YO CREÍA QUE ERA ÉL

A. J. BOZINSKY


ficción rara, terror psicológico


1

2

3

4

5

6

7

8


1


Recuerdo que estaba en el living leyendo el periódico, esperándolo mientras mi esposa preparaba el almuerzo. Cuando llegó del liceo, le mostré a mi hijo unas revistas amarillentas que aún conservaba. Eran de entre 1960 y 1980, y estábamos casi en el 2000.

—Esto era lo que yo leía a tu edad —el papel estaba áspero, polvoriento, con olor a estar olvidado en una caja de cartón durante años.

Dejó sus útiles, se asomó entre las reliquias con el entrecejo fruncido, y siguió su camino.

—¿Qué? ¿No te interesa?

—Cultura de masas. No es gran cosa. En todas las épocas ha existido. Pan y circo. O, pan et circenses o algo así.

Tuve que insistir varias veces, hasta que aceptó llevárselas al dormitorio, y prometió darles un vistazo cuando terminara con sus tareas. Mi hijo era un buen estudiante, amaba la literatura y la filosofía, aunque a veces era un poco pedante. Pero todos hemos sido jóvenes, y nos hemos creído sabios.

Me olvidé del asunto. A las dos semanas, volvió con la caja de revistas y un voluminoso libro en la mano.

—Hay algo que tienen en común tus revistas de canje y “Las mil y una noches” —dijo sopesando el libro.

—¿En serio?

—Nunca voy a poder terminarlos.

No le había gustado nada de lo visto. Las de ciencia ficción, le parecieron especulaciones absurdas que se desmoronaban ante la evidencia de la actualidad; las bélicas, eran de un patriotismo exagerado, lleno de personajes insensatos; los superhéroes, no cabían en un universo donde no reinara la más indecorosa falta de lógica; las fotonovelas románticas, aparte de que todo era acartonado, podían servir para entender la moralina de una época; la mención especial, era para “Killing”.

—¿De veras leías esto, papá? Si se pueden heredar los traumas, estoy en grave peligro.

—Bueno. Era un poco diabólico. Pero la atmósfera…

—Sí, sí, claro. Y un litro de vino tinto.

Tenía razón. ¿Cómo un tipo vestido de esqueleto, podía pasar desapercibido? Iba matando gente y sin mucho esfuerzo, se disfrazaba de los occisos. ¡Barbaridad! Era maestro de la imitación, adivinaba las personalidades de sus víctimas y pasaba nuevamente desapercibido. El reloj pulsera no encajaba en tan macabro atuendo, y un cinturón que lanzaba rayos, era demasiado escandaloso para la razón. Le causaba gracia que la hebilla tuviera la inicial de su nombre, acaso para que no lo confundieran con algún otro enmascarado que anduviera suelto por ahí. Había un ejemplar en italiano, que le pareció curioso. Eso sí, dentro de lo cutre, la estética no estaba tan mal, y la pistola con silenciador lucía muy bien. Para la época, era notoria la producción que había detrás del artefacto.

—Esos italianos siempre fueron muy ladinos. Han sido buenos empresarios y negociantes. Algo artístico les ha de quedar de lo que robaron a los griegos.

—Ya no sé qué contestar —me rendí.

—También tendrás que admitir el abuso cometido contra las mujeres. Tenían que andar en prendas íntimas, les daban cachetadas, latigazos, y las trataban de estúpidas. Bastante misógino, por cierto.

Lo dejé que subiera los primeros escalones de la escalera hacia el dormitorio, regodeándose con su victoria.

—Hijo mío —le dije, y esperé a que se diera vuelta—. Tienes razón. Pero con tanta literatura te volverás un literato de verdad… Y qué horror será para mí, ver tu foto en las enciclopedias, ¡rodeado por esos viejos carcamales!

2


Una noche no quiso cenar. Le dolía el abdomen, y de a ratos tenía ganas de vomitar. Cuando yo tenía diecisiete, me gustaba el tabaco y el alcohol. Bromeando, le pregunté si no andaría bebiendo a escondidas. No estaba de humor, y su madre tampoco. Aunque preocupada, lo dejó irse a dormir después de prepararle un té negro.

