sombreros de tres picos estaban ribeteados de plata y coronados por enormes penachos de plumas de avestruz, y la deslumbrante blancura de sus trajes, al moverse en el sol, se acentuaba por el contraste con sus caras morenas y sus largos cabellos negros. Todo el mundo quedó fascinado por la grave dignidad con que se movían en las intrincadas figuras de la danza y por la gracia estudiada de sus lentos ademanes y de sus majestuosos saludos, y cuando terminaron e hicieron reverencia con sus grandes sombreros a la infanta, ella respondió al homenaje con gran cortesía e hizo voto de enviar una gran vela de cera al santuario de la Virgen del Pilar, en pago del placer que le habían producido.

Una compañía de hermosos egipcios —como se llamaba entonces a los gitanos— avanzó al redondel, y sentándose en el suelo, con las piernas cruzadas, en círculo, comenzaron a tocar suavemente sus cítaras, moviendo el cuerpo al son de la música y tarareando en leve murmullo un aire de ensueño, todo en notas graves. Cuando vieron a don Pedro le gruñeron y algunos se mostraron aterrorizados, porque apenas hacía dos semanas que había hecho ahorcar por brujos a dos de la tribu en la plaza del mercado de Sevilla; pero la linda infanta los encantó, viéndola echarse hacia atrás y mirar con sus grandes ojos azules por encima del abanico, y se sentían seguros de que personilla tan encantadora no podía ser cruel para nadie. Tocaron, pues, muy dulcemente, hiriendo apenas las cuerdas de las cítaras con sus largas uñas puntiagudas e inclinando las cabezas como si tuvieran sueño. De pronto, con un grito tan agudo que todos los niños se asustaron y don Pedro se llevó la mano al pomo de su daga, se pusieron en pie y giraron locamente por el redondel, tocando sus tamboriles y cantando una delirante canción de amor en su extraño lenguaje gutural. Luego, a una nueva señal, se echaron todos al suelo y se quedaron allí tranquilos: el opaco rasgueo de las cítaras era el único sonido que rompía el silencio.

Después de repetir el acto varias veces, desaparecieron por un momento, y volvieron, trayendo un oso pardo y peludo atado con cadena y cargando sobre las espaldas unos pequeños monos de Berbería. El oso se ponía de cabeza con la mayor gravedad; y los monos, amaestrados, hicieron toda clase de juegos divertidos con dos niños gitanos que parecían ser sus maestros, y luchaban con espadas diminutas y disparaban fusiles y ejecutaban ejercicios militares como si fueran soldados de la guardia del rey. Los gitanos alcanzaron gran éxito.

Pero la parte más divertida de toda la fiesta matinal fue, indudablemente, el baile del enanito. Cuando entró al redondel, tropezando, tambaleándose sobre sus piernas torcidas y sacudiendo la enorme y deforme cabeza a uno y otro lado, los niños lanzaron gritos de placer, y la infanta rió de tal modo, que la camarera mayor hubo de recordarle que, aunque había precedentes en España de que una hija de reyes hubiera llorado delante de sus iguales, no los había de que una princesa de sangre real se divirtiera tanto delante de personas de nacimiento inferior al suyo. El enano, sin embargo, era irresistible, y aun en la corte de España, famosa siempre por su culta afición a lo horrible, nunca se había visto monstruecillo tan fantástico. Y era la primera aparición que hacía. Le habían descubierto apenas el día anterior, corriendo en salvaje libertad, dos nobles que estaban cazando en un lugar remoto del gran bosque de alcornoques que rodeaba la ciudad, y lo habían llevado al palacio como sorpresa para la infanta: su padre, campesino pobre, que vivía de hacer carbón vegetal, se había alegrado de verse libre de hijo tan feo y tan inútil.

Quizá lo más divertido en él era su incompleta inconsciencia: no se daba cuenta de su aire grotesco. En realidad, parecía feliz y estaba lleno de vivacidad. Cuando los niños se reían, él se reía tan alegre y tan libremente como cualquiera de ellos, y al acabar cada baile les hacía la más ridícula de las reverencias, sonriéndoles y saludándolos como si fuera uno de ellos, en vez de ser una cosa deforme que la naturaleza en momento de humorismo había modelado para diversión de los demás.

La infanta lo fascinó. No podía quitarle los ojos de encima, y parecía bailar para ella sola. Cuando, al terminar la fiesta, recordando ella haber visto que las grandes damas de la corte arrojaban ramilletes a Caffarelli, el famoso sopranista italiano de la Capilla Sixtina, a quien el Papa había enviado a Madrid para ver si lograba curar con la dulzura de su voz la melancolía del rey, se quitó del cabello la linda rosa blanca, y, en parte por burla y en parte por mortificar a la camarera, se la arrojó a través del redondel con la más dulce de las sonrisas; el Enano tomó en serio la cosa, y apretando la flor contra sus toscos labios, se puso la mano en el corazón y se arrodilló ante la infanta, enseñando los dientes de oreja a oreja y brillantes de placer los ojos.

La infanta se vió atacada por tal hilaridad que siguió riéndose hasta después que el Enanito había salido del redondel, y expresó a su tío el deseo de que se repitiera inmediatamente aquel baile. Pero la camarera, so pretexto de que el sol daba demasiado calor, decidió que sería lo mejor para su alteza volver sin tardanza al palacio, donde se le había preparado un magnífico festín, que incluía un gran pastel de cumpleaños con sus iniciales labradas en azúcar pintado y una preciosa bandera de plata flotando en lo más alto. La infanta, pues, se levantó con gran dignidad, y habiendo dado la orden de que el Enanito bailara ante ella otra vez después de la siesta, y las gracias al adolescente conde de Tierra Nueva por su cortesía, se dirigió a sus habitaciones, siguiéndola los niños en el mismo orden en que habían venido.

Cuando el Enanito oyó decir que tendría que bailar de nuevo ante la infanta, y por mandato expreso suyo, se puso tan orgulloso que corrió al jardín besando la rosa blanca en grotesco éxtasis de placer y haciendo los más torpes y absurdos gestos de satisfacción.

Las flores se indignaron al verlo invadir su bella morada, y cuando lo vieron hacer cabriolas por las avenidas del jardín, levantando los brazos sobre la cabeza de una manera ridícula, no pudieron contenerse.

—Es demasiado feo para que se te permita jugar donde estamos nosotros —gritaron los tulipanes.

—Debería beber jugo de adormideras, y dormirse durante mil años —dijeron los grandes lirios escarlatas, y se encendieron de ira.

—¡Es un verdadero horror! —chilló el cacto—. Es torcido y rechoncho, y su cabeza no guarda proporción con sus piernas. Me crispo todo al verlo; si se atreve a pasar junto a mí, lo pincho con mis espinas.

—¡Y tiene en las manos uno de mis mejores botones! —exclamó el rosal de rosas blancas—. Yo mismo se lo di a la infanta esta mañana, como regalo de natales y él se lo ha robado —y le gritó a voz en cuello—: ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

Hasta los geranios rojos, que generalmente no se daban aire de importancia y de quienes era sabido que tenían muchos parientes pobres, se retorcieron de disgusto al verlo; y cuando las violetas suavemente declararon que, aunque era extremadamente feo, no era culpa suya, se les respondió con no poca justicia que ése era su principal defecto y que no era razón para admirar a nadie el ser incurable; en verdad hubo violetas a quienes la fealdad del Enano pareció casi ostentosa y pensaron que habría procedido mejor mostrándose triste, o siquiera pensativo, en vez de saltar alegremente y ponerse en actitudes grotescas y ridículas.

El viejo reloj de sol, que era un personaje muy notable y había indicado las horas del día a no menor persona que el emperador Carlos V, se quedó tan azorado ante el aspecto del Enanito que casi se olvidó de mover su largo dedo de sombra durante dos minutos y no pudo menos de decirle al pavo real blanco, color de leche, el cual tomaba el sol en la balaustrada, que todo el mundo sabía que los hijos de reyes eran reyes y que los hijos de carboneros eran carboneros, y que era cosa absurda pretender lo contrario; afirmación a la cual asintió de buen grado el pavo real y hasta gritó: «Ciertamente, ciertamente», con voz tan aguda y desagradable, que los peces dorados que vivían en el tazón de la fresca fuente borbotante, sacaron las cabezas del agua y preguntaron a los enormes tritones de piedra qué diablos pasaba en tierra.

Pero como quiera que fuese, a los pájaros les gustaba el Enanito. Lo habían visto con frecuencia en el bosque, bailando como silfo con el remolino de hojas secas, o agachado en el hueco de algún viejo roble, compartiendo sus nueces con las ardillas. No les importaba nada que fuera feo. A la verdad, ni aun el ruiseñor, cuyo canto era tan dulce por las noches entre las arboledas de naranjos, que la luna se inclinaba para escucharle, se distinguía por su belleza; y, además, el Enano había sido amable con ellos, y durante aquel invierno, terriblemente frío, en que no había frutos en los árboles y el suelo estaba duro como el hierro y los lobos habían llegado hasta las puertas de la ciudad en busca de alimento, nunca se había olvidado de ellos, sino que les había dado migajas de su libreta de pan negro y dividía con ellos su pobre desayuno.

Así, los pájaros volaban en torno suyo, tocándole las mejillas con sus alas al pasar, y charlaban entre sí, y el Enanito estaba tan contento que no podía menos de enseñarles la linda rosa blanca y decirles que la infanta se la había dado porque lo amaba.

Ellos no entendían una palabra de lo que él les decía; pero eso no importaba, porque ladeaban la cabeza y tomaban aire serio, lo cual vale tanto como entender y es mucho más fácil.

Los lagartos también se encantaron con el Enanito, y cuando se cansó de correr y se echó a descansar sobre la hierba, jugaban y corrían sobre él y trataban de divertirlo lo mejor que podían. «No todo el mundo puede tener la belleza de los lagartos —decían—; eso sería pedir demasiado. Y, después de todo, no es tan feo el muchacho, sobre todo si uno cierra los ojos y no lo mira.» Los lagartos tenían naturaleza de filósofos, y durante horas enteras se quedaban tranquilos pensando cuando no había otra cosa que hacer o cuando el tiempo estaba demasiado lluvioso para salir a paseo.

Las flores estaban excesivamente disgustadas con la conducta de los lagartos y de los pájaros.

—Ya se ve —decían— que tanto correr y volar no puede menos que hacer vulgares a las gentes. Las gentes bien educadas se quedan siempre en un mismo lugar, como nosotras. Nadie nos ha visto salir por los paseos, ni galopar locamente a través de la hierba a caza de libélulas. Cuando queremos cambiar de aires, hacemos llamar al jardinero y él nos lleva a otro arriate. Eso es digno, y es como deben ser las cosas. Pero los pájaros y los lagartos no tienen idea del reposo, y los pájaros ni siquiera tienen residencia conocida. Son meros vagos como los gitanos y debe tratárseles exactamente del modo que a ellos.

Hicieron, pues, gestos de desdén, tomaron actitud altiva, y se pusieron contentas cuando poco rato después vieron al Enanito levantarse de entre la hierba y dirigirse al palacio a través de la terraza.

—Debería mantenérsele encerrado durante el resto de su vida —dijeron—. Mirad su joroba y sus piernas torcidas —y comenzaron a reírse.

Pero el Enanito nada sabía de esto. Le gustaban mucho los pájaros y los lagartos, y creía que las flores eran las cosas más maravillosas del mundo entero, excepto la infanta, porque ella le había dado la linda rosa blanca, y lo amaba, así es que resultaba cosa aparte. ¡Cómo le habría gustado volver a su bosque con ella! Ella lo pondría a su derecha, y le sonreiría, y él nunca la abandonaría, sino que la haría su compañera de juegos y le enseñaría toda clase de habilidades divertidas. Porque, si bien él nunca había entrado a un palacio antes de ahora, sabía muchas cosas maravillosas. Sabía hacer jaulas de junco para que los saltamontes cantaran en ellas, y convertir las largas cañas de bambú en flautas que Pan gusta de escuchar. Conocía el grito de cada pájaro, y sabía llamar a los estorninos de la copa de los árboles y a las garzas de la laguna.

Conocía el rastro de cada animal, y sabía rastrear a las liebres por la leve huella de sus pies, y al oso por las hojas pisoteadas. Conocía todas las danzas del viento, la danza loca en traje rojo para el otoño, la danza ligera con sandalias azules sobre el trigo, la danza con coronas de nieve en invierno y la danza de las flores a través de los huertos en primavera.

Sabía dónde construyen su nido las palomas torcaces, y una vez, cuando un cazador atrapó a una pareja que anidaba, crió a los pichones él mismo y les fabricó un palomar en un olmo desmochado. Eran muy mansos estos pichones, y comían en sus manos por la mañana. A ella le agradarían, y le agradarían los conejos que se deslizaban por entre los largos helechos, y los grajos con sus plumas aceradas y negros picos, y los puercoespines que sabían convertirse en bolas de púas, y las grandes tortugas prudentes que andaban despacio, moviendo la cabeza y mordiendo las hojas nuevas.

Sí; la infanta debería venirse al bosque y jugar con él. Él le daría su propio lecho, y velaría afuera, junto a la ventana, hasta la aurora, para que los ganados salvajes no le hicieran daño ni los flacos lobos se acercaran demasiado a la cabaña. Y a la aurora tocaría en el postigo y la despertaría, y saldrían juntos y bailarían todo el día. No se echaba de menos a nadie en el bosque. A veces pasaba un obispo sobre su mula blanca, leyendo en un libro con imágenes. A veces, con sus gorros de terciopelo verde y sus justillos de piel de ciervo, pasaban los halconeros, con halcones encapuchados en la mano. En tiempos de vendimia venían los lagareros con manos y pies de púrpura, coronados de lustrosa yedra y cargando chorreantes cueros de vino; y los carboneros se sentaban durante la noche en torno a sus hornos, mirando los leños secos que se carbonizaban lentamente y asando castañas en las cenizas, y los bandidos salían de sus cuevas y se solazaban con ellos. Una vez, además, había visto una admirable procesión que hormigueaba en la larga y polvorienta ruta de Toledo. Los monjes iban delante cantando suavemente y llevando estandartes de colores y cruces de oro, y luego con armaduras de plata, con arcabuces y picas, iban los soldados y, en medio de ellos, tres hombres descalzos, con extrañas vestiduras amarillas llenas de maravillosas figuras pintadas y con velas encendidas en las manos.

Ciertamente había mucho que ver en el bosque, y cuando la infanta se fatigara encontraría mullidos lechos en el musgo, o él la llevaría en brazos, porque era muy vigoroso, aunque sabía que no era alto. Le haría un collar de rojos frutos de brionia, que serían tan hermosos como los frutos blancos que llevaba en su traje, y cuando se cansara de ellos, él le buscaría otros. Le traería bellotas y anémonas mojadas de rocío, y diminutos gusanos de luz para que fueran como estrellas en el oro pálido de sus cabellos.

—Pero ¿dónde estaba la infanta? —le preguntó a la rosa blanca, que no le respondió.

Todo el palacio parecía dormido y hasta donde las maderas de puertas y ventanas no se habían cerrado, se habían bajado grandes cortinas para evitar el reflejo del sol, Vagó por todos lados buscando entrada y al fin encontró una puertecita abierta. Se escurrió por ella y se encontró en una espléndida sala, mucho más espléndida, pensó con temor, que el bosque; todo estaba mucho más dorado y hasta el piso estaba hecho de grandes piedras de colores que formaban una especie de dibujo geométrico. Pero la infantita no estaba allí; sólo vio unas prodigiosas estatuas blancas que lo miraban desde sus pedestales de jaspe con ojos ciegos y labios que sonreían extrañamente.

