Utopía

Tomás Moro


Filosofía, Política



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Índice

Libro Primero
Libro Segundo
Introducción
Las ciudades y en particular Amaurota
Los magistrados
Las relaciones públicas entre los utopianos
Los viajes de los utopianos
Los esclavos
El arte de la guerra
Religiones de los utopianos
Conclusión final

Libro Primero

Diálogo del eximio Rafael Hitlodeo sobre la mejor forma de comunidad política. Por el ilustre Tomás Moro, ciudadano y sheriff de Londres, ínclita ciudad de Inglaterra

No ha mucho tiempo, hubo una serie de asuntos importantes entre el invicto rey de Inglaterra, Enrique VIII, príncipe de un genio raro y superior, y el serenísimo príncipe de Castilla, Carlos. Con tal motivo fui invitado en calidad de delegado oficial a parlamentar y a conseguir un acuerdo sobre los mismos. Se me asignó por compañero y colega a Cuthbert Tunstall, hombre sin igual, y, elevado años más tarde, con aplauso de todos, al cargo de archivero, jefe de los archivos reales.

Nada diré aquí en su alabanza. Y no porque tema que nuestra amistad pueda parecer se torna en lisonja. Creo que su saber y virtud están por encima de mis elogios.

Por otra parte, su reputación es tan brillante que lanzar al viento sus méritos, sería como querer, según el refrán, «alumbrar al sol con un candil».

Según lo convenido, nos reunimos en Brujas con los delegados del príncipe Carlos.

Todos ellos eran hombres eminentes. El mismo prefecto de Brujas, varón magnífico, era jefe y cabeza de esta comisión, si bien Jorge de Themsecke, preboste de Cassel, era su portavoz y animador. Este hombre cuya elocuencia se debía menos al arte que a la naturaleza, pasaba por uno de los jurisconsultos más expertos en asuntos de Estado.

Su capacidad personal, unida a un largo ejercicio en los negocios públicos, hacían de él un hábil diplomático.

Tuvimos varias reuniones, sin haber llegado a ningún acuerdo en varios puntos. En vista de ello, nuestros interlocutores se despidieron de nosotros, por unos días, dirigiéndose a Bruselas con el fin de conocer el punto de vista del príncipe.

Ya que las cosas habían corrido así, creí que lo mejor era irme a Amberes. Estando allí, recibí innumerables visitas.

Ninguna, sin embargo, me fue tan grata como la de Pedro Gilles, natural de Amberes.

Todo un caballero, honrado por los suyos con toda justicia. Difícilmente podríamos encontrar un joven tan erudito y tan honesto. A sus más altas cualidades morales y a su vasta cultura literaria unía un carácter sencillo y abierto a todos. Y su corazón contiene tal cariño, amor, fidelidad y entrega a los amigos que resultaría difícil encontrar uno igual en achaques de amistad. De tacto exquisito, carece en absoluto de fingimiento, distinguiéndose por su noble sencillez. Fue tan vivaz su conversación y su talante tan agudo, que con su charla chispeante y su ameno trato llegó a hacerme llevadera la ausencia de la patria, la casa, la mujer y los hijos a quienes no veía desde hacía cuatro meses, y a quienes, como es lógico, quería volver a abrazar.

Un día me fui a oír misa a la iglesia de Santa María, rato ejemplar de arquitectura bellísima y muy frecuentada por el pueblo. Ya me disponía a volver a mi posada, una vez terminado el oficio, cuando vi a nuestro hombre, charlando con un extranjero entrado en años. De semblante adusto y barba espesa, llevaba colgado al hombro, con cierto descuido, una capa. Me pareció distinguir en él a un marinero. En esto me ve Pedro, se acerca y me saluda. Al querer yo devolverle el saludo me apartó un poco y señalando en dirección al hombre con quien le había visto hablar me dijo:

—¿Ves a ése? Estaba pensando en llevártelo a tu casa.

—Si viene de tu parte, le recibiría encantado, le respondí.

—Si le conocieras, se recomendaría a sí mismo. No creo que haya otro en el mundo que pueda contarte más cosas de tierras y hombres extraños. Y sé lo curioso que eres por saber esta clase de cosas.

—Según eso —dije yo entonces— no me equivoqué. Apenas le vi, sospeché que se trataba de un patrón de navío.

—Pues te equivocas. Porque, aunque este hombre ha navegado, no lo ha hecho como lo hiciera Palinuro, sino como Ulises, o mejor, como Platón. Escucha:

—Rafael Hitlodeo (el primer nombre es el de familia) no desconoce el latín y posee a la perfección el griego. El estudio de la filosofía, a la que se ha consagrado totalmente, le ha hecho cultivar la lengua de Atenas, con preferencia a la de Roma. Piensa que los latinos no han dejado nada de importancia en este campo, a excepción de algunas obras de Séneca y Cicerón.

Entregó a sus hermanos el patrimonio que le correspondía allá en su patria, Portugal.

Siendo joven, arrastrado por el deseo de conocer nuevas tierras acompañó a Américo Vespucci en tres de los cuatro viajes que ya todo el mundo conoce. En el último de ellos ya no quiso volver, Se empeñó y consiguió de Américo ser uno de los veinticuatro que se quedaron en una remota fortificación en los últimos descubrimientos de la expedición. Al proceder así, no hacía sino seguir su inclinación más dada a los viajes que a las posadas. Suele decir con frecuencia: «A quien no tiene tumba el cielo le cubre» y «Todos los caminos sirven para llegar al cielo». Desde luego, que, si Dios no se cuidara de él de modo tan singular, no iría lejos con semejantes propósitos. De todos modos, una vez separado de Vespucci se dio a recorrer tierras y más tierras con otros cinco compañeros. Tuvieron suerte, pudiendo llegar a Trapobana y desde allí pasar a Calicut. Aquí encontró barcos portugueses que le devolvieron a su patria cuando menos lo podía esperar.

Agradecí de veras a Pedro su atención al contarme todo esto, así como el haberme deparado el gozo de la conversación de un hombre tan extraordinario. Y sin más, saludé a Rafael con la etiqueta de rigor en estos casos al vernos por primera vez. Los tres juntos nos dirigimos después a mi casa y comenzamos a charlar en el huerto, sentados en unos bancos cubiertos de verde y fresca hierba.

Nos dijo Rafael cómo después de separarse de Vespucci, él y los compañeros que habían permanecido en la fortaleza, comenzaron a entablar relaciones e intercambios con los nativos. Pronto se sintieron entre ellos sin preocupación alguna e incluso como amigos. Llegaron también a entablar amistad con un príncipe de no sé qué región —su nombre se me ha borrado de la memoria. Este príncipe les obsequió abundantemente con provisiones tanto durante su estancia como para el viaje, que se hacía en balsas por agua, y en carretas por tierra. Les dio asimismo cartas de recomendación a otros príncipes, poniéndoles, a tal efecto, un guía excelente que les introdujera.

Nos contaba cómo habían encontrado en sus largas correrías, ciudades y reinos muy poblados y organizados de forma admirable. Nos hizo ver que por debajo de la línea del ecuador todo cuanto se divisa en todas las direcciones de la órbita solar es casi por completo una inmensa soledad abrasada por un calor permanente. Todo es árido y seco, en un ambiente hostil, habitado por animales salvajes, culebras y hombres que poco se diferencian de las fieras en peligrosidad y salvajismo.

Pero a medida que se iban alejando de aquellos lugares, todo adquiría tonos más dulces.

El cielo era más limpio, la tierra se ablandaba entre verdores. Era más suave la condición de animales y hombres. Otra vez se encontraban fortalezas, ciudades y reinos que mantienen comercio constante por mar y por tierra, no sólo entre sí, sino también, con países lejanos.

Esta situación les permitió descubrir tierras desconocidas en todas direcciones. No había nave que emprendiera viaje que no les llevase con agrado a él y a sus compañeros rumbo a otra nueva aventura.

Los primeros barcos que toparon eran de quilla plana, y las velas estaban zurcidas de mimbres o de hojas de papiro. En otros lugares las velas eran de cuero. Posteriormente encontraron quillas puntiagudas y velas de cáñamo. Y, por fin, barcos iguales a los nuestros. Los marinos eran expertos conocedores del mar y del firmamento.

Su reputación entre ellos creció de manera extraordinaria cuando les enseñó el manejo de la brújula que no conocían. Este desconocimiento hacía que se aventurasen mar adentro con gran cautela y sólo en el verano. Ahora en cambio, brújula en mano desafina los vientos y el invierno con más confianza que seguridad; pues, si no tienen cuidado, este hermoso invento que parecía llamado a procurarles todos los bienes, podría convertirse por su imprudencia, en una fuente de males.

Me alargaría demasiado en contaros todo lo que nos dijo haber visto en aquellos lugares. Por otra parte, no es éste el objeto de este libro. Tal vez en otro lugar refiera lo que creo no debe dejarse en el tintero, a saber, la referencia a costumbres justas y sabias de hombres que viven como ciudadanos responsables en algunos lugares visitados.

Nuestro interés, en efecto, se cernía sobre una serie de temas importantes, que él se deleitaba a sus anchas en aclarar. Por supuesto que en nuestra conversación no aparecieron para nada los monstruos que ya han perdido actualidad. Escilas, Celenos feroces y Lestrigones devoradores de pueblos, y otras arpías de la misma especie se pueden encontrar en cualquier sitio. Lo difícil es dar con hombres que están sana y sabiamente gobernados. Cierto que observó en estos pueblos muchas cosas mal dispuestas, pero no lo es menos que constató no pocas cosas que podrían servir de ejemplo adecuado para corregir y regenerar nuestras ciudades, pueblos y naciones.

En otro lugar, como he dicho, hablaré de todo esto. Mi intento ahora es narrar únicamente y referir cuanto nos dijo sobre las costumbres y régimen de los utopianos.

Trataré, primero, de reproducir la charla en que, como por casualidad, salió el tema de la República de Utopía.

Rafael acompañaba su relato de reflexiones profundas. Al examinar cada forma de gobierno, tanto de aquí como de allí, analizaba con sagacidad maravillosa lo que hay de bueno y de verdadero en una, de malo y de falso en otra. Lo hacía con tal maestría y acopio de datos que se diría haber vivido en todos esos sitios largo tiempo. Pedro, lleno de admiración por un hombre así, le dijo:

—Me extraña, mi querido Rafael, que siendo el que eres y dada tu ciencia y conocimientos de lugares y hombres, no te hayas colocado al servicio de alguno de esos reyes. Hubiera sido un placer para cualquiera de ellos. Al mismo tiempo le hubieras instruido con tus ejemplos y conocimientos de lugares y de hombres. Sin olvidar que con ello podrías atender a tus intereses personales y aportar una ayuda sustancial a los tuyos.

—No me inquieta la suerte de los míos ni poco ni mucho —dijo Rafael—. Creo haber cumplido mi deber de forma suficiente. Dejé a los míos y a los amigos siendo joven y en pleno vigor, lo que otros muchos no suelen hacer sino cuando están viejos y achacosos, y aun entonces, contra su gusto y voluntad. Creo que pueden estar contentos con mi liberalidad hacia ellos. Pero lo que no me pueden pedir es que, además, tenga yo que convertirme en siervo de ningún rey.

—Tenéis razón —replicó Pedro—. Pero no quise decir que fueras siervo, sino servidor.

—No veo más diferencia —contestó Rafael—, que la adición de una sílaba.

—Llámalo como quieras —insistió Pedro—: lo que quiero decir, es que ese es el camino para llegar a ser feliz tú, y en el que podrás ser útil tanto a la sociedad como a los ciudadanos.

—Me repugna —dijo Rafael—, ser más feliz a costa de un procedimiento que aborrezco.

Ahora mismo vivo como quiero, cosa que dudo les suceda a muchos que visten de púrpura. Por lo demás, abundan y sobran los que apetecen la amistad de los Poderosos.

Que yo les falte y algunos más semejantes a mí no creo que les cause excesivo perjuicio.

—Es claro, querido Rafael —dije yo entonces— que no hay en ti ambición de riquezas, ni de poder. Un hombre de tu talante me merece tanta estima y respeto como el que detesta el mayor poder. Por ello, me parece que sería digno de un espíritu tan magnánimo, y de un verdadero filósofo como tú, si te decidieras, aun a pesar de tus repugnancias y sacrificios personales, a dedicar tu talento y actividades a la política.

Para lograrlo con eficacia, nada mejor que ser consejero de algún príncipe. En tal caso —y yo espero que así lo harás— podrías aconsejarle —lo que creyeras justo y bueno.

Tú sabes muy bien que un príncipe es como un manantial perenne del que brotan los bienes y los males del pueblo. Tienes, en efecto, un saber tan profundo que, aun en el caso de no tener experiencia en los negocios, serías un eminente consejero de cualquier rey. Y tu experiencia es tan vasta que supliría a tu saber.

—Amigo Moro, te equivocas por partida doble. Primero en lo que a mi persona se refiere, y después en lo tocante a la república o Estado. Yo no poseo ese saber que me atribuyes, y, caso de tenerlo y sacrificar mi ocio, sería inútil a la cosa pública.

En primer lugar, la mayoría de los príncipes piensan y se ocupan más de los asuntos militares, de los que nada sé ni quiero saber, que del buen gobierno de la paz. Lo que les importa es saber cómo adquirir —con buenas o malas artes— nuevos dominios, sin preocuparse para nada de gobernar bien los que ya tienen. Por otra parte, hay consejeros de príncipes tan doctos que no necesitan —o al menos creen no necesitar— los consejos de otra persona. Parásitos como son, aceptan a los que les dan la razón o les halagan para granjearse la voluntad de los favoritos del príncipe. Así lo ha dispuesto la naturaleza: Cada uno se pitra por sus propios descubrimientos. ¡Al cuervo le ríe su cría y a la mona le gusta su hija!

En reuniones de gente envidiosa o vanidosa ¿no es, acaso, inútil explicar algo que sucedió en otros tiempos o que ahora mismo pasa en otros lugares? Al oírte, temen pasar por ignorantes y perder toda su reputación de sabios, a menos que descubran error y mentira en los hallazgos de otros. A falta de razones con que rebatir los argumentos, se refugian invariablemente, en este tópico: «Esto es lo que siempre hicieron nuestros mayores. Ya podíamos nosotros igualar su sabiduría». Al decir esto, zanjan toda discusión y se sienten felices. Les parece mal que alguien sea más sabio que los antepasados. Cierto que todos estamos dispuestos a aceptar todo lo bueno que nos han legado en herencia. Pero con el mismo rigor sostenemos que hay que aceptar y mantener lo que vemos debe mudarse. Con frecuencia me he encontrado en otras partes este tipo de mentes absurdas, soberbias y retrógradas. Incluso en Inglaterra me topé con ellas.

—¿Has estado en Inglaterra? —le pregunté.

—Sí, he estado. Paré allí unos meses, no mucho después de la matanza que siguió a la guerra civil que tuvo enfrentados a los ingleses occidentales contra su rey y que acabó con la derrota de los sublevados. Con tal motivo quedé muy obligado al Reverendísimo Padre Juan Morton, Cardenal Arzobispo de Canterbury y que era, a la sazón, también Canciller de Inglaterra. ¡Qué hombre tan extraordinario!, mi querido Pedro —pues a Moro no le puedo decir nada nuevo— un hombre más venerable por su carácter y virtud, que por su alta jerarquía, Era más bien pequeño, y, a pesar de su edad avanzada, andaba erguido. Al hablar inspiraba respeto sin llegar al temor. Su trato era afable, si bien serio y digno.. Su profunda ironía le llevaba a exasperar, sin llegar a ofender, a quienes le pedían algo, poniendo con ello a prueba el temple y saber de los mismos.

Esto le agradaba, siempre que hubiese moderación, y si le complacían aceptaba a los candidatos para los cargos públicos. Su léxico era puro y enérgico; su ciencia del derecho profunda, su juicio exquisito y su memoria rayando en lo extraordinario. Estas cualidades, grandes en sí mismas, lo eran más por el cultivo y el estudio constante de las mismas. Estando allí pude observar que el rey fiaba mucho en sus consejos, y le consideraba como uno de los más firmes pilares del Estado. ¡Qué de extraño tiene que, llevado muy joven de la escuela a la corte y mezclado en multitud de asuntos graves y zarandeado por acontecimientos de la más diversa índole, adquiriera un profundo sentido de la vida a costa de tantos trabajos y pruebas! ¡Ciencia así adquirida, difícilmente se olvida!

La casualidad me hizo encontrar, un día en que estaba comiendo con el cardenal, a un laico versado en nuestras leyes. Este comenzó, no sé a qué propósito, a ponderar la dura justicia que se administraba a los ladrones. Contaba complacido cómo en diversas ocasiones había visto a más de veinte colgados de una misma cruz. No salía de su asombro al observar que siendo tan pocos los que superaban tan atroz prueba, fueran tantos los que por todas partes seguían robando.

—No debes extrañarte de ello —me atreví a contestarle delante del Cardenal—:

semejante castigo infligido a los ladrones ni es justo ni útil. Es desproporcionadamente cruel como castigo de los robos e ineficaz como remedio. Un robo no es un crimen merecedor de la pena capital. Ni hay castigo tan horrible que prive de robar a quien tiene que comer y vestirse y no halla otro medio de conseguir su sustento. No parece sino que en esto, tanto en Inglaterra como en otros países, imitáis a los malos pedagogos:

prefieren azotar a educar. Se promulgan penas terribles y horrendos suplicios contra los ladrones, cuando en realidad lo que habría que hacer es arbitrar medios de vida. ¿No sería mejor que nadie se viera en la necesidad de robar para no tener que sufrir después por ello la pena capital? —«Ya se ha hecho en este aspecto más que, suficiente», me respondió. La industria y la agricultura son otros tantos medios de que dispone el pueblo para obtener los medios de subsistencia. A no ser que quieran emplearlos para el mal.

—«No se puede zanjar así la cuestión», repliqué. ¿Es que podemos olvidarnos de los que vuelven mutilados a casa, tanto de las guerras civiles como con el extranjero? ¿Es que ignoras que muchos soldados perdieron uno o varios miembros en la batalla de Cornuailles y anteriormente en las campañas de Francia? Estos hombres mutilados por su rey y por su patria ya no pueden hacer las cosas que antes hacían. La edad, por otra parte, no les permite aprender nuevos oficios. Pero vamos a olvidarnos de estos, ya que las guerras no son de todos los días.

Detengámonos en casos que ocurren todos los días. Ahí están los nobles cuyo número exorbitado vive como zánganos a cuenta de los demás. Con tal de aumentar sus rentas no dudan en explotar a los colonos de sus tierras, desollándolos vivos. Derrochadores hasta la prodigalidad y mendacidad, es el único tipo de administración que conocen.

Pero además, se rodean de hombres haraganes que nunca se han preocupado de saber ni aprender ningún modo de vivir y trabajar.

Si muere el patrón o si alguno de ellos enferma, son inmediatamente despedidos. Estos nobles prefieren alimentar a vagos que cuidar enfermos. Con frecuencia, el heredero del difunto no tiene fondos de inmediato para dar de comer al ejército de vagos. En tal caso o la gente se prepara a pasar hambre negra o se dedica con saña al robo ¿Les queda otra salida? Yendo de una parte a otra empeñan su salud y sus vestidos. Ya no hay noble que acoja a estos hombres escuálidos por la enfermedad y vestidos de harapos. Los mismos campesinos desconfían de quienes han vivido en la molicie y los placeres y son diestros en el uso de la espada y la adarga. Saben que miran a todos con aire fanfarrón y no se prestan fácilmente a manejar el pico y el azadón, sirviendo al pobre labrador por una comida frugal y un salario ruin.

—«Precisamente este tipo de hombres —arguyó mi interlocutor— es el que hay que promover ante todo. Son hombres de espíritu más noble y más alto que los artesanos y labradores. En ellos reside el coraje y el valor de un ejército de que hay que disponer en caso de una guerra.

¿«Quiere ello decir —le respondí yo— que por la guerra hemos de mantener a los ladrones que, por otra parte, nunca faltarán mientras haya soldados? Los ladrones no son los peores soldados, y los soldados no se paran en barras a la hora de robar. ¡Tan bien se compaginan ambos oficios! Por lo demás, esta plaga del robo, no es exclusiva nuestra: es común a casi todas las naciones. Ahí tenemos a Francia sometida a una peste todavía más peligrosa. Todo el país se encuentra, aun en tiempo de paz —si es que a esto se puede llamar paz— lleno de mercenarios, mantenidos por la misma falsa razón que os induce a vosotros los ingleses a mantener esa turba de vagos.

Piensan estos morosofos medio sabios, medio aventureros, que la salvación del Estado estriba en mantener siempre en pie de guerra un ejército fuerte y poderoso compuesto de veteranos. Los bisoños no les interesan. Y llegan a pensar incluso que hay que suscitar guerras y degollar de vez en cuando algunos hombres para que —como dice socarronamente Salustio— su brazo y su espíritu no se emboten por la inacción.

—Lo peligroso de esta teoría está en alimentar bestias tales, y Francia lo está aprendiendo a costa suya. Un ejemplo de ello lo tenemos también entre los romanos, cartagineses y sitios y otros muchos pueblos. Estos ejércitos permanentes arruinaron su poder junto con sus campos y ciudades. Un ejemplo claro de lo inútil que resulta mantener todo, este aparato nos lo ofrecen los soldados franceses. A pesar de haber sido educados en las armas desde muy jóvenes, no se puede decir que hayan salido siempre airosos y con gloria al enfrentarse con los reservistas ingleses. Y basta de este punto, porque no parezca a los presentes que os halago. Por otra parte, difícilmente puedo creer que los artesanos o los rudos y sufridos campesinos tengan que temer gran cosa de los ociosos criados de los nobles. Quizás algunos de cuerpo débil y faltos de arrojo, así como agotados por la miseria familiar. Porque has de saber que los cuerpos robustos y bien comidos —sólo a estos corrompen los señores— se debilitan con la pereza y se ablandan con ocupaciones casi mujeriles. Pero el peligro de afeminamiento desaparece si se les enseña un oficio que les permita vivir y ocuparse en trabajos varoniles.

—Todo considerado, no veo manera de justificar esa inmensa turba de perezosos por la simple posibilidad de que puede estallar una guerra. Guerra que se podría siempre evitar, si es que de verdad se quiere la paz, tesoro más preciado que la guerra.

Hay, además, otras causas del robo. Existe otra, a mi juicio, que es peculiar de vuestro país.

—¿Cuál es? —preguntó el Cardenal.

—Las ovejas —contesté— vuestras ovejas. Tan mansas y tan acostumbradas a alimentarse con sobriedad, son ahora, según dicen, tan voraces y asilvestradas que devoran hasta a los mismos hombres, devastando campos y asolando casas y aldeas.

Vemos, en efecto, a los nobles, los ricos y hasta a los mismos abades, santos varones, en todos los lugares del reino donde se cría la lana más fina y más cara. No contentos con los beneficios y rentas anuales de sus posesiones, y no bastándoles lo que tenían para vivir con lujo y ociosidad, a cuenta del bien común —cuando no en su perjuicio— ahora no dejan nada para cultivos. Lo cercan todo, y para ello, si es necesario derribar casas, destruyen las aldeas no dejando en pie más que las iglesias que dedican a establo de las ovejas. No satisfechos con los espacios reservados a caza y viveros, estos piadosos varones convierten en pastizales desiertos todos los cultivos y granjas. Para que uno de estos garduños —inexplicable y atroz peste del pueblo— pueda cercar una serie de tierras unificadas con varios miles de yugadas, ha tenido que forzar a sus colonos a que le vendan sus tierras. Para ello, unas veces se ha adelantado a cercarlas con engaño, otras les ha cargado de injurias, y otras los ha acorralado con pleitos y vejaciones. Y así tienen que marcharse como pueden hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas, padres con hijos pequeños, familias más numerosas que ricas, pues la tierra necesita muchos brazos.

Emigran de sus lugares conocidos y acostumbrados sin encontrar dónde asentarse.

Ante la necesidad de dejar sus enseres, ya de por sí de escaso valor, tienen que venderlos al más bajo precio. Y luego de agotar en su ir y venir el poco dinero que tenían, ¿qué otro camino les queda más que robar y exponerse a que les ahorquen con todo derecho o irse por esos caminos pidiendo limosna? En tal caso, pueden acabar también en la cárcel como maleantes, vagos, por más que ellos se empeñen en trabajar, si no hay nadie que quiera darles trabajo. Por otra parte, ¿cómo darles trabajo si en las faenas del campo que era lo suyo ya no hay nada que hacer? Ya no se siembra. Y para las faenas del pastoreo, con un pastor o boyero sobra para guiar los rebaños en tierras que labradas necesitaban muchos más brazos.

Así se explica también que, en muchos lugares, los precios de los víveres hayan subido vertiginosamente. Y lo más extraño es que la lana se ha puesto tan cara, que la pobre gente de estas tierras no puede comprar ni la de la más ínfima calidad, con que solían hacer sus paños. De esta manera, mucha gente sin trabajo cae en la ociosidad.

Por si fuera poco, después de incrementarse los pastizales, la epizootia diezmó las ovejas, como si la ira de Dios descargara sobre los rebaños su cólera por la codicia de los dueños. Hubiera sido más justo haberla dejado caer sobre la cabeza de éstos. Pues no se ha de creer, que, aunque el número de ovejas haya aumentado, no por ello baja el precio de la lana. La verdad es que, si bien no existe un «monopolio» en el sentido de que sea uno quien la vende, sí existe un «oligopolio». El negocio de la lana ha caído en manos de unos cuantos que, además, son ricos. Ahora bien, éstos no tienen prisa en vender antes de lo que les convenga. Y no les conviene sino a buen precio.

Por la misma razón, e incluso con más fuerza, se han encarecido las otras especies de vacuno. La destrucción de los establos y la reducción del área cultivada, ha traído como consecuencia que nadie se preocupe de su reproducción y de su cría. Porque estos nuevos ricos no se preocupan de obtener crías de vacuno o de ovino. Las compran flacas y a bajo precio en otros sitios y las engordan en sus pastizales para venderlas después al mejor precio.

Todavía es pronto para calibrar la repercusión que estos desórdenes pueden producir en el país. De momento, el mal se refleja en los mercados en que se vende el género.

