La Mujer de Todo el Mundo

Alejandro Sawa


Novela



I

Palacios buenos los habría en Z, Z, la capital de un territorio de cerca de veinte millones de habitantes, tostado por el sol y por la cólera de los dioses; pero como el de la condesa del Zarzal muy pocos o ninguno. ¡Aquello sí que era lujo! No parecía sino que no cabiendo materialmente en las amplias habitaciones del hotel, se desparramaba, se vaciaba por todos los boquetes de aquella casa desde las bocas de las chimeneas hasta los barrotes recamados de las ventanas de la planta baja. A veinte pasos de distancia del edificio ya se percibían los tibios y aduladores perfumes del jardín, que por lo penetrantes y lo activos en su misión de hacer simpático el sentido localizado en la nariz, simulaban así como heraldos mensajeros de una corte de amor o como la promesa vaga de un mundo más perfecto; y cuando el transeúnte, haciendo caso de aquellas inspiraciones de olor que enardecían su olfato seguía adelante hasta pararse en la verja dorada de aquel parque del paraíso, ¡oh! entonces, burgués o demagogo, linfático o nervioso, con el cerebro chato o esférico, como quiera que fuera, sentía subir desde el estómago al cerebro la oleada biliosa del socialismo, y pensaba indistintamente, como piensan los que están durmiendo, en que Dios no es justo, no, en que Dios no es justo, fundando toda la mecánica social del Universo, en la ley absurda de la desnivelación y el desequilibrio.

¿Quién puede, después de eso, mirar con gusto los costurones hechos a sangre fría por la miseria en las paredes del tabuco donde se funde y se confunde la mayoría humana? ¿Ni saludar con aspiraciones voluptuosas las flores puestas a cobrar su parte de oxígeno en el balcón que da a la calle, o en la ventana que da al patio, o en el agujero negro que da al tejado, según la gradación de miseria de cada uno? ¡Ay nadie! Y por eso, y si los opulentos tuvieran plena conciencia de sus intereses, deberían ocultar los soberbios resplandores de su lujo como una gran vergüenza o como una infamia irredimible.

Y sin embargo, desgracia propia de todos los edificios modernos; aquel palacio distaba mucho de ser un prodigio de arquitectura. Prodigio de gracia, sí; de esbeltez, también; de inspiración, de grandeza, seguramente no; porque ni el color rosado de su fachada, ni las mezquinas aspiraciones de su techumbre, ni la magnitud y forma de la puerta principal, mucho menos de las accesorias, llevaban a la mente, haciéndola circular con la sangre, ninguna de esas ideas de grandeza que los edificios antiguos hacían hervir hasta en las inteligencias más indiferentes. Bonito como un parque inglés, como una cascada artificial, como un bibelot de París, como un capricho de tocador en barro cocido de esos que los artistas florentinos reparten por el mundo para satisfacer caprichos de enamoradas y neurálgicas, como un traje de fantasía hecho de encargo por un modisto parisién; pero liada más que eso. Un argumento en piedra contra la seriedad de aspiraciones de nuestra época.

El jardín es tan artificial y tan falso, también tan bonito, como las posturas estudiadas de las horizontales nacidas para serlo. Nada que indique allí la presencia de la Naturaleza: el hombre y sólo el hombre, aplicando a todo, árboles y matas, su ideal de línea recta, y castigando bárbaramente con la supresión las pronunciadas aficiones de las plantas hacia las redondeces curvilíneas, hacia las dilataciones graciosas e imprevistas de todo lo que es espontáneo. Mucho césped, recortado cuidadosamente cada dos o tres días para que no sobresalga ninguna mata sobre sus compañeras la altura de una hoja de violeta: muchos cuadros de pensamientos, formando coronas e iniciales, probablemente los de los dueños de la casa; muchos árboles, más que presentables, honorables; circunspectos, tiesos, de hojas relucientes como acabadas de labar, y alineados en filas, odiosas a la estética, aunque simpáticas a las ciencias exactas: dos pabellones a ambos lados del edificio, para la servidumbre —así se la llama— y he ahí todo. ¡Ah! se me olvidaba. Y un invernadero lleno de flores pálidas a las que trataban de hacer creer que estaban en América o en África para que continuaran viviendo... —Porque la temperatura postiza del invernadero era el primer engaño con que se tropezaba al entrar en aquella casa.

Si como Balzac, asegura, las casas llegan a tener a la postre la fisonomía de sus moradores, los dueños de aquella, deberían haber nacido por equivocación en la tierra, a fuerza de encantadores. La escalinata de mármol blanco con barandillas de ébano tallado que daba acceso al hotel, podéis creerlo, de mármol y todo, parecía de seda, una escala de seda para refugiarse en lo ideal. Y cuando franqueada la graciosa puerta de cristales multicolores, los timbres automáticos se encargaban de anunciar vuestra presencia, aquellas inauditas acumulaciones de armonía, la luz, graduada con tal arte, que repartiendo y combinando artísticamente colores por todos lados parecía proceder de un arco iris concedido graciosamente por Dios para satisfacer el capricho de una hada; los perfumes de lujo de la casa mezclándose con los del jardín; el mismo aire, la misma atmósfera que allí se respiraba, la seguridad de un lujo positivo, todo esto hacía que fascinados, obcecados, estúpidos, careciendo ya, a fuerza de impresiones, hasta de inteligencia en los sentidos, os creyérais más allá de la vida, más allá de las nubes, más allá de la atmósfera respirable, más allá del éter; en la región con que sueñan los solitarios y los justos.

Luis y Emilia, el ayuda de cámara y la doncella, respectivamente, del conde y de la condesa del Zarzal, deben tratar un asunto tan lleno de nerviosidades que han concluido por contagiarse de ellas, y hablan en ese sotto voce cortado y rápido que sólo se oye en las cárceles y en los conventos las vísperas de evaciones...

Y algo así como de evación o fuga deben estar tratando, pero él la dice —«si puede hacerse la cosa sin que nadie se aperciba de las razones...

Esto se va, y para ser lógicos, también nosotros debemos irnos. ¿No hemos llegado a esta casa con la ventura? Pues vayámonos también con ella... —y luego, bajando la voz, confidencias de todo punto inesperadas...; descréditos... protestos... embargos; las posesiones de la provincia A hipotecadas, y consumido ya casi por completo el dinero de la hipoteca; la dehesa de B negociada a retro-venta y amenazada de la proximidad inexorable de un plazo sin entrañas... Ninguna esperanza: apurado, exprimido todo, hasta la cesantía de jefe del Gobierno nacional del conde. No hay más que la explosión».

¡Y a este tenor tantas cosas dichas callandito, con lo cual no parecía sino que aumentaban en gravedad! ¡Si no quedaba un cuarto para mandar cantar a un ciego! ¡Y si tuviera su excelencia el valor de la prudencia como tiene el de la falta de aprensión!... retirarse de la haute vie... pretestar enfermedades, hastío... pero nada...; ese viejo no hace más que lo que su mujer quiere. Y su mujer quiere por lo visto una catástrofe que lance hasta el Indostán los hedores de una opulencia que revienta de miseria... —Pues no hemos de seguirles... Han transcurrido muchos Agostos desde que estamos en esta casa, para poder tratar a la vida como a una buena amiga...

Pero Emilia no se deja convencer. Tiene esa dureza intelectual que lo rechaza todo, hasta las verdades armadas de puntas. Y luego, ella es agradecida —y gime para asegurarlo. —La señora condesa... ¡y ella tan torpe que no se apercibía de nada! La señora condesa estaba preocupadísima hacía días. Pero Emilia tradujo esas preocupaciones foscas de la excelencia hembra por disgustillos amorosos...; no quería desengañarse la señora de que todos los hombres son lo mismo...; caterva de viciosos que no van buscando en la mujer más que una cosa y una vez obtenida las dejan y las abandonan...

—¿Y la señora, qué va buscando en los hombres? ¿Ángeles, arcángeles y serafines? Pues eso más arriba de la torre de X es donde se encuentran...; todo se os vuelve a las mujeres hablar mal de nosotros y no podéis pasaros sin nosotros...; sí, sí, ya sé que vas a decirme— añadió acompañando sus palabras con grandes sacudimientos de manos —que a nosotros nos pasa lo mismo con respecto a ustedes. Y si no, yo...; yo que no vivo más que para ti y que hace tiempo me estoy sosteniendo en la casa solo porque tú lo quieres; y no vale que yo te repita que esto se va, que esto se va— y parecía, abriendo su boca para dar salida a estas lúgubres palabras, uno de esos profetas trágicos que recorrían las calles de Jerusalén prediciendo su ruina. —Tú quieres demostrarle el cariño a la señora por medio del sacrificio, del sufrimiento. De ese modo yo, para probarte el mío tendría necesidad de pegarme preventivamente un tiro en la sien derecha. No, Emilia, créeme; así no se quiere, así se sufre, lo cual es distinto, y hasta se muere.

Este alarde oratorio aniquiló las fuerzas de Luis, y prestó energías a las de Emilia. La energía de fuerzas de las mujeres caseras y sujetas; el llanto.

Lloró convulsionariamente, dando hipidos, mucho rato, largo rato, como si hubiera resucitado su madre para volver a morirse de nuevo, hasta provocar la reacción en el casi espíritu de Luis que comprendió con el buen sentido que le era propio, que una mujer que llora es casi siempre invencible; y abandonando las posesiones y los fuertes de que se había ido apoderando en sus ataques... —¡No hablemos más del asunto! Ea, se acabo. Se hará lo que tú quieras, pero ya verás cómo... ¿pero qué demonio de hora será que ya vuelve la señora del teatro? Adiós, gatita, vida mía —dijo tratando de contener el ímpetu de la gatita que se había lanzado fuera de la habitación al percibir el olor a carne de la señora... Y no bien quedó solo, dando paseos con la cabeza baja, por la habitación que parecía vacía desde que la dejó Emilia que la llenaba toda con su picante gracia de mujer bonita, grave e irreprochable, pulcramente afeitado, con la raya del pelo junto a la sien izquierda y las huellas de las tenacillas de rizar profusamente repartidas por toda la cabeza, vestido correctamente de negro, decía, como un cura sombrío entonando el Te Deum de todas sus esperanzas: —¡qué profeta aquel más a la moderna! —«¡esto se va, esto se va!»

II

La condesa del Zarzal había pasado muy mala noche y dado orden a su doncella de que no la despertara hasta la una de la tarde, y que a esa hora la subieran el almuerzo a sus habitaciones. No quería ver a nadie.

¡Qué modo de revolverse en el lecho, Dios mío! Solo en los hospitales se ven de vez en cuando enfermos heridos por la muerte en el estómago que se revuelquen por sus camas con la rabia que lo estuvo haciendo toda la noche la señora condesa del Zarzal. Lanzaba sollozos, rechinaba los dientes, y cuando a la mañana tocó el timbre para dar la orden de que no se la despertara hasta la una, tenía los labios lívidos, la tez, histriada de colores distintos, los ojos inyectados, no ya de sangre, sino de humores, probablemente de bilis, y la voz ronca y fatigada como de haber estado chillando veinte años seguidos. Todo su cuerpo revelaba un gran combate sostenido con el pensamiento, enemigo poderoso por lo mismo que es impalpable, y de aquel combate había salido rendida. No tenía necesidad de decirlo: hasta en la forma de estar echada sobre el lecho se veía el desplome. Había algo en aquella espléndida naturaleza de mujer hermosa, que había venido abajo, a tierra, sin estrépito, pero con cataclismo: uno de los sillares que sustentaban su vida que había rodado, falto de equilibrio, por el angustioso declive de un destino triste que comenzaba a iniciarse: y por más que hacía la favorita de la suerte por contener la carrera loca de aquel elemento de vida que se le escapaba de entre las manos, ¡ah! más parecía el insensato burlarse de ella, y con más anhelo mostraba su impaciencia de arrojarse al fondo...

Era su buena dicha que se le escapaba; eran sus cincuenta y seis años, tan ocultos, tan tapados, tan escondidos, que parecían deshechos, presentándose inopinadamente a concurso de acreedores; era su prestigio, era su fortuna, era su capital, eran sus medios de vida, era toda su vida, era el oro que combinaba sus reflejos dorados con el azul de los cortinajes, y el ámbar de las sillerías, y el rojo o el color viejo del fondo de las estancias; que alineaba matemáticamente las exuberancias de su jardín meridional; que perfumaba hasta las libreas de los lacayos, escapándosele de las arcas, y de los bolsillos y de las manos, ni más ni menos que si tuviera inteligencia, y hubiera declarado en asamblea que aquella casa, la casa del Conde, era la casa de un apestado: era que la ruina acababa de descargar sobre la cabeza poética hasta el extravío, de la Condesa, su zarpazo brutal de fiera, sin más instinto que los de su estómago, siempre hambriento, y los de sus garras, siempre furiosas: era que se hacía preciso decirle ¡adiós! al fausto, a los esplendores, a la riqueza, y ante esta frase, siempre tan triste y ahora tan trágica ¡adiós! la Condesa temblaba desde la punta de los pelos hasta las uñas de los pies, y decía, arrebujándose en la colcha de damasco rosa de su cama, con un movimiento delicioso de criatura aterida de frío: —¡No, no!—.

Por fin se levantó: se levanto más hermosa que de ordinario, y eso que ella tenía fama de ser la más hermosa criatura de Z, con una suavidad de expresión en la fisonomía tan sorprendente, que podéis creerlo, había luz en su sonrisa y alma en sus ojos; pero alma de niño, todavía a gran distancia de la vida, y no alma de mujer gastada, siempre a caza de impresiones nuevas, pero a condición de que hicieran en ellas de víctimas los demás, una corrida de toros, un motín con barricadas, un hundimiento de familia, previsto, un suicidio, y si fuera posible una conflagración cosmologética, pero presenciada por ella desde seguro, desde una nube, pongo por caso, mejor. Pero ahora... la miseria... ¡Y bien! Ella le demostraría que no todo el mundo es inofensivo...

—Que llamen a mi hijo: anda tú, Emilia, para que no se asuste, y dile que su madre quiere recordarle su cariño con un beso muy sentido, y el interés que le inspira su suerte con una proposición muy halagadora. Pero que no se asuste, que no es nada de cuidado.

¡Oh! y esa mujer es cómica hasta con su hijo... Probablemente tendrá ya ensayadas las frases que ha de dirigirle, el acento, el tono en que las ha de envolver para prestarles más sentido humano y hacerlas más vibrantes, más agudas, más susceptibles de traspasar el grosero tejido de la piel, y ya en lo íntimo, clavarse en las grandes entrañas, en el cerebro, en el corazón, en el estomago; tendrá ensayada la actitud, la postura; pero ¡oh absurda imprevisión! no ha ensayado el gesto, la mirada, y corre al espejo de plata pulida con marco de pelousse celeste pálido, que orna todo un testero de su tocador, para hacer a su cara cómplice de sus intenciones y del resto de su cuerpo.

Buena ocasión la que se me presenta ahora para describir aquel poderoso alarde de buen gusto, en que Dios consumió parte considerable de sus potencialidades y sus energías. Era alta, rubia, enervante, provocativa; tan bella, que parecía un reto a la castidad forzada de los enfermos, de los impotentes y de los viejos; tan convencida de sus gracias, que se jactaba de no haber visto jamás ninguna cabeza erguida delante de la suya. Como si aquella belleza imponderable, absurda, fuera antes que nada una fuerza siempre en movimiento, desarrollaba a su alrededor especie de remolinos o trombas de locura que mareaba a los hombres, y ya podía vanagloriarse de fuerte el que se mantuviera sereno a su presencia; tenía el privilegio de hacer más azulada la atmósfera que la rodeaba, de tal modo, que el que después de haber cambiado algunas frases con una de esas mujeres pálidas y ociosas que forman el encanto de nuestros salones, llegaba a la zona más oxigenada y más humana, pero más femeninamente humana, de la Condesa, sentía en su cuerpo fenómenos nerviosos, semejantes a los que se experimentan en las grandes ascensiones; los sanguíneos se ponían apopléticos, y los nerviosos, neurálgicos. Los que eran sencillamente anémicos, buscaban el auxilio de una silla para no caer redondos al suelo. Y ella, acostumbrada a esas apologías de su belleza, sonreía balanceando sus caderas con coquetería de hembra acosada; o bien si entre los admiradores embobados descubría a alguno antipático —los gordos les eran particularmente antipáticos, —estremecía su cuerpo una convulsión nerviosa, aunque instantánea, bien perceptible, cuyo sentido parecía ser éste: —¡Uf, qué asco!

Algunos se explicaban esa desatinada acumulación de belleza por la circunstancia de ser americana la condesa del Zarzal: era con respecto al vulgo de las mujeres, lo que las Amazonas en relación con los demás ríos, los Andes con las demás cordilleras, o el cóndor con las demás aves. El infinito expresado por las ciencias exactas y por los geroglíficos egipcios con la figura de una culebra mordiéndose la cola. Un summum imponderable, casi imposible, de armonías y bellezas.

¡Que no tenía alma! ¿Qué amante que se preciase de poseer una muy grande, podría quejarse de eso? Con la que a él le sobrase, completaría por dentro, psíquicamente, a aquella obra maestra de la naturaleza, y así resultaría perfecta. Y además, es preciso desengañarse: todavía en ninguna tarifa de comercio se ha declarado al alma artículo de primera necesidad. Con que así...

Ya está aquí el hijo. No diría nadie que había tenido participación en su nacimiento la condesa del Zarzal. Raquítico, destartalado, estólido. Barba rala, ojos grandes, aunque sin expresión; boca graciosa, pero obseso, como aturdido, como hecho de prisa para completar un pedido de chiquillos; sin contar para nada con la voluntad de su encantadora madre.

—¡Oh, hijo mío, tres días sin verte! ¿Cómo estás? ¿Cómo me encuentras?

Y empujaba con la voluntad el grandor de su belleza para hacerla más imponente. No parecía sino que trataba de seducir a su hijo...

—¡Bah! Esas son monerías de agua de jabón, que revientan en cuanto se las trata de analizar. Pienso mucho, me preocupo demasiado de tu situación y de la de todos para poder estar como dices... Pero siéntate. ¿Es visita de médico que quiere acreditarse con su prisa sistemática la que vas a hacerme? Aquí, a mi lado. Mira, este diván parece como hecho de encargo para que una madre hable con su hijo de corazón a corazón.

—¡Oh, madre mía! —Y la besuqueaba la cara con la glotonería de un niño enfermo, separado por exigencias sociales del calor del nido, pero vuelto a él de repente. —¡Si vieras lo feliz que me siento ahora!

—De felicidad quería hablarte, y perdona, Enrique, el tono. Estoy demasiado conmovida para dejar de ser solemne, y después de todo, se trata de ti; de ti, hijo mío, de tu porvenir, de tu presente, sí; pero sobre todo, de tu porvenir.

—Me pareces a D. Eusebio cuando pronuncia discursos en la Cámara, que cierra todos sus períodos con esa palabra: «el porvenir, el porvenir».

—Sí, pero el porvenir de D. Eusebio es un porvenir en que nadie cree, ni él mismo... mientras que el tuyo... ¿No has pensado nunca en casarte?

—No he amado nunca hasta ese extremo, mamá.

—¡Bah! Parece mentira que seas mi hijo. ¿Acaso el matrimonio necesita para nada del amor? ¿Conoces tú a muchas parejas de casados que se amen? ¿Acaso yo...? —Se paró; iba a decir una imprudencia. —La señorita de Galindo es digna de ser mi hija... es digna de ser tu mujer: es eso lo que quería decir. Es bella, tiene prestigio, esa fama de virtud que tan bien sienta a las solteras jóvenes... es rica... Anoche en la Ópera traté con D. Joaquín de la conveniencia de vuestro matrimonio: me consta que no le eres personalmente desagradable: ahora dime qué piensas de todo esto; pero advierte que lo tengo ya todo decidido.

—Pienso que lo que me propones es imposible— dijo Enrique encogiendo la cabeza entre los hombros como para resistir el golpe; porque él lo esperaba; y una vibración de aire que creyó percibir por sobre su cabeza le hizo prorrumpir en el ¡ay! instintivo que siempre acompaña al golpe...

—¡Raza de cobardes ésta de tu padre! ¿Y por qué es imposible? Porque tú lo quieres... porque te alhaga eso de continuar lloriqueando alrededor de mis faldas como un niño recién destetado? Piensa en que ya tienes la dentadura completa; en que sales solo a la calle sin ayuda del preceptor; en que eres el único hijo varón de una casa ilustre que necesita descendencia; piensa, sobre todo, en que yo te lo ruego, y en que si esto no basta... —al llegar aquí su lengua silbaba con los chasquidos de cola de serpiente— y en que si esto no basta... Levanta la cabeza, Enrique, y mírame... yo te lo mando.

¡Pobre nubecilla blanca empujada por el viento de la tarde en dirección contraria a la del espeso nubarrón rojizo, cargado hasta los bordes de electricidad! ¿Qué recurso le quedaba sino el de deshacerse en agua y llorar? Enrique lloraba ocultando su cabeza ennoblecida y hasta idealizada por el sufrimiento, en la falda de seda de la madre... —«no es posible, mamá, yo te lo juro... no es posible»— y para demostrarle que no era posible, levantaba el miserable su cabeza enrojecida por la sofocación del sollozo y húmeda y reluciente por el súbito desbordamiento de las lágrimas, hasta la altura de la de su madre, y con esa terquedad de frase de los obsesos, de los convulsionarios, repetía, mirándola de hito y salpicando de lágrimas sus frases— no es posible, mamá, no es posible...

¿Es decir, que se le sublevaba, que se le declaraba insurrecto? ¿Se pasaba al enemigo, a la miseria? ¡Y cómo decírselo, gran Dios, si ella misma, en sus soliloquios solo se atrevía a hablar de esto de un modo vago que parecía un susurro! ¡La miseria, la ruina! ¡Dos viejas legañosas tan antiguas como el mundo, atacando hasta con sus encías sin dientes, a la soberbia estética de la condesa para destruirla y tirarla luego a la calle convertida en harapo humano, un harapo que no recogería con su gancho de degradación ningún trapero del vicio! ¡Qué horror! Pues abordemos la cuestión de frente: no queda más esperanza que esa.

—Oye, Enrique, y cálmate por Dios: en ese estado no quiero hablarte: ¿qué no? Pues yo tampoco puedo hablar con rociones de sollozos. No seas niño... —y con éste y otros acompañamientos de frases trataba de preparar la res al sacrificio. —Los tiempos han cambiado y han cambiado para desgracia de todos nosotros. ¡Dios mío, qué violento me es hablarte de todas estas cosas! Cuando tú nacistes y durante los primeros años de tu vida, tu padre era el árbitro supremo e indiscutible de los destinos del país. De tal modo, que jefe de un estado democrático y todo, como era, para conocer la voluntad de la nación se hacía preciso conocer antes la voluntad de ese pobre hombre que roncará probablemente en las habitaciones de arriba, más cerca del limbo que de la vida. Entonces todo tenía los reflejos del oro, hasta nuestras letrinas, hasta nuestros sueños. ¡Oh, sobre todo nuestros sueños! Me había familiarizado tanto con el tratamiento de Vuestra Alteza con que me saludaban todos, que... ahora te lo digo para castigo mío; llegué a creer en la posibilidad de obtener el de Vuestra Majestad, y hasta conspiraba para eso. No haber sido reina de A, pero de veras, de realidad, no de mentirijillas, como otras veces lo he sido, es uno de mis más grandes desengaños. La verdad es que esas altas posiciones eran incompatibles de todo punto con la poquedad de condiciones del conde, que ni siquiera sabe ser ambicioso: de otro modo sería rey de A, y ese es el tema eterno de mis melancolías. Un golpe de fuerza anuló aquella legalidad política, cuyo brillante núcleo formábamos nosotros. Aquello fue como un pedrisco azotando los campos el día de la recolección: sólo una catástrofe del cielo puede compararse con lo que pasó entonces. Quedamos anonadados, confundidos. Tu padre, en el primer estupor de la derrota, de la sorpresa, dominado por un miedo cerval de todo punto loco, pensó en la emigración; yo, más serena, y sabiendo que todas las restauraciones modernas son magnánimas al principio e inauguran sus hechos con actos de generosidad, y sobre todo, obedeciendo a las inspiraciones casi siempre proféticas del corazón, le aconsejé que se quedara en A, lo retuve y lo obligué a que reconociera explícita e implícitamente aquella nueva soberanía de derecho tan bien acogida por la nación. Después de eso las angustias de una vida artificial, llena de dificultades, y por último, lo que vas a saber ahora mismo. —Y bajando la voz, y con el mismo sotto voce de cárcel o convento, solo que más cortado, más nervioso, con que Luis hablaba de estas mismas cosas a Emilia en el capítulo primero, la descripción de la ruina, todo deshecho, desplomado, vencido; los escombros de un gran hundimiento y sin más esperanza de arreglo que el casamiento que su madre le proponía. —Y ahora —continuó diciendo— no es posible, mamá, no es posible, si te atreves... vamos a verlo.

Momentos de pausa: algo se prepara a salir del alma sofocada de aquel pobre niño, que debe ser imponente por los esfuerzos que le cuesta manifestarlo. Hay colaboración de fuerzas en todo su cuerpo para lanzar aquella confesión a que quieren dar salida sus labios... pero nada, la cosa no sale, y eso que el infeliz hasta aprieta los puños con rabia como las criaturitas recién nacidas, para ser enérgico. Por fin... ¡oh, qué día aquel tan triste! ¿Por qué lo alumbra el sol?

—Yo estoy enfermo, mamá, no puedo casarme...

—¡Enfermo! ¡Vaya, una razón! ¿No es en sí el matrimonio una enfermedad que sólo se cura con la querida o el amante? A otro perro con ese hueso. Veamos otra explicación.

—No hay más que esa, mamá, que estoy enfermo y no puedo casarme; ¿te parece poco?

—Enfermo... ¿y de qué? Digo, si es que tu madre puede saberlo.

—Puede y debe saberlo; pero... acerca la cabeza, mamá; estas cosas sólo deben decirse al oído; oye...

—¿Comprendes ahora?

Muy grave debió ser lo que le dijo, porque la madre, que poseía el arte difícil de dominar despóticamente sus impresiones, mudó de color durante el relato del hijo varias veces, y por último quedó anonadada. Milagro fue que no le dijera a la inexorable suerte con las manos cruzadas y la cabeza baja: «¡Basta, perdón!» porque se sentía rendida; palabra de honor que se sentía rendida... ¿Qué hacer, gran Dios? ¡Otro pilar de ilusiones que se venía a tierra! Y él congestionado de vergüenza y ella casi agarrotada de indignación, amasaban sus cabezas entre sus manos, a ver si de ese modo brotaban chispas que hicieran humanamente tolerable la espesa oscuridad en que se revolvían.

¡Momentos fúnebres de siniestros tanteos en las tinieblas que decidieron el drama de esta historia!

Por fin hablo la estatua, quiero decir la madre; después de la lluvia el viento africano que todo lo seca.

—Dentro de un mes estarás casado; si la señorita de Galindo va buscando en el matrimonio la satisfacción de groseros apetitos, indignos de una joven honesta, hombres hay de sobra en el mundo que se disputen a estocadas el consolarla de tus desvíos, porque es sobradamente bonita para eso. En cuanto a ti, hijo mío, ¿qué mayor premio que haber salvado de la deshonra, de la ruina a tu familia? Ahora, adiós Enrique, hijo mío; voy a dar la última mano de obra al proyecto; hasta la noche ¿sí? Iremos juntos a verla. Dame un beso y confía en tu madre.

Y su madre, arrancándose de pronto la careta no bien quedó sola, se metamorfoseó en lo que naturalmente era: en una enorme egoísta de cuerpo entero.

III

¿Llamarlo? Sí, era lo más conveniente. «Esta carta a su destino». Y diez minutos después ya estaba D. Felipe, el confesor y consejero áulico de la condesa, a presencia suya.