Cuando nos fuimos a la cama, me hizo sentir su rechazo, y no era por mi broma fuera de lugar. Creo que nuestro matrimonio no estaba funcionando bien. Supongo que las cosas que le habían fascinado, le aburrían; tal vez, perdidos los mejores partidos y obtenido el premio consuelo, éste le resultaba pesado y demeritorio; o el amor había sido un convencionalismo que hubo de ser cumplido, pero que se había desvanecido con el paso del tiempo. Pero esto lo pienso ahora, porque en su momento, me habré conformado con cualquier excusa, con cualquier autoengaño.

A la mañana siguiente, lo llevó al hospital temiendo que fuera apendicitis. Aunque era raro verlo pálido y con alguna mueca de dolor, me pareció una exageración. Me fui a trabajar.

Cuando volví, recién habían llegado. Después de tortuosas horas de espera en la sala de urgencias, le habían recetado un relajante muscular y reposo. Debía estar muy estresado por el exceso de estudio, ante la cercanía de los exámenes. Como a tantos otros, el médico le dijo que si seguía sintiéndose mal, que regresara.

Siguió sintiéndose mal, y por la noche nos despertó con un grito. No aguantaba el dolor, y apenas podía caminar. Entre los dos le servimos de muletas, y fuimos en taxi al hospital.

Como siempre, la sala de espera estaba llena. Entre gente que tosía y se quejaba, aguardamos que nos atendieran, quizás una hora, o dos, o tres. No sé si hablamos, o si sólo permanecimos en silencio hasta escuchar el nombre de nuestro hijo. Habitualmente no prestaba mucha atención, sin embargo, en tales circunstancias, podía sentir claramente el estigma de ser pobre, la ausencia del Estado pese a la letra de la Constitución, la negligencia de los individuos en el entramado social de la miseria humana. Cuando la desesperación le ganaba a la paciencia, una enfermera acostumbrada a trabajar en la carencia, lo hizo pasar acompañado por su madre. Había un solo médico de guardia. Luego, hubo que esperar al cirujano. Aparentemente, se trataba de un cuadro de apendicitis.

Tal vez pasaron otras dos o tres horas. La puerta que separaba la sala de espera no tenía tranca, así que entré a verlo sin permiso. El chico estaba hinchado y tenía diarrea. Fui expulsado por el personal de seguridad, y amenazaron con denunciarme y hacerme arrestar por la policía.

3


Mi hijo murió dos días después. Tenía peritonitis.

Los recuerdos que tengo de esa etapa son vagos y confusos. Quizás, violentos y tristes. Golpeé a un médico que no tenía más culpa que la de llevar un guardapolvo blanco. Un abogado cuyo rostro no podría definir, me defendió y pude salir con la orden de no acercarme al hospital maldito. En vez de ir a trabajar, vagaba por la casa como un alma en pena. Mi mujer no hallaba consuelo, pero roto el último vínculo que nos unía, tampoco quería mi abrazo.

Un día, sin ver, estaba mirando televisión. Sin embargo, algo poderoso llamó mi atención. En los subtítulos, aparecía un nombre aborrecible, precedido por el cargo y la profesión. Ya lo había visto antes, prometiendo diálogos con los subalternos, reformas y mejoras. Un periodista del informativo local, estaba entrevistando al director del hospital. Nunca podré saber lo que le preguntaba ni lo que contestaba. Fui hasta la caja negra, la alcé, y la estrellé lo más fuerte que pude contra el suelo.

Otro día, subí las escaleras lleno de pensamientos absurdos y melancólicos. Entré al dormitorio de mi muchacho, como si él pudiera estar allí, convaleciente. Me recibieron sus cosas. Todo estaba perfectamente limpio y ordenado. El piso sin una mota de polvo. La cama tendida, sin arrugas. El ropero distribuido en filas y columnas, con la ropa planchada. Mi atípico adolescente, tenía su biblioteca de libros viejos como si recién la hubiera lustrado. Hasta el escritorio había sido repasado, dejando solo un cuaderno y un lápiz. Claro, después de la muerte, la madre lo habría auxiliado.

