El Lunar

Alfred de Musset


Cuento



I

En 1756, cuando Luis XV, cansado de las disputas entre la magistratura y el Consejo Superior sobre el impuesto de los dos sueldos, tomó el partido de mantenerse en un plano de justicia, los miembros del Parlamento le devolvieron sus actas. Dieciséis de estas dimisiones fueron aceptadas, recayendo sobre ellas otros tantos destierros.

—Pero ¿podríais ver —decía madame de Pompadour a uno de los presidentes—, podríais ver con sangre fría que un puñado de hombres se resistiese a la autoridad del rey de Francia? ¿No os habría parecido mal? Despojaos de vuestra investidura, señor presidente, y juzgaréis el caso como yo.

No solamente los desterrados sufrieron la pena de su malquerencia, sino también sus parientes y amigos. La censura epistolar divertía al rey. Para descansar de sus placeres, se hacía leer por su favorita cuanto de curioso contenía la correspondencia. Bien entendido que, bajo el pretexto de estar por sí mismo en el secreto de todo, se divertía así con las mil intrigas que desfilaban ante sus ojos; pero aquella que tocaba de cerca o de lejos a los jefes de partido estaba casi siempre perdida. Se sabe que Luis XV, con todas sus debilidades, poseía una sola fuerza, la de ser inexorable.

Una noche que se hallaba junto al fuego, sentado a la chimenea y, como de ordinario, melancólico, la marquesa, hojeando un legajo de cartas, se echó a reír encogiéndose de hombros. El rey le preguntó qué sucedía.

—Que acabo de ver —respondió la marquesa— una carta sin sentido común, pero muy conmovedora, y que da lástima.

—¿Quién la firma? —dijo el rey.

—Nadie; es una carta de amor.

—¿Y a quien va dirigida?

—Eso es lo gracioso. A mademoiselle de Annebault, sobrina de mi buena amiga madame de Estrades. Seguramente la han metido entre estos papeles para que yo la viera.

—¿Y qué es lo que dice? —añadió el rey.

—Ya os lo he dicho; habla de amor. Es cosa de Vauvert y de Neauflette. ¿Hay por allí algún gentilhombre? ¿Recuerda Vuestra Majestad?

El rey se picaba de conocer a fondo toda Francia, es decir, la nobleza de Francia. La etiqueta de su corte, que había estudiado muy bien, no le era más familiar que los blasones de su reino; ciencia bien reducida, puesto que no sabía nada más; pero se envanecía de ello; ante sus ojos toda noble jerarquía era como la escalinata de su trono, y quería pasar por su maestro. Después de permanecer unos momentos pensativo, frunció las cejas como ante un recuerdo desagradable, y haciendo a la marquesa seña de que leyera, volvió a hundirse en su sillón, y dijo sonriendo:

—Sigamos: la muchacha es bonita.

Madame Pompadour, en el tono más suavemente burlón, empezó a leer una larga epístola, pródiga en grandes tiradas amorosas.

«¡Ved —decía su autor— cómo me persigue el destino! Todo parecía dispuesto a satisfacer mis deseos, y hasta vos misma, mi tierna amiga, ¿no me habíais hecho esperar la felicidad? Sin embargo, por una falta que no he cometido, he de renunciar a ella. ¿No es excesiva crueldad haberme dejado entrever el cielo, para precipitarme en el abismo? ¿Gozaríais del bárbaro placer de mostrar a los ojos de un pobre condenado a muerte cuanto puede hacer la vida atrayente y amante? No obstante, tal es mi suerte; no me queda otro refugio ni otra esperanza que la tumba, pues mi desgracia me impide aspirar a vuestra mano. Cuando la fortuna me sonreía ponía toda mi esperanza en que llegaseis a ser mía; pobre ahora, me daría horror atreverme a seguir pensando en vos, y, puesto que no puedo haceros dichosa, aunque muriendo de amor, os prohíbo que me améis...»

La marquesa sonrió a estas palabras.

—He aquí un hombre honrado, señora —dijo el rey—. ¿Pero qué es lo que le impide casarse con su amada?

—Permitid, Sire, que continúe:

«Me sorprende que injusticia que tanto me abruma proceda del mejor de los reyes. Sabéis que mi padre solicitaba para mí una plaza de corneta o de abanderado, y que esta plaza decidía mi vida, puesto que me proporcionaba el derecho de aspirar a vos. El duque de Birón me había propuesto; pero el rey me recusó de un modo que me es muy triste recordar, pues si mi padre tiene su manera de ver las cosas —quiero admitir que ello sea una falta—, ¿debo ser yo castigado por eso? Mi fidelidad al rey es tan firme y sincera como mi amor a vos. Claramente demostraría lo uno y lo otro, si para ello me valiera tirar de espada. Es desesperante que se rechace mi demanda; pero lo que se opone a la bien reconocida bondad de Su Majestad es que se me rechace sin razón valedera, envolviéndome en desgracia semejante...»

—¡Ah! ¿Sí? —dijo el rey—. Eso me interesa.

«¡Si supierais cuán tristes estamos! ¡Ay, amiga mía! ¡Durante todo el día me paseo a solas por estas tierras de Neauflette, por este pabellón de Vauvert, por estos bosquecillos! Ayer, el jardinero odioso se presentó con su rastra; pero le he prohibido que rastrille. Iba a profanar la arena... La huella de vuestros pasos, más frágil que la brisa, aun no se había borrado. La punta de vuestros menudos pies y vuestros altos tacones blancos aun se marcaban en el paseo; parecían caminar ante mí, mientras iba siguiendo vuestra divina imagen, y vuestra sombra, como posándose sobre el fugitivo rastro, se animaba por momentos. Fue aquí, departiendo a lo largo del parterre, donde tuve ocasión de conoceros y apreciaros. Una educación admirable en un angelical espíritu; la dignidad de una reina junto a la gracia de una ninfa; un lenguaje sencillo para unos pensamientos dignos de Leibnitz; la abeja de Platón en los labios de Diana: todo esto me envolvía en cendal de adoración. Y entretanto, entonces, las bien amadas flores esparcían su aroma en torno nuestro. Las aspiré escuchándoos y en su perfume vive vuestro recuerdo. Ahora doblan sus corolas, como, mostrándome la muerte...»

—Ése es un mal discípulo de Juan Jacobo —dijo el rey—. ¿Para qué me leéis eso?

—Porque Vuestra Majestad me lo ha ordenado por los lindos ojos de mademoiselle de Annebault.

—Ciertamente, sus ojos son lindos.

«Al regresar de mis paseos encuentro a mi padre siempre solo, en el gran salón, de codos junto a un candelero, bajo estos dorados descoloridos que cubren nuestros carcomidos artesonados. Me ve llegar con tristeza... Mi pena aviva la suya. ¡Oh Atenaida! En el fondo de este salón, junto a la ventana, está el clavecino que recorrían vuestros deliciosos dedos, que sólo una vez tocaron mis labios, mientras los vuestros se entreabrían dulcemente a los acordes de la más suave música..., de tal modo que vuestro canto no era sino una sonrisa. ¡Ah, qué deliciosos Rameau, Lulli, Duni y qué sé yo cuántos otros! ¡Oh, sí! ¡Vos los amáis, y siempre están en vuestra memoria! ¡Su hálito ha cruzado por vuestros labios! También yo me siento ante el clavecino y trato de tocar una de esas sonatas que tanto os placen, y que ahora me parecen frías y monótonas; me paro de pronto, y las oigo extinguirse, mientras el eco se apaga bajo esta bóveda lúgubre. Mi padre se vuelve hacia mí y me contempla desolado. ¿Qué puede hacer él? Un chisme callejero, de antecámara palaciega, ha apretado nuestros grillos. Me ve joven, ardiente, lleno de vida, sin más deseo que estar en el gran mundo, y aunque es mi padre, nada puede hacer...»

—¿No se diría —dijo el rey— que al mozo, yendo de caza, le hubiera matado el halcón en su propia mano? ¿Acaso alude a alguien?

«Es muy cierto —replicó la marquesa, prosiguiendo su lectura en tono más bajo—, es muy cierto que somos vecinos cercanos y lejanos parientes del abate Chauvelin...»

—¡Ya salió aquello! —dijo Luis XV bostezando—. Un sobrino más de los pleiteantes y memorialistas. Mi Parlamento abusa de mi bondad; verdaderamente, tiene demasiada familia.

—Pero si no es más que un pariente lejano...

—¡Bah! Toda esa gente no vale la pena. El abate Chauvelin es un jansenista, un pobre diablo; pero de los dimitidos. Echad esa carta al fuego, y que no se me hable más de ella.

