La Isla de los Pingüinos

Anatole France


Novela, Sátira


Prólogo
Libro primero. Los orígenes
I. Vida de San Mael
II. Vocación apostólica de San Mael
III. La tentación de San Mael
IV. Navegación de San Mael sobre el océano de hielo
V. Bautismo de los pingüinos
VI. Una asamblea en el Paraíso
VII. Continuación de la asamblea
VIII. Metamorfosis de los pingüinos
Libro segundo. Los tiempos antiguos
I. Los primeros velos
II. El amojonamiento de los campos y el origen de la propiedad
III. La primera asamblea de los estados de Pingüinia
IV. Las bodas de Kraken y de Orberona
V. El dragón de Alca
VI. Continúa el dragón de Alca
VII. Más acerca del draǵon
VIII. Sigue el asunto del dragón
IX. Donde aun se trata del dragón
X. También referente al dragón de Alca
XI. Prosiguen las vicisitudes del dragón de Alca
XII. Termina lo referente al dragón de Alca
Libro tercero. La edad media y el renacimiento
I. Brian el piadoso y la reina Glamorgana
II. Draco el Grande. Traslación de las reliquias de Santa Orberosa
III. La reina Crucha
IV. Las letras: Johannes Talpa
V. Las artes. Los primitivos de la pintura pingüina
VI. Marbode
VII. Signos en la luna
Libro cuarto. Los tiempos modernos: Trinco
I. La rouquina
II. Trinco
III. Viaje: del doctor Obnubile
Libro quinto. Los tiempos modernos: Chatillón
I. Los reverendos padres Agaric y Cornamuse
II. El príncipe Crucho
III. El conciliábulo
IV. La vizcondesa Oliva
V. El príncipe de los Boscenos
VI. La caída del almirante
VII. Conclusión
Libro sexto. Los tiempos modernos: el proceso de las ochenta mil pacas de forraje
I. El general Greatauk, duque de Skull
II. Pyrot
III. El conde Maubec de la Dentdulynx
IV. Colomban
V. Los reverendos padres Agaric y Cornamuse
VI. Los setecientos pyrotinos
VII. Bidault-Coquille y Maniflora. Los socialistas
VIII. El proceso Colombán
IX. El padre Douillard
X. El consejero Chaussepied
XI. Conclusión
Libro séptimo. Los tiempos modernos: la señora Ceres
I. El salón de la señora Clarence
II. La obra de santa Orberosa
III. Hipólito Cerés
IV. El matrimonio de un político
V. El gabinete Visire
VI. El diván de la favorita
VII. Las primeras consecuencias
VIII. Nuevas consecuencias
IX. Las últimas consecuencias
X. Apogeo de la civilización pingüina
Libro octavo. Los tiempos futuros: la historia sin fin
I
II
III
IV

Prólogo

A pesar de la diversidad aparente de ocupaciones que me solicitan, mi vida sólo tiene un objeto, la consagro a la realización de un propósito magnifico: escribir la Historia de los pingüinos, en la cual trabajo asiduamente sin desfallecer nunca si tropiezo con dificultades que alguna vez parecen invencibles.

Hice excavaciones para descubrir los monumentos de ese pueblo sepultados en la tierra. Los primeros libros de los hombres fueron piedras, y estudié las piedras que se pueden considerar como los anales primitivos de los pingüinos. A orillas del Océano escudriñé tumbas que no habían sido aún violadas, y encontré, según costumbre, hachas de pedernal, espadas de bronce, dinero romano y una moneda con la efigie de Luis Felipe, rey de los franceses en 1840.

Para los tiempos históricos, la Crónica de Johannes Talpa, monje del monasterio de Beargarden, fue mi guía segura, y me abrevé tanto más a esta fuente cuanto que no es posible hallar otra en justificación de la historia pingüina durante la Edad Media.

Pero a partir del siglo XIII contamos con mayor abundancia de documentos, aunque no sean más afortunadas nuestras investigaciones. Resulta difícil escribir la Historia; nunca se averigua con certeza de qué modo tuvieron lugar los sucesos, y las incertidumbres del historiador aumentan con la abundancia de documentos. Cuando un hecho es conocido por una referencia única, lo admitimos sin vacilación; pero empiezan las perplejidades al ofrecerse varios testimonios del mismo suceso, pues no suele haber manera de armonizar las contradicciones evidentes.

Hay fundamentos científicos bastante poderosos para decidirnos a preferir tales referencias y a desechar tales otras, aunque nunca lo sean bastante para avasallar nuestras pasiones, prejuicios e intereses y vencer la ligereza de la opinión común a todos los hombres graves. Por este motivo presentamos constantemente los hechos en una forma interesada y frívola.

Referí a varios sabios arqueólogos y paleógrafos de mi país y de países extranjeros las dificultades en que tropezaba mi propósito al querer escribir una historia de los pingüinos, y su indiferencia, rayana en desprecio, me anonadó. Me oían sonrientes y compasivos, como si quisieran decirme: «Pero ¿acaso escribimos historia nosotros? ¿Acaso nos importa deducir de un escrito, de un documento, la menor parcela de vida o de verdad? Limítase nuestra misión a publicar nuestros hallazgos pura y simplemente, letra por letra. La exactitud de la copia nos preocupa y nos enorgullece. La letra es lo único apreciable y definido: el espíritu no lo es. Las ideas no son más que fantasías. Para escribir historia se recurre a la vana imaginación».

Algo así me insinuaban los ojos y la sonrisa de los sabios paleógrafos, y sus opiniones me desanimaron profundamente. Un día, después de conversar con un sigilógrafo eminente, y cuando me hallaba mucho más desconcertado que de costumbre, se me ocurrió esta reflexión: «Digan lo que digan, existen historiadores; la especie no ha desaparecido por completo; en la Academia de Ciencias Morales se conservan cinco o seis que no se limitan a copiar textos; escriben historias, y no me dirán que sólo una vana imaginación puede consagrarse a este género de trabajo».

Me animé con semejante idea, y al día siguiente fui a casa de uno de ellos, anciano sutil.

—Vengo, señor mío —le dije—, a solicitar un consejo de su experiencia. Me propongo escribir historia y no consigo documentarla.

Encogióse de hombros y respondió: —¿Por qué se preocupa de buscar documentos para componer su historia y no copia la más conocida, como es costumbre? Si ofrece usted un punto de vista nuevo, una idea original, si presenta hombres y sucesos a una luz desconocida, sorprenderá usted al lector, y al lector no le agradan las sorpresas, busca sólo en la Historia las tonterías que ya conoce. Si trata usted de instruirle, sólo conseguirá humillarle y desagradarle; si contradice usted sus engaños, dirá que insulta sus creencias.

Los historiadores se copian los unos a los otros, con lo cual se ahorran molestias y evitan que los motejen por soberbios. Imítelos y no sea usted original. Un historiador original inspira siempre desconfianza, el desprecio y el hastío de los lectores. ¿Supone usted que yo me vería honrado y enaltecido como lo estoy, si en mis libros de historia hubiera dicho algo nuevo? Y ¿qué son las novedades? ¡Impertinencias!

Levantóse. Agradecido a sus bondades me despedí, y él insistió:

—Me permito darle un consejo. Si quiere usted que su obra sea bien acogida, no pierda ninguna ocasión de alabar las virtudes que sirven de sostén a las sociedades, el respeto a las riquezas y los sentimientos piadosos, principalmente la resignación del pobre, que afianza el equilibrio social. Asegure que los orígenes de la propiedad, de la nobleza, de la gendarmería, sean tratados en su historia con todo el respeto que merecen semejantes instituciones; propale que se halla dispuesto a tomar en consideración lo sobrenatural cuando convenga, y así conseguirá el beneplácito de las personas decentes.

Medité sus juiciosas observaciones y las atendí cuanto me fue posible.

No me incumbe tratar de los pingüinos antes de su metamorfosis. Empiezan sólo a interesarme cuando, al salir de la Zoología, entran en la Historia y en la Teología. Sin dudar que fueron pingüinos los transformados en seres humanos por San Mael, conviene esclarecer este punto. En las circunstancias actuales pudiera el nombre inducir a confusiones.

Llamamos «pingüino» a un ave de las regiones árticas, perteneciente a la familia de los alcidios, y «manco», al tipo de los esfeniscidios, habitante de los mares antárticos. Los distingue de este modo, por ejemplo, el señor Lecointe, cuando relata el viaje de La Bélgica: «Entre todas las aves que pueblan el estrecho de Gerlache —dice—, los “mancos” resultan las más interesantes. Con frecuencia los llaman, impropiamente, los “pingüinos” del Sur…». El doctor J. B. Charcot le contradice y afirma que los verdaderos y únicos pingüinos son esas aves del Antártico llamadas «mancos», y aduce, como fundamento de su opinión, que recibieron de los holandeses llegados en 1598 al cabo de Magallanes el nombre de «pingüinos», probablemente por su grasienta gordura. Pero si los «mancos» reciben el nombre de «pingüinos», ¿cómo se llamarán los pingüinos en adelante? Nada le preocupa esto al doctor J. B. Charcot.

De todos modos, ya recobre para ellos ese nombre o lo usurpe, le concederemos que los mancos se llaman pingüinos. Al describirlos adquirió el derecho de bautizarlos, pero ha de tolerar que los pingüinos septentrionales continúen siendo pingüinos. Habrá pingüinos del Sur y pingüinos del Norte, los antárticos y los árticos, los alcidios o auténticos pingüinos y los esfeniscidios o antiguos «mancos». Tal vez sea un inconveniente para los ornitólogos preocupados en describir y clasificar los palmípedos, que se preguntarán si es oportuno conceder el mismo nombre a dos familias que viven en polos distintos y que se diferencian de varios modos: en el pico, los alones y las patas; pero yo acepto esa confusión y me acomodo a ella sin dificultad. Entre mis pingüinos y los de J. B.

Charcot, por muchos que sean los caracteres que los distinguen, son muchos más los que determinan una semejanza notable y profunda. Unos y otros se caracterizan por su aspecto serio y plácido, por su dignidad cómica, por su familiaridad atractiva, por su bondad solapada y por sus movimientos a la vez torpes y solemnes; unos y otros son pacíficos, les encantan los discursos, les atraen los espectáculos, les interesan los negocios públicos y les preocupa la jerarquía.

Mis hiperbóreos, a decir verdad, no tienen alones escamosos, pero los tienen cubiertos de cortas plumas; aun cuando sus patas son menos traseras que las de los meridionales, andan como ellos, con el busto arrogante, la cabeza erguida, y contonean el cuerpo, que rebosa dignidad. Estos caracteres y su pico sublime determinaron el error del apóstol, que los creyó seres humanos.

El presente libro pertenece, lo reconozco, al género de la historia vieja, la que ofrece una sucesión de hechos cuyo recuerdo se ha conservado, y procura indicar en lo posible los efectos y las causas, lo cual es más arte que ciencia. Se dice que tal manera de historiar no satisface a los espíritus ansiosos de exactitud, y que la vieja Clío es al presente reputada como una chismosa. No dudo que se pueda trazar en lo por venir una historia verdadera de las condiciones de la vida para enseñarnos lo que tal pueblo, en tal época, produjo y consumió en todas las formas de su actividad. Esa historia será no un arte, sino una ciencia, y ofrecerá la exactitud que al historiador más avisado le falta, pero es imposible trazarla sin acudir a una multitud de estadísticas de las cuales aún carecen todos los pueblos, y, sobre todo, el de los pingüinos. Acaso las naciones modernas procuren algún día elementos para esa historia, pero en cuanto se refiere a la Humanidad fenecida, será forzoso contentarse con historias al modo antiguo. El interés de semejantes producciones depende sólo de la perspicacia y de la honradez del narrador.

Como dijo un famoso escritor de Alca, la vida de un pueblo es un tejido de crímenes, de miseria y de locuras. Ocurre, lo mismo en la Pingüinia que en las demás naciones, por lo cual su historia ofrece puntos admirables que imagino haber aclarado bien.

Los pingüinos se conservaron belicosos durante mucho tiempo. Uno de sus conciudadanos, Jacobo el Filósofo, ha trazado su carácter en un cuadrito de costumbres que voy a reproducir y que sin duda será del gusto de mis lectores.

«El sabio Graciano recorría la Pingüinia en tiempo de los últimos dracónidas. Cierto día cruzaba un fértil valle, donde los cencerros de las vacas resonaban en la quietud del aire puro, y se detuvo a descansar en un banco, al pie de una encina, cerca de una cabaña. En el quicio de la puerta, una mujer daba de mamar a un niño; un mozalbete jugueteaba con un perrazo, y un anciano, ciego, sentado al sol, con los labios entreabiertos, bebía la luz.

El dueño de la casa, hombre joven y robusto, ofreció a Graciano pan y leche.

Después de tomar aquel refrigerio, dijo el filósofo marsuino:

—Amables habitantes de un bello país, agradezco vuestra delicadeza. Todo aquí respira gozo, concordia y paz.

En aquel momento pasó un pastor que tocaba la dulzaina.

—Es una música heroica —opinó Graciano.

—Es el himno de guerra contra los marsuinos —respondió el labriego—. Todos lo cantamos. Los niños lo aprenden antes de hablar. Somos buenos pingüinos.

—¿Odian a los marsuinos?

—¡A muerte!

—Y ¿por qué razón los odiáis a muerte?

—¿No son los vecinos más próximos?

—Ciertamente.

—Pues bien: ¡por eso los pingüinos odian a los marsuinos!

—¿Es una razón?

—¡Claro que sí! Quien dice vecinos dice enemigos. Mira el campo lindante con mi propiedad; es del hombre a quien más odio en el mundo. Mis mayores enemigos, después de él, son los habitantes del pueblo próximo, que arraiga en la otra vertiente del valle al pie de un bosque de álamos blancos. En el angosto valle hundido entre montañas no hay más que dos pueblos, y son enemigos. Cada vez que nuestros mozalbetes encuentran a los otros se cruzan insultos y porrazos. ¡Cómo es posible que los pingüinos no sean enemigos de los marsuinos! ¿Ignoras lo que significa el patriotismo? Constantemente asoman dos gritos a mis labios: “¡Vivan los pingüinos!” “¡Mueran los marsuinos!”».

* * *

Por espacio de trece siglos los pingüinos pelearon contra todos los pueblos del mundo; su ardor fue constante y varia su fortuna. Luego, durante algunos años, cambiaron de opinión y abogaban por la paz con el mismo convencimiento que antes por la guerra. Sus generales acomodáronse perfectamente a la nueva situación, y todo el ejército, jefes y oficiales, sargentos y soldados, reclutas y veteranos, aceptó gustoso la tranquilidad reinante; pero los escritorzuelos, los ratones de biblioteca y demás bicharracos impotentes lo lamentaban desconsolados.

El mismo Jacobo el Filósofo compuso una especie de relato moral, en el que, al ofrecer de una manera cómica y contundente las varias acciones de los hombres, intercaló episodios de la historia de su país. Algunos personajes le preguntaron por qué razón había escrito aquello y qué provecho reportaría su obra a la patria.

—Uno muy considerable —respondió el filósofo—. Cuando vean sus actos al desnudo, sin el manto de seducciones lisonjeras que los revestían, los pingüinos los juzgarán serenamente, y acaso, en adelante, mejoren de condición.

Hubiera sido mi gusto no prescindir en esta historia de nada que pueda interesar a los artistas, los cuales encontrarán un estudio acerca de la pintura pingüina en la Edad Media, y, si bien dicho estudio es menos completo de lo que yo deseaba, no ha sido ciertamente por culpa mía, corno podrán comprender los que lean este prólogo hasta el fin.

En junio del año pasado tuve la ocurrencia de consultar acerca de los orígenes y progresos del arte pingüino con el malogrado Fulgencio Tapir, el sabio autor de los Anales universales de la Pintura, de la Escultura y de la Arquitectura…

En su despacho se me apareció entre montones de papeles y folletos como un hombrecillo maravillosamente miope, cuyos ojos parpadeaban sin cesar bajo las gafas de oro.

Su nariz alargada, movible, con un tacto exquisito, suplía las funciones de la vista y exploraba el mundo sensible. Fulgencio Tapir usaba ese órgano para el estudio de las bellezas artísticas. En Francia es cosa corriente que los críticos musicales sean sordos y los de arte ciegos, lo cual les permite un recogimiento indispensable para el desarrollo de las ideas estéticas. ¿Supondrán ustedes que con ojos hábiles para percibir las formas y los colores en que se envuelve la misteriosa Naturaleza le hubiera sido posible a Fulgencio Tapir elevarse sobre una montaña de documentos impresos y manuscritos hasta la cumbre del espiritualismo doctrinario, para concebir la teoría poderosa que hace converger las artes de todos los países y de todas las épocas en un sitial académico, su objetivo único?

El suelo y las paredes, ¡hasta el techo!, hallábanse invadidos por carpetas rebosantes, legajos abultados, cajas donde se oprimían papeletas innumerables. Yo contemplaba, poseído de admiración y espanto, aquellas cataratas de erudición a punto de surgir y desbordarse.

—Maestro —dije con la voz emocionada—, recurro a su bondad y a su deber, ambos inagotables. ¿Tendría usted algún inconveniente en guiar mis arduas investigaciones acerca de los orígenes del arte pingüino?

—Caballero —me respondió—, poseo todo el arte, ¿comprende?, todo el arte, dispuesto en papeletas clasificadas alfabéticamente por orden riguroso de materias, y me produciría una verdadera satisfacción poner a su alcance cuanto se refiere a los pingüinos. Ahí tiene una escalera; saque la caja de más arriba y en ella encontrará lo que busca.

Obedecí tembloroso. Al abrir la caja fatal, un torrente de papeletas azules comenzó a escurrirse entre mis dedos y a derramarse como una cascada. Por simpatía, sin duda, y al mismo tiempo, abriéronse las cajas próximas y comenzaron a llover papeletas rosas, verdes y blancas… Unas tras otras reventaron las carpetas, y un diluvio de colores invadió aquel espacio. Al posarse apiñadas en el suelo formaron alfombra que subía y engrosaba por instantes. Hundido hasta las rodillas, Fulgencio Tapir, con las narices alerta, observaba el cataclismo. Al descubrir la causa ocasional, no pudo por menos de palidecer espantado.

—¡Cuánto arte! —dijo en tono lastimero.

Lo llamé; quise llevarlo hasta la escalera, donde podría ponerse a salvo de la inundación; pero todo fue inútil. Había perdido su casquete de terciopelo y sus gafas de oro, y abrumado, exasperado, humillado, luchaba inútilmente por salir de aquella charca de erudición que le cubría ya los hombros. Luego se alzó un remolino de papel. Durante un segundo vi el cráneo reluciente y las manecitas gordinflonas del sabio que se agitaban para defenderse. ¡Imposible ya! Cerróse de pronto el abismo, siguió el diluvio y reinó al fin sobre aquella tumba de papeletas el silencio y la inmovilidad.

Rompí el cristal más alto de la ventana, y gracias a esto pude salvarme.


Quiberon, 1º de septiembre de 1907.

Libro primero. Los orígenes

I. Vida de San Mael

Mael, descendiente de una familia regia de Cambray, entró a los nueve años en la abadía de Yvern, adonde lo llevaron para que se instruyera en las letras sagradas y profanas. A la edad de catorce años renunció a su herencia y se consagró al Señor.

Distribuía sus horas conforme a la regla, entre los cánticos religiosos, el estudio de la gramática y la meditación de las verdades eternas.

Un perfume celeste reveló a los monjes las virtudes que adornaban a Mael, y cuando el bienaventurado Gal, abad de Yvern, pasó a mejor vida, el joven le sucedió en el gobierno del monasterio. Fundó una escuela, un hospital, una hospedería, una fragua, talleres de todas clases, astilleros para la construcción de navíos y obligó a los monjas a cultivar los eriales. También él trabajaba en el jardín de la abadía y en los talleres, instruía a los novicios, y su vida se deslizaba plácidamente como un río que refleja el cielo y fecunda los campos.

Al atardecer acostumbraba este siervo de Dios a sentarse en el acantilado, y aquel sitio aún se llama «la silla de San Mael». A sus pies, las rocas, semejantes a dragones negros, cubiertas de algas verdosas y de ovas leonadas, ofrecían a la espuma de las olas sus pechos monstruosos. Contemplaba el sol mientras se hundía en el Océano como una hostia enrojecida, cuya sangre gloriosa cubriese de púrpura las nubes del cielo y las crestas de las olas, y al santo varón se le presentaban como la imagen del misterio de la Cruz, por el cual la sangre divina ha ennoblecido la Tierra. A lo lejos, una línea oscura indicaba las playas de la isla de Gad, donde Santa Brígida, a quien San Malo impuso el velo, regia un convento de monjas.

Enterada Santa Brígida de los méritos del venerable Mael, envióle a pedir, para estimarla como un rico presente, alguna obra de sus manos. Mael fundió una campanita de bronce, y cuando la tuvo acabada la bendijo y la tiró al mar. La campana fue agitándose y sonando hasta las playas de Gad, donde Santa Brígida, advertida por las vibraciones del bronce entre las olas, salió a buscarla con recogimiento, y, acompañada por las monjas, la llevó en solemne procesión hasta la capilla del monasterio.

Así, el santo varón aumentaba de día en día sus virtudes. Llevaba ya recorridos dos tercios de la senda de la vida y esperaba plácidamente el fin de su existencia terrenal entre sus hermanos espirituales, cuando le fue revelado que la sabiduría divina lo dispuso de otra manera y que el Señor le destinaba a trabajos menos tranquilos, pero no menos meritorios.

II. Vocación apostólica de San Mael

Una tarde iba de paseo por la orilla de una ensenada solitaria. Llegó, abstraído en sus meditaciones, hasta el extremo donde las rocas, en lucha con el mar, forman un escabroso dique, y vio una piedra cóncava que flotaba como una barca sobre las aguas.

En receptáculos semejantes había ido San Guirec, el venerable San Colombán y otros tantos monjes de Escocia y de Irlanda a evangelizar la Armórica. Precisamente, Santa Avoye, llegada de Inglaterra, acababa de cruzar el río Auray metida en un mortero de granito rosa, en el cual, más adelante, meterán a los niños para fortalecerlos. San Vouga cruzaba de Hibernia a Cornouailles sobre una roca, cuyos fragmentos, conservados en Penmarch, curarán las fiebres a los peregrinos que apoyen en ellos la cabeza. San Samsor llegaba a la bahía del monte de San Miguel en una pila de granito; que será Ilamada con el tiempo la taza de San Samsor. Por esto, al ver flotar aquella piedras cóncava, el santo varón de Mael comprendió que el Señor le destinaba al apostolado de los paganos que poblaban todavía las playas de las islas de los bretones.

Entregó su báculo de fresno al monje Budoc para investirle como superior de la abadía. Luego, provisto de un pan, de un barril de agua potable y de un ejemplar de los Santos Evangelios, metióse en la piedra cóncava, que lo condujo suavemente hasta la isla de Hoedic, de continuo azotada por los huracanes. Las miserables gentes que vivían allí pescaban en las hendiduras de las rocas y cultivaban a fuerza de trabajo sus legumbres en huertas arenosas protegidas por vallas, tapias de piedra tosca y setos de tamarindo. Una magnífica higuera, que arraigaba en una hondonada de la isla, extendía horizontalmente sus largas ramas protectoras y era adorada por los habitantes.

El santo varón Mael les dijo:

—Adoráis este árbol por su hermosura, lo cual me induce a suponer que la belleza os agrada. Yo vengo a revelaros la belleza oculta.

Y les enseñó el Evangelio. Después de haberlos instruido en las santas verdades, los bautizó.

Las islas de Morbihan eran más numerosas que hoy en aquel tiempo. Desde entonces hundiéronse muchas en el mar. San Mael evangelizó sesenta.

Luego, en su barca de granito, remontóse por el río Auray, y, después de navegar tres horas, desembarcó ante una casa romana. Salía del tejado una tenue columna de humo. El santo varón traspuso el umbral, donde un mosaico representaba un perro en actitud amenazadora.

Fue acogido por un matrimonio anciano, Marco Combabeo y Valeria Moerens, que vivían del producto de sus tierras. Rodeaba el patio central un pórtico, cuyas columnas estaban pintadas de rojo desde la base hasta la mitad de su altura. Una fuente de conchas marinas se apoyaba en la pared, y bajo el pórtico alzábase un altar con hornacina, donde el dueño de la casa había puesto varios idolillos de tierra cocida blanqueados con lechada de cal. Unos representaban niños alados; otros, a Apolo o a Mercurio, y otros, mujeres desnudas en actitud de recogerse el pelo. Pero el santo varón, Mael descubrió entre aquellas figuras la hermosa imagen de una madre que tenía un niño sobre sus rodillas, y al punto dijo:

—Esta es la Virgen, Madre de Dios. El poeta Virgilio la anunció, antes de que hubiese nacido, al cantar con voz angélica Jam redit et virgo. Y se hicieron de Ella, entre los gentiles, figuras proféticas, como la que tu colocaste, ¡oh Marco!, en este altar.

Sin duda, protegió sus modestos lares. Así, los que observan estrictamente la ley natural se preparan para el conocimiento de las verdades reveladas.

Marco Combabeo y Valeria Moerens, instruidos por este discurso, se convirtieron a la fe cristiana, y fueron bautizados por su joven liberta Caelia Avitella, a la que amaban tanto como a la luz de sus ojos. Todos sus colonos renunciaron al paganismo aquel día.

Marco Combabeo, Valeria Moerens y Caelia Avitella vivieron desde entonces virtuosamente, murieron en gracia de Dios y fueron incluidos en el canon de los santos.

Durante treinta y siete años, el bienaventurado Mael evangelizó a los paganos de tierra adentro.

Mandó construir doscientas dieciocho capillas y setenta y cuatro abadías.

Pero un día, mientras predicaba el Evangelio en la ciudad de Vannes, tuvo noticia de que los monjes de Yvern habían relajado en su ausencia las reglas del santo fundador, y con la ternura de la clueca que recoge sus polluelos, volvió hacia sus hijos descarriados. Cumplía entonces los noventa y siete años de edad. Su cuerpo se había encorvado, pero sus brazos manteníanse robustos y sus palabras fluían abundantes, como en invierno cae la nieve sobra los hondos valles.

El abad Budoc devolvió a San Mael su báculo de fresno y le informó del estado lamentable en que se hallaba la abadía. Los monjes habían disputado acerca de la fecha en que debe celebrarse la Pascua; decidiéronse unos por el calendario romano y otros por el calendario griego. Los horrores de un cisma cronológico desgarraban el monasterio.

Hubo, además, otra causa de desórdenes. Las religiosas de la isla de Sad, tristemente olvidadas de sus virtudes primitivas, a cada instante desembarcaban en la costa de Yvern. Los monjes las instalaban en la hospedería, lo cual daba lugar a escándalos y era un motivo de desolación para las almas piadosas.

Al acabar su fiel información, el abad Budoc pronunció estas palabras:

—Desde que se presentaron las monjitas, nuestros monjes perdieron la inocencia y el reposo.

—No lo dudo —respondió el bienaventurado Mael, porque la mujer es un cepo mañosamente construido: basta olerla para quedar prisionero. ¡Ay! La atracción deliciosa de estas criaturas se ejerce de lejos más poderosamente aún que de cerca.

»Provocan tanto más el deseo cuanto menos lo satisfacen. Bien lo expresan estos versos de un poeta, dirigidos a una de ellas:


Te huyo por no rendirte mi albedrío,
y cuanto más me aparto más te ansío.
 

Así vemos que las dulzuras del amor carnal son más tiranas para los solitarios y para los monjes que para los hombres que viven en el siglo. El demonio de la lujuria me ha tentado en varias formas durante mi vida, y las más rudas tentaciones no me las produjo la presencia de una mujer, ni aun la más hermosa y perfumada: me las produjo la imagen de una mujer ausente. Ahora mismo, bajo el peso de la edad y próximo a cumplir noventa y ocho años, con frecuencia el Enemigo me induce a pecar contra la castidad, por lo menos con el pensamiento. De noche, cuando tengo frío en la cama y crujen sordamente mis huesos helados, oigo voces que recitan el segundo versículo del tercer libro de los Reyes: ¡Dixerunt ergo servi sui!. Quaeramus domino nostro regi adolescentulam virginem, et stet coram rege et foveat cum, dormiatque in sinu suo, et calefaciat dominum nostrum regem.

«Y el diablo me presenta una mujercita en capullo, que me dice:

—Soy tu Abisag, soy tu Sulamita. ¡Oh dueño mío! Déjame lugar en tu lecho.

—Creedme —añadió el anciano—: sólo con una protección especial del Cielo puede un monje guardar su castidad de pensamiento y de obra».

Aplicóse inmediatamente a restaurar la inocencia y la paz en el monasterio, rectificó el calendario según los datos de la Cronología y de la Astronomía y obligó a todos los monjes a que lo aceptaran; devolvió al monasterio de Santa Brígida las monjas pecadoras, pero no las arrojó brutalmente de la abadía; las condujo, entre salmos y letanías, hasta el navío que debía llevarlas.

—Respetemos en ellas —decía— las hijas de Brígida y las esposas del Señor. Librémonos de imitar a los fariseos, que ostentaban su desprecio por las pecadoras. Hay que humillar a esas mujeres en su pecado, pero no en su persona, y procurar que se avergüencen de lo que hicieron y no de lo que son, porque son criaturas de Dios.

Y el santo varón exhortaba a sus monjes para que observaran fielmente la regla.

—Cuando la barca se resiste a obedecer al timón —les dijo—, el escollo la impone obediencia.

III. La tentación de San Mael

Apenas el bienaventurado Mael acababa de restaurar el orden en su abadía, supo que los habitantes de la isla Hoedic, sus primeros catecúmenos y entre todos los más gratos a su corazón, hallábanse de nuevo dominados por el paganismo y colgaban coronas de flores y cintas de lana en los brazos de la higuera sagrada.

El marinero portador de tan dolorosa noticia temía que aquellos hombres descarriados pudieran en cualquier momento destruir la capilla alzada en la costa de la isla, y el santo varón se dispuso a visitar inmediatamente a los infieles para impedir que realizasen violencias sacrílegas y para restaurar su fe.

Al dirigirse hacia la ensenada donde quedó su barca de piedra, volvió los ojos hacia los astilleros por él establecidos treinta años antes en la bahía para la construcción de navíos, donde a tales horas atronaban los martillazos y el chirriar de las sierras.

El diablo, siempre infatigable, salió de los astilleros, acercóse al santo varón bajo la figura de un monje llamado Samson, y le tentó con estas palabras:

—Padre mío, los habitantes de la isla Hoedic pecan sin cesar. A cada momento se alejan de Dios.

Ya están a punto de destruir la capilla que alzaron vuestras manos venerables en la costa de la isla. El remedio urge. Comprenderéis que vuestra barca de piedra os conduciría con mayor rapidez si estuviese aparejada, provista de un timón, de un mástil y de una vela. Entonces el viento la empujaría. Vuestras brazos aún son robustos para gobernar una barca.

Tampoco fuera inoportuno ponerle una proa cortante. Supongo que se os habrá ocurrido, antes que a mí, todo esto.

—Sí, ciertamente urge el remedio —respondió el santo varón—; pero hacer lo que acabáis de decirme, ¿no sería obrar como los hombres de poca fe que desconfían del Señor? ¿No sería un desprecio de la gracia con que me favorece Aquel que me envió la barca de piedra sin timón ni velamen?

A estas preguntas, el diablo, que es un buen teólogo, respondió con esta otra.

—Padre mío, ¿es laudable aguardar con los brazos cruzados la ayuda del Cielo y pedírselo todo al que todo lo puede? ¿No es más meritorio esforzarse con prudencia humana y valerse cada uno a sí mismo?

—No, ciertamente —respondió el anciano Mael—. Confiarlo todo a la prudencia humana sería ofender a Dios.

—A pesar de todo —repuso el diablo—, ¿no es prudente aparejar la barca?

—Sería prudente si no hubiera otro modo de llegar al fin. —¡Eh! ¡Eh! ¿Luego confiáis mucho en la velocidad de vuestra barca de piedra?

—Depende sólo de la voluntad de Dios.

—Va tan despacio como la mula de Budoc. Es una verdadera carraca. ¿Os ha prohibido Dios que la pongáis en condiciones de avanzar de prisa?

—Hijo mío, vuestras razones son claras y de sobra convincentes. Pero reflexionad que la barca de piedra es milagrosa.

—Sin duda, padre mío. Una mole de granito que flota en el agua como un pedazo de corcho, es una barca milagrosa. ¿Qué deducís?

—Mi apuro es tremendo para contestaros. ¿Conviene perfeccionar por medios humanos y naturales una máquina milagrosa?

—Padre mío, si tuvierais la desgracia de perder el pie derecho y Dios lo rehiciera, ¿sería milagroso el nuevo pie?

—Sin duda, hijo mío. —¿Lo calzaríais con el zapato?

—Seguramente.

—Pues bien: si creéis que se puede calzar con un zapato natural un pie milagroso, debéis creer igualmente que se pueden poner aparejos naturales a una embarcación milagrosa. Esto es clarísimo. ¡Ay! ¿Por qué los más santos varones han de tener sus horas de incertidumbre y decaimiento? Sois el más ilustre apóstol de la Bretaña, podríais realizar obras dignas de alabanzas eternas…; ¡pero la inteligencia es tarda y la mano perezosa! Adiós, padre mío. Viajad tranquilamente, y cuando al fin de muchas jornadas lleguéis a las costas de Hoedic, veréis humear las ruinas de la capilla levantada y consagrada por vuestras manos. Los paganos la habrán incendiado, y el diácono que allí dejasteis habrá sido puesto en la parrilla como una chuleta.

—Mi turbación es grande —dijo el siervo de Dios, mientras se enjugaba con una manga el sudor de su frente—. Pero advertid, hijo mío, que no es una empresa fácil aparejar la barca de piedra. ¿No es posible que al emprender tal obra perdamos tiempo en vez de ganarlo?

—¡Ah, padre mío! —exclamó el diablo—, en un abrir y cerrar de ojos la cosa está hecha. Encontraremos los aparejos necesarios en el astillero que años atrás fundasteis en esta costa y en los almacenes abundantemente provistos por vuestros cuidados.

Yo mismo colocaré la quilla y el timón. Antes de ser fraile fui marinero y carpintero. Tuve también otros varios oficios. ¡Manos a la obra!

Y condujo al santo varón hasta un cobertizo próximo donde abundaban toda clase de aparejos de mar.

—Aquí tenéis lo que os hace falta, padre mío.

Púsole sobre los hombros la vela y el mástil, cargó con la proa, el timón y un saco lleno de herramientas de carpintería, y se dirigió hacia la costa en compañía del santo varón encorvado, sudoroso y jadeante bajo el peso de la madera y del lienzo.

IV. Navegación de San Mael sobre el océano de hielo

Con el hábito recogido hasta los sobacos, el diablo arrastró la barca de piedra sobre la arena y la dejó aparejada en menos de una hora.

Así que se hubo embarcado el santo varón, la barca de piedra, con todas las velas desplegadas, tomó tal velocidad que a los pocos momentos había perdido de vista la costa. El anciano empuñaba el timón deseoso de correrse al Sur para doblar el cabo Lands End, pero una corriente irresistible lo arrastraba al Sudoeste.

Bordeó la costa meridional de Irlanda y giró bruscamente hacia el Septentrión. Al atardecer aumentó el viento. En vano Mael quiso recoger velas: la barca de piedra corría desatentada hacia mares fabulosos.

A la claridad de la luna, las rollizas sirenas del Norte, con cabelleras de color de cáñamo, mostraron en torno de Mael sus pechos alabastrinos y sus caderas sonrosadas, y azotaron con sus colas de esmeralda las aguas espumosas, mientras cantaban a coro:


¿Adónde corres, Mael,
desatentado en tu barca,
ya sin timón que la guíe
y con las velas hinchadas,
como los pechos de Juno
al brotar de la vía láctea?
 

Un momento le persiguieron a la luz de las estrellas entre risas armoniosas, pero la barca de piedra corría cien veces más rápida que el navío rojo de un Viking. Y los petreles, sorprendidos en su vuelo, enredábanse las patas en la cabellera del santo varón.

De pronto se alzo una tormenta poblada de sombras y de gemidos, y la barca, impelida por un viento furioso, voló como una gaviota entre la bruma y el oleaje.

Después de una noche que duró tres veces veinticuatro horas, rasgáronse de pronto las tinieblas y el santo varón descubrió en el horizonte una playa más resplandeciente que un diamante. Aquella playa fue aumentando por momentos. A la claridad glacial de un sol inerte y bajo, Mael vio alzarse por encima de las olas una ciudad blanca, de calles silenciosas, la cual, más vasta que Tebas la de las cien puertas, extendía hasta perderse de vista las ruinas de su foro níveo, sus palacios de escarcha, sus arcos de cristal y sus obeliscos irisados.

Cubrían el Océano témpanos flotantes, en torno de los cuales nadaban hombres marinos de ojos claros y ariscos. Leviatán, a su paso, lanzó una columna de agua hasta las nubes.

Entretanto, sobre una mole de hielo que avanzaba a la par de la barca de piedra, hallábase recostada una osa blanca y tenía a su hijuelo entre los brazos. Mael oyóla murmurar suavemente este verso de Virgilio: Incipe parve puer, y, sobrecogido por la tristeza y la turbación, lloró.

El agua de sus provisiones, al congelarse había hecho estallar el barril que la contenía; para calmar su sed, Mael chupaba pedacitos de hielo. Comió su pan empapado en agua salada; los pelos de su barba y de su cabellera quebrábanse como si fueran de cristal; su hábito, recubierto de una capa de hielo, le cortaba las articulaciones a cada movimiento que hacía. Las olas monstruosas lo amenazaron y abrieron profundas fauces sobre su cabeza. Veinte veces se le inundó la barca, y el mar se tragó el libro de los Santos Evangelios que el apóstol guardaba cuidadosamente bajo unas tapas rojas con una cruz de oro.

A los treinta días inicióse la calma, y aconteció que entre un espantoso clamoreo del cielo y de las aguas, una montaña de blancor deslumbrante y de trescientos pies de altura avanzó hacia la barca de piedra. Mael quiso evitar el choque y se agarró al timón, cuya barra se rompió entre su manos. Para disminuir la velocidad acortó la vela, y al asir el cabo, el viento se lo arrebató y el roce le abrasó las manos.

Entonces vio tres demonios con alas de piel negra, provistos de garfios, que, agarrados al aparejo, soplaban para hinchar la vela.

Comprendió que le combatía y le arrastraba el enemigo. Se armó con el signo de la Cruz, y de pronto un viento huracanado, entre lamentos y aullidos, alzó la barca de piedra y le arrancó la proa, el timón, la vela, el mástil.

Así, libre de los diabólicos artefactos, se abandonó a la corriente sobre las aguas tranquilas.

El santo varón arrodillóse, dio gracias al Señor, que le había librado de las garras del demonio, y reconoció sobre la mole de hielo a la osa madre que había murmurado el verso de Virgilio entre los rugidos de la tempestad: oprimía contra su pecho al Hijo y tenía en la mano un libro de tapas rojas con una cruz de oro. Acercóse a la barca de granito, saludó al santo varón con estas palabras: Pax tibi, Mael, y le presentó el libro.

El santo varón reconoció sus Evangelios, y asombrado por lo que veía, entonó un himno al Creador y a la creación.

V. Bautismo de los pingüinos

Después de navegar abandonado a la corriente durante una hora, el santo varón llegó a una playa estrecha, cerrada por montañas cortadas a pico. Avanzó por la costa durante un día y una noche, junto a las rocas, que formaban una muralla infranqueable. Convencióse al fin de que se hallaba en una isla redonda, en medio de la cual había una montaña coronada de nubes. Respiraba satisfecho la frescura del aire húmedo. La lluvia caía sin cesar, y era una lluvia tan suave que el santo varón dijo:

—Señor, ésta es la isla de las lágrimas, la isla de la contrición.

La playa estaba desierta. Extenuado por la fatiga y el hambre, Mael sentóse a descansar sobre una piedra en cuyas oquedades había huevos amarillos con pintas negras del tamaño de los de cisnes, pero no los tocó, y dijo:

—Las aves son alabanzas vivas de Dios. No quiero que por mi culpa se pierda una sola de tales alabanzas.

Mascó líquenes arrancados de las piedras.

Había dado casi por completo la vuelta a la isla sin encontrar habitantes, cuando llegó a un amplio circo formado por rocas abruptas y rojizas con sonoras cascadas y cuyas cimas azuleaban entre las nubes.

La reverberación de los hielos polares había cegado los ojos del anciano, pero una débil claridad filtrábase aún entre los párpados hinchados. Distinguió bultos animados que se oprimían en filas sobre las rocas, como una muchedumbre humana en la gradería de un anfiteatro, y al mismo tiempo sus oídos, embotados por la ruidosa bravura del mar, percibieron débilmente voces. Creyó hallarse entre hombres que vivían según la ley natural, supuso que el Señor le acercó a ellos para que les revelara la ley divina, y los evangelizó:

Desde un alto pedrusco, en el centro del circo agreste, les dijo:

—Habitantes de esta isla, aunque sois menuditos, más que una muchedumbre de pescadores y de marineros parecéis el senado de una ilustre república. Por vuestra gravedad, por vuestro silencio, vuestra apostura tranquila, formáis sobre estas rocas agrestes una asamblea comparable a los Padres Conscriptos de Roma deliberando en el templo de la Victoria, o más bien aún a los filósofos de Atenas discutiendo en los bancos del Areópago. Probablemente no poseéis ni su ciencia ni su genio, pero acaso a los ojos de Dios resulten más meritorias vuestras virtudes. Adivino que sois bondadosos y prudentes. He recorrido las costas de vuestra isla sin encontrar ninguna imagen del asesinato, ningún signo de crueldad, ni cabezas ni cabelleras de enemigos colgadas de altos mástiles o clavadas a las puertas de los pueblos. Me parece que no tenéis arte ni trabajáis los metales, pero vuestros corazones son puros, vuestras manos inocentes, y la verdad se infiltrará fácilmente en vuestras almas.

Los que Mael juzgaba seres humanos de poca talla y de grave aspecto eran pingüinos reunidos por la primavera y alineados por parejas sobre la gradería natural formada por las rocas. En pie, lucían majestuosamente sus anchos vientres blancos. De cuando en cuando agitaban como brazos sus alones y lanzaban voces pacíficas. No temían a los hombres porque no los conocieron y, por tanto, nunca recibieron sus ofensas. Tenía el anciano monje una ternura que tranquilizaba a los animales más temerosos y que agradó extraordinariamente a los pingüinos, los cuales fijaron en Mael sus ojillos redondos, prolongados en su parte anterior por una manchita blanca y oval que les daba expresión de ojos humanos.

Conmovido por su recogimiento, el santo varón les enseñó los Evangelios.

—Habitantes de esta isla, la luz terrestre que se alza sobre vuestras rocas, es imagen de la luz espiritual que se alza en vuestras almas. Porque yo vengo a traeros la claridad interior, os ofrezco la luz y el calor del alma. De igual modo que se derriten al sol ardiente los hielos de vuestras montañas, se derretirán ante la imagen de Jesucristo los hielos de vuestros corazones.

Así habló el anciano, y como en la Naturaleza siempre la voz provoca la voz, como todo lo que vive a la luz del día se goza respondiendo con un cántico a los cánticos, los pingüinos respondieron al discurso del monje con sonidos de su garganta. Su voz era suave y acariciadora porque la endulzaba el celo amoroso en aquellos días.

Convencido el santo varón de que se hallaba entre un pueblo idólatra, que a su manera y en su lenguaje le prometía adhesión a la fe cristiana, los invitó a recibir el bautismo.

—Supongo —les dijo— que os bañáis con frecuencia, porque los huecos de vuestras rocas están llenos de agua pura, y he visto, al acercarme a vuestra asamblea, a varios de vosotros sumergidos en esas bañeras naturales. La pureza del cuerpo es imagen de la pureza espiritual.

Les enseñó el origen, la naturaleza y los efectos del bautismo.

—El bautismo —les dijo— es Adopción, Renacimiento, Regeneración, Iluminación.

Explicóles sucesivamente cada uno de estos puntos.

Después de bendecir el agua de las cascadas y de recitar los exorcismos, bautizó a aquellas aves durante tres días y tres noches. Echaba sobre cada cabeza una gota de agua pura y pronunciaba las palabras rituales.

VI. Una asamblea en el Paraíso

Al saberse en el Paraíso que los pingüinos fueron bautizados, la noticia no alegró ni entristeció a nadie, pero sorprendió mucho a todos. Hasta el Señor quedóse preocupado, y reunió una asamblea de letrados y doctores para consultarles si juzgaban válido aquel bautizo.

—Es nulo —dijo San Patricio.

—¿Por qué ha de ser nulo? —preguntó San Galo, que haba evangelizado a los cornubios y educado al santo varón Mael en los oficios apostólicos.

—El sacramento del Bautismo —argumentaba San Patricio— ha de ser nulo concedido a las aves, como el sacramento del Matrimonio lo es cuando se lo concede a un eunuco…

Pero San Galo respondía:

—¿Qué relación establecéis entre el bautismo de un ave y el matrimonio de un eunuco? No puede haber ninguna. El matrimonio es, como si dijéramos, un sacramento condicional, eventual. El sacerdote bendice un acto que ha de consumarse. Si el acto no se consuma, la bendición anticipada quedará sin efecto. No puede ser más claro. He conocido en la ciudad de Autrim a un ricacho llamado Sadoch que vivía amancebado con una mujer y la hizo madre de nueve criaturas. Ya en la vejez, por instancias mías, consintió en casarse con ella, y bendije su unión. Desgraciadamente, los muchos años de Sadoch le impidieron consumar el matrimonio. Poco tiempo después arruinóse por completo, y Germinia —tal era el nombre de la mujerfalta de resignación para soportar la indigencia, pidió que se anulara el matrimonio que no se había consumado, y el Papa estimó justa su petición. Ya veis lo que puede ocurrir con el sacramento del Matrimonio. Pero el bautismo se confiere sin restricciones ni reservas de ninguna clase. Luego no es dudoso que los pingüinos quedan irremisiblemente bautizados.

Solicitado para que diera su opinión el Papa San Dámaso, se expresó en estos términos:

—Para saber si el bautismo es válido y si producirá sus consecuencias, es decir, la santificación, hay que tener en cuenta quién lo da y no quién lo recibe. En efecto: la virtud santificadora de este sacramento resulta del acto exterior por el cual es conferido, sin que el bautizado coopere a su santificación por ningún acto personal. En otras condiciones no podría ser administrado a los recién nacidos. Y no es necesario para bautizar cumplir condiciones particulares, ni es necesario hallarse en estado de gracia: es suficiente la intención de hacer lo que hace la Iglesia, pronunciar las frases consagradas y observar las formas prescritas. Como no podemos suponer que el venerable Mael faltase a estas condiciones, resulta que los pingüinos quedan bautizados.

—¿Estáis seguro? —preguntó San Guenolo—. En este caso, ¿qué pensáis que sea el bautismo? El bautismo es la forma de la regeneración por la cual el hombre nace a la verdadera vida; entra en el agua cubierto de crímenes, para salir de ella neófito, criatura nueva abundante en frutos de justicia. El bautismo es el germen de la inmortalidad; el bautismo es la garantía de la resurrección; el bautismo es el enterramiento con Cristo en una muerte y la comunión a la salida del sepulcro. No es, pues, un regalo que puede hacerse a las aves.

Razonemos. El bautismo borra el pecado original, y los pingüinos no fueron concebidos en pecado; limpia de todas las penas de pecado, y los pingüinos no han pecado; produce la gracia y el don de las virtudes, une a los cristianos con Jesucristo como se unen los miembros al tronco, y es natural que los pingüinos no pueden adquirir las virtudes de los confesores, de las vírgenes, de las viudas, recibir gracia y unirse a…

San Dámaso no le dejó acabar.

—Eso prueba —dijo vivamente— que el bautismo en este caso era inútil, pero no que deje de ser efectivo.

—Según ese razonamiento —replicó San Guenolo— podrían ser bautizados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por aspersión o inmersión, no solamente un ave o un cuadrúpedo, sino también objetos inanimados, como una estatua, una mesa, una silla, etc. Si el animal se cristianizara, el ídolo, la mesa, la silla, también podrían cristianizarse, ¡y es absurdo!

San Agustín tomó la palabra y se prepararon a oírle con atención.

—Me propongo —dijo el fogoso obispo de Hipona— demostrar con un ejemplo el poder de las fórmulas. Se trata, es verdad, de una operación diabólica, pero si se prueba que las fórmulas inventadas por el diablo producen efecto en los animales privados de inteligencia y hasta en los objetos inanimados, ¿cómo dudar que los efectos de las fórmulas sacramentales no ejerzan acción sobre los brutos y sobre la materia inerte?

»Ved el ejemplo que os propongo:

»He conocido en la ciudad de Madaura, patria del filósofo Apuleyo, una hechicera que solamente con poner al fuego en unas trébedes entre ciertas hierbas y con ayuda de ciertas palabras algunos cabellos cortados de la cabeza de un hombre, conseguía llevarle a su lecho. Pero una vez que se propuso lograr de esta manera el amor de un mozo, quemó, engañada por su sirvienta, en lugar de los cabellos de aquel mozo, pelos arrancados de un pellejo de macho cabrío que se hallaba colgado en una taberna. Y por la noche el pellejo, lleno de vino, atravesó la ciudad hasta llegar a la puerta de la hechicera. El hecho es evidente. En los sacramentos, como en los encantamientos, es la forma lo que prevalece. El efecto de una fórmula divina no puede ser menos, en fuerza y extensión, que el efecto de una fórmula infernal».

Después de hablar así, el sabio San Agustín se sentó mientras le aclamaban sus oyentes.

Un bienaventurado de edad avanzada y de aspecto melancólico pidió la palabra. Nadie le conocía. Se llamaba Probo y no estaba inscrito en el canon de los santos.

—Que todos los presentes me perdonen —dijo—. No tengo aureola y he ganado, sin ostentación, la beatitud eterna. Pero después de lo que acababa de referirnos el glorioso San Agustín considero oportuno daros a conocer una cruel experiencia que adquirí acerca de las condiciones necesarias para la validez de un Sacramento. El obispo de Hipona tiene razón al decir que un sacramento depende de la forma. Su virtud se encierra en la forma, su vicio proviene de la forma. Escuchad, confesores y pontífices, mi lamentable historia: Yo era sacerdote en Roma bajo el imperio de Gordiano. Sin sobresalir como vosotros por méritos singulares, ejercía mi sacerdocio piadosamente. He oficiado durante cuarenta años en la iglesia de San Modesto de las Afueras. Mis costumbres eran sencillas. Cada sábado entraba en la tienda de un tabernero llamado Barjas, el cual se hallaba instalado con sus tinajones bajo la puerta de Capena, y le compraba el vino para consagrar en cada día de la semana. No dejé nunca, en tan largo tiempo, de celebrar un solo día el santo sacrificio de la misa, a pesar de lo cual, no me sentía satisfecho, y con el corazón lleno de angustia en las gradas del altar, meditaba: «¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me turbas?». Los fieles que se acercaban a la santa misa eran causa de aflicción para mí, porque llevando aún, como quien dice, la hostia en la lengua, volvían a pecar. Sin duda, el sacramento no tenía entre aquellas gentes fuerza ni eficacia. Llegué, fatigado, al término de mis angustias terrenas, y habiéndome dormido en el Señor, desperté en la Morada de los elegidos. Entonces averigüé, por el ángel que me había transportado, que el tabernero Barjas, de la puerta Capena, vendía en lugar de vino, un cocimiento de raíces y cortezas, en el cual no entraba ni una sola gota del jugo de la viña, y que yo no había podido transmutar aquel brebaje vil en sangre, porque no era vino, y sólo el vino se convierte en sangre de Cristo, por lo cual todas mis consagraciones eran nulas, y sin darnos cuenta mis fieles y yo nos hallamos privados durante cuarenta años del sacramento de la Eucaristía y excomulgados, por consiguiente. Semejante revelación me produjo un estupor que aún me sobrecoge ahora en esta Morada de la beatitud. La recorro sin cesar y no encuentro a ninguno de los cristianos que se acercaban a la Santa Mesa en la Basílica del bienaventurado Modesto.

»Privados del pan de los ángeles abandonáronse con desaliento a los vicios más abominables, y se hallan todos en el infierno. Sólo me complace pensar que el tabernero Barjas también se ha condenado. Hay en esto una lógica digna del autor de toda lógica. Mi desdichado ejemplo prueba cuán lamentable resulta muchas veces que en los sacramentos la forma tenga más importancia que el fondo. Y os pregunto con humildad: ¿la Eterna Sabiduría no pudiera remediarlo?

—No —respondió el Señor—. El remedio sería peor que el mal. Si en las reglas de salvación el fondo fuese más interesante que la forma, se arruinaría el sacerdocio.

—¡Ay Dios mío! —suspiró el humilde Probo—. Atended a mi triste experiencia: mientras reduzcáis vuestros sacramentos a fórmulas, vuestra justicia tropezará en terribles obstáculos.

—No lo ignoro —replicó el Señor—. Abarco de una sola mirada los problemas actuales, que son difíciles, y los problemas futuros, que no lo serán menos. Yo puedo anunciaros que cuando el Sol haya girado aún doscientas cuarenta veces en torno de la Tierra…

—¡Sublime lenguaje! —clamaron los ángeles.

—Digno del Creador del mundo —respondieron los pontífices.

Y el Señor prosiguió:

—Es una manera de expresarse en consonancia con mi vieja Cosmogonía, de la cual no puedo prescindir sin que se resienta mi inmutabilidad…

»Cuando el Sol, repito, haya girado aún doscientas cuarenta veces en torno de la Tierra, no se encontrará en Roma ni un solo clérigo que sepa latín. Cantando letanías en las iglesias se invocará a los Santos Orichel, Roguet y Totichel, que son, como no lo ignoráis, diablos y no ángeles. Muchos ladrones, dispuestos a comulgar, pero temerosos de que para obtener el perdón se les obligue a ceder a la Iglesia los objetos robados, se confesáran con sacerdotes errantes, que, desconocedores del italiano y del latín, hablando solamente el dialecto de su villorrio, venderán por ciudades y pueblos, a precios viles, y con frecuencia a cambio de una botella de vino, la remisión de los pecados. Seguramente no tendremos que preocuparnos de esas absoluciones, a las cuales faltará la contrición para ser valederas; pero bien podría suceder que los bautismos nos causaran algunos contratiempos. Los sacerdotes llegarán a ser de tal modo ignorantes que bautizarán las criaturas in nomine patria et filia et spirita sancta como Luis de Potte se gozará en referir en el tomo II de su Historia filosófica, política y crítica del Cristianismo. Será un asunto difícil precisar la validez de tales bautismos, porque si bien me acomodo para mis textos sagrados a un griego menos elegante que el de Platón y a un latín nada ciceroniano, no puedo admitir como forma litúrgica una especie de algarabía. Y asusta pensar que se procederá con esa inexactitud en millones de bautismos.

Pero volvamos a los pingüinos.

—Vuestras divinas palabras, Señor, dejan resuelto el asunto —dijo San Galo—. En los signos de la religión y las reglas de la salvación la forma tiene más importancia que el fondo, y la validez de un sacramento depende únicamente de su forma. Todo estriba en saber si los pingüinos han sido bautizados en buena forma, con lo cual la respuesta no es difícil.

Los padres y los doctores llegaron así a un acuerdo; pero su perplejidad fue aún más cruel.

—La condición de cristiano —dijo San Corneliono deja de tener graves inconvenientes para un pingüino. Ahí tenéis unas aves obligadas a ganar el cielo. ¿Cómo lo conseguirán? Las costumbres de las aves son en muchos puntos contrarias a los mandatos de la Iglesia, y los pingüinos no se hallan en el caso de cambiarlas, quiero decir que no son bastante razonables para cambiarlas por otras mejores.

—No pueden intentarlo —dijo el Señor—. Mis decretos lo prohíben.

—De todos modos —insistió San Cornelio—, por la virtud del bautismo sus acciones dejan de ser indiferentes. En adelante serán buenas o malas y susceptibles de premio o de castigo.

—Así debe plantearse el asunto —dijo el Señor.

—Yo sólo veo una solución —adujo San Agustín—. Los pingüinos irán al infierno.

—Pero ¡como no tienen alma! —observó San Ireneo.

—Ello es una complicación —suspiró Tertuliano.

—Sin duda —repuso San Galo—, y reconozco que mi discípulo Mael; con su manía de evangelizar, ha creado al Espíritu Santo enormes dificultades teológicas y ha introducido el desorden en la economía de los misterios.

—Es un anciano aturdido —exclamó San Adjutor.

Pero el Señor fijó en Adjutor una mirada de reproche, y dijo:

—Permitidme: el santo varón Mael no posee, como vos, mi bienaventurado, la ciencia infusa. No me comprende. Es un anciano abrumado por las dolencias, medio sordo y casi ciego. Le juzgáis con excesiva severidad. Sin embargo, reconozco que nos crea una situación difícil.

—Sólo producirá un desorden pasajero —dijo San Ireneo—. Los pingüinos quedan bautizados, pero como sus huevos no lo serán, el daño se reduce a la generación presente.

—No habléis tan de ligero —dijo el Señor—. Las reglas que los físicos establecen sobre la Tierra sufren excepciones por su imperfección y porque no se amoldan exactamente a la naturaleza; pero las reglas que yo establezco son perfectas y no admiten excepción.

Hay que decidir de la suerte de los pingüinos bautizados sin infringir ninguna ley divina, conforme al Decálogo y a los mandatos de la Iglesia.

—Señor —dijo San Gregorio Nacianceno—, dadles un alma inmortal.

—¿Qué harían de un alma inmortal, Señor? —suspiró Lactancio—. Carecen de voz armoniosa para cantar vuestras alabanzas. Tampoco sabrían celebrar vuestros misterios.

—E indudablemente —dijo San Agustín—, no observarían la ley divina.

—Les fuera imposible —dijo el Señor.

—Les fuera imposible —insistió San Agustín—. Y si en vuestra omnipotencia, Señor, les infundís un alma inmortal, arderán eternamente en los infiernos es virtud de vuestros decretos adorables. Así quedará restablecido el orden augusto, perturbado por el viejo Mael.

—Me proponéis, hijo de Mónica —dijo el Señor—, una solución correcta y conforme a mi sabiduría; pero que no satisface a mi clemencia, y aunque soy inmutable me inclino cada vez más a la dulzura. Este cambio de carácter lo reconocerá cualquiera si se comparan mi Antiguo y mi Nuevo Testamento.