Pronto, sin embargo, al aumentar el número de cabezas de ganado sin darles tiempo a reproducirse, la disminución progresiva de la oferta en el mercado, producirá una verdadera quiebra. Así, lo que debía ser la riqueza de nuestra isla, se convertirá en fuente de desgracias, por la avaricia de unos pocos.

Porque esta carestía en los bienes de consumo hace que cada uno eche de su casa a los más que pueda. ¿No significa esto enviarles a mendigar, y, si son de condición más .arriesgada, a robar?

—¿Y qué me dices del lujo tan descarado con que viene envuelta esta triste miseria? Los criados de los nobles, los artesanos y hasta los mismos campesinos se entregan a un lujo ostentoso tanto en el comer como en el vestir. ¿Para qué hablar de los burdeles, ¿asas de citas y lupanares y esos otros lupanares que son las tabernas y las cervecerías y todos esos juegos nefastos como las cartas, los dados, la pelota, los bolos o el disco?

De sobra sabéis que acaban rápidamente con el dinero y dejan a sus adeptos en la miseria o camino del robo.

Desterrad del país estas plagas nefastas. Ordenad que quienes destruyeron pueblos y alquerías los vuelvan a edificar o los cedan a los que quieran explotar las tierras o reconstruir las casas. Frenad esas compras que hacen los ricos creando nuevos monopolios. ¡Sean cada día menos los que viven en la ociosidad; que se vuelvan a cultivar los campos, y que vuelva a florecer la industria de la lana! Sólo así volverán a ser útiles toda esa chusma que la necesidad ha convertido en ladrones o que andan como criados o pordioseros a punto de convertirse también en futuros ladrones. Si no se atajan estos males es inútil gloriarse de ejercer justicia con la represión del robo, pues resultará más engañosa que justa y provechosa.

Porque, decidme: Si dejáis que sean mal educados y corrompidos en sus costumbres desde niños, para castigarlos ya de hombres, por los delitos que ya desde su infancia se preveía tendrían lugar, ¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones para después castigarlos?

—Mientras yo hablaba, ya nuestro jurista se había dispuesto a responderme. Había adoptado ese aire solemne de los escolásticos, consistente en repetir más que en responder, pues creen que la brillantez de una discusión está en la facilidad de memoria.

—Te has expresado muy bien —me dijo— a pesar de ser extranjero y de que sospecho conoces más de oídas que de hecho lo que has narrado. Te lo demostraré en pocas palabras. En primer lugar resumiré ordenadamente cuanto acabas de decir. Te mostraré a continuación los errores que te ha impuesto la ignorancia de nuestras cosas.

Finalmente desharé y anularé todos tus argumentos. Así pues, comenzaré por el primer punto de los cuatro a desarrollar.

Calla —interrumpió bruscamente el Cardenal— pues temo que no has de ser breve, a juzgar por los comienzos. Te dispensaremos del trabajo de responderle ahora. Queda en pie, sin embargo, la obligación de hacerlo en la próxima entrevista que, salvo inconveniente de tu parte o de Rafael querría fuera mañana. Ahora, mi querido Rafael, me gustaría saber de tu boca por qué crees que no se ha de castigar el robo con la pena capital y qué castigo crees más adecuado para la utilidad pública. Pues en ningún momento pienso que tú crees que un delito de esta naturaleza haya que dejarlo sin castigo. Porque si ahora con el miedo a la muerte se sigue robando, ¿qué suplicio ni qué miedo podrá impresionar a los malhechores si saben que les queda a salvo la vida? La mitigación del castigo ¿no les inducirá a ver en ello una invitación al crimen?

—Mi última convicción, Santísimo Padre —le dije yo es que es totalmente injusto quitar la vida a un hombre por haber robado dinero. Pues creo que la vida de un hombre es superior a todas las riquezas que puede proporcionar la fortuna. Si a esto se me responde que con ese castigo se repara la justicia ultrajada y las leyes conculcadas y no la riqueza, entonces diré que, en tal caso, el supremo derecho es la suprema injusticia. Porque las leyes no han de aceptarse como imperativos manlianos, de forma que a la menor transgresión haya que echar mano de la espada. Ni los principios estoicos hay que tomarlos tan al pie de la letra que todas las culpas queden homologadas, y no haya diferencia entre matar a un hombre o robarle su dinero. Estas dos cosas, hablando con honradez, no tienen ni parecido ni semejanza.

Dios prohibe matar. ¿Y vamos a matar nosotros porque alguien ha robado unas monedas? Y no vale decir que dicho mandamiento del Señor haya que entenderlo en el sentido de que nadie puede matar, mientras no lo establezca la ley humana. Por ese camino no hay obstáculos para permitir el estupro, el adulterio y el perjurio. Dios nos ha negado el derecho de disponer de nuestras vidas y de la vida de nuestros semejantes. ¿Podrían, por tanto, los hombres, de mutuo acuerdo, determinar las condiciones que les otorgaran el derecho a matarse? Esta mutua convención, ¿tendría autoridad para soltar de las obligaciones del precepto divino a esbirros que, sin el ejemplo dado por Dios, ejecutan a los que la sanción humana ha ordenado dar muerte?

¿Es que este precepto de Dios no tendrá valor de Código más que en la medida en que se lo otorgue la justicia humana? Por esta misma razón llegaríamos a la conclusión de que los mandamientos de Dios obligan cuando y como las leyes humanas lo dictaminen.

La misma Ley de Moisés, dura y rigurosa como dictada para un pueblo de libertos de dura cerviz, castigaba el robo con fuertes multas y no con la muerte. Ahora bien, no podemos siquiera imaginar que Dios en su nueva Ley de gracia autoriza, como padre a sus hijos, a ser más libres en el rigor de sus penas. Estas son las razones que me mueven a rechazar la pena de muerte para los ladrones. Creo, además, que todos ven lo absurdo y lo pernicioso que es para la república castigar con igual pena a un ladrón y a un homicida. Si la pena es igual tanto si roba como si mata, ¿no es lógico pensar que se sienta inclinado a rematar a quien de otra manera se habría contentado con despojar?

Caso de que le cojan, el castigo es el mismo, pero tiene a su favor matarlo, su mayor impunidad y la baza de haber suprimido un testigo peligroso. Tenemos así, que, al exagerar el castigo de los ladrones, aumentamos los riesgos de las gentes de bien.

La cuestión estriba ahora en saber cuál seria el castigo más conveniente. Y no creo que sea más difícil de encontrar que el haber averiguado que el actual sistema es el peor.

¿Por qué dudar en ensayar, por ejemplo, lo que hacían los romanos, bien duchos por cierto, en esto de gobernar? A los grandes criminales se les condenaba a trabajar, encadenados de por vida, en faenas de minas o de canteras.

Con todo, creo que lo más interesante que he visto a este respecto, es lo que pude observar en uno de mis viajes a Persia, entre unas tribus conocidas con el nombre de polileritas. Se trata de un pueblo numeroso y bien gobernado. A excepción de un pequeño tributo anual que pagan al rey de Persia, gozan de plena libertad y se gobiernan por sus propias leyes. Situados entre montañas y lejos del mar, se alimentan de los frutos de la tierra sin apenas salir de ella. Son pocos también los que les visitan.

Desde tiempo inmemorial no se les conocen ansias expansionistas y les resulta fácil defender lo que tienen, gracias a sus montes y al tributo que pagan. No hacen el servicio militar. Viven con comodidad, pero sin lujo, preocupados más de la felicidad que de la nobleza o el nombre, pues pasan desapercibidos de todo el mundo, a no ser de sus vecinos más inmediatos.

Pues bien, en este país, al convicto de robo se le obliga a devolver lo sustraído a su dueño y no al rey, como suele hacerse en otros lugares. Piensan que sobre lo robado tanto derecho como el rey tiene el mismo ladrón. Si lo robado se ha extraviado, entonces se paga lo correspondiente, con los bienes confiscados que pudiera tener el ladrón.

Caso de sobrar algo, se reparte entre su mujer y sus hijos. El, en cambio, es condenado a trabajos forzados. Si el robo no va acompañado de circunstancias agravantes de crueldad, ni se le encarcela ni se le ponen grilletes. Se le destina en libertad y sin policía a trabajos públicos. A los morosos o recalcitrantes no se les estimula con prisión sino con látigo. Los que trabajan bien no reciben malos tratos. Se les pasa lista todas las noches y se les encierra en celdas donde pasan la noche. Aparte de trabajar todos los días, no tienen ninguna otra penalidad. Su alimentación, en efecto, no es mala. La misma sociedad para la que trabajan se cuida de su sustento, si bien los procedimientos varían de un lugar a otro. En unos lugares, los gastos del sustento se cubren con limosnas de la gente. Parece un recurso precario, pero dada su generosidad, resulta el más ventajoso. En otros lugares se destinan a estos efectos rentas de fondo! públicos, o bien impuestos especiales en proporción al número de habitantes. Hay también regiones en las que no se les emplea en trabajos públicos. Por ello, cuando alguien necesita un obrero, lo contrata en la plaza pública. En tal caso, conviene con él el jornal, siempre un poco más bajo al de la mano de obra libre. La ley faculta al dueño castigar con azotes al perezoso.

Con esto se logra que no estén nunca sin trabajar, y que todos los días aporten algo al erario público, además de su propio sustento. Todos han de llevar el vestido del mismo color, un color propio de ellos; no se les corta el pelo al rape sino que se les hace un corte especial por encima de las orejas, una de las cuales se les corta ligeramente.

Pueden recibir de sus familiares y amigos alimento, bebidas y vestidos del color prescrito. Pero es un delito capital aceptar dinero, tanto para quien lo da como para quien lo recibe. Es, asimismo, peligroso para un hombre libre recibir dinero de un condenado. Y la misma pena está prevista para los esclavos (así llaman a los condenados) que se hacen con armas.

Cada región marca a sus condenados con una señal particular. Hacer desaparecer esta señal es un delito capital. La misma sentencia recae sobre los que han sido vistos fuera de sus confines o se les ha sorprendido hablando con un esclavo de otra región. El intento de fuga es tan delito como la misma fuga. El cómplice de la misma es castigado con la muerte si es esclavo, y pasa a esclavo si es libre. Hay también establecidas recompensas para los delatores: para el libre, dinero; para el esclavo, la libertad, asegurando con ello a ambos el perdón y la seguridad del secreto, a fin de que no resulte más seguro perseverar en una mala intención que arrepentirse de ella.

Tales son las leyes y procedimientos que siguen en esta cuestión, como ya dije. Bien se echa de ver la utilidad y el sentido de humanidad que las inspira. Pues la ley se ensaña contra los delitos y respeta a unos hombres que, por fuerza, han de ser honorables, ya que después del delito reparan el mal que hicieron con su buena conducta. No hay miedo de que vuelvan a sus viejos hábitos, hasta el punto de que los turistas extranjeros al emprender un gran viaje se ponen bajo la dirección de estos «esclavos>, como los guías más seguros. Se les cambia cada vez de una región a otra.

En efecto ¿qué se puede temer de ellos? Todo les aparta naturalmente de la tentación de robarte: están desarmados, el dinero les delataría; caso de ser descubiertos, serán castigados, no quedándoles esperanza de huir a ninguna parte. ¿Cómo puede ocultarse o engañar un hombre vestido de forma tan singular? Aunque se escapase desnudo, sería delatado por el defecto de la oreja. Queda excluido también el peligro de que puedan conspirar contra el Estado. Pero, para llevarlo a cabo, tendrían que estar de acuerdo con los esclavos de otras regiones. Ahora bien, tal conjura es imposible desde el momento en que no pueden ni reunirse, ni hablar, ni saludarse. ¿Cómo podrían confabularse con otros hombres si para ellos el silencio es un peligro y la delación les acarrea mayores ventajas? Por otra parte, todos abrigan la esperanza de que sometiéndose,¿ aguantando y dejando correr el tiempo, encauzan su futuro hasta el día que puedan alcanzar la libertad. No pasa año, en efecto, sin que uno u otro sean liberados en atención a las pruebas que han dado de sumisión.

—¿Por qué, argüí yo entonces, no establecer en Inglaterra un sistema penal semejante?

Tendiria resultados muy superiores a los obtenidos por esa famosa justicia, tan cacareada por nuestro jurisconsulto.

—Semejante sistema penal —contestó él— jamás se podrá implantar en Inglaterra, ya que acarrearía los más graves peligros.

Dicho esto, movió la cabeza, torció el ceño y se calló. Cuantos le escuchaban, fueron del mismo parecer.

—No es fácil adivinar —dijo entonces el Cardenal— si el cambio del sistema penal sería ventajoso o no, toda vez que no tenemos la menor experiencia de ello. De todos modos, suponiendo que alguien haya sido condenado a muerte, el príncipe podría demorar la sentencia, y así poner a prueba este sistema. Con el mismo fin se podría abolir el derecho de asilo. Si una vez experimentado el sistema, se ve que —da resultados, no hay inconveniente en regularlo. Si, por el contrario, se ve que no resulta, se vuelve a aplicar la sentencia a los condenados a muerte con anterioridad. Ni es impuesto ni perjudica al Estado, ejecutar a su tiempo lo anteriormente legislado. Por otra parte, no creo que tal medida suponga peligro alguno para el mismo Estado. Yo iría todavía más lejos: ¿por qué no experimentar el sistema con respecto a los vagabundos? Se han dado contra ellos leyes y leyes, y sin embargo, en la realidad estamos peor que nunca.

Todos a una aplaudieron las ideas expuestas por el Cardenal, siendo así que no habían encontrado más que menosprecio mientras yo las exponía. Alababan sobre todo lo referente a los vagabundos, punto que había añadido él de su cosecha.

Me pregunto ahora si no sería mejor pasar por alto el resto de la conversación. ¡Tan ridícula fue! No obstante, referiré algo de ella, ya que no fue mala y toca un poco a nuestro propósito.

Estaba allí presente. un parásito que se hacía pasar por gracioso y lo hacía tan bien, que en realidad se convertía en un auténtico bufón. Tan insípidas eran las palabras con que se esforzaba para provocar la risa, que uno se reía más de él que de lo que decía. Entre tanta palabrería, aparecían de vez en cuando chispazos de ingenio, Se cumplía en él el conocido refrán:

«Tantas flechas le tiró que a Venus al fin le dio» 15 Es, pues, el caso que uno de los convidados dijo que con mis argumentos y exposición había solucionado el problema de los ladrones. Y que el Cardenal, por su parte, había dejado resuelto el de los vagabundos. Sólo quedaba ahora el ocuparse a fondo y de manera oficial de los ancianos y de los enfermos, sumidos en la pobreza e incapaces de vivir de su trabajo.

Dejadme, decía el bufón. Yo soluciono eso rápido. Estoy deseando quitar de mi vista esta gente miserable. Me asedian constantemente con su música quejumbroso. Pero, ¡nunca han logrado arrancarme un solo céntimo! Siempre me pasa lo mismo: o me piden cuando no tengo o no tengo ganas de darles cuando me piden. Por fin han llegado a comprender: Para no perder tiempo, al cruzarse conmigo, pasan en silencio, porque saben que les daré menos que si fuera un cura. Así pues, ordeno y mando que:

«Todos estos pordioseros sean distribuidos y repartidos entre los conventos de benedictinos, y que se les haga monjes legos, según dicen ellos. A las mujeres ordeno que se hagan monjas.» El Cardenal se sonrió aprobando en broma sus palabras. Los demás se lo tomaron en serio, Lo dicho sobre curas y frailes llevó a bromear sobre el asunto a cierto teólogo y fraile mendicante, hombre habitualmente serio hasta parecer torvo.

—Ah, pero no os libraréis tan fácilmente de los pobres —dijo— ¿Qué haréis con nosotros los frailes mendicantes?

—Para mí el asunto está solucionado —dijo el parásito—. El Cardenal no se olvidó de vosotros al decretar que fueran encerrados los vagabundos y se les obligara a ejercer un oficio. ¿No sois acaso vosotros los vagabundos por excelencia?

—Los invitados, ante estas palabras, fijaron sus ojos en el Cardenal. Al advertir que no protestaba, empezaron a hacer bromas sobre el asunto.

Sólo el fraile, picado, se indignó y exasperó de tal manera que no pudo contener las injurias de sus labios. Llamó a nuestro hombre: Intrigante, embustero, calumniador e hijo de perdición. Todo ello salpicado de terribles amenazas tomadas de la Sagrada Escritura.

Entonces, nuestro bufón se sintió a sus anchas, comenzando a bufonearse en serio.

—Calma, hermano, no os enojéis. Está escrito: «Con vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas».

A lo que el fraile replicó con estas mismas palabras:

—No me enojo, o por lo menos no peco, pues dice el Salmista: «Enojaos y no pequéis».

El Cardenal reprendió amablemente al fraile, invitándole a reprimir sus sentimientos:

—No, señor, —contestó el fraile— es el celo el que dicta mis palabras y el que me empuja a hablar. Es el mismo celo que movía a los santos. Por eso está escrito: «Me devora el celo de tu casa». Y en vuestras iglesias se canta:

Los que se burlaban del gran Eliseo cuando subía a la casa de Dios sintieron la cólera del calvo.

Y ojalá que lo sienta también ese embustero, y embaucador bufón.

—No dudo —dijo el Cardenal— de que al hablar así obréis con buena intención. Pero me parece que obraríais más sabiamente, si no más santamente, evitando contender con un necio en una querella tan ridícula.

—No señor, de ninguna manera obraría más cuerdamente. Pues el mismo Salomón, sabio como ninguno, dice: «Responde al insensato de acuerdo con su necedad», que es precisamente lo que intento yo hacer. Le estoy demostrando además en qué abismo sin fondo va a ir a parar si no frena su lengua. Los que se mofaban de Eliseo eran muchos, y todos fueron castigados por haberse burlado de un solo hombre calvo. ¿Cómo no sentirá la cólera este hombre que pone en ridículo a tantos frailes entre los cuales se encuentran tantos calvos? Aparte de que tenemos una bula papal que excomulga a todos los que se rían de nosotros.

Viendo que las cosas no tenían viso de terminar, el Cardenal hizo una señal de cabeza al parásito para que se retirara y con tacto cambió de conversación. Después se levantó de la mesa, nos despidió y se aprestó a recibir en audiencia a las visitas solicitadas.

—Mi querido Moro —me dijo Rafael— ya sabrás perdonarme esta disertación tan larga con que te he abrumado. Me avergonzaría de ello de no haberlo solicitado tú con tanta insistencia. Me parecía, además, que estabas tan interesado como si no quisieras perder ripio de la conversación. Cierto que habría podido ser un poco más breve, pero quise alargarme para que vieras que los mismos que despreciaban lo que yo iba exponiendo, no tardaron en aplaudirlo cuando el Cardenal no me desaprobó. Su adulación llegó hasta tal extremo que llegaron a celebrar las genialidades del parásito, y a tomarlas casi en serio, porque su señor no las rechazaba, por pura delicadeza.

¿Puedes imaginarte ahora el caso que de mí y de mis consejos harían estos cortesanos?

—Mucho me ha complacido, Rafael amigo —le dije yo— lo que con elegancia y profundidad me has contado. Me parecía estar de nuevo en mi patria y revivir los tiempos de mi infancia, cuando hablabas del Cardenal en cuya corte me eduqué de niño.

El calor con que has evocado su figura hace que te profese una mayor estima de la que ya antes te profesaba y era mucha. Con todo, no cambio de opinión en el asunto base:

pienso que, si de verdad te decides a superar el horror que te causan las cortes reales, tus consejos serían de gran utilidad para el pueblo. Nada cuadra mejor con tu bondad y recto sentir. Tu buen amigo Platón decía que los reinos serían felices si los reyes filosofaran y los filósofos reinaran. Pero, ¿no se alejará de nosotros esa dicha si los filósofos ni se dignan siquiera asistir a los reyes con sus consejos?

—No son tan displicentes —replicó él— y, sin duda, lo harían de buena gana. Ahí están multitud de libros escritos por ellos sobre estos temas. Pero sucede que no siempre los jefes de Estado están dispuestos a escucharlos. El mismo Platón se daba cuenta de que los jefes de Estado, equivocados desde niños con ideas perversas y viciadas, necesitaban ejercitar la filosofía para aprobar los consejos que les dieran los filósofos.

Así lo pudo comprobar él mismo con Dionisio de Siracusa. ¿No crees que si yo propusiera a cualquier jefe de Estado unas medidas sanas y tratara de desterrar las costumbres que originan tantos males, me tomarían por loco o me despedirían?

—¡Ea!, imagínate que soy ministro del rey de Francia y que tomo parte de su consejo.

En el mayor secreto y bajo la presidencia del rey, rodeado de las personas más conspicuas del reino, se están tratando asuntos de la mayor gravedad: Modo y forma de conservar Milán; oposición a la pérdida de la revoltosa Nápoles. Destrucción de los venecianos, ocupación de toda Italia y, seguidamente, de Flandes, Brabante, toda Borgoña y muchos otros estados, cuyo territorio hace mucho tiempo que su ambición tiene pensado invadir.

Unos aconsejan que se pacte con los venecianos, pacto que, por otra parte, no se respetará más allá de lo que consientan los intereses reales. Se les pondrá también al corriente de las decisiones tomadas. ¿Por qué, incluso, no entregarles parte del botín, siempre, claro está, que se pueda volver a coger una vez realizado el proyecto? Hay quien se inclina por reclutar alemanes; otros prefieren ablandar con dinero a los suizos.

Y hasta alguien sugiere que se ha de aplacar a la divinidad revestida de la majestad imperial, haciéndole una ofrenda de oro en forma de sacrificio. Se habla de llegar a un acuerdo con el rey de Aragón, proponiéndole en pago el Reino de Navarra, que no es suyo. Al rey de Castilla se le podría ganar con la esperanza de algún enlace matrimonial.

En cuanto a sus cortesanos habría que sobornarlos a fuerza de dinero.

El punto más delicado es el de las relaciones con Inglaterra. Habrá que hacer un pacto de paz.

Y habrá que asegurar con lazos fuertes una amistad siempre débil. Se les llamará amigos y se les tendrá por enemigos. Será bueno tener a los escoceses como fuerza de choque y lanzarlos contra los ingleses al menor movimiento de éstos. Habrá que halagar también a algún noble desterrado que se crea con derecho al trono de Inglaterra. Pero esto se habrá de hacer ocultamente, pues la diplomacia prohíbe estos juegos. De este modo se tiene siempre en jaque al príncipe del que se recela.

—¿Imagináis lo que pasaría si, en medio de esta asamblea real en que se ventilan tan graves intereses, y en presencia de políticos que se inclinan hacia soluciones de guerra, se levanta un hombrecillo como yo? ¿Cómo reaccionarían si les digo: hay que plegar velas; dejemos en paz a Italia y quedémonos en Francia? El reino de Francia es ya. tan grande que mal puede ser administrado por una sola persona. Déjese, pues, el rey de pensar en aumentarlo.

Suponed que a continuación les propongo el ejemplo y las leyes de los Acorianos, pueblo que vive al sudeste de la Isla de Utopía. En tiempos pasados, hicieron la guerra porque su rey pretendía la sucesión de un reino vecino, en virtud de un viejo parentesco. Una vez conquistado, vieron que conservarlo les era tan costoso o más que haberlo conquistado. A cada paso surgían rebeliones, unas veces de los sometidos y otras de los vecinos que los invadían. No había manera de licenciar las tropas, pues siempre había que estar o a la defensiva o al ataque. Los saqueos eran constantes, llevándose fuera los capitales. Mantenían las glorias ajenas a costa de su propia sangre.

Como lógica consecuencia, la paz era siempre precaria, ya que la guerra había corrompido las costumbres, fomentando el vicio del robo, incrementado la práctica del asesinato y disminuido el respeto a la ley. Y todo porque el rey, ocupado ahora en gobernar a dos pueblos, no se podía entregar por entero a ninguno de ellos. Viendo al fin que tal estado de cosas no tenía solución, se decidieron a hablar al rey, con todo respeto, no sin antes haberlo deliberado en consejo. Podía quedarse con el reino que más le apeteciese —le dijeron. Pero no era justo gobernar a medias los dos reinos, ya que a nadie le gusta compartir con otro ni siquiera los servicios de un mulero. Así convencieron al buen rey a quedarse con el reino primitivo. El nuevo pasó a un amigo suyo, quien poco después fue expulsado.

Sigamos. Piensa, por último, que trato de demostrarles que todos los preparativos de guerra en que tantas naciones se empeñan, no hacen sino esquilmar a los pueblos, y agotan sus recursos para después de algún efímero triunfo, terminar en total fracaso.

Que lo prudente es conservar el reino de los mayores, enriquecerlo lo más posible y hacerlo más y más próspero. Que ame a su pueblo y que éste le quiera, que conviva con las gentes en paz, gobernándolas con dulzura. Que lo justo es desinteresarse de los otros reinos. Que lo que le cayó en suerte le basta y le sobra para un buen gobierno.

Vuelvo a preguntarte ¿con qué oídos, mi querido Moro, acogerían mi parlamento?

—Con oídos muy favorables, seguramente —respondí yo.

—Pero esto no es todo —me contestó él—. Supongamos que los consejeros discuten y arbitran los medios de enriquecer el tesoro. Si hay que hacer algún pago, uno le aconseja que aumente el valor de la moneda. Por el contrario, si hay que cobrar, su consejo es que la rebaje. De esta manera con poco se cubre mucho y se recibe mucho a cargo de poco. Una guerra simulada —le aconseja otro es motivo sobrado, para recaudar dinero. Conseguido éste y, en el momento considerado más oportuno, se firma una paz honrosa, celebrando la hazaña con ceremonias religiosas que lleven al ánimo del pueblo que el rey odia la sangre derramada y que está inclinado a la clemencia.

