El Caballero Carmelo y Otros Cuentos

Abraham Valdelomar


Cuento



El caballero Carmelo

I

Un día, después del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer, desde la reja, en el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo caballo de paso, pañuelo al cuello que agitaba el viento, sanpedrano pellón de sedosa cabellera negra, y henchida alforja, que picaba espuelas en dirección a la casa.

Reconocímosle. Era el hermano mayor, que años corridos, volvía. Salimos atropelladamente gritando:

–¡Roberto, Roberto!

Entró el viajero al empedrado patio donde el ñorbo y la campanilla enredábanse en las columnas como venas en un brazo y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones rodeados de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante su ausencia, y llegó al jardín.

–¿Y la higuerilla? –dijo.

Buscaba entristecido aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de partir. Reímos todos:

–¡Bajo la higuerilla estás!…

El árbol había crecido y se mecía armoniosamente con la brisa marina. Tocólo mi hermano, limpió cariñosamente las hojas que le rebozaban la cara, y luego volvimos al comedor. Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba él, uno a uno, los objetos que traía y los iba entregando a cada uno de nosotros. ¡Qué cosas tan ricas! ¡Por donde había viajado! Quesos frescos y blancos envueltos por la cintura con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, maní y almendras; frijoles colados, en sus redondas calabacitas, pintadas encima con un rectángulo de su propio dulce, que indicaba la tapa, de Chincha Baja; bizcochuelos, en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosos, amarillos y dulces; santitos de piedra de Guamanga tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas rellenas y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibíamos el obsequio, y él iba diciendo, al entregárnoslo:

–Para mamá… para Rosa… para Jesús… para Héctor…

–¿Y para papá? –le interrogamos cuando terminó.

–Nada…

–¿Cómo? ¿Nada para papá?

Sonrió el amado, llamó al sirviente y le dijo

–¡El Carmelo!

A poco volvió éste con una jaula y sacó de ella un gallo, que, ya libre, estiró sus cansados miembros, agitó las alas y cantó estentóreamente:

–¡Cocorocóooo!…

–¡Para papá! – dijo mi hermano.

Así entró en nuestra casa el amigo íntimo de nuestra infancia ya pasada, a quien acaeciera historia digna de relato; cuya memoria perdura aún en nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.

II

Amanecía, en Pisco, alegremente. A la agonía de las sombras nocturnas, en el frescor del alba, en el radiante despertar del día, sentíamos los pasos de mi madre en el comedor, preparando el café para papá. Marchábase éste a la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba la puerta de la calle con sus mohosos goznes; oíase el canto del gallo que era contestado a intervalo por todos los de la vecindad; sentíase el ruido del mar, el frescor de la mañana, la alegría sana de la vida. Después mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar, arrodillados en la cama, con nuestras blancas camisas de dormir; vestíanos luego, y, al concluir nuestro tocado, se anunciaba a lo lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la puerta y saludaba. Era un viejo dulce y bueno, y hacía muchos años, al decir de mi madre, que llegaba todos los días, a la misma hora, con el pan calientito y apetitoso, montado en su burro, detrás de dos capachos de cuero, repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francés, pan de mantecado, rosquillas…

Mi madre escogía el que habíamos de tomar y mi hermana Jesús lo recibía en el cesto. Marchábase el viejo, y nosotros, dejando la provisión sobre la mesa del comedor, cubierta de hule brillante, íbamos a dar de comer a los animales. Cogíamos las mazorcas de apretados dientes, las desgranábamos en un cesto y entrábamos al corral donde los animales nos rodeaban. Volaban las palomas, picoteábanse las gallinas por el grano, y entre ellas, escabullíanse los conejos. Después de su frugal comida, hacían grupo alrededor nuestro. Venía hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tímidamente ese acercaban los conejos blancos, con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de niña presumida; los patitos, recién sacados, amarillos como yema de huevo, trepaban en un panto de agua; cantaba desde su rincón, entrabado, el “Carmelo”, y el pavo, siempre orgulloso, alharaquero y antipático, hacía por desdeñarnos, mientras los patos, balanceándose como dueñas gordas, hacían, por lo bajo, comentarios, sobre la actitud poco gentil del petulante.

Aquel día, mientras contemplábamos a los discretos animales, escapóse del corral “el Pelado”, un pollo sin plumas, que parecía uno de aquellos jóvenes de diecisiete años, flacos y golosos. Pero “el Pelado”, a más de eso, era pendenciero y escandaloso, y aquel día, mientras la paz era en el corral, y lo otros comían el modesto grano, él, en pos de mejores viandas, habíase encaramado en la mesa del comedor y rotos varias piezas de nuestra limitada vajilla.

En el almuerzo tratóse de suprimirlo, y cuando mi padre supo sus fechorías, dijo, pausadamente:

–Nos lo comeremos el domingo…

Defendiólo mi primer hermano, Anfiloquio, su poseedor, suplicante y lloroso. Dijo que era un gallo que haría crías espléndidas. Agregó que desde que había llegado el “Carmelo” todos miraban mal al “Pelado”, que antes era la esperanza del corral y el único que mantenía la aristocracia de la afición y de la sangre fina.

–¿Cómo no matan –decía en defensa del gallo– a los patos que no hacen más que ensuciar el agua, ni al cabrito que el otro día aplasto a un pollo, ni al puerco que todo lo enloda y sólo sabe comer y gritar, ni a las palomas, que traen mala suerte?…

Se adujeron razones. El cabrito era un bello animal, de suave piel, alegre, simpático, inquieto, cuyos cuernos apenas apuntaban; además, no estaba comprobado que había matado al pollo. El puerco mofletudo había sido criado en casa desde pequeño. Y las palomas con sus alas de abanico, eran la nota blanca, subíanse a la cornisa conversar en voz baja, hacían sus nidos con amoroso cuidado y se sacaban el maíz del buche para darlo a sus polluelos.

El pobre “Pelado” estaba condenado. Mis hermanos le pidieron que se le perdonase, pero las roturas eran valiosas y el infeliz sólo tenía un abogado, mi hermano y su señor, de poca influencia. Viendo ya pérdida su defensa y estando la audiencia al final, pues iban a partir la sandía, inclinó la cabeza. Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un sacrificio, y un sollozo se ahogó en su garganta. Callamos todos. Levantóse mi madre, acercóse al muchacho, lo besó en la frente y le dijo:

–No llores; no nos lo comeremos…

III

Quien sale de Pisco, de la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila, vecina a la Estación y torna por la calle del Castillo, que hacia el sur se alarga, encuentra, al terminar, una plazuela pequeña donde quemaban a Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado lugar en cuya arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje complicados encajes al besar la húmeda orilla.

Termina en ella el puerto, y, siguiendo hacia el sur, se va, por estrecho y arenoso camino, teniendo a diestra el mar y a izquierda mano angostísima faja, ora fértil, ora infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a oriente, extiéndese el desierto cuya entrada vigilan de trecho en trecho, como centinelas, una que otra palmera desmedrada, alguna higuera nervuda y enana y los toñuces siempre coposos y frágiles. Ondea en el terreno la “hierba del alacrán”, verde y jugosa al nacer, quebradiza en sus mejores días, y en la vejez, bermeja como sangre de buey. En el fondo del desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el peligro, los hombres.

Siguiendo el camino, divísase en la costa, en la borrosa y vibrante vaguedad marina, San Andrés de los Pescadores, la aldea de sencillas gentes, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril desierto. Allí, las palmeras se multiplican y las higueras dan sombra a los hogares, tan plácida y fresca, que parece que no fueran malditas del buen Dios, o que su maldición hubiera caducado; que bastante castigo recibió la que sostuvo en sus ramas al traidor, y todas sus flores dan frutos que al madurar revientan.

En tan peregrina aldea, de caprichoso plano, levántanse las casuchas de frágil caña y estera leve, junto a las palmeras que a la puerta vigilan; limpio y brillante, reposando en la arena blanda sus caderas amplias, duerme, a la puerta, el bote pescador, con sus velas plegadas, sus remos tendidos como tranquilos brazos que descansan, entre los cuales yacen con su muda y simbólica majestad, el timón grácil, la calabaza que “achica” el agua mar afuera y las sogas retorcidas como serpientes que duermen. Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca mantilla, la pescadora red circundada de caireles de liviano corcho.

En las horas del medio día, cuando el aire en la sombra invita al sueño, junto a la nave, teje la red el pescador abuelo; sus toscos dedos añudan el lino que ha de enredar al sorprendido pez; raspa la abuela el plateado lomo de los que la víspera trajo la nave; saltan al sol, como chispas, las escamas y el perro husmea en los despojos. Al lado, en el corral que cercan enormes huesos de ballenas, trepan los chiquillos desnudos sobre el asno pensativo, o se tuestan al sol en la orilla; mientras, bajo la ramada, el más fuerte pule un remo; la moza, fresca y ágil, saca agua del pozuelo y las gaviotas alborozadas recorren la mansión humilde dando gritos extraños.

Junto al bote duerme el hombre de mar, el fuerte mancebo, embriagado por la brisa caliente y por la tibia emanación de la arena, su dulce sueño de justo, con el pantalón corto, las musculosas pantorrillas cruzadas, y en cuyos duros pies de redondos dedos, piérdense, como escamas, las diminutas uñas. La cara tostada por el aire y el sol, la boca entreabierta que deja pasar la respiración tranquila, y el fuerte pecho desnudo que se levanta rítmicamente, con el ritmo de la Vida, el más armonioso que Dios ha puesto sobre el mundo.

Por las calles no transitan al medio día las personas y nada turba la paz de aquella aldea, cuyos habitantes no son más numerosos que los dátiles de sus veinte palmeras. Iglesia ni cura habían, en mi tiempo. Las gentes de San Andrés, los domingos, al clarear el alba, iban al puerto, con los jumentos cargados de corvinas frescas y luego en la capilla, cumplían con Dios. Buenas gentes, de dulces rostros, tranquilo mirar, morigeradas y sencillas, indios de la más pura cepa, descendientes remotos y ciertos de los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los caminos, como en la Edad Feliz del Inca, atravesaban en caravana inmensa la costa para llegar al templo y oráculo del buen Pachacámac, con la ofrenda en la alforja, la pregunta en la memoria y la fe en el sencillo espíritu.

Jamás riña alguna manchó sus claros anales; morales y austeros, labios de marido besaron siempre labios de esposa; y el amor, fuente inagotable de odios y maldecires, era, entre ellos, tan normal y apacible como el agua de sus pozos. De fuertes padres, nacían, sin comadronas, rozagantes muchachos, en cuyos miembros la piel hacía gruesas arrugas; aires marinos henchían sus pulmones, y crecían sobre la arena caldeada, bajo el sol ubérrimo, hasta que aprendían a lanzarse al mar y a manejar los botes de piquete que, zozobrando en las olas, les enseñaban a domeñar la marina furia.

Maltones, musculosos, inocentes y buenos, pasaban su juventud hasta que el cura de Pisco unía a las parejas que formaban un nuevo nido, compraban un asno y se lanzaban a la felicidad, mientras las tortugas centenarias del hogar paterno, veían desenvolverse, impasibles, las horas; filosóficas, cansadas y pesimistas, mirando con llorosos ojos desde la playa, el mar, al cual no intentaban volver nunca; y al crepúsculo de cada día, lloraban, lloraban, pero hundido el sol, metían la cabeza bajo la concha poliédrica y dejaban pasar la vida llenas de experiencia, sin fe, lamentándose siempre del perenne mal, pero inactivas, inmóviles, infecundas, y solas...

IV

Esbelto, magro, musculoso y austero, su afilada cabeza roja era la de un hidalgo altísimo, caballeroso, justiciero y prudente. Agallas bermejas, delgada cresta de encendido color, ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerado pico agudo. La cola hacía un arco de plumas tornasoles, su cuerpo de color carmelo avanzaba en el pecho audaz y duro. Las piernas fuertes que estacas musulmanas defendían, cubiertas de escamas, parecían las de un armado caballero medieval.

Una tarde, mi padre, después del almuerzo, nos dio la noticia. Había aceptado una apuesta para la jugada de gallos de San Andrés, el 28 de Julio. No había podido evitarlo. Le habían dicho que el “Carmelo”, cuyo prestigio era mayor que el del alcalde, no era un gallo de raza. Molestóse mi padre. Cambiáronse frases y apuestas; y acepto. Dentro de un mes toparía al Carmelo, con el Ajiseco, de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor. El “Carmelo” iría a un combate y a luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven. Hacía ya tres años que estaba en casa, había él envejecido mientras crecíamos nosotros, ¿por qué aquella crueldad de hacerlo pelear?...

Llegó el día terrible. Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había venido seis días seguidos a preparar al “Carmelo”. A nosotros ya no nos permitían ni verlo. El día 28 de julio, por la tarde, vino el preparador, y de una caja llena de algodones, sacó una media luna de acero con unas pequeñas correas: era la navaja, la espada del soldado. El hombre la limpiaba, probándola en la uña, delante de mi padre. A los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo, que el hombre cargó en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis dos hermanos lo acompañaron.

–¡Qué crueldad! – dijo mi madre.

Lloraban mis hermanas, y la más pequeña, Jesús, me dijo en secreto, antes de salir:

–Oye, anda junto con él… Cuídalo… ¡pobrecito!…

Llevóse la mano a los ojos, echóse a llorar, y yo salí precipitadamente y hube de correr unas cuadras para poder alcanzarlos.

V

Llegamos a San Andrés. El pueblo estaba de fiesta. Banderas peruanas agitaban sobre las casas por el día de la Patria, que allí sabían celebrar con una gran jugada de gallos a la que solían ir todos los hacendados y ricos hombres del valle. En ventorrillos, a cuya entrada había arcos de sauces envueltos en colgaduras, y de los cuales prendían alegres quitasueños de cristal, vendían chicha de bonito, butifarras, pescado fresco asado en brasas y anegado en cebollones y vinagre. El pueblo los invadía, parlanchín y endomingado con sus mejores trajes. Los hombres de mar lucían camisetas nuevas de horizontales franjas rojas y blancas, sombrero de junco, alpargatas y pañuelos añudados al cuello.

Nos encaminamos a “la cancha”. Una frondosa higuera daba acceso al circo, bajo sus ramas enarcadas. Mi padre, rodeado de algunos amigos, se instaló. Al frente estaba el juez y a la derecha el dueño del paladín Ajiseco. Sonó una campanilla, acomodáronse las gentes y empezó la fiesta. Salieron por lugares opuestos dos hombres, llevando cada uno un gallo. Lanzáronlos al ruedo con singular ademán. Brillaron las cuchillas, miráronse los adversarios, dos gallos de débil contextura, y uno de ellos cantó. Colérico respondió el otro echándose al medio del circo; miráronse fijamente; alargaron los cuellos, erizadas las plumas, y se acometieron. Hubo ruido de alas, plumas que volaron, gritos de la muchedumbre, y a los pocos segundos de jadeante lucha cayó uno de ellos. Su cabecita afilada y roja besó el suelo, y la voz del juez:

–¡Ha enterrado el pico, señores!

Batió las alas el vencedor. Aplaudió la multitud enardecida, y ambos gallos, sangrando, fueron sacados del ruedo. La primera jornada había terminado. Ahora entraba el nuestro: el “Caballero Carmelo”. Un rumor de expectación vibró en el circo:

–¡El Ajiseco y el Carmelo!

–¡Cien soles de apuesta!…

Sonó la campanilla del juez y yo empecé a temblar.

En medio de la expectación general, salieron los dos hombres, cada uno con su gallo. Se hizo un profundo silencio y soltaron a los dos rivales. Nuestro Carmelo, al lado del otro, era un gallo viejo y achacoso; todos apostaban al enemigo, como augurio de que nuestro gallo iba a morir. No faltó aficionado que anunció el triunfo del Carmelo, pero la mayoría de las apuestas favorecía al adversario. Una vez frente al enemigo, el Carmelo empezó a picotear, agitó las alas y cantó estentóreamente. El otro, que en verdad parecía ser un gallo fino de distinguida sangre y alcurnia, hacía cosas tan petulantes cuan humanas: miraba con desprecio a nuestro gallo y se paseaba como dueño de la cancha. Enardeciéronse los ánimos de los adversarios, llegaron al centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose los picos sin perder terreno. El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse la lucha; las gentes presenciaban en silencio la singular batalla y yo rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro viejo paladín.

Batíase él con todo los aires de un experto luchador, acostumbrando a las artes azarosas de la guerra. Cuidaba poner las patas armadas en el enemigo pecho; jamás picaba a su adversario –que tal cosa es cobardía–, mientras que éste, bravucón y necio, todo quería hacerlo a aletazos y golpes de fuerza. Jadeantes, se detuvieron un segundo. Un hilo de sangre corría por la pierna del Carmelo. Estaba herido, mas parecía no darse cuenta de su dolor. Cruzáronse nuevas apuestas en favor del Ajiseco, y las gentes felicitaban ya al poseedor del menguado. En un nuevo encuentro, el Carmelo cantó, acordóse de sus tiempos y acometió con tal furia, que desbarató al otro de un solo impulso. Levantóse éste y la lucha fue cruel e indecisa. Por fin, una herida grave hizo caer al Carmelo, jadeante…

–¡Bravo! ¡Bravo el Ajiseco! –gritaron sus partidarios, creyendo ganada la prueba.

Pero el juez, atento a todos los detalles de la lucha y con acuerdo de cánones, dijo:

–¡Todavía no ha enterrado el pico, señores!

En efecto, incorporóse el Carmelo. Su enemigo, como para humillarlo, se acercó a él, sin hacerle daño. Nació entonces, en medio del dolor de la caída, todo el coraje de los gallos de Caucato. Incorporado el Carmelo, como un soldado herido, acometió de frente y definitivo sobre su rival, con una estocada que lo dejó muerto en el sitio. Fue entonces cuando el Carmelo, que se desangraba, se dejó caer, después que el Ajiseco había enterrado el pico. La jugada estaba ganada y un clamoreo incesante se levantó en la cancha. Felicitaron a mi padre por el triunfo, y, como esa era la jugada más interesante, se retiraron del circo, mientras resonaba un grito entusiasta:

–¡Viva el Carmelo!

Yo y mis hermanos lo recibimos y lo condujimos a casa, atravesando por la orilla del mar el pesado camino, y soplando aguardiente bajo las alas del triunfador, que desfallecía.

VI

Dos días estuvo el gallo sometido a toda clase de cuidado. Mi hermana Jesús y yo, le dábamos maíz, se lo poníamos en el pico; pero el pobrecito no podía comerlo ni incorporarse. Una gran tristeza reinaba en la casa. Aquel segundo día, después del colegio, cuando fuimos yo y mi hermana a verlo, lo encontramos tan decaído que nos hizo llorar. Le dábamos agua con nuestras manos, le acariciábamos, le poníamos en el pico rojo granos de granada. De pronto el gallo se incorporó. Caía la tarde, y por la ventana del cuarto donde estaba entró la luz sangrienta del crepúsculo. Acercóse a la ventana, miró la luz, agitó débilmente las alas y estuvo largo rato en la contemplación del cielo. Luego abrió nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó. Retrocedió unos pasos, inclinó el tornasolado cuello sobre el pecho, tembló, desplomóse, estiró sus débiles patitas escamosas, y mirándonos, mirándonos amoroso, expiró apaciblemente.

Echamos a llorar. Fuimos en busca de mi madre, y ya no lo vimos más. Sombría fue la comida aquella noche. Mi madre no dijo una sola palabra, y bajo la luz amarillenta del lamparín, todos nos mirábamos en silencio. Al día siguiente, en el alba, en la agonía de las sombras nocturnas, no se oyó su canto alegre.

Así pasó por el mundo aquel héroe ignorado, aquel amigo tan querido de nuestra niñez: el Caballero Carmelo, flor y nata de paladines, y último vástago de aquellos gallos de sangre y de raza, cuyo prestigio unánime fue el orgullo, por muchos años, de todo el verde y fecundo valle de Caucato.

El vuelo de los cóndores

I

Aquel día demoré en la calle y no sabía qué decir al volver a casa. A las cuatro salí de la Escuela, deteniéndome en el muelle, donde un grupo de curiosos rodeaba a unas cuantas personas. Metido entre ellos supe que había desembarcado un circo.

–Ese es el barrista –decían unos, señalando a un hombre de mediana estatura, cara angulosa y grave, que discutía con los empleados de la aduana.

–Aquél es el domador. Y señalaban a sujeto hosco, de cónica patilla, con gorrita, polainas, fuete y cierto desenfado en el andar. Le acompañaba una bella mujer con flotante velo lila en el sombrero; llevaba un perrillo atado a una cadena y una maleta.

–Éste es el payaso –dijo alguien.

El buen hombre volvió la cara vivamente:

–¡Qué serio!

–Así son en la calle.

Era éste un joven alto, de movibles ojos, respingada nariz y ágiles manos. Pasaron luego algunos artistas más; y cogida de la mano de un hombre viejo y muy grave, una niña blanca, muy blanca, sonriente, de rubios cabellos, lindos y morenos ojos. Pasaron todos. Seguí entre la multitud aquel desfile y los acompañé hasta que tomaron el cochecito, partiendo entre la curiosidad bullanguera de las gentes.

Yo estaba dichoso por haberlos visto. Al día siguiente contaría en la Escuela quiénes eran, cómo eran, y qué decían. Pero encaminándome a casa, me di cuenta de que ya estaba obscureciendo. Era muy tarde. Ya habrían comido. ¿Qué decir? Sacóme de mis cavilaciones una mano posándose en mi hombro.

–¡Cómo! ¿Dónde has estado?

Era mi hermano Anfiloquio. Yo no sabía qué responder.

–Nada –apunté con despreocupación forzada– que salimos tarde del colegio...

–No puede ser; porque Alfredito llegó a su casa a la cuatro y cuarto...

Me perdí. Alfredito era hijo de don Enrique, el vecino; le habían preguntado por mí y había respondido que salimos juntos de la Escuela. No había más. Llegamos a casa. Todos estaban serios. Mis hermanos no se atrevían a decir palabra. Felizmente, mi padre no estaba y cuando fui a dar el beso a mamá, ésta sin darle la importancia de otros días, me dijo fríamente:

–Cómo jovencito, ¿éstas son horas de venir?...

Yo no respondí nada. Mi madre agregó:

–¡Está bien!...

Metíme en mi cuarto y me senté en la cama con la cabeza inclinada. Nunca había llegado tarde a mi casa. Oí un manso ruido: levanté los ojos. Era mi hermanita. Se acercó a mí tímidamente.

–Oye –me dijo tirándome del brazo y sin mirarme de frente–, anda a comer...

Su gesto me alentó un poco. Era mi buena confidente, mi abnegada compañera, la que se ocupaba de mí con tanto interés como de ella misma.

–¿Ya comieron todos? le interrogué.

–Hace mucho tiempo. ¡Si ya vamos a acostarnos! Ya van a bajar el farol...

–Oye, –le dije–, ¿y qué han dicho?...

–Nada; mamá no ha querido comer…

Yo no quise ir a la mesa. Mi hermana salió y volvió al punto trayéndome a escondidas un pan, un plátano y unas galletas que le habían regalado en la tarde.

–Anda, come, no seas zonzo. No te van a hacer nada... Pero eso sí, no lo vuelvas a hacer…

–No, no quiero.

–Pero oye, ¿dónde fuiste?...

Me acordé del circo. Entusiasmado pensé en aquel admirable circo que había llegado, olvidé a medias mi preocupación, empecé a contarle las maravillas que había visto. ¡Eso era un circo!

–Cuántos volatineros hay –le decía, un barrista con unos brazos muy fuertes; un domador muy feo, debe ser muy valiente porque estaba muy serio. ¡Y el oso! ¡En su jaula de barrotes, husmeando entre las rendijas! ¡Y el payaso!... ¡pero qué serio es el payaso! Y unos hombres, un montón de volatineros, el caballo blanco, el mono, con su saquito rojo, atado a una cadena. ¡Ah, es un circo espléndido!

–¿Y cuándo dan función?

–El sábado...

E iba a continuar, cuando apareció la criada:

–Niñita, ¡a acostarse!

Salió mi hermana. Oí en la otra habitación la voz de mi madre que la llamaba y volví a quedarme solo, pensando en el circo, en lo que había visto y en el castigo que me esperaba.

Todos se habían acostado ya. Apareció mi madre, sentóse a mi lado y me dijo que había hecho muy mal. Me riñó blandamente, y entonces tuve claro concepto de mi falta. Me acordé de que mi madre no había comido por mí: me dijo que no se lo diría a papá, porque no se molestase conmigo. Que yo la hacía sufrir, que yo no la quería...

¡Cuán dulces eran las palabras de mi pobrecita madre! ¡Qué mirada tan pesarosa con sus benditas manos cruzadas en el regazo! Dos lágrimas cayeron juntas de sus ojos, y yo que hasta ese instante me había contenido no pude más y, sollozando, le besé las manos. Ella me dio un beso en la frente. ¡Ah, cuán feliz era, qué buena era mi madre, que sin castigarme, me había perdonado!

Me dio después muchos consejos, me hizo rezar "el bendito", me ofreció la mejilla, que besé, y me dejó acostado.

Sentí ruido al poco rato. Era mi hermanita. Se había escapado de su cama descalza; echó algo sobre la mía, y me dijo volviéndose a la carrera y de puntitas como había entrado:

–Oye, los dos centavos para ti, y el trompo también te lo regalo...

II

Soñé con el circo. Claramente aparecieron en mi sueño todos los personajes. Vi desfilar a todos los animales. El payaso, el oso, el mono, el caballo, y en medio de ellos, la niña rubia, delgada, de ojos negros, que me miraba sonriente. ¡Qué buena debía ser esa criatura tan callada y delgaducha! Todos los artistas se agrupaban, bailaba el oso, pirueteaba el payaso, giraba en la barra el hombre fuerte, en su caballo blanco daba vueltas al circo una bella mujer, y todo se iba borrando en mi sueño, quedando sólo la imagen de la desconocida niña con su triste y dulce mirada lánguida.

Llegó el sábado. Durante el almuerzo, en mi casa, mis hermanos hablaron del circo. Exaltaban la agilidad del barrista, el mono era un prodigio, jamás había llegado un payaso más gracioso que "Confitito"; qué oso tan inteligente y luego... todos los jóvenes de Pisco iban a ir aquella noche al circo...

Papá sonreía aparentando seriedad. Al concluir el almuerzo sacó pausadamente un sobre.

–¡Entradas! – cuchichearon mis hermanos.

–Sí, entradas. ¡Espera!...

–¡Entradas! –insistía el otro.

El sobre fue al poder de mi madre.

Levantóse papá y con él la solemnidad de la mesa; y todos saltando de nuestros asientos, rodeamos a mi madre.

–¿Qué es? ¿Qué es? ...

–Estarse quietos o... ¡no hay nada!

Volvimos a nuestros asientos. Abrióse el sobre y ¡oh, papelillos morados!

Eran las entradas para el circo; venían dentro de un programa. ¡Qué programa! ¡Con letras enormes y con los artistas pintados! Mi hermano mayor leyó. ¡Qué admirable maravilla!

El afamado barrista Kendall, el hombre de goma; el célebre domador Mister Gladys; la bellísima amazona Miss Blutner con su caballo blanco, el caballo matemático; el graciosísimo payaso "Confitito", rey de los payasos del Pacífico, y su mono; y el extraordinario y emocionante espectáculo "El Vuelo de los Cóndores", ejecutado por la pequeñísima artista Miss Orquídea.

Me dio una corazonada. La niña no podía ser otra... Miss Orquídea. ¿Y esa niña frágil y delicada iba a realizar aquel prodigio? Celebraron alborozados mis hermanos el circo; y yo, pensando, me fui al jardín, después a la Escuela, y aquella tarde no atravesé palabra con ninguno de mis camaradas.

III

A las cuatro salí del colegio, y me encaminé a casa. Dejaba los libros cuando sentí ruido y las carreras atropelladas de mis hermanos.

–¡El "convite"! ¡El "convite"!...

–¡Abraham, Abraham! –gritaba mi hermanita– ¡Los volatineros!

Salimos todos a la puerta. Por el fondo de la calle venía un grupo enorme de gente que unos cuantos músicos precedían. Avanzaron. Vimos pasar la banda de músicos con sus bronces ensortijados y sonoros, el bombo iba delante dando atronadores compases, después en un caballo blanco, la artista Miss Blutner, con su ceñido talle, sus rosadas piernas, sus brazos desnudos y redondos. Precioso atavío llevaba el caballo, que un hombre con casaca roja y un penacho en la cabeza, lleno de cordones, portaba de la brida: después iba Mister Kendall, en traje de oficio, mostrando sus musculosos brazos, en otro caballo. Montaba el tercero Miss Orquídea, la bellísima criatura, que sonreía tristemente; enseguida el mono, muy engalanado, caballero en un asno pequeño, y luego "Confitito", rodeado de muchedumbre de chiquillos que palmoteaban a su lado llevando el compás de la música.

En la esquina se detuvieron y "Confitito" entonó al son de la música esta copla:


Los jóvenes de este tiempo
usan flor en el ojal
y dentro de los bolsillos
no se les encuentra un real...


Una algaraza estruendosa coreó las últimas palabras del payaso. Agitó éste su cónico gorro, dejando al descubierto su pelada cabeza. Rompió el bombo la marcha y todos se perdieron por el fin de la plazoleta hacia los rieles del ferrocarril para encaminarse al pueblo. Una nube de polvo los seguía y nosotros entramos a casa nuevamente, en tanto que la caravana multicolor y sonora se esfumaba detrás de los toñuces, en el salitroso camino.

IV

Mis hermanos apenas comieron. No veíamos la hora de llegar al circo. Vestímonos todos, y listos, nos despedimos de mamá. Mi padre llevaba su "Carlos Alberto".

Salimos, atravesamos la plazuela, subimos la calle del tren, que tenía al final una baranda de hierro, y llegamos al cochecito, que agitaba su campana. Subimos al carro, sonó el pitear de partida; una trepidación; soltóse el breque; chasqueó el látigo, y las mulas halaron.

Llegaron por fin al pueblo y poco después al circo. Estaba éste en una estrecha calle. Un grupo de gente se estacionaba en la puerta que iluminaban dos grandes aparatos de bencina de cinco luces. A la entrada, en la acera, había mesitas, con pequeños toldos, donde en floreados vasos con las armas de la patria estaba la espumosa blanca chicha de maní, la amarilla de garbanzos y la dulce de "bonito", las butifarras que eran panes en cuya boca abierta el ají y la lechuga ocultaban la carne; los platos con cebollas picadas en vinagre, la fuente de "escabeche" con sus yacentes pescados, "la causa", sobre cuya blanda masa reposaba graciosamente el rojo de los camarones, el morado de las aceitunas, los pedazos de queso, los repollos verdes y el "pisco" oloroso, alabado por las vendedoras...