Don Felipe pertenecía a ese género especial de curas híbridos que no han previsto ninguna legislación canónica. Todo lo menos cura posible y todo lo menos seglar posible: un cura empezado a formar, pero resultando admirable en su estado de boceto: bonito, pulcro, de ojos chiquitos y brillantes, negrísimos hasta hacer aparecer blancas todas las cosas que los rodeaban; boca pequeña y nerviosa, nariz fina, testa de Luis Gonzaga perfeccionada por la pomada tártara. Vestía con suma elegancia hábitos entallados de seda, y una de las prendas predilectas de su coquetería sacerdotal eran los zapatos de charol con hebillas de plata que completaban su indumentaria de cura petrimetre. Chapeo derniere de alas anchas y redondas al igual de las de los trabajadores del campo, y siempre, en toda estación, guante negro de castor o de piel de Suecia, según la sensibilidad termométrica de su cuerpo. Decían del color siempre sonrosado de sus mejillas los maliciosos, que el tocador andaba por mucho en ello, pero yo creo sencillamente que aquel agradable color de manzana bien conservada, o de cara de niño llorón, procedía de las riquezas gástricas del estómago de D. Felipe, para quien la vida no era en realidad sino un festín permanente, para el que se había hecho de billete de libre circulación: y eso es todo; que digería con facilidad y que comía con buen apetito.

—¿Qué novedades hay, querida condesa? ¿Con qué nuevo don os favorece hoy el cielo?

Aquel confesor debería ser muy indulgente con sus penitentes: de seguro que no imponía a la condesa después de la confesión, ni siquiera dos salves de penitencia...

—Que he dado la batalla y que he recorrido la victoria de un extremo a otro. ¡Ah! Pero he tenido que vencer enormes dificultades, añadió con una adorable transición de tono. —El niño se retorcía, se revolvía, trataba de escaparse de entre mis manos. No he visto temperamento de goma elástica como el suyo. He necesitado de todos los sabios consejos de usted —aquí se inclinó la testa evangélica de D. Felipe, con tanta flexibilidad como si hubiera hecho más que eso en toda su vida. —He necesitado de todos los sabios consejos de usted para poder entonar el hossanna profético con que se despidió usted anoche. ¡Pero cuántas dificultades, amigo mío! Figúrese usted... si, ningún trabajo ha de costarle, y así se figurará usted la realidad... Figúrese usted que hay un inconveniente formal de matrimonio. Si yo conociera la frase técnica de eso... de ese... fenómeno... para no ofender la pureza de vuestros oídos; y esto, dicho en serio, daba escalofríos os lo juro; —pero hay im-po-ten-cia, im-po-ten-cia material...

¿Por qué recalcaba tanto esta frase: impotencia? Para D. Felipe no tenía sentido oculto el empeño con que la recalcaba su hija de confesión: era de esas inteligencias sagaces que se precian de saber leer entre líneas y de interpretar las palabras en su sentido más vergonzoso, con lo cual, justo es decirlo, acertaba las más de las veces; y cruzando las manos como un presbítero cualquiera, y bajando los ojos como una doncella campesina al aparecer entre sus compañeras el día de torna-boda:

—¡Qué juventud, condesa! Pero permítame usted que me asombre: ¡un niño de costumbres tan puras, tan irreprochables!...

—¡Bah! pero era de nacimiento, según él mismo había confesado.

De buena gana hubiera hablado largo rato de esto el bueno de D. Felipe para dar desahogo a su acumulación de conocimientos; pero la condesa era poco aficionada a desagües de erudición, y otra cosa era lo que a ella le importaba... ¿No había seducido al hijo? Pues seducir al padre, al padre espiritual.

Largo rato hablaron, ella con toda la pasión de su naturaleza criolla, atacando de frente y flagelando sobre su sonrosado enemigo las espléndidas fulguraciones de su belleza, que parecía formada de electricidad, según la fuerza que desarrollaba; él con toda la melifluidad y toda la mansedumbre de sus hábitos negros y de su costumbre de hacer reverencias en los salones hasta dejar la batalla indecisa.

Era D. Felipe de esos hombres cobardes que se resisten con obstinación diciendo que sí a todo, mientras que ella, al contrario, era de esos temperamentos originales, que se rinden, que se entregan con facilidad al mismo tiempo que dicen no con la boca. Muy dudoso debió parecer el éxito de la jornada a la condesa cuando se consideró en el caso de hacer uso de su último argumento en las situaciones difíciles, como hacía Napoleón con su guardia veterana en los períodos supremos de sus duelos con Europa: incitar al sexo contrario con una enervante provocación de caderas que no había hombre capaz de resistir tranquilamente...

—¡Oh, yo os lo prometo, todo lo que queráis; pero permitidme que bese vuestra mano y... y...

Y con los pelos de la nuca erizados, el labio inferior colgante, la tez pálida, pero con resplandores de incendio alrededor de sus ojos de furioso, temblando como uno de esos infelices que llevan el azogue disuelto por la sangre, obseso, fascinado, con testuz de bestia y no de Luis Gonzaga, las manos agarrotadas y temblantes, decía a la condesa, olvidado de su cortesano saludo de cabeza y del tono dulzón de su palabra:

—Sois bella y provocativa como una de esas mujeres históricas que han podrido sobre sus muslos a toda una generación... como el sueño de un fraile trapense... como... como V. sola.

—Pero esas cosas, Felipe, no se dicen chillando ni a tanta distancia de la que las inspira... —Y rodeando con sus brazos, hermosos como todo lo que seáis capaces de imaginar, más hermosos que todos los de la estatuaria griega, la cabeza acanallada del cura. —¡Oh, yo quisiera saber como ama un hombre que no ha pertenecido a nadie...

Todo perdió los contornos de la realidad para aquellos dos miserables. La atmósfera caliginosa del salón podría mascarse. El jesuita atravesó toda la casa sin sombrero y sin apercibirse de esto. Ya en la escalinata de mármol blanco se lo avisó un alma de lacayo. Sin ese aviso, Z, la capital de un territorio de cerca de veinte millones de habitantes, tostado por el sol y por la cólera de los dioses, habría presenciado el espectáculo de un cura que pasea su coronilla al sol y al aire de la tarde, con la misma dignidad que un buey sus cuernos.

¡Ah! D. Felipe era el padre de confesión de la señorita de Galindo.

IV

La ceremonia religiosa de la boda tuvo lugar en París en la capilla de una embajada latina: una capilla donde se reza a Dios en nombre del presupuesto de Estado de una nación tan esencialmente atea, que en materia de divinidades sólo cree en la Virgen del P*** y en la del Carmen, y yo me figuro que porque son bonitas y lujosas; a Dios lo maltrata la boca del pueblo con blasfemias y salivazos a todas horas, constantemente, a propósito de todo y a causa de todo: como si aceptara su ubicuidad para proporcionarse el refinamiento voluptuoso de encontrar por todos partes pedazos de esencia divina donde vomitar miserias y odios...; cuanto lleva consigo.

¡Qué artículo más mundano, más lleno de modernismo, el que publicó Le Fígaro al día siguiente describiendo la ceremonia, los trajes de los invitados, la fisonomía social de cada uno de ellos, las hijas casaderas que tenían, y la dote probable de cada una de ellas!

¡Oh! ¡Verdaderamente la condesa estaba encantada!

Nunca creyó estar tan bien relacionada con todas las sumidades del buen gusto parisién. Cierto que el boulevard Saint-Germain no envió ninguna de sus acartonadas representaciones como para dar fe de que el siglo XV aceptaba y legitimaba la obra de una condesa del siglo XIX; que la rue de Antin y todas sus similares estaban en una desconsoladora mayoría; que la fiesta pareció en su conjunto, dejando aparte las condecoraciones y brocados, una zambra de gitanos apostados alrededor de una barraca de ferias para solemnizar con motes y frases meridionales, con sonrisas y gestos picarescos, con explosiones de un entusiasmo tan caliente como el sol de Andalucía o de Provenza, la unión comanditaria de dos zíngaros, de dos bohemios, que ni aun casa tenían en aquella enorme capitalidad de la cultura humana; alojados en el appartément garnie de un hotel dorado, en que se pagaba todo, en que se alquilaba todo, desde las sonrisas por horas de los camareros, hasta el oxígeno apenas renovado de las habitaciones; que el presidente de la República y el jefe del Gobierno y los ministros invitados, excusaron su asistencia con el pretesto...; con ningún pretesto...; quehaceres, atenciones urgentes...; necesidades del momento; una verdadera cochinada; que... pero en cambio, ¡qué lujo y qué animación, y qué alegría tan desordenada en aquellos extranjeros que habían pedido albergue a París para realizar la cosa santa del matrimonio; a París, una patria prestada, una patria que no era la de esos extranjeros, porque ellos eran en su inmensa mayoría o afortunados o imbéciles, y París es la patria de los desheredados y los perseguidos, de los calumniados y los proscritos, de los voluptuosos y los sibaritas, de los que sufren, de los que gozan y de los que piensan, de todos los que llevan en el cerebro o en el pecho un sentimiento o una idea necesitadas de auditorio o de consuelo! Y también, ¿por qué no decirlo? la patria de los que sienten con el vientre y piensan con los intestinos; de los que no ven más allá de su organismo puramente físico; de los que se deleitan con Rabelais usado a dosis para servir de estimulante a todas las porquerías de nuestra monstruosa relajación de costumbres, y se afanan luego, con terquedades de babosa por trepar a la altura de las reputaciones más brillantes y emporcarlas, a la de Balzac, a la de Musset, a la de Hugo; de los que saben apreciar las sensaciones del amor por adarmes y quilates sin equivocarse en un átomo, solo de una mirada, al vuelo, como los jugadores prácticos reconocen de un vistazo las monedas que caen sobre el tapete... ¡París!... El nombre de Aspasia le sentaría admirablemente: prostitución y genio, también belleza; hace belleza, construye belleza con Víctor Hugo sobre sus rodillas, y luego se vende al primer bárbaro que la solicita. ¡Oh, eterna degradación de todo lo inmenso! ¿Por qué tiene el Oceano arenales y bagíos y emboscadas; limo en el fondo, broza en la superficie, rencor y odio a lo humano en sus entrañas?

La desposada tenía en su naturaleza la suficiente cantidad de distinción para siendo sencillamente bonita resultar admirable: una cabeza caliente, curada al sol del Mediodía, con ligerísimo vello sombreando el labio superior y rasgos apasionados en toda la fisonomía, valiente y graciosa al mismo tiempo: el pelo negro, lustroso hasta hacer pensar involuntariamente a los que lo miraban en el acero bruñido y en el agua trasparente; y tan abundante y tan suave que se veía en él, independientemente del resto de la fisonomía, la manifestación bizarra de un sexo robusto y bien formado, que no había venido por equivocación a la tierra. La frente pulida, mimosamente pulida, baja y estrecha y con esas entonaciones suavísimas de color pálido que se admiran en el marfil antiguo; semejante por su forma a la de las Venus griegas, y así como cortada a pico; quiero decir, dominando con una pureza de línea recta, absolutamente matemática, a todo el rostro, que de ser menos moreno o más inexpresivo, hubiera parecido el de una de esas estatuas áticas que la insaciable avaricia de la vieja Inglaterra va acumulando en Britisch Museum, convertido así en odioso usufructuario de la hermosa inspiración helénica: los ojos negros y sombríos, árabes por la expresión voluptuosa de la mirada y la magnífica dilatación de los párpados, europeos por el postizo sentimiento de cultura mundana que destilaban; y la nariz tan fina y tan nerviosa, que recordaba cuando sus cartílagos se estremecían con las palpitaciones instintivas de la pasión, al pico de ciertas aves, que, como dice Hugo, parecen llevar atado a una pata el hilo de lo infinito: la boca sensual y graciosa, el cuello formado de una curva, de tal modo irreprochable, que hubiera hecho delirar a un artista y enardecerse a un voluptuoso; los pechos exuberantes y estremecidos, el talle garboso, la cintura ondulante, las caderas y los muslos bien marcados, el pie como mandado hacer de encargo a Cádiz, y la estatura tan armónica, que no tendría necesidad para besar en la frente a su esposo, de empinarse penosamente sobre la punta de sus piececitos. «La Virgen del Carmen»: así la llamó un marino agregado militar de la Embajada, empachado y hasta ahíto de carne sonrosada y lechosa, de beautés blondes, de linfa en vez de sangre, y de cabelleras rubias, en vez de las negrísimas de las mujeres de su tierra. «¡La Virgen del Carmen...!» ¿Quién hubiera podido adivinar que en esa galantería iba envuelta la amenaza, como va envuelto el rayo en las electricidades contrarias que se embisten y luchan desesperadamente hasta reventar, en los espacios, ya entonces trágicos de la atmósfera?

La señorita de Galindo permaneció hondamente impresionada durante toda la ceremonia: se conocía que tomaba el matrimonio en serio no como la Condesa, su suegra, que solo pensaba en él para traicionarlo... «¡Bah, acaso el matrimonio necesita para nada del amor...!» —y que con su actitud recogida, la mirada baja, y los ojos enrojecidos ¡quién sabe por qué causa, en virtud de qué cosa! —desmentía su excepticismo, o trataba de desmentirlo a lo menos, simulando a una de esas almas, o cándidas o cobardes, que prefieren a vivir en paz con su conciencia, vivir en paz con la sociedad... —Allí, en primera fila, grave, majestuosa, irreprochable, hasta santificada por la ocasión y el sitio, dominando con su imponente belleza en la plenitud de su desarrollo, completamente madura, las otras bellezas vulgares de las demás mujeres, vestida con un traje color de rosa, que la hacía parecer una flor mejor que una fruta, la cabeza rodeada de opulenta diadema condal, y la actitud sufrida de una vestal pagana, entregada a sombríos misterios religiosos, la Condesa del Zarzal inspiraba más que amor, ese amor que ya comenzaba a hastiarla, harta de él, harta de verlo siempre lo mismo, anhelante e impetuoso, siempre pidiendo las mismas cosas con el mismo lenguaje y la misma mirada brillante de lobo rabioso de hambre, inspiraba más que amor, respeto, culto; pero culto religioso: daban ganas de decirla «Dios te salve...» ¡Ay! harto lo necesitaba su alma: su cuerpo, su estómago, sus aficiones al lujo, su leyenda de mujer espléndida, sus vicios de toda la vida, ya estaban salvados. La señorita de Galindo no era sólo un temperamento caliente, curado al sol de Andalucía; era la Providencia, todo el cielo que había bajado hasta la Condesa del Zarzal para salvarla... —Y en aquellos momentos supremos, el sacerdote en el altar con la alba vestida, el calor de humanidad reunida enviciando la atmósfera, doscientas o trescientas pupilas fijas en la ceremonia que se verificaba; aquella joven tan mimada por la naturaleza y la sociedad, hija de grandes, grande ella misma, extendiendo su mano a la del hijo de la Condesa, y diciendo «sí, quiero», la presunción formal de que lo que allí se celebraba era una cosa grave, una cosa que afectaba fundamentalmente a dos destinos humanos, a dos criaturas humanas, todo esto, había hecho el efecto de una ráfaga de aire helado que a traición y por sorpresa, se hubiera introducido en la sala caldeada donde se verificaba la ceremonia. Y ya no eran meridionales, no eran zíngaros de la parte levantina de Europa los que allí estaban congregados; era un pelotón grave e irreprochable de gente resfriada, que, como los extremos se tocan, los hombres con las manos en los bolsillos, y las mujeres con el pañuelo en la nariz, de vez en cuando en los ojos, parecían constipados, de exceso de calor, de sobra de solemnidad.

Ya era tarde, más tarde todavía para los que habían ido sin desayunarse a la Embajada y el bueno del cura no parecía darse prisa: debía estar muy a gusto en su tarea de refunfuñar latinajos y repartir signos mímicos de las dos manos a derecha e izquierda. Ni faltó tampoco un malicioso —¿cuándo ni en qué circunstancia humana faltan?— que sospechara harturas de suculento almuerzo en la calma espantosa con que parecía el rubicundo abate complacerse en hacer inacabable la ceremonia. Por fin... —¡Oh que inmenso suspiro de satisfacción, de desahogo, que enorme suspiro colectivo, de todos aquellos pulmones, reventó en el aire, cuando las dos manos afeminadas, pulcras, finísimas, del ministro del cielo, se posaron en actitud de bendecir, sobre las cabezas postradas de los contrayentes! ¡Ea, se acabó! Y si no hubiera sido por miedo al qué dirán, a la contravención de las leyes del buen tono, aquella turba ociosa se hubiera declarado a la desbandada, tomando por asalto las puertas de salida, ansiosa de sol y de aire, ni más ni menos que si se hubiera dado en el altar el grito de «¡Estamos perdidos, sálvese quien pueda!» y que la muerte estuviera próxima y la deshonra encima, sacudiendo latigazos...

No pudo dominar por más tiempo sus arrebatos maternales la Condesa y se precipitó ansiosa sobre la atónita recién casada, besándola en la boca, en las mejillas, en los ojos, rozándole con los labios las manos, el cuello, la cara, en un prolongadísimo beso que parecía tener la pretensión de cubrirla toda, desde los pies a la cabeza. Luego, uno a uno, circunspectos y graves por riguroso turno, fueron cumplimentando a los recién casados con frases estudiadas desde la víspera, y tan parecidas unas a otras como las monedas de oro sacadas de un mismo troquel en un mismo día, todos los invitados al acto; primero el Conde del Zarzal, un agradable viejo a quien describiremos más adelante; luego los parientes de la ex-señorita de Galindo, después los otros invitados: «felicidad, ventura, dicha eterna», estas eran las frases que a fuerza de ser dichas por todos, quedaron suspendidas en el salón como un polvillo dorado, hasta media hora después de terminada la ceremonia.

La capilla quedóse desierta: cuatro ordenanzas de la Embajada improvisados de monaguillos, vestidos irreverentemente con trajes de profanos, y uno de ellos cubierta la cabeza con la gorra de uniforme, apagaron las luces, pusieron los sillones en su sitio: una admirable copia del Cristo agonizante de Velázquez, adquiriendo entonaciones y líneas fantásticas a la dudosa media luz en que habían dejado la capilla, amenazaba desprenderse de su suplicio, más trágico en pie que clavado, y con sus enjutas ancas de cadáver y mártir, crugiendo las rotulas, la cara salpicada de sangre descompuesta y negra, los ojos velados por las últimas desesperaciones de la agonía, el pecho verdoso y encogido, el cabello repugnantemente pegado con sudor y sangre a la cara y hasta a las espaldas, largo como un manto de ignominia, y las manos demacradas, pero todavía estremecidas por músculos y nervios, capaces de agarrotar gargantas y derribar cuerpos, correr, correr desenfrenadamente tras de la caravana de boda, darle alcance a pesar del griterío y el escándalo del populacho, pararla, llamarla vil, llamarla cobarde, y luego, encarándose con el cura, con el bueno del cura que iba a cobrar en placeres lo que ya con anticipación había dado en latinajos y fastidios, recordarle la parábola de la mujer adúltera, la parábola del publicano aquel que le pedía consejos, la frase con que untó de bálsamo y consuelo a aquella adorable pecadora, María de Magdala: «Mujer, te será perdonado mucho, porque has amado mucho», —recordarle también, pero esto uniendo la acción a la palabra, a latigazos, flagelando implacable sobre las espaldas del cura con zurriagos de acero, —recordarle aquel hermoso pasaje del Evangelio que ha servido de asunto a tantas inspiraciones artísticas... «los mercaderes arrojados del templo»— y concluir con este recuerdo: «los profetas mis predecesores, Job, Isaías, Jeremías, gritaban trágicos desde el muladar o desde el éter, por todo el fondo del Oriente, por las sinagogas y las plazas ¡Ay Jerusalén, Jerusalén maldita! —Cuidad mucho de que otros profetas más terribles y más ambiciosos no griten: ¡Ay continente europeo, vieja Europa, vieja Europa maldita...; porque los tiempos de las grandes justicias y de las enormes venganzas se acercan... Una nueva era está encima. Y si no mirad... «Esto del Cristo es una fantasía; pero lo que no es fantasía ni mucho menos, lo que es una realidad de diez mil hombres, es eso que viene, que viene impetuoso, que se acerca, que se echa encima, que arrolla los coches de la comitiva nupcial, que hincha toda la calle, que va dejando vaho de humanidad por donde pasa, es eso, es esa reunión de diez mil hombres, morenos, rubios, linfáticos, nerviosos, con chaquets, con blusas, que lo llena todo, que lo invade todo, que hacen temblar con sus voces las vidrieras de los edificios, valientes adalides del porvenir que cantan, y su voz parece no ya la voz de todo un pueblo, sino el trágico alarido de toda una generación de mártires.


Allons, enfants de fusillés
Mettez dans leurs fusils ruillés
De la metraille.
Guerre aux exploiteurs nos tyrans!
Allons, debout, serrez vos rangs
Pour la bataille.
Dans vos estomacs bedonnautes
Nous ferons, bourgeois ruminantes
Plus d'une entaille:
La lutte sera sans merci;
Nous aurons le coeur endurci
Dans la bataille.

 

...Ellos continuaban cantando ese espantoso alarido de angustia, ese himno del rencor y el hambre combinados. Los gendarmes se escondían en los portales de las casas. A las ventanas se asomaban los curiosos, con más cara de espectros que de hombres. «¡Es la Internacional, la Internacional que ha triunfado! ¡Otra vez la Communne!» Y aquellos zíngaros del Mediodía de Europa que eran todos conservadores porque no tenían nada que pedir a la sociedad, locamente espléndida para ellos, se ocultaron aterrorizados en el fondo de sus coches, parados, detenidos allí, en pleno arroyo, hasta que acabaran de pasar aquellos bárbaros, que como si obedecieran a una consigna, y aquellos coches, detenidos en medio del boulevard des Italiens formaran parte de su rito revolucionario, tiraban unánimemente escupitinajos o insultos al desfilar ante ellos, ante aquellas cinco o seis carretadas de miedosos...

Más de una hora duró aquel monstruoso desfilar de andrajos. Mrs. Amstrong y Krupp tuvieron pues el honor de ser amados en silencio más de una hora por la condesa del Zarzal. Por fin las voces fueron haciéndose más indistintas; los que iban a la cola apenas si abrían la boca, ocupada con la pipa de barro; el boulevard recobró su aspecto acostumbrado de èlite; aquel calor de horno producido por las exhalaciones pulmonares de diez mil gañanes desapareció poco a poco, y un muchacho que cantaba, digámoslo así, por su cuenta, separado de la tromba revolucionaria, formando una retaguardia, que débil y mezquina como era, figuráos ¡un niño de diez años! representaba la imponente retaguardia del porvenir, desafiaba solo, con su voz desfallecida y con su raquitismo de niño mal alimentado, las iras de los burgueses, cantando sin la ayuda de nadie, contra tanto aparato social coaligado en contra suya, gendarmes, tenderos, hombres de levita, todo el cielo y casi toda la tierra:


Assez de discours endormeurs:
La colére envahit nos coeurs
Et les tenaille:
Allons, debaut; et dés demain
A ceux qui volent notre pain
Livrons bataille!

 

V

Aquella mañana del mes de Mayo había amanecido fresca y otoñal: era un crepúsculo sombrío y cárdeno el que rasgando medrosamente las espesas oscuridades del cielo, pintarrajeado todo de nubarrones negros, comenzaba a dar entonaciones propias y características a las cosas, a proteger la vanidosa ostentación de los colores, nunca satisfechos de que se les admire bastante.

Pero tenía que luchar en competencia con la niebla, que semejante a un ejército invasor victorioso, lo llenaba todo, se atrevía con todo, colándose por todas partes, borrando líneas aquí, colores allá, perspectivas por todos lados, con una rabia de ocultación, de escondite, que no parecía sino que la Naturaleza iba a acometer un gran crimen, y que horrorizada de sí misma,

de lo que pensaba, se tapaba ruborosa con aquel manto de nieblas, tan bien tejido, pero tan horrible. Y era un espectáculo desesperador y curioso al mismo tiempo para los que saben mirar el de aquellas casas, apenas alumbrada por la dudosa claridad de un astro que diríase agonizante, semejantes a fantasmas de la edad de piedra, altas e imponentes, silenciosas como una tumba, y animadas interiormente por resuellos y por toda clase de movimientos, sin cambiar en nada su fisonomía indiferente de todos los días, ¡ay! tan sordas a la desesperación como al alborozo, como si no hubiera una identificación más grande de lo que generalmente se cree, entre la criatura y el nido, entre el hombre y el techo familiar, el techo de todos los días, que mira desde la cama cuando sueña, o cuando piensa en lo indistinto.

Comenzaba la gente a poblar las galerías de árboles del bosque de Bolonia, a turbar con risotadas y palabras emitidas con esa mayor franqueza, que aun a los temperamentos más hipócritas les acomete a las primeras horas de la mañana, la hermosa independencia de los pájaros, su afición a marchar a saltitos por el suelo, descaradamente, hastiados de sus alas, aburridos de los espacios azules, de los grandes horizontes... —Y como si los párpados hinchados, la cara un tanto abotagada, la piel lustrosa de ese brillo sucio con que embadurna el sueño a todos sus súbditos, a todos los mortales, la agilidad y la gracia en los movimientos, el mayor descuido en el vestir, y la risa, no ya la risa, la carcajada, fácil, pronta, repentina, fueran cosas de derecho natural, de reglamento, algo así como una obligación formalísima que se hubieran impuesto, aquella multitud de madrugadores, diseminada en direcciones opuestas, corriendo, gritando, lanzando frases de alegría en todos los idiomas posibles, daba a aquella reunión del bosque de Bolonia un carácter tan uniforme, que parecía más bien que la representación auténtica, legítima, de las cinco partes del mundo visitando a París en busca de mayores vicios, de mayor cultura y de mayor humanismo que en sus respectivas patrias, parecía más que eso, un ejército disciplinado realizando un plan, practicando una consigna, reglamentados, iguales.

Había, sin embargo, como ocurre en todas las reuniones humanas, díscolos que no se acomodaban al programa, que levantaban la cabeza por cima del rasero, que no querían ser así como una dilatación de los demás... —Una pareja adorable, la pareja de todos los idilios antiguos como modernos, él y ella, pero él vestido prosáicamente de americana o chaquet, y ella de... —¿qué importa? ¿a qué la descripción del traje? —amante y amada, lanzaban al aire, sin pensar en ello, frases de amor que recogían las nubes automáticamente, cumpliendo su fatalidad, con la misma indiferencia con que recogen el perfume de las flores o el aliento de las cloacas; y en el piso enarenado que tenían ante su vista, —una extensión de dos metros, a que ponía límite triple hilera de árboles alineados en formación correcta, una palabra escrita en gruesos caracteres de imprenta con la contera del bastón por cualquiera de los dos amantes, probablemente por la mujer, una sola palabra, «Amor», la más enorme síntesis que se conoce.

Arriba todo el firmamento y abajo todo el secreto de las generaciones; el Verbo Creador; un «fecit», un sea hecho, más poderoso que el que llenó de soles el vacío; la vida universal y eterna.

La señorita de Galindo, ahora marquesa de Puerto-Arcas, paseaba del brazo con su esposo por aquellas alamedas risueñas, no como quien va soldada por el cariño, sino como quien va presa por la obligación y las conveniencias, abatida, desencantada, indiferente a la fiesta de la Naturaleza.

No le sentaba bien el matrimonio por lo visto. Perdía, le había tocado perder, y ella no lo ocultaba, porque pueden dominarse ciertas cosas, pero no se domina al cuerpo, a todo el cuerpo cuando se insurrecciona contra la voluntad y grita ¡basta, no puede ser! En la lucha con la carne, con las tentaciones, con las necesidades de la carne, el cenobita es absurdo, inconcebible, no puede existir. ¡Quién sabe, quién puede calcular, el grado de exaltación, de delirio, a que llega la lujuria del fraile en las solitarias bacanales de su celda! —Por eso generalmente el asceta es un pobre viejo, desmoronado por todos los vientos, lleno de grietas, resentido de la médula, arrugado por los acometimientos de la vida, que no le queda más remedio que ser asceta, de todos modos que ser casto. Pedirle a la juventud que mire siempre a lo alto, «mi reinio no es de este mundo, «¡ah! eso es insensato: eso es exigirle la dimisión de su inteligencia, hacerla idiota: una juventud exangüe...

