Un Gil Blas en California

Alejandro Dumas


Novela



Tomo I

Introducción

Mi querido editor:

Seguro estoy de qué os sorprenderá grandemente, cuando hayáis leído estas líneas, encontrar a su final la firma de un hombre que, según sabéis, si bien escribe muchos libros, es el menos aficionado a escribir cartas que puede encontrarse en todo el mundo.

Vuestra extrañeza cesará, sin embargo, y veréis explicado este fenómeno cuando fijéis la vista en el volumen que acompaña a la carta y que se titula: Un año en las orillas del Sacramento y del San Joaquín.

Pero, —me diréis indudablemente, —¿cómo puede ser que vos, a quien he visto hace ocho días en París, hayáis podido en tan corto espacio de tiempo realizar un viaje a California, permanecer un año en aquellas lejanas comarcas y regresar a Europa?

Tened la bondad de leer, mi querido amigo, y todo lo veréis explicado.

Me conocéis bastante, y sabéis, por consiguiente, que no hay en la tierra un hombre más aventurero y al mismo tiempo más sedentario que yo. Con la misma facilidad abandono a París para emprender un viaje de tres o cuatro mil leguas, que me encierro en mi casa para escribir ciento o ciento cincuenta volúmenes.

Por extraordinario, sin embargo, el 11 de julio último tomé la resolución, algo extraña en mí, lo confieso, de ir a pasar dos o tres días en Enghien. No creáis que me llevaba allí el pensamiento de divertirme, pues semejante idea no había pasado por mi imaginación. Lo que había únicamente era que, deseando consignar en mis memorias un suceso que tuvo lugar en Enghien hace veintidós años, tenía necesidad de visitar, a fin de no incurrir en errores, unos sitios que no había vuelto a ver desde aquella época.

Yo sabía perfectamente que se había descubierto una fuente de agua mineral en Enghien, como se ha descubierto después otra en Pierrefons y otra más tarde en Anteuil; pero ignoraba por completo los cambios, o por mejor decir, las mejoras que este descubrimiento había producido en la población, y por consiguiente, que Enghien estaba verdaderamente en camino de ser en el porvenir una ciudad importante, como Ginebra, Zurich o Lucerna, en tanto que empezaba a tornarse en un puerto de mar, como Asnières.

Partí, pues, dirigiéndome a Enghien, en el tren de las once menos cuarto de la noche, y quince minutos después me encontraba ya en la estación, preguntando por el camino que conducía a la villa.

¡Figuraos, mi buen amigo, un parisién, o lo que es con corta diferencia lo mismo, un provinciano que hace veinticinco años que habita en París, y que, sin embargo, preguntó en la estación de Enghien por el camino de Enghien!

Así fue que el empleado a quien dirigí mi pregunta, creyendo sin duda que trataba de burlarme de él, lo que estaba muy lejos de mis intenciones; el empleado, digo, sin dignarse mirarme y con esa política especial y tan conocida que tienen para el público los que del público dependen, se contentó con responderme:

—Llegad hasta el puente y tomad a la derecha.

Le di las gracias, salí de la estación y tomé el camino que me indicaba.

Llegué al puente, miré a la derecha y vi con sorpresa una villa cuya existencia ignoraba por completo.

Aquella población no se parecía en manera alguna a Enghien.

Un extenso estanque, cubierto de juncos y de cañas y lleno de patos, de gansos, de ánades, de pollas y de otras aves acuáticas, con dos o tres casitas sobre una calzada; he aquí a mi Enghien, al Enghien de mis recuerdos, al Enghien que buscaba y que había visto veintidós años antes.

Tomé aquella aglomeración de casas por un falso Enghien, y me puse a buscar el verdadero.

—Llegad hasta el puente y tomad a la derecha, —murmuré repitiendo las palabras del empleado.

A la derecha había un caminejo estrecho, un camino de peatón, un verdadero sendero: aquel camino debía necesariamente conducirme a Enghien.

Sin vacilar me aventuré por él.

Poco después me encontré en un campo cercado por setos y me detuve sorprendido.

En mis ideas, Enghien no podía haber alcanzado aún el rango de una villa; pero tampoco podía haber descendido al nivel de la yerba. Enghien no era Babilonia embellecida por Alejandro; pero tampoco podía ser Cartago destruida por Escipión. No; el arado no había pasado sobre Enghien, ni en su suelo se había sembrado sal, ni habían caído las maldiciones infernales sobre su recinto. Era indudable que me había extraviado y que no estaba en el lugar donde había sido Enghien. Volví sobre mis pasos, que es el gran recurso de los viajeros que han perdido su camino y de los oradores que se pierden en sus discursos; volví sobre mis pasos, y no tardé en encontrar, siempre a la derecha, una especie de puente de tablas que me condujo, no diré a la sombra, porque me quedaría corto, sino a la oscuridad de una calle de árboles, a través de cuyo espeso follaje me pareció ver, hacia mi izquierda, bajo los reflejos de un cielo tempestuoso, el agua sombría del estanque.

Me obstino en llamar estanque al depósito de agua de Enghien, olvidando que, aunque disminuyese en la mitad, aun podría merecer el nombre de lago.

Continuaba ardientemente mi camino, pues desde el momento en que veía el agua no podía estar lejos de Enghien.

Esta proximidad del término de mi viaje me era tanto más agradable cuanto que el agua comenzaba a caer en gotas bastante gruesas y que yo llevaba un traje de verano con zapatos escotados.

Apreté el paso y anduve durante un cuarto de hora, poco más o menos. A pesar de lo vago de mis recuerdos, aquel camino me parecía demasiado largo, y la absoluta ausencia de edificios me desconcertaba por completo. Sin embargo, la presencia del agua a mi izquierda me demostraba que no me había extraviado, y cobrando nuevos ánimos volví a emprender la marcha.

No tardé en encontrar un espacio libre de árboles. Esto era precisamente lo que yo buscaba y entonces empecé a ver claro en la topografía hasta allí tan embrollada de mi viaje.

Había emprendido, sin vacilar, la vuelta alrededor del lago, y partiendo de su extremidad meridional, me encontraba entonces en el lado opuesto, es decir, en la extremidad Norte.

A la otra parte del depósito de agua brillaban dos o tres lucecitas que me indicaron la situación de los edificios que inútilmente había buscado; tanto a la derecha como a la izquierda se elevaban, tan inesperados para mí como esas decoraciones de teatro que aparecen de repente al sonido del pito del maquinista, casas de campo góticas, chalets suizos, villas italianas, parques ingleses, y sobre el lago, ocupando el lugar de los patos, de los gansos y de las pollas de agua, millares de puntos blancos surcaban en todas direcciones la tranquila superficie, reconociendo en ellos, después de algunos minutos de atento examen, magníficos cisnes de flexible cuello y nevado plumaje.

Figuraos, amigo mío, un parisién que hubiese apostado atravesar con los pies desnudos sobre el hielo del grande estanque de las Tullerías, y que estando a la mitad del camino, se detiene, diciendo: ¡A fe mía, que esto está muy frío; quiero mejor perder la apuesta!, y vuelve sobre sus pasos.

Lo mismo quise hacer yo; pero sin saber por qué, vino a mi imaginación el recuerdo de todas las bromas que acerca de mí se habían escrito, porque en 1834 no había podido dar la vuelta en torno del Mediterráneo, y previendo lo que se escribiría si se llegaba a saber que me había sido imposible rodear el lago de Enghien en 1851, volví a ponerme en marcha inmediatamente.

Seguía el camino circular que rodea aquella nueva Venecia, y no podía, por consiguiente, engañarme. Sucedería tal vez que volviese a mi punto de partida; pero para que esto tuviese lugar tenía necesariamente que pasar por delante de todos los edificios construidos sobre la calzada y que, para mí, constituían la sola, la única, la verdadera Enghien.

Al fin, después de un cuarto de hora de marcha, llegué a ese Enghien tan deseado.

Una vez todavía creí que me había perdido, tan poco se parecía aquella población al Enghien de 1827; pero interrogué al conductor de un cochecillo que pasó a mi lado, y por él supe que había llegado al término de mi viaje.

Encontrábame en frente del Hotel de Talma. Esto era, según mis presentimientos, de buen agüero para mí, que tanto había amado y admirado al grande artista.

Llamé a la puerta del Hotel de Talma, que estaba oscuro y silencioso, desde la cueva hasta el granero.

No importaba: tenía tiempo para filosofar.

Hay quien dice que el olvido es una ley general, universal, absoluta. Eso no es verdad: he aquí un hombre, el dueño de este hotel, que se ha acordado de Talma y ha colocado su establecimiento bajo la invocación del insigne artista.

Es verdad que yo hubiera querido mejor ver un monumento grandioso elevado en una de nuestras plazas a la memoria del ilustre trágico que durante treinta años ilustró la escena francesa, que un modesto y prosaico hotel edificado en un villorrio. Pero ¿qué queréis? Me pareció que siempre valía más ver escrito el nombre del célebre actor, veinticinco años después de su muerte, sobre la muestra de un hotel que no verlo en ninguna parte.

Sabéis, mi buen amigo, donde está el de Garrik: en Westminster, enfrente del de un rey, del de Jorge IV.

Y esto es justicia; pues, en verdad, tan rey fue el uno como el otro.

Yo esperaba que se abriese la puerta del hotel de Talma.

Sin embargo, como tardase más de lo conveniente, llamé por segunda vez.

A los pocos momentos rechinó la vidriera de una pequeña ventana y aparecieron en ella un brazo y una cabeza.

Una cabeza desgreñada y perteneciente sin duda alguna a un hombre de mal genio.

Una cabeza de cochero borracho; una cabeza insolente, en fin.

—¿Qué queréis? —preguntó con acento agrio.

—Una habitación, cena y lecho, —respondí.

—El hotel está lleno, —replicó la cabeza.

Y acto seguido desapareció; el brazo tiró de la vidriera, y la ventana se cerró violentamente, en tanto que tras ella la cabeza continuaba gruñendo:

—¡Las once y media de la noche! ¡Bonita hora, en verdad, para venir pidiendo cena y lecho!

—¡Las once y media! —murmuré reflexionando—; ¡me parece, sin embargo, que ésta es precisamente la hora de cenar y de acostarse! En fin, si el hotel de Talma está lleno en otro encontraré una habitación desocupada.

Y me puse resueltamente en busca de un aposento, de una cena y de un lecho, tres cosas de que tenía absoluta necesidad.

No tardé en encontrar un inmenso edificio, del que brotaban raudales de luz, y en el que se oían los acordes de una orquesta.

Me acerqué, y sobre su puerta vi este rótulo en letras de oro: Hotel de los Cuatro Pabellones.

—¡Oh! —pensé; —¡qué el diablo me lleve si en alguno de sus cuatro pabellones no tiene este magnífico hotel una habitación para mí!

Entré sin vacilar: el piso bajo estaba espléndidamente iluminado; pero el resto del edificio permanecía en la oscuridad más profunda.

Busqué una persona a quien dirigir la palabra; pero inútilmente.

Parecía que me hallaba en el palacio de La bella de los bosques, donde todo el mundo duerme; pero en el hotel de los Cuatro Pabellones no había nadie, absolutamente nadie, ni durmiendo ni velando.

Sólo había gentes que bailaban y músicos que hacían bailar.

Aventuréme, sin embargo, por un corredor que debía conducir al salón del baile, y allí encontré un ser, una criatura que se parecía a un criado.

—Amigo mío, —le dije—, ¿podréis proporcionarme una habitación, cena y lecho?

—¿Dónde? —preguntó el criado.

—¡Dónde! Aquí.

—¡Aquí!

—Sin duda; ¿no estoy, acaso, en el hotel de los Cuatro pabellones?

—Sí, señor.

—Y bien, ¿no habrá una habitación…?

—¡Oh! Si señor; habrá más de ciento cincuenta.

—¿Y cuándo?

—Cuando el baile haya concluido.

—¡Ya! Y el baile concluirá…

—¡Oh! En cuanto a eso, señor, no puedo decírselo; pero si queréis bailar…

Este si queréis bailar me pareció tan impertinente como el todo está lleno del hotel de Talma.

Por consecuencia, me retiré, buscando otro albergue.

El único respecto del cual podía conservar esperanzas era el hotel de Enghien; un tabernero que estaba a la puerta de su tienda me lo indicó y llamé; pero esta vez el posadero no quiso tomarse el trabajo de responder.

—¡Ah! —dijo el tabernero asomando la cabeza por la puerta—; esa es la costumbre del tío Bertrand cuando no tiene en el hotel aposentos vacíos. —¡Cómo!— exclamé; —¿no responde?

—¿Y para qué? —repuso el tabernero; —no teniendo habitaciones…

Esta respuesta me pareció tan lógica que no tuve una palabra que replicar.

Dejé caer los brazos a lo largo de las caderas y la cabeza sobre el pecho, completamente desalentado.

—¡Oh! —murmuré con abatimiento—; ¡he aquí lo que nunca hubiera creído! ¡No encontrar un albergue en Enghien!

Después, levantando la frente, pregunté:

—¿Y lo encontraré en Montmorency?

—¡Oh! De seguro.

Y decidme, ¿es aún el tío Leduc quien tiene la hostería del Caballo blanco?

—No, señor; es su hijo.

—Vamos bien, —pensé; —el padre era un posadero chapado a la antigua: el hijo, si ha estudiado en su escuela, como es posible, estará acostumbrado a levantarse a todas las horas de la noche, y sabrá encontrar habitaciones donde no las haya.

Despedíme del tabernero, y a pesar de la lluvia, o mejor dicho, a consecuencia de aquella misma lluvia, cuya violencia aumentaba por momentos, tomé el camino de Montmorency.

Al otro lado de la vía férrea todo permanecía estacionario y en el mismo estado en que lo había conocido veinte años antes. Aquel era, en efecto, el clásico camino que entonces había seguido, atravesando los campos, bajo la sombra de los grupos de nogales, y rodeando el pueblo sobre aquellas encantadoras piedrecillas puntiagudas, que deben haber sido suministradas a la municipalidad por los alquiladores de caballerías, a fin de colocar al viajero en la imposibilidad de hacer el camino a pie.

A primera vista reconocí la pendiente cuesta, el solitario mercado y la hostería del Caballo blanco.

La una y cuarto indicaba en aquel momento el reloj de la villa; era un poco tarde, pero llamé.

¿Debía esperar que me recibiesen bien, cuando dos horas antes me había visto tratado como un vagabundo en el hotel de Talma?

Oí ruido, vi brillar una luz y sonaron pasos en una escalera.

Esta vez nadie me preguntó qué quería, sino que me abrieron la puerta.

Apareció una joven medio desnuda, fresca, guapita y que sonreía, a pesar de haber sido turbada en las dulzura del primer sueño.

Se llamaba Margarita. Hay nombres, mi buen amigo, que permanecen grabados en el corazón.

—¡Ah, señor! —exclamó—; ¡en qué estado llegáis! Tened la bondad de pasar; os secaréis y os mudaréis de ropa.

—En cuanto a entrar y a secarme, —respondí—, acepto con mil amores; respecto a cambiar de ropa…

Y terminé mi respuesta, mostrándole un paquete que desde la estación del ferro carril llevaba bajo el brazo y que contenía una camisa, dos pares de calcetines, un manual cronológico y un tomo de La Revolución por Michelet.

—¡Ah! —replicó la joven—, eso no importa; en casa del tío Leduc encontraréis todo lo que os haga falta.

¡Oh! ¡Santa hospitalidad! ¡Lo que te hace grande, lo que te hace semi-divina, no es el ser ofrecida gratuitamente, sino que te ofrezcan con buen rostro y voz amiga!

¡Oh! ¡Santa hospitalidad! ¡Decididamente habitas en Montmorency, y Rousseau, que no era siempre muy sensato, supo bien lo que se hacía cuando te fue a buscar a la Chevrette! ¡Yo no sé cómo te recibió la vieja marquesa de Épinay, oh sublime autor del Emilio; pero seguro estoy de que, aun conociéndote, no te hizo tan buen recibimiento como el que, sin conocerme, tuvo para mí la hermosa Margarita!

Detrás de Margarita bajó el tío Leduc, que me reconoció al momento.

Entonces la hospitalidad tomó proporciones gigantescas; se me instaló en la habitación más bella de la hostería, en el aposento de la señorita Raquel; Leduc corrió a servirme la cena y Margarita se apresuró a arreglar mi lecho.

Como supondréis, mi buen amigo, me vi obligado a relatar mi historia.

¿Cómo era que me encontraba a la una y cuarto de la madrugada, a pie, calado hasta los huesos y con un paquete bajo el brazo, llamando a la puerta de la hostería del Caballo Blanco, en Montmorency? ¿Había acaso en París una revolución, un 31 de mayo contra los escritores, e iba a pedir la hospitalidad del destierro como Barbaroux o Louvet?

Por fortuna nada de esto existía, y así lo aseguré al tío Leduc.

Díjele que había ido sencillamente a pasar un día o dos en Enghien, y que no habiendo encontrado en aquella población ni un miserable albergue, me había alargado a Montmorency.

El tío Leduc exhaló un suspiro, que encerraba mucha más elocuencia que el célebre tu quoque de César.

Concluí diciendo que no iba a Enghien para distraerme, sino para trabajar.

—Y bien, —respondió el tío Leduc, —trabajaréis en Montmorency en vez de hacerlo en Enghien, y aquí seréis menos importunado.

Había tanta y tan profunda melancolía en estas palabras, que no pude menos de responder para consolar un poco al hotelero:

—Sí; y en vez de permanecer aquí cuarenta y ocho horas, me detendré ocho días.

—¡Oh! —dijo el tío Leduc—; si permanecéis aquí ocho días, trabajaréis en una cosa que está muy lejos de vuestra imaginación.

—¡De veras! ¿Y en qué trabajaré?

—En un viaje a California.

—¿Sí? ¡Vamos, mi buen tío Leduc, sin duda estáis loco!

—Esperad a mañana, y me daréis las gracias.

—Sea, esperaré a mañana; de todos modos, me gusta aprovechar las casualidades. En un día hice un viaje con Dauzats al Egipto, donde no he estado nunca; encontradme un hombre tan espiritual como Dauzats, que llegue de California, y regresaré con él.

—He ahí justamente vuestro asunto; se trata de un mozo que ha llegado ayer y que trae casi hecho su Diario; es un verdadero Gil Blas, que ha sido esportillero, buscador de oro, cazador de gamos y de osos, mozo de fonda, mercader de vino y segundo del buque en que ha regresado de San Francisco por la China, el estrecho de Malaca, el golfo de Bengala y el cabo de Buena Esperanza.

—¡Ah! ¿Y cuándo podré verlo, mi querido tío Leduc?

—Cuando queráis.

—Bien, —respondí—; pero debo advertiros que para mí California es una cosa muy distinta de lo que es para otros.

—¡Ah! ¿Y qué es para vos?

—Eso es demasiado largo para esta noche. Son las dos de la madrugada, me he calentado bien, he cenado mejor, y quiero acostarme: hasta mañana, pues, tío Leduc.

A la mañana siguiente, el tío Leduc me presentó su viajero.

Era un mozo de veintiséis arios, de mirada inteligente, barba negra, expresión simpática y cutis tostado por el sol del Ecuador, que había pasado cuatro veces.

Apenas hube hablado con él por espacio de diez minutos, y ya estaba convencido de que semejante hombre debía haber traído un Diario muy interesante.

En efecto, lo leí de cabo a rabo, y vi que no me había engañado.

Éste es el Diario, que os envío, mi querido editor, algo revisado, muy poco corregido y absolutamente en nada aumentado por mí.

Y ahora, permitidme que os diga lo que no quise decir la otra noche al tío Leduc, a propósito de California, bajo pretexto de que era tarde y estaba demasiado fatigado.

Yo pienso de California lo que el tío Leduc piensa de Enghien, que se agranda y cobra vida, en tanto que Montmorency languidece y sucumbe.

El ferro carril, es decir, la civilización, pasa a cincuenta metros de Enghien y a media legua de Montmorency.

Yo he visto en el Mediodía un pueblecillo llamado Les Baux: en otro tiempo, es decir, hace un siglo, era un alegre nido de hombres, mujeres y niños, situado en la falda de una colina, fértil en frutos, rico en flores, embalsamado por frescas y perfumadas brisas, animado por dulces cantos. El domingo, al rayar el día, decíase la misa en una pequeña y bonita iglesia blanca, con frescos de colores vivos, ante un altar bordado por la señora del lugar y adornado con pequeñas imágenes de madera dorada; por la tarde se bailaba bajo las frondas de los sicomoros, que tendían sus ramas sobre tres generaciones que allí habían nacido, que allí vivían y que allí esperaban morir. Por aquel pueblecillo pasaba un camino que iba, sino me engaño, de Tarascón a Nimes, es decir, de una ciudad a otra ciudad, y aquel camino era la vida del pueblo. Lo que para la provincia no era más que una vena secundaria, para él era la arteria principal, la aorta que hacía latir su corazón.

Un día, por economizar la distancia de media legua, el trayecto de media hora, los ingenieros, sin comprender que cometían un asesinato, trazaron otro camino, Este camino, en vez de rodear la montaña, iba por la llanura, dejando el pueblo a la izquierda, pero lejos, muy lejos, ¡a media legua! Esto era poca cosa, sin duda; pero en fin, el pueblo no tenía ya su camino. ¡Y aquel camino era su vida, y he aquí que de repente la vida se había retirado de él!

El pobre pueblo languideció, agonizó, murió: yo le he visto muerto, sin animación, sin vida. Todas las casas fueron abandonadas; algunas permanecen aún cerradas, como las dejaron sus habitantes el día en que las dijeron adiós; otras están abiertas a todos los vientos, y en varias un viajero extraviado sin duda, un bohemio errante tal vez, ha encendido fuego en la desierta cocina con los muebles destrozados. La iglesia existe todavía, la alameda de sicomoros existe también; pero la iglesia ha perdido sus frescos, la sabanilla de altar cuelga desgarrada, y algún animal salvaje, huyendo espantado del tabernáculo, del cual había hecho su refugio, ha derribado las pequeñas imágenes de madera; la alameda ha perdido su alegría y su animación, y en el cementerio el padre espera en vano a su hijo, la madre a su hija, el abuelo a su nieto; sorpréndense en su tumba al no oír remover la tierra en torno suyo y se preguntan: ¿Qué pasa en lo alto? ¿Es que ya no hay muerte?

Pues bien; de la misma manera que agonizó y murió este pobre pueblo, agoniza y muere Montmorency, solo porque la arteria de fuego, el camino de hierro, le ha desdeñado, favoreciendo a Enghien. Sin embargo, los extranjeros hacen aún la peregrinación a la Chevrette, y he aquí que el pobre villorrio, muriendo, vive de la protección de un muerto. El genio tiene eso de bueno, y es que su vigor puede reemplazar al sol, del cual es una emanación.

Ahora bien, amigo mío, yo medito con mucha frecuencia acerca de la marcha de la civilización, es decir, del sol intelectual. Más de una vez, cuando nada nuevo o interesante tengo que leer, cojo un mapamundi, libro humano que encierra millares de páginas, cada una de las cuales refiere la elevación o la caída de un imperio. ¿Qué historia busco? ¿La de esos antiguos reyes de la India, de nombres desconocidos? ¿La del egipcio Menes, la del babilonio Nemrob, la del persa Cambises, la del troyano Scamandro, la de la cartaginesa Dido, la del macedonio Alejandro, la del romano César, la del franco Clodoveo, la del árabe Mahoma, la del germánico Carlomagno, la del francés Hugo Capeto, la del florentino Médicis, la del genovés Colón, la del flamenco Carlos V, la del gascón Enrique IV, la del inglés Newton, la del ruso Pedro el Grande, la del americano Washington o la del corso Bonaparte? No, ninguna de éstas: busco la historia de la madre común que a todos los ha llevado en sus entrañas, que los ha criado a sus pechos, que los ha calentado en su regazo; busco la historia de la civilización.

Contemplad cómo ha realizado su inmenso trabajo, su obra sublime, sin que montañas, ni estrechos, ni ríos, ni océanos, pudieran detenerla.

Nacida en el Oriente, donde también nace el día, parte de la India, dejando tras sí las ruinas gigantescas de ciudades que no tienen nombre; salva el estrecho de Bab el Mandeb, depositando sobre una de sus orillas los gérmenes de Saba la Blanca, y sobre la otra los de Saba la Negra; encuentra el Nilo, desciende con él al gran valle egipcio, y sobre las márgenes del río sagrado se levantan Elefantina, Denderah, Filos, Tebas y Menfis; llega a la desembocadura, gana el Eúfrates y eleva a Babilonia, Nínive, Tiro y Sidón; desciende al mar como el gigante Polifemo, y funda, a la derecha, Pergamo en la extremidad del Asia, a la izquierda, Cartago en la punta del África, en el centro, Atenas sobre el Pireo; da vida a las doce grandes ciudades etruscas, bautiza a Roma y espera: la primera parte de su obra está cumplida, y ha hecho el gran mundo pagano, que empieza en Brahma y concluye en César.

Seguid contemplando: cuando la Grecia hubo dado a Homero, Hesiodo, Orfeo, Eschilo, Sófocles, Eurípedes, Sócrates y Platón, es decir, cuando estuvo hecha la luz; cuando Roma hubo conquistado la Sicilia, el África, la Italia, la España, el Ponto-Euxino, las Galias, la Suiza y el Egipto, es decir, cuando estuvo hecha la unidad; cuando Cristo, profetizado por Sócrates y predicho por Virgilio, hubo nacido, la civilización, la gran viajera, vuelve a ponerse en marcha para no reposar ni detenerse hasta que haya vuelto a los lugares de donde partió.

Y he aquí que, a Roma que cae, a Alejandría que sucumbe, a Bizancio que muere, suceden la segunda Cartago, madre de Túnez; Córdoba, Sevilla y Granada, trinidad árabe que enlaza la Europa al África; Florencia y sus Médicis, desde Cosme el viejo hasta Cosme el tirano; la Roma cristiana con su Julio II, su León X y su Vaticano; París con Francisco I, Enrique IV, Luis XIV, el Louvre, las Tullerías, Fontainebleau. He aquí que se encadenan los unos a los otros, como una vía de estrellas luminosas, San Agustín, Averhoes, Dante, Orcagua, Petrarca, Masaccio, Perugino, Maquiavelo, Bocaccio, Rafael, Santa Teresa, Bartolomé de Carranza, Ariosto, Miguel Ángel, Tasso, Juan de Boloña, Malherve, Lope de Vega, Calderón, Murillo, Montaigne, Ronsard, Cervantes, Shakespeare, Corneille, Racine, Molière, Puget, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Goethe, Humboltd, Bellini, Chateaubriand. Y aquí, en fin, que la civilización, no teniendo nada que hacer en Europa, salva los mares, atraviesa el Atlántico, conduciendo a Laffayette a Washinton, enlazando el antiguo mundo al nuevo; y allí, en aquellas comarcas, habitadas solamente por algunos pescadores de focas o algunos mercaderes de pieles, funda con tres millones de habitantes una república que, en sesenta años, se aumentó con diez y siete millones de hombres, que se extiende desde el río de San Lorenzo hasta las bocas del Mississippi, desde Nueva-York a Nuevo-Méjico; que tiene los primeros buques de vapor en 1808, los primeros ferro carriles en 1820, que produce a Franklin y que adopta a Fulton.

Pero allí la civilización se ve detenida, en tierra por el doble desierto que dominan las montañas Pedregosas, en el mar por el istmo de Panamá. No puede ir al Pacífico sino doblando el cabo de Hornos, y a pesar de sus esfuerzos, solo abrevia trescientas o cuatrocientas leguas, aventurándose por el estrecho de Magallanes.

He aquí por qué, desde hace sesenta años, los sabios, los geógrafos, los navegantes de todos los países tienen sus ojos fijos sobre América.

¡Impiedad extraña la de creer en un imposible para la Providencia, en un obstáculo para Dios!

Escuchad: un capitán suizo, arrojado de Francia por la revolución de julio, pasa desde el Missouri al Oregón, del Oregón a California; obtiene del gobierno mejicano una concesión de terreno sobre la frontera americana, y un día, cavando la tierra para poner en juego la rueda de un molino, ve que aquella comarca está sembrada de pepitas de oro.

Esto sucedía en 1848. En 1848 la población blanca de California era de diez a doce mil almas.

Tres años solamente han trascurrido desde que la azada del capitán Sutter puso de manifiesto aquellas pepitas de oro que, según todas las probabilidades, cambiarán la faz del Nuevo Mundo, y California cuenta en la actualidad doscientos mil emigrantes de todas las nacionalidades y edifica sobre el Océano Pacífico, cerca del golfo más bello y más grande del universo, una ciudad que ha de rivalizar, andando el tiempo, con Londres y París.

No hay, pues, obstáculos para la civilización: las montañas Pedregosas darán paso una vía-férrea que irá de Nueva-York a San Francisco, como un telégrafo eléctrico va ya de Nueva-York a Nueva-Orleans, y el istmo de Panamá será abierto por un canal que ponga en comunicación el Atlántico con el lago de Nicaragua y el lago de Nicaragua con el Pacífico.

Y ved qué coincidencia tan sublime: todo esto se piensa, todo esto se medita en el momento en que Abbas-Pachá construye un camino de hierro que irá de Suez a El-Areich.

Ahora bien; vencidos los obstáculos que un momento detuvieron a la civilización en las márgenes del Sacramento y del San Joaquín, yo pregunto si, para volver a las comarcas que fueron su cuna, debe simplemente atravesar el estrecho de Bhering, tocando con su pie aquellas ruinas que la rechazan, o si ha de aventurarse en medio de aquellas islas y de aquellos golfos que constituyen la quinta parte del mundo, tierras inhospitalarias donde fue asesinado Cook, abismos sin fondo donde naufragó Laperousse.

Yo espero que, gracias al ferrocarril de Suez, gracias a la vía férrea de los dos océanos, antes de diez años se dará la vuelta al mundo en tres meses; y he aquí por qué, mi buen amigo, he creído que este libro sobre California valía la pena de ser publicado.

Todo vuestro:

Alejandro Dumas.

Montmorency 20 de julio de 1851

I. La partida.

I

Tenía veinticuatro años, el trabajo escaseaba y en Francia no se hablaba de otra cosa que de las riquísimas minas de California.

En todas las esquinas se veían anuncios de compañías que se organizaban para el trasporte de viajeros, y los negociantes agotaban su capital de magníficas promesas. Yo no era bastante rico para permanecer cruzado de brazos; pero, en cambio, era bastante joven para poder emplear uno o dos años en buscar la fortuna, y resolví arriesgar en la empresa las dos únicas cosas que me pertenecían y de las cuales podía disponer libremente; es decir, mil francos y mi pellejo.

El viaje no me inspiraba temor, pues de antiguo tenía hecho conocimiento con las aguas azules, como dicen las gentes de mar; los trópicos eran mis amigos y había recibido el bautismo de la línea. Embarcado en clase de grumete había hecho con el almirante Dupetit-Tohuars el viaje a las islas Marquesas, tocando a la ida en Tenerife, Río-Janeiro, Valparaíso, O’Taití y Nouka-Iva, y al regreso en Voilhavo y en Lima.

II

Resuelta mi partida, faltábame saber a qué sociedad o compañía daría la preferencia; esta cuestión valía la pena de reflexionar un poco.

Y en efecto, reflexioné tanto y tan bien, que fui a fijarme precisamente en una de las más desgraciadas, es decir, en la Sociedad mutua, establecida en París, calle Pigale, número 24.

Cada asociado debía contar con mil francos para el pasaje y la alimentación: trabajaríamos de concierto, partiendo los beneficios, y además, si algún pasajero embarcaba cualquier pacotilla de comercio, la compañía se encargaba de la venta, asegurando los productos.

Por otra parte, por esos mil francos que cada uno de los asociados depositaba, la compañía debía darnos, una vez llegados al término del viaje, alojamiento en las casas de madera que, desarmadas, trasportaría nuestro buque. Teníamos un médico y una farmacia agregados a la expedición; pero además, cada uno se debía proveer a sus expensas de un fusil de dos cañones del calibre reglamentario, con una bayoneta y las municiones correspondientes.

Las pistolas podían ser a gusto de cada cual.

Como buen cazador, dediqué una gran atención a esta parte de mi equipaje, y por cierto que nada hice demás, como se verá más adelante.

III

Una vez en California, trabajaríamos divididos en cuadrillas, bajo la dirección de jefes elegidos por nosotros mismos.

Cada tres meses se renovarían estos jefes, que trabajarían con nosotros y como nosotros.

Los alistamientos se hacían en París; pero se eligió a Nantes como punto de reunión.

En Nantes se debía comprar un buque de cuatrocientas toneladas, armado por un comerciante de aquel puerto, con el cual, según los directores de la compañía, estaba hecho de antemano el contrato.

El buque debía conducir, a beneficio nuestro, un buen cargamento, cuyos gastos hacía el comerciante, reservándose un honrado beneficio.

Este cargamento estaba también afecto a la sociedad, que debía reembolsar el capital, abonando un interés de 5 por 100.

Como se ve, todo esto era magnífico, sobre el papel a lo menos.

