Un cuento con varias capas, donde la tensión crece a medida que oscurece, y la realidad es tan inestable como la ficción.
Hay dolores que no caben en el lenguaje común. Cuando la pérdida desborda, la mente no se quiebra de golpe: se desliza. Busca explicaciones donde no las hay, rostros en los espejos, culpables con nombre y dirección, ficciones que resulten más soportables que el azar, la negligencia o el vacío. Esta historia nace en ese territorio inestable.
Lo que aquí se cuenta podría ser un duelo, una confesión, un delirio o un expediente clínico mal archivado. También podría ser una fábula sobre la herencia invisible entre padres e hijos, sobre la cultura que nos forma mientras creemos despreciarla, y sobre las imágenes —impresas, televisadas, soñadas— que terminan mirándonos a nosotros. Entre revistas viejas, hospitales, culpas y apariciones, la realidad va perdiendo sus bordes, como tinta mojada que invade el resto de la página.
El lector no encontrará certezas, sino capas. Cada recuerdo puede ser defensa; cada visión, síntoma; cada explicación, una coartada del alma para no mirar de frente lo insoportable. Aquí, la violencia no siempre grita: a veces espera, administra, posterga, firma papeles. Y otras veces usa máscara.
Si al cerrar estas páginas queda la duda de quién fue víctima, quién testigo y quién verdugo, entonces la historia habrá hecho lo único honesto que puede hacer: no mentir del todo.
Tal vez pasaron otras dos o tres horas. La puerta que separaba la sala de espera no tenía tranca, así que entré a verlo sin permiso. El chico estaba hinchado y tenía diarrea. Fui expulsado por el personal de seguridad, y amenazaron con denunciarme y hacerme arrestar por la policía.
3
Mi hijo murió dos días después. Tenía peritonitis.
Los recuerdos que tengo de esa etapa son vagos y confusos. Quizás, violentos y tristes. Golpeé a un médico que no tenía más culpa que la de llevar un guardapolvo blanco. Un abogado cuyo rostro no podría definir, me defendió y pude salir con la orden de no acercarme al hospital maldito. En vez de ir a trabajar, vagaba por la casa como un alma en pena. Mi mujer no hallaba consuelo, pero roto el último vínculo que nos unía, tampoco quería mi abrazo.
Un día, sin ver, estaba mirando televisión. Sin embargo, algo poderoso llamó mi atención. En los subtítulos, aparecía un nombre aborrecible, precedido por el cargo y la profesión. Ya lo había visto antes, prometiendo diálogos con los subalternos, reformas y mejoras. Un periodista del informativo local, estaba entrevistando al director del hospital. Nunca podré saber lo que le preguntaba ni lo que contestaba. Fui hasta la caja negra, la alcé, y la estrellé lo más fuerte que pude contra el suelo.
16 págs. / 29 minutos.
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Publicado el 3 de febrero de 2026 por Álvaro Bozinsky.
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