Todo indicaba en la Marquesa de Puerto-Arcas un temperamento pasional. Era una muchacha aturdida y grave que llegó a presentir el arte de un modo bien sencillo: mirándose al espejo. Una mañana, al levantarse, al saltar sobre la cama y sacudir las sábanas que lisas y todo como eran rodeándola con su blancura, la asemejaban de un modo bastante exacto a la Venus surgiendo del mar que hay en el Museo del Louvre, excitada por la codicia de palpar tanta belleza, tanta armonía, acarició con sus manos de virgen las redondeces de su pecho, las curvas de sus estremidades; y a aquel contacto tibio, suave, de su propio cuerpo, brillante y terso, y tan sólido como si fuera un molde para la creación de nuevas bellezas, la virgen sacudió la cabeza con el elegante ademán de una leona nostálgica de sus amores del Desierto, lanzó al grito apasionado de la hembra en celo, volvió a caer tumbada sobre el lecho, entornó los párpados, dejó resbalar sus manecitas nerviosas y sensibles de quince años, sobre sus muslos; luego, siguiendo la misma línea curva de su carne, las subió hasta la cara, hasta la cabeza, que no era ya cabeza de virgen, sino testa de bacante, volvió a bajarlas, así, poquito a poco, en un prolongadísimo mimo, hasta la punta de sus piececitos, y embriagada de aquellos alhagos que parecían como una fiesta silenciosa y caliente de la juventud de su carne, de la impetuosidad de su sangre, de todo su hermoso sexo que se manifestaba en una orgía de entusiasmo, borracha de sensaciones, amante arrebatada de ese enorme infinito eterno que parece manifestarse con más claridad que nunca en los hermosos días primaverales, con las venas hinchadas de sangre y la cabeza apoplética de sueños, aquella hermosa niña cayó en uno como a modo de desmayo, del que despertó mujer; había sido niña hasta entonces...

Que los fisiólogos lo expliquen como quieran: al sentirse mujer, se sintió artista al mismo tiempo. No significa esto una adulación que yo dirijo a su sexo.

Una amiga suya de colegio, la señorita de Villodas contribuyó prestándole tres o cuatro absurdos folletines de la Correspondencia, a la obra de la Naturaleza, a aquella brutal revelación del sexo de mi heroina. Montepín y Pierre Zanconne han trasportado más carne de mujer a los mercados del vicio, carne fresca, todavía pura, tersa y brillante, propia para el cambio del sentimiento fingido por la plata de buena ley, que todas las Celestinas juntas.

La hora de las grandes justicias se agolpa sobre nosotros con violencia, casi puede decirse que está encima, inexorable, terca como el derecho, blandiendo la piqueta y amenazando con la demolición a los ídolos falsos, a las reputaciones escamoteadas a la ignorancia, a los convencionalismos... No seré yo quien escatime a esos folletinistas la importancia que les corresponde.

Desde entonces, la señorita de Galindo tuvo una aspiración más, un sentimiento más con que llenar sus ocios de mujer soltera; casi pudiera decir una finalidad, un objetivo, una misión que realizar en la vida; misión triste, pero vulgar: pensar en el hombre por el lado grosero. ¡Ah, si en el mundo la franqueza fuera de fatalidad orgánica como lo es comer, dormir, mentir a todas horas, mentirse a sí mismo, andar hacia adelante y preferir la posición horizontal a la vertical para el sueño ¡qué pocas serían las mujeres que pudieran levantar el dedo para demostrar que no han pensando alguna vez, algún instante de su vida, en la prostitución, como en un consuelo, como en una idea salvadora de esas que orean la frente caldeada por la calentura con brisas de misericordia!... ¡Ah, es evidente! Al grito salvaje de la naturaleza genésica menospreciada, pero magnífica y bravía, del escolar, del presidiario, del cura, pidiendo satisfacción, exigiendo el pago, responde siempre el grito agudo de la virgen, de la reclusa, de todas las mujeres de quince años, condenadas por la sociedad, pero apremiadas por la Naturaleza, ese acreedor implacable...

¿Cómo exigir a los organismos puramente físicos, que se anulen, que se atrofien en la desesperación, en la impotencia, porque así les place a los jurisconsultos y a los imbéciles: decir al estómago hambriento, «no puede ser», al cerebro que pide su nutrición de ideas «no es posible»; al sexo que demanda desahogo de energías, cambio de sensaciones, un poco de infinito sobre la cabeza, la fusión de todas las eternidades con un segundo, «está prohibido; Moisés lo condena». ¡Qué lástima que no se le haya ocurrido a Moisés legislar el Oceano y someter la temperatura al Código!

Iban despacio, reconcentrados en sí mismos, él con la cabeza baja y ella con el entrecejo fruncido, andando a pasos desiguales, antípodas del espíritu, unidos por los brazos.

El hombre parecía más expresivo que la mujer: dirigíale con frecuencia la palabra y le preguntaba por su opinión acerca de todo cuanto les rodeaba. —Mira qué graciosa esa combinación de árboles; ¿no te gusta? ¿Y esos canapés rústicos? Mira, Luisa, a tu lado y en este sitio... hagamos un alto aquí; a tu lado y en este sitio ya me atrevo a explicar cómo debería ser el Paraíso... Pero no te animas, no respondes. Aún te dura el resentimiento de anoche. Ya sabes lo que ha dicho el Doctor, porque he tenido la lealtad de confesártelo. Es cuestión de poco, de muy poco tiempo. ¿No podemos por ahora ser esposos? Seremos amigos, tan amigos que no podamos serlo más. Vamos, Luisa, sé buena. Después de todo más vale eso: la unión de las almas precediendo a la de los cuerpos; creo que así se dice.

—Es una infamia lo que habéis hecho todos conmigo. Me habéis condenado al martirio o a la falta, a sangre fría, después de pensado, de madurado mucho. No es la cabeza, no es el corazón el que me grita siempre, en todos los momentos, a tu lado y en tu ausencia, que habéis sido infames, que habéis sido monstruosos conmigo. Son mis entrañas las que se revelan, las que protestan. ¿Qué me voy a hacer yo ahora? Porque en estos tres meses de engaño, de ocultaciones por todas partes, he tenido mis claridades, he aprendido mucho, he recogido enseñanzas. Mira una de ellas. Que no tengo vocación para el sacrificio.

—¿Quién te lo exije, quién te lo indica siquiera? —tartamudeó Enrique.

—Mi situación, la tuya, la horrible experiencia de estos tres meses... ¡Ah! pero el engaño no puede, no debe prevalecer. ¿Crees que yo, antes de hacer el sacrificio de mi pudor para hablarte de estas cosas, que queman mis labios, que son odiosas, que... —No, no me interrumpas. Hemos hecho la jornada juntos. Estamos en los límites de mi paciencia. Un paso más y me vuelvo loca. No quiero callar más tiempo. Voy a decirlo todo de una vez.

¡Ah! Más le hubiera valido al mísero no haber interrogado a Luisa, no haber abierto la esclusa de sus resentimientos, de sus odios... Fue una catarata, un vértigo de quejas lo que cayó sobre aquel sin ventura, hasta atontarlo. Ella, su mujer, había tenido cartas, revelaciones de todo, de todo lo que se había hecho en contra suya; sabía que la condesa, su suegra, era, había sido el verdugo; que D. Felipe, el bueno de D. Felipe, aquel petrimetre de sotana, había sido su ayudante, el ayudante del verdugo. Sabía que habían hecho con ella lo que se hace con las minas para explotarlas: desgarrarlas, y ahondar, ahondar recio, ahondar firme, abriendo heridas a la tierra por todas partes, para descubrir nuevos filones, mayores utilidades, una ganancia más considerable, y que la mina estaba ya a los tres meses de explotación en cuarta, con ser tan rica, porque la condesa se había apoderado de todo, dinero, alhajas, títulos de propiedad, para administrarlo, para cuidarlo todo. «Dos chiquillos... ¿acaso es razonable dejar una fortuna en manos de dos chiquillos?» —Sabía que sus alhajas estaban empeñadas en los almacenes del Monte de Piedad; sus propiedades hipotecadas para salvar propiedades de la condesa; arbitrariamente, un robo con fractura, porque se la había hecho estampar firmas en documentos cuyo alcance y significación ignoraba por completo, extraña a esas podredumbres, a esas miserias. Sabía... ¿pero qué más? No eres hombre, ni mujer...; sí, estoy decidida a todo, a todo, óyelo bien; hasta al escándalo, aquí, en medio de París, en la mesa redonda del hotel; creo que voy a ponerme a gritar estas cosas como una furiosa desde las barandillas de la columna Véndome. Se me ha robado, y se han mofado de mi sexo casándome con un eunuco.

No pudo Enrique contenerse por más tiempo: culebreaba por sus nervios como un instinto rabioso de hacer daño, de golpear a aquella mujer que le sacudía zurriagazos de injurias, y levantó sobre ella el puño, cerrado, amenazador.

—«¡Calla, o no respondo de mí!» —con la expresión de un hombre que se sintiera empujar hacia un abismo, pero que en vez de resistir a empujones, con todo su cuerpo, tirándose al suelo y mordiendo en las piernas a su enemigo, empleara la súplica... la amenaza como último recurso de necesidad... —«Siento hervir sangre de canalla en mis venas. ¡Déjame! Sería capaz de pegarte aquí, delante de todo el mundo,»— y Luisa, dominada por el terror instintivo de la carne cuando se siente débil, cuando ve ante sí músculos de loco, músculos que son verdaderos resortes de acero, capaces de luchar a brazo partido, ferozmente, no ya con los seres similares, sino con las bestias dañinas, calló, sofocó aquella palabra que le salía a borbotones de odio por la boca; volvió a considerarse vencida, y otra vez la batalla convirtiéndose en derrota para ella, hasta volver a empezar... ¿Sería ese su sino?... ¡Qué horror! ¡Siempre lo mismo!

—Vamos a casa: me parece lúgubre este paseo. Tengo ganas de llorar, de llorar mucho, y no puedo contener las lágrimas. ¡Ay, mis ilusiones! Mira, Enrique, esto no puede seguir así de ninguna manera. Me voy con mi familia, a cualquier sitio donde halle consuelo, amparo, no hombres que me amenazan como podrían hacerlo a una querida traidora sorprendida en ayuntamiento con un chulo... una querida a quien se le paga... no la esposa legítima que se queja porque se siente herida... golpeada... viviendo con enemigos que parecen espectros... ultrajada; con una condena de anulación o de infamia sobre la cabeza ¡y por toda la vida!

—Yo también estoy cansado, yo también sufro.

—Sí, como sufre la cuerda cuando ahorca. Te siento enroscado al cuello, y no puedo más; te lo juro: no puedo más. ¿Es preciso que esto concluya? Pues acabemos de una vez.

¡De una vez! Así se nace y así se muere: de una vez; pero la desgracia diríase que tiene inteligencia; procede con calma, no se atropella, tiene paciencia, y conozco martirios que han durado toda la vida.

Eran ya las nueve de la mañana y la concurrencia del bois había llegado a su período máximo. Las risas y las carreras locas de las primeras horas, se habían extinguido, habían cesado, como si fuera motivo de vergüenza el sentirse alegre en presencia de la Naturaleza: grupos irreprochables de amazonas y sportmans hacían crugir los galápagos de sus caballos ingleses llevados al paso, distribuyendo saludos y miradas curiosas a todos lados, más miradas que saludos, porque en su inmensa mayoría y excepción hecha de una veintena de artistas del parque Montceaux, los concurrentes al bois de primera hora eran estranjeros llegados la víspera a París y dispuestos a marcharse al día siguiente: por la ancha avenida central rodaban con una impetuosidad que merecía llamarse intrépida, trenes de todas las clases y de todas las épocas, desde el fiacre que se alquila por horas, hasta el landeau que se toma por siempre y que se paga al contado o no se paga nunca. Una mujer sola y joven, más bien que recostada, tendida, en los cojines de seda de su carretela Winserd, cubierto el cuerpo con amplio abrigo de pieles a pesar de la primavera y de la temperatura meridional de aquella mañana de Mayo, pálida, lo suficientemente peinada para que su cabecita de Dolorosa hiciera pensar en las poéticas heroínas del romanticismo de Byron, cambió al cruzarse su carretela con la de Luisa, un saludo que parecía un lamento, un saludo hecho todo de angustia; así debían saludarse las víctimas del 93 cuando se cruzaban las carretadas de mártires por la plaza de la Revolución al grito de la Marsellesa.

—Mira, ¿sabes quién me ha saludado? —La de Legarda. Una mujer que se considera desgraciada porque se le ha muerto su amante con quien debería casarse en breve. Ella tiene la poesía del recuerdo, todo su cuerpo señalado del amor. No está sola, no debe considerarse desdichada. Cuando el presente la hostigue, la aplique el tormento, puede huir de él pidiendo refugio al pasado. Mientras que yo...

Aquella desventurada había concluído por sentir envidia hasta de esa especie de sonámbula que la había saludado al paso, quizá sin darse cuenta de lo que hacía, al gran trote de sus caballos por la avenida central del bosque de Bolonia.

VI

Cundió por Z la nueva con la velocidad de un rayo: de los círculos aristocráticos bajó o subió la noticia, que en esto de si subió o bajó no podemos emitir informe, a los de la clase media, y de los de la clase media a los del pueblo. Lo que en los círculos dorados se comentaba solo con una sonrisa maliciosa o con un signo hecho todo, formado todo, de una intención venenosa que hubieran envidiado los zanganotes del infierno, era comentado en las tabernas con esos apóstrofes que reventan en la boca del pueblo de exceso de energía, de sobra de fuerza... «esa aristocracia podrida, esos marqueses que ni siquiera son hombres... chupando en la misma odiosa proporción oro que vicio y nunca ahítos. ¡Más oro más vicio!, que critican nuestra hambre y se burlan de nuestras manos callosas...

La condesa, ya hacía tiempo que tenía conocimiento del hecho: lo había adivinado, presentido, antes de la boda, cuando recibió las primeras revelaciones del hijo. —«Yo estoy enfermo mamá, no puedo casarme.» Ahora, ya hacía dos meses que trataba de preparar la opinión para suavizar el escándalo: pero el escándalo estalló en el aire como una nube cargada de electricidad; disparando el rayo: la marquesa de Puerto Arcas había solicitado de los tribunales franceses la anulación de su matrimonio por impotencia del esposo: aceptaba las pruebas; se sometía a las experimentaciones periciales, —estaba virgen después de cuatro meses de unión conyugal;— se había casado con un eunuco.

Como la boda se había hecho en Francia, en Francia tendrían que deshacerla; de aquí la intranquilidad de la condesa; si fuera en Z..., si entendieran en eso los tribunales de Z..., la batalla estaría ganada sin remisión; pero en Francia, ¡ah! en Francia es otra cosa; en Francia hay más moralidad en las instituciones del Estado, y, sobre todo, el conde su esposo no había sido jefe del Gobierno allí, no había improvisado de la noche a la mañana generales, ministros, magistrados; no podía explotar hasta la degradación, hasta la infamia, los estómagos agradecidos, los bolsillos satisfechos... No valía, pues, dejar el asunto para mañana, dormirse en las pajas. La resolución había de ser pronta, porque el ataque había sido pronto también... —Esa descarada de Luisa, una muchacha de veinte años escasos, no se había contentado con menos que con huir, —así, por sorpresa, una verdadera fuga, —huir del domicilio conyugal solicitando ¡ahí es nada! la anulación, la disolución del vínculo marital. Nada de desatarlo. Un tajo por en medio. Y quedar en aptitud decontraer nuevo enlace...

¡Ah! ¿quién sería el juez que había de fallar en ese extraño proceso? ¿Sería joven, sanguíneo, amante de la plasticidad de formas en la mujer, partidario del amor fácil? Más de una hora estuvo la condesa del Zarzal dando vueltas alrededor de estas hipótesis.

Se hacía precisa una entrevista con el bueno de su marido, ese «pobre conde», como ella le llamaba, que desde hacía seis años se pasaba la vida durmiendo, quizá en compensación de los años que había velado en sus empresas de traiciones y galanteos: traiciones a la patria y galanteos a las mujeres de todo el mundo, siempre atraído por el amor y el lucro, ansioso de sensaciones y de honores, esos honores que la sociedad, tan fácilmente pródiga con algunos, distribuye entre los que la deshonran.

Hacía ya tiempo que, aunque durmiendo en la misma casa, vivían separados; el conde había dado de sí todo lo que podía; mientras había sido joven, acometedor, gracioso, todo había ido bien: la condesa no tenía nada que reprocharle, aun teniendo conocimiento de sus continuas infidelidades conyugales; pero ahora, viejo, sórdido, casi idiota, roído por la gota y la displicencia, usado, arrugado, andando trabajosamente sobre los dos pies, durmiendo diez y seis horas diarias, y esas en un prolongadísimo ronquido que era el «hazme reír» de todos los habitantes de la casa, tan gastado que ni aun tentaciones de lujuria podían arder bajo su reluciente calva, tan lleno de desengaños que era una de sus modalidades meterse los dedos en el bolsillo cuando cualquiera de sus hijos se le aproximaba para besarlo, el conde del Zarzal había sido declarado inútil ya hacía tiempo por la condesa: un andrajo de hombre; lo que se llama un resto en el lenguaje gráfico de los horteras. ¿Cómo transigir con eso?

La condesa amaba todo lo que representa fuerza: la audacia, el atrevimiento, la palabra acalorada, el entusiasmo, el amor, el movimiento hasta el vértigo, el wals humano hasta perder la cabeza y caer rendido al suelo, pero para volver a levantarse de nuevo, con más color en las mejillas y menos fósforo en el cerebro...

No mandó llamar al conde; fue ella la que subió a sus habitaciones; el viejo libertino era egoísta.

—¿Se puede?...; —¿se puede?— repitió con más fuerza; y al fin entró palpando en las paredes, tropezando en los muebles, porque la habitación estaba completamente a oscuras y ella había olvidado en absoluto su configuración, sus detalles: un amplio velador de malaquita en el centro, divanes rodeando a las paredes, panoplias y estantes cubriéndolas, una mesa atestada de papeles en uno de sus extremos, y dos biombos de laca cerrando la entrada de la alcoba.

—¿Qué te pasa? ¿Ocurre alguna desgracia? —dijo el conde sobresaltado de ver a aquella mujer en su presencia.

—No te inquietes; es grave lo que ocurre, pero puede desvanecerse; por eso vengo a verte; —y de pie al lado de la cama donde el septuagenario descansaba, bruscamente incorporado al aproximamiento de la condesa; —una friolera, una friolera que nos amenaza mientras tú duermes. Que Luisa se separa de Enrique.

—¿Cómo, cómo es eso? No he oído bien. Repítelo. ¿Que Luisa se separa de Enrique? ¿Y por qué? ¿Por qué es eso?

—Porque Enrique... —y aquí la voz de la condesa se convirtió en susurro, —porque Enrique... ¿acaso no lo sabes? Porque Luisa ha ido al matrimonio, como otras mujeres van a la prostitución: en busca de placeres, buscando el hartazgo; y como Enrique... vamos, ya lo sabes: no tengo necesidad de decirte lo demás: debes sospecharlo.

—No adivino, no acierto... Estaba profundamente dormido cuando entrastes en la alcoba. Tengo la cabeza atontada y yo creo que de falta de sueño. Sé franca; no comprendo lo que me quieres decir.

—Nada; que Luisa ha solicitado de los tribunales franceses la anulación del matrimonio, so pretexto... pretexto ninguno; que es una viciosa, una corrompida, a la que han hecho creer que el matrimonio es una orgía, una asociación para hacer chiquillos, y vuelta a empezar hasta que se descompone la máquina, que nunca ha de estar parada; y quiere llevar a la horca a tu hijo porque resulta de la experiencia de estos tres meses que no es buen fogonero, que no es buen maquinista. ¿Entiendes ahora?

—No quisiera entenderlo tanto. ¿Y no hay más que eso?

—¿Qué, te parece poco? ¿La alcoba de mi hijo, y por ende mi boudoir, —eso es lo de menos, —y tu dormitorio, todo junto, presentados descaradamente a los tribunales para que los registren, para que escudriñen por sus rincones y cuenten los pliegues de las sábanas en averiguación de las horas que hemos dormido juntos? ¿Te parece poco? ¿Quieres más todavía? Decididamente el sueño ataca al sentido común hasta agotarlo.

—¿Y qué vamos a hacer, que vamos a hacer ahora?

—Eso es lo que yo vengo a preguntarte: ¿qué vamos a hacer, qué vamos a hacer ahora?

Diez minutos, diez minutos de espantosa pausa, siguieron a estas perplegidades, a estas oscilaciones; el conde con la cabeza batida sobre el pecho, la mirada fijamente extendida sobre la cobertura de su cama, las torpes manos seniles apretadas, enroscadas por la convulsión nerviosa sobre sus sienes, estrujando torpemente el vacío; y la condesa, no ya de pie, que esa es actitud de provocación o de fuerza; sentada, sentada maquinalmente en el filo de la cama, arrojada, tirada allí, al tálamo de su esposo, por un colosal escobazo de la fortuna, semejante a la fatalidad y a las multitudes en que crea ídolos para luego darse al placer de derribarlos, de echarlos por tierra, separados del pedestal y dejarlos rígidos allí, en el suelo, donde sean atacados con más brío por la humedad y las vegetaciones parásitas, por las deposiciones fecales de los pájaros, por todas las inmundicias, por todas las miserias de la Naturaleza; el moho, el polvo que se hace piedra con la lluvia que cae encima, la yerba que se hace corrosivo con las nuevas energías que le prestan sus compañeras, por todo ese enorme espíritu de destrucción del cielo, abandonados en sus contexturas de mármol e inspirando lástima a todos aquellos que no inspiran indiferencia...

¡Y el conde no encontraba la fórmula, y a aquel viejo imbécil no se le ocurría nada...! Y estamos a 12; y en los primeros días del mes, el 5 ó el 6, darán comienzo las actuaciones en uno de los juzgados de París. ¿Pero qué piensas, hombre? ¿Qué dices a esto? Mira que el silencio no resuelve nada...

Pero el conde nio pensaba nada; pensaba que el pelo alazán es un pelo que favorece mucho a los caballos, imientras que sentía en todo su cuerpo algo así como el magullamiento brutal de una montaña que hubiera caído sobre sus lomos para aplastarlo.

—¿No respondes, te has quedado mudo?

—¿Y qué quieres que yo le haga? ¿Qué me vienes pidiendo, mujer, si sabes que yo no vivo más que lo suficiente para que no me extiendan la papeleta de defunción, para que no me inscriban en el registro de los fallecidos, de los que ya se fueron, como yo he debido irme hace tiempo, siquiera para no ver estas cosas? ¿Qué quieres que yo le haga? Estoy vencido, los años me han dado su última carga, y no puedo más... —y después de una pausa que llenó de quejidos angustiosos— ...me estáis matando con todas esas cosas; dejadme dormir tranquilo, todo lo tranquilo que me permita la gota... haced lo que queráis: yo no puedo hacer nada: yo me estoy muriendo hace dos años, un poco más todos los días, poquito a poco, ¡ay! y sin concluirme de morir nunca.

Mudó de táctica la condesa: estaba visto que ella había de vivir constantemente levantándose las faldas y enseñando los pechos a los hombres para provocarlos y hacerlos embestir como a los toros el color de púrpura. Y aproximándose al conde con los ojos encendidos de lujuria y el aliento cálido como la respiración de una solfatara, —vamos, Antonio, haz caso de tu mujercita, que te quiere tanto; hazme sitio en la cama; me entristeces con tus lamentos... cualquiera pensaría que te estás muriendo... anda chacho.

Ya sabía lo que se hacía. A aquel organismo corrompido, hastiado, impotente y gotoso le quedaba todavía el compás, como a los músicos viejos. Restábale algún rescoldo a aquel montón de ceniza. Había que remover, eso sí; había que remover mucho, había que aplicar el cauterio a la carne fofa, a la carne muerta, para obtener un rugido de sensibilidad; pero la condesa era como esos cirujanos que tienen más sangre fría y más cálculo a medida que la operación es más difícil, más arriesgada, y tendiendo su hermoso cuerpo sobre la cama en que yacía su viejo macho, abrazándole la cabeza, la pobre cabeza cana, besándole con pasión que no era fingida, porque la hacía nacer en ella el contacto, el simple contacto con cualquier naturaleza masculina por monstruosa que fuera; apoyando el vientre sobre el de su esposo; sujetando y oprimiendo entre sus dos muslos todo el tronco del conde, de modo que hacía resaltar con esta postura más gallardamente que con cualquiera otra las magnificencias imponentes de sus caderas; la espléndida cabellera de hembra reposando sobre la almohada como un tapiz de brillantísima seda sin tejer, y la boca entreabierta, ansiosa, dando besos y pidiéndolos insaciable... —¡Un moribundo, un moribundo hubiera saltado bruscamente, lanzándose sobre la hembra para tentarla toda y aspirarla toda como se aspira una flor, desde la corola al tallo, y besarla y morderla y hacerla sufrir, hacer que el exceso de impresiones llevara lágrimas a sus ojos, quejidos a su garganta, y luego, cuando las convulsiones, repetidas del sistema nervioso amenazara a los cerebros con la congestión, con el derrame, darle todos los infinitos reconcentrados en un segundo, de tal modo que concluido el fenómeno pasional quedaran los cuerpos sobre el lecho, desplomados y sin conciencia, como los restos de una sangrienta batalla...

Pero el conde era, por lo visto, menos que un moribundo: no se conmovía, permanecía impasible, allí, tendido al lado de la condesa; gruñendo porque le llevaba quitada más de una hora de sueño, y porque sus repugnancias a la mujer no hacían más que irritarse con esas exageraciones, tan propias del carácter entusiasta de su compañera de aquellos momentos.

— ¡Ah, ya comprendo que es lo que quieres que te haga, chacho, chacho mío! Se me había olvidado. Ya no me acordaba. —Y entonces sobrevino una escena, que la novela, si ha de ser honrada, no podrá describir nunca, porque esas escenas son con relación al arte lo que ciertos cuadros al vivo con respecto al pudor: una negación enorme; el conde, retorciéndose como un demonio, saltando sobre sus espaldas en una convulsión que parecía interminable, y dando salida a sus sensaciones con una especie de sollozo comprimido que no paraba nunca, que no cesaba nunca; la condesa, entregada a yo no sé qué monstruosa operación repugnante, que la hacía aparecer un vampiro bebedor de sangre, mejor que una mujer; inclinada sobre él, despeinada, furiosamente despeinada, y sin hablar una sola palabra, absorta en su ejercicio... —¡Basta, basta por Dios; vas a matarme; no puedo más! —Y luego el desplome. Aquella vieja humanidad temblona quedando inerte, sin movimiento, hasta sin músculos y sin sangre, como un amontonamiento de carne que no tuviera de humano más que la forma, las líneas generales, pero esas dislocadas y torcidas por aquel innoble trabajo de la condesa.

Y una hermosa madonna, tan briosamente pintada que hacía creer en la posibilidad de que pudiera escaparse del cuadro, parecía contemplar con ojos de misericordia, desde la cabecera de la cama donde habían tenido la despreocupación de colocarla, aquel hacinamiento de miserias tan silenciosas ahora y tan epilépticamente alborotadas cinco minutos antes, en el fragor de la batalla... de aquella batalla...; mirando con su hermosa mirada italiana de fulguraciones húmedas y azuladas aquella masa confusa de dos organismos humanos, que mejor deberían ser de bestias, si no fuera el contrasentido la gran ley del mundo, tendidos, confundidos el uno sobre el otro, enlazados no por el amor sino por el vicio, destilando por sus poros el sudor dañino de los insectos que en vez de caminar se arrastran, y enviciando la atmósfera con esas emanaciones acres de las podredumbres cuando se las agita, haciéndolas subir a la superficie...

