Quijote de Avellaneda

Segunda parte apócrifa

Alonso Fernández de Avellaneda


Novela, Apócrifo



SEGUNDO TOMO DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA

que contiene su tercera salida: y es la quinta parte de sus auenturas.

Compuesto por el Licenciado Alonso Fernandez de Avellaneda, natural de la Villa de Tordesillas.

Al Alcalde, Regidores, y hidalgos, de la noble villa del Argamesilla, patria feliz del hidalgo Cavallero Don Quixote de la Mancha.

Con Licencia, En Tarragona en casa de Felipe Roberto, Año 1614.

VIDA, Y HECHOS DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA.
QUE CONTIENE SU QUARTA SALIDA, Y ES LA QUINTA PARTE DE SUS AVENTURAS.

COMPUESTO POR EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ de Avellaneda, natural de la Villa de Tordesillas.

PARTE II. TOMO III.

NUEVAMENTE AÑADIDO, Y CORREGIDO EN ESTA Impression, por el Licenciado Don Isidro Perales y Torres.

DEDICADA, AL ALCALDE, REGIDORES, HIDALGOS
de la Noble Villa de Argamesilla, Patria feliz del Hidalgo Cavallero Don Quixote de la Mancha.

Año 1732.

CON PRIVILEGIO:
EN MADRID. Acosta de Juan Oliveras, Mercader de Libros, Heredero de Francisco Lasso. Se hallará en su casa enfrente de San Phelipe el Real.

Por comision del señor dotor Francisco de Torme y de Liori, Canonigo de la santa Iglesia de Tarragona, Oficial y Vicario general, por el ilustrísimo y reverendisimo señor don Juan de Moncada, Arçobispo de Tarragona y del Consejo de su Magestad: he leydo yo Raphael Orthoneda, dotor en santa Theologia, el libro intitulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, compuesto por el Licenciado Alonso Fernandez de Avellaneda, y me parece que no contiene cosa deshonesta ni prohibida, por lo cual no se deba imprimir, y que es libro curioso y de entretenimiento; y por tanto lo firmo de mi mano, hoy á 18 de Abril del año de 1614.

El Dotor Raphael Orthoneda.

Nos el dotor Francisco de Torme y de Liori, Canonigo de la Santa Iglesia de Tarragona y por el ilustrisimo y Reverendisimo señor don Juan de Moncada por la gracia de Dios Arçobispo de Tarragona y del Consejo de su Magestad, en el Espiritual y temporal, Vicario general y Oficial. Atendida la relacion del dotor Raphael Orthoneda, á quien comitimos que viese y examinase este libro que se intitula Segundo tomo de don Quixote de la Mancha, compuesto por el Licenciado Alonso Fernandez de Avellaneda que no contiene cosa deshonesta, ni prohibida, damos y otorgamos licencia que se pueda imprimir y vender en este Arçobispado, Fecha de nuestra propia mano en la dicha ciudad de Tarragona á 4 de Julio, 1614.

El dotor y canonigo Francisco de Torme y de Liori,
Vicar. Gen. y Offi.


AL ALCALDE, REGIDORES Y HIDALGOS DE LA NOBLE VILLA DEL ARGAMESILLA DE LA MANCHA, PATRIA FELIZ DEL HIDALGO CABALLERO DON QUIXOTE, LUSTRE DE LOS PROFESORES DE LA CABALLERIA ANDANTESCA.

Antigua es la costumbre de dirigirse los libros de las excelencias y hazañas de algun hombre famoso á las patrias ilustres que como madres los criaron y sacaron á luz, y aun competir mil ciudades sobre cual lo habia de ser de un buen ingenio y grave personage; y como lo sea tanto el hidalgo caballero don Quixote de la Mancha (tan conocido en el mundo por sus inauditas proezas) justo es, para que lo sea tambien esa venturosa villa que vs. ms. rigen, patria suya y de su fidelisimo escudero Sancho Pança, dirigirles esta Segunda Parte, que relata las vitorias del uno y buenos servicios del otro, no menos invidiados que verdaderos. Reciban pues vs. ms. baxo de su manchega proteccion el libro y el celo de quien, contra mil detracciones le ha trabajado, pues lo merece por él y por el peligro á que su autor se ha puesto, poniendole en la plaça del vulgo, que es dezir en los cuernos de un toro indomito, etc.

PROLOGO

Como casi es comedia la historia de Don Quixote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prologo; y asi sale al principio desta segunda parte de sus hazañas este, menos cacareado y agresor de sus lectores que el que á su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra y más humilde que el que segundó en sus novelas, más satíricas que exemplares, si bien no poco ingeniosas. No le pareceran á él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la començó, y con la copia de fieles relaciones que á su mano llegaron (y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de dezir del que, como soldado tan viejo en años cuanto moço en brios, tiene más lengua que manos) pero quexese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte; pues no podrá, por lo menos, dexar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa licion de los vanos libros de caballerias, tan ordinaria en gente rustica y ociosa; si bien en los medios diferenciamos; pues él tomó por tales el ofender á mí; y particularmente á quien tan justamente celebran las naciones más extrangeras, y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestisima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas é inumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo, y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Ofizio se debe esperar.

No solo he tomado por medio entremesar la presente comedia con las simplicidades de Sancho Pança, huyendo de ofender á nadie ni de hazer ostentacion de sinonomos voluntarios, si bien supiera hazer lo segundo, y mal lo primero; solo digo que nadie se espante de que salga de diferente autor esta segunda parte, pues no es nuevo el proseguir una historia diferentes sugetos. ¿Cuantos han hablado de los amores de Angelica y de sus sucesos? Las Arcadias, diferentes las han escrito, la Diana no es toda de una mano. Y pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo, que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos, que cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, habia de ahijarlos (como él dize) al Preste Juan de las Indias ó al emperador de Trapisonda, por no hallar titulo quiças en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los suyos en los principios de los libros del autor de quien murmura, y plegue á Dios aun dexe, ahora que se ha acogido á la Iglesia y sagrado: Contentese con su Galatea y comedias en prosa; que eso son las más de sus novelas: no nos canse. Santo Thomas, en la 2, 2, q. 36, enseña que la invidia es tristeza del bien y aumento ageno, dotrina que la tomó de san Juan Damasceno: á este vicio da por hijos S. Gregorio, en el libr. 31, capit. 31 de la exposicion moral que hizo á la historia del santo Job, al odio, susurracion y detraccion del proximo, gozo de sus pesares, y pesar de sus buenas dichas; y bien se llama este pecado invidia a non videndo, quia invidus non potest videre bona aliorum: efectos todos tan infernales como su causa, tan contrarios á los de la caridad cristiana, de quien dixo san Pablo, I. Corint., 13. Charitas patiens est, benigna est, non emulatur, non agit perperam, non inflatur, non est ambitiosa, congaudet veritati, etc. Pero disculpa los yerros de su Primera Parte, en esta materia, el haberse escrito entre los de una carcel; y asi no pudo dexar de salir tiznada dellos, ni salir menos que quexosa, murmuradora, impaciente y colerica, cual lo estan los encarcelados. En algo diferencia esta parte, de la primera suya; porque tengo opuesto humor tambien al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia, y tan autentica como esta, cada cual puede echar por donde le pareciere; y más dando para ello tan dilatado campo la cafila de los papeles que para componerla he leido, que son tantos como los que he dexado de leer.

No me murmure nadie de que se permitan impresiones de semejantes libros, pues este no enseña á ser deshonesto, sino á no ser loco; y permitiendose tantas Celestinas, que ya andan madre y hija por las plaças, bien se puede permitir por los campos un Don Quixote y un Sancho Pança, á quienes jamas se les conoció vicio; antes bien buenos deseos de desagraviar huerfanas y deshazer tuertos, etc.

DE PERO FERNANDEZ

SONETO

Maguer que las mas altas fechorias
homes requieren doctos e sesudos,
e yo soy el menguado entre los rudos,
de buen talante escribo á mas porfias.

Puesto que habia una sin fin de dias
que la fama escondia en libros mudos
los fechos mas sin tino y cabeçudos
que se han visto de Illescas hasta Olias;

yo vos endono, nobles leyenderos,
las segundas sandeces sin medida
del manchego fidalgo Don Quixote,

para que escarmenteis en sus aceros;
que el que correr quisiere tan al trote,
non puede haber mejor solaz de vida.
 

QUINTA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA Y DE SU ANDANTESCA CABALLERIA

CAPITULO I

De como don Quixote de la Mancha volvió á sus desvanecimientos de caballero andante, y de la venida á su lugar del Argamesilla ciertos caballeros granadinos.

El sabio Alisolan, historiador no menos moderno que verdadero, dize que, siendo expelidos los moros agarenos de Aragon, de cuya nacion él decendia, entre ciertos anales de historias halló escrita en arabigo la tercera salida que hizo del lugar del Argamesilla el invicto hidalgo don Quixote de la Mancha, para ir á unas justas que se hazian en la insigne ciudad de Çaragoça, y dize desta manera. Despues de haber sido llevado don Quixote por el Cura y el Barbero y la hermosa Dorotea á su lugar en una jaula, con Sancho Pança, su escudero, fue metido en un aposento con una muy gruesa y pesada cadena al pie; adonde, no con pequeño regalo de pistos y cosas conservativas y sustanciales, le volvieron poco á poco a su natural juizio; y para que no volviese á los antiguos desvanecimientos de sus fabulosos libros de caballerias, pasados algunos dias de su encerramiento, empezó con mucha instancia á rogar á Madalena, su sobrina, que le buscase algun buen libro en que poder entretener aquellos setecientos años que él pensaba estar en aquel duro encantamiento; la cual, por consejo del cura Pedro Perez y de maese Nicolas, barbero, le dió un Flos Sanctorum, de Villegas, y los Evangelios y Epistolas de todo el año en vulgar, y la Guia de pecadores, de fray Luis de Granada; con la cual licion, olvidandose de las quimeras de los caballeros andantes, fue reducido dentro de seis meses á su antiguo juizio, y suelto de la prision en que estaba. Començó tras esto á ir á misa con su rosario en las manos, con las Horas de nuestra Señora, oyendo tambien con mucha atencion los sermones; de tal manera, que ya todos los vecinos del lugar pensaban, que totalmente estaba sano de su accidente, y daban muchas gracias á Dios, sin osarle dezir ninguno (por consejo del Cura) cosa de las que por él habian pasado. Ya no le llamaban don Quixote, sino el señor Martin Quijada, que era su propio nombre; aunque en ausencia suya tenian algunos ratos de pasatiempo con lo que dél se dezia, y de que se acordaban todos, como lo del rescatar ó libertar los galeotes, lo de la penitencia que hizo en Sierra Morena, y todo lo demas que en las primeras partes de su historia se refiere. Sucedió pues en este tiempo, que, dandola á su sobrina, el mes de agosto, una calentura de las que los fisicos llaman efimeras, que son de veinte y cuatro, horas, el accidente fue tal, que dentro dese tiempo la sobrina Madalena murió quedando el buen hidalgo solo y desconsolado; pero el Cura le dió una harto devota vieja y buena cristiana, para que la tuviese en casa, le guisase la comida, le hiziese la cama, y acudiese á lo demas del servicio de su persona, y para que, finalmente, les diese aviso á él ó al Barbero de todo lo que don Quixote hiziese ó dixese dentro ó fuera de casa, para ver si volvia á la necia porfia de su caballeria andantesca. Sucedió pues en este tiempo que un dia de fiesta, despues de comer, que hazia un calor excesivo, vino á visitarle Sancho Pança, y hallandole en su aposento leyendo el Flos Sanctorum, le dixo: ¿Que haze, señor Quijada? ¿Como va? ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, seas bien venido: sientate aqui un poco; que á fe que tenia harto deseo de hablar contigo. ¿Que libro es ese, dixo Sancho, en que lee su mercé? ¿Es de algunas caballerias como aquellas en que nosotros anduvimos tan neciamente el otro año? Lea un poco por su vida, á ver si hay algun escudero que medrase mejor que yo; que por vida de mi sayo, que me costó la burla de la caballeria más de veinte y seis reales, mi buen Rucio, que me hurtó Ginesillo, el buena voya, y yo me quedé tras todo eso sin ser rey ni Roque, si ya estas carnestoliendas no me hazen los muchachos rey de los gallos: en fin, todo mi trabajo ha sido hasta agora en vano. No leo, dixo don Quixote, en libro de caballerias; que no tengo alguno: pero leo en este Flos Sanctorum, que es muy bueno. ¿Y quien fue ese Flas Sanctorum? replicó Sancho; ¿fue rey, ó algun gigante de aquellos que se tornaron molinos ahora un año? Todavia, Sancho, dixo don Quixote, eres necio y rudo. Este libro trata de las vidas de los santos, como de san Lorenço, que fue asado; de san Bartolome, que fue desollado; de santa Catalina, que fue pasada por la rueda de las navajas; y asimismo de todos los demas santos y martires de todo el año. Sientate, y leerte hé la vida del santo que hoy, á 20 de agosto, celebra la Iglesia, que es san Bernardo. Par Dios, dixo Sancho, que yo no soy amigo de saber vidas agenas, y más de mala gana me dexaria quitar el pellejo ni asar en parrillas. Pero digame: ¿á san Bartolome quitaronle el pellejo, y á san Lorenço pusieronle á asar despues de muerto ó acabando de vivir? ¡Oigan que necedad! dixo don Quixote: vivo desollaron al uno, y vivo asaron al otro. ¡Oh, hi de puta, dixo Sancho, y como les escoceria! Pardiobre, no valia yo un higo para Flas Santorum; rezar de rodillas media dozena de credos, vaya enhorabuena; y aun ayunar, como comiese tres vezes al dia razonablemente, bien lo podria llevar. Todos los trabajos, dixo don Quixote, que padecieron los santos que te he dicho, y los demas de quien trata este libro, los sufrian ellos valerosamente por amor de Dios, y asi ganaron el reino de los cielos. A fe, dixo Sancho, que pasamos nosotros, ahora un año, hartos desafortunios para ganar el reino Micomicon, y nos quedamos hechos micos; pero creo que v. m. querrá ahora que nos volvamos santos andantes para ganar el paraiso terrenal. Mas dexado esto aparte, lea, y veamos la vida que dize, de san Bernardo. Leyola el buen hidalgo, y á cada hoja le dezia algunas cosas de buena consideracion, mezclando sentencias de filosofos, por donde se descubria ser hombre de buen entendimiento y de juizio claro, si no le hubiera perdido por haberse dado sin moderacion á leer libros de caballerias, que fueron la causa de todo su desvanecimiento. Acabando don Quixote de leer la vida de san Bernardo, dixo: ¿Que te parece, Sancho? ¿Has leido santo que más aficionado fuese á nuestra Señora que este? ¿Más devoto en la oracion, más tierno en las lagrimas y más humilde en obras y palabras? A fe, dixo Sancho, que era santo de chapa: yo le quiero tomar por devoto de aqui adelante, por si me viere en algun trabajo (como aquel de los batanes de marras ó manta de la venta), y me ayude, ya que v. m. no pudo saltar las bardas del corral. ¿Pero sabe, señor Quijada, que me acuerdo que el domingo pasado llevó el hijo de Pedro Alonso, el que anda á la escuela, un libro debaxo de un arbol, junto al molino, y nos estuvo leyendo más de dos horas en él? El libro es lindo á las mil maravillas, y mucho mayor que ese Flas Santorum, tras que tiene al principio un hombre armado en su caballo, con una espada más ancha que esta mano, desenvainada, y da en una peña un golpe tal, que la parte por medio, de un terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y él le corta la cabeça. ¡Este sí, cuerpo non de Dios, que es buen libro! ¿Como se llama? dixo don Quixote; que si yo no me engaño, el muchacho de Pedro Alonso creo que me le hurtó ahora un año, y se ha de llamar Don Florisbian de Candaria, un caballero valerosisimo, de quien trata, y de otros valerosos, como son Almiral de Çuazia, Palmerin del Pomo, Blastrodas de la Torre y el gigante Maleorte de Bradanca, con las dos famosas encantadoras Zuldasa y Dalfadea. A fe que tiene razon, dixo Sancho; que esas dos llevaron á un caballero al castillo de no sé como se llama. De Azefaros, dixo don Quixote. Si, á la fe; y que si puedo, se lo tengo de hurtar, dixo Sancho, y traerle acá el domingo para que leamos; que aunque no sé leer, me alegro mucho en oir aquellos terribles porrazos y cuchilladas que parten hombre y caballo. Pues, Sancho, dixo don Quixote, hazme plazer de traermele; pero ha de ser de manera que no lo sepa el Cura ni otra persona. Yo se lo prometo, dixo Sancho, y aun esta noche, si puedo, tengo de procurar traersele debaxo de la halda de mi sayo; y con esto quede con Dios; que mi muger me estará aguardando para cenar. Fuese Sancho, y quedó el buen hidalgo levantada la mollera con el nuevo refresco que Sancho le traxo á la memoria, de las desvanecidas caballerias. Cerró el libro, y començó á pasearse por el aposento, haziendo en su imaginacion terribles quimeras, trayendo á la fantasia todo aquello en que solia antes desvanecerse. En esto tocaron á visperas, y él, tomando su capa y rosario, se fue á oirlas con el Alcalde, que vivia junto á su casa; las cuales acabadas, se fueron los alcaldes, el Cura, don Quixote y toda la demas gente de cuenta del lugar á la plaça, y puestos en corrillo, començaron á tratar de lo que más les agradaba. En este punto vieron entrar por la calle principal en la plaça cuatro hombres principales á caballo, con sus criados y pajes, y doze lacayos que traian doze caballos del diestro ricamente enjaezados; lo cual visto por los que en la plaça estaban, aguardaron un poco á ver que seria aquello, y entonces dixo el Cura, hablando con don Quixote: Por mi santiguada, señor Quijada, que si esta gente viniera por aqui hoy haze seis meses, que á v. m. le pareciera una de las más extrañas y peligrosas aventuras que en sus libros de caballerias habia jamas oido ni visto; y que imaginara v. m. que estos caballeros llevarian alguna princesa de alta guisa forçada; y que aquellos que ahora se apean eran cuatro descomunales gigantes, señores del castillo de Bramiforan, el encantador. Ya todo eso, señor licenciado, dixo don Quixote, es agua pasada, con la cual, como dizen, no puede moler molino, mas lleguemonos hazia ellos á saber quien son; que si yo no me engaño, deben de ir á la corte á negocios de importancia, pues su trage muestra ser gente principal. Llegaronse todos á ellos, y hecha la debida cortesia, el Cura, como más avisado, les dixo de esta manera: Por cierto, señores caballeros, que nos pesa en extremo que tanta nobleza haya venido á dar cabo en un lugar tan pequeño como este, y tan desapercibido de todo regalo y buen acogimiento, como vs. ms. merecen; porque en él no hay meson ni posada capaz de tanta gente y caballos como aqui vienen; mas con todo, estos señores y yo, si de algun provecho fueremos, y vs. ms. determinaren de quedar aqui esta noche, procuraremos que se les dé el mejor recado que ser pudiere. El uno de ellos, que parecia ser el más principal, le rindió las gracias, diziendo en nombre de todos: En extremo, señores, agradecemos esa buena voluntad que sin conocernos se nos muestra, y quedaremos obligados con muy justa razon á agradecer y tener en memoria tan buen deseo. Nosotros somos caballeros granadinos, y vamos á la insigne ciudad de Çaragoça á unas justas que alli se hazen; que teniendo noticia que es su mantenedor un valiente caballero, nos habemos dispuesto á tomar este trabajo, para ganar en ellas alguna honra, la cual sin él es imposible alcançarse. Pensabamos pasar dos leguas más adelante; pero los caballos y gente vienen algo fatigada, y asi nos pareció quedar aqui esta noche, aunque hayamos de dormir sobre los poyos de la iglesia, si el señor Cura diere licencia para ello. Uno de los alcaldes, que sabia más de segar y de uncir las mulas y bueyes de su labrança, que de razones cortesanas, le dixo: No se les dé nada á sus mercedes; que aqui les haremos merced de alojarles esta noche; que sietecientas vezes al año tenemos capitanias de otros mayores fanfarrones que ellos, y no son tan agradecidos y bien hablados como vs. ms. son; y á fe que nos cuesta al Concejo más de noventa maravedis por año. El Cura, por atajarle que no pasase adelante con sus necedades, les dixo: vs. ms., mis señores, han de tener paciencia; que yo les tengo de alojar por mi mano, y ha de ser desta manera: que los dos señores alcaldes se lleven á sus casas estos dos señores caballeros con todos sus criados y caballos, y yo á v. m., y el señor Quijada, á esotro señor; y cada uno, conforme sus fuerças alcançaren, procure de regalar á su huesped; porque, como dizen, el huesped, quien quiera que sea, merece ser honrado; y siendolo estos señores, tanta mayor obligacion tenemos de servirles, siquiera porque no se diga que llegando á un lugar de gente tan politica, aunque pequeño, se fueron á dormir, como este señor dixo lo harian, á los poyos de la iglesia. Don Quixote dixo á aquel que por suerte le cupo, que parecia ser el más principal: Por cierto, señor caballero, que yo he sido muy dichoso en que v. m. se quiera servir de mi casa, que, aunque es pobre de lo que es necesario para acudir al perfeto servicio de un tan gran caballero, será á lo menos muy rica de voluntad, la cual podrá v. m. recebir sin más ceremonias. Por cierto, señor hidalgo, respondió el caballero, que yo me tengo por bien afortunado en recebir merced de quien tan buenas palabras tiene, con las cuales es cierto conformarán las obras. Tras esto, despidiendose los unos de los otros, cada uno con su huesped, se resolvieron, al partir, en que tomasen un poco la mañana, por causa de los excesivos calores que en aquel tiempo hazian. Don Quixote se fue á su casa con el caballero que le cupo en suerte; y poniendo los caballos en un pequeño establo, mandó á su vieja ama que adereçase algunas aves y palominos, de que él tenia en casa no pequeña abundancia, para cenar toda aquella gente que consigo traia; y mandó juntamente á un muchacho llamase á Sancho Pança para que ayudase en lo que fuese menester en casa; el cual vino al punto de muy buena gana. Entre tanto que la cena se aparejaba, començaron á pasearse el caballero y don Quixote por el patio, que estaba fresco; y entre otras razones le preguntó don Quixote la causa que le habia movido á venir de tantas leguas á aquellas justas, y como se llamaba: á lo cual respondió el caballero que se llamaba don Alvaro Tarfe, y que decendia del antiguo linage de los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes, y valerosos por sus personas, como se lee en las historias de los reyes de aquel reino, de los Abencerrajes, Zegries, Gomeles y Muzas, que fueron cristianos despues que el Catolico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada; y ahora esta jornada por mandado de un serafin en habito de muger, el cual es reina de mi voluntad, objeto de mis deseos, centro de mis suspiros, archivo de mis pensamientos, paraiso de mis memorias, y finalmente, consumada gloria de la vida que poseo. Esta, como digo, me mandó que partiese para estas justas, y entrase en ellas en su nombre, y le truxese alguna de las ricas joyas y preseas que en premio se les ha de dar á los venturosos aventureros vencedores; y voy cierto y no poco seguro de que no dexaré de llevarsela; porque yendo ella conmigo, como va dentro de mi coraçon, será el vencimiento infalible, la vitoria cierta, el premio seguro, y mis trabajos alcançaran la gloria que por tan largos dias he con tan inflamado afecto deseado. Por cierto, señor don Alvaro Tarfe, dixo don Quixote, que aquella señora tiene grandisima obligacion á corresponder á los justos ruegos de v. m. por muchas razones. La primera, por el trabajo que toma v. m. en hazer tan largo camino en tiempo tan terrible. La segunda, por el ir por solo su mandado, pues con él, aunque las cosas sucedan al contrario de su deseo, habrá cumplido con la obligacion de fiel amante, habiendo hecho de su parte todo lo posible. Mas suplico á v. m. me dé cuenta desa hermosa señora y de su edad y nombre, y del de sus nobles padres. Menester era, respondió don Alvaro, un muy grande calapino para declarar una de las tres cosas que v. m. me ha preguntado; y pasando por alto las dos postreras, por el respeto que debo á su calidad, solo digo de sus años que son diez y seis, y su hermosura tanta, que á dicho de todos los que la miran aun con ojos menos apasionados que los mios, afirman della no haber visto, no solamente en Granada, pero ni en toda la Andaluzia, más hermosa criatura; porque, fuera de las virtudes del animo, es sin duda blanca como el sol, las mexillas de rosas recien cortadas, los dientes de marfil, los labios de coral, el cuello de alabastro, las manos de leche, y finalmente, tiene todas las gracias perfetisimas de que puede juzgar la vista; si bien es verdad que es algo pequeña de cuerpo. Pareceme, señor don Alvaro, replicó don Quixote, que no dexa esa de ser alguna pequeña falta; porque una de las condiciones que ponen los curiosos para hazer á una dama hermosa es la buena disposicion del cuerpo; aunque es verdad que esta falta muchas damas la remedian con un palmo de chapin valenciano; pero quitado este, que no en todas partes ni á todas horas se puede traer, parecen las damas, quedando en çapatillas, algo feas, porque las basquiñas y ropas de seda y brocados, que estan cortadas á la medida de la disposicion que tienen sobre los chapines, les vienen largas de tal modo que arrastran dos palmos por el suelo; y asi no dexará esto de ser alguna pequeña imperfecion en la dama de v. m. Antes, señor hidalgo, dixo don Alvaro, esa la hallo yo por una muy grande perfecion. Verdad es que Aristoteles, en el cuarto de sus Eticas, entre las cosas que ha de tener una muger hermosa cual él alli la describe, dize que ha de ser de una disposicion que tire á lo grande; mas otros ha habido de contrario parecer, porque la naturaleza, como dizen los filosofos, mayores milagros haze en las cosas pequeñas que en las grandes; y cuando ella en alguna parte hubiese errado en la formacion de un cuerpo pequeño, será más dificultoso de conocer el yerro, que si fuese hecho en cuerpo grande. No hay piedra preciosa que no sea pequeña, y los ojos de nuestros cuerpos son las partes más pequeñas que hay en él, y son las más bellas y más hermosas; asi que mi serafin es un milagro de la naturaleza, la cual ha querido darnos á conocer por ella como en poco espacio puede recoger con su maravilloso artificio el inumerable numero de gracias que puede produzir; porque la hermosura, como dize Ciceron, no consiste en otra cosa que en una conveniente disposicion de los miembros, que con deleite mueve los ojos de los otros á mirar aquel cuerpo cuyas partes entre sí mesmas con una cierta ociosidad se corresponden. Pareceme, señor don Alvaro, dixo don Quixote, que v. m. ha satisfecho con muy sutiles razones á la objecion que contra la pequeñez del cuerpo de su reina propuse; y porque me parece que ya la cena por ser poca estará aparejada, suplico á v. m. nos entremos á cenar; que despues sobre cena tengo un negocio de importancia que tratar con v. m., como con persona que tan bien sabe hablar en todas materias.

CAPITULO II

De las razones que pasaron entre don Alvaro Tarfe y don Quixote sobre cena, y como le descubre los amores que tiene con Dulcinea del Toboso, comunicandole dos cartas ridiculas: por todo lo cual el caballero cae en la cuenta de lo que es don Quixote.

Despues de haber dado don Quixote razonablemente de cenar á su noble huesped, por postre de la cena, levantados ya los manteles, oyó de sus cuerdos labios las siguientes razones: Por cierto, señor Quijada, que estoy en extremo maravillado de que en el tiempo que nos ha durado la cena, he visto á v. m. algo diferente del que le ví cuando entré en su casa; pues en la mayor parte della le he visto tan absorto y elevado en no sé que imaginacion, que apenas me ha respondido jamas á proposito, sino tan ad Ephesios, como dizen, que he venido á sospechar que algun grave cuidado le aflige y aprieta el animo; porque le he visto quedarse á ratos con el bocado en la boca, mirando sin pestañear á los manteles, con tal suspension que, preguntandole si era casado, me respondió: ¿Rocinante? señor, el mejor caballo es que se ha criado en Cordoba; y por esto digo que alguna pasion ó interno cuidado atormenta á v. m.; porque no es posible nazca de otra causa tal efecto; y tal puede ser que, como otras muchas vezes he visto en otros, pueda quitarle la vida, ó á lo menos, si es vehemente, apurarle el juizio; y asi suplico á v. m. se sirva comunicarme su sentimiento; porque si fuere tal la causa dél que yo con mi persona pueda remediarla, lo haré con las veras que la razon y mis obligaciones piden, pues asi como con las lagrimas, que son sangre del coraçon, él mesmo desfoga y descansa, y queda aliviado de las melancolias que le oprimen, vaporeando por el venero de los ojos; asi, ni más ni menos el dolor y afliccion, siendo comunicado, se alivian algun tanto, porque suele el que lo oye, como desapasionado, dar el consejo que es más sano y seguro al remedio de la persona afligida. Don Quixote entonzes le respondió: Agradezco, señor don Alvaro, esa buena voluntad, y el deseo que muestra tener v. m. de hazermela; pero es fuerça que los que profesamos el orden de caballeria, y nos hemos visto en tanta multitud de peligros, ya con fieros y descomunales jayanes, ya con malandrines sabios ó magos, desencantando princesas, matando grifos, y serpientes, rinocerontes y endriagos, llevados de alguna imaginacion destas, como son negocios de honra, quedemos suspensos y elevados y puestos en un honroso extasi, como el en que v. m. dize haberme visto, aunque yo no he echado de verlo: verdad es que ninguna cosa destas por ahora me ha suspendido la imaginacion; que ya todas han pasado por mí. Maravillose mucho don Alvaro Tarfe de oirle dezir que habia desencantado princesas y muerto gigantes, y començó á tenerle por hombre que la faltaba algun poco de juizio; y asi, para enterarse dello le dixo: ¿Pues no se podrá saber que causa por ahora aflige á v. m.? Son negocios, dixo don Quixote, que aunque á los caballeros andantes no todas las vezes es licito dezirlos, por ser v. m. quien es y tan noble y discreto, y estar herido con la propia saeta con que el hijo de Venus me tiene herido á mí, le quiero descubrir mi dolor, no para que me dé remedio para él, que solo me le puede dar aquella bella ingrata y dulcisima Dulcinea, robadora de mi voluntad; sino para que v. m. entienda que yo camino y he caminado por el camino real de la caballeria andantesca, imitando en obras y en amores á aquellos valerosos y primitivos caballeros andantes que fueron luz y espejo de todos aquellos que despues dellos han por sus buenas prendas merecido profesar el sacro orden de caballeria que yo profeso, como fueron el invicto Amadis de Gaula, don Belianis de Grecia y su hijo Esplandian, Palmerin de Oliva, Tablante de Ricamonte, el caballero del Febo y su hermano Rosicler, con otros valentisimos principes aun de nuestros tiempos, á todos los cuales, ya que les he imitado en obras y hazañas, los sigo tambien en los amores: asi que, v. m. sabrá que estoy enamorado. Don Alvaro, como era hombre de sutil entendimiento, luego cayó en todo lo que su huesped podia ser, pues dezia haber imitado á aquellos caballeros fabulosos de los libros de caballeria; y asi, maravillado de su loca enfermedad, para enterarse cumplidamente della le dixo: Admirome no poco, señor Quijada, que un hombre como v. m., flaco y seco de cara, y que á mi parecer pasa ya de los cuarenta y cinco, ande enamorado; porque el amor no se alcança sino con muchos trabajos, malas noches, peores dias, mil disgustos, celos, zozobras, pendencias y peligros; que todos estos y otros semejantes son los caminos por donde se camina al amor. Y si v. m. ha de pasar por ellos, no me parece tiene sujeto para sufrir dos noches malas al sereno, aguas y nieves, como yo sé por experiencia que pasan los enamorados. Mas digame v. m. con todo: esa muger que ama, ¿es de aqui del lugar, ó forastera? que gustaria en extremo, si fuese posible, verla antes que me fuese; porque un hombre de tan buen gusto como v. m. es, no es creible sino que ha de haber puesto los ojos en no menos que en una Diana efesina, Policena troyana, Dido cartaginense, Lucrecia romana ó Doralize granadina. A todas esas, respondió don Quixote, excede en hermosura y gracia; y solo imita en fiereza y crueldad á la inhumana Medea; pero ya querrá Dios que con el tiempo, que todas las cosas muda, trueque su coraçon diamantino, y con las nuevas que de mí y mis invencibles fazañas terná, se molifique y sujete á mis no menos importunos que justos ruegos. Asi que, señor, ella se llama Princesa Dulcinea del Toboso (como yo don Quixote de la Mancha), si nunca v. m. la ha oido nombrar; que si habrá, siendo tan celebre por sus milagros y celestiales prendas. Quiso reirse de muy buena gana don Alvaro cuando oyo decir la princesa Dulcinea del Toboso; pero disimuló, porque su huesped no lo echase de ver y se enojase, y asi le dixo: Por cierto, señor hidalgo, ó por mejor dezir, señor caballero, que yo no he oido en todos los dias de mi vida nombrar tal princesa, ni creo la hay en toda la Mancha, si no es que ella se llame por sobrenombre Princesa, como otras se llaman Marquesas. No todos saben todas las cosas, replicó don Quixote; pero yo haré antes de mucho tiempo que su nombre sea conocido, no solamente en España, pero en los reinos y provincias más distantes del mundo. Esta es pues, señor, la que me eleva los pensamientos; esta me enagena de mí mismo; por esta he estado desterrado muchos dias de mi casa y patria, haziendo en su servicio heroicas hazañas, enviandole gigantes y bravos jayanes y caballeros rendidos á sus pies; y con todo eso ella se muestra á mis ruegos una leona de Africa y una tigre de Hircania, respondiendome á los papeles que le envio, llenos de amor y dulzura, con el mayor desabrimiento y despego que jamas princesa á caballero andante escribió. Yo le escribo más largas arengas, que las que Catilina hizo al senado de Roma; más heroicas poesias, que las de Homero ó Virgilio; con más ternezas, el Petrarca escribió á su querida Laura, y con más agradables episodios, que Lucano ni Ariosto pudieron escribir en su tiempo, ni en el nuestro ha hecho Lope de Vega á su Filis, Celia, Lucinda, ni á las demas que tan divinamente ha celebrado, hecho en aventuras un Amadis, en gravedad un Cévola, en sufrimiento un Perineo de Persia, en nobleza un Eneas, en astucia un Ulises, en constancia un Belisario, y en derramar sangre humana un bravo Cid Campeador; y porque v. m., señor don Alvaro, vea ser verdad todo lo que digo, quiero sacar dos cartas que tengo alli en aquel escritorio: una que con mi escudero Sancho Pança la escribi en los dias pasados, y otra que ella me envió en respuesta suya. Levantose para sacarlas, y don Alvaro se quedó haziendo cruces de ver la locura del huesped, y acabó de caer en la cuenta de que él estaba desvanecido con los vanos libros de caballerias, teniendolos por muy autenticos y verdaderos. Al ruido que don Quixote hizo abriendo el escritorio, entró Sancho Pança, harto bien llena la barriga de los relieves que habian sobrado de la cena. Y como don Quixote se asentó con las dos cartas en la mano, él se puso repantigado tras las espaldas de su silla para gustar un poco de la conversacion. Ve aqui, dixo don Quixote, v. m. á Sancho Pança mi escudero, que no me dexará mentir á lo que toca al inhumano rigor de aquella mi señora. Si á fe, dixo Sancho Pança; que Aldonza Lorenço, alias Nogales (como asi se llamaba la infanta Dulcinea del Toboso por propio nombre, como consta de las primeras partes desta grave historia), es una grandisima... Tengaselo por dicho; porque ¡cuerpo den ciruelo! ¿ha de andar mi señor hendo tantas caballerias de dia y de noche, y hendo cruel penitencia en Sierra Morena, dandose de calabaçadas, y sin comer por una?... Mas quiero callar; alla se lo haya, con su pan se lo coma; que quien yerra y se emienda, á Dios se encomienda; que una anima sola ni canta ni llora; y cuando la perdiz canta, señal es de agua; y á falta de pan, buenas son tortas. Pasara adelante Sancho con sus refranes, si don Quixote no le mandara, imperativo modo, que callara; mas con todo replicó diziendo: ¿Quiere saber, señor don Tarfe, lo que hizo la muy zurrada cuando la llevé esa carta que ahora mi señor quiere leer? Estabase en la caballeriça la muy puerca, porque llovia, hinchendo un seron de basura con una pala; y cuando yo le dixe que le traia una carta de mi señor (¡infernal torçon le dé Dios por ello!), tomó una gran palada del estiercol que estaba más hondo y más remojado, y arrojomele de boleo, sin dezir agua va, en estas pecadoras barbas. Yo, como por mis pecados las tengo más espesas que escobilla de barbero, estuve despues más de tres dias sin poder acabar de agotar la porqueria que en ellas me dexó, perfetamente. Diose, oyendo esto, una palmada en la frente don Alvaro, diziendo: Por cierto, señor Sancho, que semejante porte que ese no le merecia la mucha discrecion vuestra. No se espante v. m. replicó Sancho; que á fe que nos ha sucedido á mí y á mi señor, andando por amor della en las aventuras ó desventuras del año pasado, darnos pasadas de cuatro vezes muy gentiles garrotaços. Yo os prometo, dixo colerico don Quixote, que si me levanto, don bellaco desvergonçado, y cojo una estaca de aquel carro, que os muela las costillas y haga que se os acuerde per omnia saecula saeculorum. Amen, respondió Sancho. Levantarase don Quixote á castigarle la desvergüença, si don Alvaro no le tuviera el braço y le hiziera volver á sentar en su silla, haziendo con el dedo señas á Sancho para que callase, con que lo hizo por entonzes; y don Quixote, abriendo la carta, dixo: Ve aqui v. m. la carta que este moço llevó los dias pasados á mi señora, y juntamente la respuesta della, para que de ambas colija v. m. si tengo razon de quexarme de su inaudita ingratitud.


Sobrescrito de la carta. A la infanta Dulcinea del Toboso

«Si el amor afincado, ¡oh bella ingrata! que asaz bulle por los poros de mis venas, diera lugar á que me ensañara contra vuestra fermosura, cedo tomara vengança de la sandez con que mis cuitas os dan enojoso reproche. Cuidades, dulce enemiga mia, que non atiendo con todas mis fuerças en al que en desfazer tuertos de gente menesterosa: magüer que muchas vezes ando envuelto en sangre de jayanes, cedo el pensamiento sin polilla está ademas ledo, y tiene remembrança que está preso por una de las más altas fembras que entre las reinas de alta guisa fallar se puede. Empero lo que agora vos demando es, que si alguna desmesurança he tenido, me perdonedes; que los yerros por amare, dignos son de perdonare. Esto pido de finojos ante vuestro imperial acatamiento. Vuestro hasta el fin de la vida.

El caballero de la Triste Figura,
Don Quixote de la Mancha.
»
 

Por Dios, dixo don Alvaro riendose, que es la más donosa carta que en su tiempo pudo escribir el rey don Sancho de Leon á la noble doña Ximena Gomez, al tiempo que, por estar ausente della, el Cid, la consolaba; pero siendo v. m. tan cortesano, me espanto que escribiese esa carta ahora tan á lo del tiempo antiguo; porque ya no se usan esos vocablos en Castilla sino es cuando se hazen comedias de los reyes y condes de aquellos siglos dorados. Escribola desta suerte, dixo don Quixote, porque, ya que imito á los antiguos en la fortaleça, como son al conde Fernan Gonzalez, Peranzules, Bernardo y al Cid, los quiero tambien imitar en las palabras. ¿Pues para qué, replicó don Alvaro, puso v. m. en la firma El caballero de la Triste Figura? Sancho Pança, que habia estado escuchando la carta, dixo: Yo se lo aconsejé, y á fe en toda ella no va cosa más verdadera que esa. Puseme El de la Triste Figura, añadió don Quixote, no por lo que este necio dize, sino porque la ausencia de mi señora Dulcinea me causaba tanta tristeza, que no me podia alegrar: de la suerte que Amadis se llamó Beltenebros, otro el caballero de los Fuegos, otro de las Imagenes, ó de la Ardiente espada. Don Alvaro le replicó: y el llamarse v. m. don Quixote, ¿á imitacion de quien fue? A imitacion de ninguno, dixo don Quixote, sino como me llamo Quijada, saqué deste nombre el de don Quixote el dia que me dieron el orden de caballeria. Pero oiga v. m., le suplico, la respuesta que aquella enemiga de mi libertad me escribe.


Sobrescrito. A Martin Quijada, el Mentecapto.

«El portador desta habia de ser un hermano mio, para darle la respuesta en las costillas con un gentil garrote. ¿No sabe lo que le digo, señor Quijada? Que por el siglo de mi madre, que si otra vez me escribe de emperatriz ó reina, poniendome nombres burlescos, como es A la infanta manchega Dulcinea del Toboso y otros semejantes que me suele escribir, que tengo de hazer que se le acuerde. Mi nombre propio es Aldonza Lorenço ó Nogales, por mar y por tierra.»
 

Vea v. m. si habrá en el mundo caballero andante, por más discreto y sufrido que sea, que pueda sin morir tolerar semejantes razones. ¡Oh, hi de puta! dixo Sancho Pança, conmigo las habia de haber la relamida: á fe que la habia de her peer por ingeño; que aunque es moça forçuda, yo fio que si la agarro, no se me escape de entre las uñas: mi señor don Quixote es muy demasiado de blando. Si él la enviase media dozena de cozes dentro de una carta, para que se la depositasen en la barriga, á fe que no fuera tan repostona. Sepa v. m. que estas moças yo las conozco mejor que un huevo vale una blanca, si las hablan bien, dan al hombre el pescoçon y pasagonçalo que le hacen saltar las lagrimas de los ojos: sobre mí, que conmigo no se burlan, porque luego les arroxo una coz mas redonda que de mula de frayle hieronymo; y más si me pongo los çapatos nuevos: ¡mal año para la mula del Preste Juan que mejor las endilgue! Levantose riendo don Alvaro, y dixo: Por Dios que si el rey de España supiese que este entretenimiento habia en este lugar, que aunque le costase un millon, procurara tenerlo consigo en su casa. Señor don Quixote, ello hemos de madrugar por lo menos una hora antes del dia, por huir del sol; y asi, con licencia de v. m. querria tratar de acostarme. Don Quixote dixo que su merced la tenia; y asi començó á desnudarse para hazerle la cama que en el mesmo aposento estaba, y mandó á Sancho Pança que le desçalzase las botas. Llegaron en esto á quererlo hazer dos pajes del mesmo don Alvaro que habian estado oyendo la conversacion desde la puerta; pero no consintió Sancho Pança que otro que él hiziese tal ofizio, de que gustó en extremo don Alvaro, el cual le dixo, mientras don Quixote salió afuera por unas peras en conserva para darle: Tirá, hermano Sancho, bien, y tened paciencia. Si tendran, respondió Sancho; que no son bestias; y aunque no soy don, mi padre lo era. ¿Como es eso? dixo don Alvaro: ¡vuestro padre tenia don! Sí, señor, dixo Sancho; pero teniale á la postre. ¿Como á la postre? replicó don Alvaro. ¿Llamabase Francisco Don, Juan Don ó Diego Don? No, señor, dixo Sancho, sino Pedro el Remendon. Rieron mucho del dicho los pajes y don Alvaro, que prosiguió preguntandole si era aun su padre vivo; y él respondió: No, señor; que más há de diez años que murió de una de las más malas enfermedades que se puede imaginar. ¿De que enfermedad murió? replicó don Alvaro. De sabañones, respondió Sancho. ¡Santo Dios! dixo don Alvaro con grandisima risa: ¡de sabañones! El primer hombre que en los dias de mi vida oí dezir que muriese desa enfermedad fue vuestro padre, y asi no lo creo. ¿No puede cada uno, dixo Sancho, morir la muerte que le da gusto? Pues si mi padre quiso morir de sabañones, ¿que se le da á v. m.? En medio de la risa de don Alvaro y sus pajes, entró don Quixote y su ama la vieja con un plato de peras en conserva y una garrafa de buen vino blanco, y dixo: V. m., mi señor don Alvaro, podrá comer un par destas peras, y tras ellas tomar una vez de vino, que le dará mil vidas. Yo beso á v. m. las manos, respondió don Alvaro, señor don Quixote, por la merced que me haze; pero no podré servirle; porque no acostumbro comer cosa alguna sobre cena; que me daña, y tengo larga experiencia en mi de la verdad del aforismo de Avicena ó Galeno, que dize que lo crudo sobre lo indigesto engendra enfermedad. Pues por vida de la que me parió, dixo Sancho, que aunque ese Açucena ó Galena que su merced dize, me dixese más latines que tiene todo el a, b, c, asi dexase yo de comer, habiendolo á mano, como de escupir. ¡Mirá que cuerpo de San Belorge! El no comer para los castraleones, que se sustentan del aire. Pues por vida de la que adoro, dixo don Alvaro, tomando una pera con la punta del cuchillo, que os habeis de comer esta, con licencia del señor don Quixote. ¡Ah! no, por vida, señor don Tarfe, respondió Sancho; que estas cosas dulces, siendo pocas, me hazen mal; aunque es verdad que cuando son en cantidad, me hazen grandisimo provecho. Con todo, la comió, y tras esto se puso don Alvaro en la cama, y á los pajes les hizieron otra junto á ella do se acostasen, como lo hizieron. En esto dixo don Quixote á Sancho: Vamos, Sancho amigo, al aposento de arriba; que alli podremos dormir lo poco que de la noche queda; que no hay para que irte ahora á tu casa; que ya tu muger estará acostada; y tambien que tengo un poco que comunicar contigo esta noche sobre un negocio de importancia. Pardiez, señor, dixo Sancho, que estoy yo esta noche para dar buenos consejos, porque estoy redondo como una chueca; solo será la falta que me dormiré luego, porque ya los bostezos menudean mucho. Subieronse arriba tras esto ambos á acostar, y puestos en una misma cama, dixo don Quixote: Hijo Sancho, bien sabes ó has leido que la ociosidad es madre y principio de todos los vicios, y que el hombre ocioso está dispuesto para pensar cualquier mal, y pensandolo, ponerlo por obra, y que el diablo de ordinario acomete y vence facilmente á los ociosos, porque haze como el cazador, que no tira á las aves mientras que las ve andar volando, porque entonzes seria la caza incierta y dificultosa, sino que aguarda á que se asienten en algun puesto, y viendolas ociosas, les tira y las mata. Digo esto, amigo Sancho, porque veo que há algunos meses que estamos ociosos, y no cumplimos, yo con el orden de caballeria que recebi, y tú con la lealtad de escudero fiel que me prometiste. Querria pues (para que no se diga que yo he recebido en vano el talento que Dios me dió, y sea reprehendido como aquel del Evangelio, que ató el que su amo le fió en el pañizuelo, y no quiso granjear con él) que volviesemos lo más presto que ser pudiese á nuestro militar exercicio, porque en ello haremos dos cosas: la una, servicio muy grande á Dios, y la otra, provecho al mundo, desterrando dél los descomunales jayanes y soberbios gigantes que hazen tuertos de sus fueros, y agravios á caballeros menesterosos y á donzellas afligidas; y juntamente ganaremos honra y fama para nosotros y nuestros sucesores, conservando y aumentando la de nuestros antepasados; tras que adquiriremos mil reinos y provincias en un quita allá esas pajas, con que seremos ricos, y enriquezeremos nuestra patria. Señor, dixo Sancho, no tiene que meterme en el caletre esos guerreamientos, pues ya ve lo mucho que me costaron ese otro año, con la perdida de mi Rucio, que buen siglo haya; tras que jamas me cumplió lo que mil vezes me tenia prometido, de que nos veriamos dentro de un año, yo adelantando, ó rey por lo menos, mi muger almiranta y mis hijos infantes; ninguna de las cuales cosas veo cumplidas por mí (¿oye v. m., ó duerme?), y mi muger tan Mari-Gutierrez se es hoy como agora un año: asi que, yo no quiero perro con cencerro. Y fuera deso, si nuestro cura el licenciado Pero Perez sabe que queremos tornar á nuestras caballerias, le tiene de meter á v. m. con una cadena por unos seis ó siete meses en domus Jetro, que dizen, como la otra vez; y asi, digo que no quiero ir con v. m., y dexeme dormir por vida suya; que ya se van pegando los ojos. Mira, Sancho, dixo don Quixote, que yo no quiero que vayas como la otra vez; antes quiero comprarte un asno en que vayas como un patriarca, mucho mejor que el otro que te hurtó Ginesillo; y en fin, iremos ambos con mejor orden, y llevaremos dineros y provisiones, y una maleta con nuestra ropa; que ya he echado de ver que es muy necesario, porque no nos suceda lo que en aquellos malditos castillos encantados nos sucedió. Aun desa manera, respondió Sancho, y pagandome cada mes mi trabajo, yo iré de muy buena gana. Oyendo su resolucion, alegre don Quixote, prosiguió diziendo: Pues Dulcinea se me ha mostrado tan inhumana y cruel, y lo que peor es, desagradecida á mis servicios, sorda á mis ruegos, incredula á mis palabras, y finalmente, contraria á mis deseos, quiero probar, á imitacion del caballero del Febo, que dexó á Claridana, y otros muchos que buscaron nuevo amor, y ver si en otra hallo mejor fe y mayor correspondencia á mis fervorosos intentos, y ver juntamente... ¿Duermes, Sancho? ¡Ah Sancho! En esto Sancho recordó, diziendo: Digo, señor, que tiene razon; que esos jayanazos son grandisimos bellacos, y es muy bien que les hagamos tuertos. ¡Por Dios, dixo don Quixote, que estás muy bien en el cuento! Estoyme yo quebrando la cabeça diziendote lo que á ti y á mí más, despues de Dios, nos importa, y tú duermes como un liron. Lo que digo, Sancho, es, ¿entiendes?... ¡Oh! reniego de la puta que me parió, dixo Sancho: dexeme dormir con Barrabas; que yo creo bien y verdaderamente cuanto me dixere y piensa dezir todos los dias de su vida. Harto trabajo tiene un hombre, dixo don Quixote, que trata cosas de peso con salvajes como este: quierole dexar dormir; que yo, mientras que no diere fin y cabo á estas honradas justas, ganando en ellas el primero, segundo y tercero dia las joyas de más importancia que hubiere, no quiero dormir, sino velar, traçando con la imaginacion lo que despues tengo de poner por efecto, como haze el sabio arquitecto, que antes que comienze la obra, tiene confusamente en su imaginativa todos los aposentos, patios, chapiteles y ventanas de la casa, para despues sacallos perfectamente á luz. En fin, al buen hidalgo se le pasó lo que de la noche quedaba, haziendo grandisimas quimeras en su desvanecida fantasia, ya hablando con los caballeros, ya con los jueces de las justas, pidiendoles el premio; ya, finalmente, saludando con grandisima mesura á una dama hermosisima y ricamente adereçada, á quien presentaba desde el caballo con la punta de la lança una rica joya. Con estos y otros semejantes desvanecimientos se quedó al cabo dormido.

CAPITULO III

De como el Cura y don Quixote se despidieron de aquellos caballeros, y de lo que á él le sucedió con Sancho Pança despues de ellos idos.

Una hora antes que amaneciese llegaron á la puerta de don Quixote el Cura y los alcaldes á llamar, que venian á despertar al señor don Alvaro; á cuyas vozes don Quixote llamó á Sancho Pança para que les fuese á abrir, el cual despertó con harto dolor de su coraçon. Entrados que fueron al aposento de don Alvaro, el Cura se asentó junto á su cama, y le començó á preguntar como le habia ido con su huesped; á lo cual respondió contandole brevemente lo que con él y con Sancho Pança le habia pasado aquella noche; y dixo que si no fuera el plaço de las justas tan corto, se quedara alli cuatro ó seis dias á gustar de la buena conversacion de su huesped; pero propuso de estarse alli más despacio á la vuelta. El Cura le contó todo lo que don Quixote era, y lo que con él le habia acontecido el año pasado, de lo cual quedó muy maravillado; y mudando platica, fingieron hablaban de otro, porque vieron entrar á don Quixote, con cuyos buenos dias y apacible vision se levantó don Alvaro, y mandó aprestar los caballos y demas recado para irse. Entre tanto los alcaldes y el Cura volvieron á dar de almorzar á sus huespedes, quedando concertados que todos volverian á casa de don Quixote, para partirse desde alli juntos. Idos ellos, y vestido don Alvaro, dixo aparte á don Quixote: Señor mio, v. m. me la ha de hazer de que unas armas grabadas de Milan, que traigo aqui en un baul grande, se me guarden con cuidado en su casa hasta la vuelta; que me parece que en Çaragoça no serán menester, pues no faltarán en ella amigos que me provean de otras que sean menos sutiles, pues estas lo son tanto, que solo pueden servir para la vista, y es notable el embaraço que me causa el llevarlas. Hízolas sacar luego alli todas en diziendo esto, y eran peto, espaldar, gola, braçaletes, escarcelas y morrion; y don Quixote, cuando las vió, se le alegró la paxarilla infinitamente, y propuso luego en su entendimiento lo que habia de hazer dellas, y asi le dixo: Por cierto, mi señor don Alvaro, que esto es lo menos en que yo pienso servir á v. m., pues espero en Dios vendrá tiempo en que v. m. se holgará más de verme á su lado, que no en el Argamesilla. Y prosiguió preguntandole, mientras se volvian á poner en el baul las armas, qué divisa pensaba sacar en las justas, qué libreas, qué letras ó qué motes: á todo lo cual, por complazerle, le respondió don Alvaro, no entendiendo que le pasaba por la imaginacion el ir á Çaragoça ni hazer lo que hizo, y adelante se dirá. En esto entró Sancho muy colorado, sudandole la cara y diziendo: Bien puede, mi señor don Tarfe, sentarse á la mesa; que ya está el almuerzo á punto. A lo cual respondió don Alvaro: ¿Teneis buen apetito de almorzar, Sancho amigo? Ese, dixo él, señor mio, gloria tibi, Domine, nunca me falta, y es de manera, que (en salud sea mentado, y vaya el diablo para ruin) no me acuerdo en todos los dias de mi vida haberme levantado harto de la mesa, sino fue ahora un año, que, siendo mi tio Diego Alonso mayordomo del Rosario, me hizo á mí repartidor del pan y queso de la caridad que da la cofradia, y entonces alli hube de afloxar dos agujeros al cinto. Dios os conserve, dixo don Alvaro, esa disposicion; que solo della y de vuestra buena condicion os tengo envidia. Almorzó don Alvaro, y luego llegaron los tres caballeros con su gente y con el Cura; porque ya amanecia; y viendolos don Alvaro, se puso al momento las espuelas y subió á caballo; tras lo cual sacó don Quixote del establo á Rocinante ensillado y enfrenado para acompañarles, y dixo, teniendole por el freno, á don Alvaro: Ve aqui v. m., señor don Alvaro, uno de los mejores caballos que á duras penas se podrian hallar en todo el mundo. No hay Bucefalo, Alfana, Seyano, Babieca ni Pegaso que se le iguale. Por cierto, dixo don Alvaro, mirandole y sonriendose, que ello puede ser como v. m. dize; pero no lo muestra en el talle, porque es demasiado de alto y sobrado de largo, fuera de estar muy delgado; pero debe ser la causa del estar tan flaco el ser de su naturaleça algo astrologo ó filosofo, ó la larga experiencia que tendrá de las cosas del mundo; que no deben haber pasado pocas por él, segun los muchos años que descubre tener encubiertos baxo la silla; pero, como quiera que sea, él es digno de alabança, por lo que muestra ser discreto y pacifico. En esto salieron todos á caballo, y el Cura y don Quixote les acompañaron casi un cuarto de legua del lugar. Iba el Cura tratando con don Alvaro de las cosas de don Quixote; el cual se maravillaba en extremo de su extraña locura. Despidieronse, forçados de los ruegos de los caballeros, y vueltos al Argamesilla, el Cura se fue á su casa, y llegando á la suya don Quixote, lo primero que hizo en apeandose, fue enviar luego á llamar con su ama á Sancho Pança, con orden de que le dixese traxese consigo, cuando viniese, aquello que le habia dicho le traeria, que era Florisbian de Candaria, libro no menos necio que impertinente. Vino luego volando Sancho; y cerrando el aposento por adentro, y quedando en él solos, sacó el libro debaxo de las haldas del sayo, y diosele; el cual le tomó en las manos con mucha alegria, diziendo: Ves aqui, Sancho, uno de los mejores y más verdaderos libros del mundo, donde hay caballeros de tan grande fama y valor, que ¡mal año para el Cid ó Bernardo del Carpio que les lleguen al çapato! Al punto le puso sobre un escritorio, y volvió de nuevo á repetir á Sancho muy por extenso todo lo que la noche pasada le habia dicho, y no habia podido entender por estar tan dormido, concluyendo la platica con dezir queria partir para Çaragoça á las justas, y que pensaba olvidar á la ingrata infanta Dulcinea del Toboso, y buscar otra dama que mejor correspondiese á sus servicios; y que de alli pensaba despues ir á la corte del rey de España para darse á conocer por sus fazañas. Y trabaré amistad, añadia el buen don Quixote, con los grandes, duques, marqueses y condes que al servicio de su real persona asisten; do veré si alguna de aquellas fermosas damas que están con la Reina, enamorada de mi tallaço, en competencia de otras, muestra algunas señales de verdadero amor, ya con apariencias exteriores de la persona y vestido, ya con papeles ó recados enviados al cuarto que sin duda el Rey me dará en su real palacio, para que desta manera, siendo invidiado de muchos caballeros de los del tuson, procuren todos por varios caminos descomponerme con el Rey; á los cuales, en sabiendolo, desafio y reto, matando la mayor parte dellos: con que vista mi gran valentia por el Rey nuestro señor, es fuerça que su magestad Catolica me alabe por uno de los mejores caballeros de Europa. Todo esto dezia él con tanto brio, levantando las cejas, con voz sonora, y puesta la mano sobre la guarnicion de la espada, que no se habia aun quitado desde que habia salido á acompañar á don Alvaro, que parecia que ya pasaba por él todo lo que iba diziendo. Quiero pues, Sancho mio, proseguia luego, que veas ahora unas armas que el sabio Alquife, mi grande amigo, esta noche me ha traido, estando yo traçando la dicha ida de Çaragoça, porque quiere que con ellas entre en las aplaçadas justas, y lleve el mejor precio que dieren los juezes, con inaudita fama y gloria de mi nombre y de los andantes caballeros antepasados, á quien imito y aun excedo. Y abriendo una arca grande, á donde las habia metido, las sacó. Cuando Sancho vió las armas nuevas y tan buenas, llenas de trofeos y grabaduras milanesas, acicaladas y limpias, pensó sin duda que eran de plata, y dixo pasmado: Por vida del fundador de la torre de Babilonia, que si ellas fueran mias, que las habia de hazer todas de reales de á ocho, destos que corren ahora, más redondos que hostias; porque solamente la plata, fuera de las imagines que tienen, vale al menorete, á quererlas echar en la calle, mas de noventa mil millones. ¡Oh hi de puta, traidoras, y cómo reluzen! Y tomando el morrion en las manos, dixo: Pues el sombrero de plata ¡es bobo! Por las barbas de Pilatos, que si tuviera cuatro dedos más de falda, se le podria poner el mesmo Rey, y aun juro que el dia de la procesion del Rosario se le habemos de poner en la cabeça al señor Cura, pues saldrá con él y con la capa de brocado por esas calles hecho un relox. Mas digame, señor, estas armas ¿quién las hizo? ¿Hizolas ese sabio Esquife, ó nacieronse asi del vientre de su madre? ¡Oh gran necio! dixo don Quixote: estas se hizieron y forjaron junto al rio Leteo, media legua de la barca de Acaronte, por las manos de Vulcano, herrero del infierno. ¡Oh, pestilencia en el herrero! dixo Sancho: ¡el diablo podrá ir á su fragua á sacar la punta de la reja del arado! Yo apostaré que, como no me conoce, me echase una grande escudilla de aquella pez y trementina que tiene ardiendo, sobre estas virginales barbas, tal, que fuera harto peor de quitar y aun de sanar que la basura que me echó en ellas Aldonza Lorenço los otros dias. Tomó en esto las armas don Quixote, diziendo: Quiero amigo Sancho, que veas como me estan: ayudamelas á poner. Y diziendo y haziendo, se puso la gola, peto y espaldar, y dixo Sancho: Par diez que aquestas planchas parecen un capote, y si no fueran tan pesadas, eran lindisimas para segar, y más con estos guantes:—lo cual dixo tomando las manoplas en la mano. Armose don Quixote de todas pieças, y luego habló con voz entonada á Sancho desta manera: ¿Que te parece, Sancho? ¿Estanme bien? ¿No te admiras de mi gallardia y brava postura? Esto dezia paseandose por el aposento, haziendo piernas y continentes, pisando de carcaño, y levantando más la voz y haziendola más gruesa, grave y reposada; tras lo cual le vino luego subitamente un accidente tal en la fantasia, que, metiendo con mucha presteza mano á la espada, se fue acercando con notable colera á Sancho, diziendo: Espera, dragon maldito, sierpe de Libia, basilisco infernal: verás por expiriencia el valor de don Quixote, segundo san Jorge en fortaleça; verás, digo, si de un golpe solo puedo partir, no solamente á tí, sino á los diez más fieros gigantes que la nacion gigantea jamas produjo. Sancho, que le vió venir para sí tan desaforado, començó á correr por el aposento; y metiendose detras de la cama, andaba al derredor della huyendo de la furia de su amo, el cual dezia, dando muchas cuchilladas á tuertas y derechas por el aposento, cortando muchas vezes las cortinas, mantas y almohadas de la cama: Espera, jayan soberbio; que ya ha llegado la hora en que quiere la Magestad divina que pagues las malas obras que has hecho en el mundo. Andaba en esto tras del pobre Sancho al derredor de la cama, diziendole mil palabras injuriosas, y juntamente con cada una arrojandole una estocada ó cuchillada larga; que si la cama no fuera tan ancha como era, lo pasara el pobre de Sancho harto mal; el cual le dixo: Señor don Quixote, por todas cuantas llagas tuvieron Job, el señor san Lazaro, el señor san Francisco, y lo que más es, nuestro Señor Jesucristo, y por aquellas benditas saetas que sus padres tiraron al señor san Sebastian, que tenga compasion, piedad, lastima y misericordia de mi anima pecadora. Embraveciase más con todo esto don Quixote, diziendo: ¡Oh soberbio! ¿Agora piensas con tus blandas palabras y ruegos aplacar la justa ira que contigo tengo? Vuelve, vuelve las princesas y caballeros que contra ley y razon en este tu castillo tienes; vuelve los grandes tesoros que tienes usurpados, las donzellas que tienes encantadas, y la maga encantadora, causadora de todos estos males. Señor, ¡pecador de mí! dezia Sancho Pança, que yo no soy princesa ni caballero, ni esa señora maga que dize, sino el negro de Sancho Pança, su vecino y antiguo escudero, marido de la buena Mari-Gutierrez, que ya v. m. tiene media viuda. ¡Desventurada de la madre que me parió, y de quien me metió aqui! Sacame aqui luego, añadia con más colera don Quixote, sana y salva y sin lision ni detrimento alguno la emperatriz que digo; que despues quedará tu vil y superba persona á mi merced, dandoteme primero por vencido. Si haré con todos los diablos, dixo Sancho: abrame la puerta, y meta la espada en la vaina primero; que yo le traeré luego, no solamente todas las princesas que hay en el mundo, sino al mesmo Anas y Caifas, cada y cuando su merced los quiera. Envainó don Quixote con mucha pausa y gravedad, quedando molido y sudado de dar cuchilladas en la pobre cama, cuyas mantas y almohadas dexó hechas una criba y lo mesmo hiziera del pobre Sancho si pudiera alcançarle; el cual salió de detras de la cama descolorido, ronco y lleno de lagrimas de miedo, y hincandose de rodillas delante de don Quixote, le dixo: Yo me doy por vencido, señor caballero andante: su merced mande perdonarme; que yo seré bueno todo lo restante de mi vida. Don Quixote le respondió con un verso latino que él sabia y repetia muchas vezes, diziendo: Parcere prostratis docuit nobis ira leonis; y tras él le dixo: Soberbio jayan, aunque tu arrogancia no merecia clemencia alguna, á imitacion de aquellos caballeros y principes antiguos, á quien imito y pienso imitar, te perdono, con presupuesto que del todo dexes las malas obras pasadas, y seas de aqui adelante amparo de pobres y menesterosos, desfaziendo los tuertos y agravios que en el mundo con tanta sinrazon se hazen. Yo lo juro y prometo, dixo Sancho, de her todo eso que me dize; pero digame, en lo de hashazer esos tuertos, ¿ha de entrar tambien el licenciado Pedro Garcia, beneficiado del Toboso, que es tuerto de un ojo? Porque no me quisiera meter en cosas de nuestra santa madre la Iglesia. Levantó entonzes don Quixote á Sancho, diziendo: ¿Que te parece, amigo Sancho? Quien haze esto en un aposento cerrado con un hombre solo como tú, mejor lo hiziera en una campaña con un exercito de hombres, por bravos que fuesen. Lo que me parece, dixo Sancho, que si estas experiencias quiere her muchas vezes conmigo, que me echaré con la carga. Don Quixote le respondió: ¿No ves, Sancho, que era fingido, no más de por darte á entender mi grande esfuerço en el combatir, destreza en el derribar y maña en el acometer? ¡Mal haya el puto de mi linage! replicó Sancho: pues ¿por que me arrojaba aquellas descomunales cuchilladas, que si no fuera porque cuando tiró una me encomendé al glorioso san Anton, me llevara medias narizes, pues el aire de la espada me pasó zorriando por las orejas? Esos ensayamientos quisiera que v. m. hubiera hecho cuando aquellos pastores de marras, de aquellos dos exercitos de ovejas, le tiraron con las hondas aquellas lagrimas de Moisen, con que le derribaron la mitad de las muelas, y no conmigo; pero por ser la primera vez, pase, y mire lo que haze de aqui adelante; y perdone, que me voy á comer. Eso no, Sancho, dixo don Quixote: desarmame, y quedate á comer conmigo, para que despues de comer tratemos de nuestra partida. Acetó facilmente el convite Sancho, y despues de comer le mandó que de casa de un çapatero le truxese dos ó tres badanas grandes para hazer una fina adarga, la cual él hizo con ciertos papelones y engrudo, tan grande como una rueda de hilar cañamo. Vendió tambien dos tierras y una harto buena viña, y lo hizo todo dineros para la jornada que pensaba hazer. Hizo tambien un buen lançón con un hierro ancho como la mano y compró un jumento á Sancho Pança, en el cual llevara una maleta pequeña con algunas camisas suyas y de Sancho, y el dinero, que seria más de trecientos ducados: de suerte que Sancho con su jumento, y don Quixote con Rocinante, segun dize la nueva y fiel historia, hizieron su tercera y más famosa salida del Argamesilla por el fin de agosto del año que Dios sabe, sin que el Cura ni el Barbero ni otra persona alguna los echase menos hasta el dia siguiente de su salida.

CAPITULO IV

Como don Quixote de la Mancha y Sancho Pança su escudero salieron tercera vez del Argamesilla, de noche; y de lo que en el camino desta tercera y famosa salida les sucedió.

Tres horas antes que el rojo Apolo esparziese sus rayos sobre la tierra, salieron de su lugar el buen hidalgo don Quixote y Sancho Pança: el uno sobre su caballo Rocinante, armado de todas pieças y el morrion puesto en la cabeça con gentil talante y postura, y Sancho con su jumento enalbardado, con unas muy buenas alforjas encima y una maleta pequeña, en que llevaban la ropa blanca. Salidos del lugar, dixo don Quixote á Sancho: Ya ves, Sancho mio, como en nuestra salida todo se nos muestra favorable, pues, como ves, la luna resplandece y está clara, no hemos topado en lo que hasta aqui habemos andado, cosa de que podamos tomar mal agüero, tras que nadie nos ha sentido al salir: en fin, hasta ahora todo nos viene á pedir de boca. Es verdad, dixo Sancho: pero temo que en echandonos menos en el lugar, han de salir en nuestra busca el Cura y el Barbero con otra gente, y topandonos, á pesar nuestro nos han de volver á nuestras casas, agarrados por los cabeçones ó metidos en una jaula, como el año pasado; y si tal fuese, par diez que seria peor la caida que la recaida. ¡Oh barbero cobarde! dixo don Quixote: juro por el orden de caballeria que recebi, que solo por eso que has dicho, y porque entiendas que no puede caber temor alguno en mi coraçon, estoy por volver al lugar y desafiar á singular batalla, no solamente al Cura, sino á cuantos curas, vicarios, sacristanes, canonigos, arcedianos, deanes, chantres, racioneros y beneficiados tiene toda la Iglesia romana, griega y latina, y á todos cuantos barberos, medicos, cirujanos y albeitares militan debaxo de la bandera de Esculapio, Galeno, Hipocrates y Avicena. ¿Es posible, Sancho, que en tan poca opinion estoy acerca de tí, y que nunca has echado de ver el valor de mi persona, las invencibles fuerças de mi braço, la inaudita ligereza de mis pies y el vigor intrinseco de mi animo? Osariate apostar (y esto es sin duda) que si me abriesen por medio y sacasen el coraçón, que le hallarian como aquel de Alexandro Magno, de quien se dize que le tenia lleno de vello, señal evidentisima de su gran virtud y fortaleça: por tanto, Sancho, de aqui adelante no pienses asombrarme, aunque me pongas delante más tigres que produce la Hircania, más leones que sustenta la Africa, más sierpes que habitan la Libia, y más exercitos que tuvo Cesar, Anibal ó Xerxes; y quedemos en esto por ahora; que la verdad de todo verás en aquellas famosas justas de Çaragoça, donde ahora vamos. Alli verás por vista de ojos lo que te digo; pero es menester, Sancho, para esto, en esta adarga que llevo (mejor que aquella de Fez que pedia el bravo moro granadino cuando á vozes mandaba que le ensillasen el potro rucio del alcalde de los Velez), poner alguna letra ó divisa que denote la pasion que lleva en el coraçon el caballero que la trae en su braço; y asi quiero que en el primer lugar que llegaremos, un pintor me pinte en ella dos hermosisimas donzellas que esten enamoradas de mi brio, y el dios Cupido encima, que me esté asestando una flecha, la cual yo reciba en el adarga, riendo dél y teniendolas en poco á ellas, con una letra que diga al derredor de la adarga, El Caballero Desamorado, poniendo encima esta, curiosa aunque agena, de suerte que esté entre mi, entre Cupido y las damas:


Sus flechas saca Cupido
De las venas del Pirú,
A los hombres dando el Cu,
Y á las damas dando el pido.
 

¿Y que habemos de her, dixo Sancho, nosotros con esa Cu? ¿Es alguna joya de las que habemos de traer de las justas? No, replicó don Quixote; que aquel Cu es un plumaje de dos relevadas plumas, que suelen ponerse, algunos sobre la cabeça á vezes de oro, á vezes de plata, y á vezes de la madera que haze diafano encerado á las linternas, llegando unos con dichas plumas hasta el signo Aries, otros al de Capricornio, y otros se fortifican en el castillo de San Cervantes. Par diez, dixo Sancho, que ya que yo me hubiese de poner esas plumas, me las habia de poner de oro ó de plata. No te convienen á ti, dixo don Quixote, esos dijes; que tienes la muger buena cristiana y fea. No importa eso, dixo Sancho; que de noche todos los gatos son pardos, y á falta de colcha no es mala manta. Dexemos eso, replicó don Quixote; porque delante de nosotros tenemos ya uno de los mejores castillos que á duras penas se podran hallar en todos los paises altos y baxos, y estados de Milan y Lombardia. Esto dixo por una venta que un cuarto de legua lejos se divisaba. Respondió Sancho: En buena fe que me huelgo, porque aquello que v. m. llama castillo es una venta, para la cual, pues ya el sol se va poniendo, será bueno que enderecemos el camino para pasar en ella la noche muy á nuestro placer; que mañana proseguiremos nuestro viage. Porfiaba don Quixote en que era castillo, y Sancho en que era venta: Acertaron en esto á pasar dos caminantes á pie, los cuales, maravillados de ver la figura de don Quixote, armado de todas pieças, y con morrion, haziendo el calor que hazia, que no era poco, se detuvieron mirandole, á los cuales se llegó don Quixote diziendo: Valerosos caballeros, á quien algun soberbio jayan, contra todo orden de caballeria, haziendo batalla con vosotros, ha quitado los caballos y alguna fermosa donzella que en vuestra compañia traiades, hija de algun principe ó señor destos reinos, la cual habia de ser casada con un hijo de un conde, que aunque moço, es valeroso caballero por su persona: fablad, y dezidme punto por punto vuestra cuita; que aqui está en vuestra presencia el Caballero Desamorado, si nunca le oisteis nombrar (que si habreis, pues tan conocido es por sus fazañas), el cual os jura por las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso, causa total de mi desamor, de vos fazer tan bien vengados y tan á vuestro sabor, que digais que en buen dia la fortuna os ha ofrecido en este camino quien vos desfaga el tuerto que se os ha fecho. Los dos caminantes no supieron que le responder sino, mirandose el uno al otro le dixeron: Señor caballero, nosotros con ningun soberbio jayan hemos peleado, ni tenemos caballos ni donzellas que se nos hayan quitado; pero si su merced habla de una batalla que habemos tenido alli debaxo de aquellos arboles con cierto numero de gentes que nos daba harto fastidio en el cuello del jubon y pliegues de los calzones, ya hemos habido cumplida vitoria de semejante gente; y si no es que alguno se nos haya escapado por entre los bosques de los remiendos, todos los demas han sido muertos por el conde de Uñate. Antes que respondiese don Quixote, salió Sancho diziendo: Dígannos, señores caminantes; aquella casa que alli se ve, ¿es venta ó castillo? Replicó don Quixote: Majadero, insensato, ¿no ves desde aqui los altos chapiteles, la famosa puente levadiza, y los dos muy fieros grifos que defienden su entrada á aquellos que contra la voluntad del castellano pretenden entrar dentro? Los caminantes dixeron: Si v. m. es servido, señor caballero armado, aquella es la venta que llaman del Ahorcado desde que junto á ella ahorcaron ahora un año al ventero, porque mató á un huesped y le robó lo que tenia. Ahora pues andad en hora mala, dixo don Quixote; que ello será lo que yo digo á pesar de todo el mundo. Los caminantes se fueron muy maravillados de la locura del caballero; y don Quixote, ya que llegaban á tiro de arcabuz de la venta, dixo á Sancho: Conviene mucho, Sancho, para que en todo cumplamos con el orden de caballeria, y vayamos por el camino que la verdadera milicia enseña, que tú vayas delante, y te llegues á aquel castillo como si fueses verdadera espia, y adviertas en él con mucho cuidado la anchura, altura y profundidad del foso, la disposicion de las puertas y puentes levadizas, los torreones, plataformas, estradas encubiertas, diques, contradiques, trincheas, rastrillos, garitas, plaças y cuerpos de guardia que hay en él; la artilleria que tienen los de dentro; qué bastimentos y para cuantos años; que municiones; si tiene agua en las cisternas; y finalmente, cuantos y que tales son los que tan gran fortaleça defienden. ¡Cuerpo de quien me parió! dixo Sancho: esto es lo que me agota la paciencia en estas aventuras ó desventuras que andamos buscando por nuestros pecados. Tenemos la venta aqui al ojo, donde podemos entrar sin embarazo ninguno y cenar con nuestros dineros muy á nuestro placer, sin tener batalla ni pendencia con nadie; y quiere v. m. que yo vaya á reconocer puentes y fosos y extrañas cubiertas, ó como diablos llama esa letania que ha nombrado, adonde salga el ventero, viendome andar alrededor de la casa midiendo las paredes, con algun garrote, y me muela las costillas, pensando que le voy á hurtar por los trascorrales las gallinas ó otra cosa. Vamos, por vida suya; que yo salgo por fiador á todo aquello que nos puede suceder, si no es que nosotros mismos nos tomemos las pendencias con las manos. Bien parece, Sancho, dixo don Quixote, que no sabes lo que á la buena espia toca de hazer: pues porque lo sepas, entiende que lo primero ha de ser fiel; que si es espia doble, dando aviso á una parte y á otra de lo que pasa, es muy perjudicial al exercito y digna de cualquier castigo. Lo segundo, ha de ser deligente, avisando con presteza de todo lo que ha oido y visto en los contrarios, pues por venir tarde el aviso se suele á vezes perder todo un campo. Lo tercero, ha de ser secreta, de tal manera, que á persona nacida, aunque sea grande amigo ó camarada, no ha de dezir el secreto que trae en su pecho, sino es al propio general en persona. Por tanto, Sancho, vé al momento y haz lo que te digo, sin replica alguna; que bien sabes y has leido que una de las cosas por donde los españoles son la nacion más temida y estimada en el mundo, fuera de su valor y fortaleça, es por la prompta obediencia que tienen á sus superiores en la milicia: esta los haze victoriosos casi en todas las ocasiones; esta desmaya al enemigo; esta da animo á los cobardes y temerosos; y finalmente, por esta los reyes de España han alcançado el venir á ser señores de todo el orbe; porque, siendo obedientes los inferiores á los superiores, con buen orden y concierto se hazen firmes y estables, y dificultosamente son rompidos y desbaratados, como vemos lo son con facilidad muchas naciones, por faltarles esta obediencia, que es la llave de todo suceso prospero en la guerra y en la paz. Ahora bien, dixo Sancho, no quiero más replicar, pues nunca acabariamos. V. m. se venga tras mí poco á poco; que yo voy con mi jumento á her lo que me manda; y si no hay nada de lo que v. m. me dize, podremos quedar allá; porque á fe que me zorrian ya las tripas de pura hambre. Dios te dé ventura en lides, dixo don Quixote, para que en esta empresa que ahora vas salgas con mucha honra, y alcances por los maeses de campo ó generales de algun exercito, alguna ventaja honrosa para todos los dias de tu vida; y mi bendicion y la de Dios te alcance; y mira que no te olvides de lo que te he dicho, de hazer la buena espia. Començó Sancho á arrear su asno de tal manera, que llegó brevemente á la venta; y como vió que no habia fosos, puentes ni chapiteles, como su amo dezia, riose mucho entre sí, diziendo: Sin duda que todos los torreones y fosos que mi amo dezia que habia en esta venta, los debe él tener metidos en la cabeça; porque yo no veo aqui sino solo una casa con un corralazo, y es sin duda venta como yo dixe. Acercose á la puerta della y preguntó al ventero si habia posada. Dixole que sí, con que baxó luego de su asno, y dió al ventero la maleta para que le diese cuenta della cuando se la pidiese, tras lo cual le preguntó si habia qué cenar; y respondiole el ventero que habia una muy buena olla de vaca, carnero y tocino, con muy lindas berças, y un conejo asado, dió dos saltos de contento en oir nombrar aquella devota olla el buen Sancho. Pidió al punto cebada y paja para su jumento, y llevole con esta provision á la caballeriza, y mientras estaba ocupado en ella en darsela, llegó don Quixote cerca de la venta sobre su rocin, con la figura ya dicha. El ventero y otros cuatro ó cinco que estaban con él á la puerta, se maravillaron infinito de ver semejante estantigua, y esperaron á ver lo que haria ó diria. Llegó él, sin hablar palabra, á dos picas de la puerta, y mirando de medio lado y con grave continente á la gente que en ella estaba, pasó sin hablar palabra, y dió una vuelta alrededor de toda la venta, mirandola por arriba y por abaxo, y á vezes midiendo con el lançon la tierra desde la pared por defuera; y habiendo dado la vuelta, se puso otra vez delante la puerta, y con una voz arrogante, puesto de pies sobre los estribos, començó á dezir: Castellano desta fortaleça, y vosotros, caballeros, que para defenderla con todos los soldados que dentro están, atalayais, puestos en perpetua centinela dias y noches, invierno y verano, con intolerables frios y fastidiosos calores, los enemigos que os vienen á dar asaltos y hazer salir en campaña á probar ventura, dadme luego aqui sin replica alguna un escudero mio que, como falsos y alevosos, contra todo orden de caballeria habeis prendido, sin hazer batalla primero con él; que yo sé por experiencia que él es tal por su persona, que á hazerlo, no tenia para empezar en diez de vosotros; y pues estoy certificado de que le prendisteis como alevosos, con la fuerça del encantamiento de la vieja maga que dentro teneis, ó por traicion, demasiado comedimiento os hago en pediroslo con el termino que os le pido. Volvedmele, digo otra vez, al punto, si quereis quedar con las vidas y excusar de que no os pase á todos con los filos de mi espada, y deshaga este castillo sin dexar en él piedra sobre piedra. Ea, entregadmelo luego, dezia levantando la voz con más colera, aqui, sano, salvo y sin lesion alguna, juntamente con todos los caballeros, donzellas y escuderos que en vuestras escuras mazmorras con crueldad inhumana teneis presos; y si no, salid todos preciados caballeros, puestas vuestras coraças fuertes y vuestras blandeadoras lanças de recio fresno; que á todos os espera aqui. Y con esto tiraba á cada paso á Rocinante de las riendas hazia atras, porque se fatigaba mucho por entrar en la venta; que tambien tenia picado el molino como Sancho Pança. El ventero y los demas, maravillados de las razones de don Quixote, y, viendo que, la lança baxa, les desafiaba á batalla, llamándoles gallinas y cobardes, haziendo piernas en su caballo, llegaronse á él, y dixole el ventero: Señor caballero, aqui no hay castillo ni fortaleça; y si alguna hay es la del vino, que es tan bravo y fuerte, que basta no solamente para derribar sino para hazer dezir mucho más de lo que v. m. nos ha dicho, y asi dezimos y respondemos todos en mí, y yo por todos, que aqui no ha venido escudero alguno de v. m.: si quiere posada, entre; que le daremos buena cena y mejor cama, y aun, si fuere menester, no le faltará una moça gallega que le quite los çapatos; que aunque tiene las tetas grandes, es ya cerrada de años; y como v. m. no cierre la bolsa, no haya miedo que cierre los braços ni dexe de recebirle en ellos. Por el orden de caballeria que profeso, replicó don Quixote, que si, como digo, no me dais el escudero y aquesa princesa gallega que dezis, que habeis de morir la más abatida muerte que venteros andantes hayan muerto en el mundo. Al ruido salió Sancho diziendo: Señor don Quixote, bien puede entrar; que al punto que yo llegué se dieron todos por vencidos: baxe, baxe; que todos son amigos, y habemos hechado pelillos á la mar, y nos están aguardando con una muy gentil olla de vaca, tocino, carnero, nabos y berças, que está diziendo: comeme, comeme. Como don Quixote vió á Sancho tan alegre, le dixo: Dime por Dios, Sancho amigo, si esta gente te ha hecho algun tuerto ó desaguisado; que aqui estoy, como ves, á punto de pelear. Señor, dixo Sancho, ninguno desta casa me ha hecho tuerto; que, como v. m. ve, los dos ojos me tengo sanos y buenos, que saqué del vientre de mi madre; ni tampoco me han hecho desaguisado; antes tienen guisada una olla y un conejo, tal, que el mismo Juan de Espera en Dios la puede comer. Pues toma, Sancho, dixo don Quixote, esta adarga, y tenme del estribo mientras me apeo; que me parece esta gente de buena condicion, aunque pagana. ¡Y como si es pagana! respondió Sancho, pues en pagando tres reales y medio, seremos señores disolutos de aquella grasisima olla. Baxó en esto del caballo, y Sancho le llevó á la caballeriza con su jumento. El ventero dixo á Don Quixote que se desarmase; que en parte segura estaba, donde, pagando la cena y cama, no habria pendencia alguna; pero el no lo quiso hazer, diziendo que entre gente pagana no era menester fiarse de todos. Llegó en esto Sancho, y pudo acabar con él á puros ruegos se quitase el morrion: tras lo cual le puso delante una mesa pequeña con sus manteles, y dixo al ventero que truxese luego la olla y el conejo asado, lo cual fue traido en un punto; de todo lo cual cenó harto poco don Quixote, pues lo más de la cena se le fue en hazer discursos y visages; pero Sancho sacó de vergüença á su amo, pues á dos carrillos se comió todo lo que quedaba de la olla y conejo, con la ayuda de un gentil azumbre de lo de Yepes, de suerte que se puso hecho una trompa. Alçada la mesa, llevó el ventero á don Quixote y á Sancho á un razonable aposento para acostarse; y despues que Sancho le hubo desarmado, se fue á echar el segundo pienso á Rocinante y á su jumento, y á llevarles á la agua. Mientras pues que Sancho andaba en estos bestiales exercicios, llegó una moça gallega, que por ser muy cortes era facil en el prometer y mucho más en el cumplir, y dixo á don Quixote: Buenas noches tenga v. m., señor caballero: ¿manda algo en su servicio? que aunque negras, no tiznamos: ¿gusta v. m. le quite las botas, ó le limpie los çapatos, ó que me quede aqui esta noche por si algo se le ofreciere? que por el siglo de mi madre, que me parece haberle visto aqui otra vez, y aunque en su cara y figura me parece á otro que yo quise harto; pero agua pasada no muele molino: dexome y dexele libre como el cuclillo: no soy yo muger de todos, como otras disolutas. Donzella, pero recogida; muger de bien, y criada de un ventero honrado, y engañome un traidor de un capitan que me sacó de mi casa, dandome palabra de casamiento: fuese á Italia, y dexome perdida, como v. m. ve: llevome todas mis ropas y joyas que de casa de mi padre habia sacado. Començó la moça á llorar tras esto, y dezir: ¡Ay de mí! ¡Ay de mí, huerfana y sola, y sin remedio alguno sino del cielo! ¡Ay de mí! ¡Y si Dios deparase quien, á aquel bellaco diese de puñaladas, vengandome de tantos agravios como me ha hecho! Don Quixote, que oyó llorar aquella moça, como era compasivo de suyo, le dixo: Cierto, fermosa donzella, que vuestras dolorosas cuitas de tal manera han ferido mi coraçon, que, con ser para las lides de acero, vos me le habedes tornado de cera; y asi, por el orden de caballeria que juro y prometo, como verdadero caballero andante cuyo ofizio es desfazer semejantes tuertos, de no comer pan en manteles, nin con la Reina folgare, nin peinarme barba ó cabello, nin cortarme las uñas de los pies ni de las manos, y aun de non entrar en poblado, pasadas las justas donde agora voy á Çaragoça, fasta fazeros bien vengada de aquese desleal caballero ó capitan tan á vuestro sabor, que digais que Dios vos ha topado con un verdadero desfazedor de agravios. Dadme, donzella mia, esa mano; que yo vos la doy de caballero de cumplir cuanto digo; y mañana en ese dia subid sobre vuestro preciado palafren, puesto vuestro velo delante de vuestros ojos, sola ó con vuestro enano que yo vos seguiré, y aun podria ser, en las justas reales donde agora voy defender con los filos de mi espada contra todo el mundo vuestra fermosura, y despues fazeros reina de algun estraño reino ó isla, adonde seais casada con algun principe poderoso: por tanto, idos agora á acostar, y reposad en vuestro blando lecho, y fiad de mi palabra, que no puede faltar. La disoluta moçuela, que se vió despedir de aquella manera, contra la esperança que ella tenia de dormir con don Quixote y que le daria tres ó cuatro reales, se puso muy triste con tan resoluta respuesta tras tan prolixa arenga, y asi le dixo: Yo por agora, señor, no puedo salir de mi casa por cierto inconveniente: lo que á v. m. suplico, si alguna me piensa hazer, es se sirva de prestarme hasta mañana dos reales, que los he mucho menester; porque fregando ayer quebré dos platos de Talavera, y si no los pago, me dará mi amo dos dozenas de palos muy bien dados. Quien á vos os tocare, dixo don Quixote, me tocará á mí en las niñas de los ojos, y yo solo seré bastante para desafiar á singular batalla, no solamente á ese vuestro amo que dezis, sino á cuantos amos hoy gobiernan castillos y fortaleças. Andad y acostadvos sin temor; que aqui está mi braço, que faltarvos non puede. Asi lo tengo yo creido, dixo la moça; y mire si me haze merced de esos dos reales agora, que aqui estoy para lo que v. m. mandare. Don Quixote no entendia la musica de la gallega, y asi le dixo: Señora infanta, no digo yo los dos reales que me pedis, sino docientos ducados os quiero dar luego á la hora. La moça, que sabia que quien mucho abraça poco aprieta, y que más vale pajaro en mano que buitre volando, se llegó á él para abraçarle, por ver si por alli le podia sacar los dos reales que le habia pedido; pero don Quixote se levantó diziendo: Muy pocos caballeros andantes he visto ni leido que, puestos en semejantes trances cual este en que yo me veo, hayan caido en deshonestidad alguna; y asi, ni yo tampoco, imitandoles á estos, pienso caer en ella. Començó tras esto á llamar á Sancho, diziendo: Sancho, Sancho, sube y traeme esa maleta. Subió Sancho (que habia estado hasta entonzes ocupado en una grande platica con el ventero y los huespedes, alabandoles la singular fortaleça de su señor, echando de la gloriosa, como estaba tan relleno con la olla podrida que habia cenado), subiendo juntamente la maleta, y dixole don Quixote: Sancho, abre esa maleta, y dale á esta señora infanta á buena cuenta docientos ducados desos que ahi traemos; que en haziendola vengada de cierto agravio que contra su voluntad le han fecho, ella te dará, no solamente eso, pero muchas y muy ricas joyas que un descortes caballero á pesar suyo la ha robado. Sancho, que oyó el mandato, le respondió colerico: ¡Como docientos ducados! Por los huesos de mis padres, y aun de mis agüelos, los puedo yo dar como dar una testarada en el cielo. Mirese la muy zurrada, hija de otra: ¿no es ella la que denantes me dixo en la caballeriza que si queria dormir con ella, que como le diese ocho cuartos, estaba alli para herme toda merced? Pues á fe que si la agarro por los cabellos, que ha de saltar de un brinco las escaleras. Como la pobre gallega vió tan enojado á Sancho, le dixo: Hermano, vuestro señor ha mandado que me deis dos reales; que ni pido ni quiero los docientos ducados; que bien veo que este señor lo dize por hazer burla de mí. Estaba en esto don Quixote maravillado de ver lo que Sancho dezia, y asi le dixo: Haz, Sancho, luego lo que te digo: dale luego los docientos ducados, y si más te pidiere, dale más; que mañana iremos con ella hasta su tierra, donde seremos cumplidamente pagados. Ahora sus, dixo Sancho, baxe acá abaxo, señora: ¡asi señora seais de la mala perra que os parió! Y agarrando la maleta, baxó la moça delante dél, y diole cuatro cuartos, diziendo: Por las armas del gigante Golias, que si dezis á mi amo que no os he dado los docientos ducados, que os tengo de hazer más tajadas que hay puntos en la albarda de mi asno. Señor, dixo la gallega, deme esos cuatro cuartos; que con ellos quedo contentisima. Sancho se les dió diziendo: Y bien pagada queda la muy zurrada de lo que no ha trabajado. Y el ventero en esto llamó á Sancho para que se acostase en una cama que de dos jalmas le habia hecho, y Sancho lo hizo, echando su maleta por cabecera, con que durmió aquella noche muy de repapo.

CAPITULO V

De la repentina pendencia que á nuestro don Quixote se le ofreció con el huesped al salir de la venta.