Como la discusión se prolongaba sin ofrecer mucha luz, y los bienaventurados no hacían otra cosa que repetir siempre lo mismo, decidieron consultar a Santa Catalina de Alejandría. Era lo acostumbrado en casos difíciles. En la Tierra, Santa Catalina había confundido a cincuenta doctores, muy sabios, con su profundo conocimiento de la filosofía de Platón, las Sagradas Escrituras y la Retórica.

VII. Continuación de la asamblea

Presentóse Santa Catalina en la asamblea con la frente ceñida por una corona de esmeraldas, zafiros y perlas. Vestía un traje de tisú de oro y llevaba al costado una rueda resplandeciente.

Invitóla el Señor a que hablase, y dijo:

—Señor, para resolver el problema que os dignáis someterme no estudiaré las costumbres de los animales en general, ni siquiera las de las aves en particular.

»Solamente haré notar a los doctores, confesores y pontífices reunidos en esta Asamblea, que la distinción entre el hombre y el animal no es absoluta, puesto que existen monstruos que proceden a la vez del animal y del hombre: tales son las quimeras, mitad ninfas y mitad serpientes, las tres gorgonas, los caprípedos, las escilas y las sirenas que cantan en el mar y tienen busto de mujer y cola de pescado. Tales son también los centauros, noble raza de monstruos, uno de los cuales, no lo ignoráis, guiado por las luces de la razón, supo encaminarse hacia la beatitud eterna, y le habréis visto algunas veces, entre nubes doradas, mostrar su pecho heroico al encabritarse. El centauro Quirón mereció por sus trabajos terrestres compartir la morada de los bienaventurados, educó a Aquiles, y ese joven héroe, al salir de las manos del centauro, vivió dos años vestido como una virgen entre las hijas del rey Licomedes, compartió sus juegos y su lecho sin darles ocasión para que sospecharan ni un instante que no era una virgen como ellas. Quirón, que le había imbuido tan buenas costumbres, y el emperador Trajano, son los dos únicos observadores de la ley natural que han obtenido la gloria eterna como los justos. Y, sin embargo, Quirón sólo era mitad hombre.

»Creo haber probado, con este ejemplo, que basta poseer alguna parte de hombre, siempre a condición de que sea noble, para conseguir la beatitud eterna. Y lo que pudo conseguir el centauro Quirón sin haber sido regenerado por el bautismo, ¿cómo no habrán de merecerlo esos pingüinos después de bautizados, si se convirtieran en semihombres? Por esto me atrevo a suplicar, Señor, que deis a los pingüinos del anciano Mael una cabeza y un busto humanos, a fin de que os puedan alabar dignamente, y les concedáis un alma inmortal, pequeñita.

Así habló Santa Catalina, y los padres, los doctores, los confesores, los pontífices, dejaron oír un murmullo de aprobación. Pero se levantó San Antonio, el ermitaño, tendió hacia el Todopoderoso los brazos arrugados y enrojecidos, y exclamó:

—No hagáis tal cosa, Señor y Dios mío. En nombre de vuestro Santo Paracleto, ¡no lo hagáis!

Hablaba con tal vehemencia, que su luenga barba blanca se agitaba como un morral vacío en el hocico de un caballo hambriento.

—Señor, no hagáis tal cosa. Aves con cabeza humana ya existen. Santa Catalina no ha imaginado nada nuevo.

—La imaginación reúne y amolda, no crea jamás —replicóle secamente Santa Catalina.

—¡Ya existen! —insistió San Antonio, sin dar oídos a razones—. Se llaman arpías, y son los animales más incongruentes de la creación. Un día que, en el desierto, me acompañó a cenar San Pablo, puse la mesa junto al umbral de mi cabaña, bajo un viejo sicomoro. Las arpías fueron a posarse en las ramas del árbol, nos ensordecieron con sus gritos agudos y emporcaron todos los manjares. La inoportunidad de estos monstruos impidióme oír las enseñanzas de San Pablo, y comimos excrementos de ave con nuestro pan y nuestras lechugas. ¿Cómo es posible creer, Señor, que las arpías canten dignamente vuestras alabanzas? Os aseguro que en mis tentaciones he visto muchos seres híbridos, no sólo mujeres-culebras y mujeres-peces, sino seres compuestos con más incoherencia todavía, como hombres cuyo cuerpo estaba formado por una marmita, o una campana, o un reloj, o un aparador lleno de alimentos y de vajilla, y hasta por una casa con puertas y ventanas, donde se veían personas ocupadas en trabajos domésticos. La eternidad me resultaría corta para describir todos los monstruos que me asediaron en mi soledad, desde las ballenas aparejadas con navíos hasta la lluvia de animalitos rojos, que trocaban en sangre las aguas de mi fuente.

Pero ninguno era tan molesto como esas arpías, que abrasaron con su excremento las hojas de mi hermoso sicomoro.

—Las arpías —advirtió Lactancio— son monstruos hembras con cuerpo de ave; tienen de mujer la cabeza y los pechos. Su indiscreción, su impudicia y su obscenidad proceden de su naturaleza femenina, como lo ha demostrado el poeta Virgilio en su Eneida. Participan de la maldición de Eva.

—No hablemos de la maldición de Eva —dijo el Señor—. La segunda Eva redimió a la primera.

Pablo Orosio, autor de una Historia universal, que Bossuet debió de imitar más adelante, levantóse y suplicó al Señor:

—Señor, atended mi súplica y la de Antonio. No fabriquéis más monstruos al estilo de los centauros, de las sirenas, de los faunos, tan gratos a los viejos compositores de fábulas, que no pueden proporcionaros ninguna satisfacción. Esos monstruos tienen inclinaciones paganas, y su doble naturaleza no los predispone a las costumbres puras.

El suave Lactancio replicó en estos términos:

—El que acaba de hablar es, seguramente, el mejor historiador que ha entrado en el Paraíso, puesto que Herodoto, Tucídides, Polibio, Tito Livio, Veleyo Patérculo, Cornelio Nepote, Suetonio, Manethon, Diodoro de Sicilia, Dion Casio, Lampride, no disfrutan de la presencia de Dios y Tácito sufre en el infierno los tormentos correspondientes a los blasfemos. Pero Paulo Orosio dista mucho de conocer los cielos como ha conocido la tierra, pues no toma en consideración a los ángeles, que proceden del hombre y del ave y son la pureza misma.

—Nos desviamos de la cuestión —dijo el Eterno—. ¿Por qué traer a cuento esos centauros, esas arpías y esos ángeles? Se trata de los pingüinos.

—Vos lo habéis dicho, Señor; se trata de los pingüinos —declaró el decano de los cincuenta doctores confundidos en su vida mortal por la Virgen de Alejandría—; y me atrevo a opinar que, para poner límite al escándalo que trastorna los cielos, conviene, como propone Santa Catalina, dar a los pingüinos del anciano Mael la mitad del cuerpo humano y un alma eterna proporcionada a dicha mitad.

Estas palabras levantaron en la asamblea un tumulto de conversaciones particulares y disputas doctorales. Los padres griegos contendían con los latinos acerca de la sustancia, de la naturaleza y de las dimensiones del alma que convenía dar a los pingüinos.

—Confesores y pontífices —dijo el Señor—, no imitéis los cónclaves y los sínodos de la Tierra y no traigáis a la Iglesia triunfante las violencias que turban la Iglesia militante. Porque es necesario decirlo: en todos los concilios celebrados bajo la inspiración del Espíritu Santo, en Europa, en Asia y en Africa, los padres se han arrancado bárbaramente unos a otros las barbas y los cabellos, a pisar de lo cual eran todos infalibles y sus afirmaciones eran como el eco de mi voz.

Ya restablecido el orden, el viejo Hermas se levantó y pronunció con lentitud estas palabras:

—Os reverencio, Señor, porque hicisteis nacer a Safira, mi madre, entre vuestro pueblo, cuando el rocío del cielo refrescaba la tierra y preparaba la cosecha de su Salvador. Os reverencio, Señor, por haberme permitido ver con mis ojos mortales a los apóstoles de vuestro divino Hijo. Hablaré en esta ilustre asamblea porque Vos habéis querido que la verdad salga de la boca de los humildes, y diré: Convertid a los pingüinos en hombres. Es la única determinación digna de vuestra justicia y de vuestra misericordia.

Varios doctores pidieron la palabra, otros la usaron sin pedirla, nadie oía y todos agitaban tumultuosamente sus palmas y sus coronas.

El Señor, con un gesto de su diestra, calmó las disputas de sus elegidos.

—No se delibere más —dijo—. La opinión del anciano Hermas es la única ajustada a mis designios eternos. Esas aves serán transformadas en hombres. Preveo varios inconvenientes. Muchos de esos nuevos hombres padecerán molestias, de que se hubieran librado en su condición de pingüinos. De seguro, su suerte, a consecuencia del cambio, será menos envidiable de lo que fuera sin el bautismo, sin esa incorporación a la familia de Abraham; pero conviene que mi presencia no cohiba el libre albedrío. Para no poner diques a la libertad humana, ignoro lo que sé, oscurezco sobre mis ojos los velos que serían transparentes para mí; en mi ceguera, que todo lo ha vislumbrado, me dejo sorprender por lo que tuve previsto.

Llamó inmediatamente al arcángel Rafael.

—Ve a la Tierra —le dijo—; advierte su error al santo varón Mael, y añade que, escudado en mi omnipotencia, convierta los pingüinos en hombres.

VIII. Metamorfosis de los pingüinos

Al descender el arcángel a la isla de los pingüinos encontró al santo varón dormido entre las rocas y rodeado por sus nuevos discípulos. Tocóle en un hombro para despertarle y le dijo con voz armoniosa:

—Mael, no temas nada.

El santo varón, deslumbrado por una inmensa claridad, embriagado por un perfume delicioso, pudo reconocer al ángel del Señor y se prosternó con la frente en el suelo.

El ángel dijo:

—Mael, reconoce tu error. Creíste bautizar a unos hijos de Adán y bautizaste a unas aves. Por tu culpa, los pingüinos han entrado en la Iglesia de Dios.

Al oírlo, el anciano quedóse alelado, y el ángel prosiguió.

—Levántate, Mael, y, escudado con la omnipotencia del Señor, diles a esas aves:

«Convertíos en hombres».

El santo varón Mael, después de llorar y orar, escudóse con la omnipotencia del Señor y dijo a las aves:

—Convertíos en hombres.

Al instante los pingüinos se transformaron. Su frente se ensanchó y su cabeza se redondeó, sus ojos ovales se rasgaron, se abrieron más para contemplar el Universo, una carnosa nariz revistió sus fosas nasales, el pico se convirtió en boca y de la boca nació la palabra, el cuello se acortó y engrosó, los alones fueron brazos y las patas fueron piernas, un alma inquieta se cobijó en su pecho.

A pesar de todo, conservaban algunos rasgos de su primitiva naturaleza, mostraban inclinación a mirar de lado y se balanceaban sobre sus muslos, excesivamente cortos; su cuerpo quedó revestido de plumón fino.

Mael dio gracias al Señor por haber incorporado los pingüinos a la familia de Abraham; pero le afligió pensar que pronto abandonaría la isla para no volver más a ella y que, sin su amparo, seguramente la fe de los pingüinos se debilitaría como una planta muy tierna falta de cultivo.

Entonces concibió la idea de transportar su isla a las costas de Armórica.

«Ignoro los designios de la Sabiduría Eterna —pensó—; pero si Dios quiere que la isla sea transportada, ¿quién podrá impedirlo?».

Y el santo varón tejió con el lino de su estola una cuerda muy delgada, de cuarenta pies de largo; ató un extremo de la cuerda a una roca picuda enclavada en la playa y, sin soltar de la mano el otro extremo, entró en la barca de piedra.

Deslizóse la barca sobre el mar y remolcó la isla de los Pingüinos. Después de nueve días de navegación arribaron felizmente a las costas bretonas.

Libro segundo. Los tiempos antiguos

I. Los primeros velos

Aquel día, San Mael sentóse a la orilla del Océano sobre una piedra que estaba muy caliente. Creyó que el sol la había caldeado y dio gracias al Creador del mundo. Ignoraba que poco antes el diablo descansó allí.

El apóstol aguardaba a los monjes de la abadía de Yvern, encargados de llevar un cargamento de telas y de pieles para vestir a los habitantes de La isla de Alca.

Pronto vio desembarcar a un monje, llamado Magis, con un cofre al hombro. Era un monje muy estimado por sus virtudes.

Acercóse el anciano, dejó el cofre en el suelo y dijo, a la vez que enjugaba la frente con el reverso de la manga.

—¿Es verdad que os proponéis vestir a los pingüinos?

—Nada más urgente, hijo mío —respondió Mael—. Desde que se hallan incorporados a la familia de Abraham, los pingüinos participan de la maldición de Eva y saben que están desnudos, cosa que ignoraban antes. Urge vestirlos, porque ya pierden el plumón que después de la metamorfosis conservaron aún.

—Es cierto —dijo Magis—; y tendió una mirada sobre la costa donde se hallaban los pingüinos ocupados en pescar cangrejos, recoger almejas, cantar y dormir.

—Es cierto: están desnudos. Pero ¿no creéis, padre mío, que valdría más dejarlos desnudos? ¿Para qué vestirlos? Cuando lleven trajes y se hallen sometidos a la ley moral, los veremos enorgullecerse víctimas de una ruin hipocresía y una crueldad superflua.

—¿Es posible, hijo mío —suspiró el anciano—, que tengáis tan erróneo concepto de la ley moral, a la que hasta los mismos gentiles se someten y la acatan?

—La ley moral —replicó Magis— obliga a los hombres, que al fin y al cabo son animales, a vivir de una manera distinta que los animales, y esto les contraría, sin duda; pero también los halaga y los tranquiliza. Como son soberbios; holgazanes y ávidos de placeres, sométense con gusto a las molestias que les hacen vanidosos, y en las cuales fundan su tranquilidad presente y la esperanza de su dicha futura. Tal es el principio de toda moral. Pero no divaguemos. Ya los monjes arriban a esta isla con el cargamento de telas y pieles. Meditadlo, padre mío; aún estáis a tiempo. Vestir a los pingüinos es asunto de mucha trascendencia. Actualmente, cuando un pingüino desea a una pingüina, conoce lo que desea y limita sus ansias al conocimiento preciso del objeto ansiado. En este momento, sobre la playa, dos o tres parejas de pingüinos complacen sus amorosas ansias a la luz del sol. ¡Observad con qué sencillez lo hacen! A nadie preocupa esto, y ellos mismos no le conceden mucha importancia. Pero cuando los pingüinos vayan cubiertos, el macho no se dará cuenta exacta de lo que le atrae hacia la hembra, sus deseos indeterminados se ramificarán en una multitud de ensueños y de ilusiones, el amor originará mil dolorosas locuras. Y, entretanto, las pingüinas entornarán los ojos, se morderán los labios y darán a entender que guardan baja sus velos un tesoro. ¡Qué desdicha!

»El mal será tolerable mientras los pueblos no dejen de ser pobres y rudos; pero apenas pasen mil años, los velos que ofrecéis a las hijas de Alca se habrán convertido en armas terribles. Si lo permitís, puedo anticiparos una idea de lo que sucederá. Traigo en este cofre algunos atavíos. Llamemos a una de las pingüinas menos solicitadas y adornémosla lo mejor que podamos.

»Precisamente viene una hacia nosotros. No es más hermosa ni más fea que la generalidad: es joven, pero nadie la mira. Se pasea indolentemente entre las rocas con un dedo en la nariz y se rasca la espalda con la otra mano. Fácil es advertir que su garganta es huesuda y sus pechos marchitos, que su vientre abulta demasiado y sus piernas son cortas. Sus rodillas amoratadas flaquean a cada paso que da. Sus pies, anchos y rugosos, se agarran a las peñas con cuatro dedos ganchudos, mientras los pulgares se alzan como las cabezas de dos serpientes en acecho. Avanza; todos los músculos coadyuvan a este trabajo, y el conjunto nos ofrece la imagen de una máquina de andar más bien que de una máquina de amor, aun cuando sea visiblemente lo uno y lo otro y encierre varios mecanismos interiores. Ahora veréis, apóstol venerable, lo que yo hago.

En cuatro zancadas, el monje Magis llegóse a la mujer pingüina, la tomó bajo un brazo y fue a depositarla a los pies del santo varón.

Mientras la pingüina lloraba y suplicaba que no le hiciesen daño alguno, el monje sacó de su cofre un par de sandalias y le ordenó que se calzase.

—Oprimidos entre los cordones de lana —hizo observar el anciano, sus pies resultan más pequeños. Las suelas, de bastante grosor, aumentan la longitud de las piernas y dan elegancia a la figura.

Mientras se calzaba, la pingüina dirigió al cofre abierto una mirada curiosa, y al verlo rebosante de galas y adornos dejó de llorar para sonreír.

El monje le trenzó los cabellos, se los recogió después sobre la nuca y los coronó con un sombrero de flores. Le puso en las muñecas brazaletes de oro y envolvió su vientre y su busto en una faja de lino blanco, de manera que su pecho presentaba una arrogancia nueva y sus muslos adquirían un contorno incitante.

—Podéis oprimir aún más —dijo la pingüina.

Cuando, con muy cuidadoso esmero, hubo amoldado, realzándolas, las partes blandas del busto, revistió todo el cuerpo con una túnica color de rosa que acusaba suavemente los perfiles.

—¿Cae bien? —preguntó la pingüina. Y con el talle cimbreante, la cabeza inclinada y la barbilla apoyada en el hombro, contempló ansiosamente los pliegues de la falda.

Preguntóle Magis si le parecía demasiado largo el traje, y respondió con mucha seguridad que no, porque se lo recogería.

Asió con la mano izquierda la parte posterior del vestido, lo oprimió oblicuamente sobre el muslo, procuró descubrir algo los talones y se alejó con paso menudo, balanceando las caderas.

No volvió la cara; pero, al pasar junto a un arroyuelo, por el rabillo del ojo contempló su imagen reflejada.

Un pingüino que la encontró por casualidad se detuvo sorprendido, y luego cambió de dirección, afanoso de seguirla. Mientras avanzaba por la playa, los pingüinos que volvían de pescar la contemplaron, se sintieron atraídos y la siguieron también.

Los que descansaban sobre la arena se pusieron en pie y se agregaron a los otros.

Sin interrupción, a su paso, alzábanse por los senderos de las montañas, salían entre las grietas de las rocas, surgían del fondo de las aguas más y más pingüinos, que engrosaron el cortejo. Y todos, hombres maduros, de robustas espaldas y de pelo en pecho, débiles adolescentes, viejos caducos, se apresuraban jadeantes para contemplarla, mientras ella seguía tranquilamente como si nada viera.

—Padre mío —exclamó Magis—, mirad cómo andan todos con la nariz al viento enfilada hacia el centro esférico de la pingüina, porque lo ven cubierto de rosa. La esfera inspira las meditaciones de los geómetras por el número de sus propiedades.

Cuando procede de la naturaleza física y viva, adquiere cualidades nuevas. Y para que el interés de esta figura quedara plenamente revelado a los pingüinos, sería necesario que dejasen de verla claramente con los ojos y les obligáramos a representársela en la imaginación. Yo mismo me siento ya irresistiblemente atraído hacia la pingüina.

Acaso porque ese traje realza las curvas esenciales, las simplifica magníficamente, las reviste de un carácter sintético general y no acusa más que la idea pura, el principio divino debiéramos decir; pero me parece que al estrecharla entre mis brazos abrazaría el firmamento de las voluptuosidades humanas. Seguramente el pudor comunica a las mujeres un atractivo invencible. Mi turbación es tal que me sería imposible ocultarla.

Dijo, recogióse los hábitos y corrió hacia la muchedumbre de pingüinos, empujólos, derribólos, pisoteólos, aplastólos, hasta conseguir acercarse a la hija de Alca; la detuvo y oprimió entre ambas manos la esfera rosa que un pueblo entero acribillaba con sus miradas y sus deseos, y que pronto desapareció, apresada por los brazos del monje, en el fondo de una gruta marina.

Entonces los pingüinos creyeron que el sol se había eclipsado, y el santo varón Mael comprendió que el diablo, bajo la figura del monje Magis, había ceñido el traje a la hija de Alca; por ello sintió su carne turbada; su alma, triste.

Al volver lentamente a su ermita vio algunas pingüinas de seis a siete años que se habían adornado el pecho y la cintura con ovas y algas.

Recorrían la playa contoneándose y observaban si los hombres las seguían.

Mael, presa de profunda aflicción, se convenció de que los primeros velos ofrecidos a una hija de Alca traicionaban el pudor pingüino en vez de conservarlo, a pesar de lo cual insistió en su propósito de vestir a los habitantes de la isla milagrosa.

Convocados en la playa, les distribuyó los trajes que los monjes de Yvern llevaron. Los pingüinos recibieron túnicas cortas y calzones anchos; las pingüinas, vestiduras largas. Pero esos trajes distaron mucho de producir el efecto que produjo el primero. No eran tan hermosos, su hechura carecía de gracia y de arte y no fijaban la atención, porque los vestían todas las mujeres. Como las pingüinas preparaban todos los alimentos y hacían las faenas del campo, no tardaron sus vestiduras en reducirse a sucios pingajos. Los pingüinos las abrumaban con rudos trabajos, como a las bestias de carga, ignorantes dé las congojas del corazón y el desorden de las pasiones.

Sus costumbres eran inocentes. El incesto, muy frecuente, revestía una simplicidad rústica, y cuando la embriaguez aguijoneaba a un mozo y le impulsaba a violar a su propia abuela, ni él mismo solía recordarlo al día siguiente.

II. El amojonamiento de los campos y el origen de la propiedad

La isla no conservaba ya el primitivo y rudo aspecto de cuando, entre témpanos de hielo, reunía en un anfiteatro de rocas un pueblo de aves. Al borrarse nieve perpetua de sus alturas, quedaba sólo una colina, desde cuya cumbre se descubrían las costas de Armórica, cubiertas de una bruma eterna, y el Océano, sembrado de oscuros escollos semejantes a espaldas de monstruos que flotaban sobre los abismos.

Sus costas eran muy extensas y accidentadas, y su conjunto ofrecía cierta semejanza con el perfil de una hoja de morera. La tierra se cubría de una hierba salobre agradable a los ganados, de sauces, de antiguas higueras y de encinas augustas. Lo atestiguan el venerable Bede y varios otros autores dignos de crédito.

Al Norte formaba la costa una bahía profunda, que llegó a ser con el tiempo uno de los puertos más famosos del Universo.

Al Este, a lo largo de una costa rocosa batida por el mar espumoso, extendíase una landa desierta y perfumada. Era la playa de las Sombras, adonde los habitantes de la isla no llegaban jamás, temerosos de las serpientes anidadas en las concavidades y por no ver las almas de los muertos en forma de fuegos lívidos.

Al Sur, las huertas y los bosques alegraban la bahía de los Somormujos. En ésa ribera privilegiada, el anciano Mael construyó una iglesia y un monasterio de madera. Al Oeste, dos arroyos, el Glange y el Surella, regaban los fértiles valles de Dalles y de Dombes.

Pero una mañana de otoño, mientras el bienaventurado Mael paseaba por la orilla del Glange, acompañado por un monje de Yvern llamado Bulloch, vio pasar un tropel de hombres huraños cargados de piedras y oyó gritos y lamentos que desde el fondo del valle turbaron el cielo tranquilo.

Entonces dijo a Bulloch:

—Observo con tristeza, hijo mío, que los habitantes de esta isla, desde que se han transformado en hombres, obran con menos prudencia que antes. Cuando pertenecían al reino de las aves sólo se querellaban en la época de[celo, y al presente disputan a todas horas, en invierno como en verano. ¡Cuántos de ellos han perdido la tranquila majestad que, generalizada en la asamblea de los pingüinos, la hizo semejante al Senado de una próspera República!

»Mira, hijo mío, hacia el Surella. Precisamente en el fresco valle hay una docena de hombres pingüinos ocupados en reventarse los unos a los otros con palos y azadones, que debieran solamente aplicar a los trabajos del campo. Más crueles aún que los hombres, las mujeres desgarran con sus uñas el rostro de sus enemigos. ¿Sabes por qué se destrozan?

—Lo hacen por espíritu de asociación, padre mío, y para asegurar lo por venir —respondió Bulloch—. El hombre es, por esencia, previsor y sociable; tal es su carácter. No puede vivir sin una segura apropiación de las cosas. Esos pingüinos que veis, venerable maestro, se apropian las tierras.

—¿No podrían apropiárselas menos violentamente? —preguntó el anciano—. Mientras pelean se cruzan entre todos palabras que no entiendo, pero que, a juzgar por el tono con que las pronuncian, parecen insultantes y amenazadoras.

—Se acusan recíprocamente de robo y de usurpación —respondió Bulloch—. Tal es el sentido general de sus discursos.

En aquel momento el santo varón Mael cruzó las manos y lanzó un profundo suspiro.

—¿No veis, hijo mío, aquel que, furioso, arranca con los dientes la nariz de su adversario, y ese otro que aplasta la cabeza de una mujer con piedra enorme?

—Los veo —respondió Bulloch—. Ahora crean el derecho y fundan la propiedad, establecen los llamados principios de la civilización, las bases sociales y los cimientos del Estado.

—¿Cómo es posible? —preguntó el anciano Mael.

—Amojonan los campos. Este es el origen de toda organización social. Vuestros pingüinos, venerable maestro, realizan augustas funciones. Su obra será consagrada por los legisladores, protegida y confirmada por los magistrados a través de los siglos.

Mientras el monje Bulloch pronunciaba estas palabras, un robusto pingüino de piel blanca y pelo rojo atravesaba el valle cargado con una enorme maza. Acercóse a un humilde pingüino que regaba sus lechugas abrasado por el sol, y le gritó:

—¡Tu campo es mío!

Después de pronunciar estas palabras dominadoras, golpeó con la maza la cabeza del hortelano, el cual se desplomó sobre la tierra cultivada por sus afanes.

Entonces el santo varón Mael, tembloroso, lloró abundantes lágrimas, y con la voz ahogada por el dolor y el miedo, dirigió al cielo esta súplica:

—Dios mío, Señor mío, Tú, que recibes los sacrificios de Abel; Tú, que maldices a Caín, venga, Señor, a este inocente pingüino inmolado en su huerta y haz sentir al asesino el peso de tu brazo. ¿Habrá crimen más odioso ni más grave ofensa a tu Justicia, Señor, que este asesinato y este robo?

—Cuidado, padre mío —dijo Bulloch suavemente—, pues lo que llamáis robo y asesinato es la guerra y la conquista, fundamentos sagrados de los imperios, origen de todas las virtudes y de todas las grandezas humanas. Reflexionad que si vituperáis al robusto pingüino escarnecéis el principio y la raíz de toda propiedad. No me costaría mucho trabajo demostrarlo. Cultivar la tierra, es una cosa, y otra cosa es poseerla: no debe haber confusión entre ambas. En materia de propiedad, el derecho del primer ocupante es incierto e infundado; el derecho de conquista descansa en sólidos cimientos; es el único respetable, por ser el que se hace respetar. La propiedad tiene por único y glorioso origen la fuerza, principia y se conserva por la fuerza. Así, es augusta y sólo cede a una fuerza mayor; por esto puede llamarse noble a todo el que posee. Y ese pingüino rojo y forzudo que despachurra al trabajador para quitarle su huerta, acaba de fundar una muy noble casa. Voy a felicitarle.

Después de hablar así, Bulloch se acercó al robusto pingüino, el cual, en pie junto al surco ensangrentado, se apoyaba en su maza.

Y después de inclinarse el monje casi hasta dar con la cabeza en el suelo, le dijo:

—Señor Greatauk, príncipe temido, vengo a rendiros homenaje como fundador que sois de un poder legítimo y de una riqueza hereditaria.

Sepultado en vuestro territorio el cráneo del vil pingüino a quien derrotasteis, arraigarán para siempre los sagrados derechos de vuestra propiedad sobre este suelo, ennoblecido por vuestra conquista.

Felices vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos.

Ellos serán, Greatauk, duques de Skull, y dominarán en la isla de Alca.

Luego alzó más la voz para que pudiera ser oída del anciano Mael, y dijo:

—Padre mío; bendecid a Greatauk, porque todo Poder viene de Dios.


Mael quedó inmóvil y mudo, con los ojos clavados en el cielo. Producíale incertidumbre dolorosa la doctrina del monje Bulloch, y, sin embargo, esa doctrina debía prevalecer en la época de más elevada civilización.

Bulloch pudo ser considerado, pues, como fundador del Derecho civil en la Pingüinia.

III. La primera asamblea de los estados de Pingüinia

—Hijo mío —dijo el anciano Mael al monje Bulloch—, ya es hora de hacer enumeración de los pingüinos e inscribir el nombre de cada uno en un cuaderno.

—Nada más urgente —respondía Bulloch—; no es posible administrar un pueblo sin este requisito.

Al instante, el apóstol, con ayuda de doce monjes, procedió a reseñar el pueblo.

Y el anciano Mael dijo después:

—Ahora que ya tenemos un registro de todos los habitantes, conviene, hijo mío, establecer un impuesto justo para atender a los gastos públicos y al sostenimiento de la abadía. Cada cual debe contribuir según sus recursos. Convocad a los ancianos de Alca, y de acuerdo con ellos estableceremos el impuesto.

Los ancianos convocados se reunieron, en número de treinta, en el patio del monasterio de madera, a la sombra del sicomoro.

Aquéllas fueron las primeras Cortes de Pingüinia, en sus tres cuartas partes las formaban los hacendados: campesinos de la Surella y del Glange.

Greatauk, por ser el más noble de los pingüinos, sentóse en la piedra más alta.

El venerable Mael, sentado entre sus monjes, pronunció estas palabras:

—El Señor da, cuando le place, riquezas a los hombres, o se las quita. Os he reunido para señalar al pueblo las contribuciones indispensables que deben sufragar los gastos públicos y el sostenimiento de la abadía. Estimo que ha de contribuir cada uno conforme a su riqueza: el que tenga cien vacas dará diez, y el que tenga diez dará una.

Cuando el santo varón hubo hablado, Morio, uno de los más ricos labradores, levantóse y dijo:

—Venerable Mael y padre mío, considero justo que contribuyamos a los gastos públicos y a las atenciones de la Iglesia. Por lo que a mí se refiere, estoy dispuesto a despojarme de todo lo que poseo en interés de mis hermanos pingüinos, y si fuese necesario, daría de buena voluntad hasta mi camisa. Todos los ancianos del pueblo están dispuestos, como yo, a sacrificar sus bienes, y no se debe poner en duda su abnegación. Es preciso atender únicamente al interés público, acordar lo más conveniente, y lo más conveniente, padre mío, lo que el interés público exige, es no pedir mucho a los que tienen mucho, porque entonces los ricos serían menos ricos, y los pobres, más pobres. Los pobres viven de la hacienda de los ricos, por lo cual es sagrada, y no respetarla sería una maldad inútil. Si pedís a los ricos, no conseguiréis gran provecho, porque son pocos, y, en cambio, los privaréis de todos los recursos, hundiréis al país en la miseria, mientras que si pedís un poco de ayuda a cada habitante, a todos por igual, sin reparar en sus bienes, recogeréis lo necesario para las cargas públicas y no hará falta inquirir lo que posee cada ciudadano, investigación odiosa y vejatoria. Si pedís a todos igualmente, levemente, favorecéis a los pobres, puesto que les quedarán los bienes de los ricos. ¿Y cómo sería posible fijar un impuesto proporcional a la riqueza? Ayer tenía yo doscientos bueyes; hoy sólo tengo sesenta; mañana tendré ciento. Cluñic tiene tres vacas enfermas. Nicclu tiene dos robustas y gordas. ¿Quién es más rico? Las señales de la opulencia son engañosas. Lo único cierto es que todos comen y beben. Imponed a las gentes conforme a lo que consumen. Es lo prudente y lo justo.

Así habló Morio, y los ancianos le aplaudieron.

—Pido que se grabe este discurso en planchas de bronce —dijo Bulloch—. Está dictado para lo por venir. Dentro de quince siglos, los mejores entre los pingüinos no hablarán de otro modo.

Los ancianos aplaudían, aun cuando Greatauk, puesta la mano sobre el puño de su espada, hizo esta breve declaración:

—Soy noble, y, por tanto, no contribuiré. Admitir un impuesto es propio de gente plebeya. Que pague la canalla.

Nadie le replicó, y los ancianos desfilaron en silencio.

Como en Roma, se rehízo el censo cada cinco años, y de aquel modo advirtióse que la población aumentaba rápidamente. Aun cuando los niños muriesen en maravillosa abundancia y el hambre y la peste despoblaran con perfecta regularidad ciudades enteras, nuevos pingüinos cada vez más numerosos contribuían con su miseria privada a la prosperidad pública.

IV. Las bodas de Kraken y de Orberona

En aquel tiempo vivía en la isla de Alca un hombre pingüino cuyos brazos eran robustos y cuyo ingenio era sutil. Se llamaba Kraken, y tenía su vivienda en la playa de las Sombras, donde los habitantes de la isla no se aventuraban jamás por temor a las serpientes que anidaban en los huecos de las rocas y a las almas de los pingüinos muertos sin bautismo, que, semejantes a fuegos lívidos y entre prolongados lamentos, por la noche recorrían errantes aquellos lugares desolados. Creíase comúnmente, pero sin pruebas, que algunos de los pingüinos transformados en hombres por el bienaventurado Mael no habían recibido el agua bautismal y volvían después de su muerte a llorar su desgracia en las noches tormentosas. Kraken habitaba en la playa de las Sombras una caverna inaccesible; sólo se podía entrar en ella por un subterráneo natural que tenía cien metros de extensión.

Una tarde que Kraken vagaba por el campo desierto encontró, por azar, a una joven pingüina muy graciosa. Era la misma que poco antes el monje Magis había engalanado con sus propias manos y la primera que lució los velos púdicos. En conmemoración de aquel día, en que la muchedumbre maravillada de los pingüinos la vio pasar gloriosamente con su traje de color de aurora, aquella virgen había recibido el nombre de Orberosa.

Al ver a Kraken lanzó un grito de espanto y quiso escapar; pero el héroe la detuvo, la tomó del velo que flotaba tras ella y le dirigió estas palabras:

—Virgen, dime tu nombre, tu familia y tu patria.

Orberosa miraba con espanto a Kraken y se atrevió a balbucir.

—¿Sois vos mismo, señor, lo que yo veo ante mí, o es vuestra alma desesperada?

Hablábale así porque los habitantes de Alca no habían tenido noticias de Kraken desde que se refugió en la playa de las Sombras, y le creían muerto, condenado entre los demonios de la noche.

—No temas, hija de Alca —respondió Kraken—, porque no soy un alma errante, sino un hombre en la plenitud de su fuerza y de su poder. Pronto seré dueño de grandes riquezas.

La joven Orberosa preguntó: —¿Cómo piensas adquirir grandes riquezas, ¡oh Kraken!, si eres pingüino?

—Con ingenio —respondió Kraken orgulloso.

—Yo sé —dijo Orberosa— que mientras tú habitabas entre nosotros eras bien reputado por tu destreza en cazar y pescar; nadie te igualaba en el arte de prender peces en una red o de atravesar con flechas los pájaros más voladores.

—Aquéllas eran industrias vulgares y laboriosas.

Luego imaginé una manera de procurarme, sin fatigas, grandes riquezas. Pero dime: ¿quién eres?

—Me llaman Orberosa —respondió la joven.

—¿Cómo viniste hasta aquí, tan lejos de tu vivienda, y de noche?

—Kraken, todo ha sido por la voluntad del Cielo. —¿Qué quieres decir, Orberosa?

—Que el Cielo me puso en tu camino, ignoro para qué.

Kraken la contempló fijamente y en silencio; después le dijo con dulzura.

—Orberosa, ven a mi casa; es la del más ingenioso y más valiente pingüino. Si me sigues, haré de ti mi compañera.

Ella bajó los ojos y dijo:

—Te seguiré, señor.

Así es como la bella Orberosa fue la compañera del héroe Kraken. No celebraron el himeneo con antorchas ni cánticos, porque Kraken no quería mostrarse a los pingüinos; pero en su caverna concebía grandes proyectos.

V. El dragón de Alca

…Visitamos en seguida el Museo de Historia Natural…
El administrador nos enseñó un envoltorio lleno de paja;
nos aseguró que contenía el esqueleto de un dragón,
y dijo: «Esto prueba que el dragón no es un animal fabuloso».

(Memorias de Jacobo Casanova. París, 1843; t. IV, págs. 404 y 405.)
 

Al presente, los habitantes de Alca se ocupaban en tareas pacíficas. Los de la costa septentrional iban con sus barcas a la pesca de peces y de mariscos; los labradores de Dombes cultivaban la cebada, el centeno y el trigo candeal; los acaudalados pingüinos del valle de Dalles dedicábanse a la cría de animales domésticos, y los de la bahía de los Somormujos cultivaban sus huertos. Los mercaderes del puerto de Alca enviaban a Armórica pesca salada, y el oro de las dos Bretañas, que empezaba a introducirse en la isla, facilitaba las transacciones.

El pueblo pingüino disfrutaba del fruto de su trabajo en una tranquilidad profunda, cuando de pronto corrió de pueblo en pueblo un rumor siniestro. Súpose que un dragón espantoso devastó dos cortijos en la bahía de los Somormujos.

Pocos días antes había desaparecido la virgen Orberosa. Al principio no intranquilizaba mucho su ausencia, pues varias veces fue raptada por hombres violentos y enamorados, lo cual a nadie sorprendía, por ser la virgen Orberosa la más bella mujer del territorio. Se advirtió que algunas veces iba en busca de raptores, y tampoco extrañaba, ya que se cumple siempre lo que ordena el Destino; pero aquella vez, como pasaba el tiempo y no volvía, creyósela devorada por el dragón.

Los habitantes del valle de Dalles pronto se convencieron de que no era el dragón una fábula de las que las viejas cuentan a las mozas en las fuentes, porque una noche devoró el monstruo, en el pueblo de Anís, seis gallinas, un cordero y un huerfanito llamado Elo.

Al día siguiente no fue posible hallar ni rastro de los animales ni de la criatura.

Los ancianos del pueblo, reunidos en la plaza y sentados en el banco de piedra, discutieron qué sería prudente hacer en tan terribles circunstancias.

Congregaron a todos los pingüinos que habían visto al dragón en la noche funesta, e inquirieron cuáles eran la forma y costumbres del dragón.

Cada uno respondió a su vez:

—Tiene garras de león, alas de águila y cola de serpiente.

—Su lomo está erizado de crestas espinosas.

—Todo su cuerpo está cubierto de escamas amarillentas.

—Sus ojos fascinan y confunden. Vomita llamas.

—Apesta horriblemente su aliento.

—Tiene cabeza de dragón, garras de león y cola de pez.

Una mujer de Anis, tenida por muy juiciosa y atinada en sus opiniones, y a la cual había robado tres gallinas, dijo:

—Tiene figura de hombre, hasta el punto de que yo le confundí con mi marido, y le dije: «Vente a la cama ya, mastuerzo».

Otros declararon:

—Es como una nube.

—Parece una montaña.

Y un mozalbete aseguró haber visto asomar sobre los bardales del troje la cabeza del dragón, que besaba a la hermosa Minnia. Los ancianos insistieron en sus preguntas: —¿Qué talla tiene el dragón?

—Es como un buey.

—Es como uno de los barcos bretones que llegan al puerto.

—Es del tamaño de un hombre.

—Es más alto que la higuera que os cobija.

—No es mayor que un perro.

Interrogados acerca del color, los pingüinos respondieron:

—Rojo.

—Verde.

—Azul.

—Amarillo.

—La cabeza, de un hermoso verde; las alas, de color anaranjado con ribete gris-plata; el lomo y la cola, rosados y con franjas de color castaño; el vientre, amarillo con pintas negras.

—No es de ningún color.

—Es de color de dragón.

Después de oír tan varias declaraciones, los ancianos permanecieron indecisos: no sabían qué resolver. Unos propusieron espiar al dragón, sorprenderle y cubrirle de punzadoras flechas; otros opinaron que sería inútil combatir a un monstruo tan horrible, y aconsejaban que se le amansara con ofrendas.

—Paguémosle tributo —fue la opinión de un anciano cuya voz era siempre respetada—. Llegaremos, a tenerle propicio si se le hacen regalos valiosos: frutas, vino, corderos y alguna virgen.

Otros proyectaban envenenar las fuentes donde solía beber el dragón o ahogarle con humo en su caverna. Pero ninguna de aquellas opiniones prevaleció. Disputaron mucho y se despidieron sin haber decidido nada.

VI. Continúa el dragón de Alca

Durante todo el mes consagrado por los romanos a su falso dios, Marte o Mavors, el dragón asoló en sus correrías los cortijos de Dalles y de Dombes, robó cincuenta carneros, doce cerdos y tres niños. Todas las familias hallábanse consternadas, y sólo se oían lamentaciones en la isla.

Para conjurar aquella calamidad, los ancianos de los infelices pueblos regados por el Glange y el Surella resolvieron reunirse y acudir al bienaventurado Mael, que les aconsejaría y socorrería.

El quinto día del mes cuyo nombre significa entre los latinos «abertura», por abrir el año, fueron en procesión al monasterio de madera que se alzaba en la costa meridional de la isla. Introducidos en el claustro, dejaban oír sus sollozos y sus lamentos.

Conmovido por tanto desconsuelo, el anciano Mael abandonó la sala donde vivía entregado al estudio de la Astronomía y a la meditación de las escrituras, y corrió hacia ellos apoyado en su cayado pastoral. En su presencia se prosternaron los ancianos y le tendieron ramas verdes. Algunos quemaron también hierbas aromáticas.

Y el santo varón, sentado junto a la fuente claustral, bajo una higuera antigua, pronunció estas palabras:

—Hijos míos, posteridad pingüina, ¿por qué lloráis y gemís? ¿Por qué me tendéis esas ramas suplicantes?

»¿Por qué ofrecéis al cielo humo de aromas? ¿Queréis que aparte de vuestras cabezas alguna calamidad?

»¿Por qué me imploráis? Me hallo dispuesto a dar la vida por vosotros. Decidme lo que os prometéis de vuestro padre.

A estas preguntas respondió el primero de los ancianos:

—Padre de los hijos de Alca, venerable Mael: yo hablaré en nombre de todos. Un dragón horrible asuela nuestras campiñas, despuebla nuestros establos y devora en su antro la flor de nuestra juventud. Ha sacrificado al niño Elo y a siete más, ha despedazado con su afilada dentadura a la virgen Orberosa, la más bella pingüina. No hay pueblo donde su aliento envenenado no dañe y donde su presencia no produzca desolación. Acosados por esa plaga temible venimos a rogarte, venerable Mael, que procures con tu sabiduría la salvación de los habitantes de esta isla y evites el exterminio de nuestra antigua raza.

—¡Oh anciano, el más anciano de todos los ancianos de Alca! —replicó Mael—, tu discurso me sumerge en una profunda aflicción, y gimo al pensar que nuestra isla es presa de los furores de un dragón espantoso. No es un caso único, pues vemos en los libros varias historias de dragones muy feroces. Esos monstruos habitan generalmente cavernas tenebrosas a la orilla del mar y, con preferencia, entre los paganos. Podría suceder que alguno de vosotros, a pesar de haberos incorporado por el bautismo que recibisteis a la familia de Abraham, adoréis ídolos, como los antiguos romanos, o colguéis imágenes, cintas de lana, guirnaldas florecidas y exvotos en las ramas de algún árbol sagrado. También es posible que los pingüinos hayan bailado en torno de alguna piedra mágica y bebido el agua de fuentes habitadas por ninfas. Si así fuera, yo creería, y no sin fundamento, que el Señor envió ese dragón para castigar los crímenes de algunos y para induciros a todos a exterminar entre los pingüinos la blasfemia, la superstición y la impiedad. Por esto el remedio mejor que puedo aconsejaros consiste, sin duda, en descubrir todo rastro de idolatría y extirparla. Estimo que son también eficaces el rezo y la penitencia.

Así habló el venerable Mael, y los ancianos del pueblo pingüino le besaron los pies antes de regresar a sus hogares con los corazones rebosantes de esperanza.

VII. Más acerca del draǵon

Atentos a las advertencias del santo varón Mael, esforzábanse los habitantes de Alca para extinguir las supersticiones que habían germinado entre ellos. Procuraron que las mozas no fuesen a bailar en torno del árbol de las hadas y que no pronunciasen palabras mágicas; prohibieron a las madres primerizas que frotasen a sus hijos, para fortalecerlos, en las piedras alzadas en los campos. Un anciano de Dombes, que adivinaba el porvenir sacudiendo una espiga de cebada sobre un cedazo, fue arrojado a un pozo.

Y el monstruo asolaba durante las noches los corrales y los establos. Aterrados, los campesinos atrancaban sus puertas, no se atrevían a salir de sus casas. Una mujer embarazada, que por un tragaluz vio a la claridad de la luna la sombra del dragón, espantóse hasta el extremo de abortar inmediatamente.

En aquellos días de prueba, el santo varón Mael meditaba sin cesar acerca de la naturaleza de los dragones y de las varias maneras de combatirlos. Después de medio año de estudios y oraciones, creyó haber encontrado lo que buscaba. Mientras paseaba una tarde por la orilla del mar, en compañía de un novicio llamado Samuel, formuló su pensamiento en estas palabras:

—Estudio minuciosamente la historia y costumbres de los dragones, no por satisfacer una vana curiosidad, sino para descubrir ejemplos aplicables a la situación presente. Tal es, hijo mío, la utilidad de la historia.

»Es un hecho innegable que los dragones viven siempre sobre aviso. No duermen jamás, por lo cual se los ve con frecuencia empleados en guardar tesoros.

»Un dragón guardaba, en Cólquida, un toisón de oro que Jasón le arrebató. Un dragón cuidaba de las manzanas del Jardín de las Hespérides; fue muerto por Hércules y transformado por Juno en una constelación del cielo. Así lo dicen los libros, y si es cierta la transformación debió de producirse por magias, pues los dioses de los paganos en realidad son demonios. Un dragón impedía a los hombres rudos e ignorantes que bebieran en la fuente de Castalia. También se debe recordar el dragón de Andrómeda, muerto por Perseo.

»Pero si nos alejamos de las fábulas paganas, en las cuales el error se confunde a cada paso con la verdad, encontraremos dragones en las historias del glorioso Arcángel San Miguel, de los Santos Jorge, Felipe, Santiago el Mayor y Patricio, de las Santas Marta y Margarita. En esas relaciones, dignas de todo crédito, hemos de buscar enseñanza.

»La historia del dragón de Silena nos ofrece también un precioso ejemplo. Sabréis, hijo mío, que a la orilla del anchuroso estanque, próximo a la ciudad, existía un dragón espantoso que se acercaba de cuando en cuando a las murallas y envenenaba con su aliento a los habitantes de los arrabales. Y para no ser devorados por el monstruo, los vecinos de Silena se sorteaban para entregarle cada mañana una víctima. La suerte designó un día a la hija del rey.

»Pero San Jorge, que era tribuno militar, de paso en la ciudad de Silena, supo que la hija del rey acababa de ser destinada al animal feroz:

»Inmediatamente montó a caballo, y armado de una lanza salió al encuentro del dragón.

»Sorprendióle dispuesto a devorar a la virgen real, y cuando San Jorge hubo vencido al dragón, la hija del rey ciñó con el cordón de su cintura el cuello de la bestia, que la siguió como un perro dócil.

»Esto nos ofrece un ejemplo del poder de las vírgenes sobre los dragones. La historia de Santa Marta nos presenta una prueba, a ser posible, más verídica. ¿Conocéis esa historia, hijo mío?

—Sí, padre —respondió Samuel.

Y el bienaventurado Mael prosiguió:

—Había, en un bosque, a orillas del Ródano, entre Arlés y Aviñón, un dragón, mezcla de cuadrúpedo y de pez, mayor que un buey, con los dientes afilados como cuernos y provisto de grandes alas. Sumergía los barcos y devoraba a los pasajeros. Impulsada por las súplicas de la gente, salió Santa Marta en busca del dragón, al cual halló entretenido en devorar a un hombre. Le arrolló al cuello el cordón de su cintura y lo condujo fácilmente a la ciudad.

»La semejanza de ambos ejemplos me induce a pensar que conviene recurrir a la virtud de alguna virgen para vencer al dragón que siembra el espanto y la muerte en la isla de Alca.

»Por esto, hijo mío Samuel, debes ceñir la correa, correr con dos de tus compañeros todos los poblados, publicar en todas partes que sólo una virgen podrá libertar la isla del monstruo que la despuebla.

»Entonarás cánticos y salmos, y dirás: “¡Oh hijos de los pingüinos, si hay entre vosotros una virgen muy pura, que se levante y, armada con el signo de la Cruz, vaya a combatir al dragón!”

Así habló el anciano, y el joven Samuel prometióle obedecer. Al día siguiente ciñó su correa y partió con dos de sus compañeros para anunciar a los habitantes de Alca que sólo una virgen podría librar a los pingüinos de los furores del dragón.

VIII. Sigue el asunto del dragón

Orberosa estaba enamorada de su esposo, pero admitía también otros amores. A la hora en que Venus aparece sobre el cielo pálido y mientras Kraken extendía el espanto por los poblados, ella frecuentaba la choza de un joven pastor de Dalles, llamado Marcelo, cuyo cuerpo gentil era la envoltura de una infatigable virilidad. La bella Orberosa compartía satisfecha el lecho aromático del pastor; pero lejos de darse a conocer, se presentaba con el nombre de Brígida y se decía hija de un jardinero de los Somormujos. Cuando a su pesar ponía término a las caricias del amante y avanzaba a través de las praderas brumosas hacia la playa de las Sombras, si por casualidad encontraba algún campesino rezagado, inmediatamente desplegaba sus velos como grandes alas, ahuecaba la voz y decía:

—Caminante, baja los ojos para que no te veas obligado a exclamar: «¡Ay de mí, desdichado, por haberme atrevido a poner los ojos en el ángel del Señor!».

Los campesinos temblaban, se arrodillaban y hundían la frente en la tierra. Luego decían que de noche transitaban los ángeles por los caminos de la isla y que mataban a quien alzase los ojos para verlos. Kraken ignoraba los amores de Orberosa y de Marcelo porque era un héroe —y los héroes no penetran jamás los secretos de sus mujeres—; pero acaso por ignorar tales aventuras, Kraken disfrutaba preciados goces. Todas las noches se le ofrecía su compañera sonriente y hermosa. Radiante de voluptuosidad, perfumaba el lecho conyugal con los aromas deliciosos del hinojo y de la verbena. Sentía por Kraken un amor que nunca se mostró importuno ni pesado, porque no lo desahogaba solamente con él.

Y la afortunada infidelidad de Orberosa debía salvar al héroe de un enorme peligro y asegurar para siempre su fortuna y su gloria. Porque al ver pasar en el crepúsculo a un boyero de Belmont que aguijoneaba sus bueyes, Orberosa ilusionóse por gozarse más aún de lo que solía gozar al pastor Marcelo. El boyero era jorobado; sus hombros rebasaban sobre sus orejas, y su cuerpo se balanceaba sobre sus piernas desiguales; sus ojos, torvos, lanzaban reflejos dorados bajo la cabellera encrespada; su garganta emitía una voz ronca y risas estridentes. Olía a establo. Pero ella se sintió atraída.

Como dijo Gnaton: «Las hubo que gozaron a un árbol; otras a un río; otras a una bestia».

Y un día, mientras suspiraba de amor entre los brazos de su boyero en un desván de la ciudad, sintióse de pronto sorprendida por sones de trompa, rumores de voces y ruido de pasos. Miró por la buhardilla y vio a los vecinos reunidos en la plaza del mercado en torno de un novicio, que en pie sobre un pedrusco pronunciaba en voz clara estas palabras:

—Habitantes de Belmont, el abad Mael, nuestro venerado padre, os anuncia por mi boca que ni la fuerza ni los brazos ni el poder de las armas prevalecerá contra el dragón; pero la bestia será vencida por una virgen. Si hay entre vosotros alguna virgen muy pura y en absoluto intacta, que se levante para salir al encuentro del monstruo, que le ciña el cuello con el cordón de la cintura, y sólo con esto podrá conducirle fácilmente como si fuera un perrito.

El monje bajó de la piedra, se puso la capucha y se fue a publicar por otros pueblos el aviso del bienaventurado Mael. Acurrucada sobre la paja que le servía de lecho amoroso, con un codo apoyado en la rodilla y la cara en la mano, Orberosa meditaba lo que oyó. Aun cuando le diera menos que temer por Kraken la virtud de una virgen que la fuerza de los hombres armados, intranquilizaba el aviso del bienaventurado Mael; un vago y seguro instinto que guiaba sus acciones advertíala que, a pesar de todo, peligraba la seguridad su marido.

Y preguntó al boyero:

—Amor mío, ¿qué piensas tú del dragón?

El rústico sacudió la cabeza, para decir:

—Es cierto que en los tiempos antiguos los dragones asolaban la Tierra. Los había del tamaño de montañas. Ahora no los hay. Sin duda, lo que se atribuye un monstruo terrible fue obra de piratas o mercaderes que se llevaron en su navío a la bella Orberosa y los más hermosos niños de Alca; pero si alguno de esos ladrones pretendiera robarme los bueyes, a viva fuerza o con astucia, estoy seguro de impedirlo.

Estas palabras del boyero aumentaron las aprensiones de Orberosa, que reanimó su amante solicitud por el esposo.

IX. Donde aun se trata del dragón

Los días pasaban sin que ninguna virgen se levantara para salir al encuentro del monstruo. Y en el monasterio de madera, el anciano Mael, sentado en un tronco, a la sombra de la higuera antigua y acompañado por un piadoso monje llamado Regimental, se preguntaba con inquietud y tristeza cómo era posible que no apareciese en Alca una sola virgen capaz de combatir al dragón suspiró, y el hermano Regimental suspiró también. Cruzó el jardín en aquel instante un novicio llamado Samuel, y el anciano Mael le llamó, y le dijo:

—He meditado nuevamente acerca de los medios para destruir al monstruo que devora la flor de nuestra juventud, de nuestros rebaños y de nuestras cosechas, y en este concepto la historia de los dragones de San Riok y de San Polo de León me parece sumamente instructiva. El dragón de San Riok tenía ocho varas de largo, la cabeza de gallo y de basilisco, el cuerpo de buey y de serpiente, desolaba las riberas de Elorn en tiempo del rey Britocus. A la edad de dos años, San Riok lo condujo atado hasta el mar, donde lo ahogó sin resistencia. El dragón de San Pablo tenía sesenta pies de largo y no era menos terrible. El bienaventurado apóstol de León lo sujetó con su estola y lo hizo conducir por un mozalbete de noble alcurnia y de probada pureza. Estos ejemplos demuestran que a los ojos de Dios un doncel casto es tan meritorio como una virgen. El Cielo no hace distinciones. Y os digo esto, hijo mío, porque bien pudiéramos irnos los dos a la playa de las Sombras y llegar hasta las cavernas del dragón, le llamaríamos a grandes voces, yo arrollaría mi estola en torno de su cuello y vos le conduciríais atado hasta el mar, donde se ahogaría irremisiblemente.

Al oír estas palabras del anciano, Samuel bajó los ojos sin atreverse a contestar.

—¿Tenéis alguna duda, hijo mío? —dijo Mael.

Contra su costumbre, el hermano Regimental tomó la palabra sin ser interrogado.

—Cualquiera dudaría —dijo—. San Riok sólo tenía dos años cuando venció al dragón. ¿Quién asegura que nueve o diez años después le hubiese vencido? Cuidado, padre mío, porque el dragón que desuela nuestra isla devoró al niño Elo y a otros cuatro o cinco niños de corta edad. El hermano Samuel no es bastante vanidoso para juzgarse a los diecinueve años más inocente que otros a los doce o catorce.

»¡Ay! —prosiguió gimoteando el monje—, ¿quién puede jactarse de ser casto en este mundo, donde todo nos da ejemplo y enseñanza de amor, donde toda la Naturaleza, animales y plantas, nos descubre y nos impone voluptuosidades abrasadoras? Los animales, guiados por el deseo, únense con ardor cada cual a su modo, pero no son comparables los diferentes himeneos de los cuadrúpedos, de los pájaros, de los peces y de los reptiles, con las voluptuosidades de las bodas de los árboles. Cuantas impudicias monstruosas imaginaron los paganos en sus fábulas, sobrepújalas una sencilla flor de los campos, y si conocieseis las fornicaciones de los lirios y de las rosas apartaríais de los altares esos cálices de impurezas, esos vasos de escándalo.

—No habléis así, hermano Regimental —respondió el venerable Mael—. Sometidos a las leyes de la Naturaleza, los animales y las plantas siempre son inocentes, carecen de un alma que salvar, mientras el hombre…

—Tenéis razón —dijo el hermano Regimental—. ¡Son otros cantares! Pero no enviéis al joven Samuel a la conquista del dragón: el dragón se lo comería.

Hace ya cinco años que Samuel no está en condiciones de asombrar a los monstruos con su inocencia. El año del corneta puso el diablo en su camino, para seducirle, a una lechera que se recogía las faldas al cruzar un arroyo. Samuel fue tentado y venció la tentación; pero el demonio, que no descansa, le ofreció en sueños la imagen de aquella moza, y la imagen consiguió lo que no pudo conseguir la realidad: hizo pecar a este novicio, que, al despertarse, inundó con sus lágrimas su lecho profanado. ¡Ay! El arrepentimiento no devuelve la inocencia.

Al oír esta relación, Samuel preguntóse cómo pudo ser conocido su secreto, ignorante de que se valía el demonio de la figura del hermano Regimental para turbar el corazón de los monjes de Alca.

El anciano Mael meditaba y se preguntaba con angustia: —¿Quién nos librará de los dientes del dragón? ¿Quién nos preservará de su aliento? ¿Quién nos salvará de su mirada?