En el extremo del salón había una cortina de terciopelo negro, ricamente bordada, con soles y estrellas, divisas favoritas del rey, en los colores que él prefería. ¿Tal vez ella se escondía allí? La buscaría, al menos.

Se acercó suavemente y entreabrió la cortina. No; lo que había detrás era sólo otra sala, pero le pareció más hermosa que la anterior. Colgaba de los muros tapicería verde de Arras, tejida con aguja, con muchas figuras, que representaba una cacería, obra de artistas flamencos que emplearon más de siete años en ella. Había sido en otro tiempo la cámara de Jean le Fou, aquel rey loco tan enamorado de la caza, que a menudo en su delirio trataba de montar sobre los enormes caballos encabritados y arrancar de la pintura al ciervo, sobre el cual saltaban los grandes perros, tocando el cuerno y apuñaleando con su daga el pálido animal fugitivo. La habitación se usaba ahora como sala de Consejo, y en la mesa del centro estaban las rojas carteras de los ministros, donde se veían estampados los tulipanes áureos de España y las armas y emblemas de la casa de Habsburgo.

El Enanito miró en derredor con asombro y no sin temor. Los extraños jinetes silenciosos que galopaban con velocidad a través de los claros del bosque sin hacer ruido, parecíanle los terribles fantasmas de que habla oído hablar a los carboneros: los Comprachos, que sólo cazan de noche, y que, si encuentran a un hombre, lo convierten en cierva y lo persiguen.

Pero pensó en la infantita y recobró el valor. Quería encontrarla sola y decirle que él también la amaba. Tal vez estaría en la sala contigua.

Corrió sobre las mullidas alfombras moriscas y abrió la puerta. ¡No! Tampoco estaba allí. El salón estaba vacío.

Era el salón del Trono donde se recibía a los embajadores extranjeros, cuando el rey —cosa poco frecuente entonces— consentía en darles audiencia personal; el salón en donde tiempos atrás se habla recibido a los enviados de Inglaterra para concertar el matrimonio de la reina inglesa —uno de los soberanos católicos de la Europa de aquellos días— con el hijo mayor del emperador. Las colgaduras eran de cuero de Córdoba, dorado, y del techo blanco y negro pendía un pesado candelabro áureo con brazos para 300 bujías. Bajo un gran dosel de paño tejido con oro, donde estaban bordados en aljófar los leones y las torres de Castilla, se hallaba el Trono, cubierto con rico palio de terciopelo negro tachonado de tulipanes de plata y primorosamente ribeteado de plata y perlas. En el segundo escalón del Trono se hallaba el reclinatorio de la infanta, con su cojín de tela tejida de plata, y debajo, fuera ya del lugar que cubría el dosel, la silla del nuncio papal, único que tenía el derecho de sentarse en presencia del rey en las ceremonias públicas: su capelo cardenalicio, con sus entretejidas borlas de escarlata, descansaba sobre un taburete purpúreo, enfrente. En el muro, frente al Trono, se veía el retrato de Carlos V, de tamaño natural, en traje de caza, con un gran mastín al lado; el retrato de Felipe II, recibiendo el homenaje de los Países Bajos, ocupaba el centro de otro muro. Entre las ventanas estaba colocado un bargueño negro de ébano, con incrustaciones de marfil, en las que se veían grabadas las figuras de la Danza de la Muerte, de Holbein, obra, se decía, de la mano del famoso maestro.

Pero al Enanito nada le importaba tanta magnificencia. No hubiera dado su rosa por todas las perlas del dosel, ni un solo pétalo de la rosa por el Trono. Lo que quería era ver a la infanta antes de que volviera a bajar al pabellón, y pedirle que se fuera con él al bosque cuando terminara el baile. Aquí, en el palacio, el aire era pesado, pero en el bosque corría con libertad el viento, y la luz del sol, con vagabunda mano de oro, apartaba las hojas trémulas. Había flores también en el bosque, no tan espléndidas quizá como las flores del jardín, pero más perfumadas; los jacintos, al comenzar la primavera, inundaban de púrpura ondulante las frescas cañadas y los herbosos altozanos; las prímulas amarillas anidaban en pelotones alrededor de las retorcidas raíces de los robles; y crecían celidonias de color vivo y verónicas azules y lirios de oro y lila. Había amentos grises sobre los avellanos, y digitales que desmayaban al peso de sus abigarradas corolas, frecuentadas por las abejas. El castaño lucía sus espiras de estrellas blancas, y el oxiacanto sus hermosas lunas blancas.

Sí; la infanta vendría si él lograba encontrarla. Vendría con él al hermoso bosque, y todo el día bailaría él para ella, de puro deleite. Una sonrisa iluminó sus ojos al pensarlo, y pasó a la habitación siguiente.

De todas las salas era ésta la más luminosa y la más bella. Los muros estaban cubiertos de damasco de Lucca con flores rosadas, salpicado de pájaros y moteado de florecillas de plata; los muebles eran de plata maciza, festoneada con guirnaldas floridas y Cupidos colgantes; enfrente de las dos amplias chimeneas había grandes biombos en que aparecían bordados loros y pavos reales; y el piso, que era de ónix verdemar, parecía extenderse indefinidamente y perderse en la distancia. No estaba solo ahora. En pie, bajo la sombra de la puerta, al extremo opuesto del salón, vio una figurilla que lo miraba. Le tembló el corazón, salió de sus labios un grito de alegría y se acercó al centro de la sala, iluminado por el sol. Al hacerlo, la figurilla se movió también, y pudo verla claramente.

¿La infanta?... Era un monstruo, el monstruo más grotesco que había visto nunca. No tenía formas normales, las de todo el mundo, sino que tenía joroba, y era torcido de miembros, y la cabeza era enorme, oscilante, con crin negra. El Enanito frunció el ceño, y el monstruo lo frunció también. Se rió, y la figurita se rió con él, y se llevó las manos al costado como él. Le hizo un saludo burlesco, y respondió con igual cortesía. Se dirigió hacia ella, y ella vino a su encuentro, copiando cada uno de sus pasos y deteniéndose cuando él se detenía. Gritó, lleno de risa, y corrió hacia adelante, y extendió la mano, y el monstruo lo hizo también con igual prisa. Trató de seguir adelante, pero una superficie lisa y dura lo detuvo. La cara del monstruo estaba muy cerca de la suya, y parecía llena de terror. Apartó el cabello que le caía sobre los ojos. La figurilla lo imitó. La atacó, y ella le devolvió golpe por golpe. Le tuvo odio y le hizo gestos de horror. Se echó hacia atrás, y el monstruo se retiró a su vez.

¿Qué era aquello? Se quedó pensando breve rato, y miró alrededor de la sala. Era cosa extraña: todo parecía duplicarse en aquel muro invisible de agua clara. Sí; cada uno de los cuadros se repetía en la otra sala impenetrable, y cada uno de los asientos. El Fauno dormido que yacía en la alcoba junto a la puerta, tenía un hermano gemelo que dormitaba, y la Venus de plata que relucía a la luz del sol extendía sus brazos a otra Venus no menos hermosa.

¿Sería Eco? Había llamado una vez a la ninfa en el valle, y le respondió palabra por palabra. ¿Sabía Eco engañar los ojos, como engañaba los oídos? ¿Sabía crear un mundo ficticio semejante al mundo real? Las sombras de las cosas ¿podían tener color y vida y movimiento? ¿Podía ser que?...

Sobresaltado se quitó del pecho la linda rosa blanca, miró de frente al espejó y la besó. ¡El monstruo tenía otra rosa igual a la suya, pétalo por pétalo! La besaba con iguales besos y la apretaba contra su corazón con gestos horribles.

Cuando la verdad surgió en su cabeza, dio un grito loco de desesperación y cayó sollozante al suelo. Era él, pues, el deforme jorobado, horrible y grotesco. Él era el monstruo y de él se reían todos los niños, y la princesita que él creía que lo amaba.... no había hecho sino reírse de su fealdad y burlarse de sus miembros torcidos. ¿Por qué no lo habían dejado en el bosque, donde no había espejo para decirle cuán feo era? ¿Por qué no lo había matado su padre antes que venderlo para su vergüenza? Cálidas lágrimas rodaban a borbotones por sus mejillas. Hizo pedazos la rosa blanca y el monstruo hizo igual cosa y esparció los pétalos por el aire. Se revolcó por el suelo y cuando el Enanito lo miraba, correspondía a su mirada con cara de dolor. Se alejó del espejo para no verlo y se cubrió los ojos con la mano. Se arrastró, como animal herido, hacia la sombra y allí se quedó gimiendo.

En aquel momento la infanta entró con sus compañeras por la puerta abierta y cuando vieron al feo Enanito yacer en el suelo y golpear el piso con el puño cerrado, de manera extravagante y fantástica, estallaron en carcajadas alegres y se pusieron a observarlo.

—Su baile era divertido —dijo la infanta—; pero sus acciones son más divertidas todavía. En verdad, es casi tan bueno como los títeres; pero claro está, sus gestos no son tan naturales.

Y agitó su gran abanico y aplaudió.

Pero el Enanito no la miró y sus sollozos fueron cada vez más apagados; de pronto dio un suspiro extraño y se llevó la mano al costado. Luego se dejó caer y se quedó inmóvil.

—Admirable —dijo la infanta después de una pausa—; pero ahora quiero que bailes para mí.

—Sí —exclamaron todos los niños—, levántate y baila, porque eres tan inteligente como los monos de Berbería y haces reír mucho más.

Pero el Enanito no respondió.

Y la infanta golpeó el suelo con el pie y llamó a su tío, que paseaba por la terraza con el chambelán, leyendo despachos recién llegados de Méjico, donde acababa de establecerse el Santo Oficio.

—Mi Enanito tiene murria —le dijo—, reanímalo y dile que baile para mí.

Se sonrieron y entraron los tres al salón, y don Pedro se inclinó y tocó al Enanito en la mejilla con su guante bordado.

—Tienes que bailar —le dijo—, petit monstre. Tienes que bailar. La infanta de España y de las Indias quiere divertirse.

Pero el Enanito no se movió.

—Hay que llamar a un azotador —dijo don Pedro con fastidio, y se volvió a la terraza.

Pero el chambelán tomó aspecto grave y se arrodilló junto al Enanito y le tocó el corazón. Después de breves momentos se encogió de hombros, se levantó, y, haciendo reverencia a la infanta, le dijo:

—Mi bella princesa, vuestro divertido Enanito no volverá a bailar más. Es lástima, porque es tan feo, que pudo haber hecho sonreír al rey.

Pero ¿por qué no ha de bailar más? —preguntó la infanta riendo.

—Porque se le ha roto el corazón —respondió el chambelán.

Y la infanta frunció el ceño, y sus finos labios de rosa se plegaron con desdén.

—En adelante, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón —exclamó.

Y salió corriendo hacia el jardín.

El Pescador y su Alma

Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar, y arrojaba sus redes al agua.

Cuando el viento soplaba desde tierra, no lograba pescar nada, porque era un viento malévolo de alas negras, y las olas se levantaban empinándose a su encuentro. Pero en cambio, cuando soplaba el viento en dirección a la costa, los peces subían desde las verdes honduras y se metían nadando entre las mallas de la red y el joven Pescador los llevaba al mercado para venderlos.

Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar. Un día, al recoger su red, la sintió tan pesada que no podía izarla hasta la barca. Riendo, se dijo:

—O bien he atrapado todos los peces del mar, o bien es algún monstruo torpe que asombrará a los hombres, o acaso será algo espantoso que la gran Reina tendrá deseos de contemplar.

Haciendo uso de todas sus fuerzas fue izando la red, hasta que se le marcaron en relieve las venas de los brazos. Poco a poco fue cerrando el círculo de corchos, hasta que, por fin, apareció la red a flor de agua.

Sin embargo no había cogido pez alguno, ni monstruo, ni nada pavoroso; sólo una sirenita que estaba profundamente dormida.

Su cabellera parecía vellón de oro, y cada cabello era como una hebra de oro fino en una copa de cristal. Su cuerpo era del color del marfil, y su cola era de plata y nácar. De plata y nácar era su cola y las verdes hierbas del mar se enredaban sobre ella; y como conchas marinas eran sus orejas, y sus labios eran como el coral. Las olas frías se estrellaban sobre sus fríos senos, y la sal le resplandecía en los párpados bajos.

Tan bella era aquella sirenita que cuando el joven Pescador la vio, se sintió sobrecogido de maravilla, alargó la mano y la atrajo hasta él; luego inclinándose sobre el borde de la barca, la tomó en brazos. Pero apenas la tocó, la sirenita gritó como una gaviota asustada, y despertó, y lo miró con sus ojos de amatista llenos de terror, esforzándose en un vano intento de escapar. Él la sujetó poderosamente abrazada, sin dejarla escapar.

Cuando la sirenita comprendió que no había forma de huir se puso a llorar y dijo:

—Te suplico que me dejes en libertad. Soy la hija única de un Rey, y mi padre ya es viejo y vive solo.

Pero el joven Pescador respondió:

—No te soltaré hasta que me prometas que cada vez que te llame obedecerás mi llamada, y cantarás para mí. A los peces les fascina el oír las canciones del pueblo del mar, y así mis redes estarán siempre llenas.

—¿Juras que me soltarás si te hago esa promesa? —preguntó la sirena.

—Juro que te soltaré —respondió el joven Pescador.

Ella hizo entonces la promesa pactada, jurando con el juramento de los hijos del Mar. Él abrió los brazos y la sirenita se sumergió en el agua temblando con un extraño temblor.

Todas las tardes el joven Pescador se internaba mar adentro, y llamaba a la sirena, y ella acudía invariablemente; salía del agua y cantaba. En torno de ella nadaban los delfines, y las gaviotas le revoloteaban sobre la cabeza.

Cantaba una canción maravillosa.

Cantaba sobre los hijos del Mar que llevan sus rebaños de gruta en gruta, cargando los ternerillos al hombro; cantaba acerca de los tritones, que tienen largas barbas verdes y pechos velludos, y hacen sonar sus retorcidas caracolas cuando pasa el Rey; cantaba sobre el palacio del Rey que es todo de ámbar, y su techo es de claras esmeraldas, y el pavimento está formado de resplandecientes perlas; y cantaba sobre los jardines del Mar, donde los grandes abanicos de coral se balancean todo el día, y los peces nadan alrededor como pájaros de plata, y las anémonas se cogen a las rocas y en la arena amarilla florecen con grandes corolas rojas. Cantaba de las vastas ballenas, que bajan de los mares del Norte con sus barbas cuajadas de agudos carámbanos; cantaba también acerca de las sirenas, que cantan tales maravillas, que los mercaderes deben taparse con cera los oídos, por temor, al escucharlas, de saltar al agua y ahogarse; cantaba sobre las naves hundidas, con sus altos mástiles y sus marineros aferrados aún a las jarcias, y de las caballas entrando y saliendo por los huecos abiertos en el casco; cantaba sobre las lapas diminutas, que son grandes viajeras porque adheridas a la quilla de los barcos dan vueltas al mundo una y otra vez; y cantaba de las jibias, que habitan los arrecifes y extienden sus largos brazos negros, y pueden crear la noche cuando se les antoja. Cantaba al Nautilus, que tiene un barquito tallado en ópalo y se gobierna con una vela de plata; cantaba a los grandes leones marinos, con sus colmillos curvos, y a los hipocampos, de crines flotantes y graciosos cuerpos de carey rojo y cabriolante.

Mientras la sirenita cantaba, los atunes subían de las profundidades para oírla, y el joven Pescador lanzaba sus redes al mar y los atrapaba, o bien traspasaba con su arpón a los más grandes. Y cuando tenía su barca bien cargada, la sirena le sonreía y se sumergía nuevamente hacia el reino de su padre.