Llegada la mañana, Sancho echó de comer á Rocinante y á su jumento, y hizo poner á asar un razonable pedazo de carnero, si no es que fuese de su madre (que de la virtud del ventero todo se podia presumir), y tras esto se fue á despertar á don Quixote, el cual en toda la noche no habia podido pegar los ojos, sino al amanecer un poco, desvelado con las traças de sus negras justas, que le sacaban de juizio; y más aquella noche, que habia imaginado defender la hermosura de la gallega contra todos los caballeros extrangeros y naturales, y llevarla al reino ó provincia de donde imaginaba que era reina ó señora. Despertó don Quixote despavorido á las vozes que dió Sancho, diziendo: Date por vencido, ¡oh valiente caballero! y confiesa la hermosura de la princesa gallega, la cual es tan grande, que ni Policena, Porcia, Albana ni Dido fueran dignas, si vivieran, de descalçarle su muy justo y pequeño çapato. Señor, dixo Sancho, la gallega está muy contenta y bien pagada; que ya yo le he dado los docientos ducados que v. m. me mandó; y dize que besa á v. m. las manos, y que la mande; que alli está pintipintada para helle toda merced. Pues dile, Sancho, dixo don Quixote, que apareje su preciado palafren mientras yo me visto y armo, para que partamos. Baxó Sancho, y lo que primero hizo fue ir á ver si estaba adereçado el almuerzo. Ensilló á Rocinante y enalbardó á su jumento, poniendo á punto el adarga y lançon de don Quixote, el cual baxó muy de espacio con sus armas en la mano, y dixo á Sancho que le armase, porque queria partir luego. Sancho le dixo que almorzase; que despues se podria armar; lo cual él no quiso hazer en ninguna manera, ni quiso tampoco sentarse á la mesa, porque dixo que no podia comer en manteles hasta acabar cierta aventura que habia prometido; y asi comió en pie cuatro bocados de pan y un poco de carnero asado, y luego subió en su caballo con gentil continente, y dixo al ventero y á los demas huespedes que alli estaban: Castellano y caballeros, mirad si de presente se os ofrece alguna cosa en que yo os sea de provecho; que aqui estoy pronto y aparejado para serviros. El ventero respondió: Señor caballero, aqui no habemos menester cosa alguna, salvo que v. m. ó este labrador que consigo trae me paguen la cena, cama, paja y cebada, y vayanse tras esto muy en hora buena. Amigo, dixo don Quixote, yo no he visto en libro alguno que haya leido, que cuando algun castellano ó señor de fortaleça merece por su buena dicha hospedar en su casa á algun caballero andante, le pida dinero por la posada; pero pues vos, dexando el honroso nombre de castellano, os hazeis ventero, yo soy contento que os paguen: mirad cuanto es lo que os debemos. Dixo el ventero que se le debian catorze reales y cuatro cuartos. De vos hiziera yo esos por la desvergüença de la cuenta, replicó don Quixote, si me estuviera bien; pero no quiero emplear tan mal mi valor:—y volviendose á Sancho, le mandó se los pagase. A la que volvió la cabeça para dezirselo, vió junto al ventero á la moça gallega, que estaba con la escoba en la mano para barrer el patio, y dixola con mucha cortesia: Soberana señora, yo estoy dispuesto para cumplir todo aquello que la noche pasada vos he prometido, y sereis sin duda alguna muy presto colocada en vuestro precioso reino; que no es justo que una infanta como vos ande asi desa suerte, y tan mal vestida como estais, y barriendo las ventas de gente tan infame como esta es: por tanto, subid luego en vuestro vistoso palafren; y si acaso, por la vuelta que ha dado la enemiga fortuna, no le teneis, subid en este jumento de Sancho Pança, mi fiel escudero: venios conmigo á la ciudad de Çaragoça; que alli, despues de las justas, defenderé contra todo el mundo vuestra extremada fermosura, poniendo una rica tienda en medio de la plaça, y junto á ella un cartel, junto al cartel un pequeño aunque bien rico tablado con un precioso sitial, adonde vos esteis vestida de riquisimas vestiduras, mientras yo pelearé contra muchos caballeros, que por ganar las voluntades de sus amantes damas vendran alli con infinitas cifras y motes, que declararán bien la pasion que traerán en sus fogosos coraçones y el deseo de vencerme; aunque les será dificultosa empresa (por no dezir imposible) emprender ganar la prez y honra que yo les ganaré con facilidad, amparado de vuestra beldad; y asi digo, señora, que dexando todas las cosas, os vengais luego conmigo. El ventero y los demas huespedes, que semejantes razones oyeron á don Quixote, le tuvieron totalmente por loco, y se rieron de oir llamar á su gallega, princesa y infanta: con todo, el ventero se volvió á su moça colerico, diziendola: Yo os voto á tal, doña puta desvergonçada, que os tengo de hazer que se os acuerde el concierto que con este loco habeis hecho; que ya yo os entiendo. ¿Asi me agradeceis el haberos sacado de la puteria de Alcala y haberos traido aqui á mi casa, donde estais honrada, y haberos comprado esa sayuela, que me costó diez y seis reales, y los çapatos tres y medio, tras que estaba de hoy para mañana para compraros una camisa, viendo no teneis andrajo della? Pero no me la haga yo en bacin de barbero si no me lo pagaredes todo junto; y despues os tengo de enviar como vos mereceis, con un espigon (como dizen) en el rabo, á ver si hallareis que nadie os haga el bien que yo en esta venta os he hecho: andad ahora en hora mala, bellaca, á fregar los platos; que despues nos veremos. Y diziendo esto, alçó la mano y diola una bofetada, con tres ó cuatro cozes en las costillas, de suerte que la hizo ir tropeçando y medio cayendo. ¡Oh santo Dios, y quien pudiera en esta hora notar la inflamada ira y encendida colera que en el coraçon de nuestro caballero entró! No hay aspid pisado, con mayor rabia que la con que él puso mano á su espada, levantandose bien sobre los estribos, de los cuales, con voz soberbia y arrogante dixo: ¡Oh sandio y vil caballero! ¡asi has ferido en el rostro á una de las más fermosas fembras que á duras penas en todo el mundo se podrá fallar! Pero no querrá el cielo que tan grande follonia y sandez quede sin castigo. Arrojó en esto una terrible cuchillada al ventero, y diole con toda su fuerça sobre la cabeça, de suerte que á no torcer un poco la mano don Quixote, lo pasara sin duda mal; pero con todo eso le descalabró muy bien. Alborotaronse todos los de la venta, y cada uno tomó las armas que más cerca de sí halló. El ventero entró en la cocina y sacó un asador de tres ganchos bien grande, y su muger un medio chuzo de viñadero. Don Quixote volvió las riendas á Rocinante, diziendo á grandes vozes: ¡Guerra, guerra! La venta estaba en una cuestecilla, y luego á tiro de piedra habia un prado bien grande, en medio del cual se puso don Quixote haziendo gambetas con su caballo, la espada desnuda en la mano, porque Sancho tenia la adarga y lançon; al cual, luego que vió todo el caldo revuelto, se le representó que habia de ser segunda vez manteado, y asi peleaba cuanto podia por sosegar la gente y aplacar aquella pendencia; pero el ventero, como se sintió descalabrado, estaba hecho un leon, y pedia muy aprisa su escopeta, y sin duda fuera y matara con ella á don Quixote, si el cielo no le tuviera guardado para mayores trances. Estorbolo la muger y los huespedes con Sancho, diziendo que aquel hombre era falto de juizio; y pues la herida era poca, que le dexase ir con todos los diablos. Con esto se sosegó, y Sancho, excusandose que no tenia culpa de lo sucedido, se despidió dellos muy cortesmente, y se fue para su amo, llevando al jumento del cabestro, y la adarga y lançon. Llegando á don Quixote, le dixo: ¿Es posible, señor, que por una moça de soldada, peor que la de Pilatos, Anas y Caifas, que está hecha una picara, quiera v. m. que nos veamos en tanta revuelta, que casi nos costara el pellejo, pues queria venir el ventero con su escopeta á tirarle? Y á hacerlo, sobre mí, que no le defendieran sus armas de plata, aunque estuvieran aforradas en terciopelo. ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, ¿cuanta gente es la que viene? ¿Viene un escuadron volante, ó viene por tercios? ¿Cuanta es la artilleria, coraças y morriones que traen, y cuantas compañias de flecheros? Los soldados ¿son viejos ó bisoños? ¿Están bien pagados? ¿Hay hambre ó peste en el exercito? ¿Cuantos son los alemanes, tudescos, franceses, españoles, italianos y esgüizaros? ¿Como se llaman los generales, maeses de campo, prebostes, y capitanes de campaña? Presto, Sancho, presto, dilo; que importa para que, conforme á la gente, hagamos en este grande prado trincheras, fosos, contrafosos, rebellines, plataformas, bastiones, estacadas, mantas y reparos, para que dentro les echemos naranjas y bombas de fuego, disparando todos á un tiempo nuestra artilleria, y primero las pieças que están llenas de clavos y medias balas, porque estas hazen grande efeto al primero impetu y asalto. Respondió Sancho: Señor, aqui no hay peto ni salto, ¡pecador de mí! ni hay exercitos de turquescos, ni animales, ni borricadas ni bestiones; bestias sí que lo seremos nosotros si no nos vamos al punto. Tome su adarga y lança; que quiero subir en mi asno; y pues nuestra Señora de los Dolores nos ha librado de los que nos podian causar los palos que tan bien merecidos teniamos en esta venta, huyamos de ella como de la ballena de Jonas; que no le faltarán á v. m. por esos mundos otras aventuras más faciles de vencer que esta. Calla, Sancho, dixo don Quixote; que si me ven huir, dirán que soy un gallina cobarde. Pues par diez, replicó Sancho, que aunque digan que somos gallinas, capones ó faisanes, que por esta vez que nos tenemos de ir: arre acá, señor jumento. Don Quixote, que vió resuelto á Sancho, no quiso contradezirle más; antes començó á caminar tras él diziendo: Por cierto, Sancho, que lo hemos errado mucho en no volver á la venta y retar á todos aquellos por traidores y alevosos, pues lo son verdaderamente, dandoles despues desto á todos la muerte; porque tan vil canalla y tan soez no es bien viva sobre la haz de la tierra; pues quedando, como ves quedan, vivos, mañana dirán que no tuvimos animo para acometellos, cosa que sentiré á par de muerte se diga de mí. En fin, Sancho, nosotros habemos sido, en volvernos, grandisimos borrachos. ¿Borrachos, señor? respondió Sancho: borrachos seamos delante de Dios; que para lo deste mundo, ello hemos hecho lo que toca á nuestras fuerças; por tanto, caminemos antes que entre más el sol; que dexa v. m. bien castigados todos los de la venta.

CAPITULO VI

De la no menos extraña que peligrosa batalla que nuestro caballero tuvo con un guarda de un melonar, que él pensaba ser Roldan el Furioso.

Caminaron la via de Çaragoça el buen hidalgo don Quixote y Sancho Pança su escudero, y anduvieron seis dias sin que les sucediese en ellos cosa de notable consideracion, solo que por todos los lugares que pasaban eran en extremo notados, y en cualquier parte daban harto que reir las simplicidades de Sancho Pança y las quimeras de don Quixote; porque se ofreció en Ariza hazer él proprio un cartel y fixarle en un poste de la plaça, diziendo que cualquier caballero natural ó andante que dixese que las mugeres merecian ser amadas de los caballeros, mentia, como él solo se lo haria confesar uno á uno ó diez á diez; bien que merecian ser defendidas y amparadas en sus cuitas, como lo manda el orden de caballeria; pero que en lo demas, que se sirviesen los hombres dellas para la generacion con el vinculo del santo matrimonio, sin mas arrequives de festeos; pues desengañaban bien de cuan gran locura era lo contrario las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso; y luego firmaba al pie del cartel: El Caballero Desamorado. Tras este pasaron otros tan apacibles y más estraños cuentos en los demas lugares del camino, hasta que sucedió que llegando él y Sancho cerca de Calatayud, en un lugar que llaman Ateca, á tiro de mosquete de la tierra, yendo platicando los dos sobre lo que pensaba hazer en las justas de Çaragoça, y como desde alli pensaba dar la vuelta á la corte del Rey, y dar en ella á conocer el valor de su persona, volvió la cabeça y vió enmedio de un melonar una cabaña, y junto á ella un hombre que le estaba guardando con un lançon en la mano. Detuvose un poco mirandole de hito á hito; y despues de haber hecho en su fantasia un desvariado discurso, dixo: Detente, Sancho, detente; que si yo no me engaño, esta es una de las más estrañas y nunca vistas aventuras que en los dias de tu vida hayas visto ni oido dezir; porque aquel que alli ves con la lança ó venablo en la mano, es sin duda el señor de Anglante, Orlando el Furioso, que, como se dize en el autentico y verdadero libro que llaman Espejo de caballerias, fue encantado por un moro, y llevado á que guardase y defendiese la entrada de cierto castillo, por ser él el caballero de mayores fuerças del universo; encantandole el moro de suerte, que por ninguna parte puede ser ferido ni muerto, si no es por la planta del pie. Este es aquel furioso Roldan que, de rabia y enojo porque un moro de Agramante llamado Medoro, le robó á Angélica la bella, se tornó loco, arrancando los arboles de raiz; y aun se dize por muy cierto (cosa que yo la creo rebien de sus fuerças) que asió de una pierna á una yegua sobre quien iba un desdichado pastor, y volteandola sobre el braço derecho, la arrojó de sí dos leguas, con otras cosas estrañas, semejantes á esta, que alli se cuentan por muy extenso, donde los podrás tú leer. Asi que, Sancho mio, yo estoy resuelto de no pasar adelante hasta probar con él la ventura; y si fuere tal la mia (que si será, segun el esfuerço de mi persona y ligereza de mi caballo), que yo le venciere y matare, todas las glorias, victorias y buenos sucesos que tuvo, serán sin duda mios, y á mí solo se atribuiran todas las fazañas, vencimientos, muertes de gigantes, desquixaramientos de leones y rompimientos de exercitos que por sola su persona hizo; y si él echó, como se cuenta por verdad, la yegua con el pastor dos leguas, dirá todo el mundo que quien venció á este que tal hazia, bien podrá arrojar á otro pastor como aquel á cuatro leguas: con esto seré nombrado por el mundo y será temido mi nombre; y finalmente, sabiendolo el rey de España, me enviará á llamar y me preguntará punto por punto cómo fue la batalla, que golpes le dí, con que ardides le derribé y con que estratagemas le falseé las tretas para que diesen en vazio; y finalmente, cómo le dí la muerte por la planta del pie con un alfiler de á blanca. Informado su magestad de todo, y dandote á tí por testigo ocular, seré sin duda creido; y llevando, como llevaremos, la cabeça en esas alforjas, el Rey la mirará, y dirá: ¡Ah Roldan, Roldan, y como siendo vos la cabeça de los Doze Pares de Francia habeis hallado vuestro par! No os valió ¡oh fuerte caballero! vuestro encantamiento ni el haber rompido de sola una cuchillada una grandisima peña. ¡Oh Roldan, Roldan, y como de hoy más se lleva la gala y fama el invicto manchego y gran español don Quixote! Asi que, Sancho, no te muevas de aqui hasta que yo haya dado cabo y cima á esta dudosa aventura, matando al señor de Anglante y cortandole la cabeça. Sancho, que habia estado muy atento á lo que su amo dezia, le respondió diziendo: Señor Caballero Desamorado, lo que á mi me parece es que no hay aqui, á lo que yo entiendo, ningun señor de Argante; porque lo que yo alli veo no es sino un hombre que está con un lançon guardando su melonar; que como va por aqui mucha gente á Çaragoça á las fiestas, se le deben de festear por los melones; y asi digo que mi parecer es, no obstante el de v. m., que no alborotemos á quien guarda su hacienda, y guardela muy enhorabuena; que asi hago yo con la mia. ¿Quien le mete á v. m. con Giraldo el Furioso, ni en cortar la cabeça á un pobre melonero? ¿Quiere que despues se sepa, y que luego salga tras nosotros la Santa Hermandad, y nos ahorque y asaetee, y despues eche á galeras por sietecientos años, de donde primero que salgamos ternemos canas en las pantorrillas? Señor don Quixote, ¿no sabe lo que dize el refran, que quien ama el peligro, mal que le pese ha de caer en él? Delo al diablo, y vamos al lugar, que está cerca: cenaremos muy á nuestro plazer, y comerán las cabalgaduras; que á fe que si á Rocinante, que va un poco cabizbaxo, le preguntase donde querria más ir, al meson ó guerrear con el melonero, que dixese que más querria medio celemin de cebada, que cien hanegas de meloneros. Pues si esta bestia, siendo insensitiva, lo dize y se lo ruega, y yo tambien en nombre della y de mi jumento, se lo suplicamos mal y caramente, razon es nos crea; y mire v. m. que por no haber querido muchas vezes tomar mi consejo nos han sucedido algunas desgracias. Lo que podemos her, es: yo llegaré y le compraré un par de melones para cenar; y si él dize que es Gaiteros ó Bradamonte ó esotro demonio que dize, yo soy muy contento que le despanzorremos; si no, dexemosle para quien es, y vamos nosotros á nuestras justas reales. ¡Oh Sancho, Sancho, dixo don Quixote, y que poco sabes de achaque de aventuras! Yo no salí de mi casa sino para ganar honra y fama, para lo cual tenemos ahora ocasion en la mano; y bien sabes que la pintaban los antiguos con copete en la frente y calva de todo el celebro, dandonos con eso á entender que pasada ella, no hay de donde asirla. Yo, Sancho, por todo lo que tú y todo el mundo me dixere, no he de dexar de probar esta empresa, ni de llevar el dia que entrare en Çaragoça, la cabeça de este Roldan en una lança, con una letra debaxo della que diga: «Vencí al vencedor.» Mira pues tú, Sancho, ¡cuanta gloria se me seguirá de esto! pues será ocasion de que en las justas todos me rindan vasallage y se me den por vencidos; con lo cual todos los precios dellas serán sin duda mios. Y asi, Sancho, encomiendame á Dios; que voy á meterme en uno de los mayores peligros que en todos los dias de mi vida me he visto; y si acaso, por ser varios los peligros de la guerra, muriese en esta batalla, llevarme has á San Pedro de Cardeña; que muerto, estando con mi espada en la mano, como el Cid, sentado en una silla, yo fio que si, como á él, algun judio, acaso por hazer burla de mí, quisiere llegarme á las barbas, que mi braço yerto sepa meter mano y tratarle peor que el catolico Campeador trató al que con él hizo lo proprio. ¡Oh señor! respondió Sancho, por el arca de Noe le suplico que no me diga eso de morir; que me haze saltar de los ojos las lagrimas como el puño, y se me haze el coraçon añicos de oirselo, de puro tierno que soy de mio. ¡Desdichada de la madre que me parió! ¿Que haria despues el triste Sancho Pança solo en la tierra agena, cargado de dos bestias, si v. m. muriese en esta batalla? Començó Sancho tras esto á llorar muy de veras, y dezir: ¡Ay de mí, señor don Quixote! ¡nunca yo le hubiera conocido por tan poco! ¿Que haran las donzellas desaguisadas? ¿Quien hará y deshará tuertos? Perdida queda de hoy más toda la nacion manchega; no habrá fruto de caballeros andantes, pues hoy acabó la flor dellos en v. m.; más valiera que nos hubieran muerto ahora un año aquellos desalmados yangüeses, cuando nos molieron las costillas á garrotazos. ¡Ay señor don Quixote! ¡Pobre de mí! ¿y que tengo de her solo y sin v. m.? ¡Ay de mí! Don Quixote lo consoló diziendo: Sancho, no llores; que aun no soy muerto; antes he oido y leido de infinitos caballeros, y principalmente de Amadis de Gaula, que habiendo estado muchas vezes á pique de ser muertos, vivian despues muchos años, y venian á morirse en sus tierras, en casa de sus padres, rodeados de hijos y mugeres. Con todo eso, estese dicho, hagas, si muriere, lo que te digo. Yo lo prometo, señor, dixo Sancho, si Dios le lleva para sí, de llevar á enterrar su cuerpo, no solamente al San Pedro de Cerdeña que dize, sino que aunque me cueste el valor del jumento, le tengo de llevar á enterrar á Constantinopla; y pues va determinado de matar ese melonero, arrojeme acá, antes que parta, su bendicion, y deme la mano para que se la bese; que la mia y la del señor san Cristobal le caiga. Diosela don Quixote con mucho amor, y luego començó á espolear á Rocinante, que de cansado ya no se podia mover. Entrando por el melonar y picando derecho hazia la cabaña donde estaba la guarda, iba dando á cada paso á la maldicion á Rocinante, por ver que cada mata, como era verde, le daba apetito, aunque tenia freno, de probar algunas de sus hojas ó melones, fatigado de la hambre. Cuando el melonero vió que se iba allegando más á él aquella fantasma, sin que reparase en el daño que hazia en las matas y melones, començole á dezir á vozes que se tuviese afuera; si no, que le haria salir con todos los diablos del melonar. No curandose don Quixote de las palabras que el hombre le dezia, iba prosiguiendo su camino; y ya que estuvo dos ó tres picas dél, començó á dezirle, puesta la lança en tierra: Valeroso conde Orlando, cuya fama y cuyos hechos tiene celebrados el famoso y laureado Ariosto, y cuya figura tienen esculpida sus divinos y heroicos versos; hoy es el dia, invencible caballero, en que tengo de probar contigo la fuerça de mis armas y los agudos filos de mi cortadora espada; hoy es el dia, valiente Roldan, en que no te han de valer tus encantamientos ni el ser cabeça de aquellos Doze Pares de cuya nobleza y esfuerço la gran Francia se gloria; que por mi has de ser, si quiere la fortuna, vencido y muerto, y llevada tu soberbia cabeça, ¡oh fuerte frances! en esta lança á Çaragoça. Hoy es el dia en que yo gozaré de todas tus fazañas y vitorias, sin que te pueda valer el fuerte exercito de Carlo-Magno, ni la valentia de Reinaldos de Montalvan, tu primo; ni Montesinos, ni Oliveros, ni el hechicero Malgisi con todos sus encantamientos: vente, vente para mí, que un solo español soy: no vengo, como Bernardo del Carpio y el rey Marsillo de Aragon, con poderoso exercito contra tu persona; solo vengo con mis armas y caballo contra tí, que te tuviste algun tiempo por afrentado de entrar en batalla con diez caballeros solos. Responde, no estés mudo, sube sobre tu caballo, ó vente para mi de la manera que quisieres; mas porque entiendo, segun he leido, que el encantador que aqui te puso no te dió caballo, yo quiero baxar del mio; que no quiero hazer batalla contigo con ventaja alguna. Y baxó en esto del caballo, y viendolo Sancho, començó á dar vozes diziendo: Arremeta, nuesamo, arremeta; que yo estoy aqui rezando por su ayuda, y he prometido una misa á las benditas animas, y otra al señor san Anton, que guarde á v. m. y á Rocinante. El melonero, que vió venir para sí á don Quixote con la lança en la mano y cubierto con el adarga, començole á dezir que se tuviese afuera; si no, que le mataria á pedradas. Como don Quixote prosiguiese adelante, el melonero arrojó su lançon y puso una piedra poco mayor que un huevo en una honda, y dando media vuelta al braço, la despidió como de un trabuco contra don Quixote, el cual la recibió en el adarga; mas falseola facilmente, como era de solo badana y papelones, y dió á nuestro caballero tan terrible golpe en el braço izquierdo, que á no cogelle armado con el braçalete, no fuera mucho quebrarsele; aunque sintió el golpe bravisimamente. Como el melonero vió que todavia porfiaba para acercarsele, puso otra piedra mayor en la honda, y tirola tan derecha y con tanta fuerça, que dió con ella á don Quixote en medio de los pechos, de suerte que á no tener puesto el peto grabado, sin duda se la escondiera en el estomago: con todo, como iba tirada por buen braço, dió con el buen hidalgo de espaldas en tierra, recibiendo una mala y peligrosa caida, y tal, que con el peso de las armas y fuerça del golpe, quedó en el suelo medio aturdido. El melonero, pensando que le habia muerto ó malparado, se fue huyendo al lugar. Sancho, que vió caido á su amo, entendiendo que de aquella pedrada habia acabado don Quixote con todas las aventuras, se fue para él, llevando al jumento del cabestro, lamentandose y diziendo: ¡Oh pobre de mi señor desamorado! ¿No se lo dezia yo, que nos fueramos muy en hora mala al lugar, y no hizieramos batalla con este melonero, que es más luterano que el gigante Golias? Pues ¿como se atrevió á llegarse á él sin caballo, pues sabia en Dios y en su conciencia que no le podia matar sino metiendole una aguja ó alfiler de á blanca por la planta del pie? Llegose en esto á su señor, y preguntole si estaba mal ferido: él respondió que no; pero que aquel soberbio Roldan le habia tirado una gran peña y le habia derribado con ella en tierra; añadiendo: Dame, Sancho, la mano, pues ya he salido con muy cumplida vitoria; que para alcançarla, bastame que mi contrario haya huido de mí y no ha osado aguardarme: al enemigo que huye, hazerle la puente de plata, como dizen. Dexemosle pues ir; que ya vendrá tiempo en que yo le busque, y á pesar suyo acabe la batalla començada: solo me siento en este braço izquierdo mal herido; que aquel furioso Orlando me debió tirar una terrible maça que tenia en la mano; y si no me defendieran mis finas armas, entiendo que me hubiera quebrado el braço. Maça, dixo Sancho, bien sé yo que no la tenia; pero le tiró dos guijarros con la honda, que si con cualquiera dellos le diera sobre la cabeça, sobre mí, que por más que tuviera puesto en ella ese chapitel de plata ó como le llama, hubieramos acabado con el trabajo que habemos de pasar en las justas de Çaragoça; pero agradezca la vida que tiene á un romance que yo le rezé del conde Peranzules, que es cosa muy probada para el dolor de hijada. Dame la mano, Sancho, dixo don Quixote, y entremos un rato á descansar en aquella cabaña, y luego nos iremos, pues el lugar está cerca. Levantose don Quixote tras esto, y quitó el freno á Rocinante, y Sancho quitó la maleta de encima de su jumento, juntamente con la albarda; metiolo todo en la cabaña, quedando Rocinante y el jumento señores absolutos del melonar, del cual cogió Sancho dos melones harto buenos, y con un mal cuchillo que traia los partió y puso encima de la albarda para que comiese don Quixote; si bien él, tras solo cuatro bocados que tomó dellos, mandó á Sancho que los guardase para cenar en el meson á la noche. Pero apenas habia Sancho comido media dozena de rebanadas, cuando el melonero vino con otros tres harto bien dispuestos moços, trayendo cada uno una gentil estaca en la mano; y como vieron el rocin y jumento sueltos, pisando las matas y comiendo los melones, encendidos en colera, entraron en la cabaña, llamandolos ladrones y robadores de la hacienda agena, acompañando estos requiebros con media dozena de palos que les dieron muy bien dados, antes que se pudiesen levantar; y á don Quixote, que por su desgracia se habia quitado el morrion, le dieron tres ó cuatro en la cabeça, con que le dexaron medio aturdido, y aun muy bien descalabrado; pero Sancho lo pasó peor; que como no tenia reparo de coselete, no se le perdió garrotazo en costillas, braços y cabeça, quedando tambien aturdido como lo quedaba su amo. Los hombres, sin curar dellos, se llevaron al lugar en prendas el rocin y jumento por el daño que habian hecho. De alli á un buen rato, vuelto Sancho en sí, y viendo el estado en que sus cosas estaban, y que le dolian las costillas y braços de suerte que casi no se podia levantar, començó á llamar á don Quixote, diziendo: ¡Ah señor caballero andante (andado se vea él con todos cuantos diablos hay en los infiernos)! ¿parecele que quedamos buenos? ¿Es este el triunfo con que habemos de entrar en las justas de Çaragoça? ¿Que es de la cabeça de Roldan el encantado, que hemos de llevar espetada en lança? Los diablos le espeten en un asador, ¡plegue á santa Apolonia! Estoyle diziendo sietecientas vezes que no nos metamos en estas batallas impertinentes, sino que vamos nuestro camino sin hazer mal á nadie, y no hay remedio. Pues tomese esos peruetanos que le han venido, y aun plegue á Dios, si aqui estamos mucho, no vengan otra media dozena dellos á acabar la batalla que los primeros començaron. Alzese, pesia á las herraduras del caballo de san Martin, y mire que tiene la cabeça llena de chichones, y le corre la sangre por la cara abaxo, siendo ahora de veras el de la Triste Figura, por sus bien merecidos disparates. Don Quixote, volviendo en sí y sosegandose un poco, començó á dezir:


Rey don Sancho, rey don Sancho
No dirás que no te aviso
Que del cerco de Zamora
Un traidor habia salido.
 

¡Mal haya el anima del Anticristo! dixo Sancho: estamos con las nuestras en los dientes, ¡y ahora se pone muy de espacio al romance del rey don Sancho! Vamonos de aqui, por las entrañas de todo nuestro linage, y curemonos; que estos Barrabases de Gaiteros, ó quien son, nos han molido más que sal, y á mí me han dexado los braços de suerte, que no los puedo levantar á la cabeça. ¡Oh buen escudero y amigo! respondió don Quixote, has de saber que el traidor que desta suerte me ha puesto es Bellido de Olfos, hijo de Olfos Bellido.—¡Oh, reniego de ese Bellido ó bellaco de Olfos, y aun de quien nos metió en este melonar!—Este traidor, dixo don Quixote, saliendo conmigo mano á mano, camino de Zamora, mientras que yo me baxé de mi caballo para proveerme detrás de unas mantas; este alevoso, digo, de Bellido, me tiró un venablo á traicion, y me ha puesto de la suerte que ves: por tanto ¡oh fiel vasallo! conviene mucho que tú subas en un poderoso caballo, llamandote don Diego Ordoñez de Lara, y que vayas á Zamora, y en llegando junto á la muralla, verás entre dos almenas el buen viejo Arias Gonzalo, ante quien retarás á toda la ciudad, torres, cimientos, almenas, hombres, niños y mugeres, el pan que comen y el agua que beben, con todos los demas retos con que el hijo de don Bermudo retó á dicha ciudad, y matarás á los hijos de Arias Gonzalo, Pedro Arias y los demas. ¡Cuerpo de san Quintin! dixo Sancho: si v. m. ve cuales nos han puesto cuatro meloneros, ¿para que diablos quiere que vamos á Zamora á desafiar toda una ciudad tan principal como aquella? ¿Quiere que salgan della cinco ó seis millones de hombres á caballo y acaben con nuestras vidas, sin que gozemos de los premios de las reales justas de Çaragoça? Deme la mano y levantese, y iremos al lugar que está cerca, para que nos curen y á v. m. le tomen esa sangre. Levantose don Quixote, aunque con harto trabajo, y salieron los dos fuera de la cabaña; pero cuando no vieron el Rocinante ni el jumento, fue grandisimo el sentimiento que don Quixote hizo por él; y Sancho, dando vueltas alrededor de la cabaña buscando su asno, dezia llorando: ¡Ay asno de mi anima! ¿y que pecados has hecho para que te hayan llevado de delante de mis ojos? Tú eres la lumbre dellos, asno de mis entrañas, espejo en que yo me miraba; ¿quien te me ha llevado? ¡Ay jumento mio, que por tí solo y por tu pico podias ser rey de todos los asnos del mundo! ¿á donde hallaré yo otro tan hombre de bien como tú? Alivio de mis trabajos, consuelo de mis tribulaciones, tú solo me entendias los pensamientos, y yo á tí, como si fuera tu propio hermano de leche. ¡Ay, asno mio!, y como tengo en la memoria que cuando te iba á echar de comer á la caballeriza, en viendo cerner la cebada, rebuznabas y reias con una gracia como si fueras persona; y cuando respirabas hazia dentro, dabas un gracioso silbo, respondiendo por el organo trasero con un gamaut, que ¡mal año para la guitarra del barbero de mi lugar que mejor musica haga cuando canta el pasacalle de noche! Don Quixote le consoló diziendo: Sancho, no te aflijas tanto por tu jumento; que yo he perdido el mejor caballo del mundo; pero sufro y disimulo hasta que le halle, porque le pienso buscar por toda la redondez del universo. ¡Oh señor! dixo Sancho: ¿no quiere que me lamente, ¡pecador de mí! si me dixeron en nuestro lugar que este mi asno era pariente muy cercano de aquel gran retorico asno de Balan, que buen siglo haya? Y bien se ha echado de ver en el valor que ha mostrado en esta reñida batalla que con los más soberbios meloneros del mundo habemos tenido. Sancho, dixo don Quixote, para lo pasado no hay poder alguno, segun dize Aristoteles; y asi lo que por ahora puedes hazer, es tomar esta maleta debaxo del braço, y llevar esta albarda á cuestas hasta el lugar, y alli nos informaremos de todo lo que nos fuere necesario para hallar nuestras bestias. Sea como v. m. mandare, dixo Sancho tomando la maleta y diziendo á don Quixote que le echase la albarda encima. Mira, Sancho, replicó él, si la podrás llevar; si no, lleva primero la maleta, y luego volverás por ella. Si podré, dixo Sancho; que no es esta la primera albarda que he llevado á cuestas en esta vida. Pusosela encima; y como el ataharre le viniese junto á la boca, dixo á don Quixote que se la echase tras de la cabeça, porque le olia á paja mal mascada.

CAPITULO VII

Como don Quixote y Sancho Pança llegaron á Ateca, y como un caritativo clerigo llamado Mosen Valentin los recogió en su casa, haziendoles todo buen acogimiento.

Començaron á caminar don Quixote con su adarga y Sancho con su albarda, que le venia como anillo en dedo, y en entrando por la primera calle del lugar, se les començó á juntar una grande multitud de muchachos hasta que llegaron á la plaça, donde en viendo llegar aquellas estrañas figuras, se empeçaron á reir los que en ella estaban, y llegaronseles los jurados y seis ó siete clerigos, y otra gente honrada que con ellos estaban. Como se vió don Quixote en la plaça cercado de tanta gente, viendo que todos se reian, començó á dezir: Senado ilustre y pueblo romano invicto, cuya ciudad es y ha sido cabeça del universo, mirad si es licito que de vuestra famosa ciudad hayan salido salteadores, los cuales vosotros jamas consentistes en vuestra clara republica en los antiguos siglos, y me hayan robado á mí mi preciado caballo y á mi fiel escudero su jumento, sobre quien trae las joyas y precios que en diferentes justas y torneos he ganado ó podido ganar: por tanto, si aquel valor antiguo ha quedado en vuestros coraçones de piadosos romanos, dadnos aqui luego lo que se nos ha robado, juntamente con los traidores que, estando nosotros á pie y descuidados, nos han ferido de la suerte que veis; si no, yo os reto á todos por alevosos y hijos de otros tales; y asi os aplaço á que salgais conmigo á singular batalla uno á uno, ó todos para mí solo. Dieron todos, en oyendo estos disparates, una grandisima risada, y llegandoseles un clerigo que más discreto parecia, les rogó callasen; que él, poco más ó menos, conocia la enfermedad de aquel hombre, y le haria dar de sí con entretenimiento de todos; y tras esto y el universal silencio que los circunstantes le dieron, se llegó á don Quixote diziendo: V. m., señor caballero, sabranos dezir las señas de los que le han descalabrado y hurtado ese caballo que dize; porque dando aqui á los ilustres consules los malhechores, no solamente seran por ellos castigados, sino que justamente se le volverá á v. m. todo lo que se hallare ser suyo. Don Quixote le respondió: Al que hizo batalla conmigo, dificultosa cosa será hallarlo, porque á mi parecer dixo que era el valeroso Orlando el Furioso, ó por lo menos el traidor de Bellido de Olfos. Rieronse todos; pero Sancho, que estaba cargado con su albarda á cuestas, dixo: ¿Para que es menester andar por zorrinloquios? El que derribó á mi amo con una pedrada, es un hombre que guardaba un melonar; moço lampiño, de barba larga, con unos mostachos rehondidos, á quien Dios cohonda: este le hurtó á mi señor el rocin, y á mí me ha llevado el jumento; que más quisiera me hubiera llevado las orejas que veo. Mosen Valentin, que asi se llamaba el clerigo, acabó de conocer de que pie coxqueaban don Quixote y su escudero; y asi, como era hombre caritativo, dixo á don Quixote: V. m., señor caballero, se venga conmigo, y este su moço; que todo se hará á su gusto. Llevoles luego á su casa, y hizo acostar á don Quixote en una harto buena cama, y llamó al barbero del lugar, que le curase los chichones que tenia en la cabeça, aunque no eran heridas de mucho peligro; mas como vió don Quixote al barbero, que ya le queria curar, le dixo: Huelgo mucho en extremo ¡oh maestro Elicebad! en haber caido hoy en vuestras venturosas manos; que yo sé y he leido que vos las teneis tales, juntamente con las medicinas y yerbas que á las heridas aplicais, que Avicena, Averroes y Galeno pudieran venir á aprender de vos. Asi que, ¡oh sabio maestro! dezidme si estas penetrantes feridas son mortales; porque aquel furioso Orlando me hirió con un terrible tronco de encina, y asi es imposible no lo sean; y siendolo, os juro por el orden de caballeria que profeso, de no consentir ser curado hasta que tome entera satisfaccion y vengança de quien tan á su salvo me hirió á traicion, sin aguardar como caballero á que yo metiese mano á la espada. El Clerigo y el Barbero, que semejantes razones oyeron dezir á don Quixote, acabaron de entender que estaba loco; y sin responderle, dixo el clerigo al barbero que le curase y no le respondiese palabra, por no darle nueva materia para hablar. Despues que fue curado, mandó Mosen Valentin que le dexasen reposar; lo cual se hizo asi. Sancho, que habia tenido la candela para curar á su amo, estaba reventando por hablar; y asi, en viendose fuera del aposento, dixo á Mosen Valentin: V. m. ha de saber que aquel Girnaldo el furioso me dió, no sé si era con la mesma encina que dió á mi amo, ó con alguna barra de oro; y si haria, pues dizen dél está encantado, y segun me duelen las costillas, sin duda me debió de dexar alguna endiablada calentura en ellas; y es de suerte mi mal, que en todo mi cuerpo, que Dios haya, ninguna cosa me ha dexado en pie sino es, cuando mucho, alguna poquilla gana de comer; que si esta me quitara, al diablo hubiera yo dado á todos los Roldanes, Ordoños y Claras del mundo. Mosen Valentin, que entendió el apetito de Sancho, le hizo dar de cenar muy bien, mientras él iba á informarse de quien seria el que llevó á don Quixote el caballo y á Sancho su jumento; y averiguado quien les hizo el asalto, dió orden en cobrar y volver á su casa á Rocinante con el jumento, al cual, como vió Sancho, que estaba sentado al çaguan, se levantó de la mesa, y abraçandolo le dixo: ¡Ay asno de mi alma! tú seas tan bien venido como las buenas pascuas, y detelas Dios á tí y á todas las cosas en que pusieres mano, tan buenas como me las has dado á mí con tu vuelta; mas dime, ¿como te ha ido á tí en el cerco de Zamora con aquel Rodamonte, á quien rodado vea yo por el monte abaxo, en que Satanás tentó á nuestro Señor Jesucristo? Mosen Valentin, que vió á Sancho tan alegre por haber hallado su asno, le dixo: No se os dé nada, Sancho; que cuando vuestro asno no pareciera, yo, por lo mucho que os quiero, os diera una burra tan buena como él, y aun mejor. Eso no podia ser, dixo Sancho, porque este mi jumento me sabe ya la condicion y yo sé la suya, de suerte que apenas ha començado á rebuznar, cuando le entiendo, y sé si pide cebada ó paja, ó si quiere beber ó que le desalbarde para echarse en la caballeriza; y en fin, le conozco mejor que si le pariera. Pues ¿como, dixo el clerigo, señor Sancho, entendeis vos cuando el jumento quiere reposar? Yo, señor Valentin, respondió Sancho, entiendo la lengua asnuna muy lindamente. Riyó el clerigo mucho de su respuesta, y mandó que le diesen muy buen recado asi á él como á su jumento y á Rocinante, pues ya don Quixote reposaba; lo cual fue hecho con mucha puntualidad. Despues de cena llegaron otros dos clerigos, amigos de Mosen Valentin, á su casa, á saber como le iba con los huespedes; el cual les dixo: Por Dios, señores, que tenemos con ellos el mas lindo pasatiempo agora en esta casa, que se puede imaginar; porque el principal, que es el que está en la cama, se finge en su fantasia caballero andante como aquellos antiguos Amadis ó Febo, que los mentirosos libros de caballerias llaman andantes; y asi, segun me pareze, él piensa con esta locura ir á las justas de Çaragoça y ganar en ellas muchas joyas y premios de importancia; pero goçaremos de su conversacion los dias que aqui en mi casa se estuviere curando, y aumentará nuestro entretenimiento la intrinseca simplicidad deste labrador á quien el otro llama su fiel escudero. Tras esto començaron á platicar con Sancho, y preguntole punto por punto de todas las cosas de don Quixote; el cual les contó todo lo que con él habia pasado el otro año, y los amores de Dulcinea del Toboso, y como se llamaba don Quixote de la Mancha, y agora el Caballero Desamorado para ir á las justas de Çaragoça; y á este compas desbuchó Sancho todo lo que de don Quixote sabia; pero rieron mucho con lo de los galeotes y penitencia de Sierra Morena y encerramiento de la jaula, con la cual acabaron de entender lo que don Quixote era, y la simplicidad con que Sancho le seguia, alabando sus cosas. De suerte que estuvieron en casa de Mosen Valentin casi ocho dias Sancho y don Quixote, al cabo de los cuales, pareciendole á él que estaba ya bueno y que era tiempo de ir á Çaragoça á mostrar el valor de su persona en las justas, dixo un dia, despues de comer á Mosen Valentin: A mí me parece, ¡oh buen sabio Lirgando! pues por vuestro gran saber he sido traido y curado en este vuestro insigne castillo sin tenerlo servido, que ya es tiempo de que con vuestra buena licencia me parta luego para Çaragoça, pues vos sabeis lo mucho que importa á mi honra y reputacion; que si la fortuna me fuere favorable (y sí será siendo vos de mi parte), yo pienso presentaros alguna de las mejores joyas que en ellas hubiere, y la habeis de recebir por me hazer merced: solo os suplico que no me olvideis en las mayores necesidades, porque muchos dias ha que el sabio Alquife, á cuya cuenta está el escribir mis fazañas, no lo he visto, y creo que de industria haze el dexarme solo en algunos trabajos, para que asi aprenda dellos á comer el pan con corteça, y me valga por mi pico, como dizen: por tanto, yo me quiero partir luego á la hora; y si sois servido de enviar conmigo algun recado en mi recomendacion á la sabia Urganda la desconocida, para que si fuere herido en las justas, ella me cure, me hareis muy grande merced en ello. Mosen Valentin, despues de haberle escuchado con mucha atencion, le dixo: V. m., señor Quijada, se podrá ir cuando fuere servido; pero advierta que yo no soy Lirgando, ese mentiroso sabio que dize, sino un sacerdote honrado que, movido de compasion de ver la locura en que v. m. anda con sus quimeras y caballerias, le he recebido con fin de dezirle y aconsejarle lo que le haze al caso, y advertirle á solas, de las puertas adentro de mi casa, como anda en pecado mortal, dexando la suya y su hacienda, con aquel sobrinito que tiene, andando por esos caminos como loco, dando nota de su persona, y haziendo tantos desatinos; y advierta que alguna vez podrá hazer alguno por el cual le prenda la justicia, y no conociendo su humor, le castigue con castigo público y publica deshonra de su linage; ó no habiendo quien le favorezca y conozca, quiçá por haber muerto alguno en la campaña, tomado de su locura, le cogerá tal vez la Hermandad, que no consiente burlas, y le ahorcará, perdiendo la vida del cuerpo, y lo que peor es, la del alma: tras que anda escandaliçando, no solamente á los de su lugar, sino á todos los que le ven ir desa suerte armado por los caminos; si no, v. m. lo vea por el dia en que entró en este pueblo, como le seguian los muchachos por las calles como si fuera loco, diziendo á vozes: ¡Al hombre armado, muchachos, al hombre armado! Bien sé que v. m. ha hecho lo que haze, por imitar, como dize, á aquellos caballeros antiguos Amadis y Esplandian, con otros que los no menos fabulosos que perjudiciales libros de caballerias fingen, á los cuales v. m. tiene por autenticos y verdaderos, sabiendo, como es verdad, que nunca hubo en el mundo semejantes caballeros, ni hay historia española, francesa ni italiana, á lo menos autentica, que haga dellos mencion; porque no son sino una composicion ficticia, sacada á luz por gente de capricho, á fin de dar entretenimiento á personas ociosas y amigas de semejantes mentiras; de cuya licion se engendran secretamente en los animos malas costumbres, como de los buenos buenas; y de aqui nace que hay tanta gente ignorante en el mundo, que viendo aquellos libros tan grandes impresos, les parece como á v. m. le ha parecido, que son verdaderos, siendo, como tengo dicho, composicion mentirosa: por tanto, señor Quijada, por la pasion que Dios pasó, le ruego que vuelva sobre sí y dexe esa locura en que anda, volviendose á su tierra; y pues me dize Sancho que v. m. tiene razonablemente hacienda, gastela en servicio de Dios y en hazer bien á los pobres, confesando y comulgando á menudo, oyendo cada dia su misa, visitando enfermos, leyendo libros devotos y conversando con gente honrada, y sobre todo con los clerigos de su lugar, que no le dirán otra cosa de lo que yo le digo; y verá con esto como será querido y honrado, y no juzgado por hombre falto de juizio, como todos los de su lugar y los que le ven andar desa manera le tienen; y más, que le juro por las ordenes que tengo, que iré con v. m., si dello gusta, hasta dexarle en su propria casa, aunque haya de aqui á ella cuarenta leguas, y aun le haré todo el gasto por el camino, porque vea v. m. como deseo yo más su honra y el bien de su alma, que v. m. proprio; y dexe esas vanidades de aventuras, ó por mejor dezir, desventuras; que ya es hombre mayor: no digan que se vuelve á la edad de los niños, echandose á perder á sí y á este buen labrador que le sigue, que tan poco ha cerrado la mollera como v. m. Sancho, que á todo lo que Mosen Valentin habia dicho habia estado muy atento, sentado sobre la albarda de su caro jumento, dixo: Por cierto, señor licenciado, que su reverencia, tiene muchisima razon, y lo proprio que v. m. le dize á mi señor, le digo yo y le ha dicho el cura de mi tierra; y no hay remedio con él, sino que habemos de ir buscando tuertos por ese mundo. El año pasado y este jamas habemos hallado sino quien nos sacuda el polvo de las costillas, viendonos cada dia en peligro de perder el pellejo por los grandes desaforismos que mi señor haze por esos caminos, llamando á las ventas castillos, y á los hombres, á unos Gaiteros, á otros Guirnaldos, á otros Bermudos, á otros Rodamontes, y á otros diablos que se los lleven; y es lo bueno que son ó meloneros ó arrieros ó gente pasagera, tanto que el otro dia á una moça gallega de una venta, hecha una picarona, que me brindaba por cuatro cuartos con los que sacó del vientre de su madre, llamaba á boca llena la infanta galiciana, y por ella aporreó al ventero, y nos pensamos ver en un inflicto de la maldicion; y creame v. m., y plegue á santa Barbara, abogada de los truenos y relampagos, que si miento en cuanto digo, esta albarda me falte á la hora de mi muerte; y tengo quebrada la cabeça de predicarle sobre estos avisos; pero no hay remedio con él, sino que quiere que aunque me pese le siga, y para ello me ha comprado este mi buen jumento, y me da cada mes por mi trabajo nueve reales y de comer; y mi muger que se lo busque, que asi hago yo, pues tiene tan buenos cuartos. Don Quixote habia estado cabizbaxo á todo lo que Mosen Valentin y Sancho Pança habian dicho; y como quien despierta, començó á dezir desta manera: Afuera pereça. Mucho, señor Arçobispo Turpin, me espanto de que siendo vueseñoria de aquella ilustre casa del emperador Carlos, llamado el Magno por excelencia, pariente de los Doze Pares de la noble Francia, sea tanta su pusilanimidad y cobardia, que huya de las cosas arduas y dificultosas, apartandose de los peligros, sin los cuales es imposible poderse alcançar la verdadera honra. Nunca cosas grandes se adquirieron sin grandes dificultades y riesgos; y si yo me pongo á los presentes y venideros, solo lo hago como magnanimo, por alcançar honra para mí y cuantos me sucedieren; y esto es licito, pues quien no mira por su honra, mal mirará por la de Dios; y asi, Sancho, dame luego á la hora mis armas y caballo, y partamos para Çaragoça; que si yo supiera la cobardia y pusilanimidad que habia en esta casa, nunca jamas la ocupara; pero salgamos della al punto, porque no se nos apegue tan mala polilla. Sancho fue luego á ensillar á Rocinante y albardar juntamente su rucio; pero el buen clerigo, que vió tan resuelto y empedernido á don Quixote, no le quiso replicar más; antes estaba escuchando todo cuanto dezia á cada pieça que Sancho ponia del arnes, que eran cosas graciosisimas, ensartando mil principios de romances viejos sin ningun orden ni concierto; y al subir en el caballo dixo con gravedad: Ya cabalga, Calainos, Calainos, el infante:—y luego, volviendose á Mosen Valentin, con su lança y adarga en la mano, le dixo con voz arrogante: Caballero ilustre, yo estoy muy agradecido de la merced que en este vuestro imperial alcazar se me ha hecho á mí y á mi escudero: por tanto mirad si yo os soy de algun provecho para hazeros vengado de algun agravio que algun fiero gigante os haya hecho; que aqui está Mucio Cevola, aquel que sin pavor ni miedo, pensando matar al Porsena que tenia cercada á Roma, puso intrepido su desnudo braço sobre el brasero de fuego, dando muestras en el hecho, de tan grande esfuerço y valentia, cuanto las dió de corrimiento en la causa dél; y estad cierto que os haré vengado de vuestros enemigos tan á vuestro sabor, que digais que en buena hora me recebisteis en vuestra casa.—Y diziendole tras esto se quedase con Dios, sin aguardar respuesta, dió de espuelas á Rocinante; y llegando á la plaça, en viéndole los muchachos començaron á gritar: ¡Al hombre armado, al hombre armado!—Y seguido dellos, pasó adelante á medio galope, hasta que salió del lugar, dexando maravillados á todos los que le miraban. El bueno de Sancho enalbardó su jumento, y subiendo en él, dixo: Señor Valentin yo no le ofrezco á v. m. peleas como mi amo ha hecho, porque más sé de ser apaleado que de pelear; pero yo le agradezco mucho el servicio que nos ha hecho: por muchos años lo pueda continuar. Mi lugar se llama el Argamesilla: cuando yo esté allá, estaré aparejado para helle toda merced, y mi muger Mari-Gutierrez sé de cierto que le besa á v. m. las manos en este punto. Sancho hermano, dixo Mosen Valentin, Dios os guarde; y mirad que os ruego que cuando vuestro señor vuelva á su tierra, vengais por aqui; que sereis vos y él bien recebidos, y no haya falta. Respondió Sancho: Yo se lo prometo á v. m.; y quedese con Dios; y plegue á la señora santa Agueda, abogada de las tetas, que viva v. m. tan largos años como vivió nuestro padre Abraham. Començó tras esto con toda priesa á arrear su asno, y pasando por la plaça, le cercaron los jurados y todos los que en ella estaban, por reir un poco con él; el cual, como los vió juntos, les dixo: Señores, mi amo va á Çaragoça á hazer unas justas y torneos reales; si matamos alguna gruesa de aquellos gigantones ó Fierablases, que dizen hay allá muchos, yo les prometo, pues nos han hecho servicio de volvernos á Rocinante y al rucio, de traelles una de aquellas ricas joyas que ganaremos y una media dozena de gigantones en escabeche; y si mi amo llegare á ser (que sí hará, segun es de valiente) rey, ó por lo menos emperador, y yo tras él me viere papa ó monarca de alguna iglesia, les prometemos de hellos á todos los deste lugar, cuando menos canonigos de Toledo. Dieron todos con el dicho de Sancho una grandísima risada, y los muchachos que estaban detrás de todos, como vieron que los jurados y clerigos hazian burla de Sancho, el cual estaba caballero en su asno, començaron á silbarle, y juntamente á tirarle con pepinos y berenjenas, de suerte que no bastaron todos los que alli estaban á detener su furia; y asi á Sancho le fue forçoso baxar del asno y darle con el palo muy aprisa, hasta que salió del lugar y topó á don Quixote, que le estaba esperando, el cual le dixo: ¿Que es, Sancho? ¿Que has hecho? ¿En que te has entretenido? Respondió Sancho: ¡Oh, reniego de los çancajos de la muger de Job! ¿Como se vino v. m. y me dexó en las manos de los caldereros de Sodoma? Que le prometo, asi yo me vea arçobispo de aquella ciudad que me prometió el año pasado, que me agarraron en yendose v. m., entre seis ó siete de aquellos escribas y fariseos, y me llevaron en casa del boticario, y me echaron una melecina de plomo derretido, tal, que me haze venir despidiendo perdigones calientes por la puerta falsa, sin que pueda reposar un punto. No se te dé nada, dixo don Quixote; que ya vendrá tiempo en que nos hagamos bien vengados de todos los agravios que en este lugar por no conocernos nos han hecho; pero ahora caminemos para Çaragoça, que es lo que importa; que alli oirás y verás maravillas.

CAPITULO VIII

De como el buen hidalgo don Quixote llegó á la ciudad de Çaragoça, y de la estraña aventura que á la entrada della le sucedió con un hombre que llevaban açotando.

Tan buena maña se dieron á caminar el buen don Quixote y Sancho, que á otro dia á las onze se hallaron una milla de Çaragoça. Toparon por el camino mucha gente de pie y de á caballo, la cual venia de las justas que en ella se habian hecho; que como don Quixote se detuvo en Ateca ocho dias curandose de sus palos, se hizieron sin que él las honrase con su presencia, como deseaba; de lo cual informado en el camino, de los pasageros, estaba como desesperado; y asi iba maldiziendo su fortuna por ello, y echaba la culpa al sabio encantador su contrario, diziendo que él habia hecho por donde las justas se hubiesen hecho con tanta presteça para quitarle la honra y gloria que en ellas era forçoso ganar, dando la vitoria, á él debida, á quien él maliciosamente favorecia. Con esto iba tan mohino y melancolico, que á nadie queria hablar por el camino, hasta tanto que llegó cerca de la Aljaferia, adonde, como se le llegasen por verle de cerca algunas personas con deseo de saber quien era y á que fin entraba armado de todas pieças en la ciudad, les dixo en voz alta: Dezidme, caballeros, ¿cuantos dias ha que se acabaron las justas que en esta ciudad se han hecho, en las cuales no he merecido poderme hallar? Cosa de que estoy tan desesperado cuanto descubre mi rostro; pero la causa ha sido el estar yo ocupado en cierta aventura y encuentro que con el furioso Roldan he tenido (¡nunca yo con él topara!), pero no seré yo Bernardo del Carpio, si ya que no tuve ventura de hallarme en ellas, no hiziere un público desafio á todos los caballeros que en esta ciudad se hallaren enamorados, de suerte que venga por él á cobrar la honra que no he podido ganar por no haberme hallado en tan celebres fiestas; y será mañana el dia dél; y ¡desdichado aquel que yo encontrare con mi lança ó arrebataren los filos de mi espada! que en él, por ellos, pienso quebrar la colera y enojo con que á esta ciudad vengo. Y si hay aqui alguno de vosotros, ó estan algunos en este vuestro fuerte castillo, que sean enamorados, yo los desafio y reto luego á la hora por cobardes y fementidos, y se lo haré confesar á vozes en este llano; y salga el Justicia que dizen hay en esta ciudad, con todos los jurados y caballeros de ella; que todos son follones y para poco, pues un solo caballero los reta, y no salen como buenos caballeros á hazer batalla conmigo solo; y porque sé que son tales, que no tendran atrevimiento de aguardarme en el campo, me entro luego en la ciudad, donde fixaré mis carteles por todas sus plaças y cantones, pues de miedo de mi persona y de envidia de que no llevase el premio y honras de las justas, las han hecho con toda brevedad. Salid, salid, malandrines çaragoçanos; que yo vos faré confesar vuestra sandez y descortesia. Dezia esto volviendo y revolviendo acá y acullá su caballo, de suerte que todos los que le estaban mirando, siendo más de cincuenta los que se habian juntado á hazello, estaban maravillados y no sabian á que atribuirlo. Unos dezian: ¡Voto á tal, que este hombre se ha vuelto loco y que es lunatico! Otros: No, sino que es algun grandisimo bellaco; y á fe que si le coge la justicia, que se le ha de acordar para todos los dias de su vida. Mientras él andaba haziendo dar saltos á Rocinante, que quisiera más medio celemin de cebada, dixo Sancho á todos los que estaban hablando de su amo: Señores, no tienen que dezir de mi señor; porque es uno de los mejores caballeros que se hallan en todo mi lugar; y le he visto con estos ojos hazer tantas garreaciones en la Mancha y Sierra Morena, que si las hubiese de contar, seria menester la pluma del gigante Golias: ello es verdad que no todas vezes nos salian las aventuras como nosotros quisieramos; porque cuatro ó cinco vezes nos santiguaron las costillas con unas raxas; mas con su pan se lo coman; que á fe que tiene jurado mi señor que en topándolos otra vez, como les cojamos solos y dormidos, atados de pies y manos, que les hemos de quitar los pellejos y hazer dellos una adarga muy linda para mi amo. Començaron todos con esto á reir, y uno dellos le preguntó que de donde era, á lo cual respondió Sancho: Yo, señores, hablando con debido acatamiento de las barbas honradas, soy natural de mi lugar, que con perdon se llama Argamesilla de la Mancha. Por Dios, dixo otro, que entendia que vuestro lugar se llamaba otra cosa, segun hablastes de cortesmente al nombralle; pero ¿que lugar es la Argamesilla, que yo nunca le oido dezir? ¡Oh cuerpo de quien me comadreó al nacer! dixo Sancho: un lugar es harto mejor que esta Çaragoça: ello es verdad que no tiene tantas torres como esta; que no hay en mi lugar más de una sola; ni tiene esta tapia grande de tierra que la cerca al derredor; pero tiene las casas, ya que no son muchas, con lindísimos corrales, que caben en cada uno dos mil cabeças de ganado: tenemos un lindisimo herrero que aguza las rejas, que es para dar mil gracias á Dios. Ahora cuando salimos dél, trataban los alcaldes de enviar al Toboso que no le hay en mi lugar tenemos tambien una iglesia, que aunque es chica, tiene muy lindo altar mayor, y otro de nuestra señora del Rosario, con una Madre de Dios que tiene dos varas en alto, con un gran rosario alrededor, con los padres nuestros de oro, tan gordos como este puño: ello es verdad que no tenemos relox; pero á fe que ha jurado el Cura que el primer año santo que venga, tenemos de her unos riquísimos órganos. Con esto el buen Sancho queria irse adonde estaba su amo cercado de otra tanta gente; mas asiéndole uno del braço, le dixo: Amigo, dezidnos como se llama aquel caballero, para que sepamos su nombre. Señores, para dezilles la verdad, dixo Sancho, él se llama don Quixote de la Mancha, y agora un año se llamaba el de la Triste Figura, cuando hizo penitencia en la Sierra Morena, como ya deben de saber por acá; y ahora se llama el Caballero Desamorado; yo me llamo Sancho Pança, su fiel escudero, hombre de bien, segun dizen los de mi pueblo, y mi muger se llama Mari-Gutierrez, tan buena y honrada, que puede con su persona dar satisfaccion á toda una comunidad. Con esto baxó del asno, dexando riendo á todos los que presentes estaban, y caminó para donde estaba su amo cercado de más de cien personas, y los más dellos caballeros que habian salido á tomar el fresco; y como habian visto tanta gente junta en corrillo, y un hombre armado en medio, llegaron con los caballos á ver lo que era: á los cuales, como viese don Quixote, les començó á dezir, puesto el cuento de la lança en tierra: Valerosos príncipes y caballeros griegos, cuyo nombre y cuya fama del uno hasta el otro polo, del Artico al Antartico, del oriente al poniente, del setentrion al mediodia, del blanco aleman hasta el adusto scita, está esparcida, floreciendo en vuestro grande imperio de Grecia no solamente aquel grande emperador Trebacio y don Belianis de Grecia, pero los dos valerosos y nunca vencidos hermanos el caballero del Febo y Rosicler; ya veis el porfiado cerco que sobre esta ciudad famosa de Troya por tantos años habemos tenido, y que en cuantas escaramuças habemos trabado con estos troyanos y Hector, mi contrario, á quien, siendo yo como soy Aquiles, vuestro capitan general, nunca he podido coger solo para pelear con él cuerpo á cuerpo y hazerle dar, á pesar de toda su fuerte ciudad, á Elena, con la cual se nos han alçado por fuerça. Conviene pues ¡oh valerosos heroes! que tomeis agora mi consejo (si es que deseais salgamos con cumplida vitoria destos troyanos, acabandolos todos á fuego y á sangre, sin que dellos se escape sino el piadoso Eneas, que por disposicion de los cielos, sacando del incendio á su padre Anquises en los hombros, ha de ir con cierta gente y naves á Cartago, y de alli á Italia á poblar aquella fertil provincia con toda aquella noble gente que llevará en su compañia), el cual es que hagamos un paladion ó un caballo grande de bronce, y que metamos en él todos los hombres armados que pudieremos, y le dexemos en este campo con solo Sinon, á quien los más conoceis, atado de pies y manos, y que nosotros finjamos retirarnos del cerco, para que ellos, saliendo de la ciudad, informados de Sinon y engañados por él con sus fingidas lágrimas, á persuasion suya metan dentro della nuestro gran caballo á fin de sacrificarle á sus dioses; que lo haran sin duda rompiendo para su entrada un lienzo de la muralla; y despues que todos se sosieguen, seguros saldran á la media noche de su preñado vientre los caballeros armados que estaran en él, y pegarán fuego á su salvo á toda la ciudad, acudiendo despues nosotros de improviso, como acudiremos, á aumentar su fiero incendio, levantando los gritos al cielo al compas de las llamas, que se cebarán en torres, chapiteles, almenas y balcones diziendo: «Fuego suena, fuego suena; que se nos alza Troya con Elena.» Y con esto dió de espuelas á Rocinante, dexandolos á todos maravillados de su estraña locura. Sancho tambien començó á arrear su asno, y fuese tras su amo, el cual, en entrando por la puerta del Portillo, començó á detener su rocin é ir la calle adelante muy poco á poco, mirando las calles y ventanas con mucha pausa. Iba Sancho detras dél con el asno del cabestro, aguardando ver en que meson paraba su amo, porque Rocinante á cada tablilla de meson que veia, se paraba y no queria pasar; pero don Quixote lo espoleaba hasta que á pesar suyo le hazia ir adelante, lo cual sentia Sancho á par de muerte, porque rabiaba de cansancio y de hambre. Sucedio pues, que yendo don Quixote la calle adelante, dando harto que dezir á toda la gente que le veia ir de aquella manera, traia la justicia por ella á un hombre caballero en un asno, desnudo de la cintura arriba, con una soga al cuello, dandole docientos açotes por ladron, al cual acompañaban tres ó cuatro alguaciles y escribanos, con más de docientos muchachos detras. Visto este espectaculo por nuestro caballero, deteniendo á Rocinante y puesto en mitad de la calle con gentil continente, la lança baxa, començó á dezir en alta voz desta manera: ¡Oh vosotros, infames y atrevidos caballeros, indignos deste nombre! dexad luego al punto libre, sano y salvo á este caballero que injustamente con traicion habeis prendido, usando, como villanos, inauditas estratagemas y enredos para cogerle descuidado; porque él estaba durmiendo cerca de una clara fuente, á la sombra de unos frondosos alisos, por el dolor que le debia de causar el ausencia ó el rigor de su dama; y vosotros, follones y malandrines, le quitastes sin hazer rumor su caballo, espada y lança y las demas armas, y le habeis desnudado sus preciosas vestiduras, llevandole atado de pies y manos á vuestro fuerte castillo, para metelle con los demas caballeros y princesas que alli sin razon teneis en vuestras tan oscuras cuanto humedas mazmorras: por tanto, dadle luego aqui sus armas, y suba en su poderoso caballo; que él es tal por su persona, que en breve espacio dara cuenta de vuestra vil canalla gigantea: soltadle, soltadle presto, bellacos, ó venios todos juntos, como es vuestra costumbre, para mí solo; que yo os daré á entender á vosotros y á quien con él os envia, que todos sois infames y vil canalla. Los que llevaban el açotado, que semejantes razones oyeron dezir á un hombre armado con espada y lança, no supieron que le responder; pero un escribano de los que iban á caballo, viendo que estaban detenidos en medio de la calle, y que aquel hombre no dexaba pasar adelante la execucion de la justicia, dando de espuelas al rocin en que iba, se llegó á don Quixote, y asiendo de la rienda á Rocinante, le dixo: ¿Que diablos dezis, hombre de Satanas? Tiraos afuera: ¿estais loco? ¡Oh santo Dios, y quien pudiera pintar la encendida colera que del coraçon de nuestro caballero se apoderó en este punto! El cual, haziendose un poco atras, arremetió con su lançon para el pobre del escribano, de suerte que si no se dexara caer por las ancas del rocin, sin duda le escondiera don Quixote en el estomago el hierro mohoso del lançon: mas esto fue causa de que nuestro caballero errase el golpe. Los alguaciles y demas ministros de justicia que alli venian, viendo un caso tan no pensado, sospechando que aquel hombre era pariente del que iban açotando, y que se les queria quitar por fuerça, començaron á gritar: ¡Favor á la justicia, favor á la justicia! La gente que alli se halló, que no era poca, y algunos de á caballo que al rumor llegaron, procuraban con toda instancia de ayudar á la justicia y prender á don Quixote, el cual, viendo toda aquella gente sobre si con las espadas desnudas, començó á dezir á grandes vozes: ¡Guerra, guerra, á ellos, Santiago, san Dionis, cierra, cierra, mueran! Y arrojó tras las vozes la lança á un alguacil con tal fuerça, que si no le acertara á pasar por debaxo del braço izquierdo, lo pasara harto mal: soltó luego la adarga en tierra, y metiendo mano á la espada, de tal manera la revolvia entre todos con tanta braveza y colera, que si el caballo le ayudara, que á duras penas se queria mover, segun estaba cansado y muerto de hambre, pudiera ser no pasarlo tan mal como lo pasó. Pero como la gente era mucha, y la grita que todos daban siempre de ¡favor á la justicia! allegase siempre más, las espadas que sobre don Quixote caian eran infinitas: con lo cual y con la pereça de Rocinante, junto con el cansancio con que nuestro caballero andaba, pudieron todos en breve rato ganarle la espada, y quitandosela de la mano, le abaxaron de Rocinante, y á pesar suyo se las ataron ambas atras, y agarrandole cinco ó seis corchetes, le llevaron á empellones á la carcel: el cual, viendose llevar de aquella manera, daba vozes, diziendo: ¡Oh sabio Alquife! ¡Oh mi Urganda astuta! ahora es tiempo que mostreis contra este falso hechicero si sois verdaderos amigos. Y con esto hazia toda resistencia que podia para soltarse; pero era en vano. El açotado prosiguió adelante su procesion; y á nuestro caballero, por las mismas calles que él la habia empeçado, le llevaron á la carcel y le metieron los pies en un cepo, con unas esposas en las manos, habiendole primero quitado todas sus armas. En esto, llegando un hijo del carcelero cerca dél para dezir á un corchete que le echase una cadena al cuerpo, oyendolo, alçó en alto las manos con las esposas, y le dió con ellas al pobre moço tan terrible golpe sobre la cabeça, que no valiendole el sombrero, que era nuevo, le hizo una muy buena herida; y segundara con otra, si el padre del moço, que estaba presente, no levantara el puño y le diera media dozena de moxicones en la cara, haziendole saltar la sangre por las narizes y boca, dexando con esto al pobre caballero, que aun no se podia limpiar, hecho un retablo de duelos. Las cosas que dezia y hazia en el cepo, no habra historiador, por diligente que sea, que baste á contarlas. El bueno de Sancho, que se habia hallado presente á todo lo pasado con su asno del cabestro, como vió llevar á su amo de aquella manera, començó á llorar amargamente, prosiguiendo el camino por donde le llevaban, sin dezir que era su criado: maldezia su fortuna y la hora en que á don Quixote habia conocido, diziendo: ¡Oh, reniego de quien mal me quiere y de quien no se duele de mí en tan triste trance! ¿Quien demonios me mandó á mí volver con este hombre, habiendo pasado la otra vez tantos desafortunios, siendo ya apaleado, ya amanteado, y puesto otras vezes á peligro de que si me cogiera la Santa Hermandad me pusiera en cuatro caminos para que despues no pudiera ser rey ni Roque? ¿Que haré, ¡pobre de mí! que estoy por irme desesperado por esos mundos y por esas Indias, y meterme por esos mares, entre montes y valles, comiendo aves del cielo y alimañas de la tierra, haziendo grandisima penitencia y tornandome otro fray Juan Guarismas, andando á gachas como un oso selvatico hasta tanto que un niño de sesenta años me diga: Levantate, Sancho; que ya don Quixote esta fuera de la carcel? Con estas endechas y mesandose las espesas barbas, llegó á la puerta de la carcel, en que vió meter á su amo, y él se quedó arrimado á una pared con su asno del cabestro hasta ver en que paraba el negocio. Lloraba de rato en rato, particularmente cuando oia dezian los que baxaban de la cárcel á cuantos pasaban por delante della, como ya querian sacar á açotar al hombre armado; de quien unos dezian que merecia la horca por su atrevimiento, otros le condenaban solo, movidos de más piedad, á docientos y galeras por el breve rato que con su buena platica detuvo la execucion de la justicia. Otros dezian: No quisiera yo estar en su pellejo, aunque ponga por excusa de su insolencia que estaba borracho ó loco. Todo esto sentia Sancho á par de muerte; pero callaba como un santo. Sucedió pues que los dos alguaciles, el carcelero y su hijo se fueron juntos á la justicia, ante quien acriminaron de suerte el caso, que el Justicia mandó que luego en fragante, sin más informacion, le sacasen á la vergüença por las calles, y le volviesen despues otra vez á la carcel hasta saber juridicamente la verdad del delicto. Cuando los alguaciles venian de vuelta á executar la dicha repentina sentencia, acababa de volver el açotado en su asno á la puerta de la carcel, con el acompañamiento de muchachos que los tales suelen; y al punto que le vió uno de los alguaciles, dixo, á vista de Sancho, al verdugo: Ea, baxad ese hombre, y no volvais el asno; porque en él habeis de subir luego á pasear por las mismas calles aquel medio loco que ha pretendido estorbar la justicia; que esto manda la mayor de la ciudad se le dé luego como por principio de las galeras y açotes que se le esperan. Infinita fue la tristeza que en el coraçon del pobre Sancho entró cuando oyó semejantes palabras al alguacil, y más cuando vió que todo se aparejaba para sacar á la vergüença á su amo, y que toda aquella gente estaba á la puerta de la carcel diziendo: Bien se merece el pobre caballero armado los açotes que le esperan, pues fue tan necio que metió mano sin para qué contra la justicia; y sin eso, en la misma carcel ha descalabrado al hijo del carcelero. Estas y otras semejantes razones tenian á Sancho hecho loco y sin saber qué hazer ni dezir; y asi no hazia otra cosa sino escuchar aqui y preguntar alli; pero en todas partes oia malas nuevas de las cosas de su amo, al cual començaban ya de hecho á desherrar del cepo para sacarle á la vergüença.

CAPITULO IX

De como don Quixote, por una estraña aventura, fué libre de la carcel y de la vergüença á que estaba condenado.

Estando el pobre de Sancho llorando lagrimas vivas, y esperando, hecho ojos, cuando habia de ver á su señor desnudo de medio arriba y caballero en su asno para darle los docientos açotes que habia oido le habian de dar de presente, pasaron siete ó ocho caballeros de los principales de la ciudad por alli á caballo, y como vieron tanta gente á la puerta de la carcel á hora tan extraordinaria, pues eran más de las cuatro, preguntaron la ocasion de la junta, y un mancebo les contó lo que aquel hombre armado que dezian habian de baxar para açotarle por las calles, habia hecho y dicho dentro y fuera de la ciudad y en la carcel, y como habia querido quitar un açotado á la justicia en medio de la calle; de lo cual se maravillaron, y mucho más cuando supieron que no habia hombre ni muger en toda la ciudad que le conociese. Tras este llegó otro y les dixo todo lo que antes de entrar en la ciudad habia dicho á una tropa de caballeros, los cuales alli nombró, con lo cual rieron mucho; pero maravillandose de que no hubiese persona que les dixese á que proposito iba armado con adarga y lança. Estando en esto, quiso la suerte que Sancho se llegase á escuchar lo que alli se dezia de su amo; y mirando bien á los caballeros, conoció entre ellos á don Alvaro Tarfe, el cual, aunque habia seis dias que las justas se habian hecho, él no se habia ido, por aguardar una sortija que unos caballeros de la ciudad de los mas principales y él tenian ordenada para el domingo siguiente. Soltó Sancho el asno del cabestro en viendole, y puesto de rodillas en mitad de la calle, delante de los caballeros, con su caperuça en la mano, llorando amargamente, començó á dezir: ¡Ah señor don Alvaro Tarfe! Por los evangelios del señor san Lucas, que v. m. tenga compasion de mí y de mi señor don Quixote, el cual está en esta carcel y le quieren sacar á açotar cuando menos, si el señor san Anton y v. m. no lo remedian; porque dizen que ha hecho aqui á la justicia no sé que sin justicia y desaguisado, y por ello le quieren echar á galeras por treinta ó cuarenta años. Don Alvaro Tarfe luego conoció á Sancho Pança, y sospechó todo lo que podia ser; y asi, maravillado de verle, le dixo: ¡Oh Sancho! ¿que es esto? ¿Que vuestro señor es para quien se apareja todo este carruage? Pero de su locura y vana fantasia y de vuestra necedad todo se puede presumir; pero no lo acabo de creer, aunque me lo afirmais con los extremos con que me lo habeis representado. El es, señor, ¡pecador de mí! dixo Sancho: entre v. m. allá, y hagale una visita de mi parte, diziendo que le beso las manos, y que le advierto que si le han de sacar en aquel asnillo que metieron ahora, que de ninguna manera suba en él, porque yo le tengo aparejado aqui el rucio, en que podrá ir como un patriarca; el cual, como ya sabe, anda llano, de tal manera que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacia, sin que se le derrame gota. Don Alvaro Tarfe, riendose de lo que el simple de Sancho le habia dicho, le mandó que no se fuese de alli hasta que él volviese á salir; y hablando con dos caballeros de aquellos, se entró con ellos en la carcel, donde hallaron al buen hidalgo don Quixote, que le estaban desherrando para sacarle á la vergüença; al cual como vió don Alvaro tan mal parado, llena de sangre la cara y manos, y con unas esposas en ellas, le dixo: ¿Que es esto, señor Quijada? ¿Y que aventura ó desventura ha sido la presente? ¿Parecele á v. m. que es ahora bueno tener amigos en la corte? Pues yo lo seré esta vez tal de v. m., como verá por la experiencia. Pero digame, ¿que desgracia ha sido esta? Don Quixote le miró en la cara, y luego le conoció; y con una risa grave le dixo: ¡Oh mi señor don Alvaro Tarfe! V. m. sea bien venido. Maravillome en extremo de la estraña aventura que v. m. ha acabado: digame luego por Dios de que suerte ha entrado en este inexpugnable castillo, adonde yo por arte de encantamiento he sido preso con todos estos principes, caballeros, donzellas y escuderos que en estas duras prisiones hemos estado tan largo tiempo; de que manera ha muerto los dos fieros gigantes que á la puerta estan, levantados los braços, con dos maças de fino acero, para estorbar la entrada á los que á pesar suyo quisieren entrar dentro; como ó de que suerte mató aquel ferocisimo grifo que en el primer patio del castillo está, el cual con sus rapantes garras coge un hombre armado de todas pieças, y le sube á los vientos, y alli le despedaza. Envidia tengo, sin duda, á tan soberana hazaña, pues por manos de v. m. todos seremos libres. Ese sabio encantador mi contrario será cruelisimamente muerto, y la maga su muger, que tantos males ha causado en el mundo, ha de ser luego sin misericordia açotada con publica vergüença. Sacaranle á ella á v. m., dixo don Alvaro, sin duda, si su buena fortuna ó por mejor dezir, Dios que dispone todas las cosas con suavidad, no hubiera ordenado mi venida; pero, como quiera que sea, yo he muerto todos esos gigantes que dize, y dado la libertad deseada á esos caballeros que le acompañan; pero conviene por agora, pues yo he sido su libertador, que v. m., obedeciendome, como lo pide el agradecimiento que me debe, se esté solo aqui en esta sala con esas esposas en las manos hasta que yo ordene lo contrario; que asi importa para el buen remate de mi feliz aventura. Mi señor don Alvaro, dixo don Quixote, será v. m. obedecido en eso puntualmente; y quiero, por hazer algun nuevo servicio á v. m., permitirle que de aqui adelante se acompañe conmigo, cosa que jamas pensé hazer con caballero del mundo; pero quien ha dado cabo y cima á una tan peligrosa hazaña como esta, justamente merece mi amistad y compañia, porque vaya viendo en mí, como en un espejo, lo que por todos los reinos del mundo, insulas y peninsulas he hecho y pienso hazer hasta ganar el grandisimo imperio de Trapisonda, y ser casado alli con una hermosa reina de Inglaterra, y tener en ella dos hijos, habidos por muchas lagrimas, promesas y oraciones: el primero de los cuales, porque nacerá con una señal de una espada de fuego en los pechos, se llamará el de la Ardiente Espada; el otro, porque en el lado derecho tendrá otra señal parda de color de acero, significadora de las terribles maçadas que ha de dar en este mundo, se llamará Mazimbruno de Trapisonda. Dieron todos una gran risada, mas don Alvaro Tarfe, disimulando, los mandó salir á todos fuera, y rogó á uno de los dos caballeros que con él habian entrado, se quedase alli para que ninguno hiziese mal á don Quixote, mientras el con el otro, que era deudo muy cercano del Justicia mayor, iban á negociar su libertad, pues seria cosa facil el alcançarsela, constando tan publicamente á todos de su locura. En salir de la carcel subieron en sus caballos, y dixo don Alvaro á un paje suyo que llevase á Sancho Pança, pues ya le conocia, á su casa, y le diese luego en ella muy bien de comer, sin permitirle saliese della un punto hasta su vuelta. Replicó Sancho á vozes: Mi señor don Alvaro, advierta v. m. que mi rucio está tan melancolico por no ver á Rocinante, su buen amigo y fiel compañero, como yo por no ver ya por esas calles á mi señor don Quixote; y asi v. m. pida cuenta á los fariseos que prendieron á mi amo, de dicho noble Rocinante; porque ellos se lo llevaron, sin que el pobre en la pendencia hubiese dicho á ninguno ninguna mala palabra; y sepa v. m. tambien nuevas, que ellos se las daran, de la insigne lança y preciosa adarga de mi señor; que á fe que nos costó treze reales de hazerla pintar toda al olio á un pintor viejo que tenia una gran barriga en las espaldas, y vivia en no se que calle de las de Ariza; que mi amo me daria á la landre si no le diese cuenta dello. Andad, Sancho, dixo don Alvaro: comed y reposad, y descuidad de lo demas, que todo tendrá buen recado. Fuese Sancho con el paje, tirando del cabestro á su jumento poco á poco; y llegados á casa, le pusieron en la caballeriza con bastante comida, y á Sancho se la dieron tan buena en cantidad cuanto él la dió graciosa con mil simplicidades á los pajes y gente de casa, á todos los cuales contó cuanto por el camino les habia sucedido á él y á su amo, asi con el ventero como con el melonero, y en Ateca: lo cual todo refirieron ellos despues á don Alvaro, que á estas horas estaba con el otro caballero, informado al Justicia mayor de lo que era don Quixote, y de cuanto le habia sucedido, asi con el açotado, como con el carcelero y con ellos en la carcel. El Justicia mandó luego con mucho gusto á un portero fuese á la carcel y mandase de su parte, asi al carcelero como á los alguaciles, entregasen aquel preso libre y sin costas, con el caballo y todo lo demas que le habian quitado, al señor don Alvaro Tarfe; lo cual todo fue hecho asi. Llegó don Alvaro á la carcel, á la que volvian á armar á don Quixote, ya libre de las prisiones; y á la que le entregaron la adarga, rieron mucho cuando la vieron con la letra del Caballero Desamorado y figuras de Cupido y damas; y aguardando que anocheciese para que no fuese visto, le hizo llevar á su posada con un paje, á caballo en Rocinante. Cenaron en ella con él los caballeros amigos de don Alvaro con mucho gusto, haziendo dezir á Sancho Pança sobre cena todo lo que por el camino les habia sucedido; y cuando Sancho dixo que habia burlado á su amo en no haber querido dar á la gallega los docientos ducados, sino solo cuatro cuartos, se metió don Quixote en colera diziendo: ¡Oh infame vil y de vil casta! Bien parece que no eres caballero noble, pues á una princesa como aquella, á quien tan injustamente hazes moça de venta, diste cuatro cuartos: yo juro por el orden de caballeria que recebí, que la primera provincia, insula ó peninsula que gane, ha de ser suya á pesar tuyo y de cuantos villanos como tú hay en el mundo. Maravillaronse todos aquellos caballeros de la colera de don Quixote; y Sancho, viendo enojado á su amo, le respondió: ¡Oh pesia á los viejos de Santa Susana! ¿Y no conocia v. m. en la filomia y andrajos de aquella moça, que no era infanta ni almiranta? Y más, que le juro á v. m. que si no fuera por mí, se la llevara un mercadante de trapos viejos para her della papel de estraza, y la muy sucia no me lo agradece agora; pues á fe que si no fuera porque le tuve miedo, que la hubiera hecho á moxicones que se acordara de Sancho Pança, flor de cuantos escuderos andantes ha habido en el mundo; pero vaya en hora buena; que si una vez me dió una bofetada y dos cozes en estas espaldas, buen pedazo de queso le comí que tenia escondido en el vasar. Levantose don Alvaro riendo de lo que Sancho Pança habia dicho, y con él los demas; y dió orden que llevasen á don Quixote á un buen aposento, donde le hizieron una honrada cama, en la cual estuvo reposando y rehaziendose dos ó tres dias, y á Sancho se le llevaron los pajes á su cuarto; con el cual tuvieron donosisima conversacion.

CAPITULO X

Como don Alvaro Tarfe convidó ciertos amigos suyos á comer para dar con ellos orden que libreas habian de sacar en la sortija.

Venida la mañana, entró don Alvaro Tarfe en el aposento de don Quixote, y sentandose junto á su cama en una silla, le dixo: ¿Como le va á v. m., mi señor don Quixote, flor de la caballeria manchega, en esta tierra? ¿Hay alguna aventura de nuevo en que los amigos podamos ayudar á v. m.? Porque en este reino de Aragon se ofrecen muchas y muy peligrosas cada dia á los caballeros andantes; y en los dias pasados, en las justas que aqui se hizieron, vinieron de diversas provincias muchos y muy membrudos gigantes y descomunales jayanes, y hubo aqui algunos caballeros á quien dieron bien en que entender; y solo faltó que v. m. se hallase aqui para que diera á semejante gente el castigo que por sus malas obras merecen; pero ya podrá ser que v. m. los tope por el mundo, y les haga pagar lo de antaño y lo de hogaño. Mi señor don Alvaro, respondió don Quixote, yo estoy y he estado con grandisima pena por no haberme hallado en esas reales justas; pues si en ellas me hallara, creo que ni esos gigantazos se fueran riendo, ni algunos de los caballeros llevaran las preciosas joyas que á falta mia llevaron; pero yo sospecho que nondum sunt completa peccata Amorreorum: quiero dezir, que no debe de ser cumplido aun el numero de sus pecados, y que Dios querrá que cuando lo sea, yo los castigue. Pues, señor don Quixote, dixo don Alvaro, v. m. ha de saber que para despues de mañana, que es domingo, tenemos concertada una famosa sortija entre los caballeros desta ciudad y yo, en la cual ha de haber muy ricas joyas y premios de importancia. Han de ser jueces délla los mismos que lo fueron de las justas, que son tres caballeros de los más principales deste reino, un titular y dos de encomienda. Asistiran tambien á ellas muchas y muy hermosas infantas, princesas y camareras de peregrina belleza, volviendo en cielo las ventanas y balcones de la famosa calle del Coso, adonde podrá v. m. hallar á manos llenas dos mil aventuras. Todos habemos de salir en ella de librea, echando al entrar de la calle sus motes volantes ó escritos en las tarjetas de los escudos, que contengan dichos de risa y de pasatiempo: si v. m. se dispone y esfuerça para entrar en ella, yo me ofrezco de acompañarle y darle librea, para que quede con su lado participante de su buena fortuna, y para que entienda esta ciudad y reino que tengo un amigo tal y tan buen caballero, que basta por sí solo á ganar todos los precios de la sortija. Yo soy dello muy contento, dixo don Quixote sentandose en la cama, solo porque v. m. vea por vista de ojos las cosas que ha oido de mi esfuerço; que aunque es verdad, como dize el refran latino, que la alabança pierde, dicha por la boca del sugeto á quien se encamina, con todo, puedo y quiero dezir de mí lo que digo, por ser tan publico. Yo lo creo asi, dixo don Alvaro; pero v. m. se esté quedo en la cama y repose, para que lo haga con más comodidad. Aqui delante della pondremos la mesa, y comeremos yo y algunos caballeros de mi cuadrilla, y sobre mesa trataremos de lo que se ha de hazer, guiandonos todos en todo por el discreto voto de quien tanta experiencia tiene de semejantes juegos, como v. m. Fuese don Alvaro, y quedó el buen hidalgo con la fantasia llena de quimeras; y sin poder reposar, se levantó y començó á vestirse, imaginando ahincadamente en su negra sortija; y con la vehemente imaginacion se quedó mirando al suelo sin pestañear, con las bragas á medio poner; y de alli á un buen rato arremetió con el braço muy derecho hazia la pared, dando una carrera y diziendo: De la primera vez he llevado el anillo metido en la lança; y asi, vuesas excelencias, rectisimos jueces, me manden dar el mejor premio, pues de justicia se me debe, á pesar de la invidia de los circunstantes aventureros y miradores. A la voz grande que dió, subieron un paje y Sancho Pança; y entrando dentro del aposento, hallaron á don Quixote, las bragas caidas, hablando con los jueces, mirando al techo; y como la camisa era un poco corta por delante, no dexaba de descubrir alguna fealdad: lo cual visto por Sancho Pança, le dixo: Cubra, señor Desamorado, ¡pecador de mí! el etcetera; que aqui no hay jueces que le pretendan echar otra vez preso, ni dar docientos açotes, ni sacar á la vergüença, aunque harto saca v. m. á ella las suyas sin para que; que bien puede estar seguro. Volvió la cabeça don Quixote, y alçando las bragas de espaldas para ponerselas, baxose un poco y descubrió de la trasera lo que de la delantera habia descubierto y algo más asqueroso. Sancho, que lo vió, le dixo: Pesia á mi sayo: Señor, ¿que haze? que peor está que estaba: eso es querer saludarnos con todas las inmundicias que Dios le ha dado. Riose mucho el paje; y don Quixote, componiendose lo mejor que pudo, se volvió á él diziendo: Digo que soy muy contento, señor caballero, que la vuestra batalla se haga de la suerte que á vos os parece, sea á pie ó sea á caballo, con armas ó sin ellas; que á todo me hallareis dispuesto; que aunque estoy seguro de la vitoria, con todo, me huelgo en extremo de hazer batalla con un tan nombrado caballero y delante de tanta gente, que veran por vista de ojos el valor de persona tan desamorada como yo soy. Señor caballero, respondió el paje, aqui no hay alguno que pretenda hazer batalla con v. m.; y si alguna habemos de hazer, ha de ser de aqui á dos horas con un gentil pavo que está aguardandonos para ser nuestro convidado á la mesa. Ese caballero, replicó don Quixote, que llamais pavo, ¿es natural deste reino, ó extrangero? Porque no querria por todas las cosas del mundo que fuese pariente ni paniaguado del señor don Alvaro. Oyendo esto, salió de través Sancho, diziendo: Por vida del soguero que hizo el lazo con que se ahorcó Judas, que no lo entiende v. m. con todos sus libros que ha leido y latines ó letanias que ha estudiado: baxe acá abaxo, y verá la cocina llena de asadores, con dos ó tres ollas como medias tinajillas de las que usamos en el Toboso, tanto pastel en bote, pelota de carne y empanadas, que parece toda ella un paraiso terrenal; y aun á fe que si me pidiese un poco de saliva en ayunas, que no se la podria dar; que tengo en el cuerpo tres de malvasia, que llaman en esta tierra, y á fe con razon, porque está mal la taza cuando está vacia della; y es mejor que el de Yepes, que v. m. tambien conoce; y este señor, porque el beber no me hiziese mal, me dió un panecillo blanco de casi dos libras y media; y dos pescuezos el cocinero coxo, que no sé si eran de avestruzes; y si serian, porque yo me comia las manos tras ellos; con todo lo cual en un instante hize la cama á la bebida y refocilé el estomago. Estas me parecen á mi, señor, que son las verdaderas aventuras, pues las topo yo en la cocina, dispensa y boticaria, ó como la llaman, muy á mi gusto; y le perdonaria á v. m. el salario que me da cada mes, si nos quedasemos aqui sin andar buscando meloneros que nos santigüen el espinazo; y creame v. m. que esto es lo más acertado; que alli está el cocinero coxo que me adora, y todas las vezes que entro á velle, que no son pocas, me hinche un gran plato de carne friatica, que en her asi, me la espeto como quien se sorbe un huevo; y él no haze sino reir de ver la gracia y liberalidad con que como, que es para dar mil gracias á Dios. Ello es verdad que anoche uno destos señores pajes ó pajaros, ó que son, me dixo que sorbiese una escudilla de caldo que traia en la mano, porque me daria la vida, despues de Dios; y yo, no cayendo en la bellaqueria, la agarré con ambas manos, y por helle servicio, dí tres ó cuatro sorbiscones, que no debiera, porque el grandisimo... (y tengaselo por dicho) del paje, habia puesto la escudilla sobre las brasas, de manera que me iba zorriando por el estomago abaxo, y me hizo saltar de los ojos otro tanto caldo como el que sorbí; y el cocinero y él y este señorete se reían que se desquixaraban; mas á fe que no me burlen otra vez de aquella manera; porque, como quedé escarmentado, denantes me dió el cocinero una gentil rebanada de melon, y la tenté poco á poco por ver si estaba abrasando. ¡Oh gran bestia! dixo don Quixote: ¿y la rebanada habia de abrasar? Por ahi se echa de ver que eres goloso, y que no es tu principal intento buscar la verdadera honra de los caballeros andantes; sino, como Epicuro, henchir la pança. Hago en eso como quien soy, dixo Sancho. Estando en esto, sintieron que venia á comer don Alvaro con cinco ó seis caballeros principales, de los que habian de salir á la sortija, á los cuales habia convidado para dar orden en las libreas que cada una habia de sacar en ella, y para que gustasen de don Quixote como de unica pieça; y asi se subieron derechos á su aposento, y hallandole medio vestido y con la figura que queda dicho, rieron mucho; pero riñole don Alvaro porque se habia levantado contra su orden, y mandole se volviese á acostar luego, porque no comerian de otra suerte. Hizolo á puras porfias, tras lo cual se puso la mesa y traxo la comida, llamandole siempre todos ellos soberano principe á don Quixote. Pasaron en el discurso della graciosos cuentos, haziendole todos estrañas preguntas de sus aventuras, á las cuales respondia él con mucha gravedad y reposo, olvidándose muchas vezes de comer por contar lo que pensaba hazer en Constantinopla y Trapisonda, ya con tal infanta, y ya con tal gigante, diziendo unos nombres tan extraordinarios, que con cada uno de ellos daban mil arqueadas de risa los convidados; y si no fuera por don Alvaro, que volvia siempre por don Quixote, abonando sus cosas con discreto artificio y disimulacion, algunas vezes se enojara muy de veras. Con todo, les dezia que no era de valientes caballeros reirse sin proposito de las cosas que cada dia suceden á los caballeros andantes, cual él era; y don Alvaro les dixo: Bien parece, señores, que vs. ms. son noveles y que no conocen el valor del señor don Quixote de la Mancha como yo; pues si no saben quien es, pregúntenselo á aquellos caballeros que llevaban açotando por las calles el otro dia á aquel soldado; que ellos diran lo que hizo y dixo en su presencia y en defensa del açotado, á fin de deshazer el tuerto que le hazian, como verdadero caballero andante. Acabose en estas platicas la comida, y alçaronse las mesas, y començaron á tratar de las libreas que cada uno tenia para la sortija, y las cifras y motes que habian de llevar. Despues dixo el uno: Y el señor don Quixote ¿que librea ha de sacar? No dexemos al mejor jugador sin cartas; porque á mí me parece que la saque de verde, de color de alcacel, que es esperança, pues él la tiene de alcançar y ganar todos los premios de la sortija. Otro dixo que no, sino, pues se llamaba el Caballero Desamorado, saliese de morado, con algun mote con que picase á las damas. Antes por ser desamorado, dixo otro caballero, ha de llevar la librea blanca en señal de su gran castidad; que no es poco un caballero de tantas prendas estar sin amor, si ya no es que dexe de amar por no haber en el mundo quien le merezca. El ultimo caballero replicó diziendo: Pues mi voto, señores, es que, pues el señor don Quixote es hombre que ha muerto y mata tantos gigantes y jayanes, haziendo viudas á sus mugeres, que salga con librea negra; que asi dará á entender á todos los que con él pretendieren entrar en batalla, que han de tener negra la ventura. Ahora sus, dixo don Alvaro, que con licencia de vs. ms. tengo de dar mi parecer, y ha de ser singular, como lo es el señor don Quixote; y asi me parece que su merced no saque librea alguna; antes, como verdadero caballero andante, es bien salga en la plaça armado de todas pieças y armas; y porque sean proprias las que sacare, le hago donacion de las que trae, que son las famosas de Milan que en el Argamesilla le dexé en guarda, pues solo estan honradas en su poder, como en el mio ociosas; y porque estan algo deslustradas del polvo del camino y de la sangre que ha derramado de diversos gigantes en diferentes batallas, daré orden se le limpien y acicalen para que salga más lucido. Por empresa bastale la que trae en el campo de su adarga; que pues nadie la ha visto en Çaragoça, y desde Ariza, donde la pintó, hasta aqui la ha traido cubierta de un cendal todo el camino porque no se le deslustrase, nueva será y bien mirada, sirviendole de arma el lançon proprio, que llevará; siendo ella, su gallardo talle y la ligereza del famoso Rocinante señas bastantes para que por ellas entiendan todos que su merced es el ilustre caballero andante que el otro dia volvió publicamente por la honra de aquel honrado açotado, y quien ha hecho las aventuras del melonero, con las demas que muchos ignoran. Dixeron todos que era muy acertado lo que el señor don Alvaro habia pensado; y á don Quixote le pareció de perlas; y asi dixo: Lo que el señor don Alvaro ha dicho es verdaderamente lo que importa; porque suele suceder en semejantes fiestas venir algun famoso gigante ó descomunal jayan rey de alguna isla estrangera, y hazer algunos descomedidos desafios contra la honra del rey ó principes de la ciudad; y para abatir semejante soberbia, es bien que yo esté armado de todas pieças y armas; y beso al señor don Alvaro mil vezes las manos por la liberalidad con que me haze merced de las que venia á restituille en esta ocasion y tierra; pero yo aseguro que con ellas haga que el traidor alevoso de cierto gigantazo que va haziendo grandes desaguisados por el mundo, no se alabe que en este famoso reino de Aragon no hay quien se atreva á hazer singular batalla con él. Y saltando en un brinco de la cama con una repentina y no pensada furia, se salió del aposento y cama á la sala, con su camisa corta como estaba, y metió mano á la espada, que tenia en el mismo aposento, y començó á dezir á vozes, sin que los circunstantes tuviesen tiempo de reconocerse ni detenerle: Pero aqui estoy yo, ¡oh soberbio gigante! contra quien no valen arrogantes palabras ni valerosas obras;—y dando seis ó siete cuchilladas en los tapices que estaban colgados por las paredes, dezia: ¡Oh pobre rey, si lo eres! llegado es el tiempo en que Dios está ya cansado de tus malas obras. Los caballeros y don Alvaro, que semejante accidente vieron, se levantaron y retiraron todos á una parte, pensando que don Quixote daria tambien tras ellos, y los tendria por jayanes de allá de allende la insula Maleandritica. Con todo, don Alvaro le asió del braço, con notable pasion de reir él y los demas, de ver la infernal vision del manchego, diziendo: Ea, flor de la caballeria de la Mancha, meta v. m. la espada en la vaina, y vuelvase á acostar; que el gigante ha huido por la escalera abaxo, y no ha osado aguardar los filos de su cortadora espada. Asi lo creo yo, dixo don Quixote; que estos y otros semejantes más temen de vozes y palabras á vezes, que de obras; yo por amor de v. m. no le he querido seguir; pero viva; que para mayor mal suyo será. Pero yo fio que él se guarde de encontrar otra vez conmigo. Quedó con esto, como estaba tan flaco y debilitado, hijadeando de suerte, que no le alcançaba una respiracion á otra; y dexandole puesto en la cama, con orden de que no se moviese della hasta el dia de la sortija, mandó don Alvaro subir á Sancho para que le hiziese compañia; y el con los demas caballeros se despidieron dél, diziendo iban á ver á los otros sus amigos granadinos en la posada de cierto caballero principal, donde posaban, para saber dellos como pensaban salir á la sortija; á lo cual fueron de hecho, y á dar parte á mucha gente principal y de humor del extraordinario que gastaba don Quixote, y de lo que con él pensaban holgarse y dar que reir á toda la plaça el dia de la sortija.

CAPITULO XI

De como don Alvaro Tarfe y otros caballeros çaragoçanos y granadinos jugaron la sortija en la calle del Coso, y de lo que en ella sucedió á don Quixote.