Entretanto, los habitantes de Alca iban envalentonándose. Los labradores de Dombes y los boyeros de Belmont juraban ser más poderosos contra un animal feroz que una débil doncella y decían, a la vez que se golpeaban la parte carnosa del brazo: «¡Que venga el dragón!». Muchos hombres y mujeres lo habían visto, pero no lograban ponerse de acuerdo acerca de su forma y de su color, aun cuando todos negaban que fuese tan enorme como se creía, porque su talla no era mayor que la de un hombre. Organizóse la defensa. Desde el anochecer ponían centinelas en la entrada de los poblados, dispuestos a dar el grito de alarma. Grupos numerosos, provistos de horquillas y de hoces, guardaban por la noche los prados donde se recogían los animales. En el pueblo de Anís, algunos labradores sorprendieron al dragón cuando saltaba la tapia de Morio. Armados de mazas, de hoces y de horquillas le corrieron de cerca. Uno de los perseguidores creyó haberle pinchado con su horquilla, pero tuvo la desgracia de resbalar y caer en una charca. Los otros le alcanzarían seguramente si no se hubieran entretenido en recoger los conejos y las gallinas que el dragón, al huir, soltaba.

Dichos labradores declararon a los ancianos de la ciudad que el monstruo les pareció de forma y de proporciones bastante humanas, aparte de la cabeza y de la cola, que juzgaron verdaderamente horribles.

X. También referente al dragón de Alca

Aquella noche, Kraken se retiró a su caverna más tarde que de costumbre. Quitóse de la cabeza su casco de foca, rematado por dos cuernos de buey, cuya visera estaba provista de formidables garfios.

Arrojó sobre la mesa sus guantes, rematados por garras horribles: cada uña era un pico de gaviota. Se desabrochó el cinturón prolongado en una cola verde con repliegues tortuosos. Luego ordenó a Elo, su paje, que le quitase las botas, y como el niño no consiguiese hacerlo con la presteza deseada, lo tiró de un puntapié al otro lado de la gruta.

Sin mirar a la bella Orberosa, que hilaba un copo de lana, sentóse junto a la chimenea, donde había un cordero puesto en el asador, y murmuró:

—¡Malditos pingüinos! Va siendo un oficio muy perro el de dragón.

—¿Qué dice mi señor? —preguntó la bella Orberosa.

—Ya no me temen —prosiguió Kraken—. Antes huían todos cuando yo me acercaba, traía siempre en el saco gallinas y conejos, cazaba en los campos cerdos y carneros, vacas y bueyes. Ahora esos rústicos ya saben defenderse y velan. Hace poco en el pueblo de Anís, perseguido por los labriegos armados con mazas, hoces y horquillas, me vi obligado a tirar los conejos y las gallinas que llevaba y a recoger mi cola en el brazo para huir con libertad. ¿Es propio de un dragón de Capadocia huir como un ratero con la cola baja el brazo? Cargado de crestas, de cuernos, de garfios, de uñas, de escamas, apenas pude escapar a un bruto que me hundió la punta de su horquilla en la nalga izquierda.

Calló un momento, entregado a meditaciones amargas y prosiguió: —¡Qué idiotas son los pingüinos! Ya estoy harto de arrojar llamas a las narices de tantos imbéciles. ¿Me oyes, Orberosa?

Después de hablar así, el héroe levantó entre sus manos el horrible casco y lo contemplaba silencioso.

Luego dijo:

—Este casco lo construí en forma de cabeza de pez con pieles de foca. Para que fuera más temible le puse cuernos de buey, le añadí una quijada de jabalí, le colgué una cola de caballo pintada de rojo. ¡Ningún habitante de la isla podía mirarlo sin temblar y huir! He sembrado el terror entre los pingüinos. ¿Quién aconsejó al pueblo insolente para que abandonara su natural cobardía, mirase sin miedo estas fauces horribles y persiguiera, esta melena espantosa?

Echó a rodar el casco por el suelo, y prosiguió: —¡Ya no me sirves para nada, casco engañador, y te juro, por todos los demonios del infierno, que nunca volverás a verte sobre mi cabeza!

Al hacer este juramento pisoteaba su casco, sus guantes, sus botas y su cola de repliegues tortuosos.

—Kraken —dijo la bella Orberosa—, ¿permitís a vuestra esclava un artificio para salvar vuestra gloria y vuestros bienes? No despreciéis el auxilio de una mujer. Lo necesitáis, porque los hombres son todos unos imbéciles.

—Mujer —preguntó Kraken—, ¿cuáles son tus propósitos?

Entonces la bella Orberosa enteró a su esposo de que unos monjes recorrían los poblados y enseñaban a los habitantes la manera más conveniente de combatir al dragón. Según las instrucciones monacales, la bestia sería vencida por una virgen. Si una doncella envolviese con el cordón de su cintura el cuello del dragón, le conduciría fácilmente aprisionado, como a un perrito.

—¿Quién te ha dicho que los monjes enseñan tales cosas? —preguntó Kraken.

—Amigo mío —replicóle Orberosa—, no interrumpáis reflexiones graves con una pregunta frívola. Los monjes lo dijeron: «Si se encuentra en Alca una virgen muy pura ¡que se levante!». Yo he decidido, Kraken, responder al llamamiento. Pienso ir en busca del anciano Mael y decirle: «Soy la doncella destinada por el Cielo para humillar al dragón».

Al oír tales palabras, Kraken adujo: —¿Cómo has de ser tú esa doncella tan pura? ¿Y por qué te propones humillarme, Orberosa? ¿Has perdido el juicio? Te advierto que no me dejaré vencer por ti.

—Antes de encolerizarte, ¿no podrías tratar de comprenderme? —suspiró la bella Orberosa, con desprecio profundo y suave.

Luego expuso tranquilamente sus propósitos sutiles.

El héroe la oía, pensativo, y cuando ella acabó de hablar, dijo:

—Orberosa, tu astucia es refinada, y si tus propósitos se realizan conforme a tus previsiones, yo sacaré mucho provecho. Pero ¿cómo serás tú la virgen designada por el Cielo?

—No te preocupes, Kraken, y vámonos a dormir.

Al día siguiente, en la caverna perfumada por el olor de la grasa, Kraken trenzaba un armazón disforme de mimbre y lo recubría con pieles espantosamente erizadas y escamosas. A uno de los extremos del armazón, la bella Orberosa cosió el casco terrible y la visera que llevaba Kraken en sus devastadoras excursiones, y al otro extremo sujetó la cola de repliegues tortuosos que arrastró el héroe.

Cuando aquella labor estuvo acabada, enseñaron a Elo y a los otros cinco muchachos a introducirse en el artefacto y hacerlo avanzar, a la vez que tocaban la trompa y quemaban estopas para que salieran rugidos, llamas y humo por las fauces del dragón.

XI. Prosiguen las vicisitudes del dragón de Alca

Orberosa, vestida con un corto sayal y con una cuerda a la cintura, se fue al monasterio y preguntó por el bienaventurado Mael. Como estaba prohibido a las mujeres entrar en el claustro, el viejo salió a su encuentro con el báculo pastoral en la diestra y la mano izquierda apoyada en el hombro del hermano Samuel, el más joven de sus discípulos.

Preguntó:

—Mujer, ¿quién eres?

—La virgen Orberosa.

Al oír la respuesta, el monje Mael levantó hacia el cielo sus brazos temblorosos.

—¿Sabes lo que dices, mujer? Es un hecho indudable que Orberosa fue devorada por el dragón, y ahora se me presenta y la veo y la oigo. ¿Acaso, hija mía, en las entrañas de la bestia supiste armarte con el signo de la Cruz para defenderte y salir intacta? Es lo que me parece más verosímil.

—No te has equivocado, padre mío —respondióle Orberosa—; precisamente ocurrió como lo imaginas.

En cuanto salí de las entrañas de la bestia busqué refugio en una ermita de la playa de las Sombras.

Vivía en la soledad, consagrada al rezo y a la meditación entre austeridades inauditas, cuando una voz del Cielo me hizo saber que sólo una virgen puede humillar al dragón, y que yo era la virgen predestinada.

—Muéstrame una señal en prueba de lo que has dicho —insinuó el anciano.

—¿No basta el ser yo misma? —replicó Orberosa.

—Reconozco el poder santo de las que imprimen a su carne un sello de virtud —dijo el apóstol de los Pingüinos—. Pero ¿eres, en verdad, tal como dices?

—Ya veréis los resultados —afirmó Orberosa.

El monje Regimental acercóse y terció en el asunto:

—Será la mejor prueba. El rey Salomón ha dicho: «Hay tres cosas difíciles de conocer y una cuarta imposible. Son las tres: el rastro de la serpiente sobre la piedra, del pájaro en el aire, del navío en el agua; y es la cuarta, la huella del hombre en la mujer». Estimo impertinentes a esas matronas que pretenden rectificar en tales materias al más sabio de los reyes. Si me atendierais, padre mío, no las consultaríais en cuanto se refiere a Orberosa, porque después de oír sus opiniones no habéis de quedar mejor enterado. La virginidad es tan difícil de probar como de conservar. Plinio enseña en su Historia que todos los signos aparentes son imaginarios o inseguros. La que lleva sobre sí las catorce señales de la corrupción puede ser pura completamente a los ojos de los ángeles, y, por el contrario, la que registrada por las matronas con el dedo y con la vista, pliegue por pliegue, resulta intacta, debe acaso tan honrosas apariencias a los artificios de una perversidad refinada. En cuanto a la pureza de la virgen Orberosa, pondría yo las manos en el fuego.

Hablaba de aquel modo porque era el mismo diablo; pero el anciano Mael lo ignoraba y preguntó a Orberosa:

—Hija mía, ¿de qué modo pensáis vencer a una bestia tan feroz como la que os había devorado?

La virgen respondió:

—Mañana, al salir el sol, ¡ah Mael!, convocarás al pueblo sobre la colina, frente al erial desolado, que se extiende hasta la playa de las Sombras, y procurarás que ningún pingüino se acerque a más de quinientos pasos de las rocas, porque moriría envenenado por el aliento del monstruo. El dragón saldrá de su caverna, rodearé su cuello con el cordón de mi cintura y lo conduciré atado como un perro dócil.

—¿No querrás que te acompañe un hombre valiente y piadoso para que sea él quien mate al dragón? —respondió Mael.

—Tú lo has dicho, venerable anciano: entregaré el monstruo a Kraken, el cual le degollará con su espada resplandeciente. Has de saber que el noble Kraken, a quien han creído muerto, aparecerá de nuevo entre los pingüinos para matar al dragón, y del vientre de la bestia saldrán los niños que fueron devorados.

—Lo que me anuncias, ¡oh virgen! —exclamó el apóstol—, me parece prodigioso y sobrenatural.

—Lo es, en efecto —replicó la virgen Orberosa—, y también por aviso del Cielo supe que para corresponder al beneficio que recibe del caballero Kraken, el pueblo pingüino le pagará un tributo anual de trescientos pollos, doce corderos, dos bueyes, tres cerdos, cincuenta sacos de trigo y las frutas y verduras de cada estación. Además, los niños que salgan del vientre de la bestia serán entregados al caballero Kraken para servirle y obedecerle en todo. Si el pueblo pingüino dejase de satisfacer su tributo, se presentaría en la isla otro dragón más terrible que el primero. Y será como lo he dicho.

XII. Termina lo referente al dragón de Alca

Una muchedumbre de pingüinos, convocada por el anciano Mael, pasó la noche en la playa de las Sombras, pero sin avanzar más allá de la línea que el santo varón había trazado para que a nadie envenenara el aliento del monstruo.

La oscuridad de la noche no se había disipado aún sobre la Tierra cuando, anunciado por un rugido ronco, asomó entre las rocas de la playa la figura vaga y portentosa del dragón. Se arrastraba como una serpiente, y su cuerpo tortuoso parecía tener quince pies de longitud. Al verlo retrocedieron las gentes aterradas, y en seguida, todos los ojos se volvieron hacia la virgen Orberosa, que, a la primera claridad del alba, se destacó vestida de blanco sobre el horizonte rosado. Con intrépido y sencillo andar avanzó hacia la bestia, la cual daba rugidos aterradores y abría sus fauces llameantes. Los pingüinos lanzaron un inmenso grito de horror y de piedad al ver que la virgen desataba el cordón de su cintura para rodear el cuello del dragón y conducirlo atado como un perrito dócil. Después se alzaron atronadoras las aclamaciones de la multitud.

Había recorrido ya parte del erial cuando apareció Kraken, que esgrimía una espada resplandeciente. Como el pueblo le creía muerto, al verlo dejó escapar un grito de sorpresa y de gozo. El héroe se lanzó hacia la bestia, la derribó y le abrió con la espada el vientre, de donde salieron, en camisa, con los cabellos rizados y las manos cruzadas, el niño Elo y los otros mocitos que había devorado el monstruo. Inmediatamente se postraron a los pies de la virgen Orberosa, que, mientras los acariciaba, les decía al oído:

—Recorreréis los poblados y diréis: «Somos las pobres criaturas devoradas por el dragón, y salimos en camisa de su vientre». Los habitantes os darán con abundancia todo lo que podáis desear. Pero si hablarais de otro modo, sólo recibiríais pescozones y bofetadas. ¡Andad!

Varios pingüinos, al ver al dragón reventado, quisieron hacerlo trizas: unos, por espíritu de odio y de venganza, y otros, para apoderarse de la piedra mágica llamada dracontita que se forma en la cabeza de los dragones. Las madres de los niños resucitados corrieron para besar a sus criaturas. Pero el santo barón Mael los detuvo a todos y les advirtió que no eran bastante puros para aproximarse al dragón, sin morir.

El niño Elo y los otros mocitos no tardaron en acercarse al pueblo, y decían:

—Somos las pobres criaturas devoradas por el dragón, y salimos en camisa de su vientre.

Cuantos les oyeron, exclamaron: —¡Criaturas benditas!, ya os daremos con abundancia todo lo que pudierais desear.

La muchedumbre se retiró alegremente. De los grupos se alzaban himnos y cánticos.

Para conmemorar aquel día en que la Providencia libró al pueblo de un cruel azote fueron instituidas procesiones, en las cuales figuraba un dragón encadenado.

Gracias al tributo acordado, Kraken llegó a ser el más rico y poderoso de los pingüinos. Como enseña de su victoria, y para inspirar un terror saludable, llevaba sobre la cabeza una cresta de dragón, y tenía por costumbre decir:

—Ahora que ha muerto el monstruo, el dragón soy yo.

Orberosa encadenó, durante largo tiempo, con sus brazos generosos a los boyeros y pastores, y cuando ya no era agradable ni joven, se consagró al Señor.

Objeto de la veneración pública, fue admitida después de su muerte en el canon de los santos y señalada como la celestial patrona de la Pingüinia.

Kraken dejó un hijo, que llevó como su padre, la cresta del dragón, y al que llamaron por este motivo Draco.

Draco fundó la primera dinastía de los pingüinos.

Libro tercero. La edad media y el renacimiento

I. Brian el piadoso y la reina Glamorgana

El rey de Alca, descendiente de Draco, hijo de Kraken, llevaba sobre la cabeza una espantosa cresta de dragón, insignia sagrada que le hacía ser venerado y temido por los pueblos. No dejaba de guerrear con sus vasallos y súbditos ni con los príncipes de las islas y de los continentes vecinos.

De los reyes más antiguos se conserva sólo el nombre, y no sabemos pronunciarlo ni escribirlo. El primer dracónida cuya historia se conoce, fue Brian el Piadoso, estimado por su astucia y tu esfuerzo en la guerra y en la caza.

Era muy cristiano, amante de los estudios y protector de los hombres consagrados a la vida monástica.

En la sala de su palacio, donde bajo las vigas ahumadas pendían cabezas y cuernos de animales feroces, daba festines y convidaba a todos los trovadores de Alcay de las islas vecinas que cantaban los triunfos de los héroes. Justiciero y magnánimo, pero poseído por un ardiente amor de gloria, no podía reprimir su envidia, y condenó a muerte a cuantos le aventajaron en el arte de trovar.

Expulsados los monjes de Yvern por los paganos que desolaban la Bretaña, el rey Brian mandó construir para ellos un monasterio de madera próximo a su palacio. Diariamente iba con su esposa, la reina Glamorgana, a la capilla del monasterio, asistían a las ceremonias y cantaban himnos al Señor.

Entre los monjes hallábase uno llamado Oddoul, famoso en la flor de la juventud por su ciencia y sus virtudes. El diablo, decidido a perderle, con frecuencia ponía en su camino una pecadora tentación. Tomando varias formas, le mostró sucesivamente un brioso caballo, una hermosa virgen y una copa de hidromiel.

Más adelante, agitando unos dados dentro de un cubilete, le dijo:

—Si quieres, jugaré contigo la soberanía del mundo contra un pelo de tu cabeza.

Pero el hombre del Señor, escudado por el signo de la Cruz, rechazó al enemigo. Seguro ya de que nunca lograría seducirle, imaginó el diablo un hábil artificio para perderle. Se acercó a la reina, que dormía en su lecho una noche de verano, le presentó la imagen del juvenil monje, a quien ella veía en el monasterio de madera, y puso un encanto maléfico en aquella imagen.

De pronto infiltróse el amor, como un veneno sutil, en las venas de Glamorgana, consumida por el deseo de realizar con Oddoul sus ansias amorosas.

Encontró repetidos pretextos para conducirle a su presencia y le propuso que instruyera a sus hijos en la lectura y el canto. Le dijo:

—Cuidaré de su educación y presenciaré vuestras lecciones para instruirme, de modo que daréis al mismo tiempo enseñanza a los hijos y a la madre.

Pero el juvenil monje se resistía. Para excusarse alegaba unas veces su poca ciencia y otras su condición, que le vedaba el trato de las mujeres. Sus negativas agigantaron los deseos de Glamorgana. Un día que desmayaba en su lecho, porque su mal se hizo intolerable, mandó llamar a Oddoul.

Compareció el monje, obediente, pero ni pasó la puerta, ni alzó los ojos del suelo, con lo cual aumentaron las ansias y el dolor de la reina.

—Mira —le dijo—: las fuerzas me faltan; una sombra cubre mis ojos; mi cuerpo está helado y ardiente a la vez.

Y como él no resollara ni se moviera, la señora le llamó, suplicante: —¡Acércate, acércate a mí!

Extendió sus brazos, alargados por el deseo, y trató de asirle y atraerle.

Pero el monje reprochó aquella impudicia y huyó.

Entonces, dominada por la ira y temerosa de que Uddoul publicase las ansias que inspiraba y no satisfacía, resolvióse a comprometerle para que le condenasen.

Con voz lastimera, que resonaba en todo el palacio, pidió socorro, como si en verdad se hallara en grave peligro. Al aproximarse las doncellas vieron huir al monje y vieron a la reina que apresuradamente se cubría con las ropas de su lecho.

Todas a su vez proclamaron a gritos el crimen, y cuando, atraído por aquel alboroto, entró el rey Brian, la reina Glamorgana le mostró su cabello en desorden, sus ojos abrillantados por el llanto y su pecho, que, desesperada, en la furia de su amor, se había desgarrado ella misma con las uñas.

—Señor y esposo mío —exclamó—, ved las huellas de los ultrajes que acabo de sufrir. Impulsado por un deseo infame, Oddoul se acercó a mi lecho y quiso vencer con violencia mi repugnancia y mi pudor.

Al oír aquellas quejas y al ver aquella sangre, enfurecido, el rey ordenó a sus guardias que se apoderasen del monje y que le quemaran vivo frente al palacio para que lo viese la reina.

Enterado de la triste aventura, el abad de Yvern visitó al rey y le dijo:

—Rey Brian, advertid en este ejemplo la diferencia entre una mujer cristiana y una mujer pagana. La romana Lucrecia fue la más virtuosa de las princesas idólatras, pero le faltaron energías para defenderse contra los ataques de un joven afeminado, y, avergonzada de su debilidad, entregóse a la desesperación, mientras que la reina Glamorgana pudo resistir victoriosamente a los ataques de un criminal forzudo, rabioso y poseído por el más terrible de los demonios.

Entretanto, Oddoul esperaba en un calabozo de palacio el momento de ser quemado vivo. Pero Dios no permitió que la inocencia resultase castigada: envióle un ángel, que, bajo la forma de una doncella de la reina llamada Gudruna, le sacó del calabozo y le condujo al aposento en que habitaba la doncella cuya figura le sirvió de disfraz.

El ángel dijo al joven Oddoul:

—Te amo porque te atreves a todo.

El joven Oddoul creyó que hablaba con la propia Gudruna, y adujo, sin alzar los ojos:

—Sólo con el auxilio del Señor pude resistir las pretensiones de la reina y provocar la cólera de tan poderosa mujer.

El ángel preguntó: —¿No tuviste los propósitos de que la reina te acusa?

—No los tuve. No hice nada —respondió el monje con la mano puesta sobre el corazón.

—¿No hiciste nada?

—Nada hice, y la sola idea de un acto semejante me horroriza.

—Entonces —dijo el ángel—, ¿por qué viniste aquí, mentecato?

Y abrió la puerta para facilitar al monje la salida.

Oddoul se sintió violentamente impulsado hacia afuera, y apenas había llegado a la calle, una mano vació un orinal sobre su cabeza.

Oddoul meditaba:

«Tus caminos son misteriosos, Señor, y tus propósitos, impenetrables».

II. Draco el Grande. Traslación de las reliquias de Santa Orberosa

La sucesión directa de Brian el Piadoso extinguióse hacia el año 900 en la persona de Collica, llamado Nariz Corta. Un primo de este príncipe, Bosco el Magnánimo, le sucedió. Atento a fortalecer el trono y asesinar a todos sus parientes, fue origen de una duradera dinastía de reyes poderosos.

Uno de ellos, Draco el Grande, se hizo famoso por sus guerras. Le derrotaron con más frecuencia que a los otros; pero en esta insistencia de la derrota se reconoce a los capitanes heroicos. En veinte años incendió más de veinte mil cabañas, haciendas caseríos, pueblos, villas, ciudades y Universidades.

Arrasaba con igual indiferencia las tierras enemigas y sus propios dominios, y solía decir para explicar su conducta:

—La guerra sin incendio es como la carne sin mostaza: una cosa insípida.

Su justicia era rigurosa. Cuando los campesinos a quienes hacía prisioneros no podían pagar el rescate, los ahorcaba, y si alguna infeliz mujer se atrevía a implorarle favor para su marido insolvente, la arrastraba, sujeta por el cabello a la cola de su caballo. Vivía como un soldado, sin molicie, y nos complacemos en reconocer que sus costumbres eran puras. No solamente mantuvo en su reino la gloria hereditaria, sino que hasta en sus mayores derrotas realzó el honor del pueblo pingüino.

Draco el Grande hizo trasladar a Alca las reliquias de Santa Orberosa.

El cuerpo de la bienaventurada había sido enterrado en una gruta de la playa de las Sombras.

Los primeros peregrinos que la visitaron fueron los mozos y las mozas de los pueblos próximos. Iban con preferencia, por parejas, al anochecer, como si los piadosos deseos buscaran para satisfacerse la sombra y la soledad. Dedicaban a la santa un culto fervoroso y discreto; no gustaban de publicar las emociones que sentían en su recogimiento; pero los delataban algunas veces frases de amor y suspiros angustiosos mezclados con el santo nombre de Orberosa. Unos decían que allí se olvidaron del mundo, y otros, que al salir de la gruta se hallaban siempre satisfechos. Las mozas, en sus íntimas confidencias recordaban los goces que habían sentido.

Tales fueron los milagros que realizó la virgen de Alca en los comienzos de su gloriosa eternidad, y que tenía la vaga dulzura de las alboradas. Pronto el misterio de la gruta extendióse por los pueblos próximos como un perfume sutil. Fue para las almas puras un motivo de alegría y edificación, y los hombres corrompidos trataron vanamente de alejar a los fieles, con mentiras y calumnias, de los manantiales de gracia que corrían sobre la tumba de la santa. La Iglesia hizo lo posible para que aquellos fervores del Cielo no quedasen reservados a un corto número de criaturas y se extendieran por toda la cristiandad pingüina. Unos monjes se instalaron en la gruta, construyeron un monasterio, una capilla y una hospedería. Comenzaron a afluir peregrinos.

Como fortalecida por su larga residencia en el Cielo, la bienaventurada Orberosa realizó milagros cada vez mayores en favor de los que iban a depositar una ofrenda sobre su tumba. Hizo concebir esperanzas a las mujeres estériles, envió ensueños a los viejos celosos para tranquilizarles acerca de la fidelidad de sus esposas, puesta en duda injustamente, y mantuvo alejadas de la comarca las pestes, las epizootias, las hambres, las tempestades, los dragones de Capadocia.

Pero durante los disturbios que desolaron el país en el reinado de Collica y de sus sucesores, la tumba de Santa Orberosa fue despojada de sus riquezas, el monasterio fue incendiado y los monjes dispersados.

El camino, durante largo tiempo apisonado por devotas peregrinaciones, desapareció bajo los juncos, la maleza y los cardos azules de los arenales.

Hacía ya cien años que sólo visitaban la tumba milagrosa las comadrejas y los murciélagos, cuando la santa se apareció a un campesino de los contornos, llamado Mormodic.

—Soy la virgen Orberosa —le dijo—, y quiero que restablezcas mi santuario. Advierte a los habitantes de las cercanías que si dejan mi memoria en olvido y mi tumba sin ofrendas, un nuevo dragón desolará la Pingüinia.

Clérigos muy sabios hicieron informaciones acerca de semejante aparición y la reputaron verdadera, no diabólica, sino celestial.

El monasterio fue alzado nuevamente y los peregrinos afluyeron con abundancia. La virgen Orberosa hizo milagros cada vez mayores. Curaba enfermedades perniciosas, como la cojera, la hidropesía, la parálisis y el baile de San Vito. Los monjes guardianes de la tumba gozaban de una envidiable opulencia, cuando la santa se apareció al rey Draco el Grande, le ordenó que la reconociese por patrona celestial del reino y que llevara sus restos preciosos a la catedral de Alca.

Las reliquias de aquella virgen fueron trasladadas con gran pompa a la iglesia metropolitana y depositadas en el centro del coro, dentro de una urna de oro con esmaltes y piedras preciosas.

El cabildo registró los milagros en que intervino la bienaventurada Orberosa.

Draco el Grande, que no dejaba un momento de proteger y exaltar la fe cristiana, al morir piadosamente legó muchos de sus bienes a la Iglesia.

III. La reina Crucha

Espantosos desórdenes siguieron a la muerte de Draco el Grande. Los sucesores de este príncipe han sido acusados con frecuencia por su debilidad, y es cierto que ninguno siguió ni de lejos el ejemplo de su valeroso antecesor.

Su hijo Chum, que era cojo, no cuidó de acrecer el territorio pingüino. Bolo, hijo de Chum, murió asesinado por la guardia de palacio en el momento de subir al trono, a los nueve años de edad. Sucedióle su hermano Gun, que sólo tenía siete años, y se dejó guiar por su madre, la reina Crucha.

Crucha era hermosa, instruida, inteligente; pero no sabía resistir a las pasiones.

He aquí de qué modo se expresa en su Crónica el venerable Talpa, en lo que se refiere a esta reina ilustre:

«La reina Crucha, por la belleza de su rostro y la perfección de su figura, podrá compararse, tal vez con ventaja, a Semíramis de Babilonia, a Pentesilea, reina de las Amazonas, y a Salomé, hija de Herodías.

Pero en su cuerpo ostentó varias singularidades que pueden suponerse encantadoras o desapacibles, según las opiniones contradictorias de los hombres y los juicios del mundo. Tenía en la frente dos cuernecitos, que ocultó siempre bajo su abundante cabellera dorada. Tenía un ojo azul y otro negro; el cuello, inclinado hacia la izquierda, como Alejandro de Macedonia; seis dedos en la mano derecha y una cabecita de mono debajo del ombligo.

Su apostura, era majestuosa, y su trato, afable. Magnífica y espléndida en sus generosidades, no siempre conseguía someter la razón al deseo.

Al ver en sus caballerizas a un joven palafrenero de singular belleza, sintióse de pronto poseída por amorosas ansias y le confió el mando de sus ejércitos. Lo que se debe alabar sin reservas en esta reina famosa es la abundancia de dones que hizo a las iglesias, monasterios y capillas del reino, y especialmente a la santa casa de Beargarden, donde, por la gracia del Señor, profesé a los catorce años de edad. Ha encargado tantas misas por el descanso de su alma, que todos los sacerdotes de la Iglesia pingüina se han transformado, por decirlo así, en un cirio encendido a los ojos del Cielo para atraer la misericordia divina sobre la augusta Crucha».

Estos renglones, y algunos otros de que me he valido para enriquecer mi texto, bastan para juzgar sobre el valor histórico y literario de las Gesta pingüinoruna. Por desgracia, dicha crónicas se interrumpe bruscamente en el tercer año de Draco el Simple, sucesor de Gun el Débil. Llegado a éste punto de mi historia, deploro la falta de un guía tan amable y seguro.

Durante los dos siglos siguientes, los pingüinos vivieron en una anarquía sanguinaria. Se olvidaron todas las artes. Entre la ignorancia general, a la sombra del claustro, los monjes se entregaban al estudio, copiaban con celo infatigable las Santas Escrituras, y para suplir la escasez de pergaminos, raspaban los manuscritos viejos, sobre los cuales transcribían la palabra divina. De este modo se vieron florecer las Biblias en la tierra pingüina como las rosas en el rosal.

Un monje de la orden de San Benito, Ermold el Pingüino, consiguió borrar cuatro mil manuscritos griegos y latinos y copió en ellos cuatro mil veces el Evangelio de San Juan. Así destruyeron en gran parte las obras maestras de la poesía y de la elocuencia antigua.

Lo cual no es obstáculo para que los historiadores reconozcan, con rara unanimidad, que los conventos pingüinos fueron el refugio de las letras durante la Edad Media.

Las guerras seculares de los pingüinos y de los marsuinos llenan el fin de este período. Es muy difícil discernir la verdad acerca de tales guerras, no por falta de relatos, sino por su abundancia excesiva.

Los cronistas marsuinos contradicen absolutamente a los cronistas pingüinos, y por añadidura los pingüinos se contradicen entre sí, de igual modo que los marsuinos. Encontré dos cronistas de acuerdo, pero uno había copiado al otro. Sólo es indudable que las matanzas, las violaciones, los incendios y los saqueos se sucedían sin interrupción.

Bajo el desdichado príncipe Bosco IX, el reino estuvo a dos dedos de su ruina. Al saberse que la flota marsuina, formada por seiscientas naves, se dirigía al puerto de Alca, el obispo dispuso que se formara una solemne procesión. El cabildo, los magistrados, los miembros del Parlamento y los profesores de la Universidad, fueron a la catedral para sacar en andas la urna que encerraba las reliquias de Santa Orberosa, y la pasearon por toda la ciudad seguidos del pueblo entero, que cantaba himnos.

La santa patrona de la Pingüinia no fue inútilmente invocada, pero los marsuinos atacaron la ciudad por tierra y por mar, la tomaron por asalto, y durante tres días y tres noches mataron, robaron, violaron e incendiaron con la indiferencia que engendra y lleva en sí la costumbre.

Es verdaderamente admirable que durante aquella edad de hierro la fe se conservara intacta entre los pingüinos. El esplendor de las santas verdades deslumbraba entonces a las almas, no corrompidas aún por el sofisma. Esto explica la unidad de creencias. Una práctica constante de la Iglesia contribuyó, sin duda, a mantener esta dichosa comunión de los fieles, y consistía en quemar sin escrúpulo a todo pingüino que no pensara como los demás.

IV. Las letras: Johannes Talpa

Durante la minoría del rey Gun, Johannes Talpa, monje de Beargarden, compuso en el monasterio donde había profesado a los once años y de donde no salió jamás ni un solo día de su vida, sus célebres crónicas latinas en doce libros: Gesta pingüinorum.

El monasterio de Beargarden yergue sus altos muros en la cúspide de un pico inaccesible. Sólo se descubren alrededor, las azuladas cimas de los montes que horadan las nubes:

Cuando empezó a redactar su Gesta pingüinorum, Johannes Talpa era ya viejo, y tuvo el cuidado de advertirlo en su obra: «Mi cabeza perdió hace tiempo el adorno de sus bucles rubios —dice— y mi cráneo es parecido a los espejos de metal, convexos, consultados afanosamente por las damas pingüinas. Mi cuerpo, naturalmente corto, se redujo y se encorvó con los años. Mi barba blanca da calor a mi pecho».

Con una sencillez encantadora, Talpa nos refiere algunas circunstancias de su vida y algunos rasgos de su carácter: «Descendiente de una familia noble y destinado desde la infancia al estado eclesiástico, me instruyeron en la gramática y en la música. Aprendí a leer bajo la disciplina de un maestro llamado Amicus, y que muy bien pudo llamarse “Inimicus”. Era yo algo tardo en el conocimiento de las letras, y él me azotaba de tal modo que bien pudiera decirse que imprimió el alfabeto a correazos sobre mis nalgas».

Luego confiesa Talpa sus naturales inclinaciones a la voluptuosidad. Ved unas frases muy expresivas:

«En mi juventud, el ardor de mis sentidos era tal, que a la sombra de los bosques me pareció algunas veces hervir en una marmita más bien que respirar el aire fresco Huía de las mujeres, ¡en vano!, porque bastaba la forma de una campanilla o de una botella para representármelas». Mientras redactaba su Crónica, una tierra terrible, a la vez extranjera y civil, desolaba a tierra pingüina. Los soldados de Crucha se fortificaron en el monasterio de Beargarden para defenderlo contra los bárbaros marsuinos. A fin de hacerlo inexpugnable, abrieron aspilleras en los muros, y levantaron la techumbre de plomo de la iglesia para fundir balas de honda. Encendían por la noche, en los patios y en los claustros, grandes hogueras, en las cuales asaban bueyes enteros enfilados en viejos troncos de pino de la montaña; y reunidos en torno entre el humo cargado de olores de resina y de grasa agotaban toneles de vino y de cerveza. Sus cantos, sus blasfemias y el estruendo de sus disputas no permitían oír los toques matinales de las campanas. Por fin, los marsuinos, después de franquear los desfiladeros, pusieron sitio al monasterio. Eran guerreros del Norte, vestidos y armados de cobre. Sobre las rocas escarpadas apoyaban escaleras de mil quinientos pies de altura, que en la oscuridad tormentosa se rompían bajo el peso de los cuerpos y de las almas, y lanzaban racimos de hombres en las simas y en los precipicios. Turbaba el silencio un espantoso quejido, y luego principiaba el asalto. Los pingüinos arrojaban torrentes de pez derretida sobre los asaltadores, que, abrasados, ardían como antorchas.

Sesenta veces los furiosos marsuinos intentaron el escalo y fueron sesenta veces rechazados.

Hacía diez meses que tenían el monasterio estrechamente cercado, y el día de la Epifanía un pastor del valle les enseñó una senda oculta por la cual pudieron encaramarse. Penetraron en los subterráneos de la abadía, extendiéronse por los claustros, las cocinas, la iglesia, las salas capitulares, los lavaderos, las celdas, los refectorios, los dormitorios; incendiaron, mataron y violaron, sin reparar en la edad ni en el sexo. Los pingüinos descendieron de pronto y corrieron a empuñar las armas. Ciegos de cólera y espanto heríanse los unos a los otros, mientras los marsuinos se golpeaban con sus hachas al disputarse furiosamente los cálices, los incensarios, los candeleros, las dalmáticas, los relicarios, las cruces de oro y de pedrería.

Había impregnado el aire un acre olor de carne asada. Los gritos de muerte y los lamentos resonaban entre las llamas. Por los aleros del monasterio, millares de monjes presurosos, como un rastro de hormigas, caían en el valle. Y, entretanto, Johannes Talpa escribía su Crónica. Los soldados de Crucha, en retirada, obstruyeron con moles de roca todas las salidas del monasterio para encerrar a los marsuinos en el recinto incendiado; y para aplastar al enemigo bajo los desprendimientos de las columnas y de los muros servíanse, como de un ariete, de algún viejo tronco de encina. Las maderas se desprendían con estrépito y los arcos sublimes de las naves se desplomaban al choque de las vigas gigantescas balanceadas por seiscientos hombres a la vez. Pronto quedó solamente de la rica y populosa abadía, la celda de Johannes Talpa, sujeta por un azar maravilloso a los restos de un caballete humeante. Y el viejo cronista continuaba escribe que te escribe.

El ensimismamiento de naturaleza tan extraordinaria pudiera parecer excesivo en una analista consagrado a catalogar sucesos de su época, pero por muy distraído y desligado que se halle uno de lo que sucede a su alrededor, se siente la influencia. Consulté el manuscrito original de Johannes Talga en la Biblioteca Nacional, donde se archivó. Es un pergamino de seiscientas veintiocho hojas de escritura muy enrevesada, unas letras, en vez de seguir en línea recta, escapan en todas direcciones, empujándose y cayendo las unas sobre las otras, desordenadas, o, por decir mejor, en un tumulto espantoso. Son tan deformes, que la mayor parte de las veces no sólo es difícil reconocerlas, sino que se confunden con rasgos inútiles y numerosos. Esas páginas, inestimables sin duda, se resienten de la turbación en medio de la cual fueron trazadas. Su lectura es difícil, pero el estilo del religioso de Beargarden no conserva rastro de ninguna emoción. El tono de su Gesta pingüinorum nunca deja de ser sencillo. La narración es rápida, y tan concisa que raya en la sequedad. Las reflexiones son escasas y generalmente juiciosas.

V. Las artes. Los primitivos de la pintura pingüina

Los críticos pingüinos afirman con insistencia que el arte pingüino se distinguió desde su nacimiento por una originalidad potente y deliciosa, y que sería inútil buscar en otras naciones las cualidades de gracia y reflexión características de sus primeras obras. Los marsuinos pretenden que sus artistas fueron constantemente los iniciadores y los maestros de los pingüinos. Es difícil establecer un juicio seguro, porque los pingüinos, antes de admirar a sus pintores primitivos, destruyeron todas sus obras.

No debe afligirnos mucho semejante pérdida.

Sin embargo, la deploro vivamente, porque venero las antigüedades pingüinas y me complace profesar un culto a los primitivos.

Son deliciosos. No digo que todos se parezcan, porque no me gusta exagerar, pero tienen caracteres comunes que se hallan repetidos en todas las escuelas. Me refiero a fórmulas que jamás abandonan y a la minuciosidad de su ejecución. Lo que saben, lo saben bien. Felizmente podemos formarnos una idea de los primitivos pingüinos por los primitivos italianos, flamencos, alemanes, y por los primitivos franceses, que son superiores a todos porque, a juicio del señor Gruyer, tienen más lógica, y la lógica es una cualidad esencialmente francesa.

Aun cuando se lo negaran obstinadamente, habría que reconocer a Francia el privilegio de coleccionar ya sus primitivos, mientras las otras naciones no los tenían aún.

La Exposición de los primitivos franceses en el pabellón de Marsán, en 1904, contenía varios cuadritos contemporáneos de los últimos Valois y de Enrique IV.

Hice muchos viajes para ver cuadros de VanDyck, de Memling, de Rogier van der Weyden, del maestro de La muerte de María y de Ambrosio Lorenzetti. Sin embargo, no acabé mi iniciación en Brujas, ni en Colonia, ni en Siena, ni en Perusa: en la pequeña ciudad de Arezzo fue donde me convertí en adepto consciente de la pintura ingenua. Hace de esto diez años, y acaso más.

En aquel tiempo de indigencia y sencillez, los Museos de los Municipios, oficialmente cerrados, abríanse a todas horas para los forestieri. Por media lira, una vieja me enseñó una noche, a la luz de la vela, el sórdido Museo de Arezzo, en el cual descubrí una pintura de Margaritone, un San Francisco, cuya piadosa tristeza me arrancó lágrimas.

Quedé profundamente conmovido: Margaritone de Arezzo fue para mí desde aquel día el primitivo más estimado.

Las obras de este maestro me inducen a suponer cómo serían las de los primitivos pingüinos.

En este concepto no se juzgará inoportuno que le preste aquí bastante atención, ya que no en el detalle de sus obras, por lo menos en su aspecto más general y, si me atrevo a decirlo, más representativo.

Poseemos cinco o seis cuadros que llevan su nombre. Su obra capital, conservada en la National Gallery, de Londres, representa a la Virgen María sentada en su trono con el Niño Jesús entre los brazos. Lo que sorprende más cuando se contempla esta figura son sus proporciones. El cuerpo, desde el cuello a los pies, sostiene dos veces la longitud de la cabeza, de modo que resulta rechoncho. Esta obra no es menos notable por el color que por el dibujo.

El famoso Margaritone sólo poseía un reducido número de colores y los empleaba en toda su pureza, sin graduar nunca los tonos. Así resultan sus composiciones más llamativas u armoniosas. Las mejillas de la Virgen y las del niño son de un puro bermellón que el viejo maestro pica sobre cada rostro en dos circunferencias que parecen trazadas a compás.

Un sabio crítico del siglo XVIII, el abate Lauzi, trata las obras de Margaritone con desdén. «Son verdaderos mamarrachos —dijo—. En aquella época desdichada no sabían dibujar ni pintar». Así opinaban entonces los inteligentes. Pero Margaritone y sus contemporáneos serían pronto vengados de tan cruel desprecio.

Había nacido en el siglo XIX en los pueblos bíblicos y en las residencias señoriales de la puritana Inglaterra una muchedumbre de minúsculos Samuel y minúsculos San Juan rizados como corderitos, los cuales, convertidos de 1840 a 1850 en sabios con gafas, instituyeron el culto de los primitivos.

El eminente teorizador del prerrafaelismo, sir James Tuckett, no duda en colocar la Madona de la Nationall Gallery entre las obras maestras del arte cristiano. «Por haber dado a la cabeza de la Virgen —dice James Tuckett— un tercio del tamaño total de la figura, el antiguo maestro fija la atención del espectador sobre las partes más sublimes del cuerpo humano, principalmente sobre los ojos, calificados de órganos espirituales. En esta pintura el colorido conspira con el dibujo para producir una impresión ideal y mística. El bermellón de las mejillas no evoca el aspecto natural de la piel; más bien parece que el viejo maestro aplica sobre los rostros de la Virgen y del Niño las rosas del Paraíso».

Vemos brillar en esta crítica un reflejo de la obra. El seráfico esteta de Edimburgo, Mac Silly, ha expresado de una manera más penetrante aún y más contundentemente la impresión que produjo en su espíritu esa joya de la pintura primitiva.

«La Madona de Margaritone —dice el reverendo Mac Silly— realiza el fin trascendente del arte. Inspira a sus espectadores sentimientos infantiles, inocentes y puros. Y eso es tan verdad que, a los sesenta y seis años, después de contemplarla gozoso durante más de tres horas, me creía transformado en una tierna criatura. Mientras en mi coche, a mi regreso, atravesaba el Trafalgar Square, agitaba yo el estuche de mis gafas como si fuera un sonajero, reía y silabeaba. Y cuando la muchacha que servía la mesa me puso delante la sopa, con una ingenuidad de los primeros años me llevé la cuchara a la oreja.

En tales efectos —añade Mac Silly— se reconoce la excelencia de una obra de arte».

Margaritone, según referencias de Vasari, murió a los setenta y siete años, «y lamentaba no vivir lo suficiente para ver el nacimiento de un nuevo arte y admirar la gloria de nuevos artistas». Estos renglones, que traduzco literalmente, inspiraron a sir James Tuckett las páginas más deliciosas de su estudio. Forman parte del Breviario de los estetas, y todos los prerrafaelistas las saben de memoria.

Quiero copiarlas para que sean el más precioso adorno de mi libro. Todo el mundo reconoce que no se ha escrito nada tan sublime desde los profetas de Israel.


«La visión de Margaritone

”Margaritone cargado de años y de sufrimientos, visitaba un día el estudio de un joven pintor recientemente establecido en la ciudad. Fijó su atención una madona que, a pesar de ser rígida y severa, gracias a la exactitud de sus proporciones y a una diabólica mezcla de sombra y de luz, tenía relieve y expresión de vida.

”Aquella contemplación reveló al inocente y sublime obrero de Arezzo el porvenir de la pintura, y exclamó espantado, llevándose las manos a la frente:

”—¡Cuánta desdicha me hace presentir esta imagen!” Adivino en ella el fin del arte cristiano, que pinta las almas e inspira un ardiente deseo celestial. Los pintores futuros no se limitarán, como éste, a recordar sobre una pared o sobre una tabla la materia maldita de que nuestro cuerpo está formado, la celebrarán y la glorificarán: revestirán sus figuras con las dañinas apariencias de la carne, y esas figuras parecerán personas reales, se adivinarán sus cuerpos, las vestiduras revelarán sus formas. Santa Magdalena tendrá pechos, Santa Marta vientre, Santa Bárbara muslos, Santa Inés nalgas, San Sebastián revelará su gracia adolescente y San Jorge desplegará bajo su arnés las riquezas musculares de una virilidad robusta. Los apóstoles, los confesores, los doctores y hasta el mismo Dios Padre, serán representados por hombres como nosotros. Los ángeles afectarán una belleza equívoca, ambigua, misteriosa, que turbará los corazones. ¿Qué anhelos celestiales podrán inspirar esas obras? Ninguno, pero aprenderemos a saborear en ellas las formas de la vida terrestre. ¿Hasta dónde llegarán los pintores con sus atrevimientos indiscretos? Llegarán a pintarnos mujeres y hombres desnudos como los ídolos romanos. Habrá un arte profano y un arte sagrado, pero el arte sagrado será tan profano como el otro.

”—¡Atrás, demonios! —gritó el viejo maestro.

”Porque descubría en una visión profética a los justos ya los santos desnudos como atletas melancólicos; descubría los Apolos tocando el violín sobre la cima floreciente entre las musas vestidas con túnicas ligeras; descubría las Venus recostadas a la sombra de los mirtos y las Dánaes ofreciendo a la lluvia de oro su carne deliciosa; descubría los Jesús en los pórticos entre los patricios las damas rubias, los músicos, los pajes, los negros, los perros y las cotorras; descubría en una confusión incomprensible de miembros humanos, de alas extendidas y de velos flotantes, las Natividades tumultuosas, las Santas Familias opulentas, las Crucifixiones enfáticas, descubría la Santa Catalina, Santa Bárbara, Santa Inés, que humillaban a los patricios con la majestuosidad de sus terciopelos, de sus brocados, de sus perlas y con los esplendores de sus pechos; descubría las auroras que derramaban sus rosas y la multitud de Dianas y de ninfas sorprendidas a la sombra de los árboles junto al río…

”Y el gran Margaritone murió sofocado por la horrible adivinación del Renacimiento y de la escuela boloñesa».

VI. Marbode

Poseemos un precioso monumento de la literatura pingüina en el siglo XVI; la relación de un viaje a los infiernos, imaginado por el monje Marbode, de la Orden de San Benito, a quien inspiraba el poeta Virgilio un ferviente entusiasmo.

Dicha relación, escrita en latín correcto, ha sido publicada por Clos de Lunes y la ofrecemos traducida por primera vez. Creo hacer a mis compatriotas un buen servicio al facilitarles la lectura de estas páginas, aunque seguramente no constituyen una excepción en la literatura latina de la Edad Media.

Existen varias ficciones que pueden comparársele; y citaremos el Viaje de San Bredán, La visión de Alberico, El Purgatorio de San Patricio, descripciones imaginarias de las moradas eternas, como La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

Entre las obras compuestas con semejante asunto, la relación de Marbode fue de las más tardías; pero, sin duda, no es la menos estimable.


«Marbode baja a los infiernos

”En el año 1543 de la Encarnación del Hijo de Dios, pocos días antes de que los enemigos de la Cruz entrasen en la ciudad de Helena y del gran Conatantino, fueme permitido a mí, el hermano Marbode, monje indigno, ver y oír lo que nadie vio ni oyó jamás. Hice de todo ello una exacta relación para que la memoria de lo que sé no fenezca y acabe conmigo, pues la existencia del hombre no es durable.

”El primer día de mayo de dicho año, a la hora de las vísperas, en la abadía de Corrigán, sentado en una piedra del claustro cerca de la fuente coronada de escaramujos, leía, según mi costumbre, un canto del poeta venerado entre todos (Virgilio), que ha descrito las faenas campestres y la vida pastoril. Tendía la tarde su manto de púrpura sobre los arcos del claustro y murmuraba yo en voz emocionada los versos que nos dicen cómo Dido, la fenicia, pasea bajo los mirtos del infierno su herida reciente aún.

”En aquel momento, el hermano Hilario pasó junto a mí, seguido por el hermano Jacinto, el portero. Ilustrado en las edades bárbaras anteriores a la insurrección de las musas, el hermano Hilario no se inició en la sabiduría de los antiguos; pero la poesía del Mantuano, como antorcha sutil, penetró en su inteligencia para iluminarla.

”—Hermano Marbode —me dijo—, ¿esos versos que suspiráis con el pecho palpitante y los ojos encendidos, pertenecen a la famosa Eneida, de la cual ni de día ni de noche apartáis apenas los ojos?

”Respondíle que leía el pasaje de Virgilio donde el hijo de Anquises descubre a Dido, semejante a la luna entre la floresta.

”—Hermano Marbode —me replicó—, estoy seguro de que Virgilio expresa en cualquiera ocasión prudentes máximas y pensamientos profundos, pero los santos que modula en la flauta siracusana presentan un sentido tan hermoso y una doctrina tan sublime, que nos dejan deslumbrados.

”—Cuidado, padre —terció el hermano Jacinto con voz alterada—. Virgilio fue un mago que realizó prodigios con ayuda de los demonios. Así es como le fue posible horadar una montaña cerca de Nápoles y fabricar un caballo de bronce que tenía la virtud de curar a todos los caballos enfermos. Era nigromante, y aún se conserva en una ciudad italiana el espejo donde reflejaba las apariciones de los muertos. Una cortesana de Nápoles le invitó a llegar hasta ella en el cesto empleado para subir las provisiones, y le tuvo toda la noche suspendido en el aire.

”Como si no hubiera oído esa perorata:

—Virgilio es un profeta —replicó el hermano Hilario—, un profeta que dejó muy atrás a las sibilas, a la hija de Príamo y al gran adivinador de cosas futuras, Platón de Atenas. En el cuarto de sus cantos siracusanos hallaréis anunciado el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en un lenguaje que más parece del Cielo que de la Tierra. En mi época estudiantil, cuando yo leía por vez primera jam redit et virgo, halléme sumergido en un delicioso encanto; pero luego sentí un vivo dolor al imaginar que, privado para siempre de la presencia de Dios, el autor de aquel canto profético, el más hermoso que salió de labios humanos, languidecía entre los gentiles en las tinieblas eternas. Este cruel pensamiento no me abandonó: me perseguía en mis estudios, en mis rezos, en mis meditaciones, en mis penitencias. Reflexionando que Virgilio se hallaba alejado para siempre de la presencia de Dios, y que tal vez hasta sufría en el infierno la suerte de los réprobos, ya no pude vivir tranquilo, y varias veces al día, con los brazos tendidos hacia el cielo, suplicante, clamaba “¡Reveladme, Señor, la suerte que reservasteis a quien supo cantar en la Tierra como cantan los ángeles en el Cielo!”.

”Cesaron mis angustias algunos años después, cuando leí en un libro antiguo que, al ir a Nápoles el apóstol San Pablo, santificó la tumba del príncipe de los poetas con sus lágrimas. Esto me hizo suponer que Virgilio, como el emperador Trajano, entró en el Paraíso por haber tenido en el error un presentimiento de la verdad. No hay obligación de creerlo, pero me tranquiliza suponer que así sea.

”El viejo Hilario dióme las buenas noches y se alejó con el hermano Jacinto.

”Me entregué de nuevo al delicioso estudio de mi poeta. Mientras, con el libro en la mano, meditaba de qué modo aquellos a quienes el amor hizo morir de un mal cruel siguen ocultos senderos en el intrincado bosque de mirtos. El clamor tembloroso de las estrellas mezclóse con las rosas silvestres deshojadas en el cristal de la fuente. De pronto, los reflejos, los perfumes y la paz del cielo me anonadaron. Un monstruoso aquilón, envuelto en oscuridad tormentosa, me arrebató entre sus mugidos y lanzóme corno una brizna de paja por encima de los campos, de las ciudades, de los ríos, de las montañas a través de las nubes tronadoras, durante una noche formada por una larga serie de noches y de días. Y cuando al fin, rendida su obstinada fiereza, el huracán se calmó, vime lejos del país natal, en el fondo de un valle, rodeado de cipreses. Entonces una mujer de austera belleza, que arrastraba largos velos, apoyó su mano izquierda en mi hombro, y señalando con la derecha una encina de macizo follaje:

”—¡Mirad! —me dijo.

”Al punto recordé a la sibila que guarda el bosque sagrado del Averno y advertí que formaba parte de aquel árbol frondoso la rama de oro agradable a la bella Proserpina.

”Me levanté y dije:

”—Así, ¡oh profética virgen!, adivinas mi deseo y lo satisfaces, muestras a mis ojos el árbol donde luce la rama resplandeciente, sin la cual nadie pudiera entrar vivo en la mansión de los muertos. Y es indudable que yo deseaba con fervor acercarme a la sombra de Virgilio.

”Arranqué del tronco antiguo la rama de oro y me lancé sin miedo al abismo humeante que conduce a las orillas fangosas del Estigio, donde revolotean las sombras como seca hojarasca, y al ver la rama de Proserpina, Caronte me recibió en su barca, que gimió bajo mi peso, y abordé la orilla de los muertos anunciado por los silenciosos ladridos del triple Cerbero. Hice intención de arrojarlo la sombra de una piedra, y el monstruo vano desapareció. Entre los juncos plañían los niños, cuyos ojos se abrían y se cerraban a un tiempo en la suave luz diurna. En el fondo de una caverna oscura, Minos juzgaba a los hombres. Penetré en el bosque de mirtos donde vagaban lánguidamente las víctimas del Amor: Fedra, Pocris, la triste Erifilea, Evadné, Pasifae, Laodamia, Cenis y Dido, la fenicia. Luego atravesé los polvorientos campos reservados a los guerreros ilustres. Más allá se abrían dos caminos: el de la izquierda conduce a la morada de los impíos. Encaminéme por el de la derecha, que conduce al Elíseo y a otras mansiones de Plutón. Suspendí la rama sagrada a la puerta de la diosa y llegué a los campos amenos sumergidos en luz purpurina. Las sombras de los poetas y de los filósofos conversaban gravemente. Las Gracias y las Musas formaban sobre la hierba coros alados. Acompañándose con su lira rústica, el anciano Homero cantaba. Sus ojos, cerrados, carecían de luz, pero de su boca brotaban imágenes con resplandores divinos. Vi a Solón, a Demócrito y a Pitágoras, que presenciaban en la pradera los juegos de los mozos, y, a través del follaje de un antiguo laurel, vi a Hesíodo y a Orfeo, al melancólico Eurípides y a la varonil Safo. Reconocí, al pasar, sentados en la orilla de un fresco arroyo, al poeta Horacio, a Vario, a Galo y a Licorida. Un poco más allá, Virgilio, apoyado en el tronco de una carrasca oscura, pensativo, contemplaba los bosques. De buena estatura y cuerpo delgado, aún conservaba su tez curtida, su aspecto rústico, su exterior desaliño, las incultas apariencias que disfrazaron su genio. Le saludé devotamente, pero no supe hablar en mucho rato.

”Al fin, cuando la voz pudo salir de mi garganta oprimida:

”—¡Oh tú, Virgilio, tan estimado por las musas ausonianas, honor del hombre latino! —exclamé—. Por ti he sentido la belleza. Por ti he frecuentado la mesa de los dioses y el lecho de las diosas. Recibe alabanzas de tu adorador más humilde.

”—Levántate, forastero —me respondió el poeta divino— reconozco en ti un humano viviente por la sombra que tu cuerpo dibuja sobre la hierba en un atardecer eterno. No eres el primer hombre que visitó antes de morir estos lugares, aun cuando entre nosotros y los que gozan de la vida el trato es difícil. Suspende los elogios: no me agradan. El confuso clamoreo de la gloria ofendió siempre mis oídos. Por eso huí de Roma, donde me conocían los desocupados y los curiosos, y trabajé en la soledad de mi querida Parténope. Además, para saborear tus alabanzas me sería preciso asegurarme antes de si los hombres de tu siglo comprenden mis versos. ¿Quién eres?

”—Me llamo Marbode, soy del reino de Alca, hice profesión de fe religiosa en la abadía de Corrigán, leo tus versos día y noche, y sólo por acercarme a ti bajé a los infiernos. Me impacienta el deseo de conocer tu destino. En la Tierra, los doctos se contradicen: unos juzgan probable que, por haber vivido bajo el influjo de los demonios, ardas en llamas inextinguibles; otros, más cautos, reservan su opinión, porque suponen inseguro y engañoso cuanto se dice de los muertos, varios, no en verdad los más hábiles, afirman que por haber ennoblecido el tono de las musas sicilianas anunciando que una nueva progenitura descendería de los cielos fuiste admitido, como el emperador Trajano, a gozar de la beatitud eterna en el Paraíso cristiano.

”—Ya ves que no es cierto —respondió la sombra, sonriente.

”—Vine a encontrarte, ¡oh Virgilio, entre los héroes y los sabios, en estos Campos Elíseos que antes describiste! ¿De modo que nadie ha venido a verte de parte de Aquel que reina en las alturas?

”Después de un prolongado silencio dijo:

”—No quiero ocultarte nada. Envióme un mensaje un hombre sencillo, para decirme que me aguardaba, que, aun cuando yo no estuviera iniciado en sus misterios, en atención a mis cantos proféticos, me reservaba un lugar entre los de la secta nueva. Pero no creí conveniente aceptarlo, y sigo en esta mansión. No comparto con los griegos los entusiasmos que les inspiran los Campos Elíseos, no gozo las dichas que hacen perder a Proserpina el recuerdo de su madre, ni creo firmemente las decisiones que mi Eneida contiene. Instruido por los filósofos y los físicos, adquirí un exacto presentimiento de la verdad. La vida en los infiernos queda muy apagada: no se siente placer ni pena. Se vive como si no se viviese. Los muertos disfrutan sólo de la existencia que les concede la memoria de los vivos. Prefiero continuar así.

”—Pero ¿qué razones alegaste, Virgilio, para justificar tu extraña negativa?

”—Las di excelentes. Dije al enviado de Dios que yo no merecía el honor que me reservaba y que suponían a mis versos un sentido que no tienen. En mi égloga cuarta no abjuré las creencias de mis abuelos. Sólo los judíos ignorantes pudieron interpretar en favor de un Dios bárbaro un canto que celebra el renacimiento de la Edad de Oro, anunciado por los oráculos sibilinos. Alegué como disculpa que yo no podía ocupar un sitio con el cual me favorecían por error y al cual no tuve ningún derecho. Recordé también mi humor y mis gustos, que disuenan de las costumbres de los cielos nuevos.