Sobrevino la reacción, la reacción que esperaba la condesa para dar el asalto a la raquítica voluntad del conde, el último asalto... —«mira, chacho, no te olvides de lo grave que son las circunstancias. Yo te quiero mucho pero te querría más si no fuera por tu sueño, por ese maldito sueño, que es mi rival porque te aparta de mi lado. Yo vendría todos los días a verte ¿ves? como hoy, y recordaríamos con caricias los tiempos pasados, y hablaríamos de nuestras cosas que, mira, Antonio, cada vez se van poniendo peores. Pero ¡claro! con tu sistema de vida... siempre lo mismo... siempre durmiendo... mirando descaradamente a la catástrofe como un insensato, y hasta encontrándola bonita porque no basta a quitarte el sueño...; Mira, un día, van a despertarte los vendedores de periódicos pregonando tu ruina y la mía, la ruina de todos: otro día... sí, con ese modo de vivir, otro día vas a tener que salir a la calle para tener noticias de nosotros, de tu mujer, de tu hijo, «y mi mujer ¿dónde está? y a mi hijo ¿qué le pasa?» Porque vas dejando de ser un viviente, créelo Antonio, para convertirte en un sonámbulo. Tú continúas teniendo a pesar de los años, el coraje y el talento de tus buenos tiempos: los periódicos, que ignoran por lo visto lo que duermes, se preocupan de ti hasta el extremo de dar cuenta a sus lectores de los cigarrillos que fumas al día...; la opinión te señala como un monstruo de fuerza que se alimenta de instituciones, que puede tragarse a una institución, a todo un organismo político con sólo desearlo, en un abrir y cerrar de boca. Dicen de ti que eres el jefe indiscutible de ese partido revolucionario que por todas partes se siente y por ninguna se ve. Eres el coco, el bu de todos los gobiernos constituidos; ¿por qué no te prevaleces de tus fuerzas, y a cambio de algunas, de todas las concesiones que te pidan, obtienes del gobierno de A que solicite del de Francia la traslación del asunto de Enrique a uno de los juzgados de la corte, para que aquí se falle? No queda más recurso que ese; y ese recurso es la victoria.

—Bueno, conforme hasta aquí: se toma en consideración, como dicen los diputados en su caló parlamentario. Pero ¿qué concesiones son esas, qué concesiones son esas que yo puedo hacer al gobierno? ¿Qué concesión quieres mujer que le haga la hormiga al elefante? ¿La de que se haga a un lado para que el elefante no la aplaste? No concibo otra concesión, no sé de que hablas; sé más explícita.

—¡Bah, ese sol meridional que llevas bajo el cráneo, cuanto exagera! ¡La hormiga y el elefante! ¿Sabes lo que te digo? —y después de una pausa— que no está mal pensada la comparación: la hormiga y el elefante, sí: pero que el elefante lo eres tú y la hormiga, el gobierno; tiene, pues, el deber de echarse a un lado para que tú no lo aplastes.

—Sol meridional el mío, pero de los trópicos el tuyo; que calienta más y derrite los sesos, y produce la locura. Yo no soy nada y el país lo sabe desde hace tiempo. No lo hagas más estúpido de lo que naturalmente es. ¿A quién voy a hacerle creer con mis enjutas ancas y mi cabeza que mira al suelo, que soy un cíclope desencadenador de tempestades, padre del rayo, señor de los cielos y de la tierra?

—A todos los que te temen porque creen en tu leyenda revolucionaria. Al gobierno que vive de prestado y al rey que necesita tentarse cada cinco minutos la cabeza para convencerse de que no está descoronada. A todos esos.

—Proponme la fórmula; salgamos de este círculo vicioso.

—Pues la fórmula que te indican los periódicos, la que yo mismo te aconsejé hace tiempo; esa, esa misma. Un llamamiento de fuerzas a la monarquía. Restar hombres a la revolución. Sumarlos al trono. Y una protesta de lealtad a las instituuciones que se pegue hasta por las esquinas de la calle como un pasquín de orden.

—Bien, ¿y después? —insinuó el conde.

—Después, —y esto lo dijo ya levantada, porque se había apoderado de las tiendas enemigas, había, por fin, clavado la bandera, —después... ¡pero qué fatalidad la tuya que hasta se te ha de dar el pan mascado! —después... una reunión de notables en casa: el grito de ¡viva el rey! repetido por doscientas gargantas. Y como coronamiento de la obra eso que vosotros llamáis meeting; un meeting en el teatro, en un teatro, en el de la Ópera, que es el mejor y el más grande. Luego echar combustible al entusiasmo, comiendo y gritando entre bocado y bocado ¡viva el rey, viva el trono! teniendo cuidado de que los comensales no beban más de lo justo para evitar que griten ¡viva la república! por equivocación. ¡Sería chistoso! Además, fundar un periódico...; organizar comités en provincias... Y sobre todo, y por cima de todo, que aquí, en Z, se resuelva lo de Enrique. Porque mira si el asunto urge, y óyelo bien. Porque tú conde y yo condesa... nadie podrá evitar... ¿sabes lo que es el presidio? Pues hemos hecho un robo. —Voy a tocar el timbre para que venga Luis a que te ayude a vestir. Dentro de media hora te espero en mis habitaciones. Conque ¡arriba! perezoso. No me voy hasta que te vea en planta. Voy a quitarte las sábanas. A la una, a las... No, si no me fío de ti, de tu sueño... ¡Ah, el pudor después de lo que hemos hecho juntos! ¡Y qué demacrado estás, pobre roro! No me había fijado en ti hasta ahora. Te vas quedando en el esqueleto, y tu mujercita no consiente eso, porque te quiere mucho, mucho...

El beso, el sonoro beso de despedida reventó en el aire a tiempo que Luis tocaba suavemente en uno de los biombos para anunciar que estaba allí, esperando... —¿Qué manda su excelencia? —y su voz emitiendo esas palabras «¿qué manda su excelencia?» recorría con una precisión admirable toda la gamma del servilismo sin equivocarse en una sola nota.

—Sí, yo muy demacrado, pero tú gorda, ¡oh, gorda como una vaca suiza! Pesa más un muslo tuyo que todo mi cuerpo. Ven, acércate, que quiero besarte donde a mí me gusta... ya sabes... y en seguida me levanto, te lo juro.

Ahora sí que tuvo la escena más espectadores que antes. La madonna a la cabecera, el grupo furioso del conde y la condesa en el centro, y allá en el fondo, detrás de los biombos de laca, unos ojos muy abiertos y muy brillantes, que parecían felinos por la fosforescencia que desarrollaban, mirando con ansia y mirando más, como si no se cansaran nunca de ver aquello; la mujer tendida sobre el lecho y el hombre pasando la nariz por todos los sitios indecentes, insaciable en su tarea de aspirar hedores.

VII

...De un libro de memorias.

—La condesa es americana. Parece mentira que pueda decirse esto con la misma tranquilidad con que se diría... «fulana es picarda o de las montañas de León. Ha nacido en un jardín y parece su cuerpo amasado con jugo de jazmines y claveles. Su presencia se anuncia por resplandores y perfumes. A mí me ha hecho pensar muchas veces si habrá cuerpos que en vez de sangre se sientan animados interiormente por la savia fecunda de las flores.

Es muy hermosa, y sin embargo, su belleza más notable está en el olor que irradia. Yo la aspiro con tanta devoción como la contemplo. Si fuera permitido decirlo, añadiría para completar mi pensamiento: «Es una mujer-flor; la más graciosa combinación de elementos que conozco.

Su cabeza es de una inspiración que aturde. Hace recordar por su tamaño a la de Cora Dearlx, la mujer que ha destrozado más corazones ingleses, y por su gracia a la de Marie Duplessis como la describe Dumas en La Dama de las Camelias; tiene las entonaciones de color de las vírgenes de Murillo y los estremecimientos nerviosos de las sibilas del Ática. Su extraordinaria gracia hace olvidar la corrección de su dibujo, quizá demasiado clásico, y de consiguiente demasiado frío, con más realidad de escultura que de vida. El peinado que generalmente usa aumenta esta ilusión. Sin sombrero recuerda a Cibeles, y con la gorrita de piel rusa con que yo la conocí el invierno pasado, hace pensar en Minerva como la soñó Praxiteles. Pero todo esto desaparece cuando habla; entonces parece que hasta el pelo rezuma inteligencia, y que aquella cabecita de pasionaria lleva, en sí, y oculta amorosamente, yo no sé qué espléndidas fulguraciones de sentimientos y de astros. Tiene en la voz potencialidades inauditas y energías extrañas. La formula de esta existencia debe ser un fiat lux poderoso. Sería capaz de poner en música La Correspondencia con sólo leerla en voz alta. Sus palabras, hasta las más indiferentes, tienen las palpitaciones del entusiasmo, y sus inflexiones de voz, basta las más suaves, las armonías del himno, y sin embargo sabe hacerse perdonar estas acumulaciones de majestad y de gracia con la adorable sinceridad de su trato.

Diríase de ella que admira nuestra vulgaridad o que reniega de su gracia.

La he conocido hace poco tiempo, pero la he presentido hace una eternidad: desde que comencé a ver mujeres feas por el mundo.

Es el recurso de la desgracia y de la pena: construir mundos artificiales y asomarse a la vida como a través de un sueño.

Yo buscaba una mujer que me hiciera amar a la Creación, y soñaba despierto con esa mujer imposible. Pero la realidad parecía complacerse en quitarle la razón a mis sueños... Oía voces de desfallecimiento y voces de consuelo. «No la busques sino en tus imaginaciones; ese tipo de mujer está formado de sombras.» «Búscala por la tierra; ese tipo de mujer está formado de humanidad y de vida.» Y andaba, andaba, con la obstinación de un convencido en busca de la realización de mis sueños. Por fin la encontré. Estas líneas son un grito de satisfacción, un desahogo de felicidad. Por eso son desordenadas o inconexas... Yo quisiera transformarlas en suspiros y besos...; más besos que suspiros.

¿Qué no la he descrito por completo? Cuando toda la humanidad me dé participación en sus placeres, yo concluiré la descripción de esta encantadora mujer, que me ha hecho el efecto de si todo el cielo hubiera bajado hasta mí para envolverme en sus magnificencias.

VIII

Fueron amores funestos, aquellos amores de Eudoro Gamoda y la condesa. A veces un torbellino de pasión le arrancaba a la condesa estas palabras: «si permaneciera quince días sin verte me moriría» —«¿A qué pensar en la eternidad —le respondía su amante— cuando se posee el momento?»

Era en verdad novelesca la biografía de aquel nuevo súbdito de la condesa. Perteneciente a una antigua familia de magistrados, a los diez y ocho años se emancipó de todas las leyes escritas y de las que sin estarlo, parecen disueltas en la atmósfera a fuerza de generalizadas, fugándose de su casa, del domicilio paterno, ansioso de horizontes, de paseos a marchas forzadas por la vida, de espléndidas aventuras, de sol y de aire; se fugó de su casa y se vino ansioso a Z, dispuesto al combate obstinado en el deseo de solicitar la honra de morir protestando, si es que la suerte no lo coronaba de laurel como a los conquistadores y a los héroes. La apoteosis o la ignominia, éste fue su lema... —Pero todo esto sentido de un modo vago, indeterminado, sin fórmula precisa, sin médula de pensamiento, de raciocinio ninguno.

Pero ¿qué hacer, contra quién luchar para realizar sus propósitos? ¿Contra la desgracia? Veinte asaltos seguidos, veinte batidas furiosas le dio, sin salir herido en ninguna de ellas, casi invulnerable y magnífico.

¡Ay! pero no se entra impunemente todos los días en batalla: por suerte que se tenga, por bien librado que se salga ¡quién puede evitar aunque no sea más que la fatiga, la lasitud, después del asalto, de las acometidas desesperadas que deciden la victoria! Eudoro Gamoda estaba fatigado, y si no se dejó llevar por una de esas oleadas de infamia que azotan con rabia a los infortunados náufragos sociales hasta destruirlos o hasta atontarlos, no fue mérito de su voluntad que había perdido todo poder de resistencia, sino de su destino que lo reservaba para ser devorado, roído, por los mordiscos bestiales de una linfómana, de una histérica...

Como se notaba artista, en el más amplio sentido de la palabra, su plan de campaña empezó por matricularse a la Academia de Bellas Artes: tenía nociones de dibujo y la profecía de que llegaría a ser si pintaba, un hombre ilustre; pintó y pintó entre el asombro de sus profesores y compañeros. Cuando salió de allí, de la Academia, sobre aquel nombre de Gamoda, que era después de todo el nombre de una criatura, de diez y ocho años, se había hecho una verdadera leyenda de gloria. Quiso entonces legitimar a la leyenda con la historia y se apercibió a la lucha en el Salón. Hijo de su raza y de su siglo, viviendo plenamente, con toda su vida, dentro del círculo cada día más dilatado de los modernos ideales, Gamoda no sentía ni las insípidas inspiraciones clásicas, ni las delirantes fantasías místicas; ni místico, ni clásico, artista, sencillamente; y artista del siglo XIX, de este siglo en que han vivido Rosales, Delacroix y Courbet. Quiso dar en Z la batalla del naturalismo y fue arrojado del Salón, rechazada su obra. En concepto del Jurado aquel cuadro era inmoral y dañino porque representaba la vida, porque estaba tomado de la vida. La historia de siempre, la historia de las vacilaciones del siglo. —Esta generación que en concepto de muchos, es creyente —creyente de sus negaciones-y en su consecuencia entusiasta, no es más que nerviosa. Una generación víctima de la neurosis, que no puede reposar ni estar tranquila, marchar ni arriba ni abajo, correr ni estarse quieta, que parece enamorada del porvenir y sostiene y alimenta con su sangre a todos los odiosos parasitismos del pasado, que parece detestar a los organismos sociales picados de uso, y transige con la monarquía, y autoriza el monaquismo; una generación de convulsiorios en una palabra. Podría muy bien ser representada por la figura de un honnbre que mirara hacia atrás con el cuello completamente vuelto, y hacia adelante con el rabillo del ojo. Por eso ha sido ella la que ha inventado el eclecticismo.

La derrota del Salón impresionó mucho a aquel espíritu grave y tierno al mismo tiempo, y entonces pensó en la emigración. No querían aceptar su obra en su país, la llevaría a Francia. No querían reconocer en él, el ideal artístico que la informaba, París le haría justicia. Y sobre todo, nada de transigir. Los convencidos y los honrados sólo deben transigir con ellos mismos, y eso para recoger nuevas desesperaciones. —Z le rechazaba...; huiría de Z como de un lazareto: pediría hospitalidad a otra tierra; llevaría nuevos elementos a su vida con la respiración de otros horizontes, de otra cultura: él sabría hacerse francés, parisién, como se hizo de Z, sólo porque creyó en la fábula que coloca a Z en materias de civilización y de cultura, a la cabeza de toda la península, una porción de miles de metros, no sobre el nivel del mar, sino sobre el nivel del resto de A, del resto de la península...

La casualidad de que fuera a la del Zarzal una de las personas a quienes pidieron para Gamoda recomendaciones en París, hizo que la conociera. Él, hasta cuyos oídos había llegado la fama de mujer hermosa que rodeaba la cabeza de la condesa del Zarzal como una aureola de gloria, tenía deseos, vivísimos deseos, de admirarla de cerca; y el mismo deseo manifestado por la del Zarzal respecto a Gamoda, hizo que se conocieran, que se pusieran en contacto aquellas dos naturalezas curiosas: curiosas en primer término, y apasionadas después, apasionadas hasta la locura.

Abstraído, separado, emancipado del mundo externo por sus ambiciones y tareas, Gamoda se había olvidado de amar. Era un caso de virginidad inaudito. Veintidós años y no saber cómo es el amor. Se lo figuraba, por lo que de él hablan los poetas, vestido de raso, coronado de rosas, envuelto y domiciliado en una nube, alegre y magnífico. El autor de esta historia tiene en su poder una carta de Gamoda, que a propósito de lo que está refiriendo va a reproducir, para ahorrarse descripciones quizá enojosas a fuerza de espirituales.

Porque Gamoda tenía más cantidad de alma que de cuerpo.

Dice así la epístola:

«A la Srta. Sofía Tableda.

»Su última carta ha provocado un tumulto en mi cerebro. Mire Vd. qué tumulto será que todavía estoy mareado.

»Y es lógico. —Usted ha golpeado en mi frente dirigiendo invocaciones a ideas íntimas que yo llevo escondidas por falta de esperanza y por sobra de desprecio a la realidad descarada que se pavonea por las calles vestida de algodón y con agujetas en el pelo. —Usted quiere saber lo que yo pienso del amor, de la mujer y de la familia, que es tanto como querer reducir lo insondable y lo infinito a un artículo de bisutería. Y sobre todo, Vd. quiere que yo la describa a la mujer con que sueño, o a mi tipo, como por ahí dicen muchos... —Fácilmente saldría del apuro en que usted me pone, diciéndole «mírese Vd. al espejo y a la conciencia y conocerá Vd. a mi ideal».— Pero por miedo a que Vd. piense que eso es un medio galante de eludir el compromiso, allá va esta carta, que yo desearía convertir en cuadro, aunque no fuera más que el honor de la monería del modelo, que es Vd. misma.

»A más de eso, esta carta se propone realizar lo que un bando de buen gobierno. Sofocar la revolución con promesas y hasta mostrarle el puño cerrado si es preciso... —...Las ideas, cuando están bien formadas, se parecen a las multitudes en que tienen voluntad, y se revuelven, en que tienen voces, y braman. Las mías, ya lo sabe Vd., mi querida niña, parecen por su independencia furias ingertas en Espartacos.

»¡A ver si las domino!

»Yo sueño frecuentemente con una mujer que no es ni rubia ni morena, sino la combinación artística de estos dos colores, las notas pálidas del Norte, invadiendo y confundiéndose graciosamente con las entonaciones calientes del Mediodía... —De ojos, azules como las túnicas de las vírgenes, o negros como las hopas de los condenados; pero elocuentes con delicadeza, melancólicos con palpitaciones de alegría, y así como humedecidos por el deseo de horizontes más amplios y más celestes que los que la tierra ofrece; que hagan sospechar al ángel en la mujer.— De nariz ni griega ni romana, ni larga ni corta, ni gorda ni afilada; una nariz que yo llamaría de buen grado espiritual, fina, coloreada en las fosas, casi transparente, y poseyendo el instinto de no ver ninguna flor sin experimentar tentaciones de agotar sus perfumes en aspiraciones voluptuosas. —La frente me gusta casta en el sentido del amor, y la boca sensual y risueña, sonrosada, fresca, de dientes menudos y blanquísimos y con palpitaciones de oración o delirio. De vez en cuando me gustaría ver plegarse esa boca con los estremecimientos de la más fina melancolía. —El color, pálido los días comunes de la vida, los días de reglamento, y rosado, ligeramente rosado, los días en que lo sublime, que siempre se manifiesta distintamente, hiciera una aparición entre nosotros. —Ni alta ni baja, de la estatura que daba Praxiteles a sus Venus de piedra, espiritual, casi alada, lo menos humana posible, pero con líneas y contornos de estatuaria griega y manifestando hasta en su gracia de adolescente la soberbia potencialidad de su sexo. —Ni hermosa ni perfecta: bonita. Lo que es la primavera con relación al verano y al invierno. Toda la gracia, toda la inspiración y toda la delicadeza posibles. —El tipo de Mignón retocado primorosamente por Dios para complacer a un poeta.

»En una mujer tan abstracta como la que estoy describiendo, el alma tiene que estar tan bien formada como el cuerpo para que exista armonía. Sólo que no la quiero erudita, sino ilustrada; ni apasionada, sino sensible.

»Como una sensitiva es igualmente amorosa para todos los rayos de sol que la acarician, yo quiero que esta mujer sea igualmente afectuosa para todos los aproximamientos de sublimidad que perciba. Ni atea, ni devota; ni siquiera filósofa: creyente. —Enamorada del porvenir, pero respetuosa con el pasado que merezca respeto. —Prefiriendo la música a la teología, y la historia al Catecismo. Llena de fe por todo su cuerpo, fe en el amor, en la vida universal, en la justicia absoluta como idea difícil, y en la regeneración humana como hecho fácil. —Sencilla, pero con dignidad. —Mirando con igual éxtasis al niño que a la nube, pero preocupándose más del niño, no porque ríe, sino porque puede llorar, y el llanto del niño habría de parecerle tan triste por lo menos como la soledad del afligido, o los lamentos esterterosos del que se siente caer y rueda, pero resistiéndose, al medroso fondo de uno de esos abismos de que está nuestra sociedad llena, sin cuidarse para nada de hacerlos desaparecer o de hacerlos visibles por medio de la enseñanza sin trabas... —Monstruosa, en una palabra... —Con el cerebro desprendido hasta el pecho y confundiendo con el corazón sus latidos.

»He ahí, una chére Sophie, el tipo con que yo sueño... —Si Vd. no se parece a él... mírese por dentro y respóndame: yo no puedo amar sino a una mujer que se parezca todo lo más posible a la que he descrito. Por fuera ya sé que es Vd. encantadora.

»No la digo a Vd. como en mi carta anterior, que la beso a Vd. con el pensamiento para que no vuelva a incomodarse conmigo. Pero...; en fin, yo la saludo a V. con mucha consideración.

»EUDORO GAMODA.

»En el infinito... (la fecha huelga) año de gra...; año de desgracia de 1883.»

Se amaron con ansia, él en busca de idealidad, ella en busca de realidad y de idealidad, en busca de amor ya completamente formado. Aquello pareció una disputa de delirio. Todo el mundo llegó a apercibirse en la casa y fuera de la casa, de lo que pasaba. Sólo el conde, mareado con sus maquinaciones políticas que le sentaban por lo visto, a maravilla, parecía ignorarlo todo; la condesa, empachada de grandeza, salía a pie, vestida con un traje negro de merino y acompañada de Gamoda, todas las mañanas, de ocho a nueve; tomaban en la parada de coches de la esquina una berlina cuyas cortinillas corrían inmediatamente y se hacían trasladar a los áridos alrededores de Z. Allí la despedían y se entregaban al placer de pasear triunfalmente del brazo, fingiéndose marido y mujer, y completando por medio de besos la manifestación de los pensamientos. Una mañana, paseando así del brazo, por una alameda, al revolver de unos árboles, Gamoda se encontró de manos a boca con un antiguo amigo suyo a quien no tuvo más remedio que saludar.

—Preséntame, preséntame a él; dile que soy tu mujer, que te has casado.

—Pero vida...

—Nada, tengo ese capricho, esa manía. Respétala: te lo ruego.

Y él siseó hasta hacerse oír del otro: —«El señor Crespo, uno de mis mejores amigos. Mi mujer.»

El incidente no pasó de ahí, de una sencilla presentación debajo de los árboles. Pero la condesa en su rabia de democratizarse, quería más, quería más todavía. Aquella insolencia con que paseaba su adulterio ante la vista asombrada de todo el mundo le parecía insuficiente, mezquina, más propio de una mujerzuela cualquiera, hipócrita y cobarde, que no de una gran corrompida rellena de vicio hasta el tuétano de los huesos... —Quería que todo el mundo se enterase de sus relaciones criminales y no pasaba nunca al lado de ninguna persona conocida, sin levantar la cabeza, sin erguirla, en actitud de provocación, de desafío... Así fuera el conde...: no se apartaría ella por eso del brazo de su amante. ¿No se ve el sol? ¿No se le siente por todas partes durante el día? —¿Por qué no se ha de sentir también al amor cuando hace extragos de incendio en las interioridades sagradas de las almas? ¿Es una vergüenza ser astro, amar y ser amada, ser un cuerpo lúcido?

Pues entonces...

Un día, una mañana, y ya llevaban tres meses de bacanal amorosa, Gamoda se desasió bruscamente del brazo que lo enlazaba a la vida tempestuosa de aquellas relaciones frenéticas, y mirando fijamente en los ojos a su amante, a su gran modelo, a su generosa inspiración como la llamaba, a su pequeña Fornarina:

—No creí que llegara nunca a amar como te amo: júrame que has de ser eternamente mía, que no has de amar a otro hombre que a tu enamorado artista: júramelo en seguida... pero júramelo a gritos.

—¡Oh! vida mía...

—¡Más alto, más alto, que la gente se detenga asustada para escucharnos, que nos tomen por locos y nos detengan los guardias de orden público para amenazarnos con las jaulas del manicomio, con los bancos de la prevención.

—A tu oído... —yo sabré gritar como una loca, pero dentro de tu alma, que es lo que me importa...

—¡Si vieras lo desgraciado que me hizo anoche un sueño! —Soñé que me abandonabas, que me dejabas por otro, harta de mí, de mis entusiasmos de artista y de amante...; y que la humanidad desaparecía del haz de la tierra, espantada de mi catástrofe, y que me quedaba yo solo, solo en una soledad cuyo recuerdo me asusta tanto todavía, tanto, que, mira, mira como se me eriza el vello de pensar en ella; y vuelto a la realidad, tan despierto como lo estoy ahora, incorporado en la cama, con las manos cruzadas, como las del reo que aguarda el golpe de gracia que ha de rematar con sus dolores, solo de pensar que pudieras algún día hastiarte de mí, abandonarme, huir de mi lado, rompí a llorar con tanta violencia, con una enormidad de pena tan considerable, que creí en la posibilidad de que se me saltaran las venas, y de que me estallara el pecho, mezquino para contener él solo, aquella poderosa marea de dolores imposibles, de angustias...

—¡Oh! qué niño, que niño eres... ¡Las cosas que piensas...!

—Por eso quiero que me jures amor eterno, fidelidad... para poderte tirar a la cabeza esta frase ¡perjura! si para mi condenación me engañaras...

—Un juramento, pobre niño, un juramento... ¿Sabes lo que vale, lo que significa? Mira, esto —y trizó con su monísimo dedo índice una ondulación en el vacío. —No dura más tiempo que el que tarda en formularse.

—No digas eso por la salvación de tu aluna porque entonces ¿qué garantías son las que das a mis ilusiones? Yo sé que tú has amado a otros muchos hombres antes que a mí.

—Pues sabes mal: que te devuelvan el dinero de la noticia porque te han robado.

—Y sé más, sé que eres tan voluble como la mar y el viento, y sé también que tu abandono valdría para mí lo que una condena de muerte; porque yo sabría matarme, no lo dudes, y sabría también mandarte mi bendición con los últimos alientos de la agonía.

—Muy fúnebre venís esta mañana, señor mío: ¿es por ventura que comienza a estilarse eso en los talleres de los pintores naturalistas?

—Cambiemos de asunto, llevas razón. Es que estoy tan poco hecho a la felicidad, que vivo asustado desde que la conozco.

Echóse encima con la brutalidad ininteligente de todas las fatalidades, la hora de la separación. —Un beso, dos, tres y hasta mañana. No me olvides. Piensa en mí, en tu Fornarina, en tu modelo, todo el día y toda la noche, sin que se aparte de ti mi recuerdo hasta que nos veamos mañana, ya sabes, a la hora de siempre y en donde siempre...

Todavía al final de la calle continuaba saludando desde la ventanilla del coche con el abanico, a su amante, aquel sexo prepotentísimo de la condesa; a su amante, parado, detenido allí, en medio del arroyo, como un imbécil a quien no le quedara más cantidad de inteligencia que la precisamente justa para poder despedir gravemente, quitándose el sombrero, a toda su felicidad, a toda su vida, que parecía escapársele de entre las manos, al rodar angustioso y trepidante de una berlina de alquiler ajustada por una carrera.

IX

Había vuelto de París, martirizada por fatales presentimientos. Sabía lo que significaba la traslación del asunto de su divorcio a Z; sabía que significaba la derrota, la muerte. Cuando le anunciaron, ya separada particularmente de Enrique, los propósitos de su suegra, su plan de ataque, rió con un acceso de risa tan franco que le duraría muy bien un cuarto de hora. Se hacía la ilusión de que su enemigo no había de conseguir lo que solicitaba; pero cuando los periódicos comenzaron a hablar de la creación de un nuevo partido, a cuyo frente estaba el conde del Zarzal; cuando supo que ese partido, formado en su inmensa mayoría de republicanos cuando la república fue una legalidad política en A, era, había hecho declaraciones esencialísimamente monárquicas y aun dinásticas, exagerando la nota de monarquismo hasta el punto de regatear el valor de ese concepto a los más reaccionarios elementos de los partidos conservadores, tocado de esa especie de fiebre de limosneo, de petición, que hace pesados y hasta odiosos a los mendigos de la calle. —«Señorito, por Dios; señorito por Dios, un centimito nada más...» —Cuando vio que la verdad, y la moral y las leyes, y todo lo poco que hay de sagrado en la vida, estaban amagados de uno de esos arrollamientos, furiosos con que acostumbraba a embestir la loca fortuna de la condesa a cuantos obstáculos le salían al paso; cuando vio todo esto, vio también la derrota suspendida sobre su cabeza, amenazándola con el puño cerrado como un fantasma trágico; vio su ruina, y a cambio de todo eso, dejó de ver a Dios, ese Dios justo y misericordioso, posado en una nubecilla celeste, hermoso como un sueño de ventura, que le habían mostrado en las estúpidas enseñanzas de Le Sacré Coeur, diciéndole: —«Cree en ese. Es el eterno dispensador de justicia; sin él la vida estaría envenenada por el error y la infamia, sería imposible, odiosa... Póstrate en oración ante él, ámalo, que él es el amor sumo...»