Tres dias estuvo violentado en la cama, á puros ruegos y guardas, don Quixote, pues tenia siempre como tales á Sancho Pança y algunos pajes de don Alvaro y dos caballeros amigos suyos, asi granadinos como de los naturales de Çaragoça, con los cuales pasaron historias donosisimas; porque por momentos se le representaba salia á la sortija, disputaba con los jueces, reñia con gigantes forasteros, y otros cien mil dislates; porque estaba rematadamente loco, y Sancho ayudaba más á todo con sus simplicidades y boberias. Solo tenia de bueno don Quixote el recado y regalo; porque se le daba bonisimo en presencia de don Alvaro, que siempre comia y cenaba con él, acompañado de diferentes caballeros cada vez. Llegó pues el domingo, en que los que habian de jugar la sortija para universal pasatiempo, se aprestaron y adereçaron lo mejor que pudieron de sus ricas libreas, llevando todos solamente á la entrada del Coso unos escudos ó targetas blancas, y en ellas escrita cada uno la letra que más á proposito venia á su pensamiento y al fin de alegrar la fiesta. Pero no quiero pasar en silencio lo que habia en dos arcos triunfales que estaban costosa y curiosamente hechos á las dos bocas de la calle. El primero de la primera entrada, como venimos de la plaça, era todo de damasco azul, de color de cielo, y estaba en el medio dél, por lo alto, el invictisimo emperador Carlos V, abuelo gloriosisimo de nuestro catolico y gran monarca el tercero Filipo Hermenegildo, armado á la romana, con una guirnalda de laurel sobre la cabeça y un baston de general sobre la mano derecha, ocupando lo más alto del arco dos versos latinos que dezian desta manera:


Fraena quod imperii longo moderaris ab aevo
Austria, non hominis, numinis exstat opus.

 

El pie derecho tenia puesto sobre un mundo de oro, y al derredor dél una letra que dezia:


Mandó su medio Alejandro;
Mas nuestro Cesar de veras
Sus tres partes mandó enteras.
 

El pie izquierdo tenia sobre tres ó cuatro turcos rendidos, con una letra latina que dezia:


Qui oves amat, in lupos saevit.
 

Al pie del arco de la mano derecha, arrimado á la mesma coluna del arco, estaba sobre una pequeña peana el famoso duque de Alba, don Fernando Alvarez de Toledo, armado, con su baston de general en la mano derecha, y al pie dél la fama, como la pintan, con una trompa, y en ella escrito:


A solis ortu usque ad occasum.
 

Al pie de la otra coluna del arco, que era la izquierda, sobre otra pequeña peana, estaba don Antonio Leiva, armado y con baston de general, como el Duque, y tenia esta letra sobre la cabeça:


Si bien á mi rey servi,
Bien tambien premió mi amor.
A mi don dando un señor.
 

El segundo arco era todo de damasco blanco bordado, y sobre lo alto dél estaba el prudentisimo rey don Felipe II, riquisimamente vestido, y á sus pies este famoso epigrama del excelente poeta Lope de Vega Carpio, familiar del santo ofizio:


Philippo Regi, Caesari invictissimo,
Omnium maximo Regum triumphatori,
Orbis utriusque et maris felicissimo,
Catholici Caroli successori,
Totius Hispaniae principi dignissimo,
Ecclesiae Christi et fidei defensori,
Fama, praecingens tempora alma, lauro,
Hoc simulacrum dedicat ex auro.

 

A la mano derecha estaba su cristianisimo y unico fenix don Felipe III, nuestro rey y señor, vestido todo de una tela riquisima de oro, con dos versos juntos a sí, que en lengua latina dezian:


Nulla est virtutis species quae, maxime Princeps,
Non colat ingenium nobilitate tuum.

 

A la siniestra mano estaba el invictisimo principe don Juan de Austria, armado de todas pieças, con el baston de general en la mano, y puesto el pie derecho sobre la rueda de la fortuna, y la mesma fortuna, que con un clavo y martillo clavaba la rueda, haziendola inmoble, y esta letra:


El merecimiento insigne
Que te levantó en mi rueda,
Cual clavo la tiene queda.
 

Otras muchas curiosidades de enigmas y cifras habia en los arcos, que por evitar prolixidad y no hazer á nuestro proposito se dexan. Solo digo que el dia que la sortija se habia de jugar, estuvo, en comiendo, la calle del Coso riquisimamente adereçada, y compuestos todos sus balcones y ventanas con brocados y tapices muy bien bordados, ocupandolos infinitos serafines, con esperanças cada uno de recebir de la mano de su amante, de la de alguno de aquellos caballeros aventureros, la joya que ganase. Vino á la fiesta la nobleza del reino y ciudad, Visorey, Justicia mayor, diputados, jurados y los demas titulos y caballeros, poniendose cada uno en el puesto que le tocaba. Vinieron tambien los jueces de la sortija, muy acompañados y galanes que, como hemos dicho, eran un titular y dos caballeros de habito, y pusieronse en un tablado no muy alto curiosamente compuesto; á cuyo recebimiento començaron á sonar los menestriles y trompetas, y al mesmo son començaron á entrar por la ancha calle, de dos en dos, los caballeros que habian de correr. Los primeros fueron dos gallardos mancebos con una mesma librea, sin diferenciar en caballos ni vestidos: eran de raso blanco y verde, con plumas en los bonetes, de lo alto de los cuales sacó el uno una mano con un rico salero, cuya sal iba derramando sobre las mismas plumas, que daban al viento esta letra:


En mi alma el sol divino
Los rayos con que me inflama,
Cual sol de gracias, derrama.
 

El otro, que era recien casado con una dama muy hermosa, venia pintado en el escudo trayendola él mismo de la mano, como que la escudereaba; con una letra cual la siguiente:


Della gozo, y me ha quedado,
Por ser tan unica y bella,
Solo el temor de perdella.
 

Tras estos salieron otros dos, entrando vestidos de damasco azul ricamente bordado: traian esta librea porque ambos eran moços enamorados y celosos: el uno traia en el escudo pintada una ferocisima leona vestida de piel de oveja, y él mismo venia pintado y puesto de rodillas delante della, y con esta letra:


Solo con piel de cordero
De palabras me corona;
Que en las obras es leona.
 

El otro llevaba en campo negro el retrato de su dama, á quien él, quitada la gorra, pedia la mano, negandosela ella con desden; causa por la cual habia venido á la sortija; y siendo mancebo desbarbado, salió con barba blanca postiza, disfraz que dió harta suspension á toda la gente que le conocia; pero quitabasela esta siguiente letra que traia en el escudo:


Amando tan desamado,
Caducando juzgo estoy,
Y asi dello muestras doy.
 

Tras estos dos, entraron otros dos, tambien gallardos moços totalmente diferentes en las libreas; porque el uno venia vestido de tela de plata, ricamente bordado, sobre un caballo blanco no menos ligero que el viento, trayendo en el escudo, en campo tambien blanco, el retrato de su dama, la cual abaxandose, daba la mano á un muerto que estaba ya con la mortaja puesta y tenia por cruz en los pechos esta letra:


Matome su vista sola;
Mas por su divina mano
Nueva vida y gloria gano.
 

El segundo era un mancebo recien casado, rico de patrimonio, pero grandisimo gastador, y tan prodigo, que siempre andaba lleno de deudas, sin haber mercader ni ofizial á quien no debiese; porque aqui pedia, acullá engañaba, aqui hazia una mohatra, alli empeñaba ya la más rica cadena de oro que tenia, ya su mejor colgadura; de suerte que despues que el padre le faltó, andaba tan empeñado, que la necesidad le obligaba á no vestir sino bayeta, atribuyendolo al luto y sentimiento de la muerte de su padre; y para satisfacer á la murmuracion del vulgo, traia pintada en el campo negro de la adarga una beata, cubierta tambien de negro, más oscura que el del campo de la adarga, con esta letra:


Pues beata es la pobreza,
Cubrame la mia bien:
Bayeta y vaya me dén.
 

Tras estos entraron veinte ó treinta caballeros, de dos en dos, con libreas tambien muy ricas y costosas, y con letras, cifras y motes graciosisimos y de agudo ingenio, que dexo de referir por no hazer libro de versos el que solo es coronica de los quimericos hechos de don Quixote; y asi, de sola su entrada haremos mencion, la cual fue en la retaguardia de todos los aventureros, al lado del señor don Alvaro Tarfe; que esta traza habian dado para su entrada los jueces. Venia don Alvaro en un buen caballo cordobes, rucio, rodado, enjaezado ricamente, el vestido de tela de oro, bordado de azuçenas y rosas enlazadas, y en el campo blanco de su escudo traia pintado á don Quixote con la aventura del açotado, muy al vivo, y esta letra en él:


Aqui traigo al que ha de ser,
Segun son sus disparates,
Principe de los orates.
 

Con la letra rieron todos cuantos sabian las cosas de don Quixote, el cual venia armado de todas pieças, trayendo hasta su morrion en la cabeça. Entró con gentil continente sobre Rocinante, y en la punta del lançon traia con un cordel atado un pergamino grande tendido escrita en él con letras goticas, el Ave Maria, y sobre los motes y pinturas que traia en su adarga habia añadido á ellas este cuartete, en explicacion del pergamino que traia pendiente de la lança:


Soy muy más que Garcilaso,
Pues quité de un turco cruel
El Ave que le honra á él.
 

Maravillabase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar la sortija, sin saber á que proposito traia aquel pergamino atado en la lança; si bien de solo ver su figura, flaqueza de Rocinante y grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquisima mano, se reian todos y le silbaban. No causaba esta admiracion su vista á la gente principal, pues ya todos los que entraban en este numero sabian de don Alvaro Tarfe y demas caballeros amigos suyos, quien era don Quixote, su estraña locura y el fin para que salia á la plaça, pues era para regocijarla con alguna disparatada aventura; y no es cosa nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros á la plaça, locos vestidos y adereçados y con humos en la cabeça de que han de hazer suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas vezes en ciudades principales y en la misma Çaragoça. Con presupuesto pues de regocijar la plaça, pasaron todos aquellos caballeros delante de sus damas, haziendoles la debida cortesia: cual hazia hincar al enseñado caballo de rodillas delante de aquella que era señora de su libertad; cual le hazia dar saltos y corcovos con mucha ligereza; cual le hazia hazer caracoles; y finalmente, todos hazian todo lo que con ellos podian para parecer bien. Solo el de don Quixote iba pacifico y manso, el cual llegando con don Alvaro á emparejar con el balcon donde estaban los jueces, haziendo una cumplida cortesia los dos al titulo y á los demas, uno dellos, que era el de mejor humor, se echó sobre el antepecho del tablado y habló á don Quixote desta manera en voz alta, con risa de los circunstantes: Famoso principe, espejo y flor de la caballeria andantesca, yo y toda esta ciudad estamos en extremo agradecidos de que v. m. haya tenido por bien el habernosla querido honrar con su valerosa persona: ello es verdad que algunos destos señores caballeros estan tristes porque tienen por cosa cierta que v. m. les ha de ganar en esta sortija las más preciosas joyas; pero yo he determinado, aunque v. m. las merezca y gane todas, no darle sino solamente una de las más preciosas para mejor poder asi satisfacer á todos estos principes y caballeros. Don Quixote con mucho sosiego y gravedad le respondió, diziendo: Por cierto, ilustrisimo juez, más recto que Rodamonte, espejo de los jueces, que estoy tan pesaroso en no haberme hallado en las justas pasadas, que estoy para reventar; mas la causa fue el estar ocupado en no sé que aventuras de no pequeña importancia; pero ya que en ellas no pude por mi ausencia mostrar el valor que hay en mi persona, quiero que en esta sortija, aunque ello es cosa de juguete para mis exorbitantes brios, v. m. vea con sus ojos si todo lo que ha oido dezir de mí y de mis cosas son tan firmes y verdaderas como las de Amadis y las de los demas caballeros antiguos que tanta honra ganaron por el mundo; aunque bien se echará de ver mi valor, pues ya esta mañana al asomar por los balcones de nuestro horizonte el ardiente enamorado de la esquiva Dafnes, me coroné con el Ave de la fortaleça de Dios, que es dezir de la que traxo á la Virgen el angel san Gabriel, habiendola quitado, como muestra la letra de mi adarga, á un desaforado turco que la traia colgando de la cola de un soberbio frison, con quien pasó delante de mi balcon, irritando mi cristiana paciencia. Pero topó en mí otro manchego Garcilaso, con mas brios y años que el primero, que vengó tal insolencia. Con esto tomó el juez que hablaba con don Quixote su pergamino y adarga, y enseñandolo todo á los otros dos jueces y demas caballeros que los acompañaban, despues de haberlo mirado y bien reido, se lo volvió todo. Pasó adelante don Quixote, tomadas sus prendas pomponeandose y mirando muy hueco á todas partes; y llegado al cabo de la calle donde los demas que habian de jugar la sortija estaban parados, començaron á sonar las chirimias y trompetas en señal de que los primeros caballeros querian ya empezar á correrla. Habian ordenado los jueces que despues de haber corrido todos la sortija, se darian cada vez cuatro joyas á los cuatro caballeros que mejor lo hubiesen hecho; asi, desta vez se las dieron á cuatro, aunque solo el uno dellos se llevó el anillo en la lança, que fue don Alvaro Tarfe, que quiso correr con los primeros; el cual, por orden de los jueces, dixo á don Quixote que no corriese hasta la postre, porque asi convenia. Llevaron aquellos caballeros los precios que habian ganado, cada uno á su dama; y don Alvaro, que tenia el sugeto de sus pasiones en Granada, dió el suyo, que era unos guantes de ambar ricamente bordados, á una donzella harto hermosa, hermana de un titular de aquel reino, la cual le recebió con muestras de gran cortesia y agradecimiento. Corrieron segunda vez, y fueles dado el premio á otros cuatro, de los cuales los dos se llevaron el anillo, y estos, como los primeros, les presentaron á sus damas; de suerte que muy pocos ó ningun caballero hubo que no presentase joyas á la dama que mejor le parecia. Pues como ya se hiziese tarde, y don Quixote diese prisa á don Alvaro que le dexase correr su lança, si no, que á pesar de cuantos jueces habia en la Europa correria; advertida su locura de los jueces, hizieron señas á don Alvaro para que le dexase correr dos carreras; y asi, tomandole él por la mano, le puso en medio de la calle, frontero del anillo, aguardando la seña de las trompetas; al son de las cuales partió nuestro caballero solo con su adarga en el braço izquierdo, espoleando muy aprisa á Rocinante, que con toda la que él le daba, corria poco más de á medio galope; pero fue tan desgraciado, que llegando á la sortija, echó el lançon cosa de dos palmos más arriba della por encima de la cuerda y acabando la carrera, baxó muy aprisa la lança, mirando con mucha atencion si llevaba en ella el anillo; lo cual causó notable risa en toda la gente, y más viendo que, como él no la halló en ella, començó con gran colera á volver el caballo al principio de la carrera, adonde estaba don Alvaro, que le dixo con disimulacion: V. m., señor don Quixote, dé luego al punto segunda carrera, porque el caballo no se le resfrie; que aunque v. m. no llevó la sortija, el golpe ha sido extremado, pues fue por arriba no más de media vara. Don Quixote, sin responderle palabra, volvió la rienda á Rocinante, y començó á correr, no con poca risa de los que le miraban, yendo don Alvaro á medio galope tras él: llegó pues don Quixote á la sortija segunda vez, y con la colera y turbacion que llevaba, errola por parte de abaxo otra media vara; pero el discreto don Alvaro, viendo cuan desgraciadamente lo habia hecho su compañero, puesto de pies sobre los estribos, alargó cuanto pudo la mano desde el caballo, y asiendo la sortija y llegandose á don Quixote con mucha sutileza, se la puso en el hierro de la lança; que lo pudo hazer sin que él lo echase de ver, por llevarla puesta sobre el hombro desque hizo el golpe en señal de gala, y dixole: ¡Ay mi señor don Quixote, lustre de la Mancha! ¡vitoria, vitoria! que la sortija lleva v. m. en la lança, si no me engaño. Miró arriba don Quixote, el cual no pensaba haber topado en ella, como era la verdad, y dixo: Ya yo me maravillaba, señor don Alvaro, de que dos vezes la hubiese errado; pero la culpa de la primer carrera la tuvo Rocinante, que mala pascua le dé Dios, pues que no pasó con la velocidad que yo quisiera. Todo se ha hecho muy bien, dixo don Alvaro, y asi vamos á los jueces, y pidales v. m. la justicia que tiene. Iba el buen hidalgo tan ancho y vanaglorioso, que no cabia en toda la calle; y puesto delante de los jueces, dixo, levantando la lança con la sortija puesta en ella: Miren vuesas señorias lo que pide esta lança y el anillo que della cuelga, y adviertan que ella mesma por sí demanda el premio que justamente se me debe. El juez que al entrar en la plaça habia hablado con él, habia hecho traer á un paje dos dozenas de agujetas grandes de cuero, que valdrian hasta medio real, y tomandolas en la mano, llamando primero á todos los caballeros para que oyesen lo que dezia á don Quixote, se las ató en el lançon, diziendole en voz alta: Yo, segundo rey Fernando, os doy con mi propria mano, á vos el invicto caballero andante, flor de la andantesca caballeria, esta insigne joya, que son unas cintas traidas de la India, hechas de pellejo del ave fenix, para que las deis, pues sois caballero desamorado, á la dama que os pareciere que tiene menos amor de cuantas ocupan esos balcones; y fuera deso os mando, so pena de mi desgracia, que vos y don Alvaro Tarfe ceneis conmigo en mi propria casa esta noche, juntamente con un escudero vuestro, de quien sé que es fidelisimo y digno de servir á persona de vuestras prendas. Tocaron luego las chirimias, y don Quixote, al son dellas, fue mirando á todos los balcones y ventanas, y vió en una que estaba algo baxa á una honrada vieja, que debia saber más de la propriedad de la ruda y verbena, que de recebir joyas; la cual estaba con dos donzellas afeitadas de las que se usan en Çaragoça: á esta pues llegó nuestro caballero, y poniendo las agujetas en el poyo de la ventana con el lançon, la dixo en voz que todos lo pudieron oir: Sapientisima Urganda la desconocida, este vuestro caballero, á quien tanto siempre vos habeis favorecido en todas las ocasiones, os suplica le perdoneis el atrevimiento, y recebais estas peregrinas cintas, hechas, segun estoy informado, del mismo ave fenix, y tenedlas en mucho, porque valen una ciudad. Las dos mugeres, que semejantes razones oyeron dezir á aquel hombre armado, y veian que todo el mundo se estaba riendo de verle presentar las agujetas de cuero á una vieja tal cual la que las acompañaba, que pasaba de los sesenta, corridas y medio riendose, le dieron con la ventana en los ojos, cerrandola y entrandose dentro sin hablarle palabra. Quedó algo corrido don Quixote del suceso; pero Sancho Pança, que desde el principio de las justas habia estado con dos moços de cocina á ver la sortija y los premios que su amo habia de ganar, como vió que daba las agujetas á aquella vieja, y no las habia querido recebir, antes le habia cerrado la ventana, levantó la voz, diziendo: ¡Cuerpo de quien la parió á la muy puta vieja del tiempo de Mari-Castaña, muger del gran judio y más puto viejo de los dos de santa Susana! ¿Asi ha de cerrar la ventana á uno de los mejores caballeros de todo mi lugar, y no ha de querer recebir las agujetas que le dan, y mal provecho le hagan si buena no ha de ser? Pero ¿que ha de ser quien, como mi señor dize, se llama Urganda? Y siendolo, mal puede merecer tales agujetas, que segun son ellas de grandes y buenas, sin duda deben de ser de perro. Pues á fe que si agarro un medio ladrillo, que yo las haga á todas que abran, aunque les pese. Y volviendose á don Quixote, le dixo: Echelas acá v. m., pues no las quieren ni merecen; que yo las guardaré, y eso nos ahorraremos; y más, que yo he menester una como el pan de la boca para mis çaragüelles; que ya tengo esta de delante llena de ñudos: muese acá digo, ¡cuerpo non de Dios! pues servirán para esta mejor ocasion. Don Quixote abaxó la lança, diziendo: Toma, Sancho, guarda estas preciosas cintas, y metelas en nuestra maleta hasta su tiempo. Sancho las tomó, diziendo: ¡Miren, cuerpo de Barrabas, lo que no quiso la muy hechicera! Pues en buena fe que no me las saquen de las uñas ahora por menos de veinte maravedis, aunque no los valgan; que por el menorete, son de liebre ó trucha ó no sé de que diablos. Llegaronse diez ó doze personas á ver las joyas de las agujetas que aquel labrador tenia en la mano: y fue el caso que entre aquella gente que se juntó, llegó un moço de harta poca ropa, no menos ligero de pies que sutil de manos, el cual con suma presteza asió de dichas agujetas, y tomando las armas del conejo, en cuatro brincos se puso fuera de la calle del Coso. Esto no lo vió don Quixote; que á verlo, la mayor tajada del moço fuera la oreja. Pero el bueno de Sancho Pança, que estaba seguro, á su parecer, de caso tan repentino, començó á dar vozes, diziendo: Tenganle, señores, tenganle, pecador de mí; que me lleva hurtada la mejor joya del torneo. Mas cuando el pobre vió las esperanças perdidas de poderle alcançar, començó á llorar amargamente, mesandose las espesas barbas, juntando una mano con otra y diziendo: ¡Oh desventurada de la madre que me parió! ¡Oh dia aciago para mí, pues en él he perdido unas agujetas tan preciosas y las mejores de toda la Lombardia! ¡Ay de mí! ¿Que haré, y que cuenta daré á mi señor de la joya que me encomendó? ¿Que excusa tendré para huir de su andantesca colera, para que no me sacuda con ella las costillas con algun ñudoso roble? Si le digo que las he perdido, tendrame por escudero desmazalado; y si le digo que me las hurtó un picaro, tomará tanto enojo, que desafiará luego á batalla campal, no solamente al que las hurtó, sino á cuantos picaros se puedan hallar en toda la picardia. ¡No vendria ya la muerte á llevarme para sí antes que pasar tan gran dolor! Yo digo que de muy buena gana me mataria, si no fuera porque temo hazerme mal: alto, manos á la labor; yo quiero ir luego al cocinero coxo de don Alvaro, y pedirle dos cuartos prestados para comprar una soga y ahorcarme con ella; que despues se los tornaré doblados; y si acaso hallo algun arbol, como sea tal que desde él pueda llegar los pies al suelo, echaré el cordel en la primera rama, y aguardaré á que pase algun hombre caritativo, á quien rogaré con muchas lagrimas me haga la limosna y caridad de ayudarme á ahorcar por amor de Dios; que soy un pobre hombre, huerfano de padre y madre. Y asi, alto, quedate con Cristo, don Quixote de la Mancha, el más valiente caballero de cuantos andantes cria el cierzo y la tramontana; quedate en paz tambien, Rocinante de mi alma, y acuerdate de mí, pues yo me acordaba de tí todas las vezes que te iba á echar de comer; y acuerdate tambien de aquel dia en que pasando descuidado por junto tu postigo trasero, diziendo: ¿Amigo Rocinante, como va? Y tú, que no sabias aun hablar romance, me respondiste con dos pares de castañetas, disparando por el puerto muladar un arcabuzazo con tanta gracia, que si no le recebiera entre hocicos y narizes, no sé que fuera de mí. Quedate pues, rocin de mis ojos, con la bendicion de todos los rocines de Roncesvalles; que si supieses la tribulacion en que estoy puesto, yo fio me enviaras algun consuelo para alivio de mi gran dolor. Ahora sus, yo voy á contar mi desgracia, como digo, á mi amigo el cocinero, de quien espero algun remedio, pues más vale que lo que se ha de hazer temprano se haga tarde; que al que Dios madruga, mucho se ayuda: en fin, allá darás, sayo, en casa el rayo, pues más vale buitre volando que pajaro en mano:—y á este compas se fue ensartando más de cuarenta refranes á desproposito.

CAPITULO XII

Como don Quixote y don Alvaro Tarfe fueron convidados á cenar con el juez que en la sortija les convidó, y de la estraña y jamas pensada aventura que en la sala se ofreció aquella noche á nuestro valeroso hidalgo.

Acabada de jugar la sortija y de haber corrido en ella los caballeros de dos en dos delante de toda la ciudad, desocuparon todos sus puestos, volviendose á sus casas, por venir la noche. Para hazer pues lo mesmo, don Alvaro asió de la mano á don Quixote, diziendole: Vamos, mi señor don Quixote, á dar un par de vueltas por esas calles mientras se haze hora de acudir á cenar con el señor que v. m. sabe que como juez liberalisimo nos ha convidado esta noche. Vamos, dixo don Quixote, donde v. m. mandare. Y sin que hubiese remedio con él de que diera la adarga y lançon á un paje, para que, como don Alvaro queria, lo llevase á su casa, se fue con todo este carruage acompañandole. Llegaron á muy buena hora á la noble casa del huesped que los habia convidado á cenar; y tomando en el çaguan un paje suyo la lança y adarga de don Quixote, se apearon y subieron al punto al aposento de don Carlos, que asi se llamaba el juez, el cual se levantó, con otros caballeros amigos que tenia tambien convidados, para ir á abraçar á don Quixote, como lo hizo, diziendole: Bien sea venido el señor caballero andante, y con la salud que todos deseamos, como lo hazemos tambien que para mayor alivio del trabajo pasado, se quite v. m. las armas, pues está en parte segura y entre amigos que desean servir á v. m. y aprender de su valor todo buen orden de milicia; que creo lo habemos bien menester, segun lo mal que los caballeros lo han hecho en la sortija; que si v. m. no remediara sus faltas, quedaran las fiestas harto frias. Don Quixote le respondió: Señor don Carlos, yo no tengo por costumbre, en ninguna parte que vaya, sea de amigos ó enemigos, quitarme las armas, por dos razones. La primera, porque trayendolas siempre puestas, se haze el hombre á ellas; que como dizen los filosofos, ab assuetis non fit passio; pues la costumbre, como v. m. sabe, convierte las cosas en naturaleza, con que ningun trabajo hay que dé pesadumbre. La segunda, porque no sabe el hombre de quien se ha de fiar ni lo que le puede acontecer, por ser varios los sucesos de la guerra; y me acuerdo haber leido en el autentico libro de las hazañas de don Belianis de Grecia, que yendo él y otro caballero armados de todas pieças, perdidos por un bosque, llegaron á cierto prado donde hallaron diez ó doze salvages que estaban asando un venado, los cuales por señas les convidaron á comer dél. Los caballeros, que llevaban no poca necesidad y hambre, viendo la humanidad que mostraban aquellos barbaros, baxaron de los caballos, quitandoles los frenos para que paciesen; pero ellos no se quisieron quitar las celadas, sino, levantadas un poco las viseras, sentados en las yerbas, comieron de una pierna del venado que los salvages les pusieron delante; y apenas hubieron comido media dozena de bocados, cuando, concertados entre si, en lenguage que no entendieron los forasteros, llegando pasito por detras dos de ellos con dos maças, á un tiempo les dieron tan fuertemente sobre las cabeças, que á no llevar puestas las celadas, fueran sin duda fatal sustento de aquellos barbaros: con todo, cayeron en tierra aturdidos, y ellos con grande algazara començaron á desarmarlos; pero como no sabian de aquel menester, no hazian sino revolverlos por aquel prado acá y acullá: de suerte que dandoles un poco el viento, y viendo el triste estado en que sus cosas estaban, se levantaron muy ligeramente, y metiendo mano en sus ricas espadas, començaron á dar tras los salvages como en real de enemigos, sin dar reves con que no hiziesen de un salvage dos, por estar desnudos. Dezia esto don Quixote con tanta colera, que metiendo él tambien mano en su espada, prosiguió diziendo: Dando aqui tajos, acullá cuchilladas, aqui partian uno hasta los pechos, alli dexaban otro en un pie como grulla, hasta que mataron la mayor parte dellos. Don Carlos le hizo envainar, riendo con aquellos caballeros de la colera que habia tomado contra los salvages, pues parecia que los tenia delante; y asiendole por la mano y entrandole en otra sala, hallaron puestas las mesas para cenar; donde volviendo la cabeça don Carlos, dixo á un paje suyo de los que alli estaban: Id volando á la posada del señor don Alvaro, pues ya sabeis, y llamad al escudero del señor don Quixote, Sancho Pança, diziendole que su amo le manda se venga luego con vos, que tambien está convidado; y no vengais sin él de ninguna suerte. Tomó el paje la capa, fue por él al momento, y hallandole en la cocina con el cocinero, á quien con mucha melancolia estaba contando la desgracia del hurto de las preciosas agujetas, le dixo: Señor Sancho, v. m. se venga conmigo al instante, porque el señor don Quixote le llama, viendo que mi señor don Carlos no se quiere asentar á la mesa con los convidados hasta verle á v. m. en la sala. Señor paje, respondió con mucha flema Sancho, v. m. podrá dezir á esos señores que les beso las manos, y que no estoy en casa, y que por esto no voy, y porque ando por la plaça buscando un cierto negocio de importancia que se me ha perdido; pero que si Dios me alumbra con bien para que lo halle, les doy palabra de ir luego. Eso no, dixo el paje: v. m. ha de venir conmigo; que asi me lo han mandado, porque es tambien convidado á la cena. Hablara yo para mañana, respondió Sancho; que siendo asi, claro está que iré de muy rebuena gana al punto; y á fe que me coge en tiempo que no tengo muy mala disposicion, porque há más de tres horas que no ha entrado en mi cuerpo cosa alguna, sino es un platillo de carne fiambre y un panecillo que me dió aqui el señor cocinero, que Dios guarde, con que me tornó el alma al cuerpo. Pero vamos; que no quiero hazer falta ni que me tengan por descuidado. Fueronse ambos en diziendo esto, despidiendose primero del cocinero. Llegaron á la sala donde estaban ya cenando, don Carlos á la cabeçera con don Quixote á su lado, y los demas caballeros por su orden, que serian más de veinte. Llegó Sancho junto á su amo, y quitandose la caperuça con entrambas manos, haziendo una gran reverencia, dixo: Buenas noches dé Dios á vs. ms. y los tenga en su santa gloria. ¡Oh Sancho, dixo don Carlos, seais bien venido! Pero, ¿como dezis que Dios nos tenga en su santa gloria, pues aun no somos muertos, si no es que estos caballeros lo estén de hambre, segun es la cena poca? aunque si es asi, su falta suplirá mi voluntad, que es mucha. Mi señor, dixo Sancho, como para mí no hay otra gloria sino cuando está la mesa puesta, tengola grande viendo sobre esta tantos platos llenos de avestruzes y carne y de pastel en botes, que no puedo tragar la saliva de contento. Tomó don Alvaro Tarfe en esto un melon que estaba en la mesa, y le dió á Sancho diziendo: Probad, Sancho, este melon, y si sale bueno, yo os daré su peso de carne de la deste plato. Dabale con él un cuchillo para que le hiziese la cala, y él dixo que no le habia ido bien en el melonar de Ateca en partir con cuchillo los melones, y que asi le partiria, con su licencia, como los partia en su tierra; y diziendo esto le dexó caer de golpe en el suelo, y luego le levantó hecho cuatro pieças diziendo: Hele aqui partido de una vez á v. m., sin andar hendo rebanadicas con el cuchillo. A fe, Sancho, dixo don Carlos, que sois curioso, y me huelgo de vuestra discrecion pues hazeis de una vez lo que otros no hizieran de ocho. Tomad; que por mi os habeis de comer este capon (esto dixo dandole uno famoso que habia en un plato), que me dizen que para hazello os ha dado Dios particular gracia. La santa Trinidad se lo pague á v. m., replicó Sancho, cuando deste mundo vaya. Tomó el capon, el cual estaba ya partido por sus junturas, y espetosele casi invisiblemente. Viendo la sutileza de sus dientes, los pajes dieron en vaziarle en la caperuça cuantos platos alcançaban de la mesa, con lo cual se puso en breve rato Sancho hecho una trompa de Paris; pero don Carlos, tomando un gran plato de albondiguillas, dixo: ¿Atreveros heis, Sancho, á comer dos dozenas de albondiguillas si estuviesen bien guisadas? No sé, respondió Sancho, que cosas son alhondiguillas; alhondigas sí, que las hay en mi pueblo; pero no son esas de comer, sino el trigo que está dentro, despues de amasado. No son sino estas pelotillas de carne, dixo don Carlos dandole el plato, el cual tomó Sancho, y una á una, como quien come un racimo de uvas, se las metió entre pecho y espalda, con harta maravilla de los que su buena disposicion veian; y en acabando de comerlas dixo: ¡Oh hi de puta, traidores, y que bien me han sabido! Pardiez que pueden ser pelotillas con que juegen los niños del limbo: á fe que si torno á mi lugar, que en un huerto que tengo junto á mi casa he de sembrar por lo menos un celemin dellas, porque sé que no se siembran en todo el Argamesilla; y aun podrá ser, si el año se acierta, que los regidores me las pongan á ocho maravedis la libra; y si es asi, no seran oidas ni vistas. Dezia esto Sancho tan sencillamente, como si en realidad de verdad fuera cosa que se pudiera sembrar; y viendo que todos se reian, dixo: Solo un desconveniente hallo yo en sembrar estas, y es, que como soy de mi naturaleza aficionado á ellas, me las comeria antes que llegasen á madurar, si no es que mi muger me pusiese algun espantajo para que no llegase á ellas, y aun Dios y ayuda que bastase. ¿Casado sois, Sancho, dixo don Carlos, segun eso? Para servir á v. m., con mi muger lo soy, replicó Sancho, la cual le besa muchas vezes las manos por la merced que me haze. Rieron todos de la respuesta, y preguntole de nuevo don Carlos si era hermosa; á lo cual respondió: ¡Y como, cuerpo de san Ciruelo, si es hermosa! Ello es verdad que, si bien me acuerdo, hará por estas yerbas que vienen cincuenta y tres años, y está un poco la cara prieta de andar al sol, con tres dientes que le faltan arriba y dos muelas abaxo; más con todo eso no hay Aristoteles que le llegue al çapato; solo tiene que en llegando á su poder los dos ó tres cuartos, luego los deposita en casa de Juan Perez, tabernero de mi lugar, para llevallos despues de agua de cepas en un jarro grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella con la boca. Vuestra muger buena bebedora, dixo don Carlos, y vos siempre con buena disposicion de comer, hareis muy buenos casados. Y alargando la mano tras esto á un plato grande que tenia seis pellas de manjar blanco, le dixo: ¿Habeis dexado, Sancho, algun rincon desembarazado para comer estas seis pellas? que segun habeis comido, no tendreis apetito dellas. Beso á v. m. las manos, dixo Sancho alargando las suyas y tomandolas, por la que me haze; y fie de mí que me las comeré, siendo Dios servido y su bendita Madre. Y apartandose á un lado, se comió las cuatro con tanta prisa y gusto, como dieron señales dello las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco: las otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno con intencion de guardarlas para la mañana. Acabada la cena, se sentaron todos, quitadas las mesas, por su orden alrededor de la sala, y don Alvaro Tarfe y don Quixote á la mano izquierda de don Carlos, que hizo sentar á sus pies á Sancho Pança. A la que platicaban don Alvaro con don Quixote (haziendole dezir mil dislates, por lo que en la cena habia estado mudo, parte por dar lugar á que gustasen de Sancho los convidados, y parte por las quimeras que revolvia en su entendimiento sobre la vengança que seria bien tomase de la sabia Urganda, que tan en publico le habia desfavorecido, cerrandole la ventana sin aceptar las preciosas agujetas que le presentaba), y don Carlos con Sancho Pança, y los demas caballeros entre sí, entraron por la sala dos extremados musicos con sus instrumentos, y un moço que traian los representantes, gallardo çapateador. Cantaron muchas muy buenas letras y tonos los musicos, y despues çapateó y volteó el moço por extremo; y mientras lo iba haziendo, baxó don Carlos la cabeça y preguntó á Sancho de manera que todos lo pudieron oir, si se atreveria á dar algunas vueltas de las que aquel moço daba; el cual respondió bosteçando y haziendose la cruz con el dedo pulgar en la boca, porque le cargaba el sueño con la mucha cena: Pardiobre, señor, que voltearia yo lindisimamente, recostado ahora sobre dos ó tres jalmas: este diablo de hombre no debe de tener tripas ni asadura, pues tan ligero salta; y si está hueco de por dentro, no hay más que meterle una candela encendida por el organo trasero y servirá de linterna. En esto llamó don Carlos á un paje, y le habló al oido, diziendo: Andad y dezid al secretario que ya es hora. Hase de advertir que entre don Alvaro Tarfe, don Carlos y el mismo secretario habia concierto hecho de traer aquella noche á la sala uno de los gigantes que sacan en Çaragoça el dia de Corpus en la procesion, que son de más de tres varas en alto; y con serlo tanto, con cierta invencion los trae un hombre solo sobre los hombros. Pues estando la gente, como he dicho, en la sala, en recebiendo el recado de don Carlos el secretario, entró con el gigante por un cabo della, que de proposito estaba ya sin luz, y encima de la puerta por donde entró estaba en lo alto, junto al techo, una ventana pequeña á modo de claraboya, que venia á dar en la cabeça del mismo gigante, por ser de su misma altura, y por la cual, arrimado á ella, habia, sin ser visto, de hablar el secretario, que en sacando y poniendo en dicho puesto al que traia sobre sus hombros dicho gigante, se volvió á entrar para ponerse en dicha ventanilla. A la vista primera que todos tuvieron del gigante, hizieron de industria como que se alborotaban, poniendo las manos sobre las guarniciones de las espadas; mas don Quixote se levantó diciendo: Las vs. ms. se sosieguen; que esto no es nada, y yo solo sé que cosa puede ser; que destas aventuras cada dia sucedian en casa de los emperadores antiguos: sientense todos, digo, y veremos lo que este gigante quiere, y conforme á ello se le dará la respuesta. Todos se asentaron; y el secretario, que era un hombre muy discreto y estaba bien enseñado de lo que habia de hazer, cuando vió toda la gente sosegada, començó á dezir en voz alta: ¿Quien de vosotros aqui es el Caballero Desamorado? Todos callaron, y don Quixote con una voz muy reposada le respondió, diziendo: Soberbio y descomunal gigante, yo soy ese por quien preguntas. Gracias doy, dixo el secretario, hablando desde lo alto, metida la cabeça dentro del hueco de la del gigante, á los dioses inmortales, y principalmente al gran Marte, que lo es de las batallas, pues al cabo de tan largo camino y de tantos trabajos he venido á hallar en esta ciudad lo que con tanta solicitud mil dias ha que ando buscando, que es el Caballero Desamorado. Sabed, principes y caballeros que en este vuestro real palacio os habeis juntado, que soy yo, si nunca le oistes dezir, Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, el cual reino gané por sola mi persona, quitandosele á su legitimo señor y aplicandomele á mí, como quien mejor que él le merecia; y llegando en dicho mi reino á mis oidos las nuevas de las inauditas fazañas y estrañas aventuras del principe don Quixote de la Mancha, llamado por otro nombre el de la Triste Figura ó Desamorado; sintiendo por gran mengua mia que haya en toda la redondez de la tierra quien á mi valor y fortaleça iguale, he dexado mi reino, pasando por otros muchos estraños á pesar de los que los gobernaban, buscando, inquiriendo y preguntando, con asombro y miedo de cuantos me veian, adonde ó en que reino ó provincia estaria dicho caballero, que tanta fama tenia por todo el mundo; porque, como es verdad y no lo puedo negar, por do quiera que he pasado no se trata ni se habla otra cosa en las plaças, templos, calles, hornos, tabernas y caballerizas, hoy, sino de don Quixote de la Mancha. Yo pues, como digo, estimulado de la invidia de tantas hazañas tuyas, ¡oh gran don Quixote! he venido á buscarte solamente para dos cosas: la primera, para hazer batalla contigo, y quitarte la cabeça y llevarla á Chipre para ponerla en la puerta de mi real palacio, haziendome con esto señor de todas las vitorias que has habido con tantos gigantes y jayanes, para que acabe el mundo de entender que yo solo soy sin segundo y solo quien merece ser alabado, estimado, honrado y nombrado en todos los reinos del universo por más bravo, más valiente y de mayor fama que tú y cuantos antes de ti fueron y despues de ti seran. Por tanto, si te quieres excusar del trabajo de entrar conmigo en batalla, manda luego á la hora, sin excusa ninguna, darme tu cabeça para que la lleve en mi lança, y quedate á la buena ventura. La segunda cosa á que vengo es, que tambien he oido dezir como tiene don Carlos, dueño deste fuerte alcazar, una hermana de quinze años, de peregrina hermosura y gracia, la cual quiero y es mi voluntad que juntamente con tu cabeça se me dé al punto, para que me la lleve á Chipre y la tenga por mi amiga todo el tiempo que me pareciere, pues dello le resultará sobrada honra; y si no lo quisiere hazer, le desafio y reto á él y á todo el reino de Aragon junto, y á cuantos aragoneses, catalanes y valencianos hay en su corona, que salgan contra mí á pie ó á caballo; que á la puerta deste gran palacio tengo mis fortisimas y encantadas armas, las cuales tiran de un carro seis pares de robustisimos bueyes de Palestina; porque mi lança es una entena de un navio, mi celada iguala en grandeza al chapitel del campanario del gran templo de Santa Sofia de Constantinopla, y mi escudo á una rueda de molino. Responde pues luego á todo, tú, el Desamorado Caballero; porque estoy de prisa y tengo mucho que hazer, y hago falta en mi reino. Calló en esto el gigante, y todos los que la maraña sabian disimularon cuanto pudieron, aguardando á ver lo que don Quixote responderia al gigante. El cual, levantandose de su asiento, hincó las rodillas en tierra delante de don Carlos, diziendole: Soberano emperador Trebacio de Grecia, la vuestra magestad sea servida, pues me habeis acetado en este vuestro imperio por hijo, de me dar licencia de hablar y responder por todos á esta endiablada bestia, particularmente por vos y por todo este nobilisimo reino, para que asi pueda mejor despues darle el castigo que sus blasfemias y sacrilegas palabras merecen. Don Carlos, mordiendose los labios de risa y disimulando cuanto pudo, le echó los braços al cuello y le levantó diziendo: Soberano principe de la Mancha, esta causa no solamente es mia, sino tambien vuestra; pero yo he cobrado tan gran temor al gigante Bramidan de Tajayunque, que el coraçon se me quiere saltar del cuerpo; y asi digo que, si á vos os parece, será bueno, para librarnos de la universal perdicion que nos amenaza, concederle las dos cosas que nos pide; y es que vos le deis vuestra cabeça: que ya yo de mi parte estoy dispuesto, más por fuerça que por grado, de darle tambien á mi bella hermana Lucrecia; y que se vaya con todos los diablos antes que haga mayores males; y aunque este es mi voto, con todo dexo al vuestro la resolucion del caso; y asi, conforme á él dadle, amado principe, la respuesta que os pareciere, pues será la más acertada. Sancho, que habia cobrado grandisimo temor al gigante, como oyó lo que don Carlos habia dicho á su amo, le dixo hecho ojos: Ea, mi señor don Quixote, por los quinze auxiliadores, de quien es Miguel Aguileldo, sacristan de la Argamesilla, que es muy devoto, le suplico haga lo que el señor don Carlos le dize. ¿Para que quiere hazer batalla con este gigante? que dizen dél que parte por medio una yunque mayor que la del herrero de nuestro lugar; que por eso refieren graves autores se llama Tajayunque; y más, que, segun él dize, y lo creo (porque tan gran hombre de bien no dirá una cosa por otra), trae una rueda de molino por escudo: délo, pues esto es asi, á los satanases, y despachemosle con lo que pide de una vez, y no perdamos más tiempo con él ni demos que reir al diablo. Don Quixote le dió un puntillon terrible en las nalgas, diziendo: ¡Oh villano, sandio y soez, harto de ajos desde la cuna! ¿y quien te mete á tí en lo que no te va ni te viene? Y poniendose en medio de la sala frontero del gigante, le dixo con voz grave desta manera: Soberbio gigante Bramidan de Tajayunque, con atencion he escuchado tus arrogantes palabras, de las cuales entiendo tus locos y desvariados deseos; y ya hubieras llevado el pago dellas y dellos antes que desta real sala salieras, si no fuera porque guardo el debido respeto al emperador y principes que presentes estan, y porque quiero darte el castigo merecido en publica plaça delante de todo el mundo, y porque sirva de escarmiento para que otros tales como tú no se atrevan de aqui adelante á semejantes disparates y locuras: con que respondiendo ahora á tus demandas, digo que aceto la batalla que pides, señalando por puesto della, para mañana despues de comer, la ancha plaça que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el sacro templo y dichoso santuario que es felicisimo deposito del pilar divino sobre quien la Virgen benditisima habló y consoló en vida á su sobrino y gran patron de nuestra España el apostol Santiago. Era esta plaça pues podras salir con las armas que quisieres, seguro de que si tú tienes por escudo una rueda de molino, yo tengo una adarga de Fez que no le haze ventaja la mesma rueda de la fortuna; y en cambio de la cabeça que me pides, juro y prometo de no comer pan en manteles ni holgarme con la reina (y en suma juro todos los demas juramentos que en semejantes trances suelen jurar los verdaderos caballeros andantes, cuya lista hallaras en la historia que refiere el amargo llanto que se hizo sobre el malogrado Baldovinos) hasta cortarte la tuya y ponerla sobre la puerta deste gran palacio del Emperador mi señor y padre. ¡Oh dioses immortales! dixo el secretario con voz gruesa y tremenda, ¿y como consentis que semejantes afrentas me diga un hombre solo, sin que le haga y convierta luego mi colera en albondiguillas? Yo juro por el orden de secretario que recebí, de no comer pan en el suelo ni folgar con la reina de espadas, copas, bastos ni oros, ni dormir sobre la punta de mi espada, hasta tomar tan sanguinolenta vengança del principe don Quixote de la Mancha, que los braços le queden colgados de los hombros, y las piernas y muslos asidos á las caderas, y la cabeça se le ande á todas partes, y la boca, á pesar de cuantos ni han nacido ni han de nacer, le ha de quedar debaxo de las narizes. Aturdido Sancho del tropel de tan graves amenazas y execraciones, se levantó del suelo donde estaba asentado, y poniendose entre don Quixote y el gigante, quitandose primero la caperuça con ambas manos, le dixo con mucha cortesia. ¡Ah señor Bramidan de Parteyunques! no, por la pasion que Dios pasó, no le haga tanto mal á mi amo, que es hombre de bien y no quiere her batalla con v. m., porque no está hecho á hazerla con semejantes Comeyunques: traigale v. m. media dozena de meloneros; que á fe que con ellos se entienda él lindisimamente; y aun con todo es menester el favor del señor san Roque, abogado de la pestilencia. El gigante, sin hazer caso de lo que Sancho dezia, sacó un guante de dos pellejos de cabrito, que traia ya hecho para aquel efeto, y dixo arrojandole á don Quixote: Levanta caballero cobarde, ese mi estrecho y pequeño guante en señal y gaje de que mañana te espero en la plaça que dixiste, despues de comer. Y con esto volvió las espaldas por la puerta que habia entrado. Don Quixote alçó el guante, que era sin duda de tres palmos, y diosele á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, guarda ese guante de Bramidan hasta mañana despues de comer; que verás maravillas. Tomole Sancho, y santiguandose dixo: ¡Valgate el diablo por Balandran de Tragayunques ó como es tu gracia, y que terribles manos que tienes! ¡Oh hi de puta, traidor, el bellaco que le esperase un bofeton! A fe, señor, que tenemos bien en que entender con este demonio, segun es de grande y despavorido; y acuerdese lleva jurado le ha de hazer como aquellas albondiguillas que comimos esta noche. Pero v. m., antes que llegue ese tiempo, hagale á él pellas de manjar blanco; que tambien las hemos cenado, y me saben bien, y aun yo tengo dos dellas en el seno para un menester. En esto se levantó don Carlos de la silla, mandando encender hachas para acompañar con ellas aquellos caballeros á sus casas, y por ser tarde, se despidió dellos y de don Quixote y de don Alvaro, que asiendole de la mano, se le llevó, juntamente con Sancho Pança, á su casa, adonde el buen hidalgo pasó una de las peores noches que jamas habia pasado, pensando en la peligrosa batalla en que otro dia habia de entrar con aquel desproporcionado gigante, que él imaginaba ser verdadero rey de Chipre, como él mismo habia dicho.


Aqui da fin la quinta parte del ingenioso hidalgo
don Quixote de la Mancha

SEXTA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA

CAPITULO XIII

Como don Quixote salió de Çaragoça para ir á la corte del rey Catolico de España á hazer la batalla con el rey de Chipre.

Atormentaron tanto las traças de la desvanecida fantasia del desamorado manchego su triste juizio y desvelado sosiego, que cuando empeçaban sus ojos á tomar alguno á la madrugada, tocaron al arma de tal suerte las fantasmas de los dislates quimereados en el sentido comun, que siendolo en todos sus miembros la alteracion que por esta causa, y la que dió con ella un sueño que tuvo de que habia entrado por traicion en aquel castillo el soberbio Bramidan para matarle con ella más á su salvo, cogiendolo descuidado, se levantó furiosisimo en su busca, como si realmente supiera que estaba en casa, y con la vehemente aprension y colera desto iba diziendo: Espera, traidor; que no te valdran traças, estratagemas, embustes ni encantamientos para librarte de mis manos. En esto se puso la celada, peto y espaldar, y tomando la adarga y lançon, iba mirando por todas partes. Salió luego á la sala, en la cual vió claridad que salia por la puerta de un aposentillo; que por amanecer ya y estar la ventanilla dél entreabierta, entraba la primera luz de la clara aurora por ella. Entrose ciego de rabia en el dicho aposento, y quiso la desgracia que era el en que dormia el triste Sancho; y como se habia acostado cansado y tarde, habiase dormido medio cubierta la cabeça, junto á la cual se habia dexado el grande guante que le habia él mesmo encomendado, y era el gaje del desafio que el rey de Chipre Tajayunque habia hecho con él la noche antes. Antojosele á don Quixote, en viendo el guante, que era el compañero del que él habia dado en guarda á Sancho, y que el que dormia era el mismo gigante, que, de cansado de escalar el castillo por la ventana, se habia echado á reposar hasta hallar ocasion de poder executar lo que pensaba, á su salvo, con muerte del mismo don Quixote. Con esta quimera, pues, le dió luego con el lançon un terrible porrazo en las costillas, diziendo: Asi pagan los traidores y alevosos las traiciones que urden. Muere, vil Tajayunque, pues lo merece hazer quien, teniendo tales enemigos como tú en mi tienes, duerme descuidado. Despertó Sancho á las vozes y golpe, medio aturdido, y apenas se sentó en la cama para levantarse y ver quien le daba tan buenos dias, cuando ya don Quixote, que habia arrojado el lançon, le dió una grande puñada en los hocicos, diziendo: No hay que levantarte, traidor; que aqui morirás. Empeçó Sancho á vozear, saltando de la cama lo mejor que pudo; y saliendo á la sala, dezia: ¿Que haze, señor? que ni yo he escalado el castillo ni soy sino su escudero Sancho. No eres sino Bramidan, traidor, dixo don Quixote; que bien se echa de ver en el guante con que te he hallado, compañero del que ayer me arrojaste cuando aplaçaste el desafio. Estaban los dos en camisa; porque don Quixote, con la imaginacion vehemente con que se levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho, olvidandose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de guardarse. Sancho tambien salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el dia que nació: la sala estaba algo escura; y como con esto y con la colera no acabase don Quixote de conocer á Sancho, más porfiaba en que le habia de matar; y estaba tan terco en esto, cuanto Sancho lo estaba en invocar santos en su ayuda, en vozear y pedir socorro. Alborotose la casa á las vozes de ambos, que eran tantas, que bien se podia llamar casa de locos, pues lo eran los principales que la regocijaban; y saliendo de sus aposentos en camisa algunos criados para apaciguar la cuestion y ver quien la movia, fue su salida echar leña al fuego; porque en viendolos don Quixote á todos de una librea, antojosele que eran gigantes de nuevo venidos alli por arte de encantamiento para ayudar al encantado Bramidan; y con esta quimera empezó á jugar del lançon por todas partes con tanto desatino, que aqui derribaba al uno, acullá descalabraba al otro, y todo tan á su salvo, por haber salido sin ningunas armas, que eran un juizio oir los gritos y maldiziones de los heridos; y lo peor fue que para asegurarse de ellos cerró tras sí el aposento de Sancho, y se puso con un lançon en la puerta de los criados, diziendo: Veamos si todos juntos ¡oh viles malandrines! me ganareis la famosa puente deste inexpugnable baluarte. Levantaba Sancho las vozes al cielo, llamando á don Alvaro, el cual, sospechando todo lo que podia ser, abriendo las ventanas de su aposento y tomando la espada en la mano, vestido de una ropa larga de damasco, salió con chinelas á la sala; y pasmado de las figuras que vió, y del miedo y llanto de tres ó cuatro pajes suyos, y de ver que don Quixote estaba echando bravatas con el guante en la mano, se puso para apaciguar aquella tragedia al lado de Sancho, diziendo: Ea, señor don Quixote, mueran los bellacos; que aqui estamos Sancho y yo prestos para dar la vida en servicio de v. m. y en defensa de su honra y en vengança de sus agravios; pero para que lo podamos hazer todo como deseamos, refieranos v. m. luego los que ha recebido y de qué gente; que por vida de cuanto puedo jurar, juro de tomar vengança exemplar de sus contrarios al punto. ¿Quienes han de ser los mios, dixo don Quixote, sino los descomunales jayanes, insolentes gigantes, que tienen por ofizio ir por el mundo haciendo tuertos, forjando desaguisados, agraviando princesas, ofendiendo dueñas de honor, y finalmente traçando otras traiciones iguales á la que contra mi persona y valor habia traçado esta noche el insolente Bramidan de Tajayunque, que por arte de encantamiento, acompañado desos malandrines que v. m. ahi ve, habia escalado este fuerte castillo para darme muerte á traicion, medroso de la que tenia por cierto le daria yo esta tarde en la plaça del Pilar si conmigo salia en la aplaçada batalla? Pero no se le han logrado sus intentos; que por secreto aviso del sabio Lirgando, en cuyo castillo estuve en Ateca, y por cuyas manos recebí la salud y fuerças que las del furioso Orlando con mil desaforadas feridas me habian quitado, he sabido que habia escalado esta fortaleça para cogerme á su salvo y descuidado; pero estandolo él, mi buena diligencia le ha cogido con el hurto en las manos y con este guante, adorno de las suyas y compañero del que tiene Sancho; y por ello las mias se han dado la debida priesa y diligencia en acabar con él; y hizieralo presto si v. m. no saliera á enfrenar mi furia en compañia de Sancho; pero debo al uno por mercedes recebidas, y al otro por fidelisimos servicios, toda buena correspondencia y paga. ¡A fe que me la dió, dixo Sancho, bonisima! Tal se la dé Dios á v. m. y á sus huesos. ¿Que le deben los mios, señor, para molermelos á palos al amanecer? que ni soy yo Bramidan ni Parteyunques; bramidos sí que los dan todos mis miembros al cielo, cansados de verse molidos, ya en castillos, ya por caminos y ya en melonares. Esa es mi quexa, dixo don Quixote, hijo Sancho: ¿que es posible que á tí te ha ahora aporreado el desaforado Bramidan? ¡Oh perro, vil, soez y de ruin ralea, que en mi fidelisimo escudero has puesto las manos! Por todos los doze signos del zodiaco te juro que me lo has de pagar al momento. Iba en esto á segondar los palos en los pajes con una furia infernal; pero baxandose por la escalera ellos, y deteniendole don Alvaro á él, hubo de dar los golpes en vazio; y asi, con esto y con la impaciencia de Sancho, que se daba á treinta mil diablos de ver que su amo, despues de haberle muy bien aporreado, echaba la culpa á Bramidan, vino á dezir á don Alvaro con mucha humildad don Quixote: En trance tan preciso, negocio tan arduo, peligro tan grave y suceso tan estraño, déme v. m. el consejo que le pareciere será bien siga: que no saldré dél un punto. Más de espacio, dixo don Alvaro, se ha de hazer la consulta de tan inaudito caso; y asi, hasta el debido tiempo; y hasta saber con resolucion deste mal gigante, y la que ha tomado acerca de si saldrá ó no á la plaça, me pareze debe v. m. recogerse en su aposento, sin mostrarse en publico, para más asegurarle; que en lo demas yo haré los ofizios que debo en buscarle y espiarle, y lo mismo hará Sancho por su parte; que harto por contento se debe v. m. tener por ahora de haberle ahuyentado y obligado á que se dexase en su poder ese guante, que será perpetuo testigo asi de su cobardia como del valor dese braço. Pareciole bien á don Quixote el consejo; y sin mas replicar se entró en su aposento, adonde volviendose á desarmar, se acostó muy satisfecho de la vitoria alcançada. Cerrole la puerta don Alvaro para más asegurarle; y estandolo de que no podia salir, llamó á los pajes, que estaban no poco desatinados de la pesada burla; y consolandolos lo mejor que pudo, con representacion de que no habia que hazer caso ni que quexarse de cosas de un loco, sino guardarse dél y dellas, les mandó se vistiesen para acompañarle fuera de la casa los que estaban menos descalabrados para poderlo hazer. Entrose, hecho esto, en un aposento á vestirse, y mandó á Sancho trujese en él su ropa, de aquel en que habia dormido, porque queria le hiziese compañia y le entretuviese en él mientras se vestia, pues podria hazer él alli lo proprio; pero estaba Sancho tan medroso, que le dixo: V. m. perdone; que por las encias, barbas y huesos de mi rucio le juro de no entrar más en ese aposento ni tomar la ropa que tengo en él en todos los dias de mi vida, aunque sepa andarme en cueros; que más valia nuestro padre Adan, y lo andaba. ¡Cuerpo de mi sayo! Habiendome sucedido dentro lo que me ha sucedido, ¿quiere v. m. que en entrando vuelva otra vez mi amo hecho un Roldan, y me acabe de moler por el lado derecho, como ha hecho por el izquierdo, para igualar la sangre, pensando que otra vez ha vuelto á revestirse en mí Parteyunques? Bonita ha sido la burla: yo se la daré á v. m. de cuatro la una, que se ponga en mi lugar en mi cama, y sufra de mi amo lo que yo he sufrido: harto hago en no salirme luego de casa y dexarle; pero no quiero perder lo que tengo ganado por mi buena lança (ó por la mala de mi amo, que mala se la dé Dios), que es el gobierno de la primera peninsula que conquistará, que tantos dias há me ha ofrecido. Riose don Alvaro infinito de su simplicidad y miedo; y entrando él mismo en el aposento, le arrojó afuera la ropa, la cual tomandola Sancho baxo el sobaco, se entró con don Alvaro en su aposento, siguiendole y vistiendose dentro con la misma sorna que lo iba haziendo don Alvaro; pero iba diziendo tantas simplicidades todo el dicho tiempo, que aunque duró más de hora y media detenerse ambos dentro, se le hizo un instante á don Alvaro. Apenas se habia acabado de vestir y salir del aposento para tratar de hazerlo de casa, con fin de ir á la de don Carlos á darle cuenta de la sucedida aventura y á reir della con él, tomando ocasion para nuevos entretenimientos del desvanecimiento de don Quixote, en materia de tener ojeriza con Bramidan, cuando vió subir por la escalera de su casa al secretario de don Carlos, autor de la burla primera, que venia de parte de su amo, bien ageno desta, á tratar con él de una ida que á la corte se le ofrecia de repente, para concluir el casamiento de su hermana con un titular de la Camara, deudo suyo, por cartas que para emprenderla acababa de recebir con un proprio. Holgose don Alvaro con la nueva por ser de tanto gusto para su amigo, y tambien porque se le ofrecia la mejor compañia que podia desear para su vuelta hasta la corte, que pensaba hacer luego; y despues de haber hablado en este negocio y de cosas concernientes á él, le dixo: El mayor inconveniente que hallo para efectuar mi partida, es el no saber como desembaraçarme de don Quixote; porque es imposible yendo con él ir con la diligencia necesaria, pues á cada paso se les ofreceran aventuras y historias que habran menester muchos dias para reirlas y apaciguarlas, como la que ahora se le acaba de ofrecer, la más donosa del mundo, con que me ha dado tanto que reir á mi como á otros que llorar:—y contandosela muy por extenso, se hizo cruzes el secretario del disparate, y eso mismo le dió pie para dezirle: Antes es de importancia que demos orden, si á v. m. le parece, que pieça tan singular y que es tan de rey, entre por nuestra industria en la corte para regocijarla; y eso habemos de procurar todos. No holgaria yo poco, dixo don Alvaro, de que él allá llegase, como fuese yendo por diferente camino, y no con nosotros, sino de suerte que hiziese el viage á su modo con Sancho, de manera que cuando llegasemos allá, ó dentro de breves dias, topasemos con él para darle á conozer. Traça se me ofrece á mi luego, dixo el secretario, para hazer se haga todo muy á nuestro gusto, y más ahora que él está con la quimera de que Bramidan se le ha escapado de miedo por los pies; y para efectuarla, dexeme v. m. disfraçar y poner en trage de negro; que con él entraré delante de todos los de casa á darle un recado, como criado del mismo Bramidan, desafiandole con él de su parte, para que dentro de cuarenta dias, so pena de cobarde, se presente en la corte á ejecutar en ella la batalla y desafio aplaçado, atento que no tiene para él por seguro este lugar, donde tiene tantos amigos, padrinos y aficionados. Pareció tan aguda la invencion á don Alvaro, que alabando por ella al secretario, le rogó se entrase luego en su aposento para hazer el disfraz de la suerte que mejor le pareciese. Hizolo asi en un instante, porque halló muy á mano en él cuanto podia desear para el efeto. Disfrazado pues y salido á la sala, llamó don Alvaro á todos sus criados, con uno de los cuales envió á sacar de la cocina tambien á Sancho, que ya estaba en ella dando buenos dias á sus tripas con lo que le habia ofrecido el cocinero coxo, compadecido en parte de la lastima con que le habia contado los palos que su amo le habia dado porque por ilusion del demonio le habia topado en su cama en figura de Bramidan; y subido él y puesto al lado dellos, que no sabiendo el misterio, estaban pasmados de ver aquel hombre vestido con una ropa de terciopelo negro, y debaxo della una calça de color de obra, con bonete muy adereçado de camafeos y plumas, cargado el cuello de cadenas y joyas, con dorados tiros y espada, grande cuello, y el rostro tiznado todo, y lo mesmo las manos, llenos sus dedos de sortijas y anillos, y estaba en fin tal, que parecia un rey negro de los que pintan en los retablos de la Adoracion, dixo don Alvaro: Ahora que hay testigos, y tan abonados, podreis, noble mensagero, dezir quien sois y lo que quereis. Al invicto principe manchego don Quixote, replicó el secretario, busco, á quien traigo una importante embaxada, y sé que posa en este gran palacio. Si posa, añadió don Alvaro, y en este cuarto le podreis hablar. Y abriendo luego la puerta del aposento de don Quixote, le entró en él con todos los demas, diziendo: Aqui tiene v. m., señor don Quixote, un embaxador de no sé que principe:—y dicho esto, levantó don Quixote la cabeça, y visto el negro, le preguntó que embaxada tenia y de parte de quien, diziendo todo esto con voz desentonada. El secretario respondió: ¿Eres tu por ventura el Caballero Desamorado? Ese soy yo, replicó don Quixote: ¿que es lo que quieres? Caballero Desamorado, dixo luego con grande boato el secretario, Bramidan de Tajayunque, rey potentisimo de Chipre y señor mio, me envia á tí, principe, para que te haga saber como se le ha ofrecido cierta aventura de ayer acá en la corte del rey de España, á la cual no puede dexar de acudir luego; y en parte huelga dello, por sacarte para el desafio en la plaça mayor de Europa, y donde tengas menos padrinos que tendrias en la desta ciudad; para aquella pues te desafia y reta, con plaço de que vayas de comparecer en ella armado de todas armas dentro de cuarenta dias; que alli quiere probar si todas las cosas que el mundo publica y dize de tí son verdaderas, pues confirmará tu opinion el animo que mostrares en no faltar á tan precisa obligacion y justo reto: donde no, irá por todos los reinos y provincias del orbe publicando tu cobardia y la poca opinion que mereces por eso: ocasion se te ofrece de aumentarla, lo que no creo que hagas, peleando con un principe de las fuerças que tiene mi rey, y en puesto en que, saliendo con vitoria, seran la nobleza de España testigos de como quedas por legitimo rey y señor por la fuerça de tu invencible espada, del ilustre y ameno reino de Chipre, en el cual podrás hacer gobernador de Famagusta ó Belgrado, que son las dos principales ciudades suyas, á un fiel escudero que me dizen tienes, llamado Sancho Pança, proprio por su buen natural y escuderil vigilancia, para regirlas, pues en ellas se crian los fertiles arboles que producen las sabrosas albondiguillas y dulces pellas de manjar blanco. Sancho, que habia estado escuchando al mensagero, haziendosele la boca agua de oir nombrar albondiguillas y manjar blanco, le dixo: Digame, señor negro (¡asi tales pascuas le dé Dios como él tiene la cara!), esas dos benditas ciudades de Buen grado y Fambre ajusta ¿estan pasado más allá de Sevilla y Barcelona ó desta otra parte hazia Roma y Constantinopla? que daria un ojo de la cara porque nos partiesemos luego para ellas. ¿Por ventura, dixo el secretario, sois vos el escudero del Caballero Desamorado? El entonzes, poniendose muy derecho, haziendo piernas y adereçandose los bigotes, le dixo con voz arrogante, soñandose ya por gobernador de Chipre: Soberbio y descomunal escudero, yo soy ese por quien preguntas, como se echa de de ver en mi filosomococia. Aqui se le agotó á don Alvaro todo el sufrimiento de disimulacion que habia tenido, y hubo de volver el rostro diziendo: ¡Oh mi don Carlos, y que paso te pierdes! Disimuló cuanto pudo con todo eso la risa, y prosiguió el secretario diziendo: Respondeme con brevedad, Caballero Desamorado, porque tengo de alcançar al gigante mi señor, que va ya camino de Madrid con mucha prisa. Tal se la han dado mis manos, dixo don Quixote, para no ir por la posta; pero decidle que vaya seguro de que acudiré dentro del aplaçado tiempo; que las mismas manos y brios me terné alli que he tenido aqui esta madrugada; pero bien haze de dilatar la batalla cuarenta dias, para tener siquiera esos de vida quien la ha tenido tan jugada poco ha. Id con esto en paz, y agradeced sois mensagero, y por serlo teneis salvoconducto, segun buenas leyes, en todas las naciones, por más contrarias que sean; que si no, sobre mi que pagarades la traicion de vuestro amo y el mal tratamiento que ha hecho á mi fiel escudero cogiendole durmiendo. El secretario se despidió medio riendo, y á la que llegaba á la puerta del aposento, le llamó Sancho, diziendo: ¡Ah señor negro! por los palos que dize mi amo que el suyo me dió, lo cual no creo, que me diga si el gobernador de esas ciudades, que tengo de ser yo, es señor disoluto de todas esas albondiguillas que dize. Sí, hermano, respondió el secretario. Pues andad con Dios, dixo Sancho; que presto iremos allá mi señor y yo con Mari-Gutierrez, que es mi muger, como saben Dios y todo el mundo. Bien podeis, dixo el secretario; que tambien ha de gobernar con el que rige la tierra, la muger suya á las mugeres de Chipre. Par diez, dixo Sancho, mi muger no sabrá gobernar más que mi rucio; y más, que si yo me empiezo á entretener entre aquellas alhondiguillas, no se me acordará más de la gobernaduria, que si no naciera para ello. Fuese el secretario, y volviendose al aposento de don Alvaro, se desnudó y lavó y volvió á vestir sus vestidos sin que los criados lo echasen de ver; porque de industria su amo los habia entretenido con Sancho y don Quixote, hablando de la embaxada y haziendo mil disparatados discursos y traças sobre ella, hasta que le pareció habria tenido tiempo el secretario de hazer lo que habemos dicho hizo, y de volverse á su casa á dar cuenta de todo á don Carlos, como realmente lo habia ya hecho. Desde este dia siempre daba Sancho prisa á su amo que fuesen á Chipre, y cada mañana se levantaba con esta oracion, hasta que le dixo don Quixote que no podia ir allá sin matar primero en publica batalla, en la plaça de Madrid, al gran Tajayunque, rey de aquel reino. Don Alvaro se fue á ver con don Carlos, y á tratar asi de la partida como de los dislates de don Quixote, y de la determinacion con que quedaba por la embaxada del negro escudero de Tajayunque; y concertados de que se partirian ambos con los demas caballeros granadinos amigos suyos dentro de dos dias, se volvió á casa á dar calor á la partida de don Quixote, para desembaraçarse dél. Llegó de vuelta á casa y habló en ella á don Quixote, y aprestaron su viage con tanta diligencia, que poca necesidad tuvo de valerse de la suya don Alvaro para despedirle; porque en viendole, le dixo don Quixote: No permite mi reputacion, señor don Alvaro, que me detenga más de un dia en esta ciudad; sino que me es forçoso salir luego della, y ir á los alcançes de mi soberbio contrario: v. m. me tenga por excusado, si con tan pocos cumplimientos agradezco las mercedes recebidas; pero viva seguro de que por ellas tendrá en mí un alquitran de sus enemigos, un rayo de sus emulos, y mil Hercules, Hectores y Aquiles en este braço invencible, para castigar las injurias que solo con el pensamiento le hizieron los que mal le procuraren, aunque sean los mesmos gigantes que fundaron la torre de Babilonia, si de nuevo volviesen á resucitar solo para ello. Y volviendose á Sancho, le dixo: Ea, Sancho, ensilla presto á Rocinante, pues te va tanto á tí en la brevedad del negocio como á mí, por la feliz gobernacion que esperas. Sí espero, dixo Sancho; pero tambien nos espera abaxo una muy buena comida, y no es razon perderla, ni hacer agravio de no comerla al cocinero coxo, mi grande amigo, que por mi respeto me dixo denantes la ha adereçado con la mayor elegancia y policia que pueden imaginar cuantas imagenes hay en las boticas y tiendas de todos los pintores del nuevo mundo; y á fe que por ello le he ya ofrecido llevar á Chipre, y helle allá rey de los cocineros y adelantado de las cazuelas, pues es más sabio en cosas de platos, que lo fue Platon ó Pluton, ó como diablos le llaman los boticarios. Alabó mucho don Alvaro el parecer de Sancho, y asi, mandó poner las mesas por su voto; que si aguardaran el de don Quixote en esta parte, jamas se tratara de comer. Hizieronlo todos juntos con gusto luego, dandoles una muy buena comida el cocinero, que estaba prevenido de que lo hiziese, porque aguardaba don Alvaro nuevos convidados y de consideracion, si bien despues se le quedó con ellos don Carlos cuando fue á visitarle, porque ya los halló con él tratando de su partida, cuya nueva se iba publicando. Acabado de comer, ensilló Sancho á Rocinante y armó á su amo, el cual subiendo con lança y adarga luego á caballo, se salió de casa con una presteza increible, despedido de don Alvaro con esperanças de verle en la corte, adonde le habia ofrecido acudir para apadrinarle sin falta en el desafio. Enalbardó tambien Sancho á su jumento, y echando en sus alforjas, por mandado de don Alvaro, los relieves de pan y carne que de la mesa habian sobrado, que no eran pocos, envueltos en una toalla, se despidió con mil aleluyas, disparates y promesas de su gobernacion de Chipre, de amo y criados, y tras esto cargó al rucio de las alforjas y maleta y de sus repolludos cuartos, arreandole á prisa para ir, como él dezia, en busca de su señor don Quixote y en alcançe del soberbio Bramidan.

CAPITULO XIV

De la repentina pendencia que tuvo Sancho Pança con un soldado que, de vuelta de Flandes, iba destroçado á Castilla en compañia de un pobre ermitaño.

No pudo Sancho alcançar á su amo, por mucha diligencia que se dió para hazello, hasta á la salida de la ciudad, donde le halló parado frontero á la Aljaferia, que, de corrido de la grita de los muchachos que llevaba tras sí, no se atrevió irle aguardando; pero hizolo en dicho puesto, seguro dellos, con la compañia de un pobre soldado y venerable ermitaño, que iban á Castilla y Dios le deparó, con quienes le halló hablando. Iban ambos á pie, y empeçaron á caminar viendo lo hazia don Quixote luego que llegó Sancho, el cual se maravilló de verle platicar con mucha atencion con el soldado, preguntandole de donde venia, coligiendolo de que oyó dezir al soldado venia de servir á su magestad en los estados de Flandes, donde le habia sucedido cierta desgracia, la cual le forçó á salir del campo sin licencia y que en los confines de los estados y del reino de Francia le habian desbalijado ciertos fragutes, y quitado los papeles y dineros que traia. ¿Cuantos eran ellos? dixo don Quixote. Cuatro, respondió él, y con bocas de fuego. Salió Sancho, oyendo la respuesta, diziendo: ¡Oh hi de puta, traidores! ¿y bocas de fuego traian? Yo apostaré que eran fantasmas del otro mundo, si ya no eran animas del purgatorio, pues que dezis que echaban fuego por las bocas. Volvió el soldado á mirar á Sancho, y como le vió con las barbas espesas, cara de bobo, y rellanado en su jumento, pensando que era algun labrador zafio de las aldeas vecinas, y no criado de don Quixote, le dixo: ¿Quien le mete al muy villano en echar su cucharada donde no le va ni le viene? Yo le voto á tal que le dé, si meto mano, más espaldaraços que cerdas de puerco espin tiene en la barba; que no debe de saber tengo yo más villanos como él apaleados, que he bebido tragos de agua desde que naci. Sancho, que oyó lo que el soldado habia dicho, dando muchos palos á su asno, arremetió para él con intento de atropellarle, diziendo: Vos sois el puerco espin y medio celemin, y el tragador de puercos espines y medios celemines. El soldado, que no sabia de burlas, metió mano, y sin que el ermitaño ni don Quixote lo pudiesen estorbar, le dió media dozena de espaldaraços, y asiendole de un pie, le echó del asno abaxo; y prosiguiera en darle de cozes si don Quixote no se pusiera en medio; el cual, dando con el cuento del lançon al soldado en los pechos le dixo: Teneos, mucho enhoramala para vos, y tened respeto siquiera á que estoy yo presente, y que este moço es mi criado. El soldado, reportandose, dixo: Perdone v. m., señor caballero; que no entendi que este labrador era cosa suya. Ya se habia Sancho levantado en esto, y con un gentil guijarro que habia cogido del suelo començó á dezir á grandes vozes: Quitese, mi señor don Quixote, de delante y apartese, dexandome solo con él; que yo le haré, de la primera pedrada, que se acuerde de la grandisima puta que le parió. El ermitaño se asió dél, y no podia detenerle, segun estaba de colerico. Mas ya que reportó su furia un poco, dixo: ¡Cuerpo de mi sayo, señor don Quixote! yo ¿no le dexo á v. m. en sus aventuras, sin hazerle ningun estorbo? Pues ¿por que, siendo asi, no me dexa á mi tambien con las que Dios me depara? ¿Como quiere que aprenda yo á vencer los gigantes? Y aunque este picaro no lo es, bien sabe v. m. que en la barba del ruin se enseña el barbero. El ermitaño dixo: Hermano, no haya más por caridad; soltad la piedra. Sancho respondió que no queria si primero aquel jayan no se daba por vencido. Llegó al soldado el ermitaño, diziendo: Señor soldado, este labrador es medio tonto, como ha podido colegir de sus razones; no haya más, por amor de Dios. Digo, señor, dixo el soldado, que yo quiero ser su amigo, por mandarlo su reverencia y este señor caballero. Llegaronse todos á Sancho, y dixo el ermitaño: Ya este soldado se da por vencido, como v. m. quiere; solo falta sean amigos, y que le dé la mano. Quiero pues antes, y es mi voluntad, respondió Sancho, ¡oh soberbio y descomunal gigante, ó soldado, ó lo que diablos fueres! ya que te me has dado por vencido, que vayas á mi lugar y te presentes delante de mi noble muger y fermosa señora, Mari-Gutierrez, gobernadora que ha de ser de Chipre y de todas sus alhondiguillas, á quien ya sin duda debes de conocer por su fama; y puesto de rodillas delante della, le digas de mi parte como yo te venci en batalla campal; y si tienes por ahi á mano ó en la faltriquera alguna gruesa cadena de hierro, pontela al cuello para que parezcas á Ginesillo de Pasamonte y á los demas galeotes que envió mi señor Desamorado, cuando Dios quiso que fuese el de la Triste Figura, á Dulcinea del Toboso, llamada por su propio nombre Aldonza Lorenço, fija de Aldonza Nogales y de Lorenço Corchuelo:—y volviose, dicho esto, á don Quixote, diziendo: ¿Que le parece, señor don Quixote, á v. m.? ¿Hanse de her desta manera las aventuras? ¿Parecele que les voy dando en el hito? Pareçeme, Sancho, dixo don Quixote, que el que se llega á los buenos ha de ser uno dellos, y quien anda entre leones á bramar se enseña. Eso sí, dixo Sancho; pero no á rebuznar quien va entre asnos; que de otra suerte, dias ha que podria ser yo maese de capilla de semejantes monacillos, segun ha tiempo que ando con ellos; pero he aqui la mano con el diablo: tomela con mucha alegria y vanagloria, señor soldado, y seamos amigos usque ad mortuorum; y en lo de la ida al Toboso á verse con mi muger, yo le doy licencia para que lo dexe por ahora. Y abraçandole, sacó de las alforjas un pedazo de carnero fiambre de los relieves que traia en ellas, y se le dió; y el soldado, con un çoquete de pan que tenia guardado en la faltriquera, refociló su debilitado estomago. Subio luego Sancho en su rucio, y començaron á caminar todos poco á poco; y don Quixote dixo á Sancho: Reflexion he estado haziendo, hijo Sancho, de lo que acabo de ver has hecho agora; y dello colijo que con pocas aventuras destas te podras graduar meritisimamente de caballero andante. ¡Oh cuerpo de Aristoteles! dixo Sancho, jurole por el orden de escudero andante que recebi el dia que mantearon mis güesos á vista de todo el cielo y de la honestisima Maritornes, que si v. m. me diese cada dia dos ó tres dozenas de liciones en ayunas, que está el ingenio más quillotrado, de lo que tengo de her, que me obligase dentro de veinte años á salir tan buen caballero andante como le haya de Zocodover al Alcana de la imperial ciudad de Toledo. El soldado y ermitaño començaron á ir conociendo el humor de los compañeros con quien iban. Pero al fin don Quixote los convidó á cenar aquella noche y otras dos que anduvieron juntos y poco á poco, hasta tanto que cerca de Ateca les dixo á boca de noche: Señores, yo y Sancho, mi fiel escudero, tenemos de ir forçosamente esta noche á alojar en casa de un amigo clerigo: vs. ms. se vengan con nosotros; que él es hombre de tan buenas entrañas y tan cumplido, que á todos nos hará merced de recebir y dar posada. Como iban los dos tan flacos de bolsa, acetaron facilmente el envite; y asi se fueron juntos para el lugar; y don Quixote preguntó, antes de llegar á él al ermitaño como se llamaba; el cual le respondió que su nombre era fray Esteban, y que era natural de la ciudad de Cuenca, y por habersele ofrecido cierto negocio, habia ido forçosamente á Roma; que ya se volvia á su tierra, donde seria bien recebido, y podria ser ocasion en que le pagase en ella la merced que le hazia en este camino. El soldado le dixo luego, preguntado tambien de su nombre, que se llamaba Antonio de Bracamonte, natural de la ciudad de Avila y de gente ilustre della. Tras lo cual llegaron juntos al lugar, y fueronse derechamente en casa de mosen Valentin; y llegando á su puerta, se apeó Sancho de su asno, y entrando en el çaguan, començó á dar vozes, diziendo: ¡Ah señor mosen como se llama! aqui estan sus antiguos huespedes, que vuelven á herle toda merced y honra, como se lo rogó hiziesen cuando ibamos á las justas reales de Çaragoça. Salió la ama á las vozes con un candil en la mano, y como conoció á Sancho, entró corriendo á su amo, diziendole: Salga, señor; que aqui está nuestro amigo Sancho Pança. Salió el clerigo con una vela en la mano; y como vió á don Quixote y á Sancho, que ya estaban apeados, diola á la ama, y fuese para don Quixote y abraçandole, le dixo: Bien sea venido el espejo de la caballeria andantesca con el bueno y fiel escudero suyo Sancho Pança. Don Quixote le abraçó tambien, diziendo: A mí me pareció, señor licenciado, que fuera cometer un grave delito, si pasando por este lugar, no viniera á posar y recebir merced en su casa con estos reverendo y señor soldado, que conmigo vienen haziendome bonisima compañia. A la cual respondió mosen Valentin, diziendo: Aunque yo no conozca á estos señores sino para servirles, basta venir con v. m. para que les haga el servicio que pudiere. Y volviendose á Sancho, le dixo: Pues, Sancho, ¿como va? Bien á su servicio, respondió Sancho. Pero la mula castaña de su merced ¿está buena? que me dixeron personas de mucho credito en Çaragoça, que habia estado malisima de ciatica y pasacolica, de una gran colera que habia tomado con el macho del medico, y que á causa deso no podia atravesar bocado de pan. Mosen Valentin se riyó mucho y le respondió: Ya le pasó esa indisposicion y enojo, y está ahora bonisima y á vuestro servicio, besandoos las manos por el cuidado. Y tras esto dixo á los huespedes: Entren todos vs. ms. en mi aposento, y adereçarse ha, mientras reposan en él, de cenar. Entraron todos; y el buen mosen Valentin hizo adereçar una muy buena cena, regalando á don Quixote y á los huespedes con mucho amor y voluntad. Servia Sancho á la mesa, sin desembaraçar jamas el pajar, porque siempre traia la boca llena; al cual dixo mosen Valentin: ¿Que es de aquella joya, hermano Sancho, que me prometistes traer de las justas de Çaragoça? ¡Asi cumplen su palabra los hombres de bien! Se lo prometo á v. m., dixo Sancho, que si hubieramos muerto aquel gigantazo del rey de Chipre, Bramidan, que yo se la hubiera traido tal y tan buena como la hayan tenido gigantes en este mundo; pero yo creo que antes de muchos dias llegaremos á Chipre, que ya no puede estar muy lejos; y matandole, dexeme á mi el cargo. ¿Que gigante es ese, preguntó mosen Valentin, ó que Chipre? ¿Es por desgracia como la aventura del morisco melonero, que los dias pasados llamabades Vellido de Olfos? Y tomando la mano don Quixote para responderle, contó punto por punto lo que en Çaragoça les habia sucedido con el gigante en casa de don Carlos, juez de la sortija en que él ganó en publica plaça unas agujetas del cuero del ave fenix, y lo que despues á la madrugada le habia sucedido con el mismo gigante Bramidan en la posada de su amigo don Alvaro Tarfe, la cual habia escalado por encantamiento para matarlos á todos dentro della á traicion, y excusar asi el haber de salir al desafio que con él tenia aplaçado para la tarde del mismo dia en la plaça del Pilar, de donde temia habia de salir vencido; pero saliolo, si no de la plaça dicha, á lo menos de la posada de don Alvaro, en la cual le di mil lançadas y palos. A mis costillas las dió ¡cuerpo non de mis çaragüelles! dixo Sancho, y muy buenos. Este fue, Sancho, el gigante, replicó don Quixote, que no pudiendose volver al asno, se volvió á la albarda. Es verdad que al asno no pudo llegar, porque estaba en la caballeriza, añadió Sancho; pero ¡pluguiera á Dios hubiera yo tenido encima la albarda cuando me dió los palos el gigante, v. m., ó la puta que los parió á ambos, como la tuve cuando venimos desde el melonar, bien aporreados, hasta esta misma casa santa y sacerdotal, huerfanos, yo de mi rucio, y v. m. de Rocinante! Celebraron todos las verdaderas simplicidades de Sancho; y mosen Valentin, como ya conocia el humor de don Quixote, cayó en cuanto podia ser, y dixo al ermitaño y soldado: Que me maten si algunos caballeros de buen gusto no han hecho alguna invencion de gigante para reir con don Quixote. Oyolo Sancho, que estaba tras su silla, y dixo: No, señor, no crea tal; que yo mesmo le ví, por estos ojos que saqué del vientre de mi madre, entrar por la sala de don Carlos; y más, que le traen las armas cinco ó seis dozenas de bueyes en carros, y la adarga es una grandisima rueda de molino, segun él mismo dixo; y es imposible mienta un tan gran personage, de quien se lee en las mapamundis se come cada dia seis ó siete hanegas de cebada. Acabaron de conocer en esto el soldado y ermitaño que don Quixote era falto de juizio, y Sancho simple de su naturaleça; y viendolos mosen Valentin mirar con mucha atencion á don Quixote, dixo al soldado le hiziese merced de dezirle su patria y nombre, todo á fin de divertir las locuras y quimeras que temia de don Quixote, si continuaban en darle pie. El soldado, que tenia tanto de discreto y noble, cuanto de platica militar, conoció luego el blanco á que tiraba con la pregunta su cortes huesped, y asi dixo: Yo soy, señor mio, de la ciudad de Avila, conocida y famosa en España por los graves sugetos con que la ha honrado y honra en letras, virtud, nobleza y armas, pues en todo ha tenido ilustres hijos. Vengo ahora de Flandes, adonde me llevaron los honrados deseos que de mis padres heredé, con fin de no degenerar dellos, sino aumentar por mí lo que de valor y inclinacion á la guerra me comunicaron con la primera leche; y aunque v. m. me ve desta manera roto, soy de los Bracamontes, linage tan conocido en Avila, que no hay alguno en ella que ignore haber emparentado con los mejores que la ilustran. ¿Hallose, dixo mosen Valentin, v. m. acaso en Flandes cuando el sitio de Ostende? Desde el dia en que se començó, dixo el soldado, hasta el en que se entregó el fuerte, me hallé señor, alli; y aun tengo más de dos balazos, que podria mostrar, en los muslos, y este hombro medio tostado de una bomba de fuego que arrojó el enemigo sobre cuatro ó seis animosos soldados españoles que intentabamos dar el primer asalto al muro, y no fue poca ventura no acabarnos. Mandó, acabada la cena, mosen Valentin alçar la mesa; y tras esto, el y don Quixote, que començó á gustar de la miel de la batalla y asalto, cosas todas muy conformes á su humor, rogaron al soldado les contase algo de aquel tan porfiado sitio; el cual lo hizo asi con mucha gracia; porque la tenia en el hablar, asi latin como romance. Mandó antes de empezar tender sobre la mesa un ferreruelo negro, y que le traxesen un pedaçito de yeso; y traido, les dibuxó con él sobre la capa el sitio del fuerte de Ostende, distinguiendo con harta propriedad los puestos de sus torreones, plataformas, estradas encubiertas, diques y todo lo demas que le fortificaba, de suerte que fue el verlo de mucho gusto para mosen Valentin, que era curioso: dixoles tras esto de memoria los nombres de los generales, maestres de campo y capitanes que sobre el sitio se hallaron, y el numero y calidad de las personas que, asi de parte del enemigo como de la nuestra, alli murieron, que por no hazer á nuestro proposito, no se dizen aqui: solo referiremos lo que de Sancho Pança cuenta la historia en esta parte, y es que, como hubiese escuchado con mucha atencion lo que el soldado dezia de Ostende, y como era tan fuerte, y que nos habia muerto tantos maestres de campo y un numero infinito de soldados, y que costó el ganarle tanto derramamiento de sangre, salió tan á desproposito como solia, diziendo: ¡Cuerpo de quien me hizo! ¿Y es imposible que no hubiese en todo Flandes algun caballero andante que á ese bellaconaço de Ostende le diera una lançada por los ijares y le pasara de parte á parte, para que otra vez no se atreviera á hazer tan grande carniceria de los nuestros? Dieron todos una gran risada, y don Quixote le dixo: ¿Pues no ves, animalazo, que Ostende es una gran ciudad de Flandes puesta á la marina? Hablara yo para mañana, dixo Sancho: par diez, que pensé que era otro gigantazo como el rey de Chipre que vamos á buscar á la corte, donde le toparemos, si ya no es que de miedo nos huya por arte de encantamiento; que ya todas nuestras cosas ha dias que van tan encantadas, que temo que no se nos encante alguna vez el pan en las manos, la bebida en los labios, y todas las bascosidades, cada una en el baul en que la depositó naturaleza. Mosen Valentin, interrumpiendo la platica, se levantó de la mesa, por parecerle se hazia tarde, y que si se daba lugar á las preguntas y respuestas de amo y escudero, habria para mil noches; y asi les dixo: Señores, vs. ms. vienen cansados, y pareceme será hora de reposar: el señor don Quixote ya de la otra vez sabe el aposento en que lo ha de hazer; este señor y el reverendo, pues son compañeros de camino, no se les hará mal de serlo esta noche de cama, pues la falta dellas me obliga á suplicarselo; Sancho con esta candela vaya y desarme á su amo, y despues subase á su camaranchon; y finalmente vamonos todos á dormir. Fuese Sancho alumbrando á su amo, y el soldado y ermitaño siguieron á mosen Valentin, que asiendoles por la mano, les paseó un breve rato por la sala, contandoles todo lo que la otra vez le habia pasado con don Quixote, de que quedaron maravillados; pero no tanto cuanto lo quedaran á no haberle visto hazer de Çaragoça hasta alli, por los caminos y en todas las posadas, cosas que un insensato no las hiziera, poniendoles con ellas y con sus desaforadas palabras en mil contingencias á cada paso. Con todo, quedaron de comun acuerdo de procurar probar con todas sus fuerças por la mañana si le podrian reducir á que dexase aquella vanidad y locura en que andaba, persuadiendole con razones eficaces y cristianas lo que le convenia y dexarse de caminos y aventuras, y volverse á su tierra y casa, sin querer morir como bestia en algun barranco, valle ó campo, descalabrado ó aporreado. Reposaron la noche con harta comodidad todos, y venida la mañana, apretaron el negocio de la reduccion de don Quixote; pero todo fue trabajar en vano; antes le dieron motivo sus amonestaciones á que se levantase más temprano (que en la cama le cogieron para con más quietud poderle hablar), y mandase, como mandó, con mucho ahinco á Sancho ensillase á Rocinante, queriendose partir sin desayunarse; y viendo mosen Valentin que era perder tiempo el darle consejo, hubo de callar; y dandoles de almorzar á todos, dió á don Quixote ocasion de hazer lo que deseaba, que era salir de su casa, como lo hizo, con los demas, despedidos todos primero con mucho comedimiento del honrado clerigo y de su ama. Pusieronse camino de Madrid; pero apenas hubieron andado tres leguas, cuando començó á herir el sol, que entonzes estaba en toda su fuerça, de manera, que les dixo el ermitaño, como más cansado y más anciano: Señores, pues el calor, como vs. ms. ven, es escesivo, y no nos faltan para hazer la concertada jornada más de dos pequeñas leguas, pareceme que lo que podriamos, y aun deberiamos hazer, es irnos á sestear hasta las tres ó cuatro de la tarde alli donde se ven apartados del camino aquellos frescos sauces, que hay una hermosa fuente al pie dellos, si bien me acuerdo; que despues, caido el sol, proseguiremos nuestro camino. A todos agradó el consejo; y asi guiaron hazia allá los pasos, y cuando llegaron cerca de dichos arboles, vieron sentados á su sombra dos canonigos del Sepulcro de Calatayud, y un jurado de la misma ciudad, los cuales, por esperar como ellos á que pasase el calor del sol, se acababan de asentar alli. Llegaron todos; y el ermitaño, saludandoles muy cortesmente, les dixo: Con licencia de vs. ms., mis señores, yo y estos caballeros nos asentaremos en esta frescura á pasar en ella un rato la siesta mientras la inclemencia del calor se modera:—á lo cual respondieron ellos con muestras de gusto, que le tendrian grandisimo en gozar de tan buena compañia las cuatro ó cinco horas que alli pensaban estar; y uno dellos, maravillado de ver aquel hombre armado de todas pieças, preguntó al ermitaño al oido que cosa fuese, á lo cual respondió que no sabia otra cosa más que cerca de Çaragoça habia topado con él y aquel labrador su criado, hombre simplicisimo, y que, á lo que imaginaba, se habia vuelto loco leyendo libros de caballerias, y con aquella locura, segun estaba informado, habia un año que andaba de aquella suerte por el mundo, teniendose por uno de los caballeros andantes antiguos que en tales libros se leen; y que si queria gustar un poco dél, que le diese materia en asentandose alli, y oiria maravillas. En esto llegaron á ellos don Quixote y Sancho, que habian estado quitando el freno á Rocinante y la albarda al rucio, y despues de haberse saludado todos, le dixo uno de aquellos canonigos que se quitase las armas, porque venia muy caluroso, y alli estaba en parte segura, donde todos eran amigos. A lo cual respondió don Quixote le perdonase; que no se las podia quitar jamas, sino era para acostarse; que á eso le obligaban las leyes de su profesion. En esto se asentó con gravedad; y ellos, que vieron su resolucion, no quisieron porfiarle más; y asi, despues de haber tratado de lo que más le agradaba un rato, dixo don Quixote: Pareceme, señores, ya que habemos de estar aqui cuatro ó seis horas, que pasemos el tiempo de la siesta con el entretenimiento de algun buen cuento sobre la materia que mejor les pareciere á vs. ms. Sentose en esto Sancho, diziendo: Si no es más desto, yo les contaré riquisimos cuentos; que á fe que los sé lindos á pedir de boca. Escuchen pues; que ya comienço. Erase que se era, en hora buena sea, el mal que se vaya, el bien que se venga, á pesar de Menga. Erase un hongo y una honga que iban á buscar mar abaxo reyes... Quitate allá, bestia, dixo don Quixote; que aqui el señor Bracamonte nos hará merced de dar principio á los cuentos con alguno digno de su ingenio, de Flandes ó de la parte que mejor le pareciere. El soldado respondió que no queria replicar ni excusarse; porque deseaba servirles y dar juntamente materia para que alguno de aquellos señores contase algo curioso, supliendo la falta que de serlo ternia el siguiente tragico suceso.

CAPITULO XV

En que el soldado Antonio de Bracamonte da principio á su cuento del Rico desesperado.

