El Diamante de la Inquietud

Novela inédita

Amado Nervo


Novela corta



Amigo, yo ya estoy viejo. Tengo una hermosa barba blanca, que sienta admirablemente a mi cabeza apostólica; una cabellera tan blanca como mi barba, ligeramente ensortijada; una nariz noble, de perfil aguileño; una boca de gruesos y golosos, que gustó los frutos mejores de la vida...

Amigo, soy fuerte aún. Mis manos sarmentosas podrían estrangular leones.

Estoy en paz con el Destino, porque me han amado mucho. Se les perdonarán muchas cosas a muchas mujeres, porque me han amado en demasía.

He sufrido, claro; pero sin los dolores, ¿valdría la pena vivir?

Un inglés humorista ha dicho que la vida sería soportable... sin los placeres. Ye añado que sin los dolores sería insoportable.

Sí, estoy en paz con la vida. Amo la vida.

Como Diderot, sufriría con gusto diez mil años las penas del infierno, con tal de renacer: La vida es una aventura maravillosa. Comprendo que los espíritus que pueblan el aire, ronden la tierra deseando encarnar.

—No escarmientan, dirán.

—No, no escarmientan. Las hijas de los hombres los seducen, desde los tiempos misteriosos de que habla el Génesis; una serpiente Invisible les cuchichea: «¿quieres empezar de nuevo?».

Y ellos responden al segundo, al tercero, al décimo requerimiento: «¡sí!»...; y cometen el pecado de vivir:


«porque el delito mayor
del hombre es haber nacido».
 

Yo, amigo, seré como ellos. Ya estoy viejo, moriré pronto... ¡pero la vida me tienta! La vida prometedora no me ha dado aún todo lo suyo. Sé yo que sus senos altivos guardan infinitas mieles... Sólo que la nodriza es avara, y las va dando gota a gota... Se necesitan muchas vidas para exprimir algo de provecho... Yo volveré, pues, volveré... Pero ahora, amigo, no es tiempo de pensar en ello. Ahora es tiempo de pensar en el pasado. Conviene repasar una vida antes de dejarla. Yo estoy repasando la mía y en vez de escribir memorias, me gusta desgranarlas en narraciones e historias breves. ¿Quieres que te cuente una de esas historias?

—Sí, con tal de que en ella figure una hermosa mujer.

—En todas mis historias hay hermosas mujeres. Mi vida está llena de dulces fantasmas. Pero este fantasma de la historia que te voy a contar, mejor dicho de la confidencia que te voy a hacer, es el más bello.

—¿Qué nombre tenía entre los humanos?

—Se llamaba Ana María...

—Hermoso nombre.

—Muy hermoso. Oye, pues, amigo, la historia de Ana María.

I

¿Que dónde la conocí?

Verás: Fue en América, en Nueva York. ¿Has ido a Nueva York? Es una ciudad monstruosa; pero muy bella. Bella sin estética, con un género de belleza que pocos hombres pueden comprender.

Iba yo bobeando hasta donde se puede bobear en esa nerviosa metrópoli, en que la actividad humana parece un Niágara; iba yo bobeando y divagando por la octava Avenida. Miraba... ¡Oh vulgaridad!, calzado, calzado por todas partes, en casi todos los almacenes; ese calzado sin gracia, pero lleno de fortaleza, que ya conoces, amigo, y con el que los yanquis posan enérgica y decididamente el pie en el camino de la existencia.

Detúveme ante uno de los escaparates innumerables y un par de botas más feas, más chatas, más desmesuradas y estrafalarias que las vistas hasta entonces, me trajeron a los labios esta exclamación:

—Parece mentira...

«Parece mentira...» qué, dirás.

No sé; yo sólo dije: «¡Parece mentira!».

Y entonces, amigo, advertí, escúchame bien, advertí que muy cerca, viendo el escaparate contiguo (dedicado a las botas y zapatos de señora) estaba una mujer, alta, morena, pálida, interesantísima, de ojos profundos y cabellera negra. Y esa mujer, al oír mi exclamación, sonrió...

Yo, al ver su sonrisa, comprendí, naturalmente, que hablaba español: su tipo además lo decía bien a las claras (a las obscuras más bien por su cabello de ébano y sus ojos tan negros que no parecía sino que llevaban luto por los corazones asesinados y que los enlutaban todavía más aún el remordimiento).

—¿Es usted española, señora? —la pregunté.

No contestó; pero seguía sonriendo.

—Comprendo —añadí— que no tengo derecho para interrogarla..., pero ha sonreído usted de una manera... ¿Es usted española, verdad?

Y me respondió con la voz más bella del mundo:

—Sí, señor.

—¿Andaluza?

Me miró sin contestar, con un poquito de ironía en los ojos profundos.

Aquella mirada parecía decir:

—¡Vaya un preguntón!

Se disponía a seguir su camino. Pero yo no he sido nunca de esos hombres indecisos que dejan irse; quizá para siempre, a una mujer hermosa. (Además: ¿no me empujaba hacia ella mi destino?)

—Perdone usted mi insistencia —la dije—; pero llevo más de un mes en Nueva York, me aburro como una ostra (doctos autores afirman que las ostras se aburren; ¡ellos sabrán por qué!). No he hablado desde que llegué, una sola vez español. Sería en usted una falta de caridad negarme la ocasión de hablarlo ahora... Permítame, pues, que con todos los respetos y consideraciones debidas, y sin que esto envuelva la menor ofensa para usted, la invite a tomar un refresco, un ice cream soda, o, si a usted le parece mejor una taza de té...

No respondió y echó a andar lo más deprisa que pudo; pero yo apreté el paso y empecé a esgrimir toda la elocuencia de que era capaz. Al fin, después de unos cien metros de «recorrido» a gran velocidad, noté que alguna frase mía, más afortunada que las otras, lograba abrir brecha en su curiosidad. Insistí, empleando afiladas sutilezas dialécticos y ella aflojó aún el paso... Una palabra oportuna la hizo reír... La partida estaba ganada... Por fin, con una gracia infinita, me dijo:

—No sé qué hacer: si le respondo a usted que no, va a creerme una mujer sin caridad; y si le respondo que sí, ¡va a creerme una mujer liviana!

Le recordé enseguida la redondilla de sor Juana Inés:


Opinión ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata,
y si os admite es liviana...
 

—¡Eso es, eso es! —exclamó—. ¡Qué bien dicho!

—Le prometo a usted que me limitaré a creer que sólo es usted caritativa; es decir, santa, porque como dice el catecismo del padre Ripalda, el mayor y más santo para Dios es el que tiene mayor caridad, sea quien fuere...

—En ese caso, acepto una taza de té.

Y buscamos, amigo, un rinconcito en una pastelería elegante.

II

Ocho días después nos habíamos ya encontrado siete veces (¡siete veces, amigo, el número por excelencia, el que, según el divino Valles, no produce ni es producido; el rey de los impares, gratos a los dioses!), y en cierta tarde de un día de mayo, a las seis, iniciada ya una amistad honesta, delicada, charlábamos en un frondoso rincón del Central Park.

En ocho días se habla de muchas cosas.

Yo tenía treinta y cinco años y había amado ya por lo menos cuarenta veces, con lo cual dicho está que había ganado cinco años, al revés de cierto famoso avaro, el cual murió a los ochenta y tantos, harto de despellejar al prójimo, y es voz pública que decía: «Tengo ochenta y dos años y sólo ochenta millones de francos: he perdido, pues, dos años de mi vida».

Aquella mujer tendría a lo sumo veinticinco.

A estas edades el dúo de amor empieza blando, lento, reflexivo; es una melodía tenue, acompasada; un andante maestoso...

Estábamos ya, después de aquella semana, en el capítulo de las confidencias.

—Mi vida —decíame ella— no tiene nada de particular. Soy hija de un escultor español que se estableció en los Estados Unidos hace algunos años, y murió aquí. Me casé muy joven. Enviudé hace cuatro años; no tuve hijos desgraciadamente. Poseo un modesto patrimonio, lo suficiente para vivir sin trabajar... o trabajando en lo que me plazca. Leo mucho. Soy... relativamente feliz. Un poquito melancólica...

