Texto: Los Hermanos Van Buck

Alfred de Musset


Cuento


0


Twitter Facebook Google+


Los Hermanos Van Buck

No hay más información sobre el texto 'Los Hermanos Van Buck'.


Leer en línea

ebook PDF

ebook ePUB

ebook Mobi

Edición física


Fragmento de Los Hermanos Van Buck

No se les ocurrió faltar; con sus ropas de los domingos, a la caída del sol se dirigieron a casa de su viejo amigo, y se sentaron a la mesa casi de inmediato. Apenas Thomas Heermans golpeó la mesa con una intensidad capaz de romper los vasos para demostrar su buen humor, la jovencita, con un andar tímido y los codos pegados al cuerpo, fue a sentarse entre los dos jóvenes, ruborizada.

Pese a los esfuerzos del orfebre, la cena fue más bien silenciosa; él mismo, tras haber agotado su inicial alegría, se vio obligado a mirar a su querida hija sonriendo; los grabadores conservaban un frío comedimiento y no intercambiaron entre ellos ni una sola mirada. Por la noche, cuando regresaron a su casa, se metieron en la cama sin decir ni palabra, en contra de su costumbre que era la de charlar acerca de los acontecimientos o del trabajo del día, e incluso, dado que dormían en la misma habitación, prolongar la conversación hasta bastante tarde.

Los dos hermanos se querían mucho; se les veía siempre juntos, en el paseo, en las fiestas, en la caza que les gustaba bastante. Tenían un talento similar y, a veces, el trabajo de uno era firmado por el otro. Además, habríase dicho que el rostro del segundo había sido esculpido copiando el de su hermano; nunca se había visto una unión más hermosa bajo el cielo. Era por lo tanto bastante extraño que parecieran evitar hablarse, incluso mirarse; su conducta había mortificado a su buen vecino; de todas maneras, la noche transcurrió así, aunque cada uno de ellos puedo percatarse de que el otro no dormía; la luna iluminaba la habitación, y a cada instante se removían suspirando. Era evidente que los dos habían recibido simultáneamente un golpe profundo: se habían enamorado de Wilhelmine. Una semana entera transcurrió sin que se dieran ni una sola vez la mano; un silencio contumaz reinó en su taller e inclinados sobre la plancha de cobre, ninguno de los dos volvió un instante la cabeza.


Reseñas

Este texto no ha recibido aún ninguna valoración.


5 págs. / 10 minutos / 14 visitas.
Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.