En el ducado de Brabante, en Flandes, en una ciudad llamada Lovayna, principal universidad de aquellas provincias, habia un caballero mancebo llamado monsiur de Japelin, de edad de veinte y cinco años, buen estudiante en ambos derechos, civil y canonico, y dotado tan copiosamente de los bienes que llaman de fortuna, que pocos habia en la ciudad que se le pudiesen igualar en riqueza. Quedó el mancebo, por muerte de padre y madre, señor absoluto de toda ella; y asi, con la libertad y regalo (alas que sacan á volar y precipitarse mocedades prodigas, con peligrosos pronosticos de infelices fines) començó á afloxar en el estudio y á andar envuelto en mil generos de vicios, con otros de su edad y partes, sin perder ocasion de convites y borracheras, que en aquella tierra se usan mucho. Sucedió pues, andando en estos pasos, que un domingo de cuaresma dirigió acaso los suyos á oir un sermon en un templo de padres de santo Domingo, por predicarle un religioso eminente en dotrina y espiritu, donde tocandole Dios al libre y descuidado oyente en el coraçon con la fuerça y virtud de las palabras del predicador, salió de la iglesia trocado de suerte, que començó á tratar consigo proprio de dexar el mundo con toda su vanidad y pompa, y entrarse en la insigne y grave religion de los Predicadores. Encargó en este presupuesto toda su casa y hacienda á un pariente suyo, para que se la administrase algunos dias en que pensaba hazer una precisa ausencia, con cargo de que le diese fiel cuenta della cuando se la pidiese. Tras esto se fue á Santo Domingo, y hablando con el religioso predicador, le descubrió su pecho. En resolucion, como era hombre de prendas singulares y conocido por ellas de todos, fue facil darle luego el habito, como en resolucion se le dió en dicho convento. Vivió en él con mucho gusto y muestras de exemplar religioso por espacio de diez meses; pero nuestro general adversario (que anda dando vueltas como leon rabioso buscando á quien tragarse, como dize en no sé que parte la Escritura), para daño de su conciencia, traxo á aquella universidad dos amigos suyos que habian estado ausentes de Lovayna algunos meses, no poco viciosos y aun sospechosos de la fe, plaga que ha cundido no poco, por nuestros pecados, en aquellos estados y en los circunvecinos suyos. Sabido por ellos como Japelin, su amigo, se habia entrado religioso dominicano, lo sintieron en el alma, y propusieron de ir al convento y persuadirle con las mayores veras que les fuese posible, dexase el camino que habia començado á seguir, y volviese á sus estudios. Efectuaronlo de suerte que lo determinaron, y la mesma tarde del concierto fueron á verle; y obtenida licencia para ello del Prior (que por allá no se observa el rigor que en nuestra España en hazer guardar el debido recogimiento á los novicios el año de su noviciado), le abraçaron con mucho amor; y despues de haber hablado mil cosas diferentes y de gusto, el que debia de ser más libre començó á dezirle las siguientes razones: Maravillado estoy, monsiur de Japelin, de ver que, siendo vos tan prudente y discreto, y un caballero en quien toda esta ciudad tiene puestos los ojos, hayais dexado vuestros estudios, contra la esperança que todos teniamos de veros antes de muchos años catedratico de prima, y celebrado por vuestra rara habilidad, no solo en Lovayna, sino en todas las universidades de Flandes, y aun en las de todo el mundo; porque vuestro divino entendimiento y feliz memoria claros presagios daban de que habiades de alcançar esto y todo lo demas á que aspirasedes; y lo que aumenta el espanto es ver hayais querido, contra el gusto de toda esta ciudad, y aun contra vuestra reputacion y la de vuestros deudos, tomar el habito de religioso, como si fuerades hombre á quien faltasen bienes de fortuna, ó fuerades persona simple y desaparentada, y por eso obligado á tomar semejante profesion de pobreza. ¿No sabeis, señor, que la cosa más preciosa que el hombre posee es la libertad, y que vale más, como dize el poeta, que todo el oro que la Arabia cria? ¿Pues por que la quereis perder tan facilmente, y quedar sugeto y hecho esclavo de quien, siendo menos doto y principal que vos, os mandará mañana, como dizen, á çapataços, y por cuyas manos habrán de llegar á las vuestras hasta las cartas y papeles que para consuelo vuestro os escribiremos los amigos? Miradlo, señor, bien, y acordaos que vuestro padre, que buen siglo haya, no podia ver pintados los religiosos; y asi, amigo del alma, os suplico por la ley del amistad que os debo, que volvais sobre vos, y desistais desta necedad, ó por mejor dezir ceguera, y volvais á vuestra hacienda, que anda toda como Dios sabe, por faltarle vos. Volved á vuestros estudios, pues si os pareciere, siendo vos, como sois, tan principal y rico, os podeis casar con una de las damas hermosas y de hacienda desta tierra, en el cual estado os podeis muy bien salvar, y alegrar á vuestros parientes, los cuales estan muy tristes por lo que habeis hecho, teniendoos ya por muerto en vida. No os quiero, señor, dezir más de que metais la mano en vuestro pecho; que sé que con esto echareis de ver que os digo la verdad y como amigo que desea en todo vuestro bien; y pues agora teneis tiempo, que no ha mas de diez meses que entrastes aqui, para enmendar el yerro empezado y dar contento á los que os amamos, dadnosle cumplido con vuestra salida; que os prometo, á fe de quien soy, que no os arrepintais de haber tomado mi consejo, como dirá el tiempo. Estuvo el religioso mancebo callando á todo lo que el ministro del demonio le dezia, y mirando al suelo con suma turbacion y melancolia; y en fin, como era flaco y estaba poco fundado en las cosas tocantes á la perfecion y mortificacion de sus apetitos, convencieronle las razones frivolas y pestilenciales avisos que aquel falso amigo y verdadero enemigo de su bien le habia dado; y asi le respondió, diziendo: Bien echo de ver, señor mio, que todo lo que me habeis dicho es mucha verdad; y estoy yo ya tan arrepentido de lo hecho más ha de ocho dias, que si no fuera por el que diran y por mi propria reputacion, me hubiera ya salido deste convento; pero con todo eso, estoy determinado de seguir el consejo y parecer de quien tan sin pasion y con tan buenas entrañas me dize lo que me está bien. Yo, en suma, me resuelvo de pedir hoy por todo el dia mis vestidos y volver á mi casa y hacienda; que ya tengo echado de ver lo que me importa; y con esto no hay sino que os vais y me aguardeis á cenar esta noche en vuestra posada, seguros de que no faltaré á la cena; pero tenedme secreta, os suplico, esta mi resolucion. Con notable alegria abraçandole, se despidieron todos dél, por la buena nueva; y el engañado mancebo se fué derecho á la celda del Prior, y le dixo le mandase volver luego sus vestidos de secular, porque le importaba á su reputacion volver á su casa y hacienda, tras que no podia llevar los trabajos de la orden, de vestir lana, no comer carne, levantarse todas las noches á maitines, y los demas que en ella se profesaban: demas desto, le dixo, mintiendo, como habia dado palabra de casamiento á una dama, y que forçosamente se la habia de cumplir casandose con ella, á que le obligaba la conciencia y las recebidas prendas de su honra. Maravillose no poco el Prior de oir lo que el novicio le dezia, y lleno de suspension, le respondió, diziendo: Espantome, monsiur de Japelin, de vuestra indiscrecion, y que tan poco os hayan aprovechado los exercicios espirituales en que en diez meses de religioso habeis tratado, y los buenos consejos mios que como padre os he siempre dado. ¿No os acordais, hijo, haberme oido dezir muchas vezes que mirasedes por vos, principalmente este año de noviciado, porque el demonio os habia de hazer crudelisima guerra en él, procurando con todas sus astucias y fuerças persuadiros, como ahora lo ha hecho, á que dexeis la religion, volviendo á las ollas de Egipto; que eso es volver á la confusion del siglo, en que él sabe que con mejor facilidad os podrá engañar y hazer caer en graves pecados, á manos de los cuales perdais, no solo la vida del cuerpo, sino, lo que peor es, la del alma? Acordaos tambien, hijo, que me habeis oido dezir como hasta hoy ninguno dexó el habito que una vez tomó de religioso, que haya tenido buen fin; que justo juizio es de Dios que quien siendo llamado por su divina vocacion á su servicio, si despues le dexa de su voluntad en vida, que el mismo Dios le dexe á él en muerte; siendo esto lo que él dixo á los tales por su Profeta: Vocavi, et renuistis, ego quoque in interitu vestro ridebo. Verdad es que he visto por mis ojos mil experiencias, y plegue á Dios, como se lo ruego, no lo haga su divina justicia en vuestra ingratitud y precipitada determinacion; que lo temo por veros tan engañado del demonio; que las razones que vos me dezis, claramente descubren no ser forjadas en otra fragua sino en la infernal que él habita. Advertid que si al principio hallais la dificultad que dezis en la religion, no hay que maravillarse dello, pues, como dize el filosofo, todos los principios son dificultosos, y más los que lo son de cosas arduas. Los hijos de Israel despues de haber pasado á pie enjuto el mar Bermejo enviaron ciertas espias á reconocer la tierra de promision, para la cual caminaban; y volviendo ellas con grandisimo racimo de uvas, tan grande, que menos que en un palo traido en hombros de dos valerosos soldados, no le podian traer, dixeron: Amigos, esta fruta lleva la tierra que vamos á conquistar; pero sabed que los hombres que la defienden son tan grandes como unos pinos:—con que dixeron que el principio de la conquista de aquella fertilisima tierra era dificultoso, siendo sus habitadores gigantes. Desa manera, hijo mio, os ha acontecido á vos, me parece, al principio de vuestra conversion, en la cual ha permitido Dios sintais las presentes dificultades, con que pretende probar vuestra perseverancia, á fin de obligaros á que acudais á él solo á pedirle favor para salir con vitoria; si bien veo os habeis dado por vencido de vuestros enemigos á los primeros encuentros, dexandoos atar por ellos las manos, sin haber acudido á quien las tiene liberalisimas y prontas para remediaros, de lo cual nace el venirme á pedir con tan ciega resolucion vuestros vestidos. Por la pasion que Cristo padeció por vos, os ruego, amado Japelin, que hagais una cosa por mí, y es, que os reporteis por tres ó cuatro dias, y en ellos hagais oracion á Dios; que yo de mi parte os prometo de hazer lo mesmo con todos los religiosos desta casa, y vereis como usa su Magestad con vos de misericordia, haziendoos salir vitorioso desta infernal tentacion. Todas estas razones que el santo Prior dixo al inquieto novicio no fueron bastantes para apartarle de su proposito; antes al cabo dellas le dixo: No hay padre mio, que dar ni tomar más sobre este negocio; que estoy resuelto en lo que tengo dicho, y lo tengo muy bien mirado y tanteado todo. El, en efeto, se salió aquella noche del convento, y se fue derecho, como lo tenia concertado, á la posada de sus dos amigos, donde le esperaban á cenar; dieronle un bravo convite, y brindaronse en él con mucho contento y abundancia los unos á los otros. Volvió tras esto Japelin á tomar posesion de su hacienda, y començó á seguir de nuevo el humor de sus compañeros, andando de dia y de noche con ellos, sin hazerse convite ó fiesta en toda la ciudad donde los tres disolutos mancebos no se hallasen. Sucedió pues que un dia se fue á hablar muy de pensado con un caballero algo pariente suyo, el cual tenia una sobrina en extremo hermosa, discreta y rica; y pidiosela por muger, atento que ya antes que entrase á ser religioso le habia hecho muchos dias del galan con demostraciones de aficion, en un monasterio de religiosas donde habia estado encomendada. Viendo el caballero cuan bien le venia el casamiento á su sobrina, por ser Japelin en todo su igual, se la prometió con gusto suyo y della, á la cual su mismo tio aun no habia un mes entero que tambien la habia sacado del convento de religiosas, en que, como queda dicho, habia estado encomendada á una prima suya, perlada, sin haberle consentido que fuese monja en él, como sus padres habian deseado y procurado en vida: fin para el cual desde niña la habian hecho criar baxo de su clausura. Casaronse, en efeto, los dos recien salidos de sendos conventos, con grandes fiestas y universales regocijos, y estuvieron casados tres años, al cabo de los cuales concibió la dama; y viendola su marido preñada, perdia el juizio de contento, sin haber regalo en el mundo que no fuese para su muger, acariciandola y poniendola sobre su cabeça, con increible desvelo y mil amorosas ternuras; pero sucedió que á los seis meses de su preñez, un tio deste caballero, que era gobernador de un lugar en los confines de Flandes, que se llama Cambray, murió; y sabido por el sobrino, partió para Bruselas, donde está la corte, y negoció sin mucha dificultad (representadas sus prendas y los buenos servicios de su tio) le diesen aquel gobierno, del cual fue luego á tomar posesion, con intento de volver despues por toda su casa y hacienda. Antes de la partida se despidió de su muger con harto sentimiento de entrambas partes, diziendo: Señora mia, yo voy á dar asiento á las cosas de mi difunto tio el gobernador, y á poner en cobro la hacienda que por su muerte heredo: cosa que, como sabeis, no la puedo excusar; de alli pienso llegarme á Bruselas á pretender sucederle en el cargo, y á que me hagan sus altezas merced dél, por los buenos servicios de mi tio: cosa que creo me será facil de alcançar. Lo que os suplico es mireis por vos en esta ausencia, y que al punto que parieredes, me aviseis para que me halle en el bautismo; que lo haré sin falta; y creo será de igual regocijo para mi vuestra vista que la del hijo ó hija que parieredes. Prometioselo ella, de quien despidiendose con mil abraços y amorosas lagrimas, se partió para Cambray, donde y en Bruselas negoció muy á su gusto lo que pretendia, como queda dicho; tardando en los negocios y en volver á su casa casi tres meses. Antes que lo hiziese, le dieron á la señora los dolores del parto, la cual luego que se le sintió despachó un correo á su marido, rogandole partiese, vista la presente, pues ya lo estaba el dia de su parto. No tardó Japelin á ponerse á caballo y dar la vuelta para su casa más de lo que tardó en leer la deseada carta. A la que llegaba cerca de la ciudad de Lovayna encontró por el camino un soldado español, á quien preguntó, en emparejando con él, adonde caminaba; y respondiendole el soldado que iba á Amberes á holgarse con ciertos amigos que le habian enviado á llamar, y que estaba de guarnicion en el castillo de Cambray, le fue preguntado por el camino muchas cosas acerca de como lo pasaban los soldados en el castillo, á todo lo cual respondia el español con mucha discrecion, porque era no poco practico, aunque moço. Ya que llegaban á las puertas de la ciudad, le dixo Japelin. Señor soldado, si v. m. esta noche no ha de pasar adelante, podrá, si gustare, venirse conmigo á mi casa, adonde se le dará alojamiento; y aunque no será conforme su valor merece, recebirá á lo menos el buen deseo deste su servidor, dueño de una razonable casa y del caudal que para sustentarla con el adereço y fausto que v. m. verá en ella, es necesario; porque sepa soy muy aficionado á la nacion española, y el ser della v. m., y sus prendas, me obligan á usar desta llaneza: reposará, y por la mañana podrá emprender la jornada con más comodidad, habiendo precedido el descanso de una acomodada noche. El soldado le respondió que le agradecia la merced que le ofrecia, no poco, y que por ella y la voluntad con que iba envuelta, le besaba las manos mil vezes, y que le parecia pasar los limites de la cortesia que su nacion profesaba el dexar de aceptar el ofrecimiento con que se resolvió quedar esa noche en Lovayna, aunque por ello perdiera la comodidad de su jornada. Llegaron ambos, yendo en estas platicas, á la deseada puerta de la casa de Japelin, de la cual salia acaso una criada, que viendole, volvió corriendo, sin hablarle palabra, la escalera arriba, dando una mano con otra con muestras de regocijo, y diziendo turbada: ¡Monsiur de Japelin, monsiur de Japelin!—Y tras esto volvió á baxar á su amo con las mismas muestras de contento, diziendole: Albricias, señor, albricias; que mi señora ha parido esta noche un niño como mil flores. Apeose del caballo, con la nueva, él como un viento, y subió en dos saltos la escalera, sin que el gozo le diese lugar de hazer comedimientos con el soldado; y puesto en la sala, vió á su muger que estaba en la cama; y saludandola y abraçandola, llegando á ella, muchas vezes, le dixo: Dad, mi bien, un millon de gracias al cielo por la merced que nos ha hecho agora en darnos hijo, que, siendo heredero de nuestra hacienda, pueda ser baculo de nuestra senectud, consuelo de nuestros trabajos y alegria de todas nuestras afliciones. Sentose en esto en una silla que estaba en la cabeçera de la cama, teniendola siempre asida de la mano, platicando los dos, ya del camino y buen suceso de sus negocios, ya del venturoso parto y cosas de su casa. A la que se hizo de noche mandó que le pusiesen alli junto á la cama la mesa, porque gustaba de cenar con su muger: hizo llamar al soldado luego, para que se asentase á cenar tambien con ambos, lo cual él hizo con mucha cortesia, y no con el recato que debiera tener en los ojos en orden á mirar á la dama; porque le pareció, desde el punto que la vió, la más bella criatura que hubiese visto en todo Flandes. (Y eralo sin duda, segun me refirieron los que me dieron noticia del cuento, que eran personas que la conocieron.) Traxeron abundantisimamente de cenar; pero el español, que habia hecho pasto de sus ojos á la hermosura de la partera y la gracia con que estaba asentada sobre la cama, algo descubiertos los pechos (que usan más llaneza las flamencas en este particular que nuestras españolas), comió poquisimo, y eso con notable suspension. Acabada la cena y quitados los manteles, mandó Japelin á un paje que le trajese un clavicordio, que él tocaba por extremo; que en aquellos paises se usa entre caballeros y damas el tocar este instrumento, como en España la arpa ó vihuela. Traido y templado, començó á tañer y á cantar en él con extremada melodia las siguientes letras, de las cuales él mismo era autor; porque, como queda dicho, tenia gallardo ingenio y era universal en todo genero de sciencias:


Celebrad, instrumento,
El ver que no podrá el tiempo variable
Alterar mi contento
Ni hazerme con sus fuerças miserable,
Pues hoy con regocijo
Me ha dado un angel bello, un bello hijo.

Alçome la fortuna
Sobre lo más constante de su rueda;
Y aunque ella es como luna,
Le manda mi ventura que esté queda
Y que la tenga firme,
Y su poder en mi favor confirme.

Y asi, señora mia,
No temais que ella nuestro bien altere
Jamas; porque este dia
El mismo cielo nuestro aumento quiere;
Que eso dize el juntarnos
En uno á ambos para más amarnos.

Sin duda fui dichoso
Cuando me aconsejaron dos amigos
No fuese religioso,
Pues los gustos que gozo son testigos
De que su triste suerte
En vida les iguala con la muerte.

Razon es, pues soy rico,
Que viva alegre, coma y me regale,
Y que el avaro inico
Me tema siempre, y nunca ese me iguale,
Pues puedo en paz y en guerra
Honrar á los más nobles desta tierra.

Que viva sin zozobras
Tambien mil años, libre de cuidados,
Es justo, pues mis sobras
Invidian muchos de los más honrados,
Viendo como de renta
Más de diez mil al año, á buena cuenta.

Y sobre todo aquesto,
Mi braço, mi fortuna y buena estrella
Echaron hoy su resto
En darme un hijo de una diosa bella,
Por quienes, noble y moço,
Mil parabienes y contentos gozo.
 

Acabose la musica con la letra, y començó la suspension del español á subir de punto, por haber oido los suavisimos de garganta del rico flamenco, dichoso dueño del serafin por quien ya se abrasaba. Llegó un paje, por mandado de su amo, en dando fin al canto, á quitarle de delante el clavicordio; que ya era tarde y tiempo de dar lugar al soldado á que descansase; y para que lo hiziese mandó luego tras esto á otro criado tomase uno de los candeleros de la mesa, y le fuese alumbrando con él al aposento primero del cuarto en que solia dormir su paje de camara, que era vecino de la cuadra en que la dama estaba acostada; con orden de que la diese al mayordomo ó dispensero, para que tuviese en amaneciendo aderezado un buen almuerzo para aquel señor soldado, con deseo de que pudiese salir de madrugada de Lovayna y hazer de un tiron la jornada, llevando hecha la alforja y saliendo desayunado. Despidiose agradecidisimo deste cuidado, y de la merced y regalo recebido del caballero y de su esposa, el soldado, con mil corteses ofrecimientos; y puesto en su aposento y acostado en él, fue tal la bateria que le dieron las memorias del bello angel que adoraba, que totalmente estaba fuera de sí. Reprendia su temeridad, representandosele la imposibilidad del negocio á que aspiraba, y procuraba desechar de su animo una imaginacion tal, cual la que daba garrote á su sosiego. El caballero, al cabo de breve rato que se hubo ido á reposar el soldado, hizo lo proprio, despidiendose de su esposa con las muestras de amor que del suyo, tras tan larga ausencia, se puede creer, guardando el debido decoro al parto recien sucedido; que para no ponerse en ocasion de lo contrario, se entró en otro aposento más adentro del en que la partera estaba. Tuvo el paje que llevó á acostar al soldado consideracion á que venia cansado, y por no haberse de obligar á darle mala noche, le dixo se iria á dormir en otro aposento con otros criados, y asi, que sin cuidado de su vuelta reposase, pues lo haria mejor estando solo; que para el mismo efecto su señor tambien habia apartado cama, y se habia acostado en una que habia en otra pieça más adentro. Fuese con esto, dexando sus ultimas razones con más confusion al amartelado español; porque del entender dormia la dama sola y tan vecina dél, y del verse (contra el orden de Japelin) sin compañia en el aposento, nació la resolucion diabolica que tomó en ofensa de Dios, infidelidad de su nacion, y en agravio del honrado hospedaje que le habia hecho su noble huesped; que á todo le precipitó el vehemente fuego y rabiosa concupiscencia en que se abrasaba. Resolviose pues en levantarse de su cama, y en ir á la de la dama sin ser sentido, persuadido de que ella por su honra y por no dar pesadumbre á su marido ni alborotar la casa, callaria, y aun podria ser que se le aficionase de manera, que yendose su marido, le diese libre entrada y le regalase; y si bien consideraba el peligro de la vida que corria si acaso ella (como era justo) daba vozes, pues á ellas era fuerça saliese el marido y se matasen el uno al otro, de lo cual sucederian notables escandalos y graves inconvenientes; todavia su gran ceguera rompió con todas estas dificultades. Levantose pues á media noche en camisa, y entró en la sala de la dama; y llegandose á ella sin çapatos por no ser sentido, estuvo un rato en pie sin acabarse de resolver; pero hizolo de volver á su aposento, y de tomar la espada que tenia en él; y sacandola desenvainada, volvió muy pasito á la cama de la flamenca, y poniendo la espada en tierra, alargó la mano, y metiendola debaxo de las sabanas muy quedito, la puso sobre los pechos de la señora, que despertó al punto alborotada; y asiendosela, pensando que fuese su marido (que no imaginaba ella que otro que él en el mundo pudiese atreverse á tal), le dixo: ¿Es posible, señor mio, que un hombre tan prudente como vos haya salido á estas horas de su aposento y cama para venirse á la mia, sabiendo estoy parida de ayer noche, y por ello imposibilitada de poder por ahora acudir á lo que podeis pretender? Tened, por mi vida, señor, un poco de sufrimiento; y pues soy tan vuestra, y vos mi marido y señor, lugar habrá, en estando como es razon, para acudir á todo aquello que fuere de vuestro gusto, como lo debo por las leyes de esposa. No habia acabado ella de dezir estas honestas razones, cuando el soldado la besó en el rostro sin hablar palabra; y pensando ella siempre fuese su marido, le replicó: Bien sé, señor, que de lo que intentais hazer teneis harta vergüença, pues por tenerla no me osais responder palabra; y echó de ver tambien que el intentar tal proceda del grandisimo amor que me teneis, y de la represa de tan larga ausencia, pues á no ser eso, no salierades de vuestra cama para venir á la mia, sabiendo me habiais de hallar en ella de la suerte que me hallais. Oyendo el soldado estas razones, y coligiendo dellas el engaño en que la dama estaba, alçó la ropa callando, y metiose en la cama, do puso en execucion su desordenado apetito; porque viendo ella su resolucion, no quiso contradezirle, por no enojarle, como le tenia por su marido; si bien quedó maravillada no poco de ver que no le hubiese hablado palabra; porque sin dezirle cosa se levantó, hecha su obra, y tomando con todo el silencio que pudo su desnuda espada, se volvió á su aposento y cama, harto apesarado de lo que habia hecho; que en fin, como se consigue á la culpa el arrepentimiento, y al pecado la vergüença y pesar, tuvole tan grande luego de su maldad, que maldezia por ello su poco discurso y sufrimiento y su maldita determinacion, imaginando el delito que habia cometido, y el peligro en que estaba si acaso el ofendido marido se levantase antes que él. Tambien á la dama asaltaron sus pensamientos, poniendola en cuidado el no haberle hablado palabra quien con ella habia estado, si seria su marido ó no. Pero resolviese en que seria él, y que la vergüença de haber hecho cosa tan indecente en tiempo que lo estaba ella para semejantes burlas, le habria cerrado la boca. Con todo, propuso, (que no debiera), en su coraçon darle por lo hecho á la mañana una reprehension amorosa, afeandole su poca continencia. Llegada la madrugada, y apenas vistas sus primeras luzes, se levantó el soldado, que no habia podido pegar las de sus ojos con la rabia que tenia de lo hecho; y estando aun la dama durmiendo, pidió á los primeros criados que topó le abriesen la puerta y le excusasen con su señor de no aceptar el preparado almuerzo y provision, pues la prisa de la jornada no le daba lugar para detenerse, ni sus obligaciones permitian aumentase las muchas con que quedaba á toda aquella casa; y aunque los criados porfiaron con él, queriendo ponerle en la alforja lo que para almorzar le tenian aparejado, no hubo remedio consintiese lo hiziesen, diziendo no era de su humor el ir cargado, y que asi le tuviesen por excusado; á más de que una legua de alli, en el camino habia una famosa hosteria, y en ella pensaba detenerse á almorzar con lo cual se despidió dellos y salió del lugar.

CAPITULO XVI

En que Bracamonte da fin al cuento del Rico desesperado.

Estuvieron con atencion los canonigos y jurados al cuento, y don Quixote, aunque lo estuvo, daba de cuando en cuando asomos de querer salir con algo en contrapusicion de los malos consejos que los estudiantes dieron á Japelin cuando era novicio, ya en abono de su buena eleccion en haberse casado con muger hermosa, y particularmente en loa de su valor por haber pretendido seguir la milicia en prosecucion de la gobernacion de su tio; pero ibale á la mano á todo el venerable ermitaño que le tenia al lado. Pero como no lo estaba al suyo Sancho, no pudo obviar á que no saliese de traves cuando oyó la bellaqueria del soldado, y particularmente su poco estomago en no querer llevar el matalotaje que le daban los criados para acudir á las necesidades venideras; y asi dixo con una colera donosa: Juro á Dios y á esta cruz, que merecia el muy grandisimo bellaco más palos que tiene pelos mi rucio, y que si le tuviera aqui me le comiera á bocados. ¿Donde aprendió el muy grandisimo hi de puta á no tomar lo que le daban, siendo verdad que no está eso prohibido, no digo yo á los soldados y reyes, pero ni á los mismos señores caballeros andantes, que son lo mejor del mundo? En mi anima, que creo que ha de arder la suya en el infierno, más por ese pecado que por cuantas cuchilladas ha dado á luteranos y moriscos; pero no me espanto fuese el muy follon tan mal mirado y tan poco quillotrado, si como v. m. dize venia de Cambray; que juro á los años del gigante Golias que debe de ser esa la más mala tierra del mundo, pues segun dizen por las calles y plaças chicos y grandes, hombres y mugeres, no se coge en ella pan ni vino ni cosa que lo parezca, sino estopilla, de lo cual se quexan con un perpetuo ay, ay, que es señal que debe de ser malisima y que debe de causar torçon á cuantos la comen. Rieron destas boberias los canonigos y Bracamonte, pero no don Quixote, que con una melancolia y sentimiento digno de su honrado celo dixo: Dexate, Sancho hijo, de llorar el descuido y poca prudencia del soldado, y de si el ay, ay, ay que dizes se dize por la estopilla maldita que en Cambray se coge ó no; llora lagrimas de sangre por el agravio y tuerto fecho á aquella noble princesa, y por la ofensa y mancha que en la honra del famoso Japelin cayó por industria ó inconsideracion, ó por la maldad, que es lo más cierto, de aquel soldado, infamia de nuestra España, y deshonra de todo el arte militar, cuyo aumento procuran tantos nobles, y yo entre ellos, á costa de la hidalga sangre de mis venas; pero yo sacaré la alevosa de las suyas antes de muchos dias, si le topo, como deseo. Deste cuidado queda ya libre v. m. (dixo Bracamonte), como verá si me la haze de oir con paciencia lo que queda de la historia. Rogaron todos á don Quixote reprimiese su justa colera, y á Sancho le pidieron callase, sin meterse en dibuxos de averiguar lo que oiria; y prometiendolo ambos con mucha seguridad y algunos juramentos, prosiguió Bracamonte la tela de su cuento, diziendo: Ido el soldado con la cortedad referida, y cargado de miedo y vergüença, salió de su aposento el noble y descuidado Japelin, á la hora en que el bullicio de la gente de casa dió muestras de que era ya la de levantarse; y llegandose á la cama de su esposa á darle los buenos dias, y cuidadoso de saber como habia pasado la noche asegurandola de que con el contento de verse él en su cama y con heredero della no habia podido apenas sosegar. Riose su muger de la disimulacion que mostraba en sus razones y en tomarle la blanca mano, y mostrando un fingido enojo con su risa, le dixo, retirando hacia adentro el braço: Por cierto, señor mio, que sabeis disimular lindamente, y que anda ahora bien ligera esa lengua, que anoche tan muda tuvistes conmigo: idos de ahi con Dios, y no me hableis por lo menos hoy en todo el dia; que bien lo habré menester todo para desenojarme del enojo que tengo con vos tan justamente; y aun despues de pasado, os será menester me pidais perdon, y no será poco si os lo concedo. Riose Japelin del desvio, y cayendole en gracia, á pesar suyo la besó en el rostro, diziendo: Por mi vida, señora que me digais el enojo que os he hecho; que gustaré infinito de sabello, si bien ya, poco más ó menos, sospecho yo será porque habreis imaginado que he dormido dentro con compañia, en ofensa vuestra; y muera yo en la de Dios si jamas os la he hecho ni con el pensamiento; y asi, quiteseos del vuestro, os suplico, ese temerario juizio; que con él me ofendeis no poco. Por cierto (dixo ella de nuevo) que sabeis encubrir bien y negar mejor ahora lo que fuera justo negarais á vuestro apetito antes de ejecutalle tan sin consideracion; que si la tuvierais, no efectuara un hombre tan prudente y discreto como vos lo que tan contra toda razon os pedia vuestro desordenado deseo. Corrida estoy no poco de ver no lo esteis más de lo que lo estais de haber tenido atrevimiento de llegar á mi cama esta noche á tratar conmigo, sabiendo de la suerte que estoy; y siento muchisimo ver hayan podido tan poco con vos mis justos ruegos, que no bastasen á obligaros á que, volviendoos á vuestra cama, dexaseis de entrar en la mia con los excesos de aficion que la primer noche de nuestras bodas. Y añadiendo agravio á agravio, habeisme dexado sin hablar palabra; si bien doy por disculpa de vuestro silencio el justo empacho que os causó el atrevimiento. No ignoro, señor, direis nació él del sobrado amor que me teneis; y aunque esa parezca bastante disculpa, no la admito por tal, pues habiais de considerar el tiempo y indispisicion mía, teniendo algun respeto y sufrimiento á tan justo obstaculo; que no se perdia el mundo en ser continente siete ó ocho dias más, cuando mucho; pero pase esta, que os la perdona mi grande amor, con esperanças de enmienda en lo porvenir. No se puede pintar la suspension que cayó en el animo de Japelin cuando oyó á su esposa tales razones, y dichas con tantas veras y circunstancias; y como era de agudo ingenio, sospechó luego todo lo que podia ser, imaginando (como era la verdad) que el soldado español habria dormido solo, por inconsideracion del paje de guarda, el cual pensaba él le haria compañia en el aposento, sin dexarle á solas, y que asi, con la ocasion, que es madre de graves maldades, habria cometido aquel delito con artificioso silencio; y disimulando cuanto pudo, le dixo á la dama: No haya más, mis ojos, por vida de los vuestros; que del amor excesivo que os tengo ha nacido el desorden de que os quexais; pero yo os prometo á ley de quien soy, corregirme, y aun vengaros cabalmente de todo. Y volviendose á otro lado, dezia entre dientes, bramando de colera: ¡Oh vil y alevoso soldado! por el cielo santo juro de no volver á mi casa sin buscarte por todo el mundo y hazerte pedazos do quiera que te encontrare:—tras lo cual, disimulando con su muger con notable artificio, se despidió della fingiendo cierta necesidad precisa. Llamó luego aparte un moço, diziendole: Ensillame al punto, sin dezir cosa, el alazan español; que me importa ir fuera en él con brevedad. Mientras el caballo se ensillaba se acabó de vestir, y entrando en un aposento do tenia diferentes armas, sacó dél un famoso venablo. Violo la dama, y recelosa le preguntó que pensaba hazer de aquel venablo. Quierole (dixo él) inviar á un vecino nuestro que ayer me le pidió prestado. ¿Que vecino puede ser nuestro (replicó ella) que no tenga armas en su casa, y necesita de venir por ellas á la nuestra? En verdad, mi bien, que si no lo recebis por enojo, que me habeis de dezir para que es. El la respondió que no le importaba nada á ella el saberlo; pero que con todo lo sabria dentro de breves horas. Saliose tras esto fuera de la sala, demudado el rostro; y despidiendo un sospiro tras otro, se baxó la escalera abaxo, y se puso á pasear delante la caballeriza, aguardando le sacasen el caballo; y mientras el criado tardaba en hazello, dezia con rabioso despecho entre sí: ¡Oh perverso y vil español, que mal me has pagado la buena obra que te hize en darte alojamiento, que no debiera! Aguarda, traidor adultero á costa de la inocencia de mi engañada esposa; que te juro por las vidas della, de mi hijo y mia, que te cueste la tuya la alevosia: vuela, infame, y mueve los pies; que yo haré que los de mi caballo igualen al pensamiento con que voy en tu busca, con determinacion de no volver á mi patrio suelo hasta hallarte, aunque te escondas en las entrañas del mismo siciliano Etna. No habia bien dicho estas razones, cuando el criado, que las habia oido todas estando en la caballeriza, sacó della el caballo, en el cual subió Japelin como un viento, diziendole á él que se quedasen todos, sin acompañarle ninguno, pues no necesitaba de compañia en la breve jornada que iba á hazer; y tomando el venablo, salió de casa, dando de espuelas al caballo, hecho un frenetico, guiandole asi á la parte y camino que entendia llevaba el soldado, dexando maravillados á los criados de su casa la furia y repentina jornada con que la dexaba; si bien de las palabras que dezia haberle oido el que le ensilló el caballo, colegian iba tras el soldado por haberle hurtado algo de casa, ó por haber dicho al salir della algunas palabras deshonestas á su esposa, y que como tan celoso y noble, pretendia tomar vengança de quien con solo el pensamiento le agraviaba. El caballero, en fin, se dió tan buena maña en caminar tras el soldado, que dentro de una hora le alcançó, y calandose el sombrero antes de emparejar con él, porque no le conociese, en medio de un valle, sin que se recelase el soldado ni tener testigos á quienes poder remitir la disposicion de su violenta muerte, con la mayor presteza que pudo, sin hablar palabra, le escondió el robusto y agraviado Japelin la ancha cuchilla ó penetrante hierro del milanes venablo por las espaldas, sacandosele más de dos palmos por delante, á vista de los lascivos ojos que en su honestisima esposa puso, sin darle lugar de meter mano ni defenderse de tan repentino asalto. Cayó luego en tierra el misero español...—¡Oh, buena pascua le dé Dios y buen San Juan, dixo don Quixote! Ese sí que fue buen caballero: en verdad que puede agradecer á su buena diligencia el haberme ganado por la mano la toma de la vengança dese delito; que, si no, juro por la vitoria que espero presto alcançar del rey de Chipre, que la tomara yo dél tan inaudita, que pusiera terror hasta á las narizes de los miseros y nefandos sodomitas, á quien abrasó Dios. Pues á fe que si v. m., mi señor, no lo hiziera, que yo acudiera á mi obligacion (dixo Sancho), y que cuando eso de Sodoma y Gomorra, que v. m. dize, faltara, le ahogara yo con un diluvio de gargajos como aquel del tiempo de Noe. Pues no pára en esto, señores, la tragedia, dixo Bracamonte, ni la vengança que Japelin tomó del soldado; porque luego, tras lo dicho, se apeó del caballo, y sacando el venablo del cuerpo del cadaver, le volvió á herir con él cinco ó seis vezes, haciendole pedazos la cabeça y hechos con una crueldad inexplicable, pagando bien con muerte de las dos vidas (á lo que se puede presumir) y con fin tan aciago el pequeño gusto de su desenfrenado apetito, quedando alli revolcado en su propria sangre para exemplo de temerarias deliberaciones y comida de aves y bestias: el caballero, algo aconsolado con la referida vengança que de su ofensor habia tomado, se volvió poco á poco hazia su casa. En el tiempo que él tardó della, quiso la desgracia que su muger, viendo eran más de las diez y no le veia ni sabia adonde estaba, preguntó á un paje por él, y respondiole el indiscreto criado luego, le dixo: Señora, mi señor ha ido fuera á caballo, con un venablo en la mano, más ha de dos horas, sin criado alguno y no podemos imaginar adonde ni adonde no; solo sé que iba demudadisimo de color y dando algunos pequeños suspiros, mirando al cielo. Llegaron, estando en estas razones, el moço de caballos, una criada y la ama que criaba el niño, y la dixeron: V. m., mi señora, ha de saber que hay algun grande mal, porque mi señor ha estado paseandose á la puerta de la caballeriza todo el rato que yo tardé (dixo el moço) á ensillarle el caballo suspirando y quexandose de aquel soldado español que esta noche durmió en la cama y aposento del paje de camara, llamandole (aunque pensó que nadie le oia) perverso y vil traidor y adultero á costa de la inocencia de su engañada esposa; tras lo cual juró por su vida, la de v. m. y de su hijo de hazerle pedazos, siguiendo hasta alcançarle; pero no le oí jamas quexar de v. m.; antes me parece que en sus razones la iba disculpando; tras lo cual, en sacandole el caballo, subió en él, y salió de casa como rayo, en busca suya. Cuando la noble flamenca oyó los ultimos acentos desta sospechosa nueva, cayó sobre la almohada, de los braços de la criada que la habia levantado, y sentado en la cama, con un mortal desmayo; y volviendo en sí al cabo de breve rato, començó á llorar amargamente, sospechando (como era asi) que aquel que la noche antes habia llegado á su cama sin duda habia sido el soldado español, con quien, como ella misma tenia confesado á su marido, habia cometido adulterio teniendole por su esposo. Començó pues con esta imaginacion á maldezir su fortuna, diziendo: ¡Oh traidora, perversa y adultera de mí! ¿Con que ojos osaré mirar á mi noble y querido esposo, habiendole quitado en un instante la honra que en tantos años de proprio valor y natural nobleza heredado tenia? ¡Oh ciega y desatinada hembra! ¿Como es posible no echases de ver que el que con tanto silencio se metia en tu honesto lecho no era tu marido, sino algun aleve tal cual el falso español? ¡Desdichada de mí! ¿Y con que cara osaré parecer delante de mi querido Japelin, pues no hay duda sino que no seré creida dél por más que con mil juramentos le asegure de mi inocencia, habiendo dado lugar á que otros pies violasen su honrado talamo? Con razon, dulce esposo mio, podrás quexarte de mí de aqui adelante, y negarme los amorosos favores que me solias hazer en correspondencia de la fe grande que siempre he profesado guardarte; pero ya justamente (pues he desdicho de mi fidelidad, aunque tan sin culpa cuanto sabe el cielo) seré aborrecible á tus ojos, pesada á tus oidos, desabrida á tu gusto, enojosa á tu voluntad, é inutil finalmente á todas las cosas de tu provecho. Vuelve presto, señor mio, si acaso has ido á matar al adultero español: con el mismo venablo con que le castigares traspasa este desconocido y desleal pecho; que pues fuí complice en el adulterio, justa cosa es iguale tambien con él en la muerte: ven, digo, y toma entera vengança de mi desconcierto, con la seguridad que puedes tener de quien, por muger y culpada, no sabrá hazerte resistencia. Pero no es bien aguarde que tú vengas á vengarte ni á castigar con el hierro del venablo el mio, sino que es justo que yo te vengue de suerte que digas lo estás al igual de mi alevosia y de la ofensa hecha. Y diziendo esto la desesperada señora (que lo estaba de pasion, colera y corrimiento), saltó de la cama, mesandose las rubias y compuestas trenças, y esmaltando sus honestas mexillas con un diluvio de menudo y espeso aljofar que de sus nublados ojos salia; y poniendose un faldellin, se començó á pasear por la sala con tan descompuestos pasos, acompañados de sospiros, sollozos y quexas por lo hecho, que no bastaban á consolarla todos los de casa; antes su pena les tenia á todos necesitados de consuelo, por lo mucho que les enternecia. Estando pues de la suerte que digo, turbados ellos, el marido ausente, el adultero muerto, y ella fuera de sí, se salió al patio á vista de todos; y despues de haber hecho una nueva repeticion de las quexas dichas, se arrojó de cabeça en un hondo pozo que en medio del patio habia, sin poder ser socorrida de los que presentes estaban, haziendosela dos mil pedazos: de suerte que cuando llegó al suelo el cuerpo, habia ya llegado su alma libre dél en bien diferente lugar del en que yo querria llegase la mia á la hora de mi muerte. Aumentaronse las vozes y gritos de los de casa con el nuevo y funesto espectaculo; y con la turbacion, unos acudian á mirar el pozo, otros á dar gritos á la calle, con los cuales se alborotó toda: de suerte que en un instante se vió la casa llena de gente afligida toda, y toda ocupada ó en consolar á los de ella ó en echar sogas y cuerdas, aunque en vano, pensando podria ser socorrida quien ya no estaba en estado de poderlo ser. Entre esta universal turbacion sucedió llegar á su casa el desdichado Japelin, ignorante de la desgracia que acababa de suceder en ella; y maravillado de ver tantas personas juntas en su patio, unas de pie sobre el brocal del pozo, otras al derredor dél, y todas llorando, entró con su caballo y el venablo ensagrentado en la mano; y preguntando que habia de nuevo, llegaron los criados de la casa, dando una mano con otra y arañandose la cara, diziendo: ¡Ay, mi señor, que acaba de suceder la mayor desgracia que los nacidos hayan visto! pues mi señora, sin que sepamos por que, quexandose de aquel maldito español que esta noche durmió en casa, llamandose engañada y adultera, y diziendo palabras que moviera á compasion á una peña, arrancandose á puños los cabellos, se echó, sin que la pudiesemos remediar, de cabeça en este hondo pozo, donde se hizo pedazos antes de llegar al suelo. El caballero, en oyendo tal, se quedó atonito sin hablar palabra por grande rato; y de alli á poco, vuelto en sí, se arrojó del caballo, y teniendose en el suelo, empeçó á lamentarse amargamente, suspirando y arrancandose con dolor increible las barbas, diziendo en presencia de todos: ¡Ay muger de mi alma! ¿Que es esto? ¿Como te apartaste de mí? ¿Como me dexaste, serafin mio, solo y sin llevarme contigo? ¡Ay esposa mia y bien mio! ¿Que culpa tenias, si aquel enemigo español te engañó fingiendo ser tu amado marido? El solo tenia la culpa; pero ya pagó la pena. ¡Ay prenda de mis ojos! ¿Como será posible que yo viva un dia entero sin verte? ¿Adonde te fuiste, señora de mis ojos? Aguardaras siquiera á que yo volviera de vengarte, como agora vengo, y mataraste despues; que yo te acompañara en la muerte, como lo he hecho en vida. ¡Ay de mí! ¿Que haré? ¡Triste de mí! ¿A donde iré ó que consejo tomaré? Pero ya le tengo tomado conmigo. Y diziendo esto, se levantó muy furioso, y metiendo mano á la espada, dezia: Juro por Dios verdadero que el que llegare á estorbarme lo que voy á executar ha de probar los filos de mi cortadora espada, sea quien se fuere. Llegose tras esto al brocal del pozo, haziendo una grandisima lamentacion, diziendo: Si tú ¡oh muger mia! te desesperaste sin razon ninguna, y tu anima está en parte adonde no puedo acompañarla si no te imito en la muerte, razon será y justicia, pues tanto te amé y quise en vida, que no procure estar eternamente sino en la parte en que estuvieres; y asi, no temas, dulcisima prenda mia, que tarde en acompañarte. Como la gente que presente estaba, que no era poca y entre quien habia muchos caballeros y nobles de la ciudad, oyeron lo que dezia, porque no sucediese alguna desgracia se llegaron á él á darle algun consuelo, el cual estuvo escuchando echado de pechos sobre el brocal del pozo; y volviendo la cabeça de alli á un rato, vió cerca de sí á la ama que criaba su hijo, llorando amargamente con el niño en los braços; llegandose á ella con una furia diabolica, se le arrebató, y asiendole por la faja, dió con él cuatro ó seis golpes sobre la piedra del pozo, de suerte que le hizo la cabeza y braços dos mil pedazos, causando en todos esta desesperada determinacion increible lastima y espanto; si bien con todo, ninguno osaba llegarsele, temiendo su diabolica furia. Con lo cual començó tras esto á darse de bofetadas, diziendo: No viva hijo de un tan desventurado padre y de madre tan infeliz, ni haya tampoco memoria de un hombre cual yo en el mundo. Y diziendo esto, començó á llamar á su muger y á dezir: Señora y bien mio, si tú no estás en el cielo, ni yo quiero cielo ni paraiso, pues donde tú estuvieres estaré yo consoladisimo, siendo imposible que la pena del infierno me la dé estando contigo; porque donde tu estás no puede estar sino toda mi gloria. Ya voy, señora mia, aguarda, aguarda. Y con esto, sin poder ser detenido de nadie, se arrojó tambien de cabeça en el mismo pozo, haziendosela mil pedazos, y cayendo su desventurado cuerpo sobre el de su triste muger. Aqui fue el renovar los llantos cuantos presentes estaban; aqui el levantar las vozes al cielo, y el hinchirse la casa y calle de gente, maravillados cuantos llegaban á ella de semejante caso. A las nuevas dél, vino luego el gobernador de la ciudad, y informado del desdichado suceso, hizo sacar los cuerpos del pozo, y con parecer del obispo, los llevaron á un bosque vecino á la ciudad, donde fueron quemados, y echadas sus cenizas en un arroyo que cerca dél pasaba. En verdad que merece, dixo Sancho, el señor Bracamonte remojar el gaznate, segun se le ha enjugado en contar la vida y muerte, osequias y cabo de año de toda la familia flamenca de aquel malogrado caballero: yo reniego de su vengança, y mi anima con la de san Pedro. No dize mal Sancho, dixo uno de los canonigos; porque muy de temer es el fin triste de todos los interlocutores desa tragedia; pero no podran tenerle mejor (moralmente hablando) los principales personages della, habiendo dexado el estado de religiosos que habian empeçado á tomar, pues, como dixo bien el sabio prior al galan cuando quiso salirse de la religion, por maravilla acaban bien los que la dexan. En verdad, dixo don Quixote, que si el señor Japelin acabara tan bien su vida cuanto honrosamente acabó la del adultero soldado, que diera por ser él la mitad del reino de Chipre, que tengo de ganar; pues como muriera, no desesperado como murió, sino en alguna batalla, quedara gloriosisimo; que en fin un bel morir tutta la vita onora. Quiso Sancho salir á contar otro cuento, y impidieronselo los canonigos y su amo, diziendo que despues le contaria; que ahora era bien, guardando el decoro á los habitos religiosos de aquel venerable señor ermitaño, darle la primer tanda. Y asi le suplicaron la aceptase, contandoles algo que fuese menos melancolico que el cuento pasado, y que no pusiese como él las almas de todas las figuras en el infierno; porque era cosa que los habia dexado tristisimos; si bien todos alabaron al curioso soldado de la buena disposicion de la historia, y de la propriedad y honestidad con que habia tratado cosas que de sí eran algo infames. Excusose el ermitaño cuanto pudo, y viendo era en vano, con pretesto de que nadie interromperia el hilo de su historia, empeçó la siguiente, diferente en todo de la pasada, y más en el fin.

CAPITULO XVII

En que el ermitaño da principio á su cuento de los Felizes Amantes.

Cerca los muros de una ciudad de las buenas de España hay un monasterio de religiosas de cierta orden, en el cual habia una, entre otras, que lo era tanto, que no era menos conocida por su honestidad y virtudes, que por su rara belleza: llamabase doña Luisa, la cual, yendo cada dia creciendo de virtud en virtud, llegó á ser tan famosa en ella, que por su oracion, penitencia y recogimiento mereció que siendo de solos veinte y cinco años, la eligiesen por su perlada las religiosas del convento, de comun acuerdo, en el cual cargo procedió con tanto exemplo y discrecion, que cuantos la conocian y trataban la tenian por un angel del cielo. Sucedió pues que cierta tarde, estando en el locutorio del convento un caballero llamado don Gregorio, moço rico, galan y discreto, hablando con una deuda suya, llegó la Priora, á quien él conocia bien por haberse criado juntos cuando niño, y aun querido algo con sencillo amor, por la vecindad de las casas de sus padres; y viendola él, se levantó con el sombrero en la mano, y pidiendola de su salud, y suplicandola emplease la cumplida de que gozaba en cosas de su servicio, le dixo ella: Esté v. m., mi señor don Gregorio, muy en hora buena, y sepamos de su boca lo que hay de nuevo, ya que sabemos de su valor con la merced que nos haze. Ninguna, respondió él, puede hazer quien nació para servir hasta los perros desta dichosa casa: ni sé nuevas de que avisar á v. m., pues no lo seran de que de las obligaciones que tengo á mi prima nacen mis frecuentes visitas, y la que hoy hago es á cuenta de un deudo que le suplica en un papel le regale con no sé que alcorzas, en cambio de ocho varas de un picotillo famoso ó perpetuan vareteado que le envia. Bien me parece, dixo la Priora; pero con todo, v. m. me la ha de hazer á mí de que, en acabando con doña Catalina, se sirva de llevar de mi parte este papel á mi hermana; que basta dezir esto para que sepa en que convento, pues no tengo más que la religiosa, de la cual aguardo ciertas floreras para una fiesta de la Virgen que tengo de hazer, con obligacion de que ha de dar orden v. m. en que se me traigan esta tarde con la respuesta; que por ser el recado de cosa tan justificada, y v. m. tan señor mio casi desde la cuna, me atrevo á usar esta llaneza. Puede v. m., respondió el caballero, mandarme, mi señora, cosas de mayor consideracion; que pues no me falta para conocer mis obligaciones, tampoco me faltará, mientras viva, el gusto de acudir á ellas; que más en la memoria tengo los pueriles juguetes y los asomos que entre ellos dí de muy aficionado servidor dese singular valor, de lo que v. m. puede representarme. Riose la Priora, y medio corriose de la preñez de dichas razones, con que se despidió luego, diziendo lo hazia por no impedir la buena conversacion, y porque le quedase lugar de hazerle la merced suplicada, cuya respuesta quedaba aguardando. Apenas se hubo despedido ella, cuando don Gregorio hizo lo mismo de su prima, deseosisimo de mostrar su voluntad en la brevedad con que acudia á lo que se le habia mandado. Fue al monasterio do estaba la hermana de la Priora, cuyas memorias fueron representando de suerte á la suya su singular perfecion, hermosura, cortesia de palabras, discrecion, y la gravedad y decoro de su persona, juntamente con la prudencia con que le habia dado pie para que, sirviendola en aquella niñeria, la visitase, que con la bateria deste pensamiento se le fue aficionando en tanto extremo, que propuso descubrille muy de proposito el infinito deseo que tenia de servilla, luego que volviese á traelle la respuesta. Llegó con esta resolucion al torno del convento de la hermana; llamola, diole el papel y prisa por su respuesta, y ofreciosele cuanto pudo; y agradeciendo su termino doña Ines (que este era el nombre de la hermana de la Priora), diole la deseada respuesta á él, y á un paje suyo las curiosas flores de seda que pedia, compuestas en un açafate grande de vistosos mimbres. Volvió luego, contentisimo con todo, don Gregorio á los ojos de la discreta Priora, y llegando al torno de su convento y llamandola, pasó al mismo locutorio en que la habia hablado, por orden della, no poco loco del gozo que sintió su animo, por la ocasion que se le ofrecia de explicarle su deseo en la platica, que de proposito pensaba alargar para este efecto, como quien totalmente estaba ya enamorado della. Apenas entró en la grada el recien amartelado mancebo, cuando acudió á ella la Priora, diziendole: A fe, mi señor don Gregorio, que haze fielmente v. m. el ofizio de recaudero, pues dentro de una hora me veo con las deseadas flores, respuesta de mi hermana, y en presencia de v. m., á quien vengo á agradecer como debo tan extraordinaria diligencia. Señora mia, respondió él, por eso dize el refran: Al moço malo ponedle la mesa y enviadle al recaudo. Está bien dicho, replicó ella; pero ese proverbio no haze (á mi juizio) al proposito; porque ni á v. m. tengo por malo ni en esta grada hay mesa puesta, ni es hora de comer; si no es que v. m. lo diga (que á eso obligan esas razones) porque le sirva con algunas pastillas de boca ó otra niñeria de dulce; y si á ese fin se dirige el refran, acudiré presto á mi obligacion con grande gusto. No ha dado v. m. en el blanco, respondió don Gregorio; que sin que hable de pastillas ni conservas, sustentaré facilmente se halla y verifica en este locutorio cuanto el refran dize. ¿Como, respondió doña Luisa, me probará v. m. que es mal moço? Lo más facil de probar, dixo él, es eso, pues malo es todo aquello que para el fin deseado vale poco; y valiendolo yo para cosas del servicio de v. m., que es lo que más deseo, y á quien tengo puesta la mira, bien claro se sigue mi poco valor; y no teniendole, ¿que puedo tener de bondad, si ya no es que la de v. m. me la comunique, como quien está riquisima della y de perfeciones? Gran retorico, dixo la Priora, viene v. m., y más de lo que por acá lo somos para responderle; que, en fin, somos mugeres que no vamos por el camino carretero, hablando á lo sano de Castilla la Vieja; aunque, con todo, no dexaré de obligarle á que me pruebe como se salva lo que dixo, que dexó la mesa puesta cuando fue con el papel que le supliqué llevase á mi hermana, ya que aparentemente me ha probado que es mal moço. Eso, señora mia, respondió él, tambien me será cosa poco dificultosa de probar; porque donde se ve el alegria de los convidados y el contento y regocijo de los moços pereçosos, juntamente con el concurso de pobres que se llegan á la puerta, se dize que está ya la mesa puesta y que hay convite; lo mismo colegí yo del gozo que sentí cuando merecí ver esa generosa presencia de v. m., que se me ofrecia con ella, pues vi en ese bello aspecto, digno de todo respeto, una esplendidisima mesa de regalados manjares para el gusto, pues le tuve y tengo el mayor que jamas he tenido, en ver la virtud que resplandece en v. m., pan confortativo de mis desmayados alientos, acompañada de la sal de sus gracias, y vino de su risueña afabilidad; si bien me acobarda el cuchillo del rigor con que espero ha de tratar su honestidad mi atrevimiento, si ya esa singular hermosura, despertador concertado dél, no le disculpa. Quedosela mirando sin pestañear, dichas estas razones, saltaronseles tras ellas algunas lagrimas de los amorosos ojos, harto bien vistas y mejor notadas de doña Luisa, á cuyo coraçon dieron no pequeña bateria; aunque disimulandola, y encubriendo cuanto pudo la turbacion que le causaron, le respondió con alegre rostro, diziendo: Jamas pensara de la mucha prudencia y discrecion de v. m., señor don Gregorio, que, conociendome tantos años ha, pudiese juzgarme por tan bozal, que no llegue á conocer la doblez de sus palabras, el fingimiento de sus razones y la falsedad de los argumentos con que ha querido probar la suficiencia de mi corto caudal; mas pase por agora el donaire (que por tal tengo cuanto v. m. ha dicho); y pues tiene en esta casa prima de las prendas de doña Catalina, que le desea servir en extremo, no tiene que pretender más, pues cuando lo haga no sacará de sus desvelos sino un alquitran de deseos dificiles de apagar si una vez cobran fuerça, pues la mesma imposibilidad les sirve á los tales de ordinario incentivo, en quien se ceban, pues de contino el objeto presente, que mueve con más eficacia que el ausente á la potencia muestra la suya cuando lucha con los imposibles que tenemos las religiosas. Con esto (pues v. m. me entenderá como discreto) pienso he bastantisimamente satisfecho á las palabras y muestras de voluntad de v. m.; y con ello se despide la mia; pero no de que me mande cosas de su servicio, más conformes á razon y de menos imposibilidad; que haziendolo, podrá v. m. acudir una y mil vezes á probar las veras de mi agradecimiento; y cuando las ocupaciones de mi ofizio me tuvieren ocupada, no faltaran religiosas de buen gusto que no lo estén para acudir en mi lugar á servir y entretener á v. m. Habia estado don Gregorio oyendo esta despedida equivoca con estraña suspension, mirando siempre de hito en hito á quien se la daba; y desocupado de oir, respondió agradecia mucho la merced que se le hazia, pues cualquiera, por pequeña que fuese, le sobraba; pero que entendia quedaba de suerte con la llaga que la vista de sus blancas tocas y bellisimo rostro (manteles ricos de la mesa que de sus gracias habia puesto á su voluntad) le habia causado, que tenia su vida por muy corta si su mano, en quien ella estaba, no le concedia algun remedio para sustentarla. Despidiose la Priora tras esto dél, diziendole se reportase, y fiase lo demas del tiempo y de la frecuencia de las visitas, para las cuales de nuevo le daba licencia. Volviose don Gregorio á su casa tan enamorado de doña Luisa, que de ninguna manera podia hallar sosiego: acostose sin cenar, lamentandose lo más de la noche de su fortuna y de la triste hora en que habia visto el bello angel de la Priora, la cual luego tambien que se apartó dél se subió con el mismo cuidado á su celda, do començó á revolver en su coraçon las cuerdas razones que don Gregorio le habia dicho, las lagrimas que en su presencia y por su amor habia derramado, la aficion grande que le mostraba tener, y el peligro de la vida con que á su parecer iba si no le hazia algun favor; y el ser él tan principal y gentil hombre, y conocido suyo desde niño, ayudó á que el demonio (que lo que á las mugeres se dize una vez, se lo dize á solas él diez) tuviese bastante leña con ello para encender, como encendió, el lascivo fuego con que començó á abrasarse el casto coraçon de la descuidada Priora; y fue tan cruel el incendio, que pasó con él la noche con la misma inquietud que la pasó don Gregorio, imaginando siempre en la traça que tendria para declararle su amoroso intento. Venida la mañana, baxó luego con este cuidado al torno, y llamando una confidente mandadera, le dixo: Id luego á casa del señor don Gregorio, primo de doña Catalina, y dezidle de mi parte que le beso las manos, y que le suplico me haga merced de llegarse acá esta tarde; que tengo que tratar con él un negocio de importancia. Fue al punto la recaudera, cuyo recado recebió don Gregorio con el gusto que imaginar se puede, asentado en la cama; de la cual no pensaba levantarse tan presto, y dixo á la muger: Dezid á la señora Priora que beso á su merced las manos, y que me habeis hallado en la cama, en la cual estaba de suerte, que, á no mandarmelo su merced, no me levantara della en muchos dias, porque el mal con que sali de su presencia ayer tarde me ha apretado esta noche con increible fuerça; pero ya con el recado cobro la necesaria para poder acudir, como acudiré á las dos en punto, á ver lo que manda su merced. Fuese la mandadera, y quedó el amante caballero totalmente maravillado de aquella novedad, y no sabia á que atribuirla: por una parte consideraba el rigor con que el dia pasado le habia despedido; y por otra, el enviarle á llamar tan de prisa para comunicarle (como la mandadera le habia dicho) un negocio de importancia, le aseguraba ó prometia algun piadoso remedio. Aguardaba con sumo deseo el fin de la visita, y llegada la hora de hazella, fue puntualisimamente al convento; y avisando en el torno, y cobrada respuesta en él de que pasase á la grada, fue á ella, do estuvo esperando á que la Priora saliese, haziendosele cada instante de su tardanza un siglo; pero salió dentro de breve rato, risueña y con muestras de mucha afabilidad, diziendole, no sin turbacion interior: No quiere tan mal á v. m. como piensa, mi señor don Gregorio, quien le ha enviado á llamar en amaneciendo con tanto cuidado; pero hanmele causado tan grande las muestras de indisposicion con que v. m. se fue anoche, que temiendo no naciese ella del cansancio tomado en ir y venir del convento de mi hermana á este á mi cuenta, me ha parecido quedaba tambien á ella el saber, lo uno de su salud, y lo otro el divertille esta tarde de la pasada melancolia, causada de mi inadvertencia; que sin duda de la que debi tener en el hablar tomó v. m. ocasion para dezirme aquellas tan amorosas cuanto estudiadas razones con que pretendió darme á entender, á vueltas de aquellas fingidas lagrimas, le desvelaban mis memorias y enamoraban mis cortas prendas; pero no le ha salido mal el intento, si le tuvo de obligarme con eso á que le enviase á llamar, pues en efecto ha salido con él; y si ese ha sido el artificio motriz de aquel fingimiento, digame v. m. agora sin él, pues me tiene presente, su pretension; que para ello le da cumplidisima licencia mi natural vergüença, pues (como dizen) el oir no puede ofender; y hago esto porque, como me dixo v. m. al despedirse, habia yo de ser causa de su temprana muerte, no me ha parecido debia dar lugar á que el mundo me tuviese por homicida de quien tantas partes tiene, y es por ellas digno de vivir los años que mi buen deseo suplica á Dios le dé de vida, confiada en que no perderemos nada los desta casa en que la tenga larguisima quien tan bienhechor es della. Respondiole don Gregorio, cobrando un nuevo y cortes atrevimiento, diziendo: Ha sido tan grande, señora mia, la merced que hoy se me ha hecho y va haziendo agora, y hallome tan incapaz de merecerla, que me parece que aunque los años de mi vida llegasen á ser tantos cuantos prometen los nobles y religiosos deseos de v. m., no podia pagar en ellos, por más que los emplease en servicio de esta casa, la minima parte della; pero ya que no la puedo pagar con caudal equivalente, pagarela, á lo menos, con el que agora corre entre discretos, que es con notable agradecimiento y confesion de perpetuo reconocimiento; aunque quiero que v. m. entienda (y esto sabe el cielo cuanta verdad es) que si no acudiera con la brevedad que acudió con el recaudo y esperanças de su visita, ya no la tuviera yo, ni vida con ella, á la hora presente, segun me apretaba la pasion amorosa que las gracias de v. m. me causan; pero ya de aqui adelante pretendo mirar por mi vida, para tener siquiera qué emplear en servicio de quien tan bien sabe darmela cuando menos la confio; y porque acabe de conocer proseguirá v. m. el hazermela, quiero atrevidamente pedir otra de nuevo, confiado en lo que acaba de dezir, de que gusta de mi vida. Veamos, dixo la Priora, que cosa es, y conforme á la peticion, se podrá facilmente juzgar si será justo concederla ó no: diga v. m. Yo, señora, no pido nada, replicó él; que no querria me sucediese lo de anoche, de dar pesadumbre á v. m. Sin duda, dixo ella, que debe de ser, segun se le haze de mal el dezirlo, algun pie de monte de oro. No es, respondió don Gregorio, sino una mano de plata (que tales son las blanquisimas de v. m.) para besarla por entre esta reja. Aunque haya sido atrevimiento, señor don Gregorio, replicó la Priora, no dexaré de usar desa llaneza y libertad, por haberlo prometido;—y sacando de un curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de contento, la besó, haziendo y diziendo con ella mil amorosas agudezas, y ella le dixo: Agora ¿estará v. m. contento? Estoylo tanto, replicó el nuevo amante, que salgo de juizio, pues con esto cobro nueva vida, nuevo aliento, nuevo gozo, y sobre todo, nuevas esperanças de que se lograrán más de cada dia las mias; y asi podré dezir está todo mi ser en la mano de v. m., en la cual, como pongo los ojos, pongo y pondré mientras viva mis deseos y memorias. Pues, señor don Gregorio, dixo doña Luisa, ya no es tiempo de disimulacion ni de que v. m. ignore que si me ama con las veras que finge, no haze cosa que no me la deba; y si he disimulado hasta agora, ha sido no con poca violencia de mi voluntad; pero forçabanla el ser muger y religiosa y cabeça de cuantas lo son en esta grave casa, y tambien que deseaba enterarme y ver si la perseverancia confirmaba los asomos del amor que con palabras y lagrimas me començó á mostrar; pero ya que mi ceguera me obliga á que crea lo que tan dificil es de averiguar, digo que soy contentisima de que todos los dias me visite, y aun le suplico lo haga, variando las horas para mayor disimulacion; y advierta v. m. hago más en confesarme ciega y amante, que en cuanto tras eso diere lugar á v. m., pues el mayor imposible que sentimos las mugeres es el haber de otorgar amamos á quien con sola esa confesion suele tomar animo para condenarnos á perpetuo desprecio y desesperados celos: ¡plegue á Dios no me suceda á mí asi! Libertad terná v. m. de hablarme sin impedimento; que el ser priora me da aquella y me quita estos; y crea v. m. que perseverando, pienso serle autora de mayores servicios; y baste por agora, y v. m. se vaya; que quedo confusisima de mi determinacion y de la poca fuerça que en mí siento para resistir á mayores baterias; y lo demas quede para otro dia. Despidieronse con esto, quedando los dos tan enamorados como dirá el suceso del verdadero cuento. Luego començaron á andar los recaudos, los billetes, y á frecuentarse las visitas, enviandose regalos y presentes de una parte y otra con tanta frecuencia, que ya daban de sí no poca nota; si bien, como todos veian la autoridad de la Priora, no reparaban tanto en ello como fuera razon. Duroles este trato por más de seis meses, hasta que, estando los dos un dia hablando en el locutorio, començó don Gregorio á maldezir las rejas, que eran estorbo de que él gozase del mejor bien que gozar podia y deseaba; y lo mesmo dezia ella; que era de suerte su amor, y estaba tan perdida por el moço, y tan otra de lo que solia, y era tan frecuentadora de billetes y ternuras, que hasta el mismo don Gregorio se espantaba de verla tal; y fue de manera, que ella fue quien dió principio á su misma perdicion, pues le dixo esa mesma tarde: ¿Es posible, señor, que mostrandome el amor que me mostrais, seais tan pusilanime y tan para poco, que no deis traça de entrar de noche por alguna secreta parte adonde podamos gozar ambos sin çoçobras el dulce fruto de nuestros amores? ¿No advertis que soy priora y que tengo libertad para poderlo hazer con el debido secreto? Yo, á lo menos, de mi parte, si vos os disponeis para ello, harto bien traçado lo tengo con mi deseo y facilitado con vuestra cobardia; y aun si no fuera ella tanta, podriais sacarme de aqui y llevarme adonde os diese gusto, pues vivo y estoy en todo dispuesta de seguir el vuestro. Maravillado don Gregorio desta determinacion, la respondió: Ya, prenda mia, os he dicho muchas vezes que estoy aparejado para todo aquello que fuere de vuestro entretenimiento y regalo; y asi, pues me enseñais lo que debo hazer, será el negocio desta manera. Yo tomaré dos caballos de casa de mi padre, recogiendo juntamente della todo el más dinero que pudiere, y vendré á la media noche por la parte del convento que mejor y más secreto os pareciere; y saliendo dél, subireis en el uno, yo en el otro, y asi nos iremos juntos á media posta á algun reino estraño, donde, sin ser conocidos, podremos vivir todo el tiempo que nos diere gusto; y vos, pues teneis las llaves del dinero, plata y depositos deste convento, podreis tambien recoger la mayor suma de cosas de valor que podais, para que vamos asi seguros de no vernos jamas en necesidad. Asi me parece bien, replicó ella, que se debe hazer. Quedaron desde luego de concierto de que su ida fuese á la una de la noche del siguiente domingo, despues de dichos los maitines, hora en que el galan sin falta estaria aguardando á la puerta de la iglesia con los caballos; que pues ella se quedaba las noches con las llaves de casa, facilmente podria abrir la sacristia, y salir por ella al dicho puesto por la puerta principal de la iglesia, con presupuesto de caminar la misma noche diez ó doze leguas á toda deligencia, para que cuando los echasen menos fuese más dificultoso el hallarlos. Con este concierto y con el de que don Gregorio le enviaria bien envueltos, como si fuese colgadura, unos curiosos vestidos de dama con que saliese, se despidieron; y en haziendolo, començó la Priora á dar orden en su partida, cosiendo en un honesto faldellin que habia de llevar debaxo, las doblas que pudo recoger, que no fueron pocas, poniendo en una bolsa otra gran cantidad de moneda de plata, para llevarla más á mano; de suerte que sacó del convento entre moneda y joyas más de mil ducados. La mesma prevencion hizo don Gregorio, el cual, contrahaziendo las llaves de ciertos cofres de su padre, sacó dellos más de otros mil ducados, sin otra gran cantidad de dineros que pidió prestados á amigos; que con la confianza de que era hijo unico y mayorazgo de caballeros de más de tres mil de renta, fue facil hallar algunos que se los prestasen. Llegado el concertado domingo, á las doze de media noche, hora de universal silencio por la seguridad que dan los primeros sueños, que, por serlo, son más profundos, se baxó don Gregorio con la aprestada maleta de lo que habia de llevar, á la caballeriza, y ensillando en ella dos de los mejores caballos, sin ser de nadie sentido se salió de casa, y fue al monasterio, do estuvo aguardando en la puerta de la iglesia á que su querida doña Luisa saliese, la cual, acabados los maitines, se volvió á su celda, y quitandose en ella los habitos, se vistió las ropas de secular que don Gregorio le habia enviado, y tenia en un arca, como queda dicho; y poniendo las de religiosa sobre una mesa, y dexando alli una bien larga carta escrita de la causa que sus amores le dieron para irse (como se iba) con don Gregorio, dexó, ni más ni menos, alli una vela encendida, con el breviario y rosario, de quien siempre habia sido devotisima, y por él lo habia sido en sumo grado de la Virgen, señora nuestra, toda su vida; y tomando tras esto un gran manojo de llaves, las cuales eran de toda la casa y de la iglesia, se salió de la celda lo más pasito que le fue posible, y se fue por el claustro, y baxó á la sacristia; y abriendola sin ser sentida, salió al cuerpo de la iglesia con las llaves en la mano; y habiendo de pasar al salir della por delante de un altar de la Virgen benditisima, de cuya imagen era particular devota, y le celebraba todas las fiestas suyas con la mayor solenidad y devocion que podia, á la que llegó delante della, se hincó de rodillas, diziendo con particular ternura interior y notable cariño de despedirse della, privandose del verla, porque era la cosa que más queria en esta vida: Madre de Dios y Virgen purisima, sabe el cielo y sabeis vos cuanto siento el ausentarme de vuestros ojos; pero estan tan ciegos los mios por el moço que me lleva, sin hallar fuerças en mí, con que resistir á la pasion amorosa que me lleva tras sí, voy yo tras ella sin reparar en los inconvenientes y daños que me estan amenaçando; pero no quiero emprender la jornada sin encomendaros, Señora, como os encomiendo con las mayores veras que puedo, estas religiosas que hasta ahora han estado á mi cargo: tenedle pues dellas, Madre de piedad, pues son vuestras hijas, á las cuales yo, como mala madastra, dexo y desamparo: amparadlas, digo, Virgen santisima, por vuestra angelica puridad, como verdadero manantial de todas las misericordias, siendo como sois la madre de la fuente dellas: de Cristo, digo, nuestro Dios y Señor. Volved y mirad, os suplico otra vez, en mi lugar, por estas siervas vuestras que aqui quedan, más cuidadosas de su limpieza y salvacion que yo, que voy despeñandome tras lo que me ha de hazer perder lo uno y lo otro, si vos, Señora, no os apiadais de mí; pero confio que lo hareis, obligada de vuestra inexplicable y natural piedad y de la devocion con que siempre he rezado vuestro santisimo rosario. Y dicha esta breve oracion, y hecha tras ella una profunda reverencia á la imagen, abrió el postigo de la iglesia, y abierto, se volvió á dexar las llaves delante del dicho altar de la Virgen, tras lo cual se salió á la calle, entornando tras sí la puerta. Apenas estuvo fuera della, cuando le salió al encuentro don Gregorio, que la estaba aguardando hecho ojos, y tomandola en braços (tras haberla tenido un breve rato entre los suyos amorosos haziendo desenvolturas que el recelo de no ser vistos le consintió), la subió en el caballo que le pareció más manso, con que començaron luego á caminar de suerte que los vino á tomar el dia seis ó siete leguas lexos de adonde habian salido; y en el primer lugar se proveyeron de todo lo necesario tocante á la comida, con fin de no entrar en poblado, si no fuese de noche, para hurtar asi el cuerpo á la mucha gente que tenian por sin duda iria en su busca. En efeto, señores, que aquella habia profesado y prometido castidad á Dios, y la habia guardado hasta entonzes con notables muestras de virtud, permitiendolo asi su divina Magestad por su secreto juizio y por dar muestras de su omnipotencia (la cual manifiesta, como canta la Iglesia, en perdonar á grandes pecadores gravisimos pecados), y por mostrar tambien lo que con él vale la intercesion de la Virgen gloriosisima, madre suya, y con cuantas veras la interpone ella en favor de los devotos de su santisimo rosario, la perdió por un deleite sensual y momentaneo, yendo á rienda suelta por el camino fragoso de sus torpezas, olvidada de Dios, de su profesion y de todos los buenos respetos que á quien era debia. Mas no hay que maravillarse hiziese esto, dexada de la mano de Dios, pues, como dize san Agustin, más hay que espantarse de los pecados que dexa de hazer el alma á quien desampara su divina misericordia, que de los que comete; que eso, dize David, vozean los demonios, enemigos de nuestra salvacion, al hombre que llega á tal miseria tomando animo por ello de perseguirle, y prometiendose vencerle en todo genero de vicios: Deus dereliquit eum: persequimini et comprehendite eum, quia non est qui eripiat. Continuaron su camino los ciegos amantes, con los justos miedos y sobresaltos que imaginar se pueden de quien anda en desgracia de Dios, algunos dias, sin parar jamas hasta que llegaron á la gran ciudad de Lisboa, cabeça del ilustre reino de Portugal. Alli pues hizo don Gregorio una carta falsa de matrimonio, y alquilando una buena casa, compró sillas, tapices, bufetes, camas y estrado con almohadas para su dama, con el demas ajuar necesario para moblar una honrada casa, comprando juntamente para el servicio della un negro y una negra: cargó tras esto de galas y joyas para adorno suyo y de su bella doña Luisa. Pasaron la vida muchos dias, acudiendo en aquella ciudad á todo cuanto apetecian sus ciegos sentidos, como fuese de entretenimiento, disolucion y fausto, sin perder fiesta ni comedia la gallarda forastera (que asi la llamaban los portugueses) de cuantas en Lisboa se hazian. Paseaba tambien sus calles don Gregorio de dia, ya con una gala y caballo, y ya con otro, gozando sin escrupulo ninguno de conciencia de aquella pobre apostata perlada, olvidado totalmente de Dios y sin rastro de temor de su divina justicia; porque, como dize el Espiritu Santo por boca de Salomon, lo que menos teme el malo cuando llega á lo ultimo de su maldad, es á Dios. Dos años estuvieron en Lisboa los ciegos amantes, gastandolos en la vida más libre y deleitosa que imaginarse puede, pues todo fue galas, convites, fiestas, y sobre todo juegos, á que don Gregorio se dió sin moderacion alguna.

CAPITULO XVIII

En que el ermitaño cuenta la baxa que dieron los Felizes Amantes en Lisboa por la poca moderacion que tuvieron en su trato.

Es infalible que se llegue al cabo de adonde se saca algo (como dize el refran) y no se echa. Digolo, señores, porque, como dieron tanta prisa las libertades de don Gregorio y sus juegos, y las galas de su doña Luisa y sus saraos, á desembolsar los dineros que habian traido de su tierra, sin que de ninguna parte ni de ningun modo les viniese ganancia, començaron al cabo de los dos años dichos á echar de ver ambos se iban empobreziendo; y hizieronlo tan por la posta, que en breve les fue forçoso vender las colgaduras y aun muchas ó todas las joyas de casa, tras lo cual vendió él tres ó cuatro caballos que tenia; pero remediose poco con su venta, porque con el dinero que sacó della, codicioso de ganar ó picado de lo perdido, se fue á una casa de juego, do tras perderle todo, vino á perder hasta un famoso ferreruelo que traia, siendole necesario detenerse hasta la noche sin volver á su casa, porque no le viesen los que le conocian, ir (como de hecho fue) en cuerpo por las calles; y llegando apesarado, corrido, pobre y sin capa á los ojos de su doña Luisa, que le aguardaba con harta necesidad, no tuvo animo la triste dama de reprenderle su inconsideracion, temerosa de no darle materia para que la dexase ó hiziese alguna baxeza; antes consolandole, dió orden de que vendiesen los negros, como lo hizieron; pero acabaronse presto los dineros que sacaron dellos, parte con el gasto ordinario, y parte con los escesos del juego de don Gregorio, que eran grandes (quiçá por permision divina, para reducirlos á su conocimiento, mediante la necesidad), y llegaron al cabo á verse tales, que ni prenda que empeñar, ni pieça que vender tuvieron: con que el dueño de la casa, conociendo el peligro que corria la cobranza de sus alquileres, dió orden de executarlos por ellos si no le daban por seguro algun abonado fiador: fueles imposible hallarle; y asi, hubo el galan de rematar con los vestidos de su doña Luisa, á la cual viendo llorosa, desnuda, corrida y medio desesperada, dixo el prodigo moço un dia: Ya veis, mi bien, lo que pasa y cuan imposible nos es vivir en esta ciudad sin notable nota della y vergüença nuestra, por ser tan conocidos de la gente principal, de quien no tengo cara para ampararme. Muy sin consideracion hemos andado en gastar tan sin tino lo que de nuestras tierras sacamos, y sin mirar en lo que adelante nos podia suceder; pero pues para lo hecho no hay remedio, pareceme que lo que agora debemos hazer, previniendo mayores daños, es, que pues nos vemos tales, nos salgamos una noche, sin ser vistos, de Lisboa, y vamos á dar cabo á la primer ciudad de Castilla, que es Badajoz, do, por no conocernos ni habernos visto con la pompa y fausto que los de Lisboa, podremos pasarlo mejor y con menos gasto; que pues vos teneis tan buenas manos para cosas de labor, facil será el ganar con ellas con que moderadamente vivamos, ya enseñando á labrar á algunas niñas, y ya labrando para otros. Respondiole con no pocas lagrimas y sentimiento la triste dama que hiziese della cuanto fuese de su gusto, pues estaba ya dispuesta á seguirle en todo sin contradizion alguna. Salieronse, cual pueden pensar vs. ms., de la gran Lisboa, haziendo su viage á pie y sin más provision ni ropa que la que llevaban á cuestas, yendo sin espada y en cuerpo don Gregorio, por la perdida que habia hecho de su capa en el juego; pero lo que él más sentia era verse imposibilitado de poder llevar á caballo á su doña Luisa, que por la aspereza de los caminos y delgadeza de sus pies, los llevaba abiertos y cribillados, por ir, como iba, con pobrisimo calçado, y necesitada, en fin, de pedir limosna por las puertas de las casas de los pueblos por donde pasaba, como tambien lo iba haziendo él, llenas sus plantas de vejigas. Llegaron al cabo de algunos dias á Badajoz despeados, do llegando, les fue forçoso irse á alojar por su gran pobreza al hospital; que era tanta, que si algunos compasivos pobres dél no les dieran de los mendrugos que por las casas habian recogido de limosna, quedaran la noche que llegaron, sin cenar. Aqui fue el llorar, hecha otro hijo prodigo, de la afligida doña Luisa, y el considerar la abundancia que tenia en el monasterio de donde era priora; aqui el arrepentirse de haber salido tan inconsideradamente dél con don Gregorio, con tan grave ofensa de Dios y tan en deshonra de los linajes de entrambos; aqui, finalmente, el solloçar por la perdida de la irrecuperable joya de la virginidad. Pasó la noche, en efeto, la aburrida señora lamentando con estraño sentimiento su desventura, tanto, que el afligido don Gregorio no le osaba hablar; antes corridisimo y melancolico, se estaba escuchandola en un rincon del mismo aposento; y si algo dezia, era tambien endechas y pesares por los que padecia y esperaba padecer, sin esperanças de poder volver en toda su vida á su tierra, en la cual era rico y regalado mayorazgo: con cuya consideracion y con la que tenia del sentimiento de sus padres, deudos y amigos, arrancaba de rato en rato un doloroso suspiro del centro de su afligida alma, con que enternecia las piedras, maldiziendo su desconcierto, ciega determinacion, locos amores y á los infernales gustos, y finalmente la primer vista de quien habia sido causa total de tan fatales principios y del fin peligroso que ellos las vidas de su cuerpo y alma amenazaban. Pasada la noche en estas ocupaciones y sentimientos, y venida la mañana, entró en el hospital un caballero mancebo, á quien tocaba reconocer aquella semana que gente habia entrado y dormido en él; que para no dar lugar á que se poblase de vagamundos tenia esta cuerda providencia aquella ciudad, de tener administradores que por semana visitasen los peregrinos y se informasen de sus necesidades; y llegandose á doña Luisa, luego que la vió moça y hermosa, aunque mal vestida, le preguntó que de donde era; y respondiendo ella con muestras de vergüenza que de Toledo, replicó él si conocia á tales y tales personas bien señaladas en dicha ciudad: respondió la dama luego que no, porque habia mucho tiempo que habia salido de allá. Estando en esta platica, se les juntó don Gregorio, diziendo: Esta muger, señor mio, es natural de Valladolid, y es mi esposa. ¿Pues para que, dijo el caballero, es menester mentir aqui? Muestrenme acá la carta del casamiento; porque, si no son marido y muger, seran muy bien castigados. Sacó luego su carta falsa don Gregorio, y enseñosela, de la cual el caballero quedó satisfecho, y les preguntó que adonde caminaban; porque alli no podian estar más de solo un dia. Respondió don Gregorio que venian á aquella ciudad de asiento para vivir en ella. ¿Pues que ofizio teneis? replicó el administrador. Respondiole que no tenia ofizio; pero que su muger era labrandera, y queria alli, habiendo comodidad, enseñar á labrar algunas niñas. De suerte, dixo el caballero, que ella os ha de sustentar á vos: harto trabajo tendreis ambos: con todo, por amor de Dios os llevaré hoy á mi casa, y os daré en ella de comer hasta buscaros alguna comodidad con que vos y vuestra muger, que parece honrada, podais vivir en esta tierra. Mandó tras esto á un paje que los llevase á su casa: agradecieronselo mucho ellos; y por el camino, preguntando por las prendas de quien tanta merced les hazia, respondió el paje que era un mancebo rico y tan caritativo, que hazia los más de los dias muchas limosnas; y asi, que confiasen que él sin duda les buscaria adonde pudiesen vivir, y aun si fuese menester les pagaria el alquiler de la casa; nueva fue esta que les dió á ambos notable contento. El caballero les buscó, en saliendo del hospital, una razonable posada en que vivian unas costureras, y les hizo dar alquiladas una buena cama y algunas alhajas de casa, saliendo él á pagar el alquiler de todo cuanto los huespedes para quien habia de servir, no le pagasen. Hecha esta diligencia, se fue á mediodia á su posada, en la cual les hizo dar bien de comer, y en comiendo, les llevó él proprio á la que les habia buscado, donde le besaron las manos por ello y por un real de á ocho que les dió de limosna, con que pasaron aquella noche razonablemente. A la mañana començó doña Luisa á preguntar á aquellas vecinas que quien le daria que labrar; porque ella no conocia á nadie en aquella ciudad; las cuales la respondieron: Nosotras, con ser naturales de aqui y hazer, como dizen, pajaritos de nuestras manos, morimos de hambre: mirad que hareis, señora, vos venida de ayer acá. A la fe, hermana mia, que habeis llegado á muy ruin puesto para ganar de comer, como os enseñará la experiencia. Con todo eso, para dos ó tres dias, dixo la una, yo os daré con que ganeis siquiera para pan. Agradecioselo ella, y començó á labrar en cierta obra que le puso en las manos, quedandose don Gregorio en la cama, pensando pasar mejor la hambre en ella que paseando. Esa mesma mañana se llegó el caballero, despues de haber visitado el hospital, á saber de los dos forasteros; y hallando acostado á don Gregorio, le dixo: ¿Que es, gentil hombre? ¿Como va? ¿Adonde está vuestra muger? Bien hasta agora me va, respondió el, y ahi con la vecina está mi muger, por quien pregunta v. m., á quien suplico no se espante de no hallarme levantado; que el no tener andrajo de çapatos me obliga á ello. No será tanto esa la causa, dijo el administrador, cuanto poltroneria. Y volviendo las espaldas, se salió á ver á doña Luisa, y sentandose en un taburete junto á ella, se la puso á mirar de proposito á las manos y rostro; y reparando en sus facciones y en la modestia con que estaba, le pareció la más hermosa muger y más digna de ser amada que en su vida hubiese visto. Aficionosele luego; que es imposible dexe la voluntad de amar á aquello que se le representa vestido de bondad, hermosura ó gusto; y rendido ya á sus partes, le preguntó con muestras de aficion por su nombre y la causa por que habia dexado su patria. Respondió ella sin levantar el rostro, con alguna turbacion, que se llamaba doña Luisa, y que por haber sucedido cierta desgracia á su marido en Valladolid, habian salido ambos huyendo á uña de caballo (cosa que le pesaba confesar, y que por no hazerlo, habia dicho al principio que eran de Toledo), y habiendo dado cabo en Lisboa, habian vivido alli dos años, en el cual tiempo habian gastado no poca suma de dinero que consigo habian traido. Por cierto, señora doña Luisa, que siento en el alma (dixo el caballero) veros empleada en quien tan poco os merece, como este picaronazo de vuestro marido, pues por una parte os veo hermosa y discreta, y considero por otra que él os ha de consumir y gastar lo poco que aqui ganaredes: con todo si quereis hazer por mí lo que os suplicare, os juro á fe de caballero de remediaros y favoreceros á ambos en cuanto pudiere, pues no puedo negar sino que os he mirado con buenos ojos, y de suerte estan los mios enamorados de los vuestros, que ya vivo con deseo intenso de serviros y agradaros en cuanto pudiere; y asi, desde luego os suplico me mandeis todo lo que fuere de vuestro gusto; que á todo acudirá el mio, sin querer mis fieles deseos más premio que verse admitidos de vuestra memoria, pues con solo esa gloria juzgaré verme en la mayor que puedo desear. No perdais, bellisima forastera, la ocasion que á vuestras desdichas ofrece en mis dichosos cuidados la fortuna, y advertid no es cosa que os pueda estar mal el hazerme merced. Agradezco cuanto puedo, señor, respondió ella, la que ese valor me ofrece, sin haberle yo servido ni merecido; pero siendo muger casada y estando mi marido presente, en gravisimo yerro y peligro caeria si le ofendiese; y asi por esto, y, lo más principal, por lo que debo á Dios y á mi misma, suplico á v. m. desista de tal pretension; y en cuanto no tocare á ella, mandeme; que en todo verá mi debido agradecimiento. Miradlo, señora, bien, dixo el mancebo; que yo me encargo en dar orden como vuestro marido no lo sepa ni entienda; y veis aqui por agora ese doblon para que ceneis esta noche; que dobles os los daré las que vinieren, como gusteis emplearlas en darme gusto, y no le tendré hasta que mañana me deis la respuesta que deseo; y me le puede solo causar el ser ella cual mi fe merece y esa beldad asegura. Constreñida doña Luisa de la necesidad, que es poderoso tiro para derribar las flacas almenas de la mugeril vergüença, tomó el doblon, dandole por el no pocas gracias ni pocas esperanças con recebirle, pues siempre quien lo haze se obliga á mucho. Levantose tras esto el administrador, y llamó aparte á la vecina más vieja de la casa y le dixo: Si acabais con doña Luisa que corresponda á mis ruegos y acete mis ofertas, os prometo, á ley de quien soy, de daros una saya de famoso paño, sin otras cosas de consideracion; pero eso rogadselo y persuadidselo con las mayores veras que pudieredes; y si salis con la empresa, venid volando con la nueva á mi casa; que della llevareis al punto las ofrecidas albricias. Asegurole la astuta tercera serlo con las veras que dirian las obras; y llegandose el caballero, oida esta respuesta, á la descuidada dama, le asió la mano y se la besó, sin que lo pudiese ella impedir, partiendose luego. Començó, tras su ida, la solicita vieja á persuadir eficazmente á la perplexa señora, por saber ella más de estos ensalmos que de los salmos de David; y fue de suerte la bateria que le dió, que convencida della doña Luisa, le vino á responder que, como el negocio fuese secreto, procuraria servir cuanto pudiese á aquel caballero, con tal que él hiziese tambien por ella lo que le habia ofrecido: encargose la vieja, agradecida á la respuesta, de tratar el negocio con igualdad y satisfaccion de ambas partes, como el efeto mostraria. Entrose doña Luisa en su cuarto, por ser hora de comer, do contó punto por punto á don Gregorio cuanto con el caballero le habia pasado; el cual le respondió que, atento que padecian extrema necesidad y que era imposible remediarla por otro camino, que condescendiese con su gusto; que para todo daba su consentimiento y daria el lugar necesario, con tal que le sacase cuanto pudiese, asi en dineros como en joyas, fingiendo siempre temor y recelo, y encargandole el secreto. Ya en esto habia ido corriendo la vieja á ganar las albricias del enamorado caballero; y teniendolas, y concertado con ella tratase con doña Luisa, se viesen la siguiente noche donde y como ella mandase, se efetuó todo asi; porque, fingiendo don Gregorio salirse de la ciudad, dió ella entrada en su propria casa al caballero, el cual durmió con ella aquella y otras noches, dandole dineros y todo lo necesario para su sustento y reparo, con que pudieron ambos vertirse razonablemente. Publicose el negocio, con escandalo del pueblo; que de ver el toldo de la dama, la bizarria de don Gregorio y la familiaridad con que trataba con el caballero, frecuentando las entradas de casa el uno del otro (que todo lo allanó el gusto del natural y necesidad del forastero), nació el echar de ver todos tenia tienda la forastera de entretenimientos, la cual aumentó la ocasion de la murmuracion con el engalanarse, ponerse á la ventana y gustar de ser vista y visitada, todo con consentimiento de don Gregorio; que ya no se le daba nada del medrar á costa de la votada honestidad (pero profanada escandalosamente) de la ciega religiosa, de quien de nuevo començaron á picarse otros tres mancebos ricos de la ciudad, admitiendo sus presentes billetes y recados la dama, sin reparar en comprarlos á costa de su honra. Llegó el negocio á termino que una noche, encontrandose todos en su calle, trabaron celosos una tan cruel pendencia, que della salió muerto un hijo de vecino principal: prendió luego la justicia por indicio á todos los de la riña, depositando á doña Luisa en casa de un letrado; y al cabo de un mes que corrió la causa, no pudiendose averiguar quien fuese el homicida, los sacaron á todos en fiado, dandoles la ciudad por carcel. Don Gregorio fue quien peor libró, pues salió el postrero della, con sentencia de destierro perpetuo de Badajoz y su tierra; y hubiera de salir á la vergüença por las calles, si la buena diligencia del administrador, su amigo, no lo remediara con dinero: diole, en viendole libre, todo lo que fue necesario para salirse de la ciudad y irse á la de Merida, do le aconsejó se entretuviese regalando un par de meses, mientras él en ellos negociaba se le alçase el destierro, ofreciendole se encargaba de mirar en ellos por doña Luisa como si fuera su propria hermana. Acetó de muy buena gana don Gregorio el partido, porque vió en él la puerta abierta para hazer lo que pretendia, que era dexar á doña Luisa, de quien ya estaba cansado, y arrepentido de la locura que habia hecho de encargarse de tan impertinente carga; temiendo, si perseveraba en tal vida, no lo viniese á ser él de algun burro por las calles publicas de algun pueblo, ó de alguna horca si se descubria su delito: con todo, disimuló con ella, de quien se despidió encargandole el recato y honestidad, y la deligencia en procurar se le alçase el destierro, ó se fuese tras él á Merida, do la esperaria, si no se podia negociar. Toda esta platica pasó delante del administrador, que gustaba ya de verle ausente, no menos que la dama, que deseaba lo mismo por tener más libertad para sus disoluciones: todos, en efeto, deseaban una misma cosa, aunque por diferentes fines. Tomó don Gregorio de mano de su amigo más de quinientos reales, y con ellos y muy bien vestido se salió de Badajoz á pie para Merida, ciudad que dista poco della. Par Dios, dixo Sancho, que eso de badajos y esotro que por su mal olor no lo oso nombrar, declaran bien cuan gran puerco y badajo era ese don Gregorio, que dexó la monja entre tantos cuervos ó demonios: el tuerto desa pobre señora, mi señor don Quixote, será bien deshazer, pues ganariamos en ello las catorze obras de misericordia; y más le digo, que si quiere ir luego allá, le acompañaré de muy buena gana, aunque sepa perder ó dilatar la posesion del gobierno de la gran insula y reino de Chipre, que me toca por linea recta en virtud de la palabra de v. m. y de la muerte que ha de dar al soberbio Tajayunque, su rey, cuyo guante traigo bien guardado en esta maleta. No se le encaxaba mal á don Quixote el consejo de Sancho, y ya con él se le començaban á levantar la mollera, de suerte, que si los circunstantes, que gustaban infinito de saber el fin del cuento, no le apaciguaran con buenas razones, echara el bodegon por la ventana, y se fuera luego de alli, dexandoles en porreta; pero diziendole el soldado Bracamonte que en acabando de oir donde y como quedaba aquella señora, le daba palabra de irle á acompañar en tan santa empresa (pues no teniendo noticia más clara de sus cosas y sucesos, no le parecia acertado hacer la jornada, porque podria ser que cuando ellos llegasen á Badajoz ya ella estuviese en otra parte), se sosegó don Quixote, y ofreció grata atencion á todo, obligandose á hazer la tuviese tambien su escudero. Con esto, y con agradecerselo todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño prosiguiese tan suspensa historia, seguro de que, aunque larga, no les cansaba, la prosiguió diziendo:

CAPITULO XIX

Del suceso que tuvieron los Felizes Amantes hasta llegar á su amada patria.

