Thaïs, la cortesana de Alejandría

Anatole France


Novela



I. El loto

En aquel tiempo, el desierto estaba poblado de anacoretas. En ambas orillas del Nilo, innumerables cabañas, construidas con ramaje y arcilla por los solitarios, se alzaban a cierta distancia unas de otras, de modo que sus ocupantes vivieran aislados, pero en condiciones de ayudarse mutuamente si hubiese necesidad. Asomaban de trecho en trecho, por encima de las cabañas, iglesias coronadas con el sino de la cruz, y a ellas se dirigían los monjes los días festivos para asistir a la celebración de los misterios y participar en los sacramentos. También había en la orilla del río casas, donde los cenobitas, recluido cada uno en estrecha celda, saboreaban mejor la soledad.

Anacoretas y cenobitas vivían en la abstinencia; sólo tomaban alimento después de la puesta del sol, y consistía en pan, algunas hierbas y un polvo de sal. Los había que, lanzados en los arenales, buscaban resguardo en una caverna o en una tumba, sometidos a una disciplina más rigurosa.

Todos eran sobrios y castos; llevaban el cilicio y la cogulla, dormían en el suelo después de mucho velar, decían sus oraciones, cantaban los salmos y, para decirlo de una vez, realizaban diariamente obras extraordinarias de penitencia. En atención al pecado original, negaban a sus cuerpos no solamente los placeres y las satisfacciones, sino incluso los cuidados que pasan por indispensables conforme a las idea del siglo. Estimaban que las dolencias de nuestros miembros sanean nuestras almas, y que la carne no es digna de recibir adornos más gloriosos que las úlceras y las llagas De este modo se atendían las palabras de los profetas, que dijeron «El desierto se cubrirá de flores».

Entre los moradores de aquella santa Tebaida, unos consagraban su días al ascetismo y la contemplación, otros tejían la fibra de la palmas para procurarse la subsistencia o trabajaban como jornalero de los cultivadores vecinos en la época de la recolección. Los gentiles sospechaban falsamente que algunos vivían del bandolerismo y d unirse con los árabes nómadas que robaban las caravanas. Pero, e verdad, aquellos monjes despreciaban las riquezas, y el olor de su virtudes subía hasta el cielo.

Ángeles de apariencia juvenil apoyados en una cayada, iban como viajeros a visitar las ermita; mientras, los demonios, disfrazada con figura de etíopes o de animales erraban en torno a los solitarios con el propósito de inducirlos a la tentación. Cuando los monjes iba a la fuente por la mañana para Iknar su cántaro, veían impresos en la arena los pasos de sátiros y de centauros.

Considerada desde su aspecto verdadero y espiritual, la Tebaida en un campo de batalla donde se libraban a todas horas, y especialmente de noche, los maravillosos combates del cielo y del infierno.

Los ascetas, furiosamente asaltados por legiones de condenados; se defendían, con la ayuda de Dios y de los ángeles, por medio del ayuno, de la penitencia y de las maceraciones. A veces, el aguijón de los deseos carnales los atormentaba tan cruelmente, que aullaban doloridos, y a sus lamentaciones respondían, bajo el cielo estrellado, los maullidos de las hienas hambrientas. Entonces era cuando los demonios se les presentaban en formas atractivas.

Porque si, en realidad, los demonios son feos, a veces se revisten de una aparente belleza, que no permite discernir su íntimo carácter. Los ascetas de la Tebaida vieron con espanto, en el retiro de su celda, imágenes del placer desconocidas aún por los voluptuosos del siglo. Pero como el signo de la cruz estaba sobre ellos, no sucumbían a la tentación, y los inmundos espíritus, con su verdadera figura, recobrada, se alejaban al amanecer, avergonzados y rabiosos. No era raro encontrar al alba a uno de aquellos que, al huir lloriqueando, a los que le interrogaban respondía: «Lloro y gimo porque uno de los cristianos que habitan aquí me ha sacudido con una vara ignominiosamente».

Los antiguos del desierto extendían su poder sobre los pecadores y los impíos. Su bondad a veces era terrible. Heredaron de los apóstoles el poder de castigar las ofensas hechas al verdadero Dios, y nada podía salvar a los condenados por ellos.

En los pueblos, y hasta entre la plebe de Alejandría, era corriente creer que la tierra, entreabierta, se tragaba a los que golpeaban con su vara. Por lo cual, gentes de mala conducta los temían, sobre todo los mimos, los histriones, los curas amancebados y las cortesanas.

Tal era la virtud de aquellos religiosos, que sometían a su poder hasta a las fieras. Cuando un solitario iba a morir, un león acudía a cavar una fosa con las uñas. El bienaventurado, seguro ya por esto de que Dios lo llamaba, iba en busca de sus hermanos para darles el beso de paz. Luego se acostaba con la alegría del justo que se duerme en el seno de Dios.

Desde que Antonio, cuya edad pasaba de los cien años, se había retirado en la cumbre del monte Colsino con sus discípulos predilectos, Macario y Amatas, no hubo en toda la Tebaida un monje comparable, por sus múltiples obras de piedad, con Pafnucio, abad de Antinoe. Sin duda, Efrén y Serapión regían a un número mayor de monjes y sobresalían en la dirección espiritual y temporal de sus monasterios; pero Pafnucio observaba los ayunos con más rigor, y a veces pasaba tres días sin tomar alimento. Su cilicio era de pelo muy rudo; se flagelaba por la mañana y por la noche, y solía prosternarse con la frente en el suelo.

Sus veinticuatro discípulos, que habían construido sus cabañas próximas a la suya, imitaban sus austeridades. Los amaba cariñosamente en Jesús y los exhortaba sin cesar a la penitencia. En el número de sus hijos espirituales encontrábanse los hombres que, después de haberse entregado al bandolerismo durante largos años, se sintieron tocados por las exhortaciones del santo abad, hasta el punto de consagrarse al estado monástico. La pureza de su vida edificaba a sus compañeros. Entre los que se distinguía el antiguo cocinero de una reina de Abisinia, convertido igualmente por el abad de Antinoe, que no cesaba de verter lágrimas y el diácono Flaviano, que poseía el conocimiento de las Escrituras y hablaba sabiamente. Pero el más admirable de los discípulos de Pafnucio era un joven campesino de nombre Pablo, a quien llamaban el Simple por su extrema ingenuidad. Los hombres se burlaban de su candor: pero Dios lo favorecía con visiones celestiales y el don de profecía.

Pafnucio sacrificaba sus horas en la enseñanza de sus discípulos y las prácticas del ascetismo. A menudo meditaba también sobre los libros sagrados para hallar en ellos alegorías. Por todo esto, joven aún, eran sus méritos abundantes.

Los diablos, que libraban muy rudos asaltos contra los virtuosos anacoretas, no se atrevían a aproximarse a él. De noche, a la luz de la luna, siete pequeños chacales se colocaban frente a su celda, descansaban sobre sus cuartos traseros, inmóviles, silenciosos, con las orejas en alto. Y se cree serían siete demonios retenidos en el umbral de su morada por la virtud de su santidad.

Pafnucio había nacido en Alejandría de padres nobles, que le hicieron instruir en las letras profanas, y hasta fue seducido por las mentiras de los poetas. Tales eran, en su primera juventud, el error de su inteligencia y el desarrollo de su pensamiento, que llegó a creer a la raza humana ahogada por el Diluvio en la época de Decaulión, y disputaba con sus condiscípulos, sobre la naturaleza, los atributos y hasta la existencia de Dios. Vivía entonces en la disipación al uso de los gentiles. Fueron días de los que sólo se acordaba con vergüenza y dolor.

—En aquel tiempo —solía decir a sus hermanos— yo estaba hirviendo en la caldera de las falsas delicias.

—Quería expresar con esto que se alimentaba con manjares hábilmente aderezados y que frecuentaba los baños públicos. En efecto, había llevado hasta sus veinte años aquella vida del siglo, merecedora de llamarse muerte y no vida. Pero, gracias a las lecciones del sacerdote Macrino, se transformó en un hombre nuevo. La verdad lo penetró hasta el fondo, y solía decir que la verdad entró en él como una espada. Abrazado a la fe del Calvario, adoró a Jesús crucificado. Después de su bautismo aún permaneció un año entre los gentiles, en la sociedad a la que le unían los lazos de la costumbre. Pero al entrar un día en una iglesia oyó leer al diácono este versículo de la Escritura: «Si quieres ser perfecto anda y vende todo lo que tienes y da el dinero a los pobres». Al punto vendió sus haciendas, y después de distribuir el precio en limosnas, abrazó la vida monástica.

Desde que se había retirado del trato de los hombres diez años antes, ya no hervía en la caldera de las delicias, y se maceraba provechosamente con los bálsamos de la penitencia.

Así, al recordar un día, según su piadosa costumbre, las horas que había vivido lejos de Dios; el examinar sus culpas una a una; para concebir exactamente su deformidad, se le vino a la memoria una comedianta de gran belleza, llamada Thaïs, que vio en otro tiempo en el teatro de Alejandría. Aquella mujer se mostraba en los juegos y no temía entregarse a las danzas cuyos movimientos, acompasados con habilidad excesiva, recordaban los de las más horribles pasiones. También simulaba alguna de esas actitudes vergonzosas que las fábulas de los paganos prestan a Venus, a Leda y a Pasifae. Así abrasaba en el fuego de la lujuria a todos los espectadores, y cuando arrogantes jóvenes o ricos ancianos acudían, impulsados por el amor, a depositar flores en el umbral de su casa, ella los acogía y se les entregaba; de manera que al perder su alma, daba motivo de que se perdieran muchas almas.

Poco había faltado para que indujese también a Pafnucio al de la carne. Con el deseo encendido en su venas, una vez se había dirigido a casa de Thaïs. Pero se detuvo en el umbral de la cortesana, por la timidez natural de la extrema juventud (entonces tenía quince años) y por el miedo a verse rechazado, falto de suficiente dinero, porque sus padres no le autorizaban para hacer derroches.

Dios en su misericordia, se valió de su timidez y de la prudencia paternal para librarlo de una horrible caída; pero al pronto Pafnucio no comprendió lo que tenía que agradecer a la Providencia, inepto aun para discernir lo que más le convenía y ansioso de gozar terrenales dichas. Al presente, arrodillado en su celda ante el simulacro de aquel madero saludable de donde fue suspendido, como en una balanza, el rescate del mundo, Pafnucio comenzó a pensar en Thaïs, porque Thaïs era su pecado, y meditó largo tiempo, según las reglas del ascetismo, acerca de la fealdad espantable de las delicias carnales, cuyo gusto le había inspirado aquella mujer en los días de agitación y de ignorancia. Después de algunas horas de meditación, la imagen de Thaïs se le apareció con resplandeciente claridad. Volvió a verla como en el momento de la tentación, bella según la carne. Se le presentó primero como una Leda, muellemente tendida sobre un lecho de jacintos, vencida hacia atrás la cabeza, húmedos y relampagueantes los ojos, palpitante la nariz, la boca entreabierta, el pecho en flor y los brazos, frescos como dos arroyos. Ante aquella visión, Pafnucio se golpeaba el pecho, y decía:

—¡Te tomo por testigo, Dios mío, de que considero la fealdad de mi pecado!

Entre tanto, la imagen cambiaba insensiblemente de expresión. Los labios de Thaïs revelaban, poco a poco, abatiéndose en ambas comisuras, un misterioso padecer. Sus ojos, agrandados, resplandecían entre lágrimas; su pecho, palpitante, mostraba una inquietud recelosa, como en los primeros augurios de una tempestad. Ante aquello, Pafnucio se sintió turbado hasta el fondo del alma. Prosternose, y oró así:

—Tú, Señor que pusiste la piedad en nuestros corazones como el rocío de la mañana sobre los prados. Dios justo y misericordioso, ¡bendito seas! ¡Loor a ti! Aparta de tu siervo esta falsa emoción, que conduce a la concupiscencia, y concédeme la gracia de no poder amar a tus criaturas, sino sólo a Ti, porque pasan y Tú permaneces. Si me intereso por esa mujer, Señor es porque reconozco en ella tu obra. Los propios ángeles se inclinan hacia ella con solicitud. ¿No es, ¡oh Señor!, el soplo de tu boca? Es preciso que no siga prostituyéndose con tantos ciudadanos y extranjeros. Una inmensa piedad se ha levantado hacia ella en mi corazón. Sus crímenes son abominables, y sólo pensar en ellos me estremece de tal modo, que un espantoso terror eriza mis cabellos. Pero cuanto más culpable sea, más compasión merece. Lloro al imaginar que los diablos han de atormentarla durante la eternidad.

Mientras meditaba de ese modo, advirtió que había un pequeño chacal sentado a sus pies, y esto le hizo sentirse muy sorprendido, porque la puerta de su celda estuvo cerrada todo el día. El animalito meneaba la cola como un perro y lo miraba como si leyera sus reflexiones. Santiguose Pafnucio y la bestia se desvaneció. Hasta entonces nunca se había deslizado el demonio en su refugio. Hizo una breve plegaria, y volvió a pensar en Thaïs. Luego se dijo:

«¡Con la ayuda de Dios, me propongo salvarla!».

Y se durmió.

A la mañana siguiente, después de rezar sus oraciones, dirigiose al lugar donde moraba el bienaventurado Palemón, que, no lejos de allí, vivía como anacoreta. Lo encontró apacible, risueño y ocupado en cavar la tierra, según su costumbre. Palemón era bastante anciano; cultivaba un huertecito; las fieras iban a lamerle las manos y no le atormentaban los demonios.

—¡Alabado sea Dios, Hermano mío! —dijo al ver a Pafnucio, y suspendió su labor.

—¡Alabado sea Dios! —respondió Pafnucio—. ¡Y que la paz sea con mi hermano!

—¡La paz sea también contigo, hermano Pafnucio! —repuso el monje Palemón; y se enjugó con su manga el sudor de la frente.

—Hermano Palemón, nuestras palabras no deben tener por único objeto el elogio de Aquel que ha prometido estar entre los que se junten en su nombre. Por esto vine a comunicarte un propósito concebido con objeto de glorificar al Señor.

—Así bendiga el Señor tu propósito, Pafnucio, como ha bendecido mis lechugas; con el rocío extiende sus gracias todas las mañanas sobre mi huerto, y su bondad me induce a glorificarlo en los pepinos y en las calabazas que me concede. Pidámosle con oraciones que nos tenga en su paz. Porque ¡nada es, más de temer que los movimientos desordenados que turban el corazón! Cuando esos movimientos nos agitan, somos semejantes a los hombres embriagados, y torcemos a uno y otro lado nuestro camino, a punto de caer ignominiosamente a cada paso. A veces esos transportes nos hunden en una bárbara alegría, y quien a ella se abandona hace resonar en el aire viciado la risa torpe de los brutos; esa lamentable alegría conduce al pecador hacia toda clase de desórdenes, y también algunas veces las turbulencias del alma y de los sentidos nos arrojan en una tristeza diabólica, más funesta mil veces que la alegre impiedad. Hermano Pafnucio, yo no soy más que un miserable pecador; pero he observado en mi larga existencia que el cenobita no tiene peor enemigo que la tristeza. Me refiero a esa melancolía tenaz que envuelve el alma como una bruma y le oculta la luz de Dios. Nada es más opuesto a la salud, y el mayor triunfo del demonio consiste en esparcir un acre y negro humo en el corazón de un religioso. Si nos evitara sólo tentaciones alegres, sería mucho menos temible. ¡Ay! Su mayor triunfo consiste en desolarnos. Con ese propósito hizo ver a nuestro padre Antonio un niño negro, de tal belleza, que, al verlo, era imposible no llorar. Con la ayuda de Dios, nuestro padre Antonio evitó las argucias del demonio. Era un santo. Vivió un tiempo entre nosotros, y de su alegría constante participábamos los discípulos. Nunca estuvo melancólico. Pero ¿no venías, hermano Pafnucio, a tratar conmigo de un propósito formado en tu espíritu? Me favorecerás comunicándomelo, ya que tiene por objeto la gloria de Dios.

—En efecto, hermano Palemón, me propongo glorificar el Señor. Fortaléceme con tu consejo, pues tienes muchas luces y jamás el pecado oscureció la claridad de tu inteligencia.

—Hermano Pafnucio, no soy digno de desatar la correa de tus sandalias, y mis inquietudes son innumerables como las arenas del desierto. Pero soy viejo y no te negaré la ayuda de mi experiencia.

—Te confiaré, pues, hermano Palemón, que siento un dolor agudo ante la idea de que hay en Alejandría una cortesana llamada Thaïs, que vive en el pecado y es para el pueblo una tentación escandalosa.

—Hermano Pafnucio, eso es, en efecto, una cosa abominable y debe afligirnos. Muchas mujeres viven como ésa entre los gentiles. ¿Imaginaste un remedio para tan espantoso mal?

—Hermano Palemón, iré a encontrar a esa mujer en Alejandría, y, con el auxilio de Dios, la convertiré. Tal es mi propósito. ¿Merece tu aprobación, hermano mío?

—Hermano Pafnucio, yo no soy más que un pobre pecador; pero nuestro padre Antonio tenía costumbre de decir: «En cualquier lugar donde te halles no te apresures a salir para dirigirte a otro».

—Hermano Palemón, ¿descubres algo condenable en el propósito que tengo concebido?

—¡Apacible Pafnucio, Dios me guarde de mantener sospechas por las intenciones de mi hermano! Pero nuestro padre Antonio decía también: «Los peces, al ser sacados del agua, pierden la vida. Y también ocurre que los monjes, al dejar sus celdas y mezclarse con las gentes del siglo, se apartan de los buenos propósitos».

Después de hablar así, el anciano Palemón hundió con el pie el filo de su laya en la tierra, que removió afanosamente alrededor de una higuera cargada de frutos. Mientras layaba, un antílope, que franqueó, de un salto rápido, con un rumor de hojas, el seto que cerraba el huerto, sin curvar el follaje, se detuvo, sorprendido, inquieto, con los corvejones temblorosos: luego se llegó en dos saltos al anciano e introdujo su fina cabeza en el seno de su amigo.

—¡Dios sea alabado en la gacela del desierto! —dijo Palemón. Y habiendo ido a su cabaña, seguido de la bestia ligera, sacó un mendrugo de pan negro, que le dio a comer en la palma de la mano.

Pafnucio quedó un buen rato meditabundo, con la mirada fija en las piedras del camino. Y después volvió lentamente a su celda, preocupado por lo que acababa de oír. Su espíritu se debatía en cavilaciones, y se decía:

«Este solitario es buen consejero; la más equilibrada prudencia reside en él. Duda del acierto de mi propósito. Sin embargo, considero una crueldad no socorrer a esa Thaïs contra el demonio que la posee: ¡Que Dios me ilumine y me guíe!».

Avanzaba en su camino, y vio una grulla presa en las redes que un cazador había tendido sobre la arena, y dedujo ser hembra, porque otra grulla, que sería el macho, a picotazos rompió las mallas, de modo que su compañera pudo librarse al fin.

Pafnucio contemplaba interesado aquel acontecimiento, y por inspiración de su santidad deducía el sentido místico, indudable, de lo que la Providencia puso ante sus ojos. El pájaro cautivo era representación de Thaïs, cogida en los lazos de las abominaciones; y tomando ejemplo del macho, que cortaba los hilos de la red con el pico, debía él romper con palabras poderosas las invisibles ataduras que la retenían en el pecado. Por esto en aquel instante alabó a Dios y sintió ya firme y decidido su propósito. Pero luego, al ver al macho también sujeto por las patas en la misma red que había roto, volvió a sentir penosa incertidumbre.

No durmió en toda la noche y antes del amanecer tuvo una visión. Era Thaïs que se le aparecía. Su rostro no expresaba las voluptuosidades culpables ni estaba cubierta, según su costumbre, con tejidos transparentes. Un sudario la envolvía por completo y hasta ocultaba una parte del rostro, de manera que sólo veía él dos ojos, de los que brotaban lagrimones gruesos y blancos.

Ante aquel espectáculo, lloró amargamente y seguro de que aquella visión se la ofrecía Dios, ya no tuvo más vacilaciones. Se levantó, cogió un palo nudoso, imagen de la fe cristiana, salió de su celda, cuya puerta cerró cuidadosamente, a fin de que los animales que viven sobre la arena y los pájaros del aire no pudiesen ir a ensuciar el libro de las Escrituras que conservaba a la cabecera de su lecho, llamó al diácono Flaviano para confiarle el gobierno de sus veintitrés discípulos, y vestido solamente con un largo cilicio encaminose hacia el Nilo, con la intención de seguir a pie la orilla Líbica hasta la ciudad fundada por el Macedonio. Desde el amanecer andaba sobre la arena, sin que le abrumaran la fatiga, el hambre ni la sed; asomaba ya el sol en el horizonte cuando vio el río aterrador que precipitaba sus aguas sangrientas entre rocas de oro y fuego. Avanzó por la orilla mendigando el pan por el amor de Dios en las puertas de las cabañas aisladas, y recibiendo con alegría injurias, negativas, amenazas. No temía ni a los bandidos, ni a las fieras, pero ponía gran cuidado en apartarse de las ciudades y de los pueblos que se ofrecían a sus ojos en el camino. Temía encontrar a los niños que juegan a las tabas junto al hogar paterno, o ver, en las cisternas, a las mujeres de camisa azul que sonreían al dejar sus cántaros en el suelo. Para el solitario todo es peligroso, hasta puede ser un peligro para él leer en la Escritura que el Divino Maestro iba de ciudad en ciudad y cenaba con sus discípulos. Las virtudes que los anacoretas bordan cuidadosamente sobre el cañamazo de la fe, son tan frágiles como magníficas. Un tenue soplo del cielo puede empañar sus agradables colores; y evita Pafnucio entrar en las ciudades por el temor de que su corazón se ablandara en presencia de las gentes.

Por esto buscaba los caminos solitarios. Al cerrarse la noche, el murmullo de los tamarindos, acariciados por el aire, le producía un estremecimiento y bajaba su capucha sobre los ojos para no ver más la belleza de las cosas. Al sexto día de camino, llegó a un lugar llamado Silsilé. El río corre sobre un estrecho valle que bordea una doble cadena de montañas de granito. Allí es donde los egipcios, en el tiempo en que adoraban a los demonios, tallaron sus ídolos. Vio allí Pafnucio una enorme cabeza de esfinge empotrada en la roca. Temeroso de que aún estuviese animada de algún poder diabólico, hizo el signo de la cruz y pronunció el nombre de Jesús. Un murciélago salió volando de una de las orejas del monstruo de piedra y Pafnucio conoció que se alejaba el espíritu maligno que había en aquella figura desde siglos antes. Aumento su celo apostólico aquella circunstancia y asiendo una gruesa piedra, la arrojó a la faz del ídolo; pero al advertir en la misteriosa esfinge una expresión de tristeza profunda. Pafnucio se sintió conmovido. En verdad la expresión de dolor sobrehumano de que aquella faz de piedra estaba impregnada, habría conmovido al más insensible. Por esto Pafnucio dijo a la esfinge:

—¡Oh bestia, a ejemplo de los sátiros y de los centauros que vio en el desierto nuestro padre Antonio, confiesa la Divinidad de Cristo Jesús y te bendeciré en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo!

Eso dijo, y una claridad rosada salió de los ojos de la esfinge; los pesados párpados de la bestia estremeciéronse y los labios de granito articularon penosamente, como un eco de la voz del hombre, el santo nombre de Jesús; en vista de lo cual Pafnucio extendió la mano derecha para bendecir a la esfinge de Silsilé.

Luego prosiguió su camino y, donde se ensancha el valle, vio las ruinas de una ciudad inmensa. Los templos, que seguían en pie, estaban sostenidos por los ídolos que servían de columnas y, con el permiso de Dios, las cabezas de mujeres con cuernos de vaca clavaban en Pafnucio insistentes miradas que le hacían palidecer. Caminó así diecisiete días; tomaba por todo alimento algunas hierbas y dormía por la noche en los palacios derruidos, entre los gatos monteses y las ratas de Faraón, con las que se mezclaban mujeres cuyo busto se prolongaba en forma de escamoso pez. Pero Pafnucio sabía que tales mujeres eran seres del infierno y las alelaba con hacer solamente la señal de la Cruz.

El día decimoctavo descubrió, lejos de toda población, una miserable choza de hojas de palmera, medio sepultada bajo la arena que arrastra el viento del desierto, y se aproximó con la esperanza de que habitase allí algún piadoso anacoreta. Aquel refugio carecía de puerta y sin entrar pudo ver en el interior un cántaro, un rimero de cebollas y una vasija con hojas marchitas.

—¡He aquí —se dijo— el mobiliario de un asceta! Comúnmente los eremitas se alejan poco de su cabaña. No dejaré de encontrar pronto al morador de esta choza. Quiero darle un beso de paz, a ejemplo del santo solitario Antonio, que al hallar en su camino al eremita Pablo, le abrazó tres veces. Hablaré con él de cosas eternas y tal vez Nuestro Padre nos enviará por un cuervo un pan, y seré invitado piadosamente a compartirlo.

Mientras reflexionaba de este modo, discurría lentamente por las proximidades de la choza, con la esperanza de que apareciese alguien, y no había dado cien pasos, cuando vio a un hombre sentado sobre las piernas cruzadas a la orilla del Nilo. Estaba desnudo. Sus cabellos, como su barba, eran enteramente blancos y su cuerpo de color de ladrillo. Pafnucio no dudaba de que fuera el ermitaño, y le saludó con las palabras que los monjes tienen costumbre de cambiar cuando se encuentran.

—¡Que la paz sea contigo, mi hermano! Así logres un día gozar las dulces auras del Paraíso.

El hombre no contestó. Permanecía inmóvil como si no comprendiese. Pafnucio imaginó que aquel silencio era motivado por uno de esos éxtasis tan frecuentes en los santos. Se puso de rodillas con las manos cruzadas junto al desconocido, y así estuvo en oración hasta la puesta del sol. Y al ver que su compañero seguía inmóvil, dijo:

—Padre mío, si ha terminado el éxtasis en que te vi sumergido, dame tu bendición en Nuestro Señor Jesucristo.

El otro le respondió sin volver la cabeza:

—Extranjero: yo no sé lo que quieres decir y no conozco a ese Señor Jesucristo.

—¡Cómo! —exclamó Pafnucio—. Los profetas lo anunciaron; legiones de mártires han confesado su nombre; hasta el mismo César lo ha adorado y poco ha hice proclamar su gloria por la esfinge de Silsilé. ¿Cómo es posible que tú no lo conozcas?

—Amigo mío —respondió el otro—, eso es posible. Y hasta sería cierto, si hay alguna certeza en el mundo.

Pafnucio estaba sorprendido y contristado por la increíble ignorancia de aquel hombre.

—Si no conoces a Jesucristo —le dijo— tus obras no te servirán de nada y no ganaras la vida eterna.

El anciano replicó:

—Es vano actuar y vano también abstenerse, como es indiferente vivir o morir.

—Pero ¿qué? —arguyó Pafnucio—, ¿acaso no deseas vivir en la Eternidad? ¿No habitas una cabaña en este desierto a la manera de los anacoretas?

—Eso parece.

—¿No vives desnudo y desprovisto de todo?

—Eso parece.

—¿No te alimentas con raíces y no practicas la castidad?

—Eso parece.

—¿No has renunciado a todas las vanidades de este mundo?

—En efecto: he renunciado a todas las cosas vanas que, comúnmente, suelen ser la preocupación de los hombres.

—Así, pues, eres como yo, pobre, casto y solitario. ¡Y no lo haces como yo por el amor de Dios, y con miras a la felicidad celestial! Eso es lo que no puedo comprender. ¿Por qué te privas de los bienes de este mundo, si no esperas ganar los bienes eternos?

—Extranjero: yo no me privo de ningún bien, y me place haber hallado una manera de vivir algo satisfactoria, por más que, a decir verdad, no haya buena ni mala vida. Nada es en si honesto ni vergonzoso, justo ni injusto, agradable ni penoso, bueno ni malo. La opinión es la que da cualidades a las cosas, como la sal da sabor a, los alimentos.

—Así, pues, según tú, no hay certidumbre. Niegas la verdad que hasta los idolatras buscaron. Descansas en tu ignorancia, como un perro fatigado que duerme sobre basura.

—Extranjero: tan vano es injuriar a los perros como a los filósofos. Ignoramos lo que son los perros y lo que somos nosotros. No sabemos nada.

—¡Oh anciano! ¿perteneces, pues, a la ridícula secta de los escépticos? ¿Sin duda eres uno de esos miserables locos que niegan igualmente el movimiento y el reposo y que no saben distinguir la luz del sol de las sombras de la noche?

—Amigo mío: sí soy escéptico, y de una secta que me parece loable, mientras tú la juzgas ridícula. Porque las mismas cosas tienen diversas apariencias. Las pirámides de Menfis parecen al amanecer, conos de luz rosada, y a la puesta del sol, sobre el cielo rojizo, se muestran como negros triángulos. Pero… ¿quién penetrará su íntima sustancia? Tú me reprochas que niegue las apariencias, cuando, al contrario, las apariencias son las únicas realidades que reconozco. El sol me parece luminoso, pero su naturaleza me es desconocida. Siento que el fuego quema, pero no sé ni cómo, ni por qué. Amigo mío, no me comprendes; pero al fin y al cabo lo mismo da ser considerado así o de otra manera.

—Una vez más vuelvo a interrogarte. ¿Por qué vives de dátiles y de cebollas en el desierto? ¿Por qué sufres con paciencia tantas privaciones? Como tú, yo también practico la abstinencia y la soledad; pero me conformo para ser grato a Dios y merecer la beatitud eterna. Tal es un propósito razonable, porque acredita cordura, sufrir con la esperanza del premio. Pero es una insensatez pasar voluntariamente inútiles fatigas y vanos sufrimientos. Si yo no creyese (¡perdona esa blasfemia, oh luz increada!), si yo no creyese en la verdad de lo que Dios nos ha enseñado por la voz de los Profetas, por el ejemplo de su Hijo, por los actos de los Apóstoles, por la autoridad de los Concilios y por el testimonio de los mártires; si yo no supiese que los sufrimientos del cuerpo son necesarios a la salud del alma; si estuviese, como tú lo estás, hundido en la ignorancia de los sagrados misterios, volvería inmediatamente al siglo; me esforzaría por adquirir riquezas para vivir en la molicie como los dichosos de este mundo, y diría a las voluptuosidades: «Venid, hijas mías, venid, sirvientas mías, venid todas a verterme vuestros vinos, vuestros filtros y vuestros perfumes». Pero tú, insensato anciano, te privas de todas las ventajas y lo pierdes sin esperar ninguna ganancia. Das y no esperas devolución; imitas ridículamente los trabajos admirables de nuestros sacerdotes, como un mono desvergonzado piensa copiar el cuadro de un pintor ingenioso, mientras no hace otra cosa que ensuciar una pared. ¡Oh el más estúpido de los mortales! ¿En qué apoyas tus razones?

Hablaba Pafnucio de ese modo con mucha violencia, y el anciano permanecía tranquilo.

—Amigo mío —respondió, al fin, suavemente—. ¿Qué te importan las razones de ser un perro dormido sobre basura y de un mono sin vergüenza?

Pafnucio jamás había pensado en lo que no fuese la gloria de Dios, y una vez calmada su cólera excusose con noble humildad.

—Perdóname —dijo—. ¡Oh anciano! ¡Oh hermano mío!, si el celo de la verdad me arrebató más allá de los justos límites. Pongo a Dios por testigo de que odiaba yo tu error y no tu persona. Sufro al verte en las tinieblas, porque te amo en Jesucristo y el cuidado de tu salud ocupa mi corazón, Habla, dame tus razones; ardo por conocerlas con el propósito de refutarlas.

El anciano respondió con absoluta quietud:

—Estoy dispuesto igualmente a contestarte y a callarme. Sin embargo, te daré mis razones, sin pedirte en cambio las tuyas, porque no me interesan. No me preocupo ni de tu dicha ni de tu infortunio y me es interesante que discurras de una manera o de otra. ¿Por qué había de amarte o de odiarte? La aversión y la simpatía son igualmente indignas del sabio. Pero, puesto que me interrogas, te diré que me llamo Timocles y que nací en Cos, de padres enriquecidos por los negocios. Mi padre armaba navíos. Su inteligencia se parecía mucho a la de Alejandro, al que llamaron el Grande; pero era menos cerrada. En suma, era una pobre naturaleza de hombre. Yo tenía dos hermanos que siguieron como el padre la profesión de armadores. Yo profesaba la sabiduría. Mi hermano viose obligado por nuestro padre a casarse con una mujer cariana llamada Timaesa, y le desagradaba tanto que no le fue posible vivir a su lado sin caer en muy negra melancolía; mientras, Timaesa inspiraba a nuestro hermano menor un cariño criminal, que tomó pronto carácter de manía furiosa. La cariana sentía por ambos igual aversión; y amaba a un flautista y lo recibía de noche en su cuarto. Una mañana dejó allí olvidada la corona que solía llevar en los festines; al verla mis dos hermanos juraron vengarse del tocador de flauta, y al día siguiente le mataron a latigazos, a pesar de sus lágrimas y súplicas. Mi cuñada experimentó por ello una desesperación que la hizo perder el juicio, y los tres miserables, convertidos en bestias, paseaban su locura por las orillas de Cos, aullando como lobos, con la espuma en los labios y la mirada fija en el suelo, entre la gritería de los chiquillos que los apedreaban. Así murieron y mi padre los amortajó. Poco tiempo después, el estómago de mi padre se negó a tolerar toda clase de alimentos y murió de hambre cuando era bastante rico para comprar todas las viandas y todos los frutos de los mercados de Asia. Le desesperaba que yo no heredase una fortuna. La empleé en viajar. Visité a Italia, Grecia y África, sin encontrar ningún sabio feliz. Estudié la filosofía en Atenas y en Alejandría, y me aturdió con el barullo de las disputas. Por fin prolongué mi paseo hasta la India, donde vi, a la orilla del Ganges, un hombre desnudo, sentado sobre las piernas cruzadas, y supe que allí estaba, de aquel modo, desde treinta años antes. Las lianas se enroscaban alrededor de su cuerpo enjuto y los pájaros anidaban entre sus cabellos. Y a pesar de todo, vivía. En su presencia, recordé a Timaesa, al tocador de flauta, y mis dos hermanos y a mi padre; y comprendí la sabiduría de aquel indio. «Los hombres —me dijo— sufren porque están privados de lo que creen ser un bien; o porque lo poseen y temen perderlo; o porque sufren lo que creen ser un mal. Suprimid todas las creencias de este género y desaparecerán todos los males». Por esto resolví no considerar ventajoso nada; reconocer que los bienes de este mundo nada valen, y vivir en la soledad y en la inmovilidad, a ejemplo del indio.

Pafnucio había escuchado atentamente el relato del anciano, y respondió:

—Confieso, Timocles de Cos, después de oírte, que no todo está desprovisto de sentido en tus palabras. En efecto, es la de sabios el desprecio de los bienes de este mundo. Pero sería insensato despreciar igualmente los bienes eternos y exponerse a la cólera de Dios. Deploro tu ignorancia, Timocles, y voy a instruirte en la verdad, para que al conocer la existencia de un Dios en tres hipótesis, obedezcas a ese Dios como un hijo a su padre.

Pero Timocles le interrumpió:

—Guárdate, extranjero, de exponerme tus doctrinas y no pienses en obligarme a compartir tu sentimiento. Toda disputa es estéril. Mi opinión es no tener opinión. Vivo exento de agitaciones a condición de vivir sin preferencias. Prosigue tu camino, y no intentes sacarme de la bienaventurada apatía en que me hundí, como en un baño delicioso, después de los rudos trabajos de mis días.

Pafnucio, profundamente instruido en las cosas de la fe por el conocimiento que tenía de los corazones, comprendió que la gracia de Dios no estaba en el anciano Timocles y que la hora de la salud no había sonado aún para aquella alma obstinada en su perdición; y no respondió, temeroso de que la edificación se convirtiera en escándalo; pues ocurre alguna vez que al disputar contra los infieles, se les induce más al pecado, lejos de convertirlos. Por lo cual es conveniente que los poseedores de la verdad la siembren con prudencia.

—¡Adiós ya, desgraciado Timocles! —dijo.

Y, sin contener un profundo suspiro, reanudó en la noche su piadoso viaje.

Ya de mañana, vio a los ibis inmóviles sobre una pata, a la orilla del agua que reflejaba su cuello pálido y sonrosado. Sobre un ribazo, a lo lejos extendían los sauces su follaje gris; las grullas volaban en triángulo por el cielo transparente, y en los cañaverales resonaban los graznidos de las garzas invisibles. Hasta perderse de vista, extendía el río sus aguas verdes, sobre las que se deslizaban los veleros como alas de pájaros: aquí y allá, en la orilla, se reflejaba una casa blanca; sobre la corriente y en la lejanía flotaban ligeras nubes, y salían de las islas cargadas de palmas, de flores y de frutos, ruidosas bandadas de patos y ocas, de flamencos y de cercetas. A la izquierda, el fecundo valle extendía hasta el desierto sus campos y sus huertas, estremecidos de alegría; el sol doraba las espigas, y la tierra exhalaba el hálito de su fecundidad, como un perfume. Ante aquel cuadro, cayó Pafnucio de rodillas y dijo:

—¡Alabado sea el señor, que da feliz término a mi viaje! Tú, que derramas el rocío sobre las higueras de la Arsinóitida. Dios mío, permite que tu gracia entre en el alma de esa Thaïs a la que no formaste con menos amor del que ponías en las flores de los campos y en los árboles de los jardines. ¡Así pueda florecer con mis cuidados como un rosal oloroso en tu Jerusalén celestial!