Sin ser un padre ausente, tal vez debí pasar más tiempo con él. Debí interesarme por sus gustos, conversar acerca de estos aunque no entendiera nada. Me hubiera gustado tenerlo y decirle cuánto lo quería. Pero ya era tarde.

—Te quiero, hijo —le hablé al silencio—. La vida ha sido muy injusta contigo, y con nosotros también. Es como cuando ves un pimpollo y alguien lo corta. Ya no habrá esplendor de rosa…

Escuché su risa. Tuve un sobresalto. Luego, más tranquilo, sonreí.

—¡Qué metáfora más cursi! —en mi imaginación, se burlaba de mí.

Desde el más allá, me venía a hablar de recursos literarios y figuras que yo no comprendía ni me importaban. Pero de buena gana me quedé escuchándolo, aunque sólo fuera para oír su voz. Me hubiera gustado que fuera real.

4


Me sentía muy enfermo. No podía ir al hospital, porque tenía una orden de restricción, porque de allí me habían sacado esposado, allí golpeé a alguien, allí mataron a mi hijo. Aunque para mi enfermedad no existía cura, de algún modo, descubrí el alcohol. No necesitaba consultar a ningún matasanos para que me recetara mi medicina. Después de varias pruebas y muchas borracheras, aprendí a tomar la dosis correcta del antiguo paliativo. Manteniendo la lucidez necesaria, espaciaba los suministros de modo que podía vivir en una especie de limbo etílico. Mas el límite de la inconsciencia seguía siendo difuso.

Siendo un fantasma, la realidad no resultaba tan dura. Si antes me sentaba en mi sillón frente al periódico, la radio o la televisión, ahora lo hacía en silencio acompañado por mis remedios, mirando el fuego de la estufa. A veces veía pasar a mi esposa. Se entretenía regañándome, removiendo heridas, o sollozando en el cuarto de nuestro hijo. Mi hogar tibio, humilde y acogedor, se había esfumado.

Pasé bastante tiempo en esta situación indefinida, hasta que me empezaron a doler las tripas más que el corazón. Un día fui al baño y vi mis detritos manchados de sangre. La medicina no servía. A medida que aquietaba el mal, generaba uno mucho mayor. Cual producto de la industria farmacéutica, aliviaba por un lado y mataba por otro.

La enorme frustración ya no tenía escapatoria. La felicidad enseguida tropieza con sus límites, pero el dolor y el horror no. Quería terminar con todo, pero no sabía por dónde empezar. Entonces, tomé la caja que una vez le había dado a mi muchacho y la llevé hasta la estufa. Como leña, fui echando las revistas al fuego, encendiendo mi ensombrecida imaginación.

……

“Un rayo de energía salió de la pistola, y alcanzó al coche que los venía siguiendo”.

Era una persecución policial en automóviles que flotaban en el aire, y que se movían como bólidos por autopistas que daban vueltas entre edificios de una metrópolis. La gente que huía espantada de la escena, con suerte podía evadir aquellos rayos, pero no el fuego que los devoró en pocos segundos, junto al vertiginoso e hipotético futuro.

……


……

“Después de varias horas de nadar sin descanso, el capitán Ravek había conseguido alejar a sus enemigos”.

El capitán había puesto los pies en tierra firme, y miraba de frente, bien peinado, posando en espera del lápiz del dibujante.

“Días más tarde, de nuevo al frente de sus hombres, volvía a poner en juego su vida en defensa de su patria.

‘—¡Vamos muchachos! ¡A ellos! —Ravek a revólver, y tres paisanos un poco mejor equipados, habían emboscado a tres soldados nazis que dejaban caer sus ametralladoras, acribillados por los ridículos “bang” “bang”.

‘—¿Hubo suerte, capitán?

‘—Esperemos que sí. Pero basta de charla… ¡Acabemos con esa patrulla!”

Los que mantenían el breve diálogo, arrojaron granadas presuntamente obtenidas de los soldados abatidos.

“—¡Buen blanco!”

Un par de granadas bastó para anular un Panzer.

“Y mientras el capitán con sus hombres iba causando estragos en las filas enemigas…

‘—Pronto sabremos con quiénes podemos contar para seguir la lucha.”