Entramos por un estrecho callejoncito de adobes, pasamos un espacio pequeño donde charlaban gentes, y al fondo, en un inmenso corralón, levantábase la carpa. Una gran carpa, de la que salían gritos, llamadas, piteos, risas. Nos instalamos. Sonó una campanada.

–¡Segunda! –gritaron todos, aplaudiendo.

El circo estaba rebosante. La escalonada muchedumbre formaba un gran círculo, y delante de los bajos escalones, separada por un zócalo de lona, la platea, y entre ésta y los palcos que ocupábamos nosotros, un pasadizo. Ante los palcos estaba la pista, la arena donde iban a realizarse las maravillas de aquella noche.

Sonó largamente otro campanillazo.

–¡Tercera! ¡Bravo, bravo!

La música comenzó con el programa: "Obertura por la banda". Presentación de la compañía. Salieron los artistas en doble fila. Llegaron al centro de la pista y saludaron a todas partes con una actitud uniforme, graciosa y peculiar; en el centro, Miss Orquídea con su admirable cuerpecito, vestido de punto, con zapatillas rojas, sonreía.

Salió el barrista, gallardo, musculoso, con sus negros, espesos y retorcidos bigotes. ¡Qué bien peinado! Saludó. Ya estaba lista la barra. Sacó un pañuelo de un bolsillo secreto en el pecho, colgóse, giró retorcido vertiginosamente, paróse en la barra, pendió de corvas, de brazos, de vientre; hizo rehilete y, por fin, dio un gran salto mortal y cayó en la alfombra, en el centro del circo. Gran aclamación. Agradeció. Después todos los números del programa. Pasó Miss Blutner corriendo en su caballo; contó éste con la pata desde uno hasta diez; a una pregunta que le hizo su ama de si dos y dos eran cinco, contestó negativamente con la cabeza, en convencido ademán. Salió Mister Gladys con su oso; bailó éste acompasado y socarrón, pirueteó el mono, se golpeó varias veces el payaso y, por fin, el público exclamó al terminar el segundo entreacto:

–¡El Vuelo de los Cóndores!

V

Un estremecimiento recorrió todos mis nervios. Dos hombres de casaca roja pusieron en el circo, uno frente a otro, unos estrados altos, altísimos, que llegaban hasta tocar la carpa. Dos trapecios colgados del centro mismo de ésta oscilaban. Sonó la tercera campanada y apareció entre dos artistas Miss Orquídea con su apacible sonrisa; llegó al centro, saludó graciosamente, colgóse de una cuerda y la ascendieron al estrado. Paróse en él delicadamente, como una golondrina en un alero breve. La prueba consistía en que la niña tomase el trapecio que, pendiendo del centro, le acercaban con unas cuerdas a la mano, y, colgada de él, atravesara el espacio, donde otro trapecio la esperaba, debiendo en la gran altura cambiar de trapecio y detenerse nuevamente en el estrado opuesto.

Se dieron las voces, se soltó el trapecio opuesto, y en el suyo la niña se lanzó mientras el bombo –detenida la música– producía un ruido siniestro y monótono. ¡Qué miedo, qué dolorosa ansiedad! ¡Cuánto habría dado yo porque aquella niña rubia y triste no volase! Serenamente realizó la peligrosa hazaña. El público silencioso y casi inmóvil la contemplaba y cuando la niña se instaló nuevamente en el estrado y saludó, segura de su triunfo, el público la aclamó con vehemencia. La aclamó mucho. La niña bajó, el público seguía aplaudiendo. Ella, para agradecer hizo unas pruebas difíciles en la alfombra, se curvó, su cuerpecito se retorcía como un aro, y enroscada, giraba como un extraño monstruo, el cabello despeinado, el color encendido. El público aplaudía más, más. El hombre que la traía en el muelle de la mano habló algunas palabras con los otros. La prueba iba a repetirse.

Nuevas aclamaciones. La pobre niña obedeció al hombre adusto casi inconscientemente. Subió. Se dieron las voces. El público enmudeció, el silencio se hizo en el circo y yo hacía votos, con los ojos fijos en ella, porque saliese bien de la prueba. Sonó una palmada y Miss Orquídea se lanzó… ¿Qué le pasó a la niña? Nadie lo sabía. Cogió mal el trapecio, se soltó a destiempo, titubeó un poco, dio un grito profundo, horrible pavoroso y cayó como una avecilla herida en el vuelo. Sobre la red del circo, que la salvó de la muerte. Rebotó en ella varias veces. El golpe fue sordo. La recogieron, escupió y vi mancharse de sangre su pañuelo, perdida en brazos de esos hombres y en medio del clamor de la multitud.

Papá nos hizo salir, cruzamos las calles, tomamos el cochecito y yo, mudo y triste, oyendo los comentarios, no sé que cosas pensaba contra esa gente. Por primera vez comprendí entonces que había hombres muy malos…

VI

Pasaron algunos días. Yo recordaba siempre con tristeza a la pobre niña; la veía entrar al circo, vestida de punto, sonriente, pálida; la veía después caída, escupiendo sangre en el pañuelo, ¿dónde estaría? El circo seguía funcionando. Mi padre no quiso que fuéramos más. Pero ya no daban el Vuelo de los Cóndores. Los artistas habían querido explotar la piedad del público haciendo palpable la ausencia de Miss Orquídea.

El sábado siguiente, cuando había vuelto de la Escuela, y jugaba en el jardín con mi hermana, oímos música.

–¡El convite! ¡Los volatineros!...

Salimos en carrera loca. ¿Vendría Miss Orquídea?...

¡Con qué ansia vi acercarse el desfile! Pasó el bombo sordo con sus golpes definitivos, los músicos con sus bronces ensortijados, platillos estridentes, los acróbatas, y después, después el caballo de Miss Orquídea, solo, con un listón negro en la cabeza... Luego el resto de la farándula, el mono impasible haciendo sus eternas muecas sin sentido…

¿Dónde estaba Miss Orquídea?...

No quise ver más; entré a mi cuarto y por primera vez, sin saber por qué, lloré a escondidas la ausencia de la pobrecita artista.

VII

Algunos días más tarde, al ir, después del almuerzo, a la Escuela, por la orilla del mar, al pie de las casitas que llegan hasta la ribera y cuyas escalas mojan las olas a ratos, salpicando las terrazas de madera, sentéme a descansar, contemplando el mar tranquilo y el muelle, que a la izquierda quedaba. Volví la cara al oír unas palabras en la terraza que tenía a mi espalda y vi algo que me inmovilizó. Vi una niña muy pálida, muy delgada, sentada, mirando desde allí el mar. No me equivocaba: era Miss Orquídea, en un gran sillón de brazos, envuelta en una manta verde, inmóvil.

Me quedé mirándola largo rato. La niña levantó hacia mí los ojos y me miró dulcemente. ¡Cuán enferma debía estar! Seguí a la Escuela y por la tarde volví a pasar por la casa. Allí estaba la enfermita, sola. La miré cariñosamente desde la orilla; esta vez la enferma sonrió, sonrió. ¡Ah, quién pudiera ir a su lado a consolarla! Volví al otro día, y al otro, y así durante ocho días. Éramos como amigos. Yo me acercaba a la baranda de la terraza, pero no hablábamos. Siempre nos sonreíamos mudos y yo estaba mucho tiempo a su lado.

Al noveno día me acerqué a la casa. Miss Orquídea no estaba. Entonces tuve una sospecha: había oído decir que el circo se iba pronto. Aquél día salía el vapor. Eran las once, crucé la calle y atravesé el jirón de la Aduana. En el muelle vi a algunos de los artistas con maletas y líos, pero la niña no estaba. Me encamine a la punta del muelle y esperé en el embarcadero. Pronto llegaron los artistas en medio de gran cantidad del pueblo y de granujas que rodeaban al mono y al payaso. Y entre Miss Blutner y Kendall, cogida de los brazos, caminando despacio, tosiendo, tosiendo, la bella criatura. Metíme entre las gentes para verla bajar al bote desde el embarcadero. La niña buscó algo con los ojos, me vio, sonrió muy dulcemente conmigo y me dijo al pasar junto a mí:

–Adiós...

–Adiós…

Mis ojos la vieron bajar en brazos de Kendall al botecillo inestable; la vieron alejarse de los mohosos barrotes del muelle; y ella me miraba triste con los ojos húmedos; sacó su pañuelo y lo agitó mirándome; yo la saludaba con la mano, y así se fue esfumando, hasta que sólo se distinguía el pañuelo como una ala rota, como una paloma agonizante, y por fin, no se vio más que el bote pequeño que se perdía tras el vapor...

Volví a mi casa, y a las cinco, cuando salí de la Escuela, sentado en la terraza de la casa vacía, en el mismo sitio que ocupara la dulce amiga, vi perderse a lo lejos en la extensión marina el vapor, que manchaba con su cabellera de humo el cielo sangriento del crepúsculo.

Hebaristo, el sauce que murió de amor

I

Inclinado al borde de la parcela colindante con el estéril yermo, rodeado de yerbas santas y llantenes, viendo correr entre sus raíces que vibraban en la corriente, el agua fría y turbia de la acequia, aquel árbol corpulento y lozano aún, debía llamarse Hebaristo y tener treinta años. Debía llamarse Hebaristo y tener treinta años, porque había el mismo aspecto cansino y pesimista, la misma catadura enfadosa y acre del joven farmacéutico de El amigo del pueblo, establecimiento de drogas que se hallaba en la esquina de la Plaza de Armas, junto al Concejo Provincial, en los bajos de la casa donde, en tiempos de la Independencia, pernoctara el coronel Marmanillo, lugarteniente del Gran Mariscal de Ayacucho, cuando, presionado por los realistas, se dirigiera a dar aquella singular batalla de la Macacona. Marmanillo era el héroe de la aldea de P. porque en ella había nacido, y, aunque a sus puertas se realizara una poco afortunada escaramuza, en la cual caballo y caballero salieron disparados al empuje de un puñado de chapetones, eso, a juicio de las gentes patriotas de P., no quitaba nada a su valor y merecimientos, pues era sabido que la tal escaramuza se perdió porque el capitán Crisóstomo Ramírez, dueño hasta el año 23 de un lagar y hecho capitán de patriotas por Marmanillo, no acudió con oportunidad al lugar del suceso. Los de P. guardaban por el coronel de milicias recuerdo venerado. La peluquería llamábase Salón Marmanillo; la encomendería de la calle Derecha, que después se llamó calle 28 de Julio tenía en letras rojas y gordas, sobre el extenso y monótono muro azul, el rótulo Al descanso de Marmanillo; y por fin en la sociedad Confederada de Socorros Mutuos, había un retrato al óleo, sobre el estrado de la "directiva", en el cual aparecía el héroe con su color de olla de barro, sus galones dorados y una mano en la cintura, fieles traductores de su gallardía miliciana.

Digo que el sauce era joven, de unos treinta años y se llamaba Hebaristo, porque como el farmacéutico tenía el aire taciturno y enlutado, y como él, aunque durante el día parecía alegrarse con la luz del sol, en llegando la tarde y sonando la oración, caía sobre ambos una tan manifiesta melancolía y un tan hondo dolor silencioso, que eran "de partir el alma", Al toque de ánimas Hebaristo y su homónimo el farmacéutico, corrían el mismo albur. Suspendía éste su charla en la botica, caía pesadamente sobre su cabeza semicalva el sombrero negro de paño, y sobre el sauce de la parcela posaba el de todos los días gallinazo negro y roncador. Luego la noche envolvía a ambos en el mismo misterio y, tan impenetrable era entonces la vida del boticario cuanto ignorada era la suerte de Hebaristo, el sauce...

II

Evaristo Mazuelos, el farmacéutico de P. y Hebaristo, el sauce fúnebre de la parcela, eran dos vidas paralelas; dos cuerdas de una misma arpa; dos ojos de una misma misteriosa y teórica cabeza; dos brazos de una misma desolada cruz; dos estrellas insignificantes de una misma constelación. Mazuelos era huérfano y guardaba, al igual que el sauce, un vago recuerdo de sus padres. Como el sauce era árbol que sólo servía para cobijar a los campesinos a la hora cálida del medio día, Mazuelos sólo servía en la aldea para escuchar la charla de quienes solían cobijarse en la botica; y así como el sauce daba una sombra indiferente a los gañanes mientras sus raíces rojas jugueteaban en el agua de la acequia, así él oía con desganada abnegación la charla de otros, mientras jugaba, el espíritu fijo en una idea lejana, con la cadena de su reloj, o hacía con su dedo índice gancho a la oreja de su botín de elástico, cruzadas, una sobre otra, las enjutas magras piernas.

Habíase enamorado Mazuelos de la hija del juez de primera instancia, una chiquilla de alegre catadura, esmirriada y raquítica, de ojos vivaces y labios anémicos, nariz respingada y cabello de achiote, vestida a pintitas blancas sobre una muselina azul de prusia, que pasó un mes y días en P. y allí los hubiera pasado todos si su padre el doctor Carrizales no hubiera caído mal al secretario de la subprefectura, un tal De la Haza, que era, aun tiempo, redactor de la La Voz Regionalista, singular decano de la prensa de P. El doctor Carrizales, magüer de su amistad con el jefe de la región, hubo de salir de P. y dejar la judicatura a raíz de un artículo editorial de La Voz Regionalista titulado "¿Hasta cuándo?", muy vibrante y tendencioso, en el cual se recordaban, entre otras cosas desagradables, ciertos asuntos sentimentales relacionados con el nombre, apellido y costumbres de su esposa, por esos días ya finada, desgraciadamente. La hija del juez había sido el único amor del farmacéutico cuyos treinta años se deslizaron esperando y presintiendo a la bienamada. Blanca Luz fue para Mazuelos la realización de un largo sueño de veinte años y la ilustración tangible y en carne de unos versos en los cuales había concretado Evaristo, toda su estética.

Los versos de Mazuelos era, como se verá, el presentido retrato de la hija del doctor Carrizales; y empezaban de esta manera:


Como una brisa para el caminante ha de ser
la dulce dama a quien mi amor entregue
quiera el fúnebre Destino que pronto llegue
a mis tristes brazos, que la están esperando, la dulce mujer...


Bien cierto es que Mazuelos desvirtuaba un poco la técnica en su poesía; que hablando de sus brazos en el tercer pie del verso les llama "tristes" cosa que no es aceptable dentro de un concepto estricto de la poética; que la frase "que la están esperando" está íntegramente demás en el último verso, pero ha de considerarse que sin este aditamento, la composición carecería de la idea fundamental que es la idea de espera, y, que el pobre Evaristo, había pasado veinte años de su vida en este ripio sentimental: esperando.

Blanca Luz era pues, al par, un anhelo de farmacéutico. Era el ideal hecho carne, el verso hecho verdad, el sueño transformado en vigilia, la ilusión que, súbitamente, se presentaba a Evaristo, con unos ojos vivaces, una nariz respingada, una cabellera de achiote; en suma: Blanca Luz era, para el farmacéutico de El amigo del pueblo, el amor vestido con una falda de muselina azul con pintitas blancas y unas pantorrillas, con medias mercerizadas, aceptables desde todo punto de vista...

III

Hebaristo, el melancólico sauce de la parcela, no fue, como son la mayoría de los sauces, hijo de una necesidad agrícola; no. El sauce solitario fue hijo del azar, del capricho, de la sin razón. Era el fruto arbitrario del Destino. Si aquel sauce en vez de ser plantado en las afueras de P., hubiera sido sembrado como era lógico, en los grandes saucedales de las pequeñas pertenencias, su vida no resultara tan solitaria y trágica. Aquel sauce, como el farmacéutico de El Amigo del pueblo, sentía, desde muchos años atrás, la necesidad de un afecto, el dulce beso de una hembra, la caricia perfumada de una unión indispensable. Cada caricia del viento, cada ave que venía a posarse en sus ramas florecidas hacía vibrar todo el espíritu y cuerpo del sauce de la parcela. Hebaristo, que tenía sus ramas en un florecimiento núbil, sabía que en las alas de la brisa o en el pico de los colibrís, o en las alas de los chucracos debían venir el polen de su amor, pero los sauces que el destino le deparaba debían estar muy lejos, porque pasó la primavera y el beso del dorado polen no llegó hasta sus ramas florecidas.

Hebaristo, el sauce de la parcela, comenzó a secarse, del mismo modo que el joven y achacoso farmacéutico de El Amigo del Pueblo. Bajo el cielo de P., donde antes latía la esperanza, cernió sus alas fúnebres y estériles la desilusión.

IV

Envejeció Evaristo, el enamorado boticario, sin tener noticia de Blanca Luz. Envejeció Hebaristo, el sauce de la parcela viendo secarse, estériles, sus flores en cada primavera. Solía, por instinto, Mazuelos, hacer una excursión crepuscular hasta el remoto sitio donde el sauce, al borde del arroyo, enflaquecía. Sentábase bajo las ramas estériles del sauce, y allí veía caer la noche. El árbol amigo que quizás comprendía la tragedia de esa vida paralela, dejaba caer sus hojas sobre el cansino y encorvado cuerpo del farmacéutico.

Un día el sauce, familiarizado ya con la compañía doliente de Mazuelos, esperó y esperó en vano. Mazuelos no vino. Aquella misma tarde un hombre, el carpintero de P. llegó con tremenda hacha e hizo temblar de presentimientos al sauce triste, enamorado y joven. El del hacha cortó el hermoso tronco de Hebaristo, ya seco, despojándolo de las ramas lo llevó al lomo de su burro hacia la aldea, mientras el agua del arroyo lloraba, lloraba, lloraba: y el tronco rígido, sobre el lomo del asno, se perdía en los baches y lodazales de la Calle Derecha, para detenerse en la Carpintería y confección de ataúdes de Rueda e hijos

V

Por la misma calle volvían ya juntos, Mazuelos y Hebaristo. El tronco del sauce sirvió para el cajón del farmacéutico. La Voz Regionalista, cuyo editorial "¿Hasta Cuándo?", fuera la causa de la muerte prematura, lloraba ahora la desaparición del "amigo noble y caballeroso, empleado cumplidor y ciudadano integérrimo", cuyo recuerdo no moriría entre los que tuvieron la fortuna de tratarlo y sobre cuya tumba, (el joven de la Haza) ponía las siemprevivas, etc.

El alcalde municipal señor Unzueta, que era a un tiempo propietario de El amigo del pueblo, tomó la palabra en el cementerio y su discurso, que se publicó más tarde en La Voz Regionalista, empezaba: "Aunque no tengo las dotes oratorias que otros, agradezco el honroso encargo que la Sociedad de Socorros Mutuos ha depositado en mí, para dar el último adiós al amigo noble y caballeroso, al empleado cumplidor y al ciudadano integérrimo, que en este ataúd de duro roble"... y concluía: "¡Mazuelos! Tú no has muerto. Tu memoria vive entre nosotros. Descansa en paz"

VI

Al día siguiente el dueño de la Carpintería y confección de ataúdes de Rueda e hijos, llevaba al señor Unzueta una factura:

El señor N. Unzueta a Rueda e hijos... Debe... por un ataúd de roble... soles 18.70.

–Pero si no era de roble –arguyó Unzueta– Era de sauce...

–Es cierto –repuso la firma comercial Rueda e hijos– es cierto; pero entonces ponga Ud. sauce en su discurso... y borre el duro roble...

–Sería una lástima –dijo Unzueta pagando– sería una lástima; habría que quitar toda la frase: "al ciudadano integérrimo que en este ataúd de duro roble"... Y eso ha quedado muy bien, lo digo sin modestia... ¿no es verdad Rueda?

–Cierto, señor Alcalde –respondió la voz comercial Rueda e hijos.

Los ojos de Judas

I

El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como una mansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con una suerte de pequeño malecón, barandado de madera, frente al cual se detenía el carro que hacía viajes "al pueblo"; otra, la desolada plazoleta donde estaba mi casa, que tenía por el lado de oriente una valla de toñuces; y la tercera, al sur de la población, en la que había de realizarse esta tragedia de mis primeros años.

En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcemente dolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que así formóse el fondo de mi vida triste. A la orilla del mar se piensa siempre; el continuo ir y venir de olas; la perenne visión del horizonte; los barcos que cruzan el mar a lo lejos sin que nadie sepa su origen o rumbo; las neblinas matinales durante las cuales los buques perdidos pitean clamorosamente, como buscándose unos a otros en la bruma, cual ánimas desconsoladas en un mundo de sombras; las "paracas", aquellos vientos que arrojan a la orilla a los frágiles botes y levantan columnas de polvo monstruosas y livianas; el ruido cotidiano del mar, de tan extraños tonos, cambiantes como las horas; y a veces, en la apacible serenidad marina, el surgir de rugidores animales extraños, tritones pujantes, hinchados, de pequeños ojos y viscosa color, cuyos cuerpos chasquean las aguas al cubrirlos desordenadamente.

En las tardes, a la caída del sol, el viaje de los pájaros marinos que vuelven del norte, en largos cordones, en múltiples líneas, escribiendo en el cielo no sé qué extrañas palabras. Ejércitos inmensos de viajeros de ignotas regiones, de inciertos parajes que van hacia el sur agitando rítmicamente sus alas negras, hasta esfumarse, azules, en el oro crepuscular. En la noche, en la profunda oscuridad misteriosa, en el arrullo solemne de las aguas, vanas luces que surgen y se pierden a lo lejos como vidas estériles... En mi casa, mi dormitorio tenía una ventana que daba hacia el jardín cuya única vid desmedrada y raquítica, de hojas carcomidas por el salitre, serpenteaba agarrándose en los barrotes oxidados. Al despertar abría yo los ojos y contemplaba, tras el jardín, el mar. Por allí cruzaban los vapores con su plomiza cabellera de humo que se diluía en el cielo azul. Otros llegaban al puerto, creciendo poco a poco, rodeados de gaviotas que flotaban a su lado como copos de espuma y, ya fondeados, los rodeaban pequeños botecillos ágiles. Eran entonces los barcos como cadáveres de insectos, acosados por hormigas hambrientas.

Levantábame después del beso de mi madre, apuraba el café humeante en la taza familiar, tomaba mi cartilla e íbame a la escuela por la ribera. Ya en el puerto, todo era luz y movimiento. La pesada locomotora, crepitante, recorría el muelle. Chirriaban como desperezándose los rieles enmohecidos, alistaban los pescadores sus botes, los fleteros empujaban sus carros en los cuales los fardos de algodón hacían pirámide, sonaba la alegre campana del "cochecito"; cruzaban en sus asnos pacientes y lanudos, sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida en azul, las mozas del pueblo; llevaban otras en cestos de caña brava la pesca de la víspera, y los empleados, con sus gorritas blancas de viseras negras, entraban al resguardo, a la capitanía, a la aduana y a la estación del ferrocarril. Volvía yo antes del mediodía de la escuela por la orilla cogiendo conchas, huesos de aves marinas, piedras de rara color, plumas de gaviotas y yuyos que eran cintas multicolores y transparentes como vidrios ahumados, que arrojaba el mar.

II

Mi padre que era empleado en la Aduana tenía un hermoso tipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Los días de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúa rápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el viento ondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre era dulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mi hermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veía el muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que se elevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en la escuela, nosotros pintábamos así:

Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por las noches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscaba desde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase un momento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer a nuestro lado. Juntos veíamos entonces "la procesión de las luces" cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el canto nocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesión regresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todo lo que había hecho en la tarde.

Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída del sol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orilla contemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a su lado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arena y piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros, dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía la tarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite del mar.

–¿Ven ustedes? -nos dijo preocupada- ¿no parece un barco?

–Sí, mamá, respondí. Parece un barco...

–¿Vendrá papá? -interrogó mi hermana.

–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente, agregó mi madre. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo. Y suspiró entristecida...

El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó la noche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientras encendían el faro del muelle y desfilaba "la procesión de las luces".

Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de la capitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quien a cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada poste un farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal; mas, como esta operación hacíase entrada la noche, sólo se veían avanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carro ni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extraño y quimérico en la profunda oscuridad de esas horas.

Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre las aguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luz suspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, las luces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando sus luces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembros fueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Por fin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobre el mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.

Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la mano de mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criada nos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio. Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yo veía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, su cubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Sólo se oía el chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados de la sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar los árboles del jardín. Mamá sólo dijo dos veces con su voz dulce y triste:

–Niño, no se toma así la cuchara...

–Niña, no se come tan de prisa...

III

Papá debió volver muy tarde, porque cuando yo desperté en mi cama, sobresaltado al oír una exclamación, sonaron frías, lejanas, las dos de la madrugada. Yo no oí en detalle la conversación, de mis padres; pero no puedo olvidar algunas frases que se me han quedado grabadas profundamente.

–¡Quién lo hubiera creído! -decía papá-. Tú conoces a Luisa, sabes cuán honorable y correcto es su marido...

–¡No es posible, no es posible! -respondió mi madre, con voz medrosa.

–Ojalá no lo fuese. Lo cierto es que Fernando está preso; el juez cogió al niño y amenazó a Luisa con detenerlo si ella no decía la verdad, y ya ves, la pobre mujer lo ha declarado todo. Dijo que Fernando había venido a Pisco con el exclusivo objeto de perseguir a Kerr, pues había jurado matarlo por una vieja cuestión de honor...

–¿Y ella ha delatado a su marido? ¡Qué horrible traición, qué horrible!

–¿Y qué cuestión ha sido esa?...

–No ha querido decirlo. Pero, admírate. Esto ha ocurrido a las cuatro de la tarde; Kerr ha muerto a las cinco a consecuencia de la herida, y cuando trasladaban su cadáver se promovió en la calle un gran tumulto, oímos gritos y exclamaciones terribles, fuimos hacia allí y hemos visto a Luisa gritar, mesarse los cabellos y, como loca, llamar a su hijo. ¡Se lo habían robado!

–¿Le han robado a su hijo?

Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabeza con la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, Bendita eres...

Al día siguiente, de mañana, trajeron una carta con un margen de luto muy grande y papá salió a la calle vestido de negro.

IV

Recuerdo que al salir de la población, pasé por la plazuela que está al fin del barrio "del Castillo" y empecé a alejarme en la curva de la costa hacia San Andrés, entretenido en coger caracoles, plumas y yerbas marinas. Anduve largo rato y pronto me encontré en la mitad del camino. Al norte, el puerto ya lejano de Pisco aparecía envuelto en un vapor vibrante, veíanse las casas muy pequeñas, y los pinos, casi borrados por la distancia, elevábanse apenas. Los barcos del puerto tenían un aspecto de abandono, cual si estuvieran varados por el viento del Sur. El Muelle parecía entrar apenas en el mar. Recorrí con la mirada la curva de la costa que terminaba en San Andrés. Ante la soledad del paisaje, sentí cierto temor que me detuvo. El mar sonaba apenas. El sol era tibio y acariciador. Una ave marina apareció a lo lejos, la vi venir muy alto, muy alto, bajo el cielo, sola y serena como una alma; volaba sin agitar las alas, deslizándose suavemente, arriba, arriba. La seguí con la mirada, alzando la cabeza, y el cielo me pareció abovedado, azul e inmenso, como si fuera más grande y más hondo y mis ojos lo miraran más profundamente.

El ave se acercaba, volví la cara y vi la campiña tierra adentro, pobre, alargándose en una faja angosta, detrás de la cual comenzaba el desierto vasto, amarillo, monótono, como otro mar de pena y desolación. Una ráfaga ardiente vino de él hacia el mar.

En medio de esa hora me sentí solo, aislado, y tuve la idea de haberme perdido en una de esas playas desconocidas y remotas, blancas y solitarias donde van las aves a morir. Entonces sentí el divino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y al apagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nada acusaba ya a la Humanidad ni a la vida. Todo era mudo y muerto. Sólo quedaba un zumbido en mi cerebro que fue extinguiéndose, hasta que sentí el silencio, claro, instantáneo, preciso. Pero sólo fue un segundo. Un extraño sopor me invadió luego, me acosté en la arena, llevé mi vista hacia el sur, vi una silueta de mujer que aparecía a lo lejos, y mansamente, dulcemente, como una sonrisa, se fue borrando todo, todo, y me quedé dormido.

V

Desperté con la idea de la mujer que había visto al dormirme, pero en vano la buscaron mis ojos, no estaba por ninguna parte. Seguramente había dormido mucho, y durante mi sueño, la desconocida, que tenía un vestido blanco, había podido recorrer toda la playa. Observé, sin embargo, los pasos que venían por la orilla. Menudos rastros de mujer que el mar había borrado en algunos sitios, circundaban el lugar donde yo me había dormido y seguían hacia el puerto.

Pensativo y medroso no quise avanzar a San Andrés. El sol iba a ponerse ya, y restregándome los ojos, siguiendo los rastros de la desconocida, emprendí la vuelta por la orilla. En algunos puntos el mar había borrado las huellas, buscábalas yo, adivinándolas casi, y por fin las veía aparecer sobre la arena húmeda. Recogí una conchita rara, la eché en mi bolsillo y mi mano tropezó con un extraño objeto. ¿Qué era? Una medalla de la Purísima, de plata, pendiendo de una cadena delgada, larga y fría. Examiné mucho el objeto y me convencí de que alguien lo había puesto en mi bolsillo. Tuve una sospecha, la mujer; quise arrojarle, pero me detuve.

Guardé la medalla y cavilando en el hallazgo, llegué a casa cuando el sol se ponía. Mi curiosidad hizo que callara y ocultara el objeto; y al día siguiente, martes de Semana Santa, a la misma hora, volví. El mar durante la noche había borrado las huellas donde me acostara la víspera, pero aproximadamente elegí un sitio y me recosté. No tardó en aparecer la silueta blanca. Sentí un violento golpe en el corazón y un indecible temor. Y sin embargo tenía una gran simpatía por la desconocida que vestida de blanco se acercaba.

El miedo me vencía, quería correr y luchaba por quedarme. La mujer se acercaba cada vez más. Me miró desde lejos, quise irme aún; pero ya era tarde. El miedo y luego la apacible mirada de aquella mujer me lo impedían. Acercóse la señora. Yo, de pie, quitándome la gorra le dije:

–Buenas tardes, señora...

–¿Me conoces?...

–Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personas mayores... La señora me acarició sonriendo tristemente y me preguntó:

–¿Te gusta mucho el mar?

–Sí, señora. Vengo todas las tardes.