II

Las últimas palabras pronunciadas por el rey no eran precisamente una sentencia de muerte, pero sí una especie de prohibición de vivir. ¿Qué podría hacer en 1756 un joven sin fortuna y de quien el rey no quería ni hablar? Procurarse un destino, hacerse filósofo o acaso poeta; pero sin influencia, como en aquel caso, nada valía todo ello.

No era ésta, ni con mucho, la vocación del caballero de Vauvert, que acababa de escribir, con los ojos arrasados en llanto, la carta de que se burlaba el rey. Entretanto, a solas con su padre en el fondo del viejo castillo de Neauflette, se paseaba por la estancia con aire triste y enfurecido.

—Quiero ir a Versalles.

—¿Y qué vas a hacer allí?

—No lo sé; pero ¿qué hago aquí?

—Acompañarme; ciertamente que esto no será muy divertido para vos, y de ningún modo quiero reteneros. Pero ¿olvidáis que vuestra madre ha muerto?

—No, señor; y le prometí consagraros la vida que os debo. Volveré, pero quiero partir; no sabría permanecer aquí.

—¿Y a qué se debe eso?

—A un extremado amor. Amo perdidamente a mademoiselle de Annebault.

—Sabéis que es inútil. Nadie más que Molière puede hacer casamiento sin dote. Olvidáis, además, que he caído en desgracia.

—¡Ah, señor! ¡Vuestra desgracia! ¿Me será permitido, sin apartarme del más profundo respeto, preguntaros a qué se debe? Nosotros no pertenecemos al Parlamento. Nosotros no creamos el impuesto, pero lo pagamos. Si el Parlamento escatima los dineros del rey, es cosa suya y no nuestra. ¿Por qué ha de arrastrarnos en su ruina el señor abate de Chauvelin?

—El señor abate de Chauvelin procede como un hombre honrado. Se niega a aprobar el diezmo porque está escandalizado de las dilapidaciones de la Corte. En tiempos de madame de Châteauroux no hubiera ocurrido nada semejante. Aquélla, al menos, era realmente hermosa, y no costaba nada, ni aun lo que prodigaba generosamente. Y aunque reina y señora, se consideraba satisfecha con que el rey no la enviase a pudrirse en un calabozo cuando le retirase su favor. Pero esta Etioles, esta Normant, esta Poisson insaciable...

—¿Y qué importa?

—¿Qué importa, decís? Más que pensáis. ¿Sabéis siquiera que, al presente, mientras el rey nos arruina, la fortuna de su griseta es incalculable? Al principio se hacía pasar una renta de ciento ochenta mil libras; pero esto no era más que una bagatela, que hoy no se tiene en cuenta. No es posible hacerse idea de las tremendas sumas que el rey pone a sus pies. No pasan tres meses sin que ella coja al vuelo, como sin darle importancia, quinientas o seiscientas mil libras, unas veces sobre las sales y otras sobre el aumento de crédito para las caballerizas; con el alojamiento de que disfruta en todas las mansiones reales, compra la Selle, Cressy, Aulnay, Brimborion, Marigny, Saint-Remi, Bellevue y otras muchas tierras y castillos en París, Fontainebleau, Versalles y Compiègne, sin contar una fortuna secreta colocada en todos los países y en todos los Bancos de Europa, para el caso de su probable desgracia o de que el soberano muriera. Y ¿quién paga todo esto, queréis decirme?

—Lo ignoro, señor; pero yo no.

—Vos como todo el mundo. Francia, el pueblo que suda sangre y agua, que grita en las calles e insulta la estatua de Pigalle. Y el Parlamento se niega a más: no quiere nuevos impuestos. Cuando se trataba de gastos de guerra, nuestro último escudo se hallaba siempre dispuesto; no pensábamos en regatear. El rey, victorioso, pudo ver claramente cuán amado era de todo el reino, y aun más claramente cuando estuvo para morir. Cesó entonces toda disidencia, toda facción, todo rencor; Francia entera se arrodilló ante el lecho del rey y rogó por él. Pero si pagamos sin reparar sus soldados y sus médicos, no queremos seguir pagando sus queridas, y tenemos que hacer algo más que sostener a madame de Pompadour.

—No la defiendo, señor. No sabría darle ni quitarle la razón; no la he visto jamás.

—Sin duda, y no os disgustaría verla, ¿verdad?, para formar sobre ella alguna opinión: que a vuestros años la cabeza juzga por los ojos. Intentadlo, si bien os parece, pero se os rehusará tal satisfacción.

—¿Por qué, señor?

—Porque es una locura; porque la tal marquesa es tan invisible en sus camarines de Brimborion como el Gran Turco en su serrallo; porque os darán pon todas las puertas en las narices. ¿Qué intentáis hacer? ¿Conseguir lo imposible? ¿Buscar fortuna como un aventurero?

—No, como un enamorado. No pretendo suplicar, señor, sino reclamar contra una injusticia. Tenía una esperanza fundamentada, casi una promesa de monsieur de Biron; estaba en víspera de poseer lo que más amo, y mi amor no era ninguna insensatez; vos no lo desaprobasteis. Permitid, pues, que trate de defender mi causa. Ignoro si tendré que entenderme con el rey o con madame de Pompadour, pero quiero partir.

—¡No sabéis lo que es la Corte, y queréis presentaros en ella!

—¡Bah! Acaso por lo mismo que soy un desconocido se me reciba con mayor facilidad.

—¡Vos desconocido! ¡Un antiguo noble! ¿Así pensáis? ¡Con un nombre como el vuestro...! Somos antiguos gentilhombres, señor mío; no podréis pasar inadvertido.

—¡Mejor entonces! El rey me escuchará.

—No querrá ni oír hablar de vos. Soñáis con Versalles, y pensáis veros en él no más que en cuanto el postillón se detenga... Supongamos que llegáis hasta la antecámara, hasta la galería, hasta el Ojo de Buey; veréis que entre Su Majestad y vos no hay más que el batiente de una puerta: pues mediará un abismo. Retrocederéis, buscaréis recomendaciones, protectores: nada encontraréis. ¿Cómo creéis que el rey se venga, de nuestro parentesco con monsieur de Chauvelin? De Damieus se venga con el tormento; del Parlamento, con el destierro; pero de nosotros, con una palabra o, peor todavía, con el silencio. ¿Sabéis lo que es el silencio del rey cuando, con muda mirada, en vez de responderos os examina fijamente, al pasar, y os anonada? Después del cadalso en la plaza de la Grève y en la prisión de la Bastilla, existe una especie de suplicio que, menos cruel en apariencia, deja tanta huella como la mano del verdugo. Cierto que el condenado queda en libertad; pero ya no ha de pensar nunca en acercarse a una mujer, a un cortesano, a un salón, a una abadía o a un cuartel. Todo se cerrará o dará media vuelta ante sus ojos, y así habrá de vagar, al azar, en una invisible prisión.

—Pero yo daré tantas vueltas que saldré de ella.

—No más que salieron otros. El hijo de monsieur de Meynières no era más culpable que vos. Como vos, había recibido las mejores promesas y las más legítimas esperanzas. Su padre, el más fiel vasallo de Su Majestad, el hombre más honrado de su reino, desatendido por el rey, ha tenido que ir, con sus cabellos blancos, no a suplicar, sino a intentar convencer a la griseta favorita. ¿Y sabéis lo que le ha respondido? He aquí sus propias palabras, que monsieur de Meynières me copia en una carta: «El rey es el dueño; no juzga digno de vos manifestaros personalmente su desagrado; se contenta con hacéroslo experimentar privando a vuestro hijo de una brillante posición. Castigaros de otro modo sería comenzar un proceso, y el rey no quiere; es preciso respetar su voluntad. Sin embargo, os compadezco y participo de vuestras penas porque he sido madre; sé lo que es para vos dejar a vuestro hijo sin una posición.» ¡Ya veis el estilo de esa criatura! ¡Y queréis poneros a sus pies!

—¡Se dice que los tiene preciosos!

—¡Sí, por cierto! No siendo guapa, todos sabemos que el rey la adora. Cede y se doblega ante ella. Para mantener su extraño poder, preciso es que tenga algo más que su cabeza hueca.

—¡Pretenden que tiene un talento especial!

—¡Y muy poco corazón! ¡Bonito mérito!

—¿Poco corazón ella, que tan bien sabe declamar los versos de Voltaire, cantar la música de Rousseau y representar Alcira y Colette? Es imposible, jamás lo creeré.

—Id a verlo, puesto que así lo queréis. Yo aconsejo, no ordeno; pero perderéis el viaje. ¿Tanto amáis, en fin, a esa damisela de Annebault?

—Más que a mi vida.

—Pues idos.