No se fue don Gregorio á Merida, como habia prometido al caballero y á doña Luisa, sino á Madrid, donde por la babilonia de la corte facilmente se encubre y disimula cualquier desdichado; y como él lo era tanto, vino á parar con toda su nobleza en servir á un caballero de habito, mudado el nombre, sin acordarse más de su dama que si jamas la hubiera visto, la cual le pagó con la mesma moneda á los primeros dias de su ausencia, empleandolos todos en nuevos gustos y en tratar de estafar á cuantos podia, teniendo por blanco solo el interes; pero conociendo todos el suyo, començaron á hazer alto, divulgandose entre ellos la baxa ley y libertad de la forastera; por lo cual, viendose sin muñidores, y sobre todo, viendo que le hazia algunos malos tratamientos el administrador, enfadado de su ingratitud y disolucion, cayó en la cuenta del peligro en que estaba su alma y cuerpo. Advirtió tambien luego como, habiendo tantos dias que don Gregorio faltaba, jamas le habia escrito, siendole facil el hazerlo estando en Merida, por la vecindad, y forçoso el procurarlo por las obligaciones que le tenia, si como hombre, en fin, no hubiera mudado de intento y dexadola, como lo tenia por sin duda lo habia hecho. Començó á cavar en la consideracion de su mal estado tras esto, y Dios á obrar secretamente en su conocimiento, como aquel que la queria dexar por exemplo de penitentes y de lo que con su divina misericordia puede la intercesion de su electisima Madre, y finalmente, de lo que á ella la obligan los devotos de su santisimo rosario con la frecuentacion de tan eficaz y facil devocion; que se encendió de suerte su espiritu en amor y temor de Dios, que empezó á deshazerse en lagrimas, apesarada de las ofensas cometidas contra su Magestad, confusa por no saber como ni en quien hallar remedio ni consejo; que tan cargada estaba de desatinos. Advirtieron su llanto algunos de sus galanes, y deseando enxugarsele, le preguntaban la causa con gran cuidado y deseo de saberla; pero era en vano, porque ya aspiraba la reconocida señora á superior consuelo; y asi, despidiendoles lo mejor que pudo (que no le fue facil, por ser las arremetidas de los amartelados más fogosas en prosecucion de lo que despues de amado han procurado dexar, y más si ven desvio en el gusto), propuso, alumbrada de Dios, volverse á su ciudad y presentarse en ella secretamente á un caballero deudo suyo, y descubrirle todo el suceso de su vida, con fin de que él la ayudase á ir sin ser conocida, á Roma, á procurar alli, echada á los pies de Su Santidad, algun modo para volver á su monesterio ó á otro cualquiera de su misma orden, con fin de tener donde enmendar, como deseaba, la infernal vida que hasta entonzes habia tenido. Con este pensamiento, y encomendandose de coraçon á Maria sacratisima, madre de piedad y fuente de misericordia, recogiendo cuanto dinero tenia, y haziendo de sus vestidos y alhajas todo lo que pudo, se vistió de peregrina con sombrero, esclavina, bordon y un grueso rosario al cuello y alpargatas á los pies; y cubierta deste penitente trage, arrebozado el rostro, se salió una noche obscurisima de Badajoz, tomando la derrota hazia su tierra, acompañada solo de suspiros, lagrimas y deseos de salvarse, desviandose cuanto le era posible de los caminos reales, y procurando caminar casi siempre las noches, en las cuales entraba en las posadas de menos bullicio á tomar dellas lo más necesario para su sustento, saliendose luego al campo. No le faltaron algunos trabajos y desasosiegos de gente libre en el camino; pero vencioles á todos su modestia y sacudimiento, y sobre todo la santa resolucion que la eficaz gracia le habia hecho hazer de no ofender más á su Dios en toda su vida, aunque la supiera perder mil vezes á manos de un millon de tormentos. Padeció tambien hambre, sed y frio, por ser tiempo en que le hazia grande el en que caminaba, y por la misma causa le molestaron las aguas y arroyos; pero acompañabase en ellos de la gente más pobre que hallaba, hasta pasarlos, á quien despues daba buenas limosnas. Hazia las jornadas cortas, por el cansancio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese tan largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar á su tierra más de cuatro meses, visitando en ellos algunos pios santuarios que le venian á cuento. Quiso ya el cielo apiadarse della y dar fin á su prolixa jornada; y asi llegando á la ultima, antes de entrar en su ciudad, á la que descubrió, y reconoció el campanario de su monasterio, fue tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, que no hay lengua ¡oh discretos señores! que lo acierte á pintar. Resolviose en lagrimas, y resolvió juntamente de quedarse alli en el campo hasta el anochecer, por entrar á media noche, para mayor seguridad. Hizolo asi, y llegado el plaço, començó á enderezar los turbados pasos hazia la casa del deudo de quien pensaba valerse; pero llegando á pasar por delante su monasterio (que no se si la obligó tanto á ello la necesidad cuanto el cariño y deseo de ver sus paredes; pero no debió de ser lo uno ni lo otro, sino inspiracion de Dios para que tuviese su viaje el feliz fin que se sigue) al punto que daban las onze, y emparejando con el mismo postigo de la puerta de la iglesia, la vió abierta; y asombrada de semejante caso, començó á dezir entre sí: ¡Valgame Dios! ¿que descuido ha sido este de las monjas ó del sacristan que tiene cargo de cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hayan dexado abierto el postigo de su puerta? Mas ¿si acaso han robado algunos ladrones los frontales y manteles de los altares ó la corona de la Virgen, que ha de ser de plata si no me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pasito (aunque aventure en ello la vida, pues en dichosa parte la perderé cuando aqui la pierda), y mirar si hay alguna persona dentro, y avisar, por si ha sido descuido de quien tiene cargo de cerrarle. Metió en esto la cabeça hazia dentro con gran tiento, y estuvo un rato escuchando; pero no sintiendo ruido, ni viendo más que dos lamparas encendidas, una delante del Santisimo Sacramento, y otra delante del altar de la Virgen benditisima, estuvo suspensa una gran pieça, sin que osase determinase á entrar, temiendo no estuviese alguna monja rezando acaso en el coro, y viendola alli, hiziese algun rumor por do se viese en peligro de ser conocida, y por consiguiente rigurosamente castigada; pero no obstante este miedo, se resolvió á seguir la primera deliberacion, aunque fuese con el riesgo de la vida. Entró tras esto osadamente, y pasando por delante del altar de la Virgen, tropeçó en un gran manojo de llaves que delante dél estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se abaxó para verlas y levantarlas con notable turbacion; y apenas lo hubo començado á poner por obra, cuando la devotisima imagen de la Virgen la nombró por su nombre con una voz como de reprehension, de la cual quedó tan atemorizada doña Luisa, que cayó medio muerta en tierra; y prosiguiendo la Virgen sacratisima, le dixo: ¡Oh perversa y una de las más malas mugeres que han nacido en este mundo! ¿como has tenido atrevimiento para osar parecer delante de mi limpieza, habiendo tú perdido desenfrenadamente la tuya á vueltas de tantos y de tan sacrilegos pecados como son los que has cometido? ¿De que suerte, di, ingrata, soldarás la irreparable quiebra de tan preciosa joya? ¿Y con que penitencia, insolentisima profesa, satisfarás á mi amado Hijo, á quien tan ofendido tienes? ¿Que enmienda piensas emprender ¡oh atrevida apostata! para volver por medio della á recuperar algo de lo mucho que tenias merecido, y has perdido tan sin consideracion, volviendo las espaldas á las infinitas misericordias que habias recebido de mi divinisimo Hijo? Estaba en esto la afligidisima religiosa acobardada de suerte que ni osaba ni podia levantar el rostro, ni hazer otra cosa sino llorar acerbisimamente; pero la piadosa Virgen, consolandola despues de la reprehension, no ignorando la amargura y el dolor de su animo, incitandola á verdadera penitencia, le dixo: Con todo, para que eches de ver que es infinitamente mi Hijo más misericordioso que tú mala, y que sabe más perdonar que ofenderle todo el mundo, y que no quiere la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vivan, le he yo rogado por tu reparo (obligada de las fiestas, solemnidades y rosarios que en honra mia celebraste, festejaste y me rezaste cuando eras la que debias), sin que tú lo merezcas; y él, como piadosisimo que es, ha puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en cuanto es hacer misericordias, deseando verificar en ti el titulo que de madre de ellas me da la Iglesia, como á él se la da de padre de tan grande atributo, he hecho por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque vivas dos mil años y los emplees todos en hazerme los servicios que me solias hazer en los primeros años de tu profesion. Acuerdate que cuando desta casa saliste, ahora haze cuatro años, pasando delante deste mi altar, me digiste que te ibas ciega del amor de aquel don Gregorio con quien te fuiste, y que me encomendabas las religiosas desta casa, tus hijas, para que mirase por ellas como verdadera madre, cuando tú les eras madastra; y que las rigiese y gobernase, pues eran mias; tras lo cual arrojaste en mi presencia esas mismas llaves del convento que en la mano tienes. Entiende pues que yo, como piadosa madre, he querido hazer para confusion tuya lo que me encomendaste; y asi has de saber que desde entonzes hasta ahora he sido yo la priora deste monasterio en tu lugar, tomando tu propia figura, envejeciendome al parecer al compás que tú lo has ido haziendo, tomando juntamente tu habla, nombre y vestido; con que he estado entre ellas todo este tiempo, asi de dia como de noche, en el claustro, coro, iglesia y refitorio, tratando con todas como si fuera tú propria: por tanto, lo que ahora has de hazer, es que tomes esas llaves, y cerrando la puerta de la iglesia con ellas, te vayas por la sacristia y demas pasos por donde te saliste, á tu celda, la cual hallarás de la propria forma y manera que la dexaste, hallando hasta tus habitos doblados sobre el bufete; pontelos en llegando, y guarda esos de peregrina en la arca; y advierte que hallarás tambien sobre la propria mesa el breviario y la carta que dexaste escrita, sin que nadie la haya abierto ni leido, y la vela encendida junto á ella. En efeto, hallarás todas las cosas, por mi piadosa diligencia, en el estado en que las dexaste, sin hallar novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu falta ni la del dinero que has desperdiciado: vete, por tanto, á recoger antes que despierten á maitines, y enmienda tu vida como debes, y lava tus culpas con las lagrimas que ellas piden; que lo mismo han hecho cuantas tras tan graves pecados han merecido el ilustre nombre de penitentes que les da la Iglesia. Quedó la en que estaba doña Luisa, acabando estas razones la celestial Princesa de todas las hierarquias, llena de un olor suavisimo; y ella contrita y tan consolada en su espiritu, cuanto corrida de haber obligado á la Madre del mismo Dios á serlo de sus subditas; pero obedeciendo á su celestial mandato, recelosa de que no se llegase la hora de los maitines, se levantó del suelo, cubierta de sudor y lagrimas, y haziendo una profunda inclinacion á la preciosisima imagen y otra al Santisimo Sacramento, y tomando las llaves, cerró la puerta de la iglesia, y se fue á su celda por los mismos pasos que habia salido della, en la cual lo halló todo del modo que lo habia dexado y la Virgen le habia dicho. Pusose, en entrando dentro, sus habitos, guardando en el arca los de peregrina, y apenas lo habia acabado de hazer, cuando tocaron á maitines; y enjugandose el rostro, tomó el breviario y estuvo aguardando hasta que vino la monja que solia llamarla, la cual, tomando el candelero de la mesa, como cada noche tenia de costumbre, se fue delante alumbrando hasta el coro, donde estuvo aguardando de rodillas (con no pequeña turbacion, por aparecerle sueño cuanto veia) á que se juntasen las religiosas; y en habiendolo hecho, hizo la señal acostumbrada, tras que començaron los maitines; y acabados ellos y la oracion que de ordinario suelen dezir, se volvieron á salir todas, y se fueron á sus celdas al postrer señal de la Priora, la cual tambien hizo lo proprio, acompañandola con luz á la suya la mesma religiosa que la habia sacado della. Cuando se vió sola començó de nuevo á derramar lagrimas, parte de dolor por sus culpas, y parte de agradecimiento por la nunca oida merced que la misericordiosisima Maria le habia hecho; y haziendole una breve oracion llena de fervorosos deseos y celestiales conatos, descolgó de la cabeçera de su cama unas gruesas diciplinas que solia tener en ella, y tomandolas se dió con ellas por espacio de media hora una cruelisima diciplina sin ninguna piedad, por principio de la rigurosa penitencia que pensaba hazer todos los dias de su vida, de aquel sacrilego y deshonesto cuerpo, de cuya roja sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del verdadero dolor de sus pecados. Acabado este penitente acto, abrió una arca, de adonde sacó un aspero cilicio que solia ponerse en las cuaresmas cuando era la que debia, hecho de cerdas y esparto machacado, el cual le tomaba desde el cuello á las rodillas, con sus mangas justas hasta la muñeca; pusose juntamente debaxo de una cadenilla que en la mesma arca tenia, que le daba tres vueltas, y apretandosela con todo rigor al delicado cuerpo, dezia: Agora, traidor, me pagarás los agravios que al espiritu has hecho: no esperes, lo poco que la vida me durare, otro regalo más que este, y agradece á la madre de afligidos y fuente de consuelos, Maria, y á su clementisimo Hijo que no te hayan enviado á los infiernos á hazer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forçosa y tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la esperança del perdon y remedio que agora tienes en la mano, teniendole tan poco merecido. Y saliendose luego de su celda, se volvió otra vez al coro, donde estuvo pasando el santisimo rosario delante de la misma imagen que la habia hablado, hasta la hora de prima, la cual acabada, hizo al instante llamar al confesor del convento, con quien hizo una general confesion con no vistas muestras de dolor y arrepentimiento, contandole todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados que contra su divina y inmensa Magestad habia cometido los cuatro años que habia estado fuera del convento: refiriole juntamente el milagro y merced que por la devocion del rosario, la Reina de los cielos, su patrona, le habia hecho, supliendo su falta y acudiendo á todas sus obligaciones, movida de su virginea piedad, salvandole la honra en que no se echase de ver su falta. El secreto del milagro encargó tras esto cuanto fue posible, para mientras le durase la vida al confesor, el cual quedó sumamente maravillado de su grandeza, y lleno de ternura y devocion en el espiritu, cosa que le aseguraba de la verdad del caso; y pasmabase cuando consideraba habia merecido su indignidad confesar y comulgar por su mano, no una, sino muchisimas vezes, á la puridad, ante quien y en cuya comparacion no la tienen los más puros angeles del cielo. Con todo, quiso ver el rostro de la penitente perlada y certificarse de que era ella misma, y no demonio (como temia) que en figura suya le queria engañar; y vistas sus lagrimas y enterado de la verdad, la consoló cuanto pudo, y animó para la continuacion de la empezada penitencia y devocion del santisimo rosario; y perseveró ella en todo, haziendose mil ventajas cada dia á sí misma, de suerte que las que la veian con tanta repentina mudança, en el retiro de gradas, asistencia continua á la oracion, y mortificacion y ordinario curso de lagrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, como la sabian ella y su confesor, con que se confesaba los más de los dias, recebiendo el Santisimo Sacramento muy á menudo. Perseveró en estos exercicios toda la vida; y al cabo de meses que los continuaba, quiso Dios apiadarse de su perdido galan, como lo habia hecho della, tomando por medio un sermon que acaso oyó á un religioso dominico de soberano espiritu, en una parroquia de la corte, que moviendo el cielo la lengua en él, se engolfó á deshora en las alabanças de la Virgen y en las misericordias que habia hecho y hacia cada dia con infernados pecadores, por la suave devocion de su benditisimo rosario, trayendo en consecuencia desto el sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donacion de su alma al demonio con cedula escrita y firmada de su mano y sangre, por la dicha devocion fue libre de todo, y acabó su vida, perseverando en ella, santisimamente, tras una bien premeditada y llorosa confesion general de todos los cometidos desatinos. Cayó en la cuenta de los suyos el ciego de don Gregorio luego que oyó el doto sermon; y acordandose tambien de lo mucho que acerca del celestial poder del rosario le habia dicho diversas vezes su doña Luisa; premeditando las razones del predicador, y confiriendolas con las que de su dama en esta parte le traxo Dios á la memoria, le pareció que arrimandose á la frecuentacion de tan soberano rezo, hallaria en él braço que le sacase del cieno de sus torpezas, y otra escala, cual la de Jacob, con que pudiese llegar al cielo, por más entumecido que estuviese en la fragosa y mal cultivada tierra de sus bestiales apetitos: propuso tras esto irse al religioso convento de la Virgen de Atocha y confesarse luego con el santo predicador, cuyo nombre sabia, por haberlo preguntado á su compañero al baxar del pulpito. Efectuolo eficazmente; que no es pereçosa la divina gracia ni admite tardanzas: fue al convento, entrose en la iglesia, postrose delante la imagen milagrosa de la Virgen, derritiose, puesto alli, en lagrimas: pedia perdon á Dios, piedad á su Madre, y ayuda á ambos para enmendar los yerros de la pasada y hazer dellos una general confesion. Alzose luego; entrose en el claustro, pidió por el predicador, y puesto en su presencia, empeçaron sus ojos á dezirle lo que su lengua no acertaba: con todo, cuando las lagrimas le dieron lugar, le dixo: ¡Remedio padre! ¡Socorro, varon de Dios, para esta alma, que es la más mala de cuantas la misericordia y caridad inmensa de Jesucristo ha salvado! Entrose al instante el predicador á su celda, y apenas estuvo dentro, cuando, postrado á sus pies, empeçó á hazer con acerbo llanto una confesion general de sus excesos, tal, que estaba el confesor igualmente compungido, confuso y consolado de ver tal trueco en un moço de los años y prendas de aquel, consolole cuanto pudo, animandole á la continuacion de sus propositos y del rezo del santo rosario, cuya era tan feliz mudanza. Y asegurandole del perdon de sus culpas y de la largueza de las perpetuas misericordias que Dios, con celestial regocijo de todos los cielos y sus angeles, ha usado y usa de cada dia con los pecadores recien convertidos de verdadero coraçon, le envió absuelto, consolado y lleno de mil santos propositos y fervores; y no fue el menor el con que propuso de ir á Roma á visitar los santos lugares, besar el pie á Su Santidad, y obtener, para mayor bien suyo, su plenisima absolucion. Volvió, al salirse del convento, á hazer oracion á la Virgen, y hecha con las demostraciones del agradecimiento que tan gran merced como la que acababa de recebir se volvió á la villa, y en ella trocó luego sus vestidos por unos de peregrino, hechos de sayal basto; y sin despedirse de su amo ni de persona, empezó á caminar hazia Roma, do llegó cansado, pero no menoscabado el fervor con que emprendió tan santa peregrinacion. Cumplió en aquella grandiosa ciudad con cuanto los deseos que le habian llevado á ella pedian, y obtenido el fin dellos, dió la vuelta hazia su tierra, deseando saber, con aquel disfraz y sin ser conocido, de sus padres; que bien seguro iba de no poderselo ser, segun iba de flaco, macilento, triste y desfigurado, asi de los trabajos del camino, como de las penitencias que iba haziendo en él; y no fue la menor el sufrimiento con que llevó las vexaciones que ciertos salteadores le hizieron en un peligroso paso. Entró al cabo de dias, cubierto de confusion, lagrimas y sobresalto, en su amantisima patria, y lo primero que hizo, llegado á ella, fue irse á pedir limosna al torno del convento de do sacó la Priora, queriendo fuese teatro del primer acto de su penitencia en su patrio suelo el mismo que lo habia sido del que dió principio á su tragica perdicion y ciego desatino. Dieronle facilmente honrada limosna las caritativas torneras, y en recebiendola, se llegó á la misma mandadera que le habia llevado el primer recado de doña Luisa la mañana en que se principiaron sus locos amores, y preguntole quien era priora de aquella casa; y diziendole ella que doña Luisa lo era años habia, porque continuaban las religiosas en reelegirla siempre, no sin gusto de sus superiores, por su gran virtud,—¡Doña Luisa, replicó él atonito, dezis que es priora! ¿Como es posible? Ella es, digo, añadió la muger, sin duda. Que os burlais de mí, porfió él, he de pensar, pues quereis persuadirme es priora desta casa doña Luisa, de quien he oido dezir estaba muy lexos de poderlo ser. Doña Luisa, respondió ella, es, ha sido y será priora muchos años, á pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues no faltan muchos que lo hazen. Baxó la cabeça don Gregorio con la confusion y perplexidad que pensar se puede, sin osar replicar más con la muger, que ya conocia se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo por una parte no le conociese en la voz, y por otra, que descuidandose, no descubriese algo de lo mucho que con la Priora le habia pasado; y asi, saliendose de alli, se fue por diferentes partes de la ciudad, fuera de sí y pidiendo igualmente limosna y el nombre de la priora de tal convento, y dandole unos y otros la misma respuesta que le habia dado la mandadera, por salir del todo de la confusion en que se veia, determinó irse de rondon á casa de sus padres, para echarse alli con la carga, como dizen, y descubriendoseles, fiar, como era justo hazerlo, dellos el paso de tan grave suceso. Entró por sus puertas, y al primer criado que vió en ellas preguntó si le darian limosna los dueños de la casa, y respondiendole que si harian, que eran muy caritativos marido y muger, le replicó se sirviese dezirle sus nombres y si tenian hijos; y sabido dél, por la respuesta vivian sus padres, aunque afligidisimos por la ausencia de un solo hijo que tenian, y se les habia ido sin saber donde, con quien ni por que, por el mundo, y que lo que más les entristecia era no saber si vivia ni en que parte habia dado cabo, para poderle remediar; saltaronsele las lagrimas de los ojos á don Gregorio con la respuesta, y volviendo el rostro á la otra parte, y enxugandolas y disimulandolas cuanto pudo, dixo de nuevo al criado: ¿Llamabase por dicha el hijo destos señores don Gregorio? Porque si tenia ese nombre, es sin duda un soldado que he conocido en Napoles en el cuartel de los españoles; y si seria; que por las señas que él me daba de sus calidades, y de que era unico mayorazgo en este lugar, y de la disposicion de las casas de sus padres (que todo me lo comunicaba, por ser muy mi camarada), estas han de ser las dellos, y el de quien hablo, su hijo; y sabrase presto si es él, si hay quien me diga si se fue deste lugar con alguna muger de calidad. No estaba yo aun en servicio desta casa cuando él faltó della, ni le conocí; pero sé que su nombre era, como dezis, don Gregorio; y que no hizo otra baxeza ni se tiene dél otra quexa que haberse llevado algun dinero prestado de amigos, aunque ya todo lo han pagado sus padres; que de dos caballos que á ellos les llevó y otra gran cantidad de moneda, nunca han hecho caso, porque en fin todo habia de venir á ser suyo.—Pues, amigo, por las entrañas de Dios os ruego que digais á esos señores si gustan de hazerme limosna, siquiera por lo que pienso haber conocido á su hijo. ¡Y como si os la haran de bonisima gana! dixo el criado: yo fio que no solo eso hagan por vos, sino que os regalarán muy mucho y tendran á merced de que les deis nuevas de prenda que tanto quieren; y asi, aguardadme, os ruego, mientras subo volando á darles el aviso y recado. Subiose, dicho esto, el criado arriba, sin curarse, con el contento, de mirar en el rostro al peregrino; que si lo hiziera, fuera imposible no leyera en su turbacion y lagrimas que él mismo era su señor y el mayorazgo de la casa.

CAPITULO XX

En que se da fin al cuento de los Felizes Amantes.

No habia bien subido á dar el aviso el criado á sus amos, cuando se arrepintió don Gregorio dello; porque, como venia con intencion de saber de solo de la vida dellos, y sin darseles á conocer irse luego á meter religioso en la mesma religion en que lo era la Priora, para hazer alli una condigna penitencia con que en parte satisfaciese sus graves culpas, pareciole que todo se lo impidiria lo que habia empezado á intentar. Con la melancolia que esto le causó, y deseando obviar los inconvenientes que de ver á sus padres se le podian seguir, volvió las espaldas para retirarse de la puerta; pero apenas lo habia començado á hazer, cuando ya el criado estuvo en ella á buscarle, y los padres salieron á la ventana á llamarle. No se pudo excusar de entrar el turbado peregrino en su casa; y haziendolo, y subido arriba en una cuadra, le rogaron los venerables viejos se sentase en una silla, y poniendosele cada uno á su lado, le hizieron mil preguntas del don Gregorio que habia dicho al criado habia conocido y tratado en Napoles, haziendole tras cada una un millon de ofrecimientos. Dezianle con no pocas lagrimas: ¡Ay, hermano mio, y que dieramos por haber visto como vos ese unico y amantisimo hijo nuestro, absoluto señor de nuestra hacienda y total causa del llanto con que pasamos la vida! ¿Está bueno? ¿Tiene que comer? ¿Sirve ó es soldado? ¿Hase casado ó que vida tiene quien tan sin piedad es verdugo de las nuestras? Estaba don Gregorio cuando oia estas razones más muerto que vivo de ternura y sentimiento; pero, disimulando cuanto pudo les dixo: Lo que dél ¡oh ilustres señores! os puedo dezir, es que, segun me comunicó, ha padecido infinitos trabajos desde que salió de vuestra casa y obediencia; pero ¿cuando los dexó de dar al cielo al hijo que, saliendo de la que debe á sus padres, ofende su valor, lastima sus canas, menoscabando su propria salud, fuerças y reputacion? Digolo porque en todo sé que ha padecido don Gregorio mucho, y creo que volviera de buena gana á vuestros ojos si lo permitiera la vergüença que se lo impide. ¿De que la ha de tener Gregorio, replicó la madre, pues en su vida ha hecho baxeza ni hay en la ciudad quien se pueda quexar dél? No significaban sus razones (añadió el peregrino) cuando me hablaba, eso; antes siempre colegí dellas se habia ausentado por alguna aficion que tenia á no sé que religiosa, á quien él llamaba doña Luisa; y temí algunas vezes no hubiese escalado por ella el convento ó sacadola dél, segun andaba de receloso de cuantos le podian conocer. La mejor seña que nos podiais dar, dixo el padre, de que el que habeis conocido es nuestro hijo, es dezirnos nombraba él á doña Luisa; porque es una religiosa gravisima deste lugar, y priora ha años de tal convento; á quien él visitaba á menudo; pero habeisle hecho agravio á ella y á su valor en pensar cosa de su persona que desdiga della y de la virtud singular que profesa. Cuando don Gregorio oyó el abono que sus padres daban de la Priora, en confirmacion de lo que toda la ciudad habia dado della, y reparó por otra parte en la ternura y sentimiento con que hablaban dél, se demudó de suerte, que, dandole un parasismo mortal, quedó como muerto reclinado á la silla. Acudieron de improviso los padres á darle algo confortativo, pensando era desmayo de hambre el que le habia tomado; y quitandole el sombrero que tenia calado, y desabrochandole con piedad cristiana; reparando en el rostro la madre, que hazia este ofizio y le enxugaba el sudor dél, le conoció, y levantó los gritos al cielo, diziendo: ¡Ay, hijo de mis ojos, y que disfraz es el con que que has querido entrar en esta tu propria casa! El padre, que oyendo los gritos de la madre, percibió llamaba de hijo al peregrino, se llegó, tan desmayado como él lo estaba, á mirarle, y conociendole, ayudó tambien á las endechas de la madre, diziendo: ¿Que peregrina invencion ha sido esta, Gregorio mio, de querer disimulartenos, dandotenos á conocer tan por rodeos? ¿Pensarias hazer con tus padres, sin duda, lo que con los suyos hizo san Alexo? Mas no creo tal, pues tan lexos está de parecerse á aquel santo quien tan sin ocasion ni violencia de casamientos ha usado tan peregrino rigor. Alborotose luego la casa, corriendo las nuevas de la vuelta de don Gregorio por el barrio, y antes que él volviese del desmayo en sí, estaba rodeado de criados y vecinos; y corrido, cuando volvió á cobrar sus sentidos, de ver la publicidad de su vuelta, abraçó á sus padres, postrandoseles luego á sus pies y pidiendoles le dexasen reposar á solas, despidiendo los circunstantes, pues bastaba hubiesen sido testigos de su corrimiento y del perdon que les pedia por los enojos causados. Fueronse cuantos esto le oyeron, contentos de ver lo quedaban los padres, los cuales luego dieron tambien orden en que se acostase y reposase. Hizolo, y preguntando á su madre en la cama cuanto habia que no se habia visto con la Priora, supo della que tres dias, y como, hablandole en la conversacion dél, y representandole el sentimiento con que vivian todos en su casa por su ausencia y no saber si era muerto ni vivo, habia en ella vertido no pocas lagrimas y despedido del pecho algunos lastimosos suspiros, indicio claro del sincero amor que le tenia, y de lo que sentia su perdicion. Más le crecia el asombro á don Gregorio cuando estas cosas oia; porque, como no sabia el milagro, y estaba cierto por otra parte de su maldad y de lo que con la Priora le habia acontecido, pareciale todo sueño, y que era ilusion del demonio el pensar verse en casa de sus padres y vuelto tan á su salvo en su patria; y asi á ratos con la vehemencia desta imaginacion se suspendia de suerte que no acertaba á responder. Con todo, rogó á su madre, despues de haber reposado algunos dias, le hiziese merced de llegar al convento y verse con la Priora, dandole aviso de su vuelta y de como habia sido con habito penitente de peregrino, despues de haber estado en Roma á pedir absolucion á Su Santidad de las moçedades que habia cometido en los años que habia faltado de su casa, en cuyo conocimiento habia venido por sus oraciones, á lo que creia, y por haber oido un sermon de las alabanças del santisimo rosario y de las misericordias que por su devocion hazia la Virgen benditisima en grandisimos pecadores. Rogola juntamente instase con ella le diese licencia en todo caso para ir á besarle las manos y darle cuenta de los sucesos de su persona, sola aquella vez, pues en hazello ó dexarlo de hazer estaba su consuelo y quietud. Fue la madre luego á hazer la visita, encargadisima de sacar la licencia que deseaba su hijo, cuyo alivio procuraban ella y todos los demas deudos, por ver cuanto necesitaba dello la melancolia con que le veian. Habló, en llegando al convento, á la Priora; y cuando la hubo dado las referidas nuevas y recado, vió en las lagrimas que de contento derramó tras él (que á eso atribuia la madre de don Gregorio las que doña Luisa derramaba de confusion y vergüença), el gozo que mostraba de su vuelta y mudanza; y alegre de ver que ya por su instancia permitia le hablase (enterada primero della de cuan otro venia de la fuente de indulgencias y perdones que da Dios á los pecadores por manos de su supremo vicario, cosas todas que se las aseguraba ser asi el enviarle á dezir el mismo don Gregorio venia de Roma; lo cual y el entender juntamente que habia alcançado tan grande misericordia por el mismo medio que ella, del santisimo rosario, fueron bastantes causas para obligarla á concederle sin escrupulo la licencia que le pedia para llegar á hablarla el dia siguiente; porque siempre el coraçon le dixo habia de ser tan feliz el fin desta segunda visita, cuanto le habia sido nocivo el de la primera), volviose la madre con esta respuesta contentisima á su casa, y con razon, pues en ella llevaba, aunque sin entenderlo asi, la medicina que más convenia al consuelo de su hijo y á su salvacion; el cual, deseandola con las veras que lo suele hazer aquel á quien Dios abre los ojos del alma, pasó la noche toda en oracion, suplicando á su divina Magestad, por la puridad de su santisima Madre, cuyo rosario nunca se le cayó de las manos, se sirviese de darle en la esperada visita el espiritu, para cosas de edificacion de su alma, que convenia tuviese quien en aquel puesto en que se habia de ver, tan desatinado habia andado. La misma oracion hizo en su coro la santa Priora, y preparandose, venida la mañana, ambos con recebir los divinos sacramentos de la confesion y Eucaristia, se pusieron, llegando el plaço, en el locutorio, do se habian de ver con iguales deseos de saber el uno el suceso del otro. No tiene, señores, mi ruda lengua palabras con que explicar bastantemente la turbacion de las con que se saludaron al primer encuentro los dos felizes amantes; porque, en viendose el uno al otro (si es que las lagrimas les dexaron mirarse), se turbó él y encalmó ella de suerte que por muy gran rato no supieron ni de sí ni de adonde estaban. Las galas con que don Gregorio entró á verla, con un vestido de paño liso, sin gorbion alguno, el sombrero puesto en los ojos, sin espada ni más compañia que bonisimos deseos y unas planchas grandes de hoja de lata, hechas rallo, en pecho y espaldas, y una cruz entre la ropilla y jubon, con rosario y horas en la faltriquera; sacando la Priora el adorno que queda dicho se puso la primera noche que llegó al convento, y con que en ella dió principio á su rigurosa penitencia. Puestos pues de la suerte dicha, cuando la suspension y llanto les dió lugar, empezó él á dezirle: Por la cruz en que remedió mi eterno Dios pecadores tales cual yo soy, y por las lagrimas, afrentas y angustias con que en ella espiró, y por las que al pie de tan salutifero arbol sintió su purisima Madre, que por serlo tanto, pudo ser solo su hechura de su omnipotencia, os pido me digais ¡oh religiosa señora! si sois vos la priora doña Luisa que cuatro años ha con vuestra vista me cegastes, perdistes y enamorastes de suerte que, loco, desatinado y sin temor de Dios, me resolvi en sacaros de aqui y llevaros á Lisboa y á Badajoz, cometiendo las ofensas y sacrilegios contra el cielo, que solo un merecido infierno puedo; y si acaso sois la que pienso, dezidme tambien como yendoos conmigo os quedastes acá, y quedandoos acá os fuistes conmigo; que cierto estoy (¡y ojalá no lo estuviera tanto!) que os vi, hablé, amé y solicité y saqué del convento, sin temor de hazer á vuestro estado y profesion la ofensa que se siguió por postre de tan infernales principios; porque veo me aseguran cuantos de vos pregunto por otra parte (cosa que vuelvo loco), que jamas habeis faltado de esta casa; antes dizen que siempre la habeis regido con notables exemplos y mil virtuosas medras. Yo soy don Gregorio el malo, el sacrilego, el aleve, el traidor, y finalmente el peor de los hombres y el igual á Lucifer en los pensamientos, pues los puse en quien era esposa de mi mismo Dios, cielo suyo y niñas de sus ojos. A la Virgen bendita del Rosario debo el conocimiento de mis culpas, pues dexandoos (si sois la que pienso, y no fantasma) en Badajoz, y dando cabo en la corte, descuidado de mi bien, mereci un dia oir acaso un sermon de uno de los apostoles que la predicacion de su santo rosario tiene Maria en el mundo; en que pintando las misericordias que por tal devocion haze su clemencia, pintó mi ceguera y dibuxó mi perversa vida, dando juntamente remedio á todos mis males; que todo lo hizo predicando un milagro y la eficacia de la dicha devocion. Senti tras sus palabras la de la divina gracia, pues supe confesarme luego y dexar la corte del rey de España, y buscar la de quien es vicario de aquel por quien los reyes reinan y en cuyo servicio consiste solo el verdadero reinar; alcanzé absolucion de aquella santa silla; y volviendo peregrino á saber, disfraçado, de mis padres, y á saber la nota y escandalo que de vuestra persona y de la mia habia en esta ciudad, he hallado en ella que en boca de todos sois vos la santa, la recogida y exemplar, sin haberseos notado falta ni ausencia; siendo yo solo el que os he pintado y saben los cielos y vos (si sois la que pienso) y mi misma conciencia, que es el más riguroso fiscal y quien me trae á sombras de tejado de temor de la divina justicia, de quien solo pienso escapar recogido en el templo de la divina misericordia, mediante la intercesion de quien es madre dellas. Acabó en esto la lengua de don Gregorio las razones, y començaron de nuevo sus ojos á confesar sus yerros y á mostrar el sentimiento que tenia dellos. Consoladisima quedó la Priora cuando hubo oido del autor de sus desventuras el conocimiento que tenia dellas, y más cuando supo que le habia venido tan grande bien por las manos clementisimas de quien habia vuelto por su honra y suplido su falta en el gobierno los años que, dexada de Dios, habia seguido desenfrenadamente sus apetitos y las sendas de su condenacion. Y consolandole y dandole cuenta de sus sucesos y de lo que debia á Maria benditisima, y como pensaba pagarle en parte tan grande deuda con una verdadera y perpetua penitencia de sus culpas y un privarse de verle jamas á él, le rogó fuese el que debia, mirase por su alma y huyese del mundo cuanto le fuese posible y de vanas conversaciones y platicas; que le daba palabra ella de hazer lo mismo, como tambien se la daba de callar el suceso mientras viviese; pero no muerta, pues antes de morir le pensaba dexar escrito en manos de su confesor, con orden de que le divulgase el mesmo dia para gloria de Dios y recomendacion de la celestial aurora de tal misericordia. Ofreciole don Gregorio hazer las mismas diligencias, y de no quedar en el mundo, sino entrarse en un retirado convento de su propia orden, do pagase su sensualidad el debido escote de los excesos pasados, á fuerça de ayunos y disciplinas; y tras celebrar él con mil alabanças de la Virgen y un millon de asombros y admiraciones la merced milagrosa y favor inaudito que su infinita clemencia habia usado por la devocion del santo rosario con la Priora y con él mesmo, se despidió del convento para nunca más llegar á él, y della para jamas verla; y lo proprio hizo ella, pidiendose ambos con lagrimas perdon reciproco, y las oraciones el uno del otro. Continuó siempre, como queda dicho, la Priora sus mortificaciones, consoladisima de la conversion de don Gregorio, dando por ella iguales gracias á la Virgen que por la suya propria, á quien le encomendó toda su vida. Volviose de alli él á su casa, do estuvo algunos dias asentando cosas; y comunicada al cabo dellos á sus padres su devocion, y representandoles las obligaciones que tenia de consolarse con haberle visto vuelto vivo, les pidió su bendicion y licencia para ser religioso, pues lo debia á Dios y á su Madre, rogandoles ahincadamente se la diesen, y tuviesen á bien tomase tan divino estado; tras lo cual tambien les rogó dexasen sus bienes despues de sus dias á pobres, que son los verdaderos depositos y en quien mejor se guardan, pues en su poder jamas se menoscaban las haciendas. Alcançaronlo todo dellos sus lagrimas y raro espiritu; con que se fue contentisimo á ser religioso en la misma ciudad, profesando en la religion que tomó, con notables demostraciones de virtud; y llegando por ellas á ser perlado de su convento, quiso Dios acabase sus dias, ordenando juntamente el cielo fuese el de su muerte en el mesmo en que fue la de la Priora y á la misma hora; y haziendo cada uno antes de espirar una devotisima platica á su comunidad, murieron con notables señales de su salvacion, recebidos todos los divinos sacramentos. Hallaronse en poder de los confesores de ambos, luego que espiraron, las relaciones de los amores, sucesos, conversiones, milagros, y de los favores que la Virgen les habia hecho; y publicandose el caso y verificandose, acudió toda la ciudad á ver sus santos cuerpos, que estaban hermosisimos en los feretros. Hizoseles sumptuosisimo entierro, invidiando todos la buena suerte de los padres de fray Gregorio, los cuales tuvieron honradisima y consoladora vejez con su feliz fin. Llegado el de su vida dellos, repartieron su hacienda en los conventos de la Priora y de su hijo, con exemplo de todos, muriendo cargados de años y de buenas obras. De los de la santa Priora no digo nada, porque asi ellos como la otra hermana que tenia religiosa murieron mucho antes que ella.

CAPITULO XXI

De como los canonigos y jurados se despidieron de don Quixote y su compañia, y de lo que á él y á Sancho les pasó con ella.

Apenas hubo el ermitaño dado fin á las razones del cuento, cuando dió principios á las de su alabança y encarecimiento uno de los canonigos, diziendo: Maravillado y suspenso en igual grado me dexa, padre, el suceso de la historia referida y el concierto guardado en su narracion, pues él la haze tan apacible cuanto ella de sí prodigiosa; si bien otra igual á ella en la sustancia tengo leida en el milagro veinte y cinco de los noventa y nueve que de la Virgen sacratisima recogió en su tomo de sermones el grave autor y maestro que por humildad quiso llamarse el discipulo: libro bien conocido, y aprobado, por cuyo testimonio á nadie parecerá apocrifo el referido milagro; por el cual, y por los infinitos que andan escritos, recogidos de diversos, graves y piadosos autores, en confirmacion del santo uso y devocion del rosario, protesto ser toda mi vida de aqui adelante muy devoto de su santa cofradia; y en llegando á Calatayud, tengo sin duda de asentarme en ella y procurar ser admitido en el numero de los ciento y cincuenta que se emplean en servirla y administrarla, trayendo visiblemente el rosario, por el interes de las muchas indulgencias que he oido predicar se ganan en ella. No dexó Sancho con sus dislates ordinarios proseguir al canonigo los devotos encomios que iba diziendo de la santa cofradia del Rosario y de la Virgen Santisima, su singular patrona; porque, saliendo de traves, dixo: Lindamente, señor ermitaño, ha departido y devisado la vida y muerte desa bendita monja y penitente fraile: juro, non de Dios, que diera cuanto tengo en las faltriqueras, que son cinco ó seis cuartos, por saberla contar de la suerte que la ha contado, á las moças del horno de mi lugar; y desde aqui protesto que si Dios me diere algun hijo en Mari-Gutierrez, que le tengo de inviar á estudiar á Salamanca, do, como este buen padre, aprenda teologia, y poco á poco llegue por sus puntos contados á decorar toda la gramatica y medecina del mundo; porque no quiero se quede tan grande asno como yo. Pero no piense el grandisimo bellaco gastar en el estudio la hacienda de su padre, yendose á jugar con otros tales como él, que por las barbas que en la cara tengo, juro que le tengo de dar, si tal haze, con este cinto más açotes que caben higos en un seron de arroba. Dezia esto él quitandose el cinto y dando con él con una colera desatinada en el suelo, repitiendo: Ser bueno, ser bueno; estudiar, estudiar mucho; en hora mala para él y para cuantos le valieren y me le quitaren de las manos. Rieron mucho los circunstantes de su boberia; y no obstante su necia maldizion, le tuvieron del braço, diciendo: Baste ya, hermano Sancho; no más, por amor de Dios; que aun no está engendrado el rapaz que ha de llevar los açotes. Con esto lo dexó, diziendo: A fe que lo puede agradecer á vs. ms.; pero otra vez lo pagará todo junto: pase esta por primilla. Don Quixote le dixo: ¿Que tonteria es esa Sancho? Aun no tienes el hijo, ni aun esperança de tenelle, ¿y ya le açotas porque no va á la escuela? ¿No ve v. m., replicó él, que estos muchachos, si desde chiquitos no se castigan, y se amoldan antes de tener ser, se vuelven haraganes y respostones? Es menester pues, para evitar semejantes inconvenientes, que sepan desde el vientre de su madre que la letra con sangre entra; que asi me crió mi padre á mí; y si algun buen entendimiento tengo, me lo embebió él en el caletre á puros açotes, tanto que el cura viejo de mi lugar (santa anima haya su gloria), cuando me topaba por la calle, poniendome la mano sobre la cabeça, dezia á los circunstantes: Si este niño no muere de los açotes con que le crian, ha de crecer por puntos. Eso, Sancho, respondió el ermitaño, tambien me lo dixera yo. Pues sepa v. m., replicó él, que aquel cura era grande hombre, porque habia estudiado en el Alcana toda la latrineria de pe á pa. Alcala dirás, dixo don Quixote; que en el Alcana de Toledo no se aprenden letras, sino como se han de hazer compras y ventas de sedas y otras mercancias. Eso ó esotro, replicó Sancho, lo que sé es que era medio adevino, pues conocia una muger de buena cara entre veinte feas; y era tan doto, que pasando una vez por mi lugar un estudiante, argumentaron bravamente ambos de las epistolas y evangelios del misal, y le vino nuestro cura á cohondir, porque le preguntó, tratando de no sé que latin de la Iglesia, que ya no se me acuerda, no sé que honduras, y le dexó patas arriba hecho un cesto, confesando dél que era hombre preeminente. Por cierto, dixo un canonigo, señor Sancho, que v. m. tiene bravo ingenio, y que gustaré no poco, y lo mismo creo haran todos estos señores, de oirle contar algun cuento igual á los que nos han referido el señor soldado y reverendo ermitaño, pues siendo tanta su memoria y habilidad, no dexará de ser el que nos contare muy curioso. Yo les prometo á vs. ms., dixo Sancho, que tocan tecla á la cual responderan más de dos dozenas de flautas; porque sé los más lindos cuentos que se pueden imaginar; y si gustan, les contaré uno diez vezes mejor que los referidos, aunque muy más corto y verdadero. Quitate allá, animalazo, dixo don Quixote: ¿que has de contar que sea de consideracion? Saldrasnos á moler con una frialdad á mí y á estos señores, como me moliste en el bosque en que encontré con aquellos seis valerosos gigantes en figura de batanes, con la necia historia de Lope Ruiz, cabrerizo extremeño, y de su pastora Torralba, vagamunda perdida por sus pedazos, hasta seguirle enamorada dellos, despues de reconocida y llorosa por los melindrosos desdenes con que le trató (ordinario efecto del amor en las mugeres, que buscadas huyen, y huidas buscan), desde Portugal hasta las orillas de Guadiana, en las cuales atollaron sus cabras tu cuento, y mis narizes con el mal olor con que atrevido las sahumaste. ¡Malillo, pues, era el cuento! dixo Sancho; y á fe que me huelgo que á v. m. se le acuerden tan bien sus circunstancias, para que por ellas y las del que agora referiré, si me dan grato silencio todos, conozca la diferencia que hay del uno al otro. Rogaron todos á don Quixote le dexase contar su cuento, y dandole él licencia para ello, y entonando Pança su voz, començó á dezir: Erase que se era, que en hora buena sea, el bien que viniere para todos sea, y el mal para la manceba del abad, frio y calentura para la amiga del cura, dolor de costado para la ama del vicario, y gota de coral para el rufo sacristan, hambre y pestilencia para los contrarios de la Iglesia. ¿No lo digo yo, dixo don Quixote, que este animal es afrenta-buenos, y no ha de dezir sino dislates? ¡Miren la arenga de los diablos que ha tomado para su cuento, tan larga como la cuaresma! ¿Pues son malos los arenques para ella, cuerpo de mi sayo? dixo Sancho. No me vaya v. m. á la mano, y verá si digo bien: ya me iba engolfando en lo mejor de la historia, y agora me la ha hecho desgarrar de la mollera: escuchen, si quieren, con Barrabas, pues yo les he escuchado á ellos. Erase, como digo, volviendo á mi cuento, señores de mi alma, un Rey y una Reina, y este Rey y esta Reina estaban en su reino, y todos al que era macho llamaban el Rey, y á la que era hembra la Reina. Este Rey y esta Reina tenian un aposento tan grande como aquel que en mi lugar tiene mi señor don Quixote para Rocinante; en el cual tenian el Rey y la Reina muchos reales amarillos y blancos, y tantos, que llegaban hasta el techo. Yendo dias y viniendo dias, dixo el Rey á la Reina: Ya veis, Reina deste Rey, los muchos dineros que tenemos: ¿en que pues os parece seria bueno emplearlos, para que dentro de poco tiempo ganasemos muchos más y mercasemos nuevos reinos? Dixo luego la Reina al Rey: Rey y señor, pareceme que seria bueno que los comprasemos de carneros. Dixo el Rey: No, Reina, mejor seria que los comprasemos de bueyes. No, Rey, dixo la Reina, mejor será, si bien lo miras, emplearlos en paños, y llevarlos á la feria del Toboso. Anduvieron en esto haziendo varios arbitrios, diziendo la Reina no á cuanto el Rey dezia sí: y el Rey sí á cuanto la Reina dezia no. A la postre, postre, vinieron ambos en que seria bueno ir con los dineros á Castilla la Vieja ó tierra de Campos, do por haber muchos gansos, los podrian emplear en ellos, mercandolos á dos reales; y añadia la Reina, que dió este consejo: Y luego mercados, los llevaremos á vender á cuatro reales, y á pocos caminos multiplicaremos asi infinitamente el dinero en breve tiempo. Al fin el Rey y la Reina llevaron todos sus dineros á Castilla en carros, coches, carroças, literas, caballos, acemilas, machos, mulas, jumentos y otras personas deste compas. Tales como la tuya serian todos, dixo don Quixote: ¡maldigate Dios á ti y á quien tiene paciencia para oirte! Ya es la segunda vez que me desbarata, replicó Sancho, y creo que es de invidia de ver la gravedad de la historia y la elegancia con que la refiero; y si eso es, dela por acabada. Que no permitiese tal rogaron á don Quixote, y á Sancho pidieron con insistencia la prosiguiese. Hizolo, diziendo, porque estaba de buen humor: Consideren, señores, con tanto real que tantos gansos comprarian el Rey y la Reina; que yo sé de cierto que eran tantos, que tomaban más de veinte leguas: en fin estaba España tal de gansos, cual estuvo el mundo de agua en tiempo de Noe. Y si fuera cuales estuvieron de fuego Sodoma, Gomorra y las demas ciudades, dixo Bracamonte, ¿cuales quedaran los gansos, señor Pança?—Para la mia buenos y bien asados, señor Bracamonte; pero ni eso fue, ni se me da nada, pues no me hallé en ello: lo que sé es que el Rey y la Reina iban con ellos por los caminos, hasta que llegaron á un grandisimo rio... Que sin duda, dixo el jurado, seria Manzanares, pues su grandiosa puente segoviana muestra que antiguamente seria caudalosisimo. Solo sé, replicó Sancho, que por no haber en él pasadizo, llegados el Rey y la Reina á su orilla, dixo el uno al otro: ¿Como habemos de pasar agora estos gansos? porque si los soltamos, se iran nadando por el rio abaxo, y no los podrá despues coger el diablo de Palermo; por otra parte, si los queremos pasar en barcas, no los podremos recoger en un año. Lo que me parece, dixo el Rey, es que hagamos hazer luego en este rio una puente de palo, tan angosta que solo pueda pasar por ella un ganso; y asi, yendo uno tras otro, ni se nos descarriaran, ni tendremos trabajo de pasarlos todos juntos. Alabó la Reina la traça; y efectuada, començaron uno á uno á pasar los gansos. Calló Sancho en esto; y don Quixote le dixo: Pasa tú con ellos, con todos los diablos, y acabemos ya con su pasage y con el cuento. ¿Para que te paras? ¿Hasete olvidado? No respondió palabra Sancho á su amo, lo cual visto por el ermitaño, le dixo: Pase v. m., señor Sancho, adelante con el cuento; que en verdad que es lindisimo. A esto respondió él, diziendo: Aguardense: ¡cuerpo non de Dios, y que supitos que son! Dexen pasar los gansos, y pasará el cuento adelante. Dadlos por pasados, replicó uno de los canonigos. No, señor, dixo Sancho: gansos que ocupan veinte leguas de tierra no pasan tan presto; y asi resuelvase en que no pasaré adelante con mi cuento, ni lo puedo hazer con buena conciencia, hasta que los gansos no esten de uno en uno desotra parte del rio, en que no tardaran más que un par de años cuando mucho. Con esto se levantaron del suelo, riendo todos como unos locos, sino don Quixote, que le quiso dar á todos los diablos; pero apaciguaronle los de la compañia, despues de lo cual se despidieron dél, diziendole: Sirvase v. m., señor caballero andante, de darnos licencia; que pues el sol, ya negandonos su luz por comunicarla á los antipodas, dexa la tierra sin la molestia que su riguroso calor le causaba, razon será le mostremos en el caminar, por tener la jornada algo más larga que v. m. y su compañia, á la cual suplicamos nos mande y emplee en su servicio; que á todo acudiremos como pide la obligacion en que nos ha puesto la merced recebida y la buena compañia que se nos ha hecho. Ese agradecimiento noble estimo yo en nombre destos señores en lo que es razon, replicó don Quixote; y por él y en nombre dellos rindo las debidas gracias, ofreciendo en servicio de vs. ms. cuanto nuestras fuerças valieren; y acompañaramoslos todos con prisa, aunque voy á la corte por un forçoso desafio, si me igualaran los pies deste señor soldado, y reverendo ermitaño, con cuyo cansancio me acomodo, obligado de su buen termino y mi natural piedad. Despidieronse en esto con mucha cortesia los unos de los otros, y don Quixote puso el freno á Rocinante, en que subido, començó á caminar con el ermitaño y soldado por diferente parte poco á poco, hazia un lugarejo donde tenian determinado quedarse aquella noche, yendo aguardando á Sancho, que se quedó enalbardando su rucio. Entre tanto que llegaban al pueblo, platicaron el ermitaño y el soldado sobre los referidos cuentos; y como eran agudos y estudiantes, pudieron facilmente meterse en puntos de teologia, y uno dellos fue admirandose del siniestro fin que tuvo Japelin, y el feliz de don Gregorio y la Priora. En esto volvieron todos las cabeças, y más don Quixote, que con mucha atencion les iba escuchando, y vieron á Sancho Pança, que venia muy repantigado sobre su asno. Llegandoseles cerca, dixo: Por la vida de Matusalen juro que aunque murió muy buena muerte aquel don Gregorio, con todo, por el camino he venido pensando en cuan mal lo hizo en dexar á la pobre doña Luisa en Badajoz sola, y en las manos de aquellos fariseos que tan enamorados andaban della, con que le dió ocasion de ser peor de lo que era ya. ¿No veis, Sancho, respondió el ermitaño, que todo fue permision de Dios, el cual de muy grandes males suele sacar mayores bienes, y no permitiera aquellos, si no fuera por ocasionarse con ellos para mostrar su omnipotencia y misericordia en estos otros? que en fin, de lo mesmo que el demonio traça para perdernos, toma nuestro buen Dios ocasion de ganarnos; que son el demonio y Dios como la araña y abeja, que de una misma flor saca la una ponçoña que mata, y la otra miel suave y dulce que regala y da vida.

CAPITULO XXII

Como prosiguiendo su camino don Quixote con toda su compañia, toparon una estraña y peligrosa aventura en un bosque, la cual Sancho quiso ir á probar como buen escudero.

Yendo nuestro buen hidalgo caminando con toda su compañia y platicando de lo dicho, ya que llegaban á un cuarto de legua del pueblo do habian de hazer noche, oyeron en un pinar, á la mano derecha, una voz como de muger afligida; y parandose todos, volvieron á escuchar lo que seria, y sintieron la misma voz lamentable, que dezia: ¡Ay de mí, la más desdichada muger de cuantas hasta agora han nacido! ¿Y no habrá quien me socorra en esta tribulacion, en que la fortuna por mis grandes pecados me ha puesto? ¡Ay de mí, que sin duda habre de perecer aqui esta noche, entre dientes, garras y colmillos de alguna de las muchas fieras que semejantes soledades suelen poblar! ¡Oh traidor perverso! ¿Y por que me dexaste con vida, pues me fuera harto mejor que con los filos de tu cruel espada me cortaras el cuello, que no haberme dexado desta suerte con tanta inhumanidad? ¡Ay de mí! Don Quixote, que semejantes razones oyó sin ver quien las dezia dixo á los compañeros: Señores, esta es una de las más estrañas y peligrosas aventuras que jamas he visto ni probado desde que recebí el orden de caballeria; porque este pinar, es un bosque encantado, donde no se puede entrar sin grandisima dificultad, en medio del cual tiene el sabio Freston, mi contrario antiguo, una cueva, y en ella muchos y muy nobilisimos caballeros y donzellas encantadas, entre los cuales, por saber que en ello me haze singular agravio y sinsabor, ha traido presa á mi intima amiga la sabia Urganda la desconocida, y la tiene llena de cadenas, atada á una rueda de molino de aceite, la cual voltean dos ferozisimos demonios; y cada vez que la pobre sabia llega abaxo, y la coge la piedra por el cuerpo, da aquellas terribles vozes: por tanto ¡oh clementisimos heroes! atended; que solo á mi persona atañe y de juro pertenece probar esta insolita aventura, y libertar á la afligida sabia ó morir en la demanda. Cuando el ermitaño y Bracamonte oyeron semejantes dislates á don Quixote, y ponderaron los visages y afectos con lo que dezia, le tuvieron totalmente por loco; pero con todo, disimulando este conceto que dél tenian, le dixeron: Mire v. m., señor don Quixote, que por esta tierra no se usan encantamientos, ni este pinar está encantado, ni puede haber cosa de las que v. m. dize; y solo se puede buenamente colegir de las vozes que se oyen, que algunos salteadores habran robado alguna muger y dadola de puñaladas, la habran dexado en medio deste pinar, y desto se debe de lamentar. A pesar de cuantos lo contradizen, replicó don Quixote, son las vozes de la persona y por las causas que dicho tengo. Viendo Sancho Pança lo que altercaban sobre dezernir quien y por que razon pronunciaba los confusos lamentos que oian, se llegó á su amo, muy repolludo en el rucio, y quitandose la caperuça, puesto en su presencia, le dixo: Ya los dias pasados vió v. m., mi señor don Quixote, saliendo de Çaragoça, como me las tuve tiesas con el señor Bracamonte, que está presente; y que si no fuera por v. m. y por el respeto que tuve á la venerable presencia deste señor ermitaño, no dexara de dar cima, tronco, ó como diablos lo llaman los caballeros andantes, á la aventura ó batalla que con él tuve, pero batalla en que se me dió por vencido; y asi para que merezca venir á ser por mis pulgares, andando los tiempos, tenido por esos mundos, insulas y peninsulas por caballero andante, como v. m. lo es, y haga á cuantos topare tuertos y coxos, le pido desencarecidamente se esté aqui con estos señores; que yo iré quedito, subido en mi rucio, sin permitirle diga en el camino palabra buena ni mala, á ver si es la que ahi dentro se quexa la sabia Urganda, ó como se llama; y si cojo descuidado al bellaconazo del sabio que v. m. dize, verá como, despues de haberle dado media dozena de gentiles moxicones, se le traigo aqui agarrado de los cabeçones; pero si acaso muriesemos en la demanda yo y mi fidelisimo jumento, suplico á v. m. por amor del señor san Julian, abogado de los cazadores, que nos haga enterrar juntos en una sepultura; que pues en vida nos quisimos como si fueramos hermanos de leche, bien es que en la muerte tambien lo seamos; y mandeme enterrar en los montes de Oca; y si por mi ventura fuere camino para llevarnos á ellos la Argamesilla de la Mancha, nuestro lugar, detenganos en ella siete dias con sus noches, en honra y gloria de las siete cabrillas y de los siete sabios de Grecia; lo cual hecho, iremos alegres nuestro camino, habiendo empero almorzado primero lindamente. Riose don Quixote, diziendo: ¡Oh Sancho, y que grande necio que eres! Pues si te he de llevar muerto con tu rucio, ¿como quieres descansar siete dias con sus noches en la Argamesilla, y despues almorzar para ir adelante? Par diez, replicó Sancho, que tiene razon: v. m. perdone; que no habia caido en que iba muerto. Pues, Sancho, dixo entonzes don Quixote, porque veas que deseo tu aprovechamiento en las aventuras, te doy plenaria licencia para que vayas y pruebes esta, y ganes la honra della que se me debia; y me la quito para dartela, con el fin de que comiençes á ser caballero novel, prometiendote que si le das, cual confio de tu braço, á esta peligrosa hazaña que emprendes, en llegando á la española corte, tengo de hazer con su catolico monarca que por fuerça ó por grado te dé el orden de caballeria, para que, dexando el sayo y la caperuça, subas armado de todas pieças en un andaluz caballo, y vayas á justas y torneos, matando fieros gigantes y desagraviando opresos caballeros y tiraniçadas princesas con los filos de tu espada, sin trepidar los soberbios gigantes y fieros grifos que te hizieren resistencia. Señor don Quixote, dixo Sancho, dexeme á mí; que á cachetes haré yo más en un dia que otros en una hora; y si puedo poner un poco de tierra en medio, como haya abundancia de guijarros, quedará la vitoria por mia, y muertos todos los gigantes aunque tope un cahiz de ellos; y con esto, adios; que voy á ver en que pára esta aventura; mas deme primero su bendicion. Don Quixote le santiguó, diziendo: Dete Dios en este trance y semejantes lides la ventura y acierto que tuvieron Josue, Gedeon, Sanson, David y el santo Macabeo contra sus contrarios, por serlo de Dios y de su pueblo. Començó luego Sancho á caminar; y andados cuatro pasos, volvió á su amo, diziendo: Mire v. m., señor, que si acaso diere vozes, viendome en algun peligro, que acuda luego, y no demos que reir al mal ladron, pues podria v. m. llegar tan tarde, que ya Sancho hubiese llevado, cuando llegase, media dozena de maçadas de gigantes. Anda, Sancho, dixo don Quixote, y no tengas miedo; que yo acudiré á tiempo. Con esto se fue; y apenas hubo andado otros seis pasos, cuando volvió diziendo: Y mire v. m., tome esto por seña de que me va mal con este sabio, que encomendado sea á las furias infernales: que cuando yo diga dos vezes ¡ay, ay! venga como un pensamiento; porque será señal infalible de que ya me tiene en tierra atado de pies y manos para quitarme el pellejo como un san Bartolome. No harás cosa buena, dixo don Quixote, pues tanto temor tienes. Pues, ¡pesia á la madre que me parió! dixo Sancho, estase v. m. arrellenado en su caballo, y esotros dos señores riendose, como si fuese cosa de burla el irme yo triste á meter solo entre millones de gigantes más grandes que la torre de Babilonia, ¡y no quiere que tema! Yo le aseguro que si alguno de sus mercedes viniera, hiziera peor: ¡cuerpo non de Dios con ellos, y aun con la puta perra que me hizo pedir tal licencia, ni tratar de meterme en estos ruidos, y buscar perro con cencerro! Tras esto se entró el pinar adentro; y habiendo andado medrosisimo cosa de veinte pasos, començó á dar gritos en seco, diziendo: ¡Ay, ay, que me matan! Apretó las espuelas don Quixote á Rocinante en oyendo las vozes, y tras él el ermitaño y soldado; y llegando todos á Sancho, que estaba caballero en su asno, le dixo su amo: ¿Que es ó que has habido, mi fiel escudero? que aqui estoy. ¡Eso sí! dixo Sancho: no he visto aun nada, y solo he gritado por ver si acudiria al primer repiquete de broquel. Volvieron atras todos riendo, y Sancho se emboscó; pero á poco trecho oyó como no muy lexos dél se quexaban y dezian: ¡Ay Madre de Dios! ¿Y es posible que no haya en el mundo quien me socorra? Sancho que iba con más miedo que vergüença, alargando el cuello acá y acullá, oyó de nuevo cerca de sí la mesma voz, que entre unos arboles le dezia: ¡Ah, hermano labrador! por amor de Dios, quitadme de aqui. Volviendo en esto, turbado, la cabeça Sancho, vió una muger en camisa, atada de pies y manos á un pino; y apenas la hubo visto, cuando dando una gran voz se arrojó del asno abaxo, y volviendose á pie, corriendo y tropeçando, por donde habia venido, iba diziendo á vozes: ¡Socorro, socorro, señor don Quixote; que matan á Sancho Pança! Don Quixote y los demas que oyeron á Sancho entraron el pinar adentro, donde toparon con él, que se volvia turbadisimo, mirando hazia atras de cuando en cuando, y tropeçando en una mata y dando de ojos en otra; al cual, asiendole del braço el soldado, y no pudiendole detener, segun se daba prisa por salir del pinar, le dixo: ¿Que es esto, señor caballero novel? ¿Cuantos gigantes ha muerto á moxicones? Reportese, pues queda con vida y nos ha excusado el trabajo de llevarle á enterrar á los montes de Oca. ¡Ay señor! respondió Sancho, no vaya allá, por las llagas de Jesus Nazareno, Rex Judœorum; porque le asiguro he visto por estos ojos pecatrizes, los cuales no soy digno de jurar, una anima del purgatorio vestida de blanco como ellas, segun dezia el cura de mi lugar; y á fe que no esté sola; que siempre estas andan á bandadas como palomas; lo que sé dezir es que la que yo acabo de ver está atada á un pino; y si no me encomendara aprisa á san Longinos benditisimo, y apretara los pies, me tragara sin duda, como se ha tragado ya al triste rucio y á mi caperuça, que no la hallo. Començó don Quixote á caminar poco á poco, y los demas tras él; y Sancho, que apenas se podia mover, segun iba de cortado, dixo: ¡Ah señor don Quixote! mire por amor de Dios lo que haze, no tengamos que llorar para toda nuestra vida. En esto, como la muger que estaba atada sintió rumor de gente, començó á levantar la voz y á dezir: ¡Ay señores! por reverencia del que murió por todos, que me quiten deste tormento en que estoy puesta, y si son cristianos hayan misericordia de mí. Don Quixote y los demas, que vieron aquella muger atada de pies y manos al pino, llorosa y desnuda, tuvieron gran compasion de ella; pero Sancho, asido del habito del ermitaño y puesto tras él, medio acechando, con el miedo que tenia le dixo: Doña anima del purgatorio (¡purgada os vea yo con todos los diablos del infierno á vos y á quien acá os traxo, supuesto que no puedo creer sea cosa buena!), dad acá el rucio que os habeis comido; si no, por vida de cuantos verdugos hay en el Flas Sanctorum, que mi señor don Quixote os le saque del buche á puras lançadas. El soldado le respondió: Callad, Sancho; que alli anda vuestro asno paziendo, la caperuça, que se os cayó, está junto á él. ¡Oh bendito sea Dios, dixo Sancho, y como me huelgo! Y asiendo del asno, le abraçó y dixo: Bien seas venido de los otros mundos, asno de mi alma; mas dime como te ha ido en ellos:—y llegandose tras esto á su amo, le dixo: Mire v. m., señor, lo que haze, y no la desate, porque esta anima me parece pintiparada á la anima de una tia mia que murió habrá dos años, de sarna y mal de ojos, en mi lugar; y nos importa á todos los de mi linage no verla más que á la landre, porque era la más maldita vieja que hayan tenido todas las Asturias de Oviedo que hay en todo el mundo. No curó don Quixote de las boberias de su escudero; y asi, volviendose al ermitaño y á Bracamonte, les dixo: Habeis de saber, señores, que esta dama que veis aqui atada con tanto rigor y crueldad, es sin duda la gran Zenobia, reina de las Amazonas, si nunca la oistes dezir; la cual, habiendo salido á caza con la muchedumbre de sus más diestros cazadores, vestida de verde, en un hermoso caballo rucio rodado, con su arco en la mano y una rica aljaba al hombro, llena de doradas y herboladas flechas, habiendose apartado de su gente por haber seguido un ferozisimo jabalí, se perdió en estos obscuros bosques; y siendo hallada por alguno ó algunos jayanes de los que van por el mundo haziendo dos mil alevosias le robaron su preciado caballo, quitandole sus ricos y bordados vestidos y todas las joyas, perlas, axorcas y anillos que en su cuello, braços y blancas manos traia; y la dexaron, como veis, desnuda en camisa y atada á ese pino: por tanto, señor soldado, v. m. la desate luego, y sabremos de su boca elegantisima toda la historia. La muger era tal, que pasaba de los cincuenta, y tras de tener bellaquisima cara, tenia un rasguño de á jeme en el carrillo derecho, que le debieron de dar siendo moça, por su virtuosa lengua y santa vida. El soldado la fue á desatar, diziendo: Yo le juro á v. m., señor caballero, que la dueña que está aqui no tiene cara de reina Zenobia, si bien tiene el talle de amazona; y si no me engaño, me parece haberla visto en Alcala de Henares, en la calle de los Bodegones, y se ha de llamar Barbara la de la cuchillada. Y llegandola á desatar, dixo ella que era la verdad y que aquel era su nombre. En esto se quitó el manto que traia el ermitaño, y se le puso á la pobre muger para que asi con él llegase hasta el lugar con más decencia; la cual, en viendose cubierta, se llegó adonde estaba don Quixote, y viendole armado de todas pieças, le dixo: Infinitas gracias, señor caballero, rindo á v. m. por la que me acaba de hazer, pues con ella y por sus manos quedo libre de las de la muerte, en las cuales sin duda me viera esta noche, si por piedad de los cielos no hubiera v. m. pasado por aqui con esta noble compañia. Don Quixote con mucho reposo y gravedad le respondió, diziendo: Soberana señora y famosa reina Zenobia, cuyas fazañas estan ya tan sabidas por el mundo, y cuyo nombre y valor conocieron tan bien los famosos griegos á costa de su sangre generosa, pues vos con vuestras fermosas cuanto intrepidas amazonas fuistes poderosa para dar la vitoria á la parte que favoreciades de los dos lucidos exercitos del emperador de Babilonia y Constantinopla, yo me tengo por muy felize y dichoso en haberos hecho hoy este pequeño servicio, principio de los que á vuestra real persona de aqui adelante pienso hazer en la grandiosa corte del catolico monarca de las Españas, en la cual tengo aplaçada una peligrosa y dudosa batalla con el gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre. Yo os juro y prometo desde aqui coronaros por reina y señora de aquella amenisima isla y regalado reino, despues de haber por cuarenta dias defendido contra todos los caballeros del mundo vuestra rara y peregrina fermosura. El ermitaño y Bracamonte, que semejantes disparates oyeron dezir á don Quixote, no se podian valer de risa; pero considerando la obligacion en que le estaban por lo que cuidaba de su regalo, y cuanto por no perderle les importaba sobrellevarle, disimulaban cuanto podian, siguiendole el humor como discretos; aunque, cuando se hallaban ambos á solas, lo reian todo por junto. La buena muger, que se vió tratar de reina, no supo que le responder, sino dezir: Yo, señor mio, si bien soy moçona, no soy la reina Zenobia, como v. m. me llama; si es que no lo dize fisgando por verme tan fea. Pues á fe que en mi tiempo no lo fui; que vivido he en Alcala de Henares toda mi vida, donde, cuando era muchacha, era bien regalada y querida de los más galanos estudiantes que ilustraban entonzes aquella celebre universidad, sin haber rotulada por todos sus patios y casa otra que Barbara; y hasta en todas las puertas de los conventos y colegios estaba mi nombre escrito con letras coloradas y verdes, cubierto de coronas y ladeado de palmas, diziendo: Barbara victor; pero ya por mis pecados, despues que un escolastico capigorron me hizo esta señal en el rostro (que mala se la de Dios en el anima), no hay quien haga caso de mí. Pues á fe que, aunque fea, no espanto. A esto respondió Sancho: Por vida de mi madre, que esté en el otro mundo por muchos años y buenos, señora reina Zenobia, que aunque le parece á v. m. que no espanta, que me espantó denantes cuando la ví con tan mala catadura; que habia de la cera que destilaba la colmena trasera que naturaleza me dió, para hazer bien hechas media dozena de hachas de á cuatro pabilos. Don Quixote, que ya en su fantasia idolatraba en Barbara, teniendola por la reina Zenobia, le dixo, dando un empujon á Sancho, con que le hizo callar: Vamos, serenisima señora, al lugar, que ya está cerca, y dezirnos heis por el camino como os sucedió la desgracia de ser robada, y atada de pies y manos en aquel pino. Y volviendose á Sancho, le dixo: ¿Ois, escudero? Traed vuestro jumento, y subireis en él luego á la señora reina Zenobia de aqui al lugar. Traxole Sancho, y poniendose á gachas á cuatro pies para que subiese, volviendo la cabeça, le dixo: Suba, señora reina; y ponga los pies sobre mí. Hizolo ella con mucha desenvoltura y sin hazerse de rogar; y puesta á caballo, començaron á caminar para el pueblo. A pocos pasos que habia andado, le dixo Bracamonte: Diganos, señora Barbara, por vida desa suya que tantas ha pensado costar en la moçedad, ¿quien fue aquel bellaco que la dexó de tal suerte, y quien el que la sacó de la calle de los Bodegones de Alcala, donde estaba como una princesa y tan visitada de estudiantes novatos que la henchian las medidas y bolsas? ¡Ay señor soldado! respondió ella. ¿Conociome á mí alli en mi prosperidad? ¿Entró alguna vez en mi casa? ¿O acaso comió jamas del mondongo que yo guisaba? que le solia algunas vezes hazer tan bueno, que se comian los estudiantes las manos tras ello. Yo, señora, respondió él, jamas comí en casa de v. m., porque estaba en el Colegio Trilingüe, donde dan de comer á los colegiales; pero acuerdome bien de que alababan mucho las agujas de v. m. y su limpieza, la cual, segun me dezian, era tanta, que con solo un caldero de agua lavaba por el pensamiento dos y tres vientres: de manera que salian de sus manos unas morcillas verdinegras, que era gloria mirallas; que como la calle es angosta y obscura, no se podia echar de ver la superabundancia del mugre con que convidaban al más hambriento machuca de Alcala. ¡Ay! ¡mal haya él, replicó Barbara, y que gran bellaco y socarron me parece! Pues á fe que si no me engaño, que ha él comido de mis manos más de cuatro vezes; porque su talle y vestido no es para hazerme creer que ha estado en el Colegio Trilingüe, como dize. Digame la verdad, acabe. Bracamonte la satisfizo, diziendo: Antes que yo entrase en el colegio, agora cuatro años, estaba con otros seis estudiantes amigos en la calle de Santa Ursula, en las casas que se alquilan alli junto á la iglesia mayor del mercado; y me acuerdo que v. m. subió á ellas con una olla no muy pequeña llena de mondongo; y un estudiante, que se llamaba Lopez, la cogió en sus braços sin derramarla, y la metió en su aposento, donde él con todos los amigos comimos de la olla que v. m. se traia baxo sus mugrientas sayas, sin tocar á la del mondongo. Por el siglo de mi madre, respondió Barbara, que me acuerdo deso como de lo que he hecho hoy. Pues á fe que toda era gente honrada; que aunque no tuvieron razon de hazer lo que hizieron, siendo yo muger de mis prendas, todavia tuvieron respeto de no tocarme á la olla. ¡Jesus, Jesus! ¿que estaba alli? Pues sepa que Lopez es ya licenciado y un grandisimo bellaco enamoradizo, mas con todo eso, á fe que las vezes que yo subia á su aposento, que no me escupia. Pues, señora reina mia, dixo Sancho, si tan buena ofiziala es de hazer mondongos, sepa que si mi amo la lleva, como dize, al reino de Chipre, alli tendrá bastantisima ocasion de mostrar su habilidad, porque habrá tripas infinitas de los enemigos que mataremos; de los cuales podrá hazer pasteles, pelotas de carne y ollas podridas, y echarles toda la caparrosa que quisiere, pues es lo que da mejor gusto á los guisados. ¡Ay amarga de mí! respondió Barbara: si la caparrosa es para hazer tinta, ¿como dezis vos, hermano, que la eche en los guisados? No sé, en mi conciencia, replicó Sancho, lo que me echaron encima de las alhondiguillas que me dieron en casa de don Carlos en Çaragoça; lo que sé es que ellas me supieron riquisimamente. Albondiguillas direis, dixo Barbara; que ansi se llaman en todo el mundo. Poco monta; replicó Sancho, que se llamen de una suerte ó de otra, lo que hemos de procurar es sembrar muchas en estando en Chipre.

CAPITULO XXIII

En que Barbara da cuenta de su vida á don Quixote y sus compañeros hasta el lugar, y de lo que les sucedió desde que entraron hasta que salieron dél.

Salieron del pinar á la que Sancho acababa de dezir las referidas simplicidades. Juntoseles don Quixote en el camino real, donde les esperaba haziendo mil discursos acerca del modo que tendria en llevar á la corte á la que él tenia por reina Zenobia; y luego que vió que ella llegaba al puesto en que la esperaba, la dixo con grande respeto y mesura: Suplico á vuesa magestad se sirva, poderosisima reina, de darnos cuenta, de aqui á que con la fresca lleguemos al vecino lugar, de quienes fueron los follones que la robaron sus ricas joyas y la desnudaron de sus reales galas, dexandola atada con tanta crueldad en aquel arbol. A lo cual respondió ella al punto: V. m., señor mio, ha de saber que viviendo yo en Alcala de Henares, en la calle que llaman de los Bodegones, con mi honrado y ordinario trato, quiso la fortuna, que siempre es contraria á los buenos, que viniese alli un mancebo de muy bonita cara y harto discreto, el cual entró dos ó tres vezes á comer en mi casa. Como le vi al principio tan cortes, prudente y bien hablado, aficionemele (que no debiera) de tal suerte, que no podia de noche ni de dia sosegar sin verle, hablarle y tenerle á mi lado. Dabale de comer y cenar todos los dias como á un principe, comprabale medias, çapatos, cuellos y aun los libros que me pedia, mirandome en él cual en un un espejo: en fin, él estuvo en mi casa con esta vida más de un año y medio, sin gastar blanca suya, y muchas mias. En este tiempo sucedió que estando una noche conmigo en la cama, me dixo como estaba determinado de ir á Çaragoça, adonde tenia parientes muy ricos; y que me prometia, si queria ir con él, que en llegando allá se casaria conmigo, por lo mucho que me amaba; y yo, que soy una bestia, creyendo sus engañosas palabras y falsas promesas, le dixe que era contentisima de seguirle; y luego començé á vender mis alhajas que eran dos camas de buena ropa, dos pares de vestidos mios, una grande arca de cosas de lienzo, y finalmente todo lo demas que en mi casa tenia; de lo cual hize más de ochenta ducados, todo en reales de á ocho. Con ellos y notable gusto nos salimos juntos una tarde de Alcala; y llegados al segundo dia á la entrada del bosque de quien ahora acabamos de salir, me dixo nos entrasemos á sestear en él; que se queria holgar conmigo: ¡asi mala holgura le dé Dios en el alma y en el cuerpo! Pero no le quiero maldezir; porque quiçá algun dia nos toparemos, y me pedirá perdon de lo hecho; y como le quiero tanto, facilmente le perdonaré. Seguile, creyendo en sus razones (que no debiera); y viendome sola y en lugar tal y tan secreto, metió mano á una daga, diziendome que si no sacaba alli todo el dinero que traia conmigo, que él me sacaria el alma del cuerpo con aquel puñal. Yo, que vi una furia tan repentina en la prenda que más queria en el mundo, no supe qué le responder, sino, llorando, suplicarle que no hiziese tal alevosia; pero començome á apretar tanto, sin hazer caso de mis justas razones y llorosas palabras, que, viendo tardaba en darle los ochenta ducados más de lo que su codicia permitia, empezó á decirme á vozes colerico: Acabe de darme presto el dinero la muy puta, vieja, bruxa, hechicera. Sancho, que estaba escuchando con mucha atencion á Barbara, cuando le oyó referir tantos y tan honrados epitetos, le dixo: Y digame, señora reina, ¿era acaso verdadero todo ese calendario que le dixo el estudiante? porque de sus hechos colixo que era tan hombre de bien, que por todo el mundo no diria una cosa por otra, sino la verdad pura. ¡Como verdad! replicó ella: á lo menos en lo que dixo de bruxa, mintió como bellaco; que si una vez me pusieron á la puerta mayor de la iglesia de San Yuste en una escalera, fue por testimonio que unas vecinas mias invidiosas, por no más que sospechosas, me levantaron: ¡ansi levantadas tengan las alas del coraçon, pues por ello me hizieron echar en la trena, donde gasté lo que Dios sabe! Pero vaya en hora buena, con su pan se lo coman; que á fe que me vengué, á lo menos de la una dellas, muy á mi salvo, pues á un perro que ella tenia en casa y con quien se entretenia, le dí çarazas en vengança del dicho agravio. Rieronse todos del dicho de Barbara, y Sancho la replicó diziendo: Pues ¡cuerpo de Poncio Pilatos, señora reina! ¿que culpa tenia el pobre perro? ¿Fuese él acaso á quexar de v. m. á la justicia, ó levantola el falso testimonio que dize? Que el perro seria muy bueno y no haria mal á nadie, y por lo menos sabria cazar alguna olla, por podrida que fuese. ¡Triste perro! si no me quiebra el coraçon de dolor su homicidio... Don Quixote le dixo: Oyete, pecora: ¿por ventura conociste ni viste aquel perro? ¿Que se te da á tí dél? ¿Pues no quiere que se me dé, replicó Sancho, si no sé si el honrado y mal logrado y yo eramos primos hermanos? Que el diablo es sutil, y donde no se piensa se caza la liebre; y como dizen, do quiera que vayas, de los tuyos hayas. Y de aqui començó á ensartar refranes, de suerte que no le podian acallar; mas don Quixote suplicó á la reina Zenobia pasase adelante, y no hiziese caso de Sancho, que era un animal. Pues como digo, prosiguió ella, mi bueno de Martin (que asi se llamaba la lumbre de mis ojos), nombre para mi bien aciago, pues tanta parte tiene Martin de martes, començó á darme prisa por el dinero, acompañando cada palabra injuriosa que me dezia con un piquete en estas pecadoras nalgas, tal que me hazia poner el grito en el cielo; y asi, viendome tan apretada, y considerando que si no hazia lo que me pedia, podria ser darme algun golpe peor que el que otro tal cual él me habia dado en la cara por menos que eso, saqué todo mi dinero y diselo; mas, no contento con él, me quitó una saya y corpiño y un faldellin harto bueno que traia vestido; y atandome á un pino, me dexó de la manera que vs. ms. me han hallado, á quien pague Dios la merced que me han hecho. Pues en buena fe dixo Sancho, que si la desnudara un dedo más adentro, que la dexara hecha un Adan y Eva. ¡Oh hi de puta, socarron, bellaco! ¿No será bueno, señor don Quixote, que yo vaya por esos mundos en mi rucio buscando á ese descomunal estudiante, y que le desafie á batalla campal, y en cortandole la cabeça, la traiga espetada en el hierro de algun lançon, y con ella entre en las justas y torneos con aplauso de cuantos me vieren? Pues es cierto que admirados han de dezir: ¿Quien es este caballero andante? Y con orgullo creo les sabré responder: Yo soy Sancho Pança, escudero andante del invito don Quixote de la Mancha, flor, nata y espuma de la andantesca escuderia. Pero no quiero meterme con estudiantes; doylos á Belcebu; que el otro dia cuando fuimos á las justas de Çaragoça, yo y el cocinero coxo llegamos á hablar á uno dellos al colegio, y me dió un demonio de otro un tan infernal pescoçon en esto del gaznate, que casi me hizo dar de ojos; y como me abaxé por la caperuça, acudió otro á las asentaderas con una coz tal, que toda la ventosidad que habia de salir por alli, me la hizo salir por arriba, envuelta en un regüeldo que, segun dixo él mismo, olia á rabano serenado; y no hube bien levantado la cabeça, cuando començó á llover sobre mí tanta multitud de gargajos, que si no fuera porque sé de nadar como Leandro y Nero... Pero un cararelamido, que parece que aun agora me le veo delante, me arrojó tan diestramente un moco verde, que le debia tener represado de tres dias, segun estaba de cuajado, que me tapó de suerte este ojo derecho, que me hube de salir corriendo y gritando: ¡Ah de la justicia! que han muerto el escudero del mejor caballero andante que han conocido cuantos visten cueras de ante. Llegaron en esto al lugarcillo, lo cual atajó las razones de Sancho; y llegados á su meson, se apearon en él todos por mandado de don Quixote, el cual se quedó en la puerta hablando con la gente que se habia juntado á ver su figura. Entre los que alli á esto habian acudido, no habian sido de los postreros los dos alcaldes del lugar, el uno de los cuales, que parecia más despierto, con la autoridad que la vara y el concepto que él de sí tenia le daban, le preguntó mirandole: Diganos v. m., señor armado, para donde es su camino y como va por este con ese sayo de hierro y adarga tan grande; que le juro en mi conciencia que ha años que no he visto á otro hombre con tal librea cual la que v. m. trae: solo en el retablo del Rosario hay un tablon de la Resurreccion, donde hay unos judiazos despavoridos, y enjaezados al talle de v. m., si bien no estan pintados con esas ruedas de cuero que v. m. trae, ni con tan largas lanças. Don Quixote, volviendo las riendas á Rocinante hazia la gente que le tenia cercado en corrillo, dixo á todos con voz reposada y grave, sin reparar en lo que el alcalde le habia dicho: Valerosos leoneses, reliquias de aquella ilustre sangre de los godos, que por entrar Muça por España, perdida por la alevosia del conde Julian, en vengança de Rodrigo y de su incontinencia, y en desagravio de su hija Florinda, llamada la Cava, os fue forçoso haberos de retirar á la inculta Vizcaya, Asturias y Galicia para que se conservase en las inaccesibles quiebras de sus montes y bosques la nobilisima y generosa sangre que habia de ser, como ha sido, açote de los moros africanos; pues alentados del invencible y gloriosisimo Pelayo y del esclarecido Sandoval, su suegro, amparo y fidelisima defensa á cuyo celo debe España la sucesion de los catolicos reyes de que goza, pues dél nació el valor con que los filos de vuestras cortadoras espadas tornaron cumplidamente á recobrar todo lo perdido y á conquistar nuevos reinos y mundos, con invidia del mismo sol, que solo hasta que vosotros les asaltastes sabia dellos y los conocia: ya veis, inclitos Guzmanes, Quiñones, Lorençanas y los demas que me ois, como mi tio el rey don Alfonso el Casto, siendo yo hijo de su hermana, y tan nombrado cuanto temido por Bernardo, me tiene á mi padre el de Saldaña preso, sin querermele dar; demas de lo cual, tiene prometido al emperador Carlo-Magno darle los reinos de Castilla y Leon despues de sus dias; agravio por el cual no tengo de pasar de ninguna manera, pues no teniendo él otro heredero sino á mí, á quien toca por ley y derecho, como á sobrino suyo legitimo, y mas propincuo á la casa real, no tengo de permitir que extrangeros entren en posesion de cosa tan mia: por tanto, señores, partamos luego para Roncesvalles, y llevaremos en nuestra compañia al rey Marsilio de Aragon, con Bravonel de Çaragoça; que, ayudandonos Galalon con sus astucias y con el favor que nos promete, facilmente mataremos á Roldan y á todos los doze Pares; y quedando en aquellos valles mal ferido Durandarte, se saldrá de la batalla; y por el rastro de la sangre que dexará, irá caminando Montesinos por una aspera montaña, aconteciendole mil varios sucesos, hasta que topando con él, le saque por sus manos, á instancia suya, el coraçon, y se le lleve á Belerma, la cual en vida fue la mira de sus cuidados. Advertid pues, famosos leoneses y asturianos, que para el acierto de la guerra os prevengo en que no tengais disensiones sobre el partir de las tierras y señalar de moxones. Y volviendo en esto las riendas á Rocinante y apretandole las espuelas, se entró furioso en el meson, gritando: ¡Al arma, al arma; que


Con los mejores de Asturias
Sale de Leon Bernardo,
Todos á punto de guerra,
A impedir á Francia el paso!
 

Toda la gente se quedó pasmada de oir lo que el armado habia dicho, y no sabian á que se lo atribuir. Unos dezian que era loco, y otros no, sino algun caballero principal; que su trage eso mostraba; tras lo cual querian todos entrarse á tratar con él; pero el ermitaño se puso á la puerta en resistencia diziendoles: Vayanse, señores, con Dios; que este hidalgo está loco, y le llevamos á curar á la casa de los orates de Toledo: no nos le alteren más de lo que él se está. Oidas estas razones al venerable ermitaño, se fueron al punto cuantos alli estaban; y llevando Sancho á Rocinante á la caballeriza, se entraron don Quixote y los demas de su compañia en un aposento, donde le ayudaron á desarmar Bracamonte y el ermitaño, con cuyo manto buriel estaba cubierta la buena Barbara, sentada en su presencia en el suelo, á la cual viendo don Quixote dixo: Soberana señora, tened un poco de paciencia; que muy en breve sereis llevada á vuestro famoso imperio de las Amazonas, siendo primero coronada por reina del vicioso reino de Chipre, en cuya pacifica posesion os porné en matando su tirano dueño, el valiente Bramidan de Tajayunque, en la corte española; que para eso con toda diligencia entraremos mañana en la fuerte y bien murada ciudad de Sigüença, en la cual os compraré unos ricos vestidos, en cambio de los que aquel alevoso principe don Martin os quitó contra toda ley de razon y cortesia. Señor caballero, respondió ella, beso á v. m. las manos por la buena obra que sin haberle servido me haze; yo quisiera ser de quinze años y más hermosa que Lucrecia, para servir con todos mis bienes habidos y por haber á v. m.; pero puede creer que si llegamos á Alcala, le tengo de servir alli, como lo verá por la obra, con un par de truchas que no pasen de los catorze, lindas á mil maravillas y no de mucha costa. Don Quixote, que no entendia la musica de Barbara, le respondió: Señora mia, no soy hombre que se me dé demasiado por el comer y beber; con eso á mi escudero Sancho Pança; con todo, si esas truchas fueren empanadas, las pagaré y las llevaremos en las alforjas para el camino; aunque es verdad que mi escudero Sancho, en picandosele el molino, no dexará trucha á vida. La buena señora, como vió que don Quixote no le había entendido, se volvió al soldado, que se estaba riendo, y le dixo: ¡Ay amarga de mí, y que moscatel es este caballero! Mucho quiçá ha comido: menester habrá, si va á Alcala, acepillar un poco el entendimiento, que le tiene muy gordo. ¿Que dize vuesa alteza de gordo?, dixo don Quixote. Que no lo está v. m. mucho, respondió ella, dezia, señor; cosa que me maravilla de quien tiene tan buena condicion. Señora, replicó don Quixote, de tres generos de gente murmuraba mucho un filosofo moderno que yo conocí: del medico sarnoso, del letrado engañado, y del que emprende largos caminos y pleitos siendo gordo; y pues yo emprendo por mi profesion de caballero andante las dos ultimas cosas dichas, no será bien que esté gordo; porque el estarlo es de hombres ociosos y que viven sin cuidados; y asi no es posible engordar más de lo que estoy, teniendo tantos como tengo. Tratando desto, entró Sancho corriendo, dando una mano con otra y diziendo: ¡Albricias, señor don Quixote, albricias! ¡Buena nueva, buena nueva! Yo te las prometo, dixo don Quixote, hijo Sancho; y más si son las nuevas de que ha parecido aquel estudiante que robó á la gran reina Zenobia. Mejor, respondió Sancho, es la nueva. ¿Es por ventura, añadió don Quixote, que el gigante Bramidan de Tajayunque está en el lugar, y me busca para acabar la batalla que entre los dos tenemos aplaçada? Mejor sin comparacion es, replicó Sancho. Dinosla, pues, presto, dixo don Quixote; que si es de tanta importancia como dizes, no te faltaran buenas albricias. Han de saber vs. ms., respondió Sancho, que dice el mesonero (y no burla, porque yo lo he visto por mis ojos) que tiene para que cenemos una riquisima olla con cuatro manecillas de vaca y una libra de tocino, con bofes y livianos de carnero y con sus nabos; y es tal, en fin, que en dandole cinco reales de contado y á letra vista, se verná ella misma á cenar por sus pies con nosotros. Don Quixote le dió una coz diziendo: ¡Miren el tonto goloso, las nuevas de importancia que nos traia! Las albricias dellas le diera yo de muy buena gana con un garrote, si por aqui le hubiera á mano. Entró, cuando esto dezia don Quixote con colera, muy sin ella el mesonero diziendo: ¿Que es lo que vs. ms. quieren cenar, señores? que se les dará luego al punto. Don Quixote le dixo que para él le traxese dos pares de huevos asados, blandos, y para aquellos señores lo que á ellos les pareciese; pero que adereçase algun faisan, si le tenia á mano, para la reina Zenobia, porque era persona delicada y regalada, y le haria daño otra cosa. Miró el mesonero á la que don Quixote llamaba reina, y dixo: ¿No es v. m. la que cenó anoche con un estudiante, y nos dixo que iba á casarse con él á Çaragoça? Pues ¿como ayer, como este caballero dize, no era Zenobia (aunque si novia del tan falto de barbas cuanto de vergüença), y agora lo es? A fe que anoche no cenó de faisan, si no de un plato de mondongo que consigo traxo de Sigüença, envuelto en una servilleta no muy limpia, ni tampoco se nos hizo reina. Hermano, respondió ella, yo no os pido nada: traed de cenar; que lo que todos estos señores cenaren, cenaré yo tambien, pues este caballero nos haze á todos merced. Fue el mesonero y pusoles la mesa, y cenaron todos, con mucho contento de Sancho, que servia, yendosele los ojos y el alma tras cada bocado de sus amos. Levantados los manteles, mientras él se fue á cenar, quedando todos sobre mesa, dixo el ermitaño á don Quixote. V. m., señor, nos la ha hecho grandisima á mí y al señor Bracamonte en este camino, y por ella quedamos ambos obligadisimos; pero porque ya nos es forçoso irnos por otra parte, él de aqui á Avila, de donde es natural, y yo á Cuenca, habrá v. m. de servirse darnos licencia, y mandarnos en dichas ciudades en cuanto se le ofreciere y viere le podemos servir, pues lo haremos como lo debemos y con las veras posibles; y lo mismo ofrecemos á su diligente escudero Sancho. Don Quixote le respondió que le pesaba mucho perder tan buena compañia; pero que si no se podia hazer otra cosa, que fuesen sus mercedes con la bendicion de Dios, mandando á Sancho que les diese un ducado á cada uno para el camino, el cual ellos recebieron con mucho agradecimiento; y don Quixote les dixo: Por cierto, señores, que entiendo verdaderamente que á duras penas se podran hallar tres sugetos tales como los tres que habemos caminado desde Çaragoça hasta aqui, pues cada uno de nosotros merece por sí grande honra y fama; porque, como sabemos, por una de tres cosas se alcançan en el mundo las dos dichas: ó por la sangre, ó por las armas, ó por las letras, incluyendo en sí cada una dellas la virtud, para que sea perfecto cumplimiento. Por la sangre el señor Bracamonte es famoso, pues la suya es tan conocida en toda Castilla; por las armas yo, pues por ellas he adquirido tanto valor en el mundo, que ya mi nombre es conocido en toda su redondez; y por las letras el padre, de quien he colegido que es tan grande teologo, que entiendo sabrá dar cuenta de sí en cualesquier universidades, aunque sean las Salmantina, Parisiense y Alcaladina. Sancho, que en acabando de cenar se habia puesto en pie detras de don Quixote á escuchar la conversacion, salió diziendo: Y yo ¿de que tengo fama? ¿No soy tambien persona como los demas? Tú, respondió don Quixote, tienes fama del mayor tragon goloso que se haya visto. Pues sepan (replicó Sancho), burlas aparte, que no solamente me toca á mí uno de los nombres que cada uno de vs. ms. tiene y con que se hazen famosos, sino que lo soy por todos tres juntos, por sangre, por armas y por letras. Riose don Quixote, diziendo: ¡Oh simple! ¿y como ó cuando mereciste tú tener alguno de los renombres que nosotros por excelencia tenemos, para que vuele tu fama como la nuestra por el orbe? Yo se lo diré á vs. ms., dixo Sancho, y no se me rian, ¡cuerpo de mi sayo! Lo primero, yo soy famoso por sangre, porque, como sabe mi señor don Quixote, mi padre fue carnicero en mi lugar, y cual tal, siempre andaba lleno de sangre de las vacas, terneras, corderos, ovejas, cabritos y carneros que mataba, y siempre traia llenos della los braços, manos y delantal. Por las armas tambien soy famoso, porque un tio mio, hermano de mi padre, es en mi tierra espadero, y agora está en Valencia, ó donde él se sabe, y siempre él anda limpiando espadas, montantes, dagas, puñales, estoques, cuchillos, cuchillas, lanças, alabardas, chuzos, partesanas, petos y morriones y todo genero armorum. Por las letras, tambien un cuñado mio es encuadernador de libros en Toledo, y siempre anda con pergaminos escritos, y envuelto entre libraços tan grandes como la albarda de mi rucio, llenos de letras goticas. Levantaronse todos riendo de las necedades de Sancho, y fueronse á acostar cada uno donde el huesped los llevó.

CAPITULO XXIV

De como don Quixote, Barbara y Sancho llegaron á Sigüença, y de los sucesos que alli todos tuvieron, particularmente Sancho que se vió apretado en la carcel.