–¿Y te quedas dormido?...

–¿Usted vino ayer señora?...

–No; pero cuando los niños se quedan dormidos a la orilla del mar, y son buenos, viene un ángel y les regala una medalla. ¿A ti te ha regalado el ángel?...

Yo sonreí incrédulo; la dama lo comprendió, y conversando, perdido el temor hacia la señora vestida de blanco, cogido de su mano, emprendí la vuelta a la población.

Al llegar a la plazuela del Castillo, vimos unos hombres que levantaban una especie de torre de cañas.

–¿Qué hacen esos hombres? -me preguntó la señora.

–Papá nos ha dicho que están preparando el castillo para quemar a Judas el sábado de gloria.

–¿A Judas? ¿Quién te ha dicho eso? Y abrió desmesuradamente los ojos.

–Papá dice que Judas tiene que venir el sábado por la noche y que todos los hombres del pueblo, los marineros, los trabajadores del muelle, los cargadores de la Estación, van a quemarlo, porque Judas es muy malo... Papá nos traerá para que lo veamos...

–¿Y tú sabes por qué lo queman?...

–Sí, señora. Mamá dice que lo queman porque traicionó al Señor... Z/p>

–¿Y no te da pena que lo quemen?...

–No, señora. Que lo quemen. Por él los judíos mataron a nuestro Señor Jesucristo. Si él no lo hubiese vendido, ¿cómo habrían sabido quién era los judíos?...

La señora no contestó. Seguimos en silencio hasta la población. Los hombres se quedaron trabajando y al despedirse la señora blanca me dio un beso y me preguntó:

–Dime, ¿tú no perdonarías a Judas?...

–No, señora blanca; no lo perdonaría.

La dama se marchó por la orilla oscura y yo tomé el camino de mi casa. Después de la comida me acosté.

VI

Estuve varios días sin volver a la playa, pero el sábado de gloria en que debían quemar a Judas, salí a la playa para dar un paseo y ver en la plaza el cuerpo del criminal, pues según papá, ya estaba allí esperando su castigo el traidor, rodeado de marineros, cargadores, hombres del pueblo y pescadores de San Andrés. Salí a las cuatro de la tarde y me fui caminando por la orilla. Llegué al sitio donde Judas, en medio del pueblo, se elevaba, pero le tenían cubierto con una tela y sólo se le veía la cabeza. Tenía dos ojos enormes, abiertos, iracundos, pero sin pupilas y la inexpresiva mirada se tendía sobre la inmensidad del mar. Seguí caminando y al llegar a la mitad de la curva, distinguí a la señora blanca que venía del lado de San Andrés. Pronto llegó hasta mí. Estaba pálida y me pareció enferma. Sobre su vestido blanco y bajo el sombrero alón, su rostro tenía una palidez de marfil. ¡Era tan blanca! Sus facciones afiladas parecían no tener sangre; su mirada era húmeda, amorosa y penetrante. Hablamos largo rato.

–¿Has visto a Judas?

–Lo he visto, señora blanca...

–¿Te da miedo?...

–Es horrible... A mí me da mucho miedo...

–¿Y ya le has perdonado?...

–No, señora, yo no lo perdono. Dios se resentiría conmigo si le perdonase... ¿Usted viene esta noche a verlo quemar?...

–Sí.

–¿A qué hora?...

–Un poco tarde. ¿Tú me reconocerías de noche?... ¿No te olvidarías de mi cara? Fíjate bien -y me miró extrañamente- Fíjate bien en mi cara... Yo vendré un poco tarde... Dime, ¿le has visto tú los ojos a Judas?...

–Sí, señora. Son inmensos, blancos, muy blancos...

–¿Dónde miran?...

–Al mar...

–¿Estás seguro? ¿Miran al mar? ¿Te has fijado bien?...

–Sí, señora blanca, miran al mar...

Sobre la arena donde nos habíamos sentado, la señora miró largamente el océano. Un momento permaneció silenciosa y luego ocultó su cara entre las manos. Aún me pareció más pálida.

–Vamos -me dijo.

Yo la seguí. Caminamos en silencio a través de la playa, pero al acercarnos a la plazuela donde estaba el cuerpo de Judas, la señora se detuvo y mirando al suelo, me dijo:

–Fíjate bien en él... Me vas a contar adónde mira. Fíjate bien... Fíjate bien.

Y al pasar ante el cuerpo, ella volvió la cara hacia el mar, para no ver la cara de Judas. Parecía temblar su mano, que me tenía cogido por el brazo, y al alejarnos me decía:

–Fíjate adónde mira, de qué color son sus ojos, fíjate, fíjate...

Pasamos. Yo tenía miedo. Sentí temblar fuertemente a la señora, que me preguntó nuevamente:

–¿Dónde miran los ojos?

–Al mar, señora blanca... Bien lejos, bien lejos...

Ya era tarde. La noche empezó a caer y las luces de los barcos se anunciaron débilmente en la bahía. Al llegar a la altura de mi casa, la señora me dio un beso en la frente, un beso muy largo, y me dijo:

–¡Adiós!

La noche tenía un color brumoso, pero no tan negro como otras veces. Avancé hasta mi casa pensativo, y encontré a mi madre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papá debía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada y me atreví a preguntarle:

–Mamá, ¿no vamos a ver quemar a Judas?...

–Si papá vuelve pronto. Ahora vamos a rezar...

Nos levantamos de la mesa. Atravesarnos el patiecillo. Mi hermana se había dormido y la criada la llevaba en brazos. La luna se dibujaba opacamente en el cielo. Llegamos al dormitorio de mi madre y ante el altar, donde había una virgen del Carmen muy linda, nos arrodillamos. Iniciamos el rezo. Mamá decía en su oración:

–Por los caminantes, navegantes, cautivos cristianos y encarcelados...

Sentimos, inusitadamente, ruidos, carreras, voces y lamentaciones. Las gentes corrían gritando y de pronto oímos un sonido estridente, característico, como el pitear de un buque perdido. Una voz gritó cerca de la puerta:

–¡Un naufragio!

Salimos despavoridos, en carrera loca, hacia la calle. El pueblo corría hacia la ribera. Mamá empezó a llorar. En ese momento apareció mi padre y nos dijo:

–Un naufragio. Hace una hora que he despachado el buque. Seguramente ha encallado...

El buque llamaba con un silbido doloroso, como si se quejara de un agudo dolor, implorante, solemne, frío. La luna seguía opacada. Salimos todos a la playa y pudimos ver que el barco hacía girar un reflector y que del muelle salían unos botes en su ayuda.

El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el aire. Una voz ronca recorría la playa como una ola, pasaba de boca en boca y estallaba:

–¡Un naufragio!

Era el eterno enemigo de la gente del mar, de los pescadores, que se lanzaban en los frágiles botes, de las mujeres que los esperaban temerosas, a la caída de la tarde; el eterno enemigo de todos los que viven a la orilla... El terrible enemigo contra el que luchan todas las creencias y supersticiones de los pueblos costaneros; que surge de repente, que a veces es el molino desconocido y siniestro que lleva a los pescadores hacia un vórtice extraño y no los deja volver más a la costa; otras veces el peligro surge en forma de viento que aleja de la costa las embarcaciones para perderlas en la inmensidad azul y verde del mar. Y siempre que aparece este espíritu desconocido y sorpresivo las gentes sencillas vibran y oran al apóstol pescador, su patrón y guía, porque seguramente alguna vida ha sido sacrificada.

Aún oímos el rumor de las gentes del mar. Cuando empezó a retirarse, se apagaron los reflectores y el piteo cesó. Nadie comprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso e inmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la que Judas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yo fuimos a verle.

Caminamos todo el barrio del Castillo y al terminarlo y entrar a la plazoleta, la fiesta se anunció con una viva luz sangrienta. A los pies de Judas ardía una enorme y roja llamarada que hacía nubes de humo y que iluminaba por dentro el deforme cuerpo del condenado, a quien yo quería ver de frente.

Pero al verlo tuve miedo. Miedo de sus grandes ojos que se iluminaban de un tono casi rosado. Busqué entre los que nos rodeaban a la señora blanca, pero no la vi. La plaza estaba llena, el pueblo la ocupaba toda y de pronto, de la casa que estaba a la espalda de Judas y que daba frente al mar, salieron varios hombres con hachones encendidos y avanzaron entre la multitud hacia Judas.

–¡Ya lo van a quemar! -gritó el pueblo. Los hombres llegaron. Los hachones besaron los pies del traidor y una llama inmensa apareció violentamente. Acercaron un barril de alquitrán y la llamarada aumentó.

Entonces fue el prodigio. Al encenderse el cuerpo de Judas, los ojos con el reflejo de la luz tornáronse rojos, con un rojo iracundo y amenazador; y como si toda aquella gente semi-perdida en la oscuridad y en las llamas, hubiera pensado en los ojos del ajusticiado, siguió la mirada sangrienta de éste que fue a detenerse en el mar. Un punto negro había al final de la mirada que casi todo el pueblo señaló. Un golpe de luz de la luna iluminó el punto lejano y el pueblo, que aquella noche estaba como poseído de una extraña preocupación, gritó abandonando la plaza y lanzándose a la orilla:

–¡Un ahogado, un ahogado!...

Se produjo un tumulto horrible. Un clamor general que tenía algo de plegaria y de oración, de maldición pavorosa y de tragedia, se elevó hacia el mar, en esa noche sangrienta.

–¡Un ahogado!

El punto era traído mansamente por las olas hacia la playa. Al grito unánime siguió un silencio absoluto en el que podía percibirse el nudo manso del mar. Cada uno de los allí presentes esperaba la llegada del desconocido cadáver, con un presentimiento doloroso y silente. La luna empezó a clarear. Debía ser muy tarde y por fin se distinguió un cadáver ya muy cerca de la orilla, que parecía tener encima una blanca sábana. La luna tuvo una coloración violeta y alumbró aún el cadáver que poco a poco iba acercándose.

–¡Un marinero!, gritaron algunos.

–¡Un niño!, dijeron otros.

–¡Una mujer!, exclamaron todos. Algunos se lanzaron al mar y sacaron el cadáver a la orilla. El pueblo se agrupó al derredor. Le clavaban las luces de las linternas, se peleaban por verle, pero como allí en la orilla no hubiese luz bastante, lo cargaron y lo llevaron hacia los pies de Judas que aún ardía en el centro de la plaza. Todo el pueblo volvía a ella y con él yo -cogido siempre de la mano de papá-. Llegaron, colocaron en tierra el cadáver y ardió el último resto del cuerpo de Judas quedando sólo la cabeza, cuyos dos ojos ya no miraban a ningún lugar sino a todos. Yo tenía una extraña curiosidad por ver el cadáver. Mi padre seguramente no deseaba otra cosa, hizo abrir sitio y como las gentes de mar lo conocían y respetaban, le hicieron pasar y llegarnos hasta él.

Vi un grupo de hombres todos mojados, con la cabeza inclinada teniendo en la mano sus sombreros, silenciosos, rodeando el cadáver, vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vi las telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo de una mujer. Fue una horrible visión que no olvido nunca. La cabeza echada hacia atrás, cubierto el rostro con el cabello desgreñado. Un hombre de esos se inclinó, descubrió la cara y entonces tuve la más horrible sensación de mi vida. Di un grito extraño, inconsciente, y me abracé a las piernas de mi padre.

–¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!...

Creí que el cadáver me miraba, que me reconocía; que Judas ponía sus ojos sobre él y di un segundo grito más fuerte y terrible que el primero.

–¡Sí; perdono a Judas, señora blanca, sí, lo perdono!...

Padre me cogió como loco, me apretó contra su pecho, y yo, con los ojos muy abiertos, vi mientras que mi padre me llevaba, rojos y sangrientos, acusadores, siniestros y terribles, los ojos de Judas que miraban por última vez, mientras el pueblo se desgranaba silencioso y unos cuantos hombres se inclinaban sobre el cadáver blanco.

Ocultábase la luna...

Yerba santa

Novela corta pastoril, escrita a los diez y seis años, en mi triste y dolorosa niñez inquieta y pensativa, que exhumo en homenaje a mi hermano José.

El autor a los sencillos labradores cristianos de la aldea.


Como el de la Virgen que está en el altar de la capilla del pueblo atravesado por siete espadas, llorando lágrimas de sangre, así está hoy mi corazón, compañeros, por los dolores del Mundo. Por eso dirijo hacia vosotros mis palabras. El recuerdo de los campos por cuyos caminos sinuosos fui tantas veces de niño, cuando mi alma era blanca y leve como los copos maduros de los algodoneros, es hoy, para mí, un lenitivo; la paz que necesita mi corazón, la encontraré evocando los días de la semana santa; la sana alegría desaparecida que busco en vano, he de hallarla quizás evocando la vendimia que hicimos juntos en las parras de la hacienda, las nocturnas pisas en el lagar antiguo, el alegre canto que ritmaban vuestros cuerpos sobre la uva madura, al sordo son de los tambores de pellejo de cabra, la guitarra, la copla...

Como el hijo pródigo volví a vosotros después de la ruda peregrinación y me abristeis vuestros brazos, alborozados, y yo os abrí mi pecho; y me sonrieron las mozas ruborizadas y cándidas mientras arreglaban el pliegue de sus faldas floreadas y tersas; y me llevasteis al huerto y juntos cogimos los azahares del pacae que nuestras manos sembraron cabe el broquelado pozo; y juntos fuimos en pos de la vieja parra, del floripondio, de la alameda de sauces. Y me rodeasteis ¡oh viejos y amigos y parientes! y refrescasteis mi corazón, endulzasteis mi vida, embalsamasteis mis heridas, y al dejaros, quizás para siempre, echasteis sobre mi cabeza, inquieta y triste, con vuestras manos buenas cual alas de palomas, el puñado de monedas de oro de vuestras bendiciones.

Agobiado por ellas pueda reposar mí cuerpo, cansado y joven, bajo los toñuces, en el cementerio del pueblo. Rezad por mí, ¡oh viejos y mozos del campo cristiano!, mientras yo os dedico las últimas flores de mi espíritu y mientras voy, por la doliente ruta llena de asaltos y celadas, con el cuerpo cubierto de heridas, hacia el punto invisible, cercano, inevitable y definitivo, hacia la tumba donde pondréis las simbólicas flores albas, secas y finas, de los algodoneros...

I

–Oye, Manuel –le preguntamos un día–, ¿dónde está tu papá?...

–En Lima…

–Y tú ¿por qué no estás con él?

Enrojeció, inclinó la cabeza morena y echóse a sollozar dolorosamente.

Corrimos donde mi madre:

–Ma Mi madre nos dijo que no debíamos preguntarle nada sino quererlo mucho porque Manuel “era un niño muy desgraciado”. Desde entonces cuando alguno de mis hermanos le molestaba, nosotros le decíamos en secreto:

–Oye; no le molestes. Dice mamá que debemos quererlo mucho porque Manuel es un niño “muy desgraciado”…

Y seguíamos haciendo surcos en el jardín.

II

Se crió a nuestro lado como un hermano mayor. Le queríamos porque nos hacía buquecitos, gallos de papel, balsas con los viejos maderos que arrojaba el mar, y hondas de cáñamo. Por las tardes íbamos juntos a pescar y a la caída del sol volvíamos con las cestas de las cuales pendían por las agallas rojas, las plateadas mojarrillas, las chitas de vientres blancos, y a veces ciertos peces raros, deformes y babosos.

Los domingos, todos cuatro hermanos, íbamos con Manuel a cazar con hondas de jebe, en el bosquecillo de toñuces y pájarobobos que se extendía tras de la factoría calaminada, en aquel camino sombreado y fresco, abovedado y sinuoso que conducía al abrevadero, donde al atardecer iban a saciarse las yuntas de los campesinos, los jumentos lanudos de los pescadores y los transidos caballos de los caminantes. En las espesas copas de los sauces que bordeaban el remanso se detenían bandadas de aves confiadas, que se espiojaban al sol; cantaban alegremente, extrañas del todo a la acechanza de la honda cuyo proyectil las sorprendía en plena felicidad. Heridas intentaban volar, pero al fin, desplomábanse y caían a tierra redondas, inanimadas, perpendiculares y graves como frutos maduros.

Volvimos a casa, al atardecer, cuando el sol hundía enorme y rojo en el horizonte, con algunas tórtolas, algunos gorriones y una que otra ave marina que por curiosidad se aventuraba hasta aquellas arboledas tranquilas, bajo cuyas frondas acechaba la muerte.

III

Manuel era bueno como el pan de semana santa. Ensortijado cabello, amplia frente de marfil, dulce mirar en los ojos morenos de pupilas húmedas y sombreadas bajo las pródigas cejas. Sobre sus labios carnosos apuntaba una sombra difuminada y azul. Perenne sonrisa, al par alegre y melancólica, vagaba entre sus párpados y las comisuras de sus labios bien dibujados. Una melancolía fresca, jovial, sin amargura, pensativa y dulce, envolvía todo su cuerpo esbelto y magro, flexible y de gratos movimientos. Gustaba del mar, del campo, de las noches de luna azules y consteladas, y de los cuentos de las abuelas. Alborozado en la alegría, mudo en el dolor, pródigo en sus dineros, en sus afectos tierno, fuerte en su voluntad, terrible en su cólera, definitivo en sus resoluciones, y en su porte y decir leal y franco.

IV

Una tarde llegó Manuel a casa muy preocupado. Así llegó el segundo y lo mismo fue el tercero día. Nadie pudo conocer el motivo de su tristeza. Por la noche, fuimos al muelle a ver la luna sobre el mar. En un carrito conducido por los sirvientes, llegamos a la explanada sobre la cual eleva el faro su ojo ciclópeo y amarillo, cuyas miradas se quebraban en las aguas agitadas y sollozantes. Mientras conversaban las personas mayores, Manuel descendió por la escala del embarcadero y sobre el último descanso se puso a cantar con la guitarra.

En la paz de la noche, bajo la luna clara, en el frescor marino, la música tenía notas extrañas que yo recuerdo medrosamente. Manuel cantaba un yaraví que se deshacía en la brisa y se mezclaba al rumor de las olas. Yo he guardado un trozo de esa inolvidable canción, toda mi vida, en la memoria:


En su ventana moría el sol
y abajo, lento, cantaba el mar;
y ella reía llena de amor
rubia de oro crepuscular…

No volvió nunca mi pobre amor
yo desde lejos la vi pasar;
todas las tardes moría el sol
y su ventana no se abrió más...
¡y su ventana no se abrió más!
 

Los versos eran de Manuel. Enmudecieron todos. Y aquella noche oí desde mi cuarto sus sollozos de angustia.

V

Manuel estaba muy enfermo y mi padre quiso mandarlo a Ica, a casa de la señora Eufemia, su madre. El tren salía a las ocho. Mis hermanos se levantaron temprano y en la casa había la agitación confusa de un día de viaje. Una criada arreglaba la maleta de Manuel mientras se servía el desayuno. Ponía mi madre carne fría en las hogazas y humeaba el té en las jícaras. Terminado el desayuno, durante el cual Manuel no habló una palabra, mi padre le dijo:

–Todo está listo. ¡Anda, Manuel, hijo mío, despídete!

El criado había marchado ya con las liadas ropas. Manuel se puso de pie, acercóse a mi madre y al abrazarla echó a llorar. Apenas se le oían palabras inconexas. Se despidió de todos y salió rodeado de nosotros.

A poco el convoy se perdía, sobre los rieles, en las curvas brillantes, hacia el desierto amarillo y radiante, camino de Ica.

VI

Llegó el lunes de Semana Santa y nosotros, según la vieja costumbre, fuimos llevados a Ica por mi madre. Nos alojamos en casa de “la abuelita”. El tren había llegado de noche y después de cenar nos acostamos. Jamás olvidaré el amanecer de aquel Lunes Santo. Al abrir los ojos, en el estrecho cuarto, vi, iluminando la extensión, sobre una vieja puerta cerrada, por cuyas rendijas la luz de la mañana entraba a chorros, una ventana de barrotes de madera tallados, entre los cuales jugueteaba el extendido brazo de una vid alegre, fresca e inquieta. Un vocerío de gorriones poblaba el jardín cercano, y vibraban las voces familiares, y el mugir de las vacas y el sonar de baldes y cacharros…

–¡Niño, niño, vamos a tomar la leche cruda..!

Y uno traía uvas “pintas”; y otro en el regazo, mangos, y otro rosquitas mantecadas. ¡Qué olor de monturas, de menesteres de trabajo! ¡Qué ropas tan buenas las de aquella cama tibia y amorosa! ¡Qué mañana tan hermosa donde todo era tan bueno, dulce y tranquilo! Vestidos de prisa, salimos todos. El cuarto daba a una enramada cubierta de parrales, entre cuyas hojas pendían maduros los racimos ubérrimos. Los sarmientos acariciaban los muros con sus retorcidos tentáculos. Al fondo, ya en el corral, un floripondio con sus invertidas ánforas, perfumaba; y junto al pozo de enladrillado broquel, sobre el guano oliente y blando, atada por una pata, la vaca, enorme y panzuda, de grandes ubres henchidas, se dejaba ordeñar tranquila. El blanco chorro caía al compás de la mano experta de un mocetón en un balde de zinc produciendo un ruido característico y levantando espuma. Y un vapor de cosa caliente, de leche pura, que tenía algo de la vida aún cálida, salía del balde y acariciaba la ubre, como una nube de incienso. Me ofrecieron un jarro, harto de espuma. ¡Oh, el exquisito beber la dulce leche con calor de madre, con sabor de cosa sublime! Después mi abuela nos llevó al jardín, al pequeño jardín obra de sus manos sarmentosas. Sobre restos de botellas que antes sirvieran para guardar el agua y las lejías y los ponches de agraz de navidad, ella había puesto tierra nueva e improvisado macetas. Tenía allí violetas, la flor más rara en la aldea; ñorbos, que sobre el enrejado de cañas nacían, crecían y morían; raquíticos y elegantes chirimoyos de perfumadas hojas; aristocráticos mangos, de finos tallos infantiles y transparentes, y paltos verdes que conservaban aún la roja enorme semilla, pegada al tronco incipiente; y agua de lavanda y romero florecido y balsámico; y albahacas verdes, coposas y enanas; y, ya liberado del tiesto, en plena tierra, en un rincón del jardín, un jazminillo de la India… Tantas cosas, tan bellas que están muertas como la buena abuelita y como el pobre Manuel y como mis ilusiones de esos días y como estas mañanas de sol, que yo no he vuelto a ver nunca y como todo lo que es bello, y juvenil; y que pasa, y que no vuelve más…

VII

Recuerdo vagamente, como se recuerda un sueño, el día de Jueves Santo. Era el día del Señor de Luren, el patrón de mi pueblo. Durante muchas semanas antes, empezaban a llegar a Ica las ofrendas de todos los pueblos comarcanos; de los hacendados espléndidos de ése y de otros valles. Los ricos hombres de Cañete solían llevar, en persona, haciendo luengas caminatas, el presente de sus corazones agradecidos al Señor. Caballeros en potros briosos, brillantes, ricamente aperados, llegaban los señores dueños de grandes haciendas; y desfilaban por las calles montados en caballos “de paso” de grácil andar femenino: larga y peinada crin, vibrantes ijares, ceñida cincha, negro y lustroso pellón, riendas lujosas de plata; e iban con sendos sombreros de ala curva y extensa; y ponchos de finos pliegues y pañuelo al cuello con anillo de oro, y espuelas alegres y de argentino sonar; y cabriolaban las caballerías levantando nubes de polvo con gran asombro y desconcierto de la bulliciosa chiquillería, mientras los fieles enlutados, cruzaban la caldeada acera, llevando flores, o zahumadores de filigrana, o cirios gruesos y decorados o ramos grandes de albahaca. Sonaban a muerto las campanas, chirriaban a ratos las matracas, y oíase el singular sonsonete de los vendedores que ayuntados, de dos en dos, cargaban balaes tejidos con carrizo, forrados en pellejo de cabritillo, y anunciaban su apetitosa mercancía en tono musical:

–¡Pan de dulce, pan de dulce! ¡A la regala! ¡Pan de dulce!

Y los balaes rebosaban con los bizcochos, que los había de todo tamaño; y ora llevaban dibujos los de a diez reales; y ora eran bañados con azúcar los de a cuartillo; y aquestos tenían almendras y esotros llevaban canelones y todos eran manjar imprescindible en el duelo aldeano de la Cristiandad.

Ayunaba aquel día la gente del pueblo. Encerrábamos a los chiquillos en los jardines o corralones y a todos se nos decía:

–¡Hoy no se ríe, ni se canta, ni se juega, ni se habla fuerte, porque se ha muerto el Señor!

Por la tarde las gentes con sus mejores trajes de luto, dirigiéndose a la Iglesia de Luren, donde estaba el Cristo que la víspera, con grandes ceremonias, habían bajado de su altar, en presencia de miles de peregrinos y gentes de lugar que llevaban grandes cantidades de algodón en rama, esponjoso y blanco, limpiaban con sus madejas el llagado cuerpo del Rabí, y guardábanlas luego como panacea para todas las enfermedades. Ora servía para el “mal de ojos”, ora para quitar el demonio del cuerpo de los poseídos, ora para recuperar un potro robado, ora, en fin, para curar las mil y una dolencias a que está sometido nuestro frágil natural.

La iglesia del Señor de Luren era pequeña como albergue de pobre, pero blanca, tranquila y soleada. Un techón abovedado y bajo, una sola nave, unas pocas ringleras de banquillos para los orantes; una vetusta, de granito, pila; sobre las columnas, y a la altura del techo, la fila de cuadros con los “pasos” del Calvario, viejos cromos con sendos marcos antiguos; pobres y desmantelados altares provistos en toda hora de margaritas y albahacas, entre las cuales agonizaban las amarillentas lenguas de los cirios, y aquí y acullá, en dispersión y desorden, todo linaje de “reclinatorios” con sus respaldares de totora, y, en la madera rústica de sauce, las iniciales de sus poseedoras.

Pegada a la iglesia como si en ella se cobijara, estaba la casa del señor cura. Grandes salas destartaladas por cuyos techos, los huecos y rendijones, dejaban pasar a chorros la alegría de los rayos del sol, alborotados y jocundos cual colegiales. Un aroma de albahacas y de zahumerio aleteaba en el pequeño templo. Aquel día los fieles iban todos a llorar la muerte del Redentor y había de verse el rostro apenado, manso, dulce, triste, hermoso, radiante de ternura de aquel Cristo generoso a quien jamás se demandara favor que fuese defraudada la petición.

El día de la procesión, las gentes más distinguidas del lugar la presidían. A las nueve de la noche, con extraordinaria pompa salía el cortejo de la Iglesia, en cuya plaza y alrededores esperaba el pueblo, para acompañarlo. Salían las andas, con sus santos y santas; pomposos sus trajes de oro y plata relumbraban a las luces amarillas de los cirios. Las señoritas iban delante, rodeando a “la cruz alta”; hacía calle el pueblo en dos hileras; cada persona llevaba en la mano un cirio encendido, en cuyo cuello se ataba una especie de abanico, para protegerle del viento. Grandes ramos de albahacas olorosas y flores de toda clase, traídas muchas de ellas desde comarcas lejanas, eran arrojadas al paso del Señor de Luren, que pasaba en hombros de gentes creyentes y distinguidas, envuelto en las nubes aromáticas de sahumerio que hacían en sus sahumadores de plata las niñitas y las damas que iban delante; las luces, el sahumerio, el perfume suave y exquisito de las albahacas, el singular olor de los cirios que ardían, la marcha cadenciosa y lamentable de la música, que desde la capital era enviada especialmente y el contrito silencio de las gentes, daban a ese desfile religioso, admirable, amado y único, un aspecto imponente y majestuoso.

VIII

Faltaban pocos días para que mi madre nos llevase, de vuelta, a Pisco. Nosotros deseábamos quedarnos. Ica era nuestra tierra, allí habíamos nacido, allí teníamos parientes y amigos, chacras donde pasear, haciendas lejanas a donde había de irse a caballo. Por fin allí estaba “San Miguel”, la antigua hacienda de nuestro abuelo, que aunque nosotros jamás poseímos, nos era amada, como un cofre antiguo, en el cual hubiera puesto sus manos alguna anciana querida.

Consiguieron, de mamá, mis hermanos, que aceptara la invitación de ir a conocer una hacienda de gentes amigas, ya que al ir, pasaríamos por “San Miguel”, la antigua hacienda de los abuelos, hoy en extrañas manos. A los ruegos, accedió mi madre; y dos días antes de volver a Pisco, en una mañana muy fresca y alegre, salimos a caballo para la excursión. Tomamos, por el lado de San Juan de Dios, pasando por la Iglesia y el Hospital, y llegamos hasta la “Acequia Grande” dejando a la izquierda “Saraja” y la Hacienda de los “Pazuelos”, y nos internamos en el valle. Caminamos largo, y por fin, llegamos a un callejón, entre sombrado y pedregoso, que terminaba en una acequia de cal y canto, destruida y salida de lecho. Mamá nos dijo:

–Aquí es “San Miguel”, ésa es la antigua casa de la Hacienda y eso que está al frente, era el galpón donde se guardaba a los negros esclavos. Bajamos, recibiónos tío José de la Rosa, poseedor de ella, aquel buen viejo, gastador y alegre, casado con tía Joaquina, de los Fernández Prada, viejita dulce y más buena que el pan blanco y que muchos años después se murió de tristeza.

Todavía paréceme oír al tío José de la Rosa, decirme:

–Mira, muchacho, esta es la casa de tu abuelo, mi padre, don Diego y de mamá María, tu abuela. Aquí pasaron su vida los pobrecitos, aquí crecimos todos los hermanos, aquí pasó su niñez y su juventud tu padre, aquí vivió Gertrudis, mi pobre hermana ciega, la preferida.

Llevóme a otro salón donde se conservaba todavía algo de aquellos tiempos, en la pintura de las paredes, en los muebles casi todos apolillados, en las grandes mesas de centro, en las cómodas de fina madera.

–Este era el comedor –me dijo luego, enseñándome un cuarto–. Aquí estaba la despensa, donde se guardan todavía los plátanos, las pasas y los higos secos, las sandías, los melones y los zapallos.