”No soy un ser insociable —dije al mensajero—. En la vida hice gala de un carácter apacible y abierto, y aun cuando la sencillez extremada de mis costumbres me señalan como sospechoso de avaricia, nunca tuve nada por mí solo; mi biblioteca estuvo a todos abierta y ajusté mi conducta a esta hermosa frase de Eurípides: «Todo ha de ser común entre amigos.» Los elogios, que al tratarse de mí consideré inoportunos, éranme gratos en alabanza de Vario o de Macro. En el fondo, soy rústico y agreste, me satisface la compañía de los animales. Puse tanto empeño en observarlos y los cuidé con tan esmerada solicitud, que adquirí fama, y no sin motivo, de ser un excelente veterinario. Me han dicho que las gentes de vuestra secta se conceden un alma inmortal, que les niegan a los animales. Es un contrasentido que me hace dudar de su razón. Tengo amor a los rebaños y también, casi excesivo, a los pastores. Esto no debe pareceros razonable. Hay una máxima a la cual he procurado ajustar mis actos: «Nada con exceso». Más que mi débil salud, me condujo mi filosofía a usar de las cosas con mesura. Profeso la sobriedad. Una lechuga y algunas aceitunas con un sorbo de falerno me bastaban para mantenerme. Frecuenté con moderación los lechos de las mujeres placenteras y no me detuvieron más de lo conveniente los bailes, al son del crótalo, de una joven siria. Pero si contuve mis deseos, fue para satisfacción y por buena disciplina. Temer los placeres y huir de la voluptuosidad me hubiera parecido el más abyecto ultraje que puede hacerse a la Naturaleza. Me aseguran que, durante su vida, los elegidos de Dios se abstienen de alimentarse bien, huyen del contacto con mujeres y se imponen voluntariamente sufrimientos inútiles. Me disgustaría tropezarme con esos criminales, cuyo frenesí me produce horror. No se debe confiar en que un poeta se ajuste muy estrictamente a una doctrina física y moral. Soy romano, y los romanos no saben conducir sutilmente, como los griegos, las especulaciones profundas, y si adoptan una filosofía, es principalmente para sacar ventajas prácticas.

”Sirón, que disfrutaba entre nosotros de mucho renombre, al enseñarme el sistema de Epicuro me libró de terrores vanos y me apartó de las crueldades que la religión enseña a los hombres ignorantes. Aprendí de Zenón a soportar con firmeza los males inevitables; admití las ideas de Pitágoras acerca de las almas de los hombres y de los animales, cuando les atribuye a todos un origen divino, lo cual nos conduce a contemplarnos sin orgullo y sin vergüenza. Los alejandrinos me enseñaron que la tierra, al principio blanda y dúctil, se afirmó a medida que Nereo se retiraba para reducirse a sus moradas húmedas; cómo insensiblemente se formaron las cosas; de qué manera, desprendidas de las nubes desechas, las lluvias alimentaron los bosques silenciosos, por qué progresos, en fin, raros animales aparecieron entre las montañas sin nombre.

”No me sería posible acostumbrarme a vuestra cosmogonía, más conveniente para un conductor de camellos de los desiertos de Siria que para un discípulo de Aristarco de Samos. ‘¿Cómo viviría yo en la mansión de vuestra beatitud, donde no tengo amigos, ni ascendientes, ni maestros, ni dioses, sin serme posible ver al hijo augusto de Rea, ni tampoco a Venus, de dulce sonrisa; ni a Pan, ni a las jóvenes dríades, ni a los silvanos y al viejo Sileno pintarrajeados por Eglé con la púrpura de las moras?’. Con estas razones rogué al hombre sencillo que me excusara ante el sucesor de Júpiter.

”—¿Y desde entonces, ¡oh venerable sombra!, no recibiste de El nuevos mensajes?

”—Ninguno.

”—Para consolarse de tu ausencia tiene tres poetas: Commodiano, Prudencio y Fortunato, nacidos los tres en días tenebrosos, ignorantes de la prosodia y de la gramática. ¿Y no tuviste nunca, ¡oh Mantuano!, alguna otra noticia del Dios cuya oferta rechazaste?

”—Ninguna guarda mi memoria.

”—¿No me dijiste que otros vivientes se presentaron a ti antes que yo en estos lugares?

”—Ahora lo recuerdo. Hará cosa de siglo y medio (es difícil a las sombras contar, los días y los años) fui turbado en mi profunda paz por una extraña visita. Cuando vagaba entre los lívidos follajes, a la orilla del Estigio, vi alzarse ante mí una forma humana, más opaca y oscura que la de los habitantes de estas orillas; reconocí a un viviente. Era de elevada estatura, delgado, con la nariz aguileña, la barba estrecha y las mejillas descarnadas; sus ojos negros brillaban llameantes; un capuchón rojo ceñido por una corona de laurel cubría su cabeza; sus huesos se clavaban en la túnica larga, estrecha y oscura que le vestía. Me saludó con una deferencia reveladora de un orgullo indómito y me dirigió la palabra en un lenguaje más incorrecto y oscuro aún que el de los galos que el divino Julio incorporó a sus legiones. Acabé por comprender que había nacido cerca de Fiésole, en una colonia etrusca fundada por Sila a orillas del Arno, que obtuvo dos honores municipales, pero que, al estallar sangrientas discordias entre el Senado, los caballeros y el pueblo, se lanzó con impetuoso corazón en ellas, y, vencido, expulsado, arrastraba por el mundo un largo destierro. Me pintó la Italia desgarrada por más disturbios y guerras que en los tiempos de mi juventud y ansiosa por el advenimiento de un nuevo Augusto. Me lastimaron sus desdichas, que me recordaban las que yo había sufrido. Le agitaba sin cesar un alma temeraria, y su pensamiento concebía grandes empresas; pero su rudeza y su ignorancia me probaron, ¡ay!, el triunfo de la barbarie. Desconocía la literatura, la ciencia y hasta la lengua de los griegos; no poseía tampoco, acerca del origen del mundo y de la naturaleza de los dioses, ninguna tradición antigua. Recitaba con gravedad fábulas que en la Roma de mi tiempo hubieran hecho reír a los niños. El vulgo cree fácilmente en monstruos y, sobre todo los etruscos, poblaron los infiernos de demonios repugnantes. Basta saber que las imaginaciones calenturientas de su infancia no los han abandonado en tantos siglos, para explicarse la continuación y el progreso de la ignorancia y de la miseria; pero que uno de sus magistrados, cuyo espíritu sobresale de la medida común, comparta las ilusiones populares y se espante de esos demonios repulsivos que en tiempos de Porsena pintaban los habitantes de ese país sobre los muros de sus tumbas, es cosa que debe entristecer al sabio. Aquel etrusco me recitó versos compuestos por él en un dialecto nuevo que llamaba lengua vulgar, y cuyo sentido no pude comprender. Oírle me produjo más sorpresa que encanto, pues marcaba el ritmo y repetía, a intervalos regulares, tres o cuatro veces el mismo son. Este artificio me pareció poco ingenioso, aun cuando no corresponde a los muertos juzgar las novedades. No debo reprochar a ese colono de Sila, nacido en una época desdichada, sus versos inarmónicos y peores, a ser posible, que los de Bavio y Maevio. Tengo contra él quejas más graves. ¡El hecho es monstruoso y apenas creíble!

”Ese hombre, al volver a la Tierra, propaló acerca de mí odiosas mentiras: afirmó, en varios lugares de sus poemas bárbaros, que yo le serví de guía en el infierno doloroso que nunca he conocido, y aseguró insolentemente que yo trataba de falsos y embusteros a los dioses de Roma y que tenía por verdadero Dios al sucesor actual de Júpiter. Amigo mío, cuando al volver a la dulce luz del día recobres tu patria, desmiente esas afirmaciones abominables; di a tu pueblo que el cantor del piadoso Eneas no ensalzó jamás al Dios de los judíos. Me aseguran que su poder declina y que se reconoce por signos ciertos la proximidad de su ocaso. Este suceso me alegraría, si fuese posible alegrarse en estas moradas, donde no se sienten ya temores ni deseos.

”Despidióse con una ligera cortesía y se alejó. Contemplé su sombra, que se deslizaba sobre los asfodelos sin encorvar los tallos; la vi desvanecerse a medida que se alejaba; la vi desaparecer antes de llegar al bosque de laureles. Entonces comprendí el sentido de estas palabras: Los muertos disfrutan sólo de la existencia que les concede la memoria de los vivos. Y me encaminé, pesaroso, a través de la mustia pradera, hasta la Puerta de Cuerno.

”Afirmo que todo lo que acabo de escribir es verídico».

VII. Signos en la luna

Cuando la Pingüinia continuaba aún sumida en la ignorancia y en la barbarie, Gilles Loisellier, monje franciscano conocido por sus escritos firmados con el nombre de Aegidio Aucupe, estudiaba con infatigable ardor las ciencias y las letras, y dedicaba sus noches a las matemáticas y a la música, las dos hermanas adorables; como él las llamaba, hijas armoniosas del Número y de la Imaginación. Era versado en medicina y astrología y sospechoso de practicar la magia. Parece seguro que operaba metamorfosis y descubría cosas ocultas.

Los monjes de su monasterio, al encontrar en su celda libros griegos que no entendían, los creyeron formularios de magia y denunciaron como brujo a su hermano sapientísimo. Aegidio Aucupe huyó, y en la isla de Irlanda vivió treinta años en constantes estudios. Iba de monasterio en monasterio a la rebusca de manuscritos griegos o latinos, de los cuales sacaba copias. Estudiaba también Física y Alquimia. Logró adquirir una ciencia universal y descubrió secretos acerca de los animales, las plantas y las piedras. Le sorprendieron un día encerrado con una mujer de asombrosa hermosura que cantaba al son de un laúd, y que resultó ser una máquina por él ingeniosamente construida.

Cruzó varias veces el mar de Irlanda para desembarcar en el País de Gales, donde visitaba las bibliotecas de los monasterios. En una de sus travesías, de noche, desde el puente del navío advirtió que debajo de las aguas nadaban emparejados dos esturiones. Tenía muy buen oído y conocía el idioma de los peces. Oyó que uno de los esturiones dijo al otro:

—El hombre que veíamos en la luna y que llevaba sobre la espalda un haz de leña, cayó al mar.

Y el otro esturión respondió:

—Ahora se verá en el disco de plata la imagen de dos enamorados que se besan en la boca.

Algunos años después, de regreso a su país, Aegidio Aucupe encontró restauradas las letras antiguas y honradas las ciencias, se habían suavizado las costumbres, los hombres no perseguían con sus ultrajes a las ninfas de las fuentes, de los bosques y de las montañas; colocaban en los jardines las imágenes de las Musas y de las Gracias decentes, y devolvían a la diosa de los labios de ambrosía, voluptuosidad de los hombres y de los dioses, la estimación antigua. Se reconciliaban con la Naturaleza, sonreían a los terrores vanos y alzaban los ojos al cielo sin temor de leer, como otras veces, señales de cólera y amenazas de condenación.

Aquel espectáculo recordó a Aegidio Aucupe lo que habían anunciado los dos esturiones del mar de Erin.

Libro cuarto. Los tiempos modernos: Trinco

I. La rouquina

Aegidio Aucupe, el Erasmo de los pingüinos, no se había engañado: su época era la del libre examen.

Pero aquel hombre insigne tomaba por suavidad en las costumbres las elegancias de los humanistas —y no preveía los efectos del despertar de la inteligencia entre los pingüinos. Introdujo la reforma religiosa.

Los católicos asesinaron a los reformistas y los reformistas asesinaron a los católicos; tales fueron los primeros progresos del libre pensamiento. Los católicos vencieron en Pingüinia; pero el ansia de examen, a su pesar, había penetrado en ellos, asociaban la razón a la creencia y pretendían despojar a la religión de las prácticas supersticiosas que la deshonraron, como desprendieron más adelante de las catedrales las barras de los zapateros, revendedores y calceteros que se adosaban a sus muros. La palabra «leyenda», que indicó al principio lo que los fieles debían leer, implicó luego la idea de fábulas piadosas y cuentos pueriles.

Los santos y las santas se resintieron con tales novedades. Un joven canónigo muy sabio, muy austero y muy rígido, llamado Princeteau, señaló a muchos de ellos como indignos de ser venerados, y recibió por este motivo el sobrenombre de «desahuciador de santos». No creía que la oración de Santa Margarita, aplicada como cataplasma sobre el vientre de las parturientas, calmase los dolores del parto.

La venerable patrona de la Pingüinia tampoco se libró de su examen severo. He aquí lo que dijo de ella en sus Antigüedades de Alca:

«Nada tan incierto como la historia y hasta la existencia de Santa Orberosa. Un viejo tratadista anónimo, fraile, sin duda, refiere que una mujer llamada Orberosa fue gozada por el diablo en una caverna, donde mucho tiempo después los mozos y las mozas del pueblo jugaban aún a diablos y bellas Orberosas. Añade que aquella mujer fue la concubina de un horrible dragón que desolaba la comarca. Esto no es muy creíble; pero la historia de Orberosa, tal como ha sido relatada luego, no es más digna de fe.

La primera vida de esta santa la escribió el abate Simplicissimo trescientos años después de los supuestos sucesos que refiere el autor, excesivamente crédulo y desprovisto de toda crítica».

Hasta contra el origen sobrenatural del pueblo pingüino embistió la duda. El historiador Ovidio Capiton llegó a negar el milagro de su origen. Véase cómo empieza sus Anales de la Pingüinia:

«Una densa oscuridad envuelve esta historia, y no es exagerado suponerla un tejido de fábulas pueriles y de cuentos populares. Los pingüinos pretenden ser descendientes de unas aves bautizadas por San Mael, y que Dios trocó en hombres por la intercesión del glorioso apóstol. Aseguran que, situada en un principio su isla en el Océano Glacial, flotante como Delos, arribó a los mares bendecidos por el omnipotente, donde hoy es la reina».

Conjeturo que este mito recuerda las antiguas emigraciones de los pingüinos.

En el siglo siguiente, que fue el de los filósofos, el escepticismo se refinó. Bastará, para probarlo, este pasaje famoso del Ensayo moral.

«Llegados no sé de dónde (porque sus orígenes no son muy claros), sucesivamente invadidos y conquistados por cuatro o cinco pueblos, del Mediodía, del Poniente, del Levante, del Septentrión; cruzados, mestizos, amalgamados, los pingüinos ponderan la pureza de su raza, y es razonable, porque, al fin, ellos han formado una raza pura. La mezcla de todas las humanidades, roja, negra, blanca y amarilla, de cabezas redondas y cabezas alargadas, han formado en el curso de los siglos una familia bastante homogénea, que se reconoce por ciertos caracteres debidos a la comunión de la vida y de las costumbres.

El supuesto de pertenecer a la más hermosa raza del mundo y constituir la más hermosa familia les inspiró un orgullo noble, un aliento indomable y el odio al género humano.

La historia de un pueblo es una sucesión de miserias, de crímenes y de locuras. Esto se comprueba en la nación pingüina como en todas las naciones, y por esto su historia resulta admirable desde el principio al fin».

Los dos siglos clásicos de los pingüinos están de sobra estudiados para que yo insista; pero lo que no se ha precisado bastante, a mi juicio, es de qué modo los teólogos racionalistas, como el canónigo Princeteau, produjeron los incrédulos del siglo siguiente. Se valieron los primeros de su razón para destruir todo aquello que no les parecía esencial en sus creencias y dejaron sólo intactos los artículos de la fe; pero sus continuadores intelectuales, enseñados por ellos a usar de la ciencia y de la razón, acometieron contra lo que de las creencias había quedado. La teología razonable engendró la filosofía natural.

Por otra parte (y séame permitido pasar de los pingüinos de antes al Soberano Pontífice que ahora gobierna la Iglesia universal), nunca será bastante admirada la sabiduría de Pío X, que ha condenado los estudios de exégesis como contrarios a la verdad revelada, funestos para la buena doctrina teológica y mortales para la fe. No faltan sacerdotes que sostengan contra el Papa los derechos de la ciencia, doctores perniciosos y maestros pestilentes; pero si algún cristiano los aprueba, seguramente será un cuco o un topo.

Al terminar el siglo de los filósofos, el antiguo régimen de la Pingüinia fue completamente destruido. Condenaron a muerte al rey, abolieron los privilegios de la nobleza, proclamaron la República entre alzamientos y bajo la impresión de una guerra espantosa. La Asamblea que gobernaba entonces la Pingüinia ordenó que todos los objetos de metal contenidos en las iglesias fueran fundidos. Los patriotas violaron las tumbas de los reyes. Cuéntase que en su féretro profanado apareció Draco el Grande, negro como el ébano y tan majestuoso que los violadores huyeron aterrorizados.

Según otros testigos, aquellos hombres groseros le colocaron una pipa en la boca y le ofrecieron, para irrisión, un vaso de vino.

El día 17 del mes de la Flor, la urna de las reliquias de Santa Orberosa (desde cinco siglos antes ofrecida en la iglesia de San Mael a la veneración del pueblo) fue trasladada a la Casa de la Villa y sometida al estudio de los peritos designados para este objeto. Era de cobre dorado en forma de arquilla, cubierta de esmaltes y adornada con piedras falsas. La previsión del cabildo había quitado los rubíes, los zafiros, las esmeraldas y las bolas de cristal de roca, y había puesto en su lugar vidrios tallados. Sólo contenía un poco de polvo y el ropaje, que fueron arrojados a una hoguera encendida en la plaza de la Gréve para consumir las reliquias de los santos. El pueblo danzaba en torno y cantaba himnos patrióticos.

Desde la puerta de su barracón, adosado a la Casa de la Villa, Rouquín y la Rouquina contemplaban aquel círculo de insensatos. Rouquín esquilaba perros, capaba gatos y frecuentaba las tabernas. La Rouquina era buscona y alcahueta, pero no carecía de sentido.

—Ya lo ves, Rouquín —dijo a su hombre—: cometen un sacrilegio. Se arrepentirán.

—No sabes lo que dices, mujer —respondió Rouquín—. Se volverán filósofos, y cuando uno se vuelve filósofo, ya es para siempre.

—Te digo, Rouquín, que al cabo se arrepentirán de lo que hacen. Maltratan a los santos porque no les han favorecido mucho; pero tampoco en adelante les caerán las codornices asadas en la boca, seguirán tan pobres como eran, y cuando estén hartos de miseria, volverán a ser devotos. Llegará un tiempo, acaso no lejano, en que los pingüinos honrarán nuevamente a su bendita patrona. Oye, Rouquín: sería conveniente guardar para entonces en nuestra vivienda, y dentro de un puchero, un poco de ceniza, huesos y guiñapos. Diremos que son reliquias de Santa Orberosa y que las salvamos de las llamas con peligro de nuestra vida. Mucho me equivoco si no han de producir honra y provecho.

Esta noble acción podrá servirnos en la vejez para que nos conceda el señor cura la venta de cirios y el alquiler de reclinatorios en la capilla de Santa Orberosa.

Aquella misma noche, la Rouquina retiró de su hogar un poco de ceniza y algunos huesos roídos.

Los metió en un puchero y los guardó en el armario.

II. Trinco

La nación soberana había desposeído a la nobleza y al clero de sus bienes para venderlos a precio vil a los burgueses y a los campesinos. Los burgueses y los campesinos juzgaron que la revolución era buena para adquirir tierras y mala para conservarlas.

Los legisladores de la República dictaron leyes terribles en defensa de la propiedad y decretaron pena de muerte contra quien propusiera el reparto de los bienes, todo lo cual no sirvió de nada a la grandeza de la República.

Los labriegos, convertidos en propietarios, comprendieron que la revolución, al enriquecerlos, puso en peligro las haciendas, porque no les permitía vivir con tranquilidad, y desearon el advenimiento de un régimen más respetuoso para los bienes de los particulares y mejor garantido para robustecer las instituciones nuevas.

No tuvieron que impacientarse mucho. La República, como Agripina, llevaba su verdugo en el vientre.

Obligada a sostener importantes guerras, creó los ejércitos que debían salvarla y destruirla. Sus legisladores pensaban contener a los generales con el terror de los suplicios; pero si algunas veces cortaron cabezas de soldados vencidos, no podían cortar las de los vencedores, que se vanagloriaban de su fortuna.

En el entusiasmo de la victoria, los pingüinos regenerados entregáronse a un dragón más terrible que el de su fabuloso pasado, el cual, como una cigüeña entre ranas, durante catorce años los devoró con su pico insaciable.

Medio siglo después de imperar el nuevo dragón, un joven maharajad de Malasia, llamado Djambi, deseoso de realizar un viaje instructivo como el del escita Anacarsis, visitó la Pingüinia, y de su estancia en ella hizo una interesante relación, cuya primera página copio:


«Viaje del joven Djambi a la Pingüinia

Después de noventa días de navegación llegué al puerto anchuroso y solitario de los pingüinos filómacos y a través de las campiñas incultas me trasladé a la capital en ruinas.

Ceñida por murallas, poblada de cuarteles y arsenales, ofrecía un aspecto marcial y desolado. En las calles, hombres raquíticos y contrahechos arrastraban con orgullo viejos uniformes y armas oxidadas.

—¿A qué vinisteis? —me preguntó rudamente, junto a las puertas de la ciudad, un militar, cuyos bigotes retorcidos amenazaban al cielo.

—Señor —le respondí—, vengo como un sencillo curioso a conocer esta isla.

—Esto no es una isla —replicó el soldado.

—¡Cómo! —exclamé—. ¿La isla de los Pingüinos no es isla?

—No, señor; es una ínsula. En otro tiempo la llamaban isla; pero desde hace un siglo lleva por decreto el nombre de ínsula. Es la única ínsula de todo el Universo. ¿Tenéis pasaporte?

—Vedlo.

—Id a legalizarlo en el ministerio de Relaciones Extranjeras.

Un guía cojo que me acompañaba se detuvo en una plaza espaciosa.

—Nuestra ínsula —dijo— ha dado a luz, como no podéis ignorarlo, al genio más grande del Universo:

Trinco. Ved su estatura frente a nosotros. Este obelisco, alzado a nuestra derecha, conmemora el nacimiento de Trinco. La columna que se alza a vuestra izquierda lleva en su remate un busto de Trinco ceñido con diadema. Desde aquí descubriréis el Arco Triunfal dedicado a la gloria de Trinco y de su familia.

—¿Qué cosa extraordinaria hizo ese Trinco? —pregunté.

—¡La guerra!

—La guerra no es una cosa extraordinaria. Los malayos vivimos en guerra constante.

—No lo dudo; pero Trinco es el héroe más famoso de todos los países y de todos los tiempos. Nunca existió conquistador alguno que pueda comparársele. Al arribar a nuestro puerto habréis visto, al Este, una isla volcánica en forma cónica, de reducida extensión, pero famosa por sus vinos: Ampelófora, y al Oeste, otra isla mayor, que ofrece al cielo una larga hilera de picos, por lo que la llamaron Quijada del Perro. Abundan en minas de cobre. Las poseíamos antes del advenimiento de Trinco, y eran el límite de nuestro imperio. Trinco extendió la dominación pingüina sobre el archipiélago de las Turquesas y el continente Verde; sometió la triste Marsuinia, clavó su bandera en los hielos del Polo y en los ardientes arenales del desierto africano; hizo levas en todos los países por él conquistados, y al desfilar sus ejércitos, detrás de nuestros zapadores filómacos, de nuestros granaderos insulares, de nuestros húsares, de nuestros dragones, de nuestros artilleros, se veían los soldados amarillos, semejantes, con sus armaduras coloradas, a cangrejos en pie sobre sus colas; soldados verdes con plumas de cotorra sobre la cabeza, pintarrajeados por el tatuaje con figuras solares y genésicas, sobre cuya espalda crujía un carcaj de flechas envenenadas; soldados negros enteramente desnudos y sin otras armas que sus dientes y sus uñas; soldados pigmeos montados en grullas; soldados gorilas apoyados en un garrote y conducidos por el viejo de su especie, que ostentaba en su pecho velludo la cruz de la Legión de Honor. Y a todos arrastró, bajo los estandartes de Trinco, un entusiasmo patriótico y ardiente que los llevaba de victoria en victoria. Durante treinta años de guerra, Trinco ha conquistado la mitad del mundo conocido.

—¿De modo que sois dueños de la mitad del mundo?

—Trinco nos lo ha conquistado y nosotros lo hemos perdido. Grandioso en sus derrotas como en sus triunfos, ha devuelto cuanto había conquistado.

Hasta se perdieron las dos islillas que teníamos antes: Ampelófora y Quijada del Perro. Dejó la Pingüinia empobrecida y despoblada. La juventud y la virilidad de la ínsula perecieron en las guerras. A su muerte quedaban sólo en nuestra patria los jorobados y los cojos, de los cuales descendemos.

Pero nos legó la gloria.

—Os la hizo pagar muy cara.

—La gloria nunca es cara —replicó el guía».

III. Viaje: del doctor Obnubile

Después de una sucesión de vicisitudes inauditas, cuyo recuerdo fue borrado en gran parte por la injuria del tiempo y por el desdichado estilo de los historiadores, los pingüinos acordaron gobernarse por sí mismos. Eligieron una Dieta o Asamblea y la invistieron n el privilegio de nombrar al jefe del Estado. Escogido entre los vulgares, no coronaba su frente con la formidable cresta del monstruo ni ejercía sobre el pueblo autoridad absoluta, y se hallaba sometido, como todos los ciudadanos, a las leyes de la nación. No recibía el título de rey, no adornaba su nombre con un número ordinal, y se llamaba Paturlo, Janvión, Trufaldin, Conquenpot o Farfullero a secas. Estos magistrados no sostenían guerras, acaso por no tener uniforme militar. El nuevo Estado recibió el nombre de Cosa Pública o República. Sus adeptos eran llamados republicanistas o republicanos.

Pero la democracia pingüina no gobernaba por sí sola: obedecía a una oligarquía bancaria que imponía la opinión a los periódicos, manejaba a los diputados, a los ministros y al presidente: disponía en absoluto del tesoro de la República y guiaba la política exterior del país.

Los imperios y los reinos armaban ejércitos y escuadras enormes. Obligada, para su seguridad, a imitarlos, la Pingüinia sucumbía bajo el peso de su organismo belicoso, y todo el mundo deploraba, o fingía deplorar, obligación tan dura. Sin embargo, los ricos y negociantes la aceptaban por patrimonio y porque veían en el soldado y el marino a los defensores de sus haciendas; los poderosos industriales favorecían la fabricación de cañones y de navíos con entusiasmo nacional y para obtener contratas. Los ciudadanos pertenecientes a la clase media y a las profesiones liberales, unos se resignaban sin disgusto porque suponían inevitable y definitivo aquello, y otros aguardaban impacientes el fin y pensaban imponer a las potencias el desarme simultáneo.

El ilustre profesor Obnubile era de los últimos.

—La guerra —decía— es un signo de barbarie que el progreso de la civilización hará desaparecer. Las fuertes democracias son pacíficas, y su espíritu se impondrá a los autócratas.

El profesor Obnubile, recluido en su laboratorio, donde pasó sesenta años de vida solitaria y estudiosa, resolvióse a observar prácticamente el alma de los pueblos, y para empezar su análisis por la mayor de las democracias, embarcóse con rumbo a la Nueva Atlántida.

Después de quince días de navegación su barco entró de noche en el puerto de Titamport, donde anclaban millares de navíos. Un puente de hierro tendido a bastante altura sobre las aguas, resplandecientes con infinitas luces, unía dos muelles, tan distantes uno de otro que el profesor Obnubile se creyó transportado a los mares de Saturno, y no dudó que aquel puente era el anillo maravilloso que ciñe al planeta del Viejo. Sobre tan inmenso transbordador circulaban más de la cuarta parte de las riquezas del mundo. Ya en tierra, el sabio pingüino se instaló en un hotel de cuarenta y ocho pisos, donde servían autómatas; luego tomó el tren que conduce a Gigantópolis, capital de la Nueva Atlántida. Había en aquel tren restaurantes, salas de juego, circos atléticos, una oficina de informes comerciales y de cotizaciones mercantiles, una capilla evangélica y la imprenta de un diario que no pudo leer el doctor porque desconocía el idioma de los nuevos atlantes. El tren atravesaba, en las orillas de anchurosos ríos, ciudades manufactureras que oscurecían el cielo con el humo de sus hornos, ciudades negras a la luz del sol, ciudades rojizas en la oscuridad nocturna, siempre clamorosas de día y de noche.

«Este —reflexionaba el doctor— es un pueblo entregado a la industria y al negocio, por lo cual no se preocupa de la guerra. Estoy seguro de que rige a los nuevos atlantes una política de paz, pues todos los economistas admiten ya como un axioma que la paz exterior y la paz interior son indispensables para el progreso del comercio y de la industria».

Mientras recorría Gigantópolis confirmaba esta opinión. Las gentes iban por las calles con tal prisa que derribaban cuanto se oponía a su paso.

Obnubile, después de rodar varias veces por el suelo, aprendió a ir con ímpetu, y cuando llevaba ya una hora de carrera, al tropezar con un atlante lo volteó.

En una inmensa plaza pudo admirar el pórtico de un palacio de clásico estilo, cuyas columnas corintias elevaban a sesenta metros sobre el pedestal sus capiteles de acanto arborescente.

Tuvo que detenerse y levantar mucho la cabeza para contemplarlo. Entonces un personaje de aspecto humilde se le acercó y le dijo en idioma pingüino:

—Reconozco en vuestro traje a un ciudadano de la Pingüinia. Domino vuestro idioma y soy intérprete jurado. Este palacio es el del Parlamento.

Ahora deliberan los diputados. ¿Queréis presenciar la sesión?

Acomodado en una tribuna, el doctor miró curiosamente a la muchedumbre de legisladores que se recostaban en butacas de junco y apoyaban los pies, indolentemente, en el pupitre.

El presidente se levantó para murmurar, más que pronunciar, entre la indiferencia de todos, las siguientes fórmulas, traducidas por el intérprete al doctor:

«Terminada a satisfacción de los Estados la guerra que sosteníamos con los mogoles para obtener la franquicia de sus mercados, propongo que se remitan las cuentas de gastos a la Comisión.

¿Hay oposición?…

La proposición queda aceptada.

Terminada a satisfacción de los Estados la guerra que sosteníamos para obtener la franquicia de los mercados en la Tercera Zelandia, propongo que se remitan las cuentas de gastos a la Comisión…

¿Hay oposición?…

La proposición queda aceptada».

—¿Lo habré oído bien? —preguntó el profesor Obnubile—. ¿Será cierto? Vosotros, un pueblo industrial, ¿sostenéis tantas guerras?

—Naturalmente —le respondió el intérprete—. Son guerras industriales. Los pueblos que no tienen comercio ni industria no están obligados a sostener guerras; pero un pueblo de negocios exige una política de conquistas. El número de nuestras guerras aumenta de día en día con la producción. En cuanto alguna industria no sabe dónde colocar sus productos, una guerra le abre nuevos mercados. Este año sostuvimos la guerra carbonífera, la guerra del cobre y la guerra del algodón. En la Tercera Zelandia matamos a los dos tercios de sus pobladores, para obligar a los restantes a que nos comprasen paraguas y calcetines.

Un hombre gordo y robusto que se hallaba en el centro de la Asamblea subió a la tribuna.

—Reclamo —dijo— una guerra contra el Gobierno de la República de la Esmeralda, que disputa insolentemente a nuestros cerdos la hegemonía de los jamones y los embutidos sobre todos los mercados del mundo.

—¿Quién es ese legislador? —preguntó el sabio Obnubile.

—Un tratante en cerdos.

—¿No hay oposición? —dijo el presidente—. Pongo la proposición a votación.

La guerra contra la República de la Esmeralda fue votada por una gran mayoría.

—¡Cómo! —dijo el doctor Obnubile a su intérprete—. ¿Aquí votan una guerra con tanta rapidez y con tanta indiferencia?

—¡Oh! Es una guerra sin importancia, que sólo costará ocho millones de dólares.

—¿Y cuántos hombres?

—Entre todo, gastos y bajas, ocho millones de dólares.

Entonces el doctor Obnubile sumió su cabeza entre las manos y meditó:

«Puesto que la riqueza y la civilización producen motivos de guerra como la pobreza y la barbarie, y puesto que la locura y la maldad de los hombres son incorregibles, se puede realizar una acción meritoria. Un hombre prudente amontonará bastante dinamita para hacer estallar el planeta, y cuando se desparramen sus fragmentos por el espacio se habrá conseguido en el Universo una mejora imperceptible, se habrá dado una satisfacción a la conciencia universal, que indudablemente no existe».

Libro quinto. Los tiempos modernos: Chatillón

I. Los reverendos padres Agaric y Cornamuse

No hay régimen que no tenga enemigos. La República o la Cosa Pública los tuvo al principio entre los nobles desposeídos de sus antiguos privilegios, los cuales volvían esperanzados los ojos hacia el último dracónida, el príncipe Crucho, interesante por los atractivos de la juventud y las tristezas de su destierro. Tuvo después enemigos entre los humildes comerciantes, que, por causas económicas inevitables, ya no ganaban lo suficiente para vivir, y culpaban de ello a la República, de la cual se desencantaban más y más de día en día.

Los banqueros judíos y los cristianos, con su insolencia y su codicia, eran el azote del país, que despojaban y envilecían, y el escándalo de un régimen que no se preocupaban de afirmar ni destruir, seguros de hacer sus operaciones desembarazadamente bajo todos los Gobiernos; pero simpatizaban con la fórmula de poder absoluto como la mejor dispuesta contra los socialistas, sus adversarios débiles, pero apasionados, y a la vez que imitaban las costumbres de los aristócratas, imitaban también sus sentimientos políticos y religiosos. Sobre todo sus mujeres, vanas y frívolas adoraban al príncipe y soñaban con los festejos de la Corte.

La República no dejaba de tener partidarios y defensores. Si no le era permitido creer en la fidelidad de los funcionarios, podía contar con la abnegación de los obreros manuales, cuyas miserias no remedió, y que, para defenderla en los días de peligro, salían en muchedumbre de las ergástulas y desfilaban atropelladamente, pálidos, ennegrecidos, siniestros. Morirían todos por ella si fuese necesario, porque pusieron su esperanza en ella.

Cuando era presidente de la República Teodoro Formose, vivía en un arrabal tranquilo de la Villa de Alca un monje llamado Agaric, maestro de niños y casamentero. Enseñaba en su escuela la piedad, la esgrima y la equitación a los mozalbetes de ilustres familias (ilustres por su nacimiento, pero desposeídos de sus bienes como de sus privilegios), y en cuanto tenían la edad, los casaba con muchachas de la casta opulenta y «despreciable» de los banqueros.

Alto, delgado, cetrino, Agaric paseaba sin cesar, con el breviario en la mano, por los corredores de la escuela y los senderos del jardín, pensativo, con la frente abrumada por sus preocupaciones. No limitaba sus propósitos a inculcar a sus discípulos doctrinas abstrusas y preceptos mecánicos y a proporcionarles después mujeres legítimas y adineradas: tenía intuiciones políticas y preparaba la realización de un plan gigantesco. El pensamiento de su pensamiento, la obra de su obra, consistía en derribar la República. No le impulsaba un interés personal; pero creía al gobierno democrático enemigo de la sociedad religiosa, a la que se consagró en cuerpo y alma. Y todos los frailes, sus hermanos, pensaban lo mismo. La República vivía en lucha perpetua con la congregación de los frailes y la asamblea de los fieles. Sin duda, era una empresa difícil y peligrosa conspirar para el aniquilamiento del nuevo régimen; pero Agaric se hallaba dispuesto, si fuese preciso, a preparar una temible conspiración. Entonces los clérigos dirigían las castas superiores de los pingüinos, y este fraile ejerció sobre la aristocracia de Alca una influencia profunda.

La juventud educada por él sólo esperaba la hora de lanzarse contra el Poder popular. Los hijos de linajudas familias no ejercían las artes ni se dedicaban al negocio: eran casi todos militares al servicio de la República. La servían; pero no la estimaban, y lamentaban que no saliese a relucir la cresta del dragón. Las hermosas judías compartieron aquellas preocupaciones para igualarse a las nobles cristianas.

Un día de julio, al cruzar una calle del arrabal que termina en polvorientos caminos, Agaric oyó quejidos que salían de un pozo de agua corrompido, abandonado por los hortelanos, y un zapatero de la vecindad le refirió que, al pasar un hombre mal vestido que gritaba «¡Viva la Cosa Pública!», varios oficiales de Caballería lo cogieron y lo echaron al pozo, cuyas aguas le cubrían hasta las orejas.

Agaric dio fácilmente a un hecho particular una significación general: de la desgracia de aquel infeliz dedujo una imponente fermentación de toda la casta aristocrática y militar, y se convenció de que había llegado el momento esperado.

A la mañana siguiente fue a visitar en lo más intrincado del bosque de Conils al buen padre Cornamuse, y le halló en un rincón de su laboratorio ocupado en destilar un licor.

Era un hombrecillo rechoncho, de tez rojiza, con el cráneo calvo y lustroso. Sus ojos, como los de los conejitos de la India, tenían las pupilas de rubí. Saludó amablemente a su visitante y le ofreció un vasito de licor de Santa Orberosa, fabricado por él, cuya venta le proporcionaba ingresos cuantiosos. Agaric lo rechazó con un gesto suave. Después, plantado sobre sus largas piernas y apretando contra el vientre su flexible sombrero, quedó silencioso.

—Hacedme la merced de sentaros —le dijo Cornamuse.

Agaric se sentó en una banqueta coja y continuó en silencio.

Entonces el fraile de Conils dijo:

—Dadme noticias de vuestros discípulos. ¿Cómo siguen esas criaturas?

—Estoy muy satisfecho —respondió el magister—. Lo principal es inculcarles buenos principios. Hay que tener buenos pensamientos antes de pensar; de lo contrario, se pierde todo fácilmente. Hallo en torno mío muchos consuelos, pero vivimos en una época triste.

—¡Ay! —respondió Cornamuse.

—Atravesamos tiempos difíciles…

—¡Días de prueba!

—De todos modos, Cornamuse, podríamos estar peor,

—Es posible.

—El pueblo se cansa de la República porque le arruina y no hace nada por él. Diariamente se producen nuevos escándalos. La República se ahoga en sus propios crímenes. Ya está perdida.

—Dios lo quiera.

—Cornamuse, ¿qué pensáis del príncipe Crucho?

—Es un buen muchacho, digno retoño de un tallo augusto. Entristece verle sufrir en plena juventud las amarguras del destierro. Para el desterrado la primavera no tiene flores y el otoño no tiene frutos. El príncipe Crucho sabe pensar a derechas: respeta a los clérigos, practica nuestra religión, consume con abundancia mis productos.

—Cornamuse, en muchos hogares, ricos y pobres, desean ya su regreso. Creedme: ¡volverá!

—No quisiera morirme sin tener antes ocasión de tender mi manteo para alfombra de sus pasos.

Al verle tan bien dispuesto, Agaric le dio cuenta del estado de la opinión, tal como él se la imaginaba. Le pintó a los nobles exasperados contra el régimen popular; el Ejército, decidido a no tolerar nuevos ultrajes; los funcionarios, dispuestos a la traición; el pueblo, descontento; el motín, rugiente ya, y los enemigos de los monjes, amparados del Poder, arrojados a los pozos de Alca. Para concluir afirmó que había llegado el momento de lanzarse.

—Podemos salvar al pueblo pingüino —exclamó—; podemos librarle de sus tiranos, librarle de sí mismo, restaurar la cresta del dragón, restablecer el antiguo régimen, el buen régimen, para honor de la fe y exaltación de la Iglesia. Podemos conseguirlo si queremos. En nuestras manos están las grandes fortunas y ejercemos secretas influencias. Por nuestros periódicos crucíferos y fulminadores nos comunicamos con todos los sacerdotes de las ciudades y de los poblados y les imbuimos el entusiasmo que nos mueve, la fe que nos devora. Ellos la comunicarán a sus penitentes y a sus fieles. Dispongo de los más prestigiosos generales del Ejército. Estoy en inteligencia con la masa popular. Dirijo, sin que se den cuenta, a los paragüeros, a los taberneros, a los tenderos de novedades, a los vendedores de periódicos, a las señoritas galantes y a los agentes de Policía. Contamos con más elementos de los precisos. ¿Qué nos detiene? ¡Al combate!

—¿Y qué pensáis hacer? —preguntó Cornamuse.

—Preparar una extensa conspiración: hundir la República, restablecer la Monarquía, sentar a Crucho en el trono de los Dracónidas.

Cornamuse, después de relamerse como si saboreara su pensamiento, dijo con unción:

—Ciertamente, restaurar el trono de los Dracónidas es apetecible. Sí, ¡es eminentemente apetecible!, y, por mi parte, lo deseo de todo corazón. En cuanto a la República, ya sabéis lo que pienso. ¿No sería mejor abandonarla a su suerte, dejarla morir de sus vicios constitucionales? Sin duda, es noble y generoso lo que proponéis, mi estimado Agaric. Sería de buen efecto salvar a nuestra desdichada patria y restablecer su esplendor primitivo. Pero reflexionad: somos cristianos antes que pingüinos, y debemos cuidar mucho de no comprometer la religión en empresas políticas.

Agaric replicó nuevamente:

—Nada temáis. Tenemos en la mano todos los hilos de la conspiración, pero tan ocultos, que nadie nos verá.

—Como las moscas en un vaso de leche —murmuró el fraile de Conils.

Fijó en su compadre sus penetrantes papilas de rubí y prosiguió:

—Prudencia, amigo mío. Acaso la República es más fuerte de lo que parece, y también sería posible que nosotros la fortaleciéramos y la sacáramos de la perezosa quietud en que descansa. Su malicia es grande. Si la atacamos, se defenderá. Promulga hoy leyes perniciosas, pero que apenas llegan a dañarnos; cuando nos tema, las promulgará terribles contra nosotros. No nos comprometamos de ligero en semejante aventura. Pensáis que la ocasión es favorable; yo creo que no, y os lo demostraré. El régimen actual no es aún conocido por todos, y casi pudiéramos decir que nadie lo conoce. Se proclama la Cosa Pública, la Cosa Común. El populacho crédulo es demócrata y republicano: ¡Paciencia! Ese mismo populacho exigirá un día que la Cosa Pública sea verdaderamente del pueblo. Creo inútil decir hasta qué punto esas pretensiones me parecen insolentes, desatinadas y contrarias a la política deducida de las Escrituras; pero el pueblo las mostrará, las impondrá y dará fin al régimen actual. Ese momento no puede retrasarse. Entonces habrá llegado la ocasión que buscabais. ¡Aguardemos!. ¿Qué nos apura? Nuestra existencia no está en peligro. La República no se nos hizo absolutamente intolerable. Falta de respeto y de sumisión, no rinde a los sacerdotes los honores que les debe, pero nos deja vivir, y tal es la excelente condición de nuestro estado, que para nosotros vivir es prosperar. La Cosa Pública se muestra hostil, pero las mujeres nos reverencian. El presidente Formose no asiste a la celebración de nuestros ministerios, pero he visto a su mujer y a sus hijas a mis pies. Además, compran mis botellas al por mayor. No tengo mejores clientes ni aun entre los aristócratas. Confesémoslo: no hay en todo el mundo un país más conveniente que la Pingüinia para sacerdotes y frailes. ¿Dónde venderíamos en tan grandes cantidades y a tan subido precio nuestra cera virgen, nuestro incienso macho, nuestros rosarios, nuestros escapularios, nuestras aguas benditas y nuestro licor de Santa Orberosa? ¿Qué otro pueblo pagaría, como los pingüinos, cien escudos de oro por una seña de nuestra mano, un sonido de nuestra garganta, un movimiento de nuestros labios? Por mí sé decir que en esta suave, fiel y dócil Pingüinia gano con la esencia de un frasco de serpol mil veces más de lo que ganaría desgañitándome para predicar la remisión de los pecados en las naciones florecientes de Europa y América.

Acabado su discurso, el religioso de Conils se levantó y condujo a su huésped a un extenso cobertizo, donde centenares de huérfanos vestidos de azul empaquetaban botellas, clavaban cajas, pegaban etiquetas. Ensordecía el machaqueo de los martillos mezclado con los gruñidos roncos de las vagonetas sobre los raíles.

—Aquí se hacen los envíos —dijo Cornamuse—. He obtenido del Gobierno un ramal de ferrocarril que cruza el bosque y una estación en mi propia puerta. Lleno todos los días tres vagones de mi producto. Ya veis que la República no ha matado las creencias.

Agaric hizo un último esfuerzo para comprometer al sabio destilador en su conjura; le mostró un triunfo inmediato, seguro, brillante.

—¿No queréis intervenir? —añadió—. ¿No que queréis librar a vuestro rey del destierro?

—El destierro es dulce para los hombres de buen voluntad —replicó el religioso de Conils—. Si me atendierais, mi estimado Agaric, renunciaríais por ahora a vuestro proyecto. Yo no me hago ilusiones y no ignoro lo que sucederá: sea o no sea de la partida, si la perdéis, pagaré como vos.

El padre Agaric se despidió de su amigo y volvió satisfecho a su escuela. «Cornamuse —pensaba—, como no puede evitar la conspiración, dará dinero para que triunfe».

Agaric no se engañaba. En efecto, la solidaridad de los frailes y de los sacerdotes los unía y atraillaba de tal modo, que los actos de uno comprometían a los demás. Esto era lo más favorable, y también lo más peligroso, en aquel asunto.

II. El príncipe Crucho

Agaric resolvió visitar inmediatamente al príncipe Crucho, que le honraba con su confianza.

Al anochecer salió de la escuela por el portillo, disfrazado de tratante de bueyes, y tomó pasaje en el San Mael.

Al día siguiente desembarcó en Marsuinia. En aquella tierra hospitalaria y en el castillo de Chitterlings comía Crucho el amargo pan del destierro.

Agaric lo encontró en la calle, en un automóvil con dos señoritas y a una velocidad de ciento treinta por hora.

El fraile agitó su paraguas rojo y el príncipe detuvo la máquina.

—¿Sois vos, Agaric? ¡Acompañadnos! Eramos tres y seremos cuatro. Con estrecharse un poco, basta. Una de estas criaturas puede sentarse sobre vuestras rodillas.

El piadoso Agaric no protestó.

—¿Qué noticias hay, padre mío? —preguntó el joven príncipe.

—Gordas y buenas —respondió Agaric—. ¿Puedo hablar?

—Podéis hablar. No tengo nada oculto para estas a dos amigas.

—Monseñor, la Pingüinia os reclama. No seréis sordo a su llamamiento.

Agaric pintó el estado de los ánimos y expuso el plan de una extensa conspiración.

—A una orden mía, todos vuestros partidarios se alzarán a la vez. Con la cruz en la mano y la sotana recogida, nuestros venerables sacerdotes guiarán las muchedumbres armadas hacia el palacio de Formose. Sembraremos el terror y la muerte entre vuestros enemigos. En premio de nuestros esfuerzos solamente os pedimos, monseñor, que procuréis aprovecharlos. Os rogamos que ocupéis un trono que os hemos preparado.

El príncipe respondió:

—Entraré en la capital sobre un caballo verde.

Agaric levantó acta de aquella varonil respuesta. Aun cuando tenía contra su costumbre, a una muchacha sobre sus rodillas, conjuró al príncipe con sublime serenidad para que se mantuviera fiel a sus deberes reales.

—Monseñor —dijo con lágrimas en los ojos—, algún día recordaréis que fuisteis arrancado al destierro y restablecido en el trono de vuestros antecesores por la mano de vuestros frailes, que pusieron sobre vuestra frente augusta la cresta del dragón. Rey Crucho, procurad que vuestra gloria iguale a la de vuestro abuelo Draco el Grande.

El joven príncipe, conmovido, se arrojó sobre su restaurador para darle un abrazo, pero no pudo conseguirlo sin tropezar con las dos señoritas; de tal manea iban apretados en aquel coche histórico.

—Padre mío —le dijo—, quisiera que toda la Pingüinia fuera testigo de este abrazo.

—Sería un espectáculo consolador —adujo Agaric.

Entretanto, el automóvil atravesaba, como una tromba, los caseríos y los pueblos, y aplastaba con sus reumáticos insaciables gallinas, ocas, pavos, gatos, peros, cerdos, niños, labriegos y campesinos.

Y el piadoso Agaric meditaba sus designios. Su voz, que tropezaba en la espalda de la señorita al salir de sus labios, expresó esta idea:

—Nos hará falta dinero, mucho dinero.

—Procuráoslo como podáis —respondió el príncipe.

Se abrió la verja del jardín para dejar paso al automóvil formidable.

La cena fue suntuosa. Hubo brindis a la cresta del dragón. Nadie ignora que un vaso cerrado es signo de soberanía. El príncipe Crucho y la princesa Gudruna, su esposa, bebieron en vasos con tapa. El príncipe hizo llenar varias veces el suyo con vinos blancos y tintos de las cosechas pingüinas.

Crucho había recibido una instrucción verdaderamente principesca. Sobresalía en la locomoción automóvil pero no ignoraba la Historia.

Se le suponía muy versado en las antigüedades e ilustraciones de su familia, y, en efecto, a los postres dio una prueba notable de sus conocimientos en ese punto.

Se hablaba de los singulares rasgos que caracterizaron a varias mujeres célebres.

—Es indudablemente cierto —dijo el príncipe— que la reina Crucha, con cuyo nombre me bautizaron, tenía una cabecita de mono debajo del ombligo.

Agaric sostuvo en aquella velada una conferencia decisiva con tres viejos consejeros del príncipe. Resolvieron pedir fondos al suegro de Crucho, que deseaba tener un yerno rey; a varias damas judías, impacientes por entrar en la nobleza, y, por fin, al príncipe regente de los marsuinos, que había ofrecido su concurso a los dracónidas, confiado en que la restauración de Crucho debilitaría el poder de los pingüinos, enemigos hereditarios de su pueblo.

Los tres viejos consejeros se adjudicaron los tres primeros oficios de la Corte y autorizaron al fraile para que distribuyera los otros cargos en forma conveniente a los intereses del príncipe.

—Hay que recompensar las abnegaciones —afirmaron los tres viejos consejeros.

—Y las traiciones —dijo Agaric.

—Es muy justo —replicó uno de los consejeros, el marqués de las Siete Llagas.

Bailaron. Después del baile, la princesa Gudruna desgarró su vestido verde para hacer escarapelas, y con su propia mano cosió una sobre el pecho del fraile, quien derramó lágrimas de ternura y de agradecimiento.

El señor Plume, caballerizo del príncipe; salió aquella misma noche en busca de un caballo verde.

III. El conciliábulo

De regreso de la capital de Pingüinia, el reverendo padre Agaric comunicó sus proyectos al príncipe Adelestán de los Boscenos, cuya identidad draconiana era notoria.

Pertenecía el príncipe a la más elevada nobleza. Los Torticol de los Boscenos descendían de Brian el Piadoso, y bajo el reinado de los dracónidas habían desempeñado los más importantes cargos del reino. En 1179, Felipe Torticol, almirante de la Pingüinia, valiente, fiel y generoso, pero vengativo, entregó el puerto de La Crice y la flota pingüina a los enemigos del reino al sospechar que la reina Crucha, de la cual era amante, le burlaba con un mozo de cuadra. Fue aquella ilustre reina quien agredió a los Boscenos con la bacinilla de plata que hoy lucen en su escudo. En cuanto a su divisa, no es anterior al siglo XVI. He aquí el origen: una noche de fiesta, confundido entre los cortesanos que se oprimían en el jardín del rey para ver unos fuegos de artificio, el duque Juan de los Boscenos acercóse a la duquesa de Skull y metió la mano bajo el vestido de la dama, la cual no se mostró quejosa. Al pasar el rey sorprendiólos en aquella postura y se limitó a decir: «Aprovechad la ocasión». Estas tres palabras constituyeron la divisa de los Boscenos.

En el príncipe Adelestán no degeneraban las virtudes de sus antepasados; conservaba una inalterable fidelidad a la sangre de los dracónidas, y deseaba solamente la restauración del príncipe Crucho, presagio, a su entender, de la de su hacienda arruinada. Por esto le fueron gratas las pretensiones del padre Agaric. Se asoció inmediatamente a los proyectos del fraile y se apresuró a relacionarle con los más ardientes y leales realistas de su intimidad: el conde Clena, el señor de la Trumelle, el vizconde Oliva y Bigourd. Se reunieron una noche en la casa de campo del duque de Ampoule —dos leguas al este de Alca— para examinar los proyectos y recursos.

El señor de la Trumelle se mostró partidario de la acción legal.

—Mantengámonos dentro de la legalidad —dijo en sustancia—. Somos hombres de orden y debemos perseguir con una propaganda infatigable la realización de nuestras aspiraciones. Hemos de conquistar la opinión del país. Nuestra causa triunfará porque es justa.

El príncipe de los Boscenos opinó de distinta manera, y supuso que las causas justas necesitan para triunfar el apoyo de la fuerza, tanto o más que las causas injustas.

—En la situación presente —dijo con tranquilidadse imponen tres medios de acción: contratar a los matarifes, corromper a los ministros o secuestrar al presidente Formose.

—Secuestrar al presidente Formose sería una inconsecuencia —objetó el señor de la Truinelle—. El presidente piensa como nosotros.

El hecho de que un dracófilo propusiera secuestrar al presidente Formose y de que otro dracófilo le presentase como un aliado, explica la actitud y los sentimientos del jefe de la Cosa Pública. Se mostraba Formose favorable a los realistas, cuyos gustos admiraba e imitaba, y si bien es cierto que sonreía cuando le hablaban de la cresta del dragón, no era despreciativamente, sino porque le hubiera complacido lucirla sobre su cabeza. El poder soberano le agradaba, no porque se sintiera capaz de ejercerlo, sino por su forma exterior. Según la frase afortunada de un cronista pingüino, el presidente era «un pavo real».

El príncipe de los Boscenos mantuvo su propósito de invadir, a mano armada, el palacio de Formose y la Cámara de los Diputados.

El conde Clena fue más enérgico aún:

—Para empezar —dijo—, estrangulemos, destripemos, aniquilemos a los republicanos, a todos los paniaguados del Gobierno, y después ya veremos lo que se hace.

El señor de la Trumelle era moderado. Los moderados se oponen siempre, moderadamente, a la violencia. Reconoció que la política del conde Clena se inspiraba en un noble sentimiento, reconoció su generosidad, objetó con timidez que acaso no se ajustaba del todo a los principios monárquicos, y como podía ser peligrosa ofrecióse a discutirla.

—Propongo —añadió— que redactemos un manifiesto dirigido a las clases proletarias. Que sepan lo que somos. Por lo que a mí se refiere, os aseguro que nada me arredra.

Bigourd tomó la palabra.

—Señores, los pingüinos están descontentos del régimen nuevo, porque gozan de él, y es propio de los hombres quejarse de su condición; pero al mismo tiempo los pingüinos temen cambiar de régimen, porque las novedades intimidan. No conocieron la cresta del dragón, y aun cuando aparentan desearla no hay que hacerles caso: pronto se comprendería que habían hablado irreflexivamente. No nos ilusionemos acerca de su afecto hacia nosotros. No nos quieren. Odian la aristocracia por dos razones opuestas: por envidia y por un sentimiento generoso de igualdad. La opinión pública no nos combate, porque nos desconoce; pero al enterarse de lo que pretendemos no querrá seguirnos. Si confesamos que nuestro único propósito es destruir el régimen democrático y restaurar la cresta del dragón, ¿cuáles serán nuestros partidarios? Los matarifes y los humildes tenderos de Alca. Siquiera esos tenderos, ¿nos acompañarán hasta el fin? Viven descontentos, pero son republicanos en el fondo de su corazón. Unicamente les interesa vender a buen precio sus averiadas mercancías. Si les hablásemos con lealtad, los asustaríamos. Para que nos encuentren simpáticos y nos sigan es preciso convencerlos no de que deseamos derribar la República, sino al contrario, restaurarla, purificarla, embellecerla, adornarla, decorarla, perfumarla, ofrecérsela magnífica y encantadora. Por esta razón no debemos presentarnos al descubierto. Saben ya que no somos favorables al régimen actual. Nos valdremos de un amigo de la República; mejor aún, de algunos de sus mantenedores. Lo difícil es elegirlo. Yo preferiría el más popular, el más republicano. Lo conquistaríamos con adulaciones, con dádivas y, sobre todo, con promesas. Las promesas cuestan menos que las dádivas y adquieren más valor. Nunca se nos considera tan generosos como cuando pagamos con esperanzas. No es preciso que nuestro personaje sea muy inteligente, y acaso convendría que no lo fuera nada. Los imbéciles tienen para las bellaquerías una gracia inimitable. Creedme, caballeros: nadie mejor que un republicano de los más caracterizados pudiera derribar la República. La prudencia no excluye la energía. Si me necesitáis, me hallaréis a todas horas dispuesto a serviros.

Este discurso no dejó de producir impresión entre la concurrencia. Al piadoso Agaric le emocionó profundamente. A todos preocupaba el triunfo del rey, pero más los honores y beneficios que pudiera proporcionar. Se organizó un Gobierno secreto, del cual todos los personajes presentes fueron nombrados miembros efectivos. El duque de Ampoule, el hacendista más notable del partido, se encargó del ramo de ingresos y de centralizar en él los fondos de propaganda…

En el momento de cerrar la sesión oyeron una rústica voz que canturreaba:


Boscenos es un marrano,
con el que harán salchichones,
embuchados y morcillas
para que coman los pobres.
 

Era una canción conocida en los arrabales de Alca desde siglos atrás. Al príncipe de los Boscenos le molestaba oírla, y al cruzar la plaza observó que su detractor estaba sobre la iglesia ocupado en reponer unas pizarras. Le rogó cortésmente que cantase otra cosa.

—Yo canto lo que me da la gana —respondió el hombre.

—Amigo mío, para serme agradable…

—No me preocupa ser agradable.

El príncipe de los Boscenos tenía el carácter plácido, aunque irascible a veces, y una fuerza descomunal.

—¡Granuja! Si no bajas, voy a subir para darte un puntapié —gritó con voz formidable.