Luisa Galindo pensaba ahora que quizá se hacía preciso ser un poco canalla para merecer el amor de ese Dios hermoso como un sueño de ventura y posado en una nubecilla celeste, que le habían mostrado en las estúpidas enseñanzas de Le Sacré Coeur, como síntesis hecha realidad del amor sumo, del bien sumo... de la eterna justicia.

Salió de París y volvió a Z, apremiada por una papeleta de citación de uno de sus juzgados. Era una opulenta mañana del mes de Julio, un verdadero día de fiesta de la naturaleza; por todas partes podían percibirse las cópulas fecundas de la vida, las espléndidas iniciativas de la Creación.

En la estación aguardaban su llegada algunos parientes, muchos amigos, infinitos partidarios, que sin conocerla iban allí, apenas arribada, a saludarla con la simpatía que merecen los atormentados del destino a los corazones generosos.

Hubo un momento en que pareció allí, en medio del andén, saludando con la majestad de la desgracia inmerecida, a sus amigos, una reina, una verdadera soberana, rodeada de sus cortesanos y dispuesta a una excursión de recreo a sus posesiones de Windsor, Versalles o la Granja.

La escena que sobrevino después, ya en su casa, con los parientes y amigos que la aguardaban, fue desgarradora y hasta un poco indescriptible. —Pero ¿he hecho mal, decidme, he obrado con imprudencia, no he sido ligera?

—¡Eh, no, harto has sufrido, demasiada paciencia tienes!

—Porque, atended... aquello era espantoso. ¡Oh, no quisiera recordarlo... —Enrique... Mira, yo no me creía capaz del odio y conozco que voy odiando, que comienzo a odiar... —¡pero sobre todo a la condesa!... a esa infame... Harta de librar infortunios a los hombres y que ahora por lo visto, se dedica a las mujeres... a las mujeres débiles como yo, que no tienen nadie que las defienda...

—Nos tienes a nosotros, respondieron a coro aquellas cinco o seis humanidades que escuchaban las querellas de la sin ventura...

—Sí, a ustedes, ¡ya lo he visto! A ustedes que me habéis estado viendo bailar una especie de danza fúnebre alrededor de un precipicio y no habéis sabido salvarme, advertírmelo siquiera, advertírselo a mis diez y nueve años. Ya sé, porque desde hace cuatro meses tengo cuarenta años más de vida, puesto que la vida es eso, la esperiencia, el conocimiento de la miseria, ya sé con quien puedo contar; ya sé que no puedo contar más que conmigo misma ¡figuráos! ¡conmigo misma...! —¡Diez y nueve años de inesperiencia y la bancarrota por capital! —¡Oh, que es bien horrible lo que me sucede! —Y rompió a llorar con tanta pena que daba compasión oírla, casi ahogada, casi agarrotada por la sofocación de aquellos sollozos convulsivos... interminables.

—No; es tontería, no había de admitirlo. Que no llamen al médico para nada. Esto se pasará, se pasará en seguida... como ha pasado mi juventud... como pasa la dicha... sin detenerse... porque no tiene más que cinco minutos por día para recorrer el mundo, mientras que la desgracia tiene veinticuatro horas largas para desempeñar su misión de odio, de tormento... Ya ves, Sofía, como hablo; las cosas que digo. Tú que me llamabas loca en el colegio porque no sabía decir cuatro palabras serias, una después de otra... —Es que entonces el cielo azul entraba más amorosamente en mis pulmones que ahora: ¡ahora me ahogo, como si pudiera haber almas asmáticas!

—¿De modo que es cierto todo lo que aquí se decía de vuestra boda? —interpeló muy bajito, tímidamente, su amiga, aquella a quien había llamado Sofía...

—No es cierto, porque la realidad es más grande, más grande todavía. Aquí se habrá hablado de una montaña de infamias, y no es montaña que es cordillera. Figúrate... ¿qué te diría yo?... algo así como los Andes. Sí, como los Andes, pero no de piedra y tierra, de vegetales exóticos y de nieves perpetuas, sino de lodo, de porquerías, de inmundicias de retrete, de fango de la calle, amontonado todo, una cosa sobre la otra, el conde sobre su hijo y la condesa sobre todos, sobre su marido, y sobre Enrique, y sobre mí misma, corrompiendo la atmósfera enorme de París con sus emanaciones pestilenciales... con sus miasmas... como un colosal vertedero, como si nosotros formáramos en nuestra espantosa promiscuidad de miserias y debilidades el vertedero de todo el continente, de toda Europa si fuera posible... ¡Uf qué asco!

Y llevaba el fino pañuelo de batista a la nariz como si de nuevo la rodearan a guisa de limbo, aquellos hedores, aquella basura... —«Una cosa inaudita.»

Calló Luisa pero para volver a decir de nuevo:

—¡La miserable!... —y después de una pausa de palabras —de pensamientos no, porque el salón parecía repleto de ellos, según irradiaban verdaderas claridades las frentes— la miserable ha tenido la desvergüenza de avisarme por uno de sus esclavos blancos, que calle si amo a mi dinero, si no quiero perderlo por completo, porque ella, esa ladrona, está decidida a sujetar su conducta a la mía, y a dejarme en la miseria si hablo fuerte... ¡Como si fuera posible ya hablar! —No hablo, que grito, pero con todos mis pulmones, hasta que me salte el pecho. He venido a Z para perseguir a ese monstruo de mujer como un remordimiento, y gritarle por todas partes ¡Ladrona, a esa, a esa ladrona, prenderla que me ha robado! ¡ladrona! —porque es indudable; ni los tribunales de Z decretan mi separación radical, mi divorcio completo con Enrique, ni la devolución de mi dote tampoco. ¡La anulación de mi sexo de mujer de un lado, y la ruina de otro! Ya veis si tengo motivos para estar contenta...

La verdad es que la desesperación de aquella pobre niña, era una desesperación simpática, a la que no faltaba más que la catástrofe para llegar a ser sublime, y la verdad es también que aquel círculo de cinco o seis personas, era digno de la confianza que merecía a la mártir. No había allí una frente que no estuviera arrugada por el asombro, ni una boca que no estuviera contraída por la indignación. La respiración había llegado a hacerse unísona, y los movimientos de sístole y diástole de los corazones parecían obedecer al mismo compás de misericordia hacia aquella gran desventura...

—Dejarme sola, no tengo un minuto que perder. Voy a escribirle citándola, citándola aquí, —quiero saber a qué atenerme, pero sin aguardar a mañana, sin aguardar a la noche siquiera; no puedo continuar marchando sobre un terreno movedizo. Una explicación con ella será la tierra firme. Voy a llamarla. Ustedes, amigas mías, perdonadme. ¡Si el infortunio no tiene derecho al perdón, qué entonces! Esta misma noche tendré noticias que comunicaros. —Y no bien quedó sola...

¡La vida! ¿es acaso esto que yo hago, vivir? Pasé más de una hora en cavilaciones tan hondas, que más que una meditación, aquello parecía un desmayo. Y si no hubiera sido por los estremecimientos convulsivos que agitaban de vez en cuando su soberbio busto, hubiérasela tomado por un cadáver, el cadáver de una sacerdotisa herida por la muerte en pleno éxtasis, en plena oración mental, estando su iluminado espíritu en el Olimpo, a presencia del gran Júpiter, el dios de los hombres y el padre de los dioses, poderoso y magnífico...

Síntesis de aquellas cavilaciones fue la carta siguiente, que salió completamente hecha de su cerebro, sin que tuviera necesidad de rectificarle una coma, una sola palabra:

«Señora: Llego de París decidida a veros. Ya comprenderéis que cuando vengo con tanta precipitación es porque estimará urgente nuestra entrevista. Os aguardo pues. Dignaos venir sola y si os es lo mismo acompañada de vuestra conciencia, pero de nadie más. Ni salgo a la calle ni recibo a nadie, esperando vuestra visita. Aceptad el saludo respectuoso que os envío.

LUISA GALINDO.»

Hecho esto esperó: esperó sombría y desesperada, el nuevo zarpazo con que la amagaba su horrible, su implacable suerte.

X

—La señora espera a Vd. con impaciencia y me ha dado orden de que la pase inmediatamente a su gabinete, donde está aguardándola.

—No importa... Como si no fuera de la familia. Anúnciame.

Volvió la doncella un instante después:

—La señora condesa puede pasar.

Y a tiempo que levantaba el portiére que ocultaba la entrada del gabinete: —«La señorita se está muriendo; trátela Vd. bien por Dios, señora.»

La entrada fue ex-abrupto. —Esa animal ¿por quién me ha tomado, que emplea familiaridades conmigo, y me dirige la palabra sin que yo le pregunte? —y cambiando de tono, —adiós, Luisa, me habías asustado, hija, con tu carta; creí encontrarte en la cama moribunda, o poco menos. ¿Cómo estás?

Y la besó enternecida en las dos mejillas, con pasión, con mimo, prolongando sobre la carne el beso para hacerlo más íntimo, aquella gran despilfarradora de caricias.

—Mal, muy mal; en consonancia con mi situación; muriéndome.

—Pues, hija, lo que es por tu aspecto nadie lo diría, porque estás encantadora.

—Es para hablar de mi situación, y no de mi cara para lo que la he llamado a Vd. —perdón de una vez para siempre por el acento, triste con frecuencia y severo algunas veces, que ha de notar Vd. en lo que la diga; pero así como de una herida recién abierta sólo puede salir sangre, de mi boca, en estas circunstancias, sólo pueden salir lamentos y sollozos. Toda mi vida, el presente y el porvenir, hasta el pasado de estos cuatro meses transcurridos, están interesados en lo que acordemos en nuestra conferencia de hoy. Hagamos dignamente los honores de la situación a estas circunstancias poniéndonos al nivel de ellas. —¿Son tristes? —Triste tiene que ser nuestra palabra.

—Habla que te escucho.

—Pues he aquí la cuestión, —dijo Luisa clavando en su suegra dos miradas persistentes de fulguraciones tan rojizas, que mejor que miradas parecían los resplandores de una brasa consumiéndose en la oscuridad. —El escándalo está dado: evitarlo ya es imposible; permitirle que crezca sería monstruoso.

—No es posible que crezca más de lo que ha crecido. Ese escándalo de que hablas es un gigante.

—Pues que se quede en gigante, que no llegue a ser coloso. Con la traslación del asunto a Z, sé de antemano, sé desde luego, pero positivamente, cuál ha de ser el resultado de mi querella: la delegación de lo que solicito. Mi fortuna, mis alhajas, todo cuanto poseía, se halla en poder de Vd. —La ley declara al marido administrador de los bienes que aporta al matrimonio la mujer, que es para todos los efectos sociales menor de edad... —No me interrumpa, yo se lo ruego. Ahora bien; los tribunales de Z fallarán en contra de mi petición negándome el derecho de divorcio, en cuyo caso Enrique, y por delegación Vd., continuaréis siendo amos de mi dinero. Yo quiero saber a qué atenerme. Quiero saber si está Vd. dispuesta a devolvérmelo o no. —Esta es la primera parte, sólo la primera parte, de lo que me proponía decirle. Ahora escucho su respuesta.

—...Que no se hace esperar. —Héla aquí: no.

¿Cómo que no? —Me parece que no he oído bien: ¿ha dicho Vd. que no?

Digo que no; digo que sería yo bien tonta renunciando a mis derechos.

—¿Pero qué es lo que se propone Vd. hacer conmigo?

—Nada; convencerte de dos cosas: de que has obrado en el asunto que nos ocupa con una ligereza muy censurable, y que no te queda otro partido que reconciliarte con Enrique, probando así al mundo que no tenías razón en lo que estás haciendo, o en último resultado... yo no sé: lo que te parezca. Ponerte a servir, o tirarte por un balcón a la calle; dos cosas que vienen a ser lo mismo para gente de nuestro linaje. Ese es todo el castigo que te he impuesto por la niñada que has hecho con nosotros. Con que elige...

Son contados los reos que desprecian a la vida lo suficientemente para escuchar con calma la sentencia que se la quita, que se la arrebata; indudablemente son dos los sentimientos que deben asaltarles: el de precipitarse de un salto, furiosamente, sobre el presidente de la sala, primero, y sobre el fiscal después, y morderlos en la boca y en el pecho, o el de quedar desfallecidos y como sin conciencia en el banquillo de los acusados, esperando la llegada de media docena de mozos de cuerda que carguen con él como si se tratara de un saco de mondongos y grasas, y lo lleven a donde quiera que sea, a la tripería de la ley, o a la tripería de los particulares, donde pudiera ser vendido su hígado o su encéfalo en competencia con el de los cerdos. Luisa Galindo experimentó este último sentimiento: el de quedar desfallecida al oír aquella bárbara sentencia con que la había aporreado aquel demonio de mujer, que por lo visto estaba propuesta a ser constantemente su espíritu negro, su ángel malo. Inclinó la cabeza sobre el pecho, como si de pronto le hubieran arrancado los músculos sostenedores del cuello, extendió las piernas con la crispación nerviosa del que se muere, murmuró entre dientes y con voz ronca una especie de blasfemia en el lenguaje articulado y único de la desesperación, estrujó entre sus manos un vacío que para ella estaba lleno de complicidades misteriosas con aquel crimen que se estaba cometiendo, aquel crimen en que se asesinaba su alma, cerró los ojos ¡y nunca la muerte ha escuchado una plegaria más ardiente, más desgarradora que aquella que formuló interiormente el conturbado espíritu de la desgraciada!

Allí estaba la condesa del Zarzal holgándose del primor de su obra, que sólo un indio podría envidiarle; porque siempre será considerado un hecho bárbaro el derribar una estatua y mutilarla a martillazos.

La vencida no daba señales de vida; la respiración, todos los fenómenos fisiológicos, tan tímidamente se manifestaban, con tanto miedo, que para ser de veras una muerta sólo le faltaba la palidez mate, la angustiosa curvatura de la boca, la mayor agudeza de la nariz, y el cuerpo rígido, trágicamente distendido, adaptado ya a la actitud eterna con que reposan los esqueletos en sus cajas apolilladas, roídas, untosas de las serosidades y las podredumbres del cadáver.

Por fin volvió en sí... —resucitó, íbamos a decir.

—Me ha hecho Vd. mucho daño, mucho. Que Dios se lo pague.

Y ya despierta, con los ojos abiertos, en pie, aunque apoyada con la mano izquierda en el sofá, parecía más cadáver que antes, cuando su cuerpo estaba desplomado con la pesadumbre de todas las cosas humanas que se abaten, sobre el mismo sofá en que se apoyaba ahora, casi restablecida y victoriosa.

—Está Vd. en mi casa y le debo cortesía...: pero también le debo sinceridad... —ha sido para eso para lo que la he citado. —Sus palabras de usted... ¡debo decirlo! —sus palabras de Vd. me han acobardado porque son antes que nada una condena: condena de miseria y de deshonra... Comencé a oírlas con rabia... y luego se apoderó de mí el miedo, un miedo cerval, porque sé que es usted capaz de hacer lo que me avisa... que es infame... —sí, óigalo Vd. —que es infame. Pero me toca perder. Soy yo el vencido en esta lucha. Sea. ¡Que todas las responsabilidades de este hecho caigan sobre Vd.! —Ahora solo me toca avisarle que está Vd. de más en esta casa.

—¿Quiere decir esto que me echas, que me arrojas de aquí?

—O algo muy parecido a eso, señora.

—¿Ves, el romanticismo qué efectos produce en algunas cabezas? —dijo la condesa dominándose.

—¡Ya esperaba esa palabra! ¡El romanticismo! —¡Milagro que no me saludara Vd. con ella antes! —¿Se llama romanticismo a todo lo que engrandece la condición humana? —Pues entonces, sí. —Llámeme Vd. romántica, señora, yo acepto la palabra con agradecimiento... aunque no sea más, —añadió después de una pausa —que porque ustedes las que piensan y viven en la forma de Vd. no tienen derecho a que se les aplique el mismo apelativo, la misma frase...

—¿Pero en fin, qué decides, qué determinas? —interrumpió la condesa.

—Creo que mi actitud es mas elocuente que mis palabras. Que no haga Vd. completamente inhabitable esta casa permaneciendo más tiempo en ella.

—Debo hacerme en obsequio tuyo, de tu difícil situación, la desentendida, y cree que no hago, que no acostumbro a hacer eso, con frecuencia. Retira tu querella, reconcíliate con Enrique, y todas estas odiosidades que me son más insoportables que a ti misma, que a todos ustedes —créelo— desaparecerán. ¿A qué vivir en la desgracia, cuando podemos ser felices, con que pongamos cada una algo de nuestra parte?

—Voy a ensayar un resto de fuerza para contestarla a Vd. —Mire Vd., señora, casi el argumento de una novela al uso —dijo Luisa ocultándose de nuevo: —Érase que se era una joven... una niña; la descripción no hace al caso; que por huérfana —un gran atractivo— y por rica, —¿quién resiste a eso?— excitó la golosina de cuanta truhanería de frac pasea jacarandosamente por los salones de Z... —Porque la historia que voy a contarle ha ocurrido aquí, en esta amadísima ciudad de Z en que vivimos... ¡en que tenemos la dicha de vivir! Educada esa joven, esa niña, en los preceptos severos de una religión que mira más hacia lo alto que hacia abajo, enamorada del cielo, rechazaba todo cuanto pudiera distraerla de sus amores celestes. Un día fue un joven titulado, lleno de todos los prestigios del nacimiento y los del propio mérito —porque personalmente valía mucho... vale mucho, puedo asegurárselo a Vd. —el que le hizo el ofrecimiento de su amor y de su mano. La joven le respondió cerrando su puerta y su trato a toda la sociedad dorada, como se la llama, emancipándose del mundo —que después de todo la atraía poderosamente— y encerrándose voluntariamente en la capilla de su palacio. Otro día, fue un hombre, brillante a fuerza de genio y de gloria, el que le hizo el holocausto de sus amores: fue también rechazado. —Más adelante... poco tiempo después...; en fin, un total de muchos corazones, de muchos estómagos también; es posible. Pero llegó un día, en que la joven de que hablo, que había nacido para el amor, que amaba sin saberlo, que tenía apetitos y deseos e ilusiones quizá más ardientes que los de otra cualquier mujer, por lo mismo que estaban más contenidos, oyó a su confesor, que le merecía fama de tan infalible como los vicarios de Cristo, oyó a su confesor que le susurraba con emoción un nombre al oído; que al día siguiente le hacía una apología de ese nombre; que al otro, poniéndose al nivel de una inmunda Celestina, le hacía por encargo de ese nombre una verdadera declaración de amor, de amor sin límites, como el que ella deseaba y llevaba tempestuoso en el pecho. ¿Cómo dudar de la lealtad del sacerdote y del consejero? —La joven en cuestión se enamoró perdidamente de aquel nombre y del que lo llevaba. Resultado de ésto una boda precipitada en que todo se hizo de prisa, atropellando dificultades, como los matrimonios de los sentenciados a muerte...; todo, menos la cuestión dotal, la cuestión de intereses, que era por lo visto lo que más interesaba, lo que más urgía...— Realizado el matrimonio, la joven notó extravagancias que no se explicaba, en la conducta del esposo; extravagancias que no se pudo explicar nunca. La vergüenza hizo muda a su lengua y calló. Pero transcurrió una semana, dos, tres, un mes, ¡y esas extravagancias con tendencia a hacerse tan crónicas como unta enfermedad hereditaria! Entonces fue preciso preguntar, inquirir razones, con timidez al principio, con franqueza más tarde, a su esposo primero, después a las personas que le merecían esa confianza. El esposo respondía con evasivas; los otros, los desinteresados, con indignaciones. Y coincidiendo con esto, y como si toda esta miseria no fuera bastante, esa joven de que hablo, recibió de Z por parte de personas bien informadas revelaciones espantosas que llevaron más náuseas a su estómago que lágrimas a sus ojos: «se la había robado, aquel matrimonio no era otra cosa que una estafa monstruosa, realizada en comandita de la madre con el hijo...»

—¡Miente quien haya dicho eso, mientes tú si lo aseguras!

—Déjeme Vd. condesa terminar mi cuento... ¡si no es más que un cuento! —Y no resta más que el desenlace. Muy corto... —Que ocurrido todo eso, la suegra de la joven, esa ladrona...

—¡Esa palabra...! —rugió mejor que gritó la condesa.

Y Luisa con aparente calma... —...la suegra de la joven, esa la-dro-na, tiene...; aquí una palabra que a mí no se me ocurre porque encuentro dignas todas las del diccionario; una palabra que goteara lodo, que apestara, que degradara como una letrina, —tiene... el cinismo... ¿le parece a Vd. bien? Le llamaremos cinismo puesto que no podemos encontrar otra palabra más baja; tiene... el cinismo, de anunciar a la víctima, que le arrebata el dinero, que se lo quita, que le arrebata sus alhajas, que se las quita, ¡si no se reconcilia con el extravagante de su marido, un marido por engaño, un marido de pega como si dijéramos!... ¡un marido que ni siquiera es hombre! —...Vamos a ver condesa...; si Vd. fuera la mártir de mi cuento ¿qué respondería a su suegra, cuando le viniera hablando de reconciliación, y de armonías de intereses, y de pelillos a la mar y de todas las cosas que se le ocurren a su curti-parla de mujer corrida...? ¿qué le respondería Vd.?

—Le respondería...

Se había puesto de pie y con la cara descompuesta... —¡Oh qué hermosa estaba! —¡Byron la hubiera copiado para describirnos luego a aquel sombrío arcángel a quien tanto amara su musa, al arcángel rebelde que desde hace seis mil años, según la tradición católica, protesta del cielo y apostrofa a Dios, sin llegar a fatigarse nunca, siempre mirando a lo alto en la misma actitud de desafío, con los trágicos puños y los robustos muslos, y el férreo tórax, y los musculosos brazos apercibidos a la lucha, hermoso símbolo de los gladiadores que odiamos al cielo!

—Y bien, ¡basta de farsa! —¿Es por ventura que me llamas a tu casa para insultarme, para escupirme a la cara el despecho que te causa la derrota?

—La he llamado a Vd. a mi casa para preguntarle qué piensa Vd. hacer de mi dinero, del capital mío que tiene en depósito, y como Vd. me ha respondido ya que apropiárselo...

—Sí, sí, sigue...

¿Qué locura suprema, qué falta de instinto, gran Dios, fue quien aconsejó a aquella pobre niña, medir sus fuerzas con las de aquella hermosa loba, levantada ya del asiento que ocupaba, dispuesta a morder, a hincar los dientes en la carne hasta hacer presa, dispuesta también a convertir las patas en garra, y la baba que destila el hocico cuando se irrita con la pelea, en veneno, para que se haga así mortal la herida, mortal la lucha?

—Anda, repite esa palabra, ¿que decías antes que yo era? Anda repítela, que te la voy a hacer tragar para que te quede dentro del cuerpo y no la olvides nunca.

—Pues te llamé ladrona y ahora te llamo ladrona y rabanera.

—¿Sí? —Pues prepara los morros que vas a ver ahora lo que es bueno, grandísima puerca. —Y se abalanzó sobre ella, sobre la cabeza, para hacer presa en el pelo, ese primer instinto de la hembra...

La hermosa cabellera negra de Luisa, cayó de pronto, anegándole la cara, como la puerta de una esclusa abierta repentinamente, ocultándole casi por completo la fisonomía, cegándole los ojos, debilitándola para la pelea...

—¿Conque ladrona, eh? Vas a tragarte esa palabra con este puñado de cerdas que te he arrancado del moño, hasta que no quieras más... y le restregaba por la boca el puño que resultaba imponente por las sortijas que lo armaban, hasta ensangrentar por completo la cara de su presa. —Y ahora voy a ahogarte...

Un terror loco, un furioso instinto de conservación, se apoderó repentinamente de aquella infortunada:

—¿No por Dios, no por Dios, señora! —¡Yo haré lo que Vd. me mande! —¡Perdón, otra vez perdón! —Y se hincaba de rodillas, y trataba angustiosamente de cruzar las manos... —¡Perdón, perdón!— hasta que desasiéndose con un esfuerzo heroico de aquella tigre que gozaba ensangrentándose, corrió como una loca, con la cabellera tendida trágicamente por la espalda y por la cara, corrió hacia la puerta que abrió de un golpe, gritando con un acento de demencia que daba horror —¡Socorro! ¡Me matan! ¡Socorro! —hasta caer desfallecida de miedo, en una de las últimas habitaciones interiores de la casa, llena de trastos viejos y de muebles declarados inválidos:

—Dejarla marchar, no dar parte a nadie —¡qué vergüenza... como rabaneras...! —Y agarrándose al recuerdo que es tabla de salvación en todos los naufragios de la vida... —¡Madre mía, madre de mi alma!

Sólo le restaba ya actividad para eso, para decir «¡madre mía, madre de mi alma!» —un grito que parece una oración, según es sagrado. ¡Pero ¡ay! aunque viviera su madre, la madre de su alma, no podría hacer nada por ella! Formaba parte de una vorágine, y no lo quedaba otro recurso que pelearse con el huracán o fundirse con la ola; las dos formas de desaparición humana más tristes que conozco.

XI

En Z en el mes de Octubre, cuando le da al sol por tener buena cara, por tener buen comportamiento, se gozan de temperaturas tan magníficas que involuntariamente hacen pensar en el Paraíso. Un otoño en Z, puede constituir para los espíritus tiernos, formal presentimiento del cielo. No se han despojado los árboles todavía de sus graciosos adornos, de sus hojas, de sus racimos, de su resina, de su interesante magnificencia externa. La atmósfera continúa llevando en disolución esos perfumes de la primavera, que parecen una caricia, un gracioso y prolongado saludo de la naturaleza vegetal a la animal, de las plantas a los hombres, esas otras plantas más infortunadas. El aire continúa tibio, amorosamente tibio, como el aliento de una mujer que se nos acerca para besarnos. Hay azul sobre nuestras cabezas, y ante nuestros ojos, vibrando con el éter, y descomponiéndose con la luz, los colores del iris, revueltos y confundidos en promiscuidades tan delirantes, que hacen pensar en los amores furiosos del verde con el grana y del blanco con el negro. Se oyen por todas partes armonías que confirman los supuestos conciertos de la Creación; y el tumultuoso parlotear de los niños, y el alegre trinar de las aves, parece como si hicieran bien al cuerpo, avivando la circulación de la sangre, y las soberbias combustiones de la vida, exuberante esos días, hasta en los tísicos, hasta en los curiales arrugados por el uso...

Eudoro Gamoda tradujo esa magnificencia del día por un simpático apercibimiento de la naturaleza al hombre para que se emancipara de la ley del trabajo, dura y terca como una maldición que viniera de lo alto. Cerró la puerta de su estudio, guardándose la llave, y se lanzó a la calle, llamándose a la parte en la espléndida repartición de aromas, de músicas y de colores.

Estaba triste, sin embargo. Vivía por el amor, exclusivamente por eso, tan harto estaba de lo demás, y el amor comenzaba a tratarlo con indiferencia, el más insoportable de todos los suplicios para los espíritus bien formados, para los espíritus que sólo viven en la tierra lo suficiente para que no se les declare fuera de la sociedad, desterrados del rebaño humano... —malditos...