—¿No dijo Víctor Hugo que la melancolía es el placer de estar triste?

—Eso es —asintió sonriendo.

—¿De suerte que no hay un misterio, un solo misterio en su vida?... Creo que sí, porque nunca he visto ojos que más denuncien un estado de ánimo doloroso y excepcional...

—¡Qué vida no tiene un misterio! —me preguntó a su vez... misteriosamente— ¿Pero, es usted por desgracia poeta, o por ventura, que «a serlo forzosamente había de ser por ventura» como dice el paje de La Gitanilla?

—Ni por ventura ni por desgracia; pero me parece imposible que unos ojos tan negros, tan profundos y tan extraños como los de usted, no recaten algún enigma.

—¡Uno esconden!

—¡Eureka! Ya lo decía yo...

Uno esconden y es tal que más vale no saberlo; quien me ame será la víctima de ese enigma.

—¿Pues?

—Sí, óigalo usted bien para que no se le ocurra amarme: yo estaré obligada por un destino oculto, que no puedo contrarrestar, a irme de Nueva York un día, para siempre, dejándolo todo.

—¿Adónde?

—A un convento.

—¿A un convento?

—Sí, es una promesa, un deber..., una determinación irrevocable.

—¿A un convento de España?

—A un convento de... no sé dónde.

—Y cuándo se irá usted.

—No puedo revelarlo. Pero llegará un día debe llegar forzosamente un día en que yo me vaya. Y me he de ir repentinamente, rompiendo todos los lazos que me liguen a la tierra... Nadie..., nada, óigalo usted bien, podrá detenerme; ni siquiera mi voluntad, porque hay otra voluntad más fuerte que ella, que la ha hecho su esclava.

—¿Otra voluntad?

—¡Sí, otra, voluntad invisible!... Escaparé, pues, una noche de mi casa, de mi hogar. Si amo a un hombre, me arrancaré de sus brazos; si tengo fortuna, la volveré la espalda, y calladamente me perderé en el misterio de lo desconocido.

—¿Pero, y si yo la amara a usted, si yo la adorara, si yo consagrase mi vida a idolatrarla?

—Haría lo mismo: una noche usted se acostaría a mi lado y por la mañana encontraría la mitad del lecho vacía... ¡vacía para siempre!... ¡Ya ve usted —añadió sonriendo— que no soy una mujer a quien deba amarse!

—Al contrario, es usted una mujer a quien no se debe dejar de amar.

—¡Allá usted! No crea que esto que le digo es un artificio para encender su imaginación... Es una verdad leal y sincera. Nada podrá detenerme.

—Qué sabe usted —exclamé—, qué sabe usted si una fuerza podría detenerla: ¡el amor por ejemplo! ¡Si el destino para castigarla hace que enloquezca usted de amor por otro hombre!

—Es posible que yo enloquezca de amor (ya que los pobres mortales siempre estamos en peligro de enloquecer de algo); pero aun cuando tuviese que arrancarme el corazón, me iría...

—¿Y si yo me jurase a mi vez amarla y hacerla que me amase de tal modo que faltara usted a su promesa?

—Juraría usted en vano.

¡Me provoca usted intentarlo!

—¡Ay de mí!, yo no; yo le ruego, le suplico, al contrario, que no lo intente...

—¿Cómo se llama usted? Creo que ocho días de amistad me dan el derecho de preguntarla su nombre.

—Ana María.

—Pues bien, ¡Ana maría yo la amaré como nadie la ha amado; usted me amará como a nadie ha amado; porque lo mereceré a fuerza de solicitud incomparable, de ternura infinita!

—Es posible; pero aún así, desapareceré; ¡desapareceré irrevocablemente!

III

Nuestro idilio siguió su curso apacible y un poco eglógico bajo las frondas, y un mes después de lo relatado, en otra tarde tan bella como la que con sus luces tenues acarició nuestras primeras confidencias, yo me presenté a Ana María de levita y sombrero de copa.

—¿De dónde viene usted ten elegante? —me preguntó.

—De casa: no he visto a nadie; no he hecho visita ninguna.

—¿Entonces?

—Vengo con esta indumentaria, relativamente ceremonial, porque voy a realizar un acto solemne...

—¡Jesús! ¡Me asusta usted!

—No hay motivo.

—¿Va usted a matarse?

—Algo más solemne aún: Moratín coloca las resoluciones extremas en este orden: 1.ª, meterse a traductor; 2.ª, suicidarse; 3.ª, casarse, yo he adoptado la más grave: la tercera resolución.

—¡Qué atrocidad! ¿Y con quién va a usted casarse?

—Con usted. Vengo a pedirla su mano y por eso me he vestido como para una solemnidad vespertina.

—¡Qué horror! Pero, ¿habla usted en serio?

—¡Absolutamente!

—Ya voy creyendo que no es usted tan cuerdo como lo asegura.

—¿Por qué?

—Hombre, porque casarse con una mujer desconocida; con una extranjera a quien acaba usted de encontrar, de quien no sabe más que lo que ella ha querido contarle, me parece infantil, por no decir otra cosa...

—¿Por no decir tonto? Suelte usted la palabra: ¿Hay acaso matrimonio que no sea una tontería?

—A menos —añadió ella sin hacer hincapié en mi frase— que me conozca usted por referencias secretas; que se haya valido de la policía privada, de un detective ladino, y haya usted obtenido datos tranquilizadores... Por lo demás, en Estados Unidos casarse es asunto de poca monta. ¡Se divorcia uno tan fácilmente! ¡Con hacer un viaje a Dakota del Norte... o del Sur, todo está arreglado en unas cuantas semanas!

—Yo estoy dispuesto, señora, a casarme con usted a la española: en una iglesia católica, con velaciones, con música de Mendelsohn y Wagner, padrinos, testigos, fotografía al magnesio, etc., etc.

—¡Qué ocurrente!

—He dicho que vengo a pedirla su mano, esa incomparable mano, que parece dibujada por Holbein en su retrato de la duquesa de Milán, o por Van Dyck...

—¿Quiere usted que hablemos de otra cosa?

—¡Quiero que hablemos de esto y nada más que de esto!

—Pero...

—No hay pero que valga, señora: supongamos que lo que voy a hacer es una simpleza; lo diré más rudamente aún y con perdón de usted; una primada. ¿No tengo el derecho a los treinta y cinco años, soltero, rico, libre, de correr mi aventura, tonta o divertida, audaz o vulgar?

—Usted tiene ese derecho; pero yo tengo el mío de rehusar.

—¿Y por qué?

—Porque lo que le insinué la otra tarde es una verdad; porque en determinada hora de mi vida debo irremisiblemente romper los lazos que me unen a la tierra, quebrantar los apegos todos, hasta el último... y desaparecer.

—¡Quién sabe si usted, señora es la que no está cuerda, y el amor y la locura..., o la cordura por excelencia, va a sanarla! «Si quieres salvar a una mujer —ha dicho Zarathustra— hazla madre». Usted no ha sido madre. Una madre no se va a un convento dejando a su hijo.

Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal se fue, pasando por sobre el cuerpo de su hijo Celso Benigno, quien para impedírselo se había tendido en el umbral de la puerta.

—Tiene usted cierta erudición piadosa...

—Piadosamente me educaron.

—Piadosa quiero yo que sea mi mujer...

—Vuelve usted a las andadas.

—¿No la he dicho que vengo a pedirla su mano? Ana María —añadí, y a mi pesar en mi voz sonaba ya el metal de la emoción—: Ana María, aunque parezca mentira, yo la quiero a usted más de lo que quisiera quererla... Ana María, sea usted mi mujer...

By and by! —respondió con una sonrisa adorable.

—Sea usted mi mujer..., vamos, ¡responda! ¡Se lo suplico! Necesito saberlo ahora mismo.

—¿Aun cuando un día me vaya y le abandone?

—¡Aunque!

—Mire usted que ese «aunque» es muy grave...

—¡Aunque!

—¡Pues bien, sea!

Y aquella tarde ambos volvimos del brazo, pensativos y afectuosos, por las febriles calles de la Cartago moderna, a tiempo que los edificios desmesurados, se encendían fantásticamente.