En esa guerra, todos perderían. Patriotismo, intereses de Estado, vidas humanas con sus riquezas y miserias, fueron a parar a la estufa.

……


……

“Pero los pistoleros no cuentan con la velocidad y agilidad de Batman”.

El superhéroe voló a ras del suelo, y abrazó una columna que sostenía el busto de un calvo importante. Hubo dos “bang” que serían tiros de los malvivientes, como si alguna vez en la historia un arma de fuego haya hecho ese sonido tan estúpido.

El golpe de columna le dio de lleno a un tipo de traje anaranjado, haciéndole saltar el sombrero y la pistola.

“Y los sicarios caen.”

El de traje anaranjado siguió cayendo, encima de él la columna rematada con el calvo de aspecto de filósofo, debajo un tipo de traje verde a quien también voló el sombrero y la pistola.

“Raudo como una pantera, Batman los neutraliza golpeándoles con ambos puños…”

Traje verde y traje azul quedaron noqueados.

“—¿Se puede saber quién os envió? —Batman les apuntó con una de las pistolas.

‘—¡No podemos decírtelo o nos mataría!”

El dolor de los malhechores estaba representado por puntos, como mosquitas revoloteando sobre sus cabezas.

“—Elijan, señores. ¡O me lo dicen o les mato yo! —Batman hablaba en serio.

‘—Buenas noches, Batman. El doctor Muerte le manda sus saludos.”

Se había abierto una puerta, dejando pasar a un gordo vestido de turco con un revólver en su diestra. Batman de frente, giró la cabeza noventa grados, sin desnucarse.

“—¡Y Jabah le dispara! —apretó el gatillo.”

Las lenguas de fuego lamieron criminales y justiciero hasta igualarlos en un puñado de cenizas.

……


……

“Pero Thomas no espera la respuesta”.

El pelilargo toma a la joven bonita, rubia y delgada por los hombros, y acerca sus labios a los de ella.

“¿Dónde quedó la euforia de ella? Se siente de hielo, con inmenso disgusto”.

Habrían estado bebiendo, y ahora estaban en una cama, él tendido sobre ella. La muchacha apretaba los puños, el muchacho le besaría el cuello.

“Esos gestos impacientes que no logra rechazar…”

Pelo largo le desnuda un hombro, y ella mira el techo con la boca entreabierta.

“Con tal que todo termine rápido…”

La joven frunce el entrecejo. Tal vez, lo que tanto parecía gustarle ya no le gustaba tanto.

Dentro de un automóvil, él busca su mirada y le dice:

“—Estás muy callada.

‘—¿Te parece? —evita la mirada.

‘—Para mí fue una noche magnífica. Eres una mujer ideal. Moderna, sin problemas.

‘—¿Ah, sí?”

Esa incipiente historia de amor, tan frígida y acartonada, necesitó del calor de las llamas. Los jóvenes fueron consumidos en unos instantes.

……


……

“Pero Killing es implacable. La hoja del cuchillo se hunde en la frente de la desdichada…

‘—¡AAAHH!”

Debió ser de un acero muy fuerte para perforar el hueso del cráneo.

“La vida huye rápidamente del cuerpo de Katia…”

Killing, el criminal disfrazado de esqueleto, estaba parado pero dinámico, junto a los cuerpos yacientes de un hombre y de Katia. El decorado era de un dormitorio que ya se estaba doblando y echando humo.

“(—Y ahora, rápido a la villa. Creo saber dónde encontraré el tesoro. Después me iré de vacaciones con Dana).”, pensó Killing.

—No te irás de vacaciones con nadie —le dije a la figura de la revista quemándose—. ¡Te irás con todos al infierno!

El astuto asesino me miró desde las llamas, antes de desaparecer de la hoja carbonizada. Al fin, el merecido destino le había llegado.

……

5


Empecé a sentir la presencia de mi hijo. Cuando se manifestaba, no podría diferenciar si estaba dormido o despierto. Lo cierto es que no estaba borracho, porque hacía semanas que había dejado de beber. Maldito remedio si los hay, que haciéndonos creer lo contrario, todo lo empeora.