III

Se ha dicho que los viajes perjudican al amor, porque proporcionan distracciones; se ha dicho también que lo fortalecen, porque dejan tiempo para pensar en él. Pero nuestro caballero era demasiado joven para hacer tan sensatas distinciones. Cansado del coche a mitad del camino, había tomado un caballejo de posta, y hacia las cinco de la tarde llegó a la Hostería del Sol, que ostentaba su muestra, ya pasada de moda en tiempos de Luis XIV.

Había en Versalles un cura viejo que había sido párroco cerca de Neauflette; el caballero le conocía y le quería. El cura, sencillo y pobre, tenía un sobrino beneficiado, abate en la corte, que podía serle útil. El caballero fue, pues, a casa del sobrino, el cual, hombre importante, sumido en su alzacuello, recibió muy bien al recién llegado y se dignó escuchar sus cuitas.

—¡Hombre! —le dijo—, venís muy a punto. Esta noche hay ópera en palacio, cierta fiesta por no sé qué. Yo no voy porque estoy enojado con la marquesa para ver si consigo algo; pero he aquí, precisamente, una invitación del señor duque de Amnont, que le había yo pedido no sé para quién. Id allá. No estáis presentado, es cierto; pero para estos espectáculos no es necesario. Procurad hallaros al paso del rey por el saloncillo. Una mirada, y habéis hecho vuestra fortuna.

El caballero dio las gracias al abate, y, fatigado por la mala noche y la jornada a caballo, se atavió ante un espejo de la hostería con esa negligencia que sienta tan bien a los enamorados. Una criada poco experta le ayudó lo mejor que pudo, y le cepilló la casaca bordada. Y así se lanzó a la casualidad. Tenía veinte años.      Anochecía cuando llegó a palacio. Tímidamente se acercó a la verja y preguntó el camino al centinela. Mostráronle la gran escalinata, y, una vez allí, supo por el suizo que la función acababa de empezar, y que el rey, es decir, todo el mundo, estaba en la sala.

—Si el señor marqués quiere atravesar el patio —añadió el suizo, que por si acaso le daba el tratamiento de marqués— llegará en un instante a la representación. Si prefiere pasar por los salones...

El caballero no conocía el palacio. La curiosidad le impulsó a responder que iría por los salones; luego, como un lacayo se dispusiese a servirle de guía, un movimiento de vanidad le hizo añadir que no necesitaba quien le acompañase. Siguió, pues, avanzando solo, no sin cierta emoción.

Todo Versalles resplandecía. Desde la planta baja hasta el tejado relucían las arañas, las girándulas, los mármoles y los muebles dorados. Excepto los aposentos de la reina, todas las puertas estaban abiertas de par en par. A medida que el caballero avanzaba, le invadían una admiración y una sorpresa difíciles de imaginar, pues lo que hacía realmente maravilloso el espectáculo que se le ofrecía no era solamente la belleza y el esplendor del mismo, sino la absoluta soledad en que se encontraba en aquella especie de desierto encantado.

En efecto, cuando se encuentra uno solo en un vasto recinto, ya sea un templo, un claustro o un palacio, se siente algo extraño o, por así decirlo, misterioso. Parece como que el monumento pesa sobre el hombre, que los muros le miran, que los ecos le escuchan y el ruido de sus pasos turba un tan gran silencio de tal modo, que siente un temor involuntario y no se atreve a andar sino con respeto.

Así le ocurrió al principio al caballero; pero pronto pudo más la curiosidad, y le arrastró. Los candelabro de la galería de los Espejos, al mirarse en ellos, se devolvían a sí mismos sus luces. Sabido es los millares de amorcillos, ninfas y pastoras que jugueteaban entonces por los artesonados, revoloteaban por los techos y parecían enlazar el palacio entero en una inmensa guirnalda. Había vastos salones con doseles de terciopelo salpicado de oro, y grandes sillones de gala que aun conservaban el majestuoso empaque del gran rey; más allá, otomanas chafadas y sillas de tijera en desorden alrededor de una mesa de juego; una serie infinita de salones, siempre vacíos, cuya magnificencia resaltaba tanto más cuanto más inútil parecía; de vez en cuando, puertas secretas que abrían sobre interminables corredores; mil escaleras y pasillos que se cruzaban como para un laberinto; columnas y estrados hechos como para gigantes; gabinetes desordenados como escondrijos de chicos; un enorme cuadro de Vanloo junto a una chimenea de pórfido; una caja de lunares olvidada al lado de una grotesca figurilla china; aquí una soberbia grandeza, allá una gracia afeminada, y por todas partes, entre tanto lujo y tal prodigalidad y molicie, mil olores embriagadores, extraños y variados, mezcla de perfumes de flores y de mujeres; una enervante tibieza, un aire de voluptuosidad.

Estar a los veinte años en semejante lugar, en medio de aquellas maravillas, y encontrarse solo, era motivo suficiente para sentirse deslumbrado. El caballero avanzaba al azar, como en sueños.

«¡Verdadero palacio de hadas!», murmuraba. Y, en efecto, le parecía que se realizaba para él uno de esos cuentos en que los príncipes extraviados descubren mágicos palacios.

¿Eran criaturas mortales las que habitaban aquella mansión ideal?

¿Eran mujeres verdaderas las que habían estado sentadas en aquellas butacas, y cuyas graciosas formas habían impreso a los cojines aquellas ligeras huellas, llenas todavía de indolencia? ¿Quién sabe si tras aquellas espesas cortinas, al fondo de alguna inmensa galería, se aparecería una princesa dormida desde hacía cien años, una Armida con lentejuelas, o alguna dríada de corte que saliera de una columna de mármol o entreabriese un dorado artesonado?

Aturdido, a pesar suyo, por todas aquellas quimeras, el caballero se había echado en un sofá para soñar más a gusto, y tal vez hubiera permanecido allí más tiempo de no haber recordado que estaba enamorado. ¿Qué haría en aquellos momentos su bienamada, la señorita de Annebault, que quedaba allá, en un viejo castillo?

—¡Atenaida! —exclamó de repente—. ¡De qué modo pierdo aquí mi tiempo! ¿Me he vuelto loco? ¿Dónde estoy, Señor, y qué es lo que me ocurre?

Y, levantándose, continuó su camino a través de aquel país desconocido, donde no hay que decir que se perdió. Vio a dos o tres lacayos que hablaban en voz baja en el fondo de una galería, y, dirigiéndose a ellos, les preguntó el camino para ir a la comedia.

—Si el señor marqués —le respondieron, usando siempre la consabida fórmula— quiere tomarse la molestia de bajar por esa escalera y seguir la galería de la derecha, hallará al final tres escalones que subir; debe volver luego a la derecha, y cuando haya atravesado el salón de Diana, el de Apolo, el de las Musas y el de la Primavera, bajará de nuevo seis peldaños, y luego, a la izquierda, la sala de las guardias, para tomar la escalera de los ministros, no puede por menos de encontrarse con otros ujieres que le indicarán el camino.

—Muchas gracias —dijo el caballero—. ¡Con señas tan detalladas, mía será la culpa si no me oriento!

De nuevo emprendió valerosamente la marcha, aunque deteniéndose con frecuencia, a pesar suyo, para mirar a uno y otro lado, hasta que el recuerdo de su amor le hacía continuar el camino; y, por fin, al cuarto de hora encontró, como le habían dicho, nuevos lacayos, que le dijeron:

—El señor marqués se ha equivocado, porque ha debido ir por la otra ala del palacio; pero nada más fácil que dar con ella: sólo tiene el señor que bajar esta escalera, pasar por el salón de las Ninfas, luego por el salón del Estío, luego por el de...

—Muchas gracias —dijo el caballero.

«El majadero soy yo —pensó luego—, que se pone a hacer preguntas como un papanatas. Estoy haciendo el ridículo inútilmente, y aunque, lo que no es probable, no se burlasen de mí, ¿para qué me sirve esa nomenclatura y los pomposos títulos que dan a esos salones, para mí desconocidos?»

Decidió caminar en línea recta en cuanto le fuese posible. «Porque —se decía—, después de todo, es muy grande y magnífico el palacio, pero terminará en alguna parte, y aunque sea tres veces más largo que nuestro conejar, habré de ver dónde acaba.»

Pero en Versalles no es fácil andar mucho rato en línea recta, y la rústica comparación de la morada real con un criadero de conejos debió desagradar a las ninfas del palacio, porque se dieron con más ahínco a extraviar al pobre enamorado, y para castigarle, sin duda, complaciéronse en hacerle dar vueltas y revueltas sobre sus propios pasos, volviéndole siempre al mismo lugar, como a un campesino extraviado en un bosque.