Y cada vez que veía un árbol florido o un hermoso pájaro, pensaba en Thaïs. Así, paso a paso, por la margen del brazo izquierdo del río y a través de las comarcas fértiles y populosas, alcanzó en pocas jornadas.

Mirtala —añadió volviéndose hacia las mujeres—. Perfumad los pies, las manos y la barba de mi querido huésped.

Aportaban ellas ya el jarro, los frascos y el espejo de metal, pero Pafnucio, con un gesto imperioso, las detuvo, manteniendo los ojos bajos para no verlas, porque estaban desnudas. En tanto Nicias le presentaba los almohadones, le ofrecía manjares y brebajes diversos, que el hermano Pafnucio rechazó despreciativamente.

—Nicias —dijo, al fin—, no he renegado de lo que tú llamas falsamente la superstición cristiana, y que es la verdad de las verdades. En el comienzo era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Todo ha sido hecho por Él, y nada de lo que hay ha sido hecho sin Él. En Él está la vida, y la vida es la luz de los hombres.

—Querido Pafnucio —respondió Nicias, que acababa de ponerse una túnica perfumada—, ¿piensas asombrarme recitando palabras unidas sin arte y que sólo son vano murmullo? ¿Has olvidado que yo también tengo algo de filósofo? ¿Y crees convencerme con algunos retazos arrancados por hombres ignorantes de la púrpura de Amelio, cuando Amelio, y Porfirio y Platón, en toda su gloria, no me convencieron? Los sistemas urdidos por las sabios sólo son cuentos imaginados para distraer la eterna infancia de los hombres, y es conveniente divertirse con ellos como con los del Asno de la Tina, la Matrona en Éfeso o de cualquiera otra fábula milesia.

Luego, tomó a su huésped por el brazo y le condujo a una sala; donde millares de papiros arrollados estaban en sus cestos.

—Aquí tienes mi biblioteca —dijo—; contiene una débil parte de los sistemas que los filósofos han imaginado para explicar el mundo. El mismo Serapión, en su riqueza, no los contiene todos. ¡Ay!, no son otra cosa que delirios de enfermos. Obligó a su huésped a sentarse en una silla de marfil, y luego se sentó él. Pafnucio paseaba sobre los rollos de la biblioteca una mirada sombría, y dijo:

—Es preciso quemarlos todos.

—¡Oh querido huésped, sería una lástima! —respondió Nicias—. Por otra parte, si fuera preciso destruir todos los sueños, y todas las visiones de los hombres, la Tierra perdería su forma y su color, y todos nosotros nos dormiríamos en una sombría estupidez.

Pafnucio insistía en su pensamiento.

—Es evidente que las doctrinas de los paganos sólo son vanas mentiras. Pero Dios, que es la Verdad, se ha revelado a los hombres en los milagros. Y se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros.

Nicias respondió:

—Hablas muy bien querida cabeza de Pafnucio, cuando dices que se ha hecho carne. Un Dios que piensa, que obra, que habla, que se pasea por la Naturaleza como el antiguo Ulises sobre el mar verdoso, es todo un hombre. ¿Cómo te decidiste a creer en ese nuevo Júpiter, cuando los chiquillos de Atenas, en tiempo de Pericles, ya no creían en el antiguo? Pero dejemos esto. Supongo que tú no has venido para disputar sobre las tres hipótesis. ¿Qué puedo hacer por ti, querido condiscípulo?

—Una obra completamente buena —respondió el abad de Antinoe—. Prestarme una túnica perfumada, semejante a esa que acabas de ponerte. Añade a esa túnica, por favor, sandalias doradas y un frasco de aceite para ungir mi barba y mis cabellos. Conviene también que me des una bolsa con mil dracmas: He ahí, ¡oh Nicias!, lo que vengo a pedirte por el amor de Dios y en recuerdo de nuestra antigua amistad.

Nicias mandó traer por Cribila y Mirtala su túnica más rica. Estaba bordada en el estilo asiático, de flores y de animales. Las dos mujeres la mantenían abierta y hacían brillar hábilmente sus vivos colores, en espera de que Pafnucio se quitase el cilicio con que estaba cubierto hasta los pies. Pero al declarar el monje que antes le arrancarían la piel que aquel vestido, le pusieron la túnica sobre el cilicio. Aquellas dos mujeres, hermosas, no temían a los hombres, a pesar de ser esclavas, y rieron a todo reír al ver el extraño aspecto del monje de aquel modo ataviado. Crobila le llamaba su querido sátrapa y le ponía delante un espejo, y Mirtala le tiraba de las barbas. Pero Pafnucio, que oraba entre tanto, ni las veía. Cuando ya tenía puestas las sandalias doradas y atada la bolsa a su cintura, dijo a Nicias, que lo contemplaba con risueños ojos:

—¡Oh Nicias! Es preciso que no consideres lo que ves un motivo de escándalo. Para un piadoso empleo te pedí esta túnica, esta bolsa y estas sandalias.

—Querido Pafnucio —respondió Nicias—, no he sospechado que obraras mal, pues creo a los hombres igualmente incapaces de hacer el mal y el bien. El bien y el mal sólo existen en la opinión. Para obrar, el sabio no tiene más razones que la costumbre y el uso. Me conformo con los prejuicios que reinan en Alejandría. Por eso paso por un hombre honrado. Anda, amigo, y regocíjate.

Pero Pafnucio pensó que sería conveniente confiar a su amigo su propósito, y le dijo:

—¿Conoces a esa Thaïs que representa en los juegos de teatro?

—Es hermosa —respondió Nicias—, y hubo un tiempo en que fue muy querida. Vendí por ella un molino y dos campos de trigo, y compuse en elogio suyo tres libros de elegías detestables. Ciertamente, la belleza es lo más poderoso que hay en el mundo, y si estuviéramos hechos para poseerla siempre, nos preocuparíamos lo menos posible del demiurgo, del logos, de los eones y de todas las otras fantasías de los filósofos. Pero me admira, buen Pafnucio, que vengas desde el fondo de la Tebaida a hablarme de Thaïs.

Dicho esto, suspiró emocionado. Pafnucio lo contemplaba con horror. No concebía que un hombre pudiese confesar tan llanamente un pecado tan inmenso. Esperaba que la tierra se abriese y que se hundiese. Nicias entre las llamas. Pero el suelo permaneció firme, y el alejandrino, silencioso, apoyada la frente en la mano, sonreía tristemente a las imágenes de su juventud perdida.

El monje se levantó, y repuso con voz grave:

—Has de saber, Nicias, que, con la ayuda de Dios, arrancaré a esa Thaïs de los inmundos amores de la tierra y la daré por esposa a Jesucristo. Si el Espíritu Santo no me abandona, Thaïs abandonará hoy esta ciudad para entrar en un monasterio.

—Teme ofender a Venus —adujo Nicias—, cuyo poder es mucho, y se irritará contra ti si le arrebatas su más ilustre servidora.

—Dios me protegerá —dijo Pafnucio—. ¡Así también ilumine tu corazón, oh Nicias, y te saque del abismo en que te hallas hundido!

Y salió. Pero Nicias lo acompañó hasta el umbral, le puso la mano en el hombro y le repitió al oído:

—Teme ofender a Venus; su venganza es terrible.

Pafnucio, desdeñoso de las palabras triviales, se fue sin volver la cabeza. Lo dicho por Nicias le inspiraba sólo desprecio; pero lo insufrible para él era saber que su amigo de juventud se había recreado con las caricias de Thaïs. Le parecía que pecar con aquella mujer era pecar más abominablemente que con cualquiera otra. Hallaba en ello una malicia singular, y desde aquel momento consideró a Nicias repulsivo. Siempre había odiado la impureza; pero las imágenes de ese vicio jamás le parecieron tan odiosas; jamás había compartido tan a pecho la cólera de Jesucristo y la tristeza de los ángeles.

Esto lo impulsaba con más ardor a librar a Thaïs del mundo de los gentiles, y su deseo de verla era más vehemente a cada instante con el ansia de redimirla. Pero era preciso esperar, para dirigirse a la casa, que el agobiante calor del día hubiese cedido. No mediaba todavía la mañana y Pafnucio recorría las calles populosas con la resolución de no tomar alimento alguno para ser menos indigno de las gracias que pedía al Señor. Sumido en la tristeza de su alma, no se decidió a cobijarse en ninguna de las iglesias de la ciudad, seguro de hallarlas profanadas por los arios, que había derribado en ellas la mesa del Señor.

Era cierto que los herejes amparados por el emperador de Oriente, habían destituido al patriarca Atanasio de su sede episcopal, y extendían la turbación y la confusión entre los cristianos de Alejandría.

Andaba sin rumbo, con la mirada fija en el suelo, por humildad; pero de cuando en cuando alzaba los ojos como en éxtasis.

Después de ir de un lado a otro durante unas horas, llegó a uno de los muelles de la ciudad. En el puerto artificial se hallaban anclados innumerables navíos de oscuros cascos, mientras a distancia sonreía, entre azul y plata, el mar pórfido. Una galera, con una figura de nereida en la proa, acababa de zarpar. Los marineros cantaban al hender las ondas con los remos. La blanca hija de las aguas, cubierta de líquidas perlas, sólo dejaba ver al monje un perfil fugitivo. Cruzó la nave, conducida por su piloto, el estrecho paso abierto sobre la dársena de Eunostos, y se alejó en alta mar, dejando tras sí una estela florida.

»También yo —pensaba Pafnucio—, en otro tiempo, deseaba embarcarme y cantar sobre el océano del mundo. Pero pronto conocí mi locura, y la nereida no me arrebató.

Entregado a estas ideas, fue a sentarse sobre unos cables enroscados. Se durmió, y en el sueño tuvo una visión. Oía el toque de una trompeta ensordecedora; y el cielo tomaba color de sangre; y esto le hizo comprender que habían llegado los tiempos anunciados por los profetas. Rezaba, fervoroso, y vio una bestia enorme que se le acercaba con una cruz luminosa en la frente, y en la que reconoció a la esfinge de Silsilé. Aquella bestia lo agarró entre los dientes sin hacerle daño y se lo llevó como las gatas llevan a sus gatitos. En semejante postura recorrió Pafnucio varios reinos, atravesó ríos y cruzó montañas, y llegó a un lugar desolado, cubierto de rocas horribles y de ardientes cenizas. El suelo, desgarrado en varios lugares, daba paso, por las desgarraduras, a un hálito abrasador. Suavemente la bestia dejó a Pafnucio en el suelo, y le dijo:

¡Mira!

Y Pafnucio, asomado a un abismo, vio un río de fuego por el interior de la tierra, entre dos escarpados muros de negras rocas. Allí, a una luz mortecina, los demonios atormentaban a las almas, que aún conservaban las apariencias de los cuerpos que las habían contenido, y hasta fragmentos de sus vestiduras. Las almas parecían tranquilas entre los demonios que las atormentaban. Una de ellas, blanca, grande, con los ojos cerrados, vendada la frente y un cetro en la mano, cantaba. Su voz inundaba de armonías la ribera estéril. Hacía elogios de los dioses y de los héroes. Diablillos verdes le pinchaban los labios y la garganta con hierros enrojecidos, y la sombra de Homero cantaba sin cesar. A no mucha distancia, el viejo Anaxágoras; calvo y canoso, trazaba con el compás figuras geométricas sobre el polvo, mientras un demonio le vertía en el oído aceite hirviente, sin lograr que interrumpiera sus propósitos el sabio. Así el monje descubrió multitud de personas que, sobre la umbrosa orilla, a lo largo del río de fuego, leían o meditaban serenamente, o conversaban dando paseos, como los maestros y los discípulos, a la sombra de los plátanos de la Academia. Sólo el anciano Timocles se mantenía aparte, y movía la cabeza con insistente negación. Un ángel del abismo agitaba una antorcha bajo sus ojos, y Timocles no quería ni ver al ángel ni a la antorcha.

Mudo de sorpresa ante aquel espectáculo, Pafnucio se volvió hacia la bestia; pero había desaparecido, y el monje vio en el lugar donde estuvo la esfinge a una mujer cubierta con un velo, que le dijo:

—Mira y comprende. Tal es la terquedad de esos infieles, que permanecen en el infierno víctimas de ilusiones que los sedujeron sobre la tierra. La muerte no los ha desengañado, porque saben ya de seguro que no basta morir para ver a Dios. Los que ignoraban la Verdad entre los hombres, la ignorarán siempre. Los demonios que se encarnizan en torno a esas almas, ¿qué son si no las formas de la justicia divina? Por eso las almas ni la ven ni la sienten. Extrañas a toda verdad, no conocen su propia condenación, y ni el mismo Dios puede obligarlas a sufrir.

—Dios lo puede todo —dijo el abad de Antinoe.

—No puede lo absurdo —respondió la mujer cubierta con un velo—. Y para castigarlos seria indispensable iluminarlos; y si conociesen la Verdad, serían semejantes a los elegidos.

Poseído por la inquietud y el horror, Pafnucio se inclinaba de nuevo sobre el abismo. Acababa de ver la sombra de Nicias, risueño, con la frente ceñida de flores, bajo los mirtos carbonizados. Cerca de él, Aspasia de Mileto, elegantemente cubierta con su túnica de lana, dijérase que a un tiempo hablaba de amor y de filosofía: tan dulce y noble era la expresión de su rostro. La lluvia de fuego que caía sobre ellos resultaba rocío refrescante, y sus pies hollaban, como si fuese una hierba fina, el suelo abrasado. Al ver aquello, Pafnucio se sintió estremecido por la ira.

—¡Hiere, Dios mío! —exclamó—, ¡Hiere a Nicias! ¡Que llore! ¡Que gima! ¡Que rechine los dientes!… ¡Ha pecado con Thaïs!…

Y Pafnucio despertó en los brazos de un marino robusto como Hércules, que lo tiraba sobre la arena, y a voces decía:

—¡Paz! ¡Paz, amigo! ¡Por Proteo, viejo pastor de focas! Duermes muy agitado. Si no te hubiese cogido a tiempo, te precipitabas en el Eunostos. ¡Tan cierto es que te salvé la vida, como mi madre vendía pesca salada!

—Gracias doy de ello a Dios —respondió Pafnucio.

Y puesto ya en pie, volvió a caminar en línea recta, y a la vez meditaba sobre la visión aparecida en su sueño.

«Esa visión —reflexionaba— es manifiestamente maléfica; ofende la bondad divina, porque me presentó el infierno desprovisto de realidad. Sin duda, fue obra del demonio».

Razonaba de tal modo porque sabía distinguir los sueños que Dios envía de los que son inspirados por los ángeles rebeldes. Semejante discernimiento es útil al solitario que vive sin cesar rodeado de apariciones, porque al huir de los hombres está seguro de encontrarse con los espíritus, ya que los desiertos están poblados de fantasmas.

Cuando los peregrinos se aproximaron al castillo en ruinas donde se había retirado el santo eremita Antonio, oyeron clamores como los que se elevan en las encrucijadas de las ciudades en las noches de fiesta. Y esos clamores eran lanzados por los demonios tentadores de aquel santo varón.

Pafnucio se acordó de tan memorable ejemplo. Se acordó también de San Juan Egipcíaco, al que, durante sesenta años, el diablo tuvo empeño en seducir con prestigios. Pero Juan burlaba las tretas del infierno. Sin embargo, un día entró en la gruta del venerable Juan con apariencia ele hombre, y le dijo: «Juan, prolongarás tu ayuno hasta mañana por la noche». Y Juan, creyendo oír a un ángel, obedeció a la voz del demonio, y ayunó el día siguiente hasta la hora de vísperas. Fue la única victoria obtenida por el Príncipe de las Tinieblas sobre San Juan el Egipcíaco, y en verdad fue una victoria insignificante:

Así no es de extrañar que Pafnucio reconociese al punto la falsedad de la visión en el sueño.

Mientras ligeramente se dolía de que Dios lo hubiese abandonado al poder de los demonios, se sintió empujado y arrastrado por una multitud de hombres que corrían todos en el mismo sentido; y como ya no tenía costumbre de andar por las ciudades, tropezaba con uno y otro de los que iban corriendo como si fuera una masa inerte, y al enredarse sus piernas en los pliegues de su lujosa túnica vaciló a punto de caer varias veces. Deseoso de averiguar adónde iban todos aquellos hombres, preguntó a uno la causa de tanto apresuramiento.

—Extranjero —le respondió el interrogado—, ¿ignoras que ya es la hora de los juegos y que Thaïs aparecerá sobre la escena? Todos esos ciudadanos van al teatro, y yo voy también con ellos. ¿Te agradaría acompañarme?

De pronto diose cuenta de lo conveniente que sería para su propósito ver a Thaïs en los juegos. Pafnucio siguió a aquel hombre.

Ya en el teatro aparecía ante él con su pórtico adornado de brillantes máscaras, y su extenso muro circular, poblado de innumerables estatuas. En pos de la muchedumbre se internaron en un estrecho pasadizo, en cuyo final se extendía el anfiteatro, deslumbrante de luz. Tomaron asiento en uno de los escaños de la gradería que se escalona hacia el escenario magníficamente decorado, pero sin actores aún. No había un telón que lo ocultara, y allí se veía un catafalco semejante al que los pueblos antiguos dedicaban a las sombras de los héroes. Alzábanse las tiendas en campo abierto, sobre haces de lanzas ante las tiendas. Pendían de los mástiles dorados escudos entre ramas de laurel y coronas de roble. Allí todo era silencio y somnolencia; pero un zumbido semejante al de las abejas en la colmena, resonaba en el hemiciclo, abarrotado de espectadores. Todos los rostros, enrojecidos por el reflejo del velo de púrpura que proyectaba en ellos al retemblar, volvíanse, con expresión de curiosa espera, hacia aquel espacio silencioso que ocupaban el catafalco y las tiendas. Las mujeres reían y comían limones, y los frecuentadores de los juegos se comunicaban alegremente desde una a otra grada.

Pafnucio reza en silencio y evita las palabras inútiles; pero su vecino habla sin cesar, dolido por la decadencia del teatro.

—En otros tiempos —dice—, hábiles actores declamaban bajo la máscara los versos de Eurípides y de Menandro. Ahora ya no hay dramas recitados, porque todo es mímica nada más, y de los divinos espectáculos con que se honró a Baco en Atenas hemos conservado tan sólo aquello que un bárbaro, un escita, puede comprender: la actitud y el gesto. La máscara trágica, cuya embocadura, provista de láminas metálicas, daba resonancia a las voces; el coturno, que elevaba a los personajes a la altura de los dioses; la majestad trágica y el canto de los bellos versos, todo se ha perdido. Los mimos, las bailarinas de rostro descubierto reemplazaban a Paulo y a Roscio. ¿Qué hubieran dicho los atenienses de Pericles si vieran a una mujer en la escena? Es indecoroso que una mujer se presente en público. Muy degenerados debemos estar cuando lo consentimos. A fe de Dorión, que así se llama, afirmo que la mujer es el enemigo del hombre y la vergüenza del mundo.

—Hablas como un sabio —repuso Pafnucio—. La mujer es nuestra peor enemiga. Proporciona el goce, y con esto se hace temible.

—¡Por los dioses imperturbables —exclamó Dorión—, la mujer no procura a los hombres el placer, sino la tristeza, la turbación y las negras preocupaciones! El amor es la causa de nuestros males más agudos. Escucha, extranjero: he ido en mi juventud a Trezene, en Argólida, y allí he visto un mirto de un grosor prodigioso, cuyas hojas estaban cubiertas de innumerables picaduras. Pero he aquí lo que cuentan los trezianos acerca de ese mirto: La reina Fedra, en el tiempo que amaba a Hipólito, estaba todo el día lánguidamente recostada sobre ese mismo árbol, que aún se ve hoy. En su mortal fastidio, sacaba la aguja de oro que prendía de sus rubios cabellos y taladraba las hojas del arbusto de bayas olorosas. Después de haber perdido al incauto a quien perseguía su amor incestuoso, Fedra, tú lo sabes, murió miserablemente. Se encerró en su cámara nupcial y se ahorcó, valiéndose de su cinturón de oro sus pendido en una clavija de marfil. Los dioses quisieron que el mirto, testimonio de tan cruel desdicha, conservara sobre sus hojas nuevos pinchazos de aguja. Cogí una de esas hojas y la puse a la cabecera de mi lecho, para estar constantemente advertido y no abandonarme a los furores del amor, y confirmarme en la doctrina del divino Epicuro, mi maestro, que juzga temible el deseo. Pero, en realidad, el amor es una dolencia del hígado y nunca estamos seguros de no padecerla. Pafnucio preguntó:

—Dorión, ¿cuáles son tus placeres?

Dorión respondió tristemente:

—No tengo más que un solo placer, y convengo en que no es muy vivo: la meditación. Con un mal estómago, no hay que buscar otros goces.

Ateniéndose a estas últimas palabras, Pafnucio decidió iniciar al discípulo de Epicuro en los goces espirituales que procura la contemplación de Dios. Y dijo:

—Dorión, oye la verdad y recibe la luz.

Como habían levantado la voz, de todas partes las cabezas y los brazos, vueltos hacia él, le ordenaron callar. Un profundo silencio invadía el teatro, y de pronto resonaron las voces de una música heroica.

Los juegos comenzaban. Los soldados salieron de las tiendas, ya dispuestos a partir, cuando tuvo lugar un prodigio aterrador. Cubrió una nube la superficie del catafalco, y al disiparse dejó ver la sombra de Aquiles revestida con armadura de oro. Extendía el brazo hacia los guerreros, como para decirles: «¿Ya os vais, hijos de Danao? ¿Volvéis a la patria, que yo no volveré a ver nunca, y dejáis mi sepulcro sin ofrendas?». Ya se agrupaban los principales jefes de los griegos al pie del catafalco. Acanas, hijo de Teseo; el viejo Néstor, Agamenón, llevando el cetro y las cintas, contemplaban el prodigio. Pirro, el joven hijo de Aquiles, quedaba prosternado en el polvo. Ulises se distinguía entre todos por el gorrete que apenas cubría su cabellera rizada, y por sus gestos se comprendía su reverencia a la sombra del héroe. En la disputa que sostenía con Agamenón se adivinaban sus palabras:

—Aquiles —decía el rey de Ítaca— es digno de ser honrado entre nosotros. Murió gloriosamente por Helas. Pide que la hija de Príamo, la virgen Polixena, sea inmolada sobre su tumba. Dananeos, satisfaced a los manos del héroe, y que el hijo de Peleo viva glorioso en el Hades.

Pero el rey de reyes respondía:

—Evitemos el sacrificio de las vírgenes troyanas que libramos del servicio de los altares. Bastantes desdichas han caído sobre la ilustre raza de Príamo.

Hablaba de tal modo porque compartía su lecho con la hermana de Polixena; y el sabio Ulises le reprochaba preferir el lecho de Casandra a la lanza de Aquiles.

Todos los griegos lo aprobaron con un ruidoso chocar de armas. La muerte de Polixena fue resuelta, y la sombra de Aquiles, tranquilizada, se desvaneció. La música, ya soberbia, ya plañidera, seguía el pensamiento de los personajes, Estallaron los aplausos del público.

Pafnucio, que todo lo atribuía a la bondad divina, murmuró:

—¡Oh luces y tinieblas repartidas sobre los gentiles! Tales sacrificios anunciaban y figuraban groseramente entre las naciones el sacrificio saludable del Hijo de Dios.

—Todas las religiones engendran crímenes —replicó el epicúreo—. Afortunadamente, un griego divino libró a los hombres de los vanos terrores de lo ignorado.

Hécuba, sueltos sus blancos cabellos, su vestido desgarrado, salía de la tienda donde estaba cautiva. Produjo un hondo y general suspiro la aparición de aquella perfecta imagen de la desgracia. Advertida por un sueño profético. Hécuba gemía por la suerte de su hija y por su propia suerte. Ulises estaba ya cerca y le pedía a Polixena. La anciana madre se arrancaba los cabellos, se desgarraba las mejillas con las uñas y besaba las manos de aquel hombre cruel, que, sin perder su implacable tranquilidad, parecía decir:

«Sé prudente, Hécuba, y cede a la necesidad. También hay en nuestras casas madres ancianas que lloran a sus hijos dormidos para siempre bajo los pinos del Ida».

Y Casandra, reina en otro tiempo de la floreciente Asia, esclava entonces, cubría de polvo su cabeza infortunada.

Cuando al descorrerse la cortina que cerraba la tienda se vio a la virgen Polixena, un estremecimiento unánime agitó a los espectadores habían reconocido a Thaïs. También Pafnucio la reconoció. Era la que buscaba. Ella sujetaba con su brazo blanquísimo la pesada tela que se había descorrido. Inmóvil, semejante a una preciosa estatua, tendía en todas direcciones la tranquila mirada de sus ojos violeta, a la vez acariciadora y altiva, imponiendo en todos el estremecimiento trágico de la belleza.

Alzose un murmullo de admiración entusiasta, y Pafnucio, que sintió agitada su alma, conteniendo con las manos los latidos de su corazón, suspiró:

—¿Por qué, Dios mío, das ese poder a una de tus criaturas? Dorión, más tranquilo, decía: —Evidentemente, los átomos que se asocian para componer a esa mujer presentan una combinación agradable a la vista. Sólo es un juego de la Naturaleza, y esos átomos no saben lo que hacen. Se separarán un día con la misma indiferencia que se han unido. ¿En dónde están ahora los átomos que formaron a Thaïs o a Cleopatra? No lo niego: las mujeres son algunas veces bellas, pero están sometidas a sensibles desgracias y a molestias repugnantes. Así piensan los espíritus meditadores; pero el vulgo de los hombres no lo comprende. Y entre tanto, las mujeres inspiran el amor, aun cuando no es razonable amarlas.

De ese modo el filósofo y el asceta contemplaban a Thaïs y seguían cada cual su pensamiento. Ni uno ni el otro habían visto a Hécuba, que, vuelta hacia su hija, le decía, sin hablar, con la mirada y el fruncimiento de los labios:

«Procura conmover al cruel Ulises. ¡Que le aplaquen tus lágrimas, tu belleza, tu juventud!».

Thaïs, o, mejor, la propia Polixena, soltó la cortina de la tienda. Dio un paso hacia adelante, y todos los corazones se sintieron poseídos por su gracia. Y cuando con noble y ligero andar avanzó hacia Ulises, el ritmo de sus movimientos, acompasado por las notas de las flautas, hacía pensar en todo un orden de sensaciones gozosas, como si ella fuese centro divino de las armonías del mundo. Ya nadie veía más que a ella, y todo lo demás estaba desvanecido por su irradiación. Sin embargo, el espectáculo continuaba.

El prudente hijo de Laertes apartaba la vista y ocultaba su mano bajo el manto para evitar las miradas acariciadoras de la suplicante. La virgen, con su actitud, le indicó que nada temiera. Sus ojos serenos decían:

«Ulises, te seguiré para obedecer a la Fatalidad y porque deseo morir. Hija de Príamo y hermana de Héctor, mi lecho, que fue considerado como digno de reyes, no se abrirá para recibir a un dueño extranjero. Renuncio libremente a la luz del día».

Hécuba, inerte, abatida en el polvo, se levantó de pronto y se unió a su hija en un abrazo desesperado.

Polixena separó con suave resolución los amorosos brazos que la sujetaban, y los espectadores creyeron oír:

»Madre, no te expongas a los ultrajes del dueño. No aguardes a que, para separarte de mí, te arrastre indignamente. Antes de consentir eso, madre amada, tiéndeme esa mano envejecida y aproxima tus labios descoloridos a mi rostro.

El dolor se mostraba hermoso en la fisonomía de Thaïs; la multitud sentía entusiasmo por aquella mujer, que lograba revestir de aquel modo, con una gracia sobrehumana, las actitudes y los trabajos de la vida.

Pafnucio le perdonaba su esplendor confiado en la humildad futura. Y se glorificaba prematuramente por haber ganado para el cielo aquella santidad.

El espectáculo tocaba a su desenlace. Hécuba se desplomó como una muerta, y Polixena, conducida por Ulises, se adelantó hacia el catafalco, rodeado por los más gallardos guerreros. Al compás de los cánticos de duelo, subió al catafalco, donde ya el hijo de Aquiles hacía, en una copa de oro, las libaciones consagradas a los manes del héroe. Cuando los sacrificadores alzaron los brazos para sujetarla, ella hizo un ademán para indicar su deseo de morir libre, según convenía a la hija de tantos reyes. Luego desgarró su túnica, señaló el sitio de su corazón donde hundió Pirro su espada y apartó la vista. Por un hábil artificio, brotaron oleadas de sangre en el pecho seductor de la virgen, que, con la cabeza vencida hacia la espalda y los ojos anegados en el horror de la muerte, cayó con dignidad.

Mientras los guerreros velaban a la víctima y la cubrían con lirios y anémonas, los gritos de terror y los sollozos desgarraban el aire, y Pafnucio, en pie sobre su asiento, profetizaba en actitud imprecadora:

—¡Gentiles! ¡Viles adoradores de los demonios! ¡Y vosotros, arios, más infAmés que los idólatras todavía! ¡Sabedlo! Acabáis de ver una imagen y un símbolo. Esa fábula encierra un sentido místico, y pronto esa mujer que habéis admirado será inmolada, hostia venturosa, al Dios resucitado.

Ya la muchedumbre salía en oleadas confusas por los vomitorios. El abad de Antino, libre de su acompañante, sorprendido por lo que había presenciado, aún profetizaba al salir.

Una hora después llamaba a la puerta de Thaïs.

* * *

En el rico barrio de Racotis, cerca de la tumba de Alejandro, habitaba la comedianta una casa rodeada de jardines umbrosos, en los que se alzaban rocas artificiales y corría un arroyo entre los álamos. Una esclava, vieja y negra, cargada de anillos, fue a abrir la puerta y preguntó qué deseaba.

—Quiero ver a Thaïs —respondió Pafnucio—; pongo a Dios por testigo de que vine a la ciudad sólo para verla.

Como vestía una túnica lujosa y hablaba imperiosamente, la esclava lo dejó pasar, y le dijo:

—Encontraréis a Thaïs en la gruta de las Ninfas.

II. El papiro

Thaïs era hija de padres idólatras, libertos y pobres. Siendo ella niña, en Alejandría, cerca de la Puerta de la Luna, tenía su padre una taberna frecuentada por marineros. De esa primera infancia le quedaban algunos recuerdos vivos y sin ilación. Le parecía ver a su padre sentado junto al hogar, con las piernas cruzadas, corpulento, formidable y quieto, como uno de esos viejos Faraones celebrados en los romances que los viejos cantaban en las esquinas. Le parecía también ver a su madre, flaca y triste, que iba como un gato hambriento de un lado a otro de la casa, donde resonaban los gritos de su voz agria y los destellos de sus ojos fosforescentes. En el barrio se murmuraba que era bruja, y que, transformada en lechuza, de noche salía al encuentro de sus amantes. Y no era verdad. Sabía Thaïs, por haberla espiado muchas veces, que su madre no se entregaba a las artes mágicas, sino que, devorada por la avaricia, durante la noche contaba y recontaba lo recaudado en el día. Aquel padre inerte y aquella madre avara la dejaban buscarse la vida como los animalitos de corral. Por esto llegó ella a ser muy diestra para extraer uno a uno los óbolos del cinto de los marineros borrachos, a los que divertía con ingenuas canciones y con infAmés palabras, cuyo sentido ignoraba. Iba de uno a otro, sentada sobre las rodillas de todos en la sala maloliente con el hedor de las bebidas fermentadas y de los odres. Luego, con unto de cerveza y picaduras de barbas hirsutas en las mejillas, escapaba oprimiendo en su manita los óbolos y corría a comparar tortas de miel a una vieja acurrucada detrás de sus cestos bajo la Puerta de la Luna. A diario se repetían las mismas escenas: los marineros referían sus hazañas de cuando el Euros agitaba las algas marinas. Luego jugaban a los dados o a las tabas, y, entre blasfemias a los dioses, pedían la mejor cerveza de Cilicia.

Todas las noches despertaban a la niña las reyertas de los bebedores. Las valvas de los marinos volaban de mesa en mesa y herían las frentes; resonaban furiosos alaridos, y algunas veces, a la humeante luz de los candiles, veíanse brillar los cuchillos y hasta la sangre.

Sólo conoció en sus años infantiles la bondad humana por el bondadoso Amés, el esclavo de la casa. Nubio, más negro que la marmita que espumaba gravemente, era bueno como una noche de sueño. Solía sentar a Thaïs sobre sus rodillas, y le refería cuentos antiguos, en los que no dejaba de haber subterráneos llenos de tesoros, construidos para reyes avaros, que mataban después a los albañiles y a los arquitectos. Había también en esos cuentos hábiles ladrones que se casaban con las hijas de los reyes, y cortesanos en cuyo honor se alzaban pirámides. La pequeña Thaïs sentía por Amés un cariño filial; tanto como si fuese para ella un padre, una madre, una nodriza y un perro a la vez. Agarrada al calzón del esclavo, iba con él a la bodega de las ánforas y al gallinero, entre los pollos flacos y erizados, todo pico, que revoloteaban mejor que los aguiluchos ante el cuchillo del negro cocinero, quien a menudo, sobre la paja que le servía de lecho, en vez de dormir de noche, construía para Thaïs pequeños molinos de viento y navíos con la mano, con todos los aparejos.

Lastimado por el trato brutal de su dueño, tenía una oreja desgarrada y la piel cubierta de cicatrices. A pesar de lo cual, su rostro conservaba una expresión alegre y plácida. Nadie se preocupaba de inquirir los motivos que ofrecían consuelo a su alma y tranquilidad a su corazón. Tenía una candidez infantil.

Mientras desempeñaba sus rudos quehaceres, cantaba con una voz cascada cánticos que hacían estremecer con deliciosos ensueños el alma de la niña. El esclavo decía en tono grave y alegre a la vez:

—Dinos, María: ¿qué has visto allí de donde vienes?

—He visto el sudario y las sábanas, y los ángeles sentados sobre la tumba. Y he visto la gloria del Resucitado.

La niña preguntaba:

—Padre, ¿por qué cantas eso de los ángeles sentados sobre la tumba? Y él respondía:

—Lucecita de mis ojos, canto lo de los ángeles, porque Nuestro Señor Jesucristo ha subido al Cielo.

Amés era cristiano. Había recibido el bautismo, y le llamaban Teodoro en el banquete de los fieles, adonde acudía en secreto a las horas en que debería descansar y dormir.

En aquellos días la Iglesia pasaba por la prueba suprema. Las basílicas eran derribadas por orden del emperador: los libros santos, echados a la hoguera; fundidos los vasos sagrados y los candeleros. Y sólo esperaban la muerte los cristianos, ya privados de sus honores. Reinaba el terror en la comunidad de Alejandría. Estaban las cárceles repletas de víctimas. Referían con espanto, entre los fieles, que en Siria, en Arabia, en Mesopotamia, en Capadocia, por todo el Imperio, los yatigos, los potros, las uñas de hierro, las fieras, desgarraban a los pontífices y a las vírgenes. Entonces, Antonio, célebre ya por sus visiones y su soledad, jefe y profeta de los creyentes de Egipto, se habla lanzado, como el águila, desde lo alto de su roca salvaje, y de iglesia en iglesia enardecía con su fuego a toda la comunidad. Invisible para los paganos, estaba presente a la vez en todas las asambleas de los cristianos, y en cada uno imbuía el espíritu de la fortaleza y de la prudencia que le animaba. La persecución se ejercía con máximo rigor sobre los esclavos. Algunos de ellos, sobrecogidos de espanto, renegaban su fe. Otros, en su mayor número, huían al desierto, confiados en hacer allí vida contemplativa o convertirse en bandidos. Pero Amés no varió sus costumbres: frecuentaba las asambleas, visitaba a los méritos, sepultaba a los mártires y profesaba con alegría la religión de Cristo. Ante una vocación tan verdadera, el gran Antonio, antes de volver al desierto, estrechó al esclavo negro entre sus brazos, y le dio el ósculo de paz.

Al cumplir Thaïs siete años, Amés empezó a tratar de Dios en sus conversaciones con ella.