Mientras tanto, otro le recuerda ciertas leyes antiguas y normas en desuso, roídas por la polilla. Ya nadie se acuerda de ellas, y, por tanto, todos las quebrantan. ¿Puede haber ingreso más saneado para el Estado, ni razón más honorable? Bajo la máscara de justicia, y en su nombre, exíjanse las multas correspondientes. Hay todavía otro que sugiere la prohibición, bajo pena de graves multas, de una serie de actividades, sobre todo, aquellas que perjudican al pueblo. Para autorizarlas exíjase una gruesa cantidad a los interesados en ejercerlas. De esta manera se obtienen beneficios por partida doble:

el pueblo queda convencido de la buena voluntad del príncipe, y los interesados que pagaron primero las multas, pagarán después por la compra de las licencias. Y éstas serán tanto más caras cuanto mejor sea el príncipe que así las restringe. Pues está claro que no autoriza nada contra el bienestar del pueblo, si no es a costa de una fuerte suma de impuestos.

Otro, finalmente, recomienda al rey el tener de su parte a los jueces, con el fin de que en todas las causas dicten a su favor. A tal efecto, habrá que traerlos a palacio, e invitarlos a que discutan ante el propio rey sus problemas. Por mala que sea una causa real siempre habrá alguien dispuesto a defenderla. El gusto de llevar la contraria, el afán de novedad o el deseo de ser grato al rey, hará que siempre se encuentre alguna grieta por donde intentar una defensa. El resultado es que lo que estaba clarísimo en el principio queda embrollado en las discusiones contradictorias de los sesudos varones. La verdad queda en entredicho, dando al rey la oportunidad para interpretar el derecho a su favor.

Por supuesto, que el miedo o la vergüenza harán doblegarse a los jueces, lo que permitirá obtener fácilmente en el tribunal una sentencia favorable al rey. Nunca han de faltar razones a los jueces para dictar sentencia a favor del rey: les basta, en efecto, invocar la equidad, o la letra de la ley, o el sentido derivado de un texto oscuro. O también, eso que los jueces escrupulosos valoran más que todas las leyes, a saber, la indiscutible prerrogativa real.

Mientras, todos están de acuerdo y comulgan, con la sentencia aquella de Craso:

«No hay bastante dinero para pagar a un Rey, que ha de mantener a un ejército». «Por más que se lo proponga, un rey nunca obra injustamente».

Todo le pertenece, incluso las personas. Cada uno tiene lo que la liberalidad del rey no le ha confiscado. Importa, pues, al rey, ya que en ello estriba su seguridad, que el pueblo posea lo menos posible, a fin de que no se engría con sus bienes y libertad. Pues tanto la riqueza como la libertad hacen aguantar con menos paciencia las leyes duras e injustas. Por el contrario, la indigencia y la miseria embotan los ánimos y quitan a los oprimidos el talante de la libertad.

—¿No tendría yo —le dije— que oponerme a estos razonamientos y decir al rey que tales consejos son injustos y perjudiciales? ¿Su honor y su seguridad no residen más en el bienestar del pueblo que en el suyo? Pues es evidente que los reyes son elegidos para provecho del pueblo y no del propio rey. Su denuedo e inteligencia han de poner el bienestar del pueblo al abrigo de toda injusticia. Incumbencia es del rey procurar el bien del pueblo por encima del suyo. Como el verdadero pastor, que busca apacentar sus ovejas y no su comodidad. La experiencia ha demostrado claramente lo equivocado de quienes piensan que la pobreza del pueblo es la salvaguardia de la paz. ¿Dónde encontrar más riñas que en la casa de los mendigos? ¿Quién desea más vivamente la revolución? ¿No es acaso aquel que vive en situación miserable? ¿Quién más audaz a echar por tierra el actual estado de cosas que aquel que tiene la esperanza de ganar algo, porque ya no tiene nada que perder?

Por eso, si un rey se sabe acreedor al desprecio y el odio de los suyos, y no puede dominarlos sino por multas, confiscaciones o vejaciones, sometiéndolos a perpetua pobreza, más le valdría renunciar a su reino que conservarlo con esos procedimientos.

Aunque haya mantenido el trono, ha perdido su dignidad. La dignidad de un rey se ejerce no sobre pordioseros sino sobre súbditos ricos y felices. Así lo creía también aquel hombre recto y superior, llamado Fabricio, que decía: «Prefiero gobernar a ricos, que serlo yo mismo».

En efecto, vivir uno entre placeres y comodidades, mientras los demás sufren y se lamentan a su alrededor no es ser gerente de un reino, sino guardián de una cárcel. ¿No será siempre inepto un médico que no sabe curar una enfermedad sino a costa de otra?

Lo mismo se ha de pensar de un rey que no sabe gobernar a sus súbditos sino privándolos de su libertad. Reconozcamos que un hombre así no vale para gobernar a gente libre. ¿No tendrá que hacer primero corregir su soberbia y su ignorancia? Con esos defectos no hace sino granjearse el odio y el desprecio del pueblo. Viva honestamente de lo suyo, equilibre sus gastos y sus entradas: así podrá corregir cualquier desorden. Corte de raíz los males, mejor que dejarlos crecer para después castigarlos. Que no restablezca las leyes en desuso ahogadas por la costumbre, sobre todo, las que abandonadas desde hace mucho tiempo, nunca fueron echadas en falta.

Y nunca, por este tipo de faltas, pida nada que un juez justo no pediría de un particular por considerarlo cosa vil e injusta.

¿Qué sucedería en este momento —dije yo— si les propusiera como ejemplo la ley de los macarianos, un pueblo vecino a la isla de Utopía? Su rey, el día que sube al trono, se obliga a un juramento, al tiempo que ofrece grandes sacrificios, a no acumular nunca en su tesoro más de mil libras en oro o su equivalente en plata. Se dice que esta ley fue promulgada por uno de sus mejores reyes. juzgaba más importante la felicidad del reino que sus riquezas, pues suponía que su acumulación redundaría en perjuicio del pueblo.

En efecto, este capital le parecía suficiente. Permitía al rey luchar contra los rebeldes del interior, y proporcionaba al reino los medios para repeler las incursiones de los enemigos de fuera. En todo caso, no debía ser de tal cuantía que incitase a la codicia de apoderarse de él. Esta fue una razón poderosísima para dictar semejante ley.

Una segunda razón fue la necesidad de mantener en circulación la cantidad de dinero indispensable para las transacciones ordinarias de los ciudadanos. Ante la obligación de dar salida a cuanto sobrepasara el límite fijado, el legislador estimó que el soberano no correría el peligro de violar la ley. Un rey así tendría que ser querido por los buenos y odiado por los malos.

¿No te parece que si yo expusiera estas o parecidas razones a hombres inclinados a pensar lo contrario, sería como hablar a sordos?

—A sordísimos, sin duda —repuse yo—. Pero esto no me extraña. Pues si os digo lo que pienso, me parece perfectamente inútil largar tales consejos, cuando se está plenamente convencido de que serán rechazados tanto en su fondo como en su forma.

¿De qué puede servir o cómo puede influir un lenguaje tan diferente en el ánimo de quienes están dominados y poseídos por tales prejuicios? Entre amigos y en charlas familiares no de la de tener su encanto esta filosofía escolástica. Pero no es lo mismo en los consejos reales donde se tratan los grandes asuntos con una gran autoridad.

—Es precisamente lo que os estaba diciendo —contestó Rafael—: a las cortes de los reyes no tiene acceso la filosofía.

—Cierto —dije yo— si con ello te refieres a esa filosofía escolástica para la que cualquiera solución es buena y aplicable a cualquier situación. Pero hay otra filosofía que sabe el terreno que pisa, es más fiable, y desempeña el papel que le corresponde según una línea que se ha trazado. Esta es la filosofía de que te has de servir. Si representas, por ejemplo, una comedia de Plauto en que los esclavos intercambian comicidad, es evidente que no has de aparecer en el escenario en ademán de filósofo, recitando el pasaje de La Octavia en que Séneca discute con Nerón. ¿No sería preferible en tal caso, representar un papel mudo antes que caer en el ridículo de una tragicomedia, recitando textos fuera de lugar? Destruyes y ridiculizas toda la representación si mezclas textos tan diferentes, aunque los añadidos por tu cuenta sean mejores. Cualquiera que sea tu papel desempéñalo lo mejor que puedas; y no eches a perder el, espectáculo, con el pretexto de que se te ha ocurrido algo más ingenioso.

Esto mismo ocurre en los asuntos del Estado y en las deliberaciones de los príncipes.

Si no es posible erradicar de inmediato los principios erróneos, ni abolir las costumbres inmorales, no por ello se ha de abandonar la causa pública. Como tampoco se puede abandonar la nave en medio de la tempestad porque no se pueden dominar los vientos.

No quieras imponer ideas peregrinas o desconcertantes a espíritus convencidos de ideas totalmente diferentes. No las admitirían. Te has de insinuar de forma indirecta, Y te has de ingeniar por presentarlo con tal tino que, si no puedes conseguir todo el bien, resulte el menor mal posible. Para que todo saliera bien, deberían ser buenos todos, cosa que no espero ver hasta dentro de muchos años.

—¿Sabéis lo que me sucederla de obrar así? —replicó Rafael—. Pues queriendo curar la locura de los demás me volvería tan loco como ellos. Tendría que repetirles, si he de decir la verdad, las mismas palabras que acabo de pronunciar. No sé si el mentir será propio de algún filósofo. Yo, en todo caso, no acostumbro. Concedo que mis palabras les puedan parecer desagradables y molestas. Lo que no concibo es que, por lo mismo, les puedan parecer ridículas e insolentes. Si les contase lo que Platón describe en su República, y las cosas qué los utopianos hacen de su isla, les podrían parecer mejores, y ciertamente lo son, si bien extrañas. En efecto en ambos casos, todas las cosas son comunes, mientras que aquí rige la propiedad privada. Es claro, pues, que mi exposición no puede ser grata a quienes en su corazón han resuelto seguir otro camino. Les obligaría a volverse atrás. Pero hay algo en ella que no pueda decirse en cualquier lugar o que sea inconveniente? Si hay que silenciar como nefastas las cosas que las corrompidas costumbres de los hombres tornan insólitas o absurdas, entonces, muchas cosas tenemos que silenciar los cristianos. Casi todo lo que Cristo nos enseñó y que, sin embargo, nos prohibió silenciar. Antes bien, nos mandó predicar en los tejados lo que se nos había dicho al oído. La mayor parte de su doctrina está más lejos de las costumbres de los cortesanos que lo pudiera estar mi discurso. Verdad es que muchos predicadores, como gente avispada que son, parecen haber seguido tu consejo. Al ver que la ley de Cristo encajaba mal en la vida de los hombres, han preferido adaptar el evangelio a la vida, moldeándolo como si fuera de plomo. ¿Y qué han logrado con tan peregrino proceder? Nada, si no es poder ser peores con mayor impunidad.

¿Comprendes ahora el fracaso de mi actuación en el consejo de los reyes? Opinar en contra del sentir de los demás sería como no hablar. Y repetir lo mismo, sería hacerme cómplice de su locura, según la expresión del Mición de Terencio. No sé, por otra parte, adónde conduce esa «vía indirecta» de que hablas. Es decir, si las cosas no pueden tornarse totalmente buenas, habrá que trabajar cuanto se pueda para que sean lo menos malas posible. En los consejos reales no vale ir con sutilezas ni distinciones. Hay que aprobar abiertamente las peores decisiones y firmar los decretos más arbitrarios. Seria visto como traidor y hasta como espía quien consultado sobre proposiciones injustas se expresara con tibieza.

No hay, pues, modo de ser útil para unos hombres así. Antes corromperían al mejor.

plantado que dejarse corregir ellos mismos. Su solo trato deprava. El más limpio y honesto terminaría como encubridor de la maldad y estupidez ajenas. Por todo ello, sospecho que es imposible lograr bien alguno, por esa «vía indirecta» que estás insinuando.

Ya Platón explica con una bella comparación los motivos que alejan a los sabios de los asuntos públicos. Suponed que están viendo cómo la gente pasea por calles y plazas bajo una lluvia incesante. Por más que gritan no logran convencerles de que se metan en sus casas y se aparten del agua. Salir ellos mismos a la calle no conseguiría nada, sino mojarse ellos también. ¿Qué hacer entonces? En vista de que no van a poner remedio a la necedad de los otros, optan por quedarse a cubierto, defendiendo al menos su seguridad.

De todos modos, mi querido Moro, voy a decirte lo que siento. Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad. A no ser que pienses que se administra justicia permitiendo que las mejores prebendas vayan a manos de los peores, o que juzgues como signo de prosperidad de un Estado el que unos cuantos acaparen casi todos los bienes y disfruten a placer de ellos, mientras los otros se mueren de miseria.

Por eso, no puedo menos de acordarme de las muy prudentes y sabias instituciones de los utopianos. Es un país que se rige con muy pocas leyes, pero tan eficaces, que aunque se premia la virtud, sin embargo, a nadie le falta nada. Toda la riqueza está repartida entre todos. Por el contrario, en nuestro país y en otros muchos, constantemente se promulgan multitud de leyes. Ninguna es eficaz, sin embargo. Aquí cada uno llama patrimonio suyo personal a cuanto ha adquirido. Las mil leyes que cada día se dictan entre nosotros no son suficientes para poder adquirir algo, para conservarlo o para saber lo que es de uno o de otro. ¿Qué otra cosa significan los pleitos sin fin que están surgiendo siempre y no acaban nunca?

Cuando considero en mi interior todo esto, más doy la razón a Platón. Y menos me extraña que no quisiera legislar a aquellas ciudades que previamente no querían poner en común todos sus bienes. Hombre de rara inteligencia, pronto llegó a la conclusión de que no había sino un camino para salvar la república: la aplicación del principio de la igualdad de bienes. Ahora bien, la igualdad es imposible, a mi juicio, mientras en un Estado siga en vigor la propiedad privada. En efecto, mientras se pueda con ciertos papeles asegurar la propiedad de cuanto uno quiera, de nada servirá la abundancia de bienes. Vendrán a caer en manos de unos pocos, dejando a los demás en la miseria. Y sucede que estos últimos son merecedores de mejor suerte que los primeros. Pues estos son rapaces, malvados, inútiles; aquellos, en cambio, son gente honesta y sencilla, que contribuye más al bien público que a su interés personal.

Por todo ello, he llegado a la conclusión de que si no se suprime la propiedad privada, es casi imposible arbitrar un método de justicia distributiva, ni administrar acertadamente las cosas humanas. Mientras aquella subsista, continuará pesando sobre las espaldas de la mayor y mejor parte de la humanidad, el angustioso e inevitable azote de la pobreza y de la miseria. Sé que hay remedios que podrían aliviar este mal, pero nunca curarlo. Puede decretarse, por ejemplo, que nadie pueda poseer más de una extensión fija de tierras. Que asimismo se prescriba una cantidad fija de dinero por ciudadano. Que la legislación vele para que el rey no sea excesivamente poderoso, ni el pueblo demasiado insolente. Que se castigue la ambición y la intriga, que se vendan las magistraturas, que se suprima el lujo y la representación en los altos cargos. Con ello se evita el que se tenga que acudir a robos y a malas artes para poder mantener el rango. Y se evita también el tener que dar dichos cargos a los ricos, que habría que dar más bien a hombres competentes.

Con leyes como éstas los males presentes podrían aliviarse y atenuarse. Pero no hay esperanza alguna de que se vayan a curar, ni que las cosas vuelvan a la normalidad mientras los bienes sigan siendo de propiedad privada. Es el caso de los cuerpos débiles y enfermos que se van sosteniendo a base de medicinas. Al intentar curar una herida se pone más al vivo otra. Porque, no le demos vueltas, lo que a uno cura a otro mata. No se puede dar nada a nadie sin quitárselo a los demás.

—Estoy lejos de compartir vuestras convicciones —le dije yo a Rafael. jamás conocerán los hombres el bienestar bajo un régimen de comunidad de bienes. ¿Por qué medios se podrá conseguir la prosperidad común si todos se niegan a trabajar? Nadie tendrá un estímulo personal, y la confianza en que todos trabajan le hará perezoso. Por otra parte, si la miseria subleva los espíritus y ya no es posible adquirir nada como propio, ¿no caerá la sociedad de modo fatal y constante en la rebelión y la venganza? Si, además, desaparece la autoridad de los jueces y el temor saludable que inspiran, ¿qué papel pueden tener en la sociedad hombres para quienes no existiría ninguna diferencia social? Es algo que ni siquiera me atrevo a imaginar.

—No me extraña que pienses así —replicó Rafael—. No puedes hacerte idea de lo que se trata, o la tienes equivocada. Si hubieras estado en Utopía, como yo he estado, si hubieses observado en persona las costumbres y las instituciones de los utopianos, entonces, no tendrías dificultad en confesar que en ninguna parte has conocido república mejor organizada. Yo estuve allí durante cinco años, y, hubiera estado muchos más, de no haberme tenido que venir para revelar ese Nuevo Mundo. En este momento interrumpió Pedro Gilles a Rafael para decirle: ¿Es que vas a convencerme de que en ese nuevo mundo hay un pueblo mejor gobernado que el nuestro? En éste que conocemos, hay ingenios no menos aventajados, y estados con más antigüedad que esos de que hablas. Una larga experiencia ha proporcionado a nuestra sociedad una serie de inventos que hacen la vida agradable. Sin hacer mención de aquellos con que el azar nos ha favorecido, y que ningún espíritu cultivado hubiera podido imaginar.

—En cuanto a antigüedad —respondió Rafael— sólo podrás juzgar sensatamente después de haber leído historias de aquellos reinos. De darles crédito, tendríamos que reconocer que hubo allí grandes ciudades, aún antes de que hubiera hombres entre nosotros. Por lo demás, los adelantos debidos al esfuerzo o a la casualidad, lo mismo se pueden producir aquí que allí. Mi opinión es que les aventajamos en inteligencia, si bien, pienso que en cuanto a rendimiento y trabajo, quedamos muy por debajo de ellos.

Antes de que yo llegase allí poco o nada conocían de nuestro mundo. Según sus anales, los ultra equinoccionales, que es como nos llaman, llegaron hasta ellos hace unos mil doscientos años. Las olas lanzaron hasta las costas de Utopía, donde naufragó, una nave con unos cuantos romanos y egipcios que ya nunca pudieron salir de allí. Ni que decir tiene que los utopianos sacaron provecho de esta circunstancia. De los náufragos aprendieron todo lo que estos sabían sobre las ciencias y las artes aplicadas en el imperio romano. O fueron ellos mismos los que las descubrieron a base de las orientaciones recibidas. Grandes fueron, ciertamente, las ventajas que de este hecho fortuito y único sacaron los utopianos. Es también posible que en tiempos pasados algunos de ellos hayan llegado también aquí. Si fue así, ha sido olvidado.

Como se olvidará, sin duda, esto que estoy contando: que yo estuve un tiempo en aquellas tierras.

Pero ellos, los utopianos, supieron aprovechar este primer encuentro asimilando cuanto nosotros habíamos descubierto, para hacer la existencia más grata. Mucho me temo que pasen largos años sin que nosotros nos decidamos a adoptar lo que ya tienen institucionalizado mejor que nosotros. Creo que esta es la razón fundamental por la que, teniendo nosotros más inteligencia, están ellos mejor organizados que nosotros y su vida sea más feliz.

—¿Por qué, entonces —dije yo a Rafael— no nos describes esa isla maravillosa. Por favor, descríbenos, no brevemente, sino con todo detenimiento cuanto sabes sobre los campos, los ríos, las ciudades, los hombres, las costumbres, las leyes. En fin, todo cuanto creas que es interesante, en la seguridad de que lo es todo aquello que desconocemos.

—Nada me será tan grato —respondió Rafael— tanto más que todos esos detalles están frescos en mi memoria. Pero todo ello, requiere sosiego y tiempo.

—En ese caso —le dije yo— vayamos primero a comer. Y luego nos tomaremos todo el tiempo necesario.

—Sea —respondió.

Entramos en la casa para comer. Después de la comida, volvimos al mismo sitio y nos sentamos en el mismo banco. Rogué encarecidamente a los criados que nadie nos molestase, y entonces, Pedro Gilles y yo a una, pedimos a Rafael que cumpliera lo que había prometido.

El, al ver nuestra atención y nuestro vivo deseo de escucharle, se detuvo un momento en silencio y comenzó su relato del siguiente modo:

Libro Segundo

Discurso pronunciado por Rafael Hitlodeo acerca de la mejor organizacion de un estado

Introducción

La isla de los utopianos tiene en su parte central, que es la más ancha, una extensión de doscientas millas. Esta anchura se mantiene casi a lo largo de toda ella, y se va estrechando poco a poco hacia sus extremos. Estos se cierran formando un arco de quinientas millas, dando a toda la isla el aspecto de luna creciente. El mar se adentra por entre los cuernos de ésta, separados por unas once millas, hasta formar una inmensa bahía, rodeada por todas partes de colinas que le ponen al resguardo de los vientos.

Diríase un inmenso y tranquilo lago, nunca alterado por la tempestad. Casi todo su literal es como un solo y ancho puerto accesible a los navíos en todas las direcciones.

La entrada a la bahía es peligrosa, tanto por los bajíos como por los arrecifes. Una gran roca, emerge en el centro de la bocana, que por su visibilidad no la hace peligrosa. Sobre ella se levanta una fortaleza defendida por una guarnición. Los otros arrecifes son peligrosos, pues se ocultan bajos las aguas. Sólo los utopianos conocen los pasos navegables. Por eso ningún extranjero se atreve a entrar en la ensenada sin un práctico utopiano. Para los mismos habitantes de la isla, la entrada sería peligrosa, si su entrada no fuera dirigida desde la costa con señales. El simple desplazamiento de estas señales bastaría para echar a pique una flota enemiga, por numerosa que fuera.

Tampoco son raros los puertos en la costa exterior de la isla. Pero, cualquier desembarco está tan impedido por defensas tanto naturales como artificiales, que un puñado de combatientes podría rechazar fácilmente a un numeroso ejército.

Se dice, y así lo demuestra la configuración del terreno, que en otro tiempo aquella tierra no estaba completamente rodeada por el mar. Fue Utopo quien se apoderó de la isla y le dio su nombre, pues anteriormente se llamaba Abraxa. Llevó a este pueblo tan inculto y salvaje a ese grado de civilización y cultura que le pone por encima de casi todos los demás pueblos. Conseguida la victoria, hizo cortar un istmo de quince millas que unía la isla al continente. Con ello logró que el mar rodease totalmente la tierra.

Para la realización de esta obra gigantesca no sólo echó mano de los habitantes de la isla —se lo hubieran tomado como una humillación— sino de todos sus soldados. La tarea, compartida entre tantos brazos, fue rematada con inusitada celeridad. Tanta que los pueblos vecinos —que en principio se habían reído de la vanidad del empeño— quedaron admirados y aterrorizados por el éxito.

La isla cuenta con cincuenta y cuatro grandes y magníficas ciudades. Todas ellas tienen la misma lengua, idénticas costumbres, instituciones y leyes. Todas están construidas sobre un mismo plano, y todas tienen un mismo aspecto, salvo las particularidades del terreno. La distancia que separa a las ciudades vecinas es de veinticuatro millas.

Ninguna, sin embargo, está tan lejana que no se pueda llegar a ella desde otra ciudad en un día de camino.

Cada año se reúnen en Amaurota tres ciudadanos de cada ciudad, ancianos y experimentados, para tratar los problemas de la isla. Esta ciudad, asentada, por así decirlo, en el ombligo del país, es la más accesible a los delegados de todas las regiones.

Por eso mismo se la considera como la primera y principal.

Cada ciudad tiene asignados terrenos cultivables en una superficie no menor a doce millas por cada uno de los lados; si la distancia entre ciudades es mayor, entonces la superficie puede aumentarse. Ninguna ciudad tiene ansias de extender sus territorios.

Los habitantes se consideran más agricultores que propietarios.

En medio de los campos hay casas muy cómodas y perfectamente equipadas de aperos de labranza. Son habitadas por ciudadanos que vienen en turnos a residir en ellas. Cada familia rural consta de cuarenta miembros, hombres y mujeres, a los que hay que añadir dos siervos de la gleba. Están presididas por un padre y una madre de familia, graves y maduros. Al frente de cada grupo de treinta familias está un filarco.

Todos los años veinte agricultores de cada familia vuelven a la ciudad, después de haber residido dos arios en el campo. Son remplazados por otros veinte individuos.

Estos son instruidos juntamente con los que llevan todavía un año, y que, como es lógico, tienen una mayor experiencia en las faenas del campo. A su. vez, serán los instructores del próximo año. Con ello se evita que se junten en el mismo turno ignorantes y novicios, ya que la falta de experiencia perjudicaría a la producción. La renovación del personal agrícola es algo perfectamente reglamentado. Con ello se evita que nadie tenga que soportar durante mucho tiempo y de mala gana, un género de vida duro y penoso. No obstante, son muchos los ciudadanos que piden pasar en el campo varios años, sin duda porque encuentran placer en las faenas del campo.

Los campesinos cultivan la tierra, crían ganado, labran la madera, y la transportan a la ciudad unas veces por tierra y otras por mar. Han inventado un sistema sumamente ingenioso para producir pollos en cantidad. No dejan que las gallinas incuben los huevos. Someten a estos a una especie de calor constante que los vitaliza y empolla.

Una vez roto el cascarón. Los pollitos siguen al hombre y le reconocen como a su madre. Crían muy pocos caballos, y éstos muy fogosos, con la única finalidad de ejercitar a la juventud en la equitación. Toda la labor de labranza y transporte recae sobre los bueyes. Según los utopianos, el buey no tiene la fogosidad del caballo, pero le vence en paciencia y en fuerza. Está sujeto a menos enfermedades, no necesita tanta dedicación, y gasta menos. Finalmente, cuando se halla agotado por el trabajo, todavía se te puede destinar para carne.

Los cereales sólo los emplean para hacer pan. Beben vino de uva, de manzana o de pera; y agua, unas veces sola, y otras hervida con miel o regaliz que nunca les falta. Saben de una manera exacta y precisa la cantidad de víveres necesaria para cada ciudad y su, territorio. No obstante, siembran grano y crían ganado en cantidad muy superior al consumo. El excedente se reparte si es necesario entre los países vecinos.

Todos los objetos necesarios y que no se pueden encontrar en el campo, como muebles, utensilios de cocina, etcétera, los piden a la ciudad. Los consiguen de los funcionarios públicos, sin papeleo y sin nada a cambio. Todos los meses, en efecto, acuden a la ciudad el día de fiesta.