Sin embargo, ella nunca se le acercó tanto como para que el Pescador pudiese volver a tocarla. Muchas veces él la llamó y le suplicó, pero ella no quería; y cuando trataba de capturarla, ella se zambullía en el mar con la grácil rapidez de una foca, y ya no volvía a verla en todo el día. Y cada día el sonido de su voz era más dulce. Tan dulce era la voz de la sirena que a veces el pescador olvidaba sus redes. Esas tardes pasaban en cardumen los atunes con sus aletas purpúreas y sus ojos de oro elástico, sin que el pescador se diera cuenta. Esas tardes el arpón descansaba ocioso a su lado, y los cestos de mimbre quedaban vacíos. El Pescador, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de maravilla, se quedaba muy quieto en la barca, escuchando, escuchando, hasta que la niebla llegaba arrastrándose a envolver la embarcación y la luna tenía de plata su cuerpo de bronce.

Y una tarde llamó a la sirena y le dijo:

—Sirenita, sirenita, yo te quiero. Seamos novios, porque estoy enamorado de ti..

Pero la sirena negó moviendo tristemente la cabeza, mientras decía:

—Tienes un alma humana. Sólo podría amarte yo si tú te desprendieses de tu alma.

Entonces el joven pescador se dijo:

—¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco. La despediré, y podré ser feliz.

Y de sus labios surgió un grito de alegría, y poniéndose de pie en su barca extendió los brazos hacia la sirena, y le dijo:

—Expulsaré a mi alma, y entonces seremos novios, y viviremos juntos en lo más profundo del mar, y me mostrarás todo lo que has cantado, y yo haré todo lo que quieras, y ya nunca podrán separarse nuestras vidas.

Y la sirenita rió alegremente, escondiendo el rostro entre las manos.

—Pero ¿cómo podré desprenderme de mi alma? —preguntó el pescador—. Dime qué debo hacer y lo haré ahora mismo.

—¡Ay! —repuso la sirenita—. ¡Yo no lo sé! Los hijos del Mar no tenemos alma.

Lo miró con sus ojos ardientes y se hundió en lo profundo.

 

Al día siguiente, muy temprano, cuando el sol todavía no se alzaba un palmo por sobre la colina, el joven pescador se dirigió a la casa del cura, y llamó tres veces a la puerta.

El novicio se asomó por el postigo y cuando vio de quien se trataba, descorrió el cerrojo y le dijo:

—Entra.

El joven entró, se arrodilló sobre la estera de juncos del suelo, y dijo al cura, que leía el Libro Santo:

—Padre, estoy enamorado de una hija del Mar, y mi alma impide que consiga mi deseo. Dime por favor, qué es lo que debo hacer para librarme de mi alma, porque no la necesito: ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

—¡Oh, mi muchacho, estás loco o has comido quizás algún hongo venenoso! El alma es lo más noble que hay en el hombre, y nos fue dada por Dios para que la usemos noblemente. Nada hay tan precioso como el alma humana, ni cosa terrestre alguna que pueda comparársele. Vale todo el oro del mundo, y es más preciosa que los rubíes de los reyes. Hijo mío, no pienses más en algo así, porque incluso tal pensamiento es un pecado mortal. Los hijos del Mar, ellos están perdidos, y los que tienen comercio con ellos, lo están también. Son como las bestias del campo, que no distinguen el bien del mal. ¡Por ellos no murió nuestro Señor Jesucristo!

Al escuchar las amargas palabras del cura, al joven Pescador se le llenaron de lágrimas los ojos; se levantó y repuso:

—Padre, los faunos viven en la selva, y viven contentos; y los tritones vienen a descansar sobre las rocas del acantilado, con sus arpas doradas. Déjame ser como ellos, te lo ruego, porque sus días son como los días de las flores. Y en cuanto a mi alma, dime tú, ¿de qué me sirve si se interpone entre yo y el ser que amo?

—El amor del cuerpo es ruin —exclamó el cura, frunciendo el ceño—, y los seres paganos que Dios permite que vaguen por el mundo, también son ruines y maléficos. ¡Malditos los faunos del bosque, y malditos los cantores del Mar! Los he oído a veces en las noches, e intentan distraerme de mi rosario. Llaman a mi ventana levemente, y ríen, y me susurran al oído el cuento de sus placeres peligrosos. Me seducen con sus proposiciones y cuando me propongo rezar me hacen muecas. ¡Te digo que están perdidos, están perdidos!... Para ellos no hay cielo ni infierno y en ninguno lugar podrán alabar el nombre del Señor.

—Padre —replicó el joven Pescador—, tú no sabes lo que dices. Una tarde capturé en mis redes a la hija de un Rey del Mar. Y es más hermosa que la estrella de la mañana y más blanca que la luna. Yo daré mi alma por su cuerpo y renunciaré al cielo por su amor. Contesta mi pregunta y déjame ir en paz.

—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó el cura—. ¡Esa muchacha está perdida y te perderás con ella!

Y lo expulsó de la casa parroquial sin darle la bendición.

El joven Pescador se dirigió al mercado; caminando lentamente, con la cabeza baja, sumido en una tristeza insondable.

Cuando lo vieron los mercaderes, cuchichearon entre ellos, y uno se adelanto. Después de llamarlo por su nombre, le preguntó:

—¿Qué vendes, pescador?

—Vendo mi alma —contesto el joven Pescador—. Te ruego que me la compres, porque estoy cansado con ella. ¿De qué sirve mi alma? No puedo verla. No pudo tocarla. No la conozco.

Entonces los mercaderes se burlaron de él:

—Pero dinos, muchacho, ¿de qué nos serviría el alma de un hombre? No vale ni una mala moneda de cobre. Si quieres te podemos comprar tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de rojo y te pondremos un anillo en el dedo y podrás ser el favorito de la gran Reina. Pero no nos hables de tu alma porque a nosotros tampoco nos sirve para nada, ni tiene valor alguno.

El joven Pescador pensó:

—¡Qué cosa rara! El cura dice que el alma vale todo el oro del mundo, pero los mercaderes aseguran que no vale ni una mala moneda de cobre.

Salió del mercado, y se encaminó hacia la playa donde se puso a meditar sobre qué debería hacer.

 

Al mediodía, el Pescador recordó que cierta vez uno de sus compañeros le había hablado de una bruja joven que vivía en una caverna al extremo de la bahía, y que era muy sabia en brujerías. De inmediato echó a correr en dirección a la caverna. Tan veloz que una nube de polvo le seguía al correr por la arena de la playa.

La joven bruja adivinó la llegada del Pescador por una picazón que sintió en la palma de la mano; se soltó entonces la roja cabellera y se puso a reír. Se quedó de pie a la entrada de la caverna, teniendo en la mano una rama de cicuta florida.

—¿Qué necesitas? —gritó cuando el Pescador subía jadeando por el acantilado—. ¿Quieres peces para tus redes cuando el viento sopla en contra? Si es eso, tengo un caramillo que cuando se sopla en él, el mújol se mete a la bahía. Pero tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qué necesitas? ¿Quieres una tormenta que haga naufragar los barcos y arrastre a la costa baúles llenos de tesoros? Tengo más huracanes que el tiempo, porque mi amo es más fuerte que el tiempo, y con un cedazo y un cubo de agua puedo enviar las grandes carabelas al fondo del mar. Pero también tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qué necesitas? Conozco una flor que crece en el valle y que yo sólo conozco. Tiene las hojas púrpura, y una estrella en el corazón, y su jugo es tan blanco como la leche. Si tocas los labios desdeñosos de la gran Reina con esta flor, ella te seguirá a través del mundo entero. Pero tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qué necesitas? Puedo machacar un sapo en el mortero y hacer un caldo, removiéndolo con la mano de un muerto. Si mojas con ese caldo a tu enemigo mientras duerme, se convertirá en una víbora negra, y lo matará su propia madre. Con ayuda de una rueda puedo hacer bajar a la luna del cielo, y en un cristal puedo mostrarte la Muerte. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Dime tu deseo y yo te lo concederé. Pero me tendrás que pagar su precio, hermoso joven, me tendrás que pagar su precio.

—Mi deseo es poca cosa —contestó el joven Pescador—, sin embargo el cura se enojó conmigo y me arrojó de su casa. Es poca cosa, pero los mercaderes se burlaron de mí y me lo negaron. Por eso vengo a conversar contigo, a pesar que los hombres dicen que eres mala; y sea cual sea tu precio, te lo pagaré.

—¿Qué necesitas? —preguntó la bruja, acercándosele.

—Quiero desprenderme de mi alma —contesto— el joven Pescador.

La bruja palideció y, con un estremecimiento, escondió su rostro en el manto azul.

—Hermoso joven, hermoso joven —murmuró—, esa es una cosa terrible.

Pero él sacudió sus rizos oscuros y se echó a reír.

—¿De qué me sirve mi alma? —dijo—. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

—¿Qué me darás si te lo digo? —preguntó la bruja mirándolo con sus hermosos ojos.

—Tengo cinco monedas de oro para darte —contesto él—, y también mis redes, y la choza de cañas en que vivo, y la barca en que navego. Dime solamente lo que debo hacer para desprenderme de mi alma, y te daré todo lo que tengo.

Ella se rió burlonamente, lo rozó con la rama de circuta, y le dijo:

—Si yo lo desease, podría convertir en oro las hojas del otoño, y tejer hebras de plata con los rayos de la luna. Mi amo es más rico que todos los reyes de este mundo, y gobierna en todos los dominios de la tierra.

—¿Qué te daré entonces —dijo él—, si no esperas recibir oro ni plata?

La joven bruja le acarició los cabellos con su mano blanca y fina y sonriendo, murmuró:

—Tendrás que bailar conmigo, hermoso joven.

—¿Sólo bailar contigo? —exclamó el Pescador maravillado.

—Nada más —contesto ella— sonriendo de nuevo.

—En cuanto se ponga el sol, bailaremos juntos donde nadie nos vea, o donde quieras que lo hagamos —dijo él— y después de bailar me dirás lo que quiero saber.

Ella agitó la cabeza murmurando:

—Cuando salga la luna, cuando salga la luna.

Luego observó atentamente alrededor, y atentamente escuchó. Un pájaro azul salió chillando de su nido y se puso a describir círculos sobre las dunas; y tres pájaros pardos bostezaron en medio de la hierba verde y áspera silbándose entre sí. No se oía más que el susurro de las olas arrastrando las piedras pulidas de la playa. Entonces la bruja extendió su mano, atrajo hacia sí al joven pescador y le acercó los labios al oído:

—Esta noche habrás de venir a la cumbre de las colinas —susurró—. Es sábado y estará Él.

El joven Pescador se estremeció. Ella reía, mostrando sus dientes blancos.

—¿Quién va a estar allí? —preguntó.

—Eso no debe importarte —repuso ella—. Ven esta noche y espérame a la sombra del espino blanco... si un perro negro te acomete, golpéalo con una rama de sauce y huirá. Y si te habla un búho, no le respondas. Cuando la luna esté en el cenit iré a buscarte y bailaremos juntos sobre la hierba.

—Pero, ¿Juras decirme qué debo hacer para desprenderme de mi alma? —preguntó el joven Pescador.

Ella se puso al sol y el viento agitó sus cabellos rojos.

—Te lo juro por las pezuñas del macho cabrío —prometió.

—Eres la mejor de las brujas —exclamó el Pescador—, y bailaré contigo esta noche en la cumbre de las colinas... Hubiera preferido que me pidieras oro o plata, pero de todos modos el precio me conviene... es poca cosa.

Se quitó la gorra, hizo una profunda reverencia ante la mujer, y bajó corriendo de regreso al pueblo, ebrio de alegría.

La joven bruja lo miró hasta que el Pescador se perdió de vista. Volvió entonces a su gruta, sacó un espejo de un cofre de cedro labrado, y lo puso en un marco. Luego, sobre unas brasas, quemó delante del espejo un puñado de verbena, y miró atentamente a través de las espirales de humo. Después de unos instantes cerró los puños iracunda:

—Debería haber sido mío —murmuró—, soy tan hermosa como ella.

Esa noche, al salir la luna, el joven Pescador trepó a la cima del monte, y esperó bajo las ramas del espino blanco. Allá abajo, a sus pies, se extendía el mar como una rodela de plata bruñida, y la sombra de las barcas de pesca moteaba la bahía de signos que resbalaban por la luz. Un gran búho, de amarillos ojos sulfúreos, lo llamó por su nombre... pero él no respondió. Y un perro negro lo persiguió gruñendo... él lo golpeó con una rama de sauce y el perro huyó lanzando gañidos lastimeros.

Las brujas llegaron a medianoche, volando por el aire como murciélagos.

—¡Whee—ho! —gritaban al tocar tierra—. Aquí hay uno a quien no conocemos.

Olfateaban alrededor, charlaban entre ellas, y se hacían signos.

La joven Bruja, con su roja cabellera al viento, llegó la última de todas. Vestía un traje de tisú de oro, bordado con ojos de pavos reales, y un pequeño birrete de terciopelo verde en la cabeza.

—¿Dónde está, dónde está? —chillaron las brujas cuando la vieron.

Pero ella no hizo más que reír, corrió hacia el espino blanco, tomó de la mano al Pescador y llevándolo a la luz de la luna comenzaron a bailar. Pronto todos estaban bailando.

Giraban juntos vertiginosamente, dando vuelta tras vuelta, y la joven Bruja saltaba tan alto que el Pescador podía ver los tacos escarlata de sus zapatillas.

Entonces, por encima del tumulto de los bailarines, se escuchó galopar un caballo, pero no se veía caballo alguno, y el joven Pescador tuvo miedo.

—¡Más rápido! ¡Más rápido! —gritó la bruja abrazándolo por el cuello a tiempo que le exhalaba su aliento cálido en el rostro.

—¡Más rápido! ¡Más rápido! —volvió a gritar, y la tierra parecía girar bajo los pies del Pescador, y la cabeza le daba vueltas, y comenzó a sentirse dominado por el terror, como si lo estuviera observando un ser maléfico. Al fin advirtió que al pie de una roca, había una sombra que recién no estaba allí.

Era un hombre vestido de terciopelo negro, a la manera española; tenía el rostro pálido, y sus labios eran orgullosos como una flor roja. Estaba reclinado contra la roca, como si estuviese muy cansado, y su mano izquierda jugaba distraída con el pomo de la daga que pendía del cinturón. A su lado, sobre la hierba, había un sombrero emplumado y unos guantes de montar bordados con hilos de oro. Sus manos blancas estaban cubiertas de preciosos anillos y una capa corta le colgaba del hombro izquierdo. El Pescador no podía verle los ojos, porque los velaban sus párpados cansados.

El joven Pescador no podía apartar la mirada de esta figura, como si fuese víctima de un sortilegio. Al fin se encontraron sus ojos, que parecían seguirle dondequiera que los llevara la danza. Entonces escuchó reír a la Bruja, y tomándola de la cintura giraron y giraron locamente.

De pronto, un perro ladró en el bosque, y los bailarines se detuvieron, y fueron subiendo de a dos en dos, para besar las manos del hombre. Mientras lo hacían, una sonrisa se dibujó levemente en sus labios altivos. Pero había cierto desdén en el gesto, y los ojos del hombre continuaban fijos en el joven Pescador.

—¡Ven, adorémoslo! —murmuró la Bruja tironeándolo hacia arriba.

El Pescador sintió un gran deseo de hacer lo que ella le pedía, y la siguió. Pero cuando estuvo cerca de él, sin saber por qué, hizo la señal de la cruz, invocando el Nombre Santo.