Por el color del atmósfera, sería al atardecer. Yo estaría dormitando en mi sillón, y él me estaba mirando desde la puerta del living que iba al comedor-cocina. La puerta se fue entornando hasta que escuché el “clac” del pestillo al cerrarse. Ese ruido hizo que me sobresaltara. Fue una insignificancia y tendría su explicación lógica, pero cómo podría olvidarme de sus ojos.

Cuando se avecinaba la Navidad, soñé que estábamos armando el árbol con su pesebre. La madre le alcanzaba los globos, y él los colgaba. Yo desenredaba las guías de luces y ayudaba.

—Oye, hijo —le dije.

—¿Qué? —levantó la vista para atenderme.

—Ya sé que me dirás que un libro. ¿Pero qué libro quieres que te regale para Navidad?

—“Tal y cual”, de Caio Pelagio —respondió sin pensarlo.

Enseguida entendí que se estaba burlando. “Tal y cual” quería decir que tanto daba si me lo decía, porque a mí no me iba a interesar. “Caio Pelagio” sería un chiste doméstico que quería decir “cayó el pelado”. El pelado había caído en la broma, y ese era yo.

El ingenio, pulido por el estudio y la dedicación, era de su propia factura. Aunque soñadora y a veces disparatada, mi mente demasiado vulgar, nunca podría imaginar tales cosas.

También acontecieron situaciones de similar relevancia, pero una noche, antes de acostarme, me fui a bañar no sin antes afeitarme. Me saqué la parte más gruesa de la barba con la máquina eléctrica. Mientras el agua caliente se juntaba, usé la brocha y el jabón para cubrirme la cara de espuma. El vapor empañó el espejo encima del lavatorio, hasta borronear las líneas de mi rostro. Cuando le pasé una toalla para poder verme mejor, no fue a mí mismo a quien vi. ¡Sino a Killing!

Di un paso atrás, y quedé fascinado por la aparición. El hombre disfrazado de esqueleto se tomó el rostro con las manos, y se fue sacando la máscara, tal como lo hacía en las fotos de las revistas.

Quien tenía frente a mí, en el espejo, era a mi hijo con una mueca burlona.

—Ya casi estoy igual que ese tipo de tus revistas.

Salí corriendo, y entré al dormitorio dispuesto a despertar a mi esposa. Aunque no estábamos en buenos términos, decidí confesar lo que me estaba sucediendo. Tal vez cometí el error de empezar por el final, sin prepararla debidamente, acerca del desarrollo.

Acabó por despertarse hecha una furia, y antes de escucharme, se lanzó a increparme como nunca antes lo había hecho. Me acusaba de ser un idiota, un borracho que nunca la dejaba en paz, ni siquiera cuando lo único que deseaba era continuar con su duelo. Y muchos otros insultos, a cada cual peor.

Por un momento dejé de ser yo, pero no por eso dejó de grabarse en mi mente la visión de mi mano abierta, estrellándose con fuerza sobre su mejilla.

—¡Zitta stupida puttana!

6


Agotadas las licencias e ignorados los plazos para reintegrarme, me despidieron del trabajo. Quedé solo en casa. Aunque no era grande, por momentos la sentía enorme. Andaba silencioso, como si temiera despertar a alguien. Me detenía en cada objeto, lo observaba, lo olía, dejaba que me inundara de vívidos recuerdos. Mil veces acaricié las fotos de mi hijo, hasta sentir la textura de sus ropas, el contacto de sus manos, las ondas de su pelo, la piel del rostro, hasta su aliento en mis yemas. Así descansaba, pensaba y soñaba al mismo tiempo. Mezcladas en diferentes proporciones, estas actividades daban como resultado un estado en que no diferenciaba el sueño de la vigilia, la fantasía de la realidad, o la cordura de la locura. Entre tantos fragmentos, a veces era yo, a veces alguien detrás de mis ojos; a veces sabía quién era, a veces ni siquiera tenía conciencia.

Luego, empecé a vagar por las calles, sin rumbo fijo. Curiosamente, mis pasos solían dejarme en el mismo lugar. En una ocasión, quejándose de la poca variedad en nuestro menú diario, mi muchacho había dicho:

—Papá, ¿arroz? Aquí debe aplicar aquello de que “todos los caminos conducen a Roma”.