Y como el pizarrero, montado en el caballete, no hizo caso, el príncipe subió apresuradamente la escalera le la torre, se abalanzó a su detractor y le dio un puñetazo que le hizo rodar por el alero con una mandíbula rota. Siete u ocho carpinteros que trabajaban en la bóveda, atraídos por los lamentos del pizarrero, sacaron la cabeza por los tragaluces, y al ver al príncipe sobre el caballete corrieron hacia él por una escalera tendida sobre las pizarras; le alcanzaron en la torre y, a puñetazos, le hicieron rodar por la escalera de caracol.

IV. La vizcondesa Oliva

Los pingüinos tenían el primer ejército del mundo. Los marsuinos también, y en el mismo caso se hallaban todo los pueblos de Europa, lo cual no sorprenderá en cuanto se reflexione por qué todos los ejércitos son los primeros del mundo. El segundo ejército del mundo, si existiera, se hallaría en una inferioridad evidente, con la derrota asegurada, y en tales condiciones habría que licenciarlo.

Todos los ejércitos, antes de pelear, esperan ser vencedores. Luego, cada cual es de por sí «el primero del mundo». Esto lo comprendió en Francia el ilustre coronel Marchand cuando, interrogado por los periodistas acerca de la guerra ruso-japonesa, antes del paso de Yalú, no dudó en calificar al ejército ruso como el primero del mundo y al ejército japonés como el primero del mundo. Es de notar que por haber sufrida las más espantosas derrotas un ejército no pierde su opinión, y, por consiguiente, no deja de ser el primero del mundo. Porque si bien los pueblos atribuyen sus victorias a la inteligencia de sus generales y al valor de sus soldados, achacan siempre sus derrotas a una inexplicable fatalidad. Por el contrario, las escuadras se clasifican por el número de sus barcos: hay una primera, una segunda, una tercera, y así sucesivamente, y de este modo no existe ninguna incertidumbre acerca de las guerras navales.

Los pingüinos eran dueños del primer ejército y de la segunda escuadra del mundo. Mandaba la escuadra el famoso Chatillón, su almirante.

Chatillón no procedía de la nobleza. Hijo del pueblo, era estimado por el pueblo, que se gloriaba de ver cubierto de honores a un hombre de nacimiento humilde.

Chatillón era hermoso, arrogante, feliz, vivía sin preocupaciones intelectuales; nada nublaba la limpidez de sus ojos.

El reverendo padre Agaric, rendido ante las razones de Bigourd, comprendió que sólo uno de los mantenedores del régimen actual podría destruirlo, y se fijó, desde luego, en el almirante Chatillón.

Fue a pedirle una importante cantidad de dinero a su amigo el reverendo padre Cornamuse, quien suspiró al entregárselo. Con aquel dinero pagó a seiscientos matarifes de Alca para que corrieran detrás del caballo de Chatillón y gritaran «¡Viva el almirante!».

En lo sucesivo no le fue posible a Chatillón salir a la calle sin verse aclamado.

La vizcondesa Oliva solicitó del almirante una entrevista secreta, y fue recibida en un aposento adornado con áncoras, armas de fuego y granadas.

Ella compareció discretamente vestida con un sencillo traje gris azul. Un sombrero de rosas coronaba su bonita cabeza rubia. A través del velo brillaban sus ojos como zafiros. No habite entre las aristócratas mujer más elegante que aquélla, de origen semita. Como era bien formada y alta, su cuerpo se acomodaba maravillosamente a la moda.

—Almirante —dijo con voz meliflua—, no oculto mi emoción… Es natural… Ante un héroe…

—Sois muy amable. Decidme, señora vizcondesa, a qué debo el honor de tan agradable visita.

—Hace mucho tiempo que yo deseaba veros y hablaros… Aproveché la oportunidad que se me ofrecía. ¡Traigo una misión…!

—¡Sentaos!

—¡Qué tranquilo ambiente respiráis aquí!

—Muy tranquilo. Se oyen cantar los pajaritos…

—Los pajaritos cantan… Sentaos. Y le ofreció una butaca.

Sentóse la vizcondesa en una silla, de espaldas a la luz, y dijo:

—Traigo una misión importante… Una misión…

—Explicaos.

—¿No visteis jamás al príncipe Crucho?

—¡Jamás!

Ella suspiró: —¡Es lástima! El príncipe siente por vuestra persona mucha estimación. Le agradaría conoceros, y tiene vuestro retrato sobre su escritorio, junto al de su madre, la princesa. ¡Lástima que no lo conozcáis!

Crucho es un príncipe delicioso, y ¡tan agradecido a cuanto se hace en su favor! ¡Será un gran rey! Porque será rey, sin género de duda. Vendrá… mucho antes de lo que suponen… Esto es lo que debo deciros. La misión que me trae se reduce a obtener de vos…

El almirante se puso en pie.

—Dispensadme, señora; pero no puedo escucharos. Disfruto de la estimación, de la confianza de la República. No vendo a la República. ¿Qué provecho me reportaría? Estoy cargado ya de honores y dignidades.

—Permitidme que os diga, mi querido almirante, que los honores y las dignidades que os adornan distan mucho de corresponder a vuestros méritos.

Vuestros servicios no están bastante recompensados, porque debieran crear para vos el cargo de generalísimo de los ejércitos de mar y de tierra. La República es Ingrata.

—Señora, todos los Gobiernos resultan ingratos.

—Sí; pero en la República tenéis enemigos envidiosos de vuestra superioridad. Odian a los militares, la preponderancia de la Marina y del Ejército los humilla; os temen.

—Es posible.

—Son unos miserables que agarrotan al país. ¿No sería grato para vos redimir la Pingüinia? —¿Cómo?

—Sencillamente, barriendo a esa gentuza que nos gobierna.

—Señora, ¿qué me proponéis?

—«Alguien» lo hará, sin duda. No faltará un hombre dispuesto a dar al traste con todos los ministros, diputados y senadores y a proclamar al príncipe Crucho.

—Me figuro quién es. ¡Canalla!

—Podéis anticiparos. El príncipe os prefiere, y sabrá corresponder a vuestros servicios dándoos la espada de condestable y una magnífica dotación. Ahora os traigo una prenda reveladora de la real simpatía…

Y sacó de su pecho una escarapela verde.

—¿Qué es ello? —preguntó el almirante.

—La insignia de Crucho.

—No la mostréis aquí, guardadla.

—«Otro» la espera… ¡No! Ha de lucir sobre vuestro pecho glorioso.

Chatillón la rechazó suavemente; pero la judía le había parecido muy hermosa, muy apetecible, y confirmó su opinión cuando aquellos brazos desnudos y aquellas manos rosadas y suaves le rozaron. Sometióse, y la vizcondesa le puso la cinta en el ojal con lentitud y dulzura. Luego hizo una reverencia para despedirse del «condestable».

—Fui ambicioso —dijo el marino— y tal vez aún lo sea; pero al veros, he deseado solamente una cabaña y un corazón.

Ella le sumergió en la luz de su mirada encantadora.

—Todo es posible… ¿Qué hacéis, almirante?

—Busco el corazón.

Al salir de aquel aposento, la vizcondesa participó inmediatamente al padre Agaric el resultado de su visita.

—No le dejéis enfriar, señora —dijo el monje austero.

V. El príncipe de los Boscenos

Aquella noche, los periódicos subvencionados por los dracófilos prodigaban elogios a Chatillón y cubrían de vergüenza y de oprobio a los ministros de la República. En las calles de Alca voceaban los vendedores el retrato de Chatillón. Los santi barati vendían a la entrada de los puentes bustos en yeso de Chatillón.

Chatillón daba cada tarde un paseo, jinete en un caballo blanco, por la Pradera de la Reina, adonde acudía el público selecto. Los dracófilos destacaban al paso del almirante una muchedumbre de pingüinos menesterosos, y los hacían cantar: «Chatillón es el hombre del día». Los burgueses de Alca sintieron profunda admiración por el almirante. Las señoras del comercio murmuraban: «Es hermoso». Las mujeres elegantes frenaban sus «autos» para enviarle, al pasar, besos y sonrisas, entre las aclamaciones del pueblo enardecido.

Al entrar un día en un estanco, dos pingüinos que depositaban su correspondencia en el buzón lo reconocieron, y gritaron: «¡Viva el almirante! ¡Muera la República!». Se detuvieron todos los transeúntes. Chatillón encendió su cigarro ante la multitud agolpada en torno suyo, que lo vitoreó y agitó los sombreros en el aire. Sus partidarios aumentaban, se multiplicaban de día en día. La ciudad entera, como un séquito interminable y apiñado lo seguía, lo acompañaba, le cantaba himnos y le rendía homenajes.

Tenía el almirante un antiguo compañero de armas, con una lucida hoja de servicios: el vicealmirante Volcanmoule. Francote como el oro y leal como su espada, Volcanmoule, que presumía de salvaje independencia, frecuentaba el trato de los partidarios de Crucho y de los ministros de la República, y les decía muchas verdades a todos. Así, había cometido algunas veces indiscreciones enfadosas que todos le perdonaban, porque las atribuían a su rudeza de soldado ajeno a las intrigas. Iba por la mañana al despacho de Chatillón y le trataba con la cordialidad brusca de un compañero de armas.

—¡Ya eres popular! —le dijo—. Venden tu rostro en cabezas de pipa y en botellas de licor. Todos los borrachos de Alca eructan tu nombre por las calles… «¡Chatillón, héroe de los pingüinos!». «¡Chatillón, defensor de la gloria y del poder pingüinos!»… ¡Y quién lo dijera! ¡Quién lo creyera!

Reía con risa estridente, y después de un silencio cambiaba de registro.

—Bromas aparte, ¿no te ha sorprendido lo que te sucede?

—Nada en absoluto —respondió Chatillón.

Y el leal Volcanmóule, al irse, dio un portazo.

Chatillón había alquilado un entresuelito interior para recibir a la vizcondesa Oliva, en el número 18 de la calle de Juan Talpa. Veíanse diariamente. La quería con locura. En su existencia marcial y neptuniana gozó a multitud de mujeres rojas, negras, amarillas o blancas, algunas hermosísimas; pero hasta conocer a la vizcondesa no supo lo que vale una mujer. Cuando le llamaba «su amigo, su dulce amigo», sentíase remontado a los cielos, y le parecía que las estrellas le coronaban.

Acudía siempre la vizcondesa con algún retraso, dejaba su bolsa en el sofá, y decía humildemente:

—Con tu permiso, me sentaré sobre tus rodillas.

En su conversación seguía las inspiraciones del piadoso Agaric, y entre besos y suspiros le pedía la separación de un oficial o el mando para otro.

Y exclamaba con oportunidad:

—¡Qué juvenil y brioso eres, amigo mío!

Chatillón no dejaba nunca de complacerla. Su carácter no tenía doblez, porque deseaba ceñir la espada de condestable y recibir una rica dotación, porque le halagaba jugar con dos barajas, porque alentó la vaga idea de redimir la Pingüinia y porque se había enamorado.

Aquella hembra deliciosa le obligó a desguarnecer de tropas el puerto de La Crique, donde debía desembarcar Crucho. Así evitaban obstáculos a la entrada del príncipe en Pingüinia.

El piadoso Agaric organizaba reuniones públicas para que no desfalleciese la agitación. Los dracófilos celebraban cada día dos o tres en cada uno de los treinta y seis distritos de Alca y, con preferencia, en los barrios populares. Proponíanse conquistar a las gentes humildes, que son las más numerosas. El 4 de mayo hubo una reunión importante en el antiguo mercado de granos, en el centro de un barrio populoso, donde abundan las mujeres tranquilamente sentadas a las puertas y los niños que juegan en las calles. Se habían reunido allí, en opinión de los republicanos, dos mil personas, y seis mil, a juzgar por lo que decían los dracófilos. Se hallaba entre los concurrentes lo más florido de la sociedad pingüina: el príncipe y la princesa de los Boscenos, el conde de Clena, el señor de la Trumelle, Bigourd y algunas opulentas damas israelitas.

El generalísimo de los ejércitos nacionales se presentó de uniforme y fue aclamado.

Constituyeron la mesa laboriosamente. Un obrero que discurría bien, llamado Rauchin, secretario de los sindicatos amarillos, ocupó la presidencia entre el conde de Clena y el carnicero Michaul.

En varios y elocuentes discursos recibió duros ultrajes el régimen libremente implantado en Pingüinia.

Contra el presidente Formose nada se dijo.

Tampoco se trató de Crucho ni de los curas.

La discusión era libre. Un defensor del Estado moderno, republicano, de profesión manual, subió a la tribuna.

—Señores —dijo el presidente Rauchin—, hemos anunciado una discusión libre y respetaremos todas las tendencias de los oradores. En esto, como en todo, nuestra honradez es mayor que la de nuestros contrarios. Concedo la palabra a un enemigo. ¡Sabe Dios lo que vamos a oír! Os agradeceré que contengáis lo más posible vuestro desprecio, vuestro asco y vuestra indignación.

—Señores —dijo el orador.

Y sin darle tiempo a que pronunciase la segunda palabra, lo derribaron, lo pisotearon y arrojaron fuera de la sala su cuerpo desfigurado.

Rugían aún los furibundos cuando el conde de Clena, subió a la tribuna. Al clamoreo indignado sucedieron las aclamaciones entusiastas, y cuando el silencio se restableció, el orador dijo:

—Camaradas, vamos a ver si tenéis aún sangre en las venas. Se trata de acogotar, destripar y exterminar a los republicanos.

Este discurso desencadenó una tempestad de aplausos estruendosos, y en el viejo cobertizo agitado surgió un polvillo desprendido de los muros sórdidos y de las vigas carcomidas, que envolvía a los concurrentes en acres y oscuras nubes.

Votóse la orden del día, en la que se zahirió al Gobierno y se aclamó a Chatillón. Salieron todos cantando el himno libertador: «Nuestra esperanza es Chatillón».

El viejo mercado sólo tenía salida por una larga calle fangosa y formada por cocheras de ómnibus y almacenes de carbón. Era oscura la noche y caía una llovizna glacial. La Policía, que cerraba el paso al fin de la calle, obligaba a los dracófilos a disolver la manifestación en pequeños grupos, conforme a la consigna de su jefe, decidido a quebrantar el esfuerzo de una muchedumbre delirante.

Los dracófilos, detenidos en la calle, cantaban: «Nuestra esperanza es Chatillón»; pero impacientados al fin por aquella lentitud, cuya causa desconocían, comenzaron a empujar a los de delante. Aquel movimiento repercutió de un extremo a otro en la masa humana y empujó a los policías, que no sentían odio alguno contra los dracófilos; pero es natural resistir la agresión y oponer la violencia a la violencia. Los hombres vigorosos tienen propensión a servirse de su vigor.

Por esta razón, los policías recibieron a puntapiés a los dracófilos, y el retroceso produjo sacudidas bruscas. Las amenazas y los insultos se mezclaron a los cánticos.

—¡Asesinos, asesinos! «Nuestra esperanza es Chatillón»… ¡Asesinos, asesinos!…

Y en la calle lóbrega: «¡No empujar!», gritaban los prudentes. Entre éstos, erguíase plácido, inquebrantable, risueño, el príncipe de los Boscenos, que dominaba con su gigantesca estatura la muchedumbre apretujada, y entre miembros magullados y costillas hundidas sobresalían sus anchos hombros y su pecho robusto. Aguardaba con tranquilidad indulgente. Parte de aquella muchedumbre se había filtrado entre los policías, y en torno del príncipe; los codos se clavaban en los pechos menos violentamente, y los pulmones empezaban a respirar.

—Ya veréis cómo saldremos al fin, con paciencia —dijo el hercúleo gigante.

Sacó un cigarro de su petaca, se lo llevó a los labios y lo encendió. A la claridad repentina del fósforo descubrió a su esposa, la princesa Ana, desfallecida entre los brazos del conde de Clena. Levantó el bastón y lo dejó caer varias veces sobre ambos y sobre las personas que los rodeaban. Costó mucho esfuerzo contenerle; pero no fue posible alejarlo de su adversario. Y mientras la princesa, desmayada, pasaba de brazo en brazo, a través de la multitud, conmovida y curiosa, hasta llegar a su coche, los dos hombres luchaban furiosamente. El príncipe de los Boscenos perdió el sombrero, sus lentes, su cigarro, su corbata, su cartera repleta de cartas íntimas y de correspondencia monárquica; perdió hasta las medallas milagrosas que le había regalado el bondadoso padre Cornamuse; pero asestó en el vientre de su rival un golpe tan espantoso, que el desdichado se coló entre los hierros de una reja y atravesó con la cabeza la mampara de cristales de un almacén de carbones.

Atraídos por el rumor de la contienda y los clamores le los presentes, los policías acudieron a sujetar al príncipe, que opuso una furiosa resistencia. Dejó a tres pataleando en el suelo, hizo huir a siete con la mandíbula rota, el labio hendido, la nariz ensangrentada, el cráneo abierto, la oreja desprendida, la clavícula dislocada, las costillas deshechas; pero cayó al fin y lo condujeron, cubierto de sangre y con el traje hecho jirones, a la Comisaría más próxima, donde pasó la noche triscando y rugiendo.

Grupos de manifestantes recorrieron la ciudad hasta el amanecer. Cantaban: «Nuestra esperanza es Chatillón», y rompían cristales en las casas habitadas por los ministros de la Cosa Pública.

VI. La caída del almirante

Aquella noche señaló el apogeo del movimiento dracófilo. No dudaban de su triunfo los monárquicos. El príncipe Crucho recibió abundantes felicitaciones telégráficas. Las damas le bordaron banderas y zapatillas. El señor Plume había encontrado el caballo verde.

El piadoso Agaric compartía la común esperanza, y trabajaba sin descanso para reunir partidarios al pretendiente.

—Debemos ahondar hasta las capas más profundas.

Guiado por este propósito, acercóse a tres Sindicatos obreros.

Los artesanos ya no vivían, como en la época de los Dracónidas, bajo el régimen de las corporaciones. Eran libres, pero sin tener el jornal asegurado. Después de mantenerse aislados unos de otros, sin ayuda y sin apoyo, se habían constituido en Sindicatos. Como los sindicados no tenían costumbre de pagar su cuota, al principio estuvieron vacías las cajas. Había Sindicatos de treinta mil miembros, los había de mil, de quinientos y de doscientos. Algunos tenían sólo dos o tres adheridos, y como no se publicaban las listas, no era fácil distinguir los grandes Sindicatos de los pequeños.

Después de complicadas y tenebrosas gestiones, el piadoso Agaric se puso en contacto, en una sala del Moulin de la Galette, con los camaradas Dagoberto, Tronco y Balafilla, secretarios de tres Sindicatos, el primero de los cuales contaba catorce miembros, el segundo venticuatro y el tercero uno solo. Agaric desplegó en aquella entrevista una extremada habilidad.

—Señores —les dijo—, en muchos conceptos no profesamos vosotros y yo las mismas ideas políticas y sociales, pero en algo podríamos entendernos ante el enemigo común, el Gobierno, que os explota y se burla de vosotros. Si nos ayudarais a derribarlo, además de proporcionaros medios para conseguirlo, os quedaríamos agradecidos.

—Comprendido. ¡Venga el dinero! —dijo Dagoberto.

El reverendo padre dejó sobre la mesa un saquito que le había facilitado, con lágrimas en los ojos, el destilador de Conils.

—¡Enterados! —dijeron los otros dos—. ¡Chóquela!

Y así quedó sellado aquel pacto solemne.

En cuanto se alejó el fraile, satisfecho de haber atraído a su causa las masas profundas, Dagoberto, Balafilla y Tronco llamaron con un silbido a sus mujeres, Amelia, Reina y Matilde, que aguardaban la señal de plantón en la calle, y los seis bailaron y cantaron en torno del saco:


Aunque nos cubras bien el riñón,
no ayudaremos a Chatillón,
fraile frailuco, fraile frailón.
 

Toda la noche pasearon de tasca en tasca el nuevo cantar. Agradó sin duda, porque los agentes de la Policía secreta observaron que de día en día eran más los obreros que cantaban en los arrabales:


Aunque nos cubras bien el riñón,
no ayudaremos a Chatillón,
fraile frailuco, fraile frailón.
 

El movimiento dracófilo no se había propagado a las provincias. El piadoso Agaric buscaba el motivo sin poder encontrarlo, cuando el viejo Cornamuse se lo reveló:

—He adquirido la prueba —suspiró el monje de Conils— de que el tesorero de los dracófilos, el duque de Ampoule, compró fincas en Marsuinia con los fondos reunidos para la propaganda.

Faltaba dinero para todo. El príncipe de los Boscenos, que había perdido su cartera, veíase obligado a usar de recursos que repugnaban a su carácter impetuoso. La vizcondesa Oliva se hacía pagar bien. Cornamuse aconsejó que se redujeran las mensualidades de la señora.

—Es muy útil —insinuó el piadoso Agaric.

—No lo dudo —replicó Cornamuse—, pero nos arruina y compromete la causa.

Un cisma desgarraba el dracofilismo. La desaveniencia reinaba entre los consejeros. Unos querían que se adoptara la política de Bigourd y del piadoso Agaric, y se fingiera el propósito de reformar la República. Otros, fatigados por tan largo disimulo, resolvían proclamar la cresta del dragón y juraban vencer con esta enseña.

Estos alegaban la conveniencia de las situaciones claras y la imposibilidad de fingir durante largo tiempo. Ciertamente, comenzaba el público a ver la tendencia oculta de los sediciosos y comprendía que los partidarios del almirante se proponían destruir hasta los cimientos de la Cosa Pública.

Se dijo que desembarcaría el príncipe en el puerto de La Crique para entrar en Alca sobre un caballo verde.

Estos rumores exaltaron a los frailes fanáticos, alegraron a los aristócratas pobres, complacieron a las mujeres de los judíos opulentos y llenaron de esperanza el corazón de los tenderos humildes; pero muy pocos entre ellos se mostraban dispuestos a pagar los beneficios imaginados con una catástrofe social y con el quebranto del crédito público. Aún eran menos numerosos los que hubieran arriesgado en el asunto su dinero, su tranquilidad, su libertad o solamente una hora de sus goces. Por el contrario, los obreros se hallaban dispuestos, como siempre, a ceder un día de jornal a la República. En los arrabales se formaba una sorda resistencia.

—El pueblo está con nosotros —decía el piadoso Agaric.

Pero a la salida del trabajo, los hombres, las mujeres y los niños bramaban:


«fraile frailuco, fraile frailón.
¡Muera Chatillón!».
 

En cuanto al Gobierno, mostraba aún la debilidad, la indecisión, la indiferencia, la incuria, comunes a todos los Gobiernos y que sólo abandonan para entregarse ciegamente a la violencia. Tres frases lo definían: «El Gobierno lo ignora todo». «El Gobierno no quería nada». «El Gobierno no tenía fuerzas para nada».

Sumergido en su palacio presidencial, Formose se complacía en mostrarse ciego, mudo, sordo, enorme, invisible y encastillado en su orgullo.

El vizconde Oliva aconsejaba que se hiciera un postrer llamamiento de fondos, y que se tantease la rebelión mientras aún hervía el espíritu público.

Un Comité ejecutivo, nombrado por sí mismo, decidió disolver la Cámara de Diputados y estudió los medios y los recursos.

Fíjóse una fecha: el 28 de julio. Brillaba el sol espléndido. Frente al palacio legislativo pasaban las mujeres con sus cestas. Los vendedores ambulantes pregonaban los melocotones, las peras y las uvas, y los caballos de los alquilones, con el hocico metido en el morral, trituraban el pienso. Nadie aguardaba nada, no porque la intentona fuera un secreto, sino porque la noticia parecía inverosímil. Nadie creía posible una revolución, de donde se deduce que nadie la deseaba. A las dos comenzaron a entrar diputados, pocos, inadvertidos, por el postigo del palacio. A las tres se formaron algunos grupos de hombres astrosos. A las tres y media, compactas muchedumbres desembocaron por las calles adyacentes y se desparramaron por la plaza le la Revolución, que pronto estuvo invadida totalmente por un océano de sombreros blandos. Y la masa de manifestantes, acrecida sin cesar por los curiosos, atravesó el puente amenazadora como un oleaje tempestuoso. Voces, rugidos, cánticos, turbaron la calma del ambiente sereno. «¡Viva Chatillón! ¡Mueran los diputados! ¡Abajo la República!».

El batallón sagrado de los dracófilos, conducido por el príncipe de los Boscenos, entonaba el cántico augusto:


¡Loor a Crucho,
siempre valiente,
desde la cuna
sabio y prudente!
 

El silencio absoluto en que yacía el edificio y la ausencia de guardias, a un tiempo animaba y contenía a la muchedumbre. De pronto, una voz formidable gritó:

—¡Al asalto!

Y se vio la forma gigantesca del príncipe de los Boscenos erguida sobre el muro que servía de zócalo a la verja formada por lanzas y alcachofas de hierro. Detrás de él avanzaron sus amigos, y el pueblo los siguió. Unos intentaron abrir boquetes en el muro, y otros, que se esforzaron por arrancar las alcachofas y las lanzas, lo consiguieron en algunos puntos. Varios invasores cabalgaban ya sobre el caballete del muro desguarnecido. El príncipe de los Boscenos agitaba una inmensa bandera verde. De pronto la muchedumbre vaciló y prorrumpió en exclamaciones dolorosas. La guardia de policía y los coraceros de la República salieron a la vez por todas las puertas del palacio y formaron columna al pie del muro, que fue abandonado al instante. Pasado un interminable momento de angustia, se oyeron crujir las armas, y la guardia de policía, con bayoneta calada, cargó contra los sediciosos. Minutos después, sobre la plaza abandonada, cubierta de bastones y sombreros, reinó un silencio siniestro. Otras dos veces los dracófilos trataron de atacar, y las dos veces fueron rechazados. El motín estaba vencido. Pero el príncipe de los Boscenos, en pie sobre el muro que rodea el palacio, empuñaba la bandera y derribaba uno tras otro a cuantos pretendían acercársele. Por fin perdió el equilibrio, cayó sobre una alcachofa de hierro y quedó enganchado, sin abandonar el estandarte de los Dracónidas.

Al día siguiente de aquella jornada, los ministros de la República y los miembros del Parlamento resolvieron dictar medidas enérgicas. En vano el presidente Formose quiso eludir responsabilidades: el Gobierno propuso la destitución del almirante como faccioso, enemigo del bien público, traidor, etc., etc.

La noticia satisfizo a los compañeros de armas de Chatillón, envidiosos de su fortuna, que pocas horas antes le adulaban aún. Entre la burguesía conservaba el héroe su popularidad, y en los bulevares oíase con frecuencia el himno libertador.

Los ministros, preocupados, quisieron acusar a Chatillón ante el Tribunal Supremo, pero no sabían nada, carecían de pruebas, y permanecían en esa total ignorancia peculiar de los hombres. Sentíanse incapaces de formular contra Chatillón cargos de importancia. Sólo aportaron a la acusación ridículos embustes de sus espías. La parte que había tomado en la conjura y sus relaciones con el príncipe Crucho eran el secreto de treinta mil dracófilos. Los ministros y los diputados tenían sospechas, casi certidumbres, pero les faltaban comprobantes. El fiscal del Tribunal Supremo dijo al ministro de Justicia: «Con muy poco entablaría yo un proceso político, pero no tengo nada, y esto no es bastante». El asunto no prosperó. Los enemigos de la República se regocijaron.

El 18 de septiembre, por la mañana, circuló en Alca la noticia de que Chatillón había huido. La sorpresa y la inquietud se apoderaron de todos. Dudaban, porque no lo comprendían.

Ocurrió del modo siguiente:

Un día que se hallaba, como por casualidad, en el despacho de Barbotán, ministro del Interior, el valiente vicealmirante Volcanmoule, dijo con su acostumbrada franqueza:

—Señor Barbotán, vuestros colegas no me parecen muy avisados. Ese imbécil de Chatillón les infunde un miedo de todos los demonios.

El ministro, en señal negativa, hizo oscilar la plegadera que tenía en la mano.

—¿A qué ocultarlo? —replicó Volcanmoule—. No sabéis cómo libraros de Chatillón. No os atrevéis a acusarle ante el Tribunal Supremo porque no estáis seguros de reunir suficientes pruebas. Bigourd le defendería, y Bigourd es un hábil abogado… Hacéis bien, seiior Barbotán. Obráis cuerdamente. Sería un procesó peligroso.

—¡Ay, amigo mío! —dijo el ministro en tono ligero—. Si supierais qué poco nos intranquiliza… Recibo de mis prefectos informes que no dejan lugar al más leve temor. El buen sentido de los pingüinos hasta para juzgar las intrigas de un soldado rebelde. ¿Se puede suponer, ni un instante que un gran pueblo, un pueblo inteligente, laborioso, aferrado a las instituciones liberales…?

Volcanmoule interrumpió:

—¡Ah! Si yo estuviese de humor os sacaría de apuros, escamotearía a Chatillón como en un juego de cubiletes. De pronto, no le dejaría parar hasta Marsuinia.

El ministro afinó el oído.

—¡Es tan fácil! —prosiguió el hombre de mar—. En un santiamén os libraría de esa bestia… Pero ahora tengo otras preocupaciones… He perdido una cantidad considerable al bacará. Necesito mucho dinero. El honor es ante todo. ¡Por vida del diablo!

El ministro y el vicealmirante se miraron con fijeza y en silencio. Después, Barbotán dijo autoritario:

—Vicealmirante Volcanmoule, os ordeno que nos libréis de un soldado peligroso. La honra de la Pingüinia os lo exige, y el ministro del Interior os facilitará los recursos que necesitéis para satisfacer vuestras deudas de juego.

Aquella misma noche, cariacontecido y misterioso, Volcanmoule visitó a Chatillón.

—¿Por qué pones una cara tan compungida? —exclamó inquieto el almirante…

Y Volcanmoule dijo con lastimosa entereza:

—Camarada, ¡todo está descubierto! El Ministro ya tiene pruebas.

Chatillón desmayaba y Volcanmoule proseguía:

—Es posible que te prendan si no andas ligero. —Sacó el reloj—. No puedes perder ni un minuto.

—¿No dispondré del tiempo indispensable para despedirme de la vizcondesa Oliva?

—¡Sería una locura! —dijo Volcanmoule, mientras le presentaba un pasaporte y unas gafas azules—. ¡Valor, amigo!

—¡Lo tendré!

—¡Adiós, camarada!

—¡Te debo la vida!

—Sí. No mereces menos.

Al cuarto de hora, el valeroso almirante huía de la ciudad de Alca.

Embarcó de noche en el puerto de La Crique. Un barco velero le transportaba a Marsuinia, pero a ocho millas de la costa fue capturado por un «aviso» que navegaba con los fuegos apagados, protegido por el pabellón de las Islas Negras, cuya reina sentía por el gallardo almirante un apasionamiento inextinguible y fatal.

VII. Conclusión

Nunc est bibendum. Libre de sus temores y satisfecho de haber escapado a un gran peligro, el Gobierno resolvió celebrar con fiestas populares el aniversario de la regeneración pingüina y del advenimiento de la República.

El presidente Formose, los ministros, los miembros de la Cámara y del Senado se hallaban presentes en la ceremonia.

El generalísimo del ejército pingüino se presentó con uniforme de gala, y lo aclamaron.

Precedidas por el estandarte negro de la miseria y por el estandarte rojo de la rebeldía, desfilaron las delegaciones obreras, indómitas y tutelares.

El presidente, los ministros, los diputados, los magistrados, los empleados y los jefes del ejército, en su nombre y en el del pueblo soberano, confirmaron el antiguo juramento de vivir libres o morir. Era una alternativa que se impusieron resueltamente, pero preferían vivir libres. Hubo festejos, discursos y cánticos.

Al retirarse las representaciones del Estado, la muchedumbre de los ciudadanos se disgregó tranquila y lentamente a los gritos: «¡Viva la República! ¡Viva la libertad! ¡Abajo los bonetes!».

Los periódicos sólo dieron cuenta de un accidente lastimoso en aquella jornada. El príncipe de los Boscenos fumaba tranquilamente un cigarro en la Pradera de la Reina cuando desfiló por allí la comitiva oficial. El príncipe acercóse al coche de los ministros y gritó con voz atronadora: «¡Muera la República!». Fue inmediatamente detenido por los agentes de Policía, a los cuales opuso la más desesperada resistencia. Derribó algunos a sus pies y sucumbió por fin al numero. Contuso, despellejado, amoratado, desfigurado, hasta el punto de no reconocerle su propia esposa, fue arrastrado por las calles, donde la gente cantaba y reía con alborozo, hasta una prisión oscura.

Los magistrados instruyeron minuciosamente el proceso de Chatillón. Aparecieron en el despacho del almirante cartas reveladoras de las intenciones del reverendo padre Agaric. La opinión pública se desencadenó contra los frailes, y el Parlamento votó seguidamente una docena de leyes que restringían, disminuían, limitaban, precisaban, suprimían, menoscababan y cercenaban sus derechos, inmunidades, franquicias, privilegios y rentas, y les creaban incapacidades múltiples y dirimentes.

El reverendo padre Agaric soportó con entereza el rigor de las leyes —por las cuales quedaba personalmente atacado, alcanzado, lastimado—, y la caída espantosa del almirante, consecuencia de sus manejos.

Pero en vez de someterse a la adversa fortuna, la contempló sereno como a una desconocida pasajera, y formó nuevos planes políticos más atrevidos que los anteriores.

Cuando hubo madurado suficientemente sus proyectos, una mañana se fue al bosque de Conils. Un mirlo silbaba sobre la copa de un árbol; un erizo iba, con lentitud, de un lado al otro del sendero. Y, mientras Agaric avanzaba presuroso a paso largo, repetía frases confusas al compás de sus zancadas.

Llegado al umbral del laboratorio, donde un industrioso fraile destiló durante muchos años prósperos el dorado licor de Santa Orberosa, vio el edificio solitario y la puerta cerrada. Deslizóse a lo largo de la tapia y encontró en la parte posterior al venerable Cornamuse, que, con los hábitos recogidos, se encaramaba por una escalera apoyada en el muro.

—¿Sois vos, amigo mío? —le preguntó—. ¿Qué hacéis ahí?

—Ya lo veis —respondióle con voz débil y dolorosa mirada—. ¡Entro en mi casa!

Sus pupilas rojas ya no remedaban el brillo triunfal del rubí; sus reflejos eran opacos y turbios.

Su rostro había perdido la plenitud de la dicha. La brillantez de su cráneo ya no era el encanto de los ojos, porque un sudor tenaz y manchones rojizos alternaban la inestimable perfección de su bruñida superficie.

—No comprendo —dijo Agaric.

—Pues no es difícil de comprender. Ahí tenéis las consecuencias de vuestra conjuración. Acosado por una multitud de leyes, eludí la mayoría, pero algunas me han lastimado. Estos hombres vengativos cerraron mi laboratorio y mis almacenes, confiscaron mis botellas, mis alambiques y mis retortas, sellaron mi puerta y para entrar he de hacerlo, como veis, por la ventana. Difícilmente saco alguna vez el jugo de las plantas, en secreto, con aparatos que los más humildes fabricantes de aguardiente despreciarían.

—Sufrís la persecución —dijo Agaric—. A todos nos alcanza.

El fraile de Conils se llevó una mano a su frente desolada.

—De sobra os lo anuncié, y no me atendisteis, hermano Agaric. Bien sabía yo que vuestro propósito era muy arriesgado.

—Nuestra derrota es pasajera —replicó vivamente Agaric—. Depende sólo de causas accidentales y la originan puras contingencias. Chatillón era un imbécil y se ahogó en su propia ineptitud. Escuchadme, hermano Cornamuse: no debemos perder ni un momento para libertar al pueblo pingüino. Hay que librarle de sus tiranos y de su propia locura. Restauraremos la cresta del dragón, restableceremos el antiguo régimen para honra de la Iglesia y exaltación de la santa fe católica. Chatillón era un auxiliar inconsciente y se nos ha roto entre las manos. Reemplacémosle por un verdadero y firme apoyo. Tengo ya elegido al hombre que destruiría la democracia impía. Es un personaje civil: es Gomoru. Los pingüinos le adoran. Ya hizo traición a su partido por un plato de lentejas. ¡Un hombre así nos conviene! —Cuando Agaric le decía esto, el fraile de Conils se metía por la ventana y retiraba la escalera.

—¡Me lo temía! —respondió mientras asomaba la nariz entre los postigos entornados—. No pararéis hasta que nos expulsen a todos de esta bella, florida y suave tierra pingüina. Buenas noches. Que os guarde Dios.

Agaric, plantado al pie del muro, rogó a su compañero que le escuchara un instante:

—Comprended mejor vuestros intereses, Cornamuse. La Pingüinia es nuestra. ¿Qué nos falta para conquistarla? Un esfuerzo, sólo un pequeño esfuerzo… Un sacrificio minúsculo, algún dinero y…

Sin oír más, el fraile de Conils retiró la nariz y cerró la ventana.

Libro sexto. Los tiempos modernos: el proceso de las ochenta mil pacas de forraje

I. El general Greatauk, duque de Skull

Poco después de la huida del almirante, un judío de modesta familia, llamado Pyrot, anheloso de rozarse con personas aristocráticas y deseoso de servir a la Patria, siguió una carrera militar.

El ministro de la Guerra, Greatauk, duque de Skull, le tenía ojeriza y le reprochaba su constancia, su nariz picuda, su vanidad, su aplicación, sus gruesos labios y su inquebrantable disciplina. En cuanto se hacían averiguaciones para descubrir al autor de un desaguisado, Greatauk insinuaba:

—Debe de ser Pyrot.

Un día, el general Panther, jefe del Estado Mayor, enteró a Greatauk de un asunto grave. Habían desaparecido, sin que dejara el robo la menor huella, ochenta mil pacas de forraje.

El general Greatauk exclamó inmediatamente:

—¡Sin duda, Pyrot las ha robado!

Quedóse unos instantes pensativo, y luego añadió:

—Cuanto más lo pienso, más arraiga mi sospecha, mi certidumbre. Indudablemente, Pyrot ha robado esas ochenta mil pacas de forraje. Se ve su mano en este negocio. Las ha vendido muy baratas a nuestros enemigos encarnizados, los marsuinos. ¡Traición infame!

—Es cierto —dijo Panther—. Sólo falta probarlo.

Aquella tarde, al pasar frente al cuartel de Caballería, el príncipe de los Boscenos oyó cantar a unos coraceros que barrían el patio:


Boscenos es un gorrino,
con el que haremos jamones,
embuchados y salchichas
para que coman los pobres.
 

Le pareció contrario a la disciplina que dos reclutas de servicio entonaran una canción, a la vez doméstica y revolucionaria, que los obreros guasones vociferaban en los días de motín. Lamentó con aquel motivo la decadencia moral del Ejército, y sonrió amargamente al reflexionar que su antiguo camarada Greatauk, jefe superior de la milicia, la instruía en bajezas inspiradas por los rencores de un Gobierno antipático. Se prometió restablecer la moralidad en el más breve plazo y dijo para sí:

«A ese granuja de Greatauk no le durará mucho el ministerio».

Era el príncipe de los Boscenos el más irreconciliable adversario de la democracia moderna, del pensamiento libre y del régimen que los pingüinos implantaron por su propia voluntad.

Sentía un odio implacable y leal contra los judíos, y laboraba en público y en secreto, noche y día, para restaurar la sangre de los Dracónidas. Las complicaciones de sus asuntos particulares, cuya situación empeoraba de hora en hora, exaltaban más y más su monarquismo apasionado, y sólo se vería libre de agobios pecuniarios cuando el descendiente de Draco el Grande fuese aclamado en Alca para ocupar el trono de Pingüinia.

Llegado a su hotel, sacó el príncipe de su caja de caudales, donde sólo había papeles viejos, un paquete de cartas, correspondencia particular muy secreta que le agenció años atrás un sirviente desleal, donde se probaba que Greatauk, duque de Skull, había trapicheado con las provisiones del Ejército y aceptado de un industrial, cuyo nombre era Maloury, una pequeña retribución acaso más vergonzosa por su misma insignificancia.

El príncipe releyó aquellas cartas con ávida curiosidad, las volvió a guardar en la caja de valores y encaminóse hacia el ministerio de la Guerra. Estaba resuelto. Al oír que el ministro no recibía, empujó a los porteros, derribó a los ordenanzas, pisoteó a los empleados civiles y militares, abrió a puñetazos las puertas y entró en el despacho de Greatauk.

—Hablemos breve y claro —le dijo—. Tú eres un viejo libertino, pero esto no me importa. Quise que le cortaras los vuelos al general Monchin, alma endemoniada de los republicanos, y te negaste a complacerme. Te pedí que dieras un mando al general Clapiers, amigo de los Dracónidas, con el cual me hallo personalmente obligado, y te negaste a complacerme. Te rogué que relevaras al general Tandem, gobernador militar de Port-Alca, que después de robarme cincuenta luises en el bacará me encarceló y me hizo comparecer ante el Tribunal Supremo como supuesto cómplice del almirante Chatillón, y te negaste a complacerme. Solicité los suministros de la avena y el salvado, y te negaste a complacerme. Aspiré a representar una misión secreta a Marsuinia, y te negaste a complacerme. No satisfecho con oponer a mis pretensiones una invariable negativa, me has presentado a tus colegas del gobierno como un individuo peligroso a quien es conveniente vigilar, y por tu culpa me veo siempre hostigado por la Policía. Ya nada te pido y sólo vengo a decirte una palabra: «¡Vete!». Se te conoce demasiado. Además, para reemplazarte impondremos a tu cochina Cocina Pública uno de los nuestros. Ya sabes que no hablo por hablar. Si dentro de veinticuatro horas no has presentado la dimisión, publicaré en los periódicos las cartas de tus negocios con Maloury.

Greatauk, reposado y sereno, le dijo:

—Tranquilízate, idiota. Precisamente acabo de planear un asunto importante. Meteremos en presidio un indio. Los Tribunales van a entendérselas con Pyrot, responsable del robo de ochenta mil pacas de forraje.

El furor del príncipe se calmó con esta noticia.

—¿Es verdad?

—Es indudable.

—Te felicito, Greatauk. Pero como contigo siempre hay que tomar precauciones, publicaré hoy mismo lo que me dices. Esta misma noche todos los periódicos de Alca darán la noticia del encarcelamiento de Pyrot.

—Y murmuró mientras se alejaba:

—¡Pyrot! Siempre supuse que acabaría mal.

Un momento después, el general Panther se presentaba en el despacho de Greatauk:

—Señor ministro, acabo de examinar el asunto de las ochenta mil pacas de forraje y no aparece ninguna prueba contra Pyrot.

—Pues la Justicia exige una prueba contra el judío —respondió Greatauk—. Ordenad el arresto de Pyrot.

II. Pyrot

Toda la Pingüinia, horrorizada, se enteró del crimen de Pyrot. Al mismo tiempo sentíase una especie de gozo al saberse que aquella sustracción traidora, rayana en el sacrilegio, había sido cometida por un judío. Para comprender este sentimiento, hay que darse cuenta del estado de la opinión pública en lo que se refiere a los judíos más o menos opulentos.

Como ya tuvimos ocasión de decirlo en la presente historia, la casta de especuladores universalmente execrada y soberanamente poderosa, se componía de cristianos y de judíos. Los judíos que formaban parte de ella y contra los cuales dirigía el pueblo sus odios, eran los adinerados: poseían inmensas fortunas y detentaban, al decir de las gentes, más de un tercio del tesoro pingüino.

Aparte de esta casta temible, la muchedumbre de los judíos de modesta condición era también odiosa, pero mucho menos temida. En todo Estado bien regido la riqueza es cosa sagrada y en las democracias es la única cosa sagrada. El Estado pingüino era democrático: tres o cuatro Empresas monopolizadoras ejercían un poder más amplio y, sobre todo, más efectivo y constante que los ministros de la República, a los cuales manejaban secretamente y les obligaban, por intimidación o por corrupción, a favorecerles en perjuicio del Estado, y cuando algún ministro se resistió le inutilizaron con miserables calumnias en la Prensa.

Estos manejos, realizados mañosamente, se traslucían, sin embargo, lo bastante para indignar al país; pero los burgueses pingüinos, tanto los acaudalados como los modestos, concebidos y educados en el respeto al dinero y teniendo todos algo que guardar, poco o mucho, sentían firmemente la solidaridad de los capitales, convencidos de que las fortunas humildes no peligran cuando las grandes están aseguradas. Semejante convicción les permitía respetar igualmente los millones israelitas y los millones cristianos, y como en su espíritu privaba más el interés del lucro que la aversión de raza, no se atrevieron a tocar ni un solo cabello de los opulentos judíos execrados. Los demás judíos les eran indiferentes, y sólo cuando veían alguno caído lo pisoteaban.

Por esto la nación entera supo con implacable gozo que el traidor era un judío en el cual se podían vengar de todo Israel sin comprometer el crédito público.

Casi nadie puso en duda que Pyrot hubiese robado las ochenta mil pacas de forraje. No se dudó, por ser en absoluto ignorado este negocio, y la duda necesita motivos, pues no es posible dudar sin motivos como lo es creer sin ellos. No se dudó, porque deseaban que Pyrot fuese culpable, y se cree fácilmente lo que se desea. No se dudó, porque la facultad de dudar no es común, sus gérmenes no se desarrollan sin cultura.

Por ser exquisita, rara, inmoral, filosófica, trascendental, monstruosa, malévola, dañina a las personas y a los bienes, contraria a la organización de los Estados y a la prosperidad de los imperios, funesta a la Humanidad, destructora de los dioses, horror del cielo y de la tierra, la duda no arraigaba en la muchedumbre de los pingüinos. Tenían fe en la culpabilidad de Pyrot y esta fe se convirtió pronto en uno de los principales artículos de sus creencias nacionales y en una de las verdades esenciales de su símbolo patriótico.

Pyrot fue juzgado secretamente, y fue condenado.

El general Panther informó de la terminación del proceso al ministro de la Guerra.

—Por fortuna —dijo—, la certidumbre de los jueces suplió la falta de pruebas.

—¡Pruebas! —murmuró Greatauk—. ¡Pruebas! ¿Qué prueban las pruebas? No hay más que una prueba segura, irrefutable: la confesión del procesado. ¿Pyrot confesó?

—No, mi general.

—Confesará; debe hacerlo, Panther: es preciso decidirle a que lo haga. Decidle que le conviene. Prometedle que, si confiesa, obtendrá favores, disminución de la pena, indulto. Prometedle que si confiesa se le declarará inocente y hasta que le condecoraremos. Despertad sus honrados sentimientos. Que confiese por patriotismo, por la bandera, por el orden, por el respeto a la jerarquía, por mandato especial del ministro de la Guerra, ¡militarmente!… Decidme, Panther: ¿es posible que no haya confesado aún? Porque hay confesiones tácitas: el silencio es una confesión.

—Mi general, Pyrot no se calla. Grita como un energúmeno y vocifera que es inocente.

—Panther, las confesiones de un culpable resultan a veces de la vehemencia de sus negativas. Negar desesperadamente, es confesar. Pyrot ha confesado. Sólo faltan los testigos de sus confesiones. La Justicia lo exige.

Había en la Pingüinia occidental un puerto de mar llamado La Crique, formado por tres pequeñas ensenadas en otro tiempo frecuentadas por grandes navíos y al presente solitarias y arenosas. Extendíanse por la costa baja lagunas de aguas corrompidas que exhalaban un hedor insoportable, y la fiebre se cernía sobre las aguas adormecidas. Elevábase allí, a la orilla del mar, una torre cuadrada semejante al antiguo «Campanlie» de Venecia, en uno de cuyos costados y a bastante altura, del extremo de una cadena sujeta a una viga transversal colgaba un jaulón donde en tiempo de los Dracónidas encerraban los inquisidores de Alca a los sacerdotes heréticos. En aquel jaulón, olvidado durante trescientos años, fue metido Pyrot. Le custodiaban sesenta cabos de vara alojados en la torre, que no le perdían de vista ni un instante y anotaban sus palabras y sus movimientos en un minucioso informe que presentarían al ministro de la Guerra, porque Greatauk, escrupuloso y prudente, quería confesiones a todo trance. A pesar de su extendida reputación de imbécil, Greatauk era en realidad un hombre prudente y previsor.

Entretanto, Pyrot, abrasado por el sol, devorado por los mosquitos, empapado por la lluvia, el granizo y la nieve, yerto de frío, sacudido furiosamente por el huracán, obsesionado por los graznidos siniestros de los cuervos que se posaban sobre su jaulón, escribía su inocencia en pedazos de camisa con un palillo de los dientes tinto en sangre. Aquellos trapos se hundían en el mar o eran recogidos por los carceleros. Algunos llegaron al público, pero las protestas de Pyrot no convencían a nadie, porque ya se habían publicado sus confesiones.

III. El conde Maubec de la Dentdulynx

Las costumbres de los judíos vulgares no eran siempre puras; con frecuencia se dejaban arrastrar por todos los vicios de la civilización cristiana y conservaban sólo de la edad patriarcal el respeto a los lazos de la familia, la adhesión a los intereses de la tribu. Los hermanos, los hermanastros, los tíos, los primos, sobrinos en todos los grados, agnados y cognados de Pyrot en número de setecientos, abrumados por la pena que afligía a uno de los suyos, se encerraron en sus casas, se cubrieron de ceniza y, bendiciendo la mano que los castigaba, durante cuarenta días guardaron un austero ayuno. Luego se bañaron y resolvieron obtener, persiguiéndola sin descanso, a costa de todas las fatigas y a través de todos los peligros, la demostración de una inocencia, de la cual no dudaban. ¿Cómo era posible que dudasen? La inocencia de Pyrot se els revelaba como se había revelado su crimen a la pingüinia cristiana; porque estas cosas que se mantienen ocultas revisten un carácter místico y toman la autoridad de las verdades religiosas.

Setecientos pyrotinos empezaron a trabajar con tanto celo como prudencia, y secretamente hicieron minuciosas investigaciones. Estaban en todas partes y no se los veía en parte alguna. Hubiérase dicho de ellos que, semejantes al piloto de Ulises, andaban libremente por las entrañas de la tierra. Penetraron en las oficinas del ministerio valiéndose de disfraces, sonsacaron a los jueces, a los escribanos y a los testigos del proceso. Entonces apareció la sabiduría de Greatauk: los testigos no sabían nada, los jueces y los escribanos tampoco sabían nada. Algunos emisarios consiguieron llegar hasta Pyrot, y le interrogaron ansiosamente entre los interminables rugidos del mar y la ronca gritería de los cuervos. Todo fue inútil: tampoco el condenado sabía nada. Los setecientos pyrotinos no podían destruir las pruebas de la acusación, porque no podían conocerlas, y no podían conocerlas porque no existían. La culpabilidad de Pyrot era indestructible porque no era nada. Con orgullo legítimo, Greatauk, expresándose como verdadero artista, dijo en cierta ocasión al general Panther: «El proceso es una obra maestra: se hizo de nada». Los setecientos pyrotinos se desesperaban, temerosos de que no lograrían esclarecer jamás aquel tenebroso asunto, cuando de pronto descubrieron por una carta robada que las ochenta mil pacas de forraje no habían existido nunca, que un aristócrata de los más distinguidos, el conde Maubec, las vendió al Estado y recibió su importe, pero no las pudo entregar porque, descendiente de los más ricos propietarios rurales de la antigua Pingüinia, heredero de los Maubec de la Dentdulynx, poseedores en otro tiempo de cuatro ducados, sesenta condados, seiscientos doce marquesados, baronías y señoríos, no disponía de terrenos ni como la palma de la mano y era imposible que cortara un solo haz de forraje en sus dominios. Que algún propietario rural o algún comerciante le fiara ni una brizna, era increíble, porque todo el mundo, excepto los ministros del Estado y los funcionarios del Gobierno, consideraba más fácil sacar aceite de un guijarro que un céntimo del bolsillo de Maubec.

Los setecientos pyrotinos, después de una investigación minuciosa acerca de los recursos pecuniarios del conde Maubec de la Dentdulynx, comprobaron que los principales ingresos de aquel aristócrata provenían de una casa donde señoras generosas daban dos jamones a cambio de una salchicha. Entonces le denunciaron públicamente como culpable de la desaparición de las ochenta mil pacas de forraje, por cuyo motivo había sido condenado y enjaulado un inocente.

Maubec era de una ilustre familia emparentada con los Dracónidas, y nada es tan estimable para los demócratas como la nobleza de nacimiento. Maubec había servido en el Ejército, y los pingüinos, desde que todos eran soldados, amaban su Ejército hasta la idolatría. Maubec había recibido en el campo de batalla una cruz, que es el símbolo del honor entre los pingüinos, más que la misma fidelidad marital. Toda la Pingüinia se declaró a favor de Maubec, y la voz del pueblo reclamó el castigo de los setecientos pyrotinos calumniadores.

Maubec era aristócrata, y desafió a los setecientos pyrotinos a espada, sable, pistola, carabina y bastón.

«Cerdos indecentes —les escribió en una carta famosa—, crucificasteis a mi Dios y ahora queréis mi piel. Os prevengo que no seré tan manso como Cristo, que os cortaré vuestras mil cuatrocientas orejas. Recibid la puntera de mi bota en vuestros setecientos traseros».

El jefe del Gobierno era entonces un campesino llamado Chorrodemiel, hombre de mucha suavidad para, con los ricos y los poderosos, duro para con las pobres gentes, cobarde y desconocedor de cuanto no fuera su particular conveniencia. Por una declaración pública garantizó la virtud y el honor de Maubec y denunció ante los Tribunales a los setecientos pyrotinos, que fueron condenados como difamadores a penas aflictivas, a multas enormes y a los daños y perjuicios que reclamaba su víctima inocente.

Todo hacía suponer que Pyrot no se vería nunca libre del jaulón sobre el cual se posaban los cuervos. Pero los pingüinos insistieron en que se probara la culpabilidad del judío, al ver que de las pruebas alegadas algunas eran inciertas y otras contradictorias. Varios oficiales del Estado Mayor mostraban mucho interés, y otros falta de prudencia. Mientras Greatauk guardaba un admirable silencio, el general Panther publicaba todas las mañanas en los periódicos la culpabilidad del condenado. Hubiera hecho mejor en callarse: no hay demostración de lo evidente. Tantos razonamientos perturbaban las inteligencias. La fe, siempre viva, dejó de ser firme y serena. Cuantas más pruebas daban a la muchedumbre, más pruebas pedía.

Pero el peligro de probar demasiado no fuera grande a no haber en Pingüinia, como en todo el mundo, cerebros dispuestos para el libre examen, capaces de discernir un asunto difícil y propensos a la duda filosófica. No abundaban, no estaban dispuestos a hablar ni el público preparado para oírlos. Los judíos opulentos, los millonarios israelitas de Alca, decían, cuando se les hablaba de Pyrot: «No lo conocemos», pero se preocupaban por salvarle. Mantenían la prudencia inherente a su fortuna con la esperanza de que otros fuesen menos tímidos. Su deseo debía cumplirse.

IV. Colomban

Algunas semanas después de la condena de los setecientos pyrotinos, un hombrecillo miope, cejijunto, muy barbado, salió una mañana de su casa con una cubeta de engrudo, una escalera y un rollo de carteles. Recorría las calles y fijaba en las fachadas pasquines donde se leía impreso con letras grandes:


PYHOT ES INOCENTE.
MAUBEC ES CULPABLE.
 

No era su oficio el de fijador de carteles. Se llamaba Colombán. Autor de ciento sesenta volúmenes de sociología pingüina, se contaba entre los más laboriosos y los más estimados escritores de Alca. Después de haberlo reflexionado minuciosamente, seguro de la inocencia de Pyrot, la publicó de la manera que juzgaba más ruidosa. Puso con tranquilidad algunos pasquines en las calles poco frecuentadas, pero al llegar a los barrios populosos, cada vez que se encaramaba en la escalera los transeúntes, apiñados en torno suyo, mudos de sorpresa y de indignación, le dirigían miradas amenazadoras, que soportaba con la calma inherente a su valor y a su miopía. Apenas volvía la espalda, los porteros y los tenderos arrancaban sus carteles, y seguía cargado con todos sus artefactos entre la curiosidad y la admiración de los muchachuelos, que, con su cestilla al brazo y su cartera al hombro, no se apresuraban por llegar a la escuela. Fijaba sus carteles obstinadamente.

A las insinuaciones mudas sucedieron las protestas y los murmullos, pero Colombán no se dignó ver ni oír nada. Cuando se detuvo en la embocadura de la calle de Santa Orberosa para fijar uno de los papeles que llevaba impreso:


PYHOT ES INOCENTE.
MAUBEC ES CULPABLE.
 

La multitud, amotinada, dio signos de la más violenta cólera «¡Traidor!… ¡Ladrón!… ¡Bandido!… ¡Canalla!», le gritaron. Una mujer abrió la ventana y le vació el cajón de la basura sobre la cabeza. Un cochero le quitó de un latigazo el sombrero, que fue a parar otro lado de la calle, entre las aclamaciones de la muchedumbre vengadora. Un mozo de carnicería empujó la escalera y le derribó con su cubeta de engrudo, su brocha y sus carteles. Los pingüinos, enorgullecidos, al verle rodar por el suelo sintieron la grandeza de la patria. Colombán se levantó rebozado en inmundicias, lisiado en un codo y en un pie, tranquilo y resuelto.

—Imbéciles —murmuró encogiéndose de hombros.

Y se puso en cuatro manos para buscar los lentes, que se le habían perdido al caer. Entonces se vio que su levita estaba desgarrada desde el cuello hasta los faldones y su pantalón abierto en la parte trasera. Eso aumentó la animosidad de la muchedumbre.

En la acera de enfrente se abría el bien provisto Colmado de Santa Orberosa. Los patriotas cogieron de los escaparates cuanto había y arrojaron contra Colombán naranjas, limones, tarros de dulce, libras de chocolate, botellas de licor, y latas de sardinas y saquitos de judías. Cubierto de sustancias alimenticias, contuso y desgarrado, cojo y ciego, se decidió a huir, perseguido por los aprendices de los talleres, los mancebos de las tiendas, los vagabundos, los burgueses, los golfos, cuyo número aumentaba de minuto en minuto. Rugían todos: «¡Al agua! ¡Muera el traidor! ¡Al agua!», y aquel torrente de torpeza humana despeñado por los bulevares se detuvo al fin en la calle de San Mael. La Policía cumplió con su deber. Por todas las bocacalles llegaban agentes que, con la mano izquierda en la vaina del sable, corrían para ponerse a la cabeza de los perseguidores. Alargaban ya sus brazos enormes hacia Colombán cuando se les escapó de pronto, sumergido en una alcantarilla.