—El buen Señor Dios —la dijo— vivía en el cielo como un Faraón, a la sombra de las tiendas de su harén y de los árboles de sus jardines. Era el antiguo entre los antiguos, y más viejo que el mundo, y no tenía más qué un hijo, el Príncipe Jesús, al que amaba de todo corazón, y era más bello que las vírgenes y los ángeles. Y el buen Señor Dios dijo al Príncipe Jesús:

—Deja mi harén y mi palacio, mis palmeras y mis fuentes vivas. Desciende a la Tierra para la salvación de los hombres. Allí serás semejante a un niño, y vivirás pobre entre los pobres. El sufrimiento será tu pan de cada día, y llorarás con tanta abundancia, que tus lágrimas formarán ríos, en que el esclavo fatigado se bañará deliciosamente. ¡Anda, Hijo mío!

»El Príncipe Jesús obedeció al buen Señor, y vino a la Tierra en un lugar llamado Belén de Judá. Paseaba por los prados floridos de anémonas, y decía a sus compañeros:

—¡Dichosos aquellos que tienen hambre, porque los llevaré a la mesa de mi Padre! ¡Dichosos aquellos que tienen sed, porque beberán en las fuentes del Cielo! ¡Dichosos los que lloran porque Yo enjugaré sus ojos con velos más finos que los de las princesas siriacas!

»Por esta razón, los pobres lo amaron y creyeron en Él. Pero los ricos le odiaban, temerosos de que pusiese a los pobres por encima de ellos. Por aquel tiempo, Cleopatra y César eran poderosos sobre la Tierra. Los dos odiaban a Jesús y ordenaron a los jueces y a los sacerdotes que lo condenaran a muerte. Para obedecer a la reina de Egipto, los príncipes de Siria alzaron una cruz sobre una montaña muy alta, y sobre aquella cruz murió. Pero las mujeres lavaron el cuerpo y lo amortajaron; y el Príncipe Jesús rompió la losa de su sepulcro para remontarse hacia el buen Señor, su Padre.

»Y desde ese tiempo, todos aquellos que mueren creyentes en Él van al Cielo.

»El Señor Dios abre los brazos, y les dice:

—Sed bien venidos, puesto que amáis al Príncipe, mi Hijo. Tomad un baño, y después, comed.

«Tomarán un baño al son de una deliciosa música, y durante su comida verán las danzas de las almeas y oirán a los cuentistas relatos que no acaban jamás. Y serán para el Señor Dios más queridos que la luz de sus ojos, puesto que serán sus huéspedes, y repartirá entre todos ellos las alfombras de su hospedería y las granadas de sus huertos».

Amés habló varias veces de ese modo. Así fue como Thaïs conoció la verdad, y, admirada, le decía:

—Quisiera comer las granadas del buen Señor.

Amés contestaba:

—Sólo aquellos que son bautizados en Jesús probarán los frutos del cielo.

Y Thaïs pedía que la bautizasen. Con este indicio, al verla confiar en Jesús, el esclavo resolvió instruirla más a fondo para que recibiera el bautismo y entrara en la Iglesia unida estrechamente a él como hija espiritual.

La niña, de continuo rechazada por sus injustos padres, no tenía cama bajo el techo familiar. Dormía en un rincón del establo, entre los animales domésticos. Y allí era donde cada noche se le acercaba en secreto Amés.

Llegábase poco a poco a la estera donde la niña descansaba y luego permanecía sentado sobre sus talones, con las piernas replegadas, el busto erguido, en la actitud hereditaria de toda su raza. Su rostro y su cuerpo vestido de negro quedaban desvanecidos en la oscuridad. Sólo sus grandes ojos blancos brillaban, y de ellos emergía una claridad semejante a un rayo del alba a través de las rendijas de un postigo. Hablaba con voz penetrante y cantarina, cuya ligera gangosidad tenía la dulzura triste de las músicas que se oyen de noche en las calles. A veces, el resoplido de un asno y el suave mugido de un buey acompañaban, como un coro de oscuros espíritus, la voz del esclavo, que recitaba el Evangelio. Sus palabras fluían suaves en la sombra, que se impregnaba de credulidad, de gracia y de esperanza; y la neófita, con su mano en la mano de Amés, arrullada por lo voz monótona y ante la visión de imágenes vagas, se dormía tranquila y sonriente, entre las armonías de la noche oscura y los santos misterios, en contemplación de una estrella que filtraba su fulgor entre dos vigas de la techumbre.

La iniciación se prolongó, a lo largo del año, hasta la época en que los cristianos celebran con alegría la fiesta pascual. Y una noche de la semana gloriosa, Thaïs, que dormitaba ya sobre su estera en el establo, se sintió alzada por el esclavo, cuyos ojos brillaban con distinta claridad que de costumbre. No se cubría con su andrajoso calzón, sino con amplio manto blanco, bajo el cual oprimió a la niña, y le dijo con voz apenas perceptible:

¡Ven, alma mía! ¡Ven, ojos míos! ¡Ven, mi corazón! Ven a revestir las albas del bautismo…

Y se llevó a la niña sujeta sobre su pecho. Thaïs, asustada y curiosa, se colgó con los brazos del cuello de su amigo, que corría en la noche.

Siguieron las negras callejuelas; atravesaron el barrio de los judíos; costearon un cementerio donde el águila marina lanzaba su graznido siniestro. Pasaron, en una encrucijada, bajo cruces de las que pendían los cuerpos de los sacrificados, sobre cuyos brazos posaban los voraces cuervos. Thaïs ocultó su cabeza en el pecho del esclavo, decidida a no ver lo que faltaba del espantoso camino. Le pareció que la dejaban en el suelo, y al abrir los ojos, vio en torno una estrecha bodega, alumbrada por antorchas de resina, y en cuyas paredes había pintadas grandes figuras, que, al parecer, se animaban entre la humareda de las teas. Veíanse allí hombres cubiertos con largas túnicas empuñando palmas. Allí había corderos; palomas y pámpanos.

Thaïs, entre esas figuras, distinguió a Jesús de Nazaret porque las anémonas florecían a sus plantas. En el centro de la sala, junto a una gran pila llena de agua hasta el borde, había un anciano cubierto con una mitra baja y revestido con una dalmática roja, bordada de oro. De su demacrado rostro pendía una larga barba. Ofrecía un aspecto humilde y afectuoso bajo su rico ropaje. Era el obispo Vivancio, que príncipe desterrado de la iglesia de Cirene, ejercía, para mantenerse, el oficio de tejedor y fabricaba toscas telas de pelo de cabra. Dos pobres niños estaban en pie a su lado. Muy cerca, una negrita vieja presentaba una pequeña túnica blanca. Amés dejó a la niña en el suelo, se arrodilló ante el obispo, y dijo:

—Padre mío, he aquí la almita, la hija de mi alma. Te la traigo para que, según tu promesa y si place a tu serenidad, le des el bautismo de vida.

Al oír esas palabras, el obispo abrió los brazos y dejó ver sus manos mutiladas. En los días de prueba le habían arrancado las uñas al confesar la fe. Thaïs tuvo miedo, y se arrojó en los brazos del esclavo; pero el sacerdote la tranquilizó con palabras acariciadoras:

—Nada temas, pequeña bien amada. Tienes aquí un padre espiritual, Amés al que llaman Teodoro entre los vivos, y una dulce madre en la gracia, que te ha preparado con sus manos una blanca túnica.

Volviose hacia la negrita, y añadió:

—Se llama Nítida; es esclava sobre esta Tierra; pero Jesús la elevará en el cielo a la categoría de sus esposas.

Después interrogó a la niña neófita:

—Thaïs, ¿crees en Dios, el Padre Todopoderoso, en su Hijo único, que murió por nuestra salud, y en todo lo que enseñan los apóstoles?

—Sí —respondieron a un tiempo el negro y la negra, que se tenían cogidos de la mano.

Por indicación del obispo, Nítida, arrodillada, despojó a Thaïs de sus vestidos. La niña quedó desnuda, con un amuleto al cuello. El pontífice la hundió tres veces en la tina bautismal. Los acólitos presentaron el óleo con que Vivancio hizo las unciones y la sal, de la que puso un grano sobre los labios de la catecúmena. Después de enjugar aquel cuerpo; destinado, a través de tantas pruebas, a la vida eterna, la esclava Nítida lo revistió con la túnica blanca, tejida por sus manos.

El obispo dio un beso de paz a todos, y, terminada la ceremonia, se despojó de sus ornamentos sacerdotales.

Al salir de la cripta, Amés dijo:

—Debemos regocijarnos en este día por haber dado un alma al buen señor Dios; vamos a la casa que habita tu serenidad, pastor Vivancio, y entreguémonos a la alegría todo el resto de la noche.

—Has hablado bien, Teodoro —respondió el obispo.

Y condujo al pequeño grupo a su casa, que estaba muy próxima.

Era una cuadra donde había dos telares, una mesa tosca y una alfombra muy vieja.

En cuanto hubieron entrado allí, gritó el nubio:

—Nítida, trae la sartén y la jarra del aceite y hagamos una buena comida.

Y sacó de debajo de su manto los pececillos que llevaba ocultos. Encendieron lumbre, y los hizo freír. Todos: el obispo, la niña, los dos muchachos pobres y los dos esclavos, sentados en círculo sobre la alfombra, comieron los pescados y bendijeron al Señor. Vivancio hablaba del martirio que había sufrido, y anunciaba el próximo triunfo de la Iglesia. Era rudo su lenguaje, estaba rebosante de juegos de palabras y de imágenes. Comparaba la vida de los justos a un tejido de púrpura, y para explicar el bautismo, decía:

—El Espíritu Santo flota sobre las aguas; por esto los cristianos reciben el bautismo del agua. Pero los demonios habitan así mismo en los arroyos; las fuentes consagradas a las ninfas son temibles, y se ve que ciertas aguas ocasionan diversas enfermedades del alma y del cuerpo.

A veces se expresaba por enigmas, y así, despertó profunda admiración en la niña. Terminada la cena, ofreció un poco de vino a sus huéspedes, cuyas lenguas se desataron con lamentaciones y cánticos. Arnés y Nítida bailaron una danza nubia que habían aprendido siendo niños, y que sin duda conservaba la tribu desde las primeras edades del mundo.

Era una danza amorosa, en la que agitaban los brazos y balanceaban el cuerpo cadenciosamente, como si fingieran huirse y buscarse. Abrían mucho los ojos, y mostraban en una sonrisa los dientes brillantes.

Así fue como Thaïs recibió el santo bautismo.

Le agradaban las diversiones, y a medida que crecía, nacían en ella deseos vagos. Cantaba y jugaba al corro con los niños de la calle, y por la noche, vuelta a casa de su padre, todavía canturreaba:

—Torcido, torcido, ¿por qué no sales de casa?

—Devano la lana y el hilo de Mileto.

—Torcido, torcido, ¿cómo ha muerto tu hijo?

—Cayó al mar desde la grupa de un caballo blanco.

Más adelante prefirió la compañía del cariñoso Amés a la de las muchachas y los muchachos callejeros, y, sin embargo, no advertía que su amigo se ausentaba con más frecuencia.

Al apaciguarse la persecución, las asambleas de los cristianos eran cada vez más regulares, y el nubio las frecuentaba asiduamente. Su vocación se enardecía, y escapaba, a veces, de sus labios misteriosas amenazas. Decía que los ricos no conservarían sus bienes. Iba a las plazas públicas donde los cristianos de humilde condición tenían costumbre de reunirse, y, dirigiéndose a los miserables que se hallaban tendidos a la sombra de los viejos muros, les anunciaba la libertad de los esclavos y el día próximo de la justicia.

—En el Reino de Dios —decía—, los esclavos beberán los vinos frescos y comerán las frutas deliciosas, mientras los ricos, echados a sus pies, como perros devorarán las migajas de sus festines.

Tales palabras no quedaban secretas; fueron conocidas en el barrio, y los dueños llegaron a temer que Amés consiguiera sublevar a los esclavos. Por esta razón, el tabernero llegó a sentir un odio profundo contra él: pero no quiso manifestarlo.

En la taberna desapareció un día el salero de plata reservado para el mantel de los dioses. Acusaron del robo a Amés, por odio a su amo y a los dioses del Imperio. La acusación carecía de pruebas, y el esclavo la rechaza con todas sus energías. A pesar de lo cual, no dejó de ser conducido ante los jueces; y como tenían de él mala opinión, lo condenaron a muerte.

—Tus manos —dijo el juez—, de las que no supiste hacer buen uso, serán clavadas en el poste.

Amés oyó tranquilamente la sentencia, saludó al juez con mucho respeto y fue conducido a la cárcel pública. Durante los tres días que allí estuvo no dejó de predicar el Evangelio a los presos, y se dijo después que los criminales y el propio carcelero, conmovidos por sus palabras, habían creído en Jesús crucificado.

Lo condujeron a la encrucijada por donde una noche, menos de dos años antes, había pasado con alegría, cuando llevaba en su blanca túnica a la pequeña Thaïs, la hija de su alma, su flor bien amada.

Al verse atado sobre la cruz y clavadas las manos, no profirió ni una queja; y solamente suspiró varias veces: «¡Tengo sed!».

El suplicio duro tres días y tres Noches. Nadie hubiera creído que la carne humana pudiera soportar tan prolongada tortura. Varias veces lo creyeron ya muerto. Las moscas devoraban las lagañas de sus párpados; pero de pronto volvió a abrir los ojos ensangrentados. En la mañana del cuarto día cantó con una voz más pura que la de los niños:

Dinos, María ¿qué has visto allí de donde vienes?

Sonrió, y después dijo:

—¡Aquí están los ángeles del bondadoso Señor! Me traen vino y frutas. ¡Cómo refresca el batir de sus alas!

Y expiró.

Su rostro conservaba en la muerte la expresión del éxtasis bienaventurado. Los soldados que guardaban el Patíbulo sintiéronse sobrecogidos de admiración. Vivancio, acompañado de algunos de sus hermanos cristianos, fue a reclamar su cuerpo para enterrarlo entre las reliquias de los mártires, en la cripta de San Juan el Bautista. Y la Iglesia conservó la memoria venerada de San Teodoro el Nubio.

Tres años más tarde, Constantino, vencedor de Magencio, publicó un edicto, por el cual aseguraba la paz a los cristianos. Y en adelante los fieles ya sólo fueron perseguidos por los herejes.

Thaïs cumplió once años cuando su amigo murió en la cruz, y sintió una gran tristeza y un espanto invencible. Por no estar aún su alma bastante purificada, no comprendía que el esclavo Amés, por su vida y por su muerte, era un bienaventurado. Su alma infantil dedujo de lo que veía que la bondad en este mundo impone los más horribles sufrimientos; y renunció a ser buena, porque su carne delicada temía el dolor.

Antes de la pubertad se entregó a los muchachos del puerto, y siguió a los viejos que de noche iban a la busca en los arrabales. Con las monedas así adquiridas compraba pasteles y adornos.

Su madre hubiera querido que la entregase el precio de su prostitución, y la castigaba duramente. Para evitar los golpes, corría descalza hasta las murallas de la ciudad, y se ocultaba como los lagartos entre las piedras. Desde allí contemplaba envidiosa a las mujeres que veía pasar con lujosos adornos y rodeadas de esclavos en sus literas.

Un día en que fue más duramente golpeada y se quedó encogida junto a la puerta, en una inmovilidad huraña, una vieja se detuvo ante ella, la miró unos instantes en silencio, y luego exclamó:

—¡Oh la linda flor, la hermosa niña! ¡Feliz el padre que te engendró y la madre que te puso en el mundo!

Thaïs permanecía muda, con la mirada fija en el suelo. Sus párpados, enrojecidos, delataban que había llorado.

—¡Mi violeta blanca! —repuso la vieja—. ¿Tu madre no es feliz por haber amamantado a tan divina criatura? Y tu padre, al contemplarte, ¿no siente conmovido su corazón?

Al oír esto, la niña, como si hablase consigo misma, dijo:

—Mi padre es un odre repleto de vino y mi madre una sanguijuela insaciable.

La vieja miró a derecha é izquierda por si la observaban. Después, con voz acariciadora, dijo:

—Dulce jacinto florido, bella bebedora de luz, sígueme y tu vida no dependerá sino de que bailes y sonrías para todos. Comerás tortas de miel, y mi hijo, mi propio hijo, te querrá como a sus ojos. Mi hijo es guapo y joven; apenas le ha salido el bozo; su piel es muy suave. Thaïs respondió:

—Me voy contigo.

Se levantó y siguió a la vieja, Salieron de la ciudad.

Aquella mujer, llamada Moeroe, llevaba, de cuidad en ciudad, mozos y mozas, a los que había instruido en la danza, y que después alquilaba a los ricos para que animaran los festines.

Segura de que Thaïs llegaría pronto a ser la más bella de las mujeres, la enseñó a latigazos la música y el canto, y flagelaba con tiras de cuero aquellas piernas preciosas cuando no se levantaban a compás al son de la cítara. Su hijo, miserable aborto, sin edad y sin sexo, abrumaba con malos tratos a la niña, en la que él saciaba su odio contra las mujeres. Rival de las bailarinas, cuya gracia remedaba, enseñó a Thaïs el arte de fingir en la pantomima, por la expresión del rostro, el gesto y la actitud, todos los sentimientos humanos, y, principalmente, las pasiones del amor. Y al darle de mala gana consejos de maestro hábil, envidioso de su discípula, la arañaba en las mejillas, la pellizcaba en los brazos o la pinchaba por detrás con un alfiler, como lo hacen las mujerzuelas, al convencerse de que la muchacha tenía condiciones magníficas para excitar los voluptuosos instintos de los hombres. Gracias a sus lecciones, llegó Thaïs a ser en poco tiempo cantante, mímica y bailarina excelente. La maldad de su maestro no la sorprendió, le parecía natural ser indignamente tratada. Llegó a sentir algún respeto por aquella vieja conocedora de la música y aficionada al vino griego. Llegadas a Antioquía, Moeroe alquiló a su discípula como bailarina y como flautista a los ricos negociantes de la ciudad que daban festines. Thaïs bailó y agradó. Los más adinerados banqueros, terminando el banquete, la llevaban a los bosquecillos del Oronto, donde ella se entregaba a todos, sin conocer el precio del amor. Pero una noche, después de haber bailado ante los jóvenes más elegantes, se aproximó a ella el hijo del procónsul, resplandeciente de juventud y de voluptuosidad, y le dijo con voz que parecía impregnada en besos:

—¿Por qué no seré yo, Thaïs, la corona que ciñe tu cabeza, la túnica que oprime tu cuerpo encantador, la sandalia de tu lindo pie? Quisiera estar a tus pies como tu sandalia; quisiera que mis caricias fuesen la túnica y la corona que llevas. Hermosa niña, ven a mi casa y olvidemos el Universo.

Ella lo miró mientras hablaba, y vio que era hermoso. De pronto sintió helada su frente sudorosa; perdió el color; vaciló: envolvió sus párpados una nube. Él seguía rogándola; pero ella se negó a seguirlo. En vano él la dirigía miradas ardientes, palabras inflamadas; y cuando él la estrechó en sus brazos, decidido a llevársela, ella lo rechazó rudamente; y entonces él mostrose lloroso y suplicante. Bajo el imperio de una fuerza nueva, desconocida, invencible, ella no cedió.

—¡Qué locura! —decían los invitados—. Lolio es noble, es hermoso, es rico; y una mercenaria flautista lo desdeña.

Lolio volvió solo a su casa y estuvo toda la noche abrasado por el deseo. Al amanecer, pálido y con los ojos enrojecidos, fue a colgar flores en la puerta de la flautista. Pero Thaïs, turbada y espantada, huía de Lolio, a la vez que llevaba en el corazón su imagen. Sufría sin conocer su mal, y se preguntaba el porqué de sus agitaciones melancólicas. Rechazaba con horror a todos los pretendientes, y, sumida en la oscuridad, pasaba horas y horas en su lecho sollozando, con la cabeza hundida en las almohadas. Lolio, que logró llegar a ella con astucia, la suplicó y la maldijo varias veces; pero ella, temerosa como una virgen en su presencia, no dejaba de repetir:

—¡No quiero! ¡No quiero!

Al cabo de quince días, después de habérsele entregado, se convenció de que lo amaba; se fue con él a su casa, y ya no lo dejó. Su vida era deliciosa. Pasaban todo el día encerrados, en éxtasis amoroso, y se decían palabras de tan íntima ternura como las que sólo se les dicen a los niños. Por la noche paseaban por las solitarias orillas del Oronto, y se perdían en los bosques de laureles. Algunos días se levantaban con las primeras luces del alba para ir a coger jacintos en las vertientes del Sílpico. Bebían en la misma copa, y cuando acercaba ella un grano de uva a sus labios, él se lo arrebataba con los dientes.

Moeroe fue a casa de Lolio para exigirle, con descompuestas voces, que le devolviera a su Thaïs.

—¡Es mi hija —decía—, mi hija, la que me arrebatan, mi flor perfumada, mis entrañitas!…

Lolio la despidió con una importante suma de dinero. Pero como volvió a presentarse para exigirle algunos estáteres de oro, el joven dispuso que la encarcelaran, y al descubrir los magistrados su participación en algunos crímenes, la condenaron a muerte, y fue entregada a las fieras.

Thaïs amaba a Lolio con todos los arrebatos de la imaginación y todas las sorpresas de la inocencia. Le decía con absoluta ingenuidad, profundamente convencida:

—Nunca he sido más que tuya. Lolio le respondió:

—No te pareces a ninguna otra mujer.

El encanto duró seis meses y se rompió en un día. De repente, Thaïs se sintió desamparada y sola. Ya no reconocía en Lolio a su amante, y reflexionaba:

«¿Quién me lo ha cambiado hasta ese punto? ¿Por qué ahora se parece a todos los hombres y no es ya el mismo que fue?».

Lo abandonó: y al alejarse llevaba el secreto deseo de buscar a Lolio en otro, puesto que ya no lo encontraba en él. Pensaba también que vivir con un hombre al que no hubiese amado nunca sería menos triste que vivir con un hombre al que ya no amaba. Se exhibió, acompañada por acaudalados voluptuosos, en aquellas fiestas sagradas, en que los coros de vírgenes desnudas bailaban en los templos y un grupo de cortesanos atravesaban el Oronto a nado. Tomó parte en todos los placeres de que hacía ostentación la ciudad elegante y monstruosa, y, sobre todo, frecuentó asiduamente los teatros, en que los mimos hábiles, procedentes de varios países, obtenían ovaciones de una multitud ávida de espectáculos.

Atentamente se fijaba en el trabajo de los mimos, de los danzarines, de los comediantes, y, sobre todo, en el de las mujeres que representaban en las tragedias a las diosas amantes de la juventud y a las hermosas amadas por los dioses. Cuando hubo sorprendido los secretos de las artistas que apasionaban a la muchedumbre, se dijo que, por ser ella más hermosa, representaría mejor aún. Se presentó al director de la compañía y le dijo que deseaba trabajar. Gracias a su encanto fascinador y a las lecciones de la vieja Moeroe, fue admitida y salió a escena para interpretar a Circe.

Agradó medianamente por su falta de experiencia y también porque no había precedido a su salida una preparación de cálidos elogios. Pero después de algunos meses de oscuros ensayos, el poder de su hermosura brilló de tal modo sobre la escena, que nadie en la ciudad dejó de sentirse atraído. Toda Antioquía se amontonaba en el teatro. Deseosos de verla, iban los magistrados imperiales y los personajes de más elevada condición. Su fama los atraía. Hasta los mozos de cuerda, los barrenderos y los cargadores del puerto, para pagar su entrada se privaban del ajo y del pan. Los poetas componían epigramas en su loor. Los filósofos barbudos declamaban contra ella en los baños y en los gimnasios. Al pasar su litera, los sacerdotes de los cristianos volvían la cabeza. El umbral de su casa estaba siempre cubierto de flores, y, alguna vez, regado de sangre. Recibía de sus amantes el oro, no ya contado, sino medido por medidos. Los tesoros de viejos avaros iban, como ríos, a perderse a sus pies. Vivía satisfecha de todo en una paz serena. Su triunfo la enorgullecía, segura del favor público y de la bondad de los dioses. Al verse tan adorada, llegó a sentir adoración por sí misma.

Después de haber disfrutado, gozosa, durante algunos años, las admiraciones y el amor de los habitantes de Antioquía, sintió el deseo de ser admirada por los alejandrinos y recibir la caricia de su gloria en la ciudad donde nació y donde, niña, vagaba por las calles, entre miserias y vergüenzas, hambrienta y flacucha como un saltamontes en un camino polvoriento. La ciudad de oro la recibió con alegría y la colmó de nuevas riquezas. Acudieron a rodearla innumerables adoradores, y los recibió con desdén, porque desconfiaba ya de volver a encontrar a Lolio.

Acudió a pretenderla, entre otros muchos el filósofo Nicias, que, a pesar de haber hecho el propósito de vivir sin deseos, la deseaba. Era rico, inteligente y afectuoso, pero no pudo seducirla ni por la finura de su inteligencia ni por la gracia de sus sentimientos. No lo amaba, y hasta la irritaba con frecuencia sus elegantes ironías. Le desagradaba su duda incesante, porque no creía él en nada y ella creía en todo. Creía en la Providencia divina, en el sumo poder de los espíritus malignos, en los conjuros, en la suerte y en la justicia eterna. Creía en Jesucristo y en la buena diosa de los sirios; creía también que las perras ladran cuando la sombría Hécate pasa por las encrucijadas, y que tina mujer puede inspirar amor sin más que verter un filtro en una copa envuelta en un vellón ensangrentado de una oveja. Tenía sed de lo desconocido; llamaba a los seres sin nombre y vivía en espera constante. Temía el futuro y deseaba conocerlo. Se rodeaba y de sacerdotes de Isis, de magos caldeos, de farmacópolos y de brujos, que le engañaban siempre y de los que no se desengañaba nunca. Temía la muerte y la veía por todas partes. Cuando sentía voluptuosidad, imaginaba que un dedo helado se apoyaba en su hombro desnudo, y entonces profería espantosos gritos entre los brazos opresores del amante. Nicias decía:

—Que nuestro destino sea hundirnos con los cabellos blancos y las mejillas descarnadas, en la noche eterna, o que este día de hoy, que ríe ahora en el vasto cielo, sea nuestro último día. ¡Oh mi Thaïs!, gocemos de la vida. Sentir mucho es vivir mucho. No hay más inteligencia que la de los sentidos. Amar es comprender. Lo que ignoramos no existe. ¿A qué atormentarnos por la nada?

Ella le respondía, colérica:

—¡Desprecio a los que, como tú, no esperan ni temen nada, como tú lo haces! ¡Yo quiero saber! ¡Yo quiero saber!

Ansiosa de conocer el secreto de la vida, leyó libros de los filósofos; pero no los comprendió. Y cuanto más lejos de su infancia estaba, le producían más placer los recuerdos infantiles. Era su gusto salir de noche disfrazada y recorrer las calles, los caminos que circundan la ciudad, las plazas públicas donde había crecido miserablemente. Lamentaba la muerte de sus padres y, sobre todo, su falta de cariño hacia ellos. Cuando veía sacerdotes cristianos, recordaba su bautismo y sentía turbación… Una noche que, envuelta en una larga capa y ocultos sus rubios cabellos bajo un capuchón oscuro, vagaba por los arrabales de la ciudad, se encontró, sin darse cuenta de cómo había llegado allí, ante la iglesia de San Juan Bautista. Oyó que cantaban en el interior y vio una luz brillante que se filtraba por las rendijas de la puerta. Aquello no era nada extraordinario, ya que, desde veinte años antes, los cristianos vivían protegidos por el vencedor de Magencio y solemnizaban públicamente sus fiestas. Pero aquellos cantos significaban para ella un ardiente llamamiento a las almas. Ansiosa de compartir los misterios, empujó con el brazo la puerta y entró en la casa, donde había numerosa asamblea, mujeres, niños y ancianos de rodillas ante una tumba adosada al muro. Aquella tumba era un sarcófago de piedra toscamente esculpido con pámpanos y racimos de uvas; pero tal como era, recibía magníficos honores; cubierta de palmas verdes y de coronas de rosas encarnadas. Y alrededor, innumerables luces brillaban como estrellas en la oscuridad, mientras el humo de las gomas de Arabia parecía los pliegos de los velos de los ángeles. Y se adivinaban sobre las paredes figuras semejantes a las visiones del cielo. Los sacerdotes, vestidos de blanco, estaban arrodillados al pie del sarcófago. Los himnos cantados por todos expresaban las delicias del sufrimiento y ofrecían mezclados un luto triunfal, tanta alegría y tanto dolor, que Thaïs, al oírlos; a su vez sentía las voluptuosidades de la vida y las angustias de la muerte.

Cuando acabaron de cantar se pusieron en pie para ir a besar uno tras otro el muro de la tumba. Eran hombres sencillos, acostumbrados a trabajos manuales con paso torpe, fija la mirada, la boca entreabierta con aspecto candoroso. Arrodillados, besaban la tumba. Las mujeres alzaban en sus brazos a sus pequeñuelos y les rozaban suavemente la mejilla en la piedra.

Thaïs, sorprendida y turbada, preguntó a un diácono a qué obedecía todo aquello:

—¿No sabes, mujer —le respondió el diácono—, que celebramos hoy la memoria bienaventurada de San Teodoro el Nubio, que sufrió por la fe en tiempos del emperador Diocleciano? Vivió casto y murió mártir; por eso, vestidos de blanco, llevamos rosas rojas a su tumba gloriosa.

Al oír esas palabras cayó Thaïs de rodillas y lloró. El recuerdo casi extinguido de Amés se reanimaba en su espíritu. Sobre aquella memoria oscura, dulce y dolorosa, el brillo de los cirios, el perfume de las flores, las nubes de incienso, la armonía de los cánticos, la piedad de las almas, hacían sentir el encanto de la gloria. Thaïs pensaba en aquel deslumbramiento:

«¡Era humilde! Y lo vemos ya grande y bello. ¿Cómo se ha elevado sobre los hombres? ¿Qué viene a ser ese algo desconocido más valioso que la riqueza y la voluptuosidad?».

Se incorporó lentamente, clavó en la tumba del santo que supo amarla sus ojos de violeta en los que brillaron lágrimas a la claridad de los cirios, luego con la cabeza baja, humilde, lenta, la última de las devotas puso con humildad aquellos labios, que tantos deseos incitaban, en la Piedra de San Teodoro el Nubio.

De regreso a casa, encontró allí a Nicias, quien muy perfumado el cabello y la túnica desceñida, en la espera leía un tratado de moral. Se adelantó hacia ella con los brazos abiertos.

—¡Pícara Thaïs! —la dijo risueño—. Mientras retardabas tu regreso, ¿sabes lo que yo veía en este manuscrito dictado por el más grave de los estoicos? ¿Preceptos virtuosos y altivas máximas? ¡No! Sobre el austero papiro veía danzar mil y mil pequeñas Thaïs. Cada una de ellas tenía la altura de un dedo, y, sin embargo, su gracia era infinita y todas eran la única Thaïs. Unas arrastraban capas de púrpura y de oro; otras, como una nube blanca, flotaban en el aire bajo los velos diáfanos; otras, inmóviles y divinamente desnudas para mejor inspirar la voluptuosidad, no expresaban idea ninguna. En fin: dos cogidas por la mano, tan iguales que resultaba imposible diferenciarlas, y sonreían las dos. Una decía: «Soy el amor», y la otra: «Soy la muerte».

Oprimía entre sus brazos a Thaïs, que fijaba sus ojos en el suelo, esquiva mientras él ensartaba un razonamiento con otro sin preocuparse de que fueran desatendidos. Y continuó, con referencia al libro:

—Al tener ante los ojos la línea donde se había escrito: «Nada debe apartarse de cultivar tu alma», leía yo: «Los besos de Thaïs son más ardientes que la llama y más dulces que la miel». He aquí cómo por tu retraso, ¡pícara criatura!, un filósofo interpreta hoy los libros de los filósofos. Verdad es que todos cuantos existimos solamente logramos ver en el pensamiento ajeno el propio pensamiento, y todos leemos los libros algo así como yo acaba de leer este…

Ella no le escuchaba, y su espíritu seguía en presencia de la tumba del Nubio. Al oírla suspirar, la besó en la nuca, y dijo:

—No estés triste, hija mía. Sólo somos felices en el mundo cuando nos olvidamos del mundo. Tenemos recursos para lograrlo. Ven, engañemos la vida. Nos devolverá con creces el engaño. Ven y gocémonos. Ella le rechazó:

—¡Amarnos! —dijo amargamente—. Pero ¡si tú no has amado nunca a nadie! ¡Ni yo te amo! ¡No! ¡No te amo! Te odio. ¡Vete! ¡Te odio! Execro y desprecio a todos los felices y a todos los ricos. ¡Vete! ¡Vete!… Sólo existe la bondad entre los desgraciados. Cuando yo era niña conocí a un esclavo negro que murió en la cruz. Era bueno, rebosante de amor. Poseía el secreto de la vida. Tú no eres digno ni de lavarle los pies. ¡Vete! No quiero verte más.

* * *

Tendiose de bruces sobre la alfombra y pasó la noche sollozando, resuelta en lo sucesivo a vivir, como San Teodoro, en la pobreza y en la sencillez.

Desde el día siguiente, se lanzó de nuevo en los placeres a que se había consagrado. Segura de que su belleza, muy lozana, se marchitaría con el tiempo, se propuso con ardor que le proporcionase toda la alegría y toda la gloria posibles. En el teatro, donde realzaba sus atractivos más atrevidamente que nunca, daba calor de vida a las imaginaciones de los escultores, de los pintores y de los poetas. Y al reconocer en las formas, en los movimientos, en el paso de la comediante una idea de la divina armonía que rige la existencia de los mundos, filósofos y sabios le atribuían una gracia tan perfecta en la alcurnia de las virtudes que les indujo a decir: «¡También Thaïs es geómetra!». Los ignorantes, los pobres, los humildes, los tímidos, ante los que ella consintió, en aparecer, la bendecían como si recibieran una limosna celestial. Sin embargo, entre tan fervientes elogios, vivía triste, y más que nunca la horrorizaba el miedo a la muerte. Nada era bastante para librarla de su inquietud, ni siquiera su casa lujosa y sus famosos jardines, celebrados como una maravilla de toda la ciudad.

Había dispuesto que la llevaran de la India y de Persia hermosos árboles, cuyo porte fue muy costoso y difícil. Eran regados por un arroyo de agua viva y transparente. Columnas de templos en ruinas y rocas abruptas, imitadas por un hábil arquitecto, sé reflejaban en un lago rodeado de bellas estatuas. En medio del jardín se abría la gruta de las Ninfas, y era debido su nombre a tres arrogantes figuras de mujer, en mármol artísticamente policromado, que se veían desde el umbral. Tan a lo vivo las modeló el escultor, que parecían dispuestas a quitarse las túnicas para tomar un baño, y que volvían la cabeza con inquietud, temerosas de ser observadas. La luz sólo entraba en la gruta a través de leves cortinas de agua que la suavizaban y la irisaban. Cubrían las paredes, a imitación de las grutas sagradas, coronas, guirnaldas y cuadros votivos, exaltadores de la belleza de Thaïs. Había también máscaras trágicas, máscaras cómicas y escenas de obras teatrales, figuras grotescas o animales fabulosos, todo en colores llamativos. En el centro, se alzaba sobre un pedestal un pequeño Eros de marfil, de maravilloso trabajo antiguo, que le había regalado Nicias. Asomaba por el Hueco de una roca una cabra de mármol negro. Le brillaban los ojos de ágata y seis cabritillos de alabastro se apretujaban alrededor de sus ubres. Cubrían el suelo unas alfombras de Bizancio; almohadones bordados por los hombres amarillos del Catay y pieles de leones líbicos. Pebeteros de oro perfumaban el aire con un humo ligero. Sobre grandes jarrones de ónice, erguíanse arbustos floridos. Y en el fondo, sobre la púrpura que revestía por la parte cóncava el caparazón de una tortuga gigantesca de la India, refulgían los clavos de oro que la sujetaban. En el lecho de Thaïs. Allí, todos los días, entre los murmullos del agua, los perfumes y las flores, aguardaba indolente la hora de la cena, ya de conversación con sus amigos o sola, discurriendo acerca de los artificios de su arte o de la rapidez con que pasan los años.

Pero aquel día, mientras descansaba en la gruta de las Ninfas, después de los juegos, observaba en un espejo las primeras señales de marchitez en su belleza y sentía con espanto que se acercaba el tiempo de las canas y las arrugas, Inútilmente intentaba tranquilizarse, diciéndose que bastaría, para perpetuar la tersura de la piel, recurrir al empleo de unas hierbas prodigiosas, quemadas a la vez que se pronuncian unas frases. Del, fondo de su ser una voz implacable le decía «¡Envejecerás, Thaïs, envejecerás!». Y un sudor angustioso helaba su frente. Luego se miraba otra vez en el espejo con una ternura infinita, se veía hermosa y con poder para hacerse amar. Y murmuraba, sonriente, ante su imagen: «En Alejandría no hay ninguna mujer que pueda competir conmigo por la flexibilidad del talle, la gracia de los movimientos, la magnificencia de los brazos. Y los brazos son, espejo mío, las verdaderas cadenas del amor».