Pues mis caminos me dejaban frente al hospital, allí donde la negligencia y el desprecio por la vida ajena, habían asesinado a mi hijo. Pensé en entrar nuevamente. Pensé en disfrazarme para poder lograrlo. Pensé en pedir para hablar con el director, y romperle la cabeza con lo primero que hubiera a mano. Pero algo de cordura me quedaría, en cuanto me di cuenta de que no podía continuar con aquello.

Volví sobre mis pasos, e inicié otras caminatas menos tortuosas, tomando precauciones para no regresar. Pasaba mucho tiempo encerrado, entre páginas de álbumes, memorizando y reviviendo cada imagen, hasta el punto en que éstas adquirían nuevas realidades, aunque más no fuera en mi imaginación. También pasaba mucho tiempo caminando, hasta que en una tarde a fines de verano, me senté en el banco de una plaza pública, a la sombra fresca de inmensas tipas.

No recuerdo si observaba hacia dentro o hacia fuera, o si simplemente estaba, cuando algo captó mi atención. En la vereda de enfrente, dos hombres altos y de voz firme, hablaban haciendo ademanes. En no muy buenos términos, discutían sobre algo. Estuvieron un rato mirando hacia arriba, en el linde de dos lujosas casas, posiblemente hacia un gran árbol que dejaba caer sus hojas en una fina y prolongada lluvia. Uno de los hombres tomó la delantera, y entraron por la puerta de rejas del garaje. Al primero lo reconocí. Había aparecido regularmente en mi televisor, antes de que lo estrellara contra el piso. Extrañamente, antojadizamente, el azar me había mostrado en dónde vivía el director del hospital.

7


Hasta cierto punto mis recuerdos son concretos, después de ahí se vuelven muy confusos, cuando no inenarrables. Trataré de ser claro y conciso.

Creo que fue al día siguiente del descubrimiento, cuando me presenté en el mismo sitio. Crucé la calle. Estaba medio abierto. Entré por el portón de rejas, por donde lo habían hecho los dos hombres que conversaban acaloradamente. No tenía dudas que uno de ellos era el director del hospital, y aquella su casa. Ese sujeto prometía hacer todo lo posible por la salud y el bienestar de quienes acudieran a él; ese sujeto aparecía en televisión diciendo que estaba trabajando denodadamente para mejorar la calidad de vida de los más necesitados; ese sujeto había dejado morir a mi hijo. La suerte, que durante toda mi vida había jugado en contra, ahora invertía su intención. Esa maquinaria del destino, que enriquece o arruina a los individuos, se dignaba a concederme un favor después de escupirme la cara. Misterio de los dioses, ignorancia humana, ¿o quién puede saber?

Subí la pendiente flanqueada por césped perfectamente recortado y plantas con bonitas flores. Un jardinero experto se encargaría de ello. El automóvil nuevo, blanco, grande, flamante, imponía una especie de respeto. Estuve un rato parado, contemplando lo regio. Nadie salió a recibirme.

Era una casa rara, seguramente diseñada por algún renombrado arquitecto. Abundaba el hormigón, el vidrio y las líneas rectas. Había enormes ventanales velados por persianas entreabiertas. Me acerqué y husmeé entre ellas. Igual que el exterior, era magnífico, sobrio, limpio y ordenado.

Algunos vendedores ambulantes, empujan levemente las puertas de entrada, apelando al descuido de los dueños para entrar y ver qué pueden robar. Hice lo mismo, pero no tenía intenciones de llevarme nada. Y simplemente entré.

En el recibidor había un par de tunas, una mesa, un objeto, una lámpara de pie cuya pantalla cubierta por un tul negro me pareció de mal gusto. Allí no había escaleras. Una gran rampa de piedra salvó el desnivel que me condujo al salón y al comedor. Pasé por la cocina sin techo, acompañado por cerámicas y elementos artísticos. Casi no había divisiones interiores, apenas vanos y rampas. Llegué a los dormitorios, al baño y al estudio. Allí sólo existía un lujo austero y el silencio, frialdad y perfección. Abundaba el fino parqué, moqué, maderas nobles o mármol y paredes estucadas. Por rampas menores, volví a la principal que me devolvió al recibidor, terminando mi recorrido frente a la transparente puerta corredera, que llevaba a un fondo de cuidada vegetación, precedido por una gran piscina. Aunque no había un hálito de vida que cruzara aquella casa impecable, sentía como si alguien me observara.