Cuando está próxima la cosecha, los filarcos hacen saber a los funcionarios públicos el número de ciudadanos que quieren se les envíe. Los recolectores llegan en masa el día convenido. De este modo, la cosecha se termina en un sólo día de buen tiempo.

Las ciudades y en particular Amaurota

Quien conoce una ciudad, las conoce todas. ¡Tan parecidas son entre sí! (en cuanto la naturaleza de su emplazamiento lo permite). Describiré una de ellas, no importa cuál, pero ¿cuál más a propósito que Amaurota? Ninguna más digna que ella. Así se lo reconocen las demás por ser sede del Senado. Es también la que mejor conozco, por haber vivido en ella cinco años seguidos.

Amaurota está situada en la suave pendiente de una colina. Su forma es casi un cuadrado. Su anchura, en efecto, comienza casi al borde de la cumbre de la colina, se extiende dos mil pasos hasta el río Anhidro, y se alarga a medida que sigue el curso del río.

El Anhidro nace de un pequeño manantial, ochenta millas más arriba de Amaurota. Su caudal se alimenta de otros pequeños ríos, sobre todo de dos un poco más medianos.

Cuando llega a la ciudad, su anchura es de quinientos pies. Pronto vuelve a ensancharse y después de un curso de sesenta millas, desemboca en el mar.

El curso del río queda singularmente alterado en el espacio comprendido entre la ciudad y el mar, incluso al unas millas más arriba, merced al flujo y reflujo de las olas por espacio de seis horas. Cuando hay pleamar, las aguas cubren completamente el lecho del río Anhidro en una longitud de unas treinta millas, empujando las aguas del río hacia su nacimiento. En todo este espacio y un poco más arriba, el agua salada se mezcla con la del río. Desde este punto, sin embargo, las aguas van endulzándose progresivamente, y el caudal que atraviesa la ciudad es limpio y puro. El agua desciende limpia y cristalina hasta la desembocadura.

La ciudad está unida a la otra orilla del río por un puente de espléndidos arcos, con pilares de piedra, no de madera. Este puente situado en la parte más alejada del mar, permite a los navíos atravesar totalmente y sin riesgo toda la zona de la ciudad bañada por el río.

Tiene, además otro río, no más caudaloso que el Anhidro, pero muy tranquilo y agradable. Nace, en efecto, en la pendiente de la colina sobre la que está edificada la ciudad, discurre a través de la misma, y corta la ciudad en su mismo centro antes de mezclar sus aguas a las del Anhidro. Los amaurotanos han canalizado y fortalecido el manantial y la parte superior del río que nace cerca de la ciudad acosándolo a las murallas. De esta manera, en caso de ataque, impiden al ejército enemigo cortar, desviar o envenenar las aguas. El agua es conducida desde el río hacia la parte baja de la ciudad por diferentes canales de barro cocido. Donde este método no es viable, disponen de grandes cisternas para recoger el agua de la lluvia al que surten los mismos efectos.

Una alta y ancha muralla, guarnecida de torres y de fortalezas frecuentes, hace de la ciudad una plaza fuerte. En sus tres lados hay un foso sin agua, ancho y profundo, pero impracticable. a causa de la maraña de espinos. En el cuarto lado, el río mismo hace de foso.

El trazado de calles y plazas responde al tráfico y a la protección contra el viento. Los edificios son elegantes y limpios, en forma de terraza, y están situados frente a frente a lo largo de toda la calle. Las fachadas de las casas están separadas por una calzada de veinte pies de ancho. En su parte trasera hay un amplio huerto o jardín tan ancho como la misma calzada, y rodeado por la parte trasera de las demás manzanas. Cada casa tiene una puerta principal que da a la calle, y otra trasera que da al jardín. Ambas puertas son de doble hoja, que se abren con un leve empujón y se cierran automáticamente detrás de uno. Todos pueden entrar y salir en ellas. Nada se considera de propiedad privada.

Las mismas casas se cambian cada diez años, después de echarlas a suertes.

Aman apasionadamente estos jardines; en ellos cultivan viñas, hortalizas, hierba y flores. Los cultivan con esmero, tanto que nunca he visto nada semejante en belleza y fertilidad. Los amaurotanos gustan de la jardinería no sólo porque les entretiene, sino por los concursos de belleza organizados entre las diversas manzanas. Difícilmente, en efecto, se podría destacar un aspecto de la ciudad más pensado para el deleite y el provecho de la comunidad. Cosa que me hace pensar que la jardinería debió ser de especial interés del fundador.

Se dice, en efecto, que fue el mismo Utopo el que trazó el plano de la ciudad desde el principio.

Dejó, sin embargo, a sus sucesores el cuidado de completar el embellecimiento y ornato de la ciudad. Pues, se daba cuenta de que la vida de un hombre no es suficiente para ello.

Según sus archivos históricos, que cubren un período de 176 años desde la conquista, y que fueron escritos con escrupulosa religiosidad, las casas originales eran simples chozas o tugurios. Estaban hechas sin un plan definido y con toda clase de maderas; las paredes revocadas de barro, y los techos en forma de cono cubiertos con cañas.

Hoy, en cambio, no se ven casas sino de tres pisos. Los muros exteriores están revestidos de piedra, de argamasa o ladrillos cocidos; las paredes interiores revestidas de yeso. Los techos son planos, en forma de terraza, recubiertos de hormigón, poco costoso y no inflamable, y más resistente a las inclemencias del tiempo que el plomo.

Las ventanas están provistas de vidrio —su uso es allí frecuentísimo— para impedir que entre el viento. A veces se remplaza el vidrio por una tela muy tenue o de ámbar gris impregnada de aceite. Este procedimiento ofrece una doble ventaja: deja pasar mejor la luz, e impide que el viento pase.

Los magistrados

Todos los años, cada grupo de treinta familias elige su juez, llamado Sifogrante en la primitiva lengua del país , y Filarca en la moderna. Cada diez sifograntes y sus correspondientes trescientas familias, están presididos por un protofilarca, antiguamente llamado Traniboro. Finalmente, los doscientos sifograntes, después de haber jurado que elegirán a quien juzguen más apto, eligen en voto secreto y proclaman príncipe a uno de los cuatro ciudadanos nominados por el pueblo. La razón de esto es que la ciudad está dividida en cuatro distritos, cada uno de los, cuales presenta su candidato al senado. El principado es vitalicio, a menos que el príncipe sea sospechoso de aspirar a la tiranía. Por su parte los traniboros se someten todos los años a la reelección, si bien no se les cambia sin graves razones. Los demás magistrados son renovados todos los años.

Cada tres días, incluso con más frecuencia, si así lo piden las circunstancias, los traniboros, presididos por el príncipe, se reúnen en consejo. Deliberan sobre los asuntos públicos y dirimen con rapidez los varios conflictos q que pudieran surgir entre los particulares. Invitan siempre a las deliberaciones del senado a dos sifograntes, que son distintos cada sesión.

La ley establece que las mociones o problemas de interés general sean discutidos en el senado tres días antes de ser ratificados o decretados. Por otra parte, se considera como un crimen capital, tomar decisiones sobre los intereses de interés público fuera del Senado o al margen de las asambleas locales. Tal reglamentación se dirige a impedir que tanto el Príncipe como los traniboros conspiren contra el pueblo, le opriman por la tiranía cambiándose así la forma de gobierno. Por esta misma razón, todas las decisiones importantes son llevadas a las asambleas de los Sifograntes. Estos las exponen a las familias de las que son representantes, no sin discutirlas con ellas antes de devolver las conclusiones al senado.

En ocasiones el asunto se presenta al consejo de toda la isla. Por otra parte, uno de los usos del senado es no discutir asunto alguno el día mismo que se presenta por primera vez. Prefieren postponerlo para la sesión próxima. De este modo se evita el que alguien exprese lo que primero le viene a los labios. Y sobre todo, que comience a dar razones que justifiquen su manera de pensar, sin tratar de decidir lo mejor para la comunidad y sacrificando el bien público a su reputación. Tanto más, por absurdo que pueda parecer, que le avergüenza admitir que su primera idea fue precipitada, y que debió reflexionar antes de hablar.

Las relaciones públicas entre los utopianos

¿No os parece llegado el momento de explicar las formas de la vida social, las relaciones mutuas de los ciudadanos, así como las reglas de distribución de los bienes en Utopía?

La ciudad está compuesta de familias, y éstas, en general, están unidas por los lazos del parentesco. Cuando la mujer ha alcanzado la edad núbil, es entregada al marido, y va a vivir a su casa. Los hijos y nietos varones permanecen en la familia, sometidos todos al más anciano de sus progenitores. En caso de senilidad con merma de las facultades mentales, le sucede el que le sigue en edad.

Cada ciudad consta de seis mil familias, sin contar las del distrito rural. Pero, para mantener el equilibrio de la misma e impedir que baje la población o suba desmesuradamente, se cuida de que ninguna familia tenga menos de diez y más de dieciséis adultos. Por el contrario no es fácil determinar previamente el número de los impúberes. Este equilibrio se mantiene, traspasando a las familias menos numerosas el excedente de las demasiado prolíficas. Si, a pesar de todo, el conjunto de habitaciones de una ciudad sobrepasa el número previsto, el excedente se destina a otras ciudades menos pobladas.

En el caso, finalmente, de que toda la isla llegara a superpoblarse, se funda una colonia con ciudadanos reclutados de cualquier ciudad. Se aposentan en el continente más cercano, en zonas en que la población indígena posee más tierras de las que puede cultivar. La colonia se rige según las leyes utopianas, no sin antes proponer a los indígenas la posibilidad de convivir con ellos. Así, asociados con los que aceptan, quedan fácilmente integrados por unas mismas instituciones y costumbres en beneficio de ambos. Los colonos, en efecto, gracias a sus instituciones, logran transformar una tierra que parecía miserable y maldita en abundosa para todos.

Si, por el contrario, encuentran gentes que se niegan a vivir bajo sus leyes, los utopianos los arrojan fuera de la zona que han ocupado. Hacen la guerra a los que oponen resistencia. Consideran como causa justísima de guerra el que un pueblo, dueño de un suelo, que no necesita y que deja improductivo y abandonado, niegue su uso y su posesión a los que por exigencias de la naturaleza deben alimentarse de él.

Si sucediera —como ya sucedió dos veces— que, a consecuencia de una peste, quedara diezmada la población de una ciudad hasta el punto de no poder restablecerla sin disminuir el número establecido de habitantes de otras ciudades, entonces los utopianos dejarían la colonia para repoblar dicha ciudad. Prefieren dejar morir las colonias, antes que ver desaparecer una sola de las ciudades de la Isla.

Volvamos ya a la convivencia de los ciudadanos. El más anciano, como dije, presídela familia. Las mujeres sirven a los maridos, los hijos a los padres, y, en general, los menores a los mayores.

La ciudad está dividida en cuatro distritos iguales. En el centro de cada distrito hay mercado público donde se encuentra de todo. A él afluyen los diferentes productos del trabajo de cada familia. Estos productos se dejan primero en depósitos, y son clasificados después en almacenes especiales según los géneros.

Cada padre de familia va a buscar al mercado cuanto necesita para él y los suyos. Lleva lo que necesita sin que se le pida a cambio dinero o prenda alguna. ¿Por qué habrá de negarse algo a alguien? Hay abundancia de todo, y no hay el más mínimo temor a que alguien se lleve por encima de sus necesidades. ¿Pues por qué pensar que alguien habrá de pedir lo superfluo, sabiendo que no le ha de faltar nada? Lo que hace ávidos y rapaces a los animales es el miedo a las privaciones. Pero en el hombre existe otra causa de avaricia: el orgullo. Este se vanagloria de superar a los demás por el boato de una riqueza superflua. Un vicio que las instituciones de los utopianos han desterrado.

Junto a los mercados que ya he mencionado están los de comestibles. A ellos afluyen legumbres, frutas, pan, pescados, aves y carnes. Estos mercados están situados fuera de la ciudad en lugares apropiados —se mantienen limpios de las inmundicias y desechos por medio de agua corriente. De aquí se lleva al mercado la carne limpia y despiezada por los criados o siervos. Los utopianos no consienten que sus ciudadanos se acostumbren a descuartizar a los animales. Semejante práctica, según ellos, apaga poco a poco la clemencia, el sentimiento más humano de nuestra naturaleza. Por lo mismo, no dejan entrar en las ciudades las inmundicias y desperdicios de cualquier género por cuya putrefacción el aire corrompido pudiera sembrar alguna enfermedad.

Cada manzana tiene salas muy capaces, dispuestas a igual distancia, y cada una con su nombre propio. Aquí viven los sifograntes; y a ellas están adscritas para la comida las treinta familias que viven: quince a un lado y quince al otro del edificio. Los encargados de abastecer los comedores se reúnen a la hora convenida en el mercado y piden la cantidad de comida correspondiente al número de sus comensales.

Pero la primera preocupación y cuidados son para los enfermos que son atendidos en los hospital es públicos. Hay, en efecto, en los alrededores de la ciudad, un poco apartados de las murallas, cuatro hospitales, tan amplios que se dirían otras tantos pequeñas ciudades. En ellos, por grande que sea el número de enfermos, nunca hay aglomeraciones, ni incomodidad en el alojamiento. Y por otra parte, sus grandes dimensiones permiten separar a los enfermos contagiosos, cuya enfermedad se propaga generalmente por contacto de hombre a hombre. Estos hospitales están perfectamente concebidos, y abundantemente —dotados de todo el instrumental y medicamentos para el restablecimiento de la salud. Los enfermos son atendidos con los más exquisitos y asiduos cuidados merced a la presencia constante de los mejores médicos.

A nadie se le obliga a ir al hospital contra su voluntad. No hay enfermo, sin embargo, en toda la ciudad, que no prefiera ser internado en el hospital a permanecer en su casa.

Una vez que el administrador de los enfermos ha recibido los alimentos prescritos por el médico, lo que hay de mejor en el mercado se distribuye equitativamente por los comedores, según el número de comensales. Consideración especial merecen el príncipe, el pontífice, los traniboros, además de los embajadores y todos los extranjeros —cuando los hay, que son pocas veces—. Pero cuando están, se les asignan apartamentos especiales, provistos de todo lo necesario.

A la hora establecida, toda la sifograntía se reúne al sonido de la trompeta para comer y cenar. Se exceptúan los que guardan cama, sea en los hospitales, sea en casa. A nadie, sin embargo, se le prohíbe llevar comida del mercado a casa, a pesar de tenerla preparada en los comedores. Saben que nadie hará esto por capricho. Pues si bien cada uno es libre de comer en su casa, nadie se recreará en hacerlo. Porque es de tontos molestarse en preparar una mala comida, cuando tienen una mejor en el comedor cercano.

Los trabajos de cocina más sucios y molestos se encomiendan a los criados. En cambio, a cargo de las mujeres esta la cocción y aderezo de las comidas, y, en una palabra, toda la preparación de la mesa. Este trabajo lo hacen las mujeres por turno, según las familias.

Se preparan tres o más mesas, según los comensales. Los hombres se sientan del lado de la pared, y las mujeres en frente. De esta manera, si les sobreviene una súbita indisposición, cosa frecuente en las embarazadas, pueden apartarse sin molestar y retirarse a la sala. de las nodrizas.

Las nodrizas, en efecto, permanecen con sus lactantes en un comedor particular. Se ha habilitado de tal manera, que nunca falten en él el fuego, el agua limpia, ni las cunas. De este modo las madres pueden acostar a los niños, o si lo prefieren, calentarse al fuego, quitarles las fajas, o jugar con ellos para entretenerlos. Cada madre amamanta a su hijo, caso de no impedirlo la muerte o la enfermedad. En estos casos, las mujeres de los sifograntes se apresuran a encontrar otra nodriza, Y no les es difícil encontrarla. Las mujeres que pueden prestan sus servicios con mayor presteza que en cualquier otro menester. Todos en efecto alaban este acto de misericordia. Y el niño reconoce a la nodriza como a su verdadera madre.

En la sala de las nodrizas o lactantes se encuentran los niños que todavía no han cumplido cinco años. Los demás impúberes, es decir, los niños de ambos sexos que no han alcanzado la edad núbil, sirven a la mesa. O si por la edad no tienen todavía fuerzas para hacerlo, permanecen de pie y en el mayor silencio, junto a los comensales. Unos y otros comen de lo que les dan las personas sentadas, ya que no tienen otra hora para comer.

En el centro de la mesa principal, se sienta el Sifogrante con su mujer. Es el lugar de más honor ya que desde esta mesa, colocada transversalmente al fondo del comedor, se contempla toda la asamblea. junto al Sifogrante y su esposa toman asiento dos personas de las de mayor edad. En cada mesa, en efecto, se sientan de cuatro en cuatro.

Si el templo se encuentra en una «Sifograntia», el sacerdote y su mujer se sientan junto al sifogrante y presiden.

A ambos lados del comedor se sientan los jóvenes, alternando con los de más edad.

Esta colocación acerca a los iguales, y mezcla a las diferentes edades. Nada, en efecto, de cuanto se hace o se dice en la mesa escapa a los vecinos de derecha o izquierda. Y a esto precisamente, según ellos, obedece esta norma, a saber: que la gravedad de los ancianos y el respeto que inspiran refrenan las palabras o la petulancia que una libertad excesiva podría inspirar a los jóvenes.

Se comienza a servir los platos por la cabecera de la mesa, pasando después hasta los últimos comensales. Primero se sirven las mejores porciones a los ancianos —cuyos puestos están señalados— y después a los demás comensales por igual. Por su parte, los ancianos comparten de buen grado con sus vecinos de mesa las porciones, que aunque quisieran no llegarían para todos los de la casa. Se rinde así a la vejez un honor que le es debido, honor que redunda en beneficio de todos.

Tanto la comida como la cena comienzan por la lectura de alguna lección moral. Pero ha de ser breve para que no aburra. De ella se sirven los ancianos para hacer sus exhortaciones, que no son tristes ni insulsas. Se cuidan mucho de no soltar rollos que acaparen toda la comida, y escuchan con gusto a los jóvenes. Incluso los provocan adrede, a fin de contrastar en la libertad que da la mesa la índole y el talento de cada uno.

El almuerzo es corto; la cena un poco más larga. Se debe a que después del almuerzo viene el trabajo, mientras que a la cena siguen el sueño y el reposo nocturno. Y los utopianos creen que el sueño es mejor que el trabajo para una buena digestión. No hay cena sin música; y en ella se sirve siempre un postre de dulces variados. Se queman ungüentos y se esparcen perfumes. Nada se perdona para que reine la alegría entre los comensales. Hacen de grado suyo aquel principio de que «ningún placer está prohibido con tal que no engendre mal alguno». Así viven los utopianos en las ciudades.

En el campo, donde los labradores viven dispersos, hacen su comida en casa. A ninguna familia le falta nada para comer. ¿No son acaso ellos los que proveen de todo a la ciudad?

Los viajes de los utopianos

Si uno desea visitar a los amigos que viven en otra ciudad o simplemente quiere hacer un viaje, lo consigue fácilmente del Sifogrante o Traniboto, a no ser que lo impida alguna razón práctica.

El viaje se organiza enviando a un grupo de turistas con un salvoconducto expedido por el príncipe. En este salvoconducto se autoriza el viaje y se fija la fecha de vuelta. Se les proporciona un coche y un criado público para que cuide y conduzca a los bueyes. En general, a no ser que haya mujeres en el grupo, los viajeros devuelven el coche, por considerarlo una carga. Durante el viaje —aunque no llevan bagaje alguno— no les falta de nada, ya que en cualquier parte están en casa. Si se detienen más de un día en un lugar, ejercen allí su propio oficio, siendo atendidos amistosamente por los de su mismo oficio. Si alguien por su cuenta viaja fuera de su propio territorio, sin el salvoconducto del príncipe, se le devuelve como fugitivo y se le castiga severamente.

Si reincide, queda reducido a la condición de esclavo.

Si alguno siente el deseo de pasear por los campos de su ciudad, nadie se lo impide, con tal que tenga el permiso del padre o el consentimiento de la mujer. Pero en cualquier aldea donde llegue, no se le da alimento alguno, a menos que trabaje antes del mediodía o antes de la cena lo que allí estuviese estipulado. Cumplida esta norma puede caminar por todo el territorio de su ciudad. Pues no será menos útil a la ciudad que si estuviera en ella.

Os podéis dar cuenta, por todo esto, de que no hay nunca permiso para estar ocioso.

No hay tampoco pretexto alguno para la vagancia. No hay tabernas, ni cervecerías, ni lupanares, ni ocasiones de corrupción, casas de citas, ni conciliábulos. Todos, expuestos a las miradas de todos, se entregan al trabajo cotidiano o a un honesto esparcimiento". De las costumbres de un pueblo como éste se sigue necesariamente la abundancia de todos los bienes. Si a esto se añade que la riqueza está equitativamente distribuida, no es de extrañar que no haya ni un solo pobre ni mendigo.

Como dije más arriba, todos los años cada ciudad envía tres ciudadanos al Senado amaurótico. Su primera sesión está dedicada al estudio de los artículos excedentes, así como a los lugares donde hay abundancia de los mismos. Se estudian asimismo los lugares donde el rendimiento ha sido más escaso supliendo el déficit de unos por la abundancia de otros. Esta compensación es gratuita. La ciudad que da no recibe nada a cambio de los favorecidos. A su vez, las ciudades que dieron de lo suyo sin exigir nada, reciben de otra, a la que no entregaron, lo que necesitan. De este modo, toda la isla es como una y misma familia.

Una vez cubiertas las propias necesidades —y piensan que no están cubiertas hasta no disponer de provisiones para dos años y así afrontar la eventualidad del año siguiente—, exportan a otros países gran cantidad de excedentes: trigo, miel, lana, lino, madera, tintes de cochinilla y de púrpura, pieles, cera, sebo, cuero e incluso animales.

Dan la séptima parte de su productos a los pobres del país importador y el resto lo venden a precio módico. Este comercio les permite importar aquellos artículos de que carecen —no les falta de nada si no es el hierro— y también gran cantidad de oro y de plata. Esta vieja práctica les ha permitido acumular una cantidad fabulosa de estos metales preciosos. Por eso les es indiferente hoy vender al contado o a plazos.

Ordinariamente aceptan pagarés, pero no se fían de avales particulares. Estos pagarés deben estar formalizados y garantizados por la palabra y el sello de la ciudad que los acepta.

El día del vencimiento, la ciudad garante exige el reembolso de los deudores particulares.

El dinero se deposita en el erario público, y se usufructúa hasta tanto sea reclamado por los acreedores utopianos.

Estos raras veces reclaman el pago de toda la deuda. Creerían cometer una injusticia reclamando a un tercero algo que necesita y que a ellos les es inútil. Hay casos, sin embargo, en que retiran toda la cantidad de dinero que se les debe. Sucede, por ejemplo, cuando han de prestar una parte de este dinero a otro país, o también cuando tienen, que hacer la guerra. Esta es la razón por la que guardan en casa todo el tesoro que poseen, para que les sirva como de talismán en los peligros inminentes o imprevistos.

Pero, sobre todo, lo destinan a movilizar y pagar espléndidamente a mercenarios extranjeros, pues prefieren exponer a la muerte a éstos que a sus conciudadanos.

Ofrecen a los mercenarios sueldos fabulosos, conscientes de que con grandes sumas de dinero se puede comprar a los mismos enemigos, y llevarles tanto a traicionar como a volverse unos contra otros.

Tales son los fines por los que los utopianos guardan este inmenso tesoro. Pero lo conservan, no como un tesoro, sino de una manera que me avergüenza relatar. ¿Puedo creer que daréis crédito a mi discurso? Temo que no, pues os confieso francamente que de no haber visto yo la cosa, tampoco creerla a quien me lo contare. ¿No es acaso algo natural? Cuanto más opuestas a nosotros son las costumbres extranjeras, menos dispuestos estamos a creerlas. Con todo, el hombre prudente, que juzga sin prejuicio las cosas, sabe que los utopía nos piensan y hacen lo contrario de los demás pueblos. ¿Se sorprendería, acaso, de que empleen el oro y la plata para usos distintos a los nuestros?

En efecto, al no servirse ellos de la moneda, no la conservan más que para una eventualidad que bien no pudiera ocurrir nunca.

Mientras tanto, retienen el oro y la plata de los que se hace el dinero. Pero nadie les da más valor que el que les da su misma naturaleza. ¿Quién no ve lo muy inferiores que son al hierro tan necesario al hombre, como el agua y el fuego? En efecto, ni el oro ni la plata tienen valor alguno, ni la privación de su uso o su propiedad constituye un verdadero inconveniente. Sólo la locura humana ha sido la que ha dado valor a su rareza. La madre naturaleza, ha puesto al descubierto lo que hay de mejor: el aire, el agua y la tierra misma. Pero ha escondido a gran profundidad todo lo vano e inútil.

Por lo mismo, los utopianos no encierran sus tesoros en una fortaleza. El vulgo podría sospechar, como acostumbra maliciosamente, de que el gobierno y el senado se sirven de estratagemas para engañar al pueblo, y para enriquecerse. Tampoco se hace con el oro y la plata vasos ni otros objetos de valor. En la hipótesis de tener que fundirlos, para pagar a los soldados en caso de guerra, es claro que los que hubieran puesto su afecto en estas obras de arte, no se desprenderían de ellas sin gran dolor.

Para obviar estos inconvenientes, los utopianos han arbitrado una solución en consonancia con sus instituciones, pero en total desacuerdo con las nuestras. Entre nosotros, en efecto, el oro se estima desmesuradamente y se le guarda con todo cuidado. Por eso, su solución resulta increíble para los que no la han comprobado.

Comen y beben en vajilla de barro o de cristal, realizada en formas elegantes, pero al fin y al cabo, de materia ínfíma.

Los vasos de noche y otros utensilios dedicados a usos viles, se hacen de oro y plata no sólo para los alojamientos públicos sino para las viviendas particulares. Con estos mismos metales se forjan las cadenas y los grilletes que sujetan a los esclavos.