Mientras hacía esas reflexiones, se le apareció un desconocido que se hallaba en pie junto a ella; el rostro seco, los ojos ardientes, la barba hirsuta, vestido con una túnica ricamente bordada.

Thaïs dejó caer su espejo y dio un grito de espanto.

Pafnucio permaneció inmóvil; y al verla tan hermosa, desde lo más íntimo de su corazón se alzaba esta súplica:

«Haz, ¡oh Dios mío! que el rostro de esta mujer, lejos de escandalizarme, edifique a tu servidor».

Luego, ya en condiciones de hablar dijo:

—Thaïs, habito una comarca lejana, y el renombre de tu belleza me ha guiado hasta aquí. Te suponía la más hábil de las comediantas y la más peligrosa de las mujeres. Lo que se dice de tus riquezas y de tus amores parece fabuloso y recuerda a la antigua Radopis, cuya historia sorprendente saben de memoria los bateleros del Nilo. Por esta razón sentía ansia de conocerte y veo que la realidad no desmiente a la fama. Pero eres mil veces más indulgente y más bella de lo que publican. Y ahora que te veo, me digo: «Es imposible aproximarse a ella sin perder el equilibrio como un hombre borracho».

Había fingimiento en esa frase, pero el monje, animado de un celo piadoso, la pronunciaba con ardor verdadero. Y a Thaïs no le inspiraba disgusto aquel extraño que al pronto le dio temor. Por su aspecto rudo y salvaje, por el fuego tenebroso que emergía por sus miradas, Pafnucio le causó asombro. Sentía curiosidad por conocer el estado y la vida de un hombre tan diferente de todos los que la trataban, y le contestó algo burlona pero con benevolencia:

—Pareces dispuesto a la admiración, extranjero. Evita que mis ojos al fijarse en ti te abrasen hasta los huesos. Líbrate de amarme.

Y él dijo:

—¡Te amo, Thaïs! Te amo ya más que a mi vida, más que a todo lo mío. Por ti he dejado con pena mi desierto; por ti, mis labios, antes reducidos al silencio, pronuncian expresiones profanas; por ti he visto lo que no debía ver, he oído lo que me estaba prohibido; por ti mi alma se ha turbado, mi corazón se ha encendido y han brotado en él ideas semejantes a los manantiales donde beben las palomas; por ti he caminado día y noche a través de los arenales, entre larvas y vampiros; por ti he posado el pie desnudo sobre las víboras y los escorpiones. Sí, ¡te amo! Te amo no como te aman esos hombres que, inflamados por el deseo de la carne, vienen a ti como los lobos devoradores o como los toros enfurecidos. Ellos te aman como a la gacela el león. Sus amores carnívoros te devoran hasta el alma, ¡oh mujer! Yo te amo, en espíritu y en verdad; te amo en Dios y por los siglos de los siglos; lo que para ti guardo en mi seno se llama verdadero amor y divina caridad. Te prometo algo mejor que una embriaguez florida y sueños de una pasajera noche. Te prometo santos ágapes y bodas celestiales. La felicidad que te brindo no terminará nunca; es inaudita, es inefable, y, es tal, que si los felices mundanos pudiesen entrever sólo un reflejo, morirían de asombro.

Thaïs, risueña, le arguyó festivamente:

—Amigo, muéstrame ahora ese amor tan maravilloso. ¡Date prisa!, porque preparativos muy prolongados ofenden a mi belleza. No perdamos un momento. Estoy impaciente por conocer la felicidad que me anuncias; pero, a decir verdad, temo que seguiré sin conocerla y que todo cuanto me prometes lo veré desvanecido en palabras. Resulta más fácil prometer una inmensa dicha que procurarla. Todos tenemos algún talento, y me parece que el tuyo se reduce a discursear. Hablas de un amor nuevo. Con lo antiguas que son las prácticas amorosas, parece muy extraordinario que aún haya secretos de amor desconocidos. Acerca del asunto saben más los amantes que los magos.

—Thaïs, no te burles. Te traigo el amor desconocido.

—Amigo, llegas tarde. Conozco todos los amores.

—El amor que te traigo está rebosante de gloria, y los amores que tú conoces engendran sólo vergüenza.

Thaïs le miró con desagrado, y un ceño adusto cruzó su frente.

—Eres atrevido, extranjero, al ofender a quien te recibe. Mírame bien, y dime si parezco una criatura abrumada por el oprobio. ¡No me avergüenzo, y cuantas viven como yo tampoco se avergüenzan, aún las menos bellas y menos ricas! He sembrado la voluptuosidad en todos mis pasos, y por ello soy célebre en el mundo. Tengo más poder que dos dominadores. Los he visto a mis pies. Mírame; mira estos piececitos millares de hombres pagarían con su sangre la dicha de besarlos. No soy muy alta ni ocupo mucho lugar sobre la tierra. Para los que me ven desde lo alto del Serapión, cuando paso por la calle, parezco un grano de arroz; pero ese grano de arroz causa entre los hombres lutos, desesperaciones, odios y crímenes bastantes para llenar el infierno. ¿Estás loco al atribuirme vergüenzas cuando todo grita gloría en torno mío?

—Lo que a los ojos de los hombres parece gloria es oprobio ante Dios. ¡Oh, mujer! Como nacimos en comarcas tan distintas, no me sorprende que tengamos distinto lenguaje y distintas ideas; a pesar de lo cual, pongo al Cielo por testigo de que no quiero alejarme de ti sin que tengamos unos mismos sentimientos. ¿Quién me inspirará los discursos ardientes para conseguir que te fundas como la cera a mi soplo, ¡oh mujer!, y los dedos de mis deseos puedan modelarte a mi gusto? ¿Qué virtud te entregará a mí?, ¡oh la más querida de las almas!, para que el espíritu que me anima te cree una segunda vez, te imprima una belleza nueva, y exclAmés, llorando de alegría: «¡Hasta hoy no he nacido!». ¿Quién hará brotar de mi corazón una fuente de Siloe, en la que al bañarte recobres tu pureza perdida? ¿Quién me transformará en un Jordán, que el envolverte con sus aguas te procure la vida eterna?

Thaïs había depuesto ya su enojo: «Este hombre —pensaba en silencio— habla de la vida eterna y todo lo que dice parece escrito sobre un talismán. No hay duda de que es un mago y posee como tal secretos contra la vejez y la muerte».

* * *

Y decidió entregarse a él; para lo cual fingiose temerosa, retrocedió algunos pasos, y fue a sentarse al pie de su lecho en el fondo de la gruta; oprimió con arte su túnica sobre su pecho; luego, silenciosa, inmóvil, entornó los párpados y aguardó. Sus largas pestañas sombreaban suavemente las mejillas, y su actitud era pudorosa; balanceaba sus pies desnudos acompasadamente y parecía una niña que sueña, sentada en la orilla de un arroyo.

Pafnucio la contemplaba, sin acercarse a ella; sus rodillas, temblorosas, apenas le sostenían; se le había secado la lengua; un tumulto aterrador se alzaba en su cerebro. De pronto su mirada se veló y ya no vio ante sí más que una espesa nube… Creyó que la mano de Jesús se había posado sobre sus ojos para ocultarle aquella mujer. Tranquilizado por este socorro, fortalecido, robustecido, con una gravedad digna de un anciano del desierto dijo:

—Si te entregas a mí, ¿supones que Dios no te ve?

Thaïs irguiose al decir:

—¡Dios! ¿Quién le obliga a tener siempre puestos los ojos en la gruta de las Ninfas? ¡Que se retire si nuestros actos le ofenden! Pero… ¿por qué le ofenderíamos? Puesto que nos ha creado, no debe ofenderle ni sorprenderle vernos tales como nos ha hecho, y obrar según la Naturaleza que nos ha dado. Hablan mucho en su nombre y con frecuencia le atribuyen intenciones que jamás tuvo. Tú mismo, extranjero, ¿conoces su verdadero carácter? ¿Quién eres para hablarme en su nombre?

Al oír esa interrogación, entreabrió el monje su prestada túnica y mostró su cilicio.

—Soy Pafnucio, abad de Antinoe, y vengo del santo desierto. La mano que retiró a Abraham de Caldea y a Lot de Sodoma, me ha separado del siglo. Yo ya no existo para los hombres. Pero tu imagen se me apareció en mi Jerusalén de los arenales y supe que te hallabas en absoluta corrupción y contigo estaba la muerte. Por eso vine y estoy ante ti, mujer, como ante un sepulcro, y te grito por eso: «Thaïs, levántate».

Al oír los nombres de Pafnucio, de monje y abad, Thaïs había palidecido espantada. Y, con los cabellos desordenados, juntas las manos, entre lágrimas y sollozos, arrojose a sus pies.

—¡No me hagas daño! ¿Por qué has venido? ¿Qué me quieres? ¡No me hagas daño! Sé que los santos del desierto aborrecen a las mujeres que, como yo, están hechas para agradar. Temo que me odies y quieras perjudicarme. No dudo de tu poder. Pero te digo, Pafnucio, que no debes despreciarme, ni odiarme. Jamás me burlé de tu pobreza voluntaria como lo hacen tantos hombres cuyo trato frecuento. En cambio, te pido que no veas un crimen en mi riqueza. Soy hermosa y hábil en los juegos. No fueron elegidos por mí la profesión y el carácter. Era mi naturaleza la que me guiaba. Nací para ser un encanto de los hombres. Y tú mismo, poco ha decías que me amabas. No uses de tu ciencia en contra mía. No pronuncies las palabras mágicas que pudieran destruir mi belleza o convertirme de pronto en una estatua de sal. ¡No me aterres!, que demasiado aterrada me siento ya. ¡No me hagas morir! ¡Temo tanto a la muerte!…

Pafnucio le hizo una indicación para que se levantase, y le dijo:

—Tranquilízate, hija mía. No te arrojaré el oprobio y el desprecio. Vengo a ti de parte de Aquel que, después de sentarse en el brocal de un pozo, bebió del ánfora que le tendía la Samaritana; y que al cenar en casa de Simón, admitió los perfumes de María. No estoy libre de pecados para poder arrojarte la primera piedra. Di a menudo mal empleo a las gracias abundantes con que Dios me ha favorecido. No es la cólera, es la Piedad lo que me dio la mano para traerme aquí. Pude sin mentir, acercarme con palabras amorosas, porque lo que hacia ti me atraía es el ansia del corazón. He ardido con el fuego de la caridad, y si tus ojos acostumbrados a los espectáculos, groseros de la carne, pudieran ver en las cosas un aspecto místico, aparecería yo ante ti como una rama desprendida de la zarza ardiendo que el Señor mostró sobre la montaña al viejo Moisés, para hacerle comprender el verdadero amor, el que nos abrasa sin consumirnos y que, lejos de dejar tras sí carbones y vanas cenizas, embalsama y perfuma para la eternidad todo cuanto penetra.

—Monje, te creo, y ya no temo de ti ni asechanza ni maleficio. He oído a menudo hablar de los solitarios de la tebaida. Lo que me han referido de la vida de Antonio y de Pablo es maravilloso. Tu nombre no me era desconocido y me dijeron que, joven aún, igualabas en virtud a los más ancianos anacoretas. Al verte ahora, sin saber quién eras he comprendido que no eras un hombre vulgar. Dime: ¿podrás hacer de mí lo que no pudieron los sacerdotes de Isis, ni los de Hermes, ni los de la Juno celestial, ni los adivinos de la Caldea, ni los magos babilónicos? Monje, si me amas ¿puedes impedir que muera?

—Mujer, el que quiera vivir, vivirá. Huye las abominables delicias o morirás eternamente. Arranca a los demonios, que lo quemarían, ese cuerpo que Dios amasó con su saliva y animó con su aliento. Aquí te consume la fatiga; ven a refrescarte en los benditos manantiales de la soledad: ven a beber en esas fuentes ocultas del desierto, cuyas aguas llegan hasta el cielo. ¡Alma ansiosa, ven a poseer, al fin, lo que deseabas! ¡Corazón ávido de alegrías, ven a saborear los goces verdaderos, la nobleza, el renacimiento, el olvido de ti misma, el abandono de todo nuestro ser en el seno de Dios! Enemiga de Cristo, y mañana su elegida, ven a Él. ¡Ven! Tú, que buscabas, y dirás: «¡Ya he hallado el amor!».

Diríase que Thaïs, al oírle, contemplaba cosas lejanas.

—Monje —preguntó al fin—, si renuncio a los placeres, y si hago penitencia, ¿es cierto que renaceré en el cielo con mi cuerpo intacto y con toda su hermosura?

—Thaïs, yo vine a ofrecerte la vida eterna. Créeme, lo que te anuncio es la verdad.

—¿Y quién me garantiza que sea la verdad?

—David y los profetas, la Escritura y las maravillas de que vas a ser testigo.

—Monje, quisiera creerte: porque te confieso que no he hallado la dicha en este mundo. Mi fortuna fue mayor que la de una reina, y, sin embargo, la vida me ha traído muchos engaños y amarguras. Me siento profundamente fatigada. Todas las mujeres envidian mi destino, y me ocurre a veces envidiar la suerte de la vieja desdentada que, siendo yo niña, la vi vender pasteles de miel bajo una puerta de la ciudad. Muchas veces se me ocurrió pensar que solamente los pobres son buenos, son felices, son bendecidos, y que hay una inmensa dulzura en el vivir humilde y retirado. Monje, has removido las honduras de mi alma y has hecho subir a la superficie lo que dormía en el fondo. ¿Qué debo creer? ¡Ay! ¿Qué será de mí? ¿Qué es la vida?

Mientras hablaba de ese modo. Pafnucio parecía transfigurado: inundaba su rostro una gozosa expresión celestial.

—Escucha —dijo—: no vine solo a tu morada. Otro me acompañó. Y ese otro está en pie a mi lado. A ése, tú no puedes verlo, porque tus ojos son todavía indignos de contemplarlo: pero pronto lo verás en su esplendor magnífico, y dirás: «¡Sólo Él es amable!». Ahora mismo, si Él no hubiera puesto su amorosa mano sobre mis ojos, ¡oh Thaïs!, tal vez yo hubiera caído por ti en el pecado, porque soy todo flaqueza y turbación. Pero Él nos ha salvado a los dos. Es tan bueno como poderoso y se llama el Salvador. Fue prometido al mundo por David y la sibila; fue adorado en su cuna por los pastores y los Magos, crucificado por los fariseos, amortajado por las santas mujeres, revelado al mundo por los apóstoles, atestiguado por los mártires. Y al enterarse de que temes la muerte, ¡oh mujer!, viene a tu casa para evitar que mueras. ¿No es cierto, Jesús mío, que te me apareces en este momento como te apareciste a los hombres de Galilea en aquellos días maravillosos en que las estrellas, descendidas contigo del cielo, estaban tan cerca de la tierra que los Santos Inocentes podían cogerlas con sus manos, cuando jugaban: en los brazos de sus madres, sobre las terrazas de Belén? ¿No es cierto, mi Jesús, que estamos en tu compañía y me muestras la realidad de tu cuerpo precioso? ¿No es cierto que es ese tu rostro y que esa lágrima que corre sobre tu mejilla es una lágrima verdadera? Sí; el ángel de la Justicia eterna la recogerá, y ese será el rescate del alma de Thaïs. ¿No es verdad que estás ahí, Jesús mío? Jesús mío, tus labios adorables se entreabrían. Puedes hablar; habla, te escucho. Y tú, Thaïs, ¡dichosa Thaïs!, oye lo que el Salvador viene a decirte: es Él quien habla y no yo. Dice: «Te he buscado largo tiempo, ¡oh mi oveja extraviada! ¡Al fin te encontré! ¡No huyas! ¡Déjate coger por mis manos, pobrecilla, y te llevaré sobre mis hombros al redil celestial! ¡Ven, mi Thaïs, mi elegida; ven a llorar conmigo!».

Pafnucio cayó de rodillas con los ojos en éxtasis; y entonces vio Thaïs en el rostro del santo un reflejo de Dios vivo.

—¡Oh lejanos días de mi infancia! —dijo ella, sollozante—. ¡Oh mi dulce padre Amés, mi buen San Teodoro!, ¿por qué no he muerto bajo tu manto blanco, mientras me llevabas, en el primer albor del día, después de recibir las aguas del bautismo?

Pafnucio, lanzado hacia ella, exclamó:

—¿Estás bautizada? ¡Oh divina Sabiduría! ¡Oh Providencia! ¡Oh Dios bondadoso! Conozco ahora el poder que me llevaba hacia ti. Sé lo que te hacía tan amada y tan bella a mis ojos. La virtud de las aguas bautismales es lo que me ha hecho dejar la sombra de Dios donde vivía para venir a buscarte en el ambiente envenenado del siglo. Una gota, una gota, sin duda, de las aguas que lavaron tu cuerpo, ha ido a parar sobre mi frente. Ven, ¡oh hermana mía!, y recibe de tu hermano el ósculo de la paz.

Y el monje rozó con sus labios la frente de la cortesana.

Después hubo un silencio, durante el cual hablaba Dios, y sólo se oía en la gruta de las Ninfas los sollozos de Thaïs mezclados al murmullo del agua corriente.

Lloraba sin enjugar sus lágrimas, cuando se presentaron dos esclavas negras cargadas de telas, de perfumes y de guirnaldas.

—No es oportuno llorar —dijo Thaïs, que procuró sonreír—. El llanto enrojece los ojos y marchita la tez; esta noche he de cenar en casa de unos amigos, y quiero estar hermosa, pues habrá mujeres dispuestas a espiar la fatiga de mi rostro. Estas esclavas vienen para vestirme. Retírate, padre mío, y déjalas hacer. Son diestras y experimentadas; por eso las pagué a buen precio. Ésa, que lleva gruesos anillos de oro y enseña unos dientes muy blancos, se la quité a la mujer del procónsul.

De pronto Pafnucio pensó oponerse con todas sus fuerzas a que Thaïs asistiese a la cena de que hablaba; pero decidido a obrar prudentemente, la preguntó qué personas cenarían con ella.

Respondió que allí vería al anfitrión del festín, el viejo Cotta, prefecto de la Marina; a Nincias y a varios filósofos, propensos a discusiones; al poeta Calícrates, al gran sacerdote de Serapis, hombres jóvenes y ricos, ocupados con preferencia en adiestrar caballos, y, por fin mujeres de las que nada sabría decir, pues no poseían otra ventaja que su juventud.

Después de oírla, por una inspiración sobrenatural, dijo el monje:

—Me parece bien que vayas, Thaïs; pero no te abandono. Iré contigo a ese festín, y estaré a tu lado, sin hablar.

Esto le dio a ella mucha risa, y mientras las dos esclavas negras se apresuraban en torno suyo, exclamó:

—¿Qué dirán cuando sepan que tengo por amante a un monje de la Tebaida?

El banquete

Thaïs entró en la sala del banquete seguida de Pafnucio, y la mayoría de los invitados estaban ya cómodamente reclinados en los triclinios ante la mesa en forma de herradura, servida con lujosa vajilla. En su centro se alzaba un jarrón de plata, coronado por cuatro sátiros que inclinaban unos odres, de los cuales caía sobre pescados cocidos, una salmuera, en la cual flotaban. Al presentarse Thaïs hubo unánimes aclamaciones.

—¡Salud a la hermana de las tres Gracias!

—¡Salud a la Melpómene silenciosa, cuyas miradas saben explicarlo todo!

—¡Salud a la bienamada de los dioses y de los hombres!

—¡A la que da el mal y el remedio!

—¡A la perla de Racotis!

—¡A la rosa de Alejandría! Aguardó ella, impaciente, a que cesara el chaparrón de galanterías, y después dijo a Cotta, el anfitrión.

—Lucio, te traigo un monje del desierto. Pafnucio, abad de Antinoe; un perfecto santo, cuyas palabras queman como ascuas.

Lucio Aurelio Cotta, prefecto de la Marina, se levantó, y dijo:

—Sé bienvenido, Pafnucio, tú, que profesas la fe cristiana. Yo respeto ese culto, que ya es imperial.

El divino Constantino ha colocado a tus correligionarios en el primer lugar entre los amigos del Imperio. Era justo que la templanza latina admitiese a tu Cristo en nuestro Panteón. Una máxima de nuestros padres dice que hay siempre algo divino en todos los dioses. Pero no entremos en honduras: bebamos y alegrémonos mientras podamos.

El viejo Cotta hablaba de aquel modo con serenidad. Acababa de estudiar un nuevo modelo de galera y de poner fin al sexto libro de su Historia de los cartagineses. Seguro de no haber perdido el día, estaba satisfecho de sí mismo y de los dioses.

—Pafnucio —añadió—, aquí encontrarás a varios hombres dignos de ser estimados: Hermodoro, gran sacerdotes de Serapis; los filósofos Dorión, Nicias y Zenotemis; el poeta Calícrates, el joven Quereas y el joven Aristóbulo, hijo de un estimado compañero de mi juventud, y acerca de ellos, Filina con Drose, a las que hay que alabar por su belleza.

Nincias se acercó a Pafnucio, y después de abrazarlo, le dijo al oído:

—Ya te advertí, hermano, que Venus era poderosa. Con disimulada violencia, te ha traído aquí, a pesar tuyo. Eres un hombre profundamente piadoso; pero mientras no la consideres como a la madre de los dioses, tu ruina es inevitable. Melanto, el viejo geómetra, suele decir: «No sería posible, sin la ayuda de Venus, demostrar las propiedades del triángulo».

Dorión, que observaba desde que le vio entrar al recién llegado, se puso de improviso a batir palmas entre voces de admiración.

—¡Es él, amigos míos! Su mirada, su barba, su túnica; ¡es él mismo! Estuve junto a él en el teatro mientras Thaïs nos encantaba con las deliciosas actitudes de sus brazos. Él se mostraba furiosamente soliviantado, y puedo asegurar que hablaba con violencia. Es un hombre honrado. Sólo tendrá denuestos y reproches para todos; su elocuencia es terrible. Si Marco es el Platón de los cristianos, Pafnucio es un Demóstenes. Epicuro, en su huertecito, nunca oyó nada semejante.

* * *

Filina y Drose devoraban a Thaïs con los ojos. Lucía sobre su cabellera rubia una corona de pálidas violetas, que armonizaban, por su color suave, con el de los ojos de Filina y Drose, hasta el punto de que las flores parecían miradas tenues, y los ojos, flores brillantes. Era la condición de Thaïs. A su alrededor todo se animaba, todo era espíritu y armonía. Su vestido, color de malva, con franjas de plata, mostraba en sus amplios pliegues una gracia casi triste, que no alegraban collares ni brazaletes, y todo el esplendor de su adorno estaba en sus brazos desnudos. Aunque admiraban, a pesar suyo, el vestido y el peinado de Thaïs, sus dos amigas no se refirieron a esa elegancia.

—¡Qué hermosa eres! —La dijo Filina—. No es posible que lo fueras más cuando viniste a Alejandría. Sin embargo, mi madre, que recordaba haberte visto entonces, decía que pocas mujeres podían compararse dignamente contigo.

—¿Quién es —preguntó Drose— ese nuevo amante que nos has traído? Parece extranjero y huraño. Si hubiera pastores de elefantes, seguramente que se parecerían a él. ¿Dónde has encontrado, Thaïs, un amigo tan salvaje? ¿No será entre los trogloditas que viven debajo de tierra y están ennegrecidos por los humos del Hades?

Pero Filina puso un dedo sobre los labios de Drose, y dijo:

—No preguntes. Los misterios del amor deben permanecer secretos, y está prohibido indagarlos. Por mi parte, yo preferiría recibir un beso de la boca del Etna humeante, que de los labios de ese hombre. Pero nuestra Thaïs, bella y adorable como las diosas, debe también, como las diosas, responder a todas las plegarias y no, como nosotras, nada más a las de los hombres corteses.

—¡Guardaos las dos de él! —adujo Thaïs—. Es un mago y puede hacer encantamientos. No se le ocultan las palabras dichas en voz baja, ni siquiera los pensamientos ocultos. Puede, cuando estéis dormidas, arrancaron el corazón y poner en su lugar una esponja; de manera que al día siguiente, al beber agua, moriríais de ahogo.

Las vio palidecer y las volvió la espalda. Fue a ocupar un triclinio al lado de Pafnucio. La voz de Cotta, imperante a la vez que afectuosa, dominó de pronto el murmullo de las conversaciones íntimas al decir:

—¡Amigos, ocupe cada uno su lugar!

—¡Esclavos, servid el vino con miel!

Y en alto su copa dijo:

—Bebamos primero por el divino Constancio y el Genio Imperial. Debe ser puesto sobre todo la patria, y también los dioses, porque todos están en ella.

Los invitados bebieron todos, menos Pafnucio, porque Constancio perseguía la fe de Niceo, y la patria de los cristianos no es de este mundo.

Después de beber, murmuró Dorión:

—¿Qué es la patria? Un río que corre. Sus riberas varían y sus ondas se renuevan sin cesar.

—No ignoro, Dorión —adujo el prefecto de la Marina—, que te inspiran poco respeto las virtudes cívicas y suponemos que debe vivir el sabio sin preocuparse de los negocios públicos. Yo creo lo contrario: que un hombre digno debe proponerse que lo llamen a desempeñar un empleo de importancia en el Estado. ¡Es algo muy hermoso el Estado!

Hermodoro, gran sacerdote de Serapis, tomó la palabra:

—Dorión acaba de preguntar: «¿Qué es la patria?». Yo le contestaré: Constituye la patria los altares de los dioses y las tumbas de los antepasados. Y la ciudadanía es la comunión de los recuerdos y de las esperanzas.

El joven Aristóbulo interrumpió a Hermodoro.

—¡Por Cástor! Hoy, he visto un hermoso caballo. Pertenece a Demorón. Tiene la cabeza plana, poco belfo y las patas robustas. Levanta con altivez el cuello erguido, como un gallo.

El joven Quereas movió la cabeza negativamente al decir:

—Ese caballo no es tan hermoso como supones, Aristóbulo. Tiene los cascos débiles, baja la ranilla. Ese animal quedará pronto inútil.

Continuaban su disputa, cuando Drose lanzó un grito agudo.

—¡Ay! Por poco me trago una espina más larga y más acerada que un estilete. Afortunadamente, logré sacármela de la garganta. ¡Los dioses me protegen!

—¿Dices que te protegen los dioses, Drose mía? —interrogó Nicias, sonriente—. Será porque comparten la dolencia de los hombres. El amor supone en el que lo padece un sentimiento dé íntima miseria. Por él se denuncia la debilidad de los seres. El amor que les inspira Drose prueba la imperfección de los dioses.

Al oír tales palabras, Drose dijo, colérica:

—Nicias, lo que acabas de decir a nada conduce y demuestra tu ineptitud para comprender lo que decimos, y por esto lo comentas con palabras desprovistas de razón.

Nicias continuaba sonriente:

—Sigue, sigue, Drose mía. Sea como sea, lo que dices hay que agradecértelo cada vez que abres la boca. ¡Son tan hermosos tus dientes!

En aquel instante un grave anciano, vestido con abandono, entró en la sala con paso lento y la cabeza erguida, y extendió sobre los comensales una mirada serena. Cotta le hizo una indicación para que fuese a sentarse junto a él sobre su propio triclinio.

—Eucrito —le dijo—, bien venido seas. ¿Has compuesto este mes un nuevo tratado de filosofía? Será, si no yerro en la cuenta el cuadrivigesimodozavo de los salidos de esa caña del Nilo, que manejas con ática mano.

Eucrito respondió, a la vez que acariciaba su barba de plata:

—El ruiseñor ha nacido para cantar y yo nací para enaltecer a los dioses inmortales.

DORIÓN. —¡Saludemos respetuosamente en Eucrito al último de los estoicos! Severo y anciano se levanta entre nosotros como una imagen de los antepasados. Solitario entre la muchedumbre humana, pronuncia sentencias que no son comprendidas.

EUCRITO. —Te equivocas, Dorión. La filosofía de la virtud no ha muerto en este mundo. Tengo numerosos discípulos en Alejandría, en Roma y en Constantinopla. Varios entre los esclavos y entre los sobrinos de los Césares saben aún reinar sobre sí mismos, y vivir libres y saborear en el renunciamiento una felicidad sin límites. Varios entre ellos hacen revivir a Epicteto y a Marco Aurelio. Pero si fuese cierto que la virtud se hubiera extinguido en el mundo ya para siempre, su falta no disminuiría mi felicidad, puesto que de mí no depende su duración o su acabamiento. Solamente unos locos, Dorión, ponen su felicidad donde no llega su poder. Mi deseo nunca se opone al de los dioses, y deseo cuanto les agrada. Con lo cual me hago semejante a ellos y comparto su infalible satisfacción. Si la virtud perece, consiento en que perezca, y ese consentimiento es mi alegría como el máximo esfuerzo de mi razón o de mi voluntad. En todo absolutamente, mi saber copiará la sabiduría divina, y la copia será más preciosa que el modelo; habrá costado más afanes y esfuerzos mucho mayores.

NICIAS. —Comprendo. Te asocias a la Providencia celestial. Pero si la virtud consiste únicamente en el esfuerzo, Eucrito, y en esa tensión por la cual los discípulos de Zenón pretenden hacerse semejantes a los dioses, la rana que se hincha para ser del tamaño del buey realiza la obra maestra del estoicismo.

EUCRITO. —Nicias, te burlas, y como de ordinario, triunfas al burlarte. Pero si el buey de que hablas es verdaderamente un dios como Apis y como ese buey cuyo gran sacerdote aquí veo, y si la rana, sabiamente inspirada, logra igualársele, ¿no será todavía más virtuosa que el buey? ¿Podrás conseguir que no admiremos a una bestezuela tan generosa?

Cuatro servidores dejaron sobre la mesa un jabalí cubierto aún con su piel cerdosa; unos jabatos de pasta cocida al horno, al rodearlo como si quisieran amamantarse, indicaban ser hembra.

Zenotemis dijo, a manera de presentación del monje:

—Amigos, tenemos entre nosotros al ilustre Pafnucio, que lleva en la soledad una vida prodigiosa, y es aquí un huésped inesperado.

COTTA. —Di más propiamente, Zenotemis, que le corresponde ocupar el puesto de honor, ya que vino sin ser invitado.

ZENOTEMIS. —Por eso, querido Lucio, debemos acogerlo con reverente amistad y procurarle aquello que pueda serle más grato. Y estoy seguro de que un hombre tal es menos sensible al olor de las viandas que al perfume de los bellos pensamientos. Sin duda, le parecerá plausible que dirijamos nuestra conversación hacia la doctrina que él profesa y que es la de Jesús crucificado. Por mi parte, me prestaré a ello con tanto más gusto cuanto que esa doctrina me interesa vivamente por el número y la diversidad de alegorías que presenta. Si cabe adivinar el espíritu bajo la letra, está llena de verdades y considero que los libros de los cristianos abundan en revelaciones divinas. Probablemente, no sería capaz Pafnucio de conceder un valor igual a los libros de los judíos, que fueron inspirados, no como han dicho, por el espíritu de Dios, sino por un genio maléfico. Jehová, que los dictó, era uno de esos espíritus que pueblan el aire inferior y originan casi todos los males que sufrimos; excede a todos en ignorancia y en ferocidad. Por el contrario, la serpiente de alas de oro que enroscaba en torno al árbol de la ciencia su espiral azul, estaba hecha de luz y de amor. Por eso era inevitable la lucha entre las dos potencias, una brillante y otra tenebrosa. Estalló en los primeros días del mundo. Apenas acababa Dios de recobrar su reposo; Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer, vivían felices y desnudos en el Edén, cuando Jehová formó, para su desgracia, el designio de gobernarlos a ellos y a todas las generaciones que Eva llevaba ya en sus flancos magníficos. Como no disponía del compás ni de la lira e ignoraba igualmente la ciencia que rige y el arte que persuade, aferraba a las dos infelices criaturas con apariciones deformes, amenazas caprichosas y estrépito de truenos. Al sentir su sombra sobre sí. Adán y Eva se apretaban uno contra otro, y su amor se duplicaba ante el temor. La serpiente, compadecida, se decidió a instruirlos para que, ya conocedores de la ciencia, no se vieran sorprendidos por embustes. La empresa exigía una rara prudencia, y la fragilidad de la primera pareja de seres humanos la dificultaba grandemente, a pesar de lo cual, benévolo el demonio, lo intentó. A espaldas de Jehová, que pretendía verlo todo, pero cuya vista, realmente, no era tanta, se aproximó a las dos criaturas y produjo un encantamiento en sus ojos con el esplendor de su coraza y el brillo de sus alas. Después aguzó su inteligencia con figuras exactas, como el círculo, la elipse y la espiral, cuyas admirables propiedades fueron reconocidas más adelante por los griegos. Adán, mejor que Eva, meditaba sobre tales figuras. Pero cuando la serpiente, ya por la palabra, pronunció verdades más hondas, las que no se demuestran, hubo de reconocer que Adán, hecho del barro, era de condición sobradamente ruda para comprender tan sutiles conocimientos, y que, por el contrario, Eva, más amorosa y sensible, las comprendía con cierta facilidad. Por eso hablaba sólo con ella, en la ausencia del maridó, con el fin de iniciarla primero.

DORIÓN. —Consiente, Zenotemis, que te interrumpa. Desde que has empezado reconocí el mito que nos expones, un episodio de la lucha de Palas Atenea contra los gigantes. Jehová se parece mucho a Tifón, y los atenienses representan a Palas con una serpiente a su lado. Pero lo que acabas de decir me hace al pronto dudar de la inteligencia o de la buena fe de la serpiente. Si, en realidad, hubiera poseído la sabiduría, ¿es posible que la confiase a una cabecita de mujer, incapaz de contenerla? Más bien parece que, como Jehová, fue ignorante y embustera, y eligió a Eva por ser más fácil seducirla cuando hubo reconocido en Adán más inteligencia y reflexión.

ZENOTEMIS. —Sabe, Dorión, que no por la reflexión y la inteligencia, sino por el sentimiento, se llegó a descubrir las más elevadas y puras verdades. Por esto, las mujeres, que, generalmente, son menos reflexivas, pero más sensibles que los hombres, llegan con mayor facilidad al conocimiento de los misterios divinos. En ellas está el don de profecía, y no sin razón se han presentado algunas veces a Apolo Citarista y a Jesús de Nazaret con túnica flotante como falda femenina. La serpiente, aunque no lo creas, fue sabia, Dorión, y lo demuestra cuando, en vez de comunicarse con el tosco Adán. elige a Eva, más blanca que la leche y que las estrellas, que la escuchó dócilmente y se dejó conducir al árbol de la ciencia, cuyas ramas llegaban al cielo para recibir, como un rocío fecundó, las intenciones de Dios. Las hojas de ese árbol hablaban todas las lenguas de los hombres futuros, y sus voces concertadas ofrecían a los iniciados que se alimentaban con ellas el conocimiento de los metales, de las piedras, de las plantas, así como de las leyes físicas y de las leyes morales; pero eran de fuego, y los temerosos del padecer y de la muerte no se atrevían a llevarlas a sus labios. Pero después de oír con dócil atención las lecciones de la serpiente, Eva pudo vencer los terrores vanos, y deseó probar la fruta que revela el conocimiento de Dios. Y como Adán era su bienamado, no quiso dejarle atrás. Tomole de la mano, y lo condujo al árbol maravilloso. Allí cogieron una manzana ardiente, la mordió ella y se la ofreció a él. Por desgracia, Jehová, que pasaba casualmente por el Paraíso, al sorprenderlos y ver que alcanzaban la sabiduría, enfureciose de un modo terrible. Jehová era de temer, sobre todo al sentir celos. Reconcentró sus energías, y produjo un tumulto de tal naturaleza en el aire inferior, que se consternaron aquellos dos seres débiles. El fruto cayó de la mano del hombre, y la mujer, abrazada cariñosamente al infeliz, le decía: «Quiero ignorar y sufrir contigo». Jehová triunfante, mantuvo a Eva y Adán y a toda su descendencia en el estupor y en el espanto. Su arte; reducido a fabricar groseros meteoros, venció a la ciencia musical y geométrica de la serpiente. Impuso entre los hombres la injusticia, la ignorancia, la crueldad, y así logró que reinase el mal sobre la Tierra. Persiguió a Caín y a sus hijos, porque eran industriosos; exterminó a los filisteos, porque componían poemas órficos y fábulas como las de Esopo. Fue implacable enemigo de la ciencia y de la belleza, y el género humano expió durante siglos, entre sangre y lágrimas, la derrota de la serpiente alada. Por fortuna, hubo entre los griegos hombres muy sutiles, tales como Pitágoras y Platón, que volvieron a encontrar, por el poder del genio, las figuras y las ideas en las que había querido instruir a la primera mujer el enemigo de Jehová. Pero el espíritu de la serpiente no los abandonaba; por esto la serpiente, como ha dicho Dorión, es respetada por los griegos. Por último, en días más próximos, aparecieron, bajo una forma humana, tres espíritus celestiales: Jesús de Galilea, Basílides y Valentín, a quienes les fue dado coger los frutos más brillantes de ese árbol de la ciencia cuyas raíces atraviesan la tierra y cuya ropa llega a lo más alto de los cielos. Eso es lo que tenía que decir para vengar a los cristianos de que tan a menudo se les imputen los errores de los judíos.