IV

Una mañana que, comprenderás, amigo, debió ser necesariamente luminosa, cumplidas todas las formalidades del caso, celebramos Ana María y yo nuestro matrimonio.

Hicimos después registrar el acta en nuestros respectivos consulados, y santas pascuas.

Un espléndido tren, uno de esos vastos y confortables trenes de la New York Central and Hudson River, nos llevó a Buffalo —ciudad que siempre me ha sido infinitamente simpática— y de allí nos fuimos en tranvía eléctrico al Niágara.

Queríamos pasar nuestros primeros días de casados al borde de las Cataratas, haciendo viajes breves a las simpáticas aldeas vecinas del Canadá.

Parecíame que el perenne estruendo de las aguas había de aislar nuestras almas, cerrando nuestros oídos a todo rumor que no fuese su monótono y divino rumor milenario.

Parecíame que el perpetuo caer de su linfa portentosa, habría de sumirnos en el éxtasis propicio a toda comunión de amor.

Y así fue.

A veces, forrados de impermeables obscuros, excursionábamos Ana María y yo, acompañados de un guía silencioso y discreto (¿y dónde habéis encontrado esa perla de los guías?, preguntarás), excursionábamos, digo, «bajo las cataratas». La móvil cortina líquida, toda vuelta espuma, nos segregaba del mundo. Un estruendo formidable nos envolvía, sumergiéndonos en una especie de éxtasis «monista». Millones de gotas de agua nos azotaban el rostro, y ella y yo, cogidos de la mano, ajenos a todo lo que no fuese aquel milagro, nos sentíamos en un mundo sin dimensiones ni tiempo, en el cual éramos dos gotas de agua cristalinas y conscientes, que se despeñaban, se despeñaban con delicia, sin cesar, en un abismo verde, color de recalli mexicano, con florones de espumas fosforescentes.

Si yo fuera músico, te describiría, amigo, nuestra vida durante aquellos días prodigiosos. Sólo un Beethoven o un Mozart podrían hacerte comprender nuestros éxtasis. La palabra, ya lo sabemos, es de una impotencia ridícula para hablarnos de estas cosas que no están en su plano. Más allá de ciertos estados de alma, apenas una sonata de Beethoven es capaz de expresiones coherentes y exactas.

Ana María me amaba con un amor sumiso, silencioso, de intensidad no soñada, pero sin sobresaltos. Éramos el uno del otro con toda la mansa plenitud de dos arroyos que se juntan en un río, y que caminan después copiando el mismo cielo, el propio paisaje.

Muchas mujeres, amigo, como te dije al principio, me hicieron el regalo de sus labios; pero ahora cuando las veo desfilar como fantasmas por la zona de mis recuerdos, advierto que ninguna de aquellas visiones tiene la gracia melancólica, la cadencia remota, el prestigio misterioso de Ana María.

Nunca, amigo, en ninguna actitud, alegre o triste, enferma o lozana, fue vulgar. Siempre hubo en sus movimientos, en sus gestos, en sus palabras musicales, un sortilegio en la expresión general de su hermosura, esa extrañeza de proporciones, sin la cual, según el gran Edgardo, no hay belleza exquisita.

Tres encantos por excelencia, que a muy pocos embelesan porque no saben lo que son, había yo soñado siempre en una mujer.

El encanto en el andar, el encanto en el hablar y el encanto de los largos cabellos.

Una mujer que anda bien, que anda con un ritmo suave y gallardo, es una delicia perpetua, amigo; verla ir y venir por la casa es una bendición.

Pues, ¡y la música de la voz! La voz que te acaricia hasta cuando en su timbre hay enojo, la voz que añade más música a la música eterna y siempre nueva de los te quiero.

En cuanto a los cabellos abundantes, que en el sencillo aliño del tocado casero, caen en dos trenzas rubias o negras (las de Ana María eran de una negrura sedosa, incomparable), son, amigo, un don para las manos castas que los acarician, como pocos dones en la tierra.

Puede un hombre quedar ciego para siempre, y si su mujer posee estos tres encantos, seguirlos disfrutando con fruición inefable.

Oirá los pasos cadenciosos, ir y venir familiarmente por la casa.

En su oído alerta y aguzado por la ceguera, sonará la música habitual y deliciosa de la voz amada.

Y las manos sabias, expertas, que han adquirido la delicadeza de las antenas trémulas de los insectos, alisarán los cabellos de seda, que huelen a bosque virgen, a agua y a carne de mujer.

Pues con ser tanto no eran estas tres cosas las solas que volvían infinitamente amable a Ana María; toda su patria, toda la Andalucía, con su tristeza mora, recogida y religiosa, con su grave y delicado embeleso, estaba en ella. Y además ese no sé qué enigmático que hay en la faz de las mujeres que me han peregrinado asaz por tierras lejanas.

Yo dije en alguna ocasión, hace muchos años: «Eres misteriosa como una ciudad vista de noche».

¡Así era Ana María!

V

En cierta ocasión, después de un paseo ideal a la luz de la luna, que hacía de las cataratas un hervidero de ópalos yo, cogiendo la diestra de Ana María y oprimiéndola amorosamente contra mi corazón, pregunté a mi amada:

—No te irás, ¿verdad? No te irás nunca... Es falso que un día al despertarme he de encontrar la mitad de mi lecho vacío...

¿Por qué la hice aquella pregunta?

La idea fija, la horrible y fatal idea fija, que dormía en su espíritu, se despertó de pronto y se asomó a sus ojos...

Todo su rostro se demudó. Su frente se puso pálida y un sudor frío la emperló trágicamente.

Se estremeció con brusquedad; y acercando su boca a mi oído, me dijo con voz gutural:

—¡Sí, me iré; será fuerza que me vaya!

—¡No me quieres, pues!

Y repegándose a mí, con ímpetu, respondió casi sollozando:

—¡Sí, te quiero, te quiero con toda mi alma! Y eres mejor de lo que yo creía; eres más bueno y más noble que lo que yo pensaba; ¡pero es fuerza que me vaya!

—¿Qué secreto es ese tan poderoso, Ana María, que te puede arrancar de mis brazos?

—Mi solo secreto: lo único que no te he dicho. Un día, ¿lo recuerdas? La víspera de nuestro matrimonio te pedí que no me preguntases nada... ¡Y tú me lo prometiste!

—Es cierto... ¡No te preguntaré más!

Y los dos permanecimos silenciosos escuchando el estruendo lejano de las cataratas.

Después de algunos momentos de silencio, ella inquirió tímidamente:

—¿Me guardas rencor?

—No...

—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?

—No, nunca.

—¿Estás triste?

—Sí, pero descuida, no te preguntaré más.

Reclinó su cabeza sobre mi hombro y dijo:

—¡Te quiero, te quiero! Lo sabes... Pero, ¿es culpa mía si la vida ha puesto sobre mi alma el fardo de una promesa?

Y púsose a llorar dulcemente, muy dulcemente.

En el estruendo del Niágara aquel delicado sollozo de mujer parecía perderse, como parecen perderse todas nuestras angustias en el seno infinito del abismo indiferente.

Cuantas veces mirando la noche estrellada me he dicho: cada uno de esos soles gigantescos alumbra mundos y de cada uno de esos mundos surge un enorme grito de dolor, el dolor inmenso de millones de humanos... Pero no lo oímos; la noche permanece radiante y silenciosa. ¿Adónde va ese dolor inconmensurable; en qué oreja invisible resuena; en qué corazón sin límites repercute; en qué alma divina se refugia? ¿Seguirá surgiendo así inútilmente y perdiéndose en el abismo?

Y una voz interior me ha respondido: «¡No, nada se pierde; ni el delicado sollozo de Ana María dejaba de vibrar en el éter, a pesar del ruido de las cataratas, ni un solo dolor de los mundos deja de resonar en el corazón del Padre!».

VI

Yo.— Te estoy leyendo en los ojos una ironía, amigo, paréceme como que dices: «¡Vaya un tonto de encargo y de remate! Vaya un sentimental marido... ¡Vaya uno más!


«de la vieille boutique
romantique!»