Hacía ya algún tiempo que la condesa comenzaba a regatearle las citas, a discutirle la conveniencia de que se vieran tan frecuentemente; además, en sus palabras no había acentos tan apasionados como antes, tan imponentes incendios de lujuria...

Un día... —ya hacía de esto cuatro o cinco mañanas, —paseando del brazo con su amante por uno de los más áridos y terrosos paseos que circundan a Z, la condesa había casi pronunciado la palabra separación. Si lo hizo en calidad de prueba, de ensayo, muy arrepentida debió quedar de su pensamiento, porque Gamoda hizo relampaguear sobre aquella cabecita de musa, cuatro o cinco palabras de muerte.

—Mira, yo vivo por ti, por ti exclusivamente. El arte no significa para mí nada desde que te conozco, porque tú eres el arte por excelencia. No concibo, no puedo concebir la separación, el divorcio... Porque... ¿sabes? —Yo era un condenado que se retorcía entre llamas, bramando, protestando, mirando con rabia al azul del cielo, y tú eres la gloria; conque figúrate...

—¿Quién habla de eso ahora? —añadió desabridamente la condesa; —yo te amo...

—Sí, pero tienes que amarme por toda tu vida, y más todavía, si es cierto que las almas no sucumben...

—¡Niño! Hacer una protesta de fidelidad a presencia de toda esta naturaleza que cambia de organismo, de estos árboles a quienes se les cae las hojas...

—Una transformación externa, puramente externa... —El primer árbol en que te fijes... mira, ese... cualquiera... será el mismo que podrás ver dentro de diez años ocupando el mismo sitio y animado de la misma savia. ¿Qué importa que lo de afuera cambie si lo de dentro subsiste?

—Eso es lo que tú no sabes...; pero, en fin, me parece que nos estamos comparando a los árboles, que es el colmo de la modestia. Yo te amo por este mes y por siempre. Para mí no hay caída de hojas, aunque sí caída de ilusiones... ¿Y quién sabe? —Si tú...

—No concluyas... —y tapándole la boca con la graciosa actitud del Amor a Psiquis —yo soy tu esclavo, te hablo siempre de rodillas... Mírame. En mi amor no puede haber otras transformaciones que las que se admiran en las armonías de Rossini... —un crescendo inacabable, inaudito. ¡Más, más siempre! y cuando no sea posible esto, ¡más, más siempre! reventar de exceso, de plétora de amor, en una explosión que asombrara al mundo... —Así es como te amo.

—Debieras haber nacido en Sevilla y haberte dedicado a la tribuna.

—¿Por qué? —interpeló extrañado Gamoda.

—Porque habrías conseguido que se declarara sublime a la locura y santos a los locos. Todo el mundo solicitaría entonces el honor de ser loco.

—¿Es esa toda la consecuencia que sacas de mis palabras?

—Saco esa y otras muchas. Ésta, por ejemplo. Que no puedo comprometerme a quererte también en la otra vida, —y riéndose y acariciando con la enguantada mano la rizosa barba del joven, —¡sería gracioso!... ¡un amor eterno... ja... ja... ja... como el de las novelas...!

—Como el de las novelas y como el de los corazones honrados también.

—¡Bah! Cambiemos de conversación; dame un beso ahora que estamos solos... Donde a mí me gusta... ¡Ahí! —...ahora otro. —Y para que no me trates en acreedor, toma cincuenta mil que te debía...

Pero debería tener interés en saldar sus cuentas, mucho interés en dejarlo todo solventado, porque después de haber satisfecho su deuda de cincuenta mil besos, la condesa casi desapareció de la vida de Gamoda, «imposibilitada de verlo tan a menudo como antes...» —que fue lo que le dijo.

Entonces la escribió...; no obtuvo contestación.

La envió emisarios...; no fueron recibidos.

Y debatía en el interior de su pensamiento si debía cometer o no la locura de asaltarla en su casa, entrando a saco en las habitaciones, hasta encontrar a la castellana, y allí pedirla perdón de rodillas por tanta osadía, por tanto atrevimiento. —No eran, no podían ser banales sus únicos amores: he ahí una de las cosas a que estaba decidido.

Por fin obtuvo algo su terquedad de amante.

Una carta, un billetito que decía así:

«Te quiero como siempre; pero no podré verte en unos días, porque ya sabes que no me pertenezco.

«Ya te diré por escrito cuándo y dónde.

«Muchos besos en los ojos y en la boca de tu...». Y una gran X.

¡La carta de una loreta!

A pesar de la gran identificación que había entre la Naturaleza y el espíritu de Gamoda, identificación que, dicho sea de paso, es una prueba de superioridad en la escala humana, aquel sol primaveral del mes de Octubre no le llegó hasta el fondo del pecho, alumbrando con claridades rosadas, como en otras ocasiones, las lobregueces, las tinieblas que hacen odiosa a la vida, y que a él lo conturbaban hasta la misantropía; parecía indiferente a aquella fiesta de la Creación, insensible a aquella gala, como si fuera un ciego de las dos vistas: la de los ojos y la del cerebro: ciego e idiota.

Caminando a la ventura y maquinalmente, como un sonámbulo que no tuviera de humano más que la apariencia, vino a dar en uno de los paseos más concurridos de Z. Tan extranjero de la realidad era, que ni aun se apercibió de eso, del sitio donde estaba. Sus preocupaciones foscas e irritadas, como un enjambre de abejas cuya colmena se acomete, le habían picado tanto y con tanta obstinación, que concluyeron por matarle la sensibilidad del mundo externo. Apenas veía. Tropezaba con los transeúntes, y de su cara sólo se podía decir que era la de un genio en inspiración o la de un alucinado en delirio. Una cara que hacía apartarse a los hombres, y sonreír a las mujeres detrás de sus abanicos.

Aquella animación de las calles, el contacto amoroso de aquella Naturaleza que parecía, por voluptuosa y simpática, perdidamente enamorada del hombre, le hicieron volver en sí. Y entonces, de la tempestad de antes, sólo quedó lo que restan de todas las tempestades, —mayor pureza en el ambiente, y calma más augusta, más soberana en los mismos espacios, agitados, furiosamente removidos antes, por las supremas demencias del huracán.

Pero he aquí que lo saludan, que lo llaman por su apodo de artista. —«¡Eh, Van Dyck, saluda a los amigos; acércate, hombre!» —Y entonces Gamoda, advertido por el instinto de que la soledad podría serle funesta en aquella espantosa hemorragia interna que le había declarado, se aproximó a sus amigos, que estaban sentados en sillas metálicas colocadas a ambos lados del paseo, estrechó una por una sus manos, y aun hizo caso a la invitación de que se sentara con ellos, de que ensanchara el círculo, de que aumentara la hoguera de murmuración con alguna de esas frases mal intencionadas que los hombres mundanos tienen buen cuidado de llevar siempre consigo, para que no se extinga ningún incendio de los que la calumnia prende fuego, confiando luego la tarea de fomentarlo a los imbéciles que no tienen otra cosa que hacer en la vida más que eso: arañar los cimientos de la casa del vecino, con la sana intención de derribarla, pero sin maldad, sin odio, sólo por pasar el rato. Infames por holganza.

—¿Qué tal ese arte? —le interrogó cualquiera de sus amigos. —¿Cuándo damos un sofocón nuevo a los jefes de ese cementerio de obras osificadas que se llama la Academia de Bellas Artes?

—¡Oh, cualquiera, cualquier día de estos! Cada momento que pasa estoy más satisfecho de mi actitud de protestante...

—Pues vas haciendo escuela; Fulano, que como sabes, ha buscado hasta ahora inspiraciones en las vírgenes del cielo, y que sólo le faltaba, como Murillo, confesarse antes de emprender un cuadro para ser un artista místico completo, ha buscado inspiraciones para el lienzo que está llenando ahora, en las vírgenes de la tierra, en verdaderas vírgenes de la tierra...

—Eso de vírgenes ya comprenderás que es una figura retórica, —interrumpió uno de ellos. —¿Porque si vieras qué modelos? —Figúrate, la Adela, y esa otra muchacha que explotó su color moreno diciendo que era Carmen la de Fortuny... ¿Cómo se llama?...

—Remedios.

—Sí, eso es, Remedios. Con que ¡forma idea de las vírgenes! Vírgenes de decencia, ¡si acaso! puesto que de eso es de lo que podrán estar vírgenes, a fuerza de no haberla tenido nunca. No se puede perder lo que no se tiene.

—¡Calla, mala lengua! —reprendió cariñosamente Gamoda. —Serías capaz de poner en solfa hasta la agonía de tu madre, si te faltara carne humana en que hincar el diente, reputaciones que hacer trizas.

—No digo que no; pero hazme justicia, reconociendo que no falto a la verdad en nada de lo que digo.

—Bueno, sí, reconociendo que eres un santo varón que te dedicas a cortar tiras de pellejo al prójimo sólo por amor a la verdad; ¿no es eso?

—Sí, eso es. Porque yo soy un filósofo de la escuela positivista...

—Que tratas de secundar a Spencer discutiendo la virtud de los modelos de Z. ¡Cuando te digo que estás de vena esta tarde!

—Está bien; hablemos de otra cosa.

—De los astros, si es que no te atreves con ellos.

—Según y conforme, porque a veces se portan mal como si fueran hombres. Y si no, ahí está el sol, que tiene la cobardía de huir durante el invierno, pero que en cambio toma por asalto nuestro desdichado planeta, apenas Mayo ha dado permiso a las hormigas para que salgan de sus cantones. ¡Ya lo creo que se prestan a la crítica los astros!

—No así tú, que para ser intachable en todo, hasta lo eres en la amistad. ¡Una semana seguida, lo menos, sin parecer por mi estudio! ¿Te parece bien eso?

—Chico, hay razones supremas que justifican mi conducta... —Estoy enamorado.

—¡Tú enamorado! ¿Y de quién? ¡Pobre mujer!¡La compadezco sin conocerla!

¡Ah! es una historia sabrosa que te referiré con sus polos y señales, paseando, —cuando nos separemos de estos amigos, —añadió bajando la voz y al oído.

—Pues ahora mismo. Quiero saber quién es esa maga que ha podido encender cariño en el hogar siempre apagado del crítico de artes más implacable de la Creación.

—Y no bien se hubieron despedido de los otros, paseando del brazo... —¡Bah! una historia banal después de todo, pero que le intrigaba por ciertos detalles que la hacían curiosa. Una verdadera aventura de desenlace imprevisto, porque estaba un poquito apuntado el drama. Se trata de la mujer seguramente más hermosa de Z. Aunque se la figurara como quisiera, nunca llegaría a formar idea de su belleza. Ahora él se explicaba la causa de que anduvieran tantas mujeres feas desparramadas por la creación. Es que Eva —la llamaremos así por llamarla de algún modo— se había llevado para sí sola toda la armonía de que Dios pudo disponer por entonces. —Sólo tenía un defecto: que estaba casada; mejor dicho, dos: que además de casada tenía un amante a quien había llegado a cobrar miedo... —Pero no anticipemos los sucesos... Tú sabes que yo como los viernes en casa de la de Huete, la mujer más locamente espiritual del mundo. El diablo harto de carne se metió a predicador, según aseguran, y mi graciosa anfitriona se ha metido a zurcidora de amores más o menos legítimos, todo «por matar el tiempo» como ella dice. El caso es que en su mesa se sientan todos los comensales por parejas, y que yo carecía de la mía. Se ofreció a proporcionármela. Yo acepté con el reconocimiento que puedes suponer, que supondrá fácilmente cualquiera que esté íntegro, que no carezca de nada en el sentido puramente físico: la besé en el cuello, que es el beso que ahora se estila para expresar el reconocimiento, y aguardé su iniciativa. Su iniciativa fue un billete, cuyo texto, sin ser un monstruo de retentiva, me sé de memoria. —«Venga Vd. Podemos cantar victoria,» —y volé presuroso al aristocrático nido de mi protectora. Allí estaba con ella, con Eva, como hemos convenido en llamarla. Me guiñó el ojo como diciéndome «ésta es», y fuí presentado con la más graciosa y la más intencionada de las presentaciones. —«La señora de Tal... etc. —El Sr. Izquierdo, un amateur que sólo es artista para amar.» —¡Ah, porque mi amada tiene la monstruosidad de odiar el arte, quizá porque está hastiada de sí misma! Pretestó mi amiga una ocupación, que la pinta de cuerpo entero, y pidió permiso para ausentarse sólo por unos instantes, —«el tiempo preciso para dirigirle a mi jardinero la confección de un bouquet y dárselo a este caballero para que te lo entregue en su nombre... y algo en el mío también, como prenda de bienvenida». —Yo no perdí el tiempo para nada. Toda la belleza de aquella mujer... de Eva, ¿no es así? se me había subido a la cabeza, haciéndome el efecto de un licor espirituoso, y obré como un borracho, como lo que era, sin instinto de conservación, y dispuesto a ahogarla si se me resistía. Había conocido a aquella mujer, aunque muy a la ligera, en casa de la de Huete, a donde iba muy de cuando en cuando: Siempre me había hecho el mismo efecto; ¡juzga del que me haría la presentación! me abalancé sobre ella y la cubrí de besos, desde los pelos hasta los pies, con una especie de frenesí salvaje que duraría muy bien un cuarto de hora. Ella resistió al principio, pero concluyó por besarme con tanta pasión como la que dejaban mis labios sobre sus mejillas y sobre sus ojos, marcas, verdaderas señales de ansia de posesión... de meterla dentro de mi cuerpo, si esto fuera posible, para que no saliera nunca... en imponderables eternidades de tiempo...

—¡Muy enamorado estás! —dijo Gamoda con la voz cambiada y el rostro pálido, porque se acordaba, oyendo aquella descripción, que parecía un delirio, de sus amores ¡ay! quizás idos, seguramente amagados de muerte...

Pero oye... ¡oh, hasta aquí no vale nada! Oye el final de la aventura...

Y acumulaba con el placer de un avaro que consigue formar montones de dinero, detalles, testimonios, citas, descripciones, con la bárbara inspiración de un loco, infatigable, como si una vez tomado el impulso no pudiera callarse ya, aquel poderoso Leviatán de la maledicencia mundana.

Tuvo Gamoda que aguantar toda la historia...

—...Aquel día, el día de la presentación, no pasaron de ahí, de besarse; pero al siguiente —¡qué escena, chico!— nos desquitamos por completo. ¡Valiente mujer esa Eva! Es la Venus Afrodita, pero con más pecho y más naturaleza que la deidad pagana. Se inspira con el placer como una artista con su trabajo, y produce maravillas, verdaderas obras maestras de voluptuosidad. Ayer, por ejemplo... Pero ¡bah! ¿a qué conduce que te lo cuente? —Vamos a la parte novelesca de mi aventura, que si te ha de hacer antipática a Eva, te la ha de hacer curiosa al mismo tiempo, o si quieres, interesantemente antipática, —esa es la palabra... —Me había prohibido que le hablara de nuestros artistas, de nuestros pintores sobre todo... Yo estaba, como puedes suponer, ferozmente intrigado; ¿por qué será esa manía? ¿por qué no será? —Y ya por fin ayer me determiné a interrogarla. «Pero...» —¡por poco se me escapa el nombre!— «Pero chica, ¿es que tú confundes a los pintores con el bu, con los hulanos, como se les dice a los bebés en Francia para inspirarles miedo?

—No, es que los conozco...; que los conozco hasta cierto punto, —rectificó,— y sé que son gente intratable que creen en el amor... y en el odio... y en toda la vida, estúpidamente, como la describen los poetas, de un modo falso: encuentran por la calle cualquier modistilla lo suficientemente cándida para que crean en su palabra, y así sigue la serie, desde Eva hasta nuestros días... siempre mintiendo.

—Bien —le respondí yo; —pero eso no lo hacen sólo los pintores; es defecto casi característico de los poetas.

—Es que yo he conocido un pintor —y un pintor de genio, —repuso ella,— que vale por todos los poetas juntos, desde Homero hasta Hugo, en eso de fantasías a propósito del amor y de la vida. —Figúrate, —añadió— que tenía la pretensión sencillísima de que continuara amándolo —porque ha sido mi amante— toda la vida, hasta después de muerta, y más allá, más allá todavía...

—Dime su nombre...; dímelo, que ya casi lo adivino. —Pero ella se obstinó tanto y tan bien en negármelo, que a estas horas todavía ando mareado con la preocupación de quién podrá ser ese pintor de genio que tanto horror le inspira a mi bien amada.

—Ese pintor soy yo, —dijo Gamoda horriblemente pálido— y tu amada... ¡tu bien amada! —perdón, le quitaba un grado— es la condesa del Zarzal.

Y como los incidentes embriagadores del diálogo, los habían llevado sin que ellos parecieran notarlo a parajes enteramente desiertos, Gamoda se sintió movido, inducido a la bestialidad por lo solitario y lo agreste del sitio, por la propia intensidad de sus pasiones, agigantadas ahora por tristísimos presentimientos. Digo pues, que desapareció allí el hombre quedando la bestia. Y sacudiendo violentamente a su amigo por el brazo con el aspecto espantoso de un hombre honrado que está decidido a todo, hasta a ser asesino. —Vas a decirme, porque yo te lo exijo, que esa mujer, tu querida, es la condesa del Zarzal. No me lo niegues por el alma de tu padre. Quiero oírlo de tus labios.

—Pues bien, sí, ya que te empeñas. Es ella. ¿Pero a qué vienen esas exageraciones, esas violencias?

—Vienen, —sollozó, más bien que dijo, el mísero— vienen a que me siento herido, herido de muerte. Esa mujer acaba de herirme desde su hotel con una faca, que es el arma degradante que por lo visto maneja. Aguardaba el golpe, pero no lo creía tan próximo. ¡No ha podido dominar sus instintos de carnicera...! —y después de una pausa que su amigo tuvo buen cuidado de no profanar con su palabra— ...villana, cobarde, despiadada! ¡Sabiendo que vivía merced a ella y sólo por ella, condenarme a muerte así, en frío, sin delito de mi parte, sin odio de la suya! —Trató de andar y no pudo ¡tan herido estaba!— y fijando en su acompañante una mirada que era todo asombro— creo que el que te habla es un moribundo. Oye...

¡Los inexplicables contrasentidos de la vida! —Aquel crítico de artes maldiciente y corrompido, que un cuarto de hora antes prometía burlarse de la agonía de su madre, era corazón desde los pies a la cabeza.

—No volveré a verla, te lo juro. Esa mujer es una indecente...

—No, no la llames así, que la amo tanto, tanto... —¡Oh, debe ser cosa de morirse de risa escucharme! pero no puedo remediarlo; llevo metido algo que es esencial a la vida de esa mujer, en la masa de la sangre, y parece como si me abofetearan el oír hablar mal de ella...; dame el brazo, que en él apoye mi miseria. ¿Ves? no puedo andar. Parece que han descargado una maza sobre mi cabeza...

Llegaron así, penosamente conducido el uno por el otro hasta la primer parada de coches que les habían indicado.

—Me has prometido no verla, no volver a casa de esa infame; quiero que esa sea la última palabra tuya que llegue a mi alma.

—Pero, ¿qué es lo que piensas hacer?¿Te has vuelto loco? ¿Vale ella, por ventura, un solo sacrificio tuyo?

—Pienso salir de Z esta misma noche, venderlo todo, todo lo que poseo, y huir de este país, sañudo conmigo hasta en el amor, sin volver siquiera la vista atrás para despedirme de sus últimos paisajes, de las últimas perspectivas con que ofenda a mis ojos... ¡Ay mi corazón!

—Y ya en el portal de la casa donde vivía el infortunado: —Esta noche recibirás una carta mía, conteniendo despedidas y disposiciones. Ahora, adiós; júrame no volver a verla aunque ella te llame...

Sólo después de hacérselo repetir hasta tres veces, como un idiota que no entendiera el lenguaje humano, pudo erguirse algo ante tanto desplome, el alma hermosa de aquel infortunado.

XII

Conducen a aquel pueblo de los alrededores de Z hasta tres carreteras, todas ellas igualmente sucias y descuidadas. En invierno los baches del camino hacen más peligrosa la Odisea de un viaje por aquellas inmensidades de fango que una expedición por el Atlántico en época de equinoccios, y en verano es tan espesa la capa de finísimo polvo amarillento, polvo de greda, que el caminante huella con su pie y mide aterrorizado con la vista, que a veces diríase que aquel polvo tiene sentimientos de odio, según el cuidado que pone en sepultar hasta las corvas a todo el que se aventura a recorrerlo.

La carretera que une a Z con el pueblo de que hablo, tiene próximamente una extensión de cuatro kilómetros: cuatro kilómetros en línea recta que es un horror para el caminante. El camino es árido, sórdido y fúnebre como las fantasías dantescas del Infierno ilustradas por el lápiz sombrío de Doré. Ni un árbol, ni una fuente, ni una mata, ni una flor, ni un recodo donde poder sentarse y soñar con ideales de ventura en aquel desierto de greda; nada, sólo polvo. Se siente allí positivamente un gran desaliento de la Naturaleza creadora. Se ve fatiga, aburrimiento en la causa genésica del Cosmos. Aquello está hecho por un aprendiz de Creador y no por un maestro. Es aquel camino por misérrimo y por triste un bostezo y una lágrima, todo a un tiempo. No quiero decir que un argumento contra el cielo.

Sin embargo, como es una necesidad física de los pobres organismos humanos que sólo descansan cuatro días al mes, buscar expansión para sus miserias y aliento para sus pulmones, en horizontes más abiertos que los de las cuatro paredes del taller en que se les usa la vida, los domingos, y en general todos los días festivos, aquellos alrededores de Z están muy concurridos por tribus obreras, por verdaderas tribus, que van allí a devorar callos y a embrutecerse con vino tinto, en caravanas que son verdaderas procesiones de miseria, idiotas cuando van y locas cuando vuelven, enfurecidas por el vino tinto.

Aquel día la concurrencia era más extraordinaria que de costumbre: era el día de Noche-Buena, y había de consiguiente vapores de vino disueltos por la atmósfera... ¡Noche-Buena! ¡Ay, noche mala, peor que todas, aunque parezca absurda la pretensión de alargar lo infinito hasta hacerlo imposible, para los que tiritan bajo el sol de España en el mes de Agosto, sin ilusiones y sin afectos, heridos por el destino, mordidos por la sociedad, desheredados y deshechos, buscando en las mujeres y en las flores, en todo lo que significa armonía, un pretexto que los retenga a la tierra, faltos de punto de apoyo, y sintiendo bajo sus pies cómo se manifiesta el suelo en grietas, para entorpecer su trágica jornada por la vida...

Yo no sé que pensarán de la Noche-Buena los que no tienen afectos que llevar al pecho ni pan que llevar a la boca. La desesperación tiene sus cantores que han hablado por ella hasta hacérnosla trasparente; pero la miseria no sabemos cómo se expresa... —Proudhon, que pudo haber dicho algo en nombre de ella, pensaba demasiado en los números para dar verdadera importancia a los sentimientos. Yo sostengo que la Noche-Buena no es la fiesta de la familia; es la fiesta del egoísmo.

¡Noche-Buena! —esta frase pringosa de sarcasmo, la inventó un judío que no quedó satisfecho del cetro de cañas y la corona de espinas, con que insultaron a Cristo los conservadores de su época, y quiso añadirle un Inri al que le pusieron sobre la cruz, marcando con Inris los extremos de su vida... Llamaron rey de los judíos al sin ventura, y buena a la noche, en que por falta de lecho, fue expuesto a la curiosidad de la gente como una bestia extraña, en un pesebre no sabemos si lleno de paja o de resplandores...

¿Qué queréis? Odio ese día de Noche-Buena como si fuera el aniversario de mi nacimiento, con todas las energías de mi alma. —Y es quizá porque tengo de Noche-Buena recuerdos muy tristes... —Un muchachito como de seis años, parido de mala gana y recibido en la sociedad de mala manera, acurrucado el miserable, con la espina dorsal más bien tronchada que doblada, en un ángulo cualquiera de la primer calle donde le acometió el sueño, especie de harapo humano desgarrado de cualquier infamia y lanzado a la calle para perpetuar el crimen, y un joven como de diez y ocho años, pálido con todas las palideces del sufrimiento, contemplando con los ojos desmesuradamente abiertos, a la turba de imbéciles que desfilaba ante él, sonando panderas y latas de petróleo, eructando expresiones humanas, bebiendo vino en el arroyo, y negando a la humanidad con su barbarie...


Esta noche es Noche-Buena,
Esta noche es Navidad;
Dame la bota María
Que me voy a emborrachar.
 

¡No se diga que eso es un día de tregua al sufrimiento! —Eso es un día de tregua o una civilización con la que cuesta trabajo transigir. Eso es una canallada.

Con la terquedad que asaltan a la inteligencia las ideas dolorosas, vienen siempre a mi memoria por esa época el recuerdo de una Noche-Buena que pasé con ella...

Yo estaba entonces convaleciente de un desengaño, y el instinto me avisaba que para continuar viviendo necesitaba alejarme a alguna distancia de la vida, ser un ausente de la sociedad... —La soledad propinada con discreción sabe realizar más curas que todas las píldoras del doctor Garrido. A mí siempre me ha probado bien. Únicamente el trato con los hombres es lo que me ha hecho enfermar.

Ella vino a verme, a sacarme de mi escondrijo: —¿A dónde vamos? —le pregunté... —A hacer de la Noche-Buena un día de fiesta en la historia de nuestros amores...

—Vamos, mujer —le dije. —Tú eres roñosa amando. Si me amas como yo a ti, todos los días, todos los instantes de nuestra vida, se han de manifestar con espléndidas festividades de delirio. ¿Tú no amas más que los domingos? —Pues mira, el amor es inmenso, el amor es lujo y despilfarro... —Soy capaz de besarte el día de difuntos delante de la tumba de Paco, como tú lo llamas, con más éxtasis que nunca...

¡Qué Noche-Buena aquella de mis amores! —Salí de su casa tambaleándome como un ebrio, y al día siguiente, no la saludé como siempre, con un beso, sino cerrando los puños, como apercibiéndome a la lucha con el monstruo de la Escritura, lúbrico y feroz...

Que no se diga de Noche-Buena que es la fiesta de la familia... —La fiesta de la familia es silenciosa, como el suspiro de la madre o el beso de la hermana; es tranquila, plácida, afectuosa: prefiere el color blanco al rojizo de los hachones que chorrean aceite en manos del energúmeno que así entiende la diversión ¡y sobre todo! la fiesta de la familia no huele a vino ni se levanta las enaguas.

¡Ah, si el Cielo tuviera inteligencia, deslumbraría de gala, cuando la madre, en esas intimidades sagradas del hogar, cierra la fiesta doméstica dando un beso en la frente a su hijo, y ahuyentaría con rayos y pedriscos, esas procesiones de borrachos y rameras que obligan a la moral a cubrirse indignada, y calientan el aire con un baho de humanidad alimentada con ajos, insoportable para los que no somos capaces de beber tanto vino tinto como ella.

También había fiesta en aquel horrible edificio que era el espanto de los estúpidos moradores del pueblo; en el manicomio llamado de los ángeles.

Una amplia y vetusta portada, de maderamen roído por el tiempo, daba acceso al caserón de los locos, tan destartalado y raído, que más bien que una casa de curación, aquello parecía una ruina que os saliera al paso para recordaros qué bien organizada está la miseria en estas chocantes sociedades humanas.

El horrible erial con pretensiones de parque, que se extendía hondo y ancho, ante el edificio, parecía por lo fúnebre y lo antipático, una amenazadora advertencia para que no entrarais en él; y los desconchados de las paredes, y las manchas verdi-negras y verdi-amarillas de los muros, las supuraciones purulentas de una asquerosa enfermedad crónica, que os hacía pensar con espanto en una inaudita transmisión, en un contagio nauseabundo.