Al instante, las brujas emprendieron vuelo chillando como halcones, y el rostro pálido que había estado mirando, se contrajo en con un espasmo de dolor. El hombre se dirigió al bosque y silbó. Un corcel con arreos de plata corrió a su encuentro. El hombre saltó sobre la silla, se volvió, y miró tristemente, por última vez, al joven Pescador.

La Bruja de cabellos rojos también trató de levantar el vuelo, pero el Pescador la sujeto fuertemente por las muñecas.

—¡Suéltame! —gritó ella—. ¡Déjame ir, porque has nombrado lo que no debería nombrarse, y has hecho el signo que no debe verse!

—¡No! —replicó él—. No te dejaré ir hasta que me hayas dicho el secreto.

—¿Qué secreto? —preguntó ella forcejeando como un gato montés y mordiéndose los labios, blancos de espuma.

—¡Lo sabes muy bien! —dijo el joven.

Los ojos de la bruja, verdes como el pasto, centellearon de lágrimas, diciendo:

—¡Pídeme lo que quieras, menos eso!

Pero él se echó a reír, y la sujetó con más fuerza.

Y cuando ella vio que no podía escapar, le susurró al oído:

—¿No te parece que soy tan bella como las hijas del Mar, tan seductora como las que viven bajo las aguas azules?

Y lo miraba cariñosamente, acercando su rostro al del joven.

Pero el Pescador la rechazó frunciendo el ceño, mientras decía:

—Si no cumples la promesa que me hiciste, tendré que matarte por ser bruja falsa y mentirosa.

Ella palideció, tomando el color gris lívido de la flor del árbol de Judas, y estremeciéndose le señaló:

—Será como quieres. Es tu alma y no la mía. Haz con ella lo que se te antoje.

Y se descolgó del cinturón un cuchillito, con mango de piel de víbora verde, para entregárselo. En la hoja centelleaban misteriosas runas.

—¿Y para qué me va a servir esto? —preguntó el Pescador sorprendido.

Ella calló todavía por un instante y una sombra de terror le pasó por el rostro. Luego sonrió extrañamente, sacudió su cabellera reja, y agregó:

—Lo que los hombres llaman la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Ponte de pie en la playa, de espaldas a la luna, y con este cuchillo corta, desde tus pies, tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y ordénale que se vaya. Ella así tendrá que hacerlo.

El joven Pescador se estremeció de placer.

—¿Es verdad lo que me dices? —murmuró.

—Es cierto, y quisiera no habértelo dicho nunca —murmuró ella llorando, y se abrazó a sus rodillas.

Pero el Pescador la rechazó de nuevo, y la hizo caer sobre la hierba espesa, luego se guardó el cuchillo en el cinturón, caminó hasta el borde de la cima e inició el descenso.

Y su alma, que estaba dentro de él y había escuchado todo, lo llamó para decirle apesadumbrada:

—Escucha, he vivido contigo todos estos años y siempre estuve a tu servicio. No me arrojes ahora... ¿qué mal te he hecho?

Y el joven Pescador se puso a reír:

—No me has hecho ningún daño pero no te necesito. El mundo es ancho, y hay Cielo e Infierno, y esa sombría mansión crepuscular que se extiende entre ambos. Ve donde se te ocurra, pero no me importunes, porque mi amor me está llamando.

El alma suplicó, plañidera, pero el Pescador, sin hacerle caso, bajó saltando de risco en risco, tan seguro de pies como una cabra. Por fin llegó a la playa amarillenta junto al mar.

Recio y bronceado, como una estatua esculpida por un griego, se alzó sobre la arena, de espaldas a la luna; y, de la espuma, surgieron, llamándolo, unos brazos blancos, y de las olas se levantaron formas indecisas, rindiéndole homenaje. Delante suyo, yacía su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detrás, en el aire, colgaba la luna color miel.

Su alma todavía le dijo:

—Si realmente quieres echarme, no me despidas sin corazón. El mundo es cruel, dame tu corazón para llevarlo conmigo.

Pero el Pescador, moviendo la cabeza, sonrió:

—¿Cómo voy a amar a mi amor si te doy mi corazón?

—Sé generoso —insistió el alma —, dame tu corazón, que el mundo es muy cruel y tengo miedo.

—Mi corazón es de mi amor —dijo él—. No seas porfiada y vete.

—¿Y no podré amar yo también? —preguntó su alma.

—¡Ándate, te digo, yo no te necesito para nada!

Y tomó el cuchillo con mango de piel de víbora verde, y recortó su sombra alrededor, a partir de sus pies. Y la sombra se irguió, y quedó en pie delante de él, y era exactamente igual a él.

Dando un paso atrás, el pescador se guardó el cuchillo en el cinturón, y se sintió dominado por un temor que entraba a las honduras de su ser.

—¡Ahora vete! —murmuro—. ¡Que no vuelva yo a ver tu rostro!

—No —dijo el alma—. Es necesario que nos encontremos de nuevo —su voz era llorosa y aflautada, y sus labios apenas se movían al hablar.

—¿Cómo nos encontraremos? —dijo el pescador — ¿No estarás pensando seguirme a las profundidades del mar?

—Todos los años vendré una vez a este mismo lugar y te llamaré—dijo el alma—. Tal vez me necesites.

—¿Para qué te habría de necesitar? —protestó el joven Pescador—. En fin, haz lo que quieras.

Y se sumergió en el agua. Y los tritones soplaron sus caracolas, y la sirenita nadó para encontrarlo, y lo abrazó besándole en los labios.

Y el alma, de pie en la playa solitaria, los miraba. Y cuando desaparecieron en el mar, se marchó llorando a través de las marismas.

 

Cuando transcurrió un año, el alma vino a la orilla del mar y llamó al joven Pescador. Él subió de las profundidades, y la interrogó en tono fastidiado:

—¿Por qué me llamaste?

Y el alma respondió:

—Acércate más, para que pueda hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

El Pescador se acercó a la orilla, se tendió sobre el agua, y escuchó con la cabeza apoyada en la mano.

Y el alma le refirió:

—Cuando nos separamos miré hacia el Oriente, y caminé hacia allá, pues del Oriente viene toda la sabiduría. Estuve caminando seis días, y al amanecer del séptimo, llegue a una colina que se encuentra en el país de los Tártaros. Tuve que sentarme a la sombra de un tamarindo, porque el país era seco y el calor me abrasaba. La gente iba y venía, como moscas arrastrándose por una bandeja de cobre bruñido. Al mediodía se levantó una nube de polvo, y apenas la divisaron los tártaros prepararon sus arcos saltaron sobres sus caballos, y galoparon hacia ella. Las mujeres subieron chillando a los carros, y se escondieron tras las cortinas de fieltro.

"Los tártaros volvieron al caer la tarde; faltaban cinco de ellos, y muchos de los que volvían estaban heridos. Subieron a los carros y se alejaron velozmente. Cuando salió la luna, vi los fuegos de un campamento y me dirigí hacia allá. Era una caravana de mercaderes, sentados en sus alfombras alrededor de una fogata.

"Al acercarme, su jefe se levantó, y desenvainando la espada, me preguntó qué quería.

"Repuse que en mi país yo era un príncipe, y que había huido de los tártaros que me llevaban prisionero. El jefe sonrió mostrándome cinco cabezas clavadas en varas de bambú.

"Luego me preguntó quien era el profeta de Dios, y yo le dije que Muhammad.

"Al oírme pronunciar el nombre del falso profeta, me tomó de la mano y me hizo sentar a su lado. Un negro me trajo leche de yegua y un trozo de cordero asado.

"Continuamos el viaje a la salida del sol. Yo cabalgaba en un camello al lado del jefe, y un esclavo corría delante de nosotros agitando una lanza. Nos seguían los hombres de armas, desplegados a uno y otro lado, y detrás las mulas con las mercancías.

"Mucho cabalgamos. Del país de los tártaros pasamos al país de los que odian a la Luna, donde vimos los grifos custodiando su oro sobre rocas blancas, y los dragones cubiertos de escamas durmiendo en sus cavernas. Cuando cruzamos las montañas, conteníamos el aliento por miedo a que las nieves cayeran encima de nosotros. Al pasar por los valles, los pigmeos nos lanzaron flechas desde los huecos de los árboles, y durante la noche escuchamos los tambores de los salvajes. Cuando llegamos a la Torre de los Monos, les ofrecimos fruta, y no nos hicieron daño. Cuando alcanzamos la Torre de las Serpientes, les ofrecimos leche tibia, y nos dejaron pasar mirándonos con sus ojos inescrutables.

"Los señores de cada ciudad nos exigían tributos de paso, pero no nos abrían sus puertas. Nos arrojaban pan, pastelillos de harina cocidos en miel, y pasteles de cebada rellenos con dátiles, desde lo alto de sus muros.

"Cuando los habitantes de las aldeas nos veían acercar, envenenaban sus pozos y escapaban a la cumbre de los cerros. Luchamos con los magdenses, que nacen viejos y se rejuvenecen año tras año hasta que mueren niños; y con los lactros, que se dicen hijos de los tigres y se pintan de negro y amarillo; y con los aurantes, que sepultan a sus muertos en los árboles, y viven en oscuras cavernas por miedo a que el sol, que es su dios, les quite la vida.

"Un tercio de nuestra caravana murió peleando, y un tercio pereció de hambre. El resto murmuraba en contra mía, diciendo que les había traído la mala suerte. Entonces tomé una víbora de debajo de una piedra y la dejé que me mordiera. Cuando vieron que no me pasaba nada, sintieron temor pero no me amaron.

"Tras cuatro meses de viaje agobiador, llegamos a la ciudad de Illiel. Era de noche, y al amanecer llamamos a sus inmensas puertas. Los centinelas preguntaron qué queríamos, y nosotros respondimos que veníamos de la isla de Siria con gran cantidad de mercancías. Ellos nos dijeron que abrirían las puertas al mediodía.

"Y así lo hicieron; abrieron las puertas cuando el sol estaba en el cenit y apenas entramos acudió la gente para vernos, y un pregonero recorrió la ciudad. Nos detuvimos en el mercado, donde los mercaderes mostraron los lienzos encerados del Egipto, y las telas pintadas de los Etíopes, y las esponjas purpúreas de Tiro y los tapices azules de Sidón.

"El primer día vinieron a comprar los sacerdotes, al segundo los nobles, y al tercero los artesanos y los esclavos.

"Permanecimos allí toda una luna hasta que, hastiado, me puse a vagar por las calles de la ciudad. Así llegué al jardín de su dios. Los sacerdotes vestidos de amarillo, paseaban silenciosos entre los árboles verdes, y sobre un pavimento de mármol negro se levantaba el palacio rosado que sirve de mansión al dios.

"Uno de los sacerdotes, me preguntó qué deseaba.

"Le respondí que quería ver al dios.

"—El dios ha ido de cacería —dijo el sacerdote mirándome con sus ojos oblicuos.

"—Dime a qué selva ha ido, pues quiero cabalgar con él —repuse.

"El sacerdote peinó los flecos de su túnica con las uñas puntiagudas, y respondió:

"—El dios está durmiendo.

"—Dime en qué lecho, y velaré su sueño —respondí.

"—El dios está en la fiesta —gritó el sacerdote.

"—Si el vino es dulce, beberé con él, y si es amargo beberé también —respondí.

"El sacerdote, asombrado, me cogió de la mano y me condujo al templo.

"En la primera cámara había un ídolo sentado en un trono de jaspe. Era de ébano tallado y de la estatura de un hombre. Tenía un rubí en la frente y sus pies estaban enrojecidos por la sangre de un cabrito recién degollado.

"Le pregunté al sacerdote:

"—¿Es éste el dios?

"Y él me respondió:

"—Este es el dios.

"—Enséñame el dios —grité—, o te mataré sin vacilar.

"Y le toqué la mano, que se marchitó enseguida.

"El sacerdote me imploró diciendo:

"—Cure mi señor a su siervo, y le mostraré al dios.

"Le soplé en la mano que se curó de inmediato. Temblando me condujo a un segundo aposento, donde había un ídolo, en pie sobre un loto de jade. Era todo de marfil y del doble de la estatura de un hombre. Tenía un crisólito en su frente, y sus pechos estaban ungidos de mirra y cinamomo.

"Yo interrogué al sacerdote:

"—¿Es éste el dios?

"Y él me respondió:

"—Este es el dios.

"—Enséñame el dios—rugí—, o te mataré sin vacilar.

"Y le toqué los ojos, que quedaron ciegos.

"El sacerdote me suplicó diciendo:

"—Cure mi señor a su siervo, y le mostraré el dios.

"Le soplé en los ojos, y la vista volvió a ellos. Temblando de pavor, el sacerdote me llevó entonces a una tercera estancia. Allí, ¡oh maravilla!, no había ídolo ni imagen alguna, sino solamente un espejo redondo de metal, colocado encima de un altar de piedra.

"Y dije al sacerdote:

"—¿Dónde está el dios?

"Y él me contestó:

"—No hay más dios que este Espejo, que es el Espejo de la Sabiduría. Todas las cosas del cielo y de la tierra las refleja, excepto el rostro de quien se mira en él. No lo refleja para que el que mire pueda ser sabio. Todos los demás espejos son espejos de la opinión. Sólo éste es el Espejo de la Sabiduría. Quienes poseen este Espejo, lo saben todo, y no hay nada oculto para ellos. Y quienes no lo poseen, no adquieren la Sabiduría. Este es el dios que adoramos nosotros.

"Miré el espejo, y era tal como él me había dicho.

"Hice entonces una cosa muy singular... No viene al caso que te lo diga, pero en un valle que está a sólo un día de camino, tengo escondido el Espejo de la Sabiduría. Permíteme que vuelva a entrar en ti, para servirte, y serás más sabio que todos los sabios, y tuya será la Sabiduría. Permíteme entrar en ti, y no habrá nadie tan sabio como tú.

El joven Pescador se puso a reír.

—El amor es mejor que la sabiduría —exclamó— y la sirenita me ama.

—Te equivocas, no hay nada mejor que la sabiduría —dijo el alma.

—El amor es mejor —repitió el joven Pescador, y volvió a sumergirse en las honduras del mar, mientras el alma se alejaba llorando a través de las marismas.

 

Cuando el segundo el año hubo transcurrido, llegó el alma a la orilla del mar y llamó al joven Pescador. Una vez más, éste subió de las profundidades, y pregunto:

—¿Para qué me has llamado?

Y el alma repuso:

—Acércate más, para poder hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Y él se acercó a la orilla, y echado sobre el agua, escuchó con la cabeza apoyada en la mano.

El alma dijo entonces:

—Cuando nos separamos, miré hacia el Mediodía, y caminé hacia allá. Del Mediodía viene todo lo que hace Riqueza. Seis días caminé por las sendas que conducen a la ciudad de Aster, y al amanecer del día séptimo divisé a mis pies la ciudad, en el fondo de un valle.

"En los muros de la ciudad hay nueve puertas, y en cada una de ellas hay un caballo de bronce que relincha cuando los beduinos bajan de la montaña. Sus murallas están cubiertas de cobre y en cada una de sus torres hace guardia un arquero. Cuando sale el sol, disparan una flecha contra un gong, y al ponerse el sol tocan una bocina de cuerno.

"Quise entrar, y los centinelas me preguntaron quién era. Repliqué que era un derviche en camino hacia la Meca, donde está la roca Kaaba y sobre ella hay un velo negro con El Corán bordado en letras de oro por mano de los ángeles. Ellos quedaron maravillados y me rogaron que entrara.