DORIÓN. —Nos has dicho, Zenotemis, que tres hombres admirables: Jesús; Basílides y Valentín, revelaron secretos desconocidos para Pitágoras, Platón y todos los filósofos de Grecia, incluso el divino Epicuro, que había librado al hombre de los vanos terrores. Nos dejarás complacidos ahora si nos dices de qué manera esos tres mortales adquirieron conocimientos que habían escapado a la meditación de los filósofos.

ZENOTEMIS. —¿Será preciso repetirte, Dorión, que la ciencia y la meditación son los primeros grados del conocimiento, y que sólo el éxtasis conduce a las verdades eternas?

HERMODORO. —Seguramente, Zenotemis, el alma se alimenta de éxtasis, como la cigarra de rocío. Pero digamos mejor aún: sólo el espíritu es capaz de un absoluto arrobo. Porque el hombre es triple; lo forman un cuerpo material, un alma sutil, pero material también, y un espíritu incorruptible. Cuando el espíritu abandona su cuerpo y lo deja como un palacio sumido en el silencio y la soledad, en su vuelo atraviesa los jardines de su alma, y por fin se difunde en Dios: goza las delicias de una muerte anticipada, o, mejor, de la vida futura, porque morir es vivir, y en tal estado participa de la pureza divina, posee a un tiempo la alegría infinita y la ciencia absoluta; entra en la unidad que lo abrasa todo, y allí es perfecto.

NICIAS. —Eso es admirable; pero, a decir verdad, Hermodoro, no veo gran diferencia entre el todo y la nada. Incluso creo que las palabras no consiguen hacer esa distinción. El infinito se parece perfectamente a la nada: son ambos inconcebibles. En mi opinión, la perfección cuesta muy cara: la pagamos con todo el ser, y para obtenerla es preciso dejar de existir, Es una desdicha de la que ni el mismo Dios se ha librado desde que a los filósofos se les ocurrió sutilizarlo. Y si, después de todo, no sabemos lo que sea el «no ser», ignoramos por la misma razón lo que sea el «ser». No sabemos nada. Dicen que resulta imposible a los hombres entenderse. Antes, creo, a pesar del ruido de nuestras disputas, que, al contrario, les es imposible no quedar, finalmente, de acuerdo, sepultados unos junto a otros bajo el cúmulo de contradicciones amontonadas, como Pelión sobre Ossa.

COTTA. —Mucho me agradan la filosofía y el estudio en mis horas de ocio; pero sólo comprendo bien los libros de Cicerón. ¡Esclavos, servidnos vino con miel!

CALÍCRATES. —¡He ahí algo singular! Cuando estoy en ayunas, imagino el tiempo en que los poetas trágicos eran admitidos en los banquetes de los bondadosos tiranos, y se me hace agua la boca. Pero en cuanto he probado el opimo vino que nos sirves abundante, generoso Lucio, ya sólo sueño en luchas civiles y combates heroicos. Me avergüenza vivir en una época sin gloría; invoco la libertad y con la imaginación vierto mi sangre con los últimos romanos en los campos de Filipos.

COTTA. —En el declinar de la República, mis abuelos murieron con Bruto por la libertad. Pero se puede dudar si lo que llamaban libertad del pueblo romano era, en realidad, la manera de gobernarlo ellos. No niego que sea la libertad para la nación el más preciado entre los bienes; pero cuanto más he vivido, más me persuado de que sólo un Gobierno fuerte puede asegurársela. Ejercí durante cuarenta años los más lúcidos empleos del Estado, y mi larga experiencia me probó que sufre más opresión el pueblo bajo un Poder debilitado. Así, los que, a imitación de la mayoría de los retóricos, se esfuerzan por debilitar al Gobierno, cometen un crimen detestable. Si la voluntad de uno a veces actúa de un modo funesto, el consenso popular hace toda resolución imposible. Antes que la majestuosa paz romana cubriera el mundo, los pueblos fueron sólo felices bajo inteligentes déspotas.

HERMODORO. —A mi entender, Lucio, no existe ninguna buena forma de gobierno, y no creo que pueda imaginarse cuando los griegos ingeniosos, que concibieron tantas formas afortunadas, la buscaron inútilmente. Y oda esperanza es ilusoria en esta cuestión. Reconocemos por señales evidentes que el mundo está próximo a hundirse en la ignorancia y en la barbarie. No sería difícil que asistiéramos a la terrible agonía de la civilización. De todas las satisfacciones que procuran la inteligencia, la ciencia y la virtud, no nos queda más que la cruel alegría de vernos morir.

COTTA. —Es cierto que el hombre del pueblo y la audacia de los bárbaros son plagas temibles. Pero con una buena flota, un buen Ejército y buenas finanzas…

HERMODORO. —¿De qué sirve ilusionarse? El Imperio que agoniza ofrece a los bárbaros una presa fácil. Las ciudades que edificaron el genio helénico y la paciencia latina se verán pronto saqueadas por salvajes ebrias. No habrá ya sobre la Tierra ni arte ni filosofía. Las imágenes de los dioses serán derribadas en los templos y en las almas. Llegará la noche del esoírixu y la muerte del mundo. En efecto: ¿cómo es posible creer que los sármatas podrán entregarse a los trabajos de la inteligencia, que los germanos cultivarán la música y la filosofía, que los quados y los marcomanos adorarán a los dioses inmortales? ¡No! Todo se desquicia y se hunde. Ese antiguo Egipto que ha sido la cuna del mundo será su hipogeo: Serapis, dios de la muerte, recibirá las supremas adoraciones de los mortales, y habrá sido el último sacerdote del último dios.

En ese momento una extraña figura alzó el tapiz, y los invitados vieron ante ellos a un hombrecillo giboso, cuyo cráneo calvo era puntiagudo. Vestía, según la moda asiática, una túnica azul, y llevaba alrededor de las piernas, como los bárbaros, bragas coloradas, sembradas de estrellas de oro. Al verlo Pafnucio reconoció en él a Marcos el Ario, y como si viese caer un rayo, Revése las manos a la cabeza y palideció de horror. Durante las horas transcurridas en el banquete no le acobardaron los demonios, ni las blasfemias de los paganos, ni los errores terribles de los filósofos, y la sola presencia del hereje lo acobardó. Quiso huir; pero al encontrarse con la de Thaïs su mirada, sintiose de repente tranquilizado. Había leído en el alma de la predestinada, y comprendió que la que iba a convertirse en una santa le protegía ya. Cogiose al borde del vestido de Thaïs, que desbordaba del triclinio, y mentalmente rezó al Salvador Jesús.

Un murmullo halagador había acogido la llegada del personaje, al que llamaban el Platón de los cristianos. Hermodoro fue quien primero le habló:

—Ilustrísimo Marco, nos alegra verte entre nosotros, y podemos decir que llegaste a tiempo, Sólo conocemos de la doctrina de los cristianos lo enseñado en Público. Por añadidura, es evidente que un filósofo como tú no puede pensar lo que piensa el vulgo, y estamos curiosos por conocer tu juicio referente a los principales misterios de la religión que profesas. Nuestro querido Zenotemis, que, no lo ignoras, se desvive por conocer símbolos, ha interrogado al ilustre Pafnucio acerca de los libros de los judíos. Pero Pafnucio no le contestaba, y no sorprendió su reserva, porque nuestro huésped consagrose al silencio, y Dios ha sellado sus labios en la Tebaida. Pero tú, que tomaste la palabra en los sínodos de los cristianos y hasta en los consejos del divino Constantino, podrás, si quieres, satisfacer nuestra curiosidad y revelarnos las verdades filosóficas ocultas en las fábulas de los cristianos. ¿No es la primera de esas verdades la existencia del Dios único, en el cual, por mi parte, creo firmemente?

MARCO. —Sí, venerables hermanos; creo en un solo Dios, no engendrado. Único eterno, principio de todas las cosas.

NICIAS. —Sabemos, Marco, que tu Dios ha creado el mundo. Esa fue, sin duda, una interesante crisis en su existencia. Existía en la eternidad antes de haber podido resolverse a ello. Y para ser justo, reconozco que su situación era de las más difíciles. Necesitaba permanecer inactivo para seguir siendo perfecto, y debía obrar para convencerse. Sé que existía. Tú me aseguras que se decidió a obrar. Quiero creerlo, aunque sea de parte de un Dios perfecto una imperdonable imprudencia. Pero dinos, Marco: ¿de qué modo creó el mundo?

MARCO. —Los que sin ser cristianos poseen, como Hermodoro y Zenotemis los principios del conocimiento, saben que Dios no creó el mundo directamente y sin intermediario. Dio nacimiento a un hijo único, por quien todas las cosas fueron hechas.

HERMODORO. —Dices verdad, Marco; y ese hijo es, indistintamente, adorado bajo los nombres de Hermes, de Mitra, de Adonis, de Apolo y de Jesús.

MARCO. —No sería cristiano si le diese otros nombres que los de Jesús, de Cristo y de Salvador. Y es el verdadero Hijo de Dios. Pero no es eterno, puesto que tuvo un principio. En cuanto a pensar que existía antes de ser engendrado, es un absurdo que debemos dejar a los mulos de Nicea y al asno testarudo que gobernó durante largo tiempo la Iglesia de Alejandría bajo el maldecido nombre de Atanasio.

Al oír aquellas palabras, Pafnucio, pálido y con la frente bañada por un sudor de agonía, hizo la señal de la cruz y perseveró en su sublime silencio.

Marco prosiguió:

—Claro es que el inepto símbolo de Nicea atenta contra la majestad del Dios único, porque le obligó a compartir sus indivisibles atributos con su propia emanación el mediador para quien todas las cosas fueron hechas. Renuncia a burlarte del Dios verdadero de los cristianos, Nicias, y date cuenta de que, lo mismo que los lirios de los campos, ni trabaja ni hila. El obrero no es él, es su Hijo único, es Jesús, que por haber creado el mundo, vino, luego a restaurar su obra. Porque la creación no podía ser perfecta desde un principio, y el mal se había mezclado en ella inevitablemente con el bien.

—NICIAS. —¿Qué es el mal y qué es el bien?

Hubo un silencio, durante el cual Hermodoro, extendido el brazo sobre el mantel, mostró un borriquillo, en metal de Corinto, que llevaba en las alforjas, a un lado, aceitunas blancas, y al otro lado, aceitunas negras.

—Ved esas aceitunas —dijo—. Nuestra mirada se ve agradablemente halagada por el contraste de su color, y nos complace ver que unas son claras y otras oscuras. Pero si estuviesen dotadas de pensamiento y de conocimiento, las blancas dirían: «Está bien que las aceitunas sean blancas, y está mal que sean negras»; por lo cual, el pueblo de las aceitunas negras aborrecería al pueblo de las aceitunas blancas. Nosotros juzgamos mejor, porque estamos tan por encima de las aceitunas como los dioses están por encima de nosotros. Para el hombre que sólo ve un lado de las cosas, el mal es un mal; para Dios, que lo comprende todo, el mal es un bien. Sin duda, la fealdad es fea y no bella; pero si todo fuera bello, el todo no sería bello. Luego es un bien la existencia del mal, según lo ha demostrado el segundo Platón, infinitamente más grande que el primero.

EUCRITO. —Hablemos virtuosamente. El mal es un mal, no para el mundo, puesto que no destruye la indestructible armonía, sino para el malo que lo realiza y pudiera no realizarlo.

COTTA. —¡Por Júpiter! He ahí un buen razonamiento.

EUCRITO. —El mundo es la tragedia de un excelente poeta. Dios, que la compuso, designó a cada uno de nosotros el papel que debía representar. Si quiere que tú seas mendigo, príncipe o cojo, procura representar lo mejor que puedas el personaje que te fue asignado.

NICIAS. —Sin duda, estará bien que el cojo de la tragedia cojee con Héfaistos; estará bien que el insensato, se abandone a los furores de Ayax, que la mujer incestuosa renueve los crímenes de Fedra, que el traidor traicione, que el embustero mienta, que el asesino mate; y cuando la obra haya sido representada, todos los actores: reyes, justos, tiranos sanguinarios, vírgenes piadosas, esposas impúdicas, ciudadanos magnánimos y cobardes asesinos recibirán del poeta una parte igual de felicitaciones.

EUCRITO. —Desnaturalizas mi pensamiento, Nicias, y conviertes una muchacha hermosa en una gorgona horrible. Te compadezco al ver que ignoras la naturaleza de los dioses, la justicia y las leyes eternas.

ZENOTEMIS. —Yo, amigos míos, creo en la realidad del bien y del mal. Pero estoy persuadido de que no hay una sola acción humana, ni siquiera el beso de Judas, que no lleve en sí un germen de redención. El mal contribuye a la salud consiguiente de los hombres, y en esto procede del bien y participa de los méritos inherentes al bien. Los cristianos lo han expresado admirablemente por el mito en ese hombre de pelo rojo que para traicionar a su Maestro le da un beso de paz, y afirmó con ese acto la salvación de los hombres. Sólo por esto, a mi entender, nada es más injusto y más vano que el odio con que ciertos discípulos de Pablo el tapicero persiguen al más infeliz de los apóstoles de Jesús; era necesario, según su propia doctrina, para la redención de los hombres, y que si Judas no hubiese recibido la bolsa de treinta dineros, la Sabiduría divina hubiera quedado falseada, la Providencia burlada, sus designios contradictorios y el mundo entregado al mal, a la ignorancia y a la muerte.

MARCO. —La Sabiduría divina tuvo previsto que Judas, en plena libertad para darlo o no darlo, daría el beso traidor. Y el crimen del Iscariote vino a ser una piedra básica en el edificio maravilloso de la Redención.

ZENOTEMIS. —Te hablé antes, Marco, en el supuesto de que la Redención de los hombres había sido realizada por Jesús crucificado, porque no dudo de que tal es la creencia de los cristianos, y me puse de su parte para juzgar con más razones el error de los que creen en la condenación eterna de Judas. Pero, en realidad sólo es Jesús el precursor de Basílides y de Valentín. Y en cuanto al misterio de la Redención, si os inspira curiosidad y queréis oírme, queridos amigos, os diré cómo se manifestó, en realidad, sobre la Tierra.

Los presentes asintieron, complacidos.

Como las vírgenes atenienses con las sagradas cestas de Ceres, doce muchachas que llevaban sobre su cabeza cestos con granadas y manzanas entraron en la sala del banquete a paso ligero, cuya cadencia acompasaba una flauta invisible. Depositaron los cestos sobre la mesa, cesó la música y Zenotemis habló de este modo:

—Cuando Eunoia, el pensamiento de Dios, hubo creado el mundo, confió a los ángeles el gobierno de la Tierra. Los ángeles no conservaron la serenidad que conviene a los señores. Atraídos por la belleza de las hijas de los hombres, las sorprendieron en la oscuridad junto a los brocales de los pozos, y se unieron con ellas. De sus himeneos nació una raza violenta, que sembraba en la Tierra la injusticia y la crueldad, y amasaba el polvo de los caminos con sangre inocente. Ante aquel espectáculo, Eunoia sintió una tristeza infinita, y suspiró, asomándose al mundo:

—¡Esa es mi obra! Por mi culpa se han hundido mis hijos en la vida amarga. Su dolor es mi crimen, y quiero expiarlo. El mismo Dios, que sólo piensa por mí, sería impotente para devolverles la primitiva pureza. Lo hecho, hecho está, y la creación se ha torcido para siempre. Pero no abandonaré a mis criaturas. Si no puedo hacerlas felices, puedo compartir su desgracia. Ya que fue culpa mía darles cuerpos que los humillan, en un cuerpo semejante a los suyos, iré a vivir entre ellas.

»Después de hablar así, Eunoia descendió a la Tierra y se encarnó en el seno de una tindárida. Nació pequeña y débil, y recibió el nombre de Helena. Sometida a los trabajos impuestos por la necesidad, creció pronto en gracia y belleza, y llegó a ser la más deseada de las mujeres, como lo había previsto, para que fuera profanado su cuerpo mortal por las mayores mancillas. Presa inerte de los hombres lascivos y violentos, se consagró al rapto y al adulterio, en expiación de todos los adulterios, de todas las violencias, de todas las iniquidades, y su belleza causó la ruina de los pueblos, para que Dios pudiese perdonar los crímenes del Universo. Jamás el pensamiento celestial, jamás Eunoia fue tan adorable como en los días en que, ya mujer, se prostituía a los héroes y a los pastores. Los poetas adivinaban su divinidad cuando la pintaban tan bondadosa, tan soberbia y tan fatal, y cuando le hacían esta invocación: “¡Alma serena como la calma de los mares!”.

»Así fue cómo Eunoia se vio arrastrada por la piedad al mal y al sufrimiento. Murió (y los lacedemonios muestran su tumba) porque debía conocer la muerte después de la voluptuosidad y saborear todos los frutos amargos que había sembrado. Pero al verse libre de la carne descompuesta de Helena, encarnó en otra forma de mujer y se ofreció de nuevo a todos los ultrajes. De este modo, al pasar de uno a otro cuerpo, y cruzar entre los humanos los tiempos calamitosos, tomó sobre sí los pecados del mundo. Su sacrificio no será inútil. Unida a nosotros por los lazos de la carne, amando y llorando con nosotros, alcanzará su redención y la nuestra; nos elevará, suspendidos en su blanco pecho, en la paz celestial reconquistada.

HERMODORO. — Me era desconocido ese mito. Recuerdo haber oído que en una de sus metamorfosis la divina Helena vivía cerca del mago Simón, bajo Tiberio emperador. Yo creía que su descendencia fue involuntaria, y que los ángeles la arrastraron a su caída.

ZENOTEMIS. —Es cierto, Hermodoro, que los hombres mal iniciados en los misterios imaginaron que la triste Eunoia no había consentido en su propia decadencia. Pero, a ser así, Eunoia no hubiera sido la cortesana expiadora, la hostia cubierta de todas las máculas, el pan empapado en el vino de nuestras vergüenzas, la ofrenda agradable, el sacrificio meritorio, el holocausto cuyo humo sube hacia Dios. A no ser voluntarios sus pecados, no tendrían virtud.

CALÍCRATES. —Pero ¿quieres, Zenotemis, que te diga en qué país, bajo qué nombre, en qué forma adorable vive hoy esa Helena siempre renaciente?

ZENOTEMIS. —Hay que ser sabio para descubrir semejante secreto. Y la sabiduría, Calícrates, no es dada a los poetas, que viven en el mundo grosero de las formas y se distraen, como los niños, con los sonidos y las vanas imágenes.

CALÍCRATES. —Teme ofender a los dioses, impío Zenotemis. Ya sabes que aman a los poetas. Los inmortales dictaron en verso las primeras leyes, y son poemas los oráculos de los dioses. Los himnos tienen agradables voces para los oídos celestes. ¿Quién ignora que los poetas son los adivinos y que nada se les oculta? Yo mismo, como poeta, y ceñido con el laurel de Apolo, revelaré a todos la última encarnación de Eunoia. La eterna Helena está cerca de vosotros; nos mira y la miramos. Ved esa mujer acodada de los almohadones de su triclinio, tan bella y pensativa, en cuyos ojos hay lágrimas, y en sus labios hay besos. ¡Es ella! Encantadora como en los días de Príamo y del Asia en flor. Hoy Eunoia se llama Thaïs.

FILINA. —¿Qué dices, Calícrates? ¿Nuestra querida Thaïs habría conocido a Paris, a Manelao y a los aqueos de las bellas anémides que combatían delante de Ilión? Thaïs, ¿era grande el caballo de Troya?

ARISTÓBULO. —¿Quién habla de un caballo?

—¡He bebido como un tracio! —exclamó Quereas.

Y rodó bajo la mesa. Calícrates alzó su copa, y dijo:

—Bebo por las musas heliconianas, que me han prometido una memoria que jamás oscurecerá el ala oscura de la noche fatal.

El viejo Cotta dormía, y su cabeza calva balanceábase lentamente sobre sus anchos hombros.

Desde algo antes Dorión se agitaba bajo su manto filosófico. Se aproximó, tambaleándose, al triclinio de Thaïs.

DORIÓN. —Porque estaba en ayunas.

THAÏS. —Pues como yo, ¡pobre amigo mío!, sólo he bebido agua. Debes resignarte a que no te corresponda.

Dorión no quiso replicar, y fue a unirse con Drose, que lo llamaba con los ojos para apartarle de su amiga. Zenotemis, al ocupar aquel sitio ya libre, dio a Thaïs un beso en la boca.

THAÏS. —Te creía más virtuoso.

ZENOTEMIS. —Soy perfecto, y los perfectos no están sometidos a ninguna ley.

THAÏS. —Pero ¿no temes que se manche tu alma en los brazos de una mujer?

ZENOTEMIS. —Puede ceder el cuerpo al deseo, sin que influya en el alma.

THAÏS. —¡Déjame! Yo aspiro a que me amen con el cuerpo y con el alma. ¡Todos los filósofos son unos machos cabríos!

Las lámparas se apagaban una tras otra, y la pálida claridad que se filtraba por las separaciones de los tapices bañaba los rostros lívidos y los hinchados ojos de los concurrentes. Aristóbulo, caído, con los puños cerrados, junto a Quereas, ordenaba en sueños a sus esclavos que hiciesen rodar la muela. Zenoaemis estrechaba entre sus brazos a Filina, desmadejada, y Dorión vertía sobre la garganta desnuda de Drose gotas de vino, que, al correr como rubíes sobre los pechos blancos, estremecidos por la risa, eran sorbidos por el filósofo, cuyos labios los perseguían. Eucrito se levantó, puso el brazo sobre el hombro de Nicias y fue con él a un extremo de la sala.

—Amigo —dijo sonriente—, si piensas aún, ¿en qué piensas? —Pienso que los amores de las mujeres son semejantes a los jardines de Adonis.

—¿Qué quieres decir?

—¿No sabes, Eucrito, que las mujeres construyen todos los años jardinitos en su terraza, donde plantan ramas en macetas de arcilla para el amante de Venus? Esos ramos verdean poco tiempo, y se marchitan.

—Amigos, no nos preocupemos ni de esos amores, ni de esos jardines. Es de locos asirse a lo pasajero.

—Si la belleza sólo es una sombra y el deseo sólo es un relámpago, ¿qué locura puede haber en desear la belleza? ¿No es razonable que se aúnen lo que pasa y lo que no dura; que el relámpago devore la noche vaporosa?

—Nicias, me pareces un niño que juega a las tabas. Créeme: conserva tu libertad. Esto es de hombres.

—¿Cómo se puede ser libre. Eucrito, cuando se tiene un cuerpo? —Vas a verlo pronto, hijo mío. Y dirás: Eucrito era libre. Hablaba el anciano apoyado en una columna de pórfido. Los primeros rayos del alba le daban en la frente. Hermodoro y Marco se habían aproximado y estaban junto a él, como Nicias. Indiferentes los cuatro a las risas y a los gritos de los bebedores, charlaban de asuntos divinos. Con tanta sabiduría se expresaba Eucrito, que Marco advirtió:

—Eres digno de conocer al Dios verdadero.

Y Eucrito:

—El verdadero Dios está en el corazón del sabio.

Después hablaron de la muerte.

—Quiero —dijo Eucrito— que me encuentre ocupado en corregirme y atento a todos mis deberes. Ante la muerte alzaré al cielo mis manos puras y diré a los dioses: «No he mancillado vuestras imágenes que depositasteis en el templo de mi alma: he suspendido allí mis pensamientos, como guirnaldas, cintas y coronas. Viví conforme con vuestra providencia. He vivido bastante».

Al expresarse de tal modo, alzaba los brazos al cielo y su rostro resplandecía.

Quedó un instante pensativo. Luego prosiguió, profundamente satisfecho:

—¡Despréndete de la vida, Encrito, como la oliva madura cae, dando gracias al árbol que la ha sostenido y bendiciendo a la tierra, su nodriza!

Tras esas palabras; sacó entre los pliegues de su túnica un puñal desnudo y se lo clavó en el pecho.

Cuando los que oían quisieron detener su brazo, la punta de hierro había penetrado ya en el corazón; Eucrito había entrado en el eterno reposo. Hermodoro y Nicias colocaron el cuerpo lívido y ensangrentado sobre uno de los triclinios, entre las voces chillonas de las mujeres aterradas y los gruñidos de los concurrentes, que sentían turbado su agradable sopor, y de los voluptuosos suspiros ahogados entre los pliegues de los tapices. Al despertar el viejo Cotta de su ligero sueño de soldado corrió junto al cadáver y, después de examinar, aterrado, la herida, gritó:

—¡Que llamen a mi médico Aristeo!

Nicias movió la cabeza.

—Eucrito ya no existe —dijo—. Ha querido morir como otros quieren amar. Como todos nosotros, ha obedecido a un inefable deseo. Vedle ahora, semejante a los dioses que nada desean.

Cotta se golpeaba la frente:

—¿Morir? Querer morir, cuando se puede aún servir al Estado. ¡Qué aberración!

En tanto. Pafnucio y Thaïs habían permanecido inmóviles, mudos, unidos, con el alma desbordante de asco, de horror y de esperanza.

De pronto, el monje tomó la mano de la comedianta, pasó con ella sobre los borrachos, caídos, junto a las parejas acopladas y pisando vino y sangre la sacó de allí.

El papiro

El día se alzaba sonrosado sobre la ciudad. Las columnatas majestuosas extendíanse por ambos lados de la calle solitaria, dominadas en la lejanía por la brillante cúpula del sepulcro de Alejandro. Sobre las losas de la calzada veíanse marchitas coronas y antorchas apagadas. Refrescaba el aire la brisa procedente del mar. Pafnucio desgarró, asqueado, su túnica suntuosa y pisoteó los jirones.

—¿Los has oído, Thaïs mía? —exclamó—. Han vomitado todas las locuras y todas las abominaciones. Han arrastrado al Divino Creador de todas las cosas a las escaleras infernales y han negado impúdicamente el bien y el mal; han blasfemado de Jesús y glorificado a Judas. Y el más infame de todos, el chacal de las tinieblas, la bestia asquerosa, el ario rebosante de corrupción y de muerte. Al abrir la boca exhalaba fetidez de tumba. Mi Thaïs: viste arrastrarse hacia ti esas babosas inmundas y mancharte con su aliento pegajoso; viste a esos brutos dormidos bajo el pie de los esclavos; viste a esas bestias acopladas emporcadas con sus vomitonas; viste a ese anciano insensato verter una sangre más vil que el vino derramado en la orgía y prosternarse, al salir, ante la faz de Cristo inesperado. ¡Alabemos a Dios! Has visto el error y has reconocido que era horrible. ¡Thaïs, Thaïs, acuérdate de las locuras de esos filósofos y di si te place delirar con ellos! ¡Acuérdate de las miradas, los gestos, las risas de sus dignas acompañantes, dos monas lascivas y perversas, y di si quieres seguir siendo como ellas!

Thaïs, con el corazón revuelto por las repugnancias de aquella noche, volvió a sentir la indiferencia y la brutalidad de los hombres, la maldad de las mujeres, el peso de las horas, y suspiró:

—¡Siento una fatiga mortal, padre mío! ¿Dónde hallaré reposo? Arde mi frente, mi cabeza está vacía y mis brazos tan decaídos, que no tendría fuerza para coger la felicidad, aunque me la pusiesen al alcance de la mano.

Pafnucio la miraba compasivamente.

—¡Animo, hermana mía! La hora del reposo ha sonado para ti, blanca y pura como esos vapores que ves remontarse de los jardines y de las aguas.

Se aproximaban a la casa de Thaïs y veían ya, por encima de la tapia, las copas de los plátanos y de los terebintos que rodeaban la gruta de las Ninfas, estremecidas bajo el rocío con la brisa de la mañana. Tenían delante una plaza desierta, rodeada por molinitos estatuas votivas y bancos de mármol. Thaïs se abandonó sobre uno de ellos, y después de levantar los ojos hacia el monje con una mirada ansiosa, preguntó:

—¿Qué es preciso hacer?

—Es preciso —respondió el monje—, seguir a Aquel que ha venido a buscarte y te aparta del siglo como el vendimiador coge el racimo que se pudriría en la cepa y lo lleva al lagar para convertirlo en oloroso vino. A doce horas de Alejandría, hacia Occidente, no lejos del mar, hay un monasterio de mujeres cuya regla, obra maestra de sabiduría, merecería ser puesta en versos líricos y cantada a los sones de la tiorba y de los tamboriles. Podría decirse justamente que las mujeres que se han sometido a ella posan los pies en tierra y tienen la frente en el cielo. Llevan en este mundo la vida de los ángeles; quieren ser pobres para que Jesús las ame: modestas, para que las mire; castas, para que se despose con ellas. Todos los días las visita en traje de jardinero con los pies desnudos y los brazos abiertos, como se mostró a María en el camino del sepulcro. Te conduciré hoy mismo a ese monasterio. Thaïs mía, y pronto, junto a tan santas mujeres, compartirás sus celestiales coloquios. Te aguardan como a una hermana. En el umbral del convento, su madre, la piadosa Albina, te dará el beso de paz y te dirá: «¡Hija mía, bien venida seas!».

La cortesana lanzó un grito de admiración:

—¡Albina, hija de los Césares! ¡La sobrina del emperador caro! —¡La misma! Albina, que nació en la púrpura y viste sayal. Hija de los señores del mundo. Se elevó a la estirpe de sierva de Jesucristo. Será tu madre.

Thaïs se puso en pie y dijo:

—Llévame, pues, a la casa de Albina.

Y Pafnucio, satisfecho de su victoria, exclamó:

—¡Claro que te llevaré allí! Recluida en una celda, llorarás tus pecados. Porque no conviene que te mezcles con las jóvenes de Albina antes de ver lavadas todas tus manchas. Sellaré tu puerta y, bienaventurada, aguardarás a que Jesús mismo acuda, en señal de perdón, a romper el sello que yo haya puesto. No lo dudes. Thaïs: ¡vendrá! ¡Y qué estremecimiento agitará la carne de tu alma cuando sientas posarse los dedos de luz sobre tus ojos para enjugar tus lágrimas!

Thaïs dijo por segunda vez:

—Llévame, padre mío, a la casa de Albina.

Con el corazón inundado de alegría, Pafnucio extendió sus miradas en torno y saboreó, casi libre de temor, el placer de contemplar todo lo creado. Sus ojos bebían con delicia la luz de Dios, y alientos desconocidos acariciaban su frente. De pronto, reconoció en uno de los ángulos de la plaza pública la puertecita de entrada en la casa de Thaïs, y al pensar que los hermosos árboles, cuyas copas le producían admiración, daban sombra a sus jardines, vio imaginariamente las impurezas que allí habían mancillado el aire, a su parecer tan ligero y tan puro, y sintió de pronto en su alma una desolación tal, que hizo brotar de sus ojos un amargo rocío.

—Thaïs, huyamos de aquí sin volver la cabeza. Pero ¿dejaremos atrás los instrumentos, los testigos, los cómplices de tus crímenes pasados, los gruesos tapices, los lechos, las alfombras, las cajas de perfumes, las lámparas que proclamarían tu infamia? ¿Quieres que, animados por los demonios, arrebatados por el espíritu maligno que hay en ellos, esos muebles criminales corran en pos de ti hasta el desierto? Notoria verdad es que mesas de escándalo, asientos infAmés, los utilizan para sus empresas los diablos, que obran, hablan, golpean el suelo y atraviesan los aires. ¡Perezca todo lo que presenció tu vergüenza! ¡Thaïs, apresúrate y, mientras la cuidad aún está dormida, ordena a tus esclavos que preparen una hoguera! ¡Y quemaremos todas las riquezas abominables contenidas en tu casa!

Thaïs consintió:

—Haz lo que quieras, padre mío. No ignoro que los objetos inanimados sirven a veces de guarida a los malignos. De noche, algunos muebles hablan, ya con golpes a intervalos acompasados, ya con tenues claridades. Pero esto aún es poco. ¿No viste, padre mío, al entrar en la gruta de las Ninfas, a la derecha, una estatua de mujer desnuda y dispuesta a bañarse? Un día vieron mis ojos que volvió la cabeza como una persona viva, y al punto recobró su actitud acostumbrada. Sentí helárseme la sangre. Nicias, a quien referí el prodigio, se burló de mí; sin embargo, hay algo de magia en esa estatua, porque inspiró violentos deseos a cierto dálmata a quien mi belleza dejaba impasible. No dudo de que viví entre objetos encantados, expuesta a los mayores peligros, y sé que murieron hombres ahogados por el abrazo de una estatua de bronce. Sin embargo, es lamentable destruir obras preciosas hechas con una rara industria, y echar al fuego mis tapices y mis alfombras será una considerable pérdida. Los hay de bellos colores, verdaderamente admirables, y costaron carísimos a los que me los dieron. Poseo también copas, estatuas y pinturas de precio muy subido. No creo que su destrucción sea necesaria. Pero tú lo sabes mejor que yo: se hará lo que ordenes, padre mío.

Mientras razonaba seguía los pasos del monje hasta la puertecita donde tantas guirnaldas y coronas habían sido colgadas, y una vez abierta, dijo al Portero que llamase a todos los esclavos de la casa. Cuatro indios, maestros de cocina, se presentaron en primer lugar. Tenían la piel amarillenta, y los cuatro eran tuertos. Había sido para Thaïs dificultosa tarea y suma distracción reunir aquellos cuatro esclavos de la misma raza y con la misma lisiadura. Cuando servían a la mesa excitaban la curiosidad de los invitados, y Thaïs les obligaba a referir su historia.

Aseguraron en silencio, en espera de sus ayudantes. Después aparecieron, uno tras otros, los mozos de cuadra, los monteros, los portadores de litera y los correos, de tobillos de bronce; dos jardineros, velludos como Príapos; seis negros de un aspecto feroz; tres esclavos griegos, el uno gramático, el otro poeta y el tercero cantor. Se hallan todos alineados en la plaza, cuando acudieron las negritas curiosas, inquietas, con los ojos muy abiertos y la boca hendida hasta los anillos de sus orejas, y, por último, envueltas en sus velos y arrastrando lánguidamente sus pies, trabados por finas cadenillas de oro, aparecieron con torvo aspecto seis hermosas esclavas blancas. Al verlos reunidos a todos, les dijo Thaïs:

—Haced lo que este hombre os ordene, pues el espíritu de Dios está en él, y si le desobedecierais, caeríais muertos.

En realidad, Thaïs creía, por haberlo oído, que los santos del desierto tenían el Poder de sepultar en la tierra entreabierta y humeante a los impíos después de golpearlos fuertemente con un garrote.

Pafnucio despidió a las tres mujeres y, con ellas, a los esclavos griegos, que se les parecían, y dijo a los demás:

—Traed leña y amontonadla en el centro de la plaza, encendedla y arrojad en la hoguera cuanto contienen la casa y la gruta.

Sorprendidos, permanecieron inmóviles, consultando a su dueña con la mirada, y al advertir su inmovilidad y silencio, se agruparon codo con codo, indecisos, por si se tratara de una broma.

—¡Obedeced! —dijo el monje. Muchos eran cristianos. Comprendieron la orden y volvieron a la casa en busca de leña y de antorchas. Los demás los imitaron sin violencia, pues, como pobres, aborrecían las riquezas y, por instinto, gozaban en la destrucción. Cuando ardía la hoguera. Pafnucio dijo a Thaïs:

—De Pronto se me ocurrió llamar al tesorero de alguna iglesia de Alejandría (si aún queda alguna que merezca ese nombre, no mancillada por las bestias arias) y entregarle tus bienes para distribuirlos entre las viudas y trocar así el producto del crimen en tesoro de justicia. Pero esa idea no venía de Dios y la he rechazado, me pareció ofensivo en demasía para las biamadas de Jesucristo ofrecerles despojos de lujuria. Thaïs, todo lo que te sirvió debe ser devorado por el fuego, hasta lo más íntimo. Gracias a Dios, las túnicas, los velos, testigos de caricias innumerables como las olas del mar, sólo deben sentir los labios y las lenguas de las llamas. Esclavos, ¡de prisa! ¡Más leña! ¡Más antorchas! Y tú, mujer, entra en tu casa, despójate de tus infAmés adornos y pide a la más humilde de tus esclavas, como un favor insigne, la túnica usada cuando friega los suelos.

Thaïs obedeció. Mientras, los indios, arrodillados, soplaban sobre los tizones: los negros arrojaban en la hoguera los cofrecillos de marfil, de ébano o de cedro, que al entreabrirse, dejaban caer coronas, guirnaldas y collares. La humareda subía en columna oscura, como en los holocaustos agradables de la antigua ley. Después, el fuego, que ardía mansamente, de pronto se avivó con un ronquido como de bestia monstruosa, y las llamas empezaron a devorar sus preciosos alimentos. Entonces, los servidores se afanaron más en su tarea y arrastraban, gozosos, los ricos tapices, los velos bordados de plata, las floridas alfombras. Saltaban cargados con mesas, butacas, almohadones macizos, lechos con patas de oro. Tres robustos etíopes llevaron a la hoguera las tres estatuas policromadas de las ninfas, una de las cuales había sido amada como una mujer, y al verlos abrazados a ellas, parecían tres orangutanes raptadores de mujeres. Y cuando se desprendieron de los brazos de aquellos monstruos, las bellas formas desnudas se quebraron y se oyó un sollozo.