En amaneciendo Dios se despertó don Quixote; que el caos que tenia en su entendimiento, y confusion de especies de que traia embutida la imaginativa, le servian de tan desconcertado despertador, que apenas le dexaban dormir media hora seguida. Pusose, en despertando, en pie, dando gritos á Sancho, que apenas podia despegar los ojos; pero fuele forçoso hazerlo, por la prisa que su amo le daba. Con ella pues ensilló á Rocinante y jumento, mientras don Quixote pagaba la cama y cena de todos. Hecha esta diligencia y salidos juntos de la posada, se despidieron de don Quixote el ermitaño y Bracamonte, y lo mismo hicieron tambien de Sancho Pança, el cual andaba ocupado en subir á Barbara en una borrica vieja del huesped, que se la alquiló don Quixote hasta Sigüença, juntamente con una ropa, asimismo vieja, de su muger, que lo era harto; y habiendo caminado los cuatro desta suerte lo más del dia, llegaron á la ciudad, y se fueron á un meson, al cual les encaminó su huesped, que les guiaba, entrando en él bien acompañados de muchachos, que iban detras diziendo á gritos: ¡Al hombre armado, muchachos, al hombre armado! En apeandose don Quixote, pidió al mesonero tinta y papel, y encerrandose con ello en un aposento, escribió media dozena de carteles para poner en los cantones, que dezian desta manera:


CARTEL

«El Caballero Desamorado, flor y espejo de la nacion manchega, desafia á singular batalla aquel ó aquellos que no confesaren que la gran Zenobia, reina de las Amazonas, que conmigo viene, es la más alta y fermosa fembra que en la redondez del universo se halla: que será defendida con los filos de mi espada su rara y singular belleza en la real plaça desta ciudad desde mañana á mediodia hasta la noche; y el que intentare salir en batalla con dicho Caballero Desamorado, ponga su nombre en el pie deste cartel.»
 

Hechas las copias dél, llamó á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, estos papeles, y busca un poco de engrudo ó cola, y ponlos en las esquinas de la ciudad de manera que puedan ser leidos de todos; y advierte con toda diligencia en cuanto los caballeros que llegaren á leerlos dixeren, y en si se meten en colera, volviendo por sus amantes damas, y en si dizen algun improperio (porque la virtud siempre es invidiada), ó en si se alegran por la honra que ganan de solo entrar conmigo en batalla, y finalmente, en si te preguntan donde estoy ó donde está la Reina mi señora. Ve volando, Sancho mio, y por tus ojos que lo adviertas y notes todo, para que me sepas dar, cuando vuelvas, cumplida cuenta y razon dello; que yo, si fuere necesario, no haziendo caso de la cena, iré luego á la hora á castigar su sandez y atrevimiento, para que de aqui adelante no le tengan otros tales como ellos para dezir semejantes desvarios contra quien tan bien sabe castigarlos. Sancho estuvo un rato con los papeles en la mano pensativo, porque hazia él esto del fijar carteles de desafio de muy mala gana, y quisiera más que don Quixote le inviara por una pierna de carnero, porque traía razonable apetito de cenar; y ansi con la cabeça baxa le dixo: ¡Valgame las parrillas del señor san Lorenço, mi señor don Quixote! ¿Es imposible que pudiendo nosotros vivir en haz y en paz de la santa madre Iglesia catolica romana, gustemos de meternos de nuestro proprio caletre en pendencias y guerreaciones necias que no nos va ni nos viene, y sin para qué? ¿Quiere v. m. que salga algun Barrabas de caballero que, habiendo estado muy descansado y regalado en esta ciudad él y su caballo, y queriendo her batalla con nosotros, que venimos cansados, y con Rocinante, que de puro molido no puede comer bocado, permita la misericordia de Dios que nos venza, y demos con toda nuestra caballeria en casa de Judas? ¿No será mejor, ya que tal intente, pedir licencia al alcalde deste lugar para poner estos papeles, puesto me veo ya desta hecha en cuatro mil peligros, desastres y desventuras? Don Quixote le dixo: ¡Oh necio, oh pusilanime, oh cobarde! ¿Y eres tú el que piensas recebir el orden de caballeria en Madrid con publico honor, en presencia de la sacra, cesarea y real magestad del Rey nuestro señor? Pues sabete que no es la miel para la boca del asno, ni el orden de caballeria se suele ni puede dar sino á hombres de brio, animosos, valientes y esforçados, y no á golosos ni pereçosos como tú. Ve luego, y haz lo que te digo sin más replica. Sancho, que vió tan enojado á su amo, calló y fuese, maldiziendo mil vezes á quien con él le habia juntado; y compró en casa de un çapatero un cuarto de engrudo, y llevandolo puesto sobre la suela de un çapato viejo, se fué á la plaça, en la cual, como era sobre tarde, estaban algunos caballeros y hidalgos y otra mucha gente tomando el fresco con el Corregidor. Llegose Sancho sin dezir palabra á nadie á la Audiencia, y començó á pegar en sus mismas puertas un papelon de aquellos; pero un alguacil que estaba detras del Corregidor, viendo fixar á aquel labrador en la Audiencia un cartel de letras gordas, pensando que fuesen papeles de comediantes, se le llegó diciendo: ¿Que es lo que aqui poneis, hermano? ¿Sois criado de algunos comediantes? Respondió Sancho: ¿Que comediantes ó que nonada? Esto que aqui se pone, majadero, no es para vos; que más alto pica el negocio; para aquellos de las capas prietas se haze, y mañana lo vereis. Leyó el cartel el alguacil confuso, y volviendose luego á Sancho, que estaba alli junto poniendo otro en un poste, le dixo: Ven acá, hombre del diablo, ¿quien os ha mandado poner aqui estos papelones? Respondió Sancho: Llegaos vos acá, hombre de Satanas; que no os lo quiero dezir. A las porfias y vozes que Sancho y el alguacil daban se volvieron el Corregidor y los que con él estaban, y preguntando qué era aquello, llegó el alguacil diziendo: Señor, aquel labrador anda, fixando por la plaça unos carteles en que desafia no sé quien á batalla á todos los caballeros desta ciudad. ¡Desafios pone! dixo el Corregidor. Pues ¿estamos ahora en carnestolendas? Andad y traednos un papel de aquellos: veremos qué cosa es; no sea algun dislate que llegue á oidos del Obispo antes que tengamos acá noticia dél. Llegó el alguacil, y quitó el primero que halló fixado en un poste, para llevarle al Corregidor; lo cual visto por Sancho, se encendió en tanta colera, que se fue para él con un guijarro en la mano, diziendo: ¡Oh sandio y descomunal alguacil! por el orden de caballeria que mi amo ha recebido, que si no fuera porque tengo miedo de ti y dese rey que traes en el cuerpo, te hiziera que pagaras con la primer pedrada todas las alguacilerias que hasta aqui has hecho, para que otros tales como tú y la puta que te parió, no se atrevieran de aqui adelante á semejantes locuras. Como vió el Corregidor aquel labrador con la piedra en la mano para tirar al alguacil, mandó que le prendiesen y llevasen alli en su presencia. Llegaron media dozena de corchetes á hazello, y él con su guijarro en la mano no se dexaba asir de ninguno; pero cuando vió que el negocio iba de veras y que ya desenvainaban las espadas contra él, soltó la piedra, y puesta la caperuça sobre las dos manos, començó á dezir: ¡Ah señores! por reverencia de Dios, que me dexen ir á dezir á mi amo como unos follones y malandrines no me dexan poner los papelones del desafio; que veran como viene hecho un cisne encantado y no dexa ningun pagano dellos á vida. Los corchetes, que no entendian aquel lenguaje, tenian á Sancho agarrado delante del Corregidor mientras acababa de leer el papel; y cuando lo hubo leido, le comunicó con todos los circunstantes, que le celebraron infinito; y vuelto á Sancho, le preguntó: Veni acá, buen hombre; ¿quien os ha mandado poner estos papelones en la Audiencia? porque á fe de hidalgo, que os ha de costar á vos y á quien os ha enviado á fixarlos, más caro que pensais. ¡Ah desventurada de la madre que me parió y del ama que me dió leche! dixo Sancho. Señor, mi amo, que mal siglo haya, me los ha mandado poner; y bien se lo dezia yo, que no tuviesemos guerreaciones en esta tierra hasta que primero hubiesemos muerto aquel gigantazo del rey de Chipre, adonde habemos de llevar á la señora reina Zenobia: sueltenme; que les juro, á fe de Sancho Pança, que iré á dezirle corriendo lo que pasa, y veran como se viene él aqui por sus pies ó por los de Rocinante, á hazer una carniceria tal, que jamas otra como ella se haya oido ni visto. Preguntole el Corregidor: ¿Como se llama tu amo? Sancho le respondió que su proprio nombre era Martin Quijada, y que el año pasado se llamaba don Quixote de la Mancha, y por sobrenombre el Caballero de la Triste Figura; pero que hogaño, porque ya habia dexado á Dulcinea del Toboso (ingrata causa de la excesiva penitencia que habia hecho en Sierra-Morena, si bien despues mereció en premio della la conquista del precioso yelmo de Mambrino), se llamaba el Caballero Desamorado. ¡Bueno por Dios! dixo el Corregidor; y vos ¿como os llamais? Yo, señor, respondió él, hablando con perdon de las barbas honradas que me oyen, me llamo Sancho Pança, que no debiera, escudero feliz del referido caballero andante, natural del Argamesilla de la Mancha, engendrado y nacido de mis padre y madre, y bautizado por el cura. ¿Como lo fuerais si dixerades que erais hijo de asno y bestia? respondió lleno de risa el Corregidor, mandando juntamente al alguacil y corchetes que le llevasen á la carcel, y echasen dos pares de grillos hasta que se informase de todo el caso; y hecho esto, fuesen luego por todas las posadas del lugar, y buscasen el amo de aquel labrador y se le traxesen alli. Llevaron al desgraciado Sancho al punto á la carcel; y las cosas que hizo y dixo por el camino y cuando se vió en ella y que le echaban dos pares de grillos, no hay historiador, por diligente que sea, que las baste á escribir; pero entre otras muchas simplicidades que se cuentan dél, es que, cuando se los hubieron echado, dixo: Tornenme, señores, á quitar estos demonios de trabas de hierro; que no puedo andar con ellas, y no tenian para qué ponermelas, porque yo las diera por muy bien recebidas sin que tomaran este trabajo. En dexandole en la carcel, se le llegaron tres ó cuatro picaros que alli habia presos, con ciertos cañutillos de piojos en las manos; y como le vieron simple, pareciendoles sano de Castilla la Vieja, y viendo por otra parte que á cada paso daba de ojos con los grillos, y que de ninguna manera sabia andar con ellos, le echaron por lo descubierto del pescueço más de cuatrocientos piojos, con que le dieron bien de rascar y sacar todo el tiempo que en la carcel estuvo; y como ellos le daban tanta pesadumbre, no hazia sino lamentarse de su fortuna y de la hora en que habia conocido á don Quixote. Mesabase las barbas, despidiendose ya de su muger, ya del rucio, ya de Rocinante; y obligado de la gran pesadumbre que los grillos le daban, dixo á uno de aquellos moços: ¡Ah señor picaro! Asi Dios le dé la salud cual el contento que muestra de mi trabajo, que me quite esas cormas, que no me dexan remecer; y si esta noche las tengo en los pies, no podré de ninguna manera pegar los ojos. Llegó un moço del carcelero que le oyó, y dixo: Hermano, como vos deis un real á mi amo, os los quitará por esta noche, para hazeros, placer y buena obra. En oyendo esto, sacó Sancho de la faltriquera una bolsilla de cuero, en la cual tenia seis ó siete reales; para el gasto que aquella noche se habia de hazer en el meson; de la cual sacó un real de plata, y se le dió al moço, con que al punto le quitó los grillos. Cuatro ó cinco de aquellos presos, que eran aguilas en hallarse las cosas antes que las perdiesen los dueños, mirando bien adonde habian visto poner la bolsa á Sancho, se concertaron, y llegandose uno dellos á él, le abraçó diziendo: ¡Ay, buen hombre, y como nos holgamos que os hayan quitado aquellos malditos grillos! Por muchos años y buenos. Y con esto guió la mano con tanta sutileza camino de la faltriquera, que sin errar el golpe ni ser sentido le sacó della la bolsa; pero procedió, hecho el lance, como liberal y honrado, pues le convidó á su misma costa á unos barquillos, fruta y vino, en que gastó el dinero. Mas volviendo á don Quixote, como viese que Sancho tardaba tanto en poner los papeles por los cantones, sospechando lo que podia ser, se entró en la caballeriza, y con toda presteza ensilló á Rocinante, y subiendo en él con su adarga y lançon, caminó para la plaça; y como entrase en ella muy paso á paso, acompañado de muchachos, y fuese visto por el Corregidor, y todos los que con él estaban se admirasen de ver aquella fantasma armada y circuida de gente, llegandose todos para ver su pretension ó lo que hazia, oyeron que don Quixote, concebiendo que estaba rodeado de principes, sin hazer cortesia á nadie, fixando el cuento del lançon en tierra, les començó á dezir con gravedad. ¡Oh vosotros, infanzones, que fincasteis de las lides, que no fincarades ende! ¿Non sabedes por ventura que Muça y don Julian, magüer que el uno moro y el otro á mi real corona aleve, las tierras talan por mí luengo tiempo poseidas, y que fincar ademas piensan en ellas? Tan cuellierguidos estan con las vitorias que asaz contra razon han ganado, fugiendo nosotros de sus airadas fazes, non faziendo la resistencia que á tales infanzones y homes buenos atañen, non considerando las cuitas de nuestras fembras, ni los muchos desaguisados y fuerças que aquestos mal andantes, con infinitos tuertos, cuidan fazer en pro de Mahoma y en reproche de nuestra fe, fablando cosas non dezideras, llenas de mil sandezes. ¡Erguid, erguid pues vuestras derrumbadas cuchillas! salga Galindo, salga Garcilaso, salga el buen Maestre y Machuca, salga Rodrigo de Narvaez. ¡Muera Muça, Zegri, Gomel, Almoradi, Abencerraje, Tarfe, Abenamar, Zaide, mejor para cazar liebres que para andar en las lides! Fernando soy de Aragon, doña Isabel es mi amantisima esposa y reina; desde este caballo quiero ver si hay entre vosotros alguien tan valiente,


Que me traiga la cabeça
De aquel moro renegado
Que delante de mis ojos
Ha muerto cuatro cristianos.
 

Fablad, fablad; non estedes mudos; que quiero ver si en esta plaça se topa entre vosotros home que, teniendo sangre en el ojo, sepa volver por su dama, contra la grande fermosura de la reina Zenobia que conmigo traigo, la cual por sí sola es bastante como yo sé por luenga experiencia, á daros bien que hazer á todos juntos y á cada uno por sí: por tanto dadme luego la respuesta; que uno solo soy y manchego, que para cuantos sois basta. El Corregidor y cuantos con él estaban, que semejantes razones oyeron dezir á don Quixote, no sabian á qué las atribuir ni qué responderle á ellas. Mas quiso Dios que, estando en esta confesion, llegasen á la plaça dos hidalgos mancebos de la ciudad, y viendo el estado y corrillo que hazian al hombre armado toda aquella gente y el Corregidor, llegandose á ellos, el uno le dixo: Han de saber vs. ms. que el armado que miran ha dias que me causó la misma admiracion que á todos les causa; porque habrá como un mes, poco más ó menos, que pasó por aqui con el mismo traje que le ven, y posó en el meson del Sol, do viendole yo, y aqui el señor don Alfonso, á la puerta, llegamos á hablarle, y de sus palabras coleximos que es loco ó falto de juizio; porque él nos dixo tantos dislates, y con tales afectos y visajes, ya del imperio de Trapisonda, ya de la infanta Micomicona, ya de las inmensas heridas que en diferentes batallas habia recebido, y de quien habia salido curado por el milagroso balsamo de Fierabras, que jamas le podimos acabar de entender; pero informandonos de un labrador harto simple que traia consigo y él le llamaba su escudero, nos dixo como su amo era de un lugar de la Mancha, hidalgo muy honrado y rico y muy amigo de leer libros de caballerias, y por imitar los antiguos caballeros andantes habia dos años que andaba de aquella manera; y con esto nos contó muchas cosas que le habian sucedido á él y á su amo en la Mancha y Sierra-Morena; de lo cual quedamos maravillados sin saber á qué poderlo atribuir, sino solo á que el triste se habria desvanecido leyendo libros de caballerias, teniendolos por autenticos y verdaderos: ansi que, de cuanto aqui dixere no hagan vs. ms. caso; antes, si quieren gustar dél, preguntemosle algo, y veran como habla con tal reposo, que parece algun gran principe de los antiguos; y lea v. m., señor Corregidor, las letras que trae en la adarga, que son tan ridiculas, que confirman bastantemente cuanto he dicho. Oyendo esto el Corregidor, volvió la cabeça, y llamando á un alguacil, le mandó fuese volando á la carcel, y que, sacando della y de las prisiones en que estaba aquel labrador que poco ha habia llevado á ella por su orden, se lo traxese suelto á su presencia; y volviendose á don Quixote, que estaba aguardando la respuesta lleno de coraje, le dixo: Señor caballero, yo el emperador y todos estos duques, condes y marqueses que conmigo estan, agradecemos mucho á v. m. su buena venida á esta corte, pues merecemos tener en ella hoy la flor de la caballeria manchega y el desfazedor de los agravios del mundo: por tanto, respondiendo á la su demanda, dezimos que ninguno se atreve á entrar en batalla con v. m., porque su valor es conocido y su nombre es manifiesto en este imperio, como lo es en todos los del universo; y asi nos damos por vencidos y confesamos la hermosura desa señora reina que dize. Solo pedimos á la su merced sea servido de nos la hazer quedandose en esta corte quinze ó veinte dias, en los cuales toda ella le servirá y regalará, no conforme v. m. mereze, sino segun nuestra posibilidad permitiere; y tenga v. m. por bien que yo y todos estos principes vamos á ver á su casa á esa señora reina, para que, mereciendo besarle las manos, le ofrezcamos nuestras vidas y haciendas. Don Quixote le respondió: Señor emperador, de hombres sabios y discretos es arrimarse siempre al mejor y más sano consejo; y asi vs. ms., como tales, reconociendo el valor de mi persona, la fuerça de mi braço y la razon que llevo en defender la grandisima fermosura de la reina Zenobia, han dado en la cuenta y caido en el punto de la verdad; no como otros fieros jayanes, que, fiandose del furor de sus indomitos coraçones y de las fuerças de sus braços y de los filos de sus cortadoras espadas, han presumido como locos entrar en batalla conmigo; pero ellos han llevado, y llevaran cuantos los imitaren, el justo pago que merecieron sus sandezes y locas arrogancias: por tanto, respondiendo á lo que vuesa serenidad y esos potentados me piden, de que les honre con mi persona esta corte por quinze dias, digo que no lo puedo hazer por agora de ninguna manera, porque tengo aplaçada una fiera batalla para la corte del rey Catolico, contra el arrogante y membrudo gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y se acerca el plaço della; pero en acabandola, doy palabra á todas vuesas altezas que, no estorbandolo otra alguna importante y nueva aventura, como suele suceder muchas vezes, volveré á visitarles y á ennoblecer este grandioso imperio con mi persona. Estando en estas platicas, llegó el alguacil con el bueno de Sancho, el cual, como viese á don Quixote en medio de tanta gente, se llegó á él diziendo: ¡Ah señor don Quixote! ¿no sabe ¡cuerpo non de Dios! como vengo de pasar una de las más terribilisimas aventuras que el Preste Juan de las Indias, ni el rey Cuco de Antiopia, ni cuantos caballeros andantes se crian en toda la andantesca provincia pueden haber pasado? Ello es verdad que unos estantiguos ó picarones que estaban alli presos me han hurtado la bolsa por arte de encantamiento, y echado por el pescueço abaxo invisiblemente más de setecientos mil millones de piojos; pero á fe que quedan buenos, pues los dexo acomodados como ellos merecen, para que otros tales no se atrevan á tal de aqui adelante con escuderos tan andantes y de estofa como yo, sino que tomen exemplo, y viendo la barba de su amigo remojar, echen la suya á quemar. ¡Oh mi Sancho! dixo don Quixote: ¿que has habido y que te ha sucedido con esos malandrines y ladrones que dizes? Cuentamelo, con el castigo que les has dado. ¿Disteles acaso á todos de palos? Peor, dixo Sancho. ¿Cortasteles las cabeças? Peor, respondió él. ¿Partistelos por medio? Peor hize, respondió. ¿Hiziste sus carnes tajadas muy pequeñas, para echarlas á las aves del cielo? Peor, replicó Sancho. ¿Pues que castigo, dixo don Quixote, les diste? El castigo, añadió Sancho, que les di (¡ay pobres dellos, y cuales quedan!), que començamos á jugar al que es cosa y cosa, y cuando hubieron dicho todos, les pregunté yo: ¿Qué es cosa y cosa que parece burro en pelo, cabeça, orejas, dientes, cola, manos y pies, y lo que más es, hasta en la voz, y realmente no lo es? Y no me supieron jamas dezir que era la burra. ¡Mire v. m. si les paré buenos, pues de corridos quedan hechos unas monas, sin saber qué les ha sucedido! Y aun si no me llamara tan por la posta aqui el señor alguacil, yo les dexara como nuevos con otra pescuda que tenia ya en el pico de la lengua. Rieronse todos los que la simpleza de Sancho oyeron; pero don Quixote, sin hazer caso della, haziendoles señas con las manos les dixo que cuantos quisieren ver y besar las hermosisimas manos de la reina Zenobia, se fuesen tras él. Hizieronlo todos asi, yendo siempre por el camino el Corregidor hablando con Sancho, y riendo mucho de las boberias que dezia. Llegaron pues al meson del Sol, y entrando delante don Quixote, baxó de Rocinante, y llamando á Barbara por su nombre de invictisima reina Zenobia, salió luego ella de la cocina, donde estaba, con una capa vieja del huesped por saya; porque, como arriba queda dicho, habia quedado la pobre en el bosque en camisa, y faltabale el reparo que le habia hecho el manto del ermitaño, y despues el de la ropa vieja de la muger del mesonero, que hasta alli la habia traido. Apenas la vió don Quixote, cuando con grande mesura le dixo: Estos principes, soberana señora, quieren besar las manos á vuesa alteza. Y entrandose tras esto con Sancho en la caballeriza para hazer desensillar y dar de comer á Rocinante, salió ella á la puerta del meson con la figura siguiente: descabellada, con la madeja medio castaña y medio cana, llena de liendres y algo corta; por detras la capa del huesped, que diximos, traia atada por la cintura en lugar del faldellin: era viejisima y llena de agujeros, y sobre todo tan corta, que descubria media pierna y vara y media de pies llenos de polvo, metidos en unas rotas alpargatas, por cuyas puntas sacaban razonable pedazo de uñas sus dedos; las tetas, que descubria entre la sucia camisa y faldellin dicho, eran negras y arrugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos palmos; la cara trasudada y no poco sucia del polvo del camino y tizne de la cocina, de do salia; y hermoseaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchillada que se le atravesaba: en fin, estaba tal, que solo podia agradar á un galeote de cuarenta años de buena boya. Apenas hubo salido de la puerta, obligada de las vozes de su bienhechor don Quixote, cuando, viendo en ella al Corregidor, caballeros y alguaciles que le acompañaban, quedó tan corrida, que se quiso volver á entrar; más detuvola el Corregidor diziendole, disimulando cuanto pudo la risa que le causó el verla: ¿Sois vos acaso la hermosa reina Zenobia, cuya singular hermosura defiende el señor don Quixote el manchego? Porque si sois vos, él anda muy necio en esta demanda, pues con sola vuestra figura podeis defenderos, no digo de todo el mundo, pero aun del infierno; que esa cara de requiem y talle luciferino, con ese resguiño que le amplifica, y esa boca tan poco ocupada de dientes cuanto bastante para servir de postigo de muladar á cualquier honrada ciudad, y esas tetas carilargas, adornadas de las pocas y pobres galas que os cubren, descubren que más pareceis criada de Proserpina, reina del estigio lago, que persona humana, cuanto menos reina. Turbada la triste Barbara de oirle, y sospechando que la querria llevar á la carcel, porque acaso habia sabido el mal trato de hechicera que, como abaxo diremos, habia usado en Alcala, le respondió llorando: Yo, mi señor Corregidor, no soy reina ni princesa, como este loco de don Quixote me llama, sino una pobre muger natural de Alcala de Henares, llamada Barbara, que siendo engañada por un estudiante, me sacó de mi casa, y á seis ó siete leguas de Sigüença me dexó desnuda y desbalijada como estoy, atada de pies y manos á un arbol, y me llevó cuanto tenia y quiso Dios que estando en tal conflito, pasaron por junto de aquel pinar este don Quixote y el labrador que le sirve de escudero, y me desataron, trayendome consigo y prometiendome volver á mi tierra. Como el Corregidor le oyó dezir que era de Alcala, llamó á un pajecillo suyo que detras dél estaba, y dixo á Barbara: ¿Veis aqui este muchacho que ha venido de allá no ha un mes? El paje, mirandola bien, la conoció, y dixo: ¡Valate el diablo, Barbara de la cuchillada! ¿quien te ha traido á Sigüença? Su amo le preguntó si la conocia, y él respondió que sí, y que era mondonguera en la calle de los Bodegones de Alcala, con fama de harto espesa, y que habia dos meses que la habian puesto á la puerta de la iglesia de San Yuste en una escalera, con una coroça por alcahueta y hechicera; y que se dezia por Alcala sabia bravamente de revender donzellas destrozadas por enteras, mejor que Celestina. Como ella oyó lo que el paje dezia y vió que se reian todos, le respondió con mucha colera, diziendo: Por el siglo de mi madre, que miente el picaro desvergonçado; que si me pusieron en la escalera, como dize, fue por invidia de unas bellacas vecinas que yo tenia; cuanto y más, que por hazer bien á ciertos amigos que me lo rogaron me vino todo ese mal. Pero á fe que no podran dezir de mí otra cosa, pues no estuve alli por ladrona, como otras que sacan á açotar cada dia por esas calles: por hazer bien, sea Dios alabado. Y començó á llorar tras esto, al compas que los demas á reir. Salió luego don Quixote; y como la vió llorando de aquella manera, le asió de la mano, diziendola: Non vos cuitedes, fermosisima é poderosa reina Zenobia; que asaz seria yo mal andante caballero si non vos fiziese tan bien vengada de las sandezes de aquel estudiante y de las alevosias que vos han fecho, que podais dezir sin reproche que si sois fermosa fembra, que tambien el caballero que desfizo tal tuerto es uno de los mejores del mundo. Y volviendose el Corregidor y á los que con él venian, les dixo: Soberanos principes, yo me parto mañana para la corte; si por algun tiempo, como suele suceder, algun caballero tartaro ó rey tirano viniere á quereros perturbar la paz, cercando con su fuerte exercito esta vuestra imperial ciudad, y llegare á teneros tan apretados y puestos en tal extremo, que os vieredes compelidos, por la grandisima hambre y falta de bastimentos en duro cerco á comer los hombres, los caballos, jumentos, perros y ratones, y las mugeres sus amados hijos, enviadme á llamar do quiera que estuviere; que os juro y prometo por el orden de caballeria que recebi, de venir solo y armado como veis, y entrar por el campo del pagano, de noche, haziendo, en dos ó tres dellas, en él una espantosisima riça, pasando en la ultima dellas, á fuerça de mi braço, por medio de todo el exercito del contrario, y entrando, á pesar de sus centinelas, escaramuças y armas, en la ciudad, de la cual luego saldreis todos con mucha alegria, al son de una suave musica, á recebirme, acompañados de muchas hachas, y estando las ventanas llenas de luminarias y de asombrados serafines de mi valor, más hermosos todos que las tres bellas damas que vió desnudas el venturoso Paris en el monte Ida, siendo imposible contener sus regaladas vozes y dexar de dezirme: ¡Bien venga el valentisimo caballero! Y porque no sé si será entonzes mi apellido del Sol, ó de los Fuegos, ó de la Ardiente Espada, ó del Escudero Encantado, no aseguro el que me daran; pero sin duda sé que al que me dieren añadiran: Bien venga el deseado de las damas, el Febo de la discrecion, el norte de los galanes, el açote de nuestros enemigos, el libertador de nuestra patria, y finalmente, la fortaleça de nuestros muros. Tras lo cual me llevará el Rey á su real casa, do regalandome él y sirviendome sus grandes, y sobre todo, recuestandome importunamente su hija, unica en sucesion y más en beldad y prudencia; dando exemplo al mundo, y á los caballeros andantes que en él me sucedieren, de continencia, cortesia y fuerças, emplearé las mias en atropellar los nuciales deleites que toda la corte y la misma infanta me ofreceran, obligado de algun benevolo planeta que para mayores y más grandiosas empresas me llamará, en gloria de los dichosos coronistas, y más de mi grande amigo Alquife, uno de los mayores sabios del mundo, que con ellos merecerá en los siglos dorados que estan por venir, historiar mis invencibles hechos. Salió en esto muy aprisa de la cocina Sancho diziendo: Venga v. m., señor, pesia á cuantos historiadores han tenido todos los caballeros andantes desde Adan hasta el Antecristo (que mal siglo le dé Dios al muy hijo de puta); que es tarde, y dize el mesonero que tiene, para v. m. y la reina Zenobia, asada á las mil maravillas con ajos y canela una hermosisima pierna de carnero; y si se tarda, temo no se vuelva en pierna de carbon, segun se va poniendo ya dura, de cansada de aguardarnos. Fueronse, en oyendo el recado, el Corregidor y los que con él venian llenos de risa y asombro, unos de oir los dislates del amo y simplicidades del escudero, y otros de ver el estraño genero de locura del triste manchego, efeto maldito de los nocivos y perjudiciales libros de fabulosas caballerias y aventuras, dignos ellos, sus autores, y aun sus letores, de que las republicas bien regidas igualmente los desterrasen de sus confines; pero de lo que más se fueron admirados, era de ver la facilidad que tenia don Quixote en hablar el lenguaje que antiguamente se hablaba en Castilla en los candidos siglos del conde Fernan Gonçalez, Perançules, Cid Ruiz-Diaz, y de los demas antiguos. Cenaron don Quixote, la reina Zenobia y Sancho con grande gusto, los dos por la buena cena y hambre con que llegaron á ella, y don Quixote por la vanagloria con que quedó de ver el aplauso con que á su parecer le habian recebido los principes de aquella ciudad; y despues de cena, llamando al mesonero, dixo le traxese alli un ropavejero, porque queria comprar luego un curioso vestido para la reina Zenobia; y diziendole el mesonero que era imposible hazerlo entonzes, por ser ya muy tarde, pero que en amaneciendo se levantaria y le iria á buscar, se fueron á acostar cada uno en su aposento.


Aqui da fin la sexta parte del ingenioso hidalgo,
don Quixote de la Mancha

SEPTIMA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA

CAPITULO XXV

De como al salir nuestro caballero de Sigüença encontró con dos estudiantes, y de las graciosas cosas que con ellos pasaron hasta Alcala.

Luego que hubo amanecido, se fue el mesonero á llamar, como don Quixote le habia mandado, un ropavejero, y traxo consigo el más hacendado del lugar, que vino cargado de dos ó tres vestidos de muger, para que quien le mandaba llamar escogiese el que más le contentase. Llegados á casa, hallaron á don Quixote y á Sancho, que se acababan de levantar; y dando aviso el mesonero á su huesped de como estaba alli quien traia las ropas de muger que le habia mandado buscar, salió á verlas, y saludandole cortesmente, mandó salir á la reina Zenobia para que escogiese la que fuese más de su gusto; y mirandolas todas, á la postre, por mejor y de más gala, que era en lo que don Quixote tenia más puesta la mira, escogieron una saya, jubon y ropa colorada, con gorbiones amarillos y verdes, y vivos de raso azul; y dandole al dueño por todo doze ducados, se lo mandó vestir alli en su propria presencia á la señora Barbara, á la cual, como viese Sancho vestida toda de rojo, dixo, lleno de risa: Por vida de mi amantisima muger Mari-Gutierrez, que es sola mi consorte, por no permitir otra cosa nuestra madre la Iglesia, señora reina Zenobia, que cuando la miro con tan bellaca cara, y en ella con ese rasguño mal igual, vestida por otra parte toda de colorado, me parece que veo pintiparada una yegua vieja cuando la acaban de desollar para hazer de su duro pellejo harneros y cribas. Fuese el ropavejero contento de la venta; y quedando el huesped tambien de la que hizo á don Quixote de una mula razonable que tenia de alquiler, en veinte y seis ducados, en que determinó llevar con el mayor toldo que le fuese posible á la reina Zenobia hasta la corte, donde pensaba hazer maravillas defendiendo su rara belleza y hermosura en publico palenque, almorzaron esa mañana todos con mucho contento, hechas las dichas compras; y habiendose armado don Quixote, se salió de la posada, dexandola pagada, diziendo á Sancho Pança que se viniese poco á poco con la Reina, cuidando solo de su regalo y comodidad; que él los iria aguardando sin adelantarse demasiado. Albardó Sancho su rucio y acomodó sobre él la maleta del dinero y la demas ropa; y llamando luego á Barbara, le dixo: Venga acá, señora reina; que por vida de nuestra madre Eva, que puede ser vuesa magestad, segun está de colorada, reina de cuantas amapolas hay, no solo en los trigos de mi lugar, pero aun en los de toda la Mancha. Y poniendose tras esto á gatas, como solia, volvió la cabeça diziendo: Suba: ¡subida la vea yo en la horca á ella, y á quien acá nos traxo tan gentil carga de abadejo! Barbara subió diziendo: ¡Oh Sancho, qué gran bellaco eres! Pues calla; que si la fortuna nos lleva con bien á Alcala, yo te regalaré mejor que piensas. ¿Con que me ha de regalar? replicó Sancho; porque sepa que si no ha de ser con cosas de comer, y desas con abundancia, no le daria un higo de oro tamaño como el puño por todo lo demas que me puede dar. Mal gusto teneis, dixo Barbara, Sancho mio, pues poneis el vuestro en cosas más de brutos que de hombres. Lo con que yo, amigo, os regalaré, si llegamos á Alcala con la salud que deseo, y paramos alli algunos dias, será con una mocita como un pino de oro, con que os divertais más de dos siestas; que las tengo alli muchas y bonisimas, muy de manga; y aun si vuestro amo quisiera otra y otras, se las daré á escoger como en botica. Pues á fe, señora reina Zenobia, dixo Sancho, que me holgaria mucho de que me endilgase alguna buena zagala; pero ha de ser, si lo haze, hermosa y de linda pezuña, y amostachada, para que nadie me la aoje ni desencamine, dando que reir al diablo, que sudar á alguna partera, y que hazer á algun vicario ó cura en cristianar algun fructus ventris. Necio sois, dixo Barbara, en quererla amostachada, pues no hay Barrabas que se llegue á muger que lo sea: dexadme á mí la elecion; que yo la buscaré de tan buena carne, que no sea más comer della que comer de una perdiz. ¡Oxte, puto! dixo Sancho; eso no. Alla darás, sayo; que no en mi rayo, como dizen los sabios; que no soy yo de los negros de las Indias ni de los luteranos de Constantinopla, de quienes se dize que comen carne humana. No me faltaba otro para que, sabiendolo la justicia, me castigara; pues sin duda me echaran, á probarseme tal delito, tan á galeras como las trescientas de Juan de Mena. A la que ambos iban en esto, emparejaron con don Quixote, que yendo aguardando, habia encontrado con dos mancebitos estudiantes que iban á Alcala, con quienes habia trabado platica, hablandoles en un latin macarronico y lleno de solecismos, olvidado, con las negras leturas de sus libros de caballerias, del bueno y congruo que siendo muchacho habia estudiado. Y si bien los compañeros estaban para reventar de risa, por ver los disparates que dezia, todavia no le osaban contradezir, temerosos del humor colerico que las armas con que le veian armado pronosticaban debia gastar. Cuando llegó Sancho á ellos y les vió hablar de aquella manera, dixo, á su amo: Guardese v. m., mi señor, destos vestidos como tordos, porque son del linage de aquellos del colegio de Çaragoça, que me echaron más de setecientos gargajos encima; pero con su pan se lo coman; que á fe que les costó poco menos caro que la vida; porque, como dizen, haz mal y no cates á quien, haz bien y guardate. Al reves lo habias, necio, de dezir, dixo don Quixote; pero veamos qué vengança tomaste dellos, y si será mejor que la que tomaste en la carcel de Sigüença de los que tan mal te pararon en ella. Mucho mejor es, replicó Sancho, aunque á fe que aquella no fue mala; pero oigan esta otra; que gustaran de mi animo. Erase que se era, que nora buena sea... Cuando don Quixote le començó á oir, le dixo riendo: Por Dios que eres simple de marca mayor, pues comienças á fuer de conseja la narracion de tu vengança. Razon tiene, por vida mia, dixo Sancho, y corrigiendome, digo que, como aquellos hideputas de estudiantes, progenitores sin duda destos dos señores barbiponientes, me començaron á gargajear y á darme de pescoçones, recebido aquel cruel gargajo con que, como dize un grandisimo bellaco me tapó este pobre ojo, començé á enhilar hazia la puerta; pero luego otro demonio de aquellos, como me vió ir corriendo con solo un ojo, me puso el pie atravesado delante, con que dí un tan terrible tropeçon, que vine á dar con él de manos fuera de la puerta; aunque de todo cuanto tengo dicho, me vengué muy á mi gusto, pues alçando la caperuça que se me habia caido, la tiré á otro que vi estaba cerca de mí, con la cual le dí un porrazo tal en su capa negra, que lo fuera no poco su ventura si el golpe que le dí con ella se lo diera con una culebrina. Diablo sois, señor Sancho, dixo uno de los estudiantes; y si asi tratais á los de mi habito, aunque no fueron aquellos cosa mia, como dezis, no quiero con vos guerra, sino mucha paz y serviros lo que nos durare este camino por mí y por mi compañero, que sé dél ajustará su gusto al mio en cosa tan justa. Seralo, dixo don Quixote, que vs. ms. nos hagan merced de contar y referir las curiosas enigmas de que me venian dando noticia; que lo seran siendo parto desos fecundos ingenios; que los que profesamos el orden de la caballeria andantesca, movidos de fervorosos deseos, espoleados ellos de las prendas de alguna hermosisima dama, tambien gustamos de cosas de poesia, y aun tenemos voto en ellas, y nuestra punta nos cabe del furor divino; que dixo Horacio, est Deus in nobis. Tales cuales fueron los borrones nuestros, replicó el estudiante, serviremos á vs. ms. con referirlos. Y será, dixo don Quixote, con no poca calificacion de sus prendas de vs. ms. el hazerlo en presencia de la gran reina Zenobia, que aqui asiste, pues su raro discurso bastará á dar eterno valor á cuanto ella alabare, y haralo como discretisima en las cosas de vs. ms. Miraron en esto á Barbara los estudiantes con no poca risa suya y corrimiento della, que conoció el humor de los moscateles en las lisonjas y aplauso con que de fisga se le ofrecieron ambos; tras lo cual dixo el uno: Con condicion que declare Sancho con su eminente ingenio los siguientes versos, va de enigma:


ENIGMA

Metida en dura cadena
Me tienen sin culpa alguna,
Sujeta á caso y fortuna,
Colgada sin culpa y pena.

La forma tengo del viento,
Aunque dél soy maltratada:
Muerta no soy estimada,
Vivo y muero en un momento.

Con agua estoy de contino,
Aunque es causa de mi muerte:
Si caigo en tierra por suerte,
Pierdo la forma y me fino.

Estoy baxa y estoy alta,
Cercana á Dios verdadero,
Y en comiendo lo postrero,
Luego la vida me falta.

Soy resplandeciente y clara
Alegro la vista al hombre,
Y el fin de mi proprio nombre
Se viene á acabar en para.
 

Don Quixote se la hizo repetir otras dos vezes, y la ultima le dixo: Por cierto, señor estudiante, que la enigma es bonisima, y aun el serlo tanto debe de ser la causa de que no dé alcance á su significacion; y asi suplico á v. m. me la declare, porque en llegando á la noche en la posada, la pienso escribir para encomendarla á la memoria. Sancho, que siempre habia estado callando y oyendola con mucha atencion, puesto el dedo en la frente mientras el estudiante la repetia, salió muy alegre diziendo: Ea, mi señor don Quixote, vitoria, vitoria; que ya yo la sé. El estudiante le dixo luego: Bien lo sospechaba yo, señor Sancho, y hube por imposible desde el principio que ella y su inteligencia pudiese escaparse por los pies á un tan agudo juizio como el de v. m.; y asi suplicole se sirva de dezirnos lo que sobre ella ha discurrido. Estuvo Sancho pensativo un rato, y luego dixo: Ella es una de dos cosas, ó es la montaña ó el cerrojo. Dieron todos una grandisima risada con el disparate de Sancho, el cual viendo como se reian de lo que acababa de dezir, replicó: Pues si no es ninguna cosa de las que he dicho, diganos v. m. lo que es, por su vida; que mi señor y yo nos damos por vencidos. El estudiante respondió diziendo: Pues sepan, mis señores, que el sugeto de la enigma propuesta es la lampara, la cual está metida entre cadenas sin culpa alguna, de las cuales cuelga. Dicese della que tiene la forma del viento, porque, como es verdad y se ve por experiencia, el vidriero la forja á soplos. Tiene agua, la cual es causa de su muerte, porque en las lamparas, si bien se echa la mitad de agua, ella las apaga luego que no está acompañada de aceite. De que en cayendo en tierra se quiebra no hay que probarlo con más testigos que la experiencia. En lo que dixe que ya está baxa ya alta, es llano, pues mientras se dizen los ofizios divinos suele estar arriba, estando de noche abaxo. Tambien es verdad que está cercana á Dios verdadero, pues de ordinario se pone delante del Santisimo Sacramento. Tambien es llano que en comiendo lo postrero le falta la vida, pues en acabandose el aceite, se muere, como ya he dicho. Al mismo compas se ve en ella que es clara y alegra al hombre, y que finalmente acaba su nombre en para, que eso es lampara. Por vida de quien me parió, dixo Sancho, que lo ha desplanado riquisimamente. ¡Oh hi de puta, bellaco! el diablo lo podia acertar. Don Quixote le dixo que estaba bonisima, y rogó al otro mancebo que dixese la suya, porque sospechaba que no debia ser menos aguda que la de su compañero, el cual sin hazerse de rogar començó á dezir desta manera:


ENIGMA

Yo tengo de andar encima,
Por ser, como soy, ligero:
De oveja naci primero;
Solo el turco no me estima.

De mil formas y señales,
Redondo estoy sin cantones,
Cubro más de diez millones,
Y hay entre ellos animales.

Adorno al pobre y al rico,
Sin guardar costumbre ó ley;
Sobre emperador y rey
Me asiento, y soy grande y chico.

Si hay canicula excesiva,
Me suelo andar en las manos,
Y me traen los cortesanos
Con la merced boca arriba.

Luego torno á entronizarme,
Más hueco que una bazia,
Aunque viento y cortesia
Bastan para derribarme.
 

No la hubo bien acabado el cuerdo estudiante, cuando salió muy agudo Sancho diziendo: Señores, esa esgrima, ó como la llaman, es muy clara, y desde la primera copla vi que no podia ser otra cosa sino el tocino, porque dize: «solo el turco no me estima;» y el turco, es claro que ni lo come ni haze caso dello, porque ansi se lo mandó el zancarron de Mahoma. Don Quixote rogó al estudiante que sin hazer caso de los dislates de su escudero, se la declarase al punto; que deseaba infinito entendella; y ansi dixo: Vs. ms. han de saber que la propuesta enigma es del sombrero; y asi empieza diziendo que anda encima: verdad llana, pues se pone en las cabeças. Es su principio de oveja, por lo que de ordinario se haze de lana dellas: no le precia el turco, porque entre ellos no se usan sombreros, sino turbantes: dizese tambien que es de muchas formas y señales y sin cantones, porque, si bien ya se usan altos, ya baxos, ya voleados, ya romos, todos vienen á tener las alas redondas y sin esquinas: cubre muchos millares, lo cual se verifica de los cabellos, entre los cuales se crian los piojos, como en bosque proprio de tales animales: sientase sobre el rey y emperador, y á vezes es de dos palmos de alto, como los de Francia, y otras chicos, como los de Saboya: traenle los hombres en las manos cuando haze calor, y los cortesanos boca arriba cuando saludan con besamanos; tras lo cual le vuelven á entronizar sobre sus cabeças de do basta á derribarle el viento si viene recio, y la cortesia cuando se pasa por delante de quien se debe hazer. Agora digo, respondió Sancho, que es más bellaca de entenderse esta que la pasada; pero apostemos, con todo, lo que quisieren, que si las tornan á dezir las acierto de la primera vez. ¡Miren el ignorante! dixo don Quixote: desa manera cualquier hombre del mundo, si se lo dizen antes, lo acertará. Pues ¿cuando dixo Sancho cosa que no se la dixesen antes? replicó Barbara; pero eso no es maravilla, pues nunca nadie acertó á dezir lo que primero no lo haya aprendido y estudiado; y si no diganme ¿quien hay que sepa nombrar cosa por su nombre, aunque sean las más comunes, ni aun el Pater noster, que es la cartilla de nuestra fe, si primero no se le dizen y repiten? Holgó infinito Sancho con el cuerdo abono que de su respuesta habia dado Barbara; y celebrandole todos por agudo, y él por soberano, con mil agradecimientos, dixo don Quixote: No se admiren vs. ms. de la agudeça de su magestad; porque si los filos de mi espada fueran tan agudos como los conceptos de su divino entendimiento, no estuviera su real persona sin la pacifica posesion de su reino y Amazonas, ni yo tuviera por conquistar el reino de Chipre, ni aun que ensuciar mis manos en el soberbio Bramidan de Tajayunque. Pero dexemos esto para hasta que me vea en la corte, pues son memorias que me provocan de suerte á colera, que temo della no me haga hazer por las tierras que voy, más muertes que hizo Dios en el mundo con el diluvio universal; y volviendo á nuestra apacible platica, suplico á vs. ms. se sirvan de darme por escrito las enigmas, si tienen sus copias. Y diziendo el uno que en la posada se la escribiria, por no traer en papel la suya, metió el otro mano á la faltriquera, y sacó della la de la lampara, diziendo: Tome v. m. la mia; que ya la tengo á punto. Tomola don Quixote con mucho comedimiento; y al darsela, se le cayó al estudiante otro papel de la mano; y preguntandole don Quixote que era aquello; le respondió que unas coplillas que acababa de hazer en su lugar á una donzella parienta suya, á quien queria mucho, la cual se llamaba Ana, por cuya causa las habia hecho con tal artificio, que todas ellas començaban en Ana. Don Quixote le rogó con notable instancia se las leyese, seguro de que, siendo suyas, no podian dexar de ser curiosisimas; y el estudiante, con no pequeña vanagloria, propriedad inseparable de los poetas, y rara atencion de los circunstantes, las fue leyendo; y dezian desta manera, segun fielmente las he sacado de la historia de nuestro ingenioso hidalgo, la cual traduzco, y en que se refieren.


Coplas á una dama llamada Ana

Ana, amor me cautivó
Con vos, cuyo nombre tiene
Dos aes entre una ene,
Que es dos almas entre un no.

A nadie dize la ene
Que ameis, sino solo á mí,
Advirtiendo os ofrecí
Lo mejor que mi alma tiene.

Anaxarte fue entre sabios
Ilustre por homicida,
Cual los sois vos de mi vida,
Ana, con mover los labios.

Anade es una avecilla
Que nada con gran primor;
Yo, Ana, en el mar de amor
Tras vos nado, bella orilla.

Anatema es en la Iglesia
Quien de la fe está apartado;
No yo, que con fe he amado
En vos otra Diana Efesia.

Anastasia fue la esposa
De un rey que en el cielo reina,
Y desta alma, Ana, sois reina
Vos, que en todo sois hermosa.

Anania y sus consortes
Cantaron dentro de un horno;
Y vos, Ana, cual bochorno,
Me abrasais con esos nortes.

Analogia se llama
Lo que dize proporcion,
Como vuestra perficion,
Que la tiene con su fama.

Anabatistas profesan
Ser dos vezes bautizados;
Y yo duplicar cuidados
Profeso, Ana, sin que cesen.

Anacoretas imito
En lo que es llanto y silencio,
Con que, Ana, reverencio
Ese valor infinito.

Anales, cualquiera historia
Son, que algun curioso escribe,
Y cual en anales vive,
Ana, en mi vuestra memoria.

A Namur dizen ser villa
Rica, fuerte y de beldad;
Mas vos, Ana, sois ciudad
Que cualquiera ha de servilla.
 

Por cierto, dixo don Quixote cuando acabó de leer el estudiante las coplas, que ellas son curiosas, y unicas á mi ver en su genero: tras lo cual salió Sancho, como solia, diziendo: Señor estudiante, en mi conciencia le juro que son lindisimas, si bien me parece les falta la vida y muerte de Anas y Caifas, personas de quienes hazen copiosa memoria todos los cuatro santos evangelios; y no fuera malo la hiziera v. m. tambien dellos, siquiera para lisongear los muchos y honrados decendientes que aun tienen hoy en el mundo. Pero dexando esto aparte, ¿no me haria placer de hazer otras que, como esas comiençan por Ana, començasen por Mari-Gutierrez, la cual, con perdon de vs. ms. y á pesar mio, es mi muger y lo será mientras Dios quisiere? Pero advierta si determina hazerlas, en que de ninguna manera la llame reina, sino almiranta, porque mi señor don Quixote no me parece que lleva talle de hazerme rey en su vida; y asi de fuerça habré de parar, mal que me pese, en almirante ó adelantado cuando su merced gane alguna insula ó peninsula de las que me ha prometido; y á fe que si como él y yo hemos dado por lo secular, dieramos por lo eclesiastico, que quedaramos bien medrados desde que andamos en busca de aventuras, pues nos han hecho á los dos más cardenales y más colorados que hay en Roma ni en Santiago de Galicia; mas en fin, bien dizen que quien más no dexa, morir se puede. Con este buen entretenimiento llegaron á la noche á la posada, yendo siempre con ellos los dos estudiantes, por lo poco que don Quixote caminaba; que no era más que cuatro ó cinco leguas cada dia; ni aun Rocinante podia hazer mayor jornada; que no le daban lugar para ello la flaqueça y años que tenia á cuestas. De suerte que caminaron tres dias sin sucederles cosa de consideracion; aunque en todos los lugares eran bien notados y reidos, particularmente en Hita, por las cosas que don Quixote hazia con la reina Zenobia, la cual no era poco conocida de toda aquella tierra, ni menos de los estudiantes, que cada dia dezian á don Quixote sus virtudes; si bien era imposible persuadirle cosa en contrario de lo que della tenia aprehendido su quimerica y loca fantasia.

CAPITULO XXVI

De las graciosas cosas que pasaron entre don Quixote y una compañia de representantes, con quien se encontró en una venta cerca de Alcala.

Caminando don Quixote con su compañia y con los dos estudiantes que arriba diximos, sucedió que llegando á poco más de dos leguas de Alcala, se les hizo á Sancho y á su amo tarde para poder entrar en ella de dia, como deseaban; y con la pesadumbre que esto le daba, dixo don Quixote á los estudiantes si habia algun lugar antes de Alcala, donde pudiesen hazer noche; y respondieron ellos que no, quiçá deseosos de que se quedasen en el campo ó desacomodados, añadieron que solo á un cuarto de legua de alli habia una venta, donde podrian pasar razonablemente la noche. Apenas oyó Sancho el nombre de venta, cuando se dió á todos los diablos, y dixo: Por las entrañas de la ballena de Jonas, mi señor don Quixote, le suplico que no vamos allá por ningun caso, pues las que estos señores llaman ventas, son los castillos encantados que v. m. dize, y adonde nos han aporreado invisiblemente los gigantes, duendes, fantasmas, jayanes, estantiguas ó folletos, ó como los llaman á los que nos han dado millares de vezes tanto que llorar y curar, cuanto saben mis escuderiles huesos; que los de v. m. han siempre mejor librado con el remedio de aquel precioso balsamo, cuya eficacia solo ha faltado para mí, que no soy armado caballero. No hizo caso don Quixote de los miedos y conjuros de su escudero, sino que animoso dixo: Venga lo que viniere; que para todo estamos dispuestos los caballeros andantes; y asi vamos allá en nombre de Dios. Apenas hubieron andado treinta pasos, cuando descubrieron la venta; y á la que llegaban á tiro de arcabuz della, habiendo hecho don Quixote hasta alli reflexion de lo que Sancho le habia dicho, le dixo: Agora me acabo de acordar, Sancho mio, de los grandes trabajos, infortunios, desasosiegos, trances, peligros y desastres que agora un año pasamos en los castillos semejantes á este que vemos, do nos alojamos á causa de estar en ellos secretamente escondido aquel sabio encantador mi contrario, el cual siempre ha procurado y procura hazerme todo el mal que ha podido y puede con sus malas y perversas artes; y lo peor es que tengo agora por sin duda que ha venido de nuevo á este castillo para hazerme en él algun grave daño, como acostumbra; aunque al cabo no han de poder más sus artes que el valor de mi persona. Lo que se puede y debe pues hazer para obviar este gran peligro, es que tú y mi señora la reina y estos dos señores estudiantes os vengais en pos de mí como en retaguardia, poco á poco; que yo quiero ir adelante, si es verdad, para ver todo lo que he sospechado. Sancho le replicó, diziendo: ¡Si v. m. me creyera al principio, no nos meteriamos en estas trabacuentas, y plegue á Dios no lo lloremos todos! Pero vaya delante, como dize v. m., en hora buena; que acá nos iremos tan detras dél como podremos, si bien no tanto como querriamos. Adelantose luego don Quixote un poco; y como viese cerca de la venta siete ó ocho personas vestidas de diferente mezcla, volvió luego turbado las riendas á Rocinante, y llegandose á los de su compañia, les dixo: Todo el mundo, señores, calle, y ojo á la puerta del castillo y á los vestiglos que en ella hay. Miraron todos hazia allá; y como los que en la venta estaban vieron venir un hombre armado de aquella suerte, y con grande adarga, cosa por alli poco usada, y que ya se adelantaba, y ya volvia atrás á hablar con una muger vestida de colorado, salieron á ver maravillados la novedad fuera de la venta, no siendo pocos los miradores, pues eran los de una compañia grave de comediantes, de los nombrados en Castilla, los cuales con su autor se habian determinado quedar alli aquella tarde á hazer algunos ensayos de comedias, para entrar con ellas esotro dia con buen pie en Alcala, teatro de consideracion y cuenta, por los agudos y extremados ingenios que á toda España le dan lustre. Pues como don Quixote los viese puestos en hilera y en su mira, y entre ellos su autor, hombre moreno y alto de cuerpo, que estaba delante de todos, teniendo en la mano una varilla y en la otra una comedia, que iba leyendo, començó á dezir: Agora echo de ver, amigo Sancho, las grandisimas mercedes que cada dia recibo de la sabia Urganda, mi benevola y fidelisima protectora, pues hoy me lo ha dado claramente á entender; que en esta fortaleça está aquel perverso encantador Freston, mi contrario, aguardandome con alguna estratagema ó engaño, con soberbio talante, entre duras cadenas, en su obscura mazmorra; pero ya que voy del caso bien advertido, me determino á acabar de una vez con él, si puedo, para que de aqui adelante pueda andar más seguro y libre por todas las partes del mundo que caminare. Y porque creas, Sancho, y vos, poderosisima reina, y vosotros, virtuosisimos mancebos, que digo verdad, ¿no veis entre aquellos soldados que en la puerta del castillo estan haziendo centinela, un hombre alto y moreno de cara, con una varilla en la mano derecha y en la izquierda un libro? Pues aquel es mi mortal enemigo, el cual ha venido á estorbarme la batalla que con el rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque, tenia aplaçada, con fin de irse luego por el mundo baldonandome, y publicando de mí que no me atrevi de puro cobarde á llegar á la corte á verme con él, donde me aguardaba para la pelea; y si tal me estorbase con sus encantamientos, lo sentiria á par de muerte; por tanto, yo me determino de ir y ver si de alguna manera puedo quitar del mundo á quien tantos males y daños ha causado y causa en él. Los estudiantes, maravillados de los disparates de don Quixote, se le llegaron, quitados los sombreros, y el uno le dixo: Mire v. m., señor don Quixote, si es servido, en lo que dize y piensa hazer; que nosotros sabemos muy bien que esto es venta; y no fortaleça ni castillo, ni hay la guarda en ella de soldados que v. m. piensa; y la gente que está en su puerta es bien conocida en España, que son comediantes; y el que v. m. llama encantador, es su autor Fulano, y el otro del ferreruelo caido sobre el hombro, Zutano:—y asi fue nombrando casi todos por sus nombres, por conocerlos bien. De lo cual enojado don Quixote, replicó: Eso es lo que yo digo, á pesar de todos los que contradezirme quisieren; y otra vez afirmo que aquel grande es el dicho encantador mi contrario, que con aquella vara que tiene en la una mano, haze los cercos, figuras y caracteres en invocacion de los demonios, y con aquel libro que tiene en la otra los conjura, oprime y atrae á cuanto quiere, mal que les pese; y para que veais claramente ser verdad lo que digo, andad vosotros delante, y dezidle como sois pajes del Caballero Desamorado que aqui viene, y vereis lo que pasa. Ofrecieronse ellos á ir allá de muy buena gana; y llegados que fueron, contaron al autor y á su compañia todo lo que don Quixote era, y lo que había hecho y dicho por el camino y en Sigüença, y como llamaba reina Zenobia á Barbara, la bodegonera de la cuchillada de Alcala, bien conocida de todos, con quien se habia encontrado en el viage: de lo cual rieron el autor y sus compañeros bravamente, holgandose infinito de que se les ofreciese ocasion en que pasar el tiempo aquella noche. A la que estaban en esto, fue don Quixote acercandose poco á poco á la venta, y viendolo Sancho, baxó luego de su rucio para ver en que paraba aquello que su amo iba á emprender: también Barbara le rogó la baxase de la mula, pues estaba tan cerca de la venta; el cual lo hizo tomandola en braços; y como para hazello fuese forzoso juntar él su cara con la de Barbara, ella le dixo: ¡Ay, Sancho, y que duras y asperas tienes las barbas! Mal haya yo si no parecen cerdas de çapatero. ¡Jesus mio, y que trabajos tendrá la muger que durmiere contigo, todas las vezes que la besares! ¿Pues para que diablos, dixo Sancho, la tengo de besar? Beselas la madre que las hizo, ó Barrabas, que no tiene mocos; que para lo deste mundo yo no beso á nadie, si no es á la hogaça cuando la cojo por la mañana, ó á la bota cualquiera hora del dia. Ea, replicó Barbara, no se nos haga bobo, hermano; que á fe no le saben mal las mugeres; y, si me cogiese esta noche en la cama en que tengo de dormir sola, viniendose á ella quedito, y se me metiese entre las sabanas sin que persona lo sintiese, ¡mal año y que tal me pararia! De una sola cosa me pesaria en tal caso, y es que no osaria dar vozes por temor de don Quixote y los huespedes; que más vale pasar que gritar; y cuando algo hiziesemos, en fin estariamos á escuras y nadie lo habria de saber; que en fin está claro que yo por mi vergüença, y vos por ser hombre honrado, lo habiamos de callar. Sancho, que no entendió la música de Barbara, dixo: A fe que tiene razon; que cuando no dan vozes y estamos á escuras, duermo yo muy mejor y más á pierna tendida, y de suerte que no me recordaran con un millon de campanas destempladas. ¡Ay, amarga de mí, respondió Barbara, y que lerdo que eres! Menester es llevarte por el camino de los carros: dame la mano, ladron mio, que estoy entumecida y no me puedo tener en pies. Diosela Sancho, diziendole: Tomela con todos los diablos, y vayase poco á poco en eso de ladron; que sepa que no sufro burlas; y podrialo oir tal vez algun escriba ó fariseo de los muchos y maliciosos que hay en el mundo, y acusandome dello á la justicia, hazerme dar docientos açotes. Volvieron en esto la cabeça, porque vieron hablar en alta voz á don Quixote, el cual llegandose bien cerca de la venta, puesto el cuento del lançon en tierra, començó á dezir á los que estaban en su puerta desta manera: ¡Oh sabio encantador, tú, quien quiera que seas, que desde el dia de mi nacimiento hasta la hora en que estoy siempre has sido mi contrario, favoreciendo, como pagano que eres, á aquel ó aquellos caballeros que sabes que yo traigo acosados con mi fuerte braço, quitandoles la opinion que por el mundo tienen, alçandome con la fama dellos, siendo pregoneros de mis hechos y de su cobardia la misma que lo fue de los Alexandro, Cesares, Anibales y Scipiones antiguos! dime, perverso y luciferino nigromantico, ¿por que hazes tantos y tan grandes males en el orbe, contra toda ley natural y divina, saliendo por los anchos caminos y sus forçosas encrucijadas, acompañado de los descomunales jayanes que en esta tu fortaleça se fortifican, prendiendo, robando y maltratando á los amantes caballeros que poco pueden, y forçando á las fembras de alta guisa y dueñas de honor, que acompañadas de astutos enanos y diligentes escuderos, van por los caminos reales con algunas cartas de confidencia y joyas y preseas de estima, buscando á los caballeros á quien sus señoras tiernamente aman; y no solo no te avergüenças de hazer lo que digo, pero como inhumano y tirano cruel las metes en este castillo, y no para regalarlas y darles buen acogimiento, sino para metellas en crueles y obscuras mazmorras con otras muchas princesas, caballeros, pajes, escuderos, carrozas y caballos que en él tienes? Por tanto ¡oh sangriento, fiero é indomito gigante! sacame luego aqui sin replica ninguna toda la gente que digo, volviendoles á cada uno la oprimida libertad y cuantos tesoros con ella les has robado, y jura prostrado en tierra, en manos de la fermosa y sin par gran reina Zenobia que conmigo viene, de enmendar la mala vida pasada, y de favorecer de aqui adelante á dueñas y donzellas, y de desfazer juntamente los tuertos de la gente menesterosa; que con esto y con darte á merced, te dexaré por agora con la vida que tan justamente muchos años ha te habia de haber quitado; y si no lo quieres hazer, salgan luego á batalla conmigo todos los que en esa tu fortaleça tienes, á pie ó á caballo y con el genero de armas que quisieren, todos juntos, como es costumbre de la gente pagana y barbara, tal cual vosotros sois. Y no pienses que porque estás con ese libro y vara en las manos, cual encantador y supersticioso mago, que por más que lo seas, han de valer tus hechizos contra los filos de mi espada; porque conmigo traigo invisiblemente al sabio Alquife, mi coronista y defensor en todos mis trabajos, y á la sabia Urganda la desconocida, con cuya sciencia comparada la tuya, es ignorancia. Salid, salid presto, presto. Y con esto començó á revolver el caballo por acá y acullá, haziendo gambetas, de lo cual reian mucho los comediantes, á los cuales, como Sancho viese reir de tan buena gana, tras haberles dicho su amo las razones, á su parecer, tan dignas de amedrentarlos, les dixo en alta voz: Ea, soberbios y descomunales representantes, oprimidores de las vergonçosas infantas que estan ahi detras de vosotros haziendo humildes oraciones á los cielos para que las libren de vuestra tiranica representante vida, acabemos ya; y si os habeis de dar por vencidos á mi señor don Quixote de la Mancha, sea luego; porque queremos entrar en la venta yo y la señora reina de Segovia; que á fe que tenemos muy bien picados los molinos; y si no, aparejaos para enviarnos aqui algunos cuartales de pan, en cuya destroça nos ocupemos su magestad y yo, mientras mi señor la haze en vosotros en esta vecina guerreacion; ¡asi guerreado le vea yo en casa de todos los griegos de Galicia! Los representantes estaban tan maravillados, que no sabian que responder á los disparates del uno y simplicidades del otro; mas el autor, con cuatro ó cinco de los compañeros, se salió de la venta, y llegandose donde estaba don Quixote, le dixo: Señor caballero andante, estos señores estudiantes nos han informado del gran valor, virtud y fuerças de v. m., las cuales son tales, que bastan á sujetar, no solamente esta fortaleça ó castillo, donde ha más de sietecientos años que yo hago mi habitacion, sino al más fiero y bravo gigante que en toda la gigantesca nacion se halla: por tanto, yo y todos estos principes y caballeros que conmigo estan nos damos por vencidos, y rendimos vasallage á v. m., suplicandole se apee de ese hermoso caballo y dexe la adarga y lança, quitandose esas ricas armas para que sin su embaraço pueda v. m. recebir el debido servicio que estos sus criados le desean hazer; y viva seguro de que, aunque soy pagano, como mi morena cara y membrudo talle muestra, todavia solo tengo librados mis encantamientos para hazer mal á quien yo me sé. Venga v. m., entre, y cenará con nosotros, y verá como se huelga de habernos conocido; y entre segura tambien la señora reina Zenobia, alias Barbara; que gustaremos todos saber della cual de las yerbas le da más fastidio de noche, la ruda ó la verbena que se coge la mañana de san Juan. ¡Oh falso hechicero! respondió don Quixote. ¿Agora piensas con tus falazes y halagüeñas palabras engañarme, para que, entrando dentro de tu castillo fiado dellas, caiga en la trampa que á la entrada de su puerta me tienes armada, deseoso de hazer luego de mí á tu sabor? No me engañarás; que ya te conozco desde que en Çaragoça me encerraste con esposas en las manos y un grande tronco en los pies, en aquel duro calaboço que tú sabes, del cual me sacó el valeroso granadino don Alvaro Tarfe. Sancho, que habia estado escuchando lo que pasaba, se puso al lado de don Quixote diziendo, mirando de hito á hito al autor: ¡Oh hi de puta, paganazo! ¿piensa que aqui no le entendemos? A otro hueso con ese perro; que aqui todos somos cristianos, por la gracia de Dios, de pies á cabeça, y sabemos que tres y cuatro son nueve; que no somos bobos porque nos habemos criado en el Argamesilla, junto al Toboso; y si no quiere creernos, metanos el puño en la boca, y verá si le mamamos. Dese por vencido, digo, él y todos esos luteranos que le rodean, si no quiere que se nos suba el humo á las narizes: echemos pelillos en la mar, y con esto tan amigos como de antes. Don Quixote le dixo colerico, dando de espuelas á Rocinante: Quitate, Sancho, no hagas pazes con gente infiel y pagana; porque los que somos cristianos no podemos hazer con estos más que treguas, cuando mucho. Pues, señor, dixo Sancho poniendose delante de Rocinante, si ello es verdad que v. m. es tan cristiano como yo (que eso Dios lo sabe), que sé que lo soy desde el vientre de mi madre, pues desde él creo bien y verdaderamente en Jesucristo y en cuanto él manda, y en las santas iglesias de Roma, y en todas sus calles, plaças, campanarios y corrales, á pie juntillas, hagamos esas treguas que dize; que parece que es un poco tarde, y las tripas me andan ya espoleando el vientre de hambre. Quitate de delante de mis ojos, pecora, dixo don Quixote; quitate digo. Y en esto, baxando la lança, dió un apreton á Rocinante hazia el autor, el cual dexó venir, y hurtandole el cuerpo, le asió de la rienda del rocin, que al punto estuvo quedo como si fuera de piedra: acudieron al punto los demas compañeros, y uno le quitó la lança, otro la adarga, y otro asiendole del pie, le volcó por la otra parte; tras lo cual acudieron también tres ó cuatro moços de los que llaman metemuertos y sacasillas, que, agarrandole los unos por los pies y los otros por los braços, le llevaron á la venta mal de su grado, donde le tuvieron buen rato echado en el suelo, sin que se pudiese levantar. Las cosas que el triste Caballero Desamorado hizo y dixo viendose de aquella suerte, colixanlas los curiosos, de su condicion y braveza, pues ya la ternan penetrada de las primeras partes de su historia; que no se atreve el historiador desta, por ser tan extraordinarias y dignas de elegantisimas exageraciones, á referirlas. Lo que sé dezir es que el autor mandó á los moços le tuviesen de la suerte que estaba, sin soltarle de ninguna manera hasta que él volviese; y tras esto salió con algunos compañeros en busca de Sancho, á quien halló abraçado con Barbara, mesandose las espesas barbas, llorando amargamente por ver lo que su amo padecia; al cual dixo: Agora, don bellaco, me pagareis lo de antaño y lo de hogaño; levantaos; que no hay para mí lagrimas ni ruegos; porque pienso luego á la hora, en llegando con vos al castillo, desollaros muy bien, y cenarme en esta noche vuestros higadillos, y mañana asar todo lo demas de vuestro cuerpo y comermelo; que no me sustento yo de otra cosa que de carnes de hombres. Sancho, que oyó aquella cruelisima sentencia, luego se hincó de rodillas y cruzando las manos debaxo de la caperuça, començó á dezirle. ¡Oh señor pagano, el más honrado que hay en todas las paganerias! por las llagas del señor san Lazaro, que santa gloria haya, le ruego que tenga misericordia de mi; y si es servido, antes que me coma, mande v. m. dexarme ir á despedirme de Mari-Gutierrez, mi muger, que es colerica, y si sabe que v. m. me ha comido sin que yo me haya despedido della, me terná por un grandisimo descuidado, y no podré despues verle una buena cara: basta, que le prometo bien y verdaderamente de volver aqui para el dia en que v. m. mandare; y plegue á Dios, si faltare, que esta caperuça me falte á la hora de mi muerte, que es cuando más la habré menester. Amigo, respondió el autor, no hay remedio de ese negocio;—y levantando la voz dixo: ¡Hola! ¿á quien digo? criados, traedme luego aqui aquel asador de tres puas en que suelo espetar los hombres enteros, y asadme al punto á este labrador. El pobre Sancho, que tal oyó dezir, volvió la cabeça y vió á Barbara que estaba hablando con uno de los representantes, llena de risa, y dixola con increible dolor de su anima: ¡Ay, señora reina Segovia! ¡Compasion del pobre de Sancho, su leal lacayo y servidor, y mire la tribulacion en que está puesto! Y pues es tan impotente, ruegue á ese señor moro que me eche á aquellas partes en que más de mí se sirva; sólo no me mate. Entonzes llegó Barbara diziendo: Suplico á v. m., poderosisimo señor alcaide y noble castellano deste alcazar, remita por amor de mí esta vez á Sancho vida y miembros; que le debo buenos servicios, y salgo por fiadora de su enmienda, obligando, si no lo hiziere, todos sus bienes muebles y raizes, habidos y por haber, al castigo que ordenare v. m. darle. Respondiole el autor con gran boato y fingida colera: V. m., señora reina de la calle de los Bodegones de Alcala, me perdone; que de ninguna manera puedo dexar de acabar con este villano, si ya no es que, volviendose moro, siguiese el alcoran de nuestro Mahoma. Digo, respondió Sancho, señor turco, que creo en cuantos Mahomas hay de levante á poniente, y en su alcoran, de la suerte y como v. m. lo manda, y como lo permite y consiente nuestra madre la Iglesia, por quien daré la vida y anima y cuanto puedo dezir. Pues es menester, dixo el autor que con un cuchillo muy agudo os cortemos un poco del pluscuamperfecto. Respondió Sancho: ¿Qué pluscuam, señor, es ese que dize? que yo no entiendo esas algarabias. Digo, replicó el autor, que para que seais buen turco, es menester primero, con un cuchillo bien afilado, retaxaros. ¡Ah señor! Por las tenazas de Nicomemos, dixo Sancho, que v. m. no me corte nada de ahi, porque lo tiene tan bien contado y medido mi muger Mari-Gutierrez, que por momentos lo reconoce y pide cuenta dello, y por poco que le faltase, lo echaria luego menos, y seria tocarle en las niñas de los ojos, y me diria que soy un perdulario y desperdiciador de los bienes de naturaleza; y si á v. m. le parece, esto que me ha de cortar, no sea de ahi; porque, como digo, bien echa de ver que es menester todo en casa, y algunas vezes aun falta; sino cortenmelo de esta caperuça; que, aunque es verdad que hará falta en ella, todavia mejor se podrá remediar que esotro. Volvió en esto la cabeça hazia atras por no poder disimular la risa que le causó la simplicidad de Sancho; y disimulando cuanto pudo, le dixo al cabo de un rato: Levantaos, señor moro nuevo, dad acá la mano, y mirad que de aqui adelante habeis de hablar algarabia como yo; que presto subireis á arraez, alfaqui y á gran bajan. Par diez señor, dixo Sancho, que aunque me hagan rabadan, querria más llegar primero á mi lugar á dar cuenta de mí á dos bueyes que tengo en casa, seis ovejas, dos cabras, ocho gallinas y un porquete, y á despedirme de Mari-Gutierrez en lengua moruna, y á dezirle como me he vuelto ya turco; que quiçás ella tambien se querrá tornar turca; pero hallo un inconveniente en si lo quisiere hazer, y es que no sé de adonde la podremos retaxar, porque no tiene debaxo del cielo de adonde. Respondió el autor diziendo: Eso no importa nada, porque ya la cortaremos el dedo pulgar de la mano derecha, y esto bastará. A fe, dixo Sancho, que ha dicho muy bien, porque ese dedo no le hará la falta que me hará á mí lo que me quiere cortar; que en efeto es muy mala hilandera; mas con todo he pensado de do será mejor circuncidarla, porque no le quite el dedo que dize; que todavia es bueno tenga cinco dedos en la mano, como Dios manda en las obras de misericordia. ¿De donde pues: preguntó el autor, la circuncidaremos? De la lengua, respondió Sancho, porque la tiene más larga que la del gigante Golias, y es la mayor parlera y repostona que hay en todas las parlerias y tierras de papagayos. Con esto se volvieron á la puerta de la venta, adonde tenían al buen hidalgo don Quixote los moços del hato, sentado en una silla, desarmado y asido de suerte, que no le dexaban menear; y viendole el autor, dixo á Sancho: Hermano, ya veis como está vuestro amo; es menester que le digais como ya sois moro, y le persuadais á que tambien él lo sea si quiere librarse de la tribulacion en que está puesto, porque si no, dentro de dos horas nos le comeremos asado en el asador en que pensabamos asaros á vos.—Dexeme v. m. á mí, dixo; que yo le haré tornar moro por la posta. Pusose delante de don Quixote el autor diziendole: ¿Qué es, caballero? ¿Cómo va? Al fin habeis venido á parar en mis manos, de donde primero que salgais, habeis de tener las barbas tan largas, que os arrastren por el suelo, y las uñas de pies y manos tan grandes como unos colmillos de elefante; tras que os vereis comido de ratones, lagartos, chinches, piojos, pulgas, moscas, mosquitos, tabanos y otras asquerosas sabandijas; y maniatado con una gruesisima cadena en una lobrega carcel, con otros de vuestro jaez, que alli estan con grillos á los pies y esposas en las manos hasta que acaben sus tristes y desventuradas vidas. Don Quixote le respondió diziendo: No pienses ¡oh sabio contrario mio! que tus locas y vanas palabras y perjudiciales obras han de ser bastantes á hazerme quebrantar un punto lo que debo guardar como verdadero caballero andante, ni amedrentarme en el debido sufrimiento á los vecinos trabajos y tribulaciones que me amenaçan, pues estoy cierto que por discurso de tiempo, y al cabo, cuando mucho, de sietecientos años he de quedar libre deste tu cruel encantamiento, en que contra toda ley y razon, por solo tu gusto, me tienes puesto; y no desespero ¡oh inhumano encantador! de que antes del dicho plaço algun principe griego novel me saque de aqui, pues uno habrá que saldrá de Constantinopla de noche, sin despedirse de nadie de la corte y sin que lo sepan sus padres, espoleando de su honor, y alentado con el consejo de un grande y sapientisimo mago, amigo suyo; y despues de haber pasado grandisimos trabajos y peligros, y haber ganado mucha honra por todos los reinos y provincias del universo, llegará aqui á este fortisimo castillo, y matando los fieros gigantes que por prevencion tuya su entrada defiendan como guardas della y de la puente levadiza que le fortifica, matará tambien á los dos rapantes grifos, inhumanos porteros de su primera puerta; y entrando en el primer patio, y no sintiendo rumor ni viendo persona que se le oponga, se sentará, de cansado, en el suelo un rato, y luego oirá una furiosa voz que, sin saber quien la pronuncia, le dirá: Levantate, principe griego; que en aciaga hora y para tu daño entraste en este castillo;—y apenas habrá acabado de dezillo, cuando saldrá un ferozisimo dragon echando fuego por la boca y ponçoña por los ojos, con las uñas crecidas más que dagas vizcainas, y con una cola tan aguda y larga como un acicalado montante, con la cual todo cuanto encontrare echará por el suelo; pero matandole el dicho principe, ayudado de su favorable y benevolo sabio con invencibles socorros, se deshará á la postre todo este encantamiento; y entrando vitorioso otra puerta más adentro, se hallará en un apacible jardin lleno de varias flores, poblado de amenisimos, fructiferos y aromaticos arboles, cuyas copas poblaran cisnes, calandrias, ruiseñores y mil otras diferencias de jucundisimas aves, fertilizandole mil arroyos, dificultosas de discenir sus aguas si son de cristal ó leche; en medio del cual se le aparecerá una hermosisima ninfa vestida de una rozagante ropa sembrada de carbunclos, diamantes, esmeraldas, rubies, topacios y amatistas; la cual, dandole con rostro benevolo con la una mano un manojo de llaves de oro, y poniendole con la otra en la cabeça una guirnalda de agno casto y amaranto, desaparecerá tras una celestial musica; y luego dicho principe con las llaves de oro llegará á abrir las mazmorras, dando libertad jucundisima á todos los presos y presas dellas, y á mí el postrero, pidiendome por merced le arme por mis manos caballero andante y le admita por inseparable compañero: lo cual, concediendoselo yo todo, obligado de su hermosura, discrecion y esfuerço, iremos por el mundo despues innumerables años juntos, dando fin y cima á cuantas aventuras se nos ofrecieren.

CAPITULO XXVII

Donde se prosiguen los sucesos de don Quixote con los representantes.

Admirados quedaron en sumo grado los comediantes de ver el estraño genero de locura de don Quixote, y los disparates que ensartaba; pero Sancho, que habia estado escuchando detras del autor todo lo que su amo habia dicho, le dixo: Pues, señor Desamorado, ¿como va? Acá estamos todos por la gracia de Dios. ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, ¿qué hazes? ¿Hate hecho algun mal este nuestro enemigo? Ninguno, respondió Sancho; si bien es verdad que me he visto ya casi con un asador en el rabo, en que queria este señor moro asarme para comerme; pero hame perdonado por ver me he tornado moro. ¿Qué dizes, Sancho? dixo don Quixote: ¡moro te has tornado!¿Es posible que tan gran necedad has hecho? Pues pesie á las barbas del sacristan del Argamesilla, respondió Sancho, ¿no fuera peor que me comiera, y que despues no pudiera ser moro ni cristiano? Calle; que yo me entiendo; escapemos una vez de aqui; que luego despues verá lo que pasa. Entonzes el autor, apiadandose de las congojas y trasudores en que veia á don Quixote, cansados ya de reir los estudiantes, Barbara y toda la compañia, dixo: Agora sus, señor caballero, no es ya tiempo de más disimular ni de traer encubierto lo que es razon que se descubra; y asi habeis de saber, señor don Quixote, que yo no soy el sabio vuestro contrario de ninguna manera; antes soy un grande y fiel amigo vuestro, y cual tal siempre y en todas partes he mirado y miro por vuestros negocios mejor que vos proprio, y agora por probar vuestra prudencia y sufrimiento he hecho todo lo que habeis visto: por tanto, dexenle todos luego, y huelgue y repose en este mi castillo todo el tiempo que le pareciere; que para tales principes y caballeros como él le tengo yo aparejado; y dadme ¡oh famosisimo caballero andante! un abraço; que aqui estoy para serviros, y para no hazeros daño alguno, como pensastes; y advertid que el venir aqui vos y la gran reina Zenobia ha sido todo guiado por mi gran saber, porque os importa infinito á vos y á vuestros servidores llegueis á la gran corte del rey Catolico, en la cual os aguardan por momentos un millon de principes, y de do habeis de salir con grande aplauso y vitoria. Soltaronle en esos los moços, y el autor le abraçó, y con él los compañeros hizieron lo mismo. Cuando don Quixote se vió suelto, asombrado de como él le tenia por nigromantico, y lo que le habia dicho, teniendolo todo por verdad, se levantó, y abiertos los braços, se fue para él diziendo: Ya yo me maravillaba ¡oh sabio amigo! que en tan grande trabajo y tribulacion como en la que agora me habia puesto, dexasedes de favorecerme con vuestra prudentisima persona y eficazes ardides: dadme esos braços, y tomad los mios, desmembradores de robustos gigantes, y verdugos expertos de enemigos vuestros y mios. Con esto todos le volvieron á abraçar con nuevas muestras de alegria, y llegandose la muger del autor á ver el rostro de aquel loco, á quien todos abraçaban, le dixo, considerada su ridicula figura: Señor caballero, yo soy hija de aqueste grande sabio su amigo: mire v. m. que si en algun tiempo hubiere menester su favor, ó si algun gigante ó mago me llevare encantada, que no dexe de favorecerme en todo caso; que aqui mi padre se lo pagará:—y aun (dixo otra de las representantes, que estaba aparte riendo) le dexará entrar de balde en la comedia, con solo medio real que le ponga en la mano. Respondió don Quixote: No es menester, soberana señora, encargarme á mi lo que á vuestro servicio toca, teniendo yo tantas obligaciones á vuestro sabio padre; pero creedme, que aunque todo el universo se conjurase contra vuestra beldad, y todos cuantos sabios y magos nacen en Egipto viniesen á España para tocaros en un solo pelo de la cabeça, que yo solo, dexado aparte el gran poder de vuestro padre, bastaria, no sólo para defenderos y sacaros á pesar suyo de sus manos, sino para poner en las vuestras sus alevosas y falsas cabeças. En esto le llamó el autor diziendo: Señor caballero, ya la cena está aparejada y las mesas puestas; y asi v. m. se sirva de venirnosla á honrar en compañia mia y destos señores, porque despues tenemos que hazer un negocio de importancia. Esto dixo porque pensaba ensayar en cenando una comedia que habian estudiado para Alcala y la corte. Estaba Sancho maravillado de ver á su amo libre de aquella prision, y tan alegre, que llegandose al autor le dixo: ¡Ah señor sabio! esto de tornarme yo moro, ya que su merced nos ha dado á conocer su valor, ¿ha de pasar adelante? porque en Dios y en mi conciencia me parece que no lo puedo ser de ninguna manera. Respondiole el autor diciendo: ¿Pues por que no lo podeis ser? Porque quebrantaré, dixo él, cada dia la ley de Mahoma, que manda no comer tocino ni beber vino; y soy tan bellaco guardador deso, que en viendolo á mano, no dexaré de comer y beber dello si me aspan. A esto respondió un clerigo que acaso se halló en la venta: Si v. m., señor Sancho, ha prometido á este sabio mago volverse moro, no se le dé nada de la promesa, pues yo, en virtud de la bula de compesacion, le absuelvo asi della como de lo hecho; y lo puedo hazer en su virtud, con sólo darle de penitencia que no coma ni beba en tres dias enteros; y advierta que con sólo cumplir esta leve penitencia se quedará tan cristiano como antes se estaba. Eso, señor licenciado, no me lo mande, respondió Sancho, pues no digo tres dias, pero aun tres horas no me atreveria á cumplir esa penitencia, aunque supiese que me habian de quemar, no haziendolo: lo que v. m. me puede recetar, si le parece, es que no duerma con los ojos abiertos, ni beba con los dientes cerrados, ni traiga el sayo baxo la camisa, ni haga mis necesidades atacado. Estas cosas, aunque tienen su dificultad, yo le doy palabra de cumplillas, en Dios y mi conciencia. Llegaron tras estas razones á sentarse á cenar á la mesa; y antes de hazello, estando todos al rededor della en pie y quitados los sombreros, començó el clerigo á echar la bendicion en latin, y començaron á cenar; y dixo el autor: Sepan vs. ms., señores, que la causa por que Sancho no se quitó la caperuça á la bendicion, es porque aun le han quedado las reliquias de cuando era moro, si bien es verdad que aun está por retaxar y circuncidar; pero he dilatado el hazello, porque lleno de lagrimas me rogó denantes que le retaxase, si era forçoso hazello, de la caperuça, y no de la parte en que de ordinario se ejecuta la circuncision, por ser esa la de que su muger estaba más celosa, y de quien le pedia más cuenta. Y tras esto fue contando todo lo que con él le habia sucedido; y acabando de hazello con la cena, levantados ya los manteles, prosiguió volviendose á don Quixote, y diziendole como para hazerle fiesta en aquel su castillo habia mandado hazer una comedia, en la cual entraba tambien él, y la que le dixo que era su hija. Don Quixote se lo agradeció con mucho comedimiento; y sentandose en el patio de la venta en compañia de Barbara, del clerigo, de los dos estudiantes, y de Sancho y de los de la posada, començaron á ensayar la grave comedia de El testimonio vengado, del insigne Lope de Vega Carpio, en la cual un hijo levanta un testimonio á la Reina su madre en ausencia del Rey, de que comete adulterio con cierto criado, instigado del demonio, y agraviado de que le negase un caballo cordobes en cierta ocasion de su gusto, guardando en negarle orden expreso que el Rey su esposo le habia dado. Llegando pues la comedia á este paso, cuando don Quixote vió á la muger del autor, á quien él tenia por su hija, tan afligida, por hazer el personage de la Reina, á quien se levantaba el testimonio, y por otra parte advirtió que no habia quien defendiese su causa, se levantó con una repentina colera, diziendo: Esto es una grandisima maldad, traicion y alevosia, que contra Dios y toda ley se haze á la inocentisima y castisima señora reina; y aquel caballero que tal testimonio le levanta, es traidor, fementido y alevoso, y por tal le desafio y reto luego aqui á singular batalla, sin otras armas más de las con que agora me hallo, que son sola espada. Y diziendo esto, metió mano con increible furia, y començó á llamar al que levantaba el testimonio, que era un buen representante, el cual riendose con todos los demas de la necia colera de don Quixote, se puso en medio con su espada desnuda, diziendole que aceptaba la batalla para la corte delante de su magestad, con solos veinte dias de plaço; y mirando si hallaba alguna cosa por alli que dalle en gaje, vió arrimada á un poste de la venta una albarda, y sobre della un ataharre, y tomandole medio riendo, se le arrojó diziendo: Alçad, caballero cobarde, esa mi rica y preciada liga, en gaje y señal de que sea nuestra batalla delante de su magestad para el tiempo que tengo dicho. Don Quixote se abaxó y la tomó en la mano; y como vió que del hazello se reian todos, dixo: No es de valientes principes reirse de que un traidor y alevoso como este tenga animo para hazer batalla conmigo; antes habian de llorar, viendo á la señora reina tan afligida, aunque su ventura ha sido no poca en haberme hallado yo presente en tal trance, para que semejante traicion no pase adelante. Y volviendo la cabeça dixo á Sancho: ¡Oh mi fiel escudero! toma esta preciada liga del hijo del Rey, y metela en nuestra maleta hasta de hoy en veinte dias; que tengo de matar á este alevoso principe que tal testimonio ha levantado á mi señora la Reina. Sancho la tomó y dixo á su amo: ¿Para que quiere v. m. que metamos este ataharre en la maleta entre la ropa blanca, estando tan sucio? Dele al diablo; que yo le ataré en la cincha del rucio, y alli irá hasta que topemos cuyo es. ¡Oh necio! dixo don Quixote, ¡y eso llamas ataharre! Pues ¿que diablos, dixo Sancho, es, sino ataharre? ¿No ves, animalazo, replicó don Quixote, que es una riquisima liga del hijo del Rey, como lo dizen estos rapacejos de oro, de cada uno de los cuales cuelga una esmeralda ó un rubi ó un diamante? Lo que yo veo aqui, respondió Sancho, si no estoy borracho, es una empleita de esparto con dos cordeles á los cabos, harto sucios, y sirve de ataharre de algun jumento. ¿Hay tal locura semejante, dixo don Quixote, como la de este escudero, que una liga de tafetan doble, encarnado, diga que es ataharre? Digo, respondió Sancho, una y docientas vezes que es tan ataharre como mi agüelo: no tiene que porfiar. Maravillaronse todos de la porfia del amo y del criado sobre el ataharre; y llegando el autor, le tomó en la mano diziendo: Señor Sancho, mire v. m. bien lo que dize y abra los ojos; que este ataharre, para lo deste mundo es liga, y de grandisimo valor; para lo del otro, no digo nada. Ello será lo que yo digo, respondió Sancho; que no soy ciego, y tengo gastados más ataharres destos, que hay estrellas en el limbo. En esto salió un labrador de la caballeriza, cuya era la albarda y ataharre, y llegandose á Sancho le dixo: Hermano, dad acá mi ataharre; que no está ahi para que vos os alçeis con él. Holgó Sancho infinito de oir esto; y volviendose lleno de risa á los circunstantes, les dixo: ¡Bendito sea Dios, señores, que estaran contentos! A fe que agora, aunque les pese, han de confesar mi buen juizio, pues ven que acerté de la primera vez que este era ataharre, cosa en que jamas supieron caer tantos y tan buenos entendimientos. Y diziendo esto, dió el ataharre al labrador, lo cual viendolo don Quixote, se llegó á él, y tirando reciamente, se le quitó diziendo: ¡Ah villano soez! ¿y de cuando acá fuiste tú digno de traer una tan preciada liga como esta, ni todo tu çafio linage? Tras lo cual se le iba á meter en la faltriquera; pero impedioselo el labrador, que no sabia de burlas, asiendole del braço, y porfiando don Quixote que se lo contradezia. El labrador, en fin, como era hombre membrudo y de fuerça, y esas le faltaban á don Quixote, por estar tan flaco, pudo darle un empellon tal en los pechos, que le hizo caer con él de espaldas, y saltandole encima, le quitó por fuerça el ataharre de la mano. Llegó Sancho en esto á ayudar á su amo, dando dos ó tres crueles moxicones en la cabeça al labrador, el cual revolviendo hecho un leon contra Sancho, le cinchó dos ó tres vezes el ataharre por la cara. La risa de los comediantes era notable, grande la prisa de los estudiantes en despartilles, notable la diligencia de Barbara en ayudar á levantar á don Quixote, cuya colera era infinita, y mayor el sufrimiento del pobre Sancho, el cual puesta la mano sobre las narizes, de las cuales le salia mucha sangre, por haberle alcançado el labrador con el ataharre en ellas, començó á ir furioso tras él hazia la caballeriza diziendo: Aguarda, aguarda, descomunal arriero, y verás si te hago confesar, mal que te pese, que eres mejor que yo, con ser un grandisimo bellaco, puto y hijo de otro tal. Don Quixote le dió vozes diziendo: Vuelvete, hijo Sancho, y dexale ir; que harto trabajo lleva consigo, pues como infame ha huido de la batalla sin osar atendernos; pero ¿qué ha de osar atender un sandio tal cual él es? Y ya te he dicho muchas vezes que al enemigo que huye, la puente de plata; y si nos lleva la preciada liga, no hay que espantar dello; porque muchos ladrones, yo he leido en libros, que han robado á caballeros andantes no sólo sus preciados caballos, sino tambien sus ricas armas, ropa y joyas. No me espanto del hurto, dixo Sancho; que avezado está v. m. á que ladrones se le atrevan á hurtar joyas preciosas; que ya en Çaragoça otro me hurtó de las manos, con las uñas de las suyas, las reales agujetas del ave fetrix, ó como se llama, que v. m. ganó por su buena lança en la sortija. Encolerizose don Quixote desta nueva, diziendo: Pues, ¿como villano, si tal pasó, no me lo dixiste luego alli, para que hiziera añicos, al ladron atrevido? Por ahorrar de pesadumbre á v. m., respondió Sancho, lo he callado, y por temor de que no le causase alguna pasacolera el enojo; pero baste el que he tenido por ello, y las lagrimas que me han costado las negras agujetas. Y diziendo esto començó á llorar, repitiendo: ¡Ay agujetas de mi anima! ¡desdichada de la madre que os parió, pues tal desgracia ha visto pasar por vosotras! No os olvideis, os ruego, por las entrañas de Cristo, deste vuestro fiel y leal servidor, pues yo mientras viviere no me olvidaré de vosotras ni de vuestra bonisima condicion. ¡Asi mal provecho le hagan al ladron vuestra dulzura y sabor! Acallole don Quixote, dandose por pagado de sus lagrimas y del perdon que tras ellas le pidió por la perdida; y saliendo de su asiento el autor, lleno de risa, le tomó por la mano y le dixo: V. m., señor caballero, lo ha hecho muy bien en esta batalla, y asi tras ella será razon nos vamos á acostar, por ser ya tarde y estar v. m. cansado; y quedese la comedia en este punto. Y llevandole con Sancho á un mal aposento que les habia prevenido, no se quiso salir dél hasta que los dexó á ambos acostados y cerrados, temiendo no echasen sus moços al pobre de Sancho una melecina de agua fria, como sabia lo tenian pensado. Llegada la mañana, se salió sin dezirles nada, por consejo de los estudiantes, el autor con toda su compañia, de la venta, y se fue para Alcala. Levantose algo tarde, por el cansancio de las pendencias pasadas, don Quixote, abriendole la puerta el ventero; y la primer cosa que hizo en despertar fue preguntar á Sancho por la reina Zenobia, y si la habian dado cama y todo recado la noche pasada, con la decencia que su real persona merecia. Yo, señor, respondió Sancho, como estuve tan ocupado en la sangrienta batalla que tuvimos con aquel que nos hurtó el ataharre ó liga, ó como es su gracia, no me acordé della más que si no fuera reina; pero á lo que entendi, dos moços de aquellos de los representantes la hizieron merced de llevarla consigo, con no poco gusto della, por no dar que dezir á malas lenguas. Estando en esto, subió Barbara con los estudiantes adonde estaba don Quixote y Sancho, diziendo: Muy buenos dias tenga la flor de los caballeros: ¿como le ha ido á v. m. esta noche? ¡Oh señora reina! respondió don Quixote, la v. m. perdone el descuido que con su real persona esta noche se ha tenido, porque la culpa tiene el negligente Sancho, que, teniendole mandado que ande siempre delante de v. m. para ver lo que se le antoja, mirandola á la cara, se ha descuidado, de puro molido de las batallas pasadas, segun agora me acababa de dezir. A esto respondió Sancho: Yo, señor, harto la miro á la cara; pero como la tiene tan bellaca, todas las vezes que la miro y la veo con aquel sepan cuantos en ella, me provoca á dezirle, «cocale, marta,» cancion que dezian los niños á una mona vieja que estos años atras tenia en la puerta de su casa el cura de nuestro lugar. ¡Malos dias vivas, respondió Barbara, y no llegues, bellaconazo, á los mios, plegue á Cristo! pero calla; que á fe no lo vayas á penar al otro mundo; que hartas pesadumbres sé yo dar de noche á otros más agudos que tú, y en manos está el pandero que le sabran bien tañer. Los estudiantes dixeron á Sancho: Señor Sancho, no moleste v. m. á la señora Reina, que sabe hazer lo que dize, mejor de obras que de palabras. ¿Para qué, diga, quiere verse alguna noche volando por las chimeneas entre vasares, platos y asadores, donde se vea y se desee, y llore el no haber querido obedecerla? Pues si ella, respondió Sancho, me haze volar por los vasares, yo me quexaré á quien por toda su vida le haga bogar en las galeras. ¿Pues no ve v. m., replicó el uno de los estudiantes, que las mugeres no reman? ¿Y que se me da á mí que no remen? respondió Sancho; basta que si ella no remare, á lo menos servirá de dar refresco á la chusma; que para eso yo sé que no le faltará gracia; y estando alli con más comodidad, podrá parecerse de veras en todo á las nubes, ya que por muger en algo les haya de parecer. ¿Pues en qué, dixo el estudiante, les ha de parecer, ó como les parece en todo? Respondió Sancho: En que cargará en la mar, como hazen las nubes, lo que despues á pura fuerça de truenos y relampagos, descargará en lluvia sobre la tierra; que eso hará si se empreñare en el agua, pues á fuerça de gritos y suspiros, habrá despues de vaziar su cargaçon; que en lo demas, llano es que todas las mugeres se parecen á las nubes, de las cuales por experiencia sabemos donde y como descargan, lo mismo que ignoramos donde y como se entró en ellas. Rieron los estudiantes y la misma Barbara de la astrologa aplicacion de Sancho; pero don Quixote, que no tenia de risible más que la nariz y potencia remota, dixo con despego y zuño á Barbara: La v. m. no haga caso ya más de lo que dixere este necio, pues lo es tanto, que jamas dirá sino badajadas: lo que por agora importa es que tratemos de partir de aqui; porque hoy pretendo entrar en la corte, si no es que se me ofrezca en contrario alguna forçosa ocupacion y peligrosa aventura que me detenga en Alcala. Y llamando al huesped, remató con él las cuentas con solo agradecerle el hospedaje, y fuele facil salir de su venta él y sus compañeros con tan ligera paga, por haberla ya hecho cumplida por todos el autor de la dicha compañia, apiadado de la locura de don Quixote y simplicidad de su escudero, y dandose por pagado con los malos ratos que les habia dado, y buenos y entretenidos que él y su compañia habian recebido. Subió don Quixote en Rocinante, armado como solia, Sancho en su rucio, y Barbara en su mula, quedandose los estudiantes atras, por estar ya tan cerca de Alcala, do por su honra no quisieron entrar acompañados de compañia tan ocasionada para vayas y fisgas y matracas, como la de don Quixote, á quien dixo Barbara en començando á caminar: Señor caballero, v. m. me la ha hecho muy grande en haberme traido desde Sigüença hasta aqui, y en haberme vestido, dado de comer y cabalgadura, como si fuera una hermana suya; pero si v. m. no me manda otra cosa, yo determino quedarme aqui en Alcala, que es mi patria, do si en alguna cosa le pudiere servir, lo haré, mandandome con la voluntad que diran las obras. Señora reina Zenobia, respondió don Quixote, mucho me maravillo de oir tal resolucion á persona tan discreta, y que ha hecho tantos, tan grandes y peligrosos caminos por reinos incognitos solo por hallarme, obligada de la fama de mi valor y persona. ¡Como es posible que agora que tiene mi compañia, que tanto ha deseado y procurado, que la quiera asi dexar, no reparando en lo mucho que he hecho y pienso hazer en su servicio, ni en las desgracias que se le pueden ofrecer, atreviendosele sus enemigos y rebeldes vasallos, sin el respeto debido al gran valor de su persona, viendola fuera de mi amparo y lado! Por evitar pues estos y otros mayores inconvenientes que se le pueden ofrecer, suplico á la v. m. cuan encarecidamente puedo, se venga conmigo hasta la corte; que no pasaremos della en muchos dias, atento que sabiendo los grandes mi llegada, es fuerça me detengan, regalandome á porfia por honrarse de mi lado y aprender cosas militares; y alli verá v. m. lo que en su servicio hago; y despues que hubiere muerto al rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque, con quien tengo aplaçada la batalla, y al otro hijo del rey de Cordoba, que ayer levantó aquel grave falso testimonio á su madre, quedará á la eleccion de v. m. el irse á Chipre ó quedarse en la corte de España; y asi por amor de mí se ha de hazer lo que agora suplico. Sancho, que oyó lo que don Quixote habia dicho á Barbara, se llegó á él con mucha colera diziendo: Par diez, señor, que yo no sé para que quiere que llevemos con nosotros á la señora Reina; mucho mejor será que se quede aqui en su lugar; que tanto nos ahorraremos. ¿Para que queremos llevar con ella costa sin ningun provecho? ¡Gentil carga de basura para entrar cargados de ella en la corte! Dela á Lucifer y no la ruegue más; que el ruin, cuando le ruegan luego se ensancha; y no nos faltará sin ella la misericordia de Dios. ¡Mirad que cuerpo, non de Judas Escariote, con ella y con quien le parió y nos la dió á conocer! Pues á fe que si se me suben las narizes á la mostaça y comienço á desbotricar, que no sea mucho, estandose en su tierra, que la haga echar por la boca y narizes más mocos y gargajos que echa un ahorcado en el rollo. Estanle aqui haziendo á la muy cotorrera mil regalos y servicios, llamandola reina y princesa, siendo lo que ella se sabe, como aquellos estudiantes han dicho, ¡y agora se nos haze de pencas! Paguenos la saya y sayuelo colorado y la mula y lo que nos ha hecho de costa, y adios, que me mudo; ó como dize Aristoteles, alon, que pinta la uva; y á fe que si yo fuera que mi señor, que se lo habia de quitar todo á moxicones, pues no me conoce bien. ¡Oh villano! dixo don Quixote, y ¿quien te mete á tí con la señora Reina? ¿Mereces tú, por ventura, descalçarle su pequeño çapato? ¡Pequeño! respondió Sancho: en Sigüença me dixo suplicase á v. m. la comprase un par de çapatos, y preguntandole yo cuantos puntos calçaba, me respondió que entre quinze y diez y nueve, poco más.—¿Pues no ves, insensato, que las amazonas son gente varonil, y como andan siempre en las lides, no son tan delicadas y hermosas de pies como las damas de la corte, que se estan en sus estrados regaladas y ociosas, con que son más tiernas y femeniles que las valerosas amazonas? Con no poca resolucion replicó Barbara á las malicias de Sancho, de que estaba ofendida, diziendo: No pensaba, señor don Quixote, pasar de aqui; pero por saber que doy á v. m. contento y hago rabiar á este bellaco de Sancho, quiero llegar hasta Madrid, y alli servir á v. m. en cuanto me mandare, á pesar deste villano harto de ajos. ¿Villano? respondió Sancho; villano sea yo delante de Dios; que para lo deste mundo importa poco serlo ó dexarlo de ser; pero es grandisima mentira dezir eso otro, de que estoy harto de ajos, pues no comi esta mañana en la venta sino cinco cabeças dellos que el ladron del ventero me dió por un cuarto: ¡miren si me habia de hartar con ellas! Mas dexando esto aparte, digame por su vida, señora reina, ¿cual es peor? ¿haber estado ella esta noche con aquellos dos moços de los comediantes, y almorzar con ellos esta mañana una gentil asadura frita, bebiendose con ella dos azumbres de vino, como dixo el ventero que ha hecho su merced, ó comer yo cinco cabeças de ajos crudos? Hermano, respondió Barbara, si estuve con ellos no fue por hazer mal á nadie; que libre soy como el cuclillo, y no tengo marido á quien dar cuenta, gracias á Domino Dio: et vivit Domine; que más lo hize porque hazia un poco de fresco que no por bellaqueria, como vos sospechais, que sois un grandisimo malicioso. ¿Malicioso me llamais? replicó Sancho; á fe que no me lo osarades vos dezir detras como me lo dezis delante; pero vaya; que más longaniças hay que días, y bien sabemos aqui mamarnos el dedo, aunque bobos.