 

El amigo.— ¡En efecto, eso pienso, y te lo mereces! ¡Ponerse triste, sentirse inquieto, porque una mujer le dice a uno que un día se irá! ¡Cuántos solterones empedernidos se casarían si ellas les hiciesen esta dulce promesa!...

¡Quién por otra parte no se irá en este mundo! Tan pueril aprensión me recuerda a cierto monomaníaco, tonto de solemnidad, de mi pueblo natal. Habla en mi pueblo una dama caritativa que se llamaba doña Julia, quien, harta al fin de socorrer a aquel hombre, que se lo gastaba todo en vicios, un día le negó terminante e irrevocablemente su auxilio.

El monomaníaco se vengó, escribiendo en el panteón municipal, en la parte más visible del sepulcro de familia de la dama (muy ostentoso por cierto): «¡¡¡Doña Julia de X. Morirá!!!».

Llegó a poco el día de difuntos y la señora fue como de costumbre a ornar de flores el mausoleo familiar. Lo primero que hirió sus ojos fue el consabido letrero:

«¡¡¡Doña Julia de X. Morirá!!!».

¡Su emoción no tuvo límites! Ni el Mané Thecel Phares produjo igual consternación en el festín de Baltasar.

Llegó a su casa enferma y tuvo que encamarse. ¡Por poco se muere de aquel Morirá!

Afortunadamente supo el origen de la profecía y mandó llamar al semi-loco, a quien le reprochó amargamente su acto.

—Yo he dicho Morirá» —respondió el tonto..., tontamente como convenía a un simple—; pero no he dicho cuándo... Si a la señora le parece —y me sigue dando socorros— añadiré abajo del letrero: Lo más tarde posible.

Yo.— Ni el tonto era tan tonto, ni veo la paridad; pero, en, fin, acepto tu ironía y la sufro pacientemente, amigo, recordándote sólo que esta historia pasó hace veinticinco años...

Te he dicho que estaba enamorado de Ana María, para que encuentres naturales todas las apreciaciones, todos los temores, ya que estar enamorado es navegar por los mares de la inquietud... Y has de saber más: has de saber que, a medida que transcurrían los días, esta inquietud se iba acrecentando en mí de una manera alarmante.

Mi angustia era continua..., pero si he de ser justo, mi deleite era, en cambio, desmesurado. Cada beso que robaba a aquella boca tenía el sabor intenso, la voluptuosidad infinita del último beso... ¡Cada palabra tierna podía ser la postrera palabra oída!

Pues, ¡y mis noches! ¡Si tú supieras de qué deliciosa zozobra estaban llenas mis noches!

¡Cuántas veces me despertaba con sobresalto repentino, buscando a mi lado a Ana María! ¡Con qué alivio veíala y contemplábala durmiendo apaciblemente! ¡Con qué sensación de bienestar estrechaba su mano larga y fina, inerte sobre su cuerpo tibio!

A veces ella se despertaba también, comprendía, al sorprenderme despierto, mi drama interior; se repegaba contra mí y me decía dulcemente: «no pienses en eso..., ¡todavía no! ¡Duerme tranquilo!».

Una noche, el horror, la angustia, fueron terribles. Vivíamos ya nuestra Casa, en Sea Girt, en New Jersey, donde había yo alquilado una pequeña villa frente al mar. Hacía calor. Yo dormía con sueño ligero, un poco nervioso. De pronto me desperté y al extender la siniestra, sentí que la mitad del lecho estaba vacío... Encendí la luz... Ana María no se hallaba a mi lado. Di un grito y salté de la cama... Entonces, de la pieza inmediata, vino a mí su voz musical, llena de ternura:

—Aquí estoy, no te alarmes. No dormía y he salido a la ventana... Ven y verás el mar lleno de luna... Reina un silencio magnífico... Dan ganas de rezar... Las flores trascienden... Ven, pobrecito mío, a que te dé un beso (y me atraía dulcemente hacia el hueco de la ventana). ¿Tuviste miedo, verdad? Pero no hay razón. Todavía no, todavía no...

VII

¡Un hijo!, ¡un hilo podía detenerla para que no se fuese, para que no dejase a mitad vacío mi lecho una noche, aquella espantosa noche que tenía que llegar! Un hijo, el amor infinito de un hijo remacharía el eslabón de la cadena.

Pero el destino se negó a traernos aquella alma nueva que apretase más nuestras almas, que fuese a modo de Espíritu Santo; relación dulcísima de amor entre dos seres que en él se adorasen.

Sí, el destino me negó ese bien; ha sido mi fatum ir al lado de las mujeres amadas sin ver jamás entre ellas y yo la cabeza rubia o morena de un ángel.

La soledad de dos en compañía ha tenido para conmigo todas sus crueldades... Pero me apresuraré a decirlo, sí lamenté con Ana María la ausencia angustiosa del que debiera venir, nunca sentí a su lado esa soledad de dos; sentí siempre la plenitud, y pareciome que poseyéndola a ella, lograba yo dulcemente mi fin natural.

El amigo.— ¡Ah!, sin aquel temor, sin aquel sobresalto, que me hacen sonreír ahora que me los cuentas, amigo, quizá porque ya no veo sobre tu faz, arada por los lustros lentos, más que la sombra del dolor vencido; ¡ah!, sin aquel sobresalto, sin aquel temor, sólo un Dios pudiera lograr la máxima ventura por ti lograda en los brazos de Ana María, ¿no es esto?

Sólo un Dios, sí, ya que no mas ellos son capaces de gozar sin miedo, con la mansa confianza de la perennidad de su goce.

Yo.— ¿Pero vale la pena gozar así? «¡Bendita sea la juventud —dijo Lamartine en el prólogo de las poesías de Alfredo de Musset— con tal de que no dure toda la vida!». La felicidad sin dolor que la contraste, es inconcebible... ¡Se necesita un poco de amargo para dar gusto al vermut!

Por eso yo nunca he podido imaginarme el paraíso y acaso me lo imaginara si en él pudiese colocar un poco de nuestra inquietud, un ¡quien sabe!, un solo ¡quién sabe!, tenue y vago: «Quien sabe si un día, en el curso mudo de las eternidades, esta contemplación beatífica cesará...».

El amigo.— ¡Infeliz! ¡Querrías, pues, la inquietud eterna! Aquí, en esta misérrima vida sólo el temor de perderlas da un precio a las cosas; pero allá no sucederá así; la beatitud será apacible la conciencia de su perpetuidad no le gestará nada al éxtasis, por una simplísima razón.

Yo.— ¿Cuál?

El amigo.— Porque nunca contemplaremos el mismo espectáculo en la insondable hondura de Dios y nos pasaremos las eternidades aprendiendo a cada instante algo nuevo en el panorama místico de la conciencia divina...

Yo.— Acaso estés en lo justo..., pero ya volveremos dentro de unos momentos a este sabroso tema de la inquietud, como claro obscuro de la dicha. Ahora prodigo mi relato.

VIII

El amor es más fuerte que todos los secretos.

Ana María me amaba demasiado para sellar despiadadamente su boca.

Un día mis besos reiterados de pasión y de súplica, rompieron el sigilo de sus labios.

—¡Por qué, por qué ha de ser preciso que te vaya! —le pregunté con más premura y más angustia que nunca.

—Es un secreto muy sencillo —me contestó..., sencillamente.

Habrás notado, amigo, y si no lo has notado te lo haré llorar, que para Ana María todo era «muy sencillo» en este mundo.

Las cosas más bellas, más hondas, más complejas que pasaban en el interior de su alma selecta, de su corazón exquisito, y que yo leía, descubría (porque no era —aparte de su secreto— disimulada ni misteriosa), en cuanto se las hacía notas, eran muy sencillas.

Por ejemplo, cuando dormía, sobre todo en las primeras horas de la noche, solía soñar en voz alta y sus palabras eran claras, que podían percibirse distintamente. Entonces me divertía en hablarla, intervenía, me mezclaba en su monólogo o diálogo, terciaba en su «conversación» interior, sin levantar la voz... Y ella conversaba conmigo, durmiendo; me introducía insensiblemente en su ensueño... A veces, la conversación se prolongaba por espacio de algunos minutos. Hablaba yo despierto y ella respondía, traspuesta o dormida del todo, siempre, naturalmente, que acertase yo a colarme por una rendija misteriosa, en el recinto de su visión.