Apareció Thaïs, con el cabello sin prendedores, libre sobre la espalda, los pies descalzos y vestida con una túnica informe y grosera, que solamente por haber tocado su cuerpo, se impregnó de una divina voluptuosidad. La seguía un jardinero que llevaba, casi cubierto con su flotante barba, un Eros de marfil.

Indicó al hombre que se detuviera, y cerca ya de Pafnucio, le mostró al diosecillo:

—Padre mío —le preguntó—, ¿es indispensable arrojarlo también a las llamas? Por ser de una labor antigua y maravillosa, vale cien veces su peso en oro. Su pérdida sería irreparable, porque ya no habrá nunca en el mundo un artista que sepa modelar un Eros tan hermoso. Considera también, padre mío, que este niño es el Amor, que no merece tanta crueldad. El amor es una virtud, y si he pecado, no ha sido por él, padre mío, sino contra él. Jamás lamentaré lo que hice con su aprobación, y solamente lloro por lo que hice a pesar suyo. No permite a las mujeres entregarse a los que no se les acerca en su nombre. Por esto deben honrarlo. ¡Mira. Pafnucio, qué bonito es el pequeño Eros! ¡Cómo se oculta con gracia entre las barbas del jardinero! Un día, Nicias, que me amaba entonces, me dijo al traerlo: «Te hablará de mí». Pero el niño travieso me habló de un joven que yo había conocido en Antioquía, y no me habló de Nicias. ¡Bastantes riquezas ha consumido ya la hoguera! Padre mío, conserva este Eros y entrégalo a un monasterio. Los que lo vean inclinarán su corazón hacia Dios, porque el Amor sabe por naturaleza elevarse a los pensamientos celestiales.

El jardinero creyó salvado el pequeño Eros, y le sonreía como a un niño, cuando Pafnucio arrancó al dios de los brazos que lo sostenían y lo arrojó a las llamas.

—Basta que Nicias lo haya tocado para que difunda todos los venenos.

Después cogió a manos llenas las túnicas deslumbradoras, los mantos de púrpura, las sandalias de oro, las peinetas, las escobillas, los espejos, las lámparas, las tiobas y las liras para arrojarlo todo en la hoguera más suntuosa que la pira de Sardanápalo, mientras embriagados por el goce de la destrucción, tos esclavos bailaban y aullaban entre una lluvia de cenizas y de chisporroteos.

Los vecinos, despertados uno a uno por el ruido, abrían sus ventanas para inquirir, frotándose los ojos, de dónde provenía tanto humo; y luego de bajar a mitad vestidos, se aproximaban a la hoguera.

—«¿Qué será esto?» —pensaban—. Había entre ellos mercaderes a los que Thaïs tenía costumbre de comprar los perfumes o las telas, y, sorprendidos avanzaban la cabeza, pálida y enjuta, con ansia de comprender. Jóvenes viciosos, que volvían de sus cenas, coronada la frente de flores, flotante la túnica, provocativos y algareros, al pasar por allí, precedidos de sus esclavos, se detenían. Aquella muchedumbre de curiosos, continuamente aumentada, supo, al fin, que Thaïs, por inspiración del abad de Antinoe, quemaba sus riquezas antes de retirarse a un monasterio.

Los mercaderes reflexionaban: «Thaïs abandona esta ciudad; ya no volveremos a venderle nada. Es triste pensarlo. Sin ella, ¿qué será de nosotros? Este monje la ha enloquecido. Nos arruina. ¿Por qué se lo consentimos? ¿Para qué sirven las leyes? ¿Ya no hay magistrados en Alejandría? Thaïs no se interesa ya por nosotros, ni por nuestras mujeres, ni por nuestros pobres hijos, y su proceder es un escándalo público. Será conveniente obligarla a quedarse, a pesar suyo, en esta ciudad».

Los jóvenes reflexionaban en otro sentido:

«Si Thaïs renuncia a los juegos y al amor, se acabaron nuestras diversiones. Era la gloria delirante y el ardiente honor del teatro. Era el goce supremo, hasta de los que no gozaban. A las mujeres que amábamos, las amábamos por ella. No hubo caricias en que su recuerdo no se reflejara, pues era la voluptuosidad de las voluptuosidades, y la sola idea de que vivía entre nosotros excitaba el placer».

Así reflexionaban los jóvenes, y uno de ellos llamado Cerón, que había tenido amores con ella, se mostraba dispuesto a raptarla y blasfemaba del dios Cristo. En todos los grupos era severamente juzgada la conducta de Thaïs.

—¡Una huida vergonzosa!

—¡Un cobarde abandono!

—Nos quita el pan de la boca.

—Se lleva la dote de nuestras hijas.

—Será preciso, por lo menos, que pague las coronas que le he vendido.

—Y los sesenta trajes que me ha encargado.

—Debe a todo el mundo.

—¿Quién representará como ella la Ifigenia, la Electra y la Polimena? Con ella no puede comprarse ni el hermoso Polibio.

—Cuando su puerta se haya cerrado será triste vivir.

—Era la clara estrella, la suave luna del cielo alejandrino.

Los mendigos más famosos de la ciudad, ciegos, tullidos y lisiados, habían acudido también a la plaza, y, arrastrándose a la sombra de los ricos gemían:

—¿Cómo viviremos nosotros cuando Thaïs no esté aquí para alimentarnos? Las migajas de su mesa hartaban todos los días a doscientos desgraciados, y los amantes que salían de su casa complacidos nos arrojaban al pasar puñados de monedas de plata.

Los ladrones, confundidos entre la multitud, prorrumpían insolentes y clamorosos, a la vez que daban empujones para valerse de la confusión y apoderarse de algún objeto precioso.

Sólo el viejo Tadeo, que vendía la lana de Mileto y el lino de Tarento, a quién Thaïs debía una importante cantidad de dinero, permanecía tranquilo y silencioso en medio del tumulto. Con el oído atento y la mirada sagaz acariciaba su barba de macho cabrío, caviloso al parecer. Por fin, se acercó al joven Cerón, le tiró la manga y le dijo en voz baja, apenas perceptible:

—Tú, el preferido de Thaïs, gallardo mancebo, adelántate y no consientas que un monje te la quite.

—¡Por Pólux y su hermana, juro que no lo conseguirá! —exclamó Cerón—. Hablaré a Thaïs, y, sin jactancia, digo que ha de oírme con más agrado que a ese lapita sucio. ¡Abridme paso, canalla!

Y avanzó. Golpeaba con el puño a los hombres, derribaba a las viejas, pisoteaba a los chiquillos, y cuando estuvo cerca de Thaïs la llevó aparte y la dijo:

—Hermosa criatura, mírame, recuerda y dime si de verdad renuncias al amor.

Entonces Pafnucio, interponiéndose violento entre Thaïs y Cerón, exclamó:

—¡Impío! Vas a morir si tocas a esta criatura, ya sagrada, que pertenece a Dios.

—¡Apártate, cinocéfalo! —dijo el joven, exaltado—. Y si no me dejas hablar a mi amiga, te arrastraré por la barba para asar en la hoguera tu repugnante figura, como un despojo de cerdo.

Y largó la mano hacia Thaïs; pero, rechazado por el monje con una energía inesperada, se tambaleó y fue a caer junto a la hoguera, sobre los tizones desparramados.

Mientras, el anciano Tadeo, que iba de un lado para otro, tirando de la oreja a los esclavos, besando la mano de los señores y excitando a todos contra Pafnucio, había conseguido ya formar un pequeño grupo que avanzaba resueltamente contra el monje raptor. Cerón se levantó, y ennegrecido el rostro, quemados los cabellos y sofocado por el humo y la ira, blasfemó de los dioses. Uniose a los que avanzaban, en pos de los cuales iban los mendigos armados con sus muletas. Pronto se vio Pafnucio envuelto por un círculo de puños amenazadores, de garrotes en alto y de gritos de muerte.

—¡A la horca! ¡El monje, a la horca!

—¡No! ¡Tiradle al fuego! ¡Quemadle vivo!

Para defender su hermosa presa, Pafnucio la oprimía sobre su corazón.

—¡Impíos! —gritaba con voz atronadora—. No intentéis arrebatar al águila del Señor esta paloma. Mejor sería que la imitarais y cambiaseis, como ella lo hizo, vuestro fango en oro. Seguid su ejemplo: renunciad a los falsos bienes que pensáis poseer, cuando sois vosotros los poseídos. ¡Apresuraos! Los días están próximos y la paciencia de Dios se agota. Confesad vuestra vergüenza, llorad y rezad. Arrepentíos. Seguid los pasos de Thaïs. Odiad vuestros crímenes, que son tan grandes como los suyos. ¿Quién de vosotros, pobres o ricos, mercaderes, soldados, esclavos, osaría creerse ante Dios más digno que una prostituta? Sois todos vivientes inmundicias, y es un milagro de la bondad celestial no venos de pronto convertidos en arroyos de cieno.

Mientras así decía, llameaban sus ojos, y sus palabras eran como carbones encendidos. Los que le rodeaban le oían a su pesar.

Pero el viejo Tadeo no permanecía ocioso. Recogía piedras y valvas de ostras que ocultaba entre los pliegues de su túnica, y sin atreverse a lanzarlas con sus manos, las ponía en las de los mendigos. Pronto los guijarros volaron, y una valva, diestramente lanzada, dio en la frente de Pafnucio. Al correr la sangre por el severo rostro del mártir, goteaba como un nuevo bautismo sobre la cabeza de la penitente. Y Thaïs, oprimida por los brazos del monje, rozada su débil carne por el tosco cilicio, sentía estremecimientos de horror y de voluptuosidad, Un hombre vestido con elegancia y ceñida la frente con una corona de hiedra, se abrió paso entre los enardecidos, y exclamó:

—¡Deteneos, deteneos! ¡Este monje es mi hermano!

Era Nicias, que al salir de cerrar los ojos al filósofo Eucrito, pasaba por allí, camino de su casa, y vio sin sorprenderse (porque nada le sorprendía) la humeante hoguera, a Thaïs vestida con paño burdo y a Pafnucio lapidado.

Serenamente repetía:

—¡Deteneos! Ya os lo dije. Sed indulgentes con mi viejo condiscípulo. Respetad la querida cabeza de Pafnucio.

Acostumbrado a los sutiles razonamientos de los filósofos, carecía del imperioso impulso que somete las exaltaciones populosas, y no le atendieron. Una lluvia de guijarros y de valvas caían sobre el monje, mientras él, atento a evitar que hiriesen a Thaïs, no dejaba de alabar al Señor, que sabe hacer sentir los golpes dolorosos como si fuesen caricias amables. Convencidos ya de que no le atenderían y seguro de ser imposible salvar a su amigo por la persuasión ni por la fuerza. Nicias se había resignado a esperar ayuda ele los dioses, en los que apenas confiaba, cuando se le ocurrió usar de una estratagema que su desprecio de los hombres le había de pronto sugerido. Desató de su cinta su bolsa, que estaba hinchada de oro y de plata, por ser la de un hombre voluptuoso y caritativo; se dirigió a los que tiraban piedras y, acercándoles a los oídos la bolsa, hizo sonar el oro. Al principio no se dieron cuenta, por ser muy vivo su furor; pero poco a poco sus miradas se volvieron hacia la bolsa que tintineaba y pronto sus brazos rendidos dejaron de amenazar a su víctima. Entonces Nicias abrió la bolso, arrojó a la multitud algunas monedas de oro y de plata, y los más ávidos se agacharon para recogerlas. El filósofo, satisfecho del éxito alcanzado, volvió a lanzar diestramente aquí y allá dineros y dracmas. Al dar en el suelo resonaban las monedas, y el grupo de los perseguidores las perseguía. Mendigos, esclavos y mercaderes se agachaban presurosos, mientras que, reunidos en torno de Cerón, los patricios contemplaban aquel espectáculo con estrepitosas risas. El propio Cerón renunció entonces a su colérico propósito. Sus amigos estimulaban a los rivales fatigados, elegían campeones, cruzaban apuestas, promovían disputas entre aquellos miserables ansiosos, azuzándolos, como se hace con los perros que riñen. Cuando un tullido logró apoderarse de un dracma, las exclamaciones de los que le azuzaban llegaron a las nubes. Los jóvenes decidieron también echar monedas al aire, y quedó la plaza convertida en un campo de hombres y de espaldas, que, bajo una lluvia de monedas, se entrechocaron unos y otras como el oleaje de un mar alborotado. Ya nadie se acordaba de Pafnucio.

Nicias corrió hacia él para cubrir lo con su manto y llevarlo con Thaïs por callejuelas, donde ya no fueron perseguidos. Anduvieron así largo trecho, silenciosos, y, al considerarse libres completamente, se detuvieron, y Nicias dijo en tono de burla, pero algo pesaroso:

—¡Ya está hecho! Plutón raptó a Proserpina, y Thaïs quiere alejarse de nosotros con mi huraño amigo.

—Es cierto, Nicias —adujo Thaïs—, porque ya me fatigaba la vida en contacto con hombres como tú, sonrientes, perfumados benévolos, egoístas. Aburrida en absoluto de todo cuanto conozco, voy en busca de lo desconocido. He comprobado que lo que llamas goce no es goce: este hombre me prueba que se halla en el dolor el goce verdadero, y lo he creído, segura de que sólo él posee la verdad.

—Y yo, alma mía —repuso Nicias, sonriente—, poseo las verdades. El conoce sólo una; yo las conozco todas, luego mi riqueza es mayor, y, en verdad, no por ello me siento más orgulloso ni más feliz con tener tanto.

Y como Pafnucio le miraba con ojos relampagueantes, prosiguió:

—Querido Pafnucio, no supongas que me parezcas profundamente ridículo, ni siquiera faltó en absoluto de razón. Y si comparo mi vida con la tuya, no sabría decir cuál es preferible. Ahora voy a tomar un baño que Crobila y Mirtala me habrán preparado; comeré un ala de faisán del Faso; luego leeré por centésima vez alguna fábula milesia o algún tratado de Metrodoro. Tú, volverás a tu celda, donde, arrodillado como un camello dócil rumiarás no sé qué fórmulas de encantamiento de mucho atrás mascadas y remascadas, y por la noche, cenarás rábanos sin aceite. Pues bien, amigo mío: al realizar esas acciones tan distintas en apariencia, obedeceremos al mismo sentimiento, único móvil de todas las acciones humanas; buscaremos uno y otro nuestra voluptuosidad y nos propondremos un fin común: la dicha, la inalcanzable dicha. No me permito suponer, querida cabeza, que andas equivocado: ni me creo con más razón.

«Y tú, Thaïs mía, ve y regocíjate, sé aún más feliz, si está en lo posible, con abstinencias y austeridades, de como lo fuiste con riquezas y placeres. De cualquier modo, te considero digna de ser envidiada. Porque si en nuestra existencia, obedientes a nuestra naturaleza. Pafnucio y yo hemos perseguido un solo género de satisfacción, tú, querida Thaïs, habrás saboreado en la vida voluptuosidades contrarias que rara vez es dado conocer a una misma persona. En verdad, quisiera convertirme durante una hora en santo de la especie de nuestro querido Pafnucio. Pero es imposible. ¡Adiós, Thaïs! Ve donde te conducen las potencias secretas de tu naturaleza y de tu destino. Vete segura de que mi cariño te acompaña. Reconozco su inanidad: pero ¿podría yo darte algo más que lamentaciones estériles y vanos deseos, como precio de las ilusiones deliciosas que me retuvieron entre tus brazos y de las que sólo me quedan el recuerdo? ¡Adiós, mi bienhechora! ¡Adiós, bondad que fue ignorada, virtud en el misterio, placer de los hombres! ¡Adiós imagen la más adorable de las que la Naturaleza supo crear, con un propósito desconocido, sobre la superficie de este mundo decepcionador!».

Mientras hablaba Nicias, en el corazón del monje se revolvía una hirviente cólera, que al fin estalló en imprecaciones.

—¡Déjame ya, maldecido! ¡Sólo me inspiras odio y desprecio! ¡Déjame, hombre infernal! Mil veces más perverso que los infelices extraviados que poco ha me injuriaban y me apedreaban. Ellos no saben obrar de otro modo, pero la gracia de Dios, que yo imploro para ellos, podrá descender a sus corazones algún día. En cambio tú, detestable Nicias, no eres más que veneno pérfido y acerba ponzoña. El aliento de tu boca exhala desesperación y muerte. Una sola de tus sonrisas contiene más blasfemia de las que salen en todo un siglo de los labios humeantes de Satán. ¡Apártate, réprobo!

Nicias le oía y le miraba compasivo.

—¡Adiós, hermano mío —le dijo—, y ojalá puedas conservar hasta el aniquilamiento final esos tesoros de fe, de odio y de amor! ¡Adiós, Thaïs! Inútil será que me olvides, porque vivirás en el recuerdo que guardaré de ti.

Se alejó por las calles tortuosas cercanas a la gran necrópolis de Alejandría, donde habitan los alfareros funerarios en cuyas tiendas abundan las figulinas de arcillas, pintadas con suaves colores, imágenes de los dioses y las diosas; mujeres, mimos y geniecillos alados, que suelen ser enterrados con los muertos. Pensó que tal vez algunos de aquellos frágiles simulacros que allí contemplaba serían los compañeros de su sueño eterno, y le pareció que un pequeño Eros reía burlonamente. La idea de sus funerales, imaginados en aquel momento, le fue penoso. Para remediar su tristeza, refugiado en la filosofía, construyó un razonamiento.

»Verdaderamente —se dijo— el tiempo no tiene realidad. Es un puro engaño de nuestra imaginación. Pero ¿cómo, si no existiese, podría traerme la muerte? Es decir, ¿que mi vida no terminará? No; pero se deduce que mi suerte es, y fue siempre, lo que siempre será. No la siento aún; sin embargo, existe. No debo temerla, porque sería una locura temer la llegada de lo que ha llegado. Existe como la última página de un libro que leo sin haberlo acabado.

Semejante razonamiento le acompañó, sin distraerle, durante su camino: tenía el alma ensombrecida cuando, llegado al umbral de su casa, oyó las alegres risas de Crobila y de Mirtala que jugaban a la pelota mientras le aguardaban.

Pafnucio y Thaïs salieron de la ciudad por la Puerta de la Luna, y avanzaron por la orilla del mar.

El monje le decía:

—Mujer, todo ese inmenso mar azul no bastaría para lavar tus manchas.

Le hablaba colérico y despreciativo.

—Más inundada que las jabalinas y las perras, prostituiste con paganos y con infieles un cuerpo que el Eterno había formado para hacer de él un tabernáculo, y tus impurezas fueron tales que, al conocer ahora la verdad, ya no pueden cerrar tus labios o unir tus manos sin que el asco de ti misma te procure náuseas.

Ella le seguía dócilmente por ásperos caminos, bajo el sol ardoroso. La fatiga quebraba sus rodillas y la sed inflamaba su aliento. Pero, lejos de sentir esa falsa piedad que ablando los corazones profanos, Pafnucio se complacía con los padecimiento expiadores de aquella carne pecadora. En el transporte de un santo celo, quisiera desgarrar con azotes aquel cuerpo que conservaba su belleza como un testimonio brillante de su infamia. Sus meditaciones mantenían su piadoso furor, y al recordar que Thaïs había recibido a Nicias en su lecho lo imaginó en forma abominable que toda su sangre refluyó hacia el corazón y su pecho estuvo en peligro de estallar. A sus anatemas, ahogados en la garganta, siguieron rechinamientos de los dientes. Avanzó, se irguió ante ella, pálido, terrible, rebosante de Dios; la miró hasta el fondo del alma y la escupió al rostro.

Tranquila, ella secose la cara sin detener su paso. Él iba detrás, con los ojos puestos en ella, como si se asomase a un abismo. Continuaba santamente irritado. Quería vengar a Cristo para que Cristo no tuviera que vengarse, cuando vio una gota de sangre que un pie de Thaïs dejaba sobre la arena. De pronto sintió el alivio de una piedad imprevista que penetraba en su corazón abierto. Asomaron sollozos a sus labios rodaron lágrimas por sus mejillas, y fue a prosternarse ante ella. La llamó hermana, besó sus pies ensangrentados: cien veces repetía:

—¡Mi hermana, mi hermana! ¡Mi madre! ¡Mi santa!

Y rezó:

«Ángeles del cielo: recoged amorosos esa gota de sangre y llevadla ante el trono del Señor. Haced que florezca una anémona milagrosa en este lugar arenoso regado por la sangre de Thaïs, para que todos los que vean esa flor recobren la pureza del corazón y de los sentidos. ¡Oh santa, santa, muy santa Thaïs!».

Mientras así rezaba y profetizaba, pasó por allí un joven montado sobre un asno. Pafnucio le ordenó que se apease; puso a Thaïs sobre la albarda, tomó la brida y siguió camino adelante. Al anochecer llegaron a un canal sombreado por bellos árboles. Ató el asno al tronco de una palmera y partió con Thaïs un pan que comieron espolvoreado con sal y con hisopo. Bebían el agua fresca en la palma de la mano y hablaban de las cosas eternas. Ella decía:

—Jamás he bebido agua tan pura ni respirado aire tan grato; siento que Dios flota en las brisas que pasan.

Pafnucio respondía:

—Es el atardecer, ¡oh hermana mía! Las oscuridades azuladas de la noche cubren las colinas. Pero pronto verás brillar la aurora en los tabernáculos de vida; pronto verás encenderse las rosas de la mañana eterna.

Caminaron toda la noche, y mientras el creciente de la Luna rozaba la cima plateada de las olas, entonaban salmos y cánticos. Al salir el sol, vieron el desierto extenderse ante su vista como una inmensa piel de león sobre la tierra líbica. En la margen del arenal se alzaban celdas blancas cerca de las palmeras, en la aurora.

—Padre mío —preguntó Thaïs—, ¿son esos los tabernáculos de vida? —Tú lo has dicho, hija y hermana mía; esa es la casa de salud donde te encerrarán mis manos.

Pronto descubrieron el ir y venir de mujeres que se afanaban junto a las moradas ascéticas como abejas en torno a las colmenas. Algunas amasaban el pan, otras cocían las legumbres; varias hilaban lana, y la luz del cielo descendía sobre ellas como una sonrisa de Dios. Las había que meditaban a la sombra de los tamarindos; sus blancas manos pendían ociosas porque, rebosantes de amor, habían escogido la parte de Magdalena, y no realizaban más trabajos que la oración, la contemplación y el éxtasis. Por eso las llamaban Marías, y su túnica era blanca. Y las que hacían trabajos manuales eran llamadas Martas, y vestían túnicas azules. Todas iban cubiertas con velos, pero las más jóvenes dejaban asomar sobre su frente mechones de cabellos; y es necesario suponer que a pesar suyo, pues la regla no lo permitía. Una dama de mucha edad, alta y canosa, iba de celda en celda, apoyada sobre un báculo de madera dura. Pafnucio se aproximó a ella con respeto, besó la orilla de su velo, y dijo:

—¡La paz del Señor sea contigo, venerable Albina! Traigo a la colmena de que eres reina una abeja que he hallado perdida en un camino sin flores. La he tomado en la palma de mi mano y la he infundido calor con mi aliento. Te la entrego.

Y tendió el brazo hacia la comedianta, que se arrodilló ante la hija de los Césares.

Detuvo Albina un momento sobre Thaïs su mirada penetrante, la ordenó levantarse, la besó en la frente y después, volviéndose hacia el monje, dijo:

—La pondremos entre las Marías. Entonces le contó Pafnucio por qué caminos Thaïs había sido conducida a la casa de salud y pidió que fuese primero encerrada en una celda. La abadesa consintió en ello, condujo a la penitente a una cabaña que había quedado vacía desde la muerte de la virgen Leta, que la santificó. En aquel estrecho recinto no había más que un lecho, una mesa y un cántaro. Cuando Thaïs puso el pie en el umbral, se sintió penetrada de un infinito gozo.

—Yo mismo quiero cerrar la puerta —dijo Pafnucio— y poner el sello que Jesús vendrá a romper con sus manos.

Tomó junto a la fuente un puñado de arcilla húmeda; le añadió un cabello de su barba con un poco de saliva y lo aplicó en la juntura de la puerta. Después, aproximose al ventanillo junto al que se hallaba Thaïs apaciblemente; cayó de rodillas, alabó tres veces al Señor y exclamó:

—¡Qué amable es la que avanza por los senderos de vida! ¡Qué bellos son sus pies, y qué resplandeciente su rostro!

Se levantó; echose la cogulla sobre los ojos y se alejó a paso lento.

Albina llamó a una de sus vírgenes.

—Hija mía —la dijo—, ve a llevar a Thaïs lo necesario: pan, agua y una flauta de tres agujeros.

III. El euforbio

Pafnucio estaba de regreso en el santo desierto. Cerca de Atribis había tornado el barco que subía por el Nilo con víveres para el monasterio del abad Serapión. Cuando desembarcó le salieron al encuentro sus discípulos, con grandes demostraciones de alegría. Unos alzaban los brazos al cielo: otros, prosternados en tierra, besaban las sandalias del abad. Porque sabían ya lo que había realizado el santo en Alejandría. Así era cómo los monjes recibían ordinariamente, por maneras desconocidas y rápidas, los avisos que interesaban a la seguridad y a la gloria de la Iglesia. Las noticias corrían por el desierto con la rapidez del simún.

Y mientras Pafnucio hundía sus pies en los arenales, sus discípulos le seguían con alabanzas al Señor. Flaviano, que era el más antiguo de sus hermanos, impulsado de pronto por un piadoso delirio, se puso a cantar un cántico inspirado:

»¡Bendito día! ¡He aquí que se nos devuelve a nuestro padre! ¡Vuelve a nosotros, cargado de nuevos méritos, cuyo premio nos será tenido en cuenta!

»Porque las virtudes del padre son la riqueza de los hijos y la santidad del abad embalsama las celdas.

»Pafnucio, nuestro padre, acaba de dar a Jesucristo una nueva esposa.

»Ha cambiado, por su arte maravilloso, a una oveja negra en una oveja blanca.

»Y he aquí que vuelve a nosotros cargado de nuevos méritos. Semejante a la abeja de la Arsinótida, que liba el néctar de las flores.

Comparable al carnero de Nubla, que apenas puede soportar el peso de su abundante lana.

«¡Para celebrar este día, sazonaremos nuestras viandas con aceite!». En el umbral de la celda del abad se pusieron todos de rodillas y dijeron:

—¡Que nuestro padre nos bendiga, y nos dé a cada uno la ración de aceite para festejar su regreso!

Nada más Pablo el Simple continuó en pie; y preguntaba: «¿Quién es ese hombre?», sin reconocer a Pafnucio. Pero nadie se preocupó de lo que decía, porque su falta de inteligencia era tan notoria, como era infinita su piedad.

El abad de Antinoe, retirado en su celda, reflexionaba:

«Por fin he recobrado el asilo de mi reposo y de mi felicidad. Regresé a la ciudadela de mi contento. ¿De qué proviene que este querido techo de cañas no me acoge como amigo, y que las paredes no me digan: “¡Bien venido seas!”? Desde que me fui, nada varió en esta morada predilecta. Están aquí mi mesa y mi lecho. Aquí está la calavera que me inspiró tantos pensamientos saludables, y este es el libro donde tan a menudo he buscado las imágenes de Dios. Sin embargo, no encuentro nada de lo que dejé. Las cosas se me aparecen tristemente despojadas de lo que me atraía en ellas, y creo verlas hoy por primera vez. Esta mesa y este lecho, que tiempo atrás construyeron mis manos, esa calavera descarnada, esos rollos de papiros cubiertos con las palabras que Dios me dictó, me parecen los muebles de un difunto. Después de haberlos conocido tanto, no los reconozco. ¡Ay! Puesto que, en realidad, nada ha cambiado en torno mío, seré yo el que ha dejado aquí de ser quien era. Soy otro. ¡Soy el difunto! ¿Qué ha sido de mí? ¡Dios mío! ¿Qué se ha llevado el que ya no es? ¿Qué me ha dejado? ¿Quién soy?».

Sobre todo, le preocupaba encontrar, a pesar suyo, pequeña la celda, cuando al medirla con los ojos de la fe debiera parecerle inmensa, puesto que allí empezaba el infinito de Dios.

Después de rezar, con la frente en el suelo, recobró algo de gozo. Apenas llevaba una hora de oración cuando la imagen de Thaïs cruzó ante su vista, y mostrose agradecido a Dios.

«¡Jesús!, eres tú quien me la envía. Reconozco en ello tu inmensa bondad; quieres que me tranquilice, me serene y me reconforte con la presencia de la que puse a tu amparo, y ofreces a mis ojos su sonrisa, que ya no provoca; su gracia, ya inocente: su belleza, cuyo aguijón he arrancado. Para complacerme, Dios mío, me la ofreces tal como yo la he adornado y purificado para ti, como un amigo recuerda, sonriente, a su amigo el agradable regalo que de él recibió. Por esto miro a esa mujer con agrado, seguro de que su imagen viene de ti. Quieres recordarme que te la he dado, Jesús mío. Guárdala, puesto que te place, y, sobre todo, no permitas que sus encantos brillen para otros; haz que sólo sean para Ti».

No le fue posible dormir en toda la noche, y veía más claramente a Thaïs de como la vio en la gruta de las Ninfas. Se dio cuenta de ello, y dijo:

«Lo que hice, lo hice para la gloria de Dios».

Pero le sorprendía hondamente sentir inquietud en su corazón, y suspiraba:

«¿Por qué, alma mía, estás triste y por qué me turbas?».

Y en su alma rebosaba la inquietud. Treinta días pasó en aquel estado de tristeza, presagio de pruebas terribles. La imagen de Thaïs no le abandonaba ni de día ni de noche. No intentó ahuyentarla, porque no puso en duda la intervención divina y firmemente la supuso imagen de una santa. Pero una mañana le visitó en sueños, con la cabellera ceñida por una corona de violetas, y tan provocativa en su dulzura, que Pafnucio gritó espantado y despertó cubierto de un sudor frío. Cuando aún tenía los ojos cerrados por el sueño, sintió como un aliento húmedo y ardiente que le rozaba las mejillas; y un pequeño chacal, con las dos manos apoyadas en la cabecera del lecho, le acercaba su fétida respiración a la nariz y reía guturalmente.

Pafnucio sintió un inmenso asombro al parecerle que una torre se hundía bajo sus pies, y en realidad caía desde lo alto de su confianza derrumbada. Estuvo largo rato sin poder hilvanar sus pensamientos, y cuando hubo recobrado sus facultades la meditación acrecentó sus preocupaciones, y se dijo:

«Una de dos: o bien esta visión, como las precedentes, me la mandaba el Cielo y fue mi perversidad nativa lo que la malogró, como el vino se agria en un recipiente impuro (he trocado indignamente la edificación en efecto escandaloso y he dado así al chacal diabólico una inmensa ventaja) o bien esa visión procedía del diablo y no de Dios, y era empecatada. En este caso, no me quedaría otro remedio que dudar si las anteriores tuvieron, según creí, celestial origen; y para redimir este juicio me falta el discernimiento indispensable a un asceta. En los dos casos, Dios me impone un alejamiento de su gracia, cuyo efecto está claro, pero no está claro el motivo que lo determinó».

Así razonaba, y se preguntaba con angustia:

«Justo Dios, ¿qué pruebas reservas a tus servidores, si las apariciones santificadas son un peligro para ellos? ¡Dame a conocer, con un signo inteligible, lo que proviene de Ti y lo que proviene del otro!».

Y como Dios, cuyos designios son impenetrables, no juzgó conveniente iluminar a su servidor. Pafnucio, hundido en la duda, resolvió no pensar más en Thaïs. Pero su resolución resultaba estéril. La ausencia no le abandonaba. Era testigo permanente de sus lecturas, de sus meditaciones, de sus rezos, de sus arrobos; y su aproximación ideal iba precedida de un rumor ligero, como el que produce la tela de un vestido de mujer que roza el suelo al andar. Aquellas visiones tenían una exactitud que no muestran las realidades, por naturaleza movedizas y confusas, mientras que los fantasmas procedentes de la soledad traen profundos caracteres y ofrecen una fijeza poderosa. Se le aparecía de diferentes maneras: ya cavilosa, ceñida la frente por su postrer corona perecedera, vestida como en el banquete de Alejandría, con un traje color malva bordado con flores de plata; ya voluptuosa, envuelta en la nube de sus velos ligeros y bañada por la tibia luz de la gruta de las Ninfas; ya piadosa y radiante, bajo el sayal, con un júbilo celeste; ya trágica, los ojos anegados en el horror de la muerte y el pecho desnudo, sin más adorno que sangre de su corazón herido. Lo que más le inquietaba en esas visiones era que las coronas, las túnicas, los velos que sus manos habían quemado, pudiesen de tal modo aparecer nuevamente. Creía indudable que aquellos objetos tenían un alma imperecedera, y exclamaba:

«¡He aquí de qué modo las almas innumerables de los pecados de Thaïs vienen a mí!».

Cuando volvía la cabeza estaba Thaïs a su espalda y no sentía menos inquietud. Sus angustias eran crueles; pero como su alma y su cuerpo permanecían puros entre las tentaciones, confiaba en Dios y se lamentaba con ternura:

«¡Dios mío!, cuando fui en su busca, tan lejos entre los gentiles, lo hice para entregártela, no para mí. No considero justo que yo sufra por lo que hice por Ti. Protégeme, dulce Jesús mío, mi Salvador. ¡Sálvame! No permitas que el fantasma logre lo que el cuerpo no ha conseguido. Cuando he triunfado de la carne, no toleres que la sombra me venza. Comprendo que me hallo ahora más en peligro que nunca me hallé. Veo con espanto que tienen los sueños más poder que la realidad. ¿Y cómo podría ser de otro modo, cuando son los sueños una realidad superior? Son las almas de las cosas. El mismo Platón es cierto que fue idólatra, pero reconocía una existencia propia en las ideas. En ese banquete de los demonios donde me acompañaste, Señor, vi a hombres, en verdad, manchados por los crímenes, pero evidentemente no desprovistos de inteligencia; de acuerdo en que se nos presentan en la soledad, en la meditación y en el éxtasis objetos verdaderos; y tu Escritura, Dios, atestigua muchas veces la virtud de los sueños y la fuerza de las visiones formadas unas veces por Ti, magnífico Dios, y otras veces por tu adversario».

Había en él un hombre nuevo, que razonaba con Dios, y Dios no se daba prisa en iluminarlo. Sus noches eran solamente una prolongada soñación, y sus días no se distinguían de las noches. Una mañana se despertó entre suspiros tan hondos como los que brotan a la luz de la luna de las tumbas donde yacen las víctimas del crimen. Se le había presentado Thaïs, y le mostraba sus pies ensangrentados. Mientras él lloraba, ella se había deslizado en su lecho. Ya no era posible dudar: las imágenes de Thaïs eran imágenes impuras.

Con el corazón rebosante de repugnancia saltó del lecho envilecido y ocultó el rostro entre las manos para no ver la luz del día. Pasaban las horas sin librarle de su vergüenza. Por primera vez de muchos días atrás, Pafnucio estaba solo. Por fin había desaparecido el fantasma, pero hasta su ausencia era espantable. Nada podía borrar en su imaginación la huella de aquel ensueño. Y reflexionaba horrorizado:

«¿Cómo no la rechacé? ¿Cómo no pude librarme del contacto de sus brazos fríos y de sus rodillas ardorosas?».

Ya no se atrevía a pronunciar el nombre de Dios cerca de aquel lecho abominable, y temió que por estar profana su celda los demonios entrasen en ella libremente a cualquier hora. Sus temores no le engañaban. Los siete pequeños chacales, retenidos en otro tiempo en el umbral, penetraban en fila y se fueron a meter debajo del lecho. A la hora de vísperas compareció el octavo, cuyo olor era infecto. Al día siguiente, un noveno se unió a los otros, y pronto hubo allí treinta; luego, sesenta; después, ochenta. Eran menores a medida que aumentaba su número, y llegaron a tener el tamaño de ratas. Cubrían el suelo, el lecho y el escabel. Uno de ellos, que había saltado al anaquel corrido sobre la cabecera del lecho, estaba con las cuatro patas juntas encima de la calavera y miraba al monje con los ojos encendidos. A diario acudían más chacales.

Para expiar la abominación de su pesadilla y huir de los pensamientos impuros, Pafnucio resolvió dejar su celda, ya inmunda, y entregarse en pleno desierto a inauditas austeridades, a singulares trabajos, a obras novísimas. Pero antes de realizar su propósito decidió avistarse con el anciano Palemón para pedirle consejo.

Lo encontró en su huerto. Regaba sus lechugas al declinar la tarde. Corría el Nilo azul junto a las colinas violeta. El santo varón andaba despacio para no espantar a una paloma que se había posado sobre su hombro.