En las Antigüedades de Roma, de Piranesi, hay una serie de grabados que el artista llama «sus sueños», y que son un recuerdo de las propias visiones del artista durante el delirio de una fiebre. Representan estos grabados unas vastas salas góticas, en cuyo suelo hay toda clase de utensilios y de máquinas, ruedas, cables, poleas, catapultas, etc., etc.

A lo largo de los muros se ve una escalera, y trepando por ella, no sin trabajo, al mismo Piranesi. Mirando a los escalones, un poco más arriba, se ve que, de repente, se cortan ante un abismo, y ocurra lo que quiera con el pobre Piranesi, imaginamos que, al menos, ha dado fin a sus trabajos, puesto que no puede dar un paso más sin caer al abismo; pero si levantamos más los ojos, vemos elevarse en el aire una segunda escalera, y de nuevo vemos en esta escalera a Piranesi al borde de otro precipicio. Mirando aún más alto, se ve una nueva «calera, más aérea todavía que las anteriores, y al pobre Piranesi que continúa su ascensión; y así indefinidamente, hasta que la eterna escalera y Piranesi desaparecen juntos por las nubes, es decir, por el borde del grabado.

Esta febril alegoría representa, con bastante exactitud, el fastidio de un trabajo inútil y la especie de vértigo que produce la impaciencia. Asimismo, el caballero, que no cesaba de vagar de salón en salón, fue acometido de cierta cólera.

—¡Pardiez! ¡Esto es muy aburrido! ¡Después de estar tan satisfecho, tan encantado de encontrarme solo en este maldito palacio —ya no le llamaba de las hadas—, no voy a poder salir de él! ¡Mal haya la fatuidad que me inspiró la idea de penetrar aquí como el príncipe Fanfarinet, con sus botas de oro macizo, en lugar de decir al primer lacayo con que tropecé que me acompañase, sencillamente, a la sala del espectáculo!

Cuando sentía estos tardíos remordimientos, el caballero se encontraba como Piranesi, en la meseta de una escalera, entre tres puertas. Le pareció oír detrás de la puerta del centro un murmullo tan dulce, tan ligero, tan voluptuoso, por así decirlo, que no pudo por menos de escuchar; y en el momento en que se disponía a seguir adelante, temeroso de ser indiscreto, abriose la puerta de par en par. Una bocanada de aire embalsamado con mil perfumes y un torrente de luz capaz de hacer palidecer a la galería de los Espejos le sorprendieron tan repentinamente que retrocedió algunos pasos.

—¿Quiere pasar el señor marqués? —preguntó el ujier que había abierto la puerta.

—Desearía ir a la comedia —respondió el caballero.

—Acaba de terminar en este instante.

Al mismo tiempo, bellísimas damas, delicadamente pintadas con blancos y carminosos afeites, y dando, no ya el brazo, ni siquiera la mano, sino la punta de los dedos a viejos y jóvenes, comenzaban a salir de la sala de espectáculos, poniendo gran cuidado en andar de costado para no estropear sus miriñaques. Toda aquella, brillante sociedad hablaba en voz baja, con una semialegría mezcla de temor y de respeto.

—¿Qué es esto? —dijo el caballero, sin adivinar que el azar le había conducido precisamente al saloncillo de descanso.

—¡El rey va a pasar! —anunció el ujier.

Hay una especie de intrepidez que no duda de nada y que es sumamente fácil: el valor de las gentes mal educadas. Aunque nuestro joven provinciano era bastante valiente, no poseía esa facultad, y a las solas palabras de «el rey va a pasar» quedó inmóvil y casi aterrado.

El rey Luis XV, que cuando salía de caza hacía a caballo una docena de leguas sin notarlo, era, como se sabe, soberanamente indolente. Se vanagloriaba, no sin razón, de ser el primer caballero, de Francia; y sus queridas le decían, no sin justicia, que también era el más guapo y apuesto. Era una cosa extraña verle abandonar su sillón y dignarse andar a pie. Cuando atravesó el salón, con un brazo apoyado, o más bien extendido, por el hombro del señor de Argenson, mientras sus tacones rojos resbalaban por el suelo —había puesto de moda ese aire perezoso—, cesaron todos los cuchicheos; los cortesanos bajaban la cabeza, y las damas, replegándose suavemente sobre sus jarreteras de color de fuego, arriesgaban ese coquetón saludo que nuestras abuelas llamaban una reverencia, y que nuestro siglo ha reemplazado por el brutal shakehand de los ingleses.

Pero el rey no se fijaba en nada, y sólo veía lo que le complacía. Tal vez estuviera allí Alfieri, que cuenta del siguiente modo, en sus Memorias, su presencia en Versalles:

«Sabía que el rey no hablaba nunca a extranjeros, no siendo personas notables; pero no pude, sin embargo, acostumbrarme al aire impasible y altanero de Luis XV. Medía de pies a cabeza al que le presentaban, y su semblante no acusaba la más mínima impresión. Creo, sin embargo, que si se le dijese a un gigante: «Permitid que os presente a esta hormiga», al mirarla, sonreiría, o tal vez dijese: «¡Animalito!»

El taciturno monarca pasó, pues, entre aquellas damas y aquella Corte conservando su soledad en medio de la multitud. No necesitó el caballero reflexionar mucho para comprender que nada podía esperar del rey y que el relato de sus amores no tendría allí el menor éxito.

—¡Qué desgraciado soy! —pensó—. Sobrada razón tenía mi padre al decirme que a dos pasos del rey vería un abismo entre él y yo. Y aunque pidiese una audiencia, ¿quién me presentaría? He aquí a este amo absoluto que puede, con una palabra, cambiar mi suerte, asegurar mi fortuna y satisfacer mis aspiraciones. Delante de mí le tengo; si extendiese la mano podría tocar su manto..., y, sin embargo, creo estoy más lejos de él que en el fondo de mi provincia. ¿Cómo hablarle? ¿Cómo llegar a él? ¿Quién me ayudaría?

Mientras que el caballero se desconsolaba de esta manera, vio llegar una bella dama de gracioso y elegante porte. Vestida de blanco, muy sencilla, sin joyas ni encajes, con una rosa única sobre el pelo. Daba el brazo a un señor muy emperejilado, tout a l'ambre, como dice Voltaire, y le hablaba en voz baja, tapándose con el abanico. Y quiso el azar que, hablando y riendo, se le escapase el abanico y cayese bajo un sillón, delante precisamente de nuestro caballero, el cual precipitose inmediatamente a recogerlo; y como pusiese para ello la rodilla en tierra, le pareció la joven dama tan encantadora, que le devolvió el abanico sin levantar del suelo la rodilla. Detúvose la dama, sonriose, y siguió su camino, después de darle las gracias con un ligero movimiento de cabeza; pero si la mirada que lanzó al caballero hizo latir su corazón, sin motivo alguno al parecer, el motivo existía, porque aquella damita era la chiquilla de Etioles, como la llamaban los descontentos, mientras que los demás, al mencionarla, la llamaban «la Marquesa», como si dijesen «la Reina».

IV

—¡Ésta me ayudará, ésta vendrá en mi auxilio! ¡Ah, cuánta razón tenía el ábate al decirme que una mirada decidiría mi vida! Sí; esos ojos tan dulces, esa burlona y deliciosa boquita, ese piececito ahogado en un perendengue... ¡Ésa será mi buena hada!

Así pensaba, casi en voz alta, el caballero, al volver a su albergue. ¿De dónde provenía tan súbita esperanza? ¿Era sólo su juventud la que hablaba, o habían hablado los ojos de la marquesa?

Mas la dificultad seguía siendo la misma. Aunque ya no pensara en ser presentado al rey, ¿quién le presentaría a la marquesa?

Pasó gran parte de la noche escribiendo a la señorita de Annebault una carta parecida a la que había leído madame Pompadour.

Sería harto inútil reproducir aquella carta: exceptuando los tontos, solamente los enamorados creen decir cosas nuevas, aunque no hacen más que repetir las mismas.

Por la mañana, el caballero había salido a vagar, soñando, por las calles. No se le ocurrió recurrir nuevamente al abate protector, sin que sea fácil adivinar qué causa se lo impedía. Era una mezcla de temor y de audacia, de falso rubor y de novelería. Y, en efecto, ¿qué le habría respondido el abate si le hubiese contado su historia de la víspera? «Os hallasteis muy a punto para recoger su abanico; pero ¿habéis sabido aprocharos de ello? ¿Qué dijistéis a la marquesa? «Nada.» «Debisteis hablarla.» «Me turbé y perdí la cabeza.» «Mal hecho; hay que saber coger las ocasiones al vuelo; pero, en fin, todavía tiene arreglo. ¿Queréis que presente al señor de Tal, que es amigo mío? ¿A la señora Cual, que es mejor todavía? Procuraremos haceros llegar hasta esa marquesa que tanto miedo os causa, y si esta vez», etc., etc.