"Dentro de esa ciudad, es todo un bazar. ¡Lástima que no estuvieras conmigo! Los mercaderes se sientan en el umbral de sus tiendas sobre tapices de seda. Tienen barbas negras, y turbantes cubiertos de broches de oro. Algunos venden gálbano y nardo, y extraños perfumes de las Indias, y aceite de rosa, y jugo cristalizado de las hojas de un árbol, y florecillas de clavero de olor. Otros venden brazaletes de plata incrustados de turquesas azules, y colgantes de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y arracadas de esmeralda, y anillos de jade. De las casas de té llega el sonido del laúd, y los fumadores de opio, con sus blancos rostros sonrientes, miran pasar a los viandantes.

"Es una lástima que no estuvieras conmigo. Los vendedores de vino llevan grandes pellejos negros a la espalda. Casi todos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Y lo sirven en tacitas de metal, con pétalos de rosas. Un día, vi pasar por allí un elefante. Llevaba el cuerpo pintado con bermellón y cúrcuma. Se paró frente a una de las tiendas, y se puso a comer naranjas mientras el dueño reía. ¡Qué gente tan extraña! Cuando están contentos, van donde un vendedor de pájaros, compran un centenar de ellos y los dejan libres, para aumentar su alegría; y cuando están tristes, se azotan con espinos, para que su tristeza sea mayor.

"Es de verdad una pena que no estuvieses conmigo. En la fiesta de la Luna Nueva el joven Emperador salió de su palacio para ir a rezar a la mezquita. Llevaba la barba y los cabellos cubiertos con pétalos de rosas, y las mejillas cubiertas con oro pulverizado.

"Salió de su palacio al amanecer con una vestidura de plata; y al atardecer, volvió con otra vestidura de oro. La gente se arrojaba al suelo, ocultando sus rostros; excepto yo, que no quise imitarlos. Me mantuve de pie, junto al mesón de un vendedor de dátiles, esperando.

"Al verme, el Emperador se detuvo. Pero yo continué inmóvil, sin rendirle homenaje. La gente se maravilló de mi audacia, y me aconsejaron que huyera de la ciudad. Pero no les hice caso, y fui a sentarme con los vendedores de dioses extranjeros, que por su oficio, son abominados. Cuando les dije lo que había hecho, me regalaron dioses, pero me suplicaron que me alejase de ellos.

"Aquella noche, mientras dormía entre almohadones, en una casa de té que hay en la calle de las Granadas, entraron los guardias del Emperador y me llevaron al palacio. Apenas entré cerraron las puertas y las aseguraron con cadenas. Al interior había un vasto patio, los muros eran de alabastro blanco, adornados con azulejos verdes y azules. Las columnas eran de mármol verde, y el pavimento de un mármol color damasco. Nunca había visto nada similar.

"Cuando atravesé el patio, dos mujeres veladas me maldijeron desde una galería. Los guardias abrieron una puerta de marfil labrado, y me encontré en un patio dispuesto en siete terrazas. Estaba lleno de maceteros con tulipanes, girasoles y áloes. Al centro se abría un surtidor de agua rodeado de cipreses que eran como antorchas apagadas, y en cada uno de ellos cantaba un ruiseñor.

"Al acercamos a un pequeño pabellón que se levantaba al extremo del jardín, salieron dos eunucos a encontramos. Sus cuerpos obesos se balanceaban al caminar, y me miraban de soslayo, con ojos de párpados amarillentos.

"Entonces, el capitán de la guardia me indicó la entrada del pabellón. Entré apartando la cortina.

"El joven Emperador estaba reclinado sobre un lecho cubierto de pieles de león. Detrás de él se erguía un nubio, desnudo hasta la cintura, con turbante de bronce y pesados aretes. Encima de una mesa, al lado del lecho, descansaba un gran alfanje de acero.

"Cuando me vio el Emperador frunció el ceño, y me dijo:

"—¿Cuál es tu nombre? ¿Acaso no sabes que soy el Emperador de esta ciudad?

"Pero yo no le contesté.

"Entonces el Emperador señaló la cimitarra con el dedo, y el nubio la empuñó y abalanzándose sobre mí, me asestó un tajo terrible. La hoja pasó zumbando a través de mi cuerpo, pero no me hizo daño alguno. El verdugo rodó por tierra, y al levantarse sus dientes castañeteaban de terror. Corrió a protegerse tras el lecho.

"El joven Emperador se levantó, tomó una lanza, y la arrojó contra mí. Pero yo la cogí al vuelo y la quebré en dos pedazos. Entonces él me disparó una flecha, pero levanté las manos y la detuve en el aire. Luego desenvainó una daga, y apuñaló la garganta del nubio, para que no pudiese contarle a nadie la afrenta que había recibido. El esclavo se retorció como una serpiente, y la roja espuma roja le salió a borbotones entre los labios.

"Al verlo ya muerto, el Emperador se volvió hacia mí, y después de secarse el sudor con una toalla de seda carmesí, me dijo:

"—¿Eres acaso un profeta, que no puedo herirte, o el hijo de un profeta, que no puedo dañarte? Te ruego que salgas de mi ciudad esta noche, porque mientras estés aquí, yo ya no seré el Señor.

"Y yo le respondí:

"—Quizás acepte marcharme, pero a cambio de la mitad de tus tesoros. Dame la mitad de tus tesoros y me iré de tu ciudad.

"El Emperador me cogió de la mano y me guió fuera del jardín. Cuando me vio el capitán de la guardia, se maravilló. Cuando los eunucos me vieron, les tiritaron las rodillas y cayeron al suelo.

"Hay en el Palacio una habitación que tiene ocho paredes de pórfido rojo, y un techo artesonado de bronce, del que cuelgan las lámparas. El Emperador tocó una de las paredes y ésta se abrió. Bajamos entonces por un corredor iluminado por antorchas. En nichos, a uno y otro lado, había grandes cántaros, llenos hasta el borde de monedas de plata. Cuando llegamos al centro del corredor el Emperador dijo la palabra que no puede ser dicha, y giró una puerta de granito. El se cubrió el rostro con las manos, por temor a que sus ojos quedaran deslumbtados.

"No puedes imaginarte qué sitio tan maravilloso. Había grandes conchas de tortuga rebosantes de perlas, y selenitas de gran tamaño amontonadas con rubíes rojos. El oro estaba almacenado en arcas de piel de elefante, y el oro en polvo en botellas de cuero de bestias marinas. Había ópalos y zafiros; los primeros en copas de cristal, los segundos en copas de jade. Ordenadas en bandejas de marfil había esmeraldas verdes, y en un rincón grandes sacos de seda, unos con turquesas y otros con berilos. Y aún no he podido decirte ni la décima parte de lo que allí había. Cuando el Emperador apartó las manos de su rostro, me expreso:

"—Este es mi tesoro, y tal como te prometí, la mitad de él es tuya. Y te daré camellos y camelleros para que lleves tu parte a cualquier lugar del mundo que se te antoje. Y todo quedará hecho esta misma noche, pues no quiero que el Sol, que es mi padre, vea que en mi ciudad hay un hombre al que no puedo matar.

"Pero yo le respondí:

"—El oro que hay aquí es tuyo, y también es tuya la plata, y tuyas las piedras preciosas. No los necesito para nada, ni aceptaré otra cosa tuya que ese anillo que llevas en el dedo.

"Y el Emperador frunció el ceño y exclamó:

"—Es una sortija de plomo, sin ningún valor. Toma la mitad del tesoro y vete.

"—No —repliqué—, sólo aceptaré ese anillo de plomo, porque sé muy bien lo que hay escrito por dentro, y con qué fin.

"Y el Emperador tembló, y me imploró, diciendo:

"—Toma el tesoro entero, pero ándate de mi ciudad. La mitad mía también será tuya.

"Y entonces hice una cosa muy singular... Pero no importa lo que hice, porque en una gruta, que está sólo a un día de camino, tengo escondido el Anillo de la Riqueza. Un día de marcha nada más. Quién posee ese anillo es más rico que todos los reyes de la tierra. Ven, tómalo, y todas las riquezas del mundo serán tuyas.

Pero el joven Pescador se echó a reír:

—El amor es mejor que la riqueza —exclamó—, y la sirenita me ama.

—No, no hay nada mejor que la riqueza —insistió el alma.

—El amor es mejor—replicó el joven Pescador.

Y volvió a hundirse en las profundidades, mientras el alma partía llorando a través de las marismas.

 

Pasado el tercer año, el alma regresó a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Este subió desde las profundidades y dijo:

—¿Para qué me llamas?

Y el alma le dijo:

—Acércate más para que pueda hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

El se acercó a la orilla, y echado sobre el agua, escuchó con la cabeza apoyada en la mano.

El alma le contó:

—En una ciudad que conozco, hay una posada a la orilla de un río, donde estuve en compañía de unos marineros que bebían vinos de dos colores y comían pan de cebada con pescaditos salados servidos en hojas de laurel con vinagre; nos divertíamos allí, cuando entró un viejo con una alfombra de cuero y un laúd que tenía dos cuernos de ámbar. Extendió el tapiz en el suelo y comenzó a tocar el laúd con la punta de una pluma; entonces entró corriendo una muchacha, con el rostro cubierto por un velo, y comenzó a bailar ante nosotros. Tenía cubierto el rostro, pero los pies desnudos. Tenía los pies desnudos y se agitaban sobre el tapiz como dos pichones blancos. Jamás, en ninguno de mis viajes, vi nada tan maravilloso. Y la ciudad donde baila queda sólo a una jornada de aquí.

Cuando el joven Pescador oyó las palabras de su alma, recordó que la sirenita no tenía pies, y no podía danzar. Y se apoderó de él un gran deseo, y se dijo:

—Puesto que sólo queda de aquí a un día, luego puedo volver al lado de mi amor.

Riendo, se puso de pie y caminó a grandes pasos hacia la orilla.

Al llegar a tierra firme volvió a reír y extendió los brazos hacia su alma. Y su alma lanzó un gran grito de alegría, y corrió a su encuentro, y penetró en él; y el joven Pescador vio delante suyo, sobre la arena esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.

Y su alma le dijo:

—Ven, alejémonos de aquí ahora mismo, mira que los dioses del mar son muy celosos y tienen monstruos que obedecen sus mandatos.

Se apresuraron y toda aquella noche caminaron bajo la luna, y todo el día siguiente caminaron bajo el sol, y al atardecer llegaron a una ciudad.

Y entonces el joven Pescador preguntó a su alma:

—¿Está es la ciudad donde danza la muchacha de quien me hablaste?

Y su alma contestó:

—No, no es está ciudad, es otra. Sin embargo, entremos.

Y entraron, y vagaron por las calles. Al pasar por el barrio de los joyeros, el joven Pescador se fijó en una copa de plata que estaba expuesta en una tienda. Y su alma le dijo:

—Toma esa copa de plata y escóndela.

El tomó la copa y la escondió entre los pliegues de su capa. Luego, precipitadamente, salieron de la ciudad.

Cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador frunció el ceno, arrojó lejos la copa y le dijo a su alma:

—¿Por qué me dijiste que tomara esa copa y la ocultara, siendo eso, como es, una acción vil?

Pero su alma le respondió:

—Cálmate, tranquilízate...

Al anochecer del segundo día, llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador preguntó a su alma:

—¿Es ésta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?

Y su alma le contestó:

—No, no es esta ciudad, es otra. Sin embargo, entremos.

Y entraron, y comenzaron a vagar por las calles. Al pasar por el barrio de los vendedores de sandalias, el joven Pescador vio a un niño que estaba de pie, cargando un cántaro de agua. Y su alma le dijo:

—Pégale, hazlo caer.

Y él le pegó al niño, hasta hacerlo caer, llorando. Luego escaparon de la ciudad.

Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se irritó y dijo a su alma:

—¿Por qué me hiciste que le pegara a ese niño, siendo eso, como es, una acción vil?

Pero su alma le respondió:

—Cálmate, tranquilízate...

Al amanecer del tercer día llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador preguntó a su alma:

—¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?

Y su alma le contestó:

—Sí, quizás sea esta la ciudad. Entremos a ver.

Y entraron, y recorrieron las calles. Pero en ningún sitio les fue posible encontrar el río, ni la posada que se levantaba a orillas del río. Y la gente de la ciudad lo miraba con extrañeza, y el joven Pescador se atemorizó, y le dijo a su alma:

—Vámonos de aquí, porque la muchacha que baila con pies blancos no está en esta ciudad.

Pero su alma le contestó:

—No, quedémonos en esta ciudad, porque la noche esta oscura y puede haber ladrones en el camino.

Se sentaron entonces a descansar en el mercado; cuando al poco rato, pasó un mercader vestido con una capa de paño de Tartaria que llevaba una linterna al extremo de una caña.

El mercader le dijo:

—¿Por qué te sientas en el mercado, cuando las tiendas ya están cerradas?

Y el joven Pescador repuso:

—No encontré ninguna posada en esta ciudad, y no tengo pariente alguno que me hospede.

—¿Es que acaso no somos todos hermanos? —dijo el mercader—. ¿Acaso no nos hizo a todos el mismo dios? Ven conmigo, yo tengo en mi casa una habitación para huéspedes.

Y el joven Pescador se levantó y siguió al mercader hasta su casa.

Cuando entraron, después de atravesar un jardín de granados, el mercader le trajo agua de rosas en un lavatorio de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para que apagara su sed, y un plato de arroz con una porción de cabrito asado para que saciara su hambre.

Una vez que hubo acabado de comer, lo llevó a la habitación para alojados, y le deseó una buena noche. El joven Pescador le dio las gracias, y besó el anillo que su anfitrión llevaba en el dedo. Luego se tendió sobre los tapices de pelo de cabra, y cubierto con pieles de cordero negro, se quedó dormido.

Tres horas antes de salir el sol, cuando todavía era de noche, su alma lo despertó y le dijo:

—Levántate y anda al cuarto del mercader, a la misma habitación donde duerme, y mátalo, y róbale el oro; porque tenemos necesidad de dinero.

El joven Pescador se levantó, como sonámbulo, y se deslizó sigilosamente hasta la alcoba del mercader. A los pies de su anfitrión había una espada curva, y en un azafate, junto a él, nueve bolsas de oro. Extendiendo la mano, el joven Pescador tocó la espada; pero, apenas lo hizo despertó el mercader estremeciéndose y saltando del lecho, empuñó la espada. Y dijo al joven Pescador:

—¿Vas a devolver el bien por mal y pagar con mi sangre la bondad que he tenido contigo?

Pero su alma le dijo al joven Pescador:

—¡Mátalo!

Entonces el joven Pescador golpeó al mercader y lo hizo perder el sentido. Luego se apoderó de las nueve bolsas de oro, y huyó rápidamente atravesando el jardín de los granados, y volviendo continuamente el rostro hacia la estrella de la mañana.

Cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se golpeó el pecho y dijo a su alma:

—¿Por qué me ordenaste que asesinara al mercader y le robara su oro? No cabe duda que eres muy perversa.

Pero su alma le respondió:

—Cálmate, tranquilízate...

—¡No! —gritó el joven Pescador—, no puedo tranquilizarme, porque detesto todo lo que me has obligado a hacer. Y a tí también te detesto, y te ordeno que me expliques por qué me has obligado a actuar de esta manera.

Su alma le contestó entonces:

—Cuando te desprendiste de mí y me lanzaste al mundo, no me diste corazón; así que aprendí a hacer todas estas cosas, y a gustar de ellas.

—¿Qué dices? —murmuró el joven Pescador.

—Bien lo sabes —contestó su alma—, lo sabes muy bien. ¿Te olvidaste que no me diste corazón? Por eso, no te inquietes, ni me perturbes a mí. Tranquilízate, porque no hay dolor que no puedas ahuyentar, ni placer que no puedas conseguir.