Antes de seguir avanzando, me sorprendió que entre tanta pulcritud, el agua estuviera sucia. Y sobre reposeras, dándome sus espaldas, dos personas descansaban con los brazos a los costados, posiblemente dormidas con las manos acariciando el suelo. En medio, un taburete con forma de enano, sostenía copas y una hielera con su botella dentro. Pensé en lo bien que se sentiría estar ahí, ausente de las miserias del vulgo. El director del hospital iría a su trabajo; se metería en su despacho, lejos de los quejidos de los enfermos, y ocuparía su tiempo en cuestiones dignas e importantes; después, regresaría a su casa, se daría un chapuzón y se sentaría con su esposa para beberse una copa.

Nunca lo podría negar. Pensé en correr la puerta, tomar el taburete de enano por las patas, y asestárselo en la cabeza al director del hospital, tantas veces como fuera necesario. Pero cuando salí decidido a hacerlo, me encontré con un panorama muy distinto al que me había imaginado. El hombre sentado en la reposera, acompañado por su esposa, no era el director del hospital. Se trataba de quien había visto anteriormente conversando con aquél en la vereda, señalando un árbol. Y no era una siesta lo que estaban tomando, sino el descanso eterno. Porque tenían varios agujeros en los cuerpos ensangrentados.

Quedé estupefacto. Di unos pasos atrás, trastabillé, y caí en la piscina. El brusco movimiento que agitó las aguas, sirvió para que se tornaran más turbias aún. Una joven estaba sentada en el fondo, mirándome con la boca entreabierta. Posiblemente, no tuviera más edad que la de mi hijo. Era muy hermosa. Sus largos cabellos rojizos flotaban en ondas. Estaba degollada.

De algún modo, salí tan pronto como había caído. Grité. Entré en pánico. Vi figuras corriendo, figuras macabras moviéndose como reflejos en los ventanales, figuras difusas que se asemejaban al hombre esqueleto de las revistas.

8


Busqué un teléfono que había visto en el despacho, y llamé a emergencias. Nunca supe mentir. Aunque parezca tonto, sólo sé decir la verdad. Creo que no entendían bien lo que quería explicar, o en mi nerviosismo extremo, no sabía cómo hacerlo. Después de una eternidad, vinieron a la par, policía y ambulancia. Preguntaron muchas cosas que no pude contestar. Sólo veía rostros extraños y mis manos temblando, como si fueran de otra persona.

Me encerraron. Pensaron que había asesinado a esa familia que ni siquiera conocía. ¿Cómo podría? Es cierto que quería matar al director del hospital y, si hubiera podido, positivamente lo habría hecho. Nunca lo negué. En principio, el impedimento fue que en vez de meterme en su casa, lo hice en la del vecino, que resultó ser un prestigioso juez. Mi relato les resultó demasiado confuso, demasiado delirante y, aunque tardaron muchísimo en discernir los hechos, las pruebas técnicas confirmaron que era absolutamente imposible culparme. De cualquier modo, tampoco podían liberarme, ni dejar de suministrarme medicamentos.

Mi mente se había llenado de horror. En horas de vigilia sentía pánico por nada, creía que un mal enorme se cernía sobre mí, que me hallaba completamente vulnerable. El mundo, podía ser interferido por personajes interdimensionales, capaces de violar las leyes físicas más elementales. Veía a Killing quitándose la máscara en mis sueños. A veces era mi hijo, o yo, o el director del hospital, o el juez asesinado, o la máscara dejaba ver otra máscara igual, y otra más, y otra… hasta que despertaba para ver sombras en las paredes de mi celda, escabulléndose, manteniéndose al acecho. A veces lo percibía como si estuviera durmiendo a mi lado, como una extensión de mí mismo, observándome por fuera y por dentro.

