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Cuento


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16 págs. / 28 minutos / 125 KB.
7 de mayo de 2020.


Fragmento de Los Hermanos Ayar

Los cóndores hacían coronas en el cielo y tendían sobre la cima y sobre el pueblo elegido sus alas dominadoras.

Al amanecer, el pueblo se levantó y se desgranó en el llano. Los días fueron sucediéndose. Los emigrantes caminaban febrilmente. De vez en cuando veíanse obligados a detenerse para sostener combates y reducir rebeldes. Pero emprendían de nuevo la marcha dejando detrás de sí cadáveres o trayendo nuevos sumisos. A cada jornada deteníanse los hombres de bronce y antes de la puesta del Sol invocaban al padre de la raza. Avanzaba Ayar Manco con el indi en la mano, y con la barra de oro tocaba el suelo repetidas veces, buscando el lugar elegido. La barra no se hundía. Era necesario seguir adelante hasta que se operase el prodigio. Entonces reposaban, para iniciar al día siguiente su peregrinación. Así llegaron, mucho tiempo después, a Tampuquiro. Allí detuviéronse algún tiempo en el clima suave y apacible. Mama Ojllo no era ya la animosa mujer de los primeros días, y había tardes en las que, pensativa, recostada en las telas suaves de las alpacas, hablaba largamente con Ayar Manco. Una mañana, al salir el Sol, ante la noble gente reunida, Ayar Manco abrió la puerta de su cabaña, en el cerro de Tampuquiro y elevó, en las manos, hacia el Sol, un niño, sobre cuyo ropaje el indi se posó. El niño fue Sinchi Roca, el heredero.


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