Pero el caballero no se ocupaba de cosa semejante. Le parecía que contar su aventura hubiera sido, por decirlo así, desflorarla y echarla a perder. Decíase que a casualidad había hecho con él algo inaudito, algo increíble, y que aquello debía ser un secreto entre la fortuna y él; confiar semejante secreto a un cualquiera era, a su juicio, quitarle todo su valor y mostrarse indigno de él. «Solo fui ayer al palacio de Versalles —pensaba—, y solo iré también al Trianón», que por entonces era la residencia de la favorita.

Semejante modo de pensar puede y hasta debe parecer extravagante a los espíritus calculadores, que nada olvidan y que confían lo menos posible a la casualidad; pero los de más frialdad, si han sido jóvenes —no todo el mundo lo es, ni aun en su juventud—, han podido conocer este sentimiento extraño, débil y atrevido, peligroso y seductor, que nos arrastra a la fatalidad: nos sentimos ciegos y lo deseamos; no sabemos dónde vamos y seguimos adelante. La sugestión está en esa misma despreocupación y en esa misma ignorancia; ése es el placer del artista que sueña, del enamorado que se pasa las noches bajo las ventanas de su amada; éste es el instinto del soldado y es, sobre todo, el del jugador.

El caballero, casi sin saberlo, había tomado el camino del Trianón. Sin ser muy lechuguino, como entonces se decía, no le faltaban elegancia ni ese modo de conducirse que hace que un lacayo, al cruzarse con vosotros, no os pregunte dónde vais. No le fue, pues, difícil, merced a algunas explicaciones recibidas en la hostería, llegar hasta la verja del palacio, si así puede llamarse a esa bombonera de mármol que antaño viera tantos hastíos y placeres. Desgraciadamente, la verja estaba cerrada, y un corpulento suizo, vestido con una sencilla hopalanda, se paseaba, con las manos a la espalda, por la avenida interior, como quien a nadie espera.

«¡El rey está aquí —se dijo el caballero—, o no está la marquesa!» Evidentemente, cuando las puertas están cerradas y los criados se pasean, los amos no están visibles, o han salido.

¿Qué hacer? De igual modo que un momento antes se sentía confiado y valeroso, experimentaba de pronto una gran contrariedad y turbación. Aquella sola idea «¡El rey está aquí!» le asustaba más que las tres palabras de la víspera: «¡El rey va a pasar!», pues éstas no fueron sino lo imprevisto, mientras que ahora conocía aquella fría mirada y aquella impasible majestad.

«¡Ah, Dios mío! ¿Qué cara pondría yo si intentase penetrar, aturdido, en este jardín y llegase a encontrarme frente a frente de este monarca soberbio, que a orillas de un riachuelo saborease su café?»

Rápidamente se apareció a la vista del pobre enamorado la desagradable silueta de la Bastilla; en lugar de la imagen encantadora que había conservado de la marquesa sonriéndole al pasar, vio grandes torreones, obscuros calabozos, negro pan y agua de suplicio: conocía la historia de Latude. Poco a poco volvía a la razón, y su esperanza huía poco a poco.

«Y, sin embargo —decíase aún—, yo no hago el menor mal, y menos al rey. Reclamo contra una injusticia; jamás he criticado a nadie. ¡He sido tan bien recibido ayer en Versalles y los lacayos fueron tan amables conmigo...! ¿Qué puedo temer? ¿Cometer una torpeza? Ya procuraré repararla.»

Se aproximó a la verja y la empujó con la mano; estaba entreabierta. La abrió del todo y entró resueltamente. El suizo se volvió de mal talante:

—¿Qué deseáis? ¿Adónde vais?

—A ver a madame de Pompadour.

—¿Os ha concedido audiencia?

—Sí.

—¿Dónde está la carta?

Allí no valía, como la víspera, el marquesado ni el duque de Aumonte. El caballero bajó tristemente los ojos y advirtió que sus medias blancas y sus hebillas de falsa pedrería del Rin estaban cubiertas de polvo. Había cometido la falta de venir a pie en una ciudad donde no andaba nadie. El portero bajó también los ojos y le midió, no de cabeza a pies, sino de pies a cabeza. El traje le pareció bien; pero llevaba el sombrero ladeado y desempolvada la peluca.

—Si no tenéis carta, ¿qué es lo que queréis?

—Quisiera hablar a madame de Pompadour.

—¿De veras? ¿Y creéis que eso se consigue así?

—No lo sé. ¿Está el rey aquí?

—Acaso. ¡Idos y dejadme en paz!

El caballero no quería enfadarse; pero, a pesar suyo, aquella insolencia le hizo palidecer.

—Muchas veces he mandado a los lacayos quitarse de mi presencia —respondió—; pero jamás me lo ha dicho un lacayo a mí.

—¡Un lacayo! ¡Yo lacayo! —exclamó furioso el suizo.

—Lacayo, portero, criado o mandadero, lo mismo me da y poco me importa.

El suizo dio un paso hacia el caballero con los puños crispados y encendido el rostro. El caballero, recobrándose ante la apariencia de una amenaza, desenvainó ligeramente su espada.

—Ten cuidado —dijo—. Soy gentilhombre y no me costaría más que treinta y seis libras mandar al otro mundo a un villano como tú.

—Si vos sois gentilhombre, señor, yo pertenezco al rey. No hago más que cumplir con mi deber; y no creáis que...

En aquel momento, el sonar de una fanfarria, que parecía venir del bosque de Satory, se dejó oír a lo lejos y se perdió en el eco. El caballero dejó caer la espada en su vaina, y, sin volver a pensar en la disputa empezada, dijo:

—¡Ah, caramba! ¡Si es el rey, que sale de caza! ¿Por qué no me lo dijisteis antes?

—Ni a mí me incumbe ni a vos os importa.

—Escuchad, amigo mío. El rey no está aquí, yo no traigo carta ninguna, no se me ha concedido audiencia ninguna. Pero tomad, para que bebáis un trago, y dejadme pasar.

Y sacó del bolsillo algunas monedas de oro. El suizo volvió a mirarle con un soberano desprecio.

—¿Qué significa esto? —dijo desdeñosamente—. ¿Así es como intentáis introduciros en una morada regia? Cuidad, no sea que en vez de obligaros a salir os encierre en ella.

—¡Tú, grandísimo granuja! —dijo el caballero vuelto en cólera y empuñando otra vez su espada.

—Sí, yo —repitió el hombre, gigantesco.

Pero durante esta conversación, en que el historiador siente haber comprometido a su héroe, densas nubes habían obscurecido el cielo y una tormenta se preparaba. Brilló un relámpago fugaz, seguido de un trueno violento, y la lluvia empezó a caer pesadamente. El caballero, que aun tenía las monedas en la mano, vio sobre uno de los polvorientos zapatos una gota de agua del tamaño de medio escudo.

—¡Demonio —exclamó—, pongámonos al abrigo! No es cosa de mojarse.

Y se dirigió hacia el antro del cerbero, o, si se quiere, a la casa del portero; y una vez allí, sentándose sin la menor ceremonia en el sillón de aquél, dijo:

—¡Gran Dios, cuánto me fastidiáis y qué desgraciado soy! Me tomáis por un conspirador y no adivináis que tengo en mi bolsillo un memorial para Su Majestad. Yo seré un provinciano; pero vos sois un estúpido.

El suizo, por toda respuesta, fue a coger su alabarda de un rincón, y permaneció en pie arma al brazo.

—¿Cuándo vais a marcharos? —gritó con voz estentórea.

La disputa, suspendida y reanudada a cada momento, parecía ahora formalizarse, y las manazas del suizo empezaban ya a estremecerse extrañamente, agarrando la alabarda. No sé qué hubiera sucedido, cuando, volviendo de pronto la cabeza, dijo el caballero:

—¡Ah! ¿Quién viene aquí?

Un pajecillo, que montaba un caballo soberbio —no inglés: en aquellos tiempos no estaban de moda las patas delgadas—, avanzaba a rienda suelta y a todo galope. El camino estaba encharcado por la lluvia; la verja a medio abrir. El paje dudó un momento; el suizo se adelantó y abrió la verja. El jinete picó espuelas; el caballo, parado de pronto, quiso reanudar su carrera, resbaló en la tierra mojada y cayó.

Es difícil y hasta peligroso hacer levantarse a un caballo que se ha caído. De nada sirve la fusta. El pataleo de la bestia, que se defiende como puede, es sumamente desagradable, sobre todo cuando el jinete tiene también una pierna apresada por la silla.