Allí pasó la noche sentado en la oscuridad junto a las aguas fangosas. Entre ratas inmundas meditaba sus propósitos. Su corazón generoso rebosaba energía y piedad. Cuando el alba le acarició con sus pálidas luces, se levantó y dijo: «Preveo que la batalla será dura».

Luego redactó un escrito, donde exponía claramente que Pyrot no pudo robar al ministerio de la Guerra ochenta mil pacas de forraje que no habían existido, puesto que Maubec las cobró sin llegar a entregarlas. Colombán hizo repartir aquellas hojas por las calles de Alca. El populacho negóse a leerlas y las rompió colérico. Los tenderos amenazaban con el puño a los repartidores, que huían perseguidos por los escobazos de las furias familiares. Exaltáronse más y más, y la efervescencia duró todo el día. Por la noche grupos de hombres mal encarados y andrajosos recorrían las calles y vociferaban:

—¡Muera Colombán!

Algunos patriotas arrebataron a los repartidores los paquetes de impresos para quemarlos en las plazas públicas, y bailaron en torno de aquellas hogueras, locos de alegría, con mozas que se recogían las faldas hasta el vientre.

Los más apasionados fueron a romper los cristales de la casa donde Colombán vivía del fruto de su trabajo desde cuarenta años atrás, en una calma y una placidez inmensas.

Las Cámaras se estremecieron y preguntaron al presidente de la República qué medidas pensaba tomar para reprimir los odiosos atentados cometidos por Colombán contra el honor del Ejército y la tranquilidad de la Pingüinia.

Chorrodemiel condenó la audacia impía de Colombán, y dijo, entre los aplausos de los legisladores, que aquel hombre sería conducido ante los Tribunales para responder de su infame libelo.

El ministro de la Guerra, llamado a la tribuna, compareció transfigurado. No tenía, como antes, el aspecto de una oca sagrada de las ciudades pingüinas: erizado, con el cuello extendido, amenazador, parecía el buitre simbólico agarrado al hígado de los enemigos de la patria. Entre el silencio augusto de la Asamblea, solamente pronunció esta frase lapidaria:

—Juro que Pyrot es un bandido.

Y bastó su categórica aclaración, al extenderse por toda la Pingüinia, para tranquilizar la conciencia pública.

V. Los reverendos padres Agaric y Cornamuse

Colombán soportaba, sorprendido y apacible, todo el peso de la reprobación general. Como no podía salir a la calle sin que le apedrearan, vivía encerrado en casa y escribía, con una obstinación maravillosa, muchos trabajos en favor del enjaulado inocente. Entre su escaso número de lectores, algunos, cosa de una docena, seducidos por sus razonamientos, empezaron a dudar de la culpabilidad de Pyrot y se propusieron convencer a sus amigos para que se propagase la claridad que nacía en sus inteligencias. Uno de ellos trataba íntimamente a Chorrodemiel, y al confiarle sus perplejidades aquel patriota le cerró la puerta de su casa. Otro pidió en una carta abierta explicaciones al ministro de la Guerra. Otro, llamado Kardinac y tenido por el más formidable polemista, publicó un terrible libelo. El público se quedó estupefacto. Se decía que los defensores del traidor estaban subvencionados por los judíos opulentos, se les zahirió con el nombre de «pyrotinos», y los patriotas juraron exterminarlos. En todo el territorio de la República sólo había mil o mil doscientos partidarios del enjaulado, pero la imaginación los adivinaba en todas partes, se temía tropezar con ellos en los paseos, en las asambleas, en las reuniones, en las fiestas mundanas, en las mesas familiares, en el lecho conyugal. Media población desconfiaba de la otra media. La discordia exaltaba los ánimos en Alca.

El padre Agaric, director de un colegio de nobles, seguía los acontecimientos con ansiosa atención. Las calamidades de la Iglesia pingüina no le habían abatido. Continuaba fiel al príncipe Crucho y conservaba la esperanza de restablecer sobre el trono de la Pingüinia al heredero de los Dracónidas. Le parecía que los sucesos desarrollados y los que se preparaban en el país, a la vez efecto y causa de la opinión enardecida, y las perturbaciones, su resultado inevitable, traídos y llevados con la prudencia profunda de un religioso podían quebrantar la República y predisponer la Pingüinia a la restauración del príncipe Crucho, cuya piedad prometía consuelo a los fieles. Se puso su ancho sombrero negro y se encaminó por el bosque de Conils hacia la fábrica donde su venerable amigo el padre Cornamuse destilaba el licor higiénico de Santa Orberosa. La industria del buen fraile, tan cruelmente maltratada en tiempo del almirante Chatillón, renacía de sus ruinas. Oíanse rodar a través del bosque los trenes de mercancías, y bajo los cobertizos algunos centenares de huérfanos con blusas azules empaquetaban botellas y llenaban cajas.

Agaric encontró al venerable Cornamuse ante sus hornos y entre sus retortas. Las pupilas del viejo habían recobrado sus fulgores de rubí. La brillantez de su cráneo era, como antes, preciosa y suave.

Agaric felicitó al piadoso destilador por la actividad que animaba de nuevo sus laboratorios y sus talleres.

—Los negocios prosperan, por lo cual doy gracias a Dios —respondió el viejo de Conils—. ¡Ay! La fábrica estaba muerta, hermano Agaric. Como fuisteis testigo de la desolación de mi establecimiento, no he de referírosla.

Agaric esquivó su mirada.

—El licor de Santa Orberosa —prosiguió Cornamuse— triunfa de nuevo pero mi industria es aún incierta y precaria. Las leyes de ruina y desolación que la hirieron no han sido derogadas y sólo están suspendidas.

El religioso de Conils alzó al cielo sus pupilas de rubí. Agaric le puso la mano sobre el hombro:

—¡Qué espectáculo, Cornamuse, nos ofrece la desventurada Pingüinia! ¡En todas partes la desobediencia, la independencia, la libertad! Vemos triunfantes a los orgullosos, a los soberbios, a los revolucionarios. Después de haber desafiado las leyes divinas se revuelven contra las humanas; ¡tan cierto es que para ser un buen ciudadano es indispensable ser un buen cristiano! Colombán trata de imitar a Satán. Muchos criminales siguen su funesto ejemplo, y quieren, en su rabia, romper todos los frenos, romper todos los yugos, librarse de los lazos más sagrados, escapar a las obligaciones más saludables. Fustigan a su patria para someterla, pero sucumbirán bajo la animadversión, la vituperación, la indignación, la execración y la abominación pública. Tal es el abismo adonde les condujo la indiferencia, el libre pensamiento, el libre examen, la pretensión monstruosa de juzgar por sí mismos, de tener una opinión suya.

—Es indudable —replicó el padre Cornamuse inclinando la cabeza—. Pero en verdad os confieso que las preocupaciones de mi negocio particular no me permiten atender a los negocios públicos. Sé vagamente que se habla mucho de un llamado Pyrot. Los unos aseguran que es culpable, los otros afirman que es inocente, y desconozco los motivos que impulsan a los unos y a los otros para que les preocupe tanto un asunto que nada les importa.

El piadoso Agaric preguntó ansioso:

—¿Dudáis del crimen de Pyrot?

—No dudo, estimado Agaric —respondió el fraile de Conils—, porque si dudase contravendría las leyes de mi país, que debemos respetar mientras no se opongan a las leyes divinas. Pyrot es culpable, puesto que le han condenado. Discutir su culpabilidad o su inocencia sería poner en duda la justicia de los jueces, y me libraré mucho de hacerlo. Además fuera inútil, porque Pyrot está condenado. Si no está condenado porque sea culpable, resulta culpable por estar condenado, y viene a ser lo mismo. Creo en su culpabilidad, como debe creer todo buen ciudadano, y lo sostendré mientras la Justicia establecida me lo ordene, porque no es misión de los particulares, sino del juez, proclamar la inocencia de un condenado. La justicia humana es respetable hasta en los errores inherentes a su naturaleza falible y limitada. Sus errores no son nunca irreparables; si los jueces no los reparan en la Tierra, Dios los reparará en el Cielo. También confío mucho en el general Greatauk, a quien supongo más inteligente que todos sus enemigos, aun cuando no lo parezca.

—Muy bien, amigo Cornamuse —exclamó el piadoso Agaric—. El proceso Pyrot, manejado mañosamente por nosotros con la ayuda de Dios y de los fondos indispensables, será muy fecundo en beneficiosos resultados. Desenmascarará los vicios de la República anticristiana e inducirá a los pingüinos a restaurar el trono de los Dracónidas y las prerrogativas de la Iglesia. Pero es necesario que el pueblo se convenza de que sus sacerdotes le acompañan en la lucha. Avancemos contra los enemigos del ejército, contra los insultadores de héroes, ¡y todo el mundo nos seguirá!

—Todo el mundo sería demasiado —murmuró, con la cabeza baja, el religioso de Conils—. Veo que los pingüinos tienen ganas de lucha. Si nos mezclamos en sus luchas se reconciliarán a nuestra costa y pagaremos los platos rotos. Por lo cual, si queréis creerme, mi estimado Agaric, no mezcléis a la Iglesia en semejante aventura.

—Conocéis mi energía, conocéis mi prudencia. No comprometeré nada… Sólo espero que me proporcionéis los fondos indispensables para este negocio.

Cornamuse resistióse mucho a pagar los gastos de un empeño que juzgaba inconveniente. Agaric se mostró patético y terrible. Al fin cedió Cornamuse a los ruegos y a las amenazas, y arrastrando los pies, con la barba hundida en el pecho, subió a su austera celda, donde todo pregonaba la pobreza evangélica. En el muro enjalbegado tenía empotrada una caja de caudales cuyas ranuras ocultaba un ramo de boj. Suspiró al abrirla, y sacó un fajo de valores que ofreció al piadoso Agaric con mano temblorosa y sin alargar el brazo.

—No lo dudéis, mi estimado Cornamuse —dijo el clérigo batallador, mientras agarraba los papeles y los hundía en el bolsillo de su hábito—. Este proceso de Pyrot nos ha sido enviado por el Cielo para gloria y exaltación de la Iglesia pingüina.

—Quisiera que no os equivocarais —suspiró el fraile de Conils.

Y, solo ya en su laboratorio, contemplaba sus hornos y sus retortas con los ojos enternecidos y con una tristeza inefable.

VI. Los setecientos pyrotinos

Los setecientos pyrotinos inspiraban al público una aversión creciente. Cada día en las calles de Alca eran apaleados dos o tres. Uno de ellos fue azotado públicamente; otro, arrojado al río; un tercero fue emplumado y paseado por los bulevares, entre una muchedumbre bulliciosa; a otro le rompió la nariz un capitán de dragones. No se atrevían a presentarse en los casinos ni en los paseos, y se disfrazaban para ir a la Bolsa. En tales circunstancias le pareció urgente al príncipe de los Boscenos refrenar su audacia y reprimir su insolencia. Reunido con el conde de Clena, el señor de la Trrumelle, el vizconde Oliva y Bigourd, fundaron la importante Liga de los Antipyrotinos, a la cual se adhirieron los ciudadanos por cientos de millares; los soldados, por compañías, por regimientos, por brigadas, por divisiones, por cuerpos de ejército; las ciudades enteras, los distritos, las provincias.

Por entonces el ministro de la Guerra vio con sorpresa, en el despacho del jefe de Estado Mayor, que la espaciosa habitación donde trabajaba el general Panther, cuyas paredes poco antes se hallaban desnudas, habíase revestido desde el suelo al techo con profundas estanterías, pobladas por una multitud de carpetas de todas formas, de todos colores, hacinamiento improvisado y monstruoso que adquirió en pocos días las apariencias de un archivo secular.

—¿Qué es todo esto? —preguntó el ministro, asombrado.

—Pruebas contra Pyrot —respondió con patriótica satisfacción el general Panther—. Cuando le condenamos no teníamos ninguna, pero ahora, ya veis las que han aparecido.

Estaba abierta la puerta, y Greatauk vio pasar una larga fila de mozos cargados de papeles, y al subir, el ascensor gemía abrumado por el peso de los expedientes.

—Pero ¿qué traen aquí? —preguntó el general.

—Son nuevas pruebas contra Pyrot —dijo Panther—. Las pedí a todos los cantones de Pingüinia, a todos los centros militares, a todas las cortes de Europa. Las encargué a todas las ciudades de América y de Australia, y a todas las factorías de Africa. Espero algunos paquetes de Bremen y un cargamento de Melbourne.

Panther dirigió al general una mirada tranquila, radiante como la de un héroe, mientras Greatauk contemplaba el formidable hacinamiento de papeles con menos satisfacción que inquietud.

—Muy bien —dijo—, ¡me parece muy bien!, pero temo que se le quite al asunto Pyrot su encantadora sencillez. Era límpido como el cristal de roca. Su mérito consistía en su transparencia. Hubiera sido inútil buscarle, ni con microscopio, el menor defecto. Al salir de mis manos era puro como la luz: era todo luz. Os di una perla y me la convertisteis en una montaña. Temo que, por hacerlo demasiado bien, lo hayáis estropeado. ¡Pruebas! No dudo que sea bueno tener pruebas, pero es mejor no tenerlas, Ya os dije, Panther, que sólo hay una prueba evidente: la confesión del culpable. Del modo que yo lo instruí, el proceso Pyrot no se prestaba de ningún modo a la crítica, no tenía un solo punto vulnerable. Ahora da lugar a todo género de comentarios. Os aconsejo, Panther, que uséis de vuestras informaciones con reserva. Os agradeceré, sobre todo, que moderéis vuestro trato con los periodistas. Habláis bien, pero habláis demasiado. Decidme, Panther: entre esas pruebas, ¿las habrá falsas?

Panther sonrió:

—Las hay amañadas.

—Eso quería deciros. Las amañadas son las mejores, las más útiles. Las pruebas falsas, en general valen más que las verdaderas, porque se hicieron ex profeso para la causa y tienen la medida y la exactitud convenientes. Son preferibles también porque transportan los espíritus a un mundo ideal, los apartan de la realidad, que en este mísero mundo siempre es engañosa… De todos modos, preferiría que no hubiera pruebas.

El primer acto de la Liga de los Antipyrotinos fue invitar al Gobierno a que denunciara inmediatamente ante un alto Tribunal, como culpables de traición, a los setecientos pyrotinos y a sus cómplices. El príncipe de los Boscenos, encargado de mantener la acusación en nombre de la Liga, se presentó ante el Consejo, reunido para recibirle, y expresó su deseo de que la previsión y la firmeza del Gobierno se elevasen a la altura de las circunstancias. Estrechó la mano a cada uno de los ministros, y al acercarse al general Greatauk le dijo al oído:

—Si no andas muy derecho, bribón, publicaré las cartas de Maloury.

Algunos días después, por voto unánime de las Cámaras, emitido a propósito de un proyecto favorable del Gobierno, fue reconocida como de utilidad pública la Liga de Antipyrotinos.

Inmediatamente la Liga envió al castillo de Chitterling, en Marsuinia, donde Crucho comía el pan amargo del destierro, una delegación encargada de ratificar al príncipe el respeto y la sumisión de los asociados antipyrotinos.

A pesar de todo, el número de los pyrotinos crecía: ya eran diez mil, y tenían en los bulevares sus cafés predilectos. Los patriotas tenían los suyos, más lujosos y amplios, y todas las tardes, de unas terrazas a otras, iban lanzados los vasos, las tazas, los ceniceros, las botellas, las sillas y las mesas. Los espejos caían hechos trizas, la oscuridad confundía a los combatientes y rectificaba las diferencias de número, y las brigadas negras acababan la lucha pisoteando indistintamente con sus zapatones claveteados a los del uno y a los del otro bando.

En una de aquellas noches gloriosas, cuando el príncipe de los Boscenos, rodeado de varios patriotas, salía de un cafetín que no se puso en moda, el señor de la Trumelle le señaló a un hombrecillo con gafas, barbudo, sin sombrero, con una sola manga en la levita, que se arrastraba penosamente sobre la calle, cubierta de fragmentos de los proyectiles improvisados en la última batalla.

—¡Mirad —le dijo—, es Colombán!

Además de mucha fuerza, el príncipe tenía mucha suavidad, y no escasa mansedumbre, pero al oír el nombre de Colombán le hirvió la sangre, se dirigió al hombrecillo de las gafas y lo derribó de un puñetazo en la nariz.

El señor de la Trumelle advirtió entonces que le había engañado una semejanza inicua, y el que supuso Colombán era el ilustre Bazile, antiguo procurador, secretario de la Liga de los Antipyrotinos, patriota ardiente y generoso. El príncipe de los Boscenos disfrutaba de uno de esos caracteres antiguos que no se doblegan jamás, pero sabía reconocer sus errores.

—Ilustre Bazile —dijo mientras se quitaba el sombrero—: os puse la mano en el rostro, pero estoy seguro de que me perdonaréis, más aún, me aprobaréis, me cumplimentaréis, me congratularéis y me felicitaréis en cuanto conozcáis el motivo que me impulsó, y no fue otro que haberos confundido con ese canalla de Colombán.

El ilustre Bazile cubrió con el pañuelo la nariz ensangrentada, levantó el muñón de su brazo ausente y dijo con entereza:

—No, caballero; no puedo felicitaros, ni congratularos, ni cumplimentaros, ni aprobaros, porque vuestra acción era por lo menos superflua. Más aún: era excesiva. Esta noche ya me habían confundido tres veces con el dichoso Colombán, tratándome sin duda como él se merece. Sobre mi cuerpo los patriotas ya le habían hundido las costillas y deshecho los riñones, y me parecía, caballero, más que suficiente.

Apenas había terminado su discurso cuando se acercó una muchedumbre de pyrotinos, y engañados a su vez por la semejanza insidiosa, creyeron que los patriotas apaleaban a Colombán, y acometieron a garrotazo limpio con sus bastones de hierro y sus nervios de buey al príncipe de los Boscenos, y a sus compañeros los dejaron casi moribundos y se apoderaron del procurador Bazile, a pesar de sus protestas indignadas, al grito de: «¡Viva Colombán!, ¡viva Pyrot!». Así le llevaron en triunfo a lo largo de los bulevares, hasta que la brigada negra que los perseguía consiguió rodearlos, apalearlos, arrastrarlos indignamente a la Comisaría, donde el procurador Bazile fue una vez más pisoteado en representación de Colombán.

VII. Bidault-Coquille y Maniflora. Los socialistas

Mientras un huracán de cólera y de odios rugía en Alca, Eugenio Bidault-Coquille, el más pobre y el más feliz de los astrónomos, instalado en un viejo torreón del tiempo de los Dracónidas, observaba el cielo a través de un mal catalejo, y sorprendía fotográficamente sobre placas averiadas el paso de los cometas. Su genio corregía los errores de los instrumentos, y su amor a la ciencia triunfaba de la depravación de los aparatos. Estudiaba con inextinguible ardor aerolitos, meteoros y bólidos, todos los fragmentos ardientes, todas las partículas inflamadas que atravesaban con velocidad prodigiosa la atmósfera terrestre, y recogía en pago a sus laboriosos desvelos la indiferencia del público, la ingratitud del Estado y la animadversión de los centros científicos.

Obsesionado en los espacios celestes, ignoraba los sucesos ocurridos sobre la superficie de la Tierra, nunca leía periódicos, y al ir por las calles abstraído en sus cálculos y averiguaciones siderales algunas veces fue a parar al estanque de un jardín público y otras veces cayó entre las ruedas de un ómnibus.

De muy elevada estatura y más elevados pensamientos, su estimación respetuosa de sí mismo y del prójimo se exteriorizaba en una frialdad cortés, en una levita negra muy estrecha y en un sombrero de copa bajo el cual se mostraba un rostro demacrado y sublime. Comía en un fonducho modesto y abandonado ya por todos los clientes menos espiritualistas. Allí encontró sobre la mesa, una noche, la hoja de Colombán en defensa de Pyrot, y mientras cascaba unas nueces hueras, de pronto, exaltado por la sorpresa, la admiración, el horror y la piedad, olvidó la caída de los meteoros y la lluvia de estrellas, y vio solamente la inocencia mecida por los huracanes en la jaula sobre la cual iban los cuervos a posarse.

Ya no le abandonó aquella imagen dolorosa, y pocos días después, al salir del fonducho donde comía poseído por la sugestión del condenado inocente, vio una turba de ciudadanos que se precipitaban en un local cerrado, donde había una reunión pública.

Entró. La discusión era libre, los oradores bramaban, se increpaban, se golpeaban y se agitaban como furias en aquella atmósfera densa y pestilente. Los pyrotinos y los antipyrotinos hablaban a su vez y eran aclamados o maltratados. Un ruidoso y confuso entusiasmo enardecía la concurrencia. Con la audacia de los hombres tímidos y solitarios, BidaultCoquille subió a la tribuna y habló tres cuartos de hora. Habló de prisa, desordenamente, pero se apasionó y mostró la profunda convicción de un matemático místico. Fue aclamado. Cuando bajaba de la tribuna, una mujerona de edad indefinible, que lucía en su ancho sombrero plumas heroicas, se abrazó a él, besóle apasionada, y con solemne ardor le dijo: —¡Eres incomparable!

Bidault-Coquille pensó, en su sencillez de sabio, que habría en todo aquello algo de verdad.

Ella le declaró que sus ideales únicos eran la defensa de Pyrot y el culto de Colombán. El astrónomo la juzgó sublime y la creyó hermosa.

Se trataba de Maniflora, una vieja prostituta, pobre, olvidada, en desuso, y convertida de pronto en patriota entusiasta.

Ya no le abandonó. Vivieron juntos horas inimitables, en las buhardillas y en los aposentos amueblados, las redacciones de los periódicos y en las salas de reuniones y conferencias. Como el astrónomo se preciaba de idealista, insistía en suponerla adorable, aun cuando ella le dio francamente ocasión para que advirtiese que no le quedaba ninguno de sus encantos, en ninguna parte de su persona y en ninguna forma, que sólo conservaba de sus tiempos floridos la convcción de ser agradable y un orgullo insolente para exigir complacencias. Sin embargo, hay que reconocerlo: el proceso Pyrot, fecundo en prodigios, revestía de una cívica majestad a Maniflora, y en las reuniones populares la transformaban en un símbolo augusto de la Justicia y de la Verdad.

A ningún pyrotino, a ningún defensor de Greatauk, ningún amigo del ejército inspiraban el menor asomo de ironía ni de burla Bidault-Coquille y Maniflora. Los dioses, en su cólera, habían negado a aquellos hombres el don precioso de la sonrisa, y acusaban gravemente a la cortesana y al astrónomo de espionaje, de traición, de conspirar contra la patria. Bidault-Couille y Maniflora se agitaban sumergidos en la injuria, el ultraje y la calumnia.

Hacía muchos meses que la Pingüinia se hallaba dividida en dos campos, y, cosa que parece inverosímil, los socialistas no se habían decidido aún por el uno ni por el otro. Sus agrupaciones abarcaban casi todo lo que de trabajo manual había en su país: fuerza diseminada, confusa, pero formidable. El proceso Pyrot puso a los jefes de los principales grupos en un singular compromiso.

Les apetecía tan poco declararse partidarios de los banqueros como de los militares. Consideraban a los judíos opulentos, y a los demás, como adversarios irreductibles. No discutían sus principios en este negocio, que no afectaba por de pronto a sus intereses, pero en su mayoría se daban cuenta de lo difícil que les era ya continuar alejados de las luchas en que se complicaba la Pingüinia entera.

Los más caracterizados se reunieron en el domicilio de su federación, calle de la Cola del Diablo San Mael, para tratar de la conducta que les convendría mantener en la situación presente y en las eventualidades futuras. El compañero Fénix tomó la palabra:

—Se ha cometido un crimen —dijo—, el más odioso y el más cobarde crimen que pueda cometerse: un crimen judicial. Jueces militares, obligados o engañados por sus jefes monárquicos, condenaron a un inocente a una pena infamante y cruel. No aleguéis que la víctima no es de los nuestros, que pertenece a una casta que fue siempre y será siempre nuestra enemiga. Nuestro partido es el partido de la justicia social, y la iniquidad no puede sernos indiferente. ¡Qué vergüenza para nosotros si permitiéramos que un radical, Kerdanic, un burgués, Colombán, y algunos republicanos moderados, fuesen los únicos en perseguir los «crímenes del sable»! ¡Si la víctima no es de los nuestros, en cambio sus verdugos son los verdugos de nuestros hermanos, y Greatauk, antes de revolverse contra un militar, había fusilado a nuestros camaradas huelguistas! Compañeros, con un esfuerzo intelectual, moral y material libraréis a Pyrot del suplicio, y al realizar este acto generoso no os desviaréis de la misión libertadora y revolucionaria que asumisteis, porque Pyrot es ahora el símbolo del oprimido, y todas las inquietudes sociales se encadenan: al destruir una se quebrantan las demás.

Cuando Fénix hubo acabado, el compañero Sapor dijo estas palabras:

—Os aconsejan que abandonéis vuestras tareas para realizar una labor que no os concierne. ¿Por qué empeñarnos en un combate cuyos dos bandos fueron y serán vuestros enemigos naturales e irreductibles? ¿Acaso odiáis menos a los banqueros que a los militares? ¿Qué intereses vais a salvar? ¿Los de los manipuladores de la Banca o los de los negociantes del Ejército? ¿Qué inepta y criminal generosidad os conduciría en socorro de los setecientos pyrotinos, a los que siempre habéis de hallar dispuestos contra vosotros en la guerra social? Os proponen que legalicéis la situación de vuestros enemigos y que restablezcáis el orden perturbado por sus crímenes. La magnanimidad, llevada a tal extremo, cambia de nombre. Camaradas, hay un límite donde la infamia es mortal para la sociedad. La burguesía pingüina se ahoga en su infamia y os pide que la salvéis, que hagáis respirable la atmósfera en torno suyo. Eso es burlarse de vosotros. Dejémosla que reviente, que muera. Presenciemos con repugnancia y con alegría sus últimas convulsiones, y lamentemos que haya corrompido la tierra donde creció, hasta el punto de que para sentar los cimientos de una sociedad nueva sólo encontramos un lodo envenenado.

Al concluir Sapor su discurso, el camarada Lapersonne se limitó a decir:

—Fénix nos aconseja que socorramos a Pyrot, y se funda en que Pyrot es inocente. Su argumento me parece muy frágil. Su inocencia demostraría que siempre cumplió a conciencia su oficio, cuya principal misión consiste en asesinar al pueblo, y no es motivo suficiente para que el pueblo lo defienda y lo salve. Cuando se demuestre que Pyrot es culpable y que efectivamente robó el forraje de las provisiones militares, haré algo por él.

El camarada Larrivée tomó inmediatamente la palabra:

—No soy del parecer de mi amigo Fénix, ni opino como Sapor. Nuestro partido no debe afiliarse a una causa por el hecho de aparecer como una causa justa. Adivino un enojoso abuso de palabras y un equívoco perjudicial, porque la justicia establecida no es la justicia revolucionaria. Son antagónicas: la una es servil y la otra rebelde. Yo prefiero la justicia revolucionaria a la justicia establecida, y por consecuencia repruebo la abstención y digo que, cuando la suerte favorable os trae a las manos un asunto como éste, seríais unos idiotas si no lo aprovecharais. ¿Cómo? Se nos ofrece ocasión de asestar al militarismo golpes terribles, tal vez mortales, y ¿queréis que me cruce de brazos? Camaradas, yo no soy un faquir, y no apoyaré nunca el partido de los faquires. Si aquí los hubiese, que no cuenten conmigo para nada. Contemplarse el ombligo es una política estéril. Un partido como el nuestro debe afirmarse constantemente, debe probar su existencia por una acción continuada. Intervendremos en el proceso Pyrot, pero intervendremos revolucionariamente, ejerceremos una acción violenta… ¿Creéis, acaso, que la violencia es un procedimiento envejecido, una invención caduca y que merece ser arrinconada con los coches diligencias, las prensas a brazo y los telégrafos de señales? Si así pensarais, estaríais en un error. Hoy, como ayer, todo se obtiene por la violencia. Es un instrumento eficaz, pero hace falta saber emplearlo. ¿Cuál será nuestra acción? Voy a decíroslo: excitar a las clases directoras las unas contra las otras, enzarzar a los banqueros con los militares, al Gobierno con la magistratura, a la nobleza y al clero con los judíos; impulsarlos, a ser posible, para que se maltraten, y esto se consigue sosteniendo el estado de agitación que debilita el régimen como la fiebre agota al enfermo. El proceso Pyrot puede servirnos para anticipar diez años el movimiento socialista y la emancipación del proletariado por el desarme, la huelga general y la revolución.

Después de expresar los jefes del partido sus opiniones, entablóse una discusión larga y viva. Como sucede siempre en tales casos, los oradores repetían los argumentos ya expuestos, con menos orden y mesura que la primera vez. Disputaron. A nadie convenció la opinión ajena, y cada cual insistía en la suya; pero estas opiniones, en el fondo, se reducían a dos: la de Sapor y Lapersonne, que aconsejaban la abstención, y la de Fénix y Larrivée, que deseaban intervenir.

Hasta esas dos opiniones contrarias se confundían en un odio común a la justicia militar y en una común creencia de que Pyrot era inocente.

Así, pues, la opinión pública no se engañaba cuando veía en los jefes socialistas unos pyrotinos perniciosos.

En cuanto a las masas obreras, en nombre de las cuales hablaban y a las cuales representaban como la palabra puede representar lo indecible; en cuanto a los proletarios, en fin, cuyo pensamiento es tan difícil de conocer, que no se conoce a sí mismo, sin duda el proceso Pyrot no les interesaba.

De sobra literario, con reminiscencias clásicas y un tufillo de burguesía elegante y de Banca poderosa, el asunto no pudo serles grato.

VIII. El proceso Colombán

Al empezar el proceso Colombán, los pyrotinos eran unos treinta mil. Diseminados en todas partes, los había hasta en el clero y en el ejército, pero les perjudicaba la complaciente adhesión de los judíos opulentos. Debían a su corto número muchas ventajas, y no era insignificante la de contar en sus filas menos imbéciles que en las de sus adversarios, donde abundaban de un modo abrumador. Como formaban una pequeña minoría, se concertaban con facilidad, obraban armónicamente y no sentían la tentación de dividirse y contrariar sus esfuerzos. Cada uno se proponía cumplir mejor cuanto más aislado se hallaba, y todo les permitía suponer que aumentarían las adhesiones, mientras que sus enemigos, apoyados desde luego en las muchedumbres, estaban más propensos a disgregarse.

Conducido ante el Tribunal, en audiencia pública, Colombán advirtió en seguida que sus jueces no eran nada curiosos. En cuanto abrió la boca, el presidente le mandó que se callara, y alegó para ello los altos intereses del Estado. Por la misma razón, que es la razón suprema, sus testigos tampoco fueron oídos. El general Panther, jefe del Estado Mayor, compareció de gran uniforme, con el pecho cubierto de infinitas condecoraciones, y declaró en estas palabras:

—El infame Colombán pretende que no tenemos pruebas contra Pyrot, y ha mentido: las tenemos. En los archivos de nuestras oficinas ocupan setecientos treinta y dos metros cuadrados, que a razón de quinientos kilos por metro suman trescientos sesenta y seis mil kilos.

Inmediatamente, con elegante y fácil palabra, hizo un resumen de aquellas pruebas.

—Las hay de todos los colores y de todos los matices —dijo en sustancia—. Las hay de todas formas y de todos tamaños, en papel de todas clases. La menor tiene menos de un milímetro cuadrado, y la mayor mide sesenta metros de longitud por noventa centímetros de altura.

Estas revelaciones hicieron estremecer de horror al auditorio.

Greatauk declaró a su vez. Más sencillo, pero acaso más arrogante, vestía un traje gris y cruzaba sus manos a la espalda.

—Dejo —pronunció con calma y sin levantar mucho la voz—, dejo al señor Colombán la responsabilidad de un acto que puso a nuestro país a dos dedos de la perdición. El proceso Pyrot era secreto y debe continuar secreto. Si se divulgara, las desdichas más crueles, guerras, saqueos, incendios, carnicerías, epidemias, asolarían la Pingüinia. Yo me juzgaría reo de alta traición si pronunciase una palabra más.

Algunas personas de acreditada experiencia política, entre las cuales figuraba Bigourd, juzgaron la declaración del ministro de la Guerra más hábil y más pertinente que la de su jefe de Estado Mayor.

El testimonio del coronel Boisjoli produjo sensación:

—En un baile del ministerio de la Guerra —dijo—, el agregado militar de una potencia limítrofe me confesó que en las caballerizas de su rey admiró un forraje suave, perfumado y de un precioso color verde, como no lo había visto jamás. «¿De dónde procede?», le pregunté. No quiso contestarme, pero el origen de aquel forraje no era dudoso. Se trataba del forraje robado por Pyrot. Esas cualidades de verdor, de suavidad y de aroma son características de nuestro forraje nacional. El forraje de la nación vecina es gris y quebradizo, cruje al ser arrastrado por la horquilla y sólo huele a polvo. ¡Qué juzgue cada uno conforme a su conciencia!

El teniente coronel Hastaing declaró, entre un hostil clamoreo, que no creía culpable a Pyrot.

Inmediatamente detenido por los gendarmes, fue metido en un calabozo donde, alimentado con sapos, culebras y cristal machacado, se mantuvo insensible a las promesas y a las amenazas.

El ujier llamó:

—El conde Maubec de la Dentdulynx.

Entre un absoluto silencio avanzó un aristócrata magnífico y astroso, cuyos bigotes amenazaban al cielo y cuyos ojos echaban lumbre.

Se acercó a Colombán y lo miró con desprecio.

—Mi declaración —dijo—, se reduce a una sola palabra: ¡Mierda!

Su actitud arrancó al público una tempestad de aplausos entusiastas y produjo uno de esos transportes que exaltan las almas y nos conducen a realizar empeños extraordinarios. Sin añadir más, el conde Maubec de la Dentdulynx se retiró.

Todos los presentes abandonaron la Sala para seguirle. Prosternada a sus pies, la princesa de los Boscenos se le abrazó a los muslos con entusiasmo. Impasible y sombrío, avanzó bajo una lluvia de pañuelos y de flores. No fue posible desprender a la vizcondesa Oliva, que se agarró a su cuello y el héroe la llevó flotando sobre el pecho, sin esforzarse, como llevaría una ligera banda.

Cuando se reanudó la audiencia que se había suspendido a causa de aquella declaración, el presidente dispuso después que se presentaran los peritos.

El ilustre perito de escritura, Vermillard, expuso el resultado de sus investigaciones.

—Estudiados minuciosamente —dijo— los papeles de Pyrot, y muy en particular su cuaderno de gastos y la cuenta de la lavandera, reconocí que, bajo una vulgar apariencia, revelaban una criptografía incomprensible cuya clave adiviné, a pesar de todo. La infamia del traidor aparece en cada línea. En este artificio de su escritura, las palabras «tres cervezas y veinte francos para Adela», significan: «Entregué treinta mil pacas de forraje a la nación vecina».

Conforme a esos documentos, pude averiguar la composición del forraje robado. En efecto: las palabras «camisas, camisetas, calzoncillos, pañuelos de sonar, cuellos, puños, tabaco», deben traducirse por heno, trébol, alfalfa, pimpinela, avena, cizaña, grana de los prados. Y son éstas, precisamente, las hierbas olorosas que componen el forraje aromático servido por el conde Maubec a la Caballería pingüina. ¡Pyrot consignaba sus crímenes en una forma que supuso indescifrable! ¡Abruma tanta malicia y tanta inconsciencia!

Declarada su culpabilidad sin circunstancias atenuantes, Colombán fue condenado al máximo de la pena. Los jurados inmediatamente suscribieron un recurso contra tan excesivo rigor.

En la plaza del Palacio de Justicia y en los muelles del río que arrulló doce siglos de historia pingüina, cincuenta mil personas aguardaban impacientes y tumultuosas el resultado del proceso. Allí se agitaban los dignatarios de la Liga de Antipyrotinos, entre los cuales sobresalía el príncipe de los Boscenos junto al conde de Clena, el vizconde de Oliva y el señor de la Trumelle. A poca distancia aguantaban los estrujones con paciencia el reverendo padre Agaric, los profesores y alumnos del colegio de San Mael, el monje Douillard y el generalísimo Caragüel: ¡entre todos formaban un grupo sublime!, y por el Puente Viejo comparecían las mujeres de los mercados y de los lavaderos, con garfios, palos, tenazas, mazos y cubos de lejía. Frente a las puertas de bronce y en la escalinata se reunían los defensores de Pyrot, catedráticos, publicistas, obreros o revolucionarios, y en su descuidado vestir, en su aspecto huraño, se reconocía a los camaradas Fénix, Larrivée, Lapersonne, Dagoberto y Varambille.

Embutido en su levita fúnebre y cubierta la cabeza con su sombrero ceremonioso, BidaultCoquille invocaba en favor de Colombán y del teniente coronel Hastaing las matemáticas sentimentales. En el más alto escalón resplandecía sonriente y altiva Maniflora, cortesana heroica, deseosa de merecer como Leena un monumento glorioso, y como Epicaris las alabanzas de la Historia.

Los setecientos pyrotinos, disfrazados de vendedores ambulantes, de mozos de cuerda, de colilleros y de antipyrotinos, vagaban en torno del edificio.

Al aparecer Colombán surgió de la multitud apiñada tan espantoso clamoreo que, lastimados, heridos por la conmoción del aire y del agua, los pájaros cayeron de los árboles y los peces aparecieron en la superficie, panza arriba.

En todas partes oíase rugir:

—¡Al río Colombán! ¡Echadle al agua!

Otros gritaban:

—¡Justicia y verdad!

Una voz estentórea consiguió dominar el griterío:

—¡Muera el Ejército!

Fue la señal de una descomunal refriega. Los combatientes caían por millares y formaban con sus cuerpos amontonados montañas aulladoras y movedizas sobre las cuales otros nuevos combatientes se maltrataban y caían. Las mujeres, enloquecidas, pálidas, con el pelo desprendido y alborotado, esgrimían las uñas y los dientes, atacaban a los hombres con esa fiereza que a plena luz de una plaza baña su rostro de una expresión deliciosa, mucho más deliciosa que la que ofrecen, apasionadas, entre sombras de cortinas y blanduras de lecho.

Se proponían apoderarse de Colombán, morderle, estrangularle, desgarrarle, despedazarle, repartirse las piltrafas, cuando Maniflora, inmensa, pura como una virgen en su túnica roja, se alzó serena y terrible ante aquellas furias que retrocedieron asustadas.

Entreveíase la salvación de Colombán.

Sus entusiastas le abrieron camino a través de la plaza y le llevaron hasta un coche, prevenido a la entrada del Puente Viejo. Cerróse la portezuela y el caballo salió al trote largo, pero el príncipe de los Boscenos, el conde de Clena y el señor de la Trumelle derribaron del pescante al cochero, detuvieron al caballo, hicieron retroceder el vehículo hasta llevarlo al parapeto del puente, y desde allí lo empujaron. Saltó el agua deshecha en espuma con un chapoteo ruidoso, y luego sólo se vio un leve remolino en la superficie rumorosa y brillante.

Al punto los compañeros Dagoberto y Varambille, ayudados por los setecientos pyrotinos, se apoderaron del príncipe de los Boscenos y lo arrojaron al río de cabeza. Cayó en un lavadero, donde se lastimó lamentablemente.

La noche, serena, envolvía en su tranquilo silencio la plaza del Palacio de Justicia.

Y a tres kilómetros de allí, bajo un puente, acurrucado, enlodado, cerca del caballejo herido, meditaba Colombán acerca de la ignorancia y la injusticia de las muchedumbres:

«El asunto es más complicado aún de lo que yo imaginaba. Preveo nuevas dificultades».

Levantóse y se dirigió hacia el maltrecho animal.

—¿Qué daño les hiciste, infeliz? —dijo en alta voz—. Por mi culpa te han maltratado cruelmente.

Abrazó a la bestia infortunada y besó la estrella blanca del testuz. Luego tiró de las riendas y, cojeando, se fueron a través de la dormida ciudad hasta su casa, donde sintieron la dulzura del sueño y olvidaron a los hombres.

IX. El padre Douillard

En su infinita mansedumbre, inducidos por el padre común de los fieles, los obispos, canónigos, párrocos, vicarios, abades y priores de la Pingüinia resolvieron celebrar un oficio solemne en la catedral de Alca, para obtener de la Divina Misericordia que pusiera término a los disturbios que desgarraban uno de los más nobles países de la cristiandad y concediese al arrepentimiento de la Pingüinía el perdón de sus crímenes contra Dios y contra los ministros del culto.

La ceremonia tuvo lugar el 15 de junio. El generalísimo Caragüel asistía y le acompañaba todo su Estado Mayor. La concurrencia fue numerosa y brillante. Según la frase feliz de Bigourd, «al mismo tiempo era una muchedumbre y una selección». Figuraba en primera línea el señor de la Berthoseille, chambelán del príncipe Crucho. Cerca del púlpito, desde donde hablaría el reverendo padre Douillard, de la Orden de San Francisco, hallábanse en pie y en actitud de recogimiento, con las manos cruzadas sobre sus garrotes, los más ilustres personajes de la Liga de Antipyrotinos: el vizconde Oliva, el señor de la Trumelle, el conde de los Boscenos. El padre Agaric ocupaba el ábside con los profesores y los alumnos del colegio de San Mael.

Las naves central y de la derecha se reservaron a los oficiales y a la tropa: el uniforme ocupaba, con esta previsión, lugar muy preferente, pues hacia la derecha inclinó el Señor la cabeza cuando expiraba en la cruz. Las damas aristocráticas, entre las cuales aparecía la condesa de Clena, la vizcondesa Oiva y la princesa de los Boscenos, ocupaban las tribunas. En lo restante del edificio se apiñaban más de veinte mil religiosos de todos los hábitos y unos treinta mil fieles.

Después de la ceremonia expiatoria y propiciatoria, el reverendo padre Douillard subió al púlpito. El sermón había sido encargado primeramente al reverendo padre Agaric; pero, a pesar de sus méritos, le juzgaron inoportuno en aquellas circunstancias, y fue preferido el famoso franciscano, que había pasado seis meses predicando en los cuarteles contra los enemigos de Dios y de la autoridad.

El reverendo padre Douillard tomó por texto: Deposuit potentes de sede, y estableció que toda potencia temporal tiene a Dios por principio y por fin, y que se pierde y se destruye cuando se aparta del camino que la Providencia le ha señalado y del objeto que le asignó.

Aplicó estas reglas sagradas al gobierno de la Pingüinia, y trazó un cuadro espantoso de los males que los estadistas no habían sabido prevenir ni evitar.

—Al primer autor de tantos desastres y vergüenzas —dijo— le conocéis de sobra, hermanos míos. Es un monstruo, cuyo destino se halla providencialmente anunciado en el nombre que lleva. Al derivarlo del griego pyros, que significa fuego, la divina sabiduría, que a veces también es filológica, nos quiso advertir etimológicamente que un judío haría estallar el incendio en el país que le cobijó.

Presentó a la patria perseguida por los perseguidores de la Iglesia, y le hizo decir sobre su calvario reciente: «¡Oh dolor! ¡Oh gloria! Los que han crucificado a mi Dios me crucifican».

Estas palabras estremecieron al auditorio.

El orador, elocuente y brioso, conmovió más aún y espoleó los odios de los fieles en sus imprecaciones al orgulloso Colombán, manchado por sus crímenes y sumergido en las aguas caudalosas que no bastarían para lavarle. Recogió todas las humillaciones, todos los peligros de la Pingüinia, para lanzarlos al rostro del presidente de la República y de su primer ministro.

—Ese ministro —dijo— cometió una cobardía degradante por no atreverse a exterminar a los setecientos pyrotinos con sus aliados y sus defensores, como Saúl exterminó a los filisteos en Gabaón, y se hizo indigno de practicar el poder que Dios le había delegado, por lo cual pueden y deben los fieles despreciar su abominable soberanía. El Cielo ayudará, piadoso, a los despreciadores. Deposuit potentes de sede. Dios desposeerá a los jefes pusilánimes y pondrá en su lugar a hombres enérgicos que sepan recurrir a Él. Os lo advierto, señores; os lo advierto, jefes, oficiales y soldados que me oís; os lo advierto, generalísimo del ejército pingüino: ¡ha llegado la hora! Si no sabéis obedecer los mandatos de Dios; si no desposeéis en su nombre a las autoridades indignas; si no constituís en Pingüinia un Gobierno religioso y fuerte, no por esto dejará Dios de destruir lo que ha condenado, no por esto abandonará a su pueblo, y para salvarlo se valdrá de un humilde jornalero o de un oscuro soldado. La hora pasa pronto. ¡Apresuraos!

Movidos por aquella exhortación ardorosa, los sesenta mil fieles vociferaron: «¡A las armas!, ¡a las armas! ¡Abajo los pyrotinos! ¡Viva Crucho!». Y todos: frailes, mujeres, soldados, aristócratas, burgueses, proletarios, como si les impulsara el brazo que se alzó en el púlpito para bendecir, entonaron el himno ¡Salvemos la Pingüinia!, y salieron impetuosamente a la calle para dirigirse a la Cámara de Diputados.

Solo, en la nave desierta, el prudente Cornamuse alzó los brazos al cielo y dijo con voz entrecortada:

¡Agnosco fortunam eclessiae pingüinicanae! Preveo adónde nos conducirá todo esto.

El asalto dado por la muchedumbre católica al palacio legislativo fue infructuoso. Rechazados vigorosamente por las brigadas negras y los guardias de Alca, los asaltantes huían en desorden, y los obreros procedentes de los arrabales, conducidos por Fénix, Dagoberto, Lapersonne y Varambille, acabaron de dispersarlos. El señor de la Trumelle y el duque de Ampoule fueron conducidos a la Comisaría. El príncipe de los Boscenos, después de haber luchado valerosamente, cayó con la cabeza ensangrentada.

En el entusiasmo de la victoria, los obreros, mezclados con innumerables vendedores ambulantes, recorrieron toda la noche los bulevares y llevaban a Maniflora en triunfo. Rompieron los cristales de los cafés y los faroles del alumbrado público, mientras vociferaban: «¡Muera Crucho! ¡Viva la Social!». A su vez los antipyrotinos derribaron los quioscos de los periódicos y las columnas anunciadoras.

Espectáculos tales, que una serena razón no puede aplaudir, conducen sólo a que se aflijan los ediles cuidadosos de sus calles. Pero lo que resultaba más triste para la gente de corazón era el aspecto de esos hipócritas que por miedo a los golpes se mantenían a distancia igual entre los dos campos, y a pesar de mostrarse cobardes y egoístas pretendían que fuese admirada la generosidad de sus sentimientos y la nobleza de su alma. Se frotaban los ojos con cebolla, ponían boca de ratón, se sonaban ruidosamente, modulaban su voz en las profundidades de su barriga y gemían: «¡Oh pingüinos, cesad en vuestra lucha fratricida, no desgarréis el seno de vuestra madre!». ¡Como si los hombres pudiesen vivir en sociedad sin disputas y querellas! ¡Como si las discordias civiles no fueran una condición indispensable de la vida nacional y del progreso de las costumbres! Llorones hipócritas, proponían componendas entre lo justo y lo injusto, y ofendían así al justo en su derecho y al injusto en su audacia. Uno de ellos, el rico y poderoso Machimel, resplandeciente de cobardía, se alzó sobre la ciudad corno un coloso de dolor: sus lágrimas formaron a sus pies lagunas con peces, y sus lamentos hacían zozobrar las barcas de los pescadores.

Durante aquellas noches agitadas, en lo más alto de su vieja torre, bajo el cielo sereno, mientras las estrellas errantes dejaban su imagen prendida en las placas fotográficas, Bidault-Coquille se glorificaba en el fondo de su corazón. Luchaba por la justicia, amaba y era amado con amor sublime. La injuria y la calumnia remontábanle hasta las nubes. Su caricatura se veía con las de Colombán, Kerdanic y el teniente coronel Hastaing en los quioscos de los periódicos. Los antipyrotinos publicaban que había recibido cincuenta mil francos de la Banca judía. Los gacetilleros de los diarios militaristas consultaban acerca de su valor científico a los sabios académicos, y éstos negaban el conocimiento de los astros al astrónomo libre y revolucionario, ponían en duda sus observaciones más sólidas, rechazaban sus descubrimientos más verídicos y condenaban sus hipótesis más ingeniosas y fundadas. Halagado por el odio y la envidia, era dichoso.

Contemplaba a sus pies la inmensidad oscura y salpicada por una multitud de luces, sin comprender que una noche de capital populosa encierra muchos sueños pasados, muchos insomnios crueles, muchas ilusiones vanas, muchos placeres agriados y muchísimas miserias, y reflexionó:

«En esa enorme población combaten lo justo y lo injusto».

Trocaba la realidad múltiple y vulgar en una poesía sencilla y magnífica para representarse el proceso Pyrot bajo el aspecto de una lucha de ángeles malos y buenos. Seguro de que triunfarían eternamente los Hijos de la Luz, gozábase al sentir dentro de sí la claridad que vencería las tinieblas.

X. El consejero Chaussepied

Ciegos hasta el terror, imprudentes y estúpidos, ante las hordas del capuchino Douillard y los secuaces del príncipe Crucho, los republicanos abrieron los ojos para comprender al fin el verdadero sentido del proceso Pyrot. Los diputados, que durante dos años palidecían al oír los rugidos de la muchedumbre patriótica, no se envalentonaron; pero, en un cambio de cobardía, culparon al Ministerio Chorrodemiel de los desórdenes que habían alentado ellos mismos con sus complacencias y hasta con sus felicitaciones pusilánimes. Reprochaban al Gobierno por haber puesto en peligro la República con la debilidad y las concesiones que ellos mismos le impusieron; algunos comenzaron a sospechar que les interesaba creer en la inocencia de Pyrot, y sintieron entonces crueles angustias ante la idea de que pudo ser condenado injustamente aquel infeliz, y expiaba los crímenes de otros en una jaula mecida por el viento. «¡No duermo tranquilo!», decía confidencialmente a varios diputados de la mayoría el ministro Guilloumette, que aspiraba a reemplazar a su jefe.

Los generosos legisladores derribaron el Gabinete, y el presidente de la República reemplazó a Chorrodemiel por un sempiterno republicano, de barba frondosa, llamado La Trinité, quien, como la mayor parte de los pingüinos, no entendía una sola palabra del proceso, pero notaba que se habían metido en el asunto demasiados frailes.

El general Greatauk, antes de abandonar el ministerio, hizo sus últimas recomendaciones a Panther, jefe de su Estado Mayor.

—Os quedáis cuando yo me voy —le dijo al estrecharle la mano—. El proceso Pyrot es como una hija mía: os la confío; merece vuestro amor y vuestros cuidados; es hermosa. No olvidéis que su hermosura prefiere la oscuridad, se goza en el misterio y desea permanecer velada. Respetad su pudor. Ya profanaron sus encantos muchas miradas indiscretas. Deseasteis pruebas y las obtuvisteis, las tenéis innumerables, las tenéis de sobra. Preveo intervenciones inoportunas y curiosidades dañinas. En vuestro lugar yo haría una hoguera con todas las carpetas. Creedme: la mejor prueba es no tener ninguna. Esta es la sola prueba que no se discute.

—¡Ay!, el general Panther desconocía la prudencia de aquellos consejos. Greatauk profetizaba. Al entrar La Trinité en el ministerio pidió las carpetas del proceso Pyrot. Péniche, su ministro de la Guerra, se resistió a dárselas, en nombre de los elevados intereses de la defensa nacional, y afirmó que aquellas carpetas constituían por sí el más vasto archivo de la Tierra. La Trinité estudió el proceso como pudo. Sin penetrarlo hasta el fondo, olfateó la ilegalidad, y valiéndose de sus derechos y prerrogativas ordenó la revisión. Inmediatamente Péniche, su ministro de la Guerra, le acusó de insultar al Ejército y de ser traidor a la patria, y le arrojó su cartera a las narices. Fue reemplazado por otro general, que hizo lo mismo, y a éste sucedió un tercero, que imitó a sus dos predecesores. Los siguientes, hasta sesenta, se acomodaron al ejemplo, y el venerable La Trinité gimió abrumado bajo las carteras belicosas. El sesenta y uno, Julep, se mantuvo en sus funciones, y no porque se hallara en desacuerdo con tantos y tan nobles colegas, sino porque había sido comisionado por ellos para traicionar al presidente del Consejo, cubrirle de oprobio y de vergüenza y dar a la revisión un giro que glorificase a Greatauk, satisficiese a los antipyrotinos, beneficiase a los frailes y facilitara la restauración del príncipe Crucho.

El general Julep, dotado de altas virtudes militares, no gozaba de una inteligencia bastante luminosa para emplear los procedimientos sutiles y los métodos refinados de Greatauk. Suponía, como el general Panther, que se necesitaban pruebas tangibles contra Pyrot, que nunca serían demasiadas, que nunca reuniría las suficientes. Expuso estas ideas a su jefe de Estado Mayor, que se hallaba dispuesto a compartirlas.

—Panther —le dijo—, se acerca la hora en que necesitaremos pruebas abundantes y superabundantes.

—Lo sé, mi general —respondió Panther—. Voy a completar mi archivo.

Al medio año las pruebas contra Pyrot llenaban dos pisos del ministerio de la Guerra. El suelo se hundió con el peso de las carpetas, y las pruebas aplastaron, en forma de enorme alud, a dos jefes de servicio, catorce jefes de negociado y sesenta escribientes, ocupados en la planta baja en dar curso a las órdenes que modificaban la hechura de las polainas de los cazadores. Hubo que afianzar las paredes del edificio. Los transeúntes veían con estupor que, apoyados oblicuamente sobre la fachada, obstruían el paso, perturbaban la circulación de los coches y de los peatones y ofrecían a los autobuses un obstáculo contra el cual estrellaban a sus viajeros.

Los jueces que habían condenado a Pyrot, realmente no eran jueces: eran militares. Los jueces que habían condenado a Colombán eran dioses menores de la judicatura. Por encima de unos y de otros se hallaban los verdaderos jueces, que lucían sobre sus togas rojas el ropón de armiño. Estos, reputados por su ciencia y u doctrina, componían un Tribunal cuyo nombre terrible expresaba su poder: se llamaba el Tribunal Supremo, y era como un mazo suspendido sobre las sentencias de todas las otras jurisdicciones.

Uno de aquellos jueces rojos del Tribunal Supremo llamado Chaussepied, vivía entonces en un arrabal de Alca, modesta y tranquilamente. Su alma era pura, su corazón honrado, su inteligencia se inclinaba a la justicia. Cuando no tenía autos que revisar tocaba el violín y cultivaba jacintos. Los días de fiesta le invitaban a comer sus vecinas, las señoritas Helbívore. Su ancianidad era sonriente y robusta, y sus amigos alababan su ameno carácter.

Pero hacía algunos meses que se mostraba irritable y disgustado, y si abría un periódico su rostro apacible cubríase de arrugas dolorosas y de palideces coléricas. Pyrot era la causa. El magistrado Chaussepied no podía comprender que un militar hubiese cometido una traición tan villana como vender ochenta mil pacas de forraje sustraídas de las Provisiones para entregarlas a un país enemigo, y concebía menos aún que un canalla semejante hubiese encontrado defensores oficiosos en Pingüinia. La sola idea de que existiesen en su patria un Pyrot, un teniente coronel Hasing, un Colombán, un Kerdanic, un Fénix, le marchitaba los jacintos y le desafinaba el violín, le nublaba el cielo y la tierra y le amargaba los manjares de las señoritas Helbívore.

Cuando el ministro de Justicia llevó el proceso Pyrot al Tribunal Supremo, le correspondió a Chaussepied examinarlo y descubrir sus errores, en caso de que los tuviese. Como era todo lo íntegro que se puede ser, acostumbrado a juzgar sin odio ni favor, esperaba encontrar en los documentos que se le ofrecían pruebas de una culpabilidad cierta y de una perversidad tangible.

Después de numerosas dificultades y reiteradas negativas del general Julep, se le facilitaron a Chaussepied las carpetas del archivo. Su número se elevaba a catorce millones seiscientas veintiséis mil trescientas doce, y al verlas el magistrado quedó primero sorprendido, luego asombrado, por fin estupefacto y maravillado. Encontró en las carpetas prospectos de almacenes de novedades, periódicos, figurines, bolsas de papel, correspondencias comerciales, cuadernos estudiantiles, telas de embalar, papel de lija, barajas, planos, seis mil ejemplares de La clave de los sueños…, pero ni un solo documento referente a Pyrot.

XI. Conclusión

Abierto nuevamente el proceso, sacaron a Pyrot de la jaula. Los antipyrotinos no se dieron por vencidos. Los jueces militares volvían a juzgar a Pyrot. Greatauk, en sus nuevas declaraciones, se mostró superior a sí mismo: propuso que condenaran por segunda vez al acusado, y para conseguirlo declaró que las pruebas comunicadas al Tribunal Supremo eran insignificantes, por la sencilla razón de que las más comprometedoras para el acusado habían de conservarse ocultas por exigirlo así los altos intereses nacionales. En opinión de los bien enterados, nunca desplegó tanta sutileza. Cuando al salir de la Audiencia atravesaba el vestíbulo del tribunal entre grupos de curiosos, con paso tranquilo y las manos cruzadas a la espalda, una mujer vestida de rojo, con el rostro cubierto por un velo negro y armada con un cuchillo de cocina, se lanzó a él, y gritó:

—¡Muere, bandido!

Era Maniflora. Antes que los presentes comprendieran lo que pasaba, el general la cogió por la muñeca, y con aparente dulzura la oprimió de tal modo que la mano, lastimada, tuvo que soltar el cuchillo.

Entonces, Greatauk lo recogió del suelo, se lo ofreció Maniflora, y le dijo cortésmente:

—Señora, se os ha caído un utensilio casero.

No pudo impedir que la heroína fuese conducida a la Comisaría, pero consiguió que la pusieran pronto en libertad y empleó más adelante toda su influencia para que se diera por terminado aquel incidente.

La segunda condena de Pyrot fue la última victoria Greatauk.

El magistrado Chaussepied, que antes sentía tanta estimación hacia el Ejército, enfurecido contra los jueces militares, anulaba todas las sentencias como un mono casca avellanas. Rehabilitó por segunda vez a Pyrot, y si hubiera sido necesario le rehabilitaría quinientas veces.

Furioso, al comprender que habían sido cobardes, engañados y burlados, los republicanos se revolvieron contra los frailes y los curas. Los diputados redactaron leyes de expulsión, de separación, de expoliación.

