Mariluán

Alberto Blest Gana


Novela



I

La indómita energía de la raza inmortalizada por los cantos de Ercilla brillaba en los ojos de Fermín Mariluán. En un pecho espacioso y levantado, latía su altivo corazón, cuya viril entereza daba a sus negros y pequeños ojos su tranquilo mirar, y a los labios, algo abultados, la fría expresión de orgullo que caracteriza la fisonomía de los araucanos.

Unos de los amigos de Mariluán, condiscípulo suyo en el Liceo de Chile, nos decía recordándole:

—Era enamorado y tenía gran vanidad por su raza valiente y entusiasta de la gloria militar; su cara era simpática y elegantes sus maneras.

Fermín Mariluán obtuvo despacho supremo de alférez de caballería y el cariño con que colocaba su mano pequeña, herencia de su raza, sobre la empuñadura de esa espada, como impaciente de tener ocasión de sacarla con razón, porque estaba seguro de poder después envainarla con honor, para cumplir con el lema puesto a las hojas toledanas en palabras como las que hemos subrayado.

Los azares de carrera le llevaron a distintos campamentos durante algunos años, y las prendas de su alma le conquistaron muchos amigos en la paz y el terror de sus enemigos en los combates. Aquella época de revueltas en que inició su carrera militar, cuadraba muy bien a su índole aventurera y a su temerario arrojo. Muchos soldados recuerdan haberle visto en Lircay adelantarse solo a desafiar al enemigo, con los ojos radiantes de alegría a cada estampido del cañón.

—Para mi teniente Mariluán —decían al referir sus guerreras memorias—, todas las balas eran de estopa, y casi más le gustaba la música de las grandes bocas de fuego que la del arpa o de la vihuela en que solía cantar.

La misma mano que blandía la espada como un rayo exterminador, que pulsaba las cuerdas de la guitarra para acompañar las alegres canciones que Mariluán gustaba entonar, tenía también el don de trazar una letra elegante, que desde temprano usó para ayudar a los amigos en el trabajo de la mayoría. Así, los jefes admiraban su conducta en el combate, su voz y buen humor las bellas en los ocios de guarnición y su buena voluntad los compañeros, a quienes desempeñaban su trabajo. Y por esto, todos le amaban.

Mariluán pertenecía a una de las familias más pudientes de los indígenas de la alta frontera. Su padre era cacique y descendiente de cacique. El cómo este hijo de las selvas vírgenes de Arauco llegó a transformarse en el elegante oficial de granaderos que vamos dando a conocer, helo aquí.

Su padre, Francisco Mariluán, era uno de los más formidables enemigos de los chilenos fronterizos por los años 1820 a 1825. Hacia esta época el jefe de la frontera logró llamarle a parlamento y ajustar con él un amistoso convenio de alianza que aseguró al cacique el grado de sargento mayor de ejército y un sueldo mensual como gobernador del Butalmapu de los llanos. En prenda de fidelidad, dio Mariluán en rehenes a su hijo Fermín, que fue educado en el Liceo de Chile y destinado después al servicio militar, como hemos visto.

Pero ni los beneficios de la educación, ni el roce con las gentes civilizadas que le enseñaban hábitos de cultura muy diversos a los contraídos en su niñez, pudieron jamás borrar del alma de Fermín Mariluán ese amor instintivo al suelo patrio, que en la raza araucana ha producido los altos hechos que celebra la epopeya. En medio de la noche, en el silencio del campamento; por la mañana, al despuntar los primeros rayos del sol, que besa con tibio cariño las hojas calladas y misteriosas de la oscuridad, como en el despertar espléndido de la naturaleza saludada por los rosados fulgores de la aurora, Mariluán veía renacer las escenas de la infancia, los poderosos recuerdos de la familia, acompañados de esa abrumadora melancolía que cierne sus alas de ángel doliente sobre el alma de los desterrados del suelo natal.

El ruido de las armas, el son de la trompeta bélica, los alegres cantos del soldado, rechazaban después esos recuerdos al santuario en que todas las almas depositan las memorias queridas, y Mariluán era entonces de los más alegres en la fatiga y de los más laboriosos en las horas de descanso. Sólo sus facciones daban a conocer su origen en esos casos, porque su franqueza y buen humor estaban muy lejos de semejar al meditabundo recogimiento que distingue a los de su raza en las circunstancias ordinarias de la vida.

En medio de su actividad y el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, Mariluán encontraba siempre algunas horas para dedicarse a su lectura favorita. El poema de don Alonso de Ercilla despertaba en el alma de este indio, pulido por la civilización, ese orgullo que las razas perseguidas cultivan como una religión salvadora. El caluroso discurso de Lautaro, que hace tornar «los generosos pechos» a los derrotados araucanos y cambiar en irresistible ataque la carrera de los fugitivos, hacía brillar en la vista de Mariluán los destellos que despiden los ojos de un hijo amante a quien refieren los hechos de un padre que la suerte no le permitió conocer. Rugía de coraje su altanero pecho con el atroz suplicio de Caupolicán, y cada fibra de su corazón respondía con rabia palpitante a la rabia desesperada de Fresia. Las alucinaciones del entusiasmo le hacían oír voces proféticas que le llamaban a continuar la gigantesca resistencia de sus antepasados y esas voces decidieron de su destino.

No era extraño, por consiguiente, que tan constante preocupación llegase a hacer trazar a Mariluán un plan que acariciaba en el fondo de su alma. Dar cohesión a las diseminadas tribus que pueblan el territorio araucano; fomentar la fraternidad, que sólo puede hallar su origen en la unión; alentar el espíritu de independencia, y aprovechar el valor indomable de los indígenas, enseñándoles los adelantos guerreros de la civilización, para alcanzar una victoria que pusiese a los araucanos en aptitud de ajustar un tratado ventajoso con el gobierno de Chile: he aquí el sueño de este joven, frívolo al parecer, y en apariencia, también dormido entre los blandos halagos de un amor tiernamente correspondido.

El porvenir de paz y de civilización que divisaba después del éxito de su empresa, el trabajo lento de infundir a los indios el amor a la vida civilizada, cultivando sus nobles instintos desfigurados por el codicioso espíritu de rapiña de que siempre han sido víctimas, los dejaba Mariluán gustoso a manos auxiliares, con tal que nadie le disputase los peligros de la guerra que meditaba emprender.

II

A mediados de 1833, Mariluán habitaba ese séptimo cielo de la humana dicha, al que sólo puede penetrar el corazón asociándose a otro corazón de mujer.

Su querida se llamaba Rosa Tudela.

En ese tiempo contaba Mariluán veinticuatro años y rosa diecisiete. Se conocieron y se amaron. La imperiosa ley de la juventud no ha menester de circunstancias preparatorias para explicar este fenómeno. Viejo para la humanidad, será siempre nuevo para los que experimentan sus efectos.

Mariluán llegó a los Ángeles en abril del año que dejamos citado. Allí vivía doña Andrea Ramillo, madre de Rosa y de un joven llamado Mariano, que, por muerte de su padre, había llegado a ser el jefe de esa reducida familia, una de las más encopetadas del pueblo.

Cuando Mariluán fue llevado por un amigo a casa de doña Andrea, Mariano Tudela se encontraba ausente de los Ángeles.

Rosa y su madre recibieron con cariño al brillante oficial de caballería.

Desde la primera visita, Rosa y Mariluán cambiaron esas miradas profundas con que, entre un joven y una niña, se saludan los corazones, mientras que los labios articulan las palabras frívolas de una primera conversación.

Las aves, antes de emprender por primera vez el vuelo a las regiones del aire, abren las alas, se estremecen y las repliegan temerosas, sondeando con la vista los ilimitados parajes que irresistiblemente las atraen a su centro.

Así sucede a los corazones al lanzarse en la infinita y desconocida región del amor primero que les llama con misteriosa voz: divisan el amor, palpitan con violencia y al decir te amo, se repliegan en la reflexión y en la duda. Esa inmensa pasión, que no retrocede después ante ningún obstáculo, empieza siempre por la timidez.

Mariluán y Rosa dejaron correr un mes, amándose ya, sin atreverse a confesárselo.

La timidez del oficial, inverosímil a primera vista, queda justificada, diciendo que Rosa había causado una profunda sensación en su alma, siendo así que hasta entonces el amor no había sido para Mariluán más que un pasatiempo de guarnición.

Las gracias naturales de Rosa explicaban su victoria en el corazón del guerrero. Era bonita. Rubios cabellos, finísima y blanca tez, lánguidos ojos a los que el amor daba la luz ofuscadora del relámpago, labios en cuya húmeda superficie parecía brillar el alma enamorada, esbelto talle que ignora la majestad de su porte; he aquí lo que a primera vista pareció grabarse en el pecho de Mariluán, cuyo corazón se lanzó al porvenir con la avidez que distingue a la juventud para descontar el tiempo que la separa de la fidelidad.

Ese tiempo no fue largo. El natural donaire con que Mariluán alzaba su frente altiva, la marcial arrogancia de su cuerpo, la concentración ardiente de su mirada, destruyeron muy pronto en Rosa la instintiva timidez del corazón femenil, al soplo de esa brisa perfumada que llamamos ilusión.

Transcurrido el mes de las emociones mudas, Mariluán y rosa aprovecharon el primer pretexto que se ofreció para hablar de los primores que habían visto en su excursión solitaria al país de los idilios del alma.

—Entre todas las ambiciones que se combaten en mi alma —dijo Mariluán, al oír la franca respuesta con que Rosa contestó a su primera declaración de amor—, ninguna juzgué más irrealizable que la de oír lo que Ud. acaba de decirme.

—He oído contar que Ud. no es nada tímido —replicó sonriéndose la niña—; ¿por qué le parecía entonces tan difícil que yo le amase?

—¡Lo deseaba tanto! —exclamó el oficial con ingenua emoción.

Y el esforzado descendiente de los Caupolicanes y los Lautaros tembló como en el árbol la hoja, con ese frío súbito que hace estremecerse al corazón, cuando repite el eco de la voz querida que le habla de amor por la primera vez.

Así, Rosa y Mariluán se dieron la mano para entrar a esa Arcadia del amor platónico, constantemente explorada por jóvenes parejas, que siempre creen haber hallado nuevas flores en su poético recinto.

Un incidente muy sencillo hizo entrar a Mariluán de nuevo en el círculo de ideas de que la voz de su amada le acababa de sacar. Su asistente, indio de la misma tribu de Mariluán, llamado Antonio Caleu, le esperaba, en la noche de esta conversación, a la puerta de la casa que habitaba Rosa.

Antonio, arrebatado muy joven por los chilenos de los brazos de su familia, en una de esas frecuentes correrías hechas al territorio araucano por el ejército de la frontera, había servido desde entonces como corneta en el regimiento de Mariluán. Los rigores de la disciplina militar no habían bastado a destruir en el corazón de aquel indio el instinto de independencia transmitido de generación en generación por los que pusieron a raya el valor de los conquistadores españoles. Ese instinto hizo concebir a Antonio Caleu un plan de deserción que puso en práctica tan pronto como surgió de su espíritu. Por desgracia suya, el sargento de la banda tuvo informaciones de su marcha, le persiguió y le trajo custodiado al cuartel. Un consejo de oficiales le condenó a expiar sus instintos de familia con la pena de cincuenta palos.

El bárbaro castigo se estaba ejecutando en el infeliz Antonio, cuando Mariluán entró en el patio del cuartel. El oficial y el corneta cambiaron en aquel instante una mirada en que brilló el fuego de la indignación, por una parte, y el de una estoica paciencia, por la otra.

Mariluán sé dió vuelta, empuñando convulsivamente su sable y Antonio sufrió la horrible pena sin lanzar un solo gemido.

Media hora después entró Mariluán en el calabozo en que Antonio había sido encerrado.

Los dos indios se miraron silenciosos durante algunos momentos. El uno civilizado y elegante, tosco y casi salvaje el otro, parecieron estudiarse antes de interrumpir el silencio.

Rompiólo Mariluán, dirigiendo la palabra al otro en la lengua de sus padres.

—¿Por qué te castigaron? —le preguntó.

—Caleu quería ver su tierra —dijo Antonio, en cuyos ojos brilló un rayo de alegría al oír el idioma natal.

Mariluán miró por a ventana del calabozo, como engolfado en una triste meditación.

—Caleu piensa mucho en sus padres y no sabe si habrán muerto. Iba a verlos y se arrancó porque aquí no dan licencia.

—Irás cuando yo lo permita —le dijo Mariluán—: desde mañana serás mi asistente.

Desde entonces, Antonio Caleu entró al servicio de nuestro héroe. Fuera del respeto que como hijo de sus caciques le imponía, Mariluán inspiró a Caleu en cariño profundo con la dulzura de su trato. En poco tiempo vio Mariluán que aquel hombre podría serle de inmensa utilidad para la consecución de sus proyectos, y buscó algunas ocasiones para someter a prueba su fidelidad. Antonio salió airoso de esas pruebas y se conquistó la confianza de su oficial, que le envió en comisión a convocar los principales caciques de los llanos para una conferencia en que Mariluán meditaba sondear sus intenciones, informarse de sus recursos y ofrecerles su brazo para realizar la empresa cuyo plan les expondría.

Caleu desempeñó su comisión y llegó de regreso a Los Ángeles en la noche. No encontrando a Mariluán en su casa, se fue a esperarlo a la de Rosa.

Por esto fue que, al verle, dijimos que las ideas de Mariluán, abandonando el campo florido de amorosos devaneos, habían vuelto al proyecto que al lado de Rosa olvidara por un instante.

El oficial y el asistente caminaron silenciosos hasta llegar a la casa que habitaban.

—¿Cómo te ha ido? —preguntó Mariluán cuando estuvieron en una pieza cuya puerta cerró Antonio con cuidado.

—Bien, mi teniente.

—¿Vendrán los caciques?

—Vendrá Cayo y Leviluán, vendrán Canchaleu, Huentecón y Raquio.

—¿Cuándo?

—Para la luna llena.

Mariluán se paseó en silencio algunos instantes.

—Irás a casa de Damián Ramillo —dijo acercándose al asistente— y le dirás que le espero aquí.

Antonio se quedó cuadrado militarmente, sin hacer ademán de salir a dar cumplimiento a la orden que acababa de comunicarle su jefe.

—¿Qué hay? —le preguntó Mariluán viéndole inmóvil.

—Si me permite, mi teniente —contestó Caleu—, le diré que ese caballero no me gusta.

—¿Por qué?

—Porque lo he visto muy amigo con otros que han quitado tierras a los indios, y él mismo…

—Pierde cuidado —dijo interrumpiéndole el oficial.

Antonio Caleu salió después de hacer la venia de ordenanza.

III

La persona acerca de la cual Caleu acababa de manifestar sospechas a Mariluán era un joven de treinta años, alto y vigoroso.

Damián Ramillo, hermano de la madre de Rosa, había contraído relaciones de amistad con Mariluán en casa de su hermana. Pertenecía Damián a una clase de traficantes muy numerosa y antigua en la frontera de Arauco. Los bienes de fortuna que su padre le había legado, y que él trataba de aumentar, provenían de convenios fraudulentos hechos con los indios. Damián Ramillo había heredado de su padre los bienes y el espíritu de expoliación, por medio del cual soñaba son inmensas ganancias que en poco tiempo le harían gran capitalista. De aquí su amistad con Mariluán, a quien con razón suponía algún prestigio entre los araucanos, de cuyas tribus llegaron comisionados a Los Ángeles a felicitar al hijo de unos de sus caciques más importantes. Damián Ramillo pertenecía a la escuela muy numerosa en todas partes, de hombres positivos que encaminan todas sus acciones al único fin que consideran serio en la existencia: el de ganar plata. En consecuencia pensaba que la intercesión de Mariluán podría valerle algunas de esas compras de ganado, en las que los chilenos entregan a los indios, como moneda corriente, mil fruslerías que compran a bajo precio y les transmiten como de gran valor.

Mariluán se dejó prender en las redes de este negociante fronterizo. Tomó sus mañosas disertaciones a favor de los indios por la voz del corazón que se rebela contra un tráfico infame, ejercido contra seres susceptibles de gran perfeccionamiento moral. Incapaz de doblez como todo corazón noble. Mariluán confió sus proyectos a Damián. Esta revelación hizo conocer a Ramillo que necesitaba de gran maestría para impedir las entrevistas de Mariluán con unos de los caciques que éste había hecho convocar ya por medio de su asistente; porque ese cacique, expoliado por él en una compra de terrenos, exigía su devolución. Pero lejos de dar ningún indicio de sus intenciones, procuró captarse la más ilimitada confianza de Mariluán, a fin de conocer los pasos de éste y sacar de ellos la mayor ventaja posible.

Tales eran las relaciones que mediaban entre el héroe de esta moderna tradición y la persona a quien iba a llamar Antonio Caleu, en nombre de su teniente.

Debemos agregar, como una explicación de la resistencia que había puesto Caleu a cumplir la orden de Mariluán, que Caleu, menos civilizado que su jefe, conservaba más intacto el espíritu suspicaz que dirige las acciones de las razas salvajes. Además, el cacique Canchaleu, a quién Damián Ramillo había arrebato, por un engaño, una parte de sus tierras, era de los que debían asistir a la cita dada por Mariluán, y ese cacique había manifestado sus sospechas a Caleu al oírle el nombre de Ramillo. Desde entonces, Caleu se propuso inspirar a su teniente esas mismas sospechas; pero viendo que Mariluán las desechaba con su genial confianza en la lealtad de los otros, determinó espiar de cerca todos los pasos de aquel falso amigo de su jefe.

Socio de Damián Ramillo era su sobrino Mariano Tudela, hermano primogénito de Rosa, que, desde la muerte de su padre, había pasado a ser el jefe de la familia. Mariano se encontraba ausente de Los Ángeles pocas horas después que Mariluán había salido de la casa de su madre, a cuya puerta vimos le aguardaba Caleu.

Después de abrazar a doña Andrea, hizo a rosa algunas preguntas acerca de Mariluán. Estas preguntas dejaron grande inquietud en el ánimo de Rosa, que conocía el carácter de su hermano y se había acostumbrado a mirarle siempre con respeto.

A pesar de lo avanzado de la hora, Mariano se dirigió después de esto a casa de Ramillo. Una criada le dijo que acababa de salir con el asistente de Mariluán.

—Le dirás que le espero mañana temprano —dijo Mariano al retirarse.

Damián, entre tanto, había llegado a la pieza en que Mariluán se paseaba, absorto en sus reflexiones desde la salida de Caleu.

—¿Qué noticias tenemos? —le preguntó Damián al entrar.

—Los caciques vendrán a la cita —contestó el oficial.

—¿Cuáles? —dijo Ramillo.

Mariluán nombró los que Caleu había enumerado pocos momentos antes.

Al oír el nombre de Canchaleu, Damián exclamó:

—Ese es un malvado.

—Me han dado de él muy buenos informes, por el contrario —replicó el oficial.

Ramillo encendió un cigarro en la vela y se quedó silencioso.

—Además —añadió Mariluán con el acento de confianza del que tiene firmeza en sus resoluciones—, si Canchaleu nos traiciona, yo no tendré embarazo para atravesarle el corazón con mi espada: los malvados, de cualquier raza que sean, deben tener el premio que les corresponde.

—No es fácil averiguar una traición en un indio —dijo Damián.

—¡Bah! —exclamó Mariluán con soberbio desprecio—, si traiciona, no tiene corazón de araucano.

Ramillo iba a responder, pero se contuvo. Hubiérase dicho que una idea repentina la había hecho juzgar más conveniente el callarse, porque en vez de hablar, hizo como si su cigarro se estuviese apagando.

—Será bueno —dijo Mariluán— que usted vaya reuniendo poco a poco las armas de las milicias.

—Mejor sería —observó Ramillo— comprometer al regimiento de usted en vuestro complot: con sólo una compañía de fuerza veterana, haríamos más que con todas las milicias de la provincia.

—Todo eso está bueno y me parece bien pensado —dijo Mariluán—; más, para efectuarlo, hay un obstáculo insuperable.

—¿Cuál?

—Que yo soy oficial de ese regimiento y no abusaré de mi posición para inducirlo a la revuelta.

—Pero usted se va a sublevar —objetó Ramillo.

—Antes me voy a desertar —repuso Mariluán—, y no induciré a seguirme a uno solo de los soldados de mi cuerpo. Si mi retiro en estas circunstancias no despertase las sospechas del general y del gobierno —añadió después de una ligera pausa—, lo pediría desde ahora.

—Es una delicadeza exagerada —dijo Damián, que parecía tener algún interés particular en insistir sobre este punto—; piense usted que con una compañía del regimiento, tendríamos una base magnífica para organizar una tropa que pudiese hacer frente a la del Gobierno.

—Nuestra causa —replicó Mariluán— no ha menester de la traición para triunfar. Serán sus defensores los que van a pelear por sus hogares violados, por sus hijos arrebatados de los brazos de sus madres, para venir a ser esclavos de los que llaman civilizados y que los regalan a un amigo como quien regala un animal. Tan justa causa no debe ser manchada por el que pretende como yo, ser su jefe. Los hombres de buena voluntad, que comprendan que esos indios son parte de la familia humana y tengan la energía de consagrar sus vidas a redimirlos de su largo infortunio, ésos encontrarán un lugar en nuestras filas.

—Sí, pero ésos serán pocos —dijo Ramillo— y necesitamos soldados, porque los indios no sirven más que para una guerra defensiva.

—Formaremos soldados —repuso Mariluán; para eso necesitamos las armas de los cívicos que usted me ha ofrecido.

—No es tan fácil procurárselas —dijo Damián.

Mariluán se acercó a Ramillo y le dirigió una mirada severa que este trató de recibir con serenidad.

—Usted sabe —le dijo con aire orgulloso— que sólo acepto para mi empresa los servicios que voluntariamente se me ofrecen y que no solicito los de nadie.

—Ya lo sé —contestó Ramillo con voz seca.

—Le hablo del armamento de los cívicos porque usted me indicó que sería fácil obtenerlo; si no se puede, trataremos de suplir su falta y no nos detendremos por eso.

—¡Oh! Yo no digo que no se puede —exclamó Damián—, he dicho que me parece difícil; pero haré todo lo posible para que no nos falte.

Es rostro de Mariluán tornó a su aspecto comunicativo al oí aquellas palabras que Damián pronunció con voz afectuosa.

—Se entiende, y no exijo otra cosa —dijo sentándose al lado de Ramillo.

Después de un ligero silencio, añadió:

—Ahora, hablaremos de otro asunto: tengo algo que preguntarle sobre la familia de su sobrina.

—Pregunte no más.

—Me han dicho que Mariano desea casar a Rosa con don Claudio Retamo.

—No lo sé positivamente; pero creo que la noticia no es del todo infundada.

—¿Don Claudio es rico?

—Sí, bastante.

Después de esto quedaron en profundo silencio. Damián trató de continuar la conversación sobre el tema en que acababan de dejarla; pero Mariluán no le siguió en este terreno, sino que habló de nuevo de la guerra que meditaba encender, poniéndose al frente de los araucanos. El entusiasmo brillaba en sus palabras y en sus ojos, que eran como el espejo en que venían a reflejarse las nobles espiraciones de su corazón. Hablando de su plan de campaña y de los resultados de la victoria, Mariluán parecía inspirado.

Ramillo le contestó, fingiendo igual entusiasmo; prometió que haría los mayores esfuerzos para tener pronto a disposición de Mariluán algún armamento, y se despidió, después de haber discutido con él las proposiciones que debían hacer a los caciques en la reunión que tendrían lugar quince días más tarde.

IV

Damián Ramillo llegó a las ocho de la mañana del día siguiente a casa de Mariano Tudela.

Este oyó la relación que le hizo su tío de los proyectos de Mariluán.

—Lo que debemos evitar a todo trance es que Canchaleu hable con Mariluán —dijo el hermano de Rosa—; porque ese indio se valdrá de él para entablar el reclamo en contra de nosotros.

—¿Y no será mejor hacerlos prender a todos la noche en que deben reunirse? —preguntó Damián.

—Entonces reclamarán los herederos o él mismo Canchaleu desde su prisión —respondió Mariano—, y lo que nosotros debemos evitar es que este negocio salga a luz.

—Mucho insistí —dijo Ramillo— para que Mariluán hiciese tomar parte en la conspiración a la tropa de su regimiento. De este modo, con una simple denuncia de algún soldado a quien era fácil corromper, Mariluán sería tomado preso y juzgado: de aquí hubiéramos sacado gran ventaja nosotros comprometiendo a Canchaleu; pero Mariluán se ha opuesto formalmente a ello.

—Y entonces ¿qué hacemos? —preguntó Mariano.

—Esperar el día de la reunión de los caciques. Tendremos prevenido al comandante de armas, y con un piquete de tropa se les sorprende a todos a un tiempo. Si se defienden, tanto peor para ellos: de todos modos, o Canchaleu cae prisionero, o tiene que morir en el combate.

—Por mi parte —dijo Mariano Tudela—, yo deseo ante todo que Mariluán se retire de mi casa: creo por lo poco que hablé anoche con Rosa, que ella le ama, y entre tanto yo tengo casi ajustado su casamiento con don Claudio Retamo, como tú sabes. Si las visitas de Mariluán llegan a oídos de don Claudio, el hombre puede desanimarse, aunque me habló de Rosa con mucho interés. De todos modos, yo quiero que ese casamiento se haga, porque don Claudio está cada día más rico y su apoyo puede servirme mucho para nuestros negocios en Talcahuano.

—No hay más entonces que cerrar la casa a Mariluán —contestó Damián Ramillo.

—Tú tienes amistad con él y podrías servirme en esta ocasión —le dijo su sobrino.

—¡Imposible! —exclamó Ramillo—. ¿No ves que yo debo seguir en buenas relaciones con él hasta el día de su cita con los indios? De otro modo, Mariluán entra en sospechas y da contraorden, con lo cual ni evitamos que venga Canchaleu ni nos aseguramos de su persona.

—Antes de salir de Talcahuano —dijo Mariano—, don Claudio me prometió que vendría a verme muy luego: si al llegar a casa encuentra a Mariluán, el matrimonio no se efectúa, porque él es bastante malicioso para conocer la inclinación de Rosa. ¿Qué haremos para que este indio se retire? Mi madre tiene la culpa de haberlo recibido aquí —añadió con disgusto.

—Lo único que yo puedo hacer —dijo Ramillo— es asegurarle lo que anoche le conté vagamente: es decir, que tú piensas casar a Rosa con don Claudio.

—¿Irás a verle ahora?

—Hoy mismo.

—Bien; yo acá procuraré arreglar las cosas para que él se retire de la casa.

Damián Ramillo se despidió de su sobrino, que de allí se dirigió al comedor en que su madre y Rosa le esperaban.

El almuerzo fue delicioso. Mariano esperó haber concluido y que la criada que servía se hubiese retirado para hablar del asunto que le preocupaba.

—Madre —dijo a doña Andrea—, ¿para qué fue a recibir aquí ese oficial Mariluán, que me dicen viene todas las noches?

Rosa bajó la vista y se puso muy pálida. Su primer deseo fue el de levantarse y salir de la pieza; pero se armó de resolución y esperó la contestación de su madre.

—Le trajeron aquí —respondió doña Andrea—, y como no había motivo para no recibirle, le ofrecí la casa.

—¿Usted no sabe que es indio, entonces? —preguntó Mariano.

Rosa levantó los ojos y miró resueltamente a su hermano. Un vivo encarnado había hecho desaparecer la palidez de sus mejillas.

Mariano aparentó no ver esa mirada y prosiguió:

—Una niña como Rosa pierde con estas visitas, porque la gente decente se retira de las casas donde reciben hombres como ése.

—Pero éste es un joven bien criado —contestó la madre—, y en todas partes le reciben aquí.

—No importa —replicó el hijo con voz áspera—; nosotros no debemos recibirle más. Cuando don Claudio estuvo aquí el mes pasado, quedó muy contentó de la casa y ahora, en Talcahuano, me habló de Rosa con mucho interés. Don Claudio es un partido envidiable para cualquier niña: ahora, figúrese que sin tener aquí ningún negocio de importancia, me ha ofrecido una visita. Claro está que viene por Rosa, y así me lo dejó entender. ¿Qué diría si al llegar se encontrase con la casa visitada por oficialillos que no tienen más que su sueldo, y que uno de ellos se acerca a su hija de usted?

—¿Y quién es ese? —preguntó doña Andrea, mientras que Rosa había vuelto a bajar la cabeza, como para ocultar el encendido color de sus mejillas.

—¿Quién? El indio —contestó Mariano—: anoche me lo dijeron varias personas con quienes hablé.

—En fin, hijo —repuso la señora, convencida por los argumentos de Mariano y halagada con la perspectiva que éste le presentaba de tener un yerno rico—, tú eres el dueño de casa y puedes hacer lo que te parezca mejor.

—Como yo no conozco a ese mozo —dijo Mariano—, no puedo ir a verle para decirle que no vuelva más aquí; pero usted y Rosa deben darle a entender que es preciso que se retire.

—¡Yo no lo haré nunca! —exclamó Rosa, levantándose de su asiento, como para infundirse valor con ese movimiento.

—¡Ah! ¿Y por qué? —preguntó Mariano con imperativa voz.

—Porque no hay motivo para ofender así a un joven que nada malo nos ha hecho —contestó ella, con voz temblorosa, pero al parecer resuelta.

—Cuando yo digo que esas vistas no me gustan, es preciso que salga de la casa —exclamó Mariano irritado.

—Puedes decírselo tú —replicó Rosa.

—Le defiendes como si le amases —observó el joven en tono burlón.

—¿Y eso qué tendría de extraño? —contestó con energía la niña.

—Bueno, yo lo arreglaré todo y haré que en esta casa se haga mi voluntad —dijo Mariano, saliendo de la pieza, cuya puerta se cerró con despecho.

Rosa se arrojó llorando en brazos de su madre.

Mariano llegó al cuarto de la casa que le servía de habitación. En medio de aquel cuarto había una mesa de madera pintada de colorado, cubierta con una de esas grandes mantas que usan en el sur y que llaman chaños ordinariamente. Sobre esa mesa se veía un tintero con algunas viejas plumas de ganso y algunas hojas de papel de carta.

Mariano se dirigió a la mesa apenas entró en el cuarto, se sentó, tomó una pluma y se puso a escribir. En la línea superior, puso con bastante buena letra lo siguiente:


«Señor don Fermín Mariluán:


Y a continuación escribió las líneas que siguen, después de meditar un rato y de enmendar algunas palabras que reemplazaba por otras:


»Muy señor mío:

»Como no tengo el gusto de conocer a usted personalmente, he creído que sería más acertado dirigirle la presente, porque así es más fácil decir lo que se desea. A mi llegada a este pueblo, he sabido que mi madre ha recibido varias veces visitas durante mi ausencia, pues ella no estaba al cabo de los compromisos que yo he contraído acerca de mi hermana Rosa. A usted no se le ocultará que cuando una señorita está visitada por jóvenes, esto la compromete a los ojos de los demás, y si alguno se interesa por ella con el agrado de su familia, esto puede darle ocasión de pensar que no se cumplen con él los compromisos que se han formado. En este caso me hallo desde mi llegada, y por tal razón me veo en la dura necesidad de hacerlo presente a los que visitan a mi casa, para cumplir así mi palabra con la persona que debe ser mi hermano político, a quien naturalmente no deben agradarle las visitas de otros jóvenes que pueden interesarse por la que va a ser su esposa.

»Espero, señor, me disculpará usted esta franqueza, pues la empleo por los motivos arriba indicados, y le ruego que, aun retirándose de mi casa, se sirva contar con el aprecio de su obsecuente servidor que S. M. B.

Mariano Tudela».


Esta carta llegó a manos de Mariluán pocos momentos después que Ramillo había salido de su casa.

Lejos de prevenir el ánimo de Mariluán, como acababa de ofrecerlo a su sobrino, Ramillo se había limitado a repetirle lo que acerca de los compromisos de Mariano había dicho el día precedente. Su empeño de desterrar las sospechas de Mariluán sobre su verdadera conducta y el interés que tenía de continuar disponiendo de su entera confianza, le indujeron a renovar la conversación acerca de los planes de guerra, para reiterar sus protestas de adhesión a ellos y hacer alarde de un entusiasmo ilimitado. Así fue que la carta de Mariano vino a sorprender a Mariluán en medio de la completa tranquilidad que le inspiraba la idea de conquistarse el aprecio del hermano de Rosa, como se había conquistado el de su madre.

Sin embargo el turbulento carácter de Mariluán, su buen sentido le hizo formular esta reflexión después de la lectura de esta carta.


Por su parte él tiene razón.


Más no por esto creyó hallarse obligado a renunciar a los derechos que le daba el amor de Rosa. Su espíritu, que enardecían los obstáculos, le aconsejó aceptar la guerra con la misma franqueza que empleaba el hermano de su querida para declarársela. Demasiado altanero para traspasar la puerta de una casa que tan formalmente se le despedía, Mariluán escribió la siguiente contestación:


«Señor don Mariano Tudela.

»Muy señor mío:

»Reconozco a usted la libertad completa con que ha contraído compromiso sobre la suerte de su hermana; pero a nombre de ella y a mi nombre, repruebo formalmente esos compromisos: como consecuencia de esta decisión no puedo respetarlos. Mi fuerza proviene de los derechos que Dios ha otorgado a los corazones de buscarse por el amor y unirse por el juramento. Rosa y yo nos amamos y nos hemos jurado constancia. Miro como sagrado este compromiso y lo cumpliré mientras ella no lo olvide. Por consiguiente, el deseo que usted me manifiesta de no verme en su casa se cumplirá; el deseo que usted tiene de dar a otro la mano de su hermana, no.

»Alega usted los derechos de tutoría que la ley de los hombres le concede; yo, los de amante correspondido, que amparan las leyes de la naturaleza y de su Hacedor. ¿Quién vencerá? El tiempo va a decidirlo: yo desde hoy me apercibo para la lucha.

»Espero que reconocerá usted que he contestado a la franqueza de su carta con igual franqueza y que acepte la consideración de S. S. que B. S. M.

Fermín Mariluán».


Después de cerrar esta carta, escribió la siguiente a Rosa Tudela:


«Señorita:

»Una indicación muy cortés de su hermano me cierra las puertas de su casa. ¿Debo esperar también que su autoridad me cierra el corazón de usted? En su nombre y en el mío, he contestado que seguiremos amándonos; más, para persistir en el intento, necesito de nueva autorización de usted: la espero más enamorado que nunca».


Firmó esta carta y las envió ambas con Caleu, después de suministrar los medios de hacer llegar la última a manos de Rosa, valiéndose de la criada.

Mariano arrojó con despecho la carta que le iba dirigida. La resolución que respiraba sus palabras le hizo exclamar:

—¿Quiere guerra? ¡Pues bien, la tendrá y sin cuartel!

Rosa leyó, casi al mismo tiempo, su carta y renovó sus juramentos de amorosa constancia en lo interior del pecho, con el fervor que emplea la mujer en la observancia de todo culto que le cautiva el corazón. Mientras hacía estos juramentos mudos, buscó con diligencia un lápiz y escribió a Mariluán la siguiente contestación.


«Yo le amaré siempre y nunca perteneceré a otro. Tengo miedo que mi hermano me sorprenda escribiéndole, por eso no le diré nada más; pero si usted halla modo de ir mañana en la noche a casa de doña Marcelina Llanos, que celebra su día, podremos hablar mejor que por cartas».

V

El mismo lugar que Rosa indicó a Mariluán para una entrevista era un obstáculo para él, porque no tenía relación de amistad con la señora cuya casa se le designaba.

Era tarde ya para buscar un amigo común que le presentase, y le parecía impropio, sobre todo, solicitar este favor para una noche de fiesta.

Quedaba sólo un arbitrio; pero arbitrio muy usado hasta ahora en algunas provincias, y que era por entonces casi una consecuencia inevitable en una fiesta de santa: consistía en dar a la dueña de casa lo que todos los chilenos conocen con el nombre de esquinazo.

Mariluán contaba con algunos recursos muy importantes para llevar a cabo esta idea que podría abrirle las puertas de la casa en que debía encontrar a su querida: gozaba, por su carácter jovial, de gran popularidad entre las más encopetadas familias de Los Ángeles, tocaba con destreza la guitarra y poseía una voz agradable.

Estas dos últimas cualidades le evitaban la molestia de buscar alguna persona que ejecutase la parte vocal e instrumental, que forma el requisito más importante de un esquinazo.

Sin embargo esta clase de actos lo forma la reunión de varias personas que van a cantar a las puertas de aquella a quien se quiere felicitar, lo que obligó a Mariluán a invitar a varios amigos y algunas amigas para organizar su esquinazo. Varios pretextos frívolos le sirvieron para recomendar el secreto a fin de que sus proyectos no llegasen a oídos de Mariano, que se negaría, en caso de saberlos, a llevar a su madre y a su hermana, frustrando de este modo sus esperanzas y la de Rosa.

Hechos estos preparativos, volvió Mariluán a su casa, fingiéndose de antemano, cual todo amante lo haría en su lugar, la conversación de la entrevista, las miradas que más prometen que los labios, las tiernas palabras a las que la emoción presta su mayor encanto, y las dulces reticencias, en las que los enamorados encierran un mundo de ideales felicidades.

En esta disposición de ánimo juzgó oportuno emplear sus dotes poéticas para solemnizar el esquinazo con algunos versos de su musa, que llevasen a su querida la expresión de sus enamoradas esperanzas. Al efecto, cogió amiga de las almas en que impera todo sentimiento grande, y después de emplear una hora en esta ocupación, cogió la guitarra, colgada al lado de sus armas, y entonó los versos que acababa de componer, con la música de una canción de su abundante repertorio.

Para engañar su impaciencia, después de esto, fuese al cuartel del regimiento, pasó revista a las caballerizas, inspeccionó la sala de armas, e hizo ejercicio de sable en el cuarto de bandera, con una maestría que arrancó vivos aplausos de algunos oficiales que le miraban.

—Te empeñas en adiestrarte como si estuvieses en vísperas de algún combate —le dijo uno de sus camaradas.

—Aquí —contestó Mariluán—, siempre estamos en esta situación; pero ahora no se trata de esto caballeros —añadió—: se trata de un asalto para el que vengo a convidarles.

—¡Asalto! ¿Adónde? —dijeron a un tiempo varias voces.

—A casa de doña Marcelina Llanos.

—Es cierto que hoy es su día.

—Mis armas son la guitarra y la voz —dijo Mariluán.

—¿Vas a darle un esquinazo?

—Y cuento con que ustedes me acompañen.

—¡Cómo no! —contestaron todos—, con mucho gusto.

—Yo llevaré los voladores —dijo un alférez.

—Y yo los cohetes —agregó un teniente.

—Entonces caballeros —exclamó Mariluán—, les espero en mi casa a las nueve en punto.

—Oye Mariluán —le dijo un oficial—; si tomamos la plaza, ¿haremos prisioneras?

—Las que ustedes puedan, menos una.

—¿Cuál?

—La que yo me reservo para mí.

—¿La Ro…? —preguntó con malicia un oficial, sin decir la otra sílaba del nombre.

—… sita Tudela —agregó Mariluán, concluyendo el nombre en diminutivo.

Envió un saludo y una sonrisa a sus compañeros de armas, y salió entonando los versos que había compuesto en la mañana para la fiesta que se acercaba.

Puntuales fueron a la cita los oficiales que Mariluán había convidado al esquinazo. A las nueve de la noche salían de su casa en compañía de éste, haciendo sonar los grandes sables en el empedrado del patio.

—Esto lleva todas las circunstancias de un malón —dijo uno de los oficiales, aludiendo a los frecuentes ataques de los indios contra las poblaciones fronterizas.

—No habrá más víctimas —contestó Mariluán— que las que ustedes, con los ojos, hieran en el corazón.

—Tú nos llevas la ventaja de tener ya herida la tuya —le replicó una voz.

—No estaría de más ir prendiendo algunos voladores —dijo el alférez que se había encargado de llevarlos.

—Todavía no; es preciso economizar las municiones para la hora del ataque —dijo una voz.

—¿Y adónde vamos por aquí? —preguntó uno de los de la comitiva, viendo que no caminaba en dirección de la casa de la fiesta.

—Vamos a buscar a las señoras que nos hacen el honor de acompañarnos —replicó Mariluán.

—Ah, ah, tenemos bellas en la columna de ataque —dijo, atusándose los bigotes—. Estas no son armas para presentarse de conquistador —añadió, haciendo sonar los proyectiles que llevaba bajo el brazo y llamó para entregárselos al asistente de Mariluán, que caminaba tras ellos con la guitarra de éste.

La familia comprometida para llevar con los oficiales el esquinazo, les recibió con cariñosa acogida, y después de ordenar el orden de la marcha, Mariluán se puso al frente de la comitiva con Juan Valero, que se quejaba de no haber sido designado para dar el brazo a algunas de las jóvenes que con ellos iban a la fiesta.

—Señoritas —decía el alférez volviendo hacia atrás la cabeza—, ustedes son testigos de que yo protesto contra la violencia de mi jefe.

—Alférez Valero —le dijo en tono magistral un capitán que caminaba cerca de él, dando el brazo a una de las niñas—, usted olvida, como si fuese paisano, las prescripciones de la ordenanza, que dicen en resumen que ningún oficial puede quejarse del puesto que sus jefes le asignan y en caso de…

—Etc., etc. —replicó el alférez interrumpiendo—; ya lo sé, capitán; pero usted no tendrá tan buena memoria si no fuese tan bien acomodado.

—Consuélate, Juan amigo —le dijo Mariluán—, ya vamos a llegar y después caerte alguna buena presa de guerra.

—Siendo niña, la declaro buena presa —contestó el alférez alegremente.

En esos momentos llegaron a las puertas de la casa a que se dirigían.

—Señoritas y caballeros, en el orden de batalla —dijo Juan Valero, tomando un volador y blandiéndolo a guisa de espada.

Las señoras y los oficiales entraron en el patio de la casa, haciendo el menor ruido posible.

A través de las vidrieras de una ventana se divisaba la concurrencia, en la que aún no parecía reinar mucha animación.

Los que acababan de entrar se agruparon junto a esa ventana que daba a la pieza en que se hallaban los convidados, dejando un lugar para Mariluán, armado ya de su guitarra.

—Alférez Valero, rompa el fuego —dijo éste en voz baja.

—Desde aquí —dijo el alférez mirando a través de la vidriera— diviso unos ojitos que me están dando mucho valor para el ataque.

Y acercando un mechero encendido, que le pasó Caleu, al volador que le acababa de servir de espada, lo lanzó inflamado al espacio, en donde estallaron sus cohetes con ruidosa detonación.

—¡Viva doña Marcelina! —gritó el alférez al mismo tiempo.

Las personas del salón se agolparon a la ventana y a las puertas, mientras que las cuerdas de la guitarra principiaron a vibrar melodiosamente bajo los dedos de Mariluán, que cantó:


Ecos del alma mía
Son mis suspiros;
y para unirse a tu alma
Buscan caminos.
Tú eres la aurora
Y yo el valle que alumbra
Tu luz hermosa.


Un aplauso unánime y estrepitoso estalló al apagarse las últimas vibraciones de la dulce voz con que Mariluán había entonado aquella estrofa.

Rosa, que había visto desconsolada transcurrir las primeras horas de la noche sin ver entrar a su amante, corrió a la ventana y desde allí, mientras él cantaba, le envió una de esas miradas de amor con que las mujeres hacen conocer al hombre que las ama el irresistible poder de la debilidad con que le avasallan.

—Siga la música —exclamó el alférez Juan Valero, enviando al aire un volador tras otro con admirable ligereza, mientras que los de adentro y los de afuera aplaudían su sin igual pericia.

—Mejor estabas, Juan, para artillero —le decía una voz.

—Para el sable no tengo muerta la mano —contestaba el oficial, echando a rodar por el suelo un paquete encendido de cohetes, cuyas repetidas y estrepitosas detonaciones saludaba la concurrencia gritando:

—¡Que viva doña Marcelina!

—¡Que viva la dueña del santo!

—¡Atención a la música! —gritó el alférez Valero, oyendo resonar la guitarra.

Apagáronse las voces y Mariluán, recogiendo con pasión las miradas de Rosa, cantó:


Ignoran los que oprimen
nuestras dos almas
que el amor verdadero
nadie lo manda.
Almas amantes
burlando esos rigores
sabrán hallarse.


Los oyentes de dentro y fuera, que conservaba la entonación de la primera estrofa, repitieron entonces, uniéndose las delicadas voces femeniles y las desafinadas de los varones, el último verso:


Sabrán hallarse.


A lo que el alférez Juan Valero contestó con una granizada de voladores y cohetes, ayudado de Caleu, que atronaron el patio y arrancaron estrepitosos aplausos y prolongados vivas a Mariluán, al alférez y a toda la comitiva del esquinazo.

La dueña de casa apareció, seguida de una criada con una bandeja cubierta de vasos de mistela, que fue ofreciendo a cada uno de los recién llegados e invitándoles a entrar al mismo tiempo.

—Señorita —dijo al alférez—, aceptaremos tan amable oferta cuando hayamos concluido.

Y encendiendo nuevos cohetes y voladores, dijo con voz de mando:

—Adelante, Mariluán, que suene la guitarra: con el gloriado debes tener la voz muy clara.

Al dirigir Mariluán una mirada a Rosa, mientras preludiaba los primeros acordes de introducción, halló fijos en él los ojos de un joven que le era desconocido y que sólo llamó su atención por hallarse detrás de Rosa y al lado de Damían Ramillo. Esto le llevó a suponer la verdad, al pensar que el que así le miraba debía ser Mariano Tudela, suposición que le hizo entonar con más intención la estrofa última, clavando en Rosa la mirada ardiente y altanera.


A la flor que cultivo
llaman constancia,
y esa flor en la ausencia
crece y se arraiga.
Los que aman saben
cuanto más separados
son más amantes.


Rosa unió sus aplausos a los de la entusiasmada concurrencia, arrastrada por su parte en alas de su amor hasta el completo olvido de su hermano. Sus animados ojos, el rosado y puro tinte que cubrió sus mejillas, la arrogante actitud de Mariluán y hasta la viva aprobación con que los demás recibieron el canto del oficial, hicieron morderse con despecho el labio inferior a Mariano y dar maquinalmente una patada en tierra.

—¡La despedida! ¡La despedida! —gritó el alférez Valero, encendiendo sus últimos cohetes y arrastrando su entusiasmo al resto de al concurrencia, que repitió sus voces.

Mariluán entonó una estrofa alusiva a la dueña del santo, que fue recibida con la misma algazara que las anteriores. Con esto, los del esquinazo, precedidos del ama de casa, entraron en el salón a recibir las felicitaciones generales.

VI

—Señores, en dispersión —dijo Juan Valero, dirigiéndose a una de las jóvenes que había llamado su atención a través de la vidriera de la ventana.

Las señoras y los oficiales que acompañaban a Mariluán aumentaron considerablemente la animación de la fiesta, cuya languidez había observado desde el patio. En ese instante se operó un movimiento muy natural en las reuniones de los pueblos pequeños: la mayor parte de los jóvenes angelinos, que pocos momentos antes reinaban en el salón por la gracia de la mayoría que representaban, se retiró a una puerta, cediendo el campo a los oficiales que atraían la mirada de las mujeres con su buen porte y galoneados uniformes. Además de estas prendas, recomendables a los ojos del bello sexo, los compañeros de armas de Mariluán gozaban del valioso prestigio de la novedad, a cuyo imperio tributan homenaje tanto las grandes cuanto las sociedades reducidas. De manera que a poco rato, los oficiales se habían apoderado de la fiesta, a la que dieron un carácter propio de alegría que acompaña a los hijos de Marte en el solaz de las guarniciones. Pronto resonaron el arpa y la guitarra al compás de la popular zamacueca, y las parejas agitaron al aire sus pañuelos en los graciosos gritos de la danza, en la que cada oficial ostentaba a los admirados ojos de los concurrentes nuevas primorosas posturas, pasos aventurados, genuflexiones atrevidas y movimientos de cintura característicos del caso.

Los demás hacían coro al canto, o marcaban con las manos el compás, o reunidos en grupos, lanzaban todos los dichos tradicionales con que los espectadores animaban la zamacueca. El alférez Valero, arrastrado por el mágico poder de la música, se había arrodillado al pie del arpa y tamboreaba con maestría inimitable, haciendo redobles, dando golpes diversos, ora con el dedo pulgar de la derecha. Ora con las articulaciones de los otros dedos de la misma mano y empleando a veces hasta los codos para marcar algún compás final. A esta algazara se unía la voz de las observaciones particulares, las risas de los niños de la familia que pululaban entre las sillas y el ruido de los cohetes que en el patio encendía Caleu a cada pie, de orden del alférez encargado del ramo pirotécnico de la función. Y en medio de los grupos circulaban, con seguridad constante, bandejas con vasos de ponche y de mistela, en los que cada cual, sin distinción de sexos ni de edades, apagaba la sed producida por el calor y el movimiento.

En medio de la general alegría, los personajes importantes de esta historia se hallaban dominados de sus ideas particulares, sin cuidarse de la diversión que absorbía el espíritu de los demás.

Mariano Tudela había hecho sentarse a Rosa al lado de su madre y desde un rincón distante la observaba.

Rosa, dominada por la presencia de su amante, parecía despreciar la autoridad de su hermano y repetía con sus bellos ojos a Mariluán los juramentos de su amor, aumentado por los obstáculos que últimamente le oponía su familia.

Mariluán esperaba que el movimiento y animación se hiciera general, para acercarse a Rosa a pesar de la hostil mirada de su hermano, quien, para darse una actitud natural, conversaba son su tío Damián Ramillo, mientras que con la vista quería confundir a Rosa por su desobediencia.

Esta escena muda y elocuente a un tiempo tenía lugar pocos momentos después de la entrada de los oficiales al salón, y cuando el alférez Juan Valero comunicaba a los demás su alegría simpática, con la ocupación que le hemos visto tomar al pie del arpa.

—No me parece natural que te retires con tu familia —decía Ramillo, contestando a Mariano, que creía evitar de este modo que Rosa y Mariluán pudiesen hablar—: ¿no ves —añadía— que todos se fijarán en esto y les darás que hablar?

Entretanto, viendo Mariluán que la atención de los concurrentes estaba fija en los que bailaban, atravesó la pieza sin hacer caso de la actitud de Mariano Tudela y fue a sentarse al lado de Rosa, que le saludó temblando y sin atreverse a levantar la vista hacía su hermano.

—Rosa —dijo Mariluán—, sólo vengo a hablarla porque deseo decirle que a pesar de mi amor a usted y tal vez a causa de este mismo amor, que es verdadero y profundo, dejo a usted enteramente libre de elegir su suerte.

—¿Por qué me dice usted eso? —le preguntó la joven, alzando la vista con resolución.

—Porque sentiría en el alma cualquier pesar que por mí le sobreviniese.

—¿No sufriría usted por mí?

—Con mucho gusto, hasta la misma muerte sufriría.

—Entonces, ¿por qué no me cree capaz de hacer lo mismo por usted?

En ese instante Mariano, a quien Ramillo había estado conteniendo con sus consejos, abandonó el puesto que ocupaba y se acercó a su madre.

Al ver este movimiento, Mariluán dijo a Rosa:

—Si me ama usted de ese modo, es preciso que hablemos, y para esto es menester que me señale el punto en que podamos vernos.

—Mi hermano es tan violento: ¡le tengo miedo! —contestó Rosa.

—Sin embargo, es indispensable que usted que conceda una cita: tengo mil cosas que decirle.

Mariano dijo al mismo tiempo a su madre:

—Es preciso que nos vayamos.

La señora, acostumbrada a la autoridad de su hijo, sólo aventuró algunas ligeras observaciones, y viendo lo irrevocable de la resolución de éste, se puso de pie.

Rosa, impaciente de ver engañadas sus esperanzas de hablar con Mariluán, le dijo con resuelta voz:

—Mañana en la noche, entre las once y las doce, la criada le abrirá la puerta de calle: yo le esperaré.

Consolado de estas palabras, Mariluán abandonó la idea que tenía de buscar pretexto para provocar a Mariano, y dejó su asiento cuando éste, dando el brazo a su madre, se detenía junto a Rosa, que tuvo que aceptar el brazo que le ofrecía Damián Ramillo.

Mariano con su madre y Damián con Rosa hicieron silenciosos el camino hasta la casa de doña Andrea.

Esta y su hija se retiraron a sus aposentos, quedando solos Damián y Mariano.

—No tengas cuidados —dijo Ramillo, despidiéndose de su sobrino para volver a la fiesta—; yo tengo un huaso más pillo que todos los soldados y oficiales juntos, y éste observará los movimientos de Mariluán.

—Y yo también tomaré mis medidas aquí —dijo Mariano dándole las buenas noches.

En la casa de la tertulia, Mariluán tomaba poca parte en la diversión.

—Vamos, hijo —díjole, golpeando el hombro, el alférez Valero—, no te creía tan tierno en esto de amores: te llevan una chica y te quedan aquí muchas otras; ¿por qué te entristeces?

—¡Yo entristecerme! —exclamó Mariluán—: ¡Vas a ver si estoy triste!

Y dirigiéndose a una de las más hermosas niñas de la concurrencia, la invitó a bailar, continuando la danza y la alegría de todos hasta que la claridad de la mañana les obligó a buscar el reposo que bien necesitaban.

Al día siguiente, Mariano hizo a la criada de la casa las recomendaciones necesarias para estar al cabo de los pasos de su hermana; y Damián Ramillo, por su parte, encargó al hombre de quien había hablado a su sobrino el seguir a Mariluán cada vez que saliese de su casa y el entablar relaciones con Caleu a fin de sorprender los secretos de su amo.

Mariluán había vuelto, como vimos, de la casa de doña Marcelina Llanos al amanecer. Durmió sólo dos horas, al cabo de las cuales le despertó Caleu.

Después de desempeñar sus obligaciones militares, regresó a su casa absorto en reflexiones muy cercanas a la tristeza. Sus dos amores: el de Rosa, que despertaba los sentimientos tiernos de su corazón, y el de la independencia y civilización de su raza, que hacía resonar los nobles instintos y las esforzadas dotes de su alma, se combatían en su pecho al cercarse el momento de la cita. Sentía una súbita tristeza al reflexionar que comprometía el destino de una criatura amante y débil en los peligrosos azares de la vida que él, por solemnes juramentos hechos a sí mismo, había consagrado ya a la causa de sus mayores. Las dichas del amor correspondido, por la que todos los jóvenes suspiran, le parecían entonces una desgracia: amaba a Rosa hasta el punto de preferir la tranquilidad de ésta a la pasajera ventura adquirida a costa del sacrificio inevitable del reposo de su existencia. Las reflexiones a que este género de preocupación daba lugar en su espíritu, le hicieron ver acercarse la noche, sintiendo crecer su desconsuelo a medida que la hora de la cita se aproximaba.

A las once y media se puso Mariluán en marcha hacia la casa de doña Andrea Ramillo. Las calles, como las todos pueblo reducido, estaban desiertas. La luna se había ocultado poco tiempo después de aparecer. El aire, que vino a refrescar las sienes de Mariluán, calmó la tristeza de sus pensamientos, volviéndole la alegría habitual de su organización privilegiada. Absorto en su preocupación, no vió a un hombre que le seguía desde alguna distancia, y llegó a casa de Rosa pensando en las diversas formas de la misma idea, que su imaginación había recorrido en la expectativa de aquel momento.

Rosa lo esperaba ya tras la puerta que acababa de abrir con gran preocupación; la pobre joven temblaba como las avecillas que los niños arrebatan de los nidos: toda su energía se había reconcentrado en su amor, que daba fuerzas al corazón cuando los nervios, dominados del miedo, hacían estremecerse su cuerpo. Para llegar hasta la puerta de calle en que se encontraba, había empleado media hora: parte de ésta en vestirse con el oído puesta a la respiración de su madre, que dormía en una pieza contigua a la suya; parte en asegurarse de la profundidad del sueño de la criada, y finalmente, lo restante, en observar a la puerta de su hermano, en cuya estancia no percibió ningún movimiento. Al abrir la puerta, oyó al mismo tiempo los pasos de Mariluán que se acercaba, los violentos latidos de su corazón, donde el amor la exhortaba a la entereza, y aquella que puede llamarse vibración del silencio, que produce en los oídos un rumor misterioso cuando el pavor tiene el ánimo dominado.

—Rosa —le dijo Mariluán, tomando una de las manos de la joven, que sintió helada y trémula entra las suyas—, perdóneme los sinsabores que a mi pesar le causo, ¿cómo podré jamás pagar este sacrificio que usted hace por mí?

—Amándome como yo le amo, Mariluán —contestó ella.

—Vengo a darle una prueba de ese amor, presentando a sus ojos la verdadera situación en que me encuentro.

—¿Qué situación es ésa? —preguntó Rosa, alarmada.

Mariluán le reveló entonces sus proyectos de guerra con el colorido elocuente de aquel que ha consagrado su existencia al triunfo de una causa que cree santa. Las violencias cometidas contra los araucanos por los habitantes de la frontera; su raza calumniada por viles intereses; el porvenir que para ella ambicionaba y lo sagrado de los compromisos contraídos ante su conciencia fueron puntos que Mariluán tocó con igual vigor y entusiasmo.

—Ahora —dijo al terminar—, ¿comprende usted el sentimiento con que veo la suerte de usted encadenada a mi suerte, tal vez su vida dependiente de la mía, que van a cercar los peligros?

Rosa retiró sus manos de las de su amante y prorrumpió en ese grito del corazón femenil, que no admite que haya consideración que puede anteponerse al amor.

—¡Ah! ¡Usted no me ama! —dijo, ocultando sus ojos, de los que brotaron amargas y abundantes lágrimas.

—Si no la amase, Rosa —contestó Mariluán—, habría empleado la mala fe de los que quieren engañar: la amo más que a mi vida, pero ésta la debo a una causa a cuyo culto me he consagrado desde niño. Si el amor me hiciese olvidar mis antiguos juramentos, me despreciaría yo mismo y me creería indigno del amor con que usted me llena de orgullo.

Rosa continuaba llorando sin descubrirse el rostro.

—Mi suerte —prosiguió el joven—, es irrevocable, y por eso, después de largas y bien penosas reflexiones, me he resuelto a descubrirle mis designios antes que usted haya comprendido su porvenir con el mío.

—¿Acaso he dicho yo que me arrepiento de amarle? —exclamó Rosa, descubriéndose el rostro, en el que, a pesar de la oscuridad, vió Mariluán brillar las lágrimas que lo bañaban.

—Y esa constancia empeña más mi amor y mi fe, a los que no faltaría jamás —dijo el joven—; usted tiene a su deposición un porvenir de tranquilidad y de riqueza que su hermano le ofrece; con mi amor, tal vez, sólo le aguarden lágrimas y sacrificios crueles: yo le devuelvo, Rosa, sus juramentos; pero agregaré a los míos, que siempre conservaré su imagen como la única digna de mi amor, como un talismán contra los peligros, como una divinidad a quien dar gracias por la buena suerte que me acuda en la empresa que voy a acometer.

—Y yo no acepto esa devolución —dijo con amoroso entusiasmo, la joven—, porque sé, Mariluán, que le amaré toda mi vida.

—Entonces —exclamó el oficial, dejándose arrastrar del mismo entusiasmo—, si usted acepta los sacrificios que le impondrá mi suerte, sígame, Rosa, huya conmigo porque su hermano ha jurado separarnos y yo sólo le respetaré cuando él la respete a usted.

—¡Y mi madre! —replicó la joven—. ¿Puedo abandonarla cuando ha sido siempre tierna e indulgente conmigo?

—Entretanto, ¿cómo podremos vernos?, ¿cómo hacer frente a la guerra que su hermano nos declara con armas tan superiores a las nuestras?

—Tengamos valor para sufrir, que el cielo no nos abandonará —exclamó Rosa, con la fe de las mujeres que cuentan siempre con un Dios protector de los amores puros.

Las palabras con que Mariluán contestaba a esta exclamación se perdieron en el ruido de fuertes golpes dados a la puerta de calle, junto a la cual se encontraban los amantes.

Por un movimiento involuntario, Rosa puso la tranca de la puerta que al llegar había retirado para abrirla.

Los golpes continuaron con mayor fuerza.

—Yo abriré —dijo Mariluán, haciendo ademán de quitar la tranca de la puerta.

—¡No por Dios! —exclamó Rosa en voz baja—; venga por aquí conmigo le dijo, tomándole de una mano.

Mariluán siguió a la joven hacia el interior de la casa.

—Yo puedo abrirle una puerta y usted saldrá por las tapias del huerto —le dijo al atravesar el patio.

Mas, al llegar a un pasadizo que comunicaba al patio que había atravesado con el segundo, se presentó Mariano envuelto en una manta, armado de una pistola y con una vela encendida en la mano izquierda.

Al reconocer a Mariluán, que se puso delante de Rosa, Mariano dejó caer la vela y amartillo la pistola, dirigiéndola contra el oficial. En el mismo instante, Rosa se arrojó sobre él, y sin quererlo tal vez, dio un fuerte golpe en la mano derecha de su hermano haciéndole soltar la pistola. Esta era de chispa y al caer se abrió la cazoleta, dejando salir la pólvora.

Mariano, sin notar esta circunstancia, se arrojó sobre su arma y dirigiéndola de nuevo al pecho de Mariluán, hizo fuego. Sólo se oyó el golpe de la piedra en el rastrillo, y en la oscuridad brillaron las chispas que ese golpe produjo.

Mientras tanto, Mariluán, sereno, casi risueño, había juntado los brazos sobre el pecho y parecía desafiar la ira de su adversario.

Mariano arrojó con desprecio su arma contra el suelo.

—Mala pólvora, caballero —le dijo Mariluán.

Su enemigo, sin contestarle, se volvió hacia Rosa.

—Retírate a tu cuarto —le dijo con voz imperiosa y llena de rabia.

Los golpes, que de afuera daban a la puerta de calle, continuaban, aumentando la intensidad del sonido.

Mariano esperó que Rosa se hubiese retirado para dirigirse a Mariluán.

—Usted, caballero —le dijo—, me dará una satisfacción.

—A pesar de las consideraciones que como hermano de Rosa me merece usted —contestó Mariluán—, veo que tiene justicia en pedirme satisfacción, sobre todo después de errar el tiro: estoy pues dispuesto a darla cuando usted guste.

—Ahora sería imposible —dijo Mariano—: yo debo ante todo acallar lo que sucede por el honor de mi casa.

—Siempre me hallará usted a sus órdenes —repuso Mariluán con dignidad.

—Ya que usted es valiente —replicó Mariano—, espero que no se niegue a hacerme un servicio.

—El que usted guste, no siendo el de renunciar a Rosa: usted sabe que ésta es la causa de la guerra en que nos hallamos.

—El servicio que voy a pedirle será también a favor de Rosa, porque salvará su honor: sírvase acompañarme.

—Si usted gusta pasaré delante de usted —dijo el oficial, para ofrecer mayor seguridad a su enemigo.

Mariano le condujo al segundo patio que atravesó con rapidez, y allí a un huerto con árboles.

—¿Podrá usted saltar la tapia? —preguntó a Mariluán.

—Con mucha facilidad —contestó éste, apoyándose en el tronco de un árbol hasta subir a la pared.

Desde allí, dijo saludando a Mariano:

—Le repetiré, caballero, que estoy y estaré a sus órdenes.

—Así lo espero —contestó el hermano de Rosa.

Mariluán saltó al otro lado y Mariano se dirigió con ligereza a abrir la puerta de calle, en la que los golpes no habían cesado todavía.

VII

Casi parece inútil advertir que la persona que había golpeado a la puerta de casa de doña Andrea Ramillo, era su hermano Damián.

El criado de éste había seguido a Mariluán hasta verle entrar en esa casa y corrido después a dar aviso a su amo de lo que sucedía. Mas a pesar de su marcha diligente, el tiempo empleado para llegar a la habitación de Damián, el que éste puso en despertar, vestirse y correr hasta la puerta a que golpeó con tanto empeño, dio lugar suficiente a Rosa y a Mariluán para tener la conversación por esos golpes interrumpida.

Damián Ramillo había preparado una disculpa en el camino para el caso en que Mariluán le viese llegar a casa de su sobrino a una hora avanzada; mas, como hemos visto, la salida de Mariluán por el huerto de la casa evitó a Ramillo la ocasión de hacer uso de su disculpa.

Recibióle Mariano Tudela con la explicación de lo que acababa de acontecer.

—Lo peor es —dijo Damián—, que ese indio maldito es un espadachín.

Mariano, que no carecía de algún valor, sintió sin embargo, palpitar con violencia su corazón al oír esto.

—Entonces —dijo— nos batiremos a pistola.

—Peor —contestó Ramillo—; yo he visto a Mariluán tirar a treinta pasos a una peseta y convertirla en dedal.

—Entonces elijo el sable —replicó el joven Tudela—: yo no dejo de saber algo.

—Mira —le dijo su tío—, ¿no es una gran tontería que además de que él te haya ofendido, vayas tú a exponer tu vida?

—Sí, pero esto no puede quedar así.

—Ya lo sé; mas lo que a ti te conviene es deshacerte de este enemigo, porque no sólo no debes exponer tu vida contra la suya, sino que te importa mucho que no te vuelva a incomodar por algún tiempo, a lo menos hasta que llegue a tu amigo de Talcahuano y se decida el casamiento de Rosa.

—Ya lo veo; veo sería muy bueno; pero yo no puedo dejar de desafiar a Mariluán, porque con la seguridad de que le tengo miedo, se pondrá más insolente y no nos dejará vivir en paz. Fuera de esto, como te he dicho otras veces, está comprometiendo mucho a Rosa y pueda hacer que perdamos el magnífico partido que se presenta.

—Yo lo arreglaré todo.

—¿Cómo?

—Después lo sabrás.

—Yo estoy en el caso de admitir satisfacciones, pero no de darlas.

—Se entiende: prométeme no más no mezclarte en nada.

—Si tú me aseguras que no harás nada que pueda deshonrarme, te lo prometo.

—Pierde cuidado.

Damián Ramillo tenía ya formado su plan al dar a su sobrino esas seguridades. Las causas de su interés estaban, antes que en los lazos del estrecho parentesco que le unían con Mariano, en el estado de los negocios de la compañía en que ambos giraban. Varios documentos que existían en poder de Ramillo podrían anularse si, por una desgracia, su sobrino perdía la vida en aquel duelo. Esta consideración del plan que se preparaba a poner en planta.

—Nombra dos padrinos para que vayan a ajustar con Mariluán las condiciones del desafío —dijo a Mariano.

—Tú serás uno de ellos —respondió éste.

—No debo ser yo, porque entonces Mariluán desconfiaría de mí y daría contraorden a los caciques que deben venir a la entrevista: tú sabes que no debemos perder esta oportunidad de apoderarnos de Canchaleu.

Entonces indicó a dos de sus amigos, oficiales de caballería cívica como ellos.

—Yo mismo iré a hablar con los dos —añadió Ramillo.

Al día siguiente se dirigió a casa de los que él había señalado para padrinos y les fijó la hora en que encontrarían a Mariluán, diciéndole que la causa del duelo era la disputa promovida por éste a su sobrino por haber sacado a su hermana de la tertulia, en circunstancias que conversaba con aquel oficial. Enseguida se fue a casa de Mariluán. Le encontró cuando acababa de llegar del ejercicio diario del cuartel.

—Vengo —le dijo— a excusarme ante usted de una falta involuntaria con que, sin saberlo, le he perjudicado.

—Una falta —dijo Mariluán—, la ignoro completamente.

—Yo fui quien llegué anoche a golpear a la puerta de casa de mi hermana.

—¡Ah! No lo sabía.

—Mariano me ha referido lo que sucedió: los golpes que yo di a la puerta le despertaron sobresaltado, se armó de una pistola y salió a medio vestir. En el patio se encontró con usted y Rosa.

—Así fue y Rosa me salvó la vida, porque, al parecer, su sobrino de usted es hombre de pocas palabras.

—Lo que yo quiero —dijo Ramillo—, es justificarme ante usted de esta acción involuntaria que después he sentido con toda mi alma: figúrese que anoche recibí un propio enviado por el mayordomo de mi hacienda, con una carta en la que me dice que los indios iban a darle un malón y que si no le prestaba auxilio nos robarían todos los animales. Usted sabe que Mariano y yo tenemos muchos negocios en compañía, entre ellos el de esta hacienda, por eso fue que me vine corriendo a su casa, y encontrando la puerta cerrada, me puse a golpear porque no había tiempo que perder. Mariano me dio algunas armas y municiones, y esta mañana salieron temprano para la hacienda unos diez hombres armados; pero de lo que yo no puedo consolarme es del mal que le hice a usted tan involuntariamente.

—Cierto que mejor habría hecho usted en no llegar —contestó sonriéndose Mariluán—; pero tampoco, ¿cómo podría saber usted que yo estaba allí?

—Hay más todavía —repuso Damián—: Mariano, a pesar de mis consejos, no ha querido desistir de la idea de desafiar a usted.

—Tiene razón y ha hecho muy bien en no desistir —exclamó con calor Mariluán—. Nos hemos declarado la guerra —añadió, volviendo a su jovial sonrisa—; de modo que si él no me ataca, debe estar persuadido de que por mi arte yo no he de abandonar el campo. Rosa será mi mujer: así lo he jurado y pienso que no será don Mariano quien me lo impida mientras yo tenga vida. El único medio de vencerme y quedar tranquilo será el de matarme.

—Sin embargo —replicó Damián—, en interés de Rosa, debía usted prestarse a algún arreglo que evitase este duelo, que puede perjudicar a la reputación de mi sobrina.

—¡Ah! Hay un medio muy sencillo de acallarlo todo: que me dé la mano de Rosa y seré el mejor amigo de la familia.

—Para eso tendrían que faltar a su palabra empeñada ya con otro.

—Es lástima, porque me habría gustado no tener que apelar a medios violentos para cumplir mis promesas de amor —dijo Mariluán con cierta tristeza.

—Hay, sin embargo —replicó Ramillo—, una razón más poderosa que todas las otras para evitar este desafío.

—¿Cuál?

—Usted ha consagrado su vida a la causa de los araucanos que yo también defenderé y no me parece prudente jugarla en un desafío que, por muy diestro que usted sea en el manejo de las armas, puede serle adverso.

—Vea usted —dijo Mariluán—, yo tengo por sistema hacer hoy todo lo que creo de mi deber, sin preocuparme de las dificultades que el cumplimiento de ese deber me acarreará para el porvenir. Si muero en ese desafío, es claro que no me queda tiempo para combatir después por mi raza, y sino muero, combatiré con la conciencia de no haber faltado antes al honor. Además —añadió, dominado por la idea del fatalismo, propia de las razas primitivas—, ¿cree usted que tengo yo la pretensión de arreglar el destino a mi sabor? Si muero, tanto peor para los míos.

—Es decir que usted está decidido aceptar el desafío.

—Enteramente y con las condiciones que él imponga. No le pido a usted que sea mi padrino, porque es tan inmediato pariente de mi adversario.

—Sin eso, ya me había ofrecido —contestó Damián—; pero como soy su amigo de usted, no quise tampoco servir a mi sobrino que me lo pidió.

—Entonces —dijo Mariluán—, voy a escribir a dos amigos del regimiento.

Damián se despidió de él y poco después salió Caleu llevando una carta al alférez Juan Valero y a otro oficial amigo de Mariluán.

Ambos llegaron pocos momentos después a casa de éste.

—¡Cómo! —exclamó el alférez—, ¡tenemos desafío y con el hermanito de la prenda!: parece que no te ruegan para que te cases con Rosita; los declaro de muy mal gusto. ¡Huasos al cabo!

—Yo también soy de tu opinión —dijo Mariluán, golpeando cariñosamente al alférez en el hombro—: tienen muy mal gusto.

—Quiere decir que nos batiremos —dijo el otro oficial.

—¿Y cuáles son las armas? —preguntó el alférez.

—Ellos tienen el derecho de elegirlas —contestó Mariluán.

—No será mucho que estos huasos quieran batirse a echona —exclamó Juan Valero, riéndose—; es el arma de la agricultura.

—Ustedes aceptarán las armas que ellos quieran —dijo Mariluán.

—Yo soy de opinión —repuso el alférez—, que vaya la mano de Rosita en la parada, puesto que ella es el origen del combate.

—Pero si sólo me hieren —replicó Mariluán—, yo no renuncio a ella: me parece mal tu opinión, Valero.

—Yo la sostengo —dijo el alférez—: reduzcamos el duelo a una apuesta y entremos todos en él. Si ellos nos vencen, perderemos; si lo contrario, ganamos. Yo apuesto con usted a que salimos vencedores.

Golpearon a la sazón a la puerta y Mariluán, que fue a abrirla, introdujo en la pieza a los padrinos de Tudela.

—Señores —les dijo Mariluán— quedan ustedes en su casa, y sólo por lo excepcional del caso me resigno a privarme del gusto de hacerles personalmente los honores de ella.

Salió, y los cuatro padrinos quedaron en privada conferencia.

Los padrinos de Tudela refirieron después el resultado de la entrevista a Damián Ramillo, que les esperaba en casa de uno de ellos.

—El duelo tendrá lugar en mi chacra —dijo éste—, mañana a las seis de la madrugada, y será a sable, hasta que haya una herida.

—El alférez —dijo al otro—, proponía que nos batiésemos todos, para calentarnos el cuerpo, según decía.

—¿Y ustedes aceptaron?

—No, por supuesto, sobre todo cuando el motivo de este desafío es una mera disputa, promovida por la susceptibilidad de Mariluán.

Damián Ramillo se despidió de ellos y se fue en derechura a casa de su hermana, a quien llamó para hablar a solas.

Rosa había pasado el día retirada en su cuarto y entregada a una inquietud mortal.

Damián refirió las ocurrencias del día a doña Andrea, que le miró con el rostro cubierto de una gran palidez, exclamando:

—¡Y, van a batirse!

—Así parece, si nosotros no nos ponemos de por medio.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó la señora con voz temblorosa de espanto.

—Nos importa más impedir el desafío —dijo Damián—, sin responder a esta pregunta, cuanto que Mariluán es hombre capaz de matar a tu hijo de una sola estocada.

—¡Dios mío! —exclamó doña Andrea con desesperado acento—. Mira —añadió, dirigiendo a su hermano una mirada de angustia—, yo haré todo lo que sea necesario para impedir el duelo, ¡pero no se me ocurre nada, nada!

—Óyeme —contestó Damián, satisfecho del grado de alarma en que había puesto a su hermana—, es preciso que sepas que Mariluán ha jurado que Rosa será su mujer, de manera que si el desafío no tiene lugar mañana por cualquier motivo y Mariluán queda libre, estarás sujeta a estos temores todos los días.

—Así es —dijo doña Andrea, con los ojos llenos de lágrimas.

—Por consiguiente —prosiguió su hermano—, lo que conviene es que tomen preso a Mariluán por algunos días, sin comprometer a tu hijo.

—¡Ah, ojalá pudiese! —exclamó doña Andrea.

—Nada más fácil, hija.

—¿Cómo?

—Te vas esta tarde a casa del comandante de Mariluán, le explicas el asunto, y le pides que le imponga un arresto de diez o quince días. Arrestado Mariluán por quince días, yo te prometo, bajo mi palabra, que el desafío no tendrá nunca lugar.

Doña Andrea dio las más expresivas gracias a su hermano, y sin decir nada a Rosa ni a su hijo, esperó las oraciones para dirigirse a casa del comandante del cuerpo en que servía Mariluán.

Este y sus dos padrinos habían resuelto pasar la noche al lado de una sopera de ponche para no correr el riesgo de quedarse dormidos, y ser puntuales a la cita del día siguiente.

VIII

Confidencias de amor, alegres canciones que Mariluán cantó a instancias de sus amigos, disertaciones animadas sobre el juego del sable, he aquí las ocupaciones en que los tres jóvenes pasaron alegremente en vela las horas de la noche.

El alférez Juan Valero sostenía de cuando en cuando su proposición de reducir el duelo a una propuesta. Iluminando por la rojiza llama del ponche, declaraba, además, que lo único que podía hacer enternecerse su corazón, eran los ojos de una mujer joven y bonita, declaración que el otro oficial aplaudía y que Mariluán celebraba con el cariño que parecía profesar al alférez.

—¡Hola!, se nos viene el día —exclamó éste, viendo la luz de la mañana.

—En marcha —dijo Mariluán, ciñéndose el sable.

—No olvides, Mariluán, mi consejo —le dijo Valero—, no descubras la cabeza.

—Antes de salir quiero hacerles una declaración —dijo Mariluán, poniéndose entre la puerta y sus dos amigos.

—Dila y la discutiremos —contestó el alférez, encendiendo un cigarro en la vela que apagó después.

—Es la siguiente —repuso Mariluán—: llevo el firme propósito de mantenerme en la defensiva.

—Repruebo el propósito con toda la energía que poseo —exclamó Juan Valero.

—Y yo también —dijo el otro padrino.

—¿No advierten ustedes —replicó Mariluán— que mi adversario es el hermano de Rosita?

—Si él te mata —dijo el alférez—, no por ser Rosita quien es ha de poder resucitarte.

—Y sería una vergüenza para el regimiento que un paisano venciese a uno de sus oficiales —añadió el compañero de Juan.

—A menos —agregó sonriéndose éste—, que me nombres heredero universal de tus bienes, incluso el corazón de Rosita, porque entonces yo sigo el duelo por ti.

—Alférez Valero —le dijo Mariluán con afectada serenidad—, te prevengo que ha pasado la hora de la risa.

—Bebamos el último vaso a nuestra seriedad —dijo el alférez, llenando los tres vasos con los restos del ponche, cuya llama se había apagado ya.

Los tres jóvenes chocaron sus vasos y los apuraron a grandes tragos.

—Vamos —dijo Mariluán.

—Voy a estar más serio que el cura cuando dice dominus vobiscum —exclamó Juan Valero, ciñiéndose el sable.

Salieron de la pieza y encontraron en el patio tres caballos ensillados, que Caleu tenía de las bridas. Montaron en ellos y se dirigieron a la calle, que estaba completamente desierta. Mariluán hizo tomar el galope a su cabalgadura y los otros oficiales le imitaron. Al terminar la primera cuadra, salió de la vuelta de una esquina otro oficial del cuerpo de Mariluán.

—¡Hola, capitán! —le dijo el alférez Valero—, ¡qué madrugador se ha puesto usted!

—Así es, ¿y ustedes adónde van?

—A cazar tórtolas —respondió Juan.

—¿Con sables? —preguntó el recién llegado.

—Es un nuevo método que ha inventado Mariluán.

El capitán sacó una carta que presentó a Mariluán.

—Lea —le dijo.

Mariluán leyó y dijo con admiración:

—¿Por qué me arrestan?

—No se contestó el portador de la orden.

—Vea, capitán —le dijo Mariluán—, no me niegue este servicio: deme una hora y le empeño mi palabra de honor que iré a presentarme al cuartel.

—Imposible —contestó el capitán—: ya lo ve usted, la orden del comandante no admite réplica.

Inútiles fueron los ruegos y las promesas. El oficial recién venido declaró que por nada dejaría de cumplir con aquella orden de su jefe.

—Obedece —le dijo al oído el alférez—, yo iré en tu lugar.

—Hay otra orden para usted —dijo el capitán a los padrinos.

—¡Adiós, diablo! —exclamó el alférez, dando un rabioso golpe en la cabeza de su silla.

—Nos iremos, pues, al cuartel —dijo el oficial poniéndose en marcha.

—¡Caramba! —dijo el alférez—, para esto no necesitábamos haber pasado la noche en vela y haber montado a caballo.

Mariluán caminó sombrío y silencioso. El alférez Valero entonó, para distraerse, alguna de las canciones de la noche. Así llegaron al cuartel, en donde recibieron Mariluán y sus padrinos la orden de quedar arrestados en el cuartel de bandera.

Una hora después, se presentó el comandante.

—Caballeros —les dijo—: no desconozco las leyes del honor; pero como ustedes saben, la Ordenanza es severa y debo hacerla cumplir a mis subalternos. He querido, pues, evitar a ustedes un juicio por desafío, y como sé que ustedes son oficiales de honor y que anoche habrían tomado alguna medida para llevar a cabo su intento, he preferido arrestarles a última hora. Tendrán pues el cuartel por cárcel hasta nueva orden.

Salió después de decir esto.

Mariluán escribió a su adversario una carta en la que le explicaba lo sucedido, confesando que no podía imaginarse el modo cómo el comandante había tenido noticia del desafío.

A mediodía se presentó Damián Ramillo a ver a Mariluán.

—Mi hermana —le dijo—, advertida tal vez por Rosa, ha sospechado lo que iba a suceder y habrá puesto su sospecha en conocimiento del comandante, que es un amigo.

—Usted dirá a su sobrino —contestó Mariluán— que apenas me pongan en libertad me tendrá a sus órdenes.

Ninguno de los tres oficiales suponía que el arresto pudiera prolongarse por mucho tiempo. Transcurrieron, sin embargo, seis días sin que el comandante diese orden de suspender el castigo. Esta tardanza principió a inquietar a Mariluán, que veía con impaciencia aproximarse el día fijado para la conferencia con los caciques de la alta frontera.

A esta natural inquietud se unía el pesar que le causaba la absoluta incomunicación en que, desde el día de su arresto, se hallaba con respecto a Rosa. Vigilada ésta por su hermano, no había podido hacer llegar a manos de su amante las ardientes cartas que se entretenían en escribirle, para calmar la tristeza del aislamiento en que las órdenes de Mariano la habían puesto. Al irritante influjo de su continuo dolor, las ideas de Rosa habían sufrido el trastorno que en las organizaciones más débiles opera la contrariedad sistemada. Cuando Mariluán rugía de despecho como un león aprisionado, ella, pasando de las lágrimas a la impaciencia, se arrepentía sinceramente de no haber huido con su amante cuando éste se lo propuso. En esos momentos, una invitación semejante de parte de Mariluán la habría hecho arrojarse sin vacilar en esa senda, que la ofuscadora luz de la desesperación iluminaba confusamente.

Mariluán, al séptimo día, hizo conocer a Ramillo los temores que le asaltaban.

—Estoy resuelto —le dijo—, a escalar las murallas del cuartel si para la noche de la entrevista no me hallo libre.

Damián aprobó con calor esta idea. Su interés estaba en que la entrevista tuviese lugar para apoderarse de Canchaleu, y ni éste ni los otros caciques acudirían al lugar designado si Mariluán no se presentaba personalmente.

—Yo puedo tener prontos los caballos —dijo después que hubo exhortado a Mariluán a poner en planta su proyecto de fuga.

Los días que mediaron entre esta conversación y el designado para la entrevista, los empleó Mariluán en tomar todas las medidas y precauciones necesarias para el éxito de su tentativa.

Caleu había sido comisionado por Mariluán para referir a los indios convocados a la reunión la causa por que su jefe no asistiría hasta después de la hora convenida, pues debía esperar que la tropa estuviese recogida en sus cuadras, para efectuar su fuga. Era tal prevención indispensable, porque los indios, cediendo a la superstición propia de su carácter, y a la desconfianza que ordinariamente les asiste, se habrían retirado del lugar de la cita.

A las nueve de la noche salió Mariluán de la pieza que le servía de habitación, desde su arresto en el cuartel. Los centinelas del interior le dejaron pasar sin dificultad hasta el último patio cuya llave había guardado de antemano. De ahí pudo sin obstáculo subir a la pared y saltar a la calle, en donde un hombre le esperaba con un caballo. Mariluán montó en éste y emprendió el galope hasta casa de doña Andrea Ramillo, donde se detuvo un momento: la puerta estaba cerrada, como lo están desde temprano en los pueblos pequeños. El sentimiento de los deberes que se había impuesto, le hizo desistir del vehemente deseo que tuvo de penetrar por el huerto en aquella casa y llegar hasta la habitación de su querida. A fin de no dejarse vencer por este deseo, volvió a emprender el galope e dirección al punto de la cita, a cuyas inmediaciones había quedado de esperarle Damián.

Ese punto se hallaba situado fuera del pueblo como a media legua de distancia, y era un campo abierto terminado al sur por un bosque, en el que el hacha de los leñadores había dejado ya muchos claros.

Mariluán buscó a Ramillo al llegar a ese campo; pero no hallándole, siguió corriendo hasta el punto cercano al bosque en que le esperaban los caciques acompañados de sus mocetones. Estos y aquellos formaban el número de cincuenta guerreros, armados de lanza y formados en semicírculo. Al centro esperaban los caciques, montados en hermosos caballos. Los resplandores de la luna iluminaban con tintes misteriosos aquellos rostros pálidos, a los que las negras cabelleras flotantes hasta los hombros y sujetados en la frente por cintillos rojos, en algunos, y en otros por cintillos de metal dorado, daban un aspecto imponente y fantástico.

Mariluán abrazó con cariño a Cayó su hermano y colocándose en el pequeño círculo que formaban los caciques, oyó la arenga que Leviluán, el mentor nombrado a Cayo por su padre, le dirigió con el acento cadencioso y severo de su idioma natal. En ese discurso, Leviluán le ofrecía en nombre de los caciques presentes, y de varios otros que habían enviado sus representantes al parlamento, el suministrarle un número de guerreros suficiente para hacer la guerra contra los españoles, hasta recobrar las propiedades que éstos ocupaban en la ribera Norte del Bío-Bío.

Mariluán contestó en el mismo idioma, pero dando a sus frases la forma de su cultura, explicándoles su plan y sus deseos, sin ocultarles los sacrificios que la guerra les impondría durante algún tiempo. Las palabras que resumen ese plan y con las que terminó su arenga fueron las siguientes:


—«Tenemos derecho de conservar nuestro territorio y el sagrado deber de combatir por la defensa de nuestras familias. Os ofrezco mi vida para esto y pido sólo el mando general durante la guerra. Quiero que la obediencia sea sin réplica, sin reflexión al arrojo, sin flaqueza la constancia. Si muero, mi hermano Cayo podrá continuar mi obra. El fin a que aspiro llegar es el siguiente: que el Gobierno de Chile reglamente la internación de sus súbditos en el territorio de nuestros padres; que las autoridades nos presten su amparo, comprometiéndonos nosotros a respetarlas; que nuestros hermanos sean devueltos a sus hogares, y que se nombren tribunales que oigan los reclamos que tenéis que hacer contra los que os han despojado de vuestras tierras».


Los caciques aprobaron con visibles muestras de satisfacción estas palabras y entraron a pedir explicaciones acerca de ciertos puntos, como el de la internación de los chilenos, por ejemplo, antiguo y perpetuo origen de esta lucha eterna con los araucanos.

El sonido de una corneta que resonó en ese momento, repitiéndose en los ecos de los valles cercanos, puso en alarma a los indios que, creyéndose traicionados por Mariluán, se apoderaron de él.

—Me han traicionado —exclamó éste, desenvainado su sable—; pero no lo siento, porque así podré manifestaros que soy capaz del mando que acabo de pedir.

Cayo intervino a favor de su hermano y los caciques le soltaron, para prepararse a la lucha.

A la luz de la luna, se divisaba casi todo el campo rodeado por fuerza de caballería, cuyos sables reflejaban los rayos del astro que iba a presenciar aquel combate nocturno.

IX

La presencia de la tropa que así llegaba a sorprender a los indios se explica con los que ya hemos dicho sobre los intereses de Damián Ramillo, quien, hallándose al cabo de los designios de Mariluán y habiéndole facilitado los medios de fugarse, dio avisos necesarios para hacerle prender con los caciques. En el carácter de Ramillo se comprende sin dificultad que, al transmitir esos avisos, hubiese tomado ciertas precauciones para añejar las sospechas que sobre él pudieran recaer de tal denuncia. El tiempo empleado en preparar a la tropa en llegar al punto de la reunión había dado lugar para que en la entrevista tuviese cabida las explicaciones que a la ligera dejamos referidas.

Mariluán conoció con una mirada rápida y certera que creyéndolos tal vez en menor numero, el que mandaba la fuerza del Gobierno los había hecho rodear, debilitando así el poder de la resistencia. En el centro, sin embargo, había alguna tropa de infantería cívica reunida muy ligera. De este centro partían dos alas compuestas de caballería. Estas observaciones decidieron a Mariluán por el ataque, decisión que comunicó a su hermano Cayo y a los demás caciques en pocas palabras.

—Lo que nos importa —dijo— es franquearnos el paso; mas para hacerlo debemos desorganizarlos con un ataque vigoroso. No debemos huir cuando hayamos roto su línea, sino empeñar con ellos un ligero combate, a fin de impedirle que nos molesten en la retirada. El punto de reunión será la casa de Cayo: allí nos reuniremos para la guerra.

Dicho esto organizó su gente en dos columnas que, llegadas al centro de los enemigos, debían dividirse para destruir las dos alas y ponerse en retirada al toque de una corneta que había llevado Caleu. Después de estas medidas que Mariluán explicó a los caciques, dio con voz entera y enérgica la orden de cargar.

Las dos columnas de indios se lanzaron en veloz carrera, con Mariluán y Cayo a la cabeza, cayendo sobre el centro de la tropa que la rodeaba. Esta, que contaba con menor número de enemigos y estaba muy lejos de esperar un ataque de los que se preparaba a tomar prisioneros sin que pusieran resistencia, recibió a los indios con una descarga cerrada. Las balas fueron a tronchar las copas de los árboles, sin herir a uno sólo de los agresores. Hecha esta descarga, los cívicos rompieron filas, antes que los indios hubiesen llegado hasta ellos, con lo cual, éstos, no encontrando obstáculo en el centro, ejecutaron la evolución ordenada por Mariluán sobre los flancos.

No se hallaban tampoco los flancos preparados para resistir en la disposición que describimos. Replegándose los unos sobre los otros al rudo ataque de los araucanos, pronto la confusión y el desorden se introdujeron en ambas alas, lo que daba mayor empuje a los indios y desmoralizaba por instantes a la tropa del Gobierno. Sin embargo, llegó un momento, casi a un mismo tiempo en las dos alas, en que agrupados a los extremos los soldados que retrocedían, formaron pelotones compactos en los que la resistencia se hizo enérgica y eran desesperados los golpes de los agredidos. Muchas lanzas de araucanos caían tronchadas al golpe de los hachazos con que los soldados desviaban de su pecho las puntas que, blandiéndose, les amenazaban. Aquella resistencia y la proximidad en que los combatientes se encontraban, empezaron a embarazar los movimientos de los araucanos, que daban vueltas a sus caballos para tomar distancia conveniente y arremetían con furor a estrellarse contra los sables de los soldados.

Al ruido de las armas se unía el chivateo general de los indios, el movimiento de los caballos y las voces de los jefes, aumentándose la confusión con el empeño de los oficiales en organizar los pelotones para atacar a su vez. Mariluán conoció entonces que prolongándose la resistencia y estableciéndose el orden entre los contrarios, prendía, en caso de ser derrotado, la oportunidad de retirarse, y dio la voz a Caleu, que tocó la señal convenida.

El sonido de la corneta hizo ponerse en marcha a los indios acostumbrados a esta clase de escaramuzas, y los del gobierno, juzgando que ese sonido ordenaba alguna nueva maniobra y separados los unos de los otros por la destrucción del centro en que se apoyaban, sólo pensaron en perseguir a los que se retiraban cuando los indios habían emprendido la carrera y se hallaban ya a una distancia considerable.

A ese paso corrieron cerca de media legua, y a la voz de Mariluán hicieron alto. A lo lejos se oía el ruido de los soldados que les perseguían, después de haber perdido algunos minutos en reponerse de la confusión en que habían quedado. Después de algunos instantes de reposo, dio Mariluán de nuevo la orden de la marcha. En una segunda parada no se oía ya el ruido de los perseguidores, que habiendo corrido poco más de media legua, renunciaron a seguir adelante. La fuerza de Mariluán tomó entonces un paso más regular, dirigiéndose al Bío-Bío, que pasó dos horas después de haber emprendido la retirada, y continuo su marcha con entera seguridad.

Durante la última parte del cambio, los caciques se habían reunido y conversaban acerca del ligero combate que acababa de tener. No habían perdido ningún jinete y los heridos no eran muchos, no de gravedad, mientras que habían visto rodar por tierra a varios soldados del Gobierno. Aquel éxito completo, obtenido con tan pequeño número de guerreros, les hizo elevar un coro de alabanzas a Mariluán, que caminaba delante de ellos hablando con su hermano Cayo. Maravillábanse sobre todo de la ligereza con que el nuevo jefe había adoptado el plan de ataque, de la exactitud de sus previsiones y del sereno valor con que había hecho ejecutar sus acertadas órdenes. Los resultados de aquella escaramuza colocaron a Mariluán a grandes alturas en la consideración de los indios, que desde ese momento le otorgaron la más ilimitada confianza.

Entre tanto, Mariluán caminaba al lado de Cayo engolfado en sus recuerdos de infancia, que los lugares que recorría y las personas de que iba rodeado evocaban en su memoria. A vueltas de un matorral, cuya espesura hacía más misteriosa la luz plateada de la luna, próxima a ocultarse en el horizonte; sobre las ondas del arroyo que enturbiaban, al pasar, los cascos de las cabalgaduras; en los recodos de los senderos bordados de verde hierba, se levantaban, cual fantasmas que se despiertan, sus ideas de la niñez; tomaban formas las reminiscencias extraviadas en la memoria y alzaban su alegre voz las ideales felicidades de los años perdidos. Uníase entonces el presente al pasado en el espíritu de Mariluán, que saludaba con alma reverente a las divinidades de los primeros años, juraba con orgullo la emancipación, por medio de la libertad y del trabajo civilizador, de la raza cuya sangre circulaba por sus venas, y en el fondo del corazón, dorada por los reflejos del amor, brillaba la imagen de Rosa como luz reservada para iluminar la siempre fantástica dicha del porvenir. En el suelo que le había visto nacer, con las palpitaciones del corazón producidas por el reciente combate, con la guerra en perspectiva y el amor venturoso en esperanza, Mariluán se sentía poderoso y feliz en aquel momento.

La comitiva llegó al rayar el alba al Butalmapu o distrito gobernado por Cayo, bajo la dirección del prudente Leviluán. Una turba de mujeres y niños recibió a los guerreros al lado de grandes hogueras, junto a las que, al parecer, habían velado esperándoles. Los caciques expresaron, por boca de Leviluán la admiración que les había inspirado la conducta de su nuevo caudillo y despacharon aviso a las demás reducciones para anunciarles lo acontecido, encomiando el valor y pericia militar de Mariluán y pidiéndoles su cooperación en la guerra que iban a emprender.

En Los Ángeles reinaba al mismo tiempo la alarma producida por el combate, cuyos pormenores se comentaban con el miedo que infunden los indios a las poblaciones de la frontera, dándoles los sombríos colores del pavor y señalándoles como precursores de una serie de ataques, que en pos de sí arrastrarían las calamidades infinitas que siempre los han señalado.

Todos los corrillos daban una versión distinta a la fuga de Mariluán, suponiendo algunos que había sostenido un combate contra la guardia del cuartel para salir de él, y haciéndole otros vagar por los tejados como un fantasma. Las mujeres se representaban la figura del joven oficial como el tipo del amante que los sueños prometen a cada corazón joven, y las que habían pasado el período alegre y ardiente de las ilusiones, en hombros de los años, trataban de pintarles con los negros colores que debe suponerse en un caudillo de hordas devastadoras y salvajes.

Así, el nombre de Fermín Mariluán resonaba en toda la frontera, como el del genio de la guerra entre los suyos, como el del amor entre las mujeres y como el azote de la humanidad entre sus enemigos y la gente asustadiza.

Un corazón celebraba en silencio las proezas que de Mariluán llegaron contando al pueblo los que le habían visto en el combate de la noche: ese corazón era el de Rosa, que sufría en silencio los cargos reiterados que contra su amante formulaba su hermano y las inculpaciones que cada cual se creía con derecho de hacerle por haber huido con el fin de encender la guerra, añadiéndose las calumnias que sobre este tema forjaban los más empeñados en concitar el odio público a los indios que en mejor ocasión habían expoliado a su antojo. En el corazón de aquella joven había bastante amor para ver crecer a su amante en proporción del empeño que tomaban sus enemigos para desconceptuarle a sus ojos.

A fin de calmar la creciente alarma de la población y con la mira de llevar la guerra al territorio araucano, las autoridades militares y civiles de Los Ángeles expedían órdenes para llamar tropa de las otras plazas de la frontera; tomaban las necesarias providencias para equipar y poner a los cívicos en estado de unirse a la fuerza veterana y anunciaban la próxima salida de una expedición formidable, que no sólo pondría a raya los desmanes de los salvajes, sino que, llevando con sus pendones la victoria, los escarmentaría (es el término oficialmente consagrado) por mucho tiempo.

Estas noticias llegaban a oídos de Mariluán por diversos conductos, que él había tenido el cuidado de preparar de antemano. Ninguna de ellas, sin embargo, le intimidaba: firme en su propósito, aceleraba la reunión de sus guerreros, acogía a sus particulares en la disciplina militar, formando así alguna infantería, y desplegaba en fin una actividad incansable, dando al mismo tiempo el ejemplo de la sobriedad a los suyos para ir gradualmente morigerando sus costumbres.

Quería al mismo tiempo Mariluán introducir en medio de su campamento las comodidades de la vida civilizada, en cuanto las circunstancias de aquel lugar y el estado de la guerra lo permitiesen. Sabría por experiencia personal que el ejemplo destruye los hábitos más arraigados, y esperaba que modificando los hábitos domésticos de los indígenas, les prepararía poco a poco a entrar en vía de regeneración que ambicionaba abrirle. Animado de tales deseos y esperanzas, había sacado partido de las aptitudes de varios artesanos que llegaban al campamento buscando fortuna entre los indios, o perseguidos por las autoridades chilenas, y emprendido desde los primeros días con su auxilio la construcción de una casita, al pie de una colina, en al que esperaba residir durante los intervalos de la guerra.

Todos estos trabajos, en los que Mariluán desplegaba una constancia y actividad infatigables, no le impedían, sin embargo, consagrar a Rosa su tiernos e incesantes recuerdos. El vigor de la juventud encuentra fuerzas, como en este caso, para llevar de frente los más arduos propósitos; siempre que el corazón esté templado en las máximas salvadoras de la hidalguía y del amor a sus semejantes.

Al cuarto día de su llegada a la reducción de sus mayores, Mariluán decidió enviar un emisario a Los Ángeles para informarse del verdadero estado de la plaza y traerle noticias de Rosa. Con este fin llamó a Caleu, que desde su llegada le secundaba en todos sus trabajos.

—Necesito —le dijo— que vayas a Los Ángeles y entregues una carta a la persona que te indicaré.

—Estoy pronto —contestó Caleu.

—Pero es preciso que busques los medios de presentarte en casa de esa persona y en el cuartel, sin que te conozcan ni sospechen el objeto de tu misión.

Caleu reflexionó algunos momentos y dijo:

—Iré con Peuquilén y ejecutaré las órdenes de mi teniente.

Mariluán ordenó a Caleu prepararse para salir al día siguiente y escribió con un lápiz esta carta a Rosa:


«Los acontecimientos me han lanzado en la ejecución de mi empresa antes que hubiese tomado las medidas necesarias para llevarla a un remate feliz, con menos dificultades que las que ahora se me presentan. No desmayo por esto y confío en mi estrella y en la causa a que me hallo consagrado. Esta causa ha sido mi única aspiración por mucho tiempo y dejó de ser la sola querida de mi alma el día en que el amor me abrió las puertas del mundo encantado en que usted me ha hecho penetrar: vivo pues para usted y para combatir por la regeneración de mi raza que perdone la guerra. Pero en medio de los peligros, será su imagen la que evoque, ella la que me infundirá valor y su nombre el talismán que sostendrá mi esperanza. A pesar de esto, usted es libre, como lo era antes de conocerme y nunca admitiré mi felicidad completa, si para hallarme a su lado haya de imponerle un sacrificio o de hacerla verter una lágrima. En todo lo que toca a nuestro amor, recibiré las órdenes de usted y tendré constancia para cumplirlas. En mi actual situación, no pido más que una palabra de amor, algo que me traiga una parte de su corazón, a cuyas palpitaciones responderán siempre las del mío».


En la noche entregó esta carta Mariluán a Caleu, dándole además instrucciones sobre el género de noticias que debía recoger en el pueblo, referente al estado militar de la plaza y a la organización de la fuerza que allí se preparaba para atacarle.

Al rayar el alba del siguiente día, presentóse Caleu a Mariluán. Venía acompañado del indio que había nombrado el día anterior. Peuquilén era un mocetón de veintiocho a treinta años, bajo y corpulento, en cuyos ojos brillaba un fuego sombrío. Entre aquellos valientes, Peuquilén se había hecho notar por su temeraria osadía: los rasgos de crueldad que le hacían notable en la guerra, lejos de desacreditarle a los ojos de los indios, le revestían de cierto prestigio, que aumenta entre los salvajes el valimiento en razón de los abusos que de la fuerza bruta es capaz de cometer un hombre. Peuquilén formaba parte de todas las avanzadas y preparaba las sorpresas, que constituyen el fondo de la táctica araucana, con una pericia y sagacidad indisputables.

Estas cualidades le habían hecho elegir por Caleu para compañero de su peligrosa expedición.

Peuquilén y Caleu se habían desfigurado de tal modo, por medio de rayas hábilmente combinadas para turbar la proporción natural de las facciones, que Mariluán no pudo reconocerles hasta que Caleu le dirigió la palabra en español. Ambos llevaban al hombro grandes sacos llenos de yerbas medicinales, que forman un activo ramo de comercio entre los indios y las poblaciones de la frontera.

Cuando vió Caleu satisfecho a Mariluán de su disfraz, se despidió, prometiéndole traer todas las noticias que le pedía y se puso en marcha conversando alegremente con su compañero.

X

Los indios pasaron la noche cerca de Los Ángeles y entraron al pueblo a las nueve del siguiente día.

Caleu observaba a su paso cuanto veía y se detuvo en varias casas a vender plantas medicinales que decía llevar de la costa. Al mismo tiempo se manifestaba muy sorprendido de la relación del combate mandado por Mariluán, del cual aseguraba no se tenía la menor noticia en la baja frontera.

De este modo, había ya entrado en tres casas antes de presentarse en la de doña Andrea Ramillo. Al atravesar el patio de esta casa, vio Caleu a Mariano Tudela que salía de un cuarto a mirarles. Él y su compañero se dirigieron hacia el joven, ofreciéndole en venta algunas yerbas, que presentaban como verdaderas panaceas contra todas las dolencias imaginables.

Desde una ventana les había visto Rosa, mientras hablaban con su hermano. Un vago presentimiento, que no es en realidad más que el recuerdo velador que ocupa la imaginación de los que aman, hizo pensar a Rosa, o más bien desear, que aquellos indios le trajesen alguna noticia de Mariluán.

Mariano les decía es ese instante que en la casa nadie necesitaba medicinas.

Caleu sin darse por despedido, se acerco a la ventana e hizo a Rosa la misma oferta que acababa de hacerle a su hermano.

Rosa abrió la ventana y se puso junto a la reja a escuchar la descripción que Caleu hacía de sus plantas. Este, que vio a Mariano dejar la puerta en que había permanecido de pie y dirigirse a la que comunicaba con la pieza en que Rosa se encontraba, dijo a la niña en voz más baja:

—Soy Caleu señorita.

La joven cambió de color al oír el nombre del asistente de Mariluán, a quien no había reconocido.

En ese instante entró Mariano en la pieza.

Rosa llamó a la criada que acudió en el momento.

—Aquí venden remedios para las muelas —le dijo.

Los indios, sin esperar a que se les llamase, habían entrado en la pieza en que se hallaba Rosa y Mariano. Caleu, para ganar tiempo, empezó a enumerar las virtudes de cada una de las plantas que llevaba, y como los criados en general gustan de los remedios maravillosos como los que Caleu presentaba, las preguntas y las respuestas se sucedieron un largo rato entre el indio y la criada, la cual resultó padecer de cada una de las dolencias que enumeraba Caleu.

Mariano, preocupado de otras ideas, se había puesto a pasear a lo largo del cuarto, mientras que Rosa y la criada hablaban con los indios.

Caleu esperó que Mariano le volviese la espalda en uno de sus paseos y deslizó la carta de Mariluán entre unas yerbas que pasó a Rosa. Esta tomó el papel y fingió seguir examinando las yerbas.

Entretanto Peuquilén, que representaba un papel mudo en aquella escena, fijaba en Rosa una ardiente mirada. Hubiérase dicho que la belleza de la joven, hirieron con súbita luz el alma de aquel indio, se reflejaba en sus ojos, iluminaba sus facciones que indicaban una admiración visible y hacía contraer sus labios delgados con una expresión de energía sobrenatural.

Al cabo de algunos instantes de silenciosa contemplación, bajáronse los párpados de Peuquilén y su pecho exhaló un ahogado suspiro. Después fijó la vista en Mariano, con el aire de desprecio de que se revisten los indios en presencia de la gente civilizada. Y enseguida miró de nuevo a Rosa, paseando su mirada por el delicado contorno de su cara y deteniéndola en los grandes pendientes de oro que adornaban la rosada oreja de la joven.

Cuando Caleu pasó a ésta la carta de Mariluán, los ojos de Peuquilén despidieron rayos sombríos, que un buen fisonomista habría atribuido al despecho celoso que envía a las pupilas la repentina llamarada que abrasa con tal sentimiento al corazón.

Entregada la carta, empezó a disminuir la locuacidad con que Caleu había querido prolongar aquella situación hasta poder cumplir con el encargo que llevaba.

Rosa compró algunas yerbas para justificar a los ojos de su hermano el interés con que había permanecido junto a los indios, y la criada empleó una parte de sus ahorros en yerbas para curar sus propias dolencias y las de sus vecinos.

Caleu y Peuquilén arreglaron enseguida su mercadería, pusiéronse al hombro los sacos y salieron de la pieza. Cuando todavía iban en la mitad del patio, Rosa divisó en el lugar que había ocupado Caleu una de esas bolsas de género, ribeteadas con cintas, que usan las gentes del pueblo para guardar tabaco, hojas y plantas. Una idea luminosa surgió a la vista de ese objeto en la imaginación de la joven, que desde que había recibido la carta de Mariluán, buscaba los medios de transmitirle la contestación. Apoderóse de la bolsa y corrió a entregarla llamando a Caleu.

—Vuelva esta noche de todos modos —le dijo con precipitación, agregando—: pasado mañana nos vamos de aquí para Concepción.

—¡Ah, la bolsita! —exclamó Caleu, que intencionalmente la había dejado al retirarse—; iba a volver a buscarla —añadió en voz baja.

Esto había pasado en muy cortos momentos. Cuando Rosa volvía y Caleu continuaba su marcha, Mariano interrumpía su paseo para observar lo que ya no era tiempo de ver.

Antes que los indios hubiesen salido del patio, Damián Ramillo apareció en la puerta de calle.

Caleu le ofreció su mercancía, disfrazando la voz cuanto le fue posible, pues temía que Ramillo, acostumbrado a verle en casa de Mariluán, le reconociese.

Damián se detuvo y dirigió a Caleu una profunda mirada, que éste sin pestañear. Al mismo tiempo se decía el tío de Mariano que aquella voz no le era desconocida. Para evocar sus recuerdos, hizo a Caleu algunas preguntas en español que el indio contestó en lengua araucana.

Damián siguió su camino hacia el interior de la casa, engañado por la propiedad de las respuestas de Caleu, que refería sus contestaciones a nombres y lugares de la baja frontera. Los indios, por su parte, salieron de la casa sin mirar a Ramillo.

Si al espíritu suspicaz que éste poseía, se agregan los temores que su traición a Mariluán le inspiraba y el estado de alarma en que vivía la población, se comprenderá muy bien cómo Damián entró en la pieza en que se paseaba su sobrino, preocupado en extremo del encuentro con los indios y de las confusas sospechas que la voz de Caleu le había hecho concebir.

Doña Andrea, que acababa de entrar, y Rosa que seguía examinando las yerbas para ocultar su turbación, se sentaron cerca de la ventana.

Después de saludar, Damián se sentó pensativo.

—¿Dime Mariano? —exclamó de repente—, ¿nada te ha dado que pensar la aparición de estos indios?

—Son de los indios mansos, que estamos viendo todos los días —contestó Mariano.

—¿No podrían ser espías de Mariluán? —volvió a decir Ramillo.

Los ojos de éste y los de su sobrino se dirigieron hacia Rosa, como si hubiesen estado convencidos de antemano en descubrir la verdad en su semblante.

Rosa cambió al momento de color y viéndose tan directamente observada, no pudo disimular su turbación.

Este indicio pareció iluminar la confusa sospecha de Damián y despertar la misma idea en el espíritu de Mariano.

Ramillo hizo una señal a su sobrino y los dos salieron de la pieza, dejando a Rosa entregada a una zozobra terrible, que tenía que ocultar en presencia de su madre.

—Yo he creído —dijo Damián a Mariano cuando estuvieron solos— reconocer la voz del asistente de Mariluán; será bueno que los sigamos.

Púsose Mariano el sombrero y salió con Ramillo de la casa. Cuando estuvieron en la calle no divisaron a los indios ni cerca ni a los lejos.

Caleu y Peuquilén habían apretado el paso y tenido tiempo de torcer una esquina antes de que saliesen sus perseguidores. En pueblos como lo era entonces el de Los Ángeles, los sitios sin edificio a la calle son muy comunes.

En uno de esta clase, cerrado por tapias en gran parte destruidas por las lluvias, entró Caleu con su compañero.

—Te vas a juntar con mi teniente —le dijo— y le darás esta noticia: se van con la señorita pasado mañana para concepción. Yo me quedo para llevarle carta de ella y noticias que voy a tomar al cuartel: si mañana en la noche no estoy allá es señal que me habrán tomado preso.

Salió de ahí encargando a Peuquilén que siguiese otro camino y volase en vez de andar; después de lo cual tomó una dirección que le llevó fuera del pueblo, a unos ranchos situados a su inmediación. Caleu entró en uno de ellos, en cuyo interior había dos soldados y algunas mujeres que preparaban la comida. Los dos soldados jugaban al monte con un naipe cuyos colores era difícil distinguir: una manta les servía de carpeta.

—¿Cómo va, José guerra? ¿Cómo va Pedro Milla? —dijo Caleu acercándose a los dos jugadores que no le habían visto entrar.

Estos le miraron sin conocerle, a pesar de que parecían familiarizados con la voz de Caleu.

—¿Ya no conocen al amigo Caleu? —le preguntó riéndose.

—¡Quién te ha de conocer con esa de pintamonos! —exclamó uno de los soldados con admiradora actitud.

—¡Vaya con Caleu! —dijo el otro—, ¡más parece brujo que gente!

Caleu les dijo al oído algunas palabras y los dos soldados salieron con él fuera del rancho.

—¿Cuál es que han desertado? —les preguntó.

—Ayer no más salimos del calabozo —dijo José Guerra.

—¿Entonces nos vamos juntos?

—¿Ahora?

—¿Esta noche?

—Mandaremos a las mujeres adelante —dijo Pedro Milla.

—No, mejor que nos sigan de atrás —observó el otro.

Poco rato después entraron en el rancho, donde esperaron la noche jugando al naipe.

A la oración, Caleu sacó del fondo de su saco de yerbas su uniforme de soldado, se limpió la cara, y quitándose los atavíos con que se hallaba disfrazado, se vistió de militar.

A las ocho oyeron la retreta que se tocaba a la puerta del cuartel.

Cuando terminó ésta, los tres salieron del rancho después de haber fijado con las mujeres un punto de reunión a orillas del Bío-Bío.

Las mujeres de soldados, como se sabe, son seres en los que ordinariamente el cariño toma las proporciones de la obediencia pasiva e inalterable que distingue a los perros. Las que vimos preparando la comida no hicieron objeción al plan de fuga que les comunicaron José Guerra y Pedro Milla mientras comían. Cuando éstos salieron con Caleu, arreglaron ellas en atados su modestísimo equipaje y, llevándolo a cuestas, emprendieron la marcha hacia el punto que les habían designado.

Por su parte, Damián Ramillo y su sobrino habían recorrido infructuosamente las calles en busca de los indios. No pudiendo encontrarles, sintieron debilitarse sus sospechas a medida que transcurrían las horas. Así fue que al anochecer, cuando Ramillo se despidió de su sobrino para retirarse a su casa, Mariano estaba persuadido de que el exceso de la suspicacia les había engañado. Después de la retreta, las calles de Los Ángeles quedaron en silencio profundo. Desde el combate que había tenido lugar en noches pasadas a sus inmediaciones, ningún habitante del pueblo se atrevía a salir de la casa. Gracias a esta circunstancia, Caleu y sus compañeros atravesaron las calles en completa seguridad. Durante su marcha, Caleu explicó a los soldados el plan que había ideado para recibir la contestación de Rosa, que debía llevar a su jefe, plan que le vamos a ver ejecutar en casa de doña Andrea a cuya puerta llegó antes de las ocho y cuarto.

Caleu entró en el patio precediendo a sus compañeros; llevaba una vara de cabo de escuadra y habíase puesto en el brazo la jineta, distintivo de su clase.

A los golpes que dio Caleu en la puerta de las habitaciones que deslindaban con el patio, acudió Mariano preguntando el objeto que le llevaba.

Se recordará que Mariano, habiendo llegado a Los Ángeles poco antes de la fuga de Mariluán, no conocía al asistente de éste.

—Vengo mandado por mi mayor —dijo Caleu—, a buscar a los indios que andaban esta mañana vendiendo yerbas.

—¿Y por qué vienen a buscarlos aquí? —preguntó el joven.

—Dicen que los han visto esta tarde entrar en el huerto de esta casa por las paredes —contestó el asistente de Mariluán—: deme permiso para entrar a buscarlos.

—¿Y quiénes son esos indios?

—Se sabe que son de Mariluán.

Rosa y su madre oían esta conversación desde el punto en que se hallaban cosiendo cerca de una mesa.

Doña Andrea dejó su asiento alarmada y Rosa se acercó a la puerta, sacando del bolsillo una carta que ocultó en la mano derecha.

—Bueno, pues, entren a buscarlos —dijo Mariano a Caleu.

Este entró seguido de sus compañeros.

Rosa no se atrevió a acercárseles por temor de despertar las sospechas de su hermano, quien condujo a los soldados hasta la huerta, de la que volvieron al cabo de diez minutos, que emplearon en fingidas pesquisas.

Cuando atravesaban el patio segundo de la casa, Caleu sintió un ligero ruido en una ventana y acercándose a ella con precipitación recibió la carta que Rosa le pasó a través de la reja. Este movimiento fue tan rápido que, cuando Mariano miró a ese lado, ya Caleu había recibido la carta. Sin embargo, alcanzó a ver a Rosa que se ocultaba.

—¿Qué tiene usted qué hacer ahí? —preguntó con voz áspera a Caleu.

—Me pareció ver una persona que se escondía —contestó el indio—, y era una señorita.

La oscuridad de la noche había favorecido aquel movimiento, que durante el día habría sido imposible ejecutar. Además, como la supuesta misión de aquellos soldados confirmaba en partes las sospechas de Damián, Mariano halló muy naturales las pesquisas de Caleu y estuvo muy distante de figurarse la verdad de lo que estaba presenciando.

Caleu se despidió de Mariano diciendo que tenía orden de buscar a los indios toda la noche, y saliendo de la casa emprendió la marcha con sus dos compañeros hacia el campamento de Mariluán.

XI

El nuevo caudillo de los araucanos había recibido las noticias que Caleu le transmitió por medio de Peuquilén, poco más o menos al tiempo en que Caleu hacía su segunda entrada en casa de Rosa. De modo que Caleu, en vez de hallar a Mariluán en su campamento, le encontró en marcha hacia el Bío-Bío, punto en el cual había determinado pernoctar a fin de encontrarse en actitud de adoptar con prontitud el temperamento que más cuadrase con sus intereses, en virtud de las noticias que le diese su asistente.

Este le entregó la carta de Rosa, refiriéndole los ardides de que se había valido para burlar la vigilancia de que estaba rodeada aquella joven.

Una parte de la carta, en que Rosa describía a su amante la situación en que se encontraba, era el reflejo del estado en que se hallaba su espíritu y explica la determinación que veremos tomar a Mariluán.


«Necesito de todo este amor —decía después de colocar su corazón en manos de su amante— para llevar con resignación las penas que me causa mi hermano desde la noche en que le encontró a usted aquí. Con frecuencia me obliga a no salir de mi cuarto, lo que no sería un castigo, porque estando sola vivo con usted; pero con más frecuencia me amenaza con encerrarme en un convento si no le prometo casarme con un amigo suyo de Talcahuano.

»Figúrese, Mariluán, después de estas amenazas, con cuanta desesperación no veré acercarse el día fijado para trasladarnos a Concepción. Desde ahora diviso mi vida en ese pueblo, separada de usted a quien amo más que nunca, y obligada tal vez por mi hermano a casarme con otro. ¡No creo que pueda resistir a tan grandes sufrimientos, y si atendiese sólo a mi deseo, preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted!».


Mariluán leyó esta carta a la luz del fuego del campamento, en medio de un espeso bosque, oyendo a pocos pasos el ruido de las aguas del Bío-Bío. Parece que en presencia de la naturaleza dormida, al alma rompiese las ligaduras que la sujetan a los objetos que la rodean y adquiriese la propiedad de transportarse con más facilidad al lugar de su anhelo. Así el alma de Mariluán voló al lado de la afligida amante, enjugó sus lágrimas con tiernos cariños y juró a sus plantas sustraerla a la opresión tiránica, bajo cuyo peso gemía la infeliz. Al releer los renglones que hemos transcrito, parecíale irresistible aquel dolor, expresado con la ingenuidad del corazón sincero, y las últimas palabras «preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted» resonaban en sus oídos como el llamado lastimero de la desesperación, que invocaba su amparo en nombre del juramento que les unía.

Estas impresiones le hicieron cambiar de determinación. Al avanzar sobre Los Ángeles, sentía Mariluán que, por impedir la partida de Rosa, iba a comprometer su causa, atacando a un pueblo sin los elementos necesarios para una victoria decisiva. La carta de Rosa le aisló, por decirlo así, de la gente que capitaneaba, haciéndole concebir el proyecto de un rapto, en el que debía exponerse solo a los peligros, sin arriesgar la suerte de su empresa guerrera. Así se conciliaba el deber del corazón y el deber del pueblo que desempeñaba.

No podía disimular Mariluán que la empresa era arriesgada. Penetrar en medio de una población hostil y arrancar del seno de su familia a una joven guardada por el interés celoso de un hermano, eran actos para cuya ejecución debía unirse al valor una excesiva prudencia. Él sentía el valor en el pecho, esperaba la prudencia de los consejos el amor y fiaba además, en la casualidad, diosa que recibe siempre el incienso de los jóvenes y más de los jóvenes enamorados, es decir, de los seres que tienen mayor confianza en el porvenir.

Animado de este propósito, impuso a Caleu de sus designios a la mañana siguiente, encargándole elegir cinco hombres más, de conocida audacia, para secundarle en su atrevida excursión, que fijó para la noche.

En ese mismo día, la noticia de lo acaecido en casa de Tudela había aumentado la alarma de la población. Mariano y su tío la esparcieron, refiriendo la visita de los tres soldados, que fácilmente se averiguó no haber sido mandados por ninguna autoridad. Con estos datos por base, los alarmistas, que en toda sociedad existen, ponderaron la inminencia del peligro y aseguraron que Mariluán era uno de los tres soldados que figuraban en la relación de Mariano. La gente del pueblo y aún la más ilustrada prestaba mediante estos relatos, fantásticas proporciones al jefe araucano, y las autoridades tomaban las medidas oportunas para evitar una sorpresa del temerario cuanto temible caudillo. Con este fin se decidió hacer dormir aquella noche sobre las armas a la tropa y establecer puestos de vigilancia a las entradas del pueblo. En estos preparativos y en estos temores transcurrió el día. A las oraciones la tropa estaba acuartelada, los piquetes encargados de custodiar el pueblo sobre las armas y cada familia recogida en su casa y haciendo deprisa los preparativos para alejarse cuanto antes de aquel centro de incesantes zozobras y peligros.

Durante el mismo tiempo, Mariluán había avanzado con una escolta de seis hombres, entre los cuales se encontraba Peuquilén. Estos atrevidos guerreros calcularon su marcha para llegar de noche a inmediaciones de Los Ángeles. A la oración fue destacado Caleu a reconocer el campo, comisión que desempeño con su habitual sagacidad, transmitiendo a Mariluán noticia de los puestos de guardia que resguardaban las entradas principales del pueblo.

Siendo la fuerza de los indios la caballería, se habían descuidado algunas entradas por las que sólo podía penetrar la infantería, escalando las tapias de algunos huertos y sitios deshabitados. Naturalmente Mariluán, como práctico de aquellas localidades, dirigió sus pasos a uno de esos puntos, después de esperar que una hora o dos de vigilancia hubiese calmado el ardor con que toda fuerza armada desempeña las primeras horas de su facción. Cuando Mariluán y su gente, atravesando sitios, saltando tapias, deteniéndose para ver si eran descubiertos y huyendo a veces de los perros, únicos enemigos que salían a disputarles el paso, llegando a las inmediaciones de la casa de doña Andrea Ramillo, daban las diez de la noche.

Al exterior del primer huerto en que habían entrado, Mariluán dejó a uno de los individuos que le acompañaban para custodiar dos caballos ensillados que había llevado, para Rosa el uno y el otro para él.

Apenas estuvieron al pie de las tapias que cerraban el huerto de doña Andrea, escaláronlas con facilidad y se pusieron en observación en distintos puntos. El huerto estaba silencioso como todo el pueblo. Bajó Mariluán al interior, siguiéndole Caleu y los otros, que caminaron tras él con cautela para no hacer ningún ruido que pudiese alarmar a los de la casa. Así avanzaron en medio de la oscuridad hasta la puerta del huerto, al pie de la cual vieron dibujarse en bulto y oyeron, aproximándose a él, la tranquila respiración de un hombre profundamente dormido.

Este hombre era uno de los centinelas colocados por Mariano para dar la voz de alarma, precaución tomada en casi todas las casas desde que se temía un ataque de los indios.

Dos de los que acompañaban a Mariluán se apoderaron del que dormía, que despertó sobresaltado.

—Si das un solo grito, mueres al instante —le dijo Mariluán, haciendo brillar a sus ojos la hoja reluciente de un gran puñal.

El hombre no opuso resistencia y se dejó amarar al tronco de un árbol. Interrogado por Mariluán sobre la familia de Rosa, contestó que debía salir de Los Ángeles al despuntar el día. Por indicación de Caleu, el prisionero quedó encomendado a la custodia de Peuquilén, con orden de matarle en caso que intentase huir o diese alguna voz. Hecho esto, entró Mariluán en el patio segundo, seguido de Caleu y de los otros indios.

Necesario es advertir que los habitantes de la casa se hallaban cada cual en sus piezas, haciendo los últimos preparativos para el viaje del siguiente día. Doña Andrea se había retirado a su dormitorio, dejando a Rosa y a la criada al cuidado de terminar esos preparativos, mientras que Mariano se hallaba a la sazón en la pieza que le servía de escritorio, dejando algunas instrucciones por escrito a una persona que le servía de mayordomo en sus diversos negocios.

Mariluán y su comitiva llegaron a un corredor sobre el cual se abrían las puertas de la casa que daban al segundo patio. Por las hendiduras de una de esas puertas se divisaba luz. Era la pieza que ocupaban en ese momento Rosa y la criada.

Mariluán aplicó la vista a la mayor hendidura y divisó a Rosa sentada al lado de una mesa. La expresión del rostro y la actitud en que la joven se encontraba, con la frente apoyada en una mano y la vista fija en la mesa, acusaba una tremenda tristeza. El rosado color de sus mejillas parecía borrado por el llanto que había dejado en los ojos, antes alegres y melancólicos entonces, la traza de su ardiente pasaje. Bien cuadrada el abatimiento de la frente, la palidez de las mejillas, el desconsuelo amargo de la mirada inmóvil, con aquella frase de ingenuo dolor que Mariluán conservaba como una prenda de amor en el corazón: «Si atendiese sólo a mi deseo, preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted».

El primer ímpetu del joven fue el de abrir con violencia la puerta, arrojándose a los pies de su amante, jurarle de rodillas un amor sin límites y volver con tiernos y rendidos halagos la alegría a su rostro mustio y los fuertes latidos de la pasión al corazón embotado en tan amargo sentimiento. Pero al mismo tiempo vio Mariluán que era preciso refrenar su ardor y su impetuosa voluntad: la puerta estaba con llave y era menester emplear la prudencia para no hacer abortar una empresa llevada con tanta felicidad hasta entonces. Con este fin, tomó consejo de Caleu, de cuya sagacidad le habían dado alta idea los últimos sucesos.

—Yo, en lugar de mi teniente —dijo Caleu que conservaba la costumbre de dar a Mariluán su tratamiento militar—, golpeaba a la puerta haciéndose el hombre del huerto.

—Y ese hombre, ¿cómo se llama? —preguntó Mariluán.

—Dijo que se llamaba Pedro.

—Golpea tú y responde a lo que pregunten —díjole Mariluán.

Caleu cumplió esta orden, llamando al mismo tiempo a la criada, cuyo nombre conocía. Inmediatamente respondió ésta y Mariluán vio al través de la puerta a Rosa que dejaba su asiento.

—Ábrame la puerta —dijo Caleu a la criada.

Esta torció la llave, creyendo sin duda que el que hablaba era el hombre apostado en el huerto.

Inmediatamente penetró Mariluán a la cabeza de los suyos, y antes que la criada hubiese tenido tiempo de dar un grito ni hacer un movimiento, Caleu puso un puñal al pecho, diciéndole:

—¡No hay que chistar!

La criada cayó de rodillas, juntando las manos en señal de súplica.

—Rosa —dijo Mariluán, acercándose a la joven— vengo a salvarla.

Rosa, embargada la voz por el espanto y la sorpresa, no acertaba a contestar.

—No puedo vivir lejos de usted —le dijo con apasionado acento Mariluán—: la amo más que a todo el mundo, déjeme salvarla de los que la oprimen.

La joven miró con espanto hacia el cuarto de su hermano, cuya puerta estaba entreabierta.

—¡Huya —le dijo—, mi hermano esta ahí!

Mariluán se dirigió entonces con velocidad a la pieza que Rosa designaba con vista. Caleu y los indios le siguieron. Rosa se dejó caer sobre una silla casi sin sentido, y la criada, siempre de rodillas, empezó a implorar en voz alta la protección de todos los santos de cielo.

Mariano se abalanzó sobre un sable al ver entrara a Mariluán con sus indios.

—La defensa es inútil, caballero —le dijo Mariluán con tono de cortesía.

—¿Se trata de asesinarme? —preguntó el joven, con voz que la conciencia del peligro había puesto temblorosa.

—Nada de eso, serénese usted —replico Mariluán con desdeñosa voz.

—Entonces, ¿qué quiere usted?

—¿No nos hemos declarado la guerra? —dijo el oficial desertor—; pues bien, vengo a salvar a Rosa, cuyo corazón me pertenece.

—¡Oh, usted abusa de la fuerza! Yo le creía más valiente —exclamó Mariano.

Los ojos de Mariluán chispearon de coraje, alzó la orgullosa frente echando hacia atrás su abundante cabellera, que había descubierto quitándose la gorra al hablar con Rosa, desenvainó con garbo la espada y se adelantó algunos pasos.

—Si usted gusta —dijo a Mariano— aquí podemos arreglar nuestra primera cuenta pendiente.

—Usted no advierte que yo estoy solo y usted acompañado.

—Juro por mi honor que estos hombres le respetaran a usted.

—Y que ganaría yo con batirme, siempre quedaría en poder de usted, o de los suyos —replicó Mariano, esperando ganar tiempo con la vaga esperanza de que llegase algún inesperado socorro.

Mariluán se volvió hacia Caleu sin responder a Mariano.

—Si este caballero me mata combatiendo conmigo —le dijo—, usted se volverán al campamento sin tocar un pelo de la ropa ni a él ni a nadie de esta casa.

Luego dirigiéndose a Mariano:

—El tiempo se nos va —añadió—; si usted quiere vamos a al calle.

—No, en guardia —exclamó Mariluán, levantando su sable.

En ese momento se oyó un grito ahogado que salía de la pieza en que había quedado Rosa. Era una voz lastimera que decía:

—¡Socorro, socorro!

La tercera repetición de esta palabra se oyó más apagada y al parecer más distante que la primera.

Mariluán reconoció en esa voz la de su amante y dio un salto hacia la puerta del cuarto.

La pieza, en que momentos antes estaba Rosa y la criada, se encontraba desierta. Mariluán oyó en el patio, que comunicaba con el huerto, repetirse la voz que acababa de pedir socorro; pero esta vez, articulando sonidos confusos, como los de una persona a quien han tapado la boca para impedirle el gritar.

—Caleu —dijo Mariluán a su asistente—, amarren ustedes a este caballero sin hacerle mal ninguno y síganme después.

Y salió con precipitación, corriendo hacia el segundo patio. La voz apagada continuaba alejándose con dirección al huerto.

XII

Peuquilén había quedado, como dijimos, encargado de custodiar al hombre que guardaba la puerta de comunicación entre el huerto y el patio segundo de la casa de doña Andrea Ramillo. Habíase tomado la determinación de emplear a Peuquilén de este modo, porque en gran parte dependía el éxito de la empresa del tiempo que tuviesen para ejecutarla sin ser molestados. Confiando en el valor y astucia de Peuquilén para guardar la retirada e impedir que el prisionero diese la alarma, avanzó Mariluán, como vimos, seguido de su gente.

Había, sin embargo, dos causas poderosas que impulsaban a Peuquilén a dejar abandonado su puesto para seguir el camino del robo y algo de violento y salvaje que, por su impetuoso desarreglo, apenas nos atrevemos a designar con el nombre de amor.

El primero de estos móviles no necesita, según pensamos, de explicaciones para alcanzar las proporciones de verosímil: los indios, como generalmente también la parte menos civilizada de nuestra población, tienen desarrollado el instinto de rapiña en grado superlativo. Un robo no es para los araucanos más que un acto de astucia o de audacia que de ninguna manera afrenta al que lo comete ni le turba la conciencia. Acaso hayan germinado estas ideas en esa raza indómita por la guerra de rapiña y de despojo que los civilizados les han hecho desde la conquista; acaso ese desprecio a las leyes de la propiedad sea hijo también de su ignorancia y de su costumbre de mirar todo acto contra los de la frontera como un ardid guerrero permitido en la constante hostilidad que los divide de nosotros; sea como quiera nada arguye esta propensión en contra de la posibilidad de morigerar los hábitos de los araucanos por medio de una bien calculada propaganda civilizadora. Sólo apuntamos estas ligerísimas excepciones para evitar que por la tendencia de Peuquilén se deduzcan consecuencias en contra de la elevación de miras que Mariluán manifestaba al consagrarse a la regeneración de su raza. Hecha esta advertencia, podemos repetir que Peuquilén se sentía arrastrado al interior de la casa, por la esperanza de botín que en el desorden esperaba recoger.

El segundo móvil que le impulsaba es más fácil de explicar. Establecimos ciertas restricciones al designarlo con el nombre de amor. Tenemos tan profundo respeto a ese sentimiento, cuando inviste el noble carácter de pureza con que emana de las almas bien organizadas, que nos fue necesaria esa restricción para hablar de la fuerza que obraba en el pecho de Peuquilén. La imagen de Rosa habíase grabado en su corazón con líneas de fuego; de modo que el corazón inflamado enviaba hirviente a las venas la sangre puesta en movimiento por sus latidos. De aquí el fuego de su cerebro, que reflejaba como una lámina metálica la imagen de la joven, y de aquí la tempestuosa turbación de sus sentidos, la sangre azotándose contra las sienes, agolpándose bullidora en el pecho, turbado su vista externa a favor de la interna clavada en esa imagen; de aquí, en fin, lo que para anunciarlo, hemos llamado amor por un instante. La idílica aspiración del alma, mecida por la ideas civilizadas con respecto al amor, no existían, por supuesto, en Peuquilén; ninguna flor halagada por el viento libre de los llanos le recordaba a la joven, ni las brisas remedaban en su oído la tibia respiración a cuyo compás el seno se movía blandamente. Era Peuquilén un león que, para refrescar su cabeza, agitaba la melena al aire y rugía, y con violenta impaciencia escarbaba el suelo que creía sentir inflamado porque su planta le comunicaba el calor. Aquella criatura, blanca, rosada, esbelta, artísticamente proporcionada, de cuello redondo y flexible, de mirada eléctrica, porque reflejaba su amor, hirió como una flecha el corazón del indio, que juró arrebatarla al mundo, sustraerla a las miradas de todos y condenarla, por bella, al suspiro de su amor salvaje y tempestuoso.

De modo que, cuando Peuquilén se vió solo, al lado de un hombre indefenso, y cuando vió que ese hombre era el obstáculo que le separaba de su presa y del lugar en que podía robar, arrojó sobre el infeliz prisionero una mirada de fría crueldad, la mirada de las aves de rapiña sobre la presa, y alzando después la diestra en que brillaba el agudo puñal, le dejó caer con violencia sobre el pecho del hombre amarrado, que sólo pudo defenderse con una mirada de suprema angustia. Siguiéronse algunas convulsiones, el estertor de la respiración que se acaba, y la barba del infeliz cayó sobre su pecho lentamente.

Peuquilén le desnudó con admirable ligereza y amarró los vestidos, tintos de sangre, alrededor de su cintura. Enseguida corrió hasta el corredor, se asomó a la puerta que había quedado de par en par, vió a Rosa con la frente entre las manos, pálida y sin movimiento, a la criada con las manos elevadas al cielo, y vió también sobre la mesa un mate con bombilla de plata.

La criada dijo un ¡Jesús! Con aterrado acento, al ver aquel rostro descompuesto por la codicia, aquellos ojos inflamados por ávidos deseos, y halló fuerzas para arrancar al cuarto en que dormía doña Andrea, en el que entró cerrando tras ella la puerta.

Un salto bastó a Peuquilén para llegar hasta Rosa, que sólo en ese momento, y al ruido de la puerta que cerraba la criada, alzó la frente, y con la rapidez que acababa de desplegar, guardó Peuquilén el mate y la bombilla, pasó sus músculos brazos alrededor del flexible talle de Rosa, la levantó cual si no sintiera su peso, y tratando de ahogar su voz con la mano derecha, emprendió la fuga con la joven a cuestas, en dirección al huerto.

Entonces fue cuando Mariluán oyó la voz de su querida que imploraba socorro, y que por momentos iba alejándose.

Envaino el sable, mientras daba a Caleu la orden de amarar a Mariano, y salió corriendo tras la voz que pedía auxilio al alejarse.

Sin embargo de su hercúlea fuerza, no pedía Peuquilén correr con la velocidad de Mariluán. Este le alcanzó cuando el indio trataba de colocar a Rosa sobre la barda de la tapia que era bastante baja. Peuquilén dejó a la joven, que cayó al suelo sin conocimiento, y sacando el puñal que había guardado en la cintura, quiso arrojarse contra Mariluán, mas éste paro el golpe, apretándole con una mano la garganta y tomándole con la otra el brazo derecho, antes que pudiese descargarlo. En esta actitud, Mariluán dio un fuerte empuje a Peuquilén, que perdió el equilibrio y cayó al suelo. Mariluán le arrancó el puñal, le hizo enderezarse, y le asestó con la mano derecha empuñada un rudo golpe en la sien. El indio se alejó algunos pasos impelido por la fuerza del brazo que le asestó aquel golpe, vaciló algunos segundos, como buscando un apoyo con las manos extendidas y volvió a caer al suelo como un cuerpo sin vida. Esta vez no hizo un solo movimiento.

Mariluán, sin preocuparse de él, voló al lugar en que había caído su querida.

—Rosa —le dijo levantándola entre sus brazos—, soy yo Mariluán, su amante que viene a salvarla; huyamos de aquí.

Y mientras esto decía, colocó a la joven sobre la barda de la tapia, subió a su lado, saltó a la parte exterior y tomando a Rosa de la cintura, la bajó de la tapia y emprendió la marcha, llevándola en sus brazos, como pocos momentos antes la conducía Peuquilén.

Rosa había abierto los ojos, pero parecía despertar de un sueño, o más bien creía hallarse bajo el peso de una pesadilla durante aquella marcha fantástica.

Porque oía la voz suave de su amante que murmuraba a su oído tiernas palabras de cariño, y veía desaparecer los árboles, y en el cielo sereno brillar las estrellas con suave fulgor, mientras que el aire fresco de la noche bañaba su rostro, trayéndole ráfagas de esos olores agrestes que parecen recibir los pulmones como una caricia de amistad que ensancha el pecho.

Así llegaron al punto en que se encontraban los caballos. Ahí colocó Mariluán a Rosa con respetuoso cuidado.

—Ninguno de su familia correrá el menor peligro —dijo a la joven—, yo respondo de ellos con mi vida.

—Nadie la ofenderá.

—¡Ah, yo no puedo abandonarla! —exclamó la joven prorrumpiendo en llanto.

Mariluán le tomó las manos con las que ella iba a cubrirse el rostro.

—Yo respeto ese llanto, y estoy pronto a obedecerle Rosa —le dijo—. Si he dado este paso, es porque creí que usted me amaba y debía velar por su suerte. Ordene usted y la llevaré a su casa: para mí después de esto, el sacrificio de la vida será una necesidad, porque siento que no podré vivir sin ese amor que usted me arrebata.

Rosa apoyó su frente en el pecho de Mariluán. Este continuó con agitación.

—Al lado de su familia, Rosa; le espera tal vez un porvenir brillante, la riqueza y la tranquilidad; al lado mío las privaciones y los cuidados la amenazan; pero esas privaciones y esos cuidados destruirán mi amor inmenso, y los pobres indios que me llaman su jefe la servirán a usted con la sumisión de los esclavos. Decida usted: es completamente libre.

Hubiérase dicho que sólo en ese instante sentía Rosa las dificultades de su situación, porque en vez de responder a Mariluán se alejó de él, cubriendo con ambas manos el rostro que bañaron abundantes lágrimas.

El joven hizo un movimiento de desesperación y, cruzando los brazos sobre el pecho, esperó que se decidiese su destino.

El tiempo huía y el peligro aumentaba, pues de un momento a otro la voz de alarma podía esparcirse en el pueblo.

Rosa, por su parte luchaba en ese instante con los más encontrados sentimientos: a la voz que le aconsejaba la fuga, respondía con igual elocuencia la del amor filial. Seguir a Mariluán era obedecer al imperio de su amor que las contrariedades habían aumentado y fortalecido; era sustraerse a la hostigosa vigilancia de un hermano, a los días de lágrimas y el eterno luto del corazón; pero era también abandonar a su madre en la hora del peligro y acarrear sobre su amor y su porvenir la justa maldición del Cielo.

La impaciencia no podía dejar permanecer a Mariluán por mucho tiempo en la actitud de estoica resignación que había tomado al ver alejarse a Rosa. Transcurridos cinco minutos se acercó a la joven.

—Permítame llevarla a su casa —le dijo con voz sombría—: jamás, Rosa, la alejaré de su familia sin su completa voluntad.

La joven se descubrió el semblante y dirigió a Mariluán una mirada de cariñosa solicitud, exclamando:

—¡Y usted!

—Yo correré la suerte que el destino me reserve —contestó Mariluán con tristeza.

—¡Ah! ¡Usted va a despreciarme y aborrecerme! —dijo Rosa, apoderándose de una mano de su amante.

—¿Yo? ¡Jamás! —exclamó éste—: sólo acusaré a mi mala suerte que se ha negado a conservarme una de mis ilusiones más querida.

En ese momento llegó Caleu con su comitiva.

Mariluán interrogó a su asistente en español en presencia de Rosa. Las explicaciones de Caleu no dejaban la menor duda acerca de la seguridad en que quedaban doña Andrea y su hijo, a quienes se había puesto solamente en la imposibilidad de dar la alarma entes que Mariluán y los suyos estuviesen a salvo.

—No importa —dijo Mariluán a Rosa—, yo la acompañaré hasta dejarla a usted al lado de su madre.

Rosa, como avergonzada, acercó entonces sus labios al oído de su amante y le dijo estas palabras de confianza infantil, que pintan la triunfante fascinación que ejerce el amor en los corazones jóvenes y delicados.

—Mi vida es de usted; yo le seguiré a todas partes.

—¡Vamos! —exclamó el joven, alzando la hermosa frente como iluminada por el triunfo.

Y colocó a Rosa sobre el caballo que le tenía preparado; saltó con agilidad sobre el suyo y dijo:

—Rosa, viviré sólo para usted, y seré el primero de sus esclavos.

Dio enseguida al indio que cuidaba los caballos algunas órdenes para tranquilizar a Rosa con respecto a la suerte de su familia, y emprendió con ella el galope por el camino que conduce de Los Ángeles a la alta frontera.

XIII

Las órdenes de Mariluán habían sido estrictamente cumplidas por Caleu. Este hizo ver a Mariano Tudela que la resistencia sería inútil, cuando no temeraria, puesto que tendría que sucumbir al mayor número y perder la vida que podría conservar entregándose a discreción.

Mariano se dejó convencer por la evidencia y tuvo que consentir en que le amarrasen al pie del catre, quedando además con la ventana y la puerta del cuarto cerradas. Los indios pasaron de ahí al cuarto en que se ocultan doña Andrea y la criada que, cediendo a las amenazas del incendio que empleó Caleu, abrieron la puerta y dejaron cerrada otra que comunicaba la pieza en que se habían refugiado con el resto del edificio. En vano doña Andrea empleó las súplicas más fervientes para enternecer a los emisarios de Mariluán: esas súplicas no podían tener ningún valor ante Caleu, que respetaba como sagrados los mandatos de su jefe. De manera que, sin hacerles agravio alguno, dejó a la señora y a la criada encerradas como había dejado a mariano y puso llave también a las puertas que daban al primer patio, a fin de ganar el tiempo necesario para una retirada segura, al que efectuó con los suyos por el mismo camino que había seguido Mariluán para salir con Rosa.

Mientras Caleu tomaba estas precauciones para evitarla persecución, Peuquilén volvía en sí del golpe que había recibido y emprendía la fuga. Mas en vez de dirigirse por el camino seguido por Mariluán, él se internó en el pueblo y pasó el resto de la noche oculto entre unas arboledas del camino que sale de Los Ángeles a los pueblos del norte.

Poco rato después de la salida de los indios Mariano Tudela empezó a dar voces para llamar al criado que había puesto a custodiar la puerta de la calle, antes de retirarse a la pieza en que le sorprendió Mariluán. Más de una hora transcurrió sin que nadie acudiese a estas voces y sin que lograse Mariano, en sus continuos esfuerzos, desatar las ligaduras que le impedían todo movimiento.

Por fin, sus gritos llegaron confusamente a los oídos del criado, que había dormido las primeras horas de la noche con profundo sueño de la gente de nuestro pueblo. En darse cuenta de estas voces y en llegar hasta la ventana del cuarto de Mariano, el criado empleó más de media hora. Cerciorado de que le llamaban del interior de la casa, trató entonces de entrar en ella y encontró cerradas todas las puertas, las que abandonó después de convencerse de que era imposible abrirlas a menos de romperlas. En esta ocupación llegaron los primeros albores del día. El criado salió a la calle, informó a algunos vecinos de lo que acontecía y decidió con ellos dar la vuelta para entrar en la casa por el huerto.

El terror se apoderó del criado y de los que le acompañaban al ver, no lejos de la puerta de comunicación del huerto con el patio segundo, el cadáver del infeliz que Peuquilén había asesinado para entrar en la casa. Como por este lado las puertas habían quedado abiertas, entraron hasta los cuartos en que mariano, doña Andrea y la criada estaban prisioneros. Habiéndose llevado Caleu las llaves de esas puertas, fue menester romperlas, lo que se ejecutó con algunas dificultades.

Las casa de doña Andrea se llenaba entretanto de gente, que acudía a la noticia, pronto divulgada, del ataque de aquella noche. El cadáver de la víctima de Peuquilén produjo en el pueblo un terror difícil de pintarse y el nombre de Mariluán, unido al relato de la temeraria empresa, al rapto de Rosa y al horrible tratamiento de que supusieron víctimas a las personas de su familia, fue objeto de generales imprecaciones y amenazas de venganza.

Mariano y Damián juraron también vengarse de aquel ultraje, y las autoridades civiles y militares, instigados por ellos, ordenaron para el mismo día la salida de la expedición contra los indios, al propio tiempo que se ponía a precio la cabeza de Mariluán y de sus cómplices, autores del asesinato perpetrado en aquella noche funesta y del rapto de una hija de las principales familias de la población.

A pesar de la actitud de los jefes, la fuerza expedicionaria pudo sólo ponerse en marcha a las dos de la tarde, a fin de acampar en la noche a las márgenes del Bío-Bío. Mariano Tudela se había unido a la expedición con su tío Damián Ramillo y una parte de la caballería cívica de que eran oficiales.

La tropa expedicionaria salió de Los Ángeles al son de la música y recibiendo los vivas de la población, que saludaba a cada uno de los soldados como sus defensores y pronosticaba, como siempre se acostumbra, un triunfo espléndido y completo.

Entrada ya la noche, esta fuerza acampó a orillas del Bío-Bío como se había resuelto.

En el campamento se presentó Peuquilén a Mariano Tudela: había seguido de lejos al ejercito y sabía que a cabeza de Mariluán estaba puesta a precio. A fin de alejar sospechas inventó una historia de ciertos ultrajes hechos a su familia por la de Mariluán, ultrajes que él había jurado vengar en éste. La conferencia entre Mariano y Peuquilén fue corta, pero decisiva: ambos habían jurado un odio eterno al jefe de los araucanos; mas, el hijo de doña Andrea ignoraba que Rosa era el origen del odio de Peuquilén como lo era el suyo. Sin embargo, de no ofrecerle aquel indio ninguna garantía, Mariano le dio algún dinero, ofreciéndole completar la suma de quinientos pesos cuando le presentase la cabeza de Mariluán y le entregase libre a Rosa.

Peuquilén puso algunas dificultades en esta última condición, pues quería reservarse el derecho de ganar dinero, de vengarse de Mariluán y de huir después con Rosa a los montes, donde estaba seguro de encontrar puntos inaccesibles a toda pesquisa. El deseo de vengarse obligó a Mariano a pasar por estas restricciones, porque Peuquilén se comprometía sólo a traer a Rosa si le fuera posible, no siendo bastante la falta de esta condición para privarle de los quinientos pesos que debían entregarle por la cabeza de Mariluán.

Iguales aprestos bélicos habían tenido lugar durante ese día en el campamento de los indios.

Mariluán entretanto había caminado con Rosa toda la noche y llegando a mediodía a las posesiones de Cayo. Una habitación de éste, arreglada por mano de Mariluán, fue destinada a Rosa. En el camino y en presencia de su amante, la joven había tenido que disimular la profunda tristeza que la invadía a medida que se alejaba de su madre y que se internaba en aquel territorio inculto, habitado por gente cuyo aspecto le infundía un invencible espanto, a pesar de las señales de obediencia que prodigaban a Mariluán.

Cuando el joven instaló a Rosa como dijimos, le dio por custodia una gruesa partida de gente comandada por su propio hermano, que respondió de la seguridad de la niña. Hecho esto, reunió Mariluán su gente en número de dos mil hombres y dio orden de avanzar hacia el Bío-Bío. Sus espías llegaban anunciándole que la tropa del Gobierno se ponía también en marcha hacia las márgenes del mismo rió.

Después de ver desfilar su gente, Mariluán entró a despedirse de Rosa. No se ocultaron a su vista penetrante las trazas que el llanto había dejado en las mejillas de su querida, la que, sin embargo, trató de recibirle con una sonrisa.

Mariluán se acercó a ella, aparentando una alegría que estaba muy lejos de sentir a la vista del justo pesar que leía en los ojos de Rosa.

—Mañana —le dijo con tono de confianza—, habré derrotado la fuerza del gobierno y tal vez seamos libres, Rosa: usted de volver al seno de su familia y yo de probarla, una vez más, que en el amor que siento hay un profundo aprecio y un completo desinterés, puesto que obedeceré a un deseo de su corazón. Entretanto, usted está más en seguridad aquí que al lado de los suyos. Cayo con su vida me ha respondido de usted.

Rosa dio las gracias a su amante con una profunda mirada de reconocimiento, diciéndole:

—Siempre le he creído noble, Mariluán, y por esto le amo; pero ya que usted me ama como dice y ya que yo le he hecho el sacrificio de abandonar por usted a mi familia, ¿no tengo derecho a exigir también algún sacrificio de su parte?

—Mi vida es de usted —contestó el joven con pasión.

—Pues bien, alejémonos entonces de aquí —repuso ella con animación febril—; huyamos a Valdivia, donde usted quiera; pero salgamos de aquí: todo esto me espanta, ¡quién me asegura que usted no puede morir en un combate de los que se preparan!

—Pero estos combates son ahora indispensables, Rosa —exclamó Mariluán.

—¿Por qué indispensables cuando podíamos huir?

—Porque debo combatir para defenderla a usted: ¡la huida es imposible!

Mariluán apeló en esta conversación a toda su elocuencia para calmar los temores de la joven: pinto con abultados colores el poder de los suyos y las probabilidades que casi le aseguraban la victoria; juró a Rosa que ganaba ésta, que era por otra parte el modo de abrirse un camino para salir de Arauco sin ser aprehendidos, le consagraría su vida y su ambición, dejando la empresa a cargo de su hermano que era querido y respetado entre los indios.

Después de esto, se despidió besando la mano de su amante, con el respeto que los antiguos paladines consagran al culto de la dama de su corazón.

Rosa se arrojó sobre un tosco banco, prorrumpiendo en lastimeros gemidos, y Mariluán, montaron a caballo, emprendió el galope hasta ponerse a la cabeza de sus guerreros.

Llevando a la grupa cincuenta hombres de infantería que había podido reunir Mariluán de los desertores de Los Ángeles, la marcha se hizo con rapidez. Al anochecer se estableció el acampo en un bosque, con todas las precauciones necesarias para evitar direcciones, los que llegaron después trayendo la noticia de que el ejercito del Gobierno se había detenido en la orilla Norte de la línea fronteriza.

La posición respectiva en que quedaban al anochecer los dos ejércitos hacía pues presagiar una batalla inevitable para el día siguiente, atendiendo también al espíritu de que los jefes de ambas fuerzas estaban animados.

XIV

La división del Gobierno era muy inferior numéricamente a la fuerza de los araucanos. Componíase de un regimiento de caballería cívica, y dos piezas de montaña servidas por el competente número de artilleros. En todo, menos de mil hombres.

Mariluán, como antes dijimos, comandaba una fuerza de dos mil hombres, de los cuales sólo cincuenta eran de infantería colectiva, mal disciplinados y no muy bien armados.

Por consiguiente, la inferioridad numérica de los del Gobierno se hallaba con usura compensaba por la calidad de la tropa, por su disciplina y por sus armas y municiones.

Informado Mariluán por sus espías de la clase de tropa con que contaba la división del Gobierno, determinó cambiar el plan de operaciones que había formado al acampar y que consistía en disputar al enemigo el paso del Bío-Bío. La existencia de las dos piezas de artillería, llevada a Los Ángeles desde una de las plazas vecinas después de la fuga de Mariluán, le hizo conocer que se exponía a perder inútilmente sus guerreros, defendiendo con caballería un paso que con dos cañones era fácil proteger. En consecuencia, abandonó su campo antes de rayar el alba y se dirigió al interior a buscar una posición ventajosa y adecuada a la clase de tropa de que podía disponer.

La división del Gobierno se ponía en marcha poco después. El paso del rió se efectuó sin ninguna dificultad, y para acelerar la marcha, se puso la infantería a la grupa de la caballería.

Mariluán llevaba al enemigo una hora de ventaja: esto le dio tiempo de elegir su posición para atacar por sorpresa como siempre lo hacen los araucanos. Situó en un gran bosque la mitad de su gente, bajo el mando de Leviluán, que debía atacar al enemigo por la retaguardia, y él marchó con la infantería y el resto de la fuerza a ocupar una altura, cubierta de espeso bosque también, en el que ocultó a gran parte de los suyos, dejando sólo a la vista una partida de su caballería en el camino que debía seguir el enemigo.

Cuando las dos fuerzas se avistaron eran cerca de las tres de la tarde. La del Gobierno había caminado con mucha lentitud y después de reconocer que los indios habían acampado cerca del río en la noche. El temor de una sorpresa la había obligado a internarse a paso lento y siempre apercibida para el combate.

A un tiempo resonaron los clarines de la caballería por un lado y por otro los gritos de los indios: estos ruidos fueron a perderse junto en los ecos de los cerros vecinos, que lo repitieron apagándolos gradualmente. A ellos siguió la detonación de los cañones que, situados en una altura, empezaron a dirigir un nutrido fuego sobre la caballería de Mariluán.

Este conoció la importancia de arrebatar aquellas piezas al enemigo y emprendió una carga a la cabeza de seiscientos hombres, a los que salió a detener la caballería del Gobierno. Mientras así se trataba el combate, Leviluán, a la cabeza de la fuerza de los indios oculta tras el bosque que había quedado a retaguardia del enemigo, atacó a éste por la espalda y llegó casi hasta los cañones que, volviéndose sobre ellos con admirable prontitud, hicieron horribles estragos en sus mal ordenados pelotones, poniéndolos al fin en derrota, auxiliados por la infantería.

Mariluán, rechazando también con alguna pérdida de los suyos, trabajaba por ordenarlos y volver nuevamente al ataque. Siendo su caballería mucho más ligera que la del Gobierno, la mandada por Leviluán había dado la vuelta y reunióse a Mariluán, que ordenó una nueva carga a los cañones. En ese momento tuvo lugar lo más rudo del combate: una parte de los indios cargó con tal ímpetu sobre la caballería del Gobierno, que ésta no pudo resistir a su empuje y perdió algún terreno, mientras que la infantería que se había replegado sobre los cañones para protegerlos, tuvo que huir después de dos descargas que alcanzó a disparar antes que los de Mariluán hubiesen llegado sobre ellos.

Pero esta retirada no fue el desorden completo de la derrota, sino que, gracias a los esfuerzos de los oficiales, la tropa siguió haciendo fuego a medida que se organizaba a alguna distancia de los indios. Al efecto, la caballería del Gobierno, que había sido casi arrollada por el número y el ímpetu de los indios, había, como dijimos, emprendido la retirada después de una corta resistencia, y formándose a dos cuadras del punto en que acababa de resistir, sirvió de valla para atajar la carrera de la infantería, que pudo reorganizarse y romper el fuego nuevamente.

La tropa de Mariluán había llevado sus hombres de infantería a la grupa hasta muy cerca de los cañones. Al llegar a estos, los infantes echaron pie a tierra y empeñaron con ardor el combate que dió por resultado la toma de los cañones. Apoderado de estos Mariluán, se apresuró a clavarlos y a ponerse en retirada, pues la tropa del Gobierno volvía nuevamente a la carga.

A pesar de la ventaja alcanzada por Mariluán, la pérdida era infinitamente más numerosa de su parte, circunstancia que se explica por las armas de sus enemigos. El campo se hallaba cubierto de cadáveres de indios, y muchos jinetes empezaban a flaquear al ver de nuevo embestirles la tropa que con sus cargas creían haber derrotado. No acostumbrados los indios, sino a las sorpresas y combates momentáneos, no esperaron las ordenes de Mariluán, y en vez de arremeter nuevamente sobre el enemigo, volvieron brida y corrieron hacia el bosque en que al principio se ocultaba la infantería.

Esta retirada dio nuevo ardor a la tropa del Gobierno, que aceleró la marcha tras los fugitivos indios, adelantándose de tal modo un piquete de caballería, que llegó al bosque al mismo tiempo que los araucanos y se encontró envuelto entre las últimas partidas de éstos con que Mariluán había tratado de proteger la retirada. El resto de la fuerza agresora se había detenido, sabiendo que era inútil penetrar en el bosque y temiendo ver salir de entre sus árboles apiñados otra falange de guerreros, con el ardor de los que acababan de atacar con tanto brío.

El piquete envuelto entre los indios quiso retroceder cuando era tarde: muchas lanzas se dirigieron al pecho de los veinte soldados que lo componían bajo el mando de un oficial, que se defendía con admirable arrojo.

—¡Juan! ¡Juan! —gritó Mariluán al ver a este oficial, dando al mismo tiempo un rudo golpe a la lanza de un indio que sólo distaba media vara de la espalda de alférez Juan Valero, a quién el jefe de los araucanos acababa de reconocer.

—¡Caramba, Mariluán! —gritó el alférez—, líbrame de estos tigres: ¡que vengan uno a uno y veremos!

Mariluán dio la orden de respetar al joven, orden que los indios obedecieron, vengándose con los soldados que le acompañaban, de los cuales la mayor parte cayeron atravesados por numerosas lanzas.

—Con mil diablos —dijo Juan Valero a Mariluán—, te has portado como un gran general con estos indios que sólo tienen lanza.

—Vamos, sígueme, eres mi prisionero —contestó Mariluán, observando que los del Gobierno se acercaban.

Y emprendió la marcha con el alférez, que no opuso ninguna resistencia para galopar al lado de su amigo.

Los del Gobierno renunciaron a perseguirles y emplearon el resto del día en reunir los dispersos y buscar un lugar aparente para pasar la noche con seguridad.

Mariluán siguió galopando con su amigo a la cabeza de una fuerza considerable en dirección a las tierras de Cayo, donde le esperaba Rosa con el alma destrozada por un día de espantosa inquietud.

XV

Se ha visto que la victoria quedó indecisa. Semejantes resultados es muy común en las campañas emprendidas contra los araucanos desde la conquista. La táctica indígena consiste en molestar al enemigo por medio de emboscadas, escaramuzas y sorpresas: casi nunca presenta batalla campal como en cierto modo lo había hecho Mariluán. Así fue que después de las poderosas cargas que hemos descrito, y satisfechos con haber muerto algunos soldados, los indios emprendieron la retirada, teniendo aún el poder suficiente para resistir y para alcanzar tal vez con perseverancia una completa victoria. Como tal, no obstante la consideraron ellos, orgullosos de los voluntarios de que habían despojado a los enemigos que caían y admirándose del temerario arrojo y de la impasible serenidad de Mariluán.

Este llegó a las tierras de su hermano y estableció el campamento a dos cuadras de las casas, tomando todas las precauciones necesarias para evitar una sorpresa. Dispuesta de este modo su tropa, dejó a Leviluán el cuidado de ella y se dirigió con el alférez Valero a la casa en que le aguardaba Rosa.

La joven acaba de secar sus lágrimas para recibir a su amante, que al saludarla leyó en sus marchitos y en sus pálidas mejillas la horrible tortura, que con un sublime esfuerzo de amor quería ocultarle.

—¡En fin! —exclamó el alférez saludando a la niña—. Usted, señorita, me sacará de esta pesadilla de caras infernales. Con una carcelera como usted acepto la prisión de mil amores.

Rosa le contestó con una sonrisa melancólica.

Mariluán, a pesar de sus esfuerzos para dominarse, estaba sombrío y pensativo. Sentía una profunda tristeza al considerar la suerte de aquella hermosa criatura, sacrificada a su loca pasión y a su imprudencia.

Sólo Juan Valero conservaba su genial alegría.

—Señorita —dijo a Rosa—, está usted defendida por un valiente; pero de veras que la compadezco al verla entre esta gente feroz y fea. Por mi parte —añadió—, declaro que si Mariluán no tiene intenciones de fusilarme, yo haré todo lo posible para fugarme desde mañana.

—No te fugarás, Juan —le dijo Mariluán, golpeándole el hombro.

—Bah —exclamó el alférez—, lo veremos: cierto que te profeso muy sincera amistad, pero no podría vivir a tu lado, Mariluán. ¡A quien se le ocurre también venir a hospedarse entre esta gente!

—No te fugarás porque te voy a pedir un servicio —replicó Mariluán.

—¡A mí estoy bueno para servicios! Sin embargo, puedes pedir: a ver, habla.

—Cenaremos primero —contestó Mariluán.

Eran como las siete de la noche.

Las mujeres de Cayo trajeron una mesa, pusieron blancos manteles que, por encargo de Mariluán, había llevado Caleu, y colocaron sobre la mesa una fuente de cazuela y algunas botellas.

—¡Caramba! —exclamó Valero al ver las botellas—. ¡Parece que la civilización va entrando por aquí!

Sentáronse en la mesa, que presidió Rosa, haciendo inaudito esfuerzos para ocultar su tristeza.

El alférez brindó a la salud de Rosa, a la de Mariluán, a la de las señoritas de Los Ángeles, por las que exhaló un suspiro, y finalmente a su propia salud.

—Ahora —dijo a Mariluán—, vas explicarme el motivo de esta guerra. ¡Maldito si te entiendo! ¡Dejar un lindo regimiento para venir a mandar indios! Señorita —añadió, volviéndose hacia Rosa—, si no estuviese usted aquí, declaraba que Mariluán merecía ser fusilado.

Mariluán le explicó sus miras respecto a los indios, como antes las había explicado a Rosa; pero se estrelló contra las preocupaciones recogidas entre los habitantes de la frontera.

—Mejor sería —dijo el alférez encendiendo un cigarro— que enseñases a hablar a los pájaros: estos indios no se civilizarán jamás.

—¿Y yo? —preguntó Mariluán con orgullo.

—Eh, una golondrina no hace verano —replicó Juan.

—En fin —dijo Mariluán—, yo tengo fe en el porvenir.

—Te lo deseo muy próspero —repuso el alférez—; pero yo en tu lugar estaría siempre prevenido: apenas estos indios crean que tú no trabajas únicamente por sus intereses, te pasan su lanza al través del pecho, y por la espalda, ¡que es lo peor!

Rosa miró con ojos de espanto al joven que hacía este pronóstico con un vago acento de amenaza.

—En fin —exclamó Mariluán—, estoy resuelto a sacrificarme por ellos.

En esta contestación había un ligero acento de impaciencia.

Juan Valero le miró con sangre fría.

—Lo siento por ti —contestó—; pero sobre todo por esta señorita.

Mariluán hizo el movimiento de cabeza de un hombre que recuerda una idea medio olvidada y dijo:

—Para ella es para quien voy a pedirte el servicio de que te hablé. Óyeme: veo que Rosa no debe permanecer aquí por más tiempo, pues es necesario convenir que yo tengo que jugar diariamente mi vida, y si muero, ella queda abandonada.

Mariluán pronunció estas palabras con un acento de mal disimulada tristeza, que hizo brotar el llanto de los ojos de la joven.

Juan Valero contestó:

—Tienes mucha razón.

—Para evitar este mal —prosiguió Mariluán—, he aquí lo que he imaginado: tú, con una fuerza que pondré bajo tus órdenes, la escoltaras hasta entregarla a su familia…

—¡No me iré! —exclamó, interrumpiéndole, Rosa.

En sus ojos brilló a través de las lágrimas un rayo de espléndido entusiasmo, que su corazón de mujer enamorada enviaba en un arrebato de amor.

Mariluán se acercó a ella con tranquila pero melancólica gravedad.

—El sacrificio que usted se impone, Rosa —le dijo—, es sublime, pero mi muerte puede esterilizarlo: vuelva usted al lado de su familia, y si yo consigo arreglar una paz como lo espero, volaré a sus pies y usted dispondrá de mi vida en adelante.

—Tiene razón Mariluán, señorita —agregó el alférez—; usted no debe permanecer aquí. Mañana recibe Mariluán una bala, porque al fin y al cabo nadie tiene su vida comprada y así es nuestra suerte, ¿qué haría usted entre los indios? ¿Obedecerían a Cayo como obedecen a Mariluán? Yo no lo creo.

—Yo esperaré hasta que la paz se ajuste —contestó ella, con la energía que encuentra la mujer cuando se trata de un sacrificio por el hombre que impera en su corazón.

—Imposible, no puedo aceptar, exponiéndola a una suerte horrible si yo muero —exclamó Mariluán con calor.

—El paso que he dado —replicó ella— fue decisivo y no puedo ahora volver atrás.

—Eso no puede ser —repuso Mariluán—; yo he conocido la temeridad de lo que la obligué a hacer cuando no era ya posible volverá a su familia. Ahora no debemos despreciar la ocasión que se presenta.

—Y si esa paz no se consigue —preguntó Rosa—, ¿cómo puede usted salir de aquí?

—Pelearé hasta morir o hasta alcanzar condiciones ventajosas para estos pobres indios.

—En tal caso, yo seguiré su suerte —dijo la joven con resuelto ademán.

El alférez la miró con admiración.

—Vea, Rosa —dijo Mariluán en tono de persuasiva súplica—, impóngame usted cualquier condición y la obedeceré; pero no permanezca aquí por más tiempo.

—Huya usted conmigo —contestó Rosa—. ¿Cree usted —añadió con calor— que me resigne abandonarle después de haber arrastrado lo que más puede intimidar a una mujer?

Juan Valero tomó la palabra cuando Mariluán iba a contestar.

—Señorita —dijo—, si Mariluán huyese de aquí con usted, se perdería para siempre. ¿Dónde podría ocultarse? ¿No vale más que entre en tratados y estipule su libertad?

—Que me prometa entonces no continuar esta guerra si no aceptan sus tratados —dijo la joven.

Mariluán recibió la mirada de alférez que le decía «vamos, la mentira es necesaria», y contestó:

—Haré todo lo posible para ajustar la paz a toda costa.

—Y entonces, ¿qué inconveniente hay para que yo me quede? —preguntó Rosa.

—Uno muy grande, señorita —replicó el alférez—: si las proposiciones no se hacen esta noche, mañana será atacado Mariluán y ¿quién puede responder del resultado del combate?

—Pero usted mismo —le contestó Rosa— puede llevar ahora las proposiciones de paz.

—Es cierto, señorita; pero hay otro inconveniente para esto —dijo Valero.

—¿Cuál?

—Qué estoy resuelto a no ir solo, y si usted no me acompaña, me quedaré aquí.

Mariluán dirigió al alférez una mirada de reconocimiento y Rosa bajó la frente, dando un suspiro de impaciencia.

Durante algunos minutos reinó en la choza el más profundo silencio.

Mariluán trabajaba con la imaginación para encontrar un argumento capaz de convencer a Rosa de la necesidad de abandonarle.

Rosa permanecía impasible y el alférez miraba al techo con el aire de un hombre que busca alguna idea luminosa para zanjar una dificultad.

Al fin, viendo Mariluán que los momentos eran preciosos, rompió el silencio.

—¿Qué condiciones quiere usted imponerme para consentir en marcharse? —dijo a la joven.

—Que usted me acompañe —contestó ella—. ¿No abandoné a mi familia por usted? —añadió al ver que Mariluán bajaba la frente con tristeza.

—Es cierto, disponga usted de mí —contestó Mariluán.

—¡Al fin! —exclamó Rosa con alegría.

—Esta señorita tiene razón —fijo el alférez—: tú debes consagrarte a ella exclusivamente, puesto que abandonó por ti su familia y su casa.

—Estoy pronto a obedecer —contestó Mariluán.

Rosa le estrechó una mano con agradecimiento.

—Ya me hacía usted dudar de su amor —le dijo en voz baja.

—Mi vida le pertenece, Rosa —murmuró Mariluán, vencido por aquella dulce presión y por la mirada de profundo amor con que la joven había acompañado sus palabras.

—Entonces —dijo el alférez—, pongámonos en marcha y yo serviré de parlamentario a nuestra llegada al campamento.

—Bien, daré mis órdenes —dijo Mariluán.

Rosa, Mariluán y Valero salieron de la casa y se detuvieron a la puerta.

La noche era serena y las estrellas del cielo enviaban a al tierra su dudosa luz, aumentando al parecer la oscuridad de los bosques que rodeaban la habitación de Cayo.

Mariluán hizo llamar a su hermano por medio de un indio que velaba al lado de la puerta.

—En fin —dijo a Rosa el alférez—, cuando consigamos sacar a Mariluán de esta madriguera de salvajes, podremos obtener su perdón, ofreciendo la paz.

—Le perdonarán —contestó Rosa—, puesto que él puede hacer que los indios vuelvan a la obediencia del Gobierno.

Mariluán, entretanto, daba a su hermano sus instrucciones, explicándole la causa que le obligaba a marcharse.

—Si yo no vuelvo mañana —le dijo al despedirse—, tú atacarás, a menos de recibir una orden contraria de mi parte. Una vez que yo haya dejado a Rosa en completa seguridad, volveré aquí a pelear por nuestra causa.

Cayo, sin comprender el respeto que su hermano manifestaba a Rosa, prometió obedecer, porque había visto que Mariluán era valiente en el combate y cuerdo en el consejo.

Media hora después, Rosa, Mariluán y Valero, escoltados por cincuenta mocetones, se ponían en marcha hacia el campamento de la fuerza del Gobierno.

XVI

La idea de volver al seno de su familia y de alcanzar el perdón de Mariluán había ensanchado el corazón de Rosa, oprimido durante los últimos días por el más profundo abatimiento. Al melancólico silencio en que permanecía desde su fuga de la casa materna, sucedió, con la marcha, una alegría expansiva, que hizo olvidar a Mariluán el sentimiento con que se alejaba de los araucanos a cuya suerte había consagrado los más ardientes votos de su vida.

Conociendo Juan Valero que Rosa y Mariluán preferirían conversar solos, habíase adelantado algunos pasos y se entretenía en silbar las tonadas que más habían amenizado sus pasatiempos de guarnición.

Los dos amantes quedaron así en completa libertad de comunicarse sus pensamientos. Jurándose un amor inmutable y olvidándose de los escollos de la singular situación en que encontraban, Rosa y Mariluán dirigieron sus miradas al porvenir, que el amor y la ilusión embellecían, y formaron mil proyectos de futura dicha, arreglando a su guisa los venideros acontecimientos de su existencia. Prestábales la noche el prestigio de su oscuridad y de su misterio, de manera que fácilmente pudieron olvidar el objeto de su viaje y acordarse sólo del puro sentimiento que los unía y con el cual esperaban vencer los obstáculos que la familia de Rosa pudiese oponer a su unión ante la iglesia, que exigía la joven como el primer paso del venturoso porvenir que se fingían.

Mariluán, exaltado también por la sinceridad de su amor, dejaba de acusarse al formar proyectos en que olvidaba a los araucanos que le habían confiado su suerte y se contentaba con la esperanza de ajustar una paz con algunas garantías para los que se hallaban sobre las armas.

La oscuridad de la noche les obligaba a caminar lentamente, de modo que la indecisa luz de los primeros albores de la mañana se esparcía por el cielo, cuando la comitiva se encontraba todavía como a media legua de distancia del campamento a que se dirigía.

Al ver que las sombras de la noche se disipaban, Mariluán llamó a Valero que siempre caminaba delante de ellos:

—Es tiempo ya de arreglar las condiciones de la entrevista —le dijo—. Principiaremos por lo relativo a Rosa, y tú vas a comprometerte a cumplir mi plan con toda exactitud.

—Como si se tratase de cumplir con la ordenanza —dijo el alférez.

—La llevaras al campamento —continuó Mariluán— y pedirás allí una escolta para conducirla a su casa.

—Usted se olvida, Mariluán —exclamó Rosa—, que he venido con la condición de no separarme de usted.

—En tal caso —replicó Mariluán—, no sé qué instrucciones dar a nuestro parlamentario.

—Creo —dijo Rosa— que lo mejor será presentarnos los tres a la entrevista a que el señor Valero tendrá la bondad de llamar a su jefe.

—Entonces —repuso Mariluán, dirigiéndose a Juan Valero—, adelántate a nosotros y pide a tu jefe que nombre a alguno para tratar con nosotros. Se entiende —añadió— que empeñas tus palabras de honor de volver a ser mi prisionero en caso que tu misión no tenga buen resultado.

—Lo prometo bajo mi palabra —dijo Valero.

Y picando los ijares a su cabalgadura emprendió el galope hacia el punto que ocupaba la fuerza del Gobierno.

Los compañeros de armas, que le creían muerto por los indios, le recibieron con grandes muestras de admiración y regocijo. Valero fue rodeado por oficiales y tropa, y principiaron entre ellos esas fúnebres explicaciones que tienen lugar al día siguiente de un combate, en las cuales se cuentan los presentes y deploran la pérdida de los que la muerte arrebató en la refriega.

Los soldados preguntaban a Juan por los que le habían acompañado, cuyos cadáveres permanecían en el bosque en que el alférez había sido tomado prisionero.

Al saber la suerte que les había cabido, unos juraban vengarles y otros recordaban los lazos de amistad que con los muertos les unían.

—En fin —dijo Juan—, yo necesito hablar con el comandante, y me permitirán ustedes que vaya a buscarle. Un oficial acompañó a Valero hasta el punto en que se hallaba el jefe de la división.

—Señor —le dijo el alférez después de las primeras explicaciones—, yo vengo aquí bajo mi palabra de honor y en calidad de parlamentario.

—No trato con salvajes, sino con rebeldes —dijo el jefe—, y los perseguiré hasta dejarlos escarmentados.

Valero hizo respetuosamente observar que no sólo se trataba de ajustar una paz ventajosa para el Gobierno, conquistando la amistad de varias tribus de las más importantes, sino que era necesario no olvidar que de esa paz dependía también la suerte de Rosa, a quien el honor y la galantería militares aconsejaban salvar.

El jefe se paseó en silencio durante algunos momentos delante de Valero, que esperaba su respuesta.

—Hágales usted venir —dijo rompiendo de repente el silencio.

El alférez no se atrevió a pedir garantías, dominado por un sentimiento de subordinación; pero se quedó inmóvil en su puesto.

—Cumpla usted mis órdenes —añadió el jefe—; veo que es preciso no abandonar a esa niña cuyo hermano ha prestado buenos servicios.

Valero hizo con la cabeza una señal de aprobación y se quedó siempre en el puesto que ocupaba.

—¿Qué más tiene que decir, alférez Valero? —exclamó el jefe, viendo la inmovilidad del parlamentario.

—Que necesito llevar a Mariluán la promesa de que se respetará su persona y su libertad —contestó Juan, viendo que era preciso explicarse categóricamente.

—En ese punto me hallará usted inflexible —dijo el jefe—: Mariluán, antes de ser nuestro enemigo y el instigador de la sublevación de los indios, es un oficial desertor, y como tal debe ser aprendido y juzgado.

—Observaré con todo respeto —repuso Valero— que ahora es jefe de una fuerza considerable, que puede molestar mucho al Gobierno y sostener una guerra que acarreará grandes males y gastos enormes. Además —añadió, alentado por la tensión con que su jefe le escuchaba—, Mariluán ha sido un buen oficial y más bien las circunstancias que su voluntad le han arrojado en la empresa que ahora dirige.

—De todo eso se tendrá cuenta al juzgarle —dijo el jefe—; pero si quiere obtener la paz, es necesario que se entregue él mismo en garantía: dígaselo usted de mi parte y adviértale que en caso de no hacerlo así le perseguiré a muerte.

Juan Valero saludó y se retiró cabizbajo. En ese momento se acercó a él Mariano Tudela a pedirle noticias de Rosa.

Valero le informó de las intenciones de Mariluán, instándole a fin de que interviniese con el jefe de la expedición para que no impusiese condiciones de arreglo muy desventajosas para los araucanos.

Montó enseguida a caballo y se dirigió a galope tendido al punto en que Rosa, Mariluán y su escolta habían hecho alto para esperarle.

Rosa y Mariluán le salieron al encuentro. El rostro de la joven manifestaba la inquietud que durante la expectativa se había apoderado de ella, mientras que la fría mirada de Mariluán indicaba el valor con que estaba dispuesto a someterse a su destino si era adverso.

Valero les refirió minuciosamente la entrevista que había tenido con el jefe y terminó diciendo que, a pesar de sus palabras, le creía animado de indulgencia hacia Mariluán.

—¡Pero esa condición es inadmisible! —exclamó Rosa, al oír que Mariluán debía entregarse prisionero.

Esa exclamación iba acompañada de una mirada de amorosa solicitud con que cubrió a su amante, cual si quisiese de nuevo jurarle que no le abandonaría. Pero esa dulce expresión de su semblante se cambió en admiración cuando oyó decir a Mariluán:

—Al contrario, es el único modo de entrar en algún arreglo: conozco al comandante y sé que hará por mí todo lo que pueda.

Juan Valero no comprendió tampoco la facilidad con que Mariluán aceptaba la dura condición de entregarse en manos de sus enemigos, que difícilmente serían jueces imparciales.

—Estás en completa libertad de aceptar o no —dijo a Mariluán, que le miraba con semblante risueño—, pues yo me guardaré bien de decir al comandante que en caso de negativa yo era tu prisionero: por consiguiente dispón como te parezca.

—Lo repito, es el único modo de concluir esto —respondió Mariluán—, y en vista de tan grave consideración, acepto lo que se me propone.

—¡Pero le seguirán a usted un consejo de guerra! —exclamó Rosa con inquietud.

—Y yo probaré que mis intenciones al tener mi primera entrevista con los indios eran pacificas —replicó Mariluán—, y que sólo el ataque que sufrimos y la necesidad de no ser sacrificado por los caciques como traidor, me obligó a ponerme en defensa.

Luego, acercándose a Rosa, díjole en voz baja:

—Después que usted se ha fugado conmigo de la casa de su madre, no le queda a su familia otro partido que consentir en nuestra unión, y su hermano tendrá que emplear todo su influjo en mi favor.

Este argumento pudo más que los otros en el ánimo de la niña, que consintió en que Mariluán se entregase, prometiéndose en su interior obtener la absolución de su amante a fuerza de súplicas y mediante el influjo de su tío y de su hermano.

Mariluán llamó entonces al jefe de su comitiva y él explicó las causas que le obligaban a constituirse prisionero, asegurándole que es el único modo de alcanzar del Gobierno una paz ventajosa.

—Cuando recobre mi libertad —añadió— volveré al lado de ustedes y siempre estaré dispuesto a consagrar mi vida a la causa de mis hermanos.

Dicho esto les dio la orden de retirarse, dándole para su hermano Cayo amplias explicaciones sobre lo que debían exigir para deponer las armas. Esas instrucciones eran poco más o menos las mismas que había explayado en la primera conferencia con los caciques.

Caleu, que hacia parte de comitiva, quiso seguir a su jefe.

—No, quédate, a ti te fusilarían o harían morir a palos —le dijo Mariluán—. Conságrate a servir a Cayo y guárdate para mejores tiempos.

Enseguida Rosa, Mariluán y Valero emprendieron la marcha hacia el campamento de la división del Gobierno y los indios al que ocupaba Cayo al frente de sus guerreros.

En un paso estrecho en que era preciso desfilar uno a uno, Valero dejó pasar a Rosa y se acercó a Mariluán.

—Explícame —le dijo en voz baja— la facilidad con que abandonas tu empresa y vas a entregarte a discreción.

—Es el único modo de salvar a Rosa —contestó Mariluán con la vista animada por el entusiasmo del sacrificio—: ella habría querido regresar conmigo al campo de Cayo si me hubiese negado a entregarme y de este modo me era imposible hacer la guerra y muy doloroso verla sacrificarse por mí.

—En fin —dijo suspirando el alférez—, tú lo has querido.

—Eh —exclamó Mariluán—, si me fusilan, mi querido Valero, los pocos días que he permanecido entre mis hermanos no habrán sido del todo estériles, puesto que ahora conocen mejor sus derechos y lo que deben pedir al Gobierno para librarse de las expoliaciones de que son víctimas.

XVII

Hemos indicado ya que desde que Mariluán tuvo a Rosa en su campamento, conoció las dificultades de su situación, agravadas por la presencia de un ser delicado a quien debía consagrar especialmente su solicitud, desde que ella le confiaba su destino y arrostraba, por seguirle, los peligros de la arriesgada empresa en que Mariluán se hallaba comprometido.

Por otra parte, Mariluán amaba demasiado a Rosa para abusar de una posición creada por la confianza y por el amor de la joven. Sus instintos de hidalguía y su lealtad caballeresca le hacían respetar a su querida en proporción a su debilidad y desamparo. Rosa se había puesto en sus brazos con entera confianza y Mariluán habría preferido perder la vida antes que burlarla y traicionar la noble pureza de la sincera pasión que a ella le unía. Para llegar a esa respetuosa actitud del amante, Mariluán no había tenido necesidad de reflexionar: habíale bastado obedecer a los que dijimos le caracterizaban, instintos de hidalguía. Y Rosa vivió rodeada de su adoración y respeto.

Mas, al mismo tiempo y por causa también de sus elevados sentimientos, Mariluán conoció que la presencia de Rosa en su campo sería un obstáculo perpetuo a todo empresa arriesgada y que siempre le acompañaría en el combate el temor de abandonarla a merced de los indios, que probablemente no la respetarían si le faltaba el apoyo de su prestigio y el de la obediencia que, al nombrarle su jefe, le habían jurado.

Por esto fue que al tomar prisionero a Juan, su primera idea fue la de aprovechar tan infeliz ocasión de restituir a Rosa al seno de su familia. La honda melancolía que a su pesar retrataban las facciones de la joven le había hecho esperar que ella no opondría resistencia a este plan, y la circunstancia de haberse fugado Rosa le tranquilizaba respecto a la resistencia de la familia, que no se pondría a que él volviese el lustre a su honra cuando el éxito hubiese coronado la empresa que había acometido. Su valor y su fe en la santidad de la causa por que combatía le hacía mirar como seguro este resultado.

Pero, como hemos visto, Rosa se había obstinado en seguir los azares de su suerte; le había probado que su amor era más poderoso que el pesar de verse separada de los suyos, y que al sacrificarle su honra, quería también sacrificarle su existencia si era preciso. Esta actitud, que él no esperaba a pesar de su confianza en el amor de Rosa, le hizo conocer que a tan noble desprendimiento no podía corresponderse sino con igual desinterés y magnanimidad. Así Mariluán decidió zanjar la dificultad ofreciendo su persona como el único medio de salvar a su querida; obedeció el destino que le mandaba abandonar sus sueños de gloria; confió a la providencia la causa a que había jurado consagrares y admitió la proposición que por medio de Juan Valero le hacía el jefe de las fuerzas del Gobierno.

Sin embargo, al entregarse Mariluán en poder de sus enemigos para conseguir que Rosa volviese al seno de su familia, no abandonaba la esperanza de burlar la vigilancia de sus carceleros y poder de nuevo colocarse al frente de los araucanos hasta llevar su empresa a un remate feliz. A pesar de la preocupación que la futura suerte de Rosa le causaba; a pesar de que después de conocer el tesoro de amor que le consagraba su querida, veía que una existencia pacífica a su lado habría sido tal vez la más envidiable felicidad. Mariluán, mientras caminaba a entregarse sin condiciones, volvía la imaginación al deseo constante de su vida, que cultivado en la soledad y fortalecido en la reflexión, había llegado a ser para él una condición de existencia: a la regeneración de su raza, por la que había abandonado una posición segura y honrosa en el ejercito, cuyo valor conocía y estimaba.

De este modo, al llegar al campamento del Gobierno, Mariluán formaba planes de fuga, y pronosticaba a Rosa un venturoso porvenir con una confianza comunicativa de que la joven involuntariamente participaba.

El comandante de la división del Gobierno había salido al encuentro de la comitiva, acompañado de Mariano Tudela.

Damián Ramillo había buscado un pretexto para regresar a Los Ángeles, al saber que Mariluán se presentaba a tratar de la paz y se había puesto en marcha al mismo tiempo que Juan Valero salía a llevar a Mariluán la respuesta del comandante. Temiendo del carácter impetuoso de Mariluán alguna acusación que descubriese sus intrigas, había dado por causa de su vuelta la necesidad de llevar a doña Andrea Ramillo noticias de su hija y dejado a Mariano las instrucciones necesarias para evitar los reclamos que Mariluán pudiese hacer a nombre de Canchaleu.

El comandante recibió a Mariluán con severidad y Mariano Tudela principio por dirigir a su hermana amargos reproches.

—Caballeros —dijo Mariluán—, al venir a entregarme en poder de ustedes, he creído que trataba con gentes de honor, y si bien no pido ninguna indulgencia para mí, creo que tengo derecho de exigir se guarden a esta señorita todos los respetos que su sexo y su posición merecen.

—Mal ha dado usted el ejemplo de ese respeto —contestó Mariano Tudela con áspera voz.

—He respetado su honor como el mío propio —replicó Mariluán con altivez—, y no admito reconvenciones de nadie.

—Además —dijo Rosa—, yo he seguido a Mariluán porque le amo y puedo levantar mi frente con orgullo, porque he dado mi amor a quien merece y aspira a poseer mi mano.

El comandante y Mariano Tudela, que esperaban encontrar con una mujer llorosa y avergonzada de su falta, no pudieron dejar de manifestar su admiración al oír aquella respuesta y el acento de modesta dignidad con que fue pronunciada.

—Tú olvida —replicó Mariano— que para dar tu mano necesitas el consentimiento de tu madre y el mío.

—Pero sabías que ustedes estaban resueltos a no consultar mi voluntad para sacrificarme —dijo Rosa— y he querido colocarme en una situación que me hiciese dueña de mi mano.

—Eso lo veremos —exclamó Mariano con acento amenazador.

—Yo he venido a colocarme bajo la protección de usted —dijo Rosa al comandante, a quien la entereza de la joven tenía cautivado.

—Señorita —contesto—, me honra usted altamente con su confianza; pero me es forzoso reconocer los derechos que sobre usted tiene su hermano, que es el jefe de su familia.

—¡Ah! —exclamó Rosa, cubriéndose con las manos el rostro, sobre el que rodaron sus lágrimas—, bien sabía que iba a ser desgraciada viniéndome aquí.

El comandante se acercó a ella conmovido y le dijo en voz baja:

—Juro a usted por mi honor que Mariluán no correrá ningún peligro y que haré cuanto pueda para que su familia lo admita por marido de usted.

—¡Pero yo no quiero abandonarle! —le dijo Rosa con la voz cortada por los sollozos.

—Obedezca usted a su hermano y deje lo demás de mi cuenta —le contestó el comandante.

Se volvió entonces hacia Mariluán, diciéndole:

—Yo le respondo que esta señorita será tratada con toda clase de consideraciones.

—En tal caso, comandante —respondió Mariluán—, estoy a las órdenes de usted.

—Siga usted al alférez Valero —le dijo el comandante—; él le conducirá a usted al punto en que está la tropa que debe custodiarle.

Mariluán dirigió a Rosa una mirada de adiós, a la que la joven quiso contestar bajándose del caballo y corriendo a estrecharle entre sus brazos; pero un sentimiento de pudor la detuvo en presencia de los que la observaban y sólo contestó a la despedida de su amante con una mirada que nublaban las lágrimas.

—Valor, amigo —dijo a Mariluán el alférez—; comprendo lo que sufres por lo que a mí me pasa: yo prefiero que me den un balazo a ver llorar a una mujer bonita.

Al mismo tiempo, el comandante, que había quedado junto a Rosa, le decía:

—Tenga usted confianza en mí, señorita, y vuélvase con su hermano a Los Ángeles: yo le respondo de la suerte de Mariluán.

Algunos momentos después, Mariluán, rodeado de un piquete de tropa encargado de custodiarle, formaba a retaguardia de la división del Gobierno y Rosa seguía a su hermano que, escoltado de alguna fuerza cívica había tomado el camino de Los Ángeles.


«En fin —decía para sí Mariluán—, lo principal está hecho ya».


Y ahogaba un suspiro que su alma dirigía a su amante, al pensar con satisfacción en el sacrificio que por dejarla en seguridad había hecho.

Rosa caminaba entregada a la más profunda desesperación. Al verse a merced del imperioso dominio de su hermano, olvidaba las promesas que el comandante había retirado hasta el momento de despedirse y sólo oía la voz de los lúgubres presentimientos que su tristeza y la separación de Mariluán le sugerían.

A pocas cuadras del campamento, salió de entre unos matorrales un indio que se dirigió a Mariano.

—¿Qué hay, Peuquilén? —le dijo éste, reconociendo al que había adelantado algún dinero sobre la cabeza de Mariluán, que, como dijimos, las autoridades habían puesto a precio. El indio habló algunos minutos con Mariano y se despidió de él, volviendo a internarse entre los espesos matorrales que bordeaban el camino.

Oculto tras unos boldos, Peuquilén siguió con la vista a Rosa, con esa expresión de salvaje ardor que le vimos cuando se presentó en casa de doña Andrea a vender yerbas con Caleu. Cuando la hubo perdido de vista, dejó su puesto y se dirigió al lugar que ocupaba la división del Gobierno.

XVIII

Llevada por Caleu y los demás que habían escoltado a Mariluán la noticia de su prisión al campamento de Cayo, éste y los demás caciques se reunieron a conferenciar sobre la marcha que decían seguir en adelante. La impresión que dominó generalmente en aquel consejo fue la del desaliento. La pericia y el valor desplegados por Mariluán en los pocos días que había permanecido al frente de los araucanos le habían conquistado el respeto de éstos y su más ilimitada confianza para las cosas de la guerra. Todos los caciques se expresaron en este sentido, y condenaron como dirigirlos al combate. También la obediencia que les servía de lazo de unión, rota con la ausencia del caudillo, daba lugar a que de nuevo apareciesen las rivalidades de tribu, y a que faltase, por consiguiente, la cohesión que necesitaban para hacer frente a las fuerzas del Gobierno, que por sus armas y su táctica podían batirles con muy escaso número de gente.

Cada una de estas consideraciones fue explayada en largos discursos, que al fin hicieron prevalecer la idea de enviar una disposición al jefe enemigo a proponerle la paz. Esta proposición estaba en armonía con la índole de los araucanos, que pasan de las hostilidades a la obediencia ciega, siempre que lo juzgan oportuno para sus intereses, reservándose, in petto, el derecho de faltar a lo pactado, cuando creen que esos intereses lo reclaman nuevamente.

Partió pues la embajada compuesta de Cayo y de algunos otros caciques.

La división del Gobierno se preparaba a marchar hacia el campo araucano, cuando los parlamentarios de éstos llegaron anunciando el objeto que les llevaba.

El jefe del Gobierno que se había internado en el territorio indígena sin los recursos suficientes para una campaña formal, aceptó gustoso la conferencia, mientras que exteriormente manifestaba hacerlo persuadido de que renunciaba por humanidad a la victoria.

Con tal disposición de ánimo por ambas partes beligerantes, el arreglo de la paz no fue largo ni difícil. El jefe del Gobierno impuso por condición el pago de los gastos de guerra con una cantidad de animales vacunos que los indios se comprometían a entregar en un termino dado; la completa obediencia a las autoridades de la República, para lo cual se colocarían en las diversas tribus sublevadas capitanes de amigos con resta del Estado, y por fin, en prenda de cumplimiento, quedarían en rehenes el mismo Cayo y los hijos mayores de los demás caciques presentes a la conferencia.

Terminados estos arreglos, el jefe se apresuró a contramarchar hacía Los Ángeles, llevándose los rehenes pactados y al prisionero caudillo de los araucanos, acerca del cual no había admitido las condiciones que Cayo había propuesto para alcanzar su libertad.

Como dijimos ante, Peuquilén había regresado al campamento de los chilenos después de hablar con Mariano Tudela. Sus relaciones con este joven le habían conquistado la confianza de los oficiales y tropa de la División, de modo que Peuquilén gozaba de entera libertad entre sus naturales enemigos.

El último acontecimiento que ponía fin a la campaña había desbaratado sus planes de venganza y las probabilidades con que contaba de ganar una fuerte suma con la cabeza de Mariluán, a quién había jurado un odio implacable desde la escena del huerto en casa de Mariano Tudela. La codicia que domina principalmente entre las razas salvajes velaba en el alma de Peuquilén y no le dejaba renunciar a sus planes de venganza y de lucro, a pesar del contratiempo que le ocurría con la prisión de Mariluán. Meditando el modo de llevarlos a efecto, siguió la marcha de la división y se acercó varias veces a Mariluán, haciéndole signos de inteligencia cuando los soldados no le observaban.

Mariluán, que le había casi olvidado con los sucesos de los últimos días, vió un rayo de luz para su esperanza con la presencia de Peuquilén. A medida que las horas transcurrían y que la imaginación de Mariluán se acostumbraba a la idea de verse separado de Rosa, sus ideas volvían a su primera preocupación, con la porfía de todo el que ha consagrado sus desvelos al culto de una idea: de modo que, cuando al anochecer, la división acampaba a poca distancia de la ribera Norte del Bío-Bío, Mariluán sólo pensaba en la fuga y en encender nuevamente la guerra, a fin de vengar las onerosas condiciones con que por falta de su apoyo, lo araucanos habían ajustado la paz.

Una circunstancia favorecía esta esperanza de Mariluán: su popularidad entre la tropa del regimiento a que había pertenecido y el amor que muchos de los soldados le profesaban. Mariluán vió que no se engañaba al contar con esa popularidad, porque durante la marcha, el piquete encargado de custodiarle le dio muestras de adhesión y respeto, indicándole el sargento que mandaba la partida que deseaba cumplir con su deber, sin faltarle a ninguno de los miramientos a que su pasada conducta con la tropa le hacía acreedor.

Poco antes de llegar al punto elegido por el jefe de la división para pernoctar, acercóse Peuquilén a la partida que custodiaba a Mariluán, y entabló poco a poco conversación con él. Mariluán principió reconviniendo a Peuquilén por su comportamiento en la noche del asalto dado a casa de doña Andrea Ramillo; pero el indio, lejos de desconcertarse, encontró varios argumentos para probar que se había conducido con lealtad y que su objeto al arrebatar a Rosa de la casa había sido servir a los intereses de Mariluán, sacando a la joven mientras que él se apoderaba del hermano que podía frustrara el intento que les llevaba, oponiendo una seria resistencia con sus armas. A los cargos que Mariluán le hizo por no haberse reunido a los suyos en los días de combate, Peuquilén contestó que, sorprendido en su marcha por la división de Españoles, le había sido preciso fingirse enemigo de Mariluán, diciendo que pertenecía a una tribu amiga del Gobierno de Chile.

Tanto estas explicaciones dadas por Peuquilén con maestría y sagacidad, cuando el deseo de recobrar la libertad, que dominaba a Mariluán. Le hicieron confiar de nuevo en Peuquilén, que con maña le habló de las razones que los parlamentarios de los indios, incluso Cayo había tenido presentes para proponer el convenio ajustado. Como se sabe, la principal de esas razones había sido la falta de un jefe que, como Mariluán, reuniese a su valor y conocimientos militares la cualidad de imponer igual respeto a los caciques que no podían suponerle intereses personales, desde que reconocía a su hermano Cayo el derecho correspondía a Mariluán. A fin de avivar los deseos que éste expresaba sin rebozo de tentar una evasión para reparar los males que su juicio había ocasionado su determinación de entregares a sus adversarios, Peuquilén exageró las probabilidades de éxito que tendría una nueva guerra, a la que seducidos por la fama del caudillo, acudirían de todas partes de la Araucanía numerosas huestes de auxiliares.

Animados pues por esta conversación que tanto lisonjeaba sus deseos, y llevado por la impetuosidad natural de su carácter, Mariluán decidió hacer su tentativa de fuga en aquella misma noche; para lo cual se ofreció a ayudarle Peuquilén trayendo a inmediaciones del campamento un caballo en que Mariluán se pondría muy luego a salvo de toda persecución, reuniéndose a los guerreros que aún no debían deberse alejado de las casas de Cayo.

Consolado Mariluán con este nuevo propósito, vió con agradable sorpresa, al acampar la división, que del piquete de tropa que en el camino le había custodiado, se mandaba separa la mayor parte, dejando sólo un sargento y seis soldados para guardarle.

No era una simple casualidad esta medida que tan lisonjeramente halagaba las nuevas esperanzas de Mariluán. En ella tenía parte la intención directa del jefe que comandaba la expedición. Este había comprendido las causas que habían determinado a Mariluán a entregarse en su poder y después de sus promesas a Rosa, veía lo delicado de su posición, al reflexionar en la inflexibilidad de las leyes militares por las que debía se juzgado el prisionero como oficial desertor y como jefe de la rebelión indígena. A esta consideración se agregaba el aprecio que tenía a Mariluán por su valor y relevantes prendas personales, de manera que a medida que temía por la suerte de éste cuando fuera sometido a un consejo de guerra, conocía las dificultades que se oponían al cumplimiento de las promesas que había hecho a Rosa para decidirla a separarse resignada de su amante.

De estas reflexiones surgió naturales en su espíritu el deseo de que Mariluán se sustrajese por medio de la fuga a la suerte que le amenazaba en su poder y con esta mira dio por pretexto la necesidad de resguardar debidamente el campamento, para disminuir la fuerza del piquete que custodiaba a Mariluán. Ninguna sospecha podía recaer sobre él por esta medida, desde que el prisionero había venido a entregarse voluntariamente, por lo cual todos suponían que el hacerle custodiar era una simple formalidad militar, a la cual no podía sacrificarse la seguridad del campamento, a cuyas inmediaciones aconsejaba la prudencia apostar partidas avanzadas, con el fin de evitar las sorpresas que acostumbraban hacer los araucanos a las fuerzas que se internan en su territorio.

Esperando que Mariluán únicamente comprendiese sus intenciones y supiese aprovecharse de ella, se retiró el comandante a su puesto para pasar la noche, en circunstancias que Peuquilén iba en busca del caballo que había ofrecido a Mariluán y que éste, despreciando los peligros que podían amenazarle, esperaba con impaciencia la hora en que la tropa durmiese profundamente para efectuar sus fuga; Viéndose de antemano al frente de una nueva campaña cuyos resultados doraba el reflejo de sus ilusiones generosas, iluminando la regeneración de su raza, y contemplando su felicidad al lado de Rosa que premiaría con su amor y su constancia el noble desinterés de sus esfuerzos.

XIX

A los rayos del sol que se ocultaba en el ocaso sucedió la luz de los fuegos del campamento. Las llamas que se levantaban rectas hacia el cielo iluminaban los rostros de la tropa agrupada en derredor de las fogatas.

La idea de la paz recién ajustada y la de volver al seno familiar después de escapar a los peligros de la campaña, enviaban también sus reflejos de la alegría al semblante de los soldados, que, al amor de la lumbre, se referían las escenas recientes o recordaban los hechos de pasadas excursiones al suelo araucano.

Los oficiales, reunidos en un grupo aparte, celebraban también el próximo regreso a Los Ángeles, formando alegres proyectos de combates harto más gratos al corazón que aquellos en que acababan de dar nuevas muestras del valor que siempre ha distinguido al ejército. Chileno.

También, como era natural, hablaron de Mariluán.

—En su lugar —dijo uno de los oficiales—, yo me habría ido con la muchacha a cualquiera parte menos a esta tierra de salvajes.

—Y a mí —añadió otro— primero me costaban las orejas que entregar a la chica.

—Hablas como hablaría un perro de presa que tuviese el don de la palabra, exclamó sonriéndose el alférez Valero, contestando a este último.

Una carcajada general acogió a esta contestación, mientras que Valero golpeaba con cariño el hombro del oficial a quien había respondido de ese modo. Este oficial era uno de los que iban a servir de testigo a Mariluán. En su duelo con Mariano Tudela.

Juan Valero continuó:

—Mariluán cortó la dificultad en que se hallaba por uno de esos rasgos de heroísmo que le son propios. Rosa le sacrificaba su honor y tal vez su vida: él decidió comprar con la suya la tranquilidad de Rosa. Entregándose prisionero, la obligó a volver al lado de su familia de donde conoció demasiado tarde que no debió haberla sacado.

—Lo peor del caso —dijo el que había hablado antes que Valero— es que corre mucho riesgo de ser fusilado. ¡Pobre Mariluán!

Algunos momentos de silencio siguieron a estas palabras. Una botella de aguardiente que pasó de mano en mano pareció preocupar la imaginación de los oficiales durante ese silencio. El que lo interrumpió fue hablando de un asunto distinto del que les ocupaba y, en la nueva conversación, se abstuvieron de tomar parte Valero y el oficial que había compadecido la suerte de Mariluán.

El alférez le dijo al oído cuando los demás estaban distraídos en su conversación.

—Mariluán será fusilado si no tiene amigos capaces de servirle en la desgracia.

—Yo soy su amigo y le serviré en lo que mi honra me lo permita —contestó el oficial.

—Tengo un proyecto —repuso Valero—, y si ustedes se ofrecen a secundarme, podré más fácilmente llevarlo a cabo.

—¿Qué proyecto?

—El de hacer fugarse a Mariluán con tal que nos dé su palabra de honor de no volver a tomar parte en la guerra de los indios.

—Me parece bien.

—Creo que es lo único que razonablemente puede exigírsele —añadió Valero.

Los dos se separaron del grupo de los oficiales so pretexto de pasar revista al campamento. Visitando los diversos puestos que ocupaba la tropa, llegaron al punto en que se hallaba lo que servía de custodia a Mariluán.

El joven se había recostado sobre una gruesa manta extendida sobre el suelo y miraba las estrellas absorto en una profunda meditación.

El sargento y los hombres que le guardaban habían hecho, como el resto del ejercito, una fogata, a cuyo derredor se encontraban sentados preparando el rancho de la noche.

Los dos oficiales dirigieron algunas palabras cariñosas a Mariluán que se había puesto de pie para recibirlos.

—¿Qué hacías? —le preguntó Valero.

—Para distraerme estaba contando las estrellas —contestó sonriendo Mariluán.

—Y siempre te salía una de menos, ¿no es verdad? —replicó Valero.

—¿Por qué? —preguntó Mariluán sin comprenderle.

—Porque falta Rosa —contestó el alférez.

—¡Pobre Rosa! —murmuró con tristeza Mariluán.

Siguióse un momento de silencio.

Venimos a hablarte de un asunto muy serio —dijo Valero bajando un poco la voz.

—Ustedes saben —contestó Mariluán— que soy serio cuando es preciso. ¿De qué se trata?

—Queremos salvarte —le dijo el oficial que acompañaba a Juan Valero.

—La oferta no sólo me parece seria sino muy agradable —dijo Mariluán—; les doy a ustedes las gracias por tan generoso deseo.

—No te apresures tanto —exclamó el alférez—, porque tenemos algunas condiciones que proponerte.

—¿Condiciones? —dijo Mariluán—, no las adivino.

—Se reduce a lo siguiente —prosiguió Valero—: nos hemos comprometido a contribuir a tu fuga en cuanto podamos, si tú te comprometes bajo tu palabra de honor a no volver a tomar parte en la guerra de los indios en contra el gobierno.

—Después de lo que he hablado contigo —dijo Mariluán al alférez—, no comprendo que me propongas la libertad a ese precio.

—Si no lo hiciera, creería faltar a mi deber —repuso Juan—: yo bien puedo servir a un amigo como tú, exponiéndome a perder mi empleo y a ser castigado severamente; pero no consentiría en poner las armas en la mano a un enemigo de mi causa.

—¿Habrías aceptado cuando eras mi prisionero una condición semejante? —preguntó Mariluán.

—No —respondió Valero.

—Pues yo tampoco puedo aceptar lo que me propones: la causa de los araucanos es la mía.

—Es decir que persistes en sacrificarte por ellos —exclamó el otro oficial.

—Me lo he jurado a mí mismo —dijo con firmeza Mariluán.

—Tú conoces las leyes militares —observó Juan— y no ignoras que un consejo de guerra te debe condenar a ser pasado por las armas.

—Seré pasado por las armas; pero no pasaré por la de honra de faltar a mi conciencia —exclamó Mariluán con el acento de una orgullosa convicción.

—No te creía tan porfiado, Mariluán —dijo el alférez con acento de triste reconvención.

—No tan loco te creía yo —añadió su compañero—. ¡Sacrificarse por los indios!

—¡Ustedes olvidan que soy indio también! —replicó Mariluán con viveza.

—¡Indio civilizado y que vale más que muchos chilenos! —dijo el compañero del alférez.

—¿Y por qué los demás de mi raza no han de poder civilizarse como yo? —repuso Mariluán.

Valero y su amigo bajaron la vista. Los ojos de Mariluán brillaban con un fuego extraño. Hubiérasele creído inspirado.

—Ustedes no me han comprendido ni me comprenden —prosiguió—. ¿Creen acaso que poniéndome a la cabeza de los araucanos he tenido la loca pretensión de conquistar a Chile? Ustedes conocen mi corazón; ¿se figuran que encendí la guerra por ver matarse a hermanos con hermanos? Y, sin embargo, la explicación de mi conducta es muy sencilla. Soy araucano, y no puedo mirar indiferente lo que sufren los araucanos: poner fin a esos sufrimientos, colocando a los indios en situación de hacerse oír del gobierno, he aquí mi ambición. Mas no podrán obtener la reparación y la justicia que merecen si no se presentan fuertes y terribles. Con el fuerte se trata y al débil se le oprime. Yo he querido salvarlos de esa opresión y que se les mire como a hermanos y no como a un pueblo enemigo del cual se pueden sacar esclavos, despojándole de sus tierras. A este fin he consagrado mi vida y por esa idea moriré: la creo noble, la creo santa. ¿No he peleado ya bastante por el triunfo de tal o cual mandatario? ¡Pues bien, yo quiero pelear por la felicidad de los que son mis hermanos!

—Te olvidas que ya no puedes hacerlo —díjole el oficial que acompañaba a Valero.

Mariluán les miró un momento como vacilando ante lo que iba a contestar. Luego les dijo en voz baja:

—Ustedes han venido a darme una prueba de amistad que les agradezco en el alma. Para corresponderles en algo, quiero ser franco con ustedes y comunicarles el plan que tengo entre manos. Me pienso fugar esta misma noche.

—Si te descubren te fusilan —exclamo Valero.

—Si no corriese ningún riesgo, ¿qué mérito tendría el rehusar la oferta de ustedes? —replicó Mariluán—. Prométanme ustedes que nada harán para impedírmelo: es todo lo que necesito.

—En cuanto a eso no tenga cuidado —dijo Juan Valero.

—Nos quedaremos como si nada supiésemos —añadió el otro.

—No esperaba menos de la amistad de ustedes —repuso Mariluán—. Les advertiré también que ninguno de la división es cómplice de mi plan: yo solo soy responsable de todo.

—Es decir que en caso de conseguir tu objeto, vuelves a ser nuestro enemigo —dijo el compañero del alférez.

—Mi destino me colocará en filas contrarias a las de ustedes —contesto Mariluán—; pero jamás seré enemigo de mis leales compañeros de armas.

—Y si consigues salir de aquí, ¿qué piensas hacer? —preguntó Valero.

—Reunir a los caciques, cambiar las condiciones onerosas de la paz que por culpa mía se han visto obligados a proponer y tratar entonces de modo que se tengan en cuenta los derechos de los araucanos. Que se les devuelvan las tierras que se les han arrebatado por engaños y fraudes, que se les restituyan los prisioneros, que se reglamenten los contratos entre españoles y araucanos, dando a estos las garantías de que carecen: en una palabra, que se les asegure el amparo de las leyes a que todo ciudadano chileno tiene derecho, y ellos ofrecerán por su parte las garantías que se les pidan.

—En fin —dijo el alférez, como desalentado por el entusiasmo con que Mariluán hablaba de su idea favorita—, haz lo que te parezca; por mi parte, te he advertido ya los peligros que corres.

—Que importan los peligros —exclamó Mariluán—; la vida del hombre, a mi juicio, vale más sacrificándose a una idea generosa y grande, que reservándose para llegar a la muerte después de una serie de días estériles y de satisfacciones egoístas. Yo nací araucano y es justo que me consagre al engrandecimiento de mi raza. Los que han asombrado al mundo con su valor son susceptibles de engrandecerse y concurrir a la felicidad del país en general. Este convencimiento ha dirigido siempre mis reflexiones y dirigirá mi brazo en el combate: que triunfe o que fracase, nadie me impondrá la idea de que un pueblo tan noble para defender su independencia es sólo una raza de salvajes incapaces de perfeccionamiento moral.

—De todas maneras —dijo Valero con cierta melancolía—, lo que yo veo de más próximo es tu sacrificio.

—Aun cuando muera sin realizar mis planes —replicó Mariluán— no creo que mi sangre será estéril: ella fecundará una idea grande y yo habré cumplido con mi deber.

En este instante reinaba ya un profundo silencio en el campamento. Los fuegos se habían apagado poco a poco; las conversaciones habían languidecido, y dominando el cansancio sobre la emoción de los espíritus, el sueño empezaba a apoderarse de la tropa.

El oficial que acompañaba a Valero hizo notar esta circunstancia al alférez.

Juan pasó la mano a Mariluán, dominado por una visible emoción.

—¿Hasta cuándo? —le dijo—, ni tú ni yo lo sabemos. Acaso sea ésta una despedida eterna.

—Tienes razón —contestóle igualmente conmovido Mariluán—, y tus palabras me hacen recordar que no debo despreciar esta feliz casualidad de llevar un recuerdo a Rosa.

—A propósito, ¿qué le diré? —preguntó Valero.

Mariluán se sacó un anillo que llevaba en el índice de la mano izquierda y lo pasó al alférez.

—Le dirás que nunca la olvidaré —le dijo— y que mi primera ambición será volar a su lado cuando haya cumplido mi deber. Ruégale que me perdone, si muero, por haber consagrado a otra causa una vida que en parte le pertenece; pero dile que siempre seré digno de su amor.

Para hacer esta última recomendación, Mariluán se había separado con Valero algunos pasos del otro oficial. Pronunció aquellas palabras con sencillez, sin afectada melancolía, como el hombre que cree natural al cumplimiento de los más penosos deberes. Pero, a pesar de la naturalidad de su tono, Juan Valero sintió temblar entre sus manos las de Mariluán.

El silencio de la noche dio mayor solemnidad a la despedida, en la que aquellos jóvenes, acostumbrados a los azares de la guerra, se sentían dominados por el presentimiento de una eterna separación. Por esto fue que se abrazaron con fraternal cariño, y mientras Mariluán esperaba la hora oportuna de poner en práctica su tentativa de evasión, el alegre alférez, dominado por ese presentimiento, daba un profundo suspiro, pensando, al dormirse, en la suerte de su amigo.

XX

Algunos momentos después de la despedida de los tres oficiales, reinaba en el campamento un profundo silencio.

Con la extinción de las fogatas pareció haber aumentado en el punto que ocupaba la tropa la claridad de la noche. Mariluán hizo esta observación al tender su vista en derredor y al divisar a los centinelas que se paseaban a distancia del lugar en que él se hallaba, decidido a llevar adelante su plan, esperó con paciencia un segundo relevo de centinela, pues sabía que los entrantes a quienes se habría arrancado del sueño para cumplir su facción se dejarían vencer del cansancio con más facilidad que los salientes.

En esta expectativa transcurrió una hora. Al cabo de este tiempo, los ronquidos de la tropa que le custodiaba le anunciaron que podía salir sin dificultad.

Púsose de pie con gran cautela y permaneció inmóvil en esa actitud durante algunos momentos. Desde su puesto observó que los centinelas no se paseaban ya. Esta observación le alentó para dirigirse al lugar en que Peuquilén debía esperarle con caballos, y se adelantó envuelto en su manta, tratando de ahogar el ruido de sus pasos.

A poca distancia de la línea ocupada por los centinelas, vió Mariluán a uno de ellos sentados con el fusil entre las piernas y al parecer dormido. Adelantándose algunos pasos divisó no lejos a otro en la misma actitud. La distancia no le permitía ver al que de este último seguía, y confiado en que durmiese también, avanzó con paso resuelto y salvó la línea guardada por los centinelas. Mas a pocos pasos oyó la voz de «¿quién vive?» dada por uno de ellos, y repetida por el que tenía más próximo. Al oír esa voz, lejos de intimidarse ni detenerse, Mariluán se puso a correr y oyó en ese instante una detonación de fusil, a la que siguió otra inmediatamente.

Gracias a la oscuridad de la noche, las balas habían pasado a gran distancia de Mariluán, que vió que para salvarse necesitaba de toda la velocidad de sus piernas. Redobló por consiguiente la carrera y en pocos momentos llegó al lugar convenido con Peuquilén.

Este le esperaba con dos caballos.

De un salto, Mariluán subió a uno de ellos, tomó una soga de crin que servía de riendas y emprendió la carrera, seguido de Peuquilén que había saltado sobre el otro caballo.

Al tiempo de emprender la marcha oyeron las voces de alarma del campamento. Despertaba la tropa por los dos tiros que los centinelas habían tirado a Mariluán, apoderábase medio dormida de las armas y se agrupaba alrededor de sus jefes.

Mariluán y Peuquilén, entretanto, corrieron a galope tendido durante algunos minutos por el camino que conducía a las posesiones de Cayo. A pesar de lo práctico de Peuquilén en aquellas localidades, la dudosa claridad de las estrellas no permitía a los dos fugitivos acelerar la marcha a medida del deseo. Un tronco de árbol arrojado al través del camino o algún estrecho desfiladero eran obstáculo bastante serio para impedirles al galope y obligarles a caminare al paso o al trote, según las circunstancia.

Empeñábase tanto Mariluán en acelerar la marcha porque conocía el arrojo de los soldados que pertenecían al regimiento en que había servido, y sabía que les perseguirían con tesón si se les daba orden para ello.

Al cabo de un cuarto de hora de marcha, Mariluán y Peuquilén se detuvieron a conferenciar. Según sus reflexiones, más convenía abandonar los caballos y dirigirse a la casa de Cato, por senderos extraviados, a fin de ponerse a cubierto de la persecución de la tropa de la caballería que creyeron sería enviada en su seguimiento.

Una circunstancia contribuyo también poderosamente en el ánimo de Mariluán para adoptar esta determinación: había perdida ya la costumbre de montar en pelo a caballo, de modo que con lo andado ya, sentía que el resto de la marcha le sería penoso.

Ambos echaron pie a tierra, en consecuencia del nuevo plan de marcha, y después de tirar los caballos por las riendas hasta alejarlos convenientemente del camino, se perdieron entre los matorrales con la agilidad reposada del zorro que sabe siempre correr o detenerse a tiempo cuando es perseguido.

Precipitando el paso a medida que el terreno lo permitía, acortándolo cuando atravesaban por espesos matorrales y deteniéndose para observar si algún ruido indicaba la proximidad de los perseguidores, Mariluán y Peuquilén hablaban poco, y parecían cada cual ocupado de sus particulares reflexiones. Al cabo de una hora de esta marcha que la desigualdad del piso y la falta de luz hacían sumamente fatigosa, Mariluán, que caminaba adelante, se detuvo como para tomar aliento. En ese instante, y mientras dirigía la vista como para reconocer el camino que debía seguir, Peuquilén descubrió la mano derecha armada de un puñal que sacó de su cintura, y antes que Mariluán hubiese vuelto la cabeza, se arrojo sobre él, asestándole un fuerte golpe en la espalda.

La fuerza del golpe hizo penetrar el puñal en el pulmón izquierdo de Mariluán, que al darse vuelta recibió un nuevo golpe que le arrojó en tierra.

Ni un solo grito, ni una sola exclamación fue lanzada por el infeliz caudillo de los araucanos.

Hizo sólo un movimiento para arrojarse sobre su agresor, y extendiendo los brazos hacía adelante, cayó de espaldas, arrojando torrentes de sangre por las dos heridas que acababa de recibir.

Peuquilén, con los ojos fijos en su víctima, se retiro algunos pasos, cual si hubiese temido que aquel hombre desarmado y moribundo pudiese luchar con él en su agonía.

Mariluán se revolcó en el suelo durante algunos momentos, hizo nuevos esfuerzos para levantarse, y lanzando un rugido de despecho, exhaló el último aliento con la vista fija en su asesino que permanecía inmóvil delante de él y pronto a acometerle de nuevo si daba señales de poder incorporarse.

Todo quedó después en el más lúgubre y profundo silencio. Sólo se oía junto al cadáver de Mariluán la agitada respiración de Peuquilén, que le contempló durante algunos minutos sin hacer un movimiento, como dominando la agitación en que su horrible crimen le había dejado.

Convencido al fin, por la completa inmovilidad de Mariluán, que ya no corría ningún peligro en acercarse, llegó hasta el cadáver adelantándose con cautela, le tomó del cabello y con su afilado puñal separo la cabeza del tronco.

Durante esta atroz operación, los ojos de Peuquilén brillaban con los sombríos resplandores de la venganza satisfecha. El temor que le inspiraba Mariluán había desaparecido. A la escasa luz de las estrellas contempló el rostro pálido de su víctima y sus facciones se iluminaron con una salvaje alegría: para él, la cabeza de Mariluán representaba la satisfacción del rencor y el pago ofrecido al asesino por las autoridades chilenas. La helada sombra del remordimiento no oscureció por un solo instante la expresión de salvaje crueldad con que Peuquilén sostenía de los cabellos la ensangrentada cabeza de Mariluán.

Tal es el trágico fin que ha conservado la crónica del generoso descendiente de los héroes inmortalizados por la epopeya. El sol fecundo de la civilización había hecho germinar en el pecho de Mariluán la simiente de una noble esperanza: quería regenerar a su raza por medio del trabajo y de la honradez. A este elevado fin consagró sus pensamientos y su vida. Su fe sincera en la justicia de su causa la hallaba en la convicción que le asistía de que el pueblo que posee tan incontrastable amor a la independencia y a la libertad, no podía dejar de poseer también dotes intelectuales relevantes y fáciles de cultivar.

En medio de los vicios adquiridos por los araucanos en una lucha de más de tres siglos contra enemigo que siempre enarbolaban la bandera de la opresión y del despojo, Mariluán divisaba a la raza primitiva de sus mayores, rindiendo a la muerte los heroicos pechos antes que doblar el cuello a la esclavitud que les amenazaba. Esta reflexión, madurada por el estudio y el amor a las grandes acciones, hizo revivir en sus venas la sangre de Lautaro, y en su pecho nacer el entusiasmo por la fraternidad con los antiguos enemigos, después de conquistar la igualdad de derechos para sus hermanos oprimidos. Mientras consumaba Peuquilén su bárbara venganza, la división del Gobierno dejaba el campamento y seguía su marcha hacía Los Ángeles. Mariluán se había engañado creyendo que le perseguirían, pues el jefe de la expedición celebró su fuga con íntima alegría y renunció a perseguirle. Satisfecho de haber asegurado la paz y conseguido garantías para el reembolso de los gastos de guerra, dio la orden de seguir la marcha, llevándose los rehenes que los araucanos puesto en su poder.

Una carta escrita por el alférez Juan Valero a un amigo de Santiago que le pedía noticias de Mariluán y de los acontecimientos de la frontera, completará la relación de los hechos que ponen fin a la presente historia. En esa carta relata el alférez algunos de los sucesos que dejamos referidos y después de dar cuenta de su llegada a Los Ángeles, continúa:


«Apenas me vi libre del cuartel, mi primer cuidado fue dirigirme a cumplir el encargo que me hizo Mariluán, al despedirse, poco antes de su fuga del campamento. Para esto me fui a casa de doña Andrea Ramillo, que me recibió cordialmente. Su hijo había hablado de mí muy favorablemente, pues creía que yo había aconsejado a Mariluán el paso que había dado para entregar a Rosa. Pocos momentos después de mi entrada a la casa, apareció Rosa en la pieza en que su madre me había recibido. Estaba vestida de negro y muy pálida. Al saludarme, me dirigió una triste mirada llena de inquietud y se sentó junto a mí sin hablar una palabra y sin quitarme la vista. No necesitaba yo de gran penetración para conocer que la pobre niña esperaba noticias de Mariluán, en una mortal inquietud, y como había ofrecido a mi amigo entregar a Rosa el anillo que me había dado para ella, me decidí a entrar en explicaciones, hablando con franqueza del objeto de mi visita.

»Para esto me dirigí primeramente a doña Andrea y le di cuenta de la noble conducta de mi amigo para con su hija, conducta que yo pude observar mientras fui prisionero de Mariluán, añadiendo que no dudaba que pudiesen encontrar para marido de Rosa muchos hombres más ricos; pero que era imposible hallar una más desinteresado ni más digno de su corazón. Luego me dirigí a Rosa diciéndole: “Mariluán, señorita, se fugo anoche de nuestro campamento”.

»Un rayo de alegría iluminó su semblante al oír estas palabras. La misma expresión de amor profundo con que la había vista despedirse de Mariluán cubrió su rostro, y sus ojos, fatigados por el llanto, me miraron con un agradecimiento que no puede pintarse. Entonces le entregue el anillo de Mariluán que ella apretó convulsivamente entre sus manos, mientras que sus ojos se arrastraron en lágrimas que corrieron por sus mejillas descoloridas. Pero muy luego esa luz de alegría se borró de su semblante, y enjugándose las lágrimas, me preguntó: “¿Y no dijo cuando volvería?”.

»Iba yo a contestar que Mariluán deseaba con ardor volver a su lado y hacerse perdonar de su madre, cuando oímos un gran ruido de voces en la calle y vimos atravesar delante de la puerta a mucha gente que corría hacía el norte. Sin darnos cuenta de lo que hacíamos, los tres salimos a la puerta de calle y divisamos a poca distancia, avanzando en la dirección en que estábamos, un grupo de gentes que daba voces y se atropellaba en su carrera. Pronto se hallaron muy cerca de nosotros y entonces se alzó del medio de un largo palo con una cabeza clavada en la punta. Rosa dio un agudo grito y cayó de espaldas: había reconocido la cabeza de Mariluán al mismo tiempo que yo.

»Por atender a Rosa, que alcancé felizmente a sujetar antes que cayese, no pude distinguir a la persona que llevaba la cabeza de mi amigo y que parecía haberla levantado intencionalmente, al tiempo de pasar delante de nosotros. El tumulto siguió corriendo con dirección al cuartel y yo conduje a Rosa desmayada a la pieza de que acabábamos de salir. Pintarte el dolor y la sorpresa que todo aquello me había causado sería imposible: las ideas se confundían en mi cabeza y, después de dejar a Rosa sobre un sofá, rodeada de su madre y de las sirvientes de la casa, me quede algunos instantes como el que en una pesadilla hace esfuerzos inútiles para correr. Deseaba salir de la casa y no podía. Por fin, la idea de vengar a Mariluán vino a dar un impulso a mi voluntad y salí corriendo hacia el cuartel, adonde había visto dirigirse el grupo de gentes hacía un momento.

»Difícil me fue penetrar al través de la multitud de hombres, de mujeres y niños apiñados a la puerta del cuartel: todos querían entrar a despecho del centinela que los amenazaba con la culata de su cabina. Por fin, no pudiendo abrirme paso y persuadirlo por la curiosidad que observaba en todos de que el conductor de la cabeza de Mariluán se hallaba en el interior, saqué mi espada y amenace con la voz a los que me cerraban el camino. Gracias a esto la multitud se apartó dejándome libre el paso.

»Como te dije, la idea de vengar a Mariluán, a quien justamente suponía yo asesinado, fue lo que me conducía al cuartel. Dominado por esa idea entré con espada en mano y dirigí ansioso la vista en busca del que conducía la cabeza; pero el patio estaba casi desierto. He aquí lo que había sucedido. Peuquilén, un indio que nos había acompañado en la expedición, era el que conducía en una pica la cabeza de Mariluán. Entró pidiendo la gratificación que antes se había ofrecido al que entregase esa cabeza y se hallaba en el medio del patio, esperando la llegada del comandante a quien habían ido a buscar, cuando se arrojó sobre él Cayo, el hermano de Mariluán, con un puñal y dando feroces alaridos. Antes que nadie hubiese podido sujetarle, Peuquilén cayó con el corazón atravesado por el puñal de Cayo, que vengó así a su infeliz hermano. Se presume que ese indio malvado facilitó a Mariluán los medios de fugarse y le asesinó para recibir el precio de su cabeza.

»Yo recogí la cabeza de mi amigo y mandé hacer un cajón para enterrarla con su cuerpo que me prometí salir a buscar, para lo cual obtuve un permiso del comandante. Una hora antes de salir volví a casa de Rosa. La encontré delirando y en un lamentable estado de desesperación. Sus lamentos y les suplicas que hacía para que la dejaran volver al lado de Mariluán, destrozaban el corazón. Con las lágrimas en los ojos salí de allí y me interne en la tierra con una escolta, en busca del cadáver del desgraciado Mariluán que encontré al día siguiente y conduje a Los Ángeles, en cuyo panteón lo hice enterrar.

»Todos los días voy a informarme de la salud de Rosa. Al tercero cesó el delirio y desde entonces vive sentada en una silla, sin mirar a nadie, sin hablar una sola palabra y dirigiendo de cuando en cuando la vista hacía la calle. A la hora en que vió la cabeza de Mariluán, un gran estremecimiento sacude su cuerpo, da un grito agudo y permanece delirando dos o tres horas; después, cae en el abatimiento profundo de antes. En estos diez días transcurridos desde la hora fatal en que salimos juntos a la puerta de calle, su persona ha sufrido una completa transformación: parece un cadáver y es muy de temer que no sobreviva mucho tiempo al peso de su dolor».


Publicado el 11 de abril de 2022 por Edu Robsy.
Leído 7 veces.