No obstante, el caballero corrió en su ayuda, sin pensar en estos inconvenientes; y lo hizo con tal destreza, que el caballo se levantó en seguida y el jinete en libertad. Pero éste estaba lleno de barro, y apenas si podía andar cojeando. Transportado como se pudo a la casa del portero, y sentado a su vez en el gran sillón, dijo al caballero:

—Caballero, seguramente sois gentilhombre. Me habéis prestado un gran servicio; pero aun podéis prestarme otro mayor. He aquí un mensaje del rey para la señora marquesa que es urgentísimo, como habéis visto, puesto que por llegar de prisa mi caballo y yo hemos estado a punto de rompernos la crisma. Comprenderéis que en el estado en que me encuentro, con una pierna coja, no puedo hacer llegar a su destino este papel. Para ello sería necesario que me llevasen a mí. ¿Queréis ir en mi lugar?

Al mismo tiempo sacaba de su bolsillo un gran sobre con arabescos de oro y con el sello real.

—Con mucho gusto, señor —respondió el caballero, cogiendo el sobre. Y ligero y ágil como una pluma, echó a correr cual sin tocar el suelo.

V

Cuando el caballero llegó al palacio, otro suizo saliole al paso en el peristilo:

—Orden del rey —dijo el joven, que no temía esta vez a las alabardas; y, mostrando su carta, pasó alegremente por entre media docena de lacayos.

Un ujier corpulento, plantado en medio del vestíbulo, al ver la orden con el sello real, se inclinó profundamente, como un álamo curvado por el viento, y luego, con uno de sus dedos huesudos, apretó, sonriendo, en el ángulo de dos muros.

Una puertecilla de escape, oculta por un tapiz, se abrió como por encanto. El hombre huesudo hizo un ademán obsequioso, el caballero entró, y el tapiz, que permanecía a medio descorrer, cayó blandamente a sus espaldas.

Un silencioso ayuda de cámara le introdujo entonces en un salón, pasole luego a un corredor, al que se abrían dos o tres pequeños camarines, y le condujo, en fin, a un segundo salón, rogándole allí que aguardase un instante.

«¿Estaré otra vez en el Palacio de Versalles?», se preguntaba el caballero. «¿Vamos a empezar nuevamente a jugar al escondite?»

El Trianón no era en aquella época, ni lo es ahora, lo que antes había sido. Se ha dicho que madame de Maintenon había hecho de Versalles un oratorio, y madame de Pompadour un camarín de cortesana.

También se ha dicho del Trianón que aquel palacete de porcelana era el tocador de madame de Montespan. Sea lo que fuese de todo esto, lo cierto es que Luis XV prodigaba por todas partes camarines semejantes. Cualquier galería por la que su abuelo se paseara majestuosamente, estaba por entonces caprichosamente dividida en infinitos aposentos. Los había de todos colores, y el rey mariposeaba por aquellos bosquecillos de seda y terciopelo.

—¿Os parece bien como he hecho decorar mis saloncillos? —preguntó cierto día a la bella condesa de Séran.

—No —respondió ella—, preferiría que fuesen azules.

Como el azul era el color real, aquella respuesta le halagó, y a la segunda cita madame de Séran encontró la estancia decorada en azul, como deseara.

El salón donde en aquel momento se hallaba a solas nuestro caballero no era azul, ni blanco, ni rosa, sino cubierto de espejos. Ya se sabe cuánto favorece a una mujer bonita que tiene un talle gentil ver así repetida su imagen en mil aspectos. Con ello deslumbra, envuelve, por así decir, a quien desea agradar. Por cualquier lado que él mire, allí la ve. ¿Cómo evitarla? No le queda más que huir o confesarse subyugado.

El caballero miraba también el jardín, donde los laberintos, setos, estatuas y jarrones de mármol comenzaban a iniciar el gusto pastoril, que la marquesa había de poner de moda y que, más tarde, madame Dubarry y la reina María Antonieta debían llevar a tan alto grado de perfección. Ya aparecían las fantasías campestres, refugio de todo capricho arbitrario; ya los tritones carrilludos, las graves diosas, las sapientes ninfas y los bustos de grandes pelucas, pasmados de horror en sus verdes hornacinas, veían surgir de la tierra un jardín inglés entre los asombrados tejos. Las pequeñas praderas de césped, los riachuelos, los puentecillos iban a destronar muy pronto al Olimpo, para reemplazarlo por una lechería, extraña parodia de la Naturaleza, a la que los ingleses copian sin comprender, verdadero juego de niños, convertido entonces en pasatiempo de un señor indolente, que no sabía cómo librarse, en Versalles mismo, del fastidio de Versalles.

Pero el caballero estaba demasiado encantado, demasiado sorprendido de encontrarse allí, para prestar su espíritu a una reflexión crítica. Por el contrario, se mostraba dispuesto a admirarlo todo; y, en efecto, lo admiraba, dando mil vueltas a la carta entre sus dedos, como un provinciano a su sombrero, cuando una linda azafata abrió la puerta y le dijo dulcemente:

—Venid, caballero.

Éste la siguió, y después de pasar nuevamente por diversos corredores más o menos misteriosos, le hizo entrar en un aposento espacioso, cuyas persianas estaban a medio entornar. La azafata se detuvo y pareció escuchar.

«Siempre jugando al escondite», se decía el caballero.

Sin embargo, al cabo de algunos instantes se abrió una nueva puerta, y otra camarera, que parecía ser no menos linda que la anterior, repitió las mismas palabras y en el mismo tono:

—Venid, caballero.

Si mucho se había éste emocionado en Versalles, mucho lo estaba ahora, aunque de muy otra manera, pues comprendía que pisaba el suelo del templo habitado por la divinidad. Avanzó, con el corazón palpitante; una suave luz, ligeramente velada por leves cortinas de gasa, sucedió a la obscuridad; un delicioso y casi imperceptible perfume se esparció por el aire en torno suyo; la azafata apartó tímidamente un cortinón de seda, y en el fondo de un gran gabinete de la más elegante sencillez el caballero vio a la dama del abanico, es decir, la marquesa todopoderosa.

Estaba sola, sentada ante una mesa, envuelta en un peinador, con la cabeza apoyada en la mano y parecía muy preocupada. Al ver entrar al caballero se levantó como por un movimiento súbito e involuntario.

—¿Venís de parte del rey?

El caballero hubiera respondido; pero no encontró nada mejor que inclinarse profundamente y presentar a la marquesa la carta de que era portador. Ella la cogió, o, mejor dicho, se la arrebató con gran vivacidad, y al rasgar el sobre, sus manos temblaban visiblemente.

La carta, de puño y letra del rey, era bastante larga. Al punto la marquesa la devoré, por así decirlo, de una ojeada; luego la leyó ávidamente, con profunda atención, fruncido el ceño y apretados los dientes. No estaba tan bella así; no parecía la mágica aparición del saloncillo de Versalles.

Cuando terminó su lectura pareció reflexionar, y poco a poco su semblante, que había palidecido, tiñose de rubor —a aquella hora aun no tenía colorete—, y no sólo recuperó su gracia, sino que un rayo de verdadera belleza iluminó sus delicadas facciones: sus mejillas hubieran pasado por dos rosas. Lanzó un leve suspiro, dejó caer la carta sobre la mesa y volviéndose hacia el caballero:

—Os he hecho esperar, caballero —le dijo con la más encantadora sonrisa—, pues no estaba visible, ni lo estoy todavía. Por eso me he visto precisada a haceros venir por los corredores; aquí estoy tan asediada como en mi propia casa. Quisiera responder dos palabras al rey. ¿Os disgustaría cumplir mi encargo?

Esta vez era preciso hablar; el caballero había tenido tiempo de recuperar un poco de valor.

—¡Oh, señora! —dijo tristemente—, me hacéis demasiado honor; pero, desgraciadamente, no me es posible aprovecharlo.

—¿Por qué?

—Porque no tengo la honra de pertenecer al servicio de Su Majestad.

—Entonces ¿cómo habéis llegado hasta aquí?

—Por casualidad. Di en mi camino con un paje que se cayó al suelo, y me rogó que...

—¿Cómo que se cayó al suelo? —repitió la marquesa, rompiendo a reír. En aquel momento parecía tan dichosa, que le brotaba la alegría fácilmente.

—Sí, señora; se cayó del caballo, junto a la verja. Por fortuna, me encontraba yo allí para auxiliarle, y como tenía el traje estropeado me rogó que os trajese el mensaje.

—¿Y por qué casualidad os encontrabais allí?