Al despertarnos al día siguiente, referíala yola escena y ella, sonriendo, respondíame:

—Es muy sencillo. Aun cuando esté dormida tu voz me llega «desde lejos» porque te quiero, y como la escucho, pues te respondo.

«Es muy sencillo...».

Su secreto, pues, era muy sencillo.

—Te lo voy a revelar ya que te empeñas —me dijo al fin—; pero de antemano te repito que no esperes nada extraordinario. Yo me casé muy joven, con un hombre muy bueno, a quien adoraba, como que fue mi primer amor. Ese hombre, bastante mayor que yo, era muy celoso, infinitamente celoso. ¿Tú sabes lo que son los celos? Pues es muy «sencillo»: desconfías hasta de la sombra de tu sombra... Yo era incapaz de engañarle; pero precisamente por eso estaba celoso. Los celos no provienen nunca de la realidad.

—«¡Puesto que sois verdad ya no sois celos!» —la recordé yo.

—¡Eso es!... Muy celoso era, sí; y vivía perpetuamente atormentado.

Anhelaba siempre complacerme. Iba yo vestida como una princesa (si es que las princesas van bien vestidas, que suelen no irlo). Más cada nuevo atavío era para él ocasión de tormento.

—Qué bella estás —me decía—, vas a gustar mucho...

Y una sonrisa amarga plegaba sus labios.

A medida que pasaban los años, el alma de aquel hombre se iba obscureciendo y encapotando. Y era una gran alma, te lo aseguro, una gran alma, pero enlobreguecida por la enfermedad infame... En vano extremaba yo mis solicitudes, mis ternuras, mis protestas, que no hacían más que aumentar su suspicacia. En la calle iba yo siempre con los ojos bajos o distraídos, sin osar clavarlos en ninguna parte. En casa, jamás recibía visitas... Todo inútil: los celos aumentaban, se volvían obsesores...

Aquel hombre enloquecía, enloquecía de amor, de un amor desconfiado, temeroso..., del más genuino amor, ¡que es en suma el que tiene miedo de perder al bien amado!

Estaba enfermo de una neurastenia horrible. Cada día se levantaba más pálido, más sombrío.

¿Eran los celos un efecto de su enfermedad, según yo creo?

¿Era, por el contrario su enfermedad el resultado de sus celos? No lo sé, pero aquella vida admirable (admirable, sí, porque había en ella mil cosas excelentes) se iba extinguiendo.

Me convertí en enfermera. No salía más de casa. Él, por su parte, se negaba a tomar un alimento que yo no le diera, a aceptar los servicios de una de esas expertísimas ayudantas americanas, que por cinco dólares diarios, cuidan «técnicamente» a los enfermos y saben más medicina que muchos médicos. Todo había de hacérselo yo...

¿Creerás acaso que para mí aquello era una prueba? Sí, era una gran prueba, mas no por los cambios de carácter del enfermo, no por mis desvelos, no por mi reclusión, no por mi faena de todos los minutos; era una gran prueba porque le amaba, le amaba con un amor inmenso, ¡como se ama la primera vez!

Ni sus desconfianzas, ni su suspicacia, me herían; no podían herirme, porque eran amor; no eran más que amor, un amor loco, insensato, desapoderado, delirante, como deben ser los grandes amores.

Agonizó dos días, dos días de una torturante lucidez... Y una tarde, dos horas antes de morir, cuando empezaba la luz a atenuarse en la suavidad del crepúsculo y adquiría tonos místicos en la alcoba, él, con una gran ansia, con una ternura infinita, me cogió una mano, atrajo con su diestra mi cabeza y me dijo al oído:

—Voy a pedirte una gracia, una inmensa merced.

—Pídela, amor mío, pídela; ¿qué quieres?

—Júrame que si muero, ¡te irás a un convento!

Yo tuve un instante de vacilación; él lo advirtió.

—¡Te irás cuando quieras!, cuando puedas... Pero antes de los treinta años; todavía joven, todavía bella. Te irás a ser únicamente mía, mía y de Dios; a orar por mí, que bien lo necesito, a pensar en mí; a quererme mucho... ¡Júramelo!

Y con todo el ímpetu, con toda la resolución, con toda la entereza de mi alma, de mi pobre alma, romántica y enamorada, de mi sencilla y dulce alma andaluza, se lo juré.

IX

El amigo (burlón).— Esos juramentos que se hacen a los moribundos son la mejor garantía de todo lo contrario. ¿Te acuerdas de cierto cuentecito de Anatolio France? Pues este delicioso y zumbón Anatolio, refiere que en un cementerio japonés, sobre una tumba recién cerrada, un viajero vio a una mujercita nipona que con el más coqueto de los abanicos, soplaba sobre la tierra húmeda aún.

—¿Qué rito es ése —preguntó el viajero—, qué extraña ceremonia?

Y le fue explicado el caso.

Aquella mujercita acababa de perder a su marido: el más amante y el más amado de los hombres.

En la agonía habíale hecho él jurar que no amaría a ningún otro mortal mientras no se secase la tierra de su fosa.

La mujercita amante, entre lágrimas y caricias, lo había prometido... Y para que la tierra se secara más pronto, ¡soplaba con su abanico!

Yo.— No se trata de un alma japonesa, sino de un alma andaluza, amigo. No me interrumpas. Sigue escuchando.

X

—Ese juramento es una niñería —exclamé—. No te obliga en absoluto... Egoísmo de moribundo a quien se miente por piedad; promesa de la que no debe hacerse el menor caso. Él ya desapareció. «On ne peut pas vivre avec les morts»: No se puede vivir con los muertos, dice el proverbio francés.

—¿Que sabes tú? —me respondió con voz temerosa y con una extraña vehemencia— ¿Qué sabes tú?... ¡Los muertos se empeñan a veces en seguir viviendo con nosotros!

—¿Qué quieres decir?

—Es muy sencillo: «que no se van. Hay algunos que se quedan».

—Escucha —añadió—: cuando te conocí, aquella tarde, sentí por ti una de esas simpatías súbitas, inexplicables, que nos hacen pensar a veces en que ya hemos vivido antes de esta vida... Comprendí que iba a quererte con toda mi alma, que iba a amar por segunda vez, y tuve miedo... El muerto, asomado perpetuamente a mi existencia, ¿qué pensaría de mi infidelidad?... ¡El muerto! Te aseguro que desde que «él» se volvió invisible, lo siento con mayor intensidad a mi lado; y desde que me casé contigo, más aún. En todo rumor, en el viento que pasa, en los silbos lejanos de las máquinas, en el choque de los cristales de las copas y los vasos, ¡hasta en el crujir misterioso de los muebles advierto que hay tonos e inflexiones de reproche! Y me miran con reproche las estrellas y viene cargado de reproches el rayo de luna; y el filo de agua que corre, y las ondas del mar que se desparraman ondulando por la arena, se quejan de mi inconstancia, ¡dando voz al alma del desaparecido! Tienes en él un rival implacable...

Mucho vacilé, mucho luché para no amarte; pero en esa misma lucha había ya amor... Tenía que realizar mi nueva fatalidad. Tú eras más fuerte que yo y me venciste... Pero a mi amor se mezclaba una angustia muy grande: te quería, te quiero aún con remordimiento...

Recuerdo que una noche, sobre todo, mi congoja fue tal, los reproches interiores que el muerto parecía hacerme tan amargos, que llena de desolación y al propio tiempo de ternura por aquel amor a mí, que se empeñaba en sobrevivir a la tumba, le renové mi promesa con toda la energía de mi voluntad.

—Aunque me case con él —le dije—, te juro de nuevo que un día le dejaré para entregarme en un convento a Dios y a ti solo, para pensar en ti y orar por ti como tú querías... Mi cuerpo, en suma, ¡qué te importa! Ya no puedes poseerlo. ¡Déjaselo a él; pero mi alma seguirá siendo tuya!