Volvimos al corredor desde el cual, que estaba sobre un pequeño montículo, se veía todo el campo. Por allí un cerco verde, en el cual columbrábase el gañán, guiando la pareja de bueyes que araba la tierra; por otro lado dos o tres peones cerraban una compuerta; venía camino abajo, en su burro, una india, envuelta en su pañolón a cuadros; y, por todas partes, bajo el caliente sol, laboraban las sencillas gentes, cantando, solos, bajo el cielo, mientras que en mí se filtraba una indecible tristeza que a cada recuerdo de los parientes, crecía. Hablóse de mi abuelo, aquel viejo caballeresco y añoso: don Diego, respetado y querido por todo el mundo; de la buena abuela María, a quien los peones y colonos solamente decían: Doña Maco, y salían a relucir hechos y nombres de Muñoces y Fajardos, y Antoñetes y Quintanas, Elías y Quevedos, Olaecheas y Lujanes; y se contaban cosas del tiempo del Virrey, y de los Libertadores y de los abuelos y de los tiempos idos.

Ya por la tarde, bajado un poco el sol, tomamos nuevamente las bestias, para ir a la Hacienda cuyo nombre ahora no recuerdo, que tantos años dello hace; y no me recuerdo tampoco qué camino hicimos para llegar. Sólo está fija en mi memoria la visión de esa rara hacienda. Era fresca y fecunda la tierra; crecían en los cercos, en medio de los maizales, campanillas moradas y azules y blancas; y la tierra siempre estaba húmeda. Y había árboles muy altos, muy altos; de cuyos pendían, arracimadas, esféricas, las amarillas peras.

Fue necesario salir del rancho y de la Hacienda y caminar a pie un gran trecho; caminamos, y por fin alguien dijo:

–¡Escuchen, es el ruido de las peras!

Sentíase un rumor caricioso y lejano, como si fuera rumor de olas. Efectivamente, llegamos a un lugar amplio, lleno de sembríos, en donde enormes y gruesos crecían los perales. A pocos metros extendíase ya el arenal estéril e infecundo, y de él venían a ratos ráfagas de viento que hacían sonar con ruido extraño las hojas de los perales, que siendo como de papel, al rozarse con el viento, hacen ruido seco, especial e inquietante. Penden, entre las hojas, las peras en grandes racimos, que el aire mueve y hace vibrar.

Manuel, que seguía silencioso, preguntó:

–Y este desierto ¿dónde termina?

–¡En el mar! –le respondieron.

No dijo más el muchacho, y como fue necesario volver a la Hacienda, cogidas las peras, volvimos todos. En la noche, después del suculento yantar, salimos al corredor y entonces, en las tinieblas, en la oscuridad del campo, donde sólo se oía el ladrar lejano de algún perro, el silbido de los arrieros que pasaban camino abajo, y el perenne violín de los grillos, todos le suplicaron a Manuel que cantase. Cogió él la vihuela y bajo la luz del farol de kerosene, amarillenta y menguada, cantó su yaraví:


En tu ventana moría el sol,
y abajo, lento, cantaba el mar;
y ella reía llena de amor,
rubia del oro crepuscular…
¡rubia del oro crepuscular!
 

¡Ah, la tristeza infinita de su voz! ¡Cómo iba entrando en el espíritu toda la melancolía de ese muchacho, al son de la guitarra y en las tinieblas de la noche; bajo la cual extendíase el campo, oscuro, siniestro; donde, de vez en cuando, parpadeaba una lucecilla amarillenta! ¿Qué cosa extraña tienen los que van a morirse? Parece que los acompañara algo misterioso; algo que se ve en sus ojos, que los torna más dulces y más buenos; que los hace sonreír, piadosamente, por todos los que se van a quedar! Manuel siguió cantando y terminó por fin su canción:


No volvió nunca mi pobre amor
jamás su mano volví a besar;
todas las tardes moría el sol
¡y su ventana no se abrió más!
¡y su ventana no se abrió más!
 

Cesó de cantar y pidió su caballo. Nosotros debíamos quedarnos en la Hacienda hasta el día siguiente, y él insistió tanto que se le dejó partir. Tomó su caballo, cabalgó ágilmente, cruzóse el poncho, dio un sonoro pencazo en las pródigas ancas, y se perdió en el camino cubierto de sombras, penetró en el cerrado misterio tenebroso. Sintióse unos instantes el galope sordo e isócrono del potro pujante, y luego, en el silencio campesino, en la noche profunda, en el espacio mudo, un búho, con sus ojos fosforescentes y redondos, pasó por el comedor, como si viniera de muy lejos; aleteó torpemente y, antes de perderse de nuevo gritó con un grito pavoroso:

–¡Crac! Crac! Crac!…

Yo me quedé dormido en el regazo tibio de mi buena madre.

IX

Al día siguiente volvimos a la ciudad, llegamos a las seis de la tarde. Dejamos los caballos y notó mi madre que ninguno de los parientes sonreía siquiera y si lo hacía era venciendo un gesto sombrío.

–¿Qué ha pasado? –preguntaba mi madre– Algo ha pasado que ustedes no me quieren decir.

– ¡Nada, nada ha pasado!

A poco salió una de mis tías con los ojos enrojecidos. Sobresaltados interrogaban todos y nadie se atrevía a decir la verdad. Salí yo a buscar a mis primos, los muchachos; y me dijeron todos con una crueldad infantil:

–¡Manuel se ha matado!

Solté a llorar y fui en busca de mi madre. Manuel se había matado, la víspera, después de volver de la Hacienda.

Por la noche fueron a verle mis hermanos, a nosotros no nos permitieron siquiera saber los detalles de su muerte. Pero al día siguiente fuimos a dejarlo en el Cementerio. ¡Ah, pobre amigo nuestro! En el Cementerio no querían dar permiso para enterrarlo. ¡Cuántas cosas hicieron para que la piedad cristiana abriera las puertas de la última morada a aquel infeliz que había muerto de dolor, y que había sido tan bueno en la vida!

Muy temprano, salió de Ica un pequeño convoy y en él pusieron el cajón de nuestro querido muerto, subimos nosotros y el tren se puso en marcha. Un cuarto de hora después se detenía frente al Cementerio; llegamos a él; iba cargado por uno de mis hermanos y tres parientes, y nosotros, con el sombrero en la mano, seguimos el triste cortejo. En la puerta, formada con dos pilastras, Adán y Eva, en sus estatuas rotas, miraban impasibles. Entramos en el enarenado cementerio, un hombrecillo sucio, con un badilejo en una mano y una caja de cemento en otra, nos precedía. No hubo sacerdote, para el pobre Manuel. Metieron la caja negra en el nicho, cubrióla indiferente el sepulturero y pusieron en la pared húmeda, su nombre y la fecha. Mis hermanos hicieron una cruz de caña y la colocaron al pie del nicho, y terminó todo.

Volvimos por los cuarteles, llenos de arena del cementerio, sin decir palabra, llorando los del cortejo, que eran jóvenes casi todos, atravesamos el arenal para tomar el tren, que ya volvía sin Manuel, a quien nunca más volveríamos a ver en el Mundo.

Al día siguiente llegamos a Pisco y por mucho tiempo, la tristeza tendió sus alas sobre nuestra casa.

Quien llegue a Pisco, y vea el faro del muelle, quien lo vea de noche, alumbrando pobremente con su luz, guía de barcos perdidos y de botes desorientados y de náufragos, cuya luz se quiebra en las aguas, recuerde a ese espíritu triste, de melancolía infinita, de aldeano amor, poeta de sus dolores íntimos; recuerde a Manuel, perdónele, y trate de oír, en el murmullo de las aguas que se debaten bajo el muelle en las tinieblas de la noche, aquel sencillo verso del amigo sepulto:


En su ventana moría el sol
y abajo, lento, cantaba el mar;
y ella reía llena de amor
rubia del oro crepuscular…

No volvió nunca mi pobre amor
yo desde lejos la vi pasar;
todas las tardes moría el sol
y su ventana no se abrió más…
¡y su ventana no se abrió más!
 

Tres senas, dos ases

A mi amigo Rafael Marquina

I

Dos amigos me fueron presentados esa noche bajo la luz violeta del Manhattan, en Nueva York: Archibald Scheefer e Irving Winder. Desde el primer instante, toda mi atención fue dedicada a Irving. Era un tipo de estudio. Bien sabéis cuán difícil es encontrar en un tipo caucásico una cara interesante. Siendo común encontrar en los tipos morenos espíritus pensativos, es raro hallarlos entre los hombres blancos. Sólo en los tipos que han nacido bajo el sol y se han criado en la perezosa molicie de los trópicos o en los arenales, se enseñorea un espíritu. Los climas fríos no dejan pensar a los hombres porque hacen trabajar demasiado a los músculos.

Sin embargo, Irving tenía un raro tipo pensativo. Me pareció tan desoladamente triste, que llegó a preocuparme y me propuse desentrañar el misterio de su tristeza, rompiendo la valla de su madurez. El mozo nos había servido manzanas. En el gran comedor, las mujeres ostentaban sus senos y sus amantes con discreción. Cruzábanse los garçons, oíase a menudo destapar el champagne y la música modelaba a media voz un turkey trot. Invité a almorzar a Irving para el día siguiente, en Coney Island. Iríamos en auto. Nos despedimos. En efecto, a la hora precisa el auto de Irving se detenía en el Wotham Hotel, y juntos con dirigirnos hacia Coney Island. Atravesamos las avenidas congestionadas, los edificios colosales huían a nuestro paso, y por fin, pasado el puente de Brooklyn, entramos en aquella maravillosa avenida de abetos que sombrean la asfaltada carretera que conduce a la playa infantil de Coney Island. Allí elegimos un hotel que da al mar, y en una especie de recodo conversamos largamente lo que os voy a referir.

II

–Cuando yo comencé a hablar–empezó diciendo Irving– tres nombres me eran familiares, father, mother y dear Tomy, que correspondían a mi padre, a mi madre y a mi amigo Tomy, hijo de nuestros vecinos y socios de mi padre, los Richards. Juntos estudiamos, juntos ingresamos a la Universidad y juntos recibimos nuestros grados. Así, pensábamos idénticamente y nuestros gustos eran uniformes. Jamás discutimos; y no por ello nuestra vida se deslizara con monotonía, pues aunque dos personas piensen de la misma manera, si saben ver la vida y comentarla, siempre serán mutuamente interesantes. Estábamos convencidos de que era necesario tener dinero, mucho dinero. Era una religión que nos habían inculcado desde niños; todavía recuerdo las palabras de mi padre antes de morir: "Irving, hijo mío, es necesario que sepas hacer una gran fortuna. Eso es lo único que puede guiarte en el mundo. Pesada carga es la vida sin dinero. Más vale comprar que vender. No hagas arte para que los otros te lo paguen; prefiere que los otros lo hagan y te lo vendan. Es más cómodo y más seguro. Nunca te pongas en el comercio de la vida en situación de ofrecer, porque llevas desventaja. Más felices fueron Creso y Salomón que Sócrates, quien con toda su filosofía se vio obligado a tomar, contra su voluntad, un amargo cocktail de cicuta, y ese infelicísimo alemán de Beethoven, de quien dieran cuenta la hambre y los piojos... Y créeme, que si Cristo hubiera sido capitalista o director de Banco, no lo habrían crucificado. Recuerda que no hay precedente de que ningún millonario haya sufrido los amargos dolores del mundo... El dolor es, felizmente, cobarde. Ataca a los mendigos, a los que van a pie, a los que carecen de abrigo y de alimento; con ellos es duro, cruel, canalla, judío, no los deja vivir; pero cuando se encuentra con un hombre, en un automóvil, con una amante envuelta en pieles, cuando sabe que hay dinero en el banco y acciones y edificios y un buen libro de entradas, te asalta en la calle, entre el champagne, te adula como todos los hombres, se vuelve elegante, distinguido, te distrae y concluye por ser un exquisito compañero metafísico. Entonces no te habla de la comida ni de los zapatos, sino de los primeros principios y del "más allá"...

Así nos encontramos un día solos en la vida, Tomy y yo eramos como dos hermanos. No teníamos secretos ni bolsillo aparte. Poseíamos en común ochenta mil dólares, suma exigua, como usted comprende. Habíamos emprendido algunos negocios que produjeron poco. El año 1911, teníamos cien mil dólares más o menos. No nos alcanzaría ni para dar la vuelta al mundo, que es lo menos a que puede aspirar un sudamericano vulgar. Yo tenía 24 años, Tomy 26. Nuestro porvenir era sombrío.

Nuestras preocupaciones aumentaban cada día. Nos pasábamos largas horas pensando en proyectos financieros. Tomy era tan abnegado que creía de su deber velar por mí y yo habría dado algo por ver a Tomy dueño de una inmensa fortuna. Nuestros paseos por Broadway eran una tortura. Al paso de cada mujer ya no nos deteníamos a analizar su belleza. Instintivamente decíamos:

–Un hotel en la Quinta Avenida, tres automóviles, seis lacayos, dos ponys: cien mil dólares de renta!...

Y así, humillados, entristecidos, concluimos por caer en los brazos baratos de cualquier bailarina del Metropolitano.

Mas he aquí que un día –¡ah, ese día!–. Como usted verá yo no tuve la culpa. Fue Tomy, el mismo Tomy, quien me habló primero. Yo no habría tenido valor para hablarle de este asunto. Un día nos paseábamos por Broadway a las seis y media de la tarde. De pronto se iluminó la ciudad. El primer aviso que se ofreció a nuestra vista, en medio de ese funambulesco danzar de luces multicolores, fue el de la "Insurance", la compañía de seguros de la Carolina. Los dos cruzamos una mirada muda y seguimos nuestro camino. Tres días pasaron sin que cruzáramos palabra. Yo notaba a Tomy muy preocupado. Si hubiera tenido valor yo se lo habría dicho, pero no me atrevía. ¿Quién se habría atrevido?... Tomy me dijo al cuarto día, como venciendo una gran resistencia:

–Irving... ¡Si yo fuera capaz!...

Y yo le respondía maquinalmente:

–¡Tomy, si yo tuviera valor!...

Y no dijimos más, pero al concluir la semana, Tomy entró en mi cuarto, resuelto. Parecía que acababa de vencer una gran batalla. Acalorado con tremendos ojos abiertos, se acercó y me dijo:

–Irving, ¿quienes entrar en un negocio?...

–Tomy –le contesté–, debes decir: ¿quieres que entremos en un negocio?...

–No. Irving. Tú, tú, debes entrar conmigo en un negocio; es un negocio entre los dos...

–Tú puedes negociar con mi poca fortuna, Tomy; ¿por qué me lo consultas?...

–Irving, tú y yo, debemos luchar.

–Yo no puedo luchar contra ti, Tomy.

–Te hablaré claro, Irving.

–Habla, Tomy.

–¿Estás convencido de que hemos agotado todos los medios para hacer cincuenta millones de dólares?

–Convencido.

–¿Tienes fuera del oro algún interés en la vida?

–Ninguno. Nelly murió hace tres años, tú lo sabes...

–¿Tú entrarías en un negocio en el cual hay que arriesgar la vida?...

–Entraría si tú entrases.

–Yo entro, Irving.

–Está bien. Yo entro, Tomy.

–Te traeré las bases.

Y salió. Yo habría querido hablarle entonces de mi proyecto. Quise detenerle, decirle, aventurar alguna frase, pero me sentí incapaz. Observe usted bien esto, porque ya le he dicho que yo no tuve la culpa. Tomy volvió a poco y me dijo:

–Vamos a celebrar un contrato bajo estas condiciones: tú y yo estamos convencidos de que es indispensable tener cincuenta millones de dólares. Tú y yo sabemos que es difícil. ¿Hemos agotado todos los medios?...

–Todos.

–No, queda uno.

–¿Cuál?...

–La "Insurance"...

–¿La?... la... ¿La Insurance?...

Entonces comencé a temblar. Habría leído Tomy en mis ojos... ¿Cómo, La Insurance venía a intervenir en este negocio? ¿Cómo, aquello que yo pensaba desde que pasamos por Broadway podía haberle sido comunicado a Tomy?...

–La Insurance –agregó Tomy– es nuestra salvación –y observando mi espanto, dijo–: No te voy a proponer una estafa, no te inquietes. Nosotros vamos todos los días a jugar al Manhattan en los dados, la entrada al teatro y los cocktails. Hoy jugaremos algo más importante, mucho más importante...

–Sí. Cincuenta millones de dólares. He aquí el plan, Irving. Si te dijeran: hay una empresa en la cual es necesario exponer la vida para ganar cincuenta millones, ¿la aceptarías?...

–Sí.

–Bien. Yo te digo: te ofrezco un negocio en el cual puedes ganar cincuenta millones o morir... ¿qué contestas?...

–Lo acepto... ¿Cuál es?

–Es necesario que uno de los dos se suicide.

–¿Es indispensable?

–Para nuestro objeto indispensable.

–Si uno de los dos ha de suicidarse... yo.

–No. Por suerte. Nosotros esta noche en vez de jugar el cocktail y la entrada al teatro, jugaremos a ver quién debe suicidarse dentro de un año justo. El que pierda se asegurará inmediatamente en la Insurance por cincuenta millones. La compañía paga el seguro por suicidio al año de firmada la póliza. El asegurado endosa la póliza al vencedor. Este paga las primas con religiosidad y cumplido el año, el que perdió se suicida y el ganador cobra el seguro. Las primas son caras, cuestan sesenta mil dólares, pero para eso tenemos.

–Acepto. Esta noche jugaremos nuestra vida y mañana iremos a la Insurance, y el que pierda, se asegurará.

–Pero es necesario sellar ese contrato, dame la mano.

Nos estrechamos la mano. Ya ve usted, cómo fue Tomy quien inició este asunto. Yo no habría tenido valor para hacerlo.

–Hasta las siete, Tomy.

–Hasta las siete, Irving.

III

Aquella tarde no pude pensar en otra cosa. Una extraña sensación indescriptible me invadía. Yo iba a disputarle la vida a Tomy. ¿Pero qué hacíamos nosotros, sin ninguna esperanza de tener cincuenta millones de dólares?... Pero, por otra parte, yo sabía que mi vida sería una tortura sin el dinero que consideraba necesario. Tomy sufría horriblemente con esta idea. Habíamos perdido el buen humor, y esto es lo último que perdemos los norteamericanos. Ya nada nos interesaba. Teníamos la fiebre obcecadora del dinero. Fuera de él nada era suficiente para nosotros. Se ofrecía un medio de salir de ese estado de dudas. En caso de perder, moriría. Si ganaba, sería millonario. No tenía familia. Todo para mí era Tomy, desde que murió mi novia, Nelly. ¿Por qué no aceptar?... Rechazar la propuesta era dar una prueba de cobardía y hasta de egoísmo. Porque si mi vida podía servir para labrar la felicidad de Tomy, no debía omitir esfuerzo en conseguirlo. Concurrí pues al Manhattan. Allí me esperaba Tomy.

IV

Instalados en una mesa de mármol rosa, sobre la cual un quinqué esparcía una leve luz azul, pedimos un cocktail, el exquisito Manhattan, y unos dados. A poco nos trajeron ambas cosas. No cruzamos palabra. Yo le diré que estaba dispuesto a todo. Hasta a hacer una trampa si ganaba, para que Tomy saliera victorioso. Creo que él pensaba lo mismo.

–¿Qué jugamos? –le dije.

–Tú has ganado; tú juegas Irving.

–Está bien.

Era necesario jugar tres partidas; el que perdiera dos, sería el vencido y era necesario hacer el mayor número de senas en cada juego.

–¿Quién juega primero?

–A la suerte.

Cogimos un dado cada uno. Yo eché un tres. Tomy, un dos.

–Tú has ganado; tú juegas Irving.

Habíamos palidecido. Nuestra respiración se aceleraba de manera alarmante. Eché los dados.

–Dos senas, Tomy.

Tomy, con relativa calma, jugó:

–Cuatro senas, Irving.

–Has ganado la primera partida –le dije.

–Juguemos la segunda.

En la segunda, había recobrado mi calma un poco. Veía con placer que Tomy ganaba. No me arrepentía de haber aceptado la partida.

–Cuatro senas, Tomy.

Jugó Tomy:

–Una sena, Irving.

Tomy había perdido esta vez. Faltaba sólo un juego. El definitivo. Temblábamos los dos, pálidos. Yo había cortado tres veces el puro, con los dientes.

–La última –dijo Tomy.

–La última, –le respondí.

Jugamos. Eché dos senas, una quina y dos treses.

Tomy jugó. Echó tres senas y dos ases, pero hizo un movimiento imperceptible y volteó una de las senas. Me puse de pie.

–Tú has ganado Tomy –le dije.

–He echado dos senas, una cuadra y dos ases; estamos iguales.

–No, Tomy. Tú has ganado. Has echado tres senas y dos ases.

–No, Irving. Estamos iguales. He echado dos senas, una cuadra y dos ases.

–¡Has hecho trampa, Tomy!

–No he hecho trampa. ¡Estamos iguales!

En otra ocasión yo habría sacado mi revólver; ahora no tenía ningún argumento contra Tomy.

–¡Tres senas, dos ases! –le dije iracundo y resuelto–. Y si no lo quieres reconocer...

Tuve una idea salvadora. Saqué mi revólver y me lo puse en la sien, diciendo:

–¡Di, di, Tomy que tú has ganado! Reconoce que me has ganado o me pego un tiro.

–Sí, he tirado tres senas y dos ases!

–Dame la mano. Me has ganado. Te felicito.

–Te he ganado, Irving. Gracias.

Nos fuimos a comer.

V

Al día siguiente fuimos a la Insurance. Me aseguré y Tomy pagó las primas. En el fondo yo estaba contento. Lo único que me mortificaba era tener que esperar un año para matarme. Pero me quedaba un recurso: pedir a Tomy que me diera todo el dinero de la liquidación de nuestros negocios, para poder pasarla lo mejor posible durante ese ario que me separaba de la muerte. El negocio estaba terminado. No faltaba sino que llegara el 12 de marzo de 1912 para que yo me pegara un tiro. En los primeros días, el asunto no me preocupó mayormente. Estaba resuelto a matarme, tenía la conciencia serena y fresca. Había hecho o iba a hacer un gran beneficio a un amigo tan querido como Tomy. Pero me espantaba un año de desocupado, me parecían vacaciones demasiado largas. Así, pues, resolví buscar una amante. La saqué una noche del Metropolitano. Quise pasar los doce meses que me quedaban entregado a todos los placeres. Usted no concibe el cambio de valores y de aspectos que toma la vida para un hombre que está resuelto a matarse. Para él no habrá nada imposible, ni exceso que no pueda cometer, ni pasión que no pueda saciar. Lo que era antes timidez o prudencia, se vuelve audacia y temeridad. Mi salud, por mal que la tratase, me duraría un año. Cuando me encontraba con Tomy, me mostraba alegre y feliz; él en cambio se había vuelto preocupado y taciturno.

A veces, recostada la cabeza sobre el mórbido seno de Hellen, miss Hellen, la adorable artista del metropolitano, pensaba en mi suicidio, y en las mil maneras de llevarlo a cabo. No me pegaría un tiro, aquello hace sangre, mancha la ropa. Pensaba en un veneno sutil, de esos que hacen morir sin estremecimientos y sin dolores. Compraba libros de medicina y estudiaba la característica de todos los tóxicos. Un día me resolví por el éter, otro por la morfina. Creí más tarde que lo mejor sería inocularme alguna enfermedad. Hellen, la adorable mujer, era para mí una manera divina de pasar los últimos días. Pero una tarde –¡ah, esa tarde!– reparé con espanto que me había enamorado de miss Hellen. Conciba usted el horror que aquella constatación me produjo. Pensé inmediatamente en abandonarla. Todavía faltaban siete meses para mi suicidio. Pero no la dejé. Me pareció una nerviosidad infundada. Era pueril pensar en eso. Por otro lado, ¿qué derecho tenía yo para enamorarme?

Una tarde en que miss Hellen me hizo más feliz que nunca, una tarde que habíamos comido en el campo, bajo un crepúsculo dorado, lejos de la ciudad obcecadora de Nueva York, pensé con espanto en lo adorable que sería vivir con una renta modesta, al lado de esa mujer, lejos del bullicio mundanal; tener una pequeña propiedad en el campo, vivir en un cottage, tener hijos rubios, trabajar en el jardín, criar animales domésticos, y después besar a una mujer como miss Hellen. Y una idea macabra se me ocurrió. Yo podría conseguir esa felicidad enorme, yendo donde Tomy y diciéndole sencillamente:

–Tomy, yo no he sido justo. Nuestro juego no fue legal. Efectivamente, tú perdiste aquella tarde. Deja que yo te endose la póliza del seguro y mátate el 12 de marzo de 1912. ¡La verdad de todo!

Aquello habría sido muy fácil. Tomy no se resistiría, Tomy era un abnegado, Tomy me quería demasiado. Esa noche no dormí pensando en realizar mi sueño. Yo recibiría el producto del seguro. Yo me casaría. Yo sería feliz. Después de todo, a Tomy qué más le daba? El mismo no había querido cederme su vida? Mi desinterés no estaba probado habiéndole yo obligado a ganarme?... Me levanté muy pálido al día siguiente y no crucé palabra con mi adorada Hellen. Disponíame a ir donde Tomy y hablarle claramente. Pero he aquí que cuando salía, miss Hellen entra a mi dormitorio y me dice:

–Irving, tu amigo Tomy quiere verte. Aquí está...

Tomy entró. Yo quise aprovechar para hablarle y lo iba a hacer cuando Tomy me dijo:

Dear Irving, my dear Irving, yo me veo precisado a hablarte en una forma inusitada. Tú no cumples las bases de nuestro compromiso. Tú debes morir el 12 de marzo de 1912, pero no antes. Tú estás concluyendo con tu salud y estoy seguro de que en este camino y con este método de vida, tú morirás muy pronto. Esto no es legal. Ahora mismo no me puedes negar que hueles a éter, tu rostro está cadavérico. Su tú mueres antes de la fecha indicada, la compañía no me pagará el seguro. Yo te he dado todo el dinero. Yo estoy haciendo una vida de sacrificio. Yo no fumo ahora cigarros puros, he suprimido mi mayordomo y mi portero. Te ruego, pues, Irving que observes otra conducta...

–Tomy, yo...

Quise hablarle de mi propósito de la víspera, pero concebí una sospecha. Tomy no me quería bien. Me pareció egoísta repugnante, vi que se interesaba más de lo justo por mi muerte. Aquello no podía ser sino el vil interés del seguro. Ya yo no contaba, pues, en el mundo ni con el entrañable cariño del hombre al cual iba a sacrificar mi vida. ¿Y valía la pena que mientras Tomy esperaba con ansia el día de mi muerte y mientras hacía cálculos sobre mi vida, yo me matara por él?... Merecía este hombre tal sacrificio?

Tomy salió. Yo le prometí fríamente cambiar de conducta y estar sano el día de mi suicidio. Dos meses pasaron. Tomy me veía poco. Yo le miraba con recelo. Verdaderamente enamorado de Hellen, yo empecé a dudar y mi conciencia a aconsejarme con cautela. Un día se presentó Tomy en mi casa. Hablamos banalidades. Pero en medio de la charla me deslizó algunas frases que me impresionaron hondamente.

–¿Has pensado ya –me dijo– en la manera cómo te vas a suicidar? Yo te recomendaría el coloidalino. Es un producto recién ensayado. Se muere sin dolor y sin agitación en ocho minutos.

–Sí, Tomy, ya he pensado...

Aquello me desagradó profundamente. Continuaba enamorado de Hellen. Jamás había estado tan enamorado como aquella vez. Llegué a creer que había nacido para vivir al lado de Hellen. Así transcurrieron los días hasta que resolví trasladarme a la casita de campo donde pasé aquel día inolvidable con mi amada. Un día, en plena felicidad, Hellen entró a mi dormitorio, por cuyas ventanas se veía el cielo y las hojas de una vid, y envuelta en un kimono de seda floreado de crisantemos, con los párpados caídos, me dijo eso que dicen las mujeres sin pronunciarlo y que hace tan felices a los hombres que lo presienten. Y el día 6 de enero de 1912, faltando dos meses para mi suicidio, y un cuarto para las tres de la tarde, Hellen dio a luz un niño varón.

Mandé llamar precipitadamente a Tomy.

VI

Yo no le dije nada. Nadie puede inculparme. Lo único que hice aquel día fue avisarle a Tomy que miss Hellen había dado a luz un niño que yo ponía a su disposición. Y le mostré al niño, que tendió hacia él sus brazos rosados y blandos. Tomy salió. Yo no le dije nada. Yo no desistí ni le hablé de mi suicidio, que por otra parte era cosa acordada. ¿Quién, quién puede inculparme?

VII

El 12 de marzo llegó. Aquella noche yo había dormido bien. Mis nervios excitados tuvieron una laxitud maravillosa, y después de la preocupación del día, en la noche se habían abandonado por completo al descanso. Yo no tenía la cara del individuo que se va a suicidar seis horas más tarde. Abrí los ojos serenamente en mi cama; crucé los brazos por detrás de mi nuca, estiré las piernas y me puse a pensar. Hasta mi lecho llegaba la música del jardín. Cantaban bajo las enramadas aquel día, las aves con una alegría desusada. Las ramas de una vid fresca, agitaban sus pámpanos sobre los cristales, y tras de ellos un jirón de cielo hondo transparente y azul daba al marco de la ventana, la más bella nota de paisaje. Me acordé de los cielos de Burne Jones; y un rápido comentario sobre los acuarelistas ingleses cruzó, como un destello, por mi imaginación.

Toqué un timbre, extendiendo lánguidamente la izquierda, y a poco oí en el cuarto vecino, caer el agua en la tina. Entró el criado y me dijo:

–Señor, el baño está listo.

Me desperecé y cogí mi bata. Aquel día el baño me pareció muy bueno, y al salir, dije al criado:

–John, el baño está exquisito. Mañana ponlo a la misma temperatura...

Pero de golpe agregué:

–No, John. No.... Yo no he dicho... yo...

¿Qué impertinencia era ésta y qué indiscreción había cometido? Estaba traicionando mi conciencia. ¿No sabía yo, acaso, que no tenía derecho a otro baño?... Estaba faltando a mi palabra. Yo me iba a suicidar a las tres. Entonces le dije a John, que me miraba sorprendido:

–¡Mañana, John, pon el baño como te dé la gana!...

Y salí. En el dormitorio me esperaban el desayuno, miss Hellen y el pequeño Dick, mi hijo; el niño al verme tendió hacia mí los brazos abriendo y cerrando las manitas en un gesto de párvulo, como si me quisiera tener entre los dedos. Miss Hellen, no sé por qué coincidencia, estaba sentimental ese día. Los hombres siempre tenemos algún olvido para con las mujeres que amamos. Miss Hellen gozaba aquel día de un buen humor espléndido. Hizo llamar al criado y le dijo:

–John; trae los regalos que ha recibido hoy la señora...