—Señora, es que quiero presentar un memorial a Su Majestad.

—Su Majestad vive en Versalles.

—Sí; pero vos vivís aquí.

—¡Ah, ya! Entonces sois vos el que quiere encargarme una comisión.

—Señora, os suplico que creáis...

—No os asustéis; no sois el primero. Pero ¿Por qué os dirigís a mí? Yo no soy más que una mujer... como otra cualquiera.

La marquesa pronunció estas palabras en tono burlón, y echó una mirada de triunfo a la carta que acababa de leer.

—Señora —replicó el caballero—, siempre he oído decir que los hombres ejercen el poder y que las mujeres...

—Disponen de él, ¿verdad? Pues bien, señor; en Francia hay una reina...

—Lo sé, señora, y eso es lo que ha hecho que yo me encontrase aquí esta mañana.

La marquesa estaba más que acostumbrada a semejantes cumplidos, aunque recibidos siempre en voz baja; pero, en la circunstancia presente, aquél pareció agradarle de una manera especial.

—¿Y en qué os fundabais —le dijo—, qué seguridad teníais para poder llegar hasta aquí? Porque supongo que no contaríais con que un caballo iba a caerse en vuestro camino.

—Señora, yo creía..., yo esperaba...

—¿Qué esmerabais?

—Esperaba que la casualidad... me proporcionase...

—¡Siempre la casualidad! A lo que parece es amiga vuestra; pero os advierto que, si no contáis más que con ella, es muy poca recomendación.

Acaso la suerte, ofendida por aquella irreverencia, quiso vengarse, pues el caballero, a quien las últimas preguntas habían turbado más cada vez, distinguió de pronto, en la esquina de la mesa, el mismo abanico que la víspera había recogido del suelo. Lo cogió, y, como la noche antes, se lo ofreció a la marquesa rodilla en tierra, diciéndole:

—He aquí, señora, el único amigo con que cuento.

La marquesa pareció extrañarse al pronto; dudó un momento, mirando ya al abanico, ya al caballero, y acabó diciendo:

—¡Ah, tenéis razón; sois vos, caballero; os reconozco! Sois el mismo a quien vi anoche, al acabar la comedia, con monsieur de Richelieu. Dejé caer mi abanico, y también os encontrasteis allí, como decíais.

—Sí, señora.

—Y muy galantemente, como un verdadero caballero, me lo desvolvisteis. No os di las gracias; pero quedé persuadida de que quien sabe recoger un abanico de tan gentil manera sabrá también, si es necesario, recoger el guante; y a nosotras nos agrada esto mucho.

—Y no decís más que la verdad, señora; hace un momento, al llegar aquí, estuve a punto de batirme con el portero.

—¡Por misericordia! —dijo la marquesa, presa de nuevo de un ataque de risa—. ¡Con el portero! ¿Y por qué?

—No quería dejarme pasar.

—Lástima hubiera sido. Pero, en fin, caballero, ¿quién sois? ¿Qué deseáis?

—Señora, soy el caballero de Vauvert. Monsieur de Birón había solicitado para mí una plaza de oficial de la Guardia.

—¡Ah, si; ya me acuerdo! Sois de Neauflette; estáis enamorado de mademoiselle de Annebault...

—Señora, ¿quién ha podido deciros...?

—¡Oh! Os advierto que soy muy de temer. Cuando me falta la memoria, adivino. Sois pariente del abate Chauvelin, y por ese motivo no se os ha concedido a plaza, ¿no es así? ¿Dónde está vuestro memorial?

—Aquí, señora; pero realmente no puedo comprender...

—¿Qué necesidad hay de comprender? Levantaos y poned vuestro papel en esta mesa. Voy a responder a rey; le llevaréis al mismo tiempo vuestro memorial y mi carta.

—Pero, señora, creía haberos dicho...

—Iréis. ¿No habéis entrado aquí por orden del rey? Pues bien; entraréis allí por orden de la marquesa de Pompadour, dama de palacio de la reina:

El caballero se inclinó sin decir palabra, embargado de estupefacción. Todo el mundo sabía, desde hacía tiempo, a cuántas negociaciones, ardides e intrigas había recurrido la favorita y qué obstinación había mostrado para obtener ese título, que no le produjo más que una cruel afrenta por parte del delfín. Pero hacía diez años que lo deseaba, lo quería, y lo había obtenido. Así es que el señor de Vauvert, a quien no conocía, aunque conociese sus amores, tenía para ella el mismo atractivo que una buena noticia.

De pie e inmóvil detrás de ella, el caballero observaba a la marquesa, que al principio escribía con toda su alma, apasionadamente, y que después reflexionaba, se detenía y acariciaba con la mano su pequeña nariz, más fina que el ámbar. Impacientábase la marquesa, molesta de escribir ante un testigo; al fin se decidió e hizo una raspadura: había que confesar que sólo se trataba de un borrador.

Frente al caballero, al otro lado de la mesa, brillaba un magnífico espejo de Venecia. El tímido mensajero apenas osaba levantar los ojos; pero le fue, sin embargo, muy difícil no ver en ese espejo, por encima de la cabeza de la marquesa, el encantador e inquieto rostro de la flamante dama de palacio.

—¡Qué bonita es! —pensaba—. ¡Lástima que yo esté enamorado de otra! ¡Pero Atenaida es más bella, y además eso sería una horrible infidelidad por parte mía!

—¿De qué habláis? —dijo la marquesa. El caballero según su costumbre, y sin darse cuenta, había pensado en voz alta—. ¿Qué estáis diciendo?

—¿Yo, señora? Estoy pensando.

—Ya está terminada —respondió la marquesa, cogiendo otro pliego de papel. Pero a un ligero movimiento que hizo para volverse, el peinador se deslizó de sus hombros.

Las modas son muy extrañas. Nuestras abuelas tomaban como una cosa natural el ir a la Corte con inmensos vestidos que dejaban sus senos al descubierto, y no lo creían nada indecoroso; pero, en cambio, cubrían cuidadosamente sus espaldas, cosa que tanto lucen ahora en los bailes y en la ópera nuestras damas contemporáneas. Éste es, pues, un género de belleza recientemente inventado.

En la delicada, blanca y preciosa espalda de madame de Pompadour había un pequeño lunar, que parecía una mosca nadando en leche. El caballero, que estaba muy serio para encubrir su azoramiento, miraba el lunar, y la marquesa, con la pluma levantada en el aire, miraba en el espejo al caballero.

Uno y otra cambiaron por el espejo una rápida mirada, mirada que nunca engaña a las mujeres, y que de una parte quiere decir: «Sois encantadora». Y de otra: «No me ofende que lo penséis».

Sin embargo, la marquesa se arregló el peinador y dijo:

—¿Mirabais mi lunar, caballero?

—No miro, señora; veo y admiro.

—Aquí tenéis mi carta; llevadla al rey con vuestro memorial.

—Pero señora...

—¿Qué ocurre?

—Su Majestad está de caza; acabo de oír las trompas en el bosque de Satory.

—Es verdad, ya no me acordaba; pues bien; llevadla mañana o pasado, igual da. Pero no, mejor es ahora mismo. Andad, entregádsela a Lebel. Adiós, caballero, y tratad de recordar que este lunar que habéis visto sólo el rey lo conoce; y en cuanto al azar, vuestro amigo, os ruego que le digáis que pierda la costumbre de charlar tan alto como lo hacía hace poco. Adiós, caballero.

Tocó un pequeño timbre, y, apareciendo de su manga una verdadera ola de encajes, tendió al joven su desnudo brazo.

Inclinose de nuevo el caballero, y apenas rozó con sus labios las rosadas uñas de la marquesa, la cual no tomó esto, ni mucho menos, por descortesía, sino por una exagerada modestia.

Al instante reaparecieron las azafatas —las de más categoría aun no habían abandonado el lecho—, y tras ellas, tieso, entre su rebaño de corderillas, el huesudo ujier, que, siempre sonriendo, le indicaba el camino.

VI

Solo, y hundido en un viejo sillón, allá en el fondo de su cuartito de la hostería del Sol, esperó el caballero, primero un día y luego dos, sin recibir la menor noticia.

—¡Extraña mujer! ¡Amable y autoritaria, buena y mala y tan terca como frívola! Me ha olvidado. ¡Oh desdicha! Tiene razón; ella lo puede todo y yo no soy nada.