—El Señor —dijo— sea contigo, hermano Pafnucio. ¡Admira su bondad! Me envía los animales que ha creado para que yo me distraiga con ellos y les hable de sus obras, para que se le glorifique ante las aves del cielo. Mira esta paloma: repara en los cambiantes matices de su cuello y di si no es una bella obra de Dios. Pero… ¿no tienes, hermano mío, que hablarme de algún piadoso asunto? Si es así dejaré de regar para atenderte.

Pafnucio refirió al anciano su viaje, su regreso, las visiones de sus días, los sueños de sus noches, sin omitir el ensueño criminal y la invasión de los chacales.

—¿No piensas, padre mío —añadió—, que debo hundirme en el desierto para entregarme a trabajos extraordinarios y vencer al demonio con mis austeridades?

—No soy más que un pobre pecador —respondió Palemón—, y conozco poco a los hombres por haber pasado toda mi vida en este huerto con las gacelas, los lebratos y los pichones. Pero me parece, hermano mío, que tu mal viene sobre todo de que pasaste, sin transición, de las agitaciones del siglo a la calma de la sociedad. Esos bruscos cambios suelen ser perjudiciales a la salud del alma. Te ocurre, mi hermano, lo mismo que a un hombre que sufre casi a la vez un ardoroso calor y un frío intenso. La tos le agita y la fiebre le atormenta. En tu lugar, hermano Pafnucio, lejos de retirarme de pronto a un espantoso desierto, buscaría las distracciones convenientes a un santo abad. Visitaría los monasterios próximos. Los hay admirables, según es su fama; el del abad Serapión contiene, me han dicho, mil cuatrocientas treinta y dos celdas, y los monjes allí están distribuidos en tantas legiones como letras hay en el alfabeto griego. Incluso aseguran que se observan ciertas relaciones sobre el carácter de los monjes y la figura de las letras que los designan, y que, por ejemplo, los que están colocados bajo la Z tienen el carácter tortuoso, mientras que los legionarios puestos bajo la I tienen el espíritu perfectamente derecho. Si estuviera yo en tu lugar, hermano mío, no descansaría hasta ver una institución tan maravillosa. Ni dejaría de estudiar las constituciones de las diversas comunidades que se hallan esparcidas sobre las riberas del Nilo, con el propósito de compararlas entre sí. Tales deben ser los cuidados convenientes a un religioso como tú. Acaso no ignoras que el abad Efrén ha redactado reglas espirituales de mucha belleza. Con su permiso podrías copiarlas, tú que eres hábil escriba. Yo no sabría cómo hacerlo, y mis manos, acostumbradas a manejar la azada, no tendrían la ligereza que se necesita para guiar sobre el papiro la delgada caña del escritor. Pero tú, hermano mío, posees el conocimiento de las letras y es preciso que se lo agradezcas a Dios, porque no hay nada tan admirable como una hermosa escritura. El trabajo de copista y el de lector ofrecen grandes recursos contra los malos pensamientos. Hermano Pafnucio, ¿por qué no pones por escrito las enseñanzas de nuestros padres Pablo y Antonio? Poco a poco recobrarás en esos piadosos trabajos la paz del alma y de los sentidos. La soledad volverá a serte grata y te sentirás animado para reanudar los trabajos ascéticos que practicabas en otro tiempo y que tu viaje interrumpió. No hay que prometerse inmenso fruto de una penitencia excesiva. En el tiempo en que nuestro padre Antonio estaba entre nosotros, tenía costumbre de decir: «El exceso de ayunos produce debilidad y la debilidad engendra la inercia. Hay monjes que arruinan su cuerpo con abstinencias indiscretamente prolongadas. Puede decirse de estos que se hunden el puñal en el seno y se entregan inermes al poder del demonio». Así hablaba el santo varón Antonio. Yo no soy más que un ignorante, pero con la gracia de Dios he retenido las palabras de nuestro padre.

Pafnucio se mostró agradecido a Palemón y le prometió meditar sus consejos. Al traspasar el cierre de cañas que limitaba el huertecito, volvió la cabeza y vio al buen hortelano que regaba sus lechugas, mientras la paloma se mecía sobre su hombro, y al observarlo sentía deseos de llorar.

De regreso en su celda encontró allí un extraño hormiguero. Eran como granos de arena removidos por un vendaval furioso, millaradas de chacales diminutos. Aquella noche vio en sueños una alta columna de piedra rematada por una figura humana, y oyó una voz que decía: «¡Sube a esa columna!».

Y al despertar, seguro de que aquella soñación se la procuró el cielo, reunió a sus discípulos y les habló así:

—Bien amados hijos míos, me alejo de vosotros para ir a donde Dios me envía. Durante mi ausencia, obedeced a Flaviano como si fuese yo mismo, y cuidad de nuestro hermano Pablo. Benditos seáis. Adiós.

Mientras él se alejaba permanecieron todos prosternados en tierra. Y al ponerse en pie vieron su figura como una sombra negra en el horizonte de los arenales.

Anduvo día y noche hasta llegar a las ruinas de un templo construido antaño por los idólatras y en el que había dormido entre los escorpiones y las sirenas cuando emprendió su viaje maravilloso. Los muros, cubiertos de signos mágicos, se mantenían firmes. Treinta gigantescos fustes rematados por figuras de rostros humanos o por flores de loto apoyaban enormes vigas de piedra. Tan sólo en el extremo del antiguo templo una de aquellas gráciles columnas había desprendido su carga y se mostraba libre y sola. Su capitel era una cabeza de mujer de rasgados ojos, mofletuda, risueña, con la frente coronada por dos cuernos de buey.

Al verla. Pafnucio reconoció la columna de su ensueño, y calculó aproximadamente su altura de treinta y dos codos. En un pueblo próximo encargó una escalera de suficiente longitud, y cuando la tuvo arrimada a la columna subió al capitel, se arrodilló y dijo al Señor:

—Esta es, Dios mío, la morada que me aconsejaste. Deseo permanecer aquí, en tu gracia, hasta la hora de mi muerte.

No había llevado provisiones, tan confiado en la Providencia divina como seguro de la caridad humana. Y acertó; porque al día siguiente, hacia la hora nona, ya fueron algunas mujeres con sus hijos a llevarle pan, dátiles y agua pura, que los muchachos le subieron.

No era bastante ancho el capitel para echarse a lo largo, de manera que dormía Pafnucio con las piernas cruzadas y la cabeza sobre el pecho, y así, el sueño era para él más fatigoso que la vigilia; al amanecer, los gavilanes, que le rozaban con sus alas, le despertaban con angustia y espanto.

Como el carpintero que hizo la escalera era temeroso de Dios, conmovido al ver al santo expuesto al sol y a la lluvia, y temeroso de que pudiera caerse mientras dormía, con piedad inmensa construyó sobre la columna un tejadillo y una balaustrada.

El suceso de una existencia tan maravillosa circulaba por el poblado. Los labradores del valle iban, el domingo, con sus mujeres y sus hijos a visitar al estilita. Los discípulos de Pafnucio, enterados ya del sublime retiro, fueron donde él y obtuvieron el favor de construirse cabañas al pie de la columna. Cada mañana se ponían en círculo alrededor y el maestro les exhortaba con reflexiones edificantes:

—Hijos míos —les decía—, conservaos semejantes a los niños que Jesús amaba. En la inocencia está la salud. El pecado de la carne es fuente y principio de todos los pecados; nacen de él como de un padre. El orgullo, la avaricia, la pereza, la cólera y la envidia, con su posteridad indudable. Sabed lo que vi en Alejandría: Vi a los ricos arrastrados por el vicio de la lujuria, que, semejante a un río de cauce fangoso, los empujaba al amargo abismo.

Los abades Efrén y Serapión, enterados de aquella novedad, quisieron verlo con sus propios ojos. Y al divisar a lo lejos, sobre el río, la blanca vela que los conducía hacia él, Pafnucio no pudo sustraerse a la idea de que Dios le había erigido para ejemplo de los solitarios. Llegados allí, los dos santos abades no disimularon su sorpresa, y después de hablarse quedaron de acuerdo en censurar una penitencia tan excesiva, y exhortaron a Pafnucio para que renunciase a prolongarla.

—Tal género de vida es contrario al uso —decían—, es único y se sale de toda regla.

Pero Pafnucio les objetó:

—¿Qué es la vida monacal sino una vida prodigiosa? Y los trabajos del monje, ¿no deben ser singulares como él mismo? Por una indicación de Dios estoy donde me veis, y sólo otra indicación suya me haría renunciar.

Todos los días llegaban religiosos para unirse a los discípulos de Pafnucio, y se construían abrigos en torno a la ermita aérea. Varios de ellos, para imitar al santo, se izaron sobre los escombros del templo, pero la censura de sus hermanos y lo fatigoso de su empresa les hizo renunciar a tales prácticas.

Afluían los peregrinos. Algunos acudían desde muy lejos, y llegaban hambrientos y sedientos. A una pobre viuda se le ocurrió venderles agua fresca y sandías. Al pie de la columna, detrás de sus cacharros de arcilla, sus tazas y sus frutas, bajo un toldo con listas azules y blancas, pregonaba: «¿Quién quiere beber?». Animado por el ejemplo de la viuda, un panadero llevó ladrillos y construyó un horno con la esperanza de vender panes y pasteles. Como la muchedumbre de visitantes aumentaba sin cesar y desde las principales poblaciones de Egipto acudían forasteros, un hombre, ávido de ganancias, construyó un edificio capaz de alojar a los señores con sus criados, sus camellos y sus mulos. Pronto hubo allí, ante la columna, un mercado, al que los pescadores del Nilo llevaban sus peces y los hortelanos sus verduras. Un barbero, que afeitaba al aire libre, alegraba a la multitud con sus graciosas ocurrencias. El antiguo templo, dormido años y años en el silencio y la paz, despertó con los ajetreos y los rumores innumerables de la vida. Los figoneros transformaban en bodegas los subterráneos y clavaban en los antiguos pilares muestras encabezadas con la imagen del santo varón Pafnucio, sobre la siguiente inscripción en griego y en egipcio: «Se vende aquí vino de granadas, de higos y la verdadera cerveza de Cilicia». Sobre los muros, con relieves de figuras antiguas, los vendedores colgaban guirnaldas de cebollas y de pescados ahumados, liebres y corderos. Por la noche, los antiguos habitantes de las ruinas, las ratas, huían en largas filas hacia el río, mientras los ibis, inquietos, estiraban el cuello y posaban una pata insegura sobre las cornisas, hacia las que ascendían, con la humareda de las cocinas, las voces de los bebedores y los gritos de las sirvientas. Alrededor, los agrimensores trazaban calles, los albañiles construían conventos, capillas, iglesias. Al cabo de seis meses existía una ciudad, con su cuerpo de guardia, su tribunal, su cárcel y su escuela, regida por un viejo escriba ciego.

Incesantemente llegaban peregrinaciones. Los obispos acudían, admirados; el patriarca de Antioquía, residente por entonces en Egipto, fue con todo su clero. Aprobó plenamente la conducta extraordinaria del estilita, y los jefes de las iglesias de Libia siguieron, en ausencia de Atanasio, el sentimiento del patriarca. Sabido esto por los abades Efrén y Serapión, fueron a ofrecer sus excusas, a los pies de Pafnucio, por su primitiva desconfianza, y Pafnucio les respondió:

—Sabed, hermanos míos, que la penitencia que cumplo casi no compensa las tentaciones que me son enviadas y cuyo número y tenacidad me asombran. Un hombre, visto desde fuera, es pequeño, y desde lo alto del pedestal donde Dios me ha traído, veo a los seres humanos agitarse como las hormigas. Pero considerado por dentro, el hombre es grande como el mundo, y contiene al mundo en su pensamiento. Lo que se descubre ante mí, esos monasterios, esas hospederías, esas barcas sobre el río, esos pueblos, y lo que se ve a lo lejos, campos, canales, arenales y montañas, todo eso nada es comparado con lo que hay en mí. Llevo en mi corazón ciudades innumerables y desiertos ilimitados. El mal, el mal y la muerte, extendidos sobre la inmensidad, la cubren como la noche cubre la tierra. Yo soy todo un vasto universo de maléficas inclinaciones.

Hablaba de ese modo porque el deseo de la mujer perduraba en él. Al séptimo mes acudieron de Alejandría de Bubastis y de Sais mujeres que, largo tiempo estériles, confiaban en obtener hijos por la intercesión del santo y la virtud de la columna. Frotaban contra la piedra sus vientres infecundos. Luego llegaron innumerables carros, literas, parihuelas, que se detenían, se amontonaban, se empujaban, bajo el nombre de Dios. Aparecían lisiados cuya presencia horrorizaba. Las madres presentaban a Pafnucio sus hijos, ya mayores, con las piernas torcidas, los ojos en blanco, la boca espumante, cascada la voz, y él extendía sobre cada uno las manos. Los ciegos se aproximaban con los brazos tendidos y levantaban la cabeza con dos cavidades sanguinolentas. Los paralíticos le mostraban su inmovilidad abrumadora, su flacura mortal y el repugnante retorcimiento de sus extremidades: los cojos le presentaban su pata de palo, y los cancerosos, al arañárselo con ambas manos, descubrían el pecho carcomido por un buitre invisible. Mujeres hidrópicas, al ser dejadas en el suelo, parecían odres recién descargados. Y Pafnucio les daba a todos su bendición. Nubios inválidos por la lepra elefantina se adelantaban con torpe andar; le miraban con ojos llorosos, y él hacía sobre ellos la señal de la cruz. Le presentaron sobre una camilla a una muchacha de Afroditópolis, la cual, después de haber escupido sangre, llevaba tres días de profundo sueño. Parecía una figura de cera, y sus padres, que la daban por muerta, le pusieron una palma encima del pecho. Pafnucio le rezó una oración, y la muchacha movió la cabeza y abrió los ojos.

Como las gentes no dejaban de comentar y enaltecer los milagros del santo, los infelices que padecían la dolencia llamada por los griegos «mal divino» acudían desde los más lejanos parajes de Egipto en verdaderas legiones, y apenas veían de lejos la columna, sentíanse atacados de convulsiones, se revolcaban por el suelo, se desazonaban frenéticos o se constreñían apáticos. Y era lo increíble que todos los presentes, agitados a su vez por un violento delirio, repetían las contorsiones de los epilépticos. Monjes y peregrinos, hombres y mujeres, se revolcaban, se golpeaban contra el suelo y tragaban puñados de tierra, mientras Pafnucio, desde su columna, sentía estremecimientos angustiosos y clamaban en imploraciones a Dios.

—Soy el macho cabrío mensajero y tomo sobre mí las impurezas de todos, por lo cual, Señor, invaden mi cuerpo los espíritus infernales.

Cada vez que un enfermo se iba restableciendo, los presentes lo aclamaban y le seguían como a un triunfador, sin dejar de repetir:

—Acabamos de ver otra fuente de Siloc.

Centenares de muletas rodeaban ya la columna milagrosa; mujeres agradecidas al beneficio que hallaron, colgaban en ella coronas e imágenes votivas. Los griegos escribían dísticos ingeniosos, y como cada peregrino grababa su nombre, pronto estuvo la piedra cubierta, hasta la altura de un brazo tendido, por una infinidad de caracteres latinos, griegos, coptos, púnicos, hebreos, siríacos y mágicos.

Cuando llegaron las fiestas de Pascua, hubo en aquella ciudad milagrosa afluencia de gente, y los ancianos lo consideraban como un renacer de los tiempos antiguos. Allí se mezclaban y confundían la vestidura egipcia, de llamativos colores, el albornoz arábigo, la toga de anchos pliegues de los romanos, los sayos y las bragas rojas de los bárbaros y las túnicas franjeadas con oro de las cortesanas. Pasaban mujeres con velo, sobre sus asnos, precedidas por eunucos negros, que a palos desbrozaban el camino. Sobre una alfombra extendida, realizaban los titiriteros trabajos de gimnasia y destreza, rodeados por un círculo de público atento. Los encantadores de serpientes, con los brazos en alto, desarrollaban sus cinturones vivos. Aquella muchedumbre brillaba, centelleaba, levantaba polvo, charlaba, clamaba, atronaba. Las imprecaciones de los camelleros que golpeaban a sus bestias, los gritos de los mercaderes que vendían amuletos contra la lepra y el mal de ojo, la salmodia de los monjes, que cantaban versículos de la Escritura, los maullidos de las mujeres atacadas por la crisis profética, el canturreo de los mendigos, que repetían viejas canciones de harén, el balido de los corderos, el rebuznar de los asnos, las voces de los marineros que anunciaban la partida; tantos rumores y ruidos confusos armaban un estrépito ensordecedor, en el que sobresalía el estridente pregón de los negritos desnudos, vendedores de dátiles recién cogidos.

Y todos aquellos seres de índole tan varia, se asfixiaban bajo un cielo blanquísimo, en un ambiente denso, cargado con los perfumes de las mujeres, el hedor de los negros, la humareda de las fritangas y las emanaciones de las resinas que las devotas compraban a los pastores para quemarlas en honor al santo.

Llegada la noche, por todas partes encendían hogueras, antorchas, linternas, y pululaban figuras rojizas junto a las blancas o negras, en la oscuridad. Erguido, y rodeado por un grupo de oyentes en cuclillas, un anciano, con el rostro alumbrado por humeante farol, refería cómo en otro tiempo Bitiu encantó su corazón, se lo arrancó del pecho, lo puso en una acacia y luego se transformó en árbol. Gesticulaba, y sus gestos, proyectados en la sombra, adquirían deformaciones risibles, mientras el auditorio, maravilloso, lanzaba gritos de admiración. En las tabernas, los bebedores, tendidos sobre los divanes, pedían cerveza y vino. Danzarinas, con los ojos pintados y el vientre desnudo, representaban ante ellos escenas religiosas y lascivas. A cierta distancia, los jóvenes jugaban a los dados o a la morra, y los viejos se acoplaban en la oscuridad con las prostitutas. Independiente, sobre aquellas formas inquietas, se alzaba la inmutable columna; la cabeza de los cuernos de vaca tenía los ojos fijos en la oscuridad, y, sobre ella, Pafnucio velaba entre el cielo y la tierra. De pronto apareció la luna en al opuesta orilla del Nilo, semejante al hombro desnudo de una diosa. Las colinas resplandecieron, bañadas de luz, y Pafnucio creía ver la carne de Thaïs brillar entre las claridades de las aguas y entre los zafiros de la noche.

Pasaba el tiempo y el santo seguía sobre su columna. Cuando llegó la época de las lluvias, el agua inclemente, a través de las grietas del tejadillo, empapó su cuerpo; sus brazos y sus piernas, entumecidos, le hacían imposible toda movilidad. Quemada por el sol, enrojecida por el rocío, su piel se cubría de úlceras devoradoras. Pero el deseo de Thaïs le consumía interiormente, y le hacía exclamar:

—¿No es aún bastante, Dios poderoso? ¡Más tentaciones! ¡Más pensamientos inmundos! ¡Más monstruosos deseos! ¡Señor, haz que venga sobre mi toda la lujuria de los hombres, para que yo la expíe! Si es falso que Argos, el perro de Ulises, tomó sobre sí los pecados del mundo, según le oí decir a cierto forjador de imposturas, esa fábula contiene, a mi ver, un oculto sentido, cuya exactitud ahora reconozco. Porque, ciertamente, las inmundicias de los pueblos entran en el alma de los santos para perderse en ella como en un pozo. También las almas de los justos se ven abrumadas con más fango del que jamás contuvo el alma de un pecador. Y te glorifico, Dios mío, por haber hecho de mí el albañal del Universo.

Alzose un día en la ciudad santa un interesante rumor, que llegó hasta los oídos del asceta. Un elevado personaje, uno de los hombres más ilustres, el prefecto de la flota de Alejandría, Lucio Aurelio Cotta, va a llegar, viene, se aproxima.

La noticia era exacta. El viejo Cotta, salido para inspeccionar los canales y la navegación del Nilo, había manifestado en varias ocasiones el deseo de ver al estilita y la nueva ciudad, a la que daban el nombre de Estilópolis. Una mañana, los estilopolitanos vieron el río cubierto de velas. A bordo de una galera dorada, y revestido de púrpura, apareció Cotta, seguido de su flotilla. Echó pie a tierra y se adelantó con un secretario, que llevaba sus tablillas, y su médico, Aristeo, con quien le agradaba conversar.

Tras él iba su séquito numeroso, y la plaza se cubrió de túnicas y de distintivos militares. A poca distancia de la columna se detuvo y fijó la mirada en el estilita, a la vez que enjugaba el sudor de su frente con un pliegue de la toga. Era un espíritu curioso, y muy observador en sus largos viajes. Acariciaba los recuerdos, y tenía el propósito de escribir, después de la Historia púnica, un libro que refiriera todo lo digno de recordación que había observado. Pareció que le interesaba mucho el espectáculo que tenía ante los ojos.

—¡Esto es algo muy singular! —decía, mientras sudaba y resoplaba—. Y, circunstancia digna de ser anotada, ese hombre fue mi huésped. Sí. Ese monje cenó en mi casa el año pasado, y después raptó a una comedianta.

Volviéndose hacia su secretario, prosiguió:

—Hijo, anótalo en mis tablillas: y también las dimensiones de la columna, sin olvidar la figura del capitel.

Y después de enjugarse de nuevo la frente:

—Personas dignas de fe me han asegurado que un año ha subió nuestro monje a esa columna, sin abandonarla desde entonces ni un momento. Aristeo, ¿es posible?

—Muy posible, si se trata de un loco o de un enfermo —respondió Aristeo—. Pero sería imposible para un hombre sano de cuerpo y de espíritu. ¿No sabes, Lucio, que a veces las enfermedades del alma y del cuerpo comunican a los pacientes energías de que no disfrutan los hombres sanos? A decir verdad, realmente no hay ni una buena ni mala salud. Sólo hay diferentes estados del organismo. A fuerza de estudiar lo que llaman enfermedades, he llegado a considerarlas como las formas necesarias de la vida. Me gusta más estudiarlas que combatirlas. Las hay que no se pueden observar sin admiración, y ocultan, bajo un aparente desorden, armonías profundas, y, evidentemente, no faltas de belleza. Por ejemplo, una fiebre cuartana. Con frecuencia, las afecciones del cuerpo determinan una exaltación súbita de las facultades del espíritu. Tú conocías a Creón. De niño, era tartamudo y tonto. Pero después de habérsele partido el cráneo al caer desde lo alto de una escalera, llegó a ser el hábil abogado que todos conocemos. Preciso es que tu monje se halle atacado en alguno de sus órganos internos. Por otra parte, su existencia presente no es tan singular como supones. Lucio; acuérdate de los gimnosofistas de la India, que pueden conservar una inmovilidad completa, no solamente a lo largo de un año, sino durante veinte, treinta y cuarenta años.

—¡Por Júpiter! —exclamó Coita—. ¡Esto es una enorme aberración! Porque nacimos para actuar, y la inercia es un crimen imperdonable, puesto que se comete en perjuicio del Estado. Ignoro a qué principio atribuir una práctica tan funesta. Es verosímil que pueda proceder de ciertos cultos asiáticos. En el tiempo en que yo era gobernador de Siria, vi falos erigidos sobre los propileos de la ciudad de Hera. Un hombre sube allí dos veces al año y permanece durante siete días. El pueblo está convencido plenamente de que tal hombre conversa con los dioses y obtiene de la Providencia divina la prosperidad de la nación. Consideré desprovista de fundamento esa costumbre, pero no hice nada contra ella, porque opino que un buen administrador, lejos de abolir los usos de los pueblos, debe asegurar su observancia. No es atributo del Gobierno imponer las creencias; debe dar facilidades a las que existen, y que, buenas o malas, fueron impuestas por el carácter de las épocas, de los lugares y de las razas. Si trata de combatirlas, se muestra revolucionario, por espíritu tiránico en sus actos, y es justamente aborrecido. Por añadidura, ¿cómo es posible mantenerse libre de las supersticiones del vulgo, si no se comprenden ni se toleran? Aristeo, mi opinión es que dejen a ese nefelococigio en paz y en el aire, sólo expuesto a los ultrajes de los pájaros. No es por la violencia como se le convencería; sino en atención a sus pensamientos y a su fanatismo.

Cotta respiró satisfecho; puso la mano en el hombro de su secretario:

—Muchacho, anota que algunas sectas religiosas consideran recomendable raptar cortesanas y vivir sobre las columnas. Puedes añadir que tales costumbres imponen un culto de las divinidades genésicas. Pero, ya en ese aspecto, debemos interrogarle, y él nos lo dirá.

Levantó la cabeza; se llevó una mano a la frente para defender sus ojos de los rayos del sol y dijo a voces:

—¡Hola, Pafnucio! Si recuerdas que fuiste mi huésped, respóndeme. ¿Qué haces ahí? ¿Por qué subiste y por qué no bajaste? ¿Acaso a la columna en que te asientas le atribuye tu espíritu alguna significación fálica?

Pafnucio tuvo en cuenta el paganismo de Cotta, y no se molestó en contestarle. Pero Flaviano, su discípulo, se aproximó para decir:

—Ilustrísimo señor, este santo varón padece por los pecados del mundo y cura las enfermedades.

Aristeo movió la cabeza.

—Es posible que cure mejor que yo ciertas enfermedades, por ejemplo, la epilepsia, llamada vulgarmente «mal divino», aunque todas las enfermedades sean igualmente divinas, porque todas proceden de los dioses. Pero la causa de semejante dolencia radica en la imaginación, y reconocerás, Lucio, que ese monje, así encaramado sobre una cabeza de dios, se impone a la imaginación de los enfermos con mucha más energía de la que yo dispongo inclinado en mi oficina sobre mis morteros y sobre mis redomas. Hay fuerzas, Lucio, infinitamente más poderosas que la razón y que la ciencia.

—¿Cuáles? —preguntó Cotta.

—La ignorancia y la locura —respondió Aristeo.

—Rara vez he visto algo más curioso de lo que veo en este instante —repuso Cotta—, y quisiera que un día un hábil escritor relatara la fundación de Estilópolis. Pero los espectáculos más raros no deben retener más tiempo del que conviene a un hombre grave y laborioso. Vamos a inspeccionar los canales. ¡Adiós, buen Pafnucio! Mejor dicho, ¡hasta la vista! Si alguna vez bajas a la tierra y vuelves a Alejandría, te ruego que no dejes de ir a cenar a mi casa.

Esas palabras, oídas por los presentes pasaron de boca en boca y publicadas por los adeptos, añadían incomparable esplendor a la gloria de Pafnucio. Piadosas imaginaciones las adornaron y transformaron, y llegó a decirse que el santo, desde su elevada columna, había convertido al prefecto de la flota a la fe de los apóstoles y de los padres de Nicea. Los creyentes daban a las últimas palabras de Lucio Aurelio Cotta un sentido figurado; en sus labios, la cena a que aquel personaje había invitado al asceta se convertía en santa comunión, en espiritual ágape o en banquete celestial. Decían que en el momento en que Cotta, después de larga discusión, había manifestado la verdad, un ángel bajado del cielo enjugó el sudor de su frente. Añadían que el médico y el secretario del prefecto de la flota le habían seguido en su conversión. Y, ante un milagro tan notorio, los diáconos de las principales iglesias de Libia redactaron las actas auténticas. Puede decirse, sin exageración, que desde entonces el mundo entero se sintió dominado por el ansia de ver a Pafnucio, y que tanto en Occidente como en Oriente todos los cristianos volvían hacia él sus deslumbrados ojos. Las más ilustres ciudades de Italia enviaron embajadores, y el César de Roma, el divino Constante, que sostenía la ortodoxia cristiana, le escribió una carta, que los legados le entregaron con un suntuoso ceremonial. Pero una noche, mientras la ciudad surgida a sus pies dormía en el rocío, oyose una voz que decía:

—Pafnucio, tú eres ilustre por tus obras y poderoso por tu palabra. Dios te ha elegido para su gloria y te concede la facultad de hacer milagros, curar enfermedades, convertir idólatras, iluminar a los pecadores, confundir a los arrianos y establecer la paz de la Iglesia.

Pafnucio respondió:

—¡Cúmplase la voluntad de Dios! La voz repuso:

—Levántate, Pafnucio, y ve a encontrar en su palacio al impío Constante, quien lejos de imitar la sabiduría de su hermano Constancio, favorece el error de Arrío y de Marco. ¡Ve! Las puertas de bronce se abrirán para ti y tus sandalias resonarán sobre el pavimento de oro de las basílicas ante el trono de los Césares, y tu voz temible ablandará el corazón del hijo de Constantino. Reinarás sobre la Iglesia pacificada y poderosa, y de igual modo que el alma guía al cuerpo, la Iglesia gobernará el Imperio. Estarás colocado por encima de los senadores, de los condes y de los patricios. Acallarás el hambre del pueblo y la audacia de los bárbaros. Al saber el viejo Cotta que tú eres el principal en el gobierno, pretenderá el honor de lavarte los pies. A tu muerte, llevarán tu cilicio al patriarca de Alejandría, y el gran Atanasio, encanecido en la gloria, lo besará como la reliquia de un santo. ¡Ve!

Pafnucio respondió:

—¡Cúmplase la voluntad de Dios! Enderezose con mucha dificultad, ya dispuesto a poner los pies en la escalera; pero la voz, que adivinaba su pensamiento, le dijo:

—Sobre todo, no bajes así. Esto sería postrarse como un hombre vulgar y desconocerlos recursos de que dispones. Mide mejor tu poder, angélico Pafnucio. Un santo de tu importancia debe tender el vuelo por los aires. Arrójate. Ahí están los ángeles, para sostenerte. ¡Arrójate ya! Pafnucio respondió:

—¡Que la voluntad de Dios reine sobre la tierra, y los cielos! Balanceó sus largos brazos, extendidos como las alas desplumadas de un enorme pájaro enfermo. Iba a lanzarse, cuando de pronto resonó en su oído una risa infernal. Espantado, preguntó:

—¿Quién se ríe de ese modo?

—¡Ah! ¡Ah! —chilló la voz—. Sólo estamos en el comienzo de nuestras relaciones, pero trabarás un día más íntimo conocimiento conmigo. Amado Pafnucio, fui yo quien te hizo encaramar en la columna, y debo testimoniarte mi alegría por la docilidad con que diste satisfacción a mis deseos. ¡Pafnucio, estoy contento de ti!

Pafnucio murmuró con voz estrangulada por el miedo:

—¡Atrás, atrás! Te reconozco; eres el que se llevó a Jesús sobre el pináculo del templo para mostrarle todos los reinos de este mundo. Consternado, se desplomó sobre la piedra.

«¿Cómo no lo he reconocido antes? —pensaba—. Más miserable que esos ciegos, esos sordos, esos paralíticos confiados en mí, llegué a perder sentido de las cosas sobrenaturales, y más depravado que los maniáticos que comen arcilla y se acercan a los cadáveres, ya no distingo los clamores del infierno de las voces del cielo. He perdido hasta el discernimiento del recién nacido, que llora cuando le arrancan del seno de su nodriza, del perro que olfatea el rastro de su amo, de la planta que se vuelve hacia el sol. Soy juguete del demonio. Satanás me trajo aquí. Al traerme sobre este capitel, la lujuria y el orgullo subían conmigo. No es la grandeza de mis tentaciones lo que me consterna; también Antonio, sobre su montaña, las sufrió parecidas, y claramente veo que sus espadas atraviesan mi carne a los ojos de los ángeles. Incluso he llegado a amar mis torturas, pero Dios calla, y su silencio me sorprende. Me abandona; cuando no tengo más que a Él, me deja solo; en el horror de su ausencia, ¡me huye! Quiero correr a su encuentro. Esta piedra me quema los pies. He de alejarme pronto en busca de Dios».

Se acercó a la escalera, que seguía apoyada en la columna; posó en ella los pies. Al bajar un peldaño se encontró cara a cara con la cabeza de la bestia, que le sonreía extrañamente, y comprendió que aquel sitio, donde había creído hallar su reposo y su gloria, era el invento diabólico de su turbación y de su condenación. Bajó apresurado todos los escalones, y al verse en el suelo advirtió que se tambaleaba, porque sus pies habían perdido la costumbre de pisar tierra. Pero al sentir sobre su cuerpo la sombra de la columna maldita, los obligó a correr. Todo en torno dormía. Cruzó, sin ser visto, la gran plaza, rodeada de tabernas, de figones y de posadas, y tomó una callejuela que salía a las colinas líbicas. Un perro le seguía y ladraba. No se detuvo hasta llegar a las primeras arenas del desierto. Avanzó _Por la comarca, donde no había más camino que la ruta de animales selváticos. Dejó atrás las cabañas abandonadas por los monederos falsos, y sostuvo toda la noche y todo el día una fuga desolada.

Por fin, próximo a espirar de hambre, de sed y de fatiga, ignorante aún de si Dios estaba lejos, descubrió una ciudad silenciosa que se extendía a derecha y a izquierda, hasta perderse en la púrpura del horizonte. Las construcciones, aisladas y semejantes una a otras, parecían pirámides truncadas a mitad de su altura. Eran tumbas. Tenían las puertas desencajadas, y en su oscuridad interior se veían lucir los ojos de las hienas y de los lobos, que allí daban a mamar a sus cachorritos, mientras los muertos yacían sobre el umbral, despojados por los ladrones y roídos por las fieras. Después de atravesar esa fúnebre ciudad, Pafnucio cayó extenuado ante una tumba que se alzaba aparte, cerca de una fuente rodeada de palmeras. Aquella tumba estaba muy adornada, y como no tenía puerta, se veía desde el exterior un recinto con las paredes pintadas, del que se habían posesionado numerosas serpientes.

—Esta es —murmuró— mi morada elegida; el tabernáculo de mi arrepentimiento y de mi penitencia.

Y al entrar allí, ahuyentó con el pie a los reptiles y quedó prosternado sobre las losas durante dieciocho horas, al cabo de las cuales fue a la fuente y bebió en el hueco de su mano. Después cogió dátiles y algunas ramas de loto, cuyos granos comió. Reflexionando que tal género de vida era saludable, lo aceptó como norma de su existencia. De la mañana hasta la noche no levantaba la frente de la piedra.

Pero una tarde, mientras se hallaba prosternado, oyó una voz que decía:

—Contempla esas figuras, para instruirte.

Alzó la cabeza y vio en las paredes de la habitación pinturas que representaban escenas rientes y familiares. Era una obra antiquísima y de maravillosa exactitud. Veíanse cocineros con las mejillas completamente hinchadas, que soplaban el fuego; otros desplumaban ocas o hacían cocer cuartos de corderos en marmitas. Más lejos, un cazador traía sobre los hombros una gacela acribillada de flechazos. Más allá, campesinos ocupados en sembrar, en segar, en trillar. En otra parte, mujeres que bailaban al son de las violas, de las flautas y del arpa. Una muchacha tocaba la tiorba. La flor de loto brillaba en sus negros cabellos bien trenzados, y la transparencia del vestido traslucía sus formas virginales. En flor su pecho y su boca. Sus hermosos ojos miraban de frente sobre un rostro a medio perfil. Era una figura deliciosa. Después de mirarla, Pafnucio bajó los ojos y respondió a la voz:

—¿Por qué me ordenaste ver esas imágenes? ¿Sin duda, representan las terrestres jornadas del idólatra, cuyo cuerpo descansa aquí, bajó mis pies, en el fondo de un pozo, en un ataúd de negro basalto? Recuerdan la vida de un muerto, y a pesar de sus vivos, colores, sólo son sombras de una sombra. ¡La vida de un muerto! ¡Oh vanidad!

—Está muerto, pero vivió —repuso la voz—, y tú morirás y no habrás vivido.

A partir de ese día, Pafnucio ya no tuvo un momento de reposo. La voz le hablaba sin cesar. La tocadora de tiorba, con sus ojos de largas pestañas, lo miraba fijamente, y también le habló:

—Mírame, soy misteriosa y bella. Ámame para satisfacer en mis brazos el amor que te atormenta. ¿De qué te vale temerme? No podrás evitarme. Soy la belleza de la mujer. ¿Dónde prensas huirme, insensato? Siempre te sorprenderá mi presencia. En el brillo de las flores, en la gracia de las palabras, en el vuelo de las palomas, en los saltos de las gacelas, en la fuga ondulante de los arroyos, en las claridades de la luna. Y si cierras los ojos, volverás a encontrarla dentro de ti. El hombre que aquí duerme hace mil años, envuelto en vendas sobre un lecho de piedra negra, me oprimió contra su corazón. Hace mil años que recibió el último beso de mis labios. Y aún perfuma su boca en el sueño eterno. Sabes muy bien quién soy. ¿Cómo no me has reconocido? Contempla en mí una de las innumerables encarnaciones de Thaïs. Eres un monje instruido y muy adelantado en el conocimiento de las cosas. Has viajado, y en viaje se aprende mucho. Con frecuencia, un día en que nos ausentemos nos ofrece más novedades que diez años en los que no salimos de casa. Sin duda oíste decir que Thaïs en otro tiempo ya vivió en Esparta con el nombre de Helena. Tuvo en Tebas Hecatompilas otra existencia. Y la Thaïs de Tebas fui yo. ¿Cómo no lo has adivinado? Mientras vivía tomé sobre mí una gran parte de los pecados del mundo; y ahora, reducida en este lugar al estado de sombra, me siento aún en condiciones de tomar sobre mí tus pecados, monje querido. ¿Por qué te sorprendes, cuando ya debieras estar seguro de que, vayas por donde vayas, encontrarás a Thaïs en tu camino?

