Vida Eterna

Arturo Robsy


Cuento



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Dios se asomó muy temprano a su balcón celeste y enfocó el sol sobre la tierra un poco antes de la hora, causando cierto desconcierto entre los empleados municipales de limpieza, sorprendidos con las mangas en la mano.

Nadie salvo él podía saberlo,pero se cumplían cien mil años del turbio episodio del Paraíso Terrenal, cuando aquella pareja de desvergonzados se le había comido las manzanas. No tuvo más remedio que castigarlos, no por la fruta, sino por estupidez manifiesta: ¿no habían llegado a pensar que, comiéndoselas, podían ser dioses? Tamaña tontería hizo comprender a Dios que el hombre necesitaba madurar un poco más y, de generación en generación, ir afilando aquella roma inteligencia de entonces. Por eso instauró la muerte, para que la selección natural perfeccionara los tristes sesos de la primera pareja.

Cien mil años de evolución, en efecto, hicieron que los hombres dejaran de pensar que las manzanas les divinizarían y decidieran que eso sólo se consigue poseyendo unos papeles impresos. Era, pues, el momento de restablecer los parámetros originales: ni enfermedades ni muerte ni trabajo: enderezó el eje del mundo para que el clima fuese primaveral y que las cosechas brotaran espontáneamente.

—El hombre —dijo Dios a la Naturaleza, que aguardaba órdenes— vivirá para siempre..

Cinco minutos después los enfermos pedían la baja en los hospitales; los moribundos y desahuciados corrían por los pasillos como chiquillos; los parapléjicos hacían cabriolas y los provectos ancianos, recuperado el vigor de su juventud, perseguían a sus enfermeras mientras les hacían proposiciones.

Para entonces, en lo alto de cada campanario y cada minarete del planeta, un ángel comunicaba la buena nueva: Ni muerte ni enfermedades, para empezar. Y ciertos interesantes complementos: parto sin dolor para todas las señoras y, por supuesto, nada de ganarse el pan con el sudor de la frente. órdenes del Señor.

Sólo diez minutos después comenzó la más tumultuosa sesión de las Naciones Unidas. ¿Es que Dios —decían los representantes de la humanidad— se ha vuelto loco? Si no muere nadie la tierra estará superpoblada en menos de quince años. Si todo el clima es igualmente bueno, ¿quién hará turismo? Y si no trabaja nadie, ¿qué valor tendrá el dinero? ¿Qué pasará con las empresas? ¿Quién fabricará los cohetes y los sacacorchos?

La sociedad humana se tambaleaba sobre sus cimientos y los políticos sobre sus pies. Ellos comprendían que la historia retrocedería al paleolítico, al nomadeo. Puede que la gente fuera más feliz y más libre, pero, ¿qué iba a pasar con los Estados, con los bancos, con los médicos, con los Tours Operators, con los fabricantes de medicinas y, por supuesto, con los gobernantes?

—Dios se ha equivocado. —dijo el Presidente de las Naciones Unidas, respaldado por todos los Jefes de Estado y por el señor Rockefeller.— No va a haber más remedio que hacer sorteos para elegir a los doscientos millones que tienen que morir cada año, y a los dos mil que, pase lo que pase, han de trabajar ocho horas diarias para mantener viva la civilización.

—¿Qué? —dijo el pueblo mundial, sintiendo cómo burbujeaba su sangre.

Y, naturalmente, estalló la mayor matanza de la historia mientras Dios comentaba con sus arcángeles:

—Habían llegado a tal grado de tontería que ninguno sospechó que esto era el Fin del Mundo. Hay muchas maneras de desollar un gato.


Publicado el 11 de julio de 2016 por Edu Robsy.
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