De aquel establecimiento era director y administrador, y todo, hasta verdugo, hasta ministro de Gracia y Justicia, un antiguo barbero algo práctico en la extracción de muelas, y aun en esos oficios rudimentarios que se designan con el nombre genérico de cirugía menor, lo cual le valía tratamiento de doctor, de señor físico. —Aquel día, para conmemorar la solemnidad religiosa del 24 de Diciembre —porque él era católico apostólico romano a marcha martillo —había dispuesto permitir a los locos, sus muy amados súbditos, un día completo de asueto;... —y allí estaban vagando sombríos o entusiasmados por el erial o el parque, como se le quiera llamar, aquellos trágicos parias de la inteligencia, inconscientes de su estado muchos de ellos, la gran mayoría de ellos, y dispuestos siempre a referiros una tremebunda historia de familia de esas que forman el argumento de los folletines que publican los periódicos de gran circulación en España, para justificaros su encierro y poderos pedir un puñado de cigarros y alguna moneda, de esas que seguramente llevaréis de más en el bolsillo del chaleco, para los pobres presos, «a los que se quiere hacer pasar por locos»...

Algunos, los que eran sencillamente monomaníacos, y habían conservado la memoria en el triste naufragio de su espíritu, celebraban la Noche-Buena con alegres cantares capaces de hacer llorar, por salir de semejantes bocas, a cualquiera que no fueran los guardianes de aquella casa, endurecidos por la profesión y aun algo alienados por el contagio. Otros, mordidos por la misantropía o envenenados por frecuentes derrames biliosos, paseaban compungidos y gravos, con las manos a la espalda y la cabeza inclinada sobre el pecho, como si estuvieran abstraídos por hondísimas preocupaciones de pensamiento, de un extremo a otro del parque —jardín le llamaban allí— sin dignarse posar sobre vosotros su indiferente mirada, cargada de desprecio hacia cuanto constituía el horizonte sensible de aquel extraño mundo externo: otros, y no eran éstos los menos, sentados en bancos de piedra, con las piernas cruzadas una sobre otra, hacían extrañas manipulaciones con las manos, la mirada errante, perdida, la cara desfigurada por las contorsiones del delirio, más extranjeros en la vida la humana que un habitante de Júpiter o Saturno que cayera de pronto sobre la tierra. Había muchos que no cesaban de reír, a propósito de todo y a causa de todo, del azul del cielo, de las nubes que lo cruzan en todas direcciones, del andar precipitado o lento de sus compañeros de miseria, del insecto que vuela, del que se está quieto, —con verdaderamente accesos de risas desgarradoras.

La inmensa debilidad humana se presentaba allí en cueros, en carne viva y de tamaño natural. Un manicomio es una síntesis. La ambición, el egoísmo, la fiebre de dominio, la borrachez, la injuria, la gula... —En carne viva, una sociedad sin encogimientos, de tamaño natural.

La manía de los descubrimientos y la de las riquezas eran las que más gasto de fósforo hacían en aquellos cerebros atrofiados o hipertrofiados. Uno se vanagloriaba allí de haber abatido en la ruina a la casa Rostchild...; y esta afirmación era sencillamente una antítesis admirable, porque quien tal cosa aseguraba era un pobre cuerpecillo mal cubierto de andrajos, que temblaba angustiosamente de frío y de miseria bajo aquel cielo gris-perla del mes de Diciembre. Otro —un caso de locura por raquitis— repartía imperios conquistados con su lanza —un pedazo de caña— a un numeroso auditorio invisible. Y como nunca había sabido geografía, todo se le volvía repetir tres o cuatro nombres, pero hasta la saciedad, queriendo expresar con eso, que esos tres o cuatro nombres eran todo el mundo, todo el mundo de que había oído hablar alguna vez en su vida. —«Para ti el moro, y para ti la España, y para ti la Francia, y para ti la gran Turquía y para ti la Inglaterra.» —Y volvía a empezar de nuevo sin fatigarse nunca: —«para ti el moro...», etc.

Más allá, otro —una hermosa cabeza si no fuera por los belfos labios, hinchados hasta dar apariencia de hocico a la boca, y la mirada asombrada de un pez sacado de su elemento —aducía argumentaciones, sublimes a fuerza de absurdas, para convencer a un loco que no lo escuchaba, de que el día en que las Cortes aprobaran el proyecto que les había sometido, el problema de las traslaciones rápidas de un extremo a otro del planeta estaba resuelto, porque bastaba con abrir hoquetes a la tierra por todas partes y dejarse suspender por ellos, hasta caer en el punto que conviniera al viajero.

Pero la figura más extraordinaria de aquel Congreso de gente extraordinaria, era la de una joven, vestida de blanco como la simpática donna del vate florentino, que alejada de todo, de todo aquel mundo, recostada contra el ángulo más sombrío del parque, y, como Ophelia, deshojando flores, simulaba la estatua de la Melancolía cuando llega a ese punto en que amenaza convertirse en desesperación y en catástrofe.

A un visitador del edificio que herido por aquella aparición tan llena de calma y de poesía, preguntó por el nombre que llevaba en vida la loca... —daba lástima llamarla así; la desgraciada, aquella desgraciada, —le respondieron:

—Luisa Galindo, marquesa de Puerto-Arcas.

XIII

La naturaleza humana, a medida que es más fina, más perfecta, tiene mayor miedo a la muerte. Un héroe no es otra cosa que un convulsionario o un loco. Los ejércitos, las grandes masas de combatientes, que saben que avanzando van a morir, y corren hacia adelante sin volver la vista atrás, siquiera para despedirse de la vida, están formados de patanes. César en el Senado se tapó la cara con el manto a presencia de los puñales conjurados contra su vida, y Napoleón sólo fue héroe en Arcola: debió morir en Waterloo o suicidarse en su jaula de Santa Elena. Héroes los trágicos desesperados de la historia, Leónidas, Espartaco, Viriato, Churruca, Nelson, Garibaldi. Y sobre todo, héroes los grandes temerarios de la inteligencia, las intrépidas avanzadas del progreso humano; esos, Sócrates, Cristo, Savonarola, Juan Huss, Jerónimo de Praga, Giordano Bruno, Tomás Moro, Galileo, Bernardo de Palissy, Dionisio Papin, Proudhon, los generosos atletas del 93, sin exceptuar a uno solo, esos, esos son los héroes, los verdaderos héroes; y casi al mismo nivel de ellos, y no por encima de ellos, porque teniendo sólo la aureola de lo útil, les falta la de lo sublime, que únicamente puede darla el martirio, los enormes combatientes de la paz, Torricelli, Newton, Keplero, Laplace, James Wat, Stephenson, los hermanos Montgolfier, Claudio Bernard, Bell, Edison, Lesseps. —Que no se hable de otros héroes que esos. Los demás sólo son, exceptuando una docena de nombres, carniceros equivocados de vocación. Locos cuando se baten, y casi idiotas cuando están parados.

Eudoro Gamoda, que era inteligente, no podía, pues, tener ese heroísmo activo de los temperamentos groseros. Se había batido en el Salón, y lo mismo habría hecho hasta ensangrentarse y sucumbir en la demanda, desde una barricada en defensa de una idea generosa, de una utopía de civilización. Ahora no le quedaba otra cosa que resistir. Resistir a su pena, a sus dolores, que él temía que pudiera convertirse en locura: resistir a costa de todo, aunque fuera preciso para eso saltarse los ojos y arrancarse las uñas; no volver a verla, y si lo llamaba, responderla con una sola frase, con una sola: «Señora, yo tengo vergüenza...»

Pero no podía salir de Z, negar en absoluto a su corazón la cobarde esperanza de que pudiera alguna vez, al cruzar una calle o al detenerse en cualquier sitio a donde lo arrojara su fatalidad del día, verla, verla aunque no fuera más que un instante, un instante sólo, que lo dejara efecto de deslumbramiento en el alma, como el que produce en los ojos habituados a la oscuridad, el desbordamiento de luz de una ventana abierta repentinamente, por sorpresa, para que el asalto a las tinieblas sea más violento y la victoria más pronta, más repentina.

¡Ah! Él huiría entonces de ella como un loco, atropellando a la gente con la violencia brutal de una bestia perseguida, tropezando con todos y expuesto a saltarse el cráneo contra las resistencias que le salieran al paso; pero llevaría en la retina la imagen de la bien-amada, y en el cielo y en la tierra, por todas partes, podría contemplar, sin tener que cerrar los ojos, la irritante silueta del ser magnífico y casi odiado que lo condenaba a aquella espantosa miseria del sentimiento, a aquella ruina, cada vez más implacable y más tirana...

No podía dejar de verla. Y como las pasiones, cuando llegan a este grado de exaltación, no arden con otro combustible que con la locura, y son insaciables, y piden más, más locura, a medida que consumen mayor cantidad de ella, Eudoro Gamoda, a partir de las revelaciones que le hizo su amigo, no realizó un solo acto, uno sólo, que no fuera el de un perfecto alienado. Pasaba el día, horas enteras del día, contemplando un cuadro que representaba a la condesa del Zarzal medio desnuda, tendida, dejada caer, mejor dicho, en un vistosísimo tapiz de Teherán, la cabeza coronada de pámpanos; y cuando más que su alma, su vista, se fatigaban de ese largo ejercicio de atención, lanzábase a la calle, eligiendo exprofesamente los paseos en que tuviera más probabilidades de encontrarla, y allí se daba al loco placer de andar sin mirar a nadie, buscando su pista como un sabueso, extraño a todo lo que no fuera ella, y decidido a abrir con las uñas un boquete en la tierra si Ella por casualidad lo miraba... reparaba en él... ¡Qué vergüenza entonces, Dios mío! ¡Peor que un mendigo, peor que un canalla, más bajo que todos los hombres más abyectos, más bajo que muchos animales que tienen su dignidad al fin y al cabo, más bajo que un gato, semejante a un perro abandonado, que aúlla por las noches delante de la casa donde vivió, de donde fue expulsado, para que le abran la puerta...! —¡Eh, no, eso nunca!... ¡hay muchos géneros de muerte, para que se elija la peor de todas: morirse de vergüenza...!

Pero no bien llegaba la noche, ya estaba Gamoda haciendo guardia a la entrada del hotel donde vivía su desdeñosa Fornarina, una hora, dos, tres, de minutos tan largos que parecían siglos, acurrucado en el portal de la casa de enfrente, tiritando, calado por el rocío y por la lluvia, esperando y desesperado. —Y cuando a la mañana, ya completamente de día, volvía la condesa de sus placeres de la noche, generalmente acompañada de su gentil-hombre del momento, alegre, bulliciosa, desordenada, aumentando la natural malicia de su palabra con hermosas carcajadas de soprano llenas de lirismo, y tan sonoras, que se oían al otro extremo de la calle, aquel mísero que la aguardaba para mirarla, sólo para eso, aunque eso le costara la vida, huía violentamente de su escondite, con los puños tendidos hacia adelante, en contra de todas las leyes de equilibrio, la cabeza baja para ocultarla y ofrecer así también nueva resistencia al aire en la carrera, tan rauda y tan furiosa, que hacía pensar al transeúnte si aquel loco que corría en aquella forma, expuesto a reventar, a que le saltara las arterias del cuello, habría cometido un crimen en aquel momento, y sentía tentaciones de gritar, corriendo detrás del fugitivo hasta que se le incorporaran otros transeúntes y llegaran a constituir jauría, ¡a ese, a ese!

Así llegó a las dos miserias, a la moral y a la material: había perdido el hábito del trabajo y se hizo holgazán. Había perdido el hábito del pensamiento y se hizo idiota. Un miserable más. Había venido a ser eso. Un miserable más. Y sin remisión posible, sin Cristo que lo redimiera. Marcado con el sello que degrada para siempre porque no se borra nunca.

Era preciso morir.

Fue a su casa, de la que estaba expulsado, porque ya hacía cuatro meses que no la pagaba, y escribió dos cartas: una, la primera, para su verdugo; la otra para Luis, su íntimo amigo, el causante involuntario de aquella catástrofe. La dirigida a la condesa decía así:

«Señora: Muero sin dignidad porque muero saludándoos, como los esclavos del Circo a los Césares vencedores... ¡morituri te salutat! —Os amo como siempre y más que nunca, porque en estos momentos os amo por todos los años de vida que voy a cortar de raíz, matándome, y por todo el tiempo que hace que os conozco. Estáis tan hecha a oíros llamar diosa, que no daréis importancia a que uno de vuestros creyentes se sacrifique ante el ara, y os haga la protesta de su devoción con sangre de sus venas. Necesitáis sangre, señora, ya lo sé, porque lo he presentido hace tiempo. Sois una diosa sin entrañas, enamorada de ese color rojo que gustáis de ver en todas partes, menos en las mejillas por si acaso significa vergüenza. Yo teñiré de rojo con mi sangre, puesto que eso os gusta, vuestro pedestal; y aun salpicaré con ella vuestra cara, para que recibáis de la víctima, en el momento en que deja la vida, alguna impresión caliente. Aguardadme pues... o no me aguardéis. Yo sabré espiaros porque mi suicidio es una ofrenda que debe quedar depositada ante el ara y sólo allí. En medio del arroyo mi cadáver sería el de un borracho. A vuestros pies, quizás sería sublime.

»Hasta luego, un beso, dos, tres, donde a ti te gustan. —EUDORO.»

La que dirigió a su amigo, no era como la anterior, la carta de un loco. Era una carta en que si había sollozos —¿cómo no? —había también palpitando y presentando su derecho a la vida, grandes síntesis de realidad, melancólicas esperiencias de la vida.

«Esto es hecho, mi querido amigo; voy a morir. Tan familiarizado estoy con esta idea, que ni me emociona ni me acobarda. La aspiro en el aire que me rodea, y estoy lleno de ella por completo. Creo que circula con mi sangre. A veces me figuro —tanto me domina— que se ha convertido en masa encefálica, y que me llena el cráneo. Nos conocemos ella y yo, esa idea y yo, de muy antiguo, y hemos concluido por ser excelentes amigos. La doy los buenos días por las mañanas, y por las noches la deseo el reposo.

»Es, pues, sin sentimiento que dejo la vida. Me ha tratado siempre mal, se ha portado siempre mal conmigo. No puedo amarla.

»Pero ¿qué quieres...? —Esa mujer... ¡siempre ella! —¡Ay! ¡maldito el día en que la conocí! —Viviría tranquilo entre mis cuadros y mis amigos, mientras que ahora...!

»Huye de ella, no por mí, respetando mi memoria, sino por ti, por un instinto de conservación que te aconsejo. Esa mujer es un monstruo que se nutre de felicidades ajenas. Debe temblar el hombre a quien se le aproxime. Es una maldición que se acerca.

»En cuanto a mí, puedo asegurártelo, te lo juro, y ya sabes que el que te habla, es un moribundo, he concluido por odiarla. Mi suicidio no es solamente la protesta contra la vida. Es una venganza... ¡verás! enorme; porque aquí nada puedo ser mezquino. —Ni la maldad de ella, ni el dolor que me ha estado enloqueciendo hasta ahora que me siento sereno...

»La llamaste Eva, el día en que recibí el golpe por la espalda... ¡Ay, era Dios quien la confirmaba por tu boca, mudándole el nombre! ¡Poética como la expulsada del Paraíso, y como ella infame...! Simiente de perdición...

»Todo cuanto tenía lo he vendido para comer estos cuatro meses. No me resta nada. Algunos apuntes quo te lego, y el resto de mi alma, maltratada y sangrienta, que va con estas líneas a darte un íntimo y prolongado abrazo, el último...»

Lanzóse a la calle, y a la media noche, ya estaba, sombrío y miserable, temblando de vergüenza y de frío, acurrucado en uno de los portales inmediatos al hotel de la condesa del Zarzal, aquel infortunado que había sido un hombre, convertido ahora en harapo, en desperdicio, en detritus, por el amor, esa cosa magnífica, como dicen los poetas.

XIV

Pasó una hora... dos... tres... ¡y la condesa sin volver! —Debería estar bien, donde quiera que estuviera. Así se daba tan poca prisa en volver adonde la aguardaban.

El espíritu de Gamoda, amodorrado y todo como estaba, sufrió todas las crisis de la noche, como si se hubiera fundido con ella. Al principio, en las primeras horas, estaba sombrío, sombrío como siempre, pero con algo de animación en el pensamiento, con alguna marejada de pasiones en el cráneo. —Subían y bajaban, y aunque no dejaran en su espíritu otra impresión que el ruido, un ruido de olas batiendo una costa, ese ruido era por entonces su compañero, y se acomodaba a él, y no encontraba su soledad tan miserable como otras veces en que le sonaba la cabeza a hueco de un modo desconsolador, especie de petrificación humana. —Luego, cuando a la noche sucedió la madrugada y advirtió por la mayor soledad de la calle, y el más precipitado andar de los que la cruzaban ansiosos de llegar a sus casas, que era tarde, que se había echado la hora encima, y el canto de las tórtolas prisioneras en sus jaulas, y el silbido de los mirlos, y el especie de ¡alerta! que dan los gallos, ¡qui-qui-ri-quí! —sin progreso, siempre lo mismo— le avisaban que la hora era llegada, que en Z dormía todo el mundo a esas horas, menos los ladrones, los calaveras de profesión y los aristócratas, Gamoda se incorporaba en su lecho de piedras, y aguardaba; y, por fin, cuando los primeros tímidos arreboles del día coloreaban fantásticamente de un blanco amarillento los edificios, y los barrenderos, y los vendedores ambulantes de café llenaban de ruidos de humanidad la calle, Gamoda renació a nueva vida: se acercaba el instante; estaba a dos pasos de un grave acontecimiento. Iba a decidirse el más grande conflicto de su vida.

Entonces, animado de una resolución salvaje, comenzó a pasear por la acera del hotel en que vivía la condesa: ¡alguna vez habría de llegar y entonces...!

Su resolución estaba tomada: iba a matarla y a matarse inmediatamente. Nada de transigir. Aquella belleza lo convidaba a los románticos desposorios de la muerte. Era un vengador y un amante. Sabría sin cerrar los ojos, acertarla al sitio donde debiera tener el corazón y llegar con la punta del cuchillo a la entrada vitanda... Después...; ¿no estaba decidido a morir?

Muy cerca de las ocho de la mañana serían, cuando vio acercarse el coche —¡se lo sabía de memoria!— Entonces pensó con terror, que no podría matarla, porque el coche entraba en el parque precedido del aviso del lacayo que tocaba el timbre, y no dejaba a la condesa sino en la graciosa escalinata de mármol que conducía al interior del edificio. Él no podría llegar hasta allí...; ¿Con qué motivo? —Seguramente se lo impedirían, a aquella hora y con aquella facha...

¡La condesa había nacido por segunda vez aquel día!

Esperó sin embargo, porque el coche llegaba vacío podía una casualidad cualquiera...; él creía en la casualidad como todos los desgraciados.

A medida que avanzaba el día, su calma iba siendo más completa; se daba razón al de cuanto le rodeaba, veía los objetos y percibía los sonidos. Había vuelto a ser consciente de la realidad.

Un grupo melancólico de dos ciegos, el uno conduciendo al otro, le arrancó dolorosa sonrisa de compasión. Una especie de tribu de montenegrinos, que vivía a costa de un oso domesticado, estúpido y pesado como todos esos animales, le hizo aumentar el círculo de mozos de cuerda y criadas de servir que lo rodeaban admirándolo con la boca abierta. Un horrible sacamuelas o cosa semejante, que gritaba palabras, con la espantosa fecundidad de lo deforme, desde lo alto de una mesa, colorada en medio de la acera, también atrajo la atención del mísero. —«Señoras y caballeros: Vean ustedes el más grande descubrimiento que se ha descubierto en la India de los ingleses. Sirve para matar las chinches y las pulgas y para calmar los dolores de muelas sin dolor...» —y así sucesivamente en una diarrea de oratoria inacabable, que parecía sublime a muchos de los infelices que formaban su auditorio.

Pero la impresión más honda que conmovió a su espíritu en el flujo y reflujo nunca interrumpido de sus sensaciones, fue la que le produjo una especie de ser humano completamente borracho, raído y puerco hasta la inmundicia, vestido con el más fantástico de todos los disfraces que la miseria apaña, los pies reliados en cuantos trapos pudo encontrar, atados con bramante como las patas de una bestia herida, que zangoteaba la acera de un extremo a otro, perseguido por un enjambre de chiquillos, casi tan miserables como él en lo que respecta al tocado, pero más miserables por dentro, —raquíticos de generosidades y nobleza, pequeños monstruos a los que no faltaba más que fuerza, para resultar terribles.

El borracho trataba de huir, enfurecido por aquella persecución, por aquellas injurias. Pero sus piernas se resistían. Entonces bramaba y volviéndose hacia sus implacables perseguidores, los amenazaba con el puño cerrado. Un puño que daba horror por las costras de roña que lo ennegrecían: una verdadera pata de bestia salvaje. —Eso le valía algo más que persecuciones e injurias. Le valía pedradas, golpes dados a traición por la espalda. Comenzaba a correrle la sangre por la cara; entonces Gamoda se creyó en el caso de intervenir. «¡Granujas, no veis que no puede defenderse!» —Y su actitud decidida, salvó por el momento al borracho del árnica de la casa de socorro, y de las violencias de la prevención.

Aquella escena volvió a ponerle sombrío. ¡Gran Dios! ¿en quién creer después de lo que había visto? Cristo habría rechazado a aquellos niños, a aquellos miserables, que se aprovechaban de las debilidades ajenas para atacarlas a pinchazos, a traición, por sorpresa, lo mismo exactamente lo mismo que se le hubiera ocurrido a una pulga, a un insecto cualquiera.

Ya eran las nueve de la mañana y la condesa no volvía. Seguramente no habría salido de su casa la noche anterior: quizás estaría enferma...

Lanzó la última mirada de angustia a los balcones cerrados del hotel, y hechóse a andar a la ventura.

De pronto se paró, espantado de lo que veía. No quería creer a sus ojos. No era posible que aquello fuera cierto. Y se llevó las manos a la cabeza para tentar alguna cosa que no fuera una sombra, un sueño; tentar algo que fuera cierto, positivo, como sus tormentos, como su desgracia... Apoyóse contra el muro, y miró, miró de nuevo.

¡La condesa se despedía de un hombre que la había acompañado del brazo hasta la esquina de aquella calle, que era la suya, la calle donde vivía con su esposo y con sus hijos como una mujer honrada cualquiera!

Aguardó que se separaran y se abalanzó sobre ella, temblándole los labios como los del dogo cuando se dispone a hacer presa, el rostro desfigurado, descompuesto...

—¿Quién es ese hombre? —Buenos días, señora. ¿Os habéis divertido mucho?

—¡Por Dios Eudoro, no vayas a dar un escándalo! ¡En mi situación y a estas horas...!

—Tengo que hablar con Vd. señora. Vente conmigo.

—No me es posible, Eudoro, todo lo que quieras menos eso. Será otro día...

—He dicho que te vengas y has de venir a la fuerza, si es que no quieres que te mate aquí mismo.

—¿Pero te has vuelto loco? ¿Qué hablas de matar? ¿O es que quieres que nos separemos ahora mismo?

—Quiero que vengas donde pueda hablarte de muchas cosas que estoy decidido a que sepas. Quiero que vengas, y has de venir, porque si no...

—Si no, ¿qué?... ¿Vas a cumplir la amenaza de la carta? —Cúmplela. Mátate.

—Sí: pero primero tú. Y si no, mira...

Fue menos de un segundo, una milésima de segundo, lo que tardó el drama en arrojar una contra aquellas dos criaturas para estrellarlas. No se vio más que brillar repentinamente una cosa que lo mismo podía ser un rayo, que una hoja de acero, y al hermoso cuerpo de la condesa caer derribado al suelo. La gente acudió presurosa «¡al asesino, prender al asesino!» —Pero el asesino no pensaba huir. —Se había cruzado de brazos, con el puñal todavía en la mano, y repartía entre la multitud miradas hermosas que lo mismo podían significar compasión que desprecio. Estaba magnífico, sin sombrero, tumultuosa la cabellera, desabrochada la levita, pálido, intensamente pálido, la cabeza erguida, provocando a aquella multitud de cobardes que no se atrevían a amarrar los brazos que acababan de cometer un crimen; el poderoso cuerpo de la del Zarzal caído, derribado a sus pies, como una presea... Era Azrael, el ángel de las venganzas orientales; Azrael y Apolo al mismo tiempo. Furioso y bello.

Él mismo llamó con todos sus pulmones a dos pobres soldados, probablemente bisoños, que pasaban por allí a aquella hora, seguramente atraídos por alguna cocina. Muchos oficiosos habían ido a buscar a los guardias, pero no fue posible encontrarlos... —«¡Eh, qué hacéis que no me cogéis preso! —¡Cumplid con vuestro deber!» —Y al ver que desnudaban las bayonetas para atacarle... —«¡Si no resisto! ¡Mirad!» —Fue espantoso. —El grupo se ensanchó al ver que levantaba el cuchillo. —Pero lo hacía para sí. —Antes se había vengado. Ahora iba a vengar a su propia víctima, y se lo clavó hasta el puño, hasta que perdió el brazo energías para continuar empujando hacia adentro. Cayó sobre el cuerpo de la condesa con los brazos abiertos, como para abrazar el cadáver y entonces ocurrió una cosa maravillosa. No había muerto la condesa. No estaba ni siquiera herida. El cuchillo furioso de su amante había tropezado con una ballena del corsé, y lo único que consiguió fue derribarla al suelo con la violencia del golpe. Ya allí, su admirable sangre fría, que aumentaba en los momentos supremos, en todas las dificultades, le advirtió que sólo podía salvarse a condición de parecer muerta, y fingió; lo que había hecho toda su vida. Pero cuando sintió el porrazo que daba contra el suyo el cuerpo de su infortunado amante, y la impresión tibia de la sangre que caía en un caño espantoso del pecho de Gamoda la inundó desde la garganta hasta las piernas, cubriéndola materialmente de un manto rojo de emperatriz, entonces se levantó de un solo impulso, que hizo rebotar contra el suelo la cabeza pálida del muerto, y demudada, lívida, con la cabellera deshecha, los ojos agrandados inconmensurablemente por el terror, la boca angustiada, las ventanillas de la nariz abiertas como las de una yegua espantada, estaba más hermosa, incomparablemente más hermosa que en los salones, cuando conseguía a fuerza de belleza y de gracia hacer más azulada la atmósfera que la rodeaba y la respiración de los hombres que le hacían la corte, tan anhelante y tan seca, como la que sale de las alcobas de los recién casados, cuando es el amor y no el interés lo que los une en el mismo lecho...

—¡Un miserable que ha querido robarme, y a quien no conozco!

—Y respondiendo a dos o tres que se habían aproximado para preguntarla si estaba herida. —No, no lo estoy; el miserable no ha podido. Qué horror! —Pero en fin... —Señores, yo vivo ahí, en ese palacio de La esquina. Que la justicia vaya a tomarme declaraciones. Yo no puedo en este estado permanecer aquí más tiempo.

Aceptó el primer brazo que se le ofreció, y algunos momentos después sólo quedaba en la calle, de aquel crimen de dos, un solo castigo, una sola víctima, aquel cadáver...

XV

Gran fiesta en los salones de la Embajada francesa. Ha comenzado la las doce y no debe concluir hasta el amanecer. Todo cuanto Z contiene de distinguido en todos los órdenes de la vida, aristocracia, arte, banca, parece como si se hubiera puesto de acuerdo para hacer de aquellos salones de la Embajada, una imponente y soberana exposición de grandezas. Se oyen pronunciar por todos lados hombres ilustres del pasado o del presente, y es tanta la obsesión que esto produce en los que no tienen, en los que no pueden ostentar esos nombres, pero que asisten a la velada en concepto de invitados como los demás, que creen asistir a una resurrección de la historia antigua, y se figuran contribuir a la formación de los anales patrios, ni más ni menos que los egregios abuelos de los que danzan por aquellos salones. Pero lo que hace más vistosa, más espléndida la fiesta, es la profusión de extraños uniformes azules, blancos, encarnados, verdes, deslumbradores a fuerza de oro, que desfilan ante los ojos deslumbrados de los que no tienen la costumbre de ver tanta claridad, aun en los vestidos, a las doce de la noche. La monotonía del frac es insoportable; esa nota negra, parecida a una mancha, que ensucia todas las reuniones de la aristocracia. Es inconcebible el empeño que tienen los hombres de nuestra época en hacer sombrías todas sus reuniones con ese traje negro, que como decía Musset: «Parece que está pidiendo consuelo.» Si es un símbolo, bien: esta generación tiene el deber de vestirse de negro: lleva luto por muchas esperanzas, por muchas ideas consoladoras. Ha presenciado muchos cataclismos ¡ay! y tiene la seguridad de que le quedan todavía otros muchos que contemplar. Pero si es una manifestación del gusto, entonces ¡maldito sea ese gusto que da tonos sombríos a todas las reuniones humanas, haciéndolas aparecer como reuniones de enterradores y curiales!