(Me perdonas, verdad, amor mío; en realidad mi alma es de los dos; está dividida... ¡No te enojes! No es culpa mía; tú dirás de la mitad de mi corazón, pero su mano de sombra tira de la otra mitad y la pobre entraña sangra..., sangra...)

Aquella noche, después de la renovación de mi promesa, me sentí repentinamente tranquila, sosegada, ecuánime, como si «él» aceptase el pacto. Dormí bien después de muchas vigilias de inquietud... Pero poco a poco fui advirtiendo que a ti te amaba también, que no sólo mi cuerpo, sino la mitad de mi alma iba a ser tuya, o mejor dicho, que toda mi alma iba a ser tuya..., sin dejar de ser del muerto y sin que en esto hubiese contradicción, amor mío, porque os adoro a los dos, sólo que de distinto modo, y porque bien mirado él en suma ya no es un hombre, ¿verdad? Es algo que no se puede ni definir ni comprender; ¿es un pensamiento o un haz de pensamientos? ¿Es una voluntad? Me embrollo, amor mío... Pero es el caso que a él no le place que le quiera así, no me tolera que comparta con nadie el amor que exige exclusivo; y la prueba es que, desde que te quiero, siento ese remordimiento roedor que me atormenta hasta volverme loca... Sobre todo al llegar la noche... Durante el día, él parece dormitar..., parece alejarse, parece tolerar que yo te quiera, pero la noche es su dominio. Está de acuerdo con la oscuridad. Las tinieblas deben darle una fuerza diariamente renovada. ¡Quizá encarna en la sombra misma! Y sus reproches insistentes, acaban por ser intolerables...

Yo, pobre de mí, refugiome en tus brazos, o febril, me escapo del lecho y voy a buscar un poco de aire puro, de paz y de silencio a la ventana.

Ayúdame tú a luchar con él, bien mío; ¡no quiero dejarte! Ahora siento que te amo más que nunca. Sé fuerte contra él, como Jacob lo fue contra el espíritu con quien luchó por el espacio de una noche... ¡Sálvate y sálvame!

Era tan patético, tan desesperado el acento de Ana María, que yo, amigo, aunque soy muy señor de mí mismo, me eché a llorar en sus brazos...

El amigo.— Ya pareció aquello, so sentimental de a cuatro céntimos.

Yo.— ¡Todos los fuertes lloran! Tenlo presente. Lloré, pues, y pagado el tributo al corazón, la voluntad acerada, dije con firmeza:

—No temas, Ana María, yo te adoro y lucharé con esa sombra. De sus brazos y de su influjo misterioso he de arrancarte. Como Orfeo, iría al propio Hades a arrebatar a mi Eurídice del poder de Plutón y con ella en mis brazos tendría el heroísmo de no mirar hacia atrás... Pero es preciso que tú te resuelvas a quebrantar ese juramento absurdo.

—No puedo —gimió la infeliz escondiendo su cabecita entre mis brazos...— ¡De veras que no puedo!

—¡Tienes que poder!

—¡Imposible! ¡Siento que me agitaría inútilmente entre las garras invisibles! ¡Ay de mí, y cómo aprietan!

* * *

Era preciso salvarla de la locura, a pesar suyo. Había que intentar el combate con aquella sombra, el duelo a muerte..., y no perdí el tiempo. Al día siguiente fui a buscar a uno de los más celebrados especialistas en enfermedades nerviosas, en psicosis raras y tenaces. La examinó y...

El amigo.— No me lo digas: la recetó ejercicio moderado al aire libre, reconstituyentes, baños templados, distracciones, viajes...

Yo.— Eso es...

El amigo.— Pobres médicos, ¿verdad? ¡Y pobres de nosotros que tenemos que consultarles!

XI

El amigo.— El remedio más sencillo para el mal de Ana María, hubiera sido convencerla de que los muertos ya no pueden nada contra los vivos, de que se mueven en un plano, desde el cual nuestro plano es inaccesible. La convicción de tu esposa era todo en su dolencia. No ya fenómenos psíquicos, sino hasta fenómenos materiales, pueden producirse por la creencia en ellos. «Hay casos —dice William James—, en que no puede producirse un fenómeno si no va precedido de una fe anterior en su realización». La vida está llena de estos casos. Para vencer a aquella sombra, para «matarla», bastaba, naturalmente, que Ana María dejase de creer en ella. La duda es un proyectil de 75 contra los fantasmas, la negación sincera es un proyectil de 42.

Yo.— Pero Grullo y Monsieur de la Palice hubieran sido... de tu opinión, amigo... Pero la raíz de una creencia se pierde en las lobregueces del subconsciente y no puede nadie desceparla tan aína, mucho menos de una alma de mujer.

XII

Yo.— Pero volvamos a nuestro tema de hace un rato, sobre la inquietud como excitante de la dicha: aquella ansiedad perenne en que yo vivía, aquel miedo de todos los instantes acrecentaban mi amor a Ana María.

Si ella, cediendo a mis súplicas me hubiese dicho: «¡Ya no me voy! Has vencido al muerto; me quedaré contigo para siempre...». Quizás habría yo acabado por envidiar al difunto.

Nos irritamos contra la vida, porque no nos da nada definitivo, porque la muerte o la desgracia están siempre de detrás de la cortina esperando entrar, o a nuestras espaldas, mirándonos a hurtadillas... Y en cuanto la suerte nos depara un goce relativamente seguro nos ponemos a bostezar como las carpas...

El amigo.— Así acontece, en efecto, y el autor del Pragmatismo, a quien te citaba hace un comento, nos dice en su ensayo sobre si La vida vale o no la pena de ser vivida: «Es un hecho digno de notarse que ni los sufrimientos ni las penas mellan en principio el amor a la vida; parecen al contrario comunicarle un sabor más vivo. No hay fuente de melancolía más grande que la satisfacción. Nuestros verdaderos aguijones son la necesidad, la lucha, y la hora del triunfo nos aniquila de nuevo. Las lamentaciones de la Biblia no emanan de los judíos en cautividad, sino de los dos de la época gloriosa de Salomón. En el momento en que era aplastada Alemania por las tropas de Bonaparte fue cuando se produjo la literatura más optimista y más idealista que haya habido en el mundo...». Y sigue citando casos por el estilo. El dolor, amigo mío, es, pues, la sola fuente posible de felicidad. ¿Sabes tú cómo definió un humorista la ausencia? La Ausencia es un ingrediente que devuelve al amor el gusto que la costumbre le hizo perder... Y otro tanto puede afirmarse del temor que a ti te atenaceaba. Ana María era como un diamante montado en una sortija de miedo..., que lo hacía valer infinitamente; ¡tú miedo de perderla!

Yo.— Tienes razón... Tienes hartísima razón.

El amigo.— Egoísta: me das la razón porque opino como tú...

Yo.— Me parece que te la daría aun en el caso contrario... Pero puesto que por rara felicidad coincidimos en esta tesis, voy a contarte tres hechos que la corroboran:

A un millonario amigo mío, que además de millonario es hombre sano, de carácter alegre, le preguntaba yo en cierta ocasión:

—¿Desearía usted vivir eternamente así, como está? ¿Con la misma mujer a quien adora, el mismo hotel en la Avenida del Bosque, los mismos amigos que encuentra tan simpáticos?

Y me contestó: «Sí; pero a condición de temer fundadamente de vez en cuando perderlo todo...».

Qué sencilla y admirable filosofía, ¿verdad?

Ser inmortales, pero temiendo a cada paso no serlo: he aquí la suprema felicidad, en el marco de la suprema inquietud.

Amara una mujer como yo a Ana María, pero temiendo perderla, he aquí la voluptuosidad por excelencia.

Vais a besarla y os decís: «Acaso este beso será el último», con lo cual el deleite llega a lo sobrehumano.

Estáis al lado de ella, leyendo, en una velada de invierno, cerca de la chimenea, y pensáis:

—¡Quizá mañana ya no se halle aquí! ¡Tal vez haya huido para siempre!

Entonces sentís todo lo que valen el sosiego divino, la paz amorosa de aquellos instantes...

¿Por qué adoramos tanto a las mujeres que se nos han muerto?