Finalmente, todos los reos de crímenes llevan en sus orejas anillos de oro. Sus dedos van recubiertos de oro, su cuello va ceñido por un collar de oro. Y su cabeza cubierta con un casquete de oro. Todo concurre, pues, para que entre ellos el oro y la plata sean considerados como algo ignominioso. Así, mientras su pérdida en otros pueblos resulta tan dolorosa como si se tratara de las propias entrañas, entre los utopianos, caso de desaparecer todos estos metales, nadie creería haber perdido ni un céntimo.

Recogen también perlas a la orilla del mar, así como diamantes y piedras preciosas en algunas rocas. Pero no se afanan por ir a buscarlas. Cuando la suerte se las depara, las cogen y las pulen para hacer adornos a los niños. Y si éstos en los primeros años se glorían y se enorgullecen de llevar tales adornos, cuando son ya mayores y se dan cuenta de que estas bagatelas no sirven más que a los niños, se desprenden de ellas.

Y se desprenden de tales adornos por propia voluntad y por cierto amor propio, sin esperar a que sus padres intervengan. Algo así como sucede con nuestros niños que, cuando crecen, abandonan el chupete, los aros y las muñecas.

La diferencia de estas instituciones con respecto a las de otros países, hace que sus sentimientos sean también diferentes a los nuestros. No me di cuenta de ello hasta que asistí a la recepción de una embajada de los Anemolios. Estos vinieron a Amaurota cuando yo me encontraba allí. Como venían a tratar asuntos importantes, cada ciudad había destacado tres delegados para recibirlos. Pero embajadores de las naciones vecinas que habían llegado con anterioridad a la isla, y que conocían las costumbres de los utopianos, sabían que entre éstos los vestidos suntuosos no son objeto de honor ni reverencia. Sabían también que se despreciaba la seda y que el oro era reputado como algo infame. Sabedores de esto, habían tomado la costumbre de venir vestidos con el atuendo más sencillo posible. Los anemolianos, por el contrario, venían de más lejos y apenas si habían tenido relaciones con ellos. Enterados de que los habitantes de la isla vestían de manera uniforme y ruda, imaginaron que esta simplicidad se debía a la pobreza. Con más vanidad que prudencia determinaron presentarse con una magnificencia digna de dioses, y herir los ojos de los miserables utopianos con el esplendor de su vestimenta.

Entraron, pues, los tres embajadores con un séquito de cien personas. Todos iban vestidos de los más diversos colores, de seda en su mayor parte. Los mismos legados —pertenecientes a la nobleza de su país— se cubrían con un manto de oro, con grandes collares y pendientes de oro. Lucían en las manos anillos de oro, y del sombrero pendían joyas y guirnaldas que refulgían con perlas y piedras preciosas. Iban vestidos, en una palabra, con todo lo que en Utopía constituye el suplicio de un esclavo, castigo vergonzoso de la infamia, o juguete de niños.

Era un espectáculo digno de ver a los embajadores pavoneándose al comparar el lujo de su atuendo con el vestido simple de los utopianos agolpados a lo largo de las calles del tránsito. Y por otra parte, no era menos regocijante el observar la decepción que les causaba la actitud de la población, al no recibir la estima y los honores que se habían prometido.

Si exceptuamos un número insignificante de los que, por diversas razones, habían visitado otros países, todos los utopianos veían con ojos de lástima este espectáculo infamante. Saludaban con respeto a la servidumbre del cortejo, tomándola por los embajadores. A estos, sin embargo, los dejaban pasar sin darles muestras de ningún honor. ¡Tan cargados de cadenas de oro los veían como si fueran esclavos!

Los mismos niños que ya se habían desprendido de los diamantes y perlas, y que ahora las contemplaban en el sombrero de los embajadores, se dirigían asombrados a sus madres:

—«¡Mira, mamá —les decían codeándolas— a ese tunante que todavía gusta de perlas y de piedras preciosas como si fuera un niño!» Y la madre, todo seria, le respondía:

—Cállate, hijo, que me parece uno de los bufones de los embajadores.

Otros criticaban las cadenas de oro: no servían para nada. Tan finas eran que cualquier esclavo podría romperlas. Y por otra parte, tan amplias que podría sacudírselas cuando le viniera en gana, escapándose libre a donde quisiera.

Al cabo de uno o dos días de estancia, los embajadores se dieron cuenta de que cuanta mayor ostentación hacían del oro menos eran estimados. Pudieron advertir también que el oro y la plata de las cadenas y grilletes de un esclavo fugitivo era superior al de la comitiva de los tres juntos. Sintiéndose humillados, dejaron inmediatamente de pavonearse, despojándose de los atavíos que tan orgullosamente hablan exhibido.

Sobre todo, después que un trato más íntimo con los utopianos les hiciera conocer mejor sus costumbres y sus ideas.

Estos se preguntan, en efecto, si puede haber hombres que queden embelesados ante el brillo engañoso de una perla diminuta o de una piedra preciosa, cuando tienen la posibilidad de contemplar una estrella, y hasta el mismo sol. Se maravillan de que haya alguien tan rematadamente loco que se considere más noble por la lana más fina que viste. ¡Después de todo, esta lana, por fino que sea su hilo, la llevó antes una oveja, y nunca dejó por ello de ser oveja! No les cabe en la cabeza que el oro, tan inútil por naturaleza, haya adquirido en todos los países del mundo un valor táctico tan considerable que sea mucho más estimado que el mismo hombre, y ello a pesar de que su valor haya sido sacado por y para el mismo hombre. No salen de su asombro ante el hecho de que un plomo, sin más talento que un tronco, y tan falto de escrúpulos como zafio, pueda tener bajo su dependencia a multitud de hombres honrados y buenos sólo por la única razón de que un buen día le llovieron del cielo un montón de monedas. Pero, cuidado, que un revés de la fortuna o una interpretación de las leyes —que no menos que la fortuna pone las cosas patas arriba— puede arrebatar el dinero a nuestro héroe, para ponerlo en manos del más rufián de sus criados. Entonces, no hay por qué admirarse de ver al amo convertido en criado de su criado, como apéndice y aditamento de su dinero.

Pero lo que detestan y no acaban de entender es la locura de aquellos individuos que, no debiendo nada a los ricos, y no estándoles sujetos, les tributan honores casi divinos.

¡Y sólo por ser ricos! Y a pesar de que los saben tan avaros y sórdidos que nunca recibirán de ellos, mientras vivan, la más mínima parte de sus tesoros.

Adquieren estas ideas en parte por haber sido educados dentro de un sistema social que se opone directamente a ese tipo de insensatez, y, en parte, por la lectura y los principios recibidos. Cierto que en cada ciudad sólo unos pocos son liberados de los trabajos materiales, para dedicarse al estudio. Son aquellos que, como he dicho, desde la infancia manifiestan cualidades sobresalientes, talento poderoso y vocación, por la ciencia. Pero no por ello se deja de dar una educación liberal a todos los niños. Por su parte, casi todos los ciudadanos, hombres y mujeres, consagran al estudio durante toda su vida las horas que, como ya hemos dicho, les quedan libres.

Aprenden las ciencias en su propia lengua, que es rica, armoniosa y fiel intérprete del pensamiento. Se habla, más o menos adulterada en una vasta extensión de aquella parte del globo.

Anteriormente a nuestra llegada, ninguno de los filósofos, cuyos nombres son célebres en nuestro hemisferio, les era conocido. Sin embargo, consiguieron más o menos los mismos descubrimientos que nuestros clásicos en música, dialéctica, aritmética y geometría. Con todo, a pesar de ser casi iguales en todo a los antiguos, están muy por debajo de los dialécticos modernos. Todavía no han inventado ninguna de esas reglas sutiles de restricción, amplificación y suposición con tanta sutileza elaboradas en la Pequeña Lógica, que aprenden nuestros hijos. Son del todo incapaces de captar las llamadas: «ideas o intenciones segundas». Lo mismo sucede en cuanto al llamado «Hombre en general o universal». Ese coloso, según la jerga de la escuela, ese gigante inmenso, que aquí se nos quiere hacer ver, y tocar, en Utopía nadie lo ha conseguido percibir todavía.

Pero, en compensación, los utopianos conocen de manera exacta el curso de los astros y los movimientos de los cuerpos celestes. Han creado ingenios de tipos diversos que les permiten fijar con exactitud la trayectoria y la posición respectiva del sol, de la luna y de los astros visibles por encima de su horizonte.

En cuanto a las amistades y discordias de los astros errantes», en una palabra, todo eso que fomenta la patraña llamada «adivinación por los astros», ni siquiera en sueños se preocupan de ello. La observación de señales, contrastada con una larga experiencia, les permite predecir la lluvia, el viento y demás cambios de la naturaleza. Su opinión sobre la causa de todos estos fenómenos, sobre las marcas, el flujo y la salinidad del mar, y, en general, sobre el origen y la naturaleza del cielo y del universo, es en parte idéntica a asía de nuestros filósofos antiguos. y, en parte, diferente. Cuando nuestros sabios no están de acuerdo, los utopianos proponen explicaciones nuevas y diferentes, sin que por otra parte estén enteramente de acuerdo entre sí.

En lo referente a la ética o filosofía de las costumbres inciden en los mismos problemas que nosotros. Se plantean el problema del bien o felicidad del alma, del cuerpo, y de los bienes externos. Les preocupa saber si el término «bien» conviene a estas tres categorías o sólo a las dotes del espíritu.

Discuten sobre la virtud y el placer. Pero la principal y primera controversia se centra en saber dónde está la felicidad del hombre. ¿En una o varias cosas? Sobre este punto, parecen estar inclinados, más de la cuenta, a aceptar la opinión de los que defienden el placer como la fuente única y principal de la felicidad humana. Y lo que es más desconcertante: invocan su misma religión que es grave y segura, y casi triste y rígida, en apoyo de tan peregrina opinión.

En efecto, tienen por principio no discutir jamás sobre la felicidad sin partir de axiomas religiosos o filosóficos, basados éstos en la razón. Sin estos principios, piensan que la razón, abandonada a sí misma, es de suyo roma y débil en la búsqueda de la verdadera felicidad.

Estos son sus principios:

Que el alma es inmortal.
Que Dios, Por pura bondad, la hizo nacer para la felicidad.
Que después de esta vida nuestras virtudes y nuestras buenas acciones serán recompensadas y premiadas.
Que el crimen será castigado con suplicios.

Aunque estos principios están tomados de la religión, piensan los utopianos que la razón puede llegar a creerlos y a aceptarlos. Si no se aceptaran —afirman sin vacilar— no habría nadie tan estúpido que no pensara que el placer se ha de buscar por todos los medios permitidos o prohibidos. La virtud consistiría, entonces, en elegir el más placentero y estimulante entre dos placeres. Y en huir de aquellos placeres que producen un dolor más fuerte que el gozo que pudieran haber procurado.

La mayor locura, en efecto, para ellos sería practicar unas virtudes ásperas y difíciles, renunciar a las dulzuras de la vida, sufrir voluntariamente el dolor, sin esperar nada después de la muerte como recompensa. ¿Qué fruto puede existir si después de la muerte, si has vivido sin placer, es decir miserablemente, no recibes nada a cambio?

Pero la felicidad, afirman, no está en toda clase de placeres. Se encuentra solamente en el placer bueno y honesto. Nuestra naturaleza tiende, irresistiblemente atraída por la virtud hacia él, como al bien supremo. A esta virtud va vinculada la única felicidad, según los que opinan lo contrario. Definen la virtud como «vivir según la naturaleza». A esto, en efecto, hemos sido ordenados por Dios. Por tanto, el hombre que sigue el impulso de la naturaleza, tanto en lo que busca como en lo que rechaza, obedece a la razón.

—Según esto: Primero y principalmente, la razón inspira a todos los mortales el amor y la adoración a la Majestad divina, a la que debemos nuestra existencia y nuestra capacidad de felicidad.

—Segundo: nos enseña y nos empuja a vivir con la mayor alegría y sin zozobra. Y en virtud de nuestra naturaleza común nos invita a ayudar a los demás a conseguir este mismo fin.

Nadie, en efecto, por austero e inflexible seguidor de la virtud y aborrecedor del placer que sea, impone trabajos, vigilias y austeridad, sin imponer al mismo tiempo la erradicación de la pobreza y de la miseria de los demás. Nadie deja de aplaudir al hombre que consuela y salva al hombre, en nombre de la humanidad. Es un gesto esencialmente humano —y no hay virtud más propiamente humana que ésta— endulzar las penas de los otros, hacer desaparecer la tristeza, devolverles la alegría de vivir. Es decir, devolverles al placer. ¿Por qué, pues, no habría de impulsar la naturaleza a cada uno a hacerse el mismo bien que a los demás?

Porque, una de dos o la vida feliz o placentera es un mal o es un bien. Si es un mal, no solamente no se puede ayudar a los demás a que la vivan, sino que además hay que hacerles ver que es una calamidad y un veneno mortal. Si es un bien, ¿por qué si existe el derecho y el deber de procurársela a los demás como un bien, por qué, digo, no comenzar por uno mismo? No hay motivo para ser menos complaciente contigo mismo que con los demás. ¿Puede la naturaleza invitarte a ser bueno con los demás, y a ser cruel y despiadado contigo mismo? Por tanto, concluyen, la naturaleza misma nos impone una vida feliz, es decir, placentera, como fin de nuestros actos. Para ellos, la virtud es vivir según las prescripciones de la naturaleza.

La naturaleza, siguen pensando, invita a todos los mortales a ayudarse mutuamente en la búsqueda de una vida más feliz. Y lo hace con toda razón, ya que no hay individuo tan por encima del género humano que la naturaleza se sienta en la obligación de cuidar de él solo. La naturaleza abraza a todos en una misma comunión. Lo que te enseña una y otra vez, esa misma naturaleza, es que no has de buscar tu medro personal en detrimento de los demás.

Por esto mismo, piensan que se han de cumplir no sólo los pactos privados entre simples ciudadanos, sino también las leyes públicas que regulan el reparto de los bienes destinados, a hacer la existencia más fácil. Es decir, cuando se trata de los bienes que constituyen la materia misma del placer. En estos casos se han de cumplir tales leyes sea que estén promulgadas justamente por un buen príncipe, sea que hayan sido sancionadas por el mutuo consentimiento del pueblo no oprimido por la tiranía ni embaucado por manipulaciones. Procurar tu propio bien sin violar estas leyes es de prudentes. Trabajar por el bien público, es un deber religioso. Echar por tierra la felicidad de otro para conseguir la propia, es una injusticia. Privarse, en cambio. de cualquier cosa para dársela a los demás, es señal de una gran humanidad y nobleza, pues reporta más bien que el que nosotros proporcionamos. Al mismo tiempo, esta buena obra queda recompensada por la reciprocidad de servicios. Y por otra parte, el testimonio de la conciencia, el recuerdo y el reconocimiento de aquellos a quienes hemos hecho bien producen en el alma más placer, que hubiera causado al cuerpo el objeto de que nos privamos. Finalmente, Dios compensa con una alegría inefable y eterna la privación voluntaria de un placer efímero y pasajero. De ello está fácilmente convencida un alma dispuesta a aceptarlo. En consecuencia, bien pensado y examinado todo, siguen pensando que todas nuestras acciones, incluidas todas nuestras virtudes, están abocadas al placer como a su fin y felicidad .

Llaman placer a todo movimiento y estado del cuerpo o del alma, en los que el hombre experimenta un deleite natural. No sin razón añaden «Apetencia o inclinación natural». Porque no sólo los sentidos, sino también la razón nos arrastran hacia las cosas naturalmente deleitables. Tales son, por ejemplo, aquellos bienes que podemos conseguir sin causar injusticia, sin perder un deleite mayor o sin que provoquen un exceso de fatiga. Existen, por otra parte, cosas a las que los humanos han dado en atribuir frívolamente. placeres al margen de la misma naturaleza. ¡Cómo si los humanos pudieran cambiar tan fácilmente las cosas como las palabras! Con ello, lejos de contribuir a la felicidad, hacen de ellas otros tantos obstáculos a la verdadera felicidad.

Tales ilusiones del espíritu le embargan de tal manera que ya no le dan lugar a los auténticos y verdaderos deleites. Hay, en efecto, una multitud de cosas a las que la naturaleza no ha vinculado ningún placer, e incluso ha impregnado de amargura. No obstante, los hombres, presas de una seducción perversa, causada por las peores pasiones, las consideran no sólo como los placeres supremos, sino que además constituyen las primeras razones para vivir.

En esta especie de placer adulterino, sitúan los utopianos la vanidad de aquellos de quienes ya hablé y que se figuran valer tanto más cuanto mejor visten. Su vanidad es doblemente ridícula. No son menos fatuos cuando piensan que es mejor su toga que cuando se figuran lo son ellos mismos. ¿Cuál es la ventaja —si del vestido se trata— de una lana más fina sobre una más basta? Pero estos insensatos se engallan y se imaginan que la tela da a su persona un prestigio no despreciable, como si se distinguieran de los demás por la excelencia de su naturaleza y no por su engaño. Llegan hasta exigir, en atención a la elegancia del vestido, honores que no se atreverían a esperar con un atuendo menos costoso y se indignan cuando se pasa ante ellos con indiferencia.

¿No es acaso también signo de imbecilidad el estar preocupado por honores vanos y baladíes? ¿Qué placer natural y verdadero puede ofrecer la testa descubierta de otro hombre o inclinado de rodillas? ¿Te cura acaso los dolores de tus rodillas? ¿O te quita el dolor de cabeza?

Dentro de este marco de placeres equivocados, hay que situar a los que se entregan dulcemente a sus manías de nobleza. Se felicitan de que la suerte les haya hecho nacer de una larga línea de antepasados considerada como rica. Pues no otra cosa es la nobleza al presente: una nobleza rica, sobre todo en latifundios. Y no se consideran un pelo menos nobles, porque sus mayores no les dejaron nada, o porque ellos hayan dilapidado su herencia.

Con el mismo aire de nobleza consideran a todos aquellos que, como dije, se dejan fascinar por las gemas y perlas preciosas. Si llegan a conseguir una de esas particularmente bella y rara, altamente cotizada en su país y en su tiempo, se creen unos dioses. ¡Porque la misma piedra no conserva siempre y en todas partes el mismo valor!

No las compran si no están desnudas y desprovistas de oro. Y no se contentan con esto. El vendedor tiene que certificar bajo juramento y caución que se trata de una gema y piedra verdaderas. Tan preocupados están porque sus ojos les hagan ver una piedra auténtica donde hay una falsa. Y yo pregunto: ¿Qué placer puede haber en mirar una piedra natural más que a una artificial, si el ojo no puede captar su diferencia? Para ti, lo mismo que para un ciego, ambas habrán de tener el mismo valor.

¿Y qué decir de esos avaros que acumulan riquezas sobre riquezas, no para utilizarlas, sino para regodearse ante el metal amontonado? ¿Experimentan el verdadero placer o más bien son presa de una quimera? ¿Qué pensar de los que son víctima del defecto contrario, escondiendo el oro del que no se servirán nunca y que quizás ya no volverán a ver? No ven su dinero, y el temor de perderlo hace que lo pierdan definitivamente.

Enterrar el oro. ¿No es acaso sustraerlo a uno mismo y quizás también a los demás?

Saltas de alegría, porque has escondido tu tesoro, y has conseguido lo que querías.

Pero supongamos que un ladrón se apodera de este tesoro confiado a la tierra.

Supongamos también que tú mueres diez años después, sin saber que te lo han robado.

Ahora pregunto: Durante este decenio que sobreviviste al dinero robado: ¿te importó algo que el dinero estuviera robado o conservado? En ambos casos, te reportó el mismo beneficio.

A estos placeres estúpidos añaden no sólo el de jugadores de dados —cuya estupidez sólo conocen de oídas pues nunca lo han practicado— sino también el de la caza y la cetrería. ¿Qué placer proporciona —dicen— el arrojar los dados sobre un tablero?

Suponiendo que se encontrara un placer en ello, el hecho de repetirlo muchas veces, ¿no engendra acaso hastío y cansancio? ¿Es posible oír algo más desagradable que el ladrido y aullido de los perros? ¿Es más regocijante ver a un perro correr tras una liebre que correr tras otro perro? Y no obstante, en ambos casos el secreto es la carrera, si es la carrera la que causa el placer. Pero hay que pensar que se trata de otra cosa. Si lo que te cautiva es la perspectiva de una matanza, la expectativa de una carnicería, ¿no crees que deberías moverte a compasión al ver al cervatillo despedazado por un perro? ¿Cómo no horrorizarse viendo devorar al débil por el más fuerte, al fugitivo y medroso por el feroz, al inocente, en fin, por el cruel? Por eso, los utopianos han dejado este ejercicio de la caza a los carniceros, como no propio de hombres libres. Ya dijimos antes que el oficio de carnicero lo confiaban a los esclavos. Consideran, en efecto, la caza como el arte más vil de matar los animales. Las otras faenas de este menester son más honrosas porque reportan una utilidad, ya que no se mata a los animales más que por necesidad.

El cazador, en cambio, mata y despedaza al animalillo por puro placer. Piensan, finalmente, que esta pasión por un espectáculo de muerte, aunque sea la muerte de una bestia, nace de un impulso cruel. O lleva a la crueldad salvaje a fuerza de repetirlo.

Todas estas cosas, y otras semejantes —su lista seria interminable— que el vulgo considera como placer, quedan rotundamente descartadas por los utopianos. Por su misma naturaleza no tienen nada de agradable. Nada en común tienen con el verdadero placer. El hecho de que deleiten a los sentidos cosa propia del placer no empece para que se mantengan firmes en esta opinión. La verdadera causa de ello no es la naturaleza de la cosa, sino su perversa costumbre. Así sucede que toman lo amargo como dulce.

Sucede lo mismo que con las mujeres encintas, cuyo gusto estragado prefiere la pez y el sebo a la dulzura de la miel. El juicio de quien está corrompido por la enfermedad o la costumbre no puede cambiar ni la naturaleza del placer ni la de las cosas.

Distinguen diversas clases de laceres, dentro de los que consideran como verdaderos.

Unos se refieren al cuerpo, otros al espíritu.

Al espíritu vinculan el entendimiento y el gozo que engendra la contemplación de la verdad. A esto sigue el dulce recuerdo de una vida honesta y la firme esperanza del bien futuro.

Dividen los placeres del cuerpo en dos categorías: La primera comprende aquellos placeres que inundan los sentidos de gozo. Se deben unas veces a la recuperación de las fuerzas exhaustas por el agotamiento del calor interno. Tal es el efecto de la comida y la bebida. Otras veces se debe a la eliminación de todo aquello que sobrecarga al cuerpo. Sentimos tales placeres cuando desecamos, cuando engendramos un hijo, o cuando calmamos el picor de una parte del cuerpo rascándonos o frotándonos. A veces surge un placer de forma espontánea, sin que haya sido deseado, y sin que nos libre de algo que nos molesta. Tal es ese placer, que por una fuerza secreta, pero evidente, excita nuestros sentidos, los arrastra y los cautiva. Pienso, por ejemplo, en el placer de la música.

Hay una segunda categoría de placeres, consistente, a su juicio, en el estado de tranquilidad y de equilibrio del cuerpo. Se trata de una salud exenta de mal alguno. En efecto, cuando el hombre está libre de dolores, experimenta una verdadera y deleitosa sensación de bienestar. Y ello sin que le afecte placer alguno venido del exterior.

Porque, si bien es cierto que la salud golpea e impresiona menos al sentido que el apetito acuciante de comer y beber, sin embargo, hemos de reconocer que muchos la consideran el placer supremo. Gran parte de los utopianos confiesan que es la base y el fundamento de los demás placeres. Sólo ella hace plácida y deseable la existencia. Y sin ella, no hay placer alguno. La ausencia total de dolor en quien no goza de buena salud, no la consideran placer, sino embotamiento.

Hace ya tiempo que rechazaron la teoría de los que opinaban que no se había de considerar a una buena y sólida salud como un placer. El tema fue ampliamente discutido entre ellos. Y entre las razones que daban, estaba la de que el placer no se manifiesta sin afección externa. Pero hoy los utopianos, casi sin excepción, están de acuerdo en proclamar que la salud es el placer fundamental. Y lo razonan de este modo:

Si la enfermedad causa dolor —enemigo implacable del placer— la enfermedad es igualmente enemiga de la salud. ¿Por qué, pues, no puede haber placer en la posesión tranquila de la salud? Y no vale decir que la enfermedad es un sufrimiento o que el sufrimiento es algo inherente a la enfermedad. Para ellos, estos dos puntos de vista son lo mismo. Sea que se considere a la salud como el placer mismo, sea que se la considere como su causa necesaria —lo mismo que el fuego origina el calor— en ambos casos, cuando hay una salud de hierro, el placer no puede estar ausente. Cuando comemos, ¿no es la salud restablecida la que arremete contra el hambre con la ayuda de los alimentos? ¿No es cierto que, a medida que se restablece la salud, la vuelta al vigor acostumbrado hace renacer el placer que sentimos apoderarse de nosotros? ¿Por qué la salud que tanto se alegra ahora en el combate, no habría de alegrarse también, una vez conseguida la victoria? Si lo que buscaba en la contienda era su primer vigor, ¿cómo es posible que recaiga nuevamente en el embotamiento sin conocer y apetecer su propio bien?

Decir, por ejemplo, que la salud no produce una sensación especial, lo juzgan totalmente falso. ¿Quién, dicen, en estado de vigilia, no percibe que está sano, sino aquel que no lo está? O ¿quién afirma que la salud no es placentera sino el que está sumergido en un profundo letargo y embotamiento? Ahora bien, ¿no es la delectación lo mismo que el placer con distinto nombre?

En resumen: aceptan en primer término los placeres del espíritu, que son considerados por ellos como los primeros y principales. Son fruto, en su mayor parte, de la práctica de las virtudes y del testimonio de una buena conciencia.

La salud se lleva la palma entre los placeres del cuerpo. Porque si hay que desear los placeres de la comida y de la bebida y otros semejantes se ha de hacer sólo en función de la salud. Tales placeres no son deleitables por sí mismos, sino solamente en cuanto se oponen a los ataques insidiosos de la enfermedad. Es propio del sabio prevenir el mal más que emplear remedios para curarlo. Evitar el dolor más que acudir a los calmantes.