Al oír estas palabras atroces, el joven Pescador tembló, y replicó a su alma:

—Eres perversa y malvada, me has hecho olvidar mi amor, me has seducido con tus tentaciones, y has encaminado mis pies por la senda del pecado.

Pero su alma replicó con petulancia:

—No olvides que cuando me arrojaste al mundo no me diste corazón. Ven, vamos ya a otra ciudad, y divirtámonos, porque tenemos nueve bolsas de oro para gastar.

Esta vez el joven Pescador arrojó al suelo las nueve bolsas de oro, y las pisoteó, gritando:

—¡No! ¡No quiero nada contigo, ni viajaré más en tu compañía! Tal como me desprendí de ti una vez, me desprenderé de nuevo ahora, porque no me has hecho más que daño.

Se volvió de espaldas a la luna, y con el cuchillito de mango de piel de víbora verde, trató de recortar, desde sus pies, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.

Sin embargo ahora el alma no se separó de él, ni obedeció su mandato, sino que le dijo:

—El hechizo que te enseñó la bruja ya no te sirve ahora, porque ni yo puedo abandonarte, ni tú puedes desprenderte de mí. Sólo una vez en la vida un hombre puede separarse de su alma, pero aquel que la ha recibido de nuevo, tiene que conservarla consigo para siempre; y éste es su castigo y también su recompensa.

El joven Pescador palideció y apretó los puños, gritando:

—¡Fue una bruja malvada, porque eso no me lo dijo!

—No —repuso su alma—, ella fue fiel a Aquel a quien adora y servirá para siempre.

Cuando el joven Pescador comprendió que ya no podría librarse de su alma, que ahora era un alma perversa, y que habitaría en él para siempre, cayó en tierra llorando amargamente.

 

Al amanecer, el joven Pescador se levantó y dijo a su alma:

—Amarraré mis manos para que no te obedezcan, cerraré mis labios para que no repitan tus palabras, y volveré al lugar en que vive la sirena que amo. Caminaré de nuevo hacia el mar, hacia la bahía donde ella canta habitualmente y la llamaré, y le contaré el mal que he hecho a otros, y el mal que tú me has hecho a mí.

Y su alma lo tentó, diciéndole:

—¿Qué tan gran cosa es esa amada tuya, para que quieras volver con ella? Hay muchas mujeres en el mundo que son mucho más hermosas. Existen las bailarinas de Samaris, que bailan imitando a las aves y los animales, y llevan los pies teñidos de alheña, y cascabeles en las manos. Ellas ríen cuando bailan, y su risa es tan clara como la risa del agua. Ven conmigo y te las mostraré. Porque, ¿para qué te vas a preocupar de eso que tú crees que es pecado? ¿No fueron hechas para el goce las cosas sabrosas de comer? ¿Y acaso hay algún veneno en lo que es dulce de beber? No te perturbes más, y ven conmigo a otra ciudad. Muy cerca de aquí se encuentra una ciudad, donde hay un jardín de tulipanes poblado de pavos reales blancos y pavos reales de pecho azul. Cuando abren sus colas al sol son como discos de marfil y como discos de oro. Y la muchacha que los alimenta, baila con ellos, y algunas veces baila sobre sus manos y otras veces baila sobre sus pies. Y lleva los ojos pintados con antimonio, y las aletas de su nariz tienen el delicado molde de las alas de la golondrina. De una de ellas cuelga una flor tallada en una perla. Y ríe cuando baila y los aros de plata que lleva en los tobillos tintinean como campanitas. No te mortifiques más, y acompáñame a esa ciudad.

El joven Pescador ya no le contestó a su alma; cerró sus labios con un sello de silencio, amarró sus manos con una cuerda, y emprendió el regreso hacia el lugar de donde había venido, hacia la bahía donde su amada cantaba. Aunque su alma lo tentó sin cesar durante todo el camino, el joven Pescador no respondió, ni quiso seguir ninguno de sus pérfidos consejos. Tan grande era la fuerza de su amor.

Cuando por fin llegó a la orilla del mar, liberó sus manos de la cuerda, levantó de sus labios el sello de silencio y llamó a la sirenita. Pero esta vez ella no acudió a su llamada, a pesar de que él estuvo allí, implorando todo el día.

Su alma se burlaba, ahora, y le decía:

—Poca es la alegría que te produce tu amor. Eres como ese que, en tiempos de sequía, guarda su agua en un cántaro roto. Das lo que tienes y no recibes nada en cambio. Mejor será que te vengas conmigo, porque yo sé dónde está el valle de los Placeres, y las cosas que pasan allí.

El joven Pescador siguió sin responder a su alma, y en una quebrada de la roca, se construyó una cabaña, y habitó allí todo un año. Cada mañana llamaba a la sirenita, y todas las tardes la volvía a llamar, y pasaba las noches repitiendo su nombre.

Pero ella no salió del agua, jamás acudió a su encuentro, y tampoco pudo encontrarla en ningún lugar del mar, a pesar de que la buscó en las grutas y en el agua verde, en las charcas de la marea y en los pozos que hay en las profundidades.

Y sin cesar, su alma le tentaba, susurrándole cosas terribles. Pero no consiguió vencerlo, tan grande era la fuerza de su amor.

Y cuando pasó todo un año, pensó el alma:

—He tentado a mi dueño con el mal, y su amor es más fuerte que yo. Ahora voy a tentarlo con el bien, y quizás venga conmigo. Habló entonces al joven Pescador diciéndole:

—Te he referido los placeres del mundo, y no me has escuchado. Déjame ahora que te hable del dolor del mundo y acaso quieras oírme. Porque, en verdad, el dolor es el Rey del mundo, y no hay nadie que pueda escapar de sus redes. A unos les falta ropa, y otros no tienen pan. Hay viudas que se visten de púrpura, y hay viudas que se visten de harapos. A través de los pantanos caminan los leprosos, y son crueles unos con otros. De aquí para allá van los mendigos por los caminos, con sus bolsillos vacíos. Por las calles de las ciudades pasea el Hambre, y la Peste se estaciona en las puertas. Ven, vamos a remediar todo eso. ¿Para qué vas a quedarte aquí, llamando día y noche a tu amada, si ves que no viene nunca? ¿Qué tanto valor tiene ese amor tuyo para que le des tanta importancia?

Nuevamente el joven Pescador no quiso contestarle; tan grande era la fuerza de su amor. Y siguió llamando a la sirenita cada mañana, y todas las tardes la volvía a llamar y pasaba las noches repitiendo su nombre. Sin embargo, ella nunca salió del agua para encontrarlo, ni tampoco pudo encontrarla en ningún lugar del mar, a pesar que la buscó en las corrientes, y en los valles que hay debajo de las olas; la buscó en el mar que al atardecer se tiñe de rojo, y en el mar que al amanecer se vuelve gris.

Cuando el segundo año transcurrió, una noche su alma dijo al joven Pescador, mientras estaba sentado en la cabaña:

—Te he tentado con el mal y te he tentado con el bien, pero tu amor es más fuerte que yo. No voy a volver a tentarte, pero te ruego que me dejes entrar en tu corazón, para ser de nuevo una sola contigo, como fuimos antes.

—Por cierto que puedes entrar —dijo el joven Pescador—, porque en los días que vagaste por el mundo sin corazón, has tenido que sufrir mucho.

—¡Ay! chilló el alma—. No hay sitio para mí en tu corazón, está repleto de amor.

—Yo quisiera ayudarte —dijo el joven Pescador.

En ese instante, un gran grito de duelo llegó del mar, como el grito que escuchan los hombres cuando muere un hijo del Mar.

El joven Pescador se puso en pie de un salto, y corrió hacia la orilla. Las olas sombrías se precipitaron hacia la playa, trayendo una carga más blanca que la plata. Blanca como la espuma y semejante a una flor flotante sobre las olas empenachadas de negro. La marejada la arrancó de las olas, la espuma la arrancó de la marejada, la playa la recibió... y el joven Pescador vio tendido a sus pies el cuerpo de la sirenita. La sirenita estaba muerta a sus pies.

Con el corazón deshecho de dolor, el joven pescador se echó sobre la arena, junto a la sirenita, y besó el rojo frío de su boca, y acarició el ámbar mojado de su cabellera. Se echó junto a la sirenita, llorando como el que tiembla de alegría y la estrechó contra su pecho. Estaban fríos sus labios, pero él los besó. Estaba salada la miel de su carne, pero él la saboreó con cruel alegría.

Y habló con el cadáver. En las conchas de las orejas de la sirenita vertió el vino agrio de su historia. Puso las manos de ella alrededor de su cuello, y con sus dedos le acarició la garganta delicada. Amarga, amarga era su alegría, y lleno de una extraña plenitud era su dolor.

El mar negro se acercaba hinchándose, y la blanca espuma gemía como un leproso. Con blancas manos de espuma el mar se aferraba a la playa. Y del palacio del Rey del Mar se escuchó de nuevo el grito de dolor, y a lo lejos en alta mar, los tritones soplaron roncamente sus caracolas.

—Retírate— le advirtió su alma—, porque el mar se acerca cada vez más; si te demoras vas a morir. Retírate a un lugar seguro. ¿No querrás enviarme al otro mundo sin corazón?

Pero el joven Pescador no la escuchaba. Llamaba a la sirenita, y le decía:

—El amor es mejor que la sabiduría, y más precioso que las riquezas, y más bello que los pies de las hijas de los hombres. Al amor no lo consume el fuego, ni el agua puede apagarlo. Yo te llamaba al amanecer, y tú no acudiste a mi llamada. La luna oyó tu nombre, pero tú no escuchaste. Porque yo te había abandonado, y para daño mío vagué muy lejos de ti. Sin embargo, tu amor fue siempre conmigo a todas partes, y siempre fue poderoso, y nada prevaleció contra él, a pesar de que contemplé el mal y contemplé el bien. Y ahora que tú estás muerta, yo quiero también morir contigo.

Su alma le suplicaba que se retirase pero él no quiso hacerlo; tan grande era su amor. Y el mar se acercó cada vez más y trató de cubrirlo con sus olas. Y cuando él supo que su muerte estaba próxima, besó con labios frenéticos los labios fríos de la sirenita, y su corazón se hizo pedazos. Y como la plenitud de su amor hizo estallar su corazón, el alma encontró una abertura, y por allí entró, y fue de nuevo una sola con el joven Pescador, tal como antes. Entonces las sombrías olas del mar cubrieron al joven Pescador.

 

A la mañana siguiente, el sacerdote salió para bendecir el mar que había estado tormentoso, y con él venían los monjes y los músicos, y los acólitos llevando cirios, y una gran muchedumbre.

Cuando alcanzaron la orilla, el sacerdote vio al joven Pescador, ahogado sobre la playa con el cuerpo de la sirenita estrechamente abrazado. Y retrocedió frunciendo el ceño; y después de hacer la señal de la cruz anunció con resentimiento:

—¡No bendeciré al mar, ni a nada de lo que encierra! ¡Malditos sean los hijos del Mar, y malditos los que tienen relaciones con ellos! Y en cuánto a este joven Pescador, que por causa del amor olvidó a su Dios, y yace así, fulminado por el juicio de Dios, tomen su cuerpo y el cuerpo de su amante impía, y entiérrenlos al final del Campo de los Retamos, y no pongan encima marca ni señal alguna, para que nadie sepa el lugar donde descansan, porque fueron malditos en vida, y malditos son también en la eternidad de la muerte.

La gente le obedeció, y al final del Campo de los Retamos, en un sitio donde no crecía hierba, cavaron un profundo foso, y allí depositaron los cadáveres.

Cuando hubo pasado el tercer año, llegado que fue el día de la gran fiesta, subió el cura a la parroquia, para mostrarle al puerto las llagas del Señor, y hablar de la cólera divina.

Después de vestirse con sus paramentos sacerdotales, cuando entró y se inclinó ante el altar, vio que estaba todo cubierto de extrañas flores fragantes, que jamás había visto anteriormente. Eran muy singulares, y su rara belleza le turbó, y el aroma fue dulce para su olfato, sugerente de nostalgias que jamás se cuajarían en recuerdos. Y se sintió alegre, sin saber por qué estaba alegre.

Después de abrir el tabernáculo y de incensar la custodia que había dentro, y demostrar la Santa Forma al pueblo, y de esconderla otra vez detrás del velo de los velos, comenzó hablar al pueblo. Se había propuesto hablarles de la cólera divina. Pero la belleza de las flores blancas lo turbaba, y su perfume era tan grato a su olfato, y otras palabras comenzaron a brotar de sus labios. Así no habló de la ira de Dios, sino del Amor de Dios. ¿Y por qué hablaba así? No lo sabía.

Al término de su prédica la gente lloraba, y el propio cura volvió a la sacristía con los ojos llenos de lágrimas. Y los diáconos vinieron a despojarle de sus paramentos, le quitaron el alba y el cíngulo, el manípulo y la estola, mas el sacerdote seguía inmóvil como en sueños.

Cuando lo hubieron desvestido, miró a los diáconos y dijo:

—¿Qué flores son esas que hay en el altar, y de dónde provienen?

Y ellos le contestaron:

—Qué flores son no podemos decirlo; pero provienen del final del Campo de los Retamos.

Entonces el cura se estremeció, atravesado de recuerdos, y volviendo a su casa se puso en oración.

Al amanecer del siguiente día, salió con los monjes y los músicos, y los portadores de cirios; y los acólitos, y una gran muchedumbre. Fue caminando hasta la orilla del mar y bendijo al mar, y a todos los seres que viven en él. A los faunos también los bendijo, y a las pequeñas criaturas que danzan en la selva, y a las criaturas de ojos brillantes que espían a través del follaje. A todos los seres del mundo de Dios los bendijo estremeciéndose de amor, y el pueblo estaba lleno de júbilo y asombro.

Sin embargo, desde entonces, nunca más volvieron a crecer flores en aquel rincón de los Campo de los Retamos, que volvió a quedar tan desierto como lo había sido.

Tampoco volvieron a entrar los hijos del Mar en la bahía, como acostumbraban a hacerlo, porque se fueron a otro lugar del limpio océano.

El Niño-Astro

Éranse una vez dos pobres leñadores que regresaban a su casa cruzando un gran pinar. Era invierno y hacía un frío terrible. La nieve caía espesa sobre la tierra y sobre los árboles; el hielo acumulado rompía las ramas más pequeñas y débiles, y cuando los leñadores llegaron al Torrente de la Montaña, vieron que éste colgaba inánime en el aire porque había recibido el beso del Rey de Hielo. Tanto frío hacía, que aun los animales, hasta los mismos pájaros, no sabían qué hacer. —¡Muh! —gruñó el lobo saltando entre los matorrales con su cola entre las patas—. ¡Hace un tiempo perfectamente horrible! ¿Por qué no trata de remediarlo el gobierno?

—¡Uit! ¡Uit! ¡Uit! —gorjeaban los verdes colorines—; la anciana Tierra ha muerto, y le han puesto su mortaja blanca.

—La Tierra se va a desposar, y éste es su traje de bodas —murmuraban las tórtolas entre sí. Tenían sus piececitos de rosa heridos por el hielo; pero sentían que era un deber el considerar la situación de un modo romántico.

—¡Vamos! —gruñó el lobo—. Les digo que toda la culpa la tiene el gobierno, y a quien no me crea me lo comeré.

El lobo poseía un gran sentido práctico, y no le faltaban nunca argumentos sólidos.

—¡Bueno, lo que es por mí —dijo un pajarillo, que había nacido filósofo— las explicaciones me importan... una teoría atómica! Si una cosa es así, pues es así, y ahora lo que hay es que hace un frío horrible.