IV

El 21 de mayo de 1845 me puse en camino para Nantes y me instalé en el hotel del Comercio.

Me acompañaban dos de mis amigos, alistados también en la compañía, y con los cuales debía hacer el viaje.

Estos buenos amigos eran MM. Mirandola y Gauthier.

Además, uno de los vecinos de mi pueblo, Tillier de Grozlay, se había ya embarcado para alejarse de Francia. Una sincera amistad nos unía desde la niñez, y su marcha había influido mucho en mi determinación.

Tillier se había alistado en la Sociedad Nacional.

V

Apenas llegamos a Nantes empezaron las dificultades. Hubo discusiones y disidencias entre los asociados y los directores, y el banquero se negó rotundamente a proporcionar los fondos necesarios. De aquí resultó que el armador que había vendido el buque y contratado al capitán y los marineros se vio obligado a faltar a sus compromisos, y como estaba en su derecho, como sus actas con la sociedad estaban en toda regia, la pérdida cayó sobre los asociados y perdimos cuatrocientos francos cada uno.

Con los seiscientos francos restantes la sociedad estaba obligada a trasportarnos a California. ¿Cómo? Eso no era de nuestra incumbencia.

A consecuencia de todo esto, la compañía puso a nuestra disposición algunos carruajes que nos trasportaron de Nantes a Laval, de Laval a Cayenne, y de Cayenne a Caen.

En Caen pasamos a un buque de vapor que nos llevó al Havre.

VI

Debíamos partir el 25 de julio.

Pero trascurrieron el 25, el 26 y el 27, abusando de nuestra paciencia con pretextos tan soberanamente ridículos y absurdos, que, en este último día, los directores se vieron obligados a confesar que no partiríamos antes del 30.

Eran tres días de paciencia puestos al servicio de la sociedad. Acordándonos de que, en febrero del 1848, los trabajadores habían sacrificado tres meses de miseria en aras de la patria, encontramos que nuestro sacrificio era muy pequeño comparado al suyo, y nos resignamos a esperar.

Desgraciadamente el 30 de julio tuvo lugar una nueva confesión, esto es, que no partiríamos hasta el 20 de agosto.

Los más pobres de entre nosotros hablaban de sublevarse, y es que algunos de ellos no tenían absolutamente con qué vivir durante esos veinte días.

La cosa se arregló, sin embargo, partiendo sus fondos los ricos con los pobres, y se esperó el 20 de agosto.

VII

Pero en el momento de partir hicimos el descubrimiento de que la sociedad, hallándose o fingiéndose más pobre que nosotros, no podía proveernos de una porción de cosas absolutamente necesarias para un viaje tan largo como el que íbamos a emprender.

Estas cosas eran té, café, azúcar, ron, aguardiente, etc. Hicimos enérgicas reclamaciones, nos irritamos, amenazamos con quejarnos, hablamos de un nuevo proceso, pero la sociedad bajaba la cabeza, y los pobres asociados nos vimos en la precisión de registrar lo más escondido de nuestros bolsillos.

¡Por desgracia nuestros bolsillos eran tan profundos, que no tenían fondo!

Hízose como se pudo una regular provisión de los artículos indicados, y se prometió mutuamente la mayor discreción respecto al uso que se hiciera de estos artículos.

VIII

Llegó, al fin, el día de la partida, y el Cachalote, antiguo ballenero, conocido como uno de los mejores buques del puerto, estaba dispuesto a recibirnos a su bordo.

El Cachalote era un bergantín de quinientas toneladas.

La víspera y antevíspera del día en que debíamos hacernos a la mar, la mayor parte de nuestros parientes habían llegado al Havre con el objeto de darnos el último adiós.

Entre ellos había muchas madres y hermanas que eran profundamente religiosas, y entre nosotros había muy pocos ateos, porque ante la idea de un viaje que debe durar seis meses y en el cual hay que luchar contra todo el poder de los elementos, se piensa involuntariamente en la eternidad.

Decidióle, pues, hacer un nuevo gasto, mandando decir una misa para que Dios nos concediese un feliz viaje.

Nada hay más solemne que una misa en circunstancias semejantes, porque no es imposible que para algunos de los que la escuchan sea una misa de difuntos.

Ésta fue la reflexión que me hizo un amable joven que oía aquella misa religiosamente a mi lado: era un redactor del Journal du Commerce, llamado Bottin.

Precisamente estaba diciéndome lo mismo, y me contenté con hacer una señal de aprobación.

Cuando el sacerdote elevó la hostia, volví los ojos en torno mío: todos los asistentes estaban de rodillas, rezando con fervor.

IX

Dicha la misa, se propuso un banquete fraternal, a un franco cincuenta céntimos por cabeza.

Éramos ciento cincuenta pasajeros, entre ellos quince mujeres.

Arañando todos los bolsillos se pudieron reunir doscientos veinticinco francos.

Era lo que hacía falta.

Pero este desembolso abría una enorme brecha en nuestros capitales.

Excusado es decir que nuestros parientes y amigos tuvieron que pagar su escote, pues no estábamos bastante ricos para invitarlos.

Mirandola y otros dos fueron nombrados comisionados, y se encargaron de hacer preparar un banquete espléndido.

La comida tuvo lugar en Ingouville.

A las cuatro de la tarde debíamos reunirnos en el puerto y a las cinco sentarnos a la mesa.

Todo el mundo fue exacto, y durante la comida procuró parecer risueño.

Y digo procuró, porque aunque todos tenían el corazón algo duro, tengo la evidencia de que tras algunas risas se ocultaban lágrimas.

Hubo brindis por el éxito feliz de nuestro viaje, por los ricos placeres del San Joaquín y los preciosos filones del Sacramento.

Tampoco fue olvidado el armador del Cachalote. Es verdad que, además de pagar su escote de un franco cincuenta céntimos, nos había enviado dos cestas de botellas de Champagne.

La comida se prolongó hasta una hora bastante avanzada; las cabezas estaban algo calientes, y se sentía algo parecido a la embriaguez.

X

Por su parte los marineros, al amanecer el día siguiente, dieron el acostumbrado paseo por la ciudad con sus banderas y ramilletes.

Este paseo terminó en el puerto, donde estaba reunida toda la población para saludar nuestra partida y darnos el último adiós.

Muchos viajeros corrían afanados de tienda en tienda, pues hasta el momento de la marcha no habían reparado en que les faltaban muchas cosas indispensables.

Por mi parte, solo tuve que hacer mi provisión de municiones, compuesta de diez libras de pólvora y cuarenta de balas.

A las once el buque largó sus amarras y salió del puerto, empujado por una fresca brisa del Noroeste. Ante él navegaba un buque americano remolcado por el vapor Mercurio.

Seguimos a lo largo del muelle, cantando la Marsellesa, el Canto del proscripto y Morir por la patria. Innumerables pañuelos se agitaban saludándonos sobre el muelle, y nosotros contestamos con los nuestros desde el buque.

Algunos parientes y amigos habían subido a bordo en nuestra compañía. Una vez fuera de la rada, el armador y el práctico abandonaron el buque, y los que nos acompañaban regresaron con ellos: fue una segunda despedida más dolorosa que la primera.

Entonces los que debían correr juntos la misma fortuna se encontraban aislados.

Las mujeres lloraban; los hombres hubieran querido ser mujeres para llorar también.

En tanto que la tierra fue visible, todas las miradas se dirigieron hacia ella.

Por la tarde, poco antes de las cinco, desapareció.

No debíamos volverla a ver hasta el cabo de Hornos, es decir, hasta la otra extremidad del Nuevo Mundo

II. Del Havre a Valparaíso

I

He dicho ya que el número de pasajeros era de ciento cincuenta, entre ellos quince mujeres, dos de las cuales habitaban la cámara del capitán.

La tripulación se componía del capitán, el piloto, un contramaestre, ocho marineros y un mozo o camarero.

El entrepuente, reservado a los viajeros, estaba libre de mercancías: había sido arreglado para el trasporte de pasajeros y tenía cuatro filas de camarotes.

En cada camarote había dos lechos superpuestos y se alojaban dos personas.

M. de Mirandola era mi compañero de cámara.

Las mujeres estaban separadas: se había dispuesto para ellas, a babor y cerca de la proa, una especie de sala.

II

Nuestros ciento cincuenta pasajeros eran alistados en tres distintas compañías, alguna de las cuales no había cumplido sus obligaciones, aunque todos los pasajeros hubiesen pagado escrupulosamente su dinero. De aquí resultaba que, como apenas había lugar para las personas, no lo había absolutamente para los equipajes.

Cada cual tenía su maleta en el camarote y ella le servía de mesa y de tocador.

El resto de los equipajes había sido depositado en la sentina.

Todo el espacio que quedaba en el buque, estaba destinado a las mercancías, pertenecientes tanto al armador como a los pasajeros.

Estas mercancías consistían en bebidas alcohólicas y artículos de quincalla.

III

Nuestra primera comida a bordo tuvo lugar a las cinco de la tarde, en el momento mismo en que acabábamos de perder de vista la tierra. Nadie sentía aún el mareo; pero sin embargo, ningún pasajero tenía gran apetito.

La mesa estaba puesta sobre cubierta, o por mejor decir, la cubierta servía de mesa: el lugar destinado a comedor era bastante reducido, pues la cubierta estaba en su mayor parte ocupada por cajas de ácido sulfúrico, por toneles de agua que habían de vaciarse durante la travesía, y por tablas preparadas para ser unidas las unas a las otras y constituir las casas que habíamos de habitar a nuestra llegada.

Teníamos diez casas perfectamente construidas, y no hacía falta más que armarlas como si se tratara de un reloj.

Se habían construido en el Havre, y costaban de ciento a ciento veinticinco francos cada una.

El primer día, según costumbre al salir del puerto, la comida se componía de sopa, una ración de carne cocida, un cuartillo de vino y un pedazo de pan bastante pequeño.

Esto nos indicó que el pan no era muy abundante a bordo. En efecto, más adelante no comíamos pan sino los jueves y domingos; para los demás días teníamos galleta.

Nos dividimos en ranchos de a ocho pasajeros, y sentados a la manera de los orientales, empezamos la comida.

IV

El mismo día, a las ocho de la noche, soplaron vientos del Sur, que se sostuvieron hasta la mañana del día siguiente, siendo tan fuertes al amanecer que nos hicieron avistar las costas de Inglaterra.

Un pescador vino a bordo: su lancha estaba llena de pescado, lo comprados todo, y enseguida empezó la correspondencia.

Una de las grandes necesidades del hombre que se aleja, que atraviesa una gran extensión de agua, que se encuentra entre el cielo y el océano, es la de dar noticias suyas a los seres queridos a quienes acaba de abandonar.

Se encuentra tan pequeño, tan miserable en aquella intensidad, que comunicándose con la tierra por medio de una carta, encuentra el consuelo de asegurarse a sí mismo que no está perdido.

¡Desgraciado el que, en semejante situación, no tiene a quién escribir!

El pescador se alejó tan cargado de cartas como un conductor de correos.

En la tarde del segundo día de viaje el viento cambió, sin habernos hecho perder mucho camino ni causado una gran fatiga. A partir de aquel instante, tuvimos una buena navegación.

El capitán, que, como llevo dicho, tenía respecto al pan una gran economía, viendo la poca cantidad de harina que había a bordo, nos ofreció que tocaríamos en Madera para embarcar patatas; pero como el viento era bueno no quiso detenerse, haciendo valer la economía del tiempo para no modificar el rumbo.

Se le hicieron algunas observaciones dándole a entender nuestras dudas respecto a las verdaderas economías que pensaba hacer; pero el capitán es el rey a bordo de un buque, y el nuestro decidió que mientras hubiese buen viento no tocaríamos en ningún puerto.

V

Es verdad que daba gusto vernos andar: el Cachalote era un buque muy velero, y en los días más desgraciados tragaba, sin embargo, seis o siete nudos por hora.

Hallándonos a la altura del cabo Verde el vigía señaló un buque: era una fragata americana en crucero. Perseguía la trata, y viniendo sobre nosotros, izó su pabellón. La imitamos, nos dimos mutuamente la longitud y latitud, ese saludo de los marinos, y luego proseguimos nuestro rumbo, mientras la fragata continuaba su crucero.

Esta longitud y esta latitud no eran, por cierto, inútiles para nosotros, atendiendo a que no teníamos a bordo más que un malísimo cronómetro.

No pudimos saber el nombre de la fragata que nos había prestado tal servicio. Aparte de la faja encarnada que indicaba la línea de su batería, era enteramente negra, como el bajel del Corsario rojo.

VI

A medida que avanzábamos hacia el trópico, notábamos los signos particulares de la zona tórrida. Las aguas del mar tomaban un matiz azul oscuro; se encontraban extensos bancos de esas yerbas a que han dado los marinos el nombre de raíces de los trópicos; los peces volantes se lanzaban fuera del agua, veíanse numerosos bandos de bonitos y doradas y el calor se hacía sofocante.

La pesca de doradas y bonitos empezó enseguida.

Esta pesca es sencillísima y fácil, si se la compara con los complicados procedimientos que emplean los viejos pescadores de las orillas del Sena: puede decirse que es la infancia del arte. Se suspenden del bauprés cierto número de cordeles, al extremo de los cuales se sujeta un pez volador cubriendo el anzuelo, que el balanceo del buque sumerge, y hace salir alternativamente del agua. Las doradas y los bonitos toman el cebo por un pez vivo, saltan sobre él y quedan pendientes del anzuelo.

Es un verdadero maná que, bajo esta calorosa latitud, envía Dios a los pobres navegantes.

Los productos de la pesca eran comunes.

Atravesamos la línea equinoccial, y excusado es decir que este acontecimiento fue celebrado con todas las ceremonias de costumbre. En mi calidad de viajero, habiendo tenido ya el sol ante mí y detrás de mí, pude asistir al espectáculo desde lo alto de la toldilla.

VII

Hablaré ahora un poco de las viajeras.

Se comprende que habían dejado la Francia para hacerse monjas, y esto nos permitió, entre la lotería, las damas, el ecarté y el dominó, que nos distrajésemos del fastidio de la navegación con un juego particular llamado el matrimonio, que se compone de las dos bases particulares de este importante acto de la vida del hombre, es decir, del casamiento y del divorcio.

Tres de las viajeras estaban comprometidas desde antes de partir y tenían a bordo verdaderos maridos, o mejor dicho, verdaderos amantes; de suerte que, si se casaban, era in partibus y suprimiendo las tarjetas de invitación.

Cada uno de estos matrimonios burlescos era acompañado de ceremonias análogas a las que tienen lugar en las verdaderas bodas, y estas ceremonias se cumplían con una gravedad maravillosa.

VIII

Todavía hubo otra ceremonia mucho más grave, y en la cual resplandeció la más alta imparcialidad.

Se trataba de un juicio.

He aquí la cuestión:

Uno de nuestros compañeros, M. B… viajaba acompañado de su querida; era una de las tres mujeres casadas por nosotros, y antes de salir de Francia, había hecho a expensas propias una magnífica pacotilla compuesta de vestidos de seda, de lana y de popelina, de chales grandes y pequeños, de gorras y de sombreros, etc.

Pero sucedió que una vez en camino, por uno de esos caprichos que es necesario añadir siempre a la cuenta de viaje, Mlle. X… encontró a M. D… preferible a su primer amante, y sin tomarse la pena de hacer pronunciar el divorcio, se volvió a casar con M. D…

Esto dio margen, como era natural, a quejas y reclamaciones del primer marido, el cual pretendía que, si había perdido sus derechos sobre la mujer, los conservaba sobre los efectos, y por consecuencia, se apoderó una mañana de todo el equipaje, dejando a Mlle. X… con una sola camisa.

Por calorosa que sea la temperatura del clima ecuatorial, donde nos hallábamos cuando sucedió lo que refiero, preciso es confesar que una camisa era un vestido demasiado ligero. Mlle. X… acudió en queja a todos los pasajeros.

Aunque nosotros creíamos que semejante traje sentaba admirablemente a Mlle. X… éramos demasiado justos y equitativos para no escuchar sus quejas. Constituyóse el tribunal y se nombraron árbitros.

He aquí la creación de una nueva magistratura.

Los árbitros dieron un fallo que, en mi concepto, puede rivalizar con el del célebre juicio de Salomón.

Decidieron:

1.º Que Mlle. X… tenía el derecho incontestable de disponer de su persona como le pareciese conveniente.

2.º Que no podía ser enteramente despojada, puesto que Juno solo tenía el derecho de ser vista… en la sencilla apariencia de una belleza que abandona el lecho, y que, por consiguiente, M. B… debía devolverla lo puramente necesario, es decir, sus camisas y toda su ropa blanca, el calzado, una gorra y un sombrero.

3.º Todos los demás efectos, siendo considerados como superfluidades, pertenecían a M. B…

Este fallo fue notificado a los litigantes con las formalidades de costumbre, y como no había apelación, tuvieron necesariamente que someterse.

Mlle. X… aportó, pues, al matrimonio con su nuevo esposo, tan solo lo estrictamente necesario para no ir desnuda, lo que D… remedió en cierto modo regalándola una bata y un sobretodo, de que ella se arregló una falda y un gabancillo.

Inútil es decir que Mlle. X… estaba encantadora con su nuevo traje.

IX

Nuestro viaje continuó con buen viento. Distinguimos varias veces la costa del Brasil, rozamos la tierra en Montevideo y vimos desde lejos esta moderna Troya, después de ocho años de sitio

III. De Valparaíso a San Francisco

I

Quince días antes de llegar a Valparaíso las patatas faltaron enteramente; era una falta muy dolorosa y que se hacía sentir con exceso.

Habíase reemplazado este manjar con una ración de harina, melaza y aguardiente, que los ocho pasajeros de cada rancho reunían, componiendo una especie de torta llamada plumpudding, que se hacía cocer al vapor del agua hirviendo.

Pero, por industrioso que sea el hombre, la patata no puede reemplazar al pan, y el plumpudding no reemplaza tampoco a la patata.

Así, pues, Valparaíso era para nosotros la tierra prometida, y en todos los grupos no se oía otra cosa que esta palabra: ¡Valparaíso! ¡Valparaíso! Llevábamos tres meses de navegación, y una vez en Valparaíso no nos faltaba más que una cuarta parte del camino.

Las otras tres cuartas partes habían quedado atrás, olvidadas, desvanecidas, devoradas por las tempestades del cabo de Hornos.

II

Al fin un martes resuena en la cofa este grito: ¡tierra! Cada pasajero se asegura de la verdad por sus propios ojos y empieza a vestirse con sus mejores ropas, disponiéndose a saltar en tierra, y echando sus cuentas para ver qué capital le quedaba disponible.

Se dio fondo en una extensa bahía, a tres cuartos de legua de la playa, y acto seguido se vieron partir de Valparaíso, con el mismo ardor que si se tratase de ganar el premio de una regata, una docena de esas embarcaciones conocidas con el nombre de balleneras.

Al cabo de algunos minutos, las balleneras rodeaban el buque.

Pero a las primeras palabras que, a propósito de precio, pronunciaron los chilenos que las tripulaban, conocimos que sus pretensiones eran verdaderamente desatinadas. Les era imposible, según decían, llevarnos a tierra, por menos de tres reales chilenos por persona.

Se comprende fácilmente que semejante suma era exorbitante para gentes que habían pasado por las manos de las compañías californianas, que habían estado quince días detenidas en Nantes, que de Nantes habían pasado al Havre y que habían permanecido seis semanas en este puerto.

A este precio la mitad de nosotros no hubiera podido ir a tierra, y la cuarta parte no hubiera podido regresar.

Después de una discusión bastante viva, nos arreglamos en un real por persona.

En esta circunstancia la fraternidad de los viajeros se demostró de una manera clara, revelándose en toda su magnificencia, y los que tenían dinero pusieron sus recursos a la disposición de sus compañeros más pobres, entre los cuales había algunos que, a pesar de la rebaja, estaban en la imposibilidad financiera de ir a tierra.

Concertado el precio y sabiendo que no podíamos disponer de más tiempo que de treinta y seis horas, nos precipitamos en las barcas, y un cuarto de hora después poníamos el pie en el muelle.

Eran las cuatro de la tarde.

III

Una vez en el muelle, nos dispersamos, buscando cada cual la ventura según los caprichos de su imaginación, o por mejor decir, según los recursos de su bolsa.

La mía no pesaba mucho, lo confieso francamente; pero en cambio, tenía la ventaja de la experiencia adquirida en mi primer viaje.

Yendo a las islas Marquesas con el almirante Dupetit-Thouars, había tocado en Valparaíso, y por consecuencia, conocía algo el país.

Mirandola, que sabía estos antecedentes, se confió por completo a mí, declarando que no me abandonaría un momento.

Comimos en la fonda del Comercio, y como ya no podíamos hacer nuestros negocios, por ser las cinco de la tarde, fuimos a visitar el teatro, magnífico edificio que había sido construido después de mi primer viaje.

Está situado en uno de los lados de la plaza, que es, por su parte, sino una de las más bellas, a lo menos una de las más deliciosas del mundo, con su fuente en el centro y sus bosquecillos de naranjos olorosos como el sándalo y cuajados de frutos de color de oro.

Pasamos en esta plaza, sin otras distracciones que nuestros pensamientos, refrescados por la brisa de la tarde y aspirando el balsámico perfume de los naranjos, dos de las más dulces horas de nuestra vida.

IV

En cuanto a nuestros compañeros, habían escapado como una banda de escolares al salir del colegio, y corrían como locos de Fortop a Maintop.

Fortop y Maintop son dos bailes públicos, al lado de los cuales Mabille y la Chaumière no valen una gran cosa.

Fortop y Maintop son el Valparaíso lo que los músicos en Amsterdam y La Haya.

Allí es donde se encuentra a las bellas chilenas, de tez aceitunada, ojos dulces y brillantes, de sedosos cabellos azulados en fuerza de negros, vestidas de seda de colores vivos y descotadas hasta la cintura; allí se bailan polkas y zamacluecas, danzas nacionales de que no se tiene en Francia la menor idea; allí nacen esas terribles enemistades que van seguidas de una venganza más terrible aún, y allí, por fin, empiezan con una palabra numerosos desafíos que terminan a la puerta por medio del cuchillo.

Pasó la noche y vino la mañana. A los placeres de la danza debían suceder, durante el día, los de la cabalgada. El francés es esencialmente jinete, el parisién sobre todo: ha tomado sus lecciones y hecho sus cursos de equitación sobre los asnos de la tía Champagne en Montmorency, y sobre los caballejos de Ravelet en Saint-Germain.

El capitán, al despedirnos en la tarde del martes, nos había recomendado estar prontos a partir en el jueves próximo.

La señal de embarque debía ser el pabellón francés arbolado en la cangreja y la bandera roja en el tope de mesana.

V

Podíamos disponer de cinco horas, a partir desde el momento en que fuera izado el pabellón.

Pero sólo el jueves por la mañana nos podían inquietar las banderas; el miércoles era completamente nuestro y teníamos aún veinticuatro horas, es decir, un minuto o una eternidad, según que el placer o el dolor hiciesen marchar la aguja del tiempo.

La principal diversión de aquel día debía ser galopar sobre el camino de Santiago, desde Valparaíso a Avigni.

Los que no tenían bastante dinero para alquilar caballos, se quedaron en la ciudad.

Yo pertenecía al número de esos jóvenes pródigos que, sin inquietarse del porvenir, gastan sus últimos reales en procurarse su placer. Y por otra parte, ¿qué podía inquietarme? Las tres cuartas partes del camino habían quedado atrás: otras cinco semanas de travesía y habría alcanzado mi objeto; y este objeto eran los placeres del Sacramento y del San Joaquín. Hubiera sido una locura pensar en el porvenir.

Entonces pudimos admirar a esos magníficos jinetes chilenos, con sus pantalones abiertos, bordados y adornados con botones de cobre, cubriendo un segundo pantalón de seda; con una pequeña chaqueta redonda, el elegante poncho a la espalda, el sombrero puntiagudo y de anchas alas en la cabeza, el lazo en la mano y el cuchillo en la cintura.

Pasaban al galope de sus briosos caballos firmes y derechos como si estuvieran clavados en las sillas bordadas de colores chillones.

El día pasó muy pronto. En nuestra impaciencia de movimiento hubiéramos querido correr más que las horas, y las horas, indiferentes, sin detenerse un segundo, marchaban a un paso habitual, frescas y alegres las de la mañana, calorosas y abatidas las del mediodía, melancólicas y veladas las de la tarde.

Las mujeres nos habían acompañado, más ardientes, más aventureras, más infatigables que los hombres.

VI

Al día siguiente, jueves, a las ocho de la mañana, cada cual estaba en el muelle; vimos la bandera roja, y supimos que hacía dos horas que estaba arbolada.

Nos quedaban tres horas.

¡Oh! ¡Las tres horas últimas, con cuánta celeridad corren para los viajeros que tienen que volver a embarcarse!

Cada cual empleó esas tres horas como le pareció mejor, y los que tenían algún dinero lo emplearon en una cosa que los chilenos llaman pan de frutas.

El pan de frutas es, como lo indica su nombre, una composición de frutas secas, que se vende en pedazos muy delgados de la forma de un queso.

A las diez y media, por el mismo precio de un real cada persona, la colonia fue conducida a bordo, y una vez llegados, cual se metió en su camarote.

A las dos en punto se levó el ancla y se aparejó. Teníamos buen viento, y antes de la noche perdimos de vista la tierra.

Un brik sardo y una fragata inglesa que marchaban delante de nosotros quedaron muy pronto por la popa.

VII

En Valparaíso dejábamos la fragata francesa Argelia con uno de nuestros marineros que había sido puesto a servir por una disputa con el piloto.

Pocas personas comprenderán esta frase enteramente marítima: poner a servir. Voy a explicarlo.

Cuando un marinero se conduce mal en un buque mercante, si el capitán quiere desembarazarse de él y encuentra por casualidad un buque de guerra, lo pone a servir.

Es decir, que con este marinero a quien juzga incorregible hace un regalo al Estado.

El pobre diablo pasa de este modo, por un capricho del capitán, de la marina mercante a la marina militar.

Se convendrá conmigo en que es una triste manera de reclutar la marina: para los soldados del ejército, existen siquiera las compañías de disciplina.

Con mucha frecuencia los capitanes, que a nadie tienen que dar cuenta de sus hechos, toman antipatía sin saber por qué a un marinero, y con notable injusticia se desembarazan de él de esta manera.

Yo no me atrevería a asegurar, francamente, que nuestro marinero hubiese sido víctima de un momento de mal humor del capitán.

VIII

La brisa era fuerte y la mar gruesa; habíamos parado cuarenta horas en tierra y el mareo empezó a hacerse sentir en los viajeros. Las mujeres en general, y me complazco en hacer esta observación que otros han hecho antes que yo, las mujeres soportaban con más valor y energía que los hombres las contingencias de esta larga travesía.

Hasta entonces, cosa extraña, no habíamos tenido a bordo entre ciento cincuenta pasajeros, la más ligera enfermedad ni el más pequeño accidente.

Sin embargo, debíamos ser, en ese punto, cruelmente tratados.

IX

Habíamos pasado el Ecuador y nos hallábamos a los 17º de latitud Norte; marchábamos con todas las velas desplegadas, a impulsos de una dulce brisa y hacíamos cinco nudos por hora, cuando de pronto se oyó este terrible grito:

—¡Hombre al agua!

En un buque de guerra todo está dispuesto para estos casos. Dos hombres están siempre prontos a soltar las amarras de la chalupa, y a menos que el mar esté alborotado o que el hombre no sepa nadar, es muy raro que no se llegue a tiempo para salvarle.

Por desgracia no sucede lo mismo en los buques mercantes, con ocho o diez hombres de tripulación y los botes sobre cubierta.

A este grito ¡hombre al agua!, en tanto que nuestros compañeros se miraban, se contaban, para ver quien faltaba de entre ellos, yo me lancé a la popa.

Fijáronse mis ojos en la estela que dejaba el buque, y en medio de la espuma, a más de cuarenta metros de distancia, vi un hombre en quien reconocí a Bottin.

—¡Es Bottin! —grité.

Bottin era querido de todos nosotros, y no dudaba, que al oír su nombre, cada cual redoblaría su energía.

Por de pronto, a fin de darle auxilio, se había arrojado al mar una verga de juanete.

No me había engañado: al grito ¡es Bottin!, capitán y pasajeros se habían apresurado a soltar la canoa, que cayó al mar por encima de la borda.

El piloto y un grumete se encontraron en ella sin saber cómo.

Al mismo tiempo, el capitán mandó bracear las vergas para ponerse al pairo, y el buque detuvo su marcha.

Por otra parte, el tiempo estaba magnífico y Bottin era un excelente nadador; el accidente, reducido a sí mismo, no tenía nada de peligroso.

Desde el momento en que vio la canoa en el mar, Bottin empezó a hacer señales para que nos tranquilizásemos, y aunque nadaba al lado de la verga de auxilio, más bien era porque la había encontrado en su camino que porque necesitase de su apoyo.

Sin embargo, la canoa, conducida por el piloto y el grumete, avanzaba rápidamente hacia el nadador. Desde la popa, donde yo estaba, veía disminuir sensiblemente la distancia entre Bottin y la canoa. El náufrago continuaba haciendo señales tranquilizadoras; y en efecto, la barquilla no estaba ya más que a cincuenta pasos de él, cuando de pronto le vi desaparecer.

Creí en un principio que una ola le había cubierto momentáneamente, y que una vez pasada le vería aparecer de nuevo. Los dos hombres de la chalupa tuvieron la misma idea, pues no dejaron de bogar. Más sin embargo, al cabo de algún tiempo los vi levantarse, detenerse con inquietud, mirar en torno suyo, ponerse las manos como una pantalla sobre los ojos, y por último, volverse hacia nosotros como para consultarnos.

La inmensa extensión del mar permanecía desierta; nada se veía en ella.

Nuestro pobre amigo Bottin acababa de ser partido en dos por un tiburón.

¡Ay! ¡No era posible dudar de su desgracia! Nadaba demasiado bien para desaparecer tan de repente, y aun el que no sabe nadar, reaparece dos o tres veces en la superficie antes de sumergirse para siempre. Durante una hora se le buscó en el sitio donde se le viera. El capitán no se decidía a llamar la canoa, y el piloto y el grumete tampoco se decidían a regresar.

Sin embargo, era necesario continuar la marcha. Hízose la señal de llamada, y la canoa regresó lentamente, trayendo a remolque la verga de auxilio que había recogido en el camino.

X

Hubo un gran duelo a bordo, pues todo el mundo amaba a Bottin. Un proceso verbal hizo constar su muerte, y sus efectos y papeles fueron reclamados por el capitán.

Los primeros se vendieron; los segundos se conservaron para remitirlos a su familia.

Por la tarde no hubo cantos, ni hubo bailes el domingo siguiente.

Todo el mundo estaba triste.

Sin embargo, poco a poco volvió la antigua alegría, y solo de tiempo en tiempo se oyeron estas palabras en medio de una conversación:

—¡Pobre Bottin!

IV. San Francisco

I

El día 5 de enero de 1850, a pesar de una espesa bruma, un marinero que estaba ocupado en aferrar una vela, gritó:

—¡Tierra!

Sin embargo, durante toda la jornada del 6 se buscó inútilmente la bahía que debíamos pasar.

Hasta la mañana del 7 no pudimos reconocer la entrada.

No obstante, la niebla se había disipado el día anterior, permitiéndonos reconocer el aspecto del país, que se elevaba ante nosotros en forma de anfiteatro.

En primer término vimos magníficas praderas, cubiertas de pastos, donde se alimentaban numerosos rebaños.

En segundo término, espesos bosques de pinos altísimos, de nogales y de encinas.

Cerrando el horizonte la cima de las montañas, dominadas por la elevada cumbre del monte del Diablo.

Pasamos la noche navegando de vuelta en vuelta y con el temor de tropezar en medio de la oscuridad con uno de los numerosos buques que, como nosotros, buscaban la entrada de la bahía.

Para evitar este peligro se mandó poner un farol en el tope del palo de mesana.

II

Todo el mundo estaba alegre, pero con una alegría grave y silenciosa.

Para nosotros todo era desconocido en aquel mundo nuevo que íbamos a tocar, y aunque en Valparaíso habíamos adquirido algunas noticias, no eran éstas tan exactas como hubiéramos deseado.

Hicimos nuestros preparativos para desembarcar en la mañana del 7.

No se trataba allí, como en Valparaíso, de pasar en una ciudad algunas horas de distracción y de alegría, sino de algo más serio, de pedir a la tierra trabajo, y lo que es más, la remuneración del trabajo.

El más indiferente de todos nosotros hubiera mentido al decir que su sueño había sido tranquilo; en cuanto a mí, desperté diez veces durante la noche, y antes del amanecer todo el mundo estaba de pie.

III

Por la mañana volvimos a ver la tierra, pero bastante lejos de ella todavía, no pudimos distinguir la entrada de la bahía.

Desde las cinco de la mañana hasta el mediodía permanecimos bordeando. A esta hora empezamos a percibir la profunda cortadura que formaba el puerto.