Pero condecoraciones, brocados, uniformes fantásticos, oro de los entorchados y de las franjas, todo esto desaparecía como a través de una nube, hiriendo las retinas sólo de un modo vago, al lado de la Mujer que parecía celebrar una apoteosis de su sexo, según se presentaba allí omnipotente y magnífica. La inmensa, la enorme superioridad de gusto de la mujer sobre el hombre, se advierte más que en nada, en el modo que tiene de vestirse, de peinarse, iba a decir que hasta en el modo de sentarse, artístico, aunque ella no lo procure. Allí estaba, con su cabecita rubia o negra, pero siempre inspirada, siempre luminosa, como si la rodearan los áureos limbos de las vírgenes cristianas; con sus hermosos ojos que miran con más delicadeza, con más humanidad que los de los hombres: descotadas, para hacer sentir más poderosamente la arrebatadora poesía de la carne: vestidas con trajes de largas colas que les daban apariencias de magas, de ondinas, mejor que de mujeres: adornadas de pedrerías y de flores, y dispuestas a hacer pensar en el prodigio de una desaparición completa de la tierra cuando los arrebatadores compases del wals llegaran a ese crescendo en que la planta de la mujer casi se convierte en el ala de un ave, según lo suavemente que roza la superficie de la alfombra, irisada de colores brillantes, de reflejos de luz, adornada en las orillas de flecos de oro.

La mancha de color que presentaban las mujeres cuando se reunían en especie de bouquets humanos para deliberar un chisme cualquiera, era tan soberbia, que los hombres, aun los más brillantes, los mejor vestidos, sólo conseguían, al aproximarse a ellas, parecer especie de moscardones de colores, muchos de ellos especie de gusanos, empinándose a una flor para afearla o destruirla con inmundicias o con picaduras, dos formas de batirse contra la Naturaleza, que no son sólo peculiares del insecto, porque el hombre las domina tanto que ha llegado a perfeccionarlas.

Allí estaba la condesa del Zarzal, más insolentemente hermosa que de costumbre, casi en cueros, como todas las mujeres, luciendo el brillante satinado de sus carnes en la elegante desnudez, de su traje de corte, y tan llena de soberanía, que un taburete en que se sentara tomaba inmediatamente la apariencia y la majestad de un trono.

Hablaba con X, un periodista a quien odiaba porque había hecho en París una heroica campaña desde su revista mundana, en pro de la infortunada señorita de Galindo. Verlo, dejarse saludar por él, y responderle amablemente fue el prólogo de un proyecto de seducción intentado vanamente por ella.

—Condesa, la hermosura toma cada vez más amplia posesión de vuestra persona.

—¡Quiá! No tanto, como aumenta la pasión en vuestra defensa. ¿Cobráis adelantado?

—La hermosura y la desgracia no pagan ni antes ni después.

—Pero hay ausencia de ambas cosas en vuestra defendida.

—Algo habéis desfigurado a Luisa con vuestros golpes primero, y con el asedio más tarde. Sin embargo, agrandada su desgracia, ha crecido considerablemente la simpatía general...

—Los locos, querido X, sólo inspiran risa.

—Y lástima también, a los que conservan el corazón.

—Lastimoso modo de pensar tenéis. Os pesará.

—Condesa, una amenaza vuestra fuera temible en aquellos buenos tiempos en que ocupabais oriental mansión y en que todas las voluntades oficiales de A se movían a vuestro antojo...; pero hoy la realidad es otra. El tiempo, que todo lo gasta, ha gastado ya vuestro poder, vuestro viejo poder, aun habiendo vigorizado vuestra belleza...; un poder al cual me rendiría con más facilidad que al de vuestras amenazas...

—Insidiosillo estáis. Noto que se os suben a la cabeza vuestros artículos, y os emborrachan materialmente.

—Ni más ni menos que a vos la costumbre de vencer siempre. Pero me llaman, condesa, —y después de un gracioso saludo de cabeza, —estoy a sus órdenes.

Y desapareció; ¡quizás entendería aquel demonio de periodista por estar a las órdenes de cualquiera, el dejarlo con la palabra en la boca, apenas sentía el deseo de largarse a otra parte o de saludar a otra persona!

Fue a una mujercita rubia, vestida con una sencillez encantadora, a la que se aproximó el implacable enemigo de la condesa.

—Ven acá. ¿Pero no estabas en Francia? ¿Cuándo has llegado? Ingrato, ¡sin avisarme! —He leído todas tus cartas. Me las sé de memoria. El Universal, por publicarlas, se ha puesto a la cabeza de todos los periódicos. ¿Qué hablabas con esa condesa maldecida? ¡Oh, tengo miedo por ti!... Óyeme... dime... háblame lealmente. Sonreíais demasiado los dos... ¿cesarás en tu bizarra actitud? ¡No por Dios! Yo te lo ruego. Te admiran; que no te desprecien. Te despreciaría yo también; yo que te quiero como se quiere a un ídolo. Díme, ¿qué te decía esa mujer?

—Me amenazaba: eso era todo, María.

—No, María, no: llámame querida María.

—Bien, María adorable y adorada. He sido amenazado. —Helo ahí todo.

—Precávete por Dios... —Eudoro Gamoda ha muerto. ¿Se ha matado, o lo han matado?

—¡¡María!!

—De todo es ella capaz.

—Creo, por el contrario, que la condesa es buena.

—¡Eh!

—No te asombres. En la condesa el primer impulso es bueno siempre, lo demás depende de las circunstancias.

—¿Y lo que ha hecho últimamente con Luisa?

—Bien; lo que te estoy diciendo: las circunstancias.

—Mira, no me convencerás de eso; de otra cosa sí. Créeme. Vete a París. Te quiero lejos y grande, mejor que cerca y pequeño.

—Niña mía, tú deliras.

—Ven, acércate a la ventana. ¿Ves aquella nube negra que cubre a la luna en este momento?

—Sí, la veo.

—Figúrome que es un mal presagio. No me apartaré de ti en toda la noche.

—¿Vamos, pues, a dormir juntos?

—Si es necesario, sí. Todo, absolutamente todo, menos que la condesa te pierda.

¡Todo, todo...! Parece como si eso fuera lo último.

—¿Qué?

—El dormir juntos.

—Calla... vanidosillo. Pero dime, cuéntame algo de París. ¿Cómo has dejado a tu vieja amiga la de Legarda?

—¡Vieja, niña mía!

—Es decir, vieja en tu amistad... no te incomodes. ¿Te disgusta eso?

—De ti nada me disgusta.

—Mira, hace mucho calor aquí; podemos salir a la terraza; sal tú primero...

Poco después una especie de vago murmullo rumoroso, que no era el que producía la fuentecilla de mármol, atrajo a la condesa que exclamó:

—Me parece haber oído besos. ¡Bah!

—Oiga Vd. barón, Vd. que lo sabe todo ¿qué hay de lo de Gamoda?

—Nada, que se mató.

—¡Pero eso lo sabe todo el mundo!

—Entonces ¿qué es lo que quiere saber?

—Detalles de la cosa: cómo se mató: por qué se mató.

—Eso ya es distinto. Precisamente pasé cinco minutos después del hecho, por la calle donde ocurrió, y pude ver el cadáver y hablar con la condesa...

—¡A ver a ver!

Y todos hicieron como alrededor del llamado barón, que contó con voz solemne:

—Nada, la historia de siempre, el pícaro dinero; y cuidado que yo sé la historia de labios de la misma interesada. Parece que la condesa protegía a ese chico, que como sabéis, había demostrado muy felices disposiciones para la pintura. Le compró una porción de cuadros, le pensionó con yo no sé cuanto dinero mensual...; en fin, las cosas de Lola. Ello es que el chico llegó a tomar por lo serio su sospecha de que la condesa era una mina de oro, y emprendió una explotación verdaderamente onerosa para la que la sufría. La condesa entonces avisó al minero que estaba ya en aguas y decidida a que no fueran das cosas más allá. Parece, según ella dice, —yo no respondo de esto porque tampoco me lo explico, —parece que entonces el chico la amenazó con dos o tres palabras de muerte, que produjeron un completo rompimiento entre ellos, Ello es el caso, que ayer la esperó a la puerta de su casa. Que al verla llegar sola y a pie, porque había despedido su coche para poder disfrutar así del aire puro de la mañana, se abalanzó sobre ella, pidiéndole dinero: que ella se lo negó, y que entonces sacó el chico una navaja que siempre llevaba consigo, porque parece que el difunto era hombre de bastantes malos antecedentes, y le pegó con ella tan fuerte golpe, que si no es por el corsé seguramente la pasa de parte a parte. Cayó a tierra derribada por la violencia del golpe; y entonces él, creyéndola muerta, y al ver que iban a prenderlo, se hincó el mismo criminal cuchillo en el corazón hasta el mango. Acudió La justicia, recogieron el cadáver, tomaron declaración a la condesa, que dijo sobre poco más o menos lo mismo que os acabo de referir, y aquí paz y después gloria. Una buena experiencia para los que todavía persisten en dispensar protección a los artistas.

—Si yo ya lo dije,—exclamó uno de los del grupo. —Si aquel bohemio no podía acabar bien.

—¡Pobre condesa, que en cuanto saluda dos veces a una persona ya en seguida le cuelgan relaciones amorosas con ella!... Porque yo he oído asegurar que Gamoda era su amante...

—Sí, sí, como yo; exactamente lo mismo.

—¡Pobre condesa!

—¿Qué tal condesa? —¿Cómo va esa conciencia?

Quien eso preguntaba era Luis, el amigo del infortunado Gamoda.

—Perfectamente tranquila; sin que tenga que remorderme lo más mínimo. ¿Y a qué la preguntilla?

—Interés, puro interés que me inspira la belleza, sobre todo cuando es tan soberana como la de Vd., señora.

Pero Luis estaba decidido a algo más que a cambiar ingenio con la condesa: iba en busca de cambio de indignaciones.

—¿Sabe Vd., condesa, lo que he oído susurrar de la muerte de Gamoda?

—No, si Vd. no me lo dice.

—Pues que se mató porque no pudo robaros. Necesitaba dinero: se lo pidió a Vd., Vd. se lo negó...

—¡Jesús, que atroz calumnia!

—¿Y sabe Vd. lo que he oído asegurar también?

—Diga.

—Que ese es el sentido de la declaración qué prestó Vd. ante el juzgado.

—Autorizo a Vd. para que lo desmienta.

—¿Y sabe Vd. lo que pienso de todo esto?

La condesa estaba asustada. Aquel hombre iba dispuesto al escándalo por lo visto.

—Pues pienso una cosa bien sencilla, pero que es preciso, en interés social, que circule, que todo el mundo aprenda de memoria, que se fije en anuncios hasta por las esquinas de la calle.— Pienso que es Vd. un monstruo de infamia.

—¡Caballero, esa palabra...!

—Esa palabra está pronunciada y por si hay alguien que quiera recogerla voy a repetirla en voz alta, a gritos. ¡Eh, señores, venid aquí, a defender a una señora a quien se injuria... —Y delante de un grupo lo menos de veinte uniformes y fraques, —yo digo, señores, que esta mujer, la condesa del Zarzal, es un monstruo de infamia. ¿No hay de entre ustedes quien quiera recoger el insulto? Porque a ese, quien quiera que sea, yo se lo tiro a la cabeza.

Todos callaron; la desesperación de Luis no era fingida, y es siempre peligroso disputar con un hombre que está decidido a pelearse.

—¿Ve Vd., señora, cómo todo el mundo calla? —Si ha sido Vd. reina hasta ahora, ya es usted menos que una esclava, porque es una miserable. —¿Qué ha hecho Vd. de la fortuna y de la dicha de la señorita de Galindo? Es Vd. peligrosa, señora. Cuanto se cobija a su sombra se marchita y muere. Yo creo que hasta el aliento de Vd. es venenoso...

—Un poco de generosidad. Observe Vd. que estoy sola, que no hay quien se atreva a defenderme...

—Me es indiferente. No reconozco en usted sexo: no reconozco más que monstruosidad y los monstruos no se dividen en machos y hembras. Todos son igualmente horribles, igualmente odiosos. Me propongo perseguirla a Vd. toda mi vida como un remordimiento...

—¡Piedad! —sollozó la miserable.

—¿La ha tenido Vd. con el amigo de mi alma? ¿La ha tenido Vd. con esa pobre loca...?

—Por Dios, Luis. Nos observan.

—Mejor. Es a eso a lo que vengo propuesto; a que la observen a Vd. para que todo el mundo se aprenda de memoria cómo es el crimen algunas veces, cuando no tiene entrañas...

—Pero en fin ¿qué es lo que se propone usted conmigo?

—Martirizarla: darla tormento: perseguirla implacablemente... Y desengáñese Vd., señora. O hace Vd. que me maten, Vd. que tiene amigos para todo, o la mato yo a Vd. como un remordimiento cuando se agarra con las uñas y hace presa por toda la vida, en el pecho del criminal, del perverso...

—Haré lo que Vd. me manda. Sea. He aquí mi cabeza postrada para que descargue el golpe.

—Saldrá Vd. de Z inmediatamente.

—Saldré mañana.

—...Como acto de satisfacción, de desagravio al muerto.

—Como acto de satisfacción, de desagravio al muerto —repitió como un idiota.

—No me queda más que decirle... ¡El arrepentimiento! —Eso es cosa de su alma. ¡Allá ella!

Hizo bien en retirarse porque aquel hermoso mármol palpitante de la condesa, amenazaba desplomarse; una palabra más y hubiera venido a tierra casi ahogada de cólera y vergüenza. Había sido débil. ¡Si le hubiera saltado a los ojos como una gata furiosa, que era lo que tenía pensado, no hubiera pasado eso! Pero ya ¡qué remedio! Hasta otra.

¡Lo que es en esta ocasión, sí que había sido vencida!

—Condesa, esta polka. ¿Me permite Vd. el honor...?

—Vuestro brazo, marqués. Sois mi caballero por toda esta noche...

—¡Atención! ¿sabéis lo que me acaban de decir?

—¿Que va a prolongarse el baile hasta la semana que viene?

—¿Que va a declararse abolido el rigodón, por antipático y por soso, para todas las muchachas de buen gusto?

—¿Qué van a venir por fin SS. MM.?

—¿Que van a permitir bailar en la estufa grande?

Y cada una de aquellas frescas adolencias, preguntaba en consonancia de sus gustos, porque es privilegio de la juventud no aguardar más que a huéspedes risueños en el banquete de la vida.

—Pues nada de eso. Que hace un instante, mientras nosotras bailábamos, ha habido un fuerte escándalo en el salón amarillo.

—¡Un fuerte escándalo! —casi cantaron a coro aquellas adorables gargantas.

—Sí, un fuerte escándalo entre la de siempre... ya sabéis... la del Zarzal... y un joven...; de su nombre sí que no me acuerdo.

—¡Dios mío, qué horror! ¡No sé como tiene vida esa mujer después de las cosas que le pasan —exclamó con un casi sagrado tono de admiración una de aquellas auroras.

—¿Y por qué ha sido? preguntó otra, que no era rosada, sino celeste, como las de los cuentos de hadas...

—Líos de esos que han convenido nuestras madres, en que nosotras debemos ignorar siempre. No sé... un amante muerto... y otro que quiere vengarlo...; no he podido comprender bien el caso...; porque aunque las personas mayores no hablan de otra cosa en el salón, lo hacen tan quedito... al oído unas de otras...: que ya veis. Me he visto obligada a casi, casi, inventar la historia, basándome en tres o cuatro palabras que han llegado a mis oídos.

—Pues hija, yo soy muy curiosa y no puedo resignarme a saber las cosas sólo a medias. Voy a ver qué huelo.

—Y yo.

—Y yo.

El coro se deshizo con la ligereza y la gracia de una bandada de pájaros que alza alegremente el vuelo después de haber deliberado a saltitos, y bien pronto no quedó en el ángulo del salón que había ocupado aquella improvisada Asamblea de gracias, otro recuerdo que un perfume vago y penetrante, como si hubieran sido flores y no mujeres las que allí se reunieron para contarse sus impresiones y cambiar y combinar entre sí sus sueños, con las temerarias audacias de la juventud.

XVI

La condesa estaba enferma, seriamente enferma. Se le escapaba la vida por todos los poros de su cuerpo: se moría.

De su enfermedad circulaban noticias realmente fantásticas, que hacían novelesco su modo de morir. Se contaba que había despedido a toda la servidumbre masculina del hotel en una especie de furor rabioso que se le había declarado contra los hombres; añadíase a esto, que por no ver a ninguno en su presencia, había hecho venir de Inglaterra a una doctora, cuyos extravagantes procedimientos terapéuticos eran motivo de escándalo entre todo el cuerpo médico de Z. Decíase, además, que había mandado talar todos los arbustos del jardín, porque el más ligero perfume le provocaba espasmos nerviosos tan exagerados, que casi siempre degeneraban en furiosas convulsiones, que no podrían ser dominadas por toda la guarnición militar de Z, de imponderables, de violentas; y apoderada la imaginación, que podríamos llamar colectiva, la imaginación popular, del asunto, era inacabable el cuadro sintomático que presentaban de la neurosis de la condesa... —No quería ver la luz del día y había hecho cerrar todas las ventanas del edificio y tapar con yeso todos los intersticios por donde pudiera la claridad colarse traidoramente. No podía resistir su pupila la visión de los colores vivos, y había hecho decorar todas sus habitaciones de blanco, como los dormitorios de las vírgenes. No quería escuchar el acento humano, y hacía que le hablaran por señas, como a los sordo-mudos. Para que su aislamiento de todo el mundo externo fuera más completo, había también mandado enarenar la calle, de modo que no llegara hasta ella el fatigoso ruido que producen los carruajes al rodar por pavimentos duros; y era un espectáculo más propio de la literatura delirante de Hoffman o Poe que de la verdadera vida humana, subir a aquellas habitaciones a la una de la tarde, y encontrarlas iluminadas artificialmente con bujías, como si allí, en aquella casa, tuvieran el cinismo de protestar del sol.

Lo demás de la vida material corría parejas con lo que llevamos descrito. Todos los días se mudaba de personal en las cocinas, porque ningún procedimiento culinario satisfacía al estómago herido de la condesa. El sueño era intermitente y febril, conmovido por espantosas pesadillas; más que sueño, aquello era un largo delirio que comenzaba cuando la condesa cerraba los ojos y terminaba cuando los abría, y eso que la fatalidad del delirio era vigorosamente atacada con sendas pociones de opio, que ingería con verdadera ansia, más bien que el cuerpo, el espíritu acobardado de la moribunda. No recibía a nadie, no quería ver a nadie. Y un día o una noche, porque en aquella casa no se subía nunca eso, cuándo era de día ni cuándo era de noche, en que Emilia, la doncella predilecta de la condesa, la habló de un chisme mundano, para alejar quizás algunas nubes sombrías que comenzaban a espesarse en la frente de la condesa, amenazando tempestad.

—He prohibido terminantemente que se me hable de todo, a menos que yo pregunte. Desde este momento quedas despedida.

Y Emilia se fue llorando...

¡Qué horrible cementerio, Dios mío, aquella casa!

XVII

Se temía una crisis. Hacía ya dos días que la condesa no se acostaba, y eso constituía para aquellos servidores, aleccionados en las enfermedades nerviosas por la práctica, un síntoma aterrador. Estaban, pues, abocados a un conflicto.

Aquel modo de morir de la condesa era solemne, pero frío. No había sentimiento en los que la rodeaban. No había más que cansancio. Se veía en todos los rostros una brutal aspiración de que terminara pronto aquello...; de buena gana, en vez de cerrarlas, habrían abierto a la muerte todas las puertas para que entrara sin empujar... —No, seguramente no se lucharía con ella a brazo partido como en las alcobas de los que mueren dejando una estela de amor por el mundo... —Podía venir cuando quisiera. No habrían de disputar por eso. Y cuanto antes mejor...

Emilia era quizá el único ser en toda la casa que asistía con lágrimas a aquella despedida...— No lo podía remediar; le había tomado cariño a la señora. —¡Si se hubiera dejado llevar de sus consejos...! Y cada cinco minutos, de día, lo mismo que de noche, se acercaba de puntillas a la alcoba de la histórica, a ver si la necesitaba, si la quería para algo, despeinada, casi verdosa por el insomnio.

—¡Jesús! ¡Qué horror y tan pronto! ¡Quién lo hubiera pensado!

De esas tristes cavilaciones la sacaba casi siempre un agudo grito de la condesa.

—¡Emilia! ¡Ay, Dios mío, me estáis dejando morir sola! ¿Por qué no venías?

—No había oído a V. E... Creí que no me llamaba.

—Sí, siempre lo mismo... Creí... pensé... No te apartes de mí un solo instante. Creo que me voy a morir hoy mismo. Mira... —con las intermitencias de palabras y el acento dolorido de un niño enfermo que se queja...— La soledad me mata, y sin embargo, no quiero ver a nadie... Todos lo mismo... Egoístas... Mira, mira el conde... apenas se digna poner los pies en este cuarto.

—La señora le ha rogado que no venga.

—Sí, porque su vejez me espanta... y además he llegado a tomarle aborrecimiento. No se muere nunca, mientras que yo... ya lo ves... —Le tengo rabia. —Y ahora sí que parecía una criaturita, diciendo a pesar de su estado, «le tengo rabia».

—Eso se pasará en seguida; lo que la señora condesa necesita es entretenimiento.

—¡Ay! de eso es de lo que estoy enferma: de entretenimiento. —Y después de una pausa en que recorrió toda su vida... —Mira, Emilia, lo que yo necesito es morirme pronto.

La enfermedad, aquella espantosa neurosis, le había roído mucha belleza. La piel era cetrina, La nariz afilada, los ojos vidriosos, la boca torcida, el cuello una amarillenta tira de pellejo y los pechos piltrafas... Amenazaba ruina, estaba llena de grietas por todas partes, venía abajo... muy hondo, a la fosa...; daba pena... No había puntales capaces de contener el derrumbamiento, la catástrofe... Aquella frente había sido señalada por el índice del Dios que mata.

—No puedo continuar en esta casa. Mañana mismo me voy al campo. Me mata el murmullo de la ciudad, los pregones de la calle. Pero esos guardias ¿qué hacen que los permiten? ¡Ay, todo el mundo en contra mía!

Porque era una de las impresiones que más se ensañaban en aquel pobre cerebro estrujado, retorcido por la neurosis, y debilitado por el abuso de la morfina, la de que toda la Creación se había coaligado en contra suya, para envenenarle sus últimos días, sus últimos momentos quizás... Eso era inicuo, cobarde. Cobarde sobre todo.

—Oye, Emilia, voy a tomar mis medidas por si acaso: porque me siento muy mala, peor que anoche. Toma... toma esta llave y abre mi secrétaire... Parece que me aprietan la garganta... y que me ahogan...

Era en verdad lúgubre la escena. Casi a oscuras: una lámpara de alabastro haciendo como que iluminaba vagamente la habitación: especie de manojos de sombras bailando en los rincones una como danza macabra, que daba horror, que detenía la circulación de la sangre; la moribunda en el centro, desplomada en un sillón-cama, y aquella mujer, Emilia, que parecía un fantasma, estúpida a fuerza de miedo, dando vueltas con la llave a la cerradura y sin conseguir abrirla... « no sé que tiene... vamos a ver ahora...» hasta obligar a la condesa a que se incorporara, en el potro, enfurecida, espantosa...

—¡Qué asco de gente! ¡No servís para nada! ¡Ves! Esa torpeza tuya me cuesta lo menos una hora de vida... A la derecha... así. Una caja de ébano que hay en el fondo. Esa, esa misma. Quiero que la quemes con todo lo que contiene. Pero aquí, aquí mismo, que yo lo vea. Ese incendio forma parte de mis funerales.

La sobrevino un pequeño síncope, un picotazo que se llevaba buena parte de vida, de la poca que le restaba, y quedó sin conocimiento un minuto... cinco... diez. Emilia, asustada, iba a salir, a llamar a gritos... —¡No, no, no; por Dios...; con esa caja! ¡No llames... tú sola...!

Si aquello no era la muerte, se parecía tanto a ella que Emilia rompió a llorar desesperadamente, allí, de rodillas, al pie de su señora, estrechándole las manos y besándoselas, como si aquella mujer fuera... ¡yo no sé!... su amante... su hermana.

—Ya pasó. En uno de éstos me quedo... Dame aquí... —Y colocándose el cajoncito de ébano en los brazos, con igual mimo que el que hubiera empleado una madre con su hijo, ¡ay, aquella madre trágica se entregó a pensar qué género de muerte daría a aquel objeto de sus amores, si quemarlo... si romper lo que contenía dentro a menudas trizas, transfigurada por deseos de destrucción, espantosos, brutales!

—Conozco que esto se va... se va a marchas forzadas... —No tenemos tiempo que perder... Oye: hay que quemarlo, —y le mostraba el baulito con desconfianza. —Hay que quemarlo... en seguida... y delante de mí... antes que me muera... ahora, ahora mismo... —escarabajeando con las manos sobre sus flacos muslos, la vista errante... perdida...; los ojos que parecían mejor dos cuentas de vidrio, revolviéndose con desesperación en sus cuencas, como si quisieran desquitarse por adelantado del reposo eterno que les aguardaba; los labios cárdenos, la color lívida...: ¡había ondas sonoras que comenzaban a formular la frase de la Eternidad... ¡Consumatum est! ¡Se olía ya a muerto, a cadáver, en la alcoba! Se oía materialmente, acercarse el momento tirano! Apenas faltaba nada, un soplo, la intención de un soplo... menos que eso... ¡Oh, que ese odioso y eterno dictador de la vida y de la muerte es un sordo-mudo implacable!

Acalló Luisa sus sollozos y salió de la alcoba, grave, como quien ha estado muy cerca, casi al lado, de la Eternidad. Atravesó una porción de salones, y volvió siempre sombría con una botella en la mano. Todos se apartaron para abrirle paso. Ni una sola de aquellas curiosidades se atrevió a interrogarla. Las verdaderas majestades en la tierra no se visten de púrpura, y aquella mujer, dominaba, era verdaderamente reina en aquellos momentos, por el derecho que tiene el dolor a la soberanía. —Penetró en la alcoba mortuoria, separó de las manos crispadas de la condesa el artístico mueble de ébano que las ocupaban, lo roció del líquido que contenía la botella, y le prendió fuego. Fue hermoso lo que se produjo entonces. Un incendio, un verdadero incendio. Las llamas soberbias, desesperadas, rojizas, se corrieron insaciables, del baulito de ébano a la alfombra, y de ésta, a las faldas de Luisa, rociadas también del mismo líquido inflamable. —¡Socorro, socorro! —y corría loca de terror, completamente trágica, derribando muebles como una bestia rabiosa y ciega, por todo lo largo de la cámara, sin encontrar la puerta de salida, arañando en las paredes hasta destrozarse las uñas para abrir boquetes, golpeándose contra ella, furiosa. No era mujer, sino una llama que hacía arder cuanto tocaba.

Los primeros que llegaron, se volvieron atrás horrorizados de la impresión de horno que les quemó la frente. Aquello era el Infierno por anticipado. ¡Qué hermosa capilla ardiente! y cuando volvieron con sendas cubas de agua para batir a la catástrofe...

¡Bah!... lo demás ¿qué importa?

Tres horas después, dominado el fuego, lleno el hotel de autoridades y de intrusos, casi restablecida la calma, pudieron por fin, dedicarse esos heroicos bomberos a los que tan mal se retribuye, a escarbar por entre los escombros, a ver si encontraban los restos de las víctimas. ¡Dos horribles tizones negros que se deshicieron en ceniza apenas se acercó cuidadosamente a ellos la última mano que los acariciara!


Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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