Por lo mismo, prefiere privarse de esas clases de placer cuya privación necesitaría el empleo de medios curativos. Si alguien, por tanto, estima que esta clase de placeres proporciona placer, deberá reconocer que el colmo de la felicidad debería consistir en una existencia de hambre, sed, prurito, que le obligaran a comer, beber, rascarse o frotarse constantemente. ¿Quién no deja de ver que este tipo de vida sería no sólo torpe sino despreciable? De todos modos, estos placeres son los menos importantes y los menos auténticos, pues nunca aparecen sin el acompañamiento de los dolores opuestos. Al placer de comer va siempre unida el hambre, pero no en igual proporción.

Pues, en efecto, la sensación de hambre es más violenta y más duradera: nace antes del placer y no muere sino con él. Piensan, por tanto, que no hay que sobreestimar estos placeres corporales, sino en cuanto son necesarios. Se entregan, no obstante, a ellos, agradeciendo a la madre naturaleza que permite a sus hijos realizar con agrado unas funciones indispensables a la vida. Nuestra vida sería insoportable si tuviéramos que combatir, a fuerza de drogas y fármacos el hambre y la sed de cada día, lo mismo que las enfermedades que nos asaltan de tiempo en tiempo.

Admiran y cultivan la belleza, el vigor y la agilidad del cuerpo, como auténticos y bellos dones de la naturaleza. Admiten también los placeres del oído, de la vista y del olfato.

Tales placeres los ha creado la naturaleza exclusivamente para el hombre, como el aderezo y el encanto de la vida. Ningún otro animal, en efecto, se detiene a contemplar la belleza y el orden del universo. No se conmueve ante el embrujo de los olores, sí no es para discernir la comida. Ninguno tampoco distingue los intervalos, ni aprecia la disonancia ni la armonía de los sonidos.

Pero, en todo placer mantienen esta pauta: un deleite menor no debe ser obstáculo a uno superior. Un placer no debe originar nunca un dolor. Porque piensan que el dolor es secuela inevitable de todo placer no honesto. Pero nunca piensan en despreciar la belleza del cuerpo, debilitar su vigor, cambiar su agilidad en inercia, extenuar el cuerpo con ayunos, arruinar la salud, desdeñar los demás dones de la naturaleza, a no ser que se haga en beneficio de otras personas o de la sociedad, con la esperanza de recibir un placer mayor de Dios como recompensa. Pues creen totalmente absurdo mortificarse por mortificarse, sin provecho de nadie, o para prepararse a soportar pruebas que quizás no llegarán nunca. Entienden que tal conducta es la señal de un espíritu cruel consigo mismo, la más negra ingratitud hacia la naturaleza, como si renunciando a todos sus beneficios no se dignasen ser sus deudores.

Esta es la teoría utopiana sobre la virtud y el placer. Piensan que la razón humana no puede concebir nada más verdadero a no ser que una revelación venida del cielo inspire —al hombre algo más santo. ¿Tienen o no razón? No pienso discutirlo, porque ni el tiempo lo permite ni lo creo necesario. Me propuse presentaros sus instituciones, no defenderlas. De todos modos, estoy firmemente persuadido de que, cualquiera que sea el valor de estos principios, no hay pueblo que los supere, ni república más feliz.

Poseen un cuerpo ágil y vigoroso. Sin ser esbeltos, dan muestras de un vigor superior a su estatura. El suelo de la isla no es igualmente fértil a lo largo de toda ella. Tampoco el aire es del todo puro y saludable. La templanza en la comida es su defensa frente a las malas condiciones cismáticas. Por otra parte, cultivan la tierra con tal esmero, que en ninguna parte del mundo se puede ver ganado más lucido ni cosechas más abundantes.

En ninguna otra parte la vida humana es más prolongada, ni las enfermedades menos frecuentes. Es de admirar igualmente la perfección con que ejecutan los trabajos normales del campo. ¡Cómo mejoran la tierra, naturalmente ingrata, a fuerza de técnica y trabajo! Y cómo arrancan la raíz, a fuerza de brazos, todo un bosque para replantarlo en otro lugar. En esta operación no valoran la fecundidad de la tierra sino el transporte.

Tratan, en efecto, de que los bosques estén situados cerca del mar, de los ríos e incluso de las ciudades, pues por tierra es menos difícil acarrear las cosechas que la madera.

Es un pueblo afable, alegre, lleno de ingenio, amante del ocio. Sabe, con todo, soportar los trabajos corporales, cuando es preciso. Comedido en todo, es infatigable en las cosas del espíritu.

Cuando les informamos de los escritos y del pensamiento griego, no salimos de nuestro asombro al pedirnos que les ayudáramos a interpretarlos y profundizarlos. No fue así con la literatura latina, por la que no mostraron, al parecer, mucho interés a excepción de los historiadores y los poetas. Comenzamos, pues, a comentarles estos escritos movidos, al principio, más por el deseo de no defraudarlos, que por el fruto que esperábamos sacar de ello. A medida que íbamos avanzando pudimos comprobar un interés y aplicación tales que nos hicieron prever que nuestro trabajo no sería inútil.

Quedamos maravillados de su facilidad para reproducir la forma de las letras, de la transparencia de su pronunciación, de la prontitud de la memoria, así como de la fidelidad de sus traducciones. Podría considerarse como un verdadero prodigio, si la mayor parte de los que se consagraron a estos estudios, además de su propio interés, no hubiesen sido mandados por un decreto del senado. Era una élite de intelectuales, espíritus selectos, maduros. Por eso, en menos de tres años, la lengua no tuvo secretos para ellos. Hubieran leído sin dificultad a los buenos autores, de no impedirlo las erratas del texto.

Sospecho que esta facilidad por la literatura griega se debe a cierta afinidad con ellos.

Me inclino a pensar que este pueblo procede de los griegos. Su lengua, en efecto, aunque en el conjunto está muy cerca del persa, conserva no pocos vestigios del griego en los nombres de las ciudades y de los cargos públicos.

Les di cierto número de obras que llevaba conmigo. Cuando emprendí mi cuarto viaje tomé conmigo, en vez de mercancías, un buen lote de libros, decidido como estaba a no volver nunca a Europa, antes que hacerlo pronto. Eran la mayor parte de las obras de Platón, muchas de Aristóteles y el tratado de las plantas de Teofrasto. Este último, lo siento de verdad, mutilado en varios pasajes. Durante la travesía lo dejé descuidado en la nave. Un mono divertido y juguetón cayó sobre él, rasgando varias páginas de aquí y de allá. De los dramáticos sólo tienen a Lascaris, pues me olvidé de llevar conmigo a Teodoro; ningún diccionario, excepto el Esiquio y el Dioscórides.

Plutarco es su autor favorito. Les encanta Luciano, dejándose seducir por sus gracias e ingenio. De los poetas tienen a Aristófanes, Homero, Eurípides, y finalmente a Sófocles, en la edición hecha por Aldo, en pequeños caracteres. Entre los historiadores cuentan a Tucídides, Herodoto, sin olvidar a Herodiano. En lo que respecta a la medicina, mi colega Tricio Apinato había llevado consigo algunas de las obras de Hipócrates y la Microtecné de Galeno. Estos dos autores gozan de la mayor estima entre ellos. Pues, aunque no hay país que necesite menos la medicina que Utopía, en ninguna parte, sin embargo, se tiene en mayor aprecio. Su conocimiento lo sitúan entre las partes más útiles y más bellas de la filosofía. Con la ayuda de la filosofía, en efecto, no sólo penetran los secretos de la naturaleza y creen percibir un deleite inefable, sino que, además, se granjean el favor de su Autor y Artífice supremo Piensan los utopianos que Dios, al igual que los demás artesanos, ha expuesto la máquina visible de este mundo ante los ojos del hombre para que la contemple. Es el único ser capaz de admiración. Por eso, ama más al observador curioso y atento y al admirador de su obra, que al que desprecia, estúpido e impasible como animal bruto, espectáculo tan admirable y tan grande.

No ha de extrañar, por tanto, que el talante de los utopianos tan favorecido por el estudio de las ciencias, les haga aptos para los inventos de aquellas artes que hacen más agradable la vida. Nos deben, sin embargo, estos dos inventos: la imprenta y la fabricación del papel. Aunque, si somos sinceros, no se deben exclusivamente a nosotros, ya que el mérito es en buena parte de ellos. Al mostrarles los caracteres impresos de Aldo, y al hablarles de la materia empleada para fabricar el papel y del procedimiento para imprimir —ninguno de nosotros era especialista en estas dos técnicas, limitándonos, por tanto, a indicar más que a explicar—, enseguida captaron dónde estaba el secreto. Anteriormente sólo escribían en pieles, cortezas y hojas de papiro. Enseguida se pusieron a fabricar papel y a imprimir letras. Al principio no consiguieron resultados demasiado buenos. Pronto, sin embargo, tras repetidos ensayos, lograron perfeccionar ambas técnicas. Lograron tal perfección que, de haber tenido a mano todos los manuscritos griegos, no hubieran faltado libros. Hasta el presente sólo tienen los que he mencionado, pero los han multiplicado, ya impresos, por miles de ejemplares.

Quien llega a visitar la isla es bien recibido, si va acompañado de un don o talento especial. O si los largos viajes le han hecho conocedor consumado de tierras y de hombres. Por eso fuimos tan bien recibidos nosotros. Les encanta escuchar lo que pasa en el mundo.

Por lo demás, el comercio no arrastra mucha gente a la isla. ¿Qué podrían traer a Utopía sino hierro? ¿Acaso oro y plata, que tendrían que volver a sacar con ellos? Todo bien pensado, creen que es mejor asegurar la exportación que confiarla a otros. Con ello consiguen dos objetivos: informarse de las costumbres de las naciones vecinas, y no olvidar el contacto y la experiencia del mar.

Los esclavos

No consideran esclavos a los prisioneros de guerra, a no ser que ellos mismos la hayan declarado. Tampoco a los hijos de los esclavos. Ni a aquellos que, viviendo en la esclavitud en un país extranjero, pudieran comprar.

Son esclavos los ciudadanos de Utopía convictos de un gran crimen. Y más frecuentemente, los ciudadanos extranjeros convictos de crimen y condenados a muerte.

Esta categoría de esclavos es muy frecuente. Los traen en gran número, a veces adquiridos a un precio vil, y más frecuentemente, por nada. Están sometidos a trabajos forzados y llevan cadenas. Tratan a sus conciudadanos con más rigor que a los extranjeros. Los consideran como casos tanto más lamentables y más dignos de castigo, cuanto que recibieron una educación moral más esmerada, no habiendo sido capaces de resistir al crimen.

Existe otra categoría de esclavos: la de los trabajadores pobres de países vecinos, que vienen a ofrecer voluntariamente sus servicios. Se les trata con toda humanidad; sólo que se les hace trabajar un poco más debido a su mayor hábito de trabajo. Por lo demás, tienen la misma consideración de ciudadanos. Si alguien quiere marchar —cosa que sucede raras veces— no se le retiene contra su voluntad, ni le despiden con las manos vacías.

Ya dije que se esmeran en la atención a los enfermos. No escatiman nada que pueda contribuir a su curación, trátese de medicinas o de alimentos. Consuelan a los enfermos incurables, visitándolos con frecuencia, charlando con ellos, prestándoles, en fin, toda clase de cuidados. Pero cuando a estos males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces los magistrados y los sacerdotes se presentan al paciente para exhortarle. Tratan de hacerle ver que está ya privado de los bienes y funciones vitales; que está sobreviviendo a su propia muerte; que es una carga para sí mismo y para los demás. Es inútil, por tanto, obstinarse en dejarse devorar por más tiempo por el mal y la infección que le corroen. Y puesto que la vida es un puro tormento, no debe dudar en aceptar la muerte. Armado de esperanza, debe abandonar esta vida cruel como se huye de una prisión o del suplicio. Que no dude, en fin, liberarse a sí mismo, o permitir que le liberen otros. Será una muestra de sabiduría seguir estos consejos, ya que la muerte no le apartará de las dulzuras de la vida, sino del suplicio. Siguiendo los consejos de los sacerdotes, como intérpretes de la divinidad, incluso realizan una obra piadosa y santa.

Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de eutanasia se considera como una muerte honorable.

Pero el que se quita la vida, por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado, no es juzgado digno de ser inhumado o incinerado. Se le arroja ignominiosamente a una ciénaga.

La mujer no se casa antes de los dieciocho años. El varón no antes de los veintidós.

Tanto el hombre como la mujer convictos de haberse entregado antes del matrimonio a amores furtivos, son severamente amonestados y castigados. Y a ambos se les prohíbe formalmente el matrimonio, a menos que el príncipe les perdone la falta. Incurren en gran infamia el padre y la madre de familia en cuya casa se comete el delito, por haber descuidado su obligación de velar por sus hijos. Castigan tan severamente este desliz previendo lo que sucedería si se tolera impunemente un concubinato efímero y pasajero.

Nadie estaría dispuesto a dejarse prender por los lazos del amor conyugal, en el que hay que compartir la vida entera con una sola persona, soportando además los inconvenientes que esto trae consigo.

Por lo demás, los utopianos toman en serio la elección del cónyuge, si bien, a nosotros nos pareció su rito ridículo y absurdo. Una dama honorable y honesta muestra al pretendiente a su prometida completamente desnuda, sea virgen o viuda. A su vez, un varón probo, exhibe ante la novia al joven desnudo.

Quedamos sorprendidos ante esta costumbre, sin poder contener la risa. La rechazamos como ridícula y descabellada. Ellos, sin inmutarse, hicieron ver su admiración ante la colosal tontería de los demás países. Tomáis infinitas precauciones —nos respondieron— a la hora de comprar un potrillo, asunto en verdad de poca monta. Os negáis a comprarlo, aunque está casi en pelo, si antes no se le quita la silla y todos sus arreos, por miedo a que bajo todo esto haya alguna matadura. Y cuando se trata de elegir una mujer, elección que va a hacer las delicias o el asco para toda la vida, obráis con negligencia. Dejáis el cuerpo cubierto con sus vestidos. Y juzgáis a la mujer entera por una parte de su persona, tan grande como la palma de la mano. En efecto, sólo su cara está descubierta y la lleváis con vosotros no sin riesgo de encontrar un defecto oculto hasta entonces, que os impide congeniar con ella.

No todos, en efecto, son tan discretos que valoren únicamente las cualidades morales.

En el mismo matrimonio de las personas discretas, la belleza física añade a las cualidades morales un encanto no despreciable. En realidad, detrás del ropaje exterior puede ocultarse una deformidad tan repugnante que aleje para siempre la inclinación del marido hacia su mujer, cuando ya no le es lícito separarse de ella en cuanto al cuerpo.

Caso de que esta deformidad aparezca después de contraído el matrimonio que cada cual cargue con su suerte. Pero las leyes deben impedir, que, antes del matrimonio, nadie caiga en estas trampas.

Este problema fue estudiado cuidadosamente por los utopianos, ya que sólo ellos entre todas aquellas regiones se contentan con una sola mujer. Entre ellos, el vínculo conyugal apenas se rompe más que por la muerte, salvo en casos de adulterio o de costumbres absolutamente insoportables. En estos dos casos, el senado da permiso a la parte ofendida para volverse a casar. El otro es condenado a vivir en la infamia yen el celibato a perpetuidad.

Por lo demás, no está permitido bajo ningún pretexto repudiar contra su voluntad a una mujer honesta, sólo porque se ha ajado su belleza. Es, a su juicio, una crueldad monstruosa abandonar a la esposa cuando más lo necesita. Y es también quitar a la vejez toda esperanza y toda la confianza en la fe jurada. ¿No es acaso la vejez causa de la enfermedad o incluso una enfermedad?

Sucede a veces que el talante de los esposos es totalmente incompatible. En tales casos, separados de común acuerdo, contraen nuevo matrimonio, si ambos encuentran con quien vivir más a gusto. Pero, no sin la autorización de los miembros del senado, los cuales no conceden el divorcio sin que el caso haya sido examinado antes por ellos mismos y sus mujeres. No es, con todo, cosa fácil. Saben, en efecto, que la esperanza de contraer nuevas nupcias es el remedio menos útil para afianzar el amor entre los esposos.

El adulterio es castigado con la más dura esclavitud. Si ninguno de los cómplices era soltero, los esposos ofendidos, pueden, si quieren, repudiar al cónyuge adúltero y contraer matrimonio entre sí. O, si prefieren, con otra persona de su elección. En cualquier caso, si alguno de los ofendidos sigue queriendo al que tan mal le correspondió, nadie le impide seguir fiel a su matrimonio, con tal de seguir la suerte del culpable condenado a trabajos forzados. El arrepentimiento del uno y la entrega del otro llegan a veces a mover el corazón del príncipe que da a los dos la libertad. El reincidente en el adulterio es castigado con la muerte.

Las penas de los demás crímenes no están fijadas de una manera taxativa por la ley. El senado determina las penas conforme a la mayor o menor gravedad de los crímenes.

Los maridos castigan a las mujeres; los padres a los hijos, a menos que la gravedad del delito exija un escarmiento público. Pero casi todos los delitos son castigados con la esclavitud. Están convencidos de que esta no es menos terrible que la pena capital. Y es más ventajosa al Estado que hacer desaparecer inmediatamente a los malhechores.

Porque un hombre que trabaja, es más útil que un cadáver. Por otra parte, el ejemplo de su castigo inspira durante mucho tiempo en los demás un temor saludable. Sólo cuando tales esclavos se rebelan y son recalcitrantes, se les mata como a bestias salvajes e indómitas que ni la prisión ni las cadenas pueden ya sujetar. A los que aguantan, sin embargo, no se les hace perder la esperanza. Si tras haber sido doblegados por larga condena, dan pruebas de arrepentimiento, que demuestre que detestan más el pecado que la pena, se les suaviza la esclavitud o se les libera, unas veces por gracia del príncipe y otras por sufragio del pueblo.

Toda solicitación al estupro está sujeta a las mismas penas que el estupro mismo. En todo crimen consideran como realizado la misma tentativa del hecho. Los obstáculos que impiden la ejecución de un mal deseo, no justifican a quien lo ha concebido, ya que, de haber podido, hubiera cometido el mal.

Los bufones hacen las delicias de los utopianos. Consideran una bajeza humillarlos, pero no impiden regocijarse con sus gracias y sus tonterías. En interés de los mismos bufones piensan que no han de ser entregados a la custodia de esos hombres tristes y severos a quienes no hacen reír ni las palabras ni los gestos más cómicos. Temen que personas tan serias no los traten con consideración, ni se ocupen de un pobre loco, que no le servirá de nada, ni siquiera para hacerle reír, único don que le ha concedido la naturaleza.

Es igualmente vergonzoso insultar a los deformes y mutilados. Quien se mofa de estos desgraciados está reputado como un degenerado moral, ya que reprocha en ellos como vicio, los defectos corporales que no estuvo en su mano evitar.

Descuidar la belleza natural es considerado como dejadez y pereza. Se considera igualmente como afectación condenable el recurrir a los aceites y maquillaje. La misma experiencia demuestra hasta qué punto ninguna belleza de la mujer le recomienda tanto al marido como su entrega y limpieza de costumbres. Son muchos los que se dejan seducir por su hermosura, pero no hay nadie a quien no rinda su virtud y dedicación. Los utopianos no se contentan con alejar el crimen por medio de leyes penales.

Estimulan a la virtud con honores y recompensas. A esto se debe, sin duda, la, erección de estatuas de hombres célebres y beneméritos de la patria en las plazas públicas. Así se perpetúa la memoria de sus gestos, y la gloria de los antepasados es un constante acicate e incitación para sus descendientes.

Quien acude a la intriga y al soborno para conseguir una magistratura, pierde toda esperanza de obtenerla para el resto de su vida.

La convivencia social es amable. Ningún magistrado, por ejemplo, es insolente o terrible.

Se les llama padres y demuestran serlo. Reciben muestras de deferencia y honor de una forma espontánea y libre. Nadie es obligado a rendir tales honores si no quiere. Ni el mismo príncipe se distingue de la masa por el vestido o la diadema sino por un manojo de espigas que lleva consigo. De la misma manera, el distintivo del pontífice es un cirio que le precede.

Tienen muy pocas leyes, pero, para un pueblo tan bien organizado, son suficientes muy pocas. Lo que censuran precisamente en los demás pueblos es que no les basta la infinita cantidad de volúmenes de leyes y de intérpretes. Consideran inicuo obligar a hombres por leyes tan numerosas para que puedan leerlas o tan oscuras para que puedan entenderlas.

En consecuencia, quedan excluidos todos los abogados en Utopía, esos picapleitos de profesión, que llevan con habilidad las causas e interpretan sutilmente las leyes.

Piensan, en efecto, que cada uno debe llevar su causa al juez y que ha de exponerle lo que contaría a su abogado. De esta manera, habrá menos complicaciones y aparecerá la verdad más claramente, ya que el que la expone no ha aprendido de su abogado el arte de camuflarla. Mientras tanto, el juez sopesará competentemente el asunto y dará la razón al pueblo sencillo frente a las calumnias de los pendencieros. Tales prácticas serían difíciles de observar en otros países, dado el cúmulo inverosímil de leyes tan complicadas. Por lo demás, todos allí son expertos en leyes, pues, como dije más arriba, las leyes son escasas, y además, cuanto más sencilla y llana es su interpretación, más justa se la considera. Piensan, en efecto, que la finalidad de la promulgación de una ley es que todos conozcan su deber. Ahora bien, ¿no serán pocos los que conozcan su deber, si la interpretación de la ley es demasiado sutil? Raras son, en efecto, las personas que pueden captar su sentido. Por el contrario, si el sentido es el más llano y el más común, ¿no estará clara la ley para todos?

De no ser así, ¿qué importa a la masa, la clase más numerosa y más necesitada de dirección, que haya leyes o no? ¿Qué le importa, si una vez promulgadas, las leyes son tan embrolladas que para llegar a su verdadero sentido hace falta un talento superior y una larga discusión? El juicio del vulgo no penetra en tales honduras. Ni basta para ello una vida ocupada en ganar el pan de cada día.

Precisamente, la admiración de estas cualidades hace que algunos países vecinos, libres y soberanos, les pidan magistrados para uno o para cinco años. (Es de saber, que muchos de estos pueblos fueron liberados de la tiranía hace ya mucho tiempo por los utopianos.) Cuando termina su mandato los devuelven cubiertos de honores y de gloria, y se llevan a su patria otros nuevos. Y hay que reconocer que los pueblos que así obran, cuidan de manera extraordinaria del bienestar de su Estado. ¿No depende acaso su salvación o su ruina de la honestidad de los magistrados? ¿Pueden hacer tales pueblos algo mejor que elegir a unos hombres que no se venderían por dinero alguno?

El dinero sería inútil a hombres que deben volver a su patria en breve plazo. ¿Puede doblegar también a estos hombres la aversión o la inclinación hacia alguien siendo como son desconocidos de los ciudadanos?

Cuando estos dos males, la parcialidad y la avaricia, se apoderan de los tribunales, desintegran al instante toda justicia, el nervio más fuerte de todo Estado. Los pueblos que solicitan de los utopianos hombres de gobierno son tenidos como «pueblos asociados». A aquellos a quienes favorecieron con su ayuda los llaman amigos.

No firman con ninguna nación los pactos que otras naciones conciertan entre así, rompen o renuevan. ¿Para qué?, dicen. ¿Es que la naturaleza no ha unido lo suficiente al hombre con el hombre? Si alguien desprecia la naturaleza, ¿crees que le podrán contener las palabras? Lo que les ha llevado a esta conclusión ha sido el observar en estas tierras lejanas la poca buena fe con que los príncipes se disponen a observar los pactos y tratados.

Vemos, en efecto, que en Europa, sobre todo en las partes en que reina la fe y la religión de Cristo, la majestad de los tratados es tenida como santa e inviolable. Este respeto a la palabra dada se debe, en parte, a la justicia y bondad de los príncipes. Y en parte también a miedo y reverencia a los Sumos Pontífices. Estos son los primeros en no prometer nada que no hayan de cumplir escrupulosamente. Y por eso mismo ordenan a los demás que cumplan a toda costa lo que han prometido. Y obligan a obedecer a, los renuentes con censuras y severidad pastoral. Estiman con toda razón que nada hay tan vergonzoso como la falta de fidelidad en los pactos por parte de aquellos que, con título muy particular, llevan el nombre de fieles.

Y ¿qué sucede en aquel nuevo mundo casi tan separado del nuestro por la vida y las costumbres de sus habitantes como por. el círculo del ecuador? Allí no hay confianza alguna en los pactos. Cuanto más pomposas y santas son las ceremonias con que se cierran más pronto se rompen. No es difícil esquivar la terminología empleada en ellos.

Están redactados con tal sagacidad, que por apretados que estén los lazos de los compromisos siempre hay manera de escapar de alguno de ellos y de eludir de un mismo golpe las obligaciones del tratado y de la palabra dada. Si en los contratos particulares se descubrieran astucias, fraudes y manejos deshonestos de este jaez, esos mismos que se glorían de aconsejar tales artimañas a los príncipes fruncirían el ceño y los calificarían de crimen sacrílego merecedor de la horca.

Según esto, ¿no os parece que la justicia es como una virtud plebeya y de a pie que se sienta bajo el trono real? ¿O es que hay dos justicias? Una pedestre y a ras del suelo, a medida del pueblo, sin que jamás pueda transgredir los límites que se le han impuesto, encadenada como está por toda suerte de restricciones. Y otra, la justicia de los príncipes, mucho más excelsa y liberal que la del pueblo, para la que todo es lícito, si no es lo que no agrada.

Como ya dije, estas costumbres de los príncipes de aquellas naciones y su notoria mala fe para respetar los tratados, explican, a mi juicio, el que los utopianos no quieran formalizar pactos. Quizás cambiaban de parecer si vivieran aquí.

Lamentan que se haya generalizado la costumbre de ratificar un tratado con un juramento religioso, aunque les parezca que así se cumplen mejor. ¡Como si dos pueblos separados tan sólo por una colina o un riachuelo no estuvieran unidos por lazos sociales basados en la misma naturaleza! Tal costumbre hace creer a los hombres que han nacido para ser adversarios o enemigos, y que deben luchar por eliminarse, si no media un pacto. Hay más: La firma de los pactos no favorece la amistad. Queda en pie la facultad del saqueo. Nada hay, en efecto, en los contratos que lo impida, dada la imprevisión con que fueron redactados.