–¿Regalos?... ¿Hoy?,,, ¿Qué dices?... ¿Qué dices Hellen?... –la interrogué espantado.

¡Ah, que desgracia! Entró el criado con un gran ramo de flores que dejaron un perfume en el cuarto y una honda tristeza en mi corazón. Hellen había tenido el buen humor de encargar flores y ponerle al ramo mi tarjeta; así me reprochaba el que yo no supiera el día de su santo y al mismo tiempo me evitaba aparecer como un mal educado con la señora. Yo no salía de mi mutismo.

–¿Pero qué te pasa, Irving?... Hoy es mi santo, amigo mío. No te agrada que sea hoy mi santo?...

–No Hellen; al contrario, me encanta. Tú no sabes el placer que tengo de que hoy sea tu santo. Pero es que la noticia me ha caído de improviso...

–Hoy comerás en tu casa. Hoy haremos sentar al pequeño Dick a la mesa... Yo misma arreglaré el menú...

De pronto suena un timbre, sale Hellen y me dice al volver:

–¡Qué suerte! Qué suerte, mi querido Irving. Hoy vamos a ser muy felices... ¿A qué no adivinas quién está?...

–¿Quién? –dije yo presintiendo la fatídica visita, y abriendo tremendos ojos.

–Tomy, tu querido amigo Tomy!...

Y agregó:

–Señor Tomy, adelante, aquí, aquí está... Aquí lo tiene usted... Sorpréndalo...

Tomy entró. Nos miramos. Temblaba yo de que se enterara del santo de Hellen y al mismo tiempo no me parecía del todo mal, que lo supiese.

Pero en mi cerebro las ideas empezaban a desconectarse. Hacía un año justamente que yo estaba en estas andanzas. Qué diablo, considéreme usted!

Hellen salió un instante. Tomy aprovechó para decirme:

–Hoy es 12 de marzo de 1912... Irving... Hoy quiero que almorcemos juntos...

–No tengo inconveniente, Tomy... almorzaremos juntos...

Noté que Tomy no me hablaba con el cinismo de otros días, de mi suicidio. ¿A qué obedecía este pudor póstumo de mi amigo?

Salimos y almorzamos en un hotel que está en la Quinta Avenida. El Saboya, que usted debe conocer, porque allí van mucho los sudamericanos. Almorzamos tranquilamente. Después del pescado y de las banalidades, Tomy me interrogó a boca de jarro:

–Y, ¿has pensado Irving, en la manera cómo vas a suicidarte?...

–¡Psh! La verdad es que aún no lo sé –dije cortando una pierna de pollo; y casi increpándole–. Te parece bien que me arroje al Hudson de cabeza, en el momento en que pase un buque? ¿Te parece?... ¿Te parece?...

–No me parece. Es fácil echar un botecillo y podrás fracasar en tu empeño...

–Y si me arrojara en la línea del subterráneo? Allí no hay escapatoria... Recuerda que un tío mío...

–No Irving, me parece muy trágico. Prefiero que no haya sangre...

–Entonces puedo recurrir al veneno. Una inyección de morfinal y al cuarto de hora un poco de gas...

–A las dos se cumple el año...

–Bien. A las tres me pondré en camino...Te parece que me suicide a las tres?...

–No está mal...

Tomamos fruta. Yo trataba de paladear las manzanas, pero me parecían amargas. Volvió a pasar por mi imaginación un recuerdo. Yo podía decir a Tomy:

–Mira Tomy. Tú no puedes dudar de mi cariño. Yo te he ofrecido mi vida y la voy a sacrificar por ti. Yo te quiero como a un hermano. Ningún afecto más hondo que el mío. Pero hablemos claro. Yo no me puedo ir al otro mundo con dos grandes borrones en la conciencia. Yo te he hecho una trampa. Yo he mentido. Cuando tú echaste el último juego y aparecieron las senas y los ases, no eran tres senas: eran dos, y tú perdiste...Yo no tuve valor para permitir que tú murieras y me sacrifiqué y te impuse que declarases que yo había perdido. Recordarás que te amenacé con matarme, que saqué el revolver.... ¿Te acuerdas...? Bueno, yo no dije la verdad; tú perdiste... Además, hay otra cuestión, más grave aún, que dificulta, legalmente, mi suicidio... Cuando yo acepté el contrato yo era Irving Winther... Pero sabes que hace dos meses, mi firma legal es Irving Winther e hijo. Porque desde que nació, mi hijo es mi heredero, y yo no soy más que su socio. Todo lo que yo tengo o pueda tener le pertenece. Y si yo me mato, yo le robo a mi hijo esa fortuna, de la cual vas a disponer... Yo no tengo derecho a sacrificar a un ser inocente. Yo puedo hacer lo que quiera con mi fortuna, pero no tengo derecho de disponer de la fortuna del pequeño Dick; qué ¿qué me respondes?...

Indudablemente que yo podía argumentar de esta manera. ¿Qué podría responderme Tomy?...

Habíame quedado abismado en estas reflexiones, de las cuales me sacó Tomy para decirme la hora. Eran las 12 del día. Tomamos el café. Esto debe cebarse con champagne, dijo Tomy:

–¡Mozo, champagne!

¿Por qué no le dije entonces a Tomy lo que quería decirle?... ¿Por qué no tuve el valor necesario para definir mi situación? Tomy, con interés fraternal, me dijo entonces:

–Después de todo, Irving, ¿qué es la vida?... Una serie de desazones y contratiempos. Nunca somos felices como quisiéramos serlo; empeñado en alcanzar lo imposible y en subir a cumbres absurdas. Supongo que habrás leído en estos meses de prueba, el admirable libro de Maeterlinck, que acaba de editarse en Nueva York. Ese belga sabe vivir y sabe lo que es la muerte. Ya ves todo lo placentera que pinta la última morada; que paraísos se te esperan en el otro mundo... Al fin y al cabo tú sí que estás en el camino de la verdadera vida. Durante un año supongo que habrás pensado solamente en cosas abstractas, y ese es el verdadero estado según Kempis y San Agustín; tu espíritu se habrá depurado, seguramente te supongo ahora un ser superior. ¿Qué valen para ti las riquezas y los placeres de esta vida perecedera?... Yo me imagino y siento el asco con el cual ves ahora todo lo mortal que te rodea. Estoy seguro que te dan pena esos ventrudos banqueros que almuerzan en el rincón, junto a las palmeras. Y que esa señora gorda que ahora coge la manzana te mortifica. Estoy convencido de que tu espíritu superior desprecia el mundo, la vida, el fugaz encanto, que desprecias al banquero, y a la señora gorda; que me desprecias a mí... ¿Verdad, Irving?...

Era verdad. Yo despreciaba en ese momento a Tomy, y habría querido no oírlo. Pero él atribuyó, seguramente, a ese justo desprecio, el mohín de desagrado que apareció en mi rostro... Y continuó:

–¡Ah, Irving! Quién pudiera suicidarse con tal serenidad pagana como la tuya. Quién pudiera, sin faltar a compromisos ya contraídos, poder penetrar dentro de dos horas, como tú, en el insondable misterioso. Pero piensa aún en esto. La vida no tiene para ti misterios. Nada hay en el mundo, puesto que conoces Nueva York, que pueda asombrarte. Nada que pueda darte una nueva sensación. En cambio, dentro de dos horas, tú sabrás a qué atenerte respecto a las cosas trascendentales... El infinito te abrirá sus puertas. Tu espíritu irá a mezclarse tía vez con el de la Divinidad. Supongo que allá en el país misterioso, te encontrarás con los héroes. Washington, Abraham Lincoln, Grant, todos ellos serán tus compañeros en la nueva vida. Cristo te recibirá con los brazos abiertos.

Apareció el criado con la cuenta, que pagué. Entonces me levanté y me dije:

–¡Qué diablos! Creo que va a ser imposible salir de este compromiso. Será necesario darle gusto a Tomy...

Me asaltó una idea. Desde el fondo de mi alma una gran voz me gritó:

–¡Irving, eres un gran necio! Tú podrías aún defenderte. Tienes un hijo. Miss Hellen te espera a comer. En el comedorcito, cuyo zócalo de caoba circunda la menuda habitación, bajo el gran quinqué de ópalo, estarán las flores, y alrededor de ellas, sobre un blanco mantel, las viandas confeccionadas por Hellen. El puding ha sido hecho por ella, las pastas las han amasado sus manos cariñosas y pulcras; ella ha dispuesto la sopa y ha escogido los vinos. Y esta noche puedes comer con ella, mirando cómo Dick juguetea con la fruta y se embadurna la cara con la mermelada... ¿Qué pasará a miss Hellen, a tu Hellen, si a la hora de sentarse a recibirte, aparece un hombre con librea, un empleado de la seguridad, le entrega un billete a Hellen, y ella lo abre y lee:

"Miss Hellen: su amigo Irving Winther se ha matado. Disponga usted de su cadáver en la Morgue".

–¿Qué ocurriría a mis Hellen, entonces, y qué ocurriría, después, al pequeño Dick? ¿Piensas en esto, necio?...

Todo eso me decía la voz. Entonces yo tomé una resolución.

–Vamos, dije a Tomy, vamos...

El auto nos condujo a la farmacia más cercana. Allí hice compras; me trasladé con Tomy, y le dije:

–Tomy, me harás el favor de prestarme tú casa para...

–No tengo inconveniente. Mi casa es tuya... Vamos.

Llegamos a la calle 27; el auto se detuvo. Di propina. Subimos.

Escogí el salón de fumar de Tomy. Allí hay una otomana amplia y mullida.

Me quité el saco. Pedí una piyama a Tomy. Echado en la cama desnudé mi brazo y me inyecté. Tomy me interrumpió:

–Me parece conveniente, Irving, que dejes un papel escrito para la policía...

Me alcanzó una carpeta de piel de lagarto y en ella declaré, sobre el blanco papel, con mano firme, que me suicidaba porque me daba la gana y que sería necio atribuir mi muerte a otros móviles.

Entonces comenzó mi tortura. Tomy creía que me había inyectado morfina, yo no quise decirle lo que me había inyectado. Empecé a palidecer. Llamé a Tomy y le dije:

–Tomy, my dear Tomy, yo me muero. Yo te quiero mucho. Yo soy feliz con la idea de que tú vas a serlo. Te recomiendo a mi pequeño Dick y a mi muy amada miss Hellen... Esto se avecina; dame la mano.

Nos estrechamos la mano. Tomy se retiró. Entonces quedé sólo en la habitación. A poco el delirio, un delirio consciente pero inevitable, me invadió:

–¡Ah, qué dolor!... Me han engañado. Esta no es la muerte que yo esperaba –decía retorciéndome en la otomana– yo muero... ¡Ah, mi pequeño Dick, mi pequeño Dick, mi adorada Hellen! ... Yo quiero que Tomy me perdone y que Dios me perdone, porque yo hice trampa a Tomy, cuando jugamos nuestras vidas... Ruego a Dios que me perdone el haber mentido... Yo le impuse a Tomy que dijera lo que no era cierto... Mi deseo de que él no se sacrificara me indujo a hacer trampa en el juego... Y pido también a Dios que me perdone el crimen que cometo, porque yo le he robado a Dick el dinero que ahora va a recibir Tomy... ¡Yo he robado a mi hijo! Dios me perdone este crimen... quiero morir pronto... ¡Ah qué dolor!...

Me retorcía trágicamente. Mis ojos se desorbitaban. Tomy entró de pronto y me tomó de las manos. Mis ojos estaban velados por la muerte y mis últimas palabras –porque después me lo contó Tomy– fueron:

–Perdóneme Dios. Yo he mentido, he hecho trampa en el juego y he estafado a mi hijo...

Tomy, cogiéndome las manos, me dijo:

–Irving, Irving, hermano mío, my dear Irving. ¿Qué has hecho?... ¿Tú habías ganado?... Espíritu generoso, tú no debes morir. Soy yo el que debe morir. Mi debilidad es la culpa de toda esta tragedia. Yo temí que te mataras y por eso dije que eran tres senas dos ases. Irving, vuelve a la vida. Yo soy un criminal; yo he puesto esas sombras en tu espíritu.

Salió violentamente. Oí que hablaba por teléfono. Yo no había perdido la conciencia. Esperé en un estado indeciso. Me sentía entre la vida y la muerte. De pronto ingresó un médico y me inyectó en el brazo. Hiciéronme tomar bebidas calientes; poco a poco fui reaccionando. Cuando me vi en pleno dominio de mis facultades, abrigado y con unos frascos en el velador, me incorporé indignado:

–Tomy, Tomy –le dije– ¿qué has hecho?... Por qué alargas mi agonía?...

Eché mano a mi revólver. El me detuvo.

–Irving –me dijo– esto no es legal. Tú habías ganado. Tú me engañaste generosamente. El compromiso está roto.

–No, Tomy, yo perdí. Tú echaste tres senas, dos ases...

–Generoso Irving, tú eres un gentleman, pero mientes. Si persistes en matarte, me mataré yo también, my dear...

Yo no contesté. Tomy agregó:

–Son las siete. Es fuerza ponerse el smocking para la comida... Tenemos la misma ropa. Coge un smocking de mi ropero... Esto ha concluido. He perdido cincuenta millones de dólares... Vamos.

VIII

A las ocho, descendíamos el auto frente al cottage. Entramos. Miss Hellen nos esperaba. Tomy quiso despedirse, y entonces yo le dije tomándolo del brazo:

Dear Tomy, te quedas a comer con nosotros, porque hoy es santo de Hellen.

Tomy le beso la mano.

IX

Al día siguiente recibí una carta de Tomy con estas palabras:

Dear Irving: Cuando recibas ésta ya me habré matado. Pero me muero tranquilo: estoy seguro de que eran tres senas dos ases.– Tomy.

He aquí, concluyó Irving Winder, el porqué de mi tristeza. El cadáver de Tomy no apareció nunca. Nadie sabe cómo ni dónde se suicidó. Y a mí me queda esta enorme preocupación. Mi conciencia está empañada. Yo quiero matarme, amigo mío, pero cada vez que pienso ello me acuerdo de Dick, el pequeño Dick y de miss Hellen. Entonces desisto, pero cuando pienso en Tomy, en el infortunado Tomy, vuelvo a tomar la resolución de matarme. Estoy entre la vida y la muerte. ¿Qué me aconsejaría usted? Ya ve usted que yo no tuve la culpa. Fue Tomy, el mismo Tomy, el que me habló primero del asunto. ¿Quién, quién puede inculparme?...

Habíamos terminado de almorzar. El mozo nos encendió los puros.


Nueva York, julio de 1913.

El beso de Evans

(Cuento cinematográfico)

I

8 de agosto - 12 m.


–Alice... A...li...ce...

Los médicos acercan un espejo a sus labios. La soeur coloca en su pecho un pálido Cristo de marfil. El doctor Barcet abandona el pulso del enfermo. Evans Villard ha dejado de ser...

II

Había sido un hombre a la moda. Durante mucho tiempo, desde que su viaje a la India lo consagró como hombre de buen gusto, sus libros corrieron por las cinco partes del mundo. Después todos fueron triunfos. Medalla en la academia. Traducción de sus libros. Legión de honor. Reemplazó a Mr. Salvat en la primera columna de L'Echo. Fue en la embajada de El Cairo. Exquisito gusto, admirable cultura, irreprochable elegancia, ciertas óptimas condiciones orgánicas naturales, parisiense, apasionado, con un bigote discreto, Villard lo fue todo. En el Jockey Club, en el Casino, en los cabarets, en los bailes, la misma respuesta decidía el éxito del buen tono:

–¡Va a venir Evans Villard!...

III

La comentada amistad de Evans y de Lady Alice nació en el mar, como Venus, ocho días antes de la muerte de Evans: five o'clock a bordo del Principessa Elena, en Marsella. Marinos ingleses, delgados, rubios y severos, de manos finas y largas y de dedos casi transparentes. Marinos italianos, bajos, de carrillos bermejos como manzanas; bigotes, vestidos azulinos, franjas de oro, medallas. Franceses de ojos grandes, cuerpos pesados, sin la severidad albionesa ni la grácil arrogancia italiana. Mujeres cosmopolitas. Música. Lady Alice recostada sobre el barandal de popa, mira al mar. El viento agita moderadamente su tul de seda. Al lado de la costa los buques elevan sus múltiples mástiles agudos cual bayonetas... La nave se menea con solemnidad. Lady Alice piensa en América. Fantásticamente hace surgir del horizonte nebuloso el continente de los hombres rudos. Ve los paisajes de palmeras reflejarse en la serenidad de los ríos profundos; hombres cobrizos, atléticos, cazan fieras y hacen sangrar, cuando besan, los labios de sus mujeres. Casas inmensas. En estatua colosal, una mujer extiende el brazo, coronada, y señala el camino entre el océano agitado: Nueva York. Más abajo, capitanes negros, caudillos sanguinarios, revoluciones, riqueza, campos fértiles, la mies, el trabajo, el sol ardiente y pródigo... Alice respira el vaho tibio del mar que, bajo el sol, la sensualiza. Aspira el yodo de la atmósfera. Su pecho se levanta armónicamente y su cuerpecillo vibra. Vuelve la vista sobre el barco y torna a la realidad.

Ve pasar hacia la proa al baroncito Bouret, pálido, flexible, ojos azules, soñadores, cabello rizado que se encoca como un enjambre de abejas. Va con Carmen Mauvel, cuyo esposo, Claude Mauvel, aún no ha salido del bar. Luego pasa el capitán Des Glats, viejo, soltero, uniformado, sin bigotes. El literato Lapierre, de ojos abultados, cejas rebeldes, bigote y barbas de sátiro, cuyo cabello gris, como ceniza de tabaco, se escapa bajo el sombrero. En seguida solo, acechando a Alice, el conde Bellotti. El conde la mira dominador. Sus ojillos pequeños, inquietos y brillantes, tienen algo de ofidio. Ha viajado mucho. Conoce leyendas y practica ritos orientales.

–América -piensa Lady Alice- el viaje largo sobre el mar, días y noches. Amores fugaces, coquetería, flirt...

Evans se acercó. Aquella tarde narró cuentos y leyendas de los cow-boys. Exaltó la astucia de los mejicanos, la agilidad de los gauchos y la riqueza de los incas. Y desde aquella tarde que charlaron tanto,

Lady Alice y Evans Villard, fueron dos almas complementarias. A Evans atraían el exotismo y la gracia de Alice, ante quien, él aparecía cálido y vehemente; un apasionado sugestivo, un enamorado que no suplicaba, un solicitante que no admitía plazos: un transatlántico.

IV

7 de agosto - 5 p.m.


En Longchamps. Jockeys. Dueños. Preparadores. Damas elegantes conversaban con los jockeys. Otras visitan los bocks donde los caballos reciben las últimas escobilladas. Lady Alice con un gran sombrero de la Paix, cogida al brazo de Evans Villard que lleva jaquet, gemelos e insignia de clubman. Los amantes se pierden a lo largo de una avenida. Él habla con vehemencia. Ella niega con los labios, promete con el corazón y entrega la mano. Va a iniciarse la carrera. Los espectadores se agrupan en las vallas.

– (Antes de separarse, mirándola en los ojos)... ¿Mañana?

– (Jugando con la sombrilla) Mañana... en las Acacias...

Han partido los caballos. Emoción. Expectativa. Inquietud. Esperanza. El Conde Bellotti, que acecha, ha oído el lugar y la hora de la cita. Maquiavelo y Mefistófeles, conciertan en su cerebro un plan.

V

El conde Bellotti ha invitado a comer a Evans Villard. Evans ha roto su austeridad...

VI

En el cielo. San Gabriel y el Eterno


–Además, Voluntad Infinita, ya sabéis que aquel justo varón, Thelme, aquella alma toda bondad que era nuestro orgullo, ha desaparecido... Y aquel otro, el de la Abadía, el que entró tan viejo, el más fiel servidor...

El arcángel no puede continuar. Un emisario con grandes alas blancas y las manos beatíficamente unidas, en manera gótica, modelo de Fra Angélico, avanza hasta los pies del Infinito. Se le nota una gran agitación. Su cuerpecillo blanco tiembla y ha palidecido su cara de pétalos de rosa:

–Bondad Infinita, Principio y Fin de todas las cosas, Alfa y Omega, Rey de los cielos y de las alturas, de los hombres, de las almas y de las cosas...

–¡Habla!...

–Aquel hombre, el de Marte, el que entró junto con San Luis; aquél que parecía tan bueno...

–¿Qué?...

–Ha desaparecido...

Aquello era grave. Una evasión. Ni en los tiempos de Lutero. Decididamente, la humanidad se desviaba. Los ministros del Señor perdonaban demasiado, ofrecían mucho, o no tenían carácter. El cielo se iba volviendo un club liberal. Era necesario un remedio inmediato. En el Olimpo no había nada de eso. Allí las almas no se cansaban nunca. El paraíso de los chinos tenía campos fecundos, arrozales verdes, paisajes azules. Mahoma ofrecía festines, música, mujeres. Los hijos de Moisés, en cambio, apenas tenían un vago recuerdo de la tierra prometida y en el cielo tenían por toda felicidad, música de órganos, kiries lánguidos, oraciones beatíficas, estados de alma alejados de toda cosa terrena o corporal y un amor intenso e indominable por todos los demás. Las mansiones angélicas tenían una paz monótona, una bondad insensible. Todos eran buenos y aquello era intolerable. Música de Palestrina, cuadros de Fra Angélico y de Murillo. En la biblioteca, Kempis, San Agustín, la Biblia. Aquello era una especie de convento.

Inocencio X, que por milagro de Dios estaba en el cielo, dejó escapar algunas ideas. Sin duda alguna -dijo- allí faltaba el desnudo pagano, la fiesta islámica, la fecundidad de Confucio y Osiris, la tiranía de los asirios...

–El cielo, a mi católico entender, Voluntad Infinita, llega a cansar a nuestros hermanos. Convendría que no estuviesen separados en distintas regiones los hombres de las mujeres, ni las mujeres de los niños, ni los niños de los jóvenes, ni los jóvenes de los hombres...

–Pero entonces, Inocencio, quieres que esto se lo lleve... Si ya no tienen cuerpos, si les suprimo la carne, ¿por qué tienen apetitos?

–Porque son tan redomados pillastres, Omnipotencia, que han llegado a ser espirituales. Sus apetitos residen ahora en el alma. El amor ya no es en el mundo un deseo, Divino Eterno Arquitecto, sino una idea...

–Pero son incorregibles -arguyó el Eterno arreglándose la paloma y el triángulo-. Un nuevo diluvio no les vendría mal. Amor, amor... ¿hasta cuándo amor?

–Es que nosotros, Omnipotencia, estamos ya, si se puede decir, un poco viejos. Amor, amor, esta palabra no debió ponerse en el corazón de los hombres... Amor habrá hasta que terminen los siglos, y para eso hay que esperar...

–Pues bien, para reemplazar a los que se han marchado, permite entrar hoy a todo el que venga; pero sólo por hoy. Hay que llenar esas vacantes...

–Amén, Sabiduría...

Ruido de alas blancas como crujir de sedas. Gabriel se pierde en el azul...

VII

El palacio del demonio


En el fondo de las tinieblas, un mundo de sombras indescriptible. Una sala a media luz. El demonio y su estado mayor. Asientos fantásticos. Dragones, serpientes, búhos, ojos de lobos pendiendo en el aire sombrío. Luzbel ríe estruendosamente. Sus asesores le corean. Luzbel lleva el traje del tercer acto de Mefistófeles. Los otros van disfrazados con trajes modelos de Gavarny, de Poe, de San Juan Apocalíptico, de Lorraine y de Steinlein. Risas infernales. Alboroto. Luzbel serenándose:

–Buena la hemos hecho. Habrá que conseguir que no vuelva... Thelme... "aquel varón justo"... "y el otro, el de la Abadía"... "y el otro, el de Marte"... ¡ja... ja... ja! (Se aplica en la vista un vidrio oscuro que le permite ver todo lo que ocurre en el cielo) ¡Tate!, ¿sabéis quién entra ahora? (observando). Miradle, ¿le conocéis?

Los demonios hacen la misma operación de llevarse el vidrio a los ojos. Exclamaciones. Risas. Amenazas. Ludibrio:

–Éste saldrá. ¡Es nuestro!, salió a las 12. Tenía una cita en las Acacias. Éste nos pertenecía. Era escritor. ¡Nos le han quitado!

Siguen conservando y preparando planes macabros con fruición infantil.

VIII

8 de agosto. En el cielo. 12 m.


Evans entra en el cielo de mal humor. Le hacen pasar, se pierde, sin ver a nadie en un sendero azul rodeado de nubes. Está preocupado, casi parece un demente. Se diría que existe con una preocupación constante, fija, obcecadora.

Se siente un arrobamiento suave, fresco, delicioso, una "brisa de alma". Camina hasta un rincón donde las nubes hacen menos luz. Los coros apenas llegan allí. Las almas en sus envolturas intangibles, se pierden a lo lejos. Evans se recuesta y musita:

–Alice... Alice... en las Acacias... a las cuatro...

Se duerme. Algo muy extraño pasa en él. Olvida todo y se siente transportado a París. Va en su milord hacia las Acacias. El milord se detiene. Evans desciende.

IX

8 de agosto - 3 y 1/2 p.m. En las Acacias


Afluencia de gente. Coches, autos, bicicletas, caballos, gentlemans, artistas. Es la hora de moda. Por el fondo del paseo aparece Alice en su limusina. Vestido largo modelo Taffaret. El groom se inclina. Ella desciende. El auto se retira. Alice va en busca de Evans. Le ha dicho ayer: "A las cuatro en las Acacias". Evans nunca falta a una cita. De pronto fija la vista en un milord que avanza. Es el de Adalberto Bellotti. El conde se dirige a Lady Alice, saluda, se inicia la charla.

–Buscaba a Lady Alice...

–... No esperaba al señor conde...

–La casualidad... No me reprocho. Tengo el placer de saludar a Lady Alice...

–... (fastidiada) Lady Alice recibe en su hotel los martes... las visitas de cortesía...

–... y en las Acacias, a las cuatro, las íntimas...

–Observo la costumbre de mi amigo Evans Villard y de los que quieran imitarle...

–Y sustituirle...

–Evans Villard no admite ni puede tener sustitutos y Lady Alice no los tolera...

Las mejillas de Alice se encienden. El conde sonríe y palidece. Breve silencio. Entran juntos al salón rosado. Pasan al parque, se sientan bajo un cenador. Un aire de tierra mojada, bajo el sol, sensualiza el ambiente. Alice, extraña del todo a su acompañante, piensa en el beso de Evans. El primer beso, el más delicioso, el anhelado. En su imaginación, ve los labios de Evans, carnosos, duros, elásticos: parecen una flor. Alice cierra los ojos pensando en el beso, largo, lento, intenso, cálido. Se va acercando la hora, sus labios tiemblan. Adalberto le sigue hablando. Ella pretende no hacer caso, pero las palabras del conde le van describiendo diabólicamente, el beso, el beso de Evans. Adalberto insiste, cuenta los minutos, insinúa, mira, presiona una mano, oprime el talle. Falta un minuto... medio minuto... Alice se ahoga...

Él sella:

–Evans... Evans no vendrá...

Ella musita inconsciente:

–Evans...

¡Las cuatro! Ella ha besado a Evans. Sí. Lo ha sentido. Ha sentido que Evans estaba allí, que era él quien la besaba y sin embargo, el que está a su lado es Adalberto Bellotti. Se levantan. Salen. El conde:

–Evans no vendrá. ¡Evans... ha muerto!...

Alice, incrédula, palidece.

Se alejan. Saca un papel del bolsillo del jaquet. Las últimas palabras se pierden entre las gentes, y luego, bajo las sombras de las acacias jóvenes, Alice termina:

–Mañana...

X

En el cielo, 8 de agosto. 4 y 1/4 p.m.


Evans despierta de su sueño sonriendo. Ha sido feliz. Ha estado en las Acacias a las cuatro. Ha besado a Alice. Han paseado juntos por el parque. Han estado en el salón rosado. Se han sentado bajo una floresta. El beso. Han salido y, al despedirse, ella le ha dicho:

–Mañana...

Evans sonríe de felicidad.

¿Qué pasa? Gran tumulto en el cielo. Carreras, vuelos exclamaciones, plegarias, rezos. Ejércitos de ángeles se acercan a Evans y le miran con recelo.

–¡El Mal! ¡El Mal! ¡El Mal! ¡Salve! ¡Salve! ¡Salve!

Evans se da cuenta. El demonio ha estado en el cielo. Había entrado. Con los dedos en Cruz los ángeles signan a todos los vientos. Instintivamente, Evans hace la Cruz. Entonces vienen a él y se lo llevan. Gabriel le toma cariñosamente y le amonesta:

–No volver a quedarse dormido en los lugares solitarios. La soledad es un peligro. Él espía siempre, y logra burlar la vigilancia de los nuestros... ¿Os hace falta algo? ¿No os despedisteis del mundo? ¿Por qué buscáis la soledad? Él tienta a las almas pensativas.

–... (indeciso)...

–Bien. ¿Qué queréis ver? ¿Lo pasado? ¿Lo futuro? Os puedo hacer vivir una hora pasada, tal como fue la Voluntad del Eterno...

–¡Oh, sí! Llevadme a París... a las cuatro... a las Acacias... quiero ver...

Pasan a una galería celeste. Grandes series de lunas para observar. Se detienen. Gabriel señala:

–¡Aquí!

Evans se acerca. Observa jadeante. Palidece. Ve claramente el paseo. El desfile mundano. De pronto Alice que desciende de su limusina. Se acerca un milord. El milord de Adalberto. Evans palidece. Adalberto y Alice conversan y se ocultan en el cenador. Luego el beso. Se levantan y se alejan. Alice habla. Evans adivina por el movimiento labial que tanto conoce:

–¡Mañana!

Gabriel:

–¡Basta! ¿Estás satisfecho?

El encanto ha desaparecido. Tornan a las otras mansiones y Evans, melancólico, pasea entre los ejércitos de ángeles. Todos le admiran. Evans es un ángel triste. Un alma santísima.

Evans piensa en la cita de mañana y mil pensamientos irreverentes cruzan su espíritu. Decididamente, quiere volver al rincón donde se quedó dormido. Duda. Seria una falta capital, pensada. Un delito reflexionado. Luego Alice le engañaba. Adalberto le había envenenado durante la comida. Alice le había sustituido. Pero había alguien, él, como decía Gabriel, que podía llevarlo. ¿Qué importaba que ella besase a Adalberto si era él, Evans, quien sentía el beso? Evans sigue paseándose por los celestes senderos, preocupado.