CAPITULO XXVIII

De como don Quixote y su compañia llegaron á Alcala, do fue libre de la muerte por un estraño caso, y del peligro en que alli se vió por querer probar una peligrosa aventura.

Todo su cuidado ponia don Quixote en que la reina Barbara le honrase en la entrada que pensaba hazer en la corte, y en que no hiziese caso de los atrevimientos de su escudero; y asi le dixo: Suplico á v. m., altisima señora, no repare en cosa que le diga este animal, sino que disimule con él, como yo hago, dexandole para quien es, siquiera porque lo habemos menester por estos caminos; y pues ya estamos en Alcala, pareceme marchemos por aqui poco á poco detras destas murallas, sin pasar por medio del lugar, que es grande y poblado de gente de cuenta; y pareceme será acertado tambien que v. m. se cubra el rostro con ese precioso volante hasta que pasemos de la otra parte, por lo que es conocida de todos; que puestos en ella, nos podremos quedar, si nos pareciere, en algun meson secretamente esta noche, y á la mañana entrarnos con la fresca en Madrid. Hizose asi, y á la que començaron á rodear el muro, volviendo la cabeça Barbara á Sancho, le dixo: Ea, señor galan, seamos amigos, y no haya más enojos conmigo por su vida; que yo le perdono todo lo pasado. ¿Amigos? respondió Sancho; antes seré amigo de un diablo del infierno que della, aunque todo se es uno. Pues por el siglo de mi madre, dixo Barbara, que hemos de hazer las amistades antes que lleguemos á Madrid. Pues por el siglo de mi rucio, replicó Sancho, que primero me vuelva Poncio Pilatos que sea su amigo. Barbara le dixo: ¡Ea ya, leon! y Sancho le respondió: ¡Ea ya, sierpe! Pero don Quixote, que vió la enemistad que Sancho y Barbara tenian y los remoquetes que se iban echando por el camino, dixo: Agora sus, Sancho, tú ¿no eres mi escudero, y no te tengo yo de pagar tu salario, como tenemos entre los dos concertado, sirviendome en todo bien y puntualmente? Pues en virtud de dicho concierto quiero y es mi voluntad que agora, sin replica ninguna, seas amigo de mi señora la reina Zenobia; que yo tomo á mi cargo hazer esta noche un famoso convite á su merced y á ti, en señal y firmeça de las futuras y perpetuas amistades, pues no es bien que seamos tres y mal avenidos. Por cierto, mi señor, replicó Sancho, que cuando no sea por otra cosa más de por ese convite que v. m. dize, lo habré de hazer; aunque fuera razon que, guardando mi punto, aguardara se pusieran de por medio personas de cuenta á rogarmelo, cual son media dozena de canonigos de Toledo, ó á lo menos unos cuantos cardenales; pero vaya, pues v. m. lo manda. Ea, señora reina, arrojeme acá esas manos, si bien las quisiera más de vaca bien cocidas y con su perejil; que sobre mí que me hizieran harto más provecho. Diole Barbara la mano riendo, y al darsela le dixo: Tomad, amores, esta mano de reina; que yo fio que más de dos principes escolasticos de los de la corte alcaladina, en que esta noche habemos de dormir, preciaran harto recebir este favor. Como don Quixote les vió dadas las manos, se fue un poco adelante, imaginando en su fantasia lo que habia de hazer en la corte con la reina Zenobia, y batallas del gigante y del hijo alevoso del rey de Cordoba, y cómo se habia de dar á conocer á los reyes y grandes: lo cual le hazia ir tan absorto y fuera de sí, que no advertia en que á Sancho venia diziendo Barbara: De aqui adelante, amigo Sancho, nos hemos de querer con el extremo que dos buenos casados se aman, pues ha sido el padrino de nuestras pazes el señor don Quixote; y en confirmacion dellas, quiero que durmamos esta noche dambos en el meson donde llegaremos; que el coraçon me dize no dexará de correr fresco que me obligue á procurar cubrirme con gusto con alguna manta, como la del pelo de v. m., mi señor Sancho: verdad es que imagino será menester rogarselo poco, pues tiene más de bellaco que de bobo. No entendió Sancho á Barbara de ninguna manera, y asi le respondió: Lleguemos una vez con salud al meson, y cenemos en señal de nuestras amistades, con el cumplimiento que mi amo nos tiene prometido; que en eso de la manta no faltaran dos y aun tres; que yo se las pediré al huesped para que las eche v. m. en su cama, cuanto y más, que no haze agora tanto frio que obligue á procurallas. Como Barbara vió que no le habia entendido, le dixo hablando más claro: Pues, Sancho, si vuestro amo ha de alquilar dos camas, una para mi y otra para vos, ¿no será mejor que nos ahorremos el real de la una cama, para comprar con él un gentil plato de mondongo y un cuartal de pan, con que os pongais hecho un trompo, y vaya el diablo para ruin? A fe que tiene razon, respondió Sancho: ahorremos sin que mi amo lo sepa ese real de la una cama; que yo dormiré sobre un poyo del meson; que para mí, tan bien me dormiré alli como acullá, á trueque de que nos demos, como dize, una buena pançada con ese real. Viendo Barbara la rudeza de Sancho, no quiso tratarle más de aquella materia; y asi alargaron el paso tras don Quixote hasta que le alcançaron, el cual, en viendolos junto á sí, les dixo: Pareceme que es tarde para poder hoy llegar á Madrid, y que no será malo nos quedemos esta noche aqui en Alcalá, y mañana proseguiremos nuestro camino; que bien podrá v. m., señora reina, estar encubierta, cerrada en un aposento, tapado el rostro cuando le sirvan á la mesa, por no ser conocida. Ella le dixo que hiziese lo que fuese servido; que en todo acudiria á lo que fuese de su gusto; y llegaron en esto á un meson fuera de la puerta que llaman de Madrid, y entrando todos en él, dixo don Quixote á Sancho que llevase las cabalgaduras á la caballeriza y las diese recado, y al huesped pidió un aposento secreto y bien adereçado, do mandó acompañase luego á la reina Zenobia; y quedandose él paseando por el patio sin desarmarse, oyó tocar á deshora con mucho concierto cuatro trompetas, y despues dellas un ronco son de atabales; lo cual oido por nuestro buen caballero, le causó notable suspension, con la cual estuvo atentisimamente escuchando, sin saber que cosa fuese; y al cabo de rato, despues de haber hecho en su fantasia un desvariado discurso, llamó á Sancho y le dixo: ¡Oh mi buen escudero Sancho! ¿oyes por ventura aquella acordada musica de trompetas y atabales? Pues has de saber que es señal de que hay sin duda en esta universidad algunas celebres justas ó torneos para alegrar el festivo casamiento de alguna famosa infanta que se habrá casado aqui; á las cuales habrá acudido un caballero extrangero, cuyo nombre no es aun conocido, por ser mancebo novel; pero no obstante su poca edad, en el principio de sus famosas fazañas ha ya vencido á todos los caballeros desta ciudad y á los que de la corte han acudido á ella y á sus fiestas, si ya no ha venido á celebrarlas; y esto es lo más cierto; ó algun bravo jayan que, habiendo vencido y derribado á todos los mantenedores y aventureros, se ha quedado por absoluto señor de todas las joyas de dichas justas, y no hay caballero ahora, por valiente que sea, que se atreva á entrar segunda vez con él en el palenque, de lo cual estan los principes tan pesarosos, que darian cuanto dar se puede porque Dios les deparase un tal y tan buen caballero que baxase la soberbia deste cruel pagano, con que dexase alegre toda la tierra, y las fiestas fuesen consumadamente perfetas. Por tanto, Sancho mio, ensillame luego á Rocinante; que quiero ir allá y entrar con gallardia y gracia por la plaça, pues maravillados de mi presencia los que ocupan sus dorados balcones, altos miradores y entoldados andamios, levantaran entre sí un alegre murmullo, diziendo: Ea, que Dios sin duda ha deparado venga este gallardo caballero extrangero á volver por la honra de los naturales, viendo que ninguno dellos ha podido resistir á los incomparables brios deste fiero jayan. Tocaran en esto todas las trompetas, chirimias, sacabuches y atabales, al son de los cuales se començará mi bueno y esforçado caballo á engreir y relinchar, deseoso de entrar en la batalla; con que callaran todos, y yo poco á poco me iré llegando al cadahalso adonde estan los juezes y caballeros; y haziendo hincar dos ó tres vezes de rodillas delante dellos á mi enseñado caballo, les haré una cumplida cortesia, haziendole dar despues terribles saltos y gallardos corvetes por la ancha plaça: llegandose luego á la parte donde estará el fiero jayan, el cual reconocido por mí, me acercaré adonde estaran las astas de duro fresno, y tomando dellas la que mejor me pareciere, y llegandome cerca del dicho jayan, sin hazerle cortesia alguna le diré: Caballero, si te parece, yo querria entrar contigo en batalla; pero con condicion que fuese ella á todo trance, que es decir que uno de los dos haya de quedar por general vencedor de las justas, quitando al otro la cabeça, y presentandola á la dama que mejor le pareciere; es cierto que, como él es soberbio, ha de responder que sea asi. Tras lo cual, volviendo yo luego las riendas á Rocinante para tomar la parte del sol que más me tocare, començaran á sonar las trompetas, al son de las cuales arrancaremos como el viento los dos valerosos guerreros; y él no errará el golpe; porque, dandome en medio de la adarga sin poderla pasar, me hará con la fuerça dél torcer un poco el cuerpo, volando las pieças de la lança por el aire; pero yo, como más diestro, le daré por medio de la visera con tal fuerça, que, siendole sacada de la cabeça, caerá del atroz golpe en tierra por las ancas del caballo; si bien, como es ligero, se pondrá luego otra vez en pie, y se vendrá para mí con la espada en la mano; y yo, por no hazer la batalla con ventaja, abaxaré de mi caballo en el aire, no obstante que muchos lo juzgaran á locura; y metiendo mano á mi cortadora espada, començaremos entre los dos el porfiado combate; mas él, no pudiendo atender á mis golpes, me rogará que descansemos un poco, por verse algo fatigado; aunque yo, sin atender á sus ruegos, tomaré la espada á dos manos, y levantandola con un heroico despecho, la dexaré caer con tal furia sobre su desarmada cabeça, que acertandole de lleno, se la abriré hasta los pechos, dando del cruel golpe tan horrenda caida en tierra, que hará estremecer toda la ancha plaça, y aun venir al suelo más de cuatro barreras y tablados. Los gritos de la gente seran muchos, la alegria de los juezes grande, el contento de todos los vencidos caballeros extremado, el aplauso del vulgo singular, é inaudita la musica que sonará en exaltacion de mi buen suceso; y desde entonces pasaran cosas por mi, que dé bien que hazer á los historiadores venideros el escribirlas y exagerarlas. Por tanto, Sancho, presto sacame á Rocinante. Sancho, con harto dolor de su coraçon, por ver se iba dilatando la deseada cena, fue á ensillarle, y entre tanto que lo hazia, se llegó el mesonero á don Quixote, al cual habia estado oyendo todo aquel largo y desvariado discurso, y le dixo: Señor caballero, v. m. se podrá desarmar; que viene cansado; y digame lo que quiere cenar; que este muchacho está aqui, que traerá buen recado. ¡Por Dios, dixo don Quixote, que estais bien en el caso! Veis lo que pasa en la plaça, la deshonra de vuestra patria y la afrenta de vuestros caballeros, y que yo voy á remediarlos, ¡y ahora me salis con cena! Digo que no quiero cenar, ni comer bocado hasta honrar con mi persona esta universidad, y matar todos aquellos que lo contradixeren; que es vergüença, y muy grande, que un jayan solo rinda y sujete á una ciudad como esta: por tanto, andad con Dios, y mirad si viene mi escudero con el caballo. El mesonero le dixo: Perdone v. m.; que yo pensé que lo que contó denantes á su criado era algun cuento de Mari-Castaña ó de los libros de caballerias de Amadis de Gaula; pero si v. m. quiere ir armado asi como está á honrar al catedratico, se lo agradeceran mucho todos. ¡Qué catedratico ó qué nonada! respondió don Quixote. Tres ó cuatro que á la puerta se habian detenido, viendo aquel hombre armado, le dixeron: Si v. m. ha de ir al paseo, bien puede; que ya es hora, pues llegará en esta el catedratico al mercado; que aqui no hay justas ni jayanes de los que v. m. ha dicho, sino un paseo que haze la universidad á un dotor medico que ha llevado la catedra de medicina con más de cincuenta votos de exceso, y llevan delante dél, por más fiesta, un carro triunfal con las siete virtudes y una celestial musica dentro, y tal, que si no fue la que se llevó el año pasado en el paseo del catedratico que llevó la catedra de prima de teologia, jamas se ha visto otra igual; y las trompetas y atabales que v. m. oye, es que van ya pasando por todas las calles principales, con más de dos mil estudiantes que con ramos en las manos van gritando: Fulano victor. A pesar de todo el mundo, á pesar vuestro y de cuantos contradezir lo quisieren, replicó don Quixote, es lo que tengo dicho. Sacó Sancho en esto el caballo, y subiendo don Quixote en él, estaba tal y tan cansado, que aun hiriendole con el duro acicate, apenas se podia menear, y no dexaba casa en la cual no procurase entrarse. Sancho quedó con Barbara en un aposento, la cual, como arriba diximos, procuraba no ser conocida de persona alguna en Alcala. Caminó nuestro caballero por aquellas calles poco á poco, yendo siempre hazia la parte que sentia el sonido de las trompetas, hasta tanto que encontró la bulla de la gente en medio de la calle Mayor; la cual, cuando vieron aquel hombre armado y con la figura dicha, pensaban que era algun estudiante que por alegrar la fiesta venia con aquella invencion; y poniendose él frontero del carro triunfal que delante del catedratico iba, viendo su gran maquina y que caminaba sin que le tirasen mulas, caballos ni otros animales, se maravilló mucho, y se puso á escuchar despacio la dulce musica que dentro sonaba. Iban delante de los musicos en el mismo carro dos estudiantes con mascaras, con vestidos y adorno de mugeres, representando el uno la Sabiduria, ricamente vestida, con una guirnalda de laurel sobre la cabeça, trayendo en la mano siniestra un libro, y en la derecha un alcazar ó castillo pequeño, pero muy curioso, hecho de papelones, y unas letras goticas que dezian:


Sapientia ædificavit sibi domum.
 

A los pies della estaba la Ignorancia, toda desnuda y llena de artificiosas cadenas hechas de hoja de lata, la cual tenia debaxo de los pies dos ó tres libros, con esta letra:


Qui ignorat, ignorabitur.
 

Al otro lado de la Sabiduria venia la Prudencia, vestida de un azul claro, con una sierpe en la mano, y esta letra:


Prudens sicut serpens.
 

Venia con la otra mano, como ahogando á una vieja ciega, de quien venia asido otro ciego, y entre los dos esta letra:


Ambo in foveam cadunt.
 

Pusose don Quixote delante de dicho carro, y haziendo en su fantasia uno de los más desvariados discursos que jamas habia hecho, dixo en alta voz: ¡Oh tú, mago encantador, quien quiera que seas, que con tus malas y perversas artes guias aqueste encantado carro, llevando en él presas estas damas y las dos dueñas, la una con cadenas desnuda, y la otra sin ojos y con violencia de su esposo, que procura no dexarla de la mano, siendo sin duda ellas, como su beldad demuestra, hijas herederas de algunos grandes principes ó señores de algunas islas, para meterlas en tus crueles prisiones! dexalas luego aqui libres, sanas y salvas, restituyendoles todas las joyas que les has robado; si no, suelta luego contra mí todo el poder del infierno; que á todos se las quitaré por fuerças de armas, pues que se sabe que los demonios, con quien los de tu profesion comunican, no pueden contra los caballeros griegos cristianos, cual yo soy. Pasara adelante don Quixote con su razonamiento; pero la gente de la catedra, viendo que aquel hombre armado hazia detener el carro y estorbaba que no pasase adelante, hizo se llegasen á él cuatro ó cinco del acompañamiento, pensando fuese estudiante que venia con aquella invencion; los cuales le dixeron: ¡Ah señor licenciado! hagase v. m., por hazernosla, á una parte y dexe pasar la gente; que es muy tarde. Pero respondioles don Quixote diziendo: Sin duda sereis vosotros ¡oh vil canalla! criados deste perverso encantador que lleva presas aquesas hermosas infantas; y pues asi es, aguardad; que de los enemigos los menos. Y metiendo en esto mano á su espada, arrojó á uno de aquellos estudiantes que venia en una mula, una tan terrible cuchillada, que si su cuerda prevencion en hurtarle el cuerpo, y la ligereza de la mula no le ayudaran, lo pasara harto mal: revolvió luego sobre otro que detras dél venia; y de reves acertó con tanta fuerça en la cabeça de su mula, que la abrió una cuchillada de un geme. Començaron al instante todos á gritar y alborotarse: cesó la musica; y corriendo, unos á pie, otros á caballo, hazia donde don Quixote estaba con la espada en la mano, viendole tan furioso, apenas nadie se le osaba llegar, porque arrojaba tajos y reveses á diestro y á siniestro con tanto impetu, que si el caballo le ayudara algo más, no le sucediera la siguiente desgracia. Fue pues el caso que, como vieron todos que en realidad de verdad no se burlaba, como al principio pensaban, començaron á cercarle, unos á pie, otros á caballo más de cerca, tirandole unos piedras, otros palos, otros los ramos que llevaban en las manos, y aun desde las ventanas le dieron con dos ó tres ladrillos sobre el morrion, de suerte que á no llevarle puesto, no saliera vivo de la calle Mayor; y aunque la gente era mucha, la grita excesiva, y las piedras menudeaban, con todo se le llegaron diez ó doze de tropel, y asiendole uno por los pies, otro por el freno de Rocinante, le echaron del caballo abaxo, quitandole la adarga y espada de la mano; trás lo cual le cargaron de gentiles moxicones, y le ahogaran alli en efeto, si la fortuna no le tuviera guardado para mayores trances; pero debió su vida al autor de la compañia de comediantes con quien se encontró la noche pasada en la venta, el cual á las vozes y grita que tenia el pueblo, se llegó á el, yendose acaso paseando por debaxo los soportales de la calle Mayor; y viendo llevar aquel hombre armado entre seis ó siete arrastrando, sospechó que era don Quixote, como realmente lo era, que á la saçon le habian metido en una grande casa, donde hazia toda la resistencia que podia, aunque todo era en vano; y viendole tal el autor, y algunos de su compañia que con él iban, se apiadaron dél; y haziendo salir á puros ruegos fuera de la casa á todos los estudiantes que le maltrataron, se quedaron solos con él, y pasado el catedratico con su triunfante paseo adelante, y desocupada la calle de la gente que le seguia, se llegó el autor á don Quixote diziendo: ¿Que es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Que aventura tan desgraciada ha sido esta, y que nigromantico le ha puesto en tal aprieto? ¡Es posible se hayan hallado encantos contra su valor! Pero paciencia y buen animo, pues aqui está otro más sabio mago, su grande amigo, el cual, á no hazerle lado, hiziera contra la ley de buena amistad, pero hesela hecho tan grande, que á no acudir con mi magico poder, sin duda acabara v. m. desta vez con las caballerias andantes. Alcese, ¡pecador de mí! que tiene los dientes bañados en sangre, y está sin adarga, sin espada y sin caballo; que todo se lo han llevado los estudiantes. Levantose don Quixote, y cuando reconoció al autor, le dixo alegre: Ya me maravillaba yo ¡oh sabio Alquife, mi buen historiador y amigo! que dexasedes de favorecerme en esta grande tribulacion y trabajo en que me he visto por la gran pereça de mi caballo, que mala pascua le dé Dios: por tanto, ¡oh sabio fiel! hazedmele tornar, ó dadme otro, para que vaya tras aquellos alevosos y los rete á todos por traidores é hijos de otros tales, y tome dellos la vengança que su soberbia y viciosa vida merece. En oyendole el autor, rogó á uno de sus compañeros que en todo caso fuese y traxese el caballo, adarga y espada de don Quixote, rescatandolo todo por cualquier dinero de donde quiera que estuviese. Fue el representante preguntando por ello; y sacando el caballo de un meson, la adarga y espada de una pasteleria, donde ya todo estaba empeñado, lo volvió al autor, y él á don Quixote, que se lo agradeció infinito, atribuyendolo todo al poder de su magica sabiduria; y preguntandole el mismo autor adonde estaban su escudero Sancho Pança y Barbara, le respondió que fuera del lugar, en un meson que está junto á la puerta de Madrid, los habia dexado. Pues vamos allá luego, dixo el autor; que yo por agora mando, y v. m. debe obedecerme; que importa mucho, Don Quixote respondió que por todo lo del mundo no le dexaria de obedecer como á persona tan sabia y en cuyas manos tenia ya puestas habia dos dias todas sus cosas. Hizo llevar el autor delante con un moço el caballo, lança y adarga de don Quixote, y á él le mandó que se fuese á pie en su compañia mano á mano hasta la posada, adonde le dexó encargado al mesonero, con orden que de ninguna manera le dexase salir á pie ni á caballo aquella tarde, y cumpliolo el huesped puntualisimamente. Cuando Sancho vió á su amo los dientes ensangrentados, le dixo: ¡Cuerpo de san Quintin, señor Desamorado! ¿No le he dicho yo cuatrocientas mil dozenas de millones de vezes que no nos metamos en lo que no nos va ni nos viene, y más con estos demonios de estudiantes? Apostemos que le han hinchido de gargajos, como á mi en Çaragoça: lavese, pecador soy á Dios, que tiene las narizes llenas de sangre. ¡Oh Sancho, Sancho, respondió don Quixote, y como aquellos follones que asi me han parado se lo pueden agradecer al sabio Alquife, mi amigo! Que si por él no fuera, yo hiziera tal carniceria dellos, que sus viejos padres tuvieran bien que enterrar, y sus mugeres que llorar todos los dias de su vida; pero ya vendrá tiempo en que paguen por junto lo de antaño y lo de hogaño. Respondió el mesonero oyendole: Por su vida, señor caballero, que no se meta con estudiantes; porque hay en esta universidad pasados de cuatro mil, y tales, que cuando se mancomunan y ajuntan, hazen temblar á todos los de la tierra; y dé gracias á Dios, pues le han dexado con la vida, que no ha sido poco. ¡Oh cobarde gallina, dixo don Quixote, y uno de los más viles caballeros que ciñen espada! ¿Y piensas tú que el valor de mi persona y las fuerças de mi braço y la ligereça de mis pies, y sobre todo, el vigor de mi coraçon, es tan pusilanime como el tuyo? Juro por vida de la reina Zenobia, que es la que hoy más precio, que solo por lo que has dicho, estoy por tornar á subir en mi caballo y entrar otra vez en la ciudad, y no dexar en ella persona viva, acabando hasta perros y gatos, hombres y mugeres, y cuantos vivientes racionales é irracionales la habitan, y despues asolalla toda con fuego hasta que quede, como otra Troya, escarmiento á todas las naciones, del griego furor. Sancho, traeme presto á Rocinante; que quiero que vea este caballero ó mesonero, ó lo que es, que sé poner por obra lo que digo, mejor que dezillo de palabra. Eso del caballo, respondió el mesonero, señor caballero armado, no llevará v. m. esta vez, porque el autor de la compañia de comediantes que está aqui me ha dexado encargado infinitamente que no se le diese por ningun caso, y por eso tengo cerrada con llave la caballeriza. ¡Que comediantes ó que nonada! replicó don Quixote: ¿puede haber en el mundo persona que vaya contra mi gusto? Yo os prometo que lo podeis agradecer á aquel sabio mi amigo que aqui me traxo, cuyo mandamiento no es razon que yo quebrante por ningun caso; que de otra suerte, hoy hiziera un hecho tal, que hubiera memoria dél para muchos siglos. Si hiziera, dixo el mesonero; pero por agora v. m. se entre á cenar; que haze reir mucho á la gente que está en la puerta, y se nos va hinchendo la casa de muchachos, de suerte que ya no cabemos en ella. Y con esto le asió de la mano y le subió adonde Barbara estaba, con la cual pasó graciosisimos coloquios, y no poco entremesados con las simplicidades de Sancho. Cenaron juntos bien y con gusto, y tras ello se fueron todos á reposar, y más don Quixote, que lo habia menester por los molimientos pasados en la venta y calle Mayor: solo hubo que al acostarse estuvo porfiadisimo en querer volver á hazer el brebaje, ó precioso balsamo que él dezia de Fierabras, para curar las mortales heridas que sentia en los dientes; pero fuele imposible hazerlo, porque dió el mesonero, conociendo su locura, en dezir no se hallaria en el pueblo cosa de cuantas pedia.

CAPITULO XXIX

Como el valeroso don Quixote llegó á Madrid con Sancho y Barbara y de lo que á la entrada le sucedió con un titular.

Levantose el valeroso don Quixote de la Mancha la mañana siguiente bien reposado, por haberlo hecho la noche; y llamando á Sancho, mandó adereçase á Rocinante y palafren de la Reina con su rucio, echandoles de comer y ensillandoles mientras el huesped aprestaba el almuerzo que la noche antes habian concertado les aprestase. Hizose todo asi; y almorzando bien de unos pasteles y pollos, rematadas las cuentas y pagadas, subió don Quixote en Rocinante como tenia de costumbre, y la reina Barbara, tapada (con harto cuidado de los de la posada, que procuraban verle la cara, si bien les fue imposible), en su mula, ayudada para ello de Sancho, el cual, repantigandose en el rucio, salió tras su amo y la Reina de la posada y lugar con harta prisa; y fue tanta la que se dieron en el camino, que á las tres y media de la tarde llegaron junto á Madrid, á los caños que llaman de Alcala, habiendo salido della á más de las nueve. Viendo don Quixote el calor que hazia, por consejo de Barbara se determinó apear en el prado de san Hieronimo á reposar y gozar de la frescura de sus alamos, junto al caño Dorado, que llaman, do estuvieron todos hasta más de las seis, con descanso dellos y de las cabalgaduras, paciendo ellas, y durmiendo sus amos á ratos, y á ratos platicando; pero llegadas las seis, como sintiesen la gente que iba saliendo al ordinario paseo del Prado, determinaron subir á caballo y entrarse en la corte; y á la que iban cruzando la calle, viendo don Quixote tanta gente, caballos y carroças, caballeros y damas como alli suelen acudir, se paró un poco, y volviendo la rienda á Rocinante, dió en pasear el Prado sin dezir nada á nadie, apesarados Barbara y Sancho de su humor, y siguiendole por ver si le podrian poner en razon y dandose al diablo viendo que llevaban ya tras si de la primer vuelta más de cincuenta personas, y que se les iban allegando muchos caballeros de los que por alli paseaban, admirados y llenos de risa de ver aquel hombre armado con lança y adarga, y á leer las letras y ver las figuras que en ella traia, por no saber á que proposito traia aquello. Iba don Quixote tanto más ufano cuantos más se le llegaban, é ibase parando adrede para que pudiesen leer los motes que traia en la empresa, sin hablar palabra: otros le daban la vaya cuando le veian con aquella figura y acompañado de la simple presencia de Sancho y de aquella muger atapada, vestida de colorado, atribuyendolo todo á disfraz y á que venian de mascara. Sucedió pues que yendo adelante don Quixote con este paseo y acompañamiento, sin que bastasen á ponerle en razon sus consortes, vió venir una rica carroça tirada de cuatro famosos caballos blancos, á la cual acompañaban más de treinta caballeros á caballo y muchos lacayos y pajes á pie: detuvose don Quixote luego que la vió, en mitad del camino por donde habia de pasar, puesto el cuento de la lança en tierra, esperando con gentil continente. Los que venian con ella, cuando vieron tanta gente junta que tomaba media calle, y vieron juntamente aquel hombre armado de todas pieças y con su grande adarga, se llegaron al que dentro venia, que era un titular grave, que habia salido á tomar el fresco, y le dixeron: Señor, alli abaxo se ve una grande tropa de gente, y en medio della está un hombre armado, con una adarga tan grande como una rueda de molino, y no sabemos, ni nadie sabe quien es ó á que proposito viene de aquella suerte. Cuando esto oyó el caballero, sacó la cabeça fuera de la carroça, y como le vió llegar ya cerca, dixo á un alguazil de corte que iba hablando con él, le hiziese placer de ir á saber que era aquello: fue á verlo, y apenas se apartó de la carroça cuando llegó á ella un lacayo del mismo señor y le dixo: Ha de saber vuesa señoria que aquel hombre armado que alli viene, le vi yo en Çaragoça habrá un mes, cuando fui á llevar el recado del casamiento de vuesa señoria á mi señor don Carlos, en cuya casa comi con su escudero un dia, despues de una famosa sortija que alli hubo en la cual fue convidado este armado, que es medio loco, ó no se como me lo diga; si bien dezian que es rico y honrado hidalgo de no sé que lugar de la Mancha; pero por haberse dado demasiado á leer los fabulosos libros de caballerias que andan impresos, teniendolos por verdaderos, ha quedado desvanecido de manera, que saliendo de su tierra, se le ha antojado que es caballero andante y que anda por tierras ajenas, de la suerte que se ve; y trae por escudero un pobre labrador de su mismo lugar, que es el que viene á su lado en un jumento, unica pieça, y muy gracioso, y grandisimo comedor. Y tras esto le fue contando todo lo que don Quixote habia hecho en Çaragoça con el açotado y lo de la sortija, y como el secretario de don Carlos se habia hecho el gigante Bramidan de Tajayunque, y que sin duda vernia ahora á buscarle á la corte para hazer batalla con él; porque de todo tenia bastantisima noticia el lacayo, por lo que los criados de don Carlos le habian referido. Maravillose mucho el caballero de lo que se le dezia de aquel hombre, y propuso luego llevarsele á su casa aquella noche con la compañia que traia, para divertirse con ellos. Estando en esto, volvió el alguazil á la carroça y dixo: Es, señor, aquel hombre una de las más raras figuras que vuesa señoria ha visto: llamase, segun dize, Caballero Desamorado, y trae en la adarga ciertas letras y pinturas ridiculas; y juntamente viene con él una muger vestida toda de colorado, la cual dize que es la gran Zenobia, reina de las Amazonas. Pues guien hazia allá la carroça, dixo el señor, y veremos qué es lo que dize. Ya que llegaban cerca dél, tiró don Quixote de la rienda de Rocinante, y llegose á un lado de la carroça, y puesto en presencia del caballero, dixo con voz arrogante, que lo oyesen los circunstantes: Inclito y soberano principe Perianeo de Persia, cuyo valor y esfuerço tuvo á costa suya bien experimentado el nunca vencido don Belianis de Grecia, vuestro mortal enemigo y competidor sobre los amores de la sin par Florisbella, hija del emperador de Babilonia, á quien en muchos y varios lugares diste bien que entender, haziendo con él singular batalla, sin hallarse entre los dos jamas ventaja alguna, asistiendo de vuestra parte el prudentisimo sabio Friston, mi contrario: yo, como caballero andante, amigo de buscar las aventuras del mundo y probar las fuerças de los bravos y valerosos jayanes y caballeros, he venido hoy á esta corte del rey Catolico, do habiendo llegado á mis oidos el gran valor de vuestra persona, y siendo tal cual yo he muchas vezes leido en aquel autentico libro, me ha parecido me seria mal contado si dexase de probar mi ventura con vuestro invencible esfuerço hoy aqui en aqueste Prado, delante de todos estos vuestros caballeros y de la demas gente que nos está mirando; y esto hago porque soy unico y singular amigo y aficionado al principe don Belianis de Grecia por muchas razones: la primera, por ser él cristiano y hijo tambien de emperador cristiano, y vos pagano, de las casas y casta del emperador Oton, gran turco y soldan de Persia; y la segunda, por quitar de delante á aquel grande amigo mio un estorbo tan grande como vos sois, para que asi con mayor facilidad pueda gozar de los sabrosos amores que con la infanta Florisbella tiene pues se ve y sabe clarisimamente que la merece mucho mejor que vos, á quien no faltaran otras turcas hermosas con quien podais casar; que no es posible dexe de haber muchas en vuestra tierra; y dexar á Florisbella para don Belianis de Grecia, mi amigo; y si no salis luego de vuestra carroça, y subis luego en vuestro preciado caballo, en poniendoos vuestras encantadas armas, para pelear conmigo, mañana publicaré delante de toda esta corte y de su rey vuestra cobardia y poco animo, despues de haber muerto al gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y al hijo alevoso del rey de Cordoba: por tanto respondedme luego con brevedad, y si no, daos por vencido, y yo me iré á buscar otras aventuras. Maravillaronse todos de los disparates que habian oido dezir á don Quixote, y començaron á hablar sobre ellos unos con otros riendo dél y de su figura; pero Sancho, que habia estado muy atento á lo que su amo habia dicho, se llegó, caballero en su asno, junto á la carroça, diziendo: Señor Perineo, v. m. no conoce bien á mi amo como yo le conozco; pues sepa que es hombre que ha hecho guerreacion con otros mejores que v. m., pues la ha hecho con vizcainos, yangüeses, cabreros, meloneros, estudiantes, y ha conquistado el yelmo de Membrillo, y aun le conocen la reina Micomicona, Ginesillo de Pasamonte, y lo que más es, la señora reina Segovia, que aqui asiste; y aun es hombre que en Çaragoça acometió á más de docientos que llevaban un açotado, como ya sabran por acá: por tanto mire que tenemos mucho que hazer, y las cabalgaduras vienen cansadas; yo y la señora Reina vamos con alguna poquilla de hambre: dese pues por las entrañas de Dios por vencido, como mi amo le suplica, y tan amigo como de antes, y no busque tres pies al gato, pues si los desta tierra son como los de la mia, no tienen menos que cuatro: dexenos ir con Barrabas á nuestro meson, y v. m. y estos herejes de Persia, su patria, quedense mucho de noramala. El caballero dixo al alguazil que con él iba, le respondiese de su parte, y se le llevase aquella noche á su casa. El lo hizo, diziendo á don Quixote: Señor Caballero Desamorado, en extremo holgamos todos los circunstantes de haber visto y conocido hoy en v. m. á uno de los mejores caballeros andantes que en el felize tiempo de Amadis y en el de Febo hallarse pudieron en Grecia; y doy gracias á los dioses, pues siendo paganos nosotros, como denantes dixo, habemos merecido ver en esta corte al que tanta fama y nombre tiene en el mundo, y excede á todos cuantos hasta hoy hayamos oido visten duras armas y suben en poderosos caballos; por tanto, excelso principe, aqui el señor Perianeo aceta de muy buena gana la batalla con v. m.; no porque della pretenda salir con vitoria, sino para poderse alabar donde quiera que se hallare (dexandole empero v. m. con la vida) de haber entrado en batalla con el mejor caballero del mundo, y de quien el ser vencido resultará infinita gloria suya y lustre de su linage; pero la batalla, si á v. m. le parece, será el dia que esta noche concertaremos en su casa, en la cual él y yo hemos de recebir merced que vuesa alteza y toda su compañia se vayan á alojar, donde los regalará y servirá con mucho cuidado, en particular á la señora reina Zenobia, á quien desea en extremo conocer; y asi la ruega que, para que todos demos gracias á los dioses en ver su peregrina hermosura, sea servida de descubrir el rostro y quitar la nube que de aquesos sus dos bellos soles está puesta, para que su resplandor alumbre la redondez de la tierra, y haga detener al dorado Apolo en su luminosa esfera, admirado de ver tal belleza, bastante á darle nueva luz á él, pues es cierto vencerá la de su bella Dafne. Don Quixote se llegó á ella, diziendo que en todo caso descubriese el rostro delante del principe Perianeo de Persia; que importaba mucho. Rehusabalo ella, como discreta, cuanto podia; pero Sancho, que habia estado repantigado en el asno, sin quitarse jamas la caperuça, se llegó al estribo de la carroça y dixo: Señor pagano, yo y mi señor don Quixote de la Mancha, Caballero Desamorado por mar y tierra, dezimos que besamos á vs. ms. las manos por el servicio que nos haze en convidarnos á cenar á su casa, como lo hizo en Çaragoça don Carlos, que buen siglo haya; y digo que iremos de muy buena gana todos tres en cuerpo y en alma, asi como estamos; pero la señora reina Segovia desde alli donde está me haze del ojo, diziendo que no puede por agora descubrir la cara, hasta que se ponga la otra de las fiestas, que es muy mejor que la que agora tiene: por tanto v. m. perdone. En esto se llegó más cerca por el otro lado á la carroça don Quixote, tirando de la rienda á la mula de Barbara, á la cual, mal de su grado, traia ya descubierta la cara, más propria para hazer acallar niños por su mala cara, que para ser vista de gentes; á la cual como viesen todos los circunstantes tan fea y arrugada, y por otra parte con el chincharron mal zurcido y peor apuntado, no pudieron detener la risa; y viendo Sancho que el caballero de la carroça se la estaba mirando de espacio, y se santiguaba viendo su fealdad y locura de don Quixote, dixo: Bien haze v. m. de persinarse, porque no hay caso en el mundo mejor, segun dize el cura de mi lugar, para hazer huir á los demonios; que aunque la señora Reina no lo es por agora, podria ser, si Dios le diese diez años de vida sobre los que tiene, faltarle poco para serlo. El caballero, disimulando cuanto pudo, dixo á Barbara: Por cierto, señora reina Zenobia, que ahora digo muy de veras que todo lo que el señor Caballero Desamorado nos ha dicho de v. m. es mucha verdad, y que él se puede tener por dichoso en llevar consigo tanta nobleza por el mundo, para afrentar y correr á todas las damas que hay en él, especialmente en esta corte: por tanto v. m. nos diga de donde es, y adonde va con este valiente caballero, si es servida; porque esta noche v. m. y él y este buen hombre, que dize las verdades desnudas, han de ser mis huespedes y convidados. Barbara le respondió: Señor, si v. m. es servido, yo no soy la reina Zenobia, como este caballero dize, sino una pobre muger de Alcala, que vivo del trabajo de mi honrado ofizio de mondonguera; y por mi desgracia un bellaco de un estudiante me sacó, ó por mejor dezir, me sonsacó de mi casa; y llevandome á la de sus padres, con nombre de que se queria casar conmigo, me robó cuanto tenia en un pinar, dexandome atada á un pino en camisa; y pasando este caballero con cierta gente, me desataron y llevaron á Sigüença; y el señor don Quixote, que es el que viene armado (andaba en esto don Quixote enseñando á unos y á otros las pinturas de su adarga, ufano de que tantos le mirasen), á quien falta tanto de juizio cuanto le sobra de piedad, me hizo este vestido y me compró esta mula en que llegase á Alcala, llamandome por todos los lugares, caminos y ventas la reina Zenobia, y sacandome algunas vezes á las plaças para defender, como él dize, mi hermosura, siendo tal por mis pecados como vuesa señoria ve; y agora, queriendome quedar en mi tierra, me ha persuadido á que venga á la corte, donde dize que ha de matar á un hijo del rey de Cordoba, y á un gigante, que es rey de Chipre, y que á mi me ha de hazer reina de aquel reino; y yo, por no ser desagradecida á las mercedes que me ha hecho, he venido con él, con intento de volver lo más presto que pudiere á mi tierra. Y mire vuesa señoria si manda otra cosa; que me quiero ir; que parece que estos señores que estan presentes se rien mucho, y podrian dar ocasion á don Quixote con su risa á que, como loco, hiziese alguna necedad. Volvió en esto la rienda á la mula, y fuese para donde don Quixote estaba; y Sancho dixo al titular: Ya ve v. m., señor mio, como la señora Reina es una buena persona, á quien Dios eche en aquellas partes en que más della se sirva; y perdonenos si ella no tiene tan buen hocico como mi amo ha dicho y v. m. merece; pues suya es la culpa, suya es la gran culpa, porque yo le he dicho muchas vezes que por que no procuraba que aquel persignum crucis que tiene en la cara, se le dieran en otra parte, pues fuera mejor donde no se echara tanto de ver; y ella dize que á quien dan no escoge; por tanto, v. m. se venga luego; que ya se acerca la noche para cenar, y á fe que por la gracia de Dios no he menester yo agora más mostaça ni perejil para hazello famosamente, que el apetito que traigo. Con esto, sin más cortesia, començó á arrear su asno, y fuese para donde estaba Barbara y don Quixote con toda aquella gente, á la cual tenia suspensa con un largo razonamiento de Rasura y Lain Calvo, diziendo que les habia conocido, y que era gente muy honrada y para mucho; pero que ninguno dellos llegaba á su persona, porque él era Rodrigo de Vivar, llamado por otro nombre el bravo Cid Campeador. Oyole Sancho estas ultimas razones, y dixo: ¡Oh reniego de cuantos Cides hay en toda la cideria! ¡Venga, señor! Pecador soy yo á Dios; que estas pobres cabalgaduras estan de suerte que no pueden echar la palabra del cuerpo, segun estan de cansadas y muertas de hambre. ¡Que mal, oh Sancho, respondió don Quixote, conoces tú á este caballo! Yo te juro que si le preguntases, y él te supiese responder, cual quiere más, estar escuchando lo que yo digo de guerras, batallas y noblezas de caballeros, ó media hanega de cebada, que él diria que gusta sin comparacion más de que hable de aqui al dia del juizio, que no de comer ni beber; y es cierto se estaria dias y noches escuchandome con mucha atencion. Estando en esto, llegó un criado del titular diziendo á don Quixote: Señor Caballero Desamorado, mi señor le suplica se venga conmigo á su casa, porque quiere que v. m., la reina Zenobia y su fiel escudero sean sus huespedes y convidados esta noche y en todos los demas dias que á v. m. le plugiere, hasta que se remate el desafio á que le tiene aplaçado. Señor caballero, respondió don Quixote, con notable gusto iremos á servir al principe Perianeo: por tanto no hay sino guiar hazia allá; que todos iremos siguiendo.

CAPITULO XXX

De la peligrosa y dudosa batalla que nuestro caballero tuvo con un paje del titular y un alguacil.

El criado, don Quixote, Sancho y Barbara començaron á caminar hazia casa del titular que les habia convidado, con no poca admiracion de cuantos los topaban por las calles, ni menor trabajo del criado en dezir á unos y á otros el humor y nombre del armado, y calidad de la dama, y adonde y para qué fin los llevaba. Con esta molestia los entró en casa de su señor, y mandando dar recado á las cabalgaduras, los subió luego á los tres á un rico aposento, diziendo á don Quixote: Aqui, señor caballero, puede v. m. reposar, quitarse las armas y asentarse en esta silla hasta que mi señor venga; que no puede tardar mucho. A la cual respondió don Quixote que no estaba acostumbrado á desarmarse jamas por ningun caso, y menos en tierra de paganos, donde no sabe el hombre de quien se ha de fiar ni lo que puede facilmente suceder á los caballeros andantes, en deshonor del valor de sus personas. Señor, replicó el criado, aqui todos somos amigos, y deseamos servir á los caballeros de la calidad de v. m., y asi bien puede estar en esta casa sin cuidado ni recelo de contraria fortuna. Pero viendo que todavia porfiaba en no quererse desarmar, se fue diziendo hiziese su gusto y aguardase á que su señor viniese, dexandolos con un paje de guarda para mayor seguridad de que no saliesen de casa. Començose don Quixote á pasear por la sala, y viendose Barbara con buena ocasion y á solas para hablarle, lo hizo diziendole: Yo, señor don Quixote, he cumplido mi palabra en venir con v. m. hasta la corte; y pues ya estamos en esta, le suplico me despache lo más presto que pudiere, porque tengo de volverme á mi tierra á negocios que me importan; tras que temo, lo que Dios no quiera, que aquel alguazil que iba con el señor de la carroça, á quien v. m. llamaba principe de Persia, nos ha hecho traer á esta casa para saber quien es v. m. y quien soy yo; y es cierto que viendo como ando en compañia de v. m., ha de pensar que estamos amancebados, y nos haran llevar á la carcel publica, donde temo seremos rigurosamente castigados y afrentados; y v. m. creame, y guardese no le pongan en ocasion de gastar en ella ese poco dinero que le queda; y despues, cuando quiera, volviendo sobre si, meterse en su tierra, no se vea forçado á haber de mendigar: por eso mire lo que en este negocio debemos hazer, pues en todo seguiré de bonisima gana su parezer. Señora reina Zenobia, dixo don Quixote, yo se claramente que el caballero que iba en la carroça es el principe Perianeo de Persia, y el que llama alguazil es un escudero honrado suyo: por tanto pierda v. m. el miedo: estese conmigo, por me hazer placer, siquiera seis dias en esta corte; que despues yo proprio la volveré á su tierra con más honra que piensa. Par Dios, señor don Quixote, dixo Sancho estando en estas razones, que aquel que iba en la carroça, que nosotros llamamos pagano, oi dezir á no sé cuantos que era un no sé quien, si sé quien, hombre bonisimo y cristiano; y á fe que me lo parece, lo uno por su caridad, pues nos ha convidado á cenar y á comer con tanta liberalidad; lo otro porque si él fuera pagano, claro está que estuviera vestido como moro, de colorado, de verde ó amarillo, con su alfanje y turbante; pero él está, cual Dios le hizo y su madre le parió y v. m. ha visto, todo vestido de negro, y todos cuantos le acompañaban iban de la misma suerte; y más, que ninguno hablaba en lengua paganuna, sino en romance, como nosotros. Porfió á esto don Quixote con colera, diziendo: Pues aunque tú y la Reina digais lo que quisieredes, él es sin falta ninguna el que ya tengo dicho. Entonzes Barbara llamó al paje que estaba á la puerta, y le dixo: Diganos, señor mancebo, aquel señor que iba en la carroça por el Prado, acompañado de tanta gente, á quien este caballero y yo hablamos, ¿quién es? El paje le respondió quien era y su calidad, y como los habia mandado expresamente traer á su casa. ¿Y que nos quiere hazer? replicó Sancho; no nos veamos en otra tribulacion como en la que yo me vi en la carcel de Sigüença, tan cargado de piojos, que, aun de los que me quedan desde entonzes, podria hinchir media dozena de almohadas. Ninguna cosa pretende mi señor, respondió el paje, sino tener con vs. ms. algun buen rato de entretenimiento, y regalarles. Veni acá, paje, dixo don Quixote: ¿vuestro amo no se llama Perianeo de Persia, hijo del gran soldan de Persia y hermano de la infanta Imperia, competidor del nunca vencido don Belianis de Grecia? Riose muy de proposito el paje cuando oyó tantos disparates, y respondiole: Ni mi señor es principe de Persia ni turco, ni en su vida estuvo allá ni vió á don Belianis de Grecia, cuyo libro mentiroso tengo yo en mi aposento. ¡Oh paje vil y de infame ralea! dixo don Quixote: ¡y mentiroso llamas á uno de los mejores libros que los famosos gregos escribieron! Tú y el barbaro turco de tu amo sois los mentirosos, y mañana se lo haré yo confesar á él, mal que le pese, delante del Rey, con los filos desta espada. Digo, respondió el paje, que mi señor es muy buen cristiano, caballero de lo bueno, y conocido en España; y quien lo contrario dixere, miente y es un bellaco. Don Quixote, que tal oyó, metió mano á su espada y se fue, hecho un rayo, para el paje. El, en viendolo, se baxó por la ancha escalera á la calle, y saliendo á su puerta, dezia á vozes: Salga el bellaco que pone lengua en mi señor; que yo haré que le cueste caro. Y diziendo y haziendo tomó una piedra de la calle contra don Quixote, el cual salió tambien á ella armado como estaba; y con la espada en la mano y cubierto con su adarga, se fue contra el paje, el cual anticipandose en la ofensa, le tiró la piedra que tenia, con tal furia, que le dió con ella tal y tan desatinado golpe, que á no hallarle el pecho armado le pusiera la vida en contingencia. Al ruido y vozes que todos daban se llegó mucha gente; y como vieron aquel hombre armado con la espada y adarga, amenazando y aun arremetiendo al paje del conocido titular, no sabian que se dezir. Llegaron dos alguaziles con sus corchetes luego al corrillo, y viendo lo que pasaba, se le acercó el uno, é intentando quitarle la espada, le dixo: ¿Que hazeis, hombre de Barrabas? ¿Estais loco? ¡En tal puesto y contra paje de persona de prendas tales, cual es el dueño dél y de esta casa, meteis mano! Venga la espada luego, y venios á la carcel; que á fe que os acordareis de la burla más de cuatro pares de dias. No respondió palabra don Quixote, sino que echando un pie atras y levantando la espada, dió al bueno del alguazil una gentil cuchillada en la cabeça, de la cual le començó á salir mucha sangre. Viendo esto el herido alguazil, començó á dar vozes diziendo: ¡Favor á la justicia; que me ha muerto este hombre! Llegaronse al ruido mil corchetes y alguaziles y otras personas, metiendo todos mano á sus espadas contra don Quixote, el cual con mucha alegria dezia: Salga Perianeo de Persia con todos sus aliados; que yo les daré á entender que él y cuantos en esta casa viven son perros enemigos de la ley de Jesucristo. Y con esto arrojaba á dos manos cuchilladas á todas partes. El pobre Sancho estaba á la puerta mirando lo que su amo hazia, y dixo en voz alta: Eso si, señor don Quixote, no se dé por vencido á esos bellacos de turcos, que le llevaran al Alcoran, y le circuncidaran mal que le pese, y despues le pondran á los pies unas trabas de hierro, como á mi en Sigüença. En esto cargó tanta gente sobre nuestro buen hidalgo, que á pesar suyo le quitaron la espada, y agarrandole media dozena de corchetes, le ataron las manos atras. Acertó á pasar por alli, cuando andaba en esta refriega, que era al anochecer, un alcalde de corte en su caballo, el cual viendo tanta gente junta, preguntó qué era la causa de aquello, y uno de los circunstantes le dixo: Señor, una grandisima desvergüença; que un hombre armado de todas pieças ha entrado en esta casa, do vive, como v. m. sabe, tal titular, y ha querido matar en ella un paje suyo, y queriendole prender ciertos alguaziles por ello y la resistencia que les hazia, temerariamente ha dado á uno de ellos una muy buena cuchillada. ¡Mal caso! respondió el alcalde de corte; y llegando donde los corchetes tenian á don Quixote sin poderle llevar, segun se resistia, mandó que le dexasen; y asi le levantaron de tierra, y puesto en pie, atadas las manos atras, le dixo el alcalde, maravillado de verle de aquella suerte y con tanta colera. Veni acá, hombre del diablo: ¿de donde sois y como os llamais, que tanto atrevimiento habeis tenido en casa de dueño de tan ilustres cualidades? Don Quixote le respondió: Y vos, hombre de Lucifer, que eso preguntais, ¿quién sois? Lo que habeis de hazer es ir vuestro camino adelante mucho de noramala, y no meteros en lo que no os va ni os viene; que yo quien quiera que fuere, soy cien vezes mejor que vos y la vil puta que os parió, y os lo haré confesar aqui á vozes, si hubo en mi preciado caballo y tomo la lança y adarga que aquesta soez y vil canalla me ha quitado; pero yo les daré el castigo que su loco atrevimiento merece, en matando al rey de Chipre Bramidan de Tajayunque, con quien tengo aplaçada batalla delante del rey Catolico; y juntamente tomaré vengança del principe Perianeo de Persia, cuyas son estas casas, si no castigara la descortesia que los de su real palacio me han hecho, siendo yo Fernan Gonçalez, primer conde de Castilla. Maravillose el alcalde de corte de oir los disparates de aquel hombre; pero uno de los corchetes dixo: V. m., señor, crea que este hombre es más bellaco que bobo, y ahora que ha hecho el disparate y lo conoce, se haze loco para que no le llevemos á la carcel. Ahora sus, dixo el alcalde de corte, llevenle á ella, y ponganle á buen recado hasta mañana que salga á la audiencia y se vea su pleito. Con esto le començaron á asir los corchetes, resistiendose él cuanto podia. Sucedió pues que á esta hora, que ya eran cerca de las nueve, llegó el titular á la puerta de su casa con mucho acompañamiento, y como vió tanta gente junta en su calle, preguntó la causa, y llegandose á él el alcalde de corte, le contó cuanto aquel hombre armado habia hecho y dicho. En oyendolo, se rió mucho el titular dello, y refiriendo al alcalde lo que don Quixote era, y como por su orden le habian traido á su casa, le suplicó le soltase, dandoselo como en fiado; que él se obligaba á entregarsele siempre que le requiriese ó constase que no era lo que le contaba, obligandose juntamente á todos los daños y costas de la cura del alguazil y á satisfacerle bastantemente. Lo mismo le rogaron todos los circunstantes que le acompañaban, deseosos de pasar la noche con el entretenimiento que les prometia el humor del preso y de los que venian en su compañia. Viose obligado el alcalde, viendo los ruegos y seguridades que le daban gente tan principal, á condescender con su deseo; y asi mandó á los corchetes le soltasen y entregasen al dicho titular, el cual viendole libre, le dixo: ¿Que es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Qué aventura es esta que le ha sucedido? Respondió don Quixote: ¡Oh mi señor Perianeo de Persia! No es nada: que como toda esta gente es gente bahuna, no he querido hazer batalla con ella, aunque creo que alguno ha llevado ya el pago de su locura. En esto llegó Sancho, el cual estaba de lexos mirando todo lo que su amo habia padecido; y quitandose la caperuça, dixo: ¡Oh señor principe! Su merced sea bien venido para que libre á mi señor destos grandisimos bellacos de alcaldes, peores que el de mi tierra, pues se han atrevido á quererle llevar agarrado á la carcel, cual si no fuera tan bueno como el rey y el papa y el que no tiene capa; que he visto el negocio de suerte, que si no fuera por v. m., creo que sin duda lo efectuaran y aun yo, á no temerles, les diera dos mil moxicones. Bien podeis creer, amigo, dixo el caballero, que si no lo fuera yo tanto del alcalde de corte como lo soy, y el respeto que él, como tal, me tiene, que lo pasara mal el señor don Quixote:—á quien asiendo de la mano tras esto, dixo: Venga v. m., señor principe de Grecia, y entre en mi casa; que en ella todo se hará bien, y los bellacos de sus contrarios seran castigados como merecen. Y despidiendose con mucho comedimiento de algunos de los que le acompañaban, como lo habia hecho ya del alcalde, se subió arriba con don Quixote y con Sancho. Quedaronse los corchetes hechos unos matachines en la calle sin su presa, y pasmados de ver que el titular llevase aquel hombre á su lado llamandole principe.

CAPITULO XXXI

De lo que le sucedió á nuestro invencible caballero en casa del titular, y de la llegada que hizo en ella su cuñado don Carlos en compañia de don Alvaro Tarfe.

En subiendo arriba, dió orden el señor á su mayordomo llevase á cierto cuarto á don Quixote, Barbara y á Sancho, y les diese bien y abundantemente de cenar; y habiendolo ellos hecho, y lo mismo él, mandó al mismo mayordomo le sacase en su presencia á Barbara, para dar principio al entretenimiento que pensaba tener él y los que habian cenado en su compañia, que eran algunos caballeros, con los dislates de don Quixote, confiando les daria cuenta de su principio y causa la dicha Barbara. Baxó pues ella, no poco turbada y medrosa de verse llamar á solas; y puesta en presencia de los caballeros, la dixo el que la habia hospedado: Diganos la verdad desnuda, señora reina Zenobia, de su vida y de la deste galan y valeroso caballero andante que tanto la cela y defiende. La mia, señores ilustrisimos, es la que tengo dicha en el Prado, breve y llena de altos y baxos, como tierra de Galicia. Barbara de Villalobos me llamo, nombre heredado de una agüela que me crió, buen siglo haya, en Guadalaxara; vieja soy, moça me vi, y siendolo, tuve los encuentros que otras, no faltandome quien me rogase y alabase, ni á mí me faltaron los ordinarios desvanecimientos de las demas mugeres, creyendo aun más de lo que me dezia de mi talle y gracia el poeta que me la celebraba; pues lo era el bellacon que á cargo tiene mi pudicicia: entreguesela, y entreguemele amandole, y mintiendo á las personas que me pedian de derecho cuenta de mis pasos. Supieronse presto en Guadalaxara los en que andaba; que no hay cosa más parlera que una muger, perdido el recato, pues en lengua, manos, pies, ojos, meneos, trage y galas trae escrita su propia deshonra: sintió mi agüela la mia á par de muerte, y murió presto del sentimiento: tuvele yo grande por ello, y más porque mi Escarraman me habia ya dexado. Hube de heredarla; vendi los muebles y hize todo el dinero que pude dellos, con que me baxé á Alcala, do he vivido más de veinte y seis años, ocupada en servir á todo el mundo, y más á gente de capa negra y habito largo; que en efecto soy naturalmente inclinada á cosa de letras; si bien las mias no se extienden á más que á hazer y deshazer bien una cama, á adereçar bien un menudo, por grande que sea, y sobre todo, á dar su punto á una olla podrida, y abahar de populo barbaro una escudilla de repollo, sopas y caldo. Lo demas de la desgracia ultima que me sacó de aquella vita bona, ya se lo tengo dicho á vuesa señoria en el Prado, y le he dado cuenta de cómo crei al socarron del aragones, que me dió á entender se casaria conmigo si, vendidos mis muebles, le seguia hasta su tierra; mejor le siga la desgracia, que él cumplió lo prometido: yo si que fui tonta, y asi es bien que quien tal haze que tal pague. Metiome en un pinar, y hurtome cuanto llevaba, dexandome aporreada y maniatada en camisa; pasó por alli este locazo mentecato de manchego con el tonto de Sancho Pança y otros que iban con ellos, y sintiendo mis lamentos, me desataron y ampararon, trayendome consigo hasta Sigüença, do me vistió don Quixote de la ropa que traigo, con que me veo obligada á acompañarle hasta que se canse de llamarme reina Zenobia, y de sufrir él y su escudero los porrazos é injurias que los he visto sufrir en Sigüença y en la venta vecina de Alcala, do el autor de tal compañia de comediantes les apuró de suerte, que por poco acabaran con sus desventuradas aventuras. Refirió tras esto cuanto en la venta y en Alcala les habia sucedido, hasta llegar al Prado, con un desenfado y donaire que á todos les admiró y provocó á risa. Mandaron para cumplimiento de la farsa baxar á don Quixote y á Sancho; y puestos ambos en su presencia, el uno armado y el criado encaperuçado, dixo el titular á don Quixote: Bien sea venido el nunca vencido Caballero Desamorado, defensor de gente menesterosa, desfazedor de tuertos y endilgador de justicias. Y asentandole junto á sí, y á Barbara á su lado, que no se quiso asentar de otra suerte, prosiguió, estando la sala llena de la gente de casa, que perecia de risa: ¿Cómo le va á v. m. en esta corte desde que está en ella? Denos razon de lo que siente de su grandeza, y perdoneme el atrevimiento que he tenido en querer alojar en mi casa personas de tan singular valor, cual son v. m. y la señora reina de las Amazonas, recebiendo la voluntad con que le sirvo, pues ella suple la falta de las obras. Esa recibo, respondió don Quixote, invicto principe Perianeo, y lo mismo haze la poderosa reina Zenobia, que aqui asiste honrando esta sala; y tiempo vendrá en que yo pague tan buenos servicios con ventaja, y será cuando yendo con el duque Alfiron persiano á la gran ciudad de Persepolis, le haga casar á v. m. á pesar de todo el mundo con su bella hermana, llamandome entonzes yo, por la imagen que traeré en el escudo, el Caballero de la rica Figura, pues será la que llevaré pintada al vivo en él, de la infanta Florisbella de Babilonia. Suplico á v. m., dixo el titular, que era hombre de gallardo humor, no toque esa tecla de la infanta Florisbella, pues sabe que yo ando muerto por sus pedazos; y hagame merced de que se quede este negocio aqui; que presto se averiguará la justicia de mi pretension en esta parte, entrando con v. m. en la batalla campal que tengo aplaçada. Su execucion insto, replicó don Quixote, y barras derechas. Salió Sancho Pança en oyendo esto, y dixo: Par diez, señor pagano, que v. m. es tan hombre de bien como yo haya visto en toda la Pagania otro, dexando aparte que es mal cristiano, por ser, como todo el mundo sabe, turco; y asi no querria pusiese la vida al tablero, entrando en batalla con mi señor; que seria mal caso viniese á morir á sus manos quien en su casa nos ha hecho servicio de darnos de cenar como á unos papagayos, tantos y tales guisados, que bastaban á tornar el cuerpo al alma de una piedra. ¿Sabe con quien querria yo que don Quixote mi señor hiziese pelea? Con estos demonios de alguaziles y porteros que nos hazen á cada paso terribles desaguisados, y tales cual es el en que nos acabamos de ver ahora, pues nos han puesto á amo y criado en el mayor aprieto que nos habemos visto desde que andamos por esos mundos á caza de aventuras; y si no fuera porque vino á buen tiempo v. m., mi señor se viera como en Çaragoça á medio açotar; pero yo le juro por vida de los tres reyes de Oriente y de cuantos hay en el Poniente, que si cojo alguno dellos en descampado y de suerte que pueda hazer dél á mi salvo, que me tengo de hartar de darle de moxicones, dandole moxicon por aqui y moxicon por alli, este por arriba y este otro por abaxo. Dezia esto Sancho con tal colera dando moxicones por el aire, como si verdaderamente se aporreara con el alguazil, dando mil vueltas al derredor, hasta que cayendosele la caperuça en el suelo, la levantó diziendo: A fe que lo puede agradecer á que se me cayó la caperuça; que á no ser esto, llevara su merecido el muy guiton, para que otra vez no se atreviera, ú otro tal cual él, á tomarse con un escudero andante tan honrado como yo, y de tan valeroso dueño como mi señor don Quixote. Rieron cuantos en la sala estaban de ver la necia colera de Sancho, al cual dixo el titular: Yo, señor Sancho, no puedo dexar de salir en batalla con el señor Caballero Desamorado de la cual saldré sin duda con vitoria, porque mi valor es conocido, y singular es el favor que cierto mago que tengo de mi parte me da siempre. Eso se verá, replicó don Quixote, á las obras á que me remito. Parecioles en esto á todos que era bien dar lugar á la noche, y levantandose de la silla el titular, dixo á don Quixote: Mire v. m., señor Desamorado, lo que emprende en emprender á pelear conmigo, y duerma sobre ello. Sobre una muy buena cama dormirá mejor mi señor, respondió Sancho, y yo y la señora reina, otro que tal. No faltaran esas, dixo el titular. Y mandando llevarlos á ellas, se fueron á acostar todos. Dos ó tres dias tuvieron los del palacio semejantes y mejores ratos de entretenimiento á todas horas con los tres huespedes, que jamas los dexaron salir de casa, conociendoles el humor y cuan ocasionados eran para alborotar la corte. Al cabo dellos quiso Dios que llegasen á ella don Carlos con su amigo don Alvaro, á quien por aguardar que convaleciese de una mala gana que le habia sobrevenido en Çaragoça, no quiso dexar don Carlos, y esta fue la causa de no haber llegado mucho antes. Alborotose y regocijose toda la casa con su venida; que la deseaban para celebrar y concluir el casamiento del dueño della todos; y al cabo de rato que estaban los huespedes en ella, acaso les dixo el titular como les daria muy buenos ratos de entretenimiento con tres interlocutores que tenia de lindo humor para hazer rediculos entremeses de repente; y diziendoles quien eran, y del modo que los habia hallado y llevado á su casa y lo que en ella con ellos les habia sucedido, holgaron infinito don Carlos y don Alvaro de la nueva, porque venian igualmente deseosos y cuidadosos de don Quixote, á quien despues de cenar mandaron salir, como solian, á la sala con Sancho y Barbara, de cuya vida ya habia dado el titulo tambien noticia á don Carlos y á don Alvaro, como ellos se la habian dado á él de cuanto les habia pasado en Çaragoça con él y su escudero Sancho, y en particular don Alvaro, que se la dió de los sucesos del Argamesilla. Determinaron los dos no darseles á conocer al principio; y calandose los sombreros, sentados al lado del titular, á la que se entraron por la sala los tres, reina, amo y criado, empezó á hablar del tenor siguiente el fingido Perianeo: Presto, valeroso manchego, mediré mi espada con la vuestra si perseverais en vuestros treze de no rendirmeos, dexando de favorecer á don Belianis de Grecia; y es cierto quedareis en la batalla infamemente vencido, pues tengo de mi parte aqui á mi lado el sabio Friston, mi diligentisimo historiador y gran agente de mis partes. Y diziendo esto, señaló á don Alvaro, el cual cubriendose lo mejor que pudo, se puso luego en pie entre don Quixote y Sancho (que Barbara ya ocupaba su ordinario asiento), y dixo con voz hueca y arrogante: Caballero Desamorado de la infanta Dulcinea del Toboso, á quien tanto un tiempo adoraste, serviste, escribiste y respetaste, y por cuyos desdenes hiziste tan aspera penitencia en Sierra Morena, como se cuenta en no sé que anales que andan por ahi en humilde idioma escritos de mano por no sé que Alquife: ¿eres tú por ventura don Quixote de la Mancha, cuya fama anda esparcida por las cuatro partes del mundo? Y si lo eres, ¿cómo estas aqui tan cobarde cuanto ocioso? Don Quixote, oyendo esto, volvió la cabeça diziendole: Respondele tú, Sancho, á este sabio Friston, porque no merece el oir la respuesta que pretende de mi boca, pues no me tiro ni pongo con gente que no tiene más de palabras, cual estos encantadores y nigromanticos. Quedó Sancho muy alegre de oir lo que su amo le mandaba, y poniendose frente á frente de don Alvaro, cruzados los braços, le dixo con voz furiosa desta manera: Soberbio y descomunal sabio, nosotros somos esos de las cuatro partes del mundo por quien preguntas, como tu eres hijo de tu madre y nieto de tus abuelos. Pues esta noche, replicó don Alvaro, tengo de hazer un tan fuerte encantamiento en daño vuestro, que llevando por los aires á la reina Zenobia, la porné en un punto en los montes Pirineos, para comerla alli frita en tortilla, volviendo luego por ti y tu escudero Sancho Pança para hazer lo mesmo de ambos. Por nosotros dezimos, respondió Sancho, que no queremos ir allá ni nos pasa por la imaginacion: si quiere llevar á la reina Segovia, hagalo muy en hora buena; que nos hará mucho placer en ello, y el diablo lleve á quien lo contradixese, pues no nos sirve de otra cosa por esos caminos mas que de echarnos en costa, que ya habemos gastado con ella en mula y vestidos más de cuarenta ducados sin lo que ha comido, y lo bueno es que quien despues se lleva la mejor parte, son los moços de los comediantes: solo le advierto, como amigo, que si ha de llevarsela, mire bien como la come; porque es un poco vieja y estará dura como todos los diablos; y asi lo que podrá hazer, será echalla en una olla grande (si la tiene) con sus berças, nabos, ajos, cebollas y tocino, y dexandola cocer tres ó cuatro dias, estará comedera algun tanto, y será lo mesmo comer della que comer de un pedazo de vaca, si bien no le tengo invidia á la comida. No pudo don Alvaro, oyendo esto, disimular más, viendo que todos se reian, y asi se fue para don Quixote los braços abiertos diziendole: ¡Oh mi señor Caballero Desamorado! deme esos braços, y mireme bien la cara, que ella le dirá como el que le habla y tiene delante es don Alvaro Tarfe, su huesped y gran amigo. Don Quixote le conoció luego, y abraçandole le dixo: ¡Oh mi señor don Alvaro! V. m. sea bien venido; ya me espantaba yo que el sabio Friston se desvergonçara tanto conmigo; pero no ha estado mala la burla que v. m. nos ha hecho á mí y á Sancho mi criado. Sancho, que oyó lo que su amo dezia á don Alvaro luego le conoció, hincandose de rodillas á sus pies, y puesta la caperuça en las manos, le dixo: ¡Oh mi señor don Tarfe! V. m. sea tan bien venido como lo fuera agora por esa sala una olla cual la que yo acabo de guisar de la reina Segovia, y perdoneme la colera; que como dixo que era aquel maldito sabio que nos queria llevar á los montes Pirineos, mil vezes he estado tentado con estos aunque pecadores puños cerrados, para cargalle de moxicones antes que saliera de la sala, confiado de que al primer repiquete de broquel me habia de ayudar mi señor don Quixote. Don Alvaro le respondió: Yo le agradezco mucho, señor Sancho, la buena obra que me queria hazer; pues á fe que no se las he hecho yo tan malas en Çaragoça en mi casa y en la del señor don Carlos, do les dabamos aquellos regalados platos que v. m. sabe. ¿Donde, replicó Sancho, está el señor don Carlos? Aqui está para serviros, respondió el mismo, levantandose de su asiento á abraçar á don Quixote, como realmente lo hizo, con igual retorno del y de su criado; y luego le dixo: No llegara á esta corte, señor don Quixote, si no fuera por apadrinarle en la batalla que ha de hazer con el rey de Chipre Bramidan, sacandole del mundo, pues me dizen dél está en medio de la plaça Mayor desafiando cada dia á cuantos caballeros la pasean, y venciendolos á todos, sin haber quien le resista: cosa que tiene al Rey y grandes del reino no poco corridos, y estan por momentos aguardando á que Dios les depare un tal y tan buen caballero, que sea bastante á vencer y cortar la cabeça á tan infernal monstruo. Don Quixote le respondió: Ya me parece, señor don Carlos, que los pecados y maldades del rey de Chipre, los cuales dan vozes delante de Dios, han llegado á su ultimo punto; y asi esta tarde sin falta se le dará el castigo que sus malas obras piden. Haga cuenta v. m., dixo Sancho, señor don Carlos, que hoy acabamos con ese demonio de gigante que tan cansados nos tiene, pero porque entienda mi señor don Quixote que no he recebido en vano el orden de escuderia, dixo, que yo tambien quiero hazer batalla delante de todo el mundo con aquel escudero negro que dicho gigante trae consigo, á quien yo vi en Çaragoça en casa del señor don Alvaro, porque me parece que no tiene espada ni otras armas ningunas, y que está de la manera que yo estoy; y asi digo que se las quiero tener tiesas, y hazer con él una sanguinolenta pelea de cozes, moxicones, pellizcos y bocados; que si es escudero él de un gigante pagano, yo lo soy de un caballero andante cristiano y manchego; y escudero por escudero, Valladolid en Castilla, y amo por amo, Lisboa en Portugal. ¡Mirad que cuerpo non de Dios con él y con la negra de su madre! Pues guardese de mí como del diablo; que si antes de entrar en la pelea me como media dozena de cabeças de ajos crudos, y me espeto otras tantas vezes del tinto de Villarobledo, arrojaré el moxicon que derribe una peña. ¡Oh pobre escudero negro y que bellaca tarde se le apareja! ¡Más te valiera haber quedado en Monicongo con los otros hermanos fanchicos que allá estan, que no venir á morir á moxicones en las manos de Pança: vs. ms. se queden con Dios; que voy á efetuarlo! Detuvole don Carlos diziendo: Aguardad, amigo, que aun no es hora de pelear, y descuidad, y dexad el negocio en mis manos. Eso haré de bonisima gana, replicó Sancho, y aun se las beso por la merced que me haze; que manos besa el hombre que las querria ver cortadas. ¡Oh Sancho! dixo don Carlos ¡tanto mal os he hecho yo, que querriades verme cortadas las manos! No lo digo por eso, respondió él, sino que me vino á la boca ese refran, como se me vienen otros; y antes plegue á Dios vea yo manos tan honradas envueltas entre aquellos benditos platos de alhondiguillas y pieles de manjar blanco, que estaban en Çaragoça, pues confio que me iria mal en ello. Volviose don Quixote, acabadas estas razones, al titular, diziendo: Aqui tengo, principe Perianeo, la flor de mis amigos, y quien dará noticia bastante de mi valor y hazañas á v. m., y le desengañaran de cuan temerario es en no rendirseme, desistiendo de la pretension de la infanta Florisbella, en bien de don Belianis, mi intimo familiar. ¿Pues pretende, respondió don Alvaro, este principe entrar con v. m. señor don Quixote, en batalla? Es tan grande su atrevimiento replicó él, que se quiere poner en cuentas conmigo: cosa que siento en el anima, porque no querria verme obligado á ser verdugo de quien tan honrada y cumplidamente me ha hospedado; pero lo que podré hazer por él, será, para que tenga más largo el plaço para deliberar lo que más le conviniere, entrar primero en batalla con el rey Bramidan de Tajayunque, y luego con el alevoso hijo del rey de Cordoba, en defensa de la inocencia de su reina madre. No es poca merced la que se nos haze á todos, le dixo don Carlos, en diferir esta batalla; que en efeto á todos nos importa se ahorren pesadumbres entre dos principes tan poderosos como es Perianeo y v. m., y con las largas confio componer sus pretensiones sin agravio de ninguna de las partes. Las del señor principe pagano, respondió Sancho, son tales, que me obligan á desearle servir aun en la misma pelea; y haziendolo desde aqui, le doy por consejo que no salga á ella sino es bien comido; que en fin la tarde es larga; y aun será acertado llevarse alguna cosa fiambre para mientras descansaren, por si acaso les diere gana de comer el cansancio: yo desde aqui le ofrezco llevarlo todo, si quisiere, sobre mi rucio, en unas alforjas grandes que tengo; y más, me ofrezco á mandar á mi amo cuando le haya vencido á su merced y le tenga derribado en tierra y esto para cortarle la cabeça, se la corte poco á poco, porque le haga menos mal. Agradeciole el principe Perianeo los buenos servicios que deseaba hazerle, y á su amo le acetó la dilacion de la batalla mostrando deseaba mucho su amistad, y que temia el haber de salir en campaña con él, supuesto el abono que de su valor daban don Carlos y don Alvaro, el cual dixo á todos: Pareceme, señores, que estos negocios quedan en buen punto; y asi razon será irnos á reposar; que harto tendremos que hazer mañana en dar aviso á toda la corte de la venida del señor don Quixote, y del fin que le trae á ella, que es el deseo grande que tiene de libertarla de las molestias del insolente rey Bramidan. Parecioles á todos bien la aguda traça de atajar la prolixa conversacion; y encaminandose cada uno para su cuarto, salieron todos de la sala. Apenas estuvo fuera della el pobre Sancho, cuando le cogieron los criados de don Alvaro y de don Carlos, á quienes conocia él bien, y preguntando del cocinero coxo, y dandose la bien venida entre si, le dixo uno de ellos: A fe, señor Sancho, que va v. m. medrando bravamente; no me desagrada que al cabo de sus dias dé en rufian; por mi vida que no es mala la moça; rolliça la ha escogido, señal de buen gusto; pero guardela de los gavilanes desta corte, y v. m. vaya sobre el aviso, no le coja algun alcalde de corte con el hurto en las manos; que á fe que no le faltaran docientos y galeras; que liberalisimamente se dan esas prebendas en la corte. No es mia la moça, respondió Sancho, sino del diablo que nos la endilgó en camisa en medio de un bosque; y de esa suerte y por el tanto la podran tomar vs. ms. siempre que quisieren; que la ropa que trae nuestro dinero nos cuesta; y juro non de Dios que si por ella me diesen, no digo docientos açotes y galeras, sino cuatro mil obispados, que la diera á Barrabas á ella y á todo su linaje, y que hiziera que se acordara de mi mientras viviera. En esto se le subieron á dormir á sus aposentos, haziendole dezir dos mil dislates á barato de los relieves que de la cena les habian quedado.

CAPITULO XXXII

En que se prosiguen las graciosas demostraciones que nuestro hidalgo don Quixote y su fidelisimo escudero Sancho hizieron de su valor en la corte.

Parecioles al titular y á don Carlos que la primera cosa que habian de hazer, salidos de casa y oida misa, era besar las manos á su magestad y á algunos señores de calidad y del consejo, dandoles parte del estado del casamiento. Efectuaronlo pues asi saliendo acompañados de don Alvaro y de otros amigos que habian venido á visitar á don Carlos. Ya estaban levantados sus huespedes don Quixote, Barbara y Sancho á la que salian de casa; que no tuvieron poco en que entender con ellos en hazerles quedar en ella; que no habia remedio con don Quixote, sino que les habia de honrar con su compañia, subido en Rocinante; y á puras promesas de que enviarian luego por él, dada razon de su venida á los grandes, le hizieron quedar, aunque no sin guardas, para que de ninguna suerte le dexasen á él ni á los de su compañia salir de casa. A la que los señores salian della, se asomó de prisa Sancho á una ventana, diziendo á vozes: Señor don Carlos, si acaso topare por ahi aquel escudero negro, mi contrario, digale que le beso las manos, y que se apareje para esta tarde ó mañana para acabar aquella batalla que sabe con uno de los mejores escuderos que tiene barbas en cinta; y más, que le desafio para despues de la pelea á quien segará mejor y más apriesa, y aun le daré dos ó tres gabillas de ventaja, con tal condicion que comamos primero un gentil gazapo con su ajo; que yo lo sé hazer á las mil maravillas. Tirole en esto don Quixote del sayo con colera, diziendo: ¿Es posible, Sancho, que no ha de haber para ti guerra, conversacion ni pasatiempo que no sea de cosas de comer? Dexa estar al escudero negro; que sobre mí que él te venga sobrado á las manos; y aun á fe que entiendo que habras bien menester las tuyas para él. No habré, replicó Sancho, porque pienso ir prevenido á la pelea, llevando en la mano zurda una gran bola de pez blanda de çapatero, para cuando el negro me vaya á dar algun gran moxicon en las narizes, reparar el golpe en dicha bola, pues es cierto que dando él el golpe en ella con la furia que le dará, se le quedará la mano pegada de manera que no la pueda desasir; y asi, viendole yo con la mano derecha menos, y que no se puede aprovechar della, le daré á mi salvo tantos y tan fieros moxicones en las narizes, que de negras se las volveré coloradas á pura sangre. Hizieron sus visitas el titular, don Carlos y don Alvaro, teniendo ventura en poder besar las manos de espacio á su magestad, y, de poder tratar de sus negocios con él y con los demas señores á quienes tenian obligacion de dar los primeros avisos del casamiento; y en la ultima visita que hizieron á un personage de su calidad y muy familiar y amigo, casado con una dama de buen gusto, dieron cuenta de los huespedes que tenian en casa y de los buenos ratos que pasaban con ellos, pues eran los mejores que señor podia pasar en el mundo. Encarecieron tanto los humores de ellos, que el marido y muger les rogaron con notables veras se los llevasen á su casa aquella tarde para pasarla buena. Ofrecieronlo de hazer, con condicion de que se habia de fingir él gran archipampano de Sevilla, y su muger archipampanesa, diziendo que don Quixote era hombre que solo se pagaba de principes de nombres campanudos, porque el tema de su locura era ser caballero andante, desfazedor de agravios, y defensor de reinos, reyes y reinas; y que asi se le habia puesto en la cabeça que una feisima mondonguera de Alcala, que traia por fuerça en su compañia, era la reina Zenobia, que no la habia dexado menos perenal la vana y ordinaria lectura de libros de fabulosas caballerias, á la cual se habia dado por el credito que daba á todas las quimeras que en ellos se cuentan, teniendolas por verdaderas. Con este concierto se volvieron á su casa á comer, dando de parte del grande Archipampano un recado á don Quixote sobremesa, y diziendole juntamente como todos habian de ir, caido el sol, á besarle las manos él y Sancho, metidos en coches, por ser muy de principes pasear la corte aquellos meses en carroças, y no en caballos. Aceptó la ida don Quixote, y lo mismo hizo Sancho. En pareciendoles á los señores hora, mandaron aprestar los coches, y metiendose todos dentro con don Quixote, armado y embroquelado con su adarga, y con Sancho, caminaron hazia la casa del fingido Archipampano, á quien dieron los pajes luego aviso de las visitas que llegaban. En sabiendolo, se puso baxo un dosel en una gran sala á recebilles; y entrando el titular, don Carlos y don Alvaro en ella, le saludaron con notable cortesia y disimulacion, y asentandose por su mandado junto á él, llena la sala de la gente que los acompañaba y de la de casa, y estando en otro cabo della, en un buen estrado, la muger con algunas dueñas y criadas, se levantó don Alvaro, y tomando de la mano á don Quixote, le presentó con notable cortesia delante del Archipampano, diziendo: Aqui tiene vuesa alteza, señor de los flujos y reflujos del mar, y poderosisimo archipampano de las Indias oceanas y mediterraneas, del Helesponto y gran Arcadia, la nata y la flor de toda la caballeria manchega, amigo de vuesa alteza y gran defensor de todos sus reinos, insulas y peninsulas. Dicho esto, se volvió á asentar, y quedando don Quixote puesto en mitad de la sala, mirando á todas partes con mucha gravedad, puesto el cuento de la lança, que un criado le traxo, en tierra, estuvo callando hasta que vió que todos habian visto y leido las figuras y letras de su adarga; y cuando vió que callaban y estaban aguardando á que él hablase, con voz serena y grave començó á dezir: Magnanimo, poderoso y siempre augusto archipampano de las Indias, decediente de los Heliogabalos, Sardanapalos y demas emperadores antiguos: hoy ha venido á vuestra real presencia el Caballero Desamorado, si nunca le oistes dezir, el cual, despues de haber andado la mayor parte de nuestro hemisferio, y haber muerto y vencido en él un numero infinito de jayanes y descomunales gigantes, desencantando castillos, libertando donzellas, tras haber deshecho tuertos, vengando reyes, vencido reinos, sujetado provincias, libertado imperios, y traido la deseada paz á las más remotas insulas, mirando con los ojos de la consideracion á todo lo restante del mundo, he visto que no hay en toda la redondez dél, rey ni emperador que más digno sea y mejor merezca mi amistad, conversacion y trato que vuesa alteza, por el valor de su persona, lustre de sus progenitores, grandeza de su imperio y patrimonio, y principalmente por el esfuerço que muestra su bella y robusta presencia, por tanto yo he venido, magnanimo monarca, no á honrarme con vos, que asaz tengo de honra adquirida; ni á procurar vuestras riqueças ni reinos, que ahi tengo yo el imperio de Grecia, Babilonia y Trapisoda para cada y cuando que los quisiere; ni á deprender cortesias ni otras cualesquier gracias ni virtudes de vuestros caballeros, que mal puede aprender quien es conocido por todos los principes de buen gusto, por espejo y dechado de virtud, crianza y de todo prudencial y buen orden militar; sino á que desde este dia me tengais por verdadero amigo, pues dello os resultará no solamente honra y provecho, sino juntamente sumo contento y alegria; que llano es que todos los emperadores del mundo, en viendome de vuestra parte, os han de rendir, mal que les pese, vasallage, enviar parias, multiplicar embaxadores, á fin solo de hazer con vos inviolables y perpetuas treguas mientras yo en vuestra casa estuviere, compelidos del temor que con el trueno de mi nombre y con la gloria de mis fazañas les entrará por los oidos hasta lo intimo del coraçon, y porque veais que la fama que de mis obras habeis oido, no es solamente voz que se la lleva el viento, sino valentias heroicas y conquistas celebres, acabadas con suma felizidad, y felizidad en gloria de orden de la caballeria andantesca, quiero que luego en vuestra presencia venga conmigo á las manos aquel soberbio gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, con quien ha más de un mes tengo aplaçada batalla para delante de vos y de todos vuestros grandes, en cuya presencia le he de cortar la monstruosa cabeça, y ofrecerla á la gran Zenobia, reina hermosisima de las Amazonas, con cuyo lado me honro, y á quien pienso dar el dicho reino de Chipre entre tanto que este braço la restituye en el suyo, que el Gran Turco le tiene usurpado, quedandome atras esta vitoria; la que tambien espero alcançar de cierto hijo del rey de Cordoba, tan alevoso, que en mi presencia levantó un falso testimonio á una reina, de quien es aliado; y por remate hazer desistir de la vida ó de su pretension al principe Perianeo de Persia en los amores de la infanta Florisbella, pues los solicita mi grande amigo Belianis de Grecia, y no cumpliria con lo que á quien soy debo si no le dexase sin pretendiente tan importante en tan grave pretension. Vuesa alteza, pues, mande luego á los tres venir por orden á esta real sala; que de nuevo les reto, desafio y aplaço. Dicho esto, quedaron él callando, y todos los demas de la sala tan suspensos de oir los concertados disparates de aquel hombre, y la gravedad y visages con que los dezia, que no sabian quien ni como saliese á responderle. Pero al cabo de rato el mismo Archipampano le dixo: Infinito huelgo, invicto y gallardo manchego, de que hayais querido hazer eleccion de mi corte y de los servicios que en ella os pienso hazer para bien suyo, gloria vuestra y aumento de mis estados, y más de que haya sido vuestra venida á ellos en tiempo que tan oprimidos me los tiene ese barbaro principe de Tajayunque que dezis; pero porque es ardua la empresa del duelo que con él teneis aplaçado, quiero, para deliberar sobre ello con más acuerdo, que se dilate hasta que lo consulte con mis grandes; que esotros desafios de los principes Perianeo y de Cordoba son de menos consideración, y facilmente se comprenderan ó rendiran ellos despues, cuando vean triunfais del rey de Chipre. La dilacion pues de su batalla os pido consintais en primer lugar, y en segundo os ruego os retireis cuanto pudieredes de las damas de mi casa y corte, pues estando vos en ella, y siendo el Caballero Desamorado, y tan galan, dispuesto, bien hablado y valiente, de fuerça han de estar todas ellas con grandisima vigilancia, y aun competencia, sobre cual ha de ser la tan dichosa y bien afortunada que os merezca; y no es mi intencion caseis con ninguna dellas, porque pretendo casaros con la infanta mi hija, que alli veis, luego que os vea coronado emperador de Grecia, Babilonia y Trapisonda, y de aqui adelante recebiré á merced de que como yerno mio en espera, tengais esta casa por propria, sirviendoos della y de mis proprios caballeros y criados. Don Carlos llamó en esto por un lado de la silla á Sancho y le dixo: Ahora es tiempo, amigo Sancho, de que el poderoso Archipampano os conozca y vea vuestro buen entendimiento; y asi no perdais la ocasion que teneis; antes dezidle con mucha y buena retorica, se sirva de mandaros dar á vos tambien licencia para hazer la batalla con aquel escudero negro que sabeis, pues venciendole, es cierto os dará el orden de caballeria, quedando tan caballero y famoso para toda vuestra vida, como lo es don Quixote. Apenas hubo oido Sancho tal consejo, cuando se puso en medio de la sala, delante de su amo, de rodillas, teniendo la caperuça en las manos, y diziendole en voz alta: Mi señor don Quixote de la Mancha, si alguna merced le he hecho en este mundo, le suplico por los buenos servicios de Rocinante, que es la persona que más puede con v. m., me dé, en pago della y dellos, licencia para hablar á este señor Arcadepampanos media dozena de palabras de grandisima importancia, pues visto por él mi ingenio, sin duda verná, andando dias y viniendo dias, á darme el orden de caballeria con los hazes y enveses que v. m. le tiene. Don Quixote le dixo: Sancho, yo te la doy; pero con condición que no hagas ni digas necedad alguna de las que sueles. Para eso, dixo Sancho, buen remedio; pongase v. m. tras mí, y en viendo que se me suelta alguna, que no podrá ser menos, tireme de la halda del sayo, y verá como me desdigo de cuanto hubiere dicho. Llegose inmediatamente don Quixote al caballero que tenia por archipampano, y dixole: Para que vuesa alteza, señor mio, vea que como verdadero andante traigo conmigo escudero de calidad, y fidelisimo para llevar y traer recados á las princesas y caballeros con quien se me ofrece comunicar, suplicole oiga este que aqui le presento, llamado Sancho Pança, natural del Argamesilla de la Mancha, hombre de bonisimas partes y respetos; porque tiene que hablar con vuesa alteza un negocio de importancia, si para ello se le diere licencia. El Archipampano le respondió que se la daba muy cumplida, pues habia echado de ver en su talle, trage y fisonomia, que no podia ser menos discreto que su amo. Pusose Sancho luego en medio, y volviendo la cabeça, dixo á don Quixote: Deme v. m. esa lança, para que me ponga como v. m. estaba cuando hablaba al Arcapampanos. Don Quixote le respondió: ¿Para qué diablos la quieres? ¿No ves que no estás armado como yo? Ya comienças á hacer necedades. Pues vaya v. m. contando, replicó Sancho, que ya tengo una; y poniendo las manos en arco, sin quitarse la caperuça, con no poca risa de los que le miraban, estuvo un buen rato sin hablar, hasta que viendolos callar, començó á dezir, procurando empeçar como su amo don Quixote, á cuyas razones habia estado no poco atento: ¡Magnanimo, poderoso y siempre agosto harto de pampanos...! Don Quixote le tiró del sayo, diziendo: Di augusto archipampano, y habla con tiento; y él, volviendo la cabeça, dixo: ¿Que más tiene augusto que agosto, y esotro de pampanos? ¿Todo no se va allá? Y prosiguió diziendo: Habrá v. m. de saber, señor descendiente del emperador Eliogallos y Sarganapalos, que yo me llamo Sancho Pança el escudero, marido de Mari-Gutierrez por delante y por detras, si nunca le oistes dezir, el cual por la gracia de Dios y de la santa sede apostolica soy cristiano, y no pagano como el principe Perianeo y aquel bellaco de escudero negro, y ha dias que ando en mi rucio con mi señor por la mayor parte de este nuestro... Y volviendo la cabeça á su amo le dixo: ¿Como diablos se llama aquel? ¡Oh maldito seas! replicó don Quixote: hemisferio, simple. ¿Pues que quiere agora? replicó Sancho: haga cuenta que tengo dos necedades á un lado: ¿piensa que el hombre ha de tener tanta memoria como el misal? Digame como se llama, y tenga paciencia; que ya se me ha tornado á desgarrar del caletre. Ya te he dicho, respondió don Quixote, que se llama hemisferio. Digo pues, prosiguió Sancho, que tornando á mi cuento, señor rey de Hemisferio, yo no he hasta agora muerto ni dispilfarrado aquellos gigantones que mi amo dize; antes huyo dellos como de la maldizion, porque el que ví en Çaragoça en casa del señor don Carlos, era tal, que ¡mal año para la torre de Babilonia que se le igualase! Y asi no quiero nada con él; allá se las haya con mi señor: con quien quiero probar mis uñas es con el escudero negro que trae, que negra pascua le dé Dios; que en fin es mi mortal enemigo, y no tengo de parar hasta que me lave las manos en su negra sangre en esta sala, en presencia de todos vs. ms.; que haziendolo, confio que vuesa altura me hará caballero si bien es verdad que puesto en mi rucio, tanto me lo soy como cualquiera: solo advierto que en la pelea no me han de faltar del lado mi amo, el señor don Carlos y don Alvaro, por lo que pudiese ofrecerse; tras que no hemos de reñir con palos ni espadas, pues con ellas nos podriamos hazer algun daño sin querer, teniendo que curar despues; sino que ha de ser á finos moxicones ó cachetes, y el que se pudiere aprovechar de alguna coz ó bocado, san Pedro se lo bendiga: bien es verdad que aun en esto tendrá no poca ventaja el bellaco del negro, porque ha más de dos años y medio que no he andado á moxicones con nadie, y esto, si no lo usan, se olvida facilmente como el Ave Maria; pero el remedio está en la mano del señor don Alvaro. ¿A quien digo? Lleguese acá, pesia á mi sayo. Diga, señor Sancho, respondió don Alvaro; que bien le oigo, y haré todo lo que fuere de su gusto. Pues lo que ha de hazer, prosiguió Sancho, es echarmele unos antojos de caballo cuando salga á la pelea; porque no viendome con ellos, errará los golpes, y llegando yo pasito, ya por este lado, ya por esotro, le daré mil porrazos, hasta que le haga ir á presentarse de rodillas delante de Mari-Gutierrez mi muger, pidiendole me ruegue le perdone. He aqui señor rey agosto, ya vencida la batalla y rendido el escudero negro; y asi no hay sino armarme caballero; que no sufro burlas, y á perro viejo no hay cuz cuz. Por cierto que mereceis, Sancho, dixo el Archipampano, el orden que pedis de caballeria; yo os le daré el dia que se concluyere la batalla con el rey de Chipre, haziendoos otras mercedes; pero contadme, por darme gusto, las hazañas del señor don Quixote y las aventuras con que se ha topado por esos hemisferios; que yo y la Archipampanesa mi muger, mi hija la infanta, y todos estos caballeros holgaremos mucho de oiros. Apenas le dieron pie para hablar á Sancho, cuando tomó tan de veras la mano á su amo en referir cuanto les habia sucedido, que jamas le dexó hazer baça, por más que con colera le porfiaba, contradezia y desmentia; y asi fue contando lo de Ateca, de ida y vuelta, y cuanto les habia pasado en Çaragoça, y con la reina Segovia en el bosque, Sigüença, venta, Alcala, y hasta la misma corte. Tratole mal su amo de palabras cuando acabó de dezir, y pasaron lindos cuentos sobre la averiguacion del de la ataharre, de que rieron de suerte los circunstantes, que se vió obligado don Quixote á dezirles: Por cierto, señores, que me maravillo mucho de que gente tan grave se ria tan ligeramente de las cosas que cada dia acontecen ó pueden acontecer á caballeros andantes: pues tan honrado era como yo el fuerte Amadis de Gaula, y con todo me acuerdo haber leido que habiendolo echado preso por engaño un encantador, y teniendole metido en una oscura mazmorra, le echó invisiblemente una melecina de arena y agua fria, tal, que por poco muriera della. Levantose, acabadas estas razones, el Archipampano de su asiento, temeroso de que tras ellas no descargase don Quixote algun diluvio de cuchilladas sobre todos (que se podia temer dél, segun se iba poniendo en colera); y llegandose á su muger, le preguntó que le parecia del valor de amo y criado; y celebrandolos ella por pieças de rey, le dixo don Carlos: Pues lo mejor falta por ver á vuesa alteza, que es la reina Zenobia; y si no, digalo Sancho: el cual replicó, mirando á las damas circunstantes: Par diez, señoras, que pueden vs. ms. ser lo que mandaren; pero en Dios y en mi conciencia le juro que las excede á todas en mil cosas la reina Segovia; porque, primeramente, tiene los cabellos blancos como un copo de nieve, y sus mercedes los tienen tan prietos como el escudero negro mi contrario: pues en la cara, ¡no se las dexa atras! Juro non de Dios que la tiene mas grande que una rodela, más llena de arrugas que gregüescos de soldado, y más colorada que sangre de vaca; salvo que tiene medio jeme mayor la boca que vs. ms., y más desembaraçada, pues no tiene dentro de ella tantos huesos ni tropieços para lo que pusiere en sus escondrijos; y puede ser conocida dentro de Babilonia, por la linea equinoccial que tiene en ella: las manos tiene anchas, cortas y llenas de verrugas; las tetas largas, como calabaças tiernas de verano. Pero ¿para que me canso en pintar su hermosura, pues basta dezir della, que tiene más en un pie que todas vs. ms. juntas en cuantos tienen? Y parece, en fin, á mi señor don Quixote pintipintada, y aun dize della él, que es más hermosa que la estrella de Venus al tiempo que el sol se pone; si bien á mí no me parece tanto; como media noche era por hilo, los gallos querian cantar. Celebraron mucho todos el dibuxo que Sancho habia hecho de la reina Zenobia, y rogaron á don Carlos la traxese alli el dia siguiente á la misma hora; y prometiendolo él, y llamando al titular su cuñado, que estaba apartado á un lado apaciguando á don Quixote, les suplicaron á ambos les dexasen aquella noche en casa á Sancho. Condescendieron con los ruegos del Archipampano, y en particular don Quixote, á quien el titular, don Alvaro y don Carlos dixeron no podia contradezir: tras lo cual, despidiendose todos de sus altezas, se volvieron á su casa con el acompañamiento que habian venido, y con no poco consuelo de don Quixote, por ver empeçaban ya á conocerle y temerle los de la corte.