Nadie, según ellos, ha de considerarse como enemigo, si no ha hecho mal alguno. La comunidad de naturaleza hace las veces de tratado. Y los hombres están más firme y fuertemente unidos por la benevolencia que por los tratados, por el corazón que, por las palabras.

El arte de la guerra

Abominan la guerra con todo corazón. La consideran bestial, aunque ninguna bestia recurre a ella con tanta frecuencia como el hombre. Contrariamente a lo que sucede en la mayor parte de las naciones, creen que nada hay menos glorioso que la gloria conquistada en la guerra.

Ello no impide que, en días señalados, tanto hombres como mujeres, se ejerciten en el adiestramiento la guerra, con el fin de estar preparados para la lucha si fuere necesario.

Pero no van a la guerra sin graves motivos, tales como: defender sus fronteras, expulsar de los territorios amigos a los invasores, liberar del yugo y esclavitud de un dictador a algún pueblo oprimido por la tiranía, En este último caso siempre lo hacen por razones humanitarias.

Si prestan ayuda a los pueblos amigos, no siempre lo hacen para que puedan repeler una agresión, sino también para vengar y reparar una injuria. No llegan a una declaración de guerra, si previamente no han sido consultados, sí no examinan a fondo la justicia de la causa, y si, tras exigir reparaciones, se les han denegado. Y, finalmente, si no llevan la iniciativa y la dirección de la misma. A esta decisión llegan cuantas veces los enemigos arramblan con un cuantioso botín. Y más enfurecidos todavía, cuando sus agentes, a causa de leyes injustas o por una interpretación pérfida de las justas, han sido objeto de vejaciones y de falsas acusaciones en el extranjero.

No otro fue el origen de la guerra, que poco antes de llegar nosotros, mantuvieron los utopianos contra los Alaopolitas en favor de los Nefelogetas. Se trataba de una injuria —así al menos les pareció a ellos—, injuria con visos de legalidad a los mercaderes de los Nefelogetas en territorio de los Alaopolitas. Fuera injuria, fuera derecho, lo cierto es que fue vengada con una guerra atroz. Al odio y a la fuerza de las dos partes contendientes, se juntaron las pasiones y los refuerzos de los países vecinos. Fueron arrasados pueblos muy florecientes, otros duramente castigados. Y no cesaron los males hasta que los Alaopolitas fueron totalmente derrotados y reducidos a servidumbre. De este modo, fueron sometidos a los Nefelogetas —los utopianos no hacían su propia guerra—, pueblo que, cuando los Alaopolitas nadaban en la prosperidad, no se podía comparar con ellos.

Los utopianos castigan con el mismo rigor las injurias a sus amigos, incluso cuando se trata de dinero. No así cuando entran en juego sus propios intereses. Si por medio de maniobras fraudulentas son despojados de sus bienes —sin que, por otra parte, se infiera violencia a las personas—, su venganza se reduce a una interrupción de las relaciones comerciales, hasta conseguir la reparación, con la nación culpable. Y no es que los intereses de sus conciudadanos les preocupen menos que los de sus asociados, más bien sufren con peor ánimo el que les roben a los otros que a ellos mismos. Al fin y al cabo, si la pérdida afecta a sus conciudadanos, se trata de bienes públicos, que hay abundancia en la isla, o si se quiere excedentes, únicos autorizados para la exportación.

Nadie, por tanto, siente la merma. En cambio, los comerciantes de los pueblos amigos pierden su fortuna y sufren un gran perjuicio. Piensan lógicamente que seria demasiado cruel vengar con la muerte de muchos hombres un daño que no puede afectar ni a la vida ni al bienestar de sus conciudadanos.

Por lo demás, si un ciudadano de Utopía es maltratado o muerto injustamente, sea por decisión pública o por iniciativa particular, envían una misión diplomática a verificar los hechos. Exigen que les sean entregados los culpables, y, caso de no ser entregados, se niegan a cualquier pacto, declarando inmediatamente la guerra. Castigan con la muerte o con la esclavitud a los culpables que les fueron entregados.

Lamentan y se avergüenzan de una victoria ganada con sangre, ya que juzgan absurdo comprar una mercancía, por valiosa que sea, a precio tan excesivo. Para ellos, el mayor timbre de gloria es vencer al enemigo con habilidad y engaño. Celebran este triunfo con festejos públicos, erigiendo un trofeo como si se tratara de un acto heroico. Sólo se glorían de haber obrado viril y esforzadamente cuando han vencido por la sola fuerza del ingenio, cosa ésta que hace el hombre y no el animal. Con las fuerzas del cuerpo, dicen, combaten los osos, los leones, los jabalíes, los lobos, los perros y demás bestias; la mayor parte de ellas nos superan en fuerza y fiereza, pero todas son superadas por el ingenio y la razón.

Una sola cosa tienen en vista con la guerra: conseguirlo que les hubiera impedido declararla, si sus reclamaciones hubieran sido atendidas. Cuando esto no ha sido posible, su venganza se cierne implacable sobre aquellos que consideran culpables. Así el terror los apartará de cometer semejantes desmanes en el futuro. Tales son los fines que persiguen y que tratan de conseguir con rapidez.

De todos modos, en ellos la preocupación de evitar el peligro está por encima de la gloria o de la fama. En consecuencia, apenas declarada la guerra, hacen fijar secreta, simultánea y debidamente autenticados con su sello oficial, multitud de bandos en los lugares más visibles del territorio enemigo. En estos se prometen sustanciosas recompensas a quien quitare la vida al príncipe enemigo. Asimismo otras recompensas menores, pero estimulantes, para las cabezas de ciertas personas cuyos nombres están escritos en estos mismos bandos. De este modo, los utopianos se desentienden de aquellos a quienes junto con el príncipe consideran los artífices de las decisiones hostiles contra ellos.

La cantidad prometida al criminal a sueldo se dobla para quien entregue vivo a alguno de los proscritos. Estos mismos son invitados a traicionar a los de su propio bando, ofreciéndoles recompensas similares y, además, la seguridad de la impunidad. Estas medidas tienen un efecto inmediato: hacer que los jefes enemigos comiencen a sospechar de todos. Desde este momento han perdido la confianza en los demás y ellos mismos han dejado de inspirarla. Todos viven bajo el terror, y la amenaza de los peligros no es menos real. Los hechos demuestran a este respecto que muchos jefes e incluso el mismo príncipe fueron traicionados por aquellos en quienes mayor confianza habían depositado. ¡Tanta fuerza tiene el dinero para llevar al crimen! Los utopianos lo saben bien, y por eso no lo escatiman. Pero conscientes de la importancia del riesgo a que exponen, compensan la magnitud del peligro con la suntuosidad de los beneficios. Por eso prometen a los traidores —y lo cumplen escrupulosamente— no sólo una inmensa cantidad de oro, sino también pingües fincas, ubicadas en zonas segurísimas pertenecientes a sus amigos.

Esta costumbre de apostar y poner precio a la cabeza del enemigo es considerada por otros como un crimen y fechoría, propios de espíritus degenerados. Los utopianos, por el contrario, la consideran fruto de una sabiduría superior, pues permite liquidar las guerras más grandes sin combate. La consideran como una obra de humanidad y de misericordia, ya que con la muerte de unos pocos culpables, rescatan numerosas vidas de inocentes tanto de los suyos como de los enemigos, que habían de caer en la lucha.

Pues se compadecen casi tanto de los simples soldados como de sus propios conciudadanos. Saben que el soldado no hace por sí mismo la guerra, sino que ha sido arrastrado a ella por la vesania furiosa del príncipe.

Si por este camino las cosas van bien, siembran y fomentan la división y la discordia, haciendo abrigar al hermano del príncipe o a cualquier otro personaje importante la esperanza del trono. Cuando las facciones internas parecen languidecer, entonces incitan a las naciones vecinas del país enemigo y le empujan a la lucha, pretextando cualquiera de esos viejos títulos, que tienen siempre a mano los reyes. Con la promesa de ayuda para la guerra, les envían montones de dinero. Pero no comprometen el envío de conciudadanos, ya que se quieren tanto y se tienen tan alta estima que no cambiarían a nadie de los suyos por el príncipe enemigo. Por el contrario, dan a manos llenas el oro y la plata que acumulan para este único fin. Nadie, en efecto, tendría que dejar su tren de vida aunque gastaran todo el oro. Aparte de que, además de la riqueza interna del país, poseen como creo haber dicho ya, un tesoro inagotable constituido por las sumas de dinero que les adeudan muchas naciones extranjeras. Con él reclutan para la guerra a mercenarios de todas partes, y sobre todo, de los zapoletas.

Los zapoletas son un pueblo situado a unas quinientas millas al este de Utopía. Un pueblo bárbaro, feroz y salvaje que prefiere las selvas y las rocas donde se ha criado.

Es gente dura que aguanta pacientemente el calor, el frío y el trabajo. Esta raza endurecida desconoce el refinamiento de la vida y no presta atención alguna a la agricultura, al confort de la vivienda ni del buen vestir. Sólo se cuidan de la crianza del ganado, y gran parte vive de la caza y de la rapiña.

Nacidos sólo para la guerra, están siempre al acecho de la misma. Si se les presenta la ocasión de hacerla, no la dejan escapar. Dejan en desbandada sus montañas y venden sus servicios a vil precio al primero que recluta soldados. No han conocido más que un arte de vivir: dar muerte. Pero se baten encarnecidamente y con una fidelidad insobornable al servicio de los que les pagan. Nunca, sin embargo, se ajustan por un período determinado. Aceptan el contrato bajo la condición de pasarse al día siguiente al enemigo si éste los ofrece un sueldo mayor, sin perjuicio de volver a enrolarse pasado mañana si son invitados a ello con un ligero aumento de sueldo. Rara es la guerra en la que no se encuentre una buena parte de ellos en los dos ejércitos contendientes.

Sucede a diario que hombres unidos por lazos de sangre y que, mientras estaban en el mismo bando eran amigos íntimos, alistados después en ejércitos contrarios se combaten encarnizadamente. Olvidan familia, y amistad y se matan mutuamente sin más motivo para esta carnicería que la despreciable suma de dinero que les llevó a enrolarse en ejércitos contrarios. Tan exacta cuenta llevan de esta suma que bastaría añadir un céntimo a la soldada para pasar al campo contrario. Esta pasión ha degenerado en avaricia, tan desenfrenada como inútil. Lo que los zapoletas ganan con la sangre lo gastan en libertinaje y en un despilfarro de la peor estofa.

Este pueblo lucha a favor de los utopianos contra cualquier enemigo, pues sabe que nadie le paga mejor. Por su parte, los utopianos que se sirven de los buenos para sus fines, llaman a estos individuos de la peor ralea cuando se trata de explotarlos. Cuando necesitan a los zapoletas, les atraen con bellas promesas para colocarlos después en los puestos más peligrosos. La mayor parte de ellos caen muertos, y naturalmente, no vuelven ya a reclamar lo que se les había prometido. A los supervivientes se les da religiosamente el sueldo convenido a fin de incitarlos más a nuevas audacias. A los utopianos no les importa nada el que perezca un gran número de estos mercenarios.

Están convencidos de que el género humano se lo habrá de agradecer, si con ello limpian al universo de esta hez de pueblo tan lóbrego y sanguinario.

Además de los zapoletas, los utopianos se sirven en tiempo de guerra de los soldados de aquellos estados en cuya defensa hacen la guerra. En tercer lugar, se sirven de las tropas auxiliares de las demás naciones amigas. Y sólo en último lugar destacan a sus propios ciudadanos, de entre los que eligen un hombre valeroso poniéndolo al frente de todo el ejército. A las órdenes de éste colocan dos lugartenientes, sin mando alguno, mientras está sano y salvo. Si el general muere o cae prisionero, le sucede inmediatamente el primero de sus lugartenientes, como por derecho propio. A su vez, es reemplazado por el segundo, si las circunstancias lo exigen. Así se evita que la muerte del jefe —los lances de la guerra son sorprendentes— lleve a la derrota de todo el ejército.

El reclutamiento de los soldados en cada ciudad es libre y voluntario. Nadie es obligado a enrolarse contra su voluntad, a luchar en el extranjero. Y la razón es que un soldado forzoso no sólo no se comportará con valentía, sino que transmitirá a sus camaradas su propia cobardía. No obstante, si la guerra tiene lugar en el interior de la patria, lanzan a la lucha a este tipo de hombres miedosos, con tal que sean robustos. Se les mezcla en las naves con otros más esforzados o se les distribuye aquí y allá en las murallas de donde no puedan escaparse.

De este modo, el respeto humano ante los suyos, la posibilidad de caer en manos del enemigo y la imposibilidad de huir, terminan por sofocar el miedo. Y, con frecuencia, una situación tan peligrosa hace renacer el valor. Nadie, es cierto, es arrastrado a una guerra exterior en contra de su voluntad. Pero a las mujeres que quieran acompañar a sus maridos en la milicia no sólo no se lo prohíben, sino que las estimulan y alaban.

Durante el combate se coloca a las mujeres junto a sus maridos. Estos, a su vez, van rodeados de sus hijos, parientes y consanguíneos. Con ello se pretende que se ayuden mutuamente aquellos a quienes la naturaleza empuja a socorrerse. Nada tan importante para una persona casada como volver a casa sin su pareja; ni para un hijo como entrar en casa habiendo perdido a sus progenitores. En tales condiciones, si se lucha cuerpo a cuerpo, o si el enemigo ofrece una resistencia prolongada, la lucha es atroz y acaba en el exterminio.

Reconozcamos que si se sirven de todos los medios para no exponerse personalmente a la lucha, tratan al mismo tiempo de poner fin a la guerra utilizando los servicios de un ejército de mercenarios. Pero cuando es inevitable llegar a las manos, su intrepidez y valor no es menos que su prudencia hasta poder evitarlo. No despliegan, en efecto, todo su ardor en el primer choque. Su resistencia se va afirmando a medida que pasa el tiempo y la lucha se intensifica. Se obstinan tanto en el empeño que prefieren morir a retroceder. Lo que les inspira ese valor sublime y no dejarse vencer es la certeza de tener asegurada la vida en su patria sin experimentar inquietud alguna por el porvenir de su familia cosa que siempre quebranta la moral de los más valientes.

Lo que aumenta también su intrepidez es su perfecto dominio de las técnicas militares.

Y, por fin, la excelente educación que reciben en las escuelas y en las instituciones de la república desde la infancia. Desde niños aprendieron a no despreciar la vida, prodigándola temerariamente. Y también a no amarla tan desordenadamente que les lleve a agarrarse a ella avara y torpemente, cuando el honor invita a dejarla. En lo más fuerte de la refriega, un grupo de jóvenes escogidos, conjurados y llevados de un sentimiento patriótico, tienen como único objetivo al general enemigo. Unas veces lo atacan al descubierto, otras le tienden emboscadas. De cerca o de lejos, su único objetivo es eliminarle. En su ataque adoptan una alineación en forma de cuna alargada e ininterrumpida, cuyos elementos fatigados son remplazados por otros de refresco. En estas condiciones, es raro que el general, de no buscar la salvación en la huida, no caiga muerto o prisionero en manos de sus enemigos.

Si consiguen la victoria no se ensañan en la matanza de los vencidos. Prefieren capturar a los huidos antes que matarlos. Tampoco se lanzan en su persecución sin dejar alineado bajo sus banderas un cuerpo de reserva. Hasta tal punto observan este principio que, si la vanguardia hubiese sido aplastada y no hubiesen conseguido la victoria más que con la retaguardia, preferirían dejar escapar a todos los enemigos antes que correr detrás de ellos con unidades en desorden. Saben por experiencia que muchas veces, habiendo sido abatido el grueso de su ejército y puesto en fuga, sus enemigos ebrios por la victoria se lanzaron ciegamente en persecución de los vencidos que huían por todas partes. Entonces, un pequeño número de utopianos apostados como retén a la espera de una ocasión favorable, atacaron de improviso a los enemigos dispersos y desordenados, demasiado confiados en la supuesta seguridad de sus guardias. Este pequeño retén cambió la suerte del combate y arrebató a los vencedores una victoria que ya daban como cierta y segura. De vencidos habían pasado a vencedores.

No es fácil afirmar si los utopianos son más astutos en tramar emboscadas que cautos en sortearlas. Se diría que están preparando una fuga cuando no hay nada más lejos de su intención. Inversamente, cuando se deciden a huir, se diría que piensan lo contrario.

Si la superioridad numérica del enemigo o la conformación del terreno es para ellos una amenaza, levantan el campamento por la noche en una maniobra silenciosa o valiéndose de cualquier otra estratagema. A veces también se retiran a pleno día, palmo a palmo y en tal orden que resulta no menos peligroso atacarlos cuando retroceden que cuando avanzan.

Ponen el mayor cuidado en la fortificación de sus campamentos por medio de amplios y profundos fosos lanzando la tierra excavada hacia el interior. Para este trabajo no emplean la mano de obra de los esclavos, sino de los mismos soldados. Todo el ejército —a excepción de los centinelas que armados montan la guardia ante el foso, preparados para cualquier eventualidad— participa en esta operación. El refuerzo conjuntado de tantos trabajadores permite acabar con rapidez poderosas fortificaciones que cubren extensiones inmensas de terreno.

Sus armas defensivas son fuertes, capaces de resistir los golpes y tan adaptadas a los movimientos o a los gestos que permiten incluso nadar con ellas. La natación con armas es, en efecto, uno de los primeros ejercicios de la instrucción militar. Para el combate a distancia emplean las flechas que lanzan con gran fuerza y precisión tanto los soldados de a pie como los de caballería. Para cerca, e lugar de espadas echan mano de hachas mortales por su filo y por su peso, sea que hieran de lado o de punta. Son muy ingeniosos para inventar máquinas de guerra y que, una vez fabricadas, esconden cuidadosamente, Si las mostraran antes del momento oportuno, los ingenios serían a su juicio un juguete ridículo más que un instrumento eficaz. Lo que más se mira en su fabricación es la comodidad del transporte y su facilidad de manejo en todas las direcciones.

Los utopianos observan tan religiosamente las treguas estipuladas con el enemigo que no las violan ni en caso de provocación. No atrasan la tierra conquistada, ni queman las mieses. Cuidan incluso de que no sean holladas por soldados ni caballos, pues piensan que crecen para su propio provecho. No molestan a ningún desarmado a no ser que sea espía. Protegen las ciudades que se rinden y no saquean las tomadas por asalto. Pero en este último caso pasan por las armas a quien puso resistencia a la rendición, sometiendo a esclavitud a los demás defensores. A la masa no combatiente la dejan en paz. Si llegan a enterarse de que uno o varios aconsejaron la capitulación, les conceden una parte de los condenados. La otra parte se destina a las tropas auxiliares. Ellos no toman nada del botín.

Una vez terminada la guerra, no son los pueblos amigos por los que lucharon los que cargan con los gastos, sino los vencidos. Con este criterio, exigen de éstos, primero el dinero que, como ya es sabido, destinan a futuras guerras. En segundo lugar, exigen la cesión de vastos territorios que puedan producirles a perpetuidad pingües bienes.

En la actualidad disponen de esta clase de tierras en muchas naciones. Surgidas poco a poco y por distintas causas, han ido creciendo hasta producir más de setecientos mil ducados al año. El Estado atiende estas propiedades por medio de ciudadanos investidos con el título de cuestores. Estos llevan una vida suntuosa y son considerados como grandes magnates. No obstante esto, todavía queda mucho para ingresar en las arcas públicas. Con frecuencia también, los utopianos prestan el producto de la renta al país donde se encuentran cuando éste lo necesita. Raras veces reclaman el reembolso total de lo prestado. Una parte de estos territorios es entregada a los que, instigados por ellos, se exponen a los peligros de que ya os hablé.

Cuando un príncipe toma las armas contra Utopía y se dispone a invadir una de las tierras de sus dominios, los utopianos reúnen inmediatamente un formidable ejército y le hacen frente fuera de sus fronteras. Sólo hacen la guerra en su propio suelo en casos extremos. Y no hay razón que les obligue a admitir refuerzos extranjeros en su isla.

Religiones de los utopianos

Las religiones son diferentes tanto en la isla como en sus ciudades. En unos sitios adoran el sol, en otros a la luna, en otros a alguna de las estrellas errantes, como a un dios. Algunos grupos tienen como dios e incluso como el Dios supremo, a alguno de los antepasados, señalado por su poder o por sus virtudes. Pero la mayor parte de los utopianos y, por cierto, la más sana, no admite nada de esto. Creen en una especie de numen desconocido, eterno, inmenso e inexplicable, muy por encima de la comprensión humana y difuminado por todo lo creado, no tanto como una masa sino más bien como una fuerza. Lo llaman padre. Consideran que es el origen, fuerza, providencia y fin de todas las cosas. Sólo a él le tributan honores de Dios.

El resto de los utopianos, aunque tengan creencias diferentes, conviene con estos en que piensan que entre todos los dioses hay uno que es como él, primero y supremo. El es el creador del mundo y su providencia. En su lengua nativa todos le llaman Mitra, si bien luego cada uno interpreta a su manera y según los lugares este nombre y concepto.

Dejando que cada uno tenga su opinión a este respecto, todos están de acuerdo en que ese ser que ellos miran como superior es el mismo que el unánime sentir de los hombres.

tiene como creador y rector del mundo. Me parece que los utopianos están en camino de ir dejando todas estas supersticiones para centrarse en un credo único que les parece el más racional y que supera los diferentes credos. Ya habrían dado ese paso. Pero cualquier acontecimiento adverso que les suceda mientras estén tratado de mudar de religión, lo interpretarían no como un suceso casual, sino como un aviso y castigo de la divinidad. Lo interpretarían como venganza del malvado propósito de cambiar de religión.

Cuando les hablamos del nombre de Cristo, de su doctrina, mandamientos y milagros, no os podéis imaginar las buenas disposiciones y talante con que acogieron esta revelación. La misma admiración tuvieron para la admirable fortaleza de tantos mártires, cuya sangre derramado había arrastrado a lo largo y a lo ancho del mundo a tanta gente a abrazar su misma fe. Quizás haya que atribuirlo a inspiración secreta de Dios, o quizás a que la encontraron muy afín a una creencia que consideran importante entre los suyos. De todos modos, lo que a mi juicio contribuyó a crear tales disposiciones, fue el relato de la vida común, tan grata a Cristo. Y el saber que este género de vida estuvo siempre en vigor en las más auténticas comunidades cristianas. Cualquiera que sea la causa, lo cierto es que muchos de ellos abrazaron nuestra religión y fueron purificados por el agua del bautismo. Por desgracia, de los cuatro que éramos —la muerte nos había reducido a este número— ninguno era sacerdote. No pudieron, por tanto, recibir los sacramentos que entre nosotros sólo los sacerdotes confieren, a pesar de estar iniciados en los demás misterios. Tienen, no obstante, un conocimiento claro de los demás sacramentos. Y desean tan fervientemente recibirlos que, en medio de nosotros, suscitaron el problema de si cualquier ciudadano elegido por ellos podría tener el carácter sacerdotal sin recibir el mandato de un obispo cristiano. Cuando yo salí, todavía no habían elegido a ninguno, pero parecían resueltos a hacerlo.

Hay más todavía. Los que no pertenecen a la religión cristiana no emplean intimidación alguna, ni hostigan a quien creen convencido de ella. Durante mi estancia en la isla, sin embargo, pude ver cómo era severamente castigado uno de los fieles de nuestro grupo.

Este hombre recientemente bautizado, hablaba públicamente de Cristo con mayor pasión que prudencia, a pesar de nuestros consejos en contra. En su apasionada prédica llegó no sólo a anteponer nuestros misterios a los demás sino a condenarlos a todos.

Vociferaba contra sus misterios, calificándolos de profanos. Y a sus seguidores los tachaba de impíos, sacrílegos, dignos del fuego eterno. Después de haber sermoneado durante largo tiempo fue prendido, acusado y sentenciado como reo no de desprecio de la religión, sino de promover tumulto en el pueblo. Una vez condenado fue castigado con el exilio.

En efecto, las instituciones utopianas más antiguas contemplan que ninguna persona se vea perjudicada por su religión. Ya desde el principio, Utopo se había dado cuenta de que antes de su llegada los indígenas estaban en perpetua guerra a causa de las religiones. Observó también que esta situación del país le había facilitado enormemente su conquista, ya que las sectas disidentes, en vez de estar unidas, combatían aislada y separadamente. Conseguida la victoria, y dueño ya de la isla, decretó que cada uno era libre de practicar la religión que le pluguiera. No proscribió, sin embargo, ese proselitismo que propaga la fe de una manera razonada, suave y humilde. Que no trata de destruir brutalmente a los demás si sus razones no convencen. Y que, en fin, no emplea ni la violencia ni la injuria. Quien se sobrepasa en estos puntos es castigado con el destierro o con la esclavitud.

Todo esto lo dispuso Utopo por imperativo de la paz. Esta quedara totalmente destruida con discusiones continuas y los implacables odios que originan. Pero pensó además que esta medida redundaba en beneficio de la misma religión. No se atrevió a dogmatizar a la ligera sobre asuntos tan serios. No estaba seguro de que Dios no quería un culto vario y múltiple al inspirar a unos uno y ;a otros otro.

Pensó que era insolente y grosero exigir por la fuerza o por amenazas que lo que uno cree que es verdadero lo tengan que admitir los otros. Y ello aun a sabiendas de que una sola es la verdadera y las otras son falsas. Pensó sabiamente que, si se procede con moderación y prudencia, la fuerza de la verdad emerge y se impone por sí misma. Si, por el contrario, se acude a la guerra y a la violencia, resulta que los más atrevidos suelen ser siempre los peores. De esa manera la religión por santa y buena que sea quedará ahogada entre las supersticiones más burdas como el trigo entre las espinas y abrojos.

Optó por una Vía de moderación: dejó que cada uno creyera aquello que te pareciera mejor.