El amigo.— ¡Toma! ¡Porque se nos han muerto!

Yo.— Pues una mujer que ha de irse de un momento a otro, irrevocablemente, una mujer que teméis perder a cada instante, tiene más prestigio, más extraño y misterioso embeleso que una muerta... ¿Estás de acuerdo, amigo?

El amigo.— Claro que estoy de acuerdo.

Yo.— El conde José de Maistre, para comprender y saborear el tibio embeleso, la muelle y deliciosa caricia de su lecho en las más crudas mañanas del invierno, ¿sabes lo que hacía? Él nos lo cuenta con mucha gracia: Ordenaba desde por la noche a su criado que, a partir de las seis de la mañana, le despertase... cada hora.

A las seis, por ejemplo, el criado le tocaba suavemente en el hombro:

—Señor conde, ¡son las seis de la mañana!

El Conde se despertaba a medias, estiraba los brazos, se daba cuenta, fíjate, se daba cuenta de lo bien que estaba en su cama..., y se volvía del otro lado... La inquietud y el miedo momentáneo de tener que levantarse (ya que en el primer momento no se acordaba de su orden de la víspera), avaloraban infinitamente su dicha de volverse a dormir.

—¡Señor conde, que son las siete!

Y se repetía la misma escena.

... Pues te diré que yo me he imaginado la muerte como un sueño delicioso en invierno: un sueño muy largo, en un lecho muy blando, durante un invierno sin fin, al lado de los seres que amé... Y he pensado que allá cada millón de años, por ejemplo, un ángel llega, me toca en el hombro y me dice: ¿Quieres levantarte?

Y yo me esperezo; siento la suavidad maternal de mi lecho, el deleite de mi sueño, el calor blando que emana de los que amo y que duermen conmigo, el consuelo infinito de tenerlos tan cerca y volviéndome del otro lado, respondo al ángel:

—No, te lo ruego, déjame dormir...

* * *

El miedo de perder lo que amamos, sí, es la verdadera sal de la dicha. ¿Te acuerdas amigo?, y éste será el tercer cuento de los que prometí contarte, de aquel divertido libro de Julio Verne que se intitula: Las tribulaciones de un chino en China. El filósofo Wang, que lo posee todo en el mundo, tiene un tedio horrible. ¡Para ser feliz sólo le falta... la quietud!, y se la proporciona merced a un curioso pacto, con un hombre que, ¡cuando menos lo piense habrá de asesinarle!

Wang no sabe de qué recodo de sombra, a qué hora del día o de la noche surgirá el asesino...

¡Y desde entonces vive en una vibración perenne, en una emoción temblorosa, y saborea la vida!

El amigo.— Tienes razón; tenemos razón, mejor dicho... Aun cuando a veces se me ocurre que acaso la condición por excelencia de la felicidad, es no pensar en ella... ¡En cuanto en ella piensas, piensas también que no hay motivo para ser feliz! Y, por lo tanto, ya no lo eres. La conciencia plena y la felicidad son incompatibles. Por eso cuando Thetis, antes de metamorfosear en mujer a la sirena enamorada de que nos habla en uno de sus encantadores En Marge, Julio Lemaïtre, la pregunta si para vivir con un hombre renunciaría a la inmortalidad, la sirena responde: «Il faut ne penser a rien pour être immortelle avec Plaisir!»... Pero aguarda y no digas que tengo el espíritu de contradicción; comprendo contigo que se adora infinitamente a un ser que está a punto de desaparecer, a una criatura que en breve ha de dejarnos; a todo lo que es alado, fugaz, veleidoso, y sé de sobra que el amor no crece, sino lo riega la diaria inquietud...

Yo.— Pues así se agitaba el mío, merced a la obsesión de Ana María que estaba resuelta a irse. Mi corazón temblaba día y noche al lado de ella, como una pobre paloma asustada y saboreaba yo, como pocos la han saboreado, esa copa del amor en cuyo fondo hay toda la amargura del ruibardo, de la cuasia y de la retama...

El amigo.— ¿No dijo Shakespeare que una dracma de alegría debe tener una libra de pena? («One dram of joy must have a pound of care...»)

Yo.— Antes había dicho Ovidio: «Nulla est sincera voluptas, sollicitum que aliquid laetis advent».

XIII

No en vano, empero se lucha con un muerto, amigo. Es posible acaso vencerle; porque los muertos no son invencibles, no mandan tanto como se cree; pero la pugna es muy ruda y se van dejando en ella pedazos del alma.

Nuestro delicioso y angustioso idilio, nuestro doloroso placer, nos agotaba visiblemente. Como poníamos en cada caricia una vida, ¡qué extraño es que por la brecha de un beso la vida se escapase!

En aquella lucha debía, como es natural, sucumbir más pronto el más débil, y el más débil era Ana María.

Ana María que se iba poniendo pálida, delgada, que languidecía de un modo alarmante, cuyos divinos ojos adquirían una expresión más honda de misterio, de vesania, de melancolía, de desolación.

¡Con qué encarnizamiento intenté hacerla olvidar!.., pero hay fantasmas que no nos dejan comer la flor de loto, que nos la arrebatan de los labios ávidos.

«Le souvenir des morts —dice Maeterlink— est même plus vivant que celui des vivants, comme s'ils y aidaient, comme si de leur côté ils faisaent un effort mystérieux pour rejoindre le nôtre».

Y aquel muerto hacía un esfuerzo verdaderamente formidable. Se agarraba con sus uñas negras al alma de Ana, y la perseguía con el puñal implacable de la idea fija:

—«Huye de ese hombre, huye de ese hombre!» —le repetía dentro de su pobre cerebro enloquecido.

* * *

Resolví viajar.

Vinimos a Europa y recorrimos todos esos sitios que hay que recorrer: navegamos en una góndola vieja y negruzca por los sucios canales de Venecia; subimos en funicular a unas montañas de Suiza, que parecían de estampería barata; paseamos por las playas de Niza; comimos la bouillabaisse, con mucho azafrán, en una polvorosa avenida de Marsella donde soplaba el mistral; contemplamos en una tarde, naturalmente de lluvia, las piedras negras de la Abadía de Westminster; confirmamos, en suma, con un bostezo digno del Eclesiástico, que «lo que fue es lo mismo que será y nada hay nuevo bajo del sol»; y un poquito más aburridos que antes, volvimos a Yaquilandia los tres: Ana María, el Muerto y yo...

El amigo.— ¿Sabes que tu historia me va pareciendo tonta e inverosímil?

Yo.— Lo de tonta, es una opinión; habrá quien la encuentre bella; lo de inverosímil lo dices porque no te acuerdas del proverbio francés: «Le vrai est parfois invraissamblable». En suma, ¿a qué llamamos verosímil? A lo vulgar, a lo común y corriente, a lo que sucede tal como lo preveíamos y sin sorpresa de lo preestablecido... Pues yo sostengo que eso es lo inverosímil justamente, porque infinita variedad de causas y concausas que no conocemos, el entreveramiento de influencias, de relaciones, de actos en que nos movemos, lo natural en la vida, lo verosímil debe ser justamente aquello que nos sorprende, que nos choca, que no obedece a las reglas caseras que en nuestra ignorancia queremos fijar a los sucesos.

Tú, amigo, que eres un hombre normal, o crees serlo, quisieras que Ana María hubiese olvidado a su muerto, que le importasen un comino sus reproches, que procurase vivir feliz conmigo y no turbase esta felicidad con su descabellada idea de irse, de acudir a esa cita misteriosa que el difunto le daba en la soledad de un claustro... Pues precisamente porque esto hubiera sido lo lógico, no era lo natural y lo verosímil, ya que la naturaleza ni tiene nuestra lógica ni, como digo, obra conforme a nuestra verosimilitud.