CAPITULO XXXIII

En que se continuan las hazañas de nuestro don Quixote, y la batalla que su animoso Sancho tuvo con el escudero negro del rey de Chipre, y juntamente la visita que Barbara hizo al Archipampano.

Quedaron con Sancho contentisimos aquella noche el Archipampano y su muger, porque dixo donosas simplicidades; y no fue la menor dezir, cuando vió subir la cena; y que le mandaban asentar en una mesilla pequeña, junto á la de los señores, en la cual estaba una niña muy hermosa, hija dellos: Pues, ¡cuerpo non de Dios! ¿por que han de sentar á esa rapaza, tamaña como el puño, en esa mesa tan grande, y la ponen delante esos platos, mayores que la artesa de Mari-Gutierrez, dexandome á mí en esta mesilla menor que un harnero, siendo yo tamaño como tarasca de Toledo, y teniendo tantas barbas como Adan y Eva? Pues si lo hazen por la paga, tan buenos son los dos reales y medio que tengo en la faltriquera para pagar lo que cenare, como cuantos tenga el rey, y los que dieron por Jesucristo los judios á Judas; y si no, mirenlos. Y diziendo esto, se levantó y sacó hasta tres reales de cuartos sucios y untados, y echolos sobre la servilleta de la señora; pero apenas lo hubo hecho, cuando viendo que ella los iba á dar con la mano, pensando él que los queria tomar, los volvió á coger con furia diziendo: Por Dios, no les dará golpe su merced, que no haya yo muy bien cenado: á fe que le habian ya hinchido el ojo, como á la otra gordona moça gallega de la venta, á quien mi señor llamaba princesa; y si no fuera porque no traia ella tan buenos vestidos como v. m., ni esa rueda de molino que trae al gaznate, jurara á Dios y á esta cruz que era v. m. ella propria. Solemnizaron mucho la letania de simplicidades que habia ensartado; y diziendole el maestresala: Callá, Sancho, que para que ceneis más á vuestro placer os hemos puesto esa mesa aparte;—cuanto mayor fuere la que me tocare desos avechuchos, replicó Sancho, más á mi placer cenaré. Pues empezad por este plato dellos, le dixo luego, dandole un buen plato de palominos con sopa dorada: comió ese y los demas que le dieron, tan sin escrupulo de conciencia, que era bendicion de Dios y entretenimiento de los circunstantes; y viendo acabada la cena, y que la señora afloxaba la gorguera ó arandela, le dixo: ¿No me dirá por vida de quien la mal parió, á que fin trae esas carlancas al cuello, que no parecen sino las que traen los mastines de los pastores de mi tierra? Pero tal deben de molestar todos estos podencos de casa, para que no sea menester eso y más para defenderse dellos. Dicho esto sacó otra vez el dinero diziendo: Tome v. m. agora y paguese lo que fuere la cena; que no quiero irme á acostar sin rematar cuentas; que asi lo haziamos siempre por el camino mi señor don Quixote y yo; que esto, me dezia el Cura, mandan los mandamientos de la Iglesia cuando mandan pagar diezmos y primicias. Tomolos el señor diziendo: Yo me doy por satisfecho con lo que hay aqui, de lo que debeis de cena y cama, y aun mañana os daré tambien de comer á medio dia por ello sin más paga. Yo le beso las manos por la merced, respondió Sancho; que para esas cosas con hilo de arambre me haran estar más quedo que una veleta de tejado: y mire que le tomo la palabra; que aunque sé que hago harta falta á mi señor, yo me disculparé con él, diziendo que no acerté la casa: cuanto y más que cuando el hombre lleve media dozena de palos por una buena comida, no es tanta la costa que no le salga demasiado de barato, y otras vezes nos los han dado á mí y á él de balde y sin comida alguna. Dieron orden en que le llevasen á acostar, haziendo lo mismo ellos, como tambien lo hizieron, despues de bien cenados en su casa, el titular, don Carlos, don Alvaro, don Quixote y Barbara; si bien sobremesa tuvieron su pedazo de pendencia, porque diziendole á ella el titular se aprestase para ir á visitar el dia siguiente al Archipampano y Archipampanesa, que la aguardaban, respondió ella excusandose, no la mandasen salir en publico delante de personas; que era correrla demasiado y darla mucha prisa; que bien se conocia y sabia era, como les habia dicho, una triste mondonguera, Barbara en nombre y en cosas de policia; y que les suplicaba se diesen por satisfechos de la paciencia con que hasta alli habia pasado con las pesadas burlas y fisgas que el señor don Quixote hazia, y queria hiziesen todos della. No hubo oido esto él, cuando le dixo: Por cuanto puede suceder en el mundo, no niegue vuesa magestad, le suplico, señora reina Zenobia, su grandeza, ni la encubra diziendo una blasfemia tan grande como la que agora ha dicho; que ya estoy cansado de oirsela repetir otras vezes, y no tomemos en la boca eso de mondonguera; que aunque para mí sé yo claramente quien es y su valor, con todo, es necesario la conozca todo el mundo: vaya vuesa alteza á hablar con quien el señor principe Perianeo y estos caballeros la ruegan; que entre damas tales cual la Archipampanesa y la Infanta su hija, ha de campear su beldad, pues yo salgo fiador que en viendola, la estimen y respeten en lo que merece y todos deseamos. No se hizo, como cuerda, de rogar más, conociendo lo que debia á don Quixote, y que hasta entonzes no le habia ido sino bien en condescender con sus locuras, de que se llevaba por lo menos el pasar buena vida, y asi ofreció el ir. Venida la mañana, el Archipampano salió á misa, llevando consigo á Sancho, al cual preguntó por el camino si sabia ayudar á misa, y respondió diziendo: Sí, señor, aunque es verdad que de unos dias á esta parte, como andamos metidos tanto en este demonio de aventuras, se me ha volado de la testa la confesion y todo lo demas, y solo me ha quedado de memoria el encender las candelas y el escurrir las ampollas; y aun á fe que solia yo tañer invisiblemente los organos por detras en mi pueblo divinamente, y en no estando yo en ellos, todo el pueblo me echaba de menos. Rieronlo de gana, y acabada la misa, volvieron á casa á comer, y despues de haberlo hecho, no sin muy buenos ratos que pasaron con Sancho, le dixo el Archipampano: Yo, en resolucion, quiero, señor Sancho, que de aqui adelante os quedeis en mi casa y me sirvais, ofreciendome á daros más salario del que os da el Caballero Desamorado; que tambien yo soy caballero andante como él, y he menester servirme de un escudero tal cual vos, en las aventuras que se me ofrecieren; y asi, para obligaros desde luego, os mando un buen vestido por principio de paga; pero dezidme: ¿cuanto es lo que os da por año el señor don Quixote? A esto respondió Sancho: Señor, mi amo me da nueve reales cada mes, y de comer, y unos çapatos cada año, y fuera deso me tiene prometido todos los despojos de las guerras y batallas que vencieremos; aunque hasta agora, por bien sea, los despojos que habemos llevado no han sido otros que muy gentiles garrotazos, como nos los dieron los meloneros de Ateca; mas con todo eso, aunque v. m. me añadiese un real más por mes, no dexaria al Caballero Desamorado, porque á fe que es muy valiente, á lo menos segun le oigo dezir cada dia; y lo mejor que tiene es ser esforçado sin perjuizio ni daño de nadie, pues hasta agora no le he visto matar una mosca. Replicó el Archipampano diziendo: ¿Es posible, Sancho, que si yo os regalase más que vuestro amo, y os diese cada mes un vestido y un par de çapatos, y juntamente un ducado de salario, no me serviriades? Respondiole él: No es eso malo; pero con todo no le serviria sino con condicion que me comprase un gentil rucio para ir por esos caminos; que sepa que soy muy mal caminante de á pie, y más, que habiamos de llevar muy buena maleta con dineros porque no nos viesemos en los desafortunios que agora un año nos vimos por aquellas ventas de la Mancha; tras que juntamente v. m. me habia de jurar y prometer hazerme por sus tiempos rey ó almirante de alguna insula ó peninsula, como mi señor don Quixote me tiene prometido desde el primer dia que le sirvo; que aunque no tenga muy buen expediente para gobernar, todavia sabriamos Mari-Gutierrez y yo juntos deslindar los desaforismos que en aquellas islas se hiziesen; verdad es que ella tambien es un poco ruda; pero creo que desde que ando por acá, no dexara de saber algo más. Pues, Sancho, dixo el fingido Archipampano, yo me obligo á cumpliros todas esas condiciones con que quedeis en mi casa, y traigas á ella juntamente vuestra muger para que sirva á la gran Archipampanesa, que me dizen sabe lindamente ensartar aljofar. Ensartar azumbres, dixera v. m. mejor; que á fe que los enhila tan bien como la reina Segovia, que no lo puedo más encarecer. Pusieron en esto los señores fin á la platica por sestear un rato, habiendo dado aviso á algunos señores amigos para que acudiesen aquella tarde á gozar del entretenimiento que se les esperaba, con el caballero andante, su dama y su escudero. La misma prevencion hizieron don Carlos, el titular, su cuñado y don Alvaro. Llegada pues la hora y aprestados los coches, se metieron en ellos con Barbara, á la cual quiso llevar don Quixote á su lado; y con este entremes y no poca risa de los que los vian en el coche, llegaron á casa del Archipampano; y subidos á ella y ocupando los ordinarios asientos los caballeros y las damas, entró por la sala don Quixote, armado de todas pieças, trayendo con gentil continente á la reina Zenobia de la mano. En viendolos entrar, don Alvaro Tarfe se levantó, y postrado delante del Archipampano, le dixo: El Caballero Desamorado, poderoso señor, y la sin par reina Zenobia vienen á visitar á vuesa alteza. Apenas oyó Sancho el nombre de su amo, cuando se levantó del suelo, en que estaba asentado, y corriendo para su amo, arrodillandose delante dél, le dixo: Sea mi señor muy bien venido, y gracias á Dios que aqui estamos todos; mas digame v. m., ¿acordose de echar de comer al rucio la noche pasada? que estará el pobre del asno con gran pena por no haberme visto de ayer acá; y asi, le suplico diga de mi parte cuando le vea, que les beso las manos muchas vezes á él y á mi buen amigo Rocinante, y que por haber sido esta noche convidado á cenar y á dormir, y hoy á comer, por solos dos reales y medio, ¡ahorcado sea tal barato, plegue á la madre de Dios! del señor Arcapampanos, no los he ido á ver; pero que aqui en el seno les tengo guardadas para cuando vaya un par de piernas de ciertos mochuelos reales. No hizo caso don Quixote destos disparates, sino que fue caminando con gravedad, de la suerte que habia entrado, con la reina Zenobia, hasta ponerse en presencia del Archipampano, do presentado, dixo: Poderoso señor y temido monarca: aqui en vuestra presencia está el Caballero Desamorado, con la escelentisima reina Zenobia, cuyas virtudes, gracias y hermosura, con vuestra buena licencia, tengo de defender desde mañana á la tarde en publica plaça contra todos los caballeros, por rara y sin par. Con esto la soltó de la mano y mientras los circunstantes, admirados entre sí, celebraban unos con otros la locura dél y fealdad della, se volvió el amo al escudero á preguntarle como le habia ido aquella noche con el Archipampano, y que le habia dicho de su buen brio, fortaleça y postura. En esto llegó Barbara, llamada adonde los caballeros y damas estaban, do puesta de rodillas, callaba vergonzosisima, aguardando á ver lo que le dirian; los cuales tenian tanto que hazer en admirarse de la fealdad que en ella miraban, y más viendola vestida de colorado, que no acertaban á hablarla palabra de pura risa: con todo, mortificandola cuanto pudo, le dixo el Archipampano: Levantaos, señora reina Zenobia; que agora echo de ver el buen gusto del Caballero Desamorado que os trae, porque siendo él desamorado, y aborreciendo tanto á las mugeres, como me dizen que las aborrece, con razon os trae á vos consigo, para que mirandoos á la cara, con mayor facilidad consiga su pretension, si bien se podria dezir por él el refran de que qui amat ranam, credit se amare Dianam; pero con todo, estoy en opinion de que si fueran cual vos todas las mugeres del mundo, todos los caballeros dél aborrecerian su amor en sumo grado. El que estaba más cerca de su esposa le preguntó qué le parecia de la señora reina Zenobia, que el Caballero Desamorado traia consigo por dechado de hermosura. Yo aseguro, respondió ella, que le den pocas ocasiones de pendencias los competidores de su beldad. En esto prosiguió el Archipampano la conversacion con la Reina, preguntandole de su vida; y enterado de su boca de como se llamaba Barbara, y de lo demas tocante á su estado y su ofizio, y de la ocasion por que seguia al loco de don Quixote, le dixo él si se atreveria á quedar por camarera de su muger, que necesitaba de quien le acallase una niña que le criaban, ofizio que le parecia que ninguno le haria mejor que ella; la cual excusandose con su poca capacidad y experiencia en cosas de palacio, tuvo luego al lado por abogado á Sancho, el cual salió á la causa diziendo: No tiene, señor, v. m. que pescudarla; que no saldrá el diablo de la Reina del camino carretero de adereçar un vientre de carnero y cocer unas manecillas de vaca, pues no sabe otra cosa. Y llegandose á ella, y tirandola de la saya colorada, que le venia más de palmo y medio corta, dixo: Abaxe, señora Segovia, esa saya con todos los Satanases, que se le parecen las piernas hasta cerca de las rodillas: ¿como, digame, quiere que la tengan por reina tan hermosa si descubre esas piernas y çancajos, con las calças coloradas llenas de lodo? Y volviendose al Archipampano, le dixo: ¿Por que piensa v. m. que mi amo ha mandado á la reina Segovia que traiga las sayas altas y descubra los pies? Ha de saber que lo haze porque, como ve que tiene tan mala catadura, y por otra parte aquel borron en el rostro, que la toma todo el mostacho derecho, quiere con esa invencion hazer un noverint universi que declare á cuantos le miraren á la cara como no es diablo, pues no tiene pies de gallo, sino de persona, de que se podran desengañar mirandola los pies, pues por la bondad de Dios los trae harto á la vergüença, y aun con todo, Dios y ayuda. Don Quixote le dixo: Yo apostaré, Sancho, que tienes bien llena la barriga y cargado el estomago, segun hablas: guarda no se me suba la mostaça á las narizes y te cargue otro tanto á las espaldas, por igualar la sangre. Respondió Sancho: Si tengo lleno el estomago, buenos dos reales y medio me cuesta. Llegó á la que estaban en estos dares y tomares, don Alvaro, y haziendo apartar á Sancho y á don Quixote á un lado, dixo al Archipampano, haziendole un gran acatamiento á la puerta de la real sala: Aqui está, excelso monarca, un escudero negro, criado del rey de Chipre Bramidan de Tajayunque; el cual trae una embaxada á vuesa alteza, y viene á hazer no sé que desafio con el escudero del Caballero Desamorado. En oyendolo, respondió aprisa Sancho, perdido el color: Pues digale luego, por las entrañas de Jesucristo, que no estoy aqui y que no me hallo agora para hazer pelea... Pero, ¡cuerpo del anima del Antecristo! vayan y diganle que entre; que aqui estoy aguardandole, y que venga mucho de noramala él y la puta negra de su madre; que yo, si me ayudan mi amo y el señor don Carlos, que me quiere del alma, me atrevo á hazerle que se acuerde de mí y del dia en que el negro de su padre le engendró, mientras viva. Hase de advertir aqui que don Alvaro y don Carlos habian dado orden á su secretario se tiznase el rostro, como lo hizo en Çaragoça, y entrase en la sala á presentarse á Sancho de la suerte que allá se le presentó á él y á su amo, continuando el embuste del desafio. Entro pues dicho secretario, tiznada la cara y las manos, y vestido una larga ropa de terciopelo negro, con una grande cadena de oro en el cuello, trayendo juntamente muchos anillos de los dedos y gruesos çarcillos atados á las orejas. En viendole Sancho, como ya le conocia de Çaragoça, le dixo: Seais muy bien venido, monte de humo: ¿que es lo que quereis? que aqui estamos mi señor y yo; y guardaos del diablo, y mirad como hablais; que por vida de mi rucio, que no pareceis sino uno de los montes de pez que hay en el Toboso para empegar las tinajas. El secretario se puso en medio de la sala, y sin hazer cortesia á nadie, volviendose á don Quixote, despues de haber estado un rato callando, dixo desta manera: Caballero Desamorado, el gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre y señor mio, me manda venir á ti para que le digas cuando quieres acabar la batalla que con él tienes aplaçada en esta corte; porque él acababa de llegar ahora de Valladolid, de dar cima á una peligrosa aventura, en que ha muerto él solo más de docientos caballeros sin más armas que una maça que trae de acero colado: por tanto mandadme dar luego la respuesta, para que vuelva con ella al gigante mi señor. Antes que don Quixote respondiese, se llegó don Carlos á su negro y disfrazado secretario diziendole: Señor escudero, con licencia del señor don Quixote, os quiero responder como persona á quien tambien toca ser vengado de las soberbias palabras de vuestro amo; y asi, digo por ambos, que la batalla se haga el domingo en la tarde en el puesto que sus altezas señalen, en cuya presencia se ha de hazer, y sea de la suerte y con las armas que vinieren á él más á proposito; y con esto os podeis ir con Dios, si otra cosa no se os ofrece. El secretario respondió diziendo: Pues antes que me vaya quiero tomar luego en esta sala vengança de un soberbio y descomunal escudero del Caballero Desamorado, llamado Sancho Pança, el cual se ha dexado dezir que es mejor y más valiente que yo: por tanto, si está entre vosotros salga aqui, para que, haziendole con los dientes menudisimas tajadas, le eche á las aves de rapiña para que se lo coman. Todos callaron; y viendo Sancho tan general silencio, dixo: ¿No hay un diablo que, agora que es menester, hable por mí, en agradecimiento y pago de lo mucho que yo otras vezes hablo por todos? Y llegandose al secretario, le dixo: Señor escudero negro, Sancho Pança, que soy yo, no esta aqui por agora; pero hallarle heis á la puerta del Sol, en casa de un pastelero, do está dando cabo y cima á una grande y peligrosa aventura de una hornada de pasteles: id por tanto á dezille de mi parte que digo yo que venga luego á la hora á hazer batalla con vos. ¿Pues como, replicó el secretario, siendo vos Sancho Pança mi contrario, dezis que no está aqui? Vos sois una gran gallina. Y vos un gran gallo, respondió Sancho, porque quereis que yo esté aqui á pesar mio, no queriendo estar, por más que sea Sancho Pança, escudero del Caballero Desamorado y marido de Mari-Gutierrez; y si niego lo que soy, más honrado era san Pedro y negó á Jesucristo, que era mejor que vos y la puta que os parió, mal que os pese; y si no, dezid al contrario. No pudieron detener la risa los circunstantes del disparate; y cobrando nuevo animo, prosiguió: Y sabed, si no lo sabeis, que estoy aguardando poco á poco á que me venga la colera para reñir con vos; y creed bien y caramente que si deseais con esa cara de cocinero del infierno hazerme menudisimas tajadas con los dientes para echarme á los gorriones, que yo con la mia de pascua, deseo hazeros entre estas uñas rebanadas de melon, para daros á los puercos á que os coman: por tanto, manos á la labor; pero ¿de que manera quereis que se haga la pelea? ¿De que manera se ha de hazer, replicó el secretario, sino con nuestras cortadoras espadas? ¡Oxte, puto! dixo Sancho; eso no, porque el diablo es sutil, y donde no se piensa, puede suceder facilmente una desgracia, y podria ser darnos con la punta de alguna espada en el ojo sin quererlo hazer, y tener que curar para muchos dias. Lo que se podrá hazer, si os parece, será hazer nuestra pelea á puros caperuçazos, vos con ese colorado bonete que traeis en la cabeça, y yo con mi caperuça, que al fin son cosas blandas, y cuando un hombre la tire y dé al otro no le puede hazer mucho daño; y si no, hagamos la batalla á moxicones; y si no, aguardemos al invierno que haya nieve, y á puras pelladas nos podemos combatir hasta tente bonete, desde tiro de mosquete. Soy contento, dixo el secretario, de que se haga la batalla en esta sala á moxicones, como me dezis. Pues aguardaos un poco, respondió Sancho, que sois demasiado de supito, y aun no estoy del todo determinado de reñir con vos. Enfadose don Quixote, y dixole: Por cierto, Sancho, que me parece tienes sobrado temor á ese negro, y asi entiendo es imposible salgas bien desta hecha. ¡Oh mal haya quien me parió, replicó Sancho, y aun quien me mete en guerreaciones con nadie! ¿V. m. no sabe que yo no vengo en su compañia para hazer batallas con hombres ni mugeres, sino solo para servirle y echar de comer á Rocinante y á mi asno, por lo cual me da el salario que tenemos concertado? Tanto me hará, que dé á Judas las peleas, y aun á quien acá me traxo. ¡Mirad que cuerpo non de tal con v. m.! Estase ahi el señor Arcapampanos y su muger con todo su abolorio y el principe Perianeo, y el señor don Carlos y don Alvaro con los demas, desquixarandose de risa, y v. m., armado como un san Jorge, contemplandose á su reina Segovia; y no quiere que tenga temor estando delante de mi enemigo, con la candela en la mano, como dizen. Igual fuera que se pusieran de por medio todos y nos compusieran, pues saben fuera hazer las siete obras de misericordia. Bien dizes, Sancho, dixo don Alvaro; y asi, por mi respeto, señor escudero, habeis de hazer pazes con él y desistir de vuestra pretension y desafio, pues basta el que tiene hecho vuestro amo con el suyo, para que en virtud dél quede por vencido el escudero del señor que lo fuere de su contrario. A mí se me haze, respondió el secretario, muy grande merced en eso; porque si vá á dezir verdad, ya me bamboleaba el anima dentro las carnes, de miedo del valeroso Sancho; y (replicó el secretario) no terné las treguas por firmes si juntamente no nos damos los pies: Los pies, dixo Sancho, y cuanto tengo os daré á trueque de no veros de mis ojos. Y diziendo esto, levantó el pie para darsele; pero apenas lo hubo hecho, cuando lo tuvo asido el secretario dél, de suerte que le hizo dar una gran caida. Rieron todos, y saliose corriendo el secretario, tras lo cual se llegó don Quixote á levantar á Sancho, diziendole: Mucho siento tu desgracia, Sancho; pero puedeste alabar de que quedas vencedor, y de que á traicion y sobre treguas, y lo que peor es, huyendo, ha hecho tu contrario esta alevosia; pero si quieres te le traiga aqui para que te vengues, dilo; que iré por él; hecho un rayo. No, ¡cuerpo de tal! dixo Sancho, pues peor librará si pelearamos mano á mano; y como v. m. dize, al enemigo que huye, la puente de plata. Avisaron tras esto que ya era hora de la cena, porque se les habia pasado el tiempo sin sentir en oir y ver estos y otra infinidad de disparates; y obligando el Archipampano á todos que se quedasen á cenar con él, lo hizieron con mucho gusto, pasando graciosisimos chistes en la cena: tras la cual se fueron todos á reposar, unos á sus cuartos y otros á sus casas, solo Sancho, que se hubo de quedar en la del Archipampano, medio mal de su grado.

CAPITULO XXXIV

Del fin que tuvo la batalla aplaçada entre don Quixote y Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y de como Barbara fue recogida en las arrepentidas.

Muchos y buenos dias tuvieron, no solo aquellos señores, con don Quixote, Sancho y Barbara, sino otros muchos á quien dieron parte de sus buenos humores y de los dislates del uno y simplicidades del otro; y llegó el negocio á termino que ya eran universal entretenimiento de la corte. El Archipampano, para mayor recreacion, hizo hazer un gracioso vestido á Sancho, con unas calças atacadas, que él llamaba çaragüelles de las Indias, con que parecia extremadamente de bien, y más, puesto con espada al lado y caperuça nueva; siendo menester; para persuadirle se la ciñese, dezirle le armaba caballero andante una tarde, por la vitoria que habia alcançado del escudero negro, dandole el orden de caballeria con mucho regocijo y fiesta: pero iba empeorando tan por la posta don Quixote con el aplauso que via celebrar sus hazañas á gente noble, y más desque vió armado caballero su escudero, que, movidos de escrupulo, se vieron obligados el Archipampano y principe Perianeo á cesar de darle prisa, y á dar orden en que se curase de proposito, apartandole de la compañia de Barbara y de conversaciones publicas; que Sancho, aunque simple, no peligraba en el juizio. Comunicaron esta determinacion con don Alvaro, y pareciendole bien su resolucion, les dixo que él se encargaba, con industria del secretario de don Carlos, cuando dentro de ocho dias se volviese á Cordoba, donde ya sus compañeros estarian, por haberse ido allá por Valencia, de llevarsele en su compañia hasta Toledo, y dexar muy encargada y pagada alli en casa del Nuncio su cura, pues no le faltaban amigos en aquella ciudad á quien encomendarle. Añadió que se obligaba á ello por lo que tenia escrupulo de haber sido causa de que saliese del Argamesilla para Çaragoça, por haberle dado parte de las justas que alli se hazian, y hazerle dexado sus armas y alabado su valentia; pero que era de parecer no se le tratase nada sin dexarle salir á la batalla de Tajayunque, porque, segun la tenia en la cabeça, le parecia imposible persuadirle nueva aventura, no rematada aquella que tan desvanecido le traia; y que lo que se podia hazer era dar orden en que se aplaçase y fuese el dia siguiente, y para más aplauso, en la casa del Campo, donde se podria cenar para más recreacion, convidando muchos amigos, pues tenia por cierto seria graciosisimo el remate de la aventura, que no esperaba menos del ingenio del secretario. Agradoles á todos el voto de don Alvaro, y más al Archipampano, el cual tomó á su cargo el proveer la cena y prevenir el puesto: solo rogó á don Carlos le hiziese placer de procurar persuadir á Sancho se quedase en su casa y de traer juntamente á Mari-Gutierrez; que él se encargaba de ampararles y valerles mientras viviesen, porque gustaba mucho él y su muger del natural de Sancho, y estaban certificados que no era de menos gusto el de Mari-Gutierrez; y porque ninguno de los valedores de don Quixote y su compañia quedase sin cargo en orden á procurar su bien, le dió al principe Perianeo de que procurase con Barbara aceptase el recogimiento que le queria procurar en una casa de mugeres recogidas, pues él tambien se obligaba á darle la dote y renta necesaria para vivir honradamente en ella. Encargados pues todos y cada uno de por si de hazer cuanto pudiese en el personage que se le encomendaba, llegado el plaço señalado para la batalla de Bramidan, se fueron los dichos señores con otros muchos de su propia calidad á la casa del Campo, do estaban ya otros haziendo estrado á las damas que con la muger del Archipampano habian ido á tomar puesto. Llevaronse los señores consigo á don Quixote, armado de todas pieças, y más de coraje, y con él á la reina Zenobia y á Sancho, llevando un lacayo del diestro á Rocinante, que con el ocio y buen recado estaba más lucio, y un paje llevaba la lança. Estaba ya prevenido el secretario de don Carlos de uno de los gigantes que el dia del Sacramento se sacan en la procesion en la corte, para continuar la quimera de Bramidan. Llegados al teatro de la burla, y ocupados los asientos (tras un buen rato de conversacion y paseo por la huerta) que dentro la casa estaban prevenidos, y puesto don Quixote en el suyo, se le llegó Sancho diziendo: ¿Que es, señor Caballero Desamorado? ¿Como va? ¿Estan buenos el honrado Rocinante y mi discreto rucio? ¿No le han dicho nada que me dixese? Yo aseguro que no les ha dado mis recados; que no dexaran de responderme; pero yo sé el remedio, y es desocuparme de los negocios de palacio, y buscar tinta y papel, y escribilles media dozena de renglones; que no faltará un paje ó pajaro, ó como los llaman, que se los lleve. Don Quixote le respondió: Rocinante está bueno, y ahi le verás presto hazer maravillas, luego que enfronte con el caballo indomito que traxere Bramidan: del rucio no te digo, hijo, sino que gusta mucho de la corte por lo poco que en ella trabaxa y por lo bien que le va. A eso replicó Sancho: Por ahi echo de ver que somos medio parientes, pues tenemos una misma condicion; porque le juro, mi señor, que en mi vida he comido mejor ni tenido mejor tiempo que desde que estoy con el Arcapampanos; porque á él no se le da más de gastar ocho ó nueve reales cada dia en comer, que á mí de comermelos; y hame dado una cama en que duermo, que juro non de Dios no la tienen mejor las animas del limbo, por más que sean hijas de reyes: solo hay malo que con tanto regalo se me olvidan los negocios de aventuras y peleas. Pero ¿que me dize destos çaragüelles de las Indias? La más mala cosa son que se puede pensar; porque por una parte, si no les poneis treinta agujetas, se os caen por los lados; y por otra, si les poneis todas las que ellos piden, no se comediran á caerse en una necesidad si no las desatais de una en una, aunque se lo supliqueis con el bonete en la mano, por más que os vean con el alma en los dientes traseros, tras que no se puede un hombre con ellos rebullir, ni abaxar á coger del suelo las narizes, por más que se le caigan de mocos. ¡Oh hi de puta, y que bellaca cosa son para segar! No me atreveria yo á segar con ellos doze haças al dia por todo el mundo: yo no sé como pueden los indios segar con ellos ni remecerse sin dar de ojos á cada paso; yo creo que los pajes del Arcapampanos deben de nacer allá en las Indias de Sevilla con estos diablos de pedorreras, segun saltan y brincan con ellas; yo no sé los caballeros andantes si las traian en aquellos tiempos: lo que sé dezir de mí es que todas las vezes que he de mear, he menester quitar una agujeta de delante, y aun despues, con todo eso, por más que haga, se me cae lo medio adentro: linda cosa son çaragüelles de mi tierra, pues si os da, trayendolos, alguna corrença, apenas habeis desatado una laçada cuando ya estan abaxo. Mil vezes le he rogado al Arcapampanos se haga unos para él, como los mios, tan abiertos abaxo como arriba, de buen paño de llori, pues cuando mucho, no le costaran más de veinte reales, y con ellos andará hecho persona; y diziendome que lo hará, nunca veo que lo efetua. Estando en estas razones, sintieron un grande rumor de los pajes que estaban á la puerta; y sosegandolos á todos don Alvaro, mandó asentar á Sancho en el suelo á los pies del Archipampano; tras lo cual entró por la sala el secretario de don Carlos, metido dentro del gigante, el cual traia una espada de palo entintada, de tres varas de largo y un palmo de ancho. Apenas le vió Sancho asomar, cuando dixo á vozes: Ven aqui, señores, una de las más desaforadas bestias que en toda la bestieria se puede hallar: este es el demonio de Tajayunque, que solo para perseguir á mi amo ha más de cuatro meses que ha venido del cabo del mundo; y son tan endiabladas sus armas, que solo para que se las traigan ha menester diez pares de bueyes; y si no, mirenle la espada, con que dizen que suele cortar un ayunque de herrero por medio. Miren pues ¡que hará del pobre mi señor don Quixote! Por las llagas de Dios mande á todos me hagan placer de echarle de aqui con Barrabas, á que vaya á tener guerreacion allá con la muy puerca de su madre; y no piense nos va poco en ello, pues asi partirá de un reves á diez ó doze de nosotros, como yo con un papirote partiria el anima de Judas si delante de mi viniese. Mandole don Quixote callar hasta ver que era lo que queria, pues conforme á ello se le daria la respuesta. Puesto en medio el crecido gigante, dixo con mucha pausa, despues de haber obligado á todos á que le diesen silencio con volver buen rato la cabeça á todas partes: Bien habrás echado de ver, Caballero Desamorado don Quixote de la Mancha, en mi presencia, como he cumplido la palabra que te dí en Çaragoça, de venir á la corte del rey Catolico á acabar delante de sus grandes la singular batalla que de tu persona á la mia tenemos aplaçada. Hoy pues es el dia en que los de tu vida han de acabar á los filos desta mi temida espada, porque hoy tengo de triunfar de ti y hazerme señor de todas tus vitorias, cortandote la cabeça y llevandola conmigo á mi reino de Chipre, do la pienso fixar en la puerta de mi casa con un letrero que diga: «La flor manchega murió á manos de Bramidan.» Hoy es el dia en que, quitandote á ti del mundo, me coronaré pacificamente por rey de todo él, pues no habrá fuerças que me lo impidan; y hoy, finalmente, es el dia en que me llevaré todas las damas que en esta sala y corte estan, á Chipre, para que haga dellas á mi gusto en mi rico y grande reino, pues hoy començará Bramidan, y acabará don Quixote de la Mancha: por tanto, si eres caballero, y tan valeroso como todo el orbe dize, vente luego para mí; que no traigo otras armas ofensivas ni defensivas más que esta sola espada hecha en la fragua de Vulcano, herrero del infierno, á quien yo adoro y reverencio por dios, juntamente con Neptuno, Marte, Jupiter, Mercurio, Palas y Proserpina. Dicho esto, calló; pero no Sancho, que se levantó diziendo: Pues á fe, don Gigantazo, que si os burlais en llamar dioses á todos esos borrachos que dezis, y lo sabe la santa Inquisicion, que en hora mala venisteis á España. Mas don Quixote, lleno de saña y pundonor, se puso de pies en su presencia, y empuñada la espada, con mucha pausa y gravedad començó á dezirle: No pienses ¡oh soberbio gigante! que las arrogantes palabras con que sueles espantar á los caballeros de poco vigor y esfuerço han de ser bastantes á poner un pelo de temor en mi indomito coraçon, siendo yo el que todo el mundo sabe y tú has oido dezir por todos los reinos y provincias que has pasado; y echaráslo de ver en que he venido á esta corte solamente á buscarte, con fin de darte en ella el castigo que ha tantos años que tus malas obras tienen tan merecido; pero ya me parece no es tiempo de palabras, sino de manos, pues ellas suelen ser testigo y prueba de la fineza de los coraçones y del valor de los caballeros. Mas, porque no te alabes de que entre contigo en batalla con ventaja, estando armado de todas pieças, y tú de sola tu espada, quiero, para mayor demostracion de cuan poco te estimo, desarmarme, y pelear contigo en cuerpo y solo tambien con espada; que aunque la tuya, como se ve, es más grande y ancha que la mia, por eso es esta regida y gobernada de mejor y más valerosa mano que la tuya. Volviose á Sancho tras esto, diziendole: Levantate, mi fiel escudero, y ayudame á desarmar; que presto verás la destruicion que deste gigante, tu enemigo y mio, hago. Levantose Sancho, respondiendole: ¿No seria, señor, mejor que todos los que en esta sala estamos, que somos más de docientos, le arremetiesemos juntos, y unos le asiesen de los arrapieços, otros de las piernas, otros de la cabeça y otros de los braços, hasta hazelle dar en el suelo una gran gigantada, y despues le metiesemos por las tripas todas cuantas espadas tenemos, cortandole la cabeça, despues los braços, y tras esto las piernas? Que le aseguro que si despues me dexan á mí con él, le daré más cozes que podran coger en sus faltriqueras, y me lavaré las manos en su alevosa sangre. Haz lo que te digo, Sancho, replicó don Quixote; que no ha de ser el negocio como tú piensas. En fin Sancho le desarmó, quedando el buen hidalgo en cuerpo y feisimo, como era alto y seco y estaba tan flaco, el traer de las armas todos los dias, y aun algunas noches, le tenian consumido y arruinado de suerte, que no parecia sino una muerte hecha de la armazon de huesos que suelen poner en los cimenterios que estan en las entradas de los hospitales. Tenia sobre el sayo negro señalados el peto, espaldar y gola, y la demas ropa, como jubon y camisa, medio pudrida de sudor; que no era posible menos de quien tan tarde se desnudaba. Cuando Sancho vió á su amo de aquella suerte, y que todos se maravillaban de ver su figura y flaqueza, le dixo: Por mi anima le juro, señor Caballero Desamorado, que me parece cuando le miro, segun está de flaco y largo, pintiparado un rocinazo viejo de los que echan á morir al prado. Con esto don Quixote se volvió para el gigante, diziendo: Ea, tirano y arrogante rey de Chipre, echa mano á tu espada, y prueba á que saben los agudos filos de la mia. Hizose, dichas estas razones, dos pasos atrás, y sacando la espada medio mohosa, se fue poco á poco acercando al gigante, el cual, viendole venir, fue prontisimo en sacudir de sus hombros la aparente maquina de papelon que sobre sí traia, en medio de la sala, y quedó el secretario que la sustentaba vestido riquisimamente de muger; porque era mancebo y de buen rostro, y en fin, tal, que cualquiera que no le conociera se podia engañar facilmente. Espantaronse todos los que el caso no sabian; pero don Quixote, sin hazer movimiento alguno, se estuvo quedo, puesta la punta de la espada en tierra, aguardando lo que aquella donzella, que él pensaba ser gigante, dezia; la cual, reconocidos los circunstantes, dixo á don Quixote sin moverse: Valeroso Caballero Desamorado, honra y prez de la nacion manchega, maravillado estarás sin duda de ver vuelto hoy á un tan terrible gigante en una tan tierna y hermosa donzella cual yo soy; pero no tienes que asombrarte; que has de entender que yo soy la infanta Burlerina, si nunca la oiste dezir, hija del desdichado rey de Toledo, el cual, siendo perseguido y cercado del alevoso principe de Cordoba, levantador de falsos testimonios á su propia madrastra, le ha enviado á dezir muchas vezes estos dias, que solo alçaria el cerco y le restituiria todas las tierras que su padre della habia ganado, cuyo campo dicho principe como general regia, si le enviaba luego á su hija Burlerina, que soy yo, para servirse de mí en lo que fuese de su gusto, con condicion de que habia de ir acompañada de doze donzellas, las más hermosas del reino, y juntamente de doze millones de oro fino, el más fino que la Arabia cria, para ayuda de los gastos que en la guerra y cerco habia hecho, jurando, si no lo cumplia, por los dioses inmortales, de no dexar en Toledo persona viva ni piedra sobre piedra. Viendose reducido el afligido de mi padre á tanta necesidad, y que no podian sus fuerças resistir á las del contrario, sino que le era forçoso morir él y todos sus vasallos en las crueles manos de tan poderoso enemigo, ó condecender con su inica condicion, le envió á dezir le diese cuarenta dias de plaço para buscar en ellos las doze donzellas que pedia y aquella gran suma de dinero, y que si pasado dicho termino no acudia con dicha cantidad executase en su reino el rigor con que le amenaçaba. Constandoles pues ¡oh invicto manchego! á un tio mio, grande encantador y nigromantico, notable aficionado tuyo, llamado el sabio Alquife, el gran peligro en que mi padre, su hermano, y yo su sobrina, estabamos, hizo un fortisimo encantamiento, metiendome en este aparente gigante que aqui está tendido, y enviandome encubierta en él, por asegurar asi mi honestidad, á buscarte á tí por todo el mundo, sin dexar reino, insula ó provincia en que no te haya buscado; y fue tanta mi ventura, que hallandote en Çaragoça, no hallé mejor medio para sacarte de alli y traerte á esta corte, que solo dista doze leguas de Toledo, que fingir el aplaçado desafio: por tanto, oh magnanimo principe, si hay en tí algun rastro de piedad y sombra del infinito amor que á la ingrata infanta Dulcinea del Toboso tuviste, aunque ya eres el Caballero Desamorado, por las leyes de amistad que á mi tio Alquife debes, y por lo que las esperanças que en ti he puesto merecen, te suplico que, dexadas aparte todas las aventuras que en esta corte se te pueden ofrecer, y todas las honras que en ella sus principes te hazen, acudas luego conmigo á la defensa y amparo de aquel afligido reino, para que entrando en singular batalla con el maldito principe de Cordoba, le venzas, y dexes libre de su tirania á mi venerable padre, pues te juro y prometo por el dios Marte, de ser yo mesma el premio de tus trabajos. Calló, dichas estas razones, aguardando las que don Quixote le daria de respuesta; pero Sancho, que estaba totalmente maravillado, antes que su amo respondiese, dixo: Señora reina de Toledo, no tiene v. m. que jurar por el dios Martes ni Miercoles; que mi amo irá sin falta á matar á ese bellaconazo del principe de Cordoba, y yo sin falta iré con él: por el tanto vayase un poco delante, y digale al señor su padre como ya vamos, que nos tenga bien de cenar, y que á ese principillo nos le tenga para cuando lleguemos, muy bien atado á un poste, en cueros; que yo la aseguro, si lo haze, de hazerle con esta pretina que se acuerde mientras viva del nombre suyo, y aun de los de su padre y madre. Dió á todos notable gusto la disparatada respuesta de Sancho; pero suplió su simplicidad el peso de la que dió don Quixote, diziendo á la dama: Por cierto, señora infanta Burlerina, que no os ama ni estima quien asi os haze andar, en lo que yo, por más que sea mi grande amigo el sabio Alquife vuestro tio, pues con menos prevenciones las hiziera yo para defender el reino de su hermano vuestro padre, rey de Toledo, obligado de lo que le debo; pero ya que se interpone el peligro de la libertad de vuestra noble y hermosisima persona, mayores seran las obligaciones que me moveran á acudir con gusto al remedio de la referida necesidad: por tanto respondo que iré en persona á dar favor y socorro á vuestro padre. Lo que queda que hazer es, que veais cuando y como quereis que partamos; que pronto y dispuesto estoy yo de mi parte para ir luego con vos, para hazeros vengada de ese tirano principe que dezis; que ya nos conocemos los dos, y aun deseo esta ocasion para que vea á que saben mis manos; que desafiado le tengo; pero cual cobarde ha huido dellas. El principe Perianeo, viendo la nueva aventura que se le habia ofrecido á don Quixote, y lo presto y bien que don Alvaro habia entablado con el secretario de don Carlos el modo con que se podia facilitar el llevar á la casa del Nuncio de Toledo á don Quixote, le dixo: Desde aqui desisto, señor Caballero Desamorado, de la pretension de la infanta Florisbella de Grecia, sin querer entrar en batalla con quien puede dar seguridad de vitoria á reinos enteros, estando aun ausente; y asi, en publico me doy por vencido dese valor, con no poca gloria de v. m., corrimiento mio y contento del principe don Belianis de Grecia. Holgó mucho don Quixote destas razones, y agradecioselas, dandosele por amigo, y lo mismo Sancho, que deseaba se excusase esta pendencia; el cual por mandado del Archipampano se levantó y fue con mucho respeto por la infanta Burlerina, trayendosela por la mano, de cuya vista rieron los caballeros y damas en extremo, conociendo era el secretario de don Carlos, y no muger, como pensaba don Quixote y su escudero, que viendo la risa de todos, no pudiendo sufrirla, dixo: ¿De que se rien ellos y ellas, cuerpo non de quien las parió? ¡Nunca han visto á una hija de un rey puesta en trabajo! Pues sepan que cada dia nos topamos yo y mi amo con ellas por esos caminos, y si no, digalo la gran reina Segovia. Lo que vs. ms., señoras, han de hazer, es tenerse por dicho que ha de dormir esta infanta con una de vs. ms. esta noche; si no, ahi está mi cama á su servicio, que le beso las manos. Levantaronse todos tras estas razones á cenar, desapareciendo el secretario. Hubo gran cena, y mucha continuacion en ella de los disparates de don Quixote y de Sancho; pero alabaron todos el parecer del Archipampano cuando supieron trataba de enviar á Toledo á curar en la casa del Nuncio á don Quixote; y volviendose á sus casas en los coches, como habian venido, se quedó en la del Archipampano Sancho, como solia, y Barbara y don Quixote se fueron con don Carlos y don Alvaro á la del principe Perianeo, el cual apenas estuvo en ella, cuando tomó tan á pechos el persuadir á Barbara se recogiese en una casa de mugeres de su calidad, supuesto le estaba tan bien y era gusto del Archipampano, que salia á pagar la entrada y á darle suficiente renta con que pasar la vida todo lo que le durase, que ella, convencida de sus buenas razones, y conociendo cuan mal le estaba volver á Alcala, do ya todos sabian su trato, tras verse sin tener que comer ni partes para ganarlo con ellas, dió con no poca alegria el sí de hazer lo que se le pedia y perseverar donde quiera que la pusiesen, con que se efetuó su recogimiento dentro de dos dias, sin que don Quixote pudiese entendello; y cuando la hallaron menos sus diligencias, le persuadieron que las de sus vasallos habian podido sacarla encubierta secretamente de la corte y volverla á su reino.

CAPITULO XXXV

De las razones que entre don Carlos y Sancho Pança corrieron acerca de que él se queria volver á su tierra ó escribir una carta á su muger.

Estaba ya don Carlos en vigilia de celebrar las bodas de su hermana con el titular, y queria por gusto del Archipampano y mayor solemnidad dellas, tener de asiento en Madrid á Sancho; y asi, para obligarle á que, trayendo alli su muger, no pensase más en su tierra, le dixo un dia que se halló con él en casa del Archipampano: Ya sabeis, mi buen Sancho, el deseo que de vuestro bien he tenido desde que os vi en Çaragoça, y el cuidado con que os regalé de mi mano en la mesa la primer noche que entrastes en mi casa, y cuanta merced os han hecho siempre en ella mis criados, particularmente el cocinero coxo: pues habeis de saber que lo que me ha movido siempre á esto, ha sido el veros tan hombre de bien y de buenas entrañas, teniendo lastima de que una persona de vuestra edad y buenas partes padeciese, y más en compañia de un loco tal cual es don Quixote, en la cual, por serlo tanto, no podiades dexar de dar en mil desgracias, porque sus locuras, desatinos y arrojamientos no pueden prometer buen suceso á él ni á quien le acompañare; y no digo cosa de que ya no tengais experiencia vos desde el año pasado; y si no, dezidme: ¿que sacastes de las antiguas aventuras, sino muchos palos, garrotazos, malas noches y peores dias, tras mucha hambre, sed y cansancio, tras veros manteado de cuatro villanos, con tantas barbas como teneis? ¡Pues monta, que es menos lo que habeis padecido en esta ultima salida! en la cual las insulas, peninsulas, provincias y gobernaciones que habeis conquistado vos y vuestro amo, son haber sido terrero de desgracias en Ateca, blanco de desdichas en Çaragoça, recreacion de picaros en la carcel de Sigüença, irrision de Alcala, y ultimamente mofa y escarnio de esta corte. Pero pues ha querido Dios que entraseis en ella al fin de vuestra peregrinacion, agradecedselo; que sin duda lo ha permitido para que se rematasen aqui vuestros trabajos, como lo han hecho los de Barbara, que recogida en una casa de virtuosas y arrepentidas mugeres, está ya apartada de don Quixote, y pasa la vida con descanso y sin necesidad, con la limosna que le ha hecho de piedad el Archipampano, la cual es tan grande, que no contentandose de ampararla á ella, trata de hazer lo mesmo con vuestro amo; y asi le perdereis presto, mal que os pese, porque dentro de cuatro dias lo envia á Toledo con orden de que le curen con cuidado en la casa del Nuncio, hospital consignado para los que enferman del juizio, cual él; y no contenta su grandeza en amparar á los dichos, trata con mis veras y mayor amor de ampararos á vos más de cerca, y de las puertas adentro de su casa, en la cual os tiene con el regalo, abundancia y comodidad que experimentais tantos dias ha: lo que queda que hazer es que vos de vuestra parte procureis conservaros en la privanza que estais, que es notable, como lo es lo que él, su muger y casa os aman, de la cual no saldreis vos y vuestra muger Mari-Gutierrez mientras vivais, á quien de mi consejo habeis de traer á ella, enviandola á buscar; que yo daré mensagero seguro y pagaré los gastos, pues gustará dello y de teneros en este palacio el Archipampano, dandoos en él á ambos un cuarto y salario y muy honrada racion todos los dias de vuestra vida, con que la pasareis alegre y descansadamente en uno de los mejores lugares del mundo: por tanto, lo que habeis de hazer es condecender con lo que os pido, y darme en breve la respuesta cual merece el celo que de vuestro bien tengo. Calló don Carlos dichas estas razones, y despues de haber estado Sancho suspenso un buen rato de oillas, le respondió á ellas: Muy grande es por cierto, señor don Carlos, el servicio que v. m. y el Arcadepampanos me ha hecho estos dias, si bien les pido perdon dello, por si acaso no ha sido tanto como yo merezco; que eso ya me lo veo, y no me lo podran pagar con cuanta moneda tienen todos los ropavejeros desta tierra, pero con todo se lo agradezco, y ahi estan para hazelles merced en la Argamesilla veinte y seis cabeças de ganado que tengo, dos bueyes, y un puerco tan grande como los de por acá, el cual habemos de matar, si Dios quiere, para el dia de San Martin, para el cual estará hecho una vaca: asi que digo que para respondelle me dé, si le parece, algunos meses de termino; que no son cosas estas de mudar de tierra que se hayan de hazer de repente: lo que yo haré será ir á comunicallo con mi Mari-Gutierrez, ó cuando mucho, le escribiré cuanto v. m. me dize; y si ella dize con una mano que sí, yo diré lo mesmo con ambas de bonisima gana: busque pues v. m. tinta y papel, si le parece, y escribamosla luego al punto una carta, en que se le diga como el Ave Maria todo eso; y digo escribamos porque harto haze quien haze hazer; que yo por mis pecados no sé escribir más que un muerto, aunque tuve un tio que escribia lindamente; pero yo sali tan grandisimo bellaco, que cuando siendo muchacho me enviaban á la escuela, me iba á las higueras y viñas á hartarme de uvas y higos, y asi sali mejor comedor dellos que no escribanador. Quedó contento de la respuesta don Carlos, y difirieron el escribir la carta hasta despues de comer; y habiendolo hecho con el Archipampano le dixo sobre mesa don Carlos como ya tenia el sí de Sancho en lo que era traer á la corte su muger, si á ella le parecia, y que solo faltaba el escribirselo, y que asi, traxesen tinta y papel para que alli fuese secretario de la carta que le habia de dictar Sancho. Traxose todo al punto, y apenas habia empeçado don Carlos á doblar el pliego, cuando le dixo Sancho: ¿Saben, señores, lo que me parece? Que á fe mia que seria harto mejor y más acertado volverme yo á mi casa y quitarme de aquestos cuentos, pues ha que sali della cerca de seis meses, andandome hecho un haragan tras de mi señor don Quixote por unos tristes nueve reales de salario cada mes; si bien hasta agora no me ha dado blanca, lo uno porque dize dará el rucio en cuenta y lo otro porque harto me pagará, pues me ha de dar la gobernacion de la primera insula ó peninsula, reino ó provincia que ganare; pero pues á él le llevan vs. ms., como ha dicho don Carlos, á ser nuncio de Toledo, y yo no puedo ser de iglesia, desde agora renuncio todos los derechos y pertinencias que en cuanto conquistare me pueden pertenecer por herencia ó tema de juizio, y me determino volver á mi tierra agora que viene la sementera, en que puedo ganar en mi lugar cada dia dos reales y medio y comida, sin andarme á caça de gangas: por tanto, burlas aparte. V. m., señor Arcapampanos, me mande volver luego mis çaragüelles pardos, y tome allá estos suyos de las Indias (¡quemados ellos sean!) y denme juntamente mi sayo y la otra caperuça, y adios, que me mudo; que yo sé que mi Mari-Gutierrez y todos los de mi lugar me estaran aguardando; que me quieren como la lumbre de sus ojos. ¿Quien me mete á mí con pajes, que no me dexan en todo el dia, sin otros demonios de caballeros, que no hazen sino molerme con Sancho acá, Sancho acullá? Y aunque aqui se come lindamente, si no siempre con la boca, á lo menos siempre con los ojos, todavia lo que son salarios se paga muy mal, y muchas vezes veo que se fingen culpas en los criados para negarselos ó quitarles la racion ó despedillos mal pagados; y cuando no suceda en salud, es cierto que en enfermedad no hay señor que mande ni mayordomo que execute obra de caridad con los pobres criados: en fin, bien dizen los picaros de la cocina que la vida de palacio es vida bestial, do se vive de esperanças y se muere en algun hospital: ello es hecho, señor don Carlos; no hay que replicar; que mañana, en resolucion, pienso tomar las de Villadiego: verdad es que si el señor Arcapampanos me asegurase un ducado cada mes y dos ó tres pares de çapatos por un año, con cedula de que no me lo habia de poner despues en pleito, y v. m. saliese por fiança dello, sin duda ternia moço en mí para muchos dias: por eso, si lo determina hazer, no hay sino efetuarlo, y encomendarme su par de mulas, y dezirme cada noche lo que tengo de hazer á la mañana, y adonde tengo de ir á arar ó á dar tal vuelta á tal ó tal rastrojo, y de lo demas dexeme el cargo á mí, que no se descontentará de mi labor: verdad es que tengo dos faltas; la una es que soy un poco comedor, y la otra que para despertarme á las mañanas, algunas vezes es menester que el amo se llegue á la cama y me dé con algun çapato; que con eso despierto luego como un gamo, y echado de comer á mi vientre y á las mulas, voy á la fragua á sacar la reja, alço los fuelles mientras el herrero la machaca, vuelvome á casa una hora antes que amanezca, cantando por el camino siete ó ocho siguidillas que sé lindisimas, do por refrigerar el aliento pongo á asar cuatro cabeças de ajos, tomandolas con dos ó tres vezes de la bota que tengo de llevar á la labrança; y á la que alborea, subo, hecha esta prevencion, en la mula castaña que está mas gorda... Y de alli iba á proseguir; pero atajole don Carlos, maravillado de su simple discurso, y dixole: Ello se ha de hazer puntualmente lo que os tengo aconsejado, pues se os cumpliran todas las condiciones que pedis. A fe que lo dudo, replicó Sancho, de quien no tuvo vergüença de tomar de un escudero como yo dos reales y medio por la primer cena que me dió, y asi no quiero nada con él, sino que Dios le eche á aquellas partes en que más de él se sirva. Dixole el Archipampano, viendo que dezia las dichas razones por él: Estad cierto, Sancho, que cumpliré cuanto en mi nombre os ha prometido el señor don Carlos, mejor de lo que vos lo sabreis desear, y estad cierto de que no os faltará en mi casa la gracia de Dios. La gracia de Dios, dixo Sancho, es en mi tierra una gentil tortilla de huevos y torreznos, que la sé yo hazer á las mil maravillas, y aun de los primeros dineros que Dios me depare, he de hazer una para mí y el señor don Carlos, que nos comamos las manos tras ella. Mucho gustaré de comella, respondió don Carlos; pero ha de ser con condicion de que por amor de mí os pongais sombrero, como lo usamos en la corte, y dexeis la caperuça. En todos los dias de mi vida, replicó Sancho, no he gustado de sombreros, ni sé á que saben, porque se me asienta la caperuça en la cabeça que es bendición de Dios, porque en fin es bonisimo potage, pues si hace frio, se la mete el hombre hasta las orejas, y si aire, se cubre con su vuelta el rostro, cual si llevara un papahigo, yendo tan seguro de que se le caiga, como lo está la rueda de un molino de moverse, y no se bambalea á todas partes, como lo hazen los sombreros, que si les da un torbellino ruedan por esos campos cual si les tomara la maldicion; y más que cuestan doblado una dozena dellos que media de caperuças, pues no pasa cada una dellas de dos reales y medio con hechura y todo. Bien parece, Sancho, le dixo el Archipampano, que conoceis la necesidad que tengo de vos, y que no tengo de reparar en cosa á trueque de que quedeis en mi casa, pues pedis tantas gullorias: pero para que conozcais mi liberalidad, mañana os mandaré pagar dos años de salario adelantados á vos y á vuestra muger y en llegando ella os vestiré á ambos muy de pascua. Beso á v. m. las manos, le respondió Sancho, por ese buen servicio. Agora solo resta saber si las tierras de v. m. que tengo de sembrar este otoño estan lexos; tras que, como no las sé, será menester ir á ellas el domingo que viene, y tambien conocer las mulas y saber qué resabios tienen, y si tienen buenas coyundas y todo el demas aparejo; porque no quiero diga despues de mí v. m. que soy descuidado. Todo está, Sancho, le replicó don Carlos de la manera que deseais; lo que se ha de hazer es que escribamos la carta á vuestra muger. Escribamos por cierto, respondió él, con la bendicion de Dios; pero v. m. advierta que ella es un poco sorda, y será menester que la escribamos un poco recio para que la oiga. Haga la cruz y diga: «Carta para Mari-Gutierrez mi muger, en el Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso.» Ahora bien, digale que con esto ceso, y no de rogar por su anima. ¡Que es lo que dezis, Sancho! le dixo don Carlos, aun no le habemos dicho cosa, ¡y ya dezis: Con esto ceso! Calle, respondió él; que no lo entiende: ¿quiere saber mejor que yo lo que tengo de dezir? El diablo me lleve si no me ha hecho quebrar el hilo que llevaba, con la más linda astrologia que se podia pensar; pero diga, que ya me acuerdo, «Habeis de saber que desde que yo sali del Argamesilla hasta agora no nos hemos visto; mi salud dizen todos que es muy buena; solo me duelen los ojos de puro ver cosas del otro mundo, plegue á Dios que tal sea de los vuestros. Avisadme de como os va del beber, y si hay harto vino en la Mancha para remediaros la sed que mi presencia os causa, y mirad por vida vuestra escardeis bien el huertecillo, de las malas hierbas que le suelen afligir. Enviadme los çaragüelles viejos de paño pardo que estan sobre el gallinero, porque acá me ha dado el Arcapampanos unos çaragüelles de las Indias, que no me puedo remecer con ellos: guardarlos he para vos, que quiçás se os asentaran mejor, y más que sin mucho trabajo traereis guardado el hornillo de vidrio, pues tienen por delante una puerta que se cierra y abre con una sola agujeta. Si quereis venir, ya os tengo dicho lo que nos dará el Arcapampanos cada mes de salario; y asi, os mando que antes que esta carta salga de aqui, os vengais á servir á la Arcapampanesa, trayendo todos los bienes muebles y raizes con vos, que ahi estan, sin dexar un palmo de tierra ni una sola hoja del huerto; y no me seais repostona, que me canso ya de vuestras impertinencias, y tanto será lo de más como lo de menos; y no os haya de dezir, como acostumbro, con el palo en la mano: Jo, que te estriego, burra de mi suegro.» Volviose, escritas estas razones, á don Carlos, diziendole: Sepa v. m., señor, que las mugeres de hogaño son diablos, y en no dandoles en el caletre, no haran cosa buena si las queman. Pues á fe que lo ha de hazer, ó sobre eso oxte, morena. Esto dixo quitandose el cinto, y tomandole en la mano con mucha colera, añadiendo que él sabia de la suerte que se habia de tratar Mari-Gutierrez, mejor que el papa. Maravillado estaba el Archipampano y cuantos en la sala asistian, de ver tan natural simpleza, y aun aguardaban á cuando habia de dar con el cinto á don Carlos; pero sin hazerlo prosiguió diziendo: «Ya os digo, Mari-Gutierrez, que estaremos aqui lindamente; que aunque vos seais enemiga de estar en casa de estos hidalgotes, todavia el Arcapampanos está tan hombre de bien, que me ha jurado que en estando vos aqui, nos vestirá á ambos y nos dará el salario de dos años adelantado, que es un docado por bestia cada mes, el uno á mí y el otro á vos: mirad pues, si por lo menos vivimos mil meses, si ternemos harto dinero. Del señor don Quixote solo os digo que está mas valiente que nunca, y le han hecho nuncio de Toledo: si le habeis menester, en dichas casas le hallareis, y no poco acompañado, cuando paseis por alli: la Arcapampanesa, vuestra ama, con quien habeis de estar, os besa las manos y tiene más deseo de escribiros que de veros: es muger muy honrada, segun dize su marido, si bien á mí no me lo parece, por lo que la veo holgazana, pues desde que estoy aqui jamas le he visto la rueca en la cinta. Rocinante me dizen está bueno y que se ha vuelto muy persona y cortesano: no creo lo sea tanto el rucio, ó á lo menos no lo muestran sus pocas razones, si ya no es que calla, enfadado de estar tanto tiempo en la corte.»

Pareceme que no hay más que escribir, pues aqui se le dize cuanto le importa, tan bien como se lo podria decir el mejor boticario del mundo, y yo trasudo de puro sacar letras del caletre. Ved vos, Sancho, dixo don Carlos, si quereis dezille otra cosa; que aqui estoy yo para escribillo, pues hay harto papel, gloria á Dios. Cierrela, respondió Sancho, y horro Mahoma. Mal se puede cerrar, replicó don Carlos, carta sin firma, y asi dezid de que suerte soleis firmar. ¡Buen recado se tiene! respondió Sancho: sepa que no es Mari-Gutierrez amiga de tantas retoricas: no hay que firmar para ella, que cree bien firme y verdaderamente todo lo que tiene y cree la santa madre Iglesia de Roma, y asi, no necesita ella de firma ni firmo. Leyose la carta, hecho esto, en voz alta, con increible risa de los circunstantes y atencion del mismo Sancho, á quien dixo el Archipampano luego: ¿Como llevará don Quixote el quedaros, Sancho, vos en mi casa? que no querria se enojase y viniese despues á ella desafiandome á singular batalla, con que mal de mi grado me obligase á hazeros volver con él. No tenga v. m. miedo, respondió Sancho; que yo le hablaré claro antes que vaya á Toledo, y le volveré su rucio, la maleta y juntamente el desaforado guante del gigante Bramidan, que puse guardado en ella la noche que él se le arrojó desafiandole en casa del señor don Carlos, para que le vuelva á la infanta Burlerina, ó le dé en presente el arçobispo cuando entre por nuncio en Toledo; que yo no quiero nada de nadie; y más que le diré se vaya con Dios, pues desde aqui al dia del juizio reniego de las peleas, sin querer más cosa con ellas; pues tan pelado y apaleado salgo de sus uñas, cual saben mis pobres espaldas; y libré tan mal habrá dos meses en una venta, que por poco me hizieran volver moro unos comediantes, y aun me circuncidaran, si no les rogara con vivas lagrimas no tocasen en aquellos arrabales, pues seria tocar á las niñas de los ojos de Mari-Gutierrez; y despues me costó muy gentiles golpes la defensa de un ataharre que mi amo llamaba preciosa liga; y aunque él me quiere tanto, que entiendo me dará lo que me tiene prometido, que es la gobernacion de algun reino, provincia, insula ó peninsula, todavia diré mañana como no puedo ir allá con él, por estar ya concertado con v. m., y que lo que podrá hazer será enviarmela, que tan hombre seré para gobernalla acá como allá. ¿Pero sabe v. m. que me parece? Que pues para de aqui al Argamesilla no se hallará mensajero cierto, será acertado que yo, que sé el camino, lleve la carta, pues le aseguro que no haré más de darle fielmente en manos de mi muger, y volverme luego. Pues para eso, Sancho, dixo el Archipampano, ¿que era menester escribirla, si vos habiais de ir allá en persona? No cuideis della; que yo buscaré quien la lleve con brevedad, y traiga luego respuesta, aunque dudo sea ella tan elegante como vuestra carta, en que mostrais haber estudiado en Salamanca toda la sciencia escribal que alli se profesa, segun la habeis enriquecido de sentencias. No he estudiado, respondió Sancho, en Salamanca; pero tengo un tio en el Toboso, que hogaño es ya segunda vez mayordomo del Rosario, el cual escribe tan bien como el barbero, como dize el cura; y como yo he ido muchas vezes á su casa, todavia me he aprovechado algo de su buena habilidad; porque, como dizen, ¿quien es tu enemigo? el de tu ofizio; en la arca abierta siempre el malo peca: y finalmente, quien hurta al ladron harto digno es de perdon; y asi dél sé escribir cartas; y si le he hurtado algo de lo que él sabe desto, como se ve en ese papel, no importa; que bien me lo debia, pues dia y medio anduve á segar con él, y lleve el diablo otra blanca me dió sino un real de á cuatro; y á mi muger, que fue á escardar doze dias en su heredad el mes de março, no le dió sino un real amarillo que no sabemos cuanto vale: por eso estoy yo mejor con los cuartos y ochavos, que son moneda que corre, y los han de tomar hasta el mismo rey y papa, aunque les pese. Levantaronse en esto de la mesa para salir á pasearse, dexando el Archipampano orden al secretario, de que enviasen él y el mayordomo luego dos criados con aquella carta al Argamesilla, con mandato de que no viniesen sin la muger de Sancho en ningun caso, procurando traerla regalada y con brevedad. Hizose asi. Llegó Mari-Gutierrez á la corte con ellos dentro de quinze dias, do la recebió Sancho con donosos favores, y el Archipampano fue el señor más bien entretenido que habia en la corte aquellos dias; y no solo él, sino muchos della, con toda su casa, tuvieron alegrisimos ratos de conversacion y pasatiempo muchos meses con Sancho y su Mari-Gutierrez, que no era menos simple que él. Los sucesos destos buenos y candidos casados remito á la historia que dellos se hará andando el tiempo, pues son tales que piden de por sí un copioso libro.

CAPITULO XXXVI Y ULTIMO

De como nuestro buen caballero don Quixote de la Mancha fue llevado á Toledo por don Alvaro Tarfe, y puesto alli en prisiones en la casa del Nuncio, para que se procurase su cura.

Cuando tuvo aprestada su vuelta para Cordoba don Alvaro, y estuvo despedido de todos los señores de quienes tenia obligacion hazello en la corte, traçó la noche antes de la partida, que, para arrancar della á don Quixote, entrase un criado del Archipampano en casa cuando acabasen de cenar, vestido de camino y con galas, como que venia de Toledo en nombre de la infanta Burlerina á buscarle, para que fuese en su compañia luego con toda diligencia á decercar la ciudad, y libralla de las molestias que le hazia el alevoso principe de Cordoba. Tuvole tan bien instruido, asi de lo que habia de hazer y dezir á don Quixote cuando le diese el recado, como por el camino y en Toledo (donde por orden del Archipampano le habia de acompañar, para mayor encubrir el engaño, y traerle nuevas dél y del modo que quedaba), que llegando la señalada noche y hora, á la que acababan de cenar en casa del principe Perianeo con él en su mesa don Carlos, don Quixote y don Alvaro, apenas él hubo dado aviso á don Quixote de como se partia el dia siguiente para Cordoba, diziendole si mandaba algo para Toledo, donde habia de pasar, cuando entró por la sala el dicho paje del Archipampano, gallardamente adereçado, el cual, despues de haber saludado cortesmente á todos los circunstantes, se volvió á don Quixote y le dixo: Caballero Desamorado, la infanta Burlerina de Toledo, cuyo paje soy, te besa las manos humildemente y suplica cuan encarecidamente puede, que te sirvas de partir mañana sin falta conmigo, á la ligera y sin ruido, á la gran ciudad de Toledo, donde ella y su afligido padre y lo mejor y más lucido del reino te está por momentos aguardando, pues no faltan más de tres dias para cumplirse los cuarenta que el enemigo principe de Cordoba les tiene dado de plaço para deliberar ó la entrega de la ciudad, ó el rendimiento de las inhumanas parias que les tiene pedido; y si tú con tu valeroso braço no los socorres, sin duda seran miserablemente todos muertos, la ciudad saqueada, quemados los templos, y los cimientos de torres y las almenas ocuparan las alegres calles, sirviendoles sus piedras de calçada y empedrado. La infanta mi señora, y el Rey, por cierto postigo que el enemigo no sabe, te estan esperando con todos los mejores caballeros de su corte, para que otro dia antes que amanezca, tocando de repente al arma, con la voz y favor de Santiago les demos, cogiendolos descuidados, un asalto tal que quede el enemigo, como sin duda lo quedará, vencido, y tú vencedor; tras lo cual serás, si te pareciere, aunque sea corto premio de tus inauditas grandezas, casado con la hermosisima infanta Burlerina, la cual ha desechado á otros muchos hijos de reyes y principes, solo por casar contigo: por tanto, valeroso caballero, vete luego á reposar para que, tomando la mañana, lleguemos á buena hora á la imperial ciudad de Toledo, que espera tu favor por momentos. Don Quixote con mucha pausa le respondió, diziendo: A muy buen tiempo habeis llegado, venturoso paje, pues podré ir en esta ocasion acompañando al señor don Alvaro, que me acaba de dezir que tambien por la mañana ha de partir para Toledo: por tanto no hay sino que adereceis todo lo necesario para que en amaneciendo partamos juntos, y pueda yo llegar con tan honrada compañia á socorrer al Rey vuestro señor y á la infanta Burlerina, sobrina del sabio Alquife, mi buen amigo. Verdad es que no soy de parecer de que se me trate de eso que dezis, de casarme con dicha infanta despues de vencido y muerto el alevoso principe de Cordoba, su contrario, y saqueado su campo; que en efecto, siendo conocido en el mundo por Caballero Desamorado, no será razon que ande en amores hasta pasar primero algunas dozenas de años, pues podria suceder, como ha sucedido muchas vezes á otros caballeros andantes, que andando yo por tanta y tan varia multitud de reinos y provincias, me encontrase y aun enamorase de alguna infanta de Babilonia, Transilvania, Trapisonda, Tolomaida, Grecia ó Constantinopla; y si esto me sucede, cual confio, desde aquel dia me tengo de llamar el Caballero del Amor, pues pasaré notables trabajos, peligros y dificultades por el que á dicha infanta tendré, hasta que despues de haber librado su reino ó imperio del fortisimo enemigo que le tendrá cercado, le descubriré mi amor á dicha infanta en su mismo aposento, do entraré bien armado con atentados pasos por un jardin, guiado por una sabia camarera suya, una noche obscura; y si bien al principio, por ser pagana, se açorará de oirme soy cristiano todavia, prendada de mis partes y obligada de las razones con que le persuadiré la verdad de nuestra santa religion, se casará conmigo con publicas fiestas, bautizada ella y todo su reino; pero sucederme han tales y tan notables guerras por ciertos motines de invidiosos vasallos, que daran bien que contar á los historiadores venideros. Viendo don Alvaro que ya començaba á disparatar, se levantó diziendo: Vamonos á reposar, señor don Quixote, porque hemos de madrugar mucho para llegar con tiempo á Toledo, por lo que hay de peligro en la tardanza. Y dicho esto, se volvió al paje diziendole: Y vos, discreto embaxador de la noble infanta Burlerina, idos luego á cenar, y despues á acostar en la cama que el mayordomo os señalare. Saliose el paje de la sala, y con él los demas, yendose todos á sus camas sin reparar don Quixote más en Sancho que si nunca le hubiera visto, que fue particular permision de Dios: verdad es que la mañana, en levantandose, á la que ensillaban los criados de don Alvaro y paje del Archipampano, preguntó por el escudero; mas divirtiole el humor don Alvaro diziendole que no cuidase dél; porque ya se aprestaba para seguirles, y que poco á poco se vernia detras, como otras vezes solia. Tras esto y tras almorzar bien y despedirse del principe Perianeo y de don Carlos, se salieron de la corte y caminaron para Toledo, ofreciendoseles por el camino graciosisimas ocasiones de reir, particularmente en Getafe y Illescas. Llegados á la vista de Toledo dixo don Quixote al paje de la infanta Burlerina: Pareceme, amigo, que seria bien antes de entrar en la ciudad, dar una gentil rociada al campo del enemigo, pues vengo yo bien armado, y él muestra estar descuidado del açote que tan cerca tienen sobre sí sus arrogancias en mi esfuerço, pues seria empezar á hazerle baxar la cresta, que tan engreida tiene. El paje le respondió: El orden, señor, que del Rey é Infanta traigo es que sin rumor alguno vamos adonde nos estan esperando. Discretisimo es ese orden, añadió don Alvaro, pues no hay duda sino que seria poner en contingencia la vitoria, si les diese v. m. la menor ocasion del mundo para prevenirse, y tendrian la grande de hazello con el rumor que hariamos, pues es cierto que en sintiendonos, darian aviso las despiertas centinelas de que hay enemigos. Digo, dixo don Quixote, que quiero seguir ese parecer como más acertado, pues por lo menos me asegura de que los cogeré de repente; y asi vos, paje de la infanta Burlerina, guiad por donde habemos de entrar sin ser sentidos; pero id prevenido de que si solos somos, tengo de hazer antes que entre en la ciudad una sanguinolenta riça destos andaluzes paganos que se han atrevido á llegar á los sacros muros de Toledo. El paje fue caminando un poco adelante, guiando derecho hazia la puerta que llaman del Cambron, dexando á la mano izquierda la de Visagra. Mas como don Quixote no viese rumor de gente de guerra al rededor de la ciudad, y viese por otra parte entrar y salir libremente por la puerta de Visagra todos cuantos querian, dixo maravillado al paje: Dezidme, amigo, el principe de Cordoba ¿donde tiene asentado su campo, que no veo por aqui ningun aparato de guerra? Señor, respondió él, es astuto el enemigo, y asi se ha alojado á la otra parte del rio, adonde nuestra artilleria no le puede hazer mal ni ofender. Por cierto, dixo don Quixote, que él sabe poco del arte militar, pues no echa de ver el necio que dexando estas dos puertas libres y desembaraçadas, pueden los de adentro meter facilmente los socorros y provisiones que les pareciere, como en efeto lo meten todo hoy con sola mi entrada; pero en fin, no todos saben todas las cosas. Entraron por la puerta del Cambron, como digo, y don Quixote iba por las calles mirando á todas partes cuando y por donde le saldrian á recebir el Rey, Infanta y grandes de la corte. Don Alvaro fingió á la entrada del lugar que se queria quedar á aguardar á Sancho, por poderse entrar libremente y sin el acompañamiento de muchachos que don Quixote llevaba, en la posada do habia de aposentarse, como en efeto lo hizo, enviando dos ó tres criados suyos en compañia del paje del Archipampano y de don Quixote, con los cuales, y con una multitud increible de niños que le seguian viendole armado, llegó el triste sin pensar á las puertas de la casa del Nuncio, y quedandose en ellas para su guarda los criados de don Alvaro, se entró solo con él y un moço de mulas que le tuvo á Rocinante. El paje del Archipampano, en apeandose, dixo á don Quixote: V. m., señor caballero, se esté aqui mientras subo arriba á dar cuenta á la señora Infanta de su secreta y deseada venida. Y subiendose una escalera arriba, se quedó solo en medio del patio don Quixote, y mirando á una parte y á otra, vió cuatro ó seis aposentos con rejas de hierro, y dentro dellos muchos hombres, de los cuales unos tenian cadenas, otros grillos, y otros esposas, y dellos cantaban unos, lloraban otros, reian muchos y predicaban no pocos, y estaba en fin alli cada loco con su tema. Maravillado don Quixote de verlos, preguntó al moço de mulas: Amigo, ¿que casa es esta? O dime ¿por que estan aqui estos hombres presos, y algunos con tanta alegria? El moço de mulas, á quien ya habian instruido don Alvaro y el paje del Archipampano de cómo se habia de haber con él, le respondió: Señor caballero, v. m. ha de saber que todos estos que estan aqui son espias del enemigo, á los cuales habemos cogido de noche dentro de la ciudad, y los tenemos presos para castigarlos cuando nos diere gusto. Prosiguió don Quixote preguntandole: ¿Pues como estan tan alegres? Respondiole el moço: Estanlo tanto porque les han dicho que de aqui á tres dias se entrega la ciudad al enemigo, y asi la esperada vitoria y libertad les haze no sentir los trabajos presentes. Estando en esto, salió de un aposento con un caldero en la mano un moço, el cual era de los locos que iban ya cobrando un poco de juizio, y cuando oyó lo que el moço de mulas habia dicho á don Quixote, dió una grandisima risada, diziendo: Señor armado, este moço le engaña, y sepa que esta casa es la de los locos, que llaman del Nuncio, y todos los que estan en ella estan tan faltos de juizio como v. m.; y si no, aguardese un poco, y verá como bien presto le meten con ellos; que su figura y talle y el venir armado no prometen otra cosa sino que le traen engañado estos ladrones de guardianes, para echalle una muy buena cadena y dalle muy gentiles tundas hasta que tenga seso, aunque le pese, pues lo mismo han hecho conmigo. El moço le dixo que callase, que era un borracho y que mentia. En buena fe, replicó el loco, que si vos no creeis que yo digo la verdad, tambien apostaré que venis á lo mesmo que este pobre armado. Con esto don Quixote se apartó dél riendo, y se llegó bien á una de aquellas rejas, y mirando con atencion quien estaba dentro, vió á un hombre puesto en tierra en cuclillas, vestido de negro, con un bonete lleno de mugre en la cabeça, el cual tenia una gruesa cadena al pie, y en las dos manos unos sutiles grillos que le servian de esposas: estaba mirando de hito en hito al suelo, tan sin pestañear, que parecia estaba en una profundisima imaginacion, al cual como viese don Quixote, dixo: ¡Ah buen hombre! ¿que hazeis aqui? Y levantando el encarcelado con gran pausa la cabeça, y viendo á don Quixote armado de todas pieças, se fue poco á poco llegando á la reja y arrimado á ella se estaba sin hablar palabra mirandole atentisimamente, de lo cual el buen caballero estaba maravillado, y más viendo que á más de veinte preguntas que le hizo, á ninguna respondia, ni hazia otra cosa más que miralle de arriba abaxo; pero al cabo de un gran rato se puso en seco á reir con muestras de grande gusto, y luego començó á llorar amarguisimamente, diziendo: ¡Ah señor caballero, y si supieses quien soy! Sin duda os moveria á grandisima lastima, porque habeis de saber que en profesion soy teologo, en ordenes sacerdote, en filosofia Aristoteles, en medicina Galeno, en canones Ezpilcueta, en astrologia Ptolomeo, en leyes Curcio, en retorica Tulio, en poesia Homero, en musica Enfion; finalmente, en sangre noble, en valor unico, en amores raro, en armas sin segundo, y en todo el primero; soy principio de desdichados y fin de venturosos. Los medicos me persiguen porque les digo con Mantuano:


His etsi tenebras palpent, est data potestas
Excrutiandi aegros hominesque impune necandi.

 

Los poderosos me atormentan porque con Casaneo les digo:


Omnia sunt hominum, tenui pendentia fila,
Et subito casu quae valuere ruunt.

 

Los temerosos, odiosos y avaros me querrian ver abrasado porque siempre traigo en la boca:


Quatuor ista, timor, odium, dilectio, sensus,
Saepe solent hominum rectos pervertire sensus.

 

Los detractores no me dexan vivir porque les digo ha de restituir la fama cualquier que dice cosa que la tizna:


Imponens, augens, manifestans, in malum vertens
Qui negat aut minuit, tacuit, laudetve remisse.

 

Los poetas me tienen por hereje porque les digo del afecto con que leen sus versos, lo de Horacio:


Indoctum, doctumque fugat recitator acerbus,
Quem vero arripuit tenet, occiditque legendo,
Non missura cutem nisi plena cruoris hirudo.

 

Y con ellos me aborrecen los historiadores porque les digo:


Exit in inmensum fecunda licentia vatum,
Obligat historica nec sua verba fide.

 

Los soldados no pueden llevar que les anteponga las letras y les diga lo de Alciato:


Cedant arma togae, et quamvis durissima corda,
Eloquio pollens ad sua vota trahit.

 

Los letrados no pueden tolerar les dé en rostro, viendolos hablar en cosas de leyes tan sin guardar la de Dios, con el recato de sus predecesores sabios, que dezian:


Erubescimus dum sine lege loquimur.
 

Las damas me arman mil çancadillas porque publico dellas:


Sidera non tot habet coelum, nec flumina pisces
Quot scelerata gerit faemina mente dolos.

 

Las casadas reniegan de que haya quien diga de ellas:


Pessima res uxor, poterit tamen utilis esse
Si propere moriens det tibi quidquid habet.

 

Las niñas no toleran oir:


Verba puellarum foliis leviora caducis
Irritaque ut visum est ventus, et aura ferunt;

 

y tambien:


Ut corpus teneris, sic mens infirma puellis.
 

Las hermosas fisgan de oir que


Formosis levitas semper amica fuit;
 

Con ser verdad que de todas se puede dezir:
 


Quid sinet inausum faeminae praeceps furor?
 

Los ociosos amantes querrian se desterrase del mundo mi lengua, que les repite:


Otio si tollas periere cupidinis artes,
Contemptaeque jacent, et sine luve faces.

 

Los sacerdotes se avergüençan de que les repita lo que dixo Judit á los de su vieja ley:


Et nunc, fratres, quoniam vos estis presbiteri in populo Dei, et ex vobis pendet anima illorum ad eloquium vestrum, corda eorum erigite.
 

La real potencia que, como el amor, no admite compañia,


Non bene cum sociis regna venusque manet,
 

es tal, que se verifica bien de ella lo que dixo Ovidio en cierta epistola, respondió una reina recuestada á su galan:


Sic meus hinc vir abest ut me custodiat absens,
An nescis longas regibus esse manus?

 

Esas pues ¡oh valerosisimo principe! son las que me tienen aqui, porque reprendo la razon de Estado, fundada en conservacion de bienes de fortuna, á los cuales llama el Apostol estiercol con quebrantamiento de la ley de Dios, como si guardandola, de humildes principios no hubiera subido á ser David poderoso rey, y capitan invicto el gran Macabeo Judas, ó como si no supieramos que todos los reinos, naciones y provincias que con prudencia de carne y de hijos deste siglo han tratado de ensanchar los estados, los han destruido miserablemente. Proseguia el loco su tema con tan grande asombro de don Quixote, que viendo no le dexaba hablar, le dixo á gritos: Amigo sabio, yo no os conozco ni he visto en mi vida; pero hame dado tanta pena la prision de persona tan dota, que no pienso salir de aqui hasta daros la preciosa libertad aunque sea contra la voluntad del Rey y de la Infanta Burlerina su hija, que este real palacio ocupan; por tanto traedme vos, que estais con ese caldero en la mano, las llaves luego aqui deste aposento, y dexad salir libre, sano y salvo dél á este gran sabio, porque asi es mi voluntad. Luego que esto oyó el loco del caldero, començó á dezir riendo: Ea, que ciertos son los toros: á fe que habeis venido á purgar vuestros pecados en buena parte: en mala hora acá entrasteis. Y dichas estas razones, se subió la escalera arriba, y el loco clerigo dixo á don Quixote: No crea, señor, á persona desta casa; porque no hay más verdad en ninguno della que en impresion de Ginebra; pero si quiere que le diga la buena ventura en pago de la buena obra que me ha de hazer con darme la libertad que me ofrece, deme la mano por esta reja; que le diré cuanto le ha sucedido y le ha de suceder, porque sé mucho de quiromancia. Quitose don Quixote la manopla, creyendole sencillamente, y metió la mano por entre la reja; pero apenas lo hubo hecho, cuando sobreviniendole al loco una repentina furia, le dió tres ó cuatro bocados crueles en ella, asiendole á la postre el dedo pulgar con los dientes, de suerte que faltó harto poco para cortasele á cercen. Començó con el dolor á dar vozes, á las cuales acudieron el moço de mulas y otros tres ó cuatro de la casa, y tiraron dél tan recio, que hizieron que el loco le soltase, quedandose riendo muy á su placer en la gavia. Don Quixote en sentirse herido y suelto se hizo un poco afuera, y metiendo mano á su espada dixo: Yo te juro ¡oh falso encantador! que si no fuera porque es mengua mia poner manos en semejante gente cual vosotros sois, que me tomara bien presto vengança de tamaño atrevimiento y locura. A esta razon baxaron con el paje del Archipampano cinco ó seis de los que tenian cuenta de la casa; y como vieron á don Quixote con la espada en la mano, y que le corria mucha sangre della, sospechando lo que podia ser, se llegaron á él diziendole: No muera más gente señor caballero armado. Tras lo cual uno le asió de la espada, y otros de los braços, y los demas començaron á desarmarle, haziendo él toda la resistencia que podia; pero aprovechole poco; con que en breve rato le metieron en uno de aquellos aposentos muy bien atado, do habia una limpia cama con su servicio; y estando algo sosegado, despues de haberle encomendado el paje del Archipampano á los mayordomos de la casa con notables veras, y dicholes su especie de locura, y las calidades de su persona, y de donde y quien era, habiendoles dado para más obligarles alguna cantidad de reales, le dixo á don Quixote: Señor Martin Quijada, en parte está v. m. adonde miraran por su salud y persona con el cuidado y caridad posible; y advierta que á esta casa llegan otros tan buenos como v. m., y tan enfermos de su proprio mal, y quiere Dios que en breves dias salgan curados y con el juizio entero que al entrar les faltaba: lo mismo confio será de v. m., como vuelva sobre sí y olvide las leturas y quimeras de los vanos libros de caballerias que á tal extremo le han reducido; mire por su alma, y reconozca la merced que Dios le ha hecho en no permitir muriese por esos caminos á manos de las desastradas ocasiones en que sus locuras le han puesto tantas vezes. Dicho esto, se salió, y fue con los criados de don Alvaro á la posada en que estaba, á quien dió cuenta de todo, como hizo al Archipampano, vuelto á la corte. Detuvose don Alvaro algunos dias en Toledo, y aun visitó y regaló á don Quixote, y le procuró sosegar cuanto le fue posible, y obligó con no pocas dadivas á que hiciesen lo mesmo á los sobrestantes de la casa, y encomendó cuanto le fue posible á los amigos graves que tenia en Toledo el mirar por aquel enfermo, pues en ello harian grandisimo servicio á Dios, y á él particularisima merced; tras lo cual dió la vuelta felizmente á su patria y casa.

Estas relaciones se han podido solo recoger, con no poco trabajo, de los archivos manchegos, acerca de la tercera salida de don Quixote, tan verdades ellas, como las que recogió el autor de las primeras partes que andan impresas. Lo que toca al fin de esta prision y de su vida, y de los trabajos que hasta que llegó á él tuvo, no se sabe de cierto; pero barruntos hay, y tradiciones de viejisimos manchegos, de que sanó y salió de dicha casa del Nuncio; y pasando por la corte, vió á Sancho, el cual, como estaba en prosperidad, le dió algunos dineros para que se volviese á su tierra, viendole ya al parecer asentado; y lo mismo hizieron el Archipampano y el principe Perianeo, para que mercase alguna cabalgadura, con fin de que se fuese con más comodidad; porque Rocinante dexolo don Alvaro en la casa del Nuncio, en servicio de la cual acabó sus honrados dias, por más que otros digan lo contrario. Pero como tarde la locura se cura, dizen que en saliendo de la corte, volvió á su tema, y que comprando otro mejor caballo, se fue la vuelta de Castilla la Vieja, en la cual le sucedieron estupendas y jamas oidas aventuras, llevando por escudero á una moça de soldada que halló junto á Torre de Lodones, vestida de hombre, la cual iba huyendo de su amo porque en su casa se hizo ó la hizieron preñada sin pensarlo ella, si bien no sin dar cumplida causa para ello; y con el temor se iba por el mundo. Llevola el buen caballero sin saber que fuese muger, hasta que vino á parir en medio de un camino, en presencia suya, dexandole sumamente maravillado el parto, y haziendo grandisimas quimeras sobre él: la encomendó, hasta que volviese, á un mesonero de Valdestillas; y él sin escudero pasó por Salamanca, Avila y Valladolid, llamandose el Caballero de los Trabajos, los cuales no faltará mejor pluma que los celebre.


AQUI DA FIN LA SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIA DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA

LAUS DEO

 

Publicado el 30 de diciembre de 2019 por Edu Robsy.
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