Se opuso con el mayor rigor a que nadie abdicase de su dignidad humana hasta el punto de creer que el alma desaparece con el cuerpo y que el mundo va a la deriva sin la providencia de Dios. Creen, en consecuencia, los utopianos que están marcados unos premios para los buenos y fijados unos suplicios para los malos. A quienes tengan en esto ideas contrarias ni siquiera los consideran hombres. Piensan que han traspasado el límite de su humanidad llegando a ser como unos pobres animalillos. No los cuentan tampoco como ciudadanos. Piensan que si no fuera por el miedo destruirían todas sus instituciones.

No se puede dudar de que un hombre así no respetaría las leyes del Estado o trataría de.

eludirlas por la violencia con tal de satisfacer sus intereses. No tiene ningún resorte más allá de la ley ni nada tiene que esperar más allá de la muerte. A quienes tienen esas ideas no les conceden ningún cargo , ni les tributan honor alguno ni les ponen al frente de cargos públicos. Se les mira, más bien como gente inepta y de baja condición. No les castigan. Están convencidos que nadie puede hacerles pensar de otra manera.

Atemorizarlos sería inducirles a la hipocresía. Nada odian más los utopianos que la mentira tan cercana siempre del engaño. No les prohíben defender sus opiniones. No lo pueden hacer ante el vulgo. Delante de los sacerdotes —y varones sensatos no sólo lo pueden hacer, sino que les animan a que lo hagan. Son conscientes de que tales locuras se desvanecerán ante la razón.

Hay otros ciudadanos y, por cierto, bastante numerosos, a quienes no les prohíben exponer sus teorías, pues piensan que tienen su razón. No son malos sino que llevados más bien de su bondad piensan que los animales tienen también un alma inmortal. No es como la nuestra ni se le puede comparar en dignidad ni está predestinada a vida de eterna dicha.

Están completamente convencidos de la inmensa felicidad futura de los hombres. Por lo mismo, aunque les duele la enfermedad de todos, no lloran la muerte de nadie a no ser la de aquellos que ven se van contra su voluntad y poseídos de angustia. Lo tienen esto como muy mala señal. Piensan que el alma aturdida y consciente de sus culpas, tiene como un presagio de los tormentos que le esperan y por eso tienen miedo a morir.

Son de opinión que no puede agradarle mucho a Dios la llegada de quienes tienen miedo de ir a su encuentro, sino que se llegan temblando y como a la fuerza. Quien ve una muerte así se llena de espanto.

A los que así mueren los conducen tristes y en silencio. Piden a Dios con los brazos en alto que tenga piedad de sus debilidades y de esta forma les dan tierra. Por el contrario nadie llora la muerte de los que fallecieron con ánimo alegre y con santa esperanza.

Acompañan sus cuerpos con cánticos y encomendando sus almas al Señor con gran fervor, incineran los cuerpos con mayor reverencia que dolor. En el lugar de la hoguera levantan una columna en la que escriben los méritos y gracias del difunto. De vuelta a sus casas recuerdan y cuentan los hechos y cualidades del difunto poniendo especial interés en su alegre tránsito de la vida.

El recuerdo de la dignidad de los difuntos lo juzgan de saludable acicate para los vivos y grato culto para quienes murieron. Piensan que los difuntos oyen cuanto de ellos se dice, aunque sean invisibles por la imperfección de nuestro ser. No sería justo que las almas de los bienaventurados no tuvieran la libertad de ir donde creyeran conveniente.

No poder ver a aquellos a quiénes en vida estuvieron unidos con lazos de estrecho amor sería propio de espíritus desgraciados. Para los hombres justos, piensan que sus alegrías, como el resto de sus actividades, no sólo no disminuyen sino que aumentan después de la muerte. Piensan que los muertos andan mezclados con los vivos y que son testigos de cuanto éstos dicen y hacen. Con esta fe se lanzan arriesgados a sus empresas como si les diera ánimo la presencia de tan nobles testigos y la presencia de sus mayores les prohíbe realizar aun en secreto cualquier obra deshonestas.

Se ríen y tienen en menosprecio los agüeros, y demás artes de adivinación o superstición que tanta estima tienen entre otros. Tienen, en gran aprecio, por el contrario, los milagros, obras independientes de las fuerzas naturales. Están convencidos que son obra y testimonio de la presencia divina. Saben que son relativamente frecuentes en sus tierras, según la tradición; y, en ocasiones graves y señaladas, los solicitan con rogativas públicas y así los obtienen.

Consideran que es como un culto grato al Señor la contemplación y goce de la naturaleza. Hay muchos que, arrastrados por su sentimiento religioso, descuidan otros estudios, no se preocupan de otros negocios y hasta se privan de las distracciones y juegos. Están convencidos de que si practican buenas obras y ayudan a sus prójimos tienen asegurada su eterna felicidad después de la muerte. De esta manera unos se dedican a cuidar de los enfermos, otros cuidan las calles, éstos limpian los fosos, aquellos reparan los puentes o acumulan arena, arreglan el césped, llevan en carretas de dos bueyes maderas, frutos y otras mercancías. Todo ello, lo hacen no sólo para utilidad pública sino también en provecho de los particulares, actuando en todo ello más como empleados que como servidores. Muchas tareas que asustarían a cualquiera por su dureza y el esfuerzo exigido, ellos las realizan con alegría y satisfacción. De esta manera proporcionan a los demás un descanso mientras ellos se entregan a un trabajo continuo. No se lo echan en cara, sin embargo, pues ni buscan censurar a los demás ni alabarse a sí mismos. Cuanto más duro y abnegado es su trabajo, más grande es el aprecio en que les tienen.

De estos existen dos clases en Utopía. Una es la de los célibes. Se abstienen de toda relación amorosa e incluso de todo consumo de carnes. Los hay que ni prueban la carne de los animales y se abstienen de todos los placeres del mundo como peligrosos. Sólo les interesa la vida futura, a la que aspiran entre privaciones y ayunos con rostro alegre, pues esperan llegar pronto a su destino. La otra, animosa como ésta, prefiere sin embargo, el matrimonio y sus placeres. Lo tienen como cosa natural y así dan hijos a la patria. No se privan de ningún placer siempre que no les sea nocivo para el trabajo.

Comen carnes de cuadrúpedos en el convencimiento que devorándola son más fuertes en sus trabajos. Los utopianos piensan que estos son más prudentes y a los otros los tienen por más perfectos. Si alguno de los célibes que no se casan y siguen con honestidad una vida austera quisiera defender su punto de vista como el mejor con razonamientos humanos, seria ridiculizado por los otros. Pero como abrazan ese género de vida por motivos religiosos, todos les respetan y reverencian. Es un principio sagrado para ellos no invocar nunca a la ligera un motivo religioso. Los llaman en su lengua Butrescos que traducido a nuestro romance equivale a religiosos.

Sus sacerdotes resplandecen por su santidad. Son muy pocos. No puede haber en cada ciudad más de trece, uno por cada templo. Cuando hay guerra van siete con los soldados y, en tal caso, eligen en las ciudades otros tantos sustitutos. Pero terminada la guerra los sobrevivientes se reintegran a sus puestos y los que les sustituyen aguardan turno de sucesión hasta que aquellos mueran. Entre tanto, acompañan al pontífice.

Uno de ellos preside a los demás. Todos los sacerdotes son elegidos por el pueblo lo mismo que los otros magistrados. Unos y otros por voto universal y secreto para evitar rencillas. Presiden los actos de culto, se preocupan del estudio de la religión y son como los censores de las costumbres públicas. Es gran afrenta para cualquier ciudadano el que un sacerdote le llame la atención y reprenda por su vida y costumbres. Por lo demás, oficio de los sacerdotes es exhortar y aconsejar a los delincuentes. Pero el castigarlos e imponerles castigos incumbe a los magistrados y al príncipe. Pero pueden excluirlos del culto una vez que los declaran seriamente malvados. No hay nada que les espante más. Quedan infamados y heridos por el sagrado miedo religioso. Tampoco quedan indemnes en cuanto a su cuerpo, ya que si no hacen penitencia inmediatamente los sacerdotes, el Senado les impone el castigo correspondiente a su delito religioso.

Tienen los sacerdotes encomendada la educación de la niñez y la juventud. Más que su instrucción les interesa su educación. Ponen suma atención en inculcar en las tiernas y dóciles mentes de los niños buenos instintos primarios, y deseos de integrarse en la república. Insinuados en sus mentes infantiles les durarán por toda la vida. Así construirán la salvaguardia del Estado cuya ruina se origina la mayoría de las veces de opiniones absurdas.

Las mujeres de los sacerdotes son las mujeres más selectas del pueblo. Hay también sacerdotes mujeres, si bien no son muchas y sólo viudas o de edad avanzada. No hay para los utopianos quien merezca honor mayor que los sacerdotes. Si por casualidad, alguno de entre ellos comete algún delito nunca será llamado a juicio. Todo lo dejan a la autoridad de Dios y a su conciencia. Piensan que nadie tiene opción de juzgar a quien se consagra a Dios como ofrenda, por grandes que hayan sido sus crímenes.

Esta norma es fácil de observar. Los sacerdotes son siempre pocos, bien seleccionados y tenidos en gran honra precisamente por su valía. Es muy rato que caigan en vicios y perversiones. Si ello acontece alguna vez, lo que no se puede excluir, dada la humana fragilidad, el hecho no es demasiado grave ya que de una parte no son numerosos y de otra no llegan a ejercer autoridad propiamente dicha. El hecho de que sean pocos obedece a la convicción de que si tan gran honor se extiende a muchos degenera una gran institución. Por otra parte no resulta fácil encontrar sujetos honorables para un cargo que no se puede desempeñar con cualidades y virtudes mediocres.

Es grande el aprecio en que los tienen los de la nación y también los extranjeros. La razón de esto es clara. En efecto, cuando se declara una batalla, los sacerdotes Se alejan suficientemente del lugar, se postran de rodillas y revestidos de sus ornamentos sagrados elevan sus brazos al cielo. Lo primero que suplican es que se llegue a una paz, no que los suyos triunfen. Pero siempre interceden para que una u otra solución se obtenga sin derramamiento de sangre. Si la victoria ha favorecido a los suyos corren al campo de batalla a fin de que no se sacrifique a los vencidos. Verlos o tocarlos es suficiente para librarles de la muerte y si alguno puede tocar sus flotantes vestiduras tiene asegurada la posesión de sus cosas contra cualquier acción de guerra. Ya se puede comprender la veneración y el respeto sincero que unos y otros les profesan.

Muchas veces han salvado a los enemigos de las manos de los suyos y no menos a los suyos de las manos enemigas. Se sabe que en una ocasión en situación desesperada y con la suerte en contra los soldados utopianos huían a la desbandada. Los enemigos se disponían al saqueo y a la muerte. Intervinieron los sacerdotes y su acción conjuró el desastre. Separaron a los contendientes y lograron pactar una paz honorable. Nunca han tropezado con gente tan feroz, cruel o bárbara que no haya considerado como sagrado e inviolable el cuerpo sacerdotal de los utopianos.

En Utopía son festivos los días primero y último del mes y del año. Los meses se rigen por el movimiento de a luna, los años por el movimiento del sol. A los días primeros los llaman «cinemernos», a los últimos «trapemernos» que es lo mismo que decir «primeras (primifestos) fiestas» y «últimas (finifestos) fiestas».

Hay en el país pocos templos, pero todos magníficos tanto por su lujo como por su grandiosidad, dado que tienen que ser capaces para albergar a un pueblo tan numeroso.

Y todos ellos son de una dulce penumbra que no es debida a impericia de los constructores sino a un propósito de los sacerdotes. Piensan estos que una luz intensa disiparía los pensamientos, mientras que una tamizada y discreta penumbra concentra el espíritu y centra la meditación. No es la misma religión profesada por todos, pero las varias creencias y ritos están orientados a un mismo fin por caminos diferentes, es decir, a la adoración de la majestad divina. Por esta razón nada se ve ni se oye en los templos que pueda ser contrario a cualquiera de estas tendencias. Si alguna secta tiene un rito sagrado que sea privativo suyo, lo realiza dentro del ámbito particular. Los ritos comunes están ordenados de forma tal que nunca contradicen los cultos privados. No se ve en los templos ninguna representación de la divinidad. Cada uno se lo imagina como crea conveniente desde su credo. No tienen tampoco nombre alguno para invocar a Dios. Usan el nombre de Mitra para nombrar de alguna forma el ser supremo, sea cual sea su naturaleza. Tienen unas oraciones que todos pueden rezar sin contradecir sus propias creencias. En los días finifestos se reúnen en el templo por la tarde, y lo hacen en ayunas para darle gracias a Dios por el feliz remate del mes o del año que acaba. Al día siguiente (que es primifesto) se reúnen por la mañana en el mismo templo para pedir juntos que sea igualmente feliz y dichoso el mes o año que comienza.

En los finifestos, antes de ir al templo, en sus casas las mujeres se echan a los pies de sus maridos y los hijos a los pies de sus padres; y piden perdón, bien porque hicieron lo que no debían, bien porque no cumplieron lo que eran obligados a hacer. De esta manera si alguna nubecilla de discordia familiar se iba formando, se desvanece de forma que pueden intervenir en los divinos oficios con ánimo sereno y limpio. Intervenir con ánimo torcido se tiene por sacrilegio. Por lo mismo, si son conscientes de odio o rencor contra alguien, no intervienen en los sacrificios sin antes reconciliarse, temerosos de la justicia divina y poseídos de un santo temor. Una vez en el templo los hombres se sitúan en la parte derecha y las mujeres separadas en la parte izquierda. Lo hacen de manera que los varones se sitúan todos delante del padre, y la madre se sienta cerrando el grupo de las mujeres. Cuidan que desde fuera y con cuidado puedan ejercer su autoridad y disciplina los que la ejercen ya en casa. Por ello procuran que los jóvenes se mezclen con los demás edad, no sea que mezclándose unos con otros los jóvenes gasten en travesuras el tiempo que se debe emplear en fomentar el temor de Dios, el mayor y quizás único acicate de las virtudes.

En sus sacrificios no inmolan ningún animal. Piensan que la clemencia divina no se satisface con sangres ni con muertes. Si dio vida a sus criaturas fue para que gozaran de ella. Queman incienso y otros perfumes. Los fieles llevan muchas velas. Saben de sobra que nada de esto interesa a la naturaleza divina lo mismo que las oraciones que puedan dirigir. Pero con tan inocente culto, con estos perfumes y luces, así como con las otras ceremonias, no sabría decir de qué manera los hombres parece que se animan y con corazón más alegre se entregan al culto de Dios.

Todo el pueblo acude al templo con vestidos blancos. Los sacerdotes llevan vestiduras de variados colores, ricos por su hechura y forma más que por su materia. Las telas no están tejidas en oro ni sembradas de piedras preciosas, sino tejidas con plumas de ave con tanta arte y habilidad que ningún paño por rico que fuese podría competir con ellas.

En la elaboración, distribución y forma de estar colocadas en la vestimenta de los sacerdotes, estas plumas y alas dicen que se encierran unos secretos misteriosos. Su significación es aclarada con gran diligencia por quienes hacen los sacrificios a fin de recordar a los fieles los beneficios recibidos de Dios. Por su, parte deben corresponderle con tributos y obligaciones a que deben ser fieles. Tan pronto como el sacerdote así revestido sale de la sacristía, todo el pueblo cae de hinojos en silencio tan profundo que la contemplación de la ceremonia inspira un cierto temor, como si la divinidad se hiciera presente. Permanecen postrados en tierra durante algún tiempo y se levantan a una señal del sacerdote. Cantan luego las glorias del Señor acompañándose con instrumentos que para nosotros son en su mayoría desconocidos. La mayor parte de dichos instrumentos aventajan a los nuestros en suavidad hasta el punto de que no se pueden ni comparar. Hay una cosa en que nos aventajan con toda seguridad. Su música instrumental y vocal acomoda totalmente los sonidos a los sentimientos de manera que reflejan de forma totalmente natural lo que quieren expresar. Si quieren dar una sensación de súplica, de intercesión, de duda, de tristeza, de ansiedad, de ira, la melodía lo expresa con tal fuerza que conmueve profundamente a los fieles, los enfervoriza y los emociona.

Para terminar el sacerdote y los fieles recitan unas oraciones rituales concebidas de tal manera que, recitadas en común o en particular, tengan pleno y real sentido. En ellas reconocen a Dios como Creador, como ordenador y autor de todo bien. Le dan gracias por todos los beneficios de él recibidos. De manera especial le agradecen vivir en república tan feliz y profesar una religión que, a su entender, es la verdadera. En este asunto si hay otra mejor, piensan, o si están equivocados o Dios prefiere ritos diferentes, suplican que se lo dé a conocer, pues están dispuestos a seguir el camino que les indique. Pero, si su gobierno es bueno y su religión verdadera, no es mucho pedir que les consientan ser firmes en sus opiniones y que se esfuercen por atraer a los otros a la misma fe y costumbres, si es que, en su inescrutable voluntad, Dios no se complace en la diversidad de creencias. Piden a Dios que les conceda una buena muerte.

Pero no se atreven a pedirle que sea pronto o tarde. Sin quererle ofender le dicen que prefieren llegar a él tras una penosa muerte a estar lejos de su presencia disfrutando de una feliz existencia.

Terminada así la oración, se arrodillan y luego se levantan y van a comer. El resto del día lo pasan en juegos y ejercicios militares.

Conclusión final

Os he descrito con la mayor sinceridad el modo de ser de su República a la que considero no sólo la mejor, sino la única digna de llevar tal nombre. Porque en otros sitios los que hablan de la República lo que buscan es su interés personal. Pero en Utopía, como no hay intereses particulares, se toma como interés propio el patrimonio público; con lo cual el provecho es para todos.

En otras repúblicas todo el mundo sabe que si uno no se preocupa de sí se moriría de hambre, aunque el Estado sea floreciente. Eso le lleva a pensar y obrar de forma que se interese por sus cosas y descuide las cosas del Estado, es decir, de los otros ciudadanos. En Utopía, como todo es de todos, nunca faltará nada a nadie mientras todos estén preocupados de que los graneros del Estado estén llenos. Todo se distribuye con equidad, no hay pobres ni mendigos y aunque nadie posee nada todos sin embargo son ricos. ¿Puede haber alegría mayor ni mayor riqueza que vivir felices sin preocupaciones ni cuidados? Nadie tiene que angustiarse por su sustento, ni aguantar las lamentaciones y cuitas de la mujer, ni afligirse por la pobreza del hijo o la dote de la hija. Afrontan con optimismo y miran felices el porvenir seguro de su mujer, de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y de la más dilatada descendencia. Ventajas que alcanzan por igual a quienes antes trabajaron y ahora están en el retiro y la impotencia como a los que trabajan actualmente.

Bien quisiera que alguien midiera este sentido de justicia con el que rige en otras partes.

Yo tengo que confesar que apenas he encontrado un leve rastro de justicia y equidad en ninguna de ellas. ¿Qué justicia es la que autoriza que un noble cualquiera, un orfebre, un usurero o cualquier otro que no hacen nada o hacen cosas contrarias al Estado, puedan llevar una vida regalada sin mover un dedo. o en negocios sucios y sin responsabilidad? Entre tanto el criado, el cochero, el artesano, el labriego andan metidos en trabajos que no aguantarían ni los animales por lo duros y al mismo tiempo tan necesarios que sin ellos la República se vendría abajo antes de un año. Apenas les llega para alimentarse malamente y llevan vida peor que la de las mismas bestias. Estas, al menos no soportan trabajo tan continuo; aunque les den peor comida la soportan más fácilmente y además no tienen las preocupaciones del futuro. A todos estos los mata el trabajo presente, tan estéril como infructuoso, y les desazona el pensamiento de su pobre ancianidad. Si no les llega para mal vivir, ¿cómo pueden ahorrar para su ancianidad?

¿No es injusta una sociedad que se vuelca con los llamados nobles, los manipuladores y los traficantes de cosas inútiles, aduladores y perezosos? Por el contrario deja en el olvido a los labradores, los carboneros, los braceros, caballerizos y obreros sin cuyo trabajo no puede subsistir la república ni obtenerse bien alguno. ¿No es injusto abusar de su trabajo cuando están en pleno vigor y cuando el peso de los años, las privaciones y la enfermedad cae sobre ellos, condenarles a una muerte miserable sin tener en cuenta sus muchos desvelos y trabajos? ¿Qué podemos pensar de esos ricos que diariamente expolian al pobre? En realidad lo hacen al amparo, no de sus propias maquinaciones, sino amparándose en las mismas leyes. De esta manera, si antes parecía una injusticia no recompensar debidamente a quienes lealmente lo habían servido, estos tales se han ingeniado para sancionar legalmente esta injusticia con lo que la república viene a ser más aborrecida.

Cuando contemplo el espectáculo de tantas repúblicas florecientes hoy en día, las veo —que Dios me perdone—, como una gran cuadrilla de gentes ricas y aprovechadas que, a la sombra y en nombre de la república, trafican en su propio provecho. Su objetivo es inventar todos los procedimientos imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron. Después podrán dedicarse a sacar nueva tajada del trabajo y esfuerzo de los obreros a quienes desprecian y explotan sin riesgo alguno. Cuando los ricos consiguen que todas estas trampas sean puestas en práctica en nombre de todos, es decir, en nombre suyo y de los pobres, pasan a ser leyes respetables.

Pero estos hombres despreciables que con su rapiña insaciable se apoderan de unos bienes que hubieran sido suficientes para hacer felices a la comunidad, están bien lejos de conseguir la felicidad que reina en la república utopiana. Allí la costumbre ha eliminado la avaricia y el dinero, y con ellos cantidad de preocupaciones y el origen de multitud de crímenes. Pues todos sabemos que el engaño, el robo, el hurto, las riñas, las reyertas, las palabras groseras, los insultos, los motines, los asesinatos, las traiciones, los envenenamientos son cosas que se pueden castigar con escarmientos, pero que no se pueden evitar. Por el contrario las elimina de raíz la desaparición del dinero que elimina al mismo tiempo el miedo, la inquietud, la preocupación y el sobresalto. La misma pobreza que parece que se basa en la falta de dinero, desaparece desde el momento en que aquel pierde su dominio Quiero poner esto en claro con un ejemplo que vamos a examinar. Pensemos en un año malo y de poca cosecha en el. cual han perecido de hambre miles de hombres. Estoy seguro que, si al cabo de esta catástrofe se abren los graneros de los ricos, se encuentra en ellos tanta cantidad de grano que si se hubiera repartido entre todas las víctimas de la peste y el hambre no se habría enterado nadie de los rigores de la tierra ni del cielo.

Nada más sencillo que alimentar a la humanidad. Pero el bendito dinero, inventado para lograr más fácilmente el camino del bienestar, es el cerrojo más duro que cierra la puerta del mismo.

Pienso que los ricos se dan cuenta de esto. Saben que no hay nada mejor que tener lo que se necesita. Sin abundar en superficialidades, es multiplicar disgustos vivir asfixiados por tantas riquezas.

Creo además que o bien por interés personal o por seguir la voz de Cristo, todo el mundo hubiera seguido hace tiempo las leyes de esta república utopiana. Cristo, dada su sabiduría, no pudo ignorar lo que más nos convenía, ni, dada su bondad, aconsejarnos lo más conveniente.

Pero se opone tenazmente nuestra soberbia, bestia maligna y madre de todos nuestros males. Su felicidad se mide no por el propio bienestar, sino por las desgracias de los otros. Dejaría incluso de ser diosa si desaparecieran los hombres sobre los que puede ejercer su dominio exultante. Su felicidad comprada con la desgracia de los otros se satisface mostrando unas riquezas que pisan y atormentan la pobreza ajena. Esta serpiente infernal se enrosca en los pechos de los hombres y les impide seguir el buen camino. Como una rémora los entretiene y los disuade. Está tan enraizada en los hombres que no es fácil extirparla.

Mucho me alegra que esta forma de gobierno que yo quisiera que la tuvieran todos, la hayan conseguido al menos los utopianos. Basados en las instituciones que he descrito han fundado una república que se desarrolla no sólo prósperamente sino que, en cuanto se puede conjeturar humanamente, creo que ha de durar para siempre. Han sido eliminadas en ella las raíces de la ambición y las disensiones. No hay por lo mismo peligro de disturbios internos, que en más de una ocasión han echado por tierra las ciudades más ricas y sólidas. Lograda esta armonía interior y gracias a sus magníficas organizaciones la envidia de los reyes vecinos no ha sido capaz de derribar esta república ni aun siquiera conmoverla, caso que inútilmente intentaron ya algunas veces en tiempos antiguos.

Al terminar de hablar Rafael, me vinieron a la mente no pocas reflexiones sobre cosas que me parecían absurdas en sus leyes e instituciones. Por ejemplo, su modo de entender la guerra, sus creencias y religión y otros muchos ritos. Pero, sobre todo, lo que está en la base de todo ello, es decir, su vida y gastos comunes sin intervención alguna del dinero. Con ello se destruye la raíz de la nobleza, la magnificencia y el lujo, y la grandeza, cosas que en el común sentir constituyen el decoro y el esplendor de un Estado. Me di cuenta, sin embargo, que estaba bastante cansado de tanto hablar. No sabia, por otra parte, si aguantarla que opinásemos en contra de sus teorías, máxime que a lo largo de su relato ya se había manifestado contra quienes piensan no ser suficientemente discretos si no critican las invenciones ajenas. Así pues, le cogí de la mano y tras alabar su exposición y las costumbres de los utopianos le introduje en la casa para cenar. Le dije que tendríamos tiempo de discurrir con más profundidad sobre estos temas y discutir más Profusamente. ¡Ojalá. que algún día pueda realizarlo!

Entre tanto tengo que confesar que no puedo asentir a todo cuanto me expuso este docto varón, entendido en estas materias y buen conocedor de los hombres. También diré que existen en la república de los utopianos muchas cosas que quisiera ver impuestas en nuestras ciudades. Pero que no espero lo sean.

FIN DE LA CHARLA DE SOBREMESA HABIDA
CON RAFAEL HITLOIDEO
SOBRE LAS LEYES E INSTITUCIONES DE
LA ISLA DE UTOPIA
HASTA AHORA SOLO CONOCIDA POR UNOS POCOS.

FUE CONTADA POR EL MUY CELEBRE Y ERUDITISIMO
MAESTRO TOMAS MORO,
CIUDADANO Y SHERIFF DE LONDRES.


Publicado el 15 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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