Verdaderamente, el frío era atroz. Las ardillas que vivían dentro del gran abeto no dejaban de frotarse las naricitas unas con otras, a fin de conservarlas calientes, y los conejos permanecían acurrucados en sus madrigueras, sin atreverse siquiera a asomarse. Los únicos seres que parecían contentos eran los búhos; sus plumas estaban atiesadas por la escarcha, pero eso los tenía sin cuidado; movían sus grandes ojos amarillos y no cesaban de llamarse unos a otros a través del bosque:

¡Tu—juit! ¡Tu—ju! ¡Tu—juit! ¡Tu—ju! ¡Qué tiempo mas delicioso tenemos!

Los dos leñadores caminaban uno tras el otro; iban frotándose las manos violentamente, y sus botazas bastas y claveteadas dejaban marcado el camino sobre la nieve endurecida. Una vez se hundieron en un arroyo profundo y salieron de él blancos como los molineros cuando se mueve el molino, y otra vez, por donde las lagunas se habían helado, resbalaron sobre la dura llanura del hielo; se soltaron los nudos de sus gavillas de leña y tuvieron que recogerlas y atarlas de nuevo; y otra vez se creyeron perdidos, y un gran terror se apoderó de ellos, porque sabían cuán cruel es la nieve para quien se duerme en sus brazos. Pero confiaban en el buen San Martín, que vela por todos los viajeros, y, rehaciendo el camino, avanzaban prudentemente, y por fin llegaron al final del bosque y vieron a lo lejos, en el valle que se extendía por debajo de ellos, las luces de su aldea.

Tan locos de alegría estaban al verse salvados, que se pusieron a reír a carcajadas. La tierra les pareció una flor de plata y la luna una flor de oro.

Pero después de tanto reír se quedaron tristes, pues recordaron su pobreza, y uno de ellos le dijo al otro:

—¿A qué alegrarnos, puesto que la vida es para los ricos y no para aquellos que están como nosotros? Más nos valía haber perecido de frío en el bosque o haber sido devorados por una fiera.

—Verdad es —contestó su compañero— que a algunos se les da mucho y a otros bien poco. La injusticia ha repartido el mundo y no hay partes iguales de nada, salvo de dolor.

Y he aquí que mientras lamentaban su miseria, sucedió este hecho extraño. Cayó del cielo una estrella muy brillante y hermosa; se deslizó hacia abajo, pasando en su curso por entre las demás estrellas, y mientras los leñadores la contemplaban asombrados, les pareció que se hundía tras un grupo de sauces situado junto a un pequeño establo que se encontraba al alcance de una piedra.

—Bueno; habrá oro para quién lo encuentre —exclamaron los dos, y en su afán de hallar oro, echaron a correr hacia allí. Y uno de los dos corría más aprisa; se adelantó a su compañero; siguió su carrera a través de los sauces, salió al otro lado, y he aquí que había realmente un objeto de oro destacándose sobre la blancura de la nieve. Se apresuró a cogerlo, se inclinó para ello y vio que era un manto de tisú de oro adornado con estrellas y doblado con muchas vueltas. Gritó a su camarada, diciéndole que había encontrado el tesoro caído del cielo, y cuando el camarada llegó junto a él, se sentaron los dos en la nieve y empezaron a desdoblar el manto para repartirse las monedas de oro. Pero ¡ay! no había oro en el manto, ni plata, ni tesoro de ninguna clase, sino solamente un niño pequeño que estaba dormido.

Y uno de los leñadores le dijo al otro:

—¡Qué mal acaba nuestra esperanza! ¡Qué poca suerte tenemos! Porque, ¿qué puede sacar un hombre de un niño? Dejémosle aquí y sigamos nuestro camino, ya que somos pobres y tenemos a nuestros hijos, cuyo pan no podemos dar a otro.

Pero su compañero le replicó:

—No; sería una mala acción dejar aquí a este niño para que se muera de frío entre la nieve, y aunque soy tan pobre como tú y debo dar de comer a muchas bocas, teniendo poco en el puchero para ello, me llevaré este niño a mi casa y mi mujer cuidará de él.

Cogió al niño con ternura, lo envolvió en el manto para preservarlo del frío cortante y volvió a descender la colina, dirigiéndose hacia la aldea, mientras su compañero quedaba asombrado por tanta necedad y tanta blandura de corazón.

Y llegando a la aldea le dijo a su camarada:

—Ya que tú tienes el niño, dame a mí el manto; pues justo es que repartamos el hallazgo.

Pero él le contestó:

—No; porque el manto no es ni tuyo ni mío, sino del niño. ¡Buena suerte, pues! Y se despidió, dirigiéndose a su casa.

Llamó. Al abrir la puerta y ver que su marido había regresado con felicidad, su mujer lo abrazó, lo besó, lo desembarazó del haz de leña que llevaba a la espalda, le limpió la nieve de las botas y le dijo que entrase.

Pero él contestó:

—He encontrado algo en el bosque y te lo traigo para que cuides de ello —y no pasaba del quicio de la puerta.

—¿Qué es? —preguntó ella—. Muéstramelo, que la casa está vacía y son muchas las cosas que nos hacen falta.

Él, entonces, descubrió el manto y mostró el niño dormido.

—¡Pero, hombre! —murmuró la mujer—, ¿no tenemos ya a nuestros hijos, que necesitas traer un intruso a sentarse en nuestro hogar? ¡Y acaso nos traiga mala suerte! ¿Y cómo voy a cuidarlo yo?

Y se puso furiosa contra su marido.

—No, que es un Niño–Astro —contestó él, y le contó la extraña aventura.

Pero ella no se apaciguaba; le hizo burla, se enfureció más, y exclamó por fin:

—¿Nuestros hijos carecen de pan y vamos a dar de comer al hijo de otros? ¿Quién atenderá entonces a los nuestros? ¿Quién les dará de comer?

—Dios cuida hasta de los gorriones y les da alimento —repuso él.

—¿Acaso no mueren también los gorriones de hambre durante el invierno? —contestó ella—. ¿Y no estamos ahora en invierno?

El hombre no dijo nada, pero no se movió del quicio de la puerta. Un viento horrible venido del bosque hacía temblar la puerta abierta. La mujer tiritaba y le dijo al marido:

—¿Por qué no cierras la puerta? Penetra en casa un viento horrible y tengo frío.

—En la casa donde hay un mal corazón, ¿no entra acaso siempre un viento horrible? —replicó él.

La mujer calló y se acercó a la lumbre.

Después de unos momentos, volvió y miró a su marido con los ojos arrasados de lágrimas. Él, entonces, entró rápidamente, le puso al niño en los brazos, y ella lo besó y lo acostó en una cuna, en la cual estaba durmiendo el más pequeño de sus hijos. Al día siguiente, el leñador cogió el extraño manto de oro y lo guardó en un arca; y su mujer cogió una cadena de ámbar que rodeaba el cuello del niño y la guardó también junto al manto.

Así fue como el Niño–Astro creció con los hijos del leñador; se sentaba a su mesa y era su compañero de juego. Y cada año que transcurría se hacía más hermoso, y todos los habitantes de la aldea admiraban su belleza, pues mientras ellos eran cetrinos y pelinegros, él era blanco y delicado como el marfil, y los rizos de su cabellera se asemejaban a los anillos del narciso. Sus labios eran como los pétalos de una flor encarnada; sus ojos, como violetas en río de agua cristalina, y su cuerpo, como los narcisos de un campo virgen, virgen de segadores.

Pero su hermosura le inspiraba el mal. Creció altivo, cruel y egoísta. Despreciaba a los hijos del leñador y a los demás niños de la aldea, diciéndoles que eran de origen humilde, mientras que él era de noble estirpe, porque había nacido de una estrella. Y se erigió en señor de todos ellos, y los llamaba sus criados; no sentía piedad por los desvalidos, ni por los ciegos o mutilados, ni por los afligidos, sino que, por el contrario, les tiraba piedras, los arrojaba a la carretera y les prohibía mendigar el pan, de modo que nadie, sino los que estaban fuera de la ley, llegaban dos veces hasta aquella aldea a pedir limosna. Estaba convencido hasta tal punto de su propia belleza, que se reía de los raquíticos y poco agraciados, burlándose de ellos.

El leñador y su mujer lo reprendían a menudo, diciéndole:

—Nosotros no te tratamos como tratas tú a los que se quedan solitarios, sin tener quien los ampare. ¿Por qué te muestras tan duro para cuantos necesitan compasión?

A menudo, también el anciano sacerdote lo mandaba llamar e intentaba inculcarle el amor a los seres vivientes, diciéndole:

—La mosca es hermana tuya; no le hagas daño. Los pájaros silvestres que vuelan por el bosque tienen su derecho a la vida; no te diviertas en ponerles trampas. Dios crió al gusano y al topo y cada uno tiene designado su puesto. ¿Quién eres tú para traer penas al mundo de Dios? Hasta el ganado del campo alaba al Señor.

Pero el Niño–Astro no prestaba atención a estas palabras; ponía mal gesto, profería insultos y se iba a gobernar a sus compañeros. Y éstos le seguían porque era hermoso y tenía los pies ligeros y sabía hacer música con la flauta. Y dondequiera que el Niño–Astro los llevaba, ellos le seguían, y cualquier cosa que el Niño–Astro les mandaba, ellos la hacían. Y cuando él, con una caña afilada le saltaba al topo los ojos turbios, ellos se echaban a reír; y cuando tiraba piedras a un leproso, también se reían. En todo los gobernaba, y les hizo volverse tan duros de corazón como él.

Un día pasó por la aldea una pobre mendiga. Tenía las ropas desgarradas y andrajosas, los pies le sangraban a causa del áspero camino recorrido, y toda su apariencia era miserable. Y como estaba muy cansada se sentó a descansar debajo de un castaño.

Al verla, el Niño–Astro dijo a sus compañeros:

—Mirad, bajo aquel hermoso árbol cubierto de hojas verdes está sentada una mendiga asquerosa. Vamos a echarla de aquí, porque es fea y desagradable.

Dicho esto se aproximó a la anciana, la apedreó y se burló de ella. La mujer lo miraba con terror y no le apartaba la vista de encima.

Cuando el leñador, que se hallaba partiendo leños en un montecillo cercano, vio lo que hacía el Niño–Astro, corrió a reprenderlo, diciéndole:

—Verdaderamente tienes el corazón muy duro y no sabes lo que es tener misericordia. ¿Qué daño te ha hecho esa pobre mujer para que la trates de ese modo?

El Niño–Astro se puso furioso, pateó la tierra y contestó:

—¿Quién eres tú para interrogarme acerca de lo que hago? No soy tu hijo y no te debo obediencia.

—Dices bien —repuso el leñador—; pero yo te enseñé la piedad cuando te hallé en el bosque.

Al oír estas palabras, la mendiga dio un gran grito y se desmayó. El leñador la llevó a su casa, en donde su mujer la atendió y cuando recobró el conocimiento colocaron ante ella comida y bebida para que se reconfortase.

Pero ella, en lugar de comer y beber, le dijo al leñador:

—¿No dijiste que el niño fue encontrado en el bosque? Y ¿no son diez años los transcurridos desde entonces?

—Sí —contestó el leñador—; en el bosque encontré yo al niño y van diez años de ello.

—Y ¿qué encontraste junto a él? —prosiguió la mendiga—. ¿No llevaba alrededor del cuello un collar de ámbar? ¿No iba envuelto en un manto de tisú de oro bordado con estrellas?

—Cierto —contestó el leñador—, era como tú dices —y sacó, del arca en donde los guardaban, el collar de ámbar y el manto de oro, y se los mostró.

Al verlos, la mendiga se echó a llorar de alegría y exclamó:

—Es mi hijito, al que yo perdí en el bosque. Te suplico que mandes pronto por él, porque vengo recorriendo el mundo en su busca.

El leñador salió con su mujer a llamar al Niño–Astro:

—Entra en casa —le dijeron—, que allí está tu madre esperándote.

Entró el niño, con gran frialdad y asombro; pero al ver quién lo esperaba, se echó a reír desdeñosamente, diciendo:

—¿Y dónde está mi madre? Porque aquí sólo veo a esta mendiga.

Ella le dijo entonces:

—Yo soy tu madre.

—Estás loca —exclamó él, colérico—. Yo no soy tu hijo, tú eres una mendiga fea y harapienta. Por lo tanto, vete de aquí y no vuelvas a mostrarme tu repugnante cara.

—No, que eres verdaderamente mi hijito, el que yo perdí en el bosque —exclamó ella—. Y cayendo de rodillas, le tendió los brazos. Te robaron unos ladrones y te dejaron para que te murieras —continuó diciendo—; pero te he reconocido en seguida y también reconozco el manto de tisú de oro y el collar de ámbar. Te suplico que vengas conmigo, pues he errado por toda la tierra buscándote. Ven conmigo, hijo mío, ven, que necesito tu cariño.

Pero el Niño–Astro permaneció inmóvil y cerró las puertas de su corazón. No se oía ningún ruido, salvo el del llanto de la mendiga que lloraba de pena.

Y, por fin, habló el niño, con voz dura y severa:

—Si realmente eres mi madre —dijo— mejor hubieras hecho en marcharte que no en venir a avergonzarme, ya que yo me creía hijo de una estrella y no de una mendiga como tú. Vete de aquí, y que no te vuelva a ver más.

—¡Ay!, hijo mío —repuso ella—. ¿No me besarás siquiera antes de que me vaya? Mira que mi dolor ha sido muy grande al encontrarte.

—No —contestó el Niño–Astro, que estás muy sucia. Besaría a una víbora o a un sapo antes que a ti.

La mendiga se levantó entonces y se fue al bosque, llorando amargamente. Al ver que se había ido, el Niño–Astro se puso muy contento y volvió junto a sus compañeros para seguir jugando.

Pero al verle llegar, éstos se volvieron contra él, diciéndole:

—Eres tan vil como el sapo y tan aborrecible como la víbora. Márchate de aquí, que no queremos que juegues con nosotros.

Y lo echaron fuera del jardín.

El Niño–Astro se enfureció, murmurando:

—¿Qué es lo que me han dicho? Iré al pozo, me miraré detenidamente y el pozo me dirá cuán hermoso soy.

Así lo hizo, pero ¡ay!... Su cara era como la cara de un sapo y su cuerpo tenía escamas como el de una víbora. Entonces se echó a llorar sobre la hierba, diciendo:

—Seguramente me sucede esto en castigo de mi pecado. He negado a mi madre, la he echado de mi lado y me he mostrado altivo y cruel con ella. Por lo tanto, debo ir a buscarla por todo el mundo y no descansaré hasta haberla encontrado.

En ese instante se acercó la más pequeña de las hijas del leñador, y poniéndole la mano encima del hombro, le preguntó:

—¿Qué te ocurre que has perdido tu hermosura? Quédate con nosotros, que yo no me burlaré de ti.

Y él contestó:

—No, porque he sido cruel con mi madre y este mal me ha sido enviado en castigo; así es que debo irme de aquí y andar por todo el mundo hasta encontrar a mi madre y conseguir su perdón.

Así, marchó al bosque y llamó a su madre, pero en vano. Todo el día la estuvo llamando; cuando se puso el sol, se tendió en un lecho de hojas para dormir; los pájaros y todos los animalitos huían de él recordando su crueldad, y se quedó solo. Únicamente le hacían compañía el sapo, que parecía servirle de guardia, y la víbora, que pasaba arrastrándose lentamente.

A la mañana se levantó, cogió de los árboles algunas frutas amargas, se las comió, y llorando lastimosamente emprendió el camino a través del bosque inmenso. Y a todo el que encontraba le preguntaba si por casualidad había visto a su madre. Al topo le dijo:

—Tú que andas por debajo de tierra, dime: ¿está mi madre allí?

Y el topo le contestó:

—Me has dejado ciego, ¿cómo quieres que la vea?