Sucedió lo que había previsto el padre Cornamuse, el cual fue arrojado del bosque de Conils. Los agentes de Hacienda confiscaron sus alambiques y retortas, y los subastadores se repartieron las botellas de licor de Santa Orberosa. El piadoso fabricante perdió los tres millones quinientos mil francos anuales, importe de sus productos. El padre Agaric encaminó al destierro y abandonó su colegio en manos laicas, que lo dejaron decaer. Separada del Estado protector, la Iglesia pingüina languideció como una planta desarraigada.

Al sentirse victoriosos los defensores del inocente, se dedicaron a desgarrarse los unos a los otros, abrumándose con ultrajes y calumnias. El vehemente Kerdanic se arrojó sobre Fénix, decidido a devorarlo, mientras los judíos opulentos y los setecientos pyrotinos se apartaban con desdén de los camaradas socialistas, ante los cuales habían implorado poco antes.

—No os conocemos —les decían—, dejadnos en paz. Nada puede interesarnos vuestra justicia social La verdadera justicia social es la defensa de las riquezas.

Elegido diputado y nombrado jefe de la mayoría, el camarada Larrivée fue llevado por la Cámara y por la opinión hasta la presidencia del Consejo. Se declaró enérgico defensor de los Tribunales militares que habían condenado a Pyrot. Sus antiguos camarada socialistas reclamaron un poco más de justicia y de libertad para los empleados del Estado y para los trabajadores manuales, y Larrivée combatió sus proposiciones en un elocuente discurso.

—La libertad —dijo— no es la licencia. Entre el orden y el desorden elijo fácilmente. La revolución es inútil. La violencia es el enemigo más temible del progreso. No se consigue nada por la violencia. Señores los que como yo quieran reformas, deben aplicarse antes a remediar esta agitación que debilita a los Poderes como la fiebre agota a los enfermos. Ya es tiempo de procurar que las gentes honradas vivan tranquilas.

Este discurso fue muy alabado. El Gobierno de la República siguió sometido a la sanción de las poderosas Compañías monopolizadoras. El Ejército se consagró a la defensa del capital. Destinóse la Marina a proporcionar negocios para los metalúrgicos. Se negaban los ricos a pagar la parte que les correspondía de los impuestos, y los pobres pagaban por todos, como antes.

Desde lo alto de su vieja torre, bajo la asamblea de los astros nocturnos, Bidault-Coquille contemplaba con tristeza la ciudad adormecida. Maniflora lo había abandonado. Devorada por el ansia de nuevas abnegaciones y de nuevos sacrificios, habíase ido con un joven búlgaro a imponer en otro país la justicia y la venganza. El astrónomo no sentía su ausencia, porque al terminar el proceso enteróse de que no era tan hermosa ni tan inteligente como al principio le pareció. Sus impresiones se habían modificado en el mismo sentido respecto a otras formas y a otros pensamientos, pero lo más cruel era que se juzgó a sí mismo bastante menos interesante, menos grandioso.

Y reflexionaba:

«Te creíste sublime cuando sólo vivías de candor y de buena voluntad. ¿De qué puedes enorgullecerte, Bidault-Coquille?. ¿De haber sido de los primeros en estimar la inocencia de Pyrot y la bribonería de Greatauk? Pero las tres cuartas partes de los setecientos pyrotinos lo sabían mejor que tú. ¿De qué puedes mostrarte orgulloso? ¿De haberte atrevido a decir lo que pensabas? El valor cívico y el arrojo militar son efectos de la imprudencia. Fuiste imprudente, sin duda, esto no es bastante motivo de alabanza. Tu imprudencia fue minúscula y sólo te expuso a peligros insignificantes; no arriesgabas la vida. Los pingüinos perdieron la soberbia cruel y sanguinaria que antiguamente dio a sus revoluciones trágica grandeza. Es el efecto fatal del decaimiento de las creencias y de los caracteres. Por haber mostrado en un punto particular más clarividencia que la mayoría, ¿mereces que te juzguen como un espíritu superior? Al contrario: creo que no mostraste, Bidault-Coquille, un profundo conocimiento de las condiciones del desarrollo intelectual y moral de los pueblos. Suponías que las injusticias sociales se hallaban ensartadas como las perlas y que bastaba sacar una para que se desgranase el collar. Era una concepción inocente. Imaginabas imponer de pronto la justicia en tu país y en el Universo. Fuiste un buen hombre, un espiritualista honrado, sin mucha filosofía experimental. Reflexiónalo bien y comprenderás que tuviste alguna malicia, pero que tu ingenuidad hasta cierto punto era engañosa. ¡Creías hacer un gran negocio moral! Premeditaste: “Seré valeroso y justo una vez para siempre. Podré descansar luego en la estimación pública y en el aplauso de la Historia”. Y ahora, con las ilusiones perdidas, comprendes hasta qué punto es ya difícil enderezar entuertos. Porque nada se consigue, nada se remedia. Vuelve a tus asteroides, y en lo que te resta de vida procura ser modesto, Bidault-Coquille…».

Libro séptimo. Los tiempos modernos: la señora Ceres

I. El salón de la señora Clarence

La señora Clarence, viuda de un importante funcionario de la República, gustaba de cultivar el trato social. Reunía todos los jueves algunos amigos modestos que se complacían en la conversación. Todas las señoras que iban a su casa, de muy diversa edad y estado, carecían de dinero y habían padecido mucho. Una duquesa tenía el aspecto de cartomántica reveladora de presagios, y una cartomántica parecía duquesa. La señora Clarence, bastante atractiva para conservar sus viejas relaciones, no lo era ya lo suficiente para renovarlas. Tenía una hija muy hermosa y sin dote, que atemorizaba mucho a los invitados, porque los pingüinos huyen, como del fuego, de las muchachas pobres. Evelina Clarence advertía la reserva cautelosa de los hombres, y desde que averiguó el motivo sirvióles el té desdeñosamente. Se la veía poco en las tertulias y sólo hablaba con señoras o con jovenzuelos; su presencia nunca refrenó los atrevimientos en la conversación, porque la suponían bastante inocente para no comprenderlos o recordaban sus veinticinco año que le permitían oírlo todo.

Un jueves, en la tertulia de la señora Clarence se habló de amor. Las señoras trataron el asunto con altivez, delicadeza y misterio; los hombres, con indiscreción y fatuidad. Cada cual opinaba que sus afirmaciones eran las más atendibles. Se derrochó ingenio, se cruzaron brillantes apóstrofes y réplicas vivas, pero en cuanto expuso el profesor Haddock sus ideas aburrió a los concurrentes.

—Nuestras opiniones acerca del amor, como todas las demás —dijo—, se fundan en costumbres anteriores, de las cuales no conservamos ni el recuerdo En asuntos de moral, los mandatos que han perdido su razón de ser, las obligaciones más inútiles y las imposiciones más nocivas y crueles son, por su antigüedad remota y el misterio de su origen, las menos discutidas y las más discutibles, las menos analizadas, las más respetadas, las más veneradas y las que no podemos quebrantar sin incurrir en censuras muy severas. Toda la moral relativa a las relaciones de los sexos descansa en el supuesto de que la mujer, en cuanto ha cedido al hombre, pertenece al hombre como le pertenece su caballo y sus armas, lo cual era verdad antiguamente, pero dejó de serlo, y resulta un absurdo el contrato matrimonial, contrato de venta de una mujer a un hombre con cláusulas restrictivas del derecho de propiedad referentes a la impotencia del poseedor.

»La obligación impuesta a la doncella de ofrecerse virgen al esposo arranca de los tiempos en que se casaban las doncellas en cuanto eran núbiles, pero es ridículo que si no se casan hasta los veinticinco o los treinta años tengan la misma obligación. Diréis que será un presente grato para el marido, y os contestaré que si la virginidad fuese lo más apetecible no andarían los hombres desatentados en persecución de las mujeres casadas ni se mostrarían orgullosos de poseerlas.

»Aún se conserva el deber de las doncellas precisado en la moral religiosa por la antigua creencia de que Dios, el más poderoso guerrero, es polígamo, se reserva todas las virginidades y sólo con su asentimiento puede tomarlas alguien. Esta creencia, que dejó rastro en algunas metáforas del lenguaje místico, se borró ya en los pueblos civilizados, pero su influencia perdura en la educación de las niñas, no solamente entre los creyentes, sino hasta entre los librepensadores, que no suelen pensar libremente por la sencilla razón de que no piensan de ningún modo.

»Para que una niña sepa lo que le corresponde se le exige que no sepa nada, se cultiva su ignorancia, y a pesar de todo sabe algo de lo que pretendemos que ignore, puesto que no es posible ocultarle su propio organismo, ni sus estados, ni sus emociones y sensaciones, pero lo sabe mal y de mala manera. Es todo lo que obtienen los pedagogos…

—Caballero —dijo bruscamente y algo fosco José Boutourlé, tesorero general de Alca—, os aseguro que hay niñas inocentes, perfectamente inocentes, lo cual es una gran desdicha. He conocido tres, y las tres se casaron. Fue horroroso. Una de ellas, cuando su marido se le acercó, arrojóse del lecho espantada y se asomó al balcón para gritar: «¡Socorro, socorro, que mi marido está demente!». A la segunda la encontrara por la mañana sobre un armario de espejo y no hubo razones que la decidiesen a bajar. La tercera víctima del mismo sobresalto, se abandonó resignada, sin lamentaciones, y solamente al cabo de algunos días murmuró al oído de su madre: «Ocurren entre mi marido y yo cosas inauditas, cosas que ni se pueden imaginar, cosas que no me atrevo a comunicarte». Para no perder su alma se las comunicó al confesor y por él tuvo la decepción de saber que todo aquello no era extraordinario.

—He advertido —prosiguió el profesor Haddockque los europeos en general y los pingüinos en particular, antes de que los automóviles enloquecieran a las gentes, no se ocupaban de nada tanto como del amor. Era darle importancia excesiva a lo que la tiene muy escasa.

—De este modo, caballero —exclamó la señora Crémeur, exaltada—, cuando una mujer se ha entregado por completo a un hombre, ¿aquello no tiene la menor importancia?

—No, señora. Puede tener importancia —respondio el profesor Haddock—, pero antes de concedérsela es preciso ver si al entregarse ofreció un jardín florido o un matorral de cardos y ortigas. Además ¿no se abusa un poco de la palabra entregarse? Más que entregarse, la mujer se presta. Fijaos en la bella señora Pensée…

—¡Es mi madre! —dijo un bello mozo rubio.

—No le faltaré al respeto, caballero —replicó el profesor Haddock—, no temáis que pronuncien mis labios ninguna palabra ofensiva. Pero permitidme decir que, en general, la opinión que los hijos tienen de sus madres es insostenible, no reflexionan bastante que una madre lo ha sido porque amó y que puede amar nuevamente. Así ocurre y es lo que debe ser. He observado también que las niñas no se equivocan al juzgar la facultad amatoria de sus madres y de qué modo la emplean. Como sienten lo mismo, lo adivinan.

El insoportable profesor continuó su discurso. Añadía impertinencias a las torpezas, atrevimientos a las incorrecciones, acumulaba datos incongruentes, despreciaba lo respetable y respetaba lo despreciable, pero nadie le atendía ya.


Entretanto, en su alcoba, de una sencillez insulsa; en su alcoba, triste por falta de amor y que, como todas las alcobas de soltera, tenía la frialdad de una antesala, Evelina Clarence consultaba los anuarios de casinos y los prospectos de obras nuevas donde adquirir el conocimiento de la sociedad. Confinada en un mundo intelectual y pobre, su madre no pudo presentarla ni lucirla, y Evelina se dedicó a buscar por sí un medio favorable, obstinada y tranquila, sin ensueños y sin ilusiones. Veía en el matrimonio un punto de partida, un permiso de circulación, y no se le ocultaban las contingencias, las dificultades y los accidentes de su empeño.

Disponía de recursos para agradar y de una frialdad conveniente para ponerlos en práctica. Su flaqueza consistía en que todo lo aristocrático la deslumbraba.

Al encontrarse ya sola con su madre, dijo:

—Mamá, desde mañana iremos al «retiro» del padre Douillard.

II. La obra de santa Orberosa

El «retiro» del reverendo padre Douillard reunía todos los viernes, a las nueve de la noche, en la aristocrática iglesia de San Mael, lo más selecto de la sociedad de Alca. El príncipe y la princesa de los Boscenos, el vizconde y la vizcondesa de Oliva, la señora de Bigourd, el señor y la señora de la Trumelle no faltaban jamás. Allí estaba la flor de la nobleza, y las encantadoras baronesas judías brillaban allí, porque las baronesas judías de Alca eran católicas.

Aquel «retiro» tenía por objeto, como todos los retiros religiosos, procurar a los elegantes mundanos algunas horas de piadoso recogimiento para que se preocuparan de su salud eterna, y también estaba destinado a extender sobre tantas nobles e ilustres familias la bendición de Santa Orberosa, bienhechora de los pingüinos. Con un celo verdaderamente apostólico, el reverendo padre Douillard perseguía la realización de su obra: restablecer a Santa Orberosa en sus prerrogativas de patrona de la Pingüinia y consagrarle sobre una de las colinas que dominaban la ciudad una iglesia monumental. Un éxito prodigioso había coronado sus esfuerzos, y para la realización de aquella empresa nacional reunió más de cien mil adeptos y más de veinte millones de francos.

El nuevo relicario de Santa Orberosa, rodeado de cirios y de flores, mostraba en el coro de San Mael su oro resplandeciente y sus pedrerías deslumbrantes.

Ved lo que dice acerca del particular, en su Historia de los milagros de la patrona de Alca, el abate Plantain:

«La vieja urna fue destruida durante el Terror para fundir su metal y vender sus piedras, y los preciosos restos de la santa fueron arrojados a la hoguera encendida en el centro de la plaza de Gréve; pero una pobre mujer muy piadosa, llamada Rouquín, recogió durante la noche, y con peligro de su vida, los huesos calcinados y las cenizas de la bienaventurada, los conservó en un tarro de dulce, y, al ser restablecido el culto, los entregó al venerable párroco de San Mael. La señora Rouquín acabó piadosamente sus días dedicada a vender cera y alquilar sillas en la capilla de la santa».

Es indudable que, precisamente cuando la fe declinaba, el padre Douillard restauró el culto de Santa Orberosa (destruido por la crítica del canónigo Princeteau y por el silencio de los doctores de la Iglesia), y lo rodeó de más pompa y esplendores, de más fervor que nunca. Los nuevos teólogos aceptaban como verídica la leyenda recogida por el venerable Simplicio, y admitían que una vez el demonio, con hábitos de fraile, se llevó violentamente a la virgen para gozarla en una caverna; pero la virgen supo resistir las tentaciones y astucias del Maligno y quedó triunfante la Virtud. No se preocupaban de lugares ni de fechas, no hacían exégesis ni concedían a la ciencia lo que le había concedido mucho antes el canónigo Princeteau, porque de sobra sabían adónde conducen las concesiones.

Estaba la iglesia resplandeciente de luces y de flores. Un tenor de la Opera cantaba el célebre himno de Santa Orberosa:


Virgen, en la calma
de la noche bruna,
envuelve mi alma
como luz de luna.
 

La señorita Clarence se colocó junto a su madre; delante del vizconde de Clena, y estuvo largo rato arrodillada en un reclinatorio, porque la oración impone actitudes virginales que realzan el encanto de las formas.

El reverendo padre Douillard subió al púlpito. Era un elocuente orador: sabía conmover, sorprender, emocionar. Las mujeres lamentaban solamente que fustigase los vicios con excesiva rudeza y usara conceptos muy arriesgados que las obligaban a ruborizarse. Pero esto no disminuía su estimación.

Trató en su discurso de la séptima prueba de Santa Orberosa, cuando fue tentada por el dragón, contra el cual salió a combatir, y de qué modo logró vencer al monstruo con su pureza.

El orador demostró sin dificultad que, ayudados por Santa Orberosa y fortalecidos por las virtudes que ella nos inspira, venceremos también a todos los dragones que amenazan devorarnos: el dragón de la duda, el dragón de la impiedad, el dragón del olvido de los deberes religiosos. Sacó la consecuencia de que la obra de devoción a Santa Orberosa era una obra de regeneracion social, y concluyó con un ardiente llamamiento «a los fieles afanosos de ser los instrumentos de la Misericordia Divina, el apoyo y sostén de la Obra de Santa Orberosa, y de proporcionarle todos los medios que necesita para tener importancia y producir saludables frutos».

Después de la ceremonia, el reverendo padre Douillard se quedaba en la sacristía en espera de los fieles que deseaban tener informes acerca de la Obra y contribuir a ella. La señorita Clarence tenía que decirle algo al reverendo padre Douillard. Al vizconde de Clena le sucedía lo mismo. La muchedumbre era numerosa y se formó cola. Por un dichoso azar, el vizconde y la señorita Clarence quedaron oprimidos el uno contra el otro. Evelina ya se había fijado en aquel joven elegante, casi tan conocido como su padre en el mundo de los deportes. También él se había fijado en ella, y al verla tan hermosa la saludó como si creyera que había sido presentado anteriormente y no recordaba dónde. La madre y la hija fingieron también creer lo mismo.

El jueves inmediato se presentó el vizconde en casa de la señora de Clarence, a la que suponía un poco tolerante, lo cual no le desagradaba, y al ver de nuevo a Evelina reconoció que no estaba ciego cuando se había interesado por su belleza.

El vizconde de Clena tenía el más hermoso automóvil de Europa. Durante tres meses paseó a las señoras de Clarence todos los días por las colinas, las llanuras, los bosques y los valles; con ellas recorrió lugares pintorescos y visitó castillos; dijo a Evelina todo lo que podía decirle, y se lo dijo bien; ella no le ocultó que le amaba, que le amaría siempre y que no amaría jamás a otro; sintióse a su lado estremecida y prudente. Al abandono de su amor fatal oponía, cuando era necesario, la defensa invisible de una virtud que no desconoce los peligros. Al cabo de tres meses de llevarla y traerla, subirla, bajarla y pasearla del brazo cuando algún contratiempo detenía el automóvil, llegó a tenerla tan manoseada como el volante de su máquina, pero sin pasar de ahí. Combinaba sorpresas, aventuras, detenciones inesperadas en los bosques o en los caminos cerca de una posada; pero nunca le valieron sus tretas. Rabioso, la metía otra vez en el «auto» y se lanzaba a ciento veinte por hora, decidido a despeñarla en un precipicio o estrellarla contra un árbol.

Cierto día fue a buscarla para una excursión y la encontró más deliciosa que nunca, más apetecible. Cayó sobre ella como el huracán sobre los juncos al borde de un estanque, y ella se doblegó con adorable debilidad.

Veinte veces vióse ella a punto de ceder, dominada, vencida por el impulso fiero, y veinte veces se rehizo ligera y vibrante. Después de muchos asaltos dijérase que apenas un soplo ligero había mecido el talle delicioso. Evelina sonreía como si se ofreciese a las manos poderosas de su desdichado agresor, quien, descompuesto, con rabia, casi enloquecido, al huir para no matarla, se equivocó de puerta y entró en el gabinete donde la señora Clarence se ponía el sombrero ante el espejo del armario, la cogió, la empujó hasta el lecho y la gozó, sin darle tiempo a reflexionar lo que sucedía.

A las pocas horas, tenaz en sus investigaciones, averiguó Evelina que el vizconde sólo tenía deudas, que gastaba el dinero de una vieja y acreditaba las marcas nuevas de un fabricante de automóviles.

De común acuerdo dejaron de verse, y Evelina volvió a servir de mala gana el té a los invitados de su madre.

III. Hipólito Cerés

En el salón de la señora de Clarence se hablaba de amor y se formulaban conceptos deliciosos.

—El amor es el sacrificio —suspiró la señora Crémeur.

—No lo dudo —replicó vivamente Boutourlé.

Pero el profesor Haddock desplegó muy pronto su fastidiosa insolencia.

—Me parece —dijo— que las pingüinas dificultan mucho las cosas desde que, por milagro de San Mael, se convirtieron en vivíparas. Sin embargo, no tienen de qué enorgullecerse: es una condición que comparten con las vacas y las cerdas, y hasta con los naranjos y los limoneros, puesto que las semillas de estas plantas germinan en el pericarpio.

—La importancia de la Pingüinia —replicó Boutourlé— no es tan remota: comienza el día en que recibieron vestiduras del santo apóstol, y aun esa importancia sólo brilló en un pequeño círculo social más adelante, con el lujo. Sin ir más lejos, a dos leguas de Alca, en el campo, durante la siega, podréis convenceros de que las mujeres no son remilgadas ni se dan importancia.

Aquel jueves, Hipólito Cerés se hizo presentar. Era diputado por Alca y uno de los miembros más jóvenes de la Cámara. Se le suponía hijo de un tabernero, hablaba bien, era abogado, robusto, voluminoso, tenía mucho empaque y fama de listo.

—El señor Cerés —dijo la dueña de la casa— representa en el Congreso el más hermoso distrito de Alca.

—Un distrito que se embellece de día en día, señora. Es un encanto.

—Desgraciadamente, no se puede transitar por allí —dijo Boutourlé.

—¿Cuál es la causa? —preguntó el diputado.

—¡Los automóviles!

—No reneguéis de los automóviles, nuestra magnífica industria nacional.

—No lo ignoro, caballero; los pingüinos de hoy me recuerdan los egipcios de la antigüedad. Los egipcios, como dice Taine, tomándolo de Clemente de Alejandría, cuyo texto altera, los egipcios adoraron a los cocodrilos, que los devoraban, y los pingüinos adoran a los automóviles, que los despachurran. Sin duda, lo por venir es para la bestia de metal. No retrocederemos al coche de punto, como no volvimos a usar las diligencias; el fatigoso martirio del caballo termina. El automóvil, que la codicia práctica de los industriales lanzó como un carro de Jagenat sobre los pueblos asombrados y fue para los ricos ociosos una imbécil y funesta elegancia, cumplirá pronto su misión cuando se ponga al servicio del pueblo y se porte como un monstruo dócil y servicial. Sin embargo, para que el automóvil resulte bienhechor es necesario que se le construyan caminos en relación con sus proporciones y su marcha, carreteras que resistan el impulso de sus neumáticos feroces, y que se le prohíba envenenar a los transeúntes con el polvo que levanta.

La señora de Clarence habló del embellecimiento del distrito representado por Hipólito Cerés, y éste dejó traslucir su entusiasmo por los derribos, desmontes, construcciones, reconstrucciones y todo género de operaciones fructíferas.

—Se construye hoy de un modo admirable —dijo—. Se trazan avenidas majestuosas. ¿Hay algo más hermoso que los pilares de nuestros puentes y las cúpulas de nuestros hoteles?

—Olvidáis ese grandioso palacio recubierto por una inmensa bóveda semejante a medio melón —refunfuñó el señor Daniset, antiguo aficionado al arte—. Es incalculable la fealdad con que puede revestirse una ciudad moderna. Alca se americaniza. Destruyen cuanto nos quedaba de libre, de imprevisto, de proporcionado, de moderado, de humano, de tradicional. En todas partes desaparece la encantadora visión de un muro sobre el cual asoman sus ramas los árboles; en todas partes se suprimen el aire, la luz, la naturaleza, los recuerdos, se borra la huella de nuestros padres y nuestra propia huella, y se levantan casas enormes, infames, rematadas a la vienesa con ridículas cúpulas, y acondicionadas al arte nuevo, sin molduras ni perfiles, con salientes inverosímiles y remates burlescos; monstruos desvergonzados que asoman sobre los edificios viejos. Vense proyectar sobre las fachadas, con blandura repugnante, protuberancias bulbosas, y a ello llaman “motivos de arte nuevo”. He visto el arte nuevo en otros países y no es tan ruin: tiene honradez y fantasía. Sólo entre nosotros, por un triste privilegio, se ven reunidas las novedades arquitectónicas más horribles. ¡Envidiable privilegio!

—¿No teméis? —advirtióle vivamente el diputado—, ¿no teméis que vuestras críticas amargas aparten de nuestra capital a los extranjeros que afluyen de todo el mundo y que nos dejan muchos miles de millones?

—Tranquilizaos —respondió el señor Daniset—. Los extranjeros no vienen a extasiarse ante los edificios: vienen por nuestras mujeres galantes, por nuestros modistas y por nuestros bulliciosos bailes públicos.

—Tenemos la mala costumbre de calumniarnos —suspiró Hipólito Cerés.

La señora de Clarence creyó conveniente hablar otra vez del amor para divertir a la concurrencia, y preguntó a Tumel qué opinaba del nuevo libro donde León Blum se lamentaba…

—… de que una costumbre injustificada —continuó el profesor Haddock— impide a las señoritas de la buena sociedad ejercitar sus encantos en los juegos amorosos, que tan deplorablemente realizan las mozas mercenarias. Pero ese autor no debe afligirse tanto, puesto que, si bien existe arraigado entre nuestra sociedad burguesa ese mal que deplora, no se propagó entre la gente del pueblo, ya que ni las artesanas ni las campesinas se abstienen de los goces amorosos.

—¡Qué inmoralidad, caballero! —dijo la señora Crémeur.

Y celebró la inocencia de las doncellas en frases rebosantes de pudor y gracia. Estuvo afortunadísima.

Los conceptos del profesor Haddock acerca del mismo asunto produjeron una molesta depresión en los ánimos.

—Las doncellas de la buena sociedad —dijo— viven guardadas y vigiladas. Además, los hombres no las provocan: unas veces por honradez, otras por temor a responsabilidades terribles y otras porque la seducción de una doncella no es aventura de que «pudieran» vanagloriarse. En realidad, no sabemos lo que pasa, porque lo que se oculta no se ve. Las doncellas de la buena sociedad serían más fáciles que las casadas, por dos razones: tienen más ilusión y su curiosidad no está satisfecha. Las mujeres acostumbran ser tan torpemente iniciadas por sus maridos, que de momento no desean repetir con otro. En mis tentativas de seducción tropecé muchas veces con semejante obstáculo.

Cuando el profesor Haddock ponía fin a sus conceptos desagradables, Evelina entraba en el salón para servir el té con la displicencia de costumbre, que prestaba un encanto oriental a su hermosura.

—Yo —dijo Hipólito Cerés, con los ojos fijos en ella— me proclamo campeón de las señoritas.

«¡Qué imbécil!» —pensó Evelina.

Hipólito Cerés, que jamás había sacado un pie de su mundo político y sólo trató con electores y camaradas, juzgaba muy distinguido el salón de la señora de Clarenxe, suponía muy elegante a la señora de la casa, y a su hija, extraordinariamente bella. Fue asiduo en su trato y galanteó a la una y a la otra.

Aquel hombre activo se propuso agradarlas, y lo consiguió algunas veces. Les proporcionaba invitaciones para el Congreso y palcos para la Opera, facilitó a la señora Clarence varias ocasiones de lucimiento, sobre todo en una fiesta campestre, que, a pesar de ser oficial y ofrecida por un ministro, resultó delicadamente mundana y valió a la República su primer triunfo entre las personas elegantes.

En aquella fiesta, Evelina fue muy agasajada, especialmente por un joven diplomático llamado Roger Lambilly, quien la creyó una mujer galante y le propuso una entrevista. Fascinada por la figura de aquel hombre, al cual suponía rico, Evelina le visitó. Un poco emocionada, casi turbada, estuvo a punto de ser víctima de su atrevimiento, y sólo evitó la derrota por una maniobra ofensiva y audaz. Esta fue la mayor locura de su vida de soltera.

En su trato con los ministros y con el presidente afectaba Evelina un carácter piadoso y aristocrático, que le conquistó simpatías entre los prohombres de la República anticlerical y democrática. Hipólito Ceres, al verla triunfar, sintióse más atraído y satisfecho. Por fin se enamoró locamente.

Desde entonces ella empezó a mirarle con interés. Aquel hombre se le aparecía falto de elegancia, de delicadeza y de cultura, pero muy emprendedor, desenvuelto, entretenido y ocurrente. Evelina se burlaba de él, y sin embargo, pensaba gustosa en él.

Un día quiso poner a prueba su cariño.

Era en pleno período electoral. Hipólito Cerés preparaba su reelección. Ante un adversario poco peligroso al principio, sin recursos oratorios, pero con mucho dinero, que le restaba diariamente algunos votos, Cerés, nada propenso a la necia confianza ni a las inquietudes alarmantes, no temía, pero tampoco se descuidaba.

Su principal influencia se ejercía en las reuniones públicas, donde, a fuerza de pulmones, anulaba a su rival. Su Comité anunciaba controversias libres ante un público inmenso, dispuestas para los sábados por la noche y los domingos a las tres en punto de la tarde.

Fue un domingo a visitar a las señoras de Clarence y encontró a Evelina sola en el salón. A los veinte o veinticinco minutos de hablar con ella sacó el reloj: ya eran las tres menos cuarto. Evelina se mostró amable, provocativa, graciosa, intranquilizadora. El diputado, conmovido, se puso en pie.

—¡Esperad un momento! —dijo ella con voz tan suplicante y acariciadora que Hipólito volvió a sentarse.

Decidida a interesarse más y más, tuvo para él abandonos, curiosidades, condescendencias. El diputado se arreboló, palideció y se levantó de nuevo.

Entonces ella, para retenerle, fijó en él sus ojos, cuyas pupilas húmedas brillaban con resplandores turbios, desmayados. El hermoso pecho latía con violencia, y los labios, temblorosos, guardaban silencio.

Vencido, anonadado, frenético, el hombre cayó a sus pies, y cuando pudo volver a mirar la hora dio un brinco y soltó un juramento espantoso:

—¡Rec…! ¡Las cuatro menos cinco! ¡Me largo!

Y bajó en cuatro zancadas la escalera.

Desde aquel día, Evelina sintió por Hipólito cierta estimación.

IV. El matrimonio de un político

Ella no le quería mucho; pero deseaba que él la adorase. Mostróse reservada, y no por falta de cariño, sino porque hay entre las prácticas amorosas algunas que se realizan con indiferencia, por distracción, por instinto, por curiosidad, por costumbre, como ensayo de poder y para descubrir los resultados. La causa de su reserva fue otra. Lo conocía a fondo y le supuso capaz de aprovecharse de sus confianzas y de reprochárselo groseramente si no continuaba las concesiones.

Como él era, por conveniencia principalmente, anticlerical y librepensador, Evelina creyó muy oportuno afectar modales devotos. Llevaba en la mano, para que los viera él, enormes libros de misa con rojas tapas, y le metía por los ojos las listas de suscripciones para el culto nacional de Santa Orberosa. No hacía esto para mortificarle, por travesura, por frivolidad, ni por espíritu de contradicción, sino porque de aquel modo afirmaba un carácter, se crecía, y para exaltar el ánimo de Hipólito se rodeaba de religión como Brunilda, para atraer a Sigurd, se rodeaba de llamas. Al diputado le pareció más bella con aquel disfraz, porque a sus ojos el clericalismo era una elegancia.

Reelegido por una enorme mayoría, Cerés entró en una Cámara de ideas más radicales que la precedente y, al parecer, más ansiosa de reformas. Advertido pronto de que tanto celo encubría el temor al triunfo de los contrarios y un sincero propósito de no hacer nada, combinó una política oportuna para semejantes aspiraciones. En la primera sesión pronunció un discurso, hábilmente concebido y bien ordenado, en el cual probaba que toda reforma debe ser largo tiempo diferida. Se mostró ardoroso, casi febril, y sostuvo que un orador debe recomendar la moderación con extremada vehemencia. Fue aclamado por todos. En la tribuna presidencial estaban las señoras de Clarence. A su pesar, Evelina se emocionó al estruendo solemne de los aplausos. Junto a ella, la bellísima señora Pensée estremecíase con las vibraciones de aquella voz potente.

Así que abandonó la tribuna, Hipólito Cerés acercóse a las señoras de Clarence. Mientras al saludarlas recibía sus felicitaciones con fingida modestia y se secaba el cogote con el pañuelo, Evelina, que le veía embellecido con resplandores triunfales, reparó que la señora Pensée respiraba con voluptuosidad el sudor del héroe, anhelante, con los ojos entornados, con la cabeza desmayada y a punto de sucumbir. Evelina sonrió entonces cariñosamente al señor de Cerés.

El discurso del diputado de Alca produjo gran revuelo. En las «esferas» políticas lo juzgaron muy hábil. «Hemos oído al fin un lenguaje honrado», escribía un diario conservador. «¡Es todo un programa!», exclamaron sus compañeros de legislatura. Y se le reconoció un talento enorme.

Hipólito Cerés se imponía como jefe de los diputados radicales, socialistas y anticlericales, que le nombraron presidente de su grupo, el más importante de la Cámara. Ya le adjudicaban una cartera para la próxima combinación ministerial.

Después de muchas vacilaciones, Evelina Clarence decidió casarse con Hipólito Cerés. En su concepto era un hombre vulgar y no se podía suponer que llegase, con el tiempo, a esas alturas en las cuales enriquece la política; pero, al cumplir veintisiete años, Evelina conocía el mundo lo bastante para no ser demasiado exigente.

Hipólito Cerés era un hombre famoso, un hombre feliz. Estaba desconocido, aumentaba por momentos la elegancia de sus trajes y de sus maneras, abusaba un poco de los guantes blancos. Muy sociable ya, hizo pensar a Evelina en la conveniencia de que lo fuese menos. La señora de Clarence veía con gusto aquel desposorio, satisfecha del porvenir de su hija y de tener todos los jueves flores para su salón.

La ceremonia matrimonial presentaba dificultades. Evelina era devota y quería recibir la bendición de la Iglesia. Hipólito Cerés, tolerante, pero librepensador, sólo admitía el matrimonio civil. Hubo discusiones y hasta escenas desgarradoras. La última tuvo lugar en el aposento de la novia, cuando redactaban las invitaciones. Evelina declaró que, sin el consentimiento de la Iglesia, no se consideraría casada. Propuso un rompimiento, irse al extranjero con su madre o meterse a monja. Luego, enternecida, suplicante, débil, ¡gimió!, y todo gemía con ella en la estancia virginal: la pililla del agua bendita, el ramo de boj puesto a la cabecera del lecho, los libros devotos sobre el mármol de la chimenea, la imagen blanca y azul de Santa Orberosa con el dragón encadenado… Hipólito Cerés hallábase conmovido.

Bella en su dolor, con los ojos abrillantados por sus lágrimas, con las muñecas oprimidas en un rosario de lapislázuli, como encadenadas por la fe, Evelina se arrojó a los pies de Hipólito y se abrazó a sus rodillas, temblorosa, exánime.

Hipólito estaba casi resuelto a ceder, y balbuceó inseguro:

—Un matrimonio clerical, una ceremonia en la iglesia… Los electores acaso lo toleren; pero el Comité no querrá tragárselo… Trataré de convencerlos y les hablaré de la tolerancia, de las imposiciones sociales… También ellos dejan comulgar a sus hijas… En cuanto a mi cartera, ¡diablo!, se ahogará en agua bendita.

Ella se levantó, grave, generosa, resignada, vencida.

—No insisto ya.

—¿Renuncias al matrimonio religioso? ¡Es lo prudente!

—Sí; pero trataré de arreglarlo a satisfacción de todos.

Visitó al reverendo padre Douillard, quien se mostró más abierto y acomodaticio de lo que Evelina pudo imaginar, y le dijo:

—Es un hombre inteligente, un hombre razonable y ordenado; él mismo ha de venir hacia nosotros. Le santificaréis; no en vano le ofrece Dios una esposa cristiana. La Iglesia no exige siempre, para sus bendiciones nupciales, la pompa y las ceremonias. Ahora que se halla perseguida, la lobreguez de las criptas y el misterio de las catacumbas convienen a sus fiestas. Cuando hayáis cumplido las formalidades civiles, venid a mi capilla particular, en traje de calle, acompañada por el señor Cerés y os casaréis en el secreto más riguroso. El obispo me dará todas las licencias necesarias y todas las facilidades concernientes a las amonestaciones, la cédula de confesión, etcétera, etcétera.

Semejantes arreglos parecían a Hipólito algo peligrosos, pero los aceptó. Sentíase halagado.

—Iré de americana —dijo.

Fue de levita, con guantes blancos y botas de charol. Hizo sus genuflexiones.

Porque las personas bien educadas…

V. El gabinete Visire

El matrimonio Cerés instalóse con decoro y modestia en un bonito piso de una casa nueva. Cerés adoraba a su esposa con llaneza y lealtad. Le ocupaba muchas horas la Comisión de Presupuestos y trabajaba más de tres noches por semana en su Informe acerca de la reforma telegráfica, decidido a que fuese un monumento. Evelina consideraba un poco tonta su manera de vivir, pero no le desagradaba. Lo peor era la escasez de dinero. Los servidores de la República no se enriquecen como se supone. Desde que no hay soberano que reparta favores, cada cual toma lo que puede, y sus malversaciones, limitadas por las malversaciones de todos, quedan reducidas a proporciones modestas; de ahí la austeridad de costumbres que se advierte en los jefes de la democracia. Sólo pueden enriquecerse en los períodos de grandes negocios, y son entonces objeto de la envidia de sus colegas menos favorecidos. Hipólito Cerés preveía, para un tiempo cercano, un período de grandes negocios; era de los que saben prepararlos, y, entretanto, soportaba dignamente una estrechez, compartida con bastante resignación por Evelina, que no dejaba de ver al padre DouiIlard, frecuentaba la capilla de Santa Orberosa y cultivaba relaciones con una sociedad seria y capaz de servirla, sabía escoger sus amistades, y sólo intimaba con aquellos que lo merecían. Había adquirido experiencia desde sus paseos en el automóvil del vizconde de Clena, y, sobre todo, no ignoraba lo que puede hacerse valer una mujer casada.

Al principio, el diputado se intranquilizó porque los periodiquillos demagogos satirizaban las costumbres piadosas de su mujer; pero luego le satisfizo advertir que todos los jefes de la democracia buscaban aproximaciones con los aristócratas y con la Iglesia.

Atravesaba uno de esos períodos (repetidos con frecuencia) en los cuales se advierte que todo se precipita. Hipólito Cerés no lo dudaba, por lo cual su política no era de persecución, sino de tolerancia. Había sentado las bases en su magnifico discurso acerca de la preparación de las reformas.

El Ministerio, que adquirió fama de sobradamente avanzado, sostenía proyectos reconocidos como peligrosos para el capital, tenía en contra suya las poderosas Compañías acaparadoras, y, por consecuencia, los periódicos de todas las opiniones. Como el peligro aumentaba, el Gabinete abandonó sus proyectos, su programa y su orientación; pero ya era tarde: un nuevo Gobierno estaba prevenido, y bastó, para producir la crisis, una pregunta insidiosa de Pablo Visire, inmediatamente transformada en interpelación, y un hermoso discurso de Hipólito Cerés.

El presidente de la República designó para que formase Gobierno al propio Pablo Visire, que, muy joven aún, había sido ya dos veces ministro y era un hombre encantador, amigo de bailarinas y de cómicos, muy artista, muy sociable, de mucho ingenio, de clara inteligencia y de actividad maravillosa. Formuló un Ministerio destinado a tranquilizar a la opinión alarmada. Hipólito Cerés obtuvo una cartera.

Los nuevos ministros pertenecían a todos los grupos de la mayoría, representaban las opiniones más diferentes y más opuestas; pero, en el fondo, eran todos moderados y resueltamente conservadores. Fue reelegido el ministro de Negocios Extranjeros del anterior gabinete, llamado Crombile, que trabajaba catorce horas al día en sus delirios de grandeza, silencioso, caviloso, receloso hasta con sus mismos agentes diplomáticos, terrible intranquilizador sin intranquilizar a nadie, porque la imprevisión de los pueblos es infinita y la de sus Gobiernos no le va en zaga. Encargóse de la cartera de Obras Públicas el socialista Fortunato Lapersonne. Era una de las costumbres más solemnes, más severas, más rigurosas, y casi me atrevo a decir más terribles y crueles de la política, tener en cada Ministerio un socialista, para combatir el socialismo; de este modo, los enemigos de la fortuna y de la propiedad sentían la vergüenza y la amargura de que los azotara uno de los suyos, y no podían reunirse sin que sus ojos buscasen entre ellos al que habría de castigarlos mañana. Sólo una ignorancia profunda del corazón humano permitía suponer dificultoso el hallazgo de un socialista para semejantes funciones. El ciudadano Fortunato Lapersonne entró en el Gabinete Visire por iniciativa propia, sin la más insignificante violencia, y hasta obtuvo la aprobación de algunos camaradas. ¡Tanto prestigio tienen los cargos públicos entre los pingüinos!

Al general Debonnaire se le confió la cartera de Guerra. Estaba reputado como uno de los más inteligentes generales del Ejército; pero se dejó conducir por una mujer licenciosa, la cual, muy encantadora todavía en su madurez intrigante, se había puesto al servicio de otra nación.

El nuevo ministro de Marina, el respetable almirante Vivierdes-Murenes, con fama de excelente marino, hacía gala de un espíritu religioso que desentonaría en un Ministerio anticlerical si la República laica no hubiese reconocido la religión como de utilidad marítima. Atento a las instrucciones del reverendo padre Douillard, su director espiritual, el respetable almirante Vivierdes-Murenes dedicó la escuadra a Santa Orberosa, y mandó componer por algunos bardos himnos devotos en honor de la Virgen de Alca para que reemplazasen al himno nacional en los programas musicales de la Marina de guerra.

El Ministerio Visire se declaró francamente anticlerical, pero respetuoso con las creencias y prudentemente reformador. Pablo Visire y sus colaboradores, ansiosos de reformas, por no comprometer las reformas no proponían ninguna, seguros, como verdaderos hombres políticos, de que las reformas se comprometen en cuanto se proponen. Aquel Gobierno fue muy bien acogido, tranquilizó a las personas honradas e hizo subir los valores.

Anunció la subasta de cuatro acorazados; anunció también persecuciones socialistas, y manifestó su intención inquebrantable de rechazar todo impuesto inquisitorial sobre la renta. La elección del ministro de Hacienda, Terrasson, fue muy elogiada por los periódicos más autorizados. Terrasson, viejo ministro, famoso por sus jugadas de Bolsa, autorizaba todas las esperanzas de los banqueros y hacía presagiar un período de fecundos negocios. Pronto se hincharon con la leche de la Riqueza las tres ubres de las naciones modernas: el Acaparamiento, el Agio y la Especulación fraudulenta. Ya se hablaba de empresas lejanas, de colonización, y los más atrevidos lanzaron en la Prensa un proyecto de protectorado militar y económico sobre la Nigricia.

Sin haber dado aún la medida de sus talentos, Hipólito Cerés era ya considerado como un hombre de mucha valía; los hombres de negocios lo estimaban. Recibía felicitaciones de todas partes por haber roto con los partidos extremos, con los políticos peligrosos, y por tener conciencia de las responsabilidades gubernativas.

La señora Cerés era la única estrella femenina del Ministerio. Crombile se acartonaba en el celibato. Pablo Visire se había casado con la señorita de Blampignon, hija de un opulento comerciante del Norte, mujer distinguida, estimada, sencilla, y enferma hasta el punto de que su falta de salud la retenía continuamente al lado de su madre en un lejano rincón provinciano. Las otras «ministras» no habían nacido para encantar los ojos, y la gente sonreía al leer que la señora Labillete lució en el baile de la Presidencia, sobre su tocado, un ave del Paraíso. La señora del almirante Vivier-des-Murenes, más ancha que alta, con el rostro amoratado y la voz enronquecida, iba diariamente a la compra. La generala Debonnaire, larguirucha, flaca y pecosa, insaciable de amores con oficialitos, sumergida en el libertinaje y el crimen, sólo consiguió alguna consideración a fuerza de fealdad e insolencia.

La señora Cerés era el encanto del mundo oficial. Joven, hermosa, irreprochable, para seducir igualmente a los más encopetados y a los más humildes, unía la elegancia de sus vestidos a la pureza de su inefable sonrisa.

Sus salones fueron asaltados por la opulenta Banca judía. Dio las fiestas más brillantes de la República. Los periódicos describían sus trajes y los modistas más famosos no le consentían que los pagara. Iba mucho a la iglesia; protegía, contra la animosidad popular, la capilla de Santa Orberosa, y hasta hizo entrever a los corazones aristócratas la esperanza de un nuevo concordato con el Vaticano.

Sus cabellos de oro, sus pupilas gris de lino, su flexibilidad, su esbeltez, sus hermosas curvas, le daban todos los atractivos de una mujer verdaderamente encantadora. Gozaba de buena reputación, que pudiera guardar intacta en flagrante delito; de tal modo era sagaz, tranquila y dueña de sí.

Terminó la legislatura con una victoria del Gabinete, que rechazó, entre los aplausos unánimes de la Cámara, una proposición de un impuesto inquisitorial y con el triunfo de la señora Cerés, que dio fiestas en honor de tres reyes.

VI. El diván de la favorita

El presidente del Consejo invitó durante las vacaciones al señor y a la señora de Cerés a pasar quince días en la montaña, en un castillo alquilado para el veraneo y donde vivía solo. La salud verdaderamente deplorable de la señora Visire no le permitió acompañar a su marido, y continuaba, como siempre, con sus padres, en el rincón de una provincia septentrional.

El castillo había pertenecido a la querida de uno de los últimos reyes de Alca. El salón conservaba sus muebles antiguos, y entre ellos, el diván de la favorita. El paisaje era encantador. Un hermoso río azul, el Aiselle, corría al pie de la colina donde se asentaba el castillo. Hipólito Cerés era un apasionado pescador de caña, en cuya monótona ocupación sorprendía sus mejores combinaciones parlamentarias y sus más felices rasgos oratorios. Como en el Aiselle abundan las truchas, las pescaba desde la mañana hasta la noche en una lancha que el presidente del Consejo puso desde el primer día a su disposición.

Entretanto, Evelina y Pablo Visire solían dar una vuelta por el jardín o hablaban en el salón. Evelina, que no ignoraba la seducción ejercida por aquel hombre sobre las mujeres, habíase limitado a desplegar en su presencia una coquetería intermitente y superficial, in intenciones decididas ni propósito determinado. El presidente no se había fijado mucho en ella. La Cámara y la Opera embargaron todos sus instantes; pero en el solitario castillo, las pupilas grises y las hermosas curvas se avaloraron a sus ojos. Una tarde, mientras Hipólito Cerés pescaba, como de costumbre, en el Aiselle, Visire la hizo sentar a su lado en el diván de la favorita. Entre los cortinajes que protegían del calor y de la excesiva claridad de un sol ardiente, algunos rayos dorados se clavaban en Evelina como las flechas de un amor oculto. Bajo su blusa blanca, todas sus formas, a la vez macizas y afinadas, descubrían su gracia y su juventud. Su piel era fresca y olía a heno recién cortado. Pablo Visire se condujo como la ocasión lo requería. Evelina no quiso evitarlo, segura de que aquello no había de tener importancia ni consecuencias; pero pronto pudo advertir su equivocación.

«Había —dice una célebre balada alemana— en la plaza del pueblo, donde da el sol, apoyada en un muro, por el cual se encarama la madreselva, una estafeta de cartas, azul como las azulinas, sonriente y satisfecha.

A diario se acercaban a ella los modestos comerciantes, los ricos labradores, el recaudador, los gendarmes, y le confiaban cartas de negocios, facturas, requerimientos, apremios, diligencias judiciales, llamamientos de reclutas… Y la estafeta seguía sonriente y tranquila.

Satisfechos y preocupados, encaminábanse hacia ella los jornaleros y mozos de labranza, criadas y nodrizas, dependientes y empleados, mujeres con sus niños de pecho: depositaban en su boca noticias de nacimientos, de matrimonios y de muertes, cartas de novios y de novias, cartas de maridos y de mujeres, cartas de madres a sus hijos y de hijos a sus madres… Y la estafeta seguía sonriente y tranquila.

Al oscurecer, los mozos y las mozas llegábanse furtivamente para entregarle sus cartas de amor, unas empañadas en lágrimas, que borraban la tinta; otras, con señales que indicaban el sitio donde se habían depositado algunos besos; todas, interminables… Y la estafeta seguía sonriente y tranquila.

Los ricos negociantes iban, por prudencia, temprano, a entregarle sus cartas con valores, sus cartas con cinco sellos rojos, abultados por los billetes de Banco, por las letras de cambio… Y la estafeta seguía sonriente y tranquila.

Pero una tarde, Gaspar, que no se había llegado a ella nunca, fue a echar una carta, en la cual solamente se supo que iba doblada en pliegues triangulares, y la estafeta perdió la sonrisa y la tranquilidad. La estafeta desfalleció. Desde entonces ya no se halla fija en el muro bajo la madreselva: corre las calles, los campos y los bosques, ceñida de hiedra y coronada de rosas. Anda siempre por montes y por valles y el guarda rural la sorprendió en los trigos mientras abrazaba a Gaspar, le besaba en la boca».

Pablo Visire había recobrado su habitual serenidad. Evelina continuó echada en el sofá de la favorita, con aturdimiento delicioso.

El reverendo padre Douillard, maestro en Teología moral y que en la decadencia de la Iglesia conservaba los preceptos inmutables, tenía razón al afirmar, conforme a la doctrina de los Santos Padres, que si una mujer comete un enorme pecado al entregarse por dinero, lo comete más enorme aún al entregarse por amor; porque en el primer caso trata de sostener su vida, lo cual no es excusable, pero sí perdonable y tal vez digno de la gracia del Cielo. Dios prohíbe la muerte voluntaria y ordena la conservación de sus criaturas, que son sus templos. Además, la que se entrega para vivir queda humillada y no comparte los placeres, con lo cual disminuye su pecado; pero el entregarse por ardor una mujer peca de voluptuosidad, se goza en su falta; el orgullo y las delicias que adornan su crimen aumenta su peso mortal.

El ejemplo de la señora Cerés realzaba la profundidad de estas verdades morales. Averiguó que tenía sentidos, lo cual no había sospechado hasta entonces. Bastóle un instante para este descubrimiento, que truncó su alma y trastornó su vida. Desde luego, le pareció un encanto haber aprendido a conocerse. Profundizar en el propio conocimiento no es un goce cuando se ahonda en lo moral; pero ya no sucede lo mismo al ahondar en la carne, cuyos manantiales de voluptuosidad pueden sernos reveladores. Mostró a su revelador un agradecimiento análogo al beneficio recibido, segura de que, al descubrirle los abismos celestes, era el único dueño de la llave. ¿Estaba en un error? ¿Le sería posible hallar otras llaves de oro? No es fácil asegurarlo, y el profesor Haddock (divulgado ya el suceso muy pronto, como vamos a ver en esta historia) trató el asunto desde un punto de vista experimental en una revista científica, y dedujo que las probabilidades logradas por la señora de C*** para encontrar la exacta equivalencia del señor V*** se hallaban en una proporción de 3.05 a 975.008, lo cual era como decir que su problema resultaba insoluble. Sin duda, ella lo comprendió por instinto y se aferró locamente a él.

He referido los hechos con todas las circunstancias que, a mi juicio, deben fijar la atención de las inteligencias reflexivas y filosóficas. El diván de la favorita es digno de la majestad histórica; en él se decidieron los destinos de un famoso pueblo; diré más: en él se realizó un acto que debía repercutir en las naciones fronterizas, amigas y enemigas, y en la Humanidad entera. Frecuentemente los sucesos de esta naturaleza, si bien son de una trascendencia infinita, escapan a los criterios superficiales, a las almas ligeras que asumen indebidamente el trabajo de escribir la Historia. Por esta razón quedan ignorados los secretos resortes que determinan los acontecimientos y resultan incomprensibles las caídas de los imperios y la transmisión de dominios, que aparecerían claras si se descubriera y se tocase el punto imperceptible que, puesto en funciones, lo ha conmovido y lo ha derribado todo. El autor de esta importante historia conoce como nadie sus defectos y sus insuficiencias; pero puede vanagloriarse de que siempre ha conservado la mesura, la seriedad, la austeridad que se requieren al referir los negocios de Estado, y nunca olvidó el decoro conveniente al relato de las acciones humanas.

VII. Las primeras consecuencias

Cuando Evelina confesó a Pablo Visire que jamás había sentido nada semejante, él no la creyó. Acostumbrado a las femeniles astucias, sabía que las mujeres hablan así a los hombres para apasionarlos y su experiencia, como a veces ocurre, le indujo a desconocer la verdad. Incrédulo, pero lisonjero, sintió por ella mucho amor y algo más que amor: avivóse de pronto su inteligencia. Visire pronunció en la capital de su distrito un discurso rebosante de gracia, de brillantez, de acierto, que fue juzgado como su obra maestra.

Se reanudó serenamente la vida oficial; asomaron en la Cámara odios aislados. Algunas ambiciones tímidas aún levantaban la cabeza, y bastó una sonrisa del valeroso presidente para disipar las sombras. Ella y Él se veían dos veces al día, y además, se comunicaban por escrito diariamente. Práctico en este género de relaciones, él disimulaba, cauteloso; pero ella descubría una imprudencia loca: se presentaba con él en salones y teatros, en la Cámara y en las Embajadas, revelaba su amor en la alegría de su rostro, en todo su ser, en los fulgores húmedos de su mirada, en la sonrisa voluptuosa de sus labios, en las palpitaciones de su pecho, en el contoneo de sus caderas, en el encanto de su hermosura radiante, ansiosa, enloquecida. Pronto el país entero estuvo informado: las cortes extranjeras conocían el asunto. Solamente lo ignoraban aún el marido y el presidente de la República. El presidente lo averiguó en el campo, gracias a un informe de la Policía traspapelado, no se sabe cómo, en su maleta.

Hipólito Cerés, aun cuando no era muy delicado ni muy perspicaz, advirtió alguna variación en su casa. Evelina, que poco antes se interesaba por sus asuntos y le demostraba, si no ternura, sincera confianza, ya sólo tenía para él indiferencia y desagrado. Siempre había salido bastante, absorbida por los asuntos de Santa Orberosa; pero al presente no se la veía casi nunca en su casa y llegaba a las nueve en coche para sentarse a la mesa, silenciosa, con expresión de sonámbula. Cerés juzgaba ridículo tanto desorden; pero cuando se preocupó de ello sus reflexiones no le revelaron la verdad. Padecía un total desconocimiento de las mujeres y una ciega confianza en sus propios méritos y en su fortuna, que le hubieran ocultado la verdad eternamente si los dos amantes no le obligaran a descubrirla.

Cuando Pablo Visire iba a casa de Evelina y la encontraba sola, decían al besarse: «¡Aquí, no; aquí, no!». De pronto simulaban el uno para el otro absoluta reserva. Pero un día el ministro de Comunicaciones hallábase muy atareado en el «seno de la Comisión». Pablo Visire vio a Evelina en su casa, y al encontrarse juntos y solos:

—Aquí, no —dijeron, sonrientes, los amantes.

Lo repitieron sus bocas labio a labio, entre besos, abrazos y genuflexiones. Lo repetían aún mientras Hipólito Cerés entraba en el salón.

Pablo Visire fingió bastante bien, y con serenidad le dijo a la señora que renunciaba, por imposible, a librarla del granito de polvo que se le metió en un ojo. No suponía engañar con esto al marido, pero facilitaba la salida.

Hipólito Cerés se quedó anonadado. La conducta de su esposa le parecía incomprensible y le preguntó los motivos que la impulsaron:

—¿Por qué? ¿Por qué? —repetía con angustia—. ¿Por qué?

Ella lo negó todo, no para convencerle, puesto que los había sorprendido, sino por comodidad y buen gusto, para evitar explicaciones vergonzosas.

Hipólito Cerés sufrió todas las torturas de los celos. Reflexionaba: «Soy fuerte y estoy acorazado; pero la herida me duele más adentro, en lo íntimo del corazón».

Y de pronto, al ver a Evelina hermoseada por la voluptuosidad, satisfecha de su crimen, le decía, dolorido:

—Con ése no debiste hacerlo.

Tenía razón. Evelina no debió comprometer con sus amores la marcha del Gobierno.

Hipólito sufría tanto, que agarró el revólver, mientras vociferaba: «¡Lo mataré!». Pero en seguida pensó que un ministro de Comunicaciones no puede matar al presidente del Consejo, y volvió a dejar el arma en el cajón de la mesilla de noche.

Las semanas pasaron sin calmar su triste sufrimiento. Diariamente se ceñía sobre la herida oculta su coraza de hombre vigoroso, y buscaba en el trabajo y en los honores la paz que le abandonó. Todos los domingos presidía inauguraciones de bustos, estatuas, fuentes, pozos artesianos, hospitales, dispensarios, vías férreas, canales, mercados, cloacas, arcos de triunfo, mataderos, y pronunciaba discursos vibrantes. Su actividad ardorosa devoraba los expedientes. Varió quince veces en ocho días el color de los sellos de Correos, y le acongojaban dolores furiosos, enloquecedores. De cuando en cuando perdía el juicio. Si hubiera ejercido un empleo en alguna oficina particular, pronto lo echarían de ver; pero es mucho más difícil advertir la demencia o el delirio en la administración de los negocios públicos. Por entonces, los empleados del Gobierno formaban Asociaciones y Federaciones con una efervescencia que tenía intranquilos al Parlamento y a la opinión. Los carteros sobresalían entre todos por su entusiasmo sindicalista.

Hipólito Cerés publicó una circular en la que reconocía la acción de los carteros como estrictamente legal, y al día siguiente lanzó una segunda circular que prohibía como ilegal toda Asociación de empleados del Estado. Dejó cesantes a ciento ochenta carteros, a los cuales repuso en sus destinos, para castigarlos después con una multa y gratificarlos al fin. En el Consejo de ministros se hallaba constantemente a punto de estallar. Apenas le contenía en los límites de la corrección la presencia del presidente de la República, y como no se atrevía a lanzarse sobre su rival, se calmaba con improperios dirigidos al general Debonnaire, que no los oía por su mucha sordera y por hallarse divertido en hacer versos para la baronesa de Bildermann. Hipólito Cerés se oponía obstinado a cualquier proposición del presidente del Consejo. Su insensatez era ya notoria. Sólo una facultad escapó al desastre de su inteligencia: conservaba el sentido parlamentario, el tacto de las mayorías, el profundo conocimiento de los grupos y la seguridad de las componendas.