También, te oigo decir: «En suma, se trataba de un simple caso de neurastenia...». Bueno, volvemos a las andadas: ¿y qué es la neurastenia? La neurastenia, óyelo bien, no es una enfermedad; es una evolución. Si el hombre no anda aún con taparrabo, si salió de la animalidad, lo debe sólo al predominio de su sistema nervioso. El sistema nervioso le ha hecho rey de la creación, ya que su sistema muscular es bien inferior al de muchos animales. Ahora bien, cada ser que en la sucesión de los milenarios ha avanzado un poco en relación con la horda, con la masa, ha sido en realidad un neurasténico... Sólo que antes no se les llamaba así. No pronuncies, pues, nunca con desdén esta palabra. Los neurasténicos se codean con un plano superior de la vida; son progenerados, candidatos a la humanidad...

El amigo.— Also sprach Zarathustra.

Yo.— ¿Te burlas? Me alegro, ¡así pondrás unos granitos de sal en estas páginas!

XIV

Pero bueno estoy yo para discutir o filosofar, amigo, cuando llego al punto más angustioso de mi relato: Ana María se me iba muriendo.

Mírala, amigo, en qué estado: está; los lirios parecerían sonrosados junto a su palidez.

La asesina, sobre todo, la ausencia de sueño.

Siempre con los ojos abiertos y los párpados amoratados... Cuando me despierto, en la noche, a la luz de la veladora, lo primero que encuentro son sus ojos, sus ojos agrandados desmesuradamente, como dos nocturnas flores de misterio.

Los médicos se niegan a darla narcóticos.

Le temen al corazón, a veces ya arrítmico.

El trípode de la vida me dice el doctor... Doctoralmente, está formado por el pulso, la respiración, la temperatura... Deben marchar los tres de acuerdo: cuidado sobre todo con el pulso.

—Doctor, si pudiera yo dormir...

Éste es el estribillo eterno de la enferma.

Pide el sueño con una voz dulce, infantil; como un niño pediría un juguete...

¡Ay! ¿No es por ventura el sueño el juguete, por excelencia, de los hombres el regalo mejor que nos ha hecho la Naturaleza?

Pero el muerto no quiere que duerma...

Los muertos nos vencen así. Ellos saben que en el día son más débiles que nosotros. Con cada rayo de sol podemos apuñalar su sombra... Pero se agazapan en los rincones obscuros y aguardan a que llegue la noche.

«El día es de los hombres, la noche de los dioses», decían los antiguos.

La noche no es sólo de los dioses; también es de los muertos.

¡Cómo van adquiriendo corporeidad, apelmazándose en las tinieblas!... El silencio es su cómplice y nuestro miedo le presta una realidad poderosa. Primus in orbe Deos fecit timor.

De día, pues, yo vencía al fantasma. Ana María se animaba un poco, sonreía, me llenaba de caricias, que tenían ya —¡ay de mí!— esa majestad dulce y melancólica de un adiós. De noche, el muerto desalojado de sus «trincheras» lóbregas, «contraatacaba» para recobrarlas:

Ella, estremecida de espanto, se asía de mí con angustia infinita, y yo, rabioso, insultaba —óyelo bien, amigo—, insultaba a aquel espectro, que se había empeñado en llevársela, que no se resignaba a compartir conmigo su posesión y que se metía furiosamente por un resquicio del espacio y del tiempo, para inmiscuirse en nuestras vidas y darles el sabor del infierno.

XV

Si estas cosas que te cuento, amigo, fuesen una novela, yo las arreglaría de cierto modo para dejarte satisfecho. Ana María, con quien, a lo mejor, has simpatizado, no se moriría. La haríamos vivir feliz unos cuantos años. Tendría dos hijos: un niño y una niña. El niño sería moreno, como conviene a un hombre; la niña sería rubia, como conviene a un ángel.

Yo comprendo muy bien el cariño de un autor de teatro o de novela por los personajes que ha creado y me explico perfectamente el desconsuelo de Alejandro Dumas padre, a quien Alejandro Dumas hijo, encontró llorando cierto día, porque en el curso de Los tres mosqueteros había tenido que matar a Porthos..., el más simpático de sus héroes.

Y si comprendo de sobra este desconsuelo, tratándose de seres de ficción (que acaso en otro mundo, en otro plano, existen gracias a sus creadores y acaban por pedir cuenta a éstos de los vicios y pasiones que les han atribuido), imagínate, amigo, lo que me dolerá tener por fuerza que «matar» en esta historia a una mujer que tan intensamente vive en mi corazón... ¡Pero qué remedio si se me murió, amigo!

Estábamos en Sea Girt. Era un día de principios de septiembre. Entraba por nuestras ventanas un fulgor vivo y rojizo. El mar tenía manchas trágicas. Un cercano y potente faro, empezaba a encender y apagar su estrella milagrosa. Lo recuerdo: su pálido haz de luz barría en sentido horizontal la alcoba de la enferma y a cada minuto transfiguraba su cara.

Quise cerrar las maderas, pero ella se opuso; «no la molestaba aquella luz, al contrario».

Yo estaba sentado al borde de la cama y acariciaba su diestra, apenas tibia.

Ella se mostraba tranquila, muy tranquila. El muerto, como ya tenía segura su presa, la dejaba en paz.

—Ahora siento irme —decíame Ana María con voz apacible y dulce, en la cual no había la menor fatiga. Siento irme porque te quiero y por lo solo que vas a quedarte; pero estoy contenta por dos cosas: lo uno porque ya no fue preciso escapar, escapar una noche impelida por una voluntad todopoderosa y extraña, a la cual en vano hubiera intentado resistir; lo otro porque ahora que repaso los breves años que nos hemos amado, veo que fueron lo mejor de mi vida. A él le amé mucho, pero con reposo; y a ti te he amado mucho; pero con inquietud. Esa certidumbre de que era preciso abandonarte pronto, daba un precio infinito a tus caricias. El destino tuvo para nosotros, disponiendo así las cosas, una suprema coquetería.

Imagínate que nuestra vida hubiese sido serena, permanente, monótona, con la íntima seguridad de su prolongación indefinida: ¿me habrías amado lo mismo?

—Cállate —interrumpió retirando su mano de la mía y poniéndola dulcemente sobre mi boca—, vas a decirme que sí; vas a hacerme protestas de ternura. Pero bien sabes que no hubiera sido de esta suerte... Mientras que ahora estoy segura de ser llorada, de ser más querida aun después de la muerte que lo fui antes, y esta certidumbre —¡perdóname!— satisface sobremanera mi egoísmo de mujer cariñosa, sentimental, romántica, que leyó mucho a los poetas y soñó siempre con ser muy amada... Ya ves, pues, que no debemos quejarnos. En suma, ¿qué es la vida sino un relámpago entre dos largas noches?... Ya te tocará tu vez de irte a dormir y entonces, ¡qué bien reposarás a mi lado!... Dame un beso, largo... largo... ¡Ay, me sofocas! Dame otro, en la frente; ahora siento que en ella está mi alma, porque el corazón se va cansando...

* * *

Amigo mío, ¡no quiero describirte más esta escena! Ana María murió sobre mi pecho, blanda, muy blandamente, y recuerdo que el faro varias veces iluminó con su haz lívido, nuestras cabezas juntas, como con luz de eternidad.

XVI

Dirás, acaso, que el fantasma me venció en toda la línea.

No, amigo: ¡Yo vencí al fantasma!

¡Le vencí!, porque Ana María no se fue al dichoso convento a vivir excesivamente para él; y por otra razón esencial, porque ahora iba yo a ser para el alma de mi amada el verdadero ausente, en vez del difunto... ¡Iba yo ella el muerto! («Vivants vous êtes les fantômes; c'est nous qui sommes les vivants!» —dijo Víctor Hugo). ¡Y los ausentes y los muertos siempre tienen razón! Una dorada perspectiva los transfigura, los torna sagrados... ¡Ah!, si algo llevamos de nuestras pasiones, de nuestros apegos al otro lado de la sombra; ¡si la muerte no nos deshumaniza y nos descasta por completo, el fantasma aquél que tanto daño me hizo, habrá tenido a su vez celos de mí en su lobreguez silenciosa! De mí, el ausente de su mundo, el amado después que él, el verdadero muerto...

* * *

Sesenta años he cumplido, amigo, como te expuse al empezar, y he amado muchas, muchas veces; ¡pero en verdad te digo que es aquella la vez en que amé más!


Publicado el 23 de enero de 2019 por Edu Robsy.
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