Pafnucio se golpeaba la frente contra la losa y sollozaba con espanto. Cada noche la tocadora de tiorba se desprendía de la pared, se le aproximaba para hablarle en voz clara y amoroso aliento. Y como el santo varón resistía a las tentaciones con que le provocaba, le dijo:

—Ámame: cede, amigo mío; porque mientras te resistas te atormentaré. No sabes lo que perdura el empeño de una muerta. Aguardaré, si es necesario, a que hayas muerto. Como soy maga, sabré hacer entrar en tu cuerpo sin vida un espíritu que lo animará de nuevo y que no me negará lo que ahora te pido. Imagina, Pafnucio, lo extraño de tu situación, cuando tu alma bienaventurada vea desde lo alto del cielo su propio cuerpo entregarse al pecado. Dios, que ha prometido devolverte ese cuerpo después del Juicio Final y de la consumación de los siglos, se verá contrariado. ¿Cómo instalar en la gloria celestial una forma humana habitada por un demonio y conservada por una bruja? No has pensado en esa dificultad. Es posible que Dios tampoco pensara en ello. Aquí, entre nosotros, no es muy sutil Dios. La más sencilla hechicera le engaña fácilmente, y si no tuviera los truenos y las cataratas del cielo, hasta los chiquillos de las aldeas le tirarían de las barbas. Verdad es que tiene menos talento que la vieja serpiente, su adversario. ¡Esta sí que fue artista maravillosa! Mi belleza se debe a lo que trabajó ella para lucirme. Sus enseñanzas me adiestraron y aprendí a trenzar mis cabellos y hacer que mis dedos parezcan de rosa y mis uñas de ágata. No la conociste bien. Al buscar un refugio en esta tumba echaste con el pie a las serpientes que aquí estaban, sin preocuparte de saber si eran de su familia, y aplastaste sus huevos. Me parece, pobre amigo mío, que traes entre manos un mal asunto. Ya te habían advertido de que era cómica y enamorada. ¿Qué has hecho? Te has enemistado con la ciencia, con la belleza, y te has hundido en la mayor desdicha. Jehová no acude a socorrerte. Ni es probable que acuda. Como Él es todo, no le queda espacio donde moverse, y si se moviera con su menor movimiento se derrumbaría toda la Creación. Mi bello ermitaño ¡dame un beso!

No ignoraba Pafnucio los prodigios operados por las artes mágicas; y reflexionaba con profunda inquietud:

»Acaso el muerto enterrado a mis pies conozca las palabras escritas en el misterioso libro que permanece oculto no lejos de aquí, en el fondo de una tumba regia. Por la virtud de esas palabras los muertos recobran la forma que tuvieron sobre la tierra y ven la luz del sol y la sonrisa de las mujeres.

Lo que le daba miedo era que la tocadora de tiorba y el muerto pudieran juntarse como en vida, y que él los viera unirse. A veces creía percibir el suave roce de los besos.

Todo le turbaba, y en la ausencia de Dios temía tanto pensar como sentir. Cierta noche, cuando estaba prosternado, según su costumbre, una voz desconocida le dijo:

—Pafnucio, hay sobre la tierra más pueblos de los que imaginas, y si te mostrase lo que yo he visto, te morirías de espanto. Hay hombres que llevan sobre la frente un ojo único. Hay hombres que sólo tienen una pierna y andan a saltos. Hay hombres que cambian de sexo, y hembras que se convierten en machos. Hay hombres árboles que hunden sus raíces en tierra, y hay hombres sin cabeza, con dos ojos, una nariz y una boca sobre el pecho. ¿Crees de buena fe que Jesucristo haya muerto por la salud de esos hombres?

Tuvo otra visión: una potente luz; anchurosa calzada, jardines y arroyos; y sobre la calzada, Aristóbulo y Quereas pasaban al galope de sus caballos siríacos, y el alegre ardor de la carrera ruborizada las mejillas de los dos jóvenes. Bajo un pórtico. Calícrates declamaba versos; el orgullo satisfecho temblaba en su voz y brillaba en sus ojos. En el jardín, Zenotemis cogía las manzanas de oro y acariciaba a una serpiente de alas azules. Vestido de blanco y cubierto con una mitra refulgente. Hermodoro meditaba bajo un árbol sagrado, florecido con cabecitas de bello perfil, tocadas como las diosas de los egipcios, con buitres, gavilanes o con el brillante disco de la luna; mientras que, sentado en el pilón de una fuente, Nicias estudiaba sobre una esfera armilar el movimiento armonioso de los astros.

Luego se acercó al monje una mujer velada, que llevaba en la mano una rama de mirto, y le dijo:

—Mira, unos buscan la belleza eterna y ponen el infinito en su vida efímera. Otros viven sin grandes pensamientos. Pero precisamente por abandonarse a la vida glorifican al soberano artífice de las cosas. Porque el hombre es un himno de Dios, todos ellos piensan que la dicha es inocente y que les está permitida la alegría. Por tanto, si ellos tuvieran razón, Pafnucio, ¡qué engañado habrías vivido!

Y la visión se desvaneció.

Así fue como Pafnucio se vio tentado sin tregua en su carne y en su espíritu. Satanás no le dejaba un instante de sosiego. La soledad de aquella tumba estaba más poblada que un barrio de populosa ciudad. Los demonios reían allí con enormes carcajadas, y millones de larvas, de ficciones y de sombras, realizaban el simulacro de todos los trabajos de la vida. Cuando iba por la noche a la fuente, los sátiros revueltos con las faunesas danzaban a su alrededor y lo arrastraban en sus rondas lascivas. Los demonios no le temían ya, y le abrumaban con mofas, injurias obscenas y golpes. Un día, un diablo de menguada estatura le hurtó la cuerda con que se ceñía los riñones.

Y él meditaba:

«Pensamiento, ¿adónde me has llevado?».

Se decidió a emprender un trabaja manual, con objeto de procurar a su espíritu el descanso que necesitaba. Cerca de la fuente, los plátanos de anchas hojas crecían a la sombra de las palmeras. Cortó algunos tallos que llevó a la tumba, donde los aplastó con una piedra para reducirlos a delgados filamentos, conforme Jo hacían los cordeleros. Porque se propuso fabricar una cuerda en sustitución de la que el diablo le había hurtado. Aquello hizo sentir a los demonios alguna contrariedad; se calmaron los estrépitos y hasta la solista de torba renunció a la magia para quedarse tranquilamente pintada sobre la pared. Pafnucio, embebecido con su tarea, tranquilizaba su ánimo y su fe.

«Con la ayuda del Cielo —se decía— domaré la carne. En cuanto al alma, conservar su esperanza. En vano los demonios y esa condenada quisieran inspirarme dudas acerca de la naturaleza de Dios. Les respondería por boca del Apóstol Juan: “En el principio fue el Verbo, y el Verbo era Dios”. Eso es lo que firmemente creo, y si eso que creo fuese absurdo, lo creería más firmemente aún. Mejor dicho, conviene que sea absurdo. Sin eso no lo creería, lo sabría. Pero lo que se sabe no da la vida, y es la fe lo único que salva».

Exponía al sol y al sereno las fibras deshilachadas; de cuando en cuando las removía para evitar que se pudrieran, y le regocijaba sentir que renacía en su corazón la sencillez de la infancia. Cuando hubo trenzado la cuerda, cortó las cañas para hacer con ellas cestos. La cámara sepulcral parecía el taller de un cestero, y Pafnucio pasaba fácilmente del trabajo a la oración. Sin embargo, Dios no le era favorable, porque una noche fue despertado por una voz que le aterrorizó. Había adivinado que era la voz del muerto.

La voz se dejaba oír en una frase rápida, en tono apagado y ligero:

—¡Helena! ¡Helena! ¡Ven a bañarte conmigo! ¡Ven pronto! Una mujer cuyos labios rozaban en la oreja del monje, respondió:

—Amigo, no puedo levantarme: un hombre está echado sobre mí. De pronto, Pafnucio advirtió que su mejilla descansaba sobre el pecho de una mujer, y reconoció a la solista de tiorba, que, medio desprendida, alzaba su pecho. Entonces abrazó desesperadamente aquella flor de carne tibia y perfumada, y consumido por el deseo de la condenación, gritó:

—¡Quédate, quédate, cielo mío! Pero ella ya estaba en pie, en el umbral. Reía, y los rayos de la luna plateaban su risa.

—¿Para qué voy, a quedarme? —le dijo—. La sombra de una sombra es suficiente para un amante de imaginación tan viva. Por añadidura pecaste ya. ¿Qué más necesitas? ¡Adiós! Mi amor me llama.

Pafnucio lloró toda la noche, y cuando amanecía exhaló una plegaria más dulce que una queja:

—Jesús, Jesús mío, ¿por qué me abandonas? Ya ves el peligro en que me hallo. Ven a socorrerme, dulce Salvador. Ya que tu Padre no me ama, ya que no me oye, ten presente que sólo cuento contigo. De tu padre nada puedo esperar. No lo comprendo. Él no se compadece de mí. Pero tú naciste de una mujer y por esto confío en ti. Acuérdate de que fuiste hombre. Te imploro, no porque seas Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero del Dios, verdadero, sino porque has vivido pobre y débil sobre la Tierra donde yo sufro; porque Satanás quiso tentar tu carne; porque el sudor de la agonía heló tu frente. ¡A tu humanidad dirijo mi ruego, Jesús mío, mi hermano Jesús!

Después que hubo rezado así, una formidable carcajada estremeció las paredes del sepulcro, y la voz que había resonado sobre el capitel de la columna dijo burlonamente:

—¡Rezaste una oración digna del breviario de Marco el hereje! ¡Pafnucio es arriano! ¡Pafnucio es arriano!…

Como si le hiriera un rayo, el monje cayó sin sentido.

Cuando abrió los ojos, viose rodeado por varios religiosos revestidos con negras cogullas, que le vertían agua sobre las sienes y recitaban los exorcismos. Otros aguardaban fuera con palmas.

—Al cruzar por el desierto —dijo uno de los religiosos— hemos oído gritos en esta tumba, y hemos visto que yacías inerte sobre las losas. Acaso los demonios te habían derribado, y huyeron cuando nos acercamos.

Pafnucio levantó la cabeza y preguntó con voz débil:

—Hermanos míos, ¿quiénes sois?, ¿y por qué traéis esas palmas? ¿No serán para mi sepultura?

Le respondieron:

—Hermano, ¿ignoras que nuestro padre Antonio, a los ciento cinco años, y advertido de su próximo fin, desciende del monte Colsino, donde se había retirado, y viene a bendecir a los numerosos hijos de su alma? Nos dirigimos con palmas al encuentro de nuestro padre espiritual. Pero ¿cómo es posible que tú, hermano, ignores tan memorable acontecimiento, que no haya venido un ángel a este sepulcro para anunciártelo?

—¡Ay! —respondió Pafnucio—, no soy merecedor de una gracia tan excelsa. Los únicos habitantes de esta morada son los demonios y los vampiros. ¡Rogad por mí! Soy Pafnucio, abad de Antinoe, el más miserable de los servidores de Dios. Al oír el nombre de Pafnucio, todos agitaron sus palmas en señal de reverencia, y el que acababa de hablar exclamó, admirado:

—¿Es posible que seas el San Pafnucio famoso por trabajos que permiten suponer que se iguale un día con el virtuosismo Antonio? Más que venerable ya lo eres, pues ganaste para Dios a la cortesana Thaïs, y luego que te redujiste a orar sobre una elevada columna, fuiste llevado en oscura noche, por los serafines. Los que velaban al pie de la columna vieron tu ascensión bienaventurada. Las alas de los ángeles, te rodeaban como una blanca nube, y tu diestra, extendida, bendecía las moradas de los hombres. Al día siguiente, cuando el pueblo ya no te vio allí, un prolongado gemido subió hacia la columna, ya sin corona. Pero Flaviano, tu discípulo, publicó el milagro y ocupó tu lugar en el gobierno de los monjes. Solamente un hombre sencillo, llamado Pablo, quiso contradecir al unánime sentimiento. Aseguraba que te había visto, en sueños, llevado por los demonios. La muchedumbre quiso lapidarlo, y es maravilloso que lograra librarse de la muerte. Soy Zósimo, abad de estos solitarios que ves prosternados a tus pies. Como ellos, me arrodillo ante ti, para que bendigas al padre y a los hijos que te acompañan. Luego, nos darás cuenta de las maravillas que Dios se ha dignado realizar con tu intervención.

—Lejos de haberme favorecido como lo crees —respondió Pafnucio—, el señor me ha probado con terribles tentaciones. No fui llevado por los ángeles; pero se alzó ante mis ojos una muralla nebulosa, y anduve sin saber cómo ni por dónde, Pues vivía soñando. Aparte de Dios, todo es ensoñación. Cuando hice mi viaje por Alejandría, oí en pocas horas muchos discursos y reconocí que los defensores del error eran innumerables, me persiguen, y estoy preso en un círculo de espadas.

Zósimo respondió:

—Venerable padre, es necesario tener presente que los santos, y sobre todo los santos solitarios, sufren terribles pruebas. Aunque tú no fueses llevado al cielo en brazos de serafines, no es dudoso que haya concedido el Señor esa gracia a tu imagen, puesto que Flaviano, los monjes y el pueblo han sido testigos de tu elevación.

Con todo esto, Pafnucio se decidió a recibir la bendición de Antonio.

—Hermano Zósimo —dijo—, dame una de vuestras palmas y salgamos al encuentro de nuestro padre.

—¡Vamos! —repitió Zósimo—. El orden militar conviene a los monjes, que son los soldados por excelencia. Tú y yo, siendo abades, iremos delante. Y éstos nos seguirán cantando salmos.

Se pusieron en camino, y Pafnucio decía:

Dios en la Unidad, porque es la Verdad, que sólo es una. El mundo es diverso, por ser el error. Es preciso apartarse de todos los espectáculos de la Naturaleza, hasta los de apariencia más inocente. Su diversidad, que los reviste de formas agradables, nos revela en cierto modo su maldad oculta. Por esto, al ver un ramo de papiros sobre las aguas dormidas, mi alma se cubre de melancolía. Todo lo que perciben los sentidos es detestable. El menor grano de arena ofrece un peligro. En todo hay tentación. La mujer no es más que un compuesto de todas las tentaciones esparcidas en el aire sutil, sobre la tierra florida y las aguas transparentes. ¡Dichoso quien tenga como un vaso cerrado el alma! ¡Dichoso el que supo hacerse mudo, ciego y sordo, que no comprende nada del mundo, y así logra comprender a Dios!

Después de meditar estas palabras, respondió Sósimo con estas otras:

—Padre venerable, considero conveniente confesarte mis pecados, puesto que acabas de mostrarme tu alma. Nos confesaremos así mutuamente, a la manera apostólica. Antes de ser monje, llevé en el siglo una vida abominable. En Madaura, ciudad famosa por sus cortesanas, busqué todo género de amoríos. Cada noche cenaba en compañía de jóvenes viciosos y de tocadores de flauta, y me llevaba a casa la más de mi gusto. No es posible que un santo como tú imagine hasta dónde me arrebataba el furor de mis deseos. Me bastará decirte que no renuncié a matronas ni a religiosas, y me complacía en adulterios y en sacrilegios. Excitaba con el vino el ardor de mi sensualidad, y tuve fama de ser el más extremado bebedor de Madaura. No dejaba de ser cristiano, pero en mis extravíos perdía la fe y la devoción a Jesús crucificado. Consumidos mis bienes en disipaciones, me amenazaban ya las estrecheces de la pobreza, cuando vi al más robusto de mis compañeros desmejorarse rápidamente, víctima de una dolencia terrible. Ya no le sostenían las rodillas, ni podía valerse de sus manos temblorosas. Apegada la luz de sus ojos apenas veía; y en vez de frases correctas, asomaban sólo a sus labios grotescos berridos, porque para castigarle por haber vivido como las bestias, Dios le convirtió en una bestia. La situación a que me había llevado el derroche de mi fortuna, me indujo a reflexionar; pero el ejemplo de mi amigo fue más poderoso todavía: me impresionó de tal modo, que decidí abandonar el mundo y retirarme al desierto, donde vivo desde hace veinte años, en una paz que nada turba. Ejerzo con mis monjes los oficios de tejedor, de albañil, de carpintero y hasta de escriba, aunque, a decir verdad, no me atrae mucho la escritura, porque preferí siempre al pensamiento la acción. Están mis ideas rebosantes de gozo, no turban mis noches los ensueños, y estimo que la gracia de Dios no me abandona, porque a pesar de mis horribles pecados, conservé siempre la esperanza.

Al oír estas palabras, Pafnucio levantó los ojos al cielo y murmuró:

—¡Señor; a este hombre, manchado con tantos crímenes, a este adúltero, a este sacrílego, le miras con dulzura, y te apartas de mí, que siempre observé tus mandamientos! Qué oscura es tu justicia, ¡oh Dios mío! ¡Y qué impenetrables tus caminos!

Sósimo extendió los brazos:

—Mira, padre venerable: diríase que por uno y otro lado, en el horizonte, circulaban dos hileras de hormigas emigrantes. Son nuestros hermanos, que van, como nosotros, al encuentro de Antonio.

Cuando llegaron al lugar de la cita descubrieron un magnífico espectáculo. El ejército de los religiosos formaba un semicírculo inmenso, en tres compactas hileras. La interior, de los antiguos del desierto, con el báculo en la mano, y sus barbas crecidas. Los monjes, gobernados por los abades Efrén y Serapión, así como todos los cenobitas del Nilo, formaban la segunda hilera. Y detrás, los ascetas, procedentes de rocosas lejanías. Unos cubrían su cuerpo, flaco y ennegrecido, con miserables andrajos; otros ni eso llevaban, y escondían su figura bajo un tosco tejido grosero de cañas. No pocos iban desnudos, pero Dios los había cubierto con pelo abundante, como el vellón de las ovejas. Todos llevaban palmas verdes. El conjunto parecía un arco iris de esmeralda, y era comparable a los coros de los elegidos, o a las vivientes murallas de la ciudad de Dios.

Reinaba en la asamblea un orden tan perfecto, que Pafnucio halló sin trabajo a los monjes de su obediencia. Se colocó cerca de ellos, después de ocultar su rostro con la cogulla, para que no lo reconociesen y no turbar con su llegada la piadosa espera. De pronto se alzó un clamor inmenso:

—¡El santo! —gritaban de todas partes—. ¡El santo! ¡Ahí está el bendito santo! ¡Aquel contra el cual no ha prevalecido el infierno: el preferido por Dios! ¡Nuestro padre Antonio!

Después quedaron todos en profundo silencio, y todas las frentes se prosternaron hasta el suelo.

Desde lo alto de una colina, sobre la desierta inmensidad, Antonio avanzaba, sostenido por sus discípulos bienamados, Macarlo y Amatas. Iba a paso lento, pero erguido aún, como si le animase una energía sobrehumana. Su blanca barba cubría su ancho pecho; su cráneo liso resplandecía como la frente de Moisés. De sus ojos partía una mirada potente, como de águila, y una sonrisa infantil brillaba entre sus redondas mejillas. Para bendecir a su pueblo, alzó los brazos, rendidos por el peso de una esforzada tarea secular, y su voz hizo el último esfuerzo para pronunciar estas amorosas palabras:

—Son hermosos tus pabellones, ¡oh Jacob! Amables tus tiendas, ¡oh Israel!

Al punto, de un extremo a otro de la muralla animada, resonó como un rugido armonioso, de trueno, el salmo: «¡Dichoso el hombre que teme al Señor!».

Y sostenido por Macario y Amatas, recorrió Antonio la hilera de los antiguos, la de los anacoretas y la de los cenobitas. Aquel vidente, a quien se le habían mostrado el Cielo y el Infierno; aquel solitario, que había gobernado la Iglesia cristiana desde el hueco de una roca; aquel santo, que había sostenido la fe de los mártires en días de prueba suprema; aquel doctor, cuya elocuencia había fulminado la herejía, hablaba con placidez a cada uno de sus hijos y se despedía de todos con ternura familiar en la víspera de una muerte venturosa, que Dios, porque lo amaba; le había prometido.

Decía a los abates Efrén y Serapión:

—Vosotros mandáis ejércitos numerosos y sois dos ilustres estrategas. Por ello revestiréis en el Cielo una armadura de oro y el arcángel Miguel os dará el título de kiliarcas de sus milicias.

Al encontrarse con el anciano Palemón, le abrazó al decir:

—He aquí el más dulce y el mejor de mis hijos. Su alma exhala un perfume tan suave como la flor de las habas que anualmente siembra.

Y al abad Zósimo le habló de este modo:

—Tú no desconfías nunca de la bondad divina. Por esto la paz del Señor está contigo. La azucena de tus virtudes ha florecido sobre el estercolero de la corrupción.

Para todos tuvo palabras de inefable sabiduría. Dijo a los antiguos:

—El apóstol ha visto en torno al trono de Dios veinticuatro ancianos sentados, vestidos con hábitos blancos y la cabeza coronada.

Y a los jóvenes:

—Alegraos; dejad la tristeza para los mundanos.

Así fue como, al recorrer el frente de su ejército filial, sembraba las exhortaciones. Al verle próximo, Pafnucio cayó de hinojos, desgarrado entre el temor y la esperanza.

—¡Padre mío, padre mío! —gritó en su angustia—. ¡Padre mío! Socórreme, porque perezco. He dado a Dios el alma de Thaïs, he vivido sobre una columna y en la cámara de un sepulcro. Mi frente, sin cesar prosternada, ha llegado a ser callosa como la rodilla de un camello. Y, sin embargo, Dios me olvida. Bendíceme, padre mío, y me veré salvado; sacude sobre mí el hisopo y quedaré lavado y brillaré como la nieve.

Antonio callaba. Tenía los ojos fijos en el abad de Antinoe, como un rayo cuyo brillo es cegador. Luego los fijó en Pablo, al que llamaban el Simple, y le hizo una seña para que se le acercase. Y al advertir la sorpresa de todos, extrañados porque se fijaba en un hombre sin juicio, Antonio le habló:

—Dios ha otorgado a éste más gracias que a ninguno de vosotros. Levanta los ojos, Pablo, hijo mío, y di lo que ves en el cielo.

—Veo en el cielo —dijo Pablo— un lecho adornado con colgaduras de púrpura y de oro. Alrededor, tres vírgenes hacen una guardia vigilante, para que ninguna alma se aproxime, como no sea la elegida.

Pensando que aquel lecho era el símbolo de su salvación, Pafnucio daba gracias a Dios. Pero Antonio le hizo guardar silencio para oír al Simple, que decía en su éxtasis:

—Las tres vírgenes me hablan. Me dicen: «Una santa se alejará pronto de la tierra: Thaïs de Alejandría va a morir. Y nosotras hemos preparado el lecho de su gloria, porque somos sus virtudes: la Fe, el Temor y el Amor».

Antonio inquirió:

—Cándida criatura, ¿qué más ves? Pablo paseó sus miradas desde el cénit al nadir, del Poniente al Levante; y de pronto sus ojos encontraron al abad de Antinoe. El espanto hizo palidecer su rostro, y sus pupilas reflejaron llamas invisibles.

—Veo —murmuró— tres demonios, que, alegremente, dispuestos a detener a ese hombre, parecen una torre, una mujer y un mago. Los tres llevan su nombre marcado con hierro al rojo: el primero, en la frente; el segundo, en la barriga; el tercero, en el pecho; y sé llaman Orgullo, Lujuria y Duda. Lo he visto.

Después de hablar así, con los ojos extraviados y la boca entreabierta, Pablo recobró su simplicidad.

Y al advertir que los monjes de Antinoe lo miraban con inquietud, Antonio pronunció estas únicas palabras:

—Dios ha dado a conocer su justicia. Debemos adorarle y callar. Siguieron las bendiciones. Al hundirse el sol en el horizonte, ponía en torno al santo un nimbo de gloria, proyectaba su sombra agigantada, como un favor del cielo, y se desarrollaba tras él como una alfombra sin fin, en señal del prolongado recuerdo que aquel insigne santo debía dejar entre los hombres.

Como herido por un rayo, aunque se mantenía en pie, Pafnucio no veía ni oía nada, pero aquella frase zumbaba en sus oídos: «¡Thaïs va a morir!». Nunca se le había ocurrido semejante idea. Durante veinte años contempló una calavera, y de pronto, saber que la muerte apagaría los ojos de Thaïs, le sorprendía y le desesperaba.

«¡Thaïs va a morir!». ¡Frase incomprensible! «¡Thaïs va a morir!». Esas cuatro palabras, ¡qué inesperado y terrible sentido! «¡Thaïs va a morir!». Al ser cierto, ¿para qué existen el sol, las flores, los arroyos y toda la creación? «¡Thaïs va a morir!». ¿Para qué hay Universo? De repente imaginó: «¡Verla! ¡Volver a verla!…». ¡Corría!, sin saber adónde ir, ni dónde se hallaba; pero el instinto, certero, le guió. Iba derecho al Nilo. Un enjambre de velas cubría el agua. Saltó a una embarcación tripulada por nubios; y allí, tendido en la proa, devoró con los ojos, el espacio y gritó, dolorido y furioso:

»¡Qué loco fui por no haber gozado a Thaïs cuando aún era tiempo! ¡Qué loco, por haber creído que había en el mundo algo más que su belleza! ¡Loco! ¡Loco! Pensar en Dios, en la salud del alma, en la vida eterna. ¡Como si todo sirviera de algo cuando se ha visto a Thaïs! ¿Cómo no he sentido que la eternidad bienaventurada era un solo beso de Thaïs, que sin ella la vida no tiene sentido y sólo es un mal sueño? ¡Ah! ¡Estúpido! La viste y la deseaste la gloria en el otro mundo. ¡Ah! ¡Cobarde! ¡La viste y te contuvo el temor de Dios! ¡Dios! ¡El cielo! ¿Qué significan? ¿Qué pueden ofrecerte que valga una mínima parte de lo que te hubiera dado ella? ¡Oh lamentable insensato, que buscabas la divina bondad en algo que no fuese los labios de Thaïs! ¿Qué mano cubría tus ojos? ¡Maldito sea Él, que te cegaba entonces! ¡Pudiste comprar, con tu condenación, un momento apasionado y no lo hiciste! ¡Con los brazos abiertos, carne perfumada con flores, te aguardaba, y no te atreviste a gozar en el encanto indecible de su seno desnudo! Atendiste a una voz interesada que te dijo: “¡Abstente!”. ¡Necio!, ¡necio!, ¡más que necio! ¡Ahora te arrepientes y te desesperas! No sentir la alegría de llevar al infierno la menor memoria de un minuto inolvidable y de gritarle a Dios: “¡Quema mi carne; vierte la sangre de mis venas, rompe mis huesos, pero no puedes quitarme un recuerdo que me perfuma, que me orea por los siglos de los siglos!…”. “¡Thaïs va a morir!”. ¡Dios ridículo! ¡Si conocieras la mofa que me inspira tu infierno! “¡Thaïs va a morir!”. ¡Y nunca será mía! ¡Nunca! ¡Nunca!

Mientras la embarcación era llevada por la corriente rápida, Pafnucio, echado boca abajo días y días, no dejaba de repetir:

»¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! Luego, al pensar que se había Thaïs entregado, y no a él, que había repartido sobre el mundo oleadas de amor, sin que alguna le humedeciese los labios, se erguía, en pie, desesperado, y aullaba dolorido. Se desgarraba el pecho con las uñas y se mordía en los brazos. Imaginaba: “¡Si pudiese matar a todos los que la gozaron!”.

Y esta idea le producía un delicioso furor. Estrangular a Nicias lentamente, a su placer, con la mirada fija en el fondo de sus ojos. Luego, su crueldad se amansaba de repente. Lloraba, sollozaba, débil y sosegado. Una ternura desconocida debilitaba su alma. Sentíase dominado por el deseo de tender los brazos al compañero de su infancia, y decirle: «Nicias, te quiero, porque la gozaste. ¡Háblame de ella! Dime lo que te decía». Y, constantemente, se le clavaban en el corazón, como un puñal, esas cuatro palabras: «¡Thaïs va a morir!».

»¡Claridades del día! Sombras plateadas en la noche, astros, cielos, árboles de oscilantes copas, fieras, animales domésticos, almas ansiosas, ¿no habéis oído? “¡Thaïs va a morir!”. Luces, brisas, perfumes, ¡desapareced! ¡Borraos, formas y pensamientos del Universo! “¡Thaïs va a morir!”. Era la belleza del mundo, y todo lo próximo a ella se adornaba con los reflejos de su encanto. Aquel viejo y aquellos filósofos sentados junto a ella, en el banquete de Alejandría, ¡qué amables eran! ¡Qué armonía en su palabra! Un enjambre de risueñas evocaciones revoloteaban sobre sus labios y la voluptuosidad perfumaba sus pensamientos, por estar el influjo de Thaïs en todos ellos; todo lo que hablaban era de amor, belleza y verdad. La impiedad encantadora imprimía su gracia a los discursos. Expresaban con sencillez el esplendor humano. ¡Ay! Todo eso ya es como soñado. ¡Thaïs va a morir! ¡Oh! Y es natural que a su muerte acompañe la mía. Pero ¿tú puedes ni siquiera morir, embrión enjuto, feto macerado en hieles y lágrimas? Aborto miserable, ¿piensas tú saborear la muerte, tú, que no conociste la vida? ¡Con tal de que Dios exista y me condene! ¡Lo espero!, ¡lo ansío! Dios, óyeme: ¡Te odio! Húndeme pronto en la condenación. Para obligarte, voy a escupirte a la cara. ¡Necesito un infierno interminable, para exhalar allí la eterna rabia que me consume!

Al amanecer, Albina recibió al abad de Antinoe en el umbral de las celdas.

—Bien venido seas a nuestros tabernáculos de paz, venerable padre; sin duda, vienes a bendecir a la santa que nos habíais dado. Sabes que Dios, en su clemencia, la llama, y ¿cómo es posible que ignores esta noticia, llevada por los ángeles de desierto en desierto? Alcanza Thaïs una muerte bienaventurada. Sus trabajos dieron fin, y debo enterarte de la conducta que ha observado entre nosotras. Desde que nos la dejaste, continuó encerrada en la celda sellada por ti. Con la comida le mandé una flauta como las que tocan en los festines las mozas de su condición; y lo hice no sólo para evitar que padeciera melancolía, sino también para que mostrase ante Dios la gracia que había mostrado ante los hombres. Fui oportuna en esto, porque Thaïs celebraba todo el día, con la flauta, las alabanzas del Señor, y las vírgenes, atraídas por el canto de la flauta invisible, decían: «Oímos al ruiseñor de los bosquecillos celestiales, al cisne moribundo de Jesús crucificado». Así fue como Thaïs cumplía su penitencia; y cuando, a los sesenta días, la puerta que tú habías sellado se abrió por sí sola y el sello de arcilla saltó sin que mano alguna lo hubiese tocado, reconocí por semejante señal que debía dar por terminada la prueba que tú habías impuesto, y que Dios perdonaba los pecados de la flautista. Desde entonces compartió las costumbres de las demás: trabajaba y rezaba con ellas. Les daba ejemplo con la modestia de su porte y de sus palabras; y parecía entre todas la imagen del pudor. Alguna vez la vi triste, pero fueron nubes pasajeras. Al verla tan unida a Dios por la fe, la esperanza y el amor, no tuve reparo en aprovechar su arte y hasta su belleza en la edificación de sus hermanas. La invité a representar ante nosotras las acciones de las mujeres fuertes y de las vírgenes prudentes de la Escritura. Imitaba a Ester, a Débora, a Judit, a María, la hermana de Lázaro, y a María, la madre de Jesús. Sé, venerable padre, que tu austeridad se alarma ante la idea de esos espectáculos. Pero estoy segura de que te habría conmovido, al presenciar esas piadosas escenas, ver fluir de sus ojos verdaderas lágrimas y verla tender al cielo sus brazos como palmas. Gobierno desde hace mucho tiempo a las mujeres y tengo por regla no contrariar su naturaleza. No todas las simientes dan flores. No todas las almas se santifican de igual modo. Es preciso considerar también que Thaïs se consagró a Dios cuando aún era hermosa, y este sacrificio, si no es único, es por lo menos muy raro. La belleza, su natural adorno, no se marchitó aún en los tres meses de la fiebre que la mata; y como de continuo pide que la dejemos ver el cielo, cada mañana dispongo que la saquen al patio, junto a la cisterna, y a la sombra de la antigua higuera, bajo la cual tuvieron las abadesas de este convento costumbre de reunir sus asambleas. Allí la encontrarás, padre venerable; pero apresúrate, porque Dios la llama, y esta noche un sudario cubrirá el rostro que Dios hizo, para escándalo y para edificación del mundo.

Pafnucio siguió a Albina por el patio, inundado de luz matinal. A lo largo del alero, las palomas formaban una hilera de perlas. Sobre un lecho, a la sombra de la higuera, descansaba Thaïs, muy pálida, con los brazos en cruz. En pie, a su lado, mujeres veladas recitaban la oración de los agonizantes.

—Ten piedad de mí, Dios mío, según tu inmensa mansedumbre, y borra mi iniquidad según la multitud de tus misericordias.

La llamó:

—¡Thaïs!

Thaïs abrió los ojos y volvió la cabeza hacia donde sonaba la voz. Albina indicó a las mujeres veladas que se alejasen algunos pasos.

—¡Thaïs! —repitió el monje.

Alzó ella la cabeza, y brotó de sus labios un suspiro:

—¿Eres tú, padre mío?… ¿Te acuerdas del agua de la fuente y de los dátiles que cogimos?… Ese día, padre mío, nací al amor… a la vida.

Inclinó la cabeza y dejó de hablar. La muerte se cernía sobre Thaïs, y el sudor de la agonía coronaba su frente. Rompiendo el augusto silencio, una tórtola alzó su voz quejumbrosa. Luego, los sollozos del monje se mezclaron a la salmodia de las vírgenes:

—Lávame de mis manchas y purifícame de mis pecados. Porque conozco mi injusticia, y mi crimen se alza sin cesar contra mí.

De pronto se irguió Thaïs sobre su lecho. Sus ojos violeta se abrieron con una mirada estremecida, y con los brazos tendidos hacia las colinas lejanas, dijo con voz clara y firme:

—¡Vedlas ahí, las rosas de la mañana eterna!

Brillaban sus ojos: un ligero ardor le coloreaba las mejillas. Revivía más dulce y más encantadora que nunca. Pafnucio, arrodillado, la enlazó ardorosamente con sus brazos ennegrecidos.

—¡No mueras! —gritó con voz estridente, que le pareció extraña—. ¡Te amo! ¡No mueras! Oye, Thaïs mía: te engañé. ¡Yo era un loco miserable! ¡Dios, el cielo, todo eso, no es nada! No hay de verdad más que la vida en la Tierra y el amor de los seres. ¡Te amo! ¡No mueras! ¡Es imposible! ¡Eres demasiado hermosa! ¡Ven, ven conmigo! ¡Huyamos! ¡Te llevaré muy lejos, abrazada! ¡Ven! ¡Amémonos! Óyeme, ¡oh bienamada mía! Dime: «¡Quiero vivir!». ¡Thaïs! ¡Thaïs! ¡Levántate!

Ya no le oía. Flotaban sus pupilas en el infinito, y susurró.

—El cielo se abre. Veo los ángeles, los profetas y los santos… El buen Teodoro está entre ellos, llenas las manos de flores. Me sonríe y me llama. Dos serafines vienen hacia mí. Se aproximan… ¡tan hermosos!… Veo a Dios.

Lanzó un suspiro gozoso, y su cabeza volvió a caer inerte sobre la almohada.

Thaïs había muerto. Pafnucio, desesperado, se abrazó a ella. Le devoraban el deseo, la rabia y el amor. Albina le gritó:

—¡Vete de aquí, maldito!

Y, suavemente, puso los dedos en los párpados de la muerta. Pafnucio retrocedió tambaleándose, abrasados los ojos de llamas, como si la Tierra se abriese bajo sus pies.

Las vírgenes entonaban el cántico de Zacarías:

—¡Bendito sea el Señor, el Dios de Israel!

Bruscamente, la voz se detuvo en sus gargantas. Habían visto la cara del monje, y al huir, horrorizadas, gritaron:

—¡Un vampiro! ¡Un vampiro! El gesto de Pafnucio era tan horrible, que, al pasarse la mano sobre el rostro, sintió su fealdad.


Publicado el 25 de mayo de 2017 por Edu Robsy.
Leído 115 veces.