Le dijo al colorín:

—Tú, que puedes volar por encima de los árboles y puedes vislumbrarlo todo, dime: ¿no ves a mi madre?

Y el colorín le contestó:

—Me has cortado las alas por divertirte, ¿cómo quieres que vuele?

Y a la pequeña ardilla, que vivía solitaria dentro del abeto, le dijo:

—¿Dónde está mi madre?

Y la ardilla le contestó:

—A mí me mataste, ¿quieres acaso matarla también?

Y el Niño–Astro lloró y bajó la cabeza, y pidió a Dios que le perdonara todas sus culpas y siguió por el bosque buscando a su madre mendiga. Y al tercer día había atravesado todo el bosque y descendió hacia la llanura.

Cuando pasaba por las aldeas, los niños le hacían burla y lo apedreaban, y los campesinos no le permitían dormir en los establos, sino después de sacar fuera todo el estiércol; estaba tan sucio, que le echaban de todas partes y nadie se apiadaba de él. En ningún lugar pudo saber de la mendiga, que era su madre, a pesar de vagar por el mundo durante tres años. A menudo le parecía verla frente a él por algún camino, y la llamaba y corría tras ella hasta ensangrentarse los pies con los puntiagudos guijarros; pero no lograba alcanzarla y aquellos a quienes preguntaba por ella, contestaban que sí, que la habían visto, y si no, que habían visto otra parecida, y se reían de su pena.

Por espacio de tres años anduvo errando por el mundo y en el mundo no había para él ni amor, ni afecto, ni caridad; y es que aquel mundo era el que él mismo se había fraguado en los días de su altivez.

Una noche llegó a la puerta de una ciudad rodeada de fuertes murallas y situada junto a un río, y como estaba muy cansado y tenía los pies heridos, decidió entrar en ella. Pero los soldados que montaban la guardia no le permitieron la entrada cruzando sus lanzas y le preguntaron duramente qué buscaba en la ciudad.

—Voy en busca de mi madre —contestó él—, y les suplico me dejen pasar, pues quizás esté en esta ciudad.

Pero se burlaron de él, y uno de los soldados que tenía una gran barba negra apoyó su arma en el suelo y exclamó:

—En verdad que para tu madre no habrías de ser ninguna alegría, pues eres más feo que el sapo de la laguna y la víbora que se arrastra por el pantano: ¡lárgate de aquí!

Otro soldado que sostenía un estandarte amarillo le preguntó:

—¿Quién es tu madre y por qué la andas buscando?

Y él contestó:

—Mi madre es una mendiga como yo, y la traté mal; te ruego que me dejes pasar para que me perdone, si es que se ha detenido en esta ciudad.

Pero los soldados no hicieron caso de lo que decía, y lo pincharon con sus lanzas.

Cuando ya se alejaba, llorando, llegó uno cuya armadura tenía en incrustación flores doradas y cuyo yelmo ostentaba un león alado; llegó y preguntó a los soldados quién era aquel que había solicitado entrar.

—Es un mendigo, hijo de una pordiosera, y lo hemos echado de aquí —dijeron los soldados.

—No —exclamó riendo el recién llegado—, podemos venderlo como esclavo; lo daremos por una copa de vino dulce.

Un viejo de mal aspecto que pasaba por allí, dijo entonces:

—Lo compro por ese precio.

Y después de pagar lo convenido, cogió al Niño–Astro de la mano y entró con él en la ciudad.

Después de recorrer muchas calles, llegaron ante una puertecita abierta en una pared, junto a la cual había un granado. El viejo golpeó la puerta con un anillo de jaspe tallado, la puerta se abrió y bajaron por cinco escalones de bronce a un jardín lleno de amapolas negras y jarrones verdes de barro cocido. El viejo sacó entonces de su turbante un pedazo de seda bordado, vendó con él los ojos del Niño–Astro y lo hizo marchar hacia adelante. Cuando le quitó la venda, el Niño–Astro se encontró en un calabozo alumbrado por un farol de cuerno.

El viejo colocó encima de una mesa un pedazo de pan añejo y le dijo:

—¡Come!

Le sirvió un poco de agua en una taza, y le dijo:

—¡Bebe!

Y después de haberle visto comer y beber, se fue, cerrando la puerta tras sí y asegurándola con una cadena de hierro.

A la mañana siguiente, el viejo, que debía poseer tantas habilidades como los magos de Libia y que había aprendido su ciencia de uno de ellos que habitaba en las tumbas del Nilo, entró, y, con malos modos, le dijo:

—En un bosque que está cerca de las puertas de esta ciudad de Giaours hay tres monedas de metal. Una es de metal blanco; otra, de metal amarillo, y la tercera es de metal rojizo. Hoy me vas a traer la pieza de metal blanco, y si vuelves sin ella te daré cien latigazos. Ve de prisa: al ponerse el sol, te esperaré a la puerta del jardín. Y no dejes de traer el metal blanco, o te irá mal conmigo: eres mi esclavo, pues te compré por una copa de vino dulce.

Le vendó los ojos con la venda de seda blanca, lo condujo a través de la casa y del jardín de amapolas; le hizo subir los cinco escalones de bronce, y, abriendo la puerta con su anillo, lo puso en la calle.

El Niño–Astro salió de las puertas de la ciudad y llegó al bosque.

Desde afuera, el bosque estaba hermosísimo; parecía lleno de pájaros cantarines y de flores deliciosamente perfumadas, así es que el Niño–Astro penetró en él con gran alegría; pero aquel esplendor no le servía de nada, pues dondequiera que iba, zarzas y espinas brotaban a su paso y lo cercaban, ortigas dañinas lo pinchaban y hojas de cardo le agujereaban la piel; de modo que se encontró pronto en terrible aprieto, y tampoco pudo hallar por ningún lado la moneda de metal blanco, de la cual le había hablado el mago, a pesar de estar buscándola desde el amanecer hasta el mediodía y desde el mediodía hasta la puesta del sol. Entonces volvió a la casa llorando desconsoladamente, pues demasiado sabía lo que allí le esperaba.

Pero al llegar a la orilla del bosque oyó un grito, como de alguien que se quejase, que partía de un matorral; y olvidando sus propias penas, volvió sobre sus pasos y vio una liebre pequeñita cogida en una trampa puesta por algún cazador.

El Niño–Astro tuvo piedad de la liebre y la liberó diciéndole:

—No soy más que un esclavo, pero puedo devolverte tu libertad.

La liebre le contestó entonces:

—Es verdad, tú me has liberado; ¿qué puedo yo darte en cambio?

—Estoy buscando una moneda de metal blanco —le dijo el Niño–Astro—, no la encuentro por ninguna parte, y si no se la llevo a mi amo me dará de palos.

—Ven conmigo —repuso la liebre—, que yo te llevaré adonde está, pues sé dónde fue escondida y con qué fin.

El Niño–Astro se fue con la liebre, y he aquí que dentro de un gran roble vio la moneda de metal blanco tan buscada. Lleno de alegría la cogió y dijo a la liebre:

—El servicio que te presté, me lo has pagado con creces, y el cariño que te demostré me lo has devuelto centuplicado.

—No es nada —contestó la liebre—, sólo te he tratado conforme tú me trataste.

Dicho esto, desapareció rápidamente, y el Niño–Astro se dirigió hacia la ciudad.

En la puerta de ésta se hallaba sentado un leproso. Sobre su cara pendía una capucha de tela gris, a través de cuyos ojetes brillaban sus ojos como carbones encendidos. Al ver llegar al Niño–Astro, golpeó en su taza de madera, agitó su cascabel, y llamando al niño le dijo:

—Dame una moneda, pues si no me voy a morir de hambre; me han echado de la ciudad y no hay quién se apiade de mi.

—¡Ay! —exclamó el Niño–Astro—, sólo tengo una moneda dentro de mis alforjas y si no se la llevo a mi amo me apaleará, pues soy su esclavo.

Pero tanto rogó y suplicó el leproso, que el Niño–Astro se compadeció y le dio la moneda de metal blanco.

Cuando llegó a casa del mago, éste le abrió la puerta, y haciéndole entrar, le preguntó:

—¿Traes la moneda de metal blanco?

—No la traigo —contestó el Niño–Astro.

Entonces el mago se lanzó sobre él y lo maltrató, y colocándolo ante una mesa vacía, le dijo:

—¡Come!

Y dándole una taza vacía, añadió:

—¡Bebe!

Y lo encerró de nuevo en el calabozo.

Al día siguiente llegó y le dijo:

—Si hoy no me traes la moneda de metal amarillo te guardaré siempre como esclavo y te daré trescientos latigazos.

El Niño–Astro se fue al bosque y estuvo todo el día buscando la moneda de metal amarillo, pero no pudo dar con ella por ninguna parte. A la puesta del sol se sentó en el suelo y rompió a llorar. Mas he aquí que mientras estaba llorando llegó la liebre a la que había liberado del cepo.

—¿Por qué lloras? —le preguntó la liebre—. ¿Y qué haces en el bosque?

—Estoy buscando una moneda de metal amarillo que está aquí escondida —contestó el Niño–Astro, y si no la encuentro, mi amo me pegará y me guardará como esclavo.

—¡Sígueme! —ordenó la liebre.

Y se fueron corriendo por el bosque hasta llegar a una laguna. En el fondo de la laguna estaba la moneda de metal amarillo.

—¿Cómo darte las gracias? —dijo el Niño–Astro—, pues ésta es ya la segunda vez que me salvas.

—Tú tuviste compasión de mí primero —dijo la liebre, y desapareció veloz.

El Niño–Astro cogió entonces la moneda de metal amarillo, la metió en su bolsillo y se dirigió hacia la ciudad. Pero el leproso lo divisó de lejos, corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, exclamó:

—Si no me das una moneda, me moriré de hambre.

—No tengo en mi bolsillo más que una moneda de metal amarillo —le dijo el Niño–Astro—, y si no se la llevo a mi amo me apaleará y me guardará como esclavo.

Pero el leproso le suplicó tan lastimosamente, que el Niño–Astro acabó por compadecerse y darle la moneda de metal amarillo. Y cuando llegó a la casa, el mago le abrió la puerta, le hizo entrar y le preguntó:

—¿Traes la moneda de metal amarillo? Y el Niño–Astro hubo de contestar:

—No la traigo.

Entonces el mago se lanzó sobre él, le pegó, lo cargó de cadenas y lo arrojó de nuevo al calabozo.

Al otro día llegó y le dijo:

—Si me traes hoy la moneda de metal rojizo, te dejaré libre; pero si no me la traes, te mataré indefectiblemente.

El Niño–Astro se fue al bosque y durante todo el día buscó la moneda de metal rojizo sin poder hallarla por ninguna parte. A la puesta del sol se sentó y rompió a llorar, y mientras lloraba, llegó la liebre.

Y la liebre le dijo:

—La moneda que buscas se halla en la caverna que está detrás de ti. Por lo tanto, alégrate en vez de llorar.

—¿Cómo recompensarte? —exclamó el Niño–Asto—, pues ya es la tercera vez que me salvas.

—Tú te compadeciste de mí primero —repuso la liebre, y desapareció rápidamente.

Y el Niño–Astro penetró en la caverna, y en el sitio más recóndito halló la moneda de metal rojizo, la metió en su bolsillo y volvió a la ciudad. Viéndole venir, el leproso se puso en medio del camino y dijo:

—¡Dame la moneda de metal rojizo o me muero!

El Niño–Astro tuvo lástima de él y le entregó la moneda, diciéndole:

—Tu necesidad es mayor que la mía.

Pero su corazón quedó oprimido, pues sabía la suerte que le esperaba.

Mas he aquí que al pasar por las puertas de la ciudad los soldados de la guardia le saludaron con grandes reverencias, diciendo:

—¡Qué hermoso es nuestro señor!

Y una muchedumbre le seguía, exclamando:

—Seguramente no habrá nadie tan hermoso en el mundo.

El Niño–Astro lloraba pensando: "Se están burlando de mi para hacerme sentir mi desgracia". Y tal era la muchedumbre, que el Niño–Astro se extravió en su camino y fue a parar a una gran plaza en la que se elevaba el palacio de un rey. Se abrió la puerta del palacio y los sacerdotes y altos dignatarios de la ciudad salieron a su encuentro, diciéndole prosternados:

—Tú eres nuestro señor, el hijo de nuestro rey, que estábamos esperando.

—No —les contestó el Niño–Astro—. Yo no soy el hijo del rey, sino el hijo de una pobre mendiga. ¿Y por qué me dicen hermoso, si yo sé que soy muy feo?

Entonces uno cuya armadura tenía incrustaciones de flores doradas y cuyo yelmo ostentaba un león alado, alzó su escudo de armas y exclamó:

—¿Por qué dice mi señor que no es hermoso?

El Niño–Astro se miró en el escudo, y he aquí que se vio nuevamente como había sido en otros tiempos. Y los sacerdotes y los altos dignatarios se prosternaron diciendo:

—Hace mucho fue profetizado que en este día vendría quien habría de gobernarnos. Por consiguiente, tome nuestro señor esta corona y este cetro y sea en su misericordia y su justicia nuestro rey.

Pero él les contestó diciendo:

—No soy digno de ello, pues he negado a mi madre que me dio a luz, y no descansaré hasta encontrarla y conseguir su perdón. Así, pues, déjenme ir que debo seguir errando por el mundo y no me puedo detener, aunque me ofrezcan una corona y un cetro.

Pero al acabar de hablar, volvió su rostro hacia la calle que conducía a la puerta de la ciudad, y ¡oh milagro!, entre la muchedumbre apiñada tras los soldados, vio a la mendiga que era su madre y junto a ella al leproso del camino.

Dio un grito de júbilo y corrió apartando a la gente, y, arrodillándose ante su madre, le besó las heridas de sus pies y los regó con sus lágrimas. Bajó la cabeza, y sollozando como el que tiene desgarrado el corazón, le dijo:

—Madre: te negué en la hora de mi orgullo; recíbeme en la hora de mi humildad. Madre, te aborrecí; dame tu amor. Madre, te rechacé; acoge ahora a tu hijo.

Pero la mendiga no le respondió una palabra. Él entonces se abrazó a los pies del leproso, diciéndole:

—Tres veces tuve compasión de ti; di le a mi madre que no permanezca sin hablarme.

Pero el leproso no le respondió una palabra y él sollozó de nuevo y dijo:

—Madre: mi sufrimiento es superior a mis fuerzas. Perdóname y permíteme que vuelva al bosque. Y la mendiga, poniéndole la mano sobre la cabeza, le dijo:

—¡Levántate!

Y el leproso, poniéndole la mano sobre la cabeza, le dijo también:

—¡Levántate!

Púsose en pie, los miró y... ¡eran un rey y una reina!

Y la reina le dijo:

—Éste es tu padre, al que socorriste.

Y el rey le dijo:

—Ésta es tu madre, cuyos pies has regado con tus lágrimas.

Y lo abrazaron, y lo besaron, y lo llevaron al palacio, donde lo vistieron con ropas magníficas y le colocaron la corona sobre la cabeza y el cetro entre las manos. Y él gobernó la ciudad de junto al río. Y fue su dueño y señor. Fue justo y misericordioso con todos; desterró al mago perverso y colmó de grandes regalos al leñador y su mujer, y de honores a sus hijos; no toleró que nadie se mostrara cruel con los animales ni con los pájaros; dio ejemplo de amor y caridad, vistió al desnudo, y hubo paz y prosperidades sobre la tierra. Pero no gobernó mucho tiempo; sus sufrimientos habían sido tan grandes y tan terrible la fuerza de su prueba, que murió tres años más tarde.

Y su sucesor gobernó mal.


Publicado el 18 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
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