VIII. Nuevas consecuencias

Acabó aquella legislatura en calma, sin descubrir el Ministerio en los bancos de la mayoría ninguna señal funesta. Pero se dedujo fácilmente de algunos artículos publicados en los periódicos moderados que las exigencias de los banqueros judíos y católicos aumentaban de día en día, que el patriotismo de los agiotistas pedía una expedición civilizadora a la Nigricia y que los fabricantes de acero, ansiosos de proteger las costas y defender las colonias, reclamaban con frenesí acorazados y más acorazados. Circulaban rumores de guerra, esos rumores que circulan periódicamente con la regularidad de los vientos alisios. Las personas serias no les prestaban atención y el Gobierno esperaba que se desvanecieran por sí solos, mientras no aumentasen hasta el punto de producir alarma… Los banqueros y los agiotistas deseaban la guerra colonial, y el pueblo no quería guerra de ninguna clase: complacíase con las arrogancias del Gobierno; pero a la menor sospecha de un conflicto europeo su violenta emoción hubiera invadido la Cámara. Pablo Visire no sentía ninguna inquietud: las relaciones internacionales eran, a su juicio, muy tranquilizadoras, y le preocupaba solamente el silencio maniático del ministro de Negocios Extranjeros. Aquel gnomo que se presentaba en los Consejos con una cartera de mayor tamaño que su persona y repleta de asuntos no decía nada, se negaba a responder a las preguntas aunque le fuesen dirigidas por el jefe superior del Estado, y rendido por sus tareas interminables, aprovechaba los momentos para dormir hundido en su poltrona sin dejar otro rastro de sí que su minúsculo mechón de cabellos negros sobre el filo del tapete verde.

Hipólito Cerés recobraba su aplomo y su frescura. En compañía de su colega Lapersonne se alegraba la vida con el trato de actrices veleidosas y alegres, y cada noche los veían llegar a los figones elegantes del brazo de mujeres encapuchadas, luciendo su robustez, su corpulencia y su sombrero resplandeciente. Y pronto fueron calificados entre las figuras más simpáticas del bulevar. Se divertían; pero un dolor oculto los embargaba. Fortunato Lapersonne tenía también una herida profunda bajo su coraza. Su esposa, ex modista y ex amante de un marqués, se había ido a vivir con un chofer. Como no dejó de quererla, se desesperaba al pensarlo, y algunas veces, encerrados los dos ministros en un gabinete particular, entre mozas que reían, mientras chupaban cangrejos, cruzaron una mirada encendida en su interno dolor, y humedecieron sus ojos con una lágrima.

Hipólito Cerés, herido en el corazón, no se dejó abatir, y juró vengarse.

La señora de Visire, que, a causa de su poca salud, seguía con sus padres en un rincón provinciano, recibió un anónimo, donde se le advertía que Pablo Visire, amante de una mujer casada, E*** C*** (adivinad), derrochaba con ella la fortuna de su esposa, compraba automóviles de treinta mil francos y collares de perlas de ochenta mil, se arruinaba. Se deshonraba y se agotaba. La señora de Visire tuvo un ataque de nervios y presentó el anónimo a su padre.

—¡Le arrancaré las orejas a tu marido! —rugió el señor Blampignon—. Es un trasto que te dejará en la miseria si no le atas corto. Por muy presidente del Consejo de ministros que sea, no me asusta.

Al apearse del tren, el señor Blampignon se hizo conducir directamente al ministerio del Interior, y entró hecho una furia en el despacho del presidente.

—¡Necesito hablaros, caballero!

Y agitaba el papelucho anónimo.

Pablo Visire lo recibió sonriente.

—Me alegro de veros, querido padre. Pensaba escribiros para felicitaros por vuestro nombramiento de oficial de la Legión de Honor. Esta mañana se puso a la firma.

El señor Blampignon dio efusivamente las gracias a su yerno y arrojó el anónimo a la chimenea.

De regreso en su casona provinciana encontró a su hija desconsolada y caída.

—Vi a tu marido. Es un muchacho encantador, pero tú no sabes tratarlo.

Hipólito Cerés averiguó por un periodiquillo escandaloso (los ministros se enteran siempre de los asuntos de Estado por los periódicos) que el presidente del Consejo comía todas las noches en casa de la señorita Lisiana, de los Bufos, cuya belleza le cautivaba locamente. Desde aquel día, Cerés sintió el miserable goce de observar a su mujer. Evelina llegaba siempre tarde para comer o para vestirse, y reflejaba en su aptitud la serena fatiga de un goce realizado.

Seguro de que aún lo ignoraba, Cerés le dirigió avisos anónimos. Ella los leía en la mesa, lánguida y sonriente.

El marido creyó que su mujer no se daba cuenta de la realidad y quiso presentarle una prueba decisiva. Había en el ministerio agentes de confianza ocupados en investigaciones secretas interesantes para la defensa nacional y que, precisamente, vigilaban a unos espías que la nación vecina y enemiga pagaba, pertenecientes al servicio de Correos y Telégrafos de la República. Hipólito Cerés les ordenó que suspendieran sus investigaciones y se ocuparan de averiguar dónde, cuándo y cómo el presidente del Consejo se veía con Lisiana. Los agentes, después de cumplir fielmente su misión, comunicaron al ministro que habían sorprendido varias veces al presidente del Consejo con una señora, y que dicha señora no era Lisiana. Hipólito Cerés tuvo la cordura de no preguntarles más. Los amores de Pablo Visire con Lisiana sólo eran una invención del propio Visire, lanzada con el beneplácito de Evelina para despistar a los curiosos y gozarse tranquilos en la sombra y el misterio.

Pero, además de los agentes del ministro de Comunicaciones los acechaban los del prefecto de Policía y los del ministerio del Interior, que se disputaban el cuidado de protegerlos; también eran acechados por algunas agencias realistas, imperialistas y clericales, por dieciocho oficinas de estafadores que se hacen pagar el secreto de lo que descubren, por algunos policías de afición, por una muchedumbre de noticieros y una cáfila de fotógrafos que, donde cobijaran sus amores errantes (famosos hoteles, fondas humildes, casas de la ciudad, casas de campo, aposentos particulares, castillos, palacios, museos, zahurdas), iban a sorprenderlos, y los acechaban desde los árboles, desde los muros, desde las escaleras, desde los tejados, desde las habitaciones contiguas, desde las chimeneas. El presidente y su amiga veían con espanto, en torno de su alcoba provisional, barrenas que taladraban las puertas y las ventanas, berbiquíes que agujereaban las paredes. Pero lo más que pudieron obtener los fotógrafos fue una instantánea de la señora de Cerés en camisa, mientras se abrochaba las botas.

Pablo Visire, impacientado, irritado, perdía su alegre humor y su amabilidad; llegaba furioso a los Consejos y lanzaba invectivas, ¡también él!, contra el general Debonnaire, valiente y heroico en la guerra, pero incapaz, hasta el punto de no saber cómo impedir que arraigase la indisciplina en el ejército, y el general Debonnaire, a su vez, abrumaba con sarcasmos al venerable almirante Vivierdes-Murenes, cuyos navíos íbanse a pique sin causas manifiestas.

Fortunato Lapersonne lo oía, solapado; abría mucho los ojos y mascullaba:

—Se apropia todo lo de Hipólito Cerés; primero, su mujer; ahora, sus manías.

Esas discordias, reveladas por las indiscreciones de los ministros y por las quejas de los dos viejos militares, que se decían dispuestos a tirar sus carteras a las narices del presidente, en vez de perjudicarle, producían muy buen efecto en el Parlamento y en la opinión, que adivinaba en todo aquello señales de un decidido interés por el Ejército y la Marina. Y el presidente se veía favorecido por la universal aprobación.

A las felicitaciones de los grupos y de los personajes notables respondía con imperturbable sencillez:

—¡Son mis principios!

Hizo encarcelar a ocho socialistas.

Al cerrarse las Cámaras, Pablo Visire fue a un balneario para reponerse de sus fatigas. Hipólito Cerés no quiso abandonar su ministerio, donde se agitaba tumultuosamente el Sindicato de señoritas telefonistas, y las castigó con una violencia extremada, porque se había vuelto misógino. Los domingos iba de pesca con Lapersonne a los pueblecillos de las cercanías, con sombrero de copa, sin el cual nunca salía desde que le hicieron ministro, y juntos olvidaban los peces para lamentar la inconstancia de la mujer y unir sus amarguras. Hipólito, apasionado por Evelina, sufría mucho; pero ya la esperanza iluminaba su corazón. La tenía separada del amante, y deseoso de recobrarla puso en conseguirlo todo su esfuerzo, toda su habilidad. Se mostró sincero, previsor, afectuoso, rendido y hasta indiscreto. Su cariño le adiestraba en múltiples delicadezas. Decíale a la infiel frases encantadoras, conceptos conmovedores, y para enternecerla, confesábale todo lo que había sufrido.

Al cruzar sobre su vientre la cinturilla del pantalón, exclamaba:

—¡Ya ves cómo enflaquecí!

Le prometía todo lo que, a su juicio, puede ser grata a una mujer: diversiones campestres, sombreros, joyas.

A veces pensaba tenerla ya propicia, porque no brillaban en su rostro reflejos de una insolente felicidad. Separada de Pablo, su tristeza parecía dulzura; pero en cuanto Hipólito intentaba acariciarla se esquivaba Evelina, rebelde y adusta, encastillada en su falta como en una fortaleza.

Él insistía, y se mostraba humilde, suplicante, afligido.

Una tarde le dijo a Lapersonne con lágrimas en los ojos.

—¡Convéncela tú!

Lapersonne no accedió, seguro de que su intervención era ineficaz; pero formuló un consejo:

—Dale a entender que la desdeñas, que amas a otra.

Para poner en práctica este recurso, Hipólito publicó en algunos diarios que pasaba la vida en casa de la encantadora Guinaud, bailarina. Se retiraba al amanecer y fingía, en presencia de su esposa, el espectáculo de un goce interior imposible de ocultar. Durante la comida sacaba del bolsillo una carta perfumada, y la leía con fingido deleite: sus labios parecían besar en un ensueño otros labios invisibles…

Nada hizo, en efecto, y Evelina no llegó a darse cuenta. Indiferente a todo lo que la rodeaba, sólo salía de su letargo para pedir algunos luises a su marido, y si no se los daba le miraba con desprecio, dispuesta a reprocharle su deshonor, el ridículo de que le cubría y a humillarle a los ojos del mundo. Desde que se enamoró de Pablo gastaba mucho más en sus elegancias, necesitaba dinero, y sólo su marido podía procurárselo. En esto era fiel. Hipólito perdió la paciencia, se enfureció, amenazó a su mujer con el revólver, y un día en presencia de Evelina, dijo a su madre:

—Os felicito, señora. Educasteis a vuestra hija de un modo estúpido.

—¡Llévame contigo, mamá!, exclamó Evelina. ¡Me divorciaré!

Hipólito la quería más que nunca.

En sus celos furiosos la acriminaba, no sin motivo, de sostener correspondencia con su amante, y para interceptarla restableció el gabinete negro, perturbó las correspondencias privadas, detuvo las órdenes de Bolsa, desconcertó las citas amorosas, provocó ruinas, agrió pasiones y produjo suicidios. La Prensa independiente recogía las quejas del público y las apoyaba con profunda indignación. Para justificar aquellas disposiciones arbitrarias los periódicos ministeriales hablaron encubiertamente de conspiraciones y peligros públicos, hicieron temer algaradas monárquicas. Los noticieros peor informados daban referencias más precisas, y anunciaban el secuestro de cincuenta mil fusiles y el desembarco del príncipe Crucho.

La emoción iba en aumento, los órganos republicanos pidieron que se convocasen inmediatamente las Cámaras.

Pablo Visire volvió a la capital, reunió a sus colegas, hubo un importante Consejo. Sus agencias publicaron que se conspiraba contra la República y que el presidente del Consejo, con pruebas indudables, había pasado el asunto a los Tribunales de justicia.

Inmediatamente ordenó el arresto de treinta socialistas, y mientras el país entero le aclamaba como a un redentor, burló la vigilancia de sus seiscientos agentes y se refugió con Evelina en un hotelillo, donde permanecieron hasta la hora del último tren.

Al entrar la doncella en el aposento que habían ocupado vio en la pared de la alcoba, cerca de la cabecera, siete cruces trazadas con una horquilla.

Es todo lo que pudo averiguar Hipólito Cerés, quien había realizado prodigios de previsión en aquellas circunstancias.

IX. Las últimas consecuencias

Son los celos una virtud de los demócratas, y los defienden contra los tiranos. Los diputados empezaban a envidiar la llave de oro del presidente del Congreso hacía un año que su dominio sobre la encantadora Evelina de Cerés era notorio en todo el mundo. Las provincias, donde las noticias y las modas llegan después de una completa revolución de la Tierra en torno del Sol se enteraron al fin de los amores ilegítimos del jefe del Gabinete.

En provincias se conservan aún costumbres austeras: las señoras provincianas son más virtuosas que las de la capital. Para justificarlo se alegan varias razones: la educación, el ejemplo, la sencillez de la vida. El profesor Haddock pretende que su virtud se funda sólo en que llevan botas de tacón bajo.

«Una mujer —escribe en un erudito estudio publicado por La Revista Antropológica—, una mujer sólo produce en el hombre civilizado, la sensación francamente erótica cuando la planta de su pie forma con la superficie del suelo un ángulo de veinticinco grados. Si llega el ángulo a tener treinta y cinco grados, la impresión erótica producida en el sujeto es aguda. En efecto: de la inclinación del pie sobre el suelo depende, mientras la figura se mantiene vertical, la situación respectiva de las diferentes partes del cuerpo, especialmente de la parte baja del vientre, y las relaciones recíprocas y movimientos de las caderas, de las masas musculares que guarnecen las partes posterior y superior del muslo. Como todo hombre civilizado padece perversión genésica y sólo reacciona la idea de voluptuosidad con las formas femeninas (por lo menos mientras la figura se mantiene vertical) dispuestas en las condiciones de volumen y equilibro producidas por la inclinación del pie que acabamos de fijar, resulta que las señoras provincianas, con los tacones bajos, no son muy apetecidas al ir por la calle, y conservan fácilmente su virtud».

Estas conclusiones no fueron generalmente aceptadas. Se dijo que también en la capital, influida por las modas inglesas y americanas, se generalizó el uso de los tacones bajos sin que produjesen los efectos indicados por el sabio profesor, y, por añadidura que la pretendida diferencia entre las costumbres de la metrópoli y de las provincias acaso es ilusoria, o si existe, se debe, al parecer, a que las grandes poblaciones ofrecen al amor ventajas y facilidades que las pequeñas no disfrutan.

Sea como sea, lo cierto es que las provincias comenzaron a murmurar escandalizadas contra el presidente del Consejo, lo cual no era un peligro, aun cuando podría llegar a serlo.

Por de pronto, el peligro no aparecía en parte alguna y estaba en todas partes. La mayoría se mantuvo firme, aun cuando los jefes de grupo se mostraban exigentes y morosos. Hipólito Cerés no hubiera sacrificado jamás a la venganza sus intereses; pero al considerar que sin comprometer su propia fortuna podía o lucir secretamente la de Pablo Visire, hizo un estudio para crear, con arte y prudencia, dificultades y peligros al jefe del Gobierno. Sin duda, se hallaba muy por debajo de su rival en talento, en cultura y autoridad, pero le superaba en las habilidosas maniobras de los pasillos. Los más sagaces parlamentarios atribuían a su abstención los recientes desfallecimientos de la mayoría. En las Comisiones fingía imprudencia y apadrinaba peticiones de crédito, a sabiendas de que el presidente no las aceptaría. Su torpeza intencionada produjo un violento conflicto entre el ministro del Interior y el subsecretario. Su odio ingenioso encontró una salida por sendas tortuosas. Pablo Visire era primo de una mujer pobre y galante que llevara su nombre. Acordóse Cerés oportunamente de Celina Visires la protegió, le procuró relacionarse con hombres y mujeres, y contratas en los cafés cantantes. Instigada por él presentó pantomimas unisexuales, tan escandalosas como ruidosamente rechazadas. Una noche de verano ejecutó en los Campos Elíseos, ante una muchedumbre tumultuosa, danzas obscenas al compás de una música incitante que resonaba en los jardines donde el presidente de la República festejaba la visita de unos reyes. El nombre de Visire, asociado a esos escándalos, cubría los muros de la ciudad, llenaba los periódicos, volaba por los cafés y por los bailes públicos en hojas con dibujos libertinos, deslumbraba con letras de fuego sobre los bulevares.

A nadie se le ocurría suponer al presidente del Consejo responsable de la indignidad de su prima; pero como al cabo llevaba su nombre disminuyó bastante su prestigio.

Unióse a esto una inconveniente alarma. Con motivo de un asunto sin importancia, discutido en la Cámara, el ministro de Instrucción Pública y de Cultos (Labillette, hombre bilioso a quien las pretensiones y las intrigas del clero exasperaban), amenazó con cerrar la capilla de Santa Orberosa y habló sin respeto de la Virgen nacional. La mayoría se levantó indignada. La izquierda apoyó, contra su gusto, al ministro temerario. Nadie se preocupaba de atacar un culto que producía treinta millones anuales al país. Bigoud, el más moderado entre los hombres de la derecha, transformó el asunto en interpelación y puso en peligro al Gabinete.

Afortunadamente, el ministro de Obras Públicas, Fortunato Lapersonne, atento siempre a lo que obliga el poder, supo remediar, en ausencia del presidente del Consejo, la inoportunidad y la inconveniencia de su colega de Cultos, y subió a la tribuna para sostener qué el Gobierno respetaba a la celeste Patrona del país, consoladora de tantos males que la ciencia no puede remediar.

Cuando Pablo Visire, libre al fin de los brazos de Evelina, compareció en la Cámara, ya se había conjurado el peligro; pero el presidente del Consejo se vio obligado a dar importantes compensaciones a las clases directoras. Propuso al Parlamento la subasta de seis acorazados, y reconquistó así la simpatía del acero; aseguró una vez más que no habría impuesto sobre la renta y mandó detener a dieciocho socialistas.

Pronto lo acosaron dificultades más terribles. El canciller del imperio vecino, en un discurso acerca de las relaciones exteriores de su soberano, deslizó, entre apreciaciones ingeniosas y advertencias profundas, una malévola alusión a las pasiones amorosas en que se inspiraba la política de una poderosa nación. Este alfilerazo, acogido con sonriente complacencia en un Parlamento imperial, debía producir molestias en una República suspicaz, y aguzó susceptibilidades, que se convirtieron en encono contra el ministro enamorado. Los diputados aprovecharon un pretexto frívolo para demostrar su descontento, y al tratarse de un incidente ridículo, provocado por la calaverada de un subprefecto que se divirtió como un estudiante en un baile público, la Cámara obligó al ministro a dar explicaciones, y faltó poco para que le derribaran. En opinión general, nunca estuvo Pablo Visire tan débil, tan blando, tan caído como en aquella deplorable sesión.

Convencido de que sólo podría salvarse con arrestos de político audaz, propuso la expedición a Nigricia reclamada por los banqueros y los industriales opulentos, que aseguraría concesiones de inmensos bosques a las Sociedades capitalistas, un empréstito de ocho mil millones a los establecimientos de crédito, ascensos, recompensas y cruces a los oficiales de tierra y mar.

Independientemente se presentó el inevitable pretexto: una injuria que vengar, un crédito que defender. Seis acorazados, catorce cruceros y dieciocho transportes penetraron en la embocadura del río de los Hipopótamos, donde seiscientas piraguas se opusieron en vano al desembarco de las tropas. Los cañones del almirante Vivierdes-Murenes produjeron un efecto devastador entre los negros, que respondían con bandadas de flechas, y que, a pesar de su heroísmo fanático, fueron absolutamente vencidos. Avivado por los periódicos que recibían subvenciones de los banqueros, estalló el entusiasmo popular. Solamente algunos socialistas protestaron contra la aventura bárbara, equívoca, peligrosa, y fueron inmediatamente detenidos. Mientras el Ministerio, apoyado por los poderosos y defendido por los demás, parecía inquebrantable, Hipólito Cerés, inspirado por sus odios, adivinó el peligro.

Se entregaba al país a una borrachera de gloria y de negocios; pero el imperio vecino protestó contra la ocupación de la Nigricia por una potencia europea. Sucediéronse las reclamaciones, cada vez más frecuentes y cada vez más apremiantes. Los periódicos de la República disipaban todos los motivos de inquietud. Viendo agigantarse la amenaza, Hipólito Ceíés resolvió arriesgarlo todo, hasta la existencia del Ministerio, y trabajaba cautamente para perder a su enemigo. Inspiró a escritores adictos a su persona artículos que aparecieron en periódicos oficiosos, en los cuales se atribuían al jefe del Gobierno intenciones belicosas.

A la vez que despertaban un eco terrible en el extranjero, esos artículos alarmaron la opinión en un país entusiasta del ejército y enemigo de la guerra. Interpelado acerca de la política exterior del Gobierno, Pablo Visire hizo declaraciones tranquilizadoras y prometió mantener una paz compatible con la dignidad nacional. El ministro de Negocios Extranjeros, Crombile, leyó una «nota» en absoluto ininteligible, puesto que estaba escrita en lenguaje diplomático. Sostuvo al Ministerio una gran mayoría.

Pero los rumores de guerra no cesaban, y para evitar alguna peligrosa interpelación, el presidente del Consejo distribuyó entre los diputados ochenta mil hectáreas de bosques en Nigricia, y mandó detener a catorce socialistas. Hipólito Cerés iba por los pasillos muy triste, y comunicaba a los diputados de su grupo sus esfuerzos para conseguir que prevaleciera en el Consejo una política de paz.

De día en día los rumores siniestros aumentaban, preocupaban al público, sembraban el malestar y la inquietud. Hasta Pablo Visire se acobardó, turbado por el silencio y la ausencia del ministro de Negocios Extranjeros. Crombile no iba a los Consejos; se levantaba a las cinco de la mañana, trabajaba dieciocho horas en su despacho, y caía rendido en el cesto de los papeles, donde los porteros lo recogían al rebuscar documentos que vender a los agregados militares del imperio vecino.

El general Debonnaire se preparaba, seguro de una próxima campaña. Lejos de temer la guerra, la pedía constantemente a voces. Confiaba sus generosas esperanzas a la baronesa Bildermann, y ésta lo comunicaba inmediatamente a la nación vecina, la cual, por su aviso, movilizó un ejército. El ministro de Hacienda; sin desearlo, precipitó los acontecimientos. Tenía pendiente una jugada a la baja, y para producir pánico lanzó a la Bolsa la noticia de una guerra inevitable. El emperador vecino, engañado por aquella maniobra y temeroso de que invadieran su territorio, dispuso a toda prisa la defensa. Espantóse la Cámara y derribó al Ministerio Visire por una enorme mayoría (ochocientos catorce votos contra siete y veintiocho abstenciones). Ya era tarde: la nación vecina y enemiga había retirado su embajador, y con ocho millones de hombres invadía la patria de la señora de Cerés.

Generalizóse la guerra, y el mundo entero se ahogó en un mundo de sangre.

X. Apogeo de la civilización pingüina

Había pasado medio siglo desde los sucesos que acabamos de referir, cuando la señora de Cerés murió, respetada, venerada y viuda, a los setenta y nueve años. A sus modestos funerales asistieron los huérfanos de la parroquia y las hermanas de la Sagrada Mansedumbre.

La difunta legó todos sus bienes a la Obra de Santa Orberosa.

—¡Ay! —suspiró el reverendo Monnoyer, canónigo de San Mael al recibir tan piadosa herencia—, ya era tiempo de que una generosa fundadora socorriese nuestras necesidades. Los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes nos miran indiferentes o se apartan de nosotros, y cuando nos esforzamos para encaminar por la buena senda las almas extraviadas, ni promesas, ni amenazas, ni dulzura, ni violencia, nada nos vale, nada conseguimos. El clero de la Pingüinia gime desolado, nuestros curas rurales han de vivir de su trabajo, y emplean con frecuencia sus manos sagradas en oficios viles. En nuestras iglesias ruinosos la lluvia del cielo se filtra sobre los fieles, y durante los santos oficios caen piedras de las bóvedas. El campanario de la catedral se derrumba. Los pingüinos olvidaron a Santa Orberosa; su culto fue abolido, su santuario está desierto. Sobre la urna de sus reliquias, despojada ya del oro y de las piedras preciosas, las arañas tejen silenciosamente su tela.

Al oír aquellas lamentaciones, Pedro Mille, que a la edad de noventa y ocho años aún conservaba su energía intelectual y moral, preguntó al canónigo si confiaba en que, andando el tiempo, saliera Santa Orberosa de aquel injurioso olvido.

—No me atrevo a esperarlo —suspiró Monnoyer.

—¡Es lástima! —replicó Pedro Mille—. Orberosa es una bonita figura, y su leyenda es interesante. Descubrí casualmente poco ha uno de sus más bellos milagros, el milagro de Juan Violle. ¿Queréis oírlo?

—De buena gana, señor Mille.

—Os lo diré tal como lo refiere un manuscrito del siglo XIV.

«Cecilia, esposa de Nicolás Gaubert, platero establecido en Ponau-Change, después de haber sido casta y honesta durante muchos años de su vida, ya en la madurez se enamoró de Juan Violle, pajecillo de la señora condesa de Maubec, la cual habitaba en el hotel del Gallo, en la plaza de la Gréve. Juan tenía entonces dieciocho años y era muy lindo. Como Cecilia no lograba extinguir su amor, se decidió a satisfacerlo. Atrajo al pajecillo, lo llevó a su casa, lo acarició, le dio muchas golosinas y, finalmente, realizó su gusto.

Un día que se hallaban los dos en la cama del platero, éste volvió más temprano que de costumbre. Encontró atrancada la puerta y oyó la voz de su esposa, que decía: “¡Corazón mío! ¡Angel mío! ¡Gloria mía!” Sospechando entonces que se hallaba con un galán, golpeó ruidosamente la puerta y dio terribles aldabonazos, mientras vociferaba: “¡Perdida! ¡Indecente! ¡Bribona! ¡Abre, para que te corte las orejas y la nariz!” En tan grave peligro, la esposa del platero ofreció a Santa Orberosa una vela, y le rogó que intercediera para librarla de aquel terrible aprieto.

La Santa convirtió inmediatamente al mozo en moza. Como Juan estaba desnudo, no le fue difícil a Cecilia reparar en el cambio de sexo, y, tranquilizada, comenzó a dar voces a su marido: “¡Repugnante animal! ¡Estúpido celoso! Cuando hables con más dulzura te abriré la puerta”. Se acercó al armario, cogió un viejo capirote, un corpiño, una falda, y a toda prisa vistió al paje metamorfoseado. Apenas lo hubo hecho, dijo: “Catalina, corazón mío, ángel mío, gloria mía, abrid la puerta a vuestro tío y no temáis que os lastime, porque es más imbécil que malo.” El mozo, convertido en moza, obedeció, y al entrar en su alcoba con la desconocida doncella el platero encontró a su mujer en la cama. “¡Tonto! —le dijo Cecilia—, no te extrañe lo que ves. Acababa yo de acostarme con dolor de vientre, cuando ha comparecido Catalina, la hija de mi hermana Juana, de Palaiseau, con quien estamos reñidos hace quince años. Dale un beso a tu sobrina, que bien lo merece”. El platero besó a Juan Violle con alegría, no sin reparar en la finura de su piel, y desde entonces se propuso acariciar a Catalina con más reposo, para lo cual la condujo a otra estancia so pretexto de ofrecerle vino y nueces, y en cuanto estuvieron solos insinuó aproximaciones amorosas. Sin duda el buen hombre no se quedara corto, pero Santa Orberosa inspiró a Cecilia para que le sorprendiera, y al verle con la muchacha en las rodillas le trató de lujurioso, le dio varios pescozones y obligóle a pedirle perdón. Al día siguiente, Juan Violle recobró su sexo».

Después de oír esa historia, el canónigo Monnoyer agradeció a Pedro Mille que se la hubiese referido. Cogió la pluma y empezó a redactar los pronósticos de los caballos vencedores en las próximas carreras, porque se ganaba la vida con tan impropia ocupación.

La Pingüinia se glorificaba de su florecimiento. Los que producían las cosas necesarias para la vida carecían de ellas, y los que no la producían, las tenían en abundancia. «Son éstas —como dijo un académico— ineludibles fatalidades económicas». El pueblo pingüino carecía ya de tradiciones, de cultura intelectual y de arte. Los progresos de la civilización se manifiestan por la industria devastadora, por la especulación infame y el asqueroso lujo. La capital ofrecía, como las más famosas capitales de aquel tiempo, un carácter de opulencia y cosmopolitismo. Reinaba una insulsez inmensa y monótona. El país disfrutaba una tranquilidad absoluta. Era el apogeo.

Libro octavo. Los tiempos futuros: la historia sin fin

Y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura,
con todos los moradores de aquellas ciudades,
y el fruto de la tierra.

(Génesis, XIX, 25)


No habías advertido que eran ángeles.

(Liber Terribilis)
 

Estamos en los principios de una química
nueva que tratará de las variaciones de un
cuerpo en el cual se halla concentrada
una energía tan enorme que nunca dispusimos
de otra semejante.

(Sir William Ramsay)
 

I

Nunca les parecía bastante la elevación de las casas; las hicieron de treinta y cuarenta pisos, donde se apilaban oficinas, almacenes, despachos de banqueros, domicilios de Sociedades, y excavaban el suelo para construir bodegas y túneles.

Quince millones de hombres trabajaban en la inmensa capital a la luz de los faroles encendidos noche y día. La claridad del cielo no atravesaba la humareda de las fábricas que rodeaban la ciudad; pero alguna veces se veía el disco rojo de un sol sin irradiaciones al cruzar el firmamento ennegrecido y surcado por puentes de hierro, de los cuales caía una lluvia eterna de carbonilla y engrases. Era la más industrial de todas las ciudades del mundo y la más metalizada. Su organización parecía perfecta: no le quedaba nada y de las antiguas formas aristocráticas o democrática de las sociedades: todo estaba subordinado a los intereses de los trusts. Se formó en aquel medio lo que lo antropólogos llaman el prototipo archimillonario. Eras hombres a la vez enérgicos y débiles, capaces de poderosas combinaciones mentales y de un penoso trabajo de oficina, pero cuya sensibilidad sufría desequilibrios hereditarios que aumentaban con los años.

Como todos los verdaderos aristócratas, como los patricios de la Roma republicana, como los lores de la vetusta Inglaterra, aquellos hombres poderosos afectaban mucha severidad en las costumbres. Aparecieron los ascetas de la riqueza. En las asambleas de los clubes veíanse rostros completamente afeitados, mejillas chupadas, ojos hundidos, frentes arrugadas. Con el cuerpo más enjuto, el color amarillento, los labios más áridos y la mirada más inflamada que los viejos frailes españoles, los archimillonarios se entregaban con inextinguible ardor a las austeridades de la Banca y de la industria. Muchos de ellos se abstenían de todo goce, de toda alegría, de todo descanso, y consumían su vida miserable en un aposento sin aire y sin luz, amueblado solamente con aparatos eléctricos. Cenaban huevos y leche, dormían sobre una lona tirante. Sin otra ocupación que la de oprimir con el deduco un botón de níquel, aquellos místicos amasaban riquezas que ni siquiera veían, y adquirían la vana posibilidad de satisfacer deseos que no ambicionaban.

El culto de la riqueza tuvo sus mártires. Entre aquellos millonarios, el famoso Samuel Box prefirió morir a ceder la más insignificante parcela de su fortuna. Uno de sus obreros, víctima de un accidente de trabajo, al ver que le negaba toda indemnización, recurrió a los Tribunales de Justicia; pero rendido por las insuperables dificultades del procedimiento cayó en una cruel indigencia, y desesperado al fin, a fuerza de audacia y disimulo, consiguió tener al patrón al alcance de su mano y le amenazó con meterle una bala de revólver en los sesos si no le socorría. Samuel Box prefirió dejarse matar a contradecir sus principios.

Los altos ejemplos encuentran prosélitos. Los que poseían pequeños capitales (y eran, naturalmente, los más, se apropiaron las ideas y las costumbres de los archimillonarios para que los confundieran con ellos. Todas las pasiones que impiden el crecimiento y la conservación de los bienes eran juzgadas como deshonrosas. No merecían perdón la inquietud, ni la pereza, ni el gusto por las investigaciones desinteresadas, ni el amor a las artes, ni, sobre todo, la prodigalidad. La compasión era condenada como una debilidad peligrosa. Mientras la inclinación a la voluptuosidad era públicamente reprobada, hallaba excusa la violencia de un apetito brutalmente satisfecho. En efecto: la violencia parecía menos dañosa para las costumbres, por ser manifestación de una de las formas de la energía social. Descansaba el Estado sobre dos prejuicios públicos muy arraigados: el respeto a la riqueza y el desprecio al pobre. Las almas débiles, turbadas aún por el sufrimiento humano, se veían obligadas a refugiarse en una hipocresía, que no era censurable por contribuir al sostenimiento del orden y la solidez de las instituciones.

Los ricos se mostraban consagrados a la sociedad o lo aparentaban. Muchos daban ejemplo, pero no todos lo seguían. Algunos padecían cruelmente los rigores de su estado y lo sostenían por orgullo o por deber, y otros intentaban evitarlo siquiera una hora en secreto, con subterfugios. Uno de ellos, Eduardo Martín, presidente del trust de los hierros, disfrazado de pobre, mendigaba su pan y se dejaba maltratar por los transeúntes. Una vez que pedía limosna en un puente se querelló con un verdadero pobre, y, arrebatado por un furor envidioso, lo estranguló.

Como empleaban toda su inteligencia en los negocios, no sentían afán por las diversiones intelectuales. El teatro, floreciente en otro tiempo, se reducía a pantominas y bailes cómicos. Hasta las obritas hechas con la intención de lucir mujeres habían sido abandonadas: ya no se cultivaba el gusto de las formas espléndidas ni de las elegancias brillantes, y eran preferidas las volteretas de los payasos y las músicas de los negros. Sólo entusiasmaba en los escenarios el desfile de collares de diamantes lucidos por las figurantas, y enormes barras de oro llevadas en triunfo. Las mujeres de familias opulentas se hallaban sometidas, como los hombres, a costumbres respetables. Conforme a una tendencia común a todas las civilizaciones, el sentimiento público las erigía en símbolos, y ellas debían representar con su fausto austero la grandeza de su fortuna y su intangibilidad. Habíanse reformado las antiguas costumbres de galantería. A los amantes mundanos de otros tiempos reemplazaban secretamente robustos masajistas o algún ayuda de cámara. Los escándalos eran poco frecuentes: con un viaje al extranjero se acallaban, y las princesitas del trust, al regreso de su correría, disfrutaban como antes de la estimación general.

Estaban los ricos en escasa minoría; pero sus colaboradores, todos los ciudadanos, les eran absolutamente adictos. Formaban dos clases: la de los empleados del comercio y de la banca, y la de los obreros de las fábricas y de los talleres. Los primeros trabajaban mucho y recibían sueldos cuantiosos; algunos llegaban a fundar establecimientos. El aumento constante de la riqueza pública y la movilidad de las fortunas privadas autorizaban todas las esperanzas entre los más inteligentes y los más audaces. Sin duda, hubiera sido fácil descubrir entre la inmensa muchedumbre de empleados administrativos y de ingenieros un cierto número de irritados y descontentadizos; pero aquella sociedad poderosa había impreso hasta en el alma de sus adversarios la implacable disciplina. Los mismos anarquistas se mostraban laboriosos y ordenados.

Los obreros que trabajaban en las fábricas de los alrededores de la ciudad padecían un aplastante decaimiento físico y moral que realzaba en ellos el tipo del pobre fijado por la Antropología. Aun cuando el desarrollo de ciertos músculos, debido a la especial naturaleza de su actividad, aparentase fuerza en ellos, todos ofrecían señales inequívocas de un agotamiento morboso. De corta estatura, con el cráneo pequeño y escaso desarrollo de la cavidad torácica, se distinguían también de las clases acomodadas por una multitud de anomalías fisiológicas, y, sobre todo, por la asimetría frecuente de la cabeza o del cuerpo. Estaban destinados a una degeneración gradual y continua, porque a los más robustos el Estado los elegía para el ejército y no hay salud que resista mucho tiempo a las mozas y a los taberneros que invaden los alrededores de los cuarteles. Los proletarios eran cada vez más pobres de espíritu; la extenuación de sus facultades intelectuales, en cierto modo consecuencia de su miserable vida, resultaba también de una selección metódica operada por los patronos, quienes, temerosos de los obreros de alguna lucidez intelectual, siempre más aptos para formular reivindicaciones legítimas. Procuraban eliminarlos por todos los medios posibles y contrataban con preferencia a los trabajadores ignorantes y torpes, incapaces de comprender sus derechos, pero bastante inteligentes aún para desempeñar los oficios que las máquinas perfeccionadas habían simplificado mucho.

Así, los proletarios se hallaban faltos de medios para mejorar de fortuna. Difícilmente lograban, con las huelgas, mantener el precio de su salario, y hasta este recurso perdía eficacia. La intermitencia de la producción, inherente al régimen capitalista causaba tales paros, que si se declaraba la huelga en ciertos ramos de la industria, inmediatamente los sobrantes, hambrientos, reemplazaban a los huelguistas. En fin: aquellos productores miserables permanecían sumergidos en una triste indiferencia difícil de exasperar. Eran instrumentos indispensables y bien adaptados a la producción.

En resumen: aquel organismo social parecía el mejor cimentado entre todos los que prepararon los hombres, pero sin poder compararse a los que forman las abejas y las hormigas, muy superiores por su estabilidad. Nada hacía temer la ruina de un régimen fundado en las condiciones más arraigadas de nuestra naturaleza: el orgullo y la codicia. Sin embargo, los observadores prudentes descubrieron varios motivos de inquietud. Los más temibles, aunque menos alarmantes, eran de orden económico y consistían en la excesiva producción, siempre creciente, que determinaba largos y crueles paros, provechosos hasta cierto punto para los industriales, porque debilitaban la cohesión de los obreros al oponer la masa de los que no tenían trabajo a la de los trabajadores. Otro peligro más notorio resultaba del estado fisiológico de casi toda la población.

"La salud de los pobres no puede ser mejor en las circunstancias en que viven —decían los higienistas—; pero la de los ricos deja bastante que desear." No era difícil investigar las causas. En el ambiente de la ciudad faltaba el oxígeno indispensable para la vida, se respiraba un aire artificial; los trusts de sustancias alimenticias realizaban síntesis químicas de las más atrevidas; se producían artificialmente vino, carne, leche, frutas y legumbres. Este régimen causó perturbaciones en los estómagos y en los cerebros. Los archimillonarios perdían el pelo en su primera juventud. Espíritus debilitados, enfermizos, inquietos, daban sumas enormes a hechiceros ignorantes, y se vio florecer de pronto en la ciudad la fortuna médica o teológica de algún innoble bañero convertido en terapéutico y en profeta. El número de los alienados aumentaba sin cesar. Los suicidios, que se multiplicaban entre los opulentos, a veces ofrecían caracteres chocantes, reveladores de una perversión inaudita en la inteligencia y en la sensibilidad.

Otro síntoma funesto abrumaba implacablemente a la mayoría de los ciudadanos: la catástrofe ocupaba en las estadísticas un lugar cada vez mayor. Estallaban calderas, incendiábanse fábricas, descarrilaban trenes aéreos, que aplastaban a centenares de transeúntes, y al hundir el suelo con la violencia de la caída, destruían talleres subterráneos donde trabajaban cuadrillas numerosas.

II

En la parte sudoeste de la ciudad, sobre una altura que aún conservaba su antiguo nombre, llamada Castillo de San Miguel, extendíase un jardín, cuyos añosos árboles sombreaban el césped con sus viejas ramas. En la vertiente Norte, los ingenieros paisajistas habían construido una cascada, grutas, un torrente y un lago con islotes. Desde allí se dominaba toda la ciudad, con sus calles, ramblas, plazas, multitud infinita de azoteas y cúpulas, ferrocarriles aéreos y una muchedumbre de hombres aislados y silenciosos. Por ser ese jardín el sitio más saludable de la ciudad, enviaban allí a los niños para que respirasen aire puro y vieran el cielo azul, no empañado por la humareda sucia de las fábricas. En verano, algunos dependientes de las oficinas y de los laboratorios próximos, después de almorzar, descansaban un rato en aquella tranquilidad aparente.

Cierta mañana de junio, hacia el mediodía, una telelegrafista llamada Carolina Merlier fue a sentarse en uno de los bancos de la terraza del Norte, y para descansar sus ojos en el verdor, se puso de espaldas a la ciudad. Morena, con las pupilas vivaces, robusta y plácida, parecía tener de veinticinco a veintiocho años. Momentos después, un empleado del trust de la Electricidad, Jorge Clair, sentóse junto a ella. Rubio, delgado, flexible, mostraba en sus facciones delicadezas femeninas. Tenía aproximadamente la edad de Carolina, pero su aspecto era más juvenil. Como se veían con frecuencia en aquellos lugares, simpatizaron. No hablaban de ternuras, de efectos, de intimidades. Aun cuando alguna vez en su vida tuvo que arrepentirse de sus confianzas, Carolina se inclinaba fácilmente a la franqueza, mientras Jorge Clair se mostraba siempre reservado en sus frases y en sus maneras, daba a sus conversaciones un carácter puramente intelectual y las sostenía con ideas generales rudamente expresadas.

Acerca de las condiciones del trabajo y de la organización social, Jorge Clair dijo:

—La riqueza es uno de los varios medios que tiene el hombre para vivir dichoso, y la convirtieron en el fin único de la existencia.

A los dos les parecía una monstruosidad que así ocurriese.

Insistían con frecuencia en ciertos asuntos científicos que les eran familiares.

Hablaban de la evolución de la Química:

—En cuanto se comprobó —dijo Clair— que el radium se transformaba en helium, quedó absolutamente destruida la inmutabilidad de los cuerpos simples, y fueron arrinconadas las viejas leyes de afinidad y de conservación de la materia.

—Pero hay leyes químicas —dijo Carolina, que mujer al fin, no podía librarse de creer en algo.

Jorge prosiguió tranquilamente:

—Ahora que ya no es difícil procurarse una cantidad suficiente de radium, alcanza la ciencia incomparables medios de análisis. Los llamados cuerpos simples ofrécense como compuestos de una riqueza extremada, y en la materia se descubren energías cuya intensidad es mayor cuanta más tenue sea su estructura.

Mientras hablaban echaban migas de pan a los pájaros. Los niños jugaban en torno.

Su conversación tomó un nuevo rumbo:

—Esta altura, en la época cuaternaria —dijo Clairhallábase poblada de caballos bravíos. El año pasado, en las excavaciones que se hicieron para la conducción de aguas, encontraron una capa espesa de osamentas de hemiones.

Interesó a Carolina saber si en aquel tiempo remoto existía ya el hombre sobre la Tierra.

Jorge dijo que los hombres cazaron a los hemiones antes de domesticarlos para servirse de ellos.

—El hombre primitivo —añadió— era cazador. Luego fue pastor, agricultor, industrial… Y se sucedieron diversas civilizaciones a través de un tiempo tan dilatado, que la inteligencia no concibe.

Sacó el reloj.

Carolina preguntó si era ya la hora del trabajo, y él dijo que faltaban aún cinco minutos para las doce y media.

Una niña formaba montones de arena junto a ellos. Un niño de siete a ocho años pasó cerca. Mientras su madre cosía en un banco próximo, jugaba él solito al caballo desbocado, y con la poderosa imaginación infantil creía ser a un tiempo el caballo, sus perseguidores y los que huían espantados, temerosos de que los atropellara. Se refrenaba y gritaba: «¡Detenedle! ¡Uh! ¡Oh! ¡Es un caballo terrible! ¡Se ha desbocado!».

Carolina preguntó:

—¿Creéis que los hombres eran más felices en otro tiempo?

Jorge respondió:

—Sufrían menos. Como este niño, jugaban, jugaban a las artes, a las virtudes, a los vicios, al heroísmo, a las creencias, a las voluptuosidades: acariciaban ilusiones divertidas. Más ruido, más goce Pero ahora…

Detuvo su pensamiento y sacó el reloj.

El niño desbocado tropezó con la cubeta de la niña, y cayó. Estuvo un instante inmóvil, tendido sobre la arena. Se incorporó en silencio. Luego arrugó la frente, abrió la boca, lloró y berreó. Su madre, al oírle, fue presurosa hacia él. Carolina le limpiaba y le consolaba. Jorge lo cogió en brazos.

—Vaya, criatura, no llores y te contaré un cuento… "Un pescador tendía su red en el mar. Enredado en la red sacó un vaso de hierro, muy bien tapado; lo abrió con la punta de la navaja y salió un humo que se elevaba hasta las nubes, se condensaba y formaba el cuerpo de un gigante inmenso, y aquel gigante inmenso estornudó tan fuerte… que el mundo entero quedó hecho trizas…"

Clair se contuvo, soltó una carcajada seca y entregó el niño a su madre. Luego volvió a sacar el reloj, y de rodillas en el asiento del banco puso los codos sobre el respaldo y miró a la ciudad.

A lo lejos, la multitud de los edificios dibujaba su enormidad minúscula.

Carolina fijó su mirada en la misma dirección.

—¡Qué tiempo tan hermoso! —dijo—. El sol brilla y dora los vapores del horizonte. Lo más penoso en la civilización es verse privado de la luz del día.

Jorge no respondió; miraba fijamente hacia un punto de la ciudad.

Después de algunos segundos de silencio advirtieron que, a una distancia de tres kilómetros, del otro lado del río, en el barrio más opulento, se alzaba una especie de remolino trágico. El eco de una explosión vibró en el aire mientras invadía el cielo un inmenso árbol de humo. Poco a poco hízose oír un imperceptible murmullo, formado por los clamores de millares de personas. Muy cerca del jardín sonaron gritos.

—¿Qué ocurre?

El estupor fue grande, pues aun cuando las catástrofes eran frecuentes nunca hubo una explosión tan violenta, y a todos horrorizaba la terrible novedad.

Querían precisar el sitio del siniestro: se citaban barrios, calles, edificios, teatros casinos, almacenes. Las investigaciones topográficas adquirían, poco a poco, exactitud.

—Ha volado el trust del acero.

Clair se guardó el reloj en el bolsillo.

Carolina lo miró con fijeza, y sus ojos se cubrieron de asombro.

Le murmuró al oído: —¿Lo sabíais? ¿Lo esperabais?… ¿Fuisteis quien…?

Él respondió tranquilamente:

—La ciudad debe ser destruida.

Ella murmuró con dulzura:

—Yo también lo creo así.

Despidiéronse para volver cada cual a su trabajo.

III

Desde aquel día, los atentados anarquistas se sucedieron casi sin interrupción durante una semana. Sus numerosas víctimas pertenecían casi en su totalidad a las clases pobres. Tan horrendos crímenes despertaban la reprobación pública. Los que se indignaban más fueron los criados, los fondistas, los dependientes y el comercio humilde que no había sido aún devorado por los trusts. En los barrios populosos, las mujeres alborotaban y pedían suplicios inusitados para los «dinamiteros». (Al nombrarlos así les aplicaban un viejo calificativo, ya improcedente, porque aquellos químicos ignorados consideraban la dinamita como una materia inofensiva, útil sólo para destruir hormigueros, y calificaban de pueril entretenimiento el uso de la nitroglicerina y del fulminato de mercurio).

Se paralizaron bruscamente los negocios, y los que sólo disponían de fortunas modestas fueron las primeras víctimas. Hablaban de tomarse la justicia por su mano. Los obreros de las fábricas se mantenían hostiles o indiferentes a la violencia. La paralización de los negocios era una constante amenaza, y la Federación obrera propuso la huelga general, pero todos los oficios, excepto los doradores, se negaron a abandonar sus talleres.

La Policía detuvo a mucha gente. Las tropas concentradas en la capital custodiaban los domicilios de los trusts, los hoteles de los archimillonarios, las oficinas públicas, los Bancos y los grandes almacenes. Quince días pasaron sin que hubiera ni una sola explosión, y se dedujo que los «dinamiteros» ya estaban todos encarcelados, ocultos, heridos o muertos, víctimas de sus propios crímenes. Renació primero la confianza entre los más necesitados. Cien batallones, distribuidos en los barrios populosos, reanimaron el comercio. Hubo muchos vivas a la tropa.

Los ricos habían sido tardos en alarmarse y tampoco se tranquilizaban fácilmente, pero en la Bolsa el grupo de alcistas propaló impresiones satisfactorias y con un poderoso esfuerzo contuvo la baja. Se reanudaron los negocios. Los periódicos de gran circulación secundaban el movimiento: con patriótica elocuencia demostraron que el intangible capital permanecía indiferente a los asaltos de algunos cobardes criminales, y que la riqueza pública proseguía su serena ascensión a despecho de impotentes amenazas. Eran sinceros y les salía cuenta. Se olvidaron los atentados y no faltó quien los negara. El domingo, en las carreras, las tribunas se poblaron de mujeres elegantes, cubiertas de ricas joyas. Fue motivo de alegría saber que los opulentos no habían sufrido. Las gentes aclamaban a los archimillonarios.

Al día siguiente, la estación del Sur, el trust del petróleo y la prodigiosa iglesia costeada por Tomás Morcellet, volaron; treinta casas ardieron; hubo un conato de incendio en los docks. Los bomberos se mostraban admirables de abnegación e intrepidez, maniobraban con sus largas escaleras de hierro y subían a los pisos más elevados de las casas para salvar a los infelices a punto de perecer abrasados. Los soldados cumplieron con entusiasmo el servicio que se les encomendaba y recibieron doble ración de café. Pero los últimos siniestros desencadenaron el pánico. Millones de personas decididas a huir con su dinero, se y apiñaban en las importantes oficinas de crédito, que después de funcionar durante setenta y dos horas cerraron sus ventanillas entre turbulencias de motín. Una multitud acobardada, provista de voluminosos equipajes, invadía las estaciones y tomaba por asalto los trenes. Muchos que decidieron refugiarse en las bodegas con provisiones abundantes, se apretujaban en las tiendas de comestibles, custodiadas por los soldados con bayoneta calada. Los poderes públicos mostraron energía. Se hicieron nuevas prisiones. Millares de mandamientos judiciales fueron lanzados contra los sospechosos.

En las tres semanas siguientes no se produjo ningún siniestro. Corrió la voz de que se habían encontrado bombas en el teatro de la Opera, en los sótanos del Ayuntamiento y junto a una columna de la Bolsa, pero pronto se supo que se trataba de latas de conserva colocadas misteriosamente por locos o burlones. Uno de los inculpados, interrogado por el juez de instrucción, se declaró el principal autor de las explosiones, que, según dijo, habían costado la vida a todos sus cómplices. Estas declaraciones, propaladas en los periódicos, contribuyeron a tranquilizar la opinión pública. Se habían instruido ya numerosas diligencias cuando los magistrados advirtieron que se trataba de un simulador absolutamente ajeno a los atentados.

Los peritos nombrados por los Tribunales no descubrieron ningún fragmento que les permitiese reconstruir la máquina empleada en aquella obra destructora. Conforme a sus conjeturas, el explosivo nuevo emanaba de un gas desprendido por el radium, y suponían que las ondas eléctricas engendradas por un oscilador de un tipo especial se propagaban a través del espacio y producían la detonación, pero los más hábiles químicos no pudieron decir nada que no fuese aventurado. Por fin, un día dos agentes encontraron, junto al hotel Meyer, un huevo de metal blanco provisto de una cápsula en uno de sus extremos: lo cogieron con precauciones y lo llevaron al laboratorio municipal. Acababan de reunirse los peritos para examinarlo cuando el huevo estalló y destruyó el anfiteatro y la cúpula. Murieron todos los peritos y con ellos el general de artillería Collin y el ilustre profesor Tigre.

La sociedad capitalista no se dejó abatir por el nuevo desastre. Los grandes establecimientos de crédito abrieron sus ventanillas y ofrecieron realizar operaciones mitad en oro y mitad en valores del Estado. La Bolsa de Comercio y las alhóndigas decidieron permanecer abiertas.

Entretanto se daba por terminada la instrucción concerniente a los primeros detenidos como sospechosos. Acaso los cargos que se acumulaban contra ellos en otras circunstancias hubieran parecido insuficientes, pero el celo de los magistrados y la indignación pública se bastaron para suplir la falta de pruebas. La víspera del día señalado para los debates voló el Palacio de Justicia; murieron ochocientas personas, entre las cuales había jueces y abogados en abundancia. La muchedumbre, furiosa, invadió las cárceles y linchó a los presos. Las tropas enviadas para restablecer el orden fueron recibidas a pedradas y a tiros. Muchos oficiales caían del caballo y eran pisoteados. Hubo innumerables víctimas. La fuerza pública logró al fin restablecer la tranquilidad. Y al día siguiente voló el Banco.

Desde entonces se vieron cosas inauditas. Los obreros de las fábricas, que se habían negado a declararse en huelga, iban por las calles en compacta muchedumbre. Incendiaban las casas. Regimientos enteros conducidos por sus oficiales se unieron a la masa obrera, recorrieron la ciudad cantando himnos revolucionarios, y en los docks se apoderaron de muchas cubas de petróleo para rociar el incendio. No cesaban las explosiones. Una mañana, de pronto, un árbol monstruoso de humo y llamas, una palmera gigantesca, se elevó a tres kilómetros de altura sobre el Palacio de Telégrafos, en un instante derruido.

Mientras media ciudad ardía, la otra media entregábase a su vida ordinaria. Se oía por la mañana el tintineo de los cántaros de hojalata en los carros de los lecheros. En una avenida solitaria, un peón caminero, sentado junto a un muro, con su botella entre las piernas, masticaba lentamente bocados de pan y un poco de carne guisada. Casi todos los presidentes de los trusts conservaban sus puestos. Algunos cumplían su deber con una sencillez heroica. Rafael Box, hijo del archimillonario mártir, fue sacrificado en la asamblea general del trust de los azúcares. Se le tributaron funerales magníficos. El cortejo tuvo que pasar seis veces sobre montones de escombros.

Los auxiliares ordinarios de los ricos: dependientes, empleados, corregidores y agentes, lees guardaban una inquebrantable fidelidad. Los cobradores supervivientes del Banco derruido recorrían las calles cubiertas de escombros, y a su vencimiento presentaban al cobro las letras en casas humeantes. Muchos perecían entre las llamas por hacer efectivos sus ingresos.

Pero ya no era posible concebir ilusiones: el enemigo invisible se apoderaba de la ciudad. El estruendo incesante de las detonaciones causaba un insuperable horror. Como los generadores de luz quedaron destruidos, la ciudad yacía en tinieblas toda la noche y se cometían violencias de una monstruosidad inaudita. Sólo en los barrios populosos, menos castigados, se defendían aún, se formaban patrullas de «voluntarios del orden», que fusilaban a los ladrones. En cada esquina solían verse cuerpos con las manos atadas, con los ojos vendados, tendidos sobre charcos de sangre y con un letrero infamante sobre el vientre.

Era imposible recoger los escombros y enterrar a los muertos. La peste se hizo intolerable. Hubo epidemias que produjeron muchas defunciones y dejaron a los supervivientes débiles o embrutecidos. El hambre asoladora consumió las últimas vidas. Cinco meses después del primer atentado, mientras llegaban seis cuerpos de ejército con artillería de campaña y artillería de sitio, por la noche, en el barrio más pobre de la ciudad, único resto de tanta grandeza, estrechamente ceñido por las llamas y el humo, Carolina y Jorge Clair, sobre el tejado en una casa muy alta, tomados de la mano, miraban en torno. Salían cantos alegres de la plaza próxima, donde bailaba una muchedumbre furiosamente enloquecida.

—Mañana todo acabará —dijo el hombre.

La mujer, con el cabello desprendido, reflejaba en sus ojos los fulgores del incendio que los envolvía, y repitió:

—Mañana todo acabará.

Luego, abandonada entre los brazos del hombre, le dio un beso apasionado.

IV

Otras ciudades de la Federación sufrieron también perturbaciones y violencias. Por fin se restableció el orden. Se reformaron las instituciones y hubo cambios radicales en las costumbres, pero el país no se rehizo nunca de la pérdida lamentable de su capital, ni volvió a ser próspero como antes. El comercio y la industria desaparecieron. La civilización abandonó aquellos lugares que durante mucho tiempo había preferido a todos los demás: ya eran estériles y malsanos. El territorio que dio vida y sostuvo a tantos millones de hombres, fue un desierto. Sobre la colina del castillo de San Miguel volvieron a pacer los caballos bravíos, los hemiones prehistóricos.

Se deslizaron los días como el agua de un manantial y transcurrieron siglos y siglos en un pasado incalculable. Los cazadores perseguían a los osos en las montañas que recubrían la ciudad olvidada, los pastores apacentaban sus ganados, los labradores acarreaban sus productos, los hortelanos cultivaban sus lechugas. Carecían de riquezas, de artes. Una parra o un rosal revestían los muros de sus cabañas, y una piel de oveja cubría sus miembros curtidos. Las mujeres hilaban. Los cabreros amasaban con arcilla toscas figuritas de hombres y de animales, o componían canciones referentes a la doncella que sigue a su amante hasta el bosque, o a las cabras que pastan, mientras los pinos gimen y el arroyo murmura. El hortelano se irritaba contra los pájaros que se le comían los higos, construía cepos y lazos para defender a sus gallinas acechadas por el zorro, y ofrecía el jugo de sus viñas a sus vecinos:

—¡Bebed! Las cigarras no me han estropeado la vendimia, porque llegaron cuando ya estaban secos los pámpanos.

Luego, en el transcurso de las edades, las poblaciones enriquecidas, los campos fecundos, fueron saqueados, asolados por los invasores bárbaros. El país cambió repetidas veces de dueño.

Los conquistadores alzaron castillos sobre las montañas. El cultivo se multiplicó. Estableciéronse molinos, fraguas, tonelerías, telares, se abrieron camino a través de los bosques y de los pantanos, los ríos se cubrieron de barcas. Los pueblos ensancharon sus limites, aumentaron el número de sus casas, se unieron unos a otros y formaron al fin una ciudad protegida por los fosos profundos y por fuertes murallas. Más adelante, capital de un Estado poderoso, aquella ciudad sintióse oprimida por sus murallas, ya inútiles por las transformaciones de la existencia, y las derribó para rodearse de paseos floridos.

La ciudad aumentaba desmesuradamente su población y su riqueza; nunca parecían sus casas de bastante altura. Las construyeron de treinta y de cuarenta pisos, donde se apilaban oficinas, almacenes, despachos de banqueros, domicilios de Sociedades, y excavaron el suelo para construir bodegas y túneles.

Quince millones de hombres trabajaban en la capital inmensa.


Publicado el 25 de febrero de 2019 por Edu Robsy.
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