Y, levantándose del sillón, siguió diciendo, mientras se paseaba por su cuarto:

—No soy nada; no soy más que un pobre diablo. ¡Cuánta razón tenía mi padre! Está bien claro que la marquesa se ha burlado de mí; mientras yo la miraba, lo que le gustaba a ella era su propia belleza. ¡Bien lo ha gozado viendo en aquel espejo y en mis ojos el reflejo de sus encantos, que verdaderamente son incomparables! ¡Verdad es que sus ojos son pequeños, pero cuán graciosos! Y Latour, antes que Diderot, cogió, para hacer su retrato, el polvillo del ala de una mariposa. No es alta, pero ¡qué bonito cuerpo tiene! ¡Ay, señorita de Annebault! ¡Ay, querida amiga! ¿Es posible que yo también os esté olvidando?

Dos o tres golpecitos secos dados en la puerta sacáronle de su tristeza.

—¿Quién es?

El huesudo ujier, todo vestido de negro y calzado con un par de magníficas medias de seda rellenas en las pantorrillas, entró y, haciendo un gran saludo, dijo:

—Caballero: esta noche hay baile de máscaras en la Corte, y la señora marquesa me envía para deciros que estáis invitado a él.

—Está bien, señor; muchas gracias.

Apenas salió el ujier corrió el caballero a tocar la campanilla, y la misma sirvienta que tres días antes le había arreglado lo mejor que supo, le ayudó a ponerse el mismo traje bordado, esmerándose aún más en su trabajo.

Terminado el cual, se dirigió el joven a palacio, invitado esta vez y en apariencia más tranquilo; pero más inquieto y menos atrevido que cuando dio su primer paso en aquel mundo para él desconocido.

VII

Casi tan aturdido como la primera vez por todos los esplendores de Versalles, que aquella noche no estaba desierto, vagaba el caballero por la galería principal, mirando a todas partes e intentando averiguar para qué había ido allí; pero nadie parecía pensar en él. Al cabo de una hora de aburrimiento, pensaba marcharse, cuando dos máscaras exactamente iguales, que estaban sentadas en un diván, le detuvieron al pasar. Una de ellas le apuntó con el dedo como si tuviera una pistola; la otra se levantó y, dirigiéndose a él, le dijo, cogiéndose descuidadamente de su brazo:

—Parece, caballero, que estáis en buena relación con nuestra marquesa.

—Perdón, señora; pero ¿de quién habláis?

—Demasiado lo sabéis.

—No os entiendo.

—¡Oh, ya lo creo!

—En absoluto.

—Pero si lo sabe toda la Corte.

—Yo no pertenezco a ella.

—Os hacéis el tonto. Os repito que se sabe.

—Es posible, señora; pero yo lo ignoro.

—Supongo que no ignoraréis que anteayer se cayó un paje de su caballo junto a la verja del Trianón. ¿No estabais, por azar, presente?

—Sí, señora.

—¿Y no le ayudasteis a levantarse?

—Sí, señora.

—¿Y no entrasteis en el palacio?

—Indudablemente.

—¿Y no os dieron un papel?

—Ciertamente.

—El rey no estaba en el Trianón: estaba de caza; la marquesa estaba sola..., ¿no es verdad?

—Sí, señora.

—Acababa de levantarse y apenas si estaba vestida. Sólo tenía, según se dice, un gran peinador.

—Las gentes, a quien no se les puede impedir que hablen, dicen todo lo que se les ocurre.

—Muy bien; pero parece ser que entre la marquesa y vos se cruzó una mirada que no le disgustó a ella.

—¿Qué queréis decir con eso, señora?

—Que no le habéis disgustado.

—No entiendo nada de eso, señora; pero me desesperaría que una benevolencia tan amable y tan extraña, que yo no esperaba y que me ha llegado al fondo del corazón, pudiera motivar falsas interpretaciones.

—Pronto os acaloráis, caballero; cualquiera diría que ibais a desafiar a toda la Corte; pero no acabaréis nunca de matar a tanta gente.

—Pero, señora, si ese paje se cayó y si yo llevé su mensaje... Permitidme preguntaros por qué se me interroga.

La máscara le apretó el brazo y le dijo:

—Escuchadme, caballero.

—Cuanto gustéis, señora.

—Veréis de qué se trata. El rey no está ya enamorado de la marquesa, ni nadie cree que lo haya estado nunca. Ella acaba de cometer una imprudencia: se ha puesto por montera al Parlamento con el asunto de los dos sueldos de impuesto, y ahora se atreve a atacar a una potencia aun mayor: a la Compañía de Jesús. Sucumbirá en la lucha; pero tiene armas, y, antes de perecer, se defenderá.

—Muy bien, señora; pero ¿qué tengo yo que ver con todo eso?

—Os lo voy a decir. El señor de Choiseul está medio reñido con el señor de Bernis, y ni uno ni otro saben a punto fijo lo que van a intentar. Bernis se va a marchar, y Choiseul ocupará su lugar; una palabra vuestra puede decidirlo todo.

—Decidme en qué forma, señora. Os lo ruego.

—Dejando contar vuestra visita del día pasado.

—¿Y qué relación puede haber entre mi visita, los jesuitas y el Parlamento?

—Escribid dos palabras, y la marquesa está perdida. Y estad seguro de que el mayor interés, el más vivo reconocimiento...

—Os ruego que me perdonéis, señora. A madame de Pompadour se le cayó el abanico delante de mí, y, recogiéndoselo, se lo devolví. Me dio las gracias, y con la amabilidad que la distingue me permitió que yo a mi vez se las diese.

—Vamos al grano, que el tiempo se pasa. Yo soy la condesa de Estrades; vos amáis a mi sobrina, mademoiselle de Annebault..., y no tratéis de negarlo, porque sería inútil; solicitáis una plaza de oficial..., mañana mismo la obtendréis; y si Atenaida os gusta, no tardaréis en ser mi sobrino.

—¡Oh, señora! ¡Cuán bondadosa sois!

—Pero hay que hablar.

—No, señora.

—Había oído decir que amabais a mi sobrina.

—Todo lo más que se puede amar, señora; pero si alguna vez puedo declarar ante ella mi amor, es preciso que también pueda declarar mi honor.

—¡Qué terco sois, caballero! ¿Y es ésa vuestra última palabra?

—La última y la primera.

—¿Os negáis a entrar en la Guardia? ¿Rechazáis la mano de mi sobrina?

—A ese precio, sí, señora.

Madame de Estrades lanzó al caballero una mirada penetrante y llena de curiosidad, y al no advertir luego en su rostro el menor signo de duda, alejose lentamente, perdiéndose entre la multitud.

El caballero, que no podía entender nada de tan extraña aventura, fue a sentarse en un rincón de la galería.

—¿Qué pensará hacer esa mujer? —se decía—. Debe estar un poco loca. ¡Quiere trastornar el Estado por medio de una estúpida calumnia, y me propone que me deshonre para poder alcanzar la mano de su sobrina! ¡Pero Atenaida me rechazaría, o, si se prestaba a semejante intriga, sería yo quien la rechazaría a ella! ¡Cómo buscarle un perjuicio a esa buena marquesa, difamarla, calumniarla...! ¡Nunca, no; eso nunca!...

Distraído, como de costumbre, iba probablemente el caballero a levantarse y a hablar en voz alta, cuando un dedito de color de rosa le tocó ligeramente en el hombro. Levantó los ojos y vio delante de él a las dos máscaras, vestidas con idéntico traje, que le habían abordado.

—¿Conque no queréis ayudarnos? —dijo una de las máscaras, disimulando la voz.

Pero aunque los dos trajes fuesen absolutamente iguales, y aunque pareciese todo perfectamente estudiado para que se confundiesen la una con la otra, el caballero no se engañó, pues ni la mirada ni el acento eran los mismos de antes.

—¿Contestaréis, caballero?

—No, señora.

—¿Escribiréis?

—Tampoco.

—La verdad es que sois terco. Buenas noches, señor teniente.

—¿Qué decís, señora?

—Ahí va vuestro nombramiento y vuestro contrato matrimonial.

Y diciendo esto le arrojó el abanico.

Era éste el mismo que ya había recogido dos veces el caballero. Los amorcillos de Boucher jugueteaban en el pergamino, al lado del dorado nácar. No cabía duda alguna: era el abanico de madame de Pompadour.

—¡Oh, cielos! ¿Es posible, marquesa?

—Y tan posible —respondió alzando sobre su barbilla el encajito negro.

—No sé cómo agradecer, señora...

—Ni hace falta. Sois un galante caballero, y nos volveremos a ver, puesto que estáis entre nosotros. El rey os ha colocado bajo el estandarte blanco. Acordaos de que no hay mejor elocuencia para un solicitante que la de saber callar a tiempo... Y dispensadnos —añadió, riendo y marchándose— si antes de concederos la mano de nuestra sobrina hemos tomado informes.


Publicado el 9 de marzo de 2019 por Edu Robsy.
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