Claro que aquello no era más que locuras producidas por mi mente enferma. Había sido golpeado por la desgracia, había sido débil, caído en excesos, sin la cercanía de alguien que me brindara ayuda y sin el valor para pedirla. Creemos estar seguros en los pequeños límites del universo cotidiano, e ignoramos el abismo que en cualquier momento se abrirá bajo nuestros pies, para en un instante devorarnos.

Gracias al paso del tiempo contado en años, la ayuda profesional y los fármacos específicos para el caso, mejoré. El miedo y las visiones se fueron diluyendo. Los sueños se tornaron serenos. El personaje de las fotonovelas disminuyó en sus apariciones, hasta que en una siesta reparadora, vino a saludarme y a despedirse para siempre, hablando como un hombre sabio:

—Amigo, he abandonado la vida criminal de las décadas pasadas. He muerto y he vuelto transformado, a Dios gracias, después de que pude comprobar lo absurdo que significan las desmedidas ambiciones materiales, el ansia de poder del ego y su ceguera, más sus penosos entresijos. He vuelto para ayudar a los inocentes, a las víctimas de injusticia, para que encuentren reparo ante el atropello de los poderosos y sus lacayos. Pero tú no debes seguir mis pasos. Cada hombre tiene su destino, y debe cumplirlo de la mejor forma. Por su propio bien y por el de los demás. De lo contrario sobreviene el caos, y jamás hallará respuestas a sus “¿Por qué?”. Amigo, estamos en paz.

De esta guisa siguió pasando el tiempo. Cuando hube demostrado mis avances en cuestiones de salud mental y desarrollo espiritual, recibí una noticia inesperada. El director del hospital, el hombre que para mí había representado la negligencia médica, el hombre a quien había querido asesinar, pidió que le concediera una entrevista. Acepté. Las desgracias pasadas, aunque las recordara, eran como si pertenecieran a otra persona, a un familiar que ya no existía, y de quien había heredado su álbum de fotos. Ya no quería matar a nadie. Sólo deseaba vivir en paz, y transmitirle mi tranquilidad a quien deseara sentarse a mi lado.

Para mayor privacidad, solicitó a los guardias que nos dejaran a solas en mi cuarto. Estos se negaron, pero ante la insistencia y el rango del solicitante, optaron por obedecer. Los guardias eran tipos rudos. Era necesario que así fueran. Aunque conmigo, seguían tomando demasiadas precauciones. ¿Qué le podría suceder a alguien, que sólo quisiera hablar conmigo?

Nos estrechamos las manos y conversamos banalidades. Luego, de a poco, fuimos internándonos en el terreno que mi contertulio quería. Pero antes se sinceró, y me habló de los esfuerzos que realizaba, muchas veces infructuosos, para erradicar las enfermedades de la población. Por mucha voluntad y esmero que uno pusiera, las derrotas eran constantes y las frustraciones lo sacaban de quicio. Daba mucho más de lo que su capacidad le aconsejaba, al punto de temer por su propia salud mental. Le comprendía perfectamente, y se lo hacía notar asintiendo con mi cabeza, dándole la razón, o realizando acotaciones que le gratificaban. Antes de detenernos en el tema de su mayor interés, que era la narración detallada de lo que había visto y sentido en la escena del crimen de su vecino el juez, me confió un secreto. En su calidad de psiquiatra, estaba colaborando con investigadores especializados, para poder identificar un psicópata que dejaba retazos de tela negra en las casas en donde entraba para asesinar a sus moradores.

De forma ordenada y pausada, le ofrecí mi versión de los terribles sucesos, pero sin el menor grado de turbación, salvo en el punto desagradable en que había encontrado los cadáveres. El director del hospital me devolvió las aserciones, razones y gratificantes acotaciones. Luego, me recomendó seguir adelante sin bajar la guardia. Tuvo la gentileza de ponerme como ejemplo de superación, y enumeró tantos puntos que teníamos en común. Por último, a modo de excelente método terapéutico, me recomendó que escribiera esta historia. Que lo hiciera como si le hubiese sucedido a otro, si prefería acentuar la distancia. Estrechándome la mano y despidiéndose, agregó:

—Ciérrelo como guste, pero recuerde que hasta el menos sospechoso, puede ser el asesino.



Publicado el 3 de febrero de 2026 por Álvaro Bozinsky.
Leído 5 veces.