XI

En el palacio de "Él"


Luzbel y sus camaradas, en el mismo salón, conversan. En actitudes impacientes esperan algo. Uno de ellos mira por el vidrio mágico.

–Ya se acerca al rincón... Ahora parece que duda... quiere volverse... piensa demasiado.

–Las tres y media, anuncia uno.

–Ya se acerca. Hablan. Nuestro camarada lo convence.

–¿Qué dice?

–¿Qué dice?

–¿Qué dice?

–¡Ya es nuestro! Ya vuelve el Emisario.

En efecto está de vuelta. Entra gozoso y satisfecho. Se ha vencido una gran batalla.

–¿Qué tal?

Los demonios se agrupan.

–Bien. Consiente en escaparse del cielo y venirse aquí con una condición.

–¿Cuál? ¿Qué quiere?

–Qué lo lleven siempre adonde indique.

–¿Quién?

–Adonde indique Lady Alice.

–¡Acepto! -dice Luzbel, con la voz baja y honda del tercer acto de Mefistófeles.

Se da una orden. En el silencio, en el rincón de las nubes, Evans se queda dormido.

XII

París, 9 de agosto. 10 a.m.


En el Père Lachaise. Llevan los restos de Evans Villard. Corporaciones, periodistas, literatos, académicos. Carros de flores, timados por mulos vestidos de luto. Una inscripción. Se hace círculo; y en medio, frente a la tumba de Evans, el señor René Laferriere, secretario perpetuo de la academia, comienza:

–Señores: vengo a cumplir el penoso deber...

El círculo de la muerte

(Cuento yanqui)

I

Harry Black es riquísimo. Su cuñado es millonario y le dispensa una gran protección. Harry gasta el dinero de una manera alarmante. Una tarde en Harford City remató en diez mil dólares el archivo de cartas de una bailarina; y durante el tiempo que tiene convidados en su casa hace echar perfumes en las fuentes del jardín.

–Pero Harry, amigo mío, usted va a concluir pronto con su fortuna—, le reprochaba yo.

–La fortuna de mi cuñado es eterna. Descuide usted. No se concluirá nunca...

–¿Cómo? ¿Es socio de la Niágara Electric? ¿Su patrimonio corre a cargo del Estado?...

–¿Pero usted no sabe cómo se hizo millonario mi cuñado Richard?... Espere...

Hizo que el ayuda de cámara pusiese en el automatic una goma de The Merry Widow y empezó de esta manera:

–Los negocios del señor Kearchy marchaban mal. Kearchy, un hombre ingeniosísimo, era ante todo un yanqui. Acostumbrado a ver el mundo desde los edificios de cuarenta pisos de nuestro país, buscaba por encima de todo la resolución del problema de su redención pecunaria... A un sudamericano -y perdone usted mi franqueza, que es pecado de raza- se le habría ocurrido pedir un ministerio o un puesto en Europa. Una tarde, después de tomar un chop en un beer saloon de la Quinta Avenida, concibió una idea y se dirigió presuroso con ella donde Kracson, antiguo y sincero amigo suyo, que había llegado a poseer cerca de cien mil dólares en una negociación de cueros con sucursal en Boston y casa central en Wall Street.

El ayuda de cámara dejó instalado a Kearchy en una antesala correctísima. A poco apareció Kracson con su calva augusta y sus labios depilados. Kearchy principió bravamente. Le recordó su vida pasada, una sucesión de triunfos y de fracasos. Le dijo como había llegado a poseer tierras y estadios en Coney Island, cómo aquellos valores llegaron a hacerle millonario y cómo últimamente la quiebra fraudulenta de su administrador lo había reducido a la miseria.

Kracson creyó a su amigo, y como lo era de verdad, terminó ofreciéndole un puesto en Boston.

–¡Cómo! ¿Un puesto en Boston?... ¿Y mis sueños de grandeza?... ¿Y mis expectativas para lo porvenir?... Mira, Kracson: en enero de 1906 era yo segundo corredor de Barclay Brothers. En julio del mismo año hice un balance total al asegurar mi vida. Hoy es doce de agosto de 1906, tengo 34 años y he aquí el presupuesto de lo que debo ser en la vida hasta los setenta.

Y alargó a Kracson un pliego tintado en rojo y negro como una factura comercial. Kracson, con la mayor naturalidad del mundo leyó:


Alex Kearchy, a su firma:_______Debe.

1905 .... Enero 15 .... Segundo corredor de Barclay
                        Brothers... Seis dólares
                        semanales y gratificación.

1905 .... Julio 18 .... Primer jefe de la sección de
                        importación... Veinte dólares
                        semanales.

1906 .... Agosto 12 .................................

1906 .... Enero 18 .... Contratista con el Estado
                        como empresario del Niágara.


Y seguía una larga lista de puestos ascendentes que concluían en 1942 con los puestos inclusivos de Secretario de Estado y de contratista de empréstitos a varios países sudamericanos.

–Pero en 1906, agosto doce, hay una partida en falso...

–He venido a llenarla precisamente, respondió Kearchy...

–Pero esa debe ser una partida monumental... Y yo...

–No te mortifiques. Lo he previsto todo. Aquí está la garantía para la partida, dijo Kearchy.

Y sacó un segundo pliego que Kracson leyó ávidamente. Decía:


ALEX KEARCHY SE COMPROMETE A ASOCIAR A JOHAN KRACSON EN UNA EMPRESA HUMANITARIA QUE PRODUCE DINERO ETERNAMENTE. LA EMPRESA DEBE EXPLOTAR UN ESPECTÁCULO EN EL CUAL MUERE UN HOMBRE DIARIAMENTE.


–¿Y a eso llamas empresa humanitaria, Kearchy?... Yo no puedo entrar en ese negocio. Mi conciencia, mis costumbres... Yo soy hijo de gentes de buen natural.... Yo creo en Dios. Yo no puedo aceptar tu propuesta... Y se salía de la habitación. Kearchy se vio obligado a tomarlo del brazo:

–Kracson -le dijo-, ¡escucha! Tengo el secreto de nuestra verdadera fortuna. Vamos a realizar un espectáculo en el cual muere, a la vista del público, diariamente, un hombre. Va a ser un espectáculo que reunirá en un circo más espectadores que los hubo en los circos romanos de Claudio y de Calígula. Nuestras posiciones de Coney Island serán estrechas para cobijar al público. Naturalmente cada uno de los asociados de la Unión paga para ver el espectáculo. Y nosotros somos los únicos dueños del negocio.

–Pero ese espectáculo no puede realizarse. ¿Quién se dejaría matar?... ¿Es que piensas hacer hombres artificiales?...

–Se dejarán matar voluntariamente. Además, en cuanto a tu conciencia, no te importunará nunca, y yo estoy seguro de que cuando, por las noches, tu cabeza descanse en la almohada, lejos de desfilar sombras acusadoras por tu mente, sentirás el baño fresco y la caricia inefable del deber cumplido. Es una obra altruista. Sí, a Washington se le habría ocurrido...

–¿Altruista con un hombre muerto cada día?... Yo no te comprendo...

–Te diré. Tendremos el aplauso del público y de las instituciones de beneficencia. Los diarios aplaudirán entusiasmados nuestra obra. Y quién sabe si cuando pasen los años nuestros cuerpos enlazados en el bronce de la fama se exhibirán en una plaza de la City. Seremos dueños de una fortuna inmensa. He calculado las entradas diarias: palcos, galerías, butacas, sillones de orquesta y bastidores, para las señoras encinta que no podrían ir a la vista del público sin accidentarse. Seis mil dólares de entrada bruta la primera tarde. Diez mil la segunda, y así sucesivamente. De esta manera yo llenaré la partida de hoy y podré seguir cubriendo mi presupuesto hasta mil novecientos cuarentidós...

–¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!... Pero lo principal, dijo Kracson. ¿Quién se deja matar?

–¡Lee!

Y Kearchy alargó un tercer pliego que decía:


U. S. A. Estado de New York. Municipalidad. Sección de Estadística Promedio diario de suicidios: Por amor.....................3 Por falta de recursos........5 Por robo.....................1 Por causas desconocidas......2 Total.......................10


–¿Y qué? -dijo Kracson.

–Que si publicamos este aviso en el New York Herald:


"LAS PERSONAS QUE QUIERAN SUICIDARSE PASEN ANTES POR LA AGENCIA KRACSON Y KEARCHY, DONDE RECIBRIRÁN DIEZ MIL DÓLARES. AVENIDA FRANKLIN 34, PISO 27 L."


Si publicamos este aviso los suicidas acudirán, y entonces he aquí el negocio: implantamos un looping the loop en automóvil, llevando el operador, el suicida, ligadas las manos y cubierto el rostro. El punto de lanzamiento está a ochenta metros de altura, la muerte es rápida y tranquila. De esta sencilla manera el público aplaudirá delirante y el suicida, que poco antes sólo iba a dejar a su familia un poco de lágrimas, dejará para ella, o para quien designe, los diez mil dólares del premio. Los domingos daremos funciones extraordinarias en las que deben morir los excéntricos, los grandes banqueros arruinados o, en fin, aquellas personas que por su talento y virtudes merezcan este señalado honor y sean dignos de llamar la atención pública.

–¡Admirable, Alex!

Y Kracson llenó de su puño las partidas en blanco desde el seis de agosto hasta los setenta años, es decir desde 1906 hasta 1942.

II

–¿Edad?...

–38 años. -¿Profesión?...

–Ebanista.

–¿Está resuelto firmemente a matarse?

–Sí, señor.

–¿Deja parientes?

–Siete pequeños, mi señora y dos sobrinas. Además mi cuñada y su marido. Yo no tengo un céntimo. Si viviera más tendría que robar y me llevarían a la cárcel.

–Corriente. ¿A quién debemos entregar los diez mil dólares?...

–A mi mujer... ¿Y si sobrevivo me los daréis a mí?...

–Sí. Con un descuento del 25 por ciento...

–¿A qué hora me toca?

–A las cuatro. Pase. Está listo el auto. El circo está lleno. ¡Feliz viaje!

Y sir Kracson oprimía con una mano la diestra del obrero y con la otra presionaba un timbre. Apareció un criado que acompañó a su camarín a ese nuevo artista fugaz.

–¡El número 82!, gritó por el ventanillo Kracson.

En el salón de espera había diez y ocho individuos. Todos esperaban el turno para cancelar el último contrato. Había jóvenes de aspecto enfermizo, pálidos, de ojos azules y de cabello amarillo muriente, pegado a las sienes. Morfinómanos elegantes que esperaban con los ojos velados la voz del oficinista que los llevase a otra vida tan apacible como sus ensueños. Había viejos de cara congestionada; niñas; una de quince años, de aspecto fiero, de cabello rojo y de mirada fosca. Ésta se mataba por hastío. La aburría hacer diariamente los largos viajes entre New York y Brooklyn, que le producían el sustento. Además había tenido un amor cortado de improviso. A poco rato ingresó un joven elegante, ligeramente pálido y de ademanes correctísimos.

–Si no me atendéis de preferencia me estrello contra el primer camión, gritó por el ventanillo. ¡Me toca el 94!

Se abrió la rejilla para dar paso al joven.

–¿Su edad?, le interrogó Kracson.

–26 años.

–¿Estado?

–Soltero.

–¿Tiene usted el firme propósito de matarse?

–¡Como que si se demora usted mucho lo reviento! ¿Usted sabe de lo que es capaz un hombre que va morir dentro de media hora?... Estoy arruinado. Mis últimos billetes los cambié en Montecarlo. Vengo hastiado y siento tedio de vivir. No temo a nada ni a nadie. Me siento desvinculado de la sociedad. Desde ahora declaro que no tengo nada que hacer con las leyes de mi país. ¡Soy libre! ¡Perfectamente libre! Yo puedo hacer ahora lo que me plazca. Nada se opondrá a mi deseo. Voy a morir dentro de media hora. ¿Qué no puedo hacer?... Este era el último placer que quería experimentar. Ser libre. Ya lo soy. ¡Mátenme!... Me debía a mi novia, pero como no tengo fortuna para casarme con ella, me mato y le dejo el dinero como indemnización... ¡Cancelemos, pues!

Kracson extendió el contrato.

III

La avenida de álamos de Garden Park era estrecha para contener el número de personas que acudían a la representación del Círculo de la Muerte. Los autos, los motos, los ómnibus, los carruajes particulares, y las limusinas, se disputaban el lugar para llegar al circo.

Las funciones anteriores habían producido una entrada bruta de 40 mil pesos oro. Ocho mil habían servido para las indemnizaciones y el resto era entrada líquida para los señores Kracson y Kearchy.

–¿Quién sube hoy?, inquirió una señora de impertinentes a un joven de amplio vestido gris.

–Es Richard Tennyson.

–¿Su cuñado?... le interrumpí a Harry.

–Sí, el esposo legal de mi hermana Eva.

Y continuó:

–Es un joven distinguidísimo -decía la señora del impertinente-. Tiene esperanzas de vencer y parece que morirá como sus antecesores...

–No, interrumpió un señor burgués. El joven de hoy es un excéntrico: desea morir...

Un grupo salió de una de las puertas del circo y se dirigió al centro. En medio de él iba el chauffer del automóvil de la muerte: mi cuñado Richard Tennyson.

Sonaron los anuncios. La gente se instaló. Los tablados rebosantes tenían el aspecto móvil y policromo de un cinema en colores. El blanco de los cuellos, las pecheras y los sombreros de paja, daban al conjunto ambiente de frágil movilidad. Un murmullo de admiración hizo converger todas las miradas en la portezuela por donde salía el artista. Vestía un correcto y cerrado gabán de pieles, gorra de nutria y lentes de automovilista. Tenía un marcado aire de distinción. El 40 H. P. lo esperaba, elevado ya, en el lugar del lanzamiento, que era de diez y ocho metros, teniendo la altura máxima ciento veinte. Se da la última señal. El artista va a lanzarse. Todos observan sus menores movimientos con esa curiosidad que inspiran los que van a morir. Un silencio absoluto domina el circo.

¡Por fin!... El automóvil se lanza al abismo. Da las dos vueltas obligadas y cuando un desvío de la línea debía ocasionar la caída, una casual inclinación del cuerpo salva al chauffer y éste, ligados los brazos y vendados los ojos, llega al final de la carrera entre los delirantes aplausos de la multitud.

Le desligan y le hacen pasar el circo entre vítores y aplausos. Una lluvia de sombreros y de monedas no le deja avanzar.

–¡Salve, Salve!...

La granujería neoyorquina, pelirroja y musculosa, lo lleva en hombros, y a su paso las mujeres sonríen y los hombres envidian. Por primera vez Kracson y Kearchy pagaron personalmente el precio de una vida, en pesos oro.

IV

A los tres días, el primer solicitante que llegó a las oficinas de Kracson Kearchy fue Richard Tennyson.

–¿Usted otra vez?... -le preguntó espantado Kracson.

–Sí, señor. Quiero matarme.

–No es posible. Usted concluirá por echarnos a perder el negocio. Es necesario morir y usted no morirá, seguramente. Usted ha cogido el secreto. Usted le quita el sitio a tantos infelices. Usted no los deja morir...

–Sí, señor, me mato. Y si no me aceptan me arrojo contra el primer camión de carga. ¿Usted sabe de lo que es capaz un hombre que va a morir dentro de media hora?... Estoy arruinado. Los últimos billetes...

–Basta, sí. Los cambió usted en Montecarlo. Usted es libre, no tiene compromisos... etc... ¡Pero no le matamos a usted!...

–Estáis obligado a matarme.

–¡Pues no le matamos, dear!

–¡Esto es un fraude!

Mi cuñado salió desilusionado. Creía haber encontrado una renta fabulosa y Kracson & Kearchy se lo impedían. A fuerza de dar vueltas al asunto monumental de Kracson & Kearchy, Tennyson se dio cuenta de que el original invento no tenía la exclusiva. Con la mayor discreción se echó a buscarla para sí y un buen día se consiguió en las oficinas del Estado la exclusiva del Círculo de la Muerte, haciendo pequeñas concesiones al Estado. La exclusiva estaba a su nombre, y nadie más que él podía explotar el negocio.

El porvenir de Kracson & Kearchy empezó a nublarse. Le mandaron decir a mi cuñado que lo recibirían en el Círculo de la Muerte, que le harían el favor de matarlo. Pero ya era tarde. El Círculo de la Muerte dio sus últimas funciones. Y a los cinco días justos empezó a funcionar el de mi cuñado. A las bodas de oro, es decir al morir el quincuagésimo individuo se casó Richard con mi hermana Eva. Hoy es millonario. Tiene una fortuna fabulosa. Usted sabe que hace cinco años que existe el Círculo de la Muerte y que el Estado lo protege como una institución humanitaria. Mi cuñado es socio de inmigración, agregado a la empresa de irrigación en el Far West, socio de beneficencia, protector de varias instituciones altruistas... Es un filántropo...

–¿Y Kracson & Kearchy?...

Han venido a suicidarse dos veces en la empresa de mi cuñado; pero él no los ha recibido. Dice que le echarían a perder el negocio. La última vez que vinieron Richard les ofreció puestos en la misma oficina del Círculo. Kracson aceptó pero Kearchy salió irritado. Verdaderamente es un hombre ingenioso y pronto conseguirá otro negocio tan monumental como el primero. Sólo que esta vez no se le olvidará pedir exclusiva. Mientras tanto, mi cuñado seguirá enriqueciéndose hasta la consumación de los siglos...

–O hasta que se le acaben los suicidas...

–No se acabarán nunca, porque siempre habrá enamorados tristes, aristócratas morfinómanos, banqueros arruinados, poetas neurasténicos, niñas abandonadas e individuos hambrientos. En último caso, dijo riendo Harry, allí está Kearchy como reserva. Si en vez de salvarse en el Círculo de la Muerte se estrellara, como es probable, se daría el primer caso de un yanqui que fracase...

Pero Kearchy salvará, es un hombre ingenioso. Ahora hace sus paseos por la Quinta Avenida...

La goma se ha detenido. Las melodías de The Merry Widow han dejado de sonar en las cajas del automatic.

Cuentos chinos

Las vísceras del superior

o sea
La historia de la poca vergüenza


Había en un lejano rincón de China, allí por los tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la Universidad de Pekín, cierta gran aldea llamada Siké, regida por mandarines, en la cual acaeció la historia que te voy a referir, Rolando, a condición de que la retengas en tu privilegiada memoria –pues la memoria es el principal auxiliar para los que han de gobernar a los pueblos– y tú Rolando, tienes delante de ti grandes expectativas y todas las puertas abiertas, excepto las de la cárcel, que serán para tus víctimas.

Pues bien, en dicho rincón de la China, los hombres eran muy belicosos. Se armaban unos contra otros por quítame allá esas pajas. Las guerras civiles se sucedían con lamentable frecuencia. Morían muchos en cada una de ellas. No habían faltado grandes mandarines que pudieran haber hecho la felicidad del pueblo de Siké, pero ellos mismos, los habitantes, se habían encargado de esterilizar sus labores. Ante la amenaza de una disolución y de que el fuego del cielo arrasara la aldea y aniquilara a sus habitantes acordaron un día dar tregua a sus pasiones y elegir de común acuerdo un mandarín que fuese aceptado por todos. El designado fue Chin-Kau. Una tarde, cuando empezaban a caer las hojas de los ciruelos y el arroz empezaba a crecer, el Gran Consejo entregó el gobierno a Chin-Kau; por haber vivido muchos años lejos del pueblo, por su reconocida honradez, por su notable competencia, por su espíritu generoso y benévolo, era la esperanza de Siké. Cuando el gran consejo lo ungió, todo Siké aplaudió el ungimiento. Los altos dignatarios, las más discretas damas, la juventud sana, los sacerdotes de Buda, y hasta los más humildes laboreros dejaron aquel día sus arrozales y se dirigieron al palacio de Chin-Kau a darle el saludo. Desde el más alto y gordo juez hasta el más sabio sacerdote y el más infeliz y flaco chino de Siké concurrieron a las fiestas; se quemó innumerable cantidad de cohetecillos, se representó en el teatro grandes dramas legendarios y el espíritu nacional vibró en Siké, con extraordinaria fuerza. Se alababa la prudencia, la sabiduría, la honradez, la generosidad y hasta la belleza física de Chin-kau –que era feo– porque los habitantes de Siké parecían hijos directos de Chun-Chun, el dios del servilismo.

Cada decreto de Chin-Kau era motivo de las loas y regocijo público, durante los primeros días. Pero como los de Siké eran por constitución inconstantes, se cansaban de adular como se habían cansado de guerrear y un buen día comenzaron a hacerle el vacío a Chin-Kau, pero por lo bajo. Chin-Kau por su parte no se daba cuenta de estas cosas. Distanciado de la facción de los chincané por los chismes continuos de los batikau se consagró a labrar la felicidad de Siké. Les arregló las cuentas, les dio leyes, les administró con religiosidad los caudales públicos y todo iba a pedir de boca. Chin-Kau era confiado y no temía a nadie, pero esta confianza se la infundía su primer general, Ton-Say –que en castellano quiere decir junco flexible, porque así le llamó un historiador enemigo–. De la misma manera que Chin-Kau confiaba en Ton-Say, Ton Say confiaba en su primer lugarteniente, el famoso Rat-Hon, famoso porque se había encontrado en una escaramuza contra el enemigo extranjero, donde los que murieron se vieron despojados de sus méritos por Rat-Hon. Rat-Hon había sido como el hijo predilecto del Gran General Ton Say, el cual le había dado todo lo que Rat-Hon había menester, desde su borrascosa mocedad.

Un día llegó a la Corte la noticia de que se conspiraba contra Chin-Kau y que el principal conspirador era Rat-Hon, Chin Kau llamó a Ton-Say, Ton-Say llamó después a Rat-Hon, pero no se atrevió a acusarlo. Pero las noticias eran insistentes y hasta tal punto que Ton-Say se indignó contra los que se las traían, atribuyéndolas a envidia. Cuando Chin-Kau volvió a llamar a Ton-Say, Ton-Say le dijo que respondía con su vida de la lealtad de RatHon. Insistió nuevamente Chin-Kau en que se conspiraba y entonces Ton-Say, casi avergonzado, llamó a Rat-Hon y le comunicó lo que ocurría. Rat-Hon, oyó en silencio, entristecióse y dos redondas lágrimas cayeron de sus ojos desviados. Tembloroso, sólo pudo contestar entrecortadamente:

–Por los arrozales sagrados de Kay-Pen, por las sabias máximas de Confucio, por los crepúsculos rosados de Hayty, por todos los cerezos en flor de los Siete cielos, por los colmillos del elefante gordo de Buda, oh, ¿cómo puedes concebir, gran general y padre y jefe mío, que yo pueda conspirar contra la estabilidad del magnánimo y sabio Chin-Kau, a quien le acabo de pedir un puesto para uno de los míos? Tu reproche entristece mi alma como la caída del sol entristece el mundo... ¡Ay! Yo me moriré de pena...

Ton-Say se conmovió con la respuesta de Rat-Hon. Otras dos lágrimas igualmente gordas cayeron sobre los pómulos de Ton-Say y sólo pudo agregar:

–Te envidian, Rat-Hon y por eso te calumnian...

–Puedes dormir tranquilo, dijo retirándose conmovido Rat-Hon. Ton-Say se dirigió a donde el Gran Mandarín Chin-Kau y le repitió las frases de Rat-Hon, agregándole:

–Podemos dormir tranquilos, Gran Señor.

Chin-Kau durmió aquella noche en el palacio de Siké y Ton-Say en el Castillo, rodeado de su ejército. Pero he aquí que cuando la noche cayó sobre la ciudad y cuando las tinieblas eran tan negras como el alma de Rat-Hon, unas sombras se dirigieron hacia el dormitorio del general Ton-Say, deslizándose suavemente y con revólveres y carabinas que les habían dado para defender la integridad y la soberanía y las leyes de Siké, asesinaron el dormido cuerpo del heroico General Ton-Say, convirtiéndolo en una verdadera papilla. Después, otras legiones capitaneadas por Rat-Hon, se dirigieron al palacio, atacaron a Chin-Kau, lo deportaron y lo asesinaron a disgustos. El autor de todo este proceso de cosas vituperables fue declarado mandarín y Rat-Hon, subió al poder, por el servilismo, la cobardía y la confabulación pecaminosa de los habitantes de Siké.

En el gobierno el nuevo y falso artero mandarín, puso punto y raya a todos sus antecesores. No hubo pecado del cual no se le pudiera acusar con fundamento. Apropióse de la hacienda común el que antes no tenía un junco, compró arrozales, adquirió casa, hubo servidumbre; derrochó entre los suyos los bienes de los demás y las contribuciones de los de Siké pasaron a ser cuentas corrientes en los bancos; vendió en ventas deshonestas muchas propiedades del Estado; encarceló a los vasallos, violentó la leyes, ultrajó la libertad, quemó, saqueó, extorsionó, no hubo institución ni persona que no tuviera que reprocharle algún manejo innoble. Su gobierno era como una banda de elefantes paseando por un jardín de crisantemos. Los habitantes de Siké lloraron amargamente la lejanía de Chin-Kau, pero ya no tenía remedio, Chin-Kau acosado por sus enemigos había exhalado en el extranjero el último suspiro. Rat-Hon fue ascendido a Gran Mandarín por los miembros corrompidos del Consejo de Siké.

La acción vituperable de Rat-Hon, para con el mandarín Chin-Kau y para con el gran General Ton-Say, hizo escuela en Siké. Desde aquel día todos los lugartenientes quisieron seguir las huellas de Rat-Hon. Y su desarrollo y consecuencias que fueron interminables, serán motivo de otro capítulo. Porque todo está escrito en la memoria de los hombres. Por fin, un día, cansado y cuando no quedaba un yen en las arcas de Siké, Rat-Hon dejó el gobierno. La opinión pública de Siké lo condenaba, pero el Gran Consejo senil y corrompido, cobarde y débil, nombró una comisión de amigos de Rat-Hon para que le tomaran cuentas. Como en Siké los precedentes tenían valor de leyes, porque las leyes propiamente no existían, y los habitantes de Siké tienen mala memoria, la comisión no dictaminó nunca. Las fechorías de Rat-Hon quedaron impunes durante todas las dinastías que se sucedieron en el mandarinato.

A tal punto estaban invertidas la moral y las buenas formas en la gran aldea china de Siké, allá en los tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la Universidad de Pekín.

En el próximo capítulo se verá los resultados que tuvo la acción y gobierno del mandarín Rat-Hon en los destinos de Siké.


Ta-Ku-Say-Long
Exdirector de la Biblioteca Nacional de Tokio, condecorado con el Dragón Rojo, oficial del Crisantemo Azul.

El hediondo pozo siniestro

o sea
La historia del Gran Consejo de Siké


Donde se habla incidentalmente de Si-Tay-Chong, "el desvergonzado"


Siké, la gran aldea china que existiera allá por los tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la Universidad de Pekín, había sufrido grandes vicisitudes políticas. En los antiguos tiempos Siké había sido el centro de una importante civilización de la China, una especie de teocracia a base de servilismo que duró hasta la invasión de los conquistadores manchúes, que trajeron a los indígenas de Siké más vicios de los que ellos, sin esfuerzo, poseían y practicaban. Los manchúes esclavizaron a los de Siké durante siglos. Todas las riquezas de Siké, todas las contribuciones de opio, crisantemos, nidos de golondrinas, ratas en conserva, grullas, lotos, arroz y demás productos, iban derecho a parar al gobernador de los manchúes. Cansáronse un día los de Siké y por inspiración de algunos patriotas levantáronse en armas y quisieron ser libres. Pero fracasaron en su empeño y viéronse obligados a pedir auxilio a un capitán extranjero, de gran fama, que estaba a la sazón libertando otras comarcas. A él se entregaron los de Siké y él efectivamente los libró del yugo manchú, pero los sometió a su yugo. Éste, que fue un nuevo tirano, llamábase Si-Mo-On. Humilló a los aristócratas, despojó al gobernante natural, dispuso de las rentas públicas a su antojo, se hizo coronar, ahorcó en las plazas públicas a los altos dignatarios de la milicia, desmembró el territorio de Siké para crear nuevos estados que llevaran su nombre, se hizo gobernante vitalicio, pagó a sus soldados sumas fabulosas por servicios de guerra, y un buen día se marchó después de haber humillado muchos nombres, franqueado muchas alcobas y suprimido algunas vidas ilustres. Sin embargo, los de Siké, que no pudieron olvidar nunca su origen de esclavos manumisos, lo proclamaron "el gran genio protector y alado, libertador magnánimo y dios titular de Siké", le levantaron estatuas de bronce y le cantaron himnos rítmicos y épicos. Ya se ha dicho que los de Siké parecían hijos directos de Chun-Chun, el dios del Servilismo.

Una de las cosas en las cuales consistía el gran orgullo de este vano pueblo de Siké, era su Gran Consejo. Todos los pueblos adyacentes a Siké tenían su Gran Consejo, pero estaba formado por altos dignatarios, por personas de privilegiado cerebro, por individuos probos y meritísimos; mas en Siké las cosas estaban invertidas. El Gran Consejo de Siké, llamado también Chun-Gau-Loó -que quiere decir el pozo hediondo- era una agrupación ineficaz y heterogénea de hombres de todas las tribus, de todas las castas, de todos los aspectos y de todas las tendencias. Sin saber cómo llegaron a juntarse en el Gran Consejo de Siké como las langostas en una trampa, o los camarones en un remanso, o las moscas en un estercolero, o los penitenciarios en una cárcel, o los pecadores en el Infierno, o Cielo negro; sin saber cómo llegaron a juntarse en el Consejo, pordioseros, tránsfugas, oradores, criminales, hombres de ciencia, sacerdotes de Buda, bellacos, traidores, mudos, tramposos, deshonestos; había allí quienes huyendo de la justicia se habían acogido bajo el artesonado del Consejo, como los mirlos bajo los duraznos en flor; los había leprosos de cuerpo y de alma; los había que vendían sus votos por un puñado de arroz, o por un yen; los había, en fin, que no teniendo qué vender, vendían a sus compañeros. El Gran Consejo de Siké llegó a obtener tal fama que en los mercados, al verlos pasar, los vendedores ocultaban sus mercancías y se decían unos a otros:

–Despreocupado Chon-Long, vendedor de ranas jóvenes, esconde tus mercancías, ¿no ves que se acercan dos miembros de Gran Consejo?

El Gran Consejo, que carecía de patriotismo y de otras virtudes elementales, estaba siempre dividido en dos grupos. Unos que adulaban al Mandarín, y otros que le hacían guerra. Generalmente los que adulaban eran mayoría, pero siempre que se iniciaba un nuevo mandarín en el gobierno, peleábanse todos por ofrecerle sus servicios, y por alcanzarle primero la sebada pipa de opio. Como era imposible al Mandarín contentar a todos y dar a todos un pedazo, los resentidos iban a formar poco a poco el grupo de la oposición sistemática. ¡Y había que ver lo que hacía el Gran Consejo con los mandarines caídos! En el reinado del famoso y probo mandarín Chin-Kau, del cual se ha hablado ya, con motivo de la rebelión del famoso Rat-Hon, Chin-Kau, convencido de la abyección del Consejo, quiso disolverlo. Tomó de ello pretexto Ran-Hon, contra las leyes expresas de Siké, para encabezar la revuelta, diciendo que defendía la intregridad del Consejo. Pues bien, Chin-Kau no llegó a atentar contra el Consejo, pero su defensor Rat-Hon lo atacó a balazo limpio, hirió a sus miembros, expatrió a otros, encarceló a muchos, y se hizo nombrar mandarín, a fuerza. Y bien, ¿qué dispuso el Gran Consejo para vengarse de Rat-Hon? Pues hacerlo gran Mandarín, concederle inmerecidos títulos militares y adularlo servilmente durante su mandarinato.

Bien cierto es que entre los que perteneciendo al Gran Consejo contribuyeron poderosamente a las tropelías y gatuperios de Rat-Hon, se encontraban el peligrosísimo Chin-Gau, el de la gran joroba; el agresivo Tu-Pay-Chon -que quiere decir "el que se hace el loco"-; el analfabeto y gordo Si-Tu-Pon, enamorado de la sucesión en el mandarinato; el mediocre Chon-Chi; y, sobre todo, el inolvidable, el inolvidabilísimo Si-Tay-Chong, el desvergonzado, que era más sucio y asqueroso que un escupitajo de suegra desdentada en cara de borracho tuberculoso. Si-Tay-Chong era plebeyo, astroso, mala persona, bajo de alma y de cuerpo, de espíritu mefítico, de uñas largas y negras, pedigüeño en su mocedad, insolente en su apogeo; adulador de los señores, déspota de los infelices, megalómano, cínico, inmoral, bruto, sucio, servil, falso, artero, intrigante, malévolo, presuntuoso, vacuo, fatuo, desleal, sin ley, sin conciencia, sin dios, algo buen mozo y de ojos dormidos, creía poseer el secreto de las siete ciencias, la trascendental filosofía de Buda, las sabias máximas de Confucio, las dotes literarias de Li-Kay-Pé, el noble uso de las armas, la difícil ciencia de administrador y la brillante virtud de la oratoria. Hablaba de honradez inmaculada y cobijaba malhechores; enseñaba en la Academia de Siké y engañaba en ella, con falsas doctrinas, a la candorosa juventud; era capaz de vender su alma por un mimpau; su cuerpo por un nido de golondrinas; su honor, por una torta de sesos de murciélago; era un chino infecto; no había por dónde cogerlo. Todo esto es pálido retrato de lo que era en verdad, Si-Tay-Chong, el desvergonzado.

Y así llegó a ser primer ministro de Siké en el gobierno desgraciado del famoso mandarín Rat-Hon. Por todo esto se verá que los habitantes de Siké merecían la suerte que les estaba deparada por Buda, el admirable padre de la sabiduría, el dispensador de beneficios, el que hace florecer los crisantemos en la primavera, y rompe el broche verde por donde surgen, en los lagos tranquilos, las blancas flores del loto frágil, bajo el cielo hondo y azul, en los paisajes multicolores de las comarcas chinas.


Ta-Ku-Say-Long.

Exdirector de la Biblioteca Nacional de Tokio, condecorado con el Dragón Rojo, oficial del Crisantemo Azul.

El peligro sentimental

o sea
La causa de la ruina de Siké


Cuando Chin-Fú quedó divorciado, realizó todos los arrozales que constituyeran su heredad y decidió viajar, en compañía de un leal servidor, por todas las aldeas de la China, presa de una cruel neurastenia. En los largos y pesados caminos, ya fuera en sillas cargadas por moghines, o en las canoas de paja, a la sombra de quitasoles leves, bordeando los canales, ensayó todos los medios de olvido: leyó los tres primeros libros del Ayu-Say, donde el filósofo Meng narra la adorable infantilidad de Confucio, pero se le caía el libro de las manos; buscó de intrigar su fantasía con los cuentos picantes de Son-Vi-Hin, pero los arrojaba luego; un día bebió aguardiente de arroz hasta que sus piernas claudicaron y en su rostro encendido los ojos vidriosos durmieron bajo los párpados pesados; otro día bebió la miel del junco amarillo hasta perder la razón; luego aspiró el api-yin de Benarés hasta convertirse en un semidiós, pero pasados los instantes del delirio, la cruel herida de su amor sepultado se reabría nuevamente para sangrar con persistencia lacerante. Entonces pensó en hacerse curar con un sabio famoso, Fan-Sa, hondo sicólogo que habitaba como un eremita en las desoladas ruinas de Siké, la gran aldea china que existiera allá por los tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la Universidad de Pekín.

Hacia las ruinas de la gran aldea encaminó sus pasos el joven desconsolado y una noche, después de muchas, cuando las adormideras florecían, Chin-Fú llegó a las puertas de la muerta ciudad, donde todo lo que fuera algún día magnificencia, poderío y cortesanas galas, había desaparecido. Chin-Fú, que tenía ánima sensible, se interesó por las minas, y, llegado que hubo a la ermita de Fan-Sa, el sabio, conversó con él de esta manera:

–Dime, señor de la sabiduría y austera flor de estas comarcas, ¿qué es esto y cuál fue la ciudad entre cuyos restos anidas?

–Esto que ves, Chin-Fú, desmoronado y polvoriento; este desolado rincón, entre los muros rotos de cuyos palacios anidan los búhos y crece la yerba, fue la gran aldea de Siké, la sentimental. Siké era antigua, tenía noble pasado, abundante riqueza, fina y culta sociedad, academias y templos, hermosas mujeres y hombres de bien. Estaba germinando entre sus muros una civilización maravillosa. El porvenir le sonreía, y, sin embargo, en sus entrañas un mal indefinible y recóndito roía su organismo, de igual manera que el chísick, el conejo negro, roe las raíces dulces del cerezo blanco florecido. Siké había sido primitivamente un patriarcado ideal hasta que llegó la conquista de los manchúes, que la transformaron en la más rica y magnífica de sus colonias. Les inculcaron su religión, sus costumbres, los dominaron y los tornaron fantásticos, amanerados y serviles. Después de tres siglos de dominación, los de Siké, por influencias extrañas y por uno que otro arranque de altivez, se libertaron, gracias a la espada invencible de un gran guerrero, Si-Mo-Hon, el Libertador, que fue la causa única de la actual ruina de Siké. Si-Mo-Hon trató con inteligencia los asuntos de la gran aldea liberta, mas su política preparó la ruina; y sacrificó a su patria lejana, la joven patria de Siké. Después vinieron los mandarines tiranos, las revoluciones, las guerras oprobiosas y lo esencial: el sentimentalismo, que fue el enemigo de la gran aldea. Porque los de Siké eran desvergonzados, abyectos, chismosos, desleales, intrigantes, egoístas, interesados, lascivos, inmorales, golosos y desdentados, pero antes que todo eran sentimentales.

Su sentimentalismo les hizo ganar guerras y regalar los territorios conquistados; hacer prisioneros y perdonarles la vida, tener ladrones políticos y disculpar sus fechorías. Su sentimentalismo les hacía perdonar al enemigo, adular al insolente, aplaudir al cínico, y dar de mano al bandolero. Así, al poco tiempo de la libertad, todos los aldeanos de Siké eran una bandada de sinvergüenzas, desde el que ocupaba un asiento en el Gran Consejo y vendía su voto y recibía dádiva de dos manos derechas y enemigas, hasta el soldado burdo que después de extorsionar en las provincias como autoridad, iba a la academia a dictar cursos donde hablaba del Bien, de la Honradez y del Honor: de lo que no tenía; tal fue Si-Tay-Chong, el desvergonzado.

No faltaron ocasiones a los de Siké para reconquistar sus dominios, pero ellos eran sentimentales e incapaces de cobrar una ofensa o rescatar un despojo. Entre los dos grandes partidos que había en Siké, uno era burocrático y otro luchador. El burocrático procuraba la paz y el monopolio de las funciones públicas, el luchador hacía las revoluciones y buscaba un pseudo socialismo mental. El jefe de los luchadores, cuya gran inteligencia y honradas miras eran dogma de fe en Siké, tenía, no obstante, el grave defecto de ser prestidigitador: cogía hombres del arroyo o los sacaba sucios desde el fondo de la mediocridad, y por ingenioso artificio los mostraba al público como hombres de bien inquebrantables. Lo que dio lugar a que muerto el gran mandarín no pocos de sus adeptos se transformaran en lo que fueran siempre: seres relajados, ánimas impuras, redomados canallas, negociadores del dinero público, corruptores de las conciencias y farsantes para quienes las leyes eran papeles escritos sin trascendencia. Famosas fueron las fechorías de algunos de los discípulos de Kon-Sin-Sak, el "Gran maestro de la barba nevada". Tu-Pay-Chong, que significa "el que se hace el loco", llegó a ser gran ministro de negocios extranjeros y su paso por el Estado dejó la misma huella sombría que deja en el mar amarillo la excreción del pez infecto; Lan-Gay-Ton, que pasara hasta por orador y hombre de bien en el reinado de Kon-Sin-Zak, se vendió por limitada merced; y el resto, de menos cínicos y más resignados, se conformó con el, en Siké, triste papel de honrados. No faltó por cierto en Siké un tercer partido político encabezado por disidentes del de la barba de nieve, pero de ellos, y de las causas de la muerte de Siké, me ocuparé cuando tu estómago reciba el bien imponderable de esta torta de arroz que mis manos han laborado -dijo el ermitaño-, e induciendo a Chin-Fú, emprendió el camino por los matorrales solitarios, hacia el centro de la despoblada plaza de la gran aldea, mientras la luna filtraba sus rayos violados por entre las ramas de los sicomoros y ponía en la tierra, sobre las hojas secas y quebradizas, la fantasía nítida de una blancura rota, tal como sobre el mar juega de vez en cuando la espuma de las olas que se debaten contra las costas rocallosas, y que, cambiando, inestables, leves y frágiles, desaparecen inexorablemente en el misterio de la noche.

Los Chin-Fú-Tón

o sea
La historia de los hambrientos desalmados


Caminando, pausadamente, por la avenida de los melocotoneros y ciruelos que va desde la Gran Portada hasta el sagrado rincón donde se venera, bajo los floridos ramajes, la Grande, Divina y Noble figura de Buda, a la hora del Crepúsculo, encontramos a nuestro paso, mi anciano tío y yo, a muchos transeúntes. Pasaban viejos de enorme abdomen, cansados bajo el peso de sus múltiples ropajes; jóvenes que canturreaban canciones rituales; mujeres que con la mirada baja acusaban su estado matrimonial, y ciertos individuos, que caminaban con la cabeza levantada, insolentes, ostentando ricos vestidos, con la demacrada palidez que produce el uso del a-pi-hin, o sea el opio de la primera cosecha de amapolas, y por lo cual el más caro; y hube de interrogar a mi bueno y anciano tío sobre tales gentes, que parecían ser muy reverenciadas:

–Mi tío y gran señor, podrás decirme ¿quién es este señor que te saluda?

–Es un chin-fú-tón. Habrás observado que no le he contestado.

A poco pasó otro y dijo a mi tío:

–Buda te proteja, Gran Señor y conserve el largo de tus uñas curvas y transparentes, el color de tus mejillas que parecen a la flor del cáñamo que se copia en la tranquila corriente del lago azul...

–Y a ti el demonio te lleve a Chin Gau, se apodere de tu alma y seas vendedor de cuyes en los siete cielos, y te escupa un leproso, y te pida limosna tu mujer, asquerosa culebra, le respondió mi tío iracundo.

Yo me atreví a volver a interrogarle:

–Quién es este hombre, Gran Señor y Tío que así te saluda?...

–Es otro chin-fú-ton.

–Y quiénes son estos chin-fú-tón, Gran Señor? Son una secta? Una casta social? Un grupo político? Acaso profesores de la Academia?...

Mi tío respondió:

–Chin-fú-tón, como sabes quiere decir en el idioma selecto de la China, en el clásico idioma de los dioses, ya olvidado, los hambrientos desalmados. En Siké, la gran aldea china que existiera como ya te he dicho, allá por los tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la Universidad de Pekín, había, como sabes, un Gran Consejo, llamado el Pozo Siniestro, alrededor del cual giraban todas las pasiones y todos los apetitos de los abyectos pobladores de Siké. No faltaban en el Pozo Siniestro algunos hombres probos, pero en pequeño número por lo cual eran incapaces de contrarrestar las perniciosas maquinaciones de los chin-fú-tón de la misma manera que una débil valla de bambú no puede detener el impulso impetuoso de un río. Los chin-fú-tón, eran en su mayoría, los individuos salidos de la baja clase, o por lo menos, de la clase desconocida de Siké. Poseían cierta viveza que en Siké era interpretada por inteligencia. Tenían los chin-fú-tón el tino de darse cuenta del medio en que actuaban.

Algunos comenzaban escribiendo en los periódicos de Siké en tremendas letras chinas, bajas y serviles adulaciones a los poderosos, prodigaban el premeditado elogio, la frase que hiciera sonreír al Mandarín o a sus adeptos, y de ellos conseguían regulares resultados. Algunos hombres de Siké, cuando no tenían otra cosa que hacer en la vida, ni un yen para dormirse con una pipa de opio, se dedicaban a chau-láa, es decir, a políticos, y una vez en la política se hacían chin-fú-tóns. Así conseguían ciertas posiciones. Otros, más rápidos, se iniciaban directamente en sacchay, o gobernadores de provincias, protegidos por algún miembro del Gran Consejo; y otros se dedicaban solamente a adular a los magnates.

El gran problema para el que tenía alma de chin-fú-tón, era ser miembro del Gran Consejo, porque sabía que una vez en el seno del Pozo Siniestro, las leyes no podían ir contra ellos, que se volvían intangibles. Para entrar, pues, hacían todo lo imaginable, sacrificaban todo, servían de todo, se humillaban ante todos, valíanse de medios violentos y vedados, realizaban las más indecorosas intrigas. Una vez en el Gran Consejo, se volvían simplemente industriosos. Ningún mandarín gobernaba en Siké –a excepción del mandarín Rat-Hon– con más amplios poderes; extorsionaban; imponían, negociaban. El chin-fú-tón, que antes de entrar al Pozo Siniestro era humilde, servil y familiarizado y hasta agradecido con el puntapié que recibía, tornábase una vez en el Consejo, insolente, audaz y despótico. ¡Ay del que cayera en el odio peligroso de un chin-fú-tón, sobre todo si éste era protegido del mandarín a quien servía! Si el adversario del chin-fú-tón era agricultor, veía quemados sus arrozales; si negociante, se veía desposeído de sus mercancías; si rico, de sus rentas; si sencillo transeúnte, de su libertad. Estaba condenado a perecer de hambre en una mazmorra o a morirse de miseria en un mercado, de pordiosero.

–¿Pero por qué tan abyectas gentes tenían tal dominio, tío?

–Porque los chin-fú-tón, una vez en el Gran Consejo, afiliábanse a un partido político de los muchos que se disputaban la supremacía en el Pozo Siniestro. Se ofrecían al mandarín incondicionalmente para representar sus intereses en el Consejo. Los mandarines, débiles en su mayoría, tenían la experiencia de que un chin-fú-tón solo, basta para traerle los mayores disgustos y si son varios, la caída es irremediable. Un chin-fú-tón, servía al mandarín mientras estaba en el poder y podía cebar su panza porcina; entonces secundaba en la calle el atropello y el asalto que realizara el mandarín y luego iba a defender la arbitrariedad y a aplaudirla en el seno del Consejo, y como siempre los mandarines tenían algo que les sacasen, siempre tenían temor a los chin-fú-tón. No había tradición de que uno de estos escarabajos hubiera acompañado dos crepúsculos siguientes a un mandarín caído, al cual sirviera, adulara, explotara y hasta traicionara la víspera.

Estos chin-fú-tón, si no eran muy poderosos en el mandarinato y en el Gran Consejo de Siké, eran siempre suficientes, pues bastaba, como he dicho, un solo chin-fú-tón, para causar la ruina de cualquier Estado. Eran como la sarna, la lepra, y el escorbuto, agregados al hambre, la revolución y el arroz salado. ¡Puf!

Escupió mi tío y continuando dijo:

–El chin-fú-tón se salía de un partido y se metía en otro por conveniencias; no teniendo nombre ni reputación que perder, carecía de pudor y se vendía; era cínico y temerario. Había algunos que habían pasado por todos los partidos políticos de Siké y otros, más prácticos, que tenían tarifas. Creaban intereses en el Gran Consejo, sirviendo bajas pasiones, comprometiendo a los demás, y éstos a su vez se veían obligados a sostenerlos.

Listos para servir al mandarín, tan luego como llegaban al poder, colocábanse en su palacio, hacíanle protestas de lealtad, elogiaban sus virtudes y hablaban mal de los otros. Todo lo que en sus largos discursos durante el gobierno eran virtudes, tornábanse defectos cuando el mandarín caía. El que era un día admirable, genial, probo, generoso, prudente y bello, era al día siguiente de su caída, por virtud de los infectos labios de los chin-fú-tón, necio, inepto, ladrón, cruel, temerario y feísimo....

Sin embargo, no había fuerza humana capaz de extirpar a estas liendres de los chin-fú-tón. El Estado los alimentaba, el mandarín los temía, el pueblo los repudiaba y todos los miraban con asco, pero ellos eran los que mejor exprimían el jugo de su industria. Sacar un chi-fú-tón del Consejo, una vez que se había instalado en él, era más difícil que sacar la sarna a un perro, las garrapatas a un elefante o la lluvia al cielo azul, en el otoño lánguido.

Usaban títulos, tenían prerrogativas y mercedes, dispensaban favores; y siendo odiados unánimemente, las gentes medrosas se descubrían a su paso. Porque ya te he dicho que los de Siké parecían hijos directos de Chun-Chun, el dios del servilismo.

Mi tío calló, llegó la noche, y los pétalos de las magnolias diminutas perfumaron las sombras fantásticas.


Ta-Ku-Say-Long
Exdirector de la Biblioteca Nacional de Tokio, condecorado con el Dragón Rojo, Oficial del Crisantemo Azul.

Whong-Fau-Sang

o sea
La torva enfermedad tenebrosa


Entre los más graves defectos que ensombrecían el alma de los habitantes de Siké, la gran aldea china que existiera allá por los tiempos en que Confucio fumaba opio y dictaba lecciones de Moral en la Universidad de Pekín, existía uno llamado Wingfan, o sea "la torva enfermedad tenebrosa", que corresponde a lo que los occidentales llaman a la envidia. Era esta enfermedad lacerante epidemia mortal, más terrible que la peste negra, y contra la cual eran vanos los remedios de los médicos y todos los consejos profundos y sabios del los filósofos. El gran señor Confucio en su libro rebosante de sabiduría y admirable de sana y paciente erudición Fon-tin-góo o sea El tratado de las humanas pasiones, dice refiriéndose a la envidia: "Juntad en un año la peste, la sequía, el hambre, el látigo de los chon, la caracha, la tempestad, la pestilencia, la lepra negra, el granizo en la cosecha de arroz, las frases del blasfemo, la carne de toro, y el beso de la vieja desdentada, juntadlas en un año y siempre quedarán veinte hombres vivos; pero con una frase de un minuto dicha por uno que tenga "la torva enfermedad tenebrosa" no quedará una sola reputación limpia.

En Siké, la envidia era el símbolo y la característica del espíritu nacional. La falta de talento, de honestidad y de circunspección; el olvido de la sana moral y de los antepasados; la carencia de sensación, la falta de grandes virtudes privadas y colectiva, hicieron que en Siké "la torva enfermedad tenebrosa" hiciera espantosa mayoría. Chong-Say, el célebre filósofo del siglo 86 de la Era Azul, contemporáneo de Sa-Gay, el poeta de los lagos, el cantor de las azules aguas del río Hoang-Hó y el de Hon-Toy, el descubridor del aceite de tortuga blanca por la cruel enfermedad llamada "el sollozo persistente", aquel sabio filósofo que tiene hoy una estatua en la vía de las tumbas en Shanghai hace en uno de sus libros el siguiente esquema de la "torva enfermedad tenebrosa": Kan-Sin, padre de Son-Chó, tiene hambre, y es ambicioso; Son-Chó, padre de Go-San, es pordiosero y malévolo; Gó-San, padre de Mong-Fú es avariento y despechado; Mong-Fú, padre de Wang-Sán, es leproso y despreciable; Wan-Sán, padre de Jo-Ji, es salteador y presidiario; Jo-Ji, padre de So-Chof, muere en la horca, y So-Chof, que ha recibido esta herencia, envidioso.

Así pues, sólo recae "la enfermedad tenebrosa" en quienes no tienen en la envidia nada que se les haga halagadora. En Siké los pobladores honestos eran el alimento de los enfermos de la envidia. Cuando un adorador de Weng-Chan –dios de la literatura– era favorecido en sus versos y canciones, cuando el rico sembrador hacía una buena cosecha de habas; cuando el vil carnicero sacaba más pesas de grasa del cerdo joven; cuando el pobre de hacienda, a fuerza de estudio y de virtud era favorecido por el mandarín; cuando el transeúnte llevaba un traje de seda amarillo, cuando el honesto labriego podía comer un paté de entrañas de gamo o un nido de golondrinas; cuando el alumno distinguido de la academia conseguía una mención de honor; cuando el justo era alabado; cuando algo bueno hacía sonreír el alma de los habitantes de Siké, los enfermos de la "torva enfermedad" saciaban su despecho en la reputación del favorecido. Así, el que en Siké no tenía envidiosos, era un infeliz en el concepto de las gentes de bien. Era necesario ser muy despreciable, tener todas las fallas morales y todas las llagas del cuerpo para que los envidiosos no se ensañaran contra el infeliz. La valía de los hombres de Siké se graduaba según el número de envidias que despertaban. Así se decía: "Fan-Gan" vale mucho más y tiene más méritos y virtudes que Chan-Tó porque aquél tiene cincuenta envidiosos y éste solo goza de cuatro".

El insensato afán de los atacados de "la torva enfermedad" era nivelarse con los que, a fuerza de trabajo y de virtud, conseguían una situación respetable. Al que tenía gran talento se le adjudicaba una leyenda terrible. Así a Fo-Ló, que pasaba por ser un orador maravilloso, se le tildaba de banal y transigente; el Gran Chin-Kaa, aquel mandarín modelo, echado del gobierno por el repudiado y nefando Rat-Hon se le acusaba de borracho; sin embargo al mediocre Pu-Tay, que no tenía grandes merecimientos, apenas se le inculpaba de ser refractario al aseo personal, y al Chi-Chí que siendo despreciable ocupaba airada situación, sólo le acusaban de su fealdad fisiológica.

Pero la terrible enfermedad tenebrosa en medio de todo tenía una virtud: hacía resaltar el mérito de los atacados por sus garras. En los pantanos ocurre que el fango del fondo, donde anidan las miasmas de todas las enfermedades, y donde hay repelentes y oscuros animales venenosos, crece la raíz que, surgiendo de la superficie, hace abrir en su extremidad, entre hojas verdes, la blanca e impecable flor de loto; así, del fango de Siké, donde la envidia tenía su reino, surgían las reputaciones más blancas. Y entonces por contraste honesto sabían distinguir bien entre un virtuoso o un enfermo de envidia, porque el que estaba atacado de "la torva enfermedad" era inquieto, pálido, de acerado mirar, en el cual delatábanse todas las sombras de su alma; febril, atormentado, perseguido por la felicidad ajena, iba por los campos y por las ciudades descarnado, con los ojos de insomnio, trágico, escupiendo la babaza de una frase oprobiosa sobre las sencillas flores; y así vivía y moría, en una perpetua fatiga, sólo comparable a la del fumador de opio cuando carece de la droga del ensueño.

Sin pan, sin comodidad, sin amigos, sin satisfacciones sanas, sin esperanzas, agobiado por el fardo de maldades que cargaba en la espalda, sin tener un antepasado de que enorgullecerse, sin haber realizado una obra que lo dignificase, estéril, incapaz, despechado, sombrío como un fratricida asustado a veces por su propia conciencia, moría en un rincón olvidado, rodeado de podre, lleno de úlceras, huido de los perros, entre un montón de basura, a la orilla de un río, sin una frase de consuelo, sin una gota de agua para aplacar la sed perenne, maldecido, como una rata pestilente y mefítica, llena de maldiciones, de desprecio y de condenación, mientras en el campo florecían los ciruelos y en la ciudad sus enemigos.

Eran los envidiosos los peores enemigos de toda la sociedad, pero como los fi-ti-ho, las larvas del cerezo, sólo podían morder la cañas porque sus dientes eran impotentes para penetrar en la madera fina de los árboles nobles, que embellecen con su copudo ramaje, los valles multicolores y perfumados que extienden, no sólo en la gran aldea de Siké sino en todo el inmenso territorio de la China, desde las heladas regiones de la Manchuria, hasta los cielos tropicales y pantanosos de Yunnan, donde florecen los lotos, a la primera sonrisa luminosa de la dulce primavera naciente...


Tu-Ku-Say-Long, exdirector de la Biblioteca Nacional de Pekín, condecorado con el Dragón rojo, Oficial del Crisantemo Azul, etc.

La tragedia en una redoma

(Cuento simiesco)


Bajo la luz roja del quinqué, hablaba yo con "Aquel" que vive dentro de mí, de esta manera:

–Necesito un cuento –le dije.

–Mi querido Valdelomar, –repuso "Aquel"– voy a relatarle el que he visto...

Tu hermano te trajo, desde la fecunda lejanía del Madre de Dios, junto con la tortuga "Cleopatra" de que te hablara el otro día, unas flechas de chonta, vistosos collares de huesecillos, ricos atavíos de las Tahís montañeses y además, un mono...

Yo no he tratado muy de cerca a los monos, de quienes solo tengo referencias por Rudyard Kipling, quien los agrupa bajo el mote despectivo y genérico de los "vanderloog". Si bien es cierto que creía todo lo que de ellos apunta el poeta inglés, jamás mi alma fue enturbiada por la más leve aversión a tan ágiles pre-hombres, ya que los monos no son en el fondo sino trogloditas retardados. El mono de hoy será el sabio de mañana, así como el catedrático de hoy no es sino el mono de ayer...

–Ja! Ja! Ja! –le interrumpí...

–Además –siguió diciendo "Aquel"– este mono pequeño y juguetón, parecía conducirse tan bien! Sus mayores audacias eran subírseme al hombro por el codo, coger con delicado gesto furtivo una aceituna a la hora del refectorio, trepar a los muebles, cazar moscas y mirarse en el espejo. Cosas inofensivas y muy humanas, como ves.

Nuestra zoología doméstica, la componen unas ocho gallinas alharaqueras, unos pollos enclenques y vivaces, un perro plebeyo y muy querido que lleva el romántico nombre de "Capulí", una lora que tiene mutismos parlamentarios, dos líricos jilgueros, y a más de una que otra pulga casera, tres pececillos de colores en una azul redoma, que cuentan hoy entre los seres del martirologio acuático. Eran los tales, purpúreos, finos, inquietos, breves, austeros en el yantar, infantiles en su holganza, felices en redoma donde una hoja verde de lechuga servíales de artesonado y de platón...

"Aquel" continuó:

–Los tres pececillos y el mono "Kaiser" –que así se llama el ladino– son los dos polos de una tragedia tan pavorosa como la sombra que la protegió. No justamente una tragedia a lo D'Annunzio, sino a lo Dante. Varias veces, mientras tú escribías en un extremo vi que el mono se acercaba a la redoma azul que decoraba el centro de la mesa del comedor, observando detenidamente la vida de los peces. Pronto comprendí que los pececillos eran una preocupación de "Kaiser". Un día intentó meter en la redoma sus finos dedos largos. Otro, constaté que antes de acercarse a ellos, observaba si le veían. Más tarde lo vi alejarse furtivo y de prisa, y por fin una noche, al volver del cinema, le sorprendí con tremenda panza hidrópica, pues había intentado beberse toda el agua, para, dejando en seco a sus víctimas, tenerlas a su grado y merced. Sus sentimientos, pues, respecto de los animalillos estaban con esa actitud, perfectamente definidos...

Desde aquel día te insinué la idea de que le encadenaran y así estuviera aún, si una piadosa mano infantil no le devolviera la libertad. Libre, comenzó a adularte. Mirábate, sonreía; trepado sobre tu hombro, acariciaba tus cobrizos carrillos gordos, redondos y brillantes, y delante de ti pasaba repetidas veces cerca de la redoma haciendo ostentación de su desdén hacia los peces, sin dignarse mirar al infeliz terceto de la piscina.

A tal punto hizo gala de su desdén, que yo perdí todo cuidado y te ordené que no se volviera a coactar su libertad. Era dueño y señor de la casa, y hasta llegue a tomarle cariño. Frívolo, ágil, gracioso y sonriente, parecía criado en Mercaderes. Parecía un "entalladito" universitario y linfático. Su poder de asimilación me maravillaba. Cuando yo, en las noches, delante de mi caballete, me ponía a dibujar, colocábase en tu hombro, y mirando detenidamente mi labor, parecía asentir con la cabeza, a cada trazo como si quiera expresarme: –"Anda, mi señor; qué bien está la nariz esa. Tú dibujas mejor que Málaga Grenet!" –y como el orgullo es la puerta de entrada al fuerte del humano corazón, yo concluí por buscar a "Kaiser" cuando había menester de hacer mi intelectual tarea...

–Es curioso –dije.

"Aquel" repuso:

–Ah, condesito! No confíes en los monos! Son serviles, aduladores, solícitos, graciosos, inteligentes y embusteros. Sin erudición, poseen la mágica virtud de ciertos secretos que por insignificantes te son desconocidos. Tú puedes evitar el ataque del león que te asalta de frente y en despoblado; puedes esperar el ataque del mugiente toro, del boa espirálico y envolvente; son fuerzas que ves y percibes para la defensa. Pero ¿quién se detiene a pensar que el perrillo que ladra lastimero puede dejar la hidrofobia junto con el mordisco en la redonda pierna, o que la mezquina rata deje la peste en una pulga que te pica sorpresiva y anónima, o que el mono pueril pueda hacer perjuicio y desperfecto? "Kaiser" era el más villano de los simios. Era un "vanderloog". Adulándome, rumiaba una pasión salvaje. Una tarde salimos, pasada la oración. El mono había estado más galante que nunca. Para él la vida giraba alrededor de la caricia que pudiera dispersarle tu mano pulcra. Acompañónos hasta la puerta y al marchamos sus ojos brillaron extrañamente. Occiduo, el sol doraba los árboles, y mi imaginación volando en las nubes crepusculares olvidó bien pronto a "Kaiser".

Aunque billinghurista –que lo soy– conservo algunos amigos. Era domingo. Encaminéme a Chucuito, donde junto a las olas, en una casa de limpio maderamen, como en una Caja de Ahorros tengo algunos afectos. Cebé mi espíritu con la visión marina, puse en la caserina de mi fantasía los cinco tiros de cinco sonetos, curé mi cansancio, laxé mis nervios, aspiré el yodo, reposé en la arena mórbida; di a tu lenguaje media hora de locuacidad y de recreo, paladée un cocktail, vi las pupilas de los barcos rielar en las oscuras aguas, narré viajes, hablé de lejanos días confortables y volvimos a la capital con los zapatos deslustrados y el alma plácida y transparente.

Al siguiente día, muy de mañana, extrañé el jovial escarceo del mono en mi velador. ¿Por qué pensaba yo en el mono? El corazón es el termómetro de los sentimientos, el regulador de la vida, profeta rítmico de sucesos, especie de telesismógrafo de siniestros acaecimientos. Quisiste dormir, pero él te decía con insistencia, presionándote desde la arteria aorta. ¡Hombre necio, levanta!...

¡Levanta que algo grave te espera! Cogiste tu robe de chambre y salimos del dormitorio.

La luz indecisa del amanecer tamizaba las poltronas y los cuadros del salón. Todos dormían aún. Entramos al comedor. En la penumbra brillaban vagamente copas, garrafas, jícaras. En el centro de la mesa sentimos como un suspiro desfallecido y el tac-tac-tac de agua que cae sobre el piso, isócronamente.

¿Qué vimos? ¿Recuerdas? ¿Qué vimos espantados? ¿Qué ráfaga cegadora cruzó por nuestra mente? Ah! Si hubieras tenido en el bolsillo de tu bata de seda gris, en vez de un pañuelo, un revólver cargado con siete tiros! Sobre la mesa y en el centro do estaba la redoma yacía "Kaiser" exánime; junto a él, decapitados y fríos, los cuerpos inertes de los tres pececillos de púrpura, el agua derramada como sangre en la sobremesa, y rodeándolo todo, el silencio helado y elocuente que sigue a toda lucha de exterminación. "Kaiser", "Kaiser", el mono diminuto que apuntaba mis dibujos, había acechado tus pasos para vengarse. Pero en el pescado llevó el castigo. Todo delito se purga y el de "Kaiser" se purgó también.

Diste voces de alarma a los criados, volviste al lecho y por la tarde en la comida cuando se trató de regalar a "Kaiser", tras una breve lucha íntima, le defendí. Tuve el cinismo de dictarse disculpas; encontré excusas ingeniosas y "Kaiser" se quedó en la casa. Después de todo, pensé, los pececillos han muerto injustamente, es verdad; pero ellos jamás se dieron cuenta de que yo por las noches, dibujaba... ¿No te parece, Valdelomar?

"Aquel", callóse.

–Efectivamente –le dije–. Bien puede ser éste un cuento d’après nature.

La redoma sirve ahora, con un poco de algodón de rama, para que duerma "Kaiser", el pequeño mono, el sabio animal, el objeto de nuestra estimación acendrada.

Chaymanta Huayñuy

Donde se explica cómo el amor puede conducir al pecado; cómo la mujer incita al amor; cuánta tragedia existe en dos cuencas vacías y cuán noble es el Dolor aún en los más caídos. Y por qué no debe lucharse contra la palabra y el designio inexorable de los dioses.


Por la falda del cerro, bajo un moribundo cielo gris, al lado del abismo donde el río se debate, extiende su curva el gran camino del reino. Abajo, el valle exuberante pugna por ascender, y la policromía de los Andes floridos ciñe la morada solidez del cerro. Un viento de presagio, tempestuoso y frío, doblega los retoños del valle en oleadas viscosas. Los dos cerros se unen en el norte y sus faldas se juntan para dar paso al camino. Por aquel gran camino, que atraviesa abras y cimas, que bordea montes y que circunda valles, bajo la sombra amena y fresca de los molles, se va desde el Cuzco hasta Quito, donde los Scyris dominan aún. Aqueste camino recorre los más ricos y poderosos estados. Va a Huánuco, la ciudad de piedra, y atraviesa los encantados lagos. Sigue hasta Cajamarca, el fecundo valle predilecto de los Incas, cuando van a visitar el reino; desciende un poco y desde él se mira las portentosas maravillas del Chimú, luego va a perderse en las calurosas tierras del Norte, donde las mujeres son hermosas y esbeltas y tienen cutis blancos. Los mejores tambos están a su paso. Y las casas de reposo de los Incas, con sus adoratorios y sus fuentes tibias. Y en él se cruzan los chasquis y los pastores. Por él desfilaban de tiempo en tiempo, entristecidos y graves, los grandes pueblos mitimaes. Sobre su plana superficie los numerosos grupos de llamas desfilaron muchas veces y detrás de ellos el pastor taciturno y melancólico. Puentes de mimbre lo cruzan de trecho en trecho, y bajo el leve tejido, los ríos rugen amenazadoramente. Aqueste camino sale desde la Intipampa de la Ciudad Sagrada y termina en los alrededores de Quito.

Allí entre los dos cerros que se unen para dar paso al camino del Norte, aparece, manchando el horizonte, la figura de Ñausa Soncco, el ciego. Su errante miseria tiene la suprema y noble majestad de una vida nómade y trunca en peregrinar sin fin. La diestra levantada sostiene el báculo y las cuencas de sus ojos siempre parecen dirigirse a un punto misterioso de la Eternidad, bajo las tenebrosas nubes que galopan hacia él. Por el lado opuesto, al Sur del camino, aparecen Callpa-Sapa y Saucapayac, los dos pastores. Se detienen al verle y entonces se oye, en el solemne silencio del crepúsculo:

CALLPA-SAPA:

–El ciego se acerca. El hombre maldito del Sol. ¡Silencio!...

SAUCAPAYAC:

grita entre las palmeras cóncavas de sus manos:

–¡Ñausa! ¡Sobre las piedras está el agua! ¡Sobre la tierra está el maíz!

Disponen sobre unas piedras del camino un cántaro de su menester, lleno de agua, y cerca, en el suelo, sobre unas hojas, una porción de cancha. Ñausa eleva su cayado a lo alto, extendiendo ambos brazos hacia ellos; y dice con voz ronca, donde se oye la desolación infinita de un alma convencida de su mal irremediable:

ÑAUSA SONCCO:

–No os acerquéis! ¡No os acerquéis! ¡Soy el chaymanta yuyaymanak! ¡El blasfemo, el hombre maldito! No os acerquéis, si sois sencillos pastores, o ancianos venerables, o soldados del Inca. Yo he blasfemado contra el Sol y mi aliento mancha y agosta. ¡No toquéis mis vestidos, no piséis donde he pisado, ni digáis que me encontrásteis! Borrad mis huellas al paso, pero escuchadme para que el Sol no os castigue. Si no me escucháis, el aire helado secará vuestro sembrío, la roña destruirá vuestra era, helará en vuestros campos y se llenarán de gusanos vuestros graneros! ¿Dónde estáis dónde estáis ahora?...

SAUCAPAYAC:

–¡Junto al sembrío, en el maizal que va hacia el río! ...

ÑAUSA SONCCO:

–¡Ah, ingenuos pastorcillos!... Alejáos más, a un tiro de honda, para que el mismo aire no nos toque y la misma nube no nos cubra!... Luego, con los brazos extendidos que dominaban el valle extendido a sus pies, dorado por el Sol moribundo, dijo, con su voz honda y húmeda, mientras el viento desplegaba trágicamente sus cabellos y sus vestidos:


KARCHIS, EL DE LOS HERMOSOS OJOS Y SU REBELION CONTRA EL SOL...

El padre Sol venía todos los días a la tierra, calentaba el surco, coloreaba el campo, hacía germinar hinchada la semilla, sazonaba el fruto y doraba la jugosa mies... En el alma de los hombres ponía la alegría en la mañana, el cansancio al medio día, la tristeza en la tarde y el amor y el deseo siempre. Mis ojos eran los más grandes del Curacazgo. Y en el Curacazgo, lo más hermoso era Munanaya, a quien yo miré un día. Una tarde abandonó su ayllu para venir a besarme cuando yo apacentaba los rebaños del Sol. Entre ella y mi rebaño, los días se iban deslizando y yo sólo esperaba que el Inca me la diese por esposa. Yo la llevaba lana de las alpacas de mi grey y ella la tejía para mi regazo. ¡Ah! ¡Cuántas horas pasábamos juntos, al borde de la acequia que sombreaban las alegres floripondios, cuyas flores, como vasos de nieve, derramaban invertidos su perfume! A veces, ella por coger una flor, desnudos los pies, entraba hasta la mitad del arroyo murmurante, donde su cuerpo acurrucábase de frío, y reía, reía, y su risa iba mezclada del perfume sobre las ondas fugaces y breves... Otras veces, íbamos juntos, por entre el caudal del arroyo, y subíamos contra la corriente, bajo la bóveda espesa y oscura del ramaje de árboles abrazados, por entre cuyas hojas de trecho en trecho, se colaba un poco de luz. Entre ellas, los nidos se distinguían como manchas y, de vez en cuando, piaban en ellos los pichíus débiles, o se aventuraban a volar cerca del nido. Así, con ella a mi lado, estrechamente unidos, caminábamos largamente. Yo le cogía las flores que había al paso y ella iba colocándoselas en redor de la cabeza, a manera de mascaipacha. Luego nos sentábamos en el borde de algún islote, que formaban las aguas, y allí esperábamos al caer de la tarde para volver a la ciudad... ¡Ah! Munanaya era la más bella mujer...

Un día, cuando se preparaban en la Ciudad Imperial las fiestas de Raymi, fuimos juntos por la ciudad. Pasábamos por delante de los viejos palacios, al caer de la tarde. Los transeúntes se recogían a sus hogares, y apenas pasaban soldados hacia la fortaleza de Sacsayhuamán. En la Intipampa, unos cuantos sacerdotes viejos platicaban a jóvenes que debían armarse caballeros. Aquel día era triste y oscuro. Llegamos juntos a la puerta del Coricancha y ella, después que nos hubimos descalzado para cruzar ante el templo, me dijo:

–Yo he estado un día en el Coricancha, y yo no me he olvidado nunca de la casa del Sol... En la puerta hay una esmeralda, y jamás he visto otra esmeralda más grande y más verde, y he soñado con ella muchas noches seguidas y soñaba que la tenía, que tú me la traías... Y recuerdo que en el templo había sobre la cornisa de oro una pluma rara que no he vuelto a ver nunca... Y recuerdo que había sobre el altar del Coricancha una tela celeste cuyos tejidos sólo pudieron hacer las vírgenes del Sol... ¡Ah, quién tuviera esas tres cosas! ¡Ah, quién olvidara esas tres admirables cosas!...

Y largamente se quedó pensando.

Así pasaron varios días. Mi amada estaba triste. Ya no nos mirábamos de frente. En nuestros espíritus germinaba una idea funesta. Pero nuestros labios no se atrevían a musitarla. Ya no hablábamos de nuestro futuro. Ya no me hablaba de casamos, de ir por el largo y florido camino del norte, hacia la luz de los países nuevos, ya no deseaba oír de la boca del Oráculo, en el templo, las palabras del Destino, ya no hacía planes sobre las fiestas. Una tristeza muda invadía su rostro amarillo. ¿Qué había cambiado la felicidad de nuestra vida?... ¿Qué podía hacer yo para volver a la paz transparente de los días de amor?... Una tarde, en que su tristeza se desparramaba en la selva, hacía callar al arroyo y entristecía el cielo, yo, sin decirla nada, la dejé un instante. Aquel día era el día de recibir en el templo la semilla sagrada. Yo fui. Terminada la fiesta, me retrasé un poco y cuando el salón estuvo solo, me deslicé por sus muros y robé. Sí; robé al Sol. ¡Al Sol!

Volví donde ella estaba y le entregué envueltos en una tela los objetos.

–¿Qué es eso, Karchis? –me dijo con desgano, soñando en las cosas que creía inaccesibles.

–La esmeralda, el llauto, la pluma del templo del Sol...

Me miró despavorida, como volviendo de un sueño, como viendo realizarse lo imposible y huyó como loca, al bosque.

–¡No me toques! ¡No me toques, Karchis! ... ¡No me mires!... ¡No me hables!... ¡No te acerques a mí!... ¡Has robado al Sol!...

Entonces no sé lo que ocurrió. Yo perdí la noción de las cosas que me rodeaban; corría tras ella, pero no sentía la tierra bajo mis pies. La seguía, pero no sabía con qué objeto. Y ahora que yo estaba perdido, ella me abandonaba. Un afán de venganza se apoderó de mí. Yo no podía perderla. ¡Era tan hermosa! Sus carnes eran oscuramente rosadas, como la arcilla cocida; sus formas redondas y suaves, como la carne de un niño. La noche había hecho negra su cabellera y había encendido en su rostro un resplandor de lejana hoguera. ¡Y la vincha de plata que ceñía su frente, y los cordones que caían sobre sus senos móviles! Pero ella huía como poseída de Supay. Perdióse en los matorrales y las peñas, y me dejó solo con el Sol. Cuando iba a cogerla, se ocultaba nuevamente, hasta que salió a un escarpado lugar que da hacia el río, donde las piedras son hirientes. Yo quería cogerla y no sabía si matarla o si amarla y besarla y tenerla para mí y morir luego. Iba febril, saltando de peña en peña y profiriendo espantosos gritos que me desgarraban el alma, dejando trozos de su vestido entre los zarzales. Sus manos ensangrentadas y sus flancos rojos de sangre tenían perfume de amor. La seguía jadeante y por fin la vi que desfallecía. Yo mismo me había destrozado el cuerpo entre los espinales, hasta que la vi caer desfallecida sobre una enorme piedra, cerca del río. Entonces le grité con furia:

–No huyas, ya no puedes huir. Vas a ser mía. Y cuando haya puesto en tu piel mis manos, y hayas recibido mi aliento, perdida como yo estarás para siempre. Cómplice mía incitadora del horrible crimen, ¡espérame! ...

Fui hacia ella. Iba ya a tomarla entre mis brazos, pero tuvo un impulso repentino: dio una vuelta y resbalándose en la piedra, cayó al río. Su cuerpo fue a dar en la profundidad sobre una roca saliente que bañó en sangre. El agua hizo una enorme corona al recibirla, y desapareció para siempre. Una mancha rosada y espumosa se deslizó en las aguas hacia la orilla opuesta...

Entonces la ira invadió todo mi ser y me sentí poseído de Supay. Quería luchar con algo, con alguien. La había perdido. Mis manos querían destrozar la peña dura, y mis uñas debatíanse vanamente sobre la roca fría. Mis dientes se clavaban en la corteza de los troncos. Entonces no quedaba en la tierra sino el Sol y yo. El Sol que se vengaba. Y le dije: –¡Cruel!... ¡Cruel!... Yo la amaba como nadie ha amado nunca. Teniéndola a ella, tus riquezas nada valían para mí. Tus esmeraldas y tus plumas eran descoloridas ante tu belleza. Ella era lo más hermoso que tú alumbraste sobre el mundo. Mis ojos eran más bellos que tu luz, y de mí tenías envidia. Me la has robado, pero yo me vengaré de ti... profanaré la nieve de los montes, sacrificaré tus ovejas, y con la sangre de tus llamas yo mancharé la nieve sagrada. ¡Yo me vengaré!...

Entonces fui en busca del rebaño del Sol. Yo mismo lo saqué de los canchones reales. Y yo mismo fui apacentándolos hacia las cumbres. Caminé largo tiempo hasta que ascendí al monte, donde la nieve es más blanca. Desde allí se dominaba la ciudad sagrada a la distancia, se veían los valles, los pueblos, las casas y los rebaños. Los pobres hijos del Sol me dieron pena. Ellos, infelices, ignoraban mi desgracia. Ellos jamás lucharían contra el Sol. Dispuse a mi rebaño. Había llevado seis aporucos para la fiesta de Cápac Raymi. Pero el Sol quiso defenderse y castigarme. Cuando me hallé en la cumbre, rodeado del blanco rebaño temeroso, saqué mi cuchillo de chilliza; pero he aquí que el Sol, cuando mis pies llegaron a pisar la nieve sagrada, oscurece el cielo. Densos nubarrones descienden hasta mi cabeza, y me envuelven con mi rebaño. Una nube negra de cóndores, mandada por él, hace enormes, círculos sobre mi cabeza, y a su presencia las llamas huyen como una bandada de palomas y se dispersan; yo trataba de detenerlas, pero ellas se desgranaban hacia el valle. Entonces me vi solo con la fatídica nube de cóndores que me derribaron con sus alas grandes y duras. Perdíme en la oscuridad de sus alas negras y fuertes. Sus picos agudos y sus garras afiladas comenzaron a herir mi piel, y a destrozarme. Entonces sentí miedo del Sol, creí en su castigo inexorable y le dije:

–¡Padre mío!... No me defenderé. Dejaré que me destrocen y que se ceben en mi carne, pero, ¡déjame que yo vuelva a ver a mi amada sobre la tierra! ... ¡Devuélvemela! ...

No pude más. La nube de cóndores se alejó un instante hacia el azul. Brilló extrañamente el Sol, y uno de los cóndores, descendiendo me picó un ojo y se llevó su luz, y otro me robó igualmente el último rayo de Sol. Sentí que los cóndores se alejaban, por el roce de sus alas, y que se llevaban mis ojos. El ruido de sus alas se extinguió tristemente. Sobre la tierra no quedaban ya sino el Sol indignado, a quien ya no veía y yo, a quien él no calentaba...

¡Buscad mis ojos, pastores, en la ruta del Inti! Ellos saben cuando la luna ilumina el mundo. Ellos no pueden brillar delante del Sol. Están junto al guerrero Chasca... Pero yo no sé, ¿cómo saberlo?, si mis ojos desde el cielo miran a la luna, si miran al río o si ven pasar mi cuerpo miserable, maldito y blasfemo, en medio de la eterna noche. Decidme pastores... ¿Visteis mis ojos en el azul?

CALLPA-SAPA:

–¡Son muy hermosos y están junto a la luna!

ÑAUSA SONCCO:

–¿Adónde miran? ¡Fijáos bien pastores, dónde miran!

SAUCAPAYAC:

–¡Miran al río!...

ÑAUSA SONCCO:

–En pos de ella van. Pasad, pasad ahora sin tocarme. Pasad lejos... Después borraréis mis huellas y diréis que me visteis... Pasad a un tiro de honda... ¡pasad!...

CALLPA-SAPA:

–¡Ñausa! ¡Sobre las piedras está el agua!... ¡Sobre la tierra está el maíz!...

ÑAUSA SONCCO:

–¿Dónde estáis ahora?...

SUCAPAYAC:

–Junto al sembrío. ¡En el maizal que va hacia el río! ...

CALLPA-SAPA:

–¿Adónde vas?

ÑAUSA SONCCO:

–¡Hacia la noche! ¡Hacia la eterna noche! ...

EL ECO:

–... hacia la eterna noche...

Y se alejan por lados opuestos del camino del reino.

Finis desolatrix veritae

Cuando me incorporé tuve la sensación de haber sido animado por una corriente eléctrica. Mi esqueleto estaba intacto y podía mover los miembros sin dificultad, en el trágico paisaje. Sobre la estéril extensión nada acusaba a la vida. Todo lo que alguna vez fuera animado, todo lo que surgiera sobre la tierra por el raro soplo del germen, los edificios, los árboles, los hombres, las aguas, el ruido del mar, todo había concluido. Me encontraba sobre una yerma extensión despoblada. En el horizonte ilimitado y oscuro, nada se destacaba sobre el suelo. El Sol, como un foco enorme y amarillo, estaba inmóvil en el vasto confín, y ya sus rayos fríos no animaban la tierra. Enormes masas negras de nubes inmóviles encapotaban el cielo. A mi derredor había un gran hacinamiento de huesos y era dificultoso ver el suelo. De pronto sentí una vibración uniforme que agitaba todos los despojos. Como movidos por una corriente eléctrica intermitente, los huesos pugnaban por levantarse y volvían a caer sin movimiento, como desmayados. El tinte pálido del Sol, ya muerto, animaba cloróticamente aquella doliente visión.

Entonces vínome a la memoria, después de grandes esfuerzos, el pasado. Me parecía haber despertado de un sueño rápido. Hice recuerdos y coordiné lo siguiente: Yo estaba la última vez en mi lecho. Una luz pálida iluminaba mi alcoba y un amigo, mi médico, teníame el pulso, grave, sin pronunciar una palabra. De pronto entraron en mi habitación mi madre y mis hermanas. Sentí un cuchichear de voces, vi caras entristecidas, y a una palabra del médico, rompieron a sollozar. El médico hizo una seña. Ya no podía moverme; había perdido el dominio sobre mí mismo y los párpados caían sobre mis ojos, pesadamente. Pero mi conciencia estaba perfectamente clara. Oía aún los sollozos; sentí que alguien, mi madre, me abrazaba llorando; sentí que un Cristo de metal descansaba en mi pecho; una mano puso frente a mis labios un espejo, y después todo se desvaneció.

Yo debí ser sepultado, naturalmente, en el cementerio de mi pueblo. El cementerio no distaba un kilómetro de la ciudad; nosotros poseíamos un mausoleo. ¿Por qué, pues, me encontraba yo en este desolado paraje, cuando el espíritu volvía a animar mi esqueleto en esta hora definitiva? ¿Quién podía haber trasladado mis restos a este extraño lugar? Por otra parte, ¿Dónde estaban mis seres amados? ¿Por qué me encontraba yo solo en medio de tantos despojos? Una duda mortal y fría me lastimaba. Extendí la vista para buscar en la extensión gris algo tangible a qué poderme referir y vi lejos, muy lejos, sobre la enorme extensión de huesos, un esqueleto que como yo, se elevaba en aquel campo de desolación. Sobre la gran cantidad de huesos se incorporaban ya algunos esqueletos que trataban de ponerse en pie; pero volvían a caer sin ánimo sobre la tierra. Me encaminé con dificultad entre las óseas capas hacia el esqueleto. A mi paso cruzaban de repente, con velocidad, tibias, omóplatos y cráneos que iban a reunirse con sus cuerpos. Llegué donde el esqueleto, solemne y grave, se erguía. Miraba con tristeza desgarradora aquella extensión y no se dio cuenta cuando yo, acercándome, me puse a su lado.

–¿Quién sois, espíritu, y dónde estamos? –le dije.

No respondió.

–¿Qué ha sucedido? ¿Qué extraña pesadilla es ésta? ¿Por qué me encuentro aquí? ¿Vos no podríais responderme? ¿Quién ha animado mis huesos? ¿Quién me ha dado de nuevo estos sentidos que me permiten razonar? ¿Por qué mi cuerpo ha venido a aparecer aquí? ¿Qué tiempo hace, decidme, que desaparecí de la vida? ¿Dónde están mis seres amados? ¿Es esto la tierra? ¿Es aquel el Sol? Habladme, por vuestros más caros recuerdos, dadme una luz que amortigüe esta duda cruel... ¿Estamos acaso en el infierno?...

El esqueleto no me respondía.

–¡Decidme, por Dios, una palabra! ¿Qué tiempo hace que yo deje de ser?... Yo era de un país joven, de un continente nuevo; cuando yo vivía, la vida era buena, los árboles alegraban el mundo, los ríos corrían desbordados, un soplo de actividad hacía evolucionar lo creado. ¿Dónde estamos?...

–En la tierra.

–Pero ¿y el tiempo?

–Ya no hay tiempo.

–¿Y el espacio?

–Ya no hay espacio.

–¿Y el sol?

–Vele allí, que agoniza; ya está inmóvil.

–¿Qué ha pasado por el mundo?

–Los siglos.

–¿Estamos, pues, en el fin? ¿Hemos sido llamados por Dios?...

–¡Quién sabe!

–¿Vendrá ahora una manifestación divina, seremos destinados tal vez a otro planeta, a otra vida?...

–¡Quién sabe!

–¿Han pasado muchos siglos? ¿La humanidad ha vivido mucho tiempo? ¿Dónde está el progreso de los hombres? ¿Nada ha quedado, acaso, de todos los esfuerzos, de todas las preocupaciones; ha podido el tiempo destruir tantas cosas magníficas?

–¡Quién sabe!

–¡Habladme, por Dios! Dadme una luz, sacadme esta tortura o dejadme en la nada, pero no prolonguéis este estado de laceración. ¿Esta noche terminará? ¿Habrá una nueva aurora?

–¡Quién sabe!

En la extensión desolada y sombría, algunos esqueletos comenzaron a moverse y a animarse. Caminaban lejos de nosotros, en diversas direcciones.

–¿Vos sois acaso cristiano? ¿Conocisteis y amasteis a Cristo?

–Tú hablas de Cristo. ¿En tu tiempo aún se le conocía? ¿Eres tan viejo? Otras regiones se sucedieron en el mundo. Muchas vueltas dio la Humanidad. Hubo otros profetas, otros ideales, otras religiones, y tantas, que la Humanidad dudó un día que Cristo hubiera existido y que su religión hubiera tenido prosélitos.

–Eso es imposible. Cristo vive en el cielo. Cristo me salvará. Cristo está a la diestra de Dios, él era el Hijo de Dios, él velaba por la especie y por el Espíritu humano.

–¡Quién sabe!

–Cristo, a la hora final del Universo, vendrá a buscar a sus hijos, intercederá por ellos ante Dios, les dará una mansión de bienaventuranzas...

–¡Quién sabe!

–Allí nos reuniremos todos los que en vida nos amamos. Allí encontraremos a nuestros seres queridos. Allí el espíritu de los buenos tendrá una dulce consolación.

–¡Quién sabe!

–Mi alma y mi cuerpo serán vueltos a la vida. Y mis amados serán vueltos a la vida y todo lo que fue volverá a ser.

–Tú no eres tú. Tú no fuiste tú. Tú no serás tú. Tu cuerpo venía de la tierra. Lo que fue un día en la vida tu sangre, había sido antes la vida latente de una serie de sustancias. Tu sangre vino del mineral que absorbe la planta y que dio el dulce fruto de nutrición a tu padre; en tu sangre había gases de la atmósfera que alimentaron los pulmones del que te engendró. En tu cerebro había neuronas que se componían de sustancias químicas y que se animaban al calor del sol, al efluvio de los cuerpos compuestos, al estímulo de excitantes diversos. Todo tú, eras sacado de la Naturaleza. Cuando volviste a la tierra, tus gases descompuestos ardieron en el fuego y dieron savia a los árboles del cementerio; de tu cerebro salieron gusanos, que dieron vida a las crisálidas, y un día las crisálidas levantaron sus finas alas en la limitada extensión del ataúd, en las sombras, y murieron, y también fueron nuevos gases que filtraron el zinc de tu caja. En tu cuerpo había aceites que penetraron en la madera y la pudrieron; en tus huesos había sales y sustancias que se descompusieron y se disgregaron y abonaron las raíces que los árboles buscaban. Un día nada quedó de tu cuerpo. Todo lo que formaba la armonía de tu ser, está hoy repartido. Una parte fue a convertirse en la madera de un mueble; otra parte, vegetal, fue a filtrarse en las neuronas de un hombre; los minerales sirvieron de componentes a una fortificación de guerra; algo de ti fue al espacio con otros elementos. Tú estás disgregado en la Naturaleza. Pero ya el sol no anima y la sustancia no vibra, y todo, todo, ha concluido definitivamente... Ahora somos una vana imagen intangible; somos un recuerdo; pero toca tus miembros, busca tus huesos; no encontrarás nada, nada.

Y toqué mis miembros y nada era perceptible. Yo era una especie de efluvio, una idea, algo intangible, vago.

–Pero la humanidad no puede perecer así. Tenemos un fin. Yo soy creyente. Yo creo en Dios.

–Dios era lo que animaba el mundo y ya ves que no existe el mundo. ¿Dónde está, pues, Dios?

–Dios existe y es eterno. Él vendrá por sus hijos. Jesucristo me acompaña. Yo creo que él vendrá; él es la esperanza, el áncora de salvación del mundo. Él se sacrificó por los hombres...

–¡Quién sabe!

–Él no puede abandonar a los suyos. Vamos a invocarle. Vamos en pos de él. Recemos. Recemos, por Dios, recemos; la oración nos acercará al Creador, Jesucristo oirá nuestras plegarias.

El esqueleto quedó un gran momento silencioso, con la calavera inclinada sobre el esternón, en desoladora actitud.

Yo comencé a rezar, espantado, contrito, poseído por un pavor trágico: Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador del cielo y de tierra...

–No reces, es inútil.

–¡Madre mía, madre mía! ¿Dónde estás? ¿Por qué no oyes mis clamores? ¿Por qué abandonas a tu hijo? ¿Dónde están tu espíritu, tu amor inmenso, tu abnegación y tu martirio? ¡Madre mía, madre mía! –gritaba yo desconsolado y mi voz se perdía sin eco en la extensión siniestra.

–¡No llames, es inútil!

–Pero ¿por qué esta tortura? ¿Por qué esta crueldad? ¿Por qué se me ha vuelto a la vida, por qué esta maldita razón?...

–No protestes. ¡Es inútil!

Entonces yo me arrodillé a los pies de aquel raro esqueleto, y le dije sollozando, con toda la sinceridad de mi alma:

–Escuchadme: vamos en pos de Cristo. Invoquemos a Cristo; él es el único que puede salvarnos, él no nos abandonará; recemos, señor, recemos; sed piadoso, sed creyente; tal vez por vuestra falta de fe, él no nos escucha. Aunemos nuestra plegaria; creed en Cristo...

Y él, con una tristeza infinita, con una desoladora melancolía, con un desencanto indescriptible, inclinó la apesadumbrada cabeza y me dijo estas palabras:

–Hermano mío, Cristo soy yo.

Los huesos se animaban, se animaban, y el sol iba oscureciéndose, fijo en el mismo punto del horizonte.


Publicado el 12 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
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