A la derecha vimos una línea de rocas escarpadas en su base, que se elevaban sobre una playa de arena blanca y brillante como polvo de plata. Hasta cerca del fuerte Williams no se empezaba a ver la alfombra de verdura.

A la izquierda se distinguían montañas peligrosas en las faldas, pero cubiertas de pastos a un tercio de su altura, donde vagaban numerosos rebaños de ganado mayor y menor.

Sin embargo, pronto abandonamos el examen del costado izquierdo, en que nada hay interesante más que la Saroleta, pequeña bahía donde fondean algunos navíos, concentrándose toda nuestra atención en el lado derecho.

IV

Nos acercábamos al fuerte Williams.

Pasando el fuerte se encuentran dos islas, la de los Ángeles y la de los Ciervos.

Entonces empezamos a ver algunas habitaciones que formaban un pueblecillo en medio de un campo cubierto de verdura, pero sin un solo árbol: era el presidio.

Alrededor de esta especie de aldea viramos por primera vez caballos y mulas.

Sobre una montaña más elevada que las otras se destacaba el telégrafo, con sus brazos negros y blancos, siempre en movimiento para indicar la llegada de los buques.

Cerca de él se veían algunas casas de madera y unas cincuenta tiendas de lona.

Enfrente del telégrafo está el primer surgidero, donde hay un inmenso edificio; es el lazareto, en el cual hacen cuarentena los buques sospechosos de contagio.

Nosotros no habíamos tocado en ningún puerto sucio, y por consiguiente, una vez reconocidos por la sanidad, se nos concedió el permiso para saltar en tierra.

V

Acto seguido muchos pasajeros saltaron en tierra para buscar un lugar en qué plantar las tiendas, que se construirían con las telas de nuestros lechos. En cuanto a las prometidas casas de madera, no había que pensar en ellas.

Nuestros compañeros, con Ganthier y Mirandola a la cabeza, marcharon en busca de un sitio, llamado el campo francés, donde se habían establecido todos los emigrantes franceses.

No tardaron en encontrarle y eligieron un lugar a propósito para nuestro objeto.

Al día siguiente todos los pasajeros desembarcaron, haciendo uso de una chalupa perteneciente a uno de los asociados, que la había puesto a nuestra disposición.

Eran las ocho de la mañana del 8 de Enero.

Apenas estuvimos en tierra, empezamos los preparativos de instalación.

Mi capital se reducía a cuatro cuartos y una deuda de diez francos que me había prestado un compañero.

Ésta era toda mi fortuna; pero había alcanzado mi objeto.

VI

Dos palabras sobre esta tierra en que nos esperaban tantas decepciones.

Hay dos Californias, la nueva y la vieja.

La vieja, que aún en el día pertenece a Méjico, forma una larga península bañada al Este por el mar Bermejo, que debe este nombre al admirable tinte de sus aguas en la postura del sol, al Oeste y al Sur por el Océano Pacífico, y unida por el Norte a la Nueva California por un istmo de veintidós leguas de ancho.

Fue descubierta por Hernán Cortés el 13 de agosto de 1521; después de haber conquistado el imperio mejicano, el célebre aventurero hizo construir dos carabelas, tomó el mando de la expedición, y el primero de Mayo de 1535 recorrió la parte oriental de la gran península; el 3 fondeó en la bahía de la Pax por los 24º 10º de latitud Norte y 113º 20º de longitud Oeste y tomó posesión de la comarca en nombre de Carlos V, rey de España y emperador de Alemania.

¿Qué origen tiene el nombre de California, que lleva esta tierra desde la época de su descubrimiento en la obra de Bernal Díaz del Castillo, compañero de armas e historiador de Hernán Cortés? Según algunos, viene de Calida Fornax, o más bien, como cree el padre Venegas, de alguna palabra india cuya significación no han trasmitido los conquistadores.

Su antigua capital era Loreto, que no cuenta en la actualidad más que trescientos habitantes; la capital moderna es Real de San Antonio, que tiene ochocientos.

Toda la población de esta península, que puede tener doscientas leguas de longitud, no pasa de seis mil almas.

VII

La Nueva California, llamada por los ingleses y americanos Alta California, está situada entre los 32º y los 42º de latitud Norte y los 110º y 127º de longitud occidental.

Su extensión de Norte a Sur es de doscientas cincuenta leguas, y de Este a Oeste, de trescientas.

La Nueva California, como la vieja, fue descubierta por los españoles, o más bien por un portugués al servicio de España.

Este portugués se llamaba Rodríguez Cabrillo. Partió el 27 de enero de 1542, con el objeto de intentar el descubrimiento del famoso paso que cuarenta y un años antes Gaspar de Cotereal creía haber encontrado a través de la América del Norte. Este paso no era otro que el que en la actualidad se conoce con el nombre de estrecho de Hudson y que da paso a la bahía del mismo nombre, que es un verdadero mar interior.

El 10 de Marzo de 1543, Rodríguez Cabrillo reconoció el gran cabo Mendocino, al que dio este nombre en honor del virrey de Méjico, marqués de Mendoza.

Descendiendo luego hasta el 37º percibió una gran bahía a la que dio el nombre de bahía de los Pinos, que es probablemente la de Monterrey.

En 1579 el navegante inglés Francisco Drake, después de haber destruido unos cuantos establecimientos españoles en el mar del Sur, reconoció la costa de California entre la bahía de San Francisco y la punta Rodega, y tomó posesión de la comarca en nombre de Isabel, reina de Inglaterra, dándola el nombre de Nueva Albión.

Veinte años después Felipe III puso los ojos en este bello país, de que había oído contar maravillas, y dio al vizconde de Monterrey, virrey de Méjico, la orden de formar una colonia.

El virrey encargó esta comisión a uno de los más hábiles marinos de aquel tiempo: este marino se llamaba Sebastián Vizcaíno.

El 5 de Marzo de 1602 partió de Acapulco, remontó la costa hasta el cabo Mendocino, que reconoció, descendió luego hasta la bahía de los Pinos, penetró en ella y dio al punto en que tocó la tierra el nombre de Monterrey.

VIII

M. Ferry, en su sabio libro sobre California, cita las siguientes líneas, que trasladadas de la relación del viaje del Sebastián Vizcaíno, y aún en el día se puede conocer lo exacto de esta relación, escrita hace doscientos años:

«El clima de este país es dulce, —dice el navegante español—; el suelo, cubierto de yerba, extremadamente fértil; el país bien poblado, y los naturales tan dóciles y sencillos que será fácil convertirlos a la fe cristiana y someterlos a la corona de España.

Después Sebastián Vizcaíno, habiendo preguntado a los indios y a muchos otros que encontró es la orilla del mar sobre una gran extensión de costa, supo por ellos que más allá de su país había grandes ciudades y mucho oro y plata, lo que le hacía creer que se podían encontrar cuantiosas riquezas».

A pesar de estas noticias, España desconoció siempre el inmenso valor de su colonia, contentándose con enviar a ella gobernadores y misioneros, que estaban protegidos por esos establecimientos militares que aún en el día llevan el nombre de presidios.

Poco a poco los indios se separaron de la metrópoli; los unos fueron conquistados por los ingleses y holandeses, y los otros se constituyeron en reinos independientes. Así continuaron las cosas hasta la independencia de la república mejicana, a la cual se reunieron las dos Californias.

IX

Bien pronto la mala administración de la república hizo que se alejasen de ella las provincias. Tejas se declaró independiente en 1836, y en 12 de abril de 1844 propuso a su Congreso un tratado de anexión a los Estados Unidos.

Este tratado, rehusado en un principio por los Estados americanos, fue definitivamente adoptado por las dos Cámaras en 22 de diciembre de 1845.

Aquella desmembración de su territorio era cosa grave para Méjico, y su gobierno resolvió levantar un ejército y disputar la propiedad de Tejas a los Estados-Unidos.

Un ejército de cuatro mil hombres, mandado por los generales Taylor y Scott, se puso en marcha para mantener los derechos de los americanos sobre Tejas.

Los mejicanos, por su parte, reunieron un ejército de ocho mil hombres.

El 7 de mayo de 1846 los dos ejércitos se encontraron en la llanura del Palo alto. Empeñado el combate, los mejicanos fueron batidos, repasaron el río Bravo y se refugiaron en la ciudad de Matamoros.

El 18 de mayo Matamoros se rindió.

Al mismo tiempo los americanos habían enviado al comodoro John Lloat con una escuadra para hacer la guerra en las costas, al mismo tiempo que el general Taylor la hacía en el interior.

El 6 de julio de 1846 la escuadra americana se apoderaba de Monterrey, capital de la Nueva California.

X

A fin del año, el ejército americano ocupaba las provincias de Nuevo Méjico, Tamaulipas, Nueva León y Cohahuela, y la escuadra la California.

Marchando hacia la capital, el general Taylor declaró las inmensas provincias que atravesaba conquistas del gobierno americano y pronunció su reunión a los Estados-Unidos.

El 22 de febrero de 1847 los dos ejércitos se encontraron de nuevo en Nueva León, entre la extremidad Sur de la sierra Verde y las fuentes del León, en la llanura de Buenavista.

El ejército americano era fuerte de tres mil cuatrocientos infantes y mil caballos.

Después de dos días de escaramuzas el ejército de Méjico se vio forzado a retirarse sobre San Luis de Potosí, dejando dos mil muertos sobre el campo de batalla. El número de heridos no se pudo saber porque recogieron una gran parte.

Los americanos habían perdido setecientos hombres.

«Otra victoria como ésta, y soy perdido», decía Pirro.

En estos mismos términos, con corta diferencia, escribió el general Taylor a su gobierno.

El congreso de Washington votó nueve regimientos de voluntarios, y a cada uno de estos voluntarios que hubiese servido un año en la guerra de Méjico se acordó una concesión de ciento sesenta acres de tierra o cien dollars de renta al 6 por 100.

La misma ley aumentó el sueldo del ejército regular, que era ya de cuarenta y tres francos por mes.

Para atender a los gastos de esta guerra se creó un nuevo papel hasta la cantidad de veintiocho millones de dollars.

XI

La escuadra americana debía apoderarse de Veracruz como se había apoderado de Monterrey.

Veracruz es la llave de Méjico.

El 22 de marzo de 1849 un ejército de doce mil hombres, secundado por la escuadra del comodoro Perry, puso sitio a Veracruz, y en breve empezó el bombardeo.

Después de cinco días de fuego rindióse la ciudad y con ella el castillo de San Juan de Ulúa.

El 16 de abril el general Scott abandona su posición y marcha sobre Méjico con diez mil hombres.

El ejército mejicano, fuerte de doce mil hombres y mandado por el general Santa Ana, le esperaba a dos jornadas de Veracruz, en el desfiladero de Cerro Gordo, verdaderas Termópilas donde debía ser destruido el ejército mejicano.

El camino estaba cortado por una zanja, detrás de la cual se aprestaba a jugar una formidable artillería.

La montaña, desde su base hasta su cima, no era más que un inmenso atrincheramiento.

Los americanos atacaron de frente; la lucha fue terrible y duró cuatro horas. Al cabo de cuatro horas el desfiladero había sido forzado, y los mejicanos dejaban en poder de sus enemigos seis mil prisioneros y treinta piezas de artillería.

El día 20, Jalapa había sido tomada, y ocho días después el castillo fuerte de Perote se rendía a su vez.

El general Scott marcha sobre Puebla y la toma.

No estaba más que a veintiocho leguas de Méjico.

El 19 y el 20 se apodera de las provincias de Cerro-bajo y el Charaburca.

El 13 de setiembre el general Scott ataca las provincias de Capultepec y de Molins del Rey.

En fin, el 16 de setiembre de 1847 los americanos, vencedores en todos los encuentros, realizaban su entrada en la capital de Méjico.

XII

El 2 de febrero de 1848, después de tres meses de negociaciones, la paz fue firmada entre Méjico y los Estados-Unidos, mediante la unión del Nuevo Méjico y de la Nueva California por la suma de quince millones de dollars.

Además, los Estados-Unidos se encargaban de responder a las reclamaciones que elevaran contra Méjico los acreedores tejanos o americanos, hasta la suma de cinco millones de dollars.

El cambio de ratificaciones tuvo lugar el 3 de mayo de 1848.

El 14 de agosto siguiente el Congreso americano expidió un decreto que extendía a los pueblos de California los beneficios de las leyes de la Unión.

Ya era tiempo: Inglaterra hubiera comprado la California a Méjico, y probablemente Méjico la hubiera cedido, si en aquel momento, como acabamos de ver, las comarcas californianas no hubieran sido ocupadas por los americanos.

V. El capitán Sutter

I

En tanto que los generales Taylor y Scott se apoderaban de Méjico, he aquí lo que sucedía en California.

En 1845, la población blanca de California, que ascendía a diez mil almas próximamente, se había sublevado contra Méjico, poniéndose a su cabeza un californiano llamado Pico.

En este movimiento estaban complicados tres jefes del antiguo gobierno: Vallejo, Castro y Alvarado.

El general Miguel Torena, gobernador de la comarca por Méjico, marcha contra los insurgentes.

El 21 de febrero de 1845 encuentra a Castro; vienen a las manos, y Miguel Torena es batido.

Entonces Pico fue nombrado gobernador de California y José Castro tomó el mando de las tropas.

Miguel Torena, comprendiendo que nada podía hacer contra semejante movimiento, se embarcó en un buque americano con los oficiales y soldados que quisieron seguirle y se hizo conducir a San Blas.

Entonces fue cuando el Congreso americano dio al comodoro John la orden de apoderarse de Monterrey.

Los insurgentes, después de haber arrojado a los mejicanos, resolvieron defenderse contra el ejército de los Estados-Unidos.

II

Estaba entonces en Nuevo Méjico, sobre las orillas del río Grande, al pie, de los montes Anahuoc, un oficial americano llamado Esteban W. Kearny. Con los ojos fijos sobre la Nueva. California empezaba a inquietarse con los graves perjuicios a que estaban expuestos los súbditos americanos residentes en aquel país, cuando el Congreso le dio la orden de pasar las montañas, bajar por las orillas del Colorado, e ir con su regimiento, a través de los desiertos desconocidos de los indios ajutas, a apoyar las operaciones de la escuadra americana.

Era ésta una de esas órdenes que dan los gobiernos en su ignorancia de las localidades, y que son imposibles de ejecutar por los que las reciben.

En efecto, era imposible conducir todo un regimiento por aquellos desiertos, frecuentados tan solo por los tramperos y les indios.

El coronel Kearny toma cien hombres y parte con ellos para California, dejando el resto de su regimiento en las orillas del río Grande del Norte.

III

Por otra parte, cerca del lago Pirámide, al Norte de la Nueva Helvecia, otro oficial americano, el capitán Fremont, del cuerpo de ingenieros topógrafos, exploraba la California, y encontrándose en medio de la insurrección, organizó un pequeño ejército con los residentes americanos, y se dispuso a resistir las disposiciones hostiles del nuevo gobernador Pico.

Y he aquí que los Estados-Unidos habían penetrado en California por tres puntos.

Con el comodoro John, se apodera de Monterrey.

Con el capitán Fremont, se atrinchera en la llanura de los Terreros.

Con el coronel Kearny y sus cien hombres atraviesa las montañas Pedregosas.

IV

En medio de la insurrección general estalló de pronto una insurrección parcial.

Estos nuevos insurgentes habían tomado el título de bears u osos.

Su estandarte se llamaba Bear-Flag o bandera de los osos.

Los osos marcharon sobre Sonoma, pequeña ciudad situada en la extremidad Norte de la bahía de San Francisco, y se apoderaron del fuerte.

Castro, uno de los jefes de la primera insurrección, marcha sobre ellos, sin pensar que, por su parte, el capitán Fremont, abandonando su posición de los Terreros, practicaba el mismo movimiento.

Las dos vanguardias, californiana y americana, se encontraron al pie del fuerte.

La vanguardia americana era fuerte de noventa hombres.

La californiana de setenta.

El capitán Fremont ataca al enemigo, lo dispersa, vuelve contra el fuerte, y lo toma con todo su material.

Los americanos habían llegado a la bahía de San Francisco: desde allí, daban la mano a la ciudad, casi enteramente poblada de americanos.

V

En el mes de octubre de 1846, el capitán Fremont supo que el comodoro Stockton estaba con su escuadra delante de San Francisco, y dejando una guarnición en la fortaleza de Sonoma, fue a reunirse con él, acompañado de ciento ochenta voluntarios.

El comodoro Stockton hizo embarcar esta pequeña tropa y se dirigió con ella a Monterrey, a donde llegó el día siguiente.

Allí recluta doscientos veinte voluntarios y forma un total de cuatrocientos hombres próximamente.

En tanto tenían lugar estos acontecimientos, el cónsul americano, M. Olarkin, volviendo de Monterrey a San Francisco, fue apresado por una de las partidas californianas que recorrían el país. Apenas tiene conocimiento de este suceso el capitán Fremont, se lanza en persecución de esta tropa, la alcanza, la pone en fuga después de un vivo tiroteo, y libra a M. Olarkin.

VI

Durante este tiempo, venciendo fatigas increíbles, faltándole a menudo los artículos de primera necesidad, el coronel Kearny con sus cien hombres había franqueado las montañas Pedregosas, atravesando las llanuras arenosas de los indios navajos, saliendo al Colorado y llegando a Aguas Calientes, pasando entre el país de los indios mohavos y el de los yumas.

Una vez allí, encuentra una pequeña tropa de americanos, mandada por el capitán Guillespi, y sabe de una manera positiva lo que pasa en California.

Un cuerpo de ochocientos californianos, mandados por el general Andrés Pico, recorría el campo cerrando el paso a los americanos.

El coronel Kearny cuenta sus hombres: eran ciento ochenta, pero resueltas a todo y bien disciplinados.

A pesar de la diferencia del número no vacila y da la orden de marchar contra el enemigo.

Americanos y californianos se encuentran el 6 de diciembre en la llanura de San Pascual.

La lucha fue terrible: vencida, la pequeña tropa americana era completamente anonadada.

Pero la victoria fue suya. El coronel Kearny, que a partir de aquel momento tomó el título de general, recibió dos heridas, y fueron muertos dos capitanes, un teniente, dos sargentos, dos cabos y diez dragones.

Por su parte, los californianos perdieron trescientos hombres.

A la mañana siguiente, un destacamento de marineros, enviado por el comodoro Stockton, encuentra a Kearny y se reúne a su tropa.

Con este refuerzo, el general continúa su marcha hacia el Norte, y en los días 8 y 9 de diciembre sostuvo con los californianos dos nuevos encuentros, quedando, como en el primero, por dueños del campo de batalla.

VII

Al mismo tiempo, Castro, fugitivo, se había lanzado contra la tropa del capitán Fremont, y envuelto por ella, se rendía con sus fuerzas.

Quedaban tan solo algunas tropas californianas en las cercanías de los Ángeles.

En los primeros días de 1847 el capitán Fremont se reúne al general Kearny; los dos cuerpos reunidos marchan inmediatamente sobre los Ángeles, baten a los insurgentes el 8 y 9 de enero y el 13 penetran en la ciudad.

La California estaba sometida.

El capitán Fremont fue promovido al grado de coronel y nombrado gobernador militar de la comarca.

Y, en fin, en el siguiente mes de febrero, el general Kearny publicó una proclama en la cual declaraba que, libres de sus compromisos respecto a Méjico, los habitantes de California eran ciudadanos de los Estados Unidos.

VIII

Hallábase entonces en California un aventurero de origen suizo, capitán de la guardia real francesa hasta la revolución de 1830, y que, obligado a emigrar, había pasado a América con objeto de hacer fortuna.

Después de seis años de permanencia en el Missouri, había dejado este territorio por el de Oregón, donde comenzaban a encontrarse grandes recursos y hacia el cual, desde 1832, se dirigían algunos emigrantes.

M. Sutter franquea las montañas Pedregosas, atraviesa las llanuras habitadas por las serpientes y llega al fuerte Vancouver.

Pasa de allí a las islas de Sandwich y en 1839 se fija definitivamente en California.

El gobernador de la provincia, que empezaba entonces la colonización, concede gratuitamente al capitán Sutter una extensión de treinta leguas cuadradas de terreno sobre las dos orillas del Sacramento, en el lugar llamado la Horquilla americana, y por otra parte, el gobierno mejicano le confiere poderes ilimitados en toda la extensión de su distrito, tanto para la administración de justicia como para el despacho de los negocios civiles y militares.

IX

M. Sutter escogió un montecillo situado a dos millas del Sacramento para establecer su residencia, y construyó en él, no una casa sencilla, sino una especie de fuerte.

Entró luego en tratos con un jefe de tribu, que se comprometió a proporcionarle tantos trabajadores como pudiese ocupar, y se arregló el precio, que debía ser satisfecho en víveres, en telas de lana y artículos de quincalla.

Construido el fuerte, se trató de darle una guarnición, que fue también reclutada entre los indígenas. Cuarenta indios fueron vestidos, disciplinados, instruidos en las maniobras, y guardaron el fuerte con igual fidelidad y una vigilancia más activa que las de las tropas europeas.

Este fuerte fue el principio de una peque ña población que hoy se llama Sutterville, en honor de su fundador; esta pequeña población se compone de una docena de casas.

M. Sutter había trasportado a California casi todos los árboles frutales de Europa y consagraba a su cultivo una gran extensión de terreno. La viña, sobre todo, daba magníficos productos.

Pero la verdadera riqueza de M. Sutter, en la época en que el oro no había sido descubierto, consistía en la cría de ganados y en la recolección de cereales.

En 1848 M. Sutter había, recolectado cuarenta mil fanegas de trigo.

Muy pronto, sin embargo, debía ser descubierta por él otra fuente de considerables riquezas.

El descubrimiento de las minas del Potosí fue debido a un indio que perseguía en la montaña un buey escapado del rebaño.

El de las minas del Sacramento fue debido también a una casualidad imprevista.

X

M. Sutter tenía necesidad de tablas para sus construcciones, y a una altura de mil pies sobre el valle del Sacramento encontró una especie de pino que juzgó muy a propósito para darle las tablas que necesitaba.

Inmediatamente, bajo la dirección de un mecánico llamado M. Marshall, hizo construir un taller de sierra, dotado de una máquina, puesta en movimiento por una caída de agua.

Resultó, sin embargo, que la salida de la presa era demasiado estrecha para dejar escapar el volumen de agua que recibía, y siendo de grandes gastos la corrección de este defecto, el constructor dejó a la corriente el encargo de ensanchar y profundizar su cauce.

Esto produjo que al cabo de algunos días se formase bajo la caída de agua un depósito de arena y diversos detritus. M. Marshall, visitando el taller, vio algunas partículas brillantes en aquel montón de arena, las recogió no tardó en conocer su valor.

Aquellas partículas eran oro puro.

M. Marshall dio parte de su descubrimiento al capitán Sutter, y los dos convinieron en guardar secreto; pero aquel secreto era el del rey Midas, y en el ruido del agua, en el murmullo de los árboles, en los gemidos del viento, parecía distinguirse esta palabra, que bien pronto había de repetir los ecos más lejanos:

¡El oro, el, oro, el oro!

Aunque esto no fue al principio más que un rumor vago, basto, sin embargo, para que acudiesen al Sacramento los más aventureros de los habitantes de San Francisco y de Monterrey.

Pronto los despachos oficiales del coronel Maron, del alcalde de Monterrey, del capitán Folson y del cónsul de Francia, dieron noticia del descubrimiento.

Ya no había duda; el Eldorado existía, la tierra del oro había sido encontrada.

Y de todos los países del mundo, como atraídos por las montañas de imán de las Mil y una noches comenzaron a bogar hacia California buques innumerables.

XI

Veamos ahora como ha crecido la población de California.

En 1802, el sabio Humboldt la evaluó en mil trescientos colonos blancos y quince mil quinientos sesenta y dos indígenas convertidos.

En 1812, M. Mofras consignó en su estadística cinco mil colonos blancos y cuarenta mil indios.

A principios de 1848, la población blanca era de catorce mil almas y la indígena permanecía estacionaria.

El 1º de enero de 1849 había veintiséis mil habitantes blancos; el 11 de abril treinta y tres mil, el 1º de diciembre cincuenta y ocho mil.

En pocos meses estos cincuenta y ocho mil habitantes se aumentaron con tres mil mejicanos que llegaban por la provincia de la Sonoma, dos mil quinientos pasajeros de todos los países que desembarcaban en Santa Fe, y treinta mil emigrantes que llegaban por las llanuras del Norte.

En fin, en la época de nuestro arribo, es decir, a mediados de 1850, la población llegaba a ciento veinte mil almas.

En 1855 habrá llegado a un millón, y la ciudad de San Francisco será una de las más populosas del mundo.

Es la ley de las compensaciones; el Oriente se despuebla en provecho del Occidente, y San Francisco que nace, reemplaza a Constantinopla que muere.

VI. Mi primera ocupación

I

Eran las ocho de la mañana de diciembre cuando pusimos el pie en territorio californiano.

Aquel día debíamos emplearlo en arreglar el terreno que habíamos escogido y en levantar las tiendas, que eran, como ya he dicho, los únicos albergues de que podíamos disponer.

Nos dividimos en tres tandas: los que componían la primera fueron a buscar estacas; los de la segunda abrían agujeros en la tierra para plantarlas; y el resto se ocupaba en levantar las tiendas: yo pertenecía a los últimos.

II

En cuanto a las mujeres que habían hecho el viaje en nuestra compañía, trece habían marchado inmediatamente a San Francisco, pues si ellas habían estado impacientes por llegar al término de nuestra larga navegación, se las esperaba con más impaciencia todavía.

Nada tenía esto de sorprendente; en la época de nuestro arribo sólo había en San Francisco, según mis noticias que creo ciertas, veinte mujeres por noventa o cien mil hombres.

La falta del sexo débil, dicho sea sin intención bastarda, se dejaba sentir con exceso, y para remediarla, algunos buques habían ido a buscar mujeres a Chile.

Confieso que he sentido siempre que mis ocupaciones me hayan privado de contemplar el efecto que la llegada de nuestras trece pasajeras debía necesariamente producir en San Francisco.

III

En la mañana de aquel mismo día tuve el gusto de encontrar a mi antiguo amigo y vecino Tillier, que había llegado quince días antes que yo y se halla establecido en el campo francés.

Inútil es decir que volvimos a vernos con la mayor alegría de uno y otro y que partió conmigo su cabaña hasta que la mía estuvo en disposición de ser habitada.

Tillier era demandadero en el puerto.

Uno de nuestros asociados tenía en su compañía a su mujer; ella se encargó de hacernos la comida, y un compañero fue enviado a comprar provisiones, no sin que antes le diese Tillier noticias exactas acerca de los precios corrientes en el mercado.

El encargado compró carne de vaca para hacer caldo, lo que nos permitiría preparar una buena sopa.

La sopa era el objeto de nuestra ambición; la sopa era lo que más habíamos echado de menos durante la travesía.

Afortunadamente, la carne de vaca no tenía un precio muy alto; de cinco francos que costaba algún tiempo antes, había bajado a poco más de dos la libra.

IV

Lo que Tillier nos dijo respecto a los precios de todas las cosas, era verdaderamente espantoso.

El pan variaba de uno y medio a dos francos la libra, y estaba muy barato, pues poco antes había estado a un dollar.

Una habitación de seis a ocho pies de anchura se alquilaba por término medio en quinientos francos al mes, pagando adelantado.

Una casa que no tuviera más que tres o cuatro aposentos alcanzaba un alquiler mensual de tres mil francos.

El Eldorado, que este nombre se daba a un edificio construido en la plaza de Portsmouth había costado cinco millones y medio, y su locación o arrendamiento ascendía a seiscientos mil francos mensuales.

Teniendo en cuenta estos precios, no puede sorprender a nadie que el jornal de un esportillero o de un cavador fuera de cuarenta a sesenta francos, y de ciento a ciento veinte el de un carpintero.

Un terreno concedido casi gratuitamente por el gobierno seis o siete meses antes de nuestra llegada valía a principios de 1850 de ciento veinte a ciento cuarenta mil francos, los cien pies cuadrados, y sé de un compatriota que, en licitación pública, adquirió un terreno de cuarenta y cinco a cincuenta pies; de frente, por el precio de sesenta mil francos pagaderos en cinco años.

Tres días después de la compra lo arrendó por diez y ocho meses en sesenta y cinco mil francos, con la condición de que todas las construcciones hechas en él durante este tiempo pasarían a ser luego de su propiedad absoluta.

V

Los precios de los artículos pequeños guardaban proporción con los que llevo indicados. Infinitas veces he oído el cuento de pobre vendedor de huevos, que viendo a un vendedor de castañas hacer fortuna gritando: «¡Castañas de Lyon!» tuvo la ocurrencia de gritar a su vez: «¡Huevos frescos de Lyon!». Este vendedor, yo lo aseguro, se hubiera enriquecido en San Francisco, donde los huevos frescos, que llegaban de Francia se pagaban a cinco francos.

Hay una historia de dos quesos de Gruyère, que se ha hecho proverbial en la gran ciudad californiana. Como eran los dos únicos quesos de esta especie que habían llegado a la población, constituían una especie de aristocracia, y se vendieron hasta a trece francos la libra.

Un bote con dos marineros no se podía alquilar en menos de doscientos francos por seis horas.

Un par de botas de aguas, indispensables durante la temporada de lluvia, valía de doscientos a doscientos cincuenta francos en invierno y ciento a ciento veinte en verano.

Había un gran número de médicos, pero la mayor parte no eran más que charlatanes, que al cabo tuvieron que abrazar otras industrias; solamente tres o cuatro tenían reputación o inspiraban confianza, y éstos se hacían pagar ochenta y cien francos por cada visita.

También se hablaba de fortunas verdaderamente maravillosas; algunos de mis compatriotas, que habían llegado a California un año antes con uno o dos mil francos en el bolsillo, tenían entonces veinticinco mil libras de renta, no al año, sino al mes, aparte de los beneficios de su comercio.

Por regla general, estas enormes fortunas procedían de arrendamientos de habitaciones, o de especulaciones hechas con terrenos adquiridos a bajo precio.

Todas estas historias, que casi parecían cuentos de hadas, eran muy a propósito para llevar juntamente la esperanza y el temor al corazón de los pobres emigrantes.

VI

Nuestra sociedad había quedado reducida a veinticinco individuos; los otros cuatro habían marchado a las minas el mismo día de nuestra llegada.

Éstos eran los que aún tenían dinero.

No nos extrañaba que las noticias que habíamos adquirido en Valparaíso fuesen tan contradictorias. En San Francisco mismo no se sabía a quién creer, y los placeres más próximos, es decir, los del San Joaquín, estaban a diez o doce jornadas de la ciudad.

Sin embargo, por opuestos que fuesen los rumores que de eco en eco llegaban hasta nosotros, podíamos deducir que el oficio de buscador de oro era todavía el más lucrativo.

Pero para ser buscador de oro en California, como para ser mendigo en San Eustaquio o en Nuestra Señora de Loreto, era casi necesario ser rico. Por otra parte, en el momento de nuestra partida para las minas no hicimos alto en ciertos detalles, y ya se verá cuanto necesitábamos, con corta diferencia, para remontar el Sacramento o el San Joaquín y hacernos mineros.

He aquí porqué he dicho que solo los más ricos habían podido dirigirse inmediatamente a los placeres.

Se sabe que yo era de los más pobres, puesto que he vuelto mis bolsillos ante los lectores.

La cuestión estaba, pues, reducida a ganar la suma necesaria para el viaje.

Fin del tomo primero.

Tomo II

I. San Francisco

I

Por fortuna yo tenía en Tillier, que, como he icho, había llegado quince días antes, un excelente guía para iniciarme en la vida californiana.

Permanecimos cuatro días en el campo francés, ocupados exclusivamente en establecer nuestro vivac.

Al quinto día cada cual empezó a trabajar según sus facultades, y a trabajar por la comunidad; pero este trabajo en común no duró más que otros cuatro días.

En el siguiente, la sociedad se disolvió.

Nuestra primera industria había sido la de cortar madera y leña en un bosque situado cerca del camino de la Misión, para venderla luego a un tratante que habíamos tenido la fortuna de encontrar y que nos la pagaba a noventa piastras el haz, o lo que es lo mismo, a cuatrocientos setenta francos, con corta diferencia.

Esta leña era muy buena para la lumbre, y después de partirla convenientemente y de arreglarla en haces, la trasportábamos sobre nuestras espaldas al depósito establecido por el tratante.

A todo el mundo le estaba permitido cortar madera, y por nuestra parte usábamos, y casi abusábamos de este permiso.

Este bosque, aparte de algunos grupos de árboles esparcidos acá y allá, no existe en la actualidad; las continuadas cortas realizadas por los emigrados lo han destruido por completo, y lo poco que de él queda tardará muy poco en desaparecer.

En las cercanías empiezan a edificarse algunas casas, que serán con el tiempo los boulevars de San Francisco, y la vecindad de estos bosquecillos les da un aspecto muy alegre y pintoresco.

II

Ya he indicado que nuestra asociación duró solamente cuatro días; al cabo de este tiempo repartimos los fondos, tocando cien francos a cada uno; repartimos igualmente los víveres y disolvimos la sociedad.

Por consecuencia de esta resolución, cada cual separó su tienda y sus efectos de la tienda y los efectos de los demás y empezó a buscar fortuna por cuenta propia.

Por mi parte, ignorante aun del país en que me hallaba, me abandoné a la experiencia de mi amigo Tillier, que me aconsejó hacerme demandadero como él. Joven y vigoroso, no tuve inconveniente en seguir su consejo, y desde aquel día, provisto de fuertes cordeles y de unas angarillas, fui todas las mañanas en unión de mi compañero a situarme en la esquina de una de las casas del puerto.

III

El oficio que había abrazado no dejaba de ser bueno, pues gracias a las continuas llegadas de buques, nunca faltaba ocupación. Tillier y yo llevábamos los bultos y fardos grandes o pequeños en nuestras angarillas, y hubo día que en mi oficio, que en París apenas me hubiera producido cuatro francos, gané en San Francisco diez y ocho o veinte piastras.

El conocido proverbio no hay mal oficio para el hombre trabajador, se ha hecho indudablemente para California. Allí se prescindía de todas las preocupaciones, hasta el punto de que he visto médicos, abogados; y cómicos, convertidos en marmitones y pinches de cocina. Los emigrantes, una vez en San Francisco, tenían necesariamente que adoptar una filosofía muy parecida o igual a la que resplandece en el lazarillo de Tormes y en Gil Blas de Santillana.

Mi carácter había sufrido una notable modificación, y fui allí tan económico como había sido pródigo y gastador en Francia. Con cinco o seis piastras al día, o lo que es lo mismo, con treinta o treinta y cinco francos, cubría mis necesidades, y lo demás lo guardaba cuidadosamente.

IV

Esta economía tenía un objeto.

El objeto era reunir una cantidad suficiente para satisfacer los gastos de nuestra partida, pues tanto mi compañero como yo teníamos por cierto que el verdadero Eldorado estaba en los placeres auríferos.

En poco más de dos meses, trabajando como un negro y economizando como un judío, pude reunir cuatrocientas piastras, es decir, dos mil francos próximamente

Tillier, que como ya he dicho, llegara a San Francisco quince días antes que yo, tenía doscientas piastras más.

Durante los dos meses en que fui demandadero tuve tiempo de recorrer y examinar perfectamente la ciudad de San Francisco.

Ya he indicado cual fue su origen: diré ahora lo que era en la época de mi llegada, es decir, diez y ocho meses después de su fundación.

V

A mi llegada a California, la población de esta comarca, tanto en San Francisco como en las minas, no pasaba de ciento veinte mil hombres, y nuestro arribo había aumentado en quince el número de mujeres.

Por lo demás, como si en este Nuevo Mundo, de la misma manera que en el antiguo, lo superfluo debiera formar la vanguardia de lo necesario, se habían establecido espectáculos y bailes, entre los cuales merece especial mención un teatrillo situado en la calle de Washington.

Para que en este coliseo pudieran ejecutarse comedias, no faltaba entonces más que una cosa: que hubiera actores.

VI

Por fortuna, el buque que había conducido a M. Santiago Arago desde Valparaíso, condujo también a un actor llamado M. Delamarre.

M. Delamarre se encontró solo en San Francisco, sin concurrencia, lo que era una ventaja, pero también sin compañía, lo que era una dificultad.

No se desanimó por esto y empezó por contratar a dos mujeres; una de ellas había llegado en el Tarento y la otra había sido una de nuestras compañeras de travesía en el Cachalote.

La primera de estas nuevas actrices se llamaba Hortensia, la segunda Julieta.

Formado el núcleo, M. Delamarre reclutó a derecha e izquierda, como se dice vulgarmente, y un mes después de mi llegada había conseguido organizar una mediana compañía.

Hasta entonces el teatro no había servido más que para bailes modelados sobre los de la ópera; pero había la desgracia de que, escaseando mucho el bello sexo, no asistían más que hombres.

II. Continúa el anterior

I

Había en San Francisco una institución anterior al teatro y que había precedido también a los conciertos y a los bailes de máscaras: eran las casas de juego.

Apenas fue hallado el oro, se encontró también el modo de derrocharlo.

El juego era, pues, la distracción por excelencia.

Nada más curioso, nada más digno de atención que la organización interior de una de estas casas.

La más respetada, la más concurrida, la más rica en mineral, era indudablemente la llamada el Eldorado.

Y he dicho rica en mineral, porque allí es muy raro, extremadamente raro, una verdadera casualidad, que la plata y el oro se jueguen bajo la forma de moneda.

Allí, en el sentido literal de la palabra, se juegan montones de oro.

A uno y otro lado de la gran mesa de juego se ven balanzas para que los concurrentes puedan pesar sus lingotes.

Cuando ya no hay más lingotes, se juega el reloj, la cadena, los dijes: todo puede entrar en suerte, todo tiene su estimación, todo tiene precio.

Solamente que se va allí cómo se va a un combate: con el fusil al hombro y las pistolas en la cintura.

Cuántas mujeres había en San Francisco asistían por las tardes a la casa de juego, y si decididos son los hombres, ellas se hacen notar por su tenacidad en las apuestas y la tranquilidad con que soportan las pérdidas.

Allí se proclama la igualdad en toda la extensión de la palabra; banqueros y esportilleros, capitalistas y aguadores, arriesgan juntos su dinero y juegan en la misma mesa.

En todas las casas de juego se ha establecido una especie de botillería o cafetín donde se venden licores y refrescos a precios elevadísimos; baste decir que una copa de aguardiente o un vasito de vino cuesta dos reales chilenos, o lo que es lo mismo, un franco veinticinco céntimos.

Junto a la sala de juego se bailaba; los músicos estaban instalados en una habitación contigua, y tocaban desde el amanecer hasta las diez de la noche.

A esta hora concluía la fiesta y cada cual se marchaba a su casa. Los jugadores perdidosos permanecían allí, se reunían y organizaban otra vez el juego.

He dicho que las mujeres se hacen notar, entre todos, por su encarnizamiento en jugar y su tranquilidad para perder.

II

La población femenina se aumentaba de día en día y de una manera rápida, gracias a los buques, de los cuales he hablado ya, que llegaban de Chile y del Perú, con cargamento de bello sexo.

Y he aquí unos negreros de nuevo género, cuya industria no había podido ser prevista en los tratados del derecho de visita.

Infinitos buques estaban anclados en los mejores puertos de la costa occidental de América, desde el cabo Blanco hasta el archipiélago de Chiloe, y allí hacían un llamamiento, especie de enganche voluntario, a todas las mujeres, especialmente las jóvenes, que arrastradas por un espíritu aventurero, quisieran tentar fortuna en California.

En aquella comarca no era difícil encontrar mujeres que hablasen perfectamente el español. El capitán del buque las contrataba bajo la base de sesenta piastras por pasaje y alimentación, pagados al llegar a San Francisco y cuando la mujer hubiese encontrado una colocación provechosa. Muy rara era la que no hallaba, apenas ponía el pie en tierra, un adorador generoso que la hacía los más bellos ofrecimientos, y como la primera cantidad que recibía no bajaba generalmente de trescientas o cuatrocientas piastras, podía muy bien pagar en el acto al capitán el precio estipulado y aún le quedaba un regular beneficio.

Sucedía con no poca frecuencia que, al día siguiente de haber recibido las trescientos piastras, descontenta sin duda del contrato, la mujer abandonaba la casa de su reciente dueño y se marchaba con otro. El hombre ponía, como se dice vulgarmente, el grito en el cielo; pero como no había una ley que protegiese o garantizase este tráfico, no podía hacer reclamaciones de ninguna especie, y se quedaba sin dinero y sin mujer.

III

Por lo demás, todas las industrias eran productivas y había entre ellas gran concurrencia.

A la cabeza de las de primera necesidad estaba la de panaderos.

Eran estos casi todos americanos o franceses y hacían un pan excelente. Este pan se vendía a un precio elevado; pero como dije antes, desde nuestra llegada había bajado mucho. Vendióse primeramente a una piastra la libra, pero en la época de nuestro arribo había descendido a un franco veinticinco céntimos, precio que se sostiene todavía, según presumo.

IV

Los especieros o tenderos de artículos alimenticios seguían en importancia a los panaderos. Eran en su mayor parte americanos, lo que no dejaba de ser una circunstancia sumamente perjudicial para los recién llegados de otros países que no sabían una palabra del inglés, atendido a que lo especieros americanos tienen gran parecido con los comerciantes turcos.

No entendiendo a la primera vez lo que se les pide, tampoco se toman el trabajo de servir al comprador, y éste se ve en la necesidad de indicar por señas el objeto que desea o de cogerlo y de ponerlo sobre el mostrador para que el comerciante se disponga a vendérselo.

V

Los cafés cantantes ocupaban el tercer lugar: eran unos magníficos establecimientos, que atraían todas las noches una considerable concurrencia. El más importante era el de París, llamado también de los Ciegos y del Salvaje.

En este café se oyen canciones francesas, y cualquiera creería hallarse en el pasaje Verdeau o en los Campos Elíseos.

En el Café de la Independencia la cosa variaba de aspecto y tomaba cierto carácter aristocrático: allí se cantaba ópera, y solo se pagaba el consumo.

En verdad que este era sumamente caro, como se puede juzgar de los siguientes precios: una copa de aguardiente costaba dos reales chilenos; un vaso de leche una piastra, una botella de Burdeos tres, y una de Champagne cinco.

VI

Las fondas y reposterías pertenecían por regla general a los chinos, que tenían la deplorable costumbre de condimentar todos los manjares según la moda de su país: se comprende que era una cocina abominable; pero aun así no faltaban consumidores.

Los posaderos y hosteleros eran franceses y su nacionalidad se revelaba en los títulos de sus establecimientos.

Había, pues, el hotel de Lafayette, el hotel de Francia, la hostería Imperial, la de Los Dos Mundos, etc., etc.

VII

También había establecidas algunas encantadoras modistas; pero como a mi llamada a California no había en San Francisco más que veinte o veinticinco mujeres, y a mi partida más que dos o tres mil, número demasiado reducido para que pudiesen sostenerse aquellos establecimientos, las pobres modistas que no contaban con otros recursos que los productos de su trabajo lo pasaban bastante mal.

Sin embargo, a mi salida de California, aumentada considerablemente, como ya he dicho, la población femenina de la ciudad, estos establecimientos empezaban a prosperar.

VIII

También habían llegado algunos agricultores provistos de sus útiles de labranza y de gran cantidad de semillas destinadas a la siembra. Después de visitar y reconocer los terrenos en venta, compraban los que les parecían más convenientes, y acto seguido empezaban las roturaciones.

Estos terrenos pertenecían en su totalidad al gobierno americano o a los emigrados de Méjico.

Los compradores pagaban el precio de la adquisición con los productos de la cosecha.

Castro y su hermano, los antiguos jefes de la insurrección californiana, se han dedicado al comercio y tienen en el día un capital de cinco o seis millones.

Les pertenecen todas las tierras de la costa occidental de la rada de San Francisco, y en ellas se alimentan rebaños numerosos.

IX

Queda aún el oficio de buscador de oro, el más seductor y productivo de todos los que se practican en California, y este era el que Tillier y yo queríamos abrazar, dándonos sus brillantes promesas el valor necesario para hacer rápidas economías.

III. Los placeres

I

Cuando tuvimos reunido el dinero que nos habíamos propuesto, es decir, cuando me vi dueño de cuatrocientas piastras y Tillier de seiscientas, cantidad que considerábamos bastante para sufragar los gastos de nuestro viaje, resolvimos salir de San Francisco y emprender nuestra marcha hacia los placeres.

Teníamos que escoger entre los del San Joaquín y los de los márgenes del Sacramento.

Esta cuestión fue detenidamente discutida con todas sus ventajas y desventajas, y al fin nos decidimos por ir a los del San Joaquín, que están más cerca que los del Sacramento, y cuyas minas pasan por ser las más ricas.

Este viaje era nuestro negocio y de él dependía nuestra fortuna.

Desde luego los buques costaneros, y este comercio, que me había olvidado de mencionar, es uno de los más considerables de California; los buques costaneros, repito, que hacían la travesía de San Francisco a Storkton, exigieron quince piastras por el pasaje de una persona, no comprendiendo la alimentación. Una vez allí, como los primeros placeres que acompañan casi siempre al curso de los riachuelos afluentes al San Joaquín o al Sacramento están todavía a una distancia de treinta leguas, era necesario comprar una mula para trasportar los víveres y las herramientas.

II

Nuestros utensilios de trabajo, así como la tienda de campaña, que nos había servido de albergue, fueron comprados en San Francisco antes de nuestra partida, pues aunque parezca imposible, todo se hacía mucho más caro a medida que se iba penetrando en las tierras auríferas.

Las herramientas se componían de palas, azadones, piquetas y una batea.

Una batea era bastante para Tillier y yo, porque en las sociedades de dos individuos el trabajo se reparte, y mientras el uno mina, el otro lava.

La batea, instrumento que sirve para el lavado de las tierras, es una especie de hortera de madera o de estaño de diez o diez y seis pulgadas de diámetro, de forma cónica, pero poco profunda y perfectamente unida en el interior.

Estas horteras, según su capacidad, pueden contener de ocho a doce litros; se llenan de tierra hasta las dos terceras partes de su altura, y se sumergen en el agua agitándolas con suavidad, a fin de separar el oro de la tierra y de las piedras.

El lavador tiene que permanecer constantemente con el agua hasta la cintura, y su trabajo se reduce a imprimir a la batea un movimiento oscilatorio, a favor del cual se separan las materias más ligeras que el oro.

El minero es el que hace el hoyo de la mina y saca la tierra de la excavación.

III

Salimos de San Francisco el día… y llegamos a Stockton dos días después.

Subimos por la bahía de San Pablo, dejando a nuestra izquierda cinco o seis islas, que todavía no tienen nombre y que serán, andando el tiempo, puntos de recreo tan deliciosos como las islas de Asnières y de Neuilly, en el Sena.

Llegamos a la confluencia del Sacramento y del San Joaquín, y alejándonos del primero, que se dirige al Norte, seguimos las márgenes del segundo, que tuerce bruscamente y desciende hacia el Sur.

El primer afluente del San Joaquín compone de la reunión de tres riachuelos: el Cosierias, el Mokeleus y otro cuyo nombre ignoro.

Estos tres arroyos riegan varias llanuras sumamente fértiles, pero que en la actualidad permanecen todavía invadidos por las yerbas silvestres, especialmente por la mostaza, cuyas flores, de un amarillo brillante, se destacaban, resplandecientes como ese oro que íbamos a buscar, sobre el follaje sombrío de los robles.

De tiempo en tiempo se percibía una colina toda cubierta de avena, de una altura tal que un hombre a caballo desaparecería en ella por completo.

Veinte millas más abajo el riachuelo de las Calaveras vertía en el San Joaquín el poco considerable caudal de sus aguas.

Este río riega una comarca de llanuras, cubierta de yerbas doradas por la acción de los rayos del sol, y todo su curso está trazado por bosquecillos de robles y por encantadoras alamedas coronadas de flores blancas, cuyo embalsamado perfume llegaba hasta nosotros.

IV

En Stockton, villa de creación moderna, como lo indica su nombre, tan moderna que apenas cuenta dos años de existencia, compramos dos mulas y la provisión de víveres que necesitábamos para el viaje.

Las mulas nos costaron ciento veinte piastras cada una.

En cuanto a las provisiones, se componían de cincuenta libras de harina, que nos costó sumamente barata, en atención a que estaba averiada, por cuya circunstancia tuvimos las cincuenta libras por siete piastras; de dos jamones, que nos costaron veintidós piastras; de quince libras de galleta, cuyo precio era de dos francos cincuenta céntimos la libra; de un puchero de manteca fresca de cerdo, de veinte libras de judías secas y de tres o cuatro de sal.

Realizadas todas esas compras, y deducidos los gastos de la travesía desde San Francisco a Stockton, de mis cuatrocientas piastras me quedaban todavía ciento veinte.

Una mula fue cargada con los utensilios y la tienda de campaña, y la otra con las provisiones.

V

Partimos, dirigiéndonos hacia el campo de Sonora, distante cincuenta leguas próximamente de Stokton, y situado en las cercanías de Hormon-Diggins, entre el riachuelo de Estanislao y el arroyo Tolemio.

Teníamos la intención de hacer estas cuarenta leguas sin tocar a nuestras provisiones y viviendo exclusivamente de la caza. Yo tenía mi fusil, mi bayoneta y mis pistolas, todo nuevo, pues no había encontrado aún ocasión de servirme de ella, y en cuanto a las municiones, poseía la misma cantidad de pólvora, balas y perdigones que había sacado de Francia.

Tillier, que era un cazador bastante diestro, iba tan bien armado como yo.

VI

Para ir de Stockton hasta el Estanislao, que es el primer arroyo que se encuentra en el camino, hay que atravesar magníficas y dilatadas llanuras, salpicadas de espesos bosquecillos y esmaltadas de unas bellas flores azules de gratísimo aroma, cuyo verdadero nombre ignoro, y de otra flor de vivo matiz rojo que crece a la sombra de los robles y que, según he sabido después, era la que los botánicos conocen con la denominación de pappy califórnica.

Estos bosquecillos albergaban entre sus frondas una numerosa población de volátiles, que los animaban con sus gritos y sus revoloteos: había allí tórtolas azules, bellísimas palomas, hermosos faisanes y una perdiz moñuda particular de California.

En cuanto a los cuadrúpedos que encontrábamos en nuestro camino, eran ardillas grises, negras y pardas, liebres de enormes orejas y conejos del tamaño de una rata.

Las ardillas nos hicieron gastar alguna pólvora, pero no pudimos matar ninguna.

VII

Ya a la otra parte del Estanislao, que pasamos por un puente de barcas, donde, dicho sea de paso, nos cobraron una piastra por persona en concepto de derechos de pontazgo, continuamos nuestra marcha atravesando bosques bastante espesos y comenzamos a subir los primeros escalones de la montaña.

Cuando no queríamos alejarnos a la derecha o a la izquierda para dedicarnos a la caza, seguíamos por un hermoso camino, trazado por el paso de las mulas y de los carruajes, en el cual encontrábamos a cada momento numerosas caravanas que trasportaban a los placeres víveres o mercancías o volvían a la costa para tomar cargas en Stockton o en San Francisco.

A la caída de la tarde armábamos la tienda a un lado del camino, descargábamos las mulas, las sujetábamos, comíamos un poco de carne y galleta, y envueltos en las mantas nos entregábamos al sueño.

VIII

Llegamos al campo de Sonora cinco días después de haber salido de Stockton; pero no nos detuvimos allí más que veinticuatro horas. Varios de nuestros compañeros, a quienes encontramos, nos dijeron que aquellas minas daban un producto muy corto, lo que nos desanimó en cierto modo; pero luego supimos que en el cercano Paso del Pino se habían descubierto nuevos placeres sumamente abundantes en oro, y resolvimos dirigirnos allá.

El Paso del Pino está situado a tres o cuatro leguas de Sonora, en un valle bastante profundo encajonado entre dos montañas.

Además de varios senderos, había ya desde la Sonora al valle en cuestión un verdadero camino que atravesaba admirables y magníficos bosques de robles y abetos, más abundantes en caza que todos los que habíamos recorrido.

IX

Llegamos al Paso del Pino a las cinco de la tarde, y apenas tuvimos tiempo para armar la tienda, descargar las mulas y hacer nuestra comida.

Estábamos, por otra parte, tan impacientes por empezar nuestro trabajo, que durante la noche nos pusimos a buscar un sitio conveniente para la explotación.

Entonces se nos advirtió que los trabajadores no tenían el derecho de escoger el terreno, sino que les era designado por un alcalde.

Acto seguido nos presentamos a este funcionario, que se alojaba, como todos nosotros, bajo una tienda.

Por fortuna era un hombre sumamente campechano, que nos recibió muy bien. Para utilizar sus ratos de ocio había establecido una especie de botillería; y por esta razón deseaba que se estableciese en torno suyo el mayor número posible de trabajadores.

Aquella misma noche, secundando con la mayor amabilidad nuestra impaciencia, nos llevó a los terrenos públicos, y clavando algunas estacas nos señaló el lugar que nos correspondía. A la mañana siguiente podríamos decirle si aquel sitio era bueno o no.

Terminada la designación del terreno fuimos a beber unas copas de aguardiente en la botillería del alcalde y acto seguido volvimos a nuestra tienda.

X

A las siete de la mañana siguiente empezamos nuestra faena, poniéndonos los dos a cavar en el terreno que se nos había señalado y que ocupaba un espacio de seis pies cuadrados.

A una profundidad de media vara encontramos la roca.

Esta circunstancia imprevista complicaba en gran manera la situación, pues carecíamos por completo de los instrumentos necesarios para taladrarla o extraerla.

No por eso cejamos en nuestro propósito, y la hicimos saltar por medio de la pólvora.

Hubiéramos hecho volar una catedral, sin detenernos mucho a meditarlo; tanto era el ardor que demostrábamos en nuestro trabajo.

Durante cinco días consecutivos continuamos extrayendo piedras y tierra.

Por fin, al mediar el sexto tuvimos el placer de encontrar la tierra rojiza que demuestra la presencia del oro.

XI

Esta capa de tierra rojiza tiene generalmente un pie o pie y medio de espesor, y contiene partículas auríferas en más o menos número. Es fría, ligera, muy blanda al trabajo de la azada, y está casi por completo compuesta de lice.

Una vez descubierta la tierra aurífera llenamos de ella nuestra batea, corrimos anhelantes al arroyo que atraviesa el valle y empezamos con una ansiedad febril la operación del lavado.

Separada la tierra y las piedras, quedó en el fondo de la batea una pequeña cantidad de oro.

Su valor podría ser de unos diez francos; pero por corto que fuese este primer resultado, siempre era algo. Indicaba, por lo menos, que no eran ilusorias las probabilidades de hacer fortuna, y esto nos dio nuevo ardor.

¡Habíamos visto el oro! ¡Lo habíamos recogido por nuestras propias manos!

XII

Continuamos trabajando con afán creciente; pero, por desdicha, los productos no correspondieron a nuestras esperanzas.

En ocho días de tarea apenas interrumpida, no recogimos más que el valor de treinta piastras en oro.

Entonces, viendo que la mina no producía lo bastante para alimentar a los mineros, viendo que nuestras provisiones iban agotándose y teniendo noticias de que en la parte de Sierra Nevada se obtienen mejores resultados, levantamos el campo, cargamos la tienda y las herramientas y el equipaje sobre nuestras mulas, y abandonamos el valle del aso del Pino.

Era el 1º de mayo de 1850.

IV. La sierra.

I

La Sierra Nevada, llamada también Sierra Negra, hacia la cual nos dirigimos en busca de una fortuna tan deseada, atraviesa las comarcas californianas en toda su extensión de Nordeste a Sudeste.

Esta cadena de montañas tiene una elevación superior en mucho a todas las demás de California, y sus cumbres se ven perpetuamente cubiertas de nieve. Su desarrollo es inmenso, y a intervalos casi iguales ofrece a la vista anchas mesetas cubiertas de bosques, del centro de las cuales arrancan soberbios picos de carácter volcánico que se elevan hasta doce o quince mil pies sobre el nivel del mar. Estos picos, coronados por un turbante de nieves eternas, han dado a la cordillera el nombre de Sierra Nevada.

II

Elevase ésta en mesetas sucesivas; las pendientes de las faldas son bastante suaves, pero poco a poco se van haciendo más rápidas a medida que se acercan a las regiones superiores. La distancia media, desde la base a la cima, es de veintiséis a veintiocho leguas.

Como los Alpes y otras muchas cordilleras importantes, la Sierra Nevada puede considerarse dividida en distintas regiones, cada una de las cuales posee una vegetación particular; por ejemplo, en las faldas crecen los robles y los cedros, en las mesetas secundarias se ven bosques de encinas, en las regiones superiores dominan los pinos.

Éstos, sin embargo, crecen también en las regiones más bajas.

Entre los montes californianos propiamente dichos y la Sierra Nevada están encerrados todos esos ricos depósitos de oro que han atraído a California gentes de todas las nacionalidades y muestras de todas las razas.

Las dos cordilleras, reuniéndose al Sur, forman el magnífico valle de Tucares, el más fértil, o por lo menos, uno de los más fértiles de California.

III

Antes de ponernos en marcha, habiendo visto que el método del lavado por medio de la batea daba resultados muy lentos para nuestra impaciencia y demasiado medianos para nuestra ambición, resolvimos construir una máquina de lavar.

Carecíamos, sin embargo, de los materiales y de las herramientas necesarias para llevar a cabo esta obra.

En primer lugar, necesitábamos una docena de tablas de seis pulgadas de ancho por tres pies de largo, que habían de constituir el fondo de la máquina.

Hacer estas tablas era perder un tiempo que a cada instante nos parecía más precioso y en cuanto a comprarlas, no éramos bastante ricos para pensar en ello.

Ocurrióseme entonces la idea de ir al campo americano, situado a legua y media del lugar en que nos hallábamos, y donde sabía que podría encontrar cajas viejas que habrían contenido víveres.

Hicímoslo así, y compramos las cajas vacías, que nos costaron dos piastras, y una pequeña cantidad de clavos.

Necesitábamos también una hoja de palastro; pero tuve la fortuna de encontrar, en el momento en que nos decidíamos a hacer esta adquisición, un pedazo de hoja de lata, arrancada indudablemente del forro de la silla de una mula, y este feliz hallazgo nos permitió economizar lo que en la compra hubiéramos gastado.

A las ocho de la mañana estábamos de vuelta en nuestra tienda, y acto seguido nos pusimos a construir la proyectada máquina, que dimos por concluida tras dos horas de trabajo, sin haber empleado otras herramientas que una sierra y nuestros cuchillos.

Inmediatamente la sometimos a un ensayo, para ver si los resultados correspondían a nuestras esperanzas, y quedamos perfectamente satisfechos.

Sólo nos faltaba llegar a Sierra Nevada y encontrar un buen terreno.

IV

Desarmamos la tienda, cargamos las mulas, y a las nueve de la mañana nos pusimos en marcha, empezando a subir las primeras pendientes de la cadena de montañas que se elevaba ante nuestra vista.

Allí el camino se reducía a un estrecho y tortuoso sendero que parecía abierto por el paso de los animales salvajes. Las mulas nos conducían a su capricho, y nos dejábamos guiar por ellas, seguros de que sabrían encontrar el buen camino mejor que nosotros. El calor era sofocante, sin que bastasen a librarnos de él las altas yerbas que orlaban los lados del sendero, y de tiempo en tiempo nos deteníamos para descansar a la sombra de los espesos bosquecillos, compuestos casi en su totalidad de robles y de abetos.

Dos veces, durante esta ascensión, encontramos corrientes de agua pura y cristalina que descendían al valle para unirse al arroyo.

En la segunda hicimos alto, dimos de beber a las mulas, las dejamos pastar la fresca yerba de las márgenes y nos pusimos a comer.

V

A las cinco de la tarde, debilitada ya la fuerza del sol, continuamos nuestra marcha, con la intención de acampar sobre la cima de la montaña, a donde llegamos a las nueve y media de la noche.

Había una magnífica luna, y no habíamos encontrado ningún animal peligroso, por más que nos hubiesen hablado mucho de serpientes de cascabel, de víboras y hasta de boas. Todas huyen, sin embargo, ante el hombre, y si alguna vez se aproximan a los sitios frecuentados, es, como diré en otra ocasión, para buscar el calor del sol.

Nos entregamos al descanso sin temor alguno y con la intención de partir al amanecer el día siguiente.

Una cosa nos inquietaba, sin embargo; la subida había sido trabajosa, pero no sabíamos cómo sería el descenso.

VI

Al romper el día emprendimos la marcha, bajando por una suave pendiente cubierta de praderas y de bosques.

Aquella pendiente nos condujo a las márgenes del Murfis, uno de los principales afluentes del río Estanislao.

No existía ninguna de las dificultades que temíamos; aquella comarca parecía un rincón del Paraíso.

Desgraciadamente, no es el Paraíso para los buscadores de oro.

Así como el Judío Errante oye continuamente detrás de sí la voz de un ángel que le grita: ¡anda! el minero oye sin cesar la voz de un demonio que le dice: ¡busca!

Llegamos al Murfis, cuyas orillas son bastante escarpadas, le atravesamos, seguimos por su margen durante una hora, y acampamos a un kilómetro de distancia de una montaña elevada que habíamos rodeado, y a unas cinco leguas de las primeras pendientes de la Sierra Nevada.

Al día siguiente, apenas rompió el día, continuamos la marcha.

VII

Desde que habíamos salido de Sonora, no habíamos encontrado alma viviente, y la comarca parecía completamente desierta.

Sin embargo, otros aventureros habían emprendido y realizado antes que nosotros el mismo viaje; pero había sido en la época de la licuación de las nieves, durante la cual la enorme cantidad de agua que cae de las montañas inunda las llanuras inferiores donde se encuentra el oro, y por consiguiente, ningún trabajo habían podido llevar a efecto.

Nosotros llegábamos en mejor tiempo y era posible que consiguiéramos nuestro objeto.

VIII

A las diez de la mañana alcanzamos el lugar donde pensábamos establecernos, y en sus alrededores vimos las señales de trabajos más o menos recientes.

Esto era un antecedente que nos indicaba que era allí donde debíamos cavar; armamos nuestra tienda, dejamos las mulas en libertad de pacer la yerba de la llanura y nos pusimos a buscar un sitio a propósito para que nuestras tareas fuesen productivas.

Como no hay ningún signo exterior que indique los buenos o malos sitios, esta faena era completamente aventurada, y lo mismo podía dar un bueno que un mal resultado.

IX

Emprendimos con ardor el trabajo apenas habíamos alcanzado una profundidad de dos pies, saltó un chorro de agua bajo los golpes de la piqueta.

Esta contingencia imprevista hacía imposible el trabajo.

Subimos la pendiente que se elevaba ante nosotros y empezamos en ella dos o tres minas; pero también allí, a más o menos profundidad, encontramos capas de agua.

Estas contrariedades no eran bastantes para abatir nuestro ánimo.

Habíamos encontrado varios filones de tierra rojiza, pero sometida al lavado, no dio la más pequeña cantidad de oro.

Entonces empezamos a trabajar en una cañada.

Se llama cañada al antiguo cauce de un arroyo seco.

Allí encontramos algunas pepitas auríferas, pero en muy corta cantidad.

X

Volvimos a la tienda bastante desanimados y abatidos. Aquella vez, desvanecidas nuestras esperanzas, nos veíamos frente a frente de una realidad dolorosa.

Habíamos gastado más de setecientas piastras, y el oro que habíamos recogido apena llegaba a doscientos francos.

Cenamos, sin embargo, con muy buen apetito, pues todo lo que nos quedaba era la esperanza en nuestras propias fuerzas, y era preciso que no se debilitasen.

Nuestra cena se compuso de una sopa, judías con jamón, y tortas de harina que ocupaban el lugar del pan.

Estas tortas las hacíamos con las manos nosotros mismos, y eran una especie de galletas aplastadas con las manos y cocidas bajo la ceniza.

Terminada la cena, hicimos nuestros preparativos para pasar la noche.

A la altura a que nos hallábamos, a más de tres mil pies sobre el nivel del mar, las noches empezaban a estar algo frescas. Esta circunstancia hizo conservar, alimentándole con mecha, durante toda la noche un buen fuego, que encendido cerca de la entrada de la tienda nos calentaba los pies.

XI

Empezábamos a quedarnos dormidos cuando oímos a larga distancia un grito plañidero y prolongado, que repitieron los ecos de la montaña.

Nos levantamos de un salto, y por un movimiento instintivo, tendimos la mano hacia nuestros fusiles.

Un momento después, distintos gritos parecidos o iguales al primero, se dejaron oír mucho más cerca, y reconocimos los aullidos de los lobos.

Aquellos repugnantes animales descendían de la montaña que habíamos rodeado por la mañana, y sus quejumbrosos aullidos iban en aumento, oyéndose cada vez más próximos.

Cogimos los fusiles y nos preparamos a la defensa, paran el caso de que atacasen a las mulas.

La alerta, sin embargo, fue corta; los lobos siguieron la margen del río y poco después se perdieron en la sierra.

Indudablemente nuestras emanaciones no habían llegado hasta ellos ni habían olido la presencia de las mulas.

Éstas eran las que más nos preocupaban; estaban atadas a una estaca, a cuarenta pasos de nosotros, y fuimos a buscarlas fusil en mano; las sujetamos a los palos de la tienda y esperamos la llegada del día.

XII

El resto de la noche se pasó tranquilamente y pudimos entregarnos al sueño.

Llegado el día levantamos el campo y nos pusimos en marcha.

Volvimos sobre nuestros pasos, y en vez de remontar la corriente de Murfis, bajábamos con ella.

A las once y media hicimos alto, comimos y después de descansar un rato intentamos otra excavación.

También allí encontramos agua, pero en tan poca cantidad que no impedía los trabajos.

A la profundidad de cinco o seis pies, la tierra rojiza se ofreció a nuestros ojos; era una especie de arena gruesa, cuyo aspecto nos infundió esperanzas.

La recogimos, sometiéndola al lavado, y después de cinco horas de trabajo teníamos en nuestro poder algo más de una onza de oro, es decir, un valor equivalente a cien francos, con corta diferencia.

Al fin habíamos encontrado un buen filón, y resolvimos permanecer allí.

La noche nos encontró llenos de alegría y prometiéndonos un día mejor aún para el siguiente, puesto que sólo habíamos trabajado durante la tarde y pensábamos no descansar en todo el día.

XIII

Al anochecer tuvimos cuidado de sujetar las mulas a los palos de la tienda y de encender un gran fuego para combatir el frío.

Sin embargo, no teníamos leña, y en tanto que yo preparaba la comida, Tillier cogió el hacha y fue a partirla en los árboles de un bosquecillo cercano.

Diez minutos después, a la pálida claridad de la luna le vi regresar a la tienda; no traía leña alguna, andaba hacia atrás y parecía que buscaba con la mirada entre las tinieblas de la noche un objeto que le causase gran preocupación.

—¡Eh! —le grité—, ¿qué es eso? ¿Qué hay por ahí?

—Hay, —respondió acercándose—, que esta vez los lobos nos han olido y nos rodean por todas partes.

—¿De veras?

—Como lo oís; acabo de ver uno.

—¿Un lobo?

—Sí; bajaba de la montaña, nos hemos visto al mismo tiempo y los dos nos detuvimos enseguida.

—¿Y dónde le habéis visto?

—A cien pasos de aquí, poco menos, hacia el bosquecillo. Como no me dejaba pasar ni daba señal de moverse, temí que aquello durase tanto tiempo que pudierais inquietaros, y resolví volverme.

—¿Y el lobo?

—No viéndome ya, habrá continuado su camino.

—Tomemos los fusiles hagamos un reconocimiento por aquí cerca.

XIV

Cogimos las armas, que desde la noche anterior estaban cargadas con bala, y nos separamos de la tienda dirigiéndonos al bosquecillo.

Tillier iba delante, con el fusil preparado, y yo le seguía.

A unos treinta pasos del río Tillier se detuvo, y recomendándome silencio, me mostró el lobo, que estaba en la orilla de uno de los pequeños arroyuelos que atravesaban la llanura para verter luego sus aguas en el Murfis.

No era posible dudar: los dos ojos del animal, fijos sobre nosotros, brillaban en la oscuridad como carbones encendidos.

Nuestros fusiles se alzaron a un tiempo, como impulsados por la misma mano, y los dos disparos no formaron más que una detonación.

El lobo cayó de cabeza y rodó hasta el arroyo.

Los dos tiros, reunidos en uno solo, tuvieron en las montañas un eco formidable.

Recogimos el lobo: estaba muerto. Una de las balas le había dado en el pecho; la otra en la garganta.

Le arrastramos hasta la tienda y allí le dejamos.

La noche fue horrible: los lobos pasaban y repasaban en bandadas cerca de nosotros; las mulas se agitaban y coceaban, intentando escaparse, medio locas de terror.

El fuego que manteníamos encendido los tenía alejados; pero sin embargo, no pudimos dormir un solo momento.

V. Los americanos.

I

Era imposible que permaneciésemos en aquel lugar.

Los lobos, detenidos una noche por el resplandor de la hoguera, podían volver en la siguiente, envalentonarse, atacarnos y devorar las mulas, cuando no intentasen hacerlo también con nosotros.

No era este ciertamente el objeto que nos había llevado a California.

Así, pues, a la mañana siguiente continuamos descendiendo por la margen del río, haciendo altos en los sitios que nos parecían a propósito para abrir excavaciones.

Recogimos algún oro, pero muy poco: menos de un franco por cada lavadura.

II

Decididamente ningún filón valía tanto como el que habíamos abandonado, y a pesar de la mala vecindad de los lobos, dándonos valor la luz del día, ya nos decidíamos a regresar, cuando de repente distinguimos un formidable oso negro que bajaba tranquila y lentamente por la montaña.

La tentación era grande y de buena gana hubiéramos tirado sobre él; pero nos detuvo una tradición muy acreditada en California.

Aseguran los indios que un oso herido reúne a todos sus compañeros de la montaña, y que juntos vuelven sobre el cazador, que muere inevitablemente en sus garras.

Esto es, como se comprende, lo más absurdo del mundo; pero ni Tillier ni yo estábamos aún bastante acostumbrados a aquella vida agreste y solitaria, y el poco conocimiento de aquel país nuevo nos hacía un poco tímidos.

La presencia de la terrible fiera nos hizo comprender que era peligrosa la permanencia en aquellos lugares y resolvimos volver directamente al Paso del Pino y reanudar allí nuestro trabajo.

Por consecuencia, plegamos nuestra tienda, cargamos las mulas, nos orientamos y nos pusimos en camino.

III

En la mañana siguiente tuvimos la fortuna de encontrar, en un pliegue del terreno, un bellísimo corzo, que saltaba entre los arbustos.

Le hicimos fuego al mismo tiempo, y cayó herido por las dos balas.

Esto era, a la vez, una economía y una especulación.

Partimos el corzo por la mitad, le pusimos sobre las cargas de las mulas, y una vez en el Paso del Pino, vendimos una de las mitades por veinticinco piastras.

De regreso a nuestro punto de partida, vimos que la excavación por nosotros empezada había sido continuada por otros, y abandonada después por falta de herramientas.

Todos los mineros encontraban oro; pero solo los que estaban asociados en gran número podían alcanzar buenos productos.

Y por desgracia las asociaciones, o por mejor decir, los deberes que toda asociación impone a unos asociados respecto de los otros, son antipáticos al carácter francés, en tanto que, por el contrario, los americanos parecen destinados a la asociación.

IV

Allí tuve ocasión de ver un ejemplo de la insaciable rapacidad de los médicos. Sucedió que, habiendo caído enfermo un minero americano, hizo llamar un doctor, americano también, el cual le visitó tres veces y le proporcionó una poción de quinina. Cuando se llegó a tratar de los honorarios, el médico reclamó una onza de oro por cada visita y dos onzas por el medicamento: total, cinco onzas, o lo que es lo mismo, cuatrocientos ochenta francos.

Todos los médicos obraban en California de una manera igual, y así era que los enfermos querían mejor dejarse morir que ponerse, en sus manos.

V

En el Paso del Pino había entonces ciento treinta trabajadores próximamente.

Entre ellos, treinta y tres franceses de París y de Burdeos se habían reunido, y un poco más arriba de su campo habían cambiado el curso del río.

En este trabajo habían empleado cuatro meses, en cuyo tiempo consumieron sus provisiones y agotaron su dinero.

Pero en el momento en que iban a recoger el fruto de sus tareas y de sus sacrificio, ciento veinte americanos, que no esperaban más que esta ocasión, se presentaron a ellos y les declararon que el territorio del Paso del Pino les pertenecía, que el río era un curso de agua americana, y que por consecuencia nadie, a excepción de los americanos, tenía el derecho de hacerle variar de cauce. Hubo algunas contestaciones, y los invasores acabaron por intimar a los mineros franceses que abandonasen el valle, o que, de lo contrario, como eran en mucho mayor número y estaban perfectamente armados, ni un solo francés saldría vivo del territorio.

Mis compatriotas estaban en su perfecto derecho; pero el alcalde era americano, y naturalmente, dio la razón a sus paisanos.

Los franceses se vieron, pues, obligados a ceder. Unos se retiraron a San Francisco, otros a Sonora, algunos a Murfis, y el resto, en fin, permaneció en el valle, haciendo nuevas excavaciones.

Por lo demás, aquel robo, que así se le puede llamar, no aprovechó a los americanos, a pesar de su miserable astucia.

VI

El rumor de esta depredación se había extendido por las cercanías; todos los franceses establecidos en aquella comarca acudieron al valle en un día dado, permanecieron ocultos en la montaña, y durante la noche cegaron el nuevo cauce y volvieron el río a su curso natural.

Al amanecer el día siguiente, los americanos encontraron el Paso del Pino corriendo por su lecho primitivo.

Nadie, por consecuencia, pudo aprovecharse de un trabajo de cuatro meses que hubiera podido producir millones.

En cuanto a nosotros, viendo que nada absolutamente podíamos hacer en el Paso del Pino, nos dirigimos al campo de Sonora, donde el alcalde, la primera vez que habíamos estado, nos había señalado un terreno.

VII

He dicho ya que la distancia entre el Paso del Pino y la Sonora era de tres o cuatro leguas.

Llegamos a las once de la noche, plantamos la tienda en el mismo lugar que ocupara anteriormente, y dispusimos nuestra comida, que por cierto no había variado ni una sola vez, y que, aparte de los extraordinarios de caza, se componía siempre de jamón y judías.

Al día siguiente nos pusimos a trabajar en una cañada llamada el Creusot.

Esta cañada estaba abierta en una especie de arcilla o greda, mezclada de esquitas pizarrosas muy blandas, que se presentaban en hojas delgadas, disolviéndose fácilmente en el agua.

Allí trabajamos casi sin descansar, durante toda la semana, desde el amanecer del lunes hasta el anochecer del sábado.

Habíamos ganado una cantidad equivalente, a ochenta francos por día, o lo que es lo mismo cuatrocientos ochenta francos en la semana. Esto era precisamente lo que gastábamos; pero nuestras provisiones estaban casi agotadas.

VIII

El domingo, día dedicado al reposo, todo el mundo dejaba de trabajar en las minas, y nosotros resolvimos consagrar a la caza este día de asueto.

Por desdicha, la caza comenzaba a desaparecer, retirándose a la montaña.

Pudimos, sin embargo, matar dos o tres faisanes y algunas de aquellas sabrosas perdices moñudas, de que hablé en otra ocasión.

Al caer la tarde nos retiramos a la tienda, entristecidos al ver que empezaba a faltar la caza.

A nuestro regreso recogimos un pobre cocinero francés, que había desertado de un buque ballenero, figurándose, sin duda, que no era necesario más que besar la tierra para hacer fortuna en California. Empezamos, pues, a desengañarle, haciéndole ver las cosas tal como eran.

El hombre llevaba su manta que era todo lo que poseía.

Durante algunos días se aprovechó de nuestros víveres y de nuestra tienda, pero en esto no había, por nuestra parte, tanta generosidad como pudiera creerse a primera vista.

El tal cocinero hablaba perfectamente el español y juzgamos que podía sernos muy útil.

Transcurridos algunos días de prueba vimos que su carácter nos convenía y le recibimos en nuestra sociedad.

IX

Además de sus funciones de intérprete nos prestaba otros servicios sumamente importantes.

Nos hacía el pan.

Este pan lo amasaba en la batea, pero no llevaba levadura alguna; luego extendía sobre la tierra un lecho de ascuas, y sobre ella ponía la masa, cubriéndola con una capa de ceniza caliente, como se hace para asar las patatas: cocido el pan, se le sacudía para hacer caer la ceniza.

Era en verdad un pan demasiado grosero y sumamente indigesto, pero también muy económico: así comíamos menos, lo que era una ventaja, porque en los placeres el precio de la harina no bajaba de dos y medio o tres francos la libra.

X

En la mañana del lunes decidimos abrir otra excavación. Ganamos, en consecuencia, la orilla del arroyo de Yaqui, cercano a la antigua mina, y allí encontramos unos seiscientos trabajadores establecidos antes que nosotros.

Empezamos el trabajo, y hasta una profundidad de cuatro pies no encontramos más que una tierra gris que más bien presentaba los caracteres de un producto volcánico que la apariencia de la tierra propiamente dicha. Sabíamos que aquella tierra era completamente estéril, y por consecuencia, no nos tomamos el trabajo de someterla al lavado.

Después de la tierra gris apareció la rojiza y empezó la operación.

Habíamos ya recogido una cantidad de oro que valía ocho piastras, cuando Tillier encontró un lingote que podría pesar cuatro onzas.

De un solo golpe recogíamos el valor de trescientos ochenta francos.

En señal de regocijo y para celebrar aquel feliz hallazgo, nos bebimos una botella de Burdeos-San Julián que nos costó cinco piastras.

Sucedió esto el 24 de mayo.

Este encuentro nos devolvió el primitivo ardor, la antigua animación, y nos pusimos a cavar con creciente afán, con una ansiedad febril, recogiendo los tres asociados en igual número de días, una cantidad de oro equivalente a dos mil cuatrocientos francos.

XI

En la mañana del 27, cuando íbamos a trabajar, vimos fijada sobre los árboles una circular del gobierno.

Decía esta circular que a partir de aquel día, 27 de mayo, ningún extranjero podría explotar los placeres sino pagando al gobierno americano un impuesto de veinte piastras por cada hombre que trabajase en las minas.

Nuestra sociedad tenía, por consecuencia, que pagar sesenta piastras, y esto de ninguna manera nos convenía.

Cerca de las diez, estando reunidos los mineros para tratar del asunto y tomar una resolución, apareció una tropa de americanos armados que entraba en el campo para percibir el impuesto.

Por unanimidad rehusamos pagarle.

Ésta fue la señal de la guerra.

XII

El número de franceses allí reunidos apenas llegaba a ciento treinta, pero todos los mejicanos de las minas se reunieron a nosotros, diciendo que ellos eran tan propietario del suelo como los americanos.

Eran cuatro mil o poco más, lo que, tratándose de otros hombres, hubiera sido una fuerza invencible, atendiendo a que los americanos no eran más que dos mil quinientos o tres mil hombres.

Propusiéronnos formar un ejército y organizar una resistencia formal, ofreciendo a los franceses los primeros grados en aquella nueva tropa.

Por desgracia, o más bien, por fortuna, conocíamos perfectamente a aquellos hombres: a la primera lucha un poco seria, habrían huido cobardemente y todo el peso hubiera caído sobre nosotros.

Por consecuencia, rehusamos.

XIII

A partir de aquel momento no hubo en los placeres la menor seguridad.

Todos los días se oía hablar, no de una muerte, sino de cuatro o cinco, cometidas, ya por los americanos, ya por los mejicanos.

Tan solo la manera de proceder era distinta.

Los americanos se acercaban al borde de la excavación, y sin decir una palabra tendían al minero de un pistoletazo.

El lavador volaba en auxilio de su compañero, y se le tendía de un tiro de fusil.

El mejicano, por el contrario, se aproximaba a su enemigo en son de amistad, le saludaba, pedíale noticias de la mina, se informaba de si era o no productiva, y de pronto, cuando le veía más descuidado, le partía el corazón de un navajazo.

Dos de nuestros compatriotas fueron asesinados por los americanos.

Dos mejicanos quisieron atacarnos, pero el negocio se volvió en contra suya y murieron a nuestras manos.

Después, viendo que los americanos no cedían y que los asesinatos se multiplicaban, enviamos mensajeros a Murfis, a James-town, a Jackson-ville, llamando a los franceses en nuestro socorro.

XIV

A la mañana siguiente, trescientos cincuenta compatriotas, perfectamente armados y equipados, se aproximaron al valle.

Los americanos, por su parte, habían hecho un llamamiento a los suyos, consiguiendo que se les reuniese un centenar de hombres llegados de los placeres inmediatos.

Hacia las ocho de la noche, nuestros compatriotas recién llegados nos hicieron prevenir su aproximación; habían establecido su campo entre dos montañas, desde donde se dominaba el camino, y abandonando el trabajo, cogimos las armas y marchamos a reunirnos con ellos.

Algunos americanos, avergonzados tal vez del innoble proceder de sus compatriotas se habían unido a nosotros, y también nos seguían doscientos mejicanos. El resto de la gente, comprendiendo que se iba a entablar un combate, había desaparecido.

XV

Tomamos posiciones, coronando las laderas de dos montañas que dominaban el camino, y los trescientos cincuenta recién llegados permanecieron a caballo en el mismo paso.

Éramos setecientos hombres o poco más y teníamos una posición magnífica: podíamos interceptar indefinidamente las comunicaciones con Stockton.

Muchos americanos y gentes de otros países fueron detenidos.

La noche se pasó en vela, y apenas amaneció vimos que se aproximaba un destacamento de ciento cincuenta enemigos.

Nos ocultamos entre las yerbas y detrás de los árboles; solo algunos hombres permanecieron visibles detrás de las barricadas levantadas en el camino.

Los americanos, creyéndose en número suficiente para desalojarnos, empezaron el ataque.

Entonces se dio la voz de fuego; las dos montañas se inflamaron instantáneamente y veinte americanos cayeron muertos o heridos.

El resto emprendió la fuga, perdiéndose en la llanura o escondiéndose en los bosques.

Los fugitivos regresaron a Sonora.

XVI

A la mañana siguiente los vimos reaparecer con el alcalde a la cabeza y una bandera de parlamento.

Habían dado cuenta de lo que sucedía al gobernador y esperaban su respuesta.

Por consecuencia, se convino en una tregua.

Durante ella, cada cual era libre de volver a su trabajo.

La respuesta del gobernador no tardó en llegar, confirmando el impuesto y dando al alcalde derecho de vida y muerte sobre los extranjeros.

Ya no había medio de permanecer más tiempo en Sonora. Vendimos, pues, nuestros utensilios, compramos algunos víveres y nos dirigimos a Stockton.

Desde allí pensábamos regresar a San Francisco. ¿Qué haríamos después? No lo sabíamos.

XVII

En Stockton vendimos las mulas por doscientas piastras, y tomamos pasaje en un falucho que iba a San Francisco.

El viaje de regreso fue mucho más rápido que el de ida.

Las orillas del San Joaquín estaban cubiertas de cañaverales, en los que vivían mezcladas y en innumerable cantidad, focas y tortugas.

Estos cañaverales se unían a bosques espesos, habitados por abundante caza y en los que, según mis noticias, se cogían fuertísimas calenturas.

Más allá de los bosques se extendían magníficas praderas, en las cuales pastaban innumerables rebaños.

En algunos puntos la pradera ardía.

¿Se había prendido el fuego por accidente, a todo propósito, o se había inflamado la yerba bajo la acción del ardiente calor del sol?

Nuestros conductores no lo sabían.

XVIII

El viaje duró tres días; pero llegados a la desembocadura del río, encontramos una gran dificultad para entrar en la bahía: había marejada, teníamos el viento de proa, y nos era casi imposible vencer este nuevo obstáculo.

Al fin pudimos salir del río, y el jueves 22 de junio, a las nueve de la mañana, entramos en San Francisco, encontrando nuevos barrios enteramente cubiertos de edificios.

Barrios y edificios habían sido construidos en nuestra ausencia, que, sin embargo, no había durado más que cuatro meses.

Estábamos rendidos de fatiga, y tanto Tillier como yo resolvimos consagrar tres o cuatro días al descanso, antes de elegir una nueva ocupación.

Nuestro camarada el cocinero había quedado en las minas.

VI. El fuego en San Francisco

I

Al decir que pensábamos consagrar tres o cuatro días al descanso, había echado, como se dice vulgarmente, las cuentas sin la huéspeda, pues como el estado de nuestra hacienda se oponía a que fuésemos a vivir en un hotel, tuvimos inmediatamente que ocuparnos en construir una nueva tienda con los lienzos de la vieja.

Excusado es decir que fuimos a establecer nuestro domicilio en el campo francés. El campo francés, como lo indica su nombre, era el primer asilo de nuestros compatriotas recién llegados, solamente que, desde nuestra partida, se habían levantado en medio de las tiendas primitivas unas cuantas casas de madera.

II

Al partir para las minas habíamos dejado nuestros equipajes depositados en casa de un viejo alemán que, sin fuerzas ya para dedicarse a un trabajo activo, se había creado aquel oficio especial de guardador de los efectos de los trabajadores.

Y no era por cierto una profesión improductiva la que había inventado: habíase hecho construir una especie de almacén, y en él guardaba las maletas y cofres pequeños mediante dos piastras y los grandes por cuatro.

Esta industria le producía de mil quinientos a mil ochocientos francos mensuales.

III

Una vez levantada la tienda, habíamos arreglado nuestros equipajes, cuando supimos que había fuego en la ciudad.

Los fuegos son cosa muy común en San Francisco, pues siendo los edificios de madera, se incendian con la mayor facilidad.

Además, todo habitante de California cuya casa se quema, tiene pagadas todas sus deudas.

El fuego de que entonces se trataba era un incendio de primer orden, pues comprendía las calles de Clary y del Sacramento, es decir, el barrio de los comerciantes en vinos y licores y de los almacenistas de madera.

Alimentado por un fresco viento del Norte, el fuego crecía rápidamente y nos ofrecía, desde la altura en que le mirábamos desarrollarse, un magnífico espectáculo. Tenía buen combustible: alcohol y madera; el fuego más exigente no podía pedir más.

Así era que, cada nuevo depósito de ron, de aguardiente o de espíritu de vino que el incendio alcanzaba, redoblaba su intensidad al mismo tiempo que le hacía variar de color. Hubiérase dicho que era una magnífica iluminación de fuegos de bengala, rojos, amarillos y azules.

IV

Es de notar una costumbre que tienen los americanos en los incendios: redúcese a arrojar algunos barriles de pólvora en medio del fuego bajo el pretexto de que viniéndose abajo la casa, el incendio se acabará. La casa se arruina, en efecto; pero casi siempre los fragmentos inflamados vuelan al otro lado de la calle y caen sobre las casas vecinas, que, edificadas de madera y calentadas por la proximidad del incendio, se inflaman como fósforos.

En el día, para mayor comodidad, se ha construido un embaldosado de madera, de suerte que, cuando se inicia un incendio, hay razón para que se detenga, mucho más si se tiene en cuenta que, con una inteligencia notable, los incendios empiezan siempre en las horas de baja mar, y como el agua escasea en la ciudad, no habiendo ni la necesaria para beber, tampoco se le puede atacar con armas poderosas.

Pero, si el agua falta, hay, en cambio, para satisfacción de los que se queman, un cuerpo de bomberos perfectamente organizado, que a la primera señal de fuego se precipita con sus magníficas bombas en el teatro del incendio. Es verdad que las bombas están vacías, y sin agua no sirven para nada; pero siempre ocupan un lugar.

V

No me atreveré a decir que estos incendios sean producidos intencionadamente; pero hay en San Francisco tantas gentes interesadas en que la ciudad se queme, que bien pudiera concebirse alguna sospecha respecto a este punto.

El incendio de hoy, por ejemplo, arruinaba a unos; pero enriquecía a los mercaderes de vinos y a los almacenistas de madera del cuartel opuesto, sin contar a los armadores, propietarios y consignatarios de los buques que esperaban en el puerto para descargar sus pacotillas de mercancías, análogas a las que se quemaban.

El día del incendio, por ejemplo, el vino común había subido de cien francos la medida a cerca de ochocientos, y esto, como se ve, era una buena ganancia.

VI

De pronto nos acordamos de que dos de nuestros amigos, Gauthier y Mirandola, habitaban una de las casas del barrio que se quemaba, donde habían establecido una oficina de consignación. Corrimos en su busca y los encontramos mudándose de domicilio.

Una mudanza, en estos casos, es casi peor que el incendio. Por de pronto, los conductores de carros, por trasportar los mueble, o las mercancías desde la ciudad a la montaña, exigen cien francos por cada viaje.

Dije en otra ocasión que los enfermos prefieren morirse antes que llamar al médico. Ahora puedo añadir que las gentes amenazadas de un incendio quieren mejor que se queme cuanto haya en su casa más bien que hacer buscar los carros de mudanza.

Es imposible figurarse el ruido que los americanos hacen en un incendio; van, vienen, corren, se agitan, entran en las casas, y sobre todo, gritan hasta el punto de ensordecer a quien los escucha.

VII

En medio de las casas que se quemaban había un edificio de hierro cuyas piezas habían sido traídas de Inglaterra y que se acababa de construir. Se creía que, por la calidad de la materia que le componía, el incendio nada podría contra él, y cada cual, por consecuencia, se afanaba por poner a salvo tras de sus paredes sus objetos más preciosos.

Sin embargo, el fuego es un enemigo invencible. Alcanza, al fin, el férreo edificio, le envuelve en sus candentes pliegues, le cubre de llamas, y el hierro empieza a enrojecerse, se tuerce, se rompe, ni más ni menos que las maderas de las casas vecinas, y de toda la casa no queda al fin más que una jaula informe, torcida, agujereada, en la cual era imposible reconocer el antiguo edificio.

El incendio, empujado por el viento, iba de Norte a Sur, y no se detuvo hasta llegar a la calle de California, que no pudo salvar a causa de su anchura.

Había durado desde las siete hasta las once, destruyendo seis casas y causando pérdidas incalculables. Los más fuertes comerciantes de vino y los principales almacenistas de madera estaban arruinados.

VIII

Creímos en un principio que este desastre produciría una recrudescencia de trabajo que nos podíamos ocupar en las obras de reparación, pero nos engañamos. Los negociantes, arruinados eran casi todos americanos y solo emplearon a sus compatriotas.

Habiendo buscado inútilmente trabajo por todas partes sin poderlo encontrar, Tillier y yo resolvimos seguir el ejemplo de uno de nuestros compatriotas, el conde de Pingret, que se había dedicado a la caza, y que, gracias a su destreza, hacía muy buenos negocios.

Con mucha frecuencia nos había animado a tomar esta resolución un viejo americano de San Francisco, antiguo cazador de búfalos y osos, llamado Aluna, y le hicimos partícipe de nuestros proyectos, invitándole a formar parte de nuestra sociedad.

Recibió la proposición con una alegría extremada, y desde el primer momento quiso escoger para teatro de nuestras cacerías los montes de la Mariposa y el valle de los Tulares, pasajes abundantes en osos y en búfalos; pero nos pareció que esto era demasiado para cazadores novicios y le hicimos presente que valía más empezar por animales menos terribles, como los ciervos, lo, antílopes, las liebres, los conejos y la volatería.

Aluna defendió el terreno palmo a palmo; pero como, al fin y al cabo, nosotros éramos los dueños de los fondos y nada podía hacer sin nuestra compañía, no tuvo más remedio que unirse a nuestra opinión.

Se convino, pues, en que nuestros primeros ensayos tendrían por teatro las altiplanicies que se extienden desde Sonoma, hasta Laguna, y desde la antigua colonia rusa hasta el Sacramento.

IX

Los objetos de primera necesidad para la carrera que íbamos a abrazar eran buenas armas; pero afortunadamente, tanto mi compañero como yo teníamos excelentes fusiles, que nos habían servido muy bien en nuestras cacerías de Sierra Nevada y del Paso del Pino.

Después de los fusiles, era indispensable una barca para hacer dos veces por semana el trayecto de ida y vuelta entre Sonoma y San Francisco.

Yo fui el encargado de arreglar esta dificultad y compré en el puerto una barca de las llamadas balleneras que podía andar perfectamente a la vela y al remo y que me costó trescientas piastras.

Después compramos víveres para una semana y los trasportamos a la barca con una buena cantidad de pólvora y plomo.

¡Y cosa extraña! La pólvora no estaba cara; costaba exactamente lo mismo que en Francia, es decir, a cuatro francos la libra.

En cuanto al plomo, no estaba tan barato, y nos costó a tres francos.

Aluna poseía un viejo caballo, bastante fuerte todavía para servirnos en nuestras correrías como bestia de silla o de trasporte, según fuere necesario. Esto nos economizaba un gran gasto, Y aceptamos con gratitud el ofrecimiento de su caballo que nos hizo el viejo cazador.

La tienda que poco tiempo antes habíamos confeccionado hubiera sido suficiente para abrigarnos en el invierno; pero estábamos en pleno verano, y por consecuencia, no necesitábamos otra cosa.

X

El 26 de junio de 1850, después de haber depositado nuestros equipajes en el almacén del alemán por el mismo precio que la vez primera, nos dispusimos a marchar.

En mi calidad de marino tuve que encargarme de conducir la barca, y me embarqué en ella con Tillier.

Aluna, con su caballo, que habría hecho zozobrar la ballenera si en ella hubiese entrado, se metieron en uno de esos barcos chatos que trasportan los viajeros a las a las minas. Saltarían a tierra en cualquier punto de la costa, y desde allí, jinete y cabalgadura se dirigirían a Sonoma donde los que primero llegasen esperarían a los demás.

Nosotros llegamos antes, pero apenas tuvimos tiempo de enorgullecernos de esta prioridad. No habíamos hecho más que embarcar la lancha sobre la arena, cuando vimos a Aluna que, con su sombrero de anchas alas, su pantalón abierto, su chaqueta redonda, su poncho flotando al aire y el fusil en la mano, llegaba a todo galope de su caballo.

XI

Teníamos algún temor de dejar nuestra barca abandonada sobre la ribera; pero Aluna nos aseguró que nadie absolutamente se atrevería a tocarla, y como hacía veinte años que estaba en el país y tenía un perfecto conocimiento de sus costumbres, sus seguridades nos tranquilizaron.

Dejamos, pues, la barca encomendada a la guardia de Dios, cargamos sobre el caballo la tienda, los víveres y las municiones, tomamos las armas y penetramos inmediatamente en la pradera, marchando de Sur a Norte.

XII

He dicho ya, a propósito del establecimiento del capitán Sutter, algunas palabras acerca de la fecundidad del suelo californiano.

Esta fecundidad asombrosa no se nos dio a conocer por completo hasta que penetramos en las llanuras que se extienden desde Sonoma a Santa Rosa.

Con frecuencia la yerba, por medio de la cual teníamos que abrirnos un camino, se elevaba hasta la altura de nueve o diez pies.

En las orillas de Murfis habíamos visto pinos tan altos y gruesos, que nadie en Francia podría formarse una idea de ellos. Elevábanse a doscientos pies o más, y tenían generalmente de doce a catorce pies de diámetro.

Esto nada tiene de extraño para quien sepa que en 1842 existía al Norte de la bahía de San Francisco un pino gigantesco que, según el sabio naturalista M. de Mofras, quien le midió en aquella época, tenía quinientos pies de elevación y sesenta de circunferencia.

La especulación, que nada respeta, ha derribado este gigante de las florestas californianas; pero es sensible que la ciencia no hubiera asistido, por lo menos, a esta destrucción, a fin de hacer constar por los círculos concéntricos, cada uno de los cuales es el resultado del crecimiento de un año, cuál era la edad de aquel coloso.

Adamson ha visto derribar en el Senegal un baobab que tenía, según sus medidas, veinticinco pies de diámetro, y según su cálculo seis mil años de edad.

XIII

El suelo de California, sin más labores agrícolas que las empleadas por los labradores de Virgilio, da unos productos verdaderamente asombrosos.

En 1849 los religiosos de la misión de San José sembraron en un terreno de su propiedad diez fanegas de trigo.

En 185o recogieron mil cien fanegas, es decir, ciento diez por uno.

Al año siguiente no se tomaron el trabajo de sembrar, y la tierra, abandonada a sí misma, produjo todavía seiscientas fanegas.

En Francia, en los terrenos medianos el trigo da el dos o tres por uno, en las tierras buenas el ocho o diez, y en las de primer orden el quince o diez y seis.

Diez y ocho meses bastan en California para el crecimiento de un bananero; al cabo de este tiempo da los frutos y muere, pero un racimo de bananas se compone de ciento sesenta o ciento ochenta frutos y pesa de treinta a cuarenta kilogramos.

M. Bortard ha calculado que un terreno de cien metros cuadrados, plantado de bananeros puestos a dos o tres metros de distancia los unos de los otros, puede producir dos mil kilogramos de frutos.

La misma extensión de tierra en los mejores terrenos de la Beauce, no produce más que diez kilogramos de trigo o de patatas.

Hace algún tiempo que se cultiva la viña en California, obteniéndose maravillosos resultados. La uva que desde Monterrey se envía a San Francisco puede disputar la superioridad a la mejor de Fontainebleau.

XIV

Del mismo modo que en las selvas y en las montañas abundan la caza, los ríos están llenos de truchas y de salmones.

En ciertas épocas del año, las costas y las bahías, la bahía de Monterrey, sobre todo, presentan un espectáculo singular.

Millones de sardinas, perseguidas por las ballenas francas, vienen a buscar un refugio contra sus enemigos en las aguas poco profundas; pero allí las esperan innumerables aves marinas, desde la fragata hasta el pufino.

El mar parece una vasta colmena; el aire se llena de alas y de gritos, y en tanto, allá lejos; semejantes a montañas flotantes, se agitan las ballenas, que después de haber enviado las sardinas a las aves del mar, esperan que las aves se las devuelvan.

XV

En California el año se divide tan solo en dos estaciones: la estación seca y la de las lluvias.

La primera comprende desde abril hasta setiembre; la segunda desde octubre a marzo.

En invierno hay pocos días fríos, porque los vientos del Sudeste, que soplan casi continuamente, endulzan la temperatura.

Lo mismo sucede en la estación de los calores; los vientos del Noroeste refrescan agradablemente la atmósfera.

Cuando llega la estación de las aguas, llueve todos los días; solamente que las lluvias van creciendo desde octubre a enero, y menguan desde enero a marzo.

Por lo general, llueve siempre desde las dos hasta las seis de la tarde.

XVI

Estábamos en el mes de julio, es decir, en la época más hermosa del año, y el calor variaba de 23º a 33º centígrados.

Desde las once hasta las dos este calor hacía la marcha sumamente trabajosa y tuvimos que cobijarnos bajo la fresca sombra de los árboles.

En cambio, las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde eran verdaderamente deliciosas.

XVII

Desde que entramos en la pradera, Tillier y yo nos pusimos a cazar y matamos algunas perdices, dos o tres liebres y varias ardillas, que reservamos para nuestro consumo.

Aluna nos dejaba hacer y no disparaba un tiro: era evidente que se reservaba para una caza de más importancia.

El viejo cazador tenía una carabina inglesa de un solo cañón, que calzaba balas del calibre de veinticuatro en libra y que había hecho largos servicios en sus manos. Era un antiguo fusil de chispa que había sido trasformado al sistema de pistón desde que se introdujo esta reforma en las armas, y la grosería de este trabajo suplementario contrastaba con la forma del resto del arma.

VII. La caza

I

Viendo que Aluna no daba señales de querer disparar su carabina, nos preguntábamos mentalmente si, a pesar de habérnoslo presentado como un cazador de primer orden, no nos sería útil de otra manera que por los servicios de su caballo, cuando de pronto le vimos detenerse y hacernos señales de permanecer inmóviles.

Repetí estas señales a Tillier, que estaba a pocos pasos de mí, y nos detuvimos.

Aluna se llevó el dedo a los labios para recomendarnos el silencio, y luego tendió el brazo indicando una colina que se elevaba a nuestra derecha.

No nos fue posible, por más esfuerzos que hicimos, distinguir lo que nos mostraba; nada veíamos más que las moscas revoloteando bajo el follaje, y algunas ardillas grises, que saltaban de un árbol a otro.

II

Aluna nos previno con un gesto que nos agacháramos entre la yerba; y luego condujo con grandes precauciones el caballo a un bosquecillo de encinas, cuya espesura le ocultaba enteramente.

Después, desembarazándose de su poncho y de su sombrero, empezó a dar la vuelta para ganar el viento al animal que intentaba sorprender.

Nosotros permanecimos inmóviles, con los ojos fijos sobre el lugar que nos había indicado, y que era una parte de la montaña, cubierta de malezas y de abrojos, presentando a la vista el aspecto de un tallar.

Aluna había desaparecido entre la yerba, y aunque mirábamos atentamente en la dirección que seguía, ni oíamos el más leve rumor, ni veíamos que agitase la maleza.

Una serpiente o un zorro no se hubieran deslizado más silenciosamente que lo hacía el cazador.

III

De repente vimos aparecer entre el tallar un objeto que podría confundirse con una rama seca; otra rama igual apareció al lado de la primera, y algunos movimientos especiales nos hicieron reconocer la cornamenta de un ciervo.

El animal a que pertenecía debía ser enorme, pues en su extremidad, aquellas ramosas astas tenían metro y medio de separación.

Sin duda un primer sentimiento de inquietud le había hecho levantar; tal vez un soplo de la brisa que acababa de pasar sobre nosotros, le había anunciado la proximidad de un peligro.

Nos agachamos entre la yerba y permanecimos inmóviles para no hacer el más pequeño ruido. El ciervo, por otra parte, estaba fuera de tiro, y no veíamos más que su cabeza.

Tampoco era posible que él nos viese; pero en cambio, era indudable que nos había olido, porque tendió el cuello hacia nosotros, alzando el hocico al viento, y sus orejas se inclinaron para mejor percibir los sonidos.

Al mismo tiempo se dejó oír una detonación; el animal dio un enorme salto y cayó a plomo.

Corrimos a él; pero estábamos a una distancia de ochocientos pasos, y cuando llegamos al tallar donde había caído, estaba ya muerto.

En su caída había roto un tierno bananero, cuyo follaje estaba tinto en sangre.

Era el primer ciervo que veíamos de cerca, y no pudimos menos de contemplarle con admiración. Su talla era tan grande como la de un caballo, y su peso pasaría de cuatrocientas libras.

Buscamos la herida; la bala, cuyo agujero era apenas visible, había entrado por la parte posterior del brazuelo, atravesando el corazón del animal.

IV

Eran las cinco de la tarde próximamente y el lugar era magnífico para pasar la noche. Un fresco arroyuelo corría a poca distancia del sitio en que había caído el ciervo. Tillier fue a buscar el caballo y le dejó en libertad de pacer la yerba de la montaña.

Con gran trabajo, a causa de su enorme peso, arrastramos el ciervo hasta la margen del arroyo, donde le colgamos por los pies de las ramas de un roble cuyo follaje era tan espeso que, bajo él, la tierra estaba casi mojada.

Aluna reunió las liebres, ardillas y perdices que habíamos muerto, y las colgó junto al ciervo, separando lo que necesitábamos para comer. Tratábase de conservar toda aquella caza, que nos era ya inútil hasta que pudiéramos ir a venderla.

Acto continuo armamos la tienda, encendimos la lumbre y empezamos a preparar la comida.

Aluna era el encargado de este trabajo.

El hígado del ciervo, condimentado con yerbas aromáticas y sazonado con un vaso de vino y unas gotas de aguardiente, era un excelente manjar que debía proporcionarnos una comida de primer orden.

Teníamos aún pan fresco, lo que nos permitió hacer una comida completa bajo todos sus aspectos, que comparamos ventajosamente a nuestros antiguos banquetes de las minas, compuestos de judías y de tortas de harina.

V

Terminada la comida, Aluna nos invitó a dormir, no sin preguntarnos antes cual de nosotros había de quedar en la tienda después de media noche, en tanto que el otro le acompañaba a la espera.

En efecto, era necesario que uno permaneciese allí para alejar a los zorros y lobos que acudiesen al olor de la caza.

De tal modo teníamos llena la imaginación de la cacería de la tarde, que ni Tillier ni yo queríamos quedarnos y tuvimos que acudir a la suerte jugando la guarda a cara y cruz. Favorecióme la fortuna y Tillier tuvo que resignarse a quedar de centinela.

Arreglado el asunto, nos envolvimos en las mantas, entregándonos al sueño.

VI

Pero este primer reposo no fue largo; apenas habíamos cerrado los ojos cuando fuimos despertados por los aullidos de los lobos de la pradera.

Más de una vez habíamos escuchado estos aullidos en nuestros anteriores campamentos, pero nunca en tanto número y de una manera tan furiosa.

El olor de la carne fresca los había atraído, y era evidente que la precaución indicada por Aluna de dejar un centinela para guardar la caza no tenía nada de inútil.

VII

Después de medianoche, Aluna y yo partimos, subiendo la montaña contra el viento, a fin de que la caza que pudiera haber en las regiones superiores no se espantase oliendo nuestras emanaciones.

Pedí a Aluna algunas noticias respecto a la caza que allí pensaba encontrar; supe entonces que el ciervo que había muerto por la tarde debía formar parte de una manada numerosa, y que, apostándonos en las márgenes del arroyo, era indudable que antes de las tres de la mañana habríamos trabado conocimiento con el resto de la banda.

Si se engañaba en sus esperanzas respecto a los compañeros del monte, la orilla del arroyo era, de todos modos, un buen lugar para toda clase de caza.

Aluna me señaló mi puesto en un hacinamiento de rocas, y se ocultó cien pasos más arriba.

Me agaché en mi apostadero, metí la baqueta en el cañón de la carabina, para asegurarme de que estaba bien cargada, y viéndolo todo en buen estado, esperé.

VIII. La primera noche de caza

I

Hay una cosa que han podido notar los cazadores de espera, y es que la noche, considerada generalmente como un reposo general dado a la naturaleza, en que todos los seres vivientes se entregan al sueño y al descanso, es, sin embargo, bajo las latitudes cálidas sobre todo, tan animada como el día.

No obstante, esta animación, esta vida no son las mismas. Ruidosa, espléndida, llena de alegría bajo la luz del sol, siéntesela de noche, por decirlo así, inquieta, misteriosa, llena de peligros para la porción del reino animal que vive en las tinieblas.

El vuelo del gran duque, del mochuelo, del vampiro, de todas las aves nocturnas, tiene un carácter misterioso o indefinible; el paso del lobo, de la zorra y de los pequeños animales carniceros que animan la naturaleza durante la noche, es furtivo y parece lleno de precauciones, y el rugido del puma y el grito del aguara son lúgubres y siniestros, aunque estos seres parecen hallarse a todo su placer en medio de las tinieblas.

El hombre acostumbrado a la existencia de las ciudades, trasportado al interior de las grandes selvas no podría darse cuenta de todos esos rumores indefinibles de la noche, o por lo menos, seríale imposible comprender las causas que los producen. Pero el cazador, por la necesidad que tiene de conocerlos, llega a distinguir los unos de los otros, y poco a poco adquiere tal inteligencia, que sin ver el animal, conoce su existencia o su aproximación solo por el leve rumor que produce sus pasos.

II

Solo en mi apostadero, a pesar de que Tillier no estaba lejos bajo la tienda y que mucho más cerca se hallaba Aluna, empezaba a dominarme la sensación, incomprensible del aislamiento. En tanto que el hombre se apoya en el hombre; en tanto sabe que pueda dar y recibir socorro; en tanto hay dos ojos para mirar hacia adelante, dos ojos para mirar hacia atrás y cuatro brazos para la defensa común, la naturaleza no parece al hombre tan imponente, tan terrible, tan hostil como cuando se encuentra reducido a su sola inteligencia para presentir el peligro, a sus ojos solos para verlo, a sus solas fuerzas para combatirlo.

Cuando esta confianza en sí mismo desaparece, cuando esta admiración por su inteligencia y sus facultades disminuye, entonces llega hasta el punto de envidiar el instinto y la sagacidad de los animales y quisiera poseer el oído de la liebre para escuchar, el ojo del lince para sondear las tinieblas y la ligereza del gamo para no ser detenido en su fuga.

Sin embargo, como el hombre es un animal esencialmente perfectible, poco a poco adquiere todas esas facultades hasta el grado que su naturaleza especial le permite, y a su vez, la noche, que nada tiene para él de misteriosa, conservando una parte de sus peligros, le da una salvaguardia contra ellos enseñándole los recursos de defensa.

Al cabo de quince días pasados en las praderas bajo la dirección de Aluna, y sobre todo bajo la inspiración de mis deseos y de mis esperanzas de cazador, había llegado a reconocer el rumor de la serpiente que se arrastra entre la yerba, de la ardilla que salta de rama en rama o del corzo que atraviesa los senderos de la montaña para ir a beber al torrente.

III

Pero en aquella primera noche todo fue para mí confuso, y el tiempo pasó en una inquietud continuada. Como en la célebre noche que pasamos en las faldas de Sierra Nevada, creía ver los brillantes ojos de un lobo fijos en mí o moverse a pocos pasos entre las sombras la masa informe de un oso.

Nada de esto sucedía, sin embargo, y aunque en torno mío solo escuchaba rumores extraños, nada alcanzaban a ver mis ojos. Dos o tres veces creí oír las bruscas huidas de grandes animales que, fuese ilusión o fuese realidad, pasaban a quince o veinte pasos de donde yo estaba; pero esto sucedía a mis costados o detrás de mí, y por consecuencia en lugares a donde mis miradas no podían alcanzar.

IV

De repente, en medio del silencio, resonó la clara y seca detonación del fusil de Aluna, que los ecos de la montaña repitieron a lo lejos; oyéronse rumores especiales en todas direcciones, y algo como el galope de un caballo se dejó oír a pocos pasos de mí. Entonces vi cruzar por la orilla opuesta del torrente un animal que me pareció gigantesco, y tirando al azar, sólo para tranquilidad de mi conciencia de cazador, le envié las dos balas de mi fusil.

Luego permanecí inmóvil, como si la detonación del arma que tenía entre las manos me hubiera llenado de espanto.

Casi al mismo tiempo oí un leve silbido, y comprendí que Aluna me prevenía que me reuniese a él.

Remonté las orillas del torrente y encontré al viejo cazador ocupado en hacer a una corza la misma operación que le había visto hacer al ciervo.

Preguntóme Aluna sobre qué animal había tirado; le relaté la gigantesca visión que había tenido, y por la descripción que de ella hice, el viejo cazador creyó comprender que había enviado mis dos balas a un alce.

V

Era inútil que esperásemos hacer más durante la noche; nuestros disparos debían evidentemente haber puesto en pie todos los animales de la pradera, y una vez alarmados por ellos, era indudable que no cometerían la imprudencia de aproximarse a nosotros.

Hicimos unas angarillas de ramas, sobre las cuales pusimos nuestra corza, y tirando los dos de ellas, nos dirigimos a la tienda, llevando a rastra nuestra caza.

Encontramos a Tillier despierto y esperándonos.

No había podido dormir desde nuestra partida, pasando su tiempo en espantar los lobos, que parecían haber acudido de todos los puntos de la pradera para dar un asalto a nuestra caza. Varios de ellos habían devorado los intestinos del ciervo, que arrojáramos a cierta distancia de la tienda, y era fácil reconocer en sus ojos brillantes de alegría a los que habían tenido esta buena suerte, que parecían reírse de los aullidos lúgubres y famélicos de sus compañeros.

VI

La caza era buena y suficiente para hacer un viaje a San Francisco. Teníamos un ciervo, una corza, cuatro liebres y conejos, dos ardillas y dos perdices moñudas, y se decidió que Tillier y yo partiríamos en el momento para San Francisco a fin de cambiar toda aquella caza por dinero contante.

Aluna permanecería guardando la tienda, y durante nuestra ausencia trataría de hacer una buena provisión de ciervos y de corzos.

Cargamos con algún trabajo nuestra caza mayor sobre el caballo; nos colgamos, a manera de adornos, las liebres, los conejos, las ardillas y las perdices, y siendo ya cerca de amanecer, tomamos el camino de la bahía de San Francisco. No perdiendo tiempo, podíamos llegar a la ciudad antes de las cuatro de la tarde.

Nada era más fácil que seguir, para volver a San Francisco, el mismo camino que lleváramos a la ida; nuestros pasos estaban marcados en la pradera, como lo están por la mañana en un bosque los del perro y el cazador que acaban de dar una batida.

Antes de partir recomendé a Aluna que fuese a ver si había alguna señal de sangre en el lugar donde había tirado al alce. El tiro había sido a tan corta distancia que, en mi concepto, a pesar de la sorpresa que en aquel momento me dominaba, era imposible que hubiera dejado de tocarle.

VII

La mañana estaba fresca y hermosa y nunca nos habíamos sentido tan ágiles y gozosos. Caminábamos rápidamente, y experimentábamos esa satisfacción especial que da el sentimiento de la libertad.

A las cinco de la mañana hicimos alto para tomar un bocado. Llevábamos un pan, en cuyo interior habíamos puesto una parte del hígado de nuestro ciervo, y por otra parte, teníamos una gran bota llena de agua y una cantimplora de aguardiente: era lo que necesitábamos para hacer un almuerzo de príncipes.

En tanto que almorzábamos, sentados al pie de un árbol, y que el caballo despuntaba los tiernos retoños de los arbustos, a que se mostraba muy aficionado, percibimos a cierta distancia una docena de buitres que se entregaban a las más singulares evoluciones.

VIII

A cada momento se aumentaba la banda, y de doce que eran en el principio fueron muy pronto veinticinco o treinta.

Parecían seguir en su vuelo la marcha por la pradera de un animal que, de tiempo en tiempo, se viera obligado a detenerse.

También ellos se detenían y entonces levantaban el vuelo, volvían a bajar, tocando algunas veces la tierra con sus alas, y luego volvían a levantarse como espantados.

Era evidente que, a un cuarto de legua de nosotros, pasaba en la pradera alguna cosa extraordinaria.

Tomé mi fusil, me orienté, tomando como punto de partida el bosquecillo de robles, en medio del cual se elevaba un pino gigantesco, y me aventuré por la pradera.

No podía correr el peligro de extraviarme, pues con solo alzar los ojos, el vuelo de los buitres me servía de guía.

Éstos parecían a cada momento más agitados, y de todos los puntos del horizonte acudían otros muchos a reunirse al grupo.

Es una maravilla de fuerza y de pujanza ese vuelo, rápido como una bala, mediante el cual, una vez lanzada el ave, parece no tener necesidad de hacer ningún movimiento para hendir el espacio.

Una vez llegado el grupo, cada buitre parecía, participar de la curiosidad de sus compañeros y tomar parte en el drama, cualquiera que fuese, que allí estaba pasando.

IX

Como el vuelo de las aves no era muy rápido; cómo iban y venían, subían y bajaban alternativamente, podía aproximarme a ellos sin gran trabajo. De pronto su movimiento dejó de ser progresivo, haciéndose estacionario; lanzaban gritos agudos, agitaban violentamente las alas y se entregaban a un gran movimiento. Entonces me encontraba a cien pasos o tal vez menos, del lugar sobre el que los buitres parecían dispuestos a arrojarse.

Estaba precisamente en lo más espeso de la pradera: alzándome sobre las puntas de los pies, apenas llegaba con la cabeza a la altura de la yerba; pero me guiaba el vuelo de los buitres y continué mi camino.

De la otra parte veía a Tillier que subido a un árbol me dirigía de lejos palabras que no podía entender y me hacía señas que comprendía menos todavía.

Desde el sitio en que se hallaba parecía ver la escena que pasaba cerca de mí, y hacia la cual quería indudablemente guiarme con sus gritos y ademanes.

Como no me faltaba más que unos cincuenta pasos para hallarme en el lugar del acontecimiento, tenía el fusil armado y pronto a hacer fuego a la menor señal de peligro.

X

Di unos veinte pasos más y me pareció escuchar entre la maleza el ruido de una lucha desesperada, al mismo tiempo que vi a los buitres elevar el vuelo lanzando furiosos graznidos.

Hubiérase dicho que un ladrón con el cual no podían combatir se había apoderado de la presa sobre que creían tener derecho y que ya contaban por suya.

Este terror de los pájaros y el ruido que me parecía cada vez más próximo me hicieron redoblar mis precauciones, y avanzando siempre, adiviné que solo algunos pies de distancia me separaban de los actores de aquella lucha.

Aparté suavemente las ramas de un arbusto que me impedían observar lo que tras ellas pasaba, y arrastrándome como una culebra pude llegar a la orilla de un claro de la selva.

Un animal, cuya especie no pude conocer a primera vista, estaba tendido a diez pasos de mí, agitándose aún en las últimas convulsiones de la agonía. Tras él, y como ocultándose con su cuerpo, estaba un hombre del cual no pude ver más que la cabeza y el extremo del fusil.

Aquel hombre, con la mirada fija en el sitio que me servía de escondite, parecía no esperar para hacer fuego más que mi aparición.

XI

A la primera ojeada reconocí aquella cabeza, aquel fusil y aquella mirada ardiente, y levantándome de pronto, grité:

—¡Eh! ¡Amigo Aluna! ¡No hagáis una barbaridad, diablo!

¡Ah! ¡Sois vos! Pues tanto mejor; con eso podréis ayudarme, —respondió Aluna bajando el fusil y con la mayor tranquilidad—; pero empezad por enviar una bala a esos buitres, o no nos dejarán un momento de reposo.

Y me indicaba las aves que continuaban volando sobre nuestras cabezas.

Disparé mi fusil a lo más espeso de la banda, y un buitre cayó dando vueltas.

Inmediatamente los otros se elevaron, alejándose hasta ponerse fuera de tiro, pero pareciendo, sin embargo, que trataban de no perdernos de vista.

Olvidándome de ellos, pedí a Aluna la explicación de nuestro encuentro.

XII

La cosa no podía ser más sencilla: obedeciendo mi recomendación, había ido apenas se hizo de día a examinar el lugar en que yo había disparado sobre el alce, y vio que, según mis previsiones, el animal estaba herido, lo que conoció fácilmente por el rastro de sangre que había dejado en su fuga.

Aluna se puso inmediatamente a seguir aquella pista sangrienta.

Con su ciencia de cazador había comprendido que el animal estaba herido en dos partes, en el cuello y en una de las piernas traseras.

En el cuello, porque las ramas, a la altura de seis pies, conservaban algunas manchas de sangre.

En la pierna izquierda de atrás, porque habiendo atravesado el alce un terreno arenoso, Aluna no había encontrado más que las huellas de tres pies; el cuarto, en vez de apoyarse en el suelo, arrastraba un poco y trazaba sobre la arena un surco irregular lleno de gotas de sangre.

Presumiendo, pues, que el animal, en el estado que se hallaba no había podido alejarse mucho, se había puesto a perseguirle.

Al cabo de una legua encontró la yerba aplastada y abundantemente regada de sangre: sin duda el animal, agotadas sus fuerzas, se había visto obligado a detenerse, y solo a la aproximación de Aluna se levantó prosiguiendo su fuga. Entonces fue cuando los buitres, según su costumbre, le siguieron al vuelo, esperando a que cayese para lanzarse sobre él. Este vuelo, del cual, menos versado que Aluna en los misterios de la caza, no podía adivinar la causa, le había guiado a él como me había guiado a mí.

Desgraciadamente, para los buitres, en el momento en que falto de fuerza para ir más lejos el alce estaba próximo a la muerte, y cuando ellos se disponían a caer sobre él para desgarrarle con sus acerados picos, llegó el viejo cazador, y no queriendo perder inútilmente una carga de pólvora, le desjarretó con su cuchillo.

Éste era el origen del ruido que había llegado hasta mí, y cuya causa no me fuera dado comprender.

Nuestra caza se había aumentado con una pieza que valía ella sola tanto como todas las otras.

XIII

No había medio de sobrecargar nuestro pobre caballo con aquel nuevo fardo, pues llevaba ya todo lo que sus fuerzas le permitían.

Por fortuna divisamos a lo lejos una carreta que iba de Santa Rosa a Sonoma y que pertenecía a un ranchero. Entramos en tratos con él, y mediante dos piastras nos permitió meter el alce en su carreta, ayudándonos él mismo a trasportarle.

Por la tarde el ranchero regresaba a Santa Rosa y se llevaría nuestro caballo, que ya no nos era necesario, pues su carga, una vez llegados a Sonoma, debía pasar a la barca. Aluna le recogería en el camino o le esperaría en nuestro campamento.

XIV

Continuamos nuestra marcha, y una hora después del mediodía habíamos llegado a Sonoma.

La ballenera estaba donde la habíamos dejado, y con ayuda de algunos hombres de la población hicimos pasar a ella nuestra caza.

El viento era del Nordeste, excelente por consecuencia para atravesar el golfo; desplegamos la vela, y tres horas después estábamos en San Francisco.

XV

Eran las cuatro de la tarde, y me dirigí a la principal carnicería, en tanto que Tillier guardaba la caza cubierta de yerba y de hojas.

Aquella carnicería pertenecía a un americano.

Le dije el objeto que me llevaba a su casa y qué cargamento teníamos, y en pocos minutos arreglamos nuestro trato.

En tiempos ordinarios un ciervo valía en San Francisco de setenta a ochenta piastras, un corzo de treinta a treinta y cinco, una liebre de seis a siete, una perdiz diez francos y una ardilla cinco o seis.

No había precio para un alce, y creo que el que llevábamos era el primero que llegaba a una carnicería de San Francisco.

Hicimos de todo una cuenta a tanto alzado, y a cambio de más de quinientas libras de carne recibimos trescientas piastras.

Fin del tomo segundo.

Tomo III

I. La serpiente de cascabel

I

Aquella misma tarde emprendimos el regreso. Remando vigorosamente llegamos a Sonoma a la una de la madrugada; nos acostamos en el fondo de nuestra barca, y nos dormimos hasta que el sol apareció en el horizonte.

Poco antes de las cinco emprendimos la marcha para reunirnos a Aluna; pero en vez de seguir el mismo camino que la vez primera, tomamos algo a la derecha, a fin de seguir la vertiente occidental de una cadena de colinas, donde la yerba no era tan alta como en la pradera, siendo, por consecuencia, más fácil la caza.

Tuvimos la suerte de encontrar seis o siete corzos, y matamos dos.

Habíamos tenido cuidado de estudiar la operación que Aluna hacía a la caza recién muerta, operación necesaria en un clima tan caloroso como el de California.

Elegimos unos robles de ramaje espeso para conservar frescos nuestros corzos, y los suspendimos de las ramas más altas para que los lobos no pudiesen alcanzarlos.

II

Enseguida nos pusimos en marcha, y a las once habíamos llegado al campamento.

Colgados de las ramas de un roble vimos un corzo y un ciervo, lo que demostraba que Aluna, por su parte, no había perdido el tiempo.

Sin embargo, como el calor empezaba a apretar, supusimos que el viejo cazador estaba durmiendo la siesta y nos aproximamos silenciosamente a la tienda. En efecto, Aluna dormía profundamente.

Pero otro ser dormía junto a él, al abrigo de su poncho, y su vista nos causó un grande espanto.

Era una serpiente de cascabel, que había venido a buscar el calor y la blandura de la lana.

Aluna dormía sobre el costado derecho: al más pequeño movimiento que en su sueño hiciera para volverse, oprimiría al reptil contra la tierra, e indudablemente la serpiente le mordería

Tillier y yo permanecimos inmóviles en medio de la tienda, anhelantes, aterrados, con la mirada fija sobre el animal y sin saber qué hacer.

Al menor ruido, Aluna podía hacer un movimiento, y este movimiento era su muerte.

Al fin nos decidimos a desembarazar a nuestro camarada de su terrible compañero de sueño, pues la serpiente parecía dormir tan profundamente como él.

III

El ponzoñoso animal estaba pegado al cuerpo del cazador; su cola y la parte inferior de su cuerpo desaparecían entre los pliegues del poncho; una porción de la parte superior, arrollada como un cable, quedaba al descubierto, y su cabeza estaba apoyada en el cuello mismo de Aluna.

Tillier descubrió un círculo, e introduciendo el cañón de su fusil en la curva formada por el cuerpo de la serpiente, se dispuso, por un rápido movimiento, a lanzarla lejos de allí.

Por mi parte, había desenvainado una especie de cuchillo de caza que llevaba siempre a la cintura, preparándome a partir en dos el largo cuerpo de la serpiente.

Hice una seña, y mi compañero, manejando el fusil a manera de una palanca, arrojó el reptil contra la tela de la tienda.

Yo no esperaba otra cosa, y apenas la serpiente cayó a tierra, la tiré una cuchillada que por desgracia no la alcanzó.

Levantóse el reptil sobre su cola, lanzando tenues silbidos, y lo confieso, cuando vi aquellos ojos empañados inflamarse como ascuas, y aquella boca lívida abrirse desmesuradamente, sentí que mi sangre se helaba en las venas.

IV

Sin embargo, el movimiento había despertado a Aluna: en el primer momento no pudo el viejo cazador comprender lo que hacíamos Tillier con su fusil y yo con mi cuchillo; pero la vista de la serpiente se lo explicó todo.

—¡Bah! ¡Una serpiente! —dijo con un acento de desprecio imposible de describir.

Y alargando su brazo cogió a la serpiente por la cola, y haciéndola dar dos o tres vueltas sobre su cabeza, la estrelló contra la estaca de la tienda.

Después, con un desdén supremo, la arrojó a más de veinte pasos, salió de la tienda, fue a la margen del arroyo, se lavó las manos, las enjugó con hojas de árbol y vino a encontrarnos diciendo:

—¿Qué tal? ¿Se ha hecho buena venta?

Tillier y yo estábamos pálidos como la muerte.

V

Tendiendo el saco, se puso a contar el dinero, hizo tres partes iguales, y con un signo evidente de satisfacción puso sus cien piastras en una bolsa de cuero que colgó de su cintura.

Desde aquel momento, lo confieso, Aluna tomó en mi espíritu y en el de Tillier toda la consideración que merecía.

Es posible que, al empezar su vida aventurera, el atrevido cazador hubiere sido tan tímido como nosotros; es posible que la vista de la primera serpiente de cascabel le hubiera causado tanto espanto como a nosotros nos causó; pero la costumbre le había familiarizado con todos los habitantes de las selvas, con los peligros de su vida errante y hasta con la presencia de la muerte.

En efecto, en sus exploraciones hacia el Este, en sus correrías por ese país todavía desconocido que se extiende entre los dos caminos frecuentados por las caravanas que van desde el lago Pirámide a San Luis del Missouri y de Monterrey hasta Santa Fe; en aquellos espacios inmensos donde ríos sin curso se pierden en las arenas para formar luego lagunas y pantanos impregnados de sal; en aquellas praderas cuajadas de salinas y habitadas por hombres y animales tan salvajes los unos como los otros, Aluna se había acostumbrado a todos los peligros.

En cuanto a las serpientes de cascabel, he aquí cómo había hecho conocimiento con ellas.

II. La yerba de la serpiente

I

Hallábase Aluna una tarde sobre la ribera izquierda del río Colorado, en el territorio de los indios navajos, después de haber guiado a través de la pradera a un inglés y dos misioneros americanos que habían perdido su camino.

El atrevido aventurero, que tenía verdadero horror a los caminos frecuentados, lanzóse a todo el galope de su caballo a través de la pradera, llegó a la orilla de un arroyo, y juzgando aquel sitio a propósito para pasar la noche, echó pie a tierra, dejó caballo en su libertad de pacer la fresca yerba de la margen, y para asar algunos trozos de carne, así como para alejar las fieras durante la noche, encendió un gran fuego, no sin haber tenido previamente el cuidado de arrancar la yerba alrededor del sitio en que se hallaba, a fin de evitar el peligro de que el fuego se comunicase a la pradera.

II

Encendida la lumbre y puestas sobre las ascuas las tajadas de antílope, Aluna creyó no tener bastante leña para conservar la hoguera durante la noche, y viendo al otro lado del arroyo un gran pino casi seco, abrió su cuchillo mejicano para ir a cortar algunas ramas y saltó ágilmente a la orilla opuesta.

Al tocar en tierra su pie se apoyó en algún objeto resbaladizo, y perdiendo su punto de apoyo, el cazador cayó de espalda.

Inmediatamente vio enderezarse sobre la yerba el manchado cuerpo de una serpiente de cascabel, y acto continuo un vivo dolor que sintió en la pierna izquierda le hizo conocer que el reptil acababa de morderle.

Aluna, ciego de cólera, se arrojó sobre el venenoso ofidio, y atacándole con su cuchillo le partió en dos pedazos.

Pero desgraciadamente estaba herido, y según todas las probabilidades, de una manera mortal.

No valía, pues, la pena de ir a cortar leña para conservar el fuego: antes que la lumbre se apagase, Aluna habría muerto.

III

Triste, cabizbajo y murmurando entre dientes una oración, que pensaba sería la última, el cazador volvió a pasar el arroyo y se acercó a la lumbre, pues empezaba ya a sentir por todo su cuerpo una penosa sensación de frío.

Su pierna se hinchaba rápidamente, produciéndole dolores agudísimos, y ya el cazador se preparaba resignado a morir, cuando recordó que, al arrancar la yerba en rededor suyo para encender la lumbre, había visto algunas matas de una planta a que los indios dan el nombre de yerba de la serpiente.

Aluna hizo un esfuerzo, y se arrastró como pudo hasta el lugar donde, según recordaba, había visto aquella yerba.

Encontró, en efecto, dos o tres matas, que había arrancado con sus raíces.

IV

Con una rapidez febril, Aluna limpió perfectamente su cuchillo, viscoso y húmedo aún en la sangre de la serpiente, y después de machacar la raíz, cortó la yerba en pequeños pedazos, poniéndola a hervir en la taza de plata que le había dado el inglés en pago del servicio que le hiciera poniéndole en el buen camino.

Luego, recordando lo que los indios acostumbraban a hacer en semejante caso, puso la raíz machacada sobre la doble herida de la pierna: este era el primer procedimiento.

En tanto, la raíz hervía en la taza de plata, componiendo un brebaje de un color verde oscuro, que exhalaba un penetrante olor alcalino.

Tal como era, aquel brebaje hubiera sido insoportable; Aluna le añadió un poco de agua, y a pesar de su repugnancia, apuró completamente la taza.

V

Ya era tiempo: apenas había apurado la bebida, la fiebre se apoderó de él; la tierra parecía dar vueltas en rededor suyo, parecíale que el cielo se desplomaba sobre su cabeza, y lanzando un largo suspiro, que creyó fuese el último, cayó sin movimiento sobre su manta.

A la mañana siguiente, cuando empezaba a amanecer, Aluna fue despertado por su caballo, que no comprendiendo el prolongado sueño de su amo, le lamía el rostro.

Al despertar no recordaba el cazador nada de lo que había pasado; sentía un entorpecimiento general, un dolor sordo en todos sus miembros, una laxitud profunda, y alguna cosa parecida a una muerte parcial se había apoderado de toda la parte interior de su cuerpo.

Recordó entonces la desgraciada aventura de la tarde anterior, y con una curiosidad profunda se inclinó sobre su pierna herida, abrió su pantalón y buscó la mordedura bajo la cataplasma de raíces que había asegurado con su pañuelo.

La herida estaba roja y la hinchazón de la pierna había bajado considerablemente.

Renovó entonces el vendaje, coció otra porción de yerba, y a pesar de su olor alcalino y de su sabor repugnante, apuró la bebida sin mezclarla una sola gota de agua.

Después, sin fuerzas para arrastrarse hasta la sombra, se tendió en el suelo, formando sobre él con su manta una especie de tienda.

VI

Allí, dominado por un sudor copioso, permaneció hasta las tres de la tarde; sintióse entonces bastante fuerte para arrastrarse hasta la orilla del arroyo, lavó perfectamente la herida de la pierna y bebió algunos sorbos de agua fresca.

Aunque sentía la cabeza muy pesada y la fiebre no había desaparecido del todo, Aluna se encontraba en realidad mucho mejor.

Llamó a su caballo, que acudió dócilmente a su voz, le ensilló, arrolló su manta, colocándola sobre el arzón de la silla, hizo provisión de la yerba salvadora, y cabalgando; a costa de esfuerzos inauditos, lanzó el caballo en dirección de una aldea de navajos, distante cinco o seis leguas.

Tenía allí algunos amigos y le recibieron admirablemente. Un viejo indio emprendió su curación, y como estaba ya casi en convalecencia, tardó muy poco en hallarse completamente restablecido.

VII

Desde entonces Aluna consideraba la mordedura de la serpiente de cascabel como un accidente ordinario; es verdad que llevaba constantemente sobre sí en un pequeño saco de cuero la yerba y la raíz salvadoras, renovando una y otra siempre que se le presentaba ocasión.

III. El oso negro

I

Aluna decía frecuentemente inclinando la cabeza sobre el pecho con cierta expresión de melancolía:

—¡Hubo un tiempo en que estaba loco!

Ni Tillier ni yo hemos sabido nunca de qué locura quería hablar; pero creo, sin embargo, y hasta que tenga prueba de lo contrario persistiré en mi creencia, que para Aluna la frase estar loco significaba sencillamente estar enamorado.

De algunas palabras dichas por el aventurero durante nuestras largas cacerías de la tarde he deducido, como acabo de decir, que Aluna había estado algún tiempo enamorado, y que habiendo perdido a la mujer que amaba había caído en una especie de melancolía que le condujo casi a las puertas de la locura.

Ignoro absolutamente cómo había perdido a aquella mujer, pues Aluna jamás me dijo una palabra acerca de este punto, y no puedo ni debo hablar por suposiciones.

II

En el tiempo en que Aluna estaba loco, vivía en la vertiente de las montañas, cerca de las márgenes del río Arkansas, y había emprendido la construcción de una cabaña.

Aquella cabaña, empezada con tanta alegría, con tanto amor, ¿por qué no se terminó? ¿Por qué quedó a medio construir, apenas cerrada por maderos mal labrados y por una puerta sin pestillos? ¿Era acaso que Aluna vio un día que tendría que habitar solo aquella casa que había construido para dos, y que desde entonces, le importaba poco que permaneciese abierta o cerrada, puesto que el único tesoro que juzgaba digno de cerrojos cerraduras había desaparecido?

Nada sé sobre este punto; pero referiré en cambio una aventura que en aquel tiempo sucedió al viejo cazador.

III

Una noche en que después de una larga ausencia volvía a su casa, se detuvo sorprendido al encontrar abierta la puerta que esperaba hallar cerrada.

Entró en la cabaña y su sorpresa creció al ver que un saco de maíz, que había dejado en un rincón estaba roto y esparcido el grano por el suelo. Su sorpresa se cambió entonces en cólera. Poco le importaba aquella provisión de maíz, que habría partido sin vacilar entre sus vecinos que se la hubieran pedido; pero Aluna no quería que se tocase a lo suyo sin prevenirle, y además, vio en aquel robo, no solamente el robo, sino una especie de desprecio que el ladrón hacía del robado.

Bajo este concepto, aquel atentado encolerizó al aventurero.

El ladrón había dejado la puerta abierta, de lo que se deducía que pensaba volver.

Escondióse Aluna en lo más oscuro de la cabaña, después de coger una pesada hacha que le servía para partir leña, y con su cuchillo en la mano esperó al ladrón.

IV

Por desgracia, para Aluna, como para todos los hombres de vida activa, el sueño no era una cosa de que pudiese prescindir, sino una verdadera necesidad.

En consecuencia, a pesar de todos los esfuerzos que hizo para permanecer despierto, acabó por dormirse.

No había llegado la mitad de la noche cuando sacudió el sueño y abrió los ojos.

Oíase el ruido de las hojas secas, holladas por la planta de algún animal, y un solo momento de atención fue bastante para que Aluna comprendiese que alguien se ocupaba en devastar su provisión de maíz.

V

Sin duda el ladrón no se había tomado la pena de llegar hasta el lecho, y creyendo al dueño de la cabaña ausente todavía, revolvía sin inquietud el montón de grano.

Esta audacia exasperó al aventurero, que gritó en español.

—¿Quién va?

El ruido cesó; pero nadie contestó.

Aluna se incorporó sobre el lecho, y viendo que el ladrón guardaba silencio, repitió la pregunta en lengua india.

Tampoco obtuvo respuesta.

VI

Este silencio no dejaba de causarle alguna inquietud; el ladrón, cualquiera que fuese, quería sin duda salir de la cabaña como había entrado, es decir, sin que nadie le sintiese. Parecía andar a paso lento y recatado, como un hombre que no quiere ser oído; pero de tiempo en tiempo su respiración, sobre la cual no tenía sin duda, el mismo imperio, revelaba su presencia.

Parecióle a Aluna que aquel paso, en vez de dirigirse hacia la puerta, se aproximaba a él.

Bien pronto no pudo tener duda; el ladrón buscaba sin duda la manera de sorprenderle y se acercaba cautelosamente al rincón que le servía de dormitorio.

Aluna se preparó a sostener la lucha.

VII

Como era indudable que ésta debía ser cuerpo a cuerpo, tomó su cuchillo en la mano izquierda y el hacha en la derecha, y dispuesto a todo, esperó.

Bien pronto la respiración del enemigo le demostró que apenas había entre los dos una distancia de dos pasos.

Ya no había duda; el ladrón era un oso.

VIII

Aluna se hizo atrás vivamente; pero el muro le impedía retroceder, y de bueno o mal grado no tenía otro remedio que aceptar el combate. Aluna no era hombre que temiese una lucha; sucedía esto, como ya he dicho, en el tiempo en que estaba loco, y todo peligro le era sin duda indiferente, importándole poco una vida que se le había hecho odiosa.

Levantó, pues, el brazo armado con el hacha y la descargó con toda su fuerza, encomendando a la casualidad el lugar donde cayese el golpe.

El hacha encontró uno de los brazos del oso, causándole una profunda herida.

Al recibir el golpe el animal rompió el silencio, lanzando un terrible rugido, y con el brazo que le quedaba útil, enganchó a Aluna por el hombro, se le atrajo hacia sí, intentando aplastarle contra su pecho.

El cazador, con una serenidad inaudita, comprendió la situación, y apoyó el mango de su cuchillo contra su cinturón, dirigiendo la punta al velludo pecho del animal.

De aquí resultó que cuando el oso estrechó al aventurero, el afilado cuchillo se hundió completamente en su cuerpo.

En tanto, quedándole libre la mano derecha, Aluna golpeaba con su hacha la nariz del animal, impidiéndole morder.

IX

Pero el oso es un animal de piel muy dura y tardó algún tiempo en apercibirse de que tenía el cuchillo clavado en el pecho. Aluna, por su parte, empezaba a sentirse demasiado oprimido, cuando por fortuna, el cuchillo, revolviéndose en la herida, interesó sin duda algún órgano importante. El animal lanzó un rugido de dolor y arrojó a Aluna de costado.

Lanzado con una violencia verdaderamente maravillosa e irresistible, el cazador hubiera sido estrellado contra el muro si la casualidad no hubiera hecho que encontrase ante sí la puerta abierta, yendo a parar diez pasos fuera de la cabaña.

En su caída no le fue posible retener su hacha en la mano, y como había dejado el cuchillo en el pecho del oso, se encontraba desarmado.

X

Por fortuna encontró casualmente una estaca de roble, puntiaguda como un chuzo y preparada, como otras muchas, para construir una empalizada en rededor de la casa.

Aluna había caído precisamente sobre la estaca, y al levantarse, aunque un poco aturdido por el golpe, la recogió.

En manos de un hombre tan vigoroso, tan diestro y tan sereno como Aluna, era aquella un arma tan terrible como la maza en las manos de Hércules.

Bien pronto tuvo que servirse de ella, pues el animal, furioso por su doble herida, le había seguido gruñendo fuera de la cabaña.

XI

Aluna, como ya he dicho, no amaba la vida; pero tampoco se resignaba a una muerte tan espantosa como la que le preparaba el feroz animal, que se abalanzaba contra él, como provocándole a un combate mortal, y reuniendo todas sus fuerzas, hizo caer sobre el oso una lluvia de palos capaces de romper el cráneo de un toro.

Pero el animal, con la habilidad del más diestro esgrimidor, paraba la mayor parte de los golpes que le dirigía, tratando al mismo tiempo de coger la estaca y arrancarla de las manos de Aluna, lo que consiguió al fin, a pesar de su mano herida. Una vez cogida la estaca por el animal, Aluna no pugnó por conservarla, y soltándola de pronto en el momento en que el animal, esperando encontrar resistencia, daba una violenta sacudida, le hizo caer de espaldas, aprovechándose el cazador de esta circunstancia para entrar en su casa y cerrar la puerta tras sí.

Antes de que pudiera alejarse de ella el oso la derribó, y Aluna fue rodando hasta el fondo de la cabaña.

XII

Por casualidad, Aluna puso la mano sobre el hacha, y la cogió; luego, formándose un escudo con la puerta, la enderezó y se abrigó detrás de ella; el oso le cogió con las dos patas, que era precisamente lo que deseaba el cazador, quien abandonando su improvisada defensa, dirigió un terrible hachazo al animal, hiriéndole en el brazo que le quedaba útil.

Aquella tercera herida hizo comprender al oso que la aventura se volvía en su daño, y empezó a declararse en retirada.

Pero Aluna había calculado sus movimientos para llegar a un punto donde, apoderado de su carabina; pudiese servirse de ella, y sintiéndola al fin bajo su mano, la cogió rápidamente y se lanzó de un salto fuera de la cabaña, colocándose en frente de la puerta.

En aquel momento la luna apareció entre dos nubes como si viniese en ayuda del cazador, permitiéndole apuntar con seguridad.

XIII

El oso vaciló un momento antes de salir de la cabaña; pero al fin pareció tomar una resolución, y rugiendo de una manera terrible, se presentó en la puerta.

Aluna le esperaba con el fusil en la mano.

Fuerza le fue al oso enderezarse para luchar, según su costumbre, cuerpo a cuerpo. Aluna no esperaba más que aquel momento, y dando un paso atrás, apuntó cuidadosamente al corazón del oso e hizo fuego.

El oso dio un salto y cayó de espalda, agitándose durante algunos momentos en las convulsiones de la agonía.

La bala le había atravesado el corazón.

XIV

Aunque se trataba de un oso negro, era casi de la talla de un oso gris, y pesaba más de ochocientas libras.

Solamente que si Aluna hubiese tenido que luchar con un oso gris, en vez de hacerlo con un oso negro, es probable que la cosa hubiese variado de aspecto, pues el primero se sirve para combatir de sus dientes y de sus garras, al paso que el oso negro, por el contrario, no muerde jamás. Su único recurso es asir al enemigo con sus robustos brazos, estrecharle contra su pecho y aplastarle con su formidable potencia muscular.

Se comprende, pues, lo que serían nuestras cazas de alces, de corzos y de ardillas, para un hombre acostumbrado a aventuras tan peligrosas y terribles como la que acabo de relatar.

IV. Una familia de jaguares

I

Referiré otra aventura que demuestra con la mayor claridad hasta qué punto llegaban el valor, la serenidad y la sangre fría del viejo aventurero. Hallábase un día al pie de las montañas Pedregosas, entre la falda de la cordillera y un lago poco importante, al cual ningún viajero ha tenido la idea de dar un nombre; perseguíale una familia de indios apaches, y perdido, comprendiendo que montando sus enemigos caballos descansados, mientras el suyo estaba rendido de fatiga, acabarían por alcanzarle, el cazador resolvió aprovecharse de las sombras de la noche, que avanzaban rápidamente, para escapar por un subterfugio que aun en aquella situación extrema le parecía de éxito infalible.

El subterfugio no podía ser más sencillo: se reducía a hacer que el caballo continuase galopando solo y permanecer oculto en aquel sitio; era indudable que los indios, persiguiendo al caballo, pasarían sin verle, y que el fugitivo, desembarazado de su jinete, redoblaría su velocidad, alejando a los perseguidores.

II

Dirigióse, pues, a un bosquecillo de pinos, y desembarazándose de los estribos en el momento que pasaba bajo uno de los árboles, se asió a una fuerte rama, de la cual quedó suspendido, en tanto que el caballo continuaba su carrera.

Aluna trepó por las ramas, y en un momento estuvo escondido en lo más espeso del árbol.

Poco después, una docena de salvajes pasó a todo galope a muy corta distancia: Aluna los vio y los oyó; pero ninguno de ellos vio al astuto aventurero.

Cuando estuvieron ya lejos y el rumor de su carrera se hubo perdido, Aluna descendió del árbol y buscó un lugar a propósito para pasar la noche.

III

No tardó en encontrar una de esas hendiduras, tan comunes en la base de las montañas Pedregosas, que comunicaba con una gran caverna, tan espaciosa como sombría, pues no recibía luz más que por la grieta que acababa de descubrir el aventurero.

Deslizóse éste como una serpiente, busca y encuentra una gruesa piedra que coloca cerrando la entrada, para que nadie más que él, hombre o animal, pudiese introducirse en la cueva; se envuelve en su poncho, y al cabo de un instante, rendido por el cansancio, sus sonoros ronquidos denotaban que dormía profundamente.

IV

Por bien que durmiese, sobre todo en su primer sueño, preciso le fue, sin embargo, despertar para ocuparse de algo que pasaba en la extremidad inferior de su persona.

Parecíale que dos o tres gatos u otros animales de uñas agudas, se entretenían en arañarle las piernas.

Aluna levantó la cabeza, se aseguró de que no soñaba, extendió la mano y tocó dos cachorros de jaguar tan grandes como gatos, los cuales, atraídos sin duda por el olor de la carne viva, jugaban con las piernas del aventurero y trataban de hundir sus uñas en el lugar en que la abertura del pantalón dejaba la pierna desnuda.

V

Inmediatamente comprendió que había entrado en una caverna que servía de vivienda a un jaguar y sus hijuelos, que el padre y la madre estarían de caza y no tardarían en volver, y que por consecuencia, la mejor resolución que podía tomar era salir de allí cuanto antes.

Tomó, pues, su fusil, recogió su poncho y se dispuso a retirar la piedra que cerraba la salida, a fin de ganar la hendidura que conducía al campo.

Pero, apenas había puesto la mano sobre la piedra, cuando escuchó a menos de cien pasos de distancia un ruido que le anunciaba que era ya demasiado tarde; la hembra del jaguar llegaba a su madriguera, y no tardó el cazador en sentir la violenta sacudida que dio a la piedra el animal para abrirse paso.

Los cachorros, por su parte, mayaban de una manera impaciente, contestando a los rugidos de su madre.

Aluna tenía su fusil, pero en su lucha con los indios, se le había roto el disparador, y el arma estaba, por consecuencia, fuera de servicio.

Sin embargo, el cazador encontró medio de utilizarla.

VI

Apoyóse de espaldas contra la piedra, a fin de mantener cerrada la hendidura, a pesar de los esfuerzos de la fiera, y con toda la prontitud que le fue posible, se puso a cargar el fusil.

Por sencilla que sea esta operación en circunstancias ordinarias, complicábase entonces de una manera terrible.

A dos pies del cazador, detrás de la piedra conmovida a veces por violentas sacudidas, rugía ferozmente la hembra del jaguar, y Aluna sentía llegar hasta él la respiración poderosa de la fiera, que introducía la cabeza y las garras en las hendiduras de la piedra, pugnando por separar el obstáculo que la impedía entrar en su albergue.

Aun alguna vez la punta de sus uñas llegó a rozar la espalda del aventurero; pero esto no detenía a Aluna, y en pocos momentos tuvo cargada su arma.

VII

Sacó luego el cazador avíos de encender y empezó a golpear la piedra con el eslabón a fin de inflamar un pedazo de yesca. A cada choque del acero contra el pedernal se iluminaba levemente el interior de la caverna y el aventurero la veía sembrada de huesos de animales devorados por la familia de jaguares.

La fiera continuaba en tanto escarbando la piedra para abrirse paso.

Pero Aluna tenía ya cargado su fusil y encendida la yesca y podía a su vez tomar la ofensiva.

Volvióse, pues, sosteniendo la piedra con un pie e introdujo el cañón de su carabina en el intersticio por donde la fiera había metido su cabeza y sus garras.

VIII

Viendo aquel objeto desconocido que se aproximaba a ella y le amenazaba, la fiera le cogió con los dientes intentando hacerle pedazos.

Esto era lo que esperaba Aluna; inmediatamente aproximó al cebo la yesca encendida, salió el tiro y la fiera cayó sin vida.

Un rugido ahogado, seguido del estertor de la agonía, indicó a Aluna que se había desembarazado de su enemigo, y el atrevido cazador suspiró libremente.

IX

Pero la tregua fue corta; cuando ponía la mano sobre la piedra para separarla y salir, oyó un nuevo rugido más terrible que los anteriores: era el jaguar que acudía a los gritos de su hembra.

Felizmente llegaba demasiado tarde para combinar sus esfuerzos con los de su compañera; pero a tiempo, sin embargo, para crear a Aluna un nuevo peligro.

Por su parte, el cazador estaba tan satisfecho del éxito de su estratagema, que en manera alguna tenía la intención de variar su plan de defensa, proponiéndose, por el contrario, tratar al macho del mismo modo que había tratado a la hembra.

Por consecuencia, apoyó de nuevo su espalda en la piedra, y empezó a cargar su carabina.

X

El jaguar se detuvo un instante cerca del cadáver de su compañera, rugiendo de una manera terrible; pero después de esta especie de oración fúnebre, se lanzó contra la piedra conmoviéndola violentamente.

—Espérate un poco, —murmuró Aluna—; antes de mucho ajustaremos cuentas.

En efecto, cargada la carabina, preparábase Aluna para echar lumbres, cuando se apercibió de que habla perdido la yesca.

XI

La situación no podía ser más grave; sin yesca no era posible tener fuego, y sin fuego no había medios de defensa. La carabina, reducida a su más simple expresión, era solamente un tubo de hierro que no podía servir más que como una maza.

Aluna, sin separarse de su sitio, buscó con sus manos a derecha e izquierda; pero inútilmente: la yesca se había perdido.

Durante este tiempo la piedra era sacudida violentamente; el jaguar metía sus garras por los huecos, y algunas veces las puntas de sus uñas llegaron a tocar la espalda del aventurero, cuya frente empezaba a bañar el sudor.

XII

Al fin, Aluna comprendió que a oscuras como se hallaba era imposible que encontrase la yesca, y meditó un nuevo plan para librarse de su enemigo.

He dicho que la carabina sólo le podía servir de maza, y debía haber añadido que también le podía servir de lanza.

La cosa no podía ser más fácil; el cazador de las praderas llevaba siempre arrollada a su cintura una cuerda con la cual se ata a las ramas de los árboles, en los cuales tiene algunas veces que dormir, y Aluna no iba desprovisto de este utensilio.

XIII

Sujetó, pues, valiéndose de esta cuerda, el gran cuchillo al extremo de la carabina, y la lanza quedó hecha.

Entonces se volvió, preparándose a la lucha, pero sin dejar de sostener con todas sus fuerzas el obstáculo que impedía al jaguar la entrada en su cabaña.

Las sacudidas que sufría la roca demostraron al cazador que tenía que habérselas con un enemigo terrible por su fuerza.

XIV

Aluna colocó su carabina como un soldado que carga a la bayoneta, y en el momento en que el jaguar se precipitaba contra la piedra, la improvisada lanza se deslizó junto a ella, hiriendo al terrible animal.

Rugió el jaguar de una manera furiosa; oyóse un chasquido seco, y la carabina, arrancada de manos de su dueño, rodó a dos pasos de él, en tanto que el jaguar se pronunciaba en retirada.

XV

Aluna recogió su arma y la examinó: la hoja del cuchillo había saltado y no quedaba más que un trozo de pulgada y media unido al mango; el resto había quedado en la herida.

El cazador se alegró grandemente de la retirada de la fiera, que le daba algunos momentos de tregua, de que tenía gran necesidad, pues sus fuerzas comenzaban a agotarse.

Aprovechóla primeramente para desembarazarse de los dos cachorros, que mayaban sin cesar, cual si contestasen a los rugidos de su padre.

Cogiólos, pues, por las patas de atrás, estrellándolos contra la roca, y luego, como tenía gran necesidad de apagar la sed y carecía absolutamente de agua, bebió la sangre de uno de los pequeños.

XVI

Lo que Aluna temía, sobre todo, era la necesidad de sueño que comenzaba a sentir, pues sabía perfectamente que al cabo de cierto tiempo esta necesidad sería absoluta y que tendría que ceder a ella. El jaguar, alejado momentáneamente, podía volver mientras dormía, separar la piedra, penetrar en la caverna, caer de improviso sobre el cazador y devorarle. En cuanto a salir, era inútil pensar en ello; el animal podía estar emboscado en los alrededores y saltar de improviso sobre el fugitivo.

Aluna se resolvió a dormir en la misma posición en que se hallaba, es decir, con la espalda apoyada en la piedra que cerraba la entraba en la caverna; de esta manera, el menor movimiento de la roca tendría necesariamente que despertarle.

La piedra no fue movida, y Aluna durmió con la mayor tranquilidad hasta las dos de la mañana.

XVII

A esta hora abrió los ojos, despierto por un ruido que se oía en la parte superior de la caverna; algunas piedrecillas mezcladas con tierra caían como una lluvia, indicando un trabajo exterior, y Aluna no podía impedirlo de ningún modo.

Tomó, sin embargo, su carabina: inútil como arma de fuego, inútil también como lanza, podía aún servirle de maza.

Después, con la mirada fija, el corazón tranquilo, y dispuesto a todo, esperó.

XVIII

La lluvia de piedras era a cada momento más espesa, demostrando que el momento de la lucha se aproximaba. Oía la respiración del animal a través de los intersticios del techo, y bien pronto la excavación le permitió distinguir el día, o más bien la noche, iluminada por la luna, que vertía verticalmente sus rayos sobre el agujero que hacía el jaguar.

De tiempo en tiempo la excavación quedaba herméticamente cerrada, y era sin duda que el animal, para ver si el paso era practicable, metía en ella su cabeza.

Entonces los rayos de la luna eran interceptados, y en lugar de su pálida luz y del trémulo resplandor de las estrellas, brillaban en la oscuridad como dos carbunclos los ojos inflamados del jaguar.

XIX

Poco a poco se agrandó el agujero. El animal introdujo primero la cabeza, después los hombros, luego todo el cuerpo y cayó sobre sus cuatro patas enfrente de Aluna.

Felizmente la hoja del cuchillo, que aún llevaba clavada en un costado, le impidió arrojarse inmediatamente sobre el aventurero. Tuvo sin duda un momento de dolor, y este momento bastó a su adversario.

La culata de la carabina cayó como una maza sobre la cabeza del jaguar, que rodó aturdido.

Aluna se lanzó rápidamente sobre él, y con el trozo del cuchillo que le quedaba, le degolló.

XX

Ya era tiempo: Aluna, rendido de fatiga, arrastró al animal hasta un lugar de la caverna en que estaba alfombrado de arena menuda, y haciéndose una almohada de su cuerpo palpitante, tardó muy poco en quedarse dormido.

V. El Sacramento

I

Este género de vida, que tanto atractivo tiene para los naturales de aquel país, que le consagran a veces toda su existencia, poseía para nosotros encantos inexplicables. Cierto es que era un penoso trabajo tener que ir dos veces por semana a San Francisco para vender los productos de nuestra caza; pero lo sufríamos de buen grado, o lo aceptábamos, por mejor decir, largamente recompensados por los resultados que nos producía.

Este resultado era de trescientas y a veces de cuatrocientas piastras por semana.

II

En el primer mes, deducidos todos nuestros gastos, ganamos cuatrocientas piastras; pero en los dos últimos, y especialmente en la postrera semana, apenas sacamos ciento cincuenta, y esta baja tan considerable en nuestros beneficios nos demostró que la especulación había llegado a su término.

Nuestras continuas cacerías, por una parte, empezaban a despoblar la comarca, y por otra, los animales, algo espantados ya, se alejaban para ir a buscar cerca de las lagunas, en el territorio de los indios kinglas, países donde fuesen menos hostilizados.

III

En vista de esto, resolvimos abandonar aquella tierra y alejarnos hacia las comarcas del Nordeste, llevando los productos de nuestra caza a la ciudad del Sacramento.

Una vez allí nos informaríamos de si aquellos placeres eran mejores que los del San Joaquín, y si las riberas del Young, del Yaba o del Plume eran preferibles por sus condiciones al paso del Pino, al campo de Sonora o a las orillas del Murfis.

IV

Este proyecto se puso en ejecución en cuanto vimos la comarca completamente abandonada por la caza, y dejando nuestra barca en Sonoma, nos dirigimos a la Horquilla Americana. Franqueamos sin dificultad las escarpadas montañas californianas, marchando de Oeste a Este, y después de día y medio de camino, en cuyo tiempo matamos mucha caza, llegamos a las orillas del Sacramento.

Seguimos por su margen dos o tres horas; una barca de pescadores nos tomó a su bordo, y mediante cuatro piastras nos pasó a la orilla opuesta. El caballo, aunque el río tenía en aquel lugar cerca de media milla de anchura, le pasó fácilmente a nado.

V

Los pescadores nos informaron del estado de las minas, y aunque no teníamos noticias muy positivas, supimos por ellos, sin embargo, que los americanos devastaban el país con sus constantes rapiñas. Esto no tenía para nosotros nada de sorprendente, pues ya en las márgenes del San Joaquín habíamos tenido más de una muestra de las depredaciones de aquellos desalmados. En cuanto a Aluna, se contentó con encogerse de hombros, como si en aquella conducta no hubiese para él nada de particular: el viejo cazador detestaba a los americanos y los creía capaces de todos los crímenes.

VI

Llegamos a la ciudad del Sacramento, fuimos luego al fuerte Sutter, para asegurarnos de la veracidad de estas noticias. Allí vimos confirmado lo que nos habían dicho los pescadores: las minas estaban en plena revolución.

Tuvimos miedo de perder allí lo poco que habíamos ganado con tanto trabajo, y volviendo sobre nuestros pasos, bajamos el río en una barca que alquilamos por cuarenta piastras.

VII

En Sacramento vendimos nuestra caza por ochenta dollars, lo que nos permitió emprender la marcha sin necesidad de tocar a nuestro capital.

La barca que habíamos alquilado pertenecía a unos pescadores que estaban obligados a ponernos en tierra cuando nos conviniese, pues no queríamos emplear más de cuatro días en ir de Sacramento a Benicia, cerca de la bahía de Suiron.

Aluna marchaba en su caballo por la margen izquierda.

VIII

El valle del Sacramento es uno de los más bellos que se encuentran en América, y le rodean al Este la Sierra Nevada, al Oeste y Sur los montes californianos, y al Norte el monte Sharte, extendiéndose en un espacio de doscientas millas.

IX

En la época de la licuación de las nieves el río Sacramento se desborda y alcanza una altura de ocho o nueve pies, lo que es fácil comprobar por las señales de limo que quedan en los troncos de los árboles. Este limo, parecido al del Nilo, se extiende sobre las riberas del río, prestando un gran vigor a la vegetación. Desde el medio del río se percibían las dos orillas cubiertas de árboles, en medio de los cuales vagaban numerosos rebaños de bueyes y caballos salvajes.

X

En ciertos lugares el Sacramento tiene media milla de anchura, y su profundidad ordinaria es de tres o cuatro metros, lo que permite remontarlo con embarcaciones de doscientas toneladas.

El Sacramento contiene innumerables salmones que se dispersan libremente en todos sus afluentes. Estos peces abandonan el mar en primavera y remontan el río en numerosas tropas durante cincuenta millas, siguiendo el curso principal sin encontrar el menor obstáculo; pero allí, ya sigan siempre el Sacramento, ya se aventuren por sus afluentes, se encuentran las estacadas formadas por los indios, o las barreras construidas por los labradores, según las necesidades del cultivo, o los cortes, abiertos por los mineros, según los caprichos de la explotación.

Vése entonces a los salmones hacer poderosos esfuerzos para franquear aquellos obstáculos. Si encuentran algún tronco o alguna roca que pueda serviles de punto de apoyo, se adhieren a él, se encorvan en arco, enderézanse después con violencia y saltan a doce o quince pies de altura y otro tanto de distancia, calculando de tal modo su salto, que van a caer en el curso de agua superior al que abandonan.

XI

Al llegar a la confluencia del San Joaquín y del Sacramento se encuentra una docena de islas bajas y pobladas de árboles, llenas de lagunas impracticables y cubiertas de tula, vegetación que se encuentra en todos los terrenos bajos y húmedos de la comarca. Los aficionados a la caza de aves acuáticas pueden allí reunir una completa colección, pues en aquellas lagunas viven innumerables patos, gansos, cisnes y otras diversas especies.

XII

En cuatro días llegamos a Benicia. Arreglamos nuestras cuentas con los pescadores, atravesamos cazando la pradera, y ganamos el rancho de Sonoma, donde nos esperaba nuestra barca.

Aquella misma noche volvimos a San Francisco, después de seis semanas de ausencia.

VI. La caza de osos

I

Encontramos a Gauthier y a Mirandola bastante mal, comercialmente hablando, a consecuencia del último fuego.

Al día siguiente de nuestra llegada tuvimos el gusto de ver a uno de nuestros antiguos amigos, llamado Adolfo, que habitaba en un modesto rancho, entre la bahía de San Francisco y los montes de California; invitónos a pasar uno o dos días con él, prometiendo hacernos asistir a una cacería de osos; aceptamos sin vacilar y partimos en su compañía.

II

La caza prometida fue fijada para el amanecer del día siguiente al en que llegamos al rancho, y por consecuencia, Tillier y yo tuvimos tiempo para consultarnos mutuamente respecto al nuevo estado que debíamos adoptar.

III

El oso de que se trataba era un oso gris, el ursus feroz de los naturalistas. Hacía algún tiempo que descendía todas las noches de las montañas, y no contento con devastar los tiernos retoños de los cañaverales que crecían en la margen de los arroyos, estropeaba completamente los campos de maíz y a veces se atrevía a atacar a los animales, con no poco perjuicio de los habitantes del rancho.

Reuniéronse, pues, éstos contra el enemigo común, y siendo en su mayor parte mejicanos, decidieron cazar al animal por medio del lazo.

IV

Aluna, cuya destreza en esta caza era muy conocida, se había colocado a la cabeza de la expedición.

Los cazadores, en número de treinta, se emboscaron en los sitios convenientes, dispuestos a socorrerse mutuamente, si la situación lo requería.

Al romper el día el oso descendió de la montaña: el viento le daba de cara, llevándole las emanaciones de los cazadores, y al llegar a cierta distancia el animal se detuvo, como vacilando entre afrontar el peligro o retroceder.

V

Al fin pareció decidirse, y se encaminó directamente hacia un grupo de árboles, en el cual estaba oculto el primer cazador.

Era este nuestro amigo Aluna, que aceptando valerosamente el combate, salió de su escondite y se dirigió a la fiera.

Llegado a treinta pasos del oso, que acababa de levantarse sobre sus pies, le arrojó el lazo, cuyo nudo corredizo enredó en su cuello y uno de sus brazos, y luego, sujetando el extremo de su larga cuerda al arzón de su silla, gritó a sus compañeros.

—¡Eh! ¡Ya le tenemos!

VI

El oso permaneció un instante inmóvil, como sorprendido por aquel extraño ataque que parecía no comprender.

Había recibido un golpe sin experimentar dolor alguno, y parecía mirar con extrañeza, pero sin inquietud, aquella cuerda que se le había enroscado al cuello.

Tres o cuatro lazos fueron arrojados casi al mismo tiempo, desde distintos puntos, cayendo sobre el animal y envolviéndole más o menos estrechamente.

Entonces quiso el oso lanzarse sobre los cazadores; pero éstos, sacando sus caballos al galope, intentaron arrastrarlo tras sí.

VII

En menos de un minuto, treinta lazos estuvieron rodeados al cuello del animal, que comprendiendo que era imposible luchar contra aquellas extrañas armas, se volvió y quiso retroceder.

Más para esto necesitaba, por decirlo así, el permiso de los cazadores.

VIII

Por un momento pudo creerse que los arrastraría tras sí, porque los caballos cejaron y hasta fueron obligados a retroceder algunos pasos.

Pero los jinetes, lanzando penetrantes gritos y haciendo uso de sus punzantes espuelas, animaron a los caballos, que venciendo los esfuerzos del oso le arrastraron con violencia.

IX

Había algo de espantoso en la enorme resistencia de aquel animal, que viéndose un momento solo contra todos, y perdido su fuerte apoyo, era arrastrado a su vez.

Sus ojos parecían dos fuentes, de donde corría la sangre; su boca, considerablemente dilatada, dejaba colgar su enorme lengua, y sus rugidos de furor resonaban a más de una legua de distancia.

X

En fin, después de una hora de combate, más bien que de caza, el animal fue arrastrado hasta el rancho vecino donde se lo remató a tiros.

Pesaba mil doscientas libras, es decir, el doble de lo que pesa un buey ordinario, y fue repartido entre los cazadores.

Una gran parte de su carne fue vendida en el mercado de San Francisco, a razón de una piastra la libra; los carniceros nos la habían comprado al precio de tres francos.

XI

Esta caza, que recordó a Aluna los bellos días de su juventud, le inspiró la idea de proponernos que fuésemos a cazar osos en la sierra de la Mariposa, para no volver a San Francisco hasta mediados de setiembre.

Aceptamos la proposición, y aquella misma tarde volvimos a la ciudad para disponernos a ejecutarla lo más pronto posible.

VII. La Mariposa

I

Teníamos que tomar nuevas disposiciones; ya no era una barca lo que nos faltaba, sino un carro y otro caballo, además del de Aluna. Vendimos, pues, nuestra barca, y con el mismo dinero que por ella nos dieron compramos lo uno y lo otro.

II

Creo haber hablado en otra ocasión de los presidios y de los ranchos; los primeros son, como entonces dije, si no me engaño, pequeños fuertes que sirven de residencia a algunos soldados; los segundos son verdaderos cortijos, y toman el nombre de rancherías cuando a ellos se unen algunas chozas, formando una pequeña aldea.

Sólo nos resta explicar lo que son las misiones y los pueblos.

III

Las misiones eran grandes establecimientos en los cuales se recibía a todos los indios que deseaban instruirse en la fe cristiana; una vez adquirida esta educación religiosa, se dedicaban allí a un trabajo cualquiera.

Quien ha visto una misión las ha visto todas; por regla general, estaban formadas por un gran edificio de piedra, que contenía un gran número de celdas provistas de una puerta y de una ventana. En un ángulo de la misión se elevaba la iglesia con su campanario, rodeada de árboles y con una fuente de agua fresca y cristalina.

IV

Todas estas misiones pertenecen, por regla general, a los frailes capuchinos, y cada una de ellas está dirigida por dos religiosos, uno de los cuales instruye a los neófitos en la fe cristiana, mientras su compañero los ejercita en trabajos materiales.

En el interior de estos establecimientos hay fraguas, molinos, talleres de curtido, fábricas de jabón, obradores de carpintería, etc., dispuesto todo de manera que quede en la parte principal del edificio una hospedería para los viandantes y el espacio preciso para almacenes, escuela y enfermería.

En torno de la misión se extienden bellos jardines, y más allá las chozas de los indios, construidas generalmente con paja y juncos.

V

Los indios eran mantenidos en la misma misión, y como quiera que los capuchinos tienen fama de regulares cocineros, por más que allí no se pudiera sacar gran partido de la ciencia culinaria, uno de los dos religiosos se encargaba de preparar la comida, así para ellos como para sus neófitos. Esta comida se componía de tortas de maíz, carne de vaca o carnero y frutas de todas clases.

El vino estaba absolutamente prohibido, y el que se fabricaba en la misión, así como el que se hacía venir de las aldeas cercanas, estaba reservado para los enfermos y los viajeros a quienes se daba hospitalidad.

Los obreros se instruían allí voluntariamente, pues en estos establecimientos todo se debe a la persuasión, nada a la fuerza.

VI

En cuanto a los pueblos, son verdaderos villorrios que en su origen estaban poblados por los soldados que habían cumplido el tiempo de su empeño en los presidios y a quienes se había dado, en pago de sus servicios, cierta porción de terreno, que eran libres de escoger en el sitio que mejor les pareciese, siempre que el que eligiesen fuese libre.

Cada cual explotaba este terreno a su manera.

Toda la California no cuenta más que cuatro pueblos: Nuestra Señora de los Ángeles, Santa Bárbara, Franciforte y San José.

VII

El día de nuestra partida fuimos a pernoctar en San José, situado en el centro de un magnífico valle, sobre el Guadalupe, arroyo de poca importancia que desciende de los montes de California y que desemboca en la bahía de San Francisco. Está a cuatro leguas de distancia de la misión de Santa Clara, y le une a ella un hermoso camino orlado de tiernos robles, plantados tiempos atrás por los mineros con la intención de que, cuando creciesen, protegiesen con su sombra a los fieles que fuesen desde San José a oír misa a Santa Clara.

VIII

San José fue fundado en 1777 o 78; seiscientos habitantes, poco más o menos, le poblaban en 1848, es decir, antes del descubrimiento de las minas, y ocupaban ciento cincuenta casas construidas en torno de dos plazas plantadas de árboles magníficos.

En la actualidad, o más bien, en la época en que estuvimos en San José, se componía de un millar de casas de dos o tres pisos, con una población de cinco mil almas, que se aumentaba todos los días, de lo que resultaba que lejos de dar, como anteriormente, de valde los terrenos, vendíanse, por el contrario, sumamente caros.

IX

En octubre de 1849 se había iniciado la cuestión de hacer del pueblo de San José la capital de California, y esta proposición, iniciada por la convención del territorio, había contribuido en gran manera a aumentar el número de sus habitantes y el precio de los terrenos.

Esperando la resolución de este asunto, se estaba construyendo un palacio de Justicia, una Cámara legislativa y otros edificios, resultando de todo esto que San José, puesto en comunicación con San Francisco, Santa Clara y Monterey, era la segunda población de la comarca.

El pueblo de San José tiene una misión, fundada en 1797 y situada a quince millas al Norte de la población, al pie de una cadena de colinas llamada de los Bolbones, que no es más que una ramificación de los grandes montes californianos.

X

Durante las pocas horas que permanecimos en San José, pudimos adquirir algunas noticias respecto al asunto que allí nos llevaba, y supimos que podríamos vender allí nuestra caza con tanta ventaja como en San Francisco.

Así, pues, a la mañana siguiente nos pusimos en camino y remontamos directamente hacia los montes californianos.

XI

No tuvimos necesidad de avanzar más de una jornada para que Aluna encontrase signos indudables de la presencia de los osos. Había huellas en los terrenos arenosos, y las cañas que orlaban las márgenes de los riachuelos estaban tronchadas y pisoteadas como por efecto del paso de un animal de gran tamaño.

Nos detuvimos, pues, armamos la tienda y esperamos la noche.

Necesitábamos hacer un aprendizaje de aquella caza, nueva para nosotros; pero Aluna, que era maestro, se encargó de enseñarnos y dirigirnos.

XII

Cerró la noche, y uno tras otro, armado Aluna con un fusil y su lazo y nosotros con nuestras carabinas, nos dirigimos al sitio elegido para apostadero.

Una vez allí esperamos.

Dos horas después un oso descendió de la montaña y pasó a veinte pasos de nosotros; era un oso negro, de pequeña talla y no pesaría arriba de trescientas libras.

Aluna le arrojó su lazo, que rodeó tres o cuatro veces su cuello, e inmediatamente sujetó a un árbol el extremo que tenía en la mano; luego cogió su carabina, corrió al oso, y en tanto que la fiera se revolvía para librarse de aquella correa que le sujetaba, la metió una bala por un oído.

XIII

Era esta una manera especial de cazar el oso, muy fácil para Aluna, pero que, por nuestra ignorancia del manejo del lazo, no podía ser practicada por nosotros.

Muerta la fiera y suspendida de un árbol bastante elevado para que no pudieran alcanzarla los lobos, nos alejamos de aquel sitio, teniendo cuidado de conservar siempre en favor el viento, y buscamos otro apostadero.

XIV

Pronto le encontramos: Aluna nos señaló un lugar que le pareció favorable, puso en mis manos su fusil y su lazo y tomó en cambio mi carabina de dos cañones.

El viejo cazador permaneció cerca de mí para que viese su manera de obrar.

XV

Al cabo de una hora de espera apareció otro oso.

Detúvose para beber a menos de treinta pasos de nosotros, y Aluna le apuntó, diciéndome al oído:

—Con la manera que ese animal tiene de presentarse, podría matarle del primer tiro; pero no quiero hacer más que herirle, para que veáis luego como he de matarle.

En efecto, el tiro salió en el mismo instante, y el oso, herido en la espalda, lanzó un rugido de dolor mientras volvía a todos lados la cabeza para ver de dónde venía aquel ataque.

Aluna se presentó y marchó contra él.

XVI

Por su parte, el oso, apercibiendo a su adversario, dio algunos pasos hacia él, y llegado a poca distancia del cazador, se enderezó sobre sus patas, aprestándose a la lucha.

Aluna, que esperaba este movimiento, le apuntó al pecho con toda seguridad e hizo fuego.

El oso cayó inerte.

—Basta por esta noche, —dijo el viejo cazador—; los osos saben ya lo que significan los tiros; han oído tres, y no saldrán de sus guaridas. Volvamos a la tienda.

Dejamos al apostadero y nos entregamos al descanso.

XVII

Por la mañana trasportamos los dos osos a San José y los vendimos en cien piastras cada uno.

A la noche siguiente, hicimos nuestra primera experiencia.

Por una afortunada casualidad, el oso descendió a quince pasos de nosotros, y se detuvo ante unas cañas tiernas que empezó a devorar con ansia.

Tillier y yo estábamos preparados; el oso nos presentaba el pecho e hice fuego.

La bala penetró en un costado; el animal lanzó un rugido, rodó hasta el arroyo, hizo algunos esfuerzos para levantarse, y al cabo de cinco minutos espiró, lanzando rugidos tan penetrantes que, a ser cierta la tradición de que en otra ocasión hablé, hubiera hecho acudir a todos los osos de las montañas de California.

Nuestro aprendizaje estaba hecho.

XVIII

Durante la jornada, como no estábamos aún fatigados, nos entregamos a la caza ordinaria y matamos algunas liebres, ardillas y perdices. Los ciervos eran todavía más escasos que en las cercanías de Sonoma; no pudimos matar más que uno, y con gran extrañeza vi que estaba mutilado.

Llamé a Aluna para que me explicase este fenómeno, y el viejo cazador me dijo que sucedía con frecuencia que los rancheros y labradores cogían cervatillos con trampas y lazos, y después de someterlos a la mutilación, volvían a dejarlos en libertad.

Esta operación produce sus frutos: el ciervo, una vez mutilado, engorda mucho y en su carne encuentra el cazador una diferencia relativa, análoga a la que se encuentra entre las carnes del toro y del buey.

XIX

Aquel mismo día tuve la fortuna de matar una magnífica serpiente blanca y azul; estaba arrollada en espiral al tronco de un arbolillo, entre cuyas blancas flores ocultaba el extremo inferior de un largo cuerpo, y parecía atraer a sí una ardilla gris, que como fascinada por la fijeza de su mirada, descendía de rama en rama lanzando agudos chillidos.

Envié una bala a la cabeza del reptil, que se retorció silbando siniestramente, y mi tiro rompió aquella especie de encanto: la ardilla trepó en un momento a las ramas superiores, y dando un largo salto, escapó a un árbol vecino.

XX

En cuanto a la serpiente, como ignoraba si era venenosa o no lo era, no me atrevía a acercarme mucho a ella.

No estaba, sin embargo, en disposición de causar ningún daño; la bala la había destrozado toda la parte superior de la cabeza.

Aluna reconoció en ella un individuo de la familia de las boas, serpientes poco peligrosas y que carecen de veneno.

Tenía tres metros de longitud.

XXI

La destrucción de este reptil y un encuentro con los indios tatchés, que trataron de apoderarse de nuestros efectos y de nuestras caballerías, fue todo lo que nos sucedió digno de referirse durante el período de un mes que permanecimos en las montañas de California.

Aluna estranguló a un indio con un lazo y nosotros herimos otro de un tiro; por nuestra parte, tuvimos un caballo herido, que afortunadamente no era el de Aluna.

XXII

Las flechas que nos dispararon eran de caña, de un metro próximamente de longitud, armadas de seis plumas en un extremo y de un agudo trozo de vidrio en el otro.

Aunque se arranque la flecha, esta punta queda generalmente en la herida, y es muy extraño que su presencia no cause la muerte, pues casi siempre es imposible extraerla.

Cinco o seis de estas flechas dispararon contra nosotros, sin que ninguna nos tocase, y recogí algunas sobre el campo de la lucha.

XXIII

Al cabo de un mes de permanencia en aquel territorio, nos sucedió lo mismo que nos acontecía en el campo de Sonoma; habíamos casi despoblado el país, y la caza, espantada por una persecución incesante, se había refugiado en el valle de Tulares, situado a una distancia demasiado grande de San Francisco y de San José para que los animales pudieran llegar en buen estado.

Era, pues, una industria perdida, y no teníamos más remedio que regresar a San Francisco.

XXIV

Esta necesidad no me contrariaba, puesto que tenía ya el dinero necesario para realizar un pensamiento que había concebido.

VIII. Mozo de fonda y mercader de vinos

I

Mi pensamiento no era otro que el de establecerme de algún modo en San Francisco.

II

El oficio de minero sería el mejor indudablemente, si hubiéramos podido explotar las minas en sociedad; pero nuestro carácter aventurero y sujeto a frecuentes caprichos se presta difícilmente a la asociación. Al reunirse veinte o treinta individuos juran no separarse, y forman los más bellos proyectos; pero una vez en los placeres y empezados los trabajos, las obligaciones que necesariamente trae consigo la asociación se hacen insoportables; y cada asociado tira por su lado, disolviéndose la compañía.

De aquí resulta que, sucediendo en esto lo que en todas las empresas humanas, de cincuenta mineros que van a los placeres, solo cinco o seis, dotados de un carácter perseverante, llegan a hacer fortuna, mientras los otros, con menos fe y más ambición, se disgustan, cambian repetidas veces de comarca, y acaban por volver a San Francisco tan pobres o más aún que cuando salieron.

III

El que tenga intención de explotar los placeres como minero, y permítaseme este consejo, hijo de mi experiencia, debe ceñirse a las siguientes prescripciones:

1ª Proveerse de víveres y de municiones suficientes para todo el tiempo que piense pasar en los placeres y llevar consigo todas las herramientas necesarias para el trabajo.

2ª Fijarse irrevocablemente en un lujar desde el momento en que se ve que da productos.

3ª Construirse un buen albergue, a fin de no exponerse a las enfermedades producidas por la humedad de la noche y el rocío de la madrugada.

4ª No trabajar en el agua bajo el ardor del sol, es decir, desde las once de la mañana hasta las tres de la tarde.

Y 5ª Someterse a un régimen de sobriedad y templanza y prescindir por completo de los licores espirituosos.

Puédese asegurar que el que eche en olvido estas condiciones, lejos de alcanzar un producto regular se disgustará, contraerá enfermedades, y según todas las probabilidades, morirá.

IV

Aparte del oficio de minero, hay en California, y especialmente en San Francisco, mil medios de hacer fortuna. En los tres meses que había permanecido en la ciudad había conocido que, entre las pequeñas especulaciones a que podía dedicarme, la de mercader de vino o tabernero era indudablemente la mejor y más productiva.

V

Dije en otra ocasión que, una vez en California, se da al olvido la vida pasada, y que los recuerdos del rango social que se haya ocupado en el antiguo mundo se desvanecen como una nube, como un vapor que, si continuase, serviría tan sólo para oscurecer sin la menor utilidad el cielo del porvenir.

Al volver a San Francisco, la primera persona a quien encontré en el puerto, fue al hijo de un par de Francia, que se había hecho barquero. Este encuentro me demostró que podía abrazar, sin denigrarme en manera alguna, el oficio de mozo de fonda, que me serviría de aprendizaje para ascender luego a tabernero.

VI

Tillier encontró una colocación que tenía ciertos puntos de contacto con nuestro anterior ejercicio, y entró de mozo en una carnicería, con cien piastras al mes. En cuanto a mí, pude entrar en el restaurant de Richelieu, donde comía mi amigo Gauthier, con el sueldo de ciento veinticinco piastras mensuales.

El cubierto en mesa redonda costaba dos piastras, y cada parroquiano tenía derecho a media botella de vino.

Este precio es el doble que en París, pero en cambio, los manjares eran mucho peores.

VII

Permanecí un mes en la fonda, y durante este tiempo, aprendí lo que era necesario para poder dedicarme sin temor al comercio de los vinos.

Por consecuencia de los trabajos venatorios de la sociedad Aluna, Tillier y compañía, tenía en mi gabeta unas mil piastras, cantidad suficiente para fundar mi pequeño establecimiento.

Dejé, pues, el hotel de Richelieu, y me dediqué a buscar un local a propósito para realizar mi proyecto.

VIII

Le encontré al final de la calle del Pacífico: era una casilla de madera que tenía un pequeño almacén, una sala, un gabinetito y dos dormitorios.

Le alquilé en cuatrocientas piastras mensuales, y sin perder tiempo me puse a mi trabajo, pues cuando no se posee más que un capital de mil piastras, de las cuales han sido ya gastadas cuatrocientas, no se puede perder un día sin exponerse a que el alquiler del local consuma por completo los fondos destinados al comercio.

IX

Como había previsto, la especulación ofrecía ganancias, pues los americanos comen y beben desde la mañana hasta la noche, dejando a menudo su trabajo para echar un trago y tomar un bocado.

Viene luego la noche, durante la cual se vende mucho, pues la policía, que siendo menos experimentada que la francesa, es, sin embargo, más inteligente, permite que los cafés, restaurants y tabernas permanezcan siempre abiertas; esto hace que la ciudad viva tanto de noche como de día.

X

No se crea, sin embargo, que a pesar de que a cada veinte pasos se encuentra una puerta abierta e iluminada, no se cometen robos ni asesinatos. Todo al contrario, no pasa noche sin que tengan lugar unos y otros; pero los homicidios son más frecuentes que los robos, y casi siempre producidos por la venganza.

Los bailes y las casas de juego son las que viven por la noche, y como mi establecimiento estaba a dos pasos del Eldorado, a él acudían todos los jugadores, ya gananciosos, ya desgraciados, de modo que reunía en mi casa las dos fases de la humanidad, la parte que ríe y la parte que llora. Podía hacer allí magníficos estudios de filosofía práctica.

XI

Una noche oímos a poca distancia de mi casa gritos de muerte, y corrimos a donde sonaban.

Era un francés a quien acababan de herir tres mejicanos; había recibido seis puñaladas, todas mortales.

Le trasportamos moribundo a casa y murió a los pocos minutos; llamábase Lacour.

XII

De los tres asesinos solamente uno fue preso y condenado a la horca; era la segunda o tercera ejecución que tenía lugar desde mi regreso, y todo el mundo estaba ya cansado de estos espectáculos.

Desgraciadamente el lugar en que debía erigirse la horca, —patíbulo que había de ser permanente, a fin de atacar a los criminales—, estaba ocupado por trabajadores y escombros, y en él se abría un pozo artesiano destinado a surtir de agua a todas las fuentes de San Francisco.

XIII

En defecto de una horca terrestre hubo que contentarse con una horca marítima. Una fragata americana ofreció su arboladura, que fue aceptada con reconocimiento por las autoridades judiciales de San Francisco, sobrado expeditivas en esta ocasión, porque en vez de tratarse de un súbdito de los Estados-Unidos se trataba de un mejicano.

XIV

La ejecución debía tener lugar a las once de la mañana, y desde las ocho, la calle del Pacífico, donde estaba situada la cárcel, se vio lleno de gente.

A las diez y media aparecieron los agentes de policía, con sus bastones blancos, insignia de su autoridad, y entraron en la prisión para sacar al reo.

Poco después se abrió la puerta de la cárcel y apareció éste, con las manos libres, la cabeza descubierta y vestido con el poncho nacional, que llevaba caído sobre la espalda.

XV

En el puerto, a donde se le condujo, le esperaba una barca, en la que entró con los ejecutores y algunos agentes de policía. Veinte o treinta botes partieron al mismo tiempo, cargados de curiosos que no querían perder un solo detalle del espectáculo.

La playa y los muelles estaban cubiertos de espectadores. Yo era de los que permanecían en tierra; me había faltado el valor para ir más lejos.

XVI

Una vez a bordo de la fragata, el reo se preparó a morir, ayudando con un valor imponderable al verdugo a anudar la cuerda en su cuello.

Luego le echaron sobre la cabeza un velo negro que ocultó su rostro a los espectadores.

Después, hecha la señal, cuatro marineros tiraron de la cuerda, y se vio al desdichado perder pie y elevarse hasta el penol de la verga mayor.

Durante un momento el cuerpo se agitó en las convulsiones de la agonía y luego permaneció inmóvil. La ejecución había terminado.

Se dejó el cadáver expuesto durante una parte del día, y a las cinco de la tarde se le bajó, trasportándolo al cementerio del presidio.

IX. Incendio

I

Dije en otra ocasión que si en la ciudad escaseaba el agua, había en cambio un magnífico cuerpo de bomberos, y debía añadir que se estaba haciendo un gran pozo artesiano que debía surtir de agua todas las fuentes de San Francisco.

Esperando que este pozo produjese sus debidos efectos, los bomberos hacían todos los días el ejercicio en seco, si se me permite decirlo así, y se los veía correr de un lado a otro con sus bombas y sus casquetes, lo que a cada momento hacían creer que había fuego en la ciudad.

II

Durante mi juventud tuve siempre la idea de que la falta de un lugar donde pudiera encerrar mi dinero era la sola causa de mi prodigalidad. No sabiendo donde depositarle de una manera segura, le dejaba comúnmente en el bolsillo, pero apenas me vi establecido, mi primer cuidado fue procurarme un buen cofre.

Encontré uno magnífico de hierro y tan pesado que apenas podía moverle. Pidiéronme por él ciento cincuenta piastras, me lo dieron en ciento, y creí haber hecho una buena compra.

El cofre de hierro tenía la ventaja de que en caso de un incendio conservaría mi oro y mi plata, tal vez en fusión o convertidos en un lingote, pero impediría que lo perdiese por completo.

III

Establecí mi cofre al pie del mostrador y todas las tardes encerraba en él los beneficios del día, que deducidos los gastos, llegaban generalmente a cien francos, y algunas veces a ciento cincuenta.

Acababa, gracias a estas ganancias, de comprar a muy buen precio algunos toneles de vino, de aguardiente y de licores al capitán de un buque francés, y quedaban aún en mi cofre cuatro o cinco mil francos, cuando en la mañana del 15 de setiembre fui de repente despertado por uno de mis dependientes que llamaba a la puerta de mi dormitorio gritando:

—¡Fuego, fuego!

IV

He dicho ya que este grito, terrible en todas partes, lo es mucho más en San Francisco, cuyas casas son de madera y cuyas calles, pavimentadas también de la misma materia, sirven de conductor al incendio para hacerle pasar de unas casas a otras.

Al grito de ¡fuego!, cada cual piensa primeramente en salvar su persona.

A pesar de este axioma, de una veracidad incontrastable, yo corrí primeramente a mi maleta, la cerré con llave y la tiré por la ventana; luego me vestí rápidamente, y quise huir por la escalera.

Era ya demasiado tarde; no me quedaba más camino que el que había hecho tomar a mi equipaje, y aun así debía apresurarme; tomé mi partido sin vacilar y salté por la ventana.

V

El fuego había empezado en la cueva de la casa de al lado, que estaba deshabitada, y cuando llegó a la mía, llena por completo de líquidos espirituosos, se convirtió, por decirlo así, en un ponche monstruoso, que los esfuerzos de todos los bomberos de San Francisco no podían apagar.

En cuanto al cofre, era inútil pensar en salvarlo, y toda mi esperanza era que se salvase su contenido.

El incendio duró dos horas y media y quemó trescientas casas, es decir, todo el barrio de los panaderos.

Por fortuna uno de ellos, amigo mío, vivía en lo más elevado de la calle del Pacífico, adonde no pudo llegar el fuego, y en cuanto tuvo conocimiento de mi desgracia me ofreció un asilo, que acepté.

VI

Me quedaba, sin embargo, una última esperanza: mi cofre. Esperaba con anhelo que los escombros y las cenizas se enfriasen lo bastante para empezar enseguida una investigación, en la cual mis amigos Tillier, Mirandola y Gauthier, y mis dos dependientes se apresurarían a secundarme.

Uno u otro guardaba el terreno para que otros no hiciesen lo mismo que nosotros queríamos hacer, y al fin, pasados tres días, pudimos meter la piqueta entre los escombros.

VII

Yo sabía perfectamente el sitio que el cofre ocupaba en la sala, y podía, por consecuencia, deducir el que tendría en la cueva. Sin embargo, buscamos durante dos días y nada pudimos encontrar; yo empezaba a creer que el cofre había sido robado.

De pronto encontré una especie de lingote de hierro grueso apenas como un huevo, lleno de asperezas y embellecido con los más brillantes matices dorados y argentados.

El cofre habíase fundido como cera en medio del foco ardiente, y aquello era todo lo que quedaba de él: acababa de encontrar el bronce de Corinto.

VIII

Confieso que no podía que de un cofre que pesaba más de sesenta libras, no quedasen más restos que un lingote de hierro dorado que apenas pesaba cinco o seis onzas.

Un inglés me ofreció cien piastras por aquel pedazo de hierro, con el cual quería hacer un regalo al museo de mineralogía de Londres; pero no quise vendérselo.

Sin embargo, aquellas cien piastras me hacían mucha falta.

Por fortuna en mi maleta tenía algunos lingotes de oro, recogidos por mí durante nuestra excusión a los placeres y que guardaba para llevarlos a Francia y regalarlos a mis amigos. Aparte de estos lingotes, toda mi fortuna se había perdido, y no tuve más remedio que convertirlos inmediatamente en moneda.

IX

Vendiendo todo lo que no me era estrictamente necesario, pude reunir unas cuatrocientas piastras.

Era lo bastante para empezar un comercio cualquiera; pero estaba ya cansado de luchar contra la mala suerte.

Me parecía que la fatalidad tenía una gran parte en mi desgracia, no dejándome pasar de cierta esfera.

Si hubiera estado en Francia, aunque me hubiese visto desnudo de todo recurso, puede ser que hubiera continuado luchando y tal vez la suerte habría sido vencida; pero me hallaba a miles de leguas de mi patria y me faltó el valor.

Por otra parte, había dejado en Francia una familia y algunos recuerdos. Resolví, pues, ceder mi plaza a los numerosos concurrentes que, llenos de esperanza para el porvenir, se me presentaban todos los días, y como faltaba un segundo al capitán Audy, que mandaba el Masagrán, le ofrecí llenar a bordo las funciones de piloto durante la travesía de San Francisco a Burdeos o al Havre.

El contrato estuvo concluido en pocos momentos, pues lo único que yo quería era llegar a Francia sin disminuir por los gastos de viaje mi pequeño capital.

X

La partida estaba fijada para el 18 de octubre; pero desde el 24 de setiembre empecé mi servicio a bordo.

El día antes de partir descendí por última vez a tierra; algunos franceses me esperaban en una fonda para celebrar el banquete de despedida, y no me sería fácil decir si este festín fue más triste o más alegre que el del Havre.

Allí estábamos sostenidos por la esperanza; aquí abatidos por los desengaños.

Al amanecer del 18 de octubre, levamos el ancla, y aquella misma tarde, empujados por una fresca brisa, perdimos de vista la tierra.

Cinco meses después, desembarqué en las costas de Francia.

Conclusión

Terminada mi historia, ¿qué diré de esa tierra a donde fui con tan risueñas esperanzas y que abandoné después de tantos desengaños? La verdad, solo la verdad.

En tanto que California no fue conocida más que por sus riquezas reales, es decir, por su admirable clima, por la fertilidad de su suelo, por la riqueza de su vegetación, por el caudal navegable de sus ríos, esta comarca permaneció inexplorada y despreciada. Después de la toma de San Juan de Ulloa, Méjico la ofreció a la Francia, que la rechazó. Después de la toma de su capital, la República mejicana la cedió a los Estados-Unidos por quince millones de dollars, comprándola los americanos a fin de evitar que pasase a manos de los ingleses, sus rivales de siempre. Sólo un momento permaneció California en manos de sus naturales, siendo, por decirlo así, una porción del globo abandonada de todos, a excepción de algunos religiosos perseverantes y obstinados, de algunos indios nómadas y de algunos emigrantes aventureros.

Sabemos ya cómo fue descubierto el oro: la noticia de este descubrimiento fue recibida en un principio con la indiferencia de la duda.

Los americanos, esos laboriosos exploradores, habían reconocido ya la verdadera riqueza del país, es decir, la feracidad de su suelo, y no ambicionaban otra; sin embargo, pocos fueron los que permanecieron impasibles al oír este mágico grito: «el oro, el oro».

Algunas muestras de este metal, recogidas en la Rivera americana, fueron llevadas a Monterey; pero el capitán Folson, una de las personas a quienes fueron presentadas, se encogió de hombros al verlas, diciendo:

—Eso es mica.

Entretanto, dos o tres aventureros, acompañados de una docena de indios, llegaron del fuerte Sutter, con el objeto de comprar instrumentos propios para el lavado de las arenas. Llevaban numerosas muestras del precioso metal, y hacían maravillosas relaciones de este descubrimiento que acababa de cambiar las orillas del Sacramento en un Nuevo Pactolo.

Algunos habitantes de la ciudad marcharon con ellos, con la intención de entrar al servicio de M. Sutter, que tenía necesidad de obreros. Ocho días después regresaron a Monterey, comprando herramientas por cuenta propia, y haciendo acerca de las minas relaciones verdaderamente maravillosas.

Esto produjo una especie de vértigo en los habitantes de la ciudad, los obreros del puerto y los tripulantes de los buques.

He aquí lo que escribía el 29 de julio M. Colton, alcalde de Sonoma:

«La fiebre de las minas produce estragos aquí; ya no se encuentran obreros ni cultivadores, pues la totalidad de los hombres de nuestra ciudad ha partido, dirigiéndose a Sierra Nevada. Todas las piquetas, cacerolas, cazuelas, y hasta los alambiques de las droguerías, cuanto puede servir para el trabajo de las minas, ha sido puesto en requerimiento y embargado».

Hacia la misma época, M. Larkin, cónsul americano, viendo que la emigración presentaba un carácter tan grave, se creyó en la obligación de poner lo que pasaba en conocimiento de M. Buchanans, secretario de Estado.

«Todos los propietarios, —decía—, abogados, mecánicos y trabajadores, han salido para las minas con sus familias; los obreros ganan allí de cinco a ocho dollars por día. Un buque de guerra de las islas de Sandwich, anclado en el puerto, ha perdido su tripulación, y si esto continúa así, la capital y todas las demás poblaciones se quedarán desiertas. No sé cómo el coronel Mason ha podido retener a sus soldados».

Y ocho días después el coronel Mason escribía al secretario de la Guerra:

«Durante algunos días el mal ha presentado un carácter tan amenazador, que temí ver a la guarnición de Monterey desertar en masa, pues la seguridad de ganar en un día el doble de su paga de un mes, tiene necesariamente que hablar a su ambición. Un obrero sea cualquiera su profesión, no trabaja por menos de ochenta francos diarios, y a veces pide ciento o ciento veinte. ¿Qué hacer en situación tan excepcional? Los precios de los artículos de alimento son tan elevados y tan caro el trabajo, que la vida se va a hacer aquí completamente imposible».

Y he aquí lo que, por su parte, decía nuestro cónsul en Monterey:

«En ningún país del mundo se ha visto nunca semejante agitación. Hombres, mujeres y niños se marchan a los placeres, y hasta los mismos indios, arrastrados por una ambición desconocida en ellos, cavan la tierra buscando el precioso metal. La emigración aumenta cada día y los caminos están llenos de hombres, de caballos y de carruajes; las poblaciones, en cambio, se quedan desiertas».

Esta especie de locura no tenía nada de extraña, pues había ejemplos de grandes fortunas hechas en muy poco tiempo. MM. Neilly y Crowly, ayudados por seis hombres, habían recogido once libras de oro en siete días. En el mismo tiempo, un vecino de Nuevo Méjico, con cuatro trabajadores, había recogido diez y siete libras de oro, y por último, M. Norris, en un solo día y sin salir de un paraje, había ganado diez y seis mil francos.

Esta fiebre del oro crecía, pues, de una manera terrible. Todo el que se dirigía a California iba con la intención de hacerse minero, de cavar, de buscar, de recoger con sus manos el precioso metal. Y sin embargo, las grandes fortunas de San Francisco no se han hecho en las minas.

Las minas no son más que el pretexto. La Providencia, en sus pensamientos grandiosos, tenía necesidad de aglomerar un millón de hombres en un punto dado del globo, y puso allí el oro como reclamo.

Más tarde, llevará la industria como recompensa.

Las verdaderas fuentes de las riquezas de California serán en el porvenir la agricultura y el comercio. Las minas podrán sostener a cierto número de trabajadores, y he aquí todo.

San Francisco, o por mejor decir, la Nueva California, ha salido del caos y está en marcha para cumplir su destino. El espíritu del Señor flota ya sobre las aguas; pero la luz no está hecha todavía.

Fin del extracto del texto

Publicado el 9 de febrero de 2019 por Edu